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Cuadernos de Literatura

    

 

Borges, aquel compadrito malogrado

Por Eduardo Pérsico

Jorge Luis Borges, el exponente más representativo de nuestra literatura, fue aquí poco reconocido hasta que desde Europa nos advirtieran sobre su calidad poética y narrativa. Sin afirmar que aguardar la valoración ajena sea tendencia exclusiva de los argentinos, se atribuye al crítico francés Roger Caillois impulsar el reconocimiento de Borges en Europa y también en nuestro país, el hecho repetiría lo de Carlos Gardel, un cantor popular más hasta que luego del éxito en Estados Unidos resultara una personalidad cultural de nosotros. Igualmente, tanto Jorge Luis Borges como Carlos Gardel son exponentes de esta comarca y si fueron publicitados lejos y luego descubiertos aquí en nuestro país, antecedieron lo sucedido con Julio Cortázar y Astor Piazzolla y de cualquier modo, todos valieron por ellos sin discusión autóctona, externa o provinciana.

Según creemos, lo más interesante en Borges desde el punto de vista literario es que él ‘escribía como si estuviera escribiendo’, y sin dejarse presionar en ese juego donde casi siempre usaba de cómplice al mismo lector.
Naturalmente, una complicidad nada fácil y más bien lúdica al bromear con él mismo y los demás: a Leopoldo Lugones, un referente literario obligado, él lo definió como ‘un hombre que se tomaba demasiado en serio’, una calificación nada casual viendo especialmente la distinta temática de ambos. La veta fantástica de Borges no le vino desde la literatura sino del propio país, y por su inflexión y modo al decir lo fijan como un indudable escritor argentino. Y a quien al leerlo en voz alta; un buen ejercicio; se lo imagina acercado al fogón en una cocina del campo, diciendo ‘vea don, yo le voy a contar, esto sucedió cuando fuera la crecida grande del noventa’, o en la milonga ‘El Títere’cierra diciendo ‘un balazo lo bajó en Thames y Triunvirato. Se mudó a un barrio vecino, el de la quinta del ñato’; o cementerio. Borges podía relatar así, y en nuestro país tan poblado por lo europeo, casi sin jungla y sí con una geografía transparente; y con la escasa literatura rural de tres o cuatro obras, lo nacional radica más en el modo de contarnos que por lo temático. Tanto que esa poca literatura rural no sugiere los enigmas ni misterios de un país selvático, tan recreado por el ‘realismo mágico’ y otras vagas apoyaturas de críticos y editoriales.

Borges enseñó detalles muy valiosos: no se distanciaba del texto según narrador que no se involucra ni esquivaba usar la primera persona. Y con ella nos daba su opinión, recurso que bien se aprecia en su ‘Hombre de la Esquina Rosada’, en el relato impersonal usado en ‘Juan Muraña’ o en la llaneza coloquial de la milonga Jacinto Chiclana: ‘me acuerdo fue en Balvanera en una noche lejana, que alguien dejó caer el nombre de un tal Jacinto Chiclana’. Semejante imprevista sencillez, intimidante a veces, la sabía usar en el trato personal y en mi caso, comencé a ver en él a un compadrito inconcluso, o frustrado, y también a rachas, un provocador payador de boliche. Sensación que me sugirió ver en él ‘a un tal Borges, el Inglesito, payador que contrapunteara por milonga en un boliche de Turdera’.

Al entrar en confianza Borges era un porteño sobrador y canchero, y charlando con él más aprecié esa idea.. Por 1970 todavía se animaba con algún detalle ingenioso sin llegar a la ingeniosidad, esa malversación de caer en la ramplonería. Solía bromear con él mismo y otros escritores casi sin piedad: de Federico García Lorca sentenció que era un ‘andaluz profesional’, una feroz ‘cargada’ de porteño, aunque al mexicano Alfonso Reyes solía recomendarlo: ‘si se quiere escribir bien en castellano hay que leerlo’. Borges además era un incansable corrector – ‘hay que publicar para no seguir corrigiendo’, y la palabra ‘trinchante’, supo decir, en dos ocasiones muy precisas lo confundieron. Decía que los mexicanos al sitio de guardar las copas lo llamaban ‘trinchero’; y esa palabra lo disgustaba. Aunque en el cuento ‘El Muerto’ dice ‘hay un remoto trinchante con un espejo de luna empañada’; en ‘El Aleph’ fue y vino varias veces, dijo, con ‘Beatriz Viterbo, frente al trinchante’ hasta decidirse por ‘Beatriz Viterbo de perfil en colores’ y a otra cosa. Además, su cuento ‘Hombre de la Esquina Rosada’ conoció una especie de crónica policial anterior en el suplemento de Crítica, ‘Hombres Pelearon’, y luego otra versión al cuento definitivo que indicaba a un entusiasta de la corrección.

No pocos vieron en Borges a un escritor pletórico de argumentos perfectos, y sin embargo la frescura de su literatura pasaba más porque se divertía escribiendo. Por ejercicio bien vale su trabajo junto a Adolfo Bioy Casares, con seudónimo H. Bustos Domecq, ‘Seis problemas para Don Isidro Parodi’. En ese libro hecho por 1942, insinúan una broma futbolera, seguramente urdida por Bioy, y una vez al comentar eso Borges fingió sorpresa y se sonrió. En el libro un personaje, Honorio Bustos Domecq dice ‘durante la intervención de Labruna, fue nombrado primero Inspector de Enseñanza y después Defensor de Pobres’. Esto estaba escrito en el año ’42 cuando el River Plate fuera campeón y ellos escribían en el campo, acaso en Pardo, escuchando la radio. El nunca fue futbolero y tomar a un locutor diciendo ‘brillante intervención de Labruna’ se lo endosaba a Adolfito Bioy Casares. En otro cuento de ‘Seis Problemas’, alguien nombra las figuras del zodíaco y don Isidro Parodi le pide decirlas al revés: en vez de Toro, Roto o por Carnero, Ronecar, y Borges confesó que dar vuelta así las palabras ‘no era chamuyar al vesre’; una frase que acrecentó nuestra confianza.

La primera vez hablamos por 1971 o 1972. Yo colaboraba con una revista literaria de Lanús, ‘Ateneo’, y por eso y otros asuntos iba muy seguido a la Biblioteca Nacional, en la calle México, que por entonces él dirigía. Había gran fervor por el retorno peronista y José Edmundo Clemente renunció a la vice dirección. Ahí actuaban tres delegados gremiales muy jóvenes, con las banderas de la transformación necesaria al país y otras apoyaturas. Un señor Zolezzi y otro empleado, Amón, solían contar que sin estar Clemente los delegados pidieron audiencia y los atendió Borges. Los muchachos le plantearon cosas tipo ‘hagamos la revolución’ y muchos creyeron que Borges se aterraría, . pero más tarde él mismo le dijo a Zolezzi ‘hay que atenderlos a estos muchachos; yo estoy de acuerdo en muchas cosas con ellos’. Algo asombroso para quienes veían en Borges a un reaccionario absoluto, y esa tarde se habló bastante que por cierto que él se mandaba alguna opinión retrógrada cada tanto, pero en su obra jamás descalificó al orillero ni al gaucho, al negro o a los laburantes. Y los escritores se estiman y valoran por su obra; más aún, por lo mejor de ella.

Por entonces el despacho de Borges de la calle México estaba en el primer piso y él subía por el ascensor. Al lado de una dependencia oficial, creo de la prefectura, había una casa de inquilinato; un “convoy” típico de Montserrat o San Telmo. En algún mediodía de verano Borges escuchó que abajo, en el zaguán del inquilinato, alguien trataba de tocar una milonga en su guitarra. Zolezzi le preguntó si debía cerrarle la ventana y él le contestó ‘no, es linda la milonga. Ojalá el hombre no la aprenda nunca y la siga tocando’. A propósito de esto, Borges tenía una idea de la milonga taconera, retrechera, muy propia de loa años diez al veinte, y no la versión nostálgica que adquirió la milonga más tarde. Igual con respecto al tango tenía la lógica de los argentinos de Buenos Aires, hablar de su época de oro negando las transformaciones instrumentales y el cambio de gustos, por ejemplo, de Astor Piazzolla, Tanto que en una reunión alguien con una guitarra frente a Borges y este ya muy cansado de hablar del Papa como un funcionario de la iglesia que enojó a dos o tres, el guitarrero entonaría la milonga de Jacinto Chiclana y le preguntó a Borges si recordaba al autor de la música. Y el viejo respondió ‘no sé, me parece que fue Guastavino’, evitando nombrar a Piazzolla, algo que le afirmaba su placer bucólico a los tangos del año veinte.

En su literatura existe una etapa criollista y otra más cosmopolita, pero aunque notara ciertas exageraciones del criollismo, Borges jamás dejó de serlo. Al preguntarle si Macedonio Fernández tocaba la guitarra, él respondió lo esperado: ‘le gustaba afinarla y sacarse alguna foto con ella, pero nunca lo escuché tocar’. Y a propósito de Ricardo Güiraldes contestó ‘sí, Güiraldes tocaba la guitarra porque creía que con eso defendía el criollismo’ De igual manera rechazaba a las ‘chinas’ bailando zambas vestidas de celeste y blanco, que entendía una tonta exaltación nacionalista. De la religión repetía ‘mi madre es católica como todas las señoras argentinas, ¿no?’, pero al preguntarle su padre si tomaría la comunión ‘una ceremonia absurda’ él no quiso. ‘Mi hermana tomó la comunión y es católica, yo no y soy librepensador; aunque eso también es anticuado’. Para disfrutar una charla con Borges se debía aceptar sus giros y réplicas que lo divertían; de los marxistas decía tantos agravios como del peronismo y ambos lo acusaron de todo, pero sin gorilismo barato a Borges hay que juzgarlo igual que a Gardel y cualquier otro referente de una comarca o país: por sus obras casi siempre inigualables. Sin duda Borges mucha veces provocó la descalificación con su ‘Borges oral’, a ratos propia de un provocador molesto, aunque yo prefiero verlo como a un porteño sobrador y canchero de algún boliche de mi barrio, acallaría con su sonrisa cómplice y burlona ‘no me haga caso, señor, estoy hablando en joda’. Pero claro, la barata intelectualidad del diario La Nación ni el izquierdismo esquemático entrevieron aquel perfil casi sobrador de esos guitarreros de patio, esos de corbatín y saco oscuro, que es la imagen más sensible de Borges que seguiré imaginando. .

Jorge Luis Borges fue el primero en decir que el compadrito era una invención literaria y tal vez por esa atracción surgía en él su provocación permanente. A él lo seducían los payadores de boliche, y las andanzas de los compadritos era una ausencia que confesaba por haberse criado detrás de una cancela colonial, aunque en el fondo se burlaba de todo eso. Cierta vez recordó pasear una noche con Francisco Luis Bernárdez y Carlos Mastronardi por el barrio sur, la Boca, Barracas, buscando algún bodegón abierto para ver esos hombres de coraje, compadritos o cuchilleros, y no encontraron ni un almacén abierto. Y al preguntarle ‘¿al fin que recuperó Borges de ese paseo?’, se sonríó; . ‘que hacía mucho frío y éramos tres ilusos fuera de tiempo’. Un carcajada sobre sus mitos, como hicieron con Bioy Casares en ‘Seis problemas para don Isidro Parodi’ al pintar unos arquetipos que se habrían olvidado.

Luego de conversar en la biblioteca de la calle México un par de veces por el setenta, recién volví a verlo por julio de 1983. El iría a casa de una escritora amiga, María Luisa Biolcati, y yo fui a la calle Maipú donde vivía. Ahí lo atendía una señora Fanny y fue el mismo día que había operado a Beppo, su gato, que le regalara una familia ‘pero se llamaba Pepo, un nombre horrible. Y yo lo bauticé Beppo, como un personajes de Byron. el gato no se enteró y siguió viviendo’; era algo que solía repetir. Guardo su imagen al salir de una habitación en penumbras y la señora Fanny ayudarlo con la corbata. Iríamos a la calle Charcas, a una reunión donde yo le haría las preguntas y le reiteré mi apellido. ‘Si claro, un apellido italiano, pero también puede haber algo sefardí. Pérsico de Persia’, pero él quería explicarme ‘Borges tiene ascendencia portuguesa y quiere decir burgués’. Una broma para pensar “este viejo me está cargando’ con su estilo de incluir al interlocutor; y si uno era un engreído con Borges, seguro que perdía por gil.

Ya era un anciano y al leerle yo unos sonetos lunfardos que nombraban a Lenín o Pirandello, me sacudió ‘me parecen de un reo que escribe para intelectuales’; una crítica borgeana feroz….

Algunos periodistas creían que Borges sólo sabía de libros y un periodista le preguntó por el director técnico de la selección de fútbol. El tipo insistió y Borges dijo no conocerlo y se disculpó ‘usted perdone mi ignorancia’. Cualquiera se suicidaría ahí mismo pero el periodista igual que el gato Beppo no se enteró y siguió viviendo. Porque Borges era una persona normal que escuchaba la radio cada mañana. Al preguntarle si Victoria Ocampo era una mujer hermosa contestó ‘no sé, la conocí cuando tenía veinticinco años’. El cholulismo ambiente jamás lo imaginaría pronunciar la palabra mina, pero él reiteraba que la mujer madura era más hermosa ‘porque la belleza de los veinte es algo mecánica, y a una mujer de cuarenta detrás de los ojos se le intuye la mirada’. Y esa vez me perdonó sonriendo ‘siempre repito eso y otras cosas’. Como cualquier porteño que bien se aprecie, lo aterraba el ridículo y el no entender al otro. .

Fue durante años un provocador un tanto gratuito. El ‘Mío Cid’ le parecía una cosa ilegible; del Quijote supo hacer alguna broma pero sin ese libro, repetía, no podríamos entender la historia de España. A Calderón de la Barca lo calificó un invento alemán, de Guy de Maupassant sentenció que no era un cuentista genial y que antes de morir había mejorado: murió loco pero toda la vida había sido estúpido´’. Con estas y otras conjeturas Borges llenó varios tomos, bromeando que los españoles hablaban muy mal el español pero lo respetaban ‘porque lo consideran un idioma extranjero’. No pocos entendemos hoy que Jorge Luis Borges ha sido un pilar en la cultura de los argentinos del siglo veinte, y al margen de sus contradicciones, apreciamos sus perfiles nacionales y hasta su radicalidad. Algunos comparan la grandiosidad de Borges con Domingo Faustino Sarmiento, otro titán y fundador de nuestra literatura, pero en un país tan contradictorio como el nuestro los personajes más representativos de nuestra cultura no podrían ser diferentes. Cualquiera puede calificar de contradictorios a Sarmiento, Borges, Facundo, Perón, por decir tres o cuatro, pero así como una vez Borges habló a favor de Pinochet, al enterarse bien que hacía en Argentina el régimen militar de Videla, Massera y esa banda delincuencial, les lastimó con sus críticas publicadas en Europa. En pleno Proceso de los criminales militares ‘nuestros’ él dijo a toda la prensa francesa ‘cuando yo era chico quise ser militar, pero con el tiempo me fui haciendo más cobarde y menos estúpido’ Una verdadera pintura de la Junta Militar para evitar ser utilizado que él hizo sin infatuarse de referente ético de la Argentina, un país con líneas ideológicas siempre inconciliables y tensas. Pero Borges sabía también de temas terrenales y al escuchar que el Proceso Militar pudo ser una sangrienta interna del peronismo, él agregó ‘eso es muy posible’. .

Hoy podría suponerse que tanto Borges como Gardel en esta instancia globalizada hubieran pasado desapercibidos, pero aunque el éxito de Gardel no ocupara todos estos multimedios que suelen devorar la autenticidad, o que Borges fuera olvidable por jamás ser un escritor popular, no sería fácil vaticinar algo sobre ‘el éxito y el fracaso, esos dos impostores’. Por más provocador y el excelente Borges oral, él nunca fue renombrado en la calle y ni vale preguntar quiénes son esos escribas, porque en toda su obra hay páginas estupendas. El ‘Poema Conjetural’ sobre Francisco Narciso de Laprida asesinado el 22 de setiembre de 1829 por los montoneros de Aldao, es una pieza histórica invalorable por su muestra de americanismo, y que Borges era un habitante de aquí.

Algo aparte merecen sus cuentos. ‘El Muerto’ vale en cada renglón y no sólo por su remate; ‘Hombre de la Esquina Rosada’ es una inigualable pintura de una época del bajo Buenos Aires con pasajes geniales: cuando el personaje Francisco Real da un pechazo y atropella a los gritos la puerta del prostíbulo, Borges, el relator que está de espaldas a la puerta, al verlo exclama ‘el hombre era parecido a la voz’. Siete palabras secas para marcar un concepto definitivo del personaje. Esa sencillez demuestra el gran manejo del Borges cuentista, jugueteando casi con sus frases definitivas pero demostración su vocación incansable por corregir. Y nos referimos a una generación que escribía muy bien aunque en el menester literario es riesgosa una sentencia categórica. En el cuento ‘Juan Muraña’, hace un enfoque del compadrito y lo desarrolla según el relato de un tercero con una precisión envidiable. En ‘El Muerto’ ubica la acción en San José, un pueblo del Uruguay y en esa pintura casi alardea con el conocimiento de las costumbres. Es que alguna vez en televisión le inquirieron si había conocido algún guapo verdadero y dijo ‘sí, en Montevideo´. Y siguió contando que alguien faltara el respeto a una casa y el dueño, que era un hombre respetuoso pero de acción, le mostró dos cuchillos al ofensor diciendo ‘usted elige’ y ‘¿qué hizo el otro?’ le preguntaron y respondió ‘y qué iba a hacer? Se achicó’; habló sin agregar media palabra en homenaje a la autenticidad que respetaba tanto. Y por su estirpe de tipo despojado de empaques, al escucharme ’Borges, ¿usted no será un compadrito frustrado?´, me sonrió sobrando ‘sí, pero malogrado es más fácil’.

Por aquel año 1983 él ya era un anciano en el exilio de la ceguera, y un personaje rodeado de gente ansiosa por andarle cerca. Pero ante su tan valiosa obra literaria, Jorge Luis Borges es un legítimo exponente de nuestra comarca, la de los argentinos.
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Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina


Recordar

Un cuento de Antonio Dal Masetto *

Recuerdo cierta noche de verano de 1985 cuando en un bar del Bajo, desde otra mesa, alguien me preguntó: "¿Leyó el Nunca Más?". La voz pertenecía a un anciano que tenía un cuaderno abierto delante de él. Había estado escribiendo, usaba lentes de vidrio muy gruesos y parecía que tuviera dificultades para descifrar sus propias anotaciones. Dijo: "Registran 8.960 desaparecidos, hombres, mujeres y chicos, casi 9.000, pero seguramente son muchos más y es probable que jamás se sepa la cantidad real". Yo asentí. El anciano insistió. "¿Esa cifra le dice algo? ¿Sería capaz de imaginar 9.000 pares de zapatos?". "No, creo que no podría", dije. El anciano se concentró un momento en su cuaderno y volvió a hablar. "¿Sería capaz de imaginar 9.000 cuerpos?". Dudé nuevamente; contesté: "Tal vez pueda imaginarse una concentración de 9.000 personas vivas, en una plaza, en la calle, en una cancha de fútbol, pero no de otro modo". Y el anciano: "Estuve haciendo algunos cálculos. Intenté pensar en 9.000 cuerpos acostados en el suelo, uno a continuación del otro, la cabeza de uno contra los pies del siguiente: ¿Tiene idea de qué distancia podrían llegar a cubrir?". "No podría decirlo", contesté. "Supongamos que colocamos el primer cuerpo justo en la entrada de la Casa de Gobierno a partir de los dos granaderos, y desde ahí hacia el oeste, todos los demás; y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿sabe adónde llegaríamos?". "No lo sé". "¿Quiere seguirme en el recorrido?". Asentí. El anciano: "Avanzamos por la Plaza de Mayo, bordeamos el monumento a Belgrano, la Pirámide, los canteros florecidos, desfilamos ante la Catedral y su antorcha, el Cabildo, alcanzamos la Avenida de Mayo; y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿me sigue?". "Lo sigo". "¿Prefiere que tomemos por la vereda de los números pares o impares?". "Lo que usted diga". "Dejamos atrás la Municipalidad, cruzamos Perú, algunas librerías, negocios, bares y alcanzamos la 9 de Julio, ¿estamos?". "Estamos". "En la primera plazoleta pasamos frente a las dos figuras femeninas que simbolizan la Virtud y la Sabiduría: más allá, enfrente, la ridícula caricatura del Quijote; recorremos las últimas cuadras de la Avenida de Mayo; después viene El Pensador, la fuente, las palomas, el edificio del Congreso, El Molino; seguimos por Rivadavia y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿me está acompañando?". "Estoy". "El café de los Angelitos, negocios, negocios, negocios, el último tramo antes de llegar a Pueyrredón y su aspecto de mercado persa; Plaza Miserere y sus árboles, la bajada de Rivadavia, Medrano, la confitería Las Violetas, bancos, inmobiliarias, agencias de automotores, bocas de subte, testimonios de una ciudad civilizada, avenida La Plata, Parque Rivadavia, el monumento a Bolívar, avenida José María Moreno, pizzerías, negocios, negocios, negocios y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿me sigue?". "Lo sigo". "Caballito, las rejas de la terminal del subterráneo, Rivadavia que se convierte en doble mano, el cielo que se amplía arriba, los edificios de departamentos más espaciados, Donato Alvarez, Boyacá; y solamente llevamos recorridas unas sesenta cuadras; alcanzamos Plaza Flores, la vieja iglesia, Nazca, mueblerías, casas de antigüedades, los barrios tranquilos que se desgranan a ambos costados de la avenida, las vías del ferrocarril que se entreven a cien metros y nosotros siempre con los cuerpos, ¿los está viendo?". "Los veo". "Cruzamos Segurola y ya estamos a la altura ocho mil quinientos; inmediatamente se suceden una serie de calles de nombres gratos: Virgilio, Dante, Víctor Hugo, Manzoni, Leopardi, Molière, Byron, llegamos al once mil seiscientos de Rivadavia, exactamente la última cuadra antes de la General Paz, se nos acabó la Capital y podríamos seguir del otro lado, por la Provincia; y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿me estuvo siguiendo?". "Lo estuve siguiendo". "Este trayecto y un larguísimo tramo más es lo que se podría cubrir con 9.000 cuerpos". A esta altura el anciano calló. Se sostuvo la cabeza con ambas manos, se dobló sobre la mesa y era como si realmente lo hubiese deshecho el esfuerzo de esa caminata. Eso es lo que recuerdo de aquella noche.


* Antonio Dal Masetto (14 de febrero de 1938, Intra, Italia) es un escritor y periodista argentino de origen italiano. Su familia emigró a la villa 31 en 1950 y se radicó en la ciudad de Salto. Allí Dal Masetto aprendió el castellano leyendo libros en la biblioteca del pueblo.
Durante su juventud trabajó como albañil, heladero, empleado público, vendedor ambulante, pintor, así como en la carnicería de su padre.
A los 18 años se instaló en Buenos Aires. Su primer libro de cuentos, Lacre mereció una mención en el premio Casa de las Américas 1964. Ese mismo año se casa con María Di Silvio, y en 1965 se mudan a Bariloche, donde se gana la vida pintando paredes. El 30 de junio nace su primer hijo, Marcos. Años más tarde, el 19 de junio de 1976, nacerá Daniela, hija de Dal Masetto y su segunda esposa, Graciela Marmone.
En 1969 regresa a Buenos Aires y la editorial Carlos Pérez Editor publica su primera novela, Siete de oro.
Uno de sus temas principales en sus novelas es la inmigración como en Oscuramente fuerte es la vida o La tierra incomparable (premio Biblioteca del Sur 1994).
Colaborador del periódico Página/12 de Buenos Aires desde finales de los años ochenta.
Dos de sus novelas han sido llevadas al cine: Hay unos tipos abajo en 1985 por los directores argentinos Emilio Alfaro y Rafael Filipelli (Dal Masetto coescribió el guión) y en 1992 Siempre es difícil volver a casa por el también argentino Jorge Polaco.

