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Cuadernos de Literatura


Borges,
aquel compadrito malogrado
Por Eduardo Pérsico
Jorge Luis Borges, el exponente más representativo de nuestra literatura, fue
aquí poco reconocido hasta que desde Europa nos advirtieran sobre su calidad
poética y narrativa. Sin afirmar que aguardar la valoración ajena sea tendencia
exclusiva de los argentinos, se atribuye al crítico francés Roger Caillois
impulsar el reconocimiento de Borges en Europa y también en nuestro país, el
hecho repetiría lo de Carlos Gardel, un cantor popular más hasta que luego del
éxito en Estados Unidos resultara una personalidad cultural de nosotros.
Igualmente, tanto Jorge Luis Borges como Carlos Gardel son exponentes de esta
comarca y si fueron publicitados lejos y luego descubiertos aquí en nuestro
país, antecedieron lo sucedido con Julio Cortázar y Astor Piazzolla y de
cualquier modo, todos valieron por ellos sin discusión autóctona, externa o
provinciana.
Según creemos, lo más interesante en Borges desde el punto de vista literario es
que él ‘escribía como si estuviera escribiendo’, y sin dejarse presionar en ese
juego donde casi siempre usaba de cómplice al mismo lector.
Naturalmente, una complicidad nada fácil y más bien lúdica al bromear con él
mismo y los demás: a Leopoldo Lugones, un referente literario obligado, él lo
definió como ‘un hombre que se tomaba demasiado en serio’, una calificación nada
casual viendo especialmente la distinta temática de ambos. La veta fantástica de
Borges no le vino desde la literatura sino del propio país, y por su inflexión y
modo al decir lo fijan como un indudable escritor argentino. Y a quien al leerlo
en voz alta; un buen ejercicio; se lo imagina acercado al fogón en una cocina
del campo, diciendo ‘vea don, yo le voy a contar, esto sucedió cuando fuera la
crecida grande del noventa’, o en la milonga ‘El Títere’cierra diciendo ‘un
balazo lo bajó en Thames y Triunvirato. Se mudó a un barrio vecino, el de la
quinta del ñato’; o cementerio. Borges podía relatar así, y en nuestro país tan
poblado por lo europeo, casi sin jungla y sí con una geografía transparente; y
con la escasa literatura rural de tres o cuatro obras, lo nacional radica más en
el modo de contarnos que por lo temático. Tanto que esa poca literatura rural no
sugiere los enigmas ni misterios de un país selvático, tan recreado por el
‘realismo mágico’ y otras vagas apoyaturas de críticos y editoriales.
Borges enseñó detalles muy valiosos: no se distanciaba del texto según narrador
que no se involucra ni esquivaba usar la primera persona. Y con ella nos daba su
opinión, recurso que bien se aprecia en su ‘Hombre de la Esquina Rosada’, en el
relato impersonal usado en ‘Juan Muraña’ o en la llaneza coloquial de la milonga
Jacinto Chiclana: ‘me acuerdo fue en Balvanera en una noche lejana, que alguien
dejó caer el nombre de un tal Jacinto Chiclana’. Semejante imprevista sencillez,
intimidante a veces, la sabía usar en el trato personal y en mi caso, comencé a
ver en él a un compadrito inconcluso, o frustrado, y también a rachas, un
provocador payador de boliche. Sensación que me sugirió ver en él ‘a un tal
Borges, el Inglesito, payador que contrapunteara por milonga en un boliche de
Turdera’.
Al entrar en confianza Borges era un porteño sobrador y canchero, y charlando
con él más aprecié esa idea.. Por 1970 todavía se animaba con algún detalle
ingenioso sin llegar a la ingeniosidad, esa malversación de caer en la
ramplonería. Solía bromear con él mismo y otros escritores casi sin piedad: de
Federico García Lorca sentenció que era un ‘andaluz profesional’, una feroz
‘cargada’ de porteño, aunque al mexicano Alfonso Reyes solía recomendarlo: ‘si
se quiere escribir bien en castellano hay que leerlo’. Borges además era un
incansable corrector – ‘hay que publicar para no seguir corrigiendo’, y la
palabra ‘trinchante’, supo decir, en dos ocasiones muy precisas lo confundieron.
Decía que los mexicanos al sitio de guardar las copas lo llamaban ‘trinchero’; y
esa palabra lo disgustaba. Aunque en el cuento ‘El Muerto’ dice ‘hay un remoto
trinchante con un espejo de luna empañada’; en ‘El Aleph’ fue y vino varias
veces, dijo, con ‘Beatriz Viterbo, frente al trinchante’ hasta decidirse por
‘Beatriz Viterbo de perfil en colores’ y a otra cosa. Además, su cuento ‘Hombre
de la Esquina Rosada’ conoció una especie de crónica policial anterior en el
suplemento de Crítica, ‘Hombres Pelearon’, y luego otra versión al cuento
definitivo que indicaba a un entusiasta de la corrección.
No pocos vieron en Borges a un escritor pletórico de argumentos perfectos, y sin
embargo la frescura de su literatura pasaba más porque se divertía escribiendo.
Por ejercicio bien vale su trabajo junto a Adolfo Bioy Casares, con seudónimo H.
Bustos Domecq, ‘Seis problemas para Don Isidro Parodi’. En ese libro hecho por
1942, insinúan una broma futbolera, seguramente urdida por Bioy, y una vez al
comentar eso Borges fingió sorpresa y se sonrió. En el libro un personaje,
Honorio Bustos Domecq dice ‘durante la intervención de Labruna, fue nombrado
primero Inspector de Enseñanza y después Defensor de Pobres’. Esto estaba
escrito en el año ’42 cuando el River Plate fuera campeón y ellos escribían en
el campo, acaso en Pardo, escuchando la radio. El nunca fue futbolero y tomar a
un locutor diciendo ‘brillante intervención de Labruna’ se lo endosaba a
Adolfito Bioy Casares. En otro cuento de ‘Seis Problemas’, alguien nombra las
figuras del zodíaco y don Isidro Parodi le pide decirlas al revés: en vez de
Toro, Roto o por Carnero, Ronecar, y Borges confesó que dar vuelta así las
palabras ‘no era chamuyar al vesre’; una frase que acrecentó nuestra confianza.
La primera vez hablamos por 1971 o 1972. Yo colaboraba con una revista literaria
de Lanús, ‘Ateneo’, y por eso y otros asuntos iba muy seguido a la Biblioteca
Nacional, en la calle México, que por entonces él dirigía. Había gran fervor por
el retorno peronista y José Edmundo Clemente renunció a la vice dirección. Ahí
actuaban tres delegados gremiales muy jóvenes, con las banderas de la
transformación necesaria al país y otras apoyaturas. Un señor Zolezzi y otro
empleado, Amón, solían contar que sin estar Clemente los delegados pidieron
audiencia y los atendió Borges. Los muchachos le plantearon cosas tipo ‘hagamos
la revolución’ y muchos creyeron que Borges se aterraría, . pero más tarde él
mismo le dijo a Zolezzi ‘hay que atenderlos a estos muchachos; yo estoy de
acuerdo en muchas cosas con ellos’. Algo asombroso para quienes veían en Borges
a un reaccionario absoluto, y esa tarde se habló bastante que por cierto que él
se mandaba alguna opinión retrógrada cada tanto, pero en su obra jamás
descalificó al orillero ni al gaucho, al negro o a los laburantes. Y los
escritores se estiman y valoran por su obra; más aún, por lo mejor de ella.
Por entonces el despacho de Borges de la calle México estaba en el primer piso y
él subía por el ascensor. Al lado de una dependencia oficial, creo de la
prefectura, había una casa de inquilinato; un “convoy” típico de Montserrat o
San Telmo. En algún mediodía de verano Borges escuchó que abajo, en el zaguán
del inquilinato, alguien trataba de tocar una milonga en su guitarra. Zolezzi le
preguntó si debía cerrarle la ventana y él le contestó ‘no, es linda la milonga.
Ojalá el hombre no la aprenda nunca y la siga tocando’. A propósito de esto,
Borges tenía una idea de la milonga taconera, retrechera, muy propia de loa años
diez al veinte, y no la versión nostálgica que adquirió la milonga más tarde.
Igual con respecto al tango tenía la lógica de los argentinos de Buenos Aires,
hablar de su época de oro negando las transformaciones instrumentales y el
cambio de gustos, por ejemplo, de Astor Piazzolla, Tanto que en una reunión
alguien con una guitarra frente a Borges y este ya muy cansado de hablar del
Papa como un funcionario de la iglesia que enojó a dos o tres, el guitarrero
entonaría la milonga de Jacinto Chiclana y le preguntó a Borges si recordaba al
autor de la música. Y el viejo respondió ‘no sé, me parece que fue Guastavino’,
evitando nombrar a Piazzolla, algo que le afirmaba su placer bucólico a los
tangos del año veinte.
En su literatura existe una etapa criollista y otra más cosmopolita, pero aunque
notara ciertas exageraciones del criollismo, Borges jamás dejó de serlo. Al
preguntarle si Macedonio Fernández tocaba la guitarra, él respondió lo esperado:
‘le gustaba afinarla y sacarse alguna foto con ella, pero nunca lo escuché
tocar’. Y a propósito de Ricardo Güiraldes contestó ‘sí, Güiraldes tocaba la
guitarra porque creía que con eso defendía el criollismo’ De igual manera
rechazaba a las ‘chinas’ bailando zambas vestidas de celeste y blanco, que
entendía una tonta exaltación nacionalista. De la religión repetía ‘mi madre es
católica como todas las señoras argentinas, ¿no?’, pero al preguntarle su padre
si tomaría la comunión ‘una ceremonia absurda’ él no quiso. ‘Mi hermana tomó la
comunión y es católica, yo no y soy librepensador; aunque eso también es
anticuado’. Para disfrutar una charla con Borges se debía aceptar sus giros y
réplicas que lo divertían; de los marxistas decía tantos agravios como del
peronismo y ambos lo acusaron de todo, pero sin gorilismo barato a Borges hay
que juzgarlo igual que a Gardel y cualquier otro referente de una comarca o
país: por sus obras casi siempre inigualables. Sin duda Borges mucha veces
provocó la descalificación con su ‘Borges oral’, a ratos propia de un provocador
molesto, aunque yo prefiero verlo como a un porteño sobrador y canchero de algún
boliche de mi barrio, acallaría con su sonrisa cómplice y burlona ‘no me haga
caso, señor, estoy hablando en joda’. Pero claro, la barata intelectualidad del
diario La Nación ni el izquierdismo esquemático entrevieron aquel perfil casi
sobrador de esos guitarreros de patio, esos de corbatín y saco oscuro, que es la
imagen más sensible de Borges que seguiré imaginando. .
Jorge Luis Borges fue el primero en decir que el compadrito era una invención
literaria y tal vez por esa atracción surgía en él su provocación permanente. A
él lo seducían los payadores de boliche, y las andanzas de los compadritos era
una ausencia que confesaba por haberse criado detrás de una cancela colonial,
aunque en el fondo se burlaba de todo eso. Cierta vez recordó pasear una noche
con Francisco Luis Bernárdez y Carlos Mastronardi por el barrio sur, la Boca,
Barracas, buscando algún bodegón abierto para ver esos hombres de coraje,
compadritos o cuchilleros, y no encontraron ni un almacén abierto. Y al
preguntarle ‘¿al fin que recuperó Borges de ese paseo?’, se sonríó; . ‘que hacía
mucho frío y éramos tres ilusos fuera de tiempo’. Un carcajada sobre sus mitos,
como hicieron con Bioy Casares en ‘Seis problemas para don Isidro Parodi’ al
pintar unos arquetipos que se habrían olvidado.
Luego de conversar en la biblioteca de la calle México un par de veces por el
setenta, recién volví a verlo por julio de 1983. El iría a casa de una escritora
amiga, María Luisa Biolcati, y yo fui a la calle Maipú donde vivía. Ahí lo
atendía una señora Fanny y fue el mismo día que había operado a Beppo, su gato,
que le regalara una familia ‘pero se llamaba Pepo, un nombre horrible. Y yo lo
bauticé Beppo, como un personajes de Byron. el gato no se enteró y siguió
viviendo’; era algo que solía repetir. Guardo su imagen al salir de una
habitación en penumbras y la señora Fanny ayudarlo con la corbata. Iríamos a la
calle Charcas, a una reunión donde yo le haría las preguntas y le reiteré mi
apellido. ‘Si claro, un apellido italiano, pero también puede haber algo
sefardí. Pérsico de Persia’, pero él quería explicarme ‘Borges tiene ascendencia
portuguesa y quiere decir burgués’. Una broma para pensar “este viejo me está
cargando’ con su estilo de incluir al interlocutor; y si uno era un engreído con
Borges, seguro que perdía por gil.
Ya era un anciano y al leerle yo unos sonetos lunfardos que nombraban a Lenín o
Pirandello, me sacudió ‘me parecen de un reo que escribe para intelectuales’;
una crítica borgeana feroz….
Algunos periodistas creían que Borges sólo sabía de libros y un periodista le
preguntó por el director técnico de la selección de fútbol. El tipo insistió y
Borges dijo no conocerlo y se disculpó ‘usted perdone mi ignorancia’. Cualquiera
se suicidaría ahí mismo pero el periodista igual que el gato Beppo no se enteró
y siguió viviendo. Porque Borges era una persona normal que escuchaba la radio
cada mañana. Al preguntarle si Victoria Ocampo era una mujer hermosa contestó
‘no sé, la conocí cuando tenía veinticinco años’. El cholulismo ambiente jamás
lo imaginaría pronunciar la palabra mina, pero él reiteraba que la mujer madura
era más hermosa ‘porque la belleza de los veinte es algo mecánica, y a una mujer
de cuarenta detrás de los ojos se le intuye la mirada’. Y esa vez me perdonó
sonriendo ‘siempre repito eso y otras cosas’. Como cualquier porteño que bien se
aprecie, lo aterraba el ridículo y el no entender al otro. .
Fue durante años un provocador un tanto gratuito. El ‘Mío Cid’ le parecía una
cosa ilegible; del Quijote supo hacer alguna broma pero sin ese libro, repetía,
no podríamos entender la historia de España. A Calderón de la Barca lo calificó
un invento alemán, de Guy de Maupassant sentenció que no era un cuentista genial
y que antes de morir había mejorado: murió loco pero toda la vida había sido
estúpido´’. Con estas y otras conjeturas Borges llenó varios tomos, bromeando
que los españoles hablaban muy mal el español pero lo respetaban ‘porque lo
consideran un idioma extranjero’. No pocos entendemos hoy que Jorge Luis Borges
ha sido un pilar en la cultura de los argentinos del siglo veinte, y al margen
de sus contradicciones, apreciamos sus perfiles nacionales y hasta su
radicalidad. Algunos comparan la grandiosidad de Borges con Domingo Faustino
Sarmiento, otro titán y fundador de nuestra literatura, pero en un país tan
contradictorio como el nuestro los personajes más representativos de nuestra
cultura no podrían ser diferentes. Cualquiera puede calificar de contradictorios
a Sarmiento, Borges, Facundo, Perón, por decir tres o cuatro, pero así como una
vez Borges habló a favor de Pinochet, al enterarse bien que hacía en Argentina
el régimen militar de Videla, Massera y esa banda delincuencial, les lastimó con
sus críticas publicadas en Europa. En pleno Proceso de los criminales militares
‘nuestros’ él dijo a toda la prensa francesa ‘cuando yo era chico quise ser
militar, pero con el tiempo me fui haciendo más cobarde y menos estúpido’ Una
verdadera pintura de la Junta Militar para evitar ser utilizado que él hizo sin
infatuarse de referente ético de la Argentina, un país con líneas ideológicas
siempre inconciliables y tensas. Pero Borges sabía también de temas terrenales y
al escuchar que el Proceso Militar pudo ser una sangrienta interna del
peronismo, él agregó ‘eso es muy posible’. .
Hoy podría suponerse que tanto Borges como Gardel en esta instancia globalizada
hubieran pasado desapercibidos, pero aunque el éxito de Gardel no ocupara todos
estos multimedios que suelen devorar la autenticidad, o que Borges fuera
olvidable por jamás ser un escritor popular, no sería fácil vaticinar algo sobre
‘el éxito y el fracaso, esos dos impostores’. Por más provocador y el excelente
Borges oral, él nunca fue renombrado en la calle y ni vale preguntar quiénes son
esos escribas, porque en toda su obra hay páginas estupendas. El ‘Poema
Conjetural’ sobre Francisco Narciso de Laprida asesinado el 22 de setiembre de
1829 por los montoneros de Aldao, es una pieza histórica invalorable por su
muestra de americanismo, y que Borges era un habitante de aquí.
Algo aparte merecen sus cuentos. ‘El Muerto’ vale en cada renglón y no sólo por
su remate; ‘Hombre de la Esquina Rosada’ es una inigualable pintura de una época
del bajo Buenos Aires con pasajes geniales: cuando el personaje Francisco Real
da un pechazo y atropella a los gritos la puerta del prostíbulo, Borges, el
relator que está de espaldas a la puerta, al verlo exclama ‘el hombre era
parecido a la voz’. Siete palabras secas para marcar un concepto definitivo del
personaje. Esa sencillez demuestra el gran manejo del Borges cuentista,
jugueteando casi con sus frases definitivas pero demostración su vocación
incansable por corregir. Y nos referimos a una generación que escribía muy bien
aunque en el menester literario es riesgosa una sentencia categórica. En el
cuento ‘Juan Muraña’, hace un enfoque del compadrito y lo desarrolla según el
relato de un tercero con una precisión envidiable. En ‘El Muerto’ ubica la
acción en San José, un pueblo del Uruguay y en esa pintura casi alardea con el
conocimiento de las costumbres. Es que alguna vez en televisión le inquirieron
si había conocido algún guapo verdadero y dijo ‘sí, en Montevideo´. Y siguió
contando que alguien faltara el respeto a una casa y el dueño, que era un hombre
respetuoso pero de acción, le mostró dos cuchillos al ofensor diciendo ‘usted
elige’ y ‘¿qué hizo el otro?’ le preguntaron y respondió ‘y qué iba a hacer? Se
achicó’; habló sin agregar media palabra en homenaje a la autenticidad que
respetaba tanto. Y por su estirpe de tipo despojado de empaques, al escucharme
’Borges, ¿usted no será un compadrito frustrado?´, me sonrió sobrando ‘sí, pero
malogrado es más fácil’.
Por aquel año 1983 él ya era un anciano en el exilio de la ceguera, y un
personaje rodeado de gente ansiosa por andarle cerca. Pero ante su tan valiosa
obra literaria, Jorge Luis Borges es un legítimo exponente de nuestra comarca,
la de los argentinos.
_______________________________________________
Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina

Recordar
Un cuento de Antonio Dal Masetto *
Recuerdo cierta noche de verano de 1985 cuando en un bar del Bajo, desde
otra mesa, alguien me preguntó: "¿Leyó el Nunca Más?". La voz pertenecía
a un anciano que tenía un cuaderno abierto delante de él. Había estado
escribiendo, usaba lentes de vidrio muy gruesos y parecía que tuviera
dificultades para descifrar sus propias anotaciones. Dijo: "Registran
8.960 desaparecidos, hombres, mujeres y chicos, casi 9.000, pero seguramente
son muchos más y es probable que jamás se sepa la cantidad real". Yo
asentí. El anciano insistió. "¿Esa cifra le dice algo? ¿Sería capaz
de imaginar 9.000 pares de zapatos?". "No, creo que no podría", dije.
El anciano se concentró un momento en su cuaderno y volvió a hablar.
"¿Sería capaz de imaginar 9.000 cuerpos?". Dudé nuevamente; contesté:
"Tal vez pueda imaginarse una concentración de 9.000 personas vivas,
en una plaza, en la calle, en una cancha de fútbol, pero no de otro
modo". Y el anciano: "Estuve haciendo algunos cálculos. Intenté pensar
en 9.000 cuerpos acostados en el suelo, uno a continuación del otro,
la cabeza de uno contra los pies del siguiente: ¿Tiene idea de qué distancia
podrían llegar a cubrir?". "No podría decirlo", contesté. "Supongamos
que colocamos el primer cuerpo justo en la entrada de la Casa de Gobierno
a partir de los dos granaderos, y desde ahí hacia el oeste, todos los
demás; y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿sabe
adónde llegaríamos?". "No lo sé". "¿Quiere seguirme en el recorrido?".
Asentí. El anciano: "Avanzamos por la Plaza de Mayo, bordeamos el monumento
a Belgrano, la Pirámide, los canteros florecidos, desfilamos ante la
Catedral y su antorcha, el Cabildo, alcanzamos la Avenida de Mayo; y
siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿me sigue?".
"Lo sigo". "¿Prefiere que tomemos por la vereda de los números pares
o impares?". "Lo que usted diga". "Dejamos atrás la Municipalidad, cruzamos
Perú, algunas librerías, negocios, bares y alcanzamos la 9 de Julio,
¿estamos?". "Estamos". "En la primera plazoleta pasamos frente a las
dos figuras femeninas que simbolizan la Virtud y la Sabiduría: más allá,
enfrente, la ridícula caricatura del Quijote; recorremos las últimas
cuadras de la Avenida de Mayo; después viene El Pensador, la fuente,
las palomas, el edificio del Congreso, El Molino; seguimos por Rivadavia
y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿me está acompañando?".
"Estoy". "El café de los Angelitos, negocios, negocios, negocios, el
último tramo antes de llegar a Pueyrredón y su aspecto de mercado persa;
Plaza Miserere y sus árboles, la bajada de Rivadavia, Medrano, la confitería
Las Violetas, bancos, inmobiliarias, agencias de automotores, bocas
de subte, testimonios de una ciudad civilizada, avenida La Plata, Parque
Rivadavia, el monumento a Bolívar, avenida José María Moreno, pizzerías,
negocios, negocios, negocios y siempre la cabeza de uno contra los pies
del siguiente, ¿me sigue?". "Lo sigo". "Caballito, las rejas de la terminal
del subterráneo, Rivadavia que se convierte en doble mano, el cielo
que se amplía arriba, los edificios de departamentos más espaciados,
Donato Alvarez, Boyacá; y solamente llevamos recorridas unas sesenta
cuadras; alcanzamos Plaza Flores, la vieja iglesia, Nazca, mueblerías,
casas de antigüedades, los barrios tranquilos que se desgranan a ambos
costados de la avenida, las vías del ferrocarril que se entreven a cien
metros y nosotros siempre con los cuerpos, ¿los está viendo?". "Los
veo". "Cruzamos Segurola y ya estamos a la altura ocho mil quinientos;
inmediatamente se suceden una serie de calles de nombres gratos: Virgilio,
Dante, Víctor Hugo, Manzoni, Leopardi, Molière, Byron, llegamos al once
mil seiscientos de Rivadavia, exactamente la última cuadra antes de
la General Paz, se nos acabó la Capital y podríamos seguir del otro
lado, por la Provincia; y siempre la cabeza de uno contra los pies del
siguiente, ¿me estuvo siguiendo?". "Lo estuve siguiendo". "Este trayecto
y un larguísimo tramo más es lo que se podría cubrir con 9.000 cuerpos".
A esta altura el anciano calló. Se sostuvo la cabeza con ambas manos,
se dobló sobre la mesa y era como si realmente lo hubiese deshecho el
esfuerzo de esa caminata. Eso es lo que recuerdo de aquella noche.
* Antonio Dal Masetto (14 de febrero de 1938, Intra, Italia) es un escritor y
periodista argentino de origen italiano. Su familia emigró a la villa 31 en 1950
y se radicó en la ciudad de Salto. Allí Dal Masetto aprendió el castellano
leyendo libros en la biblioteca del pueblo.
Durante su juventud trabajó como albañil, heladero, empleado público, vendedor
ambulante, pintor, así como en la carnicería de su padre.
A los 18 años se instaló en Buenos Aires. Su primer libro de cuentos, Lacre
mereció una mención en el premio Casa de las Américas 1964. Ese mismo año se
casa con María Di Silvio, y en 1965 se mudan a Bariloche, donde se gana la vida
pintando paredes. El 30 de junio nace su primer hijo, Marcos. Años más tarde, el
19 de junio de 1976, nacerá Daniela, hija de Dal Masetto y su segunda esposa,
Graciela Marmone.
En 1969 regresa a Buenos Aires y la editorial Carlos Pérez Editor publica su
primera novela, Siete de oro.
Uno de sus temas principales en sus novelas es la inmigración como en
Oscuramente fuerte es la vida o La tierra incomparable (premio Biblioteca del
Sur 1994).
