|
|
|
|
|

|
|
|

El
coronel Felipe Varela y Paraguay
Por José María Rosa, ABC-Color,
Paraguay (1974)
El gobierno de Catamarca ha dispuesto la repatriación de los restos de Felipe
Varela hasta ahora en el cementerio chileno de Ñantoco, cerca de Copiapó,
y hoy 10 de febrero serán llevados con gran ceremonia al túmulo erigido
en Catamarca.
Me parece que pocos conocen en Paraguay la historia de Felipe Varela, el
Quijote de los Andes, que luchó en 1867 en el noroeste argentino por la
misma causa que el mariscal Francisco Solano López, y muriera en el exilio,
la miseria y la execración. En homenaje al legendario guerrero de los Andes
y su "Guerra de Unión Americana" escribo estas líneas.
REPERCUSIÓN DE CURUPAYTY EN LA ARGENTINA
La noticia del desastre del 22 de setiembre de 1866 corrió con velocidad
por la Argentina. Pese a la tergiversación del parte oficial y ocultamiento
del número de bajas aliadas, todos leyeron entre líneas la magnitud del
desastre.
Pasó entonces algo que puede parecer asombroso a algunos, porque Curupayty
fue una derrota argentina y la sangre derramada era de hermanos y aliados.
Sólo La Nación Argentina (el diario de Mitre) y algún otro de su tendencia,
sintieron Curupayty como una derrota. Casi todos se alegraron de la derrota
mitrista, y algunos aplaudieron francamente el triunfo del Paraguay. A la
expresión traidores que les arrojó el gobierno (clausurando esa prensa y
encarcelando a sus redactores) contestaron que la traición "a América" estaba,
ante todo, en quienes combatían al Paraguay. Navarro Viola edita Atrás el
Imperio, Guido y Spano juzga en El Gobierno y la Alianza que "la alianza
es de los gobiernos y no de los pueblos", Olegario V. Andrade escribe Las
dos políticas. Y en un folleto anónimo (tal vez de Juan José Soto) se ponen
los Ministerios de la Alianza al alcance de los Pueblos. Todo eso pese al
estado policial impuesto por el gobierno: en enero de 1867, el reaparecido
Eco de Entre Ríos – periódico de Paraná – elogia la promoción a general
paraguayo del joven santafesino Telmo López, que desde la invasión de Flores
al Uruguay combatía en "las filas americanistas". Estamos seguros - transcribo
el Eco – que Telmo López, ese hermano en Dios y en la democracia, en el
elevado puesto que hoy ocupa sabe colocarse a la altura de sus antecedentes
y corresponder con brillo a la confianza del pueblo paraguayo y a las legítimas
esperanzas que los amigos tenemos en él. ¡Fe y adelante, joven guerrero!.
Que el día del triunfo del Paraguay no está lejano, y la hora de la redención
de nuestra patria argentina se acerca".
Día del triunfo, hora de la redención, hermano en Dios y en la democracia...
¿Éramos aliados o enemigos del Paraguay?. Rawson, ministro del Interior
de Mitre, ordena nuevamente el cierre del Eco y también de otros cuatro
periódicos por "tomar una dirección incompatible con el orden nacional,
y con los deberes que al gobierno nacional incumben en épocas como la presente".
Pero la Argentina parece desbordarse. El 9 de noviembre el contingente ("voluntarios" llevados con maneas al frente de guerra) reclutado para cubrir las bajas de Curupayty, se subleva en Mendoza con el grito ¡Viva la patria!, ¡Vivan nuestros hermanos paraguayos!. Los gendarmes que el gobernador Videla manda a contenerlos se unen a los sublevados, abren las puertas de la cárcel a algunos periodistas presos por "paraguayistas" y se hacen dueños de la ciudad. El gobernador escapa con premura. Será la revolución de los colorados, la primera de una serie que agitará el noroeste. A poco, el sanjuanino Juan de Dios Videla se lanza sobre su provincia; en enero de 1867 el puntano Juan Sáa (el valeroso Lanza Seca) levanta San Luis y se impone a la caballería de línea con la que el general Paunero trata inutilmente de contenerlo. El famoso guerrillero de Chilecito, Aurelio Salazar escapa de la cárcel de Córdoba y levanta los gauchos de los llanos (La Rioja), la tierra de Facundo Quiroga y el chacho Peñaloza, para entrar en triunfo en la capital de su provincia.
La reacción por Curupayty se
deja sentir en todas partes en ese verano de 1867. Alarmado, el vicepresidente
Marcos Paz al frente de la administración por ausencia de Mitre, escribe
a este que "el incendio parece contagiarse a la República integra". Mitre
desprende lo mejor de sus tropas. Pero no bastan, y el 9 de febrero – en
parte, justicia es decirlo, incitado por sus aliados brasileños que desean
alejarlo del frente paraguayo – deja el campamento de Tuyuti y regresa a
la Argentina.
EL QUIJOTE DE LOS ANDES
Es ahora que hace su aparición en la historia Argentina el coronel Felipe
Varela. Alto, enjuto, de mirada penetrante y severa prestancia, Varela conservaba
el tipo del antiguo hidalgo castellano, como es común entre los estancieros
del noroeste argentino. Pero este catamarqueño se parecía a Don Quijote
en algo más que la apariencia física. Era capaz de dejar todo: la estancia,
el ama, la sobrina, los consejos prudentes del cura y razonamientos cuerdos
del barbero, para echarse al campo con el lanzón en la mano y el yelmo de
Mabrino en la cabeza, por una causa que considerase justa. - Aunque fuera
una locura.
Fue lo que hizo en 1866, frisando en los cincuenta años, edad de ensueños
y caballerías. Pero a diferencia de su tatarabuelo manchego, el Quijote
de los Andes no tendría la sola ayuda de su escudero Sancho en la empresa
de abatir endriagos y redimir causas nobles. Todo un pueblo lo seguiría.
Varela era estanciero en Guandacol y coronel de la Nación con despachos
firmados por Urquiza. Por quedarse con el Chacho Peñaloza (también general
de la Nación) se lo había borrado del cuadro de jefes. No se le importó:
siguió con la causa que entendía nacional, aunque los periódicos mitristas
lo llamaran "bandolero" como a Peñaloza.
La
muerte del Chacho lo arrojó al exilio, en Chile. Allí asistió dolido a la
iniciación de la guerra de la Triple Alianza y palpó en las cartas recibidas
de su tierra su impopularidad. Le ocurrió algo más: presenció el bombardeo
de Valparaíso por el almirante español Méndez Núñez. enterándose con indignación
que Mitre se negaba a apoyar a Chile y Perú en el ataque de la escuadra.
