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Testimonio de Héctor
Jouve, Primera parte: La guerrilla |
Testimonio de Héctor Jouve, segunda
parte: Tiempo de cárcel
Carta de Oscar del Barco |
Carta de Christian Ferrer |
Carta de Carlos Keshishián |
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Carta de Luis E. Rodeiro
Carta de Diego Tatián |
Carta de Daniel Avalos |
Carta de Ricardo Panzetta |
La década atragantada,
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Héctor
Jouvé
Reportaje: Raúl Olcelli (El Diario del Centro del
País, Córdoba, 08/10/06)
El encargado de descifrar los mensajes en clave
del Che en el monte salteño
Nacido en Bell Ville, conocido como el "Cordobés" cuando estaba en el monte
boliviano-salteño y "San Francisco de Asís" (por su resistencia física)
cuando estuvo detenido, 65 años, casado con Clara Zentner (también detenida
en su momento), 3 hijos, médico psiquiatra, de altísima estatura y de perfil
muy bajo. Fue uno de los líderes del Ejército Guerrillero del Pueblo creado
por el mismo Che Guevara y que tuviera a Jorge Masetti (el mítico comandante
"Segundo") al frente.
Detenido, desde la experiencia salteña, sale en libertad recién con el
armisticio (nota del editor: amnistía) del presidente Cámpora en 1973,
estuvo exiliado en Francia hasta que retornó nuevamente al país para
radicarse definitivamente en la ciudad de Córdoba, donde ejerce su
profesión. El Diario habla con uno de los interlocutores de Ernesto Guevara
¿Desde cuándo la militancia?
Militancia como tal se puede decir que del ‘55. Habíamos conformado un grupo
de jóvenes "la JP" en Bell Ville, pero lo curioso es que yo no era
peronista, en todo caso me autodefinía "pero-comunista". Después del
bombardeo a la Plaza de Mayo en setiembre de aquel año, muchos profesores de
nuestro colegio que eran peronistas quedaron cesantes, y nosotros decidimos
tomar la escuela en solidaridad. A la vez por aquellos tiempos leía muy
mucho, libros que en algunos casos no se conseguían fácilmente, era la época
de la guerra de Corea, y todavía estaba bastante cercano todo lo de la
Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias, libros como "Sin novedades en el
frente" y "La chispa de la vida", me marcaron enormemente.
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Luego me puse del lado de Frondizi, me fui a
Córdoba en el ‘58 y simpaticé con este movimiento hasta que llegó la época
de los contratos petroleros y ahí empecé a militar con la Juventud Comunista
y el momento de las proscripciones y mi primera cana: me acuerdo que fue
justo el día de mi cumpleaños.
Tenía mis diferencias con la JC y en enero de 1959, cuando triunfa la
Revolución Cubana, yo militaba en el Movimiento por la Paz. Me había
conmovido mucho de más joven el horror de la guerra y todo el asunto de las
radiaciones y sus consecuencias, eso "me rompió la cabeza" y empecé a pensar
la mierda que era todo... Fue ahí que lo conozco a Pancho Aricó.
¿Cómo y cuándo sube al monte boliviano-salteño para unirse al resto del EGP?
En ese tiempo me voy a la colimba y cuando salí tenía ganas de hacer otra
cosa, ya había pasado Playa Girón y empezamos a armar un grupo nosotros, y
fue entonces que aparece Ciro Bustos; era la época de la revista "Pasado y
presente". Bustos nos dice que tenían inspeccionada toda aquella zona, que
había muchos "fierros", y bueno, nos preguntaba quién quería subir y subí
yo, el resto quedaba en relación con la gente que quedaba en la ciudad.
Fui el único que fue en ese momento. Era 21 de agosto de 1963, tomé el tren
que va desde Córdoba al norte y quedé en Oran; de ahí un colectivo a Aguas
Blancas, de Aguas Blancas cruzamos el Bermejo. Ahí fui con el "Surubí"
Stachioti, al que también le decían "el Correntino", amigo de las cacerías
por los montes del "Flaco" Federico Méndez, muy buen chango pero que en
realidad no le interesaba la política. Luego de ahí pasa el cubano Hermes
Peña y vamos a Tarija.
¿Cómo era tu relación con "Segundo"?
En el arranque nos conocimos y yo simpaticé con él, pero él no mucho
conmigo. Yo tenía una buena relación con el "Pelado" Bustos, con Hermes...
recuerdo que en esos días yo decía que la consistencia pacífica no era
contradictoria con la guerrilla, y ellos se enojaron y me dijeron de todo,
cualquier cosa, y la discusión se terminó de prepo, sin resolverse, ahí
entendí que era cuestión de "agachar la cabeza" y continuar, aunque les
decía que con una coexistencia pacífica, podía seguir habiendo revoluciones
en el mundo, y lo peor que podía pasar era que hubiera una guerra atómica, y
ahí sí que ni siquiera podríamos ya hablar de nada porque simplemente no
podríamos hablar.
Luego vinieron los entrenamientos de día y de noche con Hermes y con
Masetti, y pasamos a tener una relación normal, yo diría que buena aunque
volvimos discutir nuevamente con respecto a lo ideológico: yo decía que
había que prestar atención al movimiento de los curas del Tercer Mundo, y él
me decía que yo apoyaba al enemigo estratégico, una cosa muy fea.
En ese tiempo deserta "el Surubí" Stachiotti y luego llegan el Henry
(Lerner), Enrique Bollini, del Hoyo, y luego el resto. Fue la época de los
fusilamientos. Ahí empecé a manejar información, conocer las claves,
seguimos avanzando y en ese momento hicimos la primera propaganda armada en
un obraje, la gente del lugar (que había muy poca) se portaba bien con
nosotros.
¿Porqué no creció el Ejército Guerrillero del Pueblo como grupo?
En realidad el EGP creció mucho en la ciudad, tenía muchos adeptos, pero el
problema estuvo en que se manejó mal la relación del grupo (allá en
Bolivia-Salta) con la ciudad, quedarnos "fijos" en determinados lugares,
quedarnos un mes y pico en la pista de prueba, fue un error, y después la
relación en sí con la ciudad, los correos; aparte que había que estar muy
convencido con todo lo que significaba aquel sacrificio, era muy duro todo,
era mojarse, caminar y no ver nada. Luego el grupo se infiltra por dos
agentes de inteligencia que llegaron de Buenos Aires, pero en realidad el
campamento cae porque Hermes Peña detiene a dos campesinos del lugar, los
interroga y luego los suelta y estos cuentan lo sucedido a su patrón, quien
advierte a las autoridades del lugar.
Aquel hombre que avisa a las autoridades era el padre de la "Negra" Ortiz,
de "Las Voces Blancas", pensaba que eramos contrabandistas. Antes se le
había propuesto a Masetti crear otro frente en Tucumán, con la gente del
"Vasco" Goicoechea, pero "Segundo" lo toma muy mal, dice que el comandante
era él, que las ordenes las daba él y todo eso.
En realidad el grupo no creció porque el lugar no daba para ello. Crecer era
hacer propaganda armada más cerca de los lugares y no daba para crecer con
la gente de la zona. En una oportunidad también le sugerí a Masetti que
bajara para hacer contactos y el resto nos quedábamos en el campamento ya
que había compañeros del Peronismo Revolucionario que a lo mejor se hubiesen
enganchado (aunque de eso me enteré después) pero no hubo caso, tampoco
quiso.
¿Cómo descifraba los mensajes en clave que mandaba Che?
Era un sistema que habían inventado los rusos. Podían ser escritos, por
radio o por código Morse ya que eran núméricos. Fueron realizados en dos o
tres oportunidades; el último contacto lo teníamos programado para el 18 de
marzo cuando tomáramos El Yuto, pero antes nos detuvieron.
¿Cuál cree que fue el destino final de Masetti cuando cae el grupo?
El desaparece en la zona del Río Piedras y cae el campamento. Alrededor de
los ‘70 se encuentran algunos elementos pertenecientes a nosotros: platos de
campaña plegable, una bolsa con proyectiles y un maxilar humano, lo que
indica que algunos compañeros murieron en ese lugar. Intentaron la búsqueda
varias veces para dar con su cuerpo, pero es muy difícil, inclusive el agua
del río puede haber llevado todo.
¿Cree que no fue en vano esa lucha?
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Creo que todas las luchas desde los ‘60 en adelante fueron en vano, que
sirvieron para acelerar los procesos que luego se dieron lugar en Argentina
y que culminaron con Menem, independientemente del valor de la entrega
personal que cada uno hizo en ese tiempo y de manera desinteresada y
despojada de egoísmo, que se hacía por el bien de todos. Rescato de aquel
tiempo la coherencia entre la palabra y su acción como lo decía y hacía el
Che, cosa que ahora no ocurre, la entrega que ahora no se da y el hecho de
estar vivos de poderla contar...
¿Y cuál es la visión acerca del momento histórico que vive "la región" con
los actuales gobiernos?
Es más de lo mismo en cuestiones de fondo. Lo digo en el plano de la
economía; tengo más esperanza que el imperio salga derrotado en medio
oriente que lo que la región en sí pueda llegar a hacer acá, pero no porque
crea en el fundamentalismo religioso, que sé que es tan malo como el imperio
sino porque éste se tiene que destruir por algún lado. Cuestiono la idea del
poder, la falta de democracia, porque lo que hay, no es una democracia, es
una democracia mafiosa. La democracia a la que yo me refiero es como la de
diciembre del 2001 con la gente en la calle, reclamando toda por igual, con
asambleas populares, creo que eso es posible, una democracia donde haya un
bien común donde juntarnos todos.
EGP: el grupo de avanzada
que Guevara creó antes de su
llegada
El Ejército Guerrillero del Pueblo fue concebido en La Habana para gestar lo
que Che Guevara tenía como objetivo: internacionalizar el movimiento
revolucionario nacido en Cuba y un sueño, el de ver a su propio país
motorizado como él quería.
Para ello algunos integrantes de su confianza como el capitán Hermes Peña,
Alberto Castellanos y luego el pintor argentino Ciro Bustos y el mecánico
luego convertido en teniente, Federico Méndez, fueron quienes comenzaron la
acción. Alberto Granado, el inseparable amigo de Guevara y su gran viaje,
fue quien realizó los primeros contactos. Luego con el paso del tiempo
diversos jóvenes se sumaron al grupo que había comenzado en la Habana,
continuó en Praga (ex Checoslovaquia), luego Argelia y por ultimo ingresar a
Bolivia vía Brasil.
Ingresaron a Argentina el 21 de setiembre de 1963 y luego de un intensivo
tiempo de entrenamiento sin confrontamientos armados (por decisión del Che),
el grupo cae antes de intentar tomar su primer objetivo: un pueblito jujeño
llamado El Yuto, tropas de Gendarmería advertidas por lugareños entran en
contacto con los guerrilleros y los detienen.
De ese encuentro el comandante de su grupo, Jorge Masetti, desaparece y
hasta aún hoy no se conoció su destino; el capitán cubano Hermes Peña cae
muerto y el resto del grupo es encarcelado y senteciado a varios años de
prisión en Salta, entre ellos Héctor Jouvé, por haber sido uno de sus
líderes, recibió la condena máxima: cadena perpetua, luego liberado en 1973
con el armisticio del presidente Cámpora.
Fuente: www.eldiariocba.com.ar, 20/19/06
La guerrilla del Che
en Salta, 40 años después
Testimonio de Héctor Jouve(*)

Primera Parte: La guerrilla
Yo no amo la vida, sino la justicia, que está por encima de la vida.
Albert Camus: Los Justos. Acto Primero
Lo primero que nos dijo fue, "Bueno, aquí están: ustedes aceptaron unirse a esto
y ahora tenemos que preparar todo, pero a partir de ahora consideren que están
muertos. Aquí la única certeza es la muerte; tal vez algunos sobrevivan, pero
consideren que a partir de ahora viven de prestado."
Relato del primer encuentro del grupo inicial del EGP con el Che Guevara,
realizado por Ciro Bustos a Jon Lee Anderson
El testimonio, el relato del que vivió un acontecimiento, del que comparte su
vivencia aún sabiendo que puede ser intransferible, suele ser un profundo gesto
de generosidad y de responsabilidad para con los otros: los contemporáneos que
no vivieron el suceso, o las generaciones siguientes, que quieren saber,
entender y reconocer lo que hicieron o dejaron de hacer aquellos que los
precedieron. En algunos casos, ese gesto busca –quizás—darle sentido a una
experiencia tal que amenaza con no dejarse nombrar por las palabras.
Una vez estabilizada la revolución Cubana, el Che Guevara intenta crear un foco
guerrillero en el norte argentino, con la intención, una vez arraigado, de
dirigirlo personalmente.
Durante poco más de medio año, el Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) –un
grupo de no más de 20 personas, entre los que se incluían varios cordobeses—,
sobrevivió con extremas dificultades en el monte salteño. No llegaron a realizar
ningún operativo. Cuando la gendarmería lo desarticuló, ya había varios muertos;
algunos de ellos producto de fusilamientos realizados por el propio grupo.
Publicamos en este número la primera parte del testimonio de Héctor Jouvé,
participante del EGP: desde que decide integrarse hasta que cae preso. En el
próximo número, el tiempo de su larga prisión y sus reflexiones sobre lo vivido
que significan un aporte fundamental para el debate de la izquierda en la
Argentina.
