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Sin paraguas ni escarapelas

Un texto de Osvaldo Soriano*

El 24 de mayo por la noche, el coronel Saavedra y el doctor Castelli atraviesan la Plaza de la Victoria bajo la lluvia, cubiertos con capotes militares. Van a jugarse el destino de medio continente después de tres siglos de dominación española. Uno quiere la independencia, el otro la revolución, pero ninguna de las dos palabras será pronunciada esa noche. Luego de seis días de negociación van a exigir la renuncia del español Cisneros. Hasta entonces Cornelio Saavedra, jefe del regimiento de Patricios, ha sido cauto: "Dejen que las brevas maduren y luego las comeremos", aconsejaba a los más exaltados jacobinos.

Desde el 18, Belgrano y Castelli, que son primos y a veces aman a las mismas mujeres, exigen la salida del virrey, pero no hay caso: Cisneros se inclina, cuanto más, a presidir una junta en la que haya representantes del rey Fernando Vll &endash;preso de Napoleón&endash;, y algunos americanos que acepten perpetuar el orden colonial. Los orilleros andan armados y Domingo French, teniente coronel del estrepitoso regimiento de la Estrella, está por sublevarse. Saavedra, luego de mil cabildeos, se pliega: "Señores, ahora digo que no sólo es tiempo, sino que no se debe perder ni una hora", les dice a los jacobinos reunidos en casa de Rodríguez Peña. De allí en más los acontecimientos se precipitan y el destino se juega bajo una llovizna en la que no hubo paraguas ni amables ciudadanos que repartieran escarapelas.

El orden de los hechos es confuso y contradictorio según a qué memorialista se consulte. Todos, por supuesto &endash;salvo el pudoroso Belgrano&endash;, intentan jugar el mejor papel. Lo cierto es que el 24 todo Buenos Aires asedia el Cabildo donde están los regidores y el obispo. "Un inmenso pueblo", recuerda Saavedra en sus memorias, y deben haber sido más de cuatro mil almas si se tiene en cuenta que más tarde, para el golpe del 5 y 6 de abril de 1811, el mismo Saavedra calcula que sus amigos han reunido esa cifra en la Plaza y sólo la califica de "crecido pueblo".

La gente anda con el cuchillo al cinto, cargando trabucos, mientras Domingo French y Antonio Beruti aumentan la presión con campanas y trompetas que llaman a los vecinos de las orillas. Esa noche nadie duerme y cuando los dos hombres llegan al Cabildo, empapados, los regidores y el obispo los reciben con aires de desdén. Enseguida hay un altercado entre Castelli y el cura. "A mí no me han llamado a este lugar para sostener disputas sino para que oiga y manifieste libremente mi opinión y lo he hecho en los términos que se ha oído", dice monseñor, que se opone a la formación de una junta americana mientras quede un solo español en Buenos Aires. A Castelli se le sube la sangre a la cabeza y se insolenta: "Tómelo como quiera", se dice que le contesta. Cuatro días antes ha ido con el coronel Martín Rodríguez a entrevistarse con Cisneros que era sordo como una tapia. " ¡ No sea atrevido ! " le dice Cisneros al verlo gritar, y Castelli responde orondo: "¡Y usted no se caliente que la cosa ya no tiene remedio!"

Al ver que Castelli llega con las armas de Saavedra, los burócratas del Cabildo comprenden que deben destituir a Cisneros, pero dudan de su propio poder. Juan José Paso y el licenciado Manuel Belgrano esperan afuera, recorriendo pasillos, escuchando las campanadas y los gritos de la gente. Saavedra sale y les pide paciencia. El coronel es alto, flaco, parco y medido. El rubio Belgrano, como su primo, es amable pero se exalta con facilidad. Paso es hombre de callar pero luego tendrá un gesto de valentía. Entrada la noche, cuando French y Beruti han agitado toda la aldea y repartido algunos sablazos a los disconformes, Belgrano y Saavedra abren las puertas de la sala capitular para que entren los gritos de la multitud. No hay más nada que decir: Cisneros se va o lo cuelgan. ¿Pero quién se lo dice? De nuevo Castelli y el coronel cruzan la Plaza y van a la fortaleza a persuadir al virrey. Hay un último intento del español por formar una junta que lo incluya, pero Castelli, que tiene 43 años y está enfermo de cáncer, se opone. Los "duros" juegan a todo o nada. Cisneros trata de ganarse al vanidoso Saavedra, pero el coronel ya acaricia la gloria de una fecha inolvidable. Quizá piensa en George Washington mientras Castelli se imagina en la comuna francesa. Su Robespierre es un joven llamado Mariano Moreno, que espera el desenlace en lo de Nicolás Peña.

Entre tanto French, que teme una provocación, impide el paso a la gente sospechosa de simpatías realistas. Sus oficiales controlan los accesos a la Plaza y a veces quieren mandar más que los de Saavedra. Por el momento la discordia es sólo antipatía y los caballos se topan exaltados o provocadores. Al amanecer, Beruti, por orden de French, derriba la puerta de una tienda de la recova y se lleva el paño para hacer cintas que distingan a los leales de los otros. Alguien toma nota y nace la leyenda de la escarapela en el pecho.

Al amanecer, para guardar las formas, el Cabildo considera la renuncia de Cisneros, pero la nueva Junta de gobierno ya está formada. Escribe el catalán Domingo Matheu: "Saavedra y Azcuénaga son la reserva reflexiva de las ideas y las instituciones que se habían formado para marchar con pulso en las transformaciones de la autognosia (sic) popular; Belgrano, Castelli y Paso eran monarquistas, pero querían otro gobierno que el español; Larrea no dejaba de ser comerciante y difería en que no se desprendía en todo evento de su origen (español); demócratas: Alberti, Matheu y Moreno. Los de labor incesante y práctica eran Castelli y Matheu, aquél impulsando y marchando a todas partes y el último preparando y acopiando a toda costa vituallas y elementos bélicos para las empresas por tierra y agua. Alberti era el consejo sereno y abnegado y Moreno el verbo irritante de la escuela, sin contemplación a cosas viejas ni consideración a máscaras de hierro; de aquí arranca la antipatía originaria en la marcha de la Junta entre Saavedra y él." Matheu exagera su importancia. Todos esos hombres han sido carlotistas y, salvo Saavedra, son amigos o defensores de los ingleses que en el momento aparecen a sus ojos como aliados contra España.

El delirio y la compasión

La mañana del 25, cuando muchos se han ido a dormir y otros llegan a ver "de qué se trata", el abogado Juan José Castelli sale al balcón del Cabildo y, con el énfasis de un Saint Just, anuncia la hora de la libertad. La historiografía oficial no le hará un buen lugar en el rincón de los recuerdos. El discurso de Castelli es el de alguien que arroja los dados de la Historia.

Aquellas jornadas debían ser un simple golpe de mano, pero la fuerza de esos hombres provoca una voltereta que sacudirá a todo el continente. Dice Saavedra: "Nosotros solos, sin precedente combinación con los pueblos del interior mandados por jefes españoles que tenían influjo decidido en ellos, (...) nosotros solos, digo, tuvimos la gloria de emprender tan abultada obra (...) En el mismo Buenos Aires no faltaron (quienes) miraron con tedio nuestra empresa: unos la creían inverificable por el poder de los españoles; otros la graduaban de locura y delirio, de cabezas desorganizadas; otros en fin, y eran los más piadosos, nos miraban con compasión no dudando que en breves días seríamos víctimas del poder y furor español".

La audacia desata un mecanismo inmanejable. Saavedra es un patriota, no un revolucionario, pero no puede oponerse a la dinámica que se desata en esos días El secretario Moreno, un asceta de la revolución, dirige sus actos y sus órdenes a forzar esa dinámica para destrozar el antiguo sistema. Habla latín, inglés y francés con facilidad; ha leido &endash;y hace publicar&endash; a Rousseau, conoce bien la Revolución Francesa y es posible que desde el comienzo se haya mimetizado con el fantasma de un Robespierre que no acabará en la tragedia de Termidor. El ateo Castelli está a su izquierda, como French y el joven Monteagudo que maneja el club de los "chisperos". Todos ellos celebran en los templos del Norte el culto de La mort est un sommeil éternel, que Fouché y la ultraizquierda francesa usaron como bandera desde 1792. Belgrano, que es muy creyente, no vacila en proponer un borrador con apuntes sobre economía para el Plan terrorista que en agosto redactará Moreno.

En la primera junta gana la gauche (la acepción de "izquierda" se pronuncia, todavía, en francés): Moreno, Castelli y Belgrano son un bloque sólido con una política propia a la que por conveniencia se pliegan Matheu, Paso y el cura Alberti; Azcuénaga y Larrea sólo cuentan las ventajas que puedan sacar y simpatizan con el presidente Saavedra que a su vez los desprecia por oportunistas. Las discordias empiezan muy pronto, con las primeras resoluciones. Castelli parte a Córdoba y el Alto Perú como comisario politico de Moreno, que no confiaba en los militares formados en la Reconquista. Es él quien cumple las "instrucciones" y ejecuta a Liniers primero y al temible mariscal Vicente Nieto más tarde. Belgrano, el otro brazo armado de los jacobinos, va a tomar el Paraguay; no hay en él la cólera terrible de su primo, sino una piedad cristiana y otoñal que lo engrandece: en el Norte captura a un ejército entero y lo deja partir bajo juramento de no volver a tomar las armas. Manda a sus gauchos desharrapados con un rigor insostenible y no mata por escarmiento sino por extrema necesidad. Sufre sífilis, cirrosis y tiene várices, pero conserva la fe cristiana y el sentido del humor. Las victorias de Castelli en Suipacha y la suya en Tucumán afirman la posición de Moreno en la Junta, pero las catástrofes de fines de año aceleran su caída.

Frente a frente, uno de levita y otro de uniforme, Moreno de Chuquisaca y Saavedra de Potosí, se odian pero no se desprecian "Impío, malvado, maquiavélico", llama el coronel al secretario de la Junta; y cuando se refiere a uno de sus amigos, dice: "El alma de Monteagudo, tan negra como la madre que lo parió". El primer incidente ocurre cuando los jacobinos descubren que diez jefes municipales están complotados contra el nuevo poder. En una sesión de urgencia Moreno propone "arcabucearlos" sin más trámite, pero Saavedra le responde que no cuente para ello con sus armas. "Usaremos entonces las de French", replica un Moreno siempre enfermo, con el rostro picado de viruela, que acaba de cumplir 30 años. Al presidente lo escandaliza que ese mestizo use siempre la amenaza del coronel French, a quien hace espiar por sus "canarios", una especie de soplones manejados por el coronel Martín Rodríguez. Los conjurados salvan la vida con una multa de dos mil pesos fuertes, propuesta por el presidente. "¿Consiste la felicidad en adoptar la más grosera e impolítica democracia? ¿Consiste en que los hombres impunemente hagan lo que su capricho e interés les sugieren? ¿Consiste en atropellar a todo europeo, apoderarse de sus bienes, matarlo, acabarlo y exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante el sistema de terror que principió a asomar? ¿Consiste en la libertad de religión y en decir con toda franqueza me cago en Dios y hago lo que quiero?", se pregunta Saavedra en carta a Viamonte que lo amenaza desde el Alto Perú.

Desde fines de agosto, Moreno ha hecho aprobar por unanimidad el Plan secreto de operaciones que recomienda el terror como método para destruir al enemigo emboscado. Ese texto feroz, por momentos descabellado, no se conoció hasta que a fines del siglo XIX. Eduardo Madero &endash;el constructor del puerto&endash; lo encontró en los archivos de Sevilla y se lo envió a Mitre. Para entonces, los premios y castigos de la historia oficial ya estaban otorgados y Moreno pasaba por un periodista y educador romántico influido por las mejores ideas de la Revolución Francesa. Pero es la aplicación de ese método sangriento lo que garantiza el triunfo de la Revolución. Hasta la llegada de San Martín la formación de los ejércitos se hizo a punta de bayoneta, la conspiración de Alzaga, como la contrarrevolución de Liniers, terminaron en suplicio y los españoles descubrieron, entonces, que los patriotas estaban dispuestos a todo: "Nuestros asuntos van bien porque hay firmeza y si por desgracia hubiéramos aflojado estaríamos bajo tierra. Todo el Cabildo nos hacía más guerra que los tiranos mandones del virreinato", escribe Castelli antes de ser llevado a juicio.

El coronel manda parar

A principios de diciembre dos circunstancias banales sirven de pretexto a la ruptura entre Moreno y Saavedra que será nefasta para la Revolución. En la plaza de toros de Retiro el presidente hace colocar sillas adornadas con cojinillos para él y su esposa. Cuando las ve, Matheu hace un escándalo y argumenta que ningún vocal merece distinción especial. Pocos días más tarde, el 6, el regimiento de Patricios da una fiesta a la que asisten Saavedra y su mujer. En un momento un oficial levanta una corona de azúcar y la obsequia a la esposa que la entrega al Presidente, Moreno se entera y esa misma noche escribe un decreto de supresión de honores. Saavedra se humilla y lo firma, pero el rencor lo carcome para siempre. Poco después, el 18 de diciembre, mientras los Patricios se agitan y reclaman revancha por la afrenta civil, el coronel llama a los nueve diputados de las provincias para ampliar la Junta. Moreno &endash;que intuye su fin&endash; no puede oponerse a esa propuesta "democratizadora". El único que tiene el valor de votar en contra es el tímido tesorero Juan José Paso.

Moreno renuncia y el 24 de enero de 1811 se embarca para Londres. "Me voy, pero la cola que dejo será larga", les dice a sus amigos que claman venganza. También pronuncia un mal augurio: "No sé qué cosa funesta se me anuncia en mi viaje". En alta mar se enferma y nada podrá convencer a Castelli y Monteagudo de que no lo asesinaron. "Su último accidente fue precipitado por la administración de un emético que el capitán de la embarcación le suministró imprudentemente y sin nuestro conocimiento", cuenta su hermano Manuel, que agrega en la relación de los hechos el célebre "¡Viva mi patria aunque yo perezca!"

Saavedra ha liquidado a su adversario, pero la Revolución está en peligro. El español Francisco Javier Elío amenaza desde la Banda Oriental y no todos los miembros de la Junta son confiables. El 5 y 6 de abril el coronel Martín Rodríguez,con los alcaldes de los barrios, junta a los gauchos en Plaza Miserere y los lleva hasta el Cabildo para manifestar contra los morenistas. Saavedra, que jura no haber impulsado el golpe, aprovecha para sacarse de encima al mismo tiempo a jacobinos y comerciantes corruptos. Renuncian Larrea, Azcuénaga, Rodríguez Peña y Vieytes. Los peligrosos French, Beruti y Posadas son confinados en Patagones. Belgrano y Castelli pasan a juicio por desobediencia y van presos.

Pero Saavedra sólo dura cuatro meses al frente del gobierno. Ha acercado a Rivadavia al poder, pero el brillante abogado y los porteños se ensañan con éI y lo persiguen durante cuatro años por campos y aldeas; se ensañan también con Castelli, que muere deslenguado durante el juicio; con el propio San Martín que combate en Chile; con Belgrano que muere en la pobreza y el olvido gritando el plausible "¡ Ay patria mía! " Pese a todo, la idea de independencia queda en pie levantada por San Martín, que se ha llevado como asistente a Monteagudo, "el del alma más negra que la madre que lo parió". Los ramalazos de la discordia duran intactos medio siglo y se prolongan hasta hoy en los entresijos de una historia no resuelta.

Página/3, revista aniversario de Página12, junio de 1990


*Osvaldo Soriano nació en Mar del Plata en enero de 1943. En 1973 publicó su primera novela Triste, solitario y final, traducida a doce idiomas. En 1976, después del golpe de Estado, se trasladó a Bélgica y luego vivió en París hasta 1984, año en que regresó a Buenos Aires. En 1983 se conoció en No habrá mas penas ni olvido, llevada al cine por Héctor Olivera, que ganó el Oso de Plata en el festival de cine de Berlín. En 1983 se publicaron seis ediciones de Cuarteles de invierno, ya considerada la mejor novela extranjera de 1981 en Italia, y llevada dos veces al cine. En 1984 apareció Artistas, locos y criminales, y en 1988 Rebeldes, soñadores y fugitivos, colecciones de textos e historias de vidas. Ese mismo año se publicó A sus plantas rendido un león, la novela de más éxito editorial de los últimos años. Entre 1989 y 1990 escribió Una sombra ya pronto serás, llevada al cine en 1994, una vez más, por Héctor Olivera. En 1993 publica Cuentos de los años felices, historias cortas, la mayoría de las cuales aparecieron en el diario Página|12, del cual Soriano era asiduo colaborador. Las novelas Triste, solitario y final, No habrá más penas ni olvido, Cuarteles de invierno y A sus plantas rendido un león han sido publicadas en veinte países y traducidas a los idiomas inglés, francés, italiano, alemán, portugués, sueco, noruego, holandés, griego, polaco, húngaro, checo, hebreo, danés y ruso. Murió el 29 de enero de 1997 en Buenos Aires.

[Publicado en portada en mayo 2010]


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Chac Mool

Un cuento de Carlos Fuentes*

Hace poco tiempo, Filiberto murió ahogado en Acapulco. Sucedió en Semana Santa. Aunque había sido despedido de su empleo en la Secretaría, Filiberto no pudo resistir la tentación burocrática de ir, como todos los años, a la pensión alemana, comer el choucrout endulzado por los sudores de la cocina tropical, bailar el Sábado de Gloria en La Quebrada y sentirse “gente conocida” en el oscuro anonimato vespertino de la Playa de Hornos. Claro, sabíamos que en su juventud había nadado bien; pero ahora, a los cuarenta, y tan desmejorado como se le veía, ¡intentar salvar, a la medianoche, el largo trecho entre Caleta y la isla de la Roqueta! Frau Müller no permitió que se le velara, a pesar de ser un cliente tan antiguo, en la pensión; por el contrario, esa noche organizó un baile en la terracita sofocada, mientras Filiberto esperaba, muy pálido dentro de su caja, a que saliera el camión matutino de la terminal, y pasó acompañado de huacales y fardos la primera noche de su nueva vida. Cuando llegué, muy temprano, a vigilar el embarque del féretro, Filiberto estaba bajo un túmulo de cocos: el chofer dijo que lo acomodáramos rápidamente en el toldo y lo cubriéramos con lonas, para que no se espantaran los pasajeros, y a ver si no le habíamos echado la sal al viaje.

Salimos de Acapulco a la hora de la brisa tempranera. Hasta Tierra Colorada nacieron el calor y la luz. Mientras desayunaba huevos y chorizo abrí el cartapacio de Filiberto, recogido el día anterior, junto con sus otras pertenencias, en la pensión de los Müller. Doscientos pesos. Un periódico derogado de la ciudad de México. Cachos de lotería. El pasaje de ida -¿sólo de ida? Y el cuaderno barato, de hojas cuadriculadas y tapas de papel mármol.

Me aventuré a leerlo, a pesar de las curvas, el hedor a vómitos y cierto sentimiento natural de respeto por la vida privada de mi difunto amigo. Recordaría -sí, empezaba con eso- nuestra cotidiana labor en la oficina; quizá sabría, al fin, por qué fue declinado, olvidando sus deberes, por qué dictaba oficios sin sentido, ni número, ni “Sufragio Efectivo No Reelección”. Por qué, en fin, fue corrido, olvidaba la pensión, sin respetar los escalafones.

“Hoy fui a arreglar lo de mi pensión. El Licenciado, amabilísimo. Salí tan contento que decidí gastar cinco pesos en un café. Es el mismo al que íbamos de jóvenes y al que ahora nunca concurro, porque me recuerda que a los veinte años podía darme más lujos que a los cuarenta. Entonces todos estábamos en un mismo plano, hubiéramos rechazado con energía cualquier opinión peyorativa hacia los compañeros; de hecho, librábamos la batalla por aquellos a quienes en la casa discutían por su baja extracción o falta de elegancia. Yo sabía que muchos de ellos (quizá los más humildes) llegarían muy alto y aquí, en la Escuela, se iban a forjar las amistades duraderas en cuya compañía cursaríamos el mar bravío. No, no fue así. No hubo reglas. Muchos de los humildes se quedaron allí, muchos llegaron más arriba de lo que pudimos pronosticar en aquellas fogosas, amables tertulias. Otros, que parecíamos prometerlo todo, nos quedamos a la mitad del camino, destripados en un examen extracurricular, aislados por una zanja invisible de los que triunfaron y de los que nada alcanzaron. En fin, hoy volví a sentarme en las sillas modernizadas -también hay, como barricada de una invasión, una fuente de sodas- y pretendí leer expedientes. Vi a muchos antiguos compañeros, cambiados, amnésicos, retocados de luz neón, prósperos. Con el café que casi no reconocía, con la ciudad misma, habían ido cincelándose a ritmo distinto del mío. No, ya no me reconocían; o no me querían reconocer. A lo sumo -uno o dos- una mano gorda y rápida sobre el hombro. Adiós viejo, qué tal. Entre ellos y yo mediaban los dieciocho agujeros del Country Club. Me disfracé detrás de los expedientes. Desfilaron en mi memoria los años de las grandes ilusiones, de los pronósticos felices y, también todas las omisiones que impidieron su realización. Sentí la angustia de no poder meter los dedos en el pasado y pegar los trozos de algún rompecabezas abandonado; pero el arcón de los juguetes se va olvidando y, al cabo, ¿quién sabrá dónde fueron a dar los soldados de plomo, los cascos, las espadas de madera? Los disfraces tan queridos, no fueron más que eso. Y sin embargo, había habido constancia, disciplina, apego al deber. ¿No era suficiente, o sobraba? En ocasiones me asaltaba el recuerdo de Rilke. La gran recompensa de la aventura de juventud debe ser la muerte; jóvenes, debemos partir con todos nuestros secretos. Hoy, no tendría que volver la mirada a las ciudades de sal. ¿Cinco pesos? Dos de propina.”

“Pepe, aparte de su pasión por el derecho mercantil, gusta de teorizar. Me vio salir de Catedral, y juntos nos encaminamos a Palacio. Él es descreído, pero no le basta; en media cuadra tuvo que fabricar una teoría. Que si yo no fuera mexicano, no adoraría a Cristo y -No, mira, parece evidente. Llegan los españoles y te proponen adorar a un Dios muerto hecho un coágulo, con el costado herido, clavado en una cruz. Sacrificado. Ofrendado. ¿Qué cosa más natural que aceptar un sentimiento tan cercano a todo tu ceremonial, a toda tu vida?... figúrate, en cambio, que México hubiera sido conquistado por budistas o por mahometanos. No es concebible que nuestros indios veneraran a un individuo que murió de indigestión. Pero un Dios al que no le basta que se sacrifiquen por él, sino que incluso va a que le arranquen el corazón, ¡caramba, jaque mate a Huitzilopochtli! El cristianismo, en su sentido cálido, sangriento, de sacrificio y liturgia, se vuelve una prolongación natural y novedosa de la religión indígena. Los aspectos caridad, amor y la otra mejilla, en cambio, son rechazados. Y todo en México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos.

“Pepe conocía mi afición, desde joven, por ciertas formas de arte indígena mexicana. Yo colecciono estatuillas, ídolos, cacharros. Mis fines de semana los paso en Tlaxcala o en Teotihuacán. Acaso por esto le guste relacionar todas las teorías que elabora para mi consumo con estos temas. Por cierto que busco una réplica razonable del Chac Mool desde hace tiempo, y hoy Pepe me informa de un lugar en la Lagunilla donde venden uno de piedra y parece que barato. Voy a ir el domingo.

“Un guasón pintó de rojo el agua del garrafón en la oficina, con la consiguiente perturbación de las labores. He debido consignarlo al Director, a quien sólo le dio mucha risa. El culpable se ha valido de esta circunstancia para hacer sarcasmos a mis costillas el día entero, todos en torno al agua. Ch...”

“Hoy domingo, aproveché para ir a la Lagunilla. Encontré el Chac Mool en la tienducha que me señaló Pepe. Es una pieza preciosa, de tamaño natural, y aunque el marchante asegura su originalidad, lo dudo. La piedra es corriente, pero ello no aminora la elegancia de la postura o lo macizo del bloque. El desleal vendedor le ha embarrado salsa de tomate en la barriga al ídolo para convencer a los turistas de la sangrienta autenticidad de la escultura.

“El traslado a la casa me costó más que la adquisición. Pero ya está aquí, por el momento en el sótano mientras reorganizo mi cuarto de trofeos a fin de darle cabida. Estas figuras necesitan sol vertical y fogoso; ese fue su elemento y condición. Pierde mucho mi Chac Mool en la oscuridad del sótano; allí, es un simple bulto agónico, y su mueca parece reprocharme que le niegue la luz. El comerciante tenía un foco que iluminaba verticalmente en la escultura, recortando todas sus aristas y dándole una expresión más amable. Habrá que seguir su ejemplo.”

“Amanecí con la tubería descompuesta. Incauto, dejé correr el agua de la cocina y se desbordó, corrió por el piso y llego hasta el sótano, sin que me percatara. El Chac Mool resiste la humedad, pero mis maletas sufrieron. Todo esto, en día de labores, me obligó a llegar tarde a la oficina.”

“Vinieron, por fin, a arreglar la tubería. Las maletas, torcidas. Y el Chac Mool, con lama en la base.”

“Desperté a la una: había escuchado un quejido terrible. Pensé en ladrones. Pura imaginación.”

“Los lamentos nocturnos han seguido. No sé a qué atribuirlo, pero estoy nervioso. Para colmo de males, la tubería volvió a descomponerse, y las lluvias se han colado, inundando el sótano.”

“El plomero no viene; estoy desesperado. Del Departamento del Distrito Federal, más vale no hablar. Es la primera vez que el agua de las lluvias no obedece a las coladeras y viene a dar a mi sótano. Los quejidos han cesado: vaya una cosa por otra.”