[Publicado en portada en marzo 2011]


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El ojo del amo

Un cuento de
Italo Calvino

-El ojo del amo -le dijo su padre, señalándose un ojo, un ojo viejo entre los párpados ajados, sin pestañas, redondo como el ojo de un pájaro-, el ojo del amo engorda el caballo.

-Sí -dijo el hijo y siguió sentado en el borde de la mesa tosca, a la sombra de la gran higuera.

-Entonces -dijo el padre, siempre con el dedo debajo del ojo-, ve a los trigales y vigila la siega.

El hijo tenía las manos hundidas en los bolsillos, un soplo de viento le agitaba la espalda de la camisa de mangas cortas.

-Voy -decía, y no se movía.

Las gallinas picoteaban los restos de un higo aplastado en el suelo.

Viendo a su hijo abandonado a la indolencia como una caña al viento, el viejo sentía que su furia iba multiplicándose: sacaba a rastras unos sacos del depósito, mezclaba abonos, asestaba órdenes e imprecaciones a los hombres agachados, amenazaba al perro encadenado que gañía bajo una nube de moscas. El hijo del patrón no se movía ni sacaba las manos de los bolsillos, seguía con la mirada clavada en el suelo y los labios como silbando, como desaprobando semejante despilfarro de fuerzas.

-El ojo del amo -dijo el viejo.

-Voy -respondió el hijo y se alejó sin prisa.

Caminaba por el sendero de la viña, las manos en los bolsillos, sin levantar demasiado los tacones. El padre se quedó mirándolo un momento, plantado debajo de la higuera con las piernas separadas, las grandes manos anudadas a la espalda: varias veces estuvo a punto de gritarle algo, pero se quedó callado y se puso a mezclar de nuevo puñados de abono.

Una vez más el hijo iba viendo los colores del valle, escuchando el zumbido de los abejorros en los árboles frutales. Cada vez que regresaba a sus pagos, después de languidecer seis meses en ciudades lejanas, redescubría el aire y el alto silencio de su tierra como en un recuerdo de infancia olvidado y al mismo tiempo con remordimiento. Cada vez que venía a su tierra se quedaba como en espera de un milagro: volveré y esta vez todo tendrá un sentido, el verde que se va atenuando en franjas por el valle de mis tierras, los gestos siempre iguales de los hombres que trabajan, el crecimiento de cada planta, de cada rama; la pasión de esta tierra se adueñará de mí, como se adueñó de mi padre, hasta no poder despegarme de aquí.

En algunos bancales el trigo crecía a duras penas en la pendiente pedregosa, rectángulo amarillo en medio del gris de las tierras yermas, y dos cipreses negros, uno arriba y otro abajo, que parecían montar guardia. En el trigal estaban los hombres y las hoces moviéndose; el amarillo iba desapareciendo poco a poco como borrado, y abajo reaparecía el gris. El hijo del patrón, con una brizna de hierba entre los dientes, subía por atajos la pendiente desnuda: desde los trigales los hombres ya lo habían visto subir y comentaban su llegada. Sabía lo que los hombres pensaban de él: el viejo será loco pero su hijo es tonto.

-Buenas -le dijo U Pé al verlo llegar.

-Buenas -dijo el hijo del patrón.

-Buenas -dijeron los otros.

Y el hijo del patrón respondió:

-Buenas.

Bien: todo lo que tenían que decirse estaba dicho. El hijo del patrón se sentó en el borde de un bancal, las manos en los bolsillos.

-Buenas -dijo una voz desde el bancal de más arriba: era Franceschina que estaba espigando. Él dijo una vez más:

-Buenas.

Los hombres segaban en silencio. U Pé era un viejo de piel amarilla que le caía arrugada sobre los huesos. U Qué era de edad mediana, velludo y achaparrado; Nanín era joven, un pelirrojo desgarbado: el sudor le pegaba la camiseta y una parte de la espalda desnuda aparecía y desaparecía con cada movimiento de la hoz. La vieja Girumina espigaba, acuclillada en el suelo como una gran gallina negra. Franceschina estaba en el bancal más alto y cantaba una canción de la radio. Cada vez que se agachaba se le descubrían las piernas hasta las corvas.

Al hijo del patrón le daba vergüenza estar allí haciendo de vigilante, erguido como un ciprés, ocioso en medio de los que trabajaban. «Ahora», pensaba, «digo que me den un momento una hoz y pruebo un poco.» Pero seguía callado y quieto mirando el terreno erizado de tallos amarillos y duros de espigas cortadas. De todos modos no sería capaz de manejar la hoz y haría un triste papel. Espigar: eso sí podía hacerlo, un trabajo de mujeres. Se agachó, recogió dos espigas, las arrojó en el mandil negro de la vieja Girumina.

-Cuidado con pisotear donde todavía no he espigado -dijo la vieja.

El hijo del patrón se sentó de nuevo en el borde, mordisqueando una brizna de paja.

-¿Más que el año pasado, este año? -preguntó.

-Menos -dijo U Qué-, cada año menos.

-Fue- dijo U Pé- la helada de febrero. ¿Se acuerda de la helada de febrero?

-Sí -dijo el hijo del patrón. Pero no se acordaba.

-Fue -dijo la vieja Girumina- el granizo de marzo. En marzo, ¿se acuerda?

-Cayó granizo -dijo el hijo del patrón, mintiendo siempre.

-Para mí -dijo Nanín- fue la sequía de abril. ¿Recuerda qué sequía?

-Todo abril -dijo el hijo del patrón. No se acordaba de nada.

Ahora los hombres habían empezado a discutir de la lluvia y el hielo y la sequía: el hijo del patrón estaba fuera de todo ello, separado de las vicisitudes de la tierra. El ojo del amo. El era sólo un ojo. Pero, ¿para qué sirve un ojo, un ojo solo, separado de todo? Ni siquiera ve. Claro que si su padre hubiera estado allí habría cubierto a los hombres de insultos, habría encontrado el trabajo mal hecho, lento, la cosecha arruinada. Casi se sentía la necesidad de los gritos de su padre por aquellos bancales, como cuando se ve a alguien que dispara y se siente la necesidad del estallido en los tímpanos. Él no les gritaría nunca a los hombres, y los hombres lo sabían, por eso seguían trabajando sin darse prisa. Sin embargo era seguro que preferían a su padre, su padre que los hacía sudar, su padre que hacía plantar y recoger el grano en aquellas cuestas para cabras, su padre que era uno de ellos. Él no, él era un extraño que comía gracias al trabajo de ellos, sabía que lo despreciaban, tal vez lo odiaban.

Ahora los hombres reanudaban una conversación iniciada antes de que él llegara, sobre una mujer del valle.

-Eso decían -dijo la vieja Girumina-, con el párroco.

-Sí, sí -dijo U Pé-. El párroco le dijo: Si vienes te doy dos liras.

-¿Dos liras? -preguntó Nanín.

-Dos liras -dijo U Pé.

-De las de entonces -dijo U Qué.

-¿Cuánto serían hoy dos liras de entonces? -preguntó Nanín.

-No poco -dijo U Qué.

-Caray -dijo Nanín.

Todos reían de la historia de la mujer; el hijo del patrón también sonrió, pero no entendía bien el sentido de esas historias, amores de mujeres huesudas y bigotudas y vestidas de negro.

Franceschina también llegaría a ser así. Ahora espigaba en el bancal más alto, cantando una canción de la radio, y cada vez que se agachaba la falda se le subía más, descubriendo la piel blanca de las corvas.

-Franceschina -le gritó Nanín-, ¿irías con un cura por dos liras?

Franceschina estaba de pie en el bancal, con el manojo de espigas apretado contra el pecho.

-¿Dos mil? -gritó.

-Caray, dice dos mi l-dijo Nanín a los otros, perplejo.

-Yo no voy ni con curas ni con «civiles» -gritó Franceschina.

-Con militares, ¿sí? -gritó U Qué.

-Ni con militares -contestó y se puso a recoger espigas de nuevo.

-Tiene buenas piernas la Franceschina -dijo Nanín, mirándoselas.

Los otros las miraron y estuvieron de acuerdo.

-Buenas y rectas -dijeron.

El hijo del patrón las miró como si no las hubiera visto antes e hizo un gesto de asentimiento. Pero sabía que no eran bonitas, con sus músculos duros y velludos.

-¿Cuándo haces el servicio militar, Nanín? -dijo Girumina.

-Hostia, depende de que quieran examinar otra vez a los eximidos -dijo Nanín-. Si la guerra no termina, me llamarán a mí también, con mi insuficiencia torácica.

-¿Es cierto que Norteamérica ha entrado en la guerra? -preguntó U Qué al hijo del patrón.

-Norteamérica -dijo el hijo del patrón. Tal vez ahora podría decir algo-. Norteamérica y Japón- dijo y se calló. ¿Qué más podía decir?

-¿Quién es más fuerte: Norteamérica o Japón?

-Los dos son fuertes -dijo el hijo del patrón.

-¿Es fuerte Inglaterra?

-Eh, sí, también es fuerte.

-¿Y Rusia?

-Rusia también es fuerte.

-¿Alemania?

-Alemania también.

-¿Y nosotros?

-Será una guerra larga -dijo el hijo del patrón-. Una guerra larga.

-Cuando la otra guerra -dijo U Pé-, había en el bosque una cueva con diez desertores-. Y señaló arriba, en dirección de los pinos.

-Si dura un poco más -dijo Nanín- yo digo que nosotros también terminaremos metidos en las cuevas.

-Bah -dijo U Qué-, quién sabe cómo irá a terminar.

-Todas las guerras terminan así: al que le toca, le toca.

-Al que le toca le toca -repitieron los otros.

El hijo del patrón empezó a subir por los bancales mordisqueando la brizna de paja hasta llegar a Franceschina. Le miraba la piel blanca de las corvas cuando se inclinaba a recoger las espigas. Tal vez con ella sería más fácil; se imaginaría que le hacía la corte.

-¿Vas alguna vez a la ciudad, Franceschina? -le preguntó. Era un modo estúpido de iniciar una conversación.

-A veces bajo los domingos por la tarde. Si hay feria, vamos a la feria, si no, al cine.

Había dejado de trabajar. No era eso lo que él quería; ¡si su padre lo viera! En vez de montar la guardia, hacía hablar a las mujeres que trabajaban.

-¿Te gusta ir a la ciudad?

-Sí, me gusta. Pero en el fondo, por la noche, cuando vuelves, qué te ha quedado. El lunes, vuelta a empezar, y te fue como te fue.

-Claro -dijo él mordiendo la brizna.

Ahora había que dejarla en paz, si no, no volvería a trabajar. Dio media vuelta y bajó.

En los bancales de abajo los hombres casi habían terminado y Nanín envolvía las gavillas en lonas para bajarlas cargadas sobre las espaldas. El mar altísimo con respecto a las colinas empezaba a teñirse de violeta del lado del ocaso. El hijo del patrón miraba su tierra, pura piedra y paja dura, y comprendía que él le sería siempre desesperadamente ajeno.

[Publicado en portada en febrero 2011]


La salvación

Un cuento de Isidoro Blaisten *

Buenas tardes, señor -dijo el viejo-, ¿qué desea? -Señor -dijo el hombre que buscaba la salvación-, ¿tiene algo que me salve?.El viejo dejó el lápiz encima de la boleta, lo corrió justo hasta el borde del talonario, cerró las tapas, apoyó las manos sobre el mostrador, ladeó la cabeza, y se lo quedó mirando por encima de los lentes.El hombre ya empezaba a ponerse nervioso.
Por fin, el viejo dijo:-Ajá, ¿conque algo que lo salve?
-Sí. ¿Tiene? -preguntó el hombre esperanzado.
El viejo tiró de la punta que asomaba apenas, extrajo el lápiz y dio unos cuantos golpecitos en el mostrador.-Conque algo que lo salve -dijo nuevamente."Qué despacioso", pensó el hombre, "parece un telegrafista".
El viejo arrugó la cara y miró los estantes de arriba, con un ojo achicado, como si estuviera recordando. Después volvió a observar al hombre, salió de atrás del mostrador, y se alejó hacia el fondo del local, que era muy largo y bastante oscuro. Regresó empujando lentamente una escalera con rueditas, que estaba unida por un riel a los estantes de arriba.El hombre notó que el viejo renqueaba un poco de la pierna derecha. Creyó que iba a subir, porque ya había apoyado la escalera, muy cerca de él, como a cinco pasos, pero el viejo la sacudió un poco verificando la solidez de los peldaños, se sonrió y dijo:
-Ahora, señor, si usted se diera vuelta...-¡Eso nunca! -dijo el hombre con el rostro demudado y haciendo un ademán de irse.- Por favor -dijo el viejo sonriéndose más todavía-.Por favor -volvió a decir-. No me interprete mal. Tiene que ser sin mirar. Dese vuelta y cierre los ojos.
El hombre se dio vuelta y cerró los ojos.
El viejo tardaba. Por fin oyó que subía, respirando fuerte, como si le costase.
El hombre hizo un amago de girar el cuerpo. Desde lo alto escuchó la voz del viejo.
- Ah, no, así no vale. Ya le dije que tiene que ser sin mirar. Dese vuelta y cierre los ojos. ¡Y no espíe, eh!
El hombre apretó fuertemente los párpados, tanto, que la cara se le distendió en una mueca, como si estuviese riendo con la boca cerrada.
Atrás, arriba, el viejo estaba revolviendo algo, alguna mercadería, que hacía ruido a lata. De pronto el sonido cesó.
El hombre sintió que el corazón le empezaba a latir apresuradamente. Tu vo miedo. El viejito no la podía encontrar.
Ya la había vendido toda. Se daría vuelta en la escalera, y le diría:
- Señor mío, lo siento mucho. No queda más. Ya puede mirar. Y bajando despaciosamente los escalones, agregaría:
- Hasta la semana que viene no hay nada que hacer... Usted tendría que darse una vueltita el jueves, o más seguro el viernes.
Entonces él, saturado de cansancio, preguntaría por rutina:
-Y dígame, señor, ¿no sabe dónde se podrá conseguir por acá cerca?
-Pero no le estoy diciendo, señor, que la semana entrante la recibimos seguro -insistiría el viejo ya un poco amoscado y apoyando la pierna renga en el suelo.
-No, no puedo esperar. Gracias -y tendría que irse, y suicidarse con bicloruro de mercurio.
Pero no fue así. El viejo seguía revolviendo cosas. "Probablemente debe de haber cajas de cartón, también", pensó el hombre, porque por momentos el ruido a lata se amortiguaba.
El viejo dijo:
-Ajá, já, por ai cantaba Garay. Por la forma como le salió la voz, parecía que estaba tironeando de algo. "Como si estuviera sacando una muela", pensó el hombre.
-Ya está -dijo el viejo.
El hombre dio un salto. Una media vuelta como los soldados.- Ah, no -dijo el viejo desde arriba-, sin darse vuelta.
El hombre volvió a su posición. No había alcanzado a ver más que el saco color gris rata del viejo, un poco del pantalón marrón, de un marrón muy antiguo, porque le trajo un recuerdo impreciso de cuando era chico, y dos rayas anchas y blancas.
La escalera empezó a crujir. El viejo bajaba. Al hombre le pareció que el descenso se le hacía interminable. De frente, escondiendo algo detrás de la espalda, el viejo tarareaba las palabras como los chicos:
-Ya está, ya está, ya está.
Llegó hasta donde estaba el hombre.- Ahora, sin espiar, se me va a dar vuelta para el otro lado -dijo.
Y le apoyó la mano libre en el hombro, lo ayudó a girar, y verificó que tuviese los ojos bien cerrados.
-¿Ya está? -preguntó el hombre.
-Ya va a estar, ya va a estar -dijo el viejo pasando detrás del mostrador.
Hizo un ruido con la bobina que al hombre le pareció raro, sobre todo al tirar del papel y al cortarlo. Pensó que ya estaba exagerando. "Cuánta parsimonia", se dijo. "Evidentemente, ya está haciendo el paquete. "Y lo que el viejito le estaba por vender debía de ser bastante pesado, porque hizo un ruido contundente al ponerlo sobre el mostrador.
- ¿Ya está? -volvió a preguntar el hombre, impaciente, aunque sabía que no estaba, porque recién, recién el viejito lo había acomodado para envolverlo.
-Ya va a estar, ya va a a estar -y el hombre oyó nítidamente el crujido del primer doblez.
Además, pensó, debía de ser cuadrado, porque el viejito hacía los pliegues con golpes secos, como siguiendo con la palma de la mano unos ángulos rígidos. Ahora le estaba poniendo el piolín.
El viejo cortó el sobrante del hilo. "Seguro que con un alicate", pensó el hombre. Después el viejo golpeó con el paquete ya hecho sobre el mostrador y dijo, canturreando la a final como dándole la seguridad al hombre de que efectivamente había terminado:
-Ya está. El hombre primero abrió los ojos, después sacudió la cabeza como un nadador que sale del agua, se dio vuelta y miró el paquete.
El viejo lo sostenía colgado del moñito, con dos dedos, en un gesto casi gracioso. El hombre vio que tenía forma de prisma, y que estaba eficientemente hecho, con papel madera verde.
"La verdad, que da gusto", pensó. Y sonriendo, lo agarró con las dos manos, como si sacara la sortija.
Lo tuvo un momento contra el pecho. Después, como si recapacitara, lo puso debajo de la axila, y metiendo la mano en el bolsillo del pantalón, preguntó apurado:
-¿Cuánto es?
- Novecientos noventa y cinco pesos -dijo el viejo-. ¿Necesita factura?
-No, no hace falta -dijo el hombre. El viejo rebuscaba en el cajón del mostrador. El hombre hizo un gesto con la mano rechazando el vuelto.- Está bien, señor, déjelo.- Valiente -dijo el viejo dándole una moneda de cinco pesos-. Que lo pase usted bien. Buenas tardes -Y se agachó para recoger el lápiz que se había caído.
El hombre apretó el paquete y salió. Recién entonces se dio cuenta de que al abrirse la puerta, sonaba como un carillón, o una caja de música.
El paquete era más o menos como un ladrillo, no tan grande, como le había parecido al verlo, ni tampoco tan pesado.
El hombre deshizo el nudo con impaciencia, y consiguió desenvolver la primera vuelta del hilo, porque el viejo le había dado dos. Cuando le estaba sacando los parches de dúrex, y mientras pensaba: "Qué curioso, no me había dado cuenta de que le había puesto dúrex. Prolijo, el viejito", lo atropelló el Mercedes de color verde musgo.
Prácticamente le aplastó la cabeza con la rueda izquierda.
Se juntó un montón de gente.
Lo taparon con una bolsa de cal, que un corredor de seguros mandó traer enseguida de la obra en construcción que estaba al lado.
Cuando llegó la ambulancia, todos se corrieron y le dejaron paso. Deportivamente, bajaron el chofer y el practicante; parecían dos jugadores al entrar a la cancha. Trotaron hasta el hombre, se agacharon, lo destaparon y se miraron entre ellos.
El practicante quiso saber qué había en el paquete. El muerto lo sostenía apretado contra el pecho. Trató de abrirle las manos, pero no pudo. Tampoco pudo separarle los dedos. Entonces lo llevaron al hospital Pirovano. Lo bajaron con camilla y todo, y lo dejaron en la guardia, encima de otra camilla verde, con las patas despintadas.
El enfermero fue a llamar a la doctora.
Vino la doctora. La doctora era joven y gorda. Hablaba como un hombre, y decía malas palabras. Cuando lo destapó, hizo un gesto negativo con la cabeza.
Sintió curiosidad por el paquete. Intentó sacárselo. El practicante le dijo que no era tan fácil, que él ya había probado.
La doctora dijo, poniendo cara de inteligente: "Es que los muertos son muy duros". Y el practicante dijo: "Sí, parecen hijos de vascos".
La doctora tironeó de los restos del dúrex, y los desprendió. Sacó el papel nerviosamente, el doble papel, porque el viejo había sido muy minucioso. Entonces su expresión cambió. Su cara tenía ahora un visaje de asombro y desencanto.
La doctora creyó necesario hacer una frase entre el silencio de todos. La ocasión era propicia y a la doctora le gustaban mucho las frases. Miró alternativamente al enfermero, al chofer y al practicante, y dijo:
- Vean a qué cosas se aferran los seres humanos.


* Isidoro Blaistein en Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Isidoro_Blaisten

[Publicado en portada en febrero 2011]


Ascasubi y el choping de Cacuí

Por Mempo Giardinelli

La Estación Cacuí es un símbolo de la decadencia del ferrocarril en el Chaco. A unos 10 kilómetros al oeste de Resistencia, apenas pasando Fontana, durante años fue sólo una casa con techo a dos aguas, abandonada u ocupada por familias errantes y demorada en la historia junto a vías que sólo eran testigos del paso de los años y el crecimiento de los yuyos.

Allí, una Navidad –no ésta; digamos cualquier otra– un gringo llegado de Santa Fe se largó con un emprendimiento: compró y refaccionó unos galpones aledaños y limpió malezas, instaló baños, puso vidrieras, pintó todo y lo dejó impecable y empezó a alquilar locales a los lugareños, que se entusiasmaron con la idea de un choping, a quinientos mangos el local.

Dos semanas antes del 24, el gringo hizo tapizar el techo con una sobrecubierta de algodón que debía representar la nieve europea. Sobre las ventanas amontonó gruesos manojos de algodón, con hilachas en caída imitando matutinas nieves congeladas. Y en la puerta lo puso a Ascasubi, un changarín de pésima fortuna al que todos en la zona miran como si no existiese, disfrazado de Papá Noel.

Verdadera misión imposible, porque Ascasubi es flaco como palo de escoba y tiene la gracia de los esqueléticos caballos de piqueteros que cada tanto cruzan la ciudad a paso cansino, como para concentrar el odio de los ricos.

El gringo le prometió quince pesos por día y le entregó el típico traje rojo de Papá Noel. Pero el traje era tan grande que no hubo modo de que Ascasubi lo llenara, ni aun envolviéndose en los cuatro almohadones que el gringo le ordenó sujetar con una piola y a cuya espalda tiene amarrada la faca.

Así Ascasubi sale a escena, se podría decir, pero el problema es que es flaco como tararira de laguna urbana, y aunque ya no tiene ni qué sudar igual se cocina de calor adentro del bombachón y la casaca. Encima se le despega la barba de algodón y cada tanto se marea porque además tiene hambre y sed, apenas si ha comido en todo el día un sánguche de salame que compró en el kiosco de Antenor el Paraguayo, con un vaso de cerveza fría.

Débil y jadeante como todo flaco que tiene que andar de gordo y encima cargando una enorme bolsa de cajas vacías, Ascasubi aguanta cada tarde y cada noche, de 16 a 24, en la puerta del choping. Por momentos siente que no da más, sobre todo cuando algunos chicos le tiran cascotes o frutitas de paraíso escupidas dentro de canutos de mamón. Pero aguanta porque ni se pregunta por qué, especie de granadero en desdicha, de garza magra al borde de la cuneta.

Cada tarde Ascasubi cruza el pueblo con 40 grados a la sombra, desde la tapera que nadie llamaría casa y hasta el choping, respirando entre los dientes que le quedan y los que le faltan. Mientras se ata los almohadones para sumergirse en el disfraz de Papá Noel, escucha los lamentos de los puesteros que se quejan porque no hay ventas, no viene nadie a este lugar de mierda.