Colaborador del periódico Página/12 de Buenos Aires desde finales de los años
ochenta.
Dos de sus novelas han sido llevadas al cine: Hay unos tipos abajo en 1985 por
los directores argentinos Emilio Alfaro y Rafael Filipelli (Dal Masetto
coescribió el guión) y en 1992 Siempre es difícil volver a casa por el también
argentino Jorge Polaco.
[Publicado en portada en
marzo 2011]

El
ojo del amo
Un cuento de Italo Calvino
-El ojo del amo -le dijo su padre, señalándose un ojo, un ojo viejo entre los
párpados ajados, sin pestañas, redondo como el ojo de un pájaro-, el ojo del amo
engorda el caballo.
-Sí -dijo el hijo y siguió sentado en el borde de la mesa tosca, a la sombra de
la gran higuera.
-Entonces -dijo el padre, siempre con el dedo debajo del ojo-, ve a los trigales
y vigila la siega.
El hijo tenía las manos hundidas en los bolsillos, un soplo de viento le agitaba
la espalda de la camisa de mangas cortas.
-Voy -decía, y no se movía.
Las gallinas picoteaban los restos de un higo aplastado en el suelo.
Viendo a su hijo abandonado a la indolencia como una caña al viento, el viejo
sentía que su furia iba multiplicándose: sacaba a rastras unos sacos del
depósito, mezclaba abonos, asestaba órdenes e imprecaciones a los hombres
agachados, amenazaba al perro encadenado que gañía bajo una nube de moscas. El
hijo del patrón no se movía ni sacaba las manos de los bolsillos, seguía con la
mirada clavada en el suelo y los labios como silbando, como desaprobando
semejante despilfarro de fuerzas.
-El ojo del amo -dijo el viejo.
-Voy -respondió el hijo y se alejó sin prisa.
Caminaba por el sendero de la viña, las manos en los bolsillos, sin levantar
demasiado los tacones. El padre se quedó mirándolo un momento, plantado debajo
de la higuera con las piernas separadas, las grandes manos anudadas a la
espalda: varias veces estuvo a punto de gritarle algo, pero se quedó callado y
se puso a mezclar de nuevo puñados de abono.
Una vez más el hijo iba viendo los colores del valle, escuchando el zumbido de
los abejorros en los árboles frutales. Cada vez que regresaba a sus pagos,
después de languidecer seis meses en ciudades lejanas, redescubría el aire y el
alto silencio de su tierra como en un recuerdo de infancia olvidado y al mismo
tiempo con remordimiento. Cada vez que venía a su tierra se quedaba como en
espera de un milagro: volveré y esta vez todo tendrá un sentido, el verde que se
va atenuando en franjas por el valle de mis tierras, los gestos siempre iguales
de los hombres que trabajan, el crecimiento de cada planta, de cada rama; la
pasión de esta tierra se adueñará de mí, como se adueñó de mi padre, hasta no
poder despegarme de aquí.
En algunos bancales el trigo crecía a duras penas en la pendiente pedregosa,
rectángulo amarillo en medio del gris de las tierras yermas, y dos cipreses
negros, uno arriba y otro abajo, que parecían montar guardia. En el trigal
estaban los hombres y las hoces moviéndose; el amarillo iba desapareciendo poco
a poco como borrado, y abajo reaparecía el gris. El hijo del patrón, con una
brizna de hierba entre los dientes, subía por atajos la pendiente desnuda: desde
los trigales los hombres ya lo habían visto subir y comentaban su llegada. Sabía
lo que los hombres pensaban de él: el viejo será loco pero su hijo es tonto.
-Buenas -le dijo U Pé al verlo llegar.
-Buenas -dijo el hijo del patrón.
-Buenas -dijeron los otros.
Y el hijo del patrón respondió:
-Buenas.
Bien: todo lo que tenían que decirse estaba dicho. El hijo del patrón se sentó
en el borde de un bancal, las manos en los bolsillos.
-Buenas -dijo una voz desde el bancal de más arriba: era Franceschina que estaba
espigando. Él dijo una vez más:
-Buenas.
Los hombres segaban en silencio. U Pé era un viejo de piel amarilla que le caía
arrugada sobre los huesos. U Qué era de edad mediana, velludo y achaparrado;
Nanín era joven, un pelirrojo desgarbado: el sudor le pegaba la camiseta y una
parte de la espalda desnuda aparecía y desaparecía con cada movimiento de la
hoz. La vieja Girumina espigaba, acuclillada en el suelo como una gran gallina
negra. Franceschina estaba en el bancal más alto y cantaba una canción de la
radio. Cada vez que se agachaba se le descubrían las piernas hasta las corvas.
Al hijo del patrón le daba vergüenza estar allí haciendo de vigilante, erguido
como un ciprés, ocioso en medio de los que trabajaban. «Ahora», pensaba, «digo
que me den un momento una hoz y pruebo un poco.» Pero seguía callado y quieto
mirando el terreno erizado de tallos amarillos y duros de espigas cortadas. De
todos modos no sería capaz de manejar la hoz y haría un triste papel. Espigar:
eso sí podía hacerlo, un trabajo de mujeres. Se agachó, recogió dos espigas, las
arrojó en el mandil negro de la vieja Girumina.
-Cuidado con pisotear donde todavía no he espigado -dijo la vieja.
El hijo del patrón se sentó de nuevo en el borde, mordisqueando una brizna de
paja.
-¿Más que el año pasado, este año? -preguntó.
-Menos -dijo U Qué-, cada año menos.
-Fue- dijo U Pé- la helada de febrero. ¿Se acuerda de la helada de febrero?
-Sí -dijo el hijo del patrón. Pero no se acordaba.
-Fue -dijo la vieja Girumina- el granizo de marzo. En marzo, ¿se acuerda?
-Cayó granizo -dijo el hijo del patrón, mintiendo siempre.
-Para mí -dijo Nanín- fue la sequía de abril. ¿Recuerda qué sequía?
-Todo abril -dijo el hijo del patrón. No se acordaba de nada.
Ahora los hombres habían empezado a discutir de la lluvia y el hielo y la
sequía: el hijo del patrón estaba fuera de todo ello, separado de las
vicisitudes de la tierra. El ojo del amo. El era sólo un ojo. Pero, ¿para qué
sirve un ojo, un ojo solo, separado de todo? Ni siquiera ve. Claro que si su
padre hubiera estado allí habría cubierto a los hombres de insultos, habría
encontrado el trabajo mal hecho, lento, la cosecha arruinada. Casi se sentía la
necesidad de los gritos de su padre por aquellos bancales, como cuando se ve a
alguien que dispara y se siente la necesidad del estallido en los tímpanos. Él
no les gritaría nunca a los hombres, y los hombres lo sabían, por eso seguían
trabajando sin darse prisa. Sin embargo era seguro que preferían a su padre, su
padre que los hacía sudar, su padre que hacía plantar y recoger el grano en
aquellas cuestas para cabras, su padre que era uno de ellos. Él no, él era un
extraño que comía gracias al trabajo de ellos, sabía que lo despreciaban, tal
vez lo odiaban.
Ahora los hombres reanudaban una conversación iniciada antes de que él llegara,
sobre una mujer del valle.
-Eso decían -dijo la vieja Girumina-, con el párroco.
-Sí, sí -dijo U Pé-. El párroco le dijo: Si vienes te doy dos liras.
-¿Dos liras? -preguntó Nanín.
-Dos liras -dijo U Pé.
-De las de entonces -dijo U Qué.
-¿Cuánto serían hoy dos liras de entonces? -preguntó Nanín.
-No poco -dijo U Qué.
-Caray -dijo Nanín.
Todos reían de la historia de la mujer; el hijo del patrón también sonrió, pero
no entendía bien el sentido de esas historias, amores de mujeres huesudas y
bigotudas y vestidas de negro.
Franceschina también llegaría a ser así. Ahora espigaba en el bancal más alto,
cantando una canción de la radio, y cada vez que se agachaba la falda se le
subía más, descubriendo la piel blanca de las corvas.
-Franceschina -le gritó Nanín-, ¿irías con un cura por dos liras?
Franceschina estaba de pie en el bancal, con el manojo de espigas apretado
contra el pecho.
-¿Dos mil? -gritó.
-Caray, dice dos mi l-dijo Nanín a los otros, perplejo.
-Yo no voy ni con curas ni con «civiles» -gritó Franceschina.
-Con militares, ¿sí? -gritó U Qué.
-Ni con militares -contestó y se puso a recoger espigas de nuevo.
-Tiene buenas piernas la Franceschina -dijo Nanín, mirándoselas.
Los otros las miraron y estuvieron de acuerdo.
-Buenas y rectas -dijeron.
El hijo del patrón las miró como si no las hubiera visto antes e hizo un gesto
de asentimiento. Pero sabía que no eran bonitas, con sus músculos duros y
velludos.
-¿Cuándo haces el servicio militar, Nanín? -dijo Girumina.
-Hostia, depende de que quieran examinar otra vez a los eximidos -dijo Nanín-.
Si la guerra no termina, me llamarán a mí también, con mi insuficiencia
torácica.
-¿Es cierto que Norteamérica ha entrado en la guerra? -preguntó U Qué al hijo
del patrón.
-Norteamérica -dijo el hijo del patrón. Tal vez ahora podría decir algo-.
Norteamérica y Japón- dijo y se calló. ¿Qué más podía decir?
-¿Quién es más fuerte: Norteamérica o Japón?
-Los dos son fuertes -dijo el hijo del patrón.
-¿Es fuerte Inglaterra?
-Eh, sí, también es fuerte.
-¿Y Rusia?
-Rusia también es fuerte.
-¿Alemania?
-Alemania también.
-¿Y nosotros?
-Será una guerra larga -dijo el hijo del patrón-. Una guerra larga.
-Cuando la otra guerra -dijo U Pé-, había en el bosque una cueva con diez
desertores-. Y señaló arriba, en dirección de los pinos.
-Si dura un poco más -dijo Nanín- yo digo que nosotros también terminaremos
metidos en las cuevas.
-Bah -dijo U Qué-, quién sabe cómo irá a terminar.
-Todas las guerras terminan así: al que le toca, le toca.
-Al que le toca le toca -repitieron los otros.
El hijo del patrón empezó a subir por los bancales mordisqueando la brizna de
paja hasta llegar a Franceschina. Le miraba la piel blanca de las corvas cuando
se inclinaba a recoger las espigas. Tal vez con ella sería más fácil; se
imaginaría que le hacía la corte.
-¿Vas alguna vez a la ciudad, Franceschina? -le preguntó. Era un modo estúpido
de iniciar una conversación.
-A veces bajo los domingos por la tarde. Si hay feria, vamos a la feria, si no,
al cine.
Había dejado de trabajar. No era eso lo que él quería; ¡si su padre lo viera! En
vez de montar la guardia, hacía hablar a las mujeres que trabajaban.
-¿Te gusta ir a la ciudad?
-Sí, me gusta. Pero en el fondo, por la noche, cuando vuelves, qué te ha
quedado. El lunes, vuelta a empezar, y te fue como te fue.
-Claro -dijo él mordiendo la brizna.
Ahora había que dejarla en paz, si no, no volvería a trabajar. Dio media vuelta
y bajó.
En los bancales de abajo los hombres casi habían terminado y Nanín envolvía las
gavillas en lonas para bajarlas cargadas sobre las espaldas. El mar altísimo con
respecto a las colinas empezaba a teñirse de violeta del lado del ocaso. El hijo
del patrón miraba su tierra, pura piedra y paja dura, y comprendía que él le
sería siempre desesperadamente ajeno.
[Publicado en portada en
febrero 2011]
La
salvación
Un cuento de Isidoro Blaisten *
Buenas tardes, señor -dijo el viejo-, ¿qué desea? -Señor -dijo el hombre que
buscaba la salvación-, ¿tiene algo que me salve?.El viejo dejó el lápiz encima
de la boleta, lo corrió justo hasta el borde del talonario, cerró las tapas,
apoyó las manos sobre el mostrador, ladeó la cabeza, y se lo quedó mirando por
encima de los lentes.El hombre ya empezaba a ponerse nervioso.
Por fin, el viejo dijo:-Ajá, ¿conque algo que lo salve?
-Sí. ¿Tiene? -preguntó el hombre esperanzado.
El viejo tiró de la punta que asomaba apenas, extrajo el lápiz y dio unos
cuantos golpecitos en el mostrador.-Conque algo que lo salve -dijo
nuevamente."Qué despacioso", pensó el hombre, "parece un telegrafista".
El viejo arrugó la cara y miró los estantes de arriba, con un ojo achicado, como
si estuviera recordando. Después volvió a observar al hombre, salió de atrás del
mostrador, y se alejó hacia el fondo del local, que era muy largo y bastante
oscuro. Regresó empujando lentamente una escalera con rueditas, que estaba unida
por un riel a los estantes de arriba.El hombre notó que el viejo renqueaba un
poco de la pierna derecha. Creyó que iba a subir, porque ya había apoyado la
escalera, muy cerca de él, como a cinco pasos, pero el viejo la sacudió un poco
verificando la solidez de los peldaños, se sonrió y dijo:
-Ahora, señor, si usted se diera vuelta...-¡Eso nunca! -dijo el hombre con el
rostro demudado y haciendo un ademán de irse.- Por favor -dijo el viejo
sonriéndose más todavía-.Por favor -volvió a decir-. No me interprete mal. Tiene
que ser sin mirar. Dese vuelta y cierre los ojos.
El hombre se dio vuelta y cerró los ojos.
El viejo tardaba. Por fin oyó que subía, respirando fuerte, como si le costase.
El hombre hizo un amago de girar el cuerpo. Desde lo alto escuchó la voz del
viejo.
- Ah, no, así no vale. Ya le dije que tiene que ser sin mirar. Dese vuelta y
cierre los ojos. ¡Y no espíe, eh!
El hombre apretó fuertemente los párpados, tanto, que la cara se le distendió en
una mueca, como si estuviese riendo con la boca cerrada.
Atrás, arriba, el viejo estaba revolviendo algo, alguna mercadería, que hacía
ruido a lata. De pronto el sonido cesó.
El hombre sintió que el corazón le empezaba a latir apresuradamente. Tu vo
miedo. El viejito no la podía encontrar.
Ya la había vendido toda. Se daría vuelta en la escalera, y le diría:
- Señor mío, lo siento mucho. No queda más. Ya puede mirar. Y bajando
despaciosamente los escalones, agregaría:
- Hasta la semana que viene no hay nada que hacer... Usted tendría que darse una
vueltita el jueves, o más seguro el viernes.
Entonces él, saturado de cansancio, preguntaría por rutina:
-Y dígame, señor, ¿no sabe dónde se podrá conseguir por acá cerca?
-Pero no le estoy diciendo, señor, que la semana entrante la recibimos seguro
-insistiría el viejo ya un poco amoscado y apoyando la pierna renga en el suelo.
-No, no puedo esperar. Gracias -y tendría que irse, y suicidarse con bicloruro
de mercurio.
Pero no fue así. El viejo seguía revolviendo cosas. "Probablemente debe de haber
cajas de cartón, también", pensó el hombre, porque por momentos el ruido a lata
se amortiguaba.
El viejo dijo:
-Ajá, já, por ai cantaba Garay. Por la forma como le salió la voz, parecía que
estaba tironeando de algo. "Como si estuviera sacando una muela", pensó el
hombre.
-Ya está -dijo el viejo.
El hombre dio un salto. Una media vuelta como los soldados.- Ah, no -dijo el
viejo desde arriba-, sin darse vuelta.
El hombre volvió a su posición. No había alcanzado a ver más que el saco color
gris rata del viejo, un poco del pantalón marrón, de un marrón muy antiguo,
porque le trajo un recuerdo impreciso de cuando era chico, y dos rayas anchas y
blancas.
La escalera empezó a crujir. El viejo bajaba. Al hombre le pareció que el
descenso se le hacía interminable. De frente, escondiendo algo detrás de la
espalda, el viejo tarareaba las palabras como los chicos:
-Ya está, ya está, ya está.
Llegó hasta donde estaba el hombre.- Ahora, sin espiar, se me va a dar vuelta
para el otro lado -dijo.
Y le apoyó la mano libre en el hombro, lo ayudó a girar, y verificó que tuviese
los ojos bien cerrados.
-¿Ya está? -preguntó el hombre.
-Ya va a estar, ya va a estar -dijo el viejo pasando detrás del mostrador.
Hizo un ruido con la bobina que al hombre le pareció raro, sobre todo al tirar
del papel y al cortarlo. Pensó que ya estaba exagerando. "Cuánta parsimonia", se
dijo. "Evidentemente, ya está haciendo el paquete. "Y lo que el viejito le
estaba por vender debía de ser bastante pesado, porque hizo un ruido contundente
al ponerlo sobre el mostrador.
- ¿Ya está? -volvió a preguntar el hombre, impaciente, aunque sabía que no
estaba, porque recién, recién el viejito lo había acomodado para envolverlo.
-Ya va a estar, ya va a a estar -y el hombre oyó nítidamente el crujido del
primer doblez.
Además, pensó, debía de ser cuadrado, porque el viejito hacía los pliegues con
golpes secos, como siguiendo con la palma de la mano unos ángulos rígidos. Ahora
le estaba poniendo el piolín.
El viejo cortó el sobrante del hilo. "Seguro que con un alicate", pensó el
hombre. Después el viejo golpeó con el paquete ya hecho sobre el mostrador y
dijo, canturreando la a final como dándole la seguridad al hombre de que
efectivamente había terminado:
-Ya está. El hombre primero abrió los ojos, después sacudió la cabeza como un
nadador que sale del agua, se dio vuelta y miró el paquete.
El viejo lo sostenía colgado del moñito, con dos dedos, en un gesto casi
gracioso. El hombre vio que tenía forma de prisma, y que estaba eficientemente
hecho, con papel madera verde.
"La verdad, que da gusto", pensó. Y sonriendo, lo agarró con las dos manos, como
si sacara la sortija.
Lo tuvo un momento contra el pecho. Después, como si recapacitara, lo puso
debajo de la axila, y metiendo la mano en el bolsillo del pantalón, preguntó
apurado:
-¿Cuánto es?
- Novecientos noventa y cinco pesos -dijo el viejo-. ¿Necesita factura?
-No, no hace falta -dijo el hombre. El viejo rebuscaba en el cajón del
mostrador. El hombre hizo un gesto con la mano rechazando el vuelto.- Está bien,
señor, déjelo.- Valiente -dijo el viejo dándole una moneda de cinco pesos-. Que
lo pase usted bien. Buenas tardes -Y se agachó para recoger el lápiz que se
había caído.
El hombre apretó el paquete y salió. Recién entonces se dio cuenta de que al
abrirse la puerta, sonaba como un carillón, o una caja de música.
El paquete era más o menos como un ladrillo, no tan grande, como le había
parecido al verlo, ni tampoco tan pesado.
El hombre deshizo el nudo con impaciencia, y consiguió desenvolver la primera
vuelta del hilo, porque el viejo le había dado dos. Cuando le estaba sacando los
parches de dúrex, y mientras pensaba: "Qué curioso, no me había dado cuenta de
que le había puesto dúrex. Prolijo, el viejito", lo atropelló el Mercedes de
color verde musgo.
Prácticamente le aplastó la cabeza con la rueda izquierda.
Se juntó un montón de gente.
Lo taparon con una bolsa de cal, que un corredor de seguros mandó traer
enseguida de la obra en construcción que estaba al lado.
Cuando llegó la ambulancia, todos se corrieron y le dejaron paso.
Deportivamente, bajaron el chofer y el practicante; parecían dos jugadores al
entrar a la cancha. Trotaron hasta el hombre, se agacharon, lo destaparon y se
miraron entre ellos.
El practicante quiso saber qué había en el paquete. El muerto lo sostenía
apretado contra el pecho. Trató de abrirle las manos, pero no pudo. Tampoco pudo
separarle los dedos. Entonces lo llevaron al hospital Pirovano. Lo bajaron con
camilla y todo, y lo dejaron en la guardia, encima de otra camilla verde, con
las patas despintadas.
El enfermero fue a llamar a la doctora.
Vino la doctora. La doctora era joven y gorda. Hablaba como un hombre, y decía
malas palabras. Cuando lo destapó, hizo un gesto negativo con la cabeza.
Sintió curiosidad por el paquete. Intentó sacárselo. El practicante le dijo que
no era tan fácil, que él ya había probado.
La doctora dijo, poniendo cara de inteligente: "Es que los muertos son muy
duros". Y el practicante dijo: "Sí, parecen hijos de vascos".
La doctora tironeó de los restos del dúrex, y los desprendió. Sacó el papel
nerviosamente, el doble papel, porque el viejo había sido muy minucioso.
Entonces su expresión cambió. Su cara tenía ahora un visaje de asombro y
desencanto.
La doctora creyó necesario hacer una frase entre el silencio de todos. La
ocasión era propicia y a la doctora le gustaban mucho las frases. Miró
alternativamente al enfermero, al chofer y al practicante, y dijo:
- Vean a qué cosas se aferran los seres humanos.
* Isidoro Blaistein en Wikipedia:
http://es.wikipedia.org/wiki/Isidoro_Blaisten
[Publicado en portada en
febrero 2011]

Ascasubi
y el choping de Cacuí
Por Mempo Giardinelli
La Estación Cacuí es un símbolo de la decadencia del ferrocarril en el Chaco. A
unos 10 kilómetros al oeste de Resistencia, apenas pasando Fontana, durante años
fue sólo una casa con techo a dos aguas, abandonada u ocupada por familias
errantes y demorada en la historia junto a vías que sólo eran testigos del paso
de los años y el crecimiento de los yuyos.
Allí, una Navidad –no ésta; digamos cualquier otra– un gringo llegado de Santa
Fe se largó con un emprendimiento: compró y refaccionó unos galpones aledaños y
limpió malezas, instaló baños, puso vidrieras, pintó todo y lo dejó impecable y
empezó a alquilar locales a los lugareños, que se entusiasmaron con la idea de
un choping, a quinientos mangos el local.
Dos semanas antes del 24, el gringo hizo tapizar el techo con una sobrecubierta
de algodón que debía representar la nieve europea. Sobre las ventanas amontonó
gruesos manojos de algodón, con hilachas en caída imitando matutinas nieves
congeladas. Y en la puerta lo puso a Ascasubi, un changarín de pésima fortuna al
que todos en la zona miran como si no existiese, disfrazado de Papá Noel.
Verdadera misión imposible, porque Ascasubi es flaco como palo de escoba y tiene
la gracia de los esqueléticos caballos de piqueteros que cada tanto cruzan la
ciudad a paso cansino, como para concentrar el odio de los ricos.
El gringo le prometió quince pesos por día y le entregó el típico traje rojo de
Papá Noel. Pero el traje era tan grande que no hubo modo de que Ascasubi lo
llenara, ni aun envolviéndose en los cuatro almohadones que el gringo le ordenó
sujetar con una piola y a cuya espalda tiene amarrada la faca.
Así Ascasubi sale a escena, se podría decir, pero el problema es que es flaco
como tararira de laguna urbana, y aunque ya no tiene ni qué sudar igual se
cocina de calor adentro del bombachón y la casaca. Encima se le despega la barba
de algodón y cada tanto se marea porque además tiene hambre y sed, apenas si ha
comido en todo el día un sánguche de salame que compró en el kiosco de Antenor
el Paraguayo, con un vaso de cerveza fría.
Débil y jadeante como todo flaco que tiene que andar de gordo y encima cargando
una enorme bolsa de cajas vacías, Ascasubi aguanta cada tarde y cada noche, de
16 a 24, en la puerta del choping. Por momentos siente que no da más, sobre todo
cuando algunos chicos le tiran cascotes o frutitas de paraíso escupidas dentro
de canutos de mamón. Pero aguanta porque ni se pregunta por qué, especie de
granadero en desdicha, de garza magra al borde de la cuneta.
Cada tarde Ascasubi cruza el pueblo con 40 grados a la sombra, desde la tapera
que nadie llamaría casa y hasta el choping, respirando entre los dientes que le
quedan y los que le faltan. Mientras se ata los almohadones para sumergirse en
el disfraz de Papá Noel, escucha los lamentos de los puesteros que se quejan
porque no hay ventas, no viene nadie a este lugar de mierda.