“Secaron el sótano, y el Chac Mool está cubierto de lama. Le da un aspecto grotesco, porque toda la masa de la escultura parece padecer de una erisipela verde, salvo los ojos, que han permanecido de piedra. Voy a aprovechar el domingo para raspar el musgo. Pepe me ha recomendado cambiarme a una casa de apartamentos, y tomar el piso más alto, para evitar estas tragedias acuáticas. Pero yo no puedo dejar este caserón, ciertamente es muy grande para mí solo, un poco lúgubre en su arquitectura porfiriana. Pero es la única herencia y recuerdo de mis padres. No sé qué me daría ver una fuente de sodas con sinfonola en el sótano y una tienda de decoración en la planta baja.”

“Fui a raspar el musgo del Chac Mool con una espátula. Parecía ser ya parte de la piedra; fue labor de más de una hora, y sólo a las seis de la tarde pude terminar. No se distinguía muy bien la penumbra; al finalizar el trabajo, seguí con la mano los contornos de la piedra. Cada vez que lo repasaba, el bloque parecía reblandecerse. No quise creerlo: era ya casi una pasta. Este mercader de la Lagunilla me ha timado. Su escultura precolombina es puro yeso, y la humedad acabará por arruinarla. Le he echado encima unos trapos; mañana la pasaré a la pieza de arriba, antes de que sufra un deterioro total.”

“Los trapos han caído al suelo, increíble. Volví a palpar el Chac Mool. Se ha endurecido pero no vuelve a la consistencia de la piedra. No quiero escribirlo: hay en el torso algo de la textura de la carne, al apretar los brazos los siento de goma, siento que algo circula por esa figura recostada... Volví a bajar en la noche. No cabe duda: el Chac Mool tiene vello en los brazos.”

“Esto nunca me había sucedido. Tergiversé los asuntos en la oficina, giré una orden de pago que no estaba autorizada, y el Director tuvo que llamarme la atención. Quizá me mostré hasta descortés con los compañeros. Tendré que ver a un médico, saber si es mi imaginación o delirio o qué, y deshacerme de ese maldito Chac Mool.”

Hasta aquí la escritura de Filiberto era la antigua, la que tantas veces vi en formas y memoranda, ancha y ovalada. La entrada del 25 de agosto, sin embargo, parecía escrita por otra persona. A veces como niño, separando trabajosamente cada letra; otras, nerviosa, hasta diluirse en lo ininteligible. Hay tres días vacíos, y el relato continúa:

“Todo es tan natural; y luego se cree en lo real... pero esto lo es, más que lo creído por mí. Si es real un garrafón, y más, porque nos damos mejor cuenta de su existencia, o estar, si un bromista pinta el agua de rojo... Real bocanada de cigarro efímera, real imagen monstruosa en un espejo de circo, reales, ¿no lo son todos los muertos, presentes y olvidados?... si un hombre atravesara el paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces, qué?... Realidad: cierto día la quebraron en mil pedazos, la cabeza fue a dar allá, la cola aquí y nosotros no conocemos más que uno de los trozos desprendidos de su gran cuerpo. Océano libre y ficticio, sólo real cuando se le aprisiona en el rumor de un caracol marino. Hasta hace tres días, mi realidad lo era al grado de haberse borrado hoy; era movimiento reflejo, rutina, memoria, cartapacio. Y luego, como la tierra que un día tiembla para que recordemos su poder, o como la muerte que un día llegará, recriminando mi olvido de toda la vida, se presenta otra realidad: sabíamos que estaba allí, mostrenca; ahora nos sacude para hacerse viva y presente. Pensé, nuevamente, que era pura imaginación: el Chac Mool, blando y elegante, había cambiado de color en una noche; amarillo, casi dorado, parecía indicarme que era un dios, por ahora laxo, con las rodillas menos tensas que antes, con la sonrisa más benévola. Y ayer, por fin, un despertar sobresaltado, con esa seguridad espantosa de que hay dos respiraciones en la noche, de que en la oscuridad laten más pulsos que el propio. Sí, se escuchaban pasos en la escalera. Pesadilla. Vuelta a dormir... No sé cuánto tiempo pretendí dormir. Cuando volvía a abrir los ojos, aún no amanecía. El cuarto olía a horror, a incienso y sangre. Con la mirada negra, recorrí la recámara, hasta detenerme en dos orificios de luz parpadeante, en dos flámulas crueles y amarillas.

“Casi sin aliento, encendí la luz.

“Allí estaba Chac Mool, erguido, sonriente, ocre, con su barriga encarnada. Me paralizaron los dos ojillos casi bizcos, muy pegados al caballete de la nariz triangular. Los dientes inferiores mordían el labio superior, inmóviles; sólo el brillo del casuelón cuadrado sobre la cabeza anormalmente voluminosa, delataba vida. Chac Mool avanzó hacia mi cama; entonces empezó a llover.”

Recuerdo que a fines de agosto, Filiberto fue despedido de la Secretaría, con una recriminación pública del Director y rumores de locura y hasta de robo. Esto no lo creí. Sí pude ver unos oficios descabellados, preguntándole al Oficial Mayor si el agua podía olerse, ofreciendo sus servicios al Secretario de Recursos Hidráulicos para hacer llover en el desierto. No supe qué explicación darme a mí mismo; pensé que las lluvias excepcionalmente fuertes, de ese verano, habían enervado a mi amigo. O que alguna depresión moral debía producir la vida en aquel caserón antiguo, con la mitad de los cuartos bajo llave y empolvados, sin criados ni vida de familia. Los apuntes siguientes son de fines de septiembre:

“Chac Mool puede ser simpático cuando quiere, ‘...un gluglú de agua embelesada’... Sabe historias fantásticas sobre los monzones, las lluvias ecuatoriales y el castigo de los desiertos; cada planta arranca de su paternidad mítica: el sauce es su hija descarriada, los lotos, sus niños mimados; su suegra, el cacto. Lo que no puedo tolerar es el olor, extrahumano, que emana de esa carne que no lo es, de las sandalias flamantes de vejez. Con risa estridente, Chac Mool revela cómo fue descubierto por Le Plongeon y puesto físicamente en contacto de hombres de otros símbolos. Su espíritu ha vivido en el cántaro y en la tempestad, naturalmente; otra cosa es su piedra, y haberla arrancado del escondite maya en el que yacía es artificial y cruel. Creo que Chac Mool nunca lo perdonará. Él sabe de la inminencia del hecho estético.

“He debido proporcionarle sapolio para que se lave el vientre que el mercader, al creerlo azteca, le untó de salsa ketchup. No pareció gustarle mi pregunta sobre su parentesco con Tlaloc1, y cuando se enoja, sus dientes, de por sí repulsivos, se afilan y brillan. Los primeros días, bajó a dormir al sótano; desde ayer, lo hace en mi cama.”

“Hoy empezó la temporada seca. Ayer, desde la sala donde ahora duermo, comencé a oír los mismos lamentos roncos del principio, seguidos de ruidos terribles. Subí; entreabrí la puerta de la recámara: Chac Mool estaba rompiendo las lámparas, los muebles; al verme, saltó hacia la puerta con las manos arañadas, y apenas pude cerrar e irme a esconder al baño. Luego bajó, jadeante, y pidió agua; todo el día tiene corriendo los grifos, no queda un centímetro seco en la casa. Tengo que dormir muy abrigado, y le he pedido que no empape más la sala2.”

“El Chac inundó hoy la sala. Exasperado, le dije que lo iba a devolver al mercado de la Lagunilla. Tan terrible como su risilla -horrorosamente distinta a cualquier risa de hombre o de animal- fue la bofetada que me dio, con ese brazo cargado de pesados brazaletes. Debo reconocerlo: soy su prisionero. Mi idea original era bien distinta: yo dominaría a Chac Mool, como se domina a un juguete; era, acaso, una prolongación de mi seguridad infantil; pero la niñez -¿quién lo dijo?- es fruto comido por los años, y yo no me he dado cuenta... Ha tomado mi ropa y se pone la bata cuando empieza a brotarle musgo verde. El Chac Mool está acostumbrado a que se le obedezca, desde siempre y para siempre; yo, que nunca he debido mandar, sólo puedo doblegarme ante él. Mientras no llueva -¿y su poder mágico?- vivirá colérico e irritable.”

“Hoy decidí que en las noches Chac Mool sale de la casa. Siempre, al oscurecer, canta una tonada chirriona y antigua, más vieja que el canto mismo. Luego cesa. Toqué varias veces a su puerta, y como no me contestó, me atrevía a entrar. No había vuelto a ver la recámara desde el día en que la estatua trató de atacarme: está en ruinas, y allí se concentra ese olor a incienso y sangre que ha permeado la casa. Pero detrás de la puerta, hay huesos: huesos de perros, de ratones y gatos. Esto es lo que roba en la noche el Chac Mool para sustentarse. Esto explica los ladridos espantosos de todas las madrugadas.”

“Febrero, seco. Chac Mool vigila cada paso mío; me ha obligado a telefonear a una fonda para que diariamente me traigan un portaviandas. Pero el dinero sustraído de la oficina ya se va a acabar. Sucedió lo inevitable: desde el día primero, cortaron el agua y la luz por falta de pago. Pero Chac Mool ha descubierto una fuente pública a dos cuadras de aquí; todos los días hago diez o doce viajes por agua, y él me observa desde la azotea. Dice que si intento huir me fulminará: también es Dios del Rayo. Lo que él no sabe es que estoy al tanto de sus correrías nocturnas... Como no hay luz, debo acostarme a las ocho. Ya debería estar acostumbrado al Chac Mool, pero hace poco, en la oscuridad, me topé con él en la escalera, sentí sus brazos helados, las escamas de su piel renovada y quise gritar.”

“Si no llueve pronto, el Chac Mool va a convertirse otra vez en piedra. He notado sus dificultades recientes para moverse; a veces se reclina durante horas, paralizado, contra la pared y parece ser, de nuevo, un ídolo inerme, por más dios de la tempestad y el trueno que se le considere. Pero estos reposos sólo le dan nuevas fuerzas para vejarme, arañarme como si pudiese arrancar algún líquido de mi carne. Ya no tienen lugar aquellos intermedios amables durante los cuales relataba viejos cuentos; creo notar en él una especie de resentimiento concentrado. Ha habido otros indicios que me han puesto a pensar: los vinos de mi bodega se están acabando; Chac Mool acaricia la seda de la bata; quiere que traiga una criada a la casa, me ha hecho enseñarle a usar jabón y lociones. Incluso hay algo viejo en su cara que antes parecía eterna. Aquí puede estar mi salvación: si el Chac cae en tentaciones, si se humaniza, posiblemente todos sus siglos de vida se acumulen en un instante y caiga fulminado por el poder aplazado del tiempo. Pero también me pongo a pensar en algo terrible: el Chac no querrá que yo asista a su derrumbe, no querrá un testigo..., es posible que desee matarme.”

“Hoy aprovecharé la excursión nocturna de Chac para huir. Me iré a Acapulco; veremos qué puede hacerse para conseguir trabajo y esperar la muerte de Chac Mool; sí, se avecina; está canoso, abotagado. Yo necesito asolearme, nadar y recuperar fuerzas. Me quedan cuatrocientos pesos. Iré a la Pensión Müller, que es barata y cómoda. Que se adueñe de todo Chac Mool: a ver cuánto dura sin mis baldes de agua.”

Aquí termina el diario de Filiberto. No quise pensar más en su relato; dormí hasta Cuernavaca. De ahí a México pretendí dar coherencia al escrito, relacionarlo con exceso de trabajo, con algún motivo sicológico. Cuando, a las nueve de la noche, llegamos a la terminal, aún no podía explicarme la locura de mi amigo. Contraté una camioneta para llevar el féretro a casa de Filiberto, y después de allí ordenar el entierro.

Antes de que pudiera introducir la llave en la cerradura, la puerta se abrió. Apareció un indio amarillo, en bata de casa, con bufanda. Su aspecto no podía ser más repulsivo; despedía un olor a loción barata, quería cubrir las arrugas con la cara polveada; tenía la boca embarrada de lápiz labial mal aplicado, y el pelo daba la impresión de estar teñido.

-Perdone... no sabía que Filiberto hubiera...

-No importa; lo sé todo. Dígale a los hombres que lleven el cadáver al sótano.
 

*Carlos Fuentes Macías (* Ciudad de Panamá, 11 de noviembre de 1928 - ) es uno de los escritores mexicanos más conocidos de finales del siglo XX, autor de novelas y ensayos, entre los que destacan Aura, La muerte de Artemio Cruz, La región más transparente y Terra Nostra. Recibió el Premio Rómulo Gallegos en 1977, el Premio Cervantes en 1987 y en 2009 la "Gran Cruz de Isabel la Católica". Fue nombrado miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua en agosto de 2001.

[Publicado en portada en mayo 2010]


La última sonrisa

Un relato de Gustavo Pierola*

El viejo era un hombre tranquilo, no necesitaba levantar la voz, perfil bajo, de andar lento, siempre con la palabra pausada y serena. Esto no quiere decir que no era inquieto, lo era y mucho, su disimulada energía estaba fundamentalmente dirigida a ciertos proyectos que él mismo fue armando en su vida, individual y colectiva.
Don Héctor Gabriel Piérola, “Perico” para los amigos, nació en Paraná un 18 de marzo de 1.919, hijo de Doña Ignacia, madre, padre, tutora y encargada de la crianza en soledad de ocho pichones; ama de casa, también laburaba en su casa como costurera para la fábrica Alpargatas que estaba en Bajada Grande.
El apellido viene del lado de ella, ya que el padre del viejo, mi abuelo, parece que tenía otro nido, más oficial.
Don Héctor hizo la Escuela Primaria en su barrio y la Secundaria en el Colegio Nacional, después estudio en el Profesorado de Castellano y Literatura que funcionaba en la Escuela Normal.
De gurí anduvo mezclado en los orígenes del Club Patronato, cuando en bandada se le prendían de la sotana al Padre Grella antes que emigre del barrio para donde hoy el club esta emplazado. Después, con doce o trece años, tuvo la suerte que un grupo de muchachos visionarios, encabezados por su hermano mayor Carlos, tuvieran el privilegio y la magnífica idea de fundar lo que a partir de ahí fue su segundo hogar, el club de su vida, el Atlético Echagüe Club.
Así, Don Héctor, “Perico”, siguió sus pasos deportivos, Patronato, Echagüe, el Colegio Nacional. Su gran deporte fue el básquetbol cuando las zapatillas quedaban rojas con el polvo de ladrillo, en varias oportunidades llegó a representar la provincia en campeonatos nacionales y en una oportunidad el seleccionado nacional en el año 1.944 logrando el título de campeón sudamericano.
Apenas recibido de Profesor, colaboraba con las escasas finanzas familiares como docente y dando clases particulares de Castellano y Literatura. En una oportunidad llegó hasta su puerta una jovencita bastante menor que él, necesitada de mejorar las notas en esas materias en la escuela secundaria. Amanda Mayor era su nombre y vivía en el Barrio Gazzano llamado Corrales por aquel entonces. Amanda tenía un largo viaje para tomar las clases con este joven profesor, con el tiempo, si no tenía problemas con el castellano, los inventaba para verlo.
A partir de ahí, quedan “flechados”. Se casaron en el año 49 y tuvieron seis hijos, Álvaro, Fernando, Gustavo, María Luz, Cristela y Emilce. Pudieron construir su casa en calle 25 de mayo, a un par de cuadras de Doña Ignacia y muy cerquita de su querido Echagüe.
Políticamente, Don Héctor estaba más pegado al Radicalismo con algunas guiñadas socialistas, lo que le costó algunas correrías del General, pero no fue lo que se dice, un militante, fue muy amigo de los Perette y otros caudillos radicales. No puedo decir que era un gorilón pero si que miraba el peronismo con el ceño un poco fruncido, aún así tenía amistades de todos los colores.
La profesión lo hizo un gran conocedor de nuestro idioma, desgraciadamente no fue un escritor profesional, pero cuando lo hacía era un placer meterse en su escritura. Sus cartas y escritos, aunque pocos, demostraban un profundo sentimiento y una gran calidez humana.
Recuerdo estando en Brasil, en el exilio, las cartas que le enviaba me las devolvía totalmente corregidas, como no pudiendo dejar su reconocida docencia. Me confunde el portuñol yo le decía, ma qué portuñol me contestaba, burro.
Uno de sus grandes proyectos, estuvo relacionado a su profesión, junto a grandes intelectuales de la ciudad como Amaro Villanueva, Carlos Alvarez, Francisco Martinez Segovia y otros formaron el Centro Cultural Carlos María Onetti, entidad que se dedicó en un corto período allá por el 47 a traer a Paraná a escritores de la talla de León Felipe, Rafael Alberti, Nicolás Guillén y otros.
Muy machista, actitud frecuente desgraciadamente en una sociedad como la Paranaense. Como marido, difícil de opinar, pero la vieja le dijo basta después de 25 años de matrimonio.
Como padre, siempre mantuvo una relación bastante seca y vertical, creo que cada uno de sus hijos lo vivimos de diferentes maneras, tal vez con alguno se acercaba más que con otro, pero el viejo siempre estaba.
Laburaba y mucho, para bancar semejante tropa, aparte de la docencia en la escuela Industrial y la Alem, vendía seguros, vino La Caroyense y con ese esfuerzo callado y constante permitió que nunca falte el pan de cada día y que todos podamos estudiar algo.
Lo caracterizaba siempre un buen humor, no era de mucha carcajada, pero si de tener siempre una sonrisa fácil, sincera.
Un hombre con firmes principios y valores difíciles de encontrar en la actualidad. Un gran amigo, una hermosa persona que supo cosechar muchos y grandes amigos.
- Fernando, ahí coordiné con mi amigo Morresi para que te inscribas en Resistencia.
- ¿Y él que tiene que ver en la Universidad?
- Es Profesor de Historia en la UNNE y además vive en la misma Universidad, él va ayudar a ubicarte.
- Grande viejo, la semana que viene nos vamos con Juan.
El viejo era muy amigo de Eldo Morresi, el Bebe, juntos compartieron el básquetbol echagüense, después tuvo que emigrar para el norte por esa posibilidad de trabajo.
Fernando ya tenía todo organizado para irse al Chaco a estudiar Arquitectura junto con Juan Nin un compañero de siempre que se enganchó en la misma carrera.
Corría el año 70, a partir de ahí, el viejo no viajó mucho a Resistencia, era el flaco que se llegaba por Paraná, pero un par de veces al año Don Héctor se daba una vueltita por el norte.
Fernando se fue acercando poco a poco al peronismo, y el viejo tuvo que aceptar esa realidad.
- Es que el Chaco es el Chaco, cuándo viste un radical en las Ligas Agrarias, peleando por los aborígenes, en la comisión interna de una fábrica, en algún ingenio, lo más revolucionario que pueden haber llegado es a un centro de estudiantes. Siempre le decía Fernando.
Y el flaco se metió en todo y con todo, Ligas Agrarias, Tobas, Fábricas, Barrios, Universidad y donde pudo metió su fuerza y su militancia y así llegó a Montoneros.
Las veces que anduvo por Paraná en el año 74 y 75, el flaco se juntaba con Don Héctor a charlar, en el fondo de casa, el flaco le contaba de la lucha y de sus sueños, el viejo disimulaba su orgullo por esa lucha y le expresaba sus miedos y la necesidad de ir más despacio. El país tenía varios golpes en el lomo y varias agachadas de la oligarquía y de esa burguesía que no se banca el olor a pueblo y el viejo había vivido unas cuantas pero sabía que la cosa venía más pesada.
En una oportunidad, estaba el viejo cortando el pasto en el fondo de casa, yo estaba montado en una pared, cortándole el pelo a una enamorada del muro cuando llega Fernando con la más chica, Emilce, a caballito, el flaco recién llegaba de un viaje que se había mandado por Centro América y en casa lo estábamos extrañando bastante. Se abrazaron un largo rato, con Emilce todavía en el lomo.
- Viejo, me caso.
El viejo lo miró y lo felicitó con una sonrisa.
- ¿Con la hija del Bebe, con María Julia?
- Y claro, con quién más.
- Y bueno, qué se yo… mejor no digo nada.
Le contestó con otra sonrisa pícara, sabiendo que el flaco era muy buscado por el otro sexo.
María Julia, era la hija del Bebe Morresi, su amigo del norte, del básquet y de Echagüe, Fernando se había enganchado con la petisa al poco tiempo de llegar a Resistencia y en ese momento llegaba con la noticia del casamiento.
- ¿No vendrá un nieto no?
- No viejo, por ahora queremos vivir juntos, ya vendrán tus nietos.
- Vos, bajate de ahí y andate a comprar un asadito que a esto hay que festejarlo.
Fue un hermoso día de encuentro, de alegría y festejos, el regreso, el casorio, se había juntado todo y al viejo le gustaba frecuentar y armar sorpresivas rondas alrededor de la parrilla.
Fernando se volvió para el norte, en casa quedó el recuerdo de ese encuentro, pero también quedó en los viejos la preocupación por todo lo que estaba pasando en el país y más aún conociendo el compromiso militante cada vez mayor de Fernando.
Yo me volví para Buenos Aires donde estaba estudiando. Pasó el tiempo hubo un par de encuentros más en Paraná y en el Chaco, pero cada vez más difíciles y complicados.
Don Héctor siguió con su vida rutinaria, ya estaba jubilado, vendía algún seguro, publicidad para la guía telefónica y como siempre, al frente de algún proyecto marcando su humanismo y su actividad social como fue la construcción del Hotel Alvear, el Estadio de Echagüe, colaborando también con Patronato, el Colegio Nacional, etc.
Fernando continuó con la militancia, cada vez más comprometido, con una Triple A que le pisaba los talones, con un CDO en el Chaco apoyado por gobiernos traidores que siguieron al pie de la letra la bajada de pulgar de Perón en la Plaza de Mayo a aquella “juventud imberbe”.
El último encuentro de Fernando con el viejo fue en mi casamiento el 9 de enero de 1.976. Fernando y María Julia ya andaban clandestinos esquivando como podían las garras asesinas. En esos momentos vivían en Corrientes.
- Hijo, cuídense, váyanse más lejos hasta que esta locura pase, yo los ayudo con unos manguitos.
- No te preocupes viejo, estamos bien, no podemos aflojarle a estos vendepatria.
- Esto viene muy pesado, parece que se viene otro golpe.
- Ya sabemos, y los bajaremos como a Onganía, a Lanusse, qué mierda…
Llegó el golpe e hicieron correr la sangre prometida, sangre joven, valiente, esperanzada, con un maravilloso proyecto para esta pisoteada Argentina.
Cárceles, exilio y algo nuevo, proyectado, tétrico, bárbaro, inimaginable, la desaparición en masa de un pueblo que estaba luchando por un país más justo y libre.
En octubre de ese año llegó la noticia.
- ¿Hola, Perico, cómo andás hermano?
- Bien Bebe, ¿que contás, sabés algo de los chicos?
- Por eso te llamo, parece que los detuvieron en Misiones.
- ¿Cómo están?
- No sabemos nada todavía, nos enteramos por la radio.
Fernando y María Julia habían sido detenidos en Posadas el 20 de octubre de 1.976 por la patota del 124 de Inteligencia de Resistencia. Tosso, Valussi, Hornos andaban detrás de ambos hacía un tiempo, algunas torturas por ahí, permitieron ubicarlos. Muy torturados en Posadas, los trasladan a Corrientes al RI9 donde la patota correntina se ensañó más aún con Fernando, De Marchi, Losito, Piriz, más tortura. Luego los llevan a Resistencia a la brigada de Investigaciones, María Julia queda ahí y a Fernando lo llevan a la Alcaidía de la Policía Chaqueña.
Y llega el 13 de diciembre de 1.976 y Margarita Belén.
Yo ya vivía en Paraná, había nacido Verónica, la militancia seguía, la cosa estaba demasiado pesada, nos estábamos mudando a Buenos Aires hasta que aclare un poco.
Eran los primeros días de enero de 1.977 estaba en lo de mi suegra que vivía en la zona del puerto, una casa en el interior de la manzana. Me avisan que el viejo estaba afuera, en la calle y quería verme. Salgo, estaba solo, apoyando en su Peugeot 404 blanco, a medida que me acercaba podía ver su sonrisa cada vez más grande. Me alegró, ya que hacía tiempo que no lo veía sonreír así. Tenía un papel en la mano y haciendo señas, lo agitaba como una pequeña bandera.
- ¿Viejo, qué pasa, el flaco?
- Siiii, lee.
Y me dio el pequeño papel, su sonrisa ya era una risa desacostumbrada en esos tiempos. Empiezo a leerlo:

EJERCITO ARGENTINO
Resistencia, 30 de diciembre de 1.976.-
Al señor Héctor Gabriel Piérola
25 de mayo 628
Paraná – Entre Ríos

Comunico a Ud. que el día 13 de diciembre de 1.976, una columna que transportaba personal detenido desde Resistencia hacia Formosa, a la altura del Kilómetro 1042 de la Ruta Nacional Nº 11, fue atacada por delincuentes subversivos, con la aparente intención de liberarlos o eliminarlos, a efectos de evitar declaraciones comprometedoras. Como consecuencia del choque armado y posterior intervención de otros efectivos del orden, se produjeron bajas en ambos bandos y algunos detenidos lograron fugar.
Cumplo en comunicarle que su hijo FERNANDO GABRIEL PIEROLA, logró fugar y que aún se encuentra prófugo.

Miguel Aurelio Baguear
Coronel
Jefe Grupo Artillería 1

Termino de leerlo, lo miré y con una frialdad de mierda, le dije:
- Viejo, están aplicando lo que ellos llaman la Ley de Fuga.
Su rostro se fue transformando.
- Ley de Fuga, y qué es eso?
- Los fusilan, los matan, inventan fugas y enfrentamientos.
- Pero aquí dice que está prófugo.
- Si viejo, ojalá sea cierto, ojalá sea cierto.
- No puede ser, qué estás diciendo, no puede ser, aquí dice…….
Y muy despacio, fue subiendo a su auto y lo vI alejarse con el rostro quebrado, sin entender y queriendo creer en esa gran mentira.
Fue la última sonrisa que disfrutamos del viejo, nunca la olvidaré, con aquel papel, con aquel asqueroso, inmundo, infame y cruel papel en la mano, agitándolo alegremente.

