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LECTURA RECOMENDADA
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Quién era Rodolfo Walsh (para mi)

Por Enrique Gil Ibarra

Ilustración El Tomi (Télam)

Conocí a Rodolfo en el diario Noticias, en Buenos aires, en 1973. En ese momento, él estaba a cargo de Información General, y por amabilidad y compañerismo aceptó ocuparse de enseñarme a escribir, para ver si podía cubrir el rol de periodista. No puedo decir que hayamos sido “amigos”. Fuimos “compañeros”, que en esa época significaba bastante más. En aquel momento, yo alcanzaba apenas los 19 años, y él no tenía tiempo para perder. Ahora tengo más edad que él, y me hubiera gustado que compartiéramos más vinos y más café.

Cuando clausuraron Noticias, dejamos de vernos todos los días. Sin embargo, por cuestiones propias de la militancia, seguí manteniendo algunos contactos, que se intensificaron allá por el 75 cuando me trasladaron al Area Federal y mi mujer de ese entonces pasó a depender de él en Contrainteligencia.

Era una hermosa persona, tipo bastante seco y difícil de analizar. Inflexible y permisivo, gruñón y sensible. Creo que a varios de los militantes más jóvenes nos trasladó la convicción de que la palabra escrita, si es bella y certera, modifica cerebros. Mantuve esa concepción toda mi vida, y algunas veces hasta sentí que era capaz de lograrlo. Le debo por eso.

Cuando mataron a Hilda (Vicky) en el 76, no pude verlo. Me hubiera gustado abrazarlo y llorar un poco juntos. Cuando meses después nos vimos unos minutos, poco tiempo antes de que lo mataran, no tuvimos oportunidad de hacerlo, ni mencionamos el tema. También le debo por eso.

Pero estoy seguro de que a esta altura Rodolfo me preguntaría, sobrador: "Che, Inglés, ¿al final estás hablando de mí o de vos?" Y tendría razón. De manera que lo mejor es dejar los recuerdos y pasar a los datos (reservándome el derecho, claro, de una o dos acotaciones al margen.
 
Rodolfo nació en 1927 en la provincia de Río Negro, en Choele Choel. En 1951 comenzó a trabajar en periodismo, en las revistas “Leoplán” y “Vea y Lea”. Ya en Cuba en 1959 sería uno de los fundadores de “Prensa Latina”, junto a Jorge Ricardo Masetti (el "Comandante Segundo"/EGP- Salta).

De regreso a la Argentina trabajó en “Primera Plana”, “Panorama” y el semanario de la CGT de los Argentinos entre 1968 y 1970, que se publicaba clandestinamente luego de la detención de Raimundo Ongaro y el allanamiento en 1969 a la CGTA. En 1972 escribiría por un año en el “Semanario Villero” y a partir del 73 en el diario “Noticias”. A partir de mediados del 70 Rodolfo empezó a relacionarse con Montoneros, y en 1973 ya era oficial de la organización. Su primer nombre de guerra en Montoneros fue “Esteban”. (Posteriormente fue conocido como “El Capitán”, “Profesor Neurus” o “Neurus”).

En el 74 comenzaron las diferencias de Rodolfo con la orga, al igual que sucedió con muchos compañeros, a partir del pase a la clandestinidad decidido sorpresivamente por Firmenich. A finales del 75 algunos compañeros oficiales, entre los que estaba Rodolfo, comenzaron a elaborar documentos en los que se evaluaba que la política correcta era volver a integrarse al pueblo, separar a la organización en células de combate estancas e independientes, distribuir el dinero entre las mismas y tratar de organizar una resistencia masiva, basada más en la inserción popular que en operativos del tipo foquista.

Algunos (entre ellos el “Pepe”) afirman que Walsh estuvo de acuerdo con la salida del país de la Conducción Nacional “para preservarla”. No me consta y me parece dudoso, sobre todo a la luz de algunos documentos escritos por él en los que relativiza la importancia de la persona de Firmenich como individuo emblemático en el contexto de la lucha popular. Sí estaba convencido de que la organización debía “seguir la dirección de retirada marcada por el pueblo, que es hacia el peronismo, y que la única propuesta aglutinante que podemos formular a las masas es la resistencia popular, cuya vanguardia en la clase trabajadora debe ser nuevamente la resistencia peronista”.

La organización de la Agencia clandestina de Noticias (ANCLA) iba en ese sentido, y constituyó un intento de reproducir la “radio bemba” cubana, adaptándola a la realidad argentina, difundiendo la información que no mencionaban los medios “oficiales”.

El 24 de marzo de 1977 Walsh escribió su "Carta Abierta a la Junta Militar".

Al día siguiente, en el centro de Capital Federal, fue interceptado por un grupo de tareas que intentó secuestrarlo vivo. Rodolfo se resistió y abrió fuego (portaba una pistola Walther 22, muy pequeña, que llevaba siempre sobre el vientre, sujeta por el calzoncillo). Lo hirieron gravemente, y lo llevaron -vivo todavía- a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), donde llegó muerto. No agrego nada sobre sus escritos literarios, porque entiendo que es superfluo. En esta misma web ( http://www.elortiba.org ) están algunos de sus libros, varios de sus cuentos y textos.

Leerlos, analizarlos, comentarlos con conocimiento directo de causa, sería un buen homenaje al que fue -además de militante-, uno de los mejores escritores argentinos y, sin duda, mucho mejor homenaje que el que representa la pequeña plazoleta de Capital Federal que lleva su nombre.

Nota al pie: Se ha generalizado en estos tiempos aplicar el mote de “héroes” a todos los compañeros (combatientes) de las organizaciones armadas -siempre que estén muertos, claro-, y es un calificativo que Walsh carga hoy, junto a otros cientos. Estoy seguro de que Rodolfo se hubiera cagado de risa de eso, al igual que yo lo hago ahora. Calificar como “héroes” a los que combatieron y murieron es un fácil recurso (inconsciente, espero) para simbolizar que “eran especiales, únicos, irrepetibles”, que hacían/hacíamos cosas que “no pueden hacer las personas comunes”. En resumen, una forma de decir: “sólo los héroes pueden hacer una revolución” lo que justifica para muchos sentarse a esperar que esos “héroes” algún día aparezcan de nuevo, como por generación espontánea. Es mentira. Las revoluciones las hacen los pueblos, las personas comunes, las gentes como vos, como yo o como Rodolfo. Los héroes no son necesarios. Lo necesario es un proyecto nacional, conciencia política, solidaridad y el convencimiento de que un país, un Continente, y el pueblo al que uno pertenece, valen la pena.

Enrique Gil Ibarra
Marzo de 2007


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El buen jugador

Por Lilia Ferreyra*

¿Cuándo empezaron los juegos? Quizá por 1971, cuando alquilamos el departamento de Tucumán 468, un inmenso espacio de un ambiente. Durante dos años, casi desde el cierre del semanario CGT, habíamos vivido un poco a los saltos, con cierta precariedad. Pero la situación había cambiado; los dos teníamos trabajo y la vida parecía encarrilarse en alguna normalidad. Quise aprender a jugar al ajedrez e hicimos algunas partidas desalentadoras porque la diferencia entre la principiante y el maestro era abismal. Para sortear el desnivel, Rodolfo propuso que aprendiéramos juntos un nuevo juego y una tarde se apareció con el tablero y las fichas negras y blancas del go, el ajedrez chino, que alternábamos con partidas de scrabble. Al cabo de un tiempo notó que casi siempre llegábamos al mismo resultado: en promedio, él ganaba las partidas de go y yo, las de scrabble. Ahí había una contradicción que lo intrigaba. Se suponía que si él era el que “dominaba las palabras” no debía perder al scrabble; y que si yo era la que “dominaba el territorio” (me orientaba mejor que él cuando andábamos por las calles) no debería perder al go, cuya base espacial son los territorios.

No podía aceptar que el azar o la distracción fueran la respuesta y empezó a analizar cada jugada. No tardó demasiado en revelar el pequeño enigma: en el caso del scrabble, la causa de sus derrotas estaba vinculada con su propio conocimiento de la criptografía. Descubrió que el valor de las letras no estaba dado por su frecuencia en el español sino en el idioma inglés. Por eso perdía; buscaba palabras con letras poco usuales para nosotros que por lo tanto debían valer más. Pero en ese juego “diseñado por ingleses”, los valores estaban trastrocados. Había que cambiarlos según la frecuencia en español. Obsesivo, hizo tablas y cálculos, y con paciencia infinita borró con una yilé el valor de cada ficha y pintó el nuevo. Reiniciamos las partidas con el scrabble argentino y en promedio siguió perdiendo. Quedó la perplejidad.

En el go, el problema era que yo perdía jugadas defendiendo situaciones tácticas, mientras él iba ocupando los puntos estratégicos de todo el tablero de tal manera que mi derrota al final del juego era inevitable.

–Te demorás en comer una pieza. Es una jugada táctica en el vacío porque al mismo tiempo no vas previendo tu ubicación futura en todo el tablero. Ganar así en un momento del juego no lleva a ganar la partida. Lo peor es seguir empecinado con una pieza sin darse cuenta de que ya se está derrotado.

A fines de 1976, la estrategia del go se proyectaba en la situación política. La totalidad del tablero era el proceso histórico. Preocupado por una derrota que podía ser irreversible, y como militante de la organización Montoneros, Rodolfo no sólo propone rever la evaluación de la coyuntura: también comienza a cuestionar el déficit de historicidad del pensamiento montonero. En sus documentos críticos subraya que ese “déficit no estaba en la mente de los compañeros que para darle un nombre a la organización acudieron a la historia argentina (y latinoamericana) que va de 1815 a 1870”. Con palabras que testimonian la época política de su escritura, plantea: “Hay dos fallas del pensamiento de izquierda en las que recae, a mi juicio, el pensamiento montonero cuando analiza su problema central, que es la toma del poder. Una privilegia las lecciones de la historia en que la clase obrera toma el poder y desdeña aquellas otras en que el poder es tomado por la aristocracia, por la burguesía. Ni Marx ni Lenin procedieron así. Ambos dieron a la toma del poder por otras clases un carácter ejemplar. La segunda falla deriva de la primera, y remite al punto de partida, a saber, la historicidad de nuestro pensamiento. (...) Un oficial montonero, conoce, en general, cómo Lenin y Trotsky se adueñan de San Petersburgo en 1917, pero ignora cómo Martín Rodríguez y Rosas se apoderan de Buenos Aires en 1821”. Como ese déficit inducía estrategias erróneas, propone abordar el estudio histórico de la toma del poder en Argentina, “ya que es la determinación espacial y temporal concreta que nos corresponde a nosotros”.

En aquel último verano del ’77, las interminables partidas de go en las noches de la clandestinidad daban paso a incansables reflexiones sobre las consecuencias de una posible derrota, planteos que luego abonaban párrafos de la Carta a la Junta. Su pensamiento apostaba a la dimensión histórica, a la memoria de los años futuros. “Si una propaganda abrumadora, reflejo deforme de hechos malvados –escribe en el penúltimo párrafo de la Carta–, no pretendiera que esa Junta procura la paz, que el general Videla defiende los derechos humanos o que el almirante Massera ama la vida, aún cabría pedir a los señores Comandantes en Jefe de las tres armas que meditaran sobre el abismo al que conducen al país tras la ilusión de ganar una guerra que, aun si mataran al último guerrillero, no haría más que empezar bajo nuevas formas, porque las causas que hace más de veinte años mueven la resistencia del pueblo argentino no estarán desaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas.”

En las “partidas” históricas, el tiempo corre paso a paso, con la pesadez de las décadas. Pero en este presente de aquel futuro que imaginó Rodolfo se proyecta su insobornable certeza. En el transcurrir de los treinta y un años desde su desaparición, las piezas han ido cambiando su posición en el “territorio” de la lucha contra la impunidad. Los responsables del terrorismo de Estado están siendo procesados, ninguna teoría de los dos demonios puede manipular la verdad sobre los crímenes de la Junta Militar, y el Centro Clandestino de Detención de la ESMA, así como muchos otros, es ahora un espacio recuperado para la memoria, y la defensa y promoción de los derechos humanos.

Hoy, cuando camino por las silenciosas calles interiores de la ESMA, donde desaparecieron a Rodolfo y a miles de personas, revivo su justa apuesta estratégica. Siento que cada paso es un acto de libertad conquistada. La inclaudicable causa por la verdad, la memoria y la justicia, y la decisión política de instituirla como política de Estado, lo han hecho posible.

Y también recuerdo y evoco aquellas noches de largas partidas, tan analizadas por Rodolfo. El buen jugador mueve las piezas mirando la totalidad del tablero y reconoce los avances que afirman su planteo estratégico, sin olvidar la posible lucidez del adversario. Con altibajos, creo haber aprendido esa lección. Pero nunca más volví a jugar al go.

Fuente: Página/12, 25/03/08


Palabra de Walsh

Por Roberto Baschetti

Rodolfo Walsh, intelectual y militante

Ilustración Andrés Cascioli

[Esta nota fue rechazada por Página/12 para ser incluida en el Suplemento especial Radar-Página/12, "30 años sin Walsh", 25/03/07]

En el trigésimo aniversario del secuestro y asesinato de Rodolfo Jorge Walsh, con justa razón se suman homenajes y recordatorios en su memoria. Sus trabajos de investigación periodística (Operación Masacre, Caso Satanowsky, ¿Quién mató a Rosendo?) han dado lugar a un nuevo genero literario, la novela de no ficción, anticipándose en 8 años a quien muchos creen su creador, Truman Capote el escritor de "A sangre fría".

Cuando incursionó por el cuento policial (Variaciones en rojo) fue acreedor a un Premio Municipal de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires en 1953. Y once años más tarde en 1964, con muy buena crítica por parte de entendidos y especialistas, estrena una pieza teatral de su autoría (La batalla) y un año más tarde otra, (La granada), siendo esta última una lograda sátira sobre los militares y el poder en la Argentina.

Claro que todos estos logros y reconocimientos a nivel intelectual -que se irán acrecentando en el tiempo- van de la mano, como vidas paralelas pero íntimamente ligadas e interrelacionadas, con el accionar político que va potenciando.

Su defensa de la revolución cubana y la causa palestina, su paso por la CGT de los Argentinos, el Peronismo de Base y su inserción en Montoneros, por ejemplo, son eslabones ineludibles e imprescindibles para entender su compromiso social en pos de una Argentina libre, justa, soberana, socialista.

Sin embargo son muchos los que se resisten aún a visualizar, a comprender, a analizar a Walsh como un todo, es decir su vena intelectual sumada a su opción política, que creo es la única manera de lograr un perfil acabado de su paso, de su existencia por este mundo, sin caer en distorsiones o supuestos que luego se muestran fácilmente refutables.

Me propongo entonces recuperar la palabra de Walsh sobre ciertos temas concretos: molestos e incómodos para algunos, gratificantes y reivindicativos para muchos, entre los que me incluyo.

Operación Masacre. "Escribí este libro para que actuara; en este momento no reconozco ni acepto jerarquía más alta que la del coraje civil. No puedo, i quiero, ni debo, renunciar a un sentimiento básico, la indignación ante el atropello, la cobardía, el asesinato. Este caso está de pie resuelto a impedir para siempre que un militarote prepotente juegue con la vida de la gente mansa. Sólo un débil mental puede no desear la paz. Pero la paz no es aceptable a cualquier precio". (En el prólogo de una de sus ediciones)

Revolución Libertadora. "El gobierno de Aramburu encarceló a millares de trabajadores, reprimió cada huelga, arrasó la organización sindical. La tortura se masificó y se extendió a todo el país. El decreto que prohibe nombrar a Perón o la operación clandestina que arrebata el cadáver de su esposa, lo mutila y lo saca del país, son expresiones de un odio al que no escapan ni los objetos inanimados, sábanas y cubiertos de la Fundación incinerados y fundidos porque llevan estampado ese nombre que se concibe como demoníaco. Toda una obra social se destruye, se llega a cegar piscinas populares que evocan el 'hecho maldito', el humanismo liberal retrocede a fondos medievales: pocas veces se ha visto aquí ese odio, pocas veces se han enfrentado con tanta claridad dos clases sociales". (Prólogo a la 4° edición de "Operación Masacre. Junio 1973)


Notas de Walsh y apreciaciones críticas de un sector sobre la conducción de Montoneros (1979)

Peronismo. "¿Te considerás incluido en el Movimiento Peronista? Rodolfo Walsh: "Si se admite que la antinomia básica del régimen, antiperonismo-peronismo, traduce la contradicción principal del sistema, opresores-oprimidos, yo no me voy a anotar en el bando de los opresores ni en el de los neutrales". (Primera Plana N° 489 del 13-06-72).

Resistencia a la dictadura militar. "Propaganda infatigable por medios artesanales. Si las armas de la guerra que hemos perdido eran el FAL y la Energa, las armas de la resistencia que debemos aportar son el mimeógrafo y el caño". (Aporte a una hipótesis de resistencia-Los métodos de acción. 02-01-77).

La historia. "Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada, cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas". (Reportaje de Ricardo Piglia a Walsh. Marzo 1970).

Socializar el conocimiento.

"¿Cómo analizarías el paso de un trabajador intelectual desde su posición individualista, reconocida, a una dimensión donde lo importante sea la colectivo, lo anónimo?
Rodolfo Walsh: -Creo que es un paso muy duro, pero nunca más duro que el que da cualquier persona de otro sector social, el obrero y el estudiante por ejemplo, que abandona su realización personal, su posible prestigio, para entrar en una acción colectiva. Es un acto de renunciamiento donde se prescinden en muchos casos de la tarea específica, de la vida en familia.Existe un obstáculo inicial muy grande, que es la propia conformación del intelectual dentro del sistema. Pero ese obstáculo debe franquearse para poder recibir otras gratificaciones, las auténticas y mucho más importantes, que consisten en percibir las esperanzas, las inquietudes y los reclamos de la clase obrera; en una elaboración común de sus consignas, de sus caminos de salida...".(Nuevo Hombre Nº 2. 28-07-71).

El 25 de marzo de 1977, Rodolfo Walsh muere en un combate desigual: él solo contra todos sus verdugos. Sabe que no puede caer con vida. Unos días antes había redactado ese paradigma de denuncia escrita y defensa de principios que es la Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar, justamente al cumplirse un año del golpe cívico-militar.

Es más que evidente que Rodolfo Walsh cumplió hasta el final de su vida con su compromiso de "dar testimonio en momentos difíciles" como enuncia en aquella carta. Por ejemplo, en los cables de Cadena Informativa a partir de diciembre de 1976 y hasta su muerte, podía leerse como un copete, de su propia autoría: "Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El Terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el Terror. Haga circular esta información".

Los bien pensantes, los intelectuales "progresistas", con el retorno de la democracia en 1983, primero tratan de ignorar a Walsh, luego de "ningunearlo". Ante la contundencia de sus escritos y valores deben resignarse a hacerle un lugar; eso sí, explicando permanentemente o dando a entender que era un brillante intelectual pero "políticamente equivocado".

Con lo que sin proponérselo están dando lugar a la gestación de una equivocación gigante -que alguna vez deberían tratar al menos de comenzar a explicar- a la que adhirieron en vida (desde el peronismo revolucionario) no solo Walsh, sino también Héctor Germán Oesterheld, Pedro Orgambide, Roberto Carri, Rodolfo Puiggrós, Holver Martínez Borelli, Jorge Cedrón, Rodolfo Ortega Peña y Francisco Urondo, entre tantos otros.

Hay entonces un solo Walsh, único e indivisible, que conforman el intelectual más el militante. Tratar deliberadamente de separarlos es volver adrede hacia atrás, hacia la confusión deliberada, hacia la oscuridad que nos iguala en la ignorancia.

Roberto Baschetti es historiador. Una de sus obras es "Rodolfo Walsh, vivo", entre otros libros -Buenos Aires, 25 de marzo de 2007.

"Ajenos y lejanos, en mi mente habitamos un único espacio, en el que sin censura, nos hacemos amantes de las caricias que no nos damos, de los labios que no probamos, de los aromas que no respiramos, del encuentro que no sucede, sino a escondidas de lo humano

Fuente: Nac&Pop


Entrevista a su compañera Lilia Ferreyra

RODOLFO WALSH: UN HOMBRE QUE SE ATREVIÓ A HABLAR
CUANDO LA PALABRA PERMANECÍA AHOGADA EN SANGRE

La Habana, 22 de marzo (Por Elizabeth Mirabal Llorens y Carlos Velazco Fernández, ANC-UTPBA)

Lilia Ferreyra no es una historiadora. Habla desde la memoria. No ha estudiado a Rodolfo Walsh. Tuvo otro privilegio: vivió a su lado. Conversar con ella es desandar con una guía de lujo los pasos letrados y terrestres de un periodista, un escritor, un militante, un hombre que se atrevió a hablar cuando la palabra permanecía ahogada en sangre, silenciada contra una pared cualquiera en Argentina. Mirar sus ojos claros escondidos tras unas gafas comunes es vibrar, estremecerse, sentir que están de más los grandes sueños cuando puede hacerse algo bueno todos los días, amar la vida y tener la vida para poder amar.

- ¿Por qué Rodolfo pensaba que ser escritor era un oficio violento?

- Esa es una definición que el da en el año 1965. Había regresado de La Habana, donde trabajó dos años en la agencia Prensa Latina. Ya en Argentina, desde fines de 1961, se dedica fundamentalmente a la escritura de su obra literaria de ficción. Él consideraba que era el violento oficio de escribir porque, a su juicio, la literatura era un avance laborioso a través de la propia estupidez. Esa violencia del escritor era también una violencia interna, íntima, para resolver sus propias perplejidades, y por otro lado, desde su concepción, la escritura, sobre todo a partir de sus investigaciones periodísticas, interpelaba a la realidad y podía de algún modo modificarla. Él consideraba el oficio de escritor no un oficio pasivo, sino profundamente revulsivo de la propia persona y de su obra literaria en relación con el mundo exterior.

- Cuando la muerte dejó de ser algo ajeno, ¿se sentía Rodolfo presionado por el tiempo a la hora de la creación?

Walsh básico

RIO NEGRO 1927, BS. AS., 1977. ESCRITOR Y PERIODISTA

En 1944 comenzó a trabajar como corrector y traductor de la editorial Hachette y siete años más tarde se ligó al periodismo en las revistas Leoplán y Vea y Lea. Por entonces fue convocado por La Nación pero rechazó la oferta. Fue uno de los fundadores de Prensa Latina en Cuba, desde donde interceptó un cable norteamericano que anunciaba la invasión de Playa Girón en 1961. A su regreso a la Argentina escribió en Primera Plana, Panorama y el semanario de la CGT. Además compartió con Paco Urondo y Haroldo Conti la redacción de la revista Militancia. En 1973 se unió a Montoneros como encargado de inteligencia y tras el golpe de Estado de 1976 organizó la Agencia de Noticias Clandestina. El 25 de marzo de 1977 fue asesinado por un grupo de tareas cerca de Congreso, luego de despachar su "Carta abierta a la junta militar". Algunos de sus libros más emblemáticos son "Operación masacre" (1957) sobre los fusilamientos en José León Suárez; la compilación de cuentos "Los oficios terrestres" (1965), y "¿Quién mató a Rosendo?" (1969).
Fuente: Revista Eñe, Clarín, 09/09/06

- No se sentía presionado. Más bien estaba plenamente conciente de que esa posibilidad podía ser próxima. En los últimos tiempos hizo un regreso a la escritura, un regreso a su oficio de escritor tanto en el plano de la ficción como en el plano del testimonio. Si bien la militancia y la clandestinidad hicieron que la literatura se tuviera que correr o que postergar, en los últimos meses él organiza todo lo que había estado escribiendo sin concluirlo como una obra precisa. Tenía varios cuentos en elaboración, relatos autobiográficos y reflexiones sobre su propia relación con la literatura, con la política y con la dimensión afectiva de su existencia.

Muchos consideran que en 1957 -ocho años antes de que apareciera A sangre fría, de Truman Capote-, Rodolfo Walsh llevó a su apogeo al relato testimonial (o no ficcional) con Operación Masacre, investigación periodística que puede leerse como una de las grandes novelas argentinas.

- ¿Qué elementos usted reconoce en esa obra bisagra en la vida de Walsh que confirman tal criterio?

- Esto que comentan está absolutamente reconocido por críticos literarios, lectores, políticos e historiadores en Argentina. Operación Masacre no es un antecedente de A sangre fría, sino que se le anticipa, porque es la investigación en la que no sólo se busca descubrir, revelar o encontrar a los culpables. Es también una manera de concebir la literatura testimonial o de denuncia de modo que los personajes sean el eje central del relato. Es decir, no sólo la denuncia del hecho del crimen, sino quiénes eran los sujetos de esa historia. Por tal razón, ese libro impactó y sigue impactando generación tras generación. Revela un momento de la historia argentina, un crimen político, pero también da a conocer las historias de vida de los militantes peronistas de esa época.

Dijo Walsh: "Mi relación con la literatura se da en dos etapas: de sobrevaloración y mitificación hasta 1967, cuando ya tengo publicados dos libros de cuentos y empezada una novela; de desvalorización y paulatino rechazo a partir de 1968, cuando la tarea política se vuelve una alternativa... La desvalorización de la literatura tenía elementos sumamente positivos: no era posible seguir escribiendo obras altamente refinadas que únicamente podía consumir la intelligentzia burguesa, cuando el país empezaba a sacudirse por todas partes".

- ¿Cree, cómo aseguran algunos, que Rodolfo abandonó la literatura para dedicarse al periodismo, o que más bien, nunca dejó de hacer literatura?

- Nunca dejó de hacer literatura, pero partiendo de una concepción de la misma que abarca también al periodismo, al testimonio, no sólo a la literatura de ficción, sino también a la de no ficción. En ese sentido, su compromiso militante se asentó en su oficio de escritor y periodista porque a partir del año ‘68 el empieza a integrarse a proyectos políticos de liberación de nuestro país con la creación del periódico CGT de los argentinos. La calidad de su escritura hacía que una nota periodística de Rodolfo también tuviera valor literario. La escritura es algo que está en la esencia de Rodolfo como hombre, como militante y como intelectual.

- ¿De qué manera usted era cómplice de su escritura?

- Mi mayor complicidad era mi oído, porque Rodolfo confiaba mucho en mi sentido rítmico de la oración, de la frase, y en la carga emocional. De algún modo, en su escritura, yo cumplía un rol como de armonía o de equilibrio si había un exceso de adjetivación o si al leer una frase quedaba renga desde el punto de vista rítmico. Siempre que Rodolfo leía o escribía algo, me tenía que sentar a escuchar esa pieza. Sobre todo, se dio en la escritura de la Carta a la Junta Militar, la cual fue pulida línea a línea, y también en su último cuento Juan se iba por el río y en otros cuentos perdidos que Rodolfo me leía. Como yo intervenía desde mi oído en su escritura puedo recordar y están en mi memoria algunos párrafos y algún hilo narrativo de esos cuentos que robaron de nuestra casita en San Vicente después de su muerte. García Márquez calificó la Carta de un escritor a la Junta Militar como una obra maestra del periodismo universal.

- ¿Cómo la valora a la luz de estos tiempos?

- La valoro y es reconocida por muchas personas en Argentina y en muchos otros lugares como el testimonio más lúcido y revelador de esa etapa de la historia de nuestro país. Y es el testimonio más lúcido y revelador no sólo por la denuncia de las violaciones de los Derechos Humanos, la denuncia de la magnitud del terror. Rodolfo consideraba que podía resultar contraproducente la denuncia del terror sin la explicación de por qué este se instala. Esa comprensión de por qué se instala el terror es lo que deja de lado que aquellos actos aberrantes fuesen producto de demonios o de gente maligna salida del infierno. No. Eran producto de una concepción política profundamente reaccionaria, antipopular, que intentaba preservar los privilegios de una clase dominante.

Por eso, la Carta no es sólo la denuncia, sino también esa reflexión estratégica para explicar por qué se implementó ese terror. Esto se condensa en el párrafo donde dice que las peores violaciones de los Derechos Humanos “que ustedes han cometido” -porque es una carta que interpela, dirigida a la Junta Militar- no son sin embargo esos crímenes, sino que en la política económica de ese gobierno es donde debe verse la peor violación que es aquella que condena a la miseria planificada a millones de personas. Ese párrafo es la esencia, sintetiza lo que él quería expresar.

Rodolfo puso mucho énfasis en lograr ese tono estratégico en que está escrita la Carta. El documento fue pulido, desde el punto de vista de la escritura, palabra a palabra, párrafo a párrafo. Para encontrar ese tono además, él recitaba en la casita donde vivíamos versos de La Eneida en latín, y de las invectivas latinas como las de Cicerón, de los grandes oradores latinos que construyen el ritmo de su oratoria en base a tres cláusulas. Y en la Carta esas tres cláusulas, esas tres oraciones son cómo lanzar una piedra en el agua: la primera hace un círculo, la segunda amplia ese círculo y la tercera... Le da un ritmo que fortalece la eficacia de la palabra. El final de la Carta también tiene esta estructura: “… sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”. Esto tiene un ritmo, tiene un énfasis, le da mayor profundidad al sentido de la palabra.

- ¿Qué quería decir exactamente Walsh cuando hablaba de oficios terrestres?

- Los oficios terrestres es el título de su libro de cuentos y también es el título de uno de sus cuentos. Es una reafirmación de Rodolfo como intelectual al valorar todos los oficios terrestres, porque los oficios de los hombres y las mujeres expresan la forma en que viven, la forma en que piensan, las expectativas ante su futuro. Él siempre reivindicó mucho la vida popular, la vida de la gente que no era intelectual.

- ¿Qué podría relatarnos de aquella época en que usted era archivista en el diario argentino La Opinión y coincidió con personalidades como Juan Gelman y Paco Urondo?

- Esa época fue como una primavera dentro un proceso histórico político, porque ese diario surgió cuando en Argentina gobernaba una dictadura militar que ya estaba muy desgastada. Se abrió la posibilidad de que apareciese un periódico que tuviese en su plantel de redactores a compañeros de esa calidad. Sin embargo, Rodolfo nunca quiso entrar a trabajar en La Opinión porque siempre le tuvo desconfianza al director, Jacobo Timerman, que luego fue secuestrado y torturado por la otra dictadura militar.

- En un país en el que existía el delito de opinión, la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA) fundada por Walsh, buscaba burlar el cerco informativo. ¿Cómo lo conseguía?

- ANCLA era la agencia de noticias clandestina de una organización de Montoneros. Las fuentes de información eran los periodistas que trabajaban en los medios formales, digamos oficiales (aunque no oficiales del gobierno, sino públicos) y tenían acceso a información que por las condiciones de la censura no podían publicar en sus diarios. Entonces nos la pasaban a nosotros. La procesábamos como despacho de agencia y se distribuía de distintas maneras. El correo fue un gran distribuidor y después se sumaron algunas agencias de noticias extranjeras que no podían publicar en Argentina, pero sí en el exterior. De ahí venía el rebote de esas noticias desde medios públicos de otros países. No obstante, la fuente de información fundamental provenía de compañeros, algunos no encuadrados en la organización, pero que querían colaborar con la tarea de militante que nosotros hacíamos.

- Usted reveló que entre las cosas que quería Rodolfo estaban “la revelación de lo escondido” y “la esperanza insobornable”. ¿Qué otros deseos enumeró su esposo en su diario?

- La furia fría. Esto define también la personalidad de Rodolfo, un hombre muy austero, muy medido, muy sobrio, pero que podía enfurecerse, sentir la indignación moral ante determinadas situaciones de injusticia. Pero esa indignación siempre la canalizaba a través de la reflexión, por eso era la furia fría, es decir, la posibilidad de que la furia no ofuscara la manera de comprender y razonar lo que la motivaba. La furia fría describe la actitud de Rodolfo ante la injusticia.

- ¿Qué recuerdos la asaltaron cuando supo que Martín Grass también había leído los textos inéditos de su esposo?