Primera parte: la guerrilla
Héctor Jouve: A principios de los sesenta, luego de una serie de golpes,
contragolpes, elecciones que se hacían y después se borraban, y de pensar que no
se planteaba ninguna alternativa seria para los cambios revolucionarios en la
Argentina, la revolución cubana nos movió el piso a todos. Fue como aire fresco,
lejos de la cosa ritualizada al estilo soviet, lejos de la imagen de los
soldados rusos marchando con cara seria. Fue otra cosa, la gente participaba con
entusiasmo. Eso fue –creo-, lo que más incidió en esos tiempos en nuestro país,
tiempos en los que de alguna manera nos preparábamos para la guerra, influidos
por el proceso internacional: Cuba, Argelia, Indochina, Mozambique, Angola…
Ahora ¿qué llevó a cada uno a unirse a la guerrilla? No sé, a mí personalmente
me impactaron mucho algunas cosas de la Segunda Guerra Mundial. No solamente la
masacre espantosa, sino particularmente los campos de concentración, la matanza
de judíos, y las bombas de Hiroshima y Nagasaki. En aquellos años resultaba
increíble que en un minuto murieran más de doscientas mil personas. No se había
hablado nunca de esa bomba, no se sabía que podía existir un artefacto tan
infernal. Y por eso fue como un despertar violento, que atropellaba cualquier
esquema que pudiera tener una persona en la cabeza. Por otro lado, yo venía de
una familia unida –éramos 5 hermanos- y en mi casa por ahí no había zapatos pero
siempre había libros; y también había conocido a un viejo interesantísimo, yo lo
llamo mi abuelo postizo, porque me enseñó muchas cosas: que había llegado en un
barco a los 16 años, solo, que en la época del peronismo venía a escuchar las
informaciones de Radio Porteña a mi casa -transmitía los precios del mercado de
Liniers- y debajo de los huevos que vendía llevaba el Nuestra Palabra, el diario
del Partido Comunista. Y bueno, él me adoptó de algún modo… yo no era
antiperonista, para nada, tampoco era peronista… tiraba más bien para el
anarquismo, leía a Bakunin, Kropotkin, porque la biblioteca del club del barrio
tenía esos libros. De todas maneras en el golpe del ’55, yo me definía como
perocomunista. … y me interesaba qué pasaba en Rusia, tiraban un discurso que
parecía el que uno quería… Y luego fue la militancia en el Movimiento por La
Paz, la Juventud Comunista, y todo ese proceso que parecía abrumador – la
revolución cubana, la liberación de Argelia, etc-, como si realmente el mundo
fuera para ese lado. Incluso miraba el mapa y me decía "pucha, voy a pintar de
rojo los países que ‘ya están’ " y claro, la mancha roja se había extendido un
montón…
Bueno, eso me preparó a mí personalmente para ir… y luego la militancia en el
PC, donde creo que lo que más me golpeaba era el esquematismo, la ausencia de
discusión, parecía que la diferencia era un desacato a la autoridad. Y por otro
lado algunas cosas que salieron en Nuestra Palabra realmente lamentables: hablar
de manifestaciones de masas en el Día de la Paz en Córdoba en aquellos años, 62,
63… cuando habíamos sido 5 los que estábamos en el acto… a mí me parecía una
cosa que no tenía sentido. Tal vez porque pensaba que la política había que
hacerla de cara a la gente, que no había que mentirle. ¿Cómo les vamos a mentir?
Es lo mismo que torturar en nombre del socialismo, me parece ridículo. Pero
bueno, todo eso, nos llevó a algunos a comenzar a pensar en otra cosa. Y
comenzamos a juntar dinero, a comprar armas y a planificar algunas cosas. La
idea nuestra era rural y había un muchacho que tenía un Willy de la Segunda
Guerra Mundial. Pensábamos que lo primero que había que hacer era ir a ver qué
había en el norte, como el eslabón más débil del desarrollo social y económico
del país. Así que empezamos a preparar el viaje, a preparar el Willy, y de
pronto, aparece Ciro Bustos que nos pregunta si alguno iba a subir: era para
mañana, para el día siguiente. Y nos contó que estaba todo preparado, que había
armamentos, comunicaciones, gente entrenada, y que ellos estaban reclutando
gente, que habían explorado la zona del norte argentino, un poco más al norte de
adonde habíamos decidido ir nosotros. Y yo dije vamos, y el grupo se acopló… Y
partimos en un tren de esos que iban al norte, lento, cargado de gente, y con
todas las cosas que podían cargar arriba… Y llegamos a Orán, ahí tuvimos que
esperar hasta el día siguiente para conseguir un colectivo que cruzaba la
frontera, por un lugar que se llama Aguas Blancas. Esa noche pernoctamos en
Bermejo y al día siguiente seguimos viaje en un camión. Había otros tres chicos
que iban ya con sus atuendos de guerrilleros: pantalón con bolsillos grandes
tipo ranger, borceguíes. Llegamos a Tarija. Ahí esperamos 3 o 4 días, hasta que
una tarde apareció Hermes Peña, que era el jefe de escoltas del Che Guevara en
Cuba, y Federico Méndez, un chaqueño que falleció hará unos 5 o 6 años… y con
ellos salimos para una finca que quedaba a unos 60 u 80 kilómetros y ahí
empezamos a entrenar. Entrenamos desde el 25 o 28 de agosto hasta el 21 de
septiembre, que volvimos a entrar en Argentina. Debemos haber sido 9 compañeros,
y fuimos subiendo hacia el lado de Orán. Ese primer tiempo, dentro de todo, las
cosas andaban bien. Por ahí alguno se cansaba más que otro, pero nada más… en un
momento nos quedamos sin agua porque pensábamos que el río estaba más cerca, y
hubo un incidente con uno de los chicos que venían de Bs. As., que se empezó a
poner mal, muy mal, no podía caminar. Al día siguiente fuimos a un lugar donde
había un depósito de YPF, nos juntamos con unos paisanos, había gallinas,
bananas –había un plantación de bananas- y ese día comimos arroz con gallina.
Después cruzamos el río Pescado, que está en la provincia de Salta pero no lejos
de Humahuaca. En ese lugar tomamos un obraje. Había algunas personas que estaban
esperando que les dieran coca y alcohol para irse, porque no les pagaban un
peso, y había una señora que estaba enferma, y la atendió uno de los muchachos
de Bs. As, Pirincho, y bueno, les hablamos a la gente de lo que estábamos
haciendo. Y de ahí salimos un poco más arriba, siempre para Orán. Iba a llegar
más gente de Córdoba y había que esperarlos en la zona. Justo ese día se hace el
juicio a Pupi (Adolfo Rotblat), un juicio en el que yo no participé. Cuando
llegamos, Masetti, que era el jefe, nos comunica que lo iban a fusilar. Yo le
pregunto por qué. Y me dice cosas como que el Pupi no andaba, que en cualquier
momento nos iba a traicionar, que andaba haciendo ruido con la olla, que andaba
desquiciado. Yo pienso que estaba muy mal, que se había quebrado, pero no vi que
representara un peligro. Me dice "bueno, entonces vas a ser vos el que le de un
tiro en la frente". Yo les digo que no le voy a dar un tiro en la frente a nadie
y mi hermano me dice que me calle la boca. Y la cosa quedó ahí… estaba mi
hermano y estaba un muchacho que está en Cuba ahora, Canelo, así que… se hizo la
ejecución. Yo no estaba, porque salí con el grupo nuevo, que no sabía de esto, y
los llevé a caminar por la sierra. Cuando llegué, las cosas ya habían pasado,
todo seguía. Creo que algunas caras habían cambiado.
De ahí seguimos, siempre hacia el norte, cruzando el río Santa María, hasta que
vimos una casa, que era de un capataz del ingenio tabacal, de los Carro Costas,
y de ahí llegamos a un pueblito que se llama Aguas Negras. Preguntamos quién era
el intendente o encargado. Le contamos lo que veníamos haciendo y nos dejó un
poco de dinero para comprar semillas, que nos iban a hacer falta en el
campamento. Esto debe haber sido a fines de octubre. Nos señaló que siguiendo un
sendero llegaríamos a la casa de su cuñado. Ahí dejaron que nos quedemos.
Fumamos y todos se empezaron a acercar, así que convidábamos cigarrillos a
todos, chiquitos, grandes, todos fumábamos… colgamos las hamacas, hicimos de
comer y los invitamos. Escuchamos una nena que lloraba y lloraba, le preguntamos
al padre qué le pasaba a la chica. El padre dice "y, la nena está pa’l hoyo",
¿cómo pa’l hoyo? "y sí, ya enterramos dos". Y nos cuenta: "la primera, la
llevamos al médico porque lloraba igual, y se nos murió en el hospital porque
esperamos mucho. La segunda se nos murió en el camino. Y a ésta ¿para qué la
vamos a llevar si igual se va a morir?". Como nosotros llevábamos algunos
antibióticos y esas cosas la atendimos… al otro día estaba fenómena. Además le
dijimos que no le podían dar locro, que la nena era muy chiquita. Como había una
vaca, le dijimos que le dieran leche. "no –nos dicen- esa vaca es muy mala". Así
que luchamos con la vaca hasta que le sacamos un poco de leche. Les explicamos
que haciendo eso todos los días iban a poder darle leche a la nena, y le dimos
algunas indicaciones: que le dieran verdura pisada, etc. Y después seguimos
viaje y nos fuimos al primer campamento estable que tuvimos, que duró dos meses
y pico. En ese campamento se hizo el primer refugio para guardar armamentos, y
sirvió también para base de exploraciones. Había tres pibes de Córdoba,
jovencitos, que se sintieron mal. Se los acompañó hasta la ruta para que se
fueran. A ése lugar fue dónde llegó Pancho Aricó, porque formaba parte de un
grupo de apoyo que funcionaba, me parece, como funcionó el grupo de apoyo en el
gobierno de Alfonsín: no para estar en el orden de los fierros sino para decir
políticamente algunas cosas. El primer número de Pasado y Presente, el artículo
editorial está de algún modo dedicado al EGP. Evidentemente en ese artículo
Pancho, evocando a Gramsci, habla de la Voluntad Revolucionaria. Una revolución
no se hace sola, hace falta una voluntad para hacerla. Un poco justificando el
voluntarismo de esto que era la idea foquista de la revolución. Discutieron
bastante con Masetti, yo no participé de esas discusiones, pero supongo que
acordaron algunas cosas.
En ese campamento había a veces discusiones políticas… a mí me habían dado la
responsabilidad sobre eso, era como el "comisario político", y en cuanto al
asunto de informaciones, en la finca de Bolivia habíamos aprendido Morse, a
codificar mensajes... Así que, bueno, yo me ocupaba de esas cosas.
P: ¿Cuántos eran?
H.J.: Y debemos haber sido alrededor de 20. Se iban, llegaban nuevos… después no
quedaron tantos. No me acuerdo bien. También vinieron a ese campamento dos
muchachos que eran bancarios, otros que habían sido delegados petroleros, gente
que estuvo en el PC en el sur, en Caleta Olivia, y vinieron otros chicos
jóvenes, entre ellos Álvarez, que también venía del PC, pero tenía una conducta
tan extraña... él es quien trae de la mano a los dos policías que se incorporan
al grupo en el momento de la caída del campamento. Habían llegado, creo, el día
anterior.
P: ¿Qué era exactamente lo que hacía Cuba?
H.J.: Bueno, todo el armamento, el apoyo financiero... más que de Cuba era un
operativo del Che… el Che estaba interesado en que eso comenzara, que eso
empezara a moverse, El Che mandó a la Argentina a la misma gente con la que
quería estar luego en Bolivia, lo mandó a Hermes Peña, a Castellanos, que era su
chofer, a Papi Martínez Tamayo…
Y en ese campamento uno de los muchachos bancarios, que no sé cómo podía andar
en la montaña, no tenía ninguna habilidad, creo que nunca había salido de la
oficina, después se quebró … creo que a todos les hizo mal ese quebrarse. Ya se
había ido Pirincho, también. A Pirincho lo habían mandado a pasar un cargamento
de armas, desde Uruguay a Bs. As, y como los padres tenían un yate, agarró el
yate y se fue para otro lado. Nunca más supe de él. Y bueno, también se hace un
juicio contra él, el muchacho bancario (Bernardo Groswald). Ese juicio termina
en un fusilamiento. Estuvimos todos cuando se lo fusiló. Realmente me pareció
una cosa increíble. Yo creo que era un crimen, porque estaba destruido, era como
un paciente psiquiátrico. Creo que de algún modo somos todos responsables,
porque todos estábamos en eso, en hacer la revolución.
Al otro día, o a los dos días, salimos con los muchachos que eran del sur, eran
unos tipazos, salimos para Santa Cruz de la Sierra, un pueblito que está sobre
la montaña y al que se llega por caminitos que se han ido haciendo canales por
el paso de la gente desde tiempos ancestrales, canales que ahora tienen una
profundidad de unos dos metros. Y nos encontramos con un hombre que fue a
buscarnos, le dije que le mandaba muchos saludos el Comandante, que quería saber
cómo estaba, y nos trajo para comer una pata charqueada, entera, hasta la
pezuña, y traían cosas para comer que se las llevamos de vuelta a los
compañeros.
Ya de vuelta esquivamos la casa de la nenita que habíamos curado porque vimos
huellas. Yo estaba seguro de que el campamento estaba perdido, estaba seguro y
se lo dije a Papi, y él me dijo que pensaba lo mismo, que teníamos que
levantarlo lo antes posible. Y seguimos hacia abajo, en una disposición
distinta, mirando para todos lados… y vimos las huellas, que estaban frescas,
habrían sido del día anterior, huellas de alpargatas, y los gendarmes son los
que andaban de alpargatas, y en lugar de ir para el campamento, el camino que
hicieron ellos, fuimos para otro arroyo, y cuando más avanzábamos fuimos
encontrando mensajes: que habían detenido a los paisanos, que después los habían
largado, que Diego estaba herido, y que habían metido dos canas y que estaban
presos Del Hoyo, Frontini, Castellanos…
Llegamos al campamento donde estaban los que habían sobrevivido, vimos a Diego
herido, que estaban sin comida… lo que traíamos nosotros duró lo que dura un
helado a la salida del colegio, como decía Castellanos. Ahí se produce el
derrumbe, se hace una reunión para ver hacia dónde se iba, si hacia arriba, con
el herido, o hacia la ciudad de Yuco que era la que íbamos a tomar el 18 de
marzo, pero ya no para tomarla, sino para conseguir alimento. A mí me pareció
que podíamos ir hacia arriba dejando algunos compañeros con Diego, y llegar a
Pampichuelo, un pueblo en las nacientes del río Piedras. Ése río es el único río
en el que no vi ningún pez… no había nada, y tampoco se veían animales de caza.