Ascasubi termina de calzarse los zapatones pensando que ahora todos están mejor
pero no lo reconocen, y eso porque les quedó el resentimiento. No saben lo que
es estar en el fondo del pozo, piensa tragándose unos mocos para frenar las
súbitas ganas que siente de llorar. El supo trabajar el campo antes de la soja y
las máquinas. Y acá lo trajo el tren, cuando había tren. Y si no volvió fue por
los gobiernos. Y allá quedó su guaina, llena de panza y de promesas, y carajo,
masculla, sólo carajo mientras se manda al garguero el último trago de la
cerveza de litro que compró en el kiosco de Antenor el Paraguayo. Se calentó en
minutos, la guacha, con este sol. Después se pasa por la boca el antebrazo
sudado y enseguida lo emboca en el sacón de gabardina roja que le proveyó el
gringo.
–Te lo ponés y te quedás quieto como rulo de estatua –le dijo, riendo de su
propio chiste–, no vas a andar haciendo macanas, Ascasubi.
Y no, macanas nunca hizo. Apenas chupar cervezas por las tardes y como para ver
si a la noche está lo suficientemente mamado para dormirse donde cuadre. A veces
llega a la tapera, donde lo espera el Colita, que es flaco como él y se las
arregla removiendo basuras en las veredas del pueblo. Pero las más de las veces
no consigue pasar de la plaza, o se duerme en la entrada de la Escuela Martín
Buber, ahí cerquita de la Municipalidad.
Y así hasta la mismísima mañana del 24 –otro 24, digamos, no éste– en que por
las radios se oyen villancicos y canciones en inglés y en el choping hay apenas
más movimiento. Ascasubi piensa que no tiene dónde ir esa noche y siente algo
raro en la garganta, como si hubiera tragado sin querer una piedra seca. Y justo
recibe un cascotazo lanzado desde las vías, escucha una burla imprecisa y ve
unos pendejos que rajan como lagartijas, como si él fuera a hacerles algo. Y qué
les va a hacer él.
Aunque esta vez podría cambiar, murmura para sí, sintiendo nítidas la rabia, las
ganas que siente de carnearlo al gringo en cuanto aparezca. Esta vez tiene la
faca que le robó al Paragua, escondida entre los almohadones.
Piensa en los malos que conoce: el Tito Junco que viola a sus propias hijas y
todos lo saben, el Roque Pedreira que dirige la bandita de sus hijos, drogones y
rateros todos, motochorros los más grandes en la Zanella del Mauro. Tipos
jodidos, de dobles vidas. Pero el infeliz es él, que no tiene laburo desde que
salió de Monte Quemado y lleva años mendigando changas como ésta de Papá Noel.
Mira sobre el techo la falsa nieve oscurecida por la lluvia de anoche, que
pareciera decirle que su vida no sirve ni para ser una vida inútil. Y entonces
carraspea y gime sin poder contenerse, justo cuando el gringo llega y le
pregunta qué le pasa, por qué está tan pálido. Ascasubi mira al patrón como mira
un borracho, pero no está borracho. Apenas una cervecita y los cuarenta grados,
porque así anochece. “Si no estás bien, mejor andate”, dice el gringo y le da
los quince pesos. Ascasubi lo mira como miraría un ciego. Da un paso y otro y
luego regresa, mareado por el sol, el calor y la rabia. “Sacáte esa ropa y
andate, dale, volvé el año que viene.”
Ascasubi se quita la ropa, mecánica, despaciosamente. Está tan sudado que no
aguanta más, y hasta el cuchillo le parece caliente cuando desanuda la piola y
deja caer los almohadones.
El gringo termina de contar la plata y se acomoda la billetera en el bolsillo
del culo.
–Andá nomás, Ascasubi, y feliz Navidad –le dice, agachándose para recoger el
paco de ropas rojas.
Como en un ramalazo de luz, el sacón de gabardina, pesadísimo y caliente, le
parece tan rojo que de pronto él también ve todo rojo, el mundo entero se vuelve
rojo, el color del fuego, de la ira, del dolor.
Del otro lado de las vías estallan unos cuetes y empieza la alegría, la fiesta
de los otros. Ascasubi mira todo como a través del gringo, como si el tipo fuera
de vidrio. Y camina hacia el kiosco del Paragua sin saber todavía si va a
devolver la faca. Primero va a comprar un tinto de tetrabrik.
24/12/10 Página|12
[Publicado en portada en
diciembre 2010]

La tortura perfecta
Un cuento de Gloria Alcorta *
A Luisa Mercedes Levinson
Detrás de mí, en el fondo del jardín sin senderos, la casa había quedado
abandonada con sus lámparas encendidas a la hora del sol, su olor a ropa húmeda
y sus fantasmas siempre listos a defender de los vivos el polvo solemne de sus
harapos.
Pese a la rapidez de mi huída, yo sabía que ellos podían alcanzarme. Es verdad
que, tras diez años de inmovilidad, habían perdido el uso de las piernas, pero
yo sentía que sus miradas de sibila, envolviéndose como cuerdas en mis tobillos,
podían hacerme tropezar.
Mi única posibilidad de escape estaba en no volver la cabeza, en oír los
insultos sin enojo y en sufrir las caricias sin enternecerme. Y yo corría entre
el polvo, arrastrada por una fuerza en la que ya no creía, asombrada por el olor
olvidado de los castaños y por el silencio de lo que quedaba de la tierra.
En la "casa muerta" (así llamaban los vecinos a nuestra residencia) era
imposible aislarse. En el fondo de los corredores y detrás de cada puerta, mis
jueces aguardaban de pie, con las manos inertes... y nada es más doloroso que
ver los ojos amados perder poco a poco su color y convertirse en trozos de
vidrio sucio.
Más de una vez, generalmente en la época de mi cumpleaños, yo había pedido que
hicieran reparar la antigua chimenea de la casa para sumergir de vez en cuando
los pies en agua caliente, pero me lo habían rehusado. La casa debía terminar
junto con nosotros, sin protestas, ya que había pertenecido a un héroe que no se
permitía ninguna forma de sensualidad. ¡Tanto peor, pues, para quienes sufrían
de mala circulación!
Probablemente yo no hubiera huido jamás, pese a la escalera sin baranda y al
olor de sepulcro, si sólo me hubieran permitido comprar unas macetas de jazmines
y un tarro de pintura para refrescar el verde de mis celosías.
Los hombres no se dan cuenta de hasta qué punto es fácil retenernos. Me había
acostumbrado ya a su aliento y también al ruido seco del conmutador en la
habitación contigua cuando subía a acostarme y ellos querían controlar la hora
de mi llegada.
Yo corría por el camino ardiente. Mi cabeza, acostumbrada a la oscuridad, no
soportaba el calor del sol y, mientras un aliento despiadado me recorría la
nuca, mis piernas me pesaban como si unos brazos me hubieran apresado por la
cintura. Había olvidado que la casa estaba rodeada de un bosque, que los
senderos de moreras llevaban hasta la carretera y que el tren eléctrico pasaría
bien pronto al final del camino y atravesaría el río. Las criadas no hablaban
jamás de esas cosas en mi presencia.
Conseguí librarme de los lazos que me retenían lanzándome bruscamente hacia
adelante y eché a correr descalza en dirección a las vías esperando que el tren,
al pasar, me advirtiera. Y fue en el momento en que la locomotora se disponía a
engullirme, que oí crujir las hojas detrás de mí. Unos pasos de hombre avanzaban
entre los espinos... Comprendí que debía treparme al tren, a riesgo de matarme,
porque los jueces estaban cerca, bien vivos esta vez, y tan juntos que parecían
un muro en movimiento.
Reuní mis fuerzas y salté hacia el rostro ardiente de la locomotora que había
disminuido la marcha para atravesar el río. Era tiempo, porque unas manos se
aferraban a mis faldas y de un golpe seco descubrían mis caderas mientras varias
hileras de dientes humanos se hundían en mi carne y desgarraban mi flanco
derecho de arriba abajo.
Alguien dio un grito cuando me dejé caer sobre sus rodillas. Alrededor sólo vi
miradas, miradas de odio: la gente sana y bien comida odia a los perseguidos.
Además mi herida se había extendido y llegaba hasta el vientre. Logré, pese a
todo, zafarme de entre dos muslos apretados por el terror.
Pasé de un vagón lleno de miradas a otro donde, para no verme, los niños
escondían la cara entre los pechos maternos. Me sorprendió una escalera de
hierro que colgaba en el vacío entre dos coches. Detrás de mí unos hombres
uniformados festejaban algo, en silencio, tomando lentamente unas bebidas
tibias. Pasaban de uno a otro vagón sin advertir ni la escalera ni mi vientre
abierto. Uno de ellos, con quien nos topamos, fijó bruscamente sus ojos en los
míos y estalló en una carcajada a la que nadie hizo eco.
—Soy nazi —dijo— me esperan en la última estación. Por eso me río.
Mi malestar era entonces insoportable. Sin pensarlo más subí por la escalera de
hierro y me dejé caer, casi con gozo y sin intención de levantarme, en un vagón
lleno de paja que olía a bosta y estaba totalmente oscuro.
Afuera, como para ritmar nuestra melancolía, el canto de la locomotora se
descargaba ruidosamente al sol.
Cuando desperté era de noche y mi cuerpo estaba enlazado a otro que, por su gran
tamaño, comprendí era de hombre. Abrí los ojos; en la oscuridad unas pequeñas
flores secas me cosquilleaban la frente, y el tren que me llevaba producía un
ruido amistoso.
El aire era muy cálido. Quise soltar un brazo para enjugarme el sudor de la
cara, pero lo hallé apretado por una morsa de músculos.
Ya no corría la sangre de mi flanco derecho; una mano me había unido los labios
de la herida y los mantenía juntos. Olores agradables y vivos que yo había
olvidado subían a mi nariz: "el delantal blanco de mi madre... sus sábanas de
seda planchada... el pan dorado de la merienda… y, en la cocina, bien
enjabonadas, unas robustas muchachas para los soldados…"
El viaje terminaría probablemente al alba. En la última estación esperaban al
oficial alemán.
Cerré los ojos para no despertarme aún.
—No te muevas... te amo...
Era a mí a quien hablaban. La voz entrecortada me buscaba a través de una boca
que se aplastaba en mis hombros. "No debería haberme despertado... ". Yo conocía
esa voz; era yo una niña cuando me llamaba por la ventana.
—¿Sabes?... te tomé por un muchacho cuando caíste sobre mí y pensé: "¡Otro tipo
a quien encierran!" Pero cuando me mojaste con tu sangre y sentí, en mi piel tus
pechos frescos y pequeños, y cuando tu cabecita rodó entre mis manos, comprendí
y te amé en seguida. . .
El desconocido reía apretando mi frente con sus dedos. Reía de placer, como si
hubiera bebido. ¿Sabía acaso que mi madre, en otros tiempos, me había tejido un
traje de baño color "tango", con un pato bordado, y que yo la obedecía siempre
para no veda triste?... Él seguía riendo como ríen los muchachos al salir del
colegio y recordé que en San Juan de Luz, un domingo de Pascua, había yo
regalado a mi madre un suntuoso tintero de conchillas que no se atrevió a
quemar. Aunque no dijo nada yo sentí confusamente que la había ofendido. ¿Qué
podía hacer yo, ahora que ella había muerto?
Dos brazos cálidos me envolvían, un cuerpo pesaba sobre mí impidiéndome respirar
cómodamente, pero yo no quería librarme. En cada brusca parada del tren me
apretaba a ese cuerpo con todas mis fuerzas porque sabía que, mientras me
cubriera de esa manera, no dejando un rincón de mi cuerpo sin caricias, estaría
totalmente protegida.
—Eres buena, mi pequeña Viola.
¿Por qué me llamaba así?
—Eres buena.
Repetía esas palabras como un niño a quien han colmado de regalos
injustificados. ¿No lo habrían amado nunca?... ¿Las muchachas lo huían, quizás…
o bien…?
Probablemente tuve, sin querer, un movimiento de rechazo porque él me estrechó
aun con más fuerza.
—No —dijo— no soy malo. Ya no soy malo. Mira: me parecía imposible que uno
pudiera curarse, pero no es verdad. Ahora soy un hombre como los demás, sólo
que... —Su voz se hizo dolorosa— Sé lo que piensan todos los seres que se me
acercan; he aprendido eso ejerciendo mi profesión. Es desesperante. No hay que
equivocarse de rumbo la primera vez. Yo me equivoqué como tú y después. ..
Bueno, después. .. es difícil, muy difícil escapar. Ahora, por ejemplo, lo
quiera yo o no, sé exactamente de dónde vienes y por qué estás aquí conmigo. Era
una horrible profesión la mía.
Me acarició con gran dulzura, como si hubiera querido hacer entrar la paz en mi
carne.
—Tu sangre no corre ya, pequeña Viola. Estoy colmado de ella. La bebí toda la
noche, mientras dormías.
Dejó de hablar para mirarme y sentí en la oscuridad la fuerza de sus ojos.
—Quisiera beberte entera antes de llegar —dijo con gravedad— así no te
reconocería nadie.
Al pronunciar estas palabras tuvo un gesto brusco y, abriendo las manos, me dejó
caer sobre la paja.
¿Qué temía? ¿Era únicamente por mi causa o porque también lo perseguían? Me
encontraba en un vagón en plena marcha, abrazada a un hombre de quien no sabía
nada. El cansancio y el terror me hubieran aniquilado probablemente si un
desconocido, sorbiendo mi sangre, no me hubiera impedido morir. ¿Pero por qué
este cuerpo oscuro, este cuerpo sin identidad, me daba tanto placer?
Una mano lisa y ardiente me cubrió la boca y los ojos.
—No pienses más, es feo. Todo es feo fuera de ti y de mí.
Se había apartado un poco de mi pecho para hablarme, pero yo sentía, en las
mías, sus rodillas puntiagudas. Su voz, que se había vuelto a la vez dura e
infantil, poseía entonaciones voraces para evocar ciudades enrojecidas de
faroles y salas de juego repletas de escotes deslumbrantes de alhajas. Sus
palabras, cuyo sentido general no entendía yo muy bien, describían una especie
de feria donde paseaban un mono gigante y hombres con corbatas pintadas a mano.
Él y yo, siempre abrazados, íbamos entre los curiosos.
—Somos un mismo animal —me decía y me mordía la nuca como un padrillo.
Unos empresarios italianos proponían comprarnos. Todas las cabezas se volvían
para vernos pasar, todas las manos procuraban tocarnos y nuestros nombres
estaban escritos en todas partes: en las paredes y en los carteles que cruzan
las avenidas.
Yo escuchaba su voz con deleite y asombro porque era una voz que poseía las
inflexiones de la infancia y porque me devolvía a la playa de mis padres. Él
llevaba un traje de baño rojo con unas iniciales negras tejidas sobre el pecho.
Era el 3 de octubre. Todas sus novias habían regresado a la capital. Él no era
de la capital. Me vio ese día porque la playa estaba desierta. Sonrió y me
propuso pasear en una barca.
En el extremo de la bahía se levantaba una fortaleza. Fue junto a una tronera,
entre restos de cañones victoriosos, que deslizó la mano bajo el bretel de mi
traje y me besó sin hablarme de amor.
—Cuando vengan jurarás que no eres culpable y no cederás bajo ningún pretexto.
Las manos del hombre tendido a mi lado buscaban, bajo mi vestido desgarrado, los
latidos de mi corazón, mientras sus rodillas agudas separaban mis muslos
ensangrentados.
Allá en la "casa muerta", diez años atrás, yo había amado a un hombre contra su
voluntad. Y ese hombre, para vengarse de mí, se había multiplicado. Su rostro se
hallaba en todas partes, detrás de las puertas, en el extremo de los corredores,
hasta en el espejo donde acostumbraba mirarme. Su odio habitaba ahora doce,
quince, cincuenta cuerpos que me detestaban. Me detestaban por ser menuda y
sensible al placer. Las torturas físicas que me infligían me apenaban sin
dañarme: el frío, la falta de azúcar, el calor húmedo de las sábanas... Los
bichos y el hambre no podían nada contra mí. Sólo su rostro podía aterrarme, su
rostro que se momificaba bajo mis miradas y por el cual yo me sentía culpable.
Porque yo era culpable de aquellas arrugas amarillentas, de aquella frente
prominente, de aquel labio inferior casi enteramente devorado por el labio
superior. ¡Y yo había creído que, al huir, me libraría de mi crimen!... Pero el
hombre que me apretaba entre sus piernas sabía. Y, si él sabía, todos los jueces
del mundo, hasta los más vergonzosos, también debían de saber.
Agotada por ese pensamiento me abandoné a la paja caliente con el solo deseo de
no llegar jamás, dispuesta a olvidar el hambre y la falta de espacio, para
perderme entera en la fuerza de ese desconocido: porque él, él me perdonaba
haber subido al altar del brazo de un hombre triste que se parecía a mi madre,
que olía, como ella, a rosas cálidas, cuyo tono de voz era siempre un poco
sofocado, que era maduro sin ser viejo "y que yo adoraba, porque lo adoraba ¡te
lo juro!"
Creí haber gritado esas palabras, pero mi compañero no pareció oírlas porque,
sin dejar de hablar, continuó acariciándome el pelo. Sus palabras no me
interesaban ya; sólo su fuerza me era indispensable y oculté mi cabeza en el
vello de su pecho sin que me importara no conocer su rostro.
El tren se detuvo al alba para dejar subir a tres individuos que esperaban al
borde de un precipicio. . Un rayo de luz insólita me despertó y me permitió ver,
al fin, el cuerpo tendido a mi lado. El hombre estaba completamente desnudo y, a
juzgar por la luminosidad de su carne, no podía tener más de treinta años.
Dormía con la cabeza perdida en mi cabellera.
Estábamos solos en un vagón, lleno de arañas y desperdicios, que los animales y
los soldados debían de haber ocupado antes que nosotros. El rayo de luz que me
había asombrado aumentaba a ojos vistas y recordé, pese a la confusión de mi
mente, que la víspera, cuando me dejé caer sobre la paja y no obstante ser
mediodía, estaba aquello completamente a oscuras.
Intenté levantarme, pero me lo impidió una mano que oprimía mi vientre
semidescubierto. ¿Cómo podía dormir así ese hombre, con los músculos
contraídos?... Y súbitamente me asaltó el miedo de que estuviera muerto. De
nuevo intenté liberarme, pero el hombre estaba como incrustado en mis venas y en
mis huesos y era tan difícil arrancarlo como un miembro nuevo que me hubiera
crecido durante la noche. Noté que su piel tenía el mismo color que la mía,
rubio, un poco pálido y velludo, y que sus brazos, como mis brazos, eran muy
largos y flacos.
Como yo aspirara profundamente, el pecho de mi compañero se elevó un poco y
tuve entonces la seguridad absoluta de que el hombre que me prolongaba no me
obedecería.
Resignada al placer, volví a cerrar los ojos y me sometí a la voluntad inerte de
un amo a la vez desconocido y familiar.
Tenían los tres el rostro sarcástico de los torturadores. Al entrar se quejaron
del calor y, sin enjugarse la frente, se sentaron en unos cajones vacíos.
Yo no intenté huir por la puerta que habían dejado entreabierta. Por lo demás,
¿cómo huir de mí misma?
El tren reanudó su marcha a través de la montaña y advertí bruscamente que, a mi
lado, por una ventana estrecha, entraban la luz y el paisaje. ¿Por qué, pues,
durante horas, había tenido aquella impresión de oscuridad absoluta?
Los tres hombres, al sentarse enfrente de mí, parecían cumplir un castigo.
Silenciosamente se pusieron a cargar sus pipas sin que un solo músculo de sus
rostros denotara interés por lo que hacían.
El más pequeño, que tenía un vientre sin majestad, fue el primero en atacarme.
Sin preámbulo y sin preocuparse del cuerpo inerte que seguía enlazado al mío,
me tocó la frente con un dedo.
— Entonces, ¿eres tú quien hizo aquello?
Asombrada, levanté la cabeza. ¿Qué quería decir ese hombre?
—Bueno, bueno... ¿quién te ayudó?
—Pero…
—¿Quién te ayudó?
El tono de la voz era incisivo.
—Yo...
—¿Quién?
El más viejo de los jueces se puso de pie y su estatura me pareció aterradora.
—Nadie —contesté.
Hubo un silencio y mi compañero hizo un leve movimiento, el primero desde mi
despertar. No me atrevía a volverme hacia él; aproveché, sin embargo, para
incorporarme un poco y sentí, detrás de mí, que él se sentaba y que miraba a
mis enemigos sin la menor simpatía.
El tercer juez sacó del bolsillo del chaleco un cordón de acero que brilló a la
luz del sol. El más pequeño tenía en las manos un punzón de plata, con el que se
limpiaba las uñas, mientras el gigante apoyaba en mi pecho un índice de tamaño
indecente.
—¿Ves? —me dijo ese hombre sin cambiar de expresión— todos son así... —y
exhibió con orgullo diez dedos enormes y desnudos.
—Si quisiera podría metértelos todos en la garganta. Estalló en una carcajada y
yo tuve un invencible deseo de vomitar porque ese hombre reía con su vientre, no
con su cara.
—No uso jamás instrumentos —añadió, y echó una mirada de desprecio a sus
camaradas mientras se lamía concienzudamente la punta de cada dedo.
—¡No permitiré que torturen a esta muchacha!
Era, la que hablaba, la voz de la noche todavía un poco alterada por el sueño.
Enrojecí de placer.
Mi compañero se había puesto de pie y estaba a mi lado. Me sentí súbitamente
pequeña y aterida al comprobar que mis piernas y mis brazos estaban libres y
que en mi vientre no había la menor huella de herida. Levanté la cabeza hacia
mi amigo y casi dejé escapar un grito de sorpresa.
El rostro de quien había cerrado mis llagas y acariciado mi pelo era un rostro
que yo conocía desde hacía tiempo. Cada una de sus pequeñas arrugas me era
familiar así como el mentón demasiado agudo y la nariz violenta.
—Te han reconocido ¡imbécil!... No te hagas el héroe… te queda mal.
El que jugaba con el cordón de acero había pronunciado aquellas palabras con
una leve sonrisa. Una mosca se paseaba por la frente del gigante.
—Bueno, si me has reconocido, te cuidarás de tonterías —dijo mi amigo.
—¡Cierra el pico!
Esta vez fue el más pequeño quien lanzó su punzón a los pies de su adversario.
Este último se encogió de hombros y cruzó tranquilamente los brazos.
—Ya veremos —dijo.
Yo estaba orgullosa. Un rayo de sol me calentaba los hombros. Estaba protegida
por primera vez en mi vida y no es malo ser atacada cuando se siente en la nuca
el aliento cálido y preciso de un aliado.
—¿A qué hora te acostabas?
Instalado en su vientre fláccido, el más pequeño continuaba el interrogatorio.
—Yo...
—¿Qué hacías toda la noche en el fondo del corredor?
—¿Y en la sala de armas?
—¿Por qué te encerrabas?
—¿Por qué no querías acostarte con él?
—Sí… ¿por qué... eh? Era eso, precisamente eso, lo que te molestaba… dilo,
reconocelo, tenías miedo…
Me acorralaban sin permitirme decir palabra ni comprender qué querían. El
gigante había acercado sus dedos a mis sienes; su aliento, a través de la boca
cerrada, era nauseabundo.
—¿Dónde has escondido las fotografías?
—¿Y las armas?
—Sí, las armas...
Yo meneaba la cabeza miserablemente pero ellos no parecían esperar respuesta. Se
habían acercado y me rodeaban. Me hablaban casi al oído.
—¿Dónde estabas el 10 de octubre?
—¿Por qué te escondías en el fondo del corredor?
—¿Sobre qué rama?
—Sí, ¿sobre cuál, sobre cuál?
—¿La roja…la verde?
—¿La negra?
Yo estaba estupefacta, a punto de aullar de asco, dispuesta a confesar todos mis
crímenes, incluso el placer que había sentido aquella noche en brazos de un
extraño. El sudor corría por sus cuellos y me caía en la frente. Yo estaba
sofocada entre sus cuerpos húmedos.
El gigante me miró con una expresión en la que, a pesar de todo, me pareció ver
alguna piedad. De nuevo una mosca paseaba por su frente sin que él hiciera
ademán de espantarla. El tercer juez estiraba su cordón.
—Lo sabemos —insistió con zumba—, tomabas baños hirvientes...
—¡No!... ¡no es verdad! —grité.
—¡Cállate!... Hacías leña de los muebles para tener fuego pretextando una mala
circulación.
Y las risas enemigas iban en aumento.