- Esa fue una noche muy intensa en Madrid. Les contaba que yo era el oído de Rodolfo y tenía ese cuento en mi cabeza, en mi memoria. Cuando me encuentro con Martín Grass, sobreviviente de la época, nos ponemos a hablar. Él había visto el cuerpo de Rodolfo acribillado. Pero también había visto papeles suyos. Entonces yo enseguida le pregunto: “¿Y no te acordás del cuento que era de esto y lo otro?”. Medio no se acordaba. Comienzo a decirle textual el comienzo de ese cuento. “Juan Antonio lo llamó su madre. Duda era su apellido. Su mejor amigo, Ansina, y su mujer, Teresa.” Él se acordó y entre los dos reconstruimos. Fue una sensación muy extraña. Sentí que el último cuento pasado en limpio de Rodolfo tenía sólo dos lectores: él y yo. Aunque también me pregunté si alguno de los mismos represores, alguno de los asesinos de Rodolfo, no lo había leído también. Pero eso nunca lo sabremos.

- ¿A qué le temía Rodolfo Walsh?

- A caer vivo. Él estaba totalmente dispuesto a no caer vivo porque sabía que con él se iban a ensañar y a partir de su compromiso político, comprendía el riesgo de su propia muerte. Siempre pensó en mantener la dignidad hasta el último instante. Si él caía vivo lo iban a despedazar, y antes de que lo humillaran, lo destrozaran... Por eso llevaba esa pistolita de calibre 22 que me había regalado en el año ’74 por mi cumpleaños. Ese cargador tenía una o dos balas, que en caso de no poder escapar de sus captores, estaban destinadas a quitarle la vida para vivir. Pero no era un suicida. No era un suicida.

- De haber tenido la posibilidad, ¿cree que hubiese accedido a exiliarse?

- Sí, lo habíamos pensado, pero él rechazaba esa posibilidad porque creía que podíamos llegar a sortear y perdernos en el interior del país. Se sentía muy comprometido por la situación, y además, en ese momento, todos sus esfuerzos estaban puestos en tratar de salvar a la mayor cantidad de compañeros porque él consideraba que la derrota era irreversible y la política de la Junta Militar, de aniquilamiento. Él cae precisamente por salvar y proteger a una compañera con sus dos hijitos, porque esa cita era para arreglar que ella con sus dos niños viniese a vivir con nosotros. Pero sí, lo pensamos. Me dijo: “Si tenemos que salir del país, nos vamos a La Habana, es nuestra casa, es el justo lugar de la dignidad, porque ahí vamos a poder seguir peleando contra estos yanquis hijos de puta”.

- ¿Cómo podían ustedes ser felices viviendo bajo la constante amenaza de la muerte?

- Porque cuando se comprende por qué existe ese riesgo, ese riesgo empieza a formar parte de la vida cotidiana. Por supuesto, teníamos miedo, pero un miedo distinto al que se siente, por ejemplo, cuando viene un ciclón o vas en un avión y este se viene abajo. Nosotros éramos concientes del riesgo que corríamos y ser concientes significa aceptar el riesgo. Teníamos miedo, pero no estábamos paralizados de terror, y de todas maneras, siempre había un lugar para ser felices. En el cuento de Rodolfo, Un oscuro día de justicia, hay una frase de dos líneas que dice: “La felicidad tan buena mientras dura, como el pan, el vino y el amor”.

- Lilia, ¿y cómo veían la muerte ustedes, sobretodo cuando comenzó a llevarse a los más cercanos?

- Profundísimo dolor. Después de la muerte de nuestro querido amigo Paco Urondo y de la muerte de la hija queridísima que fue para mí una de mis mejores amigas, Vicky, ese intenso dolor sólo podía soportarse profundizando aún más el compromiso político y la responsabilidad de poder encontrar una salida. La muerte era una posibilidad. La comprensión de por qué podía ocurrir era lo que hacía que pudiera incorporarse a la vida cotidiana.

- Dicen que el humor corrosivo de Walsh era producto de una inteligencia implacable y la cobertura pudorosa de un espíritu delicado y sensible. ¿Usted, cuál es la imagen que de él prefiere cuando hace oficio de remembranza?

- Ahí hay dos imágenes: una es el humor corrosivo y la otra, el espíritu delicado y sensible. Pero el humor y el espíritu no estaban escindidos en él. Era delicado para el humor, aunque en determinado momento pudiera ser corrosivo, pero si era corrosivo era porque consideraba que con quien estaba hablando era un imbécil. Siempre me pareció magnífico de él la capacidad de escuchar al otro y si estaba totalmente en desacuerdo con lo que el otro decía, lo discutía, pero si llegaba a convertirse en imbecilidad, se callaba y se iba. Entraba en la polémica cuando la polémica valía la pena, pero si era una discusión de vanidades, de quién tenía razón, no se interesaba por esas cosas. No perdía el tiempo.

- ¿Qué le contaba Rodolfo de aquella etapa de su vida en Cuba, cuando descubrió sus condiciones de criptógrafo?

- García Márquez revela que fue él quien, tras noches de insomnio, descifró que Estados Unidos gestaba una invasión armada a Cuba. Rodolfo era muy austero para hablar de las cosas que él había hecho. Cuando nos conocimos, no fue de forma inmediata que supe que había vivido en La Habana. No se presentaba hablando de él mismo. Él escuchaba al otro. Le interesaba el otro. Y después, si surgía, hablaba de él. Jamás hablaba desde el yo, desde el “yo hice”, “yo dije”, sino que le preguntaba al otro “¿quién sos vos?”, “¿qué tú crees?”, “¿qué pensás?”. Pero de esa época, le había quedado como un fastidio consigo mismo, porque cuando él consigue descifrar las claves de Guatemala, llevado, ahí sí por la vanidad del oficio del periodista, lo publica en una revista de Buenos Aires. Años después me decía que eso había sido un error. Se sentía muy molesto con él mismo porque develarlo era lo más contraproducente desde el punto de vista de una inteligencia militar. Si vos conseguiste interceptar comunicaciones del enemigo y conseguiste cifrarlas, te quedas con esa información, pero no vas diciendo “hicimos esto”, “desciframos esto”, porque obviamente, los otros van a cambiar las claves, van a modificar su sistema de comunicación. Eso a él le había quedado como un gran error.

- ¿Qué recuerdos le trae Cuba, La Habana, un pedazo de mundo tan cercano a Rodolfo?

- Cuando llego a La Habana es como volver a casa. Desde cómo hablan ustedes, desde el caminar por las calles de La Habana, desde ver el Malecón: todo. Hay algo entrañable, profundamente afectivo, que está tan cruzado y que tuvo tanto peso en las decisiones de nuestra vida que cada vez que vengo a La Habana, me emociono. No puedo evitarlo.

- Cuando supo que habían sido detenidos los culpables de la detención y el asesinato de Walsh, ¿qué experimentó?

- La lentitud de los procesos históricos, pero que si se mantiene esa insobornable esperanza que quería Rodolfo, si se mantiene la furia fría, las convicciones para actuar con inteligencia y astucia y esperar que exista el momento propicio desde el punto de vista político en Argentina, puede llegarse a un juicio. Esto fue un largo proceso, a lo largo de todas estas décadas, de intentos por juzgar, pero las relaciones de fuerza, desde el punto de vista político todavía no daban como para ponerlos en el banquillo de los acusados. En este momento, tenemos un gobierno que tomó la lucha histórica de los organismos de Derechos Humanos, de las madres, de la lucha contra la impunidad como una política de estado. Hoy hay un escenario que permite puedan ser juzgados.

- Miguel Bonasso escribe en su libro Diario de un clandestino que el diálogo del sobreviviente será siempre un diálogo de culpa con los compañeros desaparecidos. ¿A usted le sucede lo mismo?

- No. Sucede que Miguel se refiere a los sobrevivientes de los Centros Clandestinos de Detención, no a los sobrevivientes de la etapa histórica. Los sobrevivientes de los centros que te mencionaba, una vez terminada la dictadura, fueron mirados con recelo por compañeros que también habían sobrevivido. El tiempo demostró que tuvieron la resistencia, que la opción entre la vida y la muerte no la tenía el prisionero. Quién vivía o moría era una decisión de los represores. Pero pasó cierto tiempo para que esto se reconociese. Ya está demostrado plenamente que son los testimonios de estos compañeros los que permiten armar las pruebas para juzgar a los responsables de los crímenes de lesa humanidad.

- ¿Qué siente cuando contempla las constelaciones de estrellas?

- He vuelto al Delta argentino, he alquilado una casita con una pareja amiga y a la noche, algunas veces, levanto la cabeza y miro ese cielo bajo el cual estuve con Rodolfo mirando las constelaciones.

- ¿Cómo continúan sus diálogos íntimos con él?

- A veces nos peleamos. Hay un diálogo interno en la memoria, pero yo soy conciente, que desde la responsabilidad como militante que fui en su momento, no puedo quedar clavada en el pasado, que hay un presente y nuestra obligación moral en todo caso es seguir peleando por un futuro de justicia.

- Cuando comparte su memoria para celebrar la vida...

- Como ustedes habrán visto, me emociono, porque la memoria es imágenes, sensaciones, olores, palabras, voces, y cuando yo vuelvo sobre todo esto, aunque hayan pasado treinta años, dentro de mí, vuelvo a sentir la voz de Rodolfo, la risa, el enojo, la escena, y se revive la alegría, pero también se revive el dolor de la pérdida (ANC-UTPBA).

Fuente: Rebelión.org


Cita falsa

Por Martin Kohan


Textos del Suplemento Especial Radar-Página/12, 25/03/07, "30 años sin Walsh"

Se pensó por algún tiempo que la emboscada donde cayó Rodolfo Walsh, el 25 de marzo de 1977, respondía a una represalia que se tomaba contra la divulgación clandestina de su “Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar”. Esa creencia (y aun más: el deseo común de participar de esa creencia) contaba con más de un motivo. Por una parte, respondía a la perfección al sueño mitológico del escritor-mártir: el escritor que se inmola al detonar su carta-bomba en plena ciudad. Por otra parte, alimentaba la ilusión de la eficacia política de la escritura: la de presumir que un texto escrito es capaz de producir consecuencias inmediatas en la realidad política. Estas visiones de Rodolfo Walsh podrían situarlo así en una línea imaginaria que se remonta, entre nosotros, hasta Sarmiento (la utopía de una causalidad transversal entre literatura y política: escribir Facundo para hacer que caiga Rosas), y también lo configuran como una especie de doble simétrico de un personaje como Juan Dahlmann: Dahlmann va desde Constitución hacia su estancia al sur de Buenos Aires, y de ahí a su destino de enfrentamiento y muerte; Walsh va desde su quinta al sur de Buenos Aires hacia Constitución, y de ahí a su destino de enfrentamiento y muerte.

Pero no: no fue así como pasaron las cosas. La muerte no fue para Walsh una abstracción de destino ineluctable. Tampoco se inmoló: no fue en coche al muere. Y su carta abierta de denuncia a la dictadura, punzante como era, no había sido detectada todavía por las fuerzas represivas que lo acorralaron en el sur de la ciudad. Para entonces, Walsh ya venía ejerciendo un relativo escepticismo acerca de lo que se puede conseguir con las palabras. La interpelación contundente al poder político estatal que inspiró, por caso, con el propósito de torcer el rumbo de los hechos, la escritura de Operación Masacre en 1957, admitía una fuerte moderación en el epílogo a la edición de 1964: “Pretendía que a esos hombres que murieron, cualquier gobierno de este país les reconociera que la Justicia de este país los mató por error, por estupidez, por ceguera, por lo que sea (...). En esto fracasé”.

En este sentido puede decirse que Rodolfo Walsh probó, como nadie, cuáles son los alcances y cuáles las limitaciones de las palabras escritas: su potencia y su impotencia. Las probó en el sentido jurídico de la expresión (para establecer una verdad), en el sentido técnico (así como se prueba la resistencia de los materiales), en el sentido sensual (es decir, con el cuerpo, como cuando se dice que se prueba un sabor). Probó la insuficiencia de una literatura abstracta, geométrica, la de la limpidez argumental de los cuentos policiales. Probó la insuficiencia de la ficción literaria en general (aunque tocara la política, como lo hace en sus grandes cuentos: “Cartas”, “Fotos”). Probó la necesidad de llevar a las palabras de la ficción a la no-ficción, y probó la insuficiencia de las palabras aun en la no-ficción. Probó lo que sucede con las palabras cuando se les exige que digan lo que no se puede decir, y entonces las palabras dicen con lo que dicen, pero más con lo que no dicen (como se ve en “Esa mujer”). Probó también lo que sucede con las palabras cuando se les exige que digan lo que no se debe decir: cuando denuncian y desafían el poder estatal. Y luego por fin probó hacer, ya sin palabras, lo que las palabras no pueden hacer.

En una breve “Nota autobiográfica”, Walsh revela cierto remordimiento filial. Habla de su madre y dice: “El mayor disgusto que le causo es no haber terminado mi profesorado en Letras”. La contracara de esta culpa que siente como hijo, y que inscribe en un texto sobre su vida escrito en 1965, es el orgullo que siente como padre, y que expresa en un texto sobre la muerte (sobre la muerte de su hija Vicky) escrito en 1977: “Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace en ella”. En la línea que va del remordimiento del hijo al orgullo del padre, se lee la historia que va de la postergación de la literatura a la resolución del paso a la acción. Dice Walsh que renace en la hija; sabemos que, además de eso, pronto va a morir como había muerto ella. Una muerte lúcida: así la califica Walsh. El camino que eligió la hija fue “el más razonado”, su muerte fue “lúcida”, el padre escribe una carta a los amigos “para explicarles cómo murió Vicky y por qué murió”. Walsh puede explicar, y a la vez trata de entender (“He tratado de entender esa risa”, dice en la carta. Su hija reía mientras se tiroteaba con los soldados desde la terraza de esa casa sitiada en la que moriría).

Explicar, entender, reconocer el sentido de un camino razonado, admitir el sentido de una muerte lúcida. Walsh discute por anticipado con lo que serán las versiones de la insensatez, de la mera vocación de muerte, con las hipótesis ladinas sobre el idiotismo útil. Walsh ensaya en cambio un esfuerzo supremo, descomunal: dar un sentido a la muerte de su hija (y lo consigue). Ese sentido queda latiendo en la escena final de su propia emboscada, poco tiempo después, cuando acude a una cita que había sido delatada.

Fuente: Suplemento especial Radar-Página/12, "30 años sin Walsh", 25/03/07


Cuando Walsh estaba en la tele

Por José Pablo Feinmann

En 1984, en ATC, se daba un ciclo llamado “Cuentos para ver”. Eran adaptaciones de cuentos de autores argentinos hechas también por autores argentinos. Escritores que adaptaban a escritores. Tenían un elenco importante. Estaban Ricardo Darín, Arturo Maly, Inda Ledesma, Susú Pecoraro, Héctor Bidonde, todos así, buenos, eficaces actores. Una de las emisiones la dedicaron al cuento de Walsh “Esa mujer”. Lo adaptó Carlos Somigliana. Se abre una puerta y entra Darín. Dice: “Soy Walsh”. Walsh, luego, está en la sala del coronel, que le convida un whisky. Igual que en el cuento. Somigliana, con buen criterio dramático (que a él le sobraba), lleva la acción a otros ámbitos. Muestra la reunión en que le piden al coronel que se haga cargo del cadáver de “esa mujer”. Hay otros militares —de civil— en esa reunión. Uno propone tirar el cadáver al río. Otro, diluirlo en ácido. El coronel dice que la historia tiene importancia. Que no es posible quedar como monstruos ante ella. El que preside la reunión acuerda con él: “Hágase cargo”.

Arturo Maly hace la parte del coronel. Fuimos cercanos amigos con Arturo Maly. Escribí su necrológica en una contratapa de este diario. Se llamaba “Muerte de un gran actor desocupado”. Tres días antes de morir me había llamado para decirme que lo rajaban. Que no lo querían más en las tiras. Hacía años que se había colgado de las telenovelas. Incluso había viajado a Puerto Rico en busca de trabajo y, también ahí, había hecho telenovelas. Volvió y siguió haciéndolas. De tanto en tanto, una película. Una obra de teatro. Pero la tele le daba más guita. Y él quería vivir sin sobresaltos. Le gustaba lo que hacía y quería vivir de eso. Con los años, las partes que le tocaban y el deterioro de los sucesivos proyectos, siempre peores, progresivamente peores a partir de la menemización de la tele, lo fueron acostumbrando a no esperar nada bueno. A buscar lo bueno en otro lado: en el teatro, sobre todo. A veces, en el cine. Una noche estábamos comiendo. También estaba Patricio Contreras. Solíamos comer los tres. También Juan Cosín. “Club de Tobi”, le habíamos puesto a nuestro grupo de varones solitarios y conversadores. Tobi era, no hay por qué recordarlo, el amigo de la pequeña Lulú, una niñita de los dibujos animados y las revistas mejicanas de los cincuenta. Tobi y sus amiguitos se habían construido una cabañita y ahí se reunían. En la puerta de la cabañita, un cartel: “No se admiten mujeres”. Eran tiempos inocentes.

No sé cómo salió el tema. Creo que Patricio lo felicitó a Arturo por algo que había hecho en un unitario, en otra tira en que laburaba, y hacía de padre o de tío de alguna estrellita, que era, desde luego, la protagonista. Pero a Arturo siempre lo ponían porque daba lustre a la pavotada. También ponían a María Rosa Gallo. Una vez la escuché contar: “Los galancitos y las chicas no saben nada de actuación. ¡Pero se dan unos besos!”. Era ya pleno menemismo y la basura avanzaba, incontenible. Arturo le agradeció a Patricio y después, un poco sorpresivamente, dijo: “Yo hacía otras cosas en televisión”. Seguimos comiendo. Era una comida más. Nadie esperaba nada especial. Hablábamos de cine, de literatura o de política. Siempre puteábamos a Menem. Pero era una descarga inútil. Sabíamos que iba a ser eterno. O eso pensábamos, que es lo mismo. “Yo hice Walsh”, completó Arturo. Ahora sí: la cosa se puso pesada. Porque Arturo tenía los ojos con un brillo raro, como si tuviera lágrimas ahí, pero retenidas. Que no las quería largar, digo. “Yo hice ‘Esa mujer’”, dijo. “Hice el coronel”.

El coronel se hace cargo y busca el cadáver. El cadáver aparece sobre una larga mesa y uno no lo puede creer. Impresionante: es ella, es esa mujer. El coronel lo mira; la cámara se acerca a su cara. Arturo mira el cadáver y su máscara conmueve, está frente a la historia, frente al mito, frente a la reina de los humildes, del obrero que lo ayuda a clavar el cajón. “Ella hizo mucho por ustedes. Yo respeto las ideas. Yo la voy a enterrar como cristiana”, dice el coronel, que es Arturo. O sea, dice Arturo. Arturo tiene unas bolsas bajo los ojos, unas bolsas que ahora se le ven más que nunca porque soportan una mirada de piantado inconmensurable. El coronel está loco. Arturo también porque él es el coronel. Se le metió adentro y lo saca por los ojos, por el modo en que se para frente al ventanal, paranoico a rabiar, esperando, vigilando a los que, no duda, lo vigilan. Ya le pusieron una bomba y su hija quedó mal. Cuando Arturo se para junto al ventanal la cámara lo toma de perfil. Arturo alza la barbilla y hace un gesto desdeñoso con la boca. “Esos roñosos”, dice el coronel, dice Arturo, escribe Walsh. “Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada. A las cinco. Cambié tres veces de número de teléfono. Pero siempre lo averiguan.” El coronel suda. A Arturo le brilla la frente. Sigue bebiendo su whisky. Darín no se parece absolutamente en nada a Walsh, pero no importa. Tiene una dicción formidable, aquí, ya en 1984, cuando todavía no era “Darín”. Walsh le pregunta a Arturo: “¿El Viejo sabe?”. Arturo sonríe. Se le achican los ojos, muestra los dientes, gozoso o burlón. Arturo dice: “Cree que sabe”. Walsh se pone nervioso. Quiere el reportaje, fue para eso. Ahora, de pronto, Arturo está otra vez junto a ella, mirándola. Ella es perfecta. No sé cómo lo hicieron. Era 1984, no había efectos computarizados. No había nada. Las ganas de hacer un cuento de Walsh en la tele. Las ganas de que la tele no fuera solamente basura, una cloaca habitada por maleantes, por turritos de Arlt. Ella es tan perfecta que es ella. Ella es ella. Arturo la mira y tiene en los ojos un deslumbramiento, un metejón maligno. Se está enamorando de un cadáver. Walsh insiste: “Hay que escribirlo, publicarlo”. Arturo ni lo mira a Walsh. Se lo ve cansado, remoto. “Sí”, dice. “Algún día”. Algún día, se me ocurre, alguien hará algo con este material. Lo pulirá y, si tiene pelotas, lo va a pasar por Canal 7 para todo el país y todo el país va a ver qué tele se hacía en 1984, hace muchos años, cuando la democracia empezaba y todo iba a ser mejor. Cuando Somigliana adaptaba a Walsh, que se desespera cada vez más, que dice: “¿Dónde, coronel, dónde?”. Arturo, que se había sentado, se para. Qué actor, qué gran actor era Arturo Maly, y le hicieron hacer telenovelas y lo echaron porque tenía sesenta y dos años y le dijeron que estaba viejo y le dio un paro cardíaco en no sé qué hotel haciendo una gira con no sé qué obra. Ahora ni lo mira a Walsh. Lo ignora, se mete para adentro, se mira en su interior y nadie sabe qué ve. Pero casi seguro que la ve a ella, porque ella está ahí, se le hundió en las entrañas y lo está devorando, le come la cordura. Walsh piensa que si Arturo lo mira, que si el coronel lo mira, le va a preguntar: “¿Y usted quién es? ¿Qué hace aquí?”. Pero no. No se lo dice ni en el cuento de Walsh ni en la adaptación de Somigliana. Walsh, es cierto, cree que se lo va a decir pero no se lo dice. Arturo se aparta y queda abstraído, lejos. Walsh se va. Pero la voz de Arturo, como una revelación, lo alcanza. Porque el coronel, porque Arturo, simplemente, dice: “Es mía. Esa mujer es mía”.

—Puta madre —dice Arturo—, las cosas que hice en televisión y la mierda que hago ahora.

Sigue comiendo.

En pantalla
La adapatación de “Esa mujer” con Arturo Maly y Ricardo Darín se podrá ver en la muestra Rodolfo Walsh, 30 años después que el Museo del Cine Pablo C. Ducrós Hicken organiza en el Centro Cultural Recoleta hasta el 6 de mayo.

El cronograma es el siguiente:

Viernes 20 y 27 de abril y 2 de mayo, a las 19: Operación Masacre (100’), de Jorge Cedrón. Dos peculiraridades: el guión fue escrito por el director junto con Walsh, y Julio Troxler, uno de los sobrevivientes de los fusilamientos de José León Suárez, se interpreta a sí mismo. Es uno de los pocos trabajos del cine de la resistencia que superó la clandestinidad teniendo estreno en salas comerciales.

Sábados 21 y 28 de abril y 5 de mayo, a las 19: Asesinato a distancia (103’), adaptación del cuento homónimo para la pantalla grande de Santiago Carlos Oves que presenta la historia de un millonario que invita a un investigador privado a pasar unas vacaciones en su estancia para que investigue el aparente suicidio de su hijo. El film, protagonizado por Héctor Alterio, Patricio Contreras, Fabián Vena y Laura Novoa, fue estrenado en 1998 y fue considerado una fiel adaptación de un relato policial clásico. El trabajo de Oves como adaptador recibió una nominación al Cóndor de Plata.

Domingos 22 y 29 de abril y 6 de mayo, a las 19: Esa mujer (43’), el unitario de Víctor Selandari realizado por ATC en 1984 con los protagónicos en manos de Ricardo Darín y Arturo Maly, e inédito desde su exhibición en pantalla chica; a las 19.50, Walsh escritor (32’), de Cristian Jure y, a las 20.30, el trabajo colectivo Fusilados, una historia de Rodolfo Walsh (15’), de Laura Ichart. Los dos últimos trabajos fueron el resultado de un taller dictado por David Blaustein en la Universidad de La Plata donde se invitó a los alumnos a filmar bajo la consigna “Hay un fusilado que vive”, la misma frase que llevó a Walsh a escribir Operación Masacre.

La muestra incluye fotografías tomadas a Walsh y material sobre las películas. Además, se podrá escuchar la voz de Walsh leyendo sus propios relatos.

Las películas se proyectarán entre el 20 de abril y el 6 de mayo, todos los viernes, sábados y domingos en el Microcine. La muestra puede visitarse de martes a viernes de 14 a 21, y sábados, domingos y feriados de 10 a 21, en el Espacio Literario. Centro Cultural Recoleta, Junín 1930.

Fuente: Suplemento especial Radar-Página/12, "30 años sin Walsh", 25/03/07


El deseo de escribir

Por María Moreno

Rodolfo Walsh no escribía con la soltura con que el general Mansilla llenaba cuartillas en una tienda de campaña durante la guerra del Paraguay o dictaba a su secretario, al que atribuía la interrupción constante bajo la forma de objeción o consejo, es decir, que se decía capaz de escribir en polémica con otra persona presente. La inhibición de escribir, fuera de broma, es propia de los escritores, quienes han dejado numerosos testimonios de que el acto de escritura es producto de una voluntad siempre amenazada por debilidades de carácter o imperativos de la vida cotidiana a los que se suele inculpar, una y otra vez, en los géneros íntimos como el diario o el cuaderno de notas. Walsh la padecía pero no siempre la explicaba en términos de conflicto o renuncia, debido a los imperativos de la política. Pero sí enunciaba la escritura literaria y la acción política como partes, una de las cuales se imponía por períodos de tiempo, vividos como intolerables, para la otra.

“La repentina certeza de que lo duro del camino es lo que justifica la inflexibilidad total de los principios. Lo que ocurre es que todavía no participo a fondo, porque no encuentro la manera de conciliar mi trabajo político con mi trabajo de artista, y no quiero renunciar a ninguno de lo dos.”

“La política se ha reimplantado violentamente en mi vida. Pero eso destruye en gran parte mi proyecto anterior, el ascético gozo de la creación literaria aislada; el status, la situación económica, la mayoría de los compromisos; muchas amistades, etc.”

Estos apuntes de 1968 muestran un giro y una parte triunfadora que se experimenta menos como una decisión que como una invasión, aunque los términos de lo perdido aludan a valores que Walsh despreciaba.

En 1969 aún esperaba una conciliación:

“Tengo que recrear los hábitos, las circunstancias materiales.

Un lugar agradable para trabajar, una división armoniosa entre lo que debo a los demás y lo que a mí mismo me debo”.

“Mi biblioteca, mis papeles, un libro de bitácora.

Con esto vuelvo al punto de partida: la necesidad de ordenar, programar, distribuir el tiempo, vgr. en tres partes, una en que el hombre se gana la vida, otra en que escribe su novela, otra en que ayuda a cambiar el mundo.”

Cuando comenzó la emblemática década del setenta y, en un reportaje realizado por Ricardo Piglia (“Hoy es imposible en la Argentina hacer literatura desvinculada de la política”, en Rodolfo Walsh, Un oscuro día de justicia, Siglo XXI, colección Mínima, Buenos Aires, 1973) hizo la crítica de la novela burguesa, viéndose obligado a explicar su propio proyecto como si se tratara de una tentación de clase, al mismo tiempo que reivindicaba sus trabajos periodísticos, quizá para recuperar el sentido de su pasado y ponerlo como precursor en una sociedad revolucionaria.

La lucha política ya no parecía aquello que amenaza la obra sino el medio para que ésta alcanzara el eco de una sociedad nueva:

“Habría que ver hasta qué punto el cuento, la ficción y la novela no son de por sí el arte literario correspondiente a una determinada clase social en un determinado período de desarrollo y en ese sentido y solamente en ese sentido es probable que el arte de ficción esté alcanzando su esplendoroso final, esplendoroso como todos los finales, en el sentido probable de que un nuevo tipo de sociedad y nuevas formas de producción, exijan un nuevo tipo de arte más documental, mucho más atenido a lo que es mostrable. Eso me preguntaron, me hicieron la pregunta cuando apareció el libro de Rosendo. Un periodista me preguntó por qué no había hecho una novela con eso, que era un tema formidable para una novela. Lo que evidentemente escondía la noción de que una novela con ese tema es mejor o es una categoría superior a la de una denuncia con ese tema. Yo creo que esa es una concepción típicamente burguesa, de la burguesía y ¿por qué? Porque evidentemente la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, no molesta para nada, es decir, se sacraliza como arte. Ahora, en el caso mío personal, es evidente que yo me he formado o me he criado dentro de esa concepción burguesa de las categorías artísticas y me resulta difícil convencerme de que la novela no es en el fondo una forma artística superior; de ahí que viva ambicionando tener tiempo para escribir una novela a la que indudablemente parto del presupuesto de que hay que dedicarle más tiempo, más atención y más cuidado que a la denuncia periodística que vos escribís al correr de la máquina. Creo que es poderosa, lógicamente poderosa, pero al mismo tiempo creo que gente más joven que se forma en sociedades distintas, en sociedades no capitalistas o en sociedades que están en proceso de revolución, gente más joven va a aceptar con más facilidad la idea de que el testimonio y la denuncia son categorías artísticas por lo menos equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos y esfuerzos que se le dedicaron a la ficción y que en un futuro, inclusive, se inviertan los términos: que lo que realmente sea apreciado en cuanto a arte sea la elaboración del testimonio o del documento, que como todo el mundo sabe admite cualquier grado de perfección. Es decir, evidentemente en el montaje, en la compaginación, en la selección, en el trabajo de investigación se abren inmensas posibilidades artísticas”.

“No obstante, tengo que escribir esta novela, aunque sea mi última novela burguesa, además de ser la primera. Mientras permanezca sin hacer es un tapón...”

“Para después, acaricio la idea de una literatura clandestina, quizás escrita con seudónimo. Es difícil llegar a concebir esto: se ven sí sus enormes posibilidades, pero el problema reside en aprovecharlas al máximo. Decididamente tendría que ser anónima (o pseudónima) ¿pero podría el pequeño pot (sic) renunciar a la vanagloria que ha inundado totalmente su vida?...”

“Una novela, vgr., que empiece con una declaración franca de principios políticos, brutal en la mención de nombres y personas, simple en su lectura (cf. Eduardo Gutiérrez, Arlt).”

Para ese Walsh que era militante de Montoneros ya no se trataba de hacer una novela que actúe sino de hacer una novela que actúe por él, mientras el seudónimo lo protegía como un nombre de guerra.

Un año más tarde, la literatura es nostalgia y Walsh sospecha que la causa no es la política sino el plan de novela, ese género anacrónico pero, al mismo tiempo, inalcanzable, cuya realización le permitiría superar al gran patrón, Borges, pero para el que, sospecha, es preciso un tiempo no enajenado por los oficios terrestres, más propio de la aristocracia que de la burguesía.

“Muy bien, todavía querés ser un escritor. ¿Dejaste de serlo en 1969, cuando publicaste Rosendo, o en 1967, después de Un kilo de oro? Una pregunta importante (17.00).”

“A decir verdad, mis hábitos de escritura empezaron a desvanecerse en 1967, cuando encaré la novela. Ese año sólo terminé un cuento.

Pero las cosas cambiaron realmente en 1968, cuando la política lo ocupó todo. Entonces empecé a ser un escritor político.

Lo cierto es que no puedo volver a 1967; incluso mis ideas sobre ‘la’ novela han cambiado.

Pero tampoco puedo quedarme en 1960, ni...

Aquello fue una encrucijada, ¿no?”

La pregunta por la renuncia a la escritura, la duda entre una causa literaria y una causa periodística –era él quien hacía esa diferencias que luego cuestionaron las lecturas críticas de su obra– merece la consignación de una fecha como la que pondrá a modo de autoepitafio como escritor:

3.72

“Yo no escribo más.”

Rodolfo Walsh a menudo parece situar a la militancia como una resistencia a la escritura, entonces el proyecto político sería la verdadera evasión de un deseo que insiste, una y otra vez, pero se derrama en la letanía de sus obstáculos. Ese sería, en realidad, el origen de un eterno proyecto de simetría –entre el escritor político y el “artístico”, entre el escritor y el periodista, entre el político y el escritor– para el que había soñado una y otra vez una organización que le permitiera ejercerlo en una especie de sistema de turnos. Pero en cambio comenzarán a formar parte de sus estrategias de escritura las simetrías asimétricas –por ejemplo la Carta a Vicky y la Carta a mis amigos, los documentos críticos presentados ante la organización Montoneros y la Carta a las FF.AA.– que serán redobladas por sus editores, que suelen publicar esos textos a modo de pares antagónicos y en contigüidad. En la primera, la asimetría se sitúa en que la interlocutora está muerta, lo que la convierte en un ademán esencialmente retórico de quien sabe que la escritura es una inscripción simbólica y una prórroga y que la asimetría se corregirá con la propia muerte. La segunda está escrita a modo de explicación del suceso que narra la primera e indicación sobre su lectura.