Y empezamos a subir, hasta un lugar en el que nos separamos cuatro compañeros
que empezamos a trepar la montaña, para pasar un desfiladero, y fuimos hacia la
naciente del río. Ahí se nos perdieron una tres pavas del monte que no pudimos
cazar porque estábamos mal. Tenía tanta bronca Masetti que después vio un
pajarito y le tiró y le sacó la cabeza… Ahí decidimos separarnos, me ordenó que
baje y que después suba a buscarlo con otros compañeros, que él iba a seguir
buscando comida. A todo esto ya habían muerto Marcos, César… y Diego estaba muy
mal. Subimos por una grieta, y llegando casi a la punta Antonio Paul se cae, y
yo no lo pude alcanzar. Cayó en caída libre… había lloviznado, estaba todo
mojado. Alcancé a agarrar la correa de su mochila, pero se me escapó. No
teníamos fuerzas, por el hambre terrible que pasábamos. Antonio cayó unos 30
metros y yo me caigo hacia otro lado, hacia una corriente de agua que me chupa,
una playita que mirábamos desde arriba y le llamábamos "el lugar de la muerte"
(yo le había dicho a Hermes, mirando desde arriba: "mirá, tan bello, y sin
embargo es el lugar de la muerte") y mi caída fue de esas historias rarísimas,
que uno cuenta y le dicen qué estupidez… porque no me pasó nada prácticamente,
no me ahogué, casi no me golpeé, … no sé cuánto estuve abajo del agua. Pero
realmente era un momento placentero, bien placentero, era una sensación de no
peso, como que nada pesaba, ni el cuerpo, ni las piernas, ni los sentimientos,
ni los pensamientos, nada, nada… era un estado de… no sé qué cosa parecida… como
un estado de placer puro, un estado puro, sin sensación de tiempo, de espacio… y
no tragué agua. Yo tengo la sensación de que respiraba, pero no estoy seguro,
porque ¿cómo voy a respirar abajo del agua?, pero lo cierto es que aparecí
bastante más abajo y me sacó de ese estado Alberto Castellanos… estaba cerca del
campamento. Entonces vuelvo, y lo encuentro a Antonio moribundo, y él me dijo "bueno, de todas maneras, de acá o salimos ganando o salimos con los pies para
adelante, así que…no te hagás problema, de todas manera vamos a ganar". Le
faltaban vértebras, por lo menos la quinta vértebra no estaba… Antonio agonizó
durante cuatro horas y yo, como ya no tenía morfina, le metí una caja de
supositorios de Dolex. Estaba todo fracturado… tenía fracturas desde la base del
cráneo hasta… bueno, en todo el cuerpo. Estuvo cuatro horas, con crisis
convulsivas, y estuvimos hablando hasta que murió.
Luego me junto con Jorge y con Alberto, y Dieguito estaba muriéndose. Lo
enterramos y la verdad que yo no estaba en condiciones de volver a subir la
montaña, estaba muy mal, tenía un edema de hambre, se me había hecho un colapso
en el intestino, perdí mucha masa muscular.
- ¿Cuánto tiempo había pasado desde que subieron al monte?
- Entramos en agosto y esto fue ya en abril. Mucho tiempo. Y sin comer fue desde
que yo los contacto a ellos, que fue en los primeros días de marzo… y ya cuando
vi la huella no comimos más. Ya llevábamos 30 días sin comer, y caminando sin
parar. Y ya no podía caminar. Entonces decidimos bajar a ver si encontrábamos a
la otra gente… y en la bajada, después de tanto tiempo, aparece un bicho en el
río y yo le pego en la columna, no sabíamos qué bicho era… lo arrastramos como
pudimos, y lo cuereé con un cortaplumas de esos que tienen de todo,
destornillador, tijerita… Era un paquidermo, tenía un cuero gruesísimo. Bueno,
digo, "lo primero, las vísceras: comamos el hígado, los riñones" mientras
improvisábamos una parrilla con palos. Y por fin comimos algo, pero lo mismo
quedé mal, tenía los intestinos a la miseria…
Cuando llegó Hermes, al tercer día, la carne no se podía comer porque se había
podrido. Hermes traía un poco de yerba y preparó un mate cocido, que creo que
fue la comida más gloriosa que comí en mi vida. La cuestión es que con Carlitos
–que venía con Hermes- comenzamos a bajar para ir al campamento que yo no
conocía, donde habían estado ellos antes, cuando fueron en el primer viaje. Y
llegamos ahí y estaban saliendo ya los compañeros, creo que era el 12 de abril,
y pensaban volver en 2 días.
Y al segundo día de que habían salido, yo estaba casi sin poder moverme ya,
estaba tirado al pie de un reborde del río, empiezo a escuchar voces que no me
gustan, y me acerco a un cinturón en el que tenía dos granadas y en ese momento
siento que me salpicaba barro en la cara y manoteo una de las granadas y recibo
un patadón en las costillas… eran los gendarmes. Y me empezaron a golpear, me
desmayaron. Era imposible que no me desmayara, si estaba hecho una piltrafa.
Después hacen un simulacro de fusilamiento. Y al día siguiente nos llevan.
Hay un gendarme que después fue guardia cárcel en Salta y que renuncia a la
gendarmería por lo que vio esa noche en el campamento. Se impresionó mucho. Esa
noche quedó de guardia y nos vio tan mal que nos tiró un par de cigarrillos.
También nos trajo en una lata de duraznos una sopa de tomate, otra comida
gloriosa... ¡qué rica!. Estábamos desnudos, con una manta arriba.
Al día siguiente salimos para Orán, ahí estuvimos varios días: desde el 14 o 15
de abril hasta el 20 de junio. Después nos trasladan a la cárcel de Tucumán.
(*)Versión reducida de la entrevista videograbada por Abril Schmucler y Ciro Del
Barco en Agosto de 2004.
____________________________________________________________
La experiencia vivida por los hombres comandados por Masetti, tal vez no sea
comprendida cabalmente sin el conocimiento de las ideas que circulaban en la
época entre los grupos revolucionares, y particularmente, la propuesta
guevarista. Para quienes estén interesados, sugerimos la lectura del capítulo 25
"Vertiente guerrillera" del libro Che: una vida revolucionaria de Jon Lee
Anderson, editado por Emecé, y Los orígenes perdidos de la guerrilla argentina,
de Gabriel Roth, Editorial El Cielo por Asalto sobre el Ejército Guerrillero del
Pueblo, así como Ideología y Mito en el EGP, de Daniel Avalos, Ediciones Naño,
Salta.
Empezar
a vivir de otra manera
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Segunda Parte: Tiempo de cárcel y reflexiones posteriores
En la cárcel nos torturaron bárbaramente, no de manera científica, fue brutal.
Culatazos en la cabeza, patadas, muy cruel… no murió ninguno de casualidad. Nos
tenían aislados en unas habitaciones que estaban en la parte de delante de la
guardia, y por ahí cuando te llevaban te decían "tomá el fusil y andate".
Algunos eran muy nazis, pero otros eran buenos tipos. Y un día, debe haber sido
entre los primeros días de junio, cae el General Alsogaray, Julio Argentino
Alsogaray, que era, creo, comandante en jefe de las fuerzas armadas. Aparece y
me pregunta qué cigarrillos fumo. Le digo "Máximos", que era una marca del
norte, y me dice "cómo vas a fumar esa porquería". Y sí, le digo, fumo eso. Yo
estaba desnudo, y mandó a un cabo que me buscara ropa. Me hizo desatar,
estábamos solos. Manda traer un cartucho de particulares. No, le digo, con dos
cigarrillos me sobra. Salvo que le den un paquete a cada uno. Después me
pregunta qué tomo, si tomo whisky o cognac… Yo pensaba que me iba a fusilar. Y
me trajeron cigarrillos y un cognac después de tantos días en los que nos habían
dado de comer sólo una cabeza de vaca podrida, sopa llena de gorgojos, pan
viejo… con decirte que llegué a pesar 48 kilos. "¿Y cómo estás?" me dice. Yo
estaba azul, no había piel que no tuviera un color azul, violeta. "No quiero
saber nada de las actividades", me dice, "no me interesa eso". "Usted Jouvé
tiene un perfil muy parecido al de mis hijos. Hemos hablado con sus profesores
de la secundaria, y sabemos que usted era muy buen alumno, muy buena persona,
que terminó el bachillerato a los 16 años. Fuimos a la universidad, también
sabemos que hizo una carrera impresionante hasta que entró al servicio militar y
ahí paró, que su papá era un tipo muy respetado en su pueblo, un tipo recto,
laburante, muy estimado, honesto. No me diga que esto es porque su mamá lava
ropa"… "No, no es por eso", le digo. "No es por ninguna de esas cosas". "Bueno
–me dice—, pero a mí me interesa saber por qué entró a la guerrilla, porque mi
hijo se parece mucho a usted". Y yo le dije "mire, en un país donde se habla de
democracia, después de unas elecciones donde un tipo que puede ser bueno o malo
pero que ganó con la proscripción de la mayoría, no entiendo de qué democracia
hablamos. En la escuela nos enseñan eso, nos hablan de libertad, nos hablan de
justicia, y viene la masacre de José León Suárez ¿qué quiere que piense?" Y le
empecé a plantear un montón de cosas, durante diez minutos, sobre la justicia,
sobre la libertad, sobre la igualdad de posibilidades, etc. Y me dice "¿Y usted
qué cree que puedo hacer con mi hijo?" "Y –le digo— no lo mande a la escuela o
prohíbale a los maestros que le den Educación Cívica, porque si es una persona
decente, y estudia eso, no se va a quedar sin hacer nada". Resultó después que
el hijo de Alsogaray murió en Tucumán. Lo mató Bussi. Estaba en Montoneros o en
ERP. Y el otro se exilió en México, fue el que le pegó a Astiz, en un boliche de
la costanera.
***
De Tucumán nos llevaron a Salta. Ahí ya podía hacer cosas, hicimos juguetes en
la carpintería, también hicimos muebles. Yo le hice una cuna a mi hija, qué sé
yo, hacíamos cosas, teníamos la posibilidad de entretenernos, de leer un poco el
diario, de recibir discos y libros... Así que ahí fue bastante bueno, digamos.
Mi señora se había ido al Uruguay, tenía orden de captura, pero va a la visita y
no la meten en cana, así que empieza a visitarme seguido. En el 68 queda
embarazada, y nació Tania Camila, mi hija. Luego se viene para Córdoba. En esa
cárcel era otra cosa, tenías tiempo de pensar, podías escribir, nos hacían
reportajes… Casi todas las entrevistas de esos años se caracterizan por cierta
soberbia, como que nos sentíamos dueños de todas las verdades. Creo que eso nos
caracterizó no sólo a nosotros sino a todos los que apoyamos procesos
insurrecionales. Yo no estaba de acuerdo con eso, porque Fidel había dicho que
no podíamos convertir a la corriente socialista en una iglesia con papas, popes,
obispos y curas, y yo pensaba lo mismo, que era muy parecido a una religión, yo
pensaba que lo que queríamos era un poco como construir el paraíso en la tierra,
esta Revolución que era el punto de llegada, que era el lugar donde todos íbamos
a ser felices. Y además, que lo íbamos a hacer nosotros. Después de un tiempo de
estar adentro, esas cosas me llamaban más a la reflexión. En realidad las
primeras críticas fueron al foco, concretamente a lo nuestro, a la preparación
de ese foco, ya después las críticas fueron apuntando más para otras cosas: ¿era
el camino armado el camino correcto para construir una sociedad diferente?
Después, cuando nos juntamos con otra gente en la cárcel de Resistencia también,
veíamos lo que se venía, el desarrollo de nuevas fuerzas sociales como el
peronismo del ’73, en donde Montoneros tenía una buena posibilidad de avanzar un
poco más de lo que avanzó. La llegada de Perón, el acto eleccionario que lo
confirma, desacomoda bastante el panorama y yo opinaba que había que guardar los
fierros y hacer política. Y esperar. Pero bueno, se hicieron varias operaciones
grandes y eso fue complicando todo. Es decir, los militares aprovechaban eso… yo
creo que la inteligencia militar siempre tentó al ala armada de los grupos,
siempre le regaló cosas para poder golpearla, no sólo para poder golpearla sino
para hacer que sea hegemónica sobre la política. Y bueno, la política de alguna
manera fue desapareciendo. Mientras, nosotros estábamos en la cárcel, rodeados
de compañeros que iban encarcelando en ese tiempo, con los que podíamos hablar
de esas cosas.
De resistencia nos mandaron a Rawson, ahí las organizaciones armadas les
prohibieron a algunos compañeros hablar con nosotros, salvo los changos de La
Calera, Luis Rodeiro, Ignacio Vélez y algunos más, porque estaban en disidencia.
Teníamos mucha charla con la gente del Peronismo de Base, de las FAR. Y nos
mandaban embajadores, para que los otros no se contaminaran, mandaban a los más
firmes.
En Rawson estábamos en pabellones celulares, y era todos los días más o menos lo
mismo: los presos se agrupaban de acuerdo a las distintas agrupaciones de las
que eran parte y cantaban sus himnos y canciones cuando se leía en el diario
quién había hecho la última operación…. pero de política casi no se hablaba.
Para casi todos la política era algo del otro lado, era de burgueses. Un solo
preso leía los diarios y los otros escuchaban, eso fue cuando vino Perón en
noviembre, y como era yo el que leía, y a mí me hartaban con las canciones de
victoria, entonces yo leía primero las noticias políticas, después las
económicas, después las deportivas, después los avisos clasificados y recién al
último leía las operetas militares. Era mi pequeña venganza. Fuimos a parar al
pabellón de los quebrados, donde nos encontramos con Rodeiro, con Vélez... y
bueno, yo digo que los últimos días tuvimos un pabellón tranquilo… y a la semana
salimos.
***
Todavía los primeros años de encierro seguía pensando que la idea del foco
guerrillero era una vía válida, durante el 66, 67. Pero ya cuando el Che estaba
en Bolivia, Castellanos me dijo "ahora vas a ver lo que es un Comandante" y yo
le dije "yo creo que el Che está perdido" porque estaba aislado. "No, no", me
dice, "vos no sabés los recursos que tiene el Che".
Y cuando muere el Che ya tenía una cosa bastante elaborada sobre la guerrilla,
la lucha armada… yo la había conocido desde adentro y los milicos habían
aprendido tanto como nosotros, y tal vez un poco más… sabíamos que ellos podían
llegar a las brutalidades más espantosas para obtener información… Pero sobre
todo criticaba la concepción del foco como vía para la revolución en cualquier
lugar. En algunos lugares podría andar, como en China, Vietnam y en Cuba… pero
siempre contamos las revoluciones que triunfan, ¿y las que no triunfan? hubo
muchas, claro… son muchísimas más las que no triunfaron que las que triunfaron.
Y muchísimas más las que terminaron en masacre. Es decir que cuando empezamos a
contabilizar lo que había andado y lo que no había andado, pensamos que tenían
que darse condiciones sumamente particulares para que se lograra el desarrollo
de una lucha política y social violenta que terminara en la toma del poder. A
esa altura del partido yo me preguntaba: ¿y después del poder, qué? O sea, si
tomamos el poder, si son algunos compañeros que están acá con nosotros los que
toman el poder, nosotros nos vamos a tener que ir o nos van a fusilar. Si ya
nomás somos quebrados por pensar distinto. Después llegamos a una charla, creo
que estaba el Oscar (Del Barco) y el Kichi (Samuel Kiczkowski), estaban muy en
montos, me acuerdo, y yo les decía que eso no era mejor, o estar en cualquier
organización armada, todo eso estaba invalidado, que no era una guerra sino que
era el juego del vigilante y el ladrón… eso fue en el 73, 74… creo que habían
pasado suficientes cosas como para suponer que eso no era posible; sí era
posible lo que ocurrió en el Rodrigazo, es decir, fijate que el golpe contra
Isabel Perón no viene por las acciones de la guerrilla, viene después del
Rodrigazo, cuando en Buenos Aires los trabajadores le pasan por encima a la
burocracia sindical, desconocen el mandato de Lorenzo Miguel, de Isabel… bueno
ahí se viene el Golpe, porque hay un verdadero cuestionamiento del poder, es
decir, la gente en la calle. Después vienen los grupos de militantes, como
después de los hechos del 2001, donde las asambleas populares primero fueron
populares en serio, la gente salía a la calle y no tenía una visión política,
salía desde la bronca, desde el rechazo de algo que le resultaba insoportable.