El hombre que estaba a mi lado lo había escuchado todo en silencio. Se acercó a
los jueces y, súbitamente, sin un ademán, lanzó a cada uno un largo escupitajo
en la cara. Ninguno de los tres intentó limpiarse. Mi compañero abrió la boca,
probablemente para decir algo, pero retrocedió un paso y se volvió hacia mí con
una mirada de horror. El gigante le tomó un brazo con una mano y, con la otra,
mirándolo en los ojos, comenzó a despellejarse el rostro. Mi amigo bajó la
cabeza como si hubiera recibido un golpe y, mientras el segundo juez repetía la
actitud del primero, me soltó el brazo y tuve la impresión de que me decía
"adiós".
El más pequeño fue el último en arrancarse la máscara de goma para descubrir un
rostro de muñeco con grandes ojos color de luna. Mi amigo me dio las espaldas.
—Siéntate.
El gigante era quien ordenaba con una voz sin pasión. Vi al hombre que había
amado obedecer y sentarse entre los jueces, frente a mí. Con un ademán de
abandono casi mecánico, como si su voluntad hubiera cesado de pertenecerle, sacó
del bolsillo del pantalón un objeto de goma oscura, terminado en manija, que
hizo girar entre sus dedos.
Una vez junto a mis enemigos, los rasgos de su rostro cambiaron inmediatamente
de color: aquella tonalidad rubia y familiar de las mejillas y de la frente,
aquella boca, por momentos carnosa y sólida, todo desapareció para transformarse
en algo invulnerable como de muñeco. Yo tenía frío, cada vez más frío. El viento
desagradable de la madrugada entraba por la ventana del vagón.
"Como en una mañana de ejecución", pensé.
—Está bien —dijo nuevamente el gigante—, yo sabía que acabarías por entender.
Hablaba con la misma voz de tono hueco pero su rostro, sin la máscara, no tenía
ya nada de aterrador: "el rostro de un pequeño burgués que espera su paseo del
domingo", pensé con lástima.
Él prosiguió tranquilamente:
—Ya que has vuelto a nosotros se te concederá el honor del "golpe de gracia",
Manuel.
El hombre a quien habían llamado Manuel no contestó. Seguía con la mirada fija
en el suelo y se entretenía en hacer saltar su juguete de una a otra mano.
El más pequeño de los jueces estalló en carcajadas y le dio un golpe juguetón en
el brazo izquierdo.
—¡Qué Manuel!... ¿pero no eras tú el inventor del "golpe del tapón"?
—¡Qué tiempos aquellos! —suspiró el hombre del cordón de acero.
—¡Y decir que quisiste dejarnos! Con lo dotado que eras hubiera sido una
lástima.
—Tal vez el señor quería convertirse en víctima —bromeó el pequeño— , tal vez
sea mejor ser castigado que castigar.
—Basta de tonterías —interrumpió el gigante.
—Bueno, bueno... Pero yo prefiero, en materia de golpes, estar entre quienes los
dan y no entre quienes los reciben. Siempre hay tiempo para que a uno lo
reduzcan a pingajo.
Miró a Manuel para saber si estaba de acuerdo, pero Manuel parecía no haber
oído.
—Y eras realmente bueno —prosiguió el hombre del cordón, tragando saliva—. Eras
magnífico en la invención, en tanto que nosotros, viejo, hay que confesarlo, no
salíamos de lo de siempre.
El gigante puso un dedo en el hombro de quien, hasta hacía un rato, había sido
mi amigo y dijo con simplicidad:
—Eres un genio. ¡Oh!, no te ruborices. Siempre has hallado instintivamente, como
a pesar tuyo, eso que llaman... Fue interrumpido por uno de sus camaradas:
—La tortura perfecta.
El hombre del cordón había pronunciado esas palabras con voluptuosidad, como si
hubiera querido evocar el busto de una estrella de cine.
—Es cierto exclamó el pequeño — "la tortura perfecta"… Y nunca haces nada para
hallarla. Te quedas ahí inmóvil, se diría que ni siquiera piensas y iZas! ahí
está, apareció.
—Observa, Manuel —prosiguió el gigante con dulzura—, que lo siento por la
muchacha. En cuanto a ti, si bien se mira, ya la gozaste y eso basta, ¿no?
Manuel no contestó. Había elevado hacia mí sus hermosos ojos y permanecía
inmóvil con las manos abiertas en las rodillas. Algo inconfesable, como una gran
náusea, parecía prepararse en él.
Yo estaba sola, sola en un tren en marcha, en plena montaña, rodeada por unos
hombres que se disponían a hacerme sufrir. Sólo que ignoraban que yo era
invulnerable al dolor físico, que había corrido sangrando y dormido en mi
sangre con el vientre desgarrado. Ignoraban que sólo el placer podía hacerme
gritar.
Pero él, Manuel, debía de saberlo ya que su rostro... Pues aquel rostro familiar
de mentón agudo y nariz violenta era mi propio rostro sobre unos hombros
masculinos. y ahora esos cálidos miembros rubios que conocían el lugar exacto de
mi corazón, esa mente móvil que había surgido de mi infancia, iban a hacerme
daño porque un día el alma de Manuel había pertenecido a esos tres hombres que
lo tuteaban.
"Era una horrible profesión. " No hay que equivocarse de rumbo la primera vez."
Era él quien me había dicho esas palabras mientras me tenía en sus brazos y su
piel conmovida exhalaba un olor infantil.
Advertí con tristeza que, desde hacía un momento, un lazo de acero ceñía mi
cuello y que un punzón terminado un ángel de plata me perforaba los senos
mientras un dedo enorme se hundía lentamente en mi garganta.
Cada uno de esos hombres cumplía con su tarea. Inventor de una tortura, la
aplicaba concienzudamente; pero sólo una de ellas hizo brotar lágrimas de mis
ojos y estremecer mi cuerpo. En la luz matinal el rostro de mi amigo se había
transformado poco a poco y ahora tenía ante mí el rostro del esposo abandonado y
encerrado en la "casa muerta".
Pero yo sabía que Manuel no lo había hecho a propósito y tuve piedad de él.
[De El hotel de la luna y otras imposturas, Sudamericana, Buenos Aires, 1957]
* Gloria Alcorta (Bayona 1915) novelista, cuentista y poeta argentina (nacida en
el extranjero por ser hija de diplomático). Escritora bilingüe, su primer libro
fue un poemario en francés: La prison de l' enfant (1935); colaboró con la
revista Ficción donde publicó muchos de sus cuentos. Su libro más representativo
quizás sea En la casa muerta (1966), una historia de recuerdos y fantasmas que
transcurre en una espectral mansión de la belle époque en Buenos Aires y que
describe el derroche de la oligarquía nativa, a la cual pertenecía. También ha
publicado El hotel de la luna y otras imposturas (1957).
[Publicado en portada en
diciembre 2010]

El
espejo que huye
Un cuento de Giovanni Papini *
Una imposible mañana de invierno, en una estación muy conocida, un hombre que no
conozco -de sobretodo, con dos violetas en el ojal- quería demostrarme que los
hombres son felices, que la vida es grande, que el mundo es hermoso. Yo lo
escuchaba con interés, sacudiendo a cada momento la ceniza de mi cigarrillo que
el viento consumía sin que nunca lo llevara a la boca. Lo escuchaba sonriendo y
el hombre que no conozco se acaloraba cada vez más y del humour pasaba al
sentimiento, al entusiasmo y al delirio. La fuga de sus palabras rápidas,
fluyentes, firmes, como si hubieran sido fundidas en ese instante, acuñadas de
nuevo en algún sitio hacía poco tiempo, me llenaba de una ebriedad muy similar a
la que provoca la champaña. Algo picante y saltarín, un deseo de abrazar y de
llorar, de danzar, de reír de improviso...
En cierto momento su voz me dijo:
-Medite, señor, medite en la grandeza del progreso que se desarrolla bajo
nuestros ojos; en el progreso que lleva a los hombres desde el pasado hasta el
futuro, desde lo que ya no es más hasta lo que todavía no es, de lo que se
recuerda a lo que se espera. Los salvajes no prevén el futuro, no piensan en el
porvenir; no prevén ni proveen. Pero nosotros, hombres civilizados, hombres
nuevos, vivimos para el futuro y a merced del futuro. Nuestra vida entera se
tiende hacia lo que debe venir, está construida en previsión de lo que ocurrirá.
Nuestros hombres consagran el presente al mañana (siempre, porque todo presente
pasa al mañana que pasará), respetuosa y valerosamente.
“Este enorme progreso del espíritu profético es lo que hace desvanecer los
peligros, lo que pone en nuestras manos las fuerzas, lo que hace descubrir
nuevas posibilidades, lo que nos vuelve dueños de la tierra, del mar y del cielo
y de una cosa que vale más que todo eso, oh señor: ¡de nosotros mismos!”
Pero en ese momento un tren expreso llegó a la estación. Su estruendo solemne en
el cruce de las vías, su breve silbato, decidido, irritado, interrumpieron el
discurso del Hombre que no conozco. Cuando el tren se calmó y no se oyeron más
que sordos bufidos de la locomotora y los viajeros escaparon, el Hombre quiso
todavía continuar pero yo me anticipé:
-Señor Hombre -le dije-, este tren que acaba de llegar, ¿no le ha sugerido nada
que se relacione con nuestra circunstancia? ¿No ha entendido su respuesta?
¿Quiere que se la repita yo, humilde traductor, ya que puedo traducir el idioma
de los trenes y de muchas otras cosas? Hasta hace pocos minutos este tren corría
a una velocidad media de ochenta kilómetros por hora, pequeño mundo apiñado e
iluminado a través del campo solitario y neblinoso. Y he aquí que de pronto se
detiene y los habitantes de esta pequeña ciudad en fuga han desaparecido y el
maquinista se seca la frente con aire poco satisfecho. Las ruedas se han
detenido perezosamente sobre los rieles y los vagones vacíos y oscuros añoran
las charlas de los pasajeros y las valijas multicolores. Así termina una fuga
cuando se viaja sobre rieles. Pero dejemos el tren y volvamos a los hombres. En
este momento se me ocurre algo absurdo y se lo digo a usted, señor Hombre, y lo
digo porque no hay aquí multitudes que puedan escucharme. Si estuvieran aquí
todos los que yo deseo, les diría:
“Imaginen, humanos, una cosa imposible, absurda, loca, increíble y espantosa.
Imaginen que todo el mundo se detuviese de improviso, en un instante dado, y que
todas las cosas permanecieran en el sitio en que estaban y que todos los hombres
se volvieran inmóviles, como estatuas, en la actitud en que estaban en ese
instante, en la acción que se hallaban ejecutando... Si esto ocurriera y si a
pesar de todo ello continuara todavía funcionando en los hombres el pensamiento,
y pudieran recordar y juzgar lo que hicieron y lo que estaban haciendo, y
pudieran examinar todo lo que realizaron desde su nacimiento y meditar en lo que
deseaban realizar antes de morir, ¡imagínense cuánta desesperación ardería bajo
el trágico silencio de ese mundo detenido de improviso!
“No sé si tendrán el valor de escuchar lo horrible que sería. Esfuércense por
unos instantes en ver a todos estos hombres inmovilizados mientras se hallaban
dedicados a su tarea, anhelantes detrás de sus sueños, instigados por sus sucias
pasiones, rudamente empujados por sus deseos. Véanlos esparcidos por el mundo,
como suspendidos por una catástrofe que los trasmutara en fantoches pensantes,
en estatuas desesperadas. Véanlos en las más repugnantes posiciones y en las más
ridículas, en las más cansadoras y en las más estúpidas. He aquí al hombre
sorprendido en medio de un pesado sueño con la boca semiabierta como un cadáver
borracho; al hombre en el acto amoroso, extendido como una bestia jadeante sobre
la mujer de párpados cerrados; al hombre que robaba en las tinieblas con falsa
mirada y la lámpara que nunca más se apagará; al juez vestido de negro que
dispensa el infierno y la sangre desde su alto sitial; al miserable que se
arrastra por el fango de la ciudad buscando un hueso y una moneda; a la mujer
que sonríe lascivamente con su rostro empolvado, en postura insinuante; al
mercader de manos huesudas que gesticula para lograr diez centavos más; al
campesino afanado con la aguijada en la mano tendida hacia los inmóviles bueyes;
al elegante orador detenido en medio de una sonrisa y de un cumplido; al soldado
que se hallaba con la bayoneta calada ante una puerta cerrada, y al homicida que
preparaba sus venenos en una buhardilla, y al obrero soñoliento curvado sobre
las enormes máquinas grasientas, inmóviles y siniestras, y al científico que no
puede separar el ojo cansado del microscopio donde han interrumpido su danza los
monstruos invisibles... “Imaginen ahora, si sus ánimos resisten, pensamientos de
todos estos hombres condenados en un mismo instante ante la conciencia de su
muerte. ¿Creen ustedes que habrá un solo hombre -uno solo, ¿entienden?-, uno
solo que esté contento y satisfecho de ese momento en que el destino lo ha
vuelto inmóvil? ¿Creen que para uno solo de estos hombres sería ése el momento
de Fausto, el momento hermoso que querríamos detener, fijar y conservar para la
eternidad? ¡Ustedes no creen realmente esto, no pueden creerlo!
“El señor Hombre -usted, aquí presente, delante de mí- ha dicho una gran y
tremenda verdad. Los hombres piensan en el futuro, viven para el futuro,
consagran perpetuamente sus días actuales a los mañanas venideros. Todo hombre
no vive más que para aquello que prevé, aguarda y espera. Toda su vida está
hecha de manera que cada instante tiene valor para él solamente en cuanto él
sabe que ese instante prepara un instante sucesivo, cada hora una hora que
vendrá, cada día un día que seguirá. Toda su vida está hecha de sueños, de
ideales, de proyectos, de expectativas; todo su presente está hecho de
pensamientos en torno a su futuro. Todo lo que es, lo que está presente, nos
parece oscuro, mezquino, insuficiente, inferior, y nosotros nos consolamos
solamente pensando que todo este presente no es sino un prólogo, un largo y
aburrido prólogo, a la hermosa novela del porvenir. Todos los hombres, lo sepan
o no, viven gracias a esta fe. Si de pronto se les dijese que dentro de una hora
todos morirán, todo lo que hacen y lo que hicieron no tendría para ellos ningún
placer ni sabor ni valor algunos. Sin el espejo del futuro la realidad actual
parecería torpe, sucia, insignificante. Sin el mañana que permite esperar los
desquites, las victorias, las ascensiones, las promociones y los aumentos, las
conquistas y los olvidos, los hombres no consentirían más en seguir viviendo.
Sin el lejano perfume del mañana no querrían comer el negro pan del hoy.
“Piensen, pues, en estos hombres detenidos de pronto, que no pueden actuar más
pero que todavía piensan. Imaginen a estos hombres prisioneros de un eterno hoy,
sin la liberación de la conciencia. ¿Qué pensarán estos hombres? ¡Qué dolor
atroz debe roer sus vísceras y amputar sus nervios! Inmóviles en sus posiciones
vergonzosas y delictivas, tristes e idiotas, sin posibilidades de esperanza, sin
luz de sueños, sin dulzura de proyectos, con las alas tronchadas, las piernas
atadas, las manos encadenadas, como una enorme multitud de prisioneros al estilo
de Miguel Ángel, reducidos a las ataduras de sus vidas mezquinas, melancólicas,
repugnantes; ataduras de esa vida que soportaban solamente con la esperanza y la
expectativa de vidas más bellas y más grandes: ellos, esos condenados a la
perpetua inacción, reconocerán con infinita rabia la absurda estupidez de su
vida anterior. Pensarán que todo el presente era sacrificado por ellos en pos de
un futuro, que a su vez se volvería presente y sería sacrificado a su vez por
otro futuro y así hasta el último presente, hasta la muerte. Todo el valor del
hoy estaba en el mañana y el mañana valía solamente por otro mañana y así
llegaba el último hoy, el hoy definitivo, y así la vida entera había
transcurrido para preparar de día en día, de hora en hora, de momento en momento
lo que no llega nunca. Y ellos descubrirán esta tremenda cosa: que el futuro no
existe como futuro, que el futuro no es más que una creación y una parte del
presente, y que soportar la vida inquieta, la vida triste, la vida doliente por
este futuro que de día en día huye y se aleja es la más dolorosa necedad de esta
estúpida vida.
“Humanos, nosotros perdemos la vida por la muerte; consumimos lo real por lo
imaginario, valoramos los días sólo porque nos conducen a días que no tendrán
otro valor que el de traernos otros días idénticos a ellos... ¡Humanos: toda la
vida es un fraude atroz que ustedes mismos traman para el daño propio, y
solamente los demonios pueden reír fríamente de la carrera de ustedes hacia el
espejo que huye!”
Un nuevo expreso, pitando y tronando, entró en la estación, y una vez más los
viajeros huyeron y el maquinista se enjugó la frente con aire poco satisfecho.
El Hombre que no conozco estaba siempre ante mí -de sobretodo, con dos violetas
en el ojal-, aunque lo hubiese olvidado del todo.
-He aquí -le dije- mis ideas sobre el progreso, sobre el porvenir y sobre la
vida. Ciertamente, usted no está de acuerdo conmigo pero yo estoy de acuerdo con
alguien; por ejemplo, con la niebla que a menudo intenta cubrir el mundo y
esconder el hombre al hombre, la miseria al desprecio, la fealdad a la
melancolía. Y yo amo muchísimo, señor Hombre, los trenes que se detienen tras
las inútiles fugas y la niebla que vela lo que no se puede destruir.
El hombre que no conozco se había vuelto nervioso y todo su entusiasmo había
desaparecido como un hilo de humo. En vez de responder, se quitó del ojal una de
sus violetas y me la ofreció. Yo la tomé con una inclinación, la acerqué a la
nariz y su leve perfume me gustó.
* Giovanni Papini (Florencia, 9 de enero de 1881 - íd. 8 de julio de 1956) fue
un escritor italiano. Inicialmente escéptico, posteriormente pasó a ser un
fervoroso católico.
[Publicado en portada en
diciembre 2010]

El
que inventó la pólvora
Un cuento de Carlos Fuentes *
Uno de los pocos intelectuales que aún existían en los días anteriores a la
catástrofe, expresó que quizá la culpa de todo la tenía Aldous Huxley. Aquel
intelectual -titular de la misma cátedra de sociología, durante el año famoso en
que a la humanidad entera se le otorgó un Doctorado Honoris Causa, y clausuraron
sus puertas todas las Universidades-, recordaba todavía algún ensayo de Music at
Night: los snobismos de nuestra época son el de la ignorancia y el de la última
moda; y gracias a éste se mantienen el progreso, la industria y las actividades
civilizadas. Huxley, recordaba mi amigo, incluía la sentencia de un ingeniero
norteamericano: «Quien construya un rascacielos que dure más de cuarenta años,
es traidor a la industria de la construcción». De haber tenido el tiempo
necesario para reflexionar sobre la reflexión de mi amigo, acaso hubiera reído,
llorado, ante su intento estéril de proseguir el complicado juego de causas y
efectos, ideas que se hacen acción, acción que nutre ideas. Pero en esos días,
el tiempo, las ideas, la acción, estaban a punto de morir.
La situación, intrínsecamente, no era nueva. Sólo que, hasta entonces, habíamos
sido nosotros, los hombres, quienes la provocábamos. Era esto lo que la
justificaba, la dotaba de humor y la hacía inteligible. Éramos nosotros los que
cambiábamos el automóvil viejo por el de este año. Nosotros, quienes arrojábamos
las cosas inservibles a la basura. Nosotros, quienes optábamos entre las
distintas marcas de un producto. A veces, las circunstancias eran cómicas;
recuerdo que una joven amiga mía cambió un desodorante por otro sólo porque los
anuncios le aseguraban que la nueva mercancía era algo así como el certificado
de amor a primera vista. Otras, eran tristes; uno llega a encariñarse con una
pipa, los zapatos cómodos, los discos que acaban teñidos de nostalgia, y tener
que desecharlos, ofrendarlos al anonimato del ropavejero y la basura, era
ocasión de cierta melancolía.
Nunca hubo tiempo de averiguar a qué plan diabólico obedeció, o si todo fue la
irrupción acelerada de un fenómeno natural que creíamos domeñado. Tampoco, dónde
se inició la rebelión, el castigo, el destino -no sabemos cómo designarlo. El
hecho es que un día, la cuchara con que yo desayunaba, de legítima plata
Christoph; se derritió en mis manos. No di mayor importancia al asunto, y suplí
el utensilio inservible con otro semejante, del mismo diseño, para no dejar
incompleto mi servicio y poder recibir con cierta elegancia a doce personas. La
nueva cuchara duró una semana; con ella, se derritió el cuchillo. Los nuevos
repuestos no sobrevivieron las setenta y dos horas sin convertirse en gelatina.
Y claro, tuve que abrir los cajones y cerciorarme: toda la cuchillería
descansaba en el fondo de las gavetas, excreción gris y espesa. Durante algún
tiempo, pensé que estas ocurrencias ostentaban un carácter singular. Buen
cuidado tomaron los felices propietarios de objetos tan valiosos en no comunicar
algo que, después tuvo que saberse, era ya un hecho universal. Cuando comenzaron
a derretirse las cucharas, cuchillos, tenedores, amarillentos, de alumno y
hojalata, que usan los hospitales, los pobres, las fondas, los cuarteles, no fue
posible ocultar la desgracia que nos afligía. Se levantó un clamor: las
industrias respondieron que estaban en posibilidad de cumplir con la demanda,
mediante un gigantesco esfuerzo, hasta el grado de poder reemplazar los útiles
de mesa de cien millones de hogares, cada veinticuatro horas.
El cálculo resultó exacto. Todos los días, mi cucharita de té -a ella me reduje,
al artículo más barato, para todos los usos culinarios- se convertía, después
del desayuno, en polvo. Con premura, salíamos todos a formar cola para adquirir
una nueva. Que yo sepa, muy pocas gentes compraron al mayoreo; sospechábamos que
cien cucharas adquiridas hoy serían pasta mañana, o quizá nuestra esperanza de
que sobrevivieran veinticuatro horas era tan grande como infundada. Las gracias
sociales sufrieron un deterioro total; nadie podía invitar a sus amistades, y
tuvo corta vida el movimiento, malentendido y nostálgico, en pro de un regreso a
las costumbres de los vikingos.
Esta situación, hasta cierto punto amable, duró apenas seis meses. Alguna
mañana, terminaba mi cotidiano aseo dental. Sentí que el cepillo, todavía en la
boca, se convertía en culebrita de plástico; lo escupí en pequeños trozos. Este
género de calamidades comenzó a repetirse casi sin interrupciones. Recuerdo que
ese mismo día, cuando entré a la oficina de mi jefe en el Banco, el escritorio
se desintegró en terrones de acero, mientras los puros del financiero tosían y
se deshebraban, y los cheques mismos daban extrañas muestras de inquietud...
Regresando a la casa, mis zapatos se abrieron como flor de cuero, y tuve que
continuar descalzo. Llegué casi desnudo: la ropa se habla caído a jirones, los
colores de la corbata se separaron y emprendieron un vuelo de mariposas.
Entonces me di cuenta de otra cosa: los automóviles que transitaban por las
calles se detuvieron de manera abrupta, y mientras los conductores descendían,
sus sacos haciéndose polvo en las espaldas, emanando un olor colectivo de
tintorería y axilas, los vehículos, envueltos en gases rojos, temblaban. Al
reponerme de la impresión, fijé los ojos en aquellas carrocerías. La calle
hervía en una confusión de caricaturas: Fords Modelo T, carcachas de 1909, Tin
Lizzies, orugas cuadriculadas, vehículos pasados de moda.
La invasión de esa tarde a las tiendas de ropa y muebles, a las agencias de
automóvil, resulta indescriptible. Los vendedores de coches -esto podría haber
despertado sospechas- ya tenían preparado el Modelo del Futuro, que en unas
cuantas horas fue vendido por millares. (Al día siguiente, todas las agencias
anunciaron la aparición del Novísimo Modelo del Futuro, la ciudad se llenó de
anuncios démodé del Modelo del día anterior -que, ciertamente, ya dejaba escapar
un tufillo apolillado-, y una nueva avalancha de compradores cayó sobre las
agencias.)