En los documentos, producto de una síntesis de la reflexión colectiva, el nombre de Walsh permanece borrado y la crítica –detallada y brillante– a lo que podría sintetizarse como una política salvaje de inversión de cuerpos, adquiere una dimensión dramática puesto que lo que su autor calla es que uno de esos cuerpos era el de su hija. En la Carta a las FF.AA., reclama por la muerte de Vicky, nombrándola como “mi hija” y, aunque el verdadero cementerio es la memoria, es allí donde deja inscripto el nombre de ésta a través del apellido que es el propio y que se lee al pie. La necrológica, en el sentido de quién fue Vicky Walsh, se reserva al coronel Roualdes y a Jacobo Timerman pero esas cartas que Walsh redactara, según Lilia Ferreyra, como parte del mismo juego con Carta a mis amigos, permanecen secuestradas.

En la Carta a las FF.AA., como señaló la misma Ferreyra en Rigor e inteligencia en la vida de Rodolfo Walsh (Cuadernos del Peronismo Montonero Auténtico, s/l, 1979) “vuelve a ser Rodolfo Walsh”. Si allí no calla la pérdida de su hija sino que la enrostra, no lo hace con el ademán de una víctima que habla por otra sino convirtiendo la carta en arma y señalando que Vicky “murió combatiéndolos”. La simetría asimétrica se hace patente en la paradoja de que la “carta” que aspiraba, desde una fantasía dolorosa, a ser leída no lo fue, mientras que la que sólo tenía como fin “dar testimonio en momentos difíciles” evidentemente fue leída, ya que hubo una respuesta efectiva a los cargos que en ella figuraban: el asesinato del corresponsal. Claro que fue leída sólo desde una ficción colectiva de los amigos. Porque es preciso aclarar: aunque él sea evocado como el héroe trágico de la propia investigación, aquel que arrojara su denuncia ante un acusado en la cúspide de su poder de facto y paga el precio y hasta García Márquez cede al mito de que la muerte seguida de secuestro, en este caso, es una respuesta al supuesto envío de la carta a la Junta Militar, la carta no es dirigida a la Casa de Gobierno sino a los medios.

En “Esa mujer” se alude al cadáver de Evita, que un coronel (luego tendrá un referente preciso, Carlos Eugenio Moori Koenig) oculta y ama como a un fetiche. “Esa mujer” es una fusión perfecta entre la entrevista periodística y el cuento, aunque su autor presentara el texto como lo segundo. Trata del encuentro de dos hombres que deben intercambiar información –cada uno posee alguna que al otro le falta– y este hecho hace aparecer ciertos objetos de la casa bajo la forma de una alegoría: “A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada (...) A la pastora le falta un bracito...”. El narrador describe al coronel como a alguien que “tiene veinte años de servicio de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte”, características que en un espacio literalmente opuesto pueden atribuirse a él mismo. Sendos whiskies, bebidos sorbo por sorbo al compás de la trama, parecen aventurar la negociación –el del narrador bajo el impulso constante de su anfitrión como si éste quisiera disolver la simetría haciendo que el otro, al sobrepasarlo en alcohol, adelante su confidencia, instaurando así un desequilibrio de poder–. Pero el coronel se angustia por el recuerdo del cadáver en manos de sus enemigos, de una violación que calla para no redoblarla. Ese recuerdo genera un crescendo donde la violencia disuelve la simetría en un sentido contrario al planeado por el coronel, que termina por desconocer a su huésped, quien sale “derrotado” pero que atina a escuchar “esa mujer es mía”.

Walsh aquí pone en escena una alegoría de la investigación periodística utilizando la figura griega político-religiosa del símbolo que consiste en que la verdad se obtenga por el ajuste perfecto de dos mitades. En “Esa mujer”, la porcelana de Viena a la que le falta una esquirla en la base, la vasija rajada y la pastora a la que le falta un brazo actúan como una profecía. Las partes que faltan a los fetiches del coronel no aparecerán para acoplarse formando una pieza completa. El narrador no resolverá el enigma.

Durante su última noche en San Vicente, de acuerdo al deslumbrante relato de Lilia Ferreyra, puede inferirse que Walsh ha pasado de la organización como “orga” a la organización de su deseo en una suerte, ya no de simetría imposible, sino de simultaneidad (esa es la palabra que utiliza Lilia). Escribe una novela, escribe la Carta de un escritor a la Junta Militar e inventa algunas reformas al juego del scrabbel, esa suerte de receptáculo imaginario donde las palabras parecen potencialmente disponibles antes de su uso en la escritura, también un juego donde se puede perder pero sin morir por las palabras. Y siembra –de acuerdo a Lilia, unas lechugas–, ese acto destinado a reproducir el alimento que requiere un cuerpo vivo, cuya obtención debe contar, a la espera del ciclo completo, con el futuro. Walsh apuesta a la vida.

Las citas provienen de Rodolfo Walsh, Ese hombre y otros papeles personales, Seix Barral, Buenos Aires, 1996. Parte de este texto de María Moreno ha sido publicada en diversos medios y forma parte de un libro inédito: Ensayos sobre la muerte violenta.

Fuente: Suplemento especial Radar-Página/12, "30 años sin Walsh", 25/03/07


El muerto que habla

Por Alan Pauls

Cuando leo a Walsh no veo al denunciante ni al mártir. Veo a alguien poseído por el mandato de decir. Alguien para quien decir no es una elección (aunque Walsh sea hoy el paradigma del hombre que elige), ni un oficio (aunque Walsh siempre exaltó la dimensión profesional del escribir, ese “oficio violento”), ni un lujo (aunque Walsh fuera elegante incluso escribiendo panfletos o informes de inteligencia) sino una necesidad compulsiva. Hay que decir es el imperativo categórico que funda, sostiene y atraviesa toda su obra.

Esa es por lo pronto la idea fija que lo asalta en 1956, cuando mira por primera vez el rostro baleado de Juan Carlos Livraga, uno de los sobrevivientes de los fusilamientos de José León Suárez; es la que adivinamos que trabaja al narrador del relato “Esa mujer”, que sabe que no realizará la “fantasía perversa” que persigue (dar con el cadáver de Eva Perón) pero aun así, o precisamente por eso, no puede renunciar a decir; y es la que se deja leer en los textos del final: en “Diciembre 29”, por ejemplo, parte fúnebre donde da cuenta de la biografía militante y el suicidio de Paco Urondo, en la carta que le escribe a su hija Vicky, montonera como él, que se pega un tiro antes de que una patrulla del Ejército pueda capturarla, o en la célebre “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, escrita en marzo de 1977, poco antes de ser asesinado por un grupo de tareas de la ESMA. Hablando de esos últimos tiempos, Lilia Ferreyra, su mujer, dice que “escribía constantemente” –un diario personal, cuentos, “cartas polémicas”, esas invectivas que redactaba como en trance, inspirado por el furor de las Catilinarias–, y que el 31 de diciembre de 1976 se sentó a la máquina poco antes de las 12 y se levantó cuando se escucharon las sirenas del Año Nuevo. “Así quería empezar este año”, dijo Walsh, “escribiendo contra estos hijos de puta”.

La compulsión a decir, es evidente, está en relación directa con la muerte: hay que decir porque el enemigo está cerca, la cuenta regresiva se acelera, se acaba el tiempo. Es un reflejo de acorralado, sin duda, pero también una extraordinaria prueba de confianza. Si en algo creía Walsh era en las palabras: no sólo en su poder de significar, de articular una verdad, de intervenir en el mundo, sino también, y sobre todo, en la facultad que tienen, una vez escritas, de sobrevivir a quien las dijo o escribió, de seguir diciendo aun cuando la voz que las profirió se haya extinguido. Decir, en ese sentido, es a la vez testimoniar y testamentar: es dar prueba de una existencia y afirmar, al mismo tiempo, que no hace falta existir para decir, y que hay incluso cierto decir que lleva implícita, como horizonte esencial, constitutivo, la desaparición de quien lo sostiene.

Se dirá que es la situación puntual de Walsh a principios del ’77 –cuadro montonero en repliegue en un país ocupado por una fuerza represiva descomunal– la que nos induce a imaginar al escritor como un muerto en vida y a leer como testamentos sus últimos textos. Pero la fórmula de un decir marcado por la muerte es en él mucho más temprana y coincide con su verdadera iniciación de escritor. Basta revisar qué es lo que compele a Walsh a escribir, veinte años antes de que el cerco militar lo acorrale, el libro en el que funda y pone en marcha el sistema de (no)ficción con el que archivará el realismo, incluso el realismo crítico de izquierda, en el desván de las cosas inservibles: Operación Masacre. Lo que lo fuerza a escribir es un elemento extraño, inverosímil, “apto para todas las incredulidades”: un muerto que habla.

Corre 1956, época dura para los peronistas pero no para Walsh, que tiene 29 años y ninguna urgencia. Escribe cuentos policiales, lee literatura fantástica, planea una novela seria, juega al ajedrez. Hasta que una noche asfixiante de verano, seis meses después del alzamiento fallido de Valle y la carnicería de José León Suárez, alguien le dice: “Hay un fusilado que vive”. No es pues exactamente “la realidad”, como se dice a menudo, la que lo arranca de su confortable ecosistema pequeñoburgués y lo arroja a la arena de una sociedad irrigada por la violencia: es más bien esa frase descabellada, ciento por ciento literaria, digna de Poe o de Lovecraft, que toma el libro por asalto y empieza a multiplicarse en una extraña legión de espectros fantásticos, enterrados vivos, hombres-lombriz que viven bajo tierra, muertos que respiran... El muerto que habla entonces, que testimonia, es Livraga: Walsh, que está “afuera” porque no es peronista, es el que denuncia. Hay que decir, piensa Walsh frente a ese zombi desfigurado por los tiros: Livraga tiene que decir lo que vio, lo que vivió, lo que sabe; Walsh tiene que decir lo que le diga Livraga. Pero lo interesante del caso –lo que demuestra hasta qué punto el muerto que habla es la encarnación del decir en todo Walsh, y no sólo en sus últimos textos– es que el imperativo lo afecta, lo cambia, lo hace pasar de la figura del que denuncia a la del que testimonia y, de ahí, fatalmente, a la del que testamenta; es decir: el que habla estando ya de algún modo muerto. “Hay que decir”, piensa Walsh, y la compulsión lo identifica con Livraga, lo obliga a volverse zombi él también, a desaparecer bajo tierra o, lo que es más o menos lo mismo, a ser otro. “Ahora (...) abandonaré mi casa y mi trabajo, me llamaré Francisco Freyre, tendré una cédula falsa con ese nombre, un amigo me prestará una casa en el Tigre, durante dos meses viviré en un helado rancho de Merlo, llevaré conmigo un revólver...” En 1956 Walsh ya es el muerto que habla que será en 1976.

No es cierto, en ese sentido, que Walsh –como él mismo lo confesaba– fuera “lento”. Era vertiginoso, más bien. Mejor dicho (y es otra prueba de su creencia en las palabras, que en los grandes escritores siempre van más rápido que los escritores mismos): al escribir, al inventar ese sistema de (no)ficción donde todo decir es póstumo y las voces, como fantasmas, hablan desde la muerte, divorciadas de sus nombres, sus rostros, sus cuerpos, Walsh comprimía en un punto de instantaneidad loca los “quince años que he tardado en pasar del mero nacionalismo a la izquierda”. Y si no hay diferencia entre el muerto que habla de 1956 y el de 1977 es porque lo que está en juego en la literatura de Walsh, en su manía del hay que decir, no es exactamente una posición personal, ni una toma de partido, ni el problema de cómo un hombre pasa de ser apolítico o ser montonero, sino las coordenadas fundamentales de una dimensión de la experiencia que está de algún modo antes que todo eso, que es al mismo tiempo personal, social, política, cultural, y que marca a fuego el último medio siglo de nuestra existencia: la dimensión de la clandestinidad. (Donde puse “zombis” o “muertos que hablan” se puede leer “clandestinos”.) La literatura argentina ha podido hacer de la clandestinidad un tema, un drama, un paso de comedia, una mística, incluso una jactancia o un prestigio. Para Walsh, en cambio, era otra cosa, algo radicalmente distinto: era la condición misma del decir.

Fuente: Suplemento especial Radar-Página/12, "30 años sin Walsh", 25/03/07


El que se animó

Por Mario Wainfeld

Francisco Granato habla con Walsh, tiene 29 años de “vivir a los saltos”. Eran cinco hermanos, el viejo “tenía su rebeldía, naturalmente, era peronista pero no era un hombre armado ideológicamente”.

Granato, un militante sindical, estuvo en la ratonera en la que mataron a Rosendo García. Walsh toma nota del testimonio, que cobra sentido con la biografía del testigo protagonista. Granato le cuenta su encuentro, de pibe, con Eva Perón. Walsh le agrega una línea. En el original, en ¿Quién mató a Rosendo?, Granato va en bastardilla, el narrador, no. Acá también.

“Me dio la mano y, bueno, naturalmente, la casa de nosotros era bastante friolenta y yo tenía frío así que me acuerdo que la mano de Evita era muy caliente.

Ella le acarició la cabeza. El le pidió una bicicleta.”

La viñeta termina ahí, sin ni siquiera dar cuenta de la entrega de la bicicleta. No es menester, el relator se hace cargo: esa línea sobraría. Su probidad literaria da en el blanco y cómo. Haga la prueba, cuarenta años después. Propóngase una pintura más certera sobre Evita en cuatro líneas, tres dichas por otro.

De esa capacidad imbatible quiero hablarle, con profusión de citas. Serán breves, porque el tipo sabía expresarse.

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El comisario se sorprende. “¿Yo leería más rápido porque no tengo experiencia? Entonces, ¿para qué sirve la experiencia?”

Daniel Hernández, el detective amateur y sagaz, lo desasna: “Para leer más despacio”.

Los personajes hablan de la tarea del corrector pero no nos importa. Queremos proponer, a esta altura, que a Rodolfo Walsh hay que leerlo despacio porque vale la pena, porque hay mucho más en sus textos que la enormidad de su compromiso.

Puede parecer una contradicción en los términos, cuesta asociar su prosa a la lentitud. Quienes lo conocieron (Rogelio García Lupo, Lilia Ferreyra por decir dos ejemplos) evocan que escribía rápido. A uno, que no lo conoció, le resulta fácil creerles. El vértigo es connatural a la narrativa de Walsh, la urgencia por llegar al punto y seguido. Pero esa velocidad en la escritura es ulterior a un proceso mental que casi se escucha, que hace legible la realidad.

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“¡Si avanzás un paso, te levanto la tapa de los sesos! -–le informaba a ratos regulares—. ¡Si hablás te levanto la tapa de los sesos! ¡Si hacés un gesto te levanto la tapa de los sesos!” Es un guardián que tiene preso a uno de los sobrevivientes de José León Suárez. Walsh no lo toma en joda, pero bromea. “Su vocabulario era limitado, pero convincente.”

El sentido del humor es, sin admitir prueba en contrario, uno de los atributos esenciales, ostensibles y generosos de la inteligencia. Contra lo que suele pensarse, la ironía es un bien escaso, muchos la confunden con el sarcasmo, el epíteto o el brulote, Walsh jamás.

La crónica, bien mirada, es un género superior. No es mera cuestión de ver sino de entender. No es cuestión, sólo, de entender sino de transmitirlo, de ser creíble, de ser irrefutable. La crónica bien hecha es un tributo a la inteligencia del lector, que el escritor-periodista transforma en sencilla, en grata. Es grato leer a Walsh, aun en sus textos más severos, no es casual.

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“Livraga me cuenta su historia increíble. La creo en el acto”, cifra Walsh en Operación Masacre. La credibilidad es una construcción social, puede ser un artificio. La verdad se palpa, se conoce, se mira, se comprende. Entonces, recién entonces, se la cuenta. ¿Vale decir “contar” para Operación Masacre? Claro que vale.

La verdad está ahí, al alcance de quien quiera desentrañarla. Pero no consiste, charramente, en los hechos. Las circunstancias policiales ameritan un sondeo profundo. Pero hay más, todo crimen cometido desde el Estado es más que las balas, que la tenebrosa personalidad de los verdugos. Lo perdurable, lo que debe ser develado, más allá de la pesquisa rigurosa, es la existencia de una oligarquía “temperamentalmente inclinada al asesinato”.

Quaranta, el jefe de la SIDE que comandó el asesinato de Marcos Satanowsky, podía ser “el arquetipo pintoresco de una época, un humanoide primitivo de uniforme, propiamente un gorila cimarrón”. Servirá para una misión, un homicidio, será también un dato a modificar. “Satanowsky fue el primer miembro de la oligarquía ejecutado por un servicio pero también fue el último.”

La obsesión detectivesca por identificar a los autores materiales es condición necesaria para concretar una tarea política: “No dejarse conmover por las sagradas ideas, los sagrados principios y, en general, las almas bellas de los verdugos”.

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“Déficit de historicidad”, reprochó Walsh a la conducción montonera en un texto ahora canónico, asombrosamente lúcido y solitario para el momento en que se escribió. Y para la posición de quien lo escribió. Esta nota no incursionará en ese debate sino para apuntar que a Walsh le sobraba predicamento para exigir historicidad. Todos sus textos la rezuman, incluidos los cuentos policiales de los que abjuró, en lógico tributo al clima de época. En uno de ellos describirá como nadie el clima de una partida de pase inglés entre tahúres de arrabal. Un costumbrismo cabal, huero de piedad o de miserabilismo.

De todos modos, es evidente que esos cuentos fueron superados, con un salto de calidad, por los que escribió en la década del ‘60, ulteriores a sus libros de denuncia. “Esa mujer” se lleva las palmas académicas, con buenos motivos. Pero “Fotos” también tiene lo suyo. Comienza así y no me diga que no comienza bien:

“Niño Mauricio, vaya a la dirección.”

El niño Mauricio Irigorri le tocaba el culo a la maestra, eludía el cachetazo y en el recreo cobraba las apuestas. El niño Mauricio Irigorri tenía una hermosa letra, sobre todo cuando firmaba “Alberto Irigorri” bajo las amonestaciones de los boletines. Don Alberto no reparaba en esos detalles. Estaba demasiado ocupado en liquidar a precios de fábula un galpón de alambre que comenzó a almacenar cuando la guerra de España. Ahora el alambre no venía de Europa, porque allá lo usaban para otra cosa. “Gracias a Dios”, repetía Don Alberto que por esa época se volvió devoto.

Jacinto Tolosa, su transitorio amigo (hijo de hacendado, futuro abogado), quiere desencantar a Mauricio de su pasión por la fotografía. Más tarde la vida, una mujer, pero sobre todo la inexorable lógica de sus pertenencias sociales los alejará. Pero, todavía, dialogan. Jacinto le tira con la biblioteca: “El arte es un ordenamiento que no está previamente contenido en sus medios”. Y se ampara en la autoridad: “Aristóteles, Croce, Joyce”. Mauricio refuta: “Me cago en Croche” y, algo más medulosamente, “No viejo, si ya caigo. El arte es para ustedes”.

A las mentiras de autoridad, a la apropiación privada de todas las riquezas, incluida la literatura, se opuso Walsh, en tantos registros.

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“Encuentro un hombre que se anima. Temblando y sudando porque él tampoco es un héroe de película, sino simplemente un hombre que se anima y eso es más que un héroe de película.” Con ese “tampoco” Walsh, como Velázquez en Las Meninas, se autorretrata al fondo. Fue más que un héroe de película. Fue un hombre que se animó a llevar al límite sus convicciones, a desafiar las tentaciones de la “torre de cristal”, del seguidismo militante, de la fuga a lo privado.

Se animó con todo y luchó, permítaseme una burlona transposición, con la espada, con la pluma y la palabra. Interpretar su legado alienando alguno de esos factores sería una falsedad.

Walsh va camino de ser un clásico. La opción vital que lo llevó ahí no es el único camino posible pero fue el que escogió. Escindir su obra escrita, toda ella, de su compromiso es una falacia conceptual, sea que se lo haga para privilegiar una u otro. Víctor Pesce propuso sugestivamente hace un par de décadas “evitar ese movimiento (compartido por la derecha y por la izquierda) que intenta siempre erigir mausoleos unilaterales o héroes para panteones después de haberlos despojado de aristas inconvenientes”.

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Puede haber júbilo en la tarea de comunicar, en la de interesar al lector, en la de saberse respetado por el narrador. Siempre hay júbilo en la obra de Walsh. En algunos casos, es agradablemente obvio. Por ejemplo en “Corso”. Dos reos van, pues, al corso. Uno es el narrador en primera persona, el otro (Angel) el protagonista. Siguen a un pseudo fakir, tragafuegos. “Entonces el hindú, mirando el palco donde estaba el intendente echa la cabeza para atrás y se manda un trago doble de la nasta y mirando al cielo se arrima un fosforito. Y en eso lo veo al Angel que levanta el plumacho y lo toca justo en el huesito de la garganta y el hindú empieza a escupir fuego hasta por los ojos y se siente un olor a bife que ni te cuento, el hindú parece que se quema y yo hago lugar para los bomberos, o sea que me rajo.”

Siempre es tiempo de honrar y evocar a Walsh. Rajemos a leerlo.

Fuente: Suplemento especial Radar-Página/12, "30 años sin Walsh", 25/03/07


El ultimo verano

Hoy se cumplen exactamente 30 años del asesinato y desaparición de Rodolfo Walsh a manos de un grupo de tareas de la ESMA, a plena luz del día y cuando Walsh terminaba de despachar en un buzón su “Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar”. En este relato, Lilia Ferreyra, su mujer y compañera, recuerda esos meses de clandestinidad y esperanza en los que Walsh, ya convencido de la derrota armada y sin abandonar la organización, planteaba el repliegue de Montoneros para evitar el aniquilamiento: no se trataba de darse por vencido, sino de reencauzar la lucha por otras vías. En lo personal, comenzaba a organizar su nueva forma de acción política como una producción totalizadora que abarcara la denuncia, el testimonio, el análisis político e ideológico y el relato literario. Además, escritores, periodistas y amigos le rinden homenaje.

Por Lilia Ferreyra

Era la noche del 24 de marzo de 1977. Sobre la angosta mesa de madera que usaba como escritorio y despejábamos para comer, estaban las primeras cinco copias de la “Carta de un Escritor a la Junta Militar”. Salimos de la casa y nos quedamos parados bajo el cielo sin nubes, luminoso de estrellas. Rodolfo empezó a señalarlas, dibujando en el aire las constelaciones, como tantas otras veces desde el muelle ya perdido sobre el río Carapachay. Su contemplación nunca fue pasiva. Había estudiado el mapa del cielo y le gustaba ubicar las formaciones celestes mientras hablaba de años luz y dimensiones sobrehumanas como aquellas en las que décadas atrás había imaginado el espacio tridimensional de un tablero de ajedrez para escribir el relato sobre una partida entre los dioses. Ahora, los dioses no existían, pero sí los mapas terrenales que siempre lo acompañaron. Necesitaba conocer con precisión obsesiva los territorios en los que vivía, anticipar los itinerarios por calles y lugares, conocer desde la perspectiva del mapa el espacio donde se iba a mover.

Ahí estábamos en medio de la noche, en ese campito de media hectárea donde vivíamos desde hacía unos tres meses, escuchando el suave siseo de los altísimos eucaliptus y del frondoso y antiguo laurel que marcaba el límite entre lo que iba a ser el jardín y la quinta.

–Quisiera plantar una doble hilera de álamos plateados desde la entrada a la casa. Cuando el viento mueve las hojas, suenan como lluvia fina –dijo recordando el campo de su infancia, en el sur bonaerense.

Dudé de que alcanzara el tiempo.

A la derecha, en un rincón, se pudría lentamente el mantillo que iba a abonar la tierra. Una capa de hojas, una capa de tierra y una capa de bosta que salíamos a recoger con una pala y una bolsa por las calles sin asfaltar de San Vicente siguiendo las huellas de los caballos al paso. Había aprendido a preparar el mantillo en un librito sobre horticultura que compró para que yo lo estudiara. Pero su curiosidad pudo más y cuando lo abrí ya estaba subrayado con alguno de los marcadores de colores que usaba para leer.

A la izquierda estaba el cuadrado de tierra húmeda y removida en el que esa misma tarde habíamos voleado las semillas de lechuga, la primera puesta en acción del proyecto de quinta que había ideado, con gallinero incluido. Como el terreno podía dar para algo más, quería averiguar sobre cultivos intensivos y llegó a fantasear sobre la producción de azafrán y la posibilidad de tener un tractorcito japonés multifunción.

Delante del almácigo de lechugas estaba el antiquísimo aljibe de ladrillo con su doble arco de hierro oxidado que descubrimos cuando llegamos a esa casa por primera vez. Aunque estaba seco, planeó recuperarlo en poco tiempo. La imagen del aljibe parecía una puesta en escena del cuento “Juan se iba por el río”, la historia de un argentino del siglo XIX que entre 1966 y 1967 Rodolfo había empezado a escribir como una novela, en realidad, un nuevo cauce del cuento “Cartas”, publicado en Un kilo de oro en 1967. En ese tiempo, su interés por la historia argentina había ido desplazando a la literatura. De sus periódicas recorridas por las librerías, volvía con libros como La historia del alambrado, Vida de muertos de Ignacio Anzoátegui o ejemplares de la colección El Pasado Argentino de Hachette, entre ellos las crónicas de los viajeros europeos del siglo XIX y el muy marcado Estampas del pasado de Busaniche. Rodolfo era un lector insaciable; leía con un lápiz en la mano y discutía con los autores, haciendo acotaciones a pie de página o en los márgenes.

Apoyada en el tronco del laurel estaba la estaca con la que días antes habíamos destruido un hormiguero. Había leído sobre ranchos invadidos por ejércitos de hormigas que obligaban a los gauchos a abandonarlos, convirtiéndose en taperas, y decidió librar también esa guerra contra la incontenible fuerza colectiva de la especie. Para conocer a fondo el mundo de las hormigas quiso que en alguna de mis idas a la Capital comprara el libro de Maeterlink. Aunque no lo conseguí, todos los días al anochecer, cuando las hormigas vuelven con su carga, las seguíamos con el farol para encontrar la boca principal del hormiguero.

–Detrás del laurel, entre las lechugas y el aljibe, va a pasar el túnel –había dicho señalando la trayectoria que íbamos a cavar bajo tierra para poder escapar si nos llegaba a rodear un cerco represivo. Para que los vecinos no sospecharan, quería montar un galponcito, pegado a una pared de la casa, para camuflar el lugar donde empezaríamos a cavar. Algo de tierra iba a ir al mantillo y el resto se diseminaría por el amplio terreno de la casita de San Vicente.

Habíamos llegado a San Vicente en diciembre del ‘76, llevando con nosotros algunos libros, sus papeles inéditos y lo necesario para la nueva vida cotidiana. También llevamos una foto de su hija Vicki que, después de su muerte en un enfrentamiento con el ejército, Rodolfo nunca pudo volver a mirar. Pero sí pudo escribir la noche del día de la insoportable noticia: “El verdadero cementerio es la memoria; ahí te guardo, te acuno, te celebro, y quizá te envidio, querida mía”. Y tres meses después, su “Carta a los amigos”, contándoles quién era Vicki y por qué murió. “No vivió para ella; vivió para otros y esos otros son millones –escribe–. Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya y en ese orgullo me afirmo y soy yo quien renace de ella.”

A fines de 1976, convencido de que la derrota militar de Montoneros era irreversible, había planteado a sus compañeros la necesidad de un repliegue para evitar el aniquilamiento. No se trataba de darse por vencido sino de reencauzar la lucha por otras vías. Aunque sus propuestas caen en el vacío, Rodolfo empieza a preparar nuestro propio repliegue sin abandonar su lugar en la organización. “Hay que salir del territorio cercado, Buenos Aires.”

Fue así que iniciamos “la expedición al sur”. Siempre con un mapa a mano, Rodolfo había buscado en un mapa de la provincia de Buenos Aires un lugar próximo a la Capital donde hubiera agua. “Hay que seguir la ruta de las lagunas porque nos quitaron el Tigre. Necesito vivir cerca del agua.” Y encontró la más próxima: la laguna de San Vicente. Aunque los grandes juncales la habían reducido casi a un charco, no se desanimó cuando llegamos hasta allí. Los árboles, el silencio y la placidez de la siesta no lo hicieron dudar de la elección de San Vicente como la primera estación en el largo camino hacia el sur.

Ya instalados en la modesta casita –no había luz eléctrica, ni agua corriente ni gas–, comenzó a organizar su nueva forma de acción política. La concebía como una producción totalizadora que abarcaba la denuncia, el testimonio, el análisis político o ideológico, el relato literario. Y aunque no era un hombre inclinado a hablar de su pasado, sintió la necesidad de escribir también sobre las etapas y cambios de su vida desde una perspectiva distinta a la breve autobiografía que había publicado en 1965. Como nombre de entrecasa llamó “Memorias” –no le gustaba ese título– a esos futuros textos que girarían en torno de su relación con la literatura, con la política y con su propio mundo afectivo –su infancia, las islas, las mujeres, el campo–, el único al que alcanzó a ponerle título, “Los caballos”, antes de comenzar a teclear las primeras líneas.

Había nacido el 9 de enero de 1927 en la isla de Choele Choel, Río Negro, donde su padre, argentino nieto de irlandeses, era encargado de una estancia. Pasó su infancia en el campo, junto con sus tres hermanos varones y una hermana que luego sería monja. La crisis económica de los años ‘30 los golpeó duramente y Rodolfo fue enviado a un internado irlandés para huérfanos y pobres donde aprendió a defenderse con los puños y con su inteligencia. Rebelde, ingenioso y empecinado, esos rasgos de su infancia reaparecen en Mauricio, su personaje del cuento “Fotos”, que “probaba el filo del mundo y rebotaba y se lanzaba otra vez al asalto”. En sus memorias sobre su relación con la literatura, recordaba que su primera experiencia como narrador había sido oral: en ese internado había logrado captar la atención de sus compañeros, contándoles cada noche un capítulo de Los miserables de Victor Hugo, que su madre le había leído durante unas vacaciones en el campo. La intensidad vital de su experiencia escolar se refleja en los tres cuentos de la serie conocida como “De los irlandeses” y en un relato autobiográfico, “El 37”, año en que ingresó como pupilo en una de estas instituciones.

Como aberrante paradoja, estaba emparentado por vía materna con lord Kitchener, militar colonialista inglés nacido en Irlanda, quien organizó el primer campo de concentración del siglo XX en Sudáfrica, durante la Guerra de los Boers, donde murieron de hambre y abandono 20 mil personas. Ministro de Guerra de Gran Bretaña en la Primera Guerra Mundial, Kitchener fue el Tío Sam de los británicos en la campaña de reclutamiento. El cartel con su imagen fue muy convincente para un tío de Rodolfo, argentino hijo de irlandeses, quien se alistó con los aliados y murió en Salónica. La historia del “tío Willy que murió en la guerra” es el último cuento de la serie de los irlandeses y quedó inconcluso. No escribió sobre Kitchener y le alegró saber que los irlandeses del Eire lo odiaban.

Entre los escritos inéditos que robó de nuestra casa el grupo de tareas de la ESMA había otro relato autobiográfico que tituló “El 27”. En ese texto, escrito pocos meses antes de su muerte, reaparecen imágenes de su infancia, en la que se recorta la figura de su padre en el escenario de lo que Rodolfo llamaba la cultura de la tierra, “que hemos perdido”. Su padre no había sido un intelectual. Pero Rodolfo admiraba y respetaba a ese hombre de pocas palabras y lecturas que tenía el saber de la vida de campo, y dos grandes pasiones: los caballos, con los que hablaba, y el juego. Para alejarlo de naipes y apuestas, su esposa lo obligó a leer un libro: El jugador, de Dostoievski. El padre lo leyó en tres días y se lo devolvió sin decir palabra. Jamás volvió a leer otro libro, y siguió jugando hasta la última apuesta: un galope a campo traviesa con su caballo que rodó al pisar una vizcachera y lo mató. La madre y los hijos tuvieron que dejar el campo. Rodolfo tenía unos 20 años. Solo, para salvar del sacrificio al caballo de su padre, lo montó e hizo un viaje de 200 kilómetros por el sur, desde su casa hasta el campo de un tío donde podía dejarlo. A caballo, en medio de la pampa, ese viaje es casi anticipatorio de otros itinerarios de su vida.