Pero luego vinieron los militantes, les tiraron discursos, vinieron con las
banderas y la gente se fue. Es decir, todo eso me ha ido llevando, a mí por lo
menos, y coincidimos con bastantes compañeros, a otro tipo de ideas. No sé cómo
construiremos el socialismo, no sé. Tampoco sé si hoy es posible, no sabemos
para dónde vamos.
***
Y ahora hay una cantidad de cambios para que no cambie nada. Porque este es un
sistema que va cambiando cosas, va revolucionando un montón de cosas todos los
días para que no cambie nada, para que la esencia misma del sistema siga siendo
igual. Por ejemplo: todas las grandes empresas, tienen fundaciones, que hacen
obras de caridad, que les pagan a Greenpeace, a Médicos sin Fronteras, a un
montón de organizaciones donde trabaja gente sana, desinteresada, que van para
ayudar a gente que sufre… como nosotros quisimos hacer la revolución nuestra, la
íbamos a hacer para que la gente viviera bien. Pero pienso que lo mejor de la
juventud estuvo también en las luchas obreras, que lo hacían para que sus
compañeros vivan mejor. Digo… la gente que se puso a hacer algo por el otro…
pero eso que pasa hoy donde las grandes corporaciones multinacionales están
apoyando proyectos para los chicos de la calle, para esto, para lo otro, estas
cosas, antes no existían. Después de haber desangrado pueblos enteros para
hacerse multimillonarios, te arman una fundación y parte de eso que han saqueado
a la gente lo devuelven en obras de caridad. Estos son los cambios de los que
hablo. Las ONG son compradas por esos organismos, porque son los que les tiran
la guita para que hagan lo que hacen, entonces se convierte en un negocio más
¿me entendés?, esto es lo que ha logrado el capitalismo. Te dicen: "vos tenés
todas las libertades, podés optar por lo que vos quieras"… ¿te vas a hacer
feminista? sí, no hay problema, hacelo, te ponemos el Banco Mundial y te
pagamos. ¡El Banco Mundial les da guita a los grupos feministas! ¿para los
derechos humanos? ¿lucha contra el racismo? ¡Pero claro que sí!, acá hay guita:
se la pone el Banco Mundial o se la pone cualquier fundación de las grandes
corporaciones. Pero no te metas con otras cosas. No vayas a querer demostrar que
haría falta vivir de otra manera, que no vamos a ningún lado sino al que ellos
quieren, que no podemos decidir hacia dónde queremos ir. Esto de comenzar a
pensarnos desde otro lugar… de todas maneras no podemos evadir la alienación,
hasta nos han hecho creer que si no tenemos la multiprocesadora Moulinex somos
infelices, entonces, la gente sufre por lo que no tiene. Y yo me pregunto ¿cómo
van a sufrir por lo que no tienen, si tienen un montón de cosas de las que
podrían disfrutar? Pero bueno, no importa, lo que tenemos no lo disfrutamos y
lloramos por lo que no tenemos. Entonces ¿cuál es el placer más grande de la
gente, hoy? Ir al hiper, cargar los carros y salir con un montón de cosas, ¿por
qué? Porque nos hemos convertido en "monos recolectores". Toda esta alienación,
toda esta segmentación social llevada casi al infinito, todo este sistema
alienado donde todo se mezcla en una cosa que es insoportable: se mezcla el
choro de la esquina con el piquetero de cualquier corriente, se mezcla el
secuestro con los marginados, entonces ahora son todos delincuentes y por
portación de cara te llevan preso. Entonces hacé todo lo que quieras con los
derechos humanos, pero no te metás a cuestionar el sistema porque ahí te
cortamos las manos.
De todas maneras hay que hacer cosas. No creo que vayamos a cambiar el mundo, a
lo mejor esto se vuelve absolutamente insoportable, a lo mejor esta
irracionalidad absoluta hace que se vuelva tan tan irracional a los ojos del
ciclón que provoque que las multitudes hagan otro tipo de cosas y que podamos
hacer algo, o podamos articular un discurso que permita construir otro tipo de
sociedad. Tal vez como decía Oscar del Barco, que es lo que siempre intento,
tenemos que empezar a vivir de otra manera. Vivir de otra manera y salir de este
circuito que es absolutamente perverso, donde todas las opciones que nos dan son
falsas, porque las opciones verdaderamente importantes, no están. Las de adónde
queremos ir, no están. Vamos a donde nos llevan. Y yo creo que eso es lo
terrible, pero no creo que podamos hacer nada desde la guerrilla armada. Tal vez
haya algún momento en que se pueda dar una situación como la de los bolcheviques
en la Rusia de 1917. Tal vez se dé ese momento en que todo es posible… yo creí
que ese momento era el 25 de mayo del ‘73, porque los canas nos hacían la V de
la victoria cuando íbamos en el colectivo desde Ezeiza a Capital. Yo dije "pucha
qué momento", me acuerdo de la gente, de la cantidad de gente... cuando me
subieron al balcón para que hable, y yo miré y me asusté tanto, tanto. Había
tanta gente que no sabía dónde terminaba esa multitud, así que dije cuatro
pavadas y me tiré para atrás. Era impresionante, nunca había visto tanta gente
junta. Pero bueno, era el momento, tal vez un Lenin en ese momento hubiera hecho
otra cosa, pero hay que ver, si llega el momento, y estamos, tal vez podamos
hacer algo por el cambio. Si no, no sé cómo se irán articulando las cosas. De
todas maneras yo coincido con algunas cosas del subcomandante Marcos, sobre todo
en que la revolución no es un punto de llegada, que es un camino, un modo de
vivir. Hoy pienso que es así, que la revolución es una manera de estar en el
mundo.
***
Yo creo que si estamos atentos a lo que pasa posiblemente podamos hacer más
cosas para que cambie el mundo. Creo que sí, que se va a poder, que no termina
acá la historia. Pienso en el equipo de la revista, por ejemplo, están haciendo
algo, y no tanto por lo que dicen si no por el hecho de estar juntos, de
juntarnos para hablar, para pensar, para ver si alguna vez logramos articular
ese discurso que permite otras cosas. Eso es lo único que hemos podido mantener,
eso de juntarnos para hablar, de encontrarnos, con alegría. Eso es
indispensable. Porque yo creo que Descartes se equivocó cuando dijo "pienso,
luego existo", no es así el ser humano…el ser humano es un animal que puede
razonar, pero puede razonar porque es emocional, si no hubiera emociones, no
pasa un pito. Sería una roca. Quiero decir que solamente a partir de la emoción
pudimos descubrir el lenguaje, la cultura, todo.
Cuando nos han invitado a hablar sobre estas cosas que hemos vivido, por ejemplo
los de hijos nos han invitado varias veces, y fuimos con Rodeiro, Losada, Vélez,
y otra gente también, he escuchado hablar de heroísmo y de un montón de cosas y
eso siempre me pone mal. Porque esos chicos que perdieron a sus padres, si
tratan de emular ese camino... pienso que eso está agotado, que no anduvo bien,
que no salió bien. Y me dicen que fue porque se hicieron mal las cosas, y yo
digo que no, mira, 70 años de socialismo en la Unión soviética, desde el 47 en
China, pregunto: ¿eso era el socialismo? "Bueno, porque lo hicieron mal", me
dicen. ¿y vos creés que lo vas a hacer bien? ¿vos creés que la gente que lo hizo
mal era gente malintencionada? ¿o sale mal por otra cosa, porque directamente
eso no era socialismo? entonces ¿qué es el socialismo? porque eso no fue, y
Lenin mismo lo dijo antes de morir en 1920 –en esos escritos que casi nadie pudo
leer porque estaban secuestrados—, que tendremos que conformarnos con un
capitalismo de estado para desarrollar la cultura... ahí es cuando le escribe
cartas a los intelectuales de Europa occidental y les escribe para que fueran a
ayudar a desarrollar la cultura del pueblo ruso. Dice "éste es un pueblo
asiático, qué socialismo se va a desarrollar en un pueblo asiático", su planteo
era la posibilidad de que fueran los obreros los que dirigieran este proceso de
modernización. Eso fue, un proceso de modernización. Pero desde ahí, se tomó el
poder, con las ideas que muchos todavía hoy creen que son las únicas posibles. Y
yo decía que no, que al poder no lo tenemos que raptar porque va a ser una
dictadura de nuevo, porque es calcada de lo otro, es la misma ideología.
Entonces, no sé cómo se hará, no tengo ni idea.
AS: Dijiste "existir" de otra manera...
HJ: Sí, asociarnos de otra manera, ¿cómo puede ser que nos asociamos sólo para
negociar, cómo puede ser que no nos podamos asociar para otras cosas, para
compartir otro tipo de cosas? Digo, reconstruir los vínculos sociales, la red
social que está destruida.
AS: Empezar en cada individuo...
HJ: Sí, en cada individuo, pero hasta abrir el diálogo con el otro, articulando
las experiencias, me parece que eso es importante. Dice Maturana que una cultura
es una red de conversaciones. Y yo creo que podemos ayudar a instalar otra red
de conversaciones. Y dentro del marco del progresismo, yo creo que más que
definiciones, podemos empezar a hacer buenas preguntas. Para ver qué estamos
haciendo, y si hacemos buenas preguntas posiblemente logremos instalar una nueva
red de conversaciones. Pero si no, vamos a seguir repitiendo lo mismo. Aún se
escuchan comentarios, ideas, discursos de los años ‘60: no puede ser que no se
den cuenta de que ya cayó el muro de Berlín, que China es un país capitalista de
primera línea, que Vietnam se fue a los caños, no puede ser que no hayan tomado
nota de lo que pasó en el mundo. Que vivimos en un mundo globalizado, pero
lógicamente globalizado, porque el capitalismo tiende a la globalización. Yo
creo que recién ahora está empantanado porque no tiene donde seguir haciendo sus
beneficios, salvo concentrarse, concentrarse y volverse fascismo. También hay
bastantes reservas no fascistas en el mundo, pero siguen pensando lo mismo, yo
veo que siguen pensando que la única salida es la toma del poder, y a cada
movimiento social se le cuelgan atrás los grupos revolucionarios para indicarles
el camino de la toma del poder y de la revolución. Ésta es la cultura que
estamos viviendo. Pero ¿será posible guiar a los que puedan instalar una nueva
red de conversación haciendo nuevas preguntas? A mí por lo pronto me parece
importante que la gente se junte, que podamos preguntarnos cosas.
(Ver Parte 1: La guerrilla)
(*)Versión reducida de la entrevista videograbada por Abril Schmucler y Ciro Del
Barco en Agosto de 2004
Carta de Oscar del Barco
Señor Sergio Schmucler:
Al leer la entrevista con Héctor Jouvé, cuya transcripción ustedes publican en
los dos últimos números de La Intemperie, sentí algo que me conmovió, como si no
hubiera transcurrido el tiempo, haciéndome tomar conciencia (muy tarde, es
cierto) de la gravedad trágica de lo ocurrido durante la breve experiencia del
movimiento que se autodenominó "ejército guerrillero del pueblo". Al leer cómo
Jouvé relata suscinta y claramente el asesinato de Adolfo Rotblat (al que
llamaban Pupi) y de Bernardo Groswald, tuve la sensación de que habían matado a
mi hijo y que quien lloraba preguntando por qué, cómo y dónde lo habían matado,
era yo mismo. En ese momento me di cuenta clara de que yo, por haber apoyado las
actividades de ese grupo, era tan responsable como los que lo habían asesinado.
Pero no se trata sólo de asumirme como responsable en general sino de asumirme
como responsable de un asesinato de dos seres humanos que tienen nombre y
apellido: todo ese grupo y todos los que de alguna manera lo apoyamos, ya sea
desde dentro o desde fuera, somos responsables del asesinato del Pupi y de
Bernardo.
Ningun justificativo nos vuelve inocentes. No hay "causas" ni "ideales" que
sirvan para eximirnos de culpa. Se trata, por lo tanto, de asumir ese acto
esencialmente irredimible, la responsabilidad inaudita de haber causado
intencionalmente la muerte de un ser humano. Responsabilidad ante los seres
queridos, responsabilidad ante los otros hombres, responsabilidad sin sentido y
sin concepto ante lo que titubeantes podríamos llamar "absolutamente otro". Más
allá de todo y de todos, incluso hasta de un posible dios, hay el no matarás.
Frente a una sociedad que asesina a millones de seres humanos mediante guerras,
genocidios, hambrunas, enfermedades y toda clase de suplicios, en el fondo de
cada uno se oye débil o imperioso el no matarás. Un mandato que no puede
fundarse o explicarse, y que sin embargo está aquí, en mí y en todos, como
presencia sin presencia, como fuerza sin fuerza, como ser sin ser. No un mandato
que viene de afuera, desde otra parte, sino que constituye nuestra inconcebible
e inaudita inmanencia.
Este reconocimiento me lleva a plantear otras consecuencias que no son menos
graves: a reconocer que todos los que de alguna manera simpatizamos o
participamos, directa o indirectamente, en el movimiento Montoneros, en el ERP,
en la FAR o en cualquier otra organización armada, somos responsables de sus
acciones. Repito, no existe ningún "ideal" que justifique la muerte de un
hombre, ya sea del general Aramburu, de un militante o de un policía. El
principio que funda toda comunidad es el no matarás. No matarás al hombre porque
todo hombre es sagrado y cada hombre es todos los hombres. La maldad, como dice
Levinas, consiste en excluirse de las consecuencias de los razonamientos, el
decir una cosa y hacer otra, el apoyar la muerte de los hijos de los otros y
levantar el no matarás cuando se trata de nuestros propios hijos.