Si no le bastara la evidencia de la guerra contra Paraguay, ahí estaba la
prueba del antiamericanismo del gobierno de su país. Cuando llegó a saber
en 1866 el texto del Tratado de Alianza (revelado desde Londres), no lo
pensó dos veces. Dio orden que vendieran su estancia y con el producto compró
unos fusiles Enfield y dos cañoncitos (los bocones los llamará) del deshecho
militar chileno. Equipó con ellos unos cuantos exiliados argentinos, federales
como él, esperando el buen tiempo para atravesar la cordillera. Cuando esta
se hizo practicable, al principio del verano, la noticia de Curupayty sacudía
a todo el país. ¡Ah! Olvidaba: también gastó su dinero en una banda de musicantes
para amenizar el cruce de la cordillera y las cargas futuras de su "ejercito".
Esa banda crearía la zamba, canción de la "Unión Americana" en sus entreveros,
y la más popular de las músicas del Noroeste argentino.
A mediados, de enero está en Jáchal, provincia de San Juan, que será el
centro de sus operaciones. La noticia del arribo del coronel con dos batallones
de cien plazas, sus bocones y su banda de música corrió con el rayo por
los contrafuertes andinos. Cientos y cientos de gauchos de San Juan, La
Rioja, Catamarca, Mendoza, San Luis y Córdoba, sacaron de su escondite la
lanza de los tiempos del Chacho, custodiada como una reliquia ensillaron
el mejor caballo y con otro de la brida fueron hacia Jáchal. A los quince
días de llegado, el "ejército" del Coronel tenía más de 4.000 plazas. Por
las tardes, Varela les leía la Proclama que había ordenado repartir por
toda la Republica:
.."¡Argentinos! El pabellón de Mayo, que radiante de gloria flameó victorioso
desde los Andes hasta Ayacucho, y que en la desgraciada jornada de Pavón
cayó fatalmente en las manos ineptas y febrinas de Mitre, ha sido cobardemente
arrastrado por los fangales de Estero Bellaco, Tuyutí. Curuzú y Curupayty.
Nuestra Nación, tan grande en poder, tan feliz en antecedentes, tan rica
en porvenir, tan engalanada en gloria, ha sido humillada como una esclava
quedando empeñada en más de cien millones y comprometido su alto nombre
y sus grandes destinos por el bárbaro capricho de aquel mismo porteño que
después de la derrota de Cepeda, lagrimeando juró respetarla.
¡Basta de victimas inmoladas al capricho de mandones sin ley, sin corazón,
sin conciencia!. ¡Cincuenta mil victimas inmoladas sin causa justificada
dan testimonio flagrante de la triste situación que atravesamos!
¡Abajo los infractores de la ley! ¡Abajo los traidores de la Patria! ¡Abajo
los mercaderes de las cruces de Uruguayana, al precio del oro, las lagrimas
y la sangre paraguaya, argentina y oriental!.
Nuestro programa es la práctica estricta de la Constitución, la paz y la
amistad con el Paraguay y la Unión con las demás repúblicas americanas.
¡Compatriotas! Al campo de la lid os invita a recoger los laureles del triunfo o de la muerte, vuestro jefe y amigo.
CORONEL FELIPE VARELA".
Por todos los pueblos del oeste debió correr la cuarteta recogida por Antonio
Carrizo en su Cancionero de La Rioja:
De Chile llegó Varela,
Y vino a su Patria hermosa.
Aquí ha de morir peleando
por el Chacho Peñaloza.
O aquella otra :
Viva el Coronel Varela
por ser un Jefe de honor!
Que vivan sus oficiales!
Viva la Federación!
Y esta:
La República Argentina
siempre ha sido hostilizada,
porque quienes gobernaban
con mala fe caminaban.
Ahora que viene encima
levantada su bandera,
la gloria y la primavera
florecen por sus caminos,
gritemos los argentinos:
¡Viva el Coronel Varela!.
No hay uniformes, ni falta que hacen. La camiseta de friza colorada, el
color de la Federación es distintivo suficiente; un sombrero de panza de
burro adornado con ancha divisa roja : "Federación o Muerte". ¡Viva la Unión
Americana! ¡Mueran los negreros traidores a la patria!" protege del sol
de la precordillera. A veces le divisa se ciñe como una vincha sobre la
frente, no dejando que la tupida melena caiga sobre los ojos.
No habrá armas, ni uniformes, pero no faltan los servicios esenciales. Al
rancho lo preparan mujeres que llegan de todo el Noroeste al llamado del
caudillo: acompañarían al "ejército" en toda la patriada; harán de enfermeras,
amantes y si las cosas aprietan, cargaran las lanzas porque tienen fuertes
los brazos y templado el ánimo.
Y, ¡cosa notable!, hay disciplina. ¡El coronel Varela es inflexible con
eso! Un soldado de la Unión Americana debe ser ejemplo de humanidad, buen
comportamiento y obediencia. Pasada la guerra, los "nacionales" (el ejército
mitrista) buscarían pruebas de atropellos de "esos bandidos". No pudieron
encontrarlas, ni siquiera inventarlas con medianos visos de verosimilitud:
el "sumario" por la toma de Salta el 10 de octubre de 1867, analizado por
los historiadores serios, solo mostró un tejido de fábulas.
FRANCISCO CLAVERO
En Jáchal se adiestra el "ejército" y preparan sus oficiales, cuyos nombres
persisten como leyendas en el Noroeste: Guayama, Elizondo, Chumbita, Videla,
Medina, Angel, Salazar; mineros de las faldas de Famatima o estancieros
de Los Llanos los más de ellos.
Un día llega a los fogones de Jáchal nada menos que Francisco Clavero, a
quien se tenía por muerto desde las guerras del Chacho cuatro años atrás.
Antiguo granadero de San Martín en Chile y el Perú, era sargento al concluir
la guerra de la Independencia.
Integrará bajo Rosas las guarniciones
de fronteras donde su coraje y comportamiento lo hacen Mayor. Don Juan Manuel
lo llevará mas tarde al Regimiento Escolta con el grado de teniente coronel.
Asiste a la batalla de Caseros – del lado argentino – y será con el coronel
Chilavert el último en batirse contra la división brasileña del Marqués
de Souza. Urquiza, que prefería rodearse de federales que de unitarios,
no admite su solicitud de baja y en 1853 estará a su lado en el sitio de
Buenos Aires. Con las charreteras de coronel, dadas por Urquiza, combate
en el Pocito contra los "salvajes unitarios" y fusilará al gobernador Aberastain
después de la batalla. Cuando llegan las horas tristes de Pavón debe escapar
a Chile perseguido por la ira de Sarmiento, pero vuelve para ponerse a las
órdenes del Chacho. Herido gravemente en Caucete, cae en poder de los "nacionales"
que lo han condenado a muerte y tienen pregonada su cabeza. Sarmiento, Director
de la Guerra, ordena su fusilamiento, que no llega a cumplirse por uno de
esos imponderables que tiene la guerra: un jefe "nacional" cuyo nombre no
se ha conservado, compadecido de Clavero, lo remite con nombre supuesto,
entre los heridos nacionales al Hospital de Hombres de Buenos Aires e informa
al implacable Director de la Guerra que la sentencia "debe haberse ejecutado"
porque el coronel "no se encuentra entre los prisioneros".