Aquí debo insertar una advertencia. La serie de acontecimientos a que me vengo
refiriendo, y cuyos efectos finales nunca fueron apreciados debidamente, lejos
de provocar asombro o disgusto, fueron aceptados con alborozo, a veces con
delirio, por la población de nuestros países. Las fábricas trabajaban a todo
vapor y terminó el problema de los desocupados. Magnavoces instalados en todas
las esquinas, aclaraban el sentido de esta nueva revolución industrial: los
beneficios de la libre empresa llegaban hoy, como nunca, a un mercado cada vez
más amplio; sometida a este reto del progreso, la iniciativa privada respondía a
las exigencias diarias del individuo en escala sin paralelo; la diversificación
de un mercado caracterizado por la renovación continua de los artículos de
consumo aseguraba una vida rica, higiénica y libre. «Carlomagno murió con sus
viejos calcetines puestos -declaraba un cartel- usted morirá con unos Elasto-Plastex
recién salidos de la fábrica.» La bonanza era increíble; todos trabajaban en las
industrias, percibían enormes sueldos, y los gastaban en cambiar diariamente las
cosas inservibles por los nuevos productos. Se calcula que, en mi comunidad
solamente, llegaron a circular en valores y en efectivo, más de doscientos mil
millones de dólares cada dieciocho horas.
El abandono de las labores agrícolas se vio suplido, y concordado, por las
industrias química, mobiliaria y eléctrica. Ahora comíamos píldoras de vitamina,
cápsulas y granulados, con la severa advertencia médica de que era necesario
prepararlos en la estufa y comerlos con cubiertos (las píldoras, envueltas por
una cera eléctrica, escapan al contacto con los dedos del comensal).
Yo, justo es confesarlo, me adapté a la situación con toda tranquilidad. El
primer sentimiento de terror lo experimenté una noche, al entrar a mi
biblioteca. Regadas por el piso, como larvas de tinta, yacían las letras de
todos los libros. Apresuradamente, revisé varios tomos: sus páginas, en blanco.
Una música dolorosa, lenta, despedida, me envolvió; quise distinguir las voces
de las letras; al minuto agonizaron. Eran cenizas. Salí a la calle, ansioso de
saber qué nuevos sucesos anunciaba éste; por el aire, con el loco empeño de los
vampiros, corrían nubes de letras; a veces, en chispazos eléctricos, se
reunían... amor rosa palabra, brillaban un instante en el cielo, para disolverse
en llanto. A la luz de uno de estos fulgores, vi otra cosa: nuestros grandes
edificios empezaban a resquebrajarse; en uno, distinguí la carrera de una vena
rajada que se iba abriendo por el cuerpo de cemento. Lo mismo ocurría en las
aceras, en los árboles, acaso en el aire. La mañana nos deparó una piel
brillante de heridas. Buen sector de obreros tuvo que abandonar las fábricas
para atender a la reparación material de la ciudad; de nada sirvió, pues cada
remiendo hacía brotar nuevas cuarteaduras.
Aquí concluía el periodo que pareció haberse regido por el signo de las
veinticuatro horas. A partir de este instante, nuestros utensilios comenzaron a
descomponerse en menos tiempo; a veces en diez, a veces en tres o cuatro horas.
Las calles se llenaron de montañas de zapatos y papeles, de bosques de platos
rotos, dentaduras postizas, abrigos desbaratados, de cáscaras de libros,
edificios y pieles, de muebles y flores muertas y chicle y aparatos de
televisión y baterías. Algunos intentaron dominar a las cosas, maltratarlas,
obligarlas a continuar prestando sus servicios; pronto se supo de varias muertes
extrañas de hombres y mujeres atravesados por cucharas y escobas, sofocados por
sus almohadas, ahorcados por las corbatas. Todo lo que no era arrojado a la
basura después de cumplir el término estricto de sus funciones, se vengaba así
del consumidor reticente.
La acumulación de basura en las calles las hacía intransitables. Con la huida
del alfabeto, ya no se podían escribir directrices; los magnavoces dejaban de
funcionar cada cinco minutos, y todo el día se iba en suplirlos con otros.
¿Necesito señalar que los basureros se convirtieron en la capa social
privilegiada, y que la Hermandad Secreta de Verrere era, de facto, el poder
activo detrás de nuestras instituciones republicanas? De viva voz se corrió la
consigna: los intereses sociales exigen que para salvar la situación se utilicen
y consuman las cosas con una rapidez cada día mayor. Los obreros ya no salían de
las fábricas; en ellas se concentró la vida de la ciudad, abandonándose a su
suerte edificios, plazas, las habitaciones mismas. En las fábricas, tengo
entendido que un trabajador armaba una bicicleta, corría por el patio montado en
ella; la bicicleta se reblandecía y era tirada al carro de la basura que, cada
día más alto, corría como arteria paralítica por la ciudad; inmediatamente, el
mismo obrero regresaba a armar otra bicicleta, y el proceso se repetía sin
solución. Lo mismo pasaba con los demás productos; una camisa era usada
inmediatamente por el obrero que la fabricaba, y arrojada al minuto; las bebidas
alcohólicas tenían que ser ingeridas por quienes las embotellaban, y las
medicinas de alivio respectivas por sus fabricantes, que nunca tenían
oportunidad de emborracharse. Así sucedía en todas las actividades.
Mi trabajo en el Banco ya no tenía sentido. El dinero había dejado de circular
desde que productores y consumidores, encerrados en las factorías, hacían de los
dos actos uno. Se me asignó una fábrica de armamentos como nuevo sitio de
labores. Yo sabía que las armas eran llevadas a parajes desiertos, y usadas
allí; un puente aéreo se encargaba de transportar las bombas con rapidez, antes
de que estallaran, y depositarlas, huevecillos negros, entre las arenas de estos
lugares misteriosos.
Ahora que ha pasado un año desde que mi primera cuchara se derritió, subo a las
ramas de un árbol y trato de distinguir, entre el humo y las sirenas, algo de
las costras del mundo. El ruido, que se ha hecho sustancia, gime sobre los
valles de desperdicio; temo -por lo que mis últimas experiencias con los pocos
objetos servibles que encuentro delatan- que el espacio de utilidad de las cosas
se ha reducido a fracciones de segundo. Los aviones estallan en el aire,
cargados de bombas; pero un mensajero permanente vuela en helicóptero sobre la
ciudad, comunicando la vieja consigna: «Usen, usen, consuman, consuman, ¡todo,
todo!» ¿Qué queda por usarse? Pocas cosas, sin duda.
Aquí, desde hace un mes, vivo escondido, entre las ruinas de mi antigua casa.
Huí del arsenal cuando me di cuenta que todos, obreros y patrones, han perdido
la memoria, y también, la facultad previsora... Viven al día, emparedados por
los segundos. Y yo, de pronto, sentí la urgencia de regresar a esta casa, tratar
de recordar algo apenas estas notas que apunto con urgencia, y que tampoco dicen
de un año relleno de datos- y formular algún proyecto.
¡Qué gusto! En mi sótano encontré un libro con letras impresas; es Treasure
Island, y gracias a él, he recuperado el recuerdo de mí mismo, el ritmo de
muchas cosas... Termino el libro («¡Pieces of eight! ¡Pieces of eight!») y miro
en redor mío. La espina dorsal de los objetos despreciados, su velo de peste.
¿Los novios, los niños, los que sabían cantar, dónde están, por qué los olvidé,
los olvidamos, durante todo este tiempo? ¿Qué fue de ellos mientras sólo
pensábamos (y yo sólo he escrito) en el deterioro y creación de nuestros útiles?
Extendí la vista sobre los montones de inmundicia. La opacidad chiclosa se
entrevera en mil rasguños; las llantas y los trapos, la obsesidad maloliente, la
carne inflamada del detritus, se extienden enterrados por los cauces de asfalto;
y pude ver algunas cicatrices, que eran cuerpos abrazados, manos de cuerda,
bocas abiertas, y supe de ellos.
No puedo dar idea de los monumentos alegóricos que sobre los desperdicios se han
construido, en honor de los economistas del pasado. El dedicado a las Armonías
de Bastiat, es especialmente grotesco.
Entre las páginas de Stevenson, un paquete de semillas de hortaliza. Las he
estado metiendo en la tierra, ¡con qué gran cariño!... Ahí pasa otra vez el
mensajero:
«USEN TODO... TODO... TODO»
Ahora, ahora un hongo azul que luce penachos de sombra y me ahoga en el rumor de
los cristales rotos...
Estoy sentado en una playa que antes -si recuerdo algo de geografía- no bañaba
mar alguno. No hay más muebles en el universo que dos estrellas, las olas y
arena. He tomado unas ramas secas; las froto, durante mucho tiempo... ah, la
primera chispa...
FIN
* Carlos Fuentes Macías (Ciudad de Panamá, 11 de noviembre de 1928) es uno de
los escritores mexicanos más conocidos de finales del siglo XX, autor de novelas
y ensayos, entre los que destacan Aura, La muerte de Artemio Cruz, La región más
transparente y Terra Nostra. Recibió el Premio Rómulo Gallegos en 1977, el
Premio Cervantes en 1987 y en 2009 la "Gran Cruz de Isabel la Católica". Fue
nombrado miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua en agosto de
2001.
[Publicado en portada en
noviembre 2010]

"Vanzetti
pro Sacco"
Un texto de Augusto Monterroso *
Con el paso de los años las antologías, de poetas, de cuentistas, se vuelven
tristes; el tiempo ha fijado a sus favoritos, y nombres que hace medio siglo
parecían inamovibles gracias a su estar diariamente en las páginas de los
periódicos y las revistas, suenan hoy a algo lejano, por no decir que a nada.
Pero de pronto puede suceder lo contrario: ver el nombre de quien no tenía qué
estar haciendo ahí, y está, como éste de Bartolomeo Vanzetti, frente al que
durante años pasé sin reparar en él.
En 1946, el poeta, ensayista y crítico norteamericano Selden Rodman repudió su
New Anthology of Modern Poetry (The Modern Library, Random House, N. York,
1938,1946) circunscrita a la lengua inglesa y con poemas de 106 poetas que van
de Gerad Manley Hopkins, el más antiguo, a Dylan Thomas, entonces quizá el más
joven (en este momento no tengo ni tiempo ni deseo averiguarlo).
Un tanto alarmado por la presencia de Lewis Carroll, busco la definición de
Rodman de “poesía moderna”; en vano; Rodman rehúye definirla en cuatro líneas
para tratar de hacerlo en veinte páginas de la Introducción. Sin embargo, para
mis fines de esta tarde, algo hay de definitorio en el último párrafo de aquélla
(traduzco):
“Perdura el hecho, no obstante, de que los nuevos poetas, comprometidos ya sea
con el Estado, con la guerra, con el sentimiento, o con Dios, parecen guiados
por un sentimiento de responsabilidad hacia sus lectores, y dan por supuesta la
contigüidad de la poesía con el habla contemporánea, lo que los sitúa aparte de
sus predecesores. Se está volviendo posible, diría como ejemplo, escribir poesía
‘moderna’ en formas hace poco descartadas por caducas. Quizá lo que percibimos
es que una revolución se consumó en los veinte, y que los nuevos poetas están
trabajando ahora con todo derecho en los terrenos que sus antecesores habían
roturado pero que, por estar tan recientemente abiertos, ellos mismos no
pudieron cultivar.”
En efecto, en ese momento el lenguaje poético estaría tan cerca del habla común
que Rodman incluye en su antología (cuya autoridad debe de haber sido alta en su
tiempo) un poema de Bartolomeo Vanzetti, que no es
otra cosa que parte del último discurso dicho por éste en la corte en su propia
defensa y en la de su compañero Nicola Sacco, y que a ninguno de los dos le
sirvió para evitar ser electrocutados: en prosa o en verso, el tipo de razones
aducidas por Vanzetti han sido siempre inútiles, y éste quizá resulte el precio
de su misma belleza y verdad.
Comoquiera que sea, lo traduzco. Selden Rodman no dice quién arregló en esta
forma el alegato de Vanzetti. Pudo haber sido él mismo, para demostrar su
teoría. En español introduje unas cuantas variantes en la estructura de los
versos, pero no estoy muy seguro de que en nuestro idioma la teoría quede tan
demostrada. En todo caso, el texto permanece aquí como muestra del espíritu de
dos hombres y, según sus resultados, del espíritu de los hombres.
Ultimo discurso ante la corte
He hablado tanto de mí mismo
que casi olvido mencionar a Sacco.
Sacco es también un obrero,
desde su niñez un experto obrero,
amante del trabajo,
con buen empleo y una buena paga,
una cuenta de banco, una esposa buena y amable,
dos lindos hijos y un hogar pequeño y limpio
a la orilla del bosque, cerca de un arroyo.
Sacco es un corazón, una fe, un carácter, un hombre;
un hombre amante de la naturaleza, de la humanidad;
un hombre que lo dio todo, que sacrificó todo
a la causa de la libertad y su amor al hombre:
dinero, descanso, ambición terrena,
su propia esposa, sus hijos, él mismo
y su propia vida.
Sacco no ha soñado nunca robar, asesinar.
Ni él ni yo nos hemos llevado jamás a la boca
un pedazo de pan, desde nuestra niñez al día de hoy,
que no hayamos ganado con el sudor
de nuestra frente. Nunca.
Oh, sí, como alguien lo ha dicho
yo puedo ser más ingenioso que él;
mejor conversador, pero muchas, muchas veces
al escuchar su voz cordial resonando con fe sublime,
al considerar su sacrificio supremo, al recordar su heroísmo
me sentí pequeño ante su grandeza
y me encontré a mí mismo luchando por contener
las lágrimas de mis ojos,
y calmar mi corazón
impidiendo a mi garganta sollozar frente a él:
este hombre llamado ladrón y asesino y sentenciado a muerte.
Pero el nombre de Sacco vivirá
en el corazón de la gente y en su gratitud
cuando los huesos de Katzmann
y los vuestros hayan sido dispersados por el tiempo;
cuando vuestro nombre,
vuestras leyes e instituciones
y vuestro falso dios
sean apenas un borroso recuerdo
de un pasado maldito en que el hombre
era lobo del hombre.
[...]
Si no hubiera sido por esto
yo podría haber gastado mi vida
hablando en las esquinas a gente burlona.
Podría haber muerto inadvertido, ignorando, un fracaso.
Ahora no somos un fracaso.
Ésta es nuestra carrera y nuestro triunfo. Nunca
en toda nuestra vida pudimos esperar hacer tal trabajo
por la tolerancia, por la justicia, por la comprensión
del hombre por el hombre
como ahora lo hacemos por accidente.
Nuestras palabras, nuestras vidas,
nuestros dolores...¡nada!
La toma de nuestras vidas
—vidas de un buen zapatero y un pobre
vendedor ambulante de pescado—
¡todo! Ese último momento nos pertenece:
esa agonía es nuestro triunfo.
23 de marzo
* Augusto Monterroso, pese a haber
nacido en Tegucigalpa (1921), es considerado guatemalteco por adopción. A partir
de 1944, a causa de su ferviente militancia política, fija residencia en
México.Desde su juventud abrazó la literatura y la actividad política. Participó
en la fundación de la revista Acento, bastión intelectual de una época signada
por la agitación.En 1959, ya en el exilio, comienza a publicar sus Obras
completas (y otros cuentos). Continúa con trabajos que, entre otras cosas, se
destacan por su brevedad: La oveja negra y demás fábulas (1969), Movimiento
Perpetuo (1972), y en 1978 llega su novela Lo demás es silencio. Otros textos
publicados son La letra e: fragmentos de un diario (1987), Viaje al centro de la
fábula (1981) y La palabra mágica (1983), éstos últimos de difícil tipificación
literaria pero preñados de belleza y profundidad.Hay quienes consideran a su “El
dinosaurio” como el relato más breve de la literatura hispana: “Y cuando
despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Ha sido reconocido con el premio
Villaurrutia (1975), Águila Azteca (1988), Juan Rulfo (1996) año en que finalizó
su exilio y reunió su obra en Cuentos, fábulas y lo demás es silencio. En el año
2000 fue ganador del premio Príncipe de Asturias de las Letras. Como hombre
comprometido con la realidad intervino en las negociaciones de paz entre el
gobierno y la guerrilla de su país. Sus dos grandes pasiones han sido la
literatura y las causas sociales entre las que sobresale la fervorosa defensa de
los indígenas de Guatemala. Dueño de una prosa higiénicamente simple, de
agradable lectura, los rasgos característicos de su estilo son la fábula, la
parodia y el humor. Más allá de sus merecimientos literarios, Monterroso ha sido
un hombre querido y respetado por su sencillez y culto a la amistad. Murió en
2003
[Publicado en portada en
octubre 2010]

El
terrón disolvente
Un cuento de Elvio Gandolfo *
Yo casi me había olvidado de Fiambretta. Pobre tipo, con un apellido así. Pero
Rodríguez estaba hablando de los viajes que hace por el interior, cuando en
medio de los datos sobre restaurantes de la ruta, sobre aventuras totalmente
inverosímiles con mujeres “casadas” (como solía agregar, con un dejo reverencial
inútil a esta altura del partido), de los pueblos y pequeñas ciudades que
recorría, a lo largo de la ruta 9, mencionó a Fiambretta. Lo corté en seco:
–¿Fiambretta, dijiste?
–Sí, él. ¿Te acordás? Ahora vive en las afueras de Cañada de Gómez.
Cómo no me iba a acordar. Siempre consideré que cargar con el apellido había
impedido que él, Fiambretta, llegara a la fama, a la consagración que tanto se
merecía. Habíamos hecho Biología juntos, y aun después de que yo abandoné para
dedicarme al curro de los rulemanes, nos seguíamos viendo. Uno de nuestros
entretenimientos favoritos era ir a ver una película a un cine de Corrientes
(detestábamos Lavalle) y después quedarnos charlando hasta la madrugada en un
boliche de Callao, lleno de mesas de billar, hasta que salían los diarios.
De lo que más hablábamos era del Cosmos, de la vida aquí y en otros mundos, de
los misterios de la célula. O sea que el que hablaba era Fiambretta, no yo. Para
darles una idea del talento del hombre: una noche (y recuerdo como si fuera hoy
que era en 1952), Fiambretta, en medio de un delirio sobre el efecto de las
enzimas, me dice, como al pasar:
–... porque en el código está todo, ¿entendés?, todo, en una doble hélice.
Fijate –y me la dibujó en una servilleta.
Años después dos giles (o tres, nunca recuerdo bien) iban a sacarse el Nobel con
lo que él había descubierto de taquito, desinteresado, con el pucho colgando de
la boca como cortada a cuchillo, y las manos caídas entre las piernas, en el
pequeño laboratorio que había instalado en el altillo de la casa de la tía, en
Caballito. Eso para que tengan una idea de lo que valía Fiambretta. Un crack,
realmente un crack.
Así que cuando el gordo Rodríguez lo nombró, lo corté en seco. Me contó que el
flaco estaba muy gastado, viviendo en una especie de casa solariega abandonada,
en la que había ocupado dos piezas.
–Después de todo creo que el flaco está mejor que nosotros –dijo Rodríguez,
quejumbroso–. Se asoma a las ventanas ¿y qué ve? Un maizal (o un trigal, no me
acuerdo bien) que se pierde en el horizonte. ¿Te das cuenta, viejo? ¿Acá qué ves
si te asomás a la ventana? Caños de escape, pibes que te manguean, y una que
otra mina bastante bien, no te lo voy a negar.
En medio del aburrimiento de la mesa, donde temas como las mujeres, la política,
el último aumento de transporte o de las tarifas se sucedían con la regularidad
de las fases lunares, oír hablar de Fiambretta me hizo recordar con nostalgia
las interminables charlas de Callao, donde palabras como “big-bang”,
“esteroides” o “remolino cuántico” nos mantenían con los ojos abiertos como
platos hasta que salía el Sol. Le dije a Rodríguez que cuando fuera por Cañada
de Gómez (que para mí era como decir Venus) le mandara un abrazo a Fiambretta.
Tres semanas después Rodríguez entra al boliche, mete la mano en el portafolios
lustradito que siempre lleva, y me da un sobre.
–De parte de Fiambretta –me dice–. Le dio un alegrón al flaco que te acordaras
de él. Antes de Cañada de Gómez, pasé por Roldán: voy a ver a un cliente y en
vez de él, me abre la mujer. Estaba sola...
Mientras Rodríguez me acunaba con los cuentos eternos, abrí el sobre, usando la
parte de atrás de la cucharita del café. La carta del flaco era breve:
“Querido Pancho:
Tenés que venir. Sos el único que puede entenderlo. A mí no me dan las ganas ni
la plata para ir a Baires. Vení. Estoy siempre. Un abrazo.
Fiambretta”
Me conmovió, les juro, me conmovió. “Sos el único que puede entenderlo”, decía.
Tenía razón el flaco. ¿Quién iba a entender, en un lugar como Cañada de Gómez,
viejo? ¿Alguien podía haber oído hablar alguna vez de aceleradores taquiónicos?
A lo más que llegarían era a leer La Chacra, los que tuvieran guita.
Pensé en largarme a Cañada de Gómez esa misma noche. Total, era viernes. Pero
preferí demorar un poco, saboreando el recuerdo de Fiambretta. El sábado de
noche me fui a ver una película solo, después me metí en el bar de Callao. Antes
de entrar me compré la última Muy Interesante. La hojeé pensando qué habría
dicho Fiambretta sobre cada uno de los artículos. Cuando llegaron los diarios,
compré Clarín y me fui a casa. Al salir el Sol me dormí como un bendito.
Durante la semana se me dieron bien las ventas. Así que el viernes me tomé un
ómnibus en Retiro y me fui para Cañada de Gómez, contento realmente. Por las
dudas le llevaba el Muy Interesante a Fiambretta. El viaje me puso eufórico.
Cada cosa que veía me dejaba sin respiración. Cuando ya estábamos llegando a
Cañada, ¿qué veo por la ventanilla? Un chancho, un chancho enorme, negro, vivo,
lo juro. En mi puta vida había visto un chancho fuera de las ilustraciones de
Billiken. Cuando me bajé en Cañada, me sentía al borde del éxtasis.
No me costó casi nada encontrar la casa de Fiambretta. Todos sabían dónde vivía
“el flaco raro”. Cuando llegué estaba regando las lechugas de un canterito.
Soltó la regadera por el aire (no sé si aluciné, pero el chorro al saltar hizo
un pequeño arcoiris), caminó hacia mí, y me abrazó, un poco parco, un poco
reticente. Era el mismo Fiambretta de siempre, un poco más calvo, y con el pelo
que le quedaba blanco del todo, pero con el mismo pucho colgando de los labios,
con el humo haciéndole cerrar un ojo.
Cuando entramos le di la revista. Como si yo no existiera, la hojeó página por
página, por arriba, mientras murmuraba:
–Superconductores... Biochips... Boludos... No aprenden más.
Después me agradeció. A su modo, me agasajó: trajo queso picante y un salame
grueso de la cocina, y una botella de vino suelto. Comimos, bebimos, charlamos.
Hacia la noche, mientras me limpiaba las muelas con un piolín, empecé a sentirme
cansado. No sabía bien si irme o quedarme, Fiambretta no había hablado del
asunto. A esa altura tenía los ojos como platos, como en el bar de Callao, pero
en la noche silenciosa de Cañada de Gómez, o más bien de los suburbios de Cañada
de Gómez, con apenas un par de grillos haciendo barullo afuera, el flaco me daba
un poco de miedo.
Entró a la cocina a hacer un poco de café. Cuando volvió, me animé:
–Oíme, Fiambretta –le dije–. ¿De qué hablabas en la carta?
–¿Qué carta?
–La que le diste a...
–Ya sé, a Rodríguez, a Rodríguez. Sí... –se quedó petrificado, con un ojo
cerrado y el otro dirigido al techo–. ¡Ah, ya sé! Lo que sólo vos podés
entender... je-je, je-je, ya vas a ver, mañana.
Después del café me dijo que tenía un catre (“limpito, nuevo, no lo usó nadie”,
aclaró delicadamente) y me invitó a dormir en su casa. Acepté: total podía irme
el sábado a mediodía y estar de regreso antes de la última vuelta de los cines.
–Mañana te despierto bien temprano –dijo Fiambretta mientras me tendía un par de
sábanas y una frazada gruesa–. Es la mejor hora.
Confieso que dormí poco. El catre era estrecho, los dos grillos seguían
compitiendo afuera y yo me preguntaba qué me esperaba al amanecer. ¡Cantaron
gallos, al amanecer cantaron gallos, como en las películas! Casi lloro, viejo,
eso me mató. Y al ratito nomás entró Fiambretta.