Desarraigado de ancestros irlandeses y de cualquier canon familiar y académico, fue esencialmente un autodidacta que terminó su escuela secundaria a los 22 años y dejó inconclusa la carrera de Letras. Y fue esencialmente un autodidacta en su formación política que, desde su juvenil paso por la Alianza Nacionalista a la construcción de su pensamiento de izquierda, estuvo atravesada por las reveladoras vivencias de sus investigaciones, como los fusilamientos de Operación Masacre, El Caso Satanowsky y ¿Quién mató a Rosendo?. Su rigurosa coherencia entre la idea, la palabra y la acción fue definiendo sus opciones en la lectura de los textos políticos y siempre se dedicó a estudiarlos en función de su trabajo como escritor y periodista, y a partir de 1968, de su compromiso como militante de un proyecto colectivo en el campo del peronismo revolucionario.

En 1965 escribió en su breve autobiografía: “Operación Masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior. En 1964 decidí que en todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía”. Pero no lo sentía como una determinación mística; podía cambiar, empezar de nuevo. Y en 1967, el cambio llegó de la mano de su amigo Paco Urondo, quien acababa de regresar de Cuba con una invitación para Rodolfo: ser jurado del Concurso de Casa de las Américas y participar en el Congreso de los Intelectuales.

Conocí a Rodolfo pocos meses antes de esa invitación. Tenía 40 años y ya había escrito casi toda su obra literaria y periodística. Gran parte de los últimos seis años los había vivido escribiendo en una isla del Delta, aunque siempre interesado por lo que pasaba en el país y en el mundo. Pero estaba inquieto, algo cansado de las presentaciones de libros, del mundo literario de entonces. Y profundamente conmovido como tantos otros por la muerte del Che. En ese mes de octubre del ‘67 escribe: “¿Por quién doblan las campanas? Doblan por nosotros. Me resulta imposible pensar en Guevara, desde esta lúgubre primavera de Buenos Aires, sin pensar en Hemingway, en Camilo, en Masetti, en Fabrizio Ojeda, en toda esa maravillosa gente que era La Habana en el ‘59 y el ‘60. La nostalgia se codifica en un rosario de muertos y da un poco de vergüenza estar aquí sentado frente a una máquina de escribir...”. Pero la nostalgia y la culpa no opacan su lucidez y semanas más tarde termina de escribir “Un oscuro día de justicia”, otro cuento sobre el internado de irlandeses que gira en torno del poder que humilla, la dignidad del rebelde, el dolor de la derrota, y la esperanza inquebrantable en la astucia, la sabiduría y la paciencia de un pueblo para convertir un revés en victoria.

La primera vez que fui a su casa vi sobre la pared una gran foto en blanco y negro de La Habana y ahí supe que había vivido dos años en Cuba y trabajado en la agencia Prensa Latina. Pero nunca se explayó sobre las razones de su alejamiento de la isla. No era cubano, no había combatido en la Sierra Maestra; había llegado a La Habana después del triunfo de la Revolución. Profundamente respetuoso de los que forjan y actúan, a su regreso a Buenos Aires mantuvo un silencio de seis años que sólo quebró con dos líneas en esa breve autobiografía: “Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso”. Recién en 1969, cuando ya se había producido su reencuentro con Cuba, menciona en el prólogo de “Los que luchan y los que lloran” al sectarismo como uno de los motivos que en 1961 explicaban la salida del director de Prensa Latina, Jorge Ricardo Masetti, de la agencia cubana. Y quizá también la de él. Aunque en Masetti había otra razón, quizá más crucial, vinculada a la gestación de la guerrilla rural en Salta. No había sido, en esos primeros años de la década del ‘60, la opción de Rodolfo. Sus procesos de cambio fueron lentos pero rigurosos.

Aquel enero del ‘68 en La Habana, donde se reencontró con sus amigos y compañeros de Prensa Latina y Casa de las Américas, y su participación en el Congreso de los Intelectuales, donde escuchó a los delegados de países que estaban en lucha por su liberación, marcó en forma irreversible el rumbo de su compromiso político. La Habana era la caja de resonancia de un mundo en cambio y los debates sobre el rol de los intelectuales abarcaba desde la creación de nuevos géneros literarios como el testimonio a la participación activa en la lucha revolucionaria. Al regresar a Buenos Aires, comenzó su militancia con las armas de su oficio de periodista y organizó el periódico de la rebelde CGT de los Argentinos donde escribió: “El campo del intelectual es por definición la conciencia. Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante, y el que comprendiendo no actúa, tendrá un lugar en la antología del llanto, no en la historia viva de su tierra”.

Pero algo le preocupaba. Sabía que estaba iniciando un camino que le iba a absorber casi todo su tiempo. Y su tiempo, como el del país, fue vertiginoso. En 1973 se incorpora a la organización Montoneros. Integrado a un proyecto político-militar, trató permanentemente de hacer tomar conciencia al conjunto de sus compañeros sobre la racionalidad de una lucha político-militar, una lógica, si se quiere una ciencia, que no admitía improvisaciones. Para él, ese proyecto no podía asentarse sólo en la calidad revolucionaria de sus ejecutores, sino fundamentalmente en una correcta comprensión de la fuerza del enemigo, en la solidez de un pensamiento histórico y en la elaboración de una estrategia política global.

Su militancia estuvo signada por esa concepción. Así, ya meses antes del golpe militar del ‘76, Rodolfo veía con gran preocupación ese desenlace. En la edición de 1969 de Operación Masacre advertía: “Las torturas y asesinatos que precedieron y sucedieron a la masacre de 1956 son episodios característicos, inevitables y no anecdóticos de la lucha de clases en la Argentina (...) Que la oligarquía, dominante frente a los argentinos y dominada frente al extranjero, esté temperamentalmente inclinada al asesinato es una connotación importante, que deberá tenerse en cuenta cada vez que se encare la lucha contra ella”.

Por eso, y pese al tumultuoso proceso político que se desencadenó después de la muerte del Gral. Perón, Rodolfo se oponía a todo argumento que intentara justificar la necesidad de que los militares reasumieran el poder frente al desgobierno de Isabel Martínez. Porque no sólo los históricos aliados de los golpes militares en Argentina esperaban con aplausos ese golpe sino que en el propio campo popular y en la propia organización a la que pertenecía, Montoneros, había quienes consideraban que con la caída de Isabel se aceleraría el proceso revolucionario en el país.

Cuestionando esa concepción y previendo que la represión militar iba a alcanzar a todo tipo de expresión opositora, Rodolfo puso en marcha un proyecto de comunicación alternativa, la Agencia Clandestina de Noticias y Cadena Informativa. Y a fines de 1976, empieza a concebir la idea de escribir una serie de Cartas Polémicas, como él las llamó, que iba a firmar con su nombre y distribuir desde la más estricta clandestinidad. Se trataba de recuperar su identidad y, con ello, toda su trayectoria personal para hacerla valer como un arma en esta nueva etapa. Este proyecto de acción política también se desprendía de su total certeza de que la derrota de la resistencia armada era irreversible.

El 9 de enero de 1977, día en que cumplió 50 años, definió dos apuestas para el 24 de marzo del ‘77, aniversario del primer año de gobierno de la dictadura: terminar el cuento “Juan se iba por el río” y difundir la primera de esas cartas polémicas: la “Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar”. Durante tres meses trabajó en ese documento hasta que alcanzó el tono que quería: una reflexión estratégica sobre las razones más esenciales del golpe militar que “instauró el terror más profundo que ha conocido la historia argentina”. Y escribe el eje medular de su denuncia: “Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

Contemporáneo de los hechos que denuncia, ese documento es considerado hoy, 30 años después, el testimonio más lúcido y revelador de esa nefasta etapa de la historia argentina.

El jueves 24 de marzo de 1977 celebramos haber ganado la apuesta. Afuera, junto al laurel estaba lista la precaria parrilla donde el sábado 26 Rodolfo iba a hacer el asado para compartir el festejo con su hija Patricia, su compañero Jorge Pinedo y sus dos hijos, María y Mariano, recién nacido.

El pasto cortado rodeaba la casita. En ese largo verano, varias veces lo había mirado mientras él, con el torso desnudo bajo el sol, aprendía a manejar la guadaña para cortar el yuyaje y limpiar el terreno con el mismo empecinamiento con que durante la noche leía y escribía.

Ahí estábamos en medio de la noche. Desde las sombras del jardín que imaginó, “va a ser un jardín criollo, las plantas mezcladas entre caminitos; no me gusta el parque inglés”, se veía el rectángulo de luz cálida que reflejaban los faroles de querosén en las cortinas –una roja y otra amarilla– que habíamos colgado ese día en las dos ventanas. Lo real y lo imaginado se fundían en una placidez casi perfecta. Rodolfo me abrazó alegre: “Al fin tenemos nuestra casa”. Ambos sabíamos que ese fin, esa casita, era sólo una escala de su compromiso inclaudicable. Igual que todas las noches de esos últimos meses, entramos para tener todo listo ante un posible ataque: cargar las armas y montar las dos granadas de fabricación casera que quedaban en la mesa de luz, al lado del vaso de agua. Como una escena de su obra La Granada, muchas veces temí quedar soldada eternamente a esa latita letal.

Así, poco antes de la medianoche de ese 24 de marzo, primer aniversario del nefasto golpe del ‘76, terminó de teclear las otras cinco primeras copias de la “Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar”. “Sin esperanzas de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.”

El día siguiente fue la tarde de su muerte. Un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada lo emboscó en una calle de Buenos Aires. Pero no alcanzaron a evitar el disparo más certero de su mejor arma: media hora antes, Rodolfo había descargado en un buzón de Buenos Aires las primeras copias de la “Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar”.

En 1972 había escrito en su diario: “Si yo muriera mañana una parte de mi vida –esta parte de mi vida– podría parecer insensata y ser reclamada por algunos que desprecio e ignorada por otros a los que podría amar. Desde luego esa reivindicación personal no es lo que más importa (aunque no sea totalmente capaz aún de renunciar a ella), lo que importa es el proceso que ha pasado por mí, la historia de cómo yo cambié y cambiaron los demás y cambió el país.

Imagino también un inventario de las cosas que quiero y las cosas que odio: ya lo dije.

Las cosas que quiero: Lilia mis hijas el trabajo oscuro que hago los compañeros el futuro los que no obedecen los que no se rinden los que piensan y forjan y planean los que actúan el análisis claro la revelación de lo escondido el método cotidiano la furia fría los títulos brillantes de mañana la alegría de todos la alegría general que ha de venir un día la gente abrazándose la pareja en su amor la esperanza insobornable la sumersión en los otros.”

Como un hilo tendido hacia el futuro, esas palabras se afirman en mi memoria, el verdadero cementerio donde treinta años después sigo celebrando su vida.

Fuente: Suplemento especial Radar-Página/12, "30 años sin Walsh", 25/03/07


Escritor y militante

Por Jorge Lafforgue

¿Quién fue Walsh? ¿Qué Walsh? Preguntas cuyas respuestas no deberían ofrecer dificultad alguna. Sin embargo, los malentendidos acechan tras ellas. Porque se nos está interrogando en forma solapada e indirecta hacia cuál de sus actividades nos inclinamos, y generalmente se nos suele apurar: ¿el escritor o el militante? Como si se tratara de una elección necesaria, ineludible, sin fisuras.

Pero no. La respuesta franca no esconde ningún misterio. Más, creo que es obvia: Rodolfo Walsh fue un gran escritor, que supo ser un gran militante. Pero nuevamente no. Evitemos esa facilidad e interroguemos las razones que mueven a reiterar ese persistente malentendido. Por qué se sobreentiende que debemos privilegiar un aspecto u otro de su múltiple accionar, de su conducta, que es una y bien clara. Sin malentendidos: no una conducta de una sola pieza, sino una conducta coherente en cuanto se sustentaba en una matriz ética.

Gran escritor. Sí, porque desde sus cuentos y notas periodísticas publicados a comienzos de los cincuenta, hasta su memorable Carta a la Junta Militar distribuida horas antes de la encerrona mortal del 25 de marzo de 1977, Rodolfo Walsh escribió muchos de los mejores textos de la literatura nacional. Decir que el conjunto de su obra es excepcional no quiere decir que haya que jurar por la excelencia de todos y cada uno de sus textos; pero sí digo –y decirlo me parece un lugar común– que la mera mención de ciertos hitos no deja lugar a dudas sobre esa afirmación: excepcional.

En el género policial, por ejemplo, Walsh supo escribir notables cuentos en la órbita clásica, que Borges había llevado entre nosotros a su máxima expresión; luego, con la intromisión del comisario Laurenzi, produjo una serie de relatos que buscaban adaptar al territorio y las costumbres locales las rigurosas reglas del policial inglés; no obstante, al profundizar sus búsquedas, patea el tablero: Operación Masacre ha de constituirse en el antecedente más radical del género negro en estas orillas del Plata. Pero este texto emblemático abre al menos otra vertiente en el campo literario: el periodismo de investigación, que él mismo supo alimentar luego con otros trabajos y que mostró un camino provechoso, el de las historias de vida o relatos testimoniales. Dos advertencias: por un lado, más allá de sus propias condenas, los procedimientos del policial están presentes en todos estos textos y le brindan su andamiaje de suspenso en curso y enigma a develar; por otro, el narrador pone en juego un cruce de géneros –policial y periodismo– que a la vez que los anula como exponentes puros, diseña una instancia superadora, que abre las compuertas a lo que se dio en llamar “nuevo periodismo”. Y si hiciese falta otra prueba al respecto, bastaría recordar sus diez notas publicadas en Panorama entre 1966 y 1967.

El otro punto clave de la producción literaria walshiana lo constituyen dos extraordinarios libros de cuentos: Los oficios terrestres y Un kilo de oro, donde se hallan varios textos antológicos de la literatura argentina del siglo XX, como “Esa mujer”, “Nota al pie”, “Cartas” y “Fotos”, para no mencionar los de la serie de los irlandeses, que se completará con un tercer cuento, que conforma su último libro, Un oscuro día de justicia.

Dos apéndices mayores a este rápido recorrido: 1) la incursión teatral de Walsh, con dos piezas propias, junto a su colaboración con los jóvenes que por esos días intentaban renovar la escena nacional, como Roberto Cossa, Ricardo Halac y Germán Rozenmacher; 2) la participación de Walsh en la trastienda del trabajo editorial, con traducciones, antologías y otros menesteres (primero en Hachette y luego en Jorge Alvarez).

Sí, por todo esto, gran escritor. Pero, ¿acaso su escritura oscurece o manda al olvido el reconocimiento de su militancia política? Absolutamente no. Por el contrario, en el reverso de la trama, en las huellas de los pasos que marcan los despliegues de su escritura, puede leerse la evolución ideológica de Walsh.

Años cincuenta, primer lustro: un escritor que había logrado tempranamente el reconocimiento hacia su labor literaria y cuyas convicciones políticas fluctuaban entre un antiperonismo moderado y un breve acercamiento al nacionalismo. Ese hombre pronto será sacudido por los vientos de la historia y su pensamiento ha de girar hacia un socialismo cada vez más acentuado. No se trata de un proceso lineal y sin contradicciones. En un movimiento, semejante al curso de un río caudaloso, que alimentan dos afluentes de aguas encontradas, marxismo y peronismo, ese intelectual asume lo que él entiende y su conciencia le dicta como el deber de la hora. Ya no más los cantos de sirena de la “trampa cultural”, ya no más las vanidades de las marquesinas. Nada de luces equívocas: la lucha está declarada y la opción supone una entrega sin medias tintas. El semanario de la CGT de los Argentinos, el diario Noticias, la prensa clandestina, sus últimas cartas señalan pasos decisivos en la radicalización de su pensamiento, cuyo mayor compromiso se da en su militancia en las filas de Montoneros. Hasta la lúcida crítica a la cúpula del Movimiento, hasta la implacable carta a la junta, hasta su muerte trágica, que hoy estamos recordando.

Frente a esta última etapa de su vida, ¿cabe decir entonces que su opción fue por la militancia política contra la escritura?

Otra vez y en sentido inverso, absolutamente no. Sin duda Walsh se pronunció en sus últimos años a favor de la acción revolucionaria, aunque sin abjurar para siempre de la palabra escrita. Las vacilaciones y ambigüedades que lo tensionaron a lo largo de toda su vida no se disolvieron durante el período de la lucha armada. Antes bien, afloraron al rojo vivo. Y si los renunciamientos de Walsh son duros e impiadosos es porque responden a un mandato ético.

Toda elección supone abandono. Rodolfo Walsh elige las armas y abandona la máquina de escribir. Pero ningún gran escritor puede evadir su pasión más honda, y Walsh hará de la máquina de escribir un arma eficaz. Para todo gran escritor el silencio puede ser una opción. No obstante, pocas veces tal opción será complaciente y confortable, por el contrario, tendrá la exigencia secreta e íntima de su propia dinámica. Rimbaud, Kafka o Rulfo diversamente lo supieron. También Walsh. Que dirá no a una literatura sumisa, una literatura de las buenas costumbres, sí a una literatura que no perdona ni se perdona, que articula las voces del silencio. Para entonces hablar. Y el filo de esa escritura cortará la historia. Su última palabra, la última palabra de Rodolfo Walsh, será la carta a la junta militar.

Sólo un gran escritor pudo escribir esa denuncia ilevantable, ese documento único, ese formidable ariete contra el muro opresor.

La moral nunca se juega en un solo frente. Y Walsh, escritor y militante, escritor militante, lo sabía.

Fuente: Suplemento especial Radar-Página/12, "30 años sin Walsh", 25/03/07


Fragmentos argentinos

Por Anibal Ford

¿Cómo pensar a Rodolfo Walsh hoy? Si le sacamos los mármoles y bronces que le pusieron –síndrome de toda la cultura argentina– y nos ubicamos frente a ese hombre que fue valiente y jodón, inventor, descifrador, estratega, extrañamente escritor, actor en la vida, traductor, capaz de “enfrentar a la partida”, como realmente lo hizo, de ir a buscar testimonio de los leprosos de la Isla Cerrito o de los sobrevivientes de un remolcador, escribir el discurso del 1º de Mayo para la CGTA, o también perderse en proyectos dislocados o entrar disfrazado en las villas de Retiro el del coraje civil que toma a fuerza de pistola el avión que lleva los fuegos artificiales al Paraguay para poder sacarle la confesión a Perez Gris o el de la carta a la Junta o el de ANCLA. Sí, si dibujamos la vida de este hombre, algún despistado lo ubicaría en el molde de algunas películas de aventuras descendiente del siglo XIX o de principios del XX.

Sin embargo, Walsh fue así. Y lo fue porque la cultura argentina fue así. Walsh, por arriba de sus valores personales, es un claro representante de esa cultura de la Argentina. Creo que él, gozador de la vida; él, que, aunque de manera conflictual, se peleaba fuerte con las versiones individualistas como lo hizo en el texto sobre Hemingway que publicamos en Crisis, hubiese estado de acuerdo. En perderse en un colectivo social.

Entonces, al razonar Walsh, uno se pregunta también: ¿hay que levantar ese modelo cultural? ¿Hay que escrachar el modelo cultural actual? ¿O al revés? Y en el medio muchas preguntas, complejas o grises. Pero no dejemos que el hilar fino nos impida el hilar grueso. Ni empecemos con los firuletes.

Hubo un proyecto, una manera de pensar la Argentina con viejas raíces y que cruzaba el país, que los milicos del proceso y el capitalismo financiero internacional, o si se quiere el neoliberalismo, hicieron pomada. Esto ya se olfateaba en los ’60. Explica esos años. Es fácil demostrarlo. Y sólo quedaron fragmentos, cachos de la Argentina, que la situación internacional de hoy exige rearmar. En pistas nuevas y viejas. Y con América latina.

Seguro que si estuviera vivo, Walsh estaría razonando fuerte y con inteligencia ese rearmado, y no lo haría, por cierto, de una manera “políticamente correcta”. Y esto no es una prepeada en un país donde –sabés Rodolfo– se reprodujeron los hijos de puta y los logreros.

Tal vez por estas cosas, si se quiere razones, Walsh sea uno de esos cachos de la Argentina que sobrevivió empecinadamente, que está bien presente, aunque su tumba no tenga ni nombre ni lugar.

Fuente: Suplemento especial Radar-Página/12, "30 años sin Walsh", 25/03/07


Irlandesas detras de un gato

Por Gloria Pampillo

“Irlandeses detrás de un gato” y “Los oficios terrestres”, esos dos cuentos de Walsh que transcurren en el internado de los irlandeses, me despertaron, desde la primera vez que los leí, la fuerte empatía que provoca compartir experiencias poco comunes. En este caso, la desolada orfandad del pupilaje. Pienso ahora que fue justamente la experiencia autobiográfica lo que me impidió prestar más atención a Estela Tolosa y Lidia Moussompes, esas chicas que, también desde su infancia, atraviesan otros dos relatos de Walsh: “Cartas” y “Fotos”.

Empiezo entonces por los Irlandeses. El chico al que más tarde llamaron el Gato entra al colegio unas semanas más tarde que los otros. Cuando los irlandeses lo descubren se le acercan, y la situación que de a poco se va configurando es la de la prueba: el Gato tiene que pelear para ocupar un lugar en el ranking (“o vos te creés que esto es un quilombo”, se justifica Mulligan, el cabecilla). El Gato consigue escaparle a la pelea con una variedad notable de tretas: los escandaliza, despierta aprensiones, los desconcierta con una versión personal del “preferiría no hacerlo, si no le molesta” del Bartleby de Melville. Dice el Gato: “¿No podríamos dejarlo para mañana?”.

Y es entonces, en este punto, cuando el relato, de una manera algo sorprendente, se demora mientras va transponiendo a los cuerpos de los irlandeses, a los códigos secretos de sus miradas, la terrible inquietud que les provoca lo que acaba de suceder: la ley se acaba de poner en cuestión.

En el estudio de las reglas de juego en la infancia, Piaget descubre que los varones quedan cada vez más fascinados por la elaboración legal de reglas y el desarrollo de procedimientos justos para decidir conflictos. Décadas más tarde, Janet Lever descubre que los juegos de los varones duran más porque cuando surgen disputas pueden resolverlas más eficazmente que las chicas. De estas investigaciones surgen conclusiones y una normatividad fatal para todas las mujeres: el sentido legal, que se considera esencial para el desarrollo moral, está menos desarrollado en las niñas pequeñas que en los niños. En la llegada a la adolescencia, la época en que el desarrollo depende de la identidad, la norma moldeada sobre los varones se vuelve aún más mortífera. Las etapas del desarrollo psicosocial que preceden a la adolescencia son caracterizadas por una progresiva individuación. Esta desemboca en la celebración del yo autónomo, que ha forjado una identidad que puede apoyar y justificar los compromisos del adulto.

En el relato de los “Irlandeses” se manifiesta una afirmación intensa de la autonomía del varón. El Gato no teme la pelea sino que rechaza el contacto con los otros, el vínculo con el grupo. Los irlandeses van a perseguir al Gato, lo atrapan, lo golpean –situación que Walsh, como buen narrador, omite representar– y sin embargo el relato concluye con la afirmación de la autonomía varonil. La Morsa, el celador, encuentra al chico y le tiende la mano para ayudarlo a pararse. El Gato retira su mano. “Puedo caminar solo”, dice.

La serie de los Irlandeses transcurre en un internado. “Cartas” y “Fotos”, en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. En este espacio común, sus personajes representan los diversos estamentos sociales. La historia de Domingo Moussompes, el pequeño terrateniente que, falsamente acusado de robar ganado, es apresado y pierde todo en el intento de que le hagan justicia, es una condensación de la Década Infame. Pero yo me quiero centrar en estas dos chicas, Estela Tolosa, alta, huesuda y burlona, la hija de estanciero, y Lidia Moussompes, redonda, colorada, creciendo en pecas y largos ojos verdes. “Inseparables”, dice el relato y entreteje las voces de una y otra familia que previenen a cada una de las chicas contra su amistad estrecha. El relato las va a representar unidas en la escuela, en una complicidad que no excluye las envidias de Lidia, unidas también después en la tragedia, cuando Lidia debe abandonar sus estudios y termina trabajando de sirvienta en la casa de Estela.

En 1982, cuando Carol Gilligan publica La moral y la teoría. Psicología del desarrollo femenino, afirma que, en una investigación sobre el desarrollo del juicio moral en la niñez, una chica responde a una pregunta distinta de aquella que el entrevistador creyó que le había hecho. Frente a un caso extremo que se le plantea, la chica no contesta si un hombre debe o no robar, con lo cual se remitiría a la ley para mediar en la disputa, y así el problema se transformaría en un impersonal conflicto de derecho, si no que considera qué forma debe tomar esa acción; cuál debe ser esa acción. Y su modo de comenzar a resolver este dilema, su modalidad de pensamiento, diríamos, es la de abrir una red de conexiones, algo así como una red de relaciones, una red contextual, sostenida por un proceso de comunicación. Su convicción de que la resolución del dilema surgirá si se representa de una manera adecuada, vista a esta luz, está lejos de ser ingenua o cognoscitivamente inmadura.

En “Fotos”, de Walsh, es Estela quien escribe cartas. Narra a los que están lejos lo que sucede en el pueblo y así los acerca y relaciona con las redes de la comunicación y del cuidado. En el conjunto de los dos cuentos, Estela es una figura aún más desdichada que la de Lidia. Ahogada por la autoridad paterna, no puede construir su identidad y cuando llega el momento de la intimidad se casa con el hombre que no eligió. Es que, a diferencia del varón, la mujer mantendrá en jaque su identidad mientras se prepara para atraer al hombre por cuyo apellido será conocida, por cuya posición será definida. Para las mujeres, la intimidad va con la identidad. Y, sin embargo, “Cartas” está escrito al estilo de Estela. El relato está configurado por una urdimbre de relaciones y de voces. Naturalmente, la comunicación no se entabla porque las voces van a dar contra oídos sordos. El final de estos relatos es amargo. Termina con un suicidio, con la prisión, con el sometimiento de los personajes que han sido sus héroes y heroínas. No es sorprendente que en estos cuentos de Walsh surja una vez más su exasperado anhelo de justicia y su fe en el poder de la comunicación. Lo que sí en cambio agrega una dimensión insólita a su pensamiento es que tras la convalidada concepción de la legalidad de los Irlandeses asome ya, ligada a Lidia y Estela, la sutil percepción de esa otra racionalidad que intenta transformar un orden desigual mediante una actividad de relación comunicativa.

Fuente: Suplemento especial Radar-Página/12, "30 años sin Walsh", 25/03/07


La construccion del héroe

Por Guillermo Saccomanno

A treinta años de su muerte, sigue faltando una edición de la obra completa de Walsh, una que reúna la diversidad de su escritura, tanto los textos que prueban su pasión por la literatura como los que datan su impulso a la acción. Una edición semejante permitiría discernir con rigor cuánto hay de literatura en su vida y de vida en su literatura. Porque la acción, compruebo, no sólo lo pierde a Walsh: bloquea una comprensión totalizadora de su escritura, una acción de otra clase, obsesiva, pero no menos que su militancia. Walsh pone el mismo empeño en la palabra justa en sus cuentos de ficción “pura” —como si se pudiera hablar de una autonomía de la ficción— que en los documentos de crítica interna a la traidora cúpula montonera. Una metáfora muy de la época ahora: la puntería que exige la palabra justa. En ese afinar la puntería a Walsh también le va la vida. Lo que va de su elegía a un piloto bombardero del ’55 hasta su catilinaria final del ’77, la “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, un trayecto de escritura que registra en simultaneidad el diseño de una obra y de una construcción del héroe. En este periplo cuentan sus sucesivas tomas de conciencia, pero también una elección polémica: las armas. Lo admito: no es tan fácil sentenciar desde acá. Pero por qué no correr el riesgo de una lectura de Walsh desde Walsh. O mejor dicho: Walsh contra Walsh. Un Walsh realista, comprendiendo las contradicciones del sujeto, contra un Walsh mitologizado a través de una parcialización desde un imaginario colectivo. Leerlo descifrando, digo, contra las exaltaciones de la retórica folklórica de un setentismo melancólico. Decodificarlo, eso.

Desde el vamos, Walsh se asume hijo de un mayordomo de estancia. Nadie como un mayordomo para internalizar el ser de los patrones. Nadie también como el hijo de un mayordomo para observar el poder de los patrones y la humillación de su padre. Desde acá, Walsh convierte esta humillación en otra cosa: un aprendizaje del elitismo. Ya desde lo “irlandés”, el linaje irish, Walsh es, aunque su origen esté en una infancia de campo y pobreza, una estirpe: lo insurgente, lo viril, la lengua de Joyce, que es la inglesa. En Walsh hay una excentricidad en sus elecciones. Parece consciente, con un desdén elegante, que la periferia reporta un prestigio que pulveriza las convenciones de las letras oficiales. Su modestia para apartarse de las consagraciones de rotograbado es una estrategia literaria, pero también política. Walsh arranca traduciendo policiales deductivas, después escribe, a lo inglés, con “inteligencia”, unas nouvelles deductivas y, es sabido, empieza a alternar el periodismo de denuncia, jugándose la vida, con la literatura “seria”. Walsh entra en el circuito de jerarquizaciones literarias por afuera, practicando el entrismo: desde la narrativa policial, el periodismo y el cuento. La escritura, según la entiende, es una acción tan cuestionadora como la militancia. El escritor opera desde los géneros presuntamente “menores”: el periodismo y el cuento. El periodismo lo diferencia de la “alta cultura” y el cuento lo diferencia de la novela, ese género burgués retrógrado para la época. Su búsqueda estética es al establishment literario lo que su militancia montonera al peronismo. Una “infiltración”. Una elección de estilo también. Las dos, su literatura y su política, con un rasgo en común: la vanguardia. La vanguardia en literatura, en esos años, es la literatura policial. Realismo crítico, como define Lukacks el género. Su metodología deductiva se vuelve hard boiled en sus crónicas policiales. Cuando traduce ahora porteñiza a Chandler y McCoy con el voceo. En lo político, la vanguardia es la lucha armada. Y Walsh se incorpora a Montoneros, organización guerrillera que se postula como vanguardia. Una edición de sus obras completas, calculo, atendería esta hipótesis: Walsh y las vanguardias.

Alguna vez Rodrigo Fresán dijo que Walsh era nuestro Lawrence de Arabia. Pensemos por un instante en Sarmiento definiendo nuestro país como un territorio árabe. No me parece ninguna boutade considerar a Walsh desde esta perspectiva. Del mismo modo que Walsh no elige cualquier literatura, sino una que infiltre, en su militancia el gesto se replica. En esa coherencia hay también la preocupación por una cuestión: la épica. Walsh suma tantos atributos heroicos en su vida como en su literatura. En él se corporiza todo un modelo: el intelectual que renuncia a la torre de marfil cuando empieza a investigar los fusilamientos de la Libertadora. Entonces, la revelación de una causa. Que le permite fundir un ideal de justicia con la aventura. En la misma secuencia, su destreza de criptógrafo avisando en Cuba la invasión yanqui en Cochinos, el periodista mentor de la CGT de los Argentinos y más tarde Noticias, el oficial de la inteligencia montonera. Y, entre estos capítulos, a un costado, siempre, los papeles. Muere, además, joven. En esta zona, la tragedia griega se nacionaliza: ocurre a la vuelta de la esquina. Como aporte esencial a su mitología: una hija, Vicky, con una beba de año y medio, acorralada con sus compañeros en una casa de barrio. La hija se enfrenta al Ejército, tropas que la superan, un tanque, un helicóptero, y finalmente es ella quien se mata y no su enemigo. El padre, Walsh, también es un muerto joven: joven mirado desde hoy, que la adolescencia se prolonga hasta los treinta.

