El 23 de enero de 1989 militantes de la agrupación Movimiento Todos por la Patria (MTP), deficientemente armados y encabezados por el ex guerrillero Enrique Gorriarán Merlo, ocupan los cuarteles del Regimiento de Infantería Mecanizada 3 General Belgrano, con el propósito de frustrar un supuesto golpe militar carapintada en contra del gobierno del Dr. Raúl Alfonsín, quien había debido enfrentar varias asonadas militares a lo largo de su gestión. La represión por parte del ejército fue por demás desmedida y violenta, y dejó un saldo de 53 heridos y por lo menos 39 personas muertas, de las cuales nueve eran militares, dos policías y 28 integrantes del MTP, varios de los cuales habrían sido ultimados luego de rendirse. La rápida reacción de elementos de inteligencia, determinados miembros de la policía de la provincia de Buenos Aires y conspicuos carapintadas que actuaron en forma individual, hace presumir que los militantes del MTP pudieron haber sido víctimas de un engaño pergeñado por organismos de inteligencia opositores al gobierno.

NOTAS EN ESTA SECCION
La Tablada, 25 años después  |  La Tablada, veinte años después  |  Ultimo acto de la guerrilla setentista  |  La opinión de los medios después de los hechos
Diez años después, entrevista a los presos  |  La opinión del Ejército  |  La situación de Puigjané | Entrevista a Gorriarán Merlo
Gorriarán y Seineldín recuperan la libertad  |  César Arias salió a cruzar a Gorriarán Merlo  |  Gorriarán desafió a Arias a dilucidar la verdad
Hipocresías, por T. Boot, J. Salinas y R. Dri  |  Utópicos pero no asesinos, por R. Cossa  |  Un militar denuncia la represión en La Tablada, 2004
Almada, un militar que se arrepintió  |  Gorriarán después de la cárcel  |  Cuando Izquierda Unida se nego a marchar un 24 de Marzo
Creo que La Tablada fue un error grande, Fray Antonio Puigjané (2004)  |  El cura Puigjané y la última visita a Caseros antes del derrumbe (agosto 2006)

NOTAS RELACIONADAS
"A 22 años, nadie parece saber qué quisimos hacer en La Tablada", por Joaquín Ramos (2011)  | 
Enrique Gorriarán Merlo
Reportaje a Fray Antonio Puigjané, revista Humor, 1983  |  La Tablada: más silencios que certezas (2011)

ENLACES RELACIONADOS
La Tablada: Patrulla perdida  |  Fotos. Retrato de un país – Tablada (documental)  |  Comisión Interamericana de DDHH, informe 55/97  | 
La democracia de traje blanco, por Daniel Sazbón  |  La Tablada: el MTP y la democracia, por Javier Trímboli

LECTURA RECOMENDADA
 Revista Entre Todos del MTP  |  Toma del cuartel de La Tablada – Recortes de prensa   |  Ernesto López – reflexiones sobre La Tablada, 1989
Alegato de Enrique Gorriarán Merlo ante la Cámara de San Martín, 1997  |  Clarín: La Tablada 20 años después
Detenciones por fusilamientos en La Tablada (noviembre 2009)   |   Comisión Interamericana de DDHH, informe 55/97
La Tablada 20 años después, habla Antonio Puigjané  |  Claudia Hilb – La Tablada, último acto de la guerrilla setentista
Norberto Ivancich – El ERP y La Tablada, el Prode que se sacaron los militares, 1989  |  Alegato de Roberto Felicetti, febrero 2001
Juan Luis Besoky – La derrota política de las organizaciones armadas  |  Diccionario de los 70

 

La Tablada, 25 años después

Por Pablo Waisberg*

El asalto al cuartel de La Tablada pateó el tablero político pero sus efectos fueron exactamente los contrarios de los que habían imaginado los jefes del Movimiento Todos por la Patria (MTP). Las organizaciones de izquierda salieron a cuestionar el ataque, los abogados de los organismos de derechos humanos se dieron un fuerte debate interno antes de decidir si los defenderían y el gobierno de Raúl Alfonsín quedó más apretado que antes por los militares y los sectores que habían empujado las medidas económicas más conservadoras.

En las horas que siguieron a la rendición de los asaltantes, que salieron del cuartel luego de ser torturados, las críticas se multiplicaron. No sólo el entonces llamado “partido militar” habló de rebrote de actividades subversivas y ganó poder, también los que hasta ese momento habían sido amigos martillaron sobre el MTP en disolución: Jorge Lanata, que aún gastaba el dinero que le había girado Enrique Gorriarán Merlo para Página/12, los llamó “niños estúpidos e inconscientes” y “asesinos”.