Traía unos panes con grasa recién hechos y un mate listo. Desayunamos, mientras
el Sol despuntaba. Después Fiambretta limpió las migas, guardó el mate en la
cocina y me miró, serio:
–Pancho, ahora vamos a ir al laboratorio –me dijo, como si hablara de ir a la
iglesia; hizo una pausa, después movió la mano–. Seguime –dijo.
La casa era amplia, chata, llena de cuartos, la mayoría estaban abandonados.
Pero hacia el fondo de un largo y ancho corredor se veía una puerta pintada al
aceite, destacándose en la luz lechosa que dejaba entrar el techo de vidrio.
Fiambretta sacó una llave, empujó, y me hizo espacio para que entrara. No era
nada del otro mundo. Más grande que el altillo de la tía, pero con muchos
objetos idénticos: el microscopio y el telescopio, los tubos de ensayo, los
diales indicadores de tres o cuatro aparatos. Todo estaba limpio y ordenado.
Fiambretta no tocó nada. Se dirigió a un escritorio de madera en el que se veían
libretas de notas y varios tipos de marcadores y bolígrafos.
Se sentó, y me indicó una silla.
–Pancho, lo que te voy a decir te va a sonar a locura, pero no me cortes hasta
que termine –dijo–. Y después te hago una prueba para demostrarte lo que te
digo.
Lo que me dijo Fiambretta era totalmente demencial. Que nosotros, Cañada de
Gómez, Buenos Aires, el bar de Callao y hasta las películas, no existían. Que
vivíamos engañados, drogados.
– Mirá, Pancho –dijo Fiambretta–, no sé si estará en el agua o en el aire, pero
todos aquí nacemos con una especie de LSD que se nos asienta en los receptores
de serotonina en el momento mismo de nacer, ¿entendés?.
Yo no entendía un carajo. Por suerte Fiambretta hablaba tranquilo, sin
alterarse, así que prestarle atención no me costaba nada. Me dijo que no se
atrevía a afirmar que ocurriera lo mismo en Estados Unidos, o en Java, “eso es
asunto de ellos y yo no te puedo afirmar lo que no investigué”. Y siguió
enumerando todo lo que era falso, inexistente según él: la Bombonera y el
Monumental, radichetas y peronistas, Gardel y Monzón. A esa altura yo pensaba:
“Este parece Borges”, y medio me estaba durmiendo.
Pero Fiambretta hizo un gesto dramático, terminando la enumeración: “¿La central
atómica de Atucha? Tampoco existe, viejo”. Al parecer, para él eso era
definitivo. Dio dos pasos, corrió una cortina, y la luz del Sol, ahora bastante
fuerte, inundó el laboratorio. Parpadeé. Era como había dicho Rodríguez: un
maizal maduro que se extendía hasta el horizonte. Me quedé con la boca abierta:
era hermoso, en mi vida había visto tantos choclos juntos. Pero Fiambretta
seguía con su rollo. Me di cuenta de que sostenía un frasquito en la mano, y
terminaba una frase:
–...inhibe la acción del LSD genético, o lo que sea. Ves la realidad como es, y
no como te la pintan tus sentidos, Pancho.
En la otra mano tenía un terrón de azúcar. Dejó caer dos gotas sobre él, me lo
tendió.
–El efecto dura apenas treinta segundos, hasta ahora no pude lograr más –se
avivó de que yo tenía miedo de que me envenenara–. Tomá, tomá, no seas cagón.
Apoyé el terrón sobre la lengua, sentí cómo se disolvía: al mismo tiempo,
afuera, se fue disolviendo el maizal. Lo que se perdía hasta el horizonte, un
instante después, era un mar de pequeños tallos metálicos, articulados, que
cliqueteaban, cliqueteaban como una fábrica de rulemanes. El cielo era bajo,
como un techo, y creaba una perspectiva extraña, sofocante. Con el rabillo del
ojo capté el marco de la ventana, y era de algo vivo, pardo, que latía. “La puta
que lo parió”, pensé, aterrado. Hubo algo que no quise hacer: mirarme las manos,
o mirar a Fiambretta. Seguí con los ojos fijos en el ex-maizal: por lo menos el
cliqueteo me sonaba familiar. Siempre he tenido una conciencia muy nítida del
tiempo: “nueve... ocho...”. Cuando se terminó de disolver el terrón, en un pase
que no podría describir, reapareció el maizal, sentí el Sol calentándome la
mano, el cielo sin fondo. Solté el aire. Fiambretta se reía:
–Te cagaste, Pancho, ¿eh? Je-je, je-je. Viste la realidad, Pancho, qué le vas a
hacer.
No tenía ganas de ponerme a discutir con Fiambretta. Le aguanté la charla un
rato más. No le planteé que el líquido podría ser el LSD, que a lo mejor lo que
vi en los treinta segundos era una alucinación segunda. Tenía ganas de borrarme,
cuanto antes. Lo que más me jorobaba era que le creía al flaco. Seguimos
charlando hasta el mediodía, Fiambretta siempre con el pucho colgando, sin darle
importancia a nada, contándome los otros experimentos en que estaba metido.
–El de la alucinación quería que lo vieras vos nomás, porque los demás pueden
rayarse fiero, ¿entendés?, y no quería terminar en cana. Pero lo viste, ¿eh?, lo
viste je-je –le dije que sí con un movimiento de cabeza.
Me acompañó hasta la ruta, a parar el ómnibus que me llevaba a Rosario. Ahí
podía hacer combinación. Ya cuando lo veíamos a lo lejos, sobre la plateada
cinta del camino, como en las películas de Chaplin, le hice a Fiambretta una
pregunta que me seguía jodiendo desde la mañana:
–Oime, Fiambretta –le dije–. Suponete que es como vos decís, que lo que vimos es
la realidad, que ahí somos distintos, y todo es distinto.
–Sí, te sigo –dijo Fiambretta.
–Ahí, el maizal, el Sol, lo que se mueve, ¿sigue siendo Argentina? ¿Ahí seguimos
siendo argentinos, Fiambretta?
Fiambretta me miró como sin entender. Apartó el ojo abierto hacia la ruta,
calculando la distancia a la que había llegado el ómnibus.
–Yo que sé, Pancho –me dijo, con voz neutra; y alzó la mano para parar el
ómnibus, mientras me daba una palmada en la espalda.
Cuando estuve acomodado en el asiento, viendo desfilar los árboles y los campos,
después las casas y el puente de Cañada de Gómez, me dije que ése era el
problema de esta época, el desinterés, el desánimo, la falta de emociones,
viejo.
* Elvio E. Gandolfo nació en San
Rafael (Mendoza) en 1947. A muy corta edad se trasladó a Rosario, donde dirigió
con su padre la revista literaria El Lagrimal Trifurca. Fue colaborador de la
revista El Péndulo. Escribió notas culturales en distintos semanarios y diarios
de Montevideo y Buenos Aires. Vivió alternativamente en Rosario, Piriápolis,
Montevideo y Buenos Aires. Hizo abundantes traducciones, entre otros de
Tennessee Williams, Pierre Choderlos de Laclos, William Shakespeare, Henry James
y Tim O’Brien. Compiló varias antologías de géneros como el relato policial, la
ciencia ficción y el suspenso. Actualmente integra el equipo editor de El País
Cultural de Montevideo, y escribe la página de libros de la revista Noticias de
Buenos Aires. Dirigió durante un año y medio la Editorial Municipal de Rosario.
Escribió varios libros de cuentos -La reina de las nieves (1982), Caminando
alrededor (1986), Sin creer en nada (1988), Rete Carótida (1990), Dos mujeres
(1992), Ferrocarriles Argentinos (1994), Cuando Lidia vivía se quería morir
(1994)-, y una novela, Boomerang (1993), primera mención en el concurso Planeta.
Wikipedia
[Publicado en portada en
agosto 2010]

El
mundo es una gran paradoja que gira en el universo
Por Eduardo Galeano
La mitad de los brasileños es pobre o muy pobre, pero el país de Lula es el
segundo mercado mundial de las lapiceras Montblanc y el noveno comprador de
autos Ferrari, y las tiendas Armani de Sao Paulo venden más que las de Nueva
York.
Pinochet, el verdugo de Allende, rendía homenaje a su víctima cada vez que
hablaba del "milagro chileno". El nunca lo confesó, ni tampoco lo han dicho los
gobernantes democráticos que vinieron después, cuando el "milagro" se convirtió
en "modelo": ¿qué sería de Chile si no fuera chileno el cobre, la viga maestra
de la economía, que Allende nacionalizó y que nunca fue privatizado?
En América nacieron, no en la India, nuestros indios. También el pavo y el maíz
nacieron en América, y no en Turquía, pero la lengua inglesa llama turkey al
pavo y la lengua italiana llama granturco al maíz.
El Banco Mundial elogia la privatización de la salud pública en Zambia: "Es un
modelo para el Africa. Ya no hay colas en los hospitales". El diario The Zambian
Post completa la idea: "Ya no hay colas en los hospitales, porque la gente se
muere en la casa".
Hace cuatro años, el periodista Richard Swift llegó a los campos del oeste de
Ghana, donde se produce cacao barato para Suiza. En la mochila, el periodista
llevaba unas barras de chocolate. Los cultivadores de cacao nunca habían probado
el chocolate. Les encantó.
Los países ricos, que subsidian su agricultura a un ritmo de mil millones de
dólares por día, prohíben los subsidios a la agricultura en los países pobres.
Cosecha récord a orillas del río Mississippi: el algodón estadunidense inunda el
mercado mundial y derrumba el precio. Cosecha récord a orillas del río Níger: el
algodón africano paga tan poco que ni vale la pena recogerlo.
Las vacas del norte ganan el doble que los campesinos del sur. Los subsidios que
recibe cada vaca en Europa y en Estados Unidos duplican la cantidad de dinero
que en promedio gana, por un año entero de trabajo, cada granjero de los países
pobres.
Los productores del sur acuden desunidos al mercado mundial. Los compradores del
norte imponen precios de monopolio. Desde que en 1989 murió la Organización
Internacional del Café y se acabó el sistema de cuotas de producción, el precio
del café anda por los suelos. En estos últimos tiempos, peor que nunca: en
América Central, quien siembra café cosecha hambre. Pero no se ha rebajado ni un
poquito, que yo sepa, lo que uno paga por beberlo.
Carlomagno, creador de la primera gran biblioteca de Europa, era analfabeto.
Joshua Slocum, el primer hombre que dio la vuelta al mundo navegando en
solitario, no sabía nadar.
Hay en el mundo tantos hambrientos como gordos. Los hambrientos comen basura en
los basurales; los gordos comen basura en McDonald's.
El progreso infla. Rarotonga es la más próspera de las islas Cook, en el
Pacífico sur, con asombrosos índices de crecimiento económico. Pero más
asombroso es el crecimiento de la obesidad entre sus hombres jóvenes. Hace 40
años eran gordos 11 de cada 100. Ahora, son gordos todos.
Desde que China se abrió a esta cosa que llaman "economía de mercado", el menú
tradicional de arroz con verduras ha sido velozmente desplazado por las
hamburguesas. El gobierno chino no ha tenido más remedio que declarar la guerra
contra la obesidad, convertida en epidemia nacional. La campaña de propaganda
difunde el ejemplo del joven Liang Shun, que adelgazó 115 kilos el año pasado.
La frase más famosa atribuida a Don Quijote ("Ladran, Sancho, señal que
cabalgamos") no aparece en la novela de Cervantes; y Humphrey Bogart no dice la
frase más famosa atribuida a la película Casablanca (Play it again, Sam).
Contra lo que se cree, Alí Babá no era el jefe de los 40 ladrones, sino su
enemigo; y Frankenstein no era el monstruo, sino su involuntario inventor.
A primera vista, parece incomprensible, y a segunda vista, también: donde más
progresa el progreso, más horas trabaja la gente. La enfermedad por exceso de
trabajo conduce a la muerte. En japonés se llama karoshi. Ahora los japoneses
están incorporando otra palabra al diccionario de la civilización tecnológica:
karojsatsu es el nombre de los suicidios por hiperactividad, cada vez más
frecuentes.
En mayo de 1998, Francia redujo la semana laboral de 39 a 35 horas. Esa ley no
sólo resultó eficaz contra la desocupación, sino que además dio un ejemplo de
rara cordura en este mundo que ha perdido un tornillo, o varios, o todos: ¿para
qué sirven las máquinas, si no reducen el tiempo humano de trabajo? Pero los
socialistas perdieron las elecciones y Francia retornó a la anormal normalidad
de nuestro tiempo. Ya se está evaporando la ley que había sido dictada por el
sentido común.
La tecnología produce sandías cuadradas, pollos sin plumas y mano de obra sin
carne ni hueso. En unos cuantos hospitales de Estados Unidos los robots cumplen
tareas de enfermería. Según el diario The Washington Post, los robots trabajan
24 horas por día, pero no pueden tomar decisiones, porque carecen de sentido
común: un involuntario retrato del obrero ejemplar en el mundo que viene.
Según los evangelios, Cristo nació cuando Herodes era rey. Como Herodes murió
cuatro años antes de la era cristiana, Cristo nació por lo menos cuatro años
antes de Cristo.
Con truenos de guerra se celebra, en muchos países, la Nochebuena. Noche de paz,
noche de amor: la cohetería enloquece a los perros y deja sordos a las mujeres y
los hombres de buena voluntad.
La cruz esvástica, que los nazis identificaron con la guerra y la muerte, había
sido un símbolo de la vida en la Mesopotamia, la India y América.
Cuando George W. Bush propuso talar los bosques para acabar con los incendios
forestales, no fue comprendido. El presidente parecía un poco más incoherente
que de costumbre. Pero él estaba siendo consecuente con sus ideas. Son sus
santos remedios: para acabar con el dolor de cabeza, hay que decapitar al
sufriente; para salvar al pueblo de Irak, vamos a bombardearlo hasta hacerlo
puré.
El mundo es una gran paradoja que gira en el universo. A este paso, de aquí a
poco los propietarios del planeta prohibirán el hambre y la sed, para que no
falten el pan ni el agua.
De: Textos cortos de La Jornada (México)
[Publicado en portada en
Julio 2010]
Rojos
al por mayor
Por Cristina Iglesia
Juan Moreira es un gaucho hecho de palabras. No hay
más remedio, es un producto del folletín. Y el folletín trabaja todos los
detalles: las versiones minuciosas de una biografía que incluye humillaciones y
traiciones, cambiantes adhesiones políticas, momentos de pasaje en que Moreira
se convierte "en justicia".
El folletín sigue meticulosamente el proceso que transforma al gaucho malo en un
bello sargento y no se detiene ni ante lo que denomina la segunda naturaleza del
gaucho: la descubre vengativa, luctuosa, alcohólica y la exhibe sin tapujos.
Moreira existe a fuerza de palabras.
Antonio Gil es un gaucho casi sin historia o,
más bien, habría que decir que su historia es parca, le huye al relato, se hace
difusa. Cabecilla de una banda de alzados en los montes del Paiubre, asalta
caminos, cuatrerea en las estancias, reparte entre los pobres lo que roba a los
ricos. Su vida, como vemos, se construye con todos los lugares comunes de las
historias de bandidos del siglo XIX. Casi no le pertenece, porque puede
aplicarse a otros y quizás en eso resida su eficacia. No hay mucho más, sólo
retazos: su bandería federal, el nombre de una mujer que deja cada noche un
caballo fresco por si el gaucho lo necesita, aunque nunca lo haya visto. No hay
fotos, no hay memoria de su cuerpo, salvo una excepción: su mirada que, como la
de Moreira y la de Facundo, hipnotiza, paraliza a sus enemigos.
Todas las versiones coinciden en dos puntos: la certeza sobre los poderes de su
mirada y las precisiones que irrumpen para describir la manera exacta de su
muerte. Antonio Gil, sorprendido por la partida, es atado a un árbol cabeza
abajo y degollado en esa posición para que sus matadores no puedan ser
alcanzados por la fuerza destructiva de sus ojos.
Pura mirada, pura leyenda, puro milagro, Antonio Gil no es tanto por lo que hizo
en vida como por lo que hizo después de muerto. Para sus seguidores, lo que
importa, lo que se relata, es la cadena de milagros que se inicia muchos años
después de su muerte. Lo que importa es su tumba, el lugar de su muerte. El
comienzo de un ciclo: la repetición de la narración del milagro; la reiteración
en otros tiempos y en otras voces dan sentido a su muerte. Antonio Gil es un
gaucho milagrero.
Al borde de una ruta, a pocos kilómetros de Mercedes en la provincia de
Corrientes, el 8 de enero, la fiesta del Gaucho Antonio Gil, o La Cruz Gil o Curuzú Gil, reúne desde hace unos años a multitudes que van de treinta a
cincuenta mil personas en un paraje desolado, calcinado por una temperatura
cercana a los 40 grados. Que sean muchos es motivo de orgullo para los del
lugar: ser muchos es legalizar el culto. "Ahora la legitimidad es asunto de
números, en la estadística suelen hallar los encerados la validez de una
creencia y lo que no se multiplica traiciona a la razón de ser del mundo
contemporáneo", sostiene Carlos Monsiváis. Las más de cincuenta mil placas con
leyendas grabadas, sumadas a incontables ofrendas, son otra manera de atestiguar
un culto de multitudes. Que sean muchos es también motivo de orgullo para los
organizadores, en su disputa de un lugar de privilegio para la fiesta. Es
difícil competir con la virgen lujanera o con el San Cayetano porteño,
precisamente por una simple cuestión de estadística: son millones los que viven
en Buenos Aires y sus alrededores, y cientos de miles los que deben atravesar
muchas veces caminos de tierra y ripio para llegar hasta La Cruz Gil a acampar
bajo el cielo. Que sean muchos es también señal de existencia para los medios
locales que televisan parcialmente la fiesta y la reparten en los hogares de
quienes no pudieron hacer el viaje. La difusión radial y televisiva sella un
pacto de conveniencia por el cual las más importantes autoridades políticas
provinciales se hacen presentes en el lugar.
Para la gente, lo que realmente importa va más allá del milagro o es un milagro
de otro tipo. Lo que cuenta es la fiesta popular, el baile, los sombreros negros
de ala ancha, los promeseros de trajes absolutamente rojos, las banderas rojas,
las velas rojas, las cintas rojas y, también, las remeras rojas, las gorras con
visera rojas, las pulseritas rojas. Y las imágenes -finalmente— del Gaucho Gil
trabajadas sobre una de las clásicas imágenes de Jesús: el pelo levemente
ondulado cayendo sobre los hombros, la mirada dulce; sólo el pañuelo rojo
anudado al cuello recuerda, por lo acriollado, su carácter terrenal. Y los
llaveros en serie y las medallitas en serie y las pequeñas bolas con nieve
adentro cayendo suavemente sobre una cruz, otra vez roja, porque la nieve ejerce
su hechizo, ya se sabe, en los lugares por donde nunca se la ve.
El gran escenario, presidido por la imagen, esta vez escultórica, de un gaucho
hospitalario y bonachón, con las manos dando la bienvenida o agradeciendo las
dádivas, se llena de niños y niñas vestidos igualmente de rojo, integrantes de
ballets folklóricos de Florencio Varela o de Mataderos, pequeños bailarines
adiestrados en el paso arrastrado del chamamé, incorporado tardíamente a la
rutina de los ballets folklóricos. La incorporación se torna necesaria cuando se
comprueba que esta destreza es imprescindible para actuar en lugares como éste y
ganarse la admiración del público. Se suceden conjuntos de músicos igualmente
vestidos con camisas rojas y cantoras entusiastas enfundadas en "soleras" rojas.
Hay grandes despliegues en el escenario, vinculados con duplicaciones inútiles:
cuatro guitarras, cuatro acordeones y hasta cuatro voces. Los reflectores
iluminan ese cuadro, pero las parejas se arman en la pista semioscura. Cada
presentación termina rigurosamente con el ofrecimiento de casetes y el anuncio
de su actuación horas más tarde en la pista ubicada del otro lado de la ruta
desierta, donde la entrada se cobra y a un precio nada popular. Aun así, las
parejas arman su baile allí donde es gratis, mientras la gente mira alrededor y
las carpas de los promeseros se iluminan un poco más lejos. En zonas no tan
encendidas, no tan centrales, pequeños tríos de musiqueros irrumpen y logran su
pequeño público. Tocan y cantan con enorme concentración, nadie les paga, pero
se los aplaude a conciencia.
Los puestos de lotería recuerdan la antigua lotería de la Semana Santa y los
números que se cantaban con frases en guaraní, pero ahora los premios ya no son
las monedas ocultas en los pañuelos, sino electrodomésticos colocados dentro de
papeles brillantes y transparentes para el que llene el cartón con los maíces.
El guaraní ha desaparecido del canto de los números, entre otras cosas, porque
los que montaron el negocio son cordobeses...
La gran fiesta es la de la música, la de! baile: es el desquite de la
uniformidad abrumadora de la ropa y los objetos que allí se pueden comprar,
pero, también, de los días y noches de aislamiento en parajes lejanos. El 8 de
enero es en esa zona central de la provincia de Corrientes un día excepcional y
la gente del lugar convive, por única vez al año, con gente de zonas tan
alejadas como Neuquén, Bolivia o Brasil. El culto se internacionaliza, cruza los
límites geográficos inmediatos y recoge adeptos en los países del Mercosur. Es
un pequeño mercosur popular, sin acuerdos ni formalidades previas: los
encuentros y los pequeños negocios se dan, principalmente, en las largas colas
que las mujeres y los hombres hacen al aire libre, por separado, para entrar a
los baños, para conseguir el agua del mate. La larga cofa es también un lugar de
intercambio de experiencias con el gaucho. Antonio Gil es uno más y se habla de
él como de alguien cercano, familiar.
La promesa o la manda obliga a llevarle lo que se prometió. Pero también instala
un intercambio azaroso: cualquiera puede servirse de las ofrendas, usar el
dinero o los objetos que otros han dejado, siempre que los devuelva alguna vez.
Entre las cosas entregadas relucen los machetes, cuchillos y revólveres puestos
a resguardo prolijamente en cuadros con vidrio, colgados a gran altura, fuera
del alcance de la mano. Hay que disuadir al creyente; hay que suspender en este
caso especial la vigencia de la tradición. La tradición dice que uno puede
servirse de lo que otros dejan —dinero, ropa, comida—y las armas no deberían
estar exceptuadas del servicio. Debería ser lícito que las armas de los gauchos
circularan, aligeradas por ese tiempo de permanencia en la Cruz Gil, adecentadas
por la exhibición, pero armas al fin. Entonces, el lugar del Gaucho sería la
sede de un tráfico de armas legalizado por la fe, un tráfico modesto, pero ágil,
que podría llevar una lámina acerada con puñal de hueso del Paiubre hasta las
tierras de Río Grande do Sul o hasta la Patagonia, para que volviera, después de
haber actuado, a calentarse en la tierra de Mercedes.
En la madrugada del 8 de enero, que es el día de la muerte del Gaucho, la cruz
negra de su tumba se lleva en procesión hasta la iglesia donde se oficia una
misa que intenta cobijar lo imposible. Enseguida la cruz vuelve al lugar del
culto, todavía inapresable, todavía escurridiza: aunque ya bendecida,
autorizada, a su regreso vuelve a mostrarse como lo que es, pura forma y color
en la mañana.
[De: La violencia del azar, ensayos sobre literatura argentina,
Buenos Aires, FCE, 2003]
Cuerpo
de mujer
Un cuento de
Ryunosuke Akutagawa *
Una noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del
insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había
entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había un pulga
avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio
arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su
mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que
respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado.
Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de
aquellas criaturas. "Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está
a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama.
Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga..."
Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente
y, sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño
trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se
sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la
pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por
un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese
a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro.
En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada
aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la
vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de
la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida
que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base,
el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de
una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada
en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo
como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como
una nieve azulada bajo la luz de la luna.
Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña
de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña
era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el
deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de
marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como
aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a
sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente
de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la
belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado como hizo la pulga.