En este sentido podría reconsiderarse la llamada teoría de los "dos demonios",
si por "demonio" entendemos al que mata, al que tortura, al que hace sufrir
intencionalmente. Si no existen "buenos" que sí pueden asesinar y "malos" que no
pueden asesinar, ¿en qué se funda el presunto "derecho" a matar? ¿Qué diferencia
hay entre Santucho, Firmenich, Quieto y Galimberti, por una parte, y Menéndez,
Videla o Massera, por la otra? Si uno mata el otro también mata. Esta es la
lógica criminal de la violencia. Siempre los asesinos, tanto de un lado como del
otro, se declaran justos, buenos y salvadores. Pero si no se debe matar y se
mata, el que mata es un asesino, el que participa es un asesino, el que apoya
aunque sólo sea con su simpatía, es un asesino. Y mientras no asumamos la
responsabilidad de reconocer el crimen, el crimen sigue vigente.
Más aun. Creo que parte del fracaso de los movimientos "revolucionarios" que
produjeron cientos de millones de muertos en Rusia, Rumania, Yugoeslavia, China,
Corea, Cuba, etc., se debió principalmente al crimen. Los llamados
revolucionarios se convirtieron en asesinos seriales, desde Lenin, Trotzky,
Stalin y Mao, hasta Fidel Castro y Ernesto Guevara. No sé si es posible
construir una nueva sociedad, pero sé que no es posible construirla sobre el
crimen y los campos de exterminio. Por eso las "revoluciones" fracasaron y al
ideal de una sociedad libre lo ahogaron en sangre. Es cierto que el capitalismo,
como dijo Marx, desde su nacimiento chorrea sangre por todos los poros. Lo que
ahora sabemos es que también al menos ese "comunismo" nació y se hundió
chorreando sangre por todos sus poros.
Al decir esto no pretendo justificar nada ni decir que todo es lo mismo. El
asesinato, lo haga quien lo haga, es siempre lo mismo. Lo que no es lo mismo es
la muerte ocasionada por la tortura, el dolor intencional, la sevicia. Estas son
formas de maldad suprema e incomparable. Sé, por otra parte, que el principio de
no matar, así como el de amar al prójimo, son principios imposibles. Sé que la
historia es en gran parte historia de dolor y muerte. Pero también sé que
sostener ese principio imposible es lo único posible. Sin él no podría existir
la sociedad humana. Asumir lo imposible como posible es sostener lo absoluto de
cada hombre, desde el primero al último.
Aunque pueda sonar a extemporáneo corresponde hacer un acto de constrición y
pedir perdón. El camino no es el de "tapar" como dice Juan Gelman, porque eso
-agrega- "es un cáncer que late constantemente debajo de la memoria cívica e
impide construir de modo sano". Es cierto. Pero para comenzar él mismo (que
padece el dolor insondable de tener un hijo muerto, el cual, debemos
reconocerlo, también se preparaba para matar) tiene que abandonar su postura de
poeta-mártir y asumir su responsabilidad como uno de los principales dirigentes
de la dirección del movimiento armado Montoneros. Su responsabilidad fue directa
en el asesinato de policías y militares, a veces de algunos familiares de los
militares, e incluso de algunos militantes montoneros que fueron "condenados" a
muerte. Debe confesar esos crímenes y pedir perdón por lo menos a la sociedad.
No un perdón verbal sino el perdón real que implica la supresión de uno mismo.
Es hora, como él dice, de que digamos la verdad. Pero no sólo la verdad de los
otros sino ante todo la verdad "nuestra". Según él pareciera que los únicos
asesinos fueron los militares, y no el EGP, el ERP y los Montoneros. ¿Por qué se
excluye y nos excluye, no se da cuenta de que así "tapa" la realidad?
Gelman y yo fuimos partidarios del comunimo ruso, después del chino, después del
cubano, y como tal callamos el exterminio de millones de seres humanos que
murieron en los diversos gulags del mal llamado "socialismo real". ¿No sabíamos?
El no saber, el hecho de creer, de tener una presunta buena fe o buena
conciencia, no es un argumento, o es un argumento bastardo. No sabíamos porque
de alguna manera no queríamos saber. Los informes eran públicos. ¿O no existió
Gide, Koestler, Víctor Serge e incluso Trotsky, entre tantos otros? Nosotros
seguimos en el Partido Comunista hasta muchos años después que el
Informe-Krutschev denunciara los "crímenes de Stalin". Esto implica
responsabilidades. También implica responsabilidad haber estado en la dirección
de Montoneros (Gelman dirá, por supuesto que él no estuvo en la Dirección, que
él era un simple militante, que se fue, que lo persiguieron, que lo intentaron
matar, etc., lo cual, aun en el caso de que fuera cierto, no lo exime de su
responsabilidad como dirigente e, incluso como simple miembro de la organización
armada). Los otros mataban, pero los "nuestros" también mataban. Hay que
denunciar con todas nuestras fuerzas el terrorismo de Estado, pero sin callar
nuestro propio terrorismo. Así de dolorosa es lo que Gelman llama la "verdad" y
la "justicia". Pero la verdad y la justicia deben ser para todos.
Habrá quienes digan que mi razonamiento, pero este no es un razonamiento sino
una constrición, es el mismo que el de la derecha, que el de los Neustad y los
Grondona. No creo que ese sea un argumento. Es otra manera de "tapar" lo que
pasó. Muchas veces nos callamos para no decir lo mismo que el "imperialismo".
Ahora se trata, y es lo único en que coincido con Gelman, de la verdad, la diga
quien la diga. Yo parto del principio del "no matar" y trato de sacar las
conclusiones que ese principio implica. No puedo ponerme al margen y ver la paja
en el ojo ajeno y no la viga en el propio, o a la inversa. Yo culpo a los
militares y los acuso porque secuestraron, torturaron y mataron. Pero también
los "nuestros" secuestraron y mataron. Menéndez es responsable de inmensos
crímenes, no sólo por la cantidad sino por la forma monstruosa de sus crímenes.
Pero Santucho, Firmenich, Gelman, Gorriarán Merlo y todos los militantes y yo
mismo también lo somos. De otra manera, también nosotros somos responsables de
lo que sucedió.
Esta es la base, dice Gelman, de la salvación. Yo también lo creo.
Lo saludo.
Oscar del Barco
Carta de Christian Ferrer
Señor Director:
No es tan fácil matar. La inmensa mayoría de las personas que viven en el mundo
jamás lo ha hecho y probablemente nunca lo hará. Por otra parte, esos millones
de personas no suelen pasar sus días discurriendo sobre la "fatalidad histórica"
de arrancarle la vida a otros seres humanos. Milagrosamente, y desde un
principio, la necesidad imperiosa de conservación de la propia vida no condujo a
la extinción de la especie sino a la comprensión y aceptación de la simétrica
necesidad de autoconservación ajena, y es por eso que la historia humana no
puede ser relatada únicamente como la crónica de un matadero. Para poder matar,
primero es preciso estar enrolado en profesiones legitimadas o especializadas en
el arte de matar: se debe ser verdugo, policía, militar, mercenario, linchador,
sicario, terrorista, torturador, o bien revolucionario –según se desprende de
ciertos argumentos enviados a La Intemperie a modo de contestación a Oscar del
Barco. Y cada una de esas profesiones viene pertrechada con su correspondiente
preámbulo justificativo. Pero, sobre todo, a fin de erradicar a un ser humano de
este mundo es preciso disponer de permiso para matar, es decir de una venia para
hacerlo. Así, hay quienes matan en representación de un partido o de una nación;
y otros en nombre de una religión o de una ideología; y aún otros en nombre del
Estado o de una etnia; y no faltan quienes matan en nombre de la raza o del "contexto histórico de la lucha de clases". Unos matan para mantener el viejo
orden y otros con el objetivo de conquistar y luego salvaguardar un orden nuevo.
En cambio, las personas que deben darse permiso a sí mismas para matar,
raramente se lo conceden. Casi nunca.
Sin embargo, en varias de las respuestas a la carta de Oscar del Barco publicada
a fines del año pasado en La Intemperie no sólo se evoca a las muertes causadas
en el pasado en nombre de ideas de izquierda como "históricamente necesarias"
sino que, además, se legitiman en forma antedatada a las ejecuciones que
pudieran ocurrir en el camino a un porvenir redimido, y eso porque las "leyes"
de la historia así lo reclamarían. Esta pretensión no transmite solamente una
filosofía de la historia; mucho más alarmante es esta sombría prédica de la
muerte ajena para el futuro, acto que solo a las víctimas, o a sus
representantes, les sería lícito cometer. Como ese acontecimiento es de
concreción improbable en la Argentina, la discusión concierne, más bien, a la
historia y la ética de la izquierda. Se diría que los millones y millones de
asesinados en los campos de concentración soviéticos, bajo Lenin y bajo Stalin,
habrían bastado para exigir de quienes difundieron esas ideas, o que aún las
difunden, un acto de contrición del pensamiento; o bien el millón y medio de
sacrificados por el comunismo camboyano hace apenas tres décadas; o bien los
cientos y cientos de fusilados y torturados en las cárceles de Albania o de Cuba
en nombre de la inmunización de sus respectivos regímenes; o al menos habría
bastado el asesinato de esos dos muchachos del Ejército Guerrillero del Pueblo
en el norte argentino. Pero no. Aparentemente "la historia" requiere más. ¿Qué
más? ¿Acaso la toma de partido por las víctimas es el principio ético
innegociable que habilita el derramamiento de sangre? El apotegma "Yo, por haber
optado por los oprimidos, soy bueno, y por lo tanto mi contrario es malo", es
una presunción infantil.
Se dice en una de las réplicas que la "toma del poder" es la bisagra necesaria
que posibilitará cambiar la historia. Pero entiendo que la carta de Oscar del
Barco supone poner en cuestión el hecho mismo de la "acumulación y toma del
poder", por causa de sus consecuencias fratricidas. La experiencia histórica
conocida permite pronosticar que los muertos eventuales de ese futuro redimido
no serán únicamente aquellos en quienes se exterminaría, además, "el emblema y
la función del poder" del antiguo régimen, sino también los propios, cuando sus
actos resulten impropios. Así, quienes alguna vez liquidaron a un zar se la
tomaron inmediatamente contra el ala izquierda de su bando, y la exterminaron;
enseguida la guadaña se descargó contra los antiguos miembros de la propia
facción, que fueron despanzurrados; y al fin siguió el turno de cualquiera que
tuviera cara de contrarrevolucionario, y entonces se colmaron las cárceles, pues
a esos siempre se los encuentra por miles, incluso por millones. Son escenas que
suceden una y otra vez en los vértices de las pirámides, señaladas a veces por
el recurso a la zancadilla y otras por el del puñal. Se dice también en esas
contestaciones que no existen valores fuera de la historia. Cabe agregar que
tampoco existen fuera del cuerpo y el alma de quienes los encarnan. En otras
palabras, cada uno es responsable del daño hecho a otros, y aquel que diluye esa
responsabilidad en la "historia" se está amnistiando a sí mismo por adelantado
así como también indulta a quienes debería concernirle la inevitable
deliberación ética posterior a los hechos sucedidos. Caín se andaba con menos
vueltas a la hora de dar la cara: "¿Acaso mi hermano está a mi cuidado?".
Esas respuestas evidencian un pobre aprendizaje de la experiencia
revolucionaria, como si las erratas históricas cometidas en las diversas "tomas
de poder" sucedidas en el siglo XX solo interesaran a modo de correctivos, en
función de serles restadas sus "ineficacias" –sectarismos, errores,
voluntarismos, excesos, reduccionismos, vanguardismos– para la próxima vez. Eso
se desprende de los calificativos con que se interpreta lo ocurrido al proyecto
de las organizaciones de izquierda en los años setenta: "derrota" y "fracaso",
que se oponen necesariamente a su triunfo y éxito no logrados: ¿Y si se hubiese
triunfado? ¿Habría valido ese acontecimiento como prueba de la bondad del
proyecto y de los medios a los que se recurrió para llevarlo a cabo? ¿Firmenich
habría terminado siendo el mandamás del país y Galimberti su jefe de policía?
Era una de las posibilidades que traía aparejada la "victoria". ¿Tan defendible
era ese proyecto? En caso de victoria, los propios refutadores de Oscar del
Barco podrían haber tenido que optar por el bando de los asesinos o el de los
asesinados, si es que su edad se los hubiera exigido. León Trotsky, Ahmed Ben
Bella y Camilo Cienfuegos así lo supieron. En fin, lo que está en discusión es
la legitimidad de la existencia de la izquierda si es que sus predicadores no
remueven las viejas certezas, una de las cuales supone que hay personas en el
mundo a las que es lícito matar, sean ellos enemigos, subordinados, antiguos
aliados, descontentos y así hasta llegar a los indiferentes y los tibios.
Los autores de esas respuestas no parecen haber reflexionado mucho acerca del
fundamentalismo historicista que oponen al así llamado "fundamentalismo místico"
que estaría implícito en la carta de Oscar del Barco. Abundan –y abultan– los
dogmas de fe sociológicos: "la complejidad de las contingencias históricas", "el
marco ideológico, político, social", "las lógicas concretas de la historia
humana", "los procesos históricos concretos", y en alguna respuesta incluso se
explica a la violencia humana como "una situación social de causa-efecto",
rebajando de este modo a la ética al rango de perro de Pavlov. Pocas veces he
leído justificaciones más jergosas del acto de matar, declamadas como si fueran
hechos positivistas y no posibles supersticiones modernas, al igual que lo son
las concepciones de historia y tiempo que parecen estar implícitas en las
objeciones antepuestas a Oscar del Barco. Son, por repetidas, trivialidades
sociológicas aprendidas en segundo año de humanidades o en manuales ideológicos,
difícilmente en la confrontación con las "condiciones reales de existencia
humana" pues en ellas esos conceptos repetidos como si fuesen verdades
autoevidentes, y no demasiado distintas de las reveladas, deberían ser
confrontados contra sí mismos, o bien ser aceptados como lo que son, mitos
conceptuales que, en tanto justifican el asesinato, revelan su uso bestial. La
guerra –el medio ambiente de la "acumulación de poder"– fanatiza y embrutece el
alma, sin exceptuar el alma y la conciencia de los más esclarecidos. Ojalá que a
los hombres del futuro todo esto les resulte poco menos que jeroglíficos, solo
pertinentes para los académicos que se interesen por la historia de estas ideas,
así como hoy ya hay quienes se ocupan de descifrar, analizar y disecar las
siglas que las promovieron.