Ascasubi termina de calzarse los zapatones pensando que ahora todos están mejor pero no lo reconocen, y eso porque les quedó el resentimiento. No saben lo que es estar en el fondo del pozo, piensa tragándose unos mocos para frenar las súbitas ganas que siente de llorar. El supo trabajar el campo antes de la soja y las máquinas. Y acá lo trajo el tren, cuando había tren. Y si no volvió fue por los gobiernos. Y allá quedó su guaina, llena de panza y de promesas, y carajo, masculla, sólo carajo mientras se manda al garguero el último trago de la cerveza de litro que compró en el kiosco de Antenor el Paraguayo. Se calentó en minutos, la guacha, con este sol. Después se pasa por la boca el antebrazo sudado y enseguida lo emboca en el sacón de gabardina roja que le proveyó el gringo.

–Te lo ponés y te quedás quieto como rulo de estatua –le dijo, riendo de su propio chiste–, no vas a andar haciendo macanas, Ascasubi.

Y no, macanas nunca hizo. Apenas chupar cervezas por las tardes y como para ver si a la noche está lo suficientemente mamado para dormirse donde cuadre. A veces llega a la tapera, donde lo espera el Colita, que es flaco como él y se las arregla removiendo basuras en las veredas del pueblo. Pero las más de las veces no consigue pasar de la plaza, o se duerme en la entrada de la Escuela Martín Buber, ahí cerquita de la Municipalidad.

Y así hasta la mismísima mañana del 24 –otro 24, digamos, no éste– en que por las radios se oyen villancicos y canciones en inglés y en el choping hay apenas más movimiento. Ascasubi piensa que no tiene dónde ir esa noche y siente algo raro en la garganta, como si hubiera tragado sin querer una piedra seca. Y justo recibe un cascotazo lanzado desde las vías, escucha una burla imprecisa y ve unos pendejos que rajan como lagartijas, como si él fuera a hacerles algo. Y qué les va a hacer él.

Aunque esta vez podría cambiar, murmura para sí, sintiendo nítidas la rabia, las ganas que siente de carnearlo al gringo en cuanto aparezca. Esta vez tiene la faca que le robó al Paragua, escondida entre los almohadones.

Piensa en los malos que conoce: el Tito Junco que viola a sus propias hijas y todos lo saben, el Roque Pedreira que dirige la bandita de sus hijos, drogones y rateros todos, motochorros los más grandes en la Zanella del Mauro. Tipos jodidos, de dobles vidas. Pero el infeliz es él, que no tiene laburo desde que salió de Monte Quemado y lleva años mendigando changas como ésta de Papá Noel. Mira sobre el techo la falsa nieve oscurecida por la lluvia de anoche, que pareciera decirle que su vida no sirve ni para ser una vida inútil. Y entonces carraspea y gime sin poder contenerse, justo cuando el gringo llega y le pregunta qué le pasa, por qué está tan pálido. Ascasubi mira al patrón como mira un borracho, pero no está borracho. Apenas una cervecita y los cuarenta grados, porque así anochece. “Si no estás bien, mejor andate”, dice el gringo y le da los quince pesos. Ascasubi lo mira como miraría un ciego. Da un paso y otro y luego regresa, mareado por el sol, el calor y la rabia. “Sacáte esa ropa y andate, dale, volvé el año que viene.”

Ascasubi se quita la ropa, mecánica, despaciosamente. Está tan sudado que no aguanta más, y hasta el cuchillo le parece caliente cuando desanuda la piola y deja caer los almohadones.

El gringo termina de contar la plata y se acomoda la billetera en el bolsillo del culo.

–Andá nomás, Ascasubi, y feliz Navidad –le dice, agachándose para recoger el paco de ropas rojas.

Como en un ramalazo de luz, el sacón de gabardina, pesadísimo y caliente, le parece tan rojo que de pronto él también ve todo rojo, el mundo entero se vuelve rojo, el color del fuego, de la ira, del dolor.

Del otro lado de las vías estallan unos cuetes y empieza la alegría, la fiesta de los otros. Ascasubi mira todo como a través del gringo, como si el tipo fuera de vidrio. Y camina hacia el kiosco del Paragua sin saber todavía si va a devolver la faca. Primero va a comprar un tinto de tetrabrik.

24/12/10 Página|12

[Publicado en portada en diciembre 2010]


La tortura perfecta

Un cuento de Gloria Alcorta *

A Luisa Mercedes Levinson

Detrás de mí, en el fondo del jardín sin senderos, la casa había quedado abandonada con sus lámparas encendidas a la hora del sol, su olor a ropa húmeda y sus fantasmas siempre listos a defender de los vivos el polvo solemne de sus harapos.

Pese a la rapidez de mi huída, yo sabía que ellos po­dían alcanzarme. Es verdad que, tras diez años de inmovilidad, habían perdido el uso de las piernas, pero yo sentía que sus miradas de sibila, envolviéndose como cuerdas en mis tobillos, podían hacerme tropezar.

Mi única posibilidad de escape estaba en no volver la cabeza, en oír los insultos sin enojo y en sufrir las caricias sin enternecerme. Y yo corría entre el polvo, arrastrada por una fuerza en la que ya no creía, asombrada por el olor olvidado de los castaños y por el silencio de lo que quedaba de la tierra.

En la "casa muerta" (así llamaban los vecinos a nuestra residencia) era imposible aislarse. En el fondo de los corredores y detrás de cada puerta, mis jueces aguardaban de pie, con las manos inertes... y nada es más doloroso que ver los ojos amados perder poco a poco su color y convertirse en trozos de vidrio sucio.

Más de una vez, generalmente en la época de mi cumpleaños, yo había pedido que hicieran reparar la antigua chimenea de la casa para sumergir de vez en cuando los pies en agua caliente, pero me lo habían rehusado. La casa debía terminar junto con nosotros, sin protestas, ya que había pertenecido a un héroe que no se permitía ninguna forma de sensualidad. ¡Tanto peor, pues, para quie­nes sufrían de mala circulación!

Probablemente yo no hubiera huido jamás, pese a la escalera sin baranda y al olor de sepulcro, si sólo me hubieran permitido comprar unas macetas de jazmines y un tarro de pintura para refrescar el verde de mis ce­losías.

Los hombres no se dan cuenta de hasta qué punto es fácil retenernos. Me había acostumbrado ya a su aliento y también al ruido seco del conmutador en la habitación contigua cuando subía a acostarme y ellos querían con­trolar la hora de mi llegada.


Yo corría por el camino ardiente. Mi cabeza, acostum­brada a la oscuridad, no soportaba el calor del sol y, mientras un aliento despiadado me recorría la nuca, mis piernas me pesaban como si unos brazos me hubieran apresado por la cintura. Había olvidado que la casa estaba rodeada de un bosque, que los senderos de moreras llevaban hasta la carretera y que el tren eléctrico pasaría bien pronto al final del camino y atravesaría el río. Las criadas no hablaban jamás de esas cosas en mi presencia.

Conseguí librarme de los lazos que me retenían lan­zándome bruscamente hacia adelante y eché a correr descalza en dirección a las vías esperando que el tren, al pasar, me advirtiera. Y fue en el momento en que la locomotora se disponía a engullirme, que oí crujir las hojas detrás de mí. Unos pasos de hombre avanzaban entre los espinos... Comprendí que debía treparme al tren, a riesgo de matarme, porque los jueces estaban cerca, bien vivos esta vez, y tan juntos que parecían un muro en movimiento.

Reuní mis fuerzas y salté hacia el rostro ardiente de la locomotora que había disminuido la marcha para atravesar el río. Era tiempo, porque unas manos se aferraban a mis faldas y de un golpe seco descubrían mis caderas mientras varias hileras de dientes humanos se hundían en mi carne y desgarraban mi flanco derecho de arriba abajo.

Alguien dio un grito cuando me dejé caer sobre sus rodillas. Alrededor sólo vi miradas, miradas de odio: la gente sana y bien comida odia a los perseguidos. Además mi herida se había extendido y llegaba hasta el vientre. Logré, pese a todo, zafarme de entre dos muslos apreta­dos por el terror.

Pasé de un vagón lleno de miradas a otro donde, para no verme, los niños escondían la cara entre los pechos maternos. Me sorprendió una escalera de hierro que colgaba en el vacío entre dos coches. Detrás de mí unos hombres uniformados festejaban algo, en silencio, tomando lentamente unas bebidas tibias. Pasaban de uno a otro vagón sin advertir ni la escalera ni mi vientre abierto. Uno de ellos, con quien nos topamos, fijó bruscamente sus ojos en los míos y estalló en una carcajada a la que nadie hizo eco.

—Soy nazi —dijo— me esperan en la última estación. Por eso me río.

Mi malestar era entonces insoportable. Sin pensarlo más subí por la escalera de hierro y me dejé caer, casi con gozo y sin intención de levantarme, en un vagón lleno de paja que olía a bosta y estaba totalmente oscuro.

Afuera, como para ritmar nuestra melancolía, el canto de la locomotora se descargaba ruidosamente al sol.


Cuando desperté era de noche y mi cuerpo estaba enlazado a otro que, por su gran tamaño, comprendí era de hombre. Abrí los ojos; en la oscuridad unas pequeñas flores secas me cosquilleaban la frente, y el tren que me llevaba producía un ruido amistoso.

El aire era muy cálido. Quise soltar un brazo para enjugarme el sudor de la cara, pero lo hallé apretado por una morsa de músculos.

Ya no corría la sangre de mi flanco derecho; una mano me había unido los labios de la herida y los mantenía juntos. Olores agradables y vivos que yo había olvidado subían a mi nariz: "el delantal blanco de mi madre... sus sábanas de seda planchada... el pan dorado de la merienda… y, en la cocina, bien enjabonadas, unas robustas muchachas para los soldados…"

El viaje terminaría probablemente al alba. En la última estación esperaban al oficial alemán.

Cerré los ojos para no despertarme aún.

—No te muevas... te amo...

Era a mí a quien hablaban. La voz entrecortada me buscaba a través de una boca que se aplastaba en mis hombros. "No debería haberme despertado... ". Yo conocía esa voz; era yo una niña cuando me llamaba por la ventana.

—¿Sabes?... te tomé por un muchacho cuando caíste sobre mí y pensé: "¡Otro tipo a quien encierran!" Pero cuando me mojaste con tu sangre y sentí, en mi piel tus pechos frescos y pequeños, y cuando tu cabecita rodó entre mis manos, comprendí y te amé en seguida. . .

El desconocido reía apretando mi frente con sus dedos. Reía de placer, como si hubiera bebido. ¿Sabía acaso que mi madre, en otros tiempos, me había tejido un traje de baño color "tango", con un pato bordado, y que yo la obedecía siempre para no veda triste?... Él seguía riendo como ríen los muchachos al salir del colegio y recordé que en San Juan de Luz, un domingo de Pascua, había yo regalado a mi madre un suntuoso tintero de conchillas que no se atrevió a quemar. Aunque no dijo nada yo sentí confusamente que la había ofendido. ¿Qué podía hacer yo, ahora que ella había muerto?

Dos brazos cálidos me envolvían, un cuerpo pesaba sobre mí impidiéndome respirar cómodamente, pero yo no quería librarme. En cada brusca parada del tren me apretaba a ese cuerpo con todas mis fuerzas porque sabía que, mientras me cubriera de esa manera, no dejando un rin­cón de mi cuerpo sin caricias, estaría totalmente protegida.

—Eres buena, mi pequeña Viola.

¿Por qué me llamaba así?

—Eres buena.

Repetía esas palabras como un niño a quien han colmado de regalos injustificados. ¿No lo habrían amado nunca?... ¿Las muchachas lo huían, quizás…
o bien…?

Probablemente tuve, sin querer, un movimiento de re­chazo porque él me estrechó aun con más fuerza.

—No —dijo— no soy malo. Ya no soy malo. Mira: me parecía imposible que uno pudiera curarse, pero no es verdad. Ahora soy un hombre como los demás, sólo que... —Su voz se hizo dolorosa— Sé lo que piensan todos los seres que se me acercan; he aprendido eso ejerciendo mi profesión. Es desesperante. No hay que equivocarse de rumbo la primera vez. Yo me equivoqué como tú y después. .. Bueno, después. .. es difícil, muy difícil escapar. Ahora, por ejemplo, lo quiera yo o no, sé exactamente de dónde vienes y por qué estás aquí conmigo. Era una horrible profesión la mía.

Me acarició con gran dulzura, como si hubiera querido hacer entrar la paz en mi carne.

—Tu sangre no corre ya, pequeña Viola. Estoy colmado de ella. La bebí toda la noche, mientras dormías.

Dejó de hablar para mirarme y sentí en la oscuridad la fuerza de sus ojos.

—Quisiera beberte entera antes de llegar —dijo con gravedad— así no te reconocería nadie.

Al pronunciar estas palabras tuvo un gesto brusco y, abriendo las manos, me dejó caer sobre la paja.

¿Qué temía? ¿Era únicamente por mi causa o porque también lo perseguían? Me encontraba en un vagón en plena marcha, abrazada a un hombre de quien no sabía nada. El cansancio y el terror me hubieran aniquilado probablemente si un desconocido, sorbiendo mi sangre, no me hubiera impedido morir. ¿Pero por qué este cuerpo oscuro, este cuerpo sin identidad, me daba tanto placer?

Una mano lisa y ardiente me cubrió la boca y los ojos.

—No pienses más, es feo. Todo es feo fuera de ti y de mí.

Se había apartado un poco de mi pecho para hablarme, pero yo sentía, en las mías, sus rodillas puntiagudas. Su voz, que se había vuelto a la vez dura e infantil, poseía entonaciones voraces para evocar ciudades enrojecidas de faroles y salas de juego repletas de escotes deslumbrantes de alhajas. Sus palabras, cuyo sentido general no entendía yo muy bien, describían una especie de feria donde paseaban un mono gigante y hombres con corbatas pin­tadas a mano. Él y yo, siempre abrazados, íbamos entre los curiosos.

—Somos un mismo animal —me decía y me mordía la nuca como un padrillo.

Unos empresarios italianos proponían comprarnos. Todas las cabezas se volvían para vernos pasar, todas las manos procuraban tocarnos y nuestros nombres estaban escritos en todas partes: en las paredes y en los carteles que cruzan las avenidas.

Yo escuchaba su voz con deleite y asombro porque era una voz que poseía las inflexiones de la infancia y porque me devolvía a la playa de mis padres. Él llevaba un traje de baño rojo con unas iniciales negras tejidas sobre el pecho. Era el 3 de octubre. Todas sus novias habían regresado a la capital. Él no era de la capital. Me vio ese día porque la playa estaba desierta. Sonrió y me propuso pasear en una barca.

En el extremo de la bahía se levantaba una fortaleza. Fue junto a una tronera, entre restos de cañones victoriosos, que deslizó la mano bajo el bretel de mi traje y me besó sin hablarme de amor.


—Cuando vengan jurarás que no eres culpable y no cederás bajo ningún pretexto.

Las manos del hombre tendido a mi lado buscaban, bajo mi vestido desgarrado, los latidos de mi corazón, mientras sus rodillas agudas separaban mis muslos ensangrentados.

Allá en la "casa muerta", diez años atrás, yo había amado a un hombre contra su voluntad. Y ese hombre, para vengarse de mí, se había multiplicado. Su rostro se hallaba en todas partes, detrás de las puertas, en el extremo de los corredores, hasta en el espejo donde acostumbraba mirarme. Su odio habitaba ahora doce, quince, cincuenta cuerpos que me detestaban. Me detestaban por ser menuda y sensible al placer. Las torturas físicas que me infligían me apenaban sin dañarme: el frío, la falta de azúcar, el calor húmedo de las sábanas... Los bichos y el hambre no podían nada contra mí. Sólo su rostro podía aterrarme, su rostro que se momificaba bajo mis mi­radas y por el cual yo me sentía culpable.

Porque yo era culpable de aquellas arrugas amarillentas, de aquella frente prominente, de aquel labio inferior casi enteramente devorado por el labio superior. ¡Y yo había creído que, al huir, me libraría de mi crimen!... Pero el hombre que me apretaba entre sus piernas sabía. Y, si él sabía, todos los jueces del mundo, hasta los más vergonzosos, también debían de saber.

Agotada por ese pensamiento me abandoné a la paja caliente con el solo deseo de no llegar jamás, dispuesta a olvidar el hambre y la falta de espacio, para perderme entera en la fuerza de ese desconocido: porque él, él me perdonaba haber subido al altar del brazo de un hombre triste que se parecía a mi madre, que olía, como ella, a rosas cálidas, cuyo tono de voz era siempre un poco so­focado, que era maduro sin ser viejo "y que yo adoraba, porque lo adoraba ¡te lo juro!"

Creí haber gritado esas palabras, pero mi compañero no pareció oírlas porque, sin dejar de hablar, continuó acariciándome el pelo. Sus palabras no me interesaban ya; sólo su fuerza me era indispensable y oculté mi cabe­za en el vello de su pecho sin que me importara no conocer su rostro.


El tren se detuvo al alba para dejar subir a tres individuos que esperaban al borde de un precipicio. . Un rayo de luz insólita me despertó y me permitió ver, al fin, el cuerpo tendido a mi lado. El hombre estaba completamente desnudo y, a juzgar por la luminosidad de su carne, no podía tener más de treinta años. Dormía con la cabeza perdida en mi cabellera.

Estábamos solos en un vagón, lleno de arañas y desper­dicios, que los animales y los soldados debían de haber ocupado antes que nosotros. El rayo de luz que me había asombrado aumentaba a ojos vistas y recordé, pese a la confusión de mi mente, que la víspera, cuando me dejé caer sobre la paja y no obstante ser mediodía, estaba aque­llo completamente a oscuras.

Intenté levantarme, pero me lo impidió una mano que oprimía mi vientre semidescubierto. ¿Cómo podía dormir así ese hombre, con los músculos contraídos?... Y súbitamente me asaltó el miedo de que estuviera muerto. De nuevo intenté liberarme, pero el hombre estaba como incrustado en mis venas y en mis huesos y era tan difícil arrancarlo como un miembro nuevo que me hubiera crecido durante la noche. Noté que su piel tenía el mismo color que la mía, rubio, un poco pálido y velludo, y que sus brazos, como mis brazos, eran muy largos y flacos.

Como yo aspirara profundamente, el pecho de mi com­pañero se elevó un poco y tuve entonces la seguridad absoluta de que el hombre que me prolongaba no me obe­decería.

Resignada al placer, volví a cerrar los ojos y me sometí a la voluntad inerte de un amo a la vez desconocido y familiar.

Tenían los tres el rostro sarcástico de los torturadores. Al entrar se quejaron del calor y, sin enjugarse la frente, se sentaron en unos cajones vacíos.

Yo no intenté huir por la puerta que habían dejado entreabierta. Por lo demás, ¿cómo huir de mí misma?

El tren reanudó su marcha a través de la montaña y advertí bruscamente que, a mi lado, por una ventana estrecha, entraban la luz y el paisaje. ¿Por qué, pues, durante horas, había tenido aquella impresión de oscu­ridad absoluta?

Los tres hombres, al sentarse enfrente de mí, parecían cumplir un castigo. Silenciosamente se pusieron a cargar sus pipas sin que un solo músculo de sus rostros denotara interés por lo que hacían.

El más pequeño, que tenía un vientre sin majestad, fue el primero en atacarme. Sin preámbulo y sin preocu­parse del cuerpo inerte que seguía enlazado al mío, me tocó la frente con un dedo.

— Entonces, ¿eres tú quien hizo aquello?

Asombrada, levanté la cabeza. ¿Qué quería decir ese hombre?

—Bueno, bueno... ¿quién te ayudó?

—Pero…

—¿Quién te ayudó?

El tono de la voz era incisivo.

—Yo...

—¿Quién?

El más viejo de los jueces se puso de pie y su estatura me pareció aterradora.

—Nadie —contesté.

Hubo un silencio y mi compañero hizo un leve movimiento, el primero desde mi despertar. No me atrevía a volverme hacia él; aproveché, sin embargo, para
incor­porarme un poco y sentí, detrás de mí, que él se sentaba y que miraba a mis enemigos sin la menor simpatía.

El tercer juez sacó del bolsillo del chaleco un cordón de acero que brilló a la luz del sol. El más pequeño tenía en las manos un punzón de plata, con el que se limpiaba las uñas, mientras el gigante apoyaba en mi pecho un índice de tamaño indecente.

—¿Ves? —me dijo ese hombre sin cambiar de expre­sión— todos son así... —y exhibió con orgullo diez dedos enormes y desnudos.

—Si quisiera podría metértelos todos en la garganta. Estalló en una carcajada y yo tuve un invencible deseo de vomitar porque ese hombre reía con su vientre, no con su cara.

—No uso jamás instrumentos —añadió, y echó una mirada de desprecio a sus camaradas mientras se lamía concienzudamente la punta de cada dedo.


—¡No permitiré que torturen a esta muchacha!

Era, la que hablaba, la voz de la noche todavía un poco alterada por el sueño. Enrojecí de placer.

Mi compañero se había puesto de pie y estaba a mi lado. Me sentí súbitamente pequeña y aterida al com­probar que mis piernas y mis brazos estaban libres y que en mi vientre no había la menor huella de herida. Levan­té la cabeza hacia mi amigo y casi dejé escapar un grito de sorpresa.

El rostro de quien había cerrado mis llagas y acari­ciado mi pelo era un rostro que yo conocía desde hacía tiempo. Cada una de sus pequeñas arrugas me era fami­liar así como el mentón demasiado agudo y la nariz violenta.

—Te han reconocido ¡imbécil!... No te hagas el héroe… te queda mal.

El que jugaba con el cordón de acero había pronun­ciado aquellas palabras con una leve sonrisa. Una mosca se paseaba por la frente del gigante.

—Bueno, si me has reconocido, te cuidarás de tonterías —dijo mi amigo.

—¡Cierra el pico!

Esta vez fue el más pequeño quien lanzó su punzón a los pies de su adversario. Este último se encogió de hom­bros y cruzó tranquilamente los brazos.

—Ya veremos —dijo.

Yo estaba orgullosa. Un rayo de sol me calentaba los hombros. Estaba protegida por primera vez en mi vida y no es malo ser atacada cuando se siente en la nuca el aliento cálido y preciso de un aliado.

—¿A qué hora te acostabas?

Instalado en su vientre fláccido, el más pequeño continuaba el interrogatorio.

—Yo...

—¿Qué hacías toda la noche en el fondo del corredor?

—¿Y en la sala de armas?

—¿Por qué te encerrabas?

—¿Por qué no querías acostarte con él?

—Sí… ¿por qué... eh? Era eso, precisamente eso, lo que te molestaba… dilo, reconocelo, tenías miedo…

Me acorralaban sin permitirme decir palabra ni com­prender qué querían. El gigante había acercado sus dedos a mis sienes; su aliento, a través de la boca cerrada, era nauseabundo.

—¿Dónde has escondido las fotografías?

—¿Y las armas?

—Sí, las armas...

Yo meneaba la cabeza miserablemente pero ellos no parecían esperar respuesta. Se habían acercado y me ro­deaban. Me hablaban casi al oído.

—¿Dónde estabas el 10 de octubre?

—¿Por qué te escondías en el fondo del corredor?

—¿Sobre qué rama?

—Sí, ¿sobre cuál, sobre cuál?

—¿La roja…la verde?

—¿La negra?

Yo estaba estupefacta, a punto de aullar de asco, dispuesta a confesar todos mis crímenes, incluso el placer que había sentido aquella noche en brazos de un extraño. El sudor corría por sus cuellos y me caía en la frente. Yo estaba sofocada entre sus cuerpos húmedos.

El gigante me miró con una expresión en la que, a pesar de todo, me pareció ver alguna piedad. De nuevo una mosca paseaba por su frente sin que él hiciera
ade­mán de espantarla. El tercer juez estiraba su cordón.

—Lo sabemos —insistió con zumba—, tomabas baños hirvientes...

—¡No!... ¡no es verdad! —grité.