Ryunosuke Akutagawa nació en Tokio, en 1892, a 24
años del reinicio del contacto de este país con Occidente y de la restauración
imperial que terminó con dos siglos y medio de régimen. Es considerado parte del
grupo de intelectuales y estetas contrarios al naturalismo, al humanismo
socializante de Shirakaba y a la literatura proletaria. Tanizaki Junichiro
(1886-1965), Sato Haruo (1892-1964) y Kubota Mantaro (1889-1963) acompañan a
Akutagawa en este grupo
Final
de una relación
Un cuento de Alberto Moravia *
Una tarde de noviembre, Lorenzo, joven rico y ocioso, corría en automóvil hacia
su casa, donde sabía que su querida lo estaba esperando hacía ya más de media
hora. El tiempo, que había empeorado repentinamente con una lluvia desordenada e
intermitente y un viento muy desagradable, que encontraba siempre la manera de
soplar en plena cara fuera cuál fuera la dirección en que se marchara, cierto
insomnio que todas las noches, tras las primeras horas de sueño, lo despertaba
de improviso y lo mantenía en vela hasta el alba, una sensación de pánico, de
persecución y de opacidad de la que hacía meses no conseguía librarse, todo
contribuía a poner a Lorenzo en un estado de ánimo enardecido y rabioso. «Acabar
con todo esto», se repetía continuamente mientras conducía el coche por las
calles de la ciudad y sentía que la menor nadería -el limpiaparabrisas que
interrumpía un momento su vaivén sobre el vidrio empapado, la palanca de las
marchas que en medio del tráfico, bajo su mano frenética, no entraba bien, los
inútiles clamores de las bocinas de los automóviles parados tras el suyo- le
producía una pena aguda y miserable, con ganas de gritar: «Pero ¿acabar con
qué?» Lorenzo no habría podido responder con exactitud a esta pregunta. Cada vez
que dirigía la mirada desde su injustificada miseria a su propia vida comprendía
que no le faltaba nada, que no había nada que cambiar, que había obtenido todo
lo que deseaba e incluso algo más. ¿Acaso no era rico? ¿Y no hacía de sus
riquezas un uso juicioso y refinado?
Casa, automóvil, viajes, trajes, diversiones, juego, veraneos, vida de sociedad
y querida; a veces se le ocurría enumerar todo lo que poseía, con una especie de
hastío vano y orgulloso, para acabar concluyendo que el origen de su malestar
debía buscarse en algún trastorno físico. Pero los médicos a los que había
acudido con el alma llena de esperanzas lo habían desilusionado de inmediato:
estaba sanísimo, no aparecía en él ni la más leve sombra de enfermedad. Así, sin
motivo, la vida se había convertido en un árido y opaco tormento para Lorenzo.
Cada noche, al acostarse después de un día vacío y tétrico, se juraba a sí
mismo: «Mañana será el día de la liberación.» Pero a la mañana siguiente, al
despertarse de un sueño fatigoso, le bastaba con abrir no ya los dos ojos, sino
uno solo, para comprender que aquel día no sería muy distinto de los que lo
habían precedido. Le bastaba con echar una ojeada a su dormitorio, en el cual
todos los objetos parecían recubiertos con la pátina opaca de su pena, para
estar seguro de que tampoco ese día la realidad aparecería más nítida, más
alentadora y más comprensible de lo que había sido una semana o un mes antes.
Sin embargo, se levantaba, se ponía una bata, abría la ventana, lanzaba un
disgustado vistazo a la calle ya llena de la madura luz de muy entrada la
mañana, y luego, como esperando que el agua fría y caliente pudiera quitarle de
encima aquella especie de funesto encantamiento, como le quitaba los sudores y
las impurezas de la noche, se encerraba en el baño y se dedicaba a un arreglo
personal que parecía hacerse cada vez más refinado y minucioso a medida que se
ahondaba su extraña miseria. Así transcurrían dos horas en cuidados inútiles;
dos horas durante las cuales Lorenzo, una y mil veces, tomaba un espejo y se
quedaba escrutando su propio rostro, como si esperara sorprender en él una
mirada, hallar una arruga que pudiera hacerle intuir los motivos de su cambio.
«Es la misma cara -reflexionaba rabiosamente- que tenía cuando era feliz, la
misma cara que les gustó a las mujeres a las que amé, que sonrió, que estuvo
triste, que odió, envidió y deseó; en suma, que tuvo su vida. Y ahora, en
cambio, quién sabe por qué, todo parece acabado.» Pero a pesar de la vaciedad y
la amargura de esos cuidados dedicados a su persona física, aquellas dos horas
eran las únicas de la jornada durante las que lograba olvidarse de sí mismo y de
su miserable estado, quizá debido a que el empleo que les daba era preciso y
limitado y no exigía ninguna reflexión. Por lo demás, él lo sabía («una prueba
más -solía pensar a veces- de que no soy ya más que un cuerpo sin alma, un
animal que pasa su tiempo alisándose el pelo») y las prolongaba de intento.
Después comenzaba verdaderamente la jornada, y con ella su árido tormento.
El departamento de Lorenzo estaba en la planta baja de un palacete nuevo,
situado al final de una callejuela aún incompleta que, partiendo de la avenida
suburbana, se perdía en el campo pocas casas más allá. Salvo la suya, todas las
casas del callejón se hallaban deshabitadas o en trance de construcción; no
existía adoquinado, sino un fango espeso surcado por las rodadas profundas y
duras que habían dejado los carros en su ir y venir a las obras con su
cargamento de tierra y de piedras; sólo había dos farolas junto a la entrada de
la calle, de forma que aquel día, tan pronto como atravesó el vasto y antiguo
charco que obstruía el comienzo, por una luz que brillaba al final de la oscura
calle, húmeda y reluciente, más o menos en el punto en que estaba su dormitorio,
Lorenzo comprendió que -como se había figurado- su amante ya había llegado y
estaba esperándolo. Ante este pensamiento le asaltó un mal humor intenso e
irracional contra la mujer, que no tenía ninguna culpa y que había acudido a la
cita que él le diera; y, al mismo tiempo, un presentimiento de que estaba a
punto de ocurrir algo decisivo. Apretando los dientes debido a la gran ferocidad
del sentimiento que oscurecía su mente, detuvo el coche ante la puerta, cerró
con ira la portezuela y entró en la casa.
Sobre el mármol amarillo de la mesita de falso estilo Luis XV que había en el
vestíbulo vio, junto al corto paraguas y al bolso, un curioso paquete erizado de
puntas agudas. Intrigado, deshizo la envoltura del papel: era una pequeña
locomotora de lata; antes de acudir a la cita, su amante, que estaba casada
desde hacía ocho años y tenía dos niños, había ido, como buena madre que era, a
comprar un juguete para regalárselo aquella noche cuando, cansada y lánguida,
volviera a casa poco antes de la cena. Lorenzo envolvió de nuevo el juguete en
su papel, colgó el impermeable y el sombrero y pasó al dormitorio.
De inmediato, a la primera mirada, comprendió que la mujer, para entretenerse
durante la espera, se había preparado a sí misma y al cuarto de manera que él,
al llegar desde la noche fría y lluviosa, recibiera inmediatamente la impresión
de una intimidad afectuosa y confortante. Sólo estaba encendida la lámpara de la
cabecera, y ella la había envuelto con su camisa de seda rosa para que la luz
fuera cálida y discreta; en una mesita estaban preparadas la tetera y las tazas;
su bata de seda, desplegada en una butaca, y sus pantuflas afelpadas puestas en
el suelo, bajo la bata, parecían dispuestas a saltar encima de él y a
revestirlo, tan grande era el cuidado con que habían sido arregladas. Pero el
malhumor que le inspiraron estas atenciones casi conyugales se redobló cuando
vio que la mujer, para recibirlo dignamente, había tenido la idea de ponerse un
pijama suyo. La mujer estaba tendida de lado sobre la colcha amarilla y suntuosa
de la cama, y el pijama de grandes rayas azules, demasiado estrecho para sus
caderas amplias y rotundas y para su pecho lleno y prominente, mal abrochado y
mal puesto, la obligaba a adoptar una torpe e inconveniente actitud, que
contrastaba desagradablemente con sus cabellos, negros y largos, y con la
expresión plácida e indolente de su rostro. Todo esto lo observó Lorenzo en la
primera y aguda ojeada que echó al cuarto. Luego, sin decir palabra, se sentó
sobre la colcha, al borde de la cama.
Hubo un instante de silencio.
-¿Sigue lloviendo? -preguntó por fin la mujer, mirándolo con una serena e inerte
curiosidad y acurrucándose junto a él, como si hubiera percibido
inconscientemente la crueldad que había en los ojos inmóviles y absortos de
Lorenzo.
-Llueve -contestó él.
Hubo un nuevo silencio, la amante le dirigió tres o cuatro preguntas, recibiendo
siempre las mismas breves y angustiadas respuestas, y en seguida le preguntó:
-¿Qué tienes?
Y, mientras hablaba así, se arrastró hasta él y se acurrucó a su lado.
-¿Qué tienes? -repitió anhelante, con un principio de aprensión en sus hermosos
ojos, negros e inexpresivos.
Al verla tan cerca, viva y ansiosa, y al mismo tiempo tan remota a causa de su
malestar, Lorenzo sintió que un mutismo árido y angustioso oprimía su garganta.
«Quizá toda la culpa sea de ese maldito pijama que se le ha metido en la cabeza
ponerse», pensó. Y, mientras contestaba que no tenía nada, intentó quitarle la
chaqueta de gruesas rayas con manos desmañadas e impacientes.
Creyendo que el joven quería desnudarla para acariciarla mejor, bastante
satisfecha por poder atribuir su inquietante silencio a una turbación de los
sentidos, la mujer se apresuró a deshacerse del pijama y, desnuda y plácida, se
tendió de nuevo en la actitud de pasiva espera en la que Lorenzo la había
encontrado al entrar en el cuarto. Siempre sin decir una palabra, él se sentó a
su lado y comenzó a acariciarla de manera distraída y preocupada, casi sin
mirarla y como pensando en otra cosa. Sus dedos se enredaban ociosamente en los
negros cabellos, desordenándolos y volviéndolos a alisar, su mano se posaba
abierta e insegura ora en su pecho desnudo, como si quisiera sentir la tranquila
respiración que lo animaba a intervalos, ora sobre el vientre, como teniendo la
curiosidad de sorprender bajo su amplia e inmóvil blancura el latido del deseo;
pero, en realidad, para él era como tocar un tronco exánime e informe; con
lucidez, mientras lo acariciaba, advertía que no experimentaba ningún amor por
aquel hermoso cuerpo y que ni siquiera percibía su vida, fuera aliento o deseo;
y esta irremediable sensación de alejamiento se agudizaba dolorosamente debido a
las miradas angustiadas e interrogativas con las que su amante no dejaba de
examinarlo, como un enfermo tendido en la camilla de hierro de un médico. Luego,
Lorenzo se acordó de pronto del tranquilo e indiferente disgusto con que un gato
suyo, cuando ya no tenía hambre, desviaba el hocico ante el plato que se le
ofrecía.
-El animal está saciado -exclamó entonces, con voz irónica y triunfante- y no
quiere comer más.
-¿Qué animal, Renzo? -preguntó, inquieta, la mujer-. ¿Qué te pasa?
Lorenzo no contestó nada a esta pregunta, pero al mirarla, con ojos aguzados por
el árido sufrimiento que le oprimía, su vista se detuvo en la mano con la cual
-en un gesto lánguido y patético de inconsciente defensa- ella se cubría el
pecho. Era una mano bastante bonita y más bien grande, ni demasiado gordezuela
ni demasiado nerviosa, blanca y lisa, y llevaba en el anular un sencillo anillo
de bodas.
Durante un rato Lorenzo miró ese anillo, miró el cuerpo desnudo, joven y
espléndido, aovillado con cierto empacho sobre la colcha amarilla y lisa del
lecho, y luego, de repente, fue como si -en un arrebato irresistible- todo el
odio acumulado durante los tristes últimos meses en las zonas interiores de su
conciencia rompiera los debilitados diques de su voluntad e inundase su alma.
-¿Qué anillo es ése? -preguntó, indicando la mano.
La amante, sorprendida, bajó los ojos sobre su pecho.
-Pero Renzo -contestó luego, sonriendo-, ¿en qué estás pensando? ¿No ves que es
la alianza?
Hubo de nuevo un breve silencio; Lorenzo trataba en vano de dominar el extraño y
cruel sentimiento que se había apoderado de él. Después:
-¿No te da vergüenza? -preguntó de pronto, bajando la voz-. Dime, ¿no te da
vergüenza estar así, desnuda, en mi cama? Tú, una mujer casada y madre de dos
niños.
Si le hubiera dicho que era de madrugada y que el sol estaba a punto de salir,
la mujer no se habría quedado más asombrada. Con todos los signos de una
sorpresa dolorida y aprensiva, se sentó en la cama y lo miró.
-¿Qué quieres decir con eso? -interrogó.
Absolutamente incapaz ya de contenerse, Lorenzo sacudió con violencia la cabeza
y no contestó.
-¿No te da vergüenza? -repitió después-, ¿no te preguntas qué pensarían tu
marido y tus hijos si te vieran aquí, en mi cama, sin nada de ropa encima, o si
pudieran verte cuando nos abrazamos y observar cómo la cara se te pone roja y
excitada, y cómo meneas el cuerpo, y qué posturas adoptas? ¿O si pudieran oír
las cosas que me dices a veces?
Más que la vergüenza de la que Lorenzo hablaba, parecía que la mujer
experimentaba una sensación de espanto. Replegando las piernas bajo los muslos,
se incorporó aún más en la cama, y al hacer este gesto sus largos y negros
cabellos cayeron sobre su pecho y sus hombros; en seguida, suplicante y
cohibida, puso una mano en la mejilla del joven.
-Pero ¿qué tienes? -volvió a preguntar-. ¿Por qué me haces esas preguntas? ¿Qué
tienen que ver con nosotros?
-Tienen que ver -contestó Lorenzo; y con un rudo movimiento de la cara apartó
aquella mano afectuosa. Sin comprender, perpleja, la amante se calló un rato,
mientras lo observaba.
-Pero yo te quiero -objetó por último, dejando al descubierto la verdadera
naturaleza de su preocupación-. ¿Es que crees que no te quiero?
Su sinceridad era evidente; pero volvía a hacer sentir a Lorenzo su propia
incapacidad para hablar, sin mentir, el vago e impreciso lenguaje del amor; y
esto ensanchó la distancia que ya los separaba. Durante mucho tiempo, mudo y
trastornado, él la miró sin moverse. «Lo malo es que yo no te quiero», le habría
gustado contestar. En vez de ello se levantó y comenzó a pasear de arriba a
abajo por la amplia habitación llena de sombra. De vez en cuando lanzaba una
ojeada a la mujer, allá sobre la cama, y veía cómo cada vez que sus miradas se
detenían en ella cambiaba atemorizada de actitud, ora cubriéndose el regazo, ora
sacudiéndose los cabellos, ora poniendo una mano sobre los pies aplastados por
los pesados muslos, sin dejar de seguir con sus ojos intimidados su silencioso
ir y venir. «Me quiere -pensaba mientras tanto-. ¿Cómo puede decir que me quiere
si ni siquiera remotamente sabe cómo soy ni quién soy?»
La aridez de su sentimiento le secaba la garganta; se detuvo de improviso ante
un bargueño dorado y falso como todos los otros muebles del cuarto, lo abrió,
sacó una botella y se sirvió un gran vaso de soda. Entonces, en el momento en
que se disponía a beber:
-Renzo -profirió la mujer con su voz bonachona, cálida y un poco vulgar-, Renzo,
dime la verdad. Alguien te ha hablado mal de mí y tú te lo has creído. Dime la
verdad, ¿no es así?
Ante estas palabras detuvo el vaso que se estaba llevando a los labios y se
demoró un momento observándola: con el rostro desconcertado y suplicante, con
los cabellos blandamente esparcidos sobre el pecho y los brazos, con el cuerpo
blanco y lleno, enteramente plegado y recogido, le pareció que su amante no
habría podido dar a entender más claramente su propia ceguera ante lo que
ocurría. Sin responderle, bebió y dejó el vaso sobre el bargueño.
-Vístete -le dijo luego brevemente-. Es mejor que te vistas y te vayas.
-Eres malo -dijo la mujer, con aquel tono suyo indolente y juicioso, como si
estuviera segura de que esta conducta de Lorenzo se derivaba de un mal humor
pasajero-, eres malo e injusto. También yo creo que será mejor que me vaya.
Se echó el pelo hacia atrás, sobre los hombros, con un gesto pleno de
indiferencia y de seguridad, bajó de la cama e hizo un ademán para acercarse a
la butaca donde había dejado sus ropas. En estas palabras y en esta actitud sólo
había la serenidad indolente y un poco bovina con que la mujer lo hacía todo.
Pero a Lorenzo, irritado, le pareció descubrir una ironía insolente y
despreciativa; y de golpe le acometió un cruel deseo de humillarla y castigarla.
Se encaminó rápidamente hacia su ropa, la cogió y empezó a recorrer la
habitación lentamente, tirando las prendas al suelo una a una y preocupándose de
elegir los sitios más recónditos y difíciles. «Así tendrá que inclinarse al
suelo para recogerlas», pensaba; y le parecía que no podía haber nada más
humillante para su querida, desnuda como estaba, que esta ridícula y penosa
búsqueda.
-Y ahora recógelas -dijo, volviéndose hacia la cama.
Muy asombrada, aunque ya enteramente segura de sí y de los motivos de su
resentimiento, la mujer lo miró un momento sin abrir la boca.
-Te has vuelto loco -dijo por fin, tocándose la frente con el dedo en un gesto
expresivo.
-No, no estoy loco -contestó Lorenzo; fue hasta la lámpara, cogió la camisa rosa
con la que la mujer la había envuelto y la tiró debajo de la cama.
Se miraron. Después la mujer se encogió de hombros con indiferencia, bajó de la
cama e inclinándose aquí y allá, sin la menor vergüenza, recorrió el cuarto
recogiendo las ropas que Lorenzo había tirado al suelo. Hundido en su butaca,
Lorenzo la seguía atentamente con la mirada; la veía, blanca y ligera, recorrer
la oscura habitación, ora doblándose con la cabeza hacia abajo y las nalgas al
aire, ora agachándose diligentemente con la cara pegada al suelo y el pelo
esparcido alrededor, ora inclinándose hacia un lado con los senos colgantes y un
pie en el aire; y le parecía que se había castigado a sí mismo en vez de a su
amante; porque, mientras ella no parecía experimentar vergüenza ni humillación,
y sí solamente fastidio, a él, que la miraba con crueldad, le parecía en cambio
que aquellas grotescas actitudes de animal torpe destruían el deseo y también
cualquier sentimiento de humana simpatía. Todo estaba perdido -reflexionaba,
lleno de sufrimiento-, jamás podría salir de estas condiciones de disgusto y de
desilusión; incapaz de amar, semejante a un hombre que se hunde en la arena, el
menor esfuerzo que hiciera para despertar su sentimiento muerto lo hundiría un
poco más en este pantano de la crueldad y de la fría práctica. Absorto en estos
pensamientos, le parecía ver desde muy lejos, envuelta ya en un aire funesto e
irreparable de ruptura, a su amante, que comedidamente se iba vistiendo una
prenda tras otra del otro lado de la cama.
-Hasta la vista y, por favor, cúrate -le dijo ella finalmente, con un
resentimiento bonachón, pero firme, desde el umbral.
Un minuto después la puerta de la casa se cerró de golpe en el vestíbulo, y sólo
entonces Lorenzo, saliendo bruscamente de su amarga distracción, advirtió que se
había quedado solo.
Permaneció inmóvil durante mucho rato, contemplando la colcha amarilla e
iluminada de la cama, en cuyo centro persistía aún el hueco que había excavado
al yacer el cuerpo de su amante. Por último, se levantó, fue a la ventana y la
abrió. Ya no llovía fuera de la habitación cálida y cerrada, frente a la fresca
noche invernal; sintió que su mente, como una jaula repleta de malignas arpías,
se vaciaba de pronto, quedando vacía y sucia. Estaba quieto, sus ojos veían el
negro y confuso terreno en construcción que había bajo la casa, con sus montones
de inmundicias, los hierbajos y unas formas cautas y lentas que debían de ser
gatos famélicos; sus oídos percibían los rumores de la cercana avenida, bocinas
de automóviles, chirridos de tranvías, pero su pensamiento permanecía inerte y
sólo creía existir a través de aquellas laceraciones solitarias y casuales de
los sentidos. «Como yo, más aún, mejor que yo -pensaba mientras observaba las
sombras móviles y cautelosas de los gatos sobre los blancuzcos montones de
basura-, esos gatos oyen los ruidos, ven esas cosas; ¿qué diferencia hay entre
yo, que soy hombre, y esos gatos?» Esta pregunta le parecía absurda, pero al
mismo tiempo comprendía que en el punto al que había llegado lo absurdo y lo
real se confundían estrechamente, hasta no distinguirse uno de otro. «¡Qué
desdichado soy! -comenzó luego a murmurar en voz baja, sin apartarse del
antepecho-. ¿Cómo me las he arreglado para verme reducido a tanta desdicha?» De
pronto se le ocurrió la idea de quitarse una vida ya tan vacía e incomprensible;
le pareció que el suicidio era fácil y maduro, como un fruto que le bastaría con
tender la mano para coger; pero además de una especie de desprecio ante una
acción que siempre había considerado como una debilidad, además de un sentido
casi de deber, le pareció que lo retenía una esperanza extraña y, en su presente
condición, inesperada: «No vivo -pensó de repente-, estoy soñando. Esta
pesadilla no durará lo bastante para convencerme de que no se trata de una
pesadilla, sino de la realidad. Y un día me despertaré y reconoceré el mundo,
con el sol, las estrellas, los árboles, el cielo, las mujeres y todas las demás
cosas hermosas; hay que tener paciencia; el despertar no puede tardar.» Pero el
frío nocturno lo iba penetrando lentamente; al fin reaccionó y, cerrando la
ventana, volvió a sentarse en la butaca, frente a la cama vacía e iluminada.
* Seudónimo literario de Alberto Pincherle, 1907-1990). Escritor italiano, nació
y murió en Roma. Desde su primera novela, Gli indifferenti (Los indiferentes),
publicada en 1929, se perfila la trayectoria narrativa del autor en la
descripción de los vicios secretos de la sociedad burguesa, más allá del
naturalismo o del realismo decimonónico. Un distanciamiento pesimista y amoral
que vuelve a aparecer en La bella vita (1935), Le ambizioni sbagliate (Las
ambiciones equivocadas, 1935), L'imbroglio (1937) y La mascherata (1941); y esa
fría visión de los personajes, recogidos en sus más oscuras debilidades y
claudicaciones morales, está servida por un estilo narrativo deliberadamente
monótono, gris, preciso. Además de estos títulos escribió: Agostino (1944), La
romana (1947), La disubbidenza (1948), Il conformista
(1951), Il disprezzo y Raconti romani (1954), La ciociara (1957), La noia
(1960); algunas obras teatrales irrelevantes como Beatrice Cenci (1965) e Il
mondo è quello che è (El mundo es lo que es, 1966); y varios libros de viajes y
recopilaciones de artículos periodísticos. Su novela La vita interiore produjo
al ser publicada en 1978 un gran escándalo por la crudeza con que trata el tema
del erotismo en un ambiente burgués. En 1990 se publicó La villa del venerdì y
en 1993 La mujer leopardo (póstuma).
Tema
de la alumna y el profesor
Un relato de Elvio Gandolfo *
Le da clases de clavicordio, el único clavicordio de todo Caballito. El profesor
maduro, la alumna joven, con vestido de voladitos, estilo Sara Kay. Al fin le
confiesa que está perdidamente enamorada de él. La comprende, le quita
importancia al asunto, hablan como personas adultas, pero la alumna cada vez más
entusiasmada con la tríada gratificante: padre-profesor-amante. Cuerpo y
espíritu, sabiduría y ritmo. Al fin el profesor se embriaga con todo un frasco
de jarabe para la tos y rutinariamente se acuestan juntos, como lo han hecho las
alumnas y los profesores desde que el mundo es mundo.
Serenos encuentros eróticos en casa de ella o en lugares discretos del vetusto
conservatorio, mientras tras los vidrios de los ventanales flota en el viento el
polvillo dorado de las pelotillas de los plátanos, que tanto joroban los
lagrimales de las personas sensibles.
Un día le dice al profesor (y, lo que es más importante, el profesor lo
reconoce) que el clavicordio ya no tiene secretos para ella, que quiere probar
con los vientos.
Pasan al oboe.
En la décimocuarta vez que se acuestan juntos, la alumna queda en ese trance que
se le asienta sobre los ojos y la boca, y le afloja la frente y las sienes, mira
fijamente el vacío y dice, articulando las palabras con precisión, como frutos
maduros:
-Es mejor el oboe.
Y nunca más vuelven a hacerlo. El profesor ya en el momento mismo en que le oye
la frase, no sabe a qué se refiere, y con el paso de los días la incertidumbre
se le transforma en una leve irritación imperecedera, como esas viejas heridas o
golpes que apenas si nos aquejan, sin llegar a dolernos, en los días húmedos.
