En
la mañana del 19 de julio de 1924, 130 policías y un grupo
de civiles partieron desde Quitilipi hasta Napalpí, a 120
kilómetros de Resistencia, Chaco. El historiador Favio Echarri
reseñó que el entonces gobernador del territorio chaqueño,
Fernando Centeno, había ordenado: "Procedan con rigor para
con los sublevados". Según datos de la Red de Comunicación
Indígena, durante 45 minutos la policía descargó más de
5 mil balas de fusil sobre la reducción de Napalpí, palabra
toba que paradójicamente significa "lugar de los muertos". Pedro Solans y Carlos Díaz indican que el total de víctimas
fue de 423, entre indígenas y cosecheros de Corrientes,
Santiago del Estero y Formosa. El 90 por ciento de los fusilados
y empalados eran tobas y mocovíes. Algunos muertos fueron
enterrados en fosas comunes, otros sólo quemados. Se estima
que lograron escapar 38 niños. La mitad fueron entregados
como sirvientes en Quitilipi y Machagai, mientras el resto
murió en el camino. También se salvaron 15 adultos, entre ellos Melitona, una
de las pocas mujeres que tuvo la fortuna de no ser violada. El relato de los historiadores es desgarrador. En el libro
"Memorias del Gran Chaco", Mercedes Silva señala que el
mocoví Pedro Maidana fue muerto de forma salvaje: "Le extirparon
los testículos y una oreja para exhibirlos como trofeo de
batalla". Maidana había sido uno de los líderes de la huelga
que derivó en la matanza. Los aborígenes y criollos reclamaban una justa retribución
por la cosecha de algodón o bien poder salir de la provincia
para trabajar en los ingenios de Salta y Jujuy, que ofrecían
mejor paga. Para la versión oficial se trató de una "sublevación
indígena". |
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Andreassi Cieri

A
NOVENTA AÑOS DE UNA DE LAS MAYORES MATANZAS ARGENTINAS DEL SIGLO XX
Napalpí, la masacre impune
En 2009 se inauguró un mural que recuerda la masacre de Napalpí, en el centro
cívico La Central, en Colonia Aborigen.
El 19 de julio de 1924, unos 700 indígenas fueron cercados por la policía en el
Chaco: quienes no murieron baleados, fueron degollados. Habían protestado por la
explotación a la que eran sometidos. Recién ahora se puso en marcha una
investigación. Hoy habrá un acto.
Por Darío Aranda
Fue una de las mayores masacres argentinas del siglo XX. Al menos 700 víctimas,
incluidas mujeres, ancianos y niños. Quienes no murieron por las balas
policiales, fueron degollados con machetes y hachas. El motivo de la represión
fue la negativa a ser mano de obra esclava, denunciar maltratos y, también, el
ser indígenas. La orden fue política; el motivo, económico (el avance algodonero
y la necesidad de brazos para la cosecha), y los ejecutores fueron la policía y
grandes terratenientes. Sucedió en Chaco, hace noventa años, y hoy los pueblos
indígenas conmemoran la matanza que se conoce como “Masacre de Napalpí”. El
crimen aún sigue impune. “Es crucial analizar la masacre de Napalpí en el marco
de un proceso social genocida que sigue teniendo consecuencias sobre los pueblos
originarios”, afirmó Marcelo Musante, integrante de la Red de Investigadores en
Genocidio y Política Indígena.
En 1922, el radical Marcelo T. de Alvear había reemplazado en la presidencia a
Hipólito Yrigoyen. El Territorio Nacional del Chaco ya se perfilaba como el
primer productor nacional de algodón. La superficie sembrada en Chaco era de 100
hectáreas en 1895. Para 1920 había crecido exponencialmente: 50 mil hectáreas.
La Reducción Aborigen de Napalpí (a 120 kilómetros de Resistencia) era un
espacio de sometimiento donde los indígenas eran obligados a trabajar en
condiciones de semiesclavitud. Los maltratos eran frecuentes y no tenían los
mismos derechos que el resto de la población.
En julio de 1924, los indígenas qom y mocoví se declararon en huelga.
Denunciaban los maltratos y la explotación de los terratenientes. Y planeaban
marchar a los ingenios azucareros de Salta y Jujuy. Pero el gobernador Fernando
Centeno les prohibió abandonar Chaco y, ante la persistencia indígena, ordenó la
represión. El argumento oficial fue una supuesta “sublevación” indígena.
El 19 de julio a la mañana, 130 policías y civiles (enviados por grandes
estancieros) rodearon a los grupos en huelga y dispararon con rifles durante 45
minutos. Mataron a hombres y mujeres, ancianos y niños. “El ataque terminó en
una matanza, en la más horrenda masacre. Los heridos fueron degollados, algunos
colgados”, relata el libro Napalpí, la herida abierta, del periodista Vidal
Mario.