Su imagen tienta las polarizaciones facilongas. El intelectual que se tirotea con un grupo de tareas de la ESMA en San Juan y Entre Ríos tras despachar su catilinaria en un buzón versus el bibliotecario ciego de la calle México. Estas comparaciones son siempre maniqueas. Walsh muere el mismo año en que la dictadura secuestra y desaparece a Oesterheld. El mismo año en que Victoria Ocampo ingresa en la Academia Argentina de Letras (esto también es coherencia) y ocupa el sillón de Alberdi. Sin embargo, no todos los que vivieron con intensidad los ’70 padecen de maniqueísmo: a considerar está ese artículo en el que Gelman le reconoce a Borges un coraje tardío al admitir su necedad política, y firmar en el ’81, bajo la dictadura, una solicitada de las Madres, mientras tantos intelectuales ocultaban sus agachadas.

Oesterheld y Walsh son la pérdida de dos cuadros para Montoneros, pero representan más que eso, más que dos cuadros. No la tenemos fácil cuando ingresamos en este período. Es verdad: no se puede separar vida y obra. El caso Oesterheld es tan trágico como el caso Walsh: cuatro hijas de entre dieciocho y veinticuatro años asesinadas junto con sus compañeros, los nietos secuestrados. El caso Oesterheld y el caso Walsh tienen puntos de contacto. Y merecen una atención especial. No porque haya víctimas de primera o de segunda. Simplemente porque en estos casos se cierne una discusión que puede ser de clase: hasta dónde la literatura no inficionó sus vidas. No discuto el compromiso de ambos. Pero me animo, con el respeto que merece el dolor de los familiares y amigos, a discutir, desde la contemporaneidad, su clase de compromiso quijotesco. Hoy es tan fácil darle un chirlo por izquierda a la Ocampo como levantar por derecha al Walsh fetichizado. Si el Che es un pin, Walsh para muchos puede ser estampita.

Cada vez que se lo homenajea a Walsh, más allá de sus méritos literarios, el acento suele ponerse en su heroicidad. Inevitable sortear, por donde uno se arrime a Walsh, la cuestión de la heroicidad. En suma, Walsh reúne todos los atributos para ingresar al panteón de los próceres bellos. Pero hay una trampa en santificarlo: su lectura puede volverse aséptica. Estoy convencido: aunque no pueda aislarse de su militancia, su literatura es infinitamente más poderosa. La prueba es su vigencia. La calidad de su escritura es invencible. Sus enemigos, no tanto.

Antes de empezar a escribir sobre Walsh pensaba en todas las dificultades que presenta entrar en su literatura. Lo aclaro: detesto el término especificidad con su tinte de entomología. A ver, el problema, quizá la gran dificultad, que presenta la lectura de Walsh: aquello que puede compartirse con él, un gusto por la literatura, nos deja afuera cuando pensamos en el peso y la credibilidad que se le otorgó a su construcción del héroe. La figura épica y la convicción de la violencia ensamblan en este sentido. Y determinan, para nosotros, sus contemporáneos, una lectura. Extrañeza es la sensación, pensé mientras, asociando, antes de escribir estas reflexiones, sacaba de la biblioteca una antología: la Antología del cuento extraño. Walsh preparó los cuatro tomos que componen esta antología en 1956 para la editorial Hachette y son hoy prácticamente inhallables. Walsh reúne autores nacionales (Lugones, Bianco, Borges, p.e.) con otros que pueden resultar exóticos (Lafcadio Hearn, T’ao Yuan Ming, Max Beerbohm). Cada texto está precedido por una información mínima pero aguda, en la que reverbera la síntesis que Borges aplicaba en sus prólogos. A menudo se elogia como paradigmática del género la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo. El trío más mentado de Sur prologa esa antología caprichosa y juguetona con un ensayito prodigioso en el que sientan las reglas de lo fantástico. La principal radica en la observación de lo cotidiano. Lo prodigioso debe suceder en una situación de cotidianidad. Walsh coincide con el trío en algunos autores. Propone a veces otra traducción. Así “La pata del mono” de Jacobs en la antología de aquéllos es en la de Walsh “La zarpa del mono”. Su gusto en este género no se diferencia del gusto del trío de Sur. En la contratapa, presumiblemente anotada por Walsh (Walsh no podía desentenderse, conjeturo, de ese texto), hay una definición que establece reglas distintas de este género, o subgénero, si se quiere. “Largos o breves, estos relatos tienen la característica común de describir insólitas experiencias o de situarse en un clima extraño en el que la realidad prosaica y cotidiana no halla cabida. Todos orillan lo maravilloso, lo mágico y cabe muy bien aplicárseles el calificativo de esotéricos por su contenido subjetivo e interior.” Esta definición podría figurar en una “vida imaginaria” de Walsh escrita por Schwob o, más acá, por Borges. “La realidad prosaica y cotidiana no halla cabida” en esta “vida imaginaria”. La experiencia en Walsh es siempre “maravillosa”. Y pertenece al orden del mito. A esta altura me pregunto si la tragedia de Walsh no ha sido la literatura: hacer literatura en la vida. Tener una vida literaria, digo. De ser así, habría que juzgar desde esta perspectiva su política. Sólo enunciarlo, soy consciente, puede irritar a varios.

Me pregunto si toda la construcción del héroe no está pasando ya al almidón de los manuales escolares con una remembranza heroica a la manera del sargento Cabral. Si en lugar de su causa, me pregunto, la lucha por un mundo más justo, no estará llamada a perdurar, en cambio, su literatura de ficción, los cuentos de irlandeses, el ensamble de “Fotos” y “Cartas” (dos cuentos que, por experimentación narrativa y temática pueblerina, es indeclinable conectar con Puig), o “Nota al pie”, esa narración tan perfecta en composición de trama como en escritura.

Arriesgo: no es su genio narrativo lo que problematiza su lectura. Una digresión, si se me permite: qué formidable en estos tiempos una literatura que presenta problemas en lugar de proporcionar respuestas tranquilizadoras. Y retomando, lo que lo vuelve extraño a Walsh es justamente eso: la cuestión del héroe. Y el héroe, mientras continuemos fascinados por su construcción personal, privilegiando la épica por encima de la palabra justa que él perseguía, seguirá opacando sus relatos. Es cierto: para muchos el militante supera el interés por el escritor. El romanticismo es tramposo: reclama biografías desgarradas para mostrarse sensible en una lectura progre de losa radiante, conmoverse con peligros que se pudo correr, pero que no se está dispuesto a repetir en función de un confort. Walsh se ajusta a la mala fe ideológica de muchos para “idealizar” un pasado en su etapa más macabra. En un razonamiento deleuzeano podríamos convenir que así como no es la enfermedad sino la salud la que escribe la literatura de Kafka, no es la muerte la que legitima la escritura de Walsh. Sugiero reflexionar al respecto: esa sombra, la del hijo del mayordomo que se hace revolucionario. Porque la sombra del héroe puede apagar los brillos de un refinamiento intelectual que no puede ni debe ser patrimonio de los ricos de esta tierra. Y ahí, en su escritura, está la militancia más lúcida de Walsh. Más subversiva también. Volviendo al comienzo de estas reflexiones: cuando se reúna la obra completa de Walsh, anotada, cronológicamente fechada y contextualizada, prescindiendo de toda inmanencia del discurso, allí podrá leerse otra historia, con sus destellos y oscuridades, y el que la narrará será el escritor mismo, porque esa edición de su obra, tal como la imagino, será su autobiografía, no sólo la literaria. También la humana.

Fuente: Suplemento especial Radar-Página/12, "30 años sin Walsh", 25/03/07


La lección de un cronista

Por Ulises Muschietti

La primera vez que leí “Calle de la Amargura número 303” fue en marzo de 1989, en las páginas del semanario El Periodista. Rodolfo Walsh la había escrito treinta años antes en La Habana, pero nunca había sido publicada hasta entonces. Fue Rogelio García Lupo el que la acercó a la redacción para que se editara junto a un informe suyo acerca de Jean Pasel, el primer corresponsal de guerra argentino caído en acción.

El desventurado Pasel, cuyo verdadero nombre era Juan Carlos Chidichimo Poso, había recorrido un largo camino desde su Bragado natal hasta la Cuba de comienzos de la Revolución. Perseguido y censurado a lo largo de una década en varios países de América latina, sin fama ni fortuna, había mantenido intacta la ilusión de encontrar su gran nota, y escribirla. Fue precisamente por eso que se embarcó con un grupo de expedicionarios dispuestos a combatir en Haití a la dictadura de François Duvalier. Junto a la mayor parte de los rebeldes, cayó baleado en una playa de la isla. Walsh escribió entonces su necrológica, en parte tal vez para responder a la imperial y despectiva versión de los hechos que difundió la revista estadounidense Time, uno de cuyos párrafos es el disparador de su nota.

Algunos años después, cuando empecé a dar clases en una escuela de periodismo, recordé esa nota y pensé que mis jóvenes alumnos tenían que leerla. No me movía, al principio, otro objetivo que poner delante de ellos ese ejemplo de la mejor escritura periodística para que disfrutaran de ella, para que se sintieran estimulados a crecer en un oficio en el que era posible alcanzar esas alturas. En el fondo, quería compartir el deleite que me producía.

Lo hice. Distribuí copias de “Calle de la Amargura” a los alumnos de un curso de segundo año. La leí en voz alta, mientras ellos leían a su vez. Después del punto final no hubo más que un cerrado silencio. Empecé a preguntar qué veían en la nota. Costaba arrancar. No era lo que estaban acostumbrados a leer en diarios y revistas. Al final, forcé la marcha: ¿les había gustado, al menos? Sí, les había gustado. Desconfiaban, sin embargo: ¿Era periodismo o literatura? Es periodismo, y del mejor, les dije. Tuve que demostrarlo.

La ceremonia se repitió desde entonces muchas veces. Aprendí a preguntarles a los estudiantes, para que encontraran los rincones en los que creía que valía la pena detenerse. Así, ellos también fueron admirando a su vez expresiones y sobreentendidos, el ritmo de un párrafo, la irónica intención de un adjetivo, la carga política de una digresión. Y sobre todo fui aprendiendo que en esa nota había mucho más que la belleza que me había deslumbrado.

“Calle de la Amargura” hace menos difícil el aprendizaje de los géneros periodísticos que los manuales de estilo suelen describir como formas cerradas y autónomas, y que están allí, reunidos en un solo texto con mano maestra. El Pasel que Walsh perfila en su necrológica se dibuja a un tiempo candoroso y comprometido, ilusionado y melancólico. La precisa crónica de las desventuras y de las frustraciones, de las experiencias profesionales más rutinarias y del entusiasmo juvenil del épico salto al vacío de un hombre al que Walsh no conoció personalmente, están construidos, además, a partir de un puñado de objetos y de palabras escritas, los papeles de Pasel, que él pone a la vista del lector, como un artesano que exhibe todas las herramientas con las que trabaja.

El Walsh de “Calle de la Amargura” no desplaza, por supuesto, al autor del potente desafío de la Carta Abierta a la Junta Militar, ni al formidable investigador clandestino de Operación Masacre, que pone su cuerpo para denunciar los crímenes del poder. Se trata de otra lección. Se trata de la lección de un cronista capaz de armar, con unos pocos datos y con su pasión y con su lucidez, un relato honrado y veraz que condena tanto a las dictaduras del continente como a “la gran revista Time”. Una lección que seguramente Walsh no se propuso dar.

Esa lección encierra una verdadera cifra del oficio de periodista. No es siempre la gran nota lo que importa, no es sólo “el artículo en cuyo honor vibran las teletipos”. No. Lo que importa es también la capacidad de ver y de escuchar al “hombre canoso, bajito”, que abre una bolsa de cartón, y que de esa bolsa saca “las cosas de Jean”, y de entender que allí puede estar la historia individual, mínima y triste que ayude a entender la relación entre los poderosos del mundo y los que sólo aspiran —con la única ayuda de las palabras de su lengua— a contarles a todos lo que tienen derecho a saber.

Muchas chicas y muchachos, que se acercaron al texto con conocimiento de las circunstancias en que los represores de la última dictadura asesinaron a Rodolfo Walsh, imaginaron que el autor de “Calle de la Amargura” había entrevisto su propio fin en el sacrificio de Jean Pasel. Tal vez tuvieran razón. Todos ellos, pienso, participan de este homenaje.

Fuente: Suplemento especial Radar-Página/12, "30 años sin Walsh", 25/03/07


La mano de escritor

Por Rodrigo Fresan

UNO Pensaba que no tenía ningún libro de Rodolfo Walsh en mi biblioteca de Barcelona. Sabía, sí, que los había tenido: se los había prestado, todos (junto a El retorno de Eva Perón de V. S. Naipaul) a un amigo escritor de por aquí. Después, al poco tiempo, mi amigo murió. Y si los vivos no devuelven los libros, entonces los muertos los devuelven aún menos. No hace mucho, en un texto inédito próximo a ser publicado de ese escritor, leí: “Una vez, mientras charlaba con Rodrigo Fresán, le pregunté qué le parecía el texto de Naipaul. Fresán, que conoce como nadie la literatura en lengua inglesa, apenas recordaba la crónica de Naipaul, pese a que éste se cuenta entre sus autores favoritos”. Y ni una palabra acerca de los libros de Walsh. Tampoco hay mención alguna a su obra en una turbulenta conferencia que ese mismo escritor muerto escribió sobre la literatura argentina. ¿Habrá llegado a leerlos? ¿Qué habrá pensado? ¿Qué no habrá pensado? En cualquier caso –aunque los libros de Walsh suelen estar en la mejor librería de esta ciudad que, a mi juicio, también es la mejor librería de cualquier ciudad del mundo– ahora es de noche y todo está cerrado y, sabiendo que no tiene sentido alguno, voy hasta el estante de mi biblioteca en el que vivía Walsh y desplazo algunas pilas en precario orden y pierdo y pierden el equilibrio y un libro cae de espaldas y boca arriba y ahí está: Ese hombre y otros papeles personales, de Rodolfo Walsh con Walsh en la portada del libro y en la cubierta de un barco, cámara al cuello, manos a la cintura, de espaldas al horizonte, mirando a popa.

Lo muertos no devuelven los libros pero –ya lo dije en otra parte– los escritores, todos, inevitablemente, acaban siendo los fantasmas de aquello que escribieron. La obra –para bien o para mal, para mejor o para peor– permanece y sobrevive al autor. Y, a veces, estoy seguro, ese autor fantasma mueve a uno de sus libros vivos para señalar que todavía anda dando vueltas y vueltas de páginas por ahí.

DOS Rodolfo Walsh es, me parece, un fantasma incómodo recorriendo la historia y la literatura argentinas. Incómodo, primero, porque su participación en una gesta luminosa en la teoría y rebosante de sombras en la práctica siempre se me antojó como una decisión más personal que otra cosa. Incómodo, segundo, porque es alguien que decidió dejar la literatura no precisamente para dedicarse a pintar. Se conocen varios casos de grandes escritores que pensaban que primero había que ir a la guerra para después volver de allí con uno o varios grandes libros entre manos. La lucha armada como rito de paso donde los jóvenes se convertían en hombres y los aprendices en maestros. En cambio, son pocos los ejemplos de grandes escritores que, habiendo escrito grandes libros, deciden, en su madurez, decirle hola a las armas y adiós a la máquina de escribir.

Una vez alguien me comentó que Walsh –obsesivo como un poseído, con precisión de científico, casi un adicto a los detalles– se metía en cosas y en ambientes que no conocía hasta dominarlas y conocerlos a la perfección para luego, por completo satisfecho, abandonarlas y dejarlos atrás en busca de un nuevo interés o de un nuevo “caso” para el investigador privadísimo que era él. Una especie de vampiro de lo extraño que no se detenía hasta asimilarlo en su propia sangre, de ser posible, enalteciendo los glóbulos de lo ajeno pero ya no.

Otra vez alguien me dijo que había visto a Walsh escribiendo y que era como ver a un hombre en agonía, retorciéndose de dolor hasta extirpar la palabra exacta de su cabeza para trasplantarla al papel. Cabe pensar –a partir de uno de los textos reunidos en Ese hombre– que Walsh estaba convencido de haber alcanzado cierta cumbre en lo escrito y que se disponía a mutar otra vez. Ignoro si esa nueva metamorfosis tenía que ver con “pasar a la acción” y todo eso. De cualquier forma, allí se lee algo que a mí me cuesta comprender pero que respeto: “Revalorización. Es indudable que en los últimos años he ido desvalorizando, consciente e inconscientemente, el trabajo literario. La sola palabra me produce una cierta revulsión. Tratemos de analizar por qué, las causas históricas. La literatura se me apareció durante gran parte de mi vida como una aspiración mitológica. Era lo que yo finalmente quería hacer, mi destino, etc. Era una típica visión pequeño-burguesa, la búsqueda del prestigio a través de los mecanismos gratificantes de la exacerbación de la personalidad como única, genial, etc. A través de la literatura podía mimetizarme con los elegidos, capaces de percibirse a sí mismos como el fin al que tendía al mundo: generaciones y generaciones de hombres y mujeres anónimos e inútiles que confluían triunfalmente en un Borges, en un Huxley. Ser escritor era finalmente una forma de ser, posterior y superior al ser hombre”. Más adelante, Walsh agrega y da fechas: “Mi relación con la literatura se da en dos etapas: de sobrevaloración y mitificación hasta 1967, cuando ya tengo publicados dos libros de cuentos y empezada una novela; de desvalorización y paulatino rechazo a partir de 1968, cuando la tarea política se vuelve una alternativa”.

Digo que me cuesta comprender todo esto –que no lo puedo entender– porque la excelencia individual por escrito convirtiéndose en aspiración colectiva por vivido no me parece un camino lógico. Es una opinión y una opción personal y, por lo tanto, ya lo dije, más que respetable, claro. Pero siempre me pareció que los narradores puros que se politizan –más allá de su bondad y buenas intenciones o, si se prefiere, de su, esa palabrita, compromiso– siempre acaban escribiendo peor (o más impuramente) y acaban sacrificando casi siempre en vano una “aspiración mitológica” en el altar de vanidosos profetas demagógicos que, por lo general, suelen leer poco y mal.

La única manera en que yo –pequeño-burgués y sobrevalorador y mitificante hasta la muerte y más allá– puedo interpretar o descifrar la trama de Walsh más como personaje que como persona es la siguiente. Un argumento simple –que muchos condenarán como simplista– para un micro-relato de alcances inmensos: la historia de ese hombre que un día o una noche sintió que había alcanzado lo máximo que podía ofrecerle la literatura y que, habiéndoselo dado absolutamente todo a la literatura, decide dedicarse a otra cosa. Así, Walsh como compulsivo devorador –y descartador– de sucesivos destinos u oficios terrestres.

El enigma imposible de resolver por razones obvias –me parece un misterio más que pertinente tratándose de un escritor que, en un principio, se interesó mucho en el género policial– es el de a qué se habría dedicado Walsh –y qué habría escrito acerca del asunto, porque me gusta pensar que hubiera vuelto a escribir– una vez agotada la “alternativa” de la “tarea política”. En qué se habría interesado Walsh –aburrido o saciado o desilusionado– luego de esa rara forma en la que, conjeturo, supo encontrar una mezcla de lo intelectual con lo detectivesco si, como ocurre en ciertos thrillers, los acontecimientos no se hubieran precipitado y...

TRES ...siempre fue exactamente esta cuestión la que me intrigó de Rodolfo Walsh: la saga tan íntima como pública de un impecable histórico ahogado por una Historia más bien sucia. De ahí que en alguna ocasión –por su vocación de estar en todo y en todas, por su compulsión exploradora de extranjero existencial, por sus orígenes de hijo de mayordomo en contraposición a las raíces de hijo bastardo del inglés, por su apetito de reclamador de causas colectivas con modales personales, y por su final acelerado– se me ocurriera que Walsh de Argentina era nuestro Lawrence de Arabia. Y que hasta me preguntara cómo novelizarlo. Siempre me intrigó la inexistencia de una Novela de Walsh habiendo novela de otros tantos firmadas por tantos otros que lo conocieron más o menos de cerca. La ausencia, la desaparición antes de existir de semejante libro, se debía, no demoré en comprenderlo, a que no era ni es sencillo meterse con Walsh. Porque Walsh es un raro ejemplo ejemplar. Walsh como material sensible, volátil, inflamable, peligroso de agitar y sacudir antes de usar. Walsh como elemento inapelablemente fechado pero, al mismo tiempo, fuera del tiempo y del espacio. Walsh como espectro de navidades pasadas con pleno derecho para pedir explicaciones o ajustar cuentas con tanto Scrooge por ahí y afirmando, ahora, que ya no creen en aquellas fiestas de antaño. Walsh como sacra reliquia o como talismán que puede condenar a aquel que no sea digno de sus dones y aquí, por suerte, ya era hora, voy a hablar de lo que a mí más me interesa. Del escritor sentado (por el mismo motivo que lo empariento automáticamente con T. E. Lawrence, se me hace difícil pegarle a Walsh la etiqueta de guerrillero o lo que sea) antes que del aventurero de pie. Voy a hablar de la literatura, de la literatura de Walsh y de un cuento en particular de Walsh.

Mi primera percepción de Walsh es infantil y fantástica y tiene que ver con su Antología del cuento extraño y con un relato que allí incluyó: “La zarpa de mono” del inglés William Wymark Jacobs. Leí el cuento casi en simultáneo con una adaptación televisiva que hicieron Narciso Ibáñez Menta y su hijo (“La Zarpa”, de 1974, Canal 11, Historias para no dormir, leo en Internet que el tape de ese programa se ha extraviado) y yo perdí varias noches de sueño pero disfruté de varias noches de pesadillas.

Años después, leí por primera vez esa obra maestra que es “Esa mujer” (recuerdo otra adaptación televisiva, una de “Esa mujer”, ¿era Ricardo Darín el periodista?, ¿era Arturo Maly el militar alucinado?) y pensé y sigo pensando que se trataba de una reescritura lateral y perfecta de “La zarpa de mono”. Es decir: el amuleto catastrófico y animal reemplazado por el talismán fatal de un cadáver de mujer enloqueciendo a sus efímeros poseedores con la maldición eterna de su potencia simbólica e histórica.

En “Esa mujer” –relato de fantasmas sin fantasma en el que Walsh consigue la proeza de hacer comulgar al imaginario de Henry James con el idioma de Ernest Hemingway– aparece Walsh como testigo. Y se me ocurre ahora, volviendo a lo de antes, que son muchos los que no se atreven de verdad y a todo con Walsh porque, quizá, sientan que Walsh –testigo ocular y privilegiado para siempre– no los perdonará si mienten o si falsean. De ahí que Walsh sea un intocable al que sí es lícito toquetear pero no agarrar con fuerza y sin soltarlo, porque vaya a saber uno lo que pueda pasar. Así, el círculo se cierra y Walsh como la mano de escritor luego de la zarpa de mono y del cuerpo de esa mujer cuyo nombre no hace falta pronunciar para oírlo.

CUATRO En lo personal, Rodolfo Walsh era amigo de mis padres. En los ‘60 –en esos años en que los niños de mi generación aprendían a caminar mientras sus progenitores tomaban las primeras lecciones para salir corriendo– Walsh estuvo varias veces en casa y tengo un recuerdo muy difuso de él porque por casa –por casas, mejor dicho– pasaba mucha gente. En realidad, de lo que más me acuerdo es de su risa una noche en que le pregunté si él era la personalidad secreta, el Clark Kent, de María Elena Walsh. Y Walsh se rió y yo ya le envidié el apellido brit/irish y la redondez de un nombre que me parecía a la altura del de los comics. Rodolfo Walsh tenía para mí la misma resonancia de Dick Tracy o Sherlock Time o Steve Canyon o Juan Salvo. El nombre de alguien que no podía ser sino protagonista y, además, héroe. Entonces Walsh era una leyenda local, un mito de culto. Mi madre me cuenta que, cuando lo conoció, se acercó a él emocionada y le preguntó “¿Vos sos Rodolfo Walsh? No sabés las ganas que tenía de conocerte” y que Walsh, resignado, respondió: “Sí, ya sé: me hacías más alto, ¿no?”. Estoy seguro de que Lawrence –otro bajito colosal– debería decir algo parecido cada vez que se acercaban a su luz. Me acuerdo, al final, en Caracas, de mis padres susurrando un “Mataron a Rodolfo”.

Y cosas que suelen decirse acerca de Walsh que me producen cierta incomodidad y que nunca dije ni diré: que Operación Masacre prenuncia y se adelanta al A sangre fría de Truman Capote; que su obra maestra es la “Carta abierta a la junta militar” y que “escribió su propia muerte” o “murió como había vivido: a fondo y según sus reglas” o cualquier otro de esos muchos slogans tanáticos que son especialidad de la casa y de la nación cuyo himno llama a jurar extinguirse pero, eso sí, con gloria.

En lo profesional (esa condición que con el correr de los años se va convirtiendo en la más personal de todas), no escribí Walsh: The Novel pero sí me propuse un relato que, de entrada, me planteé como homenaje y ejercicio en su memoria y con su estilo. Un relato donde volvería a aparecer el fantasmal cadáver de la Jefa Espiritual de la Nación, otra vez sin que su marca (Evita es más marca que apelativo, me parece) fuera mencionado, y que estuviese narrado por alguien que lo tuvo en sus brazos, quedó marcado para siempre y que lo cuente con la sonrisa triste de quien se sabe indigno pero, aun así, rozado por un mito. Ahí está, en mi primer libro, se llama “El último privilegiado” y, a pesar de ser imperfecto, estoy seguro de que se trata del cuento más “exacto” que nunca escribí y que jamás escribiré. De algo estoy seguro: en su imperfección, por suerte, radica la certeza de que para mí el “trabajo literario” siempre será un “destino” a alcanzar y que, por lo tanto, jamás me causará “cierta revulsión”. Otra cosa es cierta: no lo habría escrito –de más está decirlo, pero no se responsabilice a Walsh por ello– de no haberme sido presentada por él “La zarpa de mono” y después “Esa mujer”.

En uno y en otro, en “La zarpa de mono” y en “Esa mujer”, me parece, apenas se esconde una visión velada pero despiadadamente clara de lo que era y es y siempre será la Argentina; de los riesgos de pedir deseos y de desear cosas; y de los peligros de que esos deseos sean concedidos y esas cosas entregadas a las personas erróneas en ese país. En este esquema, por desgracia o por fatalidad, las buenas personas siempre mueren y suelen ser los otros los que cuentan –en ocasiones tan mal escrita– nuestra historia para no dormir. Por fortuna, ahí está la mano de escritor, de ese escritor, de un escritor llamado Rodolfo Walsh.

Muchos la miran.

Algunos la describen desde una prudencial o respetuosa distancia.

A ver quién se atreve, por fin, a estrecharla.

Fuente: Suplemento especial Radar-Página/12, "30 años sin Walsh", 25/03/07


Muerte de su mejor personaje

Por Osvaldo Bayer

Me hubiera gustado hacer cuatro cosas con Rodolfo Walsh. Haber jugado al ajedrez con él en la cárcel. Para probarme, ya que allí salí campeón, pero no convencido. Una final con él hubiera sido para alquilar balcones, porque era buenísimo. La segunda: haber plantado árboles juntos, porque sé que a él le gustaba el trabajo de la tierra. La tercera, que él me hubiera conversado largo, largo sobre literatura, porque todo lo que comentaba que acababa de leer era para anotarlo y aprender. Algo nuevo, distinto. El veía la literatura con otros ojos. Y la cuarta, juntarnos en el café El Foro, de Corrientes y Uruguay, y discutir la “cosa” de hoy. Sí, esto que tenemos al salir a la calle, a los ochenta años de vida, después de tantas vivencias y experiencias.

Me habría gustado, además, que hubiera escrito otra carta en el estilo de su mensaje último a los comandantes en jefe de la desaparición, pero esta vez acerca del prólogo del Nunca más y sus dos demonios. Porque la pregunta que me hago es: ¿cómo es posible que después de la última carta de Walsh a los comandantes de la muerte, alguien haya podido escribir todavía ese prólogo de los llamados “dos demonios”? Esa carta de Rodolfo va a quedar como documento máximo, como resumen final. Ningún analista de esa época puede dejarla de lado si quiere describir el ambiente de la crueldad uniformada.

Además, Walsh habría sido el único intelectual con la autoridad suficiente –porque desafió todos los peligros– para hacer un análisis definitivo del peronismo. Qué fue y qué es. Perón, John William Cooke, López Rega, Menem, Kirchner y los eternos seguidores aprovechados o no. En esto siento el vacío que nos dejó su muerte, asesinado por los sucios, como no podía ser de otra manera.

Me acuerdo bien de nuestro encuentro en La Habana, en el primer año de la Revolución. Cuando le hablé por teléfono me invitó de inmediato a su departamento, allí, cerca del Habana Libre. Tenía mucha necesidad de información de la Argentina, me dijo. Trabajaba en Prensa Latina, pero quería saber entretelones de esos dos años de Frondizi y sus idas y vueltas, marchas y contramarchas, más contramarchas que marchas. La conversación fue casi de cinco horas. El anotaba, de acuerdo con su costumbre, algunas palabras-guías. Siempre ávido de la información para no equivocarse. Yo era secretario general del en ese entonces Sindicato de Prensa y por eso en su interrogatorio hizo hincapié en la política sindical. Escuchaba con sus ojos tímidos mirando a los labios. En La Habana había iniciado un interés fundamental por la política latinoamericana que lo iba a llevar definitivamente a Buenos Aires, donde para él se construiría el motor de su futuro.

Y sus libros. Y su estilo. Y su coherencia. Recuerdo uno tras otros mis encuentros con él. Pocos. Pero siempre eso: la coherencia, el hablar de la gente, no de sus libros o sus problemas. Hablar del mundo que lo circundaba y una especie de misión, nada misionaria, pero como un movimiento, un caminar, la opción de vivir para lograr una sociedad sin operación masacre y sin matadores de Rosendo. Una Argentina sin mafias ni cabecitas ni gorilas. Teníamos, además, una misma melancolía: las pampas con sus sonidos, sus verdes, sus ruidos escondidos, que nos habían dejado las páginas de Hudson. Más de una vez fue el tema después de agotar el escenario político. “Allá lejos y hace tiempo.” Tal vez allí descubría a su padre, a sus ascendientes rubios llegados al paraíso ensangrentado. Y yo veía en Allá lejos... a los míos que me precedieron, desde el Tirol, y cambiaron los Alpes por estas distancias que no se podían abrazar pero que intentábamos hacerlo.

Y así llegó la última vez, en esos años indescriptibles, únicos. Con las miserabilidades de las Tres A, y ya los uniformes con olor eclesiástico. Las equivocaciones de la voluntad, el coraje, el renunciamiento a todo, las calles sin refugio, los libros quemados o enterrados. Nada seguro en el minuto siguiente ni en el nuevo techo ni en los consejos de los duchos. La muerte allí, en cada bocinazo, en cada frenada, en cada puerta que se abría.

Siempre me imaginé en el exilio que la muerte de Vicky, su hija, fue para él el último final. Lo medí en nuestro último encuentro –casual y antes de esa muerte joven– cuando me defendió en forma desusada la participación de mujeres en las acciones. No hubo forma de discutir. Se le notaba una congoja llena de coraje. O ansiedad. ¿O tal vez aflicción sería la palabra? No sé. Me pareció que quería explicarse todo pero con los argumentos de ella, no los propios. O para salvarla. Si hubiera podido escribir él ese momento estaríamos sin dudas en su mejor página literaria de su realidad que lo había ido rodeando poco a poco. Ya sin poder salir. Para esto último, era demasiado generoso. No, eso nunca, se hubiera respondido él mismo sin preguntárselo.

Quiero imaginarme el momento en que todo se definió y que él, lo creo sin ninguna duda, él esperó sin buscarlo, y por eso lo encontró. Cuando se vio rodeado de los cobardes murciélagos de la muerte, pagados. El solo con un revolvito casi de juguete. Allí fue el personaje de sus Memorias imaginadas. Operación masacre para un héroe del pueblo. Cómo designarlo. No hay otra palabra. Sí, tal vez el mejor título, el que otorgaban los anarquistas del pasado a sus héroes de la calle: Hijo del Pueblo, con dos mayúsculas. Los represores, los intelectuales del sistema, los tibios, los de sotana que se callaron cuando fueron asesinados los palotinos con sus bellas almas, los tibios de siempre de la sociedad argentina, ni van a poder jamás borrarlos de sus mentes. Rodolfo, cómo tiene que ser un intelectual en la sociedad, estar allí, en la realidad, aunque sueñe ante la hoja de papel.

