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Álvaro
Yunque, nacido Arístides Gandolfi Herrero fue un escritor argentino que
nació en la ciudad de La Plata el 20 de junio de 1889. Fue una figura
representativa de las letras argentinas a partir de la década del 20, cuando
comenzó a colaborar en revistas de la época y publicó sus primeros libros.
Cuentista, dramaturgo, historiador, ensayista y preponderantemente poeta,
como a él le gustaba autodenominarse, su obra literaria abarca más de
cincuenta títulos publicados y otros tantos inéditos.
Encabezó, junto con Leónidas Barletta, Elías Castelnuovo, Cesar Tiempo y
Roberto Mariani entre otros, el grupo de los denominados escritores
sociales, integrando con ellos el Grupo de Boedo.
Álvaro Yunque cultivó una literatura realista plena de inquietudes sociales,
defendiendo siempre a los trabajadores, a los desposeídos y a los niños.
Aunque de extración anarquista ingresó posteriormente con muchos de sus
camaradas al Partido Comunista de la Argentina en medio del debate que la
Revolución de Octubre introdujo en el movimiento.
Su primer libro se publicó en 1924: Versos de la calle y La O es redonda, de poesía y le siguieron cuentos en los cuales sus personajes son niños o adolescentes en su mayoría no comprendidos o relegados por los adultos: Barcos de papel, Zancadillas, Los animales hablan, Jauja, Muchachos del Sur, La barra de Siete Ombúes, Ta-te-ti; Mocho y el espantapájaros; Nuestros muchachos; Niños de hoy; El amor sigue siendo niño; Laberinto Infantil; Las alas de la mariposa; Animalía; Cuentos con chicos; y otros.
También su inquietud social se reveló en la poesía y en ensayos históricos,
productos de un trabajo literario y de investigación rigurosos: España 1936;
Poetas sociales de la Argentina; Breve historia de los argentinos; Alem, el
hombre de la multitud; Calfucurá, la conquista de las pampas; Aníbal Ponce o
los deberes de la inteligencia.
Se destacan también sus estudios preliminares a: Instrucción del Estanciero,
de José Hernández; Teatro Completo de Máximo Gorki; Don Pedro y Almafuerte;
Rosas visto por un diplomático francés de A. de Brossard; Fronteras y
Territorios de las Pampas del sur de Álvaro Barros.
Escribió obras de teatro para adultos y también para niños, muchas de las
cuales fueron publicadas y/o estrenadas.
En 1975 recibió de la Sociedad Argentina de Escritores el premio Aníbal
Ponce por su ensayo crítico sobre este pensador argentino y esa misma
Sociedad lo galardonó con el Gran Premio de Honor en 1979, cuando ya estaba
silenciado por la dictadura militar desde 1976.
Murió el 8 de enero de 1982 sin llegar a vislumbrar siquiera el advenimiento
de la democracia.
Obra Publicada
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-Versos de la calle
-Los Cínicos
-Barcos de papel (1926)
-Zancadillas (1926)
-Tatetí . Otros barcos de papel. Cuentos de niños
-Barrett. Ensayo sobre su vida y su obra
-Jauja . Otros barcos de papel (1928)
-Descubrimiento del hijo (1931)
-Poemas gringos (1932)
-13 años. El andador (1935)
-Bichofeo. Escenas para la vida de una sirvienta de 10 años
-Nudo corredizo
-Poncho (1938)
-La literatura social en la Argentina (1941)
-Poetas sociales en la Argentina (1943)
-Ta-te-ti. Antología poética (1924-1949) (1949)
-Poesía gauchesca y nativista rioplatense (selección y notas) (1952)
-Bichofeo; muchachos pobres (1957)
-Los muchachos del sur (1957)
-La barra de siete ombúes (1959)
-Breve historia de los argentinos (1960)
-Ondulante y diverso (1967)
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Alvaro
Yunque. La Parca lo encontró silenciado
El 8 de Enero de 1982, a los 92 años de edad, muere en la ciudad de Tandil,
Provincia de Buenos Aires, el cuentista, dramaturgo, historiador, ensayista,
periodista pero preponderantemente poeta (como a él le gustaba llamarse) Álvaro
Yunque.
Silenciado por la dictadura del Proceso de Destrucción Nacional desde 1976.
Prohibido y con libros quemados como tantos otros escritores y pensadores
argentinos. La Parca, esa deidad que corta el hilo de la vida del hombre, lo
arranca de entre nosotros cuando comenzaba la agonía del gobierno genocida.
Álvaro Yunque, seudónimo de Arístides Gandolfi Herrero, nació el 20 de junio de
1889, en la ciudad de La Plata.
Sus padres fueron Adán Gandolfi, nacido en Milán - Italia, y Angelina Herrero,
argentina.
Por una suerte de capricho paterno o materno (o de ambos) o por espíritu lúdico,
todos los hijos de este matrimonio (9 en total) llevan nombres (como sus padres)
que comienzan con la letra A: Álvaro (el mayor), Arístides, Ángel, Adrián,
Angelina, Augusto, Ada, Alejandro y Alcides.
Si bien su hermano Ángel adoptó el seudónimo de Ángel Walk y fue pionero, junto
con su esposa, Olga Casares Pearson, del radioteatro argentino, la estrella de
la familia siempre fue Álvaro, quien a partir de 1922 se convierte en uno de los
grandes animadores de las letras argentinas; definiendo y otorgándole a su
literatura un sentido popular.
En 1896 sus padres se trasladan a Buenos Aires, y se radican hasta 1928 en la
casa de la calle Estados Unidos 1822.
En 1901 ingresa al Colegio Nacional Central (ex Colegio San Carlos que fuera
fundado por el Virrey Vértiz).
Terminado sus estudios secundarios, en 1908 ingresa a la Facultad de Ciencias
Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires donde cursa Arquitectura y
poco tiempo antes de graduarse abandona los estudios y desde ese momento su
vocación se vuelca a las letras y al periodismo.
Fue decisiva su participación para la constitución del llamado grupo Boedo,
entre los que se encontraban Nicolás Olivari, Leónidas Barletta, Elías
Castelnuovo, César Tiempo y Roberto Mariano todos escritores de "intención
social"; aquellos que sus detractores (grupo Florida: Conrado Nalé Roxlo,
Horacio Rega Molina, Oliverio Girondo, Ricardo Molinari, Jorge Luis Borges,
Francisco Luis Bernárdez, Raúl Gonzalez Tuñón, Eduardo González Lanuza, Norah
Lange y Ricardo Güiraldes.) les acusaban de tener escaso talento literario. Es
que los del grupo Boedo eran simpatizantes y promotores de las expresiones de la
cultura urbana popular
Los de Florida, dirigían su preocupación hacia una nueva vanguardia estética,
sin ingredientes ideológicos.
Los de Boedo, inclinando su interés a una literatura que refleje los problemas
sociales, inspirados en el mundo del trabajo y la ciudad. En definitiva el arte
puro confrontado con el arte comprometido.
No obstante, las diferencias conceptuales artísticas y el pensamiento social
estaban inmersos en ambos grupos; Raúl Gonzalez Tuñón (grupo Florida) abordaba
temáticas sociales en su poesía y su ideología revolucionaria lo relacionaba
estrechamente con los bodeistas. Por otro lado, Nicolás Olivari, habiendo sido
uno de los fundadores del grupo de Boedo, es uno de los primeros en abandonarlo
para pasarse al de Florida.
Algunos integrantes de Florida manifiestan preocupaciones por los problemas
sociales y algunos de Boedo se interesan por las nuevas técnicas literarias
Leónidas Barletta afirmó que los dos grupos desaparecen definitivamente cuando
encuentran un enemigo en común: la dictadura militar del 6 de septiembre de
1930.
De todas maneras vale la pena reconocer el talento, el ingenio y el compromiso
de Álvaro Yunque, en un poema en que se refiere, justamente, a los del otro
grupo:
Retruque
a un poeta de Florida
¿Pa' vos es una blasfemia
que yo afile versos rantes?
Seguí vos con tu Academia,
yo me junto con Cervantes.
¿Vos le negás tu versada
a las chusmas del suburbio;
vos sos agua filtrada
y ellos son arroyo turbio?
No esperaré que apadrines
nuestro canyengue, es bastardo;
vos seguí con tus latines,
yo me quedo en mi lunfardo.