Un milagro de su físico y de la incipiente cirugía, le salva la vida en
el hospital. No obstante faltarle un brazo y tener un parche de gutapercha
en la bóveda craneana, abandona el Hospital cuando llegan a Buenos Aires
las noticias del levantamiento del Noroeste. El viejo sargento de San Martín
consigue llegar al campamento de Varela, donde todos lo tenían por muerto;
se dice que, sin darse a conocer de la tropa – donde su nombre tenía repercusión
de leyenda – se acercó a un fogón, tomó una guitarra y punteando con su
única mano cantó:
"Dicen que Clavero ha muerto,
Y en San Juan es sepultado.
No lo lloren a Clavero,
Clavero ha resucitado".
El entusiasmo de los montoneros fue estruendoso, tanto que sus ecos retumbaron
en Buenos Aires donde los diarios se preguntaban por qué no se cumplió la
sentencia contra el coronel federal, y quién era responsable por no haberlo
hecho. La noticia de la resurrección de Clavero llegó hasta Inglaterra donde
Rosas, viejo y pobre pero nunca amargado ni ausente de lo que ocurría en
su patria, seguía con atención la "guerra de los salvajes unitarios contra
el Paraguay" y llegó a esperar que a los compases de la zamba de Varela
fuera realidad la unión de los pueblos hispánicos "contra los enemigos de
la Causa Americana". El 7 de marzo de 1867 escribe a su corresponsal y amiga
Josefa Gómez (otra ferviente paraguayista) – y la carta está en el archivo
General de la Nación de Buenos Aires –
"Al coronel Clavero si lo ve V. dígale que no lo he olvidado ni lo olvidaré
jamás. Que Dios ha de premiar la virtud de su fidelidad".
EL SILENCIO DE URQUIZA
Puede conjeturarse el plan de la guerra de montoneras: Varela debe apoderarse
de las provincias del oeste; Sáa y Videla correrse por San Luis y Córdoba
hasta el litoral, López Jordán levantar Entre Ríos y apoyarse en los federales
de Santa Fe y Corrientes, Timoteo Aparicio invadir el Uruguay con los blancos
orientales, Urquiza sería el jefe si aceptaba serlo; de cualquier manera
la guerra se haría con Urquiza, sin Urquiza o contra Urquiza.
Sáa escribe a Urquiza: "... encargado de trasmitir a V.E. la voluntad de
las masas, solo esperamos que V.E. se digne a impartirnos sus órdenes. Pero
Urquiza calla. Sus intereses comerciales se ligan a la continuación de la
guerra con Paraguay de la que saca buen provecho como proveedor del ejército,
y a la paz interna por sus cuantiosos intereses de estanciero y comerciante
y su paquete de acciones en el ferrocarril Central Argentino. Políticamente
solo le interesa controlar Entre Ríos, donde su prestigio ha menguado considerablemente.
El banquero Buschenthal le aconseja: " Espero que S E. no se comprometa
con esta gente ( los montoneros) C'est tres pront..." Otra cosa será cuando
consigan mejor posición.
No se comprometerá pero no los desautorizará tampoco pues le permite su
viejo juego de quedarse observando el fiel de la balanza para cobrar el
mejor precio. Escribe a Sáa - 10 de febrero de 1867 - una carta evasiva
que a nadie compromete. Pero este quiere creer de apoyo.
Para marzo han llegado a Rosario los veteranos del Paraguay con su brillante
oficialidad: los buques ingleses dejan en su puerto cañones Krupp y fusiles
Albion y Brodlin para armar los tres ejércitos nacionales de Paunero, Taboada
y Navarro que operarían contra la Unión Americana. Mitre hubiese querido
ponerse a su frente pero el recuerdo de Sierra Chica. Cepeda y Curupayty
prevaleció en el Estado Mayor, mejor era dejarlo de observador.
SAN IGNACIO ( lº de abril)
Sáa se mueve de San Luis a Córdoba donde hay elementos suficientes para
levantar la provincia. Paunero, desde Río Cuarto destaca a Arrendondo a
cerrarle el paso de San Ignacio (cruce del Río Quinto en la carretera de
San Luis a Mercedes). Y el ministro de guerra, Julián Martínez, se instala
en Córdoba donde se sienten ruidos intranquilizadores.
Sáa ataca a Arredondo al anochecer del 1º de abril; erróneamente creyó que
el jefe nacional tenía pocos hombres, porque de otra manera le hubiera convenido
eludirlo y llegar a Córdoba, donde los federales esperaban. "San Ignacio
se ganó por casualidad" dirá años después el general Garmendia. Nada pudieron
las lanzas montoneras contra los Krupp, ni las cargas de indios ( 500 ranqueles
combatían junto a Lanza Seca) contra los cuadros de infantería de Iwanowsky,
Fotherigham, Luis María Campos y la brava caballería de José Miguel Arredondo.
En cargas nocturnas se estrellaron Juan y Felipe Sáa, Carlos Juan Rodríguez,
Juan de Dios Vídela, Manuel Olascoaga. Sin embargo la victoria estuvo indecisa
hasta el amanecer.
La montonera quedó derrotada. No hubo prisioneros como lo ordenaba la ley
de policía dictada en Buenos Aires. Muy pocos sobrevivientes consiguieron
ocultarse y escapar a Chile por los pasos de la cordillera, que a esa altura
del año era apenas practicable.
EL POZO DE VARGAS (10 de abril).
Varela ha marchado hacia su Catamarca natal, atravesando La Rioja: es un
paseo en triunfo donde los festejos se repiten al entrar el viejo caudillo
en cada poblado. En La Rioja su "ejercito" se amplía porque los riojanos
quieren luchar por la Unión Americana.
A los lánguidos compases de la zamba, la montonera se dirige a Catamarca
donde todos esperan al Caudillo. De allí a Tucumán y Salta donde vendrían
sin duda las órdenes de Urquiza, las órdenes que Varela supone no podrá
negarle Urquiza viendo el juego decidido. En ruta hacia Catamarca le llegan
dos malas noticias. Que Sáa fue aniquilado en San Ignacio, y Taboada al
frente del ejercito nacional del Noroeste ha aprovechado su ausencia para
entrar en La Rioja.