Un mes después de la matanza, el 29 de agosto, el ex director de la reducción
Enrique Lynch Arribálzaga escribió una carta al Congreso nacional: “La matanza
de indígenas continúa en Napalpí y sus alrededores. Parece que los criminales se
hubieran propuesto eliminar a todos los que se hallaron presentes en la
carnicería del 19 de julio, para que no puedan servir de testigos”.
|

Fernando Centeno,
gobernador del Chaco y promotor de la masacre de Napalpí perpetrada
por las fuerzas policiales, del ejército y civiles contra los
indígenas qom y wichi en 1924. |
La prensa de la época repitió el discurso del gobierno u omitió el hecho. Pero
hubo excepciones. El periódico Heraldo del Norte denunció: “Sin que los
inocentes indígenas realizaran un solo disparo, los atacantes hicieron repetidas
descargas de disparos en medio del pánico de los indios, más mujeres y niños que
hombres. Se produjo la más cobarde y feroz carnicería, degollando a los heridos
sin respetar sexo ni edad”. El corresponsal del diario La Razón escribió en
julio de 1924: “Muchas hectáreas de tierra en flor están en poder de los pobres
indios; quitarles esas tierras es la ilusión que muchos desean en secreto”.
El sociólogo Marcelo Musante, de la Red de Investigadores en Genocidio y
Política Indígena, se especializa en el proceso represivo de Chaco. Explica que
Napalpí fue parte de un sistema de reducciones estatales implementado en Chaco y
Formosa, suerte de campos de concentración para poblaciones originarias donde se
ejercían acciones de control y dominación. “La discusión pública debe
preguntarse por qué el funcionamiento estatal, cuando refiere a pueblos
indígenas, promueve recurrentemente acciones represivas. Ejemplos claros son la
feroz represión ocurrida en Pampa del Indio (Chaco) a inicios de este año, lo
que ocurre en la comunidad qom La Primavera (Formosa) o en Santiago del Estero.”
Juan Chico es qom, nacido y criado en el lugar de la matanza (hoy llamado
Colonia Aborigen). Escribió (junto a Mario Fernández) el libro Napalpí. La voz
de la sangre. Recordó que las comunidades siguen peleando para que el lugar se
vuelva a llamar Napalpí, detalló que los asesinados fueron al menos 700 personas
(mucho más de los 200 que mencionan los diarios de la época) y valorizó que en
Chaco se hable cada día más de la masacre de indígenas. También trazó un
paralelo al presente: “Argentina ha avanzado mucho respecto de los derechos
humanos, pero pareciera que los indígenas tenemos derechos humanos de segunda,
parte de la sociedad nos sigue considerando inferiores y nuestro genocidio sigue
invisibilizado”.
En 2008, el gobierno de Chaco pidió públicamente perdón por la matanza y entregó
una vivienda a la sobreviviente Melitona Enrique. Hoy a las 18 habrá un acto
conmemorativo en el lugar de la matanza. Será interno de los pueblos qom y
mocoví, recordarán a las víctimas y volverán a exigir justicia. A noventa años
de la masacre, el crimen permanece impune.
Las dos causas judiciales
Por Darío Aranda
Historiadores revisionistas coinciden en que Napalpí no fue una matanza aislada,
sino una práctica recurrente del poder político y los terratenientes –con la
mano de obra policial o militar– para privar a los pobladores originarios de sus
tierras, modificarles su forma de vida e introducirlos por la fuerza al sistema
de producción.
En el aspecto judicial existen dos causas. En 2004, un estudio de abogados
inició una demanda civil y, en mayo pasado, la Fiscalía Federal de Resistencia
(a través de la Unidad de Derechos Humanos) inició una investigación de oficio
sobre Napalpí y Zapallar (matanza de 1933). Los fiscales pretenden detallar los
hechos y llegar a juicio. “Entendemos que las masacres de Napalpí y Zapallar
constituirán crímenes de lesa humanidad y por ello debe promoverse su
juzgamiento, en cumplimiento del compromiso inexcusable asumido por el Estado
argentino a través de las convenciones internacionales. Es necesaria la búsqueda
de la verdad y el ejercicio de la memoria histórica para que los hechos de
violencia no se repitan”, explicó el fiscal Diego Vigay.
19/07/14 Página|12

Investigan
una masacre indígena de 1924 como delito de lesa humanidad
En la colonia agrícola de Napalpí, en Chaco, la Policía Nacional acribilló a más
de 400 personas de los pueblos qom y mocoví. También se investiga la matanza de
El Zapallar, en 1933. El miércoles declaró el único sobreviviente, de 107 años.