*Gustavo Piérola nació en Paraná, Entre Ríos, en 1954. Es Docente. Estuvo exiliado en San Pablo, Brasil, donde trabajó durante varios años con el Arzobispo Don Paulo Evaristo Arns, con CLAMOR (Entidad Brasileña por los Derechos Humanos) y el CBS ( Comité Brasileño de Solidaridad con los Pueblos de Latinoamérica), con quienes realizó un profundo trabajo en Derechos Humanos. Actualmente forma parte de la AFADER (Asociación de Familiares y Amigos de Desaparecidos Entrerrianos), LA SOLAPA (Asociación de Ex Presos y Exiliados Políticos de Entre Ríos) y la Comisión de Investigación por la Masacre de Margarita Belén.
Es hermano de Fernando Piérola, fusilado en Margarita Belén.


gustavopierola@yahoo.com.ar

[Publicado en portada en mayo 2010]


El jorobadito

Un cuento de Roberto Arlt*

Los diversos y exagerados rumores desparramados con motivo de la conducta que observé en compañía de Rigoletto, el jorobadito, en la casa de la señora X, apartaron en su tiempo a mucha gente de mi lado.

Sin embargo, mis singularidades no me acarrearon mayores desventuras, de no perfeccionarlas estrangulando a Rigoletto.

Retorcerle el pescuezo al jorobadito ha sido de mi parte un acto más ruinoso e imprudente para mis intereses, que atentar contra la existencia de un benefactor de la humanidad.

Se han echado sobre mí la policía, los jueces y los periódicos. Y ésta es la hora en que aún me pregunto (considerando los rigores de la justicia) si Rigoletto no estaba llamado a ser un capitán de hombres, un genio o un filántropo. De otra forma no se explican las crueldades de la ley para vengar los fueros de un insigne piojoso, al cual, para pagarle de su insolencia, resultaran insuficientes todos los puntapiés que pudieran suministrarle en el trasero una brigada de personas bien nacidas.

No se me oculta que sucesos peores ocurren sobre el planeta, pero ésta no es una razón para que yo deje de mirar con angustia las leprosas paredes del calabozo donde estoy alojado a espera de un destino peor.

Pero estaba escrito que de un deforme debían provenirme tantas dificultades. Recuerdo (y esto a vía de información para los aficionados a la teosofía y la metafísica) que desde mi tierna infancia me llamaron la atención los contrahechos. Los odiaba al tiempo que me atraían, como detesto y me llama la profundidad abierta bajo la balconada de un noveno piso, a cuyo barandal me he aproximado más de una vez con el corazón temblando de cautela y delicioso pavor. Y así como frente al vacío no puedo sustraerme al terror de imaginarme cayendo en el aire con el estómago contraído en la asfixia del desmoronamiento, en presencia de un deforme no puedo escapar al nauseoso pensamiento de imaginarme corcoveado, grotesco, espantoso, abandonado de todos, hospedado en una perrera, perseguido por traíllas de chicos feroces que me clavarían agujas en la giba... Es terrible..., sin contar que todos los contrahechos son seres perversos, endemoniados, protervos..., de manera que al estrangularlo a Rigoletto me creo con derecho a afirmar que le hice un inmenso favor a la sociedad, pues he librado a todos los corazones sensibles como el mío de un espectáculo pavoroso y repugnante. Sin añadir que el jorobadito era un hombre cruel. Tan cruel que yo me veía obligado a decirle todos los días:

-Mirá, Rigoletto, no seas perverso. Prefiero cualquier cosa a verte pegándole con un látigo a una inocente cerda. ¿Qué te ha hecho la marrana? Nada. ¿No es cierto que no te ha hecho nada?...

-¿Qué se le importa?

-No te ha hecho nada, y vos contumaz, obstinado, cruel, desfogas tus furores en la pobre bestia...

-Como me embrome mucho la voy a rociar de petróleo a la chancha y luego le prendo fuego.

Después de pronunciar estas palabras, el jorobadito descargaba latigazos en el crinudo lomo de la bestia, rechinando los dientes como un demonio de teatro. Y yo le decía:

-Te voy a retorcer el pescuezo, Rigoletto. Escuchá mis paternales advertencias, Rigoletto. Te conviene...

Predicar en el desierto hubiera sido más eficaz. Se regocijaba en contravenir mis órdenes y en poner en todo momento en evidencia su temperamento sardónico y feroz. Inútil era que prometiera zurrarle la badana o hacerle salir la joroba por el pecho de un mal golpe. Él continuaba observando una conducta impura. Volviendo a mi actual situación diré que si hay algo que me reprocho, es haber recaído en la ingenuidad de conversar semejantes minucias a los periodistas. Creía que las interpretarían, más heme aquí ahora abocado a mi reputación menoscabada, pues esa gentuza lo que menos ha escrito es que soy un demente, afirmando con toda seriedad que bajo la trabazón de mis actos se descubren las características de un cínico perverso.

Ciertamente, que mi actitud en la casa de la señora X, en compañía del jorobadito, no ha sido la de un miembro inscripto en el almanaque de Gotha. No. Al menos no podría afirmarlo bajo mi palabra de honor.

Pero de este extremo al otro, en el que me colocan mis irreductibles enemigos, media una igual distancia de mentira e incomprensión. Mis detractores aseguran que soy un canalla monstruoso, basando esta afirmación en mi jovialidad al comentar ciertos actos en los que he intervenido, como si la jovialidad no fuera precisamente la prueba de cuán excelentes son las condiciones de mi carácter y qué comprensivo y tierno al fin y al cabo.

Por otra parte, si hubiera que tamizar mis actos, ese tamiz a emplearse debería llamarse Sufrimiento. Soy un hombre que ha padecido mucho. No negaré que dichos padecimientos han encontrado su origen en mi exceso de sensibilidad, tan agudizada que cuando me encontraba frente a alguien he creído percibir hasta el matiz del color que tenían sus pensamientos, y lo más grave es que no me he equivocado nunca. Por el alma del hombre he visto pasar el rojo del odio y el verde del amor, como a través de la cresta de una nube los rayos de luna más o menos empalidecidos por el espesor distinto de la masa acuosa. Y personas hubo que me han dicho:

-¿Recuerda cuando usted, hace tres años, me dijo que yo pensaba en tal cosa? No se equivocaba.

He caminado así, entre hombres y mujeres, percibiendo los furores que encrespaban sus instintos y los deseos que envaraban sus intenciones, sorprendiendo siempre en las laterales luces de la pupila, en el temblor de los vértices de los labios y en el erizamiento casi invisible de la piel de los párpados, lo que anhelaban, retenían o sufrían. Y jamás estuve más solo que entonces, que cuando ellos y ellas eran transparentes para mí. De este modo, involuntariamente, fui descubriendo todo el sedimento de bajeza humana que encubren los actos aparentemente más leves, y hombres que eran buenos y perfectos para sus prójimos, fueron, para mí, lo que Cristo llamó sepulcros encalados. Lentamente se agrió mi natural bondad convirtiéndome en un sujeto taciturno e irónico. Pero me voy apartando, precisamente, de aquello a lo cual quiero aproximarme y es la relación del origen de mis desgracias. Mis dificultades nacen de haber conducido a la casa de la señora X al infame corcovado.

En la casa de la señora X yo "hacía el novio" de una de las niñas. Es curioso. Fui atraído, insensiblemente, a la intimidad de esa familia por una hábil conducta de la señora X, que procedió con un determinado exquisito tacto y que consiste en negarnos un vaso de agua para poner a nuestro alcance, y como quien no quiere, un frasco de alcohol. Imagínense ustedes lo que ocurriría con un sediento. Oponiéndose en palabras a mis deseos. Incluso, hay testigos. Digo esto para descargo de mi conciencia. Más aún, en circunstancias en que nuestras relaciones hacían prever una ruptura, yo anticipé seguridades que escandalizaron a los amigos de la casa. Y es curioso. Hay muchas madres que adoptan este temperamento, en la relación que sus hijas tienen con los novios, de manera que el incauto -si en un incauto puede admitirse un minuto de lucidez- observa con terror que ha llevado las cosas mucho más lejos de lo que permitía la conveniencia social.

Y ahora volvamos al jorobadito para deslindar responsabilidades. La primera vez que se presentó a visitarme en mi casa, lo hizo en casi completo estado de ebriedad, faltándole el respeto a una vieja criada que salió a recibirlo y gritando a voz en cuello de manera que hasta los viandantes que pasaban por la calle podían escucharle:

-¿Y dónde está la banda de música con que debían festejar mi hermosa presencia? Y los esclavos que tienen que ungirme de aceite, ¿dónde se han metido? En lugar de recibirme jovencitos con orinales, me atiende una vieja desdentada y hedionda. ¿Y ésta es la casa en la cual usted vive?

Y observando las puertas recién pintadas, exclamó enfáticamente:

-¡Pero esto no parece una casa de familia sino una ferretería! Es simplemente asqueroso. ¿Cómo no han tenido la precaución de perfumar la casa con esencia de nardo, sabiendo que iba a venir? ¿No se dan cuenta de la pestilencia de aguarrás que hay aquí?

¿Reparan ustedes en la catadura del insolente que se había posesionado de mi vida?

Lo cual es grave, señores, muy grave.

Estudiando el asunto recuerdo que conocí al contrahecho en un café; lo recuerdo perfectamente. Estaba yo sentado frente a una mesa, meditando, con la nariz metida en mi taza de café, cuando, al levantar la vista distinguí a un jorobadito que con los pies a dos cuartas del suelo y en mangas de camisa, observábame con toda atención, sentado del modo más indecoroso del mundo, pues había puesto la silla al revés y apoyaba sus brazos en el respaldo de ésta. Como hacía calor se había quitado el saco, y así descaradamente en cuerpo de camisa, giraba sus renegridos ojos saltones sobre los jugadores de billar. Era tan bajo que apenas si sus hombros se ponían a nivel con la tabla de la mesa. Y, como les contaba, alternaba la operación de contemplar la concurrencia, con la no menos importante de examinar su reloj pulsera, cual si la hora que éste marcara le importara mucho más que la señalada en el gigantesco reloj colgado de un muro del establecimiento.

Pero, lo que causaba en él un efecto extraño, además de la consabida corcova, era la cabeza cuadrada y la cara larga y redonda, de modo que por el cráneo parecía un mulo y por el semblante un caballo.

Me quedé un instante contemplando al jorobadito con la curiosidad de quien mira un sapo que ha brotado frente a él; y éste, sin ofenderse, me dijo:

-Caballero, ¿será tan amable usted que me permita sus fósforos?

Sonriendo, le alcancé mi caja; el contrahecho encendió su cigarro medio consumido y después de observarme largamente, dijo:

-¡Qué buen mozo es usted! Seguramente que no deben faltarle novias.

La lisonja halaga siempre aunque salga de la boca de un jorobado, y muy amablemente le contesté que sí, que tenía una muy hermosa novia, aunque no estaba muy seguro de ser querido por ella, a lo cual el desconocido, a quien bauticé en mi fuero interno con el nombre de Rigoletto, me contestó después de escuchar con sentenciosa atención mis palabras:

-No sé por qué se me ocurre que usted es de la estofa con que se fabrican excelentes cornudos.

Y antes que tuviera tiempo de sobreponerme a la estupefacción que me produjo su extraordinaria insolencia, el cacaseno continuó:

-Pues yo nunca he tenido novia, créalo, caballero... le digo la verdad...

-No lo dudo- repliqué sonriendo ofensivamente-, no lo dudo...

-De lo que me alegro, caballero, porque no me agradaría tener un incidente con usted...

Mientras él hablaba yo vacilaba si levantarme y darle un puntapié en la cabeza o tirarle a la cara el contenido de mi pocillo de café, pero recapacitándolo me dije que de promoverse un altercado allí, el que llevaría todas las de perder era yo, y cuando me disponía a marcharme contra mi voluntad porque aquel sapo humano me atraía con la inmensidad de su desparpajo, él, obsequiándome con la más graciosa sonrisa de su repertorio que dejaba al descubierto su amarilla dentadura de jumento, dijo:

-Este reloj pulsera me cuesta veinticinco pesos...; esta corbata es inarrugable y me cuesta ocho pesos...; ¿ve estos botines?, treinta y dos pesos, caballero. ¿Puede alguien decir que soy un pelafustán? ¡No, señor! ¿No es cierto?

-¡Claro que sí!

Guiñó arduamente los ojos durante un minuto, luego moviendo la cabeza como un osezno alegre, prosiguió interrogador y afirmativo simultáneamente:

-Qué agradable es poder confesar sus intimidades en público, ¿no le parece, caballero? ¿Hay muchos en mi lugar que pueden sentarse impunemente a la mesa de un café y entablar una amable conversación con un desconocido como lo hago yo? No. Y, ¿por qué no hay muchos, puede contestarme?

-No sé...

-Porque mi semblante respira la santa honradez.

Satisfechísimo de su conclusión, el bufoncillo se restregó las manos con satánico donaire, y echando complacidas miradas en redor prosiguió:

-Soy más bueno que el pan francés y más arbitrario que una preñada de cinco meses. Basta mirarme para comprender de inmediato que soy uno de aquellos hombres que aparecen de tanto en tanto sobre el planeta como un consuelo que Dios ofrece a los hombres en pago de sus penurias, y aunque no creo en la santísima Virgen, la bondad fluye de mis palabras como la piel del Himeto.

Mientras yo desencajaba los ojos asombrados, Rigoletto continuó:

-Yo podría ser abogado ahora, pero como no he estudiado no lo soy. En mi familia fui profesional del betún.

-¿Del betún?

-Sí, lustrador de botas..., lo cual me honra, porque yo solo he escalado la posición que ocupo. ¿O le molesta que haya sido profesional? ¿Acaso no se dice "técnico de calzado" el último remendón de portal, y "experto en cabellos y sus derivados" el rapabarbas, y profesor de baile el cafishio profesional?...

Indudablemente, era aquél el pillete más divertido que había encontrado en mi vida.

-¿Y ahora qué hace usted?

-Levanto quinielas entre mis favorecedores, señor. No dudo que usted será mi cliente. Pida informes...

-No hace falta...

-¿Quiere fumar usted, caballero?

-¡Cómo no!

Después que encendí el cigarro que él me hubo ofrecido, Rigoletto apoyó el corto brazo en mi mesa y dijo:

-Yo soy enemigo de contraer amistades nuevas porque la gente generalmente carece de tacto y educación, pero usted me convence.... me parece una persona muy de bien y quiero ser su amigo -dicho lo cual, y ustedes no lo creerán, el corcovado abandonó su silla y se instaló en mi mesa.

Ahora no dudarán ustedes de que Rigoletto era el ente más descarado de su especie, y ello me divirtió a punto tal que no pude menos de pasar el brazo por encima de la mesa y darle dos palmadas amistosas en la giba. Quedose el contrahecho mirándome gravemente un instante; luego lo pensó mejor, y sonriendo, agregó:

-¡Que le aproveche, caballero, porque a mí no me ha dado ninguna suerte!

Siempre dudé que mi novia me quisiera con la misma fuerza de enamoramiento que a mí me hacía pensar en ella durante todo el día, como en una imagen sobrenatural. Por momentos la sentía implantada en mi existencia semejante a un peñasco en el centro de un río. Y esta sensación de ser la corriente dividida en dos ondas cada día más pequeñas por el crecimiento del peñasco, resumía mi deleite de enamoramiento y anulación. ¿Comprenden ustedes? La vida que corre en nosotros se corta en dos raudales al llegar a su imagen, y como la corriente no puede destruir la roca, terminamos anhelando el peñasco que aja nuestro movimiento y permanece inmutable.

Naturalmente, ella desde el primer día que nos tratamos, me hizo experimentar con su frialdad sonriente el peso de su autoridad. Sin poder concretar en qué consistía el dominio que ejercía sobre mí, éste se traducía como la presión de una atmósfera sobre mi pasión. Frente a ella me sentía ridículo, inferior sin saber precisar en qué podía consistir cualquiera de ambas cosas. De más está decir que nunca me atreví a besarla, porque se me ocurría que ella podía considerar un ultraje mi caricia. Eso sí, me era más fácil imaginármela entregada a las caricias de otro, aunque ahora se me ocurre que esa imaginación pervertida era la consecuencia de mi conducta imbécil para con ella. En tanto, mediante esas curiosas transmutaciones que obra a veces la alquimia de las pasiones, comencé a odiarla rabiosamente a la madre, responsabilizándola también, ignoro por qué, de aquella situación absurda en que me encontraba. Si yo estaba de novio en aquella casa debíase a las arterias de la maldita vieja, y llegó a producirse en poco tiempo una de las situaciones más raras de que haya oído hablar, pues me retenía en la casa, junto a mi novia, no el amor a ella, sino el odio al alma taciturna y violenta que envasaba la madre silenciosa, pesando a todas horas cuántas probabilidades existían en el presente de que me casara o no con su hija. Ahora estaba aferrado al semblante de la madre como a una mala injuria inolvidable o a una humillación atroz. Me olvidaba de la muchacha que estaba a mi lado para entretenerme en estudiar el rostro de la anciana, abotagado por el relajamiento de la red muscular, terroso, inmóvil por momentos como si estuviera tallado en plata sucia, y con ojos negros, vivos e insolentes.

Las mejillas estaban surcadas por gruesas arrugas amarillas, y cuando aquel rostro estaba inmóvil y grave, con los ojos desviados de los míos, por ejemplo, detenidos en el plafón de la sala, emanaba de esa figura envuelta en ropas negras tal implacable voluntad, que el tono de la voz, enérgico y recio, lo que hacía era sólo afirmarla.

Yo tuve la sensación, en un momento dado, que esa mujer me aborrecía, porque la intimidad, a la cual ella "involuntariamente" me había arrastrado, no aseguraba en su interior las ilusiones que un día se había hecho respecto a mí. Y a medida que el odio crecía, y lanzaba en su interior furiosas voces, la señora X era más amable conmigo, se interesaba por mi salud, siempre precaria, tenía conmigo esas atenciones que las mujeres que han sido un poco sensuales gastan con sus hijos varones, y como una monstruosa araña iba tejiendo en redor de mi responsabilidad una fina tela de obligaciones. Sólo sus ojos negros e insolentes me espiaban de continuo, revisándome el alma y sopesando mis intenciones. A veces, cuando la incertidumbre se le hacía insoportable, estallaba casi en estas indirectas:

-Las amigas no hacen sino preguntarme cuándo se casan ustedes, y yo ¿qué les voy a contestar? Que pronto.-O si no:- Sería conveniente, no le parece a usted, que la "nena" fuera preparando su ajuar.

Cuando la señora X pronunciaba estas palabras, me miraba fijamente para descubrir si en un parpadeo o en un involuntario temblor de un nervio facial se revelaba mi intención de no cumplir con el compromiso, al cual ella me había arrastrado con su conducta habilísima. Aunque tenía la seguridad de que le daría una sorpresa desagradable, fingía estar segura de mi "decencia de caballero", mas el esfuerzo que tenía que efectuar para revestirse de esa apariencia de tranquilidad, ponía en el timbre de su voz una violencia meliflua, violencia que imprimía a las palabras una velocidad de cuchicheo, como quien os confía apuradamente un secreto, acompañando la voz con una inclinación de cabeza sobre el hombro derecho, mientras que la lengua humedecía los labios resecos por ese instinto animal que la impulsaba a desear matarme o hacerme víctima de una venganza atroz.

Además de voluntariosa, carecía de escrúpulos, pues fingía articular con mis ideas, que le eran odiosas en el más amplio sentido de la palabra. Y aunque aparentemente resulte ridículo que dos personas se odien en la divergencia de un pensamiento, no lo es, porque en el subconsciente de cada hombre y de cada mujer donde se almacena el rencor, cuando no es posible otro escape, el odio se descarga como por una válvula psíquica en la oposición de las ideas. Por ejemplo, ella, que odiaba a los bolcheviques, me escuchaba deferentemente cuando yo hablaba de las rencillas de Trotsky y Stalin, y hasta llegó al extremo de fingir interesarse por Lenin, ella, ella que se entusiasmaba ardientemente con los más groseros figurones de nuestra política conservadora. Acomodaticia y flexible, su aprobación a mis ideas era una injuria, me sentía empequeñecido y denigrado frente a una mujer que si yo hubiera afirmado que el día era noche, me contestara:

-Efectivamente, no me fijé que el sol hace rato que se ha puesto.

Sintetizando, ella deseaba que me casara de una vez. Luego se encargaría de darme con las puertas en las narices y de resarcirse de todas las dudas en que la había mantenido sumergida mi noviazgo eterno.

En tanto la malla de la red se iba ajustando cada vez más a mi organismo. Me sentía amarrado por invisibles cordeles. Día tras día la señora X agregaba un nudo más a su tejido, y mi tristeza crecía como si ante mis ojos estuvieran serruchando las tablas del ataúd que me iban a sumergir en la nada. Sabía que en la casa, lo poco bueno que persistía en mí iba a naufragar si yo aceptaba la situación que traía aparejada el compromiso. Ellas, la madre y la hija, me atraían a sus preocupaciones mezquinas, a su vida sórdida, sin ideales, una existencia gris, la verdadera noria de nuestro lenguaje popular, en el que la personalidad a medida que pasan los días se va desintegrando bajo el peso de las obligaciones económicas, que tienen la virtud de convertirlo a un hombre en uno de esos autómatas con cuello postizo, a quienes la mujer y la suegra retan a cada instante porque no trajo más dinero o no llegó a la hora establecida. Hace mucho tiempo que he comprendido que no he nacido para semejante esclavitud. Admito que es más probable que mi destino me lleve a dormir junto a los rieles de un ferrocarril, en medio del campo verde, que a acarretillar un cochecito con toldo de hule, donde duerme un muñeco que al decir de la gente "debe enorgullecerme de ser padre".

Yo no he podido concebir jamás ese orgullo, y sí experimento un sentimiento de verguenza y de lástima cuando un buen señor se entusiasma frente a mí con el pretexto de que su esposa lo ha hecho "padre de familia". Hasta muchas veces me he dicho que esa gente que así procede son simuladores de alegría o unos perfectos estúpidos. Porque en vez de felicitarnos del nacimiento de una criatura debíamos llorar de haber provocado la aparición en este mundo de un mísero y débil cuerpo humano, que a través de los años sufrirá incontables horas de dolor y escasísimos minutos de alegría.

Y mientras la "deliciosa criatura" con la cabeza tiesa junto a mi hombro soñaba con un futuro sonrosado, yo, con los ojos perdidos en la triangular verdura de un ciprés cercano, pensaba con qué hoja cortante desgarrar la tela de la red, cuyas células a medida que crecía se hacían más pequeñas y densas. Sin embargo, no encontraba un filo lo suficientemente agudo para desgarrar definitivamente la malla, hasta que conocí al corcovado.

En esas circunstancias se me ocurrió la "idea" -idea que fue pequeñita al principio como la raíz de una hierba, pero que en el transcurso de los días se bifurcó en mi cerebro, dilatándose, afianzando sus fibromas entre las células más remotas- y aunque no se me ocultaba que era ésa una "idea" extraña, fui familiarizándome con su contextura, de modo que a los pocos días ya estaba acostumbrado a ella y no faltaba sino llevarla a la práctica. Esa idea, semidiabólica por su naturaleza, consistía en conducir a la casa de mi novia al insolente jorobadito, previo acuerdo con él, y promover un escándalo singular, de consecuencias irreparables. Buscando un motivo mediante el cual podría provocar una ruptura, reparé en una ofensa que podría inferirle a mi novia, sumamente curiosa, la cual consistía:

Bajo la apariencia de una conmiseración elevada a su más pura violencia y expresión, el primer beso que ella aún no me había dado a mí, tendría que dárselo al repugnante corcovado que jamás había sido amado, que jamás conoció la piedad angélica ni la belleza terrestre.

Familiarizado, como les cuento, con mi "idea", si a algo tan magnífico se puede llamar idea, me dirigí al café en busca de Rigoletto.

Después que se hubo sentado a mi lado, le dije:

-Querido amigo: muchas veces he pensado que ninguna mujer lo ha besado ni lo besará. ¡No me interrumpa! Yo la quiero mucho a mi novia, pero dudo que me corresponda de corazón. Y tanto la quiero que para que se dé cuenta de mi cariño le diré que nunca la he besado. Ahora bien: yo quiero que ella me dé una prueba de su amor hacia mí... y esa prueba consistirá en que lo bese a usted. ¿Está conforme?

Respingó el corcovado en su silla; luego con tono enfático me replicó:

-¿Y quién me indemniza a mí, caballero, del mal rato que voy a pasar?

-¿Cómo, mal rato?

-¡Naturalmente! ¿O usted se cree que yo puedo prestarme por ser jorobado a farsas tan innobles? Usted me va a llevar a la casa de su novia y como quien presenta un monstruo, le dirá: "Querida, te presento al dromedario".

-¡Yo no la tuteo a mi novia!

-Para el caso es lo mismo. Y yo en tanto, ¿qué voy a quedarme haciendo, caballero? ¿Abriendo la boca como un imbécil, mientras disputan sus tonterías? ¡No, señor; muchas gracias! Gracias por su buena intención, como le decía la liebre al cazador. Además, que usted me dijo que nunca la había besado a su novia.

-Y eso, ¿qué tiene que ver?

-¡Claro! ¿Usted sabe acaso si a mí me gusta que me besen? Puede no gustarme. Y si no me gusta, ¿por qué usted quiere obligarme? ¿O es que usted se cree que porque soy corcovado no tengo sentimientos humanos?