Los nacionales vienen
Pozo de Vargas
Tienen cañones y tienen
Las uñas largas.
Dice la letra riojana de la zamba de Vargas (que no es la del ejército de
Taboada, que se apropió de la música, como se apropió de tantas cosas).
Varela vuelve grupas. A los compases de la zamba su ejército regresó a La
Rioja a todo galope. El 9 de abril, ya próximo a la ciudad, Varela invita
caballerescamente a Taboada "a decidir la suerte y el derecho de ambos ejércitos
fuera de la población; "a fin de evitar que esa sociedad infeliz sea víctima
de los horrores consiguientes de la guerra y el teatro de excesos que ni
yo ni V.E. podremos evitar". Taboada fijaría el campo de la liza "por lo
menos a tres leguas del ejido". El jefe nacional no contesta. Ha urdido
un plan que debe darle la victoria. Como los federales marchan a todo galope
y sin mayor descanso, supone que llegarán desfallecidos y sedientos a La
Rioja. Por lo tanto ha destruido los jagüeles del camino, dejando solamente
a uno, el Pozo de Vargas a la entrada misma de la ciudad. Supone que los
rnontoneros se arrojarán sobre el agua; y entonces la artillería y fusilería
nacionales, convenientemente atrincheradas alrededor del pozo los aniquilaría
sin remedio.
Ocurrió lo previsto. Varela no encontró agua en los jagüeles de Las Mesillas,
donde esperaba acampar la noche del 9, a la espera de la respuesta - que
no llegaría nunca - de su invitación a Taboada. Debió seguir la fatigosa
marcha por la noche del 9 en busca del pozo de Vargas donde llega al medio
día del 10. Era tal la sed que "tres soldados sofocados por el calor, por
el polvo y el cansancio - dirá Varela - expiraron de sed en el camino.
Los gauchos fueron acribillados por los nacionales desde las trincheras
apenas se acercaron al Pozo. Varela rehizo sus cuadros y aunque la posición
de Taboada dificultaba el movimiento de la montonera, ordenó se tocase la
zamba y empezara la batalla. Los inútiles "bocones" fueron dejados de lado
Durante más de siete horas. – de mediodía al anochecer - se sucedieron las
cargas a los compases de la zamba heroica. (que apropiada por los vencedores
y con otra letra, se llamaría desde entonces Zamba de Vargas).
Tiempo después, y en los altos de la marcha los sobrevivientes cantarían
la le letra auténtica de su zamba, que se ha mantenido como tradición oral
en La Rioja y Catamarca.
|
|
"A la carga a la carga,
dijo Varela,
salgan los laguneros
rompan trincheras.
Rompan trincheras si
carguen los laguneros
de dos en fondo.
De dos en fondo si,
dijo Guayama,
a la carga muchachos,
tengamos fama.
¡Lanzas contra fusiles!
Pobre Varela
¡Que bien pelean sus tropas
en la humareda.
Otra cosa sería
armas iguales.
En una de las cargas Varela cae con su caballo muerto junto al pozo. Y ocurre
otro episodio de esa guerra romanesca. Una de las montoneras que hacían
de cantineras, enfermeras, amantes, o lo que se presentara, tomó un caballo
y se arrojó en medio de la refriega para salvar al jefe. Se llamaba Dolores
Díaz y le decían La Tigra. En ancas de La Tigra escapó de la muerte el viejo
caudillo.
"A las oraciones – dice Varela – mi ejército estaba deshecho, pero tambien
el del enemigo. Si bien no había sufrido una derrota, comprendí que el triunfo
por mi parte en esos momentos era imposible". Siete horas habían durado
las cargas; en torno al pozo de Vargas se riñó la batalla mas disputada
de la guerra de la Unión Americana y se perdió toda esperanza seria de apoyar
a Paraguay. Llegaba la noche, Varela dio la orden de retirarse: "!Otra cosa
sería armas iguales!". Ciento ochenta compañeros le quedaban de su ejército
que el día anterior contaba cerca de cinco mil, los demás han muerto, quedando
heridos o escaparon para juntarse con el caudillo en el lugar que los citase.
Pero Taboada también había pagado su precio. "La posición del ejercito nacional
- informa Mitre – es muy crítica después de haber perdido sus caballerías,
o la mayor parte de ellas, y gastado sus municiones, pues en La Rioja no
se encontrará quien facilite como reponer sus pérdidas". Varela fijó Jáchal
como sitio de reunión.
Taboada quedó en La Rioja que saqueó concientemente durante tres días, pues
nadie le facilitaba alimentos voluntariamente "...las uñas largas...".
Sáa, derrotado escapó a Chile; los cordobeses, cuyo caudillo era Simón Luengo,
se habían levantado a la espera de Sáa y del "pronunciamiento" de Urquiza
que ha escrito cartas comprometedoras a Luengo.
Cuando a mediados de abril llegan las noticias de San Ignacio y el Pozo
de Vargas, todo parece perdido, y Urquiza hace manifestaciones de repudio
"a esos bandidos, que usan mi nombre para encubrir sus tropelías".
Creen terminada su misión y los veteranos vuelven a embarcarse para el Paraguay.
Pero todavía está Felipe Varela en ancas de La Tigra y la guerra de la Unión
Americana no ha terminado.
FELIPE
VARELA EN JÁCHAL.
Después del Pozo de Vargas, Varela ha ordenado reunión en Jáchal a los dispersos
de la batalla. El 21 de abril, entre repiques de campana y compases de su
zamba – aunque los musicantes chilenos han caído en poder de Taboada, que
se apropió la canción – los sobrevivientes del Ejército de la Unión Americana
entran en la capital montonera. Quemada por la metralla aún mantienen erguida
su bandera donde puede leerse:
"Viva la Unión Americana" -
"Abajo los negreros traidores
a la patria!"
"¡Vivan nuestros hermanos paraguayos!".
El Quijote de los andes no se siente vencido. Lejos de ello. A los pocos
días sus fuerzas se aumentan con los dispersos de Vargas que vienen de todos
los puntos cardinales. Pero debe abandonar Jáchal jaqueado por los tres
ejércitos nacionales. (de Paunero, Taboada y Navarro) que por un momento
habían creído concluida la guerra, y se sorprendieron al llegarle noticias
de que Varela aún vivía.
El coronel es baqueano de la cordillera. Deja la villa y por escondidos
senderos se interna en las montañas para caer por sorpresa en los lugares
más inesperados: el 5 de junio sorprende a Paunero en Las Bateas. No es
una batalla, ni siquiera un combate; Varela no tiene tropas para enfrentar
al jefe nacional, solo ha querido sorprenderlo, sembrar el desconcierto
en la tropa. Cuando Paunero reacciona ya es tarde. Varela se ha esfumado
llevándose los caballos, muchas armas y algunos soldados que han preferido
jugarse con él. Once días más tarde - nadie ha sabido por que escondidas
sendas hizo la travesía – desbarata en la quebrada de Miranda el contingente
de forzados que lleva el coronel Linares de refuerzo a los nacionales ...