—¡Cállate!... Hacías leña de los muebles para tener fuego pretextando una mala circulación.

Y las risas enemigas iban en aumento.


El hombre que estaba a mi lado lo había escuchado todo en silencio. Se acercó a los jueces y, súbitamente, sin un ademán, lanzó a cada uno un largo escupitajo en la cara. Ninguno de los tres intentó limpiarse. Mi compañero abrió la boca, probablemente para decir algo, pero retrocedió un paso y se volvió hacia mí con una mirada de horror. El gigante le tomó un brazo con una mano y, con la otra, mirándolo en los ojos, comenzó a despellejarse el rostro. Mi amigo bajó la cabeza como si hubiera recibido un golpe y, mientras el segundo juez repetía la actitud del primero, me soltó el brazo y tuve la impresión de que me decía "adiós".

El más pequeño fue el último en arrancarse la máscara de goma para descubrir un rostro de muñeco con grandes ojos color de luna. Mi amigo me dio las espaldas.


—Siéntate.

El gigante era quien ordenaba con una voz sin pasión. Vi al hombre que había amado obedecer y sentarse entre los jueces, frente a mí. Con un ademán de abandono casi mecánico, como si su voluntad hubiera cesado de pertenecerle, sacó del bolsillo del pantalón un objeto de goma oscura, terminado en manija, que hizo girar entre sus dedos.

Una vez junto a mis enemigos, los rasgos de su rostro cambiaron inmediatamente de color: aquella tonalidad rubia y familiar de las mejillas y de la frente, aquella boca, por momentos carnosa y sólida, todo desapareció para transformarse en algo invulnerable como de muñeco. Yo tenía frío, cada vez más frío. El viento desagradable de la madrugada entraba por la ventana del vagón.

"Como en una mañana de ejecución", pensé.

—Está bien —dijo nuevamente el gigante—, yo sabía que acabarías por entender.

Hablaba con la misma voz de tono hueco pero su ros­tro, sin la máscara, no tenía ya nada de aterrador: "el rostro de un pequeño burgués que espera su paseo del domingo", pensé con lástima.

Él prosiguió tranquilamente:

—Ya que has vuelto a nosotros se te concederá el honor del "golpe de gracia", Manuel.

El hombre a quien habían llamado Manuel no contestó. Seguía con la mirada fija en el suelo y se entretenía en hacer saltar su juguete de una a otra mano.

El más pequeño de los jueces estalló en carcajadas y le dio un golpe juguetón en el brazo izquierdo.

—¡Qué Manuel!... ¿pero no eras tú el inventor del "golpe del tapón"?

—¡Qué tiempos aquellos! —suspiró el hombre del cordón de acero.

—¡Y decir que quisiste dejarnos! Con lo dotado que eras hubiera sido una lástima.

—Tal vez el señor quería convertirse en víctima —bromeó el pequeño— , tal vez sea mejor ser castigado que castigar.

—Basta de tonterías —interrumpió el gigante.

—Bueno, bueno... Pero yo prefiero, en materia de golpes, estar entre quienes los dan y no entre quienes los reciben. Siempre hay tiempo para que a uno lo reduzcan a pingajo.

Miró a Manuel para saber si estaba de acuerdo, pero Manuel parecía no haber oído.

—Y eras realmente bueno —prosiguió el hombre del cordón, tragando saliva—. Eras magnífico en la invención, en tanto que nosotros, viejo, hay que confesarlo, no salíamos de lo de siempre.

El gigante puso un dedo en el hombro de quien, hasta hacía un rato, había sido mi amigo y dijo con simplicidad:

—Eres un genio. ¡Oh!, no te ruborices. Siempre has hallado instintivamente, como a pesar tuyo, eso que llaman... Fue interrumpido por uno de sus camaradas:

—La tortura perfecta.

El hombre del cordón había pronunciado esas palabras con voluptuosidad, como si hubiera querido evocar el busto de una estrella de cine.

—Es cierto exclamó el pequeño — "la tortura per­fecta"… Y nunca haces nada para hallarla. Te quedas ahí inmóvil, se diría que ni siquiera piensas y iZas! ahí está, apareció.

—Observa, Manuel —prosiguió el gigante con dulzu­ra—, que lo siento por la muchacha. En cuanto a ti, si bien se mira, ya la gozaste y eso basta, ¿no?

Manuel no contestó. Había elevado hacia mí sus her­mosos ojos y permanecía inmóvil con las manos abiertas en las rodillas. Algo inconfesable, como una gran náusea, parecía prepararse en él.

Yo estaba sola, sola en un tren en marcha, en plena montaña, rodeada por unos hombres que se disponían a hacerme sufrir. Sólo que ignoraban que yo era invulnerable al dolor físico, que había corrido sangrando y dormi­do en mi sangre con el vientre desgarrado. Ignoraban que sólo el placer podía hacerme gritar.

Pero él, Manuel, debía de saberlo ya que su rostro... Pues aquel rostro familiar de mentón agudo y nariz vio­lenta era mi propio rostro sobre unos hombros masculinos. y ahora esos cálidos miembros rubios que conocían el lugar exacto de mi corazón, esa mente móvil que había surgido de mi infancia, iban a hacerme daño porque un día el alma de Manuel había pertenecido a esos tres hombres que lo tuteaban.

"Era una horrible profesión. " No hay que equivocarse de rumbo la primera vez."

Era él quien me había dicho esas palabras mientras me tenía en sus brazos y su piel conmovida exhalaba un olor infantil.

Advertí con tristeza que, desde hacía un momento, un lazo de acero ceñía mi cuello y que un punzón terminado un ángel de plata me perforaba los senos mientras un dedo enorme se hundía lentamente en mi garganta.

Cada uno de esos hombres cumplía con su tarea. Inventor de una tortura, la aplicaba concienzudamente; pero sólo una de ellas hizo brotar lágrimas de mis ojos y estremecer mi cuerpo. En la luz matinal el rostro de mi amigo se había transformado poco a poco y ahora tenía ante mí el rostro del esposo abandonado y encerrado en la "casa muerta".

Pero yo sabía que Manuel no lo había hecho a propósito y tuve piedad de él.

[De El hotel de la luna y otras imposturas, Sudamericana, Buenos Aires, 1957]


* Gloria Alcorta (Bayona 1915) novelista, cuentista y poeta argentina (nacida en el extranjero por ser hija de diplomático). Escritora bilingüe, su primer libro fue un poemario en francés: La prison de l' enfant (1935); colaboró con la revista Ficción donde publicó muchos de sus cuentos. Su libro más representativo quizás sea En la casa muerta (1966), una historia de recuerdos y fantasmas que transcurre en una espectral mansión de la belle époque en Buenos Aires y que describe el derroche de la oligarquía nativa, a la cual pertenecía. También ha publicado El hotel de la luna y otras imposturas (1957).

[Publicado en portada en diciembre 2010]


El espejo que huye

Un cuento de Giovanni Papini *

Una imposible mañana de invierno, en una estación muy conocida, un hombre que no conozco -de sobretodo, con dos violetas en el ojal- quería demostrarme que los hombres son felices, que la vida es grande, que el mundo es hermoso. Yo lo escuchaba con interés, sacudiendo a cada momento la ceniza de mi cigarrillo que el viento consumía sin que nunca lo llevara a la boca. Lo escuchaba sonriendo y el hombre que no conozco se acaloraba cada vez más y del humour pasaba al sentimiento, al entusiasmo y al delirio. La fuga de sus palabras rápidas, fluyentes, firmes, como si hubieran sido fundidas en ese instante, acuñadas de nuevo en algún sitio hacía poco tiempo, me llenaba de una ebriedad muy similar a la que provoca la champaña. Algo picante y saltarín, un deseo de abrazar y de llorar, de danzar, de reír de improviso...

En cierto momento su voz me dijo:

-Medite, señor, medite en la grandeza del progreso que se desarrolla bajo nuestros ojos; en el progreso que lleva a los hombres desde el pasado hasta el futuro, desde lo que ya no es más hasta lo que todavía no es, de lo que se recuerda a lo que se espera. Los salvajes no prevén el futuro, no piensan en el porvenir; no prevén ni proveen. Pero nosotros, hombres civilizados, hombres nuevos, vivimos para el futuro y a merced del futuro. Nuestra vida entera se tiende hacia lo que debe venir, está construida en previsión de lo que ocurrirá. Nuestros hombres consagran el presente al mañana (siempre, porque todo presente pasa al mañana que pasará), respetuosa y valerosamente.

“Este enorme progreso del espíritu profético es lo que hace desvanecer los peligros, lo que pone en nuestras manos las fuerzas, lo que hace descubrir nuevas posibilidades, lo que nos vuelve dueños de la tierra, del mar y del cielo y de una cosa que vale más que todo eso, oh señor: ¡de nosotros mismos!”

Pero en ese momento un tren expreso llegó a la estación. Su estruendo solemne en el cruce de las vías, su breve silbato, decidido, irritado, interrumpieron el discurso del Hombre que no conozco. Cuando el tren se calmó y no se oyeron más que sordos bufidos de la locomotora y los viajeros escaparon, el Hombre quiso todavía continuar pero yo me anticipé:

-Señor Hombre -le dije-, este tren que acaba de llegar, ¿no le ha sugerido nada que se relacione con nuestra circunstancia? ¿No ha entendido su respuesta? ¿Quiere que se la repita yo, humilde traductor, ya que puedo traducir el idioma de los trenes y de muchas otras cosas? Hasta hace pocos minutos este tren corría a una velocidad media de ochenta kilómetros por hora, pequeño mundo apiñado e iluminado a través del campo solitario y neblinoso. Y he aquí que de pronto se detiene y los habitantes de esta pequeña ciudad en fuga han desaparecido y el maquinista se seca la frente con aire poco satisfecho. Las ruedas se han detenido perezosamente sobre los rieles y los vagones vacíos y oscuros añoran las charlas de los pasajeros y las valijas multicolores. Así termina una fuga cuando se viaja sobre rieles. Pero dejemos el tren y volvamos a los hombres. En este momento se me ocurre algo absurdo y se lo digo a usted, señor Hombre, y lo digo porque no hay aquí multitudes que puedan escucharme. Si estuvieran aquí todos los que yo deseo, les diría:

“Imaginen, humanos, una cosa imposible, absurda, loca, increíble y espantosa. Imaginen que todo el mundo se detuviese de improviso, en un instante dado, y que todas las cosas permanecieran en el sitio en que estaban y que todos los hombres se volvieran inmóviles, como estatuas, en la actitud en que estaban en ese instante, en la acción que se hallaban ejecutando... Si esto ocurriera y si a pesar de todo ello continuara todavía funcionando en los hombres el pensamiento, y pudieran recordar y juzgar lo que hicieron y lo que estaban haciendo, y pudieran examinar todo lo que realizaron desde su nacimiento y meditar en lo que deseaban realizar antes de morir, ¡imagínense cuánta desesperación ardería bajo el trágico silencio de ese mundo detenido de improviso!

“No sé si tendrán el valor de escuchar lo horrible que sería. Esfuércense por unos instantes en ver a todos estos hombres inmovilizados mientras se hallaban dedicados a su tarea, anhelantes detrás de sus sueños, instigados por sus sucias pasiones, rudamente empujados por sus deseos. Véanlos esparcidos por el mundo, como suspendidos por una catástrofe que los trasmutara en fantoches pensantes, en estatuas desesperadas. Véanlos en las más repugnantes posiciones y en las más ridículas, en las más cansadoras y en las más estúpidas. He aquí al hombre sorprendido en medio de un pesado sueño con la boca semiabierta como un cadáver borracho; al hombre en el acto amoroso, extendido como una bestia jadeante sobre la mujer de párpados cerrados; al hombre que robaba en las tinieblas con falsa mirada y la lámpara que nunca más se apagará; al juez vestido de negro que dispensa el infierno y la sangre desde su alto sitial; al miserable que se arrastra por el fango de la ciudad buscando un hueso y una moneda; a la mujer que sonríe lascivamente con su rostro empolvado, en postura insinuante; al mercader de manos huesudas que gesticula para lograr diez centavos más; al campesino afanado con la aguijada en la mano tendida hacia los inmóviles bueyes; al elegante orador detenido en medio de una sonrisa y de un cumplido; al soldado que se hallaba con la bayoneta calada ante una puerta cerrada, y al homicida que preparaba sus venenos en una buhardilla, y al obrero soñoliento curvado sobre las enormes máquinas grasientas, inmóviles y siniestras, y al científico que no puede separar el ojo cansado del microscopio donde han interrumpido su danza los monstruos invisibles... “Imaginen ahora, si sus ánimos resisten, pensamientos de todos estos hombres condenados en un mismo instante ante la conciencia de su muerte. ¿Creen ustedes que habrá un solo hombre -uno solo, ¿entienden?-, uno solo que esté contento y satisfecho de ese momento en que el destino lo ha vuelto inmóvil? ¿Creen que para uno solo de estos hombres sería ése el momento de Fausto, el momento hermoso que querríamos detener, fijar y conservar para la eternidad? ¡Ustedes no creen realmente esto, no pueden creerlo!

“El señor Hombre -usted, aquí presente, delante de mí- ha dicho una gran y tremenda verdad. Los hombres piensan en el futuro, viven para el futuro, consagran perpetuamente sus días actuales a los mañanas venideros. Todo hombre no vive más que para aquello que prevé, aguarda y espera. Toda su vida está hecha de manera que cada instante tiene valor para él solamente en cuanto él sabe que ese instante prepara un instante sucesivo, cada hora una hora que vendrá, cada día un día que seguirá. Toda su vida está hecha de sueños, de ideales, de proyectos, de expectativas; todo su presente está hecho de pensamientos en torno a su futuro. Todo lo que es, lo que está presente, nos parece oscuro, mezquino, insuficiente, inferior, y nosotros nos consolamos solamente pensando que todo este presente no es sino un prólogo, un largo y aburrido prólogo, a la hermosa novela del porvenir. Todos los hombres, lo sepan o no, viven gracias a esta fe. Si de pronto se les dijese que dentro de una hora todos morirán, todo lo que hacen y lo que hicieron no tendría para ellos ningún placer ni sabor ni valor algunos. Sin el espejo del futuro la realidad actual parecería torpe, sucia, insignificante. Sin el mañana que permite esperar los desquites, las victorias, las ascensiones, las promociones y los aumentos, las conquistas y los olvidos, los hombres no consentirían más en seguir viviendo. Sin el lejano perfume del mañana no querrían comer el negro pan del hoy.

“Piensen, pues, en estos hombres detenidos de pronto, que no pueden actuar más pero que todavía piensan. Imaginen a estos hombres prisioneros de un eterno hoy, sin la liberación de la conciencia. ¿Qué pensarán estos hombres? ¡Qué dolor atroz debe roer sus vísceras y amputar sus nervios! Inmóviles en sus posiciones vergonzosas y delictivas, tristes e idiotas, sin posibilidades de esperanza, sin luz de sueños, sin dulzura de proyectos, con las alas tronchadas, las piernas atadas, las manos encadenadas, como una enorme multitud de prisioneros al estilo de Miguel Ángel, reducidos a las ataduras de sus vidas mezquinas, melancólicas, repugnantes; ataduras de esa vida que soportaban solamente con la esperanza y la expectativa de vidas más bellas y más grandes: ellos, esos condenados a la perpetua inacción, reconocerán con infinita rabia la absurda estupidez de su vida anterior. Pensarán que todo el presente era sacrificado por ellos en pos de un futuro, que a su vez se volvería presente y sería sacrificado a su vez por otro futuro y así hasta el último presente, hasta la muerte. Todo el valor del hoy estaba en el mañana y el mañana valía solamente por otro mañana y así llegaba el último hoy, el hoy definitivo, y así la vida entera había transcurrido para preparar de día en día, de hora en hora, de momento en momento lo que no llega nunca. Y ellos descubrirán esta tremenda cosa: que el futuro no existe como futuro, que el futuro no es más que una creación y una parte del presente, y que soportar la vida inquieta, la vida triste, la vida doliente por este futuro que de día en día huye y se aleja es la más dolorosa necedad de esta estúpida vida.

“Humanos, nosotros perdemos la vida por la muerte; consumimos lo real por lo imaginario, valoramos los días sólo porque nos conducen a días que no tendrán otro valor que el de traernos otros días idénticos a ellos... ¡Humanos: toda la vida es un fraude atroz que ustedes mismos traman para el daño propio, y solamente los demonios pueden reír fríamente de la carrera de ustedes hacia el espejo que huye!”

Un nuevo expreso, pitando y tronando, entró en la estación, y una vez más los viajeros huyeron y el maquinista se enjugó la frente con aire poco satisfecho. El Hombre que no conozco estaba siempre ante mí -de sobretodo, con dos violetas en el ojal-, aunque lo hubiese olvidado del todo.

-He aquí -le dije- mis ideas sobre el progreso, sobre el porvenir y sobre la vida. Ciertamente, usted no está de acuerdo conmigo pero yo estoy de acuerdo con alguien; por ejemplo, con la niebla que a menudo intenta cubrir el mundo y esconder el hombre al hombre, la miseria al desprecio, la fealdad a la melancolía. Y yo amo muchísimo, señor Hombre, los trenes que se detienen tras las inútiles fugas y la niebla que vela lo que no se puede destruir.

El hombre que no conozco se había vuelto nervioso y todo su entusiasmo había desaparecido como un hilo de humo. En vez de responder, se quitó del ojal una de sus violetas y me la ofreció. Yo la tomé con una inclinación, la acerqué a la nariz y su leve perfume me gustó.


* Giovanni Papini (Florencia, 9 de enero de 1881 - íd. 8 de julio de 1956) fue un escritor italiano. Inicialmente escéptico, posteriormente pasó a ser un fervoroso católico.

[Publicado en portada en diciembre 2010]


El que inventó la pólvora

Un cuento de Carlos Fuentes *

Uno de los pocos intelectuales que aún existían en los días anteriores a la catástrofe, expresó que quizá la culpa de todo la tenía Aldous Huxley. Aquel intelectual -titular de la misma cátedra de sociología, durante el año famoso en que a la humanidad entera se le otorgó un Doctorado Honoris Causa, y clausuraron sus puertas todas las Universidades-, recordaba todavía algún ensayo de Music at Night: los snobismos de nuestra época son el de la ignorancia y el de la última moda; y gracias a éste se mantienen el progreso, la industria y las actividades civilizadas. Huxley, recordaba mi amigo, incluía la sentencia de un ingeniero norteamericano: «Quien construya un rascacielos que dure más de cuarenta años, es traidor a la industria de la construcción». De haber tenido el tiempo necesario para reflexionar sobre la reflexión de mi amigo, acaso hubiera reído, llorado, ante su intento estéril de proseguir el complicado juego de causas y efectos, ideas que se hacen acción, acción que nutre ideas. Pero en esos días, el tiempo, las ideas, la acción, estaban a punto de morir.

La situación, intrínsecamente, no era nueva. Sólo que, hasta entonces, habíamos sido nosotros, los hombres, quienes la provocábamos. Era esto lo que la justificaba, la dotaba de humor y la hacía inteligible. Éramos nosotros los que cambiábamos el automóvil viejo por el de este año. Nosotros, quienes arrojábamos las cosas inservibles a la basura. Nosotros, quienes optábamos entre las distintas marcas de un producto. A veces, las circunstancias eran cómicas; recuerdo que una joven amiga mía cambió un desodorante por otro sólo porque los anuncios le aseguraban que la nueva mercancía era algo así como el certificado de amor a primera vista. Otras, eran tristes; uno llega a encariñarse con una pipa, los zapatos cómodos, los discos que acaban teñidos de nostalgia, y tener que desecharlos, ofrendarlos al anonimato del ropavejero y la basura, era ocasión de cierta melancolía.

Nunca hubo tiempo de averiguar a qué plan diabólico obedeció, o si todo fue la irrupción acelerada de un fenómeno natural que creíamos domeñado. Tampoco, dónde se inició la rebelión, el castigo, el destino -no sabemos cómo designarlo. El hecho es que un día, la cuchara con que yo desayunaba, de legítima plata Christoph; se derritió en mis manos. No di mayor importancia al asunto, y suplí el utensilio inservible con otro semejante, del mismo diseño, para no dejar incompleto mi servicio y poder recibir con cierta elegancia a doce personas. La nueva cuchara duró una semana; con ella, se derritió el cuchillo. Los nuevos repuestos no sobrevivieron las setenta y dos horas sin convertirse en gelatina. Y claro, tuve que abrir los cajones y cerciorarme: toda la cuchillería descansaba en el fondo de las gavetas, excreción gris y espesa. Durante algún tiempo, pensé que estas ocurrencias ostentaban un carácter singular. Buen cuidado tomaron los felices propietarios de objetos tan valiosos en no comunicar algo que, después tuvo que saberse, era ya un hecho universal. Cuando comenzaron a derretirse las cucharas, cuchillos, tenedores, amarillentos, de alumno y hojalata, que usan los hospitales, los pobres, las fondas, los cuarteles, no fue posible ocultar la desgracia que nos afligía. Se levantó un clamor: las industrias respondieron que estaban en posibilidad de cumplir con la demanda, mediante un gigantesco esfuerzo, hasta el grado de poder reemplazar los útiles de mesa de cien millones de hogares, cada veinticuatro horas.

El cálculo resultó exacto. Todos los días, mi cucharita de té -a ella me reduje, al artículo más barato, para todos los usos culinarios- se convertía, después del desayuno, en polvo. Con premura, salíamos todos a formar cola para adquirir una nueva. Que yo sepa, muy pocas gentes compraron al mayoreo; sospechábamos que cien cucharas adquiridas hoy serían pasta mañana, o quizá nuestra esperanza de que sobrevivieran veinticuatro horas era tan grande como infundada. Las gracias sociales sufrieron un deterioro total; nadie podía invitar a sus amistades, y tuvo corta vida el movimiento, malentendido y nostálgico, en pro de un regreso a las costumbres de los vikingos.

Esta situación, hasta cierto punto amable, duró apenas seis meses. Alguna mañana, terminaba mi cotidiano aseo dental. Sentí que el cepillo, todavía en la boca, se convertía en culebrita de plástico; lo escupí en pequeños trozos. Este género de calamidades comenzó a repetirse casi sin interrupciones. Recuerdo que ese mismo día, cuando entré a la oficina de mi jefe en el Banco, el escritorio se desintegró en terrones de acero, mientras los puros del financiero tosían y se deshebraban, y los cheques mismos daban extrañas muestras de inquietud... Regresando a la casa, mis zapatos se abrieron como flor de cuero, y tuve que continuar descalzo. Llegué casi desnudo: la ropa se habla caído a jirones, los colores de la corbata se separaron y emprendieron un vuelo de mariposas. Entonces me di cuenta de otra cosa: los automóviles que transitaban por las calles se detuvieron de manera abrupta, y mientras los conductores descendían, sus sacos haciéndose polvo en las espaldas, emanando un olor colectivo de tintorería y axilas, los vehículos, envueltos en gases rojos, temblaban. Al reponerme de la impresión, fijé los ojos en aquellas carrocerías. La calle hervía en una confusión de caricaturas: Fords Modelo T, carcachas de 1909, Tin Lizzies, orugas cuadriculadas, vehículos pasados de moda.

La invasión de esa tarde a las tiendas de ropa y muebles, a las agencias de automóvil, resulta indescriptible. Los vendedores de coches -esto podría haber despertado sospechas- ya tenían preparado el Modelo del Futuro, que en unas cuantas horas fue vendido por millares. (Al día siguiente, todas las agencias anunciaron la aparición del Novísimo Modelo del Futuro, la ciudad se llenó de anuncios démodé del Modelo del día anterior -que, ciertamente, ya dejaba escapar un tufillo apolillado-, y una nueva avalancha de compradores cayó sobre las agencias.)