Por cierto, existe gente que disfruta de matar, así como hay otros que sólo
gustan de mostrarse violentos, y en los momentos febriles de la historia ambos
tipos de personajes suelen acoplarse a los procesos acelerados de cambio social,
sin excluir las revoluciones. Son personas que, en el fondo, no necesitan
manifestar que han ejecutado "trágicamente" a alguien en nombre de una idea o de
la "historia". En cambio, en una respuesta a Oscar del Barco se dice que, para
un revolucionario, la ejercitación de violencia fatal sobre otro supone la
asunción de una "conciencia trágica". Presuponemos que se refiere a la tragedia
del ejecutador, no a la del ejecutado. Pero, justamente, quien asume la
condición trágica del acto de matar a otro no puede escudarse en los dioses, la
historia, la familia o lo que sea: esa persona está absolutamente sola junto al
acto cometido y no puede hacer conciencia de lo ocurrido más que desde sí mismo,
bien para justificarse, bien para incomprender lo hecho, bien para realizar un
acto de contrición. En cambio la muerte ajena provocada por motivos de
fundamentalismo historicista sólo admite esta pequeña queja: "¡qué lástima que
sea históricamente necesario hacer algo tan feo!". Es curiosa la ausencia total
de la palabra asesinato en las refutaciones enviadas –abundante en cambio en la
carta de Oscar del Barco– como si el exterminio de otro pudiera ser amortizado a
título de equivocación funesta o de efecto no-querido de la lógica social. Pero
las ejecuciones no son errores. Suelen estar precedidas de una larga
premeditación.
En vista de la gravedad de estos temas, no es comprensible que algunos se
lamenten por el lenguaje a que recurrió Oscar del Barco. En ese tono de furia
santa está contenida la voz tronante de los viejos profetas revolucionarios, que
solían llamar a las cosas por su nombre. A lo largo de la historia humana ya
demasiada gente ha sido pasada a degüello, y no hay disculpa legítima para una
redención de los sufrientes si se pretende, por anticipado, justificar unas
cuantas muertes más. Porque nunca le llega el turno al último. Siempre hay uno
más.
Lo saluda a usted,
Christian Ferrer
15 de abril de 2005
Carta de Carlos Keshishián
No existen valores fuera de la Historia
Dos días después de la aparición de La Intemperie (conteniendo la carta de Oscar
del Barco, en la que proclama el carácter sagrado del hombre a través una
axiología formal y ahistórica, pletórica de enunciados prescriptivos, abstractos
y generales), Mariano Grondona en su programa dominical invitaba a la viuda del
capitán Viola para que relatara con qué crueldad guerrilleros del ERP ultimaron
a su esposo. Naturalmente olvidó preguntar que hacía el capitán Viola en Tucumán
y naturalmente no se olvidó de remarcar la existencia de dos demonios,
utilizando sin eufemismos reiteradamente esa figura.
El tratamiento del tema de la muerte, en el marco de la lucha entre concepciones
antagónicas, no puede ignorar que cuando se enfrentan intereses
irreconciliables, la lucha política es de alguna manera una guerra. Lo es hoy
cuando a pesar del crecimiento de la explotación y la exclusión social, no
abundan los signos de rebeldía organizada. Lo era mucho más en los años setenta
cuando crecía en los pueblos la esperanza de una sociedad diferente, cuando las
llamas de sudeste asiático alumbraban un camino de revolución y estimulaban a
una generación de jóvenes y a pueblos enteros, que en Asia, África y América,
concebían una sociedad en la que hallarían su definitiva manumisión social.
Las diferentes experiencias no estuvieron exentas de errores, los que en muchos
casos las condenaron al fracaso. En Argentina los grupos que asumieron
posiciones combativas pecaron por voluntaristas y sectarios. El voluntarismo
indujo a una percepción de la realidad no como ella era sino como querían que
fuese y el sectarismo los condujo al aislamiento no solo del resto de las
militancias sino del pueblo mismo. Pero sus errores no habilitan a demonizarlos
del modo que lo hace Del Barco. Es por lo menos una inmoralidad política poner
en la misma categoría a los asesinos al servicio del imperialismo y movilizados
por los Estados opresores y a los miles de torturados, humillados y asesinados,
que en el mundo sufrieron y sufren por su anhelo de un mundo mejor.
Hoy es más evidente que entonces que al enemigo no se lo combate con
resistencias ghandianas ni con pasos tibios y dubitativos. La firmeza con que la
revolución cubana se defiende de las permanentes acechanzas a la que es
sometida, indica el camino. Aunque para evitar las tentaciones de emprender
atajos históricos es preciso saber que la única forma de tomar el poder es
construyéndolo con la solidez que le proporciona el protagonismo popular. Esa es
la diferencia entre el terrorismo y la acción revolucionaria: La toma del poder
supone la construcción de poder.
En el número 11 de La Intemperie se publicó una entrevista al académico chileno
Carlos Pérez Soto, en ella expone con claridad una visión dialéctica de la
realidad, basada en una lógica en la que las relaciones son más reales que los
términos relacionados. Bajo la denominación de "relaciones constituyentes" alude
al antagonismo entre clases opresoras y oprimidas. La existencia de ambas surge
de una relación que las constituyen: la relación de explotación. Por plantearse
en términos antagónicos, la resolución de sus contradicciones no puede
prescindir de la violencia: "…si la explotación es una relación constituyente, y
lo constituido como universo social, lo está de manera antagó-nica, arribo a la
conclusión: la única manera de salir de esa situación es una revolución." Agrega
luego "Los marxistas revolucionarios lo que es-tamos proponiendo no es iniciar
una guerra sencillamente porque ya estamos en guerra. Las clases dominantes
llaman paz a los momentos en que van ganando la guerra. La paz de las clases
dominantes es esa guerra que constituye la lucha de clase y la única salida a la
lucha de clases es la revolución".
El enunciado "la violencia es siempre igual a la violencia", visto desde la
Lógica constituye una identidad formal pre y anti dialéctica (A es igual a A);
visto desde la Ética se inscribe en el más vulgar neokantismo, que antepone los
valores abstractos a las leyes históricas. Pero no es mi intención ingresar en
un debate filosófico sino señalar las imputaciones injustas y reaccionarias que
conlleva el mensaje epistolar que nos ocupa.
Expresiones como las usadas por Del Barco me hacen recordar a Saramago que
escribía: "Una de las lecciones políticas más instructivas, sería saber lo que
piensan de sí mismos esos millares de individuos que en todo el mundo tuvieron
algún día el retrato de Che Guevara a la cabecera de la cama o en la sala donde
recibían a los amigos. Algunos dirían que la vida cambió, que Che Guevara, al
perder su guerra, nos hizo perder la nuestra. Otros confesarían que se dejaron
envolver por una moda del tiempo y sonreirían por haber creído. Los más honestos
reconocerían que el corazón les duele, que sienten el movimiento perpetuo de un
remordimiento, como si su verdadera vida hubiese suspendido el curso y ahora les
preguntase, obsesivamente, adonde piensan ir sin ideales ni esperanza, sin una
idea de futuro que dé algún sentido al presente".
Personalmente me siento identificado con los últimos, pero con la esperanza de
un futuro menos sombrío, aún en el terreno empantanado de incertidumbres en el
que nos movemos. Y agrego la convicción de que las condiciones objetivas, la
crisis irremediable del sistema, se reflejarán mas temprano que tarde en la
conciencia de los pueblos.
Carlos Keshishián
Carta de Héctor Schmucler
Queridos Oscar, Nicolás, Alejandro,
los relámpagos iluminan la noche. Escribo la frase anterior, que sin duda he
leído muchas veces en otros lugares, y me sorprende empezar con una descripción
tan inmediata sobre lo que veo a través de mi ventana. Pero ahora la releo
buscando las próximas palabras y creo reconocer los signos de otro mensaje. No
me apresuro porque, efectivamente, es la noche, y los relámpagos en la noche, de
este sábado 29 de enero. La tormenta me rodea mientras pienso en ustedes,
mientras escribo esta carta que existe porque ustedes escribieron otras que he
leído y me han inquietado. ¿Signos de otro mensaje? La noche, afuera, se
fragmenta. Los relámpagos persisten y descubren rugosidades que la oscuridad
antes suavizaba. Sé, sin embargo, que no intento describir el encanto de la
naturaleza; sé que los relámpagos son metáforas. Imperiosas iluminaciones que
admiten y concentran sentidos insospechados; la luz construye –o convoca- esos
sentidos. El cielo y la tierra reconocen su distancia mientras mi mirada los
unifica. Describo lo que creo ver, aunque también es cierto que al comienzo,
apenas había anotado el vocativo con el que los llamaba a ustedes a leer, tuve
la percepción de que la carta de Oscar del Barco enviada al director de La
intemperie había sido como un relámpago estallado no en medio de un cielo
luminoso sino en un espacio donde transitaban nuestros espíritus y que mostraba
preocupantes nubarrones.
Allí están las cartas de ustedes a las que ahora se agrega la mía. Hablan del
mundo pero no vacilan en exponer nuestras intimidades; un gesto que privilegia
la amistad sobre cualquier diferencia en el tratamiento de las ideas. No es sólo
la convicción compartida de que las biografías importan como documento de
fidelidad al pensamiento, sino que la vida, nuestras precisas vidas, han cruzado
con más intensidad la experiencia de existir que la búsqueda de ordenadas
especulaciones. El "director" de La intemperie, a quién Oscar dirige su carta,
lleva mi apellido y Nicolás lo recuerda explícitamente, lo nombra como mi hijo,
como el hermano de Pablo, desaparecido, seguramente asesinado hace 25 años. La
de Oscar era una carta en la intemperie, sin protección, sin reaseguro, en un
acto similar al que había realizado enfrentándose cara a cara con el general
Menéndez para increparlo por sus crímenes, para mostrarle su repudio a compartir
con él un mismo espacio. Un relámpago desamparado en la intemperie: desnudez
repetida, apertura multiplicada. El relámpago, fugaz y perfecto, como forma de
verdad que sorprendía a Walter Benjamin: la vida, la muerte, la revelación
amorosa y también la revelación divina, aparecen como relámpagos; una
luminosidad imprevisible e irrefrenable. La oscuridad ha quedado quebrada y la
noche, cuando regresa a su maciza oscuridad, sabe que ha sido herida. La memoria
retendrá la luz y las consecuencias son incalculables.
El escenario que se extiende más allá de la ventana se me impuso sin duda porque
la idea de relámpago, la idea de que la carta de Oscar fue como un relámpago, me
ronda desde que la conocí en una primera versión que su amistad me quiso confiar
y que a mí me pareció oportuno compartir con Nicolás, Ricardo y Alejandro porque
hace tiempo que los temas que recorren la carta salen y entran en nuestras
conversaciones. A veces –lo veo ahora- quedaban agazapados, postergaban los
nombres buscando el momento adecuado para que sean pronunciados. Sobre mi mesa
están las copias de las cartas de Nicolás y Alejandro y las que Oscar les
escribió luego de recibirlas. Sé que hay otras cartas derivadas de la
publicación de la de Oscar, que casi no conozco. Las de ustedes, Nicolás y
Alejandro, son las que me importan, las que me interrogan, las que me quitan el
sueño llamándome a un estado de vigilia que ojalá sea de lucidez. Nada de lo que
se dice me es nuevo; pero tienen una intensidad inusitada. Mi vida ha sido ya
larga y en su transcurso más de una vez tuve la convicción de que había senderos
que ya no quería transitar. A veces me pregunto porqué, además, no estuve en
condiciones de arrepentirme. En ese caso, me digo, tal vez hubiera podido optar
por caminos que no llevaran necesariamente a multiplicar las equivocaciones. A
esta altura no puedo evitar cierto tono confesional y lo que escribo da cuenta,
seguramente, de ese tipo de verdades que nos invade sin demostraciones previas y
de las que resulta imposible renegar. Abrirse a los otros, a ustedes, incluye el
pequeño escándalo de mostrar cicatrices, marcas que no tienen porqué ser
jubilosas ni invitar a la jactancia.
En la carta a Alejandro, Oscar le sugiere que sus líneas tal vez sólo sean un
eco de "El grito" de Munch. Me contagia el desgarro y la abrumadora claridad de
las preguntas que se agolpan en ese grito cuya sorda estridencia es un llamado
que clama por nuestra respuesta. Todo depende de nuestra voluntad de escucharlo.
El Ulises de la gesta homérica señaló el camino más frecuentado por una
humanidad que (la cita es lugar común entre nosotros) ha ido acumulando ruinas a
sus espaldas desde un tiempo ilimitable aunque, para los que no nos hemos
despojado del mito judaico, en el principio pueda reconocerse la marca de Caín
cuyo acto asesino se repite sin tregua en la historia. El consejo de Circe a
Ulises tiende evitar cualquier respuesta a la voz verdadera de las Sirenas: o no
escucharlas o tramar las condiciones para imposibilitar la respuesta. Ulises
tapona los oídos de sus remeros y él mismo se hace amarrar a un mástil para
evitar toda tentación. La sentencia bíblica que aconseja "tener oídos para oír"
no es muy distinta a la fábula de La Odisea. Tal vez la pobreza de nuestras
vidas cuando sólo procuran escapar a la tragedia que inevitablemente nos
envuelve, se sintetice en esta incapacidad de oír. Pero Ulises, antes de
escuchar las indicaciones de Circe, ya había decidido seguir adelante. Hemos
optado por no escuchar, por separar el arte del conocimiento, por no dejarnos
arrastrar por las preguntas; hemos optado por creer que la política puede
prescindir de una ética que trasciende el vivir calculante y que nos coloca en
las huellas de lo absoluto, de lo infinitamente riesgoso. La fatiga tapona
nuestros oídos y nos atamos a un vivir, a un decir que detestamos en el hablar
pero que, como Ulises, ya tenemos resuelto no abandonar.
Amigos míos, ¿qué no supimos escuchar en nuestras vidas? Estamos en el límite de
descubrir que el no haber escuchado no nos hace inocentes y nos obliga a
desechar el repetido ejercicio de apiadarnos de nosotros mismos o al revés:
apiadarnos profundamente por la pérdida de nuestras vidas entretenidas en
murmullos tranquilizantes, discursos armoniosos que nos impidieron ver. Cuando
tantas veces nos hemos preguntado por el misterio que nos rodea y que con
frecuencia se nos presenta como un peso insoportable y al mismo tiempo
bienvenido; cuando el dolor abandona las estadísticas y nos atraviesa como puro
dolor, cuando celebramos la palabra porque nos abre a lo inconmensurable, lo
indecible, ¿de qué hablábamos? No puedo leer nada sino a través de mi vida. Sé
que exagero al destacarlo porque puede resultar obvio, repetido: la memoria de
la vida de cada uno, lo sepamos o no, está presente en cada acto. Visto así, y
lejos de aceptar algún determinismo que cancele la idea de libertad, no puedo
evitar preguntarme qué ha sido mi vida (¿"dónde está la vida que hemos perdido
en vivir"?, interroga Eliot); a qué debo responder, es decir, de qué soy
responsable, a qué me obligan - sí, me obligan- los poemas que he leído y
repetido, los dolores que he padecido, los entusiasmos que me exaltaron, los
amores que triunfaron sobre la nada y las esperanzas que no pudimos evitar que
se murieran.