Tampoco fue batalla: apenas cuatro gritos, y los "voluntarios" dejaron a
Linares para irse con Varela.
Es una guerra de recursos, difícil, pero la sola posible cuando no se tienen
armas y se sabe que la inmensa mayoría de la población le apoyará y seguirá.
Como un puma se desliza entre sus perseguidores. No se sabe donde está,
si en Guandacol, en Jáchal, en Chilecito, o ha ganado la puna de Atacama
en territorio entonces boliviano. La verdad es que está en todas partes;
no todos lo creen. No es posible arrearse un contingente para la guerra
del Paraguay, porque los jefes siempre temen que Varela se descuelgue de
los cerros y ponga en libertad a los forzados como hizo el otro Quijote,
el de la Mancha con los galeotes. Pero estos no le pagarán a pedrada limpia,
sino se le unen para seguir la lucha imposible por la alianza con las repúblicas
de la misma sangre.
REVOLUCIÓN FEDERAL EN CÓRDOBA ( 16 de agosto)
La noticia que Varela "anda" por la cordillera, aunque pocos lo han visto,
enciende una luz de esperanza en los federales. Tal vez no todo esté perdido.
El ejército del Paraguay ha quedado inmóvil después de Curupayty, y nadie
- fuera de los jefes brasileños y de Mitre - quiere seguir la guerra. El
mismo Urquiza, a pesar de haber felicitado a Mitre por sus triunfos de San
Ignacio y Pozo de Vargas, ha vuelto a sus equilibrios; es que aspira a ser
presidente en 1868 y sabe que todo el país, federales o liberales, fuera
del minúsculo grupo que redacta La Nación Argentina, quiere la paz con Paraguay.
Adolfo Alsina que con los jóvenes liberales acaba de ganar la gobernación
de Buenos Aires inaugura las sesiones de la legislatura porteña con insólitas
palabras "La guerra bárbara, carnicería funesta, la llamo así porque nos
encontramos atados a ella por un tratado también funesto..., sus cláusulas
parecen calculadas para que la guerra pueda prolongarse hasta que la república
caiga exánime y desangrada".
Simón Luengo sigue con interés desde Córdoba las andanzas de Varela. Mientras
tremole la bandera de la Unión Americana en los contrafuertes andinos, subsiste
la posibilidad de acabar con el mitrisrno. ...¡Si Urquiza – a quien venera
como un ídolo – se decidiera!. Día que transcurre se ponen las cosas peores
para Mitre. No es solamente la repercusión de Curupayty: Buenos Aires se
ha llenado de carteles reclamando la paz, "Sólo Mitre ha podido hacer perecer
a tanto Argentino..., no se pregunta quién murió en Paraguay, sino quién
vive " informa Martín Piñero – propietario de El Nacional – a Sarmiento,
ministro en norteamérica.
Para peor, se extiende por todo el litoral la epidemia de cólera, iniciada
en los campamentos brasileños en Tuyutí. Miles y miles caen – hombres, mujeres,
niños – más, pero mucho más que los eliminados por las balas. La actitud
de Urquiza, pese a sus felicitaciones a Mitre alienta las esperanzas a Simón
Luengo. Ha dado una espléndida fiesta en su palacio San José: en la sala,
bajo la bandera de Entre Ríos se entrelazan las banderas de América, inclusive
la Paraguaya: falta la brasileña. Su yerno, Victorica, le ha preguntado
– según narra Ignacia Gómez a Albérdi – "¿Es tiempo, Señor?". Y el castellano
de San José señalando las banderas habría respondido: " Lo digo fuerte:
me place ese acomodo".
No espera más Simón Luengo, Tal vez su espíritu sencillo supuso que debía
equilibrar en el ánimo de Urquiza las derrotas de San Ignacio y Vargas.
Córdoba es una provincia federal, gobernada por un federal. Mateo Luque.
Su posición es estratégica. Si la sublevara - lo que sería fácil pues Luengo
es inspector de milicias – los ejércitos nacionales que persiguen a Varela
abandonarían su caza. Y Urquiza "pronunciándose" con sus diez mil aguerridos
entrerrianos sería el dueño de la situación. Ni siquiera los generales mitristas
del Paraguay (Emilio Mitre, Rivas, Gelly y Obes) querían seguir esa guerra
y menos a las órdenes de los brasileños.
El ministro de guerra nacional Julián Martínez está en Córdoba reclutando
el "contingente" para llevarlo al Paraguay. Martínez se alarma porque los
reclutados lanzan gritos desconcertantes: ¡Vivan los generales Sáa y Varela,
¡Mueran los porteños!, ¡Viva el Paraguay!
Luque tratará de explicárselo por el estado anímico de la masa, y le asegura
que cesarán apenas tomen gusto al servicio. El Gobernador trata también
de calmar a Luengo que "se sale de la vaina" diciéndole que nada debe hacerse
mientras el general Urquiza no lo disponga". Y llamado por Mitre, deja la
ciudad el 15 de agosto.
Luengo no espera más. Al día siguiente – 16 – levanta al contingente a los
gritos "Viva Urquiza", apresa al ministro de guerra, y se declara en rebelión
contra Mitre.
Poco dura la revolución de Luengo. Nicasio Oroño, gobernador mitrista de
Santa Fe, avanza contra Córdoba, el general Conesa lo hace desde Villa Nueva,
Luque lo desautoriza, Urquiza calla.
Luengo debe entregarse a Conesa – lo hace el 28 de agosto – sin haber podido
entrar en combate. Está desengañado y receloso. Quedará preso en Córdoba,
hasta que escapa de la prisión. Entonces irá a Entre Ríos donde matará a
Urquiza el 11 de abril de 1870.
VARELA EN SALTA (10 de octubre)
Cuerpeando las divisiones nacionales, Varela se desliza por los pasos misteriosos
de la cordillera. Ha tenido correspondencia con Luengo en Córdoba, con Zalazar
en Chileclto y con el caudillo salteño Aniceto Latorre a quién invita a
plegarse; "el poder del enemigo no está fuerte", escribirá a este último.
"Con un pequeño esfuerzo de los hijos de la patria todavía salvaremos a
América".
En octubre, mientras Paunero lo supone en San Juan, y Navarro lo espera
en Catamarca, Varela baja de la cordillera frente a Salta con mil guerrilleros:
esquiva a Navarro que ha corrido a cerrarle el paso, y al galope va a Salta
donde espera proveerse de armas y alimentos.