Veremos, a fin de cuentas,
quién de los dos era el turro,
si vos con tus ornamentas
o si yo con mi champurro*.
Ya alumbraremos la vida
si nos da fósforo el genio;
vos, poeta de Florida,
yo del arrabal porteño.
*champurrear: hacer algo con descuido,
expresarse mal en una lengua extranjera
por no dominarla suficientemente.
Yunque colabora en el diario anarquista La Protesta y dirige el suplemento
literario del periódico socialista La Vanguardia en sus primeros tiempos. Dirige
la Revista Rumbo y es asiduo colaborador de las revistas Campana de Palo,
Claridad y Los Pensadores desde las que ejerce un periodismo militante.
Publica su primer libro Versos de la calle, en 1924. Roberto Payró le hace una
crítica elogiosa en La Nación y Yunque lo visita y comienza una amistad que se
prolonga hasta la muerte de Payró en 1928. Colabora en diarios de la época:
Crítica, La Nación, La Prensa y en algunos de Montevideo (Uruguay), Rosario y La
Plata. Se publican sus cuentos en los cuales los personajes son animales. Muchos
de esos cuentos integran hoy el libro Animalía de la Editorial Alfaguara
publicado en el año 2000.
En 1925 aparecen sus primeros libros de cuentos: Zancadillas y Barcos de Papel.
Acentúa, desde 1930, con el Golpe de Estado y durante toda la Década Infame, su
crítica y denuncia. Publica Nudo Corredizo, La O es Redonda y Poemas Gringos.
Colabora en la revista Caras y Caretas y por su intermedio se vincula con Viana,
Francisco Grandmontagne, Charles de Soussens, Leopoldo Lugones, Manuel Ugarte,
Horacio Quiroga, José Ingenieros, Correa Luna, Ricardo Rojas, Florencio Sánchez,
Evaristo Carriego y otros.
Durante la segunda guerra mundial (1939/1945) se define como antifascista
militante. Comienza su investigación histórica sobre el pasado argentino,
publicando Alem, el Hombre de la Multitud; Breve Historia de los Argentinos,
Calfucurá: El Cacique de las Pampas y otros ensayos históricos.
En el año 1960 la Academia Nacional del Lunfardo lo designa Académico de Número
por sus estudios e investigaciones. Publica La Poesía Dialectal Porteña.
Entre 1961 y 1975 se publican y reeditan muchos de sus libros de poesía, cuentos
y estudios históricos. Esta es la etapa de mayor difusión de su obra. Sus libros
de cuentos se agotan rápidamente y llegan a superar las veinte ediciones, y en
1975 la Sociedad Argentina de Escritores le otorga el premio Aníbal Ponce por su
ensayo crítico Aníbal Ponce o los Deberes de la Inteligencia.
En 1979 fue galardonado con el Gran Premio de Honor por La Sociedad Argentina de
Escritores.
Álvaro Yunque, de extracción anarquista tolstoiano, al decir de Raúl Larra, “se
declaraba ciudadano del mundo”, pero devino “en un escritor de profundo acento
argentino. Su idioma tiene connotaciones coloquiales típicamente nuestras,
registra los significantes y significados de la rica habla popular”.
La producción literaria de Yunque, cuentística, ensayística, periodística y su
poética, nos muestra un mundo en el que conviven dos grupos humanos: los
explotados y los explotadores.
En toda su obra se acentúan las injusticias que rompen con la armonía, la paz y
la igualdad a las que aspiraba el autor.
Boedo
y FloridaEn la década del '20 Boedo y Florida fueron dos grupos literarios antagónicos. Los escritores de Boedo (Roberto Mariani, Leónidas Barletta, Elías Castelnuovo, Enrique Amorim, Lorenzo Stanchina, Álvaro Yunque, entre otros) eran, en su mayoría, descendientes de inmigrantes, de izquierda, con una visión social del arte y estaban nucleados en revistas como Dínamo, Extrema Izquierda y Los Pensadores. Formaron el primer movimiento de literatura realista y social que se dio en Argentina, alrededor de la Editorial Claridad, de Antonio Zamora. El grupo de Florida (Oliverio Girondo, Jorge Luis Borges, Norah Lange, Francisco Luis Bernárdez, Leopoldo Marechal, Nicolás Olivari, Conrado Nalé Roxlo, entre otros) estaba nucleado en las revistas Proa y Martín Fierro, era más elitista y promovía una estética vanguardista. Pero esta separación no era tan tajante: Nicolás Olivari, fundador del grupo de Boedo, se pasó más tarde al de Florida; Raúl González Tuñón, de Florida, construyó sin embargo una poesía de temática social y Roberto Arlt solía frecuentar las tertulias de ambos grupos. Borges, que en su madurez solía calificar a la polémica de Boedo y Florida como una broma literaria, publicó el 30 de septiembre de 1928 en el diario La Prensa un ensayo sobre el tema: La inútil discusión de Boedo y Florida. |
Los conflictos sociales y culturales que Yunque conoció a lo largo de toda su
vida; con toda seguridad como Manzi, o como Discépolo o como Cátulo Castillo
“atorranteando atardeceres” por los suburbios y en un momento histórico
determinado; le hacen sentir, con mayor dolor, la violencia, la injusticia y la
desigualdad a las que se ven sometidos aquellos “integrantes más bajos del
escalafón social, las víctimas más inocentes, y las que sufren en mayor grado
los efectos de los explotadores: los chicos de los barrios”; esos niños de la
calle que se convierten en protagonistas de sus historias.
Álvaro Yunque en su condición de poeta del pueblo, escribió para chicos y
grandes, y recorrió los registros coloquiales del habla argentina para convertir
en lenguaje poético los giros populares de nuestro país.
Es el tema de la condición humana el que está presente en toda su producción
literaria.
En su producción de obras teatrales, él mismo clasificó sus obras: teatro para
la imaginación, para la revolución, para sonreír y pensar, para que el
espectador se reconozca, para la emoción, y para reírse de uno mismo.
Así cultivó desde la farsa hasta el drama, pasando por el teatro del absurdo, la
comedia y el teatro infantil y juvenil. Muchos de sus relatos fueron
dramatizados y puestos en escena por parte de algunos de los grupos
independientes con los que Yunque mantuvo, siempre, una fructífera relación.
En su faceta de ensayista mostró la amplia variedad de sus conocimientos e
inquietudes: pedagogía, historia de la literatura argentina, denuncias
político-sociales y aquellos sobre historia argentina “concebidos como un
intento exigente y riguroso de interpretar la historia de la Nación a través de
un prisma sociológico”.
Muchos argentinos hemos leído a Älvaro Yunque; muchos argentinos quisiéramos ver
a nuestros nietos leyéndolo y saber que también los nietos de ellos lo harán,
porque él mismo nos lo dice cuando dice:
“Niños, el mundo no es perfecto, niños.
Y por eso vosotros habéis nacido.
¡Nacisteis, niños,
para hacer lo que nosotros
Hombres, no hicimos”.
Osvaldo Vergara Bertiche
Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina
8 de Enero de 2008
Fuente:
www.culturaynacion.blogspot.com/2008/01/lvaro-yunque-la-parca-lo-encontr.html
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Crónica de Alvaro Yunque
(Saludo a sus cuatro veces veinte años)
Por Raul González Tuñón
"Caminar por el mundo de las cosas concretas
y tener los deseos de las cosas abstractas" - A. Y.
Mi hermano Enrique y yo conocimos a Alvaro Yunque en los primeros años de la
memorable década del 20. Habíamos leído ya tres o cuatro poemas suyos que poco
después, en 1924, integraron su libro Versos de la calle. Le visitamos en su
casa, la casa grande, familiar, de la calle Estados Unidos. Estábamos
identificados con él en el profundo amor por Buenos Aires, sus barrios, sus
cosas, y porque, como él, también nosotros ya tratábamos el tema de la ciudad
entrañable, aunque desde ángulos distintos. Todos sentíamos la calle, la
vivíamos. En otra oportunidad, en un triste día de duelo, fuimos por segunda vez
a verlo juntos. Allí estaban los otros hermanos: el actor teatral, el
médico-poeta (Juan Guilarro) , el campeón de boxeo (autor de poemas lunfardos),
pues los Gandolfi Herrero constituyen una familia ciertamente singular.