Las cartas de ustedes hablan de mí tanto como ésta; me interrogan y son
exigentes en una respuesta que va mucho más allá de cualquier argumentación.
¿Fue puro ruido lo que escribí hace 25 años, cuando quería entender la suerte de
mi hijo desaparecido – entender, digo, y no sólo saber cómo fue, cuándo, dónde,
quién, aunque me desesperaba por conocer todo esto, porque tal vez hubiera sido
el comienzo de algún consuelo que nunca llegó? Ya entonces se abrió en mí, a
través del relato de los que convivieron con la muerte en los centros
clandestinos de reclusión y habían seguido vivos, un mundo de verdades más
intensas que las clasificaciones estereotipadas, esas que nos permite juzgar sin
riesgo y reposar como víctimas en las páginas de la historia. El orden de los
héroes y cobardes, de leales y traidores, de víctimas y victimarios, de justos y
réprobos, se diluía ante una realidad en la que existían culpables sin matices
pero resultaba confuso hablar de inocencia, donde las responsabilidades
compartidas no disminuía ni un ápice la criminalidad innombrable. En mi
impotencia por salvar a mi hijo se me reveló el peso de una carga de la que
hasta entonces no era conciente y supe de las responsabilidades de quienes me
acompañaban así como de las infinitas maneras con que se intentaba eludirlas.
Seamos claros: yo (no sólo yo por supuesto) había intentado que Pablo, mi hijo
guerrillero, probablemente buen tirador y riguroso en los duros principios de la
organización Montoneros, desertara de una guerra que a mí me parecía inútil y
que él la sabía perdida. Su deserción era mi forma de salvarlo. En mi vida nunca
había deseado algo con tanta vehemencia. Los que continuaban ofuscados en el
color de la sangre y en la razón de la muerte preferían incorporarlo en el
triste listado de los héroes sacrificados; Pablo optó por este camino. Por
pensar de esta manera, por escribirlo para que la desesperación pudiera ayudar
al entendimiento, algunos amigos y yo fuimos acusados, ya entonces, de habernos
pasado al bando enemigo. Ahora las cartas están sobre la mesa y no comprendo que
aquel momento pueda ser tocado por el olvido. En mí memoria aquella guerra llena
de crueldades es la infame muerte de Pablo, para la cual no hay compensación
posible; es el fracaso en mi intento de que desertara. Pienso en mis
corresponsales de hace 25 años y me pregunto qué fibras tocaban mis escritos que
los obligaba a taponar sus oídos para no oír argumentos que ahora resultan
banales. ¿Qué cuerdas, ahora, ha puesto a vibrar la carta de Oscar que resultan
mortificantes? ¿El correr de los años facilitará la aceptación de que el
asesinato como tal es repudiable e incomprensible para quienes aspiran a un
mundo en el que la vida humana sea irremplazable? ¿Es tan difícil comprender que
condenar el asesinato porque ningún ser humano debería creerse con derecho a
negar la vida de otro, no significa aceptar las ideas del otro y claudicar en la
lucha por establecer otras condiciones de existencia? Estamos atravesados por
todos los derrumbes de los que fuimos testigos. Vivimos con ellos y no a su
margen. No existen, por lo tanto, excusas para los ocultamientos. Aunque la
verdad, antes y ahora, sea un prejuicio, no tenemos otra posibilidad que correr
en su búsqueda ignorando el cálculo instrumental que pretende reemplazarla. La
verdad está cerca de la estéril felicidad del conocer, lejos de esa
instrumentalidad que desde hace años hemos colocado en la mira principal de
nuestra crítica.
Así, amigos, fueron siempre nuestros encuentros: pensábamos la política desde la
ética aunque el sistema (dentro del cual ahora reconocemos rostros familiares)
se mofara de nuestra inadecuación con la época. La política siempre fue para
nosotros una manera de pensar el mundo y por eso renegamos del saber como camino
al poder. Habíamos puesto en cuestión, justamente, el poder, el sistema de
dominación, porque veíamos que allí los hombres se volvían cosas. No sabíamos (y
el no saberlo debería llamarnos al arrepentimiento) que trabajábamos para que
todas las cosas (los hombres entre ellas) simplemente pasaran al servicio de
otro poder. Hoy lo sabemos y podríamos pensar que hemos avanzado en la verdad.
También que se acrecienta nuestra responsabilidad.¿Cuándo, entonces, resulta
conveniente o inconveniente expresar los pensamientos? Siempre hicimos nuestro
el "pensar a contrapelo" benjaminiano y afrontamos, casi orgullosamente, el
malestar de lo inconveniente. Lo correcto políticamente evita el peligro del
descalabro pero nos inunda de gris. Si todo está marcado por el cálculo (es
sugerente la resonancia mercantil de la acumulación de fuerzas como principio
rector de la política) cualquier idea de iluminación es irrisoria. El misterio
no tiene cabida en la diagramación de lo conveniente. Pero sin el misterio,
querido Nicolás, querido Alejandro, nuestras manos, por decir nuestras almas,
quedarían vacías, no sabríamos qué hacer con ellas.
Justamente Oscar comienza su carta con un relato que sólo entiendo en el espacio
de la iluminación: otra manera de conocer lo ya conocido. Cuarenta años antes
Oscar daba clases en un colegio de Bell Ville y allí, en la casa de un común
amigo, conoció a Ciro Bustos, integrante de un grupo guerrillero inspirado por
el Ché y que se proponía instalar un foco insurreccional al norte del país.
Ernesto Guevara pensaba en el mundo, en una especie de final batalla en la que
el bien socialista derrotaría al mal capitalista aunque fuera al precio de un
cataclismo nuclear. Orán, casi al límite entre Salta y Bolivia, sería uno de los
puntos de arranque. Oscar y sus amigos de la revista Pasado y presente éramos
convocados al comienzo de la historia. Mi memoria no se abre con facilidad a las
evocaciones de esos días y me pongo en guardia contra la tentación de inventar
recuerdos. Está Oscar, de regreso a Córdoba, contándonos su encuentro con Ciro
Bustos; está después el propio Ciro, su fragmentario relato, mi escucha cargada
de interés y escepticismo; está nuestro pasado reciente en el Partido Comunista
de donde fuimos expulsados por publicar Pasado y presente; está nuestra
admiración por Cuba, nuestra convicción de que la Revolución era posible y que
los partidos comunistas prosoviéticos la frenaban con su reformismo. Está la
casa de Oscar, donde se alojaba Ciro Bustos y una despedida en el aeropuerto
(Ciro viajaba a Salta porque era inminente el comienzo de las acciones) donde
tuve la sensación de que el avión que se perdía entre las nubes era portador de
la Historia. Y poco más. Salvo que, por nuestra mediación, se habían incorporado
al foco guerrillero un grupo de jóvenes de Córdoba. Luego la historia fue una
burla. Un juego sin grandeza con la muerte, hueco e intrascendente. Ustedes
conocen algunos detalles. La memoria colectiva argentina no se detiene en el
Ejército Guerrillero del Pueblo que se empezó a desintegrar tras algunos meses
de andar a los tumbos, dolorosa parodia de sí mismo, sin un solo enfrentamiento
con las fuerzas que pretendía derrotar y con tres condenas a muerte a
integrantes del propio grupo: una en Argelia y dos en el campamento salteño. A
estos últimos se refiere Héctor Jouvé en la entrevista publicada por La
Intemperie. El asesinato de Adolfo Rotblat por sus propios compañeros es el
momento consternante que inspira la carta de Oscar; seguramente merecía una
atención raigal en las cartas de Nicolás y Alejandro. El asesinato (¿de qué otro
modo llamarlo?) del Pupi Rotblat impide hacer cálculos, sumas de datos positivos
y negativos. Cualquier argumentación justificatoria asentada en principios de
dignidad y justicia queda deshecha frente al crimen absurdo que sirve como
instrumento de cohesión (¿en qué se diferencia del terror?) al grupo de hombres
que sostienen la voluntad de llevar adelante esos principios. Casi un siglo
antes lo había descrito Dostoievski en Los endemoniados: Rotblat es Shatov,
asesinado por abstractas razones en la que la sangre hermana a los
"revolucionarios". Cuando "todo es posible", incluida la decisión sobre la vida
de los otros, la ignominia pierde el nombre, el desamparo es infinito porque la
omnipotencia desplaza el amor que nos hace responsables de los otros. Kirilov,
que en el drama dostoievskiano se suicida para demostrar la inexistencia de Dios
y el poder soberano de los hombres, ofrece el razonar desnudo: "Todo hombre es
su propio dios; yo soy dios y no hay más dios que yo". Jouvé recuerda: "También
se hace un juicio contra el muchacho bancario (Bernardo Gronwald). Ese juicio
termina en un fusilamiento. Estuvimos todos cuando se lo fusiló. Realmente me
pareció una cosa increíble. Yo creo que era un crimen, porque estaba destruído,
era como un paciente psiquiátrico. Creo que de algún modo somos todos
responsables, porque todos estábamos en eso, en hacer la revolución". El peso de
la muerte, de lo absurdo, de lo inmisericorde, del hundimiento en la nada, es el
grito de Oscar desde un dolor inenarrable (¿quién, mis amigos, no ha sentido
alguna vez que todo su cuerpo se transformaba en un dolor inenarrable?) que
clama por ser escuchado, porque el grito contiene el silencio del asesinado,
porque sus manos se han vuelto sospechosas de haber empuñado el arma que remató
a quien podría haber sido su hijo.
Sin embargo, queridos amigos, no es sólo el registro de las interminables
muertes, aunque repugne hasta el martirio, lo que toca nuestras fibras. No es
sólo la contemplación de nuestras vidas gastadas con generosidad en construir
campos de muerte mientras proclamábamos (porque lo creíamos) que estábamos
trabajando para que la vida fuera posible en todo su esplendor. No es sólo un
fracaso lo que ahora reconocemos con mirada perpleja. Tanto como la
contemplación de la muerte, me consterna nuestra responsabilidad por ella y
permítanme la evidencia de señalar que esta responsabilidad nada tiene que ver
con los encuadres jurídicos que legitiman una pena. Se trata, y no puedo dejar
de repetirme, de una obligación de responder, de un sentirse responsable que
sólo corresponde a cada uno, que ningún igual puede enjuiciar, que ningún
castigo puede saldar. Hablo (y el eco de Levinas es evidente) de una
responsabilidad primordial, previa a todo acto, que acompaña nuestra condición
humana y que deriva de la fundante responsabilidad por el otro tanto como de la
libertad que nos permite decidir y sin la cual la idea misma de lo humano se
desvanece.
Por condenable que sea, insisto, no es sólo la multiplicación de la muerte lo
que empaña la acción revolucionaria; no es el costo en vidas lo que hace
titubear la idea de revolución, en cuyo nombre se actúa, cuya búsqueda justifica
todos los caminos y cuya presencia impregna de verdad los actos de quienes
actúan en su nombre. Es duro el desafío para quienes sabemos que el ciclo de
nuestras existencias ya puede presentir su final, pero si no nos atrevemos a
poner en duda la idea de revolución el espíritu confundido de nuestra época
terminará de morir en un extenso gemido. Y se entiende que no se trata solamente
de los caminos a seguir para alcanzarla. La bienvenida discusión sobre la lucha
armada corre el riesgo de llevar a la creencia (como ocurre en la ciencia) de
que hay métodos independientes de los fines. Como en la ficción de Dostoievski,
cuando la revolución ocupa el lugar de Dios, los hombres (que son quienes
piensan la revolución) se encuentran habilitados a actuar como dioses, la "razón
revolucionaria" se autojustifica, no hay otra libertad que la que se deriva del
reconocimiento de la "necesidad" revolucionaria. Entiendo tu incomodidad,
Nicolás, cuando no compartís el texto de Oscar porque abre una polémica "sobre
una extensa generación de sobrevivientes de la lucha armada". Pero ¿quiénes son
–o somos- los sobrevivientes de la lucha armada? ¿Aquellos que estaban en
condiciones inmediatas de morir, como los pocos (es pequeñísimo el número si se
lo compara con los que murieron) que salieron con vida de los centros
clandestinos de detención? ¿Los que eludimos el riesgo de la muerte
exiliándonos, es decir abandonando el campo de una batalla en la que decidimos
dejar de participar porque ya no nos interesaba, porque se nos impuso el miedo o
porque se nos hizo evidente un error que sólo viviendo podríamos redimir? ¿Los
que permaneciendo en la Argentina pudieron sortear el riesgo a que los exponía
el haber participado, directa o indirectamente, en las acciones que la dictadura
buscaba suprimir? ¿O sobrevivientes somos todos porque todos estuvimos en
peligro, los nacidos y los no nacidos, los de un bando y los del otro, todos los
que sin saberlo plenamente llevamos la marca de una época de oprobio de la que
yo no puedo despegarme porque las cicatrices me marcan y no quiero disimularlas
aunque se hundan en mi propia responsabilidad por lo ocurrido? Estar vivo, creo
interpretar a Oscar, obliga a hacernos responsables hasta por los muertos.
Si alentáramos reflexionar sobre todo esto desaparecería el riesgo de caer en
los frívolos remedos que constituyen los "debates" periodísticos sobre lo que
con tanta razón alerta Nicolás. Sólo arriesgando ser "inconvenientes"
sortearemos el chantaje –de derecha y de izquierda- que quiere obligarnos a
reconocer como realidad sólo el pragmatismo de los triunfadores. Vivimos en el
irresuelto enigma del lenguaje por el cual la palabra "crimen", utilizada por
Shakespeare, nos coloca en el límite donde la claridad se separa de las sombras,
y la misma palabra, en boca de algún conductor televisivo se vuelve desperdicio
del que se alimenta la infamia humana. No es menor el tema, aunque no sea
puntualmente el de esta carta. Pero si no es éste, si el sentido, la
responsabilidad a que nos obligan las palabras deja de ser nuestro tema, ¿cómo
podemos seguir hablando? ¿Cómo abandonar aquellos interrogantes si nosotros
venimos de un largo, incesante repudio a la vacuidad del charlatanismo, si no
hacemos otra cosa que espantarnos ante la insignificancia que crece en el mundo,
si todavía creemos que la filosofía, el arte y el amor (todas presencias de
Eros) no son meros adornos de nuestra impotencia ni sólo ocurrencias de precisas
exposiciones académicas o de escritos que nos recortan un lugar (y a veces una
paga) en las instituciones que enfrían el mundo? ¿ cómo marginarlas si sentimos
que están en la raiz de nuestras angustias pero también en nuestros estallidos
de felicidad? Ninguna ética que merezca ser considerada -lo hemos insinuado cien
veces- desprecia el ámbito de lo cotidiano. Ninguna abstracción debería tolerar
un actuar que contradiga lo que dictan nuestras teorías. Estamos obligados,
atados a un contrato primordial, ligados -también en la vislumbre religiosa del
término- a hacernos responsables de cada sí y de cada no que pronunciamos,
porque sabemos que para cada sí hay un no disponible. Porque nos hemos escuchado
afirmar en repetidos diálogos que la renuncia es nuestra última e inexpugnable
garantía.