Los que editaron el prólogo de los dos demonios miraron al costado cuando en Lamarque, Choele Choel, en esas tierras encantadas del Río Negro, permitieron que la casa natal de Rodolfo sirviera de depósito de cajones de frutas para una empresa norteamericana. Más fantasía no puede tener la realidad. Hoy ya no hay más cajones, pero esa casa tiene que ser un lugar de encuentro de la cultura, con los libros, los originales, las cartas, los artículos, las publicaciones de este increíble patagónico. Muerto por las fuerzas armadas argentinas. Sí, Rodolfo. Muerto por el uniformado Astiz, entregador de las Madres; el mismo. Capitán de corbeta cotorra correividile modelo de la Marina de Guerra argentina.

Fuente: Suplemento especial Radar-Página/12, "30 años sin Walsh", 25/03/07


Un escritor en el límite

Por Daniel Link

Ricardo Piglia comentó alguna vez que el Diario de Rodolfo Walsh se dejaba leer según la lógica de la adicción (y en el caso de Walsh el objeto de esa adicción sería la literatura).

La idea es brillante y tal vez su alcance no haya sido todavía comprendido: leemos y releemos los textos de Walsh (su Diario, sí, pero también el resto de su obra) y encontramos siempre ese deseo de abandonar la literatura –y la recaída (una y otra vez)–. Como para el adicto y el alcohólico, también hay para Walsh (quiero decir: para su literatura) una última vez que es en realidad una penúltima, porque siempre habrá otra después (la recaída).

Toda la obra de Walsh merecería ser leída en ese abismo que se abre entre el límite (la vez penúltima, la que se cree final pero que no lo es) y el umbral (la verdadera última vez, porque se abre a un paisaje totalmente nuevo). Límite y umbral: de esas fronteras, y tal vez de la imposibilidad de atravesarlas de parte a parte, Walsh se declaró testigo todo el tiempo (todo su tiempo), separando en esferas que pintaba con diferentes colores lo que, para nosotros, es a todas luces una constelación novísima y definitiva en el firmamento.

Tal vez nos sea fácil pretender que, si no hubiera muerto, Walsh habría conseguido, finalmente, atravesar el umbral que estuvo buscando casi toda su vida, como el maniático que era (en su compulsión, fue el primero en reconocer el aire de maestra que se desprendía de su prolijísima letra, formada a fuerza de violencias corporales en la infancia). Pero, además de incomprobable, esa hipótesis es banal: porque parece sugerir que el malestar walshiano a propósito del fin de la literatura (del fin del arte) era apenas un episodio psicológico, y además porque no se entiende de ese modo que la grandeza de Walsh se mide precisamente en el modo en que se mantuvo en equilibrio en ese borde del infierno, en su incapacidad (que vivió con un dramatismo que no deja de asustarnos), sostenida, una vez más con tesón de maniático, para separar literatura, política y trabajo cotidiano.

Mucho más difícil que interpretar una pose es continuar un gesto, y sorprende que, todavía hoy, a treinta años de su desdichada desaparición, se sigan interpretando los dichos y los escritos de Walsh como si fueran poses congeladas en el pasado y no indicaciones para nuestro propio movimiento que deberíamos intentar seguir.

Pienso en la “Carta Abierta a la Junta Militar” (así se llama ese texto en los autógrafos que se conservan). Los archivistas y los historiadores podrán corregir con justicia cada uno de los datos que Walsh encuentra y transcribe para darle sentido al episodio más sombrío de la historia argentina. Pero no habrá un solo dato que, corregido, permita quitarle a ese texto decisivo de la modernidad occidental (comparable sólo al “Yo acuso” de Emile Zola) la fuerza que desde un comienzo tuvo para definir de un solo golpe lo que la dictadura era (sus fundamentos, su modo de operar, su metafísica del mal y su carácter absolutamente suicida). Una vez constatada esa fuerza de discurso que hace treinta años fijó lo que todavía hoy estamos acostumbrados a sostener sin temor de estar equivocándonos (gracias a un juego complejo de potencias de la imaginación sobre las que sería reiterativo detenerse), de todos modos, no tendría sentido complacerse en una admiración sin consecuencias, detenerse, como quien contempla la estatua de un prócer, en la celebración de la pose de quien supo mostrarnos el goce constitutivo del estado de excepción, en vez de ensayar un movimiento consecuente con esa revelación.

Más importante todavía que la interpretación histórica que la “Carta” suministra es la pregunta que hace a sus lectores. Al sostener que la lucha a la que la “Carta” se refiere continuará, pero bajo nuevas formas, lo que postula Walsh como petitio, lo que la “Carta” plantea como pregunta a sus lectores es cuáles serán esas nuevas formas de una lucha que no puede ni debe cesar.

Es en relación con esa pregunta que la actualidad de Walsh se mide (y que su último sueño se comprende mejor). De acuerdo, fue un gran escritor (imaginó formas de literatura en su época desconocidas); de acuerdo, fue un gran periodista (imaginó formas de periodismo en su época poco transitadas). Pero fue, además, un gran intelectual y lo fue precisamente por la gravedad de las preguntas que pudo plantearle a su tiempo (y, en consecuencia, al nuestro, que no ha conseguido todavía dejar de soñar la misma pesadilla).

En el mismo instante de peligro en el que Walsh entregaba la “Carta Abierta a la Junta Militar”, en otra parte, otros imaginaban una ética que proponía liberar la acción política de cualquier forma de paranoia unitaria y totalizante; abandonar el prejuicio de que hay que estar triste para ser militante, incluso si lo que se combate es abominable; soltar las amarras de las viejas categorías de lo negativo (la ley, el límite, la castración, la falta, la carencia) que el pensamiento occidental sacralizó durante tanto tiempo como formas de poder y modos de acceso a la realidad; en definitiva: no enamorarse del poder.

Se me dirá que es imposible saber si en esa dirección se habría dirigido Walsh si no se lo hubiera impedido una emboscada (de la que formaba parte la misma cita que lo llevó a la muerte). Sea. Al mismo tiempo, toda otra dirección no puede ser sino imaginaria y de lo que se trata, en todo caso, es de llevar la pregunta hasta sus últimas consecuencias, en todas las direcciones posibles, para poder decidir la respuesta que nos gustaría balbucear.

Abandonar el límite... abandonar la angustia por el límite... abandonar la busca desesperanzada de un umbral. Como ya lo habían insinuado otros: aunque encontremos ese umbral lo que es seguro es que la puerta permanecerá cerrada. No soñar el cielo, un más allá; sencillamente hacerlo, acá.

Si bien es cierto que difícilmente podría describirse a Walsh como un intelectual benjaminiano, le cuadra bien la sentencia de las Tesis de filosofía de la historia según la cual “articular históricamente el pasado no significa conocerlo ‘como verdaderamente ha sido’ sino adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro”.

Si se relee con detenimiento la obra de Walsh se comprenderá que hay una unidad en la multiplicidad aparente que la constituye (¿pero, una vez más, hay manera de dar el salto de la multiplicidad a la unidad sin perderse en los laberintos de la angustia?): todos y cada uno de sus textos, desde los cuentos de Un kilo de oro y Los oficios terrestres hasta la “Carta Abierta a la Junta Militar” –pasando, claro, por Operación Masacre, Rosendo y las investigaciones etnográficas que publicó en las revistas de moda– llevan la marca del instante de peligro.

De hecho, sería hacer poca justicia para con la intensidad de una vida que no se privó de una extrema sensibilidad en relación con los vientos de la historia, fijar su sentido en el instante en el que la muerte golpeó su puerta. Ningún martirologio dice otra verdad que el triunfo irrefutable de la muerte. Mejor es pensar que la historia relampaguea en un instante de peligro en todos y en cada uno de los textos de Walsh (ésa es la luz que les reconocemos) y que es la capacidad para detectar esos instantes, y para imaginarlos como textos, lo que permite medir el tamaño de la esperanza walshiana.

El Mesías viene no sólo como Redentor, sino también como vencedor del Anticristo. Sólo tienen derecho a encender en el pasado la chispa de la esperanza aquellos traspasados por la idea de que ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence.

Fuente: Suplemento especial Radar-Página/12, "30 años sin Walsh", 25/03/07


Un escritor político

Por Eduardo Jozami

En estos días, el novelista Paul Auster se preguntó —una vez más, como lo han hecho tantos escritores— para qué sirve la literatura. Para nada, se respondió: “Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento, impedido que la bala penetre en el cuerpo de la víctima, evitado que una bomba caiga sobre civiles inocentes”. Medio siglo antes, Jean-Paul Sartre había llegado a parecida conclusión, considerando irrelevante su gran novela filosófica: “Frente a la muerte de un niño, La Náusea carece de peso”.

Pero mientras el filósofo francés abandonó, desde entonces, la literatura de ficción, Auster no dejará de contar historias, a pesar de haber constatado la inutilidad de la literatura. Con argumentos para nada desdeñables, se enorgullece de su tarea como novelista: imaginar y contar ficciones es algo propio del género humano y no cree que sea necesario, deseable ni tal vez posible, negarse a enhebrar relatos, sustraerse a la magia de los personajes y el encantamiento de las imágenes.

Sin embargo, recurrentemente y en particular en situaciones de crisis, los escritores se preguntan por la incidencia de lo que escriben sobre la realidad. Roberto Arlt, en los años 30, despreciando las exigencias de estilo, quería novelas que “encierran la violencia de un cross a la mandíbula”, aunque su noción de la eficacia de los textos adoptara un discutible matiz cuantitativo, “un libro tras otro y que los eunucos bufen”. Más tarde, los intelectuales de Contorno, tan insatisfechos de la tradición encarnada en Sur como incómodos por el lugar que ellos mismos ocupaban frente al peronismo, impugnaron la levedad, el espíritu festivo, lo que consideraron juvenilia intrascendente de la generación martinfierrista de los años 20, reclamando del escritor un compromiso distinto. En esa misma línea de exigir una “misión” a la literatura, Scalabrini Ortiz había rechazado espejismos y vanidades para afirmarse en “la resolución inquebrantable de saber exactamente cómo somos”.

Rodolfo Walsh, es sabido, juzgó con severidad buena parte de su obra, condenando injustamente muchos textos. A mediados de los años 60 consideró la literatura policial “un ejercicio estéril de la inteligencia” y abominó del libro con el que había obtenido en la década anterior el Premio Municipal. No será más walshiano quien se atenga a estas abominaciones, sólo se privará de algunas buenas lecturas y de advertir las marcas que esos textos dejan en la obra posterior de Walsh. En las caldeadas vísperas de 1972, éste cuestionó también sus cuentos reunidos en Los oficios terrestres (1965) y Un kilo de oro (1967) como producto de un proceso de despolitización, consecuencia de haber aceptado en los años de su consagración literaria, la encerrona de la “trampa cultural”.

Sin embargo, si las declaraciones en ese período suelen ser tan rotundas como injustas con su obra literaria, en su afán de afirmar una categórica prioridad de la política; las anotaciones de su diario sugieren lecturas más complejas. Debatiéndose en la imposibilidad de avanzar en su escritura, Walsh recurre a un cuestionamiento de la novela como formato perimido, tesis que no siempre parece conformarle. Preocupado porque algún compañero de militancia le reprocha escribir para los burgueses, se interroga sobre la posibilidad de ser leído por obreros como había ocurrido con el periódico CGT, pero sabe que esto no resulta fácil con los textos de ficción: él conoció un obrero panadero que leía a Baroja, otro panadero, pero el mundo de la ficción está alejado de los obreros. La única conclusión categórica que nos deja entre tantos interrogantes de su diario es que —desde 1968, por lo menos— se ha convertido en un escritor político.

Quizá sea esta afirmación, que puede parecer obvia, la clave para entender toda su obra después de Operación Masacre. La política lo ha inundado todo y nada de lo que se escribe puede sustraerse a ella. Sin embargo, el mismo Walsh no siempre lo advierte. Así contrapone sus cuentos a los textos “verdaderamente políticos” de no ficción, considerándolos un pasatiempo casi inofensivo, denuncias en las que “hay culpables, pero sólo son personajes de novela”. Difícil entender que la subordinación a la “trampa cultural”, ese gesto complaciente que habría convertido al escritor en un “ganso del capitolio”, generara textos tan productivamente políticos como el relato “Esa mujer”.

Siempre me he preguntado por qué cuando se habla de la ubicación de Walsh en la literatura política argentina, las referencias obligadas son Sarmiento, Echeverría y Hernández. ¿Por qué ese salto de casi un siglo, en el que no parece obligada ninguna otra mención? No se debe a que no existan otros escritores que puedan incluirse en esas tradiciones sino a que aquellos textos tienen un carácter fundacional. La tradición liberal argentina debe mucho a la historiografía de Mitre y el pensamiento constitucional de Alberdi, pero se funda en dos obras literarias: Facundo y El Matadero. En cuanto a la visión del mundo rural, alternativa al discurso civilizatorio, debe todo al Martín Fierro, tanto la narración de la rebeldía del gaucho matrero, como la resignada aceptación, en la segunda parte, de la inevitable desaparición del gaucho.

La literatura de Walsh a partir de Operación Masacre puede compararse sin desmedro con aquellos antecedentes ilustres. Entre las sucesivas ediciones del texto sobre los fusilamientos del 9 de junio y la Carta a la Junta Militar puede leerse toda la segunda mitad del siglo XX argentino: la proscripción popular, la creciente subordinación militar a los intereses económicos más concentrados, el celo represivo que se perfecciona en cada nueva instancia, el intento de reconversión de la sociedad argentina cuyas consecuencias regresivas todavía padecemos. En esta lectura política no es menor el aporte de los textos walshianos de ficción. El ocultamiento del cadáver de Evita se corresponde con la no mención de su nombre en el cuento para generar un vacío estruendoso que denuncia las pasiones que despierta “Esa mujer”. Las reacciones del coronel maníaco frente al cadáver que considera suyo muestran cómo el odio de sus enemigos ocultaba también sentimientos más complejos. Incluso análisis interesantes como el de Sebreli, que el propio autor condenará más tarde, empalidecen frente al cuento de Walsh, en su capacidad de mostrar (sugerir) todo lo que condensa la figura de Eva Perón.

“Imaginaria”, el cuento en que un soldado mata al oficial vengando antiguas vejaciones, se integra con “La granada”, un ejercicio de teatro del absurdo, para advertir las cuotas similares de autoritarismo y sin sentido que caracterizan la vida militar. El terrateniente de “Fotos” que no prendía la radio para no encontrarse con “ese hombre” se asocia con el coronel secuestrador de “Esa mujer” para expresar la virulencia que puede adquirir el antiperonismo como ideología antipopular por excelencia. Hasta los cuentos de tema infantil como la serie de los irlandeses están cargados de política: Walsh situó allí su metáfora sobre la muerte de Guevara. Complementado con el artículo que escribe en la misma fecha, fines de 1967 para Casa de las Américas, el texto sintetiza su pensamiento político de entonces. El Tío Malcom, que se asumió como vengador, ha sido derrotado: el pueblo debe confiar en su propia organización.

Walsh, que era antes que nada un escritor, nunca perdió la obsesión por una frase bien escrita, esa fascinación por la feliz asociación de las imágenes, por eso no habría rechazado los argumentos de Auster. Sin embargo, cuando la política irrumpió en su vida, quiso que su literatura aportara a la causa popular en la que cada vez se comprometía más. Pensó que lo había logrado sólo en parte y algunos, dispuestos a creer que la literatura era un mero pasatiempo para quienes no se animaban al compromiso militante, lo siguieron en sus condenas y abominaciones respecto de una parte de sus escritos. Treinta años después el conjunto de su obra (ficción, no ficción, teatro, trabajos periodísticos, su militancia) constituye el aporte más significativo a la literatura política de la Argentina contemporánea. Es importante señalarlo, aunque a veces haya que contradecir al propio autor.

Fuente: Suplemento especial Radar-Página/12, "30 años sin Walsh", 25/03/07


Un militante irlandés

Por Andrew Graham-Yooll

Prefiero el recuerdo de una etapa de mayor ternura, de la amistad y la charla, de la anécdota y el cuento. Eso no anula el compromiso. Pero, a esta distancia, me gustan cada vez menos las explicaciones y exaltaciones de la militancia combativa, la que veo casi como un apunte histórico, una línea al pie de la página de la razón perdida. En el recuerdo ahora están los encuentros en la casa de Susana “Pirí” Lugones, en el edificio Hogar Obrero, de Rivadavia al 8000, tertulias interminables donde en buena parte del discurso se transparentaba la ascendencia irlandesa. Ese pasado familiar había sido de una dureza y austeridad que marcaron a Rodolfo Walsh con cicatrices que jamás se desvanecieron. Esa firmeza, casi un rasgo de alguien criado en el siglo diecinueve, encajaba bien con mi propia ascendencia escocesa, y llevaba al entretenimiento de comparar, quizás competir, en torno de cuál de los dos pueblos era más duro, más frío, más guerrero. En esas reuniones en lo de Pirí, donde concurrían Augusto Roa Bastos, Manuel Puig, Tomás Eloy Martínez, dramaturgos, poetas, editores y más, había fraternidad, humor, mucho humor, y cierta habilidad para la diversión. Walsh ponderaba a los que respetaba. Ahí el discurso era serio, Walsh era el hombre de Operación Masacre. Pero sabía divertirse, por sobre su huesuda cara y semblante severo, atraía a la compañía reunida con chistes, juegos y relatos. Ahí estaba su hija Vicky, mujer hermosa si las había, y la cita permitía a padre e hija una alegre, cariñosa reunión “familiar”.

Eran los años del general Onganía, hipócrita si los hubo, y también eran los tiempos de la CGT de los Argentinos, que fundó el gráfico Raimundo Ongaro (luego de su elección como secretario general en el congreso Alejandro Olmos, el 30 de marzo de 1968), e instaló en el edificio de la Federación Gráfica en Paseo Colón al 700. Walsh, y su compañero de los comienzos de Prensa Latina, Rogelio García Lupo, cuyos libros, La rebelión de los generales, o Mercenarios y monopolios, siempre ponderaba, hicieron el periódico de la CGT. Ahí se publicaron algunos extractos de ¿Quién mató a Rosendo? (1969), y creo que algo de El caso Satanowsky (1973). En esos tiempos de creciente militancia y represión, no tardó en caerles un militar de alta graduación con un juicio por difamación. La nota que provocó la acción, sin firma, pero de la pluma de uno de los dos editores, fue atribuida a un compañero muerto en un tiroteo. El juez dejó sin efecto la causa.

Creo que a poco de la clausura del diario Noticias, el 27 de agosto de 1974, publicación de la JP (Tendencia) y Montoneros, en la que Walsh dijo en algún momento, y no todo en chiste, haber alcanzado su ideal periodístico como jefe de policiales, no volvimos a vernos. El 6 de noviembre el gobierno de María Estela Martínez Cartas de Perón implantó el estado de sitio, decreto que fue una especie de cheque en blanco para la Triple A.

La noticia de su muerte me llegó en el exilio londinense. De ese marzo de 1977 tengo dos documentos de recuerdo. Uno es la publicación de la Oficina de Prensa del Partido Montonero que comenzaba a distribuir, con fecha 19 de abril, la Carta Abierta de Rodolfo Walsh. El otro documento es la misma Carta, pero en inglés, “A Year of Dictatorship in Argentina”, publicada en Londres con fecha de julio de 1977, distribuida por un “Committee to Save Rodolfo Walsh”, entidad formada y dirigida por Lord Avebury, miembro activo y dirigente del partido liberal y de Amnesty International. Esa campaña fue, para mí, una justificación de la acción de Rodolfo Walsh, pero también el texto del adiós al que fue un amigo.

En la biografía de Walsh, escrita por el periodista irlandés Michael McCaughan, True Crimes: Rodolfo Walsh, the life and times of a radical intellectual, publicada en Londres en 2002, se me cita comentando, “No creo que Walsh sea una figura heroica. La figura de un héroe es imponente y Walsh era flaco y no muy alto, pero aun así tiene un gran parecido con la figura del héroe de la independencia irlandesa, Michael Collins: su estrategia era implacable en la guerra, su causa fue traicionada y fue muerto en una emboscada”.

Es un recuerdo personal.

Fuente: Suplemento especial Radar-Página/12, "30 años sin Walsh", 25/03/07


Editar a Rodolfo Walsh

Por Jorge Lafforgue, editor y ensayista

Al verse rodeado, sacó su pistola calibre 22. Lo cruzaron a balazos. Ocurrió el viernes 25 de marzo de 1977 en el barrio porteño de San Cristóbal. Dos meses atrás, Rodolfo Walsh había cumplido cincuenta años.

Intelectual emblemático de los ''60, fue uno de los máximos escritores argentinos del siglo XX. Nadie como él encarnó los dilemas y tensiones de su época, nadie los vivió tan a fondo. Traductor, antólogo, periodista, narrador, autor de textos políticos y militante, en todas estas actividades jugó un papel relevante, en todas dejó una marca personal indeleble.

Si en rápida enumeración recordamos sus traducciones (entre otros textos, novelas y cuentos de Ambrose Bierce, William Irish, Horace McCoy, Raymond Chandler y Dalton Trumbo); sus antologías (del cuento policial argentino, la del cuento extraño y la que conforma Crónicas de Cuba); su extensa y variada labor periodística; sus dos obras de teatro (La batalla y La granada); sus cuentos y su militancia, sin mayores dificultades podemos vislumbrar enlaces diversos e interactuantes. Porque en él ninguna de esas actividades se desarrolla al margen de las restantes, y salvo cuestiones de mera cronología forman un conjunto homogéneo/heterogéneo en permanente ebullición y enlace. Tomemos un ejemplo fácil: en buena medida sus traducciones contribuyen a su labor de antólogo y ciertamente no son ajenas a la elaboración de sus cuentos, en particular aquellos de corte policial, cuyos procedimientos narrativos, por lo demás, se dejan adivinar en los relatos restantes. U otro ejemplo dicho con sus propias palabras: "Durante años he vivido ese vaivén entre el periodismo y la literatura, y creo que se alimentan y realimentan mutuamente: para mí son vasos comunicantes. Creo que en mis notas sobre los frigoríficos o los obrajes, por ejemplo, los contactos que hice implicaban posibilidades literarias futuras, al margen de que confirmaban mi militancia política" (entrevista en el semanario Siete Días, N° 110, 16-22/VI/1969). Pero no son estos ejemplos de correspondencias, que podríamos multiplicar al infinito, los que nos inquietan en Walsh. Porque es obvio que en todo gran escritor pueden leerse parecidas realimentaciones (pensemos en los textos de Borges y de Arlt, verdaderos paradigmas en ese sentido).

Esos múltiples enlaces, que se leen al nivel de su escritura, remiten a otros que la exceden o, al menos, la cuestionan. Apunté narrativa y compromiso político, dos instancias que se abren a otras similares, como si se tratara de círculos concéntricos: ficción y no ficción, literatura y política, trampa cultural o militancia sin fisuras; de donde la instancia final pareciera responder a la alternativa: ¿subvertimos el lenguaje o cambiamos la sociedad? Pues claramente, aunque no sin saltos, retrocesos o autocríticas, no en un proceso lineal, se produce en él un deslizamiento que marca el desplazarse de la conjunción copulativa "y" por la disyuntiva "o". Porque para Rodolfo Walsh la alternativa bifronte se vuelve una alternativa de hierro.

No obstante, no se trató únicamente de un planteo personal de una elección individual. Por el contrario, esa elección convergía sobre el rol del intelectual en la sociedad de su tiempo; y en América latina, en los años ''60, la carga ética de esa elección devino con frecuencia radical. No por azar, la figura emblemática de esos años fue un médico nacido en Rosario, escritor y guerrillero.

Consecuentemente, en el terreno de las letras, Contorno, revista clave de la generación emergente, comienza abriendo un fuerte debate sobre la historia y el quehacer de la literatura nacional, gira luego hacia los análisis socioculturales y finaliza con incursiones netamente políticas. David Viñas, su figura más relevante, publica en 1964 un agudo y polémico ensayo cuyo título habla por sí mismo: Literatura argentina y realidad política. Y en París ¿no sufre parecidos dilemas Julio Cortázar? ¿y qué brújula orienta la búsqueda de "la palabra justa" en Paco Urondo? ¿y qué rastros persiguen Abelardo Castillo y sus esforzados grillos? ¿similar problemática no se lee en Juan Gelman, Andrés Rivera, Haroldo Conti, Miguel Angel Bustos, Juana Bignozzi, y tantos otros escritores que afirman sus voces por esos años? ¿Acaso no se quiso blindar la rosa, blindar la poesía entera?

[Del prólogo de Un oscuro día de justicia]

Fuente: Revista Eñe, Clarín, 09/08/06


Carta a Rodolfo Walsh

Por Osvaldo Bayer

Pese a que nací el mismo año que Rodolfo Walsh, siempre lo consideré un maestro. Pese a su asesinato por los sicarios de Massera, Rodolfo sigue hoy más vivo que nunca a través de sus escritos y su ejemplo. Por eso, en el aniversario de su muerte le escribí una carta sabiendo de antemano que me va a responder desde sus libros, cada vez que yo los vuelva a releer. Esta fue mi carta:

"Querido Rodolfo:

Tu carta a la Junta Militar lo previó todo, denunció todo, dijo todo. La escribiste aquí, en tierra y de frente. Basta comparar tus límpidas, escuetas verdades, con el último decreto de los militares que decretó la autoamnistía de los generales en huida, el firmado por aquel Bignone, el único oficial de la historia que entregó a sus propios soldados para que los asesinaran. Vos, con la palabra allí, de frente, sin moverte. Los generales con sus picanas, sus pentonavales, sus capuchas, que ya pensaban en la fuga. Desde el momento en que cerraste el sobre con tu misiva ya comenzaba la derrota del plomo. Tu palabra y tu ética, Rodolfo. Por eso tu nombre ya está en una esquina porteña. Tan pronto, contigo, la Historia hizo su selección. Vos el 'terrorista', listo a la discusión otra vez. Los occidentales y cristianos Videla, Massera y toda su cohorte de amanuenses ya en el techo de la basura de la historia, por los siglos de los siglos. Vos, sin títulos, sin premios. Es que marcaste a fuego, sin proponértelo, al resto de los intelectuales argentinos. Los hubo quienes se sentaron a la diestra del dictador a la mesa servida del triunfo de la picana y hubo otros que no oyeron ni vieron ni hablaron cuando los balazos te fueron llevando la vida. Habrás sonreído cuando leíste la nómina de intelectuales que ahora adhieren a tu recuerdo. Los que te negaron al tercer canto del gallo hoy se apresuran a aplaudirte. ¿Y que dirán aquellos científicos de las letras, faraones y mandarines de cátedras e institutos que te calificaron esteta de la muerte? Hoy se apresuran a poner tus libros en las vitrinas oficiales. Pero nunca le diste importancia a esas cosas. Con tu máquina de escribir te metiste en los intestinos del pueblo, en el dolor y la humillación de la pobrería, de los azuzados. Mientras otros se dedicaban a cuchilleros o hacían romanticismo con antiguos generales fusiladores, vos -decepcionando a los críticos literarios consagrados- te metías en la actualidad: ¡oh pecado!, y todas sus mafias. Algo imperdonable para el olimpo y los repartidores de prebendas. Pero ni reparabas en esto. Trascendías a todas las sectas de café y de cátedra. Estabas en la calle con los perros y los piojos, los jóvenes y los ilusos, eras el Agustín Tosco de las redacciones. Agustín Tosco ¿te acuerdas de ese muchachón en overol que hablaba de cosas como justicia e igualdad, dignidad y deber? Palabras que no figuran más: hoy todos nos empujamos por aparecer en tapa. Te tomaste en serio la palabra. Exageraste en eso de la verdad. Además siempre creíste que había llegado el momento de descifrar ya los jeroglíficos y las claves. Dedicabas tu tiempo a eso mientras los otros trepaban, trepaban. En una sociedad maestra del trepar soñabas con implantar normas que permitieran un país donde todos tuvieran una canilla con agua y maceta con malvones. ¿Por qué tu insistencia si ya se había demostrado que todos esos intentos terminaban como le fue a Rosa Luxemburgo, con un balazo en la nuca y con el rostro en un charco de lodo? Cometiste otro gran error que tampoco los mandarines de las letras podían perdonarte: hiciste la mejor literatura con un estilo directo, claro, preciso, como el de un maestro primario rural. Te entendían y te entienden todos. Rompiste el mito sagrado que un intelectual debe ser un travesti de las palabras y no un sembrador de quimeras y rebeldías. Tu más grande pecado fue hacer arte literario puro con sólo los siete colores primarios.

Te arrojaron vivo al mar, te enterraron como NN, te quemaron en una pira. Y aquí estás, en medio de Buenos Aires. Tan rápido la historia puso las cosas en su lugar. Pero éste es el primer paso. Porque ahora queremos saber el nombre y apellido de tus asesinos. En sí, ya los sabemos pero exigimos que lo digan los jueces y el gobierno. Porque no vayamos a creer que todo se arregla con una plazoleta. Porque seria cínico si no pusiéramos aquí también, en una placa, el nombre de tus asesinos. No aceptaríamos que los jueces nos digan que ya no es posible por las leyes de punto final y obediencia debida. Porque en ese caso tendríamos que poner el nombre de los que te asesinaron por segunda vez: los legisladores que votaron esas leyes, el espurio salvoconducto del crimen. Pero no nos mintamos. Si hoy estuvieras vivo te calificarían con los remoquetes que acostumbra el 'peronista' que está en la Casa Rosada: 'ultraizquierdista' o 'infiltrado al servicio de los intereses extranjeros'. Pero vos seguirías imperturbable. ¡Las cosas que tendrías que decir! Vos que estuviste en aquella CGT de los Argentinos tendrías tanto que hablar del señor Cassia y de la flexibilización, y de la venta de armas para matar a otros latinoamericanos, y de los bastones largos contra los pañuelos blancos de las Madres, y de los ministros de la dictadura que te asesinó y que hoy son ministros de la democracia... y de los pibes en las calles que jamás tendrán un canilla con agua y una maceta con malvones. Por algo quisieron silenciarte. Pero no lo lograron. Tus libros están de nuevo en bibliotecas y colegios. Con ellos se formarán nuevos curiosos de la verdad. Porque la ética es como una cadena sin fin que viene desde el comienzo de la Historia. Y gracias a esa ética y gracias a los Rodolfo Walsh que se fueron dando la mano, hoy todavía hay vida en este mundo. Gracias Rodolfo. Qué alegría nos ha dado el verte de nuevo entre nosotros, para siempre".

Fuente: Página/12, 01/04/95


Walsh y los fusilamientos

Por Lilia Ferreyra

"La investigación de Operación Masacre cambió mi vida –escribió Rodolfo Walsh–. Haciéndola comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior." Y decidió enfrentar esas dos dimensiones con la profunda convicción de que no podía ni debía renunciar a un sentimiento básico: "La indignación ante el atropello, la cobardía y el asesinato". Porque él no era peronista cuando se produjo el levantamiento que encabezó el general Juan José Valle, ni cuando escuchó aquella frase "hay un fusilado que vive", ni cuando resonó en su conciencia el grito de Mario Brion "¿así nos matan?", antes de que lo atravesaran las balas del comisario Rodríguez Moreno. Como una piedra en el agua que va ampliando el impacto de su caída, la investigación sobre los fusilamientos en el basural de José León Suárez también significó para Rodolfo ir más allá de la denuncia del crimen y la identificación de los responsables. Quiso llegar a comprender en toda su extensión las razones políticas de esos trágicos hechos. Y mientras avanzaba en la investigación comenzó a entender, comenzó a conocer quiénes eran y habían sido los destinatarios de tanto odio, y quiénes los ejecutores. Hay una escena no demasiado recordada en Operación Masacre sobre la mañana siguiente a los fusilamientos. En el basural todavía estaban los cadáveres dispersos en las inmediaciones de la ruta y, de a poco, "una muchedumbre espantada y sombría se fue congregando en torno al pavoroso espectáculo", cuando un auto "nuevo, largo y reluciente frenó de golpe ante el grupo. Una mujer asomó la cabeza por la ventanilla.

 
Mario Firmenich habla sobre Rodolfo Walsh. Inicia con la muerte de Perón y la tapa de "Noticias" redactada por Rodolfo Walsh

–¿Qué sucede? –preguntó.

–Esa gente... que la han fusilado –le contestaron.

Ella tuvo un gesto irónico.