"Al ir a aquella ciudad (Salta) – dirá – no me llevó el ánimo apoderarme
de un pueblo sin objeto alguno, Yo marchaba en busca de pertrechos bélicos,
porque era todo cuanto necesitaba para triunfar".
Está frente a Salta la mañana del 10 de octubre.
Intima al gobernador Ovejero le entregue las armas que hay en la ciudad,
comprometiéndose a no entrar en ella. Pero Ovejero sabe que Navarro lo persigue
de cerca y supone que el caudillo no se atreverá a atacarle en esas condiciones.
Además, el Ejército de la Unión Americana apenas si tiene fusiles y municiones.
Por eso a la intimación de Varela de "evitar a la población la desastrosa
consecuencia de la guerra" contesta con una descarga.
Ovejero había preparado la resistencia, armando la clase principal con los
seis cañones y 225 fusiles que poseía, " pues el enemigo – explica por qué
armó solamente la clase principal - que halaga a las masas .... encuentra
prosélitos entre quienes no abrigan un corazón honrado". Ha conseguido 300
vecinos honrados que distribuye en las trincheras zanjadas en la plaza principal,
y les encarga los cañones y los fusiles.
Salta lo espera y tiene un corazón (honrado y abrigado) y un fusil.
Sobraban, a su entender, para rechazar a los bandoleros. O por lo menos
detenerlos hasta que llegase Navarro que no podía tardar.
Ovejero valoro en demasía el poder de los fusiles y despreció demasiado
el coraje de los gauchos. Varela ordenó el ataque, los defensores resistieron
apenas cuarenta minutos. Previsoramente el gobernador consiguió recoger
algunos fusiles llevándolos en "asilo" al templo de San Francisco donde
también estará él con su gente.
Una hora estuvo Salta en poder de las montoneras. El parte del jefe de la
plaza – Leguizamón – habla de tremendos desmanes. Nada respetó el enemigo,
templos, oficinas públicas, casas de comercio y de particulares fueron saqueados
y hollados bárbararnente del modo más espantoso y feroz....
"Una hora escasa han ocupado (los federales) la ciudad – informa Ovejero
y los estragos y saqueos rayan en los límites de lo imposible".
Exageraciones interesadas (porque el gobierno nacional pagaría los perjuicios).
En una hora no pueden cometerse muchos desmanes. En el sumario que se levantará,
los testigos declaran "de oídas", uno solo atestigua el saqueo de su tienda
donde le han llevado " un caballo". Miguel Tedin contando muchos años después
sus recuerdos infantiles, dice que estaba en casa de la señora Güemes de
Astrada el 10 de octubre "cuando se presentó un soldado feroz armado de
una carabina. ¡No me mate, soy hija del general Güemes!, dijo la dueña de
casa. Este nombre pareció impresionarle y bajando el arma solicitó un par
de botas, lo que realizó la señora. ¡ Curioso saqueador que se impresiona
por un nombre histórico, y solo pide un par de botas!. Las violaciones de
los templos, que dice Leguizamón no ocurrieron: el Gobernador Ovejero se
refugió con su gente y armas en San Francisco defendido – dice en su informe
– por los religiosos de la insaciable rapacidad de estos bandidos".
¡Notables bandidos, impotentes ante las palabras de unos frailes!.
Varela, que no entró en la ciudad, sabedor que los religiosos se negaban
a entregar las armas "asiladas" en San Francisco hizo llamar al guardián
para explicarle que el asilo eclesiástico no amparaba a los prisioneros
de guerra ni a sus armas. Como el guardián se mantuvo firme, el coronel
lo maltrató de palabra diciéndole muchas barbaridades" (cuenta el religioso
en el sumario) pero no " violó" el convento.
Fuera de los fusiles tomados a los caídos en la plaza, un caballo y un par
de botas no hubo otros "latrocinios". Si ocurrieron, los damnificados olvidaron
hacerlos constar en el sumario. Lo que parece que hubo y en grado mayúsculo,
fue un tremendo miedo.
EL FIN DE LA GUERRA
Haba sido en las barbas de Navarro que Varela se apoderó por una hora de
Salta. De allí siguió a Jujuy, donde no hubo "saqueo" porque los Jujeños
aceptaron darle sus armas. No pudo estar mucho tiempo porque Navarro lo
seguía. Por la quebrada de Humahuaca llegó a Bolivia, donde Melgarejo –
en ese momento simpatizante con Paraguay – le dio asilo. En Potosí, Varela
publicará un Manifiesto explicando su conducta y prometiendo el regreso.
En octubre de 1860 Mitre termina su presidencia y sube Sarmiento, de quién
se esperó por un momento que terminase la guerra con Paraguay. No hubo tal,
eso decide el regreso de Varela. También que Melgarejo ha cambiado de opinión
y ahora está muy amigo de Brasil.
Varela con sus escasos seguidores y sin armas de fuego, toma el camino de
Antofagasta. Su hueste no alcanza a cien gauchos. La "invasión" amedrenta
en Buenos Aires. Martín de Gainza, ministro de guerra de Sarmiento, manda
al general Rivas, al coronel Julio Roca y a Navarro a acabar definitivamente
con el Ejército de la Unión Americana. Navarro – a quien por su pasado federal
algunos acusan de lenidad con los montoneros – promete "matar ( a Varela)
en combate".
No tremolará mucho tiempo el estandarte de la Unión Americana en la puna
de Atacama. Basta un piquete de línea al mando del Teniente Pedro Corvalán,
para abatirlo en Pastos Grandes ( 12 de enero de 1869). Los dispersos intentan
volver a Bolivia, pero Melgarejo lo impide. Toman entonces el camino de
Chile. Dada la fama del caudillo, el gobierno chileno manda un buque de
guerra para desarmar al "ejército". Encuentran un anciano enfermo de tuberculosis
avanzada y dos docenas de gauchos desarrapados y famélicos. Les quitan las
mulas y los facones y los tienen internados un tiempo. Después los sueltan,
vista su absoluta falta de peligro.
Varela se instala en Copiapó. El gobierno de Sarmiento ordena a su ministro
en Chile, Félix Frías, vigile sus movimientos: "Está gravemente enfermo
– escribe Frias el 16 de mayo de 1870 y de él nada hay que temer". Morirá
el 4 de junio de ese año en Ñantoco, cerca de Copiapó. "Muere en la miseria
– informa Frías al gobierno argentino – legando a su familia que vive en
Guandacol, La Rioja, solo sus fatales antecedentes.
Sus restos acaban de ser repatriados por el patriótico gobierno de Catamarca,
y desde sus montañas, espina dorsal de nuestra dividida América, este viejo
gaucho que quiso ver una "Unión Americana", espera el reconocimiento de
los "hermanos paraguayos" que lo movieron a su valerosa y desigual guerra
de 1867.
