Imprimir este documento

"...habrá que salir al aire, al amor salvaje del agua y tocar las orillas del mundo..." P.U.

NOTAS EN ESTA SECCION
Juan Gelman escribe sobre Paco Urondo
Poesías, vindicadores y ajos, por Osvaldo Bayer
"Si ustedes lo permiten,/ prefiero seguir viviendo": Urondo, de la guerra y del amor
Recordando a Paco Urondo, Luis Saavedra
Horacio Verbitsky y su evocación de Francisco Urondo
Verbitsky y sus testimonios en el documental sobre Paco Urondo
Paco está entre nosotros
Para que el mundo entrara en la historia de la alegría

"Paco es la mitad de mi vida...", reportaje a Beatriz Urondo, hermana del poeta
Poeta de tiempo completo, por Juan Sasturain
La vida, la muerte y la revolución, por Nilda Susana Redondo
Selección poética

NOTA RELACIONADA
La Patria fusilada


LECTURAS RECOMENDADAS
Vicente Zito Lema: La poesía puede más que la muerte (pdf)
Entrevista a Pablo Montanaro (pdf)

Francisco "Paco" Urondo nació en Santa Fe en 1930. Poeta, periodista, académico y militante de la organización Montoneros, donde pertenecía al equipo de prensa.

Dió su vida luchando por el ideal de una sociedad más justa.

"No hubo abismos entre experiencia y poesía para Urondo." -dice Juan Gelman-, "corregía mucho sus poemas, pero supo que el único modo verdadero que un poeta tiene de corregir su obra es corregirse a sí mismo, buscar los caminos que van del misterio de la lengua al misterio de la gente.

Paco fue entendido en eso y sus poemas quedarán para siempre en el espacio enigmático del encuentro del lector con su palabra.

Fue -es- uno de los poetas en lengua castellana que con más valor y lucidez, y menos autocomplacencia, luchó con y contra la imposibilidad de la escritura.

El 17 de junio de 1976, con motivo de una encerrona de fuerzas conjuntas de la policía y el ejército, muere Paco Urondo en Mendoza. Tenía 46 años.

La acción poética

Por Patricio Lennard

En 1972, en vida del autor, se publicó la poesía completa de Francisco Urondo. Tras su muerte, de la que se cumplen treinta años el 17 de junio (de 2006), Adriana Hidalgo publica ahora la primera edición integral de su Obra poética, que recoge toda su producción édita y también aquella dispersa en publicaciones y revistas.

La poesía les habla a las heridas
pero no a los torturadores.
John Berger

Tan antigua como Garsilaso de la Vega (quien murió en 1536 por las lesiones que sufrió en una misión como oficial del ejército de Carlos V) es la figura del "hombre de armas y de letras". Caras de una misma moneda que, en tiempos de Cervantes, el otro arquetipo de esa tradición heroica (y a siglos de distancia de las vacilaciones que muchos intelectuales latinoamericanos sufrieron, a fines de los ’60 y principios de los ’70, ante el dilema de si la pluma era o no más poderosa que el fusil), constituían las virtudes ideales de todo perfecto caballero.


Tata Cedrón recita "Hijitos míos"
 

"Yo empuñé las armas porque busco la palabra justa" es, quizá, la frase más famosa de Francisco Urondo. Una frase que Juan Gelman, su entrañable amigo, alguna vez le oyó decir como al pasar y en la que se atisba cierto temple cervantino. Poeta, periodista, militante y guerrillero; hijo de una dialéctica que no discernía la acción de la palabra, Paco Urondo fue un hombre de armas y de letras en un momento en que el mundo parecía estar ahí de dar un vuelco. "Años de calentura histórica" (las palabras son de David Viñas) en los que un poema del líder vietnamita Ho Chi Minh repicaba en el Parnaso de los poetas de izquierda, arengándolos en el deber de saber combatir y "armar de acero los versos" que escribieran, y en los que una mítica revista literaria argentina (cuyo nombre no fue otro que La rosa blindada) pretendía que la poesía fuera "un artículo de primera necesidad como el pan y el fusil" en América latina.

La consecuente labor poética de Urondo no sólo no entró en contradicción con su militancia política sino que tampoco se subordinó a ella. Urondo dejó en claro –en el ethos de héroe trágico que aunó su obra y su vida– que no era necesario abandonar la escritura para hacer uso de las armas. A diferencia de Rodolfo Walsh, su compañero de militancia en Montoneros, Urondo no se vio ante esa disyuntiva. Un dilema que al autor de Operación masacre lo llevó a ver la literatura como una adicción de la que era necesario reponerse. "Poética, en griego, quiere decir acción", afirmaba en 1973 Urondo en una entrevista. "En este sentido, no creo que haya demasiadas diferenciaciones entre la poesía y la política (...) Por la poesía, por la necesidad de usar las palabras en toda su precisión y significación he llegado al tipo de militancia que ahora tengo." De esos dichos al "Ya no escribo más" que, en uno de sus arrebatos por abandonar la ficción, Walsh anotaba en su Diario por aquel entonces (lo que para Daniel Link pone en evidencia que Walsh escribía que no podía escribir para seguir escribiendo) hay, en efecto, una clara diferencia.

Walsh veía en el testimonio y la denuncia (en desmedro de la novela, esa vieja burguesa) los formatos apropiados para intervenir en la realidad a través de la escritura y no por nada asociaba el libro tradicional con la pintura de caballete, y la prosa periodística con el muralismo. Si para Walsh básicamente de lo que se trataba era de politizar lo estético de un modo sui generis ("El documento, el testimonio, admite cualquier grado de perfección; en el trabajo de investigación se abren inmensas posibilidades artísticas"), para Urondo el compromiso político es un arte de vivir, una transformación de sí, un efecto artístico. En la articulación de su vida y su poesía, y en la pose de dandy-militante, de bon vivant-revolucionario que cultivó durante mucho tiempo, lo que se estetiza, en el caso de Urondo, es una forma particular de intervención política.

Desde sus primeros libros, Perichole (1954) e Historia antigua (1956) –que la editorial Adriana Hidalgo ha reunido junto con el resto de sus textos en esta edición integral de su poesía, cuyo prólogo está a cargo de Susana Cella–, Urondo ensaya una síntesis entre militancia y vanguardia estética. Y para eso no sólo capta y fusiona en sus versos las corrientes literarias de su tiempo (el invencionismo, en la concisión y la simpleza; el coloquialismo, en el uso de palabras del habla cotidiana, en la presencia del paisaje urbano, en la omisión de la métrica y la rima y en la apropiación de las letras del tango) sino que también hace ingresar lo político de manera progresiva como pequeñas incrustaciones. Deslizamientos discursivos que parecen buscar la atención del lector casi subliminalmente y que se dan sobre todo a partir de Del otro lado (1966), su quinto libro. Allí, en efecto, algunos poemas muestran irrupciones de una voz politizada que –sin solución de continuidad enunciativa– de repente espeta: "por qué/ no hablo de la revolución social o del sufrimiento" ("La vida por delante"). Un artificio que ya se ve en Nombres (1963), en un magnífico poema en que se lee subrepticiamente: "era el sudor corrompido por una riqueza que faltaba/ que no quisieron distribuir" ("B. A. Argentine").

Una foto de infancia de Francisco Urondo
Pero si en algún lugar la escritura de Urondo crea un espacio de intervención política es en su primera y única novela, Los pasos previos (1972). Un fresco generacional en el que sus personajes reproducen discusiones que se daban en la Argentina a fines de los ’60, sobre si era o no viable la lucha armada o cuál debía ser el papel de los intelectuales en la revolución "venidera". Una zona de su obra a la que se sumó, un año más tarde, La patria fusilada: una extensa entrevista que en 1973 Urondo les realizó en la cárcel de Devoto a los tres sobrevivientes de la masacre de Trelew.

A diferencia de lo que mayormente hará en su poesía (en donde lo ideológico adopta formas mucho más sutiles), Urondo se inserta así en un arco que va desde la novela de corte netamente político (cuyo paradigma en la década del ’70 es el Cortázar de El libro de Manuel) hasta la prosa denuncialista que Walsh propugnaba y venía practicando. Un autor que en aquellos años veía las limitaciones de la novela incluso en las pretensiones políticas que ésta se arrogaba; lo que queda claro en una de las entradas de su Diario cuando escribe: "La denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, es decir, se sacraliza como arte". Quizá creyendo neutralizar las limitaciones consabidas, Urondo pergeña en Los pasos previos un híbrido que incluye ficción, registro documental y testimonio; articulando así reportajes al sindicalista Raimundo Ongaro con relatos en los que se debaten ideas con la intención de plasmar un "clima" de época.

Será recién en los diez poemas que sobrevivieron de Cuentos de batalla –el libro que Urondo había empezado a escribir en 1973 y parte del cual desapareció el 17 de junio de 1976, cuando decidió tomar una pastilla de cianuro en medio de una emboscada policial que acabó también con la vida de su esposa– donde su poesía finalmente deviene militante. De ahí, que la progresión política que realiza Urondo –quien de participar en el Movimiento de Liberación Nacional (Malena) pasa a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y luego a Montoneros– se conecte con el hecho de que Cuentos de batalla sea el punto de llegada de un proceso. La meta de una transición similar a la que Walsh ya venía consumando, y que para Viñas va "desde la literatura como vanguardismo a la literatura vivida como guerra civil".

Pero si esto sucede en la poesía de Urondo, no lo hace sin ciertos reparos. (Reparos que él no tuvo ante la decisión de Montoneros de trasladarlo en 1976 a Mendoza, en donde la guerrilla estaba siendo diezmada. Una misión que se le asignó a modo de castigo por haberle sido infiel a Lili Mazaferro, su anteúltima pareja, y que para muchos significó casi "enviarlo al muere"). Para usar una expresión de González Tuñón, Urondo se resiste a ser un "editorialista en verso". Y parece hacerse eco de las advertencias que Cortázar hacía desde Cuba a comienzos de los ’60: "Cuidado con la fácil demagogia de exigir una literatura accesible a todo el mundo". Si algo no hace Urondo, entonces, es "poesía comunicativa": nunca cae en la ingenuidad de hacer de su obra un auto de fe para despabilar conciencias. Su búsqueda de la "palabra justa" (de la mot juste, pero también de una idea de "justicia poética" que va mucho más allá del lugar común por el que el cine de Hollywood, sobre todas las cosas, se arroga el poder de redimir las injusticias haciendo que los "buenos", al final, triunfen) elude cualquier fórmula sobre cómo militar en la literatura. Y es que Urondo sabe que no hay fórmulas, ni recetas, ni prospectos sobre el tema, porque nadie sabe "lo que es realmente una palabra en acción, revolucionando".

Sobre este asunto, precisamente, se mofa en un texto de Cuentos de batalla que comienza diciendo: "¿Soy el Poeta de la Revolución/ acaso, como dice/ por ahí –bromeando–/ un compañero de cárcel? No. El poeta/ de la Revolución es el Pueblo...". Un poema en el que se evidencia cierta distancia irónica con respecto a la retórica militante de izquierda (hacia su costado demagógico, pedagógico y propagandístico: al "Poeta de la Revolución" le terminan cantando "La Marchita Revolucionaria del Pueblo/ como si fuera el Happy Birthday"), y en donde no por nada la palabra "Revolución" aparece por primera (y única) vez en su obra escrita en mayúscula: signo de la cautela con la que Urondo imaginaba las implicancias políticas de su poesía.

De lo que se trata, ante todo, es de corroer el discurso anquilosado de la izquierda a través del humor y la ironía. Sólo así se explica que el poeta continúe a fines de los ’60 tomando para la chacota a las doncellas de Rubén Darío (hay que "pensar en las derrotas/ de la alegría/ en los aplausos y en otras/ cabronadas como el café/ tibio o la princesa está triste"). Un gesto que más que mofarse de una tradición literaria pasada de moda ironiza, de manera desplazada, sobre esa izquierda que veía con horror que una obra no hablara de asuntos sociales. Verdaderos pajueranos que hubieran suscripto sin pensarlo esa ridícula frase de Edgar Morin que decía: "Un escritor que escribe una novela es un escritor, pero si habla de la tortura en Argelia es un intelectual".

Urondo –quien no se imaginaba en las huestes de Sartre, pues acusaba poseer el "oficio de poeta" y una humilde "sabiduría de intemperie"– produce en el cruce de su vida y su obra una crítica de los reaccionarismos de la izquierda revolucionaria. El perfil de mujeriego que cultivó desde siempre (aunque en menor grado que Adolfo Bioy Casares, el máximo playboy de las letras argentinas) no sólo entró en contradicción con el puritanismo de una agrupación como Montoneros (lo que causó la cruenta decisión de su traslado a Mendoza), sino también supo armar en su poesía un contrapunto entre los rigores de la militancia y ese andar "como bola sin manija".

El donjuanismo diseminado en varios de sus textos y el lugar que en ellos lo mundano con frecuencia ocupa ("No descarto la posibilidad/ de la fama y el dinero; las bajas pasiones y la inclemencia", dice en uno de sus poemas) hacen del tándem eros y política la herramienta con la que Urondo crea un imaginario en que la cultura de izquierda y el culto del buen vivir dejan de ser contradictorios. Así es como "la moral revolucionaria no anula el hedonismo pequeñoburgués" ni en su obra ni en su vida, lo que se traduce en una "amalgama de franqueza vitalista, compromiso político y experimentación artística", según marca Daniel García Helder. En Urondo se oyen, de este modo, los últimos estertores de la bohemia sesentista, confundidos con los ruidos de las armas que se cargan. De la vie de bohème a la escalada guerrillera (en un contexto de radicalización progresiva) se juega el destino de una generación de la que la obra de Urondo es por demás emblemática.

No por nada la muerte está tan presente en sus últimos textos. Sobre todo cuando empieza a entretejerse con la idea revolucionaria del martirio. Algo que Urondo no sólo trata en sus poemas sino que también aborda a partir de una frase de José Martí ("Osar morir da vida") en un artículo de 1974 en el que dice: "Cuando se considera a la vida una propiedad privada, sólo el heroísmo, con su carga de posteridad o, en el mejor de los casos, de búsqueda de inmortalidad, permite la osadía de ponerla en riesgo. Pero el sentido de la osadía que propone Martí no es individualista, sino que responde a una concepción ideológicamente más generosa. Porque la vida no es una propiedad privada, sino el producto del esfuerzo de muchos". Que el poema más conocido de Urondo comience con la frase "Si ustedes lo permiten/ prefiero seguir viviendo" deja ver que detrás de ese ardoroso vitalismo se halla la perspectiva de su propia muerte. Si no ¿por qué hacer de la vida un objeto elegible, cuando es algo que de por sí ya se tiene? No gratuitamente Urondo titula Poemas póstumos al último libro que publica en vida.

Así como Walsh escribe en la "Carta a mis amigos" que la muerte de su hija Vicky "fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace en ella" (lo que supone una forma de aprehender y conjurar su propia muerte), Urondo desperdiga en algunos poemas la premonición de su deceso. "Estoy/ a punto de morirme –años más, años menos– y aunque no creo/ que sea bueno decirlo, aunque sea yeta, lo repito", se lee en un poema titulado, sugestivamente, "Carta abierta". Pero si la muerte aparece como un riesgo que se está dispuesto a correr casi sin reparos, el íntimo temor a la tortura es su reverso. Sólo a partir del horror que implica la pregunta ¿qué hacer si me torturan? –un lugar común entre los militantes de izquierda en los años ’70– es que Urondo articula las modulaciones de sus miedos personales con una dimensión política de su literatura.

"La gente que/peligra/ en las inmediaciones del templo de la delación" atizaba sus lógicos fantasmas. Y fueron esos fantasmas los que un día infausto le acercaron el veneno a su boca muda.

Las imágenes que acompañan esta nota pertenecen a la biografía de Francisco Urondo que Pablo Montanaro publicó en Homo Sapiens Ediciones, en 2003.

La pura verdad

Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.

Después de todo y de pensarlo bien, no tengo
motivos para quejarme o protestar:

siempre he vivido en la gloria: nada
importante me ha faltado.

Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado
de las cosas de este mundo con inconciencia y dolor y miedo y apremio.

Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve
sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.

Me avergüenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe,
melancólica, débil, poco interesante,

un abanico de plumas que el viento desprecia,
caminito que el tiempo ha borrado.

Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin darme cuenta, voy
iniciando
una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a cualquiera o aburrir
de golpe.

Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi memoria ha muerto
y se queja
con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.

El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme,
pero lo he derrotado para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algún día.

Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la Cenicienta,
aunque algunos
me recuerdan con cariño o descubran mi zapatito y también vayan muriendo.

No descarto la posibilidad
de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.

La crueldad no me asusta y siempre viví
deslumbrado por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.

Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud


y en mi destino y en la buena suerte:

sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido
y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.

Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;
compartir este calor, esta fatalidad que quieta no sirve y se corrompe.

Puedo hablar y escuchar la luz
y el color de la piel amada y enemiga y cercana.

Tocar el sueño y la limpieza,
nacer con cada temblor gastado, en la huida.

Tropiezos heridos de muerte;
esperanza y dolor y cansancio y ganas.

Estar hablando, sostener
esta victoria, este puño; saludar, despedirme.

Sin jactancias puedo decir
que la vida es lo mejor que conozco.


Paco Urondo de chico

Benefacción
Piedad para los equivocados, para
los que apuraron el paso y los torpes
de lentitud. Para los que hablaron bajo tortura
o presión de cualquier tipo, para los que supieron
callar a tiempo o no pudieron mover
un dedo; perdón por los desaires con que me trata
la suerte; por titubeos y balbuceos. Perdón
por el campo que crece en estos espacios de la época
trabajosa, soberbia. Perdón
por dejarse acunar entre huesos
y tierras, sabihondos y suicidas, ardores
y ocasos, imaginaciones perdidas y penumbras.

Poemas extraídos de Obra poética, publicada por Adriana Hidalgo.

Juan Gelman escribe sobre Paco Urondo

Para Paco nunca hubo contradicciones entre la militancia por una patria justa, libre y soberana, y la condición de escritor. En sus poemas se puede ver la profunda unidad de vida y obra que un autor y sus textos pueden alcanzar. No hubo abismo entre experiencia y poesía para  Urondo. "Empuñé un arma porque busco la palabra justa", dijo alguna vez.
 
En 1975 junto
con Rodolfo Walsh se pone a trabajar en la confección de una respuesta al golpe militar que se veía venir. Dicho plan no apuntaba a un improbable freno al golpe sino a una respuesta orgánica que dificultara el despliegue inicial de los militares en las primeras 48 horas. El documento fue llevado a la dirigencia de la organización, la cual nunca llegó a ejecutar la propuesta de los compañeros sino que implementó otro plan de operaciones, para el cual no fueron llamados a discutir ni Walsh ni Urondo. Por consiguiente la prensa montonera siguió funcionando como si hubiera un futuro electoral: pensando en una revista ¡e incluso en un diario!  Esto, naturalmente, traía como consecuencia la necesidad de mantener más o menos congregado un aparato importante, con grandes locales, imprentas, etc. Un blanco terriblemente fácil para el enemigo.

En mayo de 1976, la organización, decide trasladar a Paco a Mendoza. Un error según opiniones actuales y contemporáneas, ya que dicha provincia desde 1975 era una sangría permanente. El 17 de junio, en un contexto de derrota, cae Francisco Urondo como consecuencia de una cita envenenada.

El compañero y amigo Rodolfo Walsh, así relata el momento
: "Hubo un encuentro con un vehículo enemigo, una persecución, un tiroteo de los dos coches a la par. Iban Paco, Lucía con la nena y una compañera. Finalmente el Paco frenó, buscó algo en su ropa y dijo: "Disparen ustedes". Luego agregó "Me tomé la pastilla y ya me siento mal". La compañera recuerda que Lucía dijo: "¡Pero papi, por qué hiciste eso!" La compañera escapó entre las balas, días después llegó herida a Buenos Aires. 

También luchó contra un sistema social encarnizado en crear sufrimiento, para que el mundo entero entrara en la historia de la alegria. Las dos luchas fueron una sola para él. Ambas lo escribieron y en ambas quedó escrito.

Juan Gelman

Palabras

Dicen que un escritor atraviesa al morir un purgatorio de veinte años en la memoria pública. El plazo está más que cumplido para ese gran poeta que fue –que es– Francisco Urondo, caído en combate contra la dictadura militar un día de junio de 1976, a los 46 de edad. Dejaba un libro inédito, Cuentos de batalla, que se perdió en la noche genocida. Como Rodolfo Walsh, como Haroldo Conti, Paco escribió hasta el final, en medio de tareas, urgencias y peligros de la vida clandestina. Para estos pilares de la literatura nacional nunca hubo contradicciones entre la militancia por una patria justa, libre y soberana, y la condición de la escritura. Cuando en este tiempo de la despasión se recuerdan las polémicas de los años sesenta –unos pretendían hacer la Revolución en su escritura; otros, abandonar su escritura en aras de la Revolución–, se percibe en toda su magnitud lo que Paco, Rodolfo, Haroldo nos mostraron: la profunda unidad de vida y obra que un escritor v sus textos pueden alcanzar.
No hubo abismos entre experiencia y poesía para Urondo. "Empuñé un arma porque busco la palabra justa", dijo alguna vez. Corregía mucho sus poemas, pero supo que el único modo verdadero que un poeta tiene de corregir su obra es corregirse a sí mismo, buscar los caminos que van del misterio de la lengua al misterio de la gente. Paco fue entendido en eso v sus poemas quedarán para siempre en el espacio enigmático del encuentro del lector con su palabra.
Buitres de la derrota –que siempre se han cuidado mucho cada centímetro de piel– le han reprochado a Paco su capacidad de arriesgar la vida por un ideal. Paco no quería morir, pero no podía vivir sin oponer su belleza a la injusticia, es decir, sin respetar el oficio que más amaba. El había escuchado el reclamo de Rimbaud: "¡Cambiad la vida!". Estaba convencido de que sólo de una vida nueva puede nacer la nueva poesía. Mi confianza se apoya en el profundo desprecio / por este mundo desgraciado. Le daré / la vida para que nada siga como está, escribió. Fue –es– uno de los poetas en lengua castellana que con más valor y lucidez, y menos autocomplacencia, luchó con y contra la imposibilidad de la escritura. También luchó con y contra un sistema social encarnizado en crear sufrimiento, para que el mundo entero entrara en la historia de la alegria. Las dos luchas fueron una sola para él. Ambas lo escribieron y en ambas quedó escrito.

Juan Gelman

"Si ustedes lo permiten,/ prefiero seguir viviendo": Urondo, de la guerra y del amor

Si ustedes lo permiten,/ prefiero seguir viviendo": Urondo, de la guerra y del amor, un nuevo libro de Nilda Susana Redondo.

Esos versos son el inicio del poema "La pura verdad" de Del otro lado, publicado en 1967. El poeta aquí se expone en su vitalidad y su erotismo, reafirma su convicción de que verá la revolución y la seguridad de estar alcanzando a percibir la potencia de la palabra. Quiere "sostener / esta victoria, este puño; saludar", despedirse.

Francisco Urondo nació en Santa Fe en 1930 y murió en 1976, en una encerrona que le hace la policía en Mendoza: en esa circunstancia ingiere la pastilla de cianuro que los combatientes de Montoneros llevaban consigo. El odiaba la posibilidad de que lo prendieran, lo torturan horrendamente y lo colocaran en la situación de delatar. Iba con Alicia Raboy, la hijita de ambos, Ángela, y otra militante montonera.

Rodolfo Walsh y Juan Gelman, sospecharon siempre que había sido enviado por la cúpula de la organización a Mendoza, a una muerte segura. La excusa habría sido una conducta "liberal" en el terreno del amor; la posible verdad, sus disidencias políticas con la manera de llevar adelante la prensa; y además su carácter de intelectual y las sospechas que eso sólo despertaba. Respecto de esto encontramos testimonios elusivos del propio Urondo, en una nota publicada en Crisis en 1974 y en su poema de la misma época, "Por soledades".

Urondo realiza un recorrido político que va desde su apoyo al gobierno de Arturo Frondizi, por lo que ocupa el cargo de Director de Cultura de Santa Fe hasta la inscripción en la lucha armada en 1970, en las FAR, de la izquierda peronista. Aquí ingresa llevado por su hija Claudia, quién le presenta a Carlos Olmedo. Concluye en Montoneros porque su organización, en 1973, se fusiona con aquellos. Durante los ‘60 es activo partícipe del proceso de radicalización revolucionaria de los intelectuales de clase media. Se forma en el marxismo con León Rozitchner, forma parte de las redes culturales organizadas en torno a Cuba, integra el Movimiento de Liberación Nacional; allí se debate intensamente qué hacer con el peronismo y con la lucha armada. Urondo finalmente optará por un guevarismo peronista ubicado en el nacionalismo revolucionario: tal la autodefinición de las FAR.

Este poeta había participado en los ‘50 del Movimiento Poesía Buenos Aires y en los ‘60 en Zona de Poesía Americana. Tiene una prolífica producción poética, la que continúa hasta su muerte con sus Cuentos de Batalla. Escribe cinco obras de teatro, una novela, dos libros de cuentos, ensayos referidos a la situación de la poesía; es autor de La Patria Fusilada: realiza este reportaje a los tres sobrevivientes de la masacre de Trelew de 1972, en la cárcel de Devoto, la noche anterior de ser todos liberados por el gobierno de Cámpora, en 1973.

De Urondo hay poco dicho, pero sí fragmentaciones. En el presente libro se sostiene que no hay una línea divisoria entre el bohemio y el militante; entre el poeta y el combatiente; sino que el deseo erótico de Urondo y aún de su generación, se expresa también en su opción revolucionaria. Esta lectura se realiza a partir de los propios textos del poeta. Con lo que Paco confrontará es con la concepción de la familia como sustento del orden social. Pero en este sentido se emparenta con el cristianismo liberacionista o de base, porque el Cristo en que se referencian es el que dice que para seguirlo a él hay que dejar a la familia y enfrentarse el hijo con el padre.

De Urondo, como de su generación, se ha dicho que buscó la muerte. Aquí se trata de comprender la complejidad del concepto de la muerte que actúa en la época, de la cual el poeta es médium. Veremos muertes heroicas, las que tienen sentido por la vida de los otros, por la realización posterior de la revolución como la del poeta Javier Heraud en el Perú; malas muertes, muertes aturdidas, como la del propio Urondo, o la de Roque Dalton, matado por integrantes de su propia organización en El Salvador; muertes alienadas como la del personaje de la película de Urondo y Kuhn, Pajarito Gómez. Las muertes por los otros aunque los otros no mueran por él, como la del Che Guevara. Los que corren la suerte del agredido.

De la violencia, actualmente, se habla en abstracto, en general condenándola en nombre de la supuesta vida democrática y en los últimos tiempos, del principio "no matarás", de la Biblia, en la que hay tantas muertes y horrores que uno no puede terminar de representárselos. En el libro se analiza la perspectiva que tenía el movimiento revolucionario respecto de las diversas formas de violencia a las que podía recurrir el pueblo para resistir la violencia del Estado y del Capital. Se analiza esto sobre todo a partir de la novela de Urondo, Los Pasos Previos. Allí hay un riquísimo debate. Fundamentalmente se parte de la tesis de que el origen de la derrota popular estaría no tanto en la opción por la lucha armada sino, en el caso de Montoneros, en la alienación de la potencia del pueblo en manos del general Juan Domingo Perón, que en realidad defendía los intereses de la burguesía, y en nombre de ella actuó, enviando a la muerte a sus hijos, dilectos mientras pudo utilizarlos para que facilitaran su regreso a la Argentina.

Se trabaja desde una perspectiva de investigación que rompe con las esferas aisladas de las ciencias sociales: se concibe a la política, la estética, la ética, la literatura, la historia, como paridas en una misma matriz de realidad, por lo que escindir las fuentes periodísticas de las literarias, o las palabras y las cosas, los individuos de los fenómenos sociales, lo micro de lo macro no es el deseo de este trabajo sino al contrario. Se busca la interacción dialógica de los diversos discursos que preñan los textos de Urondo.

Urondo es el poeta de la revolución, pero es el poeta de las voces de los otros, quien tal vez más se sumerge en sus recorridos; a veces puede reconstruir un nuevo discurso desde los otros, como en su poema Adolecer, donde hay una ejercicio de restauración de la memoria como convocatoria mesiánica a los tiempos de la ira. Otras, aparece alienado en la voz de autoridad de su organización, como en el poema "Noticias". Pero fundamentalmente, lo que supo hacer es ser de los del pueblo, asumir su voz sin por ello dejar de conocer que "futuro y memoria se vengarán algún día" de su afán de ser él mismo.

Se recorre aquí cuáles son los rastros ideológicos de su perspectiva, cómo se articulan peronismo, guevarismo, marxismo, cristianismo. Cómo a la vez están presentes las corrientes marxistas humanistas, con los Manuscritos Económico-Filosóficos de Marx y las corrientes antihumanistas de Althusser.

Y se destaca el debate respecto al rol de los intelectuales en la revolución. La incorporación de Urondo a las FAR también está vinculada con el rol protagónico que esta organización asigna a los intelectuales. Pero no a los intelectuales individualistas, "grandes pajarotes"- esos a los que no quería parecerse Urondo-, producto de la jaula invisible con que los encierra el sistema de poder, sino a los intelectuales descentrados, capaces de mantener su voz crítica dentro de las nuevas organizaciones que se construyen, a la vez que generan nuevas formas de pensamiento, nuevas percepciones, nuevas realidades.

Nilda Susana Redondo

*Nilda Susana Redondo es oriunda de Santa Rosa, La Pampa. Estudió letras. La dictadura le impidió ejercer la docencia "por difundir ideas antiargentinas y hacer conocer autores de ultraizquierda".

Ha desarrollado amplia militancia por los DDHH, y en los terrenos político y gremial. Es directora de un colegio secundario; en la UNLPam, trabaja en las cátedras de Literatura Argentina II y en la extracurricular Ernesto Che Guevara. Participa en proyectos de investigación en la misma universidad.

Publicó Poemas de amor y rebeldía (1994); El compromiso político y la literatura: Rodolfo Walsh (2001) y Haroldo Conti y el PRT. Arte y subversión (2004). Estos dos últimos trabajos de investigación conforman un cuerpo con el presente libro porque se plantean continuar los debates político-ideológicos, éticos, estéticos y culturales de los ‘70. Ha protagonizado numerosas conferencias y paneles con este fin.

Recordando a Paco Urondo

Por Luis O. Saavedra*
Hipotesis

Próximamente se cumplirán 29 años del asesinato de Francisco Reynaldo "Paco" Urondo en Guaymallen, Mendoza.

No ha sido muy difundido, lamentablemente, que Paco nació en Santa Fe el 10 de Enero de 1930. Fue poeta, periodista, académico y militante, dio su vida luchando por el ideal de una sociedad más justa. Fue un poeta excelente, exquisito, de aquellos que dejan siempre una impronta en lo que escriben.

En euskera, lengua vasca y raíz de su apellido, la palabra ur - ondo significa agua buena. Paradoja de la ciudad de Santa Fe, ciudad rodeada de agua, que se olvidó de recordar a su hijo, a Paco Urondo, a Paco del agua buena.

Paco fue padre de tres hijos, Claudia y Javier, santafesinos e hijos de su unión con Graciela "Chela" Murua, y nacidos el 14 de Abril de 1953, y el 27 de Noviebre de 1957, respectivamente.

Angela, su tercer hija es fruto de su unión con su compañera asesinada junto a él en Guaymallen, Mendoza, el 17 de Junio de 1976, Alicia Raboy. Angela nació el 30 de Junio de1975, y Paco no pudo darle su apellido por ser, ya a esa altura, un perseguido político clandestino, pero la reconocería como su legítima hija en su testamento.

Claudia seria desaparecida con su compañero y padre de su hijo, Mario Koncurat, a fines de 1976, poco tiempo después de que Urondo fuese asesinado. Javier y Angela mantienen viva la memoria de su padre con honestidad y dignidad.

Paco fue convocado para ocupar la Dirección de Arte Contemporáneo de la Universidad Nacional del Litoral, con solo 27 años, en 1957. Producto de esa gestión, de gran reconocimiento, sería designado como el primer Director Provincial de Cultura, siendo gobernador de Santa Fe, el doctor Carlos Sylvestre Begnis, el 16 de Junio de 1958.

Un documental sobre el poeta

Homenaje a Urondo

Paco Urondo, revisitado por Daniel Desalmos

En un homenaje al poeta, de quien en 2005 se cumplieron 29 años de su muerte, el 10 de noviembre (de 2005) se estrenará Paco Urondo, la palabra justa, un largometraje documental de Daniel Desalmos que llevará a la pantalla grande a Cristina Banegas y a Juan Leyrado para interpretar los poemas del reconocido escritor. Estructurado en base a entrevistas a la hermana del autor, Beatriz Urondo, y a sus hijos Javier y Angela, el film reconstruye la vida del poeta a través de relatos y valiosas imágenes de archivo. El punto de partida que llevó al director a rodar este film, tras una ardua investigación, fue comprobar que este intelectual que brilló como poeta, novelista, dramaturgo y guionista cinematográfico ha sido relegado al olvido, al igual que aquel atardecer invernal de junio de 1976 en el que fue perseguido por una patrulla del Ejército en la localidad de Guaymallén, Mendoza, y luego asesinado. A través de este documental, Desalmos intentará rescatar el valioso y entrañable legado de un artista, recuperando así también su identidad y su memoria.

Un año después, cansado de las actitudes intolerantes hacia su gestión, y cuando el gobierno nacional de Arturo Frondizi deja de lado las promesas electorales y se convierte en rehén de las Fuerzas Armadas. renuncia a su cargo.

En la época de Urondo, la ciudad de Santa Fe tenía un brillo cultural enorme: en ese entonces, los hermanos Maraño y Washington Castro en la Escuela Superior de Música ofrecían conciertos populares gratis, junto a Carlos Guastavino, y Ariel Ramírez.

El "Cocho" José María Paolantonio con gran sacrificio ponía en escena "La Cantante Calva" de Ionesco. Fernando Birri hacía sus primeras experiencias fílmicas en la Escuela de Cinematografía de la Universidad Nacional del Litoral (U.N.L.), y sentaba las bases del movimiento de cine documental junto a Nicolás Sarquis, Gerardo Vallejo, Jorge Goldemberg y Adelqui Camusso, luego de la brillante experiencia cultural de "El Retablo de Maese Pedro", propuesta cultural multidiscliplinaria encabezada por Fernando Birri, donde Paco Urondo, a principios de los cincuenta había sido titiritero junto a su primera esposa, entonces novia "Chela" Murua. En literatura estaban Juan José Saer, Hugo Gola, Hugo Mandón. En plástica, el Grupo Litoral marcaba tendencia.

En esa época surge la inolvidable TIRE DIE, cortometraje testimonial, que mostraba el cruce del tren proveniente de Buenos Aires por un puente angosto sobre el Río Salado y la miseria de los chicos del barrio El Triángulo que, seguían ó trepaban el tren y por diez centavos –que tiraban los pasajeros– se arrojaban al agua con una zambullida a veces impecable, y otras no tanto para recuperar las monedas lanzadas.

Mucho tiempo después, en Junio de 1973, luego de haber sido un preso político, y con Héctor Campora al Frente de la Presidencia, y Rodolfo Puiggros al frente de la Universidad de Buenos Aires, Paco Urondo es designado Director del Departamento de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Renunciaría el 1 de Octubre de 1973, en solidaridad con la renuncia del rector Puigross, cuestionado fuertemente por la derecha universitaria. La primavera camporista empezaba a marchitarse. Un mes después asumiría la jefatura del recién creado Diario NOTICIAS.

Quien esto escribe tuvo la satisfacción de salir de la cárcel de Devoto, aquel glorioso 25 de Mayo de 1973, junto a Paco Urondo, quien prometía beberse íntegra una botella de Pont Leveque, como alguna vez lo habíaos hecho junto a Jorge Conti y otros intelectuales santafesinos.

Meses después, en noviembre de 1973 el Paco periodista pasa a ser el responsable político del diario "Noticias" que salía todas las mañanas desde el 20 de Noviembre de ese año y tiraba 130.000 ejemplares. Esa experiencia militante que compartían Miguel Bonasso, Rodolfo Walsh, Juan Gelman, Horacio Verbitsky, y el uruguayo Zelmar Michelini. A fines de Agosto de 1974, Isabel Perón clausuraría esa publicación. Poco antes, había sido también clausurado "El Mundo" otra expresión de prensa militante, aunque encarada desde otro ángulo político.

Como dato curioso, acotemos que la corresponsalía Rosario de El Mundo era compartida por Carlos Gabetta, hoy Director de la Edición Cono Sur de Le Monde Diplomatique y nuestro compañero Miguel Ferrari. El corresponsal de Noticias era el hoy Subsecretario de Derechos Humanos de la Provincia, Víctor Aliprandi. Ambas corresponsalías compartían fraternalmente el fotógrafo.


Para finalizar, leeremos un fragmento de MUCHAS GRACIAS, uno los últimos poemas de Paco Urondo, no sin antes agradecer a los compañeros de la Asociación Civil "El Periscopio" de Santa Fe, que nos han hecho llegar los materiales para componer este texto.

La suerte ha dejado aquí de andar
fallando: se encendió la luz y pudo verse el caos, las
flagrancias: esa mano
allí, esta codicia; el miedo y otras mezquindades se pusieron
en evidencia y el amor
no aparecía por ninguna parte. Recompuestos
de la sorpresa, rendidos ante los hechos, nadie
pudo negar que en este país, en este
continente, nos estamos todos muriendo de vergüenza.
Aquí estoy perdiendo amigos, buscando
viejos compañeros de armas, ganándome tardíamente
la vida, queriendo respirar
trozos de esperanzas, bocanadas de aliento; salir
volando para no hacer agua, para
ver toda la tierra y caer en sus brazos.

*Nota: "Momentos de memoria", columna de opinión emitida el sábado 4 de junio de 2005, en el programa "Hipótesis", LT8 Radio Rosario, Argentina.

Fuente: La Fogata

Horacio Verbitsky y su evocación de Francisco Urondo, en la semana en la que Santa Fe lo recuerda a 29 años de su muerte

Paco, ese amigo del alma

A 29 años de su muerte, Santa Fe reivindica a Paco Urondo.
Periodista, militante social y santafesino, Francisco Paco Urondo no encontró diferencias entre la poesía y la política porque ambas compartían el mismo espacio: "Los compromisos con las palabras llevan o son las mismas cosas que los compromisos con las gentes, depende de la sinceridad con que se encarecen tanto una actividad como la otra", dijo alguna vez. Y tanto creía en ello, que no dudó en entregar su vida a la militancia en Montoneros en los años ‘70. Y por eso, el 17 de junio de 1976, acechado por fuerzas militares, se tomó la pastilla de cianuro que llevaba entre sus ropas.

Horacio Verbitsky compartió con Urondo algo más que una redacción. Fueron amigos durante varios años y el recuerdo de Paco se mantiene vivo en su memoria, tal como lo evocara, con cariño y emoción el pasado lunes cuando se inaugurara en Santa Fe una semana de homenaje/reivindicación a un poeta que fue, desde su muerte, condenado a la cruel oscuridad del olvido.

"El recuerdo de Paco para mí esta asociado, por un lado por una serie de historias personales que hemos vivido juntos; y por otro, con una época de nuestro país", rememora Verbitsky, y continúa: "La primera vez que yo lo vi debe haber sido en 1960 o 1961, cuando asistí a una lectura de poemas suya. En esa época, Paco y Juan Gelman leían poemas en lugares pequeños en una época en la que todo el mundo fumaba en lugares cerrados e intoxicaba a todos los demás. Estaban los dos sentados en una mesa y leían primero un poema uno y luego un poema el otro, y nosotros escuchábamos. Eran maravillosos porque hablaban de los temas de la vida cotidiana con un tono coloquial, que no era lo que uno estaba acostumbrado a lo que era la poesía y era muy fuerte porque constituía un cambio, implicaba sentir que eso era poesía y al mismo tiempo estaba hablando de vivencias de la vida cotidiana. Pero además, planteaban los temas de la lucha política, del poder, de la revolución. Tanto Paco como Juan le escribían a la revolución, la interpelaban con su poesía, aunque tenían historias políticas distintas".

Verbitsky también recuerda entre risas que "la década del ‘60 era una época de la libertad de costumbres; y Paco vivía en una vieja casona que seguramente le recordaba las casas de Santa Fe porque era una construcción de un estilo italiano, aunque en realidad prefería llamarse francés porque quedaba mejor. La casa era muy grande, estaba siempre llena de gente, de amigos, había reuniones continuamente y se conversaba de todo, se escuchaba música, se discutía en voz alta de temas relacionados con la literatura y con el arte y con la política; pero también esa casa servía para hacer y deshacer parejas, porque era refugio de recién separados, un lugar de protección de parejas políticamente incorrectas pero que igual se formaban; y había unos chiquilines que andaban escuchando y mirando todo y abriendo mucho los ojos, que jugaban mientras nosotros hacíamos la sobremesa con ‘la máquina de decir pavadas’, que era como Paco llamaba a la botella de vino. Ellos escuchaban y absorbían las frustraciones de los padres por una época en la que se cerraban los caminos y se abrían otros, pero había proyectos, esperanzas y mucha voluntad de que las cosas cambiaran".

Pero la marca imborrable que Verbitsky lleva de Francisco Urondo es ese apodo que lo acompaña desde la primera vez que trabajaron juntos en una redacción. "Jacobo Timerman había organizado un diario en Mendoza para un empresario inmobiliario muy importante y yo monté la corresponsalía en Buenos Aires. Ahí trabajaba Paco. Esa fue la primera vez que trabajamos juntos en una redacción, y él me bautizo con el apodo de Perro. Cuando me preguntan por qué, yo respondo que por el buen carácter, pero no se si fue por eso. La verdad es que Paco era muy bautizador. Se divertía mucho y divertía mucho a los demás, porque cuando uno piensa en su vida, en cómo lo mataron, da una imagen muy solemne, como de libro escolar, pero él no era así. Al contrario, era un tipo muy serio en todas las cosas que hacía, pero muy gozador de todo. Siempre cerraba los ojitos chiquitos, miraba todo irónicamente, observaba, catalogaba, y a través de esos ojitos entrecerrados veía todo lo que pasaba alrededor".

Luego de ello, volvieron a encontrarse en la redacción del diario La Opinión, "que era como un Arca de Noé, había dos animales de cada especie política de la época. Todos sabíamos que el otro andaba en algo pero nadie sabía en qué, porque el secreto se mantenía mucho. Pero había gente que participaba de distintas organizaciones que se lanzaron a hacer esa revolución que Paco y Juan habían escrito en sus poemas; y esos fueron varios años en los que yo no supe qué estaba haciendo Paco aunque lo imaginaba", recuerda. Hasta que en los primeros días de 1973, cae detenido junto con un grupo de gente entre la que estaba su mujer de ese momento, Lili Mazzaferro, y su hija Claudia. Urondo estuvo preso varios meses en la cárcel de Devoto. "Él decía que era un preso señorito porque estaba en condición de detenido, pero mantenía su ironía, su prestancia, su postura. Y ahí estuvo toda una noche encerrado en una habitación con los tres sobrevivientes de la Masacre de Trelew grabando las entrevistas que después fueron su libro La patria fusilada", narra Verbitsky.

Fuente: www.analisisdigital.com.ar

Verbitsky y sus testimonios en el documental sobre Paco Urondo

Por quién mueve la cola el Perro

"Empuñé un arma porque buscaba la palabra justa" Francisco Urondo

Por Marcos Disniper

¿A quién responde El Perro Verbitsky? Lamentables declaraciones en el fantástico documental sobre Francisco "Paco" Urondo del "renombrado periodista".
El documental recientemente estrenado y que lamentablemente sólo puede verse en una pequeña sala del cine Cosmos, Paco Urondo, la palabra justa, es un documento carnalmente emotivo sobre el poeta y militante montonero que perdiera su vida en 1977 tragándose una pastilla de cianuro ante el miedo de ser capturado y exponerse a la delación bajo tortura.
El trabajo es excelente, de muy buen nivel y entre líneas pueden vislumbrarse un par de perlitas que lo hace opaco. Una al documental en sí, otra a uno de los principales entrevistados que recorre los metros de cinta fílmica.
Esto no es defensa de nada ni nadie, ya que la cada uno pone, o no, la cara, y la verdad no ofende, porque es verdad. Pero lo que mancha a este trabajo fílmico, del cual es casi imposible dejar la sala sin sentir un nudo en la garganta y alguna gotera abierta en el lagrimal, es que incurre en la nueva moda de la militancia testimonial es en "péguele al boludo", esto es, toda la culpa de todos los errores que los revolucionarios padecieron en los ’70 son culpa de Mario Firmenich, Roberto Perdía y Fernando Vaca Narvaja y el resto, de palo, la miraba desde la ventana. Claro, estos están vivos y poco cuenta esposas, familiares y amigos que perdieran estos tres.
El programa de con la reseña de la película que entregan en la puerta de la Sala 2 del Cosmos, hay errores y una intencionalidad que no muestra el documental. Error: que Urondo murió en Buenos Aires. Intencionalidad: "supuestamente traicionado por integrantes del grupo montonero".
En tal sentido, el ex montonero Juan Gasparini escribió su Montoneros, final de cuentas, y la sensación que deja para cualquiera que quiera saber de primera mano qué paso en aquellos años donde una idea valía la vida, es que Gasparini estuvo en la ESMA de casualidad y su relato casi permanente en tercera persona lo pone en otra vereda de la organización en que militara. De hecho acusa desde la vereda de enfrente.
Pues aquí, en el documental, la exclusiva culpa de la muerte de Paco Urondo la tiene no sólo la Conducción Nacional de Montoneros, sino directamente Firmenich.
Paco Urondo había sido penado por haber cometido una infidelidad. Y lo que llamativamente obvia el documental es que su pareja, Lili Mazzaferro, fue quien lo acusara ante la Conducción montonera y pidiera la pena más alta del código de conducta que regía en todas las organizaciones guerrilleras, entre otras, la infidelidad a la pareja/compañera, se lo penaba.
Esta es el único punto flojo del excelente documental, en cuanto a su producción.
Ahora bien, hay un elemento que recorre el trabajo desde su principio al fin que es lisa y llanamente lamentable, y no está demás ponerlo a debate.
El "Perro" Horacio Verbitsky tiene una participación, cuanto menos, patética. En primera instancia incurre en una falta de respeto, porque obviamente, Verbitsky culpa a la conducción montonera de la culpa de la muerte de Paco Urondo y demás males.
Efectivamente, Urondo fue visto saliendo de un hotel junto a su última pareja mientras compartía su vida con Mazzaferro, fue elevado a "juicio revolucionario", despromovido de su rango y se le dio un nuevo destino.
Entienda el lector, y haga el esfuerzo por leer esto en el marco de los ’70 y de una organización enfrentada con la Triple A y la Dictadura que dispuso casi toda su estructura para la represión sobre Montoneros.
Paco Urondo había aceptado la falta, tal como señala Miguel Bonasso en el documental "al artículo 16", pero pidió que no lo trasladaran a Santa Fe o a Mendoza porque allí sería fácilmente reconocible. Murió en Mendoza tragándose la pastilla de cianuro mientras lo perseguía vaya a saber quién, cuantos represores sin uniforme.
Criticar el traslado a un lugar donde sabía que sería una ratonera, bien vale el debate de semejante error, que con todas las letras fue una barbaridad.
Pero caer en la posición de Verbitsky supera lo patético si se es bien pensado y mal informado. Tal vez en realidad lo de Verbitsky sea una aproximación a su realidad canina.
El Perro, quien escribiera y comiera de su salario en el diario Noticias, de Montoneros, y participara de la célula de prensa e inteligencia ANCLA, de Montoneros bajo el mando de Rodolfo Walsh, oficial montonero, testimonia sobre la vida de Paco Urondo como si fuera un colega español de la sección Cultura del diario El País. Parece que el Perro no estaba.
El Perro va mucho más allá que Gasparini, porque para este tal vez queda la posibilidad que utilice el relato desde la ventana como un recurso literario. El Perro, a diferencia de Bonasso que demuestra al menos consecuencia y se hace cargo de su pasado militante, con aciertos y errores, habla desde afuera, acusa a una "conducción delirante" de la cual la mayoría no puede hablar porque fueron desaparecidos y apenas sobrevivieron tres de ellos. De movida, Perro, si el muerto no tiene posibilidad de réplica no se debería ser tan liviano a la hora de acusar. Para el Perro, estos errores era producto de "una mezcla de Clausewitz y Mao Tse Tung mal digerida". Para todos los amantes de los revolucionarios que leen esta nota, la pena "por desviaciones burguesas" al que comete "infidelidades carnales" no fueron inventadas ni por Firmenich, ni por Santucho, sino que estos las tomaron del Hombre Nuevo de Ernesto Guevara.
Además hay que tomar en esto una cuestión que se desprende lógica. No sólo Paco Urondo admitió su culpa aunque en desacuerdo, sino que sabía que dicho código de conducta existía. En términos más simples: si hacerse socio de un club de fútbol implica que los hombres vayan con polleras a la tribuna popular, hay dos opciones, hacerse socio o no. Urondo optó por ingresar a Montoneros, algo que para Vertbisky era raro "para un hombre tan inteligente". Bueno, la diferencia podría radicar en que Urondo estaba decidido por una revolución que no fue. Al Perro nadie lo vio cantar "vamos a hacer la patria socialista".
Pero cosa rara ver a un Perro hablar. Todavía queda en el tintero saber por qué, si es que fue cierto como circulaba entonces, Rodolfo Walsh lo agarró a golpes. Como también saber cómo, de cada atentado justo salía minutos antes a comprar puchos o vaya a saber qué, porque si algo demostró éste es su espectacular habilidad para no estar en los peores momentos. ¿Qué hay con la protección que le habría dado los servicios de inteligencia de la Fuerza Aérea? Aquí ya sería haberse pasado al bando del enemigo con bagajes y todo. A no ser que siempre estuviese de ese lado, quién sabe.
Nos vamos a caer aquí en la tradicional acusación de los servicios locales sobre el financiamiento del Perro por parte de la Fundación Ford, ligada a la CIA. El Perro, lo que sí es cierto, recibe en el CELS financiamiento de la National Endownment Democracy (NED), que según el New York Times y el Washington Post -no el Granma- es una fundación que funciona como ducto de la CIA para financiar partidos políticos como ocurre en Venezuela, como ocurrió en los países de la Europa Oriental para desestabilizar a los regímenes comunistas, la misma que hoy financia a periodistas en Irak para "crear la libertad de expresión" tras décadas de sometimiento de Saddam Hussein. Ni hablar de la sede "progre" de Clarín, que naciera con aportes que Manzano le diera a "Berny" Zanata/12, acusado hoy por Luis Majul de haber recibido dinero de Fernándo de Santibáñez cuando el delarruista estaba al frente de la...SIDE.
Hoy el Perro comenzó a tener una postura crítica del gobierno de Néstor Kirchner, a cambio de su posición inicial, que llegó ser considerado como "mentor de Kirchner" y demás.
Que se oponga a un gobierno no tiene absolutamente nada de malo, lo que siempre quedará en la nebulosa es si esto corresponde a un convencimiento por un análisis profesional, o porque quedó herido de que Miguel Bonasso sea el predilecto de la pareja K y quedara nuevamente en las sombras, perdiendo los favores presidenciales.
El Perro es despreciado en algunas culturas no porque sea más sucio que los gatos o vaguedades por el estilo, sino que se lo repudia porque el Perro sólo es fiel a quien le da de comer. No importa quién.

Fuente: www.rodolfowalsh.org, diciembre de 2005

Paco está entre nosotros

Presentacion de una biografia sobre Paco Urondo
Asociación Madres de Plaza de Mayo, junio de 2003

En la Biblioteca Julio Huasi, de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, fue presentado un importante libro que narra la vida y la lucha del gran Francisco "Paco" Urondo, hombre de palabra y acción, tal vez uno de los mejores poetas de la llamada Generación del 60. En el acto hablaron José Luis Mangieri, Carlos Aznárez, el autor Pablo Montanaro, y la voz del mismísimo Paco, leyendo sus poemas más extraordinarios.

Ocurrió el miércoles 18 de junio de 2003, a la hora del atardecer. Fue en la Biblioteca de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, que lleva el nombre de otro poeta, militante y periodista fundamental, Julio Huasi. Al día siguiente de cumplirse 27 años de su caída en combate, y en ocasión de la aparición de una minuciosa biografía escrita por el joven escritor Pablo Montanaro, se reivindicó la vida y la lucha, los sueños y los poemas de Francisco "Paco" Urondo.

Al acto de presentación de "La palabra en acción. Biografía de un poeta y militante" (Ed. Homo Sapiens. Rosario), asistieron José Luis Mangieri, poeta y editor de la legendaria revista "La rosa blindada", y Carlos Aznárez, escritor y periodista, compañero de Paco Urondo en la organización Montoneros. Además, intervinieron el autor del libro y, centralmente, el mismísimo Paco, a través de una emocionante cinta que contenía la voz del poeta en la lectura de sus versos más reveladores.

El primero en hablar fue José Luis Mangieri. El director de la célebre colección de poesía "Libros de tierra firme", expresó que "lo más importante es que Paco Urondo murió en combate. Paco Urondo no fue asesinado; es cierto, tomó la pastilla, pero murió en combate, que es muy distinto a decir que fue asesinado. Dadas las características de Paco, es la muerte que le correspondía". Además, destacó que "a Paco habría que sacarlo a la calle, ponerle su nombre a alguna plaza. Paco fue un combatiente que llegó como los famosos poetas surrealistas de París que lucharon con el cuerpo bajo la ocupación nazi y no solamente con sus versos". Tal como luego lo hizo Carlos Aznárez, Mangieri celebró que el libro haya sido realizado por un joven: "Me llama la atención la inquietud de Montanaro sobre Paco y especialmente que se acerque a un combatiente en un momento de una decadencia tan grande en todos los niveles, donde el Proceso está instalado, lo tenemos instalado".

A su turno, el director del periódico "Resumen Latinoamericano" reconoció que "el libro de Pablo Montanaro me gustó mucho, no sólo porque lo escribe un joven sino porque vengo notando que nuestra historia de lucha de los 60 y 70 la están escribiendo, en gran parte, una cantidad de farabutes que ni estuvieron, tampoco era necesario que estuvieran, pero por lo menos tuvieran respeto para contarla. Montanaro la ha contado bien, ha recogido los testimonios y nos ha edificado un Paco Urondo muy parecido a lo que realmente fue".

La alocución de Aznárez fue por demás emotiva porque incluyó no pocas anécdotas acerca de la acción política de Urondo. "A Paco tuve la suerte de conocerlo en la militancia, cuando estaba en las Fuerzas Armadas Revolucionarias y, sobre todo, cuando andaba huyendo por los caminos hasta que fue detenido con Lili Mazzafero y con el 'Jote' Koncurat. De pronto gran cantidad de gente que lo conocía se sorprendió porque no podían entender que fuera guerrillero y además fuera todo eso que contaban los diarios con exageración pero dando algunos datos que tenían bastante que ver con la realidad militante", recordó.

Enseguida remarcó que Paco "era jodón, era muy alegre. Todo lo que hacía lo hacía con una pasión desenfrenada. Cuando cae preso, poco antes de la amnistía a todos los presos políticos, obviamente nadie sabía que iba a salir tan rápido, él dedica con pasión a trabajar en una acción militante que fue supereficaz y que fue recoger los testimonios de los sobrevivientes de la Masacre de Trelew, en ese libro maravilloso, 'La patria fusilada', que leímos todos".

Justo cuando Carlos Aznárez estaba relatando el contexto que rodeó a aquel importantísimo libro sobre los fusilamientos en Trelew, ingresó al salón de la Biblioteca Hebe de Bonafini, la presidenta de las Madres, quien hasta ese momento había permanecido escaleras abajo, en el Auditorio de la Universidad Popular, en la proyección inaugural de un valioso film producido por egresados de la carrera de Periodismo.

Envuelta en su pañuelo blanco, Hebe pudo escuchar que "cuando Paco salió de Devoto nos llamaba la atención que lo hiciera con el pelo largo, con cara de preso de varios meses, de estar dando vueltas al patio y, sobre todo, cuidando ese bolso marinero. Le preguntábamos qué tenía en ese bolso. El contestaba 'esto es la bomba'. Tal cual. 'La patria fusilada' prestó un servicio tremendo para desenmascarar lo que había sido esa miserable dictadura lanussista que llevó a practicar ese fusilamiento en masa que aún está impune, porque todavía no apareció el Capitán Sosa, a quien todos los compañeros lo seguiremos buscando en nuestros sueños".

Carlos Aznárez también subrayó la etapa periodística de Urondo y evocó que "después estuvimos en el diario 'Noticias', que fue una experiencia de periodismo maravilloso. Era un diario bien hecho, bien escrito, con buen material y con una cantidad de gente enorme. Ahí estuvo Paco representando el cargo de coordinador, de director y mandamás. Lo hacía no sólo porque estaba trabajando con sus amigos, sus compañeros de toda la vida, sino también tenía un enorme respeto por aquellos que recién se iniciaban. Paco se tomaba el trabajo, a pesar de todas las responsabilidades que tenía, de guiarlos, conducirlos, no tirarles las notas al cesto de papeles, sino que se tomaba el tiempo que fuera necesario para corregirlos. Paco decía: 'Hay que hacer un periodismo que cuente lo que la gente hace, dice y tiene ganas de que se cuente'".

Además, su compañero en Montoneros recalcó que "obviamente, Paco pertenecía a una organización que era muy vertical, él respetaba esa verticalidad y se encuadraba cuando lo corregían o cuando le marcaban un error. Aunque no lo reconocía como un error, lo aceptaba porque venía de sus compañeros a los que les reconocía más mérito para marcárselo". De la misma manera destacó la capacidad militar de Urondo: "Era muy rígido cuando se disponía a plantear algo como una operación militar. Un tipo muy valiente. Lo interesante, y esto es lo bueno que cuenta el libro, muchos de nuestros compañeros lo tenían como un intelectual, en el concepto malo del intelectual. Subyacía la idea de que Paco no podría actuar en un enfrentamiento fuerte. Yo no participé de ninguna acción militar con Paco, pero tengo compañeros que sí lo han hecho y realmente agradecían tener un jefe militar como Paco, porque cuidaba hasta el último momento a su gente, porque lo más importante no era la acción a realizar sino el equipo de gente que estaba en la operación. En eso Rodolfo Walsh y Paco construyeron una relación con la organización, sobre todo con la base de la organización, que siempre le agradecían o pedían ir con ellos en los tantos ámbitos en que han estado de militancia".

Más adelante, Aznárez reconstruyó los días finales de Urondo y reveló que "cuando termina su paso por 'Noticias' y empieza la nueva experiencia de Informaciones, llega ese momento álgido para el cual hay una polémica de si lo mandaron o no lo mandaron al muere por ir a Mendoza. A nosotros nadie nos mandaba a hacer cosas que no tuviéramos ganas de hacer. Todo lo que hacíamos en la militancia política lo hacíamos porque queríamos estar en esa organización, porque nos comprometíamos con eso. A veces había excesos, errores, pero hay una parte de nuestra historia que se ha contado en el después, sobre todo cuando se empezaron a escribir libros que contaban la experiencia del 70 donde se quiere dejar esa imagen de que todos nuestros jefes nos mandaban al muere. Y no es así. Nadie iba al muere porque lo mandaban, uno estaba en una organización comprometida hasta las últimas consecuencias. Se cometían errores graves y también se pagaban esas culpas con los compañeros de base y otras veces con la muerte de algunos de los compañeros de la dirección; porque no todos los compañeros de la dirección de Montoneros o del ERP son los que sobrevivieron. Hay un montón de compañeros que fueron direcciones de esas organizaciones y estuvieron en la primera línea de combate hasta último momento. Y Paco era uno de ellos. Evidentemente Mendoza no era el lugar ideal para mandarlo, pero ya no había lugares ideales, todo el país estaba agujereado por la delación, por los servicios..."

Antes de terminar, también recordó a quien fuera la última compañera de Urondo, "Alicia Cora Raboy, una compañera que siempre reivindico porque la conocí y trabajé en distintos ámbitos de la organización. Alicia ha quedado siempre como la compañera de Paco, incluso algunos compañeros la miraban como 'La mujer de...'. Alicia se tomó la militancia en serio y le cambió la vida. Era muy disciplinada, honesta. A Paco, Alicia lo calmaba, porque Paco muchas veces volaba y Alicia lo bajaba a tierra. Y sobre todo le dio a su hija, Angela. Cuando nació Angela a Paco lo vimos cambiado, como que necesitaba ser padre otra vez y lo festejó con un entusiasmo que le hizo olvidar todos los agujeros negros que le estaba planteando en ese momento la militancia".

Para finalizar, Carlos Aznárez reflexionó que "hay que rescatar de Paco y de todos estos compañeros como Haroldo Conti, Rodolfo Walsh, Miguel Angel Bustos, que siendo brillantes intelectuales nunca se dejaron ganar por esta aureola de intelectualidad y cuando hubo que pasar a la acción directa, porque no había otra vía o forma de combatir a los enemigos, tomaron el camino de las armas. Y si hubiéramos ganado la revolución, hubieran sido maravillosos constructores. Hay que decirlo, estuvimos ahí del triunfo y porque estuvimos ahí nos pegaron con la ferocidad con que nos pegaron, porque estuvimos arañando el cielo. En ese sentido Paco nos dejó un legado de vivir con coherencia y con alegría las cosas que se hacen".

Para que el mundo entrara en la historia de la alegría

Junio en la vida y muerte de Francisco Paco urondo

INVITACIÓN DE LA ASOCIACION MADRES DE PLAZA DE MAYO

Francisco Paco Urondo fue poeta y periodista. Militante revolucionario peronista de la organización Montoneros, que cayo en combate contra la dictadura militar uno de estos días de junio pero del 1976, cumplidos sus 46 años de edad.

Para Paco nunca hubo contradicciones entre la militancia por una patria justa, libre y soberana, y la condición de escritor. En sus poemas se puede ver la profunda unidad de vida y obra que un autor y sus textos pueden alcanzar. No hubo abismo entre experiencia y poesía para Urondo. -Empuñé un arma porque busco la palabra justa, dijo alguna vez.

En Montoneros, Francisco Urondo, pertenecía al equipo de prensa.

En 1975 junto a Rodolfo Walsh se ponen a trabajar en la confección de una respuesta al golpe militar que ya se veía venir. Dicho plan no apuntaba a un improbable freno al golpe, sino a una respuesta orgánica que dificultara el despliegue inicial de los militares, las primeras 48hs. El documento fue llevado a la dirigencia de la organización, la cual nunca llegó a ejecutar la propuesta de los compañeros, sino que implementó otro plan de operaciones, para el cual no fueron llamados a discutir ni Walsh ni Urondo. Por consiguiente la prensa montonera siguió funcionando como si hubiera un futuro electoral: pensando en una revista e incluso en un diario! Esto, naturalmente, traía como consecuencia la necesidad de mantener más o menos congregado un aparato importante, con grandes locales, imprentas, etc. Un blanco terriblemente fácil para el enemigo.

En mayo de 1976, la organización, decide trasladar a Paco a Mendoza. Un error según opiniones actuales y contemporáneas, ya que dicha provincia desde 1975 era una sangría permanente. El 17 de junio, en un contexto de derrota, cae Francisco Urondo como consecuencia de una cita envenenada.

El compañero y amigo Rodolfo Walsh, así relata el momento:...:

- Hubo un encuentro con un vehículo enemigo, una persecución, un tiroteo de los dos coches a la par. Iban Paco, Lucía con la nena y una compañera. Finalmente el Paco frenó, buscó algo en su ropa y dijo: -Disparen ustedes. Luego agregó - Me tomé la pastilla y ya me siento maL. La compañera recuerda que Lucía dijo: - Pero papi, por qué hiciste eso. La compañera escapó entre las balas, días después llegó herida a Buenos Aires.

Paco, poeta, periodista y militante peronista escribió:

.....Y la historia de la alegría no será
privativa, sino de toda la pendencia
de la tierra y su aire, su espalda y su perfil, su tos y su
risa. Ya no soy
de aquí; apenas me siento una memoria
de paso. Mi confianza se apoya en el profundo desprecio
por este mundo desgraciado. Le daré
la vida para que nada siga como esta.

---------

Dijo Juan Gelman de Paco Urondo:

-También luchó con y contra un sistema social encarnizado en crear sufrimiento, para que el mundo entero entrara en la historia de la alegria. Las dos luchas fueron una sola para él. Ambas lo escribieron y en ambas quedó escrito.

En estos dias de Junio, mas precisamente el miercoles 18 de junio a las 19.30 hs. en la Biblioteca Julio Huasi de la calle Hipólito Irigoyen 1584 de la Ciudad de Buenos Aires la Asociación de Madres de Plaza de Mayo presentaba un libro titulado Francisco Urondo, la palabra en acción - Biografía de un poeta y militante escrito por Pablo Montanaro.

Fuente: NAC&POP

"Paco Urondo era lo menos parecido a un guerrillero"

Osvaldo Bayer, fragmento de un reportaje de Ana Bianco

"En el documental, usted afirma que ERP y Montoneros habían tomado su libro sobre Severino Di Giovanni como una especie de obra de cabecera. ¿Cómo evalúa hoy esa época?
"Fue un período que viví intensamente. Mucho de mis mejores amigos estaban metidos en la guerrilla. Paco Urondo trabajó al lado mío durante dos años, en la redacción de Clarín. En mis encuentros con Rodolfo Walsh yo le decía que ellos eran los mejores, pero que los iban a matar. Que la represión era diez veces mayor en fuerzas, y que era necesario cuidar a la juventud argentina. Otros, que no eran mis amigos, me llamaban "el burguesito", acusándome de ser responsable de una interpretación libertaria de la vida que no podía llegar jamás a la revolución. Desgraciadamente, los hechos me dieron la razón y no porque yo viera tan claramente esa época. Con Rodolfo nos habíamos conocido en Cuba. Por eso quiero escribir una segunda novela, que se va referir a finales de los '60 y principios de los '70. No puedo contar mis polémicas con Paco ni con Rodolfo, porque ellos no están. Tampoco puedo reproducirlas y adjudicarles expresiones, con lo que lo voy a hacer a través de personajes que el lector pueda reconocer. Teníamos hermosas discusiones, eran realmente de lo mejor. Paco Urondo era lo menos parecido a un guerrillero. Yo no sabía que había tomado esa línea. En un encuentro en Berlín con Manuel Puig, el novelista, recibimos la noticia de su muerte, en Mendoza. Puig me contó, con algo de indignación: "Tengo que contarte, Osvaldo, que las crónicas dicen que Paco era Montonero". Yo, para tranquilizarlo, porque sabía que le podía dar un ataque de nervios, le dije que no que estaban mal, que Paco era del ERP. Puig me dio un gran abrazo y me dijo: "Que alegría que me das". Es que Puig era muy antiperonista.

Paco es la mitad de mi vida, le tengo un profundo respeto

Beatriz Urondo, hermana del poeta y militante asesinado por la dictadura, recuerda su calvario para recuperar el cuerpo.

Por Ana Bianco

Francisco "Paco" Urondo (1930-1976) tuvo una vida intensa. Era un reconocido poeta de la generación de los años ’60 y ’70, novelista (Los pasos previos), cuentista, dramaturgo, ensayista (Veinte años de poesía argentina), guionista de cine y televisión y periodista, responsable junto a Juan Gelman del suplemento cultural del diario La Opinión (1971), secretario de redacción del diario Noticias (1973) y autor de La patria fusilada (reportaje a tres sobrevivientes de la masacre del 22 de agosto de 1972 en Trelew), que realizó mientras estaba preso en la cárcel de Villa Devoto, en 1973. Urondo, un intelectual comprometido, se integró a la organización guerrillera FAR a comienzos de los años ’70 y aceptó, en contra de su voluntad, un destino en Mendoza. Murió combatiendo el 17 de junio de 1976 en Guaymallén, en una redada en la cual Alicia Rabboy, su esposa, fue secuestrada y continúa aún desaparecida, y Angela, su hija, sobrevivió. El documental Paco Urondo, la palabra justa, dirigido por Daniel Desaloms, revaloriza la figura de Urondo y entre los entrevistados destaca a Beatriz (80 años) hermana de Paco, una testigo importante. En una charla telefónica desde Merlo, San Luis, Beatriz Urondo compartió con Página/12 la odisea que soportó para recuperar el cuerpo de su hermano y rescatar a su sobrina, Angela. El director Desaloms se refiere al testimonio de Javier, hijo de Paco, frente al estreno de hoy en el Cosmos [10/11/05].

Beatriz llegó a Mendoza con Teresa, la madre de Alicia Rabboy, y empezó su peregrinar: "Visitaba el Comando del Ejército dos veces por día, iba vestida con un tapado de piel y con alhajas, como si fuera una oligarca, y recibía reiteradamente la misma respuesta: ‘Desconocemos el hecho’. En una de esas visitas había observado a un hombre de civil que me miraba con lástima. Y fue él quien me dijo que el cuerpo de Paco estaba en el Hospital Cevit, y también agregó que no sabía nada de la señora, pero que me iban a entregar a la nena. Llegamos al hospital con Teresita y nos impedían entrar porque había finalizado el horario de visita. A un milico le dije que pensaba entrar igual, que si quería me diera un tiro por la espalda. Adentro escuché que unos hombres con botas de lluvia y palas hablaban de un periodista, bien empilchado y con un reloj tan lindo, que no lo iban a poder enterrar en la fosa común, porque la hermana lo reclamaba. Me dirigí al forense, que no sabía nada del hecho, le mostré una foto y le insistí que me mostrase los registros, hasta que finalmente trajo un cuaderno Tamborcito sucio y de mala muerte donde constaba: 17 de junio, alrededor de las 18 horas, NN sexo masculino. Un policía me acompañó a reconocerlo, yo fingía estar enojada por ser mi hermano la oveja negra de la familia. Paco estaba ahí desnudo en la morgue, y pensé: ‘Qué frío debe haber tenido’. Le habían robado la vida..."

Beatriz necesitaba la constancia de defunción: "Le pedí al forense la partida de fallecimiento y figuraba como NN. En Tribunales me enteré de que para ponerle el nombre correspondía iniciar un juicio y eso demoraba mucho tiempo. Yo quería terminar con todo lo antes posible y todavía me faltaba recuperar a mi sobrina Angela, de once meses. En el juzgado argumentaban que faltaba una firma de Minoridad y Familia y me dio un ataque de nervios. Ellos se comunicaron por teléfono con las autoridades de Casa Cuna de Godoy Cruz. Acudí allí y empecé a los gritos a desahogarme, hasta que me dieron a Angela bajo mi responsabilidad. La directora se había encariñado con Angela y la llevaba a dormir a su casa. La tenencia provisoria la tuvo Teresita, su abuela, y aunque resulta increíble, ella la dio en adopción a una prima de Alicia que no tenía hijos. Era un hecho consumado. Volví a ver a Angela a los 18 años, cuando la contactó Javier, el hijo de Paco".

Beatriz, Teresa y Angela tomaron finalmente un avión en el aeropuerto con los restos de Paco: "En el Plumerillo, el féretro fue puesto en una cureña hasta subirlo al avión y una doble fila de soldados lo custodiaba. La situación era paradójica. El avión estaba iluminado y lo revisaban centímetro por centímetro. En el hall revisaban los bolsos de mano de los pasajeros y eso generó una reacción en la gente. Llegamos y fue enterrado en el cementerio de Merlo, Buenos Aires, como NN, a fines de junio de 1976, hasta que en 1983 le devolvieron su identidad".

–Usted menciona en la película una carta que nunca le entregó a su hermano.
–Sí, una carta que le escribí cuando estaba preso y le decía simplemente que lo quería. Pensaba dársela en alguna visita o cuando saliese de la cárcel, pero no se la di. Estoy escribiendo Mi hermano y yo, un libro de anécdotas, que abarca desde el nacimiento de Paco en Santa Fe hasta su muerte. A mi hermano lo amaba y cuando nació jugaba con él como si fuese un juguete. Yo escribía, pero Paco nunca se enteró. Paco es la mitad de mi vida. Le tengo un profundo respeto como poeta. Era jodón, simpático, prepotente, machista, y conmigo era muy protector. Soy docente y no pude aspirar a una dirección por mi apellido. Me presenté a concurso varias veces, hasta que finalmente me percaté de que estaba en una lista negra. Presenté la renuncia y me jubilé. La familia no estaba enterada de la actividad política de Paco hasta que cayó preso en 1973. No sabíamos por qué habían mermado sus visitas. Luego desaparecieron Claudia, la hija de Paco, y "Jote" Koncuart, su marido, en diciembre de 1976. La película la vi dos veces y está realizada con mucho respeto. El poema con la voz de Paco, dedicado a los hijos y grabado en Cuba a modo de despedida, es premonitorio y me hace llorar...

El testimonio de Javier

En el documental, uno de los principales testimonios es de Javier, hijo de Paco, que hace un relato personal y político muy reflexivo. El director Daniel Desaloms dice de Javier: "El se quita jerarquía intelectual y dice que es simplemente un cocinero. Pero es brillante en su análisis sobre la realidad política de esos años. En febrero del ’73 fueron detenidos en Ingeniero Maschwitz Iván Roqué, Lili Mazzaferro, Alicia Rabboy y Paco. La policía allanó el domicilio de Chela Murúa, ex esposa de Paco, que vivía en Colegiales, y la llevaron detenida, a pesar de que no participaba en política y estaba separada de Paco desde 1959. Cuando llegó a su casa, Javier se encontró con efectivos policiales y, desesperado, tomó un tren para llegar a Maschwitz: encontró la quinta con la luz prendida y la policía adentro, y se escapó por un alambrado. Javier era un chico de apenas 12 años y se ocupó de hacer los llamados a los amigos y a los abogados para informar de la detención. Tuvo una historia muy intensa".

Fuente: Página/12, jueves, 10 de Noviembre de 2005

Poeta de tiempo completo

Por Juan Sasturain

Hay que tener humor, corazón y huevos –y saber que se los tiene– para publicar en vida los Poemas póstumos y cerrar el libro que reunía Todos los poemas (De la Flor, 1972) con estos versos, los finales de "Solicitada": "Yo no soy / de aquí; apenas me siento una memoria / de paso. Mi confianza se apoya en el profundo desprecio / por este mundo desgraciado. Le daré / la vida para que nada siga como está". Y hacerlo. Porque ese hombre que murió desguarnecido pero con las armas en la mano apenas cuatro años después, sabía y respetaba el valor de las palabras. Era un hombre entero, y un escritor en serio.

Ahora, cuando se lo leía poco, llega la bienvenida película. La reedición que hizo Adriana Hidalgo hace unos años, de Los pasos previos, su única novela –"una crónica jodona, capaz que dramática, de las perplejidades de nuestra inteligencia ante el surgimiento de las primeras luchas populares", la definió Walsh– nos devolvió un texto que como La canción de nosotros, de Galeano, e incluso el Mascaró, de Conti, son más representativos y sintomáticos de la época que de los autores. Porque Urondo, que fue periodista y de los buenos –y ahí está La patria fusilada (1973) para testimoniar el oficio–, frecuentó el ensayo literario como cronista y lector atento de su generación, pero fue sobre todo poeta y, en este caso sí, de los mejores.

Es cierto que últimamente –tres décadas...– se lo ha leído salteado y con anteojeras ideológicas reversibles: la predisposición celebratoria ante el poeta militante victimizado o el prejuicio frente a una palabra que se supone meramente instrumental. Claro que tampoco estaban los poemas a mano para verificar. Después de aquella edición de De la Flor, poco y nada anduvo por las librerías. Hasta que hace unos años, a fines de los noventa, Juan Gelman armó para la editorial Seix Barral una hermosa antología de su amigo. Es la que anda por ahí, se llama Poemas de batalla y al seleccionador no le gustó el título elegido finalmente por alguien que no era él (ni Paco, claro). Y con razón: da una idea algo estrecha del contenido del libro y sobre todo de la actitud del autor a la hora de versear. Acaso se debió precisar un detalle: durante veinticinco años de leer, escribir y publicar poesía, la primera batalla de Urondo –no la única, por supuesto– fue por la expresión justa y contra la estimulante opacidad de las palabras. "La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado / por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta", escribió en La pura verdad, a mediados de los sesenta, para concluir: "Sin jactancias puedo decir / que la vida es lo mejor que conozco". Algo que la misma vida podría haber dicho de él.

Fuente: Página/12, jueves, 10 de Noviembre de 2005

La vida y la muerte en la revolución (1)

Por Nilda Susana Redondo

"Decime una cosa, Simón: ¿a vos te gusta la gente?" No, así como estaban, no. A él le pasaba lo mismo; a Mateo también. A Marcos, seguramente, quién sabe, al mismo Che: sin embargo se arriesgaron por esa gente, por esos hombres insatisfechos; murieron por ellos"
Francisco Urondo. Los pasos previos. 1971

¿Qué estaba pensando Urondo (2) a inicios del ’70 respecto de la función del arte, la poesía, la cultura, la revolución, la vida y la muerte? Para buscar respuestas vamos a mirar algunos textos significativos: la novela Los pasos previos, escrita en el ’71 y publicada en el ‘73; Trelew. La Patria Fusilada, reportaje publicado por Crisis en el mismo año y que Urondo ha realizado a los tres sobrevivientes de la masacre perpetrada el 22 de agosto de 1972, un día antes de la liberación de todos los presos políticos (3) que se concreta en el inicio del gobierno de Cámpora; y un artículo referido a la vanguardia y los intelectuales en la revolución, que publica en septiembre del ‘74 junto a algunas poesías que pertenecen al libro Cuentos de Batalla (4).
La Patria Fusilada expresa la línea peronista del revolucionario Urondo y pone en evidencia una tensión entre populismo y vanguardia. Se plantea que la acción represiva, que se viene produciendo desde el 16 de junio de 1955, busca "separarnos a nosotros de Perón y del pueblo": es decir a la formación de vanguardia guerrillera del líder y la masa e impedir el proceso electoral. Creen que si Perón es desplazado, el peronismo se puede integrar al sistema. La guerrilla está definida como "una expresión política del pueblo en condiciones de represión y de opresión extremas". Ha sido aceptada por el pueblo a pesar de estar integrada por militantes cuya extracción de clase no es popular u obrera porque "el pueblo mismo tenía experiencia de violencia y de lucha que venía haciendo por sí solo" y porque lo que importa es la inclusión de clase. Así es como la masacre de Trelew genera una reacción popular tan importante que coloca a la dictadura en retirada.
Hay una fascinación por Perón y su tacticaje: Se alaba el "juego pendular" del líder y se lo considera superior a Lanusse, luego de colocarlos en una escena como de duelo personal:

"M. A. B.: Lo que pasa es que el juego pendular de Lanusse es una cosita ...
F. U.: Este no es un problema de simetría sino un problema de dialéctica.
R. R. H.: Me inclino a pensar que el que llevaba la manija era el general Perón.
M. A. B.: ¡No tenemos líder, eh! "

En Crisis, en 1974, sostiene que la vanguardia debe existir para modificar el estado de cosas y tiene que construirse no solamente en el terreno político sino también en el cultural porque actúan en permanente interrelación. Hay que colocarse en el momento histórico, conocer el estado de situación para no actuar a espaldas de la realidad que, desde su punto de vista, sería la forma de hacer política del ultraizquierdismo, y que lleva al vanguardismo, es decir al desprendimiento del conjunto de la sociedad aunque advierte también que no hay que caer en el populismo. En ese facilismo de decirle al pueblo todo el tiempo que sí.
Le da principalidad al rol del intelectual en el movimiento revolucionario de vanguardia pero dice que los intelectuales tienen "un enemigo difícil de aislar y de aniquilar. Ese enemigo son ellos mismos. O dicho de otra manera, a estos trabajadores de las ideologías, lo que más les obstaculiza la tarea es la propia ideología."
Otro tema que aparece en este artículo es su concepto de la muerte. Urondo, lejos del "culto a la muerte", sostiene:
"El Che decía que la revolución es un acto de amor. Y es cierto, porque los actos de amor requieren entrega y lucidez".
"Osar morir da vida", me recordaba Lezama Lima que alguna vez dijo José Martí. Cuando se considera a la vida una propiedad privada, sólo el heroísmo, con su carga de posteridad o, en el mejor de los casos, de búsqueda de inmortalidad, permite la osadía de ponerla en riesgo. Pero el sentido de la osadía que propone Martí no es individualista, sino que responde a una concepción ideológicamente más generosa. Porque la vida no es una propiedad privada, sino el producto del esfuerzo de muchos. Así, la muerte es algo que uno no solamente no define, que no sólo no define el enemigo ni el azar, que tampoco puede ponerse en juego por una determinación privada, ya que no se tiene derecho sobre ella: es el pueblo, una vez más, quien determina la suerte de la vida y de la muerte de sus hijos."
Esta misma reflexión van a realizar sus personajes de Los pasos previos. Es una concepción comunista: la vida y la muerte son hechos colectivos. Además este concepto está en toda la lógica de la época en el sentido de que en la prolongada tarea en pro del triunfo de la revolución y por la liberación de la humanidad, las clases dominantes, a medida que aumenten los niveles de lucha, van a aumentar los niveles de tortura, represión y barbarie, y por lo tanto también crece el riesgo de morir.
Se entrecruzan en la novela textos de ficción con entrevistas que le hacen en Cristianismo y Liberación a Raimundo Ongaro de la CGT(A) (5), y textos de Rodolfo Walsh, o escritos en conjunto por Ongaro y Walsh. Estos discursos ponen en escena la cantidad de discusiones que se daban en la Argentina en el ’66,’67,’68 en relación a si era posible o no la lucha armada, de qué manera tenía que llevarse adelante; si el foquismo y la guerra revolucionaria de Guevara, tal como se había expresado hasta su muerte en Bolivia, debía tener modificaciones o no; cómo debe evaluarse la experiencia de guerrilla urbana que están desarrollando los Tupamaros en el Uruguay; cuál era el papel de los intelectuales en la revolución y cuál, el rol de Cuba. Se contrastan las visiones de la nueva y la vieja izquierda, con clara inclinación hacia la nueva y presentando a la vieja como encerrada en dogmas que no le permiten el encuentro con la realidad como por ejemplo, no puede comprender el cordobazo. (continúa en pág. 14)
En el relato ficcionalizado aparecen artistas, intelectuales, actrices, actores, pianistas, escritores que llevan una vida bohemia, de halago para el propio cuerpo; y en determinado momento algunos de ellos se van a integrar a la lucha armada. Además se van presentando escenas eróticas y de enamoramientos a medida que se desarrolla la propia militancia. Urondo se atreve de esta manera a romper con el modelo del militante puritano que debe renunciar al goce de la vida para desarrollar su militancia. Y lo hizo no sólo con las temáticas que circulan por sus escritos sino además en su vida práctica.
Paco era un tipo lleno de vida que sin embargo eligió morir para no delatar a sus compañeros. Entendía su muerte como un mandato colectivo y le horrorizaba lo que podía significar la tortura en cuanto a romper las barreras de las personas y obligarlas a delatar a otras; probablemente desde esta perspectiva del horror a la delación es que tenga que interpretarse la cuestión de la pastilla de cianuro en Urondo (6). No desde el punto de vista del culto a la muerte y no tampoco de lo que quería la organización Montoneros, respecto de lo que ellos consideraban debían ser héroes inquebrantables; justamente Urondo lo que estaba pensando es que él no era inquebrantable, y que lo que no quería hacer era delatar porque le parecía el acto más indigno.


Notas:

(1) El trabajo forma parte de una investigación poético-ideológica que la autora inició recientemente.
(2) Francisco Urondo nació en Santa Fe en 1930. En la década del ’50 fue frondizista; al inicio de la gestión de Arturo Frondizi, en 1958, fue Director de Cultura en la provincia de Santa Fe. Como toda la intelectualidad progresista que había apoyado a Frondizi, se alejó rápidamente dado el rumbo reaccionario que tomaba el gobierno. Luego participó en el Movimiento de Liberación Nacional, hasta su opción por la lucha armada, a fines del ’60. Su producción artística es enorme. Participó en revistas poéticas: Poesía Buenos Aires en la década del ’50 y Zona de poesía Americana, luego. Escribió obras de teatro, ensayos referidos a la literatura argentina contemporánea; fue guionista de películas, adaptó novelas a la televisión. Trabajó en diarios como Clarín y La Opinión y revistas como Panorama.
(3) Urondo había sido apresado en febrero del ’73, junto a Lili Mazaferro, su hija Claudia; el compañero de su hija, Mario Lorenzo Koncurat, y Julio Roqué cuando las fuerzas represivas descubren la quinta que Urondo había alquilado por resolución de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) a las que pertenecía desde 1970, con el objetivo de realizar reuniones con Montoneros con los que estaban en tratativas para la fusión que pronto se plasmaría.
(4) Llevaba con él estos poemas cuando lo abatieron. Escribió siempre, nunca dejó de escribir. Es decir, con su práctica rompió el prejuicio respecto de que hay una disociación elemental entre la militancia política revolucionaria, la toma de las armas, el ser un combatiente y el ser poeta y dedicarse al arte y la cultura.
(5) CGT de los Argentinos, del sindicalismo combativo, formada en 1968. Perseguida por la dictadura de Onganía, sobrevivió hasta principios del ’69. El secretario general fue Raimundo Ongaro; responsable de la prensa, Rodolfo Walsh.
(6) Incorporado ya a Montoneros y teniendo a cargo prensa de Noticias por 1975, Urondo se enamora de una joven: Alicia Cora Raboy, del mismo diario. La cúpula de la organización aprovecha la oportunidad para degradarlo con el argumento de que ha violado el código interno de ética, moral y buenas costumbres; por infidelidad, pues él aún vivía con Lili Mazaferro. Resuelve enviarlo a Mendoza, donde (como relatan Walsh y Verbitsky) había un alto nivel de represión y gran desarticulación en el grupo: ese traslado significaba ser colocado en riesgo de muerte. Urondo acepta ir allí por mayo del '76 y rápidamente muere en una encerrona policial. Iban en un Renault 6 con su esposa Alicia Cora Raboy, con la bebita de ambos, Angela y con una compañera montonera. Urondo tenía armas en el baúl pero no puede detenerse para buscarlas. Cuando comienzan a tirotearlos se defienden con armas cortas pero finalmente Urondo les dice a las mujeres que intenten escapar. El tiene un tiro en la espalda; cuando el auto se detiene por el impacto de las balas, ingiere una pastilla de cianuro (recomendación de Montoneros), igual lo rematan con otro tiro. La Turca escapa y Alicia intenta entregar la bebita a un hombre que estaba ahí, dueño de un taller. Ella es secuestrada, no aparece en el parte de la policía. Finalmente a Angela se la lleva la policía y la colocan en una casa cuna. El comisario coronel Sánchez Camargo envía a su responsable la siguiente nota: "remite a un menor lactante hija presunta de N.N. y de N.N. quien en la fecha fuera abandonada en un automóvil mientras se realizaba un procedimiento en este servicio con conocimiento de las autoridades de la 8° Brigada de la Infantería de Montaña. Tanto ella, la progenitora, como su padre, al ser evocados por la policía abandonaron a la niña dejándola en total desamparo material y moral. . ." (2003, 158/9) En Los Andes la noticia se tituló: "Abatieron en Mendoza a un delincuente subversivo".

Bibliografía:

Urondo, Francisco.

*Los pasos previos, Bs.As. Adriana Hidalgo editora S.A., 1999.
*Poemas de batalla. Antología poética 1950-1976. Selección y prólogo de Juan Gelman. Bs.As., Seix Barral, 1998.
*"La patria fusilada. Testimonios de María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y René Haidar, sobrevivientes de Trelew", Bs.As., Crisis N°4, agosto 1973.
*"Textos y Poemas", Bs.As., Crisis N°17, setiembre 1974.


Referidos a Urondo

*Freidemberg, Daniel, "Dossier Urondo" en Diario de Poesía N° 49, Bs.As., otoño 1999.
*Montanaro, Pablo, Francisco Urondo. La palabra en acción. Biografía de un poeta y militante. Bs.As., Homo Sapiens ediciones, 2003.

Nota publicada en la edición Nº 57 (enero de 2004)

Fuente: www.primerodeoctubre.com.ar



Su obra poética comprende Historia antigua (1956), Breves (1959), Lugares (1961), Nombres (1963), Del otro lado (1967), Adolecer (1968) y Larga distancia (antología publicada en Madrid en 1971). Ha publicado también los libros de cuentos Todo eso (1966), Al tacto (1967); Veraneando y Sainete con variaciones (1966, teatro); Veinte años de poesía argentina (ensayo, 1968); Los pasos previos (novela, 1972), y en 1973, La patria fusilada, un libro de entrevistas sobre la masacre de Trelew del '72. Es autor en colaboración de los guiones cinematográficos de las películas Pajarito Gómez y Noche terrible, y ha adaptado para la televisión Madame Bovary de Flaubert, Rojo y Negro de Stendhal y Los Maïas de Eça de Queiroz. En 1968 fue nombrado Director General de Cultura de la Provincia de Santa Fe, y en 1973, Director del Departamento de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Como periodista colaboró en diversos medios del país y del extranjero, entre ellos, Primera Plana, Panorama, Crisis, La Opinión y Noticias.


Amarla es difícil

Es buena, cuando duerme;
el calor de su cuerpo es un puñal de vidrio
que remonta los sueños.

Cuando calla, es buena
y su voz una premonición olvidada y peligrosa
que arruina el silencio.

Cuando grita o llora
o se lamenta o se divierte o se cansa,
nada puede contener
este dolor alegre que envenena
mis sueños y mi soledad.
Por eso es difícil pensar
en ella, en su cara bondadosa;
abandonarse; por eso
es una cobardía retenerla
y dejarla ir, una pavorosa crueldad.
A veces, cuando lo pienso,
no sé qué hacer con ella,
con este destino luminoso.


Dos lineas de fiebre, mareas y pronósticos

Oigo tu paso que se acerca o se
despide; revolcar la sangre, el odio; conocer,
reconocernos. Saber para qué sirven
los fracasos, las victorias del amor. Dejar
que a tu rincón se siente quien no debe sentarse.

Sin poder iluminarte; embarazada, sepultada,
mejor que valga la pena, que todo salga bien. Perdón
y desconfianza: tu pesado calor
es una muela de reproches
y agradecimientos y ternuras y miedos.

Rastro luminoso y cálido, perdido
para encontrarme. Rastro de la verdad que alcanzo
a tocar, rescatado por mi flagrancia vacilante, hirviendo
de terror. Rostro que levantamos para destrozar.

De una punta a la otra de la verdad,
voy a levantar tu nombre, como si fuera mi brazo derecho.


Del otro lado

Cuando estuvimos desesperados, alguien
contó la historia.

No se la puede escuchar serenamente, tiemblan
las manos, el corazón se encoge de dolor;
da un poco de miedo mirar a la gente, detenerse.

Ocurre lo de siempre.

Estábamos perdidos y la historia era confusa. Nada
tenía que ver con la certeza, ni
con el muslo de la bataclana. No
intervinieron traiciones; no es
una vulgar historia de fervores o de mantenidas.

Tu mano es necesaria para sobrellevarla. También
aquella vez (siempre aquella vez) apagaron
las luces y fue necesaria la presencia de tu mano.

Nos apretamos las manos en la sala impenetrable, temblamos
ante la cólera que aún no se había manifestado, que nunca
llegaría a marcarnos como sospechábamos, sino
de otra manera. Nuestras manos
procuraban ordenar el temblor, dominar el doloroso pánico;
y todo porque Humphrey Bogart había resucitado.

Estábamos perdidos en aquel
cine y él no era como el redentor; su cruz
no era un mandato, era
la inteligencia del hombre, era la resurrección
de la ciencia y de nuestros queridos finados.

Hace mucho que nos pasó esto; la mano
fría del cadáver impenitente
rozaba los sueños,
acariciaba nuestros tiernos rostros despavoridos.

Desde aquella vez no sabemos qué hacer con las historias,
con los muertos que no aceptan su desdichada condición, no
sabemos qué hacer con el miedo; no sabemos
encontrar nuestras manos, nuestra
tristeza. El mundo inconsistente.

Hubo muchas anécdotas como ésta ¿Quién
no tiene cosas horribles que contar? ¿Quién no tiene
su historia? Pero nadie supo qué decir, nadie supo
qué hacer, cuando alguien contó la historia.

Seguramente al escucharla buscarás una mano; será
como antes, pero enseguida
intentará olvidar que estuvimos tristes o asustados.

Tampoco sabrás qué decir cuando se haga tarde; lo de siempre:
tendrás ganas de llorar, y nada más.

Nadie esperaba una historia como ésta, tan lamentable ¿Por qué
no llorar entonces? ¿Por qué no perderse en la
espesura de la sala?

Se derramará sobre tu memoria,
como el alcohol que se vuelca entre los nervios y la madrugada;
la historia sobrevolará tu linda cabecita,
será un cuervo que sacudirá tus entrañas corrompidas,
que despeinará cariñosamente tu pelo


Cada día que pasa

Sin excepción, casi por naturaleza o desatino,
todos los días, a la mañana, temprano,
ando por este camino. Llego tarde al trabajo y con
alegría, cuando
es necesario llegar más temprano
y con indignación o repugnancia o sed
de venganza o rabia. Todo esto
no me martiriza ni me apena, aunque parezca
lo contrario y tenga olor a traición; sé muy bien,
con toda impaciencia, que el ocio
llegará algún día con la revolución. Y que ni una cosa
ni la otra vienen de la tristeza o de la impotencia.

Voy cansado, es cierto, harto como todo el mundo que se precie,
o con desaliento; pero nunca falta
alguna cosa, un olor,
una risa que me devuelva,
para valer la pena; recién entonces empiezo a convencerme;
calles sucias y bocinas y el tráfico
alucinado y dormido todavía; viejos conocidos,
como el destino
o la bruma de la ciudad. Y
el mal semblante; la desconfianza
en los ojos, en los grandes ojos de la gente
hechos para volar. Manos enrarecidas
que rodean
la calle sitiando su respiración. Dominados
del mundo; empleadas
tersas y vulgares bajando
de coches lujosos de los dueños
de otras empleadas, y así sucesivamente.


La pura verdad

Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.

Después de todo y de pensarlo bien, no tengo
motivos para quejarme o protestar:

siempre he vivido en la gloria: nada
importante me ha faltado.

Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado
de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor
y miedo y apremio.

Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve
sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.

Me averguenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe,
melancólica, débil, poco interesante,

un abanico de plumas que el viento desprecia,
caminito que el tiempo ha borrado.

Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin
darme cuenta, voy iniciando
una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a
cualquiera o aburrir de golpe.

Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi
memoria ha muerto y se queja
con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.

El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme,
pero lo he derrotado
para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algun día.
Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la
Cenicienta, aunque algunos

me recuerden con cariño o descubran mi zapatito
y también vayan muriendo.

No descarto la posibilidad
de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.

La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado
por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.

Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud
y en mi destino y en la buena suerte:

sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido
y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.

Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;
compartir este calor, esta fatalidad que quieta no
sirve y se corrompe.

Puedo hablar y escuchar la luz
y el color de la piel amada y enemiga y cercana.

Tocar el sueño y la impureza,
nacer con cada temblor gastado en la huida

Tropiezos heridos de muerte;
esperanza y dolor y cansancio y ganas.

Estar hablando, sostener
esta victoria, este puño; saludar, despedirme

Sin jactancias puedo decir
que la vida es lo mejor que conozco.


Bar "La Calesita"

Es el fondo de un bar. Es un lugar parecido a una
cueva donde uno se sienta, bebe y ve pasar a
hombres enrarecidos por distintos problemas. Es una
gran linterna mágica.

Es una gruta retirada del mundo que cobija a sus
criaturas. Uno se siente allí ferozmente feliz.

Acaba de aparecer el primer hombre, apenas ha
aprendido a caminar, aún no sabe defenderse.

El hombre sonríe y llora y sigue la fiesta.


El ocaso de los dioses

No hay nadie en la calle, en los ruidos húmedos, en el
vuelo de las hojas y mis pasos quieren reiniciar
las maderas de la adolescencia.

Pero todo está abandonado, no hay nada que pueda
favorecernos; ningún aire de inconsciencia, ningún
reino de libertad. Sólo hábitos tolerantes haciendo
crujir nuestra memoria. "Ha estado bien", decimos.

Dueños del incendio, de la bondad del crepúsculo,
de nuestro hacer, de nuestra música, del único
amor incoherente; soberanos de esa calle donde los
tactos y la impresión hicieron su universo.

Las sombras acarician aún sus veredas, tu mismo
nombre y tu gesto son una forma nocturna que en
esa constelación crece y sabe enrostrar nuestra
culpa.

Y todo termina con una esperanza, con una dilación
–"ha estado bien"–, o en un bostezo, o en otro
lugar donde es menester el coraje.


Algo

a Rubén Rodríguez Aragón

con tu muerte
algo vendrá
algo que jamás sacudió
tu conciencia

no importará
la tierra que te rodea
el árbol que te soporta
el agua que admitió tu pereza

no será algo
que ahora retumba en tu memoria
ni las resonancias que prefirió olvidar

vendrá algo sin vínculos
una lluvia sin pasado
sin gestos censurables
o bondadosos

no estará en juego
tu salvación
tampoco el olvido
ni el arrepentimiento

el "ángel tuerto"
no vendrá a consolarte
no será necesario
y olvidarás también el consuelo
para tu corazón
no habrá consuelo el día en que caigas

no habrá estaciones
ni pájaros
ni trenes
ni alcohol
ni sangre penosa que aguantar

no por eso habrá descanso
el día en que llegue algo que no suponías
algo que vendrá a reclamar
el lugar en el mundo
que supiste negarle

una indescriptible culpa
haciendo estallar las huellas
que minuciosamente lograbas distribuir

ningún rastro

con tu muerte
vendrá una nueva
y desconocida vergüenza


Como bola sin manija

puedo ir para un lado
puedo ir para otro lado
encontrar estuarios pálidos cisnes quietos
buques mansos que como a las nubes
me llevan de un lado para otro lado

puedo dar con lugares apacibles
o sombras excitantes
la primera piel de una mujer
el aroma de una mujer el sonido de una fiesta
puedo beber de cierto cuidado y enfermarme levemente
y sentir en las sábanas el olor del sol

puedo llegar a tener suerte en el juego y en la vida
puedo cambiar de vida y de nombre
puedo peinarme de otra manera
y vestir como nunca lo hice

puedo sorprender
ser irascible o piadoso
comprensivo con las mujeres
o despiadado con sus increíbles sentimientos

puedo como antaño volver a enamorarme
puedo padecer por un vago recuerdo
o tirar todo por la borda
o no soportar la memoria

–hoy te he recordado vagamente–

puedo reír y cantar
divertir a la gente
y esperar a que todos estén completamente locos
y ya no parezca tan divertido

puedo envejecer y enmudecer para siempre
y decir palabras sin mayor fundamento
puedo gozar de placeres fáciles y complicados

–eras alta antes de conocerte
y hoy no he recordado tu nombre
y pienso que otro día podré humillarlo–

puedo tener rasgos bondadosos
arranques de conmovedora caridad
puedo echarme a perder
o tener más hijos como si ofreciera
el más estupendo y bonito de los mundos posibles

puedo ambicionar una amplia fortuna
hasta puedo trabajar o pensar en el as de oro
o seducir a una adolescente frágil-como-un-pétalo-de-agosto

puedo hacer viajes exóticos morder la espesura de un follaje
jugar mi vida por unos diamantes impuros
o por lánguidos ojos saturados de sabiduría

puedo emborracharme aquí o en el extranjero
y caer exhausto en la turgencia de un muslo
o en el filo de una dudosa alcantarilla

puedo investigar o escribir luminosos párrafos
que abrirían por sí el futuro
puedo ser un intelectual responsable o desaprensivo
firmar o no firmar traicionar o jugar a la lealtad

puedo ser adorado
puedo ser odiado
tener amantes
distintas en su belleza singulares en sus caprichos
o no tener a nadie
y no guardar un solo recuerdo

puedo rechazar la ternura
o mendigarla como hace unas horas
puedo vivir alternativas viejas o recientes
fáciles y peligrosas

puedo elegir mi destino
aunque no sepa darle forma adecuada
ni por dónde empezar

puedo imaginar el tiempo que desconozco
luchar por esa o por otra dulce aspiración
puedo olvidar

–hoy no he podido recordar tu nombre–

de la memoria puedo imaginar las interminables apuestas
y sus mañas de vieja tramposa
puedo no pensar en que distribuye los signos
de ese futuro tangible y ajeno


POEMAS POSTUMOS

Milonga del marginado paranoico

Parece mentira
que haya llegado a tener
la culpa de todo lo que ocurre
en el mundo; pero es así. Han tratado
de disuadirme psicólogos y sociólogos de mi tiempo,
me han dado razones de peso técnico largamente
formuladas y
parcialmente ciertas. Pero
yo sé que soy culpable de los dolores
que aquí siento y recorren el mundo; de las soledades
que lo van vaciando: quisiera saltar
como Juan L. Ortiz, vociferar
como Oliverio Girondo, pero: primero, ellos me ganaron
de mano; segundo, no me sale bien y aquí
empieza todo nuevamente: otro sufrimiento
igual a diapasones y recursos
que conozco perfectamente y que no vale la pena
repetir: primero, para no emularlos; segundo, porque
tendré que ir
reconociendo que no he sabido
hacerme entender. Y esto es agudo como un ataque
que nos traga la lengua; pido entonces disculpas
por la mala impresión, por las exageraciones.


No puedo quejarme

Estoy con pocos amigos y los que hay
suelen estar lejos y me ha quedado
un regusto que tengo al alcance de la mano
como un arma de fuego. La usaré para nobles
empresas: derrotar al enemigo– salud
y suerte–, hablar humildemente
de estas posibilidades amenazantes.

Espero que el rencor no intercepte
el perdón, el aire
lejano de los afectos que preciso: que el rigor
no se convierta en el vidrio de los muertos; tengo
curiosidad por saber qué cosas dirán de mí; después
de mi muerte; cuáles serán tus versiones del amor, de estas
afinidades tan desencontradas,
porque mis amigos suelen ser como las señales
de mi vida, una suerte trágica, dándome
todo lo que no está. Prematuramente, con un pie
en cada labio de esta grieta que se abre
a los pies de mi gloria: saludo a todos, me tapo
la nariz y me dejo tragar por el abismo.


Muchas gracias

Sirve y me inclino
ante tu palabra, luz de mi pensamiento. Abrirán
las puertas, dejarán entender: los artistas, los
intelectuales, siempre
han sacudido el polvo de la realidad; descubrieron
caminos, emancipaciones
que no siempre lograron recorrer: era
prematuro en algunos casos, en otros fue distinto
– convengamos–, otras palabras son, bajar
la corredera de la mira, buscar con el guión
y dar justamente sobre algo que puede
moverse; un bulto,
un meneo a menos de cien metros
de tu corazón vulnerable, también enemigo.

La suerte ha dejado aquí de andar
fallando: se encendió la luz y pudo verse el caos, las
flagrancias: esa mano
allí, esta codicia; el miedo y otras mezquindades se pusieron
en evidencia y el amor
no aparecía por ninguna parte. Recompuestos
de la sorpresa, rendidos ante los hechos, nadie
pudo negar que en este país, en este
continente, nos estamos todos muriendo de vergüenza.

Aquí estoy perdiendo amigos, buscando
viejos compañeros de armas, ganándome tardíamente
la vida, queriendo respirar
trozos de esperanzas, bocanadas de aliento; salir
volando para no hacer agua, para
ver toda la tierra y caer en sus brazos.


La verdad es la única realidad

Del otro lado de la reja está la realidad, de
este lado de la reja también está
la realidad; la única irreal
es la reja; la libertad es real aunque no se sabe bien
si pertenece al mundo de los vivos, al
mundo de los muertos, al mundo de las
fantasías o al mundo de la vigilia, al de la explotación o
de la producción.
Los sueños, sueños son; los recuerdos, aquel
cuerpo, ese vaso de vino, el amor y
las flaquezas del amor, por supuesto, forman
parte de la realidad; un disparo en
la noche, en la frente de estos hermanos, de estos hijos, aquellos
gritos irreales de dolor real de los torturados en
el angelus eterno y siniestro en una brigada de policía
cualquiera
son parte de la memoria, no suponen necesariamente
el presente, pero pertenecen a la realidad. La única aparente
es la reja cuadriculando el cielo, el canto
perdido de un preso, ladrón o combatiente, la voz
fusilada, resucitada al tercer día en un vuelo inmenso
cubriendo la Patagonia
porque las masacres, las redenciones, pertenecen a la realidad, como
la esperanza rescatada de la pólvora, de la inocencia
estival: son la realidad, como el coraje y la convalecencia
del miedo, ese aire que se resiste a volver después del peligro
como los designios de todo un pueblo que marcha
hacia la victoria
o hacia la muerte, que tropieza, que aprende a defenderse,
a rescatar lo suyo, su
realidad.
Aunque parezca a veces una mentira, la única
mentira no es siquiera la traición, es
simplemente una reja que no pertenece a la realidad.

Cárcel de Villa Devoto, abril de 1973

De "Poemas de batalla", antología de Paco Urondo publicada por Planeta, 1998
© Herederos de Francisco Urondo

Todos los libros están en Librería Santa Fe