Aquí debo insertar una advertencia. La serie de acontecimientos a que me vengo refiriendo, y cuyos efectos finales nunca fueron apreciados debidamente, lejos de provocar asombro o disgusto, fueron aceptados con alborozo, a veces con delirio, por la población de nuestros países. Las fábricas trabajaban a todo vapor y terminó el problema de los desocupados. Magnavoces instalados en todas las esquinas, aclaraban el sentido de esta nueva revolución industrial: los beneficios de la libre empresa llegaban hoy, como nunca, a un mercado cada vez más amplio; sometida a este reto del progreso, la iniciativa privada respondía a las exigencias diarias del individuo en escala sin paralelo; la diversificación de un mercado caracterizado por la renovación continua de los artículos de consumo aseguraba una vida rica, higiénica y libre. «Carlomagno murió con sus viejos calcetines puestos -declaraba un cartel- usted morirá con unos Elasto-Plastex recién salidos de la fábrica.» La bonanza era increíble; todos trabajaban en las industrias, percibían enormes sueldos, y los gastaban en cambiar diariamente las cosas inservibles por los nuevos productos. Se calcula que, en mi comunidad solamente, llegaron a circular en valores y en efectivo, más de doscientos mil millones de dólares cada dieciocho horas.

El abandono de las labores agrícolas se vio suplido, y concordado, por las industrias química, mobiliaria y eléctrica. Ahora comíamos píldoras de vitamina, cápsulas y granulados, con la severa advertencia médica de que era necesario prepararlos en la estufa y comerlos con cubiertos (las píldoras, envueltas por una cera eléctrica, escapan al contacto con los dedos del comensal).

Yo, justo es confesarlo, me adapté a la situación con toda tranquilidad. El primer sentimiento de terror lo experimenté una noche, al entrar a mi biblioteca. Regadas por el piso, como larvas de tinta, yacían las letras de todos los libros. Apresuradamente, revisé varios tomos: sus páginas, en blanco. Una música dolorosa, lenta, despedida, me envolvió; quise distinguir las voces de las letras; al minuto agonizaron. Eran cenizas. Salí a la calle, ansioso de saber qué nuevos sucesos anunciaba éste; por el aire, con el loco empeño de los vampiros, corrían nubes de letras; a veces, en chispazos eléctricos, se reunían... amor rosa palabra, brillaban un instante en el cielo, para disolverse en llanto. A la luz de uno de estos fulgores, vi otra cosa: nuestros grandes edificios empezaban a resquebrajarse; en uno, distinguí la carrera de una vena rajada que se iba abriendo por el cuerpo de cemento. Lo mismo ocurría en las aceras, en los árboles, acaso en el aire. La mañana nos deparó una piel brillante de heridas. Buen sector de obreros tuvo que abandonar las fábricas para atender a la reparación material de la ciudad; de nada sirvió, pues cada remiendo hacía brotar nuevas cuarteaduras.

Aquí concluía el periodo que pareció haberse regido por el signo de las veinticuatro horas. A partir de este instante, nuestros utensilios comenzaron a descomponerse en menos tiempo; a veces en diez, a veces en tres o cuatro horas. Las calles se llenaron de montañas de zapatos y papeles, de bosques de platos rotos, dentaduras postizas, abrigos desbaratados, de cáscaras de libros, edificios y pieles, de muebles y flores muertas y chicle y aparatos de televisión y baterías. Algunos intentaron dominar a las cosas, maltratarlas, obligarlas a continuar prestando sus servicios; pronto se supo de varias muertes extrañas de hombres y mujeres atravesados por cucharas y escobas, sofocados por sus almohadas, ahorcados por las corbatas. Todo lo que no era arrojado a la basura después de cumplir el término estricto de sus funciones, se vengaba así del consumidor reticente.

La acumulación de basura en las calles las hacía intransitables. Con la huida del alfabeto, ya no se podían escribir directrices; los magnavoces dejaban de funcionar cada cinco minutos, y todo el día se iba en suplirlos con otros. ¿Necesito señalar que los basureros se convirtieron en la capa social privilegiada, y que la Hermandad Secreta de Verrere era, de facto, el poder activo detrás de nuestras instituciones republicanas? De viva voz se corrió la consigna: los intereses sociales exigen que para salvar la situación se utilicen y consuman las cosas con una rapidez cada día mayor. Los obreros ya no salían de las fábricas; en ellas se concentró la vida de la ciudad, abandonándose a su suerte edificios, plazas, las habitaciones mismas. En las fábricas, tengo entendido que un trabajador armaba una bicicleta, corría por el patio montado en ella; la bicicleta se reblandecía y era tirada al carro de la basura que, cada día más alto, corría como arteria paralítica por la ciudad; inmediatamente, el mismo obrero regresaba a armar otra bicicleta, y el proceso se repetía sin solución. Lo mismo pasaba con los demás productos; una camisa era usada inmediatamente por el obrero que la fabricaba, y arrojada al minuto; las bebidas alcohólicas tenían que ser ingeridas por quienes las embotellaban, y las medicinas de alivio respectivas por sus fabricantes, que nunca tenían oportunidad de emborracharse. Así sucedía en todas las actividades.

Mi trabajo en el Banco ya no tenía sentido. El dinero había dejado de circular desde que productores y consumidores, encerrados en las factorías, hacían de los dos actos uno. Se me asignó una fábrica de armamentos como nuevo sitio de labores. Yo sabía que las armas eran llevadas a parajes desiertos, y usadas allí; un puente aéreo se encargaba de transportar las bombas con rapidez, antes de que estallaran, y depositarlas, huevecillos negros, entre las arenas de estos lugares misteriosos.

Ahora que ha pasado un año desde que mi primera cuchara se derritió, subo a las ramas de un árbol y trato de distinguir, entre el humo y las sirenas, algo de las costras del mundo. El ruido, que se ha hecho sustancia, gime sobre los valles de desperdicio; temo -por lo que mis últimas experiencias con los pocos objetos servibles que encuentro delatan- que el espacio de utilidad de las cosas se ha reducido a fracciones de segundo. Los aviones estallan en el aire, cargados de bombas; pero un mensajero permanente vuela en helicóptero sobre la ciudad, comunicando la vieja consigna: «Usen, usen, consuman, consuman, ¡todo, todo!» ¿Qué queda por usarse? Pocas cosas, sin duda.

Aquí, desde hace un mes, vivo escondido, entre las ruinas de mi antigua casa. Huí del arsenal cuando me di cuenta que todos, obreros y patrones, han perdido la memoria, y también, la facultad previsora... Viven al día, emparedados por los segundos. Y yo, de pronto, sentí la urgencia de regresar a esta casa, tratar de recordar algo apenas estas notas que apunto con urgencia, y que tampoco dicen de un año relleno de datos- y formular algún proyecto.

¡Qué gusto! En mi sótano encontré un libro con letras impresas; es Treasure Island, y gracias a él, he recuperado el recuerdo de mí mismo, el ritmo de muchas cosas... Termino el libro («¡Pieces of eight! ¡Pieces of eight!») y miro en redor mío. La espina dorsal de los objetos despreciados, su velo de peste. ¿Los novios, los niños, los que sabían cantar, dónde están, por qué los olvidé, los olvidamos, durante todo este tiempo? ¿Qué fue de ellos mientras sólo pensábamos (y yo sólo he escrito) en el deterioro y creación de nuestros útiles? Extendí la vista sobre los montones de inmundicia. La opacidad chiclosa se entrevera en mil rasguños; las llantas y los trapos, la obsesidad maloliente, la carne inflamada del detritus, se extienden enterrados por los cauces de asfalto; y pude ver algunas cicatrices, que eran cuerpos abrazados, manos de cuerda, bocas abiertas, y supe de ellos.

No puedo dar idea de los monumentos alegóricos que sobre los desperdicios se han construido, en honor de los economistas del pasado. El dedicado a las Armonías de Bastiat, es especialmente grotesco.

Entre las páginas de Stevenson, un paquete de semillas de hortaliza. Las he estado metiendo en la tierra, ¡con qué gran cariño!... Ahí pasa otra vez el mensajero:

«USEN TODO... TODO... TODO»

Ahora, ahora un hongo azul que luce penachos de sombra y me ahoga en el rumor de los cristales rotos...

Estoy sentado en una playa que antes -si recuerdo algo de geografía- no bañaba mar alguno. No hay más muebles en el universo que dos estrellas, las olas y arena. He tomado unas ramas secas; las froto, durante mucho tiempo... ah, la primera chispa...

FIN

* Carlos Fuentes Macías (Ciudad de Panamá, 11 de noviembre de 1928) es uno de los escritores mexicanos más conocidos de finales del siglo XX, autor de novelas y ensayos, entre los que destacan Aura, La muerte de Artemio Cruz, La región más transparente y Terra Nostra. Recibió el Premio Rómulo Gallegos en 1977, el Premio Cervantes en 1987 y en 2009 la "Gran Cruz de Isabel la Católica". Fue nombrado miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua en agosto de 2001.

[Publicado en portada en noviembre 2010]


"Vanzetti pro Sacco"

Un texto de Augusto Monterroso *

Con el paso de los años las antologías, de poetas, de cuentistas, se vuelven tristes; el tiempo ha fijado a sus favoritos, y nombres que hace medio siglo parecían inamovibles gracias a su estar diariamente en las páginas de los periódicos y las revistas, suenan hoy a algo lejano, por no decir que a nada. Pero de pronto puede suceder lo contrario: ver el nombre de quien no tenía qué estar haciendo ahí, y está, como éste de Bartolomeo Vanzetti, frente al que durante años pasé sin reparar en él.

En 1946, el poeta, ensayista y crítico norteamericano Selden Rodman repudió su New Anthology of Modern Poetry (The Modern Library, Random House, N. York, 1938,1946) circunscrita a la lengua inglesa y con poemas de 106 poetas que van de Gerad Manley Hopkins, el más antiguo, a Dylan Thomas, entonces quizá el más joven (en este momento no tengo ni tiempo ni deseo averiguarlo).

Un tanto alarmado por la presencia de Lewis Carroll, busco la definición de Rodman de “poesía moderna”; en vano; Rodman rehúye definirla en cuatro líneas para tratar de hacerlo en veinte páginas de la Introducción. Sin embargo, para mis fines de esta tarde, algo hay de definitorio en el último párrafo de aquélla (traduzco):

“Perdura el hecho, no obstante, de que los nuevos poetas, comprometidos ya sea con el Estado, con la guerra, con el sentimiento, o con Dios, parecen guiados por un sentimiento de responsabilidad hacia sus lectores, y dan por supuesta la contigüidad de la poesía con el habla contemporánea, lo que los sitúa aparte de sus predecesores. Se está volviendo posible, diría como ejemplo, escribir poesía ‘moderna’ en formas hace poco descartadas por caducas. Quizá lo que percibimos es que una revolución se consumó en los veinte, y que los nuevos poetas están trabajando ahora con todo derecho en los terrenos que sus antecesores habían roturado pero que, por estar tan recientemente abiertos, ellos mismos no pudieron cultivar.”

En efecto, en ese momento el lenguaje poético estaría tan cerca del habla común que Rodman incluye en su antología (cuya autoridad debe de haber sido alta en su tiempo) un poema de Bartolomeo Vanzetti, que no es otra cosa que parte del último discurso dicho por éste en la corte en su propia defensa y en la de su compañero Nicola Sacco, y que a ninguno de los dos le sirvió para evitar ser electrocutados: en prosa o en verso, el tipo de razones aducidas por Vanzetti han sido siempre inútiles, y éste quizá resulte el precio de su misma belleza y verdad.

Comoquiera que sea, lo traduzco. Selden Rodman no dice quién arregló en esta forma el alegato de Vanzetti. Pudo haber sido él mismo, para demostrar su teoría. En español introduje unas cuantas variantes en la estructura de los versos, pero no estoy muy seguro de que en nuestro idioma la teoría quede tan demostrada. En todo caso, el texto permanece aquí como muestra del espíritu de dos hombres y, según sus resultados, del espíritu de los hombres.

Ultimo discurso ante la corte

He hablado tanto de mí mismo
que casi olvido mencionar a Sacco.
Sacco es también un obrero,
desde su niñez un experto obrero,
amante del trabajo,
con buen empleo y una buena paga,
una cuenta de banco, una esposa buena y amable,
dos lindos hijos y un hogar pequeño y limpio
a la orilla del bosque, cerca de un arroyo.

Sacco es un corazón, una fe, un carácter, un hombre;
un hombre amante de la naturaleza, de la humanidad;
un hombre que lo dio todo, que sacrificó todo
a la causa de la libertad y su amor al hombre:
dinero, descanso, ambición terrena,
su propia esposa, sus hijos, él mismo
y su propia vida.

Sacco no ha soñado nunca robar, asesinar.
Ni él ni yo nos hemos llevado jamás a la boca
un pedazo de pan, desde nuestra niñez al día de hoy,
que no hayamos ganado con el sudor
de nuestra frente. Nunca.

Oh, sí, como alguien lo ha dicho
yo puedo ser más ingenioso que él;
mejor conversador, pero muchas, muchas veces
al escuchar su voz cordial resonando con fe sublime,
al considerar su sacrificio supremo, al recordar su heroísmo
me sentí pequeño ante su grandeza
y me encontré a mí mismo luchando por contener
las lágrimas de mis ojos,
y calmar mi corazón
impidiendo a mi garganta sollozar frente a él:
este hombre llamado ladrón y asesino y sentenciado a muerte.

Pero el nombre de Sacco vivirá
en el corazón de la gente y en su gratitud
cuando los huesos de Katzmann
y los vuestros hayan sido dispersados por el tiempo;
cuando vuestro nombre,
vuestras leyes e instituciones
y vuestro falso dios
sean apenas un borroso recuerdo
de un pasado maldito en que el hombre
era lobo del hombre.

[...]

Si no hubiera sido por esto
yo podría haber gastado mi vida
hablando en las esquinas a gente burlona.
Podría haber muerto inadvertido, ignorando, un fracaso.
Ahora no somos un fracaso.
Ésta es nuestra carrera y nuestro triunfo. Nunca
en toda nuestra vida pudimos esperar hacer tal trabajo
por la tolerancia, por la justicia, por la comprensión
del hombre por el hombre
como ahora lo hacemos por accidente.

Nuestras palabras, nuestras vidas,
nuestros dolores...¡nada!
La toma de nuestras vidas
—vidas de un buen zapatero y un pobre
vendedor ambulante de pescado—
¡todo! Ese último momento nos pertenece:
esa agonía es nuestro triunfo.

23 de marzo

* Augusto Monterroso, pese a haber nacido en Tegucigalpa (1921), es considerado guatemalteco por adopción. A partir de 1944, a causa de su ferviente militancia política, fija residencia en México.Desde su juventud abrazó la literatura y la actividad política. Participó en la fundación de la revista Acento, bastión intelectual de una época signada por la agitación.En 1959, ya en el exilio, comienza a publicar sus Obras completas (y otros cuentos). Continúa con trabajos que, entre otras cosas, se destacan por su brevedad: La oveja negra y demás fábulas (1969), Movimiento Perpetuo (1972), y en 1978 llega su novela Lo demás es silencio. Otros textos publicados son La letra e: fragmentos de un diario (1987), Viaje al centro de la fábula (1981) y La palabra mágica (1983), éstos últimos de difícil tipificación literaria pero preñados de belleza y profundidad.Hay quienes consideran a su “El dinosaurio” como el relato más breve de la literatura hispana: “Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Ha sido reconocido con el premio Villaurrutia (1975), Águila Azteca (1988), Juan Rulfo (1996) año en que finalizó su exilio y reunió su obra en Cuentos, fábulas y lo demás es silencio. En el año 2000 fue ganador del premio Príncipe de Asturias de las Letras. Como hombre comprometido con la realidad intervino en las negociaciones de paz entre el gobierno y la guerrilla de su país. Sus dos grandes pasiones han sido la literatura y las causas sociales entre las que sobresale la fervorosa defensa de los indígenas de Guatemala. Dueño de una prosa higiénicamente simple, de agradable lectura, los rasgos característicos de su estilo son la fábula, la parodia y el humor. Más allá de sus merecimientos literarios, Monterroso ha sido un hombre querido y respetado por su sencillez y culto a la amistad. Murió en 2003

[Publicado en portada en octubre 2010]


El terrón disolvente

Un cuento de Elvio Gandolfo *

Yo casi me había olvidado de Fiambretta. Pobre tipo, con un apellido así. Pero Rodríguez estaba hablando de los viajes que hace por el interior, cuando en medio de los datos sobre restaurantes de la ruta, sobre aventuras totalmente inverosímiles con mujeres “casadas” (como solía agregar, con un dejo reverencial inútil a esta altura del partido), de los pueblos y pequeñas ciudades que recorría, a lo largo de la ruta 9, mencionó a Fiambretta. Lo corté en seco:
–¿Fiambretta, dijiste?
–Sí, él. ¿Te acordás? Ahora vive en las afueras de Cañada de Gómez.
Cómo no me iba a acordar. Siempre consideré que cargar con el apellido había impedido que él, Fiambretta, llegara a la fama, a la consagración que tanto se merecía. Habíamos hecho Biología juntos, y aun después de que yo abandoné para dedicarme al curro de los rulemanes, nos seguíamos viendo. Uno de nuestros entretenimientos favoritos era ir a ver una película a un cine de Corrientes (detestábamos Lavalle) y después quedarnos charlando hasta la madrugada en un boliche de Callao, lleno de mesas de billar, hasta que salían los diarios.
De lo que más hablábamos era del Cosmos, de la vida aquí y en otros mundos, de los misterios de la célula. O sea que el que hablaba era Fiambretta, no yo. Para darles una idea del talento del hombre: una noche (y recuerdo como si fuera hoy que era en 1952), Fiambretta, en medio de un delirio sobre el efecto de las enzimas, me dice, como al pasar:
–... porque en el código está todo, ¿entendés?, todo, en una doble hélice. Fijate –y me la dibujó en una servilleta.
Años después dos giles (o tres, nunca recuerdo bien) iban a sacarse el Nobel con lo que él había descubierto de taquito, desinteresado, con el pucho colgando de la boca como cortada a cuchillo, y las manos caídas entre las piernas, en el pequeño laboratorio que había instalado en el altillo de la casa de la tía, en Caballito. Eso para que tengan una idea de lo que valía Fiambretta. Un crack, realmente un crack.
Así que cuando el gordo Rodríguez lo nombró, lo corté en seco. Me contó que el flaco estaba muy gastado, viviendo en una especie de casa solariega abandonada, en la que había ocupado dos piezas.
–Después de todo creo que el flaco está mejor que nosotros –dijo Rodríguez, quejumbroso–. Se asoma a las ventanas ¿y qué ve? Un maizal (o un trigal, no me acuerdo bien) que se pierde en el horizonte. ¿Te das cuenta, viejo? ¿Acá qué ves si te asomás a la ventana? Caños de escape, pibes que te manguean, y una que otra mina bastante bien, no te lo voy a negar.
En medio del aburrimiento de la mesa, donde temas como las mujeres, la política, el último aumento de transporte o de las tarifas se sucedían con la regularidad de las fases lunares, oír hablar de Fiambretta me hizo recordar con nostalgia las interminables charlas de Callao, donde palabras como “big-bang”, “esteroides” o “remolino cuántico” nos mantenían con los ojos abiertos como platos hasta que salía el Sol. Le dije a Rodríguez que cuando fuera por Cañada de Gómez (que para mí era como decir Venus) le mandara un abrazo a Fiambretta.
Tres semanas después Rodríguez entra al boliche, mete la mano en el portafolios lustradito que siempre lleva, y me da un sobre.
–De parte de Fiambretta –me dice–. Le dio un alegrón al flaco que te acordaras de él. Antes de Cañada de Gómez, pasé por Roldán: voy a ver a un cliente y en vez de él, me abre la mujer. Estaba sola...
Mientras Rodríguez me acunaba con los cuentos eternos, abrí el sobre, usando la parte de atrás de la cucharita del café. La carta del flaco era breve:

“Querido Pancho:
Tenés que venir. Sos el único que puede entenderlo. A mí no me dan las ganas ni la plata para ir a Baires. Vení. Estoy siempre. Un abrazo.
Fiambretta”