El Movimiento al Socialismo (MAS) se solidarizó con los militares muertos. Incluso su dirigente Luis Zamora envió una corona al sepelio y algunos dirigentes llegaron a separar al MTP del amplio arco de la izquierda argentina. Y desde la UCR y el PJ no ahorraron críticas, denuncias ni condenas. Nadie había tomado conciencia aún de que dentro del cuartel se habían reproducido los crímenes de la última dictadura: hubo torturas, al menos tres fusilamientos sumarios y cuatro militantes desaparecidos (Iván Ruiz, José Díaz, Francisco Provenzano y Carlos Samojedny).

El 25 de enero, cuando no habían pasado ni veinticuatro horas de la rendición, Alfonsín anunció la creación de un Consejo de Seguridad Nacional (COSENA), que se integraría con el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas. Además, promulgó el decreto 327/89 que permitía la intervención de la inteligencia militar en los asuntos internos y envió al Congreso nacional un proyecto de ley sobre terrorismo.


La Tablada, 25 años después

Tal fue el zarandeo del tablero político que generó la acción del MTP para intentar encender la llama de la insurrección, que los abogados de los organismos de derechos humanos evaluaron si los defendían o no. El Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH) decidió no representar a los detenidos del MTP. Sus tres abogados plantearon que no representarían a los que tomaron las armas en democracia. En cambio, el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) definió que sí participaría pero representando a los jóvenes y a los de bajos recursos, y no a los dirigentes.

Finalmente, se conformó un equipo de abogados que asistió a los trece detenidos dentro del cuartel y a los seis integrantes del grupo de agitación más el padre Antonio Puigjané.

En esas primeras jornadas parecía que el único respaldo venía del Uruguay. “Podrán haberse equivocado en sus previsiones pero no es hora de cobrar errores sino del abrazo fraterno a los que combatieron con coraje”, dijo Raúl Sendic, líder del MNL-Tupamaros, durante una discusión en la conducción de la organización. Los Tupas no sólo refugiaron a muchos militantes que cruzaron el río, también emitieron un comunicado en el que señalaron que “los compañeros se equivocaron” y lamentaban esa pérdida de militantes heroicos y desprendidos. “Pero también hay muchos que se equivocaron y se equivocan sin poner detrás una gota de sangre propia”, desafiaron.

En ese contexto, de fuerte derechización de la política, el intento insurreccional quedó oculto bajo la versión oficial de que intentaron frenar un golpe de Estado. Esa posibilidad no terminaba de ser creída, ni siquiera entre los sindicalistas de base con quienes el MTP había sondeado su análisis en las jornadas previas al asalto. Pero los militantes sostuvieron esa versión para tener alguna posibilidad de defensa en un juicio que fue veloz y ejemplificador: sólo se buscó el castigo para los insurgentes y no se tomaron en cuenta las denuncias por violaciones a los derechos humanos, que se perpetúan con la desaparición de cuatro militantes que se rindieron en un cuartel rodeado de militares y policías.

*Pablo Waisberg escribió junto a Felipe Celesia "La Tablada. A vencer o morir. La última batalla de la guerrilla argentina" (Aguilar).


PUBLICIDAD


Ingreso del presidente Raúl Alfonsín al cuartel liberado, rigurosamente custodiado

La Tablada 20 años después: la Justicia en la mira

20-10-2008 / Dos fiscales y un juez federal que 20 años atrás acusaron e instruyeron, respectivamente, el copamiento del R3 de La Tablada quedarán al descubierto. Torturas, desapariciones y asesinatos a mansalva en aquella sangrienta y tórrida jornada del 23 de enero de 1989. Gerardo Larrambebere, Raúl Plée y Pablo Quiroga en el centro de la escena. Hoy la Argentina puede separar el injustificable ataque a un cuartel en plena democracia de los métodos criminales de militares en actividad y del ocultamiento y complicidad de funcionarios del Poder Judicial

Por Eduardo Anguita | Miradas al Sur
[email protected]

La presidenta Cristina Fernández firmó, días atrás, el decreto 1578 que autoriza al juez federal de Morón Germán Castelli el ingreso irrestricto a los archivos de inteligencia del Estado, de la Policía Federal y del Ejército relacionados con la desaparición de cinco ciudadanos a manos de los militares y policía que redujeron al grupo que intentó copar el R3 de La Tablada el 23 de enero de 1989. Esos archivos permitirán conocer también la cantidad de irregularidades cometidas por los fiscales y el juez que instruyó la causa. El decreto instruye a los organismos de inteligencia que envíen de modo inmediato los documentos relacionados con el hecho.