Llegaron los días de la guerrilla literaria que alborotó Buenos Aires. Enrique,
Santiago Ganduglia y yo, y casi enseguida Nicolás Olivari y Roberto Arlt, nos
enrolamos en el movimiento martinfierrista, pero continuamos siendo amigos de
varios del grupo de Boedo, aunque nos veíamos poco o nada. Florida - así llamado
porque la redacción del periódico Martín Fierro estaba situada en un caserón de
la calle Tucumán, esquina Florida - me atrajo, entre otras cosas, y como poeta,
por el sentido de la libertad de las formas y cierta audacia en la búsqueda
expresiva que ese movimiento configuraba, por el rescate de la metáfora como
lenguaje fundamental del verso, la metáfora con valor funcional, claro está,
opuesta a la imagen lugoniana meramente descriptiva. Con el tiempo, cuando ambos
grupos desaparecieron y cada cual tomó por su lado, establecimos nuevamente
contacto con Yunque, más estrecho, sobretodo en la incidencia política. No
siempre coincidíamos, especialmente en el plano estético. El era, y es, por
ejemplo, partidario de la rima y el ritmo estrictos, y en nosotros se acentuaba
cada vez más la tendencia al versolibrismo. Diría que desde aquellos días, hasta
hoy yo creo que en arte y literatura todas las formas son válidas cuando hay
autenticidad; interesa principalmente lo que se pone adentro, la intención
moderna. Y por cierto lo mismo que nosotros, Alvaro Yunque suele contradecirse
ligeramente en determinados aspectos; él mismo señalaba en el poema antes citado
una suerte de desencuentro, caminando entre las cosas concretas y deseando las
abstractas...
No se trata de invalidar el tono fraternal de estas lineas con ráfagas de
intención polémica. Además, pasada la guerrilla literaria, pienso que las
diferencias entre Boedo y Florida no eran tan profundas como se creyó, y como
aún creen algunos. A propósito, no carecía de sentido aquella salida de Arturo
Cancela, sugiriendo que ambos grupos se unieran bajo un denominador común:
FLOREDO. Y lo que importa, en nosotros, es la conducta, la actitud
inconformista, algo insobornable que nos ha sostenido siempre.
Poeta con algo de filósófo - hay una marcada tendencia a filosofar en su obra
poética , y ahí están sus incontables hai-kays -comediógrafo, historiador,
biógrafo, se le considera sin embargo consagrado fundamentalmente como
cuentista. Y bien, resulta que en el cuentista palpita el poeta o subsiste la
actitud poética ante la vida, ante el mundo, ese aliento lírico que se ha dado
en otros autores de cuentos, y baste con citar a Chejov, a Catherine Mansfield,
a O. Henry en cierta parte de su obra, a Enrique González Tuñón, cada cual en lo
suyo. Su gran acierto es haber logrado llegar, en general, tanto a la inocente
comprensión del niño como a la más adivinadora y captadora de matices de la
adolescencia, con esos relatos suyos que enlazan la realidad y la fantasía
trascendiendo una grave y honda ternura. Esa grave ternura ya estaba implícita
en uno de los breves poemas de Versos de la calle ("El murallón de la
penitenciaría"): "Tan monótono, triste y frío/ es una hoja de la ley/ lo vi que,
compasivamente/ le escribí un nombre de mujer". Y a esta altura interviene un
admirador de Yunque cuentista, mi hijo Adolfo Enrique, quien acaba de cumplir 14
años.
Cuando nació Adolfo la familia Yunque vivía en una luminosa casa de la calle
Conesa, en Colegiales, y nosotros en un departamento situado a pocas cuadras de
allí. Algunas mañanas, temprano, el siempre juvenil Alvaro venía, en su
bicicleta, a charlar con nosotros y hacerle cariñosas bromas a Adolfito. Este
creció (¡y en qué forma!, es casi tan alto como el maestro de La barra de siete
ombúes). A los 8 años leyó por primera vez ese libro, precisamente, y todos los
demás. Y los releyó, más tarde. No sólo eso; prestó los libros a más de un
compañero de la escuela primaria y luego a más de uno del Colegio Nacional
Avellaneda, donde ingresara el pasado año. Alvaro sabía algo de ésto, vagamente,
pero hace unos meses tuvo ocasión de oirlo por boca de mi hijo, con todo
detalle. Fue cuando en el departamento que ahora viven los Yunque solos - los
hijos se casaron - comimos y brindamos, cordialmente invitados por ellos,
festejando el premio que acababa de concederme la Fundación Argentina para la
Poesía. Adolfo Enrique le habló de esas obras que había leído y releído, y que
calaron hondo en su sensibilidad. Nuestro viejo Yunque, aunque a veces lo
disimule, contiene en su espíritu un enorme caudal de bondad y simpatía hacia
los niños, y sin duda ya estaba acostumbrado a encontrarse con admiradores como
mi hijo, al filo de la adolescencia, pero yo creo que la fidelidad de mi hijo,
la reiterada solidaridad con el mensaje humanista de la cuentística yunqueana,
le conmovieron. En un momento dado los dos conversaron tete a tete. Yo hubiera
querido fotografiar ese instante, la imagen de serena plata de un invierno
florido, y el perfil alborotado de una primavera en flor. Pienso que ésto
significa la verdadera consagración de un escritor.
Adolfo Enrique pertenece a ese rostro innumerable constituído por los lectores
juveniles del autor de Poncho, que se van sucediendo. Ellos están por encima de
los críticos y de los historiadores de la literatura. Ellos tienen los ojos
limpios; ellos saben. Me gustaría mucho que un muchacho así, hijo de un amigo,
conservara en su casa libros míos, releídos, manoseados, prestados a los
camaradas de la primaria y del Nacional. Y que viniera a mi casa, y me lo
dijera.
[Cuadernos de cultura Nº 95, mayo-junio 1965, número dedicado a Yunque con motivo de sus 80 años]
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Yunque y
nosotros
Por Humberto Constantini
Claro que sí. Con ganas. Con alegría. Sin perder un minuto en consultar libros
ni revisar papeles. Agradeciendo el haberme invitado a este número-fiesta de
cumpleaños. Contentísimo y creyéndome con un millón de cosas por decir.
Esto por ejemplo. Que a Yunque lo tenemos. Que es nuestro. Que está junto a
nosotros, apoyándonos, hablándonos, señalándonos el camino. Que no estamos ni
tan solos ni tan inermes por lo tanto, frente a tanta cosa agazapada y sucia que
este bendito oficio de escritor (o de mirar, o de juzgar o de vivir simplemente)
nos hace ver a diario en Buenos Aires. Y que las cosas, pienso yo, no deben
andar del todo mal en el país o en el mundo, mientras con sólo tocar un timbre
de la calle Coronel Díaz se puede uno encontrar con una rebelde cabellera
blanca, con unos ojos dulcísimos, y con una boca que entre tironeos algo
compadres, se larga a hablar de Barret, de Di Giovanni, de Cristo, de Lenin, de
las maravilas boxísticas de Gandolfi Herrero, del placer que, a pesar de todo,
siente al leer a Borges, o de los fideos al pesto que dentro de cinco minutos va
a preparar. Y claro, de pronto el mundo tiene otro color, y las gentes tienen
otra dignidad, y los fideos al pesto y Borges son importantes, y la vida es
importante porque él nos habla de ella, así como al pasar, sonriendo, haciendo
chistes, o preguntándonos por nuestra compañera; es un cacho de hombre y un
luchador, y un constructor de almas, y de yapa, el más maravilloso, fecundo y
querido de nuestros escritores.
O esto otro: que todavía no se ha dicho todo lo que hay que decir acerca del
sentido heroico de la obra de Yunque. Y que ahora, que parece ser moda entre
muchos escritores, junto a cierta insufrible coquetería formal, una especie de
regodeo en inventar sólo personajes frustrados, neuróticos, cobardes,
engunfiados o traidores, vale la pena pensar en todo lo que ese sentido heroico
y esa exaltación casi épica de la dignidad humana, significó y significa, no ya
como formador de hombres sino desde el más estricto punto de vista literario.
Sencillamente la posibilidad y el punto de partida de una verdadera gran
literatura argentina. Gran literatura que tiene su mejor modelo en Martín Fierro
y hacia la cual tienden sin duda los ejemplos más vivos y recordables de
nuestras obras de ficción. No me refiero naturalmente - entendámonos - al poema
o la novela más o menos pedagógicos sino a aquellas obras en que el amor al
hombre y una fe poderosa en los valores rescatables del hombre, están presentes,
iluminando, exaltando, dándole un sentido épico a la prodigiosa aventura de la
humanidad (para no pecar de abstracto cito dos ejemplos entre los últimos dos
best- sellers americanos: La ciudad y los perros, de Vargas Llosa, como muestra
de literatura apitucada, negra y gratuita; Cien años de soledad, de García
Márquez, como ejemplo de literatura épica, vital y exaltadora del hombre).