Por Pablo Taranto
Napalpí fue la ‘Patagonia rebelde’ del norte, la Semana Trágica, hay una
conexión política profunda entre esos acontecimientos, dice Juan Chico,
referente del pueblo qom y presidente de la Coordinadora de Comunicación
Audiovisual Indígena de Argentina. Habla de una matanza largo tiempo silenciada.
El 19 de julio de 1924, una partida de policías y estancieros chaqueños
apuntaron sus máuseres contra una multitud de hombres, mujeres y niños inermes,
de las etnias qom y mocoví. Se estima que murieron más de 400 personas, en una
masacre que la prensa liberal ocultó pero que fue perpetuada por décadas de
ostracismo y discriminación contra los pueblos originarios.
Casi 90 años más tarde, queda un sobreviviente, Pedro Balquinta, que cuenta 107
y el miércoles dio su testimonio ante la fiscalía, y ningún asesino. Pero
también y sobre todo, queda la necesidad de saber la verdad. Por ello, la Unidad
de Derechos Humanos de la Fiscalía Federal de Resistencia, integrada por los
fiscales Carlos Amad, Patricio Sabadini y Diego Jesús Vigay, junto al fiscal
coordinador Federico Carniel, inició una investigación de oficio sobre aquella
masacre y la de El Zapallar, ocurrida en 1933, para promover su juzgamiento.
Los fiscales entienden que ambas masacres, acaecidas en lo que fuera el
territorio nacional del Chaco y cometidas por la entonces Policía Nacional
contra indígenas y también contra hacheros correntinos y cosecheros
santiagueños, constituirían crímenes de lesa humanidad. Así, la pesquisa de
oficio procurará reconstruir lo sucedido, y si corresponde, la fiscalía
requerirá, no existiendo –como se presume– imputados por los hechos que aún
estén con vida, una instancia de juicio por la verdad.
"Entendemos que las masacres de Napalpí y El Zapallar constituirán crímenes de
lesa humanidad, y por ello debe promoverse su juzgamiento, en cumplimiento del
compromiso inexcusable asumido por el Estado argentino a través de las
convenciones internacionales", dice el fiscal Diego Vigay, y agrega: "Entendemos
necesaria la búsqueda de la verdad y el ejercicio de la memoria histórica para
establecer por qué, cuándo y cómo se perpetraron las atrocidades, y saber
quiénes fueron los máximos responsables de los crímenes, y cuál es el origen y
las motivaciones económicas, políticas o sociales que condujeron a su ejecución.
Y también, para demostrar el carácter sistemático, señalar quiénes se han
beneficiado de estos hechos de violencia, para que se conozca públicamente el
contenido integral de esta historia de terror y se reconozca socialmente a las
víctimas. La reparación, entonces, debe contener la recuperación de la memoria
histórica, la difusión pública y completa de la verdad de los crímenes
perpetrados y la dignificación de las víctimas."
LA REDUCCIÓN. Napalpí fue fundada en 1911, cuando buena parte de las tierras
ancestrales de los pueblos qom y mocoví ya les habían sido arrebatadas para que
colonos de origen europeo las destinaran a la producción de algodón. Explotados
en esas colonias agrícolas a las que se los había confinado, los indígenas y
algunos pequeños campesinos criollos mostraron su descontento cuando, en 1924,
las autoridades de la reducción dispusieron que debían entregar el 15% de la
cosecha. Según los historiadores, en junio comenzaron las escaramuzas: hubo
saqueos en granjas, un chamán fue muerto por la policía y murió un colono
francés. Hasta que el gobernador del territorio del Chaco, Fernando Centeno,
inició los preparativos para la brutal represión.
Partieron desde Quitilipi 130 policías y un grupo de civiles. De acuerdo con los
relevamientos de diferentes investigadores recabados por la fiscalía, los
uniformados descargaron más de 5000 balas de fusil sobre la población de Napalpí.
Las víctimas fueron estimadas en 423. Un 90%, indígenas; el resto, cosecheros
criollos. De los 38 niños que escaparon a la matanza, al menos la mitad
terminaron como sirvientes en Quitilipi y Machagai; los otros murieron en el
camino. Apenas 15 adultos lograron sobrevivir. En su libro Memorias del Gran
Chaco, la historiadora Mercedes Silva reveló que los muertos y aún los
malheridos fueron castrados a machetazos, y que en la comisaría de Quitilipi se
exhibieron, a manera de trofeo, los testículos y una oreja del mocoví Pedro
Maidana, uno de los líderes de la huelga.
Nueve años después, el 9 de septiembre de 1933, en la colonia El Zapallar –hoy
General San Martín–, la policía acribilló a 70 habitantes de las etnias qom y
mocoví. Ante una hambruna generalizada, estaban pidiendo alimentos y ropa.