La resistencia de Rigoletto me enardeció. Violentamente, le dije:

-Pero ¿no se da cuenta de que es usted, con su joroba y figura desgraciadas, el que me sugirió este admirable proyecto? ¡Piense, infeliz! Si mi novia consiente, le quedará a usted un recuerdo espléndido. Podrá decir por todas partes que ha conocido a la criatura más adorable de la tierra. ¿No se da cuenta? Su primer beso habrá sido para usted.

-¿Y quién le dice a usted que ése sea el primer beso que haya dado?

Durante un instante me quedé inmóvil; luego, obcecado por ese frenesí que violentaba toda mi vida hacia la ejecución de la "idea", le respondí:

-Y a vos, Rigoletto, ¿qué se te importa?

-¡No me llame Rigoletto! Yo no le he dado tanta confianza para que me ponga sobrenombres.

-Pero ¿sabés que sos el contrahecho más insolente que he conocido?

Amainó el jorobadito y ya dijo:

-¿Y si me ultrajara de palabra o de hecho?

-¡No seas ridículo, Rigoletto! ¿Quién te va a ultrajar? ¡Si vos sos un bufón! ¿No te das cuenta? ¡Sos un bufón y un parásito! ¿Para qué hacés entonces la comedia de la dignidad?

-¡Rotundamente protesto, caballero!

-Protestá todo lo que quieras, pero escucháme. Sos un desvergonzado parásito. Creo que me expreso con suficiente claridad ¿no? Les chupás la sangre a todos los clientes del café que tienen la imprudencia de escuchar tus melifluas palabras. Indudablemente no se encuentra en todo Buenos Aires un cínico de tu estampa y calibre. ¿Con qué derecho, entonces, pretendés que te indemnicen si a vos te indemniza mi tontería de llevarte a una casa donde no sos digno de barrer el zaguán? ¡Qué más indemnización querés que el beso que ella, santamente, te dará, insensible a tu cara, el mapa de la desverguenza!

-¡No me ultraje!

-Bueno, Rigoletto, ¿aceptás o no aceptás?

-¿Y si ella se niega a dármelo o quedo desairado?...

-Te daré veinte pesos.

-¿Y cuándo vamos a ir?

-Mañana. Cortáte el pelo, limpiáte las uñas...

-Bueno..., présteme cinco pesos...

-Tomá diez.

A las nueve de la noche salí con Rigoletto en dirección a la casa de mi novia. El giboso se había perfumado endiabladamente y estrenaba una corbata plastrón de color violeta.

La noche se presentaba sombría con sus ráfagas de viento encallejonadas en las bocacalles, y en el confín, tristemente iluminado por oscilantes lunas eléctricas, se veían deslizarse vertiginosas cordilleras de nubes. Yo estaba malhumorado, triste. Tan apresuradamente caminaba que el cojo casi corría tras de mí, y a momentos tomándome del borde del saco, me decía con tono lastimero:

-¡Pero usted quiere reventarme! ¿Qué le pasa a usted?

Y de tal manera crecía mi enfurecimiento que de no necesitarlo a Rigoletto lo hubiera arrojado de un puntapié al medio de la calzada.

¡Y cómo soplaba el viento! No se veía alma viviente por las calles, y una claridad espectral caída del segundo cielo que contenían las combadas nubes, hacía más nítidos los contornos de las fachadas y sus cresterías funerarias. No había quedado un trozo de papel por los suelos. Parecía que la ciudad había sido borrada por una tropa de espectros. Y a pesar de encontrarme en ella, creía estar perdido en un bosque.

El viento doblaba violentamente la copa de los árboles, pero el maldito corcovado me perseguía en mi carrera, como si no quisiera perderme, semejante a mi genio malo, semejante a lo malvado de mí mismo que para concretarse se hubiera revestido con la figura abominable del giboso.

Y yo estaba triste. Enormemente triste, como no se lo imaginan ustedes. Comprendía que le iba a inferir un atroz ultraje a la fría calculadora; comprendía que ese acto me separaría para siempre de ella, lo cual no obstaba para que me dijera a medida que cruzaba las aceras desiertas:

-Si Rigoletto fuera mi hermano, no hubiera procedido lo mismo.

Y comprendía que sí, que si Rigoletto hubiera sido mi hermano, yo toda la vida lo hubiera compadecido con angustia enorme. Por su aislamiento, por su falta de amor que le hiciera tolerable los días colmados por los ultrajes de todas las miradas. Y me añadía que la mujer que me hubiera querido debía primero haberlo amado a él. De pronto me detuve ante un zaguán iluminado:

-Aquí es.

Mi corazón latía fuertemente. Rigoletto atiesó el pescuezo y, empinado sobre la punta de sus pies, al tiempo que se arreglaba el moño de la corbata, me dijo:

-¡Acuérdese! ¡Usted es el único culpable! ¡Que el pecado...!

Fina y alta, apareció mi novia en la sala dorada.

Aunque sonreía, su mirada me escudriñaba con la misma serenidad con que me examinó la primera vez cuando le dije: "¿me permite una palabra, señorita?", y esta contradicción entre la sonrisa de su carne (pues es la carne la que hace ese movimiento delicioso que llamamos sonrisa) y la fría expectativa de su inteligencia discerniéndome mediante los ojos, era la que siempre me causaba la extraña impresión.

Avanzó cordialmente a mi encuentro, pero al descubrir al contrahecho, se detuvo asombrada, interrogándonos a los dos con la mirada.

-Elsa, le voy a presentar a mi amigo Rigoletto.

-¡No me ultraje, caballero! ¡Usted bien sabe que no me llamo Rigoletto!

-¡A ver si te callás!

Elsa detuvo la sonrisa. Mirábame seriamente, como si yo estuviera en trance de convertirme en un desconocido para ella. Señalándole una butaca dorada le dije al contrahecho:

-Sentáte allí y no te muevas.

Quedóse el giboso con los pies a dos cuartas del suelo y el sombrero de paja sobre las rodillas y con su carota atezada parecía un ridículo ídolo chino. Elsa contemplaba estupefacta al absurdo personaje.

Me sentí súbitamente calmado.

-Elsa -le dije-, Elsa, yo dudo de su amor. No se preocupe por ese repugnante canalla que nos escucha. Óigame: yo dudo... no sé por qué..., pero dudo de que usted me quiera. Es triste eso..., créalo... Demuéstreme, deme una prueba de que me quiere, y seré toda la vida su esclavo.

Naturalmente, yo no estaba seguro de lo que quería expresar "toda la vida", pero tanto me agradó la frase que insistí:

-Sí, su esclavo para toda la vida. No crea que he bebido. Sienta el olor de mi aliento.

Elsa retrocedió a medida que yo me acercaba a ella, y en ese momento, ¿saben ustedes lo que se le ocurre al maldito cojo? Pues: tocar una marcha militar con el nudillo de sus dedos en la copa del sombrero.

Me volví al cojo y después de conminarle silencio, me expliqué:

-Vea, Elsa, y la única prueba de amor es que le dé un beso a Rigoletto.

Los ojos de la doncella se llenaron de una claridad sombría. Caviló un instante; luego, sin cólera en la voz, me dijo muy lentamente:

-¡Retírese!

-¡Pero!...

-¡Retírese, por favor...; váyase!...

Yo me inclino a creer que el asunto hubiera tenido compostura, créanlo..., pero aquí ocurrió algo curioso, y es que Rigoletto, que hasta entonces había guardado silencio, se levantó exclamando:

-¡No le permito esa insolencia, señorita..., no le permito que lo trate así a mi noble amigo! Usted no tiene corazón para la desgracia ajena. ¡Corazón de peñasco, es indigna de ser la novia de mi amigo!

Más tarde mucha gente creyó que lo que ocurrió fue una comedia preparada. Y la prueba de que yo ignoraba lo que iba a ocurrir, es que al escuchar los despropósitos del contrahecho me desplomé en un sofá riéndome a gritos, mientras que el giboso, con el semblante congestionado, tieso en el centro de la sala, con su bracito extendido, vociferaba:

-¡Por qué usted le dijo a mi amigo que un beso no se pide..., se da! ¿Son conversaciones esas adecuadas para una que presume de señorita como usted? ¿No le da a usted verguenza?

Descompuesto de risa, sólo atiné a decir:

-¡Calláte, Rigoletto; calláte!...

El corcovado se volvió enfático:

-¡Permítame, caballero...; no necesito que me dé lecciones de urbanidad!

Y volviéndose a Elsa, que roja de vergüenza había retrocedido hasta la puerta de la sala, le dijo:

-¡Señorita... la conmino a que me dé un beso!

El límite de resistencia de las personas es variable. Elsa huyó arrojando grandes gritos y en menos tiempo del que podía esperarse aparecieron en la sala su padre y su madre, la última con una servilleta en la mano. ¿Ustedes creen que el cojo se amilanó? Nada de eso. Colocado en medio de la sala, gritó estentóreamente:

-¡Ustedes no tienen nada que hacer aquí! ¡Yo he venido en cumplimiento de una alta misión filantrópica!... ¡No se acerquen!

Y antes de que ellos tuvieran tiempo de avanzar para arrojarlo por la ventana, el corcovado desenfundó un revólver, encañonándolos.

Se espantaron porque creyeron que estaba loco, y cuando los vi así inmovilizados por el miedo, quedéme a la expectativa, como quien no tuviera nada que hacer en tal asunto, pues ahora la insolencia de Rigoletto parecíame de lo más extraordinaria y pintoresca.

Éste, dándose cuenta del efecto causado, se envalentonó:

-¡Yo he venido a cumplir una alta misión filantrópica! Y es necesario que Elsa me dé un beso para que yo le perdone a la humanidad mi corcova. A cuenta del beso, sírvanme un té con coñac. ¡Es una vergüenza cómo ustedes atienden a las visitas! ¡No tuerza la nariz, señora, que para eso me he perfumado! ¡Y tráigame el té!

¡Ah, inefable Rigoletto! Dicen que estoy loco, pero jamás un cuerdo se ha reído con tus insolencias como yo, que no estaba en mis cabales.

-Lo haré meter preso...

-Usted ignora las más elementales reglas de cortesía -insistía el corcovado-. Ustedes están obligados a atenderme como a un caballero. El hecho de ser jorobado no los autoriza a despreciarme. Yo he venido para cumplir una alta misión filantrópica. La novia de mi amigo está obligada a darme un beso. Y no lo rechazo. Lo acepto. Comprendo que debo aceptarlo como una reparación que me debe la sociedad, y no me niego a recibirlo.

Indudablemente... si allí había un loco, era Rigoletto, no les quede la menor duda, señores. Continuó él:

-Caballero... yo soy...

Un vigilante tras otro entraron en la sala. No recuerdo nada más. Dicen los periódicos que me desvanecí al verlos entrar. Es posible.

¿Y ahora se dan cuenta por qué el hijo del diablo, el maldito jorobado, castigaba a la marrana todas las tardes y por qué yo he terminado estrangulándole?

* Roberto Godofredo Christophersen Arlt nació en Buenos Aires, en el barrio de Flores, el 2 de abril de 1900. Publicó El juguete rabioso, su primer novela, en 1926. Por entonces comenzaba también a escribir para los diarios Crítica y El mundo. Sus columnas diarias Aguafuertes porteñas, aparecieron de 1928 a 1935 y fueron después recopiladas en el libro del mismo nombre. Se divertía contando de sus amistades con rufianes, falsificadores y pistoleros, de las que saldrían muchos de sus personajes. Las Aguafuertes se convirtieron con el tiempo en uno de los clásicos de la literatura argentina. Al mismo tiempo de su actividad como escritor, Arlt buscó constantemente hacerse rico como inventor, con singular fracaso. En 1935, viajó a España y África enviado por El Mundo, de donde salen sus Aguafuertes Españolas. Pero salvo este viaje y alguna escapada a Chile y Brasil, permaneció en la ciudad de Buenos Aires, tanto en la vida real como en sus novelas, Los siete locos y su continuación, Los lanzallamas. Murió en Buenos Aires, el 26 de julio de 1942.

[Publicado en portada en mayo 2010]


El curandero del amor

Un cuento de Washington Cucurto*

Le compré a un peruano en el Rey un cd de cumbia de Los Mirlos. Estábamos cerveceando con mi ticki cumbiantera cuando apareció el peruca cargado de cds y dvds piratas. Estaba mordiéndole los labios, tocándole las manos, bajo las luces multicolores de ese barsucho del Superconsti, cuando plaf, cayeron ellos, los cds. Me los puso encima de la mesa, una montaña de soldaditos musicales y me desesperé, y con ella, comenzamos a elegir ballenatos, cumbias tropicales, José José, Jerry Rivera, Juaneco y su Combo, tres de Karicia, mi grupo preferido. Los Mirlos son lo mejor del Perú y de la música andina, un día les contaré la historia de ellos. Nos sentíamos como unos "Cumbianteros junto a la orilla del mar". Mi ticki sacó cinco pesos de su cartera y me compró. El poder verde, de Los Mirlos. "Este tema habla de un curandero, es el poder verde", nos dijo el peruano. ¿Qué es el poder verde?, le dijo sonriente, medio en joda, moviendo las tetas, mi ticki atrevida. "Es el poder de la selva, que cura cualquier mal. Siempre hay un representante de la selva entre nosotros, ese rol lo cumple un curandero". Y, ¿qué cura ese curandero?, le dije preocupado. "Lo que sea, hermano, lo que tengas, yo conozco uno. Si tienes un mal yo te llevo con él por 15 pesos". Con mi ticki cumbiantera y guevarista abrimos los ojos mirándonos.

—Ya sé lo que pensás, atorranta, le dije. Pasa que mi ticki esta preñadísima de dos meses. Es decir hace dos meses que no le baja la sangre. Yo estoy casado hace diez años, tengo tres hijos y una mujer. Pero estoy enamorado de mi ticki guevarista, estudiante de Sociales, perteneciente al grupo Liberación y ahora preñadisima de mí o de quién sea, que eso nunca se sabe.

Continué:

—Vos sos tan atorranta, tan trola. Que merecés que te lleve a ese curandero pa que te baje la saina.

—Cucu, diablo, vamos ya.

Y entre besos mordiendo sus labios gruesos que son un espectáculo, un puro y vacío show como las marchas en la Plaza. Y ella a cada agite me dice, "nos vemos en la Plaza". Y yo tengo que ir a buscarla entre peronistas, progresistas, piqueteros, clases medias y vendedores de lo que sea, que esa es la única gente rescatable de esas marchas.

Hace un rato venimos de una marcha donde pregonó una Madre de la Plaza de Mayo y leyó la carta de Rodolfo Walsh, demasiado aburrida.

—Terminemos la birra y vamos, me dijo mi ticki, en ese bar peruano demasiado antro, demasiado achacoso pa conocer de Madres y revoluciones y desaparecidos. Siempre habrá un lugar más allá de todo y es este barcito peruano y metacumbiero del barrio de Constitución.

Caminamos con el peruano por Salta hasta Caseros y nos metimos en un conventillo. Me dijo, esperen acá que voy a tocarle la puerta al curandero. De una pieza sonaba la música de Rodrigo. Jugaban los niños a pesar de la hora. Esperamos en la oscuridad, besándonos.

—Pasen chicos, gritó de una pieza el vendedor de cds.

—Diganmé, nos dijo una voz en la oscuridad de la pieza. Era el curandero. Estaba sentado en un banco, con un atuendo de todos los colores y unas velas alrededor. Tenía una vincha roja y una peluca de pelo lacio, amarillo.

—Sientesé chicos y cuentenmé. Soy el curandero del amor.

—Está preñada, curandero del amor.

—Ah, te felicito, comerte semejante bombón.

—No maestro, esto es cosa seria. No estamos para tener un hijo...

—Pero muchacho, usted es joven puede trabajar. Un hijo es una bendición de Dios.

—Sí, maestro, pero ya tengo dos y ella tiene 17 años.

Mi ticki se reía de nuestra conversación y se mordía los labios, los dedos. Si tenía una pija la chupaba. Su mirada estaba llena de sexo en la oscuridad, como siempre.

El curandero dirigiéndose a mi ticki.

—Y vos, nenita, ¿no te gustaría ser madre?

—Sí, curandero del amor, es lo que mas deseo en la vida. Pero el Cucu me baja el pulgar...

—Ay, muchacho andar poniéndola sin hacerse cargo de las consecuencias.

—Por eso, porque me hago cargo de las consecuencias es que será bueno que le baje el período.

—Bueno, viendo que las voluntades son irrevocables y están en contra de la vida. Llamemos al Dios de la Selva. San Poronga.

— ¿San Poronga?, preguntamos a la vez con mi ticki futura mamá.

—Sí, San Poronga, el Rey del Perú. Protector de las abuelitas y de las púberes de los degenerados como vos.

—La culpa es del Viagra y de la cumbia.

El curandero mirando a mi niña.

—Esto te pasa por bailar la cumbia.

— ¿Por qué por bailar la cumbia?

— Te emborrachás te prendés de un negro y te perdés con la cerveza y los besos. Al final terminás garchada en un telo o una pensión o encima de un auto.

—Yo bailo buscando el amor.

El curandero se paró de su banquito sopló un manojo de inciensos con olor a lavandas y mentas. Se acercó a mi ticki y comenzó a manosearla y decir cosas en voz alta.

-"San Poronga, protector de los hijos de la Selva. Conductor del Semen y de los Hongos. Hijo del Océano Pacífico, proteje a esta hija tuya curepí. Haz que la sangre le baje en este preciso momento, por el bien de todos. Y en nombre de la Salud, te lo pide tu hijo".

Me di cuenta enseguida que a este maestro se le pasaba la mano con la religión. Se franeleaba a todas las cumbianteras de la bailanta, a todas las guachitas que preñaban por culpa de la cumbia. Iba a la puerta de la bailanta y repartía volantitos. "No tengas hijos con un desconocido, si quedaste embarazada vení a visitarme que te vuelvo la sangre".

¿Qué más? Nos dijo que esperáramos 15 minutos y si no le venia se sentaría en una cama donde se procedería a bajar la sangre.

—Bienvenida al desangradero. Sacate la pollera y la bombacha y acostate en la cama.

Apagó las luces casi hasta que no se veía nada en la pieza del yotibenco de la calle Pedro Echagüe y Santiago del Estero. Una vez que bajó las luces prendió un foco rojo que había al costado de la cama arriba de una silla. Yo me quedé en la puerta inmóvil, me temblaban los pies. El curandero del amor se arrodilló delante de la chuchita de mi ticki y comenzó a introducirle un dedo, después otro y otro. Mientras le introducía dos dedos comenzó a darle besitos en el clítoris y a pasarle la punta de la lengua.

Al lado mío me codeaba el vendedor de cds piratas.

—Eh, maestro, la traje para que la cure. No para que se la garche.

—Lo que estoy haciendo no tiene interés sexual, muchacho. Estoy lubricando la zona para que no hayan rispideces.

—Todo lo que usted diga maestro, pero si hay que lubricar me debería haber pedido permiso a mí. Esta ticki es MI TICKI. Y todo lo que se diga o haga con respecto a ella debe informárseme a mí.

—Bueno, vení hacelo vos. Si sabés tanto.

El curandero se corrió de las piernas de María. Antes rezó tres Padres Nuestro.

Se lavó las manos en una palangana. Usó jabón blanco de lavar la ropa. Y 15 gotitas de agua bendita. Sacó dos pinzas horribles de un bolso y las puso adentro de un microondas que estaba al lado de la cama. Empezó a decir cosas inconexas, frases de oraciones, bendiciones. "En nombre del Padre que ve todo lo mal que hacemos y nos perdona... En nombre de los errantes que erran por alejarse de Dios... Por el Sr. Porongón, Convertidor del Pecado en Pureza... Proteje a esta cierva pecadora de la cumbia... Oh, Gran Misericordioso Creador del Cielo y de La Tierra... no es mas que un ángel descarriado". El microondas giró cuatro minutitos y sacó las pinzas humeando.

—Hay que quemar las paredes del útero. Y después bendecir con agua bendita. Esto va a doler.

Cuando con el vendedor de cds truchos vimos las pinzas hirvientes nos agarró un temblor en todo el cuerpo. Él se tapó la boca y dejó caer la cajita con los compac que sonaron en el piso creando entre todos una cumbia.

La cumbia de la tristeza infinita.

El vendedor de cds me dijo:

—Negro, jugáte, no dejés que le haga nada.

No esperé ni un segundo y salté encima del curandero y le dije.

—Espere esto no es necesario. Vamos a tenerlo.

— ¿Tener qué?, me preguntó el curandero enojado.

—El hijo. Vamos a tener el hijo.

La oscuridad de la pieza era total, de una pieza sonó una cumbia que decía que no se podía amar a dos, bien sabes. Fue ahí cuando vi la cara de María en la cama, sus labios brillantes, su pelo corto. Era como la cara de una virgen a punto de ser ejecutada, era como una adolescente en un campo de prisioneros a punto de ser torturada. La vi tan hermosa y lloró.

Entre lágrimas me dijo:

—Cucu, mi amor, te amo, pero no podemos tenerlo.

En ese momento deseé que estuviéramos en el bar peruano comiéndonos una corvina con arroz; tomándonos una Condorina Helada, mirándonos a los ojos y prometiéndonos todo el amor del mundo. La agarré de la mano y comencé a llorar. El curandero del amor seguía con las pinzas en alto esperando a que nos decidamos.

— ¿Y? ¿Qué hacemos? En dos segundos se ahorran los problemas de una vida.

Le grité que no, que nos íbamos. Entonces María se sentó en la cama y me pegó una cachetada y otra más.

—Puto, puto. No quiero tener un hijo tuyo.

Y lo miró al curandero.

—Y usted, déjese de joder y meta esas pinzas.

Yo me quedé volando entre mis lágrimas por el cachetazo de mi ticki: Sentí sus alaridos de dolor. Después fue todo sangre. Las sábanas, la cama, la pieza, el barrio y el barcito peruano. El mundo fue rojo, como la Unión Soviética o la cancha de Independiente de Avellaneda.

El curandero del amor se asustó.

—Hay mucha sangre, hay que quemarla o se morirá desangrada.

María, mi ticki cumbiantera, mi compañera fiel, mi hermana, mi todo, sangraba sin parar. La sangre inundaba el piso como una inundación. Como un río de sangre. La sangre de nuestro amor, la sangre de mi vida.

—Va a haber que hacer una curación doble de urgencia.

El curandero corrió hasta el ropero. Tiró la ropa que había adentro y sacó un nebulizador. Con la manguera me ató el brazo y con una jeringa comenzó a sacarme sangre.

— ¡Sangre!, gritó.

Yo sentí el pinchazo y la sangre que salía de mi cuerpo.

— ¡Cerrá el puño, pelotudo!, me volvió a gritar.

Cuando terminó voló la goma del nebulizador dándome otra cachetada en la mejilla.

El curandero corrió hacia la cama y se la inyectó intravenosa.

— ¡Sangre!, gritó y me pinchó.

Me sentí mal aferrado a la mano de María.

—Mejor me voy que va a venir la policia, dijo el vendedor de cds truchos.

— ¡Sangre, que se nos va!, gritó el curandero y saltó con la jeringa hacia el vendedor que no atinó a nada. Le pinchó el brazo con gran maestría y le sacó un litro.

El vendedor pegó un grito de dolor.

—Gracias, hermano, le dije y le di un beso. Cuando tenga plata te compro todos los cds...

El curandero giró y le inyectó la sangre a mi ticki. Se desabrochó la manga y mientras gritaba, sangre, se clavó sin pestañar la jeringa en un brazo y ya esto era un toqueteo, un pinchaderío sin ton ni son. Se pinchaba y ya la pinchaba a ella y se volvía a pinchar y le daba mas sangre a ella. Era tanto el bardo y la desesperación que incluso vi cómo la pinchaba a la propia Maria sacándole sangre de un brazo y poniéndosela en el otro. "Lo importante es que la sangre fluya", dijo. Yo estiré mi brazo y me dio dos pinchazos pero ni por asomo asomó una gota de sangre. "Esta vacío", dijo. De brazo en brazo caían gotones de sangre que el curandero chupaba "para no perderla".

Al curandero se le cayó la peluca y se despegó de su traje de curandero y se sentó en un banquito.

— ¡La salvamos, pongan cumbia, carajo!

Yo me alegré de la vida. Salté al minicomponente Aiwa y puse Los Mirlos. Y sonó de casualidad el Poder Verde. Lo puse a volumen 55, la pieza retumbaba que volaba. Solo un aparato japonés puede poner la cumbia a 55 de sonido. El gran plan de los japoneses es que un día prendamos un Aiwa y volemos en mil pedazos. La cumbia se escuchaba hasta en la Luna.

— ¡El poder Verde!, gritó el curandero.

Teníamos los brazos dolorosos pero estábamos contentos.

Como si fuese un cuento de García Marquez, pero más divertido y con cumbia. Pos, qué es esta vida de hambre, sino puro realismo mágico al revés. Sea como sea, la cama de mi ticki se comenzó a elevar en medio de aquel cuartucho horripilante, mientras sonaba Eres Mentirosa. Golpeaba contra el foquito del techo e iba flotando de un lado a otro de la pieza, como una vez vi, que flotaba en llamas la cama de Frida Kalho, en una película yanqui. Y ustedes no lo van a creer, pero las cosas que pasan en las películas, también pasan en la vida. Si piensan que macaneo vengan a caminar por las calles de Constitución y verán que esto es ciencia ficción sudamericana.

—Esta es una curación doble. Hay que hacer la otra parte de la curación.