Y que en Yunque eso, el amor, la fe en el hombre, el sentido de la grandeza,
vertebran, dan coherencia y "justifican" cada una de sus obras. Sus cuentos, por
ejemplo, en donde prodigiosamente una pelea callejera, una aventura, un gesto
inesperado o un partido de ta-te-tí, asumen de pronto categoría de epopeya, al
mostrar lisa y llanamente la presencia del héroe, del hombre engrandecido, (tal
vez pasajeramente, sí, pero magníficamente) por el coraje, por la rebeldía, por
el amor. O si Alem o su Calfucurá, dos grandes frescos históricos, iluminados y
vitalizados no sólo por su visión enjuiciadora y revolucionaria de los hechos,
sino además, y esto es lo maravilloso, por una actitud receptora y comunicadora
del tamaño humano de los protagonistas. Hasta el punto que los libros que
podrían haber sido simplemente libros acusadores y de combate, se convierten
además, por virtud del amor y del sentido épico del narrador - del aeda estaba
por decir -, en el relato de una pelea de titanes, en la cual los enemigos de
Alem (los enemigos de Yunque, al fin de cuentas) tienen a veces como en La
Ilíada, tamaño y actitudes de héroes. No son esquemas inventados para vapulear,
son hombres vivos, con su complejidad, sus miedos, sus abismos y sus alturas,
padeciendo a su modo los designios de un dios llamado devenir histórico.
Todo eso. Y además, las deudas que tenemos con Yunque. Por varios motivos. Fue a
través de sus cuentos que muchos de nosotros nos enfrentamos por primera vez con
cosas importantes. Con la literatura en serio, en primer lugar; con ese mundo de
la palabra auténtica, vívida, cotidiana, que nos conmovió hasta lo hondo, y nos
asombró, y nos mostró caminos nuevos, y que ya a los ocho años nos hizo saber
que existían libros tan apasionantes como un partido de futbol o una rabona.
Pero también con una ética, viril, desprejuiciada, renovadora, vital y
revolucionaria, tan distinta a la ética del señor vicedirector o a las de las
lecturas más o menos morales con que se nos aburría, que muy pronto la sentimos
manifestación de toda una nueva, profética, renovadora, vital y revolucionaria
visión del mundo.
Otras deudas las contrajimos más tarde, cuando conocimos a Yunque. Cuando lo
vimos vivir, y lo supimos a nuestro lado, entero, luchador, valiente, sabio y
niño. Cuando sin admoniciones y sin aspavientos, con sólo el ejemplo de su
conducta, nos enseñó cómo debe ser el camino de un intelectual en el país del
acomodo, del autobombo y de las agachadas.
Muchas otras cosas podría decir pero como ya lo estoy oyendo a Yunque bufando de
aburrimiento y diciéndome que me deje de macanas, sólo me queda desearle un
feliz cumpleaños y con la voz y el gesto de toda una generación, darle un abrazo
y decirle gracias.
[Cuadernos de cultura Nº 95, mayo-junio 1965, número dedicado a Yunque con motivo de sus 80 años]
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Mi amigo
Alvaro Yunque
Por Lubrano Zas
En 1969, Carlos Pérez editor, me encargó le hiciese un reportaje a Yunque. Pensé
insertar en éste, a manera de prólogo, un trabajo mío intitulado Boedo-Florida y
los niños, donde demuestro que la generación del 22, a través de sus dos grupos
más representativos incorporó al niño a nuestra literatura con dimensiones
desconocidas. En este sentido Alvaro Yunque descubrió todo un mundo de chicos
porteños e inició una etapa activa; opuesta a la de Vigil. El reportaje estaba
por mí planeado. Es decir, se ajustaba a un plan de preguntas que giraban
alrededor de sus cuentos; pero de pronto el diálogo tomó carriles inesperados y
me encontré ante un material vivo, diverso, evocativo.
Ahora me parece natural ese resultado. AlvaroYunque no es solamente el autor de
Ta-te-tí, Jauja o Barcos de Papel, sino también de Calfucurá, Além, Versos de la
calle, Ondulante y diverso. Además, como boedista significó un impulsor, un
descubridor de valores. Dante Lynyera es un ejemplo. Pero quien desee conocerlo
a fondo, debe leer Palabras con Alvaro Yunque, donde se muestra de cuerpo
entero.
Alto, flaco, de abundante cabello cano; ágil, caminador, siempre anda
descubriendo cafés, bares, rincones legendarios, cuando no visitando librerías
por la calle Corrientes. Ultimamente dio con el boliche de Coronel Díaz y
Charcas, donde Juan Pedro Calou, maestro de Leónidas Barletta, jugaba a las
cartas. De vez en cuando nos citamos allí. Yo lo llamo "el cafe de Calou".
Yunque anduvo mucho. Tiene algo que ver con todo el mundo, del cual ha extraído
mil anécdotas. Días pasados, en el café de París, hablando sobre Horacio
Quiroga, me refirió que en cierta ocasión llevó a Bellocq y a Facio Hebecquer a
casa del escritor y que éstos quedaron perplejos ante su habilidad manual.
Quiroga era dueño del barro. Le daba formas originales, monstruosas. Yunque fue
amigo de Quiroga. Este siempre lo animó para que lo acompañara con Carlos
Giambiaggi a Misiones, donde el notable narrador rioplatense permanecía ocupado
permanentemente, como Orgaz, el protagonista de El techo de incienzo. Hasta
construía sus canoas. Me decía Yunque: le bastó observar solo una vez cómo
fabricaban un telar para que en seguida pusiese manos a la obra.
Algunos me preguntan cuándo y cómo conocí al autor de Calfucurá. Personalmente
en 1947, en la editorial Problemas, sede de Expresión, revista dirigida por
Hector Agosti, donde colaboré junto a Raúl González Tuñón, Enrique Amorín,
Ulises Petit de Murá, Samuel Eichelbaum, Córdoba Iturburu, Amaro Villanueva,
Gerardo Pisarello, José Portogalo, Alfredo Varela y el mismo Alvaro Yunque.
Recuerdo que éste, en el tomo primero, publicó su relato El pistolero y Raúl su
poema de Valparaiso. Por entonces, yo era un muchacho. Pero verdaderamente
conocí a Yunque en Rosario de Santa Fe, dónde leía sus narraciones y su
literatura social. El me enseñó a amar a Riccio, a Juan Palazzo, sobre quienes
escribí tiempo después. Cuando Yunque leyó mi inédita biografía de Gustavo
Riccio, me contó anécdotas, me alcanzó cartas y elementos que la enriquecieron.
"Me hizo sufrir mucho tu libro - me dijo -. Lo leí detenidamente porque vos sos
mi amigo y él también lo era". Así es Yunque. Me enorgullece y conmueve su
amistad. Siempre me digo: "Desearía serle útil en algo" Son cosas que uno piensa
cuando ama a otro, porque como decía Oscar Wilde, la amistad es un pétalo de
raro color.
Durante años viví en una casona de la calle Belgrano, donde subalquilaba dos
modestas habitaciones. El inquilino principal ra un gallego avaro y ridículo con
quien discutía a diario. Tratarlo enfermaba. Yunque comenzó a escribirme con
cierta asiduidad. El sobre venía dirigido al "Profesor Lubrano Zas, miembro de
número de la Academia de Boedo", y el remitente rezaba: "Refugio Pecatorum".
Desde entonces mis relaciones con el encargado se suavizaron milagrosamente,
aunque más tarde, al dejar Yunque de enviarme cartas, recomenzaron a
deteriorarse. Entonces tuve una idea victoriosa: decidí autoescribirme. Una
mañana leí en el rostro del gallego la guerra declarada. Comprendí que mi
correspondencia había sido violada. Después supe que a Enrique González Tuñón,
el de Camas desde un peso, le había sucedido con las cartas de Yunque una cosa
parecida.