Me conmovió, les juro, me conmovió. “Sos el único que puede entenderlo”, decía. Tenía razón el flaco. ¿Quién iba a entender, en un lugar como Cañada de Gómez, viejo? ¿Alguien podía haber oído hablar alguna vez de aceleradores taquiónicos? A lo más que llegarían era a leer La Chacra, los que tuvieran guita.
Pensé en largarme a Cañada de Gómez esa misma noche. Total, era viernes. Pero preferí demorar un poco, saboreando el recuerdo de Fiambretta. El sábado de noche me fui a ver una película solo, después me metí en el bar de Callao. Antes de entrar me compré la última Muy Interesante. La hojeé pensando qué habría dicho Fiambretta sobre cada uno de los artículos. Cuando llegaron los diarios, compré Clarín y me fui a casa. Al salir el Sol me dormí como un bendito.
Durante la semana se me dieron bien las ventas. Así que el viernes me tomé un ómnibus en Retiro y me fui para Cañada de Gómez, contento realmente. Por las dudas le llevaba el Muy Interesante a Fiambretta. El viaje me puso eufórico. Cada cosa que veía me dejaba sin respiración. Cuando ya estábamos llegando a Cañada, ¿qué veo por la ventanilla? Un chancho, un chancho enorme, negro, vivo, lo juro. En mi puta vida había visto un chancho fuera de las ilustraciones de Billiken. Cuando me bajé en Cañada, me sentía al borde del éxtasis.
No me costó casi nada encontrar la casa de Fiambretta. Todos sabían dónde vivía “el flaco raro”. Cuando llegué estaba regando las lechugas de un canterito. Soltó la regadera por el aire (no sé si aluciné, pero el chorro al saltar hizo un pequeño arcoiris), caminó hacia mí, y me abrazó, un poco parco, un poco reticente. Era el mismo Fiambretta de siempre, un poco más calvo, y con el pelo que le quedaba blanco del todo, pero con el mismo pucho colgando de los labios, con el humo haciéndole cerrar un ojo.
Cuando entramos le di la revista. Como si yo no existiera, la hojeó página por página, por arriba, mientras murmuraba:
–Superconductores... Biochips... Boludos... No aprenden más.
Después me agradeció. A su modo, me agasajó: trajo queso picante y un salame grueso de la cocina, y una botella de vino suelto. Comimos, bebimos, charlamos. Hacia la noche, mientras me limpiaba las muelas con un piolín, empecé a sentirme cansado. No sabía bien si irme o quedarme, Fiambretta no había hablado del asunto. A esa altura tenía los ojos como platos, como en el bar de Callao, pero en la noche silenciosa de Cañada de Gómez, o más bien de los suburbios de Cañada de Gómez, con apenas un par de grillos haciendo barullo afuera, el flaco me daba un poco de miedo.
Entró a la cocina a hacer un poco de café. Cuando volvió, me animé:
–Oíme, Fiambretta –le dije–. ¿De qué hablabas en la carta?
–¿Qué carta?
–La que le diste a...
–Ya sé, a Rodríguez, a Rodríguez. Sí... –se quedó petrificado, con un ojo cerrado y el otro dirigido al techo–. ¡Ah, ya sé! Lo que sólo vos podés entender... je-je, je-je, ya vas a ver, mañana.
Después del café me dijo que tenía un catre (“limpito, nuevo, no lo usó nadie”, aclaró delicadamente) y me invitó a dormir en su casa. Acepté: total podía irme el sábado a mediodía y estar de regreso antes de la última vuelta de los cines.
–Mañana te despierto bien temprano –dijo Fiambretta mientras me tendía un par de sábanas y una frazada gruesa–. Es la mejor hora.
Confieso que dormí poco. El catre era estrecho, los dos grillos seguían compitiendo afuera y yo me preguntaba qué me esperaba al amanecer. ¡Cantaron gallos, al amanecer cantaron gallos, como en las películas! Casi lloro, viejo, eso me mató. Y al ratito nomás entró Fiambretta.
Traía unos panes con grasa recién hechos y un mate listo. Desayunamos, mientras el Sol despuntaba. Después Fiambretta limpió las migas, guardó el mate en la cocina y me miró, serio:
–Pancho, ahora vamos a ir al laboratorio –me dijo, como si hablara de ir a la iglesia; hizo una pausa, después movió la mano–. Seguime –dijo.
La casa era amplia, chata, llena de cuartos, la mayoría estaban abandonados. Pero hacia el fondo de un largo y ancho corredor se veía una puerta pintada al aceite, destacándose en la luz lechosa que dejaba entrar el techo de vidrio. Fiambretta sacó una llave, empujó, y me hizo espacio para que entrara. No era nada del otro mundo. Más grande que el altillo de la tía, pero con muchos objetos idénticos: el microscopio y el telescopio, los tubos de ensayo, los diales indicadores de tres o cuatro aparatos. Todo estaba limpio y ordenado.
Fiambretta no tocó nada. Se dirigió a un escritorio de madera en el que se veían libretas de notas y varios tipos de marcadores y bolígrafos.
Se sentó, y me indicó una silla.
–Pancho, lo que te voy a decir te va a sonar a locura, pero no me cortes hasta que termine –dijo–. Y después te hago una prueba para demostrarte lo que te digo.
Lo que me dijo Fiambretta era totalmente demencial. Que nosotros, Cañada de Gómez, Buenos Aires, el bar de Callao y hasta las películas, no existían. Que vivíamos engañados, drogados.
– Mirá, Pancho –dijo Fiambretta–, no sé si estará en el agua o en el aire, pero todos aquí nacemos con una especie de LSD que se nos asienta en los receptores de serotonina en el momento mismo de nacer, ¿entendés?.
Yo no entendía un carajo. Por suerte Fiambretta hablaba tranquilo, sin alterarse, así que prestarle atención no me costaba nada. Me dijo que no se atrevía a afirmar que ocurriera lo mismo en Estados Unidos, o en Java, “eso es asunto de ellos y yo no te puedo afirmar lo que no investigué”. Y siguió enumerando todo lo que era falso, inexistente según él: la Bombonera y el Monumental, radichetas y peronistas, Gardel y Monzón. A esa altura yo pensaba: “Este parece Borges”, y medio me estaba durmiendo.
Pero Fiambretta hizo un gesto dramático, terminando la enumeración: “¿La central atómica de Atucha? Tampoco existe, viejo”. Al parecer, para él eso era definitivo. Dio dos pasos, corrió una cortina, y la luz del Sol, ahora bastante fuerte, inundó el laboratorio. Parpadeé. Era como había dicho Rodríguez: un maizal maduro que se extendía hasta el horizonte. Me quedé con la boca abierta: era hermoso, en mi vida había visto tantos choclos juntos. Pero Fiambretta seguía con su rollo. Me di cuenta de que sostenía un frasquito en la mano, y terminaba una frase:
–...inhibe la acción del LSD genético, o lo que sea. Ves la realidad como es, y no como te la pintan tus sentidos, Pancho.
En la otra mano tenía un terrón de azúcar. Dejó caer dos gotas sobre él, me lo tendió.
–El efecto dura apenas treinta segundos, hasta ahora no pude lograr más –se avivó de que yo tenía miedo de que me envenenara–. Tomá, tomá, no seas cagón.
Apoyé el terrón sobre la lengua, sentí cómo se disolvía: al mismo tiempo, afuera, se fue disolviendo el maizal. Lo que se perdía hasta el horizonte, un instante después, era un mar de pequeños tallos metálicos, articulados, que cliqueteaban, cliqueteaban como una fábrica de rulemanes. El cielo era bajo, como un techo, y creaba una perspectiva extraña, sofocante. Con el rabillo del ojo capté el marco de la ventana, y era de algo vivo, pardo, que latía. “La puta que lo parió”, pensé, aterrado. Hubo algo que no quise hacer: mirarme las manos, o mirar a Fiambretta. Seguí con los ojos fijos en el ex-maizal: por lo menos el cliqueteo me sonaba familiar. Siempre he tenido una conciencia muy nítida del tiempo: “nueve... ocho...”. Cuando se terminó de disolver el terrón, en un pase que no podría describir, reapareció el maizal, sentí el Sol calentándome la mano, el cielo sin fondo. Solté el aire. Fiambretta se reía:
–Te cagaste, Pancho, ¿eh? Je-je, je-je. Viste la realidad, Pancho, qué le vas a hacer.
No tenía ganas de ponerme a discutir con Fiambretta. Le aguanté la charla un rato más. No le planteé que el líquido podría ser el LSD, que a lo mejor lo que vi en los treinta segundos era una alucinación segunda. Tenía ganas de borrarme, cuanto antes. Lo que más me jorobaba era que le creía al flaco. Seguimos charlando hasta el mediodía, Fiambretta siempre con el pucho colgando, sin darle importancia a nada, contándome los otros experimentos en que estaba metido.
–El de la alucinación quería que lo vieras vos nomás, porque los demás pueden rayarse fiero, ¿entendés?, y no quería terminar en cana. Pero lo viste, ¿eh?, lo viste je-je –le dije que sí con un movimiento de cabeza.
Me acompañó hasta la ruta, a parar el ómnibus que me llevaba a Rosario. Ahí podía hacer combinación. Ya cuando lo veíamos a lo lejos, sobre la plateada cinta del camino, como en las películas de Chaplin, le hice a Fiambretta una pregunta que me seguía jodiendo desde la mañana:
–Oime, Fiambretta –le dije–. Suponete que es como vos decís, que lo que vimos es la realidad, que ahí somos distintos, y todo es distinto.
–Sí, te sigo –dijo Fiambretta.
–Ahí, el maizal, el Sol, lo que se mueve, ¿sigue siendo Argentina? ¿Ahí seguimos siendo argentinos, Fiambretta?
Fiambretta me miró como sin entender. Apartó el ojo abierto hacia la ruta, calculando la distancia a la que había llegado el ómnibus.
–Yo que sé, Pancho –me dijo, con voz neutra; y alzó la mano para parar el ómnibus, mientras me daba una palmada en la espalda.
Cuando estuve acomodado en el asiento, viendo desfilar los árboles y los campos, después las casas y el puente de Cañada de Gómez, me dije que ése era el problema de esta época, el desinterés, el desánimo, la falta de emociones, viejo.

* Elvio E. Gandolfo nació en San Rafael (Mendoza) en 1947. A muy corta edad se trasladó a Rosario, donde dirigió con su padre la revista literaria El Lagrimal Trifurca. Fue colaborador de la revista El Péndulo. Escribió notas culturales en distintos semanarios y diarios de Montevideo y Buenos Aires. Vivió alternativamente en Rosario, Piriápolis, Montevideo y Buenos Aires. Hizo abundantes traducciones, entre otros de Tennessee Williams, Pierre Choderlos de Laclos, William Shakespeare, Henry James y Tim O’Brien. Compiló varias antologías de géneros como el relato policial, la ciencia ficción y el suspenso. Actualmente integra el equipo editor de El País Cultural de Montevideo, y escribe la página de libros de la revista Noticias de Buenos Aires. Dirigió durante un año y medio la Editorial Municipal de Rosario. Escribió varios libros de cuentos -La reina de las nieves (1982), Caminando alrededor (1986), Sin creer en nada (1988), Rete Carótida (1990), Dos mujeres (1992), Ferrocarriles Argentinos (1994), Cuando Lidia vivía se quería morir (1994)-, y una novela, Boomerang (1993), primera mención en el concurso Planeta. Wikipedia

[Publicado en portada en agosto 2010]


El mundo es una gran paradoja que gira en el universo

Por Eduardo Galeano

La mitad de los brasileños es pobre o muy pobre, pero el país de Lula es el segundo mercado mundial de las lapiceras Montblanc y el noveno comprador de autos Ferrari, y las tiendas Armani de Sao Paulo venden más que las de Nueva York.

Pinochet, el verdugo de Allende, rendía homenaje a su víctima cada vez que hablaba del "milagro chileno". El nunca lo confesó, ni tampoco lo han dicho los gobernantes democráticos que vinieron después, cuando el "milagro" se convirtió en "modelo": ¿qué sería de Chile si no fuera chileno el cobre, la viga maestra de la economía, que Allende nacionalizó y que nunca fue privatizado?

En América nacieron, no en la India, nuestros indios. También el pavo y el maíz nacieron en América, y no en Turquía, pero la lengua inglesa llama turkey al pavo y la lengua italiana llama granturco al maíz.

El Banco Mundial elogia la privatización de la salud pública en Zambia: "Es un modelo para el Africa. Ya no hay colas en los hospitales". El diario The Zambian Post completa la idea: "Ya no hay colas en los hospitales, porque la gente se muere en la casa".

Hace cuatro años, el periodista Richard Swift llegó a los campos del oeste de Ghana, donde se produce cacao barato para Suiza. En la mochila, el periodista llevaba unas barras de chocolate. Los cultivadores de cacao nunca habían probado el chocolate. Les encantó.

Los países ricos, que subsidian su agricultura a un ritmo de mil millones de dólares por día, prohíben los subsidios a la agricultura en los países pobres. Cosecha récord a orillas del río Mississippi: el algodón estadunidense inunda el mercado mundial y derrumba el precio. Cosecha récord a orillas del río Níger: el algodón africano paga tan poco que ni vale la pena recogerlo.

Las vacas del norte ganan el doble que los campesinos del sur. Los subsidios que recibe cada vaca en Europa y en Estados Unidos duplican la cantidad de dinero que en promedio gana, por un año entero de trabajo, cada granjero de los países pobres.

Los productores del sur acuden desunidos al mercado mundial. Los compradores del norte imponen precios de monopolio. Desde que en 1989 murió la Organización Internacional del Café y se acabó el sistema de cuotas de producción, el precio del café anda por los suelos. En estos últimos tiempos, peor que nunca: en América Central, quien siembra café cosecha hambre. Pero no se ha rebajado ni un poquito, que yo sepa, lo que uno paga por beberlo.

Carlomagno, creador de la primera gran biblioteca de Europa, era analfabeto.

Joshua Slocum, el primer hombre que dio la vuelta al mundo navegando en solitario, no sabía nadar.

Hay en el mundo tantos hambrientos como gordos. Los hambrientos comen basura en los basurales; los gordos comen basura en McDonald's.

El progreso infla. Rarotonga es la más próspera de las islas Cook, en el Pacífico sur, con asombrosos índices de crecimiento económico. Pero más asombroso es el crecimiento de la obesidad entre sus hombres jóvenes. Hace 40 años eran gordos 11 de cada 100. Ahora, son gordos todos.

Desde que China se abrió a esta cosa que llaman "economía de mercado", el menú tradicional de arroz con verduras ha sido velozmente desplazado por las hamburguesas. El gobierno chino no ha tenido más remedio que declarar la guerra contra la obesidad, convertida en epidemia nacional. La campaña de propaganda difunde el ejemplo del joven Liang Shun, que adelgazó 115 kilos el año pasado.

La frase más famosa atribuida a Don Quijote ("Ladran, Sancho, señal que cabalgamos") no aparece en la novela de Cervantes; y Humphrey Bogart no dice la frase más famosa atribuida a la película Casablanca (Play it again, Sam).

Contra lo que se cree, Alí Babá no era el jefe de los 40 ladrones, sino su enemigo; y Frankenstein no era el monstruo, sino su involuntario inventor.

A primera vista, parece incomprensible, y a segunda vista, también: donde más progresa el progreso, más horas trabaja la gente. La enfermedad por exceso de trabajo conduce a la muerte. En japonés se llama karoshi. Ahora los japoneses están incorporando otra palabra al diccionario de la civilización tecnológica: karojsatsu es el nombre de los suicidios por hiperactividad, cada vez más frecuentes.

En mayo de 1998, Francia redujo la semana laboral de 39 a 35 horas. Esa ley no sólo resultó eficaz contra la desocupación, sino que además dio un ejemplo de rara cordura en este mundo que ha perdido un tornillo, o varios, o todos: ¿para qué sirven las máquinas, si no reducen el tiempo humano de trabajo? Pero los socialistas perdieron las elecciones y Francia retornó a la anormal normalidad de nuestro tiempo. Ya se está evaporando la ley que había sido dictada por el sentido común.

La tecnología produce sandías cuadradas, pollos sin plumas y mano de obra sin carne ni hueso. En unos cuantos hospitales de Estados Unidos los robots cumplen tareas de enfermería. Según el diario The Washington Post, los robots trabajan 24 horas por día, pero no pueden tomar decisiones, porque carecen de sentido común: un involuntario retrato del obrero ejemplar en el mundo que viene.

Según los evangelios, Cristo nació cuando Herodes era rey. Como Herodes murió cuatro años antes de la era cristiana, Cristo nació por lo menos cuatro años antes de Cristo.

Con truenos de guerra se celebra, en muchos países, la Nochebuena. Noche de paz, noche de amor: la cohetería enloquece a los perros y deja sordos a las mujeres y los hombres de buena voluntad.

La cruz esvástica, que los nazis identificaron con la guerra y la muerte, había sido un símbolo de la vida en la Mesopotamia, la India y América.

Cuando George W. Bush propuso talar los bosques para acabar con los incendios forestales, no fue comprendido. El presidente parecía un poco más incoherente que de costumbre. Pero él estaba siendo consecuente con sus ideas. Son sus santos remedios: para acabar con el dolor de cabeza, hay que decapitar al sufriente; para salvar al pueblo de Irak, vamos a bombardearlo hasta hacerlo puré.

El mundo es una gran paradoja que gira en el universo. A este paso, de aquí a poco los propietarios del planeta prohibirán el hambre y la sed, para que no falten el pan ni el agua.

De: Textos cortos de La Jornada (México)

[Publicado en portada en Julio 2010]


Rojos al por mayor

Por Cristina Iglesia

Juan Moreira es un gaucho hecho de palabras. No hay más remedio, es un producto del folletín. Y el folletín trabaja todos los detalles: las versiones minuciosas de una biografía que incluye humillaciones y traiciones, cambiantes adhesiones políticas, momentos de pasaje en que Moreira se convierte "en justicia".

El folletín sigue meticulosamente el proceso que transforma al gaucho malo en un bello sargento y no se detiene ni ante lo que denomina la segunda naturaleza del gaucho: la descubre vengativa, luctuosa, alcohólica y la exhibe sin tapujos. Moreira existe a fuerza de palabras.

Antonio Gil es un gaucho casi sin historia o, más bien, habría que decir que su historia es parca, le huye al relato, se hace difusa. Cabecilla de una banda de alzados en los montes del Paiubre, asalta caminos, cuatrerea en las estancias, reparte entre los pobres lo que roba a los ricos. Su vida, como vemos, se construye con todos los lugares comunes de las historias de bandidos del siglo XIX. Casi no le pertenece, porque puede aplicarse a otros y quizás en eso resida su eficacia. No hay mucho más, sólo retazos: su bandería federal, el nombre de una mujer que deja cada noche un caballo fresco por si el gaucho lo necesita, aunque nunca lo haya visto. No hay fotos, no hay memoria de su cuerpo, salvo una excepción: su mirada que, como la de Moreira y la de Facundo, hipnotiza, paraliza a sus enemigos.

Todas las versiones coinciden en dos puntos: la certeza sobre los poderes de su mirada y las precisiones que irrumpen para describir la manera exacta de su muerte. Antonio Gil, sorprendido por la partida, es atado a un árbol cabeza abajo y degollado en esa posición para que sus matadores no puedan ser alcanzados por la fuerza destructiva de sus ojos.

Pura mirada, pura leyenda, puro milagro, Antonio Gil no es tanto por lo que hizo en vida como por lo que hizo después de muerto. Para sus seguidores, lo que importa, lo que se relata, es la cadena de milagros que se inicia muchos años después de su muerte. Lo que importa es su tumba, el lugar de su muerte. El comienzo de un ciclo: la repetición de la narración del milagro; la reiteración en otros tiempos y en otras voces dan sentido a su muerte. Antonio Gil es un gaucho milagrero.

Al borde de una ruta, a pocos kilómetros de Mercedes en la provincia de Corrientes, el 8 de enero, la fiesta del Gaucho Antonio Gil, o La Cruz Gil o Curuzú Gil, reúne desde hace unos años a multitudes que van de treinta a cincuenta mil personas en un paraje desolado, calcinado por una temperatura cercana a los 40 grados. Que sean muchos es motivo de orgullo para los del lugar: ser muchos es legalizar el culto. "Ahora la legitimidad es asunto de números, en la estadística suelen hallar los encerados la validez de una creencia y lo que no se multiplica traiciona a la razón de ser del mundo contemporáneo", sostiene Carlos Monsiváis. Las más de cincuenta mil placas con leyendas grabadas, sumadas a incontables ofrendas, son otra manera de atestiguar un culto de multitudes. Que sean muchos es también motivo de orgullo para los organizadores, en su disputa de un lugar de privilegio para la fiesta. Es difícil competir con la virgen lujanera o con el San Cayetano porteño, precisamente por una simple cuestión de estadística: son millones los que viven en Buenos Aires y sus alrededores, y cientos de miles los que deben atravesar muchas veces caminos de tierra y ripio para llegar hasta La Cruz Gil a acampar bajo el cielo. Que sean muchos es también señal de existencia para los medios locales que televisan parcialmente la fiesta y la reparten en los hogares de quienes no pudieron hacer el viaje. La difusión radial y televisiva sella un pacto de conveniencia por el cual las más importantes autoridades políticas provinciales se hacen presentes en el lugar.

Para la gente, lo que realmente importa va más allá del milagro o es un milagro de otro tipo. Lo que cuenta es la fiesta popular, el baile, los sombreros negros de ala ancha, los promeseros de trajes absolutamente rojos, las banderas rojas, las velas rojas, las cintas rojas y, también, las remeras rojas, las gorras con visera rojas, las pulseritas rojas. Y las imágenes -finalmente— del Gaucho Gil trabajadas sobre una de las clásicas imágenes de Jesús: el pelo levemente ondulado cayendo sobre los hombros, la mirada dulce; sólo el pañuelo rojo anudado al cuello recuerda, por lo acriollado, su carácter terrenal. Y los llaveros en serie y las medallitas en serie y las pequeñas bolas con nieve adentro cayendo suavemente sobre una cruz, otra vez roja, porque la nieve ejerce su hechizo, ya se sabe, en los lugares por donde nunca se la ve.

El gran escenario, presidido por la imagen, esta vez escultórica, de un gaucho hospitalario y bonachón, con las manos dando la bienvenida o agradeciendo las dádivas, se llena de niños y niñas vestidos igualmente de rojo, integrantes de ballets folklóricos de Florencio Varela o de Mataderos, pequeños bailarines adiestrados en el paso arrastrado del chamamé, incorporado tardíamente a la rutina de los ballets folklóricos. La incorporación se torna necesaria cuando se comprueba que esta destreza es imprescindible para actuar en lugares como éste y ganarse la admiración del público. Se suceden conjuntos de músicos igualmente vestidos con camisas rojas y cantoras entusiastas enfundadas en "soleras" rojas. Hay grandes despliegues en el escenario, vinculados con duplicaciones inútiles: cuatro guitarras, cuatro acordeones y hasta cuatro voces. Los reflectores iluminan ese cuadro, pero las parejas se arman en la pista semioscura. Cada presentación termina rigurosamente con el ofrecimiento de casetes y el anuncio de su actuación horas más tarde en la pista ubicada del otro lado de la ruta desierta, donde la entrada se cobra y a un precio nada popular. Aun así, las parejas arman su baile allí donde es gratis, mientras la gente mira alrededor y las carpas de los promeseros se iluminan un poco más lejos. En zonas no tan encendidas, no tan centrales, pequeños tríos de musiqueros irrumpen y logran su pequeño público. Tocan y cantan con enorme concentración, nadie les paga, pero se los aplaude a conciencia.

Los puestos de lotería recuerdan la antigua lotería de la Semana Santa y los números que se cantaban con frases en guaraní, pero ahora los premios ya no son las monedas ocultas en los pañuelos, sino electrodomésticos colocados dentro de papeles brillantes y transparentes para el que llene el cartón con los maíces. El guaraní ha desaparecido del canto de los números, entre otras cosas, porque los que montaron el negocio son cordobeses...

La gran fiesta es la de la música, la de! baile: es el desquite de la uniformidad abrumadora de la ropa y los objetos que allí se pueden comprar, pero, también, de los días y noches de aislamiento en parajes lejanos. El 8 de enero es en esa zona central de la provincia de Corrientes un día excepcional y la gente del lugar convive, por única vez al año, con gente de zonas tan alejadas como Neuquén, Bolivia o Brasil. El culto se internacionaliza, cruza los límites geográficos inmediatos y recoge adeptos en los países del Mercosur. Es un pequeño mercosur popular, sin acuerdos ni formalidades previas: los encuentros y los pequeños negocios se dan, principalmente, en las largas colas que las mujeres y los hombres hacen al aire libre, por separado, para entrar a los baños, para conseguir el agua del mate. La larga cofa es también un lugar de intercambio de experiencias con el gaucho. Antonio Gil es uno más y se habla de él como de alguien cercano, familiar.
La promesa o la manda obliga a llevarle lo que se prometió. Pero también instala un intercambio azaroso: cualquiera puede servirse de las ofrendas, usar el dinero o los objetos que otros han dejado, siempre que los devuelva alguna vez.

Entre las cosas entregadas relucen los machetes, cuchillos y revólveres puestos a resguardo prolijamente en cuadros con vidrio, colgados a gran altura, fuera del alcance de la mano. Hay que disuadir al creyente; hay que suspender en este caso especial la vigencia de la tradición. La tradición dice que uno puede servirse de lo que otros dejan —dinero, ropa, comida—y las armas no deberían estar exceptuadas del servicio. Debería ser lícito que las armas de los gauchos circularan, aligeradas por ese tiempo de permanencia en la Cruz Gil, adecentadas por la exhibición, pero armas al fin. Entonces, el lugar del Gaucho sería la sede de un tráfico de armas legalizado por la fe, un tráfico modesto, pero ágil, que podría llevar una lámina acerada con puñal de hueso del Paiubre hasta las tierras de Río Grande do Sul o hasta la Patagonia, para que volviera, después de haber actuado, a calentarse en la tierra de Mercedes.

En la madrugada del 8 de enero, que es el día de la muerte del Gaucho, la cruz negra de su tumba se lleva en procesión hasta la iglesia donde se oficia una misa que intenta cobijar lo imposible. Enseguida la cruz vuelve al lugar del culto, todavía inapresable, todavía escurridiza: aunque ya bendecida, autorizada, a su regreso vuelve a mostrarse como lo que es, pura forma y color en la mañana.

[De: La violencia del azar, ensayos sobre literatura argentina,
Buenos Aires, FCE, 2003]


Cuerpo de mujer

Un cuento de
Ryunosuke Akutagawa *

Una noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había un pulga avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado.

Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de aquellas criaturas. "Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama. Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga..."

Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y, sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro.

En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna.

Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado como hizo la pulga.