—¿Qué otra parte de la curación?, le pregunté. Yo lo miré al curandero trucho que no era otro más que el mismo hermano del vendedor de cds y a los cds los copiaban en el mismo Aiwa multipotente, en el cual ahora sonaba Lamento de la Selva. Che, que ahora me doy cuenta lo justo y hermoso que es el amor pese a todo, lo digo ahora que pasaron tres dias y ya me puedo sentar y caminar. Che, que no hay nada más justo en la vida que el amor y el sufrimiento. El curandero fue y quemó de nuevo en el microondas las pinzas y me dijo que el amor se hace entre dos y que para que no vuelva a ocurrir era necesario, que no dolería nada, que piense en María que al lado mío boca arriba, y yo boca abajo, me agarraba de las manos y sonreía y fue tan linda su sonrisa, pese a todo, fue una sonrisa de amor y alegría y comprendí que a pesar de todos los problemas, el amor es lo más lindo que nos pasa, pese a todo, y la cumbia no dejaba de sonar mientras yo me bajaba los pantalones, en el acto más justo de la vida, mientras el curandero del amor me metía las agujas hirvientes en el centro oscuro y acre y con olor a mierda de mi ser.


* Washington Cucurto es el seudónimo de Santiago Vega, argentino, nacido en 1973 en la localidad de Quimes, provincia de Buenos Aires. Publicó, entre muchos otros libros de relatos y poemas, Zelarayán, 1998; La Máquina de hacer paraguayitos, 2000; La fotocopiadora y otros poemas, 2002; La Cartonerita, 2003; Veinte pungas contra un pasajero, 2003; Fer, 2003; Cosa de negros, 2003; La luna en tus manos, 2004 y Las aventuras del Sr. Maíz, 2005. Su poesía fue traducida al inglés, portugués y alemán. Actualmente es uno de los responsables de la editorial Eloisa Cartonera.

[Publicado en portada en abril 2010]


La excavación

Un cuento de Augusto Roa Bastos*

El primer desprendimiento de tierra se produjo a unos tres metros, a sus espaldas. No le pareció al principio nada alarmante. Sería solamente una veta blanda del terreno de arriba. Las tinieblas apenas se pusieron un poco más densas en el angosto agujero por el que únicamente arrastrándose sobre el vientre un hombre podía avanzar o retroceder. No podía detenerse ahora. Siguió tvanzando con el plato de hojalata que le servía de perforador. La creciente humedad que iba impregnando la tosca dura lo alentaba. La barranca ya no estaría lejos; a lo sumo, unos cuatro o cinco metros, lo que representaba unos veinticinco días más de trabajo hasta el boquete liberador sobre el río.
Alternándose en turnos seguidos de cuatro horas, seis presos hacían avanzar la excavación veinte centímetros diariamente. Hubieran podido avanzar más rápido, pero la capacidad de trabajo estaba limitada por la posibilidad de desalojar la tierra en el tacho de desperdicios sin que fuera notada. Se habían abstenido de orinar en la lata que entraba y salía dos veces al día. Lo hacían en los rincones de la celda húmeda y agrietada, con lo que si bien aumentaban el hedor siniestro de la reclusión, ganaban también unos cuantos centímetros más de "bodega" para el contrabando de la tierra excavada.
La guerra. civil había concluido seis meses atrás. La perforación del túnel duraba cuatro. Entre tanto, habían fallecido, por diversas causas, no del todo apacibles, diecisiete de los ochenta y nueve presos políticos que se hallaban amontonados en esa inhóspita celda, antro, retrete, ergástula pestilente, donde en tiempos de calma no habían entrado mmca más de ocho o diez presos comunes.
De los diecisiete presos que habían tenido la estúpida ocurrencia de morirse, a nueve se habían llevado distintas enfermedades contraídas antes o después de la prisión; a cuatro, los apremios urgentes de la cámara de torturas; a dos, la rauda ventosa de la tisis galopante. Otros dos se habían suicidado abriéndose las venas, uno con la púa de la hebilla del cinto; el otro, con el plato, cuyo borde afiló en la pared, y que ahora servía de herramienta para la apertura del túnel.
Esta estadística era la que regía la vida de esos desgraciados. Sus esperanzas y desalientos. Su congoja callosa, pero aún sensitiva. Su sed, el hambre, los dolores, el hedor, su odio encendido en la sangre, en los ojos, como esas mariposas de aceite que a pocos metros de allí -tal vez solamente un centenar- brillaban en la Catedral delante de las imágenes.
La única respiración venía por el agujero aún ciego, aún nonato, que iba creciendo como un hijo en el vientre de esos hombres ansiosos. Por allí venía el olor puro de la libertad, un soplo fresco y brillante entre los excrementos. Y allí se tocaba, en una especie de inminencia trabajada por el vértigo, todo lo que estaba más allá de ese boquete negro.
Eso era lo que sentían los presos cuando escarbaban la tosca con el plato de hojalata, en la noche angosta del túnel.

Un nuevo desprendimiento le enterró esta vez las piernas hasta los riñones. Quiso moverse, encoger las extremidades atrapadas, pero no pudo. De golpe tuvo exacta conciencia de lo que sucedfa, mientras el dolor crecía con sordas puntadas en la carne, en los huesos de las piernas enterradas. No había sido una simple veta reblandecida. Probablemente era una cuña de tierra, un bloque espeso que llegaba hasta la superficie. Probablemente todo un cimiento se estaba sumiendo en la falla provocado por el desprendimiento.
No le quedaba otro recurso que cavar hacia adelante con todas sus fuenu, sin respiro; cavar con el plato, con las uñas, hasta donde pudiese. Quizá no eran cinco metros los que faltaban, quizá no eran veinticinco días de zapa los que aún lo separaban del boquete salvador de la barranca del río. Quizá eran menos, sólo unos cuantos centímetros, unos minutos más de arañazos profundos. Se convirtió en un topo frenético. Sintió cada vez más húmeda la tierra. A medida que le iba faltando el aire, se sentía más animado. Su esperanza crecía con la asfixia Un poco de barro tibio entre los dedos le hizo prorrumpir en un grito casi feliz. Pero estaba tan absorto en su emoción, la desesperante tiniebla de túnel lo envolvía de tal modo, que no podía darse cuenta de que no era la proximidad del río, de que no eran sus filtraciones las que hacían ese lodo tibio, sino su propia sangre brotando debajo de las uñas y en las yemas heridas por la tosca. Ella, la tierra densa e impenetrable, era ahora la que, en el epílogo del duelo mortal comenzado hacía mucho tiempo, 1a gastaba a él sin fatiga y lo empezaba a comer aún vivo y caliente. De pronto, pareció alejarse un poco. Manoteó al vacío. Era él quien se estaba quedando atrás en el aire como piedra que empezaba a estrangularlo. Procuró avanzar, pero sus piernas ya irremediablemente formaban parte del bloque que se había desmoronado sobre ellas. Ya ni las sentía. Sólo sentía la asfixia. Se estaba ahogando en un río sólido y oscuro. Dejó de moverse, de pugnar inútilmente. La tortura se iba transformando en una inexplicable delicia. Empezó a recordar.

Recordó aquella otra mina subterránea en la guerra del Chaco, hacía mucho tiempo. Un tiempo que ahora se le antojaba fabuloso. Lo recordaba, sin embargo, claramente, con todos los detalles.
En el frente de Gondra, la guerra se había estancado. Hacia seis meses que paraguayos y bolivianos, empotrados frente a frente en sus inexpugnables posiciones, cambiaban obstinados tiroteos e insultos. No había más de cincuenta metros entre unos y otros.
En las pausas de ciertas noches que el melancólico olvido había hecho de pronto atrozmente memorables, en lugar de metralla canjeaban música y canciones de sus respectivas tierras.
El altiplano entero, pétreo y desolado, bajaba arrastrado por la quejumbre de las cuecas; toda una raza hecha de cobre y castigo, desde su plataforma cósmica bajaba hasta el polvo voraz de las trincheras. Y hasta allí bajaban desde los grandes ríos, desde los grandes bosques paraguayos, desde el corazón de su gente también absurda y cruelmente perseguida, las polcas y guaranias, juntándose, hermanándose con aquel otro aliento melodioso que subía desde la muerte. Y así sucedía porque era preciso que gente americana siguiese muriendo, matándose, para que ciertas cosas se expresaran correctamente en términos de estadística y mercado, de trueques y expoliaciones correctas, con cifras y números exactos, en boletines de la rapiña internacional.

Fue en una de esas pausas en que en unión de otros catorce voluntarios, Perucho Rodi, estudiante de ingeniería, buen hijo, hermano excelente, hermoso y suave moreno de ojos verdes, había empezado a cavar ese túnel que debía salir detrás de las posiciones bolivianas con un boquete que en el momento señalado entraría en erupción como el cráter de un volcán.
En dieciocho días los ochenta metros de la gruesa perforación subterránea quedaron cubiertos. Y el volcán entró en erupción con lava sólida de metralla, de granadas, de proyectiles de todos los calibres, hasta arrasar las posiciones enemigas.
Recordó en la noche azul, sin luna, el extraño silencio que había precedido a la masacre y también el que lo había seguido, cuando ya todo estaba terminado. Dos silencios idénticos, sepulcrales, latentes. Entre los dos, sólo la posición de los astros había producido la mutación de una breve secuencia. Todo estaba igual. Salvo los restos de esa espantosa carnicería que a lo sumo había añadido un nuevo detalle apenas perceptible a la decoración del paisaje nocturno.
Recordó, un segundo antes del ataque, la visión de los enemigos sumidos en el tranquilo sueño del que no despertarían. Recordó haber elegido a sus víctimas,
abarcándolas con el girar aún silencioso de su ametralladora. Sobre todo, a una de ellas: un soldado que se retorcía en el remolino de'una pesadilla. Tal vez soñaba en ese momento en un túnel idéntico pero inverso al que les estaba acercando al exterminio. En un pensamiento suficientemente extenso y flexible, esas distinciones en realidad carecían de importancia. Era despreciable la circunstancia de que uno fuese el exterminador y otro la víctima inminente. Pero en ese momento todavía no podía saberlo.
Sólo recordó que había vaciado íntegramente su ametralladora. Recordó que cuando la automática se le había finalmente recalentado y atascado, la abandonó y siguió entonces arrojando granadas de mano, hasta que sus dos brazos se le durmieron a los costados. Lo más extraño de todo era que, mientras sucedían estas cosas, le habían atravesado recuerdos de otros hechos, reales y ficticios, que, aparentemente no tenían entre sí ninguna conexión y acentuaban, en cambio, la sensación de sueño en que él mismo flotaba. Pensó, por ejemplo, en el escapulario carmesí de su madre (real); en el inmenso panambí de bronce de la tumba del poeta Ortiz Guerrero (ficticio); en su hermanita María Isabel, recién recibida de maestra (real). Estos parpadeos incoherentes de su imaginación duraron todo el tiempo. Recordó haber regresado con ellos chapoteando en un vasto y espeso estero de sangre.
Aquel túnel del Chaco y este túnel que él mismo había sugerido cavar en el suelo la cárcel, que él personalmente había empezado a cavar y que, por último, sólo a él le había servido de trampa mortal; este túnel y aquél eran el mismo túnel; un único agujero recto y negro con un boquete de entrada pero no de salida. Un agujero negro y recto que a pesar de su rectitud le había rodeado desde que nació como un círculo subterráneo, irrevocable y fatal. Un túnel que tenía ahora para él cuarenta años, pero que en realidad era mucho más viejo, realmente inmemorial.
Aquella noche azul del Chaco, poblada de estruendos y cadáveres había mentido una salida. Pero sólo había sido un sueño; menos que un sueño: la decoración fantástica de un sueño futuro en medio del humo de la batalla
Con el último aliento, Perucho Rodi la volvía a soñar; es decir, a vivir. Sólo ahora aquel sueño lejano era real. Y ahora sí que avistaba el boquete enceguecedor,
el perfecto redondel.de la salida.
Soñó (recordó) que volvía a salir por aquel cráter en erupción hacia la noche azulada, metálica, fragorosa. Volvió a sentir la ametralladora ardiente y convulsa en sus manos. Soñó (recordó) que volvía a descargar ráfaga tras ráfaga y que volvía a arrojar granada tras granada. Soñó (recordó) la cara de cada una de sus víctimas. Las vio nítidamente. Eran ochenta y nueve en total. Al franquear el límite secreto, las reconoció en un brusco resplandor y se estremeció: esas ochenta y nueve caras vivas y terribles de sus víctimas eran (y seguirán siéndolo en un fogonazo fotográfico infinito) las de sus compañeros de prisión. Incluso los diecisiete muertos, a los cuales se había agregado uno más. Se soñó entre esos muertos. Soñó que soñaba en un túnel. Se vio retorcerse en una pesadilla, soñando que cavaba, que luchaba, que mataba. Recordó nítidamente el soldado enemigo a quien había abatido con su ametralladora, mientras se retorcía en una pesadilla. Soñó que aquel soldado enemigo lo abatía ahora a él con su ametralladora, tan exactamente parecido a él mismo que se hubiera dicho que era su hermano mellizo.
El sueño de Perucho Rodi quedó sepultado en esa grieta como un diamante negro que iba a alumbrar aún otra noche.
La frustrada evasión fue descubierta; el boquete de entrada en el piso de la celda. El hecho inspiró a los guardianes.

Los presos de la celda 4 (llamada Valle-i), menos el evadido Perucho Rodi, a la noche siguiente encontraron inexplicablemente descorrido el cerrojo. Sondearon con sus ojos la noche siniestra del patio. Encontraron que inexplicablemente los pasillos y corredores estaban desiertos. Avanzaron. No enfrentaron en la sombra la sombra de ningún centinela. Inexplicablemente, el caserón circular parecía desierto. La puerta trasera que daba a una callejuela clausurado, estaba inexplicablemente entreabierta. La empujaron, salieron. Al salir, con el primer soplo fresco, los abatió en masa sobre las piedras el fuego cruzado de las ametralladoras que las oscuras troneras del panóptico escupieron sobre ellos durante algunos segundos.
Al día siguiente, la ciudad se enteró solamente de que unos cuantos presos habían sido liquidados en el momento en que pretendían evadirse por un túnel. El comunicado pudo mentir con la verdad. Existía un testimonio irrefutable: el túnel los periodistas fueron invitados a examinarlo. Quedaron satisfechos al ver el boquete de entrada en la celda. La evidencia anulaba algunos detalles insignificantes: la inexistente salida que nadie pidió ver, las manchas de sangre aún frescas en la callejuela abandonada.
Poco después el agujero fue cegado con piedras y la celda 4 (Valle-í) volvió a quedar abarrotada.

* Augusto Roa Bastos (nacido en Asunción, Paraguay, el 13 de junio de 1917; fallecido en Asunción el 26 de abril de 2005) es el más importante escritor paraguayo, a quien se le reconoció internacionalmente con el prestigioso Premio Cervantes. Sus obras han sido traducidas a, por lo menos, 25 idiomas.

[Publicado en portada en abril 2010]


"Los blancos dicen que era un buen negro el buen negro de su amo"

Un texto de Aimé Césaire*

“… Y he aquí que de pronto fuerza y vida me acometen como un toro y la onda de vida rodea la papila del morro, y aquí están todas las venas y vénulas atareadas en la sangre nueva y el enorme pulmón de los ciclones que respira y el fuego atesorado de los volcanes y el gigantesco pulso sísmico que lleva el compás de un cuerpo vivo en mi firme incendio.

Y ahora que estamos de pie, mi país y yo, con los cabellos al viento y mi pequeña mano ahora en su puño enorme y la fuerza no está en nosotros sino por encima de nosotros, en una voz que barrena a la noche y a la audiencia como la penetración de una avispa apocalíptica. Y la voz dice que Europa durante siglos nos ha cebado de mentiras e hinchado de pestilencias,
porque no es verdad que la obra del hombre haya terminado
que no tengamos nada que hacer en el mundo
que seamos unos parásitos en el mundo
que basta que nos pongamos al paso del mundo
pero la obra del hombre ha empezado ahora
y falta al hombre conquistar toda prohibición
inmovilizada en los rincones de su fervor
y ninguna raza tiene el monopolio de la belleza, de la inteligencia,
de la fuerza
y hay sitio para todos en la cita de la conquista y ahora sabemos que el sol gira alrededor de nuestra tierra iluminando la parcela que ha fijado nuestra sola voluntad y que toda estrella que cae del cielo a la tierra a nuestra voz de mando sin límite.

Ahora poseo el sentido de las ordalías; mi país es “la lanza de noche” de mis antepasados bámbaras que se arruga y su punta huye desesperadamente hacia el astil si se la rocía con sangre de pollo y dice que es sangre de hombre lo que necesita su temperamento, grasa, hígado, corazón de hombre, no sangre de pollo.

Y yo busco para mi país no corazones de dátil, sino corazones de hombre que, para entrar en las ciudades de plata por la gran puerta trapezoidal, golpeen la sangre viril, y mis ojos barren mis kilómetros cuadrados de tierra paternal y enumero las llagas con una especie de júbilo y las hacino una sobre otra como raras especies, y mi cuenta se alarga siempre con imprevistas acuñaciones de la bajeza.

Y aquí están aquellos que no se consuelan de no ser hechos a semejanza de Dios sino del diablo, aquellos que consideran que se es negro como se es dependiente de segunda clase: esperando mejorar y con la posibilidad de subir más alto; aquellos que capitulan ante sí mismos, aquellos que viven en el fondo de la mazmorra de sí mismos; aquellos que se envuelven con seudomorfosis orgullosa; aquellos que dicen a Europa: “Mire, yo sé cómo hacerle reverencias, cómo prestarle mis respetos, en suma, no soy diferente de usted; no haga caso de mi piel negra: me ha tostado el sol”.

Y hay el rufián negro, el áscari negro, y todos cebras se zarandean a su manera para hacer que el listado de sus pieles caiga en un rocío de leche fresca. Y en medio de todo esto yo digo ¡hurra! mi gran padre se muere, yo digo ¡hurra! la vieja negritud se cadaveriza progresivamente.

No hay que decir: era un buen negro. Los blancos dicen que era un negro, un verdadero buen negro, el buen negro de su amo.

Yo digo ¡hurra!
Era un muy buen negro,
la miseria le había herido pecho y espalda y habían metido en su pobre mollera que una fatalidad pesaba sobre él y que no la puede manejar a su antojo que no tenía poder sobre su propio destino; que un señor avieso había desde tiempo inmemorial escrito leyes de prohibición en su naturaleza pelviana; y ser el buen negro; creer honradamente en su indignidad, sin la curiosidad perversa de verificar nunca los jeroglíficos fatídicos.
Era un muy buen negro.

Y no se le ocurría la idea de que podría azadonar, ahondar, cortarlo todo, cualquier otra cosa verdaderamente que no fuese la caña insípida.

Era un muy buen negro.

Y le lanzaban piedras, trozos de chatarra, cascos de botella, pero ni esas piedras, ni esa chatarra, ni esas botellas…
Oh quietos años de dios sobre este mogote terráqueo!

Y el látigo disputó el chupeteo de las moscas el rocío azucarado de nuestras llagas.

Yo digo hurra! la vieja negritud
se cadaveriza progresivamente
el horizonte se deshace, retrocede y se ensancha
y entre desgarrones de nubes aparece el fulgor de un signo.

El negrero cruje por todas partes… Su vientre se convulsiona y resuena… La horrible tenía de su cargamento roe los intestinos fétidos del extraño niño de pecho de los mares.

Y ni el júbilo de las velas hinchadas como un abultado bolso de doblones, ni las jugarretas hechas a la tontería peligrosa de las fragatas policíacas le impiden oír la amenaza de sus gruñidos intestinos.

En vano para olvidarse de ello el capitán cuelga en su palo mayor el negro más gritón, o lo echa al mar, o lo entrega al apetito de sus molosos.

La negrería que huele a cebolla frita vuelve a encontrar en su sangre derramada el sabor amargo de la libertad

Y está de pie la negrería

La negrería sentada
inesperadamente de pie
de pie en la cala
de pie en los camarotes
de pie en el puente
de pie en el viento
de pie al sol
de pie en la sangre
de pie
y
libre
de pie y no como una pobre loca en su libertad y su indigencia marítimas girando en la deriva perfecta y aquí está:
más inesperadamente de pie
de pie en los cordajes

de pie ante el timón
de pie ante la brújula
de pie ante el mapa
de pie bajo las estrellas
de pie
y
libre

Y el navío lustral hiende impávido las aguas
Desplomadas
Y ahora se pudren nuestras borlas de ignominia!
por el sol abrotoñado de medianoche
escucha gavilán que tienes las llaves de oriente
por el día desarmado
por el tiro de piedra de la lluvia

Escucha perro blanco del norte, serpiente negra del
Mediodía
que rematáis el cinturón del cielo
todavía hay un mar por cruzar
para que yo invente mis pulmones
para que el príncipe se calle
para que la reina me bese
todavía un viejo mar por asesinar
un loco por entregar
para que mi alma brille ladre brille
ladre ladre ladre
y que chille la lechuza mi bello ángel curioso.
El maestro de las risas?
El maestro del silencio formidable?
El maestro de la esperanza y la desesperación?
El maestro de la pereza? El maestro de las danzas?
Soy yo!
y por eso, señor
los hombre de cuello frágil
recibe y percibe fatal calmoso triangular
y para mí mis danzas
mis danzas de mal negro
para mí mis danzas
la danza rompe-argolla
la danza salta-prisión
la danza es-hermoso-y-legítimo-ser-negro
para mí mis danzas y salta el sol en la raqueta de mis manos
pero no el sol desigual ya no me basta
enróscate, viento, alrededor de mi nuevo crecimiento
pósate en mis dedos medidos
te entrego mi conciencia y su ritmo de carne
te entrego los fuegos donde se asa mi debilidad
te entrego la cadena múltiple
te entrego el pantano
te entrego el intourist del círculo triangular
devora desea
te entrego mis palabras abruptas
devora enróscate

y enroscándote abrázame con un más vasto
estremecimiento
abrázame hasta el nosotros furioso
abraza, abrázanos
pero habiéndonos igualmente mordido
hasta la sangre de nuestra sangre mordido,
abraza, abraza mi pureza sólo se enlaza con tu pureza
pero entonces abraza
como un campo de apretados filaos
en la noche
nuestras multicolores purezas
y enlaza, enlázame sin remordimientos
enlázame con tus inmensos brazos de arcilla luminosa
enlaza mi negra vibración al ombligo mismo del mundo
enlaza, enlázame, áspera fraternidad,
y luego, estrangulándome con tu lazo de estrellas, sube,
paloma
sube
sube
sube

Yo te sigo, impresa en mi atávica córnea blanca,
sube lamedor de cielo
y el gran agujero negro donde yo quería ahogarme
en la otra luna
es allí donde quiero pescar ahora la lengua maléfica
de la noche en su inmóvil vibración”.

[De Cuaderno de un regreso al país natal, 1939]

* Aimé Fernand David Césaire (Basse-Pointe, Martinica, 26 de junio de 1913 - Fort-de-France, ibídem, 17 de abril de 2008), poeta y político francés. Fue el ideólogo del concepto de la negritud y su obra ha estado marcada por la defensa de sus raíces africanas.

[Publicado en portada en abril 2010]


El Intruso

Un relato de Gustavo Böhm*

Gabriel Alsina era un rubio de ojos grandes, espalda ancha, que gustaba de mostrar a quien tuviera a mano el desarrollo de sus bíceps y, en lo posible, si de chicas se trataba, intentaba hacerles comprobar la dureza en sus músculos y la facilidad con que podía alzarlas, sostenerlas, moverlas en el aire, en improvisadas danzas.

Sin embargo, a pesar de lo dicho, no vayan a suponer que Gabriel Alsina era algo así como un muchacho romántico y enamoradizo. Provenía de uno de los sectores más conflictivos en la sociedad de Malón Ahumado. Una vía de tren dividía el pueblo entre la gente de buena sociedad y aquellos que, o bien eran simplemente mal vistos por los primeros, o bien la mirada tornaba a compasión cuando los de “atrás de la vía” se comportaban como siervos útiles para trabajos domésticos varios.

Gabriel Alsina, por lo que Udo se enteró, pasados los años, se convirtió en policía, es decir que pudo llegar a los más altos niveles que su origen le permitió.

Pero la escuela pública, aunque llevara el amedrentador nombre “Del Sable proviene la Cultura”, servía como institución igualadora, y allí sólo eran compañeros, vestidos con sus guardapolvos blancos, oyendo por lo bajo a los profesores hablar sobre aquellos textos que ya no podrían usarse para enseñar, y aprendiendo todo lo que el “Proceso de Reorganización Nacional” podía llegar a transmitir en un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires.

Gabriel, tampoco vayan a imaginar esto, no era de los vagos y atorrantes. No es que fuese un alumno destacado, pero se esforzaba; y por estas vueltas que tuvo la vida en aquél año definitorio, 1978, terminó completando el Grupo de Estudio que conformaban Máximo Kyrill Krinski, Armando Tiziano Robles y Udo Heinrich.

El equilibrio en cuánto al espíritu formativo y al interés en responder a los objetivos escolares, que no dejaban de ser los objetivos del “Proceso”, lo sostenían Armando y Udo, del lado de la balanza de los que querían ser los buenos.

Máximo y Gabriel jugaban a los “malos”.

Pero en consideración a la verdad el único incorregible del grupo era el objeto del amor de Udo, el “ruso”, Máximo Kyrill.

Nada es casual, algo buscaría el joven para restablecer un equilibrio, no ante la sociedad, sino en el interior de su vida, demasiado prolija hasta ese momento, demasiado formal, demasiado asmática.

Debían preparar un trabajo para el siguiente lunes; ya era jueves y no habían avanzado demasiado. Armando se había reunido con Udo tanto el martes como el miércoles, pero su estado de salud dejaba mucho que desear y, finalmente, como se veía venir, cayó con una gripe que lo inmovilizó en su cama y no pudo seguir haciendo sus aportes. No por falta de voluntad, sino por razones más oscuras (en una casa donde lo que se impartía más que alimento eran golpes) Gabriel tampoco había asistido a las reuniones.