“Es mejor el oboe que el clavicordio”, podría haber significado la alumna. Pero
entonces, ¿por qué el corte? “Es mejor el oboe que esto”, tal vez, abarcando los
dos cuerpos tendidos sobre el montón de alfombras del desván. O “Es mejor el
oboe que su...” y el profesor se detiene, siempre, cada vez que comienza la
frase, como sabiendo que es eso, contra toda lógica, lo que la alumna quiso
decir.
El profesor se detiene: es relativamente culto, a pesar de las incursiones por
el Bajo, y se resiste de plano a nombrar “eso”. Pero aun así, cuanto más quiere
olvidarlo, mientras a su alrededor suena la digitación perfecta de la alumna,
más lo siente colgar flojo entre las piernas, mucho menos bello que la
superficie lustrada y cromada del oboe, mucho más pequeño, mucho menos sonoro y
musical, aunque él sea, si bien se mira, todo un profesor de música.
* Elvio E. Gandolfo nació en San
Rafael (Mendoza) en 1947. A muy corta edad se trasladó a Rosario, donde dirigió
con su padre la revista literaria El Lagrimal Trifurca. Fue colaborador de la
revista El Péndulo. Escribió notas culturales en distintos semanarios y diarios
de Montevideo y Buenos Aires. Vivió alternativamente en Rosario, Piriápolis,
Montevideo y Buenos Aires. Hizo abundantes traducciones, entre otros de
Tennessee Williams, Pierre Choderlos de Laclos, William Shakespeare, Henry James
y Tim O’Brien. Compiló varias antologías de géneros como el relato policial, la
ciencia ficción y el suspenso. Actualmente integra el equipo editor de El País
Cultural de Montevideo, y escribe la página de libros de la revista Noticias de
Buenos Aires. Dirigió durante un año y medio la Editorial Municipal de Rosario.
Escribió varios libros de cuentos -La reina de las nieves (1982), Caminando
alrededor (1986), Sin creer en nada (1988), Rete Carótida (1990), Dos mujeres
(1992), Ferrocarriles Argentinos (1994), Cuando Lidia vivía se quería morir
(1994)-, y una novela, Boomerang (1993), primera mención en el concurso Planeta.
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[Publicado en portada en junio 2010]
Nocaut
Por Miguel Russo
El brazo es la prolongación de unas ganas, la exacta y singular forma de una
idea. Y es, al mismo tiempo, el cuerpo todo, un poco más allá todos los hombres,
más aún toda la humanidad. Ese brazo, esa singular y exacta idea, está más allá
de la negritud y la blanquitud (con el debido respeto del María Moliner), más
allá de razas y de credos, parece, casi, si se lo mira detenidamente, un
preámbulo constitucional. Dice, parece decir, ese brazo y todo eso que le sigue
al brazo, “dale, levantate, dejame que te tire de nuevo”.
Un minuto antes. Es el 25 de mayo de 1965, en Lewinston, Maine (cerca del
Atlántico, cerca de Massachusettss, cerca de Canadá, lejos de todo). Es la noche
porque, se sabe, “el boxeo no es un deporte y bla, bla, bla”, y “el deporte es
sol, el deporte es día luminoso y bla, bla, bla”. Entonces, es la noche del 25
de mayo de 1965 en Lewiston y ahí están dos hombres semidesnudos que van a
arriesgar su vida frente a una multitud que oficia de público escondiendo su
profesión de voyeur.
Uno de los semidesnudos arriba del ring es feo y bestial. No gana peleas,
destroza a sus adversarios: se propone hacerles daño y lo hace, quiere dejar a
sus oponentes destruidos para siempre y a veces, con sus jabs anunciados pero
violentísimos (una manera de decir “te aviso que te mato”), lo consigue. Tiene
una ajustadísima relación con la mafia y es negro fiel al poder que lo encadena
como negro malo pero buen salvaje. Perdió hace 17 meses el título de campeón del
mundo de los pesos pesados, y lo quiere recuperar sea como sea. Es, dicen, el
boxeador al que más se le teme después de Joe Louis (otro gran peso pesado de la
época de la sumisión negra). Se llama Sonny Liston.
El otro es alto, irónico y lindo. Apenas pasó los veinte años y pocos (hombres)
le perdonan que haya tirado por tierra los parámetros de belleza masculina que
lideran desde Hollywood para el mundo entero tipos como Paul Newman, Burt
Lancaster, Sean Connery y Omar Sharif. A los doce años le robaron su bicicleta
y, para recuperarla, comenzó su carrera de boxeador. Hace 17 meses, exactamente
desde el 25 de febrero de 1964, que es campeón del mundo de peso pesado y
todavía hace que no se da cuenta. O, tal vez, nunca se dio cuenta. O, mejor aún,
es así porque se dio cuenta. Grita “soy el más grande” y no se equivoca. Dice,
siempre gritando, “soy el más lindo”, y tampoco le pifia. Dice mucho más que
todo eso. Él lo sabe, y el poder (blanco, negro, sobre el deporte o sobre la
política) también lo sabe. Hace, claro, todo lo posible para que el poder lo
tenga entre ceja y ceja. Hace poco menos de 17 meses, exactamente desde el 6 de
marzo de 1964, que dejó atrás su nombre de esclavo, Cassius Marcellus Clay, y su
religión prestada. Mira a los ojos de todo el mundo sin bajar la vista echando
por tierra los siglos y siglos de dominación. Con sus grandes zancadas de negro
enorme, se aleja paso a paso de lo que los blancos quieren de tipos como él. Y
hace ruido con cada paso, otra cosa que molesta, y mucho, a los blancos. Pisa
fuerte y recuerda que hace apenas cuatro días, el largo brazo del poder blanco
(que en el camino se tornó negro para seguir siendo blanco y poderoso) mató a su
amigo Malcolm X. Pisa y hace ruido. Es el mejor boxeador desde Sugar Ray
Robinson, aquel genio loco que repetía y no mentía que nunca le había gustado la
violencia. Incluso algunos entendidos dicen que lo supera. Es musulmán, ahora, y
ahora se llama Muhammad Alí.
Un minuto durante. Ya no tiene el frasco de miel con el que apareció en todos
los televisores en las semanas previas llamando al “oso feo” de Liston. Sabe,
ahora, mientras da vueltas alrededor de ese osos feo y desorientado, que el box
no significa de ninguna manera una metáfora de la vida, como repiten hasta el
cansancio los que hacen boxeo debajo del ring. Sabe porque lo sabe, como sólo se
saben las cosas trascendentales, que el verdadero oponente en ese rectángulo
elevado y encerrado por cuerdas, calentado por cientos de lámparas y el furor de
miles de energúmenos, es él. Y sabe, entonces, lo dicho, que el boxeo no es
metáfora de vida. Que la vida es, en muchos momentos, como el box. Pero que,
como dirá Joyce Carol Oates poco más de veinte años después resumiéndolo todo,
“el boxeo sólo se parece al boxeo”. Sonríe, mientras sigue bailando alrededor
del oso y del poder, anticipándose a lo que dirá el irlandés rebelde Barry
McGuigan, “soy boxeador porque no pude ser poeta, nunca supe contar historias”.
Baila y baila alrededor del oso, Alí.
El oso, Liston, pesado y enojado, sin poder comprender que su rival es él y no
esa pesadilla que se mueve por todo el cuadrilátero, conoce el viejo apotegma
del box. Se lo enseñaron de chiquito como una forma de ser piola a partir de
saberlo: No te pueden dejar nocaut si ves venir el golpe de nocaut. Ni siquiera
imagina que es falso, pero no le importa. Está muy preocupado por esa sombra que
aparece y desaparece. Sabe que ya no puede recurrir otra vez a esa pomada que
usó hace 17 meses atrás y dejó ciego por un instante al por entonces Cassius
Clay. Sabe que el por entonces Cassius Clay se repuso en medio de los gritos y
la catarata de agua en los ojos de su rincón entre el quinto y el sexto round y
que después, en ese inmortal sexto round, le pegó como nadie lo había hecho.
Sabe que decidió no salir al séptimo y ahí perdió el título con el por entonces
Cassius Clay. Sabe que quiere recuperarlo, pero se pregunta por qué el por
entonces Cassius Clay devino en este Muhammad Alí. Por qué son tan parecidos, se
pregunta, y tan distintos. Va apenas un minuto de pelea, sabe Liston, e intenta
entrar con su izquierda en el cuerpo de aquel que era Cassius Clay. Se pregunta,
Liston, cómo hizo aquel que era Clay para evitarlo, recostarse un segundo en las
cuerdas, girar hacia delante. Y entre las preguntas no ve venir esa mano
descendente que le da de lleno en la sien. O la ve venir, quizás, pero no
entiende por qué es Muhammad Alí el que está detrás de esa mano.
Desde el ring side, desde las cámaras de fotos, desde todos los televisores,
desde las filmadoras más sofisticadas, sólo se ve una ráfaga, una mancha
borrosa.
Nadie puede ver el cuello de Liston doblándose como se supone que no puede
doblarse ni el pie izquierdo despegándose de la lona, del piso, de la tierra,
del equilibrio. Chicky Ferraro, desde la esquina de Liston, sí lo ve: “El golpe
liquidó a Sonny. Caído de espaldas, con los brazos hacia atrás, pestañeó tres
veces, como tratando de volver”.
Volver. Liston está nocaut por ese golpe que no vio venir, o sí, pero lo noqueó
igual. Dicen los entendidos que el nocaut es la pérdida del sentido. Pero hay
quienes piensan que el nocaut es haber quedado fuera del tiempo, ese otro enorme
rival de todos los boxeadores: los tres minutos eternos, la cuenta de diez como
un paréntesis para saber si el noqueado quiere volver, la celeridad del minuto
de descanso, los años que se van que se vienen encima, el fin. Liston, el poder
blanco, el buen salvaje, todo está fuera del tiempo. Dentro del tiempo está
Muhammad Alí, ese hombre, ese brazo que es la prolongación de las ganas, la
exacta y singular forma de una idea que dice “sí”.
Sur, 22/05/10
[Publicado en portada en junio 2010]
La
tragedia de un hombre honrado
Un texto de Roberto Arlt de
Aguafuertes porteñas
Todos los días asisto a la tragedia de un hombre
honrado. Este hombre honrado tiene un café que bien puede estar evaluado en
treinta mil pesos o algo más. Bueno: este hombre honrado tiene una esposa
honrada.
A esta esposa honrada la ha colocado a cuidar la victrola. Dicho procedimiento
le ahorra los ochenta pesos mensuales que tendría que pagarle a una victrolista.
Mediante este sistema, mi hombre honrado economiza, al fin del año, la
respetable suma de novecientos sesenta pesos sin contar los intereses
capitalizados. Al cabo de diez años tendrá ahorrados...
Pero mi hombre honrado es celoso. ¡Vaya si he comprendido que es celoso!
Levantando la guardia tras la caja, vigila, no sólo la consumición que hacen sus
parroquianos, sino también las miradas de éstos para su mujer. Y sufre. Sufre
honradamente. A veces se pone pálido, a veces le fulguran los ojos. ¿Por qué?
Porque alguno se embota más de lo debido con las regordetas pantorrillas de su
cónyuge. En estas circunstancias, el hombre honrado mira para arriba, para
cerciorarse si su mujer corresponde a las inflamadas ojeadas del cliente, o si
se entretiene en leer una revista. Sufre. Yo veo que sufre, que sufre
honradamente; que sufre olvidando en ese instante que su mujer le aporta una
economía diaria de dos pesos sesenta y cinco centavos; que su legitima esposa
aporta a la caja de ahorros novecientos sesenta pesos anuales. Sí, sufre. Su
honrado corazón de hombre prudente en lo que atañe al dinero, se conturba y
olvida de los intereses cuando algún carnicero, o cuidador de ómnibus, estudia
la anatomía topográfica de su también honrada cónyuge. Pero más sufre aún
cuando, el que se deleita contemplando los encantos de su esposa, es algún
mozalbete robusto, con bigotitos insolentes y espaldas lo suficientemente
poderosas como para poder soportar cualquier trabajo extraordinario. Entonces mi
hombre honrado mira desesperadamente para arriba. Los celos que los divinos
griegos inmortalizaron, le desencuadernan la economía, le tiran abajo la
quietud, le socavan la alegría de ahorrarse dos pesos sesenta y cinco centavos
por día; y desesperado hace rechinar los dientes y mira a su cliente como si
quisiera darle tremendos mordiscones en los riñones.
Yo comprendo, sin haber hablado una sola palabra con este hombre, el problema
que está encarando su alma honrada. Lo comprendo, lo interpreto, lo "manyo".
Este hombre se encuentra ante un dilema hamletiano, ante el problema de la burra
Balaam, ante... ¡ante el horrible problema de ahorrarse ochenta mangos
mensuales! Son ochenta pesos. ¿Saben ustedes los bultos, las canastas, las
jornadas de dieciocho horas que éste trabajó para ganar ochenta pesos mensuales?
No; nadie se lo imagina.
De allí que lo comprendo. Al mismo tiempo quiere a su mujer. ¡Cómo no la va a
querer! Pero no puede menos de hacerla trabajar, como el famoso tacaño de
Anatole France no pudo menos de cortarle unas rebarbas a las monedas de oro qué
le ofrecía a la Virgen: seguía fiel a su costumbre.
Y ochenta pesos son ocho billetes de a diez pesos, dieciséis de a cinco y...
dieciséis billetes de a cinco pesos, son plata... son plata...
Y la prueba de que nuestro hombre es honrado, es que sufre en cuanto empiezan a
mirarle a la cónyuge. Sufre visiblemente. ¿Qué hacer? ¿Renunciar a los ochenta
pesos, o resignarse a una posible desilusión conyugal?
Si este hombre no fuera honrado, no le importaría que le cortejaran a su propia
esposa. Más aún, se dedicaría como el célebre señor Bergeret, a soportar
estoicamente su desgracia.
No; mi cafetero no tiene pasta de marido extremadamente complaciente. En él
todavía late el Cid, don Juan, Calderón de la Barca y toda la honra de la raza,
mezclada a la terribilísima avaricia de la gente del terruño.
Son ochenta pesos mensuales. ¡Ochenta! Nadie renuncia a ochenta pesos mensuales
porque sí. El ama a su mujer; pero su amor no es incompatible con los ochenta
pesos.
También ama su frente limpia de todo adorno, y también ama su comercio, la
economía bien organizada, la boleta de depósito en el banco, la libreta de
cheques.
¡Cómo ama el dinero este hombre honradísimo, malditamente honrado!
A veces voy a su café y me quedo una hora, dos, tres. El cree que cuando le miro
a la mujer estoy pensando en ella, y está equivocado. En quien pienso es en
Lenin... en Stalin... en Trotsky... Pienso con una alegría profunda y
endemoniada en la cara que este hombre pondría si mañana un régimen
revolucionario le dijera:
-Todo su dinero es papel mojado.
Aguafuertes
porteñas
[Publicado en portada en junio 2010]
La
revolución es un sueño eterno
Un texto de Andrés Rivera
*
Castelli, sentado en un banco de escolar, mira, en
el pupitre del banco de escolar, una pila de hojas en blanco, la cara absorta,
los codos apoyados en el pupitre de escolar, y la cara absorta encajada entre
las manos abiertas en v, y, debajo de la cara absorta, el cuerpo que enflaquece
y la carne del cuerpo, escasa, que se repliega sobre los duros huesos del cuerpo
y de las piernas, aún ágiles, aún vibrantes y nerviosas, enfundadas en las botas
que se calzó una atolondrada, remota noche de mayo para deshacer un mazo de
barajas españolas, no muy lejos de la sala en la que Viamonte, Luzuriaga, Montes
de Oca, Basavilbaso, Valera, responden, circunspectos y rasurados, al
interrogatorio de jueces e investigadores.
Si nuestra religión santa fue atacada en sus principales misterios por el
libertinaje de ciertos individuos del ejército.
Deshizo, Castelli, con la displicente y ominosa arrogancia de un orillero, el
mazo de barajas españolas que el virrey Cisneros abría, como un abanico, sobre
la mesa de juego. Y Castelli, el pelo, la cara, la capa azul, que no huele a
bosta y sangre, y las botas mojadas por la lluvia de esa noche de mayo, miró,
sobre la mesa de juego, las dispersas barajas españolas. Rey. In fante. Oros.
Bastos. Espadas. Ahí estaban, las barajas españolas, dispersas sobre la mesa de
juego, y ahí se levantaba el virrey Cisneros, en esa noche de mayo, el fuego del
hogar a sus espaldas, y sus ojos, en la larga cara rígida, miraron a Castelli.
Miraron a Castelli, y a la noche de mayo que llovía; y a esa aldea atolondrada y
réproba y pretenciosa en la que languidecía su cuerpo alto y rígido de soldado,
y a los blandos y ubicuos cortesanos que manipularon, en Madrid, su exilio no en
el esplendor del trópico, no en la adustez imperial de Lima, no en el México
cantado por cojos, ciegos y mancos, para fascinación de los parroquianos de las
tabernas de Castilla, sino en esa aldea, la más pretenciosa e inmunda aldea de
las colonias.
Y después, Cisneros, alto y rígido, que envejecía en la más atolondrada,
réproba, pretenciosa e inmunda aldea de las colonias, y en la que olvidaba las
guerras en las que su cuerpo, alto y rígido, se derrochó al grito de Cierra
Santiago, oyó la voz de un individuo, magro de carnes, envuelto en una capa
azul, y el pelo, y la cara absorta como la de un poseído, salpicados por la
'lluvia. Y él, Cisneros, el soldado que envejecía en la más atolondrada,
pretenciosa e inmunda aldea de las colonias, y que olvidaba, en el sopor letal
del exilio, las guerras y las mujeres en las que derrochó su cuerpo, supo que
esa voz, la voz susurrante y glacial del tipo con la cara absorta como la de un
poseído Si la fidelidad a nuestro soberano, el rey Don Fernando VII, fue atacada
procurando introducir el sistema de libertad, igualdad, fraternidad, era, allí,
en esa noche de mayo, en esa pieza entibiada por los fuegos del hogar, el eco
insano de los tambores, los códigos, las proclamas, los cañones con los que un
casual aventurero corso despertaba, en Europa, a la plebe y a sus oscuros y
bestiales instintos, y encendía la imaginación depredatoria de jovencitos
melenudos, crispados recitadores de versos y proverbios.
Y Cisneros oyó, en esa noche de mayo, en esa pieza entibiada por los fuegos del
hogar, a ese individuo, cuyo nombre no alcanzó a retener, quizá porque esa noche
de mayo fue muy larga, y él abusó del coñac, decirle, la voz como si estuviera
adormecida, como si llegase a él despojada de las impregnaciones del despecho,
el odio, la revancha, que todo terminó, que entregase el poder o lo que fuese
que simbolizara en su cuerpo alto y rígido, y que la Francia napoleónica, dueña
de España, deja a España sin rey, y a América del Sur dueña de si misma, y que
él era, apenas, un viejo cuerpo exiliado en una aldea réproba e inmunda que
afilaba, desde esa noche de mayo, los cuchillos del degüello. Quizá dijo eso la
voz como adormecida, como si en la cara del poseído, salpicada por la lluvia
–escribe Castelli en un cuaderno de tapas rojas–, no se moviesen los labios,
como si las palabras atravesaran los labios del poseído sin las agitaciones y
los desfallecimientos del discurso, como si alguien soñara, en el silencio del
sueño, la murmuración queda y glacial. Quizá eso quiso escuchar el cuerpo alto y
rígido de Cisneros, los ojos en un desbaratado mazo de barajas españolas. O
quizá fuera eso lo que vio.
(Hable, Castelli, por nosotros, le dijeron; en esa noche de mayo, sus camaradas,
y otros, ahora lo sabe, que iban a morir, y que él, Castelli, nunca conoceria. )
Deshizo, usted, mi solitario, y Cisneros que olvidaba, en el sopor letal del
exilio, las guerras y las mujeres en las que derrochó el cuerpo, sonrió. Hubo
una mueca en la larga cara rígida e impasible de Cisneros, y un destello como de
regocijo en los ojos que miraron las dispersas barajas españolas en la mesa de
juego. Y Cisneros, que olvidaba y sonreía, habló: Usted, señor, y yo,
coincidimos, por decirlo así, en esa paradoja que es Napoleón. Es curioso y
perturbador que, usted y yo, coincidamos.
Todo terminó, repitió Castelli, como si el cuerpo del cual emanaba la voz
murmurante y glacial se negara a creer en la armonía, la literalidad, la lógica
de las palabras que emitía, la impredecible realidad que cargaban, las
depravaciones a las que estaban expuestas, las expurgaciones a las que serían
condenadas.
Todo empieza, dijo Cisneros. Y mientras sus manos grandes y flacas recogían las
barajas españolas dispersas en la mesa de juego, se preguntó, distraído, en qué
guerras y con cuáles mujeres derrochó su cuerpo. ¿Contra los sarracenos? ¿Contra
los mercenarios suizos? ¿Contra los piratas ingleses? ¿En los prostíbulos de
Andalucía, donde las putas ocultan sus hemorroides clavándose una rosa blanca en
el culo? ¿En una salvaje condesa romana o en una beata monja portuguesa? ¿En una
salvaje monja portuguesa? ¿O en una beata condesa romana?
Castelli, sentado en un banco de escolar, los codos apoyados en el pupitre del
banco de escolar en el que está sentado, la cara apoyada en las manos abiertas
en v, mira las hojas en blanco apiladas en la tabla del pupitre, mira a sus
jueces, y al Cristo de plata, colgado sobre la cabeza de sus jueces, en una
pared alta y blanca, y mira a los testigos que dicen llamarse Viamonte,
Luzuriaga, Montes de Oca, Basavilbaso, Valera, y a sus uniformes con vivos de
color carmesí y botones dorados, y a los labios que se mueven en las caras
rasuradas de los testigos, y mira, en la luz plomiza que atraviesa los
ventanales de la sala, las respuestas circunspectas de los testigos. Y,
entonces, sabe.
Si el doctor Castelli supo de esto o lo pudo saber.
Castelli sabe, ahora, sentado en un banco de escolar, ahora que vuelve a mirar
las hojas en blanco apiladas entre sus codos apoyados en el pupitre de un banco
de escolar, que esa remota noche de mayo y de lluvia habló, con una voz glacial
y como adormecida, por sus camaradas, que esperaban armados de cuchillos,
pistolas y bayonetas, a que él saliera de la habitación en la que un soldado
rígido y envejecido, que simbolizaba tres siglos de poder, o lo que fuese, en la
más apestosa y presumida aldea de América del Sur, desplegaba, en abanico, un
mazo de barajas españolas, y les dijera que eran hombres y no cosas, y que sus
sueños, la inasible belleza de sus sueños, sería el pan que comerían en los días
por llegar.
Pero él, Castelli, les dijo, en esa remota noche de mayo y de lluvia, la voz
glacial y adormecida, e impregnada de odio, de revancha y de presagios:
Suban, y tírenlo por la ventana.
Sus camaradas, que nunca volverían a ser tan jóvenes como en esa remota noche de
mayo y de lluvia, y que nunca llevarían tan lejos una apuesta de vida o muerte
como en esa remota noche de mayo y de lluvia, dijeron, después que la voz de él,
Castelli, era, apenas, un susurro, si es que les susurró algo esa noche de mayo
y de lluvia, y si les susurró algo, fue:
Vámosnos a casa: nos hace falta un trago de caña.
Castelli, que mira la pila de hojas en blanco que yace en el pupitre de su
asiento de escolar, sabe, ahora, que habló por los que no lo escucharon, y por
los otros, que no conoció, y que murieron por haberlo escuchado.
Castelli sabe, ahora, que el poder no se deshace con un desplante de orillero. Y
que los sueños que omiten la sangre son de inasible belleza.
Novela completa online
* Andrés Rivera, seudónimo de Marcos Ribak, escritor
argentino nacido en Buenos Aires en 1928. Hijo de inmigrantes, fue,
sucesivamente, obrero textil, periodista y escritor. Desde 1953 hasta 1957
trabajó en la redacción de la revista Plática. Desde 1995, vive en el barrio de
Bella Vista –levantado por obreros y desocupados en la ciudad de Córdoba
(Argentina)–, cerca de la Biblioteca Popular gestionada por su mujer, Susana
Fiorito, donde el escritor coordina un ciclo de cine.
[Publicado en portada en mayo 2010]

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