Los abrazo, Toto
Carta de Luis E. Rodeiro
En torno a Del Barco, Keshishián y La Intemperie
La dificultad del diálogo y algunas precisiones
El número con que La Intemperie cerró el año 2004 estaba lleno de debates
potenciales, que ojalá puedan darse porque de esta manera la revista habrá
cumplido su principal objetivo. Y he escrito la palabra debates, aunque
lamentándolo, porque como dice un amigo sabio, quizá no hayamos alcanzado en el
amplio campo de la izquierda la madurez para el diálogo, que es mucho más rico
que el debate. Por cierto, me incluyo en la primera fila de los inmaduros. El
debate es una confrontación, que muchas veces es saludable y necesario brindar.
El diálogo es un intento de construcción. El debate supone un adversario; el
diálogo, requiere un compañero con el que tenemos un "algo", pequeño o grande,
en común. Ciertamente, no somos ángeles –tampoco demonios- y nuestras vidas
están atravesadas por la historia personal y colectiva de cada uno, de sus
opciones, de sus aciertos o desaciertos y ello siempre pone algo de pasión en lo
que pensamos, decimos, justificamos, planteamos, defendemos. Sin duda, un
intento de diálogo puede concluir en un debate, a pesar de todo, pero siempre
requiere –creo- de una actitud inicial de cierta complicidad y apertura. Diálogo
y debate son instrumentos con consecuencias distintas. En la última revista, por
ejemplo, el excelente artículo de Diego Tatián sobre La Reforma Universitaria,
no se propone un diálogo con Prudencio Bustos Argañaraz, sino lisa y llanamente
una confrontación, porque parten de visiones distintas. Tatián denuncia el modo
de razonar de esa derecha que reivindica la jerarquía, la tradición, la
autoridad, la herencia, la religión y el conservadurismo moral. Es un objetivo
distinto al diálogo. Y está bien que así sea.
Héctor Jouvé, el amigo sabio (por intensidad de vida) que cito al comienzo,
durante dos números consecutivos de La Intemperie, nos ha relatado en una larga
entrevista la experiencia, por momentos desoladora, por momentos desgarradora,
siempre valiente, honesta, transparente, del EGP, el Ejército Guerrillero del
Pueblo, la patrulla de Massetti y del Ché en Salta. Sus temas nos deberían haber
convocados al diálogo, nos deberían haber exigido un ejercicio de pensamiento
crítico. Cada palabra de Jouvé está cargada de temas que la izquierda debe
asumir y reflexionar. Sin embargo, produce la reacción de Oscar del Barco, a
quien tanto debemos precisamente en esos menesteres del ejercicio del
pensamiento crítico, para plantear ahora desde un fundamentalismo místico, desde
fuera del mundo, del tiempo, de la historia, pero recuperando la palabra como
puñal, la exigencia de una suerte de "harakiri" previo, que cierra con su
condena toda posibilidad de diálogo. No se puede, no hay posibilidades de
diálogo, cuando lo que expresa no es un razonamiento, como él mismo lo reconoce,
sino un acto de contrición, que es una experiencia personal e intransferible de
un particular estado espiritual, respetable como acto humano, pero que además se
lo exige con desbordada violencia verbal a todos los protagonistas y no sé por
qué razones no reveladas en especial al poeta Juan Gelman. El relato de Jouvé
hubiera merecido mejor destino. El tema central de la violencia en la teoría y
en la práctica de la izquierda merecía un marco de análisis más sereno, menos
retórico. Tengo esperanzas todavía que nos animemos.
Pero no es todo. Porque a su vez, la decisión de la dirección de La Intemperie
de publicar la carta de Del Barco, como un hecho natural de una línea editorial,
pero cuyo texto circuló antes de la edición de la revista en ciertos medios
intelectuales y de la militancia, principalmente porteños, que provocó una
reacción de algunos compañeros y amigos que exigían censura real y hablaban de
tratamientos psiquiátricos, como las de aquellos hospitales –digo yo- de triste
memoria en la historia del socialismo. Actitud que en algunos incluía la amenaza
–luego concretadas- de quita de apoyo publicitario y de distribución.
Reaccionaban así, con fundamentalismo "militante" al fundamentalismo "místico"
de Del Barco. El relato de Jouvé, que merecía el diálogo, quedaba otra vez a la
vera del camino, provocando el "debate" airado: los "harakiris" versus los "
tratamientos psiquiátricos".
Luis E. Rodeiro
Carta
de Diego Tatián
Pensar más allá de la guerra
Sr. Director:
En una línea casi inadvertida de su carta publicada por La intemperie del último
diciembre, sobre el final, dice Oscar del Barco: "este no es un razonamiento".
¿Qué significa que no es un razonamiento? ¿Qué es, si no un razonamiento? Esta
pregunta me parece central para saber ante qué estamos. Si de repente nos
encontramos frente al mingitorio invertido y firmado en su base con el que en
1917 Marcel Duchamp dejó una de las marcas decisivas de la historia del arte,
sería desacertado querer orinar en él, pues lo que ese objeto está diciendo es,
precisamente, "esto no es un urinario". Tengo la impresión de que la carta de
Oscar del Barco es como un urinario invertido en el que, por desconcierto, sólo
se ve un lugar donde orinar.
"Este no es un razonamiento". A lo mejor, por eso mismo, se sustrae a las
dinámicas más corrientes de la vida intelectual como el debate, la discusión y
la crítica –que sin embargo, como es obvio por el último número de LI, ha tenido
la virtud de promover. Según creo se trata de un texto que se presta más bien a
un diálogo –como Luis Rodeiro, también yo entiendo que es la manera mejor, si no
única, de aproximarse a ciertas cosas que sólo dejan decirse por el balbuceo y
la media voz. Porque el pensamiento no admite ser reducido a la argumentación,
ni a la comunicación, ni siquiera a la inteligencia, por eso mismo no siempre el
debate es su mejor formato. En el sentido que confirma nuestra condición de
hombres, el pensamiento no está exclusivamente reservado a los locuaces, ni a
los inteligentes, ni a los expertos, ni a los intelectuales; pensar puede
cualquiera. Propongo que prendamos un fuego para continuar la conversación en
torno a él, como si se tratara de una escena arquetípica en la que un conjunto
de seres humanos a la intemperie buscan desentrañar el sentido de las cosas y
procuran construir una lucidez que ayude a enfrentar lo que consterna.
Desde hace treinta años, una minoría decisiva de argentinos no ha dejado de
repetir: "aparición con vida".
Hace tres años y medio, una mayoría de argentinos se pronunció en la expresión:
"que se vayan todos".
El año pasado, el mismo en el que el Estado argentino reconoció por primera vez
haber sido terrorista –y esta coincidencia, o más bien esta oportunidad, no es
insignificante-, Oscar del Barco arroja en una revista de izquierda, como si
fuera una piedra en un estanque demasiado tranquilo, la frase "no matarás".
No se trata de forzar aproximaciones ni, por eso mismo, de salvar distancias.
Pero se impone una primera evidencia: "aparición con vida", "que se vayan
todos", "no matarás", no son razonamientos. Pero no por ello "reducen" (como
erróneamente dice Hernán Tejerina en su carta) sino más bien expresan lo
imposible, lo inexpresable y lo inaccesible para el léxico científico-social, la
fraseología periodística o los debates. Por eso mismo se trata de sintagmas que
no resisten la literalidad; quien los somete a ella simplemente no los pone a
foco. En su imposibilidad, en su puro estado contrafáctico, en su simplicidad, "aparición con vida" y
"no matarás" a mi modo de ver dicen lo mismo; no sólo no
son enunciaciones reductivas sino que logran presentar lo impresentable,
designar la decantación de un dolor común que de ninguna manera puede decirse si
no así. Más aún, "no matarás" denota exactamente el significado último de todo
lo que, en su fragilidad, desde hace ya varios decenios es protegido por los
organismos de los derechos humanos en la Argentina y en el mundo.
Resulta curioso que el problema más importante planteado por la carta de Oscar
del Barco, haya sido casi pasado por alto en los textos que le contestaron -me
refiero al problema de la "responsabilidad": abandonar la coartada de la
Historia, asumir la primera persona y hablar en primera persona. La discusión se
concentró casi exclusivamente en el mandamiento de no matar y su pertinencia o
no. El núcleo –insisto: más allá de toda literalidad- al que apunta la expresión
"no matarás", tal vez no es aprehensible empíricamente ni políticamente, ni, en
efecto, se verifica en lo real –aunque sin embargo quizás ilumina los hechos, la
política y la realidad en la que interviene. ¿Es por ello una posición "fundamentalista",
"mística" o "histérica", como se repite con insistencia en
algunas de las respuestas que obtuvo? ¿Ayuda en algo, en orden a la comprensión,
esa adjudicación de términos? A mi modo de ver el interrogante correcto frente a
esa carta es: ¿piensa o cierra? ¿Produce pensamiento –lo que no quiere decir
acuerdo- o sólo tiene voluntad de efecto y expresa un interés privado? ¿Anula el
deseo de igualdad y de libertad o es capaz de componerse positivamente con él?
¿Bloquea la comprensión o la enriquece agregándole una dimensión imprescindible
de aquí en más?
Entiendo que no se trata –ni es el sentido de la carta de Oscar- de condenar
anacrónicamente a quienes en los años setenta se vieron envueltos en la lógica
de la violencia o creyeron que la vía armada era la mejor, sino de contribuir
para que el relato actual que seamos capaces de forjar sobre todo ello no
sucumba a la mentira, la deshonestidad, la autocomplacencia, el (auto) engaño o
la simple ingenuidad. No creo que el Che haya sido un "asesino serial" –sí me
parece que en tanto manera de entender la política y la acción política el
guevarismo ha tenido efectos desastrosos, aún no adecuadamente revisados por la
izquierda. Por muchas razones no comparto la "teoría de los dos demonios"
–aunque tampoco la que presenta las cosas como si hubiera habido demonios de una
parte y ángeles de la otra.
Habrá un momento, tal vez, en el que el urgente y necesario reclamo de justicia
(o más bien de castigo, pues ¿qué podría significar hacer justicia?) ceda
terreno a la posibilidad de pensar por fuera de esa urgencia. Probablemente lo
único que puede producir ese momento liberador es, precisamente, el castigo. Y
entonces, a lo mejor, seremos capaces de plantear interrogantes nuevos. ¿Es
posible sustraerse a la guerra de las interpretaciones –que es potencialmente
infinita, por más que como en cualquier guerra haya vencedores y vencidos? ¿Hay
manera de salir de la guerra? De la respuesta a esta pregunta –que no es
epistemológica, ni tampoco solamente teórica- depende la posibilidad de producir
una comprensión más extensa y más intensa de las implicancias que reviste actuar
con otros y contra otros –eso que llamamos política. Tal vez ese tránsito ha
comenzado, muy lentamente, a tener lugar. Si no me equivoco, la carta de Oscar
del Barco –con idependencia de si acordamos o no con ella- se orienta en esa
dirección.
Otras cuestiones, tal vez indecidibles en lo profundo, son convocadas aquí ¿Es
posible la transmisión en política? ¿Es posible la experiencia y una acumulación
de la experiencia? ¿Afecta la voluntad de quienes repiten el anhelo de cambiar
el mundo la palabra decantada y desencantada de los que la han malogrado –o la
historia ha malogrado- y sólo disponen de su lucidez? Las respuestas no son
obvias. Lo que se halla en juego es el problema del legado y su posibilidad. Ese
legado, si es posible, deberá estar a la altura del deseo, la experiencia y la
derrota de lo que tal vez haya sido la mayor y más extraordinaria voluntad de
justicia vivida por la historia.
Quizás la expresión "no matarás" sea el legado paradójico de ese tesoro perdido.
Diego Tatián
Carta de Daniel Avalos*
Sorpresas, intemperies y debate necesario
1.- Marzo del 2004. Sergio Schmucler reseña el documental "Los Rubios". La hija
de una pareja de desaparecidos inicia, cámara en mano, la búsqueda de los padres
ausentes en el recuerdo de vecinos, militantes, escenarios. Una historia más de
nuestra trágica historia. Pero el que reseña festeja una novedad: "la mirada
desprejuiciada de una joven que no está dispuesta a rendirle homenaje a sus
padres desaparecidos, ni a reivindicar (ni reclamar) a la generación a la que
pertenecieron (…) El film representa una ruptura en el sentido que no está al
servicio del revisionismo que enaltece los setenta sin mediar reflexión". Sin
conocer más que la reseña, ésta puso palabras a la percepción que poseo de mi
trabajo de historiador. Un "no" testigo que intenta clarificarse y aportar a la
clarificación de la rica, compleja, heroica, aventurera y trágica décadas de los
60 y 70.
Tenía muy pocos años en marzo de 1976 y nula conciencia de lo que ocurría.
Cuando la adolescencia, un poco la escuela y, sobre todo, cierta militancia
política me acercaron al pasado próximo y macabro, me invadió el interés por
esos tiempos y la intuición que tamaña crueldad podía explicarse, también, por
la naturaleza humana y política de los que ya no estaban. El interés sólo se
sistematizó hace unos años. Pero aun antes, ya percibía que la sociedad y la
universidad contradecían, en ciertos casos, una máxima de todos nosotros: la
última no siempre era la burbuja autista, por el contrario en esos ciertos casos
se correspondía absolutamente con los sentires y las actitudes de la sociedad
toda.
No se podía hablar del demonio Videla sin recurrir a la figura demoníaca de
Firmenich que englobaba a tantos otros. Pero como el todo sonaba a injusto y
contradecía ciertas posturas estéticas del momento, empezamos a consumir la
imagen del desaparecido como un ser que mientras miraba televisión desapareció…
sin que nunca sepamos las razones que lo convirtieron en blanco de los grupos de
tareas. Los muy demócratas maestros (profesores o simples ciudadanos)
reivindicaban al desaparecido negándoles una parte importante de su identidad,
de sus luchas, de sus elecciones, de sus apuestas. Rodolfo Walsh no era un
oficial de inteligencia Montonero, era solo el brillante intelectual que fue.
No entendía a la muy demóc