Fue crucial la intervención de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos con sede en Washington, a la cual apelaron los abogados y familiares de los desaparecidos para que se haga justicia. La Corte, con las pruebas aportadas, consideró que hubo innumerables abusos y recomendó al Estado argentino poner en marcha los mecanismos y garantías para realizar una investigación independiente, completa e imparcial.

Roberto Felicetti fue uno de los detenidos tras el cruento intento de copamiento aquel 23 de enero de 1989. En el momento que se entregó junto a algunos de sus compañeros, lo desnudaron, lo tiraron al piso y luego lo torturaron de modo salvaje. Somos Dios, gritaban desaforados algunos de los uniformados que los custodiaban en el Casino de Suboficiales. Al cabo de unos días le tocó declarar frente al juez Federal de Morón, Gerardo Larrambebere. "Doctor, me torturaron salvajemente, vea, tengo los dos brazos fracturados", le dijo al juez y le pidió, al igual que sus abogados defensores, que se iniciara una investigación sobre apremios ilegales. Larrambebere miró a Felicetti con desprecio y no hizo absolutamente nada. Ese juez, tras una instrucción desastrosa, fue ascendido a juez del Tribunal Oral en lo Criminal Nº 3. Como tal, y más allá de la consideración del ex juez Juan José Galeano, actuó como tribunal de alzada en la causa Amia y cuestionó con fiereza la instrucción por irregularidades que no involucraban desapariciones, ni asesinatos ni torturas como las sucedidas en la causa de La Tablada. Porque las torturas a Felicetti no fueron ni por asomo el motivo principal de las cosas que ocultó el entonces joven juez Larrambebere.

Fiscales en acción. Al momento de la instrucción, el fiscal Federal de Morón era Santiago Blanco Bermúdez, pero en esos días estaba de licencia. Llegaron entonces al lugar de los hechos, en el mismo momento que el cuartel permanecía tomado, el entonces fiscal de la Cámara Federal de San Martín Raúl Plée y el entonces defensor oficial del juzgado Federal de San Isidro Pablo Quiroga. Éste último, producto de la presión de la corporación militar -especialmente de Inteligencia del Ejército- fue nombrado fiscal subrogante, a partir de lo cual abandonó la función de defensor oficial. Quiroga y Plée formaron un equipo que no le daba espacio a Blanco Bermúdez, no sólo porque no tenían simpatías hacia él, sino porque no querían que se integrara a las reuniones con los agentes de inteligencia (tanto de la Side como del Ejército) que inspiraban su accionar.

De las primeras páginas de la causa (escritas cuando todavía se sentía olor a pólvora en el interior del cuartel y sólo en los periódicos salía que los atacantes pertenecían al Movimiento Todos por la Patria) surge que los fiscales Plée y Quiroga pidieron al juez una cantidad de allanamientos en una serie de domicilios, dando detalles de barrios, calles en distintos puntos del Gran Buenos Aires. En esos pedidos no aparece el origen de la información a la que habían accedido los fiscales, ni siquiera cómo los habían obtenido. La posterior investigación determinó que esos lugares habían sido utilizados por los atacantes y que en ellos se habrían encontrado planos y anotaciones relacionados con el ataque.

Esa documentación -de origen desconocido- fue la base de la acusación contra los 13 miembros del MTP detenidos que sobrevivieron al combate y a los asesinatos posteriores. Pero nada decía sobre cómo habían muerto 28 de los atacantes -la mayoría de ellos con los cuerpos destrozados tal como lo muestran las fotos de la causa-. Ni qué pasó con algunos de ellos que primero fueron dados por detenidos, otros como desaparecidos e incluso alguno que fue reconocido como muerto días después. Tales los casos de Francisco Provenzano, Carlos Samojedny, Carlos Burgos, Iván Ruiz y José Díaz que estaban entre los detenidos aquel día en el interior del cuartel.

A Samojedny lo tenían al lado mío -recuerda Felicetti- y uno de los oficiales le pidió que se identificara y cuando dijo su nombre y apellido, le dijo: ‘Hijo de puta, a vos te conozco la carrera, te salvaste una vez. Vas a ver lo que es el infierno’. Samojedny había sido detenido en 1974 en los montes tucumanos y entre los tormentos de aquella vez lo paseaban por el aire con los pies atados, cabeza abajo, desde un helicóptero.