"Para escribir hay que estar poseído y obsesionado", dice Henry Miller en Los
libros. Si esto es verdad, Yunque es un obsesionado. A la edad de ochenta años
se levanta muchas veces a la madrugada para trabajar. Da la sensación de haber
redescubierto su vocación. La unidad existente entre su vida y su obra hace de
él un fragmento sólido de nuestra cultura. La digna ternura que envuelve a los
chicos en sus narraciones es la suya. No tiene otra.
El día que le envié Mi casa está lejos, mi libro de cuentos, recibí unas lineas
conmovedoras. Me decía: "Me place mucho, y muy mucho, que usted, a quien
considero un amigo, haya escrito un libro así, sensible, lo abrazo
fuertemente".Anduve algún tiempo con su carta en el bolsillo deseando
mostrársela a todo el mundo; pero temí que al hacerlo se rompiera el equilibrio
establecido entre la carta y yo.
Existe otro Alvaro Yunque. Se llama Enrique Herrero (su segundo nombre y
apellido que utilizó durante una etapa de censura hacia su nombre): traductor,
seleccionador, prologuista. Debemos agradecerle el habernos dado a conocer el
Diario de Jules Renard (1944), que tradujo del francés,verdadero aporte. Siempre
que hablo de Yunque recuerdo al francés Eliseo Reclus, y viceversa. Quizá
influya el haber leído a éste por primera vez en Los Pensadores, órgano del
grupo de Boedo.
Me gustaría que alguna vez un crítico literario se refiriera al estilo de
Yunque: económico, claro, directo. Conservo varios trabajos suyos publicados en
Orientación . Todos, pese a su brevedad, resuman necesidad. Ahora cumple ochenta
años. En cada barrio porteño un hombre soñará su infancia: Ha llovido a baldes,
los "barcos de papel" navegan junto al cordón de la vereda, y donde vive
"Poncho" los "muchachos del sur" se han reunido y cantan desafinando:
"Felicidad, Yunque".
[Cuadernos de cultura Nº 95, mayo-junio 1965, número dedicado a Yunque con motivo de sus 80 años]
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La
poesía de Alvaro Yunque
De los escasos diez tomos de la colección Los Nuevos, publicados por la
Editorial Claridad entre 1924 y 1928, sólo dos estaban dedicados a la poesía:
Versos de la calle de Alvaro Yunque y Versos de una... de César Tiempo. Versos
de la calle fue publicado en 1924 y tuvo una tirada inicial de 20.000
ejemplares. ¡Otros tiempos y otras metas! Un libro que caminó a sus anchas
haciéndole honor al título. Un libro que inauguró una nueva forma de concebir la
poesía en un medio deslumbrado por la suntuosidad modernista.
La poesía de Yunque, síntesis interpretativa de los conflictos y tensiones de
los que laburan, de los postergados y humillados, es comprensión. Y tal
comprensión es infrecuente. Su lectura consiste en hacernos reparar en todo
aquello que nos afecta y que no tiene condición manifiesta para la inmensa
minoría, para los que siguen de largo.
Lo que se denomina espíritu burgués, con todas sus normas y principios
inamovibles, con la supervaloración de la hipocresía como norma de convivencia,
ha sido siempre el blanco predilecto de toda su obra. En sus poemas y en sus
cuentos encontraremos siempre su verdad, que era la verdad de quien quería para
sus semejantes, ante todo y sobre todo, un mundo mejor.
Ni el materialismo dialéctico, ni su predilección por los pensadores rusos, le
impidieron a Yunque tener preocupaciones estéticas y sentirse, y ser, un
auténtico poeta del pueblo antes que un militante político.
Aunque perteneció a una familia católica y en su casa paterna había un altar en
el que se rezaban novenas a San Roque con asistencia de vecinos, él prefirió
después la religión de la justicia a la de los dogmas.
En su auténtica condición de lírico, Alvaro Yunque fue siempre el feliz
habitante de una zona humana y geográfica abierta a la poesía.
Como escritor, supo calar hondo en el alma de nuestra ciudad, la que no siempre
es esencialmente amiga de los sueños, ni demasiado proclive a dar albergue
cálido a las ilusiones, al menos en sus sectores fenicios que hoy
lamentablemente son los más.
Su obra, seriamente estudiada en universidades extranjeras, nos habla de alguien
que supo ser un clásico en vida sin que se le piye la musa.
Abarcó todos los géneros, desde la poesía hasta el cuento, desde la historia
hasta la novela, desde el teatro hasta la crítica y el ensayo, en una vasta obra
que fluyó como copioso río, hasta sus últimos días, en los que tuvo el único
contratiempo que habría de impedirle seguir escribiendo.
Una de las constantes que hallamos en sus cuentos es que la trama nunca es
artificiosa ni arreglada y las cosas suceden como en la vida real. Yunque no
usurpa su papel al destino, y deja que a los personajes les sucedan los hechos
como en la vida misma. Es en los diálogos donde, con frecuencia, emergen sus
propias creencias y opiniones.
Siente que la sociedad es injusta y está asentada sobre leyes e instituciones
inmorales. El triunfador es el audaz y el astuto. Por eso su simpatía está con
los débiles y con los que sufren, y los protagonistas de sus cuentos son los
enfermos y los heridos por la sociedad. Su ideario es doloroso pero esperanzado.
Con ojos piadosos, sensibles, se aproxima a las penas, a las tragedias
familiares de seres sencillos, compenetrados de una esencial mansedumbre que los
hace mirar el dolor frecuente y la dicha fortuita con resignada indiferencia. Su
modo de decir y callar lo cercano, lo que envuelve a las costumbres y a las
miradas, perdura en sus relatos con un temblor, tenso o apacible, de
comunicativa ternura. Yunque conocía y amaba la ciudad, sus gentes, sus barrios,
las casas modestas, los personajes del sainete y del grotesco.
El arte no es un “juguete divino”, solía decir. “El arte es acción y es
herramienta”. Y agregaba: “El arte, si no está humanizado por una fe, sólo es
una copia de la naturaleza. El “arte puro”, el “arte por el arte”, repite lo que
en la naturaleza ya está hecho, y bien”. “El artista no ha venido a contemplar
sino a vivir”. Y él no ha sido precisamente un contemplador, sino un hombre de
acción en su oficio literario, entendido como incesante trabajo sin pausa y a
veces, sí, con prisa.
A lo largo de toda su vida encarnó como pocos el sentimiento profesional del
escritor que no aspiraba a otra cosa que a la poesía.
Pero volvamos a lo que decíamos más arriba: el poeta refleja un hecho de su
época –hasta podría decirse “cotidiano”– y le da una validez universal, ya que
en todo tiempo y en todo lugar hemos visto, vemos y veremos, ese nefasto aspecto
de nuestra naturaleza, que consiste en hacer leña del árbol caído (aun
injustamente caído), mientras la palabra “piedad” suena anacrónica.
Yunque, laureado oficialmente en 1926 por Barcos de papel, recibió cincuenta
años después, el premio Aníbal Ponce. Era como si con ello se lo estuviese
recompensando por un injusto silencio que no impedía la admiración y el respeto,
aún de aquellos que no ocupaban sus trincheras estéticas o políticas, lo que
igualmente ocurrió al serle otorgado el Gran Premio de Honor de la Sociedad
Argentina de Escritores en 1979.
Gran parte de la crítica, interesada principalmente por las ideas que Alvaro
Yunque expresa en toda su obra, ha pretendido sacar de ella una concepción
filosófica del mundo como si se tratase de un escritor meramente activista.
Toda obra poética se apoya en una visión de la realidad –ya sea ésta interior o
exterior– que contiene más o menos expresa una “filosofía”. En el caso de la de
Yunque, el hecho resulta más que evidente. Pero esos intentos de descubrir en
sus poemas y en sus cuentos lo que éstos pueden tener de filosóficos nunca deben
llegar, en mi opinión, al extremo de bandearse y hacernos perder de vista al
lírico que fue.
El amor sigue siendo niño, un libro prohibido en 1978, al que la Junta de
Estudios Históricos de Boedo volvió a dar luz verde, con el agregado de una yapa
de dos cuentos inéditos, no es otra cosa que un canto al despertar del amor, a
los primeros brotes, en un período de la vida, a menudo repleto de tribulaciones
y bienaventuranzas, que llamamos adolescencia. En él, Yunque nos dice que Eros
sigue siendo cándido, sigue siendo niño y sigue creyendo que belleza es sinónimo
de perfección. Y podemos agregar, después de su lectura, que Eros, hijo de la
abundancia y la pobreza, no sólo despliega su juego sublime y alegre a favor de
la vida, sino que, también, le confiere al hombre el privilegio de contar con
otras realidades surgidas de su corazón y de su espíritu.