–¡Muy bien hecho! –comentó–. Tendrían que matarlos a todos." Los humildes pobladores de José León Suárez la corrieron a cascorazos.

Rodolfo, que había creído en los valores de libertad, justicia y democracia que había proclamado la llamada Revolución Libertadora de 1955, fue descubriendo la falacia y la hipocresía de esas palabras cuando expresan los intereses de una clase privilegiada. En 1969, en una nueva edición de Operación Masacre, escribió: "Los militares de junio de 1956, a diferencia de otros que se sublevaron antes y después, fueron fusilados porque pretendieron hablar en nombre del pueblo: más específicamente, del peronismo y la clase trabajadora. Las torturas y asesinatos que precedieron y sucedieron a la masacre de 1956 son episodios característicos, inevitables y no anecdóticos de la lucha de clases en la Argentina (...). Que (la oligarquía) esté temporalmente inclinada al asesinato es una connotación importante, que deberá tenerse en cuenta cada vez que se encare la lucha contra ella. No para duplicar sus hazañas sino para no dejarse conmover por las sagradas ideas, los sagrados principios y, en general, las bellas almas de los verdugos."

En los veinte años que siguieron a Operación Masacre, la vida de Rodolfo se fue enraizando cada vez más con la historia del país, trazando con sus oficios terrestres y su compromiso político una trayectoria insobornable que lo instaló para siempre en la memoria.

Lo único que no cambió con la investigación de los fusilamientos fue la cédula falsa a nombre de Norberto Pedro Freire, que usó para protegerse. Veinte años después, el 25 de marzo de 1977, cuando lo emboscó el Grupo de Tareas de la ESMA, llevaba esa cédula. Quizás, en una dimensión que trasciende el rígido límite entre la vida y la muerte, podamos decir que en ese día inevitable acribillaron a Norberto Pedro Freire. Rodolfo Walsh se les escabulló una vez más: minutos antes había despachado la Carta a la Junta Militar, un texto magistral cuya vigencia, junto con Operación Masacre, se proyecta hasta nuestros días como un aporte fundamental para que las nuevas generaciones comprendan la historia que las antecede.

Página/12, 10/06/06


Jaque mate a los asesinos de Walsh

El 25 de marzo de 1977 un grupo de tareas de la ESMA emboscó al autor de Operación Masacre, en San Juan y Entre Ríos. El escritor se resistió y resultó muerto en el tiroteo. Su cadáver fue llevado a la ESMA.

Por Victoria Ginzberg

El juez federal Sergio Torres ordenó la captura de dieciséis represores que participaron en el crimen contra Rodolfo Walsh. En la tarde del 25 de marzo de 1977, el escritor fue interceptado cerca de San Juan y Entre Ríos por un grupo numeroso de personas entre los que había militares y miembros de diferentes fuerzas de seguridad. El objetivo era llevarlo a la Escuela de Mecánica de la Armada para torturarlo, pero Walsh se resistió. Después de un tiroteo, finalmente llegó a la ESMA, aunque lo habrían conducido allí sin vida. Hasta hoy, sigue desaparecido. Entre las cosas que llevaba encima cuando lo mataron, había algunos ejemplares de la Carta a la Junta Militar en la que el periodista denunciaba a los planificadores y ejecutores del terrorismo de Estado. "Lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes", señalaba.

Los represores que Torres mandó a arrestar son: los marinos Jorge Eduardo Acosta, Alfredo Astiz, Pablo García Velazco, Jorge Radice, Jorge Vildoza, Juan Carlos Rolón y Antonio Pernías, el militar Julio César Coronel, el prefecto Héctor Febres; los policías Roberto González, Ernesto Weber, Pedro Salvia, Juan Carlos Fotea, Juan Carlos Linares y los oficiales del Servicio Penitenciario Federal Gonzalo Sánchez y Carlos Generoso. La medida también abarcaba a Enrique Yon y Roberto Naya, que fallecieron.
Acosta, Astiz, Radice, Pernías, García Velazco y Febres ya estaban presos. Vildoza tiene un viejo pedido de captura por la apropiación de un hijo de desaparecidos, por el que está prófugo. El resto está siendo indagado o buscado por el juzgado. Rolón, que había quedado en libertad luego de que la Cámara de Casación le concediera la excarcelación en otra causa hace un mes, ya regresó a la cárcel.
Según relató la compañera de Walsh, Lilia Ferreyra, ante el tribunal, el 25 de marzo de 1977 ambos salieron de su casa de San Vicente y antes de tomar el tren de las 12, el escritor se encontró con el martillero que les había vendido la propiedad, quien le entregó el boleto de compraventa. Ferreyra y Walsh se separaron en Constitución y quedaron en verse a las cinco de la tarde o luego en San Vicente. El escritor tenía que reunirse con una persona en la zona de Congreso.
Walsh no se encontró con su mujer por la tarde. Al día siguiente por la mañana, Ferreyra y la hija menor del periodista, Patricia, fueron a la casa de San Vicente. La encontraron vacía, saqueada, con algunos objetos rotos en el jardín y con impactos de balas de grueso calibre en las paredes interiores y exteriores. Entre las cosas que se llevaron, había originales de la obra inédita del escritor.
Testimonios de sobrevivientes de la ESMA y declaraciones de los mismos represores permitieron reconstruir parcialmente lo que ocurrió. Lisandro Cubas declaró que el suboficial Roberto González le aseguró en la ESMA que lo habían condecorado "por su valentía en el combate por haber sido herido en el secuestro de Walsh". En el marco del Juicio por la Verdad, la Cámara Federal citó a González y otros integrantes del grupo de tareas de la ESMA. La mayoría no quiso hablar o negó cualquier vinculación con los hechos por los que eran interrogados. Pero González no tuvo empacho en reconocer su participación. Afirmó que había estado en el "operativo de contención" y que la patota que interceptó a Walsh la integraron entre ocho y catorce personas. Cubas relató también que a fines de marzo de 1977 escuchó en la ESMA a Juan Carlos Coronel –que era miembro del Ejército pero colaboraba con los marinos– decir: "Walsh se nos murió". "No respetó la voz de alto y le tuvimos que tirar", señaló. Otro sobreviviente aseguró que Weber, a quien le decían "220", se ufanaba ante los detenidos de haber realizado los disparos que mataron al escritor. El ex detenido Martín Grass vio el cuerpo del Walsh en la ESMA. Estaba tirado en uno de los pasillos y partido por una ráfaga de ametralladora. Su cuerpo nunca apareció.

El saqueo

En la madrugada del 26 de marzo, la casa de Walsh y Ferreyra en San Vicente fue saqueada y casi destruida. Una vecina, María Yolanda Mastruzzo, relató que poco antes de las cuatro de la mañana escuchó "voces que decían que los habitantes de la finca salieran con las manos en alto". Ella y su esposo obedecieron y encontraron que les estaban apuntando. "Había muchísima gente, todos armados y gran cantidad de vehículos, entre ellos un patrullero y una camioneta del Ejército. Una persona que tenía una boina con unos ‘chirimbolos’ en el costado, con un águila en la gorra y otra en el saco o la campera que llevaba nos dijo que andaban buscando a una pareja, describiéndonos cómo eran los mismos, indicándoles por la descripción que serían mis vecinos", narró la mujer. Mastruzzo reveló que un rato después escuchó un tiroteo –"parecía una guerra"–. A las siete de mañana, cuando ella y su esposo se animaron a volver a asomarse a la calle, vieron un policía que había quedado "al cuidado" de la casa y que les dijo, mate de por medio, que si venían los vecinos no les dijeran que él era policía porque "lo querían agarrar vivo". Después llegó la Brigada de Explosivos y estalló una bomba. Luego, todos se fueron. "Quiero aclarar que antes de retirarse los vehículos vimos cómo se llevaban cosas de la casa", describió.
Además de bienes y un Fiat 600, los represores de la ESMA se apropiaron de material literario y periodístico de Walsh. Muchos de esos escritos fueron vistos por detenidos en el tercer piso del casino de oficiales de la ESMA. Allí también estaba la Carta abierta a la Junta Militar, que Walsh había llevado al correo ese día. Sólo algunas copias llegaron a destino, además de los cinco ejemplares que Ferreyra pudo despachar. A un año del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, el autor de Operación masacre concluía:
"Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror. Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio (...) Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada".

Fuente: Página/12, 28/10/05


Menéndez

No al indulto

Por Camilo Ratti desde Córdoba

La Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba declaró por mayoría la inconstitucionalidad de las leyes de obediencia debida, punto final y el decreto de indulto que benefició a Luciano Benjamín Menéndez en la causa 31-M-87 (que reúne mas de 450 causas), por la cual estuvo a punto de ser juzgado en 1989. El Tribunal respondió afirmativamente al pedido de la fiscal federal Graciela López de Filoñuk, quien el 2 de octubre de 2001 había solicitado la inconstitucionalidad de las leyes y el decreto presidencial, pero la jueza Garzón de Lascano lo había rechazado en marzo de 2003. Aunque el ex comandante del III Cuerpo está procesado y detenido por otras causas nuevas junto a otros represores, este dictamen es fundamental para poder llegar al juicio oral y público que se paralizó hace dieciséis años.
En un fallo histórico de setenta y cinco páginas, los camaristas Gustavo Becerra Ferrer, José Alejandro Mosquera, Humberto Aliaga Yofre, Ignacio Vélez Funes y el juez federal Ricardo Bustos Fierro, declararon por mayoría la inconstitucionalidad de las leyes de obediencia debida, punto final y el Decreto presidencial 1002/89 que indultó el 10 de octubre de 1989 a Luciano Benjamín Menéndez, paralizando el juicio en su contra que debía comenzar el 25 de octubre de aquel año. Salvo Mosquera, que consideró "nulo" el indulto, los otros camaristas sostuvieron el concepto de "inconstitucionalidad".
"Con esta decisión, que confirma lo que solicité hace cuatro años, se retrotraen todos los efectos procesales a como estaba la causa antes de dictarse las leyes y el indulto", dijo a este diario Graciela López de Filoñuk, quien no podía ocultar su satisfacción por el fallo de la Cámara Federal, que ayer hizo lugar al pedido presentado por ella el 2 de octubre de 2001 y que fuera rechazado por la jueza Cristina Garzón de Lascano el 21 de marzo del 2003.
La fiscal federal resaltó la importancia de lo resuelto por dos motivos: el indulto era el único impedimento legal para el juzgamiento de Menéndez en la causa 31-M-87, que reúne a su vez a mas de cuatrocientas cincuenta causas con gran cantidad de pruebas y testimonios, y porque en agosto la Cámara había declarado la inconstitucionalidad de las leyes sólo en la causa Brandalisis, y ahora lo hace en la "causa madre". "Yo necesitaba ambos hechos, porque ahora puedo reabrir la causa contra todos los que actuaron en la represión ilegal, que están denunciados en todas estas causas, y también contra su jefe máximo, que siempre se beneficiaba por el indulto." Aunque la fiscal no pudo precisar la cantidad de personas que estaban imputadas en esta megacausa en la década del ’80, una fuente federal le dijo a este diario que llegarían a cincuenta, entre militares, policías y otros efectivos de las fuerzas de seguridad.
López de Filoñuk también destacó que Menéndez está hoy detenido y procesado por la causa "Humberto Brandalisis y otros", junto a ocho represores, acusados del secuestro, tortura y muerte de Humberto Brandalisis, Carlos Lajas, Hilda Flora Palacios y Hugo Cardozo. Está procesado porque son investigaciones iniciadas con posterioridad al indulto de Menem.
Claudio Orosz, abogado de Hijos y querellante junto a Martín Fresneda en la causa en representación de la familia Di Toffino y Paula de Mónaco, dijo que este fallo "pone a la Justicia a la altura de las instituciones. Ahora no hay ley que consagre la impunidad, porque el dictamen rescata que todos somos iguales ante la ley".

Fuente: Página/12, 28/10/05


Represores "rebeldes"

Seis represores argentinos –entre ellos Eduardo Emilio Massera, Jorge "el Tigre" Acosta y Alfredo Astiz– fueron declarados hoy "en contumacia" (rebeldía) ante la Justicia romana, en un dictamen que abre la posibilidad de un proceso judicial en su contra por la muerte y desaparición de ciudadanos italianos en nuestro país durante la última dictadura militar. El fiscal Francesco Caporale solicitó el procesamiento de Massera, Acosta y Astiz, además de los oficiales de la Armada Jorge Raúl Vildoza, Antonio Vañek y Héctor Antonio Febres, imputados por la desaparición de Angela Aieta, Giovanni Pegoraro y su hija Susanna Pegoraro, quien estaba embarazada. Todos ellos integraban el "grupo de tareas 3.3.2", que operaba en la ESMA y el juez Marco Mancinetti debe pronunciarse ahora sobre el pedido de apertura del juicio oral y público contra los ex marinos. Según la agencia italiana ANSA, el juez Mancinetti designó un perito para examinar la documentación médica presentada por Massera y no se descarta que también disponga una pericia para establecer sus reales condiciones de salud. Acosta, Astiz, Vañek y Febres, quienes están detenidos en Argentina, fueron declarados contumaces porque no reconocían la jurisdicción italiana para juzgarlos; y Vildoza todavía está prófugo.

Fuente: Página 12 - 28/10/05


Un pedido para que todos los represores terminen en prisión

El fiscal federal Eduardo Taiano pedirá hoy la detención de casi 300 militares y miembros de las fuerzas de seguridad que actuaron en la ESMA. Un tercio de ellos sólo está identificado con sus alias. Debe decidir el juez.

El fiscal dará impulso a la investigación de 614 secuestros, asesinatos y desapariciones.

Por V. G.

El fiscal federal Eduardo Taiano solicitará hoy al juez Sergio Torres la detención de casi trescientos represores que participaron de secuestros y torturas en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). De esta manera, dará impulso para que se investiguen los crímenes cometidos contra 614 personas que estuvieron secuestradas o fueron desaparecidas en ese centro clandestino de detención. Según fuentes judiciales, la medida no implicará arrestos masivos inmediatos. Más de un treinta por ciento de los acusados no pudo todavía ser identificado con nombre y apellido, sino con el alias que usaba durante la última dictadura militar.
La llamada megacausa ESMA fue dividida por el juez en varias partes. Una de ellas, que estaba avanzada en el momento en que se cerró el caso por las leyes de punto final y obediencia debida fue enviada a juicio oral, pero se trabó en la Cámara de Casación. Luego, el juez investigó por separado los secuestros de las Madres de Plaza de Mayo, Familiares de Desaparecidos y las monjas francesas en la Iglesia de Santa Cruz; la apropiación de bienes de detenidos y el secuestro de Rodolfo Walsh, por el que ayer se ordenaron nuevas detenciones (ver aparte).
Ahora, el fiscal dará impulso a la parte más voluminosa del expediente, que corresponde a 614 víctimas que pasaron o fueron vistas en la ESMA. En el escrito que firmará hoy y en el que trabajó durante más de un año reclamará que se tomen declaraciones indagatorias a 256 marinos, 11 miembros del Ejército, 17 policías federales, seis integrantes de la Prefectura y cinco miembros del Servicio Penitenciario Federal. Un tercio de los acusados figura sólo con apodos o alias, pero Taiano identificó a más de 150 represores que deberían ser arrestados (en la lista podrían incluir algunos que ya están presos y otros que murieron).
La mayoría de los acusados está retirado, pero en el listado hay al menos un marino en actividad. Se trata del capitán de navío Miguel Enrique Clements, que fue jefe del Servicio de Hidrografía Naval hasta que fue denunciado por sobrevivientes de la Escuela de Mecánica de la Armada como uno de los integrantes del grupo de tareas que operaba en ese centro clandestino en 1981. En ese momento la Armada decidió relevarlo del cargo pero no lo pasó a retiro. Miembros de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos aseguraron a Página/12 que actualmente se desempeña en la jefatura del departamento de Intereses Marítimos, que funciona en el edificio Libertad y participa en mesas de exámenes que se desarrollan en la Escuela Nacional de Náutica, que todavía está en el predio de la ESMA. Taiano también solicitará la detención del represor Ricardo Miguel Cavallo, que está preso en España a la espera de su juicio oral, planeado para dentro de algunas semanas.
Además de las indagatorias, el fiscal solicitará cerca de cuarenta medidas de pruebas, entre ellas, un reconocimiento ocular a la ESMA. También reclamará que la Armada, el Ejército y el resto de las fuerzas de seguridad envíen los legajos completos de las personas imputadas o de quienes hubieran participado en el grupo de tareas de la ESMA, además de solicitar declaraciones testimoniales a los sobrevivientes de ese centro clandestino. "Una vez que recibamos el escrito, se va a evaluar y vamos a decidir los pasos a seguir", comentaron funcionarios del juzgado de Torres.

Fuente: Página/12, 28/10/05


El último día

Por Lilia Ferreyra, mujer y compañera de R. W.

Hace 28 años me separé de Rodolfo en Constitución, sin saber que ese mediodía radiante de marzo iba a quedar clavado en mi memoria. Fue el último día que vi su sonrisa cuando le dije que no se olvidara de regar esa noche el almácigo de lechugas que habíamos sembrado la tarde anterior en el jardín de nuestra casa en San Vicente. Era la 1.30 cuando cruzó la calle Brasil apretando bajo un brazo el portafolio donde llevaba las primeras copias de la Carta de un Escritor a la Junta Militar. Había cumplido con lo que también fue su última apuesta: terminar y distribuir esa carta al cumplirse un año del nefasto gobierno de Videla, Massera y Agosti.
Los meses previos habían sido dolorosamente intensos. La muerte de su hija Vicki en un enfrentamiento con fuerzas militares y el allanamiento de la casita en el río Carapachay donde solíamos pasar los fines de semana, nos habían obligado a salir de la Capital Federal, el "territorio cercado". Así llegamos a San Vicente, en el conurbano bonaerense, donde Rodolfo, en su integralidad como intelectual y militante, imaginó el tiempo por venir trabajando en sus escritos literarios y políticos sin dejar de pertenecer a la organización Montoneros. En ese largo verano, comenzó a definir la estructura de la Carta a la Junta, pulió el cuento Juan se iba por el río, organizó sus papeles en carpetas con los despachos de la Agencia Clandestina de Noticias y de Cadena Informativa; otras que clasificó con los títulos de sus futuros cuentos, como El 27 (un relato sobre su padre y su infancia en el campo), y también una en cuya carátula escribió "Los caballos", donde guardó las páginas de sus memorias sobre su relación con la política, la literatura y la vida.
La noche del 24 de marzo terminó de teclear en la Olympia portátil la última copia de la Carta. Había ganado la apuesta. Salimos al jardín bajo la claridad del cielo estrellado y, como tantas otras veces, señaló las constelaciones. Desde afuera, la casa, iluminada por dentro con las lámparas de querosén, se veía cálida y protectora. Caminamos por el pasto recién cortado; todo estaba listo para recibir el próximo sábado con un asado a nuestras primeras visitas: su hija Patricia con su marido y sus dos hijos, María de tres años y Mariano, recién nacido.
Al día siguiente, tomamos el tren a Constitución. Al llegar, hizo unos llamados para arreglar encuentros con compañeros que colaborarían en la distribución de la Carta. La primera de esas citas era caminando por San Juan, entre Sarandí y Entre Ríos. No llegó a la segunda, prevista para las 15 horas. Alrededor de las 2 de la tarde, un grupo de tareas de la ESMA lo había emboscado en las inmediaciones de la avenida San Juan. Al notar que se les escapaba, lo acribillaron con su poderoso armamento pese a que Rodolfo sólo llevaba una pistola Walther PPK calibre 22. Sobrevivientes que vieron su cuerpo en la ESMA cuentan que su torso estaba casi cortado en diagonal por la ferocidad de los impactos. Esa noche, el grupo de tareas destruyó la casa de San Vicente y robó todo lo que había en su interior. Y lo más íntimo e insustituible, sus escritos inéditos.
En 1972, al enumerar en su diario las cosas que quería, Rodolfo incluyó la "revelación de lo escondido" y la "esperanza insobornable". Hoy, la detención de los responsables de su desaparición demuestra que esa esperanza insobornable por la Justicia abre las puertas para la revelación de lo escondido, aunque hayan pasado 28 años de impunidad.

Fuente: Página/12, 28/10/05


Literatura y periodismo

Por Sergio Marelli

Admirado por García Márquez, Cortázar, Galeano y Tomás Eloy Martínez, Rodolfo Walsh fue un escritor y periodista argentino que en 1957 -ocho años antes de que apareciera A sangre fría, de Truman Capote-, lleva a su apogeo al relato testimonial (o no ficcional), mediante una investigación periodística sobre una matanza ocurrida en 1956, publicada bajo el título Operación masacre, que puede leerse como una de las grandes novelas argentinas. Lo que sigue es un retrato de la vida de este intelectual asesinado por la última dictadura militar, y cuya escritura sigue siendo uno de los más intensos y transparentes cruce de caminos entre la literatura y el periodismo.

Primeros pasos

Tenía 17 años cuando comenzó a trabajar en la editorial Hachette -empresa de origen francés con mucho peso entonces en el mercado argentino-. Primero lo hará como corrector de pruebas, luego como traductor -de Ellery Queen, William Irish y Victor Canning, entre otros-, y, finalmente, como antólogo: Diez cuentos policiales argentinos -publicado en 1953- constituye la primera antología del género publicada en su país.

Los cables de la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA)

EL GOBIERNO MILITAR Y LOS PRESOS POLÍTICOS

Buenos Aires, 20 ago (ANCLA) - En las últimas semanas se ha podido desentrañar -por lo menos parcialmente- el misterio que rodea a las anunciadas listas de detenidos políticos que el Ministerio del Interior guarda tan celosamente. En repetidas oportunidades algunos órganos de prensa escrita sostuvieron que a corto plazo la Junta Militar informaría sobre las detenciones que se vienen realizando desde el 24 de marzo pasado, pero hasta la fecha un aparente impedimento burocrático imposibilitaría la publicación de los listados y causas de los detenidos en penales y unidades de las Fuerzas Armadas.

De acuerdo a lo que hicieron conocer voceros militares a esta agencia, existe un organismo denominado COMICIA (Comunidad de Inteligencia) creado a mediados del año 1975 que se encarga, entre otras funciones, de llevar un pormenorizado registro por computadora de los detenidos, antecedentes políticos, y dependencia en la que se encuentran. También se consignan las circunstancias de la detención, el lugar y la fuerza represiva que actuó.

Cada zona o cuerpo militar posee un organismo similar de la COMICIA estando centralizada toda esta intormación en las computadoras que existen en el octavo piso del Comando General del Ejercito, al que concurren diariamente funcionarios del Ministerio del Interior, SIDE (Secretaria de Inteligencia del Estado), SIE (Servicio de Informaciones del Ejército), SIN (Servicio de Informaciones Navales). SIA (Servicios de Informaciones de Aeronáuticas). institutos penales, CENOPE (Central de Operaciones), etc.

Allegados a los generales Viola v Dalla Tea señalaron que en el mes de junio las computadoras tenían procesados los datos completos de 4210 detenidos a disposición del Poder Ejecutivo y 1420 a disposición del poder militar, lo que significa que se disponga en la actualidad de un total de 5650. Estos registros comprenden las detenciones efectuadas desde el 24 de marzo, fecha en que la Junta Militar encabezada por el general Videla se hizo cargo de la conducción de la totalidad del poder del Estado.

La misma fuente confirmó que la inconveniencia de publicar estos datos radica en que muchos de los detenidos registrados habían "aparecido' como muertos en combate en fechas muy posteriores a su detención y otros especialmente en jurisdicción del III Cuerpo, comandado por el general Menendez, está registrada la detención y los antecedentes, pero se ignora el destino final de los cautivos.

Otro tanto ocurre, según este mismo vocero militar vinculado a la Secretaria General del Comando General del Ejercito, en dependencias de la Escuela de Mecánica de la Armada donde aparecen en los registros de la COMICIA 160 detenidos, de los cuales se encuentran alojados solamente 45. Ninguno de los restantes ha sido enviado a otra dependencia carcelaria, por lo que se cree que han sido eliminados y tirados al Río de la Plata.

Por ultimo cabe consignar, según otra fuente no militar pero digna de crédito, que en la prisión militar de encausados de Campo de Mayo habría -hasta la redacción de este cable- 38 detenidos pero el Comando General del Ejército tiene registrado el ingreso de 206 personas.

"EL MUNDO EN GUERRA"

Buenos Aires, ago 27 (ANCLA) - El lunes 23 de agosto, a las 22 horas, los técnicos y empleados de Canal 7 de televisión vivieron momentos de incertidumbre al ser rodeados los estudios por un numeroso contingente de patrulleros de la Policía Federal Argentina. Los estudios del canal oficial, que depende de la Secretaría de Información Pública de la Presidencia, están ubicados en la avenida Leandro N. Alem, a 5 cuadras de la Casa Rosada, en el edificio Alas, en el que además viven gran cantidad de oficiales en actividad y retiro de la Fuerza Aérea Argentina.

El personal recién entró a los estudios una vez completado el cerco policial, manifestando el oficial a cargo del procedimiento que "la Policía Federal había recibido una denuncia telefónica, de un oficial superior del Ejército, de que desde las 21.30 se estaba pasando una película de propaganda subversiva".

Al iniciarse el despliegue el personal del canal creyó que estaba vinculado con la seguridad del personal militar que vive en el edificio, ya que en la empresa no existe ningún tipo de conflicto gremial o político.

A esa hora la primera televisora de la Argentina pasaba un documental de la serie "El mundo en guerra", que desde hace varios meses integra la programación oficial del canal.

La serie "El mundo en guerra" está compuesta por películas documentales que narran episodios de la Segunda Guerra Mundial en distintos países de Europa.

El lunes 23 a las 21.30 horas se transmitió una película referida a la ocupación nazi de Holanda, mostrando la brutalidad de los métodos de dominación alemana, la persecución y exterminio de judíos, a la vez que exaltaba los métodos de resistencia y propaganda del pueblo holandés.
En distintos pasajes se realizaron reportajes a personas que tuvieron papeles protagónicos, en los dos bandos, durante la ocupación nazi. Uno de los reporteados que había sido barrendero y militante comunista durante la ocupación, narró cómo fueron organizando la resistencia, la prensa, e! sabotaje v las huelgas.

Técnicos del canal dijeron que posiblemente este pasaje del barrendero comunista de la Segunda Guerra Mundial llevó al oficial del Ejército a efectuar la denuncia, o quizá algunas analogías entre los métodos represivos actuales y los de las tropas nazis que podrían llevar a identificar a las fuerzas represivas argentinas con los soldados de la Alemania de Hitler.

En medios allegados a Canal 7 se estimó como probable que sea levantado en forma definitiva el programa " El mundo en guerra".

DENUNCIAN COMO CENTROS DE DETENCIÓN A GUARNICIONES MILITARES

Buenos Aires, ago 27 (ANCLA) - Las Escuelas de Mecánica de la Armada y de Ingenieros del Ejercito fueron denunciadas como centros de detencion y tortura de presos políticos en la Argentina, según se desprende de sendas presentaciones formuladas por la madre y un grupo de obreros ante un juez. y un jefe militar.

La señora Eva Arancibia de Torres interpuso un habeas corpus en favor de su hijo Mario Rufino Torres, detenido el 3 de mayo en horas de la madrugada por efectivos de las Fuerzas Armadas en su domicilio de Ricardo Gutiérrez 1939, en la localidad de Olivos.

La recurrente indica en el escrito judicial que según referencias de personas que estuvieron detenidas, "mi hijo se encuentra privado de libertad en la Escuela de Mecánica de la Armada, en las avenidas General Paz y Libertador" de la capital argentina.

La madre del detenido señala que "conozco de cerca la actuación de mi hijo y estoy absolutamente segura que no ha cometido delito o falta alguna, razón por la cual estimo que se trata de una detención sin causa que debe cesar de inmediato"

Por otra parte, un grupo de obreros de la planta industrial de Terrabusi S.A. de General Pacheco, provincia de Buenos Aires, una empresa de productos alimenticios con establecimientos fabriles en distintos puntos del país, elevó una nota al subjefe del área Tigre de las tuerzas militares que combaten a la guerrilla, y que tienen su asiento en el acantonamiento militar de Campo de Mavo, en las afueras de Buenos Aires.
La nota obrera reclama la libertad de Juan Esteban Ferreyra, delegado gremial del personal de esa planta industrial, "para que se restituya a su trabajo y al seno de su familia".

Nos creemos en el deber moral de dirigirnos al señor jefe testimoniando sobre la rectitud del comportamiento del compañero de trabajo Ferreyra, no solamente como trabajador sino como representante gremial nuestro", dice la nota de los trabajadores argentinos.

Desde la instauración del actual régimen militar, el 24 de marzo pasado, los detenidos políticos en la Argentina están alojados en barcos, en antiguas cárceles rehabilitadas y en diversas guarniciones de las Fuerzas Armadas.

Testimonios recientes de liberados en la provincia de Córdoba, donde tiene su asiento el poderoso Cuerpo de Ejercito III a cargo del general Luciano Benjamín Menendez, señalan como campos de concentración y tortura a los destacamentos militares conocidos como "La Ribera" v "La Perla".
El 6 de noviembre de 1974 se implantó el estado de sitio en la Argentina por disposición del gobierno de María Estela Martinez de Perón. Al irrumpir los militares se contabilizaban en todo el país unos 4.000 detenidos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Actualmente se calcula que suman más de 15.000 y son incontables los muertos v desaparecidos.

Un día antes del golpe murieron 24 personas en todo el país por acción de la violencia política. Del 24 de marzo al 8 de abril, es decir en el lapso de 16 días, los diarios de Buenos Aires contabilizaron 152 por esa misma violencia: 19 policías, 2 militares, 68 presuntos guerriilleros, 9 cadáveres civiles identificados y 54 civiles sin identificar.

CAMPAÑA DE CENSURA Y REPRESIÓN CONTRA EL PERIODISMO

Buenos Aires, ago 30 (ANCLA) - Un agudo malestar ha causado en medios allegados a la Secretaria de Información Pública, que preside el capitán de navio Carlos Carpintero, la declaración emitida por la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA), entidad que nuclea al grueso de las publicaciones periodísticas nacionales.

La nota esta dirigida al presidente de la Nación, v cuenta como objetivo primordial el reclamo de poder informar más libremente y la condena abierta a los actos de violencia que sufren los hombres de prensa en la actualidad.

Esta inquietud de ADEPA tiene su origen en hechos concretos que abarcan todos los rubros de la represión contra el periodismo argentino, la censura, la supresión sistemática de todo tipo de prensa independiente, las amenazas, los secuestros, encarcelamientos, por último la tortura y el asesinato de varios profesionales.

"Desde que comenzó a generarse el terror sistematizado en la Argentina -dice la nota de ADEPA- hemos sido objeto de presiones, maniobras extorsivas, actos terroristas, llegándose inclusive al asesinato. Este fue el método corriente mediante el cual se trataba de lograr la autocensura y, por ende, la desinformación popular; lo importante para estos sectores era justamente, que nunca más el pueblo supiera de qué se trataba. Así fue creciendo en el país una inseguridad física que luego se vio sensiblemente agravada por la inseguridad jurídica."

Es conveniente recordar que ya durante el anterior gobierno —que ejerciera la viuda de Perón- se hicieron sentir estos efectos, numerosas fueron las publicaciones que resultaron suprimidas ("Noticias", "El Mundo", "Crónica", "La Calle", "Respuesta Popular" e innumerables periódicos políticos) y también varios fueron los periodistas asesinados, siendo los casos mas importantes los del fotógrafo Fumarola, muerto de sesenta balazos, y los cronistas Money v Colombo también brutalmente ejecutados.

Entre los detenidos de esa época figuran el periodista cordobés Roberto Reyna (torturado), el director de la revista peronista "El Descamisado", Dardo Cabo (torturado, perdió la rnovilidad de un brazo), Emiliano Costa de "El Cronista" (torturado), el ex secretario del Sindicato de Prensa, Eduardo Jozami, v el periodista Pedro Cazes Camarero. Todos se encuentran en la actualidad alojados en distintos institutos de detención, varios de ellos sin proceso, y con pésimas condiciones de trato.