En el caso de Provenzano, los militares empezaron a golpear brutalmente a todos al grito de ¡¿Quién es Pancho, carajo!. Era evidente que la inteligencia militar tenía el dato de que, por detrás de Enrique Gorriarán Merlo, un tal Pancho estaba entre los responsables de la acción. ¡Yo soy Pancho! gritó Provenzano para que dejaran de golpear al resto. Lo llevaron aparte. A la familia le negaron que estuviera detenido. Decidieron buscar entre los restos humanos para localizar, quizá, algún resto de su cuerpo. La determinación de su hermano Sergio, médico cirujano, hizo que dieran con una vértebra que reconoció porque él mismo lo había operado de una hernia lumbar 15 años atrás. El cuerpo de Francisco Provenzano había sido volado con explosivos no sólo para mostrar que los métodos usados en la dictadura estaban a la orden del día, sino también para que nadie pudiera reconocerlo.

En el caso de otros detenidos en el cuartel, como Carlos Burgos, Iván Ruiz y José Díaz, durante años los antropólogos forenses debieron trabajar sobre restos humanos para tratar de determinar si están o no desaparecidos como Samojedny. Como prueba del descuartizamiento de otros detenidos, los antropólogos dieron con un pedazo de fémur que, casi con seguridad, pertenece a Burgos.

Los fiscales Plée y Quiroga nada hicieron entonces. Su lealtad no era con la verdad, sino con el grupo de oficiales que usó métodos propios del Terrorismo de Estado. Sin embargo, casi 20 años después, Plée es fiscal de la Cámara de Casación Penal y titular de la Unidad Fiscal para la Investigación de Delitos de Lavado de Dinero y Financiamiento del Terrorismo. Quiroga es fiscal Federal de la Cámara de Apelaciones de San Martín. Ambos ascendieron en su carrera judicial.

Cabe preguntarse, estos fiscales, ¿obtuvieron la información por vías lícitas en aquel verano de 1989? ¿Por qué no consta en las actuaciones quiénes y de qué manera les dieron datos precisos? ¿Por qué no instruyeron las denuncias sobre torturas y evadieron la investigación sobre las personas desaparecidas? ¿Es posible que durante horas y horas se torturara sin que la fiscalía y el juzgado que instruían las pruebas estuvieran en el limbo?

Rodolfo Yanzón, abogado defensor de las víctimas de La Tablada mantuvo, en el año 2000, una conversación reveladora con el entonces procurador de la Nación Carlos Becerra que tiene a su cargo el Ministerio Público, o sea los fiscales federales de todo el país. Yanzón le planteó las irregularidades de la causa y Becerra lo cortó, con toda franqueza: Mire Yanzón, hay tres fiscales que trabajan directamente para el Ejército, dos de ellos son Plée y Quiroga.

Fuente: Miradas al Sur, 20/10/08


PUBLICIDAD


Cobertura televisada por Canal 2 de La Plata (actualmente Crónica TV).


La Tablada: el último acto de la guerrilla setentista

Por Claudia Hilb | Revista Lucha Armada

El 23 de enero de 1989 un grupo armado dirigido por Gorriarán Merlo, simuló pertenecer al movimiento golpista carapintada y asaltó el cuartel de La Tablada. La autora reconstruye y analiza una operación que culminó con la muerte y la cárcel de la mayoría de sus participantes.

1. Introducción

Desde el momento en que, a media mañana del lunes 23 de enero de 1989, se comenzó a confirmar la sospecha de que quienes habían irrumpido de manera violenta en el cuartel de La Tablada no eran militares carapintadas sino civiles, hombres y mujeres según toda apariencia ligados al Movimiento Todos por la Patria y en algunos casos antiguos militantes del PRT-ERP, la perplejidad y la consternación cayeron como un pesado manto sobre grandes sectores del espectro político y político-intelectual local. ¿Qué explicación -se preguntaban, nos preguntábamos- podía encontrarse para ese asalto a un cuartel militar en pleno régimen alfonsinista, por parte de integrantes de una agrupación que sostenía, hasta donde era públicamente conocido, un discurso político amplio, democrático y aglutinador de las fuerzas progresistas del país? ¿Qué lógica, qué confusión o desvarío podían explicar ese hecho, a primera vista inentendible, que evocaba inmediatamente reminiscencias del accionar guerrillero de la primera mitad de los 70?

Recuerdo de manera casi física mi propia desolación. Recuerdo también la intuición implacable, luego confirmada, de que entre los asaltantes reconocería algunos nombres que reemergerían de aquel pasado setentista. Presos liberados por la democracia, exiliados retornados al país, integrantes de mi generación que -por motivos cuyo sentido me propuse entonces intentar esclarecer algún día- habían hallado la muerte en la brutal represión que siguió a lo que entonces se me figuraba como la parábola absurda de vidas aún jóvenes que parecían, en esa inmolación mortífera y suicida, poner en escena su imposibilidad de regresar a la vida corriente luego del fracaso del proyecto revolucionario.