"La existencia de los pueblos, como la existencia de los individuos, está sembrada de odiosas injusticias. Así como en la vida nacional hay clases que poseen los medios de producción, en la vida internacional hay naciones que esgrimen los medios de dominación, es decir la fuerza económica y militar, que se sobrepone al derecho y nos convierte en vasallos." Manuel Ugarte

Manuel Baldomero Ugarte nació en Buenos Aires el 27 de febrero de 1875. Escritor, diplomático y político socialista, murió en Niza, Francia, el 3 de diciembre de 1951. Tanto su vida como su obra fue silenciadas por la cultura oficial argentina y el establishment durante generaciones.
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Su primer peso, Caras y Caretas (04/07/1936)  |  Hugo Chumbita - La corriente nacionalista de izquierda


 

Celac: bolivarismo, nacionalismo y socialismo

Por José Steinsleger
La Jornada, México

En 1783. El primer atisbo de unidad política de América hispana tuvo lugar en el Madrid liberal y reformista del rey borbón Carlos III. El ministro Pedro Pablo Abarca de Bolea (conde de Aranda) había entregado al monarca un proyecto neocolonial sobre las provincias americanas, sugiriendo que la referida unidad fuera una suerte de "Commonwealth hispano".

Con vista larga, el conde de Aranda recomendaba a la corona "deshacerse de sus posesiones americanas, conservando sólo Cuba y Puerto Rico para el comercio español". Para ello se establecerían tres infantes o reyes en América: uno como rey de México, otro como rey de Perú y otro como rey de Costafirme. Los tres gobernarían el continente en nombre del emperador Carlos III.

El Informe Aranda quedó en agua de borrajas, y recién en 1808 sería retomado por Manuel Godoy, el todopoderoso ministro de Carlos IV. Plan que, asimismo, llegó demasiado tarde, a causa de la invasión francesa, la abdicación de Fernando VII, la falta de generosidad de la Junta Suprema de Aranjuez con los hermanos americanos (se les concedía representación con arreglo a los blancos, excluyendo a indios, negros y zambos), y la inminente guerra con Inglaterra (1808).

La guerra de la independencia dio a la burguesía criolla la oportunidad que esperaba. Dos años después se iniciará el proceso que en veinticinco años llevará a la independencia a la casi totalidad del continente americano.

1910. Barcelona, 25 de mayo. En la conferencia Causas y consecuencias de la revolución americana, el socialista argentino Manuel Ugarte (1875-1951), manifiesta que la insurrección producida en las colonias un siglo atrás, no llevaba propósitos separatistas. Ugarte fue el primero en plantear la "cuestión nacional" de la independencia.

El historiador Norberto Galasso sostiene que, a juicio de su biografiado (Manuel Ugarte), la misma revolución democrática que se operaba en España contra el oscurantismo monárquico se realizaba en las colonias. Pero no contra España, sino contra la minoría que dominaba en España y en las colonias, es decir, contra el absolutismo. El separatismo, según esta tesis, surgió después, inevitablemente, al ser derrotada la revolución democrática por la reacción en España.

En El porvenir de la América española (1910) Ugarte analizó los orígenes de la América española, refiriéndose en particular a los pueblos indígenas, españoles, mestizos, negros, mulatos y criollos como "componentes del hombre latinoamericano". Los socialistas argentinos, en nombre del internacionalismo proletario, niegan toda cuestión nacional en América Latina. El imperialismo carece de importancia o no existe, y hay que limitarse a lograr conquistas obreras.

1946. En febrero de 1946, horas después de los comicios presidenciales, el presidente electo Juan Domingo Perón (1895-1974) se dirigió por escrito al legendario caudillo del Uruguay Luis Alberto Herrera (1873-1959). El mensaje del líder argentino (hallado por el investigador Carlos Machado) dice: "Hay que realizar el sueño de Bolívar. Debemos formar los Estados Unidos de Sudamérica".

El 7 de julio de 1953, en una cena de camaradería de las fuerzas armadas, Perón expresa por primera vez las ideas que presidirían su programa global:

“No hay soberanía política plena mientras el continente siga fragmentado por el interés imperial. No hay independencia económica en el marco de la dependencia como fruto de la monoproducción. No hay justicia social sin asentar la base material que la posibilite, y resulta imposible lograrla malherida por la desunión… Presentimos que el 2000 nos encontrará unidos o dominados.”

Perón erró por menos de cinco años. En efecto, y con excepción de Cuba y Venezuela, el escenario latinoamericano de finales del siglo mostraba un cuadro ideológicamente confuso y políticamente desolador.

No obstante, en la cuarta Cumbre de presidentes, frente a las narices de W. Bush, el peronista Néstor Kirchner, el bolivariano Hugo Chávez, y el sindicalista Lula enterraron el proyecto de libre comercio de las Américas (Mar del Plata, noviembre de 2005).

Tres años después se constituyó la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), y en días pasados, en Caracas, la flamante Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac) puso punto final al monroísmo, abriendo de par en par (y con exclusión de Estados Unidos y Canadá), la integración, cooperación y solidaridad entre los países del continente.

Antes que partenogénesis de algún gobernante metido a "redentor" (como diría un patético ropavejero de la historia de México), los fundamentos de la novísima Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac) fueron posibles gracias a la amplitud de miras del grupo de estadistas que hoy impulsan hoy la integración y solidaridad de nuestros pueblos, sin el ominoso y frustrante poder disuasivo de las corporaciones imperialistas de Estados Unidos y Canadá.

La hoja de ruta ha sido trazada y, sin dudas, una de las tareas de la Celac consistirá no sólo en la coordinación de esfuerzos para encarar con espíritu soberano la violentísima crisis en curso del capitalismo mundial, sino también en ponderar el alcance y sentido de las palabras del libertador Simón Bolívar tras el fracaso del Congreso Anfictiónico de Panamá (1826), y su torpedeada continuidad en Tacubaya (1827): “Nosotros no podemos vivir sino de la unión…”

Durante poco menos de 200 años, una copiosa y documentada bibliografía dio cuenta de los hechos y causas que frustraron la unidad política de América Latina. Por ser asunto de fácil consulta, no abundaremos en ellas, y traeremos en cambio la evocación de un ignoto y moderno precursor de la Celac: el argentino Manuel Ugarte (1875-1951), cuyas ideas, durante muchos años, gravitaron entre los revolucionarios de México y América Latina.

Reconstruida en dos tomos por el historiador Norberto Galasso (Del vasallaje a la liberación nacional y De la liberación nacional al socialismo, Universidad Nacional de Buenos Aires, 1973), la vida fascinante y lucha de Ugarte atravesó países y continentes. Curiosamente, su despertar político tuvo lugar en París, durante el sonado "caso Dreyfus" (1898), al lado de su amigo el socialista Jean Jaurés y mientras compartía la bohemia con Rubén Darío, Amado Nervo, Enrique Gómez Carrillo, y Miguel de Unamuno.

Simultáneamente, la voladura del acorazado Maine en el puerto de La Habana (que daría lugar a la intervención estadunidense en la guerra cubano-española), lo impacta a tal grado que más tarde reconocería: “…Allí nació mi convicción antimperialista”. De ahí que en su primer artículo antimperialista, "El peligro yanqui" (1901), plantee la necesidad de la unidad latinoamericana como “…único muro de contención al avasallamiento que avanza desde el norte”.

En Boston, Ugarte conoce al venezolano Rufino Blanco Fombona, escritor y latinoamericanista, y de la amistad nace el interés recíproco por conciliar el internacionalismo socialista con el nacionalismo latinoamericano y escribe en defensa de Venezuela con motivo de la agresión angloalemana.

Designado por el Partido Socialista argentino como delegado al Congreso de la segunda Internacional a realizarse en Ámsterdam y Stuttgart (1906 y 1907), participa en un debate político fundamental: ¿quién debe establecer la táctica política, la dirección de la Internacional o la dirección de cada partido nacional, de acuerdo con las características peculiares? Ugarte apoya a Jaurés, quien defiende esta última tesis.

En 1911, semanas después de pronunciar un ciclo de conferencias en la Sorbona, Ugarte emprende su gira por los veinte países latinoamericanos. Recorre Cuba y República Dominicana (donde condena las agresiones yanquis), y en 1912 llega a México, siendo recibido por entusiastas grupos con música y banderas, y se entrevista con el presidente Francisco I. Madero.

A pesar de los obstáculos para impedir que hable a los jóvenes, Ugarte consigue llenar el Teatro Mexicano. Y más tarde, en otra conferencia, exclama: ¡La América tiene que ser una! Luego, en San Salvador, en la Federación Obrera, expresa: "Yo creo que en los momentos porque atravesamos, que el socialismo tiene que ser nacional".

De El Salvador pasa a Costa Rica, y de ahí viaja a Nueva York, donde habla en la Universidad Columbia. En agosto desembarca en Panamá, donde entrevista al presidente Belisario Porras, y continúa su viaje a Venezuela.

En El porvenir de la América española, Ugarte analiza los orígenes de la América española, refiriéndose en particular a los pueblos indígenas, mestizos, negros, mulatos y criollos como componentes del hombre latinoamericano: "Somos indios, somos negros, somos españoles, somos latinos, pero somos lo que somos y no queremos ser otra cosa" (Asociación de Estudiantes de Caracas, 13 de octubre).

En Colombia rinde homenaje a Bolívar y convoca a los jóvenes a organizarse bajo las viejas banderas del libertador. Habla frente a 10 mil personas. En enero de 1913 se dirige a 3 mil personas, en el teatro Edén de Guayaquil. Habla después en Quito, y en febrero, en el teatro municipal de Lima, alza la voz: "La América Latina no necesita tutores, la América Latina se pertenece! ¡Viva la América Latina!"

En abril, Ugarte diserta en La Paz. Sin embargo, los términos de la conferencia ocasionan la reacción del embajador yanqui, a quien Ugarte reta a duelo. La intervención del embajador argentino evita el lance. (Datos de la Cronología de Galasso en La nación latinoamericana, Biblioteca Ayacucho, tomo 45, Caracas, 1978).

Luego del frustrado "lance de caballeros" con el embajador de Washington en La Paz y el impacto de sus disertaciones bolivarianas en Santiago de Chile, Manuel Ugarte llega a Buenos Aires y, tras ocho años de ausencia, choca con el espíritu de campanario de los que dicen representar la "civilización" y el "progreso".

En abril de 1914, cuando la Armada de Estados Unidos bombardea el puerto de Veracruz, Ugarte funda la Asociación Latinoamericana para Defender la Revolución Mexicana, y se enfrenta con el Partido Socialista Argentino (PSA), que prefiere saludar la apertura del Canal de Panamá y la visita a la capital argentina del campeón del big stick, Teodoro Roosevelt, al que los socialistas califican de "gran demócrata moderno".

Expulsado del PSA, Ugarte prosigue su gira por Uruguay y Brasil. En 1916, el mexicano Carlos Pereyra le envía su libro El mito de Monroe, donde lo califica de "héroe de una odisea continental sin ejemplo", y al año siguiente viaja a México, invitado por el gobierno de Venustiano Carranza, quien lo recibe con honores.

En 1912, la embajada de Washington había hecho lo imposible para evitar que la voz de Ugarte fuera oída en nuestro país. Según investigaciones del periodista argentino Óscar R. González, el diario Gil Blas dice: "Estados Unidos tiene miedo de la palabra vibrante del poeta argentino Manuel Ugarte", y otro periódico dice por su lado: "Ugarte se ha presentado como intérprete de una idea latente en el alma de los latinoamericanos desde que la concibió Bolívar: la unión de todos los países de América que tienen alma latina" (El Periodista de Buenos Aires, número 65, 6-12/1985).

Según González, los estudiantes se rebelaron contra la posibilidad de que se censure a Ugarte y mil 500 de ellos se lanzan a las calles de la capital mexicana "en defensa de la libertad de prensa" y, antes de llegar al Zócalo de la ciudad, se detienen en el hotel donde se aloja el argentino para homenajearlo.

En Palacio Nacional, el presidente Madero declara que su gobierno no intentará callar al visitante, pese a que la prensa estadunidense ya se ha hecho eco del asunto y no oculta que la embajada ha hecho uso de su influencia para crear obstáculos al conferencista.


Clic para descargar el libro en pdf desde la Biblioteca Ayacucho, República Bolivariana de Venezuela.

"En el Teatro Nuevo y frente al monumento a los Niños Héroes, Ugarte hace votos por que si un nuevo atentado se desencadena mañana sobre una de nuestras repúblicas, la opinión se levante unánime imponiendo a los gobiernos latinoamericanos la solidaridad salvadora."

Ugarte publicó en Madrid el folleto La verdad sobre México (1919), donde reafirma la defensa de la revolución frente a los ataques de la prensa yanqui. Y en 1925, tras la publicación de La patria grande (1922) y El destino de un continente (1923), intervino junto a Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Miguel Ángel Asturias, Carlos Quijano, José Vasconcelos y Víctor Raúl Haya de la Torre, en un gran acto latinoamericano celebrado en París en apoyo de la Revolución Mexicana.


La prédica latinoamericanista de Ugarte suscitó el interés de grandes personalidades: José Carlos Mariátegui lo invitó a escribir en su revista Amauta; el Partido Nacionalista de Puerto Rico lo designó delegado al Congreso Internacional de la Liga contra a crueldad y la opresión en las colonias, y el boliviano Tristán Maroff consiguió que lo nombraran cónsul del país andino en Niza.

En 1927, integrando la reducida comitiva que presiden Henri Barbusse y Diego Rivera, Ugarte visitó la Unión Soviética, y en 1928, el líder guerrillero Augusto César Sandino le agradeció sus artículos de solidaridad con la causa antimperialista de Nicaragua que aparecieron en la revista Monde, de París, en cuyo comité de redacción figuran Albert Einstein, Máximo Gorki, Upton Sinclair, Unamuno y León Perth.

El hispanismo latinoamericanista anticlerical, bolivariano, antimperialista y socialista de Manuel Ugarte no dejó lugar a dudas. En abril de 1931 se adhirió a la proclamación de la república española, saludó la insurrección de los mineros asturianos, se ofreció para colaborar con el gobierno cubano de Grau San Martín, denunció la hipocresía del congreso "panamericano" de Montevideo, y polemizó con el hispanismo "de derechas" del mexicano Carlos Pereyra.

En 1934, en la Sorbona, pronunció una conferencia sobre fascismo y comunismo, a la que asistieron cientos de jóvenes. “Entre Roma y Moscú –dijo– elijo Moscú”.

Al estallar la Segunda Guerra Mundial (1939), Ugarte declaró: “No estoy con Francia ni con Alemania. Estoy con la América Latina… No soy vagón atado a una locomotora ni tengo mentalidad de tropa colonial…” Y en 1940: “Nuestra misión no es optar entre la victoria de estos o aquellos países en guerra. Nuestra misión es preparar nuestra propia victoria… No hay que opinar colonialmente, sino nacionalmente. Iberoamérica para los iberoamericanos”.

En 1946, retornó una vez más a Argentina, donde declaró su adhesión al movimiento nacional y popular de Juan Domingo Perón. En septiembre, el gobierno peronista lo designó embajador en México, tarea que prosiguió en Nicaragua (1949) y Cuba (1950).

Manuel Ugarte murió en el balneario francés de Niza, el 2 de diciembre de 1951. La reconstrucción de Hispanoamérica fue su libro póstumo.

[Este artículo fue publicado en tres entregas en diciembre de 2011 por La Jornada, México]


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"Si la historia la escriben los que ganan..."

"Pueden ir tomando nota
los que quieren atender
voy a cantar con placer
lisonjas para un patriota"


MANUEL UGARTE, SOMOS LO QUE SOMOS

Texto completo de Conferencias de Osvaldo Vergara Bertiche* sobre la vida y obra de Manuel Ugarte

"...Los estudiantes se aburren y terminan por no interesarse en la historia, cosa que en cierto sentido es benéfica, porque antes que saber una mala historia es mejor no saber ninguna. El que no sabe ninguna está a tiempo por ahí de aprender la buena; el otro tiene que, como nos pasó a muchos de nosotros, desaprender las malas enseñanzas para después empezar a aprender".
Norberto Galasso


Los esfuerzos desplegados por teóricos y comunicadores del pos-posmodernismo, que propagaban la muerte de las utopías, la desaparición de las ideologías y que había que archivar la historia porque era su fin, no dieron el resultado esperado ya que éstas vuelven una y otra vez

Y cuando el país, vaciado en lo cultural y económico por décadas de políticas impuestas desde los centros de poder transnacionales, quedó literalmente reducido a escombros, surge la memoria y la esperanza y el afán de comprender "el qué nos pasó" echando una mirada al pasado y creando un auténtico clima que elimine "los contornos borrosos" de una situación caótica.

Es que toda la problemática histórica de los tiempos presentes, si quiere ser comprendida en su exacto horizonte, debe ser visualizada desde una base sustantiva que defina, con enorme claridad, los perfiles históricos - en profundidad y extensión - de nuestra Nación.

Así, sorprende a muchos el interés que acompaña hoy todo aquello que tiene que ver con Arturo Jauretche. Hasta hace poco un olvidado pensador argentino (1901-1974) que fuera poeta y verseador, paisano alzado en armas en las patriadas radicales de la Década Infame, orador y escritor, nexo entre el irigoyenismo histórico y el peronismo, sin cuya penetrante mirada, y su zocarronería, no sería comprensible la Argentina del siglo XX.

Hemos sido sujetos de una apropiación, que trajo, en amplios sectores, un desconocimiento del proceso histórico-social. Entender la Nación desde lo nacional es "contrarrestar la contracultura impuesta que alcanza su culminación en la contrapedagogía, o sea el conjunto de ideas que en forma directa o indirecta contribuyen al debilitamiento de la función primordial de la pedagogía, que es transmitir el saber, transmitir la cultura y los mecanismos que hacen posible su permanente renovación"

Rescatar la memoria de los argentinos que lucharon denodadamente por un país distinto; dueño de su destino; parece ser un fenómeno que se despliega en toda su intensidad. La incesante búsqueda de paradigmas es posible, porque si "La historia la escriben los que ganan..." debemos ir al encuentro de la "otra historia"... la de los pueblos.

MANUEL UGARTE, UN ARGENTINO OLVIDADO

Entre tantos otros argentinos "condenados al silencio y al olvido", se encuentra Manuel Ugarte, integrante de la Generación del 900, núcleo de intelectuales nacidos entre 1874 y 1882 que conformaban en los inicios del Siglo XX, una brillante "juventud dorada".

Pertenecían a ella, entre otros, Leopoldo Lugones, José Ingenieros, Ricardo Rojas, Macedonio Fernández, Alfredo L. Palacios, Alberto Ghiraldo, Manuel Gálvez y el propio Ugarte.

"Habían nacido y crecido en ese tan curioso período de transición que cubre el último cuarto de siglo en la Argentina, cuando la vieja provincia latinoamericana parecía hundirse para siempre, con sus gauchos y sus caudillos, sus costumbres austeras y su antiguo aroma español, sus sueños heroicos y su fraternidad latinoamericana".


Manuel Ugarte, discurso en un acto público, 1920 (Foto Caras y Caretas)

Durante los prósperos años veinte, en la Argentina existían distintas corrientes nacionalistas, incluso, en las propias Fuerzas Armadas, ideas que con el correr del tiempo fueron tomando formas más decididamente conservadoras.

Años en los que aparece una Argentina cosmopolita ajena al destino del resto de las naciones hermanas hispanoamericanas, con una clase dominante derrochadora, "de jacqué y galera de felpa", que no asume el frío de los inviernos y marcha a disfrutar el verano parisino. Mientras que la superestructura cultural difundía las últimas novedades europeas.

"El nacionalismo había sido alimentado, en buena parte, en la reacción ante la inmigración europea, por parte de elites y de intelectuales que la veían como fuente de anomia y de decadencia cultural capaces de generar condiciones de revolución social".

Eran tiempos de dos Argentinas: una de pretenciosa arrogancia, cómoda, adinerada, explotadora, y la otra que pujaba por salir del estancamiento y de la marginalidad.

Esos poetas, escritores, ensayistas, sufrieron en carne propia el drama del país y "sus promisorias inteligencias, en vez de desarrollarse al cobijo de un clima favorable, se desgarraron tironeadas por dos mundos contradictorios".

La tarea intelectual no fue entonces una simple labor creativa, ni de divertimento como en otros núcleos de pensadores, sino un penoso camino que se recorría costase lo que costase.

“Hasta ellos llegaba la tradición de un Manuel Dorrego o un Mariano Moreno y las puebladas tumultuosas de las montoneras, como así las nuevas ideologías que recorrían Europa atizando el fuego de la Revolución: el socialismo y el anarquismo”.

A su vez percibían una nación en germen, la sombra de una Patria Grande que había sido despedazada y las "patrias chicas" encadenadas colonialmente a las grandes potencias.

"La cuestión nacional y la cuestión social se enredaban en una compleja ecuación con que la Historia parecía complacerse en desafiarlos".

Ricardo Rojas clamará por una "Restauración nacionalista", reivindicará "La Argentinidad" buscando un vínculo de cohesión latinoamericana e indicando la necesidad de retornar a las fuentes nativas y españolas.

Se desplazará luego al callejón sin salida del indigenismo e inspirado en esas ideas escribe un drama, "Ollantay", basado en una antigua tradición incaica.

Leopoldo Lugones, desde las épocas de su temprano anarquismo, indagará desesperadamente sobre la suerte de la Patria, luego con igual fuerza, intentará enraizar en estas tierras ese socialismo que conmueve a la Europa de la segunda mitad del siglo XIX.

Su militancia juvenil en el Partido Socialista va dirigida a lograr la transformación del país mediante "Una ideología socialista cuya única posibilidad de fructificar reside en impregnarse profundamente de las especificidades nacionales".

Lucas Ayarragaray (1861-1944), conservador liberal de cuño tradicional le respondería que "el sistema tenía sus propios correctivos, y no era necesario sembrar alarma".

Con frustraciones a cuestas, por una experiencia negativa en ese campo, llega al liberalismo reaccionario y luego al fascismo con "La hora de la espada". De propagandista del presidente Quintana, liberal pro inglés, a redactor de los discursos del presidente Uriburu, corporativista admirador de los Estados Unidos.

Cabe acotar que el “Martín Fierro” de José Hernández fue olímpicamente desconocido por las esferas cultas y literarias de nuestro país desde su publicación hasta que Leopoldo Lugones y Ricardo Rojas lo "descubren" en 1912.


Manuel Ugarte fotografiado en México en 1930.

Alberto Ghiraldo - amigo íntimo de Ugarte desde la adolescencia - intentó asumir las nuevas ideas del siglo sin dejar, por eso, de "nutrir su literatura en la sangre y la carne de su propio pueblo". Anarquista desde joven, cultivó también los cuentos criollos y en sus obras de teatro reflejó la realidad nacional.

Tanto él, como Ugarte, denostaron al monstruo devorador de pequeños países. Optó por el exilio. Y el poeta que hizo vibrar a una generación con "Triunfos nuevos", el implacable crítico de "Carne doliente" y "La tiranía del frac" murió solo, pobre y olvidado.

Macedonio Fernández y Manuel Gálvez también "compartieron las mismas inquietudes. Después de una juvenil experiencia anárquica, Macedonio se retrajo pero no cesó de reivindicar lo nacional en su largo discurrir de décadas ante reducidos grupos de discípulos. El humorismo se convirtió en su coraza contra esa sociedad hostil donde prevalecían los abogados de compañías inglesas y estancieros entregadores".

Manuel Gálvez, por su parte, optó por recluirse y crear en silencio. Abandonando el socialismo de su juventud, se aproximó a la Iglesia Católica y encontró en ella el respaldo suficiente para no sucumbir.

Se convirtió en uno de sus "Hombres en soledad" y en ese ambiente intelectual logró dejar varias novelas y biografías realmente importantes.
Alfredo Lorenzo Palacios - como Ricardo Rojas - era de extracción federal. Su padre, Aurelio Palacios, había militado en el Partido Blanco uruguayo y era, pues, un hijo de la patria vieja, aquella de los gauchos levantados en ambas orillas del Plata contra las burguesías comerciales de Montevideo y Buenos Aires.

“También Palacios, como Lugones, como Gálvez, como Macedonio, como Ghiraldo, percibió desde joven la atracción de las banderas rojas a cuyo derredor debía nuclearse el proletariado para alcanzar su liberación”.

No es casualidad por ello que ingresase al Partido Socialista y que allí discutiese en favor de la patria, ni que fuera expulsado por su "nacionalismo criollo", ni que fundase luego un Partido Socialista "Argentino", ni que más tarde se convirtiese en el orientador de la Unión Latinoamericana.

"¿Cómo no iba a saber el hijo de Aurelio Palacios - antimitrista, amigo de José Hernández y opositor a la Triple Alianza - que la América Latina era una sola patria? ¿Cómo no iba a saber Palacios que el socialismo debía tomar en consideración la cuestión nacional en los "pueblos desamparados" como el nuestro?"

Aquel joven socialista se transformó con el correr de los años en personaje respetado; pero él, que había iniciado una marcha por una patria liberada y un ideal socialista, aceptó el cargo de Embajador de uno de los gobiernos más antinacionales y antipopulares que tuvo la Argentina, el del Golpe de 1955.

José Ingenieros nacido en Palermo, Italia, intuyó siempre, aunque de una manera confusa y a veces cayendo en gruesos errores (como el del imperialismo argentino en Sudamérica) que la reivindicación nacional era uno de los problemas claves de la lucha política.

El socialismo le venía desde la cuna pues su padre, Salvador Ingenieros, había sido uno de los dirigentes de la Primera Internacional. También desengañado del socialismo, en 1902, abandonó la arena política y se sumergió de lleno en los congresos psiquiátricos, en las salas de hospitales y en sus libros.

Pocos años antes de su temprana muerte entregó sus mejores esfuerzos a la Unión Latinoamericana, a la defensa de la Revolución Mexicana, al asesoramiento del caudillo de Yucatán, Felipe Carrillo Puerto, a quien aconsejaba adoptar un "socialismo nacional", y al elogio de la Revolución Rusa.

Tampoco Ingenieros vio colmados sus anhelos juveniles. "Las fuerzas predominantes en la superestructura ideológica, montadas sobre el final del siglo cortaron el vuelo del pensamiento de Ingenieros, lo embretaron en disciplinas menos peligrosas que la sociología y la política, y lo silenciaron resueltamente en su último intento por gritar su verdad cuando reivindicaba al unísono la bandera de la Unión Latinoamericana y del Socialismo Revolucionario".

Como también, de manera más técnica, Alejandro Bunge (1880-1943), en su "Revista de Economía Argentina" y varios libros muy influyentes, estudiaba las posibilidades de renovación económica, promoción industrial e integración con los países vecinos, y una legislación de tipo social cristiano.


Manuel Ugarte - El porvenir de América Latina (facsímil 1914). Clic para descargar.

Aníbal Ponce (1898-1938), un discípulo del José Ingenieros tardío (que había visto con simpatía las nuevas experiencias de la Unión Soviética) fue la principal figura que intentaba integrar el humanismo con la conciencia de clase, en obras como "Humanismo burgués y humanismo proletario", y "Educación y lucha de clases" (1936).

En toda la América hispano-lusoparlante se daban situaciones similares: es decir, socialismo y latinoamericanismo.  Se advertía el emergente poder de los Estados Unidos, que comienza a hacerse visible en la guerra de Cuba de 1898.

“Estados Unidos es el nuevo paradigma del poder”, y las naciones del continente al sur del Río Bravo, atomizadas en la crisis del Imperio Español, en vez de concretar el sueño de la Patria Grande se debatían en esa suerte de enanismo dependiente. Eramos los "Estados Desunidos del Sur" en vez de ser "Estados Unidos del Sur".

En el año 1900. José Enrique Rodó (uruguayo) en “Ariel” dice: “cada generación necesita acuñar un mensaje nuevo, responder a una nueva necesidad de la historia”.

Esa idea, es la de la unidad moral e intelectual de América Latina. Y advierte: “si no vamos hacia la unidad de América Latina, no vamos a salir del polvo de la historia; vamos a no ser, definitivamente”. Es uno de los tantos que dijeron ¡no! ¡Tenemos que repensar todo desde la unidad!.

Desde 1826, desde Bolívar, el proceso se detuvo y no se dio aquello de fundar la “Nación de Repúblicas Confederadas” que éste añoraba y pregonaba.

En 1908, Rodó promueve el Primer Congreso Estudiantil Latinoamericano. Concurren de Perú, de Chile, Argentina, Brasil y Paraguay, y es el comienzo de la organización de las juventudes latinoamericanas.

Todos estos representantes de la generación del 900, a pesar de las enormes presiones y acorralamientos, ese "silencio y olvido a que fueron condenados", lograron hacerse conocer en la Argentina y en América Latina.

De todas maneras, esterilizados, edulcorados o deformados, tomados a veces en sus aspectos más baladíes, o resaltando sus obras menos valiosas, todos ellos han sido incorporados a los libros de enseñanza, a los suplementos literarios, a las antologías, a las bibliotecas públicas, y sus obras suelen encontrarse en los anaqueles de cualquier biblioteca con pretensiones de tal.

Señala Norberto Galasso que "la clase dominante ignora y anula a las demás, las acalla y silencia todo lo que sea distinto de la historia oficial.

Y agrega "La clase dominante construye, fábrica los intelectuales que le darán sustento a su proyecto de sociedad a través de iluminados que tratarán de generar el consenso en torno al modelo vigente".

Partiendo de la base de definiciones generales, que ya nadie discute, es necesario traer a colación a Carlos Marx quién dice en “Ideología Alemana” que "las ideas dominantes de una sociedad son las ideas de la clase dominante".

Y se explica, porque las ideas que dominaban en la Argentina "eran aquellas que, justamente, la clase dominante imponía a través de las comunicaciones, de la educación, del arte y la cultura, por cuanto disponía del dinero para pagar intelectuales, periodistas y políticos, tratando así, de influir en el pensamiento, en la historia, en la economía, en la filosofía, y en tantas otras manifestaciones, inculcando una forma de ver el mundo con el fin de legitimar su opresión".

“Las grandes transformaciones en la historia del mundo se produjeron recién, cuando previamente a los sucesos políticos, se consolidó una fuerte critica a todo ese mundo de ideas.

Por ejemplo, la Revolución Francesa sería inexplicable sin Rousseau, sin Voltaire, sin Diderot, sin D’Alambert y toda la critica que hicieron los Enciclopedistas.

La Revolución Española de 1808 hubiera sido imposible sin la critica que los filósofos liberales revolucionarios de España hacen al Viejo Régimen".

También es el caso de la Revolución Rusa. Lenin empieza en 1900 visualizando el estado del capitalismo y de la economía en el Imperio de los Zares, para luego proponer la salida revolucionaria.

En definitiva "Las armas de la critica preceden a la crítica de las armas".
"La critica ideológica profunda al Viejo Régimen, se convierte en un arma de importancia fundamental ya que permite ir socavando el poder de los sectores dominantes. Después aparecen las masas (los desarrapados de Francia o los descamisados de nuestro país) provocando las transformaciones necesarias".

De aquel brillante núcleo intelectual, sólo Ugarte consiguió dar respuesta a los interrogantes con que los desafiaba la historia, y hasta su muerte fue leal a esas convicciones

Manuel Ugarte tuvo un distinto destino con referencia a los de su Generación: un silencio total rodeó su vida y su obra durante décadas.

Cabe decir, no sin cierto dolor, que “fue un desconocido para el argentino medianamente culto que ambula por los pasillos de las Facultades”. No es casual, por supuesto, sino por el contrario: causal.

"Sólo él recogió la influencia, nacional-latinoamericana que venía del pasado inmediato y la ensambló con las nuevas ideas socialistas que llegaban de Europa, articulando los dos problemas políticos centrales de la semicolonia Argentina y de toda la América Latina: la cuestión social y la cuestión nacional".

Durante toda su vida fusionó dos banderas: la reconstrucción de la nación latinoamericana y la liberación social de sus masas trabajadoras.

Ésta es la singularidad del pensamiento de Ugarte y por ende la condena por parte de los grandes poderes defensores del viejo orden.

De ahí la utilidad de rescatar su pensamiento creador y analizar detenidamente las formulaciones de este solitario socialista en un país y en una América semicolonial.

Ugarte enfrentó el problema de la cuestión nacional cuando aún Lenin no había escrito "El imperialismo, etapa superior del capitalismo", ni Trotski dado a conocer su teoría de "la revolución permanente".

Ugarte, fue quién sintetizó mejor uno de los rasgos esenciales de nuestros males: la carencia de la unidad de la América del Sur.

Apenas conquistada la primera Independencia, esa unidad fue frustrada por las intrigas de las grandes potencias y el europeismo de las clases dirigentes vernáculas..

Esa necesaria e impostergable reunificación, el logro de la Patria Grande y la consolidación de las Naciones inconclusas, fueron la gran bandera de Ugarte.

A comienzos de 1914, a su instancia, surgió en Buenos Aires, la Asociación Latinoamericana, conformada luego de las manifestaciones organizadas por la intervención norteamericana en México que concluyó con el golpe de estado de Huerta. Esta organización estaba formada principalmente por grupos juveniles y algunos centros obreros.

"Cada nueva agresión norteamericana contó con la respuesta vibrante y apasionada de la Asociación, en 1915 ante una nueva amenaza a México, Ugarte reunió más de 10.000 personas en la Plaza Congreso".

"Continuó en la defensa de los países de América Latina agredidos, mientras gran parte de la intelectualidad argentina, de los partidos políticos y la prensa, se sumaban a la defensa de Francia e Inglaterra en la guerra".

Asumir inclaudicablemente esta posición lo convirtió en un "maldito" de la historia. Hostilidad y desconocimiento en nuestro país; gobernado en ese entonces por la alianza anglo-oligárquica, sustentada por la prosperidad agro-exportadora; y gozando al mismo tiempo de una gran popularidad entre los pueblos de los países latinoamericanos, a los que visitó, convocando multitudes.

En todo ese amplio espectro ideológico que dominaba el escenario, sus actores, quedaron aislados, excluidos. Pensadores, artistas, ensayistas políticos, al expresar ideas que impugnaban el sistema quedaban fuera de él. Con puertas cerradas en medios de comunicación y ámbitos académicos, tuvieron que difundir sus opiniones militantes o sus libros de alguna otra manera.

Así ocurrió también con Jauretche, Manzi, Discépolo, Scalabrini Ortíz, Mallea, Bunge, John William Cooke y muchos más, hasta incluso con el hombre, quizás, “de mayor formación filosófica de nuestro tiempo, Juan José Hernández Arregui”.

Pero todo esto no puede ser motivo de asombro, si ya, en otros tiempos, el añoso Juan Bautista Alberdi fue aniquilado cuando se vuelve antimitrista y con motivo de la Guerra de la triple Alianza se pone decididamente en favor del Paraguay.

Pero Ugarte no se limitó a enarbolar esa gran causa. Fue una suerte de socialista criollo, haciendo una divulgación constante de estos principios.

Es que, oriundo de un país en el que se había conformado un Partido Socialista enteramente moldeado en una concepción europea de la cuestión social, fue a raíz de su postura, expulsado del partido creado y dirigido por Juan B. Justo; éste último, un destacado dirigente político y traductor de “El Capital” de Carlos Marx, pero ardientemente adscripto a los dogmas económicos, históricos y políticos del liberalismo; dogmas estos que Sarmiento había resumido en la célebre antinomia político-cultural: civilización o barbarie y a la que justamente Arturo Jauretche denominara "la madre de todas las zonceras" de la argentina.

“Juan B. Justo y la conducción socialista de la época, se consideraban a sí mismos y a su proyecto político como la vanguardia revolucionaria, capaz de torcer el rumbo del capitalismo, pero adhiriendo a la misión civilizatoria de Occidente sobre el resto del mundo”.

Ugarte en cambio juzgaba pertinente que los componentes de nuestra Patria Grande debían enrolarse resueltamente en el campo de los países pobres, de los llamados sin historia y librar la batalla definitiva por la Segunda Independencia y un orden social más justo y equitativo.

En su carta de renuncia al Partido Socialista donde explicaba las muchas diferencias que lo separaban de esa agrupación, cuestiona fundamentalmente la posición anti-militarista, la inclinación anti-religiosa, llamando al respeto de todas las creencias, y rechaza la enemistad del socialismo argentino con el concepto de Patria, en tanto que reafirmaba su amor por su Nación y su Bandera.

Ausente de la Argentina desde 1919 decide regresar (ni siquiera tenía dinero para comprar los pasajes y toma una dolorosa decisión: vender su biblioteca). Al llegar restableció relaciones con Alfredo Palacios quién lo invitó a reingresar al Partido Socialista, varios dirigentes más, también insistieron en el ofrecimiento. Luego de pensarlo, aceptó reincorporarse al partido.

Pero este nuevo intento no podía durar demasiado, al año siguiente fue expulsado luego de haber descargado una serie de críticas contra la conducción y las viejas ideas del partido.

Era evidente que Ugarte no congeniaba con las ideas ortodoxas del socialismo oficial ya que para él “el socialismo y la patria no son enemigos, si entendemos por patria el derecho que tienen todos los núcleos sociales a vivir a su manera y a disponer de su suerte, y por socialismo el anhelo de realizar entre los ciudadanos de cada país la equidad y la armonía que implantaremos después entre las naciones.

Así también, para el Partido Comunista de la República Argentina el problema nacional, forma típica en que se expresa la revolución de los países periféricos, no existía. "El Partido Comunista, nacido como un desprendimiento de izquierda del Partido Socialista llegó a comprender en algunos momentos que había una opresión imperialista, pero no por eso varió su política interna, pues su comprensión sólo nacía de las diferencias entre la burocracia del Kremlin y el imperialismo mundial".

Cuando aquélla se aliaba con el sector "democrático" de éste, que es el dominante en nuestros países, ni se acordaban de esa opresión.

Debemos reconocer que esa ceguera no era producto de la doctrina marxista. "La socialdemocracia rusa estudió profundamente el problema nacional y desarrolló incluso su teoría". Fue en gran parte debido a su estrategia acertada en este campo que obtuvo el triunfo de octubre de 1917. Abarcando el problema en toda su magnitud histórica, Lenin había llegado a predecir que el siglo XX vería surgir nuevos y grandes movimientos nacionales y nuevas naciones. No se equivocaba.

Pero nuestros "socialistas" y "comunistas" nativos tomaron fórmulas y consignas de las naciones desarrolladas de Europa. Es evidente que las causas que llevaron a esta deformación, de tan grandes consecuencias históricas, fue la subordinación económica de nuestros países, que determinó que las tendencias ideológicas y políticas reflejaran la pugna entre las grandes fuerzas mundiales.

Se ha dicho y es axiomático que “quien desconoce el nacionalismo del país oprimido favorece el del opresor”. Utilizando como cobertura ideológica el internacionalismo proletario (mal entendido), el socialismo y el comunismo desempeñaron precisamente esa función, buscando sistemáticamente oponer el movimiento político de la clase obrera al movimiento nacional.

Desde entonces fue perdiendo su representatividad en la clase, porque se puso en contradicción abierta con los intereses del proletariado. A su vez, "el Partido Comunista, atado a la burocracia del Kremlin se dedicó a traducir la política exterior de ese Estado, acondicionando su actuación a los vaivenes y conveniencias que a éste imponían las diversas coyunturas de la situación mundial". Es ésta la razón por la que no formuló su política de acuerdo con las necesidades propias de la clase obrera y del pueblo.

Volviendo específicamente a Ugarte, podemos decir que en 1904, asiste como delegado al Congreso de la Internacional Socialista en Amsterdam.

Tres años después, participa en Stuttgart de otro Congreso, al que asisten Vladimir Ilich Lenín, Rosa Luxembugo, Jean Jaurés, Karl Kautsky y Gueorgui Plejánov.

A pesar de estas incursiones ideológicas en el seno del movimiento marxista internacional, desde 1910 a 1913 Ugarte recorre toda la América hispana, da conferencias y es aclamado en 20 capitales, sin predicar el internacionalismo proletario sino la construcción de la Patria Grande, la gran nación iberoamericana.

“Agentes secretos de las embajadas de Estados Unidos le siguen los pasos en Cuba, Santo Domingo, México, Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua. Funcionarios diplomáticos norteamericanos le piden a las autoridades locales que impidan su participación en actos públicos. A pesar de todo, llena teatros y plazas, participa en manifestaciones callejeras y es un orador de barricada”.

Pedro Orgambide nos dice que Ugarte “al igual que José Martí, instrumenta la crítica como ejercicio del criterio y apunta a la descolonización del pensamiento dependiente de América latina”.

En ese marco puede sintetizarse su pensamiento y su ciclópea tarea militante en cuatro puntos:

* "denunció al imperialismo yanqui desde 1901 hasta su muerte en 1951, por sus tropelías en América Central y hasta por la guerra de Corea".

* "fue un socialista convencido, pero se negaba a copiar tácticas e ideas europeas". "El socialismo debe ser nacional" dijo en 1911.

* "sostenía que debíamos incorporar la cultura mundial, pero elaborar nuestra propia cultura nacional, sin exotismos ni europeismos".

* "predicó desde 1900 hasta su muerte, la unidad latinoamericana".

Por otra parte, la producción literaria de Ugarte conforma una obra que es imprescindible conocer para recrear la conciencia nacional ya que sin ella las nuevas generaciones difícilmente encuentren la salida al laberinto de la crisis que padecemos.

Entre su obra poética se destacan "Palabras" (1893), "Poemas grotescos" (1893), "Versos" (1894) y "Vendimias juveniles" (1907).

También es autor de narraciones cortas: "Cuentos de la Pampa" (1903) y "Cuentos argentinos" (1908).

Dentro de sus relatos de viaje figuran "Paisajes parisienses" (1901), "Crónicas de boulevard" (1902) y "Visiones de España" (1904).

Sus ensayos literarios incluyen "El arte y la democracia" (1905) y "La joven literatura hispanoamericana" (1906).

Los textos sociopolíticos son, entre otros, "El Porvenir de América Española" (1910), "La Patria Grande" (1922), "El destino de un continente" (1923), "El crimen de las máscaras" (1924), editados todos fuera del país.

Comienzos de 1926 fue el momento de la aparición de un nuevo libro "El camino de los dioses", y al año siguiente editó "La vida inverosímil". En 1932 publica un nuevo libro "El dolor de escribir", donde reafirmaba su voluntad de liberación hispanoamericana, expresando también las dificultades de todo intelectual que intentara enfrentar a las fabulosas fuerzas del imperialismo, recibiendo calumnias, persecuciones y silencios.

En 1941 escribe "Escritores Iberoamericanos del 900", en el que da una pincelada sobre la gran cantidad de autores a los que conoció personalmente y tuvo su amistad. Desfilan por sus páginas, entre otros: Rubén Darío, Alfonsina Storni, Florencio Sánchez, Gabriela Mistral, Rufino Blanco Fombona y José Vasconcelos.

Recién en 1953, dos años después de su muerte, el historiador y político Jorge Abelardo Ramos publica "El porvenir de América Latina" con un estudio previo que rescata por primera vez la figura y la trayectoria de este argentino de la Patria Grande.

No sorprende que Manuel Ugarte fuera un activo neutralista en las dos guerras mundiales que las grandes potencias, Europa y EE.UU., libraron en el siglo XX con la complicidad de las clases gobernantes y de los círculos ilustrados de las capitales del continente.

“Durante la Primera Guerra los admiradores del progreso indefinido lo acusan de ser espía del Kaiser por defender la política de neutralidad de Hipólito Irigoyen”.

Decía Ugarte en 1941, que "mucho se habla en América Latina sobre el posible peligro alemán y japonés, pero nada se señala sobre el real saqueo inglés y norteamericano".

Al mismo tiempo, afirmaba en cada ocasión su condición de argentino, pero sobre todo de latinoamericano que debía recuperar su Patria Grande impedida de constituirse por la voracidad imperialista-oligárquica.

En otro período de su lucha encaró con firmeza la defensa de la industria nacional, ahogada por el librecambio. Lo hizo desde las páginas del periódico "La Patria" que dirigió en 1915 y desde otras tribunas en las que participó.

Desde ese medio gráfico comenzó a transitar un camino que nadie se había atrevido a recorrer hasta ese momento: denunciar al imperialismo británico.

Argentina se había convertido en función de la dependencia económica, en una semicolonia de Inglaterra. "La Patria" comenzó a denunciar la actitudes agresivas de Inglaterra y la función lesiva para nuestro país que desempeñaba el ferrocarril en manos inglesas.

“Uno de los problemas que más nos interesa, fuera de toda duda, es el de la explotación de nuestros ferrocarriles por empresas de capital foráneo, cuyos intereses, de conveniencias motivadas por su misma falta de arraigo y su origen, son fundamentalmente opuestos a los intereses de la república”, escribe Ugarte. “Las empresas ferroviarias son todas extranjeras: capital inglés, sindicatos ingleses, empleados ingleses. Lleva la empresa noventa y ocho probabilidades de obtener pingües ganancias contra dos de obtenerlas en forma regular; de perder, ninguna. Y este dato merece ser tenido en cuenta al ocuparse de los ferrocarriles como origen de nuestra atrofia industrial”.

Años después sobre este tema, otro “maldito”, Raúl Scalabrini Ortíz, defensor en letras y acción del patrimonio nacional, publica su obra "Historia de los Ferrocarriles Argentinos".

Defensor consecuente de los derechos sociales de los trabajadores, Ugarte había cometido todas las transgresiones que la oligarquía dominante no perdonaba. Concluyó con coherencia su vida política apoyando a Perón desde sus comienzos (1945) y fue embajador de su gobierno en México, Nicaragua y Cuba.

Afirmó: "Soy un hombre sereno y amigo de la paz … pero ante la agresión sistemática, ante la intriga permanente, ante la amenaza manifiesta, todos los atavismos se sublevan en mi corazón y digo que si un día llegara a pesar sobre nosotros una dominación directa, si naufragaran nuestras esperanzas, si nuestra bandera estuviera a punto de ser sustituida por otra, me lanzaría a las calles a predicar la guerra santa brutal y sin cuartel, como la hicieron nuestros antepasados en las primeras épocas de América, porque en ninguna forma ni bajo ningún pretexto podemos aceptar la hipótesis de quedar en nuestros propios lares en calidad de raza sometida ¡Somos indios, somos españoles, somos latinos, somos negros, pero somos lo que somos y no queremos ser otra cosa!.

En 1918 se produce el movimiento estudiantil por la Reforma Universitaria, que cambió el carácter oligárquico de la educación argentina, lográndose la democratización de la enseñanza.

Este movimiento levantaba banderas latinoamericanas y anti-imperialistas y muchos de sus líderes simpatizaban con Manuel Ugarte. Él mismo intervino llevando su apoyo activo a los estudiantes.

Recordemos que el célebre manifiesto de la Reforma, dado en Córdoba el 21 de junio de 1918, trascendió el ámbito universitario. Estaba dirigido "a los hombres libres de Sudamérica" y decía: "Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana".

Ese mismo año muere su padre y recibe acusaciones calumniosas de simpatizar con los alemanes. Ugarte sabía que el triunfo aliado en la Guerra, haría que Inglaterra con la complicidad de los Estados Unidos se lanzarían a profundizar la expoliación de América Latina.

En su libro "El crimen de las máscaras", aparecen arquetipos que mostraban el funcionamiento de la sociedad oligárquica: el dueño de los medios de difusión, el político que hacía lo contrario de lo que proclamaba, el senador que formaba parte de comisiones que nunca resolvían nada, el oligarca que domina al gobierno, el trepador, el militar con mucho músculo y poco cerebro, escritores que plagiaban, y frente a ellos los estudiantes y un idealista. La novela contenía mucho de autobiografía, mostraba toda la desolación del luchador que se enfrentaba a los poderosos.

La invasión norteamericana a Nicaragua vuelve a hacer levantar la voz de Manuel Ugarte. Todos los antiimperialistas consecuentes le solicitan su opinión y así establece correspondencia con Víctor Raúl Haya de La Torre y José Carlos Mariátegui en Perú y con la dirigencia del Partido Nacionalista de Puerto Rico.

Esta intervención militar puso a prueba la dignidad y la valentía de Augusto Cesar Sandino. Se levantó en armas para hacer frente a la agresión imperial, siendo así conocido, de ahí en más, como el "General de Hombres Libres".

Manuel Ugarte expresó toda su admiración hacia el guerrillero, y se sintió identificado con su posición al señalar: "El general Sandino ha puesto en acción el pensamiento que yo defiendo desde hace veinte años" y redobló sus esfuerzos para que se lo apoyase, ya que cada vez se encontraba más solo ante el silencio de los gobiernos latinoamericanos temerosos de las represalias norteamericanas.

Sandino le hizo llegar una carta agradeciendo el apoyo recibido y reconociendo en él a una de las figuras más importante del patriotismo latinoamericano. Ugarte contrastó "la euforia existente en países como la Argentina, por la Guerra Mundial y el escaso interés por la desigual batalla de Sandino contra el gran imperio".

Tiempo después Sandino le dice: "Su nombre, señor Ugarte, hace mucho tiempo que es familiar entre nosotros y sus escritos por uno u otro motivo, siempre nos llegan y nos han servido de estímulo en nuestra gran jornada libertaria de siete años, que apenas son las preliminares de la gran batalla espiritual, moral y material que Indoamérica, por su independencia, tiene que empeñar contra sus tutores: Doña Monroe y el Tío Sam, y probarles que nuestros pueblos han llegado a su mayoría de edad".

El 21 de febrero de 1934 Manuel Ugarte y toda América Latina recibían una pésima noticia, Sandino era apresado e inmediatamente asesinado.

El Jefe de la Guardia Nacional y luego dictador, Anastasio Somoza, hacía el trabajo sucio de su amo norteamericano.

En 1927 fue invitado por el gobierno ruso al festejo de los diez años de la Revolución de Octubre. Eran los tiempos en que se libraba la batalla por el poder entre Stalin y Trotsky y sin adherir al régimen imperante en la Unión Soviética, Ugarte rescató ciertos aspectos de esa revolución.

Cuando en septiembre de 1930 cayó el gobierno de Yrigoyen, Ugarte se encontraba en difícil situación económica y se le cerraban cada vez más las puertas en distintos ámbitos para poder expresarse. Debemos aclarar que la década del 30 fue una era reaccionaria en casi todo el mundo y eso afectaba gravemente en el ánimo del gran luchador, pero, así y todo, ni las peores penurias podían doblegarlo.

Por entonces le fue ofrecida la dirección de una revista mensual "Vida de hoy". Se publicó esta revista durante un año y medio, lo que le permitió tener un lugar donde expresarse y además obtener algunos recursos con los que sobrevivir.

Plena Década Infame en nuestro país, una Europa amenazada por el nazismo y la Unión Soviética bajo la férrea conducción stalinista. El clima político imperante, de total y absoluta intransigencia, más la imposibilidad de continuar con la revista, lo sumieron en un profundo pesimismo

Algo que lo conmueve hondamente son los suicidios de Horacio Quiroga (1937), Leopoldo Lugones (1938), especialmente el de su gran amiga Alfonsina Storni (1938) y Lisandro de la Torre (1939).

"La pena le hizo dejar nuevamente Buenos Aires, esta vez para instalarse en Viña del Mar, Chile. Allí colaboró en varios diarios con artículos literarios".

El poeta peruano Alberto Hidalgo, quien conoció a Ugarte en los años ’40, lo describe viviendo humildemente, como un proscrito: “Yo quiero llamar la atención de un país sobre este hombre, al que no puede dejarse perecer en la pobreza o en el olvido, aunque fuese, si no tuviera otros méritos, sólo por esto: por haber sido el apóstol de los ideales americanistas, por haber gastado su fortuna recorriendo nuestras repúblicas a fin de despertarlas y hacerles ver el peligro que las acecha.

Y es por ello que, aunque la Argentina lo tenga olvidado, el nombre de Manuel Ugarte no morirá nunca en la conciencia de América”.

El triunfo electoral del peronismo el 24 de febrero de 1946, lo siente como que "por una vez el pueblo ganaba una batalla".

Decide el regreso a su patria. Al llegar a Buenos Aires declara: “Los prisioneros del pasado que se resisten a admitir este momento nuevo, esta mentalidad diferente, este ideal de porvenir, no perturbarán la marcha de la nación hacia sus nuevos destinos. La revolución no ha sido de un hombre, ni de un grupo, ni de un momento político, ha sido fruto de una conmoción geológica, de un cambio de clima…”.

“Creo que ha empezado para nuestro país un gran despertar. Todos los presentimientos y las esperanzas dispersas de nuestra juventud, volcada un instante en el socialismo, han sido concretadas definitivamente en la carne viva del peronismo, que ha dado fuerza al argentinismo todavía inexpresado de la Nación. Ahora sabemos lo que somos y a dónde vamos. Tenemos nacionalidad, programa, derrotero”.

En septiembre de 1946 fue designado Embajador Extraordinario y Plenipotenciario en la República de México, por primera vez en la Argentina obtenía un reconocimiento a su capacidad y su lucha, y nada menos que ante México, país al que había defendido reiteradamente contra las agresiones norteamericanas y donde tenía tantos amigos y discípulos. Ese reconocimiento le llegaba muy tarde, tenía 71 años.

En agosto de 1948 se lo designa en Nicaragua, donde permaneció poco tiempo, y a comienzo de 1949 fue nombrado Embajador en Cuba.

"Concluía el año 1949 cuando fue reemplazado el Ministro de Relaciones Exteriores, Juan Atilio Bramuglia, esto produjo un cambio en la política y luego de algunos roces con los nuevos funcionarios, Ugarte presentó la renuncia y envió una carta a Perón, señalando algunas diferencias por los cambios sucedidos en la Cancillería, sin por eso dejar de apoyar al gobierno".

Alejado de la función pública decidió visitar nuevamente México donde los intelectuales realizaron un homenaje en su honor, luego sigue hacia Madrid. En noviembre de 1951 retornó a Buenos Aires con un sólo objetivo, votar por la reelección del Perón.

Él mismo explica la razón de esta actitud: “No he pertenecido nunca al bando de los adulones y si hago ahora esta afirmación, si he vuelto especialmente de Europa a votar por Perón, es porque tengo la certidumbre absoluta de que alrededor de él debemos agruparnos, en momentos difíciles que atraviesa el mundo, todos los buenos argentinos”

Sobre esta cuestión la escritora Liliana Barela señaló: “La percepción de Ugarte del momento por el que atravesaba nuestro país, frente a la miopía de la mayoría de los partidos políticos que no supieron estar a la altura de las circunstancias, revela un profundo conocimiento del proceso histórico y lo rescata como protagonista trascendente dentro de los pensadores argentinos”.

Luego del triunfo regresa a Madrid donde permaneció unos pocos días para instalarse en Niza donde el 2 de diciembre de ese mismo año (1951) fallecía. Ese día lo encuentran muerto en su casa.

Aunque oficialmente se considera que la muerte fue “accidental”, en los medios literarios y políticos se presume que él mismo decidió poner punto final a su vida. Los suicidios de Quiroga, Alfonsina Storni, Lugones y de la Torre le hicieron afirmar que “la suya era una generación vencida”.

Hay quienes no descartan que “exiliado, solitario, excluido y desilusionado, pudiera sentirse vencido y tentado a adoptar el camino que eligieron tantos compañeros que integraron su malograda generación”.

En un manuscrito fechado poco antes de su muerte se lee: “Hay dos maneras de matar a un hombre: matándolo o humillándolo. Lo primero no convenía a mis adversarios, lo segundo lo evité yo. Dios sabe que no hay nada en mi vida que me pueda reprochar. Tengo la convicción de que en todo momento he servido a los intereses argentinos y los ideales de Iberoamérica porque hasta con la ausencia y con los silencios mantuve el derrotero que los gobernantes habían olvidado. Que las nuevas generaciones, sin dejarse intimidar, eleven al punto de mira, aprendiendo a ser grandes en la vida y en la muerte (...) he querido decir a mis compatriotas estas palabras antes de morir y entiéndase que mis compatriotas son todos los habitantes de América Latina”.

Muchos años antes, en la Europa anterior a la primera guerra, "aunque diversos síntomas denotaban la decadencia de la burguesía, quedaban algunos rescoldos revolucionarios del Siglo XIX".

Allá, al decir de Ugarte se encontraron los "escritores iberoamericanos del 900".. Adquirieron la conciencia de que el problema de todos era el mismo y que a pesar de los diversos puntos de partida, constituían una unidad.

Ha escrito, como miembro conspicuo de esta generación y al mismo tiempo su historiador que "Al instalarnos en Madrid (punto de partida) y París (ambiente espiritual), descubrimos dos verdades. Primera, que nuestra producción se enlazaba dentro de una sola literatura. Segunda, que individualmente, pertenecíamos a una nacionalidad única considerando a lberoamérica, desde Europa, en forma panorámica”.

Agregando: "Amado Nervo era mexicano, Rubén Darío nicaragüense, Chocano había nacido en el Perú, Vargas Vila en Colombia, Gómez Carrillo en Guatemala, nosotros (Ingenieros, Lugones, el propio Ugarte) en la Argentina, pero una filiación, un parecido, un propósito nos identificaba. Más que el idioma, influía la situación. Y más que la situación, la voluntad de dar forma en el reino del espíritu a lo que corrientemente designábamos con el nombre de la Patria Grande".

"Despertar la conciencia del continente ibérico, cuya unidad superior perdieron de vista los malos pastores, equivalía a seguir en todos los planos la consigna de los fundadores de la nacionalidad. De nuestro esfuerzo, quedará, ante todo, el empuje hacia una amplia concepción iberoamericana..., hacia una reestructuración de la ideología continental, con vistas a actualizar la esperanza del movimiento de 1810".

Manuel Ugarte expone la situación a que arribaron los más afortunados, los que pudieron trasladarse a Europa y vivir en cierto modo al costado del desarrollo de la burguesía del viejo mundo. Mas, al lado de esos nombres, cuántos otros se frustraron o no pudieron superar el anonimato histórico ante la indiferencia inconcebible del medio.

Se produjo por ese entonces un curioso fenómeno: desde casi todos nuestros países emigraron a Europa intelectuales jóvenes, que se convertirán en los más destacados exponentes de las letras o de la cultura latinoamericana.

“El reproche de exotismo que por esta razón se les hizo, aparte de inexacto, contiene una dosis de ponzoña; ellos no fugaban de América hacia Europa, sino, como lo expresara Rubén Darío, se Ilevaban consigo América al viejo continente para que viviera un poco de la civilización que aquí se les negaba”.

La mayor parte de los escritores iberoamericanos del 900 pusieron su temática sobre lo latinoamericano y sus problemática.

Entre los amigos de Ugarte se cuentan, como ya dijimos, Alfonsina Storni, Alfredo Palacios, José Ingenieros, Leopoldo Lugones y Manuel Gálvez.

También trata con el peruano José Santos Chocano, el nicaragüense Rubén Darío, los mexicanos Amado Nervo y José Vasconcelos, los españoles Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez y Pío Baroja, los franceses Henri Barbuse y Jean Jaurés; es decir, con los más destacados intelectuales de principios del siglo XX.

Rubén Darío, Unamuno y Baroja le prologan sus primeros libros. Barbuse, director de la revista “Monde”, lo incluye en el comité editorial junto con Albert Einstein, Máximo Gorki y Upton Sinclair.

La corriente intelectual del 1900 abonó ideológicamente el terreno para la lucha nacional de nuestros pueblos. La voluntad de esa generación fue la de conformar "en el reino del espíritu” la Patria Grande, según las precisas palabras de Ugarte y ”configuraba el reverso de la impotencia política de la clase media latinoamericana para realizar la revolución democrática y de unificación nacional del continente”.

Las concepciones unificadoras partían del hecho de que a comienzos del siglo XIX, "América hispana constituía una unidad político-administrativa. La revolución fue americana, y el ascenso del capitalismo en el mundo (Siglos XVII a XIX) se llevó por la creación de los modernos estados nacionales". Territorios con población de un solo idioma, superando las divisiones feudales, se conformaron como estados.

En cambio, América Latina no alcanzó a constituirse nacionalmente en el Siglo XIX por la combinación de ciertos intereses regionales librecambistas con las potencias colonizadoras, que fomentaron la balcanización.

La crisis del capitalismo mundial (iniciada en 1914) replantea, cada vez con más vigor, el problema nacional de América Latina: “o constituir la nación o perecer”, tales son sus términos inequívocos.

“Singular suerte la nuestra, en que lo propio resultaba lo deleznable y lo foráneo encarnación de todas las excelencias”.

Manuel Ugarte fue uno de los más consecuentes patriotas latinoamericanos, tal vez por eso, muy pocos en la actualidad conocen su nombre, y menos aún su lucha y la dignidad militante de su inquebrantable antiimperialismo.

¿Y cuál fue el trato que recibió Ugarte en Argentina? A este auténtico autor de novelas, cuentos, poesías y ensayos las autoridades universitarias le niegan una cátedra de Literatura. Los representantes de la cultura oficial también rechazan la propuesta de Gabriela Mistral, quien lo denomina “el maestro de América Latina” para considerarlo candidato al Premio Nacional de Literatura. Es condenado, justamente Ugarte, que había firmado el Libro de Oro Mundial de la Paz en 1929 junto a Bernard Shaw, Roman Rolland, los esposos Curie, Maeterling y otras figuras, las más prestigiosas de la intelectualidad mundial. Pero era previsible, él dijo: "No hay proletariado feliz en un país en derrota”.

El 4 de Abril de 1912 en una Conferencia en la Federación Obrera de la República del Salvador proclamaba: “Debemos ser altiva y profundamente patriotas ... Si no queremos ser mañana la raza sojuzgada que se inclina medrosamente bajo la voz de mando de un conquistador audaz, tenemos que preservar colectivamente, nacionalmente, continentalmente, el gran conjunto común de ideas, de tradiciones y de vida propia fortificando cada vez más el sentimiento que nos une, para poder realizar en el porvenir ... la democracia total que será la PATRIA GRANDE del mañana”.

En otra conferencia decía: "Leyendo un libro sobre la política del país encontré citada la frase pronunciada por el senador Preston en 1838: - La bandera estrellada flotará sobre toda la América Latina hasta la Tierra del Fuego, único límite que reconoce la ambición de nuestra raza -".

"¡Qué destino el de nuestra raza! El derecho, la justicia, la solidaridad, la clemencia, los generosos sentimientos de que blasonan los grandes pueblos, no han existido para la América Latina donde se han llevado a cabo todos los atentados sin que el mundo se conmueva... Para nosotros no existe, cuando surge una dificultad con un país poderoso - y al decir país poderoso no me refiero sólo a los Estados Unidos sino a ciertas naciones de Europa -, ni arbitraje, ni derecho internacional, ni consideración humana. Todos pueden hacer lo que mejor les plazca, sin responsabilidad ante los contemporáneos, ni ante la historia. Así se instalaron los ingleses en Las Malvinas, o en la llamada Honduras Británica, así prosperó la expedición del archiduque Maximiliano, así se consumó la expoliación de Texas, Arizona, California y Nueva México, Estados asimilados a ciertos pueblos del Extremo Oriente, o del Africa Central, dentro del enorme proletariado de naciones débiles, a las cuales se presiona, se desangra, se diezma, y anula en nombre del progreso y la civilización”.

"Desde Europa, fuera de la preocupación local que naturalmente acapara la atención en cada una de nuestras repúblicas, advertí dos cosas: 1) que entre las repúblicas latinas de América había lazos parecidos y analogías más profundas que entre las demás naciones del mundo, que esas analogías no era ideológicas, sino reales, no estaban basadas sobre declamaciones sino sobre una identidad de situaciones, de intereses, de realidad; y 2) que se difundía en América, que cobraba vigor y brío una abominable explotación de una nación fuerte sobre los débiles, que se acrecentaba una dominación injusta del grupo cohesionado y poderoso sobre el grupo débil y disperso”.

"A todos estos países no los separa ningún antagonismo fundamental. Nuestro territorio fraccionado presenta, a pesar de todo, más unidad que muchas naciones de Europa. Entre las dos repúblicas más opuestas de la América Latina, hay menos diferencia y menos hostilidad que entre dos provincias de España o dos estados de Austria. Nuestras divisiones son puramente políticas y por tanto convencionales. Los antagonismos, si los hay, datan apenas de algunos años y más que entre los pueblos, son entre los gobiernos. De modo que no habría obstáculo serio para la fraternidad y la coordinación de países que marchan por el mismo camino hacia el mismo ideal. Sólo los Estados Unidos del Sur pueden contrabalancear en fuerza a los del Norte. Y esa unificación no es un sueño imposible”.

Y desde la preocupación social, desde la marginación y el hambre de muchos, dice: "Si hay quienes agonizan en la miseria no es porque falte con qué alimentarlos, sino porque una criminal retención de los productos en manos de una minoría de traficantes así lo determina, sino porque hay hombres que, más por inconsciencia que por maldad, trafican con el hambre de sus semejantes”.

Sostiene, también, un posicionamiento claro, ejemplificador y docente en cuanto al rol que deberían asumir los escritores, les alecciona diciendo: "Siempre he creído que el poeta, el escritor en general, debe intervenir en los debates de su tiempo. Fui uno de los primeros en decir que no es posible que los elementos pensantes de un país, los más capacitados, abandonen o desdeñen la tarea de dar rumbo a la nación”.

"Todos los escritores que predican la excelsitud del arte retórico y aristocrático, sin mezcla de inquietud contemporánea, han hecho, sin desearlo quizá, obras que son, en cierto modo, una propaganda en favor de determinada modalidad de vida".

"El escritor no debe ser un clown encargado de cosquillear la curiosidad o de sacudir los nervios enfermos de los poderosos, sino un maestro encargado de desplegar bandera, abrir rumbo, erigirse en guía y llevar las multitudes hacia la altísima belleza que se confunde en los límites de la verdad. Porque la verdad es belleza en acción y las excelencias de la forma sólo alcanzan la pátina de eternidad cuando han sido puestas al servicio de una superioridad moral indiscutible”.

Aquellos que quisieron endilgarle una actitud germanófila-nazi, dice: "Yo no he creído nunca que nuestra raza sea menos capaz que las otras. Así como no hay clases superiores y clases inferiores, sino hombres que por su situación pecuniaria han podido instruirse y depurarse y hombres que no han tenido tiempo de pensar en ello, ocupados en la ruda lucha por la existencia, no hay tampoco razas superiores ni razas inferiores... La desigualdad que advertimos entre la mitad del Continente donde se habla en inglés y la mitad donde se habla español, no se explica ni por la mezcla indígena, ni por los atavismos de raza que se complacen en invocar algunos, arrojando sobre los muertos la responsabilidad de los propios fracasos... mientras la burguesía yanqui adoptaba los principios filosóficos y las formas de civilización más recientes, una oligarquía temerosa y egoísta se apoderó de las riendas del gobierno en la mayor parte de los Estados del sur”.

Rompe el mito de lo fatídico, de estar condenados al fracaso y afirma: "Yo no he creído nunca que la América latina sea inferior a la América sajona, yo no he creído nunca en las fatalidades geográficas, yo no he creído nunca que debamos inclinarnos ante la expansión de los fuertes”.

Y agrega: "El imperialismo podrá aterrorizar a nuestras autoridades, apoderarse de los resortes de nuestras administraciones y sobornar a los políticos venales, pero a los pueblos que reviven sus epopeyas heroicas, a los pueblos que sienten las diferencias que los separan del extranjero dominador, a los pueblos que no tienen acciones en las compañías financieras ni intereses en el soborno, a esos pueblos no los puede desarraigar ni corromper nunca nadie”.

En “Redescubrimiento de Ugarte”, publicado en febrero de 1985, Jorge Abelardo Ramos escribe: “... en la irresistible Argentina del Centenario, orgullosa y rica, el emporio triguero del mundo, no había lugar para él.

No solamente porque, como decía Miguel Cané, escribir una página desinteresada en Buenos Aires equivalía a recitar un soneto de Petrarca en la Bolsa de Comercio, sino a causa de que Ugarte iría a desenvolver su vida contra la lógica de la factoría euro-porteña: era socialista, aunque criollo y católico; argentino, pero hispanoamericanista. Si bien es cierto que lucharía por la neutralidad en las dos guerras inter-colonialistas del siglo, debería hacerlo contra la opinión dominante del rupturismo demo-izquierdista favorable a las potencias democráticas; más tarde, asumiría la defensa de la industria nacional y de la clase obrera en un país agropecuario, librecambista y antiobrero”.

El luchador social se había convertido en “un muerto civil” mucho tiempo antes de fallecer, y apunta Ramos. “Sin el respaldo de un partido, de una capilla, de los grandes diarios o del orden vigente, ningún editor manifestó nunca el menor interés por publicar algún libro de Ugarte.

Semejante maravilla se explica porque la formación del gusto público, en 1914 o en la actualidad, corría por cuenta de los intereses creados por la oligarquía anglófila y su dócil clientela de la clase media urbana, en suma, el cipayo ilustrado, que se cultiva a la orilla de los grandes puertos de la América Latina”.

Ramos recuerda: “En noviembre de 1954, organicé una Comisión de Homenaje. Recibimos los restos de Ugarte en el puerto de Buenos Aires (...) Un silencio sepulcral reinaba sobre la República, en cuyo subsuelo toda la reacción conspiraba. Pugnaban por derribar a Perón tanto la agónica partidocracia democrática, como la izquierda cosmopolita y el nacionalismo puramente retórico de ciertos grupos de la derecha antiobrera. (...) Enseguida organizamos en el salón Príncipe George un Funeral Cívico en su homenaje. Hablaron en el acto Carlos María Bravo, Rodolfo Puiggrós, John William Cooke y yo. (...) A pesar de la tensión reinante, congregamos unas cuatrocientas personas. Salvo el presidente Perón, que envió un telegrama de adhesión, ni el gobierno ni el peronismo oficial se hicieron presentes. Y, va de suyo, nadie de la "inteligentzia" llamada argentina. Soplaba un viento gélido y en el espíritu colectivo palpitaban sórdidos presagios. La contrarrevolución democrática estaba en marcha”.

En el capítulo XII de “Historia de la nación latinoamericana”, Ramos dedica varias páginas al trágico destino de este luchador visionario y el silenciamiento sistemático de su vida y obra; “El irritado silencio que ha rodeado siempre a la figura de Ugarte no sólo es necesario atribuirlo al papel de "emigrado interior" del intelectual del 900 en las semicolonias, sino al "leprosario político" en el que la oligarquía y sus amigos de la izquierda cipaya recluyen a los hombres de pensamiento nacional independiente. A principios de siglo, al escritor latinoamericano no le quedaba otro recurso que enmudecer o emigrar. Las pequeñas capitales de la nación "balcanizada", aún la más presuntuosa, como Buenos Aires, habían sustituido la función social del escritor con el libro español o francés·.

Pedro Orgambide, en su último escrito antes de morir, el 19 de enero de 2003, sostiene: “No fue profeta en su tierra. Es, aún, el gran olvidado del pensamiento político argentino. En cambio, sus ideas impulsaron la acción de hombres como el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre o el nicaragüense Augusto César Sandino. Su nombre es citado con frecuencia en otros países de América latina; pocas veces en la Argentina”.

América Latina necesita rescatar el pensamiento de hombres que como él, dieron todo y no recibieron nada, para revivir el sueño de San Martín, Bolívar y Artigas.

Difícil y sutil tarea. Significa lograr una integración que no consista en una nueva manifestación enmascarada de imperialismo.

Significa "compatibilizar el universalismo con la preservación de la identidad de los pueblos".

"Una auténtica comunidad organizada no puede realizarse si no se realiza plenamente cada uno de su ciudadanos". Lo mismo ocurre con la integración de la América hispánica, ésta debe hacerse sobre bases que impida la despersonalización de los pueblos y que no enajene su verdad histórica.

Manuel Ugarte dejó un legado independentista y revolucionario a las generaciones de hoy y de mañana. Un llamamiento vibrante y apasionado. "Mientras la América Latina esté gobernada por políticos profesionales cuya única función consiste en defender los privilegios abusivos de la oligarquía local y en preservar los intereses absorbentes de los imperialismos extranjeros, ninguna evolución puede ser posible”.

"Ha llegado la hora de realizar la segunda independencia. Nuestra América debe cesar de ser rica para los demás y pobre para sí misma. Iberoamérica pertenece a los iberoamericanos”.

"Y allí donde hay un territorio latinoamericano en peligro, allí está nuestra patria."

En el marco de esa tarea, los argentinos, debemos robustecer la cultura nacional preservando su unidad.

Raúl Scalabrini Ortíz daba una verdadera lección en “Otra idea de Patria", dice: "(...) La patria no es simplemente un suelo extendido en la topografía de valles, llanuras y montañas. La patria es una fraternidad sostenida por tradiciones que son como la memoria colectiva de los pueblos y por ideales nacionales en que se funden y sobreviven los perecederos ideales de los ciudadanos aislados”.

Y en "Política británica en el Río de la Plata" opinaba que “Volver a la realidad es el imperativo inexcusable. Para ello es preciso exigirse una virginidad mental a toda costa y una resolución inquebrantable de querer saber exactamente cómo somos".

Por su parte Arturo Jauretche acerca del "colonialismo mental" señalaba: "La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna; enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quien abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América trasplantando el árbol y destruyendo lo indígena que podía ser obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa y no según América”.

“La incomprensión de lo nuestro preexistente como hecho cultural o mejor dicho el entenderlo como hecho anticultural, llevó al inevitable dilema: todo hecho propio, por serlo era bárbaro, y todo hecho ajeno, importado, por serlo, era civilizado. Civilizar pues consistió en desnacionalizar - si Nación y realidad son inseparables-“.

Mientras que Rodolfo Puiggrós, refiriéndose a “La liberación ideológica”, manifestaba “(...) América Latina - y la Argentina - para salir del atolladero tiene que pensar y actuar en función de América Latina - necesita poseer, para ponerse a la altura de la humanidad que nace, una ideología revolucionaria propia, es decir viva y creadora, que se nutra de la ciencia y la experiencia mundial para superarlas, pero que sea el fruto de los gérmenes específicamente latinoamericanos”.

“No seremos libres de verdad y no salvaremos de la pobreza y la ignorancia a millones de latinoamericanos mientras esa ideología revolucionaria nuestra no se adueñe de las masa trabajadora y las haga artífices de las grandes transformaciones sociales. El colonialismo ideológico siempre acompaña al colonialismo económico y la liberación económica no es posible sin la liberación ideológica”.

“La creación de esa ideología revolucionaria que interprete las leyes de nuestro desarrollo histórico y las tendencias progresistas y emancipadoras de las masas laboriosas es, a mi entender, la tarea más apremiante y primordial que tenemos por delante los argentinos y los latinoamericanos”.

Ricardo Carpani, escultor y escritor (1930 – 1997), en “Nacionalismo popular, nacionalismo burgués” con buen ojo clínico sobre la realidad nos impone que con "Un simple vistazo sobre el proceso histórico mundial de los dos últimos siglos y sobre la realidad presente de los pueblos, basta para detectar la presencia permanente del sentimiento nacional como un factor emocional fundamental en la movilización de las masas”.

“Los latinoamericanos, al hablar del carácter nacional de nuestra lucha de liberación, no podemos circunscribirnos a los artificiales límites de cada uno de nuestros respectivos países, sino que debemos involucrar en ello a la totalidad de América Latina, nuestra patria grande, dividida y fragmentada por el imperialismo y las oligarquías nativas, para el mejor sojuzgamiento y explotación de sus pueblos”.

“Porque no es solamente un mismo territorio, un mismo pasado histórico, las mismas tradiciones culturales, la misma lengua, etcétera, en fin, todos los elementos necesarios para configurar una nación lo que nos une, sino, también y especialmente, un opresor común que sólo podrá ser definitivamente vencido con el concertamiento, espontáneo o conscientemente buscado, de las luchas revolucionarias de las distintas regiones del continente”.

La liberación es insoslayable para ingresar en el proceso de construcción de la Patria Grande.

Ugarte “no fue profeta en su tierra. En cambio, vio cómo se agrandaba la patria mientras recorría el territorio de esta América que, como él vaticinó en sus textos, sigue siendo una arriesgada apuesta al porvenir”.

Se pronunciaba en su momento en un artículo titulado “El nuevo nacionalismo”, afirmando que “existen dos ideas muertas: el internacionalismo ciego y el nacionalismo cerrado”.

Se declaraba partidario de “un nacionalismo democrático y por una democracia nacional como la única solución posible”.

Es evidente que la “cuestión nacional” debe ocupar el lugar que corresponde en la estrategia liberadora de los pueblos. Así, en diversos países de América Latina, estamos asistiendo a un vigoroso proceso de creación de una poderosa corriente nacional conectada con el movimiento de unificación nacional de nuestros pueblos. No se trata de un proceso que discurra por viejos canales partidarios, sino más bien un "vasto movimiento de reagrupación ideológica que nos hace recordar los tiempos de los Libertadores pero en una escala histórica mucho más elevada".

Debemos poner a trabajar nuestro talento al servicio de la Patria; de la Patria chica y de la Patria Grande, contando para ello con un bagaje doctrinario y ejemplificador.

Hoy asistimos al comienzo de una nueva fase de la historia de nuestra América, en el que todos colegimos que no hay solución para ninguno d

Después de un largo periplo, de un largo proceso histórico, volvemos a la misma situación en que se generó la Primera Independencia.
Innumerables historiadores han dialectizado la pugna entre nuestros héroes libertadores y el destino, reviviendo enmohecidas categorías sobre el papel del individuo en la historia.

Bolívar, San Martín, Artigas, O’Higgins, Sucre y tantos otros, habrían sido "soñadores" y su proyecto "una hermosa quimera" y la rigurosa necesidad de unificar América Latina no sería sino un "ideal", digno de evocarse en la solemnidad de los actos oficiales o del academicismo.

Asumamos sí, que las fuerzas que se congregaron en torno a ellos para consumar la independencia se disolvieron cuando se pretendió construir la unidad de los Estados recién emancipados. Las oligarquías regionales que en alguna medida sostuvieron las campañas libertadoras con algunos recursos y hombres; entre los que figuraban más de un "padre de la patria", se volvieron contra el proceso de unificación cuando el comercio libre estuvo garantizado.

El rasgo común de la Independencia en Sudamérica, proceso que va de 1810 a 1830, es que se produjo en conjunto, y esto es lo que debe repetirse ahora.

Porque es en el ahora donde sentimos la impotencia de los fragmentos que ocasionó la dispersión. En América Latina, en América del Sur, "la unidad prevalece sobre la diversidad". Y este es el nudo central de la cuestión.

Es Juan Domingo Perón quién planteaba que "debía asumirse el pasaje del estado-nación al estado continental".

Felipe Varela, desde la cordillera de los Andes, convocando a la Unión Americana; el entrerriano Ricardo López Jordán exaltando "la indisoluble y santa confraternidad americana", Carlos Guido y Spano, defensor del Paraguay destrozado, Eduardo Wilde, sosteniendo que hay "que hacer de Sudamérica una sola nación", José Hernández designando a la Argentina como "esta sección americana", son exponentes rotundos de una verdadera tradición de unidad indo-hispano-luso-americano.

José E. Rodó, en el mismo camino, le dirá a Ugarte: "Grabemos como lema de nuestra divisa literaria esta síntesis de nuestra propaganda y nuestra fe: Por la unidad intelectual y moral hispanoamericana".

El ejemplo que nos ofrece Manuel Ugarte es, justamente, el de haber sido el primero que ofreció una síntesis, histórica y política, del conjunto de América Latina, en el libro “El porvenir de la América Española”, publicado en 1910. Hasta entonces, en pleno siglo XX, no había ninguna visión de conjunto de América Latina. En 1911, apareció “La evolución política y social de Hispanoamérica”. Rodó publica en 1912 “Bolívar, el unificador del sur”. Y ese mismo año se edita “Las democracias latinas de América” del peruano Francisco García Calderón, y en 1913 “La creación de un continente”, del mismo autor.

Somos entonces, herederos del hispano-latino-indo-afro-americanismo.

De un latinoamericanismo que hizo también posible que “surgieron las primeras visiones políticas de la industrialización de la región” a partir de Víctor Raúl Haya de la Torre.

Todos los trabajos de Manuel Ugarte, que no tuvieron la merecida difusión en nuestro país, sirven hoy más que ayer.

Tienen plena vigencia, muestra de ello es el párrafo de su autoría que transcribimos y que parece haberse escrito en la actualidad, dice: "Yo también soy enemigo del patriotismo brutal y egoísta que arrastra a las multitudes a la frontera para sojuzgar a otros pueblos y extender dominaciones injustas a la sombra de una bandera ensangrentada. Yo también soy enemigo del patriotismo orgulloso que consiste en considerarnos superiores a los otros grupos, en admirar los propios vicios y en desdeñar lo que viene del extranjero. Yo también soy enemigo del patriotismo ancestral, de las supervivencias bárbaras, del que equivale al instinto de tribu o rebaño. Pero hay otro patriotismo superior, más conforme con los ideales modernos y con la conciencia contemporánea. Y ese patriotismo es el que nos hace defender, contra las intervenciones extranjeras, la autonomía de la ciudad, de la provincia, del Estado, la libre disposición de nosotros mismos, el derecho de vivir y gobernarnos como mejor nos plazca”.

La política neoliberal impuesta en los últimos años con su secuela de cierre de industrias, desocupación y empobrecimiento, producto de la expansión imperial, de la globalización de las finanzas sobre las naciones, y la actitud "cipaya" de ciertos gobernantes, fue vislumbrada por este precursor; como si fuera hoy, alerta: "La expansión va perdiendo su viejo carácter militar. Las naciones que quieren superar a otras envían hoy a la comarca codiciada sus soldados en forma de mercaderías.

Conquistan por la exportación, subyugan por los capitales. Y la pólvora más eficaz parecen ser los productos de toda especie que los pueblos en pleno progreso desparraman sobre los otros, imponiendo el vasallaje del consumo".

El ejercicio del olvido al que fuimos condenados los latinoamericanos en general y los argentinos en particular y los artilugios desarrollados para anular el pasado con el ejercicio interesado de la desmemoria forman parte del esfuerzo por ocultar décadas intensas y profundas de lucha por la unificación.

El olvido no es sólo derogación de la memoria. “Tiende a colocar en su lugar una mítica narración del pasado: el silencio ha dado lugar a formas de normalización falsificadas, a través de una unívoca interpretación oficial. Se sustituye la cultura social, que actúa como conciencia crítica, deslizándose el sentido conceptual del pasado a través de la opacidad del presente, resignificando la temporalidad rica y múltiple del saber crítico hasta llegar a la clausura de su significación”.

Así, es imprescindible abordar la “Urgencia por saber, para hacer”, es decir que el conocimiento se convierta en un arma transformadora.

Pero esta urgencia vital no deviene de “un sentimiento trágico”, sino por el contrario se catapulta desde el optimismo esperanzador.

“El olvido forma parte necesaria de una de las condiciones para la producción de un tipo de subjetividad que fabrica complicidad permisiva…”.

No se trata sólo de recordar el pasado. Se trata de analizarlo profundamente encontrando las vertientes y acciones que nos dan identidad, denunciar el presente y construir un futuro distinto.

Señala Ugarte: "Después de lo que vemos y leemos, será difícil que queden todavía gentes pacientes que hablen de la Federación de los Estados Sudamericanos, del ensueño de Bolívar, como de una fantasía revolucionaria. La iniciativa popular puede adelantarse en muchos casos a las autoridades. Nada seria más hermoso que crear bajo el nombre de Liga de la Solidaridad Hispanoamericana o Sociedad Bolívar una vasta agrupación de americanos conscientes que difundiesen la luz de su propaganda por las quince repúblicas. Esa poderosa Liga tendría por objeto debilitar lo que nos separa, robustecer lo que nos une y trabajar sin tregua por el acercamiento de nuestros países. ¿Es imposible acaso realizar ese proyecto?"

Tiene su obra el carácter que adquiere todo testimonio: sirve por la realidad que describe y sirve, sobre todo, porque construye una ideología en donde la nacionalidad no se crea sólo con las armas o con el pensamiento.

Se crea, sobre todo, con la emoción y la pasión.

La pasión que debemos poner en práctica para cambiar la realidad.

La pasión a que nos obliga el ser argentino, el ser ciudadanos de hispanoamérica.

Norberto Galasso manifiesta que. "Nuestras palabras, seguramente, destilan pasión, y es que estamos atados irremediablemente a ella".

La pasión por seguir siendo lo que somos.

"entre comillas" citas de Norberto Galasso, Liliana Barela, Ricardo Carpani, Abelardo Ramos, Eduardo Luis Duhalde y otros pensadores del campo nacional.

Osvaldo Vergara Bertiche
www.culturaynacion.blogspot.com


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Los malditos en la Historia argentina

Por Norberto Galasso

Manuel Ugarte (1875-1951)

En el Archivo General de la Nación (Buenos Aires-Argentina) existen más de 25 biblioratos con documentación que pertenecen al archivo privado de un Sr. llamado Manuel Baldomero Ugarte, nacido en Bs. As. el 27 de febrero de 1875 y fallecido en Niza, junto al Mediterráneo, el 2 de diciembre de 1951.

Supóngase que ahora empezamos a revisar esas carpetas. Vea, aquí tiene documentación de 1900, cartas afectuosas que le envían Rubén Darío, Amado Nervo, José Enrique Rodó, José Santos Chocano y otros escritores latinoamericanos, los más prestigiosos de aquel momento.

En otra carpeta se ha separado la correspondencia proveniente de España. Fíjese los firmantes: Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Pio Baroja. En este bibliorato se archivaron cartas de amigos argentinos: José Ingenieros, Leopoldo Lugones, Ricardo Rojas Alfredo Palacios. Es decir este desconocido Ugarte se carteaba con los intelectuales más importantes de su país de América y de España, e incluso alguno de ellos prologaron sus primeros libros como Miguel de Unamuno, Rubén Darío y Pío Baroja.

¿Quiere ahora que sigamos revisando?. Observemos esta caja de recortes periodísticos correspondientes a los años 1910, 1911 y 1912. Le advierto que se va a asombrar; fotos y notas periodísticas de las principales ciudades de América Latina anuncian con enormes titulares, las conferencias y actos públicos de Ugarte con la concurrencia de miles de personas en México, Panamá, La Habana, El Salvador, Santo Domingo, Managua, Caracas, Bogotá, Quito, Santiago de Chile, Asunción, Montevideo, Buenos Aires; actos multitudinarios, a veces prohibidos por los gobiernos por temor a la reacción popular, reclamos de entidades populares ante las gestiones de la embajada yanqui para impedir sus conferencias, una gira de dos años que conmovió a la patria grande latinoamericana.

Vea, ahora: 1918, fundación de la Federación Universitaria Argentina (FUA). En el acto hablan delegados estudiantiles ¿Quiénes el orador de fondo? Manuel Ugarte.

Veamos estas carpetas, relativas a la década de 1920, aquí hay cartas de los principales dirigentes de la Revolución Mexicana, agradeciendo el apoyo que les otorga Ugarte. Otras provienen de dirigentes del APRA peruano, cuando aquel movimiento mantenía todavía en alto sus banderas de liberación y entre ellas, varias de su líder, Víctor Raúl Haya de La Torre, quien juzga a Ugarte como precursor del APRA. Asimismo José Carlos Mariátegui lo considera como una de las más prestigiosas figuras de América latina.

Observe ahora y conmuévase: esta firma cuya rúbrica es un verdadero latigazo pertenece a Augusto César Sandino, el jefe de la guerrilla nicaragüense alzado en armas contra los marines yanquis, Sandino le agradece a Ugarte la defensa de su causa en artículos y conferencias dados en diversas capitales del mundo. En la misma carpeta nos encontramos con un ejemplar de la revista Monde, editada en París, bajo la dirección de Henri Barbusse. Fíjese quienes integran el comité de redacción: Máximo Gorki, Miguel de Unamuno, Alberto Einstein, Upton Sinclair y Manuel Ugarte. No creo que necesitemos revisar las carpetas que restan.

Abandonamos el Archivo General de la Nación. Lo que Ud. ha visto es suficiente para que con perplejidad me pregunte: Entonces, ¿por qué es un desconocido en Argentina? Le contesto: no sólo es un desconocido. A él, que escribió más de treinta libros, le negaron una cátedra de Literatura en Buenos Aires, justamente a él que había firmado el Libro de Oro Mundial de la Paz en 1929 junto a Bernard Shaw, Roman Rolland, los esposos Curie, Maeterling y otras figuras, las más prestigiosas de la intelectualidad mundial. También le negaron el Premio Nacional de Literatura para el cual lo propuso Gabriela Mistral. Su nombre desapareció de los periódicos y las antologías. El Partido Socialista lo expulsó en dos oportunidades de sus filas.

Cuando en 1916 fundó un diario "La Patria" con recursos personales, debió cerrarlo antes de los noventa días de su aparición por el boicot que le hacía la derecha por juzgarlo socialista y los socialistas por considerarlo nacional.

Por todo esto se exiló en 1918 y regresó recién a la Argentina 17 años después. Nuevamente volvieron a hostigarlo y en 1937 volvió a abandonar el país.

Regresó recién en 1946 y si bien el gobierno presidido por Perón le reconoció méritos designándolo embajador, la burocracia boicoteó su tarea y debió renunciar poco después. ¿Por qué entonces?, quizás reitere Ud. su pregunta. Por ahora le resumiré las causas y quizás en otra oportunidad podamos analizar cada una de ellas con detenimiento.

La primera: Ugarte denunció al imperialismo yanqui desde 1901, por sus tropelías en América Central, hasta su muerte en 1951 por la guerra de Corea.

La segunda: Ugarte fue un socialista convencido, pero se negaba a copiar tácticas e ideas europeas "El socialismo debe ser nacional" dijo en 1911.

La tercera: Ugarte sostenía que debíamos incorporar la cultura mundial, pero elaborar nuestra propia cultura nacional, sin exotismos ni europeísmos.

La cuarta: Ugarte predicó desde 1900 hasta su muerte, la unidad latinoamericana.

Una vez siendo joven, Ugarte que era proclive a los romances, quiso deslumbrar a una muchacha y le dijo, "Yo voy a luchar toda mi vida contra los Estados Unidos, por la unidad de América latina y por el socialismo". Ella no entendía mucho. Sólo se le ocurrió responder: Me parece mucha carga para andar por la vida, y efectivamente tuvo razón, demasiada carga para andar por la vida. Lo sentenciaron al silencio, lo convirtieron en "Maldito". Una vez Ugarte comentó: "En otras partes se fusila, es más noble".

Fuente: www.discepolo.org.ar


Prólogo a "La Nación Latinoamericana"

Por Norberto Galasso

LA NACIÓN LATINOAMERICANA - MANUEL UGARTE. Compilación, Prólogo, Notas y Cronología NORBERTO GALASSO - BIBLIOTECA AYACUCHO [texto digitalizado disponible para descargar en SIESE Manuel Ugarte]

MANUEL BALDOMERO UGARTE pertenece a la sacrificada "generación argentina del 900", es decir, a ese núcleo de intelectuales nacidos entre 1874 y 1882 que conformaban al despuntar el siglo, una brillantísima "juventud dorada". Sus integrantes eran Leopoldo Lugones, José Ingenieros, Ricardo Rojas, Macedonio Fernández, Alfredo L. Palacios, Alberto Ghiraldo, Manuel Gálvez y el propio Ugarte. Habían nacido y crecido en ese tan curioso período de transición que cubre el último cuarto de siglo en la Argentina, cuando la vieja provincia latinoamericana parece hundirse para siempre, con sus gauchos y sus caudillos, sus costumbres austeras y su antiguo aroma español, sus sueños heroicos y su fraternidad latinoamericana. En su reemplazo, esos años ven brotar una Argentina cosmopolita, con aires europeizados, cuyo rostro sólo mira al Atlántico, ajena al destino del resto de las provincias hermanas, con una clase dominante derrochadora, de jacqué y galera de felpa, que soslaya el frío de los inviernos marchándose a disfrutar el verano parisino y un aparato cultural que difunde al día las últimas novedades de la cultura europea. Influenciados por esas dos Argentinas, la que parecía morir irremisiblemente y la que reclamaba el futuro con pretenciosa arrogancia, estos poetas, escritores, ensayistas, sufrieron en carne propia el drama del país y sus promisorias inteligencias, en vez de desarrollarse al cobijo de un clima favorable, se desgarraron tironeadas por dos mundos contradictorios. La tarea intelectual no fue entonces fructífera labor creativa, ni menos simple divertimento como en otros núcleos de pensadores, sino un penoso calvario frente al cual sólo cabía hincar la rodilla en tierra abandonando la cruz, trampear a los demás y a sí mismos con maniobras oportunistas o recorrerlo hasta el final costare lo que costare.

Hasta ellos llegaba la tradición democrática y hasta jacobina de un Manuel Dorrego o un Mariano Moreno y también la pueblada tumultuosa de la montonera mientras frente a ellos se alzaban las nuevas ideologías que recorrían Europa atizando el fuego de la Revolución: el socialismo, el anarquismo.

A su vez, detrás, en el pasado inmediato, percibían una nación en germen, una patria caliente que se estaba amasando en las guerras civiles y delante, sólo veían la sombra de los símbolos porque la Patria Grande había sido despedazada y las patrias chicas encadenadas colonialmente a las grandes potencias. La cuestión nacional y la cuestión social se enredaban en una compleja ecuación con que la Historia parecía complacerse en desafiarlos.

Ricardo Rojas clamará entonces por una "Restauración nacionalista", reivindicará "La Argentinidad" y buscando un vínculo de cohesión latinoamericana se desplazará al callejón sin salida del indigenismo en Eurindia. Una y otra vez las fuerzas dominantes de esa Argentina "granero del mundo" cerrarán el paso a sus ideas y una y otra vez se verá forzado a claudicar, elogiando a Sarmiento —él que de joven se vanagloriaba de su origen federal—, otorgándole sólo contenido moral a la gesta de San Martín —él, en cuyo "país de la selva" estaban vivos aún los ecos de la gran campaña libertadora— para terminar sus días en los bastiones reaccionarios enfrentando al pueblo jubiloso del 17 de Octubre.

Leopoldo Lugones también indagará desesperadamente la suerte de su patria pero, con igual fuerza, intentará enraizar en estas tierras ese socialismo que conmueve a la Europa de la segunda mitad del siglo XIX. Su militancia juvenil en el Partido Socialista va dirigida a lograr ese entronque: una patria cuya transformación no puede tener otro destino que el socialismo, una ideología socialista cuya única posibilidad de fructificar reside en impregnarse profundamente de las especificidades nacionales. La frustración de esa experiencia lo llevará al liberalismo reaccionario y luego al fascismo (de propagandista del presidente Quintana, liberal pro inglés, a redactor de los discursos del presidente Uriburu, corporativista admirador de los Estados Unidos).

¡Singularmente trágica fue la suerte del pobre Lugones! Fascista y anticlerical, enemigo de la inmigración pero partidario del desarrollo industrial, su suicidio resultó la confesión de que había fracasado en la búsqueda de su "Grande Argentina". También él, como Ricardo Rojas, desfiló en la vereda antipopular pero, al igual que a éste lo rescatan parcialmente sus mejores libros, a Lugones lo protege del juicio lapidario de la izquierda infantil una obra literaria nacional, la reivindicación del "Martín Fierro". El libro de los paisajes, los Romances y esa dramática desesperación por encontrar una patria que le habían escamoteado.

También Alberto Ghiraldo —amigo íntimo de Ugarte desde la adolescencia— intentó asumir las nuevas ideas del siglo sin dejar, por eso, de nutrir su literatura en la sangre y la carne de su propio pueblo.
Anarquista desde joven, cultivó también los cuentos criollos y en sus obras de teatro reflejó la realidad nacional. También él, como Ugarte, denostó al monstruo devorador de pequeños países en Yanquilandia bárbara, pero las fuerzas a combatir eran tantas y tan poderosas que, en plena edad madura, optó por el exilio. Desde España o desde Chile, Ghiraldo era ya apenas una sombra de aquel joven que tantas esperanzas hacía brotar en el novecientos. Y el poeta que hizo vibrar X a una generación con Triunfos nuevos, el implacable crítico de Carne doliente y La tiranía del frac murió solo, pobre y olvidado.

Macedonio Fernández y Manuel Gálvez también compartieron las mismas inquietudes. Después de una juvenil experiencia anárquica, Macedonio se retrajo y si bien no cesó de reivindicar lo nacional en su largo discurrir de décadas en hoteles y pensiones para el reducido grupo de discípulos, el humorismo se convirtió en su coraza contra esa sociedad hostil donde prevalecían los abogados de compañías inglesas y los estancieros entregadores. Su admiración por el obispo Berkeley, en el camino del solipsismo, constituye una respuesta, como el suicidio de Lugones, al orden semicolonial que aherrojó su pensamiento. Gálvez, por su parte, optó por recluirse y crear en silencio. Abandonado el socialismo de su juventud, se aproximó a la Iglesia Católica y encontró en ella el respaldo suficiente para no sucumbir. Se convirtió en uno de sus "Hombres en soledad" y en ese ambiente intelectual árido donde sólo valían los que traducían a Proust o analizaban a Joyce desde todos los costados, Gálvez pudo dar prueba de la posibilidad de una literatura nacional. Si bien mediatizado por la atmósfera cultural en que debía respirar, si bien cayendo a menudo en posiciones aristocratizantes, logró dejar varias novelas y biografías realmente importantes.

También Alfredo Lorenzo Palacios —como Ricardo Rojas— era de extracción federal. Su padre, Aurelio Palacios, había militado en el Partido Blanco uruguayo y era, pues, un hijo de la patria vieja, aquellas de los gauchos levantados en ambas orillas del Plata contra las burguesías comerciales de Montevideo y Buenos Aires tan proclives siempre a abrazarse con los comerciantes ingleses. También Palacios —como Lugones, como Gálvez, como Macedonio, como Ghiraldo— percibió desde joven la atracción de las banderas rojas a cuyo derredor debía nuclearse el proletariado para alcanzar su liberación. No es casualidad por ello que ingresase al Partido Socialista y que allí discutiese en favor de la patria, ni que fuera expulsado por su "nacionalismo criollo", ni que fundase luego un Partido Socialista "Argentino", ni que más tarde se convirtiese en el orientador de la Unión Latinoamericana. ¿Cómo no iba a saber el hijo de Aurelio Palacios —antimitrista, amigo de José Hernández y opositor a la Triple Alianza— que la América Latina era una sola patria? ¿Cómo no iba a saber Palacios que el socialismo debía tomar en consideración la cuestión nacional en los "pueblos desamparados" como el nuestro? Sin embargo, aquel joven socialista de ostentoso chaleco rojo de principios de siglo se transformó con el correr de los años en personaje respetado y aun querido por los grandes popes de la semicolonia, su nombre alternó demasiado con los apellidos permitidos en los grandes matutinos y finalmente, aquel que había iniciado la marcha tras una patria y un ideal socialista, coronó su "carrera" política con el cargo de embajador de uno de los gobiernos más antinacionales y antipopulares que tuvo la Argentina (1956).

Distinta era la extracción de José Ingenieros quien, incluso, no nació en la Argentina sino en Palermo, Italia. Sin embargo, intuyó siempre, aunque de una manera confusa y a veces cayendo en gruesos errores, como el del imperialismo argentino en Sudamérica, que la reivindicación nacional era uno de los problemas claves en nuestra lucha política. El socialismo, a su vez, le venía desde la cuna pues su padre, Salvador Ingenieros, había sido uno de los dirigentes de la I Internacional. Desengañado del socialismo en 1902, Ingenieros abandonó la arena política y se sumergió de lleno en los congresos siquiátricos, en las salas de hospital, en sus libros. Pero pocos años antes de su temprana muerte entregó sus mejores esfuerzos a la Unión Latinoamericana, a la defensa de la Revolución Mexicana, al asesoramiento al caudillo de Yucatán, Felipe Carrillo Puerto, a quien aconsejaba adoptar un "socialismo nacional" y al elogio de la Revolución Rusa en un teatro de Buenos Aires. Es decir, socialismo y latinoamericanismo. Tampoco Ingenieros vio colmados sus anhelos juveniles, ni los argentinos recibieron todo lo que su inteligencia podía dar. Aquí también las fuerzas predominantes en la superestructura ideológica, montadas sobre el final del siglo y cuya consolidación se expresó simbólicamente en 1904 en la llegada al poder de un abogado de una empresa británica, cortaron el vuelo del pensamiento de Ingenieros, lo embretaron en disciplinas menos peligrosas que la sociología y la política y lo silenciaron resueltamente en su último intento por gritar su verdad, en ese su canto del cisne cuando reivindicaba al unísono la bandera de la Unión Latinoamericana y del Socialismo Revolucionario.

Si se observa con detenimiento, todos estos representantes de la generación del 900, a pesar de las enormes presiones, los silencios y los acorralamientos, han logrado hacerse conocer en la Argentina y en América Latina desde hace años. De un modo u otro, esterilizándolos o deformándolos, tomando sus aspectos más baladíes o resaltando sus obras menos valiosas, han sido incorporados a los libros de enseñanza, los suplementos literarios, las antologías, las bibliotecas públicas, las sociedades de escritores, las aburridas conferencias de los sábados, los anaqueles de cualquier biblioteca con pretensiones. Sólo Manuel Ugarte ha corrido un destino diverso: un silencio total ha rodeado su vida y su obra durante décadas convirtiéndolo en un verdadero "madito", en alguien absolutamente desconocido para el argentino medianamente culto que ambula por los pasillos de las Facultades. No es casualidad, por supuesto. La causa reside en que, de aquel brillante núcleo intelectual, sólo Ugarte consiguió dar respuesta al enigma con que los desafiaba la historia y fue luego leal a esa verdad hasta su muerte. Sólo él recogió la influencia, nacional-latinoamericana que venía del pasado inmediato y la ensambló con las nuevas ideas socialistas que llegaban de Europa, articulando los dos problemas políticos centrales de la semicolonia Argentina y de toda la América Latina: cuestión social y cuestión nacional. No lo hizo de una manera total, tampoco con una consecuencia nítida, pero a través de toda su vida se continúa, como un hilo de oro, la presencia viva de esos dos planteos, la fusión de las dos banderas: la reconstrucción de la nación latinoamericana y la liberación social de sus masas trabajadoras. De ahí la singular actualidad del pensamiento de Ugarte y por ende su condena por parte de los grandes poderes defensores del viejo orden. De ahí la utilidad de rescatar su pensamiento creador y analizar detenidamente las formulaciones de este solitario socialista en un país semicolonial —del Tercer Mundo, diríamos hoy— enfrentado ya al problema de la cuestión nacional cuando aún Lenin no ha escrito El imperialismo, etapa superior del capitalismo, ni Trotski ha dado a conocer su teoría de "la revolución permanente".

En la época en que transcurre la infancia de Manuel Ugarte aún resuenan en la Argentina los ecos de la heroica gesta libertadora y unificadora que encabezaron San Martín y Bolívar, medio siglo atrás. La lucha común de las ex colonias contra el absolutismo español, cruzándose sus caudillos de una provincia a otra en medio de la batalla, se encuentra aún fresca en las conversaciones de los mayores a cuyo lado se modela el carácter y el pensamiento de la criatura. Más reciente aún, apenas una década atrás, está vivo el recuerdo de Felipe Varela, desde la cordillera de los Andes, convocando a la Unión Americana o la similar proclama insurreccional del entrerriano Ricardo López Jordán exaltando "la indisoluble y santa confraternidad americana". Asimismo —como para certificar que no sólo los caudillos se consideraban latinoamericanos— ahí no más en el tiempo, Juan B. Alberdi había levantado su voz contra la guerra de la Triple Alianza, juzgándola "guerra civil" y había tomado partido por la causa de los blancos uruguayos, el pueblo paraguayo y los federales argentinos contra la entente de las burguesías portuarias del Plata y el Imperio del Brasil. Además, los hombres del 80, con los cuales dialogará el Ugarte adolescente, son consecuentes con la vieja tradición sanmartiniana: Carlos Guido y Spano, otro defensor del Paraguay destrozado, Eduardo Wilde, cuyo escepticismo no le impide sostener con entusiasmo que hay "que hacer de Sudamérica una sola nación", José Hernández que designa habitualmente a la Argentina como "esta sección americana" e incluso el propio presidente Julio A. Roca quien, por esa época, da uno de los pocos ejemplos de latinoamericanismo oficial al rechazar las presiones belicistas contra Chile, intercambiar visitas con el presidente del Brasil y lanzar la Doctrina Drago para el conflicto venezolano. Es verdad que también resulta poderosa la influencia antilatinoamericana preconizada por los distintos órganos de difusión de la clase dominante, en especial, la escuela, la historia de Mitre con su odio a Bolívar y los grandes matutinos. Pero el joven Ugarte madura su pensamiento bajo la influencia de esa cultura nacional en germen que asoma ya en el Martín Fierro de José Hernández o en La excursión a los indios ranqueles de su conocido Lucio V. Mansilla, en la vertiente del nacionalismo democrático que tuvo sus exponentes en Moreno, Dorrego, Alberdi y los caudillos federales, especialmente los del noroeste como El Chacho y Varela. Su avidez por aprender, su sed de libros nuevos, de ideas distintas, es satisfecha gradualmente sin romper por eso los lazos con esa Argentina en gestación que recién cuando él ha cumplido cinco años —en 1880— logra realmente su unificación al federalizarse Buenos Aires y convertirse en Capital. Por eso, cuando el joven poeta de 19 años, busca una bandera para su Revista Literaria la encuentra en una convocatoria al acercamiento de todos los jóvenes escritores de América Latina. Su primer paso en la literatura se convierte, pues, en su primera experiencia latinoamericana. José E. Rodó, en el mismo camino, le dirá entonces: "Grabemos como lema de nuestra divisa literaria esta síntesis de nuestra propaganda y nuestra fe: Por la unidad intelectual y moral hispanoamericana".

Al tiempo que esa experiencia de la Revista Literaria lo acerca al resto de América Latina —colaboran desde Ricardo Palma hasta Rufino Blanco Fombona y desde José Santos Chocano hasta José E. Rodó— lo aleja de la influencia singularmente cosmopolita que va ganando a la mayoría de los jóvenes escritores argentinos. El fracaso de su Revista —resistida por el ambiente de Buenos Aires— resulta, desde el punto de vista latinoamericano, un verdadero triunfo. Y cuando poco después —huyendo de Buenos Aires "porque me faltaba oxígeno"— se instala en Europa, su conciencia latinoamericana se profundiza. "Desde París, ¿cómo hablar de una literatura hondureña o de una literatura costarricense?" pregunta. La lejanía lo acerca entonces y aquella realidad tan enorme que era difícil de divisar de cerca, resulta clara a los ojos, tomando distancia. La vieja broma de que un francés considera a Río de Janeiro capital de la Argentina, adquiere en cierto sentido veracidad porque desde París, las fronteras artificiales se disuelven, las divisiones políticas se esfuman y la Patria Grande va apareciendo como una unidad indiscutible desde Tierra del Fuego hasta el Río Grande. "Urgía interpretar por encima de las divergencias lugareñas, en una síntesis aplicable a todos, la nueva emoción. La distancia borraba las líneas secundarias, destacando lo esencial". Cuanto más lejos de la Patria Chica más cerca de la Patria Grande. Quizá entonces analiza cuidadosamente esas influencias recibidas en su niñez y en su adolescencia, confusas y empalidecidas a veces, que su pensamiento no había logrado asimilar como verdades propias y que ahora vienen a reafirmarle su nueva convicción. Si Latinoamérica no es una sola patria, ¿qué significa ese oriental Artigas ejerciendo enorme influencia sobre varias provincias argentinas y teniendo por lugartenientes al entrerriano Ramírez y al santafesino López? Y junto a ellos, ¿qué papel desempeña ese chileno Carrera? ¿Qué sentido tiene entonces la gesta de San Martín al frente de un ejército que ha cortado vínculos de obediencia con el gobierno argentino, llevando como objetivo la independencia del Perú con ayuda chilena? ¿Quién es, pues, ese venezolano Bolívar, que se propone liberar a Cuba, que proyecta derrocar al emperador del Brasil y que lucha además por dar libertad a Ecuador y Perú, al frente de otro ejército latinoamericano en el cual militan soldados y oficiales argentinos? ¿Son acaso traidores a la Argentina José Hernández, Guido y Spano, Juan B. Alberdi, Olegario Andrade, y tantos otros que toman partido por el Paraguay en la Guerra de la Triple Alianza? E incluso, ¿traicionan a la patria, esos pueblos enteros de nuestro noroeste que festejan la derrota argentina de Curupaytí en esa misma guerra?

Sus estudios de sociología e historia le otorgan ya las armas para preguntarse qué es una nación y para plantearse la gran disyuntiva: ¿Cada uno de los pequeños países latinoamericanos puede erigirse en una nación o la nación es la Patria Grande fragmentada a la que hay que reconstruir como tarea esencial? En esos años de fin de siglo el interrogante es formulado una y otra vez y la respuesta va resultando cada vez más satisfactoria, cada vez más sólida, abundante en argumentos ya irrefutables. El mismo idioma, la comunidad de territorio, un mismo origen colonizador, héroes comunes, viejos vínculos económicos ahora debilitados pero que pueden restablecerse, fundamentan su convicción de que la América Latina es una sola patria, convicción que ya no abandonará hasta su muerte. Por eso sostiene en 1901: "A todos éstos países no los separa ningún antagonismo fundamental. Nuestro territorio fraccionado presenta, a pesar de todo, más unidad que muchas naciones de Europa. Entre las dos repúblicas más opuestas de la América Latina hay menos diferencia y menos hostilidad que entre dos provincias de España o dos estados de Austria.

Nuestras divisiones son puramente políticas y por tanto convencionales. Los antagonismos, si los hay, datan apenas de algunos años y más que entre los pueblos son entre los gobiernos. De modo que no habría obstáculos serios para la fraternidad y coordinación de países que marchan por el mismo camino hacia el mismo ideal. . .

Otras comarcas más opuestas y separadas por el tiempo y" las costumbres se han reunido en bloques poderosos y durables. Bastaría recordar como se consumó hace pocos años la unidad de Alemania y de Italia".
Poco tiempo después insiste en otro artículo: "La primera medida de defensa sería el establecimiento de comunicaciones entre los diferentes países de la América Latina. Actualmente los grandes diarios nos dan, día a día, detalles a menudo insignificantes de lo que pasa en París, Londres o Viena y nos dejan, casi siempre, ignorar las evoluciones del espíritu en Quito, Bogotá o Méjico. Entre una noticia sobre la salud del emperador de Austria y otra sobre la renovación del ministerio en Ecuador, nuestro interés real reside naturalmente en la última. Estamos al cabo de la política europea, pero ignoramos el nombre del presidente de Guatemala..." Y este reproche lanzado en 1901 conserva todavía vigencia en 1976, no obstante los pasos que se han dado para consolidar una conciencia latinoamericana.

Ugarte retoma sí el ideal unificador que inspiró a Bolívar la reunión del Congreso de Panamá en 1824, granjeándose desde entonces la furiosa antipatía de los mitristas de Buenos Aires, discípulos del localista Rivadavia que torpedeó aquel Congreso. Mientras los argentinos de la nueva generación abandonan las últimas inquietudes latinoamericanas —sólo Palacios, Ingenieros y algunos pocos mantendrán de uno u otro modo la vieja bandera— Ugarte recuesta su pensamiento y sus esfuerzos en el trabajo paralelo de otros hombres de la Patria Grande que ansían continuar la lucha del libertador: las enseñanzas de "Martí, las arengas de Vargas Vila, incluso el mismo Darío que militó en el partido unionista de Nicaragua y muy especialmente, un gran amigo de Ugarte y defensor a ultranza de Bolívar: Rufino Blanco Fombona.

En 1903 ya revela en germen su proyecto de construir una entidad dirigida a estrechar vínculos latinoamericanos en pro de la reconstrucción de la Patria Grande: "Después de lo que vemos y leemos, será difícil que queden todavía gentes pacientes que hablen de la Federación de los Estados Sudamericanos, del ensueño de Bolívar, como de una fantasía revolucionaria. La iniciativa popular puede adelantarse en muchos casos a las autoridades. Nada seria más hermoso que crear bajo el nombre de Liga de la Solidaridad Hispanoamericana o Sociedad Bolívar una vasta agrupación de americanos conscientes que difundiesen la luz de su propaganda por las quince repúblicas. Esa poderosa Liga tendría por objeto debilitar lo que nos separa, robustecer lo que nos une y trabajar sin tregua por el acercamiento de nuestros países. ¿Es imposible acaso realizar ese proyecto?" Once años más tarde constituirá en Buenos Aires la Asociación Latinoamericana que "realizará una intensa actividad durante tres años en favor de la unión de nuestros países. Y al promediar la década del veinte será también presidente honorario de la segunda entidad fundada en Buenos Aires con el mismo propósito: la Unión Latinoamericana.

La concepción Latinoamérica como una sola nación fragmentada en un mosaico de países sin destino propio, la convicción de que esa Patria Grande debe ser reconstruida como condición indispensable para salir del atraso y la esclavitud, así como el planteo acerca de una cultura latinoamericana en formación con las especificidades de cada país, son desarrolladas por Ugarte en El porvenir de la América Española, El destino de un continente, Mi campaña hispanoamericana, La Patria Grande y La reconstrucción de Hispanoamérica, como así también en innumerable cantidad de artículos y conferencias y muy especialmente en los discursos populares pronunciados a lo largo de dos años de gira por las ciudades más importantes de América Latina, en aquella campaña inolvidable que movilizó a miles de manifestantes entre 1911 y 1913.

Ciclópea e incansable será su tarea: polemizará con los socialistas argentinos que desdeñan a la América morena, y lo acusan de regresar de su campaña "empapado de barbarie", discutirá con los intelectuales exquisitos que preconizan el arte por el arte y se alienan en las obras importadas de Europa, señalará en los periódicos los peligros del "idioma invasor" así como la infiltración de un "alma distinta" a través del cinematógrafo, la obra teatral y el libro extranjero cuando se los recibe con mentalidad colonial, defenderá la tradición hispana —la de la España liberal y revolucionaria— frente a los adoradores del anglosajón, quebrará lanzas con los grandes diarios que exacerban localismos explotando minúsculos incidentes fronterizos, en fin, en todos los frentes de la lucha ideológica no cejará un instante, durante medio siglo, de defender todo aquello que concurra a disolver las fronteras artificiales y a dar un solo color al mapa latinoamericano. Sufrirá en esa lucha graves reveses, agudas decepciones y a veces desesperado, estará a punto de quebrar la pluma para siempre, pero el proyecto de la unión latinoamericana permanecerá incólume en lo más profundo de él mismo y logrará atravesar varias décadas de combates desiguales, exilios y amargura, sin claudicar. Esa certeza de que la cuestión nacional latinoamericana constituye un problema principalísimo, generalmente ignorado por la mayor parte de los seudoizquierdistas que vociferan en estas tierras, otorga al pensamiento de ligarte una singularidad revolucionaria poco común, pues 75 años después de sus primeras inquietudes en este sentido, la cuestión continúa estando en el tapete de la historia y resulta ahora preocupación fundamental de los más lúcidos representantes del pensamiento latinoamericano.

Ugarte, partidario de explotar los recursos naturales y desarrollar intensamente las industrias, comprendió que no era posible un gran crecimiento de las fuerzas productivas en los estrechos marcos de cada uno de los veinte estados latinoamericanos. Su idea de la unificación —el gran mercado interno para la gran industria en desarrollo— se liga pues al propósito de rescatar a la América Latina del atraso económico en que se hallaba en 1900 —y aún se halla— y conducirla a un estado económico-social superior. Pero comprendió también que la posibilidad de esa unificación y de ese crecimiento estaba estrechamente ligada al logro de la liberación nacional. Para que la Patria fuese Grande debía ser Libre.

Inevitablemente, al abocarse al estudio de la unidad latinoamericana, se encontró con la intervención imperialista que había doblado la cerviz de todos los gobiernos de la patria balcanizada. La circunstancia de hallarse en Francia, en pleno período de rivalidades interimperialistas, le posibilitó la acumulación de datos acerca de la preponderancia inglesa y norteamericana en América Latina. Un viaje a Estados Unidos, en 1899, dio fundamento a sus inquietudes al par que varias denuncias de escritores latinoamericanos (Ariel, de Rodó, Ante los bárbaros, de Vargas Vila, La Americanización del mundo, de R. Blanco Fombona, El destino de un continente, de César Zumeta y La ilusión americana, de Pedro Prado), robustecieron su convicción de que las ex colonias españolas compartían otro rasgo que marcaba sus fisonomías: tenían un enemigo común, el imperialismo. La unificación resultaba entonces indispensable también por esta razón, ya que sólo podía detenerse el avance del vecino voraz, presentando un solo bloque de países que pudiera contrapesar su fuerza. El mencionado viaje por Estados Unidos, México y Cuba, le permitió a Ugarte bucear hondamente en el disímil destino de las colonias americanas: al norte del río Bravo, cohesión, unificación, desarrollo económico, soberanía e incluso expansión; al sur, balcanización, localismos, atraso, y subordinación colonial o semicolonial; al norte, desarrollo de las fuerzas productivas "hacia adentro", prolongado hacia el interior; al sur, crecimiento tan solo de las ciudades-puertos "hacia afuera" y hundimiento de los pueblos interiores en una olla de desesperación y miseria. La historia enseñaba, pues, que la unión en la nación se ligaba íntimamente con la soberanía nacional y con el progreso económico social.

También en este terreno, Ugarte da la pelea a partir de 1901 con su artículo "El peligro yanqui". Allí sostiene que "la política exterior de los Estados Unidos tiende a hacer de la América Latina una dependencia y extender su dominación en zonas graduadas que se van ensanchando primero con la fuerza comercial, después con la política y por último con las armas. Nadie ha olvidado que el territorio mexicano de Texas pasó a poder de los Estados Unidos después de una guerra injusta". Esta bandera antimperialista, enarbolada por primera vez a principios de siglo, será divisa de combate durante cinco décadas. Apenas durante dos o tres años —con motivo de la Política de Buena Vecindad de F. D. Roosevelt— Ugarte sosegará sus ataques al vecino del Norte, pero el resto de su vida entregará a esa causa sus mejores esfuerzos: recorriendo América Latina acusando al invasor, defendiendo a la Revolución Mexicana ante los ataques armados y las campañas internacionales de desprestigio, apoyando al APRA en su época antimperialista, constituyéndose en portavoz de Sandino en Europa, solidarizándose con Perón en la Argentina. Sus manifiestos publicados en todos los diarios latinoamericanos y europeos harán época y ya desde la Asociación Latinoamericana de Buenos Aires o desde la revista Monde en París, su palabra no cesará en favor de su América Latina escarnecida. La presión imperialista se agudizará a veces — especialmente durante las dos guerras mundiales— y cuando la mayoría de los intelectuales latinoamericanos se pliegan al bando aliado, en defensa de sus propios amos, Ugarte insiste tozudamente: "No tengamos vocación de tropa colonial. Iberoamérica para los iberoamericanos".
Su concepción antimperialista se ha forjado en las intervenciones norteamericanas en Centroamérica, especialmente en la guerra cubano-española, y hacia el imperialismo norteamericano enfila él preferentemente su artillería ideológica. Sin embargo, es erróneo imputarle desconocimiento del imperialismo inglés, al que visualiza ya en 1910 en El porvenir de la América Española. También en el diario La Patria publicado en Buenos Aires en 1916 Ugarte libra una dura campaña contra Inglaterra, condenando la acción antiprogresista cumplida por el ferrocarril británico y reiterando la necesidad de desarrollar industrias nacionales para poner fin a las importaciones en su mayoría inglesas. Más tarde continuará combatiendo contra ambos imperialismos o los castigará conjuntamente bajo el rótulo de "imperialismo anglosajón", aunque siempre considerará más peligroso al joven y avasallante imperialismo norteamericano "que constantemente presiona sobre México, nuestro rompeolas, amenazando inundar todo el sur".

El pensamiento de Ugarte —en tanto tiene como pivotes centrales la unificación latinoamericana y la lucha contra el imperialismo— se emparenta con el de otros ensayistas de su época: Vargas Vila, Blanco Fombona o José E. Roció. Pero hay un rasgo muy singular que caracteriza su enfoque y que explica, en definitiva, el silenciamiento de sus ideas. Mientras el latinoamericanismo y el antimperialismo en Vargas Vila o Blanco Fombona se nutren de una concepción liberal, por momentos anárquica, con fuertes dosis de positivismo e incluso ribetes aristocratizantes y mientras en Rodó adquieren perfiles netamente reaccionarios al acantonarse en el espiritualismo de Ariel frente a "la brutalidad del maquinismo", en Ugarte esas ideas aparecen vinculadas a una ideología avanzada: el socialismo. De allí la peligrosidad de su prédica que la clase dominante argentina percibió y su respuesta, colocando a Ugarte en el Index durante tantas décadas. Porque se podrá decir que hay épocas de su vida en que Ugarte abandona las reivindicaciones socialistas, se podrá argumentar también que su socialismo adopta generalmente un tono reformista, socialdemócrata, pero no se puede negar que Ugarte fue uno de los primeros —o quizás el primero en América Latina y en el Tercer Mundo— que intentó ensamblar liberación nacional (antimperialismo y unificación) con socialismo. En el 900, cuando muchos marxistas europeos pretendían justificar el colonialismo, cuando en la Argentina los socialistas consideraban traidor a quien se titulaba "patriota", Ugarte armaba una mezcla explosiva combinando diversas dosis de socialismo y nacionalismo latinoamericano intentando hallar solución al grave dilema a que se hallaba enfrentado.

Pero ¿de qué modo llega Ugarte al socialismo y cómo intenta armonizar con él esa conciencia latinoamericana y antimperialista que ha adquirido poco tiempo atrás?

Deslumbrado por los discursos de Jean Jaures, Ugarte elige el camino del socialismo a principios de siglo; "Nacido en el seno de una clase que disfruta de todos los privilegios y domina a las demás, me he dado cuenta, en un momento de mi vida, de la guerra social que nos consume, de la injusticia que nos rodea, del crimen colectivo de la clase dominante y he dicho, rompiendo con todo lo que me podía retener: yo no me mancho las manos. Yo me voy con las víctimas". En esta decisión no subyace tan sólo una motivación moral sino también la certeza de que el socialismo es una verdad científica, que su doctrina encierra las leyes del desenvolvimiento histórico de la humanidad: "Los socialistas de hoy no somos enfermos de sensibilidad, no somos dementes generosos, no somos iluminados y profetas que predicamos un ensueño que está en contradicción con la vida, sino hombres sanos, vigorosos y normales que han estudiado y leído mucho, que han desentrañado el mecanismo de las acciones humanas y conocen los remedios que corresponden a los males que nos aquejan. . . Vamos a probar primero que el socialismo es posible, segundo, que el socialismo es necesario".

Habitual concurrente a las reuniones de la Casa del Pueblo de París, el escritor argentino se sumerge en el estudio de las nuevas ideas. Desde un punto de vista, ellas resultan, para él, el desarrollo y remate lógico de su liberalismo revolucionario que lo ha llevado a admirar a Robespierre y a los sans-culottes: libertad, igualdad y fraternidad, no restringidas al usufructo exclusivo de la burguesía sino extensivas a toda la humanidad. Desde otra óptica, le revelan el trasfondo económico del mundo político, jurídico, cultural y religioso liberándolo de la chirle mitológica liberal. Si bien lee algunos textos clásicos, no cimenta su formación ideológica directamente en Marx y Engels, sino más bien en lecturas y conferencias de divulgación al uso de la socialdemocracia francesa de entonces. Así, su pensamiento se acostumbra al empleo de los principios fundamentales del marxismo, aunque sin caer jamás en estridencia ni petardismo alguno, al par que no se somete de manera incondicional ni a las citas de Marx y Engels ni a dogma alguno —ni de doctrina ni de método— sino que, paradojal consecuencia del Revisionismo reaccionario, intenta elaborar frente a cada problema una respuesta original, creadora.

Mientras sus compañeros del Partido Socialista de la Argentina optan por la fácil solución de aferrarse al Manifiesto: "Los obreros no tienen patria", escrito para países donde la cuestión nacional ya ha sido resuelta y no se hallan sujetos a la dominación imperialista, Ugarte, sin muñirse siquiera de las armas que el mismo Marx le brindaba en sus escritos sobre Irlanda por ejemplo, sin poder valerse de los aportes que recién años más tarde harán Lenin y Trotfki, intenta entroncar las reivindicaciones nacionales latinoamericanas con el socialismo. La historia lo coloca ante un difícil desafío y si bien no logra resolver plenamente la ecuación es cierto que sus aproximaciones resultan correctas. Marx no había comprendido a Bolívar y éste nada sabía de socialismo, pero ahora, en el cruce de dos caminos, alguien venía a enriquecer al socialismo intentando otorgarle una óptica latinoamericana y a reiterar el sueño de la Patria Grande levantado por el Libertador a través de una organización social superior.

Al convertirse al socialismo, Ugarte se pregunta si éste no resulta incompatible con su antimperialismo, con su nacionalismo latinoamericano. Si los obreros no tienen patria y el internacionalismo proletario es una de las banderas mayores de los socialistas, ¿cómo compaginar esa verdad con aquella otra descubierta poco antes, de la fragmentación de la nación latinoamericana y su vasallaje? Las respuestas se van abriendo paso: Si el socialismo es la bandera de justicia levantada por la clase oprimida al lanzarse al ataque contra la clase opresora, ¿qué incompatibilidad puede existir para que esa misma bandera sea levantada por los pueblos oprimidos contra los grandes imperios? Si el socialismo no sólo es el necesario resultado del desarrollo histórico, sino un ideal de justicia, ¿acaso habrá que abandonarlo para defender un mismo ideal de justicia, el de los pueblos explotados? Y en su primer artículo acerca del "Peligro yanqui", ya demuestra la posibilidad de enlazar las banderas aparentemente contrapuestas: "Hasta los espíritus más elevados que no atribuyen gran importancia a las fronteras y sueñan con una completa reconciliación de los hombres, deben tender a combatir en la América Latina la influencia creciente de la América Sajona.

Carlos Marx ha proclamado la confusión de los países y las razas, pero no el sometimiento de unas a otras". En otras palabras, Marx ha predicado el internacionalismo pero cuando una gran nación se lanza a engullirse a una pequeña, el internacionalismo proletario no puede justificar en modo alguno un silencio y una inacción cómplices. El nacionalismo tiene carácter reaccionario cuando resulta la expresión avasallante del capitalismo en función conquistadora de colonias, pero tiene un carácter progresivo en las colonias y semicolonias donde la reivindicación primaria es la liberación nacional. Asimismo, argumenta que los socialistas deben asumir decididamente la lucha antimperialista pues, al no hacerlo, favorecen la expansión imperialista lo que significa ayudar a consolidar al capitalismo como sistema mundial: "Asistir con indiferencia a la suplantación sería retrogradar en nuestra lenta marcha hacia la progresiva emancipación del hombre. El estado social que se combate ha alcanzado en los Estados Unidos mayor solidez y vigor que en otros países. La minoría dirigente tiene allí tendencias más exclusivistas y dominadoras que en ninguna otra parte. Con el feudalismo industrial que somete una provincia a la voluntad de un hombre, se nos exportaría además el prejuicio de las razas inferiores. Tendríamos hoteles para hombres de color y empresas capitalistas implacables. Hasta considerada desde este punto de vista puramente ideológico, la aventura sería perniciosa. Si la unificación de los hombres debe hacerse, que se haga por desmigajamiento y no por acumulación. Los grandes imperios son la negación de la libertad". Un año después, en 1902, retoma el asunto y afirma con mayor claridad: "En las épocas tumultuosas que se preparan, el imperialismo alcanzará su tensión extrema. Es lo propio de todos los sistemas que decaen: antes de morir, hacen un esfuerzo y muestran un vigor que, a veces, no tuvieron en sus mejores años. Pero este sistema condenado por los filósofos y destinado a desaparecer fatalmente, puede tener una agonía más o menos larga durante la cual pondrá en peligro quizá la homogeneidad de nuestro grupo etnológico. Y a pesar de los ideales internacionales que se afirman cada vez con mayor intensidad, fuerza será tratar de mantener las divisiones territoriales. Los renunciamientos serían nocivos a la buena causa porque sólo conseguirían acrecer la omnipotencia de las naciones absorbentes. Además, en las grandes transformaciones futuras, la justicia reconciliará primero a los ciudadanos dentro de la patria y después, a las patrias dentro de la humanidad". Luego agrega: "Los Estados Unidos continuarán siendo el único y verdadero peligro que amenaza a las repúblicas latinoamericanas. Y a medida que los años pasen iremos sintiendo más y más su realidad y su fatalismo. Dentro de veinte años, ninguna nación europea podrá oponerse al empuje de esa enorme confederación fuerte, emprendedora y brutal que va extendiendo los tentáculos de su industria y apoderándose del estómago universal hasta llegar a ser el exportador único de muchas cosas. . . Entre los peligros que la acechan, el mayor, el que sintetiza a todos los demás, es la extraordinaria fuerza de expansión de la gran República del Norte que como el Minotauro de los tiempos heroicos exige periódicamente un tributo en forma de pequeñas naciones que anexa a su monstruosa vitalidad".

Tiempo después sostiene: "La derrota de los latinos en América marcaría un retroceso del ideal de solidaridad y un recrudecimiento del delirio capitalista que haría peligrar el triunfo de los más nobles propósitos… No es posible olvidar que, según previsiones autorizadas, Norteamérica será quizá el último baluarte del régimen que decae. El egoísmo general tiene allí raíces más profundas que en ningún otro país. Por eso es doblemente justo defender esa demarcación de la raza. Al hacerlo, defendemos la bandera del porvenir, el ensueño de una época mejor, la razón de nuestra vida". Este "doblemente justo" de Ugarte revela, a principios de siglo, una enorme lucidez porque viene a anticipar que la revolución nacional en los países atrasados resulta progresiva no sólo porque significa el punto de partida de un proceso transformador en ese mundo atrasado y colonizado sino porque debilita al imperialismo reintroduciendo la crisis en el gran país capitalista y creando posibilidades socialistas, hasta ese momento neutralizadas por las jugosas rentas coloniales que moderan los antagonismos de clases.

Al convertirse al socialismo, Ugarte no abandona pues sus ideales latinoamericanos y antimperialistas. Por el contrario y paradojalmente, los consolida. Su noción acerca del imperialismo resulta ahora más correcta que la sostenida en general por luchadores antimperialistas de posiciones nacional-democráticas. Así, por ejemplo, no sólo contempla la posibilidad de las intervenciones militares tan comunes en Centro América, sino también la subordinación semicolonial. Ya en 1901 afirma que "no debemos imaginarnos el peligro yanqui como una agresión inmediata y brutal. . . sino como un trabajo de invasión comercial y moral que se irá acreciendo con conquistas sucesivas. . . Los asuntos públicos están en los grandes países en manos de una aristocracia del dinero formada por grandes especuladores que organizan trusts y exigen nuevas comarcas donde extender su actividad. De ahí el deseo de expansión..." Luego redondea esa concepción y sostiene: "No es indispensable anexar un país para usufructuar su savia. Los núcleos poderosos sólo necesitan a veces tocar botones invisibles, abrir y cerrar llaves secretas, para determinar a distancia sucesos fundamentales que anemian o coartan la prosperidad de los pequeños núcleos. La infiltración mental, económica o diplomática puede deslizarse suavemente sin ser advertida por aquellos mismos a quienes debe perjudicar porque los factores de desnacionalización no son ya como antes el misionero y el soldado sino las exportaciones, los empréstitos, las vías de comunicación, las tarifas aduaneras, las genuflexiones diplomáticas, las lecturas, las noticias y hasta los espectáculos".

Este entronque entre socialismo y nacionalismo latinoamericano le valdrá a Ugarte la maldición de la lúcida oligarquía argentina. Pero también el vituperio de sus compañeros de partido para quienes toda reivindicación nacional es motejada de "burguesa" y por ende, reaccionaria. Sin embargo, Ugarte diferencia claramente el significado que adquiere el nacionalismo en los países atrasados del que asume en aquellas grandes naciones europeas o en Estados Unidos. Así, por ejemplo, proclama la necesidad de una conciencia nacional latinoamericana, pero afirma en El Tiempo que los conservadores franceses como Barres "al reclamar una conciencia nacional, están pidiendo un lazo de complicidades que ayude a subir la cuesta a los sectores reaccionarios". Asimismo, en la época en que reitera tozudamente la necesidad insoslayable de un nacionalismo latinoamericano, lanza una fuerte andanada contra el nacionalismo francés: "El nacionalismo es el pasado en todo cuanto tiene de más inaceptable, de más oscuro, de más primitivo.
Es el atavismo mental de la hora que ruge su sangriento egoísmo en santa ley, es la barbarie dorada de las monarquías, es la confiscación de la intelectualidad, es la tiranía del acero. De ahí que está en contradicción con las doctrinas de paz y de concordia de los nuevos partidos populares y de ahí que existe entre el nacionalismo y el socialismo un inextinguible estado de guerra que durará hasta que uno de ellos sea devorado por el otro".

Confusamente, de una manera aproximativa y con el lastre de su reformismo socialdemócrata, Ugarte alcanza así a sostener posiciones que, pese a su lenguaje cauto y moderado, lo colocan muy a la izquierda de sus compañeros socialistas de la Argentina y de muchos de la II Internacional. Respecto a estos últimos, mientras él condena desde los diarios parisinos toda aventura colonial y mantendrá hasta su muerte una dura campaña en favor de los países sojuzgados por los grandes imperios, abundan los socialdemócratas tipo Van Kol o Bernstein que intentan conciliar socialismo con colonialismo, como lo escucha sorprendido el propio Ugarte en los Congresos Socialistas de Amsterdam y Stuttgart. Del mismo modo, mientras sus compañeros argentinos de literatura petardista enfilarán su artillería contra los movimientos nacionales, colocándose de hecho como aliados de la clase dominante, Ugarte contemplará con mayor simpatía al irigoyenismo y se sumará al proceso de la revolución nacional peronista acompañando la experiencia de las masas trabajadoras. Por supuesto que no hay en él —un intelectual aislado— un claro planteo de apoyo a los movimientos nacionales manteniendo una independencia política y organizativa, ni una adscripción a la teoría de la revolución permanente de L. Trotski, pero también es cierto que este hombre que publica sus mejores páginas entre 1900 y 1910 se orienta precisamente en esa línea sobre la cual teorizarán luego Lenin y Trotski al sostener la progresividad histórica de las revoluciones nacionales en los países coloniales y semicoloniales y la obligación de los socialistas de apoyar críticamente esos procesos.

Curiosa situación la de este precursor que en la América Latina no industrializada y casi sin obreros, intenta desplegar, a comienzos del siglo, estas tres banderas: antimperialismo, unidad latinoamericana, socialismo.
Con ellas ingresa al Partido Socialista de la Argentina fundado y dirigido por Juan B. Justo, creyendo hallar allí el instrumento político apto para luchar por ellas. Nutrido en su base por artesanos extranjeros y en su dirección por pequeños burgueses acomodados de mentalidad liberal, este Partido reducirá su influencia a la ciudad de Buenos Aires y actuará, a lo largo de casi toda su historia, como ala izquierda del conservadorismo oponiéndose frontalmente a los movimientos nacionales. Disfrazado de fraseología socialista, resulta una expresión conservadora de la política argentina a tal punto que decae y se escinde en varios grupos sin importancia precisamente en la época de desarrollo industrial con el cual se constituye la verdadera clase obrera en la Argentina. Ugarte dirime sus armas en ese partido e intenta vanamente reorientarlo dándole por eje de su política la cuestión nacional. Una polémica generada en el menosprecio con que el periódico partidario trata a Colombia, sirve de detonante para que salgan totalmente a luz las disidencias. Ugarte con su socialismo lindando el nacionalismo democrático, entiende que en esa Argentina de 1913 los socialistas no deben hacer política antimilitarista ni anticlerical, ni siquiera antiburguesa, en tanto no se trata de un país de desarrollo capitalista autónomo y donde, por ende, incumplidas las tareas nacional democráticas, los militares, los sacerdotes e incluso los propietarios de medianos recursos son posibles integrantes de un frente nacional. La dirección del Partido Socialista que, por sobre todo se manifiesta "antinacionalista", disimula con fuegos de artificio del lenguaje clásico ("La religión es el opio de los pueblos", "El Ejército es el brazo arniado de la burguesía") su oportunismo hacia la oligarquía y el imperialismo reiterado una y otra vez en la política práctica. El "nacionalista burgués" Ugarte se coloca en esta lid muy a la izquierda de los "socialistas científicos y ortodoxos" que años más tarde irán del brazo del embajador norteamericano enfrentando a la clase obrera argentina. Pero para el desarrollo del pensamiento ugartiano la polémica y su posterior expulsión de la organización alcanzan gran significado porque coinciden con la debacle de la socialdemocracia europea al desencadenarse la primera Gran Guerra. Decepcionado de sus compañeros argentinos y de los europeos, Ugarte abandona sus inquietudes socialistas y acantona su labor ideológica en el antimperialismo y la unidad latinoamericana. Una vez más se acerca, sin sospecharlo, al grupo mas revolucionario del socialismo: durante la guerra, adopta una posición neutralista mientras los socialistas argentinos son aliadófilos y los europeos en su mayoría caen en el belicismo apoyando a sus respectivas patrias. Por supuesto que Ugarte no es Lenin en Zimmerwald, pero también es cierto que su neutralismo, mantenido contra viento y marea en una Buenos Aires furiosamente probritánica, resulta una posición muy avanzada en la semicolonia y tan peligrosa que lo conduce al exilio.

En sus largos años de destierro, profesa un nacionalismo democrático que acompaña a los principales acontecimientos populares de América Latina: la gestación y período progresista del APRA en Perú, la Revolución Mexicana, la lucha de Sandino en Nicaragua. A partir de 1927, en que viaja invitado a la URSS para los festejos del 10º Aniversario de la Revolución de Octubre, se reencuentra con el socialismo aunque sostenido ahora con menor intensidad que en sus años juveniles: "El fin de las oligarquías latinoamericanas", "La hora de la izquierda" y otros artículos de esa época muestran este desplazamiento que al regresar a la Argentina en 1935 lo lleva a reingresar al Partido Socialista. Otra vez intenta ensamblar en sus planteos la cuestión nacional y la cuestión social y nuevamente su propósito provoca su expulsión.
Estas idas y venidas de Ugarte en relación al socialismo, expresan dialécticamente las dos facetas de su ideología: por un lado, el permanente intento de dólar a su nacionalismo latinoamericano de un cuerpo de ideas revolucionarias que permita luchar exitosamente contra las fuerzas dominantes, como asimismo la búsqueda vaga y confusa de la clase social que podría acaudillar esa epopeya de la Federación Latinoamericana, esa clase que "nada tiene que perder" y cuyo empuje es indispensable para esa ciclópea tarea; por otro lado, las limitaciones de su formación socialdemócrata que lo desplazan una y otra vez hacia un nacionalismo democrático, popular, por supuesto más progresista que el seudosocialismo de Juan B.
Justo, pero insuficiente para abrir, una vertiente socialista en el movimiento nacional. De allí también la importancia que adquiere la adhesión de Ugarte al peronismo cuando la mayoría de los intelectuales liberales y de izquierda militan en la vereda antipopular, pero de ahí también la debilidad de esa adhesión que si pudo tener carácter crítico —Ugarte le insistió a Perón en la necesidad de desarrollar la industria pesada y renunció a su cargo condenando a la burocracia arribista que rodeaba al Presidente— careció, en cambio, de la capacidad para adquirir el nivel de una alternativa independiente, socialista y latinoamericana.
Con estas limitaciones, sin embargo, Ugarte dio una orientación en el buen camino, en medio del desconcierto y la confusión general. Sus libros, discursos, conferencias y artículos difundiendo los ideales bolivarianos dejaron una enseñanza a los latinos del continente y muy especialmente a los argentinos tan proclives a desnacionalizarse. Su batalla sin tregua contra el imperialismo también marcó un derrotero.
Además, ahí quedó para que las nuevas generaciones lo desarrollasen y profundizasen su intento de ensamblar socialismo y nacionalismo latinoamericano, ese singular y visionario planteo que entroncó las revoluciones nacionales del mundo colonial con el socialismo anticipándose así a la forma que adquirirían las principales revoluciones de este siglo, donde ambas cuestiones —nacional y social— se han resuelto a través de un proceso ininterrumpido donde las tareas de ambos tipos se combinan e interrelacionan. Por esta audacia, el autor de una cuarentena de libros, el compañero de Barbusse, Gorki, Sinclair y Unamuno en la dirección de Monde, el estrecho colaborador de la Revolución Mexicana y de Sandino, el íntimo amigo de Darío, Nervo, Chocano y tanto otros de renombre mundial, el solitario precursor de la izquierda nacional latinoamericana, permaneció silenciado durante tantos años. Ahora, al revisar sus ideas, asombra su lucidez y al mismo tiempo lastima nuestro atraso pues los grandes problemas sobre los cuales él meditó largamente aún están allí, sin resolver. Las ideas de Ugarte se incorporan, pues, necesariamente al pensamiento de la Patria Grande en gestación y en ellas encontrarán seguramente las nuevas generaciones sugerencias y planteos hacia los cuales habrá que volver una y otra vez en la marcha hacia ese futuro luminoso que el pueblo latinoamericano busca desde 1810.
N. G.


Biografía de Manuel Ugarte

Manuel Ugarte nació en la ciudad de Buenos Aires el 27 de febrero de 1875 en un hogar de buena posición económica. Sus estudios los realizó en el Colegio Nacional de Buenos Aires.

A los 15 años comenzó a escribir sus primeros trabajos y se convirtió en un ávido lector, su familia le costeaba la edición de sus primeros trabajos de poesía, esta incursión le permitió tomar contacto con los más destacados literatos de la generación del 80.

Como muchos de los argentinos de buen pasar, partió en 1897 hacia París para continuar sus estudios, mejoró su francés y también aprendió italiano e inglés. Asistió a cursos de sociología y filosofía, pero aquellos jóvenes argentinos dedicaban gran parte de su tiempo a la diversión y especialmente a las mujeres.

En Europa vivió de cerca el caso Dreyfuss, tema sobre el cual escribió comenzando su acercamiento a los temas políticos, ese mismo año, 1898, Estados Unidos interviene en Cuba, provocando el repudio de muchos latinoamericanos entre ellos el de Manuel Ugarte. Por esos años, empezó a mostrar interés por los temas sociales en general y su acercamiento al socialismo, que tenía a Jean Jaurés como una de la figuras de mayor prestigio.

Desde París, Manuel Ugarte se trasladó a Nueva York, en esa ciudad percibió con total claridad el impulso expansionista que predominaba en la clase política norteamericana, que tenía a América Latina como principal objetivo de conquista.

Manuel Ugarte estudió la historia norteamericana y descubrió como fue ganando territorio a costa de otras potencias y países vecinos, pero lo que era más grave, detectó que ese apetito por más territorio, lejos estaba de haber sido saciado.

Paradójicamente fue en los Estados Unidos donde Manuel Ugarte consolidó las dos columnas de su ideología, por un lado un fuerte antimperialismo y por el otro la necesidad de consolidar la unidad latinoamericana.

En el tiempo que estuvo se dedicó a recorrer una buena cantidad de ciudades norteamericanas, donde pudo verificar el tratamiento que recibían las clases y razas empobrecidas, junto a la hipocrecía doctrinaria que predicaba una igualdad que nunca aplicaba en los hechos.

Manuel Ugarte recorrió la frontera de México con los Estados Unidos para corroborar el accionar expansionista de los norteamericanos, también recorrió ciudades mexicanas y de regreso a Europa hizo una escala en La Habana.

Al retornar a París, abrazó fervientemente la causa del socialismo, al que llegó por su admiración por Juan Jaurés, esta ideología lo acercará al sufrimiento de la clase obrera, pero en ningún momento entrará en contradicción con su profundo nacionalismo latinoamericano.

En 1901 aparece su primer libro que contenía varios relatos, se llamó "Paisajes parisienses", donde podía apreciarse su preocupación social, su vida bohemia, y también los amores de las muchachas del Moulin Rouge y los estudiantes residentes en París.

Se relacionó con escritores latinoamericanos, con los que entabló amistad, tal los casos de Rubén Darío y Amado Nervo. Ugarte fracasó en el intento de acercar a Darío a los temas sociales y políticos.

En 1901 se publicó en Buenos Aires su artículo "El peligro yanqui", aquí se denunciaban las intervenciones de los Estados Unidos, por ejemplo anexando territorio mexicano, pero también alertaba sobre el dominio cultural y económico que muchas veces jugaba un papel tan letal como la misma invasión armada.

Veinte días después en el mismo periódico "El País" apareció otro artículo suyo, al que tituló "La defensa latina". Esta vez para predicar la unidad de América Latina y la conformación en ese marco, de los Estados Unidos del Sur, que fue un objetivo permanente de su prédica latinoamericanista.

En 1902 apareció su segundo libro: "Crónicas del boulevard", prologado por Rubén Darío, son relatos que había publicado en el último tiempo, mezclando temas frívolos con sus ideas sociales de avanzada.

Su tercer libro "Cuentos de la pampa", es su primer trabajo dedicado a la realidad argentina, que hasta el momento casi había estado ausente de su obra, el libro es una descripción de lugares y personas que habían quedado grabadas en los recuerdos de su país, del que estaba alejado físicamente.

El Partido Socialista de la Argentina tenía un gran componente inmigratorio, conformado por obreros e intelectuales que debieron emigrar de sus respectivos países, esta agrupación política bajo la dirección de Juan B. Justo nunca llegó a comprender la realidad nacional, a la cuál terminó despreciando o colocándose irremediablemente en contra de las masas populares.

Cualquier intento de incluir en el Partido ideas nacionales era fuertemente rechazado y concluía con la expulsión o el retiro de los herejes, en 1900 se retiraron Leopoldo Lugones y José Ingenieros, en 1913 Manuel Ugarte y en 1915 Alfredo Palacios, aunque este último retornó más adelante.

Ugarte regresó a su país en agosto de 1903 y se vinculó de inmediato al Partido Socialista, en particular con José Ingenieros y Alfredo Palacios. Estos jóvenes junto a Leopoldo Lugones conformaban un ala dentro del partido que se destacaba por su carácter combativo que contrastaba con el conservadorismo característico de Juan B. Justo y que tiñó al partido a lo largo de muchos años.

Al ingresar al Partido Socialista su militancia le absorbió gran parte de su tiempo, se dedicó con alma y vida a la difusión de su ideario, participa de actos y conferencias, intercambia opiniones con sus correligionarios. Pero la literatura también continuó siendo parte importante de su vida, colaboró con uno de los mejores novelistas del país, Manuel Gálvez del que fue un gran amigo.

Manuel Ugarte fue uno de los sostenedores de la candidatura a diputado de Alfredo Palacios, convertido en 1904 en el primer diputado socialista de América.

En marzo de 1904, Ugarte retornó a Europa, había sido designado por el partido como delegado al Congreso de la Internacional Socialista de Amsterdam.

A todo esto dos nuevos trabajos literarios conocieron la luz, "Novela de las horas y los días" y "Visiones de España".

En el Congreso Socialista de Amsterdam, una de las discusiones se centró en si los socialistas debían colaborar con los gobiernos burgueses, otro tema más importante fue la posición del socialismo ante el colonialismo, Ugarte pudo comprobar como un delegado, el holandés, defendía al colonialismo, no obstante, la declaración final del Congreso repudió al imperialismo y al colonialismo. La prensa oligárquica de la Argentina criticó a Ugarte porque "... ha presentado a la Argentina como país atrasado en el cual la vida del trabajador es penosa por falta de libertad y protección del estado. La actitud de Ugarte no puede ser más antipatriótica"

Al regresar a París aparecía un nuevo libro, esta vez titulado "Mujeres de París", mientras tanto, seguía publicando notas en diversos periódicos.

Desde Buenos Aires le llegó en 1906, una propuesta para presentarse como candidato a diputado del Socialismo, pero Ugarte no aceptó la postulación, señalando que por haber nacido en una familia burguesa debía servir a la clase obrera en calidad de soldado y no como jefe, si bien aceptaba la inclusión de algunos intelectuales entre los candidatos, propugnaba que sean los propios obreros quienes ocuparan las listas del socialismo.

Su próximo trabajo fue el libro "El arte y la democracia" , una recopilación de artículos perodísticos. Poco tiempo después editó "Una tarde de Otoño, sinfonía sentimental", obra intimista, alejada del fragor de la lucha política.

Ugarte publica en 1906 una antología de autores latinoamericanos que tuvo el nombre de "La joven literatura hispanoamericana". La intención era hacer conocer a Europa a los escritores americanos, así incluyó trabajos de Rubén Darío, Ricardo Rojas, Alfredo Palacios, Leopoldo Lugones, Rufino Blanco Fombona, José Enrique Rodó y varios más.

A continuación fue la hora de "Enfermedades sociales" donde criticaba al racismo, la burocracia, el individualismo, la superstición, y otros males sociales de acuerdo la visión de Manuel Ugarte.

A medida que ahondaba su compromiso social y nacional, encontraba puertas cerradas, el diario La Nación se negaba a publicar su artículo titulado "Las razones del arte social", donde abogaba por el compromiso del artista, alegando que aquellos que querían mantener el arte puro, también asumían una definición política.

En 1907, Ugarte participó de otro Congreso de la Internacional Socialista, esta vez en Stuttgart, que contó con la presencia de Lenín, Rosa Luxembugo, Jean Jaurés, Kautsky, Plejánov, entre otros.

El Congreso tiene dos importantes temas a tratar, la posición ante una posible guerra mundial y la actitud ante el colonialismo.

En ambos temas se vislumbró la decadencia de la socialdemocracia europea, que asumiendo posiciones nacionalistas de sus respectivos países imperialistas, dejó de ser consecuente con el antiimperialismo y el anticolonialismo. Van Kol, un holandés, llegó a afirmar: "En circunstancias determinadas, al política colonial puede ser obra de civilización". Pero no es el único, cada vez los socialistas eran más parecidos a los burgueses de sus respectivos países.

1908 fue el año de la aparición de otro de los tantos libros, su nombre esta vez era "Burbujas de la vida", poco después se conoció "Las nuevas tendencias literarias". En estos últimos libros realizó una abierta defensa de la cultura nacional, y cuestionaba el internacionalismo intelectual como forma de paralizar la creación artística de América Latina.

La casa de Manuel Ugarte en París se convirtió en el lugar obligado de visita de la inmensa cantidad de intelectuales latinoamericanos de visita en la ciudad.

Luego del Congreso de Stuttgar, Ugarte profundiza el tema de la cuestión nacional, este tema lo alejará de la conducción del socialismo argentino. El tema central de este asunto era diferenciar claramente el patriotismo de un país central que deviene en imperialista y el mismo en naciones débiles como lo son las latinoamericanas, que es el único escudo para defenderse de la intromisiones extranjeras. Para Manuel Ugarte el socialismo en Latinoamérica debía tener un gran componente nacional que opusiera resistencia a los imperialismos anglosajones.

En 1909 se desató una crucial polémica dentro del Partido Socialista de la Argentina, Manuel Ugarte fue atacado desde las páginas de La Vanguardia, también lo fue Alfredo Palacios por sostener que el internacionalismo socialista no debía excluir la cuestión nacional, además ese mismo año aparecía el libro "Teoría y práctica de la Historia" de Juan B. Justo donde defendía las ideas más reaccionarias, como el librecambismo y el carácter civilizador del imperialismo en casos como el de Puerto Rico, anexado por los Estados Unidos.

Ugarte concluyó su ensayo "El porvenir de la América Española", hacía algunos meses que se había radicado en Niza por razones de salud, pero en marzo de 1910 regresó a París, donde dio a conocer "Cuentos argentinos".

En 1910 se realizó un nuevo congreso de la Internacional Socialista en Copenhague, pero esta vez el PS de la Argentina envía a Juan B. Justo, en vez de designar a Ugarte que se encontraba en Europa, este hecho muestra el recelo de la conducción del partido hacia las ideas nacionales de Manuel Ugarte.

Su producción literaria fue profusa, en 1910 y 1911, edita los libros: "Letras y letrados de Hispanoamérica", "La evolución política y social de Hispanoamérica", "Los cantos de la prisión y el destierro" y "Los estudiantes de París".

Pero su obra política más importante de esos años fue "El porvenir de la América Española", a pesar de estar alejado desde hace tiempo de América, su pensamiento arraigaba en las tradiciones democráticas y revolucionarias el continente, sus ideas se encontraban entre las más lúcidas del momento, no sólo logró desentrañar el carácter destructivo del imperialismo para los países hispanoamericanos, también vislumbró el carácter reaccionario jugado por las oligarquías nativas asociadas al capitalismo extranjero. Comparaba las dos Américas y concluye que sólo la Unión de los pueblos del sur les permitirá hacer frente a las grandes potencias que tienen sus apetencias sobre estas naciones.

Además realizó una serie de propuestas para terminar con la situación semicolonial, como la nacionalización de los servicios esenciales, distribución de la tierra y liquidación de los latifundios, defensa de la cultura nacional.

En tanto La Vanguardia, el órgano socialista, salió al cruce del libro de Ugarte señalando "Muchos han venido agitando la opinión del peligro yanqui. Pero los pueblos no los han escuchado... Y si la propaganda alarmista no encuentra eco en ellos debe ser porque el peligro no existe". Nuevamente el socialismo argentino salía a defender al imperialismo con una frase contundente: "Tenemos motivos para creer que la intervención o conquista de las repúblicas de Centro América por los Estados Unidos puede ser de beneficios positivos para el adelanto de las mismas".

Junto al "Porvenir de la América Española" surge la idea de realizar una gira por todo el continente para la difusión de las propuestas desarrolladas en el libro. El 29 de octubre de 1911 comenzó su recorrido por América Latina en el deseo de tomar contacto con una realidad y un pueblo a los que había defendido con la pluma.
Su primer destino fue La Habana, su primera impresión fue la influencia norteamericana en la isla, su moneda era el dólar, con una gran cantidad de comerciantes yanquis. Cuba estaba bajo el dominio norteamericano, Ugarte puede verificar como las clases acomodadas de Cuba colaboraban con los invasores, en tanto que los humildes desconfiaban de la presencia gringa.

Realizó varias conferencias, recibió los ataques de los sectores al servicio de los intereses norteamericanos, Ugarte responde: "No hemos conquistado la libertad para renunciar a ella en favor a otros pueblos..." Se refería al intento de los Estado Unidos en reemplazar a España en su dominación de la isla caribeña.

La presencia de Manuel Ugarte en Cuba provoca el resurgimiento de sectores estudiantiles y populares que bregaban por la definitiva independencia cubana con una visión de integración Latinoamericana.

El próximo destino el México revolucionario, donde se entrevistó con el presidente Francisco Madero, pero se desilusionó por su escaso interés en rozar intereses norteamericanos.

Ugarte también tuvo inconvenientes para realizar sus conferencias en México, algunos empresarios se negaron a alquilar sus locales y teatros; el gobierno y el congreso analizaron la posibilidad de prohibir sus conferencias, presionados por los norteamericanos. Pero una movilización de los estudiantes, obligó a Manuel Ugarte a salir al balcón del hotel y pronunciar una improvisada alocución.

Un diario mexicano titulaba: "Dos gobiernos contra un sólo hombre" y comentaba en su interior: "Los Estados Unidos tienen medio de la palabra vibrante del poeta argentino Manuel Ugarte. El gobierno de México ayuda al embajador norteamericano a poner obstáculos para lograr que Ugarte no hable". En tanto un diario norteamericano informaba que la embajada argentina en México también estaba presionando para callar a Ugarte.

Finalmente luego de varias, idas y venidas, Ugarte logró dar su conferencia en un teatro, con gran cantidad de gente que no pudo ingresar por encontrase abarrotado, en su exposición volvió a denostar al imperialismo y abogar por la Unidad de América Latina.

En febrero de 1912 llegó a Guatemala donde el Ministro de Relaciones Exteriores le indicó que podía exponer sobre literatura, pero no podía realizar discursos contra los Estados Unidos, la justificación estaba dada en que se esperaba, en poco tiempo. la visita del Ministro de Relaciones Exteriores norteamericano, Philander Knox.

En razón de la prohibición de realizar sus conferencias en Guatemala se dispuso a partir rumbo a San Salvador, pero le avisan que como en ese país se encontraba de gira el Sr. Knox, no podía aceptarse su arribo. Hasta el embajador argentino hizo gestiones para que Ugarte no pudiera continuar con su gira.

Por fin pudo dirigirse a Honduras, donde sí le permiten realizar sus discursos: "...lo que he venido reclamando sin tregua, ha sido justicia para las repúblicas hermanas que se ahogan bajo la avalancha del imperialismo..."

Luego que Knox abandonó El Salvador, se permitió la visita de Manuel Ugarte, donde fue recibido por una cálida manifestación de apoyo a sus ideas, tanto estudiantes como obreros concurrieron a su exposición. Pero a poco de estar el presidente Araujo prohibió su conferencia cuyo tema era "América Latina ante el imperialismo". La juventud manifestó para que se levante la prohibición, este reclamo tiene éxito y se realiza la disertación en la Federación Obrera.

El próximo destino fue Nicaragua, país al que el imperialismo norteamericano tenía absolutamente sometido, las aduanas se encontraban en manos de funcionarios yanquis, los puertos nicaragüenses habían sido bombardeados por los marines. Ni bien llegó Ugarte el jefe de policía le expresó que no podía ingresar al país.

Las tropas norteamericanas ocupaban las principales ciudades nicaragüenses, bajo el pretexto de cobrar la deuda externa. Se realizaban colectas populares para poder hacer frente a la deuda y lograr la independencia del país.

Ante la imposibilidad de ingresar a Nicaragua, Ugarte se valió de los obreros portuarios para hacer llegar un mensaje a su pueblo: "Al cerrar la puertas del país al escritor de la misma raza que habla la misma lengua y que defiende los intereses comunes de los latinos del Nuevo Mundo, después de haber recibido poco menos que de rodillas al representante de la nación conquistadora, el gobierno ha puesto en evidencia los compromisos que lo ligan con el extranjero".

Luego llega a Costa Rica, donde también tiene dificultades, realiza declaraciones a un periódico pero por la intervención del gobierno no son publicadas, pero como compensación una entusiasta manifestación lo recibe. En Costa Rica puede realizar su conferencia, pero la manifestación que lo sigue intenta ser disuelta por la policía.

Esta recorrida por América Latina llena de problemas reafirman en él su antiimperialismo norteamericano y su convicción en la necesidad imperiosa de unión de esos países del continente, a su vez se distancia de las ideas socialistas a las que ve un tanto alejadas de la realidad de esta región, no obstante lo cual, siempre fue un defensor decidido de los derechos obreros.

Luego de Costa Rica decidió llevar su palabra también a los Estados Unidos, donde no ahorró críticas a la política imperial de ese país, las anexiones de los estados mexicanos, la invención de la República de Panamá separándola de Colombia, para poder adueñarse del Canal, el empréstito oprobioso a Nicaragua, cada una de las tropelías norteamericanas fueron recordadas por Manuel Ugarte en el seno del gigante imperial.

Su próximo objetivo fue Panamá, país inventado por los intereses estadounidenses, se entrevistó con el presidente, quién le reconoció su imposibilidad de fijar las políticas nacionales porque toda la economía estaba en manos norteamericanas.

El siguiente destino fue Venezuela, donde fue recibido por el fervor de manifestaciones populares, se emocionó ante la tumba de Bolívar, y volvió a llamar a seguir el camino iniciado por los libertadores San Martín y el mismo Bolívar.

Llegó a Colombia en noviembre de 1912, fue recibido con mucho entusiasmo en las varias ciudades que visitó. En Bogotá convocó a 10.000 personas.

Ecuador también le brindó una cálida recepcióne, en el teatro de Guayaquil ante 3000 concurrentes les grita su fórmula de rigor: "Unámonos". Ese mismo reclamo se escuchó en Quito junto a otro que decía "América Latina para los Latinoamericanos".

En Perú colocó flores ante los monumentos de Bolívar y San Martín. Casi 4.000 personas se reunieron para escucharlo. Aquí explicó que su nación es América Latina y que si uno de los países que la integran se encuentra en peligro, todos lo estaban.
Ante el cambio de gobierno en los Estados Unidos, Wilson asume en reemplazo de Taft, Manuel Ugarte dio a conocer una Carta Abierta al Presidente de los Estados Unidos que es un largo enunciado de los desbordes imperialista efectuados por ese país en los últimos años. Sin hacerse esperanza, sabía que más allá de los partidos políticos existía un sistema que no iba a cambiar por la voluntad de algunas personas.
La declaración adquiere una gran repercusión en América, aunque los medios periodísticos pro-imperialistas como El Mercurio de Chile intentaron desvirtuar su prédica, ese diario atacó el texto de Ugarte.
En esos momentos le llegó el ofrecimiento de un grupo de socialistas argentinos para ser candidato a senador, pero lo rechazó, sus diferencias con la conducción del Partido Socialista se habían agudizado y consideraba incorrecto aceptar un lugar desde donde debía defender ideas contrarias a sus convicciones.

En Bolivia se vio reconfortado por el espíritu nacional que imperaba en ese digno y sufriente país. En su discurso en La Paz fue interrumpido por numerosas ovaciones de un público enfervorizado. El embajador norteamericano lo criticó duramente y Manuel Ugarte sin dudarlo le envía los padrinos para batirse a duelo, la intervención del embajador argentino, evitó el lance.
Llegó a Chile luego de los agravios de la prensa reaccionaria chilena, el clima era tenso hacia su persona, no obstante lo cual obtiene una gran repercusión entre los sectores populares.

Por fin se hizo la hora de regresar a su país, al llegar a Buenos Aires, sólo unos pocos amigos lo estaban esperando, precisamente él que había congregado multitudes por toda América Latina, su llegada no provocó el menor interés, ni siquiera una delegación del Partido Socialista.

A los pocos días concurrió a una reunión del Comité Ejecutivo del P.S. donde sostuvo una agria discusión con sus integrantes que seguían apegados a consignas internacionalistas, desconociendo y despreciando la concepción latinoamericanista y anti-imperialista de Manuel Ugarte.

También el ambiente cultural de la ciudad cosmopolita lo recibió con indiferencia o abierta resistencia, al principio no conseguía teatros para realizar su campaña, finalmente con el apoyo de los estudiantes, obtuvo un lugar para dar sus conferencias, una multitud mayor a las 10.000 personas se nucleó para escuchar al vibrante orador.

Les señaló: "Allí donde hay un territorio latinoamericano en peligro, allí está nuestra patria". Además indicó aquellos sectores económicos en que las empresas norteamericanas habían colocado sus manos y debía seguirse con atención sus maniobras, se refería a los frigoríficos que monopolizaban el comercio de la carne, junto a los ingleses, y el petróleo donde comenzaban a actuar las empresas de esa nacionalidad.

A partir de ese momento mantuvo una serie de polémicas con el órgano oficial del P.S., La Vanguardia, que comenzó cuando esta celebró el surgimiento de Panamá, territorio que había sido sustraído a Colombia, para que los Estados Unidos pudieran construir sin interferencias el Canal. Manuel Ugarte se indignó y protestó por el agravio hacia Colombia.

Desde La Vanguardia se desató una campaña contra él, se decían cosas como: "viene empapado de barbarie, ..pueblos de escasa cultura, países de rudimentaria civilización..." así veían los socialistas argentinos al resto de América Latina, pero eran muy timoratos al referirse al Imperio del Norte, al referirse a Ugarte decían que venía a pedir una solidaridad "para combatir por la hostilidad sin objeto a los Estados Unidos".

El 1° de agosto de 1913 se dirigió hacia Montevideo donde fue recibido por el presidente de Uruguay, Battle Ordoñez, quién lo trató cordialmente pero le señaló que ese país seguiría con su política tendiente a aislarse del resto de América.
Realizó un acto de estricta justicia, contrariando la tendencia de la historia oficial argentina, homenajeó al gran procer latinoamericano José Artigas, demostrando que también se había sacudido las mentiras construidas por la versión liberal y oligárquica de la historia mitrista que había denostado al gran Artigas. Luego realizó su conferencia con el mismo entusiasmo de siempre.

Su próxima parada fue Brasil, recibió toda la adhesión de los estudiantes pero en general en ese país existían fuertes vínculos con los Estados Unidos, por lo cuál la repercusión no fue la misma que en otros países.

Por fín llegó al último país de su gira latinoamericana, Paraguay donde tuvo un recibimiento importante, especialmente de los jóvenes.Concluida la gira retornó a Buenos Aires.

Al poco tiempo de regresar se produjo un incidente que lo alejó definitivamente del socialismo y de sus viejos amigos, por un problema con un discípulo de Alfredo Palacios, éste y Ugarte decidieron batirse a duelo, dos que habían sido amigos se vieron enfrentados irreconciliablemente. A raíz de esto la policía lo obligó a permanecer recluido en su domicilio y el Partido Socialista aprovechó la ocasión para expulsarlo.

Luego de comprometerse a no batirse a duelo en Argentina quedó levantada la detención, pero cuando los dos duelistas se dirigían a Colonia para concretar el lance, una lancha de la Prefectura les impide continuar. Luego de esto, Palacios y Ugarte decidieron dar por terminada la cuestión.

Otra mala noticia para Ugarte fue la visita del ex-presidente norteamericano Roosevelt a Buenos Aires donde fue recibido con todos los honores, incluidos los elogios de los socialistas. El 7 de noviembre de 1913 Roosevelt habló en el Colon, el mismo teatro que el intendente Anchorena le había negado a Ugarte.

En su carta de renuncia al P.S. donde explicaba las muchas diferencias que lo separaban de esa agrupación, cuestiona su posición anti-militarista, su inclinación anti-religiosa, llamando al respeto de todas las creencias, se opone a la abolición lisa y llana de la propiedad, a la vez que se declara partidario del fraccionamiento, o sea la democratización de la propiedad, pero por sobre todas las cosas rechaza la enemistad del socialismo argentino con el concepto de patria, en tanto que él reafirmó su amor por su nación y su bandera.

A comienzos de 1914 surgió en Buenos Aires, la Asociación Latinoamericana a instancias de Ugarte, la misma se conformó luego de las manifestaciones organizadas por una nueva intervención norteamericana en México que concluyó con el golpe de estado de Huerta. Esta organización estaba formada principalmente por grupos juveniles y algunos centros obreros.

La nueva institución realizó actos públicos para denunciar la actividad del imperialismo norteamericano en Latino América y para bregar por la Unidad de esos países, contó con la indiferencia del periodismo en general y los partidos políticos.

1914 fue el año de comienzo de la Primera Guerra Mundial, la social-democracia, con algunas honrosas excepciones, se volcó al apoyo de sus respectivas burguesías en sus ansias de expansionismo imperial. El admirado por Ugarte, Jean Jaurés, fue asesinado, para silenciar unas de las voces opuestas a la guerra.
Mientras tanto la Asociación Latinomericana exigía que los yacimientos petrolíferos descubiertos en Comodoro Rivadavia quedaran en manos estatales y no fueran entregados a los monopolios extranjeros.

Cada nueva agresión norteamericana contó con la respuesta vibrante y apasionada de la Asociación, en 1915 ante un nueva amenaza a México, Ugarte reunió más de 10.000 personas en la Plaza Congreso.

Continuó en la defensa de los países de América Latina agredidos, mientras gran parte de la intelectualidad argentina, de los partidos políticos y la prensa, se sumaban a la defensa de Francia e Inglaterra en la guerra. Manuel Ugarte no se dejó engañar por la prédica imperial, y mantuvo su posición neutralista, alejada de cualquiera de los bandos que se querían repartir el mundo sin importarles la masacre que estaban provocando.

El 24 de noviembre de 1915 apareció el periódico La Patria dirigido por Manuel Ugarte sus objetivos: defender la industria nacional, combatir los monopolios, oponerse al imperialismo, bregar por una reforma cultural.

Desde las páginas de La Patria, comenzó a transitar un camino que nadie había realizado en la Argentina hasta ese momento, como fue denunciar al imperialismo británico. Argentina se había constituido producto de la dependencia económica, en una semicolonia de Inglaterra, pero nadie se había percatado de eso. La Patria comenzó de denunciar la actitudes agresivas de Inglaterra y la función lesiva para nuestro país que desempeñaba el ferrocarril en manos inglesas.

Pero el país estaba ocupado en otra cosa, conflicto mundial y las elecciones presidenciales no daban tiempo para pensar en los grandes temas que eran silenciados sistemáticamente, por la gran prensa y los partidos políticos. El 15 de febrero de 1916 aparecía el último ejemplar de La Patria.
Ese año se produjo una nueva agresión de los Estados Unidos a México y la Asociación Latinoamericana volvió a expresar su repudio, ante el silencio generalizado que no quería enemistarse con el imperio del norte.

El 12 de octubre de 1916 la democracia irrumpe en el país de la mano de Hipólito Yrigoyen, Ugarte no depositó demasiadas expectativas en el caudillo popular, nos obstante ve con simpatía la actitud internacional de Yrigoyen en el sentido de mantener la neutralidad argentina.

En abril de 1917 llegó a Méjico invitado por el gobierno de ese país por haber sido uno de los más consecuentes defensores de la soberanía mexicana contra las continuas agresiones yanquis. Más de 5.000 personas lo recibieron al llegar a la capital del país, enseguida es recibido por el presidente Carranza.

Ya de regreso visitó Panamá y con gran tristeza fue testigo de la obra imperial en ese pedazo de territorio amputado a Colombia
El 6 de abril de 1917 ingresó en la guerra Estados Unidos, poco después lo hizo Brasil, mientras en Buenos Aires los sectores sumisos a Inglaterra y los Estados Unidos desataron una campaña para el ingreso de Argentina en la carnicería mundial, tres viejos conocidos de Ugarte se sumaron mansamente al reclamo imperial: ellos eran Ricardo Rojas, Leopoldo Lugones y Alfredo Palacios. La firme actitud del gobierno de Yrigoyen, con el apoyo de un grupo reducido de intelectuales, entre los que se encontró Ugarte, defendieron el interés nacional manteniendo a la Argentina alejada de una guerra que fue un negocio para unos pocos imperios en su reparto del mundo.

Por esos años recibió los mayores ataques que no le perdonaron no sumarse al griterío de los que pedían sacrificar jóvenes vidas argentinas para la expansión de Inglaterra y los Estados Unidos, muchos de sus amigos abandonaron su compañía, los diarios lo calumniaban y hasta la relación con el estudiantado se enfrió notoriamente. Otro patriota recibió un trato similar, era el digno presidente de la Nación. Pero nunca estos dos hombres llegaron a entenderse.
1918 fue el año de la Reforma Universitaria, movimiento estudiantil que cambió el carácter oligárquico de la educación argentina, planteando la democratización de la enseñanza a la vez que levantaba banderas latinoamericanas y anti-imperialistas, muchos de los líderes de este movimiento simpatizaban con Manuel Ugarte, y él mismo intervino llevando su apoyo activo a los estudiantes.
Pero ese mismo año fue muy duro para él, muere su padre y en su país, no tenía posibilidades de expresarse, recibiendo acusaciones calumniosas de simpatizar con los alemanes, con la derrota de estos, sabía que tanto Inglaterra como los Estados Unidos se lanzarían a continuar su expoliación de América Latina. Presenció el festejo de la oligarquía y la clase media de Buenos Aires por el triunfo de los aliados, Manuel Ugarte ya había tomado una resolución a principios de 1919 se dirigió nuevamente a Europa, esta vez a Madrid.

Dos años después se trasladó a Niza por razones de salud, con dificultades económicas se vio obligado a escribir artículos periodísticos sobre temas de escaso interés para su gusto. Paralelamente aparecieron dos libros suyos con el objeto de obtener recursos para su subsistencia, sus títulos: "Poesías Completas" y "Las espontáneas".
El 19 de julio de 1922 apareció uno de sus libros más importante, "Mi campaña hispanoamericana", donde aparecieron muchos de los discursos que pronunció en su gira por Latinoamérica, al poco tiempo un diario mexicano suspendió la colaboración de Ugarte en ese medio, cada vez se le hacía más dificultoso sobrevivir, los agentes del imperialismo presionaban para su expulsión de todos los medios de difusión de ideas.

No obstante las dificultades, no se detenía y continuaba a un alto costo personal, con su prédica, poco tiempo después aparecía otro libro de gran importancia: "La Patria Grande".

Fines de 1923, momento de la aparición de otra obra fundamental, "El destino de un continente", con el relato de su campaña por América. En este trabajo profundizaba en el accionar imperial de Inglaterra en el sur del Continente. Con la aparición de este nuevo libro, Ugarte volvió a perder otras fuentes de trabajo por periódicos que cortaron su colaboración.

En 1924 sufrió un duro golpe con la muerte de su madre, Poco después pareció su libro "El crímen de las máscaras", en esta obra aparecían arquetipos que mostraban el funcionamiento de la sociedad oligárquica: el dueño de los medios de difusión, el político que hacía lo contrario de lo que proclamaba, el senador que formaba parte de comisiones que nunca resolvían nada, el oligarca que domina al gobierno, el trepador, el militar como mucho músculo y poco cerebro, escritores que plagiaban, y frente a ellos los estudiantes y un idealista. La novela contenía mucho de autobiografía, mostraba toda la desolación del luchador que se enfrentaba a los poderosos.

Comienzos de 1926 fue el momento de la aparición de un nuevo libro "El camino de los dioses", al año siguiente editó "La vida inverosímil", ambos trabajos le dieron un cierto respiro a sus ya crónicas dificultades económicas.
Una nueva invasión norteamericana, esta vez a Nicaragua vuelve a hacer levantar la voz de Manuel Ugarte, todos los antiimperialistas consecuentes le solicitan su opinión, estableció correspondencia con Víctor Raúl Haya de La Torre y José Carlos Mariátegui en Perú, también con el Partido Nacionalista de Puerto Rico.

En 1927 fue invitado por el gobierno ruso al festejo de los diez años de la Revolución, en ese momento se estaba librando la batalla por el poder entre Stalin y Trotsky. Sin adherir al régimen imperante en la Unión Soviética, Ugarte rescató ciertos aspectos de esa revolución.
Ante la invasión norteamericana a Nicaragua, la dignidad y la valentía de Augusto Cesar Sandino se levantó para hacer frente a la agresión imperial. Manuel Ugarte expresó toda su admiración hacia el guerrillero, y se sintió identificado con su posición al señalar: "El general Sandino ha puesto en acción el pensamiento que yo defiendo desde hace veinte años".

Sandino le hizo llegar una carta, agradeciendo el apoyo recibido y reconociendo en él a una de las figuras más importante del patriotismo latinoamericano.
Durante el año 1929 redobló sus esfuerzos en el apoyo de Sandino, quién cada vez se encontraba más solo, ante el silencio de los gobiernos latinoamericanos temerosos de las represalias norteamericanas. Ugarte contrastó la euforia existente en países como la Argentina, por la Guerra Mundial y el escaso interés por la desigual batalla de Sandino contra el gran imperio.
Cuando en septiembre de 1930 cayó el gobierno de Yrigoyen, la situación de Ugarte era por demás problemática, en difícil situación económica y cada día que pasaba se le cerraban nuevas puertas de los medios para expresarse, la década del 30 fue una era reaccionaria en casi todo el mundo y eso afectaba gravemente en el ánimo del gran luchador, pero ni las peores penurias podían doblegarlo.

En octubre de 1932 publicó un nuevo libro "El dolor de escribir" donde reafirmaba su voluntad de liberación hispanoamericana, expresando también las dificultades de todo intelectual que intentara enfrentar a la fabulosas fuerzas del imperialismo, recibiendo calumnias, persecuciones y silencios.
Por ese mismo tiempo recibió una carta de Sandino que le dice: "Su nombre, señor Ugarte, hace mucho tiempo que es familiar entre nosotros y sus escritos por uno u otro motivo, siempre nos llegan y nos han servido de estímulo en nuestra gran jornada libertaria de siete años, que apenas son las preliminares de la gran batalla espiritual, moral y material que Indoamérica, por su independencia, tiene que empeñar contra sus tutores Doña Monroe y el Tío Sam, y probarles que nuestros pueblos han llegado a su mayoría de edad".

Ugarte debió vender su casa en Niza y alquilar en París, también las joyas de su mujer Teresa debieron venderse para subsistir, agobiado como estaba por las deudas.

El 21 de febrero de 1934 Manuel Ugarte y toda América Latina recibían una pésima noticia, Sandino era apresado y asesinado inmediatamente, el jefe de la Guardia Nacional y luego dictador, Anastasio Somoza hacía el trabajo sucio de sus amos norteamericanos.

En 1935 decidió regresar a Buenos Aires, pero no siquiera tenía dinero para comprar los pasajes, por lo que debió tomar una dolorosa decisión: vender su biblioteca.

Desde 1919 faltaba de Buenos Aires, al poco de llegar restableció relaciones con Alfredo Palacios quién lo invitó a reingresar al Partido Socialista, varios dirigentes más, también insistieron en el ofrecimiento. Luego de pensarlo, aceptó reincorporarse al partido.

Pero este nuevo intento no podía durar demasiado, al año siguiente fue expulsado luego de haber descargado una serie de críticas contra la conducción partidaria y las viejas ideas del partido.

Paralelamente le fue ofrecida la dirección de una revista mensual "Vida de hoy", durante un año y medio se publicó esta revista, que le permitió tener un lugar donde expresarse y además obtener algunos recursos con los que sobrevivir.
La Argentina estaba en plena Década Infame, Europa amenazada por el nazismo y la Unión Soviética bajo la férrea conducción stalinista, ese clima político, más la imposibilidad de continuar con la revista lo sumieron en un profundo pesimismo, además lo conmovieron profundamente los suicidios de Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga y Lisandro de la Torre, y especialmente el de su gran amiga Alfonsina Storni.

La pena le hizo dejar nuevamente Buenos Aires, esta vez para instalarse en Viña del Mar, Chile, colaboró con varios diarios de ese país, aunque en artículos literarios.

En agosto de 1939 apareció la segunda edición del libro La Patria Grande, ante el inminente comienzo de la segunda guerra, Ugarte fue criticado por cuestionar al imperialismo anglosajón.

Nuevamente sentará posición favorable a la neutralidad señalando que no está ni con Francia, ni con Alemania sino con América Latina, también cuestionará el ambiente favorable entre los medios de difusión y la intelectualidad a declararse partidarios de los aliados. Decía Ugarte que mucho se hablaba en América Latina sobre el posible peligro alemán y japonés, pero nada se señalaba sobre el real saqueo inglés y norteamericano.

Terminaba el año 1941 cuando él concluía de escribir "Escritores Iberoamericanos del 900", donde dio una pincelada sobre gran cantidad de autores a los que mayoritariamente conoció personalmente y tuvo su amistad, desfilan por sus páginas, entre otros: Rubén Darío, Alfonsina Storni, Florencio Sanchez, Gabriela Mistral, Rufino Blanco Fombona, José Vasconcelos.

Luego del triunfo electoral del peronismo el 24 de febrero de1946, sintió que por una vez el pueblo ganaba una batalla y decidió el regreso a su patria. Al llegar a Buenos Aires declaró :"Creo que ha empezado para nuestro país un gran despertar" y que "Más democracia que la que ha traído Perón, nunca la vimos en nuestra tierra. Con él estamos los demócratas que no tenemos tendencia a preservar a los grandes capitalistas y a los restos de la oligarquía".

El 31 de mayo Ernesto Palacio lo acompañó a la Casa Rosada para presentarlo ante el presidente, tanto Perón como Ugarte simpatizaron instantáneamente.
En septiembre de 1946 fue designado Embajador Extraordinario y Plenipotenciario en la República de México, por primera vez en la Argentina obtenía un reconocimiento a su capacidad y su lucha, y nada menos que en México, país al que había defendido reiteradamente contra las agresiones norteamericanas y donde tenía tantos amigos y discípulos. Ese reconocimiento le llegaba muy tarde, tenía 71 años.

En agosto de 1948, luego de algunas diferencias con el staff de la embajada en México, se lo designa en Nicaragua, donde permaneció poco tiempo, a comienzo de 1949 fue nombrado embajador en Cuba.

Concluía el año 49 cuando fue reemplazado el Ministro de Relaciones Exteriores, Juan Atilio Bramuglia, esto produjo un cambio en la política, luego de algunos roces con los nuevos funcionarios, Ugarte presentó la renuncia y envió una carta a Perón, señalando algunas diferencias por los cambios sucedidos en la Cancillería, sin por eso dejar de apoyar al gobierno.

Alejado de la función pública decidió visitar nuevamente México donde los intelectuales realizaron un homenaje en su honor, luego sigue su ruta hacia Madrid.

En noviembre de 1951 retornó a Buenos Aires con un sólo objetivo, votar por la reelección del Perón, luego del triunfo electoral regresó a Madrid donde permaneció unos pocos días para instalarse nuevamente en Niza donde el 2 de diciembre fallecía.
Manuel Ugarte fue uno de los más consecuentes patriotas latinoamericanos, tal vez por eso, muy pocos en la actualidad conocen su nombre, y menos aún su lucha y la dignidad militante de su inquebrantable antiimperialismo. América Latina necesita rescatar el pensamiento de hombres que como él, dieron todo y no recibieron nada, para revivir el sueño de San Martín y Bolívar.

Fuente: www.elforjista.unlugar.com


El pensamiento político de Manuel Ugarte

[Citas de sus discursos y escritos]

"Leyendo un libro sobre la política del país encontré citada la frase pronunciada por el senador Preston en 1838: 'La bandera estrellada flotará sobre toda la América Latina hasta la Tierra del Fuego, único límite que reconoce la ambición de nuestra raza."

"¿Cómo no surgió una protesta en toda la América de habla española, cuando los territorios de Texas, California y Nueva México fueron anexados por los Estados Unidos?"

"¡Oh, el país de la democracia, del puritanismo y de la libertad!. Los Estados Unidos eran grandes. poderosos, prósperos asombrosamente adelantados, maestros supremos de energía y vida creadora, sana y confortable, pero se desarrollaban en una atmósfera esencialmente práctica y orgullosa y los principios resultaban casi siempre sacrificados a los intereses o a las supersticiones sociales. Bastará ver la situación del negro en esa república igualitaria para comprender la insinceridad de las premisa proclamadas."

"¡Que destino el de nuestra raza! El derecho, la justicia, la solidaridad, la clemencia, los generosos sentimientos de que blasonan los grandes pueblos, no han existido para la América Latina donde se han llevado a cabo todos los atentados sin que el mundo se conmueva...Para nosotros no existe, cuando surge una dificultad con un país poderoso-y al decir país poderoso no me refiero sólo a los Estados Unidos sino a ciertas naciones de Europa-, ni arbitraje, ni derecho internacional, ni consideración humana. Todos pueden hacer lo que mejor les plazca, sin responsabilidad ante los contemporáneos, ni ante la historia...Así se instalaron los ingleses en Las Malvinas, o en la llamada Honduras Británica, así prosperó la expedición del archiduque Maximiliano, así se consumó la expoliación de Texas, Arizona, California y Nueva México, Estado asimilados a ciertos pueblos del Extremo Oriente, o del Africa Central, dentro del enorme proletariado de naciones débiles, a las cuales se presiona, se desangra, se diezma, y anula en nombre del progreso y la civilización."

"Desde Europa, fuera de la preocupación local que naturalmente acapara la atención en cada una de nuestras repúblicas, advertí dos cosas: 1) que entre las repúblicas latinas de América había lazos parecidos y analogías más profundas que entre las demás naciones del mundo, que esas analogías no era ideológicas, sino reales, no estaban basadas sobre declamaciones sino sobre una identidad de situaciones, de intereses, de realidad; y 2) que se difundía en América, que cobraba vigor y brío una abominable explotación de una nación fuerte sobre los débiles, que se acrecentaba una dominación injusta del grupo cohesionado y poderoso sobre el grupo débil y disperso."

"Nadie puede aplaudir los procedimientos expeditivos que emplean los boxers para combatir al extranjero, pero nadie puede tampoco exagerarse el horror de esos atentados... Cada pueblo se defiende de la agresión a su modo. El único responsable es el que ataca. Cuando Buenos Aires rechazó las invasiones inglesas, muchos ingleses perecieron quemados por el aceite hirviendo. Cada uno se defendió como pudo. Los que murmuran que la civilización no admite ese sistema de lucha, olvidan que tampoco puede admitir la tentativa de conquista que la provoca. El pretexto de 'civilizar' no engaña ya a nadie."

"Hay que desechar toda hipótesis de lucha armada. Las conquistas modernas difieren de las antiguas en que sólo se sancionan por medio de las armas cuando ya están realizadas económico o políticamente. Toda usurpación material viene precedida y preparada por un largo período de infiltración o hegemonía industrial capitalista y de costumbres, que roe la armadura nacional, al propio tiempo que aumenta el prestigio del futuro invasor. Por eso, al hablar del peligro yanqui no debemos imaginarnos una agresión inmediata y brutal que sería hoy por hoy imposible, sino un trabajo paulatino de invasión comercial y moral que se iría acreciendo con las conquistas sucesivas."

"A todos estos países no los separa ningún antagonismo fundamental. Nuestro territorio fraccionado presenta, a pesar de todo, más unidad que muchas naciones de Europa. Entre las dos repúblicas más opuestas de la América Latina, hay menos diferencia y menos hostilidad que entre dos provincias de España o dos estados de Austria. Nuestras divisiones son puramente políticas y por tanto convencionales. Los antagonismos, si los hay, datan apenas de algunos años y más que entre los pueblos, son entre los gobiernos. De modo que no habría obstáculo serio para la fraternidad y la coordinación de países que marchan por el mismo camino hacia el mismo ideal. Sólo los Estados Unidos del Sur pueden contrabalancear en fuerza a los del Norte. Y esa unificación no es un sueño imposible."

"Si hay quienes agonizan en la miseria no es porque falte con qué alimentarlos, sino porque una criminal retención de los productos en manos de una minoría de traficantes así lo determina, sino porque hay hombres que, más por inconsciencia que por maldad, trafican con el hambre de sus semejantes."

"Siempre he creído que el poeta, el escritor en general, debe intervenir en los debates de su tiempo. Fui uno de los primeros en decir que no es posible que los elementos pensantes de un país, los más capacitados, abandonen o desdeñen la tarea de dar rumbo a la nación."

"Si el proletariado abriga el propósito irreductible de emanciparse, sólo lo conseguirá afrontando al fin la responsabilidad de conducir sus propios asuntos."

"Todos los escritores que predican la excelsitud del arte retórico y aristocrático, sin mezcla de inquietud contemporánea, han hecho, sin desearlo quizá, obras que son, en cierto modo, una propaganda en favor de determinada modalidad de vida."

"Sería monstruoso establecer que el arte debe callar y someterse a los intereses que dominan en cada momento histórico, cuando todo nos prueba que desde los orígenes sólo ha alimentado rebeldías y anticipaciones... Querer convertirlo, con pretexto de prescindencia, en lacayo atado al triunfo transitorio de determinada clase social, es poner un águila al servicio de una tortuga y desmentir la tradición gloriosa de la literatura de todos los tiempos."

"El escritor no debe ser un clown encargado de cosquillear la curiosidad o de sacudir los nervios enfermos de los poderosos, sino un maestro encargado de desplegar bandera, abrir rumbo, erigirse en guía y llevar las multitudes hacia la altísima belleza que se confunde en los límites de la verdad. Porque la verdad es belleza en acción y las excelencias de la forma sólo alcanzan la pátina de eternidad cuando han sido puestas al servicio de una superioridad moral indiscutible."

"Lo que hemos hecho hasta ahora no ha sido, en resumen, más que un arte colonial, arte de reflejo, belleza que no tiene ninguna marca local, ni en los asuntos ni en la inspiración, ni en la forma... Debemos bañarnos constantemente en los vientos universales. Pero una cosa es asimilar y otra pensar con cerebro ajeno. No hay razón para que la literatura siga siendo exótica, cuando tenemos territorios, costumbres y pensamientos que nos pertenecen...Nuestro pequeño caudal de agua tiene que buscar lecho propio en vez de sacrificarse y fundirse en el de los grandes ríos...¿Somos o no una nación autónoma? Si no lo somos, disolvamos la organización, renunciemos a la lucha y desgarremos las primera victorias para tender el cuello a la conquista. Pero si lo somos, si nos sentimos dueños de una tradición naciente, tratemos de alcanzar la independencia total afirmando en todos los órdenes la personalidad de nuestro pueblo."

"Yo también soy enemigo del patriotismo brutal y egoísta que arrastra a las multitudes a la frontera para sojuzgar a otros pueblos y extender dominaciones injustas a la sombra de una bandera ensangrentada. Yo también soy enemigo del patriotismo orgulloso que consiste en considerarnos superiores a los otros grupos, en admirar los propios vicios y en desdeñar lo que viene del extranjero. Yo también soy enemigo del patriotismo ancestral, de las supervivencias bárbaras, del que equivale al instinto de tribu o rebaño. Pero hay otro patriotismo superior, más conforme con los ideales modernos y con la conciencia contemporánea. Y ese patriotismo es el que nos hace defender, contra las intervenciones extranjeras, la autonomía de la ciudad, de la provincia, del Estado, la libre disposición de nosotros mismos, el derecho de vivir y gobernarnos como mejor nos plazca."

"Por eso es que cabe decir que el socialismo y la patria no son enemigos, si entendemos por patria el derecho que tienen todos los núcleos sociales a vivir a su manera y a disponer de su suerte, y por socialismo el anhelo de realizar entre los ciudadanos de cada país la equidad y la armonía que implantaremos después entre las naciones."

"Yo no he creído nunca que nuestra raza sea menos capaz que las otras. Así como no hay clases superiores y clases inferiores, sino hombres que por su situación pecuniaria han podido instruirse y depurarse y hombres que no han tenido tiempo de pensar en ello, ocupados en la ruda lucha por la existencia, no hay tampoco razas superiores ni razas inferiores...La desigualdad que advertimos entre la mitad del Continente donde se habla en inglés y la mitad donde se habla español, no se explica ni por la mezcla indígena, ni por los atavismos de raza que se complacen en invocar algunos, arrojando sobre los muertos la responsabilidad de los propios fracasos... mientras la burguesía yanqui adoptaba los principios filosóficos y las formas de civilización más recientes, una oligarquía temerosa y egoísta se apoderó de las riendas del gobierno en la mayor parte de los Estados del sur."

"La expansión va perdiendo su viejo carácter militar. Las naciones que quieren superar a otras envían hoy a la comarca codiciada sus soldados en forma de mercaderías. Conquistan por la exportación, Subyugan por los capitales. Y la pólvora más eficaz parecen ser los productos de toda especie que los pueblos en pleno progreso desparraman sobre los otros, imponiendo el vasallaje del consumo."

"Yo no he creído nunca que la América latina sea inferior a la América sajona, yo no he creído nunca en las fatalidades geográficas, yo no he creído nunca que debamos inclinarnos ante la expansión de los fuertes."

"El imperialismo podrá aterrorizar a nuestras autoridades, apoderarse de los resortes de nuestras administraciones y sobornar a los políticos venales, pero a los pueblos que reviven su epopeyas heroicas, a los pueblos que sienten las diferencias que los separan del extranjero dominador, a los pueblos que no tienen acciones en las compañías financieras ni intereses en el soborno, a esos pueblos no los puede desarraigar ni corromper nunca nadie."

"Somos indios, somos españoles, somos latinos, somos negros, pero somos lo que somos y no queremos ser otra cosa."

"Unámonos, unámonos a tiempo, que todos nuestros corazones palpiten como si fuesen uno sólo y así unidos, nuestras veinte capitales, se trocarán en otras tantas centinelas que, al divisar al orgullosos enemigo, cuando éste les pregunte ¿Quién vive? les respondan unánimes, con toda la fuerza de los pulmones ¡La América Latina."

"Allí donde hay un territorio latinoamericano en peligro, allí está nuestra patria."

"Dado que las primeras insinuaciones del imperialismo se operan por el vasallaje económico a que se somete la futura presa...el petróleo debe mantenerse exclusivamente en poder del Estado argentino."

"Un país que sólo exporta materias primas y recibe del extranjero los productos manufacturados, será siempre un país, será siempre un país que se halle en una etapa intermedia de su evolución."

"La nación suda, trabaja y se sacrifica para acrecer los dividendos que se giran a Londres, no sólo en la forma que fluyen de los balances sino por otros conceptos que escapan al contralor público e incluso de los poderes públicos."

"El interés de las compañías se siempre al de la economía nacional...La Argentina ha entregado los intereses colectivos poco menos que maniatados a las empresas ferroviarias."

"La neutralidad más estricta y escrupulosa debe ser, pues, la norma de nuestra acción diplomática, porque a la guerra no se va por simpatía romántica o por sentimentalismo literario sino por intereses reales...Las patrias latinoamericanas deben mantener, a toda costa, su independiente actitud, a pesar de la presión que sobre ellas se ejerce, a pesar de todas las conminaciones, a pesar del terrorismo intervencionista."

"...La guerra europea nos ha hecho comprender la importancia concluyente que tiene la información periodística para suscitar o enajenar simpatías. Todos sabemos que la opinión puede ser inclinada, dirigida, forzada o exaltada por la perseverancia de las indicaciones, por la forma de presentar los hechos, por la habilidad para graduar la situaciones, por la sutileza para desvirtuar sucesos contrarios, por el conocimiento de la psicología de cada pueblo, por el movimiento de timón casi invisible que se puede dar, en fin, a la verdad, para que repercuta ampliamente en las conciencias y se ensanche en las almas imponiendo determinadas direcciones colectivas."

"Virtualmente el sur del Atlántico pertenece hoy a Inglaterra y a los Estados Unidos... Desde los tiempos coloniales, Inglaterra ejerció en esas zonas una acción evidente con su flota comercial, apoyada en ciertos casos por desembarcos, bloqueos y hasta ocupaciones territoriales como se prolongan en las Malvinas."

"La existencia de una oligarquía formada por terratenientes, viejas familias y extranjeros aliados a ellas, es un fenómeno común a la mayoría de las repúblicas latinoamericanas, donde a raíz de la independencia se formó un núcleo aristocrático, dentro del cual, por ironía del destino, los descendientes de los que encabezaron esa independencia apenas figuran como excepción, dispersados o anulados como han sido por la miseria o las alianzas populares. Este núcleo, transformado en fuerza gobernante, se halla en pugna cada día más con una burguesía inmigrada o autóctona y con la masa inclinada a reivindicaciones extremas."

"En realidad, la grandeza de los Estados Unidos no se ha hecho solamente con el esfuerzo de sus nacionales. Son las muchedumbres que han alimentado con el sudor de frente las plantaciones de la América Central, los cafetales de las Antillas, las minas de Bolivia y Perú, multitudes que no trabajaron para sí puesto que nada quedó en esos territorios. Son ellas las que han creado la verdadera riqueza y el esplendor de la nación del Norte, de tal suerte que se puede decir que el oro americano se ha acuñado con la miseria y con el dolor, cuando no con la sangre, de todo el continente sometido."

"Así como, en el orden internacional, hay para las Repúblicas de la América Latina un problema superior a todos los otros: la defensa de las autonomías nacionales frente al imperialismo, en el orden interior se impone una reforma por encima de todas las reformas posibles: la que ha de dar por resultado la repartición de la tierra...El latifundio se ha mantenido o ha prosperado de una forma de una manera monstruosa. Hay hombres que poseen zonas inmensas, verdaderos estados dentro del Estado...Del inaudito acaparamiento de la tierra por algunos, ha nacido una violenta desigualdad social y hasta una forma nueva de esclavitud: la esclavitud de los hombres que nacen, trabajan y mueren sometidos a un sistema dentro del cual la tierra, los víveres y cuanto existe pertenecen a un amo todopoderoso."

"El cristianismo en su diafanidad primitiva no estuvo nunca en tela de juicio. Lo que se puede discutir es la acción de sus representantes desde el momento en que la Iglesia se hizo oportunista y se erigió en defensora de cuanto combatió en los orígenes. Cuando se somete a los poderosos, sanciona injusticias, acumula tesoros, oprime a los débiles, colabora con la guerra y se afana por convertir su fuerza espiritual en fuerza temporal, entonces, pierde su aureola."

"Mientras la América Latina esté gobernada por políticos profesionales cuya única función consiste en defender los privilegios abusivos de la oligarquía local y en preservar los intereses absorbentes de los imperialismos extranjeros, ninguna evolución puede ser posible."

"Cuando se nos habla de la violencia, pareciera como si nadie supiera que ninguna nación se impuso violentamente en tan vastos territorios como Inglaterra, que simboliza ahora para algunos la legalidad. Basta abrir un mapa para contemplar el mayor imperio conocido. Trecientos millones de hindúes, en favor de los cuales clama Ghandi en vano, la mitad de Africa, Gibraltar, islas innumerables pobladas por enormes muchedumbres que trabajan y sufren para que los ingleses mantengan un standard superior de vida. En cuanto a Estados Unidos, vemos que pocas veces se ha ensanchado una nación con tanta rapidez, tan implacablemente. En siglo y medio quintuplicaron la extensión de su territorio absorbiendo y anexando la Florida, Luisiana, Nuevo México, Texas, Panamá, Puerto Rico, etc."

"Ha llegado la hora de realizar la segunda independencia. Nuestra América debe cesar de ser rica para los demás y pobre para sí misma. Iberoamérica pertenece a los iberoamericanos."

Fuente: www.elforjista.unlugar.com


Manuel Ugarte, un profeta "maldito" y olvidado

Por Roberto Bardini

Es uno de los grandes personajes de Argentina y posiblemente de Iberoamérica en la primera mitad del siglo XX. En su época influyó en dirigentes de todo el continente, pero continúa siendo un gran desconocido en su patria. Nacido el 27 de febrero de 1875 en el barrio porteño de Flores, en las siguientes siete décadas su nombre se menciona poco en las noticias a pesar de su permanente actividad literaria y política. Fallece el 2 de diciembre de 1951 en Niza (Francia) y desaparece de los comentarios bibliográficos, las antologías y las librerías. Ugarte pertenece a una familia tradicional. Estudia en el Colegio Nacional de Buenos Aires, asiste al Jockey Club, practica esgrima, lee y escribe poesía. El escritor Pedro Orgambide recordó en 2003 que en últimos años del siglo XIX Manuel vive en París, "como correspondía a un rico, joven y culto caballero argentino, aficionado a las mujeres, al teatro y la poesía galante". Lo describe como un bon viveur y dice que "nada hacía sospechar a los parientes y amigos el giro que tomaría su vida apenas se iniciara en la política". Entre los amigos de Ugarte se cuentan Alfonsina Storni, Alfredo Palacios, José Ingenieros, Leopoldo Lugones, Manuel Gálvez y Ernesto Palacio. También trata con la chilena Gabriela Mistral, el uruguayo José Enrique Rodó, el peruano José Santos Chocano, el nicaragüense Rubén Darío, los mexicanos Amado Nervo y José Vasconcelos, los españoles Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez y Pío Baroja, los franceses Henri Barbuse y Jean Jaurés; es decir, con los más destacados intelectuales de principios del siglo XX. Rubén Darío, Unamuno y Baroja le prologan sus primeros libros. Barbuse, director de la revista Monde, lo incluye en el comité editorial junto con Albert Einstein, Máximo Gorki y Upton Sinclair. Autor de treinta libros, la mayoría publicados fuera del país, Manuel Ugarte es un socialista criollo de la generación del 900 que impulsa la unidad hispanoamericana. Denuncia al imperialismo yanqui desde 1901 –por sus intervenciones en América Central y el Caribe– hasta el año de su muerte, por la guerra de Corea. A principios del siglo XX escribe: "Actualmente los grandes diarios nos dan, día a día, detalles a menudo insignificantes de lo que pasa en París, Londres o Viena y nos dejan, casi siempre, ignorar las evoluciones del espíritu en Quito, Bogotá o Méjico. Entre una noticia sobre la salud del emperador de Austria y otra sobre la renovación del ministerio del Ecuador, nuestro interés real reside naturalmente en la última. Estamos al cabo de la política europea, pero ignoramos el nombre del presidente de Guatemala".

Un hombre de barricadas

En 1904, Ugarte asiste como delegado al Congreso de la Internacional Socialista en Amsterdam. Tres años después, participa en Stuttgart de otro Congreso de la IS, en el que participan Vladimir Ilich Lenín, Rosa Luxembugo, Jean Jaurés, Karl Kautsky y Gueorgui Plejánov. De 1910 a 1913, Ugarte recorre toda la América hispana, da conferencias y es aclamado en 20 capitales. Ya no predica el internacionalismo proletario sino la construcción de la Patria Grande, la gran nación iberoamericana. Es un socialista que rechaza trasplantar experiencias europeas: "El socialismo debe ser nacional", dice en 1911. Al año siguiente escribe: "Bajo ningún pretexto podemos aceptar la hipótesis de quedar en nuestros propios lares en calidad de raza sometida. ¡Somos indios, somos españoles, somos latinos, somos negros, pero somos lo que somos y no queremos ser otra cosa!". Agentes secretos de las distintas embajadas de Estados Unidos le siguen los pasos en Cuba, Santo Domingo, México, Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua. Funcionarios diplomáticos norteamericanos le piden a las autoridades locales que impidan su participación en actos públicos. A pesar de todo, llena teatros y plazas, participa en manifestaciones callejeras, es orador de barricada y reúne a multitudes. Ugarte continúa su gira y llega a Bolivia. Pronuncia un discurso en La Paz, interrumpido por las ovaciones de un público entusiasta. El embajador estadounidense lo critica duramente y el escritor lo desafía a batirse a duelo. Debe intervenir el representante diplomático para evitar el enfrentamiento.

La Patria y los ferrocarriles ingleses

En noviembre de 1915, con su propio dinero, Manuel Ugarte funda en Buenos Aires el diario La Patria. Comienza una cruzada que hasta entonces nadie se había atrevido a encarar en Argentina: la denuncia del imperialismo inglés. El país es prácticamente una semicolonia británica, pero nadie parece percibirlo. A principios de 1916, el escritor analiza tempranamente uno de los factores que permitían la penetración económica de Gran Bretaña: los ferrocarriles. "Uno de los problemas que más nos interesa, fuera de toda duda, es el de la explotación de nuestros ferrocarriles por empresas de capital foráneo, cuyos intereses, de conveniencias motivadas por su misma falta de arraigo y su origen, son fundamentalmente opuestos a los intereses de la república", escribe Ugarte. "Las empresas ferroviarias son todas extranjeras: capital inglés, sindicatos ingleses, empleados ingleses […]. Lleva la empresa noventa y ocho probabilidades de obtener pingües ganancias contra dos de obtenerlas… regulares; de perder, ninguna. […] Y este dato merece ser tenido en cuenta al ocuparse de los ferrocarriles como origen de nuestra atrofia industrial". Asfixiado económicamente, el 15 de febrero de 1916 La Patria publica su último número. Ante la primera gran guerra europea del siglo XX, que muchos insisten todavía en denominar "mundial", Ugarte propone la neutralidad. El diario dura menos tres meses en medio del boicot que le hacen los nacionalistas –que lo consideran socialista– y los socialistas, que lo ven como nacionalista. Más tarde, durante la segunda gran guerra europea, el escritor afirmará que mucho se habla en Iberoamérica acerca de las presuntas amenazas alemana y japonesa, pero nada se dice sobre el real saqueo británico y estadounidense. En abril de 1918, cuando se funda en Córdoba la Federación Universitaria Argentina (FUA), Ugarte es el principal orador del encuentro. Ese año se autoexilia en España y luego pasa a Francia. Retorna 17 años más tarde. En la década del 20, los principales líderes de la Revolución Mexicana le escriben a Ugarte y le agradecen su apoyo. Augusto César Sandino, el "general de hombres libres", también le envía una carta desde Nicaragua, reconoce su respaldo a la lucha contra los marines yanquis y dice que lo ve como una de las figuras más importantes del patriotismo latinoamericano. Dos grandes dirigentes peruanos lo alaban: Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), lo considera el precursor de esta organización; José Carlos Mariátegui afirma que el escritor argentino es uno de las más prestigiosos personajes de América hispana.

El apóstol vencido

En mayo de 1935, en plena Década Infame, Ugarte regresa a Argentina. El semanario Señales, del grupo FORJA, es el único periódico que informa sobre su llegada; la gran prensa lo ignora. En 1937, el escritor se va nuevamente del país. El patriota iberoamericano regresa a Buenos Aires en marzo de 1946, después del triunfo electoral del entonces coronel Juan Domingo Perón. "Más democracia que la que ha traído Perón, nunca la vimos en nuestra tierra. Con él estamos los demócratas que no tenemos tendencia a preservar a los grandes capitalistas y a los restos de la oligarquía", declara. Y luego escribe: "Todos los presentimientos y las esperanzas dispersas de nuestra juventud, volcada un instante en el socialismo, han sido concretadas definitivamente en la carne viva del peronismo, que ha dado fuerza al argentinismo todavía inexpresado de la Nación. Ahora sabemos lo que somos y a dónde vamos. Tenemos nacionalidad, programa, derrotero". El 31 de mayo, el historiador Ernesto Palacios lo acompaña a la Casa Rosada y le presenta al nuevo presidente, quien le ofrece el puesto de embajador en México. A los 71 años, es la primera y única vez que Ugarte recibe un reconocimiento oficial en su país. Pero los diplomáticos "de carrera" lo boicotean. Desinteligencias con el personal de la propia embajada lo obligan a regresar a Argentina en junio de 1948. Lo envían a Nicaragua, donde no se encuentra muy a gusto. A principios de 1949 lo trasladan a la representación en Cuba, donde persisten las intrigas de algunos funcionarios, y en enero de 1950 presenta su renuncia. Por problemas de salud, regresa a su casa alquilada en Niza. El poeta peruano Alberto Hidalgo, quien trata a Ugarte en los años 40, lo describe viviendo humildemente, como un proscrito: "Yo quiero llamar la atención de un país sobre este hombre, al que no puede dejarse perecer en la pobreza o en el olvido, aunque fuese, si no tuviera otros méritos, sólo por esto: por haber sido el apóstol de los ideales americanistas, por haber gastado su fortuna recorriendo nuestras repúblicas a fin de despertarlas y hacerles ver el peligro que las acecha. Y es por ello que, aunque la Argentina lo tenga olvidado, el nombre de Manuel Ugarte no morirá nunca en la conciencia de América". En noviembre de 1951, Ugarte vuelve a Buenos Aires. Él mismo explica la razón del viaje: "No he pertenecido nunca al bando de los adulones y si hago ahora esta afirmación, si he vuelto especialmente de Europa a votar por Perón, es porque tengo la certidumbre absoluta de que alrededor de él debemos agruparnos, en momentos difíciles que atraviesa el mundo, todos los buenos argentinos". Poco después regresa a Niza. El 2 de diciembre de 1951 lo encuentran muerto en su casa. Aunque oficialmente se considera que la muerte fue "accidental", en los medios literarios y políticos se presume que él mismo decidió poner punto final a su vida. Los suicidios de Horacio Quiroga en 1937, Alfonsina Storni y Leopoldo Lugones en 1938, y de Lisandro de la Torre en 1939 habían conmovido a Ugarte, quien afirmó que la suya era una generación vencida. La historiadora Liliana Barela no descarta que "exiliado, solitario, excluido y desilusionado, pudiera sentirse vencido y tentado a adoptar el camino que eligieron tantos compañeros que integraron su malograda generación".

La conspiración del silencio

Entre la obra poética de Manuel Ugarte se destacan Palabras (1893), Poemas grotescos (1893), Versos (1894) y Vendimias juveniles (1907). También es autor de narraciones cortas: Cuentos de la Pampa (1903) y Cuentos argentinos (1908). Dentro de sus relatos de viaje figuran Paisajes parisienses (1901), Crónicas de boulevard (1902) y Visiones de España (1904). Sus ensayos literarios incluyen El arte y la democracia (1905) y La joven literatura hispanoamericana (1906). Los textos sociopolíticos abarcan El Porvenir de América Española (1910), La Patria Grande (1922), El destino de un continente (1923) y La Reconstrucción de Hispanoamérica (1951). ¿Cuál fue el trato que recibió Ugarte en Argentina? A este auténtico polígrafo –autor de novelas, cuentos, poesías y ensayos– las autoridades universitarias le niegan una cátedra de Literatura. Los representantes de la cultura oficial también rechazan la propuesta de Gabriela Mistral –quien lo denomina "el maestro de América Latina"– para considerarlo candidato al Premio Nacional de Literatura. El Partido Socialista, de orientación liberal conservadora, lo expulsa dos veces, a causa de sus "desviaciones nacionalistas". En 1910 se realiza un nuevo congreso de la Internacional Socialista en Copenhague, pero esta vez viaja el dirigente Juan B. Justo desde Buenos Aires, en lugar de designar a Ugarte que se encontraba en París. El diario La Nación comienza a rechazarle artículos. Sus libros El Porvenir de América Española, La Patria Grande, El destino de un continente y La Reconstrucción de Hispanoamérica, se editan en el país recién dos años después de su muerte, por iniciativa de Jorge Abelardo Ramos en la pequeña editorial Coyoacán. Ugarte muere enfermo y sin un centavo, lejos de Argentina. Poco antes, comenta: "En otras partes se fusila, es más noble". ¿A qué se debe esta conspiración del silencio? En el prólogo a La nación latinoamericana, editado en Venezuela, Norberto Galasso da algunas claves: los representantes de la generación del 900, "a pesar de las enormes presiones, los silencios y los acorralamientos, han logrado hacerse conocer en la Argentina y en América Latina desde hace años. De un modo u otro, esterilizándolos o deformándolos, tomando sus aspectos más baladíes o resaltando sus obras menos valiosas, han sido incorporados a los libros de enseñanza, los suplementos literarios, las antologías, las bibliotecas públicas, las sociedades de escritores, las aburridas conferencias de los sábados, los anaqueles de cualquier biblioteca con pretensiones". Galasso señala que Ugarte, en cambio, "ha corrido un destino diverso: un silencio total ha rodeado su vida y su obra durante décadas convirtiéndolo en un verdadero "maldito", en alguien absolutamente desconocido para el argentino medianamente culto que ambula por los pasillos de las Facultades. No es casualidad, por supuesto. La causa reside en que, de aquel brillante núcleo intelectual, sólo Ugarte consiguió dar respuesta al enigma con que los desafiaba la historia y fue luego leal a esa verdad hasta su muerte. Sólo él recogió la influencia nacional-latinoamericanista que venía del pasado inmediato y la ensambló con las nuevas ideas socialistas que llegaban de Europa, articulando los dos problemas políticos centrales de la semicolonia Argentina y de toda la América Latina: cuestión social y cuestión nacional. […] De ahí la singular actualidad del pensamiento de Ugarte y por ende su condena por parte de los grandes poderes defensores del viejo orden".

Un muerto en vida

En "Redescubrimiento de Ugarte", publicado en febrero de 1985, Jorge Abelardo Ramos escribe: "[…] en la irresistible Argentina del Centenario, orgullosa y rica, el emporio triguero del mundo, no había lugar para él. No solamente porque, como decía Miguel Cané, escribir una página desinteresada en Buenos Aires equivalía a recitar un soneto de Petrarca en la Bolsa de Comercio, sino a causa de que Ugarte iría a desenvolver su vida contra la lógica de la factoría euro-porteña: era socialista, aunque criollo y católico; argentino, pero hispanoamericanista. Si bien es cierto que lucharía por la neutralidad en las dos guerras inter-colonialistas del siglo, debería hacerlo contra la opinión dominante del rupturismo demo-izquierdista favorable a las potencias democráticas; más tarde, asumiría la defensa de la industria nacional y de la clase obrera en un país agropecuario, librecambista y antiobrero". El luchador social se había convertido en "un muerto civil" mucho tiempo antes de fallecer, apunta Ramos. "Sin el respaldo de un partido, de una capilla, de los grandes diarios o del orden vigente, ningún editor manifestó nunca el menor interés por publicar algún libro de Ugarte. Semejante maravilla se explica porque la formación del gusto público, en 1914 o en la actualidad, corría por cuenta de los intereses creados por la oligarquía anglófila y su dócil clientela de la clase media urbana, en suma, el cipayo ilustrado, que se cultiva a la orilla de los grandes puertos de la América Latina". Ramos recuerda: "En noviembre de 1954, organicé una Comisión de Homenaje. Recibimos los restos de Ugarte en el puerto de Buenos Aires […]. Un silencio sepulcral reinaba sobre la República, en cuyo subsuelo toda la reacción conspiraba. Pugnaban por derribar a Perón tanto la agónica partidocracia democrática, como la izquierda cosmopolita y el nacionalismo puramente retórico de ciertos grupos de la derecha antiobrera. […] Enseguida organizamos en el salón Príncipe George un Funeral Cívico en su homenaje. Hablaron en el acto Carlos María Bravo, Rodolfo Puiggrós, John William Cooke y yo. […] A pesar de la tensión reinante, congregamos unas cuatrocientas personas. Salvo el presidente Perón, que envió un telegrama de adhesión, ni el gobierno ni el peronismo oficial se hicieron presentes. Y, va de suyo, nadie de la "inteligentzia" llamada argentina. Soplaba un viento gélido y en el espíritu colectivo palpitaban sórdidos presagios. La contrarrevolución democrática estaba en marcha". En el capítulo XII de Historia de la nación latinoamericana, Ramos dedica varias páginas al trágico destino de este luchador visionario y el silenciamiento sistemático de su vida y obra. Se transcriben sólo dos párrafos: "El irritado silencio que ha rodeado siempre a la figura de Ugarte no sólo es necesario atribuirlo al papel de "emigrado interior" del intelectual del 900 en las semicolonias, sino al "leprosario político" en el que la oligarquía y sus amigos de la izquierda cipaya recluyen a los hombres de pensamiento nacional independiente. A principios de siglo al escritor latinoamericano no le quedaba otro recurso que enmudecer o emigrar. Las pequeñas capitales de la nación "balcanizada", aún la más presuntuosa, como Buenos Aires, habían sustituido la función social del escritor con el libro español o francés. "[…] En 1945, cuando en la Argentina el país estaba polarizado entre Braden y Perón, Ugarte regresó después de muchos años de ausencia y estuvo contra el embajador Braden, al mismo tiempo que la inmensa mayoría de la intelligentzia argentina y latinoamericana se pronunciaba contra Perón. El coraje moral de estar contra los mandarines, ese coraje no le faltó jamás a Ugarte y esa es la razón del silencio profundo que envuelve su persona y su obra". El artículo sobre Ugarte de Pedro Orgambide –el último que escribió antes de morir el 19 de enero de 2003– sostiene: "No fue profeta en su tierra. Es, aún, el gran olvidado del pensamiento político argentino. En cambio, sus ideas impulsaron la acción de hombres como el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre o el nicaragüense Augusto César Sandino. Su nombre es citado con frecuencia en otros países de América latina; pocas veces en la Argentina. […] No gana plata con la política. Al contrario: por ella, pierde su fortuna. Y por su heterodoxia, se le cierran las puertas de la cultura oficial. […] Su figura disgusta a algunos sectores clericales y políticos por lo que cansado de pelear renuncia. […] Más retaceada es su influencia aquí, en el llamado "pensamiento nacional", y poco reconocida su incidencia en el origen de la "tercera posición" de nuestro país, en tiempos de la guerra fría". Hace unos días se cumplió un nuevo aniversario de la muerte de este patriota. La llamada "gran prensa", como es habitual, no publicó una sola línea.

Textos consultados Liliana Barela, Vigencia del pensamiento de Manuel Ugarte, Leviatán, Buenos Aires, 1999. Norberto Galasso, Manuel Ugarte, EUDEBA, Buenos Aires, 1973. Jorge Abelardo Ramos, Historia de la nación latinoamericana, A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires, abril de 1968. Pedro Orgambide, "El largo viaje de Manuel Ugarte por América Latina", Clarín, Buenos Aires, 26 de enero de 2003. Manuel Ugarte, La nación latinoamericana (compilación, prólogo, notas y cronología de Norberto Galasso), Biblioteca Ayacucho, Caracas, noviembre de 1978.

© Roberto Bardini Copyright © 2003 Movimiento Bambú boletinbambu@yahoo.com

Fuente: www.rodelu.net


Noticias Bio-Bibliográficas

Por Liliana Barela
 
Manuel Baldomero Ugarte nació en Buenos Aires el 27 de febrero de 1875, aunque algunos consignan el año 1878, en papeles personales que se encuentra en el Archivo General de La Nación, verificamos la fecha de 1875. Sus padres, argentinos ambos, fueron Floro Ugarte y Sabina Romero. En 1881 ingresó al Colegio Nacional Buenos Aires, y en 1890 -a su regreso a Buenos Aires desde París-abandonó definitivamente el bachillerato para dedicarse a las letras.

En 1893 publicó un cuaderno de poemas, Palabras, que financió su padre y, poco después, Poemas grotescos y Versos y Serenatas. En octubre de 1895 fundó la Revista Literaria, de la que sería director. Esta revista, inspirada en la fundada por Rodó en Montevideo, recibió el elogio del propio Rodó, de Ricardo Palma y Almafuerte.

Después de la intervención norteamericana en Cuba en 1898, Ugarte decidió viajar a Estados Unidos. Este viaje constituye un punto de inflexión en su vida. A partir de ese momento se dedicó a atacar la política imperialista de ese país. Esta causa se convirtió en objetivo totalizador de su existencia y lo concretó recorriendo América Latina, denunciando al invasor y apoyando a los gobiernos que encararon una política independiente, de corte nacional.

Desde Estados Unidos pasó a México, interesándose por su historia para comprender con mayores elementos su conflictivo presente. Regresó a Europa, pasando primero por Cuba, y en París terminó su primera novela, Paisajes parisienses, que publicó en 1901. En octubre y noviembre de ese mismo año aparecieron en el diario El País de Buenos Aires sus dos primeros artículos anti-imperialistas: “El peligro yanqui” y “La defensa latina”.

En 1902 agrupó varios artículos periodísticos y los publicó en Crónicas de boulevard. En Madrid se puso en contacto con dirigentes y escritores socialistas. Publicó dos nuevos libros: La novela de las horas y los días y Cuentos de la Pampa. En este último describía personajes y situaciones de la realidad argentina que conociera en sus primeros veinte años de vida.

En julio de 1903 se embarcó hacia nuestro país para adherir al Partido Socialista Argentino, y en el salón Operai Italiani, pronunció su conferencia “Las ideas del siglo”. Allí con lenguaje claro y sencillo Ugarte dice: “el socialismo no sólo es posible, es necesario” (Cúneo: 1955: 113). A pesar de sus manifestaciones anti-imperialistas, no mencionó ese tema en la conferencia.

En 1903 había publicado dos libros: Visiones de España y Mujeres de París, y en 1905 El arte y la democracia, Los estudiantes de París y Una tarde de otoño. En el primero de los libros citados, Ugarte reunió una serie de relatos acerca de paisajes españoles y personajes vinculados a las letras. En El arte y la democracia, insistió en la necesidad de un mayor compromiso del escritor con su tiempo: “Enamorado de las letras que son quizás mi razón de vida, pero enemigo del literalismo, entiendo que nuestras épocas tumultuosas y febriles, el escritor no debe matar al ciudadano” (Ugarte: 1904: V)
En 1906 publicó Enfermedades sociales, ensayo sobre diversos vicios sociales, entre ellos la costumbre, la falta de