
LOS PASOS PREVIOS
NOTAS RELACIONADAS
Francisco Paco
Urondo - La Patria Fusilada | Francisco Paco Urondo - Selección poética
| Cazadores d utopías
ENLACE RELACIONADO
Hermano,
Paco Urondo
Descargar el libro

PROLOGO
Recuerdo de Francisco Urondo
Por Angel Rama
|

PROLOGO
INTRODUCCION
CAPÍTULO PRIMERO
I Estado de asamblea
II La Paz
III Interferencias
IV Los cómicos y el dinero
V Gauchos y lagunas
VI Las buenas maneras
VII "Sombrero negro y chalina"
VIII Luz y sombra
IX Fábulas, cariños
X Mala suerte
CAPÍTULO SEGUNDO
XI Noticias
XII Las cosas se complican
XIII La conversación
XIV Nueve de cada diez
XV Rabelais
XVI La cucha
CAPÍTULO TERCERO
XVII Esas casualidades
XVIII Linda sorpresa
XIX Mamá
XX La gaviota
XXI En el aire
XXII Un cafrcito
XXIII Funerales
XXIV Técnicas
XXV Testigos
XXVI Picardía y peligros
XXVII La ausente
XXVIII Baldazo de agua fría
CAPÍTULO CUARTO
XXIX El discurso del método
XXX Pena mulata
XXXI El método
XXXII Primera vista
XXXIII Changó
XXXIV Los latidos
XXXV El último amor
XXXVI Fellini
XXXVII "Seco y enfermo"
XXXVIII Memoria
CAPÍTULO QUINTO
XXXIX Frías comunicaciones
XL Pasado y futuro
XLI Un americano en París
XLII El espejo
XLIII Austerlitz
XLIV La última cena
XLV Yunta
XLVI La carta
XLVII Diálogo
XLVIII Dom Perignon
CAPÍTULO SEXTO
XLIX Pianissimo
L Transfiguración
LI Camus
LII Siguen las casualidades
LIII Danubio Azul
LIV Cachondeo
LV No ocurrirá
LVI Adiós
CAPÍTULO SÉPTIMO
LVII Severo se confiesa
LVIII Lagardere
LIX Invasiones inglesas
LX Presumido
LXI Prueba de fuego
LXII Guardaespaldas
LXIII Dulce de leche
LXIV Grandes almacenes
LXV Caída
LXVI Huida
EPILOGO
CONCLUSION |
Sabido es cuánto tardan las naciones en reconocer los méritos de quienes
combatieron en el bando de los derrotados. Sabido es que la historia la
escriben los vencedores, mientras conservan ese rango. Sabido es, sin
embargo, que existe la eventualidad de una verdad que desdeña esos
exclusivismos y tiende a la virtud y al valor e incluso a la autenticidad y
la pasión que se ha puesto al tablero de la vida. Fue necesario un siglo
para que el pueblo venezolano volviera a apropiarse de Boves; ha pasado un
siglo sin que los argentinos lleguen a un acuerdo para repatriar los restos
de Rosas.
Todo eso es sabido. Y es aceptado sin rebeldía. Es la vida, decimos,
levantando los hombros. Más difícil me es aceptar el silencio que desde hace
meses viene rodeando la muerte en la Argentina de Francisco Urondo. Silencio
cargado de la incomodidad de unos, de la culpabilidad de otros y que alguien
debe romper. Porque Francisco Urondo no fue asesinado por las bandas
fascistas, ni desapareció de su casa, ni fue ilegalmente torturado; no, en
su caso no concurre ninguna de las coartadas del espíritu liberal. Su muerte
nos pone desnudamente frente a la realidad de la guerra civil, cuya
existencia hay que aceptar, gusten o no los bandos enfrentados: es el
reconocimiento de una contienda fraticida con la carga suma de odio y de
dolor de esos enfrentamientos.
Como dicen los partes militares, Francisco Urondo murió en el campo de
batalla. Murió en acción, como integrante del ejército montonero y con él,
en la misma línea de fuego, su mujer. Eso dijo el comunicado de los
derrotados; los vencedores no han dicho palabra. Sé que él no es distinto de
tantos otros, especialmente jóvenes, que han muerto en idénticas
circunstancias últimamente; así esa abrumadora sucesión de los hijos de los
intelectuales y artistas más importantes del país, inmolados unos tras otros
en un modo sobrecogedor. Si hablo de él no es por prejuicio mandarinista.
Por ser un escritor, él fue capaz de desarrollar un pensamiento, mostrar en
vilo una sensibilidad, permitirnos comprender algo de su destino. No me
gusta la aclaratoria de que no compartía su línea política y en especial sus
métodos, porque eso es también una coartada. Quien lo sepa bien, y quien no
lo sepa, bien también.
Una ficha diría: Tenía 46 años, había nacido en Santa Fe. Era poeta,
narrador, había incursionado en el ensayo y el teatro, pero con fervor había
sido siempre periodista. Ya con Breves, su tercer libro de 1959, está el
poeta formado, pero sólo en la década del sesenta, con Nombres, Del otro
lado, Adolescer, perci-bimos el acento propio dentro de esa antipoesía
áspera, tanguera, sentimental, que también cultivaron Gelman y Fernández
Moreno entre otros. Esa sí que fue una década espléndida: dos libros de
narrativa, un exitoso estreno teatral (Sainete con variaciones), un ensayo
beligerante (Veinte años de poesía ar-gentina), pero más que la escritura,
el furor de vivir, el descubrimiento de la revolución cubana, la
in-corporación tumultuosa al peronismo de izquierda, el gran "amok" que lo
llevó a la cárcel de donde el pueblo alzado lo sacó para llevarlo dirigir
los estudios literarios de la Universidad. Por entonces, el jurado del
concurso La Opinión-Sudamericana recomendó publicación de su novela Los
pasos previos, que definió así Rodolfo Walsh: "Una crónica tierna, capaz que
dramática, de las perplejidades de nuestra intelligentzia ante el
surgimiento de las primeras luchas populares". Parece que estuviéramos
contando el modelo intelectual de los sesenta en toda América.
La novela se publicó en 1974 pero recién ahora la leí. Quizás por el estéril
esfuerzo de dialogar con alguien que conocí, que vi arder, y con quien no
hablaré ya. La concluí y sin detenerme comencé a leerla otra vez. No pienso
que sea una gran obra, pero es un documento sobre nuestras vidas que desde
esta orilla resulta alucinante. Es simplemente la historia-fiel, sumisa,
leal, cotidiana- de la incorporación del equipo intelectual latinoamericano
a la lucha revolucionaria en la década anterior. Su tema central es un
incesante debate, a través de cafés, teatros, conferencias, camas, garitos
clandestinos, de las razones y sinrazones del alzamiento armado. Demasiada
gente y de la mejor que teníamos se perdió en esa lucha como para que pueda
pasar indiferente por esta historia: está excluido el torpe desdén, pero
también la exaltación romántica del héroe (salvo para los muy adolescentes,
sea cual fuere su edad física) y por momentos, cuando uno se abandona
emocionalmente a esta evocación, puede sentirse que el solo hecho de seguir
viviendo es indecente.
Leída desde la perspectiva de la derrota de esta batalla (no de esta guerra)
se altera todo su sistema de significación: se lee como el diagrama de una
gran equivocación, como el comportamiento extraviado de una razón que no
atinó a medir la realidad, como el pecado hijo del irrealismo cuando no del
idealismo. Pero todo eso, los pro y los contra, las prevenciones del
realismo y las exaltaciones de un idealismo que desciende directamente de la
educación tradicional, está previsto en las páginas malrauxianas de la
novela. Los diálogos del protagonista Mateo con el viejo militante Rinaldi
se adelantan a nuestros argumentos. Ese joven, que es un intelectual
promedio, que quiere la justicia de inmediato, que poco sabe del pueblo y
menos de las teorías marxistas, que es arrastrado por su idealismo sin poder
conmover a la burguesía de la cual procede, ese hombre que duda y quiere y
tiene miedo, de pronto se trasmuta en el alzado en armas sin saber cómo ni
dónde, en medio de paisajes de pesadilla, y es sin duda el justo y es
también el cordero del sacrificio que avanza hacia la fatalidad. Si no se le
puede acompañar, tampoco se le puede combatir. En estos "pasos previos"
muchos podrán avizorar los "pasos últimos", sin necesidad de apelar a la
"crítica de las armas" que Debray opuso a su anterior "revolución en la
revolución".
Pero la emoción de esa figura que avanza o es arrastrada al sacrificio quizá
no sea un rezago romántico sino un anticipo de una nueva solidaridad humana,
lo que, como el paradigma fáustico de Goethe, hasta en el error contribuye
al futuro.
("El Nacional", Caracas, 4-1-77).
INTRODUCCION
Durante algunos minutos seguiría escuchando la frenada que clavó el
patrullero frente al cordón de la mano opuesta alcanzó a ver a tres policías
que bajaban con urgencia del automóvil descarrilado y a algunos vecinos que
se acercaban imprudentemente a curiosear. Durante algunos segundos estaría
esperando el ruido de una ráfaga o, en el mejor de los casos, algunos
disparos aislados; con alivio vería diluir esa posibilidad, al doblar por
Lima, alejándose de la esquina peligrosa donde un siglo y medio atrás
funcionó la Jabonería de Vieytes.
Luego, reaparecieron los edificios modernos, los lugares comunes, los ruidos
normales, la gente sin apuros: sin proponérselo, seguiría reteniendo la
imagen de los hombres bajando precipitadamente del coche, las paredes
enfermas de esa esquina y los ruidos primordiales, aunque uno de ellos fuera
ilusorio: la frenada y la ráfaga.
"Andate con Marcos en el subte", dijo Palenque al llegar a Plaza Italia;
Juan asintió. Mateo tomaría el 39 hasta Chacarita y dejaría el coche por
ahí, antes de ir a una comisaría a denunciar que se lo habían robado. Marcos
no lo escuchaba, ni siquiera recordaba ya los dos sonidos fundamentales;
miraba fijamente el suelo: las baldosas ocultaban la verdad, la luz
evidente. Con respeto, cuidadoso de su fragilidad de iluminado, Mateo tocó
levemente el brazo de Marcos: era imperioso salir de allí, dispersarse, no
perder tiempo; pero Marcos, desdeñando todo apremio, señalándose el pecho
lentamente, dijo: "De aquí, de esta porquería asustada, va a salir algún día
el Hombre Nuevo".
Cuando iba a repetir la frase por tercera vez, Manuel perdió la paciencia y
lo tomó esta vez con firmeza de un brazo. Marcos se dejó llevar, todavía
imbuido por su presagio, hasta que se perdieron de vista en la boca del
subterráneo. Mateo tomó de inmediato el 39, mientras Palenque desaparecía en
un taxi, dejando su coche abandonado allí mismo.
La marcha casi lenta del colectivo actuó como sedante. "Una buena batata,
ayuda", solía decir Lucas; para él era como comer bien o "estar" con una
mujer, según decía con recato uruguayo. Pero era cierto, "la batata", el
susto, era bueno para el relax y ahora quisiera estar en una cama; "tendrían
que venir colectivos con camarotes", pensó sonriendo, como quien se va a
quedar dormido.
Pero no se durmió porque él sí todavía escuchaba, lejanos y perdidos, la
frenada y la ráfaga. Y el recuerdo de estos dos ruidos capitales se mezclaba
con los golpes de mar, cerca del Gran Faro, en El Lejano Egipto; alguien,
antes de despertar, le decía: "Usted ha cometido el pecado de Alejandría". Y
el enigma no tendría explicación, hasta ahora.
No era el sentido de la pesadilla, lo que suele llamarse uno de Los Siete
Pecados Capitales, tampoco la Sabiduría Incendiada, la Biblioteca
Incinerada. Podía ser la ambigüedad ante Marco Antonio, según pronosticó
Gaspar; el sueño podía ciertamente describir la ambigüedad genérica de los
dualistas o de los desclasados y Mateo, si algo no podía negar, era esta
doble condición. Sí, era posible: en la ambigüedad, en la escisión, en la
diversidad, en la esquizofrenia, podía estar la clave.
CAPITULO PRIMERO
I Estado de asamblea
Coexistente", le gritó Palenque en plena oreja. El Monje arqueó un poco el
lomo, como si fuera a darle un cachetazo, pero vio que lo rodeaban y esto no
lo sorprendió: había estado acorralado desde que empezó la asamblea que, esa
noche, no podía controlar. Se encogió de hombros y siguió de largo sin
contestar a Palenque que seguía vociferando, hasta que se calmó.
"¿Sabés cómo le dicen los muchachos de El Partido?"; Rinaldi no lo sabía:
"El Monje", aclaró triunfal Palenque. En tanto El Monje, el "secretario
saliente", trataba de impugnar primero las elecciones y después la asamblea.
"La asamblea es soberana", le contestó tranquilamente Rinaldi y luego empezó
leerle una chorrera de artículos del estatuto para demostrárselo: "por lo
tanto la asamblea tiene facultades para determinar si las elecciones son
válidas o no; llamar a nuevas elecciones, incluso fijar fecha y mecanismo
electoral, o sencillamente aprobar los comicios realizados".
La asamblea votó tres veces; dos, para terminar rechazando dos mociones de
orden que el "secretario saliente" interpuso con el objeto evidente de ganar
tiempo. La última, para aprobar las elecciones. Ganarles a ellos no era
meramente derrotar una lista adversaria, sino "romperle el culo a El
Partido", como dijo ilustrativamente Marcos, sin advertir que había damas,
es decir, compañeras, por los alrededores. Sin embargo ninguna se ofendió
por estas alusiones y, es más, justamente una de ellas subrayó: "era hora";
y santas pascuas.
Después se fue disipando la algazara que provocó la derrota de las chicanas
de El Monje y dejó paso a las expectativas.
En pocos segundos había un silencio absoluto, comenzaba el último recuento
de votos. Rinaldi se había subido a la mesa desde la que presidía la
asamblea, para poder ver mejor las manos levantadas. A medida que la suma
comenzó a sobrepasar la cantidad que se estimaba como la mitad de los
presentes, la gente comenzó a reírse y a regodearse en su poderío; Rinaldi
gritaba como diciendo "quién da más": "Ciento treinta y ocho, ciento treinta
y nueve, ciento cuarenta, ciento cuarenta y uno". Rinaldi iba subrayando el
final de cada cifra con el dedo, contando en el centro del ring. "Ciento
setenta y dos, ciento setenta y tres, ciento setenta y cuatro, ciento
setenta y cinco". Consagrando el knock out. "Trescientos veintiséis,
trescientos veintisiete". Nada de bandera verde, de finales reñidos de esos
que no se vuelven a ver. En realidad no había dudas, la votación se ganaba
por varios cuerpos, la toalla planeaba sobre el cuadrilátero y los hombres
del "secretario saliente" empezaron a salir del recinto. Rinaldi gritó una
última cifra y comenzó a saltar abrazando a la gente que tenía a mano, como
si se hubiera ganado la grande.
Le duró poco; alguien se le acercó para prevenirlo: había que estar atentos
porque la gente del "secretario saliente" había prometido copar a tiros la
asamblea. "El sindicato es nuestro", solían decir los más fanáticos y, los
más decididos, podían tomar al pie de la letra la consigna. "Hay que cubrir
la puerta" dijo Rinaldi muy serio. Ya estaba cerrada y se habían apostado El
Cabezón y Margulis; Manuel estaba en el balcón de arriba.
Era uno de esos viejos caserones del barrio Sur; generalmente se iban
convirtiendo en hoteluchos donde se Hacinaban prostitutas y provincianos.
Eximido de ese destino, tenía habitaciones vacías y conservaba esplendores
pretéritos, arañas imponentes, roñosas escalinatas de mármol.
La portera vivía en el último piso de la casa y, como había tenido
diferencias con El Monje -vaya a saberse por qué recóndita pelea doméstica-,
estaba en el bando de "los muchachos", como ella los llamaba. Cuando se
escuchó el primer tiro, la portera estaba dándole una cucharada de sémola
con leche a su hijito menor. Un momento antes había interrumpido para
atender a "los muchachos", darles "esas cosas" -un par de revólveres y una browning chica- que ella guardaba celosamente en el cajón de los cubiertos.
Con la cuchara al borde de la boquita la mujer dijo: "Dios mío"; pero
enseguida tuvo que responder a su hija mayor: "es un petardo querida" y se
interrumpió al escuchar varios estampidos más que sonaron casi a la vez.
Los hijos de la portera se pusieron a llorar estruendosamente, mientras
entre la gente que quedaba en la asamblea se producía un respetuoso
silencio; se oyeron gritos insultos, un par de automóviles que se alejaban
hasta que los tiros cesaron. Después antes de que nadie tuviera tiempo de
reaccionar, antes de que se iniciaran los primeros comentarios, una sirena
avanzó y se detuvo frente al edificio.
Buenamente le explicaron al oficial que no podían dejarlo entrar porque no
traía orden del juez: la gente que estaba en la asamblea, si entraban así,
de prepo, se los iban a comer crudos, a ellos y "a nosotros que los dejamos
entrar". No había que "irritar al soberano", explicó Palenque parafraseando
a Paladino, mientras ligaba un codazo soterrado.
Accedieron, eso sí, a hacer una relación de hechos: cómo fueron agredidos
aunque no conocían ni tenían la menor idea de quién podía haber sido. Ellos,
por supuesto, no habían tirado, "aquí no hay armas, esto es un sindicato, no
es un aguantadero", comentó Palenque, a quien ya no acobardaban los codazos.
Después de ese día hubo algunos meses de paz. Hasta que estalló la huelga de
uno de los matutinos más importantes de la ciudad. "Arrastraremos a los
gráficos", prometió Rinaldi y, en efecto, "la federación" se plegaría horas
después y por tiempo indeterminado. Una noche Marcos llegó contento: el
gerente y el subgerente del diario y "toda esa manga de alcahuetes
-ejecutivos, jefes de sección, contadores, personal de vigilancia- bajaron a
expedición y se pusieron a hacerlos paquetes". Los hacían mal; la mitad de
los fardos se abrían y los diarios se desparramaban.
"Los distribuidores puteaban desde los camiones y los muchachos de
expedición -unos setenta, de brazos cruzados- se les reían en la jeta". La
huelga duró cuatro días, con amplio triunfo de los rebeldes; no hubo
represalias posteriores: despidos, suspensiones. "No se atrevieron", se
jactaba Rinaldi; pero cuatro meses después, a los treinta días del golpe de
Estado, el sindicato sería intervenido y los setenta muchachos de expedición
echados a la calle. Marcos renunciaría a su cargo de redactor.
II La Paz
Un día Mateo se quejó -entre mates y lloviznas- de que se hubieran metido
con su hijo; el chico estudiaba en un colegio parapartidario. Habían
visitado a la maestra: "Hay que tener cuidado con ese chico, su padre es un
borracho y está separado de la madre". Después no habló más del asunto,
aunque Palenque trató de sacarle el tema en más de una oportunidad; Mateo lo
eludía siempre, con el mismo gesto de asco.
Al poco tiempo se encontró con El Monje, en el subterráneo que venía de
Chacarita. El hombre no lo vio hasta que levantó la vista del libro; recién
allí se dio cuenta de que Mateo estaba sentado delante suyo. "¿Cómo le va,
Aguirre?", le dijo con esa cordialidad fría que suelen tenerlos
intelectuales de la vieja izquierda; ese equilibrio helado y monacal.
"Como le va, Aguirre", y Mateo se limitó a mirar la mano que le era tendida:
"Yo no saludo a alcahuetes".
"¡Aguirre!", exclamó consternado El Monje, pero retirando simultáneamente la
mano. Y perdonando, con una cierta humedad ovina en la mirada que el brillo
de los anteojos no pudo ocultar; sin embargo, no hubo caso de seguir en su
buena acción, porque había llegado, tenía que bajarse.
Era la estación "Carlos Pellegrini" ,una de las dos que en esa linea tienen
andenes centrales y esto no lo ignora ningún pasajero de la ciudad de Buenos
Aires; salvo El Monje; conturbado seguramente por la violencia del desprecio
-injusto, para él-, se había plantado frente a la puerta que nunca iría a
abrirse salvo dos estaciones más allá, ignorando las otras puertas que se
abrían de par en par a sus espaldas. Mateo sonrió frente a la situación y a
la metáfora, hasta el punto de conmiserarse: "por la otra puerta, Boludo".
Y esto terminó de desubicar a El Monje, a medias recompuesto de la sorpresa
y el desdén, pero derrotado ahora en su propia madriguera, la cueva de la
comprensión, de las buenas maneras. "Como si lo hubiese pescado haciéndose
la paja", comentó Mateo mientras Palenque se doblaba de risa, imaginando
cómo El Monje se escabullía justo en el momento en que la puerta se cerraba
y tenía que retenerla en un esfuerzo supremo; salió como salen por entre las
cuerdas los boxeadores mediocres, después del knock out técnico.
Salvo esto, reinó la paz. Salvo la policía que lo anduvo buscando; llegaron
a ir a casa de la madre de Mateo. La señora los atendió muy bien hasta que
pusieron una Halcón sobre la mesa: "saque eso, no ve que me arruga toda la
carpetita"; al rato se fueron. "Son batidores, te digo que son batidores",
decía Marcos enrojecido y apoyando su tesis en algunos elementos razonables;
coincidencias, detalles. Pero todo esto era muy difícil de precisar
entonces, porque era una época en que la policía buscaba a la gente, en que
todo el mundo andaba desapareciendo.
Onganía había desenvainado y ninguna vieja estrategia pudo aguantar su
atropellada; "a la mierda, que quedamos pocos", como pudo haber dicho el
bisabuelo de Manuel; o "cagamos los de levita", como a lo mejor exclamó
quejosamente el abuelo de Mateo. Sin embargo, aunque todos tuvieron la
sensación de que el horizonte comenzaba a cerrarse, que la clausura se
instalaba, habría mucho que agradecer a la polarización -y a la
atropellada-, a pesar de los desgarramientos.
Poco a poco, dolorosamente, comenzó a verse más claro: muy pocos quedaban en
las filas que prescindían de las antiguas estrategias. A su vez,
desmembradas, quedaban también las viejas organizaciones, los viejos
partidos que alguna vez hablaron de revolución: se había producido el vacío
para unos y para otros. Ya no se trataba de discernir si estaban o no dadas
las condiciones para soltar amarras; o si, por el contrario, esas
condiciones debían ser precipitadas. El abismo rodeaba a todos; estaban unos
en pleno salto, otros observando el espacio por donde se trazaba la
parábola. Había que empezar de nuevo u olvidar.
Lo inquietante era que alguien se estaba equivocando. Y sólo el tiempo haría
evidentes los errores, sólo el fracaso demostraría algo convincente.
Lo que era seguro, es que ellos iban en ese auto aquella noche. Subían al
Fiat 1100 de Palenque, cuando pasó el Peugeot 403, color negro; había
arrancado unos metros más allá -Manuel lo vio- y, al pasar, tiraron desde
adentro. Ellos salían de una reunión con Rinaldi: se habían juntado para ver
si era posible mantener una cierta estructura sindical paralela que diera
lugar a alguna posible maniobra. Defender, defenderse; defender a la gente,
cubrir las espaldas de los cesantes. Rinaldi era optimista, pero ellos
pensaban que era inútil, que la pelea había que darla en otros terrenos, de
otra manera. Finalmente no se llegó a ningún acuerdo; se despidieron
fríamente y, al salir, pasó el automóvil color negro y alguien, desde
adentro, tiró.
"Seguilos" -gritó Marcos y Palenque saltó al volante; en dos cuadras estaban
encima del Peugeot, pero bajaron la velocidad porque habían llegado a las
inmediaciones de la Comisaría 23. Pasaron correctamente frente a la guardia
y el Peugeot dobló con la intención de dar una vuelta a la manzana: "no ves
que son unos cabrones, no ves que quieren llamarle la atención a la cana",
pero no siguió hablando porque los entró a seguir un patrullero de "la 23" y
Palenque pisó el acelerador.
"Este cochecito anda que es una maravilla", comentó orgulloso Palenque
cuando pudo perderse por el Mercado de Abasto y bajó por Cangallo, doblando
por la 9 de Julio, hasta México. De allí a la jabonería de Vieytes, mientras
Marcos comentaba que "van a renovar a todos los patrulleros: los que tienen
están reventados", y fue interrumpido por segunda vez en pocos minutos: casi
chocan con otro de la Radio Patrulla que se estrella contra la pared sin
ocasionar víctimas, pero escupiendo a tres policías que bajan con urgencia
torpe, a lo mejor dispuestos a todo.
Salvo este incidente, todo era paz a bordo del colectivo 39 en el que Mateo
llegaba a Chacarita. Compró "la sexta", bajó las escaleras y tomó el subte.
Quince minutos después, estaba en el centro de la ciudad.
III Interferencias
Marcos llegó al departamento de Albertina a eso de la medianoche; un momento
después Palenque llegaba acompañado de Ismael; se sentaron en silencio.
Luego le preguntaron a Albertina cómo estaba.
-Cansada.
Media hora después llegó Sara y recién se enteró de todo a través de
Albertina, que habló con precisión, como si no estuviera muerta de miedo. La
amenaza había sido contra Marcos y "éstos son capaces de avisar a la
policía". Marcos debería desaparecer cuanto antes por un tiempo y también
había que limpiar su departamento.
Albertina cruzó sus piernas delgadas y opulentas; y prendió un cigarrillo
como pudiera haberlo hecho Marlene Dietrich en una de esas películas de
guerra en que cruza las piernas antes de ser asediada por implacables
militares de origen alemán. Sus bellas piernas mitológicas, más delgadas aún
que las de Albertina, especialmente en los tobillos.
Nadie hablaba y Palenque se distrajo pensando que el sexo de Albertina debía
empezar en la parte posterior de la cintura y terminar en el ombligo, por
eso era desarmable, una muñeca, con aptitudes supremas para el erotismo:
¿alguien -ay - las aprovecharía?; ¿al menos ella? Sara se enjugó la nariz y,
recién entonces, los demás se dieron cuenta de que había estado llorando;
silenciosamente, sin despliegues, para que ella sola se diera por enterada
de su dolor. Cuando advirtió que había trascendido a los otros se recompuso
y averiguó si Marcos saldría de la ciudad esa misma noche.
-Sí.
-¿A dónde vas?
-Al norte.
-Yo lo llevo.
Después de decir esto, Ismael le sonrió; ella también; sin convicción, casi
con odio. Palenque le explicó que Mateo se iría preventivamente a la quinta
de Schneider, pero Sara no lo estaba escuchando.
A Albertina no le gustaban estas situaciones; entonces propuso acompañar a
Ismael a cargar nafta; revisar aceite, gomas, toda la liturgia de un viaje.
"De paso me llevan", agregó Palenque poniéndose de pie; le dio un beso a
Sara, abrazó a Marcos y salió, franqueándoles la puerta a Albertina e
Ismael. Una vez en la calle dijo, como si lo estuviera pensando:
-Vamos a limpiar el departamento de Marcos.
-Puede estar la policía.
-Difícil.
-O ellos.
-Eso es más probable.
Dieron varias vueltas a la manzana. Recién después se detuvieron frente al
edificio de departamentos en el que Marcos tenía el suyo. Sin decir una
palabra, Palenque sacó su pistola de la cintura, la montó, le colocó el
seguro y, después de guardarla en el bolsillo exterior del saco, salió del
automóvil: lo sintió arrancar a sus espaldas. Ismael seguiría dando vueltas
a la manzana aunque no observaron, hasta ese momento, ningún movimiento
raro. Palenque llamó al ascensor y esperó.
Al día siguiente tendría que ir a la fábrica y estar bien lúcido desde
temprano porque venía una parte brava del montaje de la caldera; después,
discutir con algunos proveedores que había citado para última hora de la
mañana. Almorzar con Paladino y pedirle prestado el coche; no, mejor
pedírselo a Baltiérrez. El Ruso, con tal de dejarla sin auto a la mujer, se
lo prestaría por unas semanas, lo suficiente para recuperar su coche.
El ascensor llegó de improviso; no había un alma por los alrededores. Al
ponerlo en marcha sintió un cierto cosquilleo, casi un temblor: mañana vería
cómo se las arreglaba para pedir un auto, pero ahora, en ese preciso
momento, si se encontraba con alguien en el octavo, lo sentaba de un tiro.
Si estaba uniformado, no; o también lo sentaba y luego se vería. En el
momento se toman las mejores decisiones; "tengo miedo", pensó y no se
engañaba.
Cuando el ascensor llegó al octavo piso, esperó un instante antes de abrir,
no escuchó ningún ruido raro, el pasillo estaba desierto. Caminó hasta otro
pasillo y tampoco encontró a nadie; se detuvo frente a la puerta del
departamento "B", y escuchó: silencio completo. Tocó el timbre un par de
veces, y nada. Entonces, sin quitar la mano derecha del bolsillo donde
empuñaba su pistola, sacó con la izquierda las llaves y abrió. Adentro no
sintió el menor movimiento; quiso prender la luz de una lámpara que
recordaba por allí nomás, sobre la mesita de la derecha, y se la llevó por
delante antes de prenderla: "Marcos de mierda", dijo en voz baja y aterrado
por el ruido que él mismo produjo.
Se había quedado con la pistola apuntando algo indefinido; se calmó,
encontró otra luz y la prendió. Ya recorría abiertamente los dos ambientes
del departamento: no había nadie. Entonces se dirigió hacia el placard del
baño, para levantar un falso piso de madera -que apenas se advertía- y sacar
de adentro dos o tres cassettes envueltas en una bolsita transparente e
inofensiva de polietileno. La metió en el bolsillo y luego fue hasta el
dormitorio; recuperó un par de sobres de un cajón de la mesa de luz y se
dispuso a salir. Apagó las luces, se pegó a la puerta de entrada y escuchó
voces: un hombre y dos mujeres discutían.
-Vos nunca te ponés en mi lugar -decía una.
-Vos tampoco te ponés en el lugar de él -decía la otra.
-Vos no te metás -decía él.
Los oyó entrar al departamento vecino; pusieron música y las voces quedaron
relegadas. Ningún otro ruido; abrió la puerta y salió al pasillo. Caminó
rápidamente hasta el ascensor, pero habían puesto un cartel que decía: "No
funciona". No podía ser, recién no estaba: era una trampa. Quiso hacerlo
andar, pero, en efecto, estaba descompuesto. Salió otra vez al pasillo
desierto, vio la puerta de la escalera y la abrió con sigilo. Se asomó y
espió: nadie. Se lanzó por la escalera y abrió la puerta del piso de abajo
con infinito cuidado: tampoco había nadie. Revisé los pasillos de acceso y
llamó al ascensor de los pisos impares.
Tardó en llegar, pero finalmente entró lentamente en el cuadro de la puerta
exterior; estaba vacío. Al llegar a la planta baja, tres hombres lo
esperaban. Abrió la puerta, le hicieron lugar y luego subieron. Afuera
estaban Albertina e Ismael; subió y arrancaron a toda velocidad.
-¿Viste esos tres tipos que entraron recién?
-Los vi.
-¿Viste qué pinta?
El domingo iría a la cancha; hacía como tres meses que no veía un solo
partido, salvo la final de la copa, por televisión. Era lindo ir al fútbol y
ver los papelitos que tiran las hinchadas cuando sale su equipo; y los
gritos. Era como el apocalipsis, o mejor, como si hubiera triunfado la
revolución. Le iba a decir a El Ruso Baltiérrez que lo acompañara el próximo
domingo, así, de paso, también con eso hacía estrilar a su mujer.
Tres años que no iba con El Ruso al fútbol. La última vez fue cuando Navarro
lo quebró al pibe Bieyra que estaba jugando que era una maravilla. Cuando la
hinchada se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo -el referí ni mus-,
empezaron a tirar de todo, hasta que la policía entró con los gases. Pero
siguieron tirando piedras, botellas. Al lado de El Ruso había un tipo que se
abría la camisa y gritaba señalándose el pecho: "tiren, tiren, hijos de mil
putas"; parecía la revolución. Así debía ser la polenta que se necesitaba
para tomar el poder. El arquero se había sentado junto a uno de los postes y
dejaba que le hicieran los goles que quisieran; si erraban, la propia
defensa de San Lorenzo pateaba al arco desguarnecido y marcaba el tanto.
Terminó como catorce a cero; no fue un partido, pero fue lindo. El fútbol
siempre era lindo por eso, porque no hay tanta discusión, se juega o no se
juega. Mañana mismo le hablaría a Baltiérrez; le iba a pedir el coche
prestado y le iba a proponer que fueran a la cancha.
Antes de acostarse, todavía seguía pensando en el pibe Bieyra. Su mujer
dormía como un lactante. Apenas se despertó y lo abrazó, colocándole una
pierna tibia sobre la suya; él la abrazó y le besó la frente. Ella dijo
algo, un sonido intimo, de protección.
IV Los cómicos y el dinero
Cuando llegó al teatro, el ensayo recién terminaba o todavía no había
empezado; tenían todos una palidez extrema que se acentuaba con la luz de
ensayo recortando el cuadrado del escenario al fondo de la sala vacía. Y las
caras lívidas eran evidentes sobre las ropas comunes de calle: "estamos
probando el maquillaje blanco -le comentó Cachito-, ¿qué te parece?". A
Mateo le pareció obviamente espectral: "Es lo que queremos". Cuando Emma lo
descubrió al fondo de la sala conversando con Cachito, la cruzó de inmediato
y lo puso al tanto de lo que pasaba. Simón les había traído una obra que
ellos ya habían leído y que ahora estaban discutiendo. Mientras le contaba
ya medida que se iban arrimando al escenario, Mateo iba tomando conciencia
de que era toda una discusión; es más, que esas sombras invertidas
inopinadamente llegaban a levantar la voz y gritar.
Cuando se calmaron un poco, Emma aprovechó para decir: "si hacemos esa obra
nos cierran el teatro al día siguiente", y se sentó al lado de Mateo en una
de las primeras butacas. Cándido arrugó su cara de payaso para ver quién
estaba sentado en la platea al lado de Emma; cuando reconoció a Mateo, agitó
su mano con alegría vital, aunque falsa, pero no bajó a saludarlo: Cachito
alegaba, en ese momento, que él-al contrario de Emma- no tenía inconveniente
en hacer esa obra; así cerraran el teatro al día siguiente. Pero les pedía a
todos -y especialmente a Simón- que evaluaran bien el momento; si las cosas
que querían decirse eran tan importantes como para que justificaran la
liquidación de tantos años de esfuerzos como venía realizando el grupo. Y si
todos coincidían en que sí, en que ese era el precio que se pagaba por decir
algo, en que a esas cosas había que decirlas ineludiblemente, que la obra se
hiciera, pasara lo que pasara.
"Con este planteo nunca vas a poder decir nada que valga la pena", dijo
Simón enfurruñado: él y Schneider eran los únicos que no tenían la cara
pintada de blanco. Estaba más gordo y, consecuentemente, más bajo; casi tan
ancho como alto. Los pelos ralos de la tonsura estaban erizados y largos; la
piel roja, los ademanes irritados; pasaba un mal momento.
"Un cura -cuenta Emma a Mateo-, hermano de un general, se enamora de su
cuñada quien, a su vez, es madre de un chico homosexual; en tanto el papá
del chico es un poco impotente, pero tiene dos amantes: una tía de él,
hermana de su madre, y una compañerita de su hija, que ella sí cursa el
cuarto año del colegio de las Hermanas Adoratrices; la sirvienta de la casa
también es normal, aunque peronista y, a cada rato, habla de los pobres".
Este era el argumento, según Emma, de la pieza de Simón.
Emma siempre elegía a Mateo como cómplice; así no tenía empacho en contarle
cómo había dejado a Severo -por quien suspiraban más de la mitad de las
mujeres del país- por Simón y a éste por Cándido, en el término de dos años.
También otras travesuras, como -por ejemplo- hablarle por teléfono a Chiqui,
haciéndole decir pestes de Longhi, mientras grababa la conversación para que
éste, luego, pudiera escucharla cómodamente, dentro de la incomodidad
natural que siempre la maledicencia propina. Su rostro blanco y anguloso
resaltaba en la oscuridad y sus dientes parecían amarillos, ensangrentados.
Sin amilanarse, Mateo le pedía que contara seriamente el argumento de la
obra de Simón.
-Es así.
-¿Sin exageraciones?
-No exagero.
En ese momento Simón decía que, según ellos, había que conformarse con
escribir y representar híbridos; que había que decir las cosas a medias.
"Qué necesidad habrá -comentó simultáneamente Emma- de decir las cosas con
todas las palabras?" Y Simón sorprendió el cuchicheo:
-Che, Emma, si tenés algo que decir, ¿por qué no se lo decís a todos?
-Le estaba preguntando a Mateo qué opinaba del realismo; perdoname no quería
diversificar la conversación.
La perdonó, ya que había quedado en claro que no iban a andar murmurando a
sus espaldas, y menos Emma, a quien conocía muy bien a Dios gracias. Luego
siguió: había que definirse, era una cuestión ideológica, era simple.
-Te equivocás, Simón -intervino Cachito, ya que Schneider no abría el pico-,
no es una cuestión ideológica; es una cuestión de capacidad de maniobra.
Nosotros estamos en una tarea a largo plazo y tenemos como grupo una
responsabilidad frente al público y frente al teatro nacional.
-No me vengas con eso, Cachito; ustedes son una empresa; integrada por
hombres cultos, ilustrados, pero comerciantes.
¿Qué quería decir con eso de comerciantes?, gritaron varias voces a la vez;
¿acaso él no hacía vender sus libros? ¿O vender libros era acaso menos
mercantil que vender teatro? Severo no podía hablar de rabia; Emma se
divertía. Cachito, contemporizador, pudo finalmente decir algo: si él,
Simón, tuviera la imposibilidad de tocar ciertos temas en sus libros,
¿dejaría de escribir, perdería a sus lectores?
-Eso no tiene importancia para mí. Perder los lectores es lamentable pero no
fundamental; yo no escribo para tener éxito, sino para decir lo que siento
que debe decirse.
-¿Y si no te dejan publicar el libro?
-No lo publico.
-¿Y si no te lo dejan escribir?
-No lo escribo.
-¿Pero esta sería una situación extrema?
-Claro.
-¿Antes hubieras buscado la manera de evitar esa catástrofe?
-Por supuesto.
-Eso es lo que estamos haciendo nosotros; buscando la manera de decir la
mayor cantidad de cosas posible, dentro de los límites de nuestra realidad.
Simón no esperaba este argumento; fue sorprendido y adujo que la
conversación se estaba desordenando, que se oponían fenómenos
inconfrontables, que una cosa era el libro y otra el teatro. Cachito sostuvo
que desde cierta óptica ambos problemas eran comparables y en eso estaban
cuando Severo saltó intempestivamente.
-Yo te quiero preguntar una cosa: no entiendo a qué viene el asunto del
exitismo.
Y sus palabras tuvieron tal violencia que nadie se atrevió a decir nada; ni
siquiera Severo. Schneider, por otra parte, no vio que ésta fuera una
oportunidad para arbitrar y Simón miraba a unos y a otros mientras Severo se
paseaba asediado por el rencor; de pronto miró a Emma a los ojos: nunca le
había perdonado que lo dejara, como a Simón tampoco le perdonaba que le
hubiese vareado la potranca; se acercó hasta él, lo miró de arriba abajo.
-Salí afuera que te voy a romper el alma.
Entonces sí, pudo intervenir Schneider. Pidió que se dejaran de
chiquilinadas, que no estaban en el colegio, que ya no tenían siete años y
otra serie de argumentos realmente incontrovertibles. Cachito en tanto
retiraba del ring al púgil nonato, al gladiador congelado y lo llevaba a los
camarines donde se puso a conversar largamente con él. Schneider, una vez
despejado el peligro, retomó la palabra.
-Tenemos que pensarlo unos días más, Simón.
-Piensen todo lo que quieran.
-¿Creés que no vamos a hacer la obra?
-Así es.
-No estamos ganando tiempo, necesitamos estudiar bien el problema, eso es
todo.
-Mirá, viejo, si ustedes quieren mantener la imagen de tipos de izquierda,
yo no les convengo. Tienen que hacer obras de izquierda, pero extranjeras,
es menos peligroso. Ahora, si quieren convertirse, como dicen, en verdaderos
renovadores del teatro argentino, tendrán que plantarse frente a los grandes
temas nacionales.
-Eso queremos, Simón, pero hay una realidad, y esa realidad tiene sus
límites, además de sus reglas de juego.
-Sí, claro que hay que estar en la realidad, pero no para adaptarse a ella,
sino para modificarla. Yo no soy un escritor reformista, soy un escritor
revolucionario.
-¿Y qué hiciste vos por la revolución? -interrumpió sorprendido Cándido. Ya
todos se habían levantado y algunos habían bajado del escenario, poco a poco
se encaminaban a la salida por los pasillos laterales de la platea; Emma
había tomado a Simón fraternalmente del brazo conjurando la intervención de
Cándido; Simón, divertido, dejaba hacer.
-Todos se la agarran con Simón hoy; vení, Simoncito, contame, ¿por qué no te
escribís una linda obrita donde se vea bien, pero bien en detalles, cómo se
aburre la clase media?
-Ya lo hice; si no, lo haría.
-Entonces hacé otra que sea de barrio, llena de personajes tipo: ¿qué te
parecen los personajes tipo Mateo?
-Incomparables.
-Te pregunto en serio.
Enriqueta estaba juntando sus cosas que había desparramado en una butaca;
recién en el foyer se dieron cuenta que seguían maquillados de blanco. Se
quitaron la crema como pudieron; nadie tenía ganas de volver a los
camarines. Schneider había defendido a los personajes tipo, pero Mateo no
estaba de acuerdo: "Ninguna obra importante, por más realista que sea, ha
sido hecha por personajes tipo. Y si hay algún ejemplo en contra, es porque
generalmente estos personajes están viviendo situaciones atípicas". Sin
embargo Simón sostenía que debíamos conocernos, saber cómo somos el común de
la gente, buscar soluciones comunes.
-Si llegamos a darnos cuenta de lo que somos, se nos va el alma a los pies y
hacemos cualquier cosa, menos buscar una solución: no valdría la pena.
-¿Y vos sos el que querés hacer la revolución?
-Me gustaría.
-¿Y para qué?
-Para escribir; para escribir poemas.
-Y por el hombre y la injusticia, ¿no?
-Sí, por supuesto. Pero también para escribir poemas.
-No sabía que escribías poemas.
-No escribo, voy a escribir, cuando se haga la revolución.
V Gauchos y lagunas
Le gustaba viajar en automóvil, como a los chicos. Tres horas pusieron hasta
Rosario, y, al amanecer, llegaban a Santa Fe. Durmieron hasta las tres de la
tarde, en Santo Tomé, en casa de unos amigos de Ismael. Reiniciaron el viaje
cuando entraba la noche y, un momento después, una cortina de agua no dejaba
ver nada. Marcos debía asomar la cabeza afuera de la ventanilla, para irle
marcando el rumbo a Ismael, tomando como referencia la banquina. En pocos
minutos estaba totalmente empapado.
Tuvieron que esperar una hora para tomar la balsa y cruzar a Goya. Haciendo
tiempo pidieron un poco de ginebra en un boliche del atracadero y dormitaron
en el auto mientras hacían cola. Finalmente ingresaron a la embarcación; ya
no llovía, pero una llovizna, helada para la época, aliviaba el calor
bochornoso de la víspera. El aire estaba fresco y aprovechándolo se asomaron
ala borda para mirar un poco el Paraná. Así se quedaron un buen rato
recordando o pensando.
-Este río es trágico. No me olvido de una creciente muy grande que hubo:
inundaba varias provincias. Venían camalotes en bandadas y, en los
camalotes, víboras; podíamos caminar por encima de los islotes que se iban
formando con el enredo de juncos, basuras. Entre tanta porquería, un día vi
flotando una cunita, cuando la vi me acordé de "El Ciudadano", de la
película.
Llegaron a la otra orilla y, hasta que pudieron salir a la ruta asfaltada,
anduvieron patinando en la tierra arcillosa de ese camino de acceso al
atracadero. Era jabón, como decían los paisanos del lugar; un jabón que se
escapa de las manos resbalando por los bordes interiores de la bañadera, en
pleno derrapaje.
"Lo estás acelerando mucho", le decía Marcos para ponerlo nervioso, pero
Ismael ni siquiera lo miraba, absorbido por los coletazos y resbalones del
coche, por los huellones rojizos del camino; cuando salieron al asfalto,
recién lo miró y Marcos reparó en la vena de su frente, hinchada como una
vela. "Manejá vos, ahora es fácil".
Marcos sonrió ante la venganza; empuñó el volante, puso el automóvil a
ciento veinte y observó cómo Ismael se iba quedando dormido. Tres horas
después, cuando estaba anocheciendo, llegaban a Salada. El lugar era bueno
para quedarse y escribir una serie de notas, que podría vender fácilmente en
Buenos Aires y también en Europa.
Cerca de allí empezaba la Laguna Iberá; era un bañado habitado por nutrieros
y delincuentes de toda calaña que habían constituido una población regida
por leyes propias, con fronteras que la policía no se animaba a cruzar; todo
muy folklórico, sociológicamente insólito, en suma un tema que podía
estremecer a franceses y porteños. Aramís seguramente conocía gente que lo
ayudaría a meterse en los bañados interminables; leguas y leguas, hasta
llegar a sus confines inhóspitos, protectores, hermosos como adolescentes.
Guardaron el coche, se lavaron un poco y se instalaron en el comedor del
hotel: tenían hambre pero la carne era grasosa y dura; la mandioca, pasable.
-¿No come más? -preguntó el chico que servía la mesa.
-No, gracias -y cuando ya se retiraba con los platos, Ismael lo retuvo-. Decime, ¿por qué usás esa cintita colorada; qué es, una corbata?
-No, es una insignia.
-¿De Independiente?
-No.
-¿Federal?
-No, los que somos del Gaucho Lega, usamos la cinta colorada, como la usaba
él.
-¿Quién es el Gaucho Lega? -preguntó Ismael cuando el chico se fue con los
platos.
-Creo que es un gaucho.
-Eso es evidente. Pero ¿qué tenía de particular?
-Hacía milagros. Señora, por favor -dijo, haciéndole una seña a la patrona,
que se acercó sonriente y secándose las manos en el delantal.
-Mande.
-¿No anduvo por aquí Aramís Ocampo?
-Días que no viene, señor.
-¿Estará en el campo?
-Puede ser; o en Mburucuyá.
-¿En Mburucuyá?
-Y sí, parece que frecuenta.
-…¿a quién?
-A Mburucuyá.
-¿Y en Mburucuyá, a quién?
-Este don Aramís es terrible, créame.
La hilaridad de la mujer estaba en todo su apogeo. Mezclaba exclamaciones
con risas ahogadas en tanto Marcos le prestaba una cara sonriente y
cómplice, mientras pensaba que esa noche dormirían en Salada y que, a la
mañana siguiente, tempranito convenía salir para Mburucuyá; si Aramís no
estaba allí, seguir enseguida a su casa en el campo, casi al borde, en las
primeras estribaciones de la Laguna.
VI Las buenas maneras
Esa mañana no tuvo tiempo de acordarse ni de Marcos, ni de Mateo; tampoco
pudo hablar con El Ruso Baltiérrez, así que no arregló nada para ir a la
cancha ni para que le prestaran el auto. En la caldera había tenido
problemas y se pasó la mañana lidiando entre los fierros. Tanto fue así que
mandó decirle a un par de proveedores que tenía citados, que volvieran la
semana que viene -"como decía el gobernador Iriondo"-; el empleado que
recibió la orden no entendió el chiste y no tenía la menor referencia sobre
el ex gobernador
-"santafesino, conservador y buen mozo"-; antes del almuerzo se encontró con
Paladino, que también estaba lavándose las manos.
-Lo anduve buscando toda la mañana.
-La caldera nueva me tuvo mal; me tuvo "entre la espalda y la pared", como
diría usted.
-Yo nunca he dicho semejante cosa.
-Me pareció habérselo escuchado decir. ¿Para qué me buscaba?
-En realidad el que lo buscaba era el señor Midas.
-¿Y qué quería?
-Presentarle a los alemanes.
-¿Llegaron?
-Esta mañana.
Al salir del baño, vio de lejos a Midas que entraba a su despacho con sus
alemanes; haciéndose el distraído intentó seguir de largo, pero Midas lo
interceptó con su manera tan especial de decir: "Ingeniero Palenque". No
tuvo más remedio que darse por aludido; se volvió, encontrándose con la cara
sonriente de los alemanes que lo miraban: "Venga Palenque, salude", y
Palenque saludó muy circunspecto.
Paladino no podía entender de qué se reía cuando contaba lo ocurrido y
Baltiérrez, consternado, opinaba que Midas podría haber dicho: "Venga
Palenque, quisiera presentarle a unos industriales alemanes". Si no, al
menos él, de haber estado en el lugar de Palenque, "no hubiese ido a
saludar", aunque reconociera que el episodio -la guarangada- estaba dentro
del estilo de Midas.
Estas cavilaciones provocaban cada vez más hilaridad en Palenque y se siguió
riendo durante toda la comida. En momentos de calma, reproducía la frase
"salude, Palenque" y volvía a reírse de manera incontenible. A última hora
de la tarde se metió en el despacho de Midas.
-Quiero preguntarte dos cosas.
-Adelante.
-¿Por qué me tratás de usted delante de los alemanes?
-Pienso que es más serio.
-¿La imagen, digamos?
-Correcto.
-¿Vos te creés que esos tipos pueden tener por nosotros, meros nativos, casi
indios, otro sentimiento que no sea el de desprecio?
-No creas, esta gente ha empezado a respetarnos, a tomarnos en serio.
-Se hacen los respetuosos porque nos quieren afanar.
-Nos quieren vender, que es distinto.
Y explicó paternalmente, con su comprensividad, cómo se evitaría el riesgo
de ser robados y despreciados; seguramente no sería comprando sin ton ni
son, como hacían la mayoría de las otras fábricas: silos roban es porque se
dejan robar. Pero, con un criterio equilibrado, ese peligro desaparecía y él
conocía muy bien el paño, sabía hacerse respetar.
Habló largamente de su personalidad, de su origen, de cómo había podido
surgir de tan abajo como surgió. Que uno hace su porvenir porque sin su
fuerza de voluntad otro hubiese seguido siendo un empleadito. Pero no, él
saltó de ese puesto miserable a la presidencia del directorio de una
fábrica, su fábrica. Es que cuando se tiene la formación que él tenía no se
le teme al extranjero, ni a nadie, ni se alientan falsos nacionalismos,
etcétera.
"Lástima que no sea negro -decía muchas veces Albertina-, porque si no
llegaría a la presidencia de la República; siendo blanco como es, el asunto
no tiene gracia para él". Antes de salir se acordó de ella y le habló por
teléfono:
_¿Qué dice la monja blanca de la familia?
-¿Paladino?
-No: le están hablando a la manera de Paladino.
-Palenque.
-El mesmo.
_¿Qué dice, ingeniero?
-Aquí andamos, arquitecto. ¿Cómo anda la familia?
-La familia soy yo.
-Bueno, ¿cómo anda usted?
-Un poco cansada.
-Descanse.
-No puedo, tengo mucho que hacer.
-¿Cómo una chica tan linda va a tener mucho que hacer?
-Injusticias de este mundo. Pero dígame, ¿qué lo trae por aquí?
-¿Qué sabe de nuestros amigos?
-Todavía es muy pronto para que den señales de vida. Yo pienso que llamarán
más tarde o mañana.
-"Correcto", como diría tu hermano.
-¿Cómo está él?
-¿Sabés cuál es la última hazaña de la criatura?
-Cuente, cuente.
-Delante de industriales alemanes, me trata de usted y me hace saludar.
VII "Sombrero negro y chalina"
-¿No van al baile? -preguntó la dueña del hotel y, realmente, era toda una
idea. ¿Por qué no iban a ir al baile, si no tenían nada que hacer, salvo
aburrirse y esperar que, en una de esas, apareciera Aramís? Ya la música se
escuchaba desde todas las esquinas del pueblo; la noche era diáfana,
acústica.
Cuando entramos, un hombre cantaba con voz estrangulada y aguda, secundado
por una acordeona y un guitarrón. "Ay, mírelo qué lindo que hay de ser / che
patrón, don José, / que aurá, aurá llegó y se jué / la gurí, la gurisa del
compadre don Zenón, / que le hay de gustar bailar / el tanguito Montielero y
el amor".
Ismael salió a bailar cuando estuvo bien poblada la pista de tierra; Marcos
también se acercó a una mujer para sacarla; detrás de él, un flaco se había
dirigido al mismo lugar con iguales intenciones y, cuando advirtió que le
ganaban de mano, se quedó paralizado de rabia. Alguien, que indudablemente
lo conocía y advirtió la situación, trató de hacerle una broma inocente que
el flaco neutralizó con una mirada furiosa de carancho.
Al rato, cuando los músicos hicieron una pausa para descansar, Ismael lo vio
apoyado en el mostrador. Un momento después comenzaba a pasearse delante de
ellos, iniciando un desafío sordo: "Parece guapo el mozo", comentó Marcos y
el otro a lo mejor no lo escuchó, pero sin duda sintió que sus empeños no
pasaban desapercibidos: se calzó más el sombrero sobre la frente y, al pasar
de nuevo, revoleó la chalina dándosela casi en los ojos a Marcos, que tuvo
que echar la cabeza atrás para esquivarla.
Ismael lo retuvo y se lo llevó para adentro, la música recomenzaba y todo el
tropel de hombres entraba nuevamente al baile. Desde el baño pudieron
observar que en la esquina no quedaba nadie, salvo el sujeto ese, el flaco
rodeado por cinco o seis incondicionales, que se paseaba como un yaguareté,
oliendo la presa con su pico.
-Saltemos por aquí -propuso Ismael.
-¿Por ese flaco? -protestó Marcos.
-Sí, por ese flaco y por sus amiguitos, son cinco, o seis.
Saltaron y nadie se dio cuenta de que se escapaban por retaguardia.
Al entrar al hotel encontraron al chico que les había servido la comida;
"¿todavía estás levantado, no te vas a dormir?"
-Los estaba esperando.
-¿Y para qué nos estabas esperando?
-Por si necesitaban algo.
-Pero no, m’hijo, ¿qué vamos a necesitar?
-Y, no sé.
- "¿Qué andás ofreciendo, Gaucho Lega?", le requirió Marcos, que había
advertido en el chico menos inocencia de la que Ismael le estaba
atribuyendo: "Lo que usted mande".
-¿Sabés dónde se pueden conseguir unas chicas?
-Conozco.
-¿Hay que ir muy lejos?
-Ellas pueden venir aquí.
-¿Y la patrona?
-Se hace la chancha renga.
-Entonces, si estás seguro de que no hay inconvenientes, andá a buscarlas.
-Mejor vamos con él. ¿Podemos ir con vos?: no es desconfianza, pero siempre
es bueno ver para creer.
-Yo te llevo donde usted quiera.
Caminaron por las calles vacías y húmedas; se había levantado mucha niebla y
no se veía muy bien. Llegaron hasta las afueras, deteniéndose en un potrero
en el que se recortaban vagamente las siluetas de tres ranchos amontonados
sin ningún criterio. El chico silbó, pero nadie pareció escucharle; insistió
y nada. Sin embargo, a las cansadas, se prendió una luz, pero como tampoco
nadie salía, se internó volviendo un momento después con una de las chicas
prometidas.
A medida que se acercaba se podía distinguir su cintura amplia y, cuando ya
estuvo cerca, una sonrisa agobiada de sueño en un rostro con menos años que
desgaste. Marcos, sin decir palabra, le colocó un billete de quinientos
pesos en la mano, mientras Ismael le daba cien al pequeño Gaucho Lega, como
para que no protestara. Sin embargo reaccionó sombríamente; estaba
preocupado, aunque no lo dijera. Recién, antes de llegar al hotel, habló:
-¿No le gustó?
-Era muy linda, pero tenía mucho sueño.
-Ella podía dormir después.
-Pero a mí no me gustan cuando tienen sueño; se les llenan los ojos de
lagañas.
-Usted le hace lavar la cara, y ella obedece.
-Sí, pero les queda la cara fría con el agua. Y no me gustan las caras
frías, me hacen acordar a mi abuelita, cuando estaba muerta.
-¿Estaba muy fría?
-Muy fría.
-Igual que la Dora.
-¿Quién era la Dora?
-Mi hermana menor.
-¿Se murió?
-De pasmo
-¿Tenés más hermanos?
-Seis.
-Ya la Dora, ¿la extrañás?
-Imagínese, yo la quería mucho.
-Ya tus otros hermanos, ¿los querés?
-Claro, pero menos, están todos vivos.
VIII Luz y sombra
No estaba muy bien desde hacía varios días; al principio no le daba mucha
importancia, pero comenzó a tener algunos mareos y un cierto frío que no le
gustó mucho; finalmente se acostó y, desde la cama, la llamó a Albertina por
teléfono. Albertina le aconsejó que se hiciera ver por un médico esa misma
tarde; ella se ocuparía de llamarlo y pedir hora. Al rato, Albertina la
pasaba a buscar.
El médico la revisó, pero no pudo diagnosticar nada definitivo; tal vez una
angina o una gripe fuerte. A lo mejor una laringitis, aunque bien podía ser
una intoxicación. En suma, había que esperar y tomar antibióticos.
Esa noche tuvo fiebre alta y sintió el gusto aquel que paladeara a disgusto,
cuando era muy chica y se enfermó de difteria. Entonces no sintió dolores,
como cuando tuvo la otitis y el mercurio corría por el interior de los
oídos, un aceite hirviente y metálico. Lo que era intolerable era el sabor
de la difteria; agrio y moroso, como las pastas crudas. Una protocebada, un
pólipo al que había que recurrir a pesar del rechazo. Una atracción maligna,
una seducción sin placer.
El dolor era también distinto; los tímpanos reventaban, hasta convertirse en
un objeto subiendo desde la raíz: todo se había convertido en la raíz del
dolor y la vida misma terminó sustentándose de raíces de sufrimiento, de
martillazos. Pero el dolor se fue yendo, en cambio el gusto había quedado
instalado para siempre.
No era fácil recordarlo porque aparecía cuando menos se lo esperaba. El
dolor fue casi un accidente, en cambio el gusto de la enfermedad se
incorporó como un tumor dentro del cuerpo, una existencia, un objeto con
identidad distinta a la suya, pero a partir de su cuerpo.
"El cáncer debe ser así", penso más tarde, cuando advirtió que volvía a
sentir aquel gusto; es que aquel sabor era el agente de la muerte y no la
muerte misma; era una muerte sin vitalidad. Ahora tenía fiebre y había
sentido el gusto consabido.
Felizmente la fiebre protege y no se preocupó demasiado por estos resabios,
sino que sintió como si alguien la tratara con afecto. La fiebre era la
madre y el útero de los mortales. No era el dolor que reduce la existencia a
sus células básicas; no era el gusto que crece dentro de uno con
características de intruso o de amenaza. La fiebre es la caricia, la sonrisa
en medio de la malignidad.
Sara está sola; Albertina se ha ido a dormir y le ha dejado el teléfono
sobre la mesa de luz por si necesitara algo. "Quedate tranquila", promete
Sara pensando que, realmente, si necesita algo la llamará sin falta, aunque
está convencida de que nada de esto va a ocurrir. Piensa que la fiebre la
hará dormir y que, si llegara a necesitar algo, difícilmente podría llegarlo
a advertir. Sara se va quedando dormida.
Maneja el coche de Albertina y, al cruzar el paso a nivel-cercano a la casa
en la que vivió cuando era una chica-, debe detener la marcha porque todo se
va oscureciendo de manera lenta, pero inevitable. Ante la noche inesperada,
inclina la cabeza sobre el volante como quien se deja morir; mira sin
énfasis las vías en penumbra, apenas perceptibles, hasta que las sombras
cubren rieles y galpones, envuelven su cabeza. Son las sombras de la muerte
que llegan sin compulsión, fluidamente. La muerte era la serenidad, empezar
a vivir con sosiego.
Se despertó sobresaltada y quiso prender la luz del velador, pero la perilla
no respondía; se levantó entonces para encender las otras luces del cuarto,
pero la oscuridad era tanta y tal la magnitud, que tropezaba con objetos
interminables-mesita, zapato, almohadones, prenda interior- que, seguramente
ella misma, había dejado desparramados antes de acostarse, antes del estado
de gracia.
Sin embargo llegó hasta la llave y la accionó con sentimientos triunfales,
pero la luz siguió ausente. Sólo las sombras la rodeaban y así debería sin
duda vivir el resto de su tiempo. No había otra alternativa que no fuese la
clausura. Se irguió forzada por una especie de resignación, dándose ánimos,
y fue en ese preciso momento, cuando ya había admitido la condena, que una
claridad se filtró a sus espaldas, avanzando sobre ella.
Ninguna persona la portaba, no había nadie salvo la luz y ella; una luz que
la envolvía y parecía iluminar todos los alrededores del lugar en que estaba
parada. Trató de verificar con mayor precisión de dónde venía, pero no pudo
determinarlo y esto no la impacientó: sabía que llegaría a saberlo. Y lo
supo.
No venía esa luz desde atrás, envolviéndola, como había supuesto en un
principio, sino que salía de adentro de ella; subía desde las mismas raíces
a donde suele bajar el dolor, limpiaba los sabores agriados; allí estaba
surgiendo toda su vida, los perfiles de su identidad. La luz se abría paso
empujando las sombras, corriendo la vida hacia adelante, hacia afuera, hacia
la muerte, tanto como el dolor arrastra las ganas, instaura el desaliento,
hunde, lleva hacia abajo, hacia ese mismo lugar donde todo se reduce a
surgir y se origina. Estaba viva entonces, había quebrado la clausura, podía
iluminarse con su propia luz; la única con la que contaba. Pero era
suficiente, porque la luz era la alegría.
Comenzó a bailar pegando saltos que derrotaban la gravedad; brincos de
astronauta, de fantasías, de premoniciones, de Julio Verne. Sara volaba por
el aire y su risa no molestaba a ninguno y sólo intensificaba la luz que
saltaba con ella, yendo a parar a las paredes a las otras personas que
entrarían a la habitación de un momento a otro, a los objetos venturosos, a
los límites del cuarto, a la bondad.
Cuando la alegría llegó a la cumbre, se despertó. Prendió la luz y, todavía
dichosa, se arrellanó en la cama. Tenía ganas de hacer pis, pero no se
decidía a levantarse de bien que se sentía, de calentito y cómodo que era
todo: en orden, evidente. Finalmente se decidió, incorporándose sobre sus
brazos. Perezosamente arrastró las piernas en círculo hasta el borde de la
cama, tocó la madera del piso, se puso de pie en un impulso y cayó
simultáneamente de boca.
Todavía atónita, comprobó que las piernas no le respondían; que apenas podía
sentirlas. Intentó pararse varias veces, pero infructuosamente. Se dejó caer
en el suelo, vencida por el esfuerzo; pensó pero no lograba discernir qué
pasaba. Cuando retomó fuerzas, atiné a reptar hasta la cama; no sentía
mareos sino que, por el contrario, su cabeza estaba terriblemente despejada.
Apoyándose con los brazos, trepé dejando caer medio cuerpo sobre el colchón;
volvió a reptar hasta que sus piernas inertes quedaron dentro de la cama. Se
tapó hasta las orejas y se quedó un momento aterida. Después reaccionó y
llamó por teléfono. Albertina la atendió completamente dormida y, cuando
Sara trató de hablarle, se dio cuenta de que tenía la lengua enorme y torpe;
que le resultaba imposible articular una palabra. En un esfuerzo supremo
alcanzó a decir "Sara" o algo por el estilo, era todo lo que podía lograr.
Colgó con resignación escuchando la voz de Albertina que preguntaba con
ansiedad quién la llamaba. La voz finalmente desapareció; estaba sola en el
mundo. Viva, pero sola; luminosa, pero sola. Y algo impedida.
Media hora después, Albertina estaba a su lado: le había conocido la voz.
Dos horas más tarde la internaban. Tenía meningitis; con un tratamiento
severo, aseguraban los médicos, saldría adelante, se recuperaría totalmente.
"Justo ahora-le explicaba a Albertina días después, en una media lengua
torpe, ebria- que podía empezar a ocuparme de mi ; ahora que no tenía que
andar trotando detrás de Marcos. Justo ahora que empezaba a salir la luz de
adentro, que no tenía que esperar que la luz saliera de los otros. Ahora que
estaba viva le pasaba esto. Después de haber muerto y resucitado en un
sueño, para poder reconocer la vida, "me pasa esto: es como si mi cuerpo me
estuviera traicionando".
-A lo mejor fuiste vos la que lo traicionaste, y ahora el tipo se está
tomando la revancha.
-Ya le pedí perdón, le juré que nunca más lo iba a hacer.
Tenía ganas de hablar con Mateo; siempre él andaba con el tema del dualismo,
que es mucho mejor que la esquizofrenia; aunque sea necesario morir para
saber que la vida existe, quedarnos paralíticos para reconocer la existencia
del cuerpo, pegarnos un susto de la madona para descubrir la
insustancialidad del alma, su inexistencia. Si fuéramos nada más que
esquizofrénicos, el asunto se arreglaría llevando una buena doble vida.
Llegó a la conclusión de que el espíritu había muerto y se sentía una
persona grande, con pulmones adultos: podía tomar todo el aire y respirar
como nunca.
IX Fábulas, cariños
A la entrada de Mburucuyá le preguntaron a un viejo zaparrastroso cubierto
por hilachas, si no lo había visto a don Aramís Ocampo. El viejo hablaba
nada más que guaraní así que no entendió nada; unos metros más allá
encontraron una chica que no tenía un solo diente en la boca, pero tampoco
hablaba el español. Recién en el correo pudieron hacerse entender: Aramís
estaba "en lo de la Flores".
Cuando llegaron, la viuda de Flores le andaba sonriendo, y Aramís colmado no
advirtió que sus amigos lo observaban desde la puerta. Estaba sentado,
dándole la espalda a la entrada, sólo atento a los dientes blancos de la
mujer, a sus piernas blancas, a sus ojos encendidos, a sus treinta años
florecientes. Cuando sintió que lo llamaban por su nombre, pegó un brinco
saltando como un gato montés a los brazos de Marcos. Tomaron una botella de
vino, comieron chicharrones hasta media mañana: "en todo Corrientes no hay
quien los prepare como ella".
-¿Estás de novio?
-No. Vengo a mirarla nomás.
Regresaron antes del mediodía. La casa de Aramís quedaba a unas seis leguas
de Mburucuyá; era la última propiedad de los Ocampo. A las manos de su padre
habían alcanzado a llegar unas diez mil hectáreas que el hombre fue
convirtiendo en centenares de litros de ginebra Llave, de caña Legui. Antes,
cuando su bisabuelo había dejado de andar guerreando, más de media provincia
era de la familia.
De todo aquel predominio, quedaba la casa de Aramís, prácticamente una
tapera. De lo que debió ser un rancho donde pudo caber un puestero y toda la
familia, ahora sólo estaban en pie dos piezas habitables.
En una de ellas dormía Aramís con su mujer y su hijita; en la otra, instaló
a sus amigos. "Antes aquí era lindo, porque a la mañana, cuando uno se
levantaba y abría la puerta, se encontraba con dos o tres yacarés que
querían entrar".
El rancho estaba ubicado en una suerte de istmo que penetraba en los
esteros; el agua rodeaba la casa, era posible que se cruzaran por allí toda
clase de alimañas.
Esa tarde, cuando ensillaron para dar una vuelta por los alrededores, los
caballos se resistían a meterse en el bañado, "por los bichos". Con el monte
los animales no tenían inconvenientes; ellos sí: había zonas muy tupidas que
los obligaban a andar pegados al cogote para no arañarse la cara.
Los monos protestaban ante los intrusos, con ese grito monocorde y ronco que
es todo lo que atinan a decir los monos en caso de inquietud extrema. Aramís
explicaba que había que andar con cuidado, porque son de temperamento
susceptible y, cuando ven gente, se asustan, "y cuando se asustan se cagan
los desgraciados, y manotean la mierda mientras se están cagando y te la
tiran con semejante puntería que si no te dan en un ojo, te la dan en el
otro".
Felizmente, antes de que los monos se alteraran del todo y comenzaran a
reaccionar, el monte se despejó y salieron a un palmar. Había que andar al
paso, porque una palmera estaba prácticamente al lado de la otra y Aramís
también tenía sus teorías en esta materia: esos palmares arrancaban en el
norte del Brasil y desde allí vienen bajando para terminar en Reconquista;
este circuito inmenso marca el itinerario seguido por los dinosaurios, en su
éxodo final, cuando la tierra comenzó a enfriarse. Comieron muchos cocos
antes de partir, pertrechándose para la larga marcha. Luego los fueron
cagando, o semicagando, a lo largo del camino.
Cuando regresaban, después de haberse dado un chapuzón en la laguna Carmen
de aguas transparentes -rara en esta zona de aguas fangosas y aluvionales- y
nadar durante un buen rato entre los manojos de juncos, Aramís comentó casi
con displicencia y señalando un lagunón: "Allí había un yacaré viejo y
grandote: no dejaba dormir la siesta a nadie con sus ronquidos".
- ¡Yo tenía entendido que los yacarés no roncaban!
-Este sí.
Ya era de noche, cuando pararon en el primer boliche. Adentro se apretaban,
sin hablarse, cuatro o cinco paisanos. Algunos estaban vestidos con un largo
tirador de carpincho; debajo, alpargatas, y los más ricos, una polaina de
lona para protegerse de las víboras. Apenas saludaron y cada uno siguió en
lo suyo, reabriendo un silencio que impresionó a Ismael. Pidieron algo y
Aramís convidó a los parroquianos; agradecieron, retribuyendo al rato. De
esta manera, se tomaron varias vueltas de vasos enormes de caña.
Al salir, estaban pesados para montar, pero después el galope y algunos
gritos los fueron reanimando. Cuando llegaron, la mujer estaba medio enojada
por la tardanza; la comida se estaba pasando y ella tenía sueño. Comieron
rápido y se acostaron enseguida. Desde el otro cuarto escuchaban la historia
que Aramís le contaba a su mujer, a quien terminó quitándole el enojo y
haciéndola reír. Eran dos tribus de monos antagónicos; unos eran siempre
derrotados, a pesar de ser el grupo con mejor disciplina: cada vez que los
otros -los desordenados- se encontraban en situación difícil, salían del
aprieto poniéndose a deponer copiosamente. Con este recurso hacían
retroceder al enemigo: "Guarda, que se viene la soretada", gritaban los
monos disciplinados, mientras huían desordenadamente.
La mujer de Aramís se reía, y también Aramís al verla finalmente contenta.
"¿Tu amigo siempre fue así, medio escatológico?" No, Aramís no siempre era
así; a veces un poco más, a veces un poco menos. Y se fueron quedando
dormidos, recordando a sus mujeres, la vida doméstica que había quedado
atrás.
X Mala suerte
Era casi la noche cuando Marcos llegó al boliche; Ismael se había ido la
noche anterior, después de quedarse un par de días en lo de Aramís, que
llegó al rato, y se puso a comentar con Marcos que era una lástima que
Ismael se hubiese ido tan pronto; de ahí pasaron a recordar una cacería de
patos que hicieron algunos años atrás, en otro viaje de Marcos. Se habían
quedado sin comida y se largaron a los esteros buscando patos o cualquier
cosa para comer.
Hacía uno de esos calores y, al sopor, se sumaban los mosquitos. Venía
tormenta y los insectos la esperaban con impaciencia, vengándose de antemano
porque el cambio de tiempo los barrería. Era imposible sacárselos de encima
y también dejarlos que siguieran atormentando de esa manera; así, al pasar
la mano por un brazo, se hacía una especie de pasta negra. Pero era inútil,
enseguida venía otra nube a reemplazar a los caídos.
Hasta que amaneció y empezaron a cruzar las primeras bandadas que venían
huyendo de la tormenta; cuando finalmente llovió, ya habían cazado unos
cuantos patos. Volvieron al galope, contentos, revoleando las presas como sí
fueran los pabellones de la victoria. La mujer los esperaba protegida por el
alero; al verlos empezó a reírse, con las manos juntas; una virgencita
frente al milagro.
Irían de nuevo a cazar y volverían revoleando patos y ella sería nuevamente
dichosa; mal no le vendría a la pobre, ya que las cosas no andaban del todo
bien: el tabaco no andaba, "el rinde es poco en un campo tan chico". Marcos
sintió que había llegado el momento de las confidencias y que todavía no le
había contado a su amigo por qué andaba por allí; no valía la pena decirle
la verdad, O sí; según como se presentaran las cosas, pero sin apresurarse,
para no preocuparlo inútilmente.
-¿Y no te conviene dedicarte a otra cosa?
-Le tengo cariño a este campo, es lo último que me queda y, no sé si será
estúpido, pero me cuesta desprenderme de lo único que tengo. Además qué
puedo hacer, no me voy a ir a trabajar al pueblo y mucho menos a la ciudad:
de qué voy a trabajar allí, si no sé hacer nada fuera de aquí. Y arrendar o
vender, no vale la pena, no me darían nada.
"Cómo anda la diversión?", dijo un policía algo raído que en ese momento
entraba acompañado por dos o tres más, también precariamente uniformados.
Las caras achinadas y las cataduras llamaban la atención; sin embargo nadie
contestó y el silencio fue insultante. Dando un talerazo, el que comandaba
el grupo reiteró: "he preguntado ‘cómo anda la diversión’, carajo". "Está
borracho", alertó Aramís, y enseguida le salió al cruce.
-¿Qué cuenta de bueno, Ortiz?
El hombre se paró en seco, miró fijo y finalmente lo reconoció.
-Buenas noches, don Ocampo, no lo había visto; discúlpeme.
-¿Qué anda haciendo por acá, tan perdido?
-Qué quiere que haga: lidiando con borrachos.
-No molestan.
-No molestarán, pero tengo orden del comisario de combatir el alcoholismo.
El hombre tenía su teoría. Pidió una caña y comenzó a desarrollarla: algunos
dicen que es por la miseria que se toma mucho; también le echan la culpa al
calor. Pero él no creía en nada de eso: "es por la costumbre nomás". Uno de
los parroquianos intentó irse, pero Ortiz lo paró en seco: "Vos te quedás
ahí" y luego aclaró que nadie podía moverse porque todo el mundo estaba
preso, todos menos don Ocampo.
Hubo algunas protestas yAramís intercedió por Marcos, pero Ortiz se
disculpó: si hacía excepciones con uno, tenía que hacerlas con todos.
-Pero conmigo hace la excepción.
-La única.
-¿Y por qué los lleva?
-Por no contestar cuando se los saluda.
Abandonando el mostrador, comenzó a dar órdenes: "vayan dejando las armas en
ese rincón", fue la consigna, y la cumplieron. Una vez afuera todos
montaron, menos Aramís y el bolichero, que no podía salir de su asombro.
Ortiz se hizo cargo de un manojo de riendas, su ayudante de otros. Luego al
trotecito se fueron alejando y los jinetes, sin riendas, no sabían a dónde
poner las manos.
CAPITULO
SEGUNDO
En 1966, un inocente homenaje al "conquistador del Polo Sur", coronel Leal,
selló en el Sindicato de Luz y Fuerza de Buenos Aires una alianza entre
algunos militares y los dirigentes sindicales más vinculados a los
monopolios norteamericanos. Tres meses después el gobierno del doctor Tilia
era derrocado y la presencia en la Casa Rosada de Vandor, Taccone, Alonso,
daba estado público al pacto.
El gabinete del general Onganía, compuesto en su mayor parte por abogados de
empresas extranjeras, mostró la otra cara del acuerdo. Naturalmente, un
gobierno encadenado a los monopolios no podía favorecer a los trabajadores.
Debía en cambio "limpiar" el puerto, proseguir la aplicación del Plan Larkin
en los ferrocarriles, clausurar los ingenios tucumanos y racionalizar las
empresas estatales. Cesantías, éxodo, liquidación de conquistas laborales,
eran el resultado inevitable.
Con la traición enquistada en sus propias filas, el movimiento obrero libró
entre noviembre de 1966 y marzo de 1967 una batalla condenada desde su
comienzo. El gobierno, que ya había mostrado la mano interviniendo a gremios
chicos como prensa, canillitas, químicos, aplastó a portuarios,
ferroviarios, azucareros tucumanos. El vandorismo, que dominaba la CGT,
levantó el Plan de Lucha. El ministro y representante de la National Lead,
Krieger Vasena, aprovechó entonces para congelar salarios y abolir
convenios.
Estos episodios trajeron a primer plano el proceso de descomposición aguda
iniciado años atrás por el frondizismo en las capas dirigentes del
movimiento obrero. Los jerarcas que ya empezaban a llamarse
colaboracionistas o participacionistas, según el mayor o menor disimulo con
que se compraban o vendían, actuaban como verdugos de sus representados, sin
dejar de pronunciar las grandes frases que constituyen la retórica del
sindicalismo.
Renunciante Prado, el secretario fantasma de la CGT, lo sustituyó una de las
típicas Comisiones Delegadas en que suelen diluirse colectivamente las
responsabilidades de las grandes defecciones. Millares de despidos,
cárceles, desocupación, intervenciones, abolición de leyes previsionales,
pasaron ante los ojos impávidos de ese cuerpo, antecesor directo de la
Comisión de los 20, y de la actual Comisión de los 23. El gobierno pudo
jactarse ante el mundo: en la Argentina reinaba una extraña paz social, sin
huelgas ni otras manifestaciones subversivas.
Debajo de esa apariencia, se gestaba una rebelión. La encabezaban los
sindicatos intervenidos, pero se sumaban a ellos numerosos gremios llamados
chicos, como navales, calzado, jaboneros, viajantes y, sobre todo, sanidad,
que respondía a la prédica de Amado Olmos, trágicamente fallecido a
comienzos de 1968.
En noviembre de 1966, una lista peronista había triunfado, después de varios
años de fracasos, en las elecciones de gráficos. Este triunfo aportó a la
rebelión un gremio relativamente poderoso y organizado y un dirigente
excepcional:
Raimundo Ongaro.
La Comisión Delegada tenía casi como única función la de "normalizar" la
CGT, eligiendo sus autoridades definitivas; secretariado y consejo
directivo. Estatutariamente, esto se realiza mediante un Congreso al que
asisten delegados de las federaciones y gremios adheridos.
El secretario de Trabajo San Sebastián y la Comisión vandorista hicieron
todo lo posible por postergar la convocatoria del Congreso Normalizador,
pero al fin no tuvieron más remedio que citarlo para el 28 de marzo de 1968.
El gobierno, que, desde luego, no ignoraba la existencia de los rebeldes,
creyó hasta último momento que podría dominar el Congreso. A fines de
febrero, Raimundo Ongaro entrevistó en Madrid al general Perón. Unos pocos
comentaristas interpretaron que allí había surgido el aval para su
candidatura a secretario general de la CGT. Ante la opinión pública, Ongaro
era aún un desconocido.
Ya en la mañana del 28 de marzo, se hizo evidente que aquel desconocido
encabezaba la corriente rebelde y que ésta era mayoría. Los más duchos entre
los colaboracionistas que se asomaron al teatro Marconi, donde debía
sesionar el Congreso, emprendieron la retirada tratando de dejarlo sin
quorum. La Comisión Delegada, que a su pesar presidía la asamblea, ensayó
diversas chicanas. La más notable consistió en excluir a los gremios
intervenidos; pero como esta posición no podía mantenerse públicamente,
invocaron un artículo del estatuto según el cual no podían participar
aquellas organizaciones que adeudaran sus cuotas a la caja confederal, "sin
causa justificada". Se les replicó que la intervención era una causa de
sobra justificada.
Por una de esas ironías, salvaron la situación los dirigentes de un gremio
que, poco más tarde, iban a pasarse al colaboracionismo. Los municipales
pusieron al día su propia cuota; con la incorporación de sus delegados, el
Congreso tuvo quorum propio aun sin contar a los sindicatos intervenidos. Al
elegirse la Comisión de Poderes, la corriente opositora triunfó ampliamente.
Era la primera derrota que sufría el vandorismo en diez años de dominio
abierto o solapado sobre el movimiento obrero. Esa modesta votación iba a
cambiar el panorama sindical en el país, como lo cambió en 1957 la derrota
del gorilismo al elegirse la Comisión de Poderes en el congreso de la CGT
convocado por Patrón Laplacette.
Algunos de los sindicatos vandoristas y colaboracionistas no se habían
incorporado a la asamblea; otros se retiraron en el primer cuarto
intermedio. De ese modo estuvieron ausentes los metalúrgicos, luz y fuerza,
construcción, petroleros, comercio, vestido, gastronómicos, entre otros.
Durante el día circuló la versión de que el gobierno disolvería el Congreso
que funcionaba ya bajo la advocación de Amado Olmos. Esa noche habla por
primera vez Raimundo Ongaro ante cuatrocientos delegados. La traición de los
dirigentes, la CGT paralela, la represión, incluso la cárcel y la
clandestinidad fueron anunciadas con singular precisión en aquel breve
discurso:
"Todos los poderosos se van a unir, todos los que son poderosos o cómplices
de los poderosos. Nosotros hemos dicho que preferimos honra sin sindicatos y
no sindicatos sin honra, y mañana nos pueden intervenir. No tenemos aquí
ninguna prebenda personal que defender, para defender a nuestros compañeros
no hace falta ni el sillón ni el edificio. Lo hacemos porque lo llevamos en
la sangre desde que hemos nacido".
El 29 de marzo de 1968, el Congreso Normalizador eligió autoridades de la
CGT que luego pasaría a llamarse CGT de los Argentinos, "opositora" o
"rebelde". Integraban el secretariado:
Raimundo Ongaro (gráfico), Amancio Pafundi (Unión Personal Civil de la
Nación), Enrique Coronel (Fraternidad), Pedro Avellaneda (ATE), Julio
Guillán (telefónico), Benito Romano (FOTJA), Ricardo de Luca (Navales),
Antonio Scipione (Unión Ferroviaria). Completaban el Consejo Directivo los
siguientes vocales: Honorio Gutiérrez (Unión Tranviarios Automotor),
Salvador Manganaro (Gas del Estado), Enrique Bellido (ceramista), Hipólito
Ciocco (Empleados Textiles), Jacinto Padín (Sindicato de Obreros y Empleados
del Ministerio de Educación, La Plata), Eduardo Arrausi (viajantes), Alfredo
Lettis (marina mercante), Manuel Veiga (edificios de renta), Antonio
Marchese (calzado), Floreal Lencinas (jaboneros), Félix Bonditti
(carboneros).
No todos estos gremios iban a permanecer hasta el fin en la nueva CGT, ni
todos estos hombres iban a cumplir el compromiso. Pero algunos de ellos lo
hicieron; perdieron sus sindicatos, fueron encarcelados, pasaron a la
clandestinidad y prosiguen todavía la lucha iniciada.
La primera medida de la dictadura contra la CGT de los Argentinos fue un
típico acto de gangsterismo. Una banda de delincuentes asaltó por sorpresa
el local de UTA en que había constituido su sede provisional y lo entregó a
un sector de la comisión directiva tranviaria complicado en la maniobra. El
gobierno aprovechó para intervenir. Era el primer atropello de una larga
serie destinada a arrebatar a la CGT opositora sindicato por sindicato,
mediante la violencia, el fraude, el soborno de dirigentes y -cuando todo
fallara- la intervención.
La CGT de los Argentinos se trasladó a la sede de la Federación Gráfica
Bonaerense, en Paseo Colón, donde permanecería hasta ser allanada en junio
de 1969. Es superfluo señalar que en ningún momento la dictadura le otorgó
su reconocimiento.
La CGT planteó de entrada la necesidad de reanudar la lucha interrumpida en
marzo de 1967. Formalmente, la nueva central nucleaba a la mitad de los
sindicatos y afiliados, pero este no era el verdadero meridiano de la lucha.
Por un lado se descontaba la adhesión de las bases obreras aplastadas por la
represión y deseosas de sacudir el yugo. Por otro, las organizaciones que se
habían separado eran las más poderosas. Había que llevar la guerra a sus
propias filas, alentando a las agrupaciones de base de los sindicatos
vandoristas y colaboracionistas. En abril de 1968 se realizó en Paseo Colón
una reunión de delegados de las bases. Ongaro les habló. Esto es lo que
dijo:
"Aquí el 28 de junio con cuatro granadas de gases se tiró un gobierno que,
si no representaba auténticamente a la mayoría del pueblo, por lo menos
tenía una parte de consentimiento. Bastaron cuatro granadas: y todo el
pueblo argentino nos quedamos mirando.
Nosotros nos emocionamos cuando se habla de libertades, cuando se habla de
soberanía popular, nos emocionamos cuando se apela a la solidaridad con los
compañeros presos. Pero preguntamos: ¿cuántas veces nos quedamos en el
camino? Acá hay que golpearse la conciencia: en este país se ha fusilado, y
muchos nos callamos, y no quiero decir ni estos, ni nosotros: en plural. En
ese país vino el señor Krieger Vasena hace diez o doce años para ocupar el
mismo ministerio que ocupa hoy, y estuvimos muchos callados.
Por turno la fuimos sufriendo todos, por turno nos fuimos callando, por
turno fuimos criticando un golpe, pero dejando otro, y si el 28 de junio nos
terminó de golpear a todos, también hubo golpes acá que mataron la fe del
pueblo argentino, y muchos también estuvimos callados: y digo muchos, no se
quiénes ni cuántos. Hay que aprender la lección, compañeros. Acá mismo hay
agrupaciones opositoras al colaboracionismo, opositoras al
participacionismo, opositoras a la dictadura militar y nos tenemos que
sentir convocados todos, ahora, para este primer objetivo: hay agrupaciones
que pertenecen a un mismo gremio y la CGT -los compañeros que estamos acá,
los diez o doce o veinte compañeros- necesitamos que esa apelación que nos
hacen ustedes para reunificar al movimiento obrero y para unir al pueblo
argentino, empecemos desde esta noche a decir: compañeros, en este gremio
hay tres agrupaciones opositoras: que haya una. (Aplausos).
¿Cómo puede la CGT ir a apelar por las calles, por las fábricas, por los
caminos, por las provincias, por los ingenios cerrados, apelar a la unidad
de los trabajadores y del pueblo argentino, si los mismos que predicamos y
levantamos esa bandera no empezamos por practicarla? Hay que encontrar las
grandes coincidencias. Muchas veces les decimos a los compañeros que vienen
a esta casa: compañero, usted viene con un libro, usted en el libro nos pide
lo que está en la última página del último capítulo. Empecemos a escribir la
primera página.
Empecemos a hacer lo fundamental, empecemos a organizarnos, que estamos muy
desorganizados. Empecemos a crear los medios, empecemos a crear los
recursos.
Acá el 1º de Mayo se había borrado. Hay una comisión que dice representar a
muchos gremios muy poderosos, que hace veinte días que está reunida para
elaborar un documento... Fíjense a lo que hemos llegado, frente al 1 de
Mayo, frente a la congelación de los salarios, frente al drama de todo el
país ocupado e invadido en todas sus estructuras: están elaborando un
documento. ¡A eso habíamos llegado! Acá se mató la fe. Cuando nosotros, la
juventud y las mujeres y los hombres maduros salimos a la calle, enfrentamos
muchas veces a la policía, fuimos a la cárcel, fuimos difamados e infamados,
pasamos por procesos electorales, unas y otras tácticas; unas y otras formas
de lucha... Al final, después de años y de experiencias, ¿qué es lo que
queda en las fábricas, qué es lo que queda en el país? Una sensación de
amargura, de frustración, una sensación íntima de aislamiento, de falta de
fe y yo quiero insistir: esta gran tarea que tienen todos los compañeros que
constituyen la CGT es volver a despertar esa fe, volver a poder creer, que
incluso nuestra lucha sirve, porque muchas veces acá han caído compañeros
presos por salir a cumplir un plan de lucha, hay muchachos que tienen
procesos y tienen condenas, que se han tragado cinco o seis años de cárcel.
Esta CGT, recapitulo ahora, va a hacer el acto en La Matanza y lo va a hacer
en algunas ciudades del interior. Nos gustaría haber llenado la ciudad de
carteles, nos gustaría haberla llenado de volantes y de mariposas y de
manifiestos, nos gustaría haber organizado actos, nos gustaría, dijo el
compañero, tener los medios de movilidad. ¡Pero ojalá que nos falte todo!
Porque cuando tuvimos algo para hacerlo, es decir desde la otra casa, era
muy fácil armar actos espectaculares qué al día de terminados se cortaban y
no había más continuidad: ¡preferimos que nos falte todo! ¡La vamos a tener
que ganar bien peleando, bien con sacrificio, bien con lucha!
A la plaza de La Matanza, a la plaza de San Justo, va a haber que llegar
como se pueda va a haber que pelear como se pueda, y nosotros al interior,
en los lugares que vamos no sabemos si va a haber micrófonos, si va a haber
carteles, si va a haber local. Pero vamos lo mismo. Tenemos que construirlo
todo de la nada, porque todo lo que nos venga un poco de arriba, prestado o
negociado, lo único que va a servir es para demorar esta lucha, el éxito y
la comprensión de esta lucha.
¿Se dan cuenta, compañeros? La lucha no es fácil, la lucha es dura, la lucha
de la liberación que aquí se dijo y que yo les digo: la última página del
último capítulo va a costar mucho. Incluso, creo que lo sabemos bien, y
sáquenle toda demagogia y toda espectacularidad va a costar algo más que
palabras va a costar algo más que movilización, y va a costar algo más que
organización, porque los que manejan los centenares de millones de pesos o
de dólares, los que se han apropiado de la tierra desde antes o desde ahora,
los que son los dueños de las fábricas, los que son los dueños de la
civilización tecnológica que va a superexplotarnos mucho más de lo que
estamos ahora y a reducirnos a un grado de coloniaje peor que el que
sufrimos, nos va a costar algo más que palabras, que organización, que
movilización" •*
XI Noticias
Gaspar tenía una buena noche. Su pequeño -improvisado- concierto apagó los
murmullos; eran muy pocos los que cuchicheaban con discreción cuando hizo
culminar su programa con Erik Satie, que tanto, tanto le gustaba a Ega.
Cuando terminó, corrió a abrazarlo, atropellando a medio mundo y a la casi
totalidad de ceniceros, floreros y demás adornos, con su silla de ruedas.
Mateo también era adicto a Satie, su feligrés, y, en ese momento, lo
imaginaba tocando en un bar miserable, con una copa de cerveza sobre el
piano. Gaspar, por más que lo sintiera, por mejor que lo interpretara, nunca
llegaría a tener, le faltaría la valentía, el mundo de Satie. La beca, su
próximo viaje no suponía un riesgo, un salto en el vacío: todos esperaban de
Gaspar una locura que nunca llegaba, porque Gaspar era como tantos. Se
acercó hasta el taburete donde sonreía como un joven monarca; le palmeó el
hombro con ternura pensando por qué le exigían a Gaspar cosas que no le
exigen a otros: qué había en él que despertaba expectativas impropias.
"Satie sigue siendo el gran brujo, es para nosotros lo que Dylan Thomas para
Bob Dylan, o Jarry para Cendrars". Chiqui estaba menos inspirada que Ega;
más remitida a cosas de este mundo. Por ejemplo, el dinero; había un
contrato-precisamente- que le convenía rescindir, porque Longhi le ofrecía
mejor papel -más lucimiento-, nada más que algunos miles -más de setenta-de
pesos suplementarios. Era duro romper un compromiso, pero ella estaba en un
momento crucial de su carrera, o de su vida: ya no era una criatura.
Perico la miraba seriamente, tal vez distraído. La mujer de Longhi lo
observaba con suficiencia; corpulenta, un poco más alta que su marido,
infinitamente menos hermosa que Chiqui-aunque fuera más joven le envidiaba
su cuerpo sin celulitis que había exhibido esa tarde, cubierto apenas por
una bikini implacable. "la mala vida" pensaba con su mentalidad de cuáquera.
Mary Longhi no podía tolerar esa tersura armoniosa y ese pasado convulso;
conocía muy bien los antecedentes de Chiqui: al verla por primera vez la
odió y, ese mismo día, ya estaba averiguando cómo empezó, de qué manera fue
a parar a los brazos de Perico, algo mayor que ella-que es decir algo- a
pesar de esos ojos de carnero degollado que no ven más allá de sus narices:
"su mirada penetrante, intrauterina" según decía Emma.
-Tenés que hablarlo directamente: "Mire, fulano, estoy muy enferma y no
puedo hacerla película".
-¿Estas loco, Longhi? ¿Y si me pregunta de qué estoy enferma, qué le digo?
-Qué sé yo, decile que estás enferma de cualquier enfermedad.
-Sí, de cualquiera, pero ¿de cuál? ¿Decime una?
-No se. Tifus, como tiene Sara.
-Sara no tiene tifus, tiene meningitis.
-Decile meningitis.
Albertina se enganchó a Mateo, que en ese momento pasaba junio al grupo; le
pidió que la acompañara hasta el pueblo: quería hablar por teléfono. Ir
hasta el pueblo, era un alivio; salir un poco de ese lugar, tomar aire; ya
era la segunda vez que se escapaba porque toda la tarde había estado con
toda esa gente y entre que iban al pueblo y volvían, seguramente ya los
invitados se irían yendo y, finalmente, se podría ir a dormir.
En el jardín Schneider conversaba animadamente con Cachito y Emma; al verla
pasar -"por segunda vez", registró Cachito- dijeron chau y siguieron en lo
suyo. Estaba aturdida y mucho peor se iba a sentir si no salía rápido:
Enriqueta se disponía a cantar, reemplazando a Gaspar en esa suerte de show
que se había organizado después de la cena. Chiqui tampoco la aguantaba y
por eso le propuso a Ega que fueran a dar una vuelta. Pero Ega ya había
salido a dar una vuelta, además ahora quería oírla cantar a Enriqueta; se
quedaron.
Cachito ya la había visto salir a Albertina por primera vez empujando
precisamente la silla de ruedas de Ega. Vio cómo se perdían por las
profundidades del parque, abriendo la puerta trasera y tomando -tal vez-
hacia el camino de eucaliptos, mientras Emma aseguraba que Simón era un
miedoso -Cándido sufre cuando Schneider aventura la hipótesis de que no vino
para no encontrarse con Severo; tampoco éste había venido. La cuestión era
que ni uno ni otro apareció, por razones idénticas o por lo que fuera.
Había un poco de brisa y se habían detenido a escuchar el ruido de las
hojas, el perfume de los eucaliptos. "El olor de los primeros días de
invierno -sentenció Albertina recordando su provincia natal, su propia
natalidad, su primera infancia, la colectividad remota, el pueblo
suspendido-, el olor de los primeros catarros, la difteria en cambio tiene
sabor: me lo dijo Sara". Recordando entonces enfermedades arcaicas,
sensaciones infantiles, inventaron un poco, y todo esto los enardecía, los
envolvía como a adolescentes en las turbulencias del lirismo.
Entusiasmados tejieron la trama de lo que pudo ser un pasado mágico, ya que
estaban inhabilitados para hacerse cargo del pasado, y por supuesto para
recordar muchas de sus zonas oscuras o dolorosas. Por eso se dejaron caer en
las profundidades de una memoria aparente; en esa facilidad pletórica hasta
el deleite. Y como el deleite viene de la mano del rechazo, hablaron mal de
algunos invitados, hasta que se cansaron y se quedaron silenciosos; Ega
mirando hacia el vacío impenetrable adivinando ramas y vientos, olvidando su
próximo viaje a Estados Unidos; Albertina escrutando, sin proponérselo, los
mismos rincones que Ega.
"Los actores me tienen harta", comentó y Mateo la miró sorprendido. Sin
embargo aprobó, fundamentando su posición: "estoy seguro de que ninguno
sabía quién era Erik Satie".
-¿Quién era?
-El antecesor de Debussy.
-¿Y qué importancia tiene saber eso?
-Ninguna.
-Mirá, Mateo: los actores me tienen harta, pero ¡os intelectuales también.
-¿Lo decís por mí?
-No, lo digo por mí.
-Si vos sos una intelectual, yo también.
-No, vos sos un poeta.
-Jamás escribí un verso, me gustaría.
-Sos un poeta de la vida, como los surrealistas.
-No veo por qué.
Ella sí, y los amaba. Eran poetas de la vida, a saber, los físicos
nucleares, Gropius, Melanie Klein. Ega sin mirarla le había dicho: "salí a
pasear con un fin ulterior". Albertina no dijo nada y empujó unos metros la
silla de ruedas; él tampoco siguió hablando. Al rato Albertina con un hilo
de voz le había preguntado:
-¿Cuáles son los fines ulteriores?
-¿No sabés?
-Sí.
Se quedaron un rato en silencio porque el tráfico se había puesto pesado
antes de llegar al pueblo. Frente a un paso a nivel, Albertina tuvo que
detener el coche; luego lo miró para preguntarle:
-Y a vos, ¿por qué te tienen hartos los actores?
-Son vanidosos.
-Todos somos vanidosos.
-Es distinto.
Explicó que los actores se acostumbran a vivir con sentimientos prestados,
hasta con palabras prestadas. Por eso cuando conversan carecen de
vocabulario y tienen que usar tanto las manos; apelan entonces a gestos que
distintos personajes les han impuesto, y estos gestos se mezclan
caprichosamente, sin que ninguno de estos retazos corresponda a alguna de
las ideas que quisieron -de existir- ser más o menos expresadas.
-Por esta razón, al final de cada frase preguntan, dicen:
"¿verdad?", porque saben que están mintiendo.
-Todos hacemos eso. No hay diferencia entre lo que hace Emma y lo que hago
yo.
-No es un problema de diferencias, es un problema de exageraciones; es
decir, de matices.
Emma advirtió el brillo de los celos en la mirada de Cándido. Era probable,
se había mencionado a Severo; también a Simón. Lo tomó de la mano. Cándido
dejó hacer -"me quiere a mí; a mí y a nadie más; a mí solo"- y preguntó qué
obra se había elegido finalmente. No se había elegido ninguna. "Si no hay
obras nacionales -dijo Cachito-, no las vamos a inventar: tendremos que
hacer obras extranjeras hasta que los autores argentinos se dignen escribir
algo que podamos hacer".
Schneider estuvo de acuerdo e incluso le pareció un buen razonamiento el de
Cachito; un razonamiento que -insinuó- podía ser un buen argumento para
explicar por qué no se estrenaban obras argentinas cuando habían anunciado a
toda la prensa especializada que no iban a hacer otra cosa. "No podemos
decir que no hay obras nacionales, porque las hay. Que no podamos hacerlas,
o que no nos animemos, no quiere decir que no existan", dijo Emma y soltó la
mano de Cándido.
Ega la había mirado sin decirle una palabra; ella se agachó entonces y lo
besó. Él, sin levantarse de su silla de ruedas, se había dejado besar
primero y luego le había acariciado sus pantorrillas duras y hermosas,
plantadas a su lado como dos eucaliptos con todo el aroma del invierno, el
trepidar del pasado. Ella había concentrado todos sus instintos en esa mano
que subía desde la silla de inválido recorriendo otros campos, perdiéndose
por allí entre los muslos. Él la sintió temblar y luego contener un jadeo;
parecía una mujer, "soy una mujer". Y había dicho esto después de reponerse,
como quien ha salido de un desmayo.
Bajó del automóvil y entró en la farmacia; al fondo estaba el teléfono
público. Era muy difícil conseguir un teléfono por allí, en esa zona
suburbana de fábricas y quintas; pero ella quería saber cómo seguía Sara.
Caminó con sus piernas macizas, revoleando las llaves, y Mateo luego la vio
hablar por teléfono; después se distrajo mirando las calles mal iluminadas
del Gran Buenos Aires. Pasó una pareja con aspecto de empleados públicos
llevando un recién nacido en un cochecito de ruedas altas, como usan los
ingleses: viven como poderosos -los dueños de un imperio- y no tienen donde
caer- se muertos. Pasan por esos arrabales infames, como la princesa de Kent
por los jardines de Buckingham. Dan ganas de reventar de risa, morirse de
rabia.
Regresaban dejando atrás los eucaliptos, los olores pretéritos. No hablaban,
taciturno él, digna ella, casi santificada por su misión de empujar al
oficiante inválido, al prodigio recién nacido. Recordaba sin pensar,
recordaba sin imaginar recordar. Venían del cumpleaños de su prima Estela,
en Mendoza, y Federico la había llevado a un cuarto lleno de quesos y
jamones colgados y le había gustado tanto como hacía un rato: sola nunca le
había sabido descubrir la gracia y después -además- se sentía culpable y no
afluían las aguas, no se volcaban los líquidos y le rezaba (aunque todavía
no fuera católica) a la virgencita de Guadalupe, para que volviera su primo
Federico, porque si no ella se iba a morir y no iba a ir al cielo, culpa del
pecado mortal.
Desde lejos se escuchaba la voz de Enriqueta. Ega observó que Enriqueta
tenía las tetas en forma de pera, un "busto Erik Satie". Albertina le sonrió
festejando el ingenio, pero Ega se apresuró a aclararle que no viera ingenio
donde había mera asociación de ideas: habían estado escuchando las
"Canciones en forma de pera" y esto le había recordado una novela que se
llamaba "María Magdalena, suéltate la trenza", donde Se decía que una mujer
tenía los senos en forma de pera. De allí siguió hablando de literatura
especializada y citó de memoria la descripción de una fellatio en la novela
de Catule Mendés: "violación glotona, frenética, silenciosamente devoradora
de un largo beso infame". Albertina no pudo contener una risita y pensó, sin
tener la certeza, que Ega era un erudito.
Emma besaba la mano de Cándido, que disipando los celos distendía su cara de
payaso; Longhi venía a comunicar a Chiqui que era necesario firmar contrato
cuanto antes. Enriqueta cantaba y Mateo pensó, viendo ahora desfilar ante
sus ojos a una pareja de novios acompañados por sus padres: "¿Dónde se habrá
metido la clase obrera en esta ciudad?". Albertina seguía hablando por
teléfono y él podía verla desde el auto; cuando volviera se lo preguntaría:
"Albertina, decime una cosa, en este país, ¿dónde carajo se metió la clase
obrera que ni siquiera en los barrios se la ve?" Hay otros barrios, Mateo.
Todos empezaron a lamentar lo que le había pasado a Chiqui y que no pudiera
hacer la película; Longhi se reía y ella pidió que se dejaran de bromas
porque si el asunto trascendía, estaba perdida: "no trabajo más", dijo, y
Emma agregó por lo bajo: "qué pérdida!", pero nadie la escuchó.
Era curioso verlos así, de lejos, paulatinamente, a medida que se iban
acercando; conversaban animados, como seres humanos a través de los vidrios,
pero no se escuchaba nada-Enriqueta había dejado de cantar- y todo parecía
milagroso: la casa, una gran pantalla de televisión, sin audio.
-¿Viste?, parece un televisor.
-Sí, parece un televisor.
Parecía la transmisión de un programa que muchas de esas mismas caras solían
protagonizar en la vida real, es decir, en los programas de televisión: "¿de
qué tratará?": vea el próximo capítulo de esta apasionante novela de: "Se
dice el pecado, pero no el pecador".
"Hablando de pecadores, había dicho Ega, me parece que Schneider es el peor
de todos". Albertina no estuvo de acuerdo, la peor era Enriqueta: "mirá cómo
la mira" dijo refiriéndose a Gaspar, que realmente miraba a Enriqueta con
incorruptible atención. "¿Por qué Schneider es el peor?" Y Ega le había
explicado cuando ya estaban por entrar a la casa y después había abierto la
puerta; súbitamente, se escucharon todas las conversaciones y los ruidos y
los cantos que recomenzaban.
Albertina terminó de hablar por teléfono, cruzó la farmacia, salió a la
calle y se agachó frente a la ventanilla, alcanzándole las llaves: "¿Querés
manejar vos?, yo estoy muy cansada". Mateo se corrió y puso el coche en
marcha, mientras ella se sentaba en el lugar que él acababa de abandonar.
Cuando arrancaron, le dijo:
-Detuvieron a Marcos.
XII Las cosas se complican
Lo llevaron en el jeep sin darle ningún tipo de explicaciones; no hablaron,
pero tampoco lo golpearon: lo trataban con una especie de respetuoso recelo.
En la jefatura de Goya estaban despertándose cuando llegaron; dos muchachos
de bombachas más bien angostas y botas altas, se estaban lavando la cara;
los cuidaba un policía armado con un fusil. Era evidente que habían pasado
mala noche y que, antes, habían tomado mucho vino. Otro preso baldeaba el
patio, pero nadie aparentemente los vigilaba; el oficial de guardia, en
mangas de camisa, tomaba mate al borde de la galería.
-¿Ese es el periodista?
-Sí; mi principal.
-Metelo en el calabozo de los Varela.
Al parecer, la jefatura estaba concurrida. El hombre que lo acompañó al
calabozo era el mismo que lo había ido a buscar a la comisaría de Saladas
con otros dos hombres. Ortiz quiso acompañarlos, pero no lo dejaron y esto
lo resintió un poco, ya que tal vez hubiera pasado a la notoriedad con ese
preso tan importante.
Al rato, los Varela volvieron al calabozo: eran los que estaban en el patio
lavándose la cara; se dejaron caer en un rincón, desolados. Preguntaron:
"¿Usted es de Goya?" y Marcos negó con un movimiento de cabeza: "¿De Buenos
Aires?", entonces asintió. Despacio se iba haciendo de noche y los Varela no
hablaron más hasta que pidieron ir al baño. Parecían siameses. Cuando el
cabo lo vio solo en la celda, se arrimó a decirle:
-No les tenga miedo, no son malos muchachos.
-No les tengo miedo, ¿qué hicieron?
-Mataron a un viejo, pero estaban borrachos, los pobres. Cuando toman se
ponen bravos, si no, son como ovejitas.
-Sí, parecen buenos muchachos.
-Claro, por eso yo le dije al principal: "al periodista, mejor lo metemos
con los Varela". Si no me lo iban a mandar a otro calabozo que hay atrás y
que parece una cucha: es para los castigados.
-¿No sabe por qué me trasladaron aquí?
-Nos llegó la orden.
-¿De quién?
-No sé, se la dieron al principal por teléfono.
-¿Sería el comisario?
-No, porque el principal después le habló al comisario para comunicarle.
Sería una orden de arriba.
Los Varela volvieron, entraron juntos, juntos se dejaron caer en un rincón
del calabozo, contra la pared, sin decir una sola palabra. Media hora
después, uno de los Varela se tiró un pedo, pero el asunto no arrancó ningún
comentario; tampoco el olor que acarreaba. Más tarde hubo un movimiento en
la guardia, un soldado había traído unos paquetes envueltos en servilletas,
también algunas botellas: comenzaba la cena. Una hora después se escuchaban
las primeras risas que fueron subiendo de tono, a medida que pasaba el
tiempo, hasta alcanzar los cielos de la jarana. A Marcos, incluso, le
pareció escuchar una voz de mujer; pero no, era el cabo que tenía esas voces
atipladas de los criollos, como de pito. Más tarde los movimientos indicaron
que la comida se había terminado y que ahora se digería pesadamente.
Marcos sintió hambre, pero, cuando llegó, los presos ya habían comido y no
había rancho suplementario; se resignó a quedarse sin comer. El oficial de
servicio salió al patio mondando y miró hacia las celdas; al rato tuvo una
idea y la transformó en una orden al sargento: había que sacar los presos al
patio.
Salieron y los hicieron formar; el oficial pasó revista y luego comenzó a
ordenarles posiciones de firme y descanso, hasta que se harté. Entonces
volvió a pasearse apesadumbrado y comenzó a hablarles; al principio muy
despacito, casi un murmullo que fue acrecentándose hasta que se hizo
perceptible. Quería saber una sola cosa, que le explicaran para qué habían
andado haciendo lo que hicieron si sabían que iban a terminar en la cárcel,
ya que la justicia siempre llega. Estaba convencido de que ninguno había
pensado en sus padres, o en sus hijos; si fueron a la escuela, de qué les
había servido, qué habían aprendido allí de útil y de bueno.
-Yo no fui a la escuela.
Era uno de los Varela; el oficial al oírlo se consideró víctima de un
agravio y se le arrimó de un salto clavándole unos ojos de Bela Lugosi.
Estaba enfurecido, pero como el otro no transmitió el menor temor, el
principal comenzó a darle órdenes: carrera, mar, cuerpo a tierra, salto de
rana empezar, etcétera. Al descubrir al otro Varela, le hizo seña de que se
acercara. El otro, atemorizado, sin moverse de su lugar le contestó:
-Yo fui a la escuela, señor.
-¿Así que sos hermano de éste, y vos fuiste a la escuela y él no? Aquí no
hay privilegiados, nadie tiene coronita: anda a correr con tu hermano.
-No somos hermanos, señor; los dos nos llamamos Varela, nomás, pero no somos
hermanos. Son familias distintas.
Marcos no pudo contener la risa, y el oficial lo miró. Cuando ya estaba por
abalanzarse sobre él, un soldado lo interrumpió. Lo llamaban por teléfono;
era todo un acontecimiento que lo hizo olvidar totalmente y para siempre que
se habían mofado de él. Desde el patio se escuchaba la conversación: "No
señor". "Sí señor"; recién cuando dijo "sí, llegó esta tarde", pensó que
estaban hablando de él. Esa noche, cuando ya los Varela se habían quedado
dormidos, Marcos recordó una conversación que había tenido con Roque Dalton
el año anterior, a bordo de un avión que los llevaba hasta Praga; habían
tomado unos tragos, y se le había soltado la lengua.
La policía de El Salvador lo buscó hasta que lo encontró y se lo llevaron
para la cárcel. Pocos días después lo había sacado un tipo de la CIA que lo
llevó a un chalet muy confortable, con bebidas finas y comida buena.
Lentamente comenzó el interrogatorio pero fue sistemático y progresivo. Como
no daba resultados, comenzaron las amenazas: lo devolvería a la policía
local si no hablaba y ellos, seguramente se encargarían de matarlo. Y lo
devolvió y estaban por matarlo efectivamente de un momento al otro, hasta
que pudo fugarse. No podía andar contando esa fuga, porque era muy
increíble: muchos podían pensar que estaba mintiendo. Después se durmió y se
pasó toda la noche soñando con la viuda de Mburucuyá, la amiga de Aramís.
A la mañana siguiente los sacaron temprano de los calabozos. Les hicieron
lavar la cara, tomar el mate cocido. Marcos se sentía como afiebrado. Cuando
regresó a la celda el cabo le hizo señas de que se acercara. Marcos lo
siguió a la guardia y allí lo dejaron sin darle explicaciones. Dos horas
después llegó el jefe con un hombre vestido de civil; se pusieron a
conversar sin prestarle atención. Apenas un desliz del comisario, que lo
miró de reojo un instante, le dio la pauta de que la prescindencia no era
tan espontánea sino toda una técnica de ablande. Sorpresivamente el de civil
se dirigió a él.
-Así que usted es el famoso Polettí -Marcos asintió sin levantarse-. Yo he
leído su libro y me resultó un poco parcial, le diría panfletario, aunque
muy serio, quiero decir bien documentado. Es un libro valiente, pese a que
defiende una causa que, me va a permitir, no comparto. Es una causa
inexistente pero que reviste peligro.
-Si reviste peligro, existe.
El hombre sonrió: tenía razón y él, benévolo, admitía; sabía perder
persuasivamente.
-A Felipe Vallese no lo mató la policía; es más: no fue torturado. Felipe
Vallese se suicidó.
-Ese dato no lo conocía: ¿por qué no escribe un libro y establecemos la
controversia?
-No se burle: usted sabe que yo no soy un escritor.
XIII La conversación
Cuando iban saliendo de la ciudad, le preguntó si se podía saber para dónde
iban. "A descansar", fue la respuesta afable, ¿o acaso no estaba cansado
después de tantas horas en ese calabozo donde ni siquiera había un jergón
decente donde echarse a dormir? Ahora era necesario un lugar confortable,
acorde con las costumbres de gente civilizada como ellos.
- ¿Y después de descansar?
-Vamos a conversar.
- ¿Y si me escapo?
Le hizo notar con amabilidad que muy lejos no iba a llegar. Si bien, en
efecto, no contaba con muchos hombres, tampoco él conocía suficientemente el
terreno. Sus hombres, en cambio, sí. De todas formas, no iba a ser necesario
que intervinieran, porque él era un hombre inteligente.
_¿Usted es salvadoreño?
-No, soy portorriqueño.
-¿Cómo se llama?
-¿Me está interrogando?
-Sí.
-Me llamo Cabrera.
-Cabrera. No suena a portorriqueño parece más bien un apellido rioplatense.
-¿Piensa que es un nombre falso?
-No me interesa que sea falso o no. Quería tener un nombre para poder
llamarlo de alguna manera. Imagínese: chistarlo no queda muy bien: uno
chista a las gallinas. O decirle señor. Es tan incómoda una cosa como la
otra.
-Me llamo Cabrera y soy portorriqueño, criado en Nueva York.
-Usted es agente de la CIA.
-No empecemos con esas cosas: ustedes ven agentes de la CIA por todas
partes.
- ¿Es o no es?
Entraron en una casa enorme y moderna, en las afueras de la ciudad. Tenía
grandes ventanales por los que entraba todo el paisaje y la luz; el hombre
abrió la puerta e ingresaron a un hall reluciente. Cabrera, al entrar, fue
directamente a poner en funcionamiento el aparato de refrigeración y luego
hasta el bar, donde comenzó a disponer vasos, hielo y bebidas.
-¿Un cocktail?
-Un whisky con mucha soda.
-¿No supondrá que tengo la intención de emborracharlo? ¿Que ese es mi
método?
-No, claro.
-Digo por lo de la soda.
-Es que tengo el estómago vacío y me suele caer mal.
-Enseguida vamos a comer -dijo, alcanzándole el whisky con mucha soda.
De inmediato desapareció por una puerta que debía dar, sin duda, a la
cocina, para reaparecer enseguida anunciando que, en cinco minutos, la
comida estaría lista. Se comportaba como un buen anfitrión, casi como una
buena ama de casa. Después del almuerzo, durmió una larga siesta; cuando se
despertó tenía su ropa lavada y planchada. Incluso su valija estaba allí,
perfectamente ordenada, sin el menor desaliño. Se dio una larga ducha y
comenzó a escuchar, mientras se secaba, buena música de jazz; se vistió y,
cuando salió al hall, se encontró con Cabrera. Lo esperaba sonriente, con un
whisky en la mano izquierda y otro en la derecha que adelantaba
ofreciéndoselo.
-¿Supongo que ha llegado el momento de hablar de negocios?
-Ha llegado, si usted quiere.
-¿Puedo saber por qué estoy detenido?
-¿Otra vez es usted el que me interroga?
-¿Le molesta que le quiten la exclusividad?
-No.
-Entonces, ¿por qué no me contesta?
-Lamentablemente no puedo: su detención corre por cuenta de la policía.
-Y usted aprovecha la situación.
-No la aprovecho; si quiere me beneficio con una situación dada.
-Y la policía facilita ese beneficio.
-Somos buenos amigos. Siempre hubo entre nosotros una colaboración cordial y
útil, aunque usted se burle.
-¿Qué quiere saber, Cabrera?
-Quiero saber todo lo que usted sepa.
-Bueno, no es mucho, soy autodidacta y mi cultura es desordenada y dispersa.
_-¿Usted ha viajado a Cuba?
-No es ningún secreto.
-Usted debe saber muchas cosas. Al menos debió escuchar algo de interés,
inferir.
-Puede ser, no hay cosa más fácil que inferir.
-En efecto: por eso queremos conversar con usted.
-¿Y si yo no quiero conversar con ustedes?
-Usted sabe cómo es este negocio. Y si no lo conoce, habrá oído hablar de
él.
-¿Y si tuviera poco que decir?
_Veamos.
-Viajé a Cuba invitado por la Unión de Escritores para participar como
jurado de un concurso...
-…¿tiene algún amigo que haya viajado a Berlín Oriental?
_Escúcheme esto parece una novela de espías.
-Lo es.
_ ¡Qué sé yo si conozco a alguien que viajó a Berlín Oriental!
-No se irrite, no le conviene ni a usted ni a mí.
-No me irrito, pero la situación me parece ridícula.
-No perdamos tiempo. Usted primero utilizó la ironía, es natural; luego la
burla y ahora se ha puesto temperamental. Yo entiendo que quiere ganar
tiempo, pero aquí estamos por alguna razón, por más vueltas que le demos.
Además tenemos todo el tiempo por delante.
-Esperemos entonces, hagamos tiempo.
-Quiero aclararle que, si bien dispongo de todo el tiempo necesario, no hay
por qué derrocharlo.
-Es atinado.
-Tengo armas contra usted.
-Salute.
-Puedo organizarle una linda campaña de difamación a nivel internacional.
-No se la van a creer.
-Convincente. Me refiero a sus compañeros.
-Esto si que está bonito. ¿Cómo es la cosa?
-Sencillita, mi viejo. Tenemos información, tú sabes, secretísima: le damos
difusión y decimos que tú has sido el que la pasó.
-¿Y es muy importante?
-Importantísima.
-¿Mucha?
-Cantidad.
-¿Para qué quieren saber tanto? Si ya tienen eso, ¿para qué tú quieres saber
más: se van a volver locos?
-Más que hacer chistes, hágase cargo de que estamos en condiciones de
hacerlo aparecer proporcionando esa información.
-Hágame quedar mal si quiere: me importa un pito mi prestigio. "Me cago en
la posteridad", como dice un amigo mío.
-No es tan fácil: usted tiene una responsabilidad como intelectual. Usted es
un ejemplo para mucha gente. O puede serlo; tanto en un sentido, como en
otro.
-Hagan lo que quieran: ellos tendrán que aprender a decepcionarse. Tendrán
que foguearse en la desesperanza, para esperar algo. Para tener derecho a
esperar.
-Linda frase.
-Ahora el que se burla es usted.
-Sabemos que hay diversos grupos que están trabajando. Es gente que no está
esperando precisamente, sino que va a salir.
-Esa es la segunda etapa: la espera, la esperanza, siempre está antes.
-¿Qué sabe usted de esos grupos?
-Nada. Pero me alegro de que existan.
-Esos grupos están por comenzar a operar. Y llegan con novedades: más que
moverse en el campo, van a actuar en las zonas urbanas. Esto ya se da en el
Brasil y en el Uruguay; parece que han llegado a esta conclusión.
-¿Y en el campo, no piensan hacer nada?
-Por el momento parece que no. Se lo plantean como una segunda etapa, el
foco rural ha caído en desgracia.
-¿Pero en Venezuela y en Colombia siguen peleando; siguen en la montaña?
-Son grupos cristalizados.
-¿Y en Bolivia?
-Fracasaron: justamente después del fracaso de Bolivia, ha surgido el
replanteo. Parece que la ortodoxia inicial se está flexibilizando.
_¡Ojalá!
-¿Pero usted no sabía todo esto?
-No tenía la menor idea, siga contando.
-No puedo.
-¿Por qué?
-Es todo lo que sé. Conocemos algunos detalles más, pero un poco
desconectados, por eso necesitamos cualquier tipo de datos.
-Claro.
-Necesitamos adelantarnos a los acontecimientos.
-Más vale prevenir que curar.
-Exactamente, por eso estamos hablando.
-Me parece que se están equivocando; suponiendo que yo sepa algo, poco o
mucho, es inútil.
-¿Por qué?
-Porque ustedes se están apurando, para ganarle mano a la historia, y eso es
imposible.
-No es la primera vez que estamos en éstas y no sé si hemos detenido a la
historia, pero hemos logrado prórrogas, demoras.
-Entretenerla.
-Como le guste más, pero diga lo que sepa. Usted debe de saber algo.
-Lo siento, pero lo que le he dicho, es todo lo que sé.
-No quiero su respuesta ahora, una respuesta definitiva. Pero a usted le
conviene arreglar conmigo, si no voy a tener que devolverlo a la policía,
ellos pueden hacerme el trabajo gratis.
-¿A qué se refiere?
-A métodos menos civilizados que los míos.
-Le recuerdo que soy una persona bastante conocida en muchas partes del
mundo.
-Digamos en el mundo occidental, donde la prensa y los medios de difusión
están en nuestras manos, y en algunos países socialistas de Europa; más
precisamente en algunos círculos pequeños de esos lugares.
-Los suficientes para mover opinión.
-¿Y eso qué nos puede importar? La guerra está a punto de comenzar. Una
guerra subrepticia, por el momento, pero una guerra. Una guerra impalpable.
¿Qué nos puede importar entonces estos asuntos menores? Póngase en nuestro
lugar: que en algunos lugares se escriban encendidas notas necrológicas, que
algún comando de alguna organización firme con su nombre, ¿usted cree que
puede afectarnos?
-Sí. Estas cosas son bombas de tiempo para ustedes, y ustedes lo saben.
-Puede ser: de todas formas, yo puedo garantizarle que esto no va a pasar.
Tenemos medios para cubrir, y discúlpeme, de mierda su memoria. Hacerlo
aparecer, por ejemplo, como a un perfecto delator.
-Mala suerte.
-En cambio, si llegamos a un acuerdo, usted puede salvar su vida y su
prestigio.
-Le dije que la posteridad no me importa.
-Entonces escuchemos un poco de música.
Esta vez era música brasileña. Algo muy popular, seguramente una batucada:
daban ganas de bailar, pero no sabía. Nunca aprendió del todo -sin gracia en
el cuerpo, "pata dura"- y por eso le convenía ir a los bailes con muchas
personas, podía conversarse a las chicas y mantener un poco el ritmo con los
pies, "caminar".
No habría más de cien personas en el patio. El dueño de casa, con estos
bailes, suponía matar dos pájaros de un tiro. Tenía unas cuantas hijas
jovencitas que, inevitablemente, llenarían la casa con muchachos de su edad
que se irían quedando por las tardes, como ocurría en tantas casas de la
ciudad. Y había que atenderlos y darles de comer. Y gratis. Organizando
estos bailes familiares, en vez de pagar él, tenían que pagar los invitados;
incluso quedaba un margencito. Otra variante sería que las chicas fueran a
otras casas donde otros padres tuvieran que pagar los sándwiches y la
cerveza. Pero allí, ¿quién las controlaba?
Las parejas empezaron a mermar; y el padre de las chicas calculó que dentro
de poco se podría ir a dormir, su mujer ya lo hacía desde, por lo menos, una
hora atrás, pero los discos eran buenos y la gente remoloneaba viendo
despumar con los acordes propiciatorios -Di Sarli, Bing Crosby cantando
"White Christmas"- romances o travesuras. Teresita no quería quitarse la
careta; era flaquita, pero ardiente y se pegaba a su cuerpo, hablándole con
voz ronca de mujer adulta; no parecía una chica.
Bailaba muy bien: "¿quién te enseñó?"; los hermanos mayores, que eran unos
bailarines eximios. "¿Por que no te sacas la careta?" Porque estamos en
carnaval. "¿No tenes calor con todos esos trapos encima?" Los gitanos usan
más trapos y no tienen calor, "pero no usan mangas largas y guantes". Las
gitanas ricas, sí, y anillos en los dedos enguantados.
La música oscilaba entre el intimismo y el fragor, de Glenn Miller a la
conga, escurriéndose por los boleros intermedios
-"no, Gregorio Barrios no me gusta"- o esos híbridos como la nova danza /
que malanca / mais no cansa / a nova danza / que falace apolitica / de boa
vecinanza.
Había que irse yendo porque Teresita, alarmada, se había dado cuenta de la
hora que era; además, las amigas con que había venido, se habían ido hacía
rato; él podía acompañarla "¿si querés?". Sí, quería. Caminaron unas
cuadras, "¿no te sacás la careta?". No. Llegaron a la casa. "¿Puedo entrar?"
Del zaguán para adentro no estaba permitido; se abrazan, él arranca la
careta, se besan y él retrocede: al tocar la piel, había sentido que tocaba
los trapos de su vestido; los pechos eran osarios y la saliva agria. Da un
salto hacia atrás en el preciso momento en que un auto, al pasar, los
ilumina con los faros. Y entonces ve la cara de Teresita Funes, la vieja
demente que no quería envejecer y saludaba a los jovencitos con sonrisas
insinuantes; ellos fomentaban su delirio con piropos que la estremecían, que
la hacían sentir codiciada, paladeada. Desde la oscuridad del zaguán tendió
sus manos secas como cáscaras de calabaza, pero pudo dar un nuevo salto
hacia atrás y escapar.
-¿En qué piensas si no es indiscreción?
-Me estaba acordando de una novia que tuve hace muchos años. Una de mis
primeras novias.
-Son las mejores. A veces recuerdo alguna, o un detalle sin importancia que
no viene al caso.
-¿Usted no me cree?
-Sí le creo: ¿por qué me iba a mentir, para qué?
Era desconfiado y debía reprochárselo: él le decía que se acordaba de una de
sus primeras novias. Qué sentido tenía estar pensando en otra cosa y decirle
que pensaba en esa novia; era absurdo: si él podía alegar que era asunto
suyo, que no se le daba la gana decirle en qué estaba pensando; ellos ya se
habían quitado la careta de encima para andar con esas cosas.
La conversación, o el monólogo, languideció y se quedó encerrado en sus
recuerdos; apenas lo miró cuando Cabrera habló de una careta, pero no pudo
descifrar lo que quería decirle. Cabrera se dio cuenta de que no le
prestaban atención y se puso a organizar un solitario. Después escucharon
música sin decir una sola palabra. Cuando terminó el disco, Cabrera lo
cambió anunciando que se iba a dormir, no tenía ganas de comer.
Cuando desapareció en una de las habitaciones, se sirvió otro whisky y se
quedó escuchando música hasta muy tarde. No pensaba en nada, ni siquiera
recordaba. Tampoco comió.
Al día siguiente se levantaron a eso de las once. Cabrera no volvió a
tocarle el tema conversado esa arde. Durante días no se habló del asunto. La
cosa era resistir la tensión. Al quinto día una pregunta al pasar, "¿lo
pensó?", y enseguida una sonrisa frente a la ausencia de una respuesta. Dos
días después, tomó la iniciativa: "Lo he pensado bien, he tratado de
recordar, pero todo lo que tenía que decirle ya se lo dije". Al día
siguiente Cabrera, consternado, le anunció que tenían que separarse; debía
volver a la policía. Era la muerte, Teresita Funes.
-¿Lo ha pensado bien?
-Sí.
-¿Va a decirme algo?
-Nada.
Lo despidió en la puerta de la casa, agitando la mano y con una expresión
que podía significar: "lo siento por usted", o algo parecido.
XIV Nueve de cada diez
Cuando se fueron los fotógrafos, respiró. Hacía más de una hora que le
estaban haciendo preguntas y fotocolor. Junto al aljibe, en el parque del
casco, apoyada en el árbol de corcho, rodeada de ponies; y siempre modosa,
resignada a su cruz provisoria, es decir, a esa ortopedia -un cuello de
plástico-, tan similar a los arneses que usan los caballos de tiro.
Perico le había hecho precisamente esa comparación cuando le ayudaba a
abrocharse el aparato. A ella no le gustó nada, aunque salió con una sonrisa
a saludar a los periodistas que la esperaban en la galería de la casa.
"Chicos, no vayan a escribir por ahí que me caí del catre"; risas. Saludos,
primeras fotografías. "Bueno, pero ¿cómo fue?" Ella explica, baño de
inmersión, resbalada -referencias al famoso dibujito; "no, vos te referís a
mi papá buscando el jabón, no a mí: faltarían algunos detalles"-, risas.
Ahora en serio. Y cuenta que Perico no estaba en la casa porque había ido al
taller a ver el coche que ya lo estaban preparando para La Vuelta de Rufino;
no, es para La Vuelta de Bragado, o para otra carrera, no importa; el asunto
es que Perico había salido y también la mucama que se queda por la tarde -"yo no soporto mucha gente en la casa por la tarde"-; no, la cocinera viene
por la mañana, mientras en la casa se duerme, y deja preparadas todas las
comidas del día. La otra chica sí estaba, pero no me oyó porque miraba la
televisión en su cuarto, "sí, se lo regalamos para Reyes".
"Mirá, te voy a ser franca: yo no le tengo mucho miedo a los autos, porque
me gustan tanto como a Perico. No, no sé manejar: una mujer no puede estar
nunca celosa de un automóvil, ‘por más lindo que sea’. Eso les puede pasar a
las mujeres que no les gusta acompañar a sus maridos, pero yo,
desgraciadamente, tengo algo que dicen que no es muy común en el ambiente:
soy buena esposa. No, de la película con Longhi no hay nada; no quiero
pensar en trabajo hasta que esté curada; sí, la otra tampoco, tuve que
rescindir el contrato. Justo, ¿se da cuenta? Una semana después del
accidente tenía que empezar a filmar".
Claro que eran malos con ella; si no, "¿a qué venía esa pregunta de la
película con Longhi, y enseguida preguntarme de la otra película, y con esa
vocecita de bruja? Son los mismos que dicen que no me gusta bañarme, los que
dicen que soy ‘la décima estrella’, la que no usa jabón Sunlight, como las
otras nueve. Los que andan contando por ahí que mamá me saca toda la plata,
cuando la pobre vive con chirolitas; o que Emma me hace decir por teléfono
barbaridades que graba y después le hace escuchar a Longhi. Y todo porque yo
le robé a Severo, pobre estúpida que no sé qué se cree, francamente, todo el
día haciéndose la Eleonora Duce, mirando sobradoramente a todos".
Cuando se fueron, respiró. Les tenía un miedo pánico, especialmente a ese de
la barbita, el que sacó el tema de las películas: seguro que se olía algo,
que no lo convencía el asunto de la fractura. Sirvieron el té en el jardín:
había un sol realmente lindo esa tarde, aunque Perico no abriera el pico;
era preferible a que se pusiera a hablar del taller -ahora estaba
obsesionado con la carrera y había abandonado el tema predilecto: los
petisos de polo- de la válvula o de como se llame. Si lo hacía le tiraba una
tostada por la jeta. Por suerte no se le ocurrió, media hora después llegó
Cachito, por suerte; porque ella no aguantaba más la situación con Perico.
Perico tan bueno, pero sin nada de malicia, transparente como un vidrio.
Hola, Cachito, querido de mi corazón, no querés que juguemos a lo que vos
quieras; un ratito nomás. Al doctor, a las muñecas, a las visitas, a las
figuritas, al yo-yo, a la rayuela, al balero, a la embopa subida, a la
tocada, a las estatuas. Podemos armar un avioncito de madera balsa. Tres
platos de trigo; a la palma, a la esquinita, al arroz con leche me quiero
casar, al Martín Pescador, a la ronda catonga, a la escondida, a los
carozos, a la inocencia te valga, al tochi. Cachito querido de mi corazón,
¿a qué querés jugar? A los comboi, a los indios, a los piratas, a los
ladrones, a ponerse el turbante, los zapatos grandes de mamá, la ropa de los
grandes, ¿eh?
_¿Qué tal, Chiqui?
-Aquí ando con este cuello que no doy más.
-¿Y por qué no te sacás el aparato?
-Perico no me deja; dice que las sirvientas pueden comentar afuera. Perico,
¿no querés que demos una vuelta?
Fueron hasta la cochera y eligieron un carruaje más o menos antiguo; una
americana, o un breack, Cachito no los distinguía bien. Por eso le había
tentado la idea de dar una vuelta en esa diligencia inconfundible, pero muy
grande.
Pasearon por la calle principal del parque, por el montecito de talas y
rodearon los pinares hasta desembocar en el casco viejo. Chiqui cabalgaba
feliz al lado del carruaje y Cachito le preguntaba a Perico, como para
ponerlo un poco nervioso.
-Mirá si la ven así, a todo galope, y con el cogote fracturado.
-Claro que la pueden ver, ¿pero quién le mete en la cabeza? Dejala que la
vean, que se corra la bola, que haga el papelón del año. No será el primero.
Estaba aterrado. Cuando fue la hora de comer, Chiqui se sentó triunfalmente
en la cabecera de la mesa, mientras en la antecocina el mucamo se calzaba
los guantes y el saco blanco. Luego irrumpió en el comedor y empezó a
servir. Ya estaban comiendo el segundo plato, cuando la conversación fue
interrumpida por los ruidos del motor de una F-100 que, evidentemente, se
detenía junto ala casa. Chiqui y su marido se miraron y casi gritan
asustados al reconocer la voz del hermano mayor de Perico.
Cuando vio que su cuñada se había sentado en el lugar que le correspondía a
él, le clavé los ojos. Ella con voz quebrada dijo, mientras se levantaba de
su asiento, "ya te dejo el lugar", él dibujó una sonrisa de suficiencia,
antes de decirle:"no, está bien, quedate" mientras todos adivinaban que en
realidad le estaba queriendo decir: "Quedate, pedazo de partiquina".
XV Rabelais
Esa mañana no tenía ganas de levantarse: había dormido mal, había tomado ese
whisky nacional que le caía como la mona. Sin saludar a nadie, fue
directamente al baño a lavarse los dientes, a mojarse un poco la cara. Su
mujer ya se había levantado y el nene había empezado a llorar como hacía
todas las mañanas; "empezó el plan de lucha", dijo en voz baja, sonriendo
con un poco de amargura, mientras se sentaba pacientemente en el inodoro a
esperar que se organizara la casa. Además tenía que mover el vientre; el día
anterior no había podido y esto lo ponía de muy mal humor y le desencadenaba
un terrible dolor de cabeza.
Quiso leer el diario, pero no encontró ninguna noticia que le atrajera
demasiado; las que parecían más interesantes, al comenzar la lectura se iban
diluyendo y ya estaba otra vez distraído: "Parece que tuviera mierda en la
cabeza", pensó dando vuelta la página. En ese momento oyó gritar a su mujer
y los llantos del chico, "este nene debe estar enfermo". Ahora al llanto se
sumaban los gritos de su mujer que lo estaba retando. Su voz le recordó a la
de la señora, la última se entiende; ya había pasado tanto tiempo de su
visita y de la movida de piso que le habían armado: primero en el hotel y
después en la sede del sindicato donde ella se alojó, creyendo que así se
iban a calmar las cosas.
Patente se acordaba cómo había asomado esa mano anónima empuñando, desde la
puerta grande del edificio, una pistola niquelada; al primer tiro, esos
gorilas jovencitos, cachorros gritando "muera Perón", se dispersaron y
empezó el baile con la policía.
Cuando, desde el automóvil, vio el carácter que estaban tomando las cosas,
le dijo al chofer que salieran de allí; no había bajado enseguida del coche
porque olió algo y, en efecto, algo pasó. Con quien se había engañado era
con la señora: pensó que la iba a acobardar con facilidad, pero si debía
reconocer una cosa, era que la mujer tenía sus agallas.
"El viejo las elige bien. O las educa bien". Vaya uno a saber; no podía
determinar con claridad qué había adentro de ese hombre que conocía desde
tantos años atrás. Siempre con la misma sonrisa para recibir a la gente,
para despedirla.
Como una ráfaga, recordó el espectro de Felipe Vallese; fue un instante y
las facciones fúnebres se habían fundido con la velocidad de la visión.
Quiso hundir ese fantasma, evitar su regreso, recordando la imagen de su
amigo muerto, tirado sobre las baldosas del bar, en un charco de sangre.
Pero no pudo evocarla; la otra imagen regresaría de todas formas. Siempre
pasaba eso.
El nene había dejado de llorar; ya podía salir del baño, porque del otro
trámite, ni noticias. Cada vez que llegaba a Bahía Blanca -cuando todavía
viajaba- era lo mismo, el agua del sur lo ponía seco de vientre. Pero ahora
no estaba en el sur: "voy a tener que tomar un buen laxante".
Claro que él no se dejaba llevar por una sonrisa más o menos; sabía muy bien
a dónde quería llegar el viejo, aunque pudiera sorprenderlo de vez en cuando
con maniobras imprevistas. Había que dejarlo; ahora dividía la CGT y lo
dejaba pagando; mañana lo necesitaría y lo mandaría a buscar; sin él, el
viejo se quedaba sin torre; y la torre puede comer la dama.
El problema ahora era que él necesitaba del viejo. Por experiencia -se
consideraba a su vez un político realista-, lo sabía; había aprendido que
cuando quería cortarse solo, las cosas le salían para el lado del diablo: "somos un solo corazón". Se había equivocado feo con él; pero había
aprendido mucho; antes creía que la elección en un gremio era lo mismo que
las elecciones en una provincia. "Me engrupieron", y después, desensillar
hasta que aclare, meter el rabo entre las piernas, y tomarse el avión.
Lo había recibido con la sonrisa, como si nada hubiese pasado y todo volvió
a ordenarse, eran amigos, aunque no quisiera acompañarlo en la última
patriada, obligándolo a retroceder. "Se ha quedado en el medio", le dijo,
pero él no estaba en el medio de nada, estaba a su lado y que los yanquis
pensaran lo que quisieran. Cuando viniera Rockefeller, tendría oportunidad
de aclararle todo. Por qué había retrocedido el viejo.
Su mujer lo llamó desde su habitación; de un momento a otro se acercaría a
la puerta del baño para preguntarle: "¿te falta mucho?". No, realmente no
valía la pena seguir sentado allí, sin poder leer, ni nada. Mejor salía y se
tomaba un café en la cocina, algo que lo despabilara un poco. Además ya
estarían por venirlo a buscar y le esperaba una jornada bastante dura; había
que preparar la entrevista con el secretario y discutir con los delegados,
para que después no empiecen a jorobar con las comisiones internas y los
consabidos argumentos de estos caraduras: "ya voy, ya voy"...
El nene estaría entretenido jugando con algo; o se habría dormido de nuevo
porque no se lo escuchaba; "también a mí, ¿quién me manda tener hijos a esta
altura de la vida?". Cuando la gente ya empieza a esperar nietos, a él se le
ocurría tener hijos; en realidad se le había ocurrido a ella y él no tenía
mayores motivos para oponerse; además, a veces, hay que saber conceder: un
político realista, es un político que sabe hacer buenas alianzas. Las
alianzas van atando la realidad, impiden que "uno termine meando fuera del
tarro". El dolor de cabeza no se ablandaba, nada se ablanda: había que
quedarse con toda la porquería adentro: "Calentá el café, que ya salgo".
XVI La cucha
Lo llevaron a empujones hasta la celda; "la cucha", como había dicho el
cabo. Al rato entró el principal para anticiparle que tenía orden de
tratarlo muy mal, y ahí no más le cruzó la cara de un rebencazo: había
bebido. Después de eso no apareció en varios días en que lo dejaron como
olvidado, sin sacarlo siquiera a tomar un poco de sol o estirar las piernas.
Se sentía con fiebre y había perdido la noción de los días. El único signo
de vida real que le llegaba era a través del cabo. Secreteaba con él dos o
tres palabras en los pocos momentos en que le daba de comer o lo acompañaba
al escusado. "Lindo reloj" dijo, cuando ya había tomado un poco de
confianza.
No sabía bien por qué se lo había ofrecido por cien pesos. Después, cuando
se quedó solo, reflexionó y no encontró razones para explicarse por qué le
había vendido el reloj. Si bien no lo necesitaba, tampoco la plata podía
serle útil. Tocando el billete en su bolsillo, pensó que se estaba volviendo
loco; y esto tampoco tenía mucha importancia.
A partir de entonces, dejó de recordar -no hacía otra cosa hasta ese
momento- y, en el espacio que ocupaba su memoria, se fueron originando las
fantasías, los planes cada vez más concretos. Esa misma noche se apoderó -no
la devolvió con el plato- de la cuchara; el cabo no se dio cuenta de que
faltaba, porque estaba borracho.
Verificó que todos dormían, que el silencio era absoluto. Los pocos
movimientos perceptibles estaban aplacados por el sueño. Roque Dalton
comenzó a raspar la pared con su cuchara; el revoque y el polvo que iba
sacando era guardado prolijamente dentro del colchón. "Como un avaro", pensó
risueñamente por primera vez en tantos días.
En pocas noches, el colchón fue colmándose de tierra y tuvo que empezar a
desparramarla debajo de la cama. El boquete que había abierto permitía pasar
la cabeza, es decir, todo el cuerpo, pero el problema era que la
profundidad, siendo considerable, nunca llegaba del otro lado.
Siguió así cuatro o cinco días, y nada. Algo raro pasaba: la pared daba a la
parte exterior del edificio, según había podido observar cuando lo traían.
Sin embargo nunca se llegaba al aire libre, al exterior.
Desconocía los motivos del fracaso, pero era evidente. Había que empezar de
nuevo, intentar por otro lado. Cuando tomó la decisión fue interrumpido por
la inesperada visita del cabo, que, con voz atiplada, le comunicó que el
jefe quería verlo. Lo esperó con ojos vidriosos -tampoco estaba sobrio- y le
alcanzó una planilla; allí estaba consignado que había sido trasladado hacia
la capital: "Vos ya no estás más aquí, te podemos liquidar cuando se nos dé
la gana".
*ONGARO, Raimundo "Sólo el pueblo salvará al pueblo" Edición "Las Bases".
1974. Los textos aclaratorios del mismo pertenecen a Rodolfo Walsh.

VOLVER A
CUADERNOS DE LITERATURA