* Las pinturas pertenecen al artista Octavio Calvo
|
|

|
|


La
deuda histórica con Felipe Varela
![]()
¡Viva
la unión americana!
Manifiesto a los pueblos americanos sobre los
acontecimientos políticos de la República Argentina en los años 1866 y 1867
En efecto, la guerra con el Paraguay era un acontecimiento ya calculado, premeditado por el General Mitre.
Cuando los ejércitos imperiales atraídos por él, sin causa alguna justificable, sin pretexto alguno razonable, fueron a dominar la débil República del Uruguay, aliándose con el poder rebelde de Flores en guerra civil abierta con el poder de aquella República, comprendió el Gobierno del Paraguay que la independencia uruguaya peligraba de un modo serio, que el derecho del más fuerte era la causa de su muerte, y que por consiguiente las garantías de su propia libertad quedaban a merced del capricho de una potencia más poderosa.
Pesaron estas razones en la conciencia del General Presidente López de la República Paraguaya, y buscando una garantía sólida a la conservación de sus propias instituciones, desenvainó su espada para defender al Uruguay de la dominación brasilera a que Mitre lo había entregado.
Fue entonces que aquel Gobierno se dirigió al argentino solicitando el paso inocente de sus ejércitos por Misiones, para llevar la guerra que formalmente había declarado el Brasil.
Este paso del Presidente López, era una gota de rocío derramada sobre el corazón ambicioso de Mitre, porque le enseñaba en perspectiva el camino más corto para hallar una máscara de legalidad con qué disfrazarse, y poder llevar pomposamente una guerra Nacional al Paraguay:
Guerra premeditada, guerra estudiada, guerra ambiciosa de dominio, contraria a los santos principios de la Unión Americana, cuya base fundamental es la conservación incólume de la soberanía de cada República.
El General Mitre, invocando los principios de la más estricta neutralidad, negaba de todo punto al Presidente del Paraguay su solicitud, mientras con la otra mano firmaba el permiso para que el Brasil hiciera su cuartel general en la Provincia Argentina de Corrientes, para llevar el ataque desde allí a las huestes paraguayas.
Esa política injustificable fue conocida ante el parlamento de Londres, por una correspondencia leída en él del Ministro inglés en Buenos Aires, a quien Mitre había confiado los secretos, de sus grandes crímenes políticos.
Textualmente dice el Ministro inglés citado: "Tanto el Presidente Mitre como el Ministro Elizalde, me han declarado varias veces, que aunque por ahora no pensaban en anexar el Paraguay a la República Argentina, no querían contraer sobre esto compromiso alguno con el Brasil, pues cualesquiera que sean al presente sus vistas, las circunstancias podría cambiarlas en otro sentido".
He aquí cuatro palabra que envuelven en un todo la verdad innegable de que la guerra contra el Paraguay jamás ha sido guerra nacional, desde que, como se ve, no es una mera reparación lo que se busca en ella, sino que, lejos de eso, los destinos de esa desgraciada República están amenazados de ser juguete de las cavilosidades de Mitre.
Esta verdad se confirma con estas otras palabras del mismo Ministro inglés citado: "El Ministro Elizalde me ha dicho que espera vivir lo bastante para ver a Bolivia, el Paraguay y la República Argentina, unidos formando una poderosa República en el Continente".(...)
Las provincias argentinas, empero, no han participado jamás de estos sentimientos, por el contrario, esos pueblos han contemplado gimiendo la deserción de su Presidente, impuesto por las bayonetas, sobre la sangre argentina, de los grandes principios de la Unión Americana , en los que han mirado siempre la salvaguardia de sus derechos y de su libertad, arrebatada en nombre de la justicia y la ley.
En el párrafo sexto (de la proclama) hago presente a los argentinos, el monopolio y la absorción de las rentas nacionales por Buenos Aires.
En efecto: la Nación Argentina goza de una renta de diez millones de duros, que producen las provincias con el sudor de su frente. Y sin embargo, desde la época en que el gobierno libre se organizó en el país, Buenos Aires, a título de Capital es la provincia única que ha gozado del enorme producto del país entero, mientras en los demás pueblos, pobres y arruinados, se hacía imposible el buen quicio de las administraciones provinciales, por falta de recursos y por la pequeñez de sus entradas municipales para subvenir los gastos indispensables de su gobierno local.(...)
De modo que las provincias eran desgraciados países sirvientes, pueblos tributarios de Buenos Aires, que perdían la nacionalidad de sus derechos, cuando se trataba del tesoro Nacional.
En esta verdad está el origen de la guerra de cincuenta años en que las provincias han estado en lucha abierta con Buenos Aires, dando por resultado esta contienda, la preponderancia despótica del porteño sobre el provinciano, hasta el punto de tratarlo como a un ser de escala inferior y de más limitados derechos.
Buenos Aires es la metrópoli de la República Argentina, como España lo fue de la América. Ser partidario de Buernos Aires, es ser ciudadano amante a su patria, pero ser amigo de la libertad, de las provincias y de que entren en el goce de sus derechos ¡oh! ¡eso es ser traidor a la patria, y es por consiguiente un delito que pone a los ciudadanos fuera de la ley!
He ahí, pues, los tiempos del coloniaje existente en miniatura, en la República, y la guerra de 1810 reproducida en 1866 y 67, entre el pueblo de Buenos Aires (España) y las provincias del Plata (Colonias Americanas).
Sin embargo, esa guerra eterna dio a fines de 1859 por resultado la victoria de los pueblos argentinos sobre el poder dominante de la Capital. Sus diez millones de renta estaban, por consiguiente recobrados, pero como no era posible despojar a Buenos Aires de un solo golpe de tan ingente cantidad, arreglada a la cual había creado sus necesidades, pues eso hubiera sido sepultarla en una ruina completa, tuvieron todavía la generosidad los provincianos, de celebrar un pacto, por el cual concedían a Buenos Aires el goce por cinco años más de las entradas locales para llenar su pomposo presupuesto.
Fue entonces que los porteños invocaron la hidalguía del que hoy llaman bárbaro, del presidente actual del Paraguay Mariscal Don Francisco Solano López, para que con su respetabilidad y talento interviniese en el pacto que celebraban las provincias argentinas con Buenos Aires vencida.
El Mariscal López accedió generoso, garantiendo el cumplimiento del tratado por ambas partes con su propio poder.
En noviembre de 1865 debían expirar estos tratados, y entrar las provincias en el goce de lo que verdaderamente les pertenece, las entradas nacionales de diez millones que ellas producen.