Máximo hizo un mínimo acto de presencia pero, en la medida en que su atención decaía, no volvía a aparecer; así, simplemente, dejaba de ir sin ninguna explicación.

Por eso es que Udo tuvo, como en otras tantas oportunidades, que enfrentar el desafío de terminar el trabajo por su cuenta.

En realidad no era algo que le molestara. Una de las razones por la cual ese fue el grupo que devino suyo, además de los sentimientos que lo arrastraban hacia Máximo, era que a él los grupos nunca le habían parecido un buen sistema para el aprendizaje y, como Udo se tomaba el estudio en serio, prefería dejar todo preparado por él mismo, y luego explicárselos a sus compañeros para “dar la lección”, repartiendo las responsabilidades como si cada uno hubiera aportado algo.

Era viernes.

Además de él y otros tres muchachos que viajaban todos los días desde Costa Verde hasta Malón Ahumado para asistir al colegio, también había un grupo no menor de chicos y chicas que venían de otro balneario, más lejos, llamado Villa del Mar. Entre ellos se destacaba (por lo extremadamente alta para su edad y por la torpeza con la que arrastraba ese cuerpo en la vida) Anselma Vandermeer. No era fea, hay que decirlo, si uno se detenía en apreciar los detalles. Pero había algo en la composición que surgía de la suma de estos detalles que la hacían un personaje risible, del cual la mitad más uno de la clase tomaban para la chacota. Contra cualquier prejuicio que ya pudiera haber despertado esta descripción, sería bueno aclarar que lo más destacable de esta niña-mujer (o mujer-niña) era su notable inteligencia. En la actualidad ella es Licenciada en Filosofía, da clases en la UBA y lleva publicados varios ensayos.

Pero en aquellos días todo parecía diferente, un futuro insospechado no puede ser el cristal que nos permita ver nada de lo que contemporáneamente acontece.

Anselma ansiaba tener amigos. Incluso más que amigas. Y no por motivos de atracción sexual (esto es una suposición) sino más bien porque en Villa del Mar contaba sólo con una madre que parecía salida de un relato de Brujas de los Hermanos Grimm y con un padre tan delgado y ausente que un día, sin más ni más, se fue para no volver. Mejor ni mencionar a su hermano.

Ese viernes, volviendo al relato, Anselma les hizo una invitación a varios compañeros de curso, para que la fueran a visitar el siguiente domingo a su casa. Iba a preparar un almuerzo para ellos, no demasiado temprano, considerando las distancias, pero tampoco muy tarde, para aprovechar el día. Quería que Udo fuera, le tenía a Udo especial cariño y la verdad es que esto era recíproco. Le pidió que le hiciera el favor de invitar al chico que le gustaba (algo que Udo sabía en confidencia), que a la vez era un compañero suyo del Grupo de Teatro, de nombre Tavo Treppani. Gustavo, en realidad, pero le decían “Tavo”.

Este italianito callado, silencioso, casi mudo; que solo hablaba en las improvisaciones teatrales o en las lecciones de la escuela; tenía una mirada cansina que había enamorado a la desproporcionada Anselma. La timidez de Tavo y las torpezas de Anselma no parecían una combinación muy posible de sostener, pero en temas de amor, todo es esperable.

Un poco como devolución del favor que Udo le haría invitando a Tavo, le pidió que ella invitara a Máximo, cosa que hizo. Luego, ocurrió que Udo no pudo desarmar la timidez del joven Treppani, o quizá simplemente, éste no tenía ninguna gana de perderse la pasta del domingo con su propia familia, pero en definitiva Tavo no fue y Máximo, sí. Y, además, también se sumó Gabriel a la partida.

El primer contacto sexual entre Máximo y Udo ocurrió el sábado previo a la invitación de Anselma, en la casa medio abandonada que su familia tenía en Malón Ahumado. Sus padres habían viajado a Europa, por corto tiempo, uno de esos paseos turísticos a los que comenzaron a acostumbrarse durante el triste periodo argentino conocido como “de la plata dulce”. Su tía Hildegarda estaba a cargo de él, y se había instalado en Costa Verde, pero ella no se hacía una idea clara sobre sus horarios de teatro, sobre cuándo Udo regresaba a dormir a la Costa y cuando no, entonces le resultaba muy fácil engañarla con cualquier fabulación. En este caso no se trataba exactamente de una mentira, ya que efectivamente iba a ir a pasar el día a Villa del Mar, el engaño, en todo caso, estuvo en las razones por las cuales se iba a quedar la noche anterior en Malón Ahumado, cuando Villa del Mar está mucho más cercana a Costa Verde que de su pueblo natal.

La razón que dio, como siempre en casos similares, fue que tenía ensayo de teatro. No era así. Su plan era pasar la noche en casa con Máximo. La ansiedad ya le había devorado las tripas. Si el segundo y hermosísimo encuentro de amor con ese rusito que Udo adoraba sería de un placer inaugural de muchos otros placeres posteriores, la primera oportunidad fue todo lo contrario.

A eso de las ocho de la noche, cuando Udo ya estaba lamiendo el filo de los cubiertos de los nervios por el retraso de Máximo, que había quedado en ir a su casa a las seis; llegó, muy tranquilo y espléndido, acompañado de Gabriel Alsina.

Su rostro no pudo ocultar la perplejidad que le produjo esta intrusión.

Udo creía haber sido claro en cuanto a sus intenciones con Máximo. Luego de aquella charla en su casa, en la que, sacando una valentía no se de qué parte de su ser, le había declarado su amor, habían pasado muchos días, más de una semana, fácilmente quince días. Y ahora le hacía esto, venirse acompañado.

“Hola mamá”, le dijo chistoso, notando la turbación en su cara, “traje un amigo a cenar”.

Allí se enteró que la intención de Máximo era sumar a Gabriel a la expedición del día siguiente, con lo cual la visita incluía pasar la noche en casa de Udo los tres muchachos.

Mientras Udo servía la cena, Gabriel recorría las habitaciones. Cuando se sentó a la mesa preguntó: “¿Cómo vamos a dormir? Hay tres piezas veo, pero una está casi desarmada del todo”.

“Sí”, respondió, intentando ocultar su malestar, “las que están como para usarse son la cama de sus padres y la de la piecita de al lado, que era mi habitación cuando vivíamos acá”.

“Ah, mató loco”, contestó Gabriel, “vos quedate en tu piecita y Máximo y yo dormimos en la cama grande. Nunca dormí en una cama doble”.

La carne que intentaba atravesar su garganta por poco le provoca un ataque de asfixia. Tosió tanto que eso no hizo sino producir la hilaridad de los otros dos, sin que comprendieran el origen del accidente.

“Comé más lento, te vas a matar así”, le dijo Máximo.

Udo lo fulminó con la mirada. En ese momento se dio cuenta de que él tampoco comprendía de qué se trataba esto. Es decir, que a pesar de todas las insinuaciones que Udo había creído hacer durante los días previos, su imaginación no había llegado a captar que lo suyo era una cita, e incluso más, su primera cita.

“No”, dijo al ratito, “yo creo que vas a estar más cómodo en la pieza chica, Gaby, es más cálida”.

“No importa”, insistía, terco, “a mi me encanta la idea de dormir en la cama grande”.

Y a esto, como si lo anterior ya hubiera sido poca cosa para su estado de salud mental, Máximo agregó:

“Dale, dormí vos con Gabriel y yo me quedo en la pieza chica”.

El silencio que siguió, si hubiera habido un poco más de inteligencia flotando en el ambiente, podría haber sido traducido como: “Una palabra más y sos hombre muerto”.

A esas alturas, sostener la pretensión de que Máximo y Udo compartieran la cama, no podía sino generar sospechas en Gabriel, pero como la genealogía de Udo no sólo incluye varias hordas de alemanes, sino también no poca cantidad de gallegos, vascos y bearneses, por parte de madre, si algo se le pone en la cabeza, es muy improbable que puedan quitárselo con un par de frasecitas voluntariosas. Sin importarle los riesgos de la sospecha, Udo se mantuvo en sus trece.

“No, Gabriel”, le dijo sin la menor explicación, “vos dormís en la chiquita y Máximo y yo en la grande”.

“Bueno, bueno…”, se rió con toda justificación, “si necesitás que Máximo te haga compañía… no me voy a interponer”.

Creo que por primera vez en la noche el rusito comprendió de qué venía todo esto, y ahora a él comenzaron a atragantársele, no ya la carne, que se había acabado, sino las uvas del postre.

Esa noche nada resultó como Udo esperaba sino que se convirtió en uno de los insomnios más terribles de su “etapa saludable”… Insomnios previos había sufrido muchos, pero esos pueden clasificarse en otra categoría.

Se acostaron.

Udo cerró la puerta de la habitación de sus padres, luego de notar que Gabriel no cerraba la suya, del cuarto que quedaba exactamente al lado.

“¿Por qué cierran?”, gritó, “Así no vamos a poder charlar”.

“Vamos a dormir, no a charlar”, fue la respuesta.

“Pero no cierren, bolas, por ahí estamos despiertos un rato más y nos hablamos de pieza a pieza. Además me da miedo quedarme tan encerrado”.

“Vos no cerraste, somos nosotros los que cerramos”, le aclaró la obviedad, por las dudas.

“Igual, dale, no cierren”…

Realmente la situación parecía ir de mal en peor.

Máximo, ya acostado, le dijo por lo bajo, cubierto de sábanas y edredones:

“Dejá abierto, qué importa”.

Un frío extra, sumado al frío ambiental que ya era bastante intenso, le recorrió la espalda.

“Está bien”, respondió, y entornó la puerta; al menos no la iba a dejar abierta de par en par.

Deben haber permanecido una hora en la cama sin decir nada. Udo ya no estaba seguro de si Máximo dormía; pero si oía, desde la habitación de al lado, la pesada respiración de Gaby, que no tardó nada en conciliar el sueño, contra toda su pretensión de conversaciones nocturnas.

En determinado momento, motivado por el deseo pero también por el frío cortante que hacía, acercó su cuerpo al del ruso. Ambos estaban vestidos, Udo tenía puesta una camiseta, medias y calzoncillos; pero el otro se había dejado dos remeras y el pantalón de jogin, de color verde. Una de las sensaciones que quedaron impresas en el recuerdo del alemancito de aquella noche infernal fue el contacto de su cuerpo contra la tela de ese pantalón. Se dio cuenta de que dormía. De pronto despertó y le dijo: “¿Qué hacés?”.

“Tengo frío”, respondió Udo, “te llevaste todo el abrigo para tu lado”; eso, además, era verdad.

“Bueno, venite más cerca”, contestó Máximo.

Apoyó su cuerpo sobre el del rusito, que estaba boca arriba, mientras el otro permanecía de costado. Le pasó un brazo por sobre el pecho, y permaneció así, esperando alguna reacción. No hubo nada, pero se dio cuenta de que ya no dormía.

Con mucha lentitud lo acarició, sin quitarle nada de su ropa, hasta llegar a los pantalones verdes. Se detuvo sobre su sexo y simplemente dejó reposar allí su mano, hasta notar la reacción, que no se hizo esperar.

Se dio vuelta hacia su lado, quedando enfrentados entonces, y le dijo por lo bajo:

“¿Estará dormido, Gabriel?”

“Como un tronco”, respondió Udo, e inmediatamente metió su mano por debajo de sus pantalones. Lo siguiente fue la reacción de Máximo al contacto directo de esta mano mano con su miembro:

“¿Entonces, va en serio?”…

Esa pregunta le causó gracia a Udo, pero, por supuesto, iba en serio.

Cada movimiento repercutía en un sonido del colchón o de la cama.

La puerta continuaba entreabierta pero no se animaron a cerrarla del todo.

En fin, lo que pasó fue una nada, pero una nada tan llena de todo lo que iba a ocurrir luego, con el transcurso del tiempo, que el resto de la noche en vela fue para Udo el colmo de la dicha.

Luego de relajarse, Máximo se durmió profundamente. Udo se levantó, fui al baño; el frío dolía, pero igual tenía que orinar, así que no podía quedarme en la cama.

Cuando noté que el sol ya estaba lo suficientemente arriba, se levantó a encender el motor de la bomba de agua para poder bañarse y fue así que comenzó la expedición a Villa del Mar, el día que pasaron con Anselma y su disfuncional familia; pero para él, la aventura ya había ocurrido, y era sólo el comienzo de un despertar ansiado, de una irrefrenable necesidad de vivir.

27 de setiembre de 2009


* Gustavo Böhm, escritor, autor y traductor, dice de sí mismo: Soy actor. Actúo desde los 15 años, hoy (2010) tengo 48. Si no actúo me enfermo, y eso es verdad, no miento. La enfermedad, que me marcó desde la niñez, comenzó a curarse cuando por primera vez subí al escenario, y de muchas maneras regresa cuando no tengo acceso a él. También escribo, desde muy niño (entre los nueve y los once años escribí una suerte de novela infantil que se publicó en 1975, FELISÑUSCAN, se llama). Escribir no es como actuar, no tiene tanto que ver con la salud y la enfermedad, no es una cura, pero me hace bien, me mejora el humor, me ordena la vida y, a veces, me hace pensar en mí mismo, lo que no está mal, porque me devuelve, queriéndolo o no, un lugar en el mundo.
Su extensa trayectoria y otros textos del autor pueden recorrerse en en distintos lugares de la red.
Sitio web: www.lahistoriadeudo.blogspot.com
Contacto: gustavobohm@gmail.com

[Publicado en portada en marzo 2010]


Evita en el Club de los Ingleses

Un cuento de Eduardo Pérsico

- Señora, si usted viene de España a estudiar nuestra historia se supone que algo de nosotros ya conoce y yo no puedo agregarle demasiado. Recuerdo la llegada de Perón en el ‘45, cuando Evita visitó mi barrio, que mucho de cuanto ocurrió me confunde y para empezar le recito ‘Evita murió el 26 de julio de 1952 a las veinte y veinticinco’, y ese sábado no hubo baile ni en las reuniones familiares. Toda la gente respetó aquella muerte ‘aunque esta noche a los Bomberos vendría D’Arienzo y la entrada valía diez pesos’, protestamos en el café y el dueño nos gritó ‘menos broma, pendejos, que esto es algo serio’. Así que nos fuimos a tomar mate y pasar la noche en grupo y aburrirnos de escuchar que había muerto la Jefa Espiritual de la Nación. ‘Se sabía, estaba muy enferma’ dijimos y sin notarlo fuimos hablando del asunto. ¿Usted sabe que al morirse Evita, las obreras de las textiles que se llenaban los pulmones de pelusa, o las explotadas fosforeras de Avellaneda que trabajaban once horas por día lloraron a Evita con lágrimas verdaderas? Esa mujer las hizo respetar, ella, tan joven, treinta y tres años, a quien muchos la nombraban Esa Puta Mujer del Látigo y escribieran en una pared ‘viva el cáncer’. Un deseo que al fin, usted sabe, es un buen dato sobre los argentinos…

Ya le digo, esa noche pasó y luego ya cansados de música sacra las cosas derivaron en ser un casino gigante. Meta póker, truco y dados sin diferencias entre peronistas y Contreras, y en tanto al velatorio acudieran millones de personas otros apostaban guita a lo que fuera. Nosotros monedas pero en el Club Social reapareció la ruleta de colorados, negros y docena de jugar fuerte y de verdad. Y aún nadie se preguntaba si Evita era más peronista que Perón. ¿Usted se enteró que debatir ‘lo revolucionario’ aquí fue una idea que instaló el Poder, y así nos fue?

En fin, le cuento. Antes, por el año ’48, yo iba al primario y pude ver de cerca a la señora María Eva Duarte de Perón en el Club de los Ingleses de la estación Escalada. Ese lugar nos era ajeno y algún sábado había señoras de pollerita blanca porfiando en embocar una bocha en unos arcos de alambre, También a veces entrenaban unos grandotes del rugby que no entendíamos cómo los tipos no terminaban a las piñas, y allí fuimos de guardapolvo blanco almidonado a escuchar a María Eva Duarte de Perón al decirnos que los ferrocarriles eran nuestros, que el Club no sería más de los ingleses y se llamaría Club Ferroviario General Perón, y también que en ese campito tan bien cuidado jugaríamos al fútbol y así fue. Todavía hacía frío en noviembre y no era numeroso el sexto grado de la escuela dieciséis, de pie frente a la Señora Evita; y no le abundo porque ahora creo imaginarla como luego supe que era ella. Delgada, de piel transparente y cuando crecí me gustaron mucho sus piernas. Sin duda Evita era muy linda mujer y bastante inteligente, dos condiciones que no perdona la clase alta en ninguna parte.

Después de bautizar al Club Ferroviario comimos un sánguche y al cruzar la avenida que estaban reconstruyendo, la Ñata, una modista amiga de mi vieja me pidió ‘decile a tu mamá que Evita tenía unas medias de vidrio que valen un dineral’. Y es raro porque yo a mi vieja ni media palabra pero en esa memoria hay personas subiendo a un camión no muy grande, para irse detrás de Evita a otro festejo por ahí cerca. Entonces no había bombos ni cornetas que llegaron más tarde, pero aquella gente disfrutaría nacionalizar la flota, los ferrocarriles y los aviones sin imaginar que más tarde algunos festejarían en Plaza de Mayo la venta de los teléfonos, el petróleo y los adoquines. Sí señora, esos misterios de la política son universales, aunque Evita al cambiarle el nombre al Club de los Ingleses pronunciando ‘independencia y soberanía’, lograba llenar de gente cualquier plaza del país. ‘Una actitud, no una idea’ se dijo, pero juntarse a gritar sintiéndose mayoría es la mayor dicha de la multitud. Donde sea es inigualable gritar la vida por esto o por aquello, y luego llegar a derrumbarse en la cama cansado pero feliz. Le repito señora, cualquier gentío se siente imprescindible y más si viene de los barrios y ‘del subsuelo de la patria’, - como dijo un escritor nuestro- y hombro con hombro es sentirse iguales para gritar Viva Viva sin pedirle permiso a nadie. Y le ruego recordar cuando reescriba sus papeles, que esos encuentros fueron asunto muy serios para descalificar. Gritar a pulmón lleno Perón Evita produjo ahí mismo la liberación psicológica del obrero ante el patrón, que no es poco. Y claro, lo demás, aquello de ‘embestir contra el enemigo vendepatria que nunca se rinde’, es más difícil.

- Sí, no lo dudo. Pero, ¿qué hicieron ustedes, los dirigentes, al heredar aquella euforia por la justicia social y todo eso?
- Bueno señora, explicar eso nos llevaría mucho tiempo.

(4/2010)

Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

[Publicado en portada en marzo 2010]


Las palabras torpes

Un texto de Gustavo Enrique Böhm*

“Las tardes de Malón Ahumado son de extrañar”.

Ese es un pensamiento de Udo Heinrich, una recurrencia, casi una obsesión.

En la actualidad las tardes lo llenan de tristeza, quizá sea algo pasajero, no lo sabe, pero todo se agudiza, la necesidad de escapar de sí mismo, de hundirse entre la sábanas y desconocer la existencia de la noche.

Pero en Malón Ahumado, con quince y dieciséis años, era diferente.

Si se necesita escribir, es bueno que sea poco, una síntesis mínima de un atardecer alcanza. Porque ese atardecer se fijó en su memoria como el momento de un cambio, cuando la palabra por fin es dicha y, contra toda expectativa, también es escuchada.

Lo que Udo recuerda de ese atardecer no podría cubrir ni media página de descripciones, porque la casa le era ajena, el lugar extraño… imposible rearmar un dibujo de un lugar al cual debe haber ingresado unas cinco veces en su vida, y en algunas de esas oportunidades por sólo diez minutos tal vez.

Había una ventana, en la habitación de Máximo Kyrill Grutchnitski, que daba a un pequeñísimo patio.

Desde ahí se veía el muro que separaba su casa de la de al lado.

Fuera de la presencia intermitente del hermanito menor, que por alguna razón desconocida ese día quería que su “Jejo” le prestara atención no hubo otra interrupción (“Jejo”, así lo llamaba él, vaya uno a saber por qué).

En esa casa Udo era más que bien recibido. Venía con la fama del chico ordenado y estudioso, y los padres de Máximo suponían que él podría ser una buena influencia para su hijo, ayudarlo a encaminarse mejor en la escuela y en la vida.

Pero los padres no tenían ni idea. Ni de quién era su hijo (por desvalorización) ni de quién era su amigo (por sobrevaloración).

Se instalaron allí para planificar un trabajo literario a entregar en la escuela.

Udo había logrado que Máximo Kyrill aceptara ser parte de “su grupo”, como se decía en esos tiempos a los equipos de alumnos que se formaban para preparar un tema.

Los profesores se mostraban extrañados por esa mezcla que no entendían. Confundidos, más bien.

No quiero extenderme, estoy dando vueltas sobre algo que quiero relatar y no puedo, por eso digo que seguramente voy a volver a contar esto mismo, cuatro, ocho, diez veces más, hasta que encuentre las palabras que mejor expresen los sentimientos que poseían al adolescente en esos instantes.

El muchacho había decidido confiarle a Máximo lo que le ocurría con él.

A medida que los objetos de la habitación cambiaban de color, por efecto de un sol que no tenía paciencia y se marchaba, los ojos de Máximo comenzaban a desaparecer en una oscuridad que envalentonó al otro.

“¿Prendo la luz?”, preguntó.

“No, esperá un ratito”, respondió Udo, y para disfrazar de algún modo esas palabras, que habían generado sorpresa en el compañero, agregó: “Está tan lindo así”.

Esa expresión, no solamente no ayudó a disfrazar nada, sino que, lo notó inmediatamente, puso muy nervioso a Máximo Kyrill, quien no se esperaba lo que iba a oír, pero sí, desde el momento en que entraron a la habitación, había notado que “algo extraño”, diferente, transcurría.

No puedo detallar la conversación que mantuvieron, prometo hacerlo en otra oportunidad, quiero más bien detenerme en la mirada de Máximo, que aún en sombras, iba cambiando, hasta llenarse de un brillo de sorpresa e incomprensión que se apropiaba del silencio.

Cuando encontró aire para respirar, dijo, en medio de una risa que en seguida ahogó:

“Yo creo que lo que te pasa es que nunca te acostaste con una mujer, no sabés lo que es eso, y entonces creés cosas que no son”.

El silencio que siguió, mientras Udo trataba de encontrar las mejores palabras, sólo se rompía por los latidos de su corazón y por la insistencia del hermanito de Máximo en golpear la puerta para entrar.

“¡Pará!”, le gritó por fin, “Ahora no”.

El chiquito no molestó más, probablemente se fue ofendido en sus más íntimos sentimientos por la inusitada violencia con que se lo echaba.

“No”, dijo Udo, y calló.

Máximo esperaba que siguiera hablando y, como no lo hacía, se permitió una risa luminosa, que ayudó a recuperar la camaradería previa a la confesión.

“¿No, qué?”

“Estoy seguro de lo que me pasa con vos, no es por no haber estado con una chica que confunda este sentimiento. Tenía mucho miedo de decírtelo, tenía miedo a cómo ibas a reaccionar”.

“Pero no… ¿Por qué?”, algo así comenzó a musitar pero Udo lo interrumpió:

“Es obvio por qué, Maxi. Lo que te pido, ahora, nada más, es que pensés en lo que te dije. Es la pura verdad. Me enamoré. Pensalo. Lo hablamos otro día, te pido que no me hagas un vacío después de esto y que me des la oportunidad de seguir hablando solos, en casa, donde no hay nadie porque todos están en Costa Verde. Acá me pongo muy nervioso”.

Ese fue el momento decisivo. Supo su respuesta sin que se la diera.

Encendió un cigarrillo luego de chequear que la puerta de la habitación estuviera cerrada con llave.

No dijo nada.

Estuvieron así un tiempo, menos de quince minutos quizá, pero para Udo fue una eternidad.

Luego le sonrió de una manera tierna, algo de esa ternura que ya le había visto antes, que se le había escapado en algún momento, en un abrazo como al pasar, en una sonrisa que se mantuvo en el rostro más tiempo del habitual, como si no quisiera retirarse.

“Está bien”, le dijo.

Y nada más.

El corazón de ese adolescente casi niño dejó de golpetear en su desesperación por salirse de sí mismo y remitió a una plenitud que nunca antes había encontrado. Quiero decir, comenzó a descubrir que tenía un lugar propio, un espacio, dentro de su cuerpo.

Udo descubrió que tenía un cuerpo.