Desde el 29 de mayo pasado, la Unidad Fiscal de Derechos Humanos recibe aportes
de investigadores y documentalistas, además de recopilar entrevistas, libros,
archivos históricos, reportes periodísticos de diarios de la época y los
expedientes judiciales abiertos y rápidamente clausurados cuando las masacres.
Todo eso mientras tramita hace ya nueve años en un juzgado federal de
Resistencia la demanda civil interpuesta por la Asociación Comunitaria la
Matanza, una entidad civil compuesta por aborígenes de la etnia toba, que
reclama al Estado Nacional una indemnización y la búsqueda de verdad.
Pedro
Balquinta, el sobreviviente
Pedro Balquinta cumplió 107 años y es el único sobreviviente de las masacres de
Napalpí y El Zapallar. En un paraje cerca de Charata lo encontró dos años atrás
el equipo de documentalistas de la Coordinadora de Comunicación Audiovisual
Indígena de Argentina. El mes pasado, la Cámara de Diputados de Chaco le otorgó
una pensión vitalicia. El miércoles declaró ante el fiscal federal Diego Vigay,
quien viajó hasta Colonia San Lorenzo, a 300 kilómetros de Resistencia, para
escuchar al anciano mocoví.
En su lengua nativa y con ayuda de un traductor, Balquinta contó que vivía con
su madre, su tío y otros familiares en Napalpí. "Mataron a muchos. Los taparon
en un pozo grande, un solo pozo", dijo.
Rincón bomba
Desde 2005, el Juzgado Federal Nº1 de Formosa tramita otra causa judicial
fundada en la imprescriptibilidad de crímenes de lesa humanidad cometidos
también contra pueblos originarios. Se trata de la matanza
de Rincón Bomba, perpetrada por tropas de la Gendarmería Nacional entre el
10 de octubre y los primeros días de noviembre de 1947. También están aquí en
juego una indemnización al pueblo pilagá y la determinación de la verdad
histórica.
Se estima que entre 400 y 500 indígenas murieron en Rincón Bomba, acribillados
por tierra y desde el aire, y un par de cientos más en los días siguientes,
perseguidos hasta Pozo del Tigre y Campo del Cielo. "A diferencia de Napalpí, en
Formosa hay un imputado vivo, que piloteaba un avión –explica Juan Chico–. Hace
dos semanas se dictó el procesamiento de esta persona, que tiene 102 años, de
ahí la necesidad de llegar rápidamente a una instancia oral."
Paño
blanco (foto)
En el brazo. Así diferenciaban los estancieros del algodón a los "indios amigos"
de los "sublevados". Esta imagen, tomada en Napalpí, en aquel fatídico 1924, por
el fotógrafo alemán Robert Lehmann Nitsche, integra el libro Indígenas en la
Argentina. Fotografías 1860-1970, de Mariana Giordano, Ed. El Artenauta, 2012.
Verdad
"La reparación debe contener la recuperación de la memoria histórica de las
masacres de Napalpí y El Zapallar, la difusión pública y completa de la verdad
de los crímenes perpetrados y la dignificación de las víctimas."
Fiscal federal Diego Vigay
JUAN CHICO, REFERENTE DEL PUEBLO QOM
"Aquello marcó a fuego a nuestros pueblos"
Nació en Napalpí y desde hace 17 años reúne documentos sobre la masacre.
"Queremos visibilizar ese proceso de exterminio", sostiene.
Aquellas masacres marcaron a fuego el desarrollo de los pueblos originarios y
consolidaron su segregación, por eso la importancia de esta investigación", dice
Juan Chico, nacido hace 38 años en Napalpí.
Referente del pueblo qom ("no de la ‘etnia’, esa palabra que es del discurso
eurocentrista, que habla de razas, no, nosotros somos un pueblo"), hace 17 años
que estudia la matanza y elaboró un texto que vertebra la versión indígena de
los hechos, "y de todo un proceso de exterminio que hoy queremos visibilizar.
Concretamente, nosotros planteamos que la investigación apunte también a quienes
se beneficiaron con esos hechos, con la posesión de tierras. El algodón se
posicionaba en esos años como una materia prima para que determinados sectores
se enriquecieran, y era central el desplazamiento de nuestros pueblos. Esa fue
una bisagra. La otra, años después, llegó con la dictadura, que da otra vuelta
de tuerca con la represión contra las ligas agrarias y termina de concentrar la
propiedad de la tierra. Como ha dicho el doctor Zaffaroni, la conformación del
Estado argentino se fundó a sangre y fuego sobre el genocidio de los pueblos
originarios."
Juan Chico rescata que "hoy, en este tiempo político que vive en el país, se
puede hablar de estas cosas, y el 19 de julio está en la currícula escolar. Pero
hay que trabajar sobre los hechos, no borrar la historia. Y reconstruir nuestra
identidad nacional: yo estoy orgulloso de ser argentino, pero mi orgullo mayor
es pertenecer a un pueblo indígena. Mucha gente acá sigue diciendo: ‘Los indios
estan buscando venganza’. No. Lo que queremos es sembrar conciencia, conocer la
verdad después de tanta oscuridad." «
El cuadro que bajó Capitanich
Del mismo modo en que Néstor Kirchner había mandado bajar el cuadro del dictador
Videla de las galerías del Colegio Militar, en 2007, el entonces recién electo
gobernador chaqueño y actual jefe del Gabinete de ministros, Jorge Capitanich,
ordenó sacar de una sala de la gobernación provincial las figuras de los
mandatarios de facto. Entre ellos, abandonó la pared el retrato de Fernando
Centeno, el interventor federal que en 1933 ordenó reprimir en Napalpí.
Al año siguiente, el gobierno chaqueño pidió perdón por la masacre y rindió
homenaje a Melitona Enrique, a quien se creía única sobreviviente del horror, y
que falleció poco después, a los 107 años.

La
masacre de NapalpÃ
Por Marcelo Larraquy
Durante las sesiones en el Congreso en las que De Tomaso expuso
sobre la Patagonia, el diputado radical y médico
Pedro López Anaut —que había avalado un pedido de informes pero no la
creación de una comisión investigadora porque prefería evitar "los detalles"—
comentó que los movimientos en el Sur tenían cierta semejanza con los
que él había conocido en el Norte. López Anaut había integrado una comisión
legislativa que había viajado a Chaco, a Formosa y a Misiones, donde
también hubo "levantamientos graves de obreros, asaltos a establecimientos,
tiroteos, muertos y heridos, intervención de la policía y el ejército".
La experiencia lo había conmocionado. Había tomado contacto con los
obreros y observó el cuadro "horroroso" en el que vivían, con patrones
"criminales". Y aunque no adhería a la Liga Patriótica —pero tampoco
era crítico de ella—, el legislador había observado su intervención
en esa región, cuando miles de obreros de las compañías La Forestal
y Las Palmas se declararon en huelga en los años 1920 y 1921.
La Forestal, una compañía británica que
sumó capitales alemanes y franceses, había sido creada en 1906 y llegó
a ocupar más de dos millones de hectáreas en el norte de la provincia
de Santa Fe y los territorios nacionales de Chaco y de Formosa. Su especialidad
era la explotación del quebracho colorado de los montes para extraer
el tanino, sustancia útil para las curtiembres en el tratamiento del
cuero, y también para producir los durmientes para las líneas ferroviarias.
El monopolio impedía que los pueblos se desarrollaran fuera de su producción
económica concentrada y con vistas hacia el mercado internacional. La
empresa, además, defraudaba al fisco provincial.
Como los peones rurales en la Patagonia, los hacheros de La Forestal,
que tenían jornadas de hasta dieciséis horas, recibían la paga con vales
que podían cambiar por mercaderías en los almacenes de ramos generales
que también pertenecían a la compañía.
En un mes de trabajo, un hachero podía ganar el equivalente a diez kilos
de carne.
Cuando los trabajadores iniciaron una huelga en diciembre de 1919 y
reclamaron mejoras salariales y turnos de ocho horas, la compañía creó
un cuerpo armado con gendarmes de la fuerza pública pero al servicio
y con salarios de La Forestal. Lo reforzó con un cuerpo policial privado
para proteger los obrajes y las fábricas y someter por la fuerza la
agitación obrera.
En las huelgas de 1920 y 1921, La Forestal desconoció la organización
gremial de los trabajadores, hizo "listas negras"; saqueó e incendió
sus casas; desplazó hacheros de un enclave a otro; vedó la provisión
de agua, que llegaba en tren a los obrajes; cerró establecimientos y
despidió al personal; provocó el vaciamiento de pueblos y utilizó su
policía privada para reprimir a los que persistieron en la resistencia.
En febrero de 1921, en distintas poblaciones de Santa Fe —Villa Guillermina,
Villa Ana, Golondrina, Villa Ocampo—, los cuerpos armados dispararon
contra los obreros en las estaciones ferroviarias y salieron a cazarlos
por los bosques, luego de que en Villa Guillermina un comisario que
registraba obreros a la salida de la fábrica resultara muerto, en apariencia
por un policía no uniformado de la empresa, hecho que fue utilizado
para desencadenar la represión.
La Liga Patriótica no permaneció ajena a la
violencia patronal. Contrató mercenarios, denominados "penachos colorados",
para acompañar a la policía privada de La Forestal. Un miembro de la
Liga, Lorenzo Anadón, era vicepresidente de esa compañía.
El establecimiento de producción forestal, ganadero y azucarero Las
Palmas, en el Chaco austral, tenía la particularidad de que todo el
directorio pertenecía a la Liga Patriótica. Y la mano de obra —indígenas,
criollos, paraguayos y brasileños— estaba en relación con la FORA del
IX Congreso.
Un paro les había permitido a los trabajadores lograr el pago en moneda
y jornadas más cortas en los ingenios. Sin embargo, poco después, la
empresa efectuó un descuento en sus salarios y colocó matones de la
Liga para provocar a los delegados sindicales en las fábricas.
A mediados de 1920, la decisión
de la compañía de expulsar a cerca de mil trabajadores acrecentó la
tensión. Los huelguistas se atrincheraron en el ingenio. Tras difundir
el rumor de que los caciques estaban al servicio de los patrones, la
empresa colocó a indios, sin que éstos lo supieran, en la avanzada para
enfrentar a los trabajadores, que comenzaron a disparar contra ellos.
Luego entraron en combate las fuerzas de la empresa y de la Liga Patriótica
y un día más tarde las tropas del Ejército al mando del capitán Gregorio
Pomar, simpatizante radical, quien ordenó el cese del fuego. Hubo denuncia
de quemas de huelguistas en los hornos del ingenio para no dejar evidencias
ante la llegada del Ejército.
Durante la década de 1920,
además de Las Palmas y de La Forestal, donde los obreros fueron víctimas
de una represión con recursos estatales "privatizados", las fuerzas
del Estado también organizaron expediciones de exterminio masivo en
el norte del país. Pero, a diferencia de la matanza patagónica, que
logró ser rescatada por Osvaldo Bayer tras cincuenta años de ocultamiento
y olvido, las voces de estas etnias fusiladas quedaron sumergidas en
una reconstrucción histórica regional mucho menos visible.
Por entonces, Chaco era
territorio de conquista de las expediciones militares que buscaban extender
las fronteras indígenas al precio del dominio territorial, económico,
étnico y cultural. Hacia 1920, el censo indicó para ese territorio nacional
una población de 60.564 habitantes.
En junio de 1923, el presidente Alvear designó en el gobierno del Chaco
a Fernando Centeno, nieto del coronel Dámaso Centeno, muerto en combate
en la batalla de Pavón. Fernando Centeno, educado en París y tres veces
presidente de la Cámara de Diputados santafecina, oriundo de esa provincia,
debía remitir informes de su gestión al Ministerio del Interior.
Frente a las etnias, el nuevo gobernador continuó con la política de
la Reducción de Indios, un organismo que administraba la mano de obra
aborigen en los obrajes forestales y en las chacras de algodón y maíz;
de este modo, a la vez que los obligaba a abandonar su nomadismo, los
incorporaba al proceso de producción económica.
La Reducción Napalpí, un territorio de 20.000 hectáreas, ubicado a 120
kilómetros de Resistencia, sobre la traza del ferrocarril Barranqueras
al Oeste, había sido creada en 1911 por el naturalista y protector de
indios Enrique Lynch Arribálzaga. La creación de este cerco indígena
de producción agraria, bajo subsidio y control estatal, tuvo la intención
de evitar que las etnias mocoví, toba y vilela continuasen siendo víctimas
del genocidio de las tropas de línea del Ejército, quienes las consideraban
obstáculos para su objetivo de "civilización y progreso". La Reducción
también incluyó una política educativa. Se fundó una escuela para los
hijos de los aborígenes.
Hacia 1920, con el auge
algodonero, la Reducción contaba con alrededor de setecientos empleados
que trabajaban a destajo. Pero los indios también tenían la posibilidad
de ser contratados por comerciantes que los trasladaban a los ingenios
azucareros de Tucumán, de Salta y de Jujuy por una mejor paga. De modo
que entre la posibilidad de volverse al monte a vivir con sus costumbres
originales, subsistiendo con la caza o la pesca, y el éxodo a otras
provincias, desde la perspectiva de los terratenientes, los aborígenes
componían una mano de obra inestable para las necesidades de la cosecha.
Atento a las inquietudes de las empresas productoras, el gobernador
Centeno prohibió los desplazamientos indígenas fuera del territorio.
Sometidos al cerco de Napalpí, los aborígenes se sublevaron contra la
administración de la Reducción, que además les descontaba el quince
por ciento de la producción de algodón. Muchos se negaron a levantar
la cosecha. El ambiente se fue crispando. Los policías comenzaron a
perseguir a los indígenas que regresaban de la zafra jujeña en trasgresión
a la orden de Centeno y mataron a algunos de ellos en El Cuchillo. También,
la policía comenzó a recibir denuncias telegráficas de productores por
robos de hacienda y carneo de animales.
El 17 de mayo de 1924, Centeno fue a las tolderías de Napalpí a entrevistarse
con los caciques. Escuchó sus críticas. Le pidieron la supresión del
quince por ciento, libertad para vender sus productos, la reapertura
de la escuela, títulos de propiedad para colonos indígenas, la liberación
de aborígenes detenidos en la cárcel de Resistencia y la entrega de
dos vacas y mil kilos de galletas.
Ni las promesas de provisión de alimentos ni la reunión de la delegación
indígena en Buenos Aires con la Comisión Honoraria de Reducciones de
Indios ni la visita a
Napalpí de Eduardo Elordi, secretario de Territorios del Ministerio
del Interior, bastaron para atemperar la hostilidad en la región. Todas
las negociaciones habían fracasado. El sometimiento policial a los indígenas
para que permanecieran en la Reducción, las denuncias de cuatrerismo
y los ataques a establecimientos agrarios denunciados por colonos blancos
contra los "bandoleros" aborígenes —que habrían dejado dos muertos—,
el despoblamiento rural por el temor a un levantamiento indígena y la
huelga que iniciaron éstos en Napalpí hundieron el territorio en una
psicosis de guerra. El indio armado con Winchester, guiado por el cacique
toba Pedro Maidana, era la figura más explotada frente a Centeno por
parte de los terratenientes que exigían el disciplinamiento de la mano
de obra. Enrique Lynch Arribálzaga había advertido en 1911: "La coerción
o el temor son, a mi juicio, pésimos recursos para el gobierno de los
aborígenes. Se los podrá dominar momentáneamente, pero el odio hervirá
en sus almas sin freno y, como todo pueblo oprimido, romperá sus cadenas
en cuanto vea la primera coyuntura para hacerlo".
En julio, el gobernador Centeno pidió al Ministerio del Interior tropas
del Ejército para sofocar la "sublevación", pero le respondieron que
era un hecho policial que debía ser resuelto a nivel local.
El sábado 19 de julio
de 1924, La Nación publicó que "la sublevación" de los indios de la
Reducción de Napalpí continuaba "amenazando a la población de la zona
norte de ese departamento [Villa Ana]. Han sido atacados varios vecinos,
registrándose numerosos asesinatos. El pueblo está alarmadísimo".
Ese mismo día ya estaba en Napalpí la tropa policial enviada por Centeno.
Cuarenta de ellos habían partido en tren desde Resistencia, se sumaron
otros ochenta de localidades vecinas, más la participación de civiles
armados al servicio de los productores. Un avión del Aero Club Chaco
los ayudó a reconocer la posición exacta de los indios. Muchos de ellos
salieron a observar el aeroplano que volaba más allá de las copas de
los árboles. Según los testimonios recogidos por una comisión parlamentaria,
expuestos en la sesión de Diputados del 11 de septiembre de 1924, desde
el avión arrojaron una sustancia química que comenzó a incendiar las
tolderías.
La tropa inició la matanza de las etnias rebeldes. Las familias indígenas
escaparon hacia al monte impenetrable, pero en dos horas, los fusiles
estatales ya habían matado a alrededor de doscientos aborígenes que
habían negado sus brazos a la cosecha. El avión sobrevoló la zona para
señalar a los que escapaban y ponerlos en la mira del fusil del copiloto.
A los que quedaban heridos, la tropa policial los ultimaba a machetazos
o los degollaba. Al cacique Maidana y a sus hijos les arrancaron los
testículos y las orejas. Los cadáveres fueron amontonados y rociados
con querosén y enterrados en fosas comunes. Muchas mujeres fueron tomadas
prisioneras y sometidas. Los bienes indígenas de la Reducción fueron
saqueados. Cuarenta niños que lograron sobrevivir fueron entregados
a los estancieros como sirvientes para las tareas domésticas.
En el expediente judicial, la policía negó la matanza. Según la versión
oficial, cuando llegaron a Napalpí con un pañuelo blanco, fueron recibidos
con fuego por los indios y en el combate mataron sólo a los tres caciques
rebeldes y a otro aborigen. El resto, cerca de ochocientos indios, al
ver caer a sus jefes, huyó al monte. La Justicia, que archivó la causa
sin reconocer culpabilidad en nadie, no recogió los testimonios de los
indígenas que habían sobrevivido.
Entre ellos estaba Melitona Enrique, toba, de 23 años. Ese 19 de julio
de 1924, escapó de las balas y corrió hacia el monte con su madre. Había
perdido a sus abuelos, a sus primos, a sus tíos. Estuvo varios días
y noches sin comer. Vivió muchos años. Fue la última sobreviviente.
Melitona Enrique murió el 13 de noviembre de 2008. Tenía 107 años. En
su último cumpleaños, el 13 de enero del mismo año, el Estado provincial
del Chaco reconoció por primera vez su responsabilidad en la masacre
de Napalpí. Entonces le pidió disculpas, le regaló una silla de ruedas
y le prometió una casa de ladrillos.
(Fragmento de “Marcados a fuego. La violencia en la historia
argentina. De Yrigoyen a Perón (1890-1945)” de Marcelo Larraquy)

Una
masacre que lleva 80 años de memoria prohibida
Por Darío Aranda [2004]
[email protected]
En 1924 asesinaron a 200 aborígenes
de Napalpí, Chaco. Reclamaban por sus salarios. A los descendientes
ni siquiera les permiten recordar el hecho en un acto en las escuelas.
El cacique José reclama una reparación histórica.
Cuando se cumplen 80 años de la matanza de 200 tobas y mocovíes, en
Napalpí, Chaco, un cacique reclama una reparación histórica que, desde
hace décadas, es incumplida: un cartel que indique que allí tuvo lugar
la masacre ordenada por el gobernador chaqueño, Fernando Centeno. El
19 de julio de 1924, a la mañana, la policía rodeó la Reducción Aborigen
de Napalpí, de población toba y mocoví, y durante 45 minutos no dejaron
descansar los fusiles. No perdonaron a ancianos, mujeres ni niños.
Asesinaron a todos y, como trofeos de guerra, cortaron orejas, testículos
y penes, que luego fueron exhibidos como muestra de patriotismo en la
localidad cercana de Quitilipi. Los asesinados fueron más de 200 aborígenes
que reclamaban una paga justa para cosechar el algodón de los grandes
terratenientes. Para justificar la matanza, la versión oficial esgrimió
una "sublevación indígena". A 80 años de la masacre, no habrá actos
oficiales, pero los pobladores originarios la recordarán en cada comunidad.
En 1895, la superficie sembrada
de algodón en el Chaco era de sólo 100 hectáreas. Pero el precio internacional
ascendía y los campos del norte comenzaron a inundarse de capullos blancos
donde trabajaban jornadas eternas miles de hombres de piel oscura. En
1923, los sembradíos chaqueños de algodón ya alcanzaban las 50 mil hectáreas.
Pero también debían multiplicarse los brazos que recojan el "oro blanco".
El 12 de octubre de 1922,
el radical Marcelo T. de Alvear había reemplazado en la presidencia
a Hipólito Yrigoyen y el Territorio Nacional del Chaco ya se perfilaba
como el primer productor nacional de algodón. Pero en julio de 1924
los pobladores originarios toba y mocoví de la Reducción Aborigen de
Napalpí –a 120 kilómetros de Resistencia– se declararon en huelga: denunciaban
los maltratos y la explotación de los terratenientes. Los ingenios de
Salta y Jujuy ofrecieron mejor paga. Hacia allá intentaron ir los pobladores,
pero el gobernador Centeno prohibió a los indígenas abandonar el Chaco.
Los pobladores de Napalpí decidieron resistir. El 18 de julio, y con
la excusa de un supuesto malón indígena, Fernando Centeno dio la orden.
A la mañana del 19 de julio, 130 policías y algunos civiles partieron
desde la localidad de Quitilipi hasta Napalpí. Después de 45 minutos
de disparar los Winchester y Mauser a todo lo que se movía, sólo quedó
el silencio y la humareda de los fusiles. Los heridos –fueran hombres,
mujeres o niños– fueron asesinados a machetazos. El periódico Heraldo
del Norte recordó el hecho a finales de la década del ’20: "Como a las
nueve, y sin que los inocentes indígenas realizaran un solo disparo,
hicieron repetidas descargas cerradas y enseguida, en medio del pánico
de los indios (más mujeres y niños que hombres), atacaron. Se produjo
entonces la más cobarde y feroz carnicería, degollando a los heridos
sin respetar sexo ni edad".
El 29 de agosto –cuarenta
días después de la matanza–, el ex director de la Reducción de Napalpí,
Enrique Lynch Arribálzaga, escribió una carta que fue leída en el Congreso
nacional: "La matanza de indígenas por la policía del Chaco continúa
en Napalpí y sus alrededores; parece que los criminales se hubieran
propuesto eliminar a todos los que se hallaron presentes en la carnicería
del 19 de julio, para que no puedan servir de testigos si viene la Comisión
Investigadora de la Cámara de Diputados".