Cuando el sesenta y cuatro aun no llegaba, cuando Mitre aun no asaltaba la presidencia de la Nación, por un órgano público de Buenos Aires decía el futuro caudillo, sobre el pacto con el Paraguay: "Esos tratados serán despedazados y sus fragmentos arrojados al viento".
Por fin el General Mitre revolucionó a la Provincia de Buenos Aires contra las demás provincias argentinas, cuyos dos poderes se batieron en Pavón.
La suerte estuvo del lado de aquel porteño malvado que se sentó Presidente sobre un trono de sangre, de cadáveres y de lágrimas argentinas.
Entre tanto los tratados garantidos por el Paraguay vivían, y llegado el término podía esta nación exigir su cumplimiento.
He aquí otra de las causas fundamentales de la guerra llevada por Mitre a la República del Paraguay, desarmando así a las provincias del poder aliado que garantía su felicidad, contra la infamia de un usurpador.
Después de este golpe maestro, el general Mitre desfiguró la carta democrática dada por las provincias vencedoras en Caseros, y la desfiguró a su antojo, después de haber jurado con lágrimas en los ojos respetarla, explotando así la generosidad de los pueblos, que entonces pudieron plantar la bandera de la humillación y del dominio en la misma plaza de Buenos Aires.
Esa reforma dio por fruto el regalo eterno de las rentas nacionales a la ciudad bonaerense, el despojo para siempre de la propiedad de los pobres provincianos, y aun algo más, el empeño de las desgraciadas provincias en más de cien millones, para sostener una guerra contra sus intereses, contra su aliado, contra el poder combatido por tener el crimen de haber garantido la paz argentina y la felicidad de todos los pueblos, en noviembre de 1859.
Es por estas incontestables razones que los argentinos de corazón, y sobre todo los que no somos hijos de la Capital, hemos estado siempre del lado del Paraguay en la guerra que, por debilitarnos, por desarmarnos, por arruinarnos, le ha llevado a Mitre a fuerza de intrigas y de infamias contra la voluntad de toda la Nación entera, a excepción de la egoista Buenos Aires.
Es por esto mismo que es uno de nuestros propósitos manifestado en la invitación citada, la paz y la amistad con el Paraguay. (...)
![]()
Proclama
¡ARGENTINOS! El hermoso y brillante pabellón que San Martín, Alvear y Urquiza llevaron altivamente en cien combates, haciéndolo tremolar con toda gloria en las tres mas grandes epopeyas que nuestra patria atravesó incólume, ha sido vilmente enlodado por el General Mitre gobernador de Buenos Aires.
La más bella y perfecta Carta Constitucional democrática republicana federal, que los valientes entrerrianos dieron a costa de su sangre preciosa, venciendo en Caseros al centralismo odioso de los espurios hijos de la culta Buenos Aires, ha sido violada y mutilada desde el año sesenta y uno hasta hoy, por Mitre y su círculo de esbirros.
El Pabellón de Mayo que radiante de gloria flameó victorioso desde los Andes hasta Ayacucho, y que en la desgraciada jornada de Pavón cayó fatalmente en las ineptas y febrinas manos del caudillo Mitre -orgullosa autonomía política del partido rebelde- ha sido cobardemente arrastrado por los fangales de Estero Bellaco, Tuyuti, Curuzú y Curupaití.
Nuestra Nación, tan feliz en antecedentes, tan grande en poder, tan rica en porvenir, tan engalanada en glorias, ha sido humillada como una esclava, quedando empeñada en mas de cien millones de fuertes, y comprometido su alto nombre a la vez que sus grandes destinos por el bárbaro capricho de aquel mismo porteño, que después de la derrota de Cepeda, lacrimando juró respetarla.
COMPATRIOTAS: desde que Aquél, usurpó el gobierno de la Nación, el monopolio de los tesoros públicos y la absorción de las rentas provinciales vinieron a ser el patrimonio de los porteños, condenando al provinciano a cederles hasta el pan que reservara para sus hijos. Ser porteño, es ser ciudadano exclusivista; y ser provinciano, es ser mendigo sin patria, sin libertad, sin derechos. Esta es la política del Gobierno Mitre.
Tal es el odio que aquellos fratricidas tienen a los provincianos, que muchos de nuestros pueblos han sido desolados, saqueados y guillotinados por los aleves puñales de los degolladores de oficio, Sarmiento, Sandez, Paunero, Campos, Irrazábal y otros varios oficiales dignos de Mitre.
Empero, basta de víctimas inmoladas al capricho de mandones sin ley, sin corazón y sin conciencia. Cincuenta mil víctimas hermanas, sacrificadas sin causa justificable, dan testimonio flagrante de la triste o insoportable situación que atravezamos, y que es tiempo ya de contener.
¡VALIENTES ENTRERRIANOS! Vuestro hermanos de causa en las demás provincias, os saludan en marcha al campo de la gloria, donde os esperan. Vuestro ilustre jefe y compañero de armas el magnánimo Capitán General Urquiza, os acompañará y bajo sus órdenes venceremos todos una vez más a los enemigos de la causa nacional.
A EL, y a vosotros obliga concluir la grande obra que principiasteis en Caceros, de cuya memorable jornada surgió nuestra redención política, consignada en las páginas de nuestra hermosa Constitución que en aquel campo de honor escribísteis con vuestra sangre.
¡ARGENTINOS TODOS! ¡Llegó el día de mejor porvenir para la Patria! A vosotros cumple ahora el noble esfuerzo de levantar del suelo ensangrentado el Pabellón de Belgrano, para enarbolarlo gloriosamente sobre las cabezas de nuestros liberticidas enemigos!
COMPATRIOTAS: ¡A LAS ARMAS!...¡es el grito que se arranca del corazón de todos los buenos argentinos!
¡ABAJO los infractores de la ley! Abajo los traidores a la Patria! Abajo los mercaderes de Cruces en la Uruguayana, a precio de oro, de lágrimas y de sangre Argentina y Oriental!
¡ATRAS los usurpadores de las rentas y derechos de las provincias en beneficio de un pueblo vano, déspota e indolente!
¡SOLDADOS FEDERALES! nuestro programa es la práctica estricta de la Constitución jurada, el órden común, la paz y la amistad con el Paraguay, y la unión con las demás Repúblicas Americanas. ¡¡Ay de aquél que infrinja este programa!!
¡COMPATRIOTAS NACIONALISTAS! el campo de la lid nos mostrará al enemigo; allá os invita a recoger los laureles del triunfo o la muerte, vuestro jefe y amigo.
FELIPE VARELA
Campamento en marcha, Diciembre 6 de 1866.
MANIFIESTO DEL GENERAL FELIPE
VARELA A LOS PUEBLOS AMERICANOS (Tipografía del Progreso / Potosí, 1868)
|
|