22 de setiembre de 2009

[Publicado en portada en marzo 2010]
 

El infierno tan temido

Juan Carlos Onetti*

La primera carta, la primera fotografía, le llegó al diario entre la medianoche y el cierre. Estaba golpeando la máquina, un poco hambriento, un poco enfermo por el café y el tabaco, entregado con famlliar felicidad a la marcha de la frase y a la aparición dócil de las palabras. Estaba escribiendo “Cabe destacar que los señores comisarios nada vieron de sospechoso y ni siquiera de poco común en el triunfo consagratorio de Play Roy, que supo sacar partido de la cancha de invierno, dominar como saeta en la instancia decisiva”, cuando vio la mano roja y manchada de tinta de Partidarias entre su cara y la máquina, ofreciéndole el sobre.
––––Ésta es para vos. Siempre entreveran la correspondencia. Ni una maldita citación de los clubs, después vienen a llorar, cuando se acercan las elecciones ningún espacio les parece bastante. Y ya es medianoche y decime con qué queres que llene la columna.
El sobre decía su nombre, Sección Carreras. El Liberal. Lo único extraño era el par de estampillas verdes y el sello de Bahía. Terminó el artículo cuando subían del taller para reclamárselo. Estaba débil y contento, casi solo en el excesivo espacio de la redacción, pensando en la última frase: “Volvemos a afirmarlo, con la objetividad que desde hace años ponemos en todas nuestras aseveraciones. Nos debemos al público aficionado”. El negro, en el fondo, revolvía sobres del archivo y la madura mujer de Sociales se quitaba lentaménte los guantes en su cabina de vidrio, cuando Risso abrió descuidado el sobre.
Traía una foto, tamaño postal; era una foto parda, escasa de luz, en la que el odio y la sordidez se acrecentaban en los márgenes sombríos, formando gruesas franjas indecisas, como en relieve, como gotas de sudor rodeando una cara angustiada. Vio por sorpresa, no terminó de comprender, supo que iba a ofrecer cualquier cosa por olvidar lo que había visto.
Guardó la fotografía en un bolsillo y se fue poniendo el sobretodo mientras Sociales salía fumando de su garita de vidrio con un abanico de papeles en la mano.
––––Hola ––––dijo ella––––, ya me ve, a estas horas recién termina el sarao.
Risso la miraba desde arriba. El pelo claro, teñido, las arrugas del cuello, la papada que caía redonda y puntiaguda como un pequeño vientre, las diminutas, excesivas alegrías que le adornaban las ropas. “Es una mujer, también ella. Ahora le miro el pañuelo rojo en la garganta, las uñas violentas en los dedos viejos y sucios de tabaco, los anillos y pulseras, el vestido que le dio en pago un modisto y no un amante, los tacos interminables tal vez torcidos, la curva triste de la boca, el entusiasmo casi frenético que le impone a las sonrisas. Todo va a ser más fácil si me convenzo de que también ella es una mujer”.
––Parece una cosa hecha por gusto, planeada. Cuando yo llego usted se va, como si siempre me estuviera disparando. Hace un frío de polo afuera. Me dejan el material como me habían prometido, pero ni siquiera un nombre, un epígrafe. Adivine, equivóquese, publique un disparate fantástico. No conozco más nombres que el de los contrayentes y gracias a Dios. Abundancia y mal gusto, eso es lo que había. Agasajaron a sus amistades con una brillante recepción en casa de los padres de la novia. Ya nadie bien se casa en sábado. Prepárese, viene un frío de polo desde la rambla.


Cuando Risso se casó con Gracia César, nos unimos todos en el silencio, suprimimos los vaticinios pesimistas. Por aquel tiempo, ella estaba mirando a los habitantes de Santa María desde las carteleras de El Sótano, Cooperativa Teatral, desde las paredes hechas vetustas por el final del otoño. Intacta a veces, con bigotes de lápiz o desgarrada por uñas rencorosas, por las primeras lluvias otras volvía a medias la cabeza para mirar la calle, alerta, un poco desafiante, un poco ilusionada por la esperanza de convencer y ser comprendida. Delatada por el brillo sobre los lacrimales que había impuesto la ampliación fotográfica de Estudios Orloff, había también en su cara la farsa del amor por la totalidad de la vida, cubriendo la busca resuelta y exclusiva de la dicha.
Lo cual estaba bien, debe haber pensado él, era deseable y necesario, coincidía con el resultado de la multiplicación de los meses de viudez de Risso por la suma de innumerables madrugadas idénticas de sábado en que había estado repitiendo con acierto actitudes corteses de espera y familiaridad en el prostíbulo de la costa. Un brillo, el de los ojos del afiche, se vinculaba con la frustrada destreza con que él volvía a hacerle el nudo a la siempre flamante y triste corbata de luto frente al espejo ovalado y móvil del dormitorio del prostíbulo.
Se casaron, y Risso creyó que bastaba con seguir viviendo como siempre, pero dedicándole a ella, sin pensarlo, sin pensar casi en ella, la furia de su cuerpo, la enloquecida necesidad de absolutos que lo poseía durante las noches alargadas.
Ella imaginó en Risso un puente, una salida, un principio. Había atravesado virgen dos noviazgos ––un director, un actor––, tal vez porque para ella el teatro era un oficio además de un juego y pensaba que el amor debía nacer y conservarse aparte, no contaminado por lo que se hace para ganar dinero y olvido. Con uno y otro estuvo condenada a sentir en las citas en las plazas, la rambla o el café, la fatiga de los ensayos, el esfuerzo de adecuación la vigilancia de la voz y de las manos. Presentía su propia cara siempre un segundo antes de cualquier expresión, como si pudiera mirarla o palpársela. Actuaba animosa e incrédula, medía sin remedio su farsa y la del otro, el sudor y el polvo del teatro que los cubrían, inseparables, signos de la edad.
Cuando llegó la segunda fotografía, desde Asunción y con un hombre visiblemente distinto Risso temió, sobre todo, no ser capaz de soportar un sentimiento desconocido que no era ni odio ni dolor, que moriría con él sin nombre, que se emparentaba con la injusticia y la fatalidad, con el primer miedo del primer hombre sobre la tierra, con el nihilismo y el principio de la fe.

La segunda fotografía le fue entregada por Policiales, un miércoles de noche. Los jueves eran los días en que podía disponer de su hija desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche. Decidió romper el sobre sin abrirlo, lo guardó y recién en la mañana del jueves mientras su hija lo esperaba en la sala de la pensión, se permitió una rápida mirada a la cartulina, antes de romperla sobre el waterclós: también aquí el hombre estaba de espaldas.
Pero había mirado muchas veces la foto de Brasil. La conservó durante un día entero y en la madrugada estuvo imaginando una broma, un error un absurdo transitorio. Le había sucedido ya, había despertado muchas veces de una pesadilla, sonriendo servil y agradecido a las flores de las paredes del dormitorio.
Estaba tirado en la cama cuando extrajo el sobre del saco y la foto del sobre.
––Bueno––dijo en voz alta––, está bien, es cierto y es así. No tiene ninguna importancia, aunque no lo viera sabría que sucede.
(Al sacar la fotografía con el disparador automático, al revelarla en el cuarto oscurecido, bajo el brillo rojo y alentador de la lámpara, es probable que ella haya previsto esta reacción de Risso, este desafío, esta negativa a liberarse en el furor. Había previsto también, o apenas deseado, con pocas, mal conocidas esperanzas, que él desenterrara de la evidente ofensa, de la indignidad asombrosa, un mensaje de amor.)

Volvió a protegerse antes de mirar: “Estoy solo y me estoy muriendo de frío en una pensión de la calle Piedras, en Santa María, en cualquier madrugada, solo y arrepentido de mi soledad como si la hubiera buscado, orgulloso como si la hubiera merecido”.
En la fotografía la mujer sin cabeza clavaba ostentosamente los talones en un borde de diván, aguardaba la impaciencia del hombre oscuro, agigantado por el inevitable primer plano, estaría segura de que no era necesario mostrar la cara para ser reconocida. En el dorso, su letra calmosa decía “Recuerdos de Bahía”.
En la noche correspondiente a la segunda fotografía pensó que podía comprender la totalidad de la infamia y aun aceptarla. Pero supo que estaban más allá de su alcance la deliberación, la persistencia, el organizado frenesí con que se cumplía la venganza. Midió su desproporción, se sintió indigno de tanto odio, de tanto amor, de tanta voluntad de hacer sufrir.

Cuando Gracia conoció a Risso pudo suponer muchas cosas actuales y futuras. Adivinó su soledad mirándole la barbilla y un botón del chaleco; adivinó que estaba amargado y no vencido, y que necesitaba un desquite y no quería enterarse. Durante muchos domingos le estuvo mirando en la plaza, antes de la función, con cuidadoso cálculo, la cara hosca y apasionada, el sombrero pringoso abandonado en la cabeza, el gran cuerpo indolente que él empezaba a dejar engordar. Pensó en el amor la primera vez que estuvieron solos, o en el deseo, o en el deseo de atenuar con su mano la tristeza del pómulo y la mejilla del hombre. También pensó en la ciudad, en que la única sabiduría posible era la de resignarse a tiempo. Tenía veinte años y Risso cuarenta. Se puso a creer en él, descubrió intensidades de la curiosidad, se dijo que solo se vive de veras cuando cada día rinde su sorpresa.
Durante las primeras semanas se encerraba para reírse a solas, se impuso adoraciones fetichistas, aprendió a distinguir los estados de ánimo por los olores. Se fue orientando para descubrir qué había detrás de la voz, de los silencios, de los gustos y de las actitudes del cuerpo del hombre. Amó a la hija de Risso y le modificó la cara, exaltando los parecidos con el padre. No dejó el teatro porque el Municipio acababa de subvencionarlo y ahora tenía ella en el sótano un sueldo seguro, un mundo separado de su casa, de su dormitorio, del hombre frenético e indesetructible. No buscaba alejarse de la lujuria; quería descansar y olvidarla, permitir que la lujuria descansara y olvidara. Hacía planes y los cumplía, estaba segura de la infinitud del universo del amor, segura de que cada noche les ofrecería un asombro distinto y recién creado.
––Todo ––insistía Risso––, absolutamente todo puede sucedernos y vamos a estar siempre contentos y queriéndonos. Todo; ya sea que invente Dios o inventemos nosotros.
En realidad, nunca había tenido antes una mujer y creía fabricar lo que ahora le estaban imponiendo. Pero no era ella quien lo imponía, Gracia César, hechura de Risso, segregada de él para completarlo, como el aire al pulmón, como el invierno al trigo.

La tercera foto demoró tres semanas. Venía también de Paraguay y no le llegó al diario, sino a la pensión y se la trajo la mucama al final de una tarde en que él despertaba de un sueño en que le había sido aconsejado defenderse del pavor y la demencia conservando toda futura fotografía en la cartera y hacerla anecdótica, impersonal, inofensiva, mediante un centenar de distraídas miradas diarias.
La mucama golpeó la puerta y él vio colgar el sobre de las tabillas de la persiana, comenzó a percibir cómo destilaba en la penumbra, en el aire sucio, su condición nociva, su vibrátil amenaza. Lo estuvo mirando desde la cama como a un insecto, como a un animal venenoso que se aplastara a la espera del descuido, del error propicio.
En la tercera fotografía ella estaba sola, empujando con su blancura las sombras de una habitación mal iluminada, con la cabeza dolorosamente echada hacia atrás, hacia la cámara, cubiertos a medias los hombros por el negro pelo suelto, robusta y cuadrúpeda. Tan inconfundible ahora como si se hubiera hecho fotografiar en cualquier estudio y hubiera posado con la más tierna, significativa y oblicua de sus sonrisas.
Solo tenía ahora, Risso, una lástima irremediable por ella, por él, por todos los amantes que habían amado en el mundo, por la verdad y error de sus creencias, por el simple absurdo del amor y por el complejo absurdo del amor creado por los hombres.
Pero también rompió esta fotografía y supo que le sería imposible mirar otra y seguir viviendo. Pero en el plano mágico en que habían empezado a entenderse y a dialogar, Gracia estaba obligada a enterarse de que él iba a romper las fotos apenas llegaran, cada vez con menos curiosidad, con menor remordimiento.
En el plano mágico, todos los groseros o tímidos hombres urgentes no eran más que obstáculos, ineludibles postergaciones del acto ritual de elegir en la calle, en el restaurante o en el café al más crédulo e inexperto, al que podía prestarse sin sospecha y con un cómico orgullo a la exposición frente a la cámara y al disparador, al menos desagradable entre los que pudieran creerse aquella memorizada argumentación de viajante de comercio.
––Es que nunca tuve un hombre así, tan único, tan distinto. Y nunca sé, metida en esta vida de teatro, dónde estaré mañana y si volveré a verte. Quiero por lo menos mirarte en una fotografía cuando estemos lejos y te extrañe.
Y después de la casi siempre fácil convicción, pensando en Risso o dejando de pensar para mañana, cumpliendo el deber que se había impuesto, disponía las luces, preparaba la cámara y encendía al hombre. Si pensaba en Risso, evocaba un suceso antiguo, volvía a reprocharle no haberle pegado, haberla apartado para siempre con un insulto desvaído, una sonrisa inteligente, un comentario que la mezclaba a ella con todas las demás mujeres. Y sin comprender; demostrando a pesar de noches y frases que no había comprendido nunca.
Sin exceso de esperanzas, trajinaba sudorosa por la siempre sórdida y calurosa habitación de hotel, midiendo distancias y luces, corrigiendo la posición del cuerpo envarado del hombre. Obligando, con cualquier recurso, señuelo, mentira crapulosa, a que se dirigiera hacia ella la cara cínica y desconfiada del hombre de turno. Trataba de sonreír y de tentar, remedaba los chasquidos cariñosos que se hacen a los recién nacidos, calculando el paso de los segundos, calculando al mismo tiempo la intensidad con que la foto aludiría a su amor con Risso.
Pero como nunca pudo saber esto, como incluso ignoraba si las fotografías llegaban o no a manos de Risso, comenzó a intensificar las evidencias de las fotos y las convirtió en documentos que muy poco tenían que ver con ellos, Risso y Gracia.
Llegó a permitir y ordenar que las caras adelgazadas por el deseo, estupidizadas por el viejo sueño masculino de la posesión, enfrentaran el agujero de la cámara con una dura sonrisa, con una avergonzada insolencia. Consideró necesario dejarse resbalar de espaldas e introducirse en la fotografía hacer que su cabeza, su corta nariz, sus grandes ojos impávidos descendieran desde la nada del más allá de la foto para integrar la suciedad del mundo, la torpe, errónea visión fotográfica, las sátiras del amor que se había jurado mandar regularmente a Santa María. Pero su verdadero error fue cambiar las direcciones de los sobres.

La primera separación, a los seis meses del casamiento, fue bienvenida y exageradamente angustiosa. El Sótano––ahora Teatro Municipal de Santa María––subió hasta El Rosario. Ella reiteró allí el mismo viejo juego alucinante de ser una actriz entre actores, de creer en lo que sucedía en el escenario. El público se emocionaba, aplaudía o no se dejaba arrastrar. Puntualmente se imprimían programas y críticas; y la gente aceptaba el juego y lo prolongaba hasta el fin de la noche, hablando de lo que había visto y oído, y pagado para ver y oír, conversando con cierta desesperación, con cierto acicateado entusiasmo, de actuaciones, decorados, parlamentos y tramas.
De modo que el juego, el remedo, alternativamente melancólico y embriagador, que ella iniciaba acercándose con lentitud a la ventana que caía sobre el fjord, estremeciéndose y murmurando para toda la sala: “Tal vez... pero yo también llevo una vida de recuerdos que permanecen extraños a los demás”, también era aceptado en El Rosario; Siempre caían naipes en respuesta al que ella arrojaba, el juego se formalizaba y ya era imposible distraerse y mirarlo de afuera.
La primera separación duró exactamente cincuenta y dos días y Risso trató de copiar en ellos la vida que había llevado con Gracia César durante los seis meses de matrimonio. Ir a la misma hora al mismo café, al mismo restaurante, ver a los mismos amigos, repetir en la rambla silencios y soledades, caminar de regreso a la pensión sufriendo obcecado las anticipaciones del encuentro, removiendo en la frente y en la boca imágenes excesivas que nacían de recuerdos perfeccionados o de ambiciones irrealizables.
Eran diez o doce cuadras, ahora solo y más lento, a través de noches molestadas por vientos tibios y helados, sobre el filo inquieto que separaba la primavera del invierno. Le sirvieron para medir su necesidad y su desamparo, para saber que la locura que compartían tenía por lo menos la grandeza de carecer de futuro, de no ser medio para nada.
En cuanto a ella, había creído que Risso daba un lema al amor común cuando susurraba, tendido, con fresco asombro, abrumado:

––Todo puede suceder y vamos a estar siempre felices y queriéndonos.
Ya la frase no era un juicio, una opinión, no expresaba un deseo. Les era dictada e impuesta, era una comprobación, una verdad vieja. Nada de lo que ellos hicieran o pensaran podría debilitar la locura, el amor sin salida ni alteraciones. Todas las posibilidades humanas podían ser utilizadas y todo estaba condenado a servir de alimento.
Creyó que fuera de ellos, fuera de la habitación, se extendía un mundo desprovisto de sentido, habitado por seres que no importaban, poblado por hechos sin valor.
Así que solo pensó en Risso, en ellos, cuando el hombre empezó a esperarla en la puerta del teatro, cuando la invitó y la condujo, cuando ella misma se fue quitando la ropa.
Era la última semana en El Rosario y ella consideró inútil hablar de aquello en las cartas a Risso; porque el suceso no estaba separado de ellos y a la vez nada tenía que ver con ellos; porque ella había actuado como un animal curioso y lúcido, con cierta lástima por el hombre, con cierto desdén por la pobreza de lo que estaba agregando a su amor por Risso. Y cuando volvió a Santa María, prefirió esperar hasta una víspera de jueves––porque los jueves Risso no iba al diario––, hasta una noche sin tiempo, hasta una madrugada idéntica a las veinticinco que llevaban vividas.
Lo empezó a contar antes de desvestirse, con el orgullo y la ternura de haber inventado, simplemente, una nueva caricia. Apoyado en la mesa, en mangas de camisa, él cerró los ojos y sonrió. Después la hizo desnudar y le pidió que repitiera la historia, ahora de pie, moviéndose descalza sobre la alfombra y casi sin desplazarse de frente y de perfil, dándole la espalda y balanceando el cuerpo mientras lo apoyaba en una pierna y otra. A veces ella veía la cara larga y sudorosa de Risso, el cuerpo pesado apoyándose en la mesa, protegiendo con los hombros el vaso de vino, y a veces solo los imaginaba, distraída, por el afán de fidelidad en el relato, por la alegría de revivir aquella peculiar intensidad de amor que había sentido por Risso en El Rosario, junto a un hombre de rostro olvidado, junto a nadie, junto a Risso.
––Bueno; ahora te vestís otra vez––dijo él, con la misma voz asombrada y ronca que había repetido que todo era posible, que todo sería para ellos.
Ella le examinó la sonrisa y volvió a ponerse las ropas. Durante un rato estuvieron los dos mirando los dibujos del mantel, las manchas, el cenicero con el pájaro de pico quebrado. Después él terminó de vestirse y se fue, dedicó su jueves, su día libre, a conversar con el doctor Guiñazú, a convencerlo de la urgencia del divorcio, a burlarse por anticipado de las entrevistas de reconciliación.
Hubo después un tiempo largo y malsano en el que Risso quería volver a tenerla y odiaba simultáneamente la pena y el asco de todo imaginable reencuentro. Decidió después que necesitaba a Gracia y ahora un poco más que antes. Que era necesaria la reconciliación y que estaba dispuesto a pagar cualquier precio siempre que no interviniera su voluntad, siempre que fuera posible volver a tenerla por las noches sin decir que sí ni siquiera con su silencio.
Volvió a dedicar los jueves a pasear con su hija y a escuchar la lista de predicciones cumplidas que repetía la abuela en las sobremesas. Tuvo de Gracia noticias cautelosas y vagas, comenzó a imaginarla como a una mujer desconocida, cuyos gestos y reacciones debían ser adivinados o deducidos; como a una mujer preservada y solitaria entre personas y lugares, que le estaba predestinada y a la que tendría que querer, tal vez desde el primer encuentro.
Casi un mes después del principio de la separación, Gracia repartió direcciones contradictorias y se fue de Santa María.
––No se preocupe ––dijo Guiñazú––. Conozco bien a las mujeres y algo así estaba esperando. Esto confirma el abandono del hogar y simplifica la acción que no podrá ser dañada por una evidente maniobra dilatoria que está evidenciando la sinrazón de la parte demandada.
Era aquél un comienzo húmedo de primavera, y muchas noches Risso volvía caminando del diario, del café, dándole nombres a la lluvia, avivando su sufrimiento como si soplara una brasa, apartándolo de sí para verlo mejor e increíble, imaginando actos de amor nunca vividos para ponerse en seguida a recordarlos con desesperada codicia.
Risso había destruido, sin mirar, los últimos tres mensajes. Se sentía ahora, y para siempre, en el diario y en la pensión, como una alimaña en su madriguera, como una bestia que oyera rebotar los tiros de los cazadores en la puerta de su cueva. Solo podía salvarse de la muerte y de la idea de la muerte forzándose a la quietud y a la ignorancia. Acurrucado, agitaba los bigotes y el morro, las patas; solo podía esperar el agotamiento de la furia ajena. Sin permitirse palabras ni pensamientos, se vio forzado a empezar a entender; a confundir a la Gracia que buscaba y elegía hombres y actitudes para las fotos, con la muchacha que había planeado, muchos meses atrás, vestidos, conversaciones, maquillajes, caricias a su hija para conquistar a un viudo aplicado al desconsuelo, a este hombre que ganaba un sueldo escaso y que solo podía ofrecer a las mujeres una asombrada, leal, incomprensión.
Había empezado a creer que la muchacha que le había escrito largas y exageradas cartas en las breves separaciones veraniegas del noviazgo era la misma que procuraba su desesperación y su aniquilamiento enviándole las fotografías. Y llegó a pensar que, siempre, el amante que ha logrado respirar en la obstinación sin consuelo de la cama el olor sombrío de la muerte, está condenado a perseguir ––para él y para ella––la destrucción, la paz definitiva de la nada.
Pensaba en la muchacha que se paseaba del brazo de dos amigas en las tardes de la rambla, vestida con los amplios y taraceados vestidos de tela endurecida que inventaba e imponía el recuerdo, y que atravesaba la obertura del Barbero que coronaba el concierto dominical de la banda para mirarlo un segundo. Pensaba en aquel relámpago en que ella hacía girar su expresión enfurecida de oferta y desafío, en que le mostraba de frente la belleza casi varonil de una cara pensativa y capaz, en que lo elegía a él, entontecido por la viudez. Y, poco a poco, iba admitiendo que aquella era la misma mujer desnuda, un poco más gruesa, con cierto aire de aplomo y de haber sentado cabeza, que le hacía llegar fotografías desde Lima, Santiago y Buenos Aires.
Por qué no, llegó a pensar, por qué no aceptar que las fotografías, su trabajosa preparación, su puntual envío, se originaban en el mismo amor, en la misma capacidad de nostalgia, en la misma congénita lealtad.

La próxima fotografía le llegó desde Montevideo; ni al diario ni a la pensión. Y no llegó a verla. Salía una noche de El Liberal cuando escuchó la renguera del viejo Lanza persiguiéndolo en los escalones, la tos estremecida a su espalda, la inocente y tramposa frase del prólogo. Fueron a comer al Baviera; y Risso pudo haber jurado después haber estado sabiendo que el hombre descuidado, barbudo, enfermo, que metía y sacaba en la sobremesa un cigarrillo humedecido de la boca hundida, que no quería mirarle los ojos, que recitaba comentarios obvios sobre las noticias que UP había hecho llegar al diario durante la jornada, estaba impregnado de Gracia, o del frenético aroma absurdo que destila el amor.
––De hombre a hombre––dijo Lanza con resignación––. O de viejo que no tiene más felicidad en la vida que la discutible de seguir viviendo. De un viejo a usted; y yo no sé, porque nunca se sabe, quién es usted. Sé de algunos hechos y he oído comentarios. Pero ya no tengo interés en perder el tiempo creyendo o dudando. Da lo mismo. Cada mañana compruebo que sigo vivo, sin amargura y sin dar las gracias. Arrastro por Santa María y por la redacción una pierna enferma y la arterioesclerosis, me acuerdo de España, corrijo las pruebas, escribo y a veces hablo demasiado. Como esta noche. Recibí una sucia fotografía y no es posible dudar sobre quién la mandó. Tampoco puedo adivinar por qué me eligieron a mí. Al dorso dice: “Para ser donada a la colección Risso”, o cosa parecida. Me llegó el sábado y estuve dos días pensando si dársela o no. Llegué a creer que lo mejor era decírselo porque mandarme eso a mí es locura sin atenuantes y tal vez a usted le haga bien saber que está loca. Ahora está usted enterado; solo le pido permiso para romper la fotografía sin mostrársela.
Risso dijo que sí y aquella noche, mirando hasta la mañana la luz del farol de la calle en el techo del cuarto, comprendió que la segunda desgracia, la venganza era esencialmente menos grave que la primera, la traición, pero también mucho menos soportable. Sentía su largo cuerpo expuesto como un nervio al dolor del aire, sin amparo, sin poderse inventar un alivio.

La cuarta fotografía no dirigida a él la tiró sobre la mesa la abuela de su hija, el jueves siguiente. La niña se había ido a dormir y la foto estaba nuevamente dentro del sobre. Cayó entre el sifón y la dulcera, largo, atravesado y teñido por el reflejo de una botella, mostrando entusiastas letras en tinta azul.
––Comprenderás que después de esto... ––tartamudeó la abuela. Revolvía el café y miraba la cara de Risso, buscándole en el perfil el secreto de la universal inmundicia, la causa de la muerte de su hija, la explicación de tantas cosas que ella había sospechado sin coraje para creerlas––. Comprenderas––repitió con furia, con la voz cómica y envejecida.
Pero no sabía qué era necesario comprender y Risso tampoco comprendía aunque se esforzara, mirando el sobre que había quedado enfrentándolo, con un ángulo apoyado en el borde del plato.
Afuera la noche estaba pesada y las ventanas abiertas de la ciudad mezclaban al misterio lechoso del cielo los misterios de las vidas de los hombres sus afanes y sus costumbres. Volteado en su cama Risso creyó que empezaba a comprender, que como una enfermedad, como un bienestar, la comprension ocurría en él, liberada de la voluntad y de la inteligencia. Sucedía, simplemente, desde el contacto de los pies con los zapatos hasta las lágrimas que le llegaban a las mejillas y al cuello. La comprensión sucedía en él, y él no estaba interesado en saber qué era lo que comprendía, mientras recordaba o estaba viendo su llanto y su quietud, la alargada pasividad del cuerpo en la cama, la comba de las nubes en la ventana, escenas antiguas y futuras. Veía la muerte y la amistad con la muerte, el ensoberbecido desprecio por las reglas que todos los hombres habían consentido acatar, el auténtico asombro de la libertad. Hizo pedazos la fotografía sobre el pecho, sin apartar los ojos del blancor de la ventana, lento y diestro, temeroso de hacer ruido o interrumpir. Sintió después el movimiento de un aire nuevo, acaso respirado en la niñez, que iba llenando la habitación y se extendía con pereza inexperta por las calles y los desprevenidos edificios, para esperarlo y darle protección mañana y en los días siguientes.
Estuvo conociendo hasta la madrugada, como a ciudades que le habían parecido inalcanzables, el desinterés, la dicha sin causa, la aceptación de la soledad. Y cuando despertó a mediodía cuando se aflojó la corbata y el cinturón y el reioj pulsera, mientras caminaba sudando hasta el pútrido olor a tormenta de la ventana, lo invadió por primera vez un paternal cariño hacia los hombres y hacia lo que los hombres habían hecho y construido. Había resuelto averiguar la dirección de Gracia, llamarla o irse a vivir con ella.
Aquella noche en el diario fue un hombre lento y feliz, actuó con torpezas de recién nacido, cumplió su cuota de cuartillas con las distracciones y errores que es común perdonar a un forastero. La gran noticia era la imposibilidad de que Ribereña corriera en San Isidro, porque estamos en condiciones de informar que el crédito del stud El Gorrión amaneció hoy manifestando dolencias en uno de los remos delanteros, evidenciando inflamación a la cuerda lo que dice a las claras de la entidad del mal que lo aqueja.
––Recordando que él hacía Hípicas––contó Lanza––, uno intenta explicar aquel desconcierto comparándolo al del hombre que se jugó el sueldo a un dato que le dieron y confirmaron el cuidador, el jockey, el dueño y el propio caballo. Porque aunque tenía, según se sabrá, los más excelentes motivos para estar sufriendo y tragarse sin más todos los sellos de somníferos de todas las boticas de Santa María, lo que me estuvo mostrando media hora antes de hacerlo no fue otra cosa que el razonamiento y la actitud de un hombre estafado. Un hombre que había estado seguro y a salvo y ya no lo está, y no logra explicarse cómo pudo ser, qué error de cálculo produjo el desmoronamiento. Porque en ningún momento llamó yegua a la yegua que estuvo repartiendo las soeces fotografías por toda la ciudad, y ni siquiera aceptó caminar por el puente que yo le tendía, insinuando, sin creerla, la posibilidad de que la yegua––en cueros y alzada como prefirió divulgarse, o mimando en el escenario los problemas ováricos de otras yeguas hechas famosas por el teatro universal––, la posibilidad de que estuviera loca de atar. Nada. Él se había equivocado, y no al casarse con ella sino en otro momento que no quiso nombrar. La culpa era de él y nuestra entrevista fue increíble y espantosa. Porque ya me había dicho que iba a matarse y ya me había convencido de que era inútil y también grotesco y otra vez inútil argumentar para salvarlo. Y hablaba frìamente conmigo, sin aceptar mis ruegos de que se emborrachara. Se había equivocado, insistía; él y no la maldita arrastrada que le mandó la fotografía a la pequeña, al Colegio de Hermanas. Tal vez pensando que abriría el sobre la hermana superiora, acaso deseando que el sobre llegara intacto hasta las manos de la hija de Risso, segura esta vez de acertar en lo que Risso tenía de veras vulnerable.


* Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1 de julio de 1909 - Madrid, 30 de mayo de 1994). Escritor uruguayo. Su labor literaria comienza en Buenos Aires (Argentina) donde colabora en los diarios La Prensa y La Nación de Buenos Aires. En 1935 escribió Los niños en el bosque y Tiempo de abrazar pero no fueron publicadas hasta 1974. En 1939 publicó su primer libro, El Pozo. Ese mismo año fue secretario de redacción del semanario Marcha.
En 1940, en el diario La Nación de Buenos Aires se publica su primer cuento importante, Un sueño realizado, el primero de una extensa lista de publicaciones, como El obstáculo y El posible Baldi.
A mediados de la década de 1950, colaboró con la revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo, donde publicaría su relato El álbum y en la editorial de la revista, la novela corta Los adioses.
En 1954 tradujo This Very Earth (La verdadera tierra) de Erskine Caldwell y en 1956 The Comancheros, de Paul Wellman.
Como periodista utiliza varios seudónimos: "Periquito el Aguador" para su columna periodística La piedra en el charco, "Groucho Marx", actualidad con tono humorístico, y firmando como "Pierre Regy" artículos de curiosidades literarias y cuentos policiales. Trabajó en la agencia Reuter, en la revista Ímpetu, y como director en la revista Vea y Lea. Publicó algunas notas sobre cine en Crítica.
En 1957, fue designado director de Bibliotecas en la División de Artes y Letras de la Intendencia Municipal de Montevideo, cargo que ocupó hasta 1975.
Debido a los problemas políticos de su país, traslada su residencia a España y en 1978 entró en el diario El País como colaborador, y en otros diarios latinoamericanos, a través de la agencia EFE.
En 1989 su novela La cara de la desgracia es llevada al cine por el realizador argentino Pedro Stocky.
Tras recibir el Premio Rodó en 1991 dona la dotación económica percibida por el mismo para la compra de libros en bibliotecas municipales.
En 1993 se publica su última novela, Cuando ya no importe, considerada como su testamento literario.

[Publicado en portada en febrero 2010]


Gaucho con trenzas de sangre

Un cuento de María Rosa Lojo*

A la memoria de Francisco Madariaga

"Oh, acude a mí, a mi jerarquía
De peón del planeta,
Gaucho con trenzas de sangre,
Mi padre,
Y ensíllame el mejor caballo ruano del universo
Para atravesar el agua de oro de la muerte."

Francisco Madariaga

"¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?"
San Pablo, 1 Corintios 15, 54-55

Las trenzas de sangre del muerto le caen casi hasta debajo de la cintura. No se sabe si son verdaderamente de sangre, o si ése es el color que toman a la mala luz del rescoldo, ya que la imagen sólo se distingue cuando hay brasa: un punto de cigarro encendido, o carbones de un fogón donde los hombres se reúnen para cantar amores o desdichas.
¿Por qué no han de ser de sangre las trenzas de Antonio Mamerto Gil Núñez, degollado en medio del campo como si hubiese sido un animal que se lleva para provisión del camino? De la misma manera lo alzaron y lo colgaron boca abajo de una rama de algarrobo y le cortaron el cuello. La sangre, que nadie vino a recoger, debió de empaparle el pelo largo y castaño. Quién sabe si alguien se lo había trenzado para que al matarife se le hiciese más fácil su trabajo, o si los ángeles se lo trenzaron luego para que se presentase ante su Creador con mayor compostura.
El Señor no lo quiere con la crin sucia de ajusticiado encima de esos ojos que reconocen el mal desde muy lejos. Quiere que al gaucho Gil se le vea claramente su hermosa cara humana, la boca que puede curar con la palabra. El Señor sabe muy bien que para muchos cristianos de leyes y de letras, la gente como Antonio Gil casi no es gente: apenas cuerpos que se usan en la pelea por los poderes de la tierra, y que a veces se rebelan –con mejores razones que los potros baguales– porque, aunque no lo parezca, tienen alma.
La mujer sentada en el suelo pita hondo el cigarro de chala, pero lleno de buen tabaco.
-- Sabía que eras vos, m’hijo. No te ven los que no quieren ver.
Se llama Engracia y dicen que tiene cien años, pero ama los colores vivos como si fuera una niña de quince. Se viste con polleras floreadas y lleva en la cabeza un pañuelo rojo que relumbra durante el día, de tal manera que se la atisba de lejos sobre el lomo del tordillo cuando endereza para las casas donde la esperan sus enfermos.
--No te has de acordar, pero yo fui quien te traje al mundo, con la gallega Rosario.
Había dado trabajo para nacer, aunque era el último de ocho hijos. Venía enredado con el cordón, por el mismo lugar en donde ahora le asoma el tajo. Se había resistido para salir, como si ya supiera lo que le esperaba; costó hacerlo llorar cuando por fin lo tuvieron entre las manos. En cambio tenía los ojos abiertos que no se cansaban de mirar todo lo creado con cierta decepción penosa, como si viniera de un campo en primavera a encerrarse en un cuarto húmedo y oscuro.
--La gallega fue tu madrina, y te dio la teta también, si tu madre la pobre estaba escasa de leche.
El gaucho Gil se mueve silenciosamente. Descuelga un lazo que lleva colgado del cinturón y lo revolea con habilidad, muy por encima de la cabeza. Cuando termina de lanzarlo, se oyen un alarido largo y varios golpes sucesivos, como los que da un bulto (o un cuerpo) al que se lleva arrastrado por escaleras y desniveles.
-- Manda decir la gallega que te pongas bajo la protección del Señor Santiago, que es el santo de más poder, y que le averigües la suerte del finado su marido, a ver si Dios se lo ha tenido en cuenta, que no llevaba más culpas que la de bautizar un poco el vino en la pulpería.
Antonio Gil sonríe, como dándose por enterado del mensaje, aunque no la mira, ni mira nada en particular, perdidos los ojos en el aire liviano. El aullido y los golpes han cesado, por ahora.
--La verdad sea dicha, te han mandado decir muchas cosas unas cuantas mujeres, no sólo la gallega. Pero empecé por ella, porque es la de más respeto, y como si fuera la difunta tu madre. Pero hay otra….
Engracia se acomoda las enaguas y pita fuerte. Ve la cara de Gil a través de un círculo de humo, como si estuviera encerrada en el marco de un retrato. Ha sido un lindo mozo, y aunque lo hayan sacrificado como a un cordero de Dios, también es cierto que según las mentas solía tener, para algunos asuntos, bastante más de toro que de cordero.
-- La viudita ésa que bien sabés, la de la estancia La Valencia. Dice que te habla a veces como si estuvieras ahí nomás, y no te hubieras muerto, y otras como si fueras un santo subido pal cielo.
Gil se acerca, glotón y fascinado como un chico al que le están ofreciendo golosinas. Se sienta junto a Engracia, casi a la distancia de un compañero de mate.
--Dice que se alegra que Dios te haya hecho santo, pero que más falta hacías aquí en la tierra y sobre todo a ella. Que te hubiera esperado los años que fueran, con tal que volvieses.
Gil no ha de haber olvidado a Estrella Díaz Miraflores, que le dejaba abierta la puerta del paraíso todas las noches. Habría que ver si ese otro paraíso en el que ahora se encuentra puede competir con semejantes recuerdos. Pero qué hacer, si todos se empeñaban en oponerse a ese amor tan inconveniente para otros. Para los hermanos de la hermosa viuda, que no querían ver parar la hacienda en las manos de un pobre peón del Payubre, y para el comisario del pueblo que había jurado matar al desdeñoso objeto de su deseo, antes que verla acollarada con un gaucho sinvergüenza.
Antonio Gil no le tocó un pelo al policía, y ésa fue su perdición, mucho más que si lo hubiera matado. Lo retó a duelo, sólo para desarmarlo y humillarlo en público, de modo que el ofendido le mandó luego la partida encima, acusándolo de faltarle el respeto a la autoridad. Así fue cómo Gil, aunque victorioso y vivo, no tuvo más remedio que huir de La Valencia y del amor de Estrella, ante tanto plural y reiterado hostigamiento.
-- Hay otra que dejaste endeveras afligida y es la parda candombera de San Baltasar, que no sé si no habrá sido en vida un santo un poco zafado, ya que le han salido semejantes devotas. A ésa sí que la debés tener bien fresquita, porque lo de la viuda al fin de cuentas, ya es historia vieja.
El gaucho Gil se levanta como si fuera a bailar. Pero no lo hace, aunque marca con el pie el ritmo de tambores del santo cambá, el santo negro al que los correntinos se han aficionado después de la guerra contra el Paraguay, que los puso en trance de amistad con tanto africano del Brasil.
Lo mejor del santo no es su manto de estrellas ni su cofre de mirra, ni su coronita de oro de gran Rey Mago. Lo mejor del santo, qué duda hay, son las mulatas que lo festejan y organizan los bailes en su homenaje. San Baltasar es un santo muy alegre, dice la mama Inés y mueve los pies. Pero más sabrosos son los pies de la Teresinha y cuanto le ha ofrecido con alegría generosa, como quien ofrece al caminante casual flores de estación. Caricias, caricias tirame y me voy, caricias pedime y caricias te doy.
–Anduvo muy pesarosa, porque te agarraron después de la noche que pasaste con ella. Pero algo conforme también, porque al menos te llevaste su olor al otro mundo. Lo único que la aflige es que ella va envejeciendo, mientras vos quedás hecho un gurí, y pa cuando ustedes se encuentren del otro lado, ella va a parecer tu madre o hasta tu abuela. Claro que tampoco tiene ganas de morirse ya mismo para alcanzarte antes. Sólo te advierto una cosa: vos cuidate.
El gauchito la mira, divertido. ¿De qué va a tener que cuidarse, ahora que ningún peligro lo alcanza, y que los asustados son, más bien, los otros? Recuerda, entonces, su tarea nocturna, y arroja no ya un lazo, sino un facón afilado –el mismo que le sacaron los milicos al arrestarlo– en dirección del casco de estancia. Otro alarido –esta vez brutal y seco– corta el aire de la casa.
La vieja continúa, como si no hubiera oído.
–Te digo, pues, que te cuides, porque no hay payeseras como las mulatas de San Baltasar. Hasta Dios mismo se distrae mirándolas, y ésta te ha hecho una liga como para que ni en el cielo te desprendas de ella, aunque llegue tan vieja como lo estoy yo ahora.
Antonio Gil se encoge de hombros. Quizá porque donde él vive hombres y mujeres no se quieren del mismo modo que se quisieron en la tierra, aunque los una la música. Los candombes no son sino un anticipo de esa música, más potente que todos los hechizos, porque a su conjuro se juntarán los huesos de los muertos y los esqueletos se revestirán de carne, y nadie sabrá hacer otra cosa que bailar y bailar, empinando hasta el fondo la bota de un vino que no se acaba nunca.
Engracia concluye su cigarro y se sacude la ceniza de los dedos.
–Lo que no entiendo, gurí, es por qué te dejaste agarrar. Si tenías a San La Muerte. ¿Te lo sacaron, decime? ¿Quién te lo sacó?
Antonio Gil niega con la cabeza. Corre a un costado el pañuelo rojo del cuello, y muestra la figurita mínima de un esqueleto con guadaña, que cuelga como un relicario del cordón que le cae sobre el pecho. El amuleto está tallado sobre una bala justiciera, para hacer a su poseedor invulnerable a toda agresión o daño que no provenga de un designio divino.
–Entonces fuiste vos el que no quiso resistir. Te entregaste nomás, de voluntario, y así tenía que ser, porque de no, ¿cómo se hubiera cumplido tu destino?
¿Desde cuándo se sabría Antonio Gil un señalado para hacer con su vida otra cosa muy distinta de lo que hacían normalmente con las suyas los varones de su patria, y acaso de todas las patrias del planeta? ¿Desde cuándo el gaucho Gil, que fue soldado valiente del general Madariaga en la guerra del Paraguay, había comprendido que los hombres no han llegado a este mundo para matar o morir unos a manos de otros, desde cuándo había visto que las hazañas de las que algunos tanto se enorgullecen no son sino manchas de viruela que desfiguran y agravian el alma de los cristianos y hasta de los infieles, puesto que no hay sino un Dios, y para todos?
Se decía que ya en plena guerra, aunque peleaba como cualquiera, y aun mejor, había empezado a curar. Que ponía las manos sobre los heridos y los convencía de que el dolor es tan irreal como los sueños, o las criaturas que inventa nuestro miedo. Como los indios pampas amansan caballos resabiados, así el gauchito amansaba los males: con la persuasión de los ojos y con la caricia sobre el lomo rebelde, hasta que se le entregaban y desaparecían, tal cual se disuelve bajo el sol la niebla de las cosas en las mañanas de invierno.
--¿Fue nuestro Ñandeyara? ¿Ñandeyara Guazú el que te marcó el camino?
Antonio Gil no podría decir, a ciencia cierta, si fue Ñandeyara o el Padre Eterno de los catecismos. Pero lo soñó en guaraní. La voz que oyó le hablaba en la misma lengua de los esteros y los palmares. “Ya no vas a ir a derramar sangre de hermanos”, le había dicho, mientras dormía en el campamento de una nueva guerra, esta vez de gauchos correntinos contra otros gauchos llevados por sus jefes celestes o colorados, liberales o autonomistas. Poco más tarde huyó del campamento con dos compañeros, que creyeron en su visión. Había dejado para siempre de ser soldado para convertirse en desertor, cuatrero fugitivo y hombre de Dios.
El gaucho Gil sonríe, puesto de pie, y abre los brazos, como si se desperezara. La noche redonda cabe entera en esa expansión que une el cielo y la tierra, los dormidos y los despiertos en un abrazo simétrico.
Sólo un ser rompe la perfecta armonía. Por la puerta principal del casco de estancia sale un hombre a medio vestir, en cabeza y descalzo, desorbitado como un planeta perdido. Mira la luna que comienza a disolverse en el amanecer y le dedica –lobizón retrasado--, un largo y doliente sapucay

II

El señor Heriberto Speroni se lava la cara frente al espejo del dormitorio. No le gusta lo que ve en ese espejo. Un hombre que envejece y encanece, un poco más flaco cada día que corre, jaqueado por el miedo y el desconcierto.
Menos le gustan, todavía, los malos números de sus libros de cuentas. La cosecha entera perdida, y el ganado que merma despacio pero inexorablemente: agusanado, enfermo, o a manos de los cuatreros.
¿Habrá que creerle a la vieja india que se le ha instalado en el campo para negociar con el más allá? La busca con la mirada alrededor de la casa, pero ya no la encuentra. Se acomoda en la cocina, mientras el hijo de la cocinera le ceba los primeros amargos del día. ¿Será posible, como le ha asegurado la bruja, que todos sus males se deban a la influencia de un gaucho muerto hace años, a quien los paisanos del pago han dado en considerar santón y milagroso?
Y si fuera nada más que por la cosecha y los animales, don Heriberto Speroni aún se consideraría feliz. Lo peor es el asiduo tormento de las noches, inexplicable a los ojos de cualquier médico diplomado. Dolores de cabeza que lo traspasan súbitamente, como si le clavasen cuchillos al rojo vivo. Sacudones feroces, que lo enlazan de los tobillos, como a una res chúcara, lo arrojan de la cama y lo arrastran luego fuera del dormitorio y hasta lo han hecho, a veces, rodar por las escaleras.
Después de una de esas palizas, que todos creen imaginarias porque no le dejan marca alguna en el cuerpo, Heriberto suele salir de la casa, hirsuto y desesperado, a perderse en el campo. Sobrevive luego, apenas, como un fantasma insomne desubicado en el paisaje del día, o cae en cualquier parte, transido por el mal dormir que le cobra sus cuentas. Verdaderamente –clama al cielo— no es vida para un hombre, y menos para un hombre de trabajo, que se ha ganado a pulso cada hectárea y cada cabeza de su hacienda.
Todo había empezado el día en que Speroni, harto de la superstición de tanto paisano bruto, obtuvo finalmente el permiso del intendente para trasladar los restos del presunto santo al cementerio local. ¿No era lo más justo y lógico que los devotos y admiradores del muerto le rindieran homenaje en un respetable lugar sagrado, ungido como tal por la ley y las tradiciones? Claro que no hay gente más terca que los santos en cuanto de mudanzas se trata. El señor Speroni, aunque no es muy hombre de iglesia, comienza a pasar revista a todos los casos que de mentas conoce, y no halla uno solo –ni de vírgenes, ni de mártires, ni de cristianos virtuosos— que no se resistiera a salir del último lugar al que los sufrimientos, la muerte y el azar lo habían llevado.
¿Por qué diablos esa partida de milicos tuvo que elegir precisamente el algarrobo que luego pertenecería a sus campos, para colgar y degollar al reo como a una oveja? Gracias a esa maldita ocurrencia, desfilaban por la estancia “La Estrella” centenares de promesantes. Todos llevaban velas encendidas, que al menor descuido y con viento a favor, podían incendiar fácilmente los graneros. No faltaba nunca quien trajese una verdulera, una guitarra, y hasta una tambora como la de San Baltasar. En cualquier momento de cualquier noche podía brotar la música, negra y luminosa, como brota el torrente de un pozo de petróleo, para bañar a los adeptos con las riquezas de una felicidad desaforada y desvelar a los peones, apartándolos de la dura ley del trabajo.
Un círculo encantado de luces y sonidos se formaba entonces en torno a la tumba sencilla, que aún conservaba una cruz: la que le había puesto el primer beneficiario de sus milagros, que resultó ser el propio verdugo.
--Dios los perdona porque no saben lo que hacen—
Había sentenciado el gaucho Gil, imitando a Jesucristo.
--La sangre que estás por verter es inocente –le había dicho también al sargento que iba a cortarle el cuello--. Cuando vuelvas a tu casa vas a encontrar a tu hijito muy enfermo. Pero la sangre de un inocente redime a otro. Pedile a Dios invocando mi nombre y tu gurí va a sanar.
Contaban que todo pasó como Gil lo había anunciado, y que al día siguiente el sargento hizo una cruz de ñandubay, y la llevó, de a pie, al lugar en donde habían quedado los restos, porque tal era su promesa. Durante mucho tiempo no hubo otros milagros, y la cruz quedó escondida entre el follaje, como si fuera otro arbusto. Por eso Heriberto Speroni, que no tenía intención alguna de adquirir un gaucho milagrero, compró aquel tramo de tierra olvidada.
--Mátese uno redactando leyes y poniendo escuelas, don Speroni –dictaminaba siempre el doctor Arriaga--. No entra bala en esas cabezas. Creerán que las vacas vuelan si con eso consiguen un día más de farra. Otra será la historia cuando estos campos se llenen de gringos labiorosos.
El dueño de La Estrella sorbe el último mate. El doctor Arriaga tendrá sin duda mucho conocimiento, pero en todas partes, al fin de cuentas, los campesinos son iguales. También los suyos, sus antepasados de Sicilia, fueron devotos de cuanto santo considerasen capaz de protegerlos de las vendettas y la miseria. ¿No los habían arrastrado a su gusto hacia la muerte los jefes de facción? ¿Les habían dado algo a cambio, salvo las migajas de un botín que era siempre de otros?
-- ¿Qué pensás chamigo, que estás tan caviloso?
La voz de la vieja Engracia lo sobresalta. Está de vuelta, después de visitar los primeros enfermos.
-- ¿Y? ¿Vas a hacer lo que te dije?
-- Usted le tiene demasiada ley a ese gaucho sotreta, me parece. ¿No lo condenó la autoridad?
-- Lo mandó al matadero un liberal, un celeste apellidado Zalazar que le tenía inquina, porque era su recluta desertor, y porque Gil había peleado para los colorados. Y eso a pesar de que el coronel Velázquez, que lo quería al gauchito desde la guerra en el Paraguay y sabía bien quién era, le hizo llegar un papel con veinte firmas de testigos. A ver, decime, ¿en qué había sido Zalazar mejor que Gil? Uno mandó hombres, a punta de carabina y a trueno de cañón; el otro tuvo amigos. Uno acaparó tierras y el gobierno del Payubre y se lo guardó todo para él solo; el otro no tuvo ni donde caerse muerto. Pero cuando andaba escondido en los esteros, y robó ganado a veces pa sustentarse no dejó de repartir cuanto le caía en las manos con otros pobres.
-- ¿Y si hago lo que usted dice, me va a cambiar la suerte?
-- ¿Y cómo no, si sos vos el que se la está poniendo en contra, por querer amargar la dicha ajena?
Heriberto Speroni resopla, vencido. Todo será creer o reventar. Atado de pies y manos por sus penares, y aunque ha tenido sus veleidades de masón, se entregará, mansito --pero a la cuchilla del Oscurantismo-- para que le corten el cuello.

III

El gaucho con trenzas de sangre monta un ruano de oro, que hunde las patas en el agua de oro bajo el sol de oro. De donde viene no hay muerte. A donde va no hay muerte. Muerte es nada más el breve tránsito entre un mundo y el otro.
El gringo Speroni ha cumplido y también ha sido sanado. Donde cayó la sangre de Gil en el campo de La Estrella hay un mausoleo hecho de piedra sólida, con la bandera roja que le puso la curandera. Los promeseros desfilan, iluminados y vestidos como quien va a una fiesta. Vienen desde la tierra colmada de males buscando el camino de la Tierra Sin Mal, a la que se entra bailando.
Antonio Gil carga al hombro a los sufrientes, los sube al ruano de oro, los sumerge en el agua de la curación, como si ya estuvieran en la Tierra Sin Mal y no en el Valle de Lágrimas donde la vida se arrastra.
Antonio Gil multiplica las monedas de los pobres, la carne y el pan y la yerba mate, porque así se lo manda la gracia del Señor vestido de gaucho que habla por su boca y le pide prestado el cuello roto de cordero pascual y la cara hermosa con sus trenzas de sangre.
En las noches sin luna se lo ve asomar entre los palmares, a la cabeza de una caravana: Santa Compaña de los muertos por injusticia, que sale del agua donde nadan puñales y balas que mataron. Ahora traspasan, inofensivas, los cuerpos resplandecientes, se cuelgan de las orejas como zarcillos, se anudan en collares o cinturones y toda la luz que no está en el cielo se esparce por la tierra con esas herrramientas de la muerte vencida.
Oh muerte, donde está tu cuchilla de degüello, dice la boca del gauchito con la sonrisa suelta y los dientes que bailan. Dónde están tu látigo, tu cepo, tus estacas, tus descargas eléctricas, tu potro de tortura, tus vuelos sobre el río, donde están tus ahogados que no flotaron nunca.

(Del libro Cuerpos resplandescientes. Santos populares argentinos (cuentos), Buenos Aires, Sudamericana, 2007)


* Escritora e investigadora, nació en Buenos Aires en 1954, hija de españoles, Su padre era un gallego republicano que decidió exiliarse en la Argentina tras la Guerra Civil. Web de la autora: www.mariarosalojo.com.ar

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Publicado en portada en febrero 2010]



 

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