"La Nación entera -prosigue ADEPA --sufrió los efectos de esa inseguridad en todos los terrenos de la vida cotidiana. Y a ello se sumaron las detenciones de periodistas, el cierre de medios de comunicación, la instauración de ambiguas normas legales tales como la ley de seguridad del Estado, y el dictado de medidas económicas tendientes a ahogar financieramente a los diarios. Había un solo propósito, reiteramos, desinformar al país, condenar al pueblo al silencio o, lo que es peor aun, lograr que deliberadamente estuviera mal informado."

Al producirse el golpe militar del 24 de marzo la situación de la represión inicial contra ¡a prensa empeoró aún más. Desde el principio la totalidad de los diarios y revistas fueron conminados a ajustarse a severas normas de censura, que los convirtieron en esos primeros días en una masa uniforme de letras que reiteraban loas al nuevo gobierno. "Da lo mismo leer cualquier diario o mejor no leer ninguno" fue uno de los comentarios más oídos en esos tiempos, lo que el periodista Rodolfo Terragno supo precisar aun mas cuando escribió en su revista "Cuestionario": "Es lamentable ver que todos los diarios funcionan en cadena".

Publicaciones como "Nuevo Hombre", "Nuestra Palabra", "Tribuna Popular", "La Yesca", "Posición Nacional", "Sucesos", "Información", etc., que eran orientadas por partidos y agrupaciones políticas, fueron clausuradas, algunas de ellas antes de lanzar su primer numero a la calle. Otras -las más recientes- corno "Cuestionario" y "Crisis" resolvieron su autodisolución como empresas editoriales debido a las continuas amenazas y a los secuestros de algunos de sus colaboradores.

En el caso de la revista "Sucesos' . que orientaba el presidente del Partido Intransigente, (Doctor Oscar Alende, sus editores fueron citados al despacho del capitán de navio Corti, y allí fueron conminados por éste a no intentar la edición del semanario "si no querían terminar todos presos". Entre los cargos que se les hacían figuraban, la publicación de una foto del presidente Videla "que no expresaba la imagen de reconstucción nacional que nosotros queremos", segur Corti. Y la inclusión de un reportaje al escritor Julio Cortázar, que "como todos saben es comunista y nadie tiene interés en saber lo que dice", concluyó.
A esta campaña de censura y clausuras selectivas (la mayoría de las veces compulsivas), se comenzaron a sumar los casos de trabajadores de prensa encarcelados, desaparecidos y presuntamente muertos.

En los últimos días de marzo y principios de abril son encarcelados Eduardo Molina y Vedia ("La Opinión"), Guillermo Alfieri v Mario Paoletti ("El Independiente" de La Rioja). Cesar Jaroslavsky, Joaquín Alvarez. Carlos Alvarez, José Rammaciotti, Tilo Wenner, Plutarco Schallert y Antonio di Benedetto (reconocido escritor y periodista del diario "Los Andes" de Mendoza). La mayoría de ellos fueron torturados y de pocos se ha logrado saber en qué lugar están prisioneros.

"En un período como el que transitamos -afirma ADEPA-, en el cual están anuladas algunas de las vías a través de las cuales se expresa la opinión ciudadana, una prensa sin ataduras que pueda manifestarse con fluidez, sin prevenciones que la coarten, se torna el único canal por cuyo intermedio las autoridades pueden pulsar la repercusión de sus medidas,"
Voceros cercanos a esa entidad han dejado conocer que en el último tiempo el clima que se respira en los medios periodísticos es francamente intolerable, "el terror y la psicosis de muerte ha ganado a la mavoría –dicen- ya que nadie se siente seguro de no ser secuestrado en los próximos días bajo la acusación de colaborar con la subversión .
Las estadísticas demuestran que esta psicosis tiene su correlato de veracidad. A los nombres de Miguel Angel Bustos ("El Cronista"), Carlos Perez- ("Clarin") y el asesinato del uruguavo Zelrnar Michelini, se agregaron otros secuestrados en los últimos meses. El 17 de julio pasado numerosos individuos armados se llevaron de un cine de esta capital a Enrique Walker, ex secretario de redacción de las revistas "Gente" y "Extra", en este mes desapareció un trabajador gráfico de nacionalidad uruguaya del taller de "El Cronista", un delegado gremial de "La Nación y una delegada de "La Razón", mientras que era allanado el domicilio de otro delegado gremial de ese diario. Al salir de su casa fue secuestrada la redactora de Canal 13 Nora Laffon, quien fue torturada y posteriormente liberada. La periodista Susana Viau sufrió el allanamiento de su casa, que fue también destruida, mientras que el 5 de agosto pasado fue secuestrado en la puerta del diario "El Cronista" el redactor Héctor de Marchi. que también es corresponsal de Canal 13 de México
En los últimos días la ola de violencia oficial contra la prensa recrudeció notoriamente al ser allanados por fuerzas del Ejercito los domicilios de varios ex delegados de "Noticias" y "El Mundo"; numerosos corresponsales extranjeros en nuestro pais han recibido amenazas de muerte, entre ellos el secretario de la asociación que nuclea a dichos proiesionales, Giangiacomo Foa. El 12 fueron allanadas las oficinas de la agencia noticiosa Interpress Service y fueron detenidos la administradora de la misma, de apellido Figueroa, y los periodistas Patricia Villa y Juan Canal. Poco después era detenido por fuerzas conjuntas -Marina y Policía Federal-el periodista Eduardo Suárez de "El Cronista". La señora Figueroa y el señor Canal fueron liberados 24 horas, después, luego de un interrogatorio en dependencias policiales. Del resto se carece de noticias sobre su suerte. En una de las dependencias de Interpress, miembros de la Superintendencia de Seguridad Federal (Policía Política Argentina) intentaron detener a varios periodistas -que estaban ausentes- en base a un listado con el que contaban. Al comprobar que entre el personal no requerido habia un cronista de nacionalidad uruguaya, se lo incluyó de todos modos en la lista. "Si es uruguayo no debe ser muy inocente' , dijo uno de los funcionarios policiales. Varios de los buscados lograron ausentarse del país al día siguiente.

La emigración ha sido el camino adoptado en los últimos meses por casi un centenal de hombres de prensa, varios de los cuales son figuras muy conocidas.

Como corolario de esta escalada de terror, el día 23 de agosto, fuerzas de la Marina y la Policía Federal rodearon, ocuparon y revisaron piso por piso el edificio del diario "Crónica". ubicado en Azopardo y Garay de esta capital, en busca de una decena de delegados gremiales -periodistas v gráficos- acusados de promover un conflicto con la empresa. Los uniformados, armas en mano, amenazaron a los trabajadores para que delataran a sus compañeros. Uno de los delegados —de apellido Villanueva- fue detenido y obligado a subir a empellones a una camioneta de la Marina. 'Nosotros sabemos -nos dijo un cronista- que ya no lo veremos más, y que con suerte nos enteraríamos un día del hallazgo de su cadáver acribillado a balazos.

Pocos días después, un grupo de individuos encapuchados que se identificaron como policías, irrumpían en el domicilio de los hijos del periodista v poeta Juan Gelman -actualmente en Italia- secuestrando a ambos: Marcelo, de 20 años y Elvira de 18; junto con ellos se llevaron a la esposa del primero, que está embarazada de siete meses. La hija de Gelman esta recluida en cama desde hace cuatro años a causa de un accidente que la dejó paralítica. Su madre presentó un recurso de hábeas corpus en el que aclara que su hija no puede sobrevivir sin una dosis diaria de medicamentos.

Esta verdad que hoy se llama "miedo en el gremio periodístico" es lo que ADEPA deja traslucir en su nota al presidente Videla, ya que los empresarios saben que de esta forma es casi imposible el crecimiento de las fuentes de trabajo. Por eso aclaran que "no creemos equivocarnos si afirmamos que el más importante aporte que la prensa argentina puede hacer al éxito del proceso es perseverar en el cumplimiento de su deber de siempre: informar libremente".

Por último, cabe señalar que varios de los firmantes de la nota habrían sido citados por el secretario de Información Pública a efectos de señalarles el desagrado que habría causado en las filas de las Fuerzas Armadas argentinas dicho mensaje que -según allegados a dicha área de gobierno— "no hace otra cosa en definitiva que crear el caldo de cultivo a la subversión".

MALESTAR EN LA POLICÍA PROVINCIAL

Buenos Aires, Dic 19 (ANCLA). Fuentes vinculadas a la Policía de la Provincia de Buenos Aires nos han hecho llegar la información de que existe un agudo malestar en dicha repartición debido a una sucesión de hechos que comienzan a desencadenarse desde el día en que una poderosa bomba estalló en la sede de la misma.

Como se recuerda, el día 10 de noviembre —a media tarde— un empleado civil afectado a la jefatura policial hacía detonar un potente arte'-facto explosivo en momentos en que la plana mayor de la repartición se encontraba reunida con el subjefe, coronel Guillermo Trotz. La explosión —reivindicada para sí por la organización peronista Montoneros— causó numerosas víctimas y cuantiosos daños.

A las 18,30 hs. de ese día se entregaba a los periodistas un comunicado de la dependencia atacada que informaba sobre los hechos y destacaba que "víctimas del atentado" habían tallecido el Cnel. Trotz y el agente Carlos Restuccia. La información llevaba la firma del director general de Seguridad, comisario general Gene. A las7.20hs.del día siguiente, un nuevo comunicado de prensa esta vez firmado por el jefe' Cnel. Ramón Alberto Camps- remarcaba que "toda información relacionada con el suceso será dada exclusivamente por esta jefatura' v terminaba aclarando que el Cnel. Trotz no había fallecido, aunque sus lesiones eran gravísimas.
Esta contradicción entre los dos altos jefes no se producía por casualidad. Tiene sus orígenes en el día 9 de setiembre de este año en que el Cnel. Trotz asumiera la subjefatura. Todas las expectativas para ocupar dicho cargo estaban puestas en Gene, que hasta ese momento era una suerte de "mentor ideológico" de Camps -escribía sus discursos— y el que ante la repartición ejercía la subjefatura natural, sin lugar a dudas.
Según la ley orgánica de la PPBA el subjefe debe pertenecer a la repartición, algo que aquí se pasó por alto en tres oportunidades, ya que en la subjefatura se sucedieron el Cnel. Trotz, el Cnel. Mosto y en la actualidad el Cnel. Emilio Tabernero. Con este hecho, la vieja tirantez entre militares y policías de carrera se veía reforzada.

Gene, considerado por sus pares como un brillante profesional, goza del respeto de altos cuadros de la repartición.De carácter dicharachero, jamás utiliza guardaespaldas v se lo define como ubicado en el campo de los "legalistas", es decir, los que no son partidarios de los secuestros y otros métodos ilegales.

Su apresuramiento en informar subí e la muerte de Trotz lo haría pasible en los próximos dias de una sanción ejemplarizadora: seria pasado a disponibilidad tal cual lo marca el Arl. 178 de la PPBA.
Esta noticia ha provocado una situación de extrema tirantez entre los cuadros ya que varios comisarios generales y jefes regionales -en especial los de Lanús y La Plata— se habrían solidarizado con él y estarían dispuestos a realizar un planteo formal al comandante del Primer Cuerpo de Ejército.

El lunes 14, un conocido comisario general de la PPBA comentó a ANCLA que "sería paradójico que quieran sancionar a Gene, de gran consenso entre nosotros, ya que ellos-los militares-nosólo no han respetado la Ley Orgánica que nos rige sino que desde que entraron aqui el desprestigio y la calumnia nos abarcan a todos",

FUSILAN A UN JOVEN EN PLENO CENTRO

Buenos Aires, Dic 21 (ANCLA). Vecinos del barrio de Almagro testimoniaron a nuestros cronistas sobre un suceso que llenó de pánico y asombro a esa popular barriada porteña.

El día 13 de diciembre a las 18,15 hs mientras circulaba por la calle Mario Bravo entre la avenida Corrientes v Humahuaca tue ultimado un joven de alrededor de 27 años.

Según relatan los vecinos, el muchacho, que vestía un traje azul y medía alrededor de un metro ochenta y cinco centímetros de altura, fue interceptado por un automóvil Ford Falcon color celeste claro, del que bajaron a la carrera cuatro individuos de civil.

Sin decir una palabra se abalanzaron sobre el joven e intentaron esposarlo para llevarlo hasta el vehículo. Éste comenzó a resistirse desesperadamente tratando de llamar la atención de los numerosos transeúntes que por allí pasaban. En el forcejeo, un golpe en la cabeza lo hizo caer al suelo y una vez allí comenzó a recibir una feroz golpiza por parte de sus atacantes.

Algunos con patadas y otros con cachiporras trataban vanamente de inmovilizarlo. En ese momento, los azorados vecinos vieron cómo uno de los individuos -el más gordo— sacó un revólver y trató de golpear al muchacho. Este, que por poseer una buena contextura física tenía a maltraer a sus captores, manoteó el arma y se escapó un tiro que fue a incrustarse en una pared cercana. Luego, con más suerte, logró apoderarse del arma de su agresor y disparar nuevamente, hiriendo -al parecer levemente- al mismo hombre.

Esta tenaz resistencia enfureció al resto que, a la orden de uno de ellos, desenfundaron sus armas y virtualmente fusilaron al infortunado joven. Más de veinte disparos impactaron en su cuerpo, que quedó boca arriba, ya exánime.

Los individuos -que procedían a cara descubierta- comenzaron a patear y escupir el cadáver. Luego, procedieron a enfundar sus armas v a carear el cuerpo en el coche, alejándose del lugar velozmente.

En la esquina de Mario Bravo v Corrientes, numerosas personas —todavía conmovidas por lo observado- denostaban a los autores de tal procedimiento, comentando varios de ellos que el muerto era conocido en la zona y gozaba de la estima general.

El clima de absoluta inseguridad con que se mueven los habitantes de Buenos Aires en estos días flotaba trágicamente en el aire. A pocos metros de allí, un grueso manchón de sangre indicaba que el "monopolio estatal de la fuerza para aplicar la justicia" -que tanto reclama para sí el presidente Jorge Videla- seguía estando en dudosas manos.

CAZA DE BRUJAS (I), EMPRESARIO EXILIADO

Buenos Aires, Dic 20 (ANCLA). Fuentes allegadas al ex jete de policía de Mendoza, vicecomodoro Julio César Santuccione, informaron sobre los entretelones de una reunión que culminó con el exilio del gerente general de la empresa SIAM, doctor Humberto Lanzillota, acusado de pertenecer a la denominada "subversión ideológica".

El señor Lanzillota se encuentra actualmente en e! exterior junto a su familia en cumplimiento de la "recomendación" hecha por el comodoro que representa la intervención militar en esa fabrica perteneciente al Estado argentino. La recomendación" se produjo al finali/.ai una reunión en la que Santuccione en presencia de varios integrantes de los servicios de inteligencia militares- explicó al alto ejecutivo "que tan responsables como los combatientes de la guerrilla eran los que le habían dado pasto", y que entre ellos se encontraban los profesores universitarios "que enseñaban cosas subversivas". Ante la sorpresa del doctor Lanzillota, Sanluccione le informó que los servicios de Inteligencia habían revisado las clases grabadas que él había dictado en la Universidad de Lomas de Zamora en 1973, en el área de las ciencias económicas, "dejando a su criterio sacar las conclusiones pertinentes"

El doctor Lanzillota había sido llamado para ejercer el cargo de director general de SIAM por la intervención militar en dicha fábrica luego del golpe militar del 24 de marzo. En esa oportunidad su condición de ex profesor universitario no constituyó un impedimento para ser aprobado por el servicio de informaciones de la Aeronáutica. Sin embargo, varios meses después con la agudización de la "caza de brujas" en el país, dichos antecedentes le valieron ser acusado de "subversivo".

"El hecho de que en este momento esté fuera del país en lugar de muerto o encarcelado-reafirman las fuentes— se debió a la defensa que de el hizo el comodoro titular de la intervención en SIAM". Si bien oficialmente se informó que el señor Lanzillota "agobiado por las numerosas tareas de conducción de la fábrica había decidido tomarse unas prolongadas vacaciones en el exterior", la realidad es que se negoció su alejamiento del cargo para preservar su vida.

Durante la gestión del vicecomodoro Julio Cesar Santuccione como jefe de policía de la provincia de Mendoza, se produjo el asesinato de prostitutas perpetrado por un comando policial "Pío XII" y el encarcelamiento del escritor Antonio Di Benedetto a raíz de sus editoriales en el diario "Los Andes" de esa provincia.

Lentamente se aproximó al periodismo, escribiendo notas para el diario La Nación, como especialista literario, una de ellas alcanzó cierta celebridad bajo el título "Dos mil quinientos años de literatura policial". Plantea la tesis de que Poe no es el padre del género policial, sino que se cristalizó en él una tradición que ya figuraba en La Biblia, con el profeta Daniel quién además de poseer famosamente el don de interpretar sueños, desatar dudas e iluminar sabidurías, ejerció, de hecho, el rol de primer detective de la historia. Walsh también colaboraba con la revista Leoplan, donde recordó, en una nota, "la más larga y enconada batalla periodística de todos los tiempos", desatada por un extraño personaje, "el genio del anónimo". Se trata de la historia de un "fantasma" llamado Junius quien, a fines del siglo XVIII y durante tres años consecutivos, tuvo en jaque a la nobleza y al gobierno británicos. Este ghost writer publicaba sus anónimas embestidas en el periódico Public Advertiser, develando secretos escandalosos de los hombres públicos de un país "amante de venerables tradiciones". Con sus 44 cartas encendió las llamaradas de la polémica, cuyas cenizas se perdieron en la noche de los tiempos sin que nadie pudiera descifrar en ellas el nombre del autor. El método usado era la única forma de hacer política en ese entonces, pues "estoy seguro que si me descubrieran no me quedarían tres días de vida", le dijo a su editor el enigmático Junius. Años más tarde, Walsh retomaría esa actitud desafiante -aunque afirmándola con su nombre, apellido y número de documento-, pero no para denunciar "escandeletes de la vida privada de los miembros del palacio", sino para desnudar la más fría máquina de horror que Argentina conoció en toda su historia.

El violento oficio de escribir

Su primer premio literario, obtenido a los 23 años de edad, fue conferido por un jurado integrado por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Leónidas Barletta, por el cuento Las tres noches de Isaías Bloom. Poco tiempo después, publicaría su primer libro, Variaciones en rojo, compuesto por relatos escritos en la tradición del policial clásico o de enigma, que obtendrá el Premio Municipal de la ciudad de Buenos Aires.

Rodolfo Walsh

Dijo Walsh: "Mi relación con la literatura se da en dos etapas: de sobrevaloración y mitificación hasta 1967, cuando ya tengo publicados dos libros de cuentos y empezada una novela; de desvalorización y paulatino rechazo a partir de 1968, cuando la tarea política se vuelve una alternativa... La desvalorización de la literatura tenía elementos sumamente positivos: no era posible seguir escribiendo obras altamente refinadas que únicamente podía consumir la intelligentzia burguesa, cuando el país empezaba a sacudirse por todas partes". Una vez acuñada esa visión de la literatura, la elección de Walsh fue volcarse al periodismo como arma de conocimiento y combate. Un periodismo que tendiera al máximo desarrollo de las posibilidades del lenguaje, que indagara en los mapas más profundas de la palabra, allí donde se encuentran las mismas simientes que fertilizan la literatura. Así nacería Operación masacre.

Operación masacre

En 1955 el gobierno del general Juan Domingo Perón es derrocado mediante un golpe de Estado encabezado por los generales Eduardo Lonardi, Pedro Eugenio Aramburu y el almirante Isaac Rojas. En el epílogo de Operación masacre, Rodolfo Walsh explicó: "He sido partidario del estallido de septiembre de 1955. No sólo por apremiantes motivos de afecto familiar, sino porque abrigué la certeza de que acababa de derrocarse un sistema que burlaba las libertades civiles, que negaba el derecho de expresión, que fomentaba la obsecuencia por un lado y el desborde por el otro". Pero la cruenta represión desatada contra los peronistas, no sólo no le pasó inadvertida, sino que lo determinó a la obligación moral de denunciar la saña persecutoria oficial que cristalizaba, a manera de símbolo, en los fusilamientos ejecutados a los rebeldes en los basurales de José León Suárez.

Una tarde de 1956, mientras jugaba al ajedrez en un bar de la ciudad de La Plata, escuchó la frase: "Hay un fusilado que vive". Esa revelación poderosamente se instaló en sus pensamientos, arrancándolo de sus costumbres cotidianas y sumergiéndolo en una acuciante y exhaustiva investigación. De esa manera se encontró con un crimen pergeñado desde el Estado y encubierto por los oscuros faldones de un gobierno autoproclamado "libertador". La masacre perpetrada en José León Suarez, en medio de un mar de latas y espejismos, es revelada por el testimonio de un sobreviviente, Julio Troxler. Fue escrita en caliente y de un tirón, para que no le ganaran de mano, pero se le fue arrugando en el bolsillo porque no había quien se atreviera a publicarla, ni casi enterarse. Walsh escribió: "Uno llega a creer en las novelas policiales que ha leído o escrito, y piensa que una historia así, con un muerto que habla, se la van a pelear en las redacciones, piensa que está corriendo una carrera contra el tiempo, que en cualquier momento un diario grande va a mandar una docena de reporteros y fotógrafos como en las películas. En cambio se encuentra con un multitudinario esquive de bulto". El 23 de diciembre de 1956, el escritor Leónidas Barletta, tuvo el solitario coraje de dar cabida en las páginas del periódico que dirigía, Propósitos, a las primeras noticias de ese crimen narrado por Walsh.

El relato meramente ficcional deja de interesarle, porque consideraba que no tiene filo verdadero, no hiere a nadie, no acusa ni desenmascara. Es la expresión literaria de los que se cuidan de no ofender por temor a ser aplastados. En cambio, en la investigación periodística relatada con todos los recursos que la literatura provee, alcanza su máximo esplendor la narración de quien cuenta contra la injusticia -ya que revelar un crimen es una manera de no dejarlo impune-, reafirmando el poder de la escritura para evitar el olvido, esto es, para triunfar sobre la muerte.

En 1973 el libro conoció una versión cinematográfica -en cuyo guión participo Walsh-, dirigida por Jorge Cedrón, y con un elenco actoral de primera importancia, entre los que se destacaban Norma Aleandro, Carlos Carella, Raúl Parini, y el propio Julio Troxler.

Operación masacre no sólo fue una bisagra en la vida de Rodolfo Walsh, "cambió mi vida -escribió-. Haciéndola descubrí, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior", sino que también fue el inicio del ancho y prolífero camino periodístico-literario de la novela testimonial.

Prensa Latina

A mediados de 1959, Walsh viajó a Cuba para presenciar "el nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso". Allí, junto a Jorge Ricardo Masetti trabaja en la creación de la agencia de noticias Prensa Latina. La finalidad era contrarrestar los efectos de la deformación de las noticias cubanas por parte de las agencias internacionales que monopolizaban el mercado mundial de noticias. El mismo Walsh diría que buscaban "dar una imagen de los países latinoamericanos que no esté deformada por intereses ajenos a nuestros pueblos. Pero no se hace retórica ni propaganda. Se trabaja duro y con la verdad".

Prensa Latina tenía su casa central en La Habana y sedes en todos los países de América, y en algunos de Europa y Asia. En su fundación participaron -además de Walsh y Masetti-, Gabriel García Márquez, Plinio Mendoza, Rogelio García Luppo, Mario Gil, Díaz Rangel, Teddy Córdova, Juan Carlos Onetti y Francisco Urondo, entre otros destacados escritores y periodistas. Allí, Rodolfo Walsh realiza su entrevista más corta, a Ernest Hemingway quien, sencillamente le dice: "Nosotros, los cubanos, venceremos. I'm not a yankee, you know".

Se desempeñó como jefe de Servicios Especiales, haciendo investigaciones y producciones que se distribuían a los medios especializados. También dio muestras de sus inusuales condiciones de criptógrafo, descifrando, por ejemplo, mensajes enviados por la CIA desde Guatemala a Estados Unidos.

García Márquez lo recuerda así: "En realidad, fue Rodolfo Walsh quien descubrió, desde muchos meses antes, que los Estados Unidos estaban entrenando cubanos en Guatemala para invadir Cuba por Playa Girón... Jorge Masetti había instalado en la agencia una sala especial de teletipos para captar y luego analizar en junta de redacción el material informativo de las agencias rivales. Una noche, por un accidente mecánico, Masetti se encontró en su oficina con un rollo de teletipo que no tenía noticias sino un mensaje muy largo en clave intrincada. Era en realidad un despacho de tráfico comercial de la Tropical Cable de Guatemala. Rodolfo Walsh, que por cierto repudiaba en secreto sus antiguos cuentos policiales, se empeñó en descifrar el mensaje con ayuda de unos manuales de criptografía recreativa que compró en una librería de lance de La Habana. Lo consiguió al cabo de muchas horas insomnes, sin haberlo hecho nunca y sin ningún entrenamiento en la materia, y lo que encontró dentro no sólo fue una noticia sensacional para un periodista militante, sino una información providencial para el gobierno revolucionario de Cuba. El cable estaba dirigido a Washington por el jefe de la CIA en Guatemala, adscrito al personal de la embajada de Estados Unidos en ese país, y era un informe minucioso de los preparativos de un desembarco en Cuba por cuenta del gobierno estadounidense. Se revelaba, inclusive, el lugar donde empezaban a prepararse los reclutas: la hacienda Retalhuleu, un antiguo cafetal al norte de Guatemala".

Años de plomo

El 24 de marzo de 1976, mediante un golpe de Estado, asume el gobierno en Argentina la más sangrienta dictadura que el país haya conocido en toda su historia. La censura y la autocensura de los medios fue absoluta. De acuerdo con la Doctrina de la Seguridad Nacional, se establecieron consejos de guerra militares para castigar a todo aquel posible de considerarse "enemigo de la patria". Se eliminaron los partidos políticos, los sindicatos, se barrieron todos los derechos civiles, sociales y políticos, y hasta la educación fue reorganizada para ponerla al servicio de "objetivos nacionales". Los militares argentinos basaron todo su accionar en la hipótesis de guerra interna contra "la subversión" y el "caos marxista clandestino". Cabe destacar que los uniformados argentinos fueron fieles epígonos de las experiencias del ejército francés en Argelia e Indochina, siendo su material teórico de cabecera los manuales de contrainsurgencia del coronel Roger Trinquier y sus adeptos. El mismo 24 de marzo de 1976, la junta militar dicta el bando 19, anunciando que "será reprimido con la pena de reclusión por tiempo indeterminado, el que por cualquier medio divulgare, difundiere o propagase comunicados o imágenes provenientes o atribuidas a asociaciones ilícitas", agregando que "será reprimido con reclusión de hasta diez años, el que por cualquier medio divulgase, difundiere o propagase noticias... con el propósito de perturbar, perjudicar o desprestigiar las actividades de las Fuerzas Armadas, de seguridad o policiales". El llamado Proceso de Reorganización Nacional contó entre sus víctimas a 99 periodistas. Según el análisis de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) -presidida por el escritor Ernesto Sábato-, la cifra es muy alta en relación con los profesionales que integraban el sector, lo que desnuda el intento de silenciar a la prensa para evitar todo tipo de cuestionamiento al régimen.

En ese marco opresivo, teniendo en cuenta que la dictadura provocaba un terror basado en la incomunicación, Rodolfo Walsh crea la Agencia de Noticias Clandestina (Ancla). La elección del nombre fue una estrategia para que el Ejército pensara que otra fuerza estaba difundiendo partes comprometedores, y para que en la Marina los sectores enfrentados sospecharan entre sí. Gracias a su trabajo, con el alias de "Basualdo", pudo proveer a los medios nacionales y extranjeros de informaciones fidedignas. La regularidad de los despachos sirvió para medir, más tarde, el nivel de miedo, colaboración o supuesta ignorancia de la gran prensa de aquella época. Eran cables informativos distribuidos semanalmente por correo, que llegaban con puntualidad a cada redacción de diarios, revistas y corresponsalías extranjeras, para que ningún periodista pudiera alegar desconocimiento de la realidad atroz que se estaba viviendo. La información de Ancla circulaba profusamente sin alcanzar su consumación natural en el contacto con el público. El trasfondo siniestro del régimen era puesto en evidencia: los desaparecidos, los fusilados en supuestos enfrentamientos, el exilio de miles de argentinos, los centros clandestinos de detención, las torturas, los negociados de los ejecutores del plan económico. Cada episodio aislado que se denunciaba revelaba la coherencia de un plan global de exterminio.

"Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información."

En un país en el que existía el delito de opinión, Ancla buscó horadar los densos muros del silencio, para que la desinformación no fuera la única voz que atronara las conciencias, y el periodismo no se resignara a la vileza como a una fatalidad, pues el periodismo es libre, o es una farsa, sin términos medios.

Carta abierta a la Junta Militar

En 1977, al cumplirse el primer aniversario del sangriento golpe militar, hace un balance de lo sucedido poniendo de relieve cada arista del plan exterminador, denunciando hasta los más secretos mecanismos opresivos. El 24 de marzo envía su carta a las redacciones de los diarios. Nadie la publica. Walsh fue emboscado por un "grupo de tareas". Eligió morir defendiéndose con su pistola 22, antes que entregar su último aliento agonizando en una cámara de torturas. Tenía 50 años.

Transcribiremos algunos párrafos de esta valiente y lúcida pieza que García Márquez calificó de "obra maestra del periodismo universal":

"La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años.

"El primer aniversario de esta Junta Militar ha motivado un balance de la acción de gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades.

"El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde...

"Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de este terror.

"Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límites y el fusilamiento sin juicio...

"De este modo han despojado ustedes a la tortura de su límite en el tiempo. Como el detenido no existe, no hay posibilidad de presentarlo al juez en diez días según manda una ley que fue respetada aun en las cumbres represivas de anteriores dictaduras.

"La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos... Mediante sucesivas concesiones al supuesto de que el fin de exterminar a la guerrilla justifica todos los medios que usan han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal, metafísica en la medida que el fin original de obtener información se extravía en las mentes perturbadas que la administran para ceder al impulso de machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido...

"Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada...

"Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o a Indonesia, la política económica de esta Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la USS Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete...

"El espectáculo de una Bolsa de Comercio donde en una semana ha sido posible para algunos ganar sin trabajar el cien y el doscientos por ciento, donde hay empresas que de la noche a la mañana duplicaron su capital sin producir más que antes, la rueda loca de la especulación en dólares, letras, valores ajustables, la usura simple que ya calcula el interés por hora, son hechos bien curiosos bajo un gobierno que venía a acabar con el 'festín de los corruptos'.

"Si una propaganda abrumadora, reflejo deforme de los hechos malvados no pretendiera que esa Junta procura la paz, que el general Videla defiende los derechos humanos o que el almirante Massera ama la vida, aun cabría pedir a los señores Comandantes en Jefe de las 3 Armas, que meditaran sobre el abismo al que conducen al país tras la ilusión de ganar una guerra que, aun si mataran al último guerrillero no haría más que empezar bajo nuevas formas, porque las causas que hace más de veinte años mueven la resistencia del pueblo argentino no estarán desaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas.

"Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en tiempos difíciles.

"Rodolfo Walsh -C.I. 2.845.022

"Buenos Aires, 24 de marzo de 1977"

Ese hombre

La felicidad de escribir nunca lo abandonó. Prefirió la austera precisión a la profusión de palabras. Dejó cuentos insuperables y fundó el género non fiction. Demostró que el deber del periodista es estar donde está la noticia, y defender las ideas con el cuerpo. "En todas sus obras -recuerda García Márquez-, se distinguió por su compromiso con la realidad, por su talento analítico casi inverosímil, por su valentía personal y por su encarnizamiento político. Para mí, además de todo eso, fue un amigo alegre cuya índole apacible se parecía muy poco a su determinación de guerrero. Pero sobre todo, seguirá siendo para mí el hombre que se adelantó a la CIA". "Su desnuda palabra -escribió Eduardo Galeano-, era escandalosa donde el miedo manda. Su desnudadora palabra era peligrosa donde se baila el gran baile de disfraces".

Ese hombre que tuvo tantos oficios -"El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antiguedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba"-, para alegría de todos su lectores, supo que el violento oficio de escritor era el que más le convenía. Desde entonces, su nombre tiene la maravillosa sonoridad de una acusación para la raza de envenenadores de conciencias.

Sergio Marelli Es docente de la Universidad Nacional de La Plata en la cátedra de Filosofía del Derecho.
sergiomarelli@uolsinectics.com.ar

Fuente: www.etcetera.com.mx, junio 2005
 

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