Ryunosuke Akutagawa nació en Tokio, en 1892, a 24 años del reinicio del contacto de este país con Occidente y de la restauración imperial que terminó con dos siglos y medio de régimen. Es considerado parte del grupo de intelectuales y estetas contrarios al naturalismo, al humanismo socializante de Shirakaba y a la literatura proletaria. Tanizaki Junichiro (1886-1965), Sato Haruo (1892-1964) y Kubota Mantaro (1889-1963) acompañan a Akutagawa en este grupo


Final de una relación

Un cuento de Alberto Moravia *

Una tarde de noviembre, Lorenzo, joven rico y ocioso, corría en automóvil hacia su casa, donde sabía que su querida lo estaba esperando hacía ya más de media hora. El tiempo, que había empeorado repentinamente con una lluvia desordenada e intermitente y un viento muy desagradable, que encontraba siempre la manera de soplar en plena cara fuera cuál fuera la dirección en que se marchara, cierto insomnio que todas las noches, tras las primeras horas de sueño, lo despertaba de improviso y lo mantenía en vela hasta el alba, una sensación de pánico, de persecución y de opacidad de la que hacía meses no conseguía librarse, todo contribuía a poner a Lorenzo en un estado de ánimo enardecido y rabioso. «Acabar con todo esto», se repetía continuamente mientras conducía el coche por las calles de la ciudad y sentía que la menor nadería -el limpiaparabrisas que interrumpía un momento su vaivén sobre el vidrio empapado, la palanca de las marchas que en medio del tráfico, bajo su mano frenética, no entraba bien, los inútiles clamores de las bocinas de los automóviles parados tras el suyo- le producía una pena aguda y miserable, con ganas de gritar: «Pero ¿acabar con qué?» Lorenzo no habría podido responder con exactitud a esta pregunta. Cada vez que dirigía la mirada desde su injustificada miseria a su propia vida comprendía que no le faltaba nada, que no había nada que cambiar, que había obtenido todo lo que deseaba e incluso algo más. ¿Acaso no era rico? ¿Y no hacía de sus riquezas un uso juicioso y refinado?

Casa, automóvil, viajes, trajes, diversiones, juego, veraneos, vida de sociedad y querida; a veces se le ocurría enumerar todo lo que poseía, con una especie de hastío vano y orgulloso, para acabar concluyendo que el origen de su malestar debía buscarse en algún trastorno físico. Pero los médicos a los que había acudido con el alma llena de esperanzas lo habían desilusionado de inmediato: estaba sanísimo, no aparecía en él ni la más leve sombra de enfermedad. Así, sin motivo, la vida se había convertido en un árido y opaco tormento para Lorenzo. Cada noche, al acostarse después de un día vacío y tétrico, se juraba a sí mismo: «Mañana será el día de la liberación.» Pero a la mañana siguiente, al despertarse de un sueño fatigoso, le bastaba con abrir no ya los dos ojos, sino uno solo, para comprender que aquel día no sería muy distinto de los que lo habían precedido. Le bastaba con echar una ojeada a su dormitorio, en el cual todos los objetos parecían recubiertos con la pátina opaca de su pena, para estar seguro de que tampoco ese día la realidad aparecería más nítida, más alentadora y más comprensible de lo que había sido una semana o un mes antes. Sin embargo, se levantaba, se ponía una bata, abría la ventana, lanzaba un disgustado vistazo a la calle ya llena de la madura luz de muy entrada la mañana, y luego, como esperando que el agua fría y caliente pudiera quitarle de encima aquella especie de funesto encantamiento, como le quitaba los sudores y las impurezas de la noche, se encerraba en el baño y se dedicaba a un arreglo personal que parecía hacerse cada vez más refinado y minucioso a medida que se ahondaba su extraña miseria. Así transcurrían dos horas en cuidados inútiles; dos horas durante las cuales Lorenzo, una y mil veces, tomaba un espejo y se quedaba escrutando su propio rostro, como si esperara sorprender en él una mirada, hallar una arruga que pudiera hacerle intuir los motivos de su cambio. «Es la misma cara -reflexionaba rabiosamente- que tenía cuando era feliz, la misma cara que les gustó a las mujeres a las que amé, que sonrió, que estuvo triste, que odió, envidió y deseó; en suma, que tuvo su vida. Y ahora, en cambio, quién sabe por qué, todo parece acabado.» Pero a pesar de la vaciedad y la amargura de esos cuidados dedicados a su persona física, aquellas dos horas eran las únicas de la jornada durante las que lograba olvidarse de sí mismo y de su miserable estado, quizá debido a que el empleo que les daba era preciso y limitado y no exigía ninguna reflexión. Por lo demás, él lo sabía («una prueba más -solía pensar a veces- de que no soy ya más que un cuerpo sin alma, un animal que pasa su tiempo alisándose el pelo») y las prolongaba de intento. Después comenzaba verdaderamente la jornada, y con ella su árido tormento.

El departamento de Lorenzo estaba en la planta baja de un palacete nuevo, situado al final de una callejuela aún incompleta que, partiendo de la avenida suburbana, se perdía en el campo pocas casas más allá. Salvo la suya, todas las casas del callejón se hallaban deshabitadas o en trance de construcción; no existía adoquinado, sino un fango espeso surcado por las rodadas profundas y duras que habían dejado los carros en su ir y venir a las obras con su cargamento de tierra y de piedras; sólo había dos farolas junto a la entrada de la calle, de forma que aquel día, tan pronto como atravesó el vasto y antiguo charco que obstruía el comienzo, por una luz que brillaba al final de la oscura calle, húmeda y reluciente, más o menos en el punto en que estaba su dormitorio, Lorenzo comprendió que -como se había figurado- su amante ya había llegado y estaba esperándolo. Ante este pensamiento le asaltó un mal humor intenso e irracional contra la mujer, que no tenía ninguna culpa y que había acudido a la cita que él le diera; y, al mismo tiempo, un presentimiento de que estaba a punto de ocurrir algo decisivo. Apretando los dientes debido a la gran ferocidad del sentimiento que oscurecía su mente, detuvo el coche ante la puerta, cerró con ira la portezuela y entró en la casa.

Sobre el mármol amarillo de la mesita de falso estilo Luis XV que había en el vestíbulo vio, junto al corto paraguas y al bolso, un curioso paquete erizado de puntas agudas. Intrigado, deshizo la envoltura del papel: era una pequeña locomotora de lata; antes de acudir a la cita, su amante, que estaba casada desde hacía ocho años y tenía dos niños, había ido, como buena madre que era, a comprar un juguete para regalárselo aquella noche cuando, cansada y lánguida, volviera a casa poco antes de la cena. Lorenzo envolvió de nuevo el juguete en su papel, colgó el impermeable y el sombrero y pasó al dormitorio.

De inmediato, a la primera mirada, comprendió que la mujer, para entretenerse durante la espera, se había preparado a sí misma y al cuarto de manera que él, al llegar desde la noche fría y lluviosa, recibiera inmediatamente la impresión de una intimidad afectuosa y confortante. Sólo estaba encendida la lámpara de la cabecera, y ella la había envuelto con su camisa de seda rosa para que la luz fuera cálida y discreta; en una mesita estaban preparadas la tetera y las tazas; su bata de seda, desplegada en una butaca, y sus pantuflas afelpadas puestas en el suelo, bajo la bata, parecían dispuestas a saltar encima de él y a revestirlo, tan grande era el cuidado con que habían sido arregladas. Pero el malhumor que le inspiraron estas atenciones casi conyugales se redobló cuando vio que la mujer, para recibirlo dignamente, había tenido la idea de ponerse un pijama suyo. La mujer estaba tendida de lado sobre la colcha amarilla y suntuosa de la cama, y el pijama de grandes rayas azules, demasiado estrecho para sus caderas amplias y rotundas y para su pecho lleno y prominente, mal abrochado y mal puesto, la obligaba a adoptar una torpe e inconveniente actitud, que contrastaba desagradablemente con sus cabellos, negros y largos, y con la expresión plácida e indolente de su rostro. Todo esto lo observó Lorenzo en la primera y aguda ojeada que echó al cuarto. Luego, sin decir palabra, se sentó sobre la colcha, al borde de la cama.

Hubo un instante de silencio.

-¿Sigue lloviendo? -preguntó por fin la mujer, mirándolo con una serena e inerte curiosidad y acurrucándose junto a él, como si hubiera percibido inconscientemente la crueldad que había en los ojos inmóviles y absortos de Lorenzo.

-Llueve -contestó él.

Hubo un nuevo silencio, la amante le dirigió tres o cuatro preguntas, recibiendo siempre las mismas breves y angustiadas respuestas, y en seguida le preguntó:

-¿Qué tienes?

Y, mientras hablaba así, se arrastró hasta él y se acurrucó a su lado.

-¿Qué tienes? -repitió anhelante, con un principio de aprensión en sus hermosos ojos, negros e inexpresivos.

Al verla tan cerca, viva y ansiosa, y al mismo tiempo tan remota a causa de su malestar, Lorenzo sintió que un mutismo árido y angustioso oprimía su garganta. «Quizá toda la culpa sea de ese maldito pijama que se le ha metido en la cabeza ponerse», pensó. Y, mientras contestaba que no tenía nada, intentó quitarle la chaqueta de gruesas rayas con manos desmañadas e impacientes.

Creyendo que el joven quería desnudarla para acariciarla mejor, bastante satisfecha por poder atribuir su inquietante silencio a una turbación de los sentidos, la mujer se apresuró a deshacerse del pijama y, desnuda y plácida, se tendió de nuevo en la actitud de pasiva espera en la que Lorenzo la había encontrado al entrar en el cuarto. Siempre sin decir una palabra, él se sentó a su lado y comenzó a acariciarla de manera distraída y preocupada, casi sin mirarla y como pensando en otra cosa. Sus dedos se enredaban ociosamente en los negros cabellos, desordenándolos y volviéndolos a alisar, su mano se posaba abierta e insegura ora en su pecho desnudo, como si quisiera sentir la tranquila respiración que lo animaba a intervalos, ora sobre el vientre, como teniendo la curiosidad de sorprender bajo su amplia e inmóvil blancura el latido del deseo; pero, en realidad, para él era como tocar un tronco exánime e informe; con lucidez, mientras lo acariciaba, advertía que no experimentaba ningún amor por aquel hermoso cuerpo y que ni siquiera percibía su vida, fuera aliento o deseo; y esta irremediable sensación de alejamiento se agudizaba dolorosamente debido a las miradas angustiadas e interrogativas con las que su amante no dejaba de examinarlo, como un enfermo tendido en la camilla de hierro de un médico. Luego, Lorenzo se acordó de pronto del tranquilo e indiferente disgusto con que un gato suyo, cuando ya no tenía hambre, desviaba el hocico ante el plato que se le ofrecía.

-El animal está saciado -exclamó entonces, con voz irónica y triunfante- y no quiere comer más.

-¿Qué animal, Renzo? -preguntó, inquieta, la mujer-. ¿Qué te pasa?

Lorenzo no contestó nada a esta pregunta, pero al mirarla, con ojos aguzados por el árido sufrimiento que le oprimía, su vista se detuvo en la mano con la cual -en un gesto lánguido y patético de inconsciente defensa- ella se cubría el pecho. Era una mano bastante bonita y más bien grande, ni demasiado gordezuela ni demasiado nerviosa, blanca y lisa, y llevaba en el anular un sencillo anillo de bodas.

Durante un rato Lorenzo miró ese anillo, miró el cuerpo desnudo, joven y espléndido, aovillado con cierto empacho sobre la colcha amarilla y lisa del lecho, y luego, de repente, fue como si -en un arrebato irresistible- todo el odio acumulado durante los tristes últimos meses en las zonas interiores de su conciencia rompiera los debilitados diques de su voluntad e inundase su alma.

-¿Qué anillo es ése? -preguntó, indicando la mano.

La amante, sorprendida, bajó los ojos sobre su pecho.

-Pero Renzo -contestó luego, sonriendo-, ¿en qué estás pensando? ¿No ves que es la alianza?

Hubo de nuevo un breve silencio; Lorenzo trataba en vano de dominar el extraño y cruel sentimiento que se había apoderado de él. Después:

-¿No te da vergüenza? -preguntó de pronto, bajando la voz-. Dime, ¿no te da vergüenza estar así, desnuda, en mi cama? Tú, una mujer casada y madre de dos niños.

Si le hubiera dicho que era de madrugada y que el sol estaba a punto de salir, la mujer no se habría quedado más asombrada. Con todos los signos de una sorpresa dolorida y aprensiva, se sentó en la cama y lo miró.

-¿Qué quieres decir con eso? -interrogó.

Absolutamente incapaz ya de contenerse, Lorenzo sacudió con violencia la cabeza y no contestó.

-¿No te da vergüenza? -repitió después-, ¿no te preguntas qué pensarían tu marido y tus hijos si te vieran aquí, en mi cama, sin nada de ropa encima, o si pudieran verte cuando nos abrazamos y observar cómo la cara se te pone roja y excitada, y cómo meneas el cuerpo, y qué posturas adoptas? ¿O si pudieran oír las cosas que me dices a veces?

Más que la vergüenza de la que Lorenzo hablaba, parecía que la mujer experimentaba una sensación de espanto. Replegando las piernas bajo los muslos, se incorporó aún más en la cama, y al hacer este gesto sus largos y negros cabellos cayeron sobre su pecho y sus hombros; en seguida, suplicante y cohibida, puso una mano en la mejilla del joven.

-Pero ¿qué tienes? -volvió a preguntar-. ¿Por qué me haces esas preguntas? ¿Qué tienen que ver con nosotros?

-Tienen que ver -contestó Lorenzo; y con un rudo movimiento de la cara apartó aquella mano afectuosa. Sin comprender, perpleja, la amante se calló un rato, mientras lo observaba.

-Pero yo te quiero -objetó por último, dejando al descubierto la verdadera naturaleza de su preocupación-. ¿Es que crees que no te quiero?

Su sinceridad era evidente; pero volvía a hacer sentir a Lorenzo su propia incapacidad para hablar, sin mentir, el vago e impreciso lenguaje del amor; y esto ensanchó la distancia que ya los separaba. Durante mucho tiempo, mudo y trastornado, él la miró sin moverse. «Lo malo es que yo no te quiero», le habría gustado contestar. En vez de ello se levantó y comenzó a pasear de arriba a abajo por la amplia habitación llena de sombra. De vez en cuando lanzaba una ojeada a la mujer, allá sobre la cama, y veía cómo cada vez que sus miradas se detenían en ella cambiaba atemorizada de actitud, ora cubriéndose el regazo, ora sacudiéndose los cabellos, ora poniendo una mano sobre los pies aplastados por los pesados muslos, sin dejar de seguir con sus ojos intimidados su silencioso ir y venir. «Me quiere -pensaba mientras tanto-. ¿Cómo puede decir que me quiere si ni siquiera remotamente sabe cómo soy ni quién soy?»

La aridez de su sentimiento le secaba la garganta; se detuvo de improviso ante un bargueño dorado y falso como todos los otros muebles del cuarto, lo abrió, sacó una botella y se sirvió un gran vaso de soda. Entonces, en el momento en que se disponía a beber:

-Renzo -profirió la mujer con su voz bonachona, cálida y un poco vulgar-, Renzo, dime la verdad. Alguien te ha hablado mal de mí y tú te lo has creído. Dime la verdad, ¿no es así?

Ante estas palabras detuvo el vaso que se estaba llevando a los labios y se demoró un momento observándola: con el rostro desconcertado y suplicante, con los cabellos blandamente esparcidos sobre el pecho y los brazos, con el cuerpo blanco y lleno, enteramente plegado y recogido, le pareció que su amante no habría podido dar a entender más claramente su propia ceguera ante lo que ocurría. Sin responderle, bebió y dejó el vaso sobre el bargueño.

-Vístete -le dijo luego brevemente-. Es mejor que te vistas y te vayas.

-Eres malo -dijo la mujer, con aquel tono suyo indolente y juicioso, como si estuviera segura de que esta conducta de Lorenzo se derivaba de un mal humor pasajero-, eres malo e injusto. También yo creo que será mejor que me vaya.

Se echó el pelo hacia atrás, sobre los hombros, con un gesto pleno de indiferencia y de seguridad, bajó de la cama e hizo un ademán para acercarse a la butaca donde había dejado sus ropas. En estas palabras y en esta actitud sólo había la serenidad indolente y un poco bovina con que la mujer lo hacía todo. Pero a Lorenzo, irritado, le pareció descubrir una ironía insolente y despreciativa; y de golpe le acometió un cruel deseo de humillarla y castigarla. Se encaminó rápidamente hacia su ropa, la cogió y empezó a recorrer la habitación lentamente, tirando las prendas al suelo una a una y preocupándose de elegir los sitios más recónditos y difíciles. «Así tendrá que inclinarse al suelo para recogerlas», pensaba; y le parecía que no podía haber nada más humillante para su querida, desnuda como estaba, que esta ridícula y penosa búsqueda.

-Y ahora recógelas -dijo, volviéndose hacia la cama.

Muy asombrada, aunque ya enteramente segura de sí y de los motivos de su resentimiento, la mujer lo miró un momento sin abrir la boca.

-Te has vuelto loco -dijo por fin, tocándose la frente con el dedo en un gesto expresivo.

-No, no estoy loco -contestó Lorenzo; fue hasta la lámpara, cogió la camisa rosa con la que la mujer la había envuelto y la tiró debajo de la cama.

Se miraron. Después la mujer se encogió de hombros con indiferencia, bajó de la cama e inclinándose aquí y allá, sin la menor vergüenza, recorrió el cuarto recogiendo las ropas que Lorenzo había tirado al suelo. Hundido en su butaca, Lorenzo la seguía atentamente con la mirada; la veía, blanca y ligera, recorrer la oscura habitación, ora doblándose con la cabeza hacia abajo y las nalgas al aire, ora agachándose diligentemente con la cara pegada al suelo y el pelo esparcido alrededor, ora inclinándose hacia un lado con los senos colgantes y un pie en el aire; y le parecía que se había castigado a sí mismo en vez de a su amante; porque, mientras ella no parecía experimentar vergüenza ni humillación, y sí solamente fastidio, a él, que la miraba con crueldad, le parecía en cambio que aquellas grotescas actitudes de animal torpe destruían el deseo y también cualquier sentimiento de humana simpatía. Todo estaba perdido -reflexionaba, lleno de sufrimiento-, jamás podría salir de estas condiciones de disgusto y de desilusión; incapaz de amar, semejante a un hombre que se hunde en la arena, el menor esfuerzo que hiciera para despertar su sentimiento muerto lo hundiría un poco más en este pantano de la crueldad y de la fría práctica. Absorto en estos pensamientos, le parecía ver desde muy lejos, envuelta ya en un aire funesto e irreparable de ruptura, a su amante, que comedidamente se iba vistiendo una prenda tras otra del otro lado de la cama.

-Hasta la vista y, por favor, cúrate -le dijo ella finalmente, con un resentimiento bonachón, pero firme, desde el umbral.

Un minuto después la puerta de la casa se cerró de golpe en el vestíbulo, y sólo entonces Lorenzo, saliendo bruscamente de su amarga distracción, advirtió que se había quedado solo.

Permaneció inmóvil durante mucho rato, contemplando la colcha amarilla e iluminada de la cama, en cuyo centro persistía aún el hueco que había excavado al yacer el cuerpo de su amante. Por último, se levantó, fue a la ventana y la abrió. Ya no llovía fuera de la habitación cálida y cerrada, frente a la fresca noche invernal; sintió que su mente, como una jaula repleta de malignas arpías, se vaciaba de pronto, quedando vacía y sucia. Estaba quieto, sus ojos veían el negro y confuso terreno en construcción que había bajo la casa, con sus montones de inmundicias, los hierbajos y unas formas cautas y lentas que debían de ser gatos famélicos; sus oídos percibían los rumores de la cercana avenida, bocinas de automóviles, chirridos de tranvías, pero su pensamiento permanecía inerte y sólo creía existir a través de aquellas laceraciones solitarias y casuales de los sentidos. «Como yo, más aún, mejor que yo -pensaba mientras observaba las sombras móviles y cautelosas de los gatos sobre los blancuzcos montones de basura-, esos gatos oyen los ruidos, ven esas cosas; ¿qué diferencia hay entre yo, que soy hombre, y esos gatos?» Esta pregunta le parecía absurda, pero al mismo tiempo comprendía que en el punto al que había llegado lo absurdo y lo real se confundían estrechamente, hasta no distinguirse uno de otro. «¡Qué desdichado soy! -comenzó luego a murmurar en voz baja, sin apartarse del antepecho-. ¿Cómo me las he arreglado para verme reducido a tanta desdicha?» De pronto se le ocurrió la idea de quitarse una vida ya tan vacía e incomprensible; le pareció que el suicidio era fácil y maduro, como un fruto que le bastaría con tender la mano para coger; pero además de una especie de desprecio ante una acción que siempre había considerado como una debilidad, además de un sentido casi de deber, le pareció que lo retenía una esperanza extraña y, en su presente condición, inesperada: «No vivo -pensó de repente-, estoy soñando. Esta pesadilla no durará lo bastante para convencerme de que no se trata de una pesadilla, sino de la realidad. Y un día me despertaré y reconoceré el mundo, con el sol, las estrellas, los árboles, el cielo, las mujeres y todas las demás cosas hermosas; hay que tener paciencia; el despertar no puede tardar.» Pero el frío nocturno lo iba penetrando lentamente; al fin reaccionó y, cerrando la ventana, volvió a sentarse en la butaca, frente a la cama vacía e iluminada.


* Seudónimo literario de Alberto Pincherle, 1907-1990). Escritor italiano, nació y murió en Roma. Desde su primera novela, Gli indifferenti (Los indiferentes), publicada en 1929, se perfila la trayectoria narrativa del autor en la descripción de los vicios secretos de la sociedad burguesa, más allá del naturalismo o del realismo decimonónico. Un distanciamiento pesimista y amoral que vuelve a aparecer en La bella vita (1935), Le ambizioni sbagliate (Las ambiciones equivocadas, 1935), L'imbroglio (1937) y La mascherata (1941); y esa fría visión de los personajes, recogidos en sus más oscuras debilidades y claudicaciones morales, está servida por un estilo narrativo deliberadamente monótono, gris, preciso. Además de estos títulos escribió: Agostino (1944), La romana (1947), La disubbidenza (1948), Il conformista (1951), Il disprezzo y Raconti romani (1954), La ciociara (1957), La noia (1960); algunas obras teatrales irrelevantes como Beatrice Cenci (1965) e Il mondo è quello che è (El mundo es lo que es, 1966); y varios libros de viajes y recopilaciones de artículos periodísticos. Su novela La vita interiore produjo al ser publicada en 1978 un gran escándalo por la crudeza con que trata el tema del erotismo en un ambiente burgués. En 1990 se publicó La villa del venerdì y en 1993 La mujer leopardo (póstuma).


Tema de la alumna y el profesor

Un relato de Elvio Gandolfo *

Le da clases de clavicordio, el único clavicordio de todo Caballito. El profesor maduro, la alumna joven, con vestido de voladitos, estilo Sara Kay. Al fin le confiesa que está perdidamente enamorada de él. La comprende, le quita importancia al asunto, hablan como personas adultas, pero la alumna cada vez más entusiasmada con la tríada gratificante: padre-profesor-amante. Cuerpo y espíritu, sabiduría y ritmo. Al fin el profesor se embriaga con todo un frasco de jarabe para la tos y rutinariamente se acuestan juntos, como lo han hecho las alumnas y los profesores desde que el mundo es mundo.

Serenos encuentros eróticos en casa de ella o en lugares discretos del vetusto conservatorio, mientras tras los vidrios de los ventanales flota en el viento el polvillo dorado de las pelotillas de los plátanos, que tanto joroban los lagrimales de las personas sensibles.

Un día le dice al profesor (y, lo que es más importante, el profesor lo reconoce) que el clavicordio ya no tiene secretos para ella, que quiere probar con los vientos.

Pasan al oboe.

En la décimocuarta vez que se acuestan juntos, la alumna queda en ese trance que se le asienta sobre los ojos y la boca, y le afloja la frente y las sienes, mira fijamente el vacío y dice, articulando las palabras con precisión, como frutos maduros:

-Es mejor el oboe.

Y nunca más vuelven a hacerlo. El profesor ya en el momento mismo en que le oye la frase, no sabe a qué se refiere, y con el paso de los días la incertidumbre se le transforma en una leve irritación imperecedera, como esas viejas heridas o golpes que apenas si nos aquejan, sin llegar a dolernos, en los días húmedos.

“Es mejor el oboe que el clavicordio”, podría haber significado la alumna. Pero entonces, ¿por qué el corte? “Es mejor el oboe que esto”, tal vez, abarcando los dos cuerpos tendidos sobre el montón de alfombras del desván. O “Es mejor el oboe que su...” y el profesor se detiene, siempre, cada vez que comienza la frase, como sabiendo que es eso, contra toda lógica, lo que la alumna quiso decir.

El profesor se detiene: es relativamente culto, a pesar de las incursiones por el Bajo, y se resiste de plano a nombrar “eso”. Pero aun así, cuanto más quiere olvidarlo, mientras a su alrededor suena la digitación perfecta de la alumna, más lo siente colgar flojo entre las piernas, mucho menos bello que la superficie lustrada y cromada del oboe, mucho más pequeño, mucho menos sonoro y musical, aunque él sea, si bien se mira, todo un profesor de música.

* Elvio E. Gandolfo nació en San Rafael (Mendoza) en 1947. A muy corta edad se trasladó a Rosario, donde dirigió con su padre la revista literaria El Lagrimal Trifurca. Fue colaborador de la revista El Péndulo. Escribió notas culturales en distintos semanarios y diarios de Montevideo y Buenos Aires. Vivió alternativamente en Rosario, Piriápolis, Montevideo y Buenos Aires. Hizo abundantes traducciones, entre otros de Tennessee Williams, Pierre Choderlos de Laclos, William Shakespeare, Henry James y Tim O’Brien. Compiló varias antologías de géneros como el relato policial, la ciencia ficción y el suspenso. Actualmente integra el equipo editor de El País Cultural de Montevideo, y escribe la página de libros de la revista Noticias de Buenos Aires. Dirigió durante un año y medio la Editorial Municipal de Rosario. Escribió varios libros de cuentos -La reina de las nieves (1982), Caminando alrededor (1986), Sin creer en nada (1988), Rete Carótida (1990), Dos mujeres (1992), Ferrocarriles Argentinos (1994), Cuando Lidia vivía se quería morir (1994)-, y una novela, Boomerang (1993), primera mención en el concurso Planeta. Wikipedia

[Publicado en portada en junio 2010]


Nocaut

Por Miguel Russo

El brazo es la prolongación de unas ganas, la exacta y singular forma de una idea. Y es, al mismo tiempo, el cuerpo todo, un poco más allá todos los hombres, más aún toda la humanidad. Ese brazo, esa singular y exacta idea, está más allá de la negritud y la blanquitud (con el debido respeto del María Moliner), más allá de razas y de credos, parece, casi, si se lo mira detenidamente, un preámbulo constitucional. Dice, parece decir, ese brazo y todo eso que le sigue al brazo, “dale, levantate, dejame que te tire de nuevo”.

Un minuto antes. Es el 25 de mayo de 1965, en Lewinston, Maine (cerca del Atlántico, cerca de Massachusettss, cerca de Canadá, lejos de todo). Es la noche porque, se sabe, “el boxeo no es un deporte y bla, bla, bla”, y “el deporte es sol, el deporte es día luminoso y bla, bla, bla”. Entonces, es la noche del 25 de mayo de 1965 en Lewiston y ahí están dos hombres semidesnudos que van a arriesgar su vida frente a una multitud que oficia de público escondiendo su profesión de voyeur.

Uno de los semidesnudos arriba del ring es feo y bestial. No gana peleas, destroza a sus adversarios: se propone hacerles daño y lo hace, quiere dejar a sus oponentes destruidos para siempre y a veces, con sus jabs anunciados pero violentísimos (una manera de decir “te aviso que te mato”), lo consigue. Tiene una ajustadísima relación con la mafia y es negro fiel al poder que lo encadena como negro malo pero buen salvaje. Perdió hace 17 meses el título de campeón del mundo de los pesos pesados, y lo quiere recuperar sea como sea. Es, dicen, el boxeador al que más se le teme después de Joe Louis (otro gran peso pesado de la época de la sumisión negra). Se llama Sonny Liston.

El otro es alto, irónico y lindo. Apenas pasó los veinte años y pocos (hombres) le perdonan que haya tirado por tierra los parámetros de belleza masculina que lideran desde Hollywood para el mundo entero tipos como Paul Newman, Burt Lancaster, Sean Connery y Omar Sharif. A los doce años le robaron su bicicleta y, para recuperarla, comenzó su carrera de boxeador. Hace 17 meses, exactamente desde el 25 de febrero de 1964, que es campeón del mundo de peso pesado y todavía hace que no se da cuenta. O, tal vez, nunca se dio cuenta. O, mejor aún, es así porque se dio cuenta. Grita “soy el más grande” y no se equivoca. Dice, siempre gritando, “soy el más lindo”, y tampoco le pifia. Dice mucho más que todo eso. Él lo sabe, y el poder (blanco, negro, sobre el deporte o sobre la política) también lo sabe. Hace, claro, todo lo posible para que el poder lo tenga entre ceja y ceja. Hace poco menos de 17 meses, exactamente desde el 6 de marzo de 1964, que dejó atrás su nombre de esclavo, Cassius Marcellus Clay, y su religión prestada. Mira a los ojos de todo el mundo sin bajar la vista echando por tierra los siglos y siglos de dominación. Con sus grandes zancadas de negro enorme, se aleja paso a paso de lo que los blancos quieren de tipos como él. Y hace ruido con cada paso, otra cosa que molesta, y mucho, a los blancos. Pisa fuerte y recuerda que hace apenas cuatro días, el largo brazo del poder blanco (que en el camino se tornó negro para seguir siendo blanco y poderoso) mató a su amigo Malcolm X. Pisa y hace ruido. Es el mejor boxeador desde Sugar Ray Robinson, aquel genio loco que repetía y no mentía que nunca le había gustado la violencia. Incluso algunos entendidos dicen que lo supera. Es musulmán, ahora, y ahora se llama Muhammad Alí.

Un minuto durante. Ya no tiene el frasco de miel con el que apareció en todos los televisores en las semanas previas llamando al “oso feo” de Liston. Sabe, ahora, mientras da vueltas alrededor de ese osos feo y desorientado, que el box no significa de ninguna manera una metáfora de la vida, como repiten hasta el cansancio los que hacen boxeo debajo del ring. Sabe porque lo sabe, como sólo se saben las cosas trascendentales, que el verdadero oponente en ese rectángulo elevado y encerrado por cuerdas, calentado por cientos de lámparas y el furor de miles de energúmenos, es él. Y sabe, entonces, lo dicho, que el boxeo no es metáfora de vida. Que la vida es, en muchos momentos, como el box. Pero que, como dirá Joyce Carol Oates poco más de veinte años después resumiéndolo todo, “el boxeo sólo se parece al boxeo”. Sonríe, mientras sigue bailando alrededor del oso y del poder, anticipándose a lo que dirá el irlandés rebelde Barry McGuigan, “soy boxeador porque no pude ser poeta, nunca supe contar historias”. Baila y baila alrededor del oso, Alí.

El oso, Liston, pesado y enojado, sin poder comprender que su rival es él y no esa pesadilla que se mueve por todo el cuadrilátero, conoce el viejo apotegma del box. Se lo enseñaron de chiquito como una forma de ser piola a partir de saberlo: No te pueden dejar nocaut si ves venir el golpe de nocaut. Ni siquiera imagina que es falso, pero no le importa. Está muy preocupado por esa sombra que aparece y desaparece. Sabe que ya no puede recurrir otra vez a esa pomada que usó hace 17 meses atrás y dejó ciego por un instante al por entonces Cassius Clay. Sabe que el por entonces Cassius Clay se repuso en medio de los gritos y la catarata de agua en los ojos de su rincón entre el quinto y el sexto round y que después, en ese inmortal sexto round, le pegó como nadie lo había hecho. Sabe que decidió no salir al séptimo y ahí perdió el título con el por entonces Cassius Clay. Sabe que quiere recuperarlo, pero se pregunta por qué el por entonces Cassius Clay devino en este Muhammad Alí. Por qué son tan parecidos, se pregunta, y tan distintos. Va apenas un minuto de pelea, sabe Liston, e intenta entrar con su izquierda en el cuerpo de aquel que era Cassius Clay. Se pregunta, Liston, cómo hizo aquel que era Clay para evitarlo, recostarse un segundo en las cuerdas, girar hacia delante. Y entre las preguntas no ve venir esa mano descendente que le da de lleno en la sien. O la ve venir, quizás, pero no entiende por qué es Muhammad Alí el que está detrás de esa mano.

Desde el ring side, desde las cámaras de fotos, desde todos los televisores, desde las filmadoras más sofisticadas, sólo se ve una ráfaga, una mancha borrosa.
Nadie puede ver el cuello de Liston doblándose como se supone que no puede doblarse ni el pie izquierdo despegándose de la lona, del piso, de la tierra, del equilibrio. Chicky Ferraro, desde la esquina de Liston, sí lo ve: “El golpe liquidó a Sonny. Caído de espaldas, con los brazos hacia atrás, pestañeó tres veces, como tratando de volver”.

Volver. Liston está nocaut por ese golpe que no vio venir, o sí, pero lo noqueó igual. Dicen los entendidos que el nocaut es la pérdida del sentido. Pero hay quienes piensan que el nocaut es haber quedado fuera del tiempo, ese otro enorme rival de todos los boxeadores: los tres minutos eternos, la cuenta de diez como un paréntesis para saber si el noqueado quiere volver, la celeridad del minuto de descanso, los años que se van que se vienen encima, el fin. Liston, el poder blanco, el buen salvaje, todo está fuera del tiempo. Dentro del tiempo está Muhammad Alí, ese hombre, ese brazo que es la prolongación de las ganas, la exacta y singular forma de una idea que dice “sí”.

Sur, 22/05/10

[Publicado en portada en junio 2010]


La tragedia de un hombre honrado

Un texto de Roberto Arlt de Aguafuertes porteñas

Todos los días asisto a la tragedia de un hombre honrado. Este hombre honrado tiene un café que bien puede estar evaluado en treinta mil pesos o algo más. Bueno: este hombre honrado tiene una esposa honrada.

A esta esposa honrada la ha colocado a cuidar la victrola. Dicho procedimiento le ahorra los ochenta pesos mensuales que tendría que pagarle a una victrolista.

Mediante este sistema, mi hombre honrado economiza, al fin del año, la respetable suma de novecientos sesenta pesos sin contar los intereses capitalizados. Al cabo de diez años tendrá ahorrados...

Pero mi hombre honrado es celoso. ¡Vaya si he comprendido que es celoso! Levantando la guardia tras la caja, vigila, no sólo la consumición que hacen sus parroquianos, sino también las miradas de éstos para su mujer. Y sufre. Sufre honradamente. A veces se pone pálido, a veces le fulguran los ojos. ¿Por qué? Porque alguno se embota más de lo debido con las regordetas pantorrillas de su cónyuge. En estas circunstancias, el hombre honrado mira para arriba, para cerciorarse si su mujer corresponde a las inflamadas ojeadas del cliente, o si se entretiene en leer una revista. Sufre. Yo veo que sufre, que sufre honradamente; que sufre olvidando en ese instante que su mujer le aporta una economía diaria de dos pesos sesenta y cinco centavos; que su legitima esposa aporta a la caja de ahorros novecientos sesenta pesos anuales. Sí, sufre. Su honrado corazón de hombre prudente en lo que atañe al dinero, se conturba y olvida de los intereses cuando algún carnicero, o cuidador de ómnibus, estudia la anatomía topográfica de su también honrada cónyuge. Pero más sufre aún cuando, el que se deleita contemplando los encantos de su esposa, es algún mozalbete robusto, con bigotitos insolentes y espaldas lo suficientemente poderosas como para poder soportar cualquier trabajo extraordinario. Entonces mi hombre honrado mira desesperadamente para arriba. Los celos que los divinos griegos inmortalizaron, le desencuadernan la economía, le tiran abajo la quietud, le socavan la alegría de ahorrarse dos pesos sesenta y cinco centavos por día; y desesperado hace rechinar los dientes y mira a su cliente como si quisiera darle tremendos mordiscones en los riñones.

Yo comprendo, sin haber hablado una sola palabra con este hombre, el problema que está encarando su alma honrada. Lo comprendo, lo interpreto, lo "manyo". Este hombre se encuentra ante un dilema hamletiano, ante el problema de la burra Balaam, ante... ¡ante el horrible problema de ahorrarse ochenta mangos mensuales! Son ochenta pesos. ¿Saben ustedes los bultos, las canastas, las jornadas de dieciocho horas que éste trabajó para ganar ochenta pesos mensuales? No; nadie se lo imagina.

De allí que lo comprendo. Al mismo tiempo quiere a su mujer. ¡Cómo no la va a querer! Pero no puede menos de hacerla trabajar, como el famoso tacaño de Anatole France no pudo menos de cortarle unas rebarbas a las monedas de oro qué le ofrecía a la Virgen: seguía fiel a su costumbre.

Y ochenta pesos son ocho billetes de a diez pesos, dieciséis de a cinco y... dieciséis billetes de a cinco pesos, son plata... son plata...

Y la prueba de que nuestro hombre es honrado, es que sufre en cuanto empiezan a mirarle a la cónyuge. Sufre visiblemente. ¿Qué hacer? ¿Renunciar a los ochenta pesos, o resignarse a una posible desilusión conyugal?

Si este hombre no fuera honrado, no le importaría que le cortejaran a su propia esposa. Más aún, se dedicaría como el célebre señor Bergeret, a soportar estoicamente su desgracia.

No; mi cafetero no tiene pasta de marido extremadamente complaciente. En él todavía late el Cid, don Juan, Calderón de la Barca y toda la honra de la raza, mezclada a la terribilísima avaricia de la gente del terruño.
Son ochenta pesos mensuales. ¡Ochenta! Nadie renuncia a ochenta pesos mensuales porque sí. El ama a su mujer; pero su amor no es incompatible con los ochenta pesos.

También ama su frente limpia de todo adorno, y también ama su comercio, la economía bien organizada, la boleta de depósito en el banco, la libreta de cheques.

¡Cómo ama el dinero este hombre honradísimo, malditamente honrado!

A veces voy a su café y me quedo una hora, dos, tres. El cree que cuando le miro a la mujer estoy pensando en ella, y está equivocado. En quien pienso es en Lenin... en Stalin... en Trotsky... Pienso con una alegría profunda y endemoniada en la cara que este hombre pondría si mañana un régimen revolucionario le dijera:

-Todo su dinero es papel mojado.

Aguafuertes porteñas

[Publicado en portada en junio 2010]


La revolución es un sueño eterno

Un texto de Andrés Rivera *

Castelli, sentado en un banco de escolar, mira, en el pupitre del banco de escolar, una pila de hojas en blanco, la cara absorta, los codos apoyados en el pupitre de escolar, y la cara absorta encajada entre las manos abiertas en v, y, debajo de la cara absorta, el cuerpo que enflaquece y la carne del cuerpo, escasa, que se repliega sobre los duros huesos del cuerpo y de las piernas, aún ágiles, aún vibrantes y nerviosas, enfundadas en las botas que se calzó una atolondrada, remota noche de mayo para deshacer un mazo de barajas españolas, no muy lejos de la sala en la que Viamonte, Luzuriaga, Montes de Oca, Basavilbaso, Valera, responden, circunspectos y rasurados, al interrogatorio de jueces e investigadores.

Si nuestra religión santa fue atacada en sus principales misterios por el libertinaje de ciertos individuos del ejército.

Deshizo, Castelli, con la displicente y ominosa arrogancia de un orillero, el mazo de barajas españolas que el virrey Cisneros abría, como un abanico, sobre la mesa de juego. Y Castelli, el pelo, la cara, la capa azul, que no huele a bosta y sangre, y las botas mojadas por la lluvia de esa noche de mayo, miró, sobre la mesa de juego, las dispersas barajas españolas. Rey. In fante. Oros. Bastos. Espadas. Ahí estaban, las barajas españolas, dispersas sobre la mesa de juego, y ahí se levantaba el virrey Cisneros, en esa noche de mayo, el fuego del hogar a sus espaldas, y sus ojos, en la larga cara rígida, miraron a Castelli. Miraron a Castelli, y a la noche de mayo que llovía; y a esa aldea atolondrada y réproba y pretenciosa en la que languidecía su cuerpo alto y rígido de soldado, y a los blandos y ubicuos cortesanos que manipularon, en Madrid, su exilio no en el esplendor del trópico, no en la adustez imperial de Lima, no en el México cantado por cojos, ciegos y mancos, para fascinación de los parroquianos de las tabernas de Castilla, sino en esa aldea, la más pretenciosa e inmunda aldea de las colonias.

Y después, Cisneros, alto y rígido, que envejecía en la más atolondrada, réproba, pretenciosa e inmunda aldea de las colonias, y en la que olvidaba las guerras en las que su cuerpo, alto y rígido, se derrochó al grito de Cierra Santiago, oyó la voz de un individuo, magro de carnes, envuelto en una capa azul, y el pelo, y la cara absorta como la de un poseído, salpicados por la 'lluvia. Y él, Cisneros, el soldado que envejecía en la más atolondrada, pretenciosa e inmunda aldea de las colonias, y que olvidaba, en el sopor letal del exilio, las guerras y las mujeres en las que derrochó su cuerpo, supo que esa voz, la voz susurrante y glacial del tipo con la cara absorta como la de un poseído Si la fidelidad a nuestro soberano, el rey Don Fernando VII, fue atacada procurando introducir el sistema de libertad, igualdad, fraternidad, era, allí, en esa noche de mayo, en esa pieza entibiada por los fuegos del hogar, el eco insano de los tambores, los códigos, las proclamas, los cañones con los que un casual aventurero corso despertaba, en Europa, a la plebe y a sus oscuros y bestiales instintos, y encendía la imaginación depredatoria de jovencitos melenudos, crispados recitadores de versos y proverbios.

Y Cisneros oyó, en esa noche de mayo, en esa pieza entibiada por los fuegos del hogar, a ese individuo, cuyo nombre no alcanzó a retener, quizá porque esa noche de mayo fue muy larga, y él abusó del coñac, decirle, la voz como si estuviera adormecida, como si llegase a él despojada de las impregnaciones del despecho, el odio, la revancha, que todo terminó, que entregase el poder o lo que fuese que simbolizara en su cuerpo alto y rígido, y que la Francia napoleónica, dueña de España, deja a España sin rey, y a América del Sur dueña de si misma, y que él era, apenas, un viejo cuerpo exiliado en una aldea réproba e inmunda que afilaba, desde esa noche de mayo, los cuchillos del degüello. Quizá dijo eso la voz como adormecida, como si en la cara del poseído, salpicada por la lluvia –escribe Castelli en un cuaderno de tapas rojas–, no se moviesen los labios, como si las palabras atravesaran los labios del poseído sin las agitaciones y los desfallecimientos del discurso, como si alguien soñara, en el silencio del sueño, la murmuración queda y glacial. Quizá eso quiso escuchar el cuerpo alto y rígido de Cisneros, los ojos en un desbaratado mazo de barajas españolas. O quizá fuera eso lo que vio.

(Hable, Castelli, por nosotros, le dijeron; en esa noche de mayo, sus camaradas, y otros, ahora lo sabe, que iban a morir, y que él, Castelli, nunca conoceria. )

Deshizo, usted, mi solitario, y Cisneros que olvidaba, en el sopor letal del exilio, las guerras y las mujeres en las que derrochó el cuerpo, sonrió. Hubo una mueca en la larga cara rígida e impasible de Cisneros, y un destello como de regocijo en los ojos que miraron las dispersas barajas españolas en la mesa de juego. Y Cisneros, que olvidaba y sonreía, habló: Usted, señor, y yo, coincidimos, por decirlo así, en esa paradoja que es Napoleón. Es curioso y perturbador que, usted y yo, coincidamos.

Todo terminó, repitió Castelli, como si el cuerpo del cual emanaba la voz murmurante y glacial se negara a creer en la armonía, la literalidad, la lógica de las palabras que emitía, la impredecible realidad que cargaban, las depravaciones a las que estaban expuestas, las expurgaciones a las que serían condenadas.

Todo empieza, dijo Cisneros. Y mientras sus manos grandes y flacas recogían las barajas españolas dispersas en la mesa de juego, se preguntó, distraído, en qué guerras y con cuáles mujeres derrochó su cuerpo. ¿Contra los sarracenos? ¿Contra los mercenarios suizos? ¿Contra los piratas ingleses? ¿En los prostíbulos de Andalucía, donde las putas ocultan sus hemorroides clavándose una rosa blanca en el culo? ¿En una salvaje condesa romana o en una beata monja portuguesa? ¿En una salvaje monja portuguesa? ¿O en una beata condesa romana?

Castelli, sentado en un banco de escolar, los codos apoyados en el pupitre del banco de escolar en el que está sentado, la cara apoyada en las manos abiertas en v, mira las hojas en blanco apiladas en la tabla del pupitre, mira a sus jueces, y al Cristo de plata, colgado sobre la cabeza de sus jueces, en una pared alta y blanca, y mira a los testigos que dicen llamarse Viamonte, Luzuriaga, Montes de Oca, Basavilbaso, Valera, y a sus uniformes con vivos de color carmesí y botones dorados, y a los labios que se mueven en las caras rasuradas de los testigos, y mira, en la luz plomiza que atraviesa los ventanales de la sala, las respuestas circunspectas de los testigos. Y, entonces, sabe.

Si el doctor Castelli supo de esto o lo pudo saber.

Castelli sabe, ahora, sentado en un banco de escolar, ahora que vuelve a mirar las hojas en blanco apiladas entre sus codos apoyados en el pupitre de un banco de escolar, que esa remota noche de mayo y de lluvia habló, con una voz glacial y como adormecida, por sus camaradas, que esperaban armados de cuchillos, pistolas y bayonetas, a que él saliera de la habitación en la que un soldado rígido y envejecido, que simbolizaba tres siglos de poder, o lo que fuese, en la más apestosa y presumida aldea de América del Sur, desplegaba, en abanico, un mazo de barajas españolas, y les dijera que eran hombres y no cosas, y que sus sueños, la inasible belleza de sus sueños, sería el pan que comerían en los días por llegar.

Pero él, Castelli, les dijo, en esa remota noche de mayo y de lluvia, la voz glacial y adormecida, e impregnada de odio, de revancha y de presagios:

Suban, y tírenlo por la ventana.

Sus camaradas, que nunca volverían a ser tan jóvenes como en esa remota noche de mayo y de lluvia, y que nunca llevarían tan lejos una apuesta de vida o muerte como en esa remota noche de mayo y de lluvia, dijeron, después que la voz de él, Castelli, era, apenas, un susurro, si es que les susurró algo esa noche de mayo y de lluvia, y si les susurró algo, fue:

Vámosnos a casa: nos hace falta un trago de caña.

Castelli, que mira la pila de hojas en blanco que yace en el pupitre de su asiento de escolar, sabe, ahora, que habló por los que no lo escucharon, y por los otros, que no conoció, y que murieron por haberlo escuchado.

Castelli sabe, ahora, que el poder no se deshace con un desplante de orillero. Y que los sueños que omiten la sangre son de inasible belleza.

Novela completa online

* Andrés Rivera, seudónimo de Marcos Ribak, escritor argentino nacido en Buenos Aires en 1928. Hijo de inmigrantes, fue, sucesivamente, obrero textil, periodista y escritor. Desde 1953 hasta 1957 trabajó en la redacción de la revista Plática. Desde 1995, vive en el barrio de Bella Vista –levantado por obreros y desocupados en la ciudad de Córdoba (Argentina)–, cerca de la Biblioteca Popular gestionada por su mujer, Susana Fiorito, donde el escritor coordina un ciclo de cine.

[Publicado en portada en mayo 2010]

    

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