Alvaro Yunque, nacido en la ciudad de las diagonales el día de la Bandera de
1889, perteneció a la generación literaria del 22 y fue uno de los integrantes
más representativos del grupo de Boedo. Fue, también, uno de los primeros poetas
de la calle, un maestro de cuentos para niños, un defensor consecuente y fiel de
sus ideas sobre política y sociedad que proclaman –por encima de todo– la
dignidad del hombre, la libertad de pensar, el derecho de soñar, el privilegio
de vivir. Escritor fecundo, de sólidos y consecuentes principios éticos sobre
los que sustentó su largo itinerario de hombre y de ciudadano.
Nada hay en su literatura que no haya sido tomado de la realidad y que no haya
conmovido su corazón. Razón y sentimiento, lucha y amor, estoicismo y dignidad.
Ese fue Alvaro Yunque. Un maestro forjado en la vida, un poeta, un sereno
patriarca de blanca melena, al decir de Marcela Ciruzzi. Un querido y recordado
amigo al que he tenido la suerte de conocer siendo muy pibe (no él, sino yo: me
llevaba toda una vida y muchos libros publicados). Tendría once o doce años (yo,
no él) cuando leí “El árbol de Navidad”, un cuento en el que su protagonista,
Quico, me abrazó el alma de tal modo, que ya el espíritu y el nombre del autor
habrían de serme familiares. Después el destino, que fue bueno conmigo, me hizo
darle la mano por primera vez en la Academia Porteña del Lunfardo. Fue en 1963 y
desde entonces fuimos amigos y cofrades para siempre, como que los últimos
versos rantes que escribió están en los tres sonetos que le pedí para incluirlos
en una antología.
Cuando me los entregó me hizo esta confidencia: “De lo escrito por mí, lo que
más quiero está escrito en lunfardo”.
En aquellos días, en compañía de los suyos y de algunos amigos, le festejamos
los noventa años. Supe entonces que su gran secreto para combatir la vejez era
muy simple: no pensar en ella, pues era de los que creía que el mejor tiempo es
el que se vive.
Una de las facultades humanas que más nos condiciona e inquieta suele ser la
memoria. Y él la tenía intacta. Solía recordar a todos sus amigos, entre los que
Gustavo Riccio y Dante A. Linyera eran los más conspicuos.
Yunque vivía en el 8ª B (B de bueno) de Coronel Díaz 1782, rodeado de libros y
de cuadros, entre los que recuerdo un Bruzzone y un Alonso que lo retrataban
fielmente (ambos, poco después de su muerte, se perdieron en un incendio).
A ese domicilio concurrí, más de una vez, invitado por el autor de Barcos de
papel, a comer “tallarines a la lunfarda” que él mismo cocinaba. Cuando le pedí
la receta, se limitó a decirme que el secreto consistía en recitar “determinados
versos rantifusos” durante la preparación de la salsa. Lo creí entonces, y aún
hoy lo sigo creyendo.
Ahora, desde que cambió de barrio, Alvaro Yunque pasea por calles más altas que
las de Boedo.
Fuente: www.nuevociclo.com.ar
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Achacao
"La vida es lucha.Al hombre de rodillas nadie lo empuja"
Estás medio achacao y andas con chucho
¿Chucho de qué pedazo de vichenso?
¿Te envenenás porque te ves flacucho?
Cuando más llores más indefenso.
Vos que pa la milonga fuiste ducho
ahora hasta tenés olor a incienso.
¿La vida te ha fumao y sos un pucho?
Si de verte tan maula me avergüenzo.
Morfá y chupá del bueno
y si la vida quiere espiantar
¡que espiante la perdida!
(y cuánto se la quiere, sin embargo.)
Aunque seas coyón mostrate fuerte
basuriá tus pavuras a la muerte...
porque la muerte es solamente
un apoliyo largo.
Fondín
Olor a grasa, a grasa refreída,
se juna laburar a las mandíbulas.
Olores, ruidos, todo se soporta,
¡pero che, en el puchero, cuánta mosca!
Mercachifles
Les propuse cambiar mis rosas rojas
por sus lechugas o por sus patatas.
Me las dieron podridas... ¡Malandrines!
¿No los voy a rajar de una puteada?
Novela moral
Esgunfia de tanto engorro
dijo a las costuras: ¡Alto!
un día se apretó el gorro
y raió para el asfalto.
Se la engrupió un cajetiya
puro vulevú con soda,
después formó en la gaviya
que toma a la vida en xoda.
De un bulín en otro anduvo,
de venus la laburaba
y entre que bajo y que subo
el tiempo le dio la biaba.
En el arrabal de vuelta,
Flor a punto de ser fruta,
más redondeada que esbelta
se ayuntó con un goruta.
Le llegó su cuarto de hora
como bolichera en Flores;
hoy la oficia de señora:
Tiene tres hijos dotores.
Retruque a un poeta de Florida
¿Pa' vos es una blasfemia
que yo afile versos rantes?
Seguí vos con tu Academia,
yo me junto con Cervantes.
¿Vos le negás tu versada
a las chusmas del suburbio;
vos sos un agua filtrada
y ellos son arroyo turbio?
No esperaré que apadrines
nuestro canyengue, es bastardo;
vos seguí con tus latines,
yo me quedo en mi lunfardo.
Veremos, a fin de cuentas,
quién de los dos era el turro,
si vos con tus ornamentas
o si yo con mi champurro.
Ya alumbraremos la vida
si nos da fósforo el genio;
vos, poeta de Florida,
yo del arrabal porteño.
Vejentud
Aquí estoy, derramao en la catrera
con una fiaca de la madona.
Me he dejado crecer la pelambrera
porque la vejentud, amigos, arrincona.
Con el coco aún purrete, en primavera,
con el cuore, ¡chambón! que no funciona
me resongo: ¿La vida? ¡cosa fiera!
¡Muy fiera! Porque el tiempo desmorona.
Ver a algunos besándose en las rúas
ver a otros en morfis y mamúas
y uno decirse: Yo también he sido...
También he sido un jaife y hoy me veo
cachuso y amurao, broncudo y feo
porque la vejentud, amigo, es algo muy jodido.
Versículos a uun lídeo obrero desterrado
En mi mano fina y larga, mano nerviosa, habituada al salto y al vuelo de la
pluma, sentí caer tu ancha mano, tu mano callosa y fuerte, tu mano de cortos y
cuadrados dedos, entre las cuales el martillo o el hacha o el serrucho se mueven
con tanta levedad como en mi mano se mueve una lapicera.
Nos dimos las manos y nos miramos en los ojos.
Vos eras un obrero; yo, un intelectual.
Y nos comprendimos.
Y nos amamos.
Tu instinto te dijo que yo era uno de los tuyos. Mi inteligencia me dijo que vos
eras uno de los míos.
Me dijiste:
¡Compañero!, en idioma internacional.
Yo, descendiente de europeos, mirándote la cara de indio bravo - Lautaro, Oberá
o Yamandú - te dije, en criollo: ¡Aparcero!
Sonreímos.
Vos venías de la cárcel. Yo también venía de la cárcel. Y los dos estábamos
fuera de la querida tierra natal, porque de ella nos habían echado. (Desterrar
es una palabra heroica, exiliar es una palabra poética; los empleados policiales
no las usan. Ellos dicen echar o expulsar, cuando mucho).
En nuestra querida tierra natal, sobraban tus encendidos discursos, aparcero,
sobraban tus directivas, hermano, sobraba tu ímpetu huelguista, compañero, o
sobraba tu conciencia de clase, camarada.
Igualmente sobraban los versos de mis poemas insurrectos y las prosas de mis
artículos exaltadores de la dignidad cívica.
Ellos, es decir, los amos de unos seres con brazos y piernas como los hombres,
seres vestidos de vigilantes y soldados, que saben manejar sables, fusiles,
ametralladoras y cañones; ellos opinaron que nuestra querida tierra natal no te
precisaba, lider obrero.
Ni me precisaba a mí, escritor con ideas.
Bien, aparcero. Nosotros no opinamos como opinan los patrones de esos uniformes
oscuros adentro de los cuales un ser que podría parecer un hombre, se eriza de
cañones, fusiles, sables y ametralladoras.
