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La
palabra justa
Por Luis Bruschtein
“Del otro lado de la reja está la realidad, de/ este lado de la
reja también está/ la realidad; la única irreal es la reja...” Así
dice uno de los últimos poemas de Francisco Urondo, o Paco para
sus amigos, cuyos asesinos fueron condenados ayer en Mendoza. En
Wikipedia hay una biografía sucinta, una foto de Paco de medio
perfil en la que, por algún misterio sus ojos han perdido la picardía
de esas salidas picantes que siempre tenía. Dice: “Santa Fe, 10
de enero de 1930-Mendoza, 17 de junio de 1976, escritor, periodista,
guerrillero y militante político nacido en Argentina”. Un texto,
que también por algún misterio ha perdido esa inquietud vital, la
geometría de sus movimientos y hasta la calidez que siempre tenía
cuando se relacionaba con otras personas o cuando hacía su vida
y decidía cosas y las comentaba generosamente con gran capacidad
para hacerse querer.
Habla de sus parejas, Graciela “Chela” Murúa, con la que tuvo dos
hijos, Claudia y Javier; de Zulema Katz; de Lilí Mazaferro, y, ya
en la dictadura, de Alicia Raboy, con quien tuvo a su hija Angela.
No dice que con Lilí Mazaferro eran compañeros de militancia en
las FAR, una organización guerrillera que luego se fusionó con Montoneros,
y que Alicia Raboy estaba junto a él en Mendoza cuando interceptaron
el auto donde se trasladaban y le pegaron dos tiros en la cabeza.
Da cuenta de sus numerosos libros, de su trabajo como guionista
de cine y televisión. Pero, quizá porque no es tan importante, no
hay un relato por ejemplo de cuando recitaba sus poesías y Juan
Gelman las suyas, los dos poetas codo a codo, en aquella época no
tan conocidos, en algún bar de Buenos Aires, presumiblemente de
la calle Corrientes. Algún bar lleno de humo de cigarrillos y de
jóvenes que escuchaban a los poetas deletrear palabras entre sus
amores y las revoluciones, historias de personas comunes y no tanto,
en esos bares de bohemia y poesía.
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Primero fue titiritero
con Fernando Birri y su primera mujer en el grupo El Retablo de
Bartolo. Pero más que nada era poeta y se dedicó a la poesía: en
los ’50 estuvo en el Movimiento Poesía Buenos Aires y en los ’60
en Zona de Poesía Americana. Aparte de cinco obras de teatro, una
novela, dos libros de cuentos, escribe poesía prolíficamente (dejó
ocho libros) y lo dice: “Empuñé un arma porque busco la palabra
justa”, o como lo dice en otro poema: “Mi confianza se apoya en
el profundo desprecio/ por este mundo desgraciado/ Le daré la vida/
para que nada siga como está”.
En esa confluencia de la palabra con la vida, Paco Urondo se incorporó
a las FAR, siguiendo de alguna manera los pasos de su hija Claudia.
En el final tumultuoso de la dictadura de Lanusse cayó preso y le
tocó compartir la misma celda, la noche previa a la liberación del
24 de marzo de 1973, con los tres sobrevivientes de los fusilamientos
de Trelew: Alberto Camps, Ricardo Haydar y María Antonia Berger.
El militante, el periodista y el poeta que era se unieron esa noche
y de allí salió el libro La patria fusilada.
Paco participó en los proyectos de prensa de Montoneros, pero en
1976 fue enviado a Mendoza. Su amigo Rodolfo Walsh comentó luego
su muerte: “El traslado de Paco a Mendoza fue un error. Cuyo era
una sangría permanente desde 1975, nunca se la pudo mantener en
pie. El Paco duró pocas semanas... Fue temiendo lo que sucedió.
Hubo un encuentro con un vehículo enemigo, una persecución de los
dos coches a la par...” Tras esa larga persecución y tiroteo, una
de sus acompañantes pudo escapar, su esposa Alicia fue secuestrada
y desaparecida y a él le dieron dos tiros en la cabeza.
07/10/11 Página|12
Francisco
Urondo. La palabra fusilada
Por Rafel Grillo
Del otro lado de la reja está la realidad, de
este lado de la reja también está
la realidad; la única irreal
es la reja.
Francisco Urondo, "La verdad es la única realidad"
LO MATARON A ORTIZ
El 19 de junio de 1976, Los Andes de Mendoza divulga en su edición sabatina el comunicado militar que describe una exitosa operación antiterrorista. La identidad oculta bajo el titular "Delincuente subversivo fue abatido en Mendoza", ya se ha propagado en Buenos Aires por un clandestino que anuncia: "Lo mataron a Ortiz".
Rodolfo Walsh conoce bien quién está detrás de ese nombre de guerra que alude al poeta entrerriano Juan L. Ortiz, y redacta una semblanza del amigo. "Él era la alegría", apunta, y se encierra a llorar las veinticuatro horas siguientes a la escritura de un documento que será admonitorio de su propio destino.
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Dió su vida luchando por el ideal de una sociedad más justa. "No hubo abismos entre experiencia y poesía para Urondo." -dice Juan Gelman-, "corregía mucho sus poemas, pero supo que el único modo verdadero que un poeta tiene de corregir su obra es corregirse a sí mismo, buscar los caminos que van del misterio de la lengua al misterio de la gente. Paco fue entendido en eso y sus poemas quedarán para siempre en el espacio enigmático del encuentro del lector con su palabra.
Fue
-es- uno de los poetas en lengua castellana que
con más valor y lucidez, y menos autocomplacencia,
luchó con y contra la imposibilidad de la escritura.
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El mensaje trasmitido por boca
de Vicky, la hija de Rodolfo, cae como un puñetazo en la sien
de Miguel Bonasso, que anota en su Diario: "Los tipos más próximos,
más queridos, más entrañables, con los que habías construido
una vida (...) se morían, los mataban".
Juan Gelman se recrimina durante su exilio en Roma por estar
a salvo de un destino similar al del caído. Como alivio contra
el pertinaz sentimiento de culpa, declaró más tarde: "Cuando
uno quiere que el otro no se muera, desea intercambiar la suerte,
pero eso es imposible". Mientras que una carta enviada a David
Viñas desde Francia, deja traslucir los tonos del duelo en Julio
Cortázar: "Mi tristeza y mi rabia son y serán una razón para
seguir haciendo lo posible en esta lucha".
Para la familia de "Ortiz" es un imperativo corroborar la noticia.
Claudia, la hija mayor del presunto asesinado, pide a la tía
que salga hacia la comandancia del ejército en Mendoza. Beatriz
se persona el 20 de junio y la reciben con evasivas, hasta que
un guardia se apiada y confidencialmente le aconseja que corra
a la morgue del Hospital Civil, antes que arrojen al allegado
en la fosa común. Ella encuentra al "gordo que cayó en el enfrentamiento"
-así le comenta despectivo un policía-; y en el cadáver desfigurado
y asentado en el registro como no identificado, sin orden de
defunción que aclare la causa de muerte, reconoce a su hermano
Paco. Vigilada siempre por funcionarios militares, Beatriz consigue
que le permitan trasladar por avión el cuerpo de Francisco Urondo
y luego depositarlo, sin honras fúnebres, en la bóveda de la
familia en el cementerio de Merlo.
Faltaba rescatar a su mujer y
a la pequeña Ángela, de once meses, quienes debieron acompañarle
cuando el incidente. Pero la pista de Alicia Raboy se pierde
tras las puertas del macabro Departamento 2 de Inteligencia,
uno de los tantos centros adonde los detenidos en operaciones
represivas eran conducidos y se esfumaban ahí, como si fueran
átomos de nada. Teresa Listingart, madre de Alicia, localiza
en la Casa Cuna de Godoy Cruz a la niña secuestrada por la milicia;
y aunque intentan complicarla con trámites burocráticos, logra
obtener la custodia y sacarla con los papeles del Juzgado Federal
de la Provincia.
Poco tiempo después, el 3 de diciembre, Claudia Urondo, montonera
como el padre, y su esposo Mario Lorenzo, "desaparecen" en el
trayecto hacia la guardería en donde recogerían a sus hijos
Sebastián (de tres años) y Nicolás (de dos).
Adoptada por una prima hermana de Alicia incapaz de procrear,
Ángela crecerá sin contacto con los Urondo, desconociendo quiénes
eran sus progenitores reales y la existencia de hermanos. Malos
sueños, sobre un día y un lugar que no puede ubicar en la memoria,
la asolarán durante años, hasta que llegue la hora en que conozca
"la pura verdad."
HISTORIA ANTIGUA
Ahora la incertidumbre, la aventura
donde la indolencia hostil del tiempo
alienta
"Proemio"
"Los gatos/ por
la noche aúllan como tambores/ derrotados, viejos, fúnebres,
inmensamente buenos;/ la muerte los asiste, la eternidad vela
por ellos,/ la memoria nunca abandona; los errores me salvan",
declama Urondo el Poeta, en versos que saldrán en Del otro lado,
libro de 1967. Ya ha visto que "el mundo se deforma y crece"
y puede catar del vino de la existencia su mezcla de lucidez
y amargura y el bouquet de una incierta esperanza.
Escanciado en los recuerdos va quedando el jovencito de Santa
Fe, el de los títeres y El Retablo de Maese Pedro con el amigo
Fernando Birri; el que dio el salto a la capital en 1953 y se
fundió al grupo de la revista Poesía Buenos Aires: César Fernández
Moreno, Edgar Bayley, Rodolfo Alfonso, con los que compartía
noches de farra y tangos, de mujeres y alcohol.
Lejano parece el tiempo que describió en Historia antigua, su
primer volumen de poesía, "cuando no sabemos de qué lado estar".
Aunque Paco vaya a seguir siendo el enamorado de la vida, el
risueño atrevido que dice de una corista: "Sus nalgas eran la
literatura".
Los 60 son años intensos, apresurados, de un implacable buscar
y buscarse. Además de la poesía que comparte con Noé Jitrik,
Javier Heraud, Enrique Lihn y Gelman en la revista Zona, la
que recoge en los cuadernos Nombres y Adolecer; está el Urondo
libretista de televisión, que adapta a Stendhal y Flaubert;
y el escritor de canciones, artista de café concert y del disco
Milongas. Brota el guionista que filma tres películas con el
director Rodolfo Kuhn: Pajarito Gómez, Noche terrible y Turismo
de carretera, y anuncia los albores de un nuevo cine latinoamericano.
Se prueba Paco en la narrativa con dos cuadernos de relatos:
Todo eso y Al tacto; y hasta despabila el ambiente literario
con el ensayo Veinte años de poesía argentina 1940-1960. Nace
el dramaturgo de obras críticas y escandalosas: Veraneando,
La sagrada familia o muchas felicidades, Homenaje a Dumas y
Archivo General del Indias.
Hacia
1971 piensa Urondo: "La realidad que vivimos me parece tan dinámica
que la prefiero a toda ficción". Y arranca con la escritura
de una novela que recibirá, a la postre, Mención Especial del
Premio La Opinión-Sudamericana, otorgada por el cuarteto magistral
que conformaron Juan Carlos Onetti, Walsh, Cortázar y Augusto
Roa Bastos, mientras él padecía cárcel en 1973. Los pasos previos
será su versión de la tragicomedia humana de la época en Argentina.
Es muy probable que entonces se sintiera apegado a una vivencia
del Paquito adolescente, y por tal aconseje: "Siempre conviene
enfermarse de un pie para leer a Balzac".
BUSCO LA PALABRA JUSTA
Osvaldo Bayer es uno de los secretarios de redacción del diario
Clarín en 1967; y el recién ingresado en la sección Información
General le impresiona de tal modo: "Paco era el prototipo del
hombre fino, se vestía de forma muy atildada. Tenía una sonrisa
que parecía como si fuera un gesto de su cara. Muy culto y de
conversación tranquila. Era una especie de izquierdista moderado
ilustrado. Como periodista era muy bueno, bien calificado".
Se juntan en el bodegón enfrente del periódico y Urondo se muestra
interesado sobremanera en la experiencia de Bayer en Cuba, cuando
entrevistó al Che Guevara.
Él está por partir hacia La Habana, como invitado al Encuentro
Rubén Darío. Donde comparte con Roque Dalton, Mario Benedetti,
Ángel Rama, Roberto Fernández Retamar, Nicolás Guillén; y en
la Casa de las Américas, con Haydée Santamaría de timonel, se
le propone grabar un disco con sus poemas. Ya de vuelta en Buenos
Aires, el 8 de octubre lo aplasta con el reverso de un evangelio,
que lo fuerza a proclamar: "Ya no se le pueden pedir órdenes
a mi Comandante, ya no anda para seguir contestando, ya ha dado
su respuesta. Habrá que recordarla, o adivinarla o inventar
los pasos de nuestro destino".
Retorna a Cuba en 1968 para un Congreso Cultural. Ese año es
decisivo para la conversión de Urondo, porque en Argentina participará
en los círculos de estudios marxistas de León Rozitchner; y
se vinculará al Movimiento de Liberación Nacional (MALENA),
primero, y después al núcleo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias
(FAR). También fue el momento de integrarse a Gelman, Marcelo
Pichón Rivière, Daniel Muchnik y otros, en el notable plantel
de la revista Panorama. Ahí pondrá su firma bajo "Julio Cortázar:
El escritor y sus armas", la más conocida de sus entrevistas.
Sus andanzas en la isla caribeña prosiguen en 1969, como jurado de teatro en el Premio Casa y participante del panel "La literatura argentina del siglo XX". Si bien le disgusta el desenlace del caso Heberto Padilla, con el mea culpa del poeta en la UNEAC; Urondo se abstiene de asumir públicamente una postura crítica hacia la revolución cubana.
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Cuando Jacobo Timmerman
funda La Opinión en 1971, el hombre que alega perseguir "la
palabra justa" se mueve hacia el diario que pretende brindar
"información jerarquizada y contextualizada, con alto nivel
de interpretación a cargo de primeras espadas". Fue la penúltima
aventura de Urondo periodista, pues la postrera será la fundación
de Noticias, órgano de los Montoneros, a fines de 1973. Para
esa fecha, Osvaldo Bayer descubrirá al ex colega trasmutado
en un "radical de izquierda".
Poco antes, Urondo estuvo absorbido en otra empresa épica. Las
reformas educativas que impulsa el Frente Justicialista de Liberación
(Frejuli), triunfador en las elecciones del 11 de marzo de 1973,
lo hacen idóneo para encabezar el Departamento de Letras de
la Universidad de Buenos Aires. El excarcelado de Devoto, eufórico
con un segundo aire de libertad, acomete impetuoso la transformación
de los estudios desde un énfasis en la literatura francesa hacia
la argentina y latinoamericana.
Encima,
le sobreviene una gran idea: estructurar una carrera autónoma
de Medios Masivos de Comunicación, con el propósito de gestar
un arma crítica y un profesional concientizado para la batalla
en el frente cultural. Pero el claustro de profesores desplazados
y los sectores estudiantiles más reaccionarios boicotean su
revolución universitaria; apenas cuatro meses pudo durar el
frenesí. Urondo opta por la renuncia y lanza una advertencia:
"La realidad se está poniendo rara".
EL ÁRBOL DE LA VIDA
Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.
"La pura verdad"
Es domingo y Día del Padre, 17 de junio de 2001. Estoy viendo
a Ángela parada en la esquina de Tucumán y Remedios. Se que
es ese el teatro de las pesadillas infantiles de la muchacha
próxima a celebrar su 26 cumpleaños; y en un gesto de empatía
me cuelo entre los viejos camaradas de Urondo u Ortiz, militantes
de derechos humanos y vecinos del lugar, presentes para animarla
en el cumplimiento de un anhelo desgarrador.
No por vana curiosidad, para apoyarla más bien, me sumerjo en
la conciencia de la joven asolada por la orfandad, y escucho
el timbre del mismísimo Paco, que la hija ha aprendido a distinguir
escuchando grabaciones pasadas por la radio. Recita el poeta
un fragmento de "El árbol de la vida", legado como mensaje a
sus retoños: "Ay, hijos/ míos, cómo pensaba no quejarme, cómo/
odiaba todo lamento; pero queja/ y batalla suenan en la misma
campana".
Con la singular cadencia del amor truncado que marcan los versos,
Ángela está plantando un árbol en el sitio donde el padre y
la madre se alejaron de ella para siempre. Por dentro, repasa
su vida: La niñez en Villa del Parque con la familia adoptiva.
Hacerse la boluda para sacar partido a la tragedia que le contaron
de unos padres biológicos fallecidos en accidente automovilístico.
A los doce años, la revelación: la madre sustituta que lanza
una puteada cuando pasan enfrente de la Escuela Superior de
la Armada, y con una sola frase derrumba toda la inocencia de
la chica: "Porque los milicos mataron a tu mamá y tu papá".
Ángela queda sorprendida, muy quieta, de súbito rompe a llorar.
La estoy mirando
de espaldas, sacudirse en un estremecimiento, de seguro que
hoy han regresado esas lágrimas. Mientras, siguen fluyendo los
recuerdos de Ángela como río que busca desembocadura: Le entregan
los padres de adopción una foto de ella en los brazos de Alicia
y el testamento de Paco, en el que se ve reconocida como hija
legítima y heredera de los derechos de autor de sus libros.
Inicia la búsqueda de los Urondo; por fin, el encuentro en 1987:
-Así que vos sos mi hermano. ¿Y por qué se te ocurre venir acá
después de veinte años? La respuesta entrecortada de Javier,
el hijo sobreviviente de Francisco y Graciela, la primera esposa
de su padre: -Ya vamos a tener tiempo para charlar... Y la invitación
al cumpleaños de Josefina, su sobrina de estreno, en donde Ángela
también podrá abrazar a Nicolás, uno de los hijos de Claudia.
A partir de entonces las frecuentes reuniones en familia, tres
o cuatro veces por semana.
La joven concluye su tarea de homenaje, estira las rodillas,
se sacude la tierra de las manos, y corta de sopetón los sollozos:
sólo permitirá que la marea de dolor siga bañando sus playas
íntimas. Íntegra por fuera, trae a su memoria la carta hallada
entre los papeles del abuelo Francisco Enrique: "A menudo hablamos,
decimos muchas cosas, pero no hacemos nada y envejecemos en
años o en espíritu que es peor". La está volviendo a leer para
sí, y como si se apropiara del impulso con que su papá Paco,
llegada la ocasión, se separó del suyo para tomar un derrotero
individual, las palabras brotan con su voz propia, la de Ángela
Urondo: "Por lo tanto, amigo mío, quiero decirte qué yo quiero:
pensar, decir y sobre todo hacer. Hacer qué, me dirás. Es difícil
y es fácil explicarlo. Se sintetiza en una palabra: vivir".
ESCRIBIR ES ESCUCHAR
"¡Abran, carajo, o se la echamos abajo!", rima y ruge la multitud
que empuja el portalón de Devoto. Es la noche en que el gobierno
militar de Alejandro Lanusse debe entregar el poder al Frejuli
y el pueblo espera la confirmación inmediata de una Ley de Amnistía
para los presos políticos. El júbilo ha filtrado por las paredes
hacia el corazón del precinto y los reclusos arman su motín,
tomando las plantas del edificio y permitiendo que las celdas
se intercomuniquen; al tiempo que la guardia impotente, roñosa,
los agrede bombeando agua encima de ellos.
La situación es propicia para el encuentro de Francisco con
los únicos sobrevivientes de la masacre de Trelew. Desde la
noche anterior, la del 24 de mayo, el poeta y periodista pone
oído a las palabras de Alberto Miguel Camps, Maria Antonia Berger
y Ricardo Rene Haidar. En medio de un clima por igual tenso
y festivo, los cuatro conservan la serenidad, a cada tanto achican
el agua que inunda el cubículo, y absortos se envuelven en un
diálogo que no concluirá hasta entrada la mañana del día siguiente.
"En la cárcel, sin esperarla, volvió la literatura (...) Allí
fue más cierto que nunca que escribir es escuchar", dirá Walsh
de este episodio. Cuando Rodolfo, Bonasso, Galeano y otros amigos
se le encimen a la salida del penal, llevará Francisco bajo
la axila, las cintas grabadas que van a convertirse en las 142
páginas de La patria fusilada. El libro que saldrá en agosto
de 1973, un año exacto después de los sucesos que en él son
narrados por los tres protagonistas que, increíblemente, hurtaron
sus alientos a la muerte. La historia de 19 integrantes de las
FAR, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y los Montoneros,
ametrallados en represalia por la acción guerrillera conjunta
que propició una fuga masiva de combatientes. El libro que ha
sido comparado con Operación Masacre aunque, a diferencia de
Walsh, prescinda Urondo del tratamiento ficcional y opte por
la desnudez dramática del relato del testigo, de "la conciencia
ocular sin la cual la historia sólo sería guerra y mudez".
"Poética en griego quiere decir acción, y en este sentido no
creo que haya demasiadas diferencias entre la poesía y la política",
había dicho Paco; y su detención tuvo lugar el 14 de febrero,
en un chalet alquilado por él para que se efectuaran ahí las
reuniones en que las FAR y los Montoneros planearían la opción
de unificarse.
La patria fusilada será, pues, el digno corolario del escritor
militante a tres meses pasados en prisión, que levantaron en
Argentina no pocos vientos de polémica. Hubo quienes lo acusaron
de asumir el papel de héroe para aumentar la tirada de sus libros,
y otros que subestimaron su compromiso político hablando de
"imaginación desenfrenada" o "exhibicionismo narcisista". El
escritor santafesino Juan José Saer lo defendió: "El poeta ha
de aportar, contra viento y marea, oponiendo a la mesura oportunista
de la política, la exigencia de lo imposible".
Más ningún argumento a su favor será mejor que la actitud asumida
por el propio Urondo en la cárcel. Cuando la Asociación de Periodistas
de Buenos Aires, o el Comité de Solidaridad conformado en París
por las firmas ilustres de Sartre, Simone de Beauvoir, García
Márquez, Marguerite Duras, Passolini, Semprún, reclamaron al
gobierno la libertad del escritor, él fue riguroso consigo y
no aceptó prebendas que lo distinguieran del resto de los presos.
Entre quienes acudieron a verle en Devoto estuvo el autor de
Rayuela, llevándole un obsequio recibido de manos de Salvador
Allende. Paco tomó el habano y se lo pasó a Ponce, el compadre
de celda y viejo militante ferroviario.
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LA PURA VERDAD
Cuando estuvimos desesperados, alguien
contó la historia.
"Del otro lado"
El traslado de Francisco
a Mendoza por la conducción de Montoneros es recibido por sus
amigos y familiares como un anuncio fatal. Tras el golpe de
Videla del 24 de marzo de 1976, la persecución desatada contra
los peronistas descabezó al movimiento en esa región, encarceló
a muchos de sus miembros y desperdigó a los sobrevivientes.
A Urondo le asignan la misión de reorganizar a los militantes
y asumir la dirección .
Walsh toma esto como una decisión injusta, cree que Paco no
debe aceptar; pero Urondo insiste en mostrarse optimista y se
entregan en un abrazo fraterno, interminable: el último, ambos
lo intuían. Francisco Enrique, su padre, y la hermana Beatriz
le ofrecen dinero para que salga del país. Él responde sin dudar:
"No soy de los que se van".
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Vicente Zito Lema
lo encuentra por la calle, conversan sobre filósofos griegos;
él no sabe nada de la partida inminente, pero se huele algo
raro, porque a Paco le falta su risa. Es el mes de mayo de 1976.
Preocupados por su futuro, Campa, Verbitski, Jauretche, Mangieri,
compadres de la clandestinidad, alzan con Urondo la copa de
vino de la despedida. Graciela Murúa recuerda que él, nacido
el 10 de enero de 1930, a cada rato decía: "Me voy a morir a
los 46 o 47 años".
Un Renault 6, azul celeste, marcha en la tarde del 17 de junio
hacia una reunión de montoneros en el departamento Guaymallén.
A bordo del coche van: Paco al volante, Alicia al lado con la
bebé acurrucada, y una militante que se hace llamar La Turca
en el asiento posterior. Viajan cautelosos, la situación es
de emergencia, un par de compañeros cayó en manos del enemigo
y temen que "se hayan quebrado".
Dentro de un Peugeot,
color sangre, apostado en la calle Guillermo Molina, La Turca
divisa a uno de ellos, que se tapa la cara al verlos pasar.
"¡Rajemos. La cita está cantada!", le grita a Paco. Ellos aceleran,
mientras el auto rojo se lanza a perseguirlos. Urondo empuña
un revólver y le da a La Turca una pistola. Para cubrir la fuga,
los dos armados apuntan hacia atrás. La respuesta de fuego de
la policía hace al chofer bambolear el auto, en un intento de
evitar los impactos. Alicia pone a Ángela en el piso para resguardarla.
Llegados a la intersección de Remedios, Paco cruza con el semáforo
en rojo y embiste a un rastrojero, que queda obstruyendo la
calle.
La fugaz esperanza de escape se diluye cuando el móvil policial
evita el obstáculo y se coloca enseguida a diez metros escasos
de los fugitivos. Las ráfagas de ametralladora destrozan el
trasero del Renault y disminuyen su velocidad. En el interior
se han quedado sin municiones; de contra a Urondo una bala le
desgarró el costado izquierdo y una 9 mm atraviesa las dos piernas
de La Turca. Paco frena el auto justo delante de un taller de
electricidad y le exige a las mujeres: "¡Rajen ustedes!". Alicia
se percata de que su esposo ya mordió la pastilla de cianuro
que guardaba para no ser atrapado con vida, y lo recrimina:
"Pero, papi, ¿por qué lo hiciste?"
Dos hombres
que laboran en el taller serán testigos del final de la contienda.
La Turca se desangra, cojea y desesperada exclama: "¿Por dónde
me escapo?". Carlos la guía por un callejoncito y la ve escurrirse
luego de brincar una tapia bajita. Alicia llega ante Miguel
Canela, le entrega la niña y corre hacia el interior del local.
Más por ahí no encuentra salida, la policía la atrapa y se la
lleva aporreándola. También cargan con la nena, que se la arrebatan
a Miguel de los brazos.
El jefe del Cuerpo de Patrulleros se ocupa de Urondo, que está
tendido dentro del vehículo, moribundo. Carlos ve cuando lo
sacan por los pelos y le dan el tiro de gracia en la frente.
"Ya está", dice uno de los militares. "No, qué va a estar...",
responde otro y patea la cara del caído. Llega otro más, y completa
la alevosía incrustando la culata del fusil en la cabeza del
muerto.
FUENTES CONSULTADAS
Bonasso, Miguel: Diario de un clandestino, Planeta, Buenos Aires,
2000.
Montanaro, Pablo: Francisco Urondo. La palabra en acción. Biografía
de un poeta militante, Ediciones Homo Sapiens, Santa Fe, Argentina,
2003.
Urondo, Francisco: Poesía, Casa de las Américas, La Habana,
2006.
Urondo, Francisco: Trelew, Casa de las Américas, La Habana,
1976. (Edición cubana de La patria fusilada, Editorial Crisis,
Buenos Aires, 1973).
Walsh, Rodolfo: Ese hombre y otros papeles personales, Seix
Barral, Buenos Aires, 1996.
Fuente: www.caimanbarbudo.cu
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Niegan
que Urondo haya tomado cianuro
(Mendoza, Diario Los Andes, 29/06/11). El juicio por la muerte del poeta, periodista y militante montonero Francisco "Paco" Urondo, continúa en los Tribunales Federales. Ayer declaró el médico forense que hizo la autopsia al cuerpo del escritor, Roberto Bringuer, y sostuvo que la causa de la muerte fue un fuerte golpe en la cabeza. Aseguró que el instrumento utilizado, de acuerdo a las lesiones que verificó, puede haber sido o un martillo o un cachazo de pistola.
Del mismo modo echó por tierra
la hipótesis de que la causa de la muerte fuera una cápsula
de cianuro, por lo que también derribó la hipótesis del suicidio
para evitar torturas y delación de compañeros de militancia.
"Las vísceras de muerto por cianuro despide un olor muy similar
al de las almendras amargas de uso industrial. Esto no fue detectado",
explicó. El cadáver de Urondo ingresó al Cuerpo Médico Forense
a las 22.15 del 17 de junio de 1976, a casi cuatro horas de
ocurrido el deceso en la esquina de Tucumán y Remedios de Escalada
de Dorrego.
El forense, que se jubiló hace poco más de tres años como jefe
del cuerpo, explicó que Urondo tenía una herida en forma de
estrella ubicada en la parte superior del occipital. Ese golpe
provocó una contusión craneoencefálica que le provocó la muerte.
Urondo tenía morado uno de sus párpados.
Bringuer explicó que los traumatismos como el que provocó la
muerte al poeta, suelen provocar esas marcas en uno o ambos
ojos.
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Diario Los Andes, 29/06/11
Urondo
y la pastilla
Por Horacio Verbitsky
A 35 años de la muerte de Francisco Urondo, el juicio que se
realiza en Mendoza demostró que su muerte se debió al culatazo
en la nuca del policía Celustiano Lucero, que le hizo estallar
el cráneo. La autopsia de sus restos desmiente la versión creída
hasta ahora de que el poeta y guerrillero se tomó una pastilla
de cianuro para suicidarse. El 17 de junio de 1976, Urondo fue
emboscado por la policía mendocina, subordinada al Ejército,
en una cita cantada. Conducía un pequeño automóvil Renault 6
en el que lo acompañaban su mujer, Alicia Raboy, su hija Angelita,
y su compañera de militancia René Ahualli, La Turca. Angelita
tenía once meses y Alicia nunca fue liberada con vida, por lo
que el único testimonio sobre lo ocurrido dentro del auto fue
el de La Turca. Al declarar ante los jueces mendocinos, Ahualli
contó que luego de una persecución en la que ella y Urondo agotaron
las municiones de la pistola y el revólver que llevaban como
únicas armas, Urondo detuvo el vehículo que conducía, les dijo
a sus acompañantes que acababa de tomar la pastilla y las instó
a huir. “Por qué hiciste eso, papi”, dijo Alicia, quien tomó
a la beba en brazos y escapó, junto con La Turca, quien estaba
herida en una pierna. Los policías se dividieron en tres grupos,
detrás de cada una de ellas y en torno de Urondo, a quien golpearon
en la nuca con la culata de un fusil. Ahualli ingresó en una
vivienda, escapó por los fondos y subió a un trolebús que pasó
por la esquina en la que seguía detenido el auto de Urondo y
pudo alejarse sin que la detectaran. Alicia intentó hacer lo
mismo luego de entregar la bebita a un vecino, pero no encontró
una salida y fue detenida por los policías que la perseguían.
La bebita fue derivada por la justicia federal como NN a la
Casa Cuna intervenida por un coronel. De allí la recuperó su
abuela materna, Teresa Raboy, antes de que la entregaran a una
familia militar. Beatriz Urondo consiguió que los militares
le entregaran el cadáver de su hermano. En las audiencias de
esta semana, el médico forense Roberto Edmundo Bringuer, declaró
ante el tribunal que, de acuerdo con la autopsia que hizo el
17 de junio de 1976, Paco murió por un traumatismo encéfalo-craneano,
con hundimiento de cráneo, que no había ninguna herida de arma
de fuego ni esquirlas de proyectil ni presencia de ningún veneno.
Bringuer, quien se jubiló como profesor titular de medicina
legal en la Universidad de Cuyo y como director del Cuerpo Médico
Forense, explicó que el hundimiento del cráneo, de 3 centímetros
de longitud pudo haber sido con la culata de un arma de fuego.
En las personas muertas por ingesta de cianuro el cadáver se
ve muy rosado, como si hubiera tomado sol, y el jugo gástrico
presenta un fuerte olor a almendras. Nada de eso ocurrió en
este caso, dijo. Tampoco se observó la rigidez característica
en muertes por estricnina. Un médico policial le pidió que dijera
que había heridas de bala, pero el forense se negó: “¿Qué querés,
que yo mienta? Si no hay proyectiles”. La conclusión es que
Paco eligió ofrecerse como blanco para sus perseguidores y mintió
que había tomado la pastilla porque de otro modo La Turca y
Alicia no hubieran tratado de escapar con la nena. Los juicios
se constituyen de este modo en un valioso medio de reconstrucción
histórica, que derriba mitos y precisa los hechos.
03/07/11 Página|12
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Recuerdo de Francisco
Urondo
Por Angel Rama (1977)
[Prólogo a "Los pasos previos"]
Sabido es cuánto tardan las naciones en reconocer los méritos de quienes combatieron en el bando de los derrotados. Sabido es que la historia la escriben los vencedores, mientras conservan ese rango. Sabido es, sin embargo, que existe la eventualidad de una verdad que desdeña esos exclusivismos y tiende a la virtud y al valor e incluso a la autenticidad y la pasión que se ha puesto al tablero de la vida. Fue necesario un siglo para que el pueblo venezolano volviera a apropiarse de Boves; ha pasado un siglo sin que los argentinos lleguen a un acuerdo para repatriar los restos de Rosas.
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Todo eso es sabido. Y es aceptado sin rebeldía. Es la vida, decimos, levantando los hombros. Más difícil me es aceptar el silencio que desde hace meses viene rodeando la muerte en la Argentina de Francisco Urondo. Silencio cargado de la incomodidad de unos, de la culpabilidad de otros y que alguien debe romper. Porque Francisco Urondo no fue asesinado por las bandas fascistas, ni desapareció de su casa, ni fue ilegalmente torturado; no, en su caso no concurre ninguna de las coartadas del espíritu liberal. Su muerte nos pone desnudamente frente a la realidad de la guerra civil, cuya existencia hay que aceptar, gusten o no los bandos enfrentados: es el reconocimiento de una contienda fraticida con la carga suma de odio y de dolor de esos enfrentamientos.
Como dicen los partes militares, Francisco Urondo murió en el campo de batalla. Murió en acción, como integrante del ejército montonero y con él, en la misma línea de fuego, su mujer. Eso dijo el comunicado de los derrotados; los vencedores no han dicho palabra. Sé que él no es distinto de tantos otros, especialmente jóvenes, que han muerto en idénticas circunstancias últimamente; así esa abrumadora sucesión de los hijos de los intelectuales y artistas más importantes del país, inmolados unos tras otros en un modo sobrecogedor. Si hablo de él no es por prejuicio mandarinista. Por ser un escritor, él fue capaz de desarrollar un pensamiento, mostrar en vilo una sensibilidad, permitirnos comprender algo de su destino. No me gusta la aclaratoria de que no compartía su línea política y en especial sus métodos, porque eso es también una coartada. Quien lo sepa bien, y quien no lo sepa, bien también.
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Una ficha diría: Tenía 46 años,
había nacido en Santa Fe. Era poeta, narrador, había incursionado
en el ensayo y el teatro, pero con fervor había sido siempre
periodista. Ya con Breves, su tercer libro de 1959, está el
poeta formado, pero sólo en la década del sesenta, con Nombres,
Del otro lado, Adolescer, percibimos el acento propio dentro
de esa antipoesía áspera, tanguera, sentimental, que también
cultivaron Gelman y Fernández Moreno entre otros. Esa sí que
fue una década espléndida: dos libros de narrativa, un exitoso
estreno teatral (Sainete con variaciones), un ensayo beligerante
(Veinte años de poesía argentina), pero más que la escritura,
el furor de vivir, el descubrimiento de la revolución cubana,
la incorporación tumultuosa al peronismo de izquierda, el gran
"amok" que lo llevó a la cárcel de donde el pueblo alzado lo
sacó para llevarlo dirigir los estudios literarios de la Universidad.
Por entonces, el jurado del concurso La Opinión-Sudamericana
recomendó la publicación de su novela Los pasos previos, que
definió así Rodolfo Walsh: "Una crónica tierna, capaz que dramática,
de las perplejidades de nuestra intelligentzia ante el surgimiento
de las primeras luchas populares". Parece que estuviéramos contando
el modelo intelectual de los sesenta en toda América.
La novela se publicó en 1974 pero recién ahora la leí. Quizás
por el estéril esfuerzo de dialogar con alguien que conocí,
que ví arder, y con quien no hablaré ya. La concluí y sin detenerme
comencé a leerla otra vez. No pienso que sea una gran obra,
pero es un documento sobre nuestras vidas que desde esta orilla
resulta alucinante. Es simplemente la historia -fiel, sumisa,
leal, cotidiana- de la incorporación del equipo intelectual
latinoamericano a la lucha revolucionaria en la década anterior.
Su tema central es un incesante debate, a través de cafés, teatros,
conferencias, camas, garitos clandestinos, de las razones y
sinrazones del alzamiento armado. Demasiada gente y de la mejor
que teníamos se perdió en esa lucha como para que pueda pasar
indiferente por esta historia: está excluido el torpe desdén,
pero también la exaltación romántica del héroe (salvo para los
muy adolescentes, sea cual fuere su edad física) y por momentos,
cuando uno se abandona emocionalmente a esta evocación, puede
sentirse que el solo hecho de seguir viviendo es indecente.
Leída desde la perspectiva de la derrota de esta batalla (no
de esta guerra) se altera todo su sistema de significación:
se lee como el diagrama de una gran equivocación, como el comportamiento
extraviado de una razón que no atinó a medir la realidad, como
el pecado hijo del irrealismo cuando no del idealismo. Pero
todo eso, los pro y los contra, las prevenciones del realismo
y las exaltaciones de un idealismo que desciende directamente
de la educación tradicional, está previsto en las páginas malrauxianas
de la novela. Los diálogos del protagonista Mateo con el viejo
militante Rinaldi se adelantan a nuestros argumentos. Ese joven,
que es un intelectual promedio, que quiere la justicia de inmediato,
que poco sabe del pueblo y menos de las teorías marxistas, que
es arrastrado por su idealismo sin poder conmover a la burguesía
de la cual procede, ese hombre que duda y quiere y tiene miedo,
de pronto se trasmuta en el alzado en armas sin saber cómo ni
dónde, en medio de paisajes de pesadilla, y es sin duda el justo
y es también el cordero del sacrificio que avanza hacia la fatalidad.
Si no se le puede acompañar, tampoco se le puede combatir. En
estos "pasos previos" muchos podrán avizorar los "pasos últimos",
sin necesidad de apelar a la "crítica de las armas" que Debray
opuso a su anterior "revolución en la revolución".
Pero la emoción de esa figura que avanza o es arrastrada al
sacrificio quizá no sea un rezago romántico sino un anticipo
de una nueva solidaridad humana, lo que, como el paradigma fáustico
de Goethe, hasta en el error contribuye al futuro.
"El Nacional", Caracas, 04/01/77
Fuente: Los pasos previos, Francisco Urondo (1974), reeditado
1999 por Adriana Hidalgo Editora.
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Para Paco nunca hubo contradicciones entre
la militancia por una patria justa, libre y soberana, y la condición
de escritor. En sus poemas se puede ver la profunda unidad de
vida y obra que un autor y sus textos pueden alcanzar. No hubo
abismo entre experiencia y poesía para Urondo.
"Empuñé un arma porque busco la palabra
justa", dijo alguna vez.
En 1975 junto con Rodolfo Walsh
se pone a trabajar en la confección de una respuesta al golpe
militar que se veía venir. Dicho plan no apuntaba a un improbable
freno al golpe sino a una respuesta orgánica que dificultara
el despliegue inicial de los militares en
las primeras 48 horas.
El documento fue llevado a la dirigencia de la organización,
la cual nunca llegó a ejecutar la propuesta de los compañeros
sino que implementó otro plan de operaciones,
para el cual no fueron llamados a discutir ni Walsh ni Urondo.
Por consiguiente la prensa montonera siguió funcionando como
si hubiera un futuro electoral: pensando en una revista
¡e incluso en un diario! Esto,
naturalmente, traía como consecuencia la necesidad de mantener
más o menos congregado un aparato importante, con grandes locales,
imprentas, etc. Un blanco terriblemente fácil para el enemigo.
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En mayo de 1976, la organización, decide
trasladar a Paco a Mendoza. Un error según opiniones actuales
y contemporáneas, ya que dicha provincia desde 1975 era una
sangría permanente. El 17 de junio, en un contexto de derrota,
cae Francisco Urondo como consecuencia de una cita envenenada.
El compañero y amigo Rodolfo Walsh, así relata el momento:
"Hubo un encuentro con un vehículo enemigo,
una persecución, un tiroteo de los dos coches a la par. Iban
Paco, Lucía con la nena y una compañera. Finalmente el Paco
frenó, buscó algo en su ropa y dijo: "Disparen
ustedes". Luego agregó "Me
tomé la pastilla y ya me siento mal".
La compañera recuerda que Lucía dijo: "¡Pero
papi, por qué hiciste eso!" La compañera
escapó entre las balas, días después llegó herida a Buenos Aires.
También luchó contra un sistema social encarnizado
en crear sufrimiento, para que el mundo entero entrara en la
historia de la alegria. Las dos luchas fueron una sola para
él. Ambas lo escribieron y en ambas quedó escrito.
Palabras
Dicen que un escritor atraviesa al morir un purgatorio de veinte
años en la memoria pública. El plazo está más que cumplido para
ese gran poeta que fue –que es– Francisco Urondo, caído en combate
contra la dictadura militar un día de junio de 1976, a los 46
de edad. Dejaba un libro inédito, Cuentos de batalla, que se
perdió en la noche genocida. Como Rodolfo Walsh, como Haroldo
Conti, Paco escribió hasta el final, en medio de tareas, urgencias
y peligros de la vida clandestina. Para estos pilares de la
literatura nacional nunca hubo contradicciones entre la militancia
por una patria justa, libre y soberana, y la condición de la
escritura. Cuando en este tiempo de la despasión se recuerdan
las polémicas de los años sesenta –unos pretendían hacer la
Revolución en su escritura; otros, abandonar su escritura en
aras de la Revolución–, se percibe en toda su magnitud lo que
Paco, Rodolfo, Haroldo nos mostraron: la profunda unidad de
vida y obra que un escritor v sus textos pueden alcanzar.
No hubo abismos entre experiencia y poesía para Urondo. "Empuñé
un arma porque busco la palabra justa", dijo alguna vez. Corregía
mucho sus poemas, pero supo que el único modo verdadero que
un poeta tiene de corregir su obra es corregirse a sí mismo,
buscar los caminos que van del misterio de la lengua al misterio
de la gente. Paco fue entendido en eso v sus poemas quedarán
para siempre en el espacio enigmático del encuentro del lector
con su palabra.
Buitres de la derrota –que siempre se han cuidado mucho cada
centímetro de piel– le han reprochado a Paco su capacidad de
arriesgar la vida por un ideal. Paco no quería morir, pero no
podía vivir sin oponer su belleza a la injusticia, es decir,
sin respetar el oficio que más amaba. El había escuchado el
reclamo de Rimbaud: "¡Cambiad la vida!". Estaba convencido de
que sólo de una vida nueva puede nacer la nueva poesía. Mi confianza
se apoya en el profundo desprecio / por este mundo desgraciado.
Le daré / la vida para que nada siga como está, escribió. Fue
–es– uno de los poetas en lengua castellana que con más valor
y lucidez, y menos autocomplacencia, luchó con y contra la imposibilidad
de la escritura. También luchó con y contra un sistema social
encarnizado en crear sufrimiento, para que el mundo entero entrara
en la historia de la alegria. Las dos luchas fueron una sola
para él. Ambas lo escribieron y en ambas quedó escrito.
Juan Gelman
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Francisco
Urondo, la poesía puede más que la muerte
Por Vicente Zito Lema
I. Los escritores que la dictadura se llevó
¿Dónde está aquel libro que decía
todo el agua del océano será poca para lavar una sola mancha
de sangre intelectual? ¿De qué biblioteca allanada en perversa
oscuridad por el odio o el miedo, de qué casa de infancias y
recuerdos que ya no serán sepias ni olerán a jazmín, de qué
despedida breve, de qué naufragio sin costas, de qué huida a
los tumbos, de qué cuerpo que se destierra pero no se va, de
qué valija por el suelo en un puerto de ultramar y sin respuestas,
de qué abrigo mal abierto en una cárcel del sur o en una comisaría
para extranjeros en el norte, de qué mano temblorosa que se
despide, de qué ojos cerrados porque el dolor es mucho, de qué
ultraje, de qué aullido, de qué sueño celeste o pesadilla negra
y tumefacta, de qué vida que se hizo muerte fue quitado sin
piedad ni regocijo aquel libro que decía toda el agua del océano
será poca para lavar una sola mancha de sangre intelectual?
¿O nunca existió ese libro y esas palabras para aferrarse en
plena tormenta y desvarío? ¿O no fue de tantos y por años esa
mancha que no lavarán las aguas ni secará el viento del este
ni el sol rojizo del desierto? ¿O ya no se ve esa mancha áspera,
quejida, esa mancha en las calles, en los muros, en la conciencia?
¿Cómo escribirás, Francisco Urondo, en la noche sin resquicios?
¿Necesitás una luz de amor?
¿Cómo escribirás en la noche sin finuras? ¿Necesitás una luz
de belleza?
¿Cómo escribirás en la noche sin término? ¿Necesitás una luz
de esperanza?
¿Cómo escribirás en la noche callada? ¿Necesitás una luz de
alegría?
¿Cómo escribirás en la noche vacía? ¿Necesitás una luz humana?
¿Cómo escribirán Paco y todos ustedes, mis queridos amigos,
caídos en la noche sin olvidos ni socorro, mis compañeros en
la ardua tarea de cazar palabras, ahora que la antigua piel
de Dios está cubierta de sangre?
II. Alguien nos espera al final del camino
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Me golpeó fuerte, en la nuca,
lo de Paco. Estaba en la redacción de Crisis, un compañero lo
dijo, me quedé mirándolo. Anocheció pronto, no se vieron los
pájaros del presagio ni la caída de una estrella fugaz. Sólo
el frío metiéndose en los huesos; era junio en Buenos Aires
y la turba de asesinos, ya de uniforme, se alzaba contra la
vida.
Caminé mucho, hubo paradas cortas para el ritual alcohol; no
encontré a los que buscaba, nadie para ahuyentar la noticia
o compartir el duelo. Recalé en el Bajo, aunque por entonces
no era seguro, y me puse a borronear unas palabras. Dos años
después, yo sobrevivía en un pueblito de Catalunya, lo borroneado
se convirtió en un poema que probablemente no cambiará ninguna
historia. Pero Paco sí, había cambiado la historia de muchos.
Paco ahora, que se nos quedaba silencioso, había alcanzado la
hondura de humanizar las palabras. Ya no se podía volver atrás
y todo lo nuevo que se creara, hoy o mañana, se quisiera o no,
lo tendría de referencia.
Eso lo tuve claro aquella noche de invierno en Buenos Aires,
en un café desierto del Bajo.
En esos tiempos no nos veíamos mucho con Paco. Tampoco me arrogaré
haber sido su gran amigo, como lo fueron Juan o Roqué, a quien
tanto respetaba. Pero el cariño se notaba cuando nos encontrábamos,
y estaba el haber compartido historias, por ejemplo la Universidad,
cuando fue director y yo profesor en Filosofía y Letras, el
trabajo periodístico, asuntos de la poesía y hasta las visitas
que le hice en la cárcel, mientras estuvo preso en el 72.
Compartíamos, además, el gusto por la ginebra y las charlas
de madrugada y una misma fascinación por el teatro y las actrices.
Y la política, claro. En los años 60 una generación comenzó,
sin saberlo bien, aunque sin timideces, a soñar un gran sueño.
Estábamos marcados a fuego por la Revolución Cubana, mejores
o peores discípulos del Che y de su ética, de Camilo Torres
y su pasión concreta; además, enamorados fieles de Evita, teníamos
a los sacerdotes tercermundistas por amigos, Marx y Ho Chi Minh
en la cabeza, la resistencia peronista en el corazón y el tango
nos había dado el culto de la amistad y la melancolía.
¿Quién de nosotros, lectores de Lautréamont y Artaud, Maiakovski
y González Tuñón, Cortázar y Marechal y el más cercano Walsh,
y que visitábamos a Juan L. Ortiz en su casita frente al Paraná
con espíritu asombrado, no había soñado convertirse en un poeta
de la revolución?
Despreciábamos, dentro de la jungla literaria, tanto a los que
se amparaban en el arte por el arte, en los juegos de palabras,
en la pura reflexión o en la sensibilidad pasiva, como a los
que pretendían escribir para el pueblo desde una distancia impoluta,
sin riesgos vitales, bajo la protección de las momias de un
partido y casi siempre apelando a la más grosera desvirtuación
del realismo socialista.
Lo nuestro quería ser distinto. Buscábamos combinar la mejor
poesía –sin privarnos de ninguna posibilidad creativa, sin atarnos
a comisarios culturales ni a la sacrosanta estética– con una
experiencia concreta, cotidiana, que nos mojara el cuerpo y
nos hirviera el alma como si fuéramos los fogoneros del tren
a las estrellas. La cosa era: entregarse sin retaceos, sin clemencias
ni usuras al cambio de la vida y la sociedad.
Había que ganarse el derecho a ser poeta, y a guardar un espacio
para la poesía, en el mismo foco de la revolución. Posible o
no, contradictorio o coherente, era un profundo desafío que
nos movilizaba. Y de pronto la realidad era Paco, perseguido
por las calles de Mendoza, queriendo la libertad a tiros, tomándose
una pastilla de cianuro, rematado, aún vivo, indefenso y con
los ojos abiertos, por unos malandras que le metieron dos balazos
en la cabeza, después que él, Paco, cubriera la retirada de
una compañera y de su mujer que se llevó a la pequeña Ángela,
la hija nueva del viejo Paco, quien se quedó adentro del coche
con un revólver sin balas en las manos y que también había escrito
varios de los mejores poemas de nuestra época.
La muerte de Paco. El primer poeta que caía en combate frente
al enemigo de siempre. Y la revolución lejos, más lejos que
nunca todavía. Era el invierno del 76, crecían la derrota, la
muerte, los desaparecidos, la cárcel, el destierro. Paco se
había convertido en un descarnado anuncio.
Recuerdo que me fui de aquel café del Bajo con la ginebra y
la tristeza a paso lento hasta mi casa. Y me entregué como un
ángel o una bestia –ya no sé y quizás tampoco importa la diferencia–
a la mujer hermosa y distante que me esperaba. Siempre sucedía
así. Se perdía un compañero y uno se aferraba al amor, si lo
tenía, o a la aventura breve que se creía eterna –y acaso lo
fuera– para poder sentir que estábamos vivos, que seguíamos
siendo jóvenes y fuertes y bellos, capaces de mirar al mundo
con los ojos del sueño. Lo cierto era que la flecha del destino
se había lanzado y los dioses pasaban a mostrarnos su rostro
amargo.
Han
pasado los años. ¿Qué de nosotros y del gran sueño? La poesía
de Paco que avivaba aquel sueño no ha perdido su frescura. Mantiene
esa honda música que anuncia la mañana. De la revolución se
dirá, y acaso con razón, con la razón que se sustenta en el
horror padecido, que nuestra generación, por pecar de romántica
y aventurera, por terribles errores de concepción y de método,
la hizo retroceder en el tiempo y en la conciencia social. La
historia sanciona sin pudor ni piedad a los que pierden, y el
proyecto de nuestra generación fue destruido. Acepto las críticas
de los otros y mis propias pesadillas. Pero tampoco renuncio
al orgullo de decir que en la época en que fue posible soñar
a lo grande, fuimos tremendos soñadores, y quienes no soñaron
entonces –y ahora hablan y miran desde la soberbia del culo
sentado que nunca se equivoca porque no mueve el culo– es porque
vinieron a esta tierra para arrastrarse y no soñar. O quizás,
simplemente, porque más allá del discurso, sus intereses y real
ideología se confunden con los que han sido y serán nuestros
enemigos de clase. Esos que han hecho del país una tierra baldía
y de la vida una dura tristeza que se renueva. Sí, pienso en
lo que escribió, en lo que hizo y hasta la forma en que Paco
eligió la muerte, y siento por él, y por tantos otros de nuestra
generación, emoción y orgullo.
Así de simple.
Desde que volví al país me encontré varias veces con Javier,
el hijo de Paco. Noches pasadas me contó cosas que yo no sabía
o quizás había olvidado. La compañera que estaba en el coche
con Paco logró salvarse. La mujer de Paco fue detenida y está
desaparecida. Ángela, la nenita, ha sido recuperada y ahora
vive en La Pampa con los abuelos maternos. La hija mayor de
Paco, y también su marido, fueron secuestrados a los pocos meses
y tampoco se tiene de ellos la menor noticia. En cuanto a Paco,
está enterrado como NN en la bóveda familiar, en Merlo, y las
autoridades no han dejado siquiera poner una placa con su nombre.
Antes de morir, meses antes, hizo un testamento. Reconoció a
su hija pequeña, a quien no pudo darle su nombre por ser un
perseguido, y dejó, como única herencia, los libros que había
escrito.
En estos nuevos y confusos días parece que un derrotado que
viene del exilio, y que además no cree mucho en una democracia
con presos políticos, con asesinos y torturadores sueltos por
las calles, tiene muy poco para decir sin que lo muerdan los
perros. Aún así me animo a sostener que Paco Urondo fue un real
poeta de la revolución.
Estoy seguro de que habrá un tiempo en que su poesía y el gran
sueño, por lo que vivió y murió, andarán armoniosamente de la
mano.
Alguien nos espera al final del camino.
Post Scriptum: Escribí este texto, recién vuelto del exilio
a la Argentina. ¿Qué hay de nuevo sobre Paco?
Poco a poco se han ido publicando sus poemas, aparecieron libros
de investigación sobre su vida y un documental que se anima
con su historia.
También hemos organizado un concurso de poesía –que a él le
hubiera gustado–, que lleva su nombre, para los presos de las
cárceles de la provincia de Buenos Aires.
Algunas aulas escolares lo recuerdan, igual que la placa que
un muy pequeño grupo de amigos pusimos sobre su tumba una tarde
de invierno en que, por supuesto, llovía.
III. El poeta y la poesía
Todo gran poeta nos instala en el secreto corazón de la poesía.
Así sucede con Francisco Urondo. Sus poemas trascienden las
meras formalidades del canon literario, la prisión discursiva
del espíritu humano homologada como letra pura (esa extensión
posmoderna de una ley más antigua, confusa y al final ni idealista
ni pragmática, sino perversa, resumida en una de sus especies
como el arte por el arte).
La poesía de Francisco Urondo llega a ser la voz del eterno
desgarro de la criatura humana que se obstina en rescatar la
belleza en los escondrijos más profundos de la verdad.
Dicho en otras palabras: aun en los tiempos de la muerte, o
como en su momento dijera Rimbaud, «el tiempo de los asesinos»
(hablo de una reproducción material de la existencia basada
en la antropofagia y su filosofía del crimen de la pobreza),
hay un bien, hay un amor y hay una necesidad de justicia que
se corporizan desde la mirada del otro, del mí que yace en ti
y que desemboca en sentir como propio el dolor ajeno (ese otro
sufriente que, como escribió Rodolfo Walsh, al hablar de él
habla también de nosotros, se socorre en nosotros...) y que
necesita del deseo para convertir la mortificación en devenir
dichoso.
Hay un deseo que anuncia la mañana del mañana y corporiza la
poesía. Esa poesía que brilla –al igual que las utopías, los
delirios y los secretos del alma– en los poemas de Paco Urondo,
a través de su registro del «espacio de amistad» y del «espacio
de amor». Esa poesía que acompañó su hermosa vida, marcada por
las prédicas éticas y políticas de Ernesto Guevara (no se olvide
lo que Urondo escribió sobre el Che y su militancia original
en las Fuerzas Armadas Revolucionarias); esa poesía que finalmente
dio sentido a su hermosa muerte.
Entiéndase: no digo que la muerte sea hermosa (la muerte no
es más que una topía de muerte y es impensable desde la vida),
digo que Francisco Urondo murió hermoso, resguardando hasta
el final a las mujeres que amaba, a los compañeros con quienes
luchaba y a los sueños que soñó y que siempre supo eran más
que una ilusión, eran plena materialidad social que no deja
de construirse, aunque sean agónicos los retrocesos y se tiña
el horizonte de sangre.
Otra vez la poesía, a la que también acudimos en la hora del
consuelo (¿o acaso no hay pena cuando traspasamos el umbral
de los recuerdos...?).
Vemos a Francisco Urondo, instalado en un espacio paradojal:
hay una materialidad extrema de lo público, urdida por una conciencia
crítica que arde y lo quema, y a la par una subjetividad acrecida
desde los vínculos amorosos, como un río del deshielo que recorre
las mejores pasiones de la vida. Hay un viaje. Nace una aventura,
que no se desmadra, contenida desde una ética de la responsabilidad.
De allí que los poemas y demás escrituras de Francisco Urondo
–sus novelas, su teatro, sus guiones– tengan una generosa y
a la par armónica capacidad de símbolo, y como muy pocos artistas
en la América Latina llega a representar la épica de toda una
época y la praxis liberadora de una apasionada generación que
nunca dejó de buscar los cielos en la tierra, por más dura que
fuera la porfía.
Buenos Aires, septiembre de 2006
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"Si
ustedes lo permiten,/ prefiero seguir viviendo": Urondo,
de la guerra y del amor
De
Urondo hay poco dicho, pero sí fragmentaciones. En el presente
libro se sostiene que no hay una línea divisoria entre el bohemio
y el militante; entre el poeta y el combatiente; sino que el
deseo erótico de Urondo y aún de su generación, se expresa también
en su opción revolucionaria. Esta lectura se realiza a partir
de los propios textos del poeta. Con lo que Paco confrontará
es con la concepción de la familia como sustento del orden social.
Pero en este sentido se emparenta con el cristianismo liberacionista
o de base, porque el Cristo en que se referencian es el que
dice que para seguirlo a él hay que dejar a la familia y enfrentarse
el hijo con el padre.
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No ha sido muy difundido,
lamentablemente, que Paco nació en Santa Fe el 10 de Enero de
1930. Fue poeta, periodista, académico y militante, dio su vida
luchando por el ideal de una sociedad más justa. Fue un poeta
excelente, exquisito, de aquellos que dejan siempre una impronta
en lo que escriben.
En euskera, lengua vasca y raíz de su apellido, la palabra ur
- ondo significa agua buena. Paradoja de la ciudad de Santa
Fe, ciudad rodeada de agua, que se olvidó de recordar a su hijo,
a Paco Urondo, a Paco del agua buena.
Paco fue padre de tres hijos, Claudia y Javier, santafesinos
e hijos de su unión con Graciela "Chela" Murua, y nacidos el
14 de Abril de 1953, y el 27 de Noviebre de 1957, respectivamente.
Angela, su tercer hija es fruto de su unión con su compañera
asesinada junto a él en Guaymallen, Mendoza, el 17 de Junio
de 1976, Alicia Raboy. Angela nació el 30 de Junio de1975, y
Paco no pudo darle su apellido por ser, ya a esa altura, un
perseguido político clandestino, pero la reconocería como su
legítima hija en su testamento.
Claudia seria desaparecida con su compañero y padre de su hijo,
Mario Koncurat, a fines de 1976, poco tiempo después de que
Urondo fuese asesinado. Javier y Angela mantienen viva la memoria
de su padre con honestidad y dignidad.
Paco fue convocado para ocupar la Dirección de Arte Contemporáneo
de la Universidad Nacional del Litoral, con solo 27 años, en
1957. Producto de esa gestión, de gran reconocimiento, sería
designado como el primer Director Provincial de Cultura, siendo
gobernador de Santa Fe, el doctor Carlos Sylvestre Begnis, el
16 de Junio de 1958.
Un año después,
cansado de las actitudes intolerantes hacia su gestión, y cuando
el gobierno nacional de Arturo Frondizi deja de lado las promesas
electorales y se convierte en rehén de las Fuerzas Armadas.
renuncia a su cargo.
En la época de Urondo, la ciudad de Santa Fe tenía un brillo
cultural enorme: en ese entonces, los hermanos Maraño y Washington
Castro en la Escuela Superior de Música ofrecían conciertos
populares gratis, junto a Carlos Guastavino, y Ariel Ramírez.
El "Cocho" José María Paolantonio con gran sacrificio ponía
en escena "La Cantante Calva" de Ionesco. Fernando Birri hacía
sus primeras experiencias fílmicas en la Escuela de Cinematografía
de la Universidad Nacional del Litoral (U.N.L.), y sentaba las
bases del movimiento de cine documental junto a Nicolás Sarquis,
Gerardo Vallejo, Jorge Goldemberg y Adelqui Camusso, luego de
la brillante experiencia cultural de "El Retablo de Maese Pedro",
propuesta cultural multidiscliplinaria encabezada por Fernando
Birri, donde Paco Urondo, a principios de los cincuenta había
sido titiritero junto a su primera esposa, entonces novia "Chela"
Murua. En literatura estaban Juan José Saer, Hugo Gola, Hugo
Mandón. En plástica, el Grupo Litoral marcaba tendencia.
En esa época surge la inolvidable TIRE DIE, cortometraje testimonial,
que mostraba el cruce del tren proveniente de Buenos Aires por
un puente angosto sobre el Río Salado y la miseria de los chicos
del barrio El Triángulo que, seguían ó trepaban el tren y por
diez centavos –que tiraban los pasajeros– se arrojaban al agua
con una zambullida a veces impecable, y otras no tanto para
recuperar las monedas lanzadas.
Mucho tiempo después, en Junio de 1973, luego de haber sido
un preso político, y con Héctor Campora al Frente de la Presidencia,
y Rodolfo Puiggros al frente de la Universidad de Buenos Aires,
Paco Urondo es designado Director del Departamento de Letras
de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Renunciaría
el 1 de Octubre de 1973, en solidaridad con la renuncia del
rector Puigross, cuestionado fuertemente por la derecha universitaria.
La primavera camporista empezaba a marchitarse. Un mes después
asumiría la jefatura del recién creado Diario NOTICIAS.
Quien esto escribe tuvo la satisfacción de salir de la cárcel
de Devoto, aquel glorioso 25 de Mayo de 1973, junto a Paco Urondo,
quien prometía beberse íntegra una botella de Pont Leveque,
como alguna vez lo habíaos hecho junto a Jorge Conti y otros
intelectuales santafesinos.
Meses después, en noviembre de 1973 el Paco periodista pasa
a ser el responsable político del diario "Noticias" que salía
todas las mañanas desde el 20 de Noviembre de ese año y tiraba
130.000 ejemplares. Esa experiencia militante que compartían
Miguel Bonasso, Rodolfo Walsh, Juan Gelman, Horacio Verbitsky,
y el uruguayo Zelmar Michelini. A fines de Agosto de 1974, Isabel
Perón clausuraría esa publicación. Poco antes, había sido también
clausurado "El Mundo" otra expresión de prensa militante, aunque
encarada desde otro ángulo político.
Como dato curioso, acotemos que la corresponsalía Rosario de
El Mundo era compartida por Carlos Gabetta, hoy Director de
la Edición Cono Sur de Le Monde Diplomatique y nuestro compañero
Miguel Ferrari. El corresponsal de Noticias era el hoy Subsecretario
de Derechos Humanos de la Provincia, Víctor Aliprandi. Ambas
corresponsalías compartían fraternalmente el fotógrafo.
Para
finalizar, leeremos un fragmento de MUCHAS GRACIAS, uno los
últimos poemas de Paco Urondo, no sin antes agradecer a los
compañeros de la Asociación Civil "El Periscopio" de Santa Fe,
que nos han hecho llegar los materiales para componer este texto.
La suerte ha dejado aquí de andar
fallando: se encendió la luz y pudo verse el caos, las
flagrancias: esa mano
allí, esta codicia; el miedo y otras mezquindades se pusieron
en evidencia y el amor
no aparecía por ninguna parte. Recompuestos
de la sorpresa, rendidos ante los hechos, nadie
pudo negar que en este país, en este
continente, nos estamos todos muriendo de vergüenza.
Aquí estoy perdiendo amigos, buscando
viejos compañeros de armas, ganándome tardíamente
la vida, queriendo respirar
trozos de esperanzas, bocanadas de aliento; salir
volando para no hacer agua, para
ver toda la tierra y caer en sus brazos.
*Nota: "Momentos de memoria", columna de opinión emitida el
sábado 4 de junio de 2005, en el programa "Hipótesis", LT8 Radio
Rosario, Argentina.
Fuente: La Fogata
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Horacio
Verbitsky y su evocación de Francisco Urondo, en la semana
en la que Santa Fe lo recuerda a 29 años de su muerte
Paco, ese amigo del alma
A 29 años de su muerte, Santa Fe reivindica a Paco Urondo.
Periodista, militante social y santafesino, Francisco Paco Urondo
no encontró diferencias entre la poesía y la política porque
ambas compartían el mismo espacio: "Los compromisos con las
palabras llevan o son las mismas cosas que los compromisos con
las gentes, depende de la sinceridad con que se encarecen tanto
una actividad como la otra", dijo alguna vez. Y tanto creía
en ello, que no dudó en entregar su vida a la militancia en
Montoneros en los años ‘70. Y por eso, el 17 de junio de 1976,
acechado por fuerzas militares, se tomó la pastilla de cianuro
que llevaba entre sus ropas.
Horacio Verbitsky compartió con Urondo algo más que una redacción.
Fueron amigos durante varios años y el recuerdo de Paco se mantiene
vivo en su memoria, tal como lo evocara, con cariño y emoción
el pasado lunes cuando se inaugurara en Santa Fe una semana
de homenaje/reivindicación a un poeta que fue, desde su muerte,
condenado a la cruel oscuridad del olvido.
"El recuerdo de Paco para mí esta asociado, por un lado por una serie de historias personales que hemos vivido juntos; y por otro, con una época de nuestro país", rememora Verbitsky, y continúa: "La primera vez que yo lo vi debe haber sido en 1960 o 1961, cuando asistí a una lectura de poemas suya. En esa época, Paco y Juan Gelman leían poemas en lugares pequeños en una época en la que todo el mundo fumaba en lugares cerrados e intoxicaba a todos los demás. Estaban los dos sentados en una mesa y leían primero un poema uno y luego un poema el otro, y nosotros escuchábamos. Eran maravillosos porque hablaban de los temas de la vida cotidiana con un tono coloquial, que no era lo que uno estaba acostumbrado a lo que era la poesía y era muy fuerte porque constituía un cambio, implicaba sentir que eso era poesía y al mismo tiempo estaba hablando de vivencias de la vida cotidiana. Pero además, planteaban los temas de la lucha política, del poder, de la revolución. Tanto Paco como Juan le escribían a la revolución, la interpelaban con su poesía, aunque tenían historias políticas distintas".
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Verbitsky también
recuerda entre risas que "la década del ‘60 era una época de
la libertad de costumbres; y Paco vivía en una vieja casona
que seguramente le recordaba las casas de Santa Fe porque era
una construcción de un estilo italiano, aunque en realidad prefería
llamarse francés porque quedaba mejor. La casa era muy grande,
estaba siempre llena de gente, de amigos, había reuniones continuamente
y se conversaba de todo, se escuchaba música, se discutía en
voz alta de temas relacionados con la literatura y con el arte
y con la política; pero también esa casa servía para hacer y
deshacer parejas, porque era refugio de recién separados, un
lugar de protección de parejas políticamente incorrectas pero
que igual se formaban; y había unos chiquilines que andaban
escuchando y mirando todo y abriendo mucho los ojos, que jugaban
mientras nosotros hacíamos la sobremesa con ‘la máquina de decir
pavadas’, que era como Paco llamaba a la botella de vino. Ellos
escuchaban y absorbían las frustraciones de los padres por una
época en la que se cerraban los caminos y se abrían otros, pero
había proyectos, esperanzas y mucha voluntad de que las cosas
cambiaran".
Pero la marca imborrable que Verbitsky lleva de Francisco Urondo
es ese apodo que lo acompaña desde la primera vez que trabajaron
juntos en una redacción. "Jacobo Timerman había organizado un
diario en Mendoza para un empresario inmobiliario muy importante
y yo monté la corresponsalía en Buenos Aires. Ahí trabajaba
Paco. Esa fue la primera vez que trabajamos juntos en una redacción,
y él me bautizo con el apodo de Perro. Cuando me preguntan por
qué, yo respondo que por el buen carácter, pero no se si fue
por eso. La verdad es que Paco era muy bautizador. Se divertía
mucho y divertía mucho a los demás, porque cuando uno piensa
en su vida, en cómo lo mataron, da una imagen muy solemne, como
de libro escolar, pero él no era así. Al contrario, era un tipo
muy serio en todas las cosas que hacía, pero muy gozador de
todo. Siempre cerraba los ojitos chiquitos, miraba todo irónicamente,
observaba, catalogaba, y a través de esos ojitos entrecerrados
veía todo lo que pasaba alrededor".
Luego de ello, volvieron a encontrarse en la redacción del diario
La Opinión, "que era como un Arca de Noé, había dos animales
de cada especie política de la época. Todos sabíamos que el
otro andaba en algo pero nadie sabía en qué, porque el secreto
se mantenía mucho. Pero había gente que participaba de distintas
organizaciones que se lanzaron a hacer esa revolución que Paco
y Juan habían escrito en sus poemas; y esos fueron varios años
en los que yo no supe qué estaba haciendo Paco aunque lo imaginaba",
recuerda. Hasta que en los primeros días de 1973, cae detenido
junto con un grupo de gente entre la que estaba su mujer de
ese momento, Lili Mazzaferro, y su hija Claudia. Urondo estuvo
preso varios meses en la cárcel de Devoto. "Él decía que era
un preso señorito porque estaba en condición de detenido, pero
mantenía su ironía, su prestancia, su postura. Y ahí estuvo
toda una noche encerrado en una habitación con los tres sobrevivientes
de la Masacre de Trelew grabando las entrevistas que después
fueron su libro La patria fusilada", narra Verbitsky.
Fuente: www.analisisdigital.com.ar
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Verbitsky
y sus testimonios en el documental sobre Paco Urondo
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Paco
está entre nosotros
Presentacion de una biografia
sobre Paco Urondo
Asociación Madres de Plaza de Mayo, junio de 2003
En la Biblioteca Julio Huasi, de la Asociación
Madres de Plaza de Mayo, fue presentado un importante libro
que narra la vida y la lucha del gran Francisco "Paco" Urondo,
hombre de palabra y acción, tal vez uno de los mejores poetas
de la llamada Generación del 60. En el acto hablaron José Luis
Mangieri, Carlos Aznárez, el autor Pablo Montanaro, y la voz
del mismísimo Paco, leyendo sus poemas más extraordinarios.
Ocurrió el miércoles 18 de junio de 2003, a la hora del atardecer.
Fue en la Biblioteca de la Asociación Madres de Plaza de Mayo,
que lleva el nombre de otro poeta, militante y periodista fundamental,
Julio Huasi. Al día siguiente de cumplirse 27 años de su caída
en combate, y en ocasión de la aparición de una minuciosa biografía
escrita por el joven escritor Pablo Montanaro, se reivindicó
la vida y la lucha, los sueños y los poemas de Francisco "Paco"
Urondo.
Al acto de presentación de "La palabra en acción. Biografía
de un poeta y militante" (Ed. Homo Sapiens. Rosario), asistieron
José Luis Mangieri, poeta y editor de la legendaria revista
"La rosa blindada", y Carlos Aznárez, escritor y periodista,
compañero de Paco Urondo en la organización Montoneros. Además,
intervinieron el autor del libro y, centralmente, el mismísimo
Paco, a través de una emocionante cinta que contenía la voz
del poeta en la lectura de sus versos más reveladores.
El primero en hablar fue José Luis Mangieri. El director
de la célebre colección de poesía "Libros de tierra firme",
expresó que "lo más importante es que Paco Urondo murió en combate.
Paco Urondo no fue asesinado; es cierto, tomó la pastilla, pero
murió en combate, que es muy distinto a decir que fue asesinado.
Dadas las características de Paco, es la muerte que le correspondía".
Además, destacó que "a Paco habría que sacarlo a la calle, ponerle
su nombre a alguna plaza. Paco fue un combatiente que llegó
como los famosos poetas surrealistas de París que lucharon con
el cuerpo bajo la ocupación nazi y no solamente con sus versos".
Tal como luego lo hizo Carlos Aznárez, Mangieri celebró que
el libro haya sido realizado por un joven: "Me llama la atención
la inquietud de Montanaro sobre Paco y especialmente que se
acerque a un combatiente en un momento de una decadencia tan
grande en todos los niveles, donde el Proceso está instalado,
lo tenemos instalado".
A su turno, el director del periódico "Resumen Latinoamericano"
reconoció que "el libro de Pablo Montanaro me gustó mucho, no
sólo porque lo escribe un joven sino porque vengo notando que
nuestra historia de lucha de los 60 y 70 la están escribiendo,
en gran parte, una cantidad de farabutes que ni estuvieron,
tampoco era necesario que estuvieran, pero por lo menos tuvieran
respeto para contarla. Montanaro la ha contado bien, ha recogido
los testimonios y nos ha edificado un Paco Urondo muy parecido
a lo que realmente fue".
La alocución de Aznárez fue por demás emotiva porque incluyó
no pocas anécdotas acerca de la acción política de Urondo.
"A Paco tuve la suerte de conocerlo en la militancia, cuando
estaba en las Fuerzas Armadas Revolucionarias y, sobre todo,
cuando andaba huyendo por los caminos hasta que fue detenido
con Lili Mazzafero y con el 'Jote' Koncurat. De pronto gran
cantidad de gente que lo conocía se sorprendió porque no podían
entender que fuera guerrillero y además fuera todo eso que contaban
los diarios con exageración pero dando algunos datos que tenían
bastante que ver con la realidad militante", recordó.
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Osvaldo
Bayer, fragmento de un reportaje de Ana Bianco |
Enseguida remarcó que Paco "era jodón, era muy
alegre. Todo lo que hacía lo hacía con una pasión desenfrenada.
Cuando cae preso, poco antes de la amnistía a todos los presos
políticos, obviamente nadie sabía que iba a salir tan rápido,
él dedica con pasión a trabajar en una acción militante que
fue supereficaz y que fue recoger los testimonios de los sobrevivientes
de la Masacre de Trelew, en ese libro maravilloso, 'La patria
fusilada', que leímos todos".
Justo cuando Carlos Aznárez estaba relatando el contexto que
rodeó a aquel importantísimo libro sobre los fusilamientos en
Trelew, ingresó al salón de la Biblioteca Hebe de Bonafini,
la presidenta de las Madres, quien hasta ese momento había permanecido
escaleras abajo, en el Auditorio de la Universidad Popular,
en la proyección inaugural de un valioso film producido por
egresados de la carrera de Periodismo.
Envuelta en su pañuelo blanco, Hebe pudo escuchar que "cuando
Paco salió de Devoto nos llamaba la atención que lo hiciera
con el pelo largo, con cara de preso de varios meses, de estar
dando vueltas al patio y, sobre todo, cuidando ese bolso marinero.
Le preguntábamos qué tenía en ese bolso. El contestaba 'esto
es la bomba'. Tal cual. 'La patria fusilada' prestó un servicio
tremendo para desenmascarar lo que había sido esa miserable
dictadura lanussista que llevó a practicar ese fusilamiento
en masa que aún está impune, porque todavía no apareció el Capitán
Sosa, a quien todos los compañeros lo seguiremos buscando en
nuestros sueños".
Carlos Aznárez también subrayó la etapa periodística de Urondo
y evocó que "después estuvimos en el diario 'Noticias', que
fue una experiencia de periodismo maravilloso. Era un diario
bien hecho, bien escrito, con buen material y con una cantidad
de gente enorme. Ahí estuvo Paco representando el cargo de coordinador,
de director y mandamás. Lo hacía no sólo porque estaba trabajando
con sus amigos, sus compañeros de toda la vida, sino también
tenía un enorme respeto por aquellos que recién se iniciaban.
Paco se tomaba el trabajo, a pesar de todas las responsabilidades
que tenía, de guiarlos, conducirlos, no tirarles las notas al
cesto de papeles, sino que se tomaba el tiempo que fuera necesario
para corregirlos. Paco decía: 'Hay que hacer un periodismo que
cuente lo que la gente hace, dice y tiene ganas de que se cuente'".
Además, su compañero en Montoneros recalcó que "obviamente,
Paco pertenecía a una organización que era muy vertical, él
respetaba esa verticalidad y se encuadraba cuando lo corregían
o cuando le marcaban un error. Aunque no lo reconocía como un
error, lo aceptaba porque venía de sus compañeros a los que
les reconocía más mérito para marcárselo". De la misma manera
destacó la capacidad militar de Urondo: "Era muy rígido cuando
se disponía a plantear algo como una operación militar. Un tipo
muy valiente. Lo interesante, y esto es lo bueno que cuenta
el libro, muchos de nuestros compañeros lo tenían como un intelectual,
en el concepto malo del intelectual. Subyacía la idea de que
Paco no podría actuar en un enfrentamiento fuerte. Yo no participé
de ninguna acción militar con Paco, pero tengo compañeros que
sí lo han hecho y realmente agradecían tener un jefe militar
como Paco, porque cuidaba hasta el último momento a su gente,
porque lo más importante no era la acción a realizar sino el
equipo de gente que estaba en la operación. En eso Rodolfo Walsh
y Paco construyeron una relación con la organización, sobre
todo con la base de la organización, que siempre le agradecían
o pedían ir con ellos en los tantos ámbitos en que han estado
de militancia".
Más adelante, Aznárez reconstruyó los días finales de Urondo
y reveló que "cuando termina su paso por 'Noticias' y
empieza la nueva experiencia de Informaciones, llega ese momento
álgido para el cual hay una polémica de si lo mandaron o no
lo mandaron al muere por ir a Mendoza. A nosotros nadie nos
mandaba a hacer cosas que no tuviéramos ganas de hacer. Todo
lo que hacíamos en la militancia política lo hacíamos porque
queríamos estar en esa organización, porque nos comprometíamos
con eso. A veces había excesos, errores, pero hay una parte
de nuestra historia que se ha contado en el después, sobre todo
cuando se empezaron a escribir libros que contaban la experiencia
del 70 donde se quiere dejar esa imagen de que todos nuestros
jefes nos mandaban al muere. Y no es así. Nadie iba al muere
porque lo mandaban, uno estaba en una organización comprometida
hasta las últimas consecuencias. Se cometían errores graves
y también se pagaban esas culpas con los compañeros de base
y otras veces con la muerte de algunos de los compañeros de
la dirección; porque no todos los compañeros de la dirección
de Montoneros o del ERP son los que sobrevivieron. Hay un montón
de compañeros que fueron direcciones de esas organizaciones
y estuvieron en la primera línea de combate hasta último momento.
Y Paco era uno de ellos. Evidentemente Mendoza no era el lugar
ideal para mandarlo, pero ya no había lugares ideales, todo
el país estaba agujereado por la delación, por los servicios..."
Antes de terminar, también recordó a quien fuera la última compañera
de Urondo, "Alicia Cora Raboy, una compañera que siempre reivindico
porque la conocí y trabajé en distintos ámbitos de la organización.
Alicia ha quedado siempre como la compañera de Paco, incluso
algunos compañeros la miraban como 'La mujer de...'. Alicia
se tomó la militancia en serio y le cambió la vida. Era muy
disciplinada, honesta. A Paco, Alicia lo calmaba, porque Paco
muchas veces volaba y Alicia lo bajaba a tierra. Y sobre todo
le dio a su hija, Angela. Cuando nació Angela a Paco lo vimos
cambiado, como que necesitaba ser padre otra vez y lo festejó
con un entusiasmo que le hizo olvidar todos los agujeros negros
que le estaba planteando en ese momento la militancia".
Para finalizar, Carlos Aznárez reflexionó que "hay que rescatar
de Paco y de todos estos compañeros como Haroldo Conti, Rodolfo
Walsh, Miguel Angel Bustos, que siendo brillantes intelectuales
nunca se dejaron ganar por esta aureola de intelectualidad y
cuando hubo que pasar a la acción directa, porque no había otra
vía o forma de combatir a los enemigos, tomaron el camino de
las armas. Y si hubiéramos ganado la revolución, hubieran sido
maravillosos constructores. Hay que decirlo, estuvimos ahí del
triunfo y porque estuvimos ahí nos pegaron con la ferocidad
con que nos pegaron, porque estuvimos arañando el cielo. En
ese sentido Paco nos dejó un legado de vivir con coherencia
y con alegría las cosas que se hacen".
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Para
que el mundo entrara en la historia de la alegría
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Paco
es la mitad de mi vida, le tengo un profundo respeto
Beatriz Urondo, hermana del poeta y militante asesinado por
la dictadura, recuerda su calvario para recuperar el cuerpo.
Por Ana Bianco
Francisco "Paco" Urondo (1930-1976) tuvo una vida intensa. Era
un reconocido poeta de la generación de los años ’60 y ’70,
novelista (Los pasos previos), cuentista, dramaturgo, ensayista
(Veinte años de poesía argentina), guionista de cine y televisión
y periodista, responsable junto a Juan Gelman del suplemento
cultural del diario La Opinión (1971), secretario de redacción
del diario Noticias (1973) y autor de La patria fusilada (reportaje
a tres sobrevivientes de la masacre del 22 de agosto de 1972
en Trelew), que realizó mientras estaba preso en la cárcel de
Villa Devoto, en 1973. Urondo, un intelectual comprometido,
se integró a la organización guerrillera FAR a comienzos de
los años ’70 y aceptó, en contra de su voluntad, un destino
en Mendoza. Murió combatiendo el 17 de junio de 1976 en Guaymallén,
en una redada en la cual Alicia Rabboy, su esposa, fue secuestrada
y continúa aún desaparecida, y Angela, su hija, sobrevivió.
El documental Paco Urondo, la palabra justa, dirigido por Daniel
Desaloms, revaloriza la figura de Urondo y entre los entrevistados
destaca a Beatriz (80 años) hermana de Paco, una testigo importante.
En una charla telefónica desde Merlo, San Luis, Beatriz Urondo
compartió con Página/12 la odisea que soportó para recuperar
el cuerpo de su hermano y rescatar a su sobrina, Angela. El
director Desaloms se refiere al testimonio de Javier, hijo de
Paco, frente al estreno de hoy en el Cosmos [10/11/05].
Beatriz llegó a Mendoza con Teresa, la madre de Alicia Rabboy,
y empezó su peregrinar: "Visitaba el Comando del Ejército dos
veces por día, iba vestida con un tapado de piel y con alhajas,
como si fuera una oligarca, y recibía reiteradamente la misma
respuesta: ‘Desconocemos el hecho’. En una de esas visitas había
observado a un hombre de civil que me miraba con lástima. Y
fue él quien me dijo que el cuerpo de Paco estaba en el Hospital
Cevit, y también agregó que no sabía nada de la señora, pero
que me iban a entregar a la nena. Llegamos al hospital con Teresita
y nos impedían entrar porque había finalizado el horario de
visita. A un milico le dije que pensaba entrar igual, que si
quería me diera un tiro por la espalda. Adentro escuché que
unos hombres con botas de lluvia y palas hablaban de un periodista,
bien empilchado y con un reloj tan lindo, que no lo iban a poder
enterrar en la fosa común, porque la hermana lo reclamaba. Me
dirigí al forense, que no sabía nada del hecho, le mostré una
foto y le insistí que me mostrase los registros, hasta que finalmente
trajo un cuaderno Tamborcito sucio y de mala muerte donde constaba:
17 de junio, alrededor de las 18 horas, NN sexo masculino. Un
policía me acompañó a reconocerlo, yo fingía estar enojada por
ser mi hermano la oveja negra de la familia. Paco estaba ahí
desnudo en la morgue, y pensé: ‘Qué frío debe haber tenido’.
Le habían robado la vida..."
Beatriz necesitaba la constancia de defunción: "Le pedí al forense
la partida de fallecimiento y figuraba como NN. En Tribunales
me enteré de que para ponerle el nombre correspondía iniciar
un juicio y eso demoraba mucho tiempo. Yo quería terminar con
todo lo antes posible y todavía me faltaba recuperar a mi sobrina
Angela, de once meses. En el juzgado argumentaban que faltaba
una firma de Minoridad y Familia y me dio un ataque de nervios.
Ellos se comunicaron por teléfono con las autoridades de Casa
Cuna de Godoy Cruz. Acudí allí y empecé a los gritos a desahogarme,
hasta que me dieron a Angela bajo mi responsabilidad. La directora
se había encariñado con Angela y la llevaba a dormir a su casa.
La tenencia provisoria la tuvo Teresita, su abuela, y aunque
resulta increíble, ella la dio en adopción a una prima de Alicia
que no tenía hijos. Era un hecho consumado. Volví a ver a Angela
a los 18 años, cuando la contactó Javier, el hijo de Paco".
Beatriz, Teresa y Angela tomaron finalmente un avión en el aeropuerto
con los restos de Paco: "En el Plumerillo, el féretro fue puesto
en una cureña hasta subirlo al avión y una doble fila de soldados
lo custodiaba. La situación era paradójica. El avión estaba
iluminado y lo revisaban centímetro por centímetro. En el hall
revisaban los bolsos de mano de los pasajeros y eso generó una
reacción en la gente. Llegamos y fue enterrado en el cementerio
de Merlo, Buenos Aires, como NN, a fines de junio de 1976, hasta
que en 1983 le devolvieron su identidad".
–Usted menciona en la película una carta que nunca le entregó
a su hermano.
–Sí, una carta que le escribí cuando estaba preso y le decía
simplemente que lo quería. Pensaba dársela en alguna visita
o cuando saliese de la cárcel, pero no se la di. Estoy escribiendo
Mi hermano y yo, un libro de anécdotas, que abarca desde el
nacimiento de Paco en Santa Fe hasta su muerte. A mi hermano
lo amaba y cuando nació jugaba con él como si fuese un juguete.
Yo escribía, pero Paco nunca se enteró. Paco es la mitad de
mi vida. Le tengo un profundo respeto como poeta. Era jodón,
simpático, prepotente, machista, y conmigo era muy protector.
Soy docente y no pude aspirar a una dirección por mi apellido.
Me presenté a concurso varias veces, hasta que finalmente me
percaté de que estaba en una lista negra. Presenté la renuncia
y me jubilé. La familia no estaba enterada de la actividad política
de Paco hasta que cayó preso en 1973. No sabíamos por qué habían
mermado sus visitas. Luego desaparecieron Claudia, la hija de
Paco, y "Jote" Koncuart, su marido, en diciembre de 1976. La
película la vi dos veces y está realizada con mucho respeto.
El poema con la voz de Paco, dedicado a los hijos y grabado
en Cuba a modo de despedida, es premonitorio y me hace llorar...
El testimonio de Javier
En el documental, uno de los principales testimonios es de Javier,
hijo de Paco, que hace un relato personal y político muy reflexivo.
El director Daniel Desaloms dice de Javier: "El se quita jerarquía
intelectual y dice que es simplemente un cocinero. Pero es brillante
en su análisis sobre la realidad política de esos años. En febrero
del ’73 fueron detenidos en Ingeniero Maschwitz Iván Roqué,
Lili Mazzaferro, Alicia Rabboy y Paco. La policía allanó el
domicilio de Chela Murúa, ex esposa de Paco, que vivía en Colegiales,
y la llevaron detenida, a pesar de que no participaba en política
y estaba separada de Paco desde 1959. Cuando llegó a su casa,
Javier se encontró con efectivos policiales y, desesperado,
tomó un tren para llegar a Maschwitz: encontró la quinta con
la luz prendida y la policía adentro, y se escapó por un alambrado.
Javier era un chico de apenas 12 años y se ocupó de hacer los
llamados a los amigos y a los abogados para informar de la detención.
Tuvo una historia muy intensa".
Fuente: Página/12, jueves, 10 de Noviembre de 2005
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Poeta
de tiempo completo
Por Juan Sasturain
Hay que tener humor, corazón y huevos –y saber que se los tiene–
para publicar en vida los Poemas póstumos y cerrar el libro
que reunía Todos los poemas (De la Flor, 1972) con estos versos,
los finales de "Solicitada": "Yo no soy / de aquí; apenas me
siento una memoria / de paso. Mi confianza se apoya en el profundo
desprecio / por este mundo desgraciado. Le daré / la vida para
que nada siga como está". Y hacerlo. Porque ese hombre que murió
desguarnecido pero con las armas en la mano apenas cuatro años
después, sabía y respetaba el valor de las palabras. Era un
hombre entero, y un escritor en serio.
Ahora, cuando se lo leía poco, llega la bienvenida película.
La reedición que hizo Adriana Hidalgo hace unos años, de Los
pasos previos, su única novela –"una crónica jodona, capaz que
dramática, de las perplejidades de nuestra inteligencia ante
el surgimiento de las primeras luchas populares", la definió
Walsh– nos devolvió un texto que como La canción de nosotros,
de Galeano, e incluso el Mascaró, de Conti, son más representativos
y sintomáticos de la época que de los autores. Porque Urondo,
que fue periodista y de los buenos –y ahí está La patria fusilada
(1973) para testimoniar el oficio–, frecuentó el ensayo literario
como cronista y lector atento de su generación, pero fue sobre
todo poeta y, en este caso sí, de los mejores.
Es cierto que últimamente –tres décadas...– se lo ha leído salteado
y con anteojeras ideológicas reversibles: la predisposición
celebratoria ante el poeta militante victimizado o el prejuicio
frente a una palabra que se supone meramente instrumental. Claro
que tampoco estaban los poemas a mano para verificar. Después
de aquella edición de De la Flor, poco y nada anduvo por las
librerías. Hasta que hace unos años, a fines de los noventa,
Juan Gelman armó para la editorial Seix Barral una hermosa antología
de su amigo. Es la que anda por ahí, se llama Poemas de batalla
y al seleccionador no le gustó el título elegido finalmente
por alguien que no era él (ni Paco, claro). Y con razón: da
una idea algo estrecha del contenido del libro y sobre todo
de la actitud del autor a la hora de versear. Acaso se debió
precisar un detalle: durante veinticinco años de leer, escribir
y publicar poesía, la primera batalla de Urondo –no la única,
por supuesto– fue por la expresión justa y contra la estimulante
opacidad de las palabras. "La crueldad no me asusta y siempre
viví deslumbrado / por el puro alcohol, el libro bien escrito,
la carne perfecta", escribió en La pura verdad, a mediados de
los sesenta, para concluir: "Sin jactancias puedo decir / que
la vida es lo mejor que conozco". Algo que la misma vida podría
haber dicho de él.
Fuente: Página/12, jueves, 10 de Noviembre de 2005
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La
vida y la muerte en la revolución (1)
Por Nilda Susana Redondo
"Decime una cosa, Simón: ¿a vos te
gusta la gente?" No, así como estaban, no. A él le pasaba lo
mismo; a Mateo también. A Marcos, seguramente, quién sabe, al
mismo Che: sin embargo se arriesgaron por esa gente, por esos
hombres insatisfechos; murieron por ellos"
Francisco Urondo. Los pasos previos. 1971
¿Qué estaba pensando Urondo (2) a inicios del ’70 respecto de
la función del arte, la poesía, la cultura, la revolución, la
vida y la muerte? Para buscar respuestas vamos a mirar algunos
textos significativos: la novela Los pasos previos, escrita
en el ’71 y publicada en el ‘73; Trelew. La Patria Fusilada,
reportaje publicado por Crisis en el mismo año y que Urondo
ha realizado a los tres sobrevivientes de la masacre perpetrada
el 22 de agosto de 1972, un día antes de la liberación de todos
los presos políticos (3) que se concreta en el inicio del gobierno
de Cámpora; y un artículo referido a la vanguardia y los intelectuales
en la revolución, que publica en septiembre del ‘74 junto a
algunas poesías que pertenecen al libro Cuentos de Batalla (4).
La Patria Fusilada expresa la línea peronista del revolucionario
Urondo y pone en evidencia una tensión entre populismo y vanguardia.
Se plantea que la acción represiva, que se viene produciendo
desde el 16 de junio de 1955, busca "separarnos a nosotros de
Perón y del pueblo": es decir a la formación de vanguardia guerrillera
del líder y la masa e impedir el proceso electoral. Creen que
si Perón es desplazado, el peronismo se puede integrar al sistema.
La guerrilla está definida como "una expresión política del
pueblo en condiciones de represión y de opresión extremas".
Ha sido aceptada por el pueblo a pesar de estar integrada por
militantes cuya extracción de clase no es popular u obrera porque
"el pueblo mismo tenía experiencia de violencia y de lucha que
venía haciendo por sí solo" y porque lo que importa es la inclusión
de clase. Así es como la masacre de Trelew genera una reacción
popular tan importante que coloca a la dictadura en retirada.
Hay una fascinación por Perón y su táctica: Se alaba el "juego
pendular" del líder y se lo considera superior a Lanusse, luego
de colocarlos en una escena como de duelo personal:
"M. A. B.: Lo que pasa es que el juego pendular de Lanusse es
una cosita ...
F. U.: Este no es un problema de simetría sino un problema de
dialéctica.
R. R. H.: Me inclino a pensar que el que llevaba la manija era
el general Perón.
M. A. B.: ¡No tenemos líder, eh! "
En Crisis, en 1974, sostiene que la vanguardia debe existir
para modificar el estado de cosas y tiene que construirse no
solamente en el terreno político sino también en el cultural
porque actúan en permanente interrelación. Hay que colocarse
en el momento histórico, conocer el estado de situación para
no actuar a espaldas de la realidad que, desde su punto de vista,
sería la forma de hacer política del ultraizquierdismo, y que
lleva al vanguardismo, es decir al desprendimiento del conjunto
de la sociedad aunque advierte también que no hay que caer en
el populismo. En ese facilismo de decirle al pueblo todo el
tiempo que sí.
Le da principalidad al rol del intelectual en el movimiento
revolucionario de vanguardia pero dice que los intelectuales
tienen "un enemigo difícil de aislar y de aniquilar. Ese enemigo
son ellos mismos. O dicho de otra manera, a estos trabajadores
de las ideologías, lo que más les obstaculiza la tarea es la
propia ideología."
Otro tema que aparece en este artículo es su concepto de la
muerte. Urondo, lejos del "culto a la muerte", sostiene:
"El Che decía que la revolución es un acto de amor. Y es cierto,
porque los actos de amor requieren entrega y lucidez".
"Osar morir da vida", me recordaba Lezama Lima que alguna vez
dijo José Martí. Cuando se considera a la vida una propiedad
privada, sólo el heroísmo, con su carga de posteridad o, en
el mejor de los casos, de búsqueda de inmortalidad, permite
la osadía de ponerla en riesgo. Pero el sentido de la osadía
que propone Martí no es individualista, sino que responde a
una concepción ideológicamente más generosa. Porque la vida
no es una propiedad privada, sino el producto del esfuerzo de
muchos. Así, la muerte es algo que uno no solamente no define,
que no sólo no define el enemigo ni el azar, que tampoco puede
ponerse en juego por una determinación privada, ya que no se
tiene derecho sobre ella: es el pueblo, una vez más, quien determina
la suerte de la vida y de la muerte de sus hijos."
Esta misma reflexión van a realizar sus personajes de Los pasos
previos. Es una concepción comunista: la vida y la muerte son
hechos colectivos. Además este concepto está en toda la lógica
de la época en el sentido de que en la prolongada tarea en pro
del triunfo de la revolución y por la liberación de la humanidad,
las clases dominantes, a medida que aumenten los niveles de
lucha, van a aumentar los niveles de tortura, represión y barbarie,
y por lo tanto también crece el riesgo de morir.
Se entrecruzan en la novela textos de ficción con entrevistas
que le hacen en Cristianismo y Liberación a Raimundo Ongaro
de la CGT(A) (5), y textos de Rodolfo Walsh, o escritos en conjunto
por Ongaro y Walsh. Estos discursos ponen en escena la cantidad
de discusiones que se daban en la Argentina en el ’66,’67,’68
en relación a si era posible o no la lucha armada, de qué manera
tenía que llevarse adelante; si el foquismo y la guerra revolucionaria
de Guevara, tal como se había expresado hasta su muerte en Bolivia,
debía tener modificaciones o no; cómo debe evaluarse la experiencia
de guerrilla urbana que están desarrollando los Tupamaros en
el Uruguay; cuál era el papel de los intelectuales en la revolución
y cuál, el rol de Cuba. Se contrastan las visiones de la nueva
y la vieja izquierda, con clara inclinación hacia la nueva y
presentando a la vieja como encerrada en dogmas que no le permiten
el encuentro con la realidad como por ejemplo, no puede comprender
el cordobazo. (continúa en pág. 14)
En el relato ficcionalizado aparecen artistas, intelectuales,
actrices, actores, pianistas, escritores que llevan una vida
bohemia, de halago para el propio cuerpo; y en determinado momento
algunos de ellos se van a integrar a la lucha armada. Además
se van presentando escenas eróticas y de enamoramientos a medida
que se desarrolla la propia militancia. Urondo se atreve de
esta manera a romper con el modelo del militante puritano que
debe renunciar al goce de la vida para desarrollar su militancia.
Y lo hizo no sólo con las temáticas que circulan por sus escritos
sino además en su vida práctica.
Paco era un tipo lleno de vida que sin embargo eligió morir
para no delatar a sus compañeros. Entendía su muerte como un
mandato colectivo y le horrorizaba lo que podía significar la
tortura en cuanto a romper las barreras de las personas y obligarlas
a delatar a otras; probablemente desde esta perspectiva del
horror a la delación es que tenga que interpretarse la cuestión
de la pastilla de cianuro en Urondo (6). No desde el punto de
vista del culto a la muerte y no tampoco de lo que quería la
organización Montoneros, respecto de lo que ellos consideraban
debían ser héroes inquebrantables; justamente Urondo lo que
estaba pensando es que él no era inquebrantable, y que lo que
no quería hacer era delatar porque le parecía el acto más indigno.
Notas:
(1) El trabajo forma parte de una investigación poético-ideológica
que la autora inició recientemente.
(2) Francisco Urondo nació en Santa Fe en 1930. En la década
del ’50 fue frondizista; al inicio de la gestión de Arturo Frondizi,
en 1958, fue Director de Cultura en la provincia de Santa Fe.
Como toda la intelectualidad progresista que había apoyado a
Frondizi, se alejó rápidamente dado el rumbo reaccionario que
tomaba el gobierno. Luego participó en el Movimiento de Liberación
Nacional, hasta su opción por la lucha armada, a fines del ’60.
Su producción artística es enorme. Participó en revistas poéticas:
Poesía Buenos Aires en la década del ’50 y Zona de poesía Americana,
luego. Escribió obras de teatro, ensayos referidos a la literatura
argentina contemporánea; fue guionista de películas, adaptó
novelas a la televisión. Trabajó en diarios como Clarín y La
Opinión y revistas como Panorama.
(3) Urondo había sido apresado en febrero del ’73, junto a Lili
Mazaferro, su hija Claudia; el compañero de su hija, Mario Lorenzo
Koncurat, y Julio Roqué cuando las fuerzas represivas descubren
la quinta que Urondo había alquilado por resolución de las FAR
(Fuerzas Armadas Revolucionarias) a las que pertenecía desde
1970, con el objetivo de realizar reuniones con Montoneros con
los que estaban en tratativas para la fusión que pronto se plasmaría.
(4) Llevaba con él estos poemas cuando lo abatieron. Escribió
siempre, nunca dejó de escribir. Es decir, con su práctica rompió
el prejuicio respecto de que hay una disociación elemental entre
la militancia política revolucionaria, la toma de las armas,
el ser un combatiente y el ser poeta y dedicarse al arte y la
cultura.
(5) CGT de los Argentinos, del sindicalismo combativo, formada
en 1968. Perseguida por la dictadura de Onganía, sobrevivió
hasta principios del ’69. El secretario general fue Raimundo
Ongaro; responsable de la prensa, Rodolfo Walsh.
(6) Incorporado ya a Montoneros y teniendo a cargo prensa de
Noticias por 1975, Urondo se enamora de una joven: Alicia Cora
Raboy, del mismo diario. La cúpula de la organización aprovecha
la oportunidad para degradarlo con el argumento de que ha violado
el código interno de ética, moral y buenas costumbres; por infidelidad,
pues él aún vivía con Lili Mazaferro. Resuelve enviarlo a Mendoza,
donde (como relatan Walsh y Verbitsky) había un alto nivel de
represión y gran desarticulación en el grupo: ese traslado significaba
ser colocado en riesgo de muerte. Urondo acepta ir allí por
mayo del '76 y rápidamente muere en una encerrona policial.
Iban en un Renault 6 con su esposa Alicia Cora Raboy, con la
bebita de ambos, Angela y con una compañera montonera. Urondo
tenía armas en el baúl pero no puede detenerse para buscarlas.
Cuando comienzan a tirotearlos se defienden con armas cortas
pero finalmente Urondo les dice a las mujeres que intenten escapar.
El tiene un tiro en la espalda; cuando el auto se detiene por
el impacto de las balas, ingiere una pastilla de cianuro (recomendación
de Montoneros), igual lo rematan con otro tiro. La Turca escapa
y Alicia intenta entregar la bebita a un hombre que estaba ahí,
dueño de un taller. Ella es secuestrada, no aparece en el parte
de la policía. Finalmente a Angela se la lleva la policía y
la colocan en una casa cuna. El comisario coronel Sánchez Camargo
envía a su responsable la siguiente nota: "remite a un menor
lactante hija presunta de N.N. y de N.N. quien en la fecha fuera
abandonada en un automóvil mientras se realizaba un procedimiento
en este servicio con conocimiento de las autoridades de la 8°
Brigada de la Infantería de Montaña. Tanto ella, la progenitora,
como su padre, al ser evocados por la policía abandonaron a
la niña dejándola en total desamparo material y moral. . ."
(2003, 158/9) En Los Andes la noticia se tituló: "Abatieron
en Mendoza a un delincuente subversivo".
Bibliografía:
Urondo, Francisco.
*Los pasos previos, Bs.As. Adriana Hidalgo editora S.A., 1999.
*Poemas de batalla. Antología poética 1950-1976. Selección y
prólogo de Juan Gelman. Bs.As., Seix Barral, 1998.
*"La patria fusilada. Testimonios de María Antonia Berger, Alberto
Miguel Camps y René Haidar, sobrevivientes de Trelew", Bs.As.,
Crisis N°4, agosto 1973.
*"Textos y Poemas", Bs.As., Crisis N°17, setiembre 1974.
Referidos a Urondo
*Freidemberg, Daniel, "Dossier Urondo" en Diario de Poesía N°
49, Bs.As., otoño 1999.
*Montanaro, Pablo, Francisco Urondo. La palabra en acción. Biografía
de un poeta y militante. Bs.As., Homo Sapiens ediciones, 2003.
Nota publicada en la edición Nº 57 (enero de 2004)
Fuente: www.primerodeoctubre.com.ar
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Fragmento
de Al tacto
Por Francisco Urondo
Este santafecino de 37 años lleva casi veinte asediando todos
los géneros de la creación literaria. Autor de guiones de cine
(Pajarito Gómez, Noche terrible), de obras de teatro (Sainete
con variaciones, puesta en escena por Luis Macchi en 1966; Veraneando,
no representada), de relatos (Todo eso, Jorge Alvarez, 1966),
es, dentro de la poesía, sin embargo, donde alcanzó cimas más
sólidas. Desde sus libros iniciales (Breves, y Lugares) hasta
'Del otro lado', no editado aún en la Argentina, pasando por
Nombres (1964), uno de los mayores libros de poemas de su generación,
Urondo ha elaborado una voz reconocible y fiel a sí misma, que
tiene pocos paralelos en la Argentina. Estos textos pertenecen
a su segundo libro de relatos, que publicará Sudamericana la
próxima semana [*]
Malestar
No veo la hora de estar en un aeropuerto lustroso, como una
cama, y de allí saltar a un avión y volver a Buenos Aires lo
más rápido posible. Volver a casa, "vivir con mamá otra vez";
Dios mío: qué mal puede llegar a sentirse uno, qué momento para
tener un cólico, qué inoportunidad: Río debió esperar, sin duda,
mucho más de mí; al menos que tuviera más receptividad y no
a la inversa.
Sobrevivo hace horas. Primero en casa de Guilherme, con ese
ex diplomático empeñado en hablar conmigo a pesar de su hemiplejia;
después esa actriz con la que hubo tácito y súbito entendimiento
y con la que, sin embargo, hasta ahora no pasó nada porque mi
mujer olió todo y esto complica las cosas.
Creo que empezó con el suco de laranja; o quién sabe si no fue
después, con el abacaxi de la playa, o con el mar, que estaba
más frío que la madonna. Lo que pasa es que uno viene por muy
pocos días y quiere aprovechar, porque después no queda otro
recurso que el río de la Plata, sucio y plagado de toscas; uno
se rompe allí los pies, el alma. Uno puede llegar a morir, especialmente
si lo agarra una buena sudestada en pleno remojón; una de esas
que hacen crecer el río a razón de centímetros por minuto, y
no da tiempo a salir y termina azotando a la gente contra las
murallas de la costanera. Es casi seguro que he tomado frío
en las frías aguas del mar.
Mi psiquiatra suele decirme: "Claro, quiere todo el mar para
usted solo. La fantasía debe ser tomárselo, siguiendo con una
vieja costumbre suya". Sí, ya sé, tienen ustedes razón, la avidez
me pierde, pero prometo no volver a tomar nunca más una procelosa
copita de mar turbulento y frappé. En realidad me debe haber
liquidado el cambio de régimen alimenticio: los sucos, el frango.
¿Dónde habrá ido -me pregunto- a parar nuestra fluida carne
de vaca, la mejor del mundo, o mais grande?
Y esos negros -para colmo- en pleno coloquio sentimental con
el mismo mandinga, fumando marihuana, o maconha, como le dicen
aquí. Esos negros dándose cuerda para estar a la altura de las
circunstancias, es decir, de esa liturgia endemoniada, metiéndose
en el mar, y bailar, y orar, y cantar, y sudar en el yemanyá,
iluminando el mar con sus pobres velas de sebo, con ese frío
espantoso que trae la noche. Alfonsina Storni debió internarse
así en el mar, y no con la intención de adorar a la virgen negra
de los esclavos, sino a su alma pura: "tú me quieres blanca".
Solo Dios y yo conocemos la cara que puso el camarero del hotel
cuando lo llamé, a las cuatro de la mañana, y le dije: "Faz
favor, pódeme procurar um pouco de maconha, ¿me entendió?" "Si
senhor, eu entendí, más nao tenho; vocé pode encontrar no 'Cagaceiro'
la, um barzinho que fica perto d'aqui" Pero en el barzihno nada;
ni siquiera ese pibe que merecía ser argentino por la pintita,
pero que cantaba en portugués y no hablaba una sola palabra
de castellano. Tampoco tenía idea de dónde se podía conseguir,
y se reía: ja, ja, qué gracioso. Un poco de maconha, cretino,
para digerir el frango y el frío, y el suco y la inmensa virginidad
del mar.
Habrá sido la falta de maconha. O el whisky aguado de Guilherme
con tanta gente en su casa. Río es La Corte, y Guilherme el
duque de Urbino. Además, Río de Janeiro es "la ciudad de los
grandes contrastes". Santo Dios, será posible que todo el mundo
siempre diga lo mismo y, además, se crea original, agudo y sobre
todo en paz con su conciencia. Pero arriba de los grandes edificios
siguen los morros miserables. Sí, "los contrastes": la miseria
codeándose con la opulencia, como yo me puedo codear con su
hermana. Y no es una guarangada lo que digo: bien puedo ser
amigo de su hermana; el marido. Viajar con ella a Río de Janeiro
-"capital de México"- y descubrir la miseria engarzada en el
dinero, codeándose con él, como yo puedo codearme con mi mujer,
es decir, con su hermana. A lo mejor empecé a sentirme mal de
tanto parar la oreja: se hablaba por lo menos en cuatro idiomas
en casa de Guilherme; no daba abasto porque no domino particularmente
ninguno, solamente una palabrita aquí y otra más allá. Además,
hablan tan rápido estos malditos cariocas; meten miedo. Un aeropuerto;
sólo un aeropuerto, pido, y partir.
Un aeropuerto para morir bailando. Aunque sea este aeropuerto;
aquí detuvieron a Perón, aunque "el hombre" no tiene nada que
ver con mi actual estado de salud. Sin embargo, hay cosas que
matan; por ejemplo: ambiciones, países. A Sebastián, sin ir
más lejos, no lo mató otra cosa que no fuera Lima, "la horrible".
Podía irme de aquí a Manaos, en vuelo directo o haciendo escala
en Brasilia, y de allí a Iquitos, y de allí, pasando por la
desaparecida Santiago de Chuco, a Trujillo y bajar hasta Lima,
y en el jirón de la Unión abrazarme con mi querido Sebastián
y decirle: "bailemos unas marineras hermano, que estoy a punto
de ponerme a llorar como un Inca". No sé cómo decirlo: me siento
mal. Estoy seguro de que prácticamente nadie se ha muerto de
un cólico, pero, de todas formas, me siento mal. Debo haber
tomado frío, pero no en el mar, sino en el morro, "lembrando
sempre na favela". Se había levantado viento y yo estaba muy
sudado de tanto bailar en la scola do samba. Qué me habrá dado
por bailar; hasta Carmen me miró asombrada. Carmen que no se
asusta ni de ella misma. Hoy no la he visto a mi amiga; debe
estar retozando con su amigo. A lo mejor la han metido presa,
porque Carmencita es de las que no tienen pelos en la máquina
de escribir.
Volvía de Lima en un avión lleno de monjas, y una de ellas se
desmayaba y se le caía la máscara de oxígeno, y yo dudé entre
dejarla morir o acomodarle ese aparato en la trompa: esa monja
denunciaría a mi amiga Carmencita, porque las monjas tienen
un olor espantoso, el olor de la muerte que se avecina. Habiéndome
sentido an bien en Antofagasta con el vino Undurraga y los locos
-por citar a un marisco- y con Andrés, el poeta, ¿cómo puede
ser que ahora me sienta tan mal?. Estoy en tierra firme, no
caigo en los pozos de aire, no me azotan los vientos de la cordillera
¿me verá don José de San Martín desde allá abajo? Lo saludo
desde una altura que nunca ha podido virtualmente sobrevolar.
Quisiera estar en cualquier parte, menos aquí, en este restaurante,
sobre la avenida Atlántida, sobre el océano que lleva su nombre.
Mi mujer está sentada enfrente, del otro lado de la mesa o del
mostrador, si así lo prefieren. Se la ve notoriamente preocupada
por la vecindad de la actriz y por el mal semblante que debo
tener. La odio; siempre preferí denostarla a interesarme, a
tratar de averiguar cómo era. Estoy harto de engañarla en sus
propias narices, delante de su mismo trasero y ahora, con todo
esto del cólico, creo que empiezo a necesitarla un poco: piedad
y un aeropuerto. La actriz me mira: es rica, cachonda, pero
las actrices son para mirar de lejos, desde un escenario y sólo
representando: "¿Me gustaría saber qué mira?; camine, camine
al gineceo, que los cólicos me ponen más misógino que un gallego".
Dios mío, qué mal estoy, y además esta mujer incomprensible
que-me-ha-manda-do-el-Señor, y que me patea porque piensa que
miro codiciosamente a la actriz. ¿Qué pretende, que además de
sentirme como me siento, no mire; que agache la cabeza; que
rece, que pida perdón?; Un aeropuerto.
Guilherme, en este preciso momento, recuerda que Vinicius -inventor,
como es muy sabido, de la bossa nova- no tiene casi voz y que
canta, por esta razón, muy suavecito; sostiene que es éste el
motivo por el cual todos cantan en un tono muy bajito, como
si susurraran. Es una maldad simpática; tiene bossa. Y Guilherme
ama a Vinicius; los brasileños se aman entre sí y yo me siento
incomprendido, con todo mi odio encima. La vida entera he tenido
este cólico, este odio. Empezó hace más de veinte años, antes
del general Ramírez, cuando comenzaba la guerra y Holanda era
invadida por los botes neumáticos: antes, cuando el Ejército
del Ebro, si mal no me acuerdo. Todo empezó entonces y viene
a terminar ahora, en Copacabana. Empezó en el Largo de Boticario,
en la casa de ese pintor que quería levantarse a mi mujer: ma
sí, que se la levanten de una buena vez y que me dejen tranquilo
con toda esa agua que le echan al whisky estos cariocas.
Malditos sean cuando dicen "lotacao" y pronuncian las tres últimas
sílabas cerno si estuvieran bailando estos cretinos, como si
fueran las ancas de sus putas mujeres que miraba cuando dejé
a la mía en la avenida Copacabana y me interné por Rio Branco,
y pasó ese bonde que iba a Madureira. Lloró mi corazón souzinho,
llora por la nostalgia, por las vírgenes y las magdalenas. Y
mi mujer comprándose una bikini francesa de color colorado,
mientras yo seguía a todas las mujeres de Rio, pero y ahora,
"José a festa acabou, a luz apagou, o povo sumiu, a noite esfriou,
e agora José?, ¿e agora, vocé? Está sem mulher, está sem discurso,
está sem carinho, ja nao pode beber, ja nao pode fumar, cuspir
ja nao pode, a noite esfriou, o dia nâo veio, o bonde nâo veio,
o riso nâo veio, nâo veio utopia, e tudu acabou, e tudu fugiu,
e tudu mufou. José, ¿e agora? Se vocé gritasse, se vocé gemesse,
se vocé tocasse a valsa vienense, se vocé dormisse, se vocé
cantasse, se vocé morrese... Mas vocé nâo morre, vocé é duro,
José!"
Había feijoada por allí, que la gente comía de pie en un mostrador.
O ese pescado a la bahiana pasando la Barra de Tijuca, más allá
del morro de Rozinha; las negras vestidas de broderí blanco,
sobre la arena blanca, sobre la virgen negra de yemanyá, rezaban
bajo el pleno sol del mediodía. Había un café cerca del puerto;
prostitutas muy pretas y batindinhos de cashasa, mientras mi
mujer compraba su bikini y yo subía a la favela por esas callecitas,
y Getulio no estaba más, y Jango tampoco. Sólo quedaban "los
mineros de Lota saliendo de su cueva". Me acordé de Lawrence
Ferlinghetti merodeando por Chile y diciendo eso de los mineros
que, como simios, merodean Botafogo, y de Lacerda, echando a
los tinhosos de ese morro al que confieren tan mala vista. Un
aeropuerto, por el amor de Dios, que de un momento a otro me
encuentro con mi mujer y me dice "hola, ¿a qué no adivinas lo
que me compré?"
La pobrecita queriendo decir algo: "no podemos decirnos nada,
amor mío; dame la mano, es demasiado para los tiempo que corren;
la mano, la patita".
Me sigue pateando por debajo de la mesa. Como para levantarme
a una actriz estoy yo; la procesión va por dentro querida: los
feligreses me pisotean las tripas, es decir, el alma de los
desdichados. Sangre mía de hermanos que nunca fuera derramada
a su debido tiempo; un baño de sangre. Un aeropuerto para lavar
los pisotones de la procesión que transcurre en mi templo interior,
en mi alma, es decir, en mis tripas, en este enmerdado espíritu.
No quiero un avión para irme a cualquier otro lado, quiero un
aeropuerto para salir volando, y tomar aire, y respirar.
Ya no se puede respirar, a pesar de todo el océano; no sé cómo
tomar aire. Hay que apurarse, porque estoy a punto de irme a
la marchanta, por no decir otra cosa: una grosería, de esas
que en nada benefician al mundo.
ADIÓS
-Sí, mamá... -Yo le decía mamá, aunque en realidad no lo era.
La llamaba así para que no hubiese dudas. En realidad quería
decirle: "te quiero mucho"; por eso le decía mamá.
-...están muy bien, te mandan besos; en el próximo viaje te
los voy a traer. -Me refería a mis hijos; ahora vivían en Santa
Fe con su madre, y yo no vivía más con ellos. Mamá sospechaba
algo de toda esta situación matrimonial, pero nunca comentamos
nada; no me pareció oportuno.
Por otra parte, era difícil, porque mamá nunca hacía preguntas.
Prefería que uno le contara espontáneamente; si tenía ganas,
o si podía. Así me encontré muchas veces hablando de alguna
cosa que ni sospechaba iba a terminar conversando con ella;
porque ella conversaba, no daba consejos. Después venía un alivio:
los problemas se achicaban, la vida era linda. Estar a su lado,
hablar; sin embargo, esta vez no había querido decirle nada,
traerle más problemas, con todo lo que estaba viviendo.
Ahora niega algo con un movimiento de su cabeza:
-¿No, qué?
-No los voy a ver...
La miro, finjo, digo que no la estoy engañando, que en el próximo
viaje voy a venir con los chicos; pongo, incluso, ojos de desconcierto
cuando no tengo más remedio que reconocer que se está refiriendo
a otra cosa, no al posible incumplimiento de mi promesa.
-.. .a vos tampoco.
Sin dejarla terminar, despliego un elenco convulso de explicaciones
inútiles. Por ejemplo, que la otra vez, cuando la operaron,
después de darle sangre, también había comentado que no valía
la pena o algo por el estilo. Que hacía más de dos años de todo
esto: "mira si no valía la. pena".
-Ya ves: no valía la pena.
-¿Cómo que no?
No insistió aunque era evidente que estaba convencida de sus
razones; se limitó a negar con un pesado movimiento de su cabeza.
Estaba tapada hasta las orejas, apoyada precisamente sobre el
costado donde estuvo el pecho que había desaparecido en aquella
operación. Tenía en la piel ese color que trae la enfermedad,
el olor a remedios que trae la enfermedad.
Mamá, cuando estaba sana, siempre hacía scones, y nunca vi que
ofendiera a nadie. Tampoco era cargosa con sus caricias, no
molestaba, daba lo que estaba haciendo falta y en el momento
preciso. Cuando hacía scones, la tarde era una fiesta: la masa
cruda todavía, la copa con que la cortaba antes de ponerla al
horno.
¿Cómo era posible que desaparecieran con ella esos scones?
-Vale la pena: dentro de un par de semanas te vas a sentir mejor
y te vas a poder levantar.
Ya ni siquiera negó con aquel movimiento de su cabeza. Me miró
fijo, y nada más. Después sonrió un poquito y, penosamente,
extendió el brazo dolorido, sin duda, y tomó mi mano, como hacía
antes para que me durmiera, como haría siempre a partir de ese
momento, sin soltarme nunca, sin decir nada, como sonriendo.
Una lágrima resbaló por la filosa ladera de su nariz, y yo sentí
que se clausuraba mi garganta.
-¿No tenés que irte ya?
-Todavía es temprano.
-¿A qué hora sale tu tren?
-Falta mucho.
-No se te vaya a hacer muy tarde...
-...Tengo tiempo todavía.
-Si querés, anda; no te demores conmigo.
-Con un taxi estoy enseguida.
Retiro estaba muy cerca, y no perdí el tren. Dos días después,
tomaba certeza con algunos amigos, en Santa Fe. Conversábamos,
y ya ni me acuerdo de cuál era el tema en ese momento; tal vez
nada importante, pero en eso andábamos, dejando pasar el tiempo,
cuando vino alguien a decirme que habían hablado por teléfono
desde Buenos Aires, para avisar que la tía se había muerto.
Era más que la tía, era ni madre, como ya dije.
[*] Revista Primera Plana, diciembre 1967
Fuente: www.magicasruinas.com.ar
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