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Cuadernos de Literatura

    

El tren que no se olvida

Por Carlos Humberto Alvez

A las seis de la mañana debía abordar el ómnibus que me dejaría en el Yaguareté Corá de mis desvelos. Frente a la Terminal de Ómnibus el reloj del bar daba las cinco en punto. Estaba amaneciendo. A lo lejos, el corso de la Avenida 3 de Abril murmuraba su asombro de plumas y lentejuelas. Crucé la calle, atravesé el corredor de la terminal hacia donde la estación del ferrocarril Urquiza y me senté al borde del andén -en el mismo lugar de otras veces- a contemplar con nostalgia las vías herrumbradas de la playa ferroviaria y el opaco moribundo del acero ahogarse irremediablemente entre los pastos.

(Una estación desierta es un campanario sin palomas, un amor no correspondido, un amigo que no está).

Busqué un sobre entre mis carpetas y extendí sobre el regazo una media docena de fotos, entre ellas la estación de Monte Caseros, la de Curuzú Cuatiá y la de Nuestra Señora de las Mercedes del Paiubre, galpón de máquinas incluido, donde una tarde, hace unos días, buscando recuerdos encontré fantasmas engrasando ejes y aceitando bielas y paralelas de una locomotora negra como el petróleo.

(Una estación deshabitada es un volcán de silencios en plena actividad. Un huerto infinito donde en almácigos germina, crece y se reproduce la soledad).

Así están las cosas. Los correntinos tenemos diagramado en el corazón un tren de pasajeros con vía libre a la nostalgia. Exactamente el mismo tren que por Corrientes hace un dolor de tiempo que no pasa.

(Una estación a la cual ya no llegan trenes es como un cuento sin final. Un fantasma en traje de gala celebrando la intemperie).

Así son las cosas. Así están. Así somos para todo aquello que amamos y por el sólo hecho de amar necesitamos.

(¿Cuántos trenes tendrá la memoria, cuántos vagones los recuerdos?).

Alcé la vista, miré lejos y respiré hondo, muy hondo, como queriendo atrapar el último halo de lo que fue una melancólica madrugada y me despedí del solitario andén. Un lejano e imaginario silbato y un monótono traqueteo me recordaron la fragancia a leño en brasa del humo de las calderas y el dulce aroma a petróleo derramado sobre el orden inalterable de los durmientes de quebracho.

(Una estación desierta es un acto de abismo).

Marzo 2012


La enfermedad

Un texto de Gustavo Nielsen *

1

Saravia supo que ella estaba llorando por el sonido de sus tacos sobre el piso del subte. El taconeo también podía deberse a una espera nerviosa, aunque Saravia oyó la lágrima salir del ojo, deslizarse por un pómulo suave y detenerse en una zona muda, antes de caer al piso. La lágrima rodando por la mejilla hacía el ruido de una bolita de vidrio deslizándose sobre una fina lija.

“Oír adentro del subte da calor”, pensó Saravia, mientras volteaba hacia ambos lados la cabeza, disimuladamente, para mirar. A la lágrima se sumaba la bocina perdida de un tren que cruzó; aplastada, taladrada, gastada, cortada en pedacitos y absorbida por el piso. La vibración le trepó desde los pies, le abrazó las piernas y los pantalones de vestir, subió como un enrejado de arañas por su cuerpo hasta la mano que se aferraba a la anilla de cuero.

En el vagón había varios adolescentes, un hombre con aspecto de chofer de lancha colectiva, un harapiento con la frente oxidada por el sol y una señora grande y gorda. Saravia era el único que viajaba parado. La señora llevaba puestos anteojos negros y tronaba los dedos de su mano derecha como si mantuviera el ritmo de alguna canción. Saravia fijó la vista en su cara hinchada y llena de pecas grises. La lágrima podía haber tocado el marco de los anteojos y haberse corrido hasta casi llegar a la mitad; para después quedarse un instante quieta y al final clinc, contra el piso de chapa. Aunque la señora estaba contenta, miraba pasar las estaciones desde su ventanilla, traía un paraguas rojo, olía de un perfumero que constantemente iba de la cartera abierta a su nariz y llevaba un flamante peinado de peluquería. Con olor a spray, con olor a bautismo. Tenía los ojos vidriosos pero secos, detrás de los anteojos. Esto lo advirtió Saravia al acercarse; trató de cubrir con el periódico su mirada demasiado atenta, pero ella le sonrió. Dos cables negros salían del peinado hacia el interior de su cartera. Saravia inclinó un poco la cabeza, en una especie de saludo cortés. Esa mañana iba vestido con su saco nuevo y su corbata roja a lunares blancos, lo que le hizo suponer que a la mujer le habría gustado su elegancia. Ella tendría, como él, unos cuarenta y tantos años. En las manos, al igual que Saravia, no llevaba anillo de casada.

Clinc, volvió a sonar la gota, más fuerte que los plic plic de los dedos de la señora. Ella no era la que lloraba, y no cabían dudas de que el sonido, amplificado al máximo, era el de una lágrima estrellada. La señora se acomodaba los pequeños auriculares más adentro de sus orejas perdidas en el pelo, cuando Saravia oyó un sollozo y una frase: “No está bien que siga con él; no quiere hijos míos, y a mí los chicos me encantan”. El vagón se movía hacia ambos lados como si estuviera a punto de desarmarse. “No sé cómo le pueden no gustar. Dice que son seres malignos, dañinos...” Las maderas golpeaban unas contra otras al paso de la curva. El silbido de un freno se sumó al sonido general, y Saravia distinguió una segunda voz de mujer. Era una voz más joven.

—Yo también odio a los niños —dijo.

La voz del llanto se sonó la nariz en un soplido corto que Saravia oyó con precisión, como si hubiera sucedido al lado de sus orejas.

—Mis relaciones amorosas empiezan y terminan con las relaciones laborales de los tipos con los que trabajo —decía ahora la joven—. Todos estamos entrando o saliendo de un amor, siempre, en todo momento. Por eso, nada de familia. Yo creo que los únicos niños buenos son los que están internados y enfermos, muriéndose en el hospital. A ésos no les queda otra cosa que ser buenos.

—Son chiquitos... —la otra mujer se sorbió las lágrimas.

—Son demonios. Últimamente están peor que nunca. Deberías presentarme a tu ex. ¿De qué trabaja?

Saravia miró por la ventana que separaba su vagón del que venía después. Las mujeres estaban al final, apoyadas contra la pared. Una era morocha y alta, y llevaba anteojos negros. La otra era petisa, muy redondeada, con grandes pechos asomando por un escote en V y zuecos altísimos. La petisa se movía como una directora de orquesta; hizo un gesto terminante, un golpe sobre la palma izquierda y Saravia escuchó “que los parta un rayo”. La bocina de llegada al andén absorbió el comentario final. En su vagón se bajaban el harapiento de la frente oxidada y los adolescentes.

Saravia avanzó con dificultad hasta las puertas abiertas. Bajó y corrió hasta el otro vagón. “No puede ser que haya oído esa conversación, el sonido de una lágrima.” Subió antes de que las puertas se cerraran con un soplido de sifones. Caminó despacio por el pasillo. El subte, sin arrancar, hizo un temblor liviano. La morocha se acomodó los anteojos, que le quedaron enganchados en el pelo. Saravia vio los ojos rojos, frotados. La petisa abría y cerraba la boca, pero él no pudo distinguir sus palabras, a pesar de que ahora estaba más cerca. Las dos llevaban el pelo húmedo. Las puertas del subte se volvieron a abrir. La petisa agarró la mano de su amiga y dijo “mejor bajamos”, en un silencio que la máquina le permitió, y encaró con sus tetas y sus zuecos hacia el andén. Si Saravia hubiera alargado su brazo con el periódico extendido, habría podido detenerlas, pero se quedó congelado en el lugar: era la misma voz que había oído desde el otro vagón. Se rascó la cabeza, pasándose la mano hacia atrás por la frente amplia, golpeó el pilotín mojado de una estrábica con su hombro derecho y se lanzó detrás de las mujeres hacia las puertas que se cerraban, que lo dejaban adentro mirándolas pasar los molinetes, perderse por las escaleras mecánicas. Una manija de la puerta estaba más alta que la otra. El vidrio decía: “Apertura manual”. Por detrás del cartel apareció, otra vez, el telón negro del túnel.

El vagón ahora estaba más lleno. Incluso más que el anterior, al que no había subido casi nadie, apenas una pareja, y en el que la señora gorda seguía sentada, mirando hacia el costado. “Pensar en el subte es pegajoso”, supuso Saravia. “Hace transpirar.” La gorda se llevó una mano al peinado, buscándose la oreja derecha. Saravia la estaba mirando a través de la ventana que separaba los vagones. Ella despegó de adentro de su oreja el pequeño parlante sudado. Saravia alcanzó a oír la canción emitida desde la intimidad de ese walkman lejano; un viejo himno de los sesenta. Conocía esa estrofas de memoria; y ahora las distinguía nítidamente, a pesar de la distancia.

Cuando el tren se detuvo en la terminal, Saravia se bajó con toda la gente. Desde el agujero del túnel, la noche llegaba en el sonido de la lluvia tapando frenadas sobre el agua, pasos de gente subiendo escaleras, suelas de transeúntes a punto de cruzar las avenidas, arriba. Una gota, proveniente del techo, alcanzó la cara de Saravia cuando giró la cabeza y no el molinete para ver cómo se cerraban las puertas del tren; cuando volvió a mirar hacia la gorda que se sacaba definitivamente los auriculares para abrir su paraguas, casi a diez metros de distancia de él estaba. Entonces oyó otra vez la musiquita corta que ahora hablaba sobre las cosas del querer, hasta que ella puso el stop; oyó decirse a dos viejas que también estaban alcanzando la calle: “ella lo ama, por eso nunca se va a casar”; oyó una tos masculina que era el anticipo de una gripe; oyó cómo dos yuppies de celulares se quejaban del maldito tiempo. Después ellos salieron y se alejaron, y Saravia ya no pudo oírlos. Quedaron todas las gotas repiqueteando sobre las veredas, y las caras de los que esperaban viajar en el próximo tren.

Saravia, frente a los molinetes de salida, sintió esa lluvia como una infinita sucesión de pedidos de silencio. Como si los nuevos pasajeros se estuvieran diciendo unos a otros “shhh, shhh, shhh”. Desde la boca abierta de la escalera llegaba la orden de callarse más potente, más húmeda y fría. Hacia allí se dirigió, sabiendo que se iba a mojar.

2

Lo primero que hizo Saravia al entrar en su departamento fue sacarse la ropa mojada. Todo estaba en su sitio: las pilas de casets, su cama, su teléfono, el palo apoyado entre dos caballetes que oficiaba de perchero y del que colgaban varias camisas, la mesa, el grabador, los libros apilados en el suelo y sus álbumes de estampillas. Había sido un buen filatelista, antes de separarse de Silvia. Después había ingresado en la angustia constante, y las estampillas requerían mucha concentración. Enrolló la corbata. La dejó apoyada sobre la mesa. Un laberinto circular de tela; así debía ser el interior de su oído: “un laberinto lábil”, pensó Saravia. La parte más gruesa de la corbata, que era la que estaba más mojada, se derrumbó como la pared de un castillo de arena.

Venía oyendo el zumbido desde el día de la separación; siempre en la oreja izquierda. Saravia creía que era un castigo por haber aceptado que la ruptura, después de varios años de noviazgo, se redujera a una conversación telefónica. Silvia lo había llamado para decirle “no vuelva más”, con una voz rara, y él intuyó que pasaba otra cosa. Ella dijo “chau”, y Saravia, en aquel momento, no se había dado cuenta de que era para siempre. Ella querría estar sola, o probar con otros hombres, tal vez con mujeres, por qué no con animales. Saravia no había recibido ninguna explicación, así que todo podía ser. Ella ni siquiera lo había decidido de una semana para la otra, o de un día para el otro, sino de un rato para el otro. A eso de las nueve tenían que ir a cenar al restorán de siempre; a las nueve menos cuarto hizo aquel llamado fatídico. “Hola, Saravia, despiertesé.” “¿Qué le pasa a mi princesa?” “Que no quiero estar más con usted, que quiero que me deje sola.” “¿Por qué?”, preguntó él.

—Porque sí —dijo ella.

Al cortar, el zumbido brotó de la nada como una pequeña molestia pasajera, y fue creciendo a medida que el mismo Saravia se iba transformando en pura oreja, en pura molestia de oreja. Se le clavaba como una aguja hasta el puente de la nariz. Después la aguja comenzaba a girar sin parar, deshaciéndole la masa encefálica. La molestia ya llevaba más de seis meses; la angustia de estar solo llevaba el mismo tiempo. A lo que ahora se agregaba la novedad de haber oído las voces de las mujeres, de haberlas distinguido a distancia, en el subte.

¿Qué había hecho Saravia en todo ese tiempo? Esperar tumbado sobre su cama. Todo su ser inmóvil en una cama permanentemente deshecha, alentando la esperanza de que ella llamara. El oído abierto contra el auricular como único resabio de movimiento, más un fluir tristísimo de labios, más el índice derecho apretando la tecla de redial y cortando a la nada. Saravia conservó pálidamente su apariencia de humano durante esos meses interminables, en los que se fue convirtiendo, paulatinamente, en oreja. Una oreja de setenta y cinco kilos y un metro setenta y seis de altura. El tímpano izquierdo, el que estaba más cerca del teléfono, era su centinela. Todos sus nervios, sus ganas, sus miedos, su ansiedad, sus humores, su sudor agrio; toda su espera estaba conectada con aquel único órgano despierto y atento. Estaba conectada su boca para abrirse, su lengua para empezar a hablar; estaba preparado su brazo para levantar el auricular; sus ojos, prestos a cerrarse y su alma, dispuesta a dejarse disolver en el timbre esperado de Silvia, en sus palabras que nunca llegaban. La necesidad de Saravia se concentraba en esos apenas cincuenta centímetros de distancia que lo separaban del artefacto negro. Tenía que estar así, de guardia completa, dada la importancia del asunto. Desnudo, tirado, con la estufa prendida, tomando gaseosa tibia y comiendo los sánguches de pan francés que le traía Celeste, la encargada. Saravia había pensado que dejaría pasar un timbrazo, dos; después diría “hola, hola” antes de levantar el tubo, para aclarar la garganta, y tal vez, quizá, se erguiría en la cama para que su voz no tuviese temblores de colchón. Ése era el plan que había urdido, estirado entre sus sábanas repletas de migas e hilos de fiambre barato. Aunque no era todo el plan.

Saravia también usaba el teléfono para escuchar la voz de ella en el contestador y concentrarse en los cambios de mensaje y de la música de fondo. Él conocía esas melodías: Miles Davis por Marsalis, ése había sido el primer cambio, para después volver a un clásico, con Debussy. Ella odiaba a Debussy, porque le parecía aburrido, pero a los dos meses y seis días y medio de la separación había puesto un pasaje de El Mar en su contestador. ¿Qué quería decir esto? ¿Alguien la estaría convenciendo de que aquel concierto era bueno, o por lo contrario ella estaría pasándola tan bien que hasta El Mar había dejado de ser la más pura esencia del aburrimiento?

Se acercó al grabador y lo encendió. Adentro de la casetera estaba su caset de música acrobática, con Rachmaninov recreando a Paganini. En mitad del concierto había un pasaje que lo emocionaba porque le hacía acordar a Silvia. Cuando lo escuchaba no podía evitar que su ánimo se desmoronara como la corbata mojada.

En el botiquín del baño buscó la perita de goma y el frasco con agua oxigenada y se dedicó, en los minutos previos a la emoción, a irrigarse las orejas. Había leído en alguna revista científica que no convenía que el cerumen se acumulara en cantidad excesiva, que podía obturar totalmente el conducto, dificultando la audición. No se acordaba bien dónde lo había leído, pero sin duda había sido en una revista, o tal vez en una enciclopedia, porque podía recordar una ilustración en la que un niño bien peinado se metía la punta de una pera de hacer enemas en el pabellón izquierdo, mientras que con la otra mano sostenía un vaso de agua a medio llenar. Debajo de la ilustración podía leerse: “La irrigación es norma de higiene”.

Saravia siempre había pensado que la separación había ocurrido por culpa de otro hombre, aunque ella jurara y perjurara que no se trataba de eso, sino de ganas de estar sola –de nuevo. Él sabía que podía perdonar un engaño, pero no una mentira sostenida. Las parejas no se separan por las infidelidades, sino por las mentiras. A esta conclusión había llegado una tarde en que se sentía tan deprimido que no había tenido fuerzas ni para ir al baño, por lo que la cama estaba mojada y olía a meo. Lo que se oculta durante días y meses es lo que destruye a todas las familias, y para Saravia —si bien habían sido solamente novios— la de ellos era una familia en potencia, que Silvia había destruido sin más. Ahora sólo le importaba saber la verdad, pero ella se negaba a contestarle.

Aunque una vez, era cierto, Silvia lo había buscado. Fue a los tres meses y un día de haberse separado. Saravia no contestó, le temblaba el pulso y casi no tenía fuerzas para levantarse. Ella dejó un mensaje diciendo que pasaría a las diez de la noche. Así, sin consultarle. A él le pareció una falta de respeto, pero se levantó de la cama y cambió las sábanas. Estaba flaco. Fue hasta la cocina a prepararse un plato de fideos y se los comió sin salsa, ni nada. El estómago le dolía, al igual que todos los huesos. Eran las once de la mañana. Se sentía mal pero estaba contento. Le pidió una escoba a Celeste, cuando ella vino a traerle el sánguche de mortadela y la Coca de medio litro. Se tomó la botella de un tirón. Estaba tibia; no entendía por qué Celeste no le compraba Coca fría. Sacó dos bolsas de residuos al pasillo. Preparó la ropa que iba a ponerse mucho antes de que fuera la hora. Él mismo estaba listo una hora antes, con su corbata roja a lunares planchada y los zapatos recién lustrados. Estaba radiante y lejos del teléfono, hasta que lo oyó sonar. En el espejo del botiquín practicaba peinados: raya al medio, raya al costado, hacia atrás. Cuarto timbrazo, clic, mensajes después de la señal, clic—chiiiiiií—clic. Tuvo que abrir la puerta y sacar la cabeza del baño para oír. “No me parece una buena idea, lo lamento”, dijo la voz de ella, antes de cortar. Antes de que la mano de Saravia saliera corriendo como un perro para levantar una señal de corte prolongada y monótona, inexpresiva, sin Silvia, sin la voz de Silvia. Después vino el desvestirse, colgar el traje y mirarlo como a un paracaídas desde el que se hubiera escurrido hasta el colchón, con la camisa, los calzones y las medias puestas.

Y otra vez la oreja Saravia; Saravia vuelto oreja por los próximos meses. Moviendo apenas una pierna para recuperar la sábana; pestañeando; la boca un círculo con el dibujo permanente de un bostezo; las manos apretadas en los brazos extendidos. Todo él debajo de su cubrecama verde. Un mes, dos meses, tres, más dos semanas y media. Hasta el día en que se dijo “basta Saravia”, y despegó el pelo del colchón con olor a café quemado para darse cuenta de que la cabeza le dolía como si hubiera bebido un whisky continuo. Quiso ser terminante: basta de los sánguches de Celeste, basta de asearse a fuerza de trapos mojados, basta de olor a orines y migas clavándose en la espalda. Otra vez logró bañarse, vestirse. Salió de su departamento. Llegó al bar de siempre, al de antes, pidió una botella de vino y un plato de ravioles con tuco. El mozo lo reconoció a la primera ojeada. “Tanto tiempo, don, ¿y su señora?”

—Murió —dijo Saravia.

El mozo le puso la mano sobre el hombro y él sintió el apretón de sus dedos regordetes. Se arrepintió de haber dicho semejante disparate. Pensó que ella podía entrar en cualquier momento al restorán, cualquier día, inclusive esa misma noche ¿Y si había muerto de verdad? Él nunca hubiera dicho semejante cosa sin suponer algo, sin tener, al menos, un presentimiento. La cara del mozo era de verdadero desasosiego. A Saravia le dieron ganas de salir de allí de inmediato, de volver a la guardia de su departamento y de su cama y, sobre todo, al teléfono. A ver si justo ella había llamado y dejado un mensaje. O peor aún, si no se había animado a dejar un mensaje y había cortado. Silvia era tan tímida, tan pescadita, pobre. Y él sin estar del otro lado para atenderla, para preguntarle si era feliz y escucharla dudar, llorar, quejarse de todo por extrañarlo tanto, o al menos por extrañarlo un poco. Y él, Saravia, confesarle que también, algo, la extrañaba. Donde hubo fuego. El mozo apoyó la botella sobre el mantel después de servirle una copa hasta el borde y volvió a tocarle el hombro con pena, sin atreverse a darle sus condolencias. Saravia se quedó nuevamente sin saber qué hacer, tuvo un ligero temblor de piel, casi un escalofrío, y pensó por primera vez que no iba a poder regresar nunca a ese restorán de siempre, de antes, por la mentira que había dicho. Apuró los ravioles y se le formó una pasta en la garganta que costaba bajar aun con vaso tras vaso de vino, porque tenía un nudo así de doloroso. Se metió un poco de miga de pan en la boca. Lo más triste de todo eran los ojos del mozo, que lo evitaban, al punto que para conseguir la cuenta tuvo que pararse e ir a buscarla. Se secó la boca con urgencia; dejó el doble de la propina que hubiera dejado antes, siempre, y salió corriendo del restorán.

En el ascensor se encontró con la mujer del octavo C, que vivía tres pisos arriba del suyo, y subía con su hija de nueve años vestida para ir al colegio. Saravia pensó que no eran horas de asistir a clase, pero no dijo nada, ni siquiera las saludó cuando se bajó en el quinto. Estaba apurado por ver la luz titilante de su contestador, por tocar la tecla de los mensajes y oír gimotear a Silvia. Abrió la puerta y se zambulló en su cama aún tibia. En el contestador no titilaba luz alguna. Se sentó. Pensó en llamarla para preguntarle si estaba contenta con lo que había conseguido, para exigirle una explicación, para preguntarle adónde había ido el amor que se tenían. Miró la hora: eran más de las once de la noche. La imaginó escuchando sus preguntas acostada al lado de un hombre desnudo y con una feroz erección. ¿Y si ella estaba sola, como él, mirando todo el bendito día el aparato, sedienta por oírlo sonar? Lo peor hubiera sido que ella intuyera que era él, que estaba desesperado, y entonces decidiera no atenderlo por no saber qué decir, o cómo calmarlo, o simplemente cómo no alterarlo más.

Repentinamente decidió que el teléfono era historia antigua, y le importaría poco, de ahí en más. “Muy poco”, recalcó. Le tenía bronca al teléfono y, si lo oía sonar, no iba a levantar el auricular por nada del mundo. Sí, señor. Que ella supiera que él no estaba, que no la esperaba. Inclusive, pensó, podría llamarla para dejarle un mensaje perentorio. Le daría cinco días, ni uno más, para volver a comunicarse, o que se olvidara para siempre. Sin presiones de ningún tipo era muy difícil cortar la relación, y el problema era que él se había quedado sin Silvia y sin la verdad de lo que había pasado. Por eso ella seguía jugando con blancas y él era el deprimido. Levantó el tubo con decisión. Marcó redial y enseguida respondió aquel contestador. Ella había cambiado otra vez la música. Ahora había un rocanrol. Silvia odiaba el rocanrol, como él. Lo odiaban en pareja. Ella ni siquiera lo consideraba música, y ahora había seleccionado un rocanrol como música de fondo en su contestador. Contó la cantidad de mensajes con los dedos: doce. Sonó el pip final y Saravia se encontró en la disyuntiva de tener que decir algo y no saber qué, lo que le provocó un suspiro que lo hizo cortar, inmediatamente asustado. ¿El suspiro habría quedado grabado en la cinta? ¿Ella sería capaz de reconocerlo, a seis meses y medio de la separación? Un calor rotundo envolvió la cara de Saravia.

¿Qué número de tres cifras podía haber usado Silvia para bloquear el contestador de su fax? Saravia examinó varios códigos posibles. El triple 6 podía ser, también el 123 o el 789, fáciles de recordar, o el 555 de Polyana. No, no era el estilo de ella. Silvia cumplía años el 5 de enero. Marcó su número otra vez y, durante la duración del mensaje, probó el 105. Cortó. Llamó de nuevo y probó con el 501. La máquina dio un vuelco y rebobinó los mensajes, dispuesta a leérselos uno a uno. A Saravia se le erizó la piel. Anotó 501 en un papel. Puso el despertador a las dos de la mañana. Antes de que sonara, ya estaba intentándolo de nuevo. Oyó trece pips que eran trece mensajes (los doce anteriores más el suspiro). Ella no había llegado aún. Tal vez no volviera en toda la noche. Podía hacer las cosas tranquilamente. Cortó y marcó, otra vez, el número de Silvia, más el código de las tres cifras. Buscó en la mesa de luz su grabador de mano y lo pegó contra el auricular superior, de tal modo que podía oír y grabar al mismo tiempo. Escuchó las voces sucediéndose sin demora.

Los tres primeros mensajes eran de sus amigas; el cuarto, del consorcio; el quinto, de su madre y el sexto, de un hombre. El mensaje decía: “Soy yo. El hombre que transita tu equinoccio en una tarde perfecta de otoño para hacer el amor. Te extraño”.

Se quedó helado; no pudo oír más, aunque los mensajes continuaron pasando. ¿Quién era ese desconocido que ni siquiera firmaba lo que decía, que irrumpía en el contestador de la princesa con una presentación egocéntrica, que se las daba de poeta y la tuteaba como si la conociera desde la escuela primaria? Reaccionó cuando escuchó su propio suspiro, difícil de identificar y un poco sonso. Sacó el caset de su minigrabador y le puso una etiqueta: SILVIA. Discó de nuevo para comprobar que la cantidad de pips era la misma de antes. “Nada se pierde”, pensaba, al segundo día de espía, al tercero, mientras grababa las palabras de ese hombre en su grabador:

“Soy yo. Tengo apetito y fiebre. No puedo curarme si no estás.”

“Amor. Qué placer que nos gusten las mismas cosas. Andar desnudos es lo único que importa.”

Saravia volvió a escuchar todos los mensajes juntos. Por el tono empalagoso de la voz y el ingenio pasado de moda de lo que decía, dedujo que no era el tipo de Silvia. A esa relación no le daba más de cuatro meses. Aunque ya no le importaba: se había levantado de la cama e iba a poner música. El laberinto lábil de la corbata roja a lunares blancos seguía ahí, derramado sobre la mesa. “La verdad y su efecto demoledor y restaurador”, pensó, y pensó también que deseaba una pizza de anchoas y escuchar aquellos casets que le había grabado ella. Pensó en violines y se acordó de Shlomo Mintz interpretando los Capricci, pero se le ocurrió que era demasiado nervioso y áspero para la ocasión; no así, por ejemplo, las sonatas y partitas de Bach ejecutadas por Arthur Groumiaux, muchísimo más dulces, aunque algo tristes. Silvia decía que el violín siempre era triste, y Saravia le había llevado entonces un caset de Midori sumamente alegre, y había elegido dos temas. Uno de Paganini, el número tres cantabile, y otro, el número trece, de Sarasate. Para que observara, con el primero, que un violín podía ser divertido, y con el segundo, que una canción triste podía ser una elegía y no una depresión como las partitas. Silvia había utilizado la expresión “triste como una mala siesta de domingo”. El caset que ella tenía entre las manos se llamaba “¡Encore!” y la cara de la violinista japonesa tenía la expresión de no poder tocar más bises.

—¡Slavonic Dance de Dvorák! —había leído Silvia, contenta. Pronunció vóryak.

Ella había apretado fwind hasta que lo encontró, recordó Saravia. Se sentó debajo de su abrazo, cariñosa. A todo volumen, comenzó a sonar el Opus 46 N° 2 en Mi menor, el himno más tierno y nostálgico de todos los tiempos, según Saravia, y después según Silvia, también. Él se imaginaba a la japonesa llorando mientras lo tocaba, porque lo que se oía eran lágrimas vivas deslizándose por las cuerdas, lamentos de amor, y comenzaron a llorar juntos, mansamente, cuando el sonido creció como una esperanza. Como la esperanza que ahora tomaba la forma de un teléfono, hasta que atendía y descubría que no era ella, que nunca lo sería. Que ya no lo llamaría, por más que la Danza Slavónica de Dvorák comenzara de nuevo. Número equivocado. Saravia hubiera pronunciado vórak.

Entonces el zumbido cesó en su oreja izquierda, por segunda vez después de lo del subte. Por un instante pudo percibir la música en estado puro, cosa que no le pasaba desde hacía varios días. Puso stop para sentir el silencio, pero empezó a escuchar un rascarse de piernas y una voz femenina esquiva y susurrante. “Contame cómo fue”, dijo esa voz. Provenía de la ventana abierta. Saravia se acercó.

—Estábamos sentadas en el sillón del comedor, mirando la tele —dijo otra voz, también femenina pero más delicada—, y el amigo de mi mamá vino a llevarse a la perra. “¿Estás sola?”, me dijo. “Sí”, contesté. Entonces entró la perra a la cocina. La pobre ladró un rato largo, quería seguir viendo televisión.

—¿Y?

—Vino de vuelta y se sentó al lado mío. Me metió una mano por abajo del vestido y yo no lo miraba. Después me paré, apagué la tele y puse el disco de Abba, ése que tiene Reina danzante. Volví bailando hasta donde estaba él. Yo tenía los ojos cerrados. Él estiró una mano y me la apoyó acá. Yo le bailé frotándome contra sus dedos. Entonces abrí los ojos y vi que se había abierto el cierre, y se sostenía con la otra mano su cosa enorme y peluda.

—¿Y?

—Me arrodilló en el piso y se bajó los pantalones hasta los zapatos. Dijo: “Si me la mordés, te mato”.

—¿Te entró toda en la boca?

—No. Pero yo quería que me la metiera, para ver cómo era. Chupar no es la primera que chupo, pero nunca me habían cogido, y mamá iba a tardar en llegar.

—Es increíble que todavía no hayas cogido.

—Ahora sí. La perra no paraba de ladrar, tanto que él me pidió que me sacara la bombacha mientras iba a la cocina a apagar la luz. El vestido me lo dejé. Él bajó un poco la música. Yo lo esperé parada al lado del sillón, nerviosa, imaginate. Él se sentó, ya sin nada de ropa abajo, y descalzo. La cosa era gigantesca, no sabés, dura. Me agarró así por la cintura, me abrió las piernas y me sentó encima.

—¿Sin saliva, ni nada?

—A mí me dolía y entonces me escupí la mano y me puse yo misma. Él estaba como apurado; le dije “pará, que me vas a romper”, y se chupó bien un dedo y me lo metió para abrir el camino.

—¿No le dijiste que eras virgen?

—Sos loca. Si le digo que soy virgen no me lo saco más de encima. Una cosa es que te la hagan una vez, otra es aguantarlo todas las tardes, antes de que llegue mamá. Pero debe haber sospechado algo, porque grité y le pedí “más despacio”.

—¿Te gustó?

—Mnnnn. Me gusta más que me den besitos, es más lindo. Tener esa cosa adentro me daba un poco de impresión, aparte del dolor y de que me salió sangre. Poca; un hilo. El tipo se sacudía, y me fregaba las manos por el pecho, la espalda y la cola. Ponía cara de loco.

—¿Cerró los ojos?

—Sí y no, a veces miraba la puerta o el reloj, por si llegaba mamá. En un momento la sacó muy asustado y me manchó el vestido. Estaba todo transpirado. “Ya está”, pensé.

—Y ahora, ¿te duele?

—Me arde, y me siguieron saliendo como babas de sangre. Me unté con Hipoglós. ¿Pongo Abba?

—Dale.

Saravia asomó la cabeza hacia arriba. El único departamento que tenía las luces encendidas era el octavo C. Oyó el disco deslizándose fuera del sobre, la púa apoyando en el surco, el ruido a papafrita y los primeros acordes. Vio las siluetas de dos mujeres delgadas y altas, bailando, recortadas contra las cortinas.

Se volvió a poner la corbata y salió al pasillo. Subió los tres pisos por las escaleras. Cuando estuvo frente a la puerta del octavo C, le pareció que el volumen estaba más bajo. Tocó dos veces. Adentro se preguntaron: “¿Alguien está llamando, oíste algo?”. Abrió la puerta la hija de la vecina, que ahora estaba sin el guardapolvo. Tendría diez años. Estaba disfrazada con un deshabillé de su madre, tacos y la boca delineada de rouge. Había otra nena más pequeña que ella. Habían puesto un velador en el piso, y la sombra alargada e irreal que hacía la amiga sobre las cortinas de la ventana era una de las que él había visto desde su departamento.

—¿Qué quiere? —preguntaron.

Él se quedó mirándolas un instante. Luego dijo:

—¿Está tu mamá?

—Salió —dijo la que había abierto la puerta.

Entonces Saravia se calló e hizo un gesto sencillo a la amiga para que bajara la música.

—¿Le molesta Abba?

Saravia hizo que sí con la cabeza. La amiga bajó el volumen y él le guiñó un ojo. La pequeña sonrió. Tendría siete u ocho años, pensó Saravia, al tiempo que experimentaba una leve erección adentro de sus pantalones, la primera desde que se separaba de Silvia. Bajó las escaleras excitado; entró a su departamento con el recuerdo de esa sonrisa en su cabeza, se acercó a la ventana para cerrarla y oyó el final del diálogo:

—¿Te cogerías a tu vecino del quinto?

Habían parado el tocadiscos y las voces se oían muy nítidas, otra vez. La vecina se tomó un instante para pensarlo. Saravia esperaba la respuesta con las manos apoyadas sobre el marco, inmóvil.

—¿A ese viejo de mierda? —dijo la otra.


[De El amor enfermo, Alfaguara, Buenos Aires, 2000]


* Gustavo Nielsen (Buenos Aires, 1962) ha ganado el Premio Municipal de Literatura, la Primera Bienal de Arte Joven y el Primer Premio del AECI, entre otros galardones. Sus cuentos figuran en antologías de Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, Venezuela, Alemania, México, Suecia y España.
Ha publicado las novelas La flor azteca (1997), El amor enfermo (2000), Los monstruos del Riachuelo (junto a Ana María Shua, 2001) y Auschwitz (2004).
Sus libros de cuentos son Playa quemada (1994), Marvin (2003) y Adiós Bob (2006).


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Las doradas colinas de octubre

Un texto de Juan José Manauta *

Después de la derrota junto al arroyo Don Gonzalo, el general Ricardo López Jordán se retiró (o huyó, decían algunos), con los pocos hombres que podían andar o cabalgar, hacia el Norte, y fue a parar solo, decían, habiendo cruzado como pudo el río Uruguay, a Santa Ana do Livramento, Brasil. Nosotros, en cambio, tiramos hacia el Sur, con casi nada del batallón, después que la primera y la segunda compañías fueron deshechas. Buscábamos la tierra natal, la primavera y la niñez, las doradas colinas de octubre, por estupidez más que por añoranza. Nada que valiera algo teníamos allí que cobijar, nada que nos perteneciera. Éramos nosotros pertenencia de un pago arisco en esos días y de una tierra fértil como pocas, a la que nunca habíamos cultivado ni pisado jamás su buena hierba, ocupados desde muy jóvenes en una guerra salvaje y más sangrienta que inútil.

Cuando llegamos al límite del departamento de Gualeguay, el mayor Ponciano Alarcón, nuestro jefe, licenció por dos semanas (un decir, una orden postrera, más aparente que real) a unos hombres castigados en su moral, algunos heridos, muertos de hambre, rotosos, sucios. Parecerá mentira, pero muchos de ellos cumplieron la orden, volvieron a filas. La idea federal tendría mucho que agradecerles, pero nunca lo hizo. El teniente Dionisio Hereñú se separó de nosotros en Nogoyá, y como era de Ubajay, rumbeó hacia el Norte, sin escolta, vestido de paisano y con la manda de no dejarse atrapar. A cualquier costo debía formalizar un enlace con López Jordán allí donde lo hallase. Conocíamos el área que los porteños ocupaban, no obstante que se agrandaba como una mancha de aceite, pero la gente civil los hostigaba y les negaba su ayuda. Eso los ponía furiosos, carentes de todo, y los convertía en un peligro letal donde se los topase. De ahí tantas precauciones.

I

—No me apunte, Juvencio. No siga… Dos caños de una misma escopeta recortada miran su nuca.

Juvencio debió de reconocer al Mayor y dijo:

—Los de la estancia rondaban por aquí anteayer —y bajó el arma.

—Me parece que los gringos matones de la estancia que usted vio —dijo el Mayor don Ponciano Alarcón— no eran “de la estancia”, sino porteños sueltos o desertores.

—No estoy seguro —dijo el llamado Juvencio: para mí, todavía, un cazador matrero, muy bien armado.

El Mayor se apeó y extendió la mano hacia el hombre. Se saludaron, muy confiados los dos, pero yo, durmiendo el sueño de la liebre detrás de un chañar, seguí apuntando a la cabeza del tal Juvencio. El Mayor imitó al hornero y yo enfundé.

—Venga, soldado. Es un amigo —dijo el Mayor. Sólo entonces el llamado Juvencio se dignó mirar atrás y considerarme.

El Mayor volvió a montar. También yo. Los tres empezamos a orillar el río hacia el Sur. No faltaba ni media legua (en línea recta, se entiende) para la desembocadura del Gualeguay. Juvencio iba adelante con todas las pruebas de su delito a la vista: dos burros patrios, faltantes vaya a saber de qué unidad militar, cargados de pieles de nutria y de carpincho, cuya caza estaba prohibida.

Los tres íbamos hacia la Boca. Allí Juvencio esperaba encontrarse con su mujer y embarcar las pieles. Nosotros, descansar y aligerarnos de la derrota. Él venía desde los bañados del sureste cuando se le aparecieron como dos sombras los forajidos, porteños o guardabosques de la estancia Morro. Juvencio se quedó quieto y echó sus burros. Esperó un día entero antes de salir al albardón y hacerse ver, pero ya precavido. Dos días más tarde, nosotros dimos con los porteños o quienes fueran… No nos sobró tiempo para interrogarlos. Allí quedaron. Los arrastramos hasta la maciega donde se fueron hundiendo de a poco. No llevaban papeles, pero las armas que portaban y parte de la ropa que vestían nos hicieron sospechar que eran soldados de Buenos Aires. Nos quedamos con las armas (por primera vez veía una Remington). No llevaban nada más que valiera la pena. Ni qué comer. Iban, pues, a matar o morir (más bien a morir) de angurria, si antes no encontraban a quien jorobar.

Para toda esta información, el Mayor y Juvencio no habrán gastado más de veinte palabras cada uno.

—…y hablando de esos dos muertos de hambre, ya fueran gringos o porteños —dijo el Mayor—, nosotros llevamos charque y galleta barquera.

—Yo tengo pescado en sal —dijo Juvencio—. No galleta. Pero en su rancho de la Boca hay harina que yo dejé el mes pasado.

—Amasará Martín —“Martín” y no “el soldado”, dijo esta vez el Mayor.

—También hay grasa de pella —dijo Juvencio, con su sonrisa oblicua, mirándome. Después, tironeó de sus burros.

Íbamos en fila india, porque allí el albardón se estrechaba y los caballos resbalaban hacia el malezal. Sobresalientes en el combate, esos caballos, que no les temían ni a las balas de cañón, parece mentira, se espantaban de una culebra y hasta de las inocentes lagartijas del monte blanco. Por eso ellos mismos buscaban el medio del camino, siguiendo a los burros. Imitábamos dócilmente los vericuetos de las arboledas y el juncal.

Al llegar a la boca del río, las costas se elevan, pero el junco y la cortadera todo lo confunden. No se sabe bien dónde terminan los bañados y su mezcladura con el cielo y dónde comienza lo que se dice el río. Era una bendición que nos encabezara Juvencio. Única señal de buen rumbo, se erguía el techo pajizo del rancho lacustre del Mayor, que se nos mostraba a cada subida de la senda.

Para llegar al rancho mismo, había que dejar decididamente el albardón, infringir nomás bañado y pajonal y subir después a un alto bien apisonado, en cuyo centro se había poblado sobre pilotes de lapacho.

Desmontamos.

Lo primero que hicimos, atardecido ya, con ayuda de Juvencio, fue armar un piquete en un limpio bien cercano a la parte trasera del rancho, con palos de sauce y de laurel. Ahí los caballos podían ramonear a gusto, sin peligro de que la paja brava les injuriara el hocico.

Descargamos.

Juvencio ató sus burros a soga fuera del corralito, donde ya habíamos metido los caballos, dos ensillados.

—Los burros serán burros —dijo el cazador—, pero no muerden la cortadera.

El Mayor y yo nos quedamos abajo escuchando ese silencio de no creer que a la tarde aparenta venir, atravesando el río, desde Las Lechiguanas. Su magia nos envuelve y nos distrae. Demasiado silencio… Juvencio, en cambio, subió las escaleras para abrir el rancho. Iba armado. Él era dueño y señor (me di cuenta) en ausencia de don Ponciano.

Alguien abrió la puerta desde adentro y asomaron dos fusiles; enseguida, dos hombres, y acribillaron a Juvencio. Yo me tiré al suelo y disparé al montón (no les di tiempo a desplegarse), hacia los hombres, con mi tercerola. Empezaban a desplomarse, segados por la munición, cuando el Mayor también les hizo fuego. Los dos corrimos a atender a Juvencio, que ya estaba muerto.

En ese momento no nos interesó saber si los que acabábamos de matar eran porteños o gringos pistoleros de la estancia Morro.

II

La espera, en la guerra, a veces es peor que cualquier otra calamidad. Muchos nervios he visto ceder a causa de la inacción, y vidas malgastadas en la impaciencia. Nosotros, obligados, teníamos que esperar, sin plazo ni referencia alguna, a la mujer de Juvencio para darle la peor noticia y entregarle los burros y las pieles. No la consolarían, pero de algo habrían de servirle.

Sólo para hacer tiempo, revisábamos el arma del cazador, después que lo inhumamos y enterramos a los dos forajidos que lo habían asesinado: una escopeta Lefaucheaux, belga, calibre doce, no más vieja que la Nación por la que nos andábamos matando. El Mayor abrió el cerrojo. La cebada de uno de los cartuchos, el derecho, estaba perfectamente herida por el gatillo. El Mayor y yo, mudos, nos miramos.

—Juvencio apretó el disparador —dije yo, asombrado e inquieto.

—Patente —dijo el Mayor—. Juvencio disparó, y tal vez antes que esos dos, pero viviendo en los esteros, como él, durante meses, la pólvora toma humedad, y en ocasiones el fulminante no consigue quemarla… Juvencio aún estaría con nosotros.

Vi que los ojos del Mayor brillaban cuando terminó de hablar.

III

Diferenciar a un simple matrero de un cazador como Dios manda, y a un pistolero a sueldo (mal llamado guardabosque) de un soldado lejos de su unidad y en despoblado, parece muy fácil cuando uno lo tiene muerto o prisionero, revisa sus armas, sus ropas, sus papeles (en el supuesto de que los lleve encima). Aún así el Mayor y yo nos equivocamos con lo que habíamos liquidado antes, en pleno monte. Hemos creído que eran soldados porteños sueltos o desertores, y en vez, tal como lo había dicho Juvencio, no eran más que gringos guardabosques de la estancia.

Nos ha confundido al Mayor y a mí el hecho de que ambos llevaban carabinas Remington, con la inscripción Rolling-block en la caja del mecanismo (a repetión, como se le llamaba aquí), que sólo de oídas conocíamos, amén del estrago que han hecho entre nosotros en Don Gonzalo. El Mayor, aunque jamás había manejado una, tenía un excelente pormenor acerca de esa arma tan terrible. Sabía, además, que los únicos que la poseían, y la usarían (como lo hicieron) contra el ejército entrerriano, eran los soldados de Buenos Aires. Pero el Mayor se olvidó de un detalle, y yo, con él: en esas guerras contra los porteños (tres, que han durado casi una década a partir de la muerte de Urquiza), ambos bandos dilapidaban material, o lo perdían, por esa condición bárbara y estrafalaria de la lucha. Armas, parque, víveres, animales, carruajes e impedimenta aparecían en cualquier parte y en los lugares más inesperados. La gente que los hallaba no vacilaba en darles el mejor uso. Peligroso era venderlos y más peligroso aún, devolverlos. Y, si no, ¿de dónde los burros patrios de Juvencio?; ¿de dónde mortíferas carabinas Remington en manos de esos civiles? En medio de una población hostil, no hay ejército, por más organizado (y no ha sido ése el caso de los que han peleado aquí en Entre Ríos) que no pague tributo en ingredientes de guerra que se desperdician, se roban y se negocian, se olvidan en los campamentos abandonados con apuro o sencillamente se esfuman.

Pese a todo, Juvencio había podido saber que aquellos primeros difuntos no eran soldados porteños, sino matones de la Morro, perseguidores a muerte, extorsionadores y chantajistas de cazadores furtivos como él.

—¿Cómo lo supo Juvencio —le digo— con sólo verlos de lejos y no nosotros, que debimos enfrentarlos, y únicamente gracias a la corta distancia matarlos a tiro de carabina y tercerola?

—Muy sencillo —dijo el Mayor—. Juvencio, aparte de verlos (aunque fuera de lejos) y sobre todo oírlos hablar o caminar por el monte (no habla ni camina igual un soldado porteño que un guardabosque), también podía olerlos (tampoco huele igual) —y agregó muy convencido—: el olfato y el oído de un cazador suelen ser tan confiables como la mira y el alza de un arma de fuego.

Llegamos a la conclusión de que Juvencio sabía que esos dos trompetas estaban escondidos arriba. Y lo sabía no porque los hubiese visto, sino porque tal vez los había oído u olido. Quiso subir primero para protegernos, porque las balas de esos dos porteños eran para nosotros, don Ponciano y yo, no para él. Le ganaron de mano sólo porque el mixto húmedo no reventó y le falló el disparo con que pensaba madrugarlos.

—Mala suerte —dije después de mirar de nuevo, más de cerca, la ceba picada del cartucho.

—¡Qué mala suerte ni mala suerte! A estos cazadores, tan apercibidos como son, les cabría aprender a mantener la pólvora, porque si un disparo falla contra un carpincho, lo único que se pierde es el carpincho, pero si falla ante un enemigo…

Teníamos que esperar, no más, a la mujer de Juvencio. Ella vendría, tal como lo había tratado con su marido hacía más de dos meses, pero no sabíamos cuándo. La esperaríamos, quieras que no, para enfrentarla con la verdad, pero ni ese desvelo nos liberó de la asquerosa alegría de estar vivos, ese pensamiento atroz que se apodera del soldado cuando ha visto morir a un camarada.


* Juan José Manauta nació en Gualeguay, Entre Ríos, en 1919. Periodista y novelista de estilo realista, se dio a conocer con la novela Las tierras blancas, un relato emparentado con el naturalismo poético de Faulkner que tiene como escenario una zona estéril en la provincia de Entre Ríos.
Recibió los premios del Fondo Nacional de las Artes, en 1971; Primer Premio Municipal, en 1985; Premio al Mérito Artístico, 1993; y Faja de Honor otorgada por la SADE, en 1956 y 1980.
Otros de sus trabajos son: La mujer de silencio, poesía, 1944; Los avantados, novela, 1952; Las tierras blancas, novela, 1956; Papá José, novela, 1958; Cuentos para la Dueña Dolorida, cuentos, 1971; Los degolladores, cuentos, 1980; y Mayo del 69, novela 1994.


El amor que no podía ocultarse

Un cuento de  Enrique Jardiel Poncela

Durante tres horas largas hice todas aquellas operaciones que denotan la impaciencia en que se sumerge un alma: consulté el reloj, le di cuerda, volví a consultarlo, le di cuerda nuevamente, y, por fin, le salté la cuerda; sacudí unas motitas que aparecían en mi traje; sacudí otras del fieltro de mi sombrero; revisé dieciocho veces todos los papeles de mi cartera; tarareé quince cuplés y dos romanzas; leí tres periódicos sin enterarme de nada de lo que decían; medité; alejé las meditaciones; volví a meditar; rectifiqué las arrugas de mi pantalón; hice caricias a un perro, propiedad del parroquiano que estaba a la derecha; di vueltas al botoncito de la cuerda de mi reloj hasta darme cuenta de que se había roto antes y que no tendría inconveniente en dejarse dar vueltas un año entero.

¡Oh! Había una razón que justificaba todo aquello. Mi amada desconocida iba a llegar de un momento a otro. Nos adorábamos por carta desde la primavera anterior.

¡Excepcional Gelda! Su amor había colmado la copa de mis ensueños, como dicen los autores de libretos para zarzuelas. Sí. Estaba muy enamorado de Gelda. Sus cartas, llenas de una gracia tierna y elegante, habían sido el lugar geométrico de mis besos.

A fuerza de entenderme con ella sólo por correo había llegado a temer que nunca podría hablarla. Sabía por varios retratos que era hermosa y distinguida como la protagonista de un cuento. Pero en el Libro de Caja del Destino estaba escrito con letra redondilla que Gelda y yo nos veríamos al fin frente a frente; y su última carta, anunciando su llegada y dándome cita en aquel café moderno -donde era imprescindible aguantar a los cinco pelmazos de la orquesta- me había colocado en el Empíreo, primer sillón de la izquierda.

Un taxi se detuvo a la puerta del café. Ágilmente bajó de él Gelda. Entró, llegó junto a mí, me tendió sus dos manos a un tiempo con una sonrisa celestial y se dejó caer en el diván con un “chic” indiscutible.

Pidió no recuerdo qué cosa y me habló de nuestros amores epistolares, de lo feliz que pensaba ser ahora, de lo que me amaba...

-También yo te quiero con toda mi alma.

-¿Qué dices? -me preguntó.

-Que yo te quiero también con toda mi alma.

-¿Qué?

Vi la horrible verdad. Gelda era sorda.

-¿Qué? -me apremiaba.

-¡Que también yo te quiero con toda mi alma! -repetí gritando.

Y me arrepentí en seguida, porque diez parroquianos se volvieron para mirarme, evidentemente molestos.

-¿De verdad que me quieres? -preguntó ella con esa pesadez propia de los enamorados y de los agentes de seguros de vida-. ¡Júramelo!

-¡Lo juro!

-¿Qué?

-¡¡Lo juro!!

-Pero dime que juras que me quieres -insistió mimosamente.

-¡¡Juro que te quiero!! -vociferé.

Veinte parroquianos me miraron con odio.

-¡Qué idiota! -susurró uno de ellos-. Eso se llama amar de viva voz.

-Entonces -siguió mi amada, ajena a aquella tormenta-, ¿no te arrepientes de que haya venido a verte?

-¡De ninguna manera! -grité decidido a arrostrarlo todo, porque me pareció estúpido sacrificar mi amor a la opinión de unos señores que hablaban del Gobierno.

-¿Y... te gusto?

-¡¡Mucho!!

-En tus cartas decías que mis ojos parecían muy melancólicos. ¿Sigues creyéndolo así?

-¡¡Sí!! -grité valerosamente-. ¡¡Tus ojos son muy melancólicos!!

-¿Y mis pestañas?

-¡¡Tus pestañas, largas, rizadísimas!!

Todo el café nos miraba. Habían callado las conversaciones y la orquesta y sólo se me oía a mí. En las cristaleras empezaron a pararse los transeúntes.

-¿Mi amor te hace dichoso?

-¡¡Dichosísimo!!

-Y cuando puedas abrazarme...

-¡¡Cuando pueda abrazarte -chillé, como si estuviera pronunciando un discurso en una plaza de Toros- creeré que estrecho contra mi corazón todas las rosas de todos los rosales del mundo!!

No sé el tiempo que seguí afrontando los rigores de la opinión ajena. Sé que, al fin, se me acercó un guardia.

-Haga el favor de no escandalizar -dijo-. Le ruego a usted y a la señorita que se vayan del local.

-¿Qué ocurre? -indagó Gelda.

-¡¡Nos echan por escándalo!!

-¡Por escándalo! -habló estupefacta-. Pero si estábamos en un rinconcito del café, ocultando nuestro amor a todo el mundo y contándonos en voz baja nuestros secretos...

Le dije que sí para no meterme en explicaciones y nos fuimos.

Ahora vivimos en una “villa” perdida en el campo, pero cuando nos amamos, acuden siempre los campesinos de las cercanías preguntando si ocurre algo grave.

FIN


Mejor que arder

Un cuento de Clarice Lispector (Brasil, 1920-1977).

Era alta, fuerte, con mucho cabello. La madre Clara tenía bozo oscuro y ojos profundos, negros.

Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla amparada en el seno de Dios. Obedeció.

Cumplía sus obligaciones sin reclamar. Las obligaciones eran muchas. Y estaban los rezos. Rezaba con fervor.

Y se confesaba todos los días. Todos los días recibía la hostia blanca que se deshacía en la boca.

Pero empezó a cansarse de vivir sólo entre mujeres. Mujeres, mujeres, mujeres. Escogió a una amiga como confidente. Le dijo que no aguantaba más. La amiga le aconsejó:

-Mortifica el cuerpo.

Comenzó a dormir en la losa fría. Y se fustigaba con el cilicio*. De nada servía. Le daban fuertes gripas, quedaba toda arañada.

Se confesó con el padre. Él le mandó que siguiera mortificándose. Ella continuó.

Pero a la hora en que el padre le tocaba la boca para darle la hostia se tenía que controlar para no morder la mano del padre. Éste percibía, pero nada decía. Había entre ambos un pacto mudo. Ambos se mortificaban.

No podía ver más el cuerpo casi desnudo de Cristo.

La madre Clara era hija de portugueses y, secretamente, se rasuraba las piernas velludas. Si supieran, ay de ella. Le contó al padre. Se quedó pálido. Imaginó que sus piernas debían ser fuertes, bien torneadas.

Un día, a la hora de almuerzo, empezó a llorar. No le explicó la razón a nadie. Ni ella sabía por qué lloraba.

Y de ahí en adelante vivía llorando. A pesar de comer poco, engordaba. Y tenía ojeras moradas. Su voz, cuando cantaba en la iglesia, era de contralto.

Hasta que le dijo al padre en el confesionario:

-¡No aguanto más, juro que ya no aguanto más!

Él le dijo meditativo:

-Es mejor no casarse. Pero es mejor casarse que arder.

Pidió una audiencia con la superiora. La superiora la reprendió ferozmente. Pero la madre Clara se mantuvo firme: quería salirse del convento, quería encontrar a un hombre, quería casarse. La superiora le pidió que esperara un año más. Respondió que no podía, que tenía que ser ya.

Arregló su pequeño equipaje y salió. Se fue a vivir a un internado para señoritas.

Sus cabellos negros crecían en abundancia. Y parecía etérea, soñadora. Pagaba la pensión con el dinero que su familia le mandaba. La familia no se hacía el ánimo. Pero no podían dejarla morir de hambre.

Ella misma se hacía sus vestiditos de tela barata, en una máquina de coser que una joven del internado le prestaba. Los vestidos los usaba de manga larga, sin escote, debajo de la rodilla.

Y nada sucedía. Rezaba mucho para que algo bueno le sucediera. En forma de hombre.

Y sucedió realmente.

Fue a un bar a comprar una botella de agua. El dueño era un guapo portugués a quien le encantaron los modales discretos de Clara. No quiso que ella pagara el agua. Ella se sonrojó.

Pero volvió al día siguiente para comprar cocada. Tampoco pagó. El portugués, cuyo nombre era Antonio, se armó de valor y la invitó a ir al cine con él. Ella se rehusó.

Al día siguiente volvió para tomar un cafecito. Antonio le prometió que no la tocaría si iban al cine juntos. Aceptó.

Fueron a ver una película y no pusieron la más mínima atención. Durante la película estaban tomados de la mano.

Empezaron a encontrarse para dar largos paseos. Ella con sus cabellos negros. Él, de traje y corbata.

Entonces una noche él le dijo:

-Soy rico, el bar deja bastante dinero para podernos casar ¿Quieres?

-Sí -le respondió grave.

Se casaron por la iglesia y por lo civil. En la iglesia el que los casó fue el padre, quien le había dicho que era mejor casarse que arder. Pasaron la luna de miel en Lisboa. Antonio dejó el bar en manos del hermano.

Ella regresó embarazada, satisfecha y alegre.

Tuvieron cuatro hijos, todos hombres, todos con mucho cabello.


El pájaro peronista

Por Tato Contissa *

Los ornitólogos no pudieron ponerse de acuerdo durante catorce años. Finalmente se separaron. Él, menos consecuente con la vocación, y harto de los dolores de cuello por estar siempre mirando a las alturas, se asoció con un ex director técnico de Boca en una zapatería de damas de una galería de Lanús.
Ella, en cambio, quizá por su espíritu conservador, se lanzó a una experiencia de amoríos en etapas que incluyó a un primo de Pajarito Hernández, al mejor amigo del Cuervo Larroque, al nieto de Chingolo Casalla y a un charlatán que decíase heredero de la fortuna de los Águila Saints.

Lo cierto es que en el verano de 2008 dormitaban sin tensión en ese laberíntico PH de Boedo, afrontando la canícula con el ruidoso auxilio de un viejo acondicionador de aire, cuando lo escucharon por primera vez. Era un zorzal, seguro que era un zorzal, pero lo inesperado y atrevido era el diseño de su canto. Se sabe que en las noches los zorzales quedan cantando en solitario, el resto de los pájaros duermen o semivigilan en silencio. Algunos sostienen que el emblemático plumífero se entrega eufóricamente a su destino canoro y no resigna ni un segundo de su vida a abandonar esa misión. Otros en cambio, aseguran que el pájaro confunde las luces de mercurio de la ciudad con la salida del sol y eso lo lanza estrepitosamente a su insistencia lírica. Finalmente, están los que simplifican todo y resumen diciendo que es un pájaro bastante idiota.

Más lo que importa aquí es el descubrimiento de esa noche. El bichuelo arrancaba con una base ronca, difusa, casi orquestada de ocho notas: charará cha chan cha chan… charará cha chan cha chan, para seguir con una cadena descendente también de ocho notas… charará cha cha cha chan chan chan chan chan… y ahí largaba… cha cha cha chan cha cha chan cha… y empezaba de nuevo. Es la marcha, dijo él. La marchita dijo ella… la marcha peronista, corearon. Casi levitó de la cama.

—Voy a tomar registro magnetofónico —dijo— demostrando lo jovato que se estaba poniendo. Y grabó.

Cuatro días después hurgaban afanosamente en el Google, buscando un interesado en el hallazgo que les permitiera separar sus vidas sin sufrimientos ni privaciones. Al comenzar, no hallaron nada. Uno que buscaba un loro que entonara Hey Jude, otro que quería la Marsellesa… eso. Finalmente, sobre las fiestas del 2009 hallaron un lacónico aviso en la página de clasificados de la revista del Automóvil Club Argentino: “Busco grabaciones de aves que simulen la Marcha Peronista. Zilfrido Rugulis. Glaciólogo. Cerro López. Estafeta. Bariloche. Rio Negro. Argentina.” Nada más.

A la semana de comenzado el año estaban camino al límite con Chile, en las cercanías de Colonia Suiza ubicando un parador pegado al edificio de Gendarmería. Allí encontraron a un gringo de dos metros, de origen Letón y setenta años solo dibujados en su rostro rugoso y para nada en su cuerpo de adolescente, Zilfrido Rugulis. Se presentaron, se sentaron, él sacó la cinta y el Geloso a pilas, activo la tecla y allí estaba, sobrevolando su portentosa melodía sobre los techos de Boedo. El gringote escucho con atención, estiro el ceño y frunció la boca… ensayó una sonrisa… tosió y le pidió al mozo otra grapa de orujo (eran las diez de la mañana).

—La mejor qui e escuyado —balbuceó— la mejor. Y calló mirando desde la desvaída verdura de sus ojos.

—¿Y? —dijo ella.

—Lo lamento— concluyó el vikingo de siglo equivocado— cho toy buscando la versión de Mauré.


* Periodista, comunicador, hombre de radio, murió el 27 de enero de 2012. Tenía 58 años. Textos de homenaje


Habiéndose acostado con su mujer

Narración VIII - El heptamerón

Por Margarita de Navarra

Donde se habla de un sujeto que habiéndose acostado con su mujer, en lugar de con su doncella, envío allí a su vecino, que le puso cuernos sin que su mujer supiese nada.

En el condado de Allez había un hombre llamado Bornet que se había casado con una honrada mujer de bien, cuyo honor y reputación tenía en gran estima, como creo que ocurre con todos los maridos aquí presentes con respecto a sus mujeres. Pretendía que su mujer le fuera fiel, pero no que la ley fuese igual para los dos, y se enamoró de la doncella, no teniendo más temor que no quisiera aquélla corresponder a su amor. Tenía este hombre un vecino con quien le unía tal amistad que ya lo habían compartido todo, excepto la mujer. El nombre de su vecino era Sandras y su oficio costurero y sillero. Por estos motivos de amistad le confesó los proyectos que tenía sobre la doncella, el cual no sólo lo encontró bien sino que quiso ayudar a llevar a buen fin la empresa, esperando tomar parte en el festín.

La doncella, presionada por todas partes, y viendo debilitarse sus fuerzas, fue a decírselo a su señora, rogándole le diese permiso para volver con sus padres, pues no podía vivir en este tormento. La señora, que quería mucho a su marido y que ya tenía sospechas, se alegró de haberle ganado esta ventaja y preparó a la doncella:

-Escucha, amiga mía, poco a poco id confiando a mi marido y dale seguridad de acostaros con él en mi vestidor, y no olvidéis decirme la noche que va a avenir, pero prestad atención para que nadie sepa nada.

La doncella hizo lo que su señora le había ordenado y el amo se puso tan contento que fue a decírselo a su compañero, el cual le rogó le reservase lo que le sobrara. Hizo esta promesa, y cuando llegó la hora, el señor fue a acostarse con la doncella como él esperaba. Pero su mujer, que había renunciado a la autoridad y a mandar por el placer de servir, se puso en lugar de la doncella y recibió a su marido, no como esposa, sino como joven extrañada, y tan bien lo fingió que su marido no se dio cuenta. No sabría deciros quién estaba más contento de los dos: si él de engañar a su mujer o ella de engañar a su marido. Y cuando hubo estado con ella salió de casa y fue en busca de su amigo, más joven y fuerte que él, y le dijo haber encontrado la mejor mujer que nunca viera:

-¿Recordáis lo que me habíais prometido? -dijo su amigo.

-Id pronto -dijo el señor-, no vaya a suceder que se levante o que mi mujer vaya a darse cuenta.

El amigo fue y encontró la misma doncella a quien el marido no reconociera. Ella, creyendo que era su marido, no lo rechazó; de suerte que él prefirió no hablar no fuera a ser descubierto. Permaneció con ella más tiempo que su marido, y la mujer se maravillaba, pues no estaba acostumbrada a tales noches. De todos modos tuvo paciencia, regocijándose sobre la escena que le haría al día siguiente y de la burla que iba a hacer de él. Hacia el alba el hombre se levantó y al separarse de la cama, jugueteando, le arrancó un anillo que ella tenía en su dedo y era el que el marido le diera en sus esponsales. Este anillo es para las mujeres del país motivo de superstición, y son muy honorables las mujeres que guardan el anillo hasta la muerte y, por el contrario, si por azar se pierde, la mujer es despreciada como si se hubiera entregado a otro que no fuera su marido. Ella sintió contento de que se lo llevase, pensando que sería testimonio seguro del engaño de que su marido había sido víctima. Cuando el amigo fue a buscar al marido éste le preguntó:

-¿Y bien?

Respondió el amigo que era de su misma opinión, y que si no hubiera temido la llegada del día se hubiera quedado allí. Y así se fueron los dos a descansar. Al día siguiente, al levantarse el marido, vio el anillo que su amigo llevaba en el dedo, igual completamente al que él había entregado a su mujer en señal de matrimonio, y le preguntó quién se lo había dado. Cuando oyó que lo había arrancado del dedo de la doncella se extrañó mucho y empezó a darse golpes con la cabeza en la pared diciendo:

-¡Ah, Dios mío! ¿Me habré hecho cornudo a mí mismo sin que mi mujer sepa nada?

Su compañero, para consolarle, le dijo:

-Puede ser que vuesa mujer le diera el anillo anoche a la doncella.

El marido corrió a su casa y encontró a su mujer más bella, más contenta y más radiante que de costumbre, contenta de haber podido salvar el honor de su camarera y de haber apurado a su marido sin perder nada más que el sueño de una noche. El marido, al verla de tan buen talante, pensó:

-Si supiera mi suerte no tendría tan buena cara.

Y hablando con ella de varias cosas, la tomó de la mano y notó que no llevaba el anillo, que nunca se quitaba. Entonces, con voz temblorosa, preguntó:

-¿Qué habéis hecho del anillo?

Pero ella, muy contenta de que él sacase esa conversación, le dijo:

-¡Oh, el más malvado de todos los hombres! ¿A quién creéis que se lo habéis quitado? Pensasteis que fue mi doncella, por cuyo amor habéis malgastado el doble de los bienes que habéis gastado en mí. Pues la primera vez que habéis venido a acostaros os he juzgado tan enamorado de ella que era imposible pensar en más. Pero después que salisteis y volvisteis a entrar parecíais un diablo sin orden ni medida. ¡Oh, desgraciado! Pensad en la ceguera que os guiaba a alabar mi cuerpo y mis carnes, de las que venís gozando vos solo durante tanto tiempo sin manifestar estimarlos. No es, pues, la belleza y las carnes de mi doncella las que os han hecho gozar placer tan delicioso; es el pecado infame y la horrible concupiscencia que quema vuestro corazón y que alteran vuestros sentidos hasta el extremo que por amor a esta doncella os trastornasteis tanto que hubierais confundido una cabra con sombrero con una joven bella. Hora es, marido mío, de corregiros y conformaros conmigo, sabiendo que os pertenezco y que soy una mujer de bien, seguro de que no soy una malvada. Lo que he hecho no ha sido más que para sacaros de un mal paso, para que a la vejez vivamos en buena amistad y reposo de conciencia. Pues si queréis continuar con la vida pasada prefiero separarme de vos que asistir cada día a la ruina de vuestra alma, vuestro cuerpo y vuestros bienes. Pero si os decidís a abandonar esto y vivir según la ley de Dios, olvidaré vuestras faltas pasadas como quiero que Dios olvide mi ingratitud de no amarle como debo.

El pobre marido se sintió desconcertado y desesperado al ver a su mujer, tan bella, casta y honesta, abandonada por una que no le amaba, y lo que era peor, haberla hecho mala sin saberlo ella y hacer partícipe a otro de un placer que no era más que suyo. Por estas razones se encontró a sí mismo cornudo con burla perpetua. Pero viendo a su mujer bastante atormentada con el amor que había demostrado a la doncella, se guardó muy bien de decirle la mala pasada que le había jugado y le pidió perdón con la promesa de cambiar enteramente su mala vida. Le devolvió su anillo, que pidiera a su amigo. Pero como todas las cosas dichas al oído son pregonadas algún tiempo después la verdad fue conocida y le llamaban cornudo, sin vergüenza para su mujer.

FIN


Kafka, el niño que le temió al poder

Por Edgar Borges

A la obra de Franz Kafka regreso no sólo a través de sus libros, también vuelvo a ella cuando me pierdo en el entramado del mundo (la burocratización de las salidas, la pretensión de sistematizar el todo, el ruido, la no vida). Siempre he creído que en La metamorfosis, El proceso, El castillo o Carta al padre, se esconde un niño que le temió al poder (la inquebrantable verdad del poder). Entre los numerosos análisis que le han dedicado al tema Kafka y poder, el de Elías Canetti describe muy bien la vulnerabilidad del escritor checo por no hallarse en la sociedad de los “fuertes”. Desde el título, El otro proceso de Kafka, Canetti se acerca al temor que su escritor favorito sentía hacia la autoridad como forma absoluta de interpretación de la vida. Según Canetti para Kafka el poder era el camino contrario a la libertad: “Dado que teme al poder en cualquiera de sus manifestaciones, dado que el auténtico objetivo de su vida consiste en sustraerse al poder en cualquiera de sus formas, lo presiente, reconoce, señala o configura en todos aquellos casos en que otras personas lo aceptarían como algo natural” (p. 152).

En Kafka, padre y Estado son el mismo monstruo que devora utopías. Y el utopista sabe que el poder le quiere moldear la mirada (la que descubre los espacios invisibles). En su fuga (de la prisión externa) el escritor encuentra la puerta de la ficción. Y la abre para descubrir un universo que le permite vivir alejado de la rigidez que aceptaron los otros, como quien huye hacia la habitación de su infancia. Sin embargo, en la misma soledad de sus sueños, siente que lo alcanza la frialdad de las leyes de un mundo demasiado mecanizado para pretenderse humano. Y en respuesta devuelve una magistral interpretación del mandato adulto que (desde el absurdo) adoctrina la magia infantil. Canetti se explica que para Kafka la literatura era una metamorfosis constante, un acto humilde y supremo de cambio (el ilusionista cuyo acto maestro es su propia desaparición del mundo de hombres sin alma), una de las dos opciones que tenía el ficcionista negado a participar en el circo del endurecimiento de las sensibilidades. La otra vía era implosionarse junto al circo, pero Kafka no tenía vocación de kamikaze. “Uno se hace muy pequeño, se transforma en insecto con el fin de ahorrarle a los demás la culpa que cargan por no amar y por vejar al prójimo; uno se desapetece de los demás, que con sus repulsivas costumbres no cesan de acosarle.” (El otro proceso de Kafka, p. 65).

El otro día me detuve ante el siguiente titular: “La urbana ha multado más de 100 veces a un indigente sin techo y sin recursos”. De inmediato cerré el periódico (negado a buscarle alguna explicación al suceso) y pensé en el creador de Gregorio Samsa, el escapista que se convirtió en bicho para no ser un adorno más de la familia y del trabajo. Kafka, el corredor de seguros que en sus momentos libres volaba hacia la nada; Kafka, la fragilidad del amor en un mercado de ruidos; Kafka, el sujeto que se le fugó (como el joven que huye de la milicia) al proyecto del hombre cemento (Una data, muchos números, ningún ser). Franz Kafka, como un indigente de la dureza del mundo, vivió sin saber exactamente qué hacer con la sensibilidad que sacudía su existencia. La casa, la educación, la sociedad. Una respuesta para todas las preguntas; una realidad para todas las posibilidades; la uniformidad de las emociones (el espectáculo global que frivoliza el yo particular de cada uno), el imperio de lo tangible. ¿Quién dijo que fuera fácil dejar de ser el niño de la imaginación poderosa para convertirse en un adulto servidor de las pesadillas de la burocracia? ¿Se le permite a un adulto soñar realidades múltiples en un mundo educado para una realidad absoluta? Y no puedo evitar que Kafka renazca, así como en la noticia sobre las multas contra el indigente, en cada niño que corre por los laberintos de su juego sin sospechar que afuera, en la oficina del mundo, lo espera una telaraña de acero que amenaza con helar su fuego.

http://cultural.argenpress.info/2012/01/kafka-el-nino-que-le-temio-al-poder.html


Volver a casa

Por Juan Forn

Mi madre no quiere que le lean, desde que perdió la vista. Le ofrecí traerle audiolibros, le ofrecí conseguirle una persona que le vaya a leer, y ocupar yo ese lugar los días que voy a Buenos Aires. Le ofrecí que encarásemos juntos los siete tomos de En busca del tiempo perdido (yo leería cada noche en Gesell hasta donde ella hubiera leído ese día en Buenos Aires, y en mis días allá podíamos seguir leyendo los dos juntos o comentar lo leído hasta entonces). Propuse Proust porque ella se ha jactado siempre de su ascendencia francesa y nada le gusta más que conversar sobre gente conocida: “¿Te acordás cuando el Francés Dubois sobrevolaba con su avioneta la casa de La Cumbre, para avisar que lo fueran a buscar al aerodromo (ella pronuncia la palabra con el acento grave, en la segunda o) y que estuvieran los coloraditos listos cuando llegara?” (el coloradito era el trago de rigor en aquella casa: gin, campari y ralladura de limón). Pero mi madre me contesta en monosílabos que Proust era un snob; por un instante asoma su vieja personalidad, taxativamente pasional; es apenas un chispazo pero tiene su gracia escalofriante ver hasta dónde llega su influencia subterránea en mí (¿por haberle oído decir eso alguna vez yo no he podido nunca leer a Proust?).

Traté entonces de tentarla con Los gozos y las sombras, perspectiva poco promisoria para mí pero sabía cuánto había disfrutado ella los tres tomazos de la novela y la miniserie (y me resultaba difícil imaginar una lectura que fuese más visual para ella, que creo que es lo que más añora). Pero tampoco conseguí interesarla. En cambio, para mi sorpresa, me pidió que le contara qué estaba leyendo yo, qué libro llevaba ese día en la mochila. Yo le he mentido descaradamente a mi madre a lo largo de la vida, me llevó su tiempo pero aprendí al fin a decirle lo que ella quiere oír. Y me pareció improbable que quisiera oír las impresionantes historias sobre trastornos de la vista que cuenta el neurólogo Oliver Sacks en El ojo de la mente. Pero ella se mostró interesada en los casos cuando empecé a contarle con cierta vacilación de un trastorno llamado alexia, que es la incapacidad de leer. Uno se levanta una mañana, abre el diario y es como si estuviera escrito en cirílico (puede leer la hora en su reloj, pero no por los números sino por la ubicación de las agujas; puede “leer” un durazno pero no por su aspecto sino por el tacto, el olor o el sabor). Un escritor canadiense llamado Engel se despertó un día así. Llegó desesperado al hospital y una enfermera le preguntó si podía escribir y Engel descubrió para su estupor que sí (pero no podía leer lo que había escrito). En una época se la llamó ceguera a la palabra, hasta que Freud la bautizó agnosia visual. Engel miraba el cielo y veía azul, veía la calle y las personas como cualquiera de nosotros, pero como escritor era ciego: debió pasar de leer a escuchar y de escribir a dictar.

“Esa historia es más para vos que para mí”, se limita a decir mi madre. Le interesa más lo de un profesor inglés de religión llamado Hull a quien le pasó algo peor cuando se quedó ciego, a los cuarenta, y su memoria e imaginación visual empezaron a escurrírsele entre los dedos: cada día perdía un rostro, un paisaje, un color. Estaba tan pendiente de esa pérdida que tardó en darse cuenta de cómo se le iban desarrollando los otros sentidos. Hull dice que de a poco empezó a “oír” los objetos silenciosos, como los faroles de la calle o los autos estacionados: cuando pasaba junto a ellos era como si se espesara la atmósfera, los objetos le devolvían el sonido de sus pisadas. A una pianista húngara que sufrió una afasia a los sesenta le pasó lo contrario, pero a la vez lo mismo. El afásico se despierta una mañana y descubre que no puede hablar. Poco a poco descubre que también ha perdido el habla interna; ya no puede hablarse a sí mismo tampoco. De pronto toda queda limitado a lo visual: sólo puede expresar sus pensamientos y sentimientos a través de gestos mímicos. Pero muchas víctimas de afasia son capaces de desarrollar una intensificación compensatoria de sus capacidades no lingüísticas, sobre todo la capacidad para “leer” las intenciones de los demás a partir de sus gestos faciales e inflexiones vocales: tienen un don para detectar cuándo la gente miente, por ejemplo.

El escritor canadiense descubrió un día que podía identificar las letras individualmente, si tenía un lápiz en la mano o dibujaba mentalmente el signo (lo entendía con la mano: sólo era capaz de “leer” al escribir). El profesor inglés de religión cuenta que cuando perdió la visión central y se quedó sólo con visión periférica descubrió cuánto la subvaloramos: lo que vemos con el rabillo del ojo es lo que vemos más distraídamente, pero es la visión periférica, “rodeando” nuestra visión central, lo que nos proporciona un contexto. Dice Hull que la identificación se basa en el conocimiento y la familiaridad se basa en el sentimiento. Y después se pregunta si la pérdida de imaginación visual no es un prerrequisito para el desarrollo pleno de los otros sentidos (Hull, como dije, es profesor de religión). Miro a mi madre, que ha sido siempre muy religiosa, mientras digo esto. Ella está con la cara vuelta hacia la ventana, hacia la luz dorada de la tarde. Le digo que dice Hull que la ceguera lo acercó a la naturaleza (los sonidos, los olores, el tacto). Le digo que Hull tiene la costumbre de hacer preguntas cuando viaja, y que esas preguntas obligan al interlocutor a fijarse en cosas que había pasado por alto, lo obliga a ver mejor. El lenguaje sirve para ver, le digo a mi madre que dicen Hull y Oliver Sacks y el escritor canadiense y la pianista húngara. Mi madre sonríe tristemente, gira la cabeza hacia mí y dice: “¿No se está haciendo ya la hora de irte, mi querido? No quiero que pierdas el ómnibus por mí”.

Cuando Norman Mailer contestó el Cuestionario Proust, describió así cuál era su viaje favorito: “El de vuelta a casa. La visión desde el camino de las luces de mi casa de Provincetown”. Yo vuelvo a casa cada vez que salgo de la residencia donde vive mi madre en Belgrano. Camino por esas calles arboladas hasta el subte que me lleva a Retiro, donde espera el ómnibus que me trae de vuelta a Gesell. Esas calles arboladas son en cierto modo como la entrada a Gesell, el momento en que uno sale de la ruta por la rotonda, baja la velocidad, abre la ventanilla, siente que ya está en casa. Son hermosas esas callecitas de Belgrano. Sin embargo, no hay trayecto más triste para mí que ése, desde que salgo de la residencia donde vive mi madre hasta que el fárrago y el apretujamiento del subte me distraen misericordiosamente, a codazos.

Volver a casa. Eso quiere mi madre, eso queremos todos. Les deseo feliz año, les deseo que puedan volver a casa.


Las actas del juicio

Un cuento de Ricardo Piglia *

En la ciudad de Concepción del Uruguay, a los diez y siete días del mes de agosto de mil ochocientos setenta y uno, el señor juez en primera instancia en lo criminal, doctor Sebastián J. Mendiburu, acompañado de mí el infrascripto secretario de Actas se constituyó en la Sala Central del Juzgado Municipal a tomarle declaración como testigo en esta causa al acusado Robustiano Vega, el que previo el juramento de decir verdad de todo lo que supiere y le fuere preguntado, lo fue al tenor siguiente:
­Lo que ustedes no saben es que ya estaba muerto desde antes. Por eso yo quiero contar todo desde el principio, para que no se piense que ando arrepentido de lo que hice, que una cosa es la tristeza y otra distinta el arrepentimiento, y lo que yo hice ya estaba hecho y no fue más que un favor, algo que sólo se hace para aliviar, algo que no le importa a nadie. Ni al General.
Porque para nosotros estaba muerto desde antes. Eso ustedes no lo saben y ahora arman este bochinche y andan diciendo que en los Bajos de Toledo tuvimos miedo. Que lo hicimos por miedo. A nosotros decirnos que fue por miedo a pelear. A nosotros, que lo corrimos a don Juan Manuel y a Oribe y a Lavalle y al manco Paz. A nosotros que estuvimos, aquella tarde, en Cepeda, cuando el General nos juntó a todos los del Quinto en una lomada y el sol le pegaba de frente, iluminándolo, y dijo que si los porteños eran mil alcanzaba con quinientos. "Porque con la mitad de mis entrerrianos los espanto", dijo el General, y el sol le achicaba los ojos.
En aquel tiempo ya teníamos casi diez años de saber qué cosa es no haber escapado nunca. qué cosa es galopar y galopar como rebotando y sentir la tierra abajo que retumba y arremeter a los gritos mientras los otros son una polvareda chiquita, como si uno los corriera con la parada.
En ese entonces pelear era casi una fiesta y cuando nos juntábamos era para una fiesta y no para morir. Se escuchaba un galope tendido a lo lejos que se venía dele agrandarse. hasta que cruzaba el pueblo sin parar, avisándonos. Ahí nomás las mujeres empezaban a llorisquear y a veces daba pena por las cosechas o porque los animales estaban de cría o uno se acababa de juntar y había que dejarla con ganas, porque el General decía que para pelear como es debido no hay que tener a la mujer con uno; porque llevar a la mujer a la rastra no es de hombre. Él era el único en llevar mujer, pero el General era distinto y precisaba mujer por la misma razón que nosotros no la necesitábamos.
Todo Entre Ríos se quedaba pelado, cuando nos íbamos. Era una cosa de no verse nadie por ningún lado, como si fuera de noche, que no se ve ni un alma, ni un caballo, nada, porque todos andábamos peleando. Hubo veces que volvimos con lo puesto y era fiero rejuntar los animales y a veces el yuyo lo había tapado todo y era triste de mirar. Por eso mienten los porteños cuando dicen que cada uno de los soldados de la Confederación era dueño de una estancia. Mienten, y yo quiero que usted anote que ellos mienten, para que se sepa. Mienten porque nosotros somos muchos y Entre Ríos no da tierra para todos. Por lo menos tierra que sirva, porque la que está en los bañados nadie la quiere, y la otra, entre la que es del General y la que el General le regaló a los oficiales, no queda tierra ni para morirse encima. Pero los porteños vienen mintiendo desde hace mucho y no tienen ni idea de lo que pasa por aquí. Ellos no conocen eso que nos daba de juntarnos casi todos los entrerrianos en dos días para preguntarle al Grito a quién había que espantar. Eso de ver llegar hombres de todos los sitios, que para donde uno mira hay caballos, y el General con el poncho blanco, esperando.
Por eso los que hablan que tuvimos miedo no saben nada y seguro son porteños. No conocen el orgullo que da ser los mejores. No saben que todo pasó por ese mismo orgullo. Aquella alegría que nos dio la vez que hicimos las cien leguas que van de Ubajay a Pago Largo en un solo galope que duró nueve días enteros. Fue cuando Oribe y hubo que domar potros en el camino porque la mitad se nos reventó en la galopada aquella, con el sol siempre encima y uno corría y corría, como para escaparle. Eso nos pareció, que le disparábamos al sol que se nos metía adentro de la piel, que nos llenaba la cabeza de polvo y de cansancio y seguro que fue lo que nos hizo andar tan ligero. Cuando llegamos, el Uruguay estaba en crecida. Debía estar lloviendo lejos, porque ahí el cielo lastimaba de tan claro mientras nos amontonábamos en la orilla y el río estaba tan ancho que no se alcanzaba a divisar más que la sombra de los sauces del otro lado. Estaba lleno de troncos y basura que cruzaban saltando, y cuando no había troncos el agua se quedaba quieta y marrón, parecida a la tierra. Nos quedamos mirando y mirando, hasta que el sargento Reyes fue y le dijo al General lo que pensábamos todos. Se acercó y sin bajarse del caballo, se lo dijo. El General galopó de una punta a otra y levantaba el sombrero en la mano, como agradeciendo. El agua empujaba que metía miedo y había que afirmarse despacio y era jodido nadar llevando el caballo del maneador, y el agua estaba tibia y de galope cortaba de tan fría y cada tanto alguno daba un grito y una voltereta y aparecían las patas del caballo y la panza y era que se lo llevaba la correntada y ése no salía más, por lo menos hasta el Salado. Cuentan que el río estaba gris porque nosotros lo cubríamos; tantos éramos que en vez de agua parecía lleno de entrerrianos. Estuvimos cerca de una hora hasta poder afirmar los pies en el barro. Dicen que el General se fue por una hondonada y por poco se ahoga. Que manoteó feo y terminó prendido a un tronco. Eso dicen, pero algunos lo vieron del otro lado, lo más calmo y no sofocado como nosotros, que respirábamos abriendo la boca, porque el que más el que menos había sentido el gusto a aceite tibio del agua revolviéndole las tripas.
­¿Quién dice que no es de esto de lo que tengo que hablar? Si fue por eso que yo lo hice y por estas cosas entendió el General que no era al miedo a lo que nosotros le cuerpeamos, la noche aquella, en los Bajos. Lo supo por estas cosas y porque él, de nosotros, lo sabía todo. Por lo menos mientras fue el de siempre, antes que lo cambiaran, mientras fue el de siempre y peleó a ganar y mandó a ganar. Mientras arremetió con nosotros, en las cargas, él también con lanza y al galope y puteando, igual que cualquiera. Mientras lo vimos llegarse a los festejos y entreverarse, como si le gustara. Y uno lo sentía mandando, no porque fuera el General, sino porque tenía un modo de mirar, con esos ojos amarillos, que ya estaba mandando sin decir nada, a pesar de que bailara con nosotros, en el rancherío. Me acuerdo la tarde que lo desafió a Dávila, que tenía un alazán invicto, y la corrieron en el arroyo seco y todos estábamos con Dávila, que entró tranquilo y el General se reía, como si fuera un desfile. Cuando la corrieron lo único que se supo fue que el General era mucho jinete pero que contra el alazán de Dávila no se podía. Nadie se lo olvida aquella noche, tan caliente con la mujer del Payo que era rubia y de ojos parecidos a los de él y nunca se supo de dónde la había traído. Eso le preguntó el General:
­¿De dónde la sacó, Chávez? Está muy buena su mujer. Que la quería con el.
­Es mucha mujer para vos­ se oyó, y dicen que venía medio pasado de caña.
El Payo se estaba quieto y lo miraba sin levantarse, como diciendo: "Usted dice así, mi general, porque es el que manda", y entonces le preguntó si tenía algo que decir.
­¿Tiene algo que decir, Chávez? ­y la voz se quedó como colgada en el aire porque ya no había música. nada más que el silencio, cuando lo dijo, con esa voz suya acostumbrada a mandar.
Cuentan que el Payo le contestó casi en voz baja:
­ Usted se le anima a mi mujer porque es el que manda, mi general.
­¿Usted cree, Chávez?­ y que se viniera con él y movió un brazo así, como sin ganas, señalando la oscuridad, a ver cuál de los dos se equivocaba.
Se metieron entre los árboles. Nosotros nos quedamos en medio de toda la luz. No se escuchaba otra cosa que el viento moviendo las hojas y un olor a cuero sudado o a naranjas y la mujer del Payo se retorcía las manos, y cuando el General salió, ya era viuda del Payo y mujer del General.
­No, señor. Y por eso estábamos con él. Porque siempre hizo lo que era debido y daba gusto pelear por él, que era como nosotros, que había empezado de abajo y lo hizo todo con el coraje, desde el tiempo en que empezó a arrear caballos entre los indios, cuando recién andaba por los veinte, y ya no se le podían contar aquí ni los hijos, ni las leguas.
­Seguro que sí, pero distinto. Como si le hubiera quedado la envoltura, el cuero nada más y por adentro todo revuelto. A nosotros nos daba como indignación. Hubo gente que se trenzó para desagraviarlo cuando por allí empezaron a decirlo, especialmente después de lo de Pavón. Castro fue el primero que dejó boqueando a un correntino que había dicho que el General estaba viejo.
­Está vendido a Mitre ­cuentan que dijo, y Castro, casi con desgano, lo hizo salir del boliche y el otro le decía­: Lo dije en joda, hermano, lo dije en joda­ con los ojos agrandados por la falta de coraje.
Cuando lo dejó tendido a todos nos vino la tranquilidad, pero era como si empezaran a decirnos lo que andábamos sabiendo: que el General estaba como muerto.
Algunos dicen que todo empezó cuando le mataron el Sauce, un tordillo que era una luz, y se lo mataron por casualidad. Cuentan que se estuvo agachado, él que no era de aflojar, déle mirarlo, y que le acariciaba el cogote como con asco, mientras se le moría. Después se empezó a encorvar y de golpe lo remató con un tiro entre los ojos.
Cuando se alzó pidiendo "Un caballo que aguante, carajo", ya era otro y están los que dicen que lloraba, pero eso no, porque no era hombre para eso, para cambiar porque le falta el caballo.
­En el fondo, ninguno de nosotros sabe de dónde le nacían las ganas de hacer esas cosas que no podían gustarle ni a él. Lo de quedarse con las tierras de las viudas. O querer llevarnos a pelear contra los paraguayos, que nunca nos hicieron nada, y al lado de Mitre. Y eso con los desertores de hacer que los lanceáramos en seco, igual que a indios. Los amontonó en el corral grande y nos hizo formar sobre la avenida, como para una diversión. Los iba largando de a uno y después elegía a cualquiera de nosotros, con la mirada. Nos achicábamos sobre el caballo porque era sucio eso de verlos correr y correr solos y al sol, en medio de la calle, despatarrados por el miedo, cada vez más cerca, igual que si retrocedieran, hasta meterse bajo la panza del caballo. Allí se tiraban al suelo o empezaban a retorcerse y a gritar levantando los brazos como si uno pudiera hacer otra cosa que partirlos de un puntazo.
Pasamos la tarde entera en esas corridas hasta que terminamos acostumbrados a los gritos y al olor de la sangre. Y se fueron quedando tendidos, como trapos al sol, en una fila despareja que bordeaba la laguna.
­No, señor. Ninguno de nosotros sabe. Pero se notaba. Hasta que vino lo de Pavón, que fue como si. buscara humillarnos. Hacernos vadear el río para escapar, medio escondidos, y dejarle a los porteños la de ganar sin ni siquiera un apronte. Irnos así, callados y con las ganas, es lo que da vergüenza. Eso de quedarnos viendo cuando el coronel Olmos (que fue de los que aguantaron la vez de la emboscada en Corral Chico) se le acerca y le dice:
­Con respeto, mi general y perdone. ¿Por qué la retirada?
Y él, con la cara hundida en las arrugas, lo hace meter en el cepo, nada más que por la pregunta.
Ninguno de ustedes sabe lo que es andar todo el día y toda la noche, de un tirón, hasta entrar en Entre Ríos, como si ellos nos vinieran corriendo, siendo que veníamos enteros y con eso adentro que nos daba vuelta de pensar que los porteños pudieran decir que nos corrieron y nosotros ni les vimos las caras.
Él galopaba solo y adelante y uno esperaba que se diera vuelta con esa sonrisa que le borra las arrugas, para explicarnos que era una trampa a los de Mitre eso de escaparnos así, de repente. Pero cuando desmontó en el San José no había dicho ni una palabra, nada más que aquello al coronel Olmos.
De esas cosas les quiero preguntar, a ustedes, que son letrados, aunque se hayan juntado aquí para que sea yo el que hable. Porque yo no puedo decir más que lo que sé y el resto lo tienen que averiguar. Lo que yo sé es que todo lo que hicimos fue para remediar lo que le sucedía y que nos tenia asombrados. Que nos mandara vestir de gala y esperar la diligencia que viene del Rosario. Estar allí, sobre el camino, con el sol que va calentando la sangre, dele esperar. Verla aparecer al fondo, contra los montes y después agrandarse y agrandarse. Venimos de escolta por todo el valle para descubrir que habíamos escoltado porteños. Lo entendimos cuando bajaron en la Plaza, sacudiéndose la ropa como si con eso se pudiera ahuyentar el polvo que traían pegado al sudor. Nos enteramos que venían del otro lado del Arroyo del Medio sólo por eso de ver cómo estaban vestidos y no por que el General nos avisara. Después pensamos que él los iba a educar, pero los recibió como si los necesitara, con todo embanderado y por la ventana se veía la luz y la mesa cubierta de porteños y el General disimulando en el medio y vestido como ellos. Cuentan que los porteños decían las cosas, hablaban de ferrocarriles y del puerto y de la Patria, siempre con la voz del que ordena. Y el General los escuchó callado, como si anduviera con sueño.
Al otro día nos hizo desfilar delante de esos soldados, que se metían el pañuelo en la boca cuando levantamos polvareda, al galopar. Y así anduvimos de un lado a otro, festejándolos, como si no fueran los mismos "Galerudos a los que vamos a empujar hasta el río y a enseñar lo que somos los entrerrianos, enseñarles qué cosa es la Patria y qué cosa es ser Federal", como nos dijo aquella vez, tan quieto en el tordillo, después de Caseros, antes de entrar a florearnos por Buenos Aires, todos con la cinta puzó y al trote, despacito nomás, para que aprendieran.
Como si no fueran los mismos.
­Fue por todo eso que yo lo hice. Pero ya había sucedido antes, la noche aquella en los Bajos de Toledo, mientras la lluvia no nos dejaba respirar ocupando todo el aire. Esa vez sucedió. Y no fue por divertirnos. Ni por miedo a pelear, como andan diciendo, sino por coraje y porque el General ya no se mandaba ni a él. Y ésa fue la vez que se lo dijimos. Lo que pasó después, es como si no hubiera pasado. Esto de que todo Entre Ríos ante con voluntad de guerrear y gritando ¡Muera Urquiza! cuando para nosotros, los que peleamos al lado de él, ya estaba muerto desde antes. Esa noche es la que importa. Con el cielo sucio de la tierra y los esteros manchados por las fogatas, me la acuerdo más que a la otra y me duele más, y ninguno de nosotros, de los que estuvo, se la olvida, porque fue como despedirse.
Soplaba un viento lleno de tormenta que traía como una tristeza y de golpe trajo la lluvia. Una lluvia fea, medio tibia y tan fuerte que nos fue juntando a todos en la lomada, cerca del río. No nos veíamos ni las caras y se escuchaba la lluvia, el olor a sudor o a cuero mojado y los caballos sacudiéndose. Entonces alguno dijo lo de irnos. Mejor nos volvemos para Entre Ríos, el General ya no sirve, se oyó, y como si con eso lo mandaran a llamar, apareció, no él, sino esa voz suya tan quieta.
­¿Qué pasa acá? ­dijo.
­Pasa que nos volvemos, mi general.
­¿Y quién carajo ordenó que se vuelvan?
Se escuchó el río que estaba cerca y creciendo. Eso como un trueno que era el río y nada más, porque ninguno sabía contestar quién era el que mandaba volver. Nos quedamos callados, mientras la lluvia nos obligaba a cerrar los ojos y apretarnos en la montura como para no estar, todo en medio de una oscuridad que aunque uno abriera los ojos igual no veía mas que la lluvia y era como estar solo, encima del caballo, hasta que cruzaba un relámpago como una llamarada y entonces se veía la loma llena de hombres, igual que si brotaran. Nunca estuve cerca del General, pero le escuché la voz mezclada con el bochinche. Algunos dicen que nos hablaba pero no se entendía más que la lluvia. Hasta que entramos a ladearnos despacito, para el lado del estruendo, y nos metimos en el río que empujaba feo, como la voz de Oribe, y en medio de aquella agua que venía de todos lados, lo escuchamos gritar y a veces, de pronto, era como verlo, con el poncho medio gris, color ceniza, parecido a un tronco arrancado de la tierra, tirado en medio del río. Yo no me acuerdo de otra cosa que del agua y de los gritos y de una vez, en medio de la luz de un relámpago, que me pareció verlo y tuve ganas de pedirle que se vinieran con nosotros, para Entre Ríos.
Esa fue la vez que lo hicimos.
Lo demás vino porque daba lástima verlo, tan apagado. Hasta las mujeres empezaron a notarlo. Fue en ese tiempo que se le desapareció la Gringa, que era la mejor mujer de Entre Ríos, y se escapó con Olmos, sin que él hiciera más que enterarse.
Por las tardes se paseaba cerca del río, y uno lo miraba de lejos, y era como ver pasar el viento. Se andaba solo y callado y daba una especie de indignación.
También por eso lo hice. Para ayudarlo.
Pero hubo otras cosas, porque si no ustedes no armarían este bochinche y yo no estaría hablando de esto que sólo me da pena. Alguna otra cosa anduvo pasando que no sabemos, algo que viene de lejos y que fue lo que modificó al General. Y de eso parece que no hay quien conozca. Ni entre ustedes.
Yo me lo malicié de entrada, aquella noche, en la estancia de don Ricardo López Jordán, cuando me preguntaron si me animaba. "¿Te animás, Vega?", me preguntaron, y yo me quedé quieto y no dije nada. Pedí seis hombres y antes que clareara me apuré a hacerlo, como quien le revienta la cabeza a un potro quebrado.
Me acuerdo que entramos al galope y gritando, para darnos coraje. Los caballos se refalaban en las baldosas y los gritos iban y venían por las paredes cuando entramos sin desmontar, atropellando. Él apareció de repente, en el fondo del pasillo, solo y medio desnudo. contra la luz. Nos recibió igual que si nos esperara y no se defendió. No hizo más que mirarnos con esos ojos amarillos, como si nos estuviera aprendiendo el alma. No sé por qué yo me acordé de esa tarde, cuando se bajó del tordillo después de perder con Dávila. Se estuvo parado ahí, justo bajo la luz, con esa camisa que le dejaba las piernas al aire, hasta que lo tumbamos.
Cuando Matilde, la hija de la que había sido mujer del Payo Chávez, se le tiró encima para defenderlo, yo mismo le oí decir que no llorara. Y eso fue lo único que habló esa noche y lo último que habló en su vida. "No llore m'hija, que no hay razón", le escuché mientras le buscaba el cuerpo entre los claros que me dejaba el de Matilde, y el General tenía la cara escondida por las arrugas y los ojos quietos en algo, no en mí que estaba muy cerca, en algo más lejos, en la gente de a caballo, o en la pared medio descolorida de tanto poner y sacar la bandera.
Y estaba así, con los ojos alzados, la cara escondida por la muerte, la Matilde acostada encima y manchándose de sangre, cuando lo maté:
­Perdone, mi general­ le dije, y me apuré buscando el medio del pecho para evitarle el sufrimiento.

* Nació en Adrogué, 1941. escritor. Descubrió el mundo literario y el mar a sus catorce años, cuando su familia se mudó a Mar del Plata. En 1967 publicó su primer libro de relatos, "La invasión". Le siguió "Nombre falso" (1975), un libro de narraciones cortas en el que se delinea su interés por el género policial, que alcanzará su mayor expresión en la novela "Plata quemada" (1997). "Respiración artificial" (1980), una de sus novelas fundamentales, es considerada como una de las más representativas de la nueva literatura argentina. Pasaron doce años hasta que publicó su siguiente novela, "La ciudad ausente", a partir de la cual, en 1995, elaboró el texto de una ópera con música de Gerardo Gandini. "Formas breves" y "El último lector" reúnen algunos de sus agudos ensayos de historia y crítica literaria. Enseña literatura en la Universidad de Princeton.


Yzur

Un cuento de Leopoldo Lugones

Compré el mono en el remate de un circo que había quebrado.
La primera vez que se me ocurrió tentar la experiencia a cuyo relato están dedicadas estas líneas, fue una tarde, leyendo no sé dónde, que los naturales de Java atribuían la falta de lenguaje articulado en los monos a la abstención, no a la incapacidad. "No hablan, decían, para que no los hagan trabajar".
Semejante idea, nada profunda al principio, acabó por preocuparme hasta convertirse en este postulado antropológico:
Los monos fueron hombres que por una u otra razón dejaron de hablar. El hecho produjo la atrofia de sus órganos de fonación y de los centros cerebrales del lenguaje; debilitó casi hasta suprimirla la relación entre unos y otros, fijando el idioma de la especie en el grito inarticulado, y el humano primitivo descendió a ser animal.
Claro es que si llegara a demostrarse esto quedarían explicadas desde luego todas las anomalías que hacen del mono un ser tan singular; pero esto no tendría sino una demostración posible: volver el mono al lenguaje.
Entre tanto había corrido el mundo con el mío, vinculándolo cada vez más por medio de peripecias y aventuras. En Europa llamó la atención, y de haberlo querido, llego a darle la celebridad de un Cónsul; pero mi seriedad de hombre de negocios mal se avenía con tales payasadas.
Trabajado por mi idea fija del lenguaje de los monos, agoté toda la bibliografía concerniente al problema, sin ningún resultado apreciable. Sabía únicamente, con entera seguridad, que no hay ninguna razón científica para que el mono no hable. Esto llevaba cinco años de meditaciones.
Yzur (nombre cuyo origen nunca pude descubrir, pues lo ignoraba igualmente su anterior patrón), Yzur era ciertamente un animal notable. La educación del circo, bien que reducida casi enteramente al mimetismo, había desarrollado mucho sus facultades; y esto era lo que me incitaba más a ensayar sobre él mi en apariencia disparatada teoría.
Por otra parte, sábese que el chimpancé (Yzur lo era) es entre los monos el mejor provisto de cerebro y uno de los más dóciles, lo cual aumentaba mis probabilidades. Cada vez que lo veía avanzar en dos pies, con las manos a la espalda para conservar el equilibrio, y su aspecto de marinero borracho, la convicción de su humanidad detenida se vigorizaba en mí.
No hay a la verdad razón alguna para que el mono no articule absolutamente. Su lenguaje natural, es decir, el conjunto de gritos con que se comunica a sus semejantes, es asaz variado; su laringe, por más distinta que resulte de la humana, nunca lo es tanto como la del loro, que habla sin embargo; y en cuanto a su cerebro, fuera de que la comparación con el de este último animal desvanece toda duda, basta recordar que el del idiota es también rudimentario, a pesar de lo cual hay cretinos que pronuncian algunas palabras. Por lo que hace a la circunvolución de Broca, depende, es claro, del desarrollo total del cerebro; fuera de que no está probado que ella sea fatalmente el sitio de localización del lenguaje. Si es el caso de localización mejor establecido en anatomía, los hechos contradictorios son desde luego incontestables.
Felizmente los monos tienen, entre sus muchas malas condiciones, el gusto por aprender, como lo demuestra su tendencia imitativa; la memoria feliz, la reflexión que llega hasta una profunda facultad de disimulo, y la atención comparativamente más desarrollada que en el niño. Es, pues, un sujeto pedagógico de los más favorables.
El mío era joven además, y es sabido que la juventud constituye la época más intelectual del mono, parecido en esto al negro. La dificultad estribaba solamente en el método que se emplearía para comunicarle la palabra. Conocía todas las infructuosas tentativas de mis antecesores; y está de más decir, que ante la competencia de algunos de ellos y la nulidad de todos sus esfuerzos, mis propósitos fallaron más de una vez, cuando el tanto pensar sobre aquel tema fue llevándome a esta conclusión:
Lo primero consiste en desarrollar el aparato de fonación del mono.
Así es, en efecto, como se procede con los sordomudos antes de llevarlos a la articulación; y no bien hube reflexionado sobre esto, cuando las analogías entre el sordomudo y el mono se agolparon en mi espíritu.
Primero de todo, su extraordinaria movilidad mímica que compensa al lenguaje articulado, demostrando que no por dejar de hablar se deja de pensar, así haya disminución de esta facultad por la paralización de aquella. Después otros caracteres más peculiares por ser más específicos: la diligencia en el trabajo, la fidelidad, el coraje, aumentados hasta la certidumbre por estas dos condiciones cuya comunidad es verdaderamente reveladora; la facilidad para los ejercicios de equilibrio y la resistencia al marco.
Decidí, entonces, empezar mi obra con una verdadera gimnasia de los labios y de la lengua de mi mono, tratándolo en esto como a un sordomudo. En lo restante, me favorecería el oído para establecer comunicaciones directas de palabra, sin necesidad de apelar al tacto. El lector verá que en esta parte prejuzgaba con demasiado optimismo.
Felizmente, el chimpancé es de todos los grandes monos el que tiene labios más movibles; y en el caso particular, habiendo padecido Yzur de anginas, sabía abrir la boca para que se la examinaran.
La primera inspección confirmó en parte mis sospechas. La lengua permanecía en el fondo de su boca, como una masa inerte, sin otros movimientos que los de la deglución. La gimnasia produjo luego su efecto, pues a los dos meses ya sabía sacar la lengua para burlar. Ésta fue la primera relación que conoció entre el movimiento de su lengua y una idea; una relación perfectamente acorde con su naturaleza, por otra parte.
Los labios dieron más trabajo, pues hasta hubo que estirárselos con pinzas; pero apreciaba -quizá por mi expresión- la importancia de aquella tarea anómala y la acometía con viveza. Mientras yo practicaba los movimientos labiales que debía imitar, permanecía sentado, rascándose la grupa con su brazo vuelto hacia atrás y guiñando en una concentración dubitativa, o alisándose las patillas con todo el aire de un hombre que armoniza sus ideas por medio de ademanes rítmicos. Al fin aprendió a mover los labios.
Pero el ejercicio del lenguaje es un arte difícil, como lo prueban los largos balbuceos del niño, que lo llevan, paralelamente con su desarrollo intelectual, a la adquisición del hábito. Está demostrado, en efecto, que el centro propio de las inervaciones vocales, se halla asociado con el de la palabra en forma tal, que el desarrollo normal de ambos depende de su ejercicio armónico; y esto ya lo había presentido en 1785 Heinicke, el inventor del método oral para la enseñanza de los sordomudos, como una consecuencia filosófica. Hablaba de una "concatenación dinámica de las ideas", frase cuya profunda claridad honraría a más de un psicólogo contemporáneo.
Yzur se encontraba, respecto al lenguaje, en la misma situación del niño que antes de hablar entiende ya muchas palabras; pero era mucho más apto para asociar los juicios que debía poseer sobre las cosas, por su mayor experiencia de la vida.
Estos juicios, que no debían ser sólo de impresión, sino también inquisitivos y disquisitivos, a juzgar por el carácter diferencial que asumían, lo cual supone un raciocinio abstracto, le daban un grado superior de inteligencia muy favorable por cierto a mi propósito.
Si mis teorías parecen demasiado audaces, basta con reflexionar que el silogismo, o sea el argumento lógico fundamental, no es extraño a la mente de muchos animales. Como que el silogismo es originariamente una comparación entre dos sensaciones. Si no, ¿por qué los animales que conocen al hombre huyen de él, y no los que nunca le conocieron?...
Comencé, entonces, la educación fonética de Yzur.
Tratábase de enseñarle primero la palabra mecánica, para llevarlo progresivamente a la palabra sensata.
Poseyendo el mono la voz, es decir, llevando esto de ventaja al sordomudo, con más ciertas articulaciones rudimentarias, tratábase de enseñarle las modificaciones de aquella, que constituyen los fonemas y su articulación, llamada por los maestros estática o dinámica, según que se refiera a las vocales o a las consonantes.
Dada la glotonería del mono, y siguiendo en esto un método empleado por Heinicke con los sordomudos, decidí asociar cada vocal con una golosina: a con papa; e con leche; i con vino; o con coco; u con azúcar, haciendo de modo que la vocal estuviese contenida en el nombre de la golosina, ora con dominio único y repetido como en papa, coco, leche, ora reuniendo los dos acentos, tónico y prosódico, es decir, como fundamental: vino, azúcar.
Todo anduvo bien, mientras se trató de las vocales, o sea los sonidos que se forman con la boca abierta. Yzur los aprendió en quince días. Sólo que a veces, el aire contenido en sus abazones les daba una rotundidad de trueno. La u fue lo que más le costó pronunciar.
Las consonantes me dieron un trabajo endemoniado, y a poco hube de comprender que nunca llegaría a pronunciar aquellas en cuya formación entran los dientes y las encías. Sus largos colmillos y sus abazones, lo estorbaban enteramente.
El vocabulario quedaba reducido, entonces a las cinco vocales, la b, la k, la m, la g, la f y la c, es decir todas aquellas consonantes en cuya formación no intervienen sino el paladar y la lengua.
Aun para esto no me bastó el oído. Hube de recurrir al tacto como un sordomudo, apoyando su mano en mi pecho y luego en el suyo para que sintiera las vibraciones del sonido.
Y pasaron tres años, sin conseguir que formara palabra alguna. Tendía a dar a las cosas, como nombre propio, el de la letra cuyo sonido predominaba en ellas. Esto era todo.
En el circo había aprendido a ladrar como los perros, sus compañeros de tarea; y cuando me veía desesperar ante las vanas tentativas para arrancarle la palabra, ladraba fuertemente como dándome todo lo que sabía. Pronunciaba aisladamente las vocales y consonantes, pero no podía asociarlas. Cuando más, acertaba con una repetición de pes y emes.
Por despacio que fuera, se había operado un gran cambio en su carácter. Tenía menos movilidad en las facciones, la mirada más profunda, y adoptaba posturas meditativas. Había adquirido, por ejemplo, la costumbre de contemplar las estrellas. Su sensibilidad se desarrollaba igualmente; íbasele notando una gran facilidad de lágrimas. Las lecciones continuaban con inquebrantable tesón, aunque sin mayor éxito. Aquello había llegado a convertirse en una obsesión dolorosa, y poco a poco sentíame inclinado a emplear la fuerza. Mi carácter iba agriándose con el fracaso, hasta asumir una sorda animosidad contra Yzur. Éste se intelectualizaba más, en el fondo de su mutismo rebelde, y empezaba a convencerme de que nunca lo sacaría de allí, cuando supe de golpe que no hablaba porque no quería. El cocinero, horrorizado, vino a decirme una noche que había sorprendido al mono "hablando verdaderas palabras". Estaba, según su narración, acurrucado junto a una higuera de la huerta; pero el terror le impedía recordar lo esencial de esto, es decir, las palabras. Sólo creía retener dos: cama y pipa. Casi le doy de puntapiés por su imbecilidad.
No necesito decir que pasé la noche poseído de una gran emoción; y lo que en tres años no había cometido, el error que todo lo echó a perder, provino del enervamiento de aquel desvelo, tanto como de mi excesiva curiosidad.
En vez de dejar que el mono llegara naturalmente a la manifestación del lenguaje, llaméle al día siguiente y procuré imponérsela por obediencia.
No conseguí sino las pes y las emes con que me tenía harto, las guiñadas hipócritas y -Dios me perdone- una cierta vislumbre de ironía en la azogada ubicuidad de sus muecas.
Me encolericé, y sin consideración alguna, le di de azotes. Lo único que logré fue su llanto y un silencio absoluto que excluía hasta los gemidos.
A los tres días cayó enfermo, en una especie de sombría demencia complicada con síntomas de meningitis. Sanguijuelas, afusiones frías, purgantes, revulsivos cutáneos, alcoholaturo de brionia, bromuro -toda la terapéutica del espantoso mal le fue aplicada. Luché con desesperado brío, a impulsos de un remordimiento y de un temor. Aquél por creer a la bestia una víctima de mi crueldad; éste por la suerte del secreto que quizá se llevaba a la tumba.
Mejoró al cabo de mucho tiempo, quedando, no obstante, tan débil, que no podía moverse de su cama. La proximidad de la muerte habíalo ennoblecido y humanizado. Sus ojos llenos de gratitud, no se separaban de mí, siguiéndome por toda la habitación como dos bolas giratorias, aunque estuviese detrás de él; su mano buscaba las mías en una intimidad de convalecencia. En mi gran soledad, iba adquiriendo rápidamente la importancia de una persona.
El demonio del análisis, que no es sino una forma del espíritu de perversidad, impulsábame, sin embargo, a renovar mis experiencias. En realidad el mono había hablado. Aquello no podía quedar así.
Comencé muy despacio, pidiéndole las letras que sabía pronunciar. ¡Nada! Dejelo solo durante horas, espiándolo por un agujerillo del tabique. ¡Nada! Hablele con oraciones breves, procurando tocar su fidelidad o su glotonería. ¡Nada! Cuando aquéllas eran patéticas, los ojos se le hinchaban de llanto. Cuando le decía una frase habitual, como el "yo soy tu amo" con que empezaba todas mis lecciones, o el "tú eres mi mono" con que completaba mi anterior afirmación, para llevar a un espíritu la certidumbre de una verdad total, él asentía cerrando los párpados; pero no producía sonido, ni siquiera llegaba a mover los labios.
Había vuelto a la gesticulación como único medio de comunicarse conmigo; y este detalle, unido a sus analogías con los sordomudos, hacía redoblar mis preocupaciones, pues nadie ignora la gran predisposición de estos últimos a las enfermedades mentales. Por momentos deseaba que se volviera loco, a ver si el delirio rompía al fin su silencio. Su convalecencia seguía estacionaria. La misma flacura, la misma tristeza. Era evidente que estaba enfermo de inteligencia y de dolor. Su unidad orgánica habíase roto al impulso de una cerebración anormal, y día más, día menos, aquél era caso perdido. Más, a pesar de la mansedumbre que el progreso de la enfermedad aumentaba en él, su silencio, aquel desesperante silencio provocado por mi exasperación, no cedía. Desde un oscuro fondo de tradición petrificada en instinto, la raza imponía su milenario mutismo al animal, fortaleciéndose de voluntad atávica en las raíces mismas de su ser. Los antiguos hombres de la selva, que forzó al silencio, es decir, al suicidio intelectual, quién sabe qué bárbara injusticia, mantenían su secreto formado por misterios de bosque y abismos de prehistoria, en aquella decisión ya inconsciente, pero formidable con la inmensidad de su tiempo. Infortunios del antropoide retrasado en la evolución cuya delantera tomaba el humano con un despotismo de sombría barbarie, habían, sin duda, destronado a las grandes familias cuadrumanas del dominio arbóreo de sus primitivos edenes, raleando sus filas, cautivando sus hembras para organizar la esclavitud desde el propio vientre materno, hasta infundir a su impotencia de vencidas el acto de dignidad mortal que las llevaba a romper con el enemigo el vínculo superior también, pero infausto, de la palabra, refugiándose como salvación suprema en la noche de la animalidad.
Y qué horrores, qué estupendas sevicias no habrían cometido los vencedores con la semibestia en trance de evolución, para que ésta, después de haber gustado el encanto intelectual que es el fruto paradisíaco de las biblias, se resignara a aquella claudicación de su extirpe en la degradante igualdad de los inferiores; a aquel retroceso que cristalizaba por siempre su inteligencia en los gestos de un automatismo de acróbata; a aquella gran cobardía de la vida que encorvaría eternamente, como en distintivo bestial, sus espaldas de dominado, imprimiéndole ese melancólico azoramiento que permanece en el fondo de su caricatura.
He aquí lo que, al borde mismo del éxito, había despertado mi malhumor en el fondo del limbo atávico. A través del millón de años, la palabra, con su conjuro, removía la antigua alma simiana; pero contra esa tentación que iba a violar las tinieblas de la animalidad protectora, la memoria ancestral, difundida en la especie bajo un instintivo horror, oponía también edad sobre edad como una muralla.
Yzur entró en agonía sin perder el conocimiento. Una dulce agonía a ojos cerrados, con respiración débil, pulso vago, quietud absoluta, que sólo interrumpía para volver de cuando en cuando hacia mí, con una desgarradora expresión de eternidad, su cara de viejo mulato triste. Y la última noche, la tarde de su muerte, fue cuando ocurrió la cosa extraordinaria que me ha decidido a emprender esta narración.
Habíame dormitado a su cabecera, vencido por el calor y la quietud del crepúsculo que empezaba, cuando sentí de pronto que me asían por la muñeca.
Desperté sobresaltado. El mono, con los ojos muy abiertos, se moría definitivamente aquella vez, y su expresión era tan humana, que me infundió horror; pero su mano, sus ojos, me atraían con tanta elocuencia hacia él, que hube de inclinarme de inmediato a su rostro; y entonces, con su último suspiro, el último suspiro que coronaba y desvanecía a la vez mi esperanza, brotaron -estoy seguro, brotaron en un murmullo (¿cómo explicar el tono de una voz que ha permanecido sin hablar diez mil siglos?) estas palabras cuya humanidad reconciliaba las especies:

-AMO, AGUA, AMO, MI AMO...


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Caballo en el salitral

Un cuento de Antonio Di Benedetto

El aeroplano viene toreando el aire.
Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a la estación, los chicos se desbandan y los hombres envaran las piernas para aguantar el cimbrón.
Ya está de la otra mano, perdiéndose a ras del monte. Los niños y las madres asoman como después de la lluvia. Vuelven las voces de los hombres:
­¿Será Zanni..., el volador?
­No puede. Si Zanni le está dando la vuelta al mundo.
­¿Y qué, acaso no estamos en el mundo?
­Así es; pero eso no lo sabe nadie, aparte de nosotros.
Pedro Pascual oye y se guía por los más enterados: tiene que ser que el aeroplano le sale al paso al "tren del rey".
Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, no es rey; pero lo será, dicen, cuando se le muera el padre, que es rey de veras.
Esa misma tarde, dicen, el príncipe de Europa estará allí, en esa pobrecita tierra de los medanales.
Pedro Pascual quiere ver para contarle a la mujer. Mejor si estuviera acá. A Pedro Pascual le gusta compartir con ella, aunque sea el mate o la risa. Y no le agrada estar solo, como agregado a la visita, delante del corralón. No es hosco; no está asentado, no más: los mendocinos se ríen de su tonada cordobesa.
Se refugia en el acomodo de los fardos. Tanta tierra, la del patrón que él cuida, y tener que cargar pasto prensado y alambrado para quitarle el hambre a las vacas. Las manos que ajustan y cinchan dan con los yuyos que han segado en el camino: previsión medicinal para la casa. Perlilla, tabaquillo, té de burro, arrayán, atamisque... Mueve y ordena los manojos y la mezcla de fragancias le compone el hogar, resumido en una taza aromática. Pero se adueña del olfato la intensidad del tomillo y Pedro Pascual quiere compararlo con algo y no acierta, hasta que piensa, seguro: "...este es el rey, porque le da olor al campo".

¿Eso, el tren del rey? ¿Una maquinita y un vagón dándose humo ? No puede ser; sin embargo, la gente dice...
Pedro Pascual desatiende. Lo llama esa carga de nubes azuladas, bajonas, que están tapando el cielo. Se siente como traicionado , como si lo hubieran distraído con un juguete zampándole por la espalda la tormenta. No obstante, ¿por qué ese disgusto y esa preocupación? ¿No es agua lo que precisa el campo? Sí, pero... su campo está más allá de la Loma de los Sapos.
La maquinita pita al dejar de lado la estación y a Pedro Pascual le parece que ha asustado las nubes. Se arremolinan, cambian de rumbo, se abren, como rajadas, como pechadas por un soplido formidable. El sol recae en la arena gris y amarronada y Pedro Pascual siente como si lo iluminara por dentro, porque el frente de nubes semeja haber reculado para llevarle el agua adonde él la precisa.
Ahora Pedro Pascual se reintegra al sitio donde está parado. Ahora lo entiende todo: la maquinita era algo así como un rastreador, o como un payaso que encabeza el desfile del circo. El "tren del rey", el tren que debe ser distinto de todos los trenes que se escapan por los rieles, viene más serio, allá al fondo.
Es distinto, se dice Pedro Pascual. Se da razones; porque en el miriñaque tiene unos escudos, y dos banderas. . . ¿Y por qué más? Porque parece deshabitado, con las ventanillas caídas, y nadie que se asome, nadie que baje o suba. El maquinista, allá, y un guarda, acá, y en las losetas de portland de la estación un milico cuadrado haciendo el saludo, ¿a quién?
La poblada, que no se animaba, se cuela en el andén y nadie la ataja. Los chicos están como chupados por lo que no ocurre. Los hombres caminan, largo a largo, pisan fuerte, y harían ruido si pudieran, pero las alpargatas no suenan. Se hablan alto, por mostrar coraje, mas ni uno solo mira el tren, como si no estuviera.
Después, cuando se va, sí, se quedan mirándole la cola y a los comentarios: "¡ Será ! . . . "
Antes que el tren sea una memoria, llega de atrás el avioncito obsequioso, dispuesto a no perderle los pasos.

Tendrá que arrepentirse, Pedro Pascual, de la curiosidad y de la demora; aunque poco tiempo le será dado para su arrepentimiento.
A una hora de marcha de la estación, donde ya no hay puestos de cabras, lo recibe y lo acosa, lo ciega el agua del cielo. Lo achica, lo voltea, como si quisiera tirarlo a un pozo. Lo acobarda, le mete miedo, trenzada con los refusilos que son de una pureza como la de la hoja del más peligroso acero.
Pedro Pascual deja el pescante. No quiere abandonar el caballito; pero el monte es achaparrado y apenas cabe él, en cuclillas. El animal humilde, obediente a una orden no pronunciada, se queda en la huella con el chaparrón en los lomos.
Entonces sucede. El rayo se desgarra como una llamarada blanca y prende en el alpataco de ramas curvas que daban amparo al hombre. Pedro Pascual alcanza a gritar, mientras se achicharra. Ruido hace, de achicharrarse.
El caballo, a unos metros, relincha de pavor, ciego de luz, y se desemboca a la noche con el lastre del carro y el pasto que le hunde las ruedas en la arena y en el agua, pero no lo frena.

Clarea en el bajo, mas no en los ojos del animal.
Ha huido toda la noche. Afloja el paso, somnoliento y vencido, y se detiene. El carro le pesa como un tirón a lo largo de las varas; sin embargo, lo aguanta. Cabecea un sueño. La pititorra picotea la superficie del pasto y a saltitos lleva su osadía por todo el dorso del caballo, hasta la cabeza. El animal despierta y se sacude y el pajarito le vuela en torno y deja a la vista las plumas blancas del pecho, adorno de su masa gris pardusca. Después lo abandona.
El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga. El pasto mojado de su carga le alerta las narices. Hunde el casco, afirma el remo, para darse impulso, y sale a buscar.
Huele, tras de orientarse, si bien donde está ya no hay ni la huella que ayuda y el silencio es tan imperioso que el animal ni relincha, como si participara de una mudez y una sordera universales.
El sol golpea en la arena, rebota y se le mete en la garganta.
No es difícil ­todavía­ beber, porque la lluvia reciente se ha aposentado al pie de los algarrobos y el ramaje la defiende de una rápida evaporación.
El olor de las vainas le remueve el instinto, por la experiencia de otro día de hambre desesperada, pero el algarrobo, con sus espinas, le acuchilla los labios.
El atardecer calma el día y concede un descanso al animal.

La nueva luz revela una huella triple, que viene al carro, se enmaraña y se devuelve. La formaron las patitas, que apenas se levantan, del pichiciego, el Juan Calado, el del vestido trunco de algodón de vidrio. El pasto enfardado pudo ser su golosina de una noche; estacionado, su eterno almacén. Muy elevado, sin embargo, para sus cortas piernas.
Muy feo, además, como indicio del desamparo y la pasividad del caballo de los ojos impedidos. Ahí está, débil, consumiéndose, incapaz de responder a las urgencias de su estómago.
Una perdiz se desanuda del monte y levanta con sus pitidos el miedo que empieza a gobernar, más que el hambre, al animal uncido al carro. Es que vienen volteando los yaguarondíes. La perdiz lo sabe; el caballo no lo sabe, pero se le avisa, por dentro.
Los dos gatazos, moro el uno, canela el otro, se tumban por juego, ruedan empelotados y con las manos afelpadas se amagan y se sacuden aunque sin daño, reservadas las uñas para la presa incauta o lerda que ya vendrá.
El caballo se moja repentinamente los ijares y dispara. El ruido excesivo, ese ruido que no es del desierto, ahuyenta a los yaguarondíes, si bien eso no está en los alcances del carguero y él tira al médano.
La arena es blanda y blandas son las curvas de sus lomadas. Otra, de rectas precisas, es la geometría del carro que se esfuerza por montarlas.
Sin embargo, en esa guerra de arena tiene un resuello el animal. Ofuscado y resoplante, tupidas las fosas nasales, no ha sondeado en largo rato en busca de alimento, pero el pie, como bola loca, ha dado con una mancha áspera de solupe. La cabeza, por fin, puede inclinarse por algo que no sea el cansancio. Los labios rastrean codiciosos hasta que dan con los tallos rígidos. Es como tragarse un palo; no obstante, el estómago los recibe con rumores de bienvenida.
El ramillete de finas hojas del coirón se ampara en la reciedumbre del solupe y, para prolongar las horas mansas del desquite de tanta hambruna, el coirón comestible se enlaza más abajo con los tallos tiernos del telquí de las ramitas decumbentes.
El olor de una planta ha denunciado la otra, mas nada revela el agua, y el animal retorna, con otro día, hacia las "islas" de monte que suelen encofrarla.
Un bañado turbio, que no refleja la luz, un bañado decadente que morirá con tres soles, lo retiene y lo retiene como un querido corral.
Las islas y las isletas se pueblan de sedientos animales en tránsito; disminuye su población cuando unos se dañan a otros, sin llegar a vaciarse.
El caballo se perturba con la vecindad vocinglera y reñidora, aunque nadie, todavía, se ha metido con él. Un día guarda distancia, condenándose al sol del arenal; al otro se arriesga y puede roer la miseria de la corteza del retamo.

De las islas se suelta la liebre. Ahonda su refugio el cuye. El zorro prescinde de su odio a la luz solar y deja ver a campo abierto su cola ampulosa detrás del cuerpo pobrete. Sólo en el ramaje queda vida, la de los pájaros; pero ellos también se silencian: viene el puma, el bandido rapado, el taimado que parece chiquito adelante y crece en su tren trasero para ayudar el salto.
No busca el agua, no comerá conejos. Desde lejos ha oteado en descubierto el caballo sin hombre. Se adelanta en contra del viento.
A favor, en cambio, tiene el aire una yegua guacha, libre, que no conoció jamás montura ni arreo alguno. Acude a las islas, por agua.
La inesperada presencia del macho la hace relinchar de gozo y el caballo en las varas vuelca la cabeza como si pudiera ver, armando sólo un revuelo de moscas. En los últimos metros, la yegua presume con un trotecito y al final se exhibe, delante, cejada, con sus largas crines y su cuerpo sano.
En el caballo resucita el ansia carnal. Si ella postergó la sed, él puede superar la declinación física.
Se arrima, se arriman él y su carro. La hembra desconfía de ese desplazamiento monstruoso, no entiende cómo se mueve el carro cuando se mueve el macho. Corcovea, se escurre al acercamiento de las cabezas que él intenta, como un extraño y atávico parlamento previo.
Brinca ella, excitada y recelosa; se aturde por el ímpetu cálido que la recorre. Y aturdida, conmovida, descuidada, depone su guardia montaraz y rueda con un relincho de pánico al primer salto y el primer zarpazo del puma.
Como herido en sus carnes, como perseguido por la fiera que está sangrando a la hembra, el caballo enloquece en una disparada que es traqueteo penoso rumbo adentro del arenal.

Corta fue la arena para el terror. La uña pisa ya la ciénaga salitrosa. Es una adherencia, un arrastre que pareciera chuparlo hacia el fondo del suelo. Tiene que salir, pero sale a la planicie blanca, apenas de cuando en cuando moteada por la arenilla.
Gana fuerzas para otro empujoncito mascando vidriera, la hija solitaria del salitral, una hoja como de papel que envuelve el tallo alto de dos metros igual que si apañara un bastón
Más adelante persigue los olores. Huele con avidez. Capta algo en el aire y se empeña tras de eso, con su paso de enfermo, hasta que lo pierde y se pierde.
Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso, jugoso, de corral. Lo ventea y mastica el freno como si mascara pasto. Masca, huele y gira para alcanzar lo que imagina que masca. Está oliendo el pasto de su carro, persiguiendo enfebrecido lo que carga detrás. Ronda una ronda mortal. El carro hace huella, se atasca y ya no puede, el caballejo, salir adelante. Tira, saca pecho y patina. Su última vida se gasta.
Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al otro día, como ya no gravita nada, el peso de los fardos echa el carro hacia atrás, las varas apuntan al firmamento y el cuerpo vencido queda colgado en el aire.
Por allá, entretanto, acude con su oscura vestimenta el jote, el que no come solo.


Un setiembre

Lavado está el carro, lavados los huesos, más que de lluvia, por las emanaciones corrosivas y purificadoras del salitre.
Ruina son los huesos, caídos y dispersos, perdida la jaula del pellejo. Pero en una punta de vara enredó sus cueros el cabezal del arreo y se ha hecho bolsa que contiene, boca arriba, el largo cráneo medio pelado.
Sobre la ruina transcurre la vida, a la búsqueda de la seguridad de subsistencia: una bandada de catitas celestes, casi azules los machos, de un blanco apenas bañado de cielo las hembras.
Con ellas, una pareja de palomas torcazas emigra de la sequía puntana. Ya descubren, desde el vuelo, la excitante floración del chañar brea, que anchamente pinta de amarillo los montes del oeste.
Sin embargo, la palomita del fresco plumaje pardo comprende que no podrá llegar con su carga de madre. Se le revela, abajo, en medio de la tensa aridez del salitral, el carro que puede ser apoyo y refugio. Hace dos círculos en el aire, para descender. Zurea, para advertir al palomo que no lo sigue. Pero el macho no se detiene y la familia se deshace.
No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus huevos. Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, ]a cabeza invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después, cuando se abran los huevos, será una caja de trinos.


Las últimas miradas

Un cuento de Enrique Anderson Imbert

El hombre mira a su alrededor. Entra en el baño. Se lava las manos. El jabón huele a violetas. Cuando ajusta la canilla, el agua sigue goteando. Se seca. Coloca la toalla en el lado izquierdo del toallero: el derecho es el de su mujer. Cierra la puerta del baño para no oír el goteo. Otra vez en el dormitorio. Se pone una camisa limpia: es de puño francés. Hay que buscar los gemelos. La pared está empapelada con dibujos de pastorcitas y pastorcitos. Algunas parejas desaparecen debajo de un cuadro que reproduce Los amantes de Picasso, pero más allá, donde el marco de la puerta corta un costado del papel, muchos pastorcitos se quedan solos, sin sus compañeras. Pasa al estudio. Se detiene ante el escritorio. Cada uno de los cajones de ese mueble grande como un edificio es una casa donde viven cosas. En una de esas cajas las cuchillas de la tijera deben de seguir odiándoles como siempre. Con la mano acaricia el lomo de sus libros. Un escarabajo que cayó de espaldas sobre el estante agita desesperadamente sus patitas. Lo endereza con un lápiz. Son las cuatro del la tarde. Pasa al vestíbulo. Las cortinas son rojas. En la parte donde les da el Sol, el rojo se suaviza en un rosado. Ya a punto de llegar a la puerta de salida se da vuelta. Mira a dos sillas enfrentadas que parecen estar discutiendo ¡todavía! Sale. Baja las escaleras. Cuenta quince escalones. ¿No eran catorce? Casi se vuelve para contarlos de nuevo pero ya no tiene importancia. Nada tiene importancia. Se cruza a la acera de enfrente y antes de dirigirse hacia la comisaría mira la ventana de su propio dormitorio. Allí dentro ha dejado a su mujer con un puñal clavado en el corazón.


Cuento azul

Un cuento de Marguerite Yourcenar

Los mercaderes procedentes de Europa estaban sentados en el puente, de cara a la mar azul, en la sombra color índigo de las velas remendadas de retazos grises. El sol cambiaba constantemente de lugar entre los cordajes y, con el balanceo del barco, parecía estar saltando como una pelota que rebotara por encima de una red de mallas muy abiertas. El navío tenía que virar continuamente para evitar los escollos; el piloto, atento a la maniobra, se acariciaba el mentón azulado.

Al crepúsculo, los mercaderes desembarcaron en una orilla embaldosada de mármol blanco; vetas azuladas surcaban la superficie de las grandes losas que antaño fueran revestimiento de templos. La sombra que cada uno de los mercaderes arrastraba tras de sí por la calzada, al caminar en el sentido del ocaso, era más alargada, más estrecha y no tan oscura como en pleno mediodía; su tonalidad, de un azul muy pálido, recordaba a la de las ojeras que se extienden por debajo de los párpados de una enferma. En las blancas cúpulas de las mezquitas espejeaban inscripciones azules, cual tatuajes en un seno delicado; de vez en cuando, una turquesa se desprendía por su propio peso del artesonado y caía con un ruido sordo sobre las alfombras de un azul muelle y descolorido.

Se levantó la luna y emprendió una danza errática, como un espíritu endiablado, entre las tumbas cónicas del cementerio. El cielo era azul, semejante a la cola de escamas de una sirena, y el mercader griego encontraba en las montañas desnudas que bordeaban el horizonte un parecido con las grupas azules y rasas de los centauros.

Todas las estrellas concentraban su fulgor en el interior del palacio de las mujeres. Los mercaderes penetraron en el patio de honor para resguardarse del viento y del mar, pero las mujeres, asustadas, se negaban a recibirlos y ellos se desollaron en vano las manos a fuerza de llamar a las puertas de acero, relucientes como la hoja de un sable.

Tan intenso era el frío, que el mercader holandés perdió los cinco dedos de su pie izquierdo; al mercader italiano le amputó los dedos de la mano derecha una tortuga que él había tomado, en la oscuridad, por un simple cabujón de lapislázuli. Por fin, un negrazo salió del palacio llorando y les explicó que, noche tras noche, las damas rechazaban su amor por no tener la piel suficientemente oscura. El mercader griego supo congraciarse con el negro merced al regalo de un talismán hecho de sangre seca y de tierra de cementerio, así es que el nubio los introdujo en una gran sala color ultramar y recomendó a las mujeres que no hablaran demasiado alto para que no despertaran los camellos en su establo y no se alterasen las serpientes que chupan la leche del claro de luna.

Los mercaderes abrieron sus cofres ante los ojos ávidos de las esclavas, en medio de olorosos humos azules, pero ninguna de las damas respondió a sus preguntas y las princesas no aceptaron sus regalos. En una sala revestida de dorados, una china ataviada con un traje anaranjado los tachó de impostores, pues las sortijas que le ofrecían se volvían invisibles al contacto de su piel amarilla. Ninguno advirtió la presencia de una mujer vestida de negro, sentada en el fondo de un corredor, y como le pisaran sin darse cuenta los pliegues de su falda, ella los maldijo invocando al cielo azul en la lengua de los tártaros, invocando al sol en la lengua turca, e invocando la arena en la lengua del desierto. En una sala tapizada de telas de araña, los mercaderes no obtuvieron respuesta de otra mujer, vestida de gris, que sin cesar se palpaba para estar segura de que existía; en la siguiente sala, color grana, los mercaderes huyeron a la vista de una mujer vestida de rojo que se desangraba por una ancha herida abierta en el pecho, aunque ella parecía no darse cuenta, ya que su vestido no estaba ni siquiera manchado.

Pudieron al cabo refugiarse en el ala donde estaban las cocinas y allí deliberaron acerca del mejor medio para llegar hasta la caverna de los zafiros. Constantemente los molestaba el trajín de los aguadores, y un perro sarnoso fue a lamer el muñón azul del mercader italiano, el que había perdido los dedos. Al fin, vieron aparecer por la escalera de la bodega a una joven esclava que llevaba hielo granizado en un ataifor de cristal turbio; lo depositó sin mirar dónde, sobre una columna de aire, para dejarse las manos libres y poder saludar, levantándolas hasta la frente, donde llevaba tatuada la estrella de los magos. Sus cabellos azul-negros fluían desde las sienes hasta los hombros; sus ojos claros miraban el mundo a través de dos lágrimas; y su boca no era sino una herida azul. Su vestido color lavanda, de fina tela desteñida por hartos lavados, estaba desgarrado en las rodillas, pues la joven tenía por costumbre prosternarse para rezar y lo hacía constantemente.

Poco importaba que no comprendiera la lengua de los mercaderes, pues era sordomuda; así, se limitó a asentir gravemente con la cabeza cuando ellos inquirieron cómo ir hasta el tesoro mostrándole en un espejo sus ojos color de gema y señalando luego la huella de sus pasos en el polvo del corredor. El mercader griego le ofreció sus talismanes: la niña los rechazó como lo hubiera hecho una mujer dichosa, pero con la sonrisa amarga de una mujer desesperada; el mercader holandés le tendió un saco lleno de joyas, pero ella hizo una reverencia desplegando con las manos el pobre vestido todo roto, y no les fue posible adivinar si es que se juzgaba demasiado indigente o demasiado rica para tales esplendores.

Luego, con una brizna de hierba levantó el picaporte de la puerta y se encontraron en un patio redondo como el interior de un pozal, lleno hasta los bordes de la fría luz matinal. La joven se sirvió de su dedo meñique para abrir la segunda puerta que daba a la llanura y, uno tras otro, se encaminaron hacia el interior de la isla por un camino bordeado de matas de aloe. Las sombras de los mercaderes iban pegadas a sus talones, cual siete víboras pequeñas y negras, en tanto que la muchacha estaba desprovista de toda sombra, lo que les dio que pensar si no sería un fantasma.

Las colinas, azules a distancia, se volvían negras, pardas o grises a medida que se aproximaban; sin embargo, el mercader de la Turena no perdía el valor y para darse ánimos cantaba canciones de su tierra francesa. El mercader castellano recibió por dos veces la picadura de un escorpión y sus piernas se hincharon hasta las rodillas y cobraron un color de berenjena madura, pero no parecía sentir dolor alguno e incluso caminaba con el paso más seguro y más solemne que los otros, como si estuviera sostenido por dos gruesos pilares de basalto azul. El mercader irlandés lloraba viendo cómo gotas de sangre pálida perlaban los talones de la muchacha, que andaba descalza sobre cascos de porcelana y de vidrios rotos.

Cuando llegaron al sitio, tuvieron que arrastrarse de rodillas para entrar a la caverna, que no abría al mundo más que una boca angosta y agrietada. La gruta era, sin embargo, más espaciosa de lo que hubiera podido esperarse y, así que sus ojos hubieron hecho buenas migas con las tinieblas, descubrieron por doquier fragmentos de cielo entre las fisuras de la roca. Un lago muy puro ocupaba el centro del subterráneo, y cuando el mercader italiano lanzó una guija para calcular la profundidad, no se la oyó caer, pero se formaron pompas en la superficie, como si una sirena bruscamente desesperada hubiera expelido todo el aire que llenaba sus pulmones. El mercader griego empapó sus manos ávidas en aquella agua y las sacó teñidas hasta las muñecas, como si se tratara de la tina hirviendo de una tintorera; mas no logró apoderarse de los zafiros que bogaban, cual flotillas de nautilos, por aquellas aguas más densas que las de los mares. Entonces, la joven deshizo sus largas trenzas y sumergió los cabellos en el lago: los zafiros se prendieron en ellos como en las mallas sedosas de una oscura red. Llamó primero al mercader holandés, que se metió las piedras preciosas en las calzas; luego, al mercader francés, que se llenó el chapeo de zafiros; el mercader griego atiborró un odre que llevaba al mercader castellano, arrancándose los sudados guantes de cuero, los llenó y se los puso colgados al cuello, de tal suerte que parecía llevar dos manos cortadas. Cuando le llegó el turno al mercader irlandés, ya no quedaban zafiros en el lago; la joven esclava se quitó un colgante de abalorios que llevaba y por señas le ordenó que se lo pusiera sobre el corazón.

Salieron arrastrándose de la caverna y la muchacha pidió al mercader irlandés que la ayudara a rodar una gruesa piedra para cerrar la entrada. Luego, colocó un precinto confeccionado con un poco de arcilla y una hebra de sus cabellos.

El camino se les hizo más largo que a la ida por la mañana. El mercader castellano, que empezaba a sufrir a causa de sus piernas emponzoñadas, se tambaleaba y blasfemaba invocando el nombre de la madre de Dios. El mercader holandés, que estaba hambriento, trató de arrancar las azules brevas maduras, de una higuera, pero un enjambre de abejas ocultas en la espesura almibarada lo picaron profundamente en la garganta y en las manos.

Llegados al pie de las murallas, el grupo dio un rodeo para evitar a los centinelas y se dirigieron sin hacer ruido hacia el puerto de los pescadores de sirenas, que estaba siempre desierto, pues hacía largo tiempo que no se pescaban ya sirenas en aquel país. La barca flotaba blandamente en el agua, amarrada al dedo de un pie de bronce, único resto de una estatua colosal erigida antaño en honor a un dios del que ya nadie recordaba el nombre. En el muelle, la esclava sordomuda hizo intención de despedirse de los hombres, saludándolos con las manos puestas en el corazón; entonces, el mercader griego la tomó por las muñecas y la arrastró hasta el barco, movido por el propósito de venderla al príncipe veneciano del Negroponto, de quien se sabía que le gustaban las mujeres heridas o afectadas de alguna invalidez. La doncella se dejó llevar sin oponer resistencia y sus lágrimas, al caer sobre las maderas del puente, se transformaban en bellas aguamarinas, así es que sus verdugos se las ingeniaron para darle motivos que la hicieran llorar.

La dejaron desnuda y la ataron al palo mayor; su cuerpo era tan blanco que servía de fanal al barco en aquella noche clara navegando entre las islas. Cuando hubieron terminado su partida de palillos, los mercaderes bajaron a la cabina para echarse a dormir. Hacia el alba, el holandés subió al puente aguijoneado por el deseo y se acercó a la prisionera, dispuesto a violentarla. Mas he aquí que la niña había desaparecido: las ligaduras colgaban, vacías, del tronco negro del mástil, como un cinturón demasiado ancho, y en el lugar donde se habían posado sus pies suaves y delgados no quedaba otra cosa que un mantoncito de hierbas aromáticas que exhalaban un humillo azul.

En los días que siguieron reinó una calma chicha, y los rayos del sol, que caían a plomo sobre la lisa superficie color de algas, producían un chirrido de hierro candente sumergido en agua fría. Las piernas gangrenadas del mercader castellano se habían puesto azules como las montañas que se columbraban en el horizonte y purulentos regueros se deslizaban desde las tablas del puente hasta el mar. Cuando el sufrimiento se hizo intolerable, el hombre sacó del cinturón una ancha daga triangular y se cercenó a la altura de los muslos las dos piernas envenenadas. Murió agotado al despuntar la aurora, después de haber legado sus zafiros al mercader suizo, que era su enemigo mortal.

Al cabo de una semana recalaron en Esmirna y el mercader de Turena, que siempre había temido al mar, optó por desembarcar, con intención de continuar su viaje a lomos de una buena mula. Un banquero armenio le cambió los zafiros por diez mil monedas con la efigie del Preste Juan. Eran piezas perfectamente redondas y el francés cargó alegremente con ellas hasta trece mulos; pero, así que llegó a Angers, tras siete años de viaje, se encontró con la sorpresa de que las monedas del monarca-preste no tenían curso en su país.

En Ragusa, el mercader holandés trocó sus zafiros por una jarra de cerveza servida en el mismo muelle, pero tuvo que escupir aquel insulso líquido aventado que no tenía el mismo gusto que la cerveza de las tabernas de Ámsterdam. El mercader italiano desembarcó en Venecia con el propósito de hacerse proclamar Dogo, mas pereció asesinado al día siguiente de sus nupcias con la laguna. En cuanto al mercader griego, se le ocurrió atar los zafiros a un cabo largo y suspenderlos en el costado de la barca, esperando que el contacto con las olas fuera benéfico para su hermoso color azul. Al mojarse, las gemas se volvieron líquidas y apenas si añadieron al tesoro del mar unas pocas gotas de agua transparente. El hombre se consoló pescando peces y asándolos al rescoldo de la ceniza.

Un atardecer, al cabo de veintisiete días de navegación, el barco fue atacado por un corsario. El mercader de Basilea se tragó sus zafiros para sustraerlos de la avaricia de los piratas y murió de atroces dolores de entrañas. El griego se echó al mar y fue recogido por un delfín, que lo condujo hasta Tinos. El irlandés, molido a golpes, fue dejado por muerto en la barca, entre los cadáveres y los sacos vacíos; nadie se tomó la molestia de quitarle el colgante de falsas piedras azules, que no tenía ningún valor. Treinta días más tarde, la barca a la deriva entró por sí misma en el puerto de Dublín y el irlandés echó pie a tierra para mendigar un pedazo de pan.

Estaba lloviendo. Los tejados oblicuos de las casas bajas sugerían grandes espejos destinados a captar los espectros de la luz muerta. La calzada desigual se encharcaba más y más; el cielo, de un parduzco sucio, parecía tan cenagoso que ni los ángeles se hubieran atrevido a salir de la casa de Dios; las calles estaban desiertas; el puesto de un mercero ambulante, que vendía calcetines de lana cruda y cordones para los zapatos, se veía abandonado al borde de una acera debajo de un paraguas abierto. Los reyes y los obispos esculpidos en el pórtico de la catedral no hacían nada para impedir que cayera la lluvia sobre sus coronas o sus mitras, y la Magdalena recibía el agua en sus senos desnudos.

El mercader, todo desalentado, fue a sentarse bajo el pórtico junto a una joven mendiga, tan pobre que su cuerpo, azulenco de frío, se veía a través de los desgarrones de su vestido gris. Sus rodillas se entrechocaban ligeramente; sus dedos cubiertos de sabañones apretaban un mendrugo de pan. El mercader le pidió por el amor de Dios que se lo diera, y ella se lo tendió en el acto. El mercader hubiera querido regalarle el colgante de abalorios azules, puesto que no tenla ninguna otra cosa que ofrecer; más en vano buscó en sus bolsillos, alrededor de su cuello, entre las cuentas de su rosario. No hallándolo, se echó a llorar desconsolado: no poseía ya nada que pudiera recordarle el color del cielo y la tonalidad del mar en donde había estado a punto de perecer.

Suspiró profundamente y, como el crepúsculo y la fría niebla se espesaban en derredor, la muchachita se apretujó contra él para darle calor. El hombre le hizo preguntas acerca del país y ella le contestó en el tosco dialecto del pueblo que dejara antaño, siendo aún muy chico. Entonces, apartó los cabellos desgreñados que cubrían el rostro de la mendiga, pero tan sucio estaba que la lluvia iba trazando en él regueritos blancos, y el mercader descubrió horrorizado que la niña era ciega y que una siniestra nube velaba el ojo izquierdo. No dejó por ello, sin embargo, de posar su cabeza en aquellas rodillas mal cubiertas de harapos y se durmió sosegado: el ojo derecho, que había visto privado de mirada, era milagrosamente azul.


El jardín encantado

Un cuento de
Italo Calvino

Giovannino y Serenella caminaban por las vías del tren. Abajo había un mar todo escamas azul oscuro azul claro; arriba un cielo apenas estriado de nubes blancas. Los rieles eran relucientes y quemaban. Por las vías se caminaba bien y se podía jugar de muchas maneras: mantener el equilibrio, él sobre un riel y ella sobre el otro, y avanzar tomados de la mano. 0 bien saltar de un durmiente a otro sin apoyar nunca el pie en las piedras. Giovannino y Serenella habían estado cazando cangrejos y ahora habían decidido explorar las vías, incluso dentro del túnel. Jugar con Serenella daba gusto porque no era como las otras niñas, que siempre tienen miedo y se echan a llorar por cualquier cosa. Cuando Giovannino decía: “Vamos allá”, Serenella lo seguía siempre sin discutir.

¡Deng! Sobresaltados miraron hacia arriba. Era el disco de un poste de señales que se había movido. Parecía una cigüeña de hierro que hubiera cerrado bruscamente el pico. Se quedaron un momento con la nariz levantada; ¡qué lástima no haberlo visto! No volvería a repetirse.

-Está a punto de llegar un tren -dijo Giovannino.

Serenella no se movió de la vía.

-¿Por dónde? -preguntó.

Giovannino miró a su alrededor, con aire de saber. Señaló el agujero negro del túnel que se veía ya límpido, ya desenfocado, a través del vapor invisible que temblaba sobre las piedras del camino.

-Por allí -dijo. Parecía oír ya el oscuro resoplido que venía del túnel y vérselo venir encima, escupiendo humo y fuego, las ruedas tragándose los rieles implacablemente.

-¿Dónde vamos, Giovannino?

Había, del lado del mar, grandes pitas grises, erizadas de púas impenetrables. Del lado de la colina corría un seto de ipomeas cargadas de hojas y sin flores. El tren aún no se oía: tal vez corría con la locomotora apagada, sin ruido, y saltaría de pronto sobre ellos. Pero Giovannino había encontrado ya un hueco en el seto.

-Por ahí.

Debajo de las trepadoras había una vieja alambrada en ruinas. En cierto lugar se enroscaba como el ángulo de una hoja de papel. Giovannino había desaparecido casi y se escabullía por el seto.

-¡Dame la mano, Giovannino!

Se hallaron en el rincón de un jardín, los dos a cuatro patas en un arriate, el pelo lleno de hojas secas y de tierra. Alrededor todo callaba, no se movía una hoja. “Vamos” dijo Giovannino y Serenella dijo: “Sí”.

Había grandes y antiguos eucaliptos de color carne y senderos de pedregullo. Giovannino y Serenella iban de puntillas, atentos al crujido de los guijarros bajo sus pasos. ¿Y si en ese momento llegaran los dueños?

Todo era tan hermoso: bóvedas estrechas y altísimas de curvas hojas de eucaliptos y retazos de cielo, sólo que sentían dentro esa ansiedad porque el jardín no era de ellos y porque tal vez fueran expulsados en un instante. Pero no se oía ruido alguno. De un arbusto de madroño, en un recodo, unos gorriones alzaron el vuelo rumorosos. Después volvió el silencio. ¿Sería un jardín abandonado?

Pero en cierto lugar la sombra de los árboles terminaba y se encontraron a cielo abierto, delante de unos bancales de petunias y volúbilis bien cuidados, y senderos y balaustradas y espalderas de boj. Y en lo alto del jardín, una gran casa de cristales relucientes y cortinas amarillo y naranja.

Y todo estaba desierto. Los dos niños subían cautelosos por la grava: tal vez se abrirían las ventanas de par en par y severísimos señores y señoras aparecerían en las terrazas y soltarían grandes perros por las alamedas. Cerca de una cuneta encontraron una carretilla. Giovannino la cogió por las varas y la empujó: chirriaba a cada vuelta de las ruedas con una especie de silbido. Serenella se subió y avanzaron callados, Giovannino empujando la carretilla y ella encima, a lo largo de los arriates y surtidores.

-Esa -decía de vez en cuando Serenella en voz baja, señalando una flor.

Giovannino se detenía, la cortaba y se la daba. Formaban ya un buen ramo. Pero al saltar el seto para escapar, tal vez tendría que tirarlas.

Llegaron así a una explanada y la grava terminaba y el pavimento era de cemento y baldosas. Y en medio de la explanada se abría un gran rectángulo vacío: una piscina. Se acercaron: era de mosaicos azules, llena hasta el borde de agua clara.

-¿Nos zambullimos? -preguntó Giovannino a Serenella.

Debía de ser bastante peligroso si se lo preguntaba y no se limitaba a decir: “¡Al agua!”. Pero el agua era tan límpida y azul y Serenella nunca tenía miedo. Bajó de la carretilla donde dejó el ramo. Llevaban el bañador puesto: antes habían estado cazando cangrejos. Giovannino se arrojó, no desde el trampolín porque la zambullida hubiera sido demasiado ruidosa, sino desde el borde. Llegó al fondo con los ojos abiertos y no veía más que azul, y las manos como peces rosados, no como debajo del agua del mar, llena de informes sombras verdinegras. Una sombra rosada encima: ¡Serenella! Se tomaron de la mano y emergieron en la otra punta, con cierta aprensión. No había absolutamente nadie que los viera. No era la maravilla que imaginaban: quedaba siempre ese fondo de amargura y de ansiedad, nada de todo aquello les pertenecía y de un momento a otro ¡fuera!, podían ser expulsados.

Salieron del agua y justo allí cerca de la piscina encontraron una mesa de ping-pong. Inmediatamente Giovannino golpeó la pelota con la paleta: Serenella, rápida, se la devolvió desde la otra punta. Jugaban así, con golpes ligeros para que no los oyeran desde el interior de la casa. De pronto la pelota dio un gran rebote y para detenerla Giovannino la desvió y la pelota golpeó en un gong colgado entre los pilares de una pérgola, produciendo un sonido sordo y prolongado. Los dos niños se agacharon en un arriate de ranúnculos. En seguida llegaron dos criados de chaqueta blanca con grandes bandejas, las apoyaron en una mesa redonda debajo de un parasol de rayas amarillas y anaranjadas y se marcharon.

Giovannino y Serenella se acercaron a la mesa. Había té, leche y bizcocho. No había más que sentarse y servirse. Llenaron dos tazas y cortaron dos rebanadas. Pero estaban mal sentados, en el borde de la silla, movían las rodillas. Y no lograban saborear los pasteles y el té con leche. En aquel jardín todo era así: bonito e imposible de disfrutar, con esa incomodidad dentro y ese miedo de que fuera sólo una distracción del destino y de que no tardarían en pedirles cuentas.

Se acercaron a la casa de puntillas. Mirando entre las tablillas de una persiana vieron, dentro, una hermosa habitación en penumbra, con colecciones de mariposas en las paredes. Y en la habitación había un chico pálido. Debía de ser el dueño de la casa y del jardín, agraciado de él. Estaba tendido en una mecedora y hojeaba un grueso libro ilustrado. Tenía las manos finas y blancas y un pijama cerrado hasta el cuello, a pesar de que era verano.

A los dos niños que lo espiaban por entre las tablillas de la persiana se les calmaron poco a poco los latidos del corazón. El chico rico parecía pasar las páginas y mirar a su alrededor con más ansiedad e incomodidad que ellos. Y era como si anduviese de puntillas, como temiendo que alguien pudiera venir en cualquier momento a expulsarlo, como si sintiera que el libro, la mecedora, las mariposas enmarcadas y el jardín con juegos y la merienda y la piscina y las alamedas le fueran concedidos por un enorme error y él no pudiera gozarlos y sólo experimentase la amargura de aquel error como una culpa.

El chico pálido daba vueltas por su habitación en penumbra con paso furtivo, acariciaba con sus blancos dedos los bordes de las cajas de vidrio consteladas de mariposas y se detenía a escuchar. A Giovannino y Serenella el corazón les latió aún con más fuerza. Era el miedo de que un sortilegio pesara sobre la casa y el jardín, sobre todas las cosas bellas y cómodas, como una antigua injusticia.

El sol se oscureció de nubes. Muy calladitos, Giovannino y Serenella se marcharon. Recorrieron de vuelta los senderos, con paso rápido pero sin correr. Y atravesaron gateando el seto. Entre las pitas encontraron un sendero que llevaba a la playa pequeña y pedregosa, con montones de algas que dibujaban la orilla del mar. Entonces inventaron un juego espléndido: la batalla de algas. Estuvieron arrojándoselas a la cara a puñados, hasta caer la noche. Lo bueno era que Serenella nunca lloraba.


¿Fue el destino?

Un cuento de Liborio Justo *

Esta tarde, Kaukokiol, el viejo ovejero ona, dejó vagar una vez más su imaginación por aquellos días que habían pasado y que no habían de volver. Estaba sentado junto al fuego, sobre un gran tronco de ciprés, allá en el puesto Norte de Bahía Thestis, cerca de la costa del mar. Apretaba entre sus labios un cigarrillo, que aspiraba nerviosamente, nublándose tras la opacidad del humo, que pronto disipaba el viento del Oeste. Tenía la frente sombría sobre la que se arremolinaba un cúmulo de tristezas, y su vista se perdía lejanamente en el paisaje de un mundo que había sido suyo cuando allí no existía más límite que el del horizonte.

“…Ashloen era mi hermano. Era fuerte y valiente como yo. Nunca tembló en los combates y siempre era el primero en lanzar su flecha. Tenía astucia y fiereza cuando corría tras el guanaco, y nadie como él sabía encontrarlo cuando huía a los cerros escondidos. Los hombres de mi tribu lo querían y respetaban. Poseía el mejor quillango que se había hecho con pieles de chulengos que antes se cazaban en el Norte, y era el más hábil para marisquear cuando bajábamos a las costas. Tenía el corazón grande y era valiente como yo. Éramos hijos del mismo padre.

“Yo quería a mi hermano Ashloen; lo quería porque era noble y fuerte y siempre me miraba sonriendo, como lo hacía mi padre, cuando yo no salía aún de las rucas y no me habían llevado a correr por los cerros con el arco y las flechas en el carcaj.

“Yo quería a mi hermano Ashloen. Pero a medida que fui creciendo, todo lo que a él se refería comenzó a mortificarme porque me hacía sombra. Su personalidad y su destreza, que tanto antes había admirado, ahora me herían como si fueran insultos. Me empequeñecían. Y hasta que, por fin, empecé a odiarlo con la misma fuerza con que lo había querido. Dejé de hablarle y, en todas partes y por cualquier motivo, no perdía oportunidad de tratar de humillarlo o de competir con él para buscar la ocasión de vencerlo. Pero Ashloen, aunque sorprendido al principio, siempre disimulaba y evitaba. Yo comprendía que para él todo esto era inexplicable y que le dolía, pero nunca me dijo una palabra y seguimos viviendo en esa situación, que se tornaba violenta por momentos, pero que él siempre rehuía.

“Por fin hubo de estallar algún día. Porque también los dos amábamos la misma mujer. Kahata era hermosa y tenía unos ojos tan dulces que, cuando no la veía, pensaba en ella continuamente. Ashloen la quería con locura, y yo lo sabía. Aunque podría decir que yo también la amaba tanto como él.

“Hasta que después de habernos encontrado muchas veces cerca de ella, cruzándonos sin miramos, resolví hablarle, aunque había pasado largo tiempo sin hacerlo.

“–Ashloen –le dije–, las cosas no pueden continuar así. Tú amas a Kahata y yo también la amo. Entonces lo decidiremos en una cacería. El que mate más guanacos se quedará con ella… y el otro se irá de aquí para siempre.

“Se mostró algo sorprendido, pero me escuchó atentamente hasta el fin.

“–Está bien –se limitó a contestar después de un rato de silencio.

“Nos separamos. Yo conocía la habilidad de mi hermano para la caza, pero también tenía fe en mí mismo y sabía que podía hacerla. Era diestro como él. Éramos hijos del mismo padre.

“Esperamos varios días hasta que el tiempo se compuso. Y una madrugada salimos para los cerros, por distintos caminos, aunque alcanzábamos, a lo lejos, a divisarnos. Así marchamos varias horas por las cuestas. Hasta que, por fin, lo perdí de vista.

“Mucho tiempo después, sobre la cumbre de una loma, pude ver una tropilla, que se movía empezando a bajar por la falda. Arriba dejaba el punto negro de un hombre. A la distancia lo reconocí. Era Ashloen, y los animales habían pasado tan cerca de él que, seguramente, había podido hacer una verdadera matanza. Me mordí los labios de impaciencia y me lancé al encuentro de los que llegaban.

“Escondido tras unas altas piedras, pude derribar algunos antes de que escaparan. Calculé que era un buen número, pero temía que mi hermano me hubiera superado. Lo puse en lugar seguro e inicié el regreso para llegar antes que anocheciera.

“Cuando iba marchando por la senda me encontré con Ashloen que me estaba esperando. Desde lejos me miró como pidiéndome informes.

“–He muerto cuatro –le anuncié a la distancia, esperando ansiosamente su respuesta.

“–Está bien –me contestó–, es tuya.

“Una mueca de satisfacción apareció en mi rostro. Lo miré lanzándole a la cara todo el odio que por tanto tiempo había contenido. Ya no lo admiraba más. Lo había vencido. Y lo había vencido doblemente.

“Pero él se volvió para irse, sin decirme siquiera cuántos animales había muerto, ni tratar de verificar si yo no le había mentido.

“Regresamos por distintos caminos como habíamos venido. Cada cual fue a su tienda, y yo me preparé para visitar a Kahata, que ahora era mía.

“Tardé un rato en arreglarme y enseguida llegué hasta su ruca, donde la encontré sentada tejiendo. Me recibió alegre y sonriente. Yo entonces le dije que se preparara, que iba a ser mi esposa y que pronto celebraríamos la ceremonia.

“Se mostró sorprendida, interrogándome con la mirada. No comprendía. Por fin, sospechando algo, me preguntó por Ashloen. Entonces yo le dije que había partido y que no volvería más.

“Se puso de pie azorada, no queriendo dar crédito a lo que oía.

“–Sí –le confirmé–, así lo hemos resuelto.

“–¿Pero que no va a volver más? ¿Ashloen no va a volver más? –repetía mirándome con sus grandes ojos dulces inmensamente abiertos.

“–No, no, Kahata; esta misma noche ha partido.

“Y cuando se convenció de que no le mentía, bajó su frente, llevándose las manos al rostro y se lanzó al interior de la tienda, desde donde escuché sus incontenibles sollozos.

“Entonces comprendí claramente que era a él a quien amaba. Se me deshizo el corazón y se me empañaron los ojos. Me quedé un rato en la puerta sin saber qué actitud tomar. Desde adentro los sollozos de Kahata seguían llegando cada vez más fuertes. Por fin, aunque me dolía y me mortificaba, decidí ir a ver a Ashloen y referirle lo acontecido.

“Caminando lentamente llegué hasta su toldo. Llamé, pero al parecer no estaba. Entré alumbrándome con una tea. Seguramente no se había ido aún. Examiné sus cosas y fui pasando revista, hallándolas todas. Un detalle, sin embargo, me llamó la atención y me dejó pensativo. Junto a su arco, sus flechas estaban allí todas e intactas. ¿Cómo? Si acabábamos de regresar de la cacería. Me quedé inmovilizado por mis pensamientos. Un rato estuve haciendo conjeturas.

“Entonces una terrible deducción se abrió camino en mi conciencia. ¡No había disparado ni una flecha! Y yo era testigo de que pudo haberlo hecho.

“¡No había querido vencerme!

“La impresión fue tan fuerte que hube de sostenerme para no caer. La frente me ardía. Todo allí me declaraba culpable. Las sombras pasaban por mi imaginación señalándome como un infame. Hasta lo más íntimo de mí mismo sentía la vileza de mi conducta. Y, de pronto, todo el gran amor y admiración que por él antes había sentido, volvió a hacerme latir el corazón, desgarrándome el pecho.

“–¡Ashloen! –grité desde el fondo de mi alma–. ¡Hermano! ¡Hermano mío!

“Y como un loco me lancé a buscarlo en la penumbra, repitiendo su nombre que nadie recogía.

“Esa noche volví a mi tienda y me tiré a dormir sin poder hacerlo en ningún momento. El remordimiento y el pesar me roían la conciencia, haciéndome sollozar como un niño.

“A la mañana siguiente, antes de que aclarara, arreglé mis cosas y salí en su busca, sin despedirme de nadie. Recorrí la costa; marché por los cerros, visité las tribus cercanas preguntando por él, sin hallarlo. Después, como un sonámbulo, seguí para el Oeste y crucé las montañas marchando días, semanas, meses…

“Cuando volví habían pasado muchos años, tantos como los dedos de cuatro manos. Todo estaba cambiado. Habían llegado los hombres blancos trayendo sus ovejas y pocas gentes quedaban de mi tribu. Todas me creían muerto y mi regreso causó verdadera sorpresa, tanta como la que, según supe, había provocado nuestra desaparición entonces. Mi padre había muerto y también Kahata.

“Yo me quedé allí un tiempo. Pero pronto, nuevamente, hube de alejarme, porque yo ya era un extraño para ellos y además aquel lugar me traía un sinnúmero de recuerdos penosos. Me lancé al campo que había sido nuestro y que ahora estaba cortado con alambrados. Muchas tribus habían sido exterminadas. Los guanacos, perseguidos por todas partes, habían ido a ocultarse en lo más intrincado de la montaña. Llegué aquí. Tenía hambre. Los hombres blancos me acogieron. Y me quedé para cuidar sus rebaños”.

La voz del viejo ona se apagó. Había una gran congoja en su espíritu, que flotaba en el ambiente. Había dejado caer la cabeza cargada de años y de pesadumbre. Pero pronto volvió a erguirla, recobrando su natural altivez.

Dos gruesas lágrimas resbalaron entonces por su rostro curtido y agrietado, mientras el resplandor de las llamas, fugazmente, las hacía brillar como dos luces.


[Publicado en Veintitrés, 23/01/11]

* Liborio Justo, hijo rebelde del presidente y militar conservador Agustín P. Justo. Escribió bajo el seudónimo de Quebracho y Lobodón Garra. Publicó La tierra maldita en 1932, libro de cuentos recientemente reeditado del cual se ha extraído el presente relato.


Amsterdam

(Una carta de amor)

Por Lalia Avila de Matula

Cuando cruzaba uno de los puentes de Herenstraat, en Amsterdam, me sorprendió la mirada que guardaba un par de ojos azules, nunca vistos. Esa, tu mirada profunda, entró en mi cuerpo produciéndome un escalofrío, después creí que me incendiaba. Era de mañana, el sol brillaba sobre el agua tranquila compitiendo con la luz de tus ojos. Yo quedé encandilado.

A la tarde siguiente tomamos un café, en un bar frente al río que atraviesa la ciudad. Más deslumbrado aún quedé cuando te sacaste el abrigo y descubrí tu hermosa y fina silueta bajo ese vestido ajustado. Pude recuperarme después de tomar mi café. Respiré hondo y comencé a hablar, para terminar con la timidez de tu silencio. Muchas veces hicimos interminables caminatas a la orilla del río soportando vientos fríos, lluvias y nevadas. Pero no nos interesaba, ¡estábamos tan embelesados! Por lo menos yo. Después de largos paseos, un día fuimos a comer a un Mc Donald’s esas hamburguesas baratas para sacarnos el hambre. Al salir a la calle nos sorprendió un torrente de agua y frío, te empapaste de las orejas a los pies. Yo no sentía nada más que a vos. Te invité a que vinieras a mi cuarto de pensión, donde viví durante el tiempo que estuve allí. Accediste, porque temblabas de frío y estabas a punto de desfallecer.

Cuando entramos nos vio Johnny, el portero, quién al ver las condiciones en que estabas no se atrevió a decirnos nada, porque no se podía entrar en la casa con acompañante. Allá en el sur, de donde soy yo, consideramos que las mujeres de tu país son liberadas, pero a vos no te ocurría lo mismo, porque a pesar del estado en que estabas te sonrojaste al entrar, cubriéndote el rostro con la capucha.

Mi pieza era humilde, y cuando entramos prendí la única hornalla de la pequeña cocina que estaba sobre una mesa que le hacía de apoyo. También el calefactor eléctrico que funcionaba con una sola vela. Te di todas las toallas que tenía, y te presté un saco de lana que me tejió mi abuela antes de morir. Yo tenía una terrible pena por no poder brindarte algo mejor. Nos sentamos al borde de la cama, te abracé y comencé a acariciarte. Tu boca se me ofreció vibrante. Después no sentimos más frío. Atropellados y torpes por la pasión y la emoción del primer encuentro entre nuestros cuerpos, quedó de lado todo lo que fuese ajeno. Una nube nos envolvió, no sé si era realidad o que me sentí en el cielo. En el camino de regreso a tu casa ya habías recuperado tu semblante habitual.

Al tiempo recibí una llamada de urgencia desde Buenos Aires. Era de don Juan, un vecino de mamá; para anunciarme la necesitad de mi presencia allá, porque la salud de mi madre estaba empeorando día a día, y había que tomar decisiones. Perdí todo; entre otras cosas el tan codiciado empleo que esperé durante años, después de recibirme. Combinamos que vendrías a vivir conmigo a Buenos Aires dentro de los tres meses, y yo volaba en sueños.

Regresé a mi país, te extraño mucho, y a pesar de que ha pasado tanto tiempo, más de dos años, no te puedo reemplazar por nadie. Te busco como esa mañana en el puente, y tu mirada ya no está. ¡No he recibido una sola carta tuya! Mi ansia quedó sin respuesta, pero no puedo olvidar tus ojos, empañados en aquella despedida. Y quisiera tenerlos otra vez conmigo, como cuando te conocí.

Lalia Avila de Matula, 2011
laliama2@yahoo.com.ar


La sintaxis de los niños ricos

Por Javier Chiabrando

Estoy harto de que me manoseen la sintaxis. Que si el Señor la puso ahí, en la punta de la lengua, donde se aposenta la ostia antes del lavado de capitales pecados, por algo será. No olvidamos que esa magullada sintaxis ha dejado de ser castellana o española para ser ¡argentina, carajo!, igual que nuestros ilustres representantes nacionales: el dulce de leche, la birome, los piquetes y el gordito ése que jugaba bastante bien al fútbol cuyo nombre nunca recuerdo. Quién no distinguiría a un espécimen argento en un bar de Finlandia, si el tipo, en un ataque de nostalgia de macho holando argentino, le dice al mozo de turno: "Dame la ginebra del estribo, che, para irme al catre con algo entre pecho y espalda que no sea el recuerdo de esa turra".

Yendo al diccionario encontraríamos que la sintaxis tiene que ver con la forma en que uno organiza las frases para hablar, sea en una pelea entre marido y mujer, en un regateo con el verdulero, o al mandar al nene a dormir. La sintaxis es lo que le permite a un veterano levantarse a una piba joven y pipona, sea apelando a poemas de amor, a relatos de épicas antiguas o a descuidadas menciones al color de su Ferrari. La sintaxis es el territorio de la oración, administrador de la lengua, arquitecto del idioma. Estoy tentado y lo digo: la sintaxis lo es todo, vea usted. Si uno habla como un mono, es muy probable que esté cerca de serlo; y si no lo es, seguro que lo parece, así como que el que dice "el occiso es un femenino", es un policía, clavado.

Es tan importante la sintaxis, tan determinante, tan desnudante de la personalidad, educa

ción y estado emocional del que la esgrime, que el escritor norteamericano y teórico de la escritura John Gardner sugiere que a un novelista le conviene estar casado para que alguien llene la olla en tiempo de vacas flacas, pero que eso no le tiene que dar culpa, porque "se le va a notar en la sintaxis" de su escritura.

A mí me parece que, como tantas otras cosas, antes era más fácil. Hace un par de décadas, nomás, uno sabía que los pobres eran más burros que los ricos y que hablaban peor. Y entre los ricos y los pobres, estaba la clase media que, con sus pretensiones de "mi hijo el doctor", intentaba no parecerse a los pobres y burros (que solían ser negros, además) sin que la confundieran con los ricos y no burros, aunque esta posibilidad era imposible porque a ese olimpo no se llega hablando bien sino teniendo plata.

Ahora es más confuso. Ahí anda Macri, rey de la primavera de Barrio Norte, ingeniero al que le salen torcidos los túneles para desagotar la lluvia, ejemplar vivo, puro por cruza de rico con rica, de lo que antes se reconocía fácil como rico y no burro, pero que usa la sintaxis como la mona y el mono juntos, tanto que podría decirse que no es sintaxis sino cualquier porquería. Pero sí, es sintaxis, pero sintaxis de pobre y burro en boca de un rico. Tal vea sea todo culpa de la globalización, que nos enseñó que si una mariposa aletea en India, tiemblan los mercados en Curuzú Cuatiá, definición muy creativa pero que de ninguna manera aclara por qué Macri habla como habla.

Va una de mis teorías predilectas. Si usted tiene la idea que puede cambiar el mundo y la transmite mal porque su sintaxis es pobre, entonces haga de cuenta que esa idea nunca existió. Imagínese en una mesa con los líderes mundiales, usted tiene la palabra y lo que tiene para decir es de la ostia; pero, cuando abre la boca lo dice como Macri dice lo que dice, que no se sabe bien qué es ni para qué sirve. Por ahí Macri tiene grandes ideas, pero como las transmite con una sintaxis más de Twitter que de la Real Academia Española, nunca sabremos lo que realmente piensa y qué acuna en su generoso corazón. Yo tengo otra teoría (como para casi todas las cosas; es un vicio): los problemas de sintaxis se solucionan leyendo un par de libros al año. Más fácil imposible. Y no es necesario leer a Borges; con Harry Potter bastaría.

Hay algo de Macri que me divierte especialmente. Es cuando usa el plural al divino botón. "Tengo las experiencias" (por la experiencia), "los saberes" (por el saber), y cosas así. ¿Lo hace para duplicar la idea, que de por sí es flacona? ¿Lo hace porque cree que decir "abandonar las crispaciones" vendría a ser más atractivo que abandonar la crispación? ¿Tiene un frenillo díscolo? Y luego están las frases de "lugar común", las que Macri (y otros, para ser honestos) dicen como para demostrar que están en posesión de una verdad, las del estilo "poner fin a las antinomias", "una Argentina para todos".

Eso lo aclara bien John Gardner: "Todos adoptamos máscaras lingüísticas (hábitos verbales) con las que enfrentamos al mundo (...) y una de las máscaras más eficaces que se conocen, al menos para enfrentarse a situaciones problemáticas, es la máscara del optimismo ingenuo (...) El uso de determinado tipo de lenguaje influye de tal modo en los procesos psicológicos que a quien lo emplea le resulta difícil comprender que dicho lenguaje distorsiona la realidad y le parece que los otros - en este caso quienes ven las cosas con mayor cautela o ironía- están ciegos". Tomá mate. O sea, digo yo traduciendo al argentino: es el caso del que se quiere hacer el que la tiene clara pero minga, en lugar de hacérsela creer a los otros se la creyó él. Esto no es especialmente nocivo si uno usa ese "optimismo ingenuo" para levantarse una mina; ¿pero basta para construir un discurso que apunte a la toma de poder?

Me pregunto a cuánta gente, a la hora de elegir a sus líderes, le preocupa cómo habla. Me lo pregunto porque yo soy de los que creen que el que habla mal piensa mal o tiene las ideas mezcladas. Quizá es una exageración, pero también lo es hablar en plural cuando se debería hacer en singular o decir problemática en lugar de problema (ese ejemplo usaba Bioy Casares; yo lo repito). ¿Se imagina a Sarlo, Abraham, Lanata o Sebreli, por ejemplo, gente que usa una sintaxis de exposición, votando por Macri, un tipo que para juntar un sujeto, un verbo y un predicado tiene más problemas que Falcione para juntar un wing, un nueve y un volante que la metan? ¿Puede un intelectual votar a alguien a quien no respeta intelectualmente? ¡Ahá!

En esta época plagada de novedades políticas, cuando asistimos por primera vez a un conflicto de poderes de los poderes, los reales y los que lo parecen, los económicos y los políticos (lo que nos permite a nosotros entender qué categoría de títeres somos y ante qué deberíamos revelarnos en caso de que nos dé el cuero), hay una novedad más: por primera vez un gobierno se encuentra ante la situación de que para neutralizar a sus adversarios, en lugar de quitarles espacio mediático, debería creárselos; es decir aprovechar la ley de medios para fundar TV Carrió y Radio Macri, una radio donde el niño rico de la sintaxis pobre hable 24 horas al día, porque más habla, más deja al desnudo su pelea con la lengua y por lo tanto su pelea con las ideas. Porque uno es esclavo de sus propias palabras, o sea: uno es esclavo de su propia sintaxis; ¿quedó claro, fierita?

javierchiabrando@hotmail.com

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28611-2011-05-10.html


Fugitivos

Un texto de Juan Ramón Ortiz Galeano *

La mujer se envuelve con sus brazos y cuenta en voz baja: "Uno, dos, tres, cuatro; la lluvia es la agasajadora del fugitivo, pero el barro es su perdición".

El hombre llega mojado a casa, trae un recipiente de vidrio rojizo en la mano izquierda, en el interior del mismo: un collar de madera.

El frasco es destapado y obsequiado es su contenido.

Pero lo más evidente en la actitud de un esclavo que ha cometido una grave falta, es el temor a flor de piel, la incalculable atención y la entrega físico espiritual absoluta, evidenciada en su mirada vibrante, desesperada, (¿fugitiva?); porte que exacerba el ya intrínseco enojo del amo, no que lo envalentona, como sucedería con un perro, sino que le otorga el justificativo que precisa para desatar toda su fiereza y crueldad contenida.

El collar está colgando del cuerpo desnudo de la muchacha, entre sus senos, seduciendo; entre sus pezones, endureciendo. Ella acomoda sus armas sobre la cama -que es ahora la guillotina-, y él la ama aferrado al amuleto, a su manera de pedir perdón. Pero es tarde: el metal es preciso y su espalda es perforada.

La mujer se levanta entre la sangre y camina, a paso lento, en dirección a un enorme espejo situado en la misma habitación (camina erguida pero visiblemente triste), se detiene frente al "reflejador" e intenta mantener el cuchillo dentro de la danza que -inconcientemente- ejecuta con sus dedos, danza que ejecuta para expulsar al miedo de su cuerpo, de su mente, para demostrar no temerle, pues: ¿quién bailaría aterrorizado? Pero pronto descubre que no puede engañarse a sí misma, y una lágrima surca su rígido pómulo derecho: ¿el arrepentimiento?, ¿la culpa?, ¿la angustia?, ¿el terror?; entonces, el puñal, que no se adapta a los quebradizos movimientos de los alocados bailarines, cae al piso, ensangrentado y rendido; dos sutiles sonidos son provocados por el impacto, ella baja su mirada para ver de qué se trata, y nota sobre el alfombrado, impresas en la sangre, huellas de pies desnudos que marcan el trayecto realizado entre la cama y el espejo; sorprendida alza su mirada y, escrutándola contra el espejo, descubre que se encuentra hermosa en el exacto momento en que el amanecer ilumina el cuarto.

[“Fugitivos”, relato ganador del “Premio Igriega” -Sevilla, España’- y publicado en la antología “Los Vicios Solitarios” - Junta de Andalucía, Consejería de la Presidencia, Depósito Legal: SE-4396-03, Sevilla, 2003-. Pertenece al libro inédito “El Enfermero Enamorado y la Gata de Azúcar”]


* Juan Ramón Ortiz Galeano, escritor argentino nacido en Buenos Aires (1975). Tiene estudios de Derecho. Premio “Igriega” de Relato Breve 2002 (Sevilla-España); Premio “El Arte de Escribir” de Poesía 2009, Finalista (Barcelona-España); Premio “Literarte” de Poesía 2010, Finalista (Buenos Aires-Argentina); Premio “Latin Heritage Foundation” de Poesía 2011 (Washington-Estados Unidos); Premio del Público “Poemas sin Rostro” 2011, Finalista (Murcia-España); Premio “Flor de Poesía” 2011, Finalista/en curso (Buenos Aires-Argentina).

Blog: www.juanramonortizgaleano.blogspot.com

    

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