Nosotros, aparcero, opinamos que nuestra querida tierra natal nos necesita
mucho.
Opinamos que en ella no abundan los obreros como vos, concientes. Ni abundan los
escritores concientes, como yo, hermano.
Por eso vos continuás hablando y yo continúo escribiendo.
Tu voz y mi pluma se complementan. Vos encendés corazones, yo enciendo cerebros,
camarada.
Tu causa es la mía, hermano. Lo ves? Tu ideal es el mío, aparcero. Lo sentís? Ni
vos ni yo, querido, nos vamos por las ramas.
Los utopistas nos vienen hablando hace siglos de fraternidad humana y de otros
macaneos lindos, Hermanos nosotros de ellos, los que llevan botas con espuelas,
arrastran una cola que suena como un sable y piensan como sus tatarabuelos?...
¡Sonreíte, camarada!
Fraternidad? ¡Grupo! Ni vos ni yo, camarada, nos chupamos el dedo, hermano.
Nuestro ideal no anda por los aires. Nuestro ideal se bajó de la nube de
Jesucristo y de la nube de Tolstoi. (Ya lo ves a Gandhi con sus ayunos y su
pasividad. Qué hizo ese hombre todo espíritu?...) Nuestro ideal no vuela.
Camina. Nuestro ideal es ideal para hombres y es ideal de nuestra época. Es un
ideal concreto, realizable, práctico. No es ideal religioso ni filosófico. No
vive de quimeras. Vive de pan, como vivís vos, como vivo yo, como vive el bobo
idealista que nos viene a hablar de fraternidad humana o de no resistencia al
mal, y como viven ellos, los que manejan cañones, fusiles, sables y
ametralladoras (Aunque a su pan, ellos, lo precedan de whisky y lo terminen con
champagna).
Nuestro ideal es éste: liberación económica del proletariado.
Este ideal sí se comprende. ¡Lo demás son musas! Este es el ideal posible que
podemos llegar a ver nosotros, vos, obrero, y yo, escritor, dos hombres sin
nébulas en el mate, dos hombres con los pies en la tierra y la cabeza - aunque
cargada de ensueños y de pensamientos - no más arriba de la estatura normal de
un hombre. Nuestro ideal no alcanza el metro y ochenta centímetros. Es un ideal
bajo... (¡Puf!, hace un ultraideaista contrarevolucionario). Y nuestro ideal,
aparcero, sin nimbo religioso ni alas filosóficas, lo comprenden todos los
hombres.
Todos los hombres que trabajan.
Todos los hombres que trabajan y quieren trabajar, y viven mal - siete, diez,
quince, en una pieza de conventillo o una tapera - y comen mal, se enferman y
son mal atendidos, se mueren y hasta son mal enterrados.
Nosotros no luchamos para fantasmas.
Nosotros luchamos para hombres que necesitan comer bien, vestir bien, tener
horas de ocio para poder instruirse y soñar...
Vos hablás así? Yo te comprendo.
Todos te comprenden, aparcero lider.
Por eso vos, hermano, seguís en la brecha. Por eso vos, aparcero, no dudás, como
el ultraidealista.
Te sentís escuchado. De tu boca no salen tropos: salen verdades. A vos nadie ha
necesitado gritarte: ¡Valor! Todos saben que sos valiente. Se le ocurriría a
alguien gritarle a la montaña: roca? La montaña, si no es roca, no es montaña.
Vos, si no fueses valor, no serías lider obrero. Lo saben todos. Lo sabés vos
sin haberte parado nunca a reflexionar sobre esto, tan natural. Lo saben los
mismos torturadores - prefiero no clavarles adjetivos - de la sección Especial.
Nunca a ellos se les ocurrió que podrían torturarte para que "cantaras". Ya
sabían que hombres como vos no cantan. Y te hundían en un calabozo húmedo, en un
sótano con rejas, entre sombras, solo, a que te pudrieses, en silencio, ¡a
juntar rabia!
Pero tu ideal, aparcero, tu ideal no cabía en un calabozo.
Ni en una tumba.
Jamás pensaste en morir.
Siempre pensaste: ya saldré de aqui yo, ¡y entonces!...
Entonces seguís peleando, es decir, hablando y huelgueando. Y seguís con tanta
naturalidad como el árbol al que, por un tiempo, se le impidiera recibir sol y
agua. No bien los recibe de nuevo, continúa su trabajo de siempre, su trabajo de
convertir el ácido carbónico en oxígeno.
Vos, igual.
Y si alguien te preguntara: Vas a seguir?... Responderías: Pero puedo hacer otra
cosa, che?...
Aquel alguien te preguntaba eso por ignorancia, nada más. Ignoraba que esa
fuerza, ese ímpetu que te hace lider obrero, te llega desde muy abajo, desde el
fondo de los siglos terribles. Porque tu causa, aparcero, es la vieja causa. Es
la causa de la libertad humana que ahora concretamos nosotros: liberación
económica del proletariado.
La causa que, encendida de indignación, inculpa a Cain su crimen. Vos no sos
Abel, lider obrero. Vos sos esa voz que le grita al asesino: Caín, qué has hecho
de tu hermano? Y lo persigue. Y lucha.
La causa que, encendida de heroismo, se llama Agis o Cleómenes en Grecia, y
lucha.
O se llama Graco o Catilina - el calumniado por Cicerón -, y lucha.
O se llama Enno, Cleón, Salvio o Artenión - caudillos de esclavos -, y lucha.
O se llama Espartacus, que llena de espanto a la soberbia Roma, y lucha.
O se llama Jesús, terror de filisteos en Palestina y de sacerdotes en el mundo
entero, y lucha.
O se llama Valdenses y Albigenses, herejes de la Edad Media, y lucha.
o se llama Etienne Marcel y sus Santiagos, o los aldeanos de la Jacquerie, o
Juan Wiclef y John Ball o Juan Huss o Jerónimo de Praga, o Tomas Munser y los
anabaptistas, o Dolcino y los "hermanos de los Apóstoles", y lucha.
o se llama Stenka Razin y Pugatchev - ajusticiadores de boyardos rusos -, y
lucha.
O se llama los comuneros de Castilla, y lucha. O se llama, en la revolución de
1789, Felipe Buonarroti y Marat y Gracus Babeuf y Darthé, y lucha.
O se llama "los cartistas ingleses", y lucha.
o se llama Augusto Blanqui en la revolución de 1848, y lucha.
O se llama la Comuna de París en 1871, y lucha.
O se llama los ahorcados de Chicago, a raíz del día Internacional, y lucha.
O se llama los espartaquistas alemanes sacrificados, y lucha.
O se llama los mineros asturianos o los republicanos españoles, y lucha.
o se llama los bolcheviques rusos, y lucha.
O se llama en América Juan Calchaquí o Yamandú, u Oberá, o Tupac-Amarú, o
Lautaro o Caupolicán, o todos los anónimos que, desde el frío Canadá a la fría
Tierra del Fuego, victimas o héroes de la libertad, lucharon por la vieja causa.
La vieja causa por la que vos peleas ahora, lider obrero.
Ellos decían palabras misteriosas, frases vagas. La misma palabra "libertad",
así, en abstracto, qué dice?...
Catilina - el calumniado por Cicerón, sabueso retórico de los poseedores-
clamaba: "Pedimos sencillamente libertad".
Vos sabés mejor lo que exigís, aparcero. No es o mismo decir: "Pido libertad",
que decir: "Quiero la liberación económica del proletariado".
Liberación económica.
¡Esto sí se comprende!
Ya verás, cuando los proletarios sean económicamente libres, si ellos, los amos
de seres parecidos a hombres, los dueños de sables, cañones, fusiles y
ametralladoras, van a encontrar manos que se los manejen.
Esto lo presienten ellos, camarada. Por eso te encarcelan a vos, que hablás. Y
me encarcelan a mí, que escribo. Y por eso nos echan de la querida tierra natal.
Porque nosotros no soñamos, utopistas, nosotros no divagamos, quimeristas.
Nosotros somos concretos y prácticos. Sabemos que podemos conseguir hoy aquí,
inmediatamente.
Elos presienten que lo conseguiremos.
¡Nosotros sabemos que lo conseguiremos, hermano!
Vos con tu mano ruda, hecha a la acción y al trabajo de todos los días.
Yo con mi mano nerviosa, que si tiene alas para escalar estrellas, prefiere
andar volando a la altura de los hombres que trabajan y son explotados...
