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El tren que no se olvida
Por Carlos Humberto Alvez
A las seis de la mañana debía abordar el ómnibus que me dejaría en el Yaguareté
Corá de mis desvelos. Frente a la Terminal de Ómnibus el reloj del bar daba las
cinco en punto. Estaba amaneciendo. A lo lejos, el corso de la Avenida 3 de
Abril murmuraba su asombro de plumas y lentejuelas. Crucé la calle, atravesé el
corredor de la terminal hacia donde la estación del ferrocarril Urquiza y me
senté al borde del andén -en el mismo lugar de otras veces- a contemplar con
nostalgia las vías herrumbradas de la playa ferroviaria y el opaco moribundo del
acero ahogarse irremediablemente entre los pastos.
(Una estación desierta es un campanario sin palomas, un amor no correspondido,
un amigo que no está).
Busqué un sobre entre mis carpetas y extendí sobre el regazo una media docena de
fotos, entre ellas la estación de Monte Caseros, la de Curuzú Cuatiá y la de
Nuestra Señora de las Mercedes del Paiubre, galpón de máquinas incluido, donde
una tarde, hace unos días, buscando recuerdos encontré fantasmas engrasando ejes
y aceitando bielas y paralelas de una locomotora negra como el petróleo.
(Una estación deshabitada es un volcán de silencios en plena actividad. Un
huerto infinito donde en almácigos germina, crece y se reproduce la soledad).
Así están las cosas. Los correntinos tenemos diagramado en el corazón un tren de
pasajeros con vía libre a la nostalgia. Exactamente el mismo tren que por
Corrientes hace un dolor de tiempo que no pasa.
(Una estación a la cual ya no llegan trenes es como un cuento sin final. Un
fantasma en traje de gala celebrando la intemperie).
Así son las cosas. Así están. Así somos para todo aquello que amamos y por el
sólo hecho de amar necesitamos.
(¿Cuántos trenes tendrá la memoria, cuántos vagones los recuerdos?).
Alcé la vista, miré lejos y respiré hondo, muy hondo, como queriendo atrapar el
último halo de lo que fue una melancólica madrugada y me despedí del solitario
andén. Un lejano e imaginario silbato y un monótono traqueteo me recordaron la
fragancia a leño en brasa del humo de las calderas y el dulce aroma a petróleo
derramado sobre el orden inalterable de los durmientes de quebracho.
(Una estación desierta es un acto de abismo).
Marzo 2012

La enfermedad
Un texto de Gustavo Nielsen *
1
Saravia supo que ella estaba llorando por el sonido de sus tacos sobre el piso
del subte. El taconeo también podía deberse a una espera nerviosa, aunque
Saravia oyó la lágrima salir del ojo, deslizarse por un pómulo suave y detenerse
en una zona muda, antes de caer al piso. La lágrima rodando por la mejilla hacía
el ruido de una bolita de vidrio deslizándose sobre una fina lija.
“Oír adentro del subte da calor”, pensó Saravia, mientras volteaba hacia ambos
lados la cabeza, disimuladamente, para mirar. A la lágrima se sumaba la bocina
perdida de un tren que cruzó; aplastada, taladrada, gastada, cortada en
pedacitos y absorbida por el piso. La vibración le trepó desde los pies, le
abrazó las piernas y los pantalones de vestir, subió como un enrejado de arañas
por su cuerpo hasta la mano que se aferraba a la anilla de cuero.
En el vagón había varios adolescentes, un hombre con aspecto de chofer de lancha
colectiva, un harapiento con la frente oxidada por el sol y una señora grande y
gorda. Saravia era el único que viajaba parado. La señora llevaba puestos
anteojos negros y tronaba los dedos de su mano derecha como si mantuviera el
ritmo de alguna canción. Saravia fijó la vista en su cara hinchada y llena de
pecas grises. La lágrima podía haber tocado el marco de los anteojos y haberse
corrido hasta casi llegar a la mitad; para después quedarse un instante quieta y
al final clinc, contra el piso de chapa. Aunque la señora estaba contenta,
miraba pasar las estaciones desde su ventanilla, traía un paraguas rojo, olía de
un perfumero que constantemente iba de la cartera abierta a su nariz y llevaba
un flamante peinado de peluquería. Con olor a spray, con olor a bautismo. Tenía
los ojos vidriosos pero secos, detrás de los anteojos. Esto lo advirtió Saravia
al acercarse; trató de cubrir con el periódico su mirada demasiado atenta, pero
ella le sonrió. Dos cables negros salían del peinado hacia el interior de su
cartera. Saravia inclinó un poco la cabeza, en una especie de saludo cortés. Esa
mañana iba vestido con su saco nuevo y su corbata roja a lunares blancos, lo que
le hizo suponer que a la mujer le habría gustado su elegancia. Ella tendría,
como él, unos cuarenta y tantos años. En las manos, al igual que Saravia, no
llevaba anillo de casada.
Clinc, volvió a sonar la gota, más fuerte que los plic plic de los dedos de la
señora. Ella no era la que lloraba, y no cabían dudas de que el sonido,
amplificado al máximo, era el de una lágrima estrellada. La señora se acomodaba
los pequeños auriculares más adentro de sus orejas perdidas en el pelo, cuando
Saravia oyó un sollozo y una frase: “No está bien que siga con él; no quiere
hijos míos, y a mí los chicos me encantan”. El vagón se movía hacia ambos lados
como si estuviera a punto de desarmarse. “No sé cómo le pueden no gustar. Dice
que son seres malignos, dañinos...” Las maderas golpeaban unas contra otras al
paso de la curva. El silbido de un freno se sumó al sonido general, y Saravia
distinguió una segunda voz de mujer. Era una voz más joven.
—Yo también odio a los niños —dijo.
La voz del llanto se sonó la nariz en un soplido corto que Saravia oyó con
precisión, como si hubiera sucedido al lado de sus orejas.
—Mis relaciones amorosas empiezan y terminan con las relaciones laborales de los
tipos con los que trabajo —decía ahora la joven—. Todos estamos entrando o
saliendo de un amor, siempre, en todo momento. Por eso, nada de familia. Yo creo
que los únicos niños buenos son los que están internados y enfermos, muriéndose
en el hospital. A ésos no les queda otra cosa que ser buenos.
—Son chiquitos... —la otra mujer se sorbió las lágrimas.
—Son demonios. Últimamente están peor que nunca. Deberías presentarme a tu ex.
¿De qué trabaja?
Saravia miró por la ventana que separaba su vagón del que venía después. Las
mujeres estaban al final, apoyadas contra la pared. Una era morocha y alta, y
llevaba anteojos negros. La otra era petisa, muy redondeada, con grandes pechos
asomando por un escote en V y zuecos altísimos. La petisa se movía como una
directora de orquesta; hizo un gesto terminante, un golpe sobre la palma
izquierda y Saravia escuchó “que los parta un rayo”. La bocina de llegada al
andén absorbió el comentario final. En su vagón se bajaban el harapiento de la
frente oxidada y los adolescentes.
Saravia avanzó con dificultad hasta las puertas abiertas. Bajó y corrió hasta el
otro vagón. “No puede ser que haya oído esa conversación, el sonido de una
lágrima.” Subió antes de que las puertas se cerraran con un soplido de sifones.
Caminó despacio por el pasillo. El subte, sin arrancar, hizo un temblor liviano.
La morocha se acomodó los anteojos, que le quedaron enganchados en el pelo.
Saravia vio los ojos rojos, frotados. La petisa abría y cerraba la boca, pero él
no pudo distinguir sus palabras, a pesar de que ahora estaba más cerca. Las dos
llevaban el pelo húmedo. Las puertas del subte se volvieron a abrir. La petisa
agarró la mano de su amiga y dijo “mejor bajamos”, en un silencio que la máquina
le permitió, y encaró con sus tetas y sus zuecos hacia el andén. Si Saravia
hubiera alargado su brazo con el periódico extendido, habría podido detenerlas,
pero se quedó congelado en el lugar: era la misma voz que había oído desde el
otro vagón. Se rascó la cabeza, pasándose la mano hacia atrás por la frente
amplia, golpeó el pilotín mojado de una estrábica con su hombro derecho y se
lanzó detrás de las mujeres hacia las puertas que se cerraban, que lo dejaban
adentro mirándolas pasar los molinetes, perderse por las escaleras mecánicas.
Una manija de la puerta estaba más alta que la otra. El vidrio decía: “Apertura
manual”. Por detrás del cartel apareció, otra vez, el telón negro del túnel.
El vagón ahora estaba más lleno. Incluso más que el anterior, al que no había
subido casi nadie, apenas una pareja, y en el que la señora gorda seguía
sentada, mirando hacia el costado. “Pensar en el subte es pegajoso”, supuso
Saravia. “Hace transpirar.” La gorda se llevó una mano al peinado, buscándose la
oreja derecha. Saravia la estaba mirando a través de la ventana que separaba los
vagones. Ella despegó de adentro de su oreja el pequeño parlante sudado. Saravia
alcanzó a oír la canción emitida desde la intimidad de ese walkman lejano; un
viejo himno de los sesenta. Conocía esa estrofas de memoria; y ahora las
distinguía nítidamente, a pesar de la distancia.
Cuando el tren se detuvo en la terminal, Saravia se bajó con toda la gente.
Desde el agujero del túnel, la noche llegaba en el sonido de la lluvia tapando
frenadas sobre el agua, pasos de gente subiendo escaleras, suelas de transeúntes
a punto de cruzar las avenidas, arriba. Una gota, proveniente del techo, alcanzó
la cara de Saravia cuando giró la cabeza y no el molinete para ver cómo se
cerraban las puertas del tren; cuando volvió a mirar hacia la gorda que se
sacaba definitivamente los auriculares para abrir su paraguas, casi a diez
metros de distancia de él estaba. Entonces oyó otra vez la musiquita corta que
ahora hablaba sobre las cosas del querer, hasta que ella puso el stop; oyó
decirse a dos viejas que también estaban alcanzando la calle: “ella lo ama, por
eso nunca se va a casar”; oyó una tos masculina que era el anticipo de una
gripe; oyó cómo dos yuppies de celulares se quejaban del maldito tiempo. Después
ellos salieron y se alejaron, y Saravia ya no pudo oírlos. Quedaron todas las
gotas repiqueteando sobre las veredas, y las caras de los que esperaban viajar
en el próximo tren.
Saravia, frente a los molinetes de salida, sintió esa lluvia como una infinita
sucesión de pedidos de silencio. Como si los nuevos pasajeros se estuvieran
diciendo unos a otros “shhh, shhh, shhh”. Desde la boca abierta de la escalera
llegaba la orden de callarse más potente, más húmeda y fría. Hacia allí se
dirigió, sabiendo que se iba a mojar.
2
Lo primero que hizo Saravia al entrar en su departamento fue sacarse la ropa
mojada. Todo estaba en su sitio: las pilas de casets, su cama, su teléfono, el
palo apoyado entre dos caballetes que oficiaba de perchero y del que colgaban
varias camisas, la mesa, el grabador, los libros apilados en el suelo y sus
álbumes de estampillas. Había sido un buen filatelista, antes de separarse de
Silvia. Después había ingresado en la angustia constante, y las estampillas
requerían mucha concentración. Enrolló la corbata. La dejó apoyada sobre la
mesa. Un laberinto circular de tela; así debía ser el interior de su oído: “un
laberinto lábil”, pensó Saravia. La parte más gruesa de la corbata, que era la
que estaba más mojada, se derrumbó como la pared de un castillo de arena.
Venía oyendo el zumbido desde el día de la separación; siempre en la oreja
izquierda. Saravia creía que era un castigo por haber aceptado que la ruptura,
después de varios años de noviazgo, se redujera a una conversación telefónica.
Silvia lo había llamado para decirle “no vuelva más”, con una voz rara, y él
intuyó que pasaba otra cosa. Ella dijo “chau”, y Saravia, en aquel momento, no
se había dado cuenta de que era para siempre. Ella querría estar sola, o probar
con otros hombres, tal vez con mujeres, por qué no con animales. Saravia no
había recibido ninguna explicación, así que todo podía ser. Ella ni siquiera lo
había decidido de una semana para la otra, o de un día para el otro, sino de un
rato para el otro. A eso de las nueve tenían que ir a cenar al restorán de
siempre; a las nueve menos cuarto hizo aquel llamado fatídico. “Hola, Saravia,
despiertesé.” “¿Qué le pasa a mi princesa?” “Que no quiero estar más con usted,
que quiero que me deje sola.” “¿Por qué?”, preguntó él.
—Porque sí —dijo ella.
Al cortar, el zumbido brotó de la nada como una pequeña molestia pasajera, y fue
creciendo a medida que el mismo Saravia se iba transformando en pura oreja, en
pura molestia de oreja. Se le clavaba como una aguja hasta el puente de la
nariz. Después la aguja comenzaba a girar sin parar, deshaciéndole la masa
encefálica. La molestia ya llevaba más de seis meses; la angustia de estar solo
llevaba el mismo tiempo. A lo que ahora se agregaba la novedad de haber oído las
voces de las mujeres, de haberlas distinguido a distancia, en el subte.
¿Qué había hecho Saravia en todo ese tiempo? Esperar tumbado sobre su cama. Todo
su ser inmóvil en una cama permanentemente deshecha, alentando la esperanza de
que ella llamara. El oído abierto contra el auricular como único resabio de
movimiento, más un fluir tristísimo de labios, más el índice derecho apretando
la tecla de redial y cortando a la nada. Saravia conservó pálidamente su
apariencia de humano durante esos meses interminables, en los que se fue
convirtiendo, paulatinamente, en oreja. Una oreja de setenta y cinco kilos y un
metro setenta y seis de altura. El tímpano izquierdo, el que estaba más cerca
del teléfono, era su centinela. Todos sus nervios, sus ganas, sus miedos, su
ansiedad, sus humores, su sudor agrio; toda su espera estaba conectada con aquel
único órgano despierto y atento. Estaba conectada su boca para abrirse, su
lengua para empezar a hablar; estaba preparado su brazo para levantar el
auricular; sus ojos, prestos a cerrarse y su alma, dispuesta a dejarse disolver
en el timbre esperado de Silvia, en sus palabras que nunca llegaban. La
necesidad de Saravia se concentraba en esos apenas cincuenta centímetros de
distancia que lo separaban del artefacto negro. Tenía que estar así, de guardia
completa, dada la importancia del asunto. Desnudo, tirado, con la estufa
prendida, tomando gaseosa tibia y comiendo los sánguches de pan francés que le
traía Celeste, la encargada. Saravia había pensado que dejaría pasar un
timbrazo, dos; después diría “hola, hola” antes de levantar el tubo, para
aclarar la garganta, y tal vez, quizá, se erguiría en la cama para que su voz no
tuviese temblores de colchón. Ése era el plan que había urdido, estirado entre
sus sábanas repletas de migas e hilos de fiambre barato. Aunque no era todo el
plan.
Saravia también usaba el teléfono para escuchar la voz de ella en el contestador
y concentrarse en los cambios de mensaje y de la música de fondo. Él conocía
esas melodías: Miles Davis por Marsalis, ése había sido el primer cambio, para
después volver a un clásico, con Debussy. Ella odiaba a Debussy, porque le
parecía aburrido, pero a los dos meses y seis días y medio de la separación
había puesto un pasaje de El Mar en su contestador. ¿Qué quería decir esto?
¿Alguien la estaría convenciendo de que aquel concierto era bueno, o por lo
contrario ella estaría pasándola tan bien que hasta El Mar había dejado de ser
la más pura esencia del aburrimiento?
Se acercó al grabador y lo encendió. Adentro de la casetera estaba su caset de
música acrobática, con Rachmaninov recreando a Paganini. En mitad del concierto
había un pasaje que lo emocionaba porque le hacía acordar a Silvia. Cuando lo
escuchaba no podía evitar que su ánimo se desmoronara como la corbata mojada.
En el botiquín del baño buscó la perita de goma y el frasco con agua oxigenada y
se dedicó, en los minutos previos a la emoción, a irrigarse las orejas. Había
leído en alguna revista científica que no convenía que el cerumen se acumulara
en cantidad excesiva, que podía obturar totalmente el conducto, dificultando la
audición. No se acordaba bien dónde lo había leído, pero sin duda había sido en
una revista, o tal vez en una enciclopedia, porque podía recordar una
ilustración en la que un niño bien peinado se metía la punta de una pera de
hacer enemas en el pabellón izquierdo, mientras que con la otra mano sostenía un
vaso de agua a medio llenar. Debajo de la ilustración podía leerse: “La
irrigación es norma de higiene”.
Saravia siempre había pensado que la separación había ocurrido por culpa de otro
hombre, aunque ella jurara y perjurara que no se trataba de eso, sino de ganas
de estar sola –de nuevo. Él sabía que podía perdonar un engaño, pero no una
mentira sostenida. Las parejas no se separan por las infidelidades, sino por las
mentiras. A esta conclusión había llegado una tarde en que se sentía tan
deprimido que no había tenido fuerzas ni para ir al baño, por lo que la cama
estaba mojada y olía a meo. Lo que se oculta durante días y meses es lo que
destruye a todas las familias, y para Saravia —si bien habían sido solamente
novios— la de ellos era una familia en potencia, que Silvia había destruido sin
más. Ahora sólo le importaba saber la verdad, pero ella se negaba a contestarle.
Aunque una vez, era cierto, Silvia lo había buscado. Fue a los tres meses y un
día de haberse separado. Saravia no contestó, le temblaba el pulso y casi no
tenía fuerzas para levantarse. Ella dejó un mensaje diciendo que pasaría a las
diez de la noche. Así, sin consultarle. A él le pareció una falta de respeto,
pero se levantó de la cama y cambió las sábanas. Estaba flaco. Fue hasta la
cocina a prepararse un plato de fideos y se los comió sin salsa, ni nada. El
estómago le dolía, al igual que todos los huesos. Eran las once de la mañana. Se
sentía mal pero estaba contento. Le pidió una escoba a Celeste, cuando ella vino
a traerle el sánguche de mortadela y la Coca de medio litro. Se tomó la botella
de un tirón. Estaba tibia; no entendía por qué Celeste no le compraba Coca fría.
Sacó dos bolsas de residuos al pasillo. Preparó la ropa que iba a ponerse mucho
antes de que fuera la hora. Él mismo estaba listo una hora antes, con su corbata
roja a lunares planchada y los zapatos recién lustrados. Estaba radiante y lejos
del teléfono, hasta que lo oyó sonar. En el espejo del botiquín practicaba
peinados: raya al medio, raya al costado, hacia atrás. Cuarto timbrazo, clic,
mensajes después de la señal, clic—chiiiiiií—clic. Tuvo que abrir la puerta y
sacar la cabeza del baño para oír. “No me parece una buena idea, lo lamento”,
dijo la voz de ella, antes de cortar. Antes de que la mano de Saravia saliera
corriendo como un perro para levantar una señal de corte prolongada y monótona,
inexpresiva, sin Silvia, sin la voz de Silvia. Después vino el desvestirse,
colgar el traje y mirarlo como a un paracaídas desde el que se hubiera escurrido
hasta el colchón, con la camisa, los calzones y las medias puestas.
Y otra vez la oreja Saravia; Saravia vuelto oreja por los próximos meses.
Moviendo apenas una pierna para recuperar la sábana; pestañeando; la boca un
círculo con el dibujo permanente de un bostezo; las manos apretadas en los
brazos extendidos. Todo él debajo de su cubrecama verde. Un mes, dos meses,
tres, más dos semanas y media. Hasta el día en que se dijo “basta Saravia”, y
despegó el pelo del colchón con olor a café quemado para darse cuenta de que la
cabeza le dolía como si hubiera bebido un whisky continuo. Quiso ser terminante:
basta de los sánguches de Celeste, basta de asearse a fuerza de trapos mojados,
basta de olor a orines y migas clavándose en la espalda. Otra vez logró bañarse,
vestirse. Salió de su departamento. Llegó al bar de siempre, al de antes, pidió
una botella de vino y un plato de ravioles con tuco. El mozo lo reconoció a la
primera ojeada. “Tanto tiempo, don, ¿y su señora?”
—Murió —dijo Saravia.
El mozo le puso la mano sobre el hombro y él sintió el apretón de sus dedos
regordetes. Se arrepintió de haber dicho semejante disparate. Pensó que ella
podía entrar en cualquier momento al restorán, cualquier día, inclusive esa
misma noche ¿Y si había muerto de verdad? Él nunca hubiera dicho semejante cosa
sin suponer algo, sin tener, al menos, un presentimiento. La cara del mozo era
de verdadero desasosiego. A Saravia le dieron ganas de salir de allí de
inmediato, de volver a la guardia de su departamento y de su cama y, sobre todo,
al teléfono. A ver si justo ella había llamado y dejado un mensaje. O peor aún,
si no se había animado a dejar un mensaje y había cortado. Silvia era tan
tímida, tan pescadita, pobre. Y él sin estar del otro lado para atenderla, para
preguntarle si era feliz y escucharla dudar, llorar, quejarse de todo por
extrañarlo tanto, o al menos por extrañarlo un poco. Y él, Saravia, confesarle
que también, algo, la extrañaba. Donde hubo fuego. El mozo apoyó la botella
sobre el mantel después de servirle una copa hasta el borde y volvió a tocarle
el hombro con pena, sin atreverse a darle sus condolencias. Saravia se quedó
nuevamente sin saber qué hacer, tuvo un ligero temblor de piel, casi un
escalofrío, y pensó por primera vez que no iba a poder regresar nunca a ese
restorán de siempre, de antes, por la mentira que había dicho. Apuró los
ravioles y se le formó una pasta en la garganta que costaba bajar aun con vaso
tras vaso de vino, porque tenía un nudo así de doloroso. Se metió un poco de
miga de pan en la boca. Lo más triste de todo eran los ojos del mozo, que lo
evitaban, al punto que para conseguir la cuenta tuvo que pararse e ir a
buscarla. Se secó la boca con urgencia; dejó el doble de la propina que hubiera
dejado antes, siempre, y salió corriendo del restorán.
En el ascensor se encontró con la mujer del octavo C, que vivía tres pisos
arriba del suyo, y subía con su hija de nueve años vestida para ir al colegio.
Saravia pensó que no eran horas de asistir a clase, pero no dijo nada, ni
siquiera las saludó cuando se bajó en el quinto. Estaba apurado por ver la luz
titilante de su contestador, por tocar la tecla de los mensajes y oír gimotear a
Silvia. Abrió la puerta y se zambulló en su cama aún tibia. En el contestador no
titilaba luz alguna. Se sentó. Pensó en llamarla para preguntarle si estaba
contenta con lo que había conseguido, para exigirle una explicación, para
preguntarle adónde había ido el amor que se tenían. Miró la hora: eran más de
las once de la noche. La imaginó escuchando sus preguntas acostada al lado de un
hombre desnudo y con una feroz erección. ¿Y si ella estaba sola, como él,
mirando todo el bendito día el aparato, sedienta por oírlo sonar? Lo peor
hubiera sido que ella intuyera que era él, que estaba desesperado, y entonces
decidiera no atenderlo por no saber qué decir, o cómo calmarlo, o simplemente
cómo no alterarlo más.
Repentinamente decidió que el teléfono era historia antigua, y le importaría
poco, de ahí en más. “Muy poco”, recalcó. Le tenía bronca al teléfono y, si lo
oía sonar, no iba a levantar el auricular por nada del mundo. Sí, señor. Que
ella supiera que él no estaba, que no la esperaba. Inclusive, pensó, podría
llamarla para dejarle un mensaje perentorio. Le daría cinco días, ni uno más,
para volver a comunicarse, o que se olvidara para siempre. Sin presiones de
ningún tipo era muy difícil cortar la relación, y el problema era que él se
había quedado sin Silvia y sin la verdad de lo que había pasado. Por eso ella
seguía jugando con blancas y él era el deprimido. Levantó el tubo con decisión.
Marcó redial y enseguida respondió aquel contestador. Ella había cambiado otra
vez la música. Ahora había un rocanrol. Silvia odiaba el rocanrol, como él. Lo
odiaban en pareja. Ella ni siquiera lo consideraba música, y ahora había
seleccionado un rocanrol como música de fondo en su contestador. Contó la
cantidad de mensajes con los dedos: doce. Sonó el pip final y Saravia se
encontró en la disyuntiva de tener que decir algo y no saber qué, lo que le
provocó un suspiro que lo hizo cortar, inmediatamente asustado. ¿El suspiro
habría quedado grabado en la cinta? ¿Ella sería capaz de reconocerlo, a seis
meses y medio de la separación? Un calor rotundo envolvió la cara de Saravia.
¿Qué número de tres cifras podía haber usado Silvia para bloquear el contestador
de su fax? Saravia examinó varios códigos posibles. El triple 6 podía ser,
también el 123 o el 789, fáciles de recordar, o el 555 de Polyana. No, no era el
estilo de ella. Silvia cumplía años el 5 de enero. Marcó su número otra vez y,
durante la duración del mensaje, probó el 105. Cortó. Llamó de nuevo y probó con
el 501. La máquina dio un vuelco y rebobinó los mensajes, dispuesta a leérselos
uno a uno. A Saravia se le erizó la piel. Anotó 501 en un papel. Puso el
despertador a las dos de la mañana. Antes de que sonara, ya estaba intentándolo
de nuevo. Oyó trece pips que eran trece mensajes (los doce anteriores más el
suspiro). Ella no había llegado aún. Tal vez no volviera en toda la noche. Podía
hacer las cosas tranquilamente. Cortó y marcó, otra vez, el número de Silvia,
más el código de las tres cifras. Buscó en la mesa de luz su grabador de mano y
lo pegó contra el auricular superior, de tal modo que podía oír y grabar al
mismo tiempo. Escuchó las voces sucediéndose sin demora.
Los tres primeros mensajes eran de sus amigas; el cuarto, del consorcio; el
quinto, de su madre y el sexto, de un hombre. El mensaje decía: “Soy yo. El
hombre que transita tu equinoccio en una tarde perfecta de otoño para hacer el
amor. Te extraño”.
Se quedó helado; no pudo oír más, aunque los mensajes continuaron pasando.
¿Quién era ese desconocido que ni siquiera firmaba lo que decía, que irrumpía en
el contestador de la princesa con una presentación egocéntrica, que se las daba
de poeta y la tuteaba como si la conociera desde la escuela primaria? Reaccionó
cuando escuchó su propio suspiro, difícil de identificar y un poco sonso. Sacó
el caset de su minigrabador y le puso una etiqueta: SILVIA. Discó de nuevo para
comprobar que la cantidad de pips era la misma de antes. “Nada se pierde”,
pensaba, al segundo día de espía, al tercero, mientras grababa las palabras de
ese hombre en su grabador:
“Soy yo. Tengo apetito y fiebre. No puedo curarme si no estás.”
“Amor. Qué placer que nos gusten las mismas cosas. Andar desnudos es lo único
que importa.”
Saravia volvió a escuchar todos los mensajes juntos. Por el tono empalagoso de
la voz y el ingenio pasado de moda de lo que decía, dedujo que no era el tipo de
Silvia. A esa relación no le daba más de cuatro meses. Aunque ya no le
importaba: se había levantado de la cama e iba a poner música. El laberinto
lábil de la corbata roja a lunares blancos seguía ahí, derramado sobre la mesa.
“La verdad y su efecto demoledor y restaurador”, pensó, y pensó también que
deseaba una pizza de anchoas y escuchar aquellos casets que le había grabado
ella. Pensó en violines y se acordó de Shlomo Mintz interpretando los Capricci,
pero se le ocurrió que era demasiado nervioso y áspero para la ocasión; no así,
por ejemplo, las sonatas y partitas de Bach ejecutadas por Arthur Groumiaux,
muchísimo más dulces, aunque algo tristes. Silvia decía que el violín siempre
era triste, y Saravia le había llevado entonces un caset de Midori sumamente
alegre, y había elegido dos temas. Uno de Paganini, el número tres cantabile, y
otro, el número trece, de Sarasate. Para que observara, con el primero, que un
violín podía ser divertido, y con el segundo, que una canción triste podía ser
una elegía y no una depresión como las partitas. Silvia había utilizado la
expresión “triste como una mala siesta de domingo”. El caset que ella tenía
entre las manos se llamaba “¡Encore!” y la cara de la violinista japonesa tenía
la expresión de no poder tocar más bises.
—¡Slavonic Dance de Dvorák! —había leído Silvia, contenta. Pronunció vóryak.
Ella había apretado fwind hasta que lo encontró, recordó Saravia. Se sentó
debajo de su abrazo, cariñosa. A todo volumen, comenzó a sonar el Opus 46 N° 2
en Mi menor, el himno más tierno y nostálgico de todos los tiempos, según
Saravia, y después según Silvia, también. Él se imaginaba a la japonesa llorando
mientras lo tocaba, porque lo que se oía eran lágrimas vivas deslizándose por
las cuerdas, lamentos de amor, y comenzaron a llorar juntos, mansamente, cuando
el sonido creció como una esperanza. Como la esperanza que ahora tomaba la forma
de un teléfono, hasta que atendía y descubría que no era ella, que nunca lo
sería. Que ya no lo llamaría, por más que la Danza Slavónica de Dvorák comenzara
de nuevo. Número equivocado. Saravia hubiera pronunciado vórak.
Entonces el zumbido cesó en su oreja izquierda, por segunda vez después de lo
del subte. Por un instante pudo percibir la música en estado puro, cosa que no
le pasaba desde hacía varios días. Puso stop para sentir el silencio, pero
empezó a escuchar un rascarse de piernas y una voz femenina esquiva y
susurrante. “Contame cómo fue”, dijo esa voz. Provenía de la ventana abierta.
Saravia se acercó.
—Estábamos sentadas en el sillón del comedor, mirando la tele —dijo otra voz,
también femenina pero más delicada—, y el amigo de mi mamá vino a llevarse a la
perra. “¿Estás sola?”, me dijo. “Sí”, contesté. Entonces entró la perra a la
cocina. La pobre ladró un rato largo, quería seguir viendo televisión.
—¿Y?
—Vino de vuelta y se sentó al lado mío. Me metió una mano por abajo del vestido
y yo no lo miraba. Después me paré, apagué la tele y puse el disco de Abba, ése
que tiene Reina danzante. Volví bailando hasta donde estaba él. Yo tenía los
ojos cerrados. Él estiró una mano y me la apoyó acá. Yo le bailé frotándome
contra sus dedos. Entonces abrí los ojos y vi que se había abierto el cierre, y
se sostenía con la otra mano su cosa enorme y peluda.
—¿Y?
—Me arrodilló en el piso y se bajó los pantalones hasta los zapatos. Dijo: “Si
me la mordés, te mato”.
—¿Te entró toda en la boca?
—No. Pero yo quería que me la metiera, para ver cómo era. Chupar no es la
primera que chupo, pero nunca me habían cogido, y mamá iba a tardar en llegar.
—Es increíble que todavía no hayas cogido.
—Ahora sí. La perra no paraba de ladrar, tanto que él me pidió que me sacara la
bombacha mientras iba a la cocina a apagar la luz. El vestido me lo dejé. Él
bajó un poco la música. Yo lo esperé parada al lado del sillón, nerviosa,
imaginate. Él se sentó, ya sin nada de ropa abajo, y descalzo. La cosa era
gigantesca, no sabés, dura. Me agarró así por la cintura, me abrió las piernas y
me sentó encima.
—¿Sin saliva, ni nada?
—A mí me dolía y entonces me escupí la mano y me puse yo misma. Él estaba como
apurado; le dije “pará, que me vas a romper”, y se chupó bien un dedo y me lo
metió para abrir el camino.
—¿No le dijiste que eras virgen?
—Sos loca. Si le digo que soy virgen no me lo saco más de encima. Una cosa es
que te la hagan una vez, otra es aguantarlo todas las tardes, antes de que
llegue mamá. Pero debe haber sospechado algo, porque grité y le pedí “más
despacio”.
—¿Te gustó?
—Mnnnn. Me gusta más que me den besitos, es más lindo. Tener esa cosa adentro me
daba un poco de impresión, aparte del dolor y de que me salió sangre. Poca; un
hilo. El tipo se sacudía, y me fregaba las manos por el pecho, la espalda y la
cola. Ponía cara de loco.
—¿Cerró los ojos?
—Sí y no, a veces miraba la puerta o el reloj, por si llegaba mamá. En un
momento la sacó muy asustado y me manchó el vestido. Estaba todo transpirado.
“Ya está”, pensé.
—Y ahora, ¿te duele?
—Me arde, y me siguieron saliendo como babas de sangre. Me unté con Hipoglós.
¿Pongo Abba?
—Dale.
Saravia asomó la cabeza hacia arriba. El único departamento que tenía las luces
encendidas era el octavo C. Oyó el disco deslizándose fuera del sobre, la púa
apoyando en el surco, el ruido a papafrita y los primeros acordes. Vio las
siluetas de dos mujeres delgadas y altas, bailando, recortadas contra las
cortinas.
Se volvió a poner la corbata y salió al pasillo. Subió los tres pisos por las
escaleras. Cuando estuvo frente a la puerta del octavo C, le pareció que el
volumen estaba más bajo. Tocó dos veces. Adentro se preguntaron: “¿Alguien está
llamando, oíste algo?”. Abrió la puerta la hija de la vecina, que ahora estaba
sin el guardapolvo. Tendría diez años. Estaba disfrazada con un deshabillé de su
madre, tacos y la boca delineada de rouge. Había otra nena más pequeña que ella.
Habían puesto un velador en el piso, y la sombra alargada e irreal que hacía la
amiga sobre las cortinas de la ventana era una de las que él había visto desde
su departamento.
—¿Qué quiere? —preguntaron.
Él se quedó mirándolas un instante. Luego dijo:
—¿Está tu mamá?
—Salió —dijo la que había abierto la puerta.
Entonces Saravia se calló e hizo un gesto sencillo a la amiga para que bajara la
música.
—¿Le molesta Abba?
Saravia hizo que sí con la cabeza. La amiga bajó el volumen y él le guiñó un
ojo. La pequeña sonrió. Tendría siete u ocho años, pensó Saravia, al tiempo que
experimentaba una leve erección adentro de sus pantalones, la primera desde que
se separaba de Silvia. Bajó las escaleras excitado; entró a su departamento con
el recuerdo de esa sonrisa en su cabeza, se acercó a la ventana para cerrarla y
oyó el final del diálogo:
—¿Te cogerías a tu vecino del quinto?
Habían parado el tocadiscos y las voces se oían muy nítidas, otra vez. La vecina
se tomó un instante para pensarlo. Saravia esperaba la respuesta con las manos
apoyadas sobre el marco, inmóvil.
—¿A ese viejo de mierda? —dijo la otra.
[De El amor enfermo, Alfaguara, Buenos Aires, 2000]
* Gustavo Nielsen (Buenos Aires, 1962) ha ganado el Premio Municipal de
Literatura, la Primera Bienal de Arte Joven y el Primer Premio del AECI, entre
otros galardones. Sus cuentos figuran en antologías de Argentina, Chile,
Uruguay, Brasil, Venezuela, Alemania, México, Suecia y España.
Ha publicado las novelas La flor azteca (1997), El amor enfermo (2000), Los
monstruos del Riachuelo (junto a Ana María Shua, 2001) y Auschwitz (2004).
Sus libros de cuentos son Playa quemada (1994), Marvin (2003) y Adiós Bob
(2006).
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Las doradas colinas de octubre
Un texto de Juan José Manauta *
Después de la derrota junto al arroyo Don Gonzalo, el general Ricardo López
Jordán se retiró (o huyó, decían algunos), con los pocos hombres que podían
andar o cabalgar, hacia el Norte, y fue a parar solo, decían, habiendo cruzado
como pudo el río Uruguay, a Santa Ana do Livramento, Brasil. Nosotros, en
cambio, tiramos hacia el Sur, con casi nada del batallón, después que la primera
y la segunda compañías fueron deshechas. Buscábamos la tierra natal, la
primavera y la niñez, las doradas colinas de octubre, por estupidez más que por
añoranza. Nada que valiera algo teníamos allí que cobijar, nada que nos
perteneciera. Éramos nosotros pertenencia de un pago arisco en esos días y de
una tierra fértil como pocas, a la que nunca habíamos cultivado ni pisado jamás
su buena hierba, ocupados desde muy jóvenes en una guerra salvaje y más
sangrienta que inútil.
Cuando llegamos al límite del departamento de Gualeguay, el mayor Ponciano
Alarcón, nuestro jefe, licenció por dos semanas (un decir, una orden postrera,
más aparente que real) a unos hombres castigados en su moral, algunos heridos,
muertos de hambre, rotosos, sucios. Parecerá mentira, pero muchos de ellos
cumplieron la orden, volvieron a filas. La idea federal tendría mucho que
agradecerles, pero nunca lo hizo. El teniente Dionisio Hereñú se separó de
nosotros en Nogoyá, y como era de Ubajay, rumbeó hacia el Norte, sin escolta,
vestido de paisano y con la manda de no dejarse atrapar. A cualquier costo debía
formalizar un enlace con López Jordán allí donde lo hallase. Conocíamos el área
que los porteños ocupaban, no obstante que se agrandaba como una mancha de
aceite, pero la gente civil los hostigaba y les negaba su ayuda. Eso los ponía
furiosos, carentes de todo, y los convertía en un peligro letal donde se los
topase. De ahí tantas precauciones.
I
—No me apunte, Juvencio. No siga… Dos caños de una misma escopeta recortada
miran su nuca.
Juvencio debió de reconocer al Mayor y dijo:
—Los de la estancia rondaban por aquí anteayer —y bajó el arma.
—Me parece que los gringos matones de la estancia que usted vio —dijo el Mayor
don Ponciano Alarcón— no eran “de la estancia”, sino porteños sueltos o
desertores.
—No estoy seguro —dijo el llamado Juvencio: para mí, todavía, un cazador
matrero, muy bien armado.
El Mayor se apeó y extendió la mano hacia el hombre. Se saludaron, muy confiados
los dos, pero yo, durmiendo el sueño de la liebre detrás de un chañar, seguí
apuntando a la cabeza del tal Juvencio. El Mayor imitó al hornero y yo enfundé.
—Venga, soldado. Es un amigo —dijo el Mayor. Sólo entonces el llamado Juvencio
se dignó mirar atrás y considerarme.
El Mayor volvió a montar. También yo. Los tres empezamos a orillar el río hacia
el Sur. No faltaba ni media legua (en línea recta, se entiende) para la
desembocadura del Gualeguay. Juvencio iba adelante con todas las pruebas de su
delito a la vista: dos burros patrios, faltantes vaya a saber de qué unidad
militar, cargados de pieles de nutria y de carpincho, cuya caza estaba
prohibida.
Los tres íbamos hacia la Boca. Allí Juvencio esperaba encontrarse con su mujer y
embarcar las pieles. Nosotros, descansar y aligerarnos de la derrota. Él venía
desde los bañados del sureste cuando se le aparecieron como dos sombras los
forajidos, porteños o guardabosques de la estancia Morro. Juvencio se quedó
quieto y echó sus burros. Esperó un día entero antes de salir al albardón y
hacerse ver, pero ya precavido. Dos días más tarde, nosotros dimos con los
porteños o quienes fueran… No nos sobró tiempo para interrogarlos. Allí
quedaron. Los arrastramos hasta la maciega donde se fueron hundiendo de a poco.
No llevaban papeles, pero las armas que portaban y parte de la ropa que vestían
nos hicieron sospechar que eran soldados de Buenos Aires. Nos quedamos con las
armas (por primera vez veía una Remington). No llevaban nada más que valiera la
pena. Ni qué comer. Iban, pues, a matar o morir (más bien a morir) de angurria,
si antes no encontraban a quien jorobar.
Para toda esta información, el Mayor y Juvencio no habrán gastado más de veinte
palabras cada uno.
—…y hablando de esos dos muertos de hambre, ya fueran gringos o porteños —dijo
el Mayor—, nosotros llevamos charque y galleta barquera.
—Yo tengo pescado en sal —dijo Juvencio—. No galleta. Pero en su rancho de la
Boca hay harina que yo dejé el mes pasado.
—Amasará Martín —“Martín” y no “el soldado”, dijo esta vez el Mayor.
—También hay grasa de pella —dijo Juvencio, con su sonrisa oblicua, mirándome.
Después, tironeó de sus burros.
Íbamos en fila india, porque allí el albardón se estrechaba y los caballos
resbalaban hacia el malezal. Sobresalientes en el combate, esos caballos, que no
les temían ni a las balas de cañón, parece mentira, se espantaban de una culebra
y hasta de las inocentes lagartijas del monte blanco. Por eso ellos mismos
buscaban el medio del camino, siguiendo a los burros. Imitábamos dócilmente los
vericuetos de las arboledas y el juncal.
Al llegar a la boca del río, las costas se elevan, pero el junco y la cortadera
todo lo confunden. No se sabe bien dónde terminan los bañados y su mezcladura
con el cielo y dónde comienza lo que se dice el río. Era una bendición que nos
encabezara Juvencio. Única señal de buen rumbo, se erguía el techo pajizo del
rancho lacustre del Mayor, que se nos mostraba a cada subida de la senda.
Para llegar al rancho mismo, había que dejar decididamente el albardón,
infringir nomás bañado y pajonal y subir después a un alto bien apisonado, en
cuyo centro se había poblado sobre pilotes de lapacho.
Desmontamos.
Lo primero que hicimos, atardecido ya, con ayuda de Juvencio, fue armar un
piquete en un limpio bien cercano a la parte trasera del rancho, con palos de
sauce y de laurel. Ahí los caballos podían ramonear a gusto, sin peligro de que
la paja brava les injuriara el hocico.
Descargamos.
Juvencio ató sus burros a soga fuera del corralito, donde ya habíamos metido los
caballos, dos ensillados.
—Los burros serán burros —dijo el cazador—, pero no muerden la cortadera.
El Mayor y yo nos quedamos abajo escuchando ese silencio de no creer que a la
tarde aparenta venir, atravesando el río, desde Las Lechiguanas. Su magia nos
envuelve y nos distrae. Demasiado silencio… Juvencio, en cambio, subió las
escaleras para abrir el rancho. Iba armado. Él era dueño y señor (me di cuenta)
en ausencia de don Ponciano.
Alguien abrió la puerta desde adentro y asomaron dos fusiles; enseguida, dos
hombres, y acribillaron a Juvencio. Yo me tiré al suelo y disparé al montón (no
les di tiempo a desplegarse), hacia los hombres, con mi tercerola. Empezaban a
desplomarse, segados por la munición, cuando el Mayor también les hizo fuego.
Los dos corrimos a atender a Juvencio, que ya estaba muerto.
En ese momento no nos interesó saber si los que acabábamos de matar eran
porteños o gringos pistoleros de la estancia Morro.
II
La espera, en la guerra, a veces es peor que cualquier otra calamidad. Muchos
nervios he visto ceder a causa de la inacción, y vidas malgastadas en la
impaciencia. Nosotros, obligados, teníamos que esperar, sin plazo ni referencia
alguna, a la mujer de Juvencio para darle la peor noticia y entregarle los
burros y las pieles. No la consolarían, pero de algo habrían de servirle.
Sólo para hacer tiempo, revisábamos el arma del cazador, después que lo
inhumamos y enterramos a los dos forajidos que lo habían asesinado: una escopeta
Lefaucheaux, belga, calibre doce, no más vieja que la Nación por la que nos
andábamos matando. El Mayor abrió el cerrojo. La cebada de uno de los cartuchos,
el derecho, estaba perfectamente herida por el gatillo. El Mayor y yo, mudos,
nos miramos.
—Juvencio apretó el disparador —dije yo, asombrado e inquieto.
—Patente —dijo el Mayor—. Juvencio disparó, y tal vez antes que esos dos, pero
viviendo en los esteros, como él, durante meses, la pólvora toma humedad, y en
ocasiones el fulminante no consigue quemarla… Juvencio aún estaría con nosotros.
Vi que los ojos del Mayor brillaban cuando terminó de hablar.
III
Diferenciar a un simple matrero de un cazador como Dios manda, y a un pistolero
a sueldo (mal llamado guardabosque) de un soldado lejos de su unidad y en
despoblado, parece muy fácil cuando uno lo tiene muerto o prisionero, revisa sus
armas, sus ropas, sus papeles (en el supuesto de que los lleve encima). Aún así
el Mayor y yo nos equivocamos con lo que habíamos liquidado antes, en pleno
monte. Hemos creído que eran soldados porteños sueltos o desertores, y en vez,
tal como lo había dicho Juvencio, no eran más que gringos guardabosques de la
estancia.
Nos ha confundido al Mayor y a mí el hecho de que ambos llevaban carabinas
Remington, con la inscripción Rolling-block en la caja del mecanismo (a repetión,
como se le llamaba aquí), que sólo de oídas conocíamos, amén del estrago que han
hecho entre nosotros en Don Gonzalo. El Mayor, aunque jamás había manejado una,
tenía un excelente pormenor acerca de esa arma tan terrible. Sabía, además, que
los únicos que la poseían, y la usarían (como lo hicieron) contra el ejército
entrerriano, eran los soldados de Buenos Aires. Pero el Mayor se olvidó de un
detalle, y yo, con él: en esas guerras contra los porteños (tres, que han durado
casi una década a partir de la muerte de Urquiza), ambos bandos dilapidaban
material, o lo perdían, por esa condición bárbara y estrafalaria de la lucha.
Armas, parque, víveres, animales, carruajes e impedimenta aparecían en cualquier
parte y en los lugares más inesperados. La gente que los hallaba no vacilaba en
darles el mejor uso. Peligroso era venderlos y más peligroso aún, devolverlos.
Y, si no, ¿de dónde los burros patrios de Juvencio?; ¿de dónde mortíferas
carabinas Remington en manos de esos civiles? En medio de una población hostil,
no hay ejército, por más organizado (y no ha sido ése el caso de los que han
peleado aquí en Entre Ríos) que no pague tributo en ingredientes de guerra que
se desperdician, se roban y se negocian, se olvidan en los campamentos
abandonados con apuro o sencillamente se esfuman.
Pese a todo, Juvencio había podido saber que aquellos primeros difuntos no eran
soldados porteños, sino matones de la Morro, perseguidores a muerte,
extorsionadores y chantajistas de cazadores furtivos como él.
—¿Cómo lo supo Juvencio —le digo— con sólo verlos de lejos y no nosotros, que
debimos enfrentarlos, y únicamente gracias a la corta distancia matarlos a tiro
de carabina y tercerola?
—Muy sencillo —dijo el Mayor—. Juvencio, aparte de verlos (aunque fuera de
lejos) y sobre todo oírlos hablar o caminar por el monte (no habla ni camina
igual un soldado porteño que un guardabosque), también podía olerlos (tampoco
huele igual) —y agregó muy convencido—: el olfato y el oído de un cazador suelen
ser tan confiables como la mira y el alza de un arma de fuego.
Llegamos a la conclusión de que Juvencio sabía que esos dos trompetas estaban
escondidos arriba. Y lo sabía no porque los hubiese visto, sino porque tal vez
los había oído u olido. Quiso subir primero para protegernos, porque las balas
de esos dos porteños eran para nosotros, don Ponciano y yo, no para él. Le
ganaron de mano sólo porque el mixto húmedo no reventó y le falló el disparo con
que pensaba madrugarlos.
—Mala suerte —dije después de mirar de nuevo, más de cerca, la ceba picada del
cartucho.
—¡Qué mala suerte ni mala suerte! A estos cazadores, tan apercibidos como son,
les cabría aprender a mantener la pólvora, porque si un disparo falla contra un
carpincho, lo único que se pierde es el carpincho, pero si falla ante un
enemigo…
Teníamos que esperar, no más, a la mujer de Juvencio. Ella vendría, tal como lo
había tratado con su marido hacía más de dos meses, pero no sabíamos cuándo. La
esperaríamos, quieras que no, para enfrentarla con la verdad, pero ni ese
desvelo nos liberó de la asquerosa alegría de estar vivos, ese pensamiento atroz
que se apodera del soldado cuando ha visto morir a un camarada.
* Juan José Manauta nació en Gualeguay, Entre Ríos, en 1919. Periodista y
novelista de estilo realista, se dio a conocer con la novela Las tierras
blancas, un relato emparentado con el naturalismo poético de Faulkner que tiene
como escenario una zona estéril en la provincia de Entre Ríos.
Recibió los premios del Fondo Nacional de las Artes, en 1971; Primer Premio
Municipal, en 1985; Premio al Mérito Artístico, 1993; y Faja de Honor otorgada
por la SADE, en 1956 y 1980.
Otros de sus trabajos son: La mujer de silencio, poesía, 1944; Los avantados,
novela, 1952; Las tierras blancas, novela, 1956; Papá José, novela, 1958;
Cuentos para la Dueña Dolorida, cuentos, 1971; Los degolladores, cuentos, 1980;
y Mayo del 69, novela 1994.

El amor que no podía ocultarse
Un cuento de Enrique Jardiel Poncela
Durante tres horas largas hice todas aquellas operaciones que denotan la
impaciencia en que se sumerge un alma: consulté el reloj, le di cuerda, volví a
consultarlo, le di cuerda nuevamente, y, por fin, le salté la cuerda; sacudí
unas motitas que aparecían en mi traje; sacudí otras del fieltro de mi sombrero;
revisé dieciocho veces todos los papeles de mi cartera; tarareé quince cuplés y
dos romanzas; leí tres periódicos sin enterarme de nada de lo que decían;
medité; alejé las meditaciones; volví a meditar; rectifiqué las arrugas de mi
pantalón; hice caricias a un perro, propiedad del parroquiano que estaba a la
derecha; di vueltas al botoncito de la cuerda de mi reloj hasta darme cuenta de
que se había roto antes y que no tendría inconveniente en dejarse dar vueltas un
año entero.
¡Oh! Había una razón que justificaba todo aquello. Mi amada desconocida iba a
llegar de un momento a otro. Nos adorábamos por carta desde la primavera
anterior.
¡Excepcional Gelda! Su amor había colmado la copa de mis ensueños, como dicen
los autores de libretos para zarzuelas. Sí. Estaba muy enamorado de Gelda. Sus
cartas, llenas de una gracia tierna y elegante, habían sido el lugar geométrico
de mis besos.
A fuerza de entenderme con ella sólo por correo había llegado a temer que nunca
podría hablarla. Sabía por varios retratos que era hermosa y distinguida como la
protagonista de un cuento. Pero en el Libro de Caja del Destino estaba escrito
con letra redondilla que Gelda y yo nos veríamos al fin frente a frente; y su
última carta, anunciando su llegada y dándome cita en aquel café moderno -donde
era imprescindible aguantar a los cinco pelmazos de la orquesta- me había
colocado en el Empíreo, primer sillón de la izquierda.
Un taxi se detuvo a la puerta del café. Ágilmente bajó de él Gelda. Entró, llegó
junto a mí, me tendió sus dos manos a un tiempo con una sonrisa celestial y se
dejó caer en el diván con un “chic” indiscutible.
Pidió no recuerdo qué cosa y me habló de nuestros amores epistolares, de lo
feliz que pensaba ser ahora, de lo que me amaba...
-También yo te quiero con toda mi alma.
-¿Qué dices? -me preguntó.
-Que yo te quiero también con toda mi alma.
-¿Qué?
Vi la horrible verdad. Gelda era sorda.
-¿Qué? -me apremiaba.
-¡Que también yo te quiero con toda mi alma! -repetí gritando.
Y me arrepentí en seguida, porque diez parroquianos se volvieron para mirarme,
evidentemente molestos.
-¿De verdad que me quieres? -preguntó ella con esa pesadez propia de los
enamorados y de los agentes de seguros de vida-. ¡Júramelo!
-¡Lo juro!
-¿Qué?
-¡¡Lo juro!!
-Pero dime que juras que me quieres -insistió mimosamente.
-¡¡Juro que te quiero!! -vociferé.
Veinte parroquianos me miraron con odio.
-¡Qué idiota! -susurró uno de ellos-. Eso se llama amar de viva voz.
-Entonces -siguió mi amada, ajena a aquella tormenta-, ¿no te arrepientes de que
haya venido a verte?
-¡De ninguna manera! -grité decidido a arrostrarlo todo, porque me pareció
estúpido sacrificar mi amor a la opinión de unos señores que hablaban del
Gobierno.
-¿Y... te gusto?
-¡¡Mucho!!
-En tus cartas decías que mis ojos parecían muy melancólicos. ¿Sigues creyéndolo
así?
-¡¡Sí!! -grité valerosamente-. ¡¡Tus ojos son muy melancólicos!!
-¿Y mis pestañas?
-¡¡Tus pestañas, largas, rizadísimas!!
Todo el café nos miraba. Habían callado las conversaciones y la orquesta y sólo
se me oía a mí. En las cristaleras empezaron a pararse los transeúntes.
-¿Mi amor te hace dichoso?
-¡¡Dichosísimo!!
-Y cuando puedas abrazarme...
-¡¡Cuando pueda abrazarte -chillé, como si estuviera pronunciando un discurso en
una plaza de Toros- creeré que estrecho contra mi corazón todas las rosas de
todos los rosales del mundo!!
No sé el tiempo que seguí afrontando los rigores de la opinión ajena. Sé que, al
fin, se me acercó un guardia.
-Haga el favor de no escandalizar -dijo-. Le ruego a usted y a la señorita que
se vayan del local.
-¿Qué ocurre? -indagó Gelda.
-¡¡Nos echan por escándalo!!
-¡Por escándalo! -habló estupefacta-. Pero si estábamos en un rinconcito del
café, ocultando nuestro amor a todo el mundo y contándonos en voz baja nuestros
secretos...
Le dije que sí para no meterme en explicaciones y nos fuimos.
Ahora vivimos en una “villa” perdida en el campo, pero cuando nos amamos, acuden
siempre los campesinos de las cercanías preguntando si ocurre algo grave.
FIN

Mejor que arder
Un cuento de Clarice Lispector (Brasil, 1920-1977).
Era alta, fuerte, con mucho cabello. La madre Clara tenía bozo oscuro y ojos
profundos, negros.
Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla
amparada en el seno de Dios. Obedeció.
Cumplía sus obligaciones sin reclamar. Las obligaciones eran muchas. Y estaban
los rezos. Rezaba con fervor.
Y se confesaba todos los días. Todos los días recibía la hostia blanca que se
deshacía en la boca.
Pero empezó a cansarse de vivir sólo entre mujeres. Mujeres, mujeres, mujeres.
Escogió a una amiga como confidente. Le dijo que no aguantaba más. La amiga le
aconsejó:
-Mortifica el cuerpo.
Comenzó a dormir en la losa fría. Y se fustigaba con el cilicio*. De nada
servía. Le daban fuertes gripas, quedaba toda arañada.
Se confesó con el padre. Él le mandó que siguiera mortificándose. Ella continuó.
Pero a la hora en que el padre le tocaba la boca para darle la hostia se tenía
que controlar para no morder la mano del padre. Éste percibía, pero nada decía.
Había entre ambos un pacto mudo. Ambos se mortificaban.
No podía ver más el cuerpo casi desnudo de Cristo.
La madre Clara era hija de portugueses y, secretamente, se rasuraba las piernas
velludas. Si supieran, ay de ella. Le contó al padre. Se quedó pálido. Imaginó
que sus piernas debían ser fuertes, bien torneadas.
Un día, a la hora de almuerzo, empezó a llorar. No le explicó la razón a nadie.
Ni ella sabía por qué lloraba.
Y de ahí en adelante vivía llorando. A pesar de comer poco, engordaba. Y tenía
ojeras moradas. Su voz, cuando cantaba en la iglesia, era de contralto.
Hasta que le dijo al padre en el confesionario:
-¡No aguanto más, juro que ya no aguanto más!
Él le dijo meditativo:
-Es mejor no casarse. Pero es mejor casarse que arder.
Pidió una audiencia con la superiora. La superiora la reprendió ferozmente. Pero
la madre Clara se mantuvo firme: quería salirse del convento, quería encontrar a
un hombre, quería casarse. La superiora le pidió que esperara un año más.
Respondió que no podía, que tenía que ser ya.
Arregló su pequeño equipaje y salió. Se fue a vivir a un internado para
señoritas.
Sus cabellos negros crecían en abundancia. Y parecía etérea, soñadora. Pagaba la
pensión con el dinero que su familia le mandaba. La familia no se hacía el
ánimo. Pero no podían dejarla morir de hambre.
Ella misma se hacía sus vestiditos de tela barata, en una máquina de coser que
una joven del internado le prestaba. Los vestidos los usaba de manga larga, sin
escote, debajo de la rodilla.
Y nada sucedía. Rezaba mucho para que algo bueno le sucediera. En forma de
hombre.
Y sucedió realmente.
Fue a un bar a comprar una botella de agua. El dueño era un guapo portugués a
quien le encantaron los modales discretos de Clara. No quiso que ella pagara el
agua. Ella se sonrojó.
Pero volvió al día siguiente para comprar cocada. Tampoco pagó. El portugués,
cuyo nombre era Antonio, se armó de valor y la invitó a ir al cine con él. Ella
se rehusó.
Al día siguiente volvió para tomar un cafecito. Antonio le prometió que no la
tocaría si iban al cine juntos. Aceptó.
Fueron a ver una película y no pusieron la más mínima atención. Durante la
película estaban tomados de la mano.
Empezaron a encontrarse para dar largos paseos. Ella con sus cabellos negros.
Él, de traje y corbata.
Entonces una noche él le dijo:
-Soy rico, el bar deja bastante dinero para podernos casar ¿Quieres?
-Sí -le respondió grave.
Se casaron por la iglesia y por lo civil. En la iglesia el que los casó fue el
padre, quien le había dicho que era mejor casarse que arder. Pasaron la luna de
miel en Lisboa. Antonio dejó el bar en manos del hermano.
Ella regresó embarazada, satisfecha y alegre.
Tuvieron cuatro hijos, todos hombres, todos con mucho cabello.

El pájaro peronista
Por Tato Contissa *
Los ornitólogos no pudieron ponerse de acuerdo durante catorce años. Finalmente
se separaron. Él, menos consecuente con la vocación, y harto de los dolores
de cuello por estar siempre mirando a las alturas, se asoció con un ex director
técnico de Boca en una zapatería de damas de una galería de Lanús.
Ella, en cambio, quizá por su espíritu conservador, se lanzó a una experiencia
de amoríos en etapas que incluyó a un primo de Pajarito Hernández, al mejor
amigo del Cuervo Larroque, al nieto de Chingolo Casalla y a un charlatán
que decíase heredero de la fortuna de los Águila Saints.
Lo cierto es que en el verano de 2008 dormitaban sin tensión en ese laberíntico
PH de Boedo, afrontando la canícula con el ruidoso auxilio de un viejo acondicionador
de aire, cuando lo escucharon por primera vez. Era un zorzal, seguro que
era un zorzal, pero lo inesperado y atrevido era el diseño de su canto.
Se sabe que en las noches los zorzales quedan cantando en solitario, el
resto de los pájaros duermen o semivigilan en silencio. Algunos sostienen
que el emblemático plumífero se entrega eufóricamente a su destino canoro
y no resigna ni un segundo de su vida a abandonar esa misión. Otros en cambio,
aseguran que el pájaro confunde las luces de mercurio de la ciudad con la
salida del sol y eso lo lanza estrepitosamente a su insistencia lírica.
Finalmente, están los que simplifican todo y resumen diciendo que es un
pájaro bastante idiota.
Más lo que importa aquí es el descubrimiento de esa noche. El bichuelo arrancaba
con una base ronca, difusa, casi orquestada de ocho notas: charará cha chan
cha chan… charará cha chan cha chan, para seguir con una cadena descendente
también de ocho notas… charará cha cha cha chan chan chan chan chan… y ahí
largaba… cha cha cha chan cha cha chan cha… y empezaba de nuevo. Es la marcha,
dijo él. La marchita dijo ella… la marcha peronista, corearon. Casi levitó
de la cama.
—Voy a tomar registro magnetofónico —dijo— demostrando lo jovato que se
estaba poniendo. Y grabó.
Cuatro días después hurgaban afanosamente en el Google, buscando un interesado
en el hallazgo que les permitiera separar sus vidas sin sufrimientos ni
privaciones. Al comenzar, no hallaron nada. Uno que buscaba un loro que
entonara Hey Jude, otro que quería la Marsellesa… eso. Finalmente, sobre
las fiestas del 2009 hallaron un lacónico aviso en la página de clasificados
de la revista del Automóvil Club Argentino: “Busco grabaciones de aves que
simulen la Marcha Peronista. Zilfrido Rugulis. Glaciólogo. Cerro López.
Estafeta. Bariloche. Rio Negro. Argentina.” Nada más.
A la semana de comenzado el año estaban camino al límite con Chile, en las
cercanías de Colonia Suiza ubicando un parador pegado al edificio de Gendarmería.
Allí encontraron a un gringo de dos metros, de origen Letón y setenta años
solo dibujados en su rostro rugoso y para nada en su cuerpo de adolescente,
Zilfrido Rugulis. Se presentaron, se sentaron, él sacó la cinta y el Geloso
a pilas, activo la tecla y allí estaba, sobrevolando su portentosa melodía
sobre los techos de Boedo. El gringote escucho con atención, estiro el ceño
y frunció la boca… ensayó una sonrisa… tosió y le pidió al mozo otra grapa
de orujo (eran las diez de la mañana).
—La mejor qui e escuyado —balbuceó— la mejor. Y calló mirando desde la desvaída
verdura de sus ojos.
—¿Y? —dijo ella.
—Lo lamento— concluyó el vikingo de siglo equivocado— cho toy buscando la
versión de Mauré.
* Periodista, comunicador, hombre de radio, murió el 27 de
enero de 2012. Tenía 58 años.
Textos de homenaje

Habiéndose acostado con su mujer
Narración VIII - El
heptamerón
Por Margarita de Navarra
Donde se habla de un sujeto que habiéndose acostado con su mujer, en lugar
de con su doncella, envío allí a su vecino, que le puso cuernos sin que
su mujer supiese nada.
En el condado de Allez había un hombre llamado
Bornet que se había casado con una honrada mujer de bien, cuyo honor y reputación
tenía en gran estima, como creo que ocurre con todos los maridos aquí presentes
con respecto a sus mujeres. Pretendía que su mujer le fuera fiel, pero no
que la ley fuese igual para los dos, y se enamoró de la doncella, no teniendo
más temor que no quisiera aquélla corresponder a su amor. Tenía este hombre
un vecino con quien le unía tal amistad que ya lo habían compartido todo,
excepto la mujer. El nombre de su vecino era Sandras y su oficio costurero
y sillero. Por estos motivos de amistad le confesó los proyectos que tenía
sobre la doncella, el cual no sólo lo encontró bien sino que quiso ayudar
a llevar a buen fin la empresa, esperando tomar parte en el festín.
La doncella, presionada por todas partes, y viendo debilitarse sus fuerzas,
fue a decírselo a su señora, rogándole le diese permiso para volver con
sus padres, pues no podía vivir en este tormento. La señora, que quería
mucho a su marido y que ya tenía sospechas, se alegró de haberle ganado
esta ventaja y preparó a la doncella:
-Escucha, amiga mía, poco a poco id confiando a mi marido y dale seguridad
de acostaros con él en mi vestidor, y no olvidéis decirme la noche que va
a avenir, pero prestad atención para que nadie sepa nada.
La doncella hizo lo que su señora le había ordenado y el amo se puso tan
contento que fue a decírselo a su compañero, el cual le rogó le reservase
lo que le sobrara. Hizo esta promesa, y cuando llegó la hora, el señor fue
a acostarse con la doncella como él esperaba. Pero su mujer, que había renunciado
a la autoridad y a mandar por el placer de servir, se puso en lugar de la
doncella y recibió a su marido, no como esposa, sino como joven extrañada,
y tan bien lo fingió que su marido no se dio cuenta. No sabría deciros quién
estaba más contento de los dos: si él de engañar a su mujer o ella de engañar
a su marido. Y cuando hubo estado con ella salió de casa y fue en busca
de su amigo, más joven y fuerte que él, y le dijo haber encontrado la mejor
mujer que nunca viera:
-¿Recordáis lo que me habíais prometido? -dijo su amigo.
-Id pronto -dijo el señor-, no vaya a suceder que se levante o que mi mujer
vaya a darse cuenta.
El amigo fue y encontró la misma doncella a quien el marido no reconociera.
Ella, creyendo que era su marido, no lo rechazó; de suerte que él prefirió
no hablar no fuera a ser descubierto. Permaneció con ella más tiempo que
su marido, y la mujer se maravillaba, pues no estaba acostumbrada a tales
noches. De todos modos tuvo paciencia, regocijándose sobre la escena que
le haría al día siguiente y de la burla que iba a hacer de él. Hacia el
alba el hombre se levantó y al separarse de la cama, jugueteando, le arrancó
un anillo que ella tenía en su dedo y era el que el marido le diera en sus
esponsales. Este anillo es para las mujeres del país motivo de superstición,
y son muy honorables las mujeres que guardan el anillo hasta la muerte y,
por el contrario, si por azar se pierde, la mujer es despreciada como si
se hubiera entregado a otro que no fuera su marido. Ella sintió contento
de que se lo llevase, pensando que sería testimonio seguro del engaño de
que su marido había sido víctima. Cuando el amigo fue a buscar al marido
éste le preguntó:
-¿Y bien?
Respondió el amigo que era de su misma opinión, y que si no hubiera temido
la llegada del día se hubiera quedado allí. Y así se fueron los dos a descansar.
Al día siguiente, al levantarse el marido, vio el anillo que su amigo llevaba
en el dedo, igual completamente al que él había entregado a su mujer en
señal de matrimonio, y le preguntó quién se lo había dado. Cuando oyó que
lo había arrancado del dedo de la doncella se extrañó mucho y empezó a darse
golpes con la cabeza en la pared diciendo:
-¡Ah, Dios mío! ¿Me habré hecho cornudo a mí mismo sin que mi mujer sepa
nada?
Su compañero, para consolarle, le dijo:
-Puede ser que vuesa mujer le diera el anillo anoche a la doncella.
El marido corrió a su casa y encontró a su mujer más bella, más contenta
y más radiante que de costumbre, contenta de haber podido salvar el honor
de su camarera y de haber apurado a su marido sin perder nada más que el
sueño de una noche. El marido, al verla de tan buen talante, pensó:
-Si supiera mi suerte no tendría tan buena cara.
Y hablando con ella de varias cosas, la tomó de la mano y notó que no llevaba
el anillo, que nunca se quitaba. Entonces, con voz temblorosa, preguntó:
-¿Qué habéis hecho del anillo?
Pero ella, muy contenta de que él sacase esa conversación, le dijo:
-¡Oh, el más malvado de todos los hombres! ¿A quién creéis que se lo habéis
quitado? Pensasteis que fue mi doncella, por cuyo amor habéis malgastado
el doble de los bienes que habéis gastado en mí. Pues la primera vez que
habéis venido a acostaros os he juzgado tan enamorado de ella que era imposible
pensar en más. Pero después que salisteis y volvisteis a entrar parecíais
un diablo sin orden ni medida. ¡Oh, desgraciado! Pensad en la ceguera que
os guiaba a alabar mi cuerpo y mis carnes, de las que venís gozando vos
solo durante tanto tiempo sin manifestar estimarlos. No es, pues, la belleza
y las carnes de mi doncella las que os han hecho gozar placer tan delicioso;
es el pecado infame y la horrible concupiscencia que quema vuestro corazón
y que alteran vuestros sentidos hasta el extremo que por amor a esta doncella
os trastornasteis tanto que hubierais confundido una cabra con sombrero
con una joven bella. Hora es, marido mío, de corregiros y conformaros conmigo,
sabiendo que os pertenezco y que soy una mujer de bien, seguro de que no
soy una malvada. Lo que he hecho no ha sido más que para sacaros de un mal
paso, para que a la vejez vivamos en buena amistad y reposo de conciencia.
Pues si queréis continuar con la vida pasada prefiero separarme de vos que
asistir cada día a la ruina de vuestra alma, vuestro cuerpo y vuestros bienes.
Pero si os decidís a abandonar esto y vivir según la ley de Dios, olvidaré
vuestras faltas pasadas como quiero que Dios olvide mi ingratitud de no
amarle como debo.
El pobre marido se sintió desconcertado y desesperado al ver a su mujer,
tan bella, casta y honesta, abandonada por una que no le amaba, y lo que
era peor, haberla hecho mala sin saberlo ella y hacer partícipe a otro de
un placer que no era más que suyo. Por estas razones se encontró a sí mismo
cornudo con burla perpetua. Pero viendo a su mujer bastante atormentada
con el amor que había demostrado a la doncella, se guardó muy bien de decirle
la mala pasada que le había jugado y le pidió perdón con la promesa de cambiar
enteramente su mala vida. Le devolvió su anillo, que pidiera a su amigo.
Pero como todas las cosas dichas al oído son pregonadas algún tiempo después
la verdad fue conocida y le llamaban cornudo, sin vergüenza para su mujer.
FIN

Kafka, el niño que le temió al poder
Por Edgar Borges
A la obra de Franz Kafka regreso no sólo a través
de sus libros, también vuelvo a ella cuando me pierdo en el entramado del
mundo (la burocratización de las salidas, la pretensión de sistematizar
el todo, el ruido, la no vida). Siempre he creído que en La metamorfosis,
El proceso, El castillo o Carta al padre, se esconde un niño que le temió
al poder (la inquebrantable verdad del poder). Entre los numerosos análisis
que le han dedicado al tema Kafka y poder, el de
Elías Canetti describe muy bien la vulnerabilidad del escritor checo
por no hallarse en la sociedad de los “fuertes”. Desde el título, El otro
proceso de Kafka, Canetti se acerca al temor que su escritor favorito sentía
hacia la autoridad como forma absoluta de interpretación de la vida. Según
Canetti para Kafka el poder era el camino contrario a la libertad: “Dado
que teme al poder en cualquiera de sus manifestaciones, dado que el auténtico
objetivo de su vida consiste en sustraerse al poder en cualquiera de sus
formas, lo presiente, reconoce, señala o configura en todos aquellos casos
en que otras personas lo aceptarían como algo natural” (p. 152).
En Kafka, padre y Estado son el mismo monstruo que devora utopías. Y el
utopista sabe que el poder le quiere moldear la mirada (la que descubre
los espacios invisibles). En su fuga (de la prisión externa) el escritor
encuentra la puerta de la ficción. Y la abre para descubrir un universo
que le permite vivir alejado de la rigidez que aceptaron los otros, como
quien huye hacia la habitación de su infancia. Sin embargo, en la misma
soledad de sus sueños, siente que lo alcanza la frialdad de las leyes de
un mundo demasiado mecanizado para pretenderse humano. Y en respuesta devuelve
una magistral interpretación del mandato adulto que (desde el absurdo) adoctrina
la magia infantil. Canetti se explica que para Kafka la literatura era una
metamorfosis constante, un acto humilde y supremo de cambio (el ilusionista
cuyo acto maestro es su propia desaparición del mundo de hombres sin alma),
una de las dos opciones que tenía el ficcionista negado a participar en
el circo del endurecimiento de las sensibilidades. La otra vía era implosionarse
junto al circo, pero Kafka no tenía vocación de kamikaze. “Uno se hace muy
pequeño, se transforma en insecto con el fin de ahorrarle a los demás la
culpa que cargan por no amar y por vejar al prójimo; uno se desapetece de
los demás, que con sus repulsivas costumbres no cesan de acosarle.” (El
otro proceso de Kafka, p. 65).
El otro día me detuve ante el siguiente titular: “La urbana ha multado más
de 100 veces a un indigente sin techo y sin recursos”. De inmediato cerré
el periódico (negado a buscarle alguna explicación al suceso) y pensé en
el creador de Gregorio Samsa, el escapista que se convirtió en bicho para
no ser un adorno más de la familia y del trabajo. Kafka, el corredor de
seguros que en sus momentos libres volaba hacia la nada; Kafka, la fragilidad
del amor en un mercado de ruidos; Kafka, el sujeto que se le fugó (como
el joven que huye de la milicia) al proyecto del hombre cemento (Una data,
muchos números, ningún ser). Franz Kafka, como un indigente de la dureza
del mundo, vivió sin saber exactamente qué hacer con la sensibilidad que
sacudía su existencia. La casa, la educación, la sociedad. Una respuesta
para todas las preguntas; una realidad para todas las posibilidades; la
uniformidad de las emociones (el espectáculo global que frivoliza el yo
particular de cada uno), el imperio de lo tangible. ¿Quién dijo que fuera
fácil dejar de ser el niño de la imaginación poderosa para convertirse en
un adulto servidor de las pesadillas de la burocracia? ¿Se le permite a
un adulto soñar realidades múltiples en un mundo educado para una realidad
absoluta? Y no puedo evitar que Kafka renazca, así como en la noticia sobre
las multas contra el indigente, en cada niño que corre por los laberintos
de su juego sin sospechar que afuera, en la oficina del mundo, lo espera
una telaraña de acero que amenaza con helar su fuego.
http://cultural.argenpress.info/2012/01/kafka-el-nino-que-le-temio-al-poder.html

Volver a casa
Por Juan Forn
Mi madre no quiere que le lean, desde que perdió la vista. Le ofrecí traerle
audiolibros, le ofrecí conseguirle una persona que le vaya a leer, y ocupar
yo ese lugar los días que voy a Buenos Aires. Le ofrecí que encarásemos
juntos los siete tomos de En busca del tiempo perdido (yo leería cada noche
en Gesell hasta donde ella hubiera leído ese día en Buenos Aires, y en mis
días allá podíamos seguir leyendo los dos juntos o comentar lo leído hasta
entonces). Propuse Proust porque ella se ha jactado siempre de su ascendencia
francesa y nada le gusta más que conversar sobre gente conocida: “¿Te acordás
cuando el Francés Dubois sobrevolaba con su avioneta la casa de La Cumbre,
para avisar que lo fueran a buscar al aerodromo (ella pronuncia la palabra
con el acento grave, en la segunda o) y que estuvieran los coloraditos listos
cuando llegara?” (el coloradito era el trago de rigor en aquella casa: gin,
campari y ralladura de limón). Pero mi madre me contesta en monosílabos
que Proust era un snob; por un instante asoma su vieja personalidad, taxativamente
pasional; es apenas un chispazo pero tiene su gracia escalofriante ver hasta
dónde llega su influencia subterránea en mí (¿por haberle oído decir eso
alguna vez yo no he podido nunca leer a Proust?).
Traté entonces de tentarla con Los gozos y las sombras, perspectiva poco
promisoria para mí pero sabía cuánto había disfrutado ella los tres tomazos
de la novela y la miniserie (y me resultaba difícil imaginar una lectura
que fuese más visual para ella, que creo que es lo que más añora). Pero
tampoco conseguí interesarla. En cambio, para mi sorpresa, me pidió que
le contara qué estaba leyendo yo, qué libro llevaba ese día en la mochila.
Yo le he mentido descaradamente a mi madre a lo largo de la vida, me llevó
su tiempo pero aprendí al fin a decirle lo que ella quiere oír. Y me pareció
improbable que quisiera oír las impresionantes historias sobre trastornos
de la vista que cuenta el neurólogo Oliver Sacks en El ojo de la mente.
Pero ella se mostró interesada en los casos cuando empecé a contarle con
cierta vacilación de un trastorno llamado alexia, que es la incapacidad
de leer. Uno se levanta una mañana, abre el diario y es como si estuviera
escrito en cirílico (puede leer la hora en su reloj, pero no por los números
sino por la ubicación de las agujas; puede “leer” un durazno pero no por
su aspecto sino por el tacto, el olor o el sabor). Un escritor canadiense
llamado Engel se despertó un día así. Llegó desesperado al hospital y una
enfermera le preguntó si podía escribir y Engel descubrió para su estupor
que sí (pero no podía leer lo que había escrito). En una época se la llamó
ceguera a la palabra, hasta que Freud la bautizó agnosia visual. Engel miraba
el cielo y veía azul, veía la calle y las personas como cualquiera de nosotros,
pero como escritor era ciego: debió pasar de leer a escuchar y de escribir
a dictar.
“Esa historia es más para vos que para mí”, se limita a decir mi madre.
Le interesa más lo de un profesor inglés de religión llamado Hull a quien
le pasó algo peor cuando se quedó ciego, a los cuarenta, y su memoria e
imaginación visual empezaron a escurrírsele entre los dedos: cada día perdía
un rostro, un paisaje, un color. Estaba tan pendiente de esa pérdida que
tardó en darse cuenta de cómo se le iban desarrollando los otros sentidos.
Hull dice que de a poco empezó a “oír” los objetos silenciosos, como los
faroles de la calle o los autos estacionados: cuando pasaba junto a ellos
era como si se espesara la atmósfera, los objetos le devolvían el sonido
de sus pisadas. A una pianista húngara que sufrió una afasia a los sesenta
le pasó lo contrario, pero a la vez lo mismo. El afásico se despierta una
mañana y descubre que no puede hablar. Poco a poco descubre que también
ha perdido el habla interna; ya no puede hablarse a sí mismo tampoco. De
pronto toda queda limitado a lo visual: sólo puede expresar sus pensamientos
y sentimientos a través de gestos mímicos. Pero muchas víctimas de afasia
son capaces de desarrollar una intensificación compensatoria de sus capacidades
no lingüísticas, sobre todo la capacidad para “leer” las intenciones de
los demás a partir de sus gestos faciales e inflexiones vocales: tienen
un don para detectar cuándo la gente miente, por ejemplo.
El escritor canadiense descubrió un día que podía identificar las letras
individualmente, si tenía un lápiz en la mano o dibujaba mentalmente el
signo (lo entendía con la mano: sólo era capaz de “leer” al escribir). El
profesor inglés de religión cuenta que cuando perdió la visión central y
se quedó sólo con visión periférica descubrió cuánto la subvaloramos: lo
que vemos con el rabillo del ojo es lo que vemos más distraídamente, pero
es la visión periférica, “rodeando” nuestra visión central, lo que nos proporciona
un contexto. Dice Hull que la identificación se basa en el conocimiento
y la familiaridad se basa en el sentimiento. Y después se pregunta si la
pérdida de imaginación visual no es un prerrequisito para el desarrollo
pleno de los otros sentidos (Hull, como dije, es profesor de religión).
Miro a mi madre, que ha sido siempre muy religiosa, mientras digo esto.
Ella está con la cara vuelta hacia la ventana, hacia la luz dorada de la
tarde. Le digo que dice Hull que la ceguera lo acercó a la naturaleza (los
sonidos, los olores, el tacto). Le digo que Hull tiene la costumbre de hacer
preguntas cuando viaja, y que esas preguntas obligan al interlocutor a fijarse
en cosas que había pasado por alto, lo obliga a ver mejor. El lenguaje sirve
para ver, le digo a mi madre que dicen Hull y Oliver Sacks y el escritor
canadiense y la pianista húngara. Mi madre sonríe tristemente, gira la cabeza
hacia mí y dice: “¿No se está haciendo ya la hora de irte, mi querido? No
quiero que pierdas el ómnibus por mí”.
Cuando Norman Mailer contestó el Cuestionario Proust, describió así cuál
era su viaje favorito: “El de vuelta a casa. La visión desde el camino de
las luces de mi casa de Provincetown”. Yo vuelvo a casa cada vez que salgo
de la residencia donde vive mi madre en Belgrano. Camino por esas calles
arboladas hasta el subte que me lleva a Retiro, donde espera el ómnibus
que me trae de vuelta a Gesell. Esas calles arboladas son en cierto modo
como la entrada a Gesell, el momento en que uno sale de la ruta por la rotonda,
baja la velocidad, abre la ventanilla, siente que ya está en casa. Son hermosas
esas callecitas de Belgrano. Sin embargo, no hay trayecto más triste para
mí que ése, desde que salgo de la residencia donde vive mi madre hasta que
el fárrago y el apretujamiento del subte me distraen misericordiosamente,
a codazos.
Volver a casa. Eso quiere mi madre, eso queremos todos. Les deseo feliz
año, les deseo que puedan volver a casa.

Las actas del juicio
Un cuento de Ricardo Piglia *
En la ciudad de Concepción del Uruguay, a los diez y siete días del mes
de agosto de mil ochocientos setenta y uno, el señor juez en primera instancia
en lo criminal, doctor Sebastián J. Mendiburu, acompañado de mí el infrascripto
secretario de Actas se constituyó en la Sala Central del Juzgado Municipal
a tomarle declaración como testigo en esta causa al acusado Robustiano Vega,
el que previo el juramento de decir verdad de todo lo que supiere y le fuere
preguntado, lo fue al tenor siguiente:
Lo que ustedes no saben es que ya estaba muerto desde antes. Por eso yo
quiero contar todo desde el principio, para que no se piense que ando arrepentido
de lo que hice, que una cosa es la tristeza y otra distinta el arrepentimiento,
y lo que yo hice ya estaba hecho y no fue más que un favor, algo que sólo
se hace para aliviar, algo que no le importa a nadie. Ni al General.
Porque para nosotros estaba muerto desde antes. Eso ustedes no lo saben
y ahora arman este bochinche y andan diciendo que en los Bajos de Toledo
tuvimos miedo. Que lo hicimos por miedo. A nosotros decirnos que fue por
miedo a pelear. A nosotros, que lo corrimos a don Juan Manuel y a Oribe
y a Lavalle y al manco Paz. A nosotros que estuvimos, aquella tarde, en
Cepeda, cuando el General nos juntó a todos los del Quinto en una lomada
y el sol le pegaba de frente, iluminándolo, y dijo que si los porteños eran
mil alcanzaba con quinientos. "Porque con la mitad de mis entrerrianos los
espanto", dijo el General, y el sol le achicaba los ojos.
En aquel tiempo ya teníamos casi diez años de saber qué cosa es no haber
escapado nunca. qué cosa es galopar y galopar como rebotando y sentir la
tierra abajo que retumba y arremeter a los gritos mientras los otros son
una polvareda chiquita, como si uno los corriera con la parada.
En ese entonces pelear era casi una fiesta y cuando nos juntábamos era para
una fiesta y no para morir. Se escuchaba un galope tendido a lo lejos que
se venía dele agrandarse. hasta que cruzaba el pueblo sin parar, avisándonos.
Ahí nomás las mujeres empezaban a llorisquear y a veces daba pena por las
cosechas o porque los animales estaban de cría o uno se acababa de juntar
y había que dejarla con ganas, porque el General decía que para pelear como
es debido no hay que tener a la mujer con uno; porque llevar a la mujer
a la rastra no es de hombre. Él era el único en llevar mujer, pero el General
era distinto y precisaba mujer por la misma razón que nosotros no la necesitábamos.
Todo Entre Ríos se quedaba pelado, cuando nos íbamos. Era una cosa de no
verse nadie por ningún lado, como si fuera de noche, que no se ve ni un
alma, ni un caballo, nada, porque todos andábamos peleando. Hubo veces que
volvimos con lo puesto y era fiero rejuntar los animales y a veces el yuyo
lo había tapado todo y era triste de mirar. Por eso mienten los porteños
cuando dicen que cada uno de los soldados de la Confederación era dueño
de una estancia. Mienten, y yo quiero que usted anote que ellos mienten,
para que se sepa. Mienten porque nosotros somos muchos y Entre Ríos no da
tierra para todos. Por lo menos tierra que sirva, porque la que está en
los bañados nadie la quiere, y la otra, entre la que es del General y la
que el General le regaló a los oficiales, no queda tierra ni para morirse
encima. Pero los porteños vienen mintiendo desde hace mucho y no tienen
ni idea de lo que pasa por aquí. Ellos no conocen eso que nos daba de juntarnos
casi todos los entrerrianos en dos días para preguntarle al Grito a quién
había que espantar. Eso de ver llegar hombres de todos los sitios, que para
donde uno mira hay caballos, y el General con el poncho blanco, esperando.
Por eso los que hablan que tuvimos miedo no saben nada y seguro son porteños.
No conocen el orgullo que da ser los mejores. No saben que todo pasó por
ese mismo orgullo. Aquella alegría que nos dio la vez que hicimos las cien
leguas que van de Ubajay a Pago Largo en un solo galope que duró nueve días
enteros. Fue cuando Oribe y hubo que domar potros en el camino porque la
mitad se nos reventó en la galopada aquella, con el sol siempre encima y
uno corría y corría, como para escaparle. Eso nos pareció, que le disparábamos
al sol que se nos metía adentro de la piel, que nos llenaba la cabeza de
polvo y de cansancio y seguro que fue lo que nos hizo andar tan ligero.
Cuando llegamos, el Uruguay estaba en crecida. Debía estar lloviendo lejos,
porque ahí el cielo lastimaba de tan claro mientras nos amontonábamos en
la orilla y el río estaba tan ancho que no se alcanzaba a divisar más que
la sombra de los sauces del otro lado. Estaba lleno de troncos y basura
que cruzaban saltando, y cuando no había troncos el agua se quedaba quieta
y marrón, parecida a la tierra. Nos quedamos mirando y mirando, hasta que
el sargento Reyes fue y le dijo al General lo que pensábamos todos. Se acercó
y sin bajarse del caballo, se lo dijo. El General galopó de una punta a
otra y levantaba el sombrero en la mano, como agradeciendo. El agua empujaba
que metía miedo y había que afirmarse despacio y era jodido nadar llevando
el caballo del maneador, y el agua estaba tibia y de galope cortaba de tan
fría y cada tanto alguno daba un grito y una voltereta y aparecían las patas
del caballo y la panza y era que se lo llevaba la correntada y ése no salía
más, por lo menos hasta el Salado. Cuentan que el río estaba gris porque
nosotros lo cubríamos; tantos éramos que en vez de agua parecía lleno de
entrerrianos. Estuvimos cerca de una hora hasta poder afirmar los pies en
el barro. Dicen que el General se fue por una hondonada y por poco se ahoga.
Que manoteó feo y terminó prendido a un tronco. Eso dicen, pero algunos
lo vieron del otro lado, lo más calmo y no sofocado como nosotros, que respirábamos
abriendo la boca, porque el que más el que menos había sentido el gusto
a aceite tibio del agua revolviéndole las tripas.
¿Quién dice que no es de esto de lo que tengo que hablar? Si fue por eso
que yo lo hice y por estas cosas entendió el General que no era al miedo
a lo que nosotros le cuerpeamos, la noche aquella, en los Bajos. Lo supo
por estas cosas y porque él, de nosotros, lo sabía todo. Por lo menos mientras
fue el de siempre, antes que lo cambiaran, mientras fue el de siempre y
peleó a ganar y mandó a ganar. Mientras arremetió con nosotros, en las cargas,
él también con lanza y al galope y puteando, igual que cualquiera. Mientras
lo vimos llegarse a los festejos y entreverarse, como si le gustara. Y uno
lo sentía mandando, no porque fuera el General, sino porque tenía un modo
de mirar, con esos ojos amarillos, que ya estaba mandando sin decir nada,
a pesar de que bailara con nosotros, en el rancherío. Me acuerdo la tarde
que lo desafió a Dávila, que tenía un alazán invicto, y la corrieron en
el arroyo seco y todos estábamos con Dávila, que entró tranquilo y el General
se reía, como si fuera un desfile. Cuando la corrieron lo único que se supo
fue que el General era mucho jinete pero que contra el alazán de Dávila
no se podía. Nadie se lo olvida aquella noche, tan caliente con la mujer
del Payo que era rubia y de ojos parecidos a los de él y nunca se supo de
dónde la había traído. Eso le preguntó el General:
¿De dónde la sacó, Chávez? Está muy buena su mujer. Que la quería con el.
Es mucha mujer para vos se oyó, y dicen que venía medio pasado de caña.
El Payo se estaba quieto y lo miraba sin levantarse, como diciendo: "Usted
dice así, mi general, porque es el que manda", y entonces le preguntó si
tenía algo que decir.
¿Tiene algo que decir, Chávez? y la voz se quedó como colgada en el aire
porque ya no había música. nada más que el silencio, cuando lo dijo, con
esa voz suya acostumbrada a mandar.
Cuentan que el Payo le contestó casi en voz baja:
Usted se le anima a mi mujer porque es el que manda, mi general.
¿Usted cree, Chávez? y que se viniera con él y movió un brazo así, como
sin ganas, señalando la oscuridad, a ver cuál de los dos se equivocaba.
Se metieron entre los árboles. Nosotros nos quedamos en medio de toda la
luz. No se escuchaba otra cosa que el viento moviendo las hojas y un olor
a cuero sudado o a naranjas y la mujer del Payo se retorcía las manos, y
cuando el General salió, ya era viuda del Payo y mujer del General.
No, señor. Y por eso estábamos con él. Porque siempre hizo lo que era debido
y daba gusto pelear por él, que era como nosotros, que había empezado de
abajo y lo hizo todo con el coraje, desde el tiempo en que empezó a arrear
caballos entre los indios, cuando recién andaba por los veinte, y ya no
se le podían contar aquí ni los hijos, ni las leguas.
Seguro que sí, pero distinto. Como si le hubiera quedado la envoltura,
el cuero nada más y por adentro todo revuelto. A nosotros nos daba como
indignación. Hubo gente que se trenzó para desagraviarlo cuando por allí
empezaron a decirlo, especialmente después de lo de Pavón. Castro fue el
primero que dejó boqueando a un correntino que había dicho que el General
estaba viejo.
Está vendido a Mitre cuentan que dijo, y Castro, casi con desgano, lo
hizo salir del boliche y el otro le decía: Lo dije en joda, hermano, lo
dije en joda con los ojos agrandados por la falta de coraje.
Cuando lo dejó tendido a todos nos vino la tranquilidad, pero era como si
empezaran a decirnos lo que andábamos sabiendo: que el General estaba como
muerto.
Algunos dicen que todo empezó cuando le mataron el Sauce, un tordillo que
era una luz, y se lo mataron por casualidad. Cuentan que se estuvo agachado,
él que no era de aflojar, déle mirarlo, y que le acariciaba el cogote como
con asco, mientras se le moría. Después se empezó a encorvar y de golpe
lo remató con un tiro entre los ojos.
Cuando se alzó pidiendo "Un caballo que aguante, carajo", ya era otro y
están los que dicen que lloraba, pero eso no, porque no era hombre para
eso, para cambiar porque le falta el caballo.
En el fondo, ninguno de nosotros sabe de dónde le nacían las ganas de hacer
esas cosas que no podían gustarle ni a él. Lo de quedarse con las tierras
de las viudas. O querer llevarnos a pelear contra los paraguayos, que nunca
nos hicieron nada, y al lado de Mitre. Y eso con los desertores de hacer
que los lanceáramos en seco, igual que a indios. Los amontonó en el corral
grande y nos hizo formar sobre la avenida, como para una diversión. Los
iba largando de a uno y después elegía a cualquiera de nosotros, con la
mirada. Nos achicábamos sobre el caballo porque era sucio eso de verlos
correr y correr solos y al sol, en medio de la calle, despatarrados por
el miedo, cada vez más cerca, igual que si retrocedieran, hasta meterse
bajo la panza del caballo. Allí se tiraban al suelo o empezaban a retorcerse
y a gritar levantando los brazos como si uno pudiera hacer otra cosa que
partirlos de un puntazo.
Pasamos la tarde entera en esas corridas hasta que terminamos acostumbrados
a los gritos y al olor de la sangre. Y se fueron quedando tendidos, como
trapos al sol, en una fila despareja que bordeaba la laguna.
No, señor. Ninguno de nosotros sabe. Pero se notaba. Hasta que vino lo
de Pavón, que fue como si. buscara humillarnos. Hacernos vadear el río para
escapar, medio escondidos, y dejarle a los porteños la de ganar sin ni siquiera
un apronte. Irnos así, callados y con las ganas, es lo que da vergüenza.
Eso de quedarnos viendo cuando el coronel Olmos (que fue de los que aguantaron
la vez de la emboscada en Corral Chico) se le acerca y le dice:
Con respeto, mi general y perdone. ¿Por qué la retirada?
Y él, con la cara hundida en las arrugas, lo hace meter en el cepo, nada
más que por la pregunta.
Ninguno de ustedes sabe lo que es andar todo el día y toda la noche, de
un tirón, hasta entrar en Entre Ríos, como si ellos nos vinieran corriendo,
siendo que veníamos enteros y con eso adentro que nos daba vuelta de pensar
que los porteños pudieran decir que nos corrieron y nosotros ni les vimos
las caras.
Él galopaba solo y adelante y uno esperaba que se diera vuelta con esa sonrisa
que le borra las arrugas, para explicarnos que era una trampa a los de Mitre
eso de escaparnos así, de repente. Pero cuando desmontó en el San José no
había dicho ni una palabra, nada más que aquello al coronel Olmos.
De esas cosas les quiero preguntar, a ustedes, que son letrados, aunque
se hayan juntado aquí para que sea yo el que hable. Porque yo no puedo decir
más que lo que sé y el resto lo tienen que averiguar. Lo que yo sé es que
todo lo que hicimos fue para remediar lo que le sucedía y que nos tenia
asombrados. Que nos mandara vestir de gala y esperar la diligencia que viene
del Rosario. Estar allí, sobre el camino, con el sol que va calentando la
sangre, dele esperar. Verla aparecer al fondo, contra los montes y después
agrandarse y agrandarse. Venimos de escolta por todo el valle para descubrir
que habíamos escoltado porteños. Lo entendimos cuando bajaron en la Plaza,
sacudiéndose la ropa como si con eso se pudiera ahuyentar el polvo que traían
pegado al sudor. Nos enteramos que venían del otro lado del Arroyo del Medio
sólo por eso de ver cómo estaban vestidos y no por que el General nos avisara.
Después pensamos que él los iba a educar, pero los recibió como si los necesitara,
con todo embanderado y por la ventana se veía la luz y la mesa cubierta
de porteños y el General disimulando en el medio y vestido como ellos. Cuentan
que los porteños decían las cosas, hablaban de ferrocarriles y del puerto
y de la Patria, siempre con la voz del que ordena. Y el General los escuchó
callado, como si anduviera con sueño.
Al otro día nos hizo desfilar delante de esos soldados, que se metían el
pañuelo en la boca cuando levantamos polvareda, al galopar. Y así anduvimos
de un lado a otro, festejándolos, como si no fueran los mismos "Galerudos
a los que vamos a empujar hasta el río y a enseñar lo que somos los entrerrianos,
enseñarles qué cosa es la Patria y qué cosa es ser Federal", como nos dijo
aquella vez, tan quieto en el tordillo, después de Caseros, antes de entrar
a florearnos por Buenos Aires, todos con la cinta puzó y al trote, despacito
nomás, para que aprendieran.
Como si no fueran los mismos.
Fue por todo eso que yo lo hice. Pero ya había sucedido antes, la noche
aquella en los Bajos de Toledo, mientras la lluvia no nos dejaba respirar
ocupando todo el aire. Esa vez sucedió. Y no fue por divertirnos. Ni por
miedo a pelear, como andan diciendo, sino por coraje y porque el General
ya no se mandaba ni a él. Y ésa fue la vez que se lo dijimos. Lo que pasó
después, es como si no hubiera pasado. Esto de que todo Entre Ríos ante
con voluntad de guerrear y gritando ¡Muera Urquiza! cuando para nosotros,
los que peleamos al lado de él, ya estaba muerto desde antes. Esa noche
es la que importa. Con el cielo sucio de la tierra y los esteros manchados
por las fogatas, me la acuerdo más que a la otra y me duele más, y ninguno
de nosotros, de los que estuvo, se la olvida, porque fue como despedirse.
Soplaba un viento lleno de tormenta que traía como una tristeza y de golpe
trajo la lluvia. Una lluvia fea, medio tibia y tan fuerte que nos fue juntando
a todos en la lomada, cerca del río. No nos veíamos ni las caras y se escuchaba
la lluvia, el olor a sudor o a cuero mojado y los caballos sacudiéndose.
Entonces alguno dijo lo de irnos. Mejor nos volvemos para Entre Ríos, el
General ya no sirve, se oyó, y como si con eso lo mandaran a llamar, apareció,
no él, sino esa voz suya tan quieta.
¿Qué pasa acá? dijo.
Pasa que nos volvemos, mi general.
¿Y quién carajo ordenó que se vuelvan?
Se escuchó el río que estaba cerca y creciendo. Eso como un trueno que era
el río y nada más, porque ninguno sabía contestar quién era el que mandaba
volver. Nos quedamos callados, mientras la lluvia nos obligaba a cerrar
los ojos y apretarnos en la montura como para no estar, todo en medio de
una oscuridad que aunque uno abriera los ojos igual no veía mas que la lluvia
y era como estar solo, encima del caballo, hasta que cruzaba un relámpago
como una llamarada y entonces se veía la loma llena de hombres, igual que
si brotaran. Nunca estuve cerca del General, pero le escuché la voz mezclada
con el bochinche. Algunos dicen que nos hablaba pero no se entendía más
que la lluvia. Hasta que entramos a ladearnos despacito, para el lado del
estruendo, y nos metimos en el río que empujaba feo, como la voz de Oribe,
y en medio de aquella agua que venía de todos lados, lo escuchamos gritar
y a veces, de pronto, era como verlo, con el poncho medio gris, color ceniza,
parecido a un tronco arrancado de la tierra, tirado en medio del río. Yo
no me acuerdo de otra cosa que del agua y de los gritos y de una vez, en
medio de la luz de un relámpago, que me pareció verlo y tuve ganas de pedirle
que se vinieran con nosotros, para Entre Ríos.
Esa fue la vez que lo hicimos.
Lo demás vino porque daba lástima verlo, tan apagado. Hasta las mujeres
empezaron a notarlo. Fue en ese tiempo que se le desapareció la Gringa,
que era la mejor mujer de Entre Ríos, y se escapó con Olmos, sin que él
hiciera más que enterarse.
Por las tardes se paseaba cerca del río, y uno lo miraba de lejos, y era
como ver pasar el viento. Se andaba solo y callado y daba una especie de
indignación.
También por eso lo hice. Para ayudarlo.
Pero hubo otras cosas, porque si no ustedes no armarían este bochinche y
yo no estaría hablando de esto que sólo me da pena. Alguna otra cosa anduvo
pasando que no sabemos, algo que viene de lejos y que fue lo que modificó
al General. Y de eso parece que no hay quien conozca. Ni entre ustedes.
Yo me lo malicié de entrada, aquella noche, en la estancia de don Ricardo
López Jordán, cuando me preguntaron si me animaba. "¿Te animás, Vega?",
me preguntaron, y yo me quedé quieto y no dije nada. Pedí seis hombres y
antes que clareara me apuré a hacerlo, como quien le revienta la cabeza
a un potro quebrado.
Me acuerdo que entramos al galope y gritando, para darnos coraje. Los caballos
se refalaban en las baldosas y los gritos iban y venían por las paredes
cuando entramos sin desmontar, atropellando. Él apareció de repente, en
el fondo del pasillo, solo y medio desnudo. contra la luz. Nos recibió igual
que si nos esperara y no se defendió. No hizo más que mirarnos con esos
ojos amarillos, como si nos estuviera aprendiendo el alma. No sé por qué
yo me acordé de esa tarde, cuando se bajó del tordillo después de perder
con Dávila. Se estuvo parado ahí, justo bajo la luz, con esa camisa que
le dejaba las piernas al aire, hasta que lo tumbamos.
Cuando Matilde, la hija de la que había sido mujer del Payo Chávez, se le
tiró encima para defenderlo, yo mismo le oí decir que no llorara. Y eso
fue lo único que habló esa noche y lo último que habló en su vida. "No llore
m'hija, que no hay razón", le escuché mientras le buscaba el cuerpo entre
los claros que me dejaba el de Matilde, y el General tenía la cara escondida
por las arrugas y los ojos quietos en algo, no en mí que estaba muy cerca,
en algo más lejos, en la gente de a caballo, o en la pared medio descolorida
de tanto poner y sacar la bandera.
Y estaba así, con los ojos alzados, la cara escondida por la muerte, la
Matilde acostada encima y manchándose de sangre, cuando lo maté:
Perdone, mi general le dije, y me apuré buscando el medio del pecho para
evitarle el sufrimiento.
* Nació en Adrogué, 1941. escritor. Descubrió el mundo literario y el mar
a sus catorce años, cuando su familia se mudó a Mar del Plata. En 1967 publicó
su primer libro de relatos, "La invasión". Le siguió "Nombre falso" (1975),
un libro de narraciones cortas en el que se delinea su interés por el género
policial, que alcanzará su mayor expresión en la novela "Plata quemada"
(1997). "Respiración artificial" (1980), una de sus novelas fundamentales,
es considerada como una de las más representativas de la nueva literatura
argentina. Pasaron doce años hasta que publicó su siguiente novela, "La
ciudad ausente", a partir de la cual, en 1995, elaboró el texto de una ópera
con música de Gerardo Gandini. "Formas breves" y "El último lector" reúnen
algunos de sus agudos ensayos de historia y crítica literaria. Enseña literatura
en la Universidad de Princeton.

Yzur
Un cuento de
Leopoldo Lugones
Compré el mono en el remate de un circo que había quebrado.
La primera vez que se me ocurrió tentar la experiencia a cuyo relato están
dedicadas estas líneas, fue una tarde, leyendo no sé dónde, que los naturales
de Java atribuían la falta de lenguaje articulado en los monos a la abstención,
no a la incapacidad. "No hablan, decían, para que no los hagan trabajar".
Semejante idea, nada profunda al principio, acabó por preocuparme hasta
convertirse en este postulado antropológico:
Los monos fueron hombres que por una u otra razón dejaron de hablar. El
hecho produjo la atrofia de sus órganos de fonación y de los centros cerebrales
del lenguaje; debilitó casi hasta suprimirla la relación entre unos y otros,
fijando el idioma de la especie en el grito inarticulado, y el humano primitivo
descendió a ser animal.
Claro es que si llegara a demostrarse esto quedarían explicadas desde luego
todas las anomalías que hacen del mono un ser tan singular; pero esto no
tendría sino una demostración posible: volver el mono al lenguaje.
Entre tanto había corrido el mundo con el mío, vinculándolo cada vez más
por medio de peripecias y aventuras. En Europa llamó la atención, y de haberlo
querido, llego a darle la celebridad de un Cónsul; pero mi seriedad de hombre
de negocios mal se avenía con tales payasadas.
Trabajado por mi idea fija del lenguaje de los monos, agoté toda la bibliografía
concerniente al problema, sin ningún resultado apreciable. Sabía únicamente,
con entera seguridad, que no hay ninguna razón científica para que el mono
no hable. Esto llevaba cinco años de meditaciones.
Yzur (nombre cuyo origen nunca pude descubrir, pues lo ignoraba igualmente
su anterior patrón), Yzur era ciertamente un animal notable. La educación
del circo, bien que reducida casi enteramente al mimetismo, había desarrollado
mucho sus facultades; y esto era lo que me incitaba más a ensayar sobre
él mi en apariencia disparatada teoría.
Por otra parte, sábese que el chimpancé (Yzur lo era) es entre los monos
el mejor provisto de cerebro y uno de los más dóciles, lo cual aumentaba
mis probabilidades. Cada vez que lo veía avanzar en dos pies, con las manos
a la espalda para conservar el equilibrio, y su aspecto de marinero borracho,
la convicción de su humanidad detenida se vigorizaba en mí.
No hay a la verdad razón alguna para que el mono no articule absolutamente.
Su lenguaje natural, es decir, el conjunto de gritos con que se comunica
a sus semejantes, es asaz variado; su laringe, por más distinta que resulte
de la humana, nunca lo es tanto como la del loro, que habla sin embargo;
y en cuanto a su cerebro, fuera de que la comparación con el de este último
animal desvanece toda duda, basta recordar que el del idiota es también
rudimentario, a pesar de lo cual hay cretinos que pronuncian algunas palabras.
Por lo que hace a la circunvolución de Broca, depende, es claro, del desarrollo
total del cerebro; fuera de que no está probado que ella sea fatalmente
el sitio de localización del lenguaje. Si es el caso de localización mejor
establecido en anatomía, los hechos contradictorios son desde luego incontestables.
Felizmente los monos tienen, entre sus muchas malas condiciones, el gusto
por aprender, como lo demuestra su tendencia imitativa; la memoria feliz,
la reflexión que llega hasta una profunda facultad de disimulo, y la atención
comparativamente más desarrollada que en el niño. Es, pues, un sujeto pedagógico
de los más favorables.
El mío era joven además, y es sabido que la juventud constituye la época
más intelectual del mono, parecido en esto al negro. La dificultad estribaba
solamente en el método que se emplearía para comunicarle la palabra. Conocía
todas las infructuosas tentativas de mis antecesores; y está de más decir,
que ante la competencia de algunos de ellos y la nulidad de todos sus esfuerzos,
mis propósitos fallaron más de una vez, cuando el tanto pensar sobre aquel
tema fue llevándome a esta conclusión:
Lo primero consiste en desarrollar el aparato de fonación del mono.
Así es, en efecto, como se procede con los sordomudos antes de llevarlos
a la articulación; y no bien hube reflexionado sobre esto, cuando las analogías
entre el sordomudo y el mono se agolparon en mi espíritu.
Primero de todo, su extraordinaria movilidad mímica que compensa al lenguaje
articulado, demostrando que no por dejar de hablar se deja de pensar, así
haya disminución de esta facultad por la paralización de aquella. Después
otros caracteres más peculiares por ser más específicos: la diligencia en
el trabajo, la fidelidad, el coraje, aumentados hasta la certidumbre por
estas dos condiciones cuya comunidad es verdaderamente reveladora; la facilidad
para los ejercicios de equilibrio y la resistencia al marco.
Decidí, entonces, empezar mi obra con una verdadera gimnasia de los labios
y de la lengua de mi mono, tratándolo en esto como a un sordomudo. En lo
restante, me favorecería el oído para establecer comunicaciones directas
de palabra, sin necesidad de apelar al tacto. El lector verá que en esta
parte prejuzgaba con demasiado optimismo.
Felizmente, el chimpancé es de todos los grandes monos el que tiene labios
más movibles; y en el caso particular, habiendo padecido Yzur de anginas,
sabía abrir la boca para que se la examinaran.
La primera inspección confirmó en parte mis sospechas. La lengua permanecía
en el fondo de su boca, como una masa inerte, sin otros movimientos que
los de la deglución. La gimnasia produjo luego su efecto, pues a los dos
meses ya sabía sacar la lengua para burlar. Ésta fue la primera relación
que conoció entre el movimiento de su lengua y una idea; una relación perfectamente
acorde con su naturaleza, por otra parte.
Los labios dieron más trabajo, pues hasta hubo que estirárselos con pinzas;
pero apreciaba -quizá por mi expresión- la importancia de aquella tarea
anómala y la acometía con viveza. Mientras yo practicaba los movimientos
labiales que debía imitar, permanecía sentado, rascándose la grupa con su
brazo vuelto hacia atrás y guiñando en una concentración dubitativa, o alisándose
las patillas con todo el aire de un hombre que armoniza sus ideas por medio
de ademanes rítmicos. Al fin aprendió a mover los labios.
Pero el ejercicio del lenguaje es un arte difícil, como lo prueban los largos
balbuceos del niño, que lo llevan, paralelamente con su desarrollo intelectual,
a la adquisición del hábito. Está demostrado, en efecto, que el centro propio
de las inervaciones vocales, se halla asociado con el de la palabra en forma
tal, que el desarrollo normal de ambos depende de su ejercicio armónico;
y esto ya lo había presentido en 1785 Heinicke, el inventor del método oral
para la enseñanza de los sordomudos, como una consecuencia filosófica. Hablaba
de una "concatenación dinámica de las ideas", frase cuya profunda claridad
honraría a más de un psicólogo contemporáneo.
Yzur se encontraba, respecto al lenguaje, en la misma situación del niño
que antes de hablar entiende ya muchas palabras; pero era mucho más apto
para asociar los juicios que debía poseer sobre las cosas, por su mayor
experiencia de la vida.
Estos juicios, que no debían ser sólo de impresión, sino también inquisitivos
y disquisitivos, a juzgar por el carácter diferencial que asumían, lo cual
supone un raciocinio abstracto, le daban un grado superior de inteligencia
muy favorable por cierto a mi propósito.
Si mis teorías parecen demasiado audaces, basta con reflexionar que el silogismo,
o sea el argumento lógico fundamental, no es extraño a la mente de muchos
animales. Como que el silogismo es originariamente una comparación entre
dos sensaciones. Si no, ¿por qué los animales que conocen al hombre huyen
de él, y no los que nunca le conocieron?...
Comencé, entonces, la educación fonética de Yzur.
Tratábase de enseñarle primero la palabra mecánica, para llevarlo progresivamente
a la palabra sensata.
Poseyendo el mono la voz, es decir, llevando esto de ventaja al sordomudo,
con más ciertas articulaciones rudimentarias, tratábase de enseñarle las
modificaciones de aquella, que constituyen los fonemas y su articulación,
llamada por los maestros estática o dinámica, según que se refiera a las
vocales o a las consonantes.
Dada la glotonería del mono, y siguiendo en esto un método empleado por
Heinicke con los sordomudos, decidí asociar cada vocal con una golosina:
a con papa; e con leche; i con vino; o con coco; u con azúcar, haciendo
de modo que la vocal estuviese contenida en el nombre de la golosina, ora
con dominio único y repetido como en papa, coco, leche, ora reuniendo los
dos acentos, tónico y prosódico, es decir, como fundamental: vino, azúcar.
Todo anduvo bien, mientras se trató de las vocales, o sea los sonidos que
se forman con la boca abierta. Yzur los aprendió en quince días. Sólo que
a veces, el aire contenido en sus abazones les daba una rotundidad de trueno.
La u fue lo que más le costó pronunciar.
Las consonantes me dieron un trabajo endemoniado, y a poco hube de comprender
que nunca llegaría a pronunciar aquellas en cuya formación entran los dientes
y las encías. Sus largos colmillos y sus abazones, lo estorbaban enteramente.
El vocabulario quedaba reducido, entonces a las cinco vocales, la b, la
k, la m, la g, la f y la c, es decir todas aquellas consonantes en cuya
formación no intervienen sino el paladar y la lengua.
Aun para esto no me bastó el oído. Hube de recurrir al tacto como un sordomudo,
apoyando su mano en mi pecho y luego en el suyo para que sintiera las vibraciones
del sonido.
Y pasaron tres años, sin conseguir que formara palabra alguna. Tendía a
dar a las cosas, como nombre propio, el de la letra cuyo sonido predominaba
en ellas. Esto era todo.
En el circo había aprendido a ladrar como los perros, sus compañeros de
tarea; y cuando me veía desesperar ante las vanas tentativas para arrancarle
la palabra, ladraba fuertemente como dándome todo lo que sabía. Pronunciaba
aisladamente las vocales y consonantes, pero no podía asociarlas. Cuando
más, acertaba con una repetición de pes y emes.
Por despacio que fuera, se había operado un gran cambio en su carácter.
Tenía menos movilidad en las facciones, la mirada más profunda, y adoptaba
posturas meditativas. Había adquirido, por ejemplo, la costumbre de contemplar
las estrellas. Su sensibilidad se desarrollaba igualmente; íbasele notando
una gran facilidad de lágrimas. Las lecciones continuaban con inquebrantable
tesón, aunque sin mayor éxito. Aquello había llegado a convertirse en una
obsesión dolorosa, y poco a poco sentíame inclinado a emplear la fuerza.
Mi carácter iba agriándose con el fracaso, hasta asumir una sorda animosidad
contra Yzur. Éste se intelectualizaba más, en el fondo de su mutismo rebelde,
y empezaba a convencerme de que nunca lo sacaría de allí, cuando supe de
golpe que no hablaba porque no quería. El cocinero, horrorizado, vino a
decirme una noche que había sorprendido al mono "hablando verdaderas palabras".
Estaba, según su narración, acurrucado junto a una higuera de la huerta;
pero el terror le impedía recordar lo esencial de esto, es decir, las palabras.
Sólo creía retener dos: cama y pipa. Casi le doy de puntapiés por su imbecilidad.
No necesito decir que pasé la noche poseído de una gran emoción; y lo que
en tres años no había cometido, el error que todo lo echó a perder, provino
del enervamiento de aquel desvelo, tanto como de mi excesiva curiosidad.
En vez de dejar que el mono llegara naturalmente a la manifestación del
lenguaje, llaméle al día siguiente y procuré imponérsela por obediencia.
No conseguí sino las pes y las emes con que me tenía harto, las guiñadas
hipócritas y -Dios me perdone- una cierta vislumbre de ironía en la azogada
ubicuidad de sus muecas.
Me encolericé, y sin consideración alguna, le di de azotes. Lo único que
logré fue su llanto y un silencio absoluto que excluía hasta los gemidos.
A los tres días cayó enfermo, en una especie de sombría demencia complicada
con síntomas de meningitis. Sanguijuelas, afusiones frías, purgantes, revulsivos
cutáneos, alcoholaturo de brionia, bromuro -toda la terapéutica del espantoso
mal le fue aplicada. Luché con desesperado brío, a impulsos de un remordimiento
y de un temor. Aquél por creer a la bestia una víctima de mi crueldad; éste
por la suerte del secreto que quizá se llevaba a la tumba.
Mejoró al cabo de mucho tiempo, quedando, no obstante, tan débil, que no
podía moverse de su cama. La proximidad de la muerte habíalo ennoblecido
y humanizado. Sus ojos llenos de gratitud, no se separaban de mí, siguiéndome
por toda la habitación como dos bolas giratorias, aunque estuviese detrás
de él; su mano buscaba las mías en una intimidad de convalecencia. En mi
gran soledad, iba adquiriendo rápidamente la importancia de una persona.
El demonio del análisis, que no es sino una forma del espíritu de perversidad,
impulsábame, sin embargo, a renovar mis experiencias. En realidad el mono
había hablado. Aquello no podía quedar así.
Comencé muy despacio, pidiéndole las letras que sabía pronunciar. ¡Nada!
Dejelo solo durante horas, espiándolo por un agujerillo del tabique. ¡Nada!
Hablele con oraciones breves, procurando tocar su fidelidad o su glotonería.
¡Nada! Cuando aquéllas eran patéticas, los ojos se le hinchaban de llanto.
Cuando le decía una frase habitual, como el "yo soy tu amo" con que empezaba
todas mis lecciones, o el "tú eres mi mono" con que completaba mi anterior
afirmación, para llevar a un espíritu la certidumbre de una verdad total,
él asentía cerrando los párpados; pero no producía sonido, ni siquiera llegaba
a mover los labios.
Había vuelto a la gesticulación como único medio de comunicarse conmigo;
y este detalle, unido a sus analogías con los sordomudos, hacía redoblar
mis preocupaciones, pues nadie ignora la gran predisposición de estos últimos
a las enfermedades mentales. Por momentos deseaba que se volviera loco,
a ver si el delirio rompía al fin su silencio. Su convalecencia seguía estacionaria.
La misma flacura, la misma tristeza. Era evidente que estaba enfermo de
inteligencia y de dolor. Su unidad orgánica habíase roto al impulso de una
cerebración anormal, y día más, día menos, aquél era caso perdido. Más,
a pesar de la mansedumbre que el progreso de la enfermedad aumentaba en
él, su silencio, aquel desesperante silencio provocado por mi exasperación,
no cedía. Desde un oscuro fondo de tradición petrificada en instinto, la
raza imponía su milenario mutismo al animal, fortaleciéndose de voluntad
atávica en las raíces mismas de su ser. Los antiguos hombres de la selva,
que forzó al silencio, es decir, al suicidio intelectual, quién sabe qué
bárbara injusticia, mantenían su secreto formado por misterios de bosque
y abismos de prehistoria, en aquella decisión ya inconsciente, pero formidable
con la inmensidad de su tiempo. Infortunios del antropoide retrasado en
la evolución cuya delantera tomaba el humano con un despotismo de sombría
barbarie, habían, sin duda, destronado a las grandes familias cuadrumanas
del dominio arbóreo de sus primitivos edenes, raleando sus filas, cautivando
sus hembras para organizar la esclavitud desde el propio vientre materno,
hasta infundir a su impotencia de vencidas el acto de dignidad mortal que
las llevaba a romper con el enemigo el vínculo superior también, pero infausto,
de la palabra, refugiándose como salvación suprema en la noche de la animalidad.
Y qué horrores, qué estupendas sevicias no habrían cometido los vencedores
con la semibestia en trance de evolución, para que ésta, después de haber
gustado el encanto intelectual que es el fruto paradisíaco de las biblias,
se resignara a aquella claudicación de su extirpe en la degradante igualdad
de los inferiores; a aquel retroceso que cristalizaba por siempre su inteligencia
en los gestos de un automatismo de acróbata; a aquella gran cobardía de
la vida que encorvaría eternamente, como en distintivo bestial, sus espaldas
de dominado, imprimiéndole ese melancólico azoramiento que permanece en
el fondo de su caricatura.
He aquí lo que, al borde mismo del éxito, había despertado mi malhumor en
el fondo del limbo atávico. A través del millón de años, la palabra, con
su conjuro, removía la antigua alma simiana; pero contra esa tentación que
iba a violar las tinieblas de la animalidad protectora, la memoria ancestral,
difundida en la especie bajo un instintivo horror, oponía también edad sobre
edad como una muralla.
Yzur entró en agonía sin perder el conocimiento. Una dulce agonía a ojos
cerrados, con respiración débil, pulso vago, quietud absoluta, que sólo
interrumpía para volver de cuando en cuando hacia mí, con una desgarradora
expresión de eternidad, su cara de viejo mulato triste. Y la última noche,
la tarde de su muerte, fue cuando ocurrió la cosa extraordinaria que me
ha decidido a emprender esta narración.
Habíame dormitado a su cabecera, vencido por el calor y la quietud del crepúsculo
que empezaba, cuando sentí de pronto que me asían por la muñeca.
Desperté sobresaltado. El mono, con los ojos muy abiertos, se moría definitivamente
aquella vez, y su expresión era tan humana, que me infundió horror; pero
su mano, sus ojos, me atraían con tanta elocuencia hacia él, que hube de
inclinarme de inmediato a su rostro; y entonces, con su último suspiro,
el último suspiro que coronaba y desvanecía a la vez mi esperanza, brotaron
-estoy seguro, brotaron en un murmullo (¿cómo explicar el tono de una voz
que ha permanecido sin hablar diez mil siglos?) estas palabras cuya humanidad
reconciliaba las especies:
-AMO, AGUA, AMO, MI AMO...
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Caballo en el salitral
Un cuento de
Antonio Di Benedetto
El aeroplano viene toreando el aire.
Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a la estación, los chicos
se desbandan y los hombres envaran las piernas para aguantar el cimbrón.
Ya está de la otra mano, perdiéndose a ras del monte. Los niños y las madres
asoman como después de la lluvia. Vuelven las voces de los hombres:
¿Será Zanni..., el volador?
No puede. Si Zanni le está dando la vuelta al mundo.
¿Y qué, acaso no estamos en el mundo?
Así es; pero eso no lo sabe nadie, aparte de nosotros.
Pedro Pascual oye y se guía por los más enterados: tiene que ser que el
aeroplano le sale al paso al "tren del rey".
Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, no es rey; pero lo será, dicen,
cuando se le muera el padre, que es rey de veras.
Esa misma tarde, dicen, el príncipe de Europa estará allí, en esa pobrecita
tierra de los medanales.
Pedro Pascual quiere ver para contarle a la mujer. Mejor si estuviera acá.
A Pedro Pascual le gusta compartir con ella, aunque sea el mate o la risa.
Y no le agrada estar solo, como agregado a la visita, delante del corralón.
No es hosco; no está asentado, no más: los mendocinos se ríen de su tonada
cordobesa.
Se refugia en el acomodo de los fardos. Tanta tierra, la del patrón que
él cuida, y tener que cargar pasto prensado y alambrado para quitarle el
hambre a las vacas. Las manos que ajustan y cinchan dan con los yuyos que
han segado en el camino: previsión medicinal para la casa. Perlilla, tabaquillo,
té de burro, arrayán, atamisque... Mueve y ordena los manojos y la mezcla
de fragancias le compone el hogar, resumido en una taza aromática. Pero
se adueña del olfato la intensidad del tomillo y Pedro Pascual quiere compararlo
con algo y no acierta, hasta que piensa, seguro: "...este es el rey, porque
le da olor al campo".
¿Eso, el tren del rey? ¿Una maquinita y un vagón dándose humo ? No puede
ser; sin embargo, la gente dice...
Pedro Pascual desatiende. Lo llama esa carga de nubes azuladas, bajonas,
que están tapando el cielo. Se siente como traicionado , como si lo hubieran
distraído con un juguete zampándole por la espalda la tormenta. No obstante,
¿por qué ese disgusto y esa preocupación? ¿No es agua lo que precisa el
campo? Sí, pero... su campo está más allá de la Loma de los Sapos.
La maquinita pita al dejar de lado la estación y a Pedro Pascual le parece
que ha asustado las nubes. Se arremolinan, cambian de rumbo, se abren, como
rajadas, como pechadas por un soplido formidable. El sol recae en la arena
gris y amarronada y Pedro Pascual siente como si lo iluminara por dentro,
porque el frente de nubes semeja haber reculado para llevarle el agua adonde
él la precisa.
Ahora Pedro Pascual se reintegra al sitio donde está parado. Ahora lo entiende
todo: la maquinita era algo así como un rastreador, o como un payaso que
encabeza el desfile del circo. El "tren del rey", el tren que debe ser distinto
de todos los trenes que se escapan por los rieles, viene más serio, allá
al fondo.
Es distinto, se dice Pedro Pascual. Se da razones; porque en el miriñaque
tiene unos escudos, y dos banderas. . . ¿Y por qué más? Porque parece deshabitado,
con las ventanillas caídas, y nadie que se asome, nadie que baje o suba.
El maquinista, allá, y un guarda, acá, y en las losetas de portland de la
estación un milico cuadrado haciendo el saludo, ¿a quién?
La poblada, que no se animaba, se cuela en el andén y nadie la ataja. Los
chicos están como chupados por lo que no ocurre. Los hombres caminan, largo
a largo, pisan fuerte, y harían ruido si pudieran, pero las alpargatas no
suenan. Se hablan alto, por mostrar coraje, mas ni uno solo mira el tren,
como si no estuviera.
Después, cuando se va, sí, se quedan mirándole la cola y a los comentarios:
"¡ Será ! . . . "
Antes que el tren sea una memoria, llega de atrás el avioncito obsequioso,
dispuesto a no perderle los pasos.
Tendrá que arrepentirse, Pedro Pascual, de la curiosidad y de la demora;
aunque poco tiempo le será dado para su arrepentimiento.
A una hora de marcha de la estación, donde ya no hay puestos de cabras,
lo recibe y lo acosa, lo ciega el agua del cielo. Lo achica, lo voltea,
como si quisiera tirarlo a un pozo. Lo acobarda, le mete miedo, trenzada
con los refusilos que son de una pureza como la de la hoja del más peligroso
acero.
Pedro Pascual deja el pescante. No quiere abandonar el caballito; pero el
monte es achaparrado y apenas cabe él, en cuclillas. El animal humilde,
obediente a una orden no pronunciada, se queda en la huella con el chaparrón
en los lomos.
Entonces sucede. El rayo se desgarra como una llamarada blanca y prende
en el alpataco de ramas curvas que daban amparo al hombre. Pedro Pascual
alcanza a gritar, mientras se achicharra. Ruido hace, de achicharrarse.
El caballo, a unos metros, relincha de pavor, ciego de luz, y se desemboca
a la noche con el lastre del carro y el pasto que le hunde las ruedas en
la arena y en el agua, pero no lo frena.
Clarea en el bajo, mas no en los ojos del animal.
Ha huido toda la noche. Afloja el paso, somnoliento y vencido, y se detiene.
El carro le pesa como un tirón a lo largo de las varas; sin embargo, lo
aguanta. Cabecea un sueño. La pititorra picotea la superficie del pasto
y a saltitos lleva su osadía por todo el dorso del caballo, hasta la cabeza.
El animal despierta y se sacude y el pajarito le vuela en torno y deja a
la vista las plumas blancas del pecho, adorno de su masa gris pardusca.
Después lo abandona.
El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga. El pasto mojado de
su carga le alerta las narices. Hunde el casco, afirma el remo, para darse
impulso, y sale a buscar.
Huele, tras de orientarse, si bien donde está ya no hay ni la huella que
ayuda y el silencio es tan imperioso que el animal ni relincha, como si
participara de una mudez y una sordera universales.
El sol golpea en la arena, rebota y se le mete en la garganta.
No es difícil todavía beber, porque la lluvia reciente se ha aposentado
al pie de los algarrobos y el ramaje la defiende de una rápida evaporación.
El olor de las vainas le remueve el instinto, por la experiencia de otro
día de hambre desesperada, pero el algarrobo, con sus espinas, le acuchilla
los labios.
El atardecer calma el día y concede un descanso al animal.
La nueva luz revela una huella triple, que viene al carro, se enmaraña y
se devuelve. La formaron las patitas, que apenas se levantan, del pichiciego,
el Juan Calado, el del vestido trunco de algodón de vidrio. El pasto enfardado
pudo ser su golosina de una noche; estacionado, su eterno almacén. Muy elevado,
sin embargo, para sus cortas piernas.
Muy feo, además, como indicio del desamparo y la pasividad del caballo de
los ojos impedidos. Ahí está, débil, consumiéndose, incapaz de responder
a las urgencias de su estómago.
Una perdiz se desanuda del monte y levanta con sus pitidos el miedo que
empieza a gobernar, más que el hambre, al animal uncido al carro. Es que
vienen volteando los yaguarondíes. La perdiz lo sabe; el caballo no lo sabe,
pero se le avisa, por dentro.
Los dos gatazos, moro el uno, canela el otro, se tumban por juego, ruedan
empelotados y con las manos afelpadas se amagan y se sacuden aunque sin
daño, reservadas las uñas para la presa incauta o lerda que ya vendrá.
El caballo se moja repentinamente los ijares y dispara. El ruido excesivo,
ese ruido que no es del desierto, ahuyenta a los yaguarondíes, si bien eso
no está en los alcances del carguero y él tira al médano.
La arena es blanda y blandas son las curvas de sus lomadas. Otra, de rectas
precisas, es la geometría del carro que se esfuerza por montarlas.
Sin embargo, en esa guerra de arena tiene un resuello el animal. Ofuscado
y resoplante, tupidas las fosas nasales, no ha sondeado en largo rato en
busca de alimento, pero el pie, como bola loca, ha dado con una mancha áspera
de solupe. La cabeza, por fin, puede inclinarse por algo que no sea el cansancio.
Los labios rastrean codiciosos hasta que dan con los tallos rígidos. Es
como tragarse un palo; no obstante, el estómago los recibe con rumores de
bienvenida.
El ramillete de finas hojas del coirón se ampara en la reciedumbre del solupe
y, para prolongar las horas mansas del desquite de tanta hambruna, el coirón
comestible se enlaza más abajo con los tallos tiernos del telquí de las
ramitas decumbentes.
El olor de una planta ha denunciado la otra, mas nada revela el agua, y
el animal retorna, con otro día, hacia las "islas" de monte que suelen encofrarla.
Un bañado turbio, que no refleja la luz, un bañado decadente que morirá
con tres soles, lo retiene y lo retiene como un querido corral.
Las islas y las isletas se pueblan de sedientos animales en tránsito; disminuye
su población cuando unos se dañan a otros, sin llegar a vaciarse.
El caballo se perturba con la vecindad vocinglera y reñidora, aunque nadie,
todavía, se ha metido con él. Un día guarda distancia, condenándose al sol
del arenal; al otro se arriesga y puede roer la miseria de la corteza del
retamo.
De las islas se suelta la liebre. Ahonda su refugio el cuye. El zorro prescinde
de su odio a la luz solar y deja ver a campo abierto su cola ampulosa detrás
del cuerpo pobrete. Sólo en el ramaje queda vida, la de los pájaros; pero
ellos también se silencian: viene el puma, el bandido rapado, el taimado
que parece chiquito adelante y crece en su tren trasero para ayudar el salto.
No busca el agua, no comerá conejos. Desde lejos ha oteado en descubierto
el caballo sin hombre. Se adelanta en contra del viento.
A favor, en cambio, tiene el aire una yegua guacha, libre, que no conoció
jamás montura ni arreo alguno. Acude a las islas, por agua.
La inesperada presencia del macho la hace relinchar de gozo y el caballo
en las varas vuelca la cabeza como si pudiera ver, armando sólo un revuelo
de moscas. En los últimos metros, la yegua presume con un trotecito y al
final se exhibe, delante, cejada, con sus largas crines y su cuerpo sano.
En el caballo resucita el ansia carnal. Si ella postergó la sed, él puede
superar la declinación física.
Se arrima, se arriman él y su carro. La hembra desconfía de ese desplazamiento
monstruoso, no entiende cómo se mueve el carro cuando se mueve el macho.
Corcovea, se escurre al acercamiento de las cabezas que él intenta, como
un extraño y atávico parlamento previo.
Brinca ella, excitada y recelosa; se aturde por el ímpetu cálido que la
recorre. Y aturdida, conmovida, descuidada, depone su guardia montaraz y
rueda con un relincho de pánico al primer salto y el primer zarpazo del
puma.
Como herido en sus carnes, como perseguido por la fiera que está sangrando
a la hembra, el caballo enloquece en una disparada que es traqueteo penoso
rumbo adentro del arenal.
Corta fue la arena para el terror. La uña pisa ya la ciénaga salitrosa.
Es una adherencia, un arrastre que pareciera chuparlo hacia el fondo del
suelo. Tiene que salir, pero sale a la planicie blanca, apenas de cuando
en cuando moteada por la arenilla.
Gana fuerzas para otro empujoncito mascando vidriera, la hija solitaria
del salitral, una hoja como de papel que envuelve el tallo alto de dos metros
igual que si apañara un bastón
Más adelante persigue los olores. Huele con avidez. Capta algo en el aire
y se empeña tras de eso, con su paso de enfermo, hasta que lo pierde y se
pierde.
Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso, jugoso, de corral. Lo
ventea y mastica el freno como si mascara pasto. Masca, huele y gira para
alcanzar lo que imagina que masca. Está oliendo el pasto de su carro, persiguiendo
enfebrecido lo que carga detrás. Ronda una ronda mortal. El carro hace huella,
se atasca y ya no puede, el caballejo, salir adelante. Tira, saca pecho
y patina. Su última vida se gasta.
Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al otro día, como ya no
gravita nada, el peso de los fardos echa el carro hacia atrás, las varas
apuntan al firmamento y el cuerpo vencido queda colgado en el aire.
Por allá, entretanto, acude con su oscura vestimenta el jote, el que no
come solo.
Un setiembre
Lavado está el carro, lavados los huesos, más que de lluvia, por las emanaciones
corrosivas y purificadoras del salitre.
Ruina son los huesos, caídos y dispersos, perdida la jaula del pellejo.
Pero en una punta de vara enredó sus cueros el cabezal del arreo y se ha
hecho bolsa que contiene, boca arriba, el largo cráneo medio pelado.
Sobre la ruina transcurre la vida, a la búsqueda de la seguridad de subsistencia:
una bandada de catitas celestes, casi azules los machos, de un blanco apenas
bañado de cielo las hembras.
Con ellas, una pareja de palomas torcazas emigra de la sequía puntana. Ya
descubren, desde el vuelo, la excitante floración del chañar brea, que anchamente
pinta de amarillo los montes del oeste.
Sin embargo, la palomita del fresco plumaje pardo comprende que no podrá
llegar con su carga de madre. Se le revela, abajo, en medio de la tensa
aridez del salitral, el carro que puede ser apoyo y refugio. Hace dos círculos
en el aire, para descender. Zurea, para advertir al palomo que no lo sigue.
Pero el macho no se detiene y la familia se deshace.
No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus
huevos. Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, ]a cabeza
invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después,
cuando se abran los huevos, será una caja de trinos.
Las
últimas miradas
Un cuento de
Enrique Anderson Imbert
El hombre mira a su alrededor. Entra en el baño. Se lava las manos. El jabón
huele a violetas. Cuando ajusta la canilla, el agua sigue goteando. Se seca.
Coloca la toalla en el lado izquierdo del toallero: el derecho es el de
su mujer. Cierra la puerta del baño para no oír el goteo. Otra vez en el
dormitorio. Se pone una camisa limpia: es de puño francés. Hay que buscar
los gemelos. La pared está empapelada con dibujos de pastorcitas y pastorcitos.
Algunas parejas desaparecen debajo de un cuadro que reproduce Los amantes
de Picasso, pero más allá, donde el marco de la puerta corta un costado
del papel, muchos pastorcitos se quedan solos, sin sus compañeras. Pasa
al estudio. Se detiene ante el escritorio. Cada uno de los cajones de ese
mueble grande como un edificio es una casa donde viven cosas. En una de
esas cajas las cuchillas de la tijera deben de seguir odiándoles como siempre.
Con la mano acaricia el lomo de sus libros. Un escarabajo que cayó de espaldas
sobre el estante agita desesperadamente sus patitas. Lo endereza con un
lápiz. Son las cuatro del la tarde. Pasa al vestíbulo. Las cortinas son
rojas. En la parte donde les da el Sol, el rojo se suaviza en un rosado.
Ya a punto de llegar a la puerta de salida se da vuelta. Mira a dos sillas
enfrentadas que parecen estar discutiendo ¡todavía! Sale. Baja las escaleras.
Cuenta quince escalones. ¿No eran catorce? Casi se vuelve para contarlos
de nuevo pero ya no tiene importancia. Nada tiene importancia. Se cruza
a la acera de enfrente y antes de dirigirse hacia la comisaría mira la ventana
de su propio dormitorio. Allí dentro ha dejado a su mujer con un puñal clavado
en el corazón.

Cuento azul
Un cuento de
Marguerite Yourcenar
Los mercaderes procedentes de
Europa estaban sentados en el puente, de cara a la mar azul, en la sombra
color índigo de las velas remendadas de retazos grises. El sol cambiaba
constantemente de lugar entre los cordajes y, con el balanceo del barco,
parecía estar saltando como una pelota que rebotara por encima de una red
de mallas muy abiertas. El navío tenía que virar continuamente para evitar
los escollos; el piloto, atento a la maniobra, se acariciaba el mentón azulado.
Al crepúsculo, los mercaderes desembarcaron en una orilla embaldosada de
mármol blanco; vetas azuladas surcaban la superficie de las grandes losas
que antaño fueran revestimiento de templos. La sombra que cada uno de los
mercaderes arrastraba tras de sí por la calzada, al caminar en el sentido
del ocaso, era más alargada, más estrecha y no tan oscura como en pleno
mediodía; su tonalidad, de un azul muy pálido, recordaba a la de las ojeras
que se extienden por debajo de los párpados de una enferma. En las blancas
cúpulas de las mezquitas espejeaban inscripciones azules, cual tatuajes
en un seno delicado; de vez en cuando, una turquesa se desprendía por su
propio peso del artesonado y caía con un ruido sordo sobre las alfombras
de un azul muelle y descolorido.
Se levantó la luna y emprendió una danza errática, como un espíritu endiablado,
entre las tumbas cónicas del cementerio. El cielo era azul, semejante a
la cola de escamas de una sirena, y el mercader griego encontraba en las
montañas desnudas que bordeaban el horizonte un parecido con las grupas
azules y rasas de los centauros.
Todas las estrellas concentraban su fulgor en el interior del palacio de
las mujeres. Los mercaderes penetraron en el patio de honor para resguardarse
del viento y del mar, pero las mujeres, asustadas, se negaban a recibirlos
y ellos se desollaron en vano las manos a fuerza de llamar a las puertas
de acero, relucientes como la hoja de un sable.
Tan intenso era el frío, que el mercader holandés perdió los cinco dedos
de su pie izquierdo; al mercader italiano le amputó los dedos de la mano
derecha una tortuga que él había tomado, en la oscuridad, por un simple
cabujón de lapislázuli. Por fin, un negrazo salió del palacio llorando y
les explicó que, noche tras noche, las damas rechazaban su amor por no tener
la piel suficientemente oscura. El mercader griego supo congraciarse con
el negro merced al regalo de un talismán hecho de sangre seca y de tierra
de cementerio, así es que el nubio los introdujo en una gran sala color
ultramar y recomendó a las mujeres que no hablaran demasiado alto para que
no despertaran los camellos en su establo y no se alterasen las serpientes
que chupan la leche del claro de luna.
Los mercaderes abrieron sus cofres ante los ojos ávidos de las esclavas,
en medio de olorosos humos azules, pero ninguna de las damas respondió a
sus preguntas y las princesas no aceptaron sus regalos. En una sala revestida
de dorados, una china ataviada con un traje anaranjado los tachó de impostores,
pues las sortijas que le ofrecían se volvían invisibles al contacto de su
piel amarilla. Ninguno advirtió la presencia de una mujer vestida de negro,
sentada en el fondo de un corredor, y como le pisaran sin darse cuenta los
pliegues de su falda, ella los maldijo invocando al cielo azul en la lengua
de los tártaros, invocando al sol en la lengua turca, e invocando la arena
en la lengua del desierto. En una sala tapizada de telas de araña, los mercaderes
no obtuvieron respuesta de otra mujer, vestida de gris, que sin cesar se
palpaba para estar segura de que existía; en la siguiente sala, color grana,
los mercaderes huyeron a la vista de una mujer vestida de rojo que se desangraba
por una ancha herida abierta en el pecho, aunque ella parecía no darse cuenta,
ya que su vestido no estaba ni siquiera manchado.
Pudieron al cabo refugiarse en el ala donde estaban las cocinas y allí deliberaron
acerca del mejor medio para llegar hasta la caverna de los zafiros. Constantemente
los molestaba el trajín de los aguadores, y un perro sarnoso fue a lamer
el muñón azul del mercader italiano, el que había perdido los dedos. Al
fin, vieron aparecer por la escalera de la bodega a una joven esclava que
llevaba hielo granizado en un ataifor de cristal turbio; lo depositó sin
mirar dónde, sobre una columna de aire, para dejarse las manos libres y
poder saludar, levantándolas hasta la frente, donde llevaba tatuada la estrella
de los magos. Sus cabellos azul-negros fluían desde las sienes hasta los
hombros; sus ojos claros miraban el mundo a través de dos lágrimas; y su
boca no era sino una herida azul. Su vestido color lavanda, de fina tela
desteñida por hartos lavados, estaba desgarrado en las rodillas, pues la
joven tenía por costumbre prosternarse para rezar y lo hacía constantemente.
Poco importaba que no comprendiera la lengua de los mercaderes, pues era
sordomuda; así, se limitó a asentir gravemente con la cabeza cuando ellos
inquirieron cómo ir hasta el tesoro mostrándole en un espejo sus ojos color
de gema y señalando luego la huella de sus pasos en el polvo del corredor.
El mercader griego le ofreció sus talismanes: la niña los rechazó como lo
hubiera hecho una mujer dichosa, pero con la sonrisa amarga de una mujer
desesperada; el mercader holandés le tendió un saco lleno de joyas, pero
ella hizo una reverencia desplegando con las manos el pobre vestido todo
roto, y no les fue posible adivinar si es que se juzgaba demasiado indigente
o demasiado rica para tales esplendores.
Luego, con una brizna de hierba levantó el picaporte de la puerta y se encontraron
en un patio redondo como el interior de un pozal, lleno hasta los bordes
de la fría luz matinal. La joven se sirvió de su dedo meñique para abrir
la segunda puerta que daba a la llanura y, uno tras otro, se encaminaron
hacia el interior de la isla por un camino bordeado de matas de aloe. Las
sombras de los mercaderes iban pegadas a sus talones, cual siete víboras
pequeñas y negras, en tanto que la muchacha estaba desprovista de toda sombra,
lo que les dio que pensar si no sería un fantasma.
Las colinas, azules a distancia, se volvían negras, pardas o grises a medida
que se aproximaban; sin embargo, el mercader de la Turena no perdía el valor
y para darse ánimos cantaba canciones de su tierra francesa. El mercader
castellano recibió por dos veces la picadura de un escorpión y sus piernas
se hincharon hasta las rodillas y cobraron un color de berenjena madura,
pero no parecía sentir dolor alguno e incluso caminaba con el paso más seguro
y más solemne que los otros, como si estuviera sostenido por dos gruesos
pilares de basalto azul. El mercader irlandés lloraba viendo cómo gotas
de sangre pálida perlaban los talones de la muchacha, que andaba descalza
sobre cascos de porcelana y de vidrios rotos.
Cuando llegaron al sitio, tuvieron que arrastrarse de rodillas para entrar
a la caverna, que no abría al mundo más que una boca angosta y agrietada.
La gruta era, sin embargo, más espaciosa de lo que hubiera podido esperarse
y, así que sus ojos hubieron hecho buenas migas con las tinieblas, descubrieron
por doquier fragmentos de cielo entre las fisuras de la roca. Un lago muy
puro ocupaba el centro del subterráneo, y cuando el mercader italiano lanzó
una guija para calcular la profundidad, no se la oyó caer, pero se formaron
pompas en la superficie, como si una sirena bruscamente desesperada hubiera
expelido todo el aire que llenaba sus pulmones. El mercader griego empapó
sus manos ávidas en aquella agua y las sacó teñidas hasta las muñecas, como
si se tratara de la tina hirviendo de una tintorera; mas no logró apoderarse
de los zafiros que bogaban, cual flotillas de nautilos, por aquellas aguas
más densas que las de los mares. Entonces, la joven deshizo sus largas trenzas
y sumergió los cabellos en el lago: los zafiros se prendieron en ellos como
en las mallas sedosas de una oscura red. Llamó primero al mercader holandés,
que se metió las piedras preciosas en las calzas; luego, al mercader francés,
que se llenó el chapeo de zafiros; el mercader griego atiborró un odre que
llevaba al mercader castellano, arrancándose los sudados guantes de cuero,
los llenó y se los puso colgados al cuello, de tal suerte que parecía llevar
dos manos cortadas. Cuando le llegó el turno al mercader irlandés, ya no
quedaban zafiros en el lago; la joven esclava se quitó un colgante de abalorios
que llevaba y por señas le ordenó que se lo pusiera sobre el corazón.
Salieron arrastrándose de la caverna y la muchacha pidió al mercader irlandés
que la ayudara a rodar una gruesa piedra para cerrar la entrada. Luego,
colocó un precinto confeccionado con un poco de arcilla y una hebra de sus
cabellos.
El camino se les hizo más largo que a la ida por la mañana. El mercader
castellano, que empezaba a sufrir a causa de sus piernas emponzoñadas, se
tambaleaba y blasfemaba invocando el nombre de la madre de Dios. El mercader
holandés, que estaba hambriento, trató de arrancar las azules brevas maduras,
de una higuera, pero un enjambre de abejas ocultas en la espesura almibarada
lo picaron profundamente en la garganta y en las manos.
Llegados al pie de las murallas, el grupo dio un rodeo para evitar a los
centinelas y se dirigieron sin hacer ruido hacia el puerto de los pescadores
de sirenas, que estaba siempre desierto, pues hacía largo tiempo que no
se pescaban ya sirenas en aquel país. La barca flotaba blandamente en el
agua, amarrada al dedo de un pie de bronce, único resto de una estatua colosal
erigida antaño en honor a un dios del que ya nadie recordaba el nombre.
En el muelle, la esclava sordomuda hizo intención de despedirse de los hombres,
saludándolos con las manos puestas en el corazón; entonces, el mercader
griego la tomó por las muñecas y la arrastró hasta el barco, movido por
el propósito de venderla al príncipe veneciano del Negroponto, de quien
se sabía que le gustaban las mujeres heridas o afectadas de alguna invalidez.
La doncella se dejó llevar sin oponer resistencia y sus lágrimas, al caer
sobre las maderas del puente, se transformaban en bellas aguamarinas, así
es que sus verdugos se las ingeniaron para darle motivos que la hicieran
llorar.
La dejaron desnuda y la ataron al palo mayor; su cuerpo era tan blanco que
servía de fanal al barco en aquella noche clara navegando entre las islas.
Cuando hubieron terminado su partida de palillos, los mercaderes bajaron
a la cabina para echarse a dormir. Hacia el alba, el holandés subió al puente
aguijoneado por el deseo y se acercó a la prisionera, dispuesto a violentarla.
Mas he aquí que la niña había desaparecido: las ligaduras colgaban, vacías,
del tronco negro del mástil, como un cinturón demasiado ancho, y en el lugar
donde se habían posado sus pies suaves y delgados no quedaba otra cosa que
un mantoncito de hierbas aromáticas que exhalaban un humillo azul.
En los días que siguieron reinó una calma chicha, y los rayos del sol, que
caían a plomo sobre la lisa superficie color de algas, producían un chirrido
de hierro candente sumergido en agua fría. Las piernas gangrenadas del mercader
castellano se habían puesto azules como las montañas que se columbraban
en el horizonte y purulentos regueros se deslizaban desde las tablas del
puente hasta el mar. Cuando el sufrimiento se hizo intolerable, el hombre
sacó del cinturón una ancha daga triangular y se cercenó a la altura de
los muslos las dos piernas envenenadas. Murió agotado al despuntar la aurora,
después de haber legado sus zafiros al mercader suizo, que era su enemigo
mortal.
Al cabo de una semana recalaron en Esmirna y el mercader de Turena, que
siempre había temido al mar, optó por desembarcar, con intención de continuar
su viaje a lomos de una buena mula. Un banquero armenio le cambió los zafiros
por diez mil monedas con la efigie del Preste Juan. Eran piezas perfectamente
redondas y el francés cargó alegremente con ellas hasta trece mulos; pero,
así que llegó a Angers, tras siete años de viaje, se encontró con la sorpresa
de que las monedas del monarca-preste no tenían curso en su país.
En Ragusa, el mercader holandés trocó sus zafiros por una jarra de cerveza
servida en el mismo muelle, pero tuvo que escupir aquel insulso líquido
aventado que no tenía el mismo gusto que la cerveza de las tabernas de Ámsterdam.
El mercader italiano desembarcó en Venecia con el propósito de hacerse proclamar
Dogo, mas pereció asesinado al día siguiente de sus nupcias con la laguna.
En cuanto al mercader griego, se le ocurrió atar los zafiros a un cabo largo
y suspenderlos en el costado de la barca, esperando que el contacto con
las olas fuera benéfico para su hermoso color azul. Al mojarse, las gemas
se volvieron líquidas y apenas si añadieron al tesoro del mar unas pocas
gotas de agua transparente. El hombre se consoló pescando peces y asándolos
al rescoldo de la ceniza.
Un atardecer, al cabo de veintisiete días de navegación, el barco fue atacado
por un corsario. El mercader de Basilea se tragó sus zafiros para sustraerlos
de la avaricia de los piratas y murió de atroces dolores de entrañas. El
griego se echó al mar y fue recogido por un delfín, que lo condujo hasta
Tinos. El irlandés, molido a golpes, fue dejado por muerto en la barca,
entre los cadáveres y los sacos vacíos; nadie se tomó la molestia de quitarle
el colgante de falsas piedras azules, que no tenía ningún valor. Treinta
días más tarde, la barca a la deriva entró por sí misma en el puerto de
Dublín y el irlandés echó pie a tierra para mendigar un pedazo de pan.
Estaba lloviendo. Los tejados oblicuos de las casas bajas sugerían grandes
espejos destinados a captar los espectros de la luz muerta. La calzada desigual
se encharcaba más y más; el cielo, de un parduzco sucio, parecía tan cenagoso
que ni los ángeles se hubieran atrevido a salir de la casa de Dios; las
calles estaban desiertas; el puesto de un mercero ambulante, que vendía
calcetines de lana cruda y cordones para los zapatos, se veía abandonado
al borde de una acera debajo de un paraguas abierto. Los reyes y los obispos
esculpidos en el pórtico de la catedral no hacían nada para impedir que
cayera la lluvia sobre sus coronas o sus mitras, y la Magdalena recibía
el agua en sus senos desnudos.
El mercader, todo desalentado, fue a sentarse bajo el pórtico junto a una
joven mendiga, tan pobre que su cuerpo, azulenco de frío, se veía a través
de los desgarrones de su vestido gris. Sus rodillas se entrechocaban ligeramente;
sus dedos cubiertos de sabañones apretaban un mendrugo de pan. El mercader
le pidió por el amor de Dios que se lo diera, y ella se lo tendió en el
acto. El mercader hubiera querido regalarle el colgante de abalorios azules,
puesto que no tenla ninguna otra cosa que ofrecer; más en vano buscó en
sus bolsillos, alrededor de su cuello, entre las cuentas de su rosario.
No hallándolo, se echó a llorar desconsolado: no poseía ya nada que pudiera
recordarle el color del cielo y la tonalidad del mar en donde había estado
a punto de perecer.
Suspiró profundamente y, como el crepúsculo y la fría niebla se espesaban
en derredor, la muchachita se apretujó contra él para darle calor. El hombre
le hizo preguntas acerca del país y ella le contestó en el tosco dialecto
del pueblo que dejara antaño, siendo aún muy chico. Entonces, apartó los
cabellos desgreñados que cubrían el rostro de la mendiga, pero tan sucio
estaba que la lluvia iba trazando en él regueritos blancos, y el mercader
descubrió horrorizado que la niña era ciega y que una siniestra nube velaba
el ojo izquierdo. No dejó por ello, sin embargo, de posar su cabeza en aquellas
rodillas mal cubiertas de harapos y se durmió sosegado: el ojo derecho,
que había visto privado de mirada, era milagrosamente azul.
El
jardín encantado
Un cuento de
Italo
Calvino
Giovannino y Serenella caminaban por las vías del tren. Abajo había un mar
todo escamas azul oscuro azul claro; arriba un cielo apenas estriado de
nubes blancas. Los rieles eran relucientes y quemaban. Por las vías se caminaba
bien y se podía jugar de muchas maneras: mantener el equilibrio, él sobre
un riel y ella sobre el otro, y avanzar tomados de la mano. 0 bien saltar
de un durmiente a otro sin apoyar nunca el pie en las piedras. Giovannino
y Serenella habían estado cazando cangrejos y ahora habían decidido explorar
las vías, incluso dentro del túnel. Jugar con Serenella daba gusto porque
no era como las otras niñas, que siempre tienen miedo y se echan a llorar
por cualquier cosa. Cuando Giovannino decía: “Vamos allá”, Serenella lo
seguía siempre sin discutir.
¡Deng! Sobresaltados miraron hacia arriba. Era el disco de un poste de señales
que se había movido. Parecía una cigüeña de hierro que hubiera cerrado bruscamente
el pico. Se quedaron un momento con la nariz levantada; ¡qué lástima no
haberlo visto! No volvería a repetirse.
-Está a punto de llegar un tren -dijo Giovannino.
Serenella no se movió de la vía.
-¿Por dónde? -preguntó.
Giovannino miró a su alrededor, con aire de saber. Señaló el agujero negro
del túnel que se veía ya límpido, ya desenfocado, a través del vapor invisible
que temblaba sobre las piedras del camino.
-Por allí -dijo. Parecía oír ya el oscuro resoplido que venía del túnel
y vérselo venir encima, escupiendo humo y fuego, las ruedas tragándose los
rieles implacablemente.
-¿Dónde vamos, Giovannino?
Había, del lado del mar, grandes pitas grises, erizadas de púas impenetrables.
Del lado de la colina corría un seto de ipomeas cargadas de hojas y sin
flores. El tren aún no se oía: tal vez corría con la locomotora apagada,
sin ruido, y saltaría de pronto sobre ellos. Pero Giovannino había encontrado
ya un hueco en el seto.
-Por ahí.
Debajo de las trepadoras había una vieja alambrada en ruinas. En cierto
lugar se enroscaba como el ángulo de una hoja de papel. Giovannino había
desaparecido casi y se escabullía por el seto.
-¡Dame la mano, Giovannino!
Se hallaron en el rincón de un jardín, los dos a cuatro patas en un arriate,
el pelo lleno de hojas secas y de tierra. Alrededor todo callaba, no se
movía una hoja. “Vamos” dijo Giovannino y Serenella dijo: “Sí”.
Había grandes y antiguos eucaliptos de color carne y senderos de pedregullo.
Giovannino y Serenella iban de puntillas, atentos al crujido de los guijarros
bajo sus pasos. ¿Y si en ese momento llegaran los dueños?
Todo era tan hermoso: bóvedas estrechas y altísimas de curvas hojas de eucaliptos
y retazos de cielo, sólo que sentían dentro esa ansiedad porque el jardín
no era de ellos y porque tal vez fueran expulsados en un instante. Pero
no se oía ruido alguno. De un arbusto de madroño, en un recodo, unos gorriones
alzaron el vuelo rumorosos. Después volvió el silencio. ¿Sería un jardín
abandonado?
Pero en cierto lugar la sombra de los árboles terminaba y se encontraron
a cielo abierto, delante de unos bancales de petunias y volúbilis bien cuidados,
y senderos y balaustradas y espalderas de boj. Y en lo alto del jardín,
una gran casa de cristales relucientes y cortinas amarillo y naranja.
Y todo estaba desierto. Los dos niños subían cautelosos por la grava: tal
vez se abrirían las ventanas de par en par y severísimos señores y señoras
aparecerían en las terrazas y soltarían grandes perros por las alamedas.
Cerca de una cuneta encontraron una carretilla. Giovannino la cogió por
las varas y la empujó: chirriaba a cada vuelta de las ruedas con una especie
de silbido. Serenella se subió y avanzaron callados, Giovannino empujando
la carretilla y ella encima, a lo largo de los arriates y surtidores.
-Esa -decía de vez en cuando Serenella en voz baja, señalando una flor.
Giovannino se detenía, la cortaba y se la daba. Formaban ya un buen ramo.
Pero al saltar el seto para escapar, tal vez tendría que tirarlas.
Llegaron así a una explanada y la grava terminaba y el pavimento era de
cemento y baldosas. Y en medio de la explanada se abría un gran rectángulo
vacío: una piscina. Se acercaron: era de mosaicos azules, llena hasta el
borde de agua clara.
-¿Nos zambullimos? -preguntó Giovannino a Serenella.
Debía de ser bastante peligroso si se lo preguntaba y no se limitaba a decir:
“¡Al agua!”. Pero el agua era tan límpida y azul y Serenella nunca tenía
miedo. Bajó de la carretilla donde dejó el ramo. Llevaban el bañador puesto:
antes habían estado cazando cangrejos. Giovannino se arrojó, no desde el
trampolín porque la zambullida hubiera sido demasiado ruidosa, sino desde
el borde. Llegó al fondo con los ojos abiertos y no veía más que azul, y
las manos como peces rosados, no como debajo del agua del mar, llena de
informes sombras verdinegras. Una sombra rosada encima: ¡Serenella! Se tomaron
de la mano y emergieron en la otra punta, con cierta aprensión. No había
absolutamente nadie que los viera. No era la maravilla que imaginaban: quedaba
siempre ese fondo de amargura y de ansiedad, nada de todo aquello les pertenecía
y de un momento a otro ¡fuera!, podían ser expulsados.
Salieron del agua y justo allí cerca de la piscina encontraron una mesa
de ping-pong. Inmediatamente Giovannino golpeó la pelota con la paleta:
Serenella, rápida, se la devolvió desde la otra punta. Jugaban así, con
golpes ligeros para que no los oyeran desde el interior de la casa. De pronto
la pelota dio un gran rebote y para detenerla Giovannino la desvió y la
pelota golpeó en un gong colgado entre los pilares de una pérgola, produciendo
un sonido sordo y prolongado. Los dos niños se agacharon en un arriate de
ranúnculos. En seguida llegaron dos criados de chaqueta blanca con grandes
bandejas, las apoyaron en una mesa redonda debajo de un parasol de rayas
amarillas y anaranjadas y se marcharon.
Giovannino y Serenella se acercaron a la mesa. Había té, leche y bizcocho.
No había más que sentarse y servirse. Llenaron dos tazas y cortaron dos
rebanadas. Pero estaban mal sentados, en el borde de la silla, movían las
rodillas. Y no lograban saborear los pasteles y el té con leche. En aquel
jardín todo era así: bonito e imposible de disfrutar, con esa incomodidad
dentro y ese miedo de que fuera sólo una distracción del destino y de que
no tardarían en pedirles cuentas.
Se acercaron a la casa de puntillas. Mirando entre las tablillas de una
persiana vieron, dentro, una hermosa habitación en penumbra, con colecciones
de mariposas en las paredes. Y en la habitación había un chico pálido. Debía
de ser el dueño de la casa y del jardín, agraciado de él. Estaba tendido
en una mecedora y hojeaba un grueso libro ilustrado. Tenía las manos finas
y blancas y un pijama cerrado hasta el cuello, a pesar de que era verano.
A los dos niños que lo espiaban por entre las tablillas de la persiana se
les calmaron poco a poco los latidos del corazón. El chico rico parecía
pasar las páginas y mirar a su alrededor con más ansiedad e incomodidad
que ellos. Y era como si anduviese de puntillas, como temiendo que alguien
pudiera venir en cualquier momento a expulsarlo, como si sintiera que el
libro, la mecedora, las mariposas enmarcadas y el jardín con juegos y la
merienda y la piscina y las alamedas le fueran concedidos por un enorme
error y él no pudiera gozarlos y sólo experimentase la amargura de aquel
error como una culpa.
El chico pálido daba vueltas por su habitación en penumbra con paso furtivo,
acariciaba con sus blancos dedos los bordes de las cajas de vidrio consteladas
de mariposas y se detenía a escuchar. A Giovannino y Serenella el corazón
les latió aún con más fuerza. Era el miedo de que un sortilegio pesara sobre
la casa y el jardín, sobre todas las cosas bellas y cómodas, como una antigua
injusticia.
El sol se oscureció de nubes. Muy calladitos, Giovannino y Serenella se
marcharon. Recorrieron de vuelta los senderos, con paso rápido pero sin
correr. Y atravesaron gateando el seto. Entre las pitas encontraron un sendero
que llevaba a la playa pequeña y pedregosa, con montones de algas que dibujaban
la orilla del mar. Entonces inventaron un juego espléndido: la batalla de
algas. Estuvieron arrojándoselas a la cara a puñados, hasta caer la noche.
Lo bueno era que Serenella nunca lloraba.

¿Fue el destino?
Un cuento de Liborio Justo *
Esta tarde, Kaukokiol, el viejo ovejero ona, dejó vagar una vez más su imaginación
por aquellos días que habían pasado y que no habían de volver. Estaba sentado
junto al fuego, sobre un gran tronco de ciprés, allá en el puesto Norte
de Bahía Thestis, cerca de la costa del mar. Apretaba entre sus labios un
cigarrillo, que aspiraba nerviosamente, nublándose tras la opacidad del
humo, que pronto disipaba el viento del Oeste. Tenía la frente sombría sobre
la que se arremolinaba un cúmulo de tristezas, y su vista se perdía lejanamente
en el paisaje de un mundo que había sido suyo cuando allí no existía más
límite que el del horizonte.
“…Ashloen era mi hermano. Era fuerte y valiente como yo. Nunca tembló en
los combates y siempre era el primero en lanzar su flecha. Tenía astucia
y fiereza cuando corría tras el guanaco, y nadie como él sabía encontrarlo
cuando huía a los cerros escondidos. Los hombres de mi tribu lo querían
y respetaban. Poseía el mejor quillango que se había hecho con pieles de
chulengos que antes se cazaban en el Norte, y era el más hábil para marisquear
cuando bajábamos a las costas. Tenía el corazón grande y era valiente como
yo. Éramos hijos del mismo padre.
“Yo quería a mi hermano Ashloen; lo quería porque era noble y fuerte y siempre
me miraba sonriendo, como lo hacía mi padre, cuando yo no salía aún de las
rucas y no me habían llevado a correr por los cerros con el arco y las flechas
en el carcaj.
“Yo quería a mi hermano Ashloen. Pero a medida que fui creciendo, todo lo
que a él se refería comenzó a mortificarme porque me hacía sombra. Su personalidad
y su destreza, que tanto antes había admirado, ahora me herían como si fueran
insultos. Me empequeñecían. Y hasta que, por fin, empecé a odiarlo con la
misma fuerza con que lo había querido. Dejé de hablarle y, en todas partes
y por cualquier motivo, no perdía oportunidad de tratar de humillarlo o
de competir con él para buscar la ocasión de vencerlo. Pero Ashloen, aunque
sorprendido al principio, siempre disimulaba y evitaba. Yo comprendía que
para él todo esto era inexplicable y que le dolía, pero nunca me dijo una
palabra y seguimos viviendo en esa situación, que se tornaba violenta por
momentos, pero que él siempre rehuía.
“Por fin hubo de estallar algún día. Porque también los dos amábamos la
misma mujer. Kahata era hermosa y tenía unos ojos tan dulces que, cuando
no la veía, pensaba en ella continuamente. Ashloen la quería con locura,
y yo lo sabía. Aunque podría decir que yo también la amaba tanto como él.
“Hasta que después de habernos encontrado muchas veces cerca de ella, cruzándonos
sin miramos, resolví hablarle, aunque había pasado largo tiempo sin hacerlo.
“–Ashloen –le dije–, las cosas no pueden continuar así. Tú amas a Kahata
y yo también la amo. Entonces lo decidiremos en una cacería. El que mate
más guanacos se quedará con ella… y el otro se irá de aquí para siempre.
“Se mostró algo sorprendido, pero me escuchó atentamente hasta el fin.
“–Está bien –se limitó a contestar después de un rato de silencio.
“Nos separamos. Yo conocía la habilidad de mi hermano para la caza, pero
también tenía fe en mí mismo y sabía que podía hacerla. Era diestro como
él. Éramos hijos del mismo padre.
“Esperamos varios días hasta que el tiempo se compuso. Y una madrugada salimos
para los cerros, por distintos caminos, aunque alcanzábamos, a lo lejos,
a divisarnos. Así marchamos varias horas por las cuestas. Hasta que, por
fin, lo perdí de vista.
“Mucho tiempo después, sobre la cumbre de una loma, pude ver una tropilla,
que se movía empezando a bajar por la falda. Arriba dejaba el punto negro
de un hombre. A la distancia lo reconocí. Era Ashloen, y los animales habían
pasado tan cerca de él que, seguramente, había podido hacer una verdadera
matanza. Me mordí los labios de impaciencia y me lancé al encuentro de los
que llegaban.
“Escondido tras unas altas piedras, pude derribar algunos antes de que escaparan.
Calculé que era un buen número, pero temía que mi hermano me hubiera superado.
Lo puse en lugar seguro e inicié el regreso para llegar antes que anocheciera.
“Cuando iba marchando por la senda me encontré con Ashloen que me estaba
esperando. Desde lejos me miró como pidiéndome informes.
“–He muerto cuatro –le anuncié a la distancia, esperando ansiosamente su
respuesta.
“–Está bien –me contestó–, es tuya.
“Una mueca de satisfacción apareció en mi rostro. Lo miré lanzándole a la
cara todo el odio que por tanto tiempo había contenido. Ya no lo admiraba
más. Lo había vencido. Y lo había vencido doblemente.
“Pero él se volvió para irse, sin decirme siquiera cuántos animales había
muerto, ni tratar de verificar si yo no le había mentido.
“Regresamos por distintos caminos como habíamos venido. Cada cual fue a
su tienda, y yo me preparé para visitar a Kahata, que ahora era mía.
“Tardé un rato en arreglarme y enseguida llegué hasta su ruca, donde la
encontré sentada tejiendo. Me recibió alegre y sonriente. Yo entonces le
dije que se preparara, que iba a ser mi esposa y que pronto celebraríamos
la ceremonia.
“Se mostró sorprendida, interrogándome con la mirada. No comprendía. Por
fin, sospechando algo, me preguntó por Ashloen. Entonces yo le dije que
había partido y que no volvería más.
“Se puso de pie azorada, no queriendo dar crédito a lo que oía.
“–Sí –le confirmé–, así lo hemos resuelto.
“–¿Pero que no va a volver más? ¿Ashloen no va a volver más? –repetía mirándome
con sus grandes ojos dulces inmensamente abiertos.
“–No, no, Kahata; esta misma noche ha partido.
“Y cuando se convenció de que no le mentía, bajó su frente, llevándose las
manos al rostro y se lanzó al interior de la tienda, desde donde escuché
sus incontenibles sollozos.
“Entonces comprendí claramente que era a él a quien amaba. Se me deshizo
el corazón y se me empañaron los ojos. Me quedé un rato en la puerta sin
saber qué actitud tomar. Desde adentro los sollozos de Kahata seguían llegando
cada vez más fuertes. Por fin, aunque me dolía y me mortificaba, decidí
ir a ver a Ashloen y referirle lo acontecido.
“Caminando lentamente llegué hasta su toldo. Llamé, pero al parecer no estaba.
Entré alumbrándome con una tea. Seguramente no se había ido aún. Examiné
sus cosas y fui pasando revista, hallándolas todas. Un detalle, sin embargo,
me llamó la atención y me dejó pensativo. Junto a su arco, sus flechas estaban
allí todas e intactas. ¿Cómo? Si acabábamos de regresar de la cacería. Me
quedé inmovilizado por mis pensamientos. Un rato estuve haciendo conjeturas.
“Entonces una terrible deducción se abrió camino en mi conciencia. ¡No había
disparado ni una flecha! Y yo era testigo de que pudo haberlo hecho.
“¡No había querido vencerme!
“La impresión fue tan fuerte que hube de sostenerme para no caer. La frente
me ardía. Todo allí me declaraba culpable. Las sombras pasaban por mi imaginación
señalándome como un infame. Hasta lo más íntimo de mí mismo sentía la vileza
de mi conducta. Y, de pronto, todo el gran amor y admiración que por él
antes había sentido, volvió a hacerme latir el corazón, desgarrándome el
pecho.
“–¡Ashloen! –grité desde el fondo de mi alma–. ¡Hermano! ¡Hermano mío!
“Y como un loco me lancé a buscarlo en la penumbra, repitiendo su nombre
que nadie recogía.
“Esa noche volví a mi tienda y me tiré a dormir sin poder hacerlo en ningún
momento. El remordimiento y el pesar me roían la conciencia, haciéndome
sollozar como un niño.
“A la mañana siguiente, antes de que aclarara, arreglé mis cosas y salí
en su busca, sin despedirme de nadie. Recorrí la costa; marché por los cerros,
visité las tribus cercanas preguntando por él, sin hallarlo. Después, como
un sonámbulo, seguí para el Oeste y crucé las montañas marchando días, semanas,
meses…
“Cuando volví habían pasado muchos años, tantos como los dedos de cuatro
manos. Todo estaba cambiado. Habían llegado los hombres blancos trayendo
sus ovejas y pocas gentes quedaban de mi tribu. Todas me creían muerto y
mi regreso causó verdadera sorpresa, tanta como la que, según supe, había
provocado nuestra desaparición entonces. Mi padre había muerto y también
Kahata.
“Yo me quedé allí un tiempo. Pero pronto, nuevamente, hube de alejarme,
porque yo ya era un extraño para ellos y además aquel lugar me traía un
sinnúmero de recuerdos penosos. Me lancé al campo que había sido nuestro
y que ahora estaba cortado con alambrados. Muchas tribus habían sido exterminadas.
Los guanacos, perseguidos por todas partes, habían ido a ocultarse en lo
más intrincado de la montaña. Llegué aquí. Tenía hambre. Los hombres blancos
me acogieron. Y me quedé para cuidar sus rebaños”.
La voz del viejo ona se apagó. Había una gran congoja en su espíritu, que
flotaba en el ambiente. Había dejado caer la cabeza cargada de años y de
pesadumbre. Pero pronto volvió a erguirla, recobrando su natural altivez.
Dos gruesas lágrimas resbalaron entonces por su rostro curtido y agrietado,
mientras el resplandor de las llamas, fugazmente, las hacía brillar como
dos luces.
[Publicado en Veintitrés, 23/01/11]
* Liborio
Justo, hijo rebelde del presidente y militar conservador Agustín P.
Justo. Escribió bajo el seudónimo de Quebracho y Lobodón Garra. Publicó
La tierra maldita en 1932, libro de cuentos recientemente reeditado del
cual se ha extraído el presente relato.

Amsterdam
(Una carta de amor)
Por Lalia Avila de Matula
Cuando cruzaba uno de los puentes de Herenstraat, en Amsterdam, me sorprendió
la mirada que guardaba un par de ojos azules, nunca vistos. Esa, tu mirada
profunda, entró en mi cuerpo produciéndome un escalofrío, después creí que
me incendiaba. Era de mañana, el sol brillaba sobre el agua tranquila compitiendo
con la luz de tus ojos. Yo quedé encandilado.
A la tarde siguiente tomamos un café, en un bar frente al río que atraviesa
la ciudad. Más deslumbrado aún quedé cuando te sacaste el abrigo y descubrí
tu hermosa y fina silueta bajo ese vestido ajustado. Pude recuperarme después
de tomar mi café. Respiré hondo y comencé a hablar, para terminar con la
timidez de tu silencio. Muchas veces hicimos interminables caminatas a la
orilla del río soportando vientos fríos, lluvias y nevadas. Pero no nos
interesaba, ¡estábamos tan embelesados! Por lo menos yo. Después de largos
paseos, un día fuimos a comer a un Mc Donald’s esas hamburguesas baratas
para sacarnos el hambre. Al salir a la calle nos sorprendió un torrente
de agua y frío, te empapaste de las orejas a los pies. Yo no sentía nada
más que a vos. Te invité a que vinieras a mi cuarto de pensión, donde viví
durante el tiempo que estuve allí. Accediste, porque temblabas de frío y
estabas a punto de desfallecer.
Cuando entramos nos vio Johnny, el portero, quién al ver las condiciones
en que estabas no se atrevió a decirnos nada, porque no se podía entrar
en la casa con acompañante. Allá en el sur, de donde soy yo, consideramos
que las mujeres de tu país son liberadas, pero a vos no te ocurría lo mismo,
porque a pesar del estado en que estabas te sonrojaste al entrar, cubriéndote
el rostro con la capucha.
Mi pieza era humilde, y cuando entramos prendí la única hornalla de la pequeña
cocina que estaba sobre una mesa que le hacía de apoyo. También el calefactor
eléctrico que funcionaba con una sola vela. Te di todas las toallas que
tenía, y te presté un saco de lana que me tejió mi abuela antes de morir.
Yo tenía una terrible pena por no poder brindarte algo mejor. Nos sentamos
al borde de la cama, te abracé y comencé a acariciarte. Tu boca se me ofreció
vibrante. Después no sentimos más frío. Atropellados y torpes por la pasión
y la emoción del primer encuentro entre nuestros cuerpos, quedó de lado
todo lo que fuese ajeno. Una nube nos envolvió, no sé si era realidad o
que me sentí en el cielo. En el camino de regreso a tu casa ya habías recuperado
tu semblante habitual.
Al tiempo recibí una llamada de urgencia desde Buenos Aires. Era de don
Juan, un vecino de mamá; para anunciarme la necesitad de mi presencia allá,
porque la salud de mi madre estaba empeorando día a día, y había que tomar
decisiones. Perdí todo; entre otras cosas el tan codiciado empleo que esperé
durante años, después de recibirme. Combinamos que vendrías a vivir conmigo
a Buenos Aires dentro de los tres meses, y yo volaba en sueños.
Regresé a mi país, te extraño mucho, y a pesar de que ha pasado tanto tiempo,
más de dos años, no te puedo reemplazar por nadie. Te busco como esa mañana
en el puente, y tu mirada ya no está. ¡No he recibido una sola carta tuya!
Mi ansia quedó sin respuesta, pero no puedo olvidar tus ojos, empañados
en aquella despedida. Y quisiera tenerlos otra vez conmigo, como cuando
te conocí.
Lalia Avila de Matula, 2011
laliama2@yahoo.com.ar

La sintaxis de los niños ricos
Por Javier Chiabrando
Estoy harto de que me manoseen la sintaxis. Que si el Señor la puso ahí,
en la punta de la lengua, donde se aposenta la ostia antes del lavado de
capitales pecados, por algo será. No olvidamos que esa magullada sintaxis
ha dejado de ser castellana o española para ser ¡argentina, carajo!, igual
que nuestros ilustres representantes nacionales: el dulce de leche, la birome,
los piquetes y el gordito ése que jugaba bastante bien al fútbol cuyo nombre
nunca recuerdo. Quién no distinguiría a un espécimen argento en un bar de
Finlandia, si el tipo, en un ataque de nostalgia de macho holando argentino,
le dice al mozo de turno: "Dame la ginebra del estribo, che, para irme al
catre con algo entre pecho y espalda que no sea el recuerdo de esa turra".
Yendo al diccionario encontraríamos que la sintaxis tiene que ver con la
forma en que uno organiza las frases para hablar, sea en una pelea entre
marido y mujer, en un regateo con el verdulero, o al mandar al nene a dormir.
La sintaxis es lo que le permite a un veterano levantarse a una piba joven
y pipona, sea apelando a poemas de amor, a relatos de épicas antiguas o
a descuidadas menciones al color de su Ferrari. La sintaxis es el territorio
de la oración, administrador de la lengua, arquitecto del idioma. Estoy
tentado y lo digo: la sintaxis lo es todo, vea usted. Si uno habla como
un mono, es muy probable que esté cerca de serlo; y si no lo es, seguro
que lo parece, así como que el que dice "el occiso es un femenino", es un
policía, clavado.
Es tan importante la sintaxis, tan determinante, tan desnudante de la personalidad,
educa
ción y estado emocional del
que la esgrime, que el escritor norteamericano y teórico de la escritura
John Gardner sugiere que a un novelista le conviene estar casado para que
alguien llene la olla en tiempo de vacas flacas, pero que eso no le tiene
que dar culpa, porque "se le va a notar en la sintaxis" de su escritura.
A mí me parece que, como tantas otras cosas, antes era más fácil. Hace un
par de décadas, nomás, uno sabía que los pobres eran más burros que los
ricos y que hablaban peor. Y entre los ricos y los pobres, estaba la clase
media que, con sus pretensiones de "mi hijo el doctor", intentaba no parecerse
a los pobres y burros (que solían ser negros, además) sin que la confundieran
con los ricos y no burros, aunque esta posibilidad era imposible porque
a ese olimpo no se llega hablando bien sino teniendo plata.
Ahora es más confuso. Ahí anda Macri, rey de la primavera de Barrio Norte,
ingeniero al que le salen torcidos los túneles para desagotar la lluvia,
ejemplar vivo, puro por cruza de rico con rica, de lo que antes se reconocía
fácil como rico y no burro, pero que usa la sintaxis como la mona y el mono
juntos, tanto que podría decirse que no es sintaxis sino cualquier porquería.
Pero sí, es sintaxis, pero sintaxis de pobre y burro en boca de un rico.
Tal vea sea todo culpa de la globalización, que nos enseñó que si una mariposa
aletea en India, tiemblan los mercados en Curuzú Cuatiá, definición muy
creativa pero que de ninguna manera aclara por qué Macri habla como habla.
Va una de mis teorías predilectas. Si usted tiene la idea que puede cambiar
el mundo y la transmite mal porque su sintaxis es pobre, entonces haga de
cuenta que esa idea nunca existió. Imagínese en una mesa con los líderes
mundiales, usted tiene la palabra y lo que tiene para decir es de la ostia;
pero, cuando abre la boca lo dice como Macri dice lo que dice, que no se
sabe bien qué es ni para qué sirve. Por ahí Macri tiene grandes ideas, pero
como las transmite con una sintaxis más de Twitter que de la Real Academia
Española, nunca sabremos lo que realmente piensa y qué acuna en su generoso
corazón. Yo tengo otra teoría (como para casi todas las cosas; es un vicio):
los problemas de sintaxis se solucionan leyendo un par de libros al año.
Más fácil imposible. Y no es necesario leer a Borges; con Harry Potter bastaría.
Hay algo de Macri que me divierte especialmente. Es cuando usa el plural
al divino botón. "Tengo las experiencias" (por la experiencia), "los saberes"
(por el saber), y cosas así. ¿Lo hace para duplicar la idea, que de por
sí es flacona? ¿Lo hace porque cree que decir "abandonar las crispaciones"
vendría a ser más atractivo que abandonar la crispación? ¿Tiene un frenillo
díscolo? Y luego están las frases de "lugar común", las que Macri (y otros,
para ser honestos) dicen como para demostrar que están en posesión de una
verdad, las del estilo "poner fin a las antinomias", "una Argentina para
todos".
Eso lo aclara bien John Gardner: "Todos adoptamos máscaras lingüísticas
(hábitos verbales) con las que enfrentamos al mundo (...) y una de las máscaras
más eficaces que se conocen, al menos para enfrentarse a situaciones problemáticas,
es la máscara del optimismo ingenuo (...) El uso de determinado tipo de
lenguaje influye de tal modo en los procesos psicológicos que a quien lo
emplea le resulta difícil comprender que dicho lenguaje distorsiona la realidad
y le parece que los otros - en este caso quienes ven las cosas con mayor
cautela o ironía- están ciegos". Tomá mate. O sea, digo yo traduciendo
al argentino: es el caso del que se quiere hacer el que la tiene clara pero
minga, en lugar de hacérsela creer a los otros se la creyó él. Esto no es
especialmente nocivo si uno usa ese "optimismo ingenuo" para levantarse
una mina; ¿pero basta para construir un discurso que apunte a la toma de
poder?
Me pregunto a cuánta gente, a la hora de elegir a sus líderes, le preocupa
cómo habla. Me lo pregunto porque yo soy de los que creen que el que habla
mal piensa mal o tiene las ideas mezcladas. Quizá es una exageración, pero
también lo es hablar en plural cuando se debería hacer en singular o decir
problemática en lugar de problema (ese ejemplo usaba Bioy Casares; yo lo
repito). ¿Se imagina a Sarlo, Abraham, Lanata o Sebreli, por ejemplo, gente
que usa una sintaxis de exposición, votando por Macri, un tipo que para
juntar un sujeto, un verbo y un predicado tiene más problemas que Falcione
para juntar un wing, un nueve y un volante que la metan? ¿Puede un intelectual
votar a alguien a quien no respeta intelectualmente? ¡Ahá!
En esta época plagada de novedades políticas, cuando asistimos por primera
vez a un conflicto de poderes de los poderes, los reales y los que lo parecen,
los económicos y los políticos (lo que nos permite a nosotros entender qué
categoría de títeres somos y ante qué deberíamos revelarnos en caso de que
nos dé el cuero), hay una novedad más: por primera vez un gobierno se encuentra
ante la situación de que para neutralizar a sus adversarios, en lugar de
quitarles espacio mediático, debería creárselos; es decir aprovechar la
ley de medios para fundar TV Carrió y Radio Macri, una radio donde el niño
rico de la sintaxis pobre hable 24 horas al día, porque más habla, más deja
al desnudo su pelea con la lengua y por lo tanto su pelea con las ideas.
Porque uno es esclavo de sus propias palabras, o sea: uno es esclavo de
su propia sintaxis; ¿quedó claro, fierita?
javierchiabrando@hotmail.com
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28611-2011-05-10.html

Fugitivos
Un texto de Juan Ramón Ortiz Galeano *
La mujer se envuelve con sus brazos y cuenta en voz baja: "Uno, dos, tres,
cuatro; la lluvia es la agasajadora del fugitivo, pero el barro es su perdición".
El hombre llega mojado a casa, trae un recipiente de vidrio rojizo en la
mano izquierda, en el interior del mismo: un collar de madera.
El frasco es destapado y obsequiado es su contenido.
Pero lo más evidente en la actitud de un esclavo que ha cometido una grave
falta, es el temor a flor de piel, la incalculable atención y la entrega
físico espiritual absoluta, evidenciada en su mirada vibrante, desesperada,
(¿fugitiva?); porte que exacerba el ya intrínseco enojo del amo, no que
lo envalentona, como sucedería con un perro, sino que le otorga el justificativo
que precisa para desatar toda su fiereza y crueldad contenida.
El collar está colgando del cuerpo desnudo de la muchacha, entre sus senos,
seduciendo; entre sus pezones, endureciendo. Ella acomoda sus armas sobre
la cama -que es ahora la guillotina-, y él la ama aferrado al amuleto, a
su manera de pedir perdón. Pero es tarde: el metal es preciso y su espalda
es perforada.
La mujer se levanta entre la sangre y camina, a paso lento, en dirección
a un enorme espejo situado en la misma habitación (camina erguida pero visiblemente
triste), se detiene frente al "reflejador" e intenta mantener el cuchillo
dentro de la danza que -inconcientemente- ejecuta con sus dedos, danza que
ejecuta para expulsar al miedo de su cuerpo, de su mente, para demostrar
no temerle, pues: ¿quién bailaría aterrorizado? Pero pronto descubre que
no puede engañarse a sí misma, y una lágrima surca su rígido pómulo derecho:
¿el arrepentimiento?, ¿la culpa?, ¿la angustia?, ¿el terror?; entonces,
el puñal, que no se adapta a los quebradizos movimientos de los alocados
bailarines, cae al piso, ensangrentado y rendido; dos sutiles sonidos son
provocados por el impacto, ella baja su mirada para ver de qué se trata,
y nota sobre el alfombrado, impresas en la sangre, huellas de pies desnudos
que marcan el trayecto realizado entre la cama y el espejo; sorprendida
alza su mirada y, escrutándola contra el espejo, descubre que se encuentra
hermosa en el exacto momento en que el amanecer ilumina el cuarto.
[“Fugitivos”, relato ganador del “Premio Igriega” -Sevilla, España’- y publicado
en la antología “Los Vicios Solitarios” - Junta de Andalucía, Consejería
de la Presidencia, Depósito Legal: SE-4396-03, Sevilla, 2003-. Pertenece
al libro inédito “El Enfermero Enamorado y la Gata de Azúcar”]
* Juan Ramón Ortiz Galeano, escritor argentino nacido en Buenos Aires (1975).
Tiene estudios de Derecho. Premio “Igriega” de Relato Breve 2002 (Sevilla-España);
Premio “El Arte de Escribir” de Poesía 2009, Finalista (Barcelona-España);
Premio “Literarte” de Poesía 2010, Finalista (Buenos Aires-Argentina); Premio
“Latin Heritage Foundation” de Poesía 2011 (Washington-Estados Unidos);
Premio del Público “Poemas sin Rostro” 2011, Finalista (Murcia-España);
Premio “Flor de Poesía” 2011, Finalista/en curso (Buenos Aires-Argentina).
Blog: www.juanramonortizgaleano.blogspot.com