En tu manaza dejo estos versículos, aparcero líder.
Montevideo, 1945
Versículos a los salvadores
Hombres que esperáis al Salvador del mundo, niños-hombres:
El mundo va a salvarse por nosotros.
El mundo no va a salvarse por cualquier hombre superior y divino.
El mundo va a salvarse por nosotros, y por nadie más que nosotros.
El mundo va a salvarse por los hombres vulgares, débiles, intranquilos., pobres,
tristes, defectusos y mortales.
¡Por nosotros! Por nuestro esfuerzo de todos los días el mundo va a salvarse.
No va a salvarse el mundo por la heroicidad y el martirio de un hombre único.
Por nosotros, los que trabajamos, los que sufrimos, los que luchamos, los que
hoy somos un poco mejor que ayer, el mundo vaa salvarse.
Entonces:
Trabajad sin dudas, trabajad perezosos, trabajad sin descanso; trabajad,
ignorantes.
Trabajad siempre.
Es el secreto de nuestra salvación, hombres.
A nuestro dolor lo vencerá el trabajo.
Trabajar es erguir las frentes, no postrarlas en la oración: Sed altivos,
hombres.
Trabajar es enfrentar el destino, no implorarle: Sed valientes, hombres.
Os humilláis?:¡Erguíos!
Os detenéis?: ¡Adelante!
La salvación del mundo será obra de la realidad del mundo, niños-hombres.
Esperáis el milagro de un Salvador como el niño espera un juguete?
Nada se nos regalará, hombres.
Nunca se nos ha regalado nada, hombres.
Todo lo hemos conquistado, hombres.
Todo debemos conquistarlo, hombres.
Tal es el mandato esencial de la Vida, hombres.
Algunos nombres de América
ALBERDI
Nadie más pacifista que este guerrero
ECHEVERRIA
Meditar y sufrir la vida brava.
(Es cierto que te has ido, juventud?)
¡Pero subiendo siempre los caminos
en marcha hacia el azul!:
Heroísmo de antorcha que, humeando,
no deja de dar luz.
JOSE HERNANDEZ
No canta sólo por oir sus sones.
Su canto no es de ave, todo música.
Su canto es reflexivo canto de hombre.
MOSCONI O EL "GENERAL DEL PETROLEO"
De frente al imperialismo,-¡uñas largas del yanquismo!-
defendió con valentía,
la riqueza nacional...
Mosconi no parecía
ser general.
FLORENCIO
El es Florencio en el amor de todos
No necesita de apellido (Sánchez).
No fue a la escuela, sí a revoluciones.
Viviendo en el teatro de las calles,
solo, aprendió a escribir para el teatro.
(Tuvo la misma escuela de Cervantes).
Aprendió en fríos, aprendió en dolores,
frío, dolores, hambres...
MARTI
"A las alturas no se sube a saltos" - José Martí
Las alturas se alcanzan lentamente,
con los pies desangrándose en las breñas,
asiéndose a las plantas espinosas
para no quebrantarse entre las piedras.
Subir a las alturas no es deporte.
Subir a las alturas es la guerra.
ANIBAL PONCE
Quién era el presidente entrega -patria,
quién el "dotor" que hacía de ministro
que expulsaron a Ponce de sus cátedras?
Cuántos recuerdan hoy sus mudos nombres?...
Y cuando éstos no existan ni en sus tumbas,
los libros se leerán de Anibal Ponce.
Desde México y Cuba a la Argentina,
brioso corazón, palabra bella,
su voz sigue en los pechos encendida
LINCOLN
Lincoln está en el cielo,
único blanco de este cielo triste.
Todos allí son negros.
Los inocentes negros
que pelearon por el sur... Ahora
Lincoln está en su cielo.
EL ASESINO
Quién mató al Ché Guevara?
Su nombre nada importa.
Sabemos que es el mismo,
ese a quien nadie nombra,
porque nombrarlo mancha
feroz pitecantropus,
asesino de King y de García Lorca.
REFLEXIONES NO MANSAS
Ser pobre es vivir de su trabajo, ser miserable es no tener trabajo. La pobreza
fortifica, la miseria corrompe.
***
Se sonríe con algo, se sonríe por algo, se sonríe contra algo. Sonrío al ver
jugar unos pibes, sonrío cuando oigo a un escritor alabarse a sí mismo y sonrío
al escuchar a un viejo político conservador hablar de libertad y democracia.
***
En el fondo de las grandes fortunas hay lo que en el fondo de los grandes ríos:
barro.
***
"Dar a Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar"?... El Cesar no
espera que le den: se lo toma.
***
A los tiranos, a los locos y a los ebrios se los trata de la misma manera: Se
los oye hablar sin refutarles sus sinrazones.
***
El Capital se sobrestima. Esta es su fuerza. El Trabajo aún desconoce su valor.
Esta ha sido su debilidad hasta ahora.
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Si te humillas, no sólo van a pisarte, se limpiarán en tí las suelas de los
botines.
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Los errores de la democracia son debidos a que no existe democracia.
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Todo gobierno opresor cuenta con dos armas: el sable y la cruz. El sable que
asesina y la cruz que adormece. Y de las dos armas, la más eficaz para el
gobierno opresor es la cruz. La usa cotidianamente. El sable es para los días de
excepción. Los días en que el adormecido despierta.
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La diplomacia, un árbol que da frutos venenosos, aunque sus flores destilen
miel.
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El filántropo es un hombre que desprecia a los hombres. Para él, ellos sólo
merecen caridad, no justicia.
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Las ideas rebeldes son luces. Si alguien las sopla, no se apagan, se van de
nosotros a encender un cerebro apagado.
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Antes se abandonaba en el "padre" confesor la tarea de pensar; ahora se la deja
al editorialista a sueldo del diario que se lee todas las mañanas.
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Aún la humanidad presenta una lista de mártires por fanatismo mucho más extensa
que la de sus mártires por idealismo. La humanidad se halla en déficit.
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Muchos árboles genealógicos tienen las ramas floridas; pero sus raíces se hunden
en un montón de basura.
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Solo demuestra que sabe nadar quien nada contra la corriente; a favor de la
corriente, hasta los literatos conservadores - los corchos - nadan.
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El soñador siembra y cosecha el revolucionario. Los Rousseau y los Diderot hacen
los Robespierre y los Saint-Just; los Marx-Engels hacen los Lenin; los Martí
hacen los Castro.
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El hombre aún no sabe qué es la paz. Porque la recelosa calma entre guerras no
es la paz: no sería dormir, un cabecear con el arma en la mano, semi en vigilia,
a la espera de que el compañero de pieza nos ataque nos bien nos durmiéramos, o
para atacarle no bien él se duerma. Este recelosos descanso lleno de inquietud
es la paz que hasta ahora hemos conocido los hombres.
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Si hoy te vendes por diez, mañana te venderás por cinco y pasado mañana por un
puntapié en el culo.
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Un tonto viejo es peor que un tonto joven. El tonto joven dice una vulgaridad y
huye a jugar al fútbol; el tonto viejo, por culpa de la gota se queda sentado a
decir muchas vulgaridades que ya ha dicho muchas veces.
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Los reaccionarios, los conservadores, entran en el futuro de espaldas. Entran a
empujones. A pesar de ellos, los reaccionarios, los conservadores, también
entran en el futuro.
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Cuándo el uniforme de un general no es una librea?
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En muchos hombres, aparentemente infelices, duerme un dictador. Cuando aparece
una dictadura, ese dictador despierta y se coloca al servicio de la dictadura.
Así, porque son dictadores, se convierten en esclavos.
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La razón - luz humana - pasó de la clase que se autollamaba noble a la burguesía
y de la burguesía a la clase obrera; pero toda la clase obrera no sabe aún que
posee la razón. El día que lo sepa...
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En la alta sociedad, a un hombre o mujer se le considera instruído porque habla
varios idiomas, aunque no lea en ninguno.
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De un tonto, si es un hombre del pueblo, se dice que posee un alma gris; pero si
el tonto es un potentado, se dice que su alma es gris-perla.
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Hay quién piensa sobre los problemas sociales después de haber leído los
diarios, y hay quien piensa sobre los problemas sociales sin haber leído nada,
porque no sabe leer. Lo curioso está en que ambos coinciden. Para qué, entonces,
tomarse el trabajo de leer los diarios?
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Un mundo de hombres que viviera sólo de su trabajo, sería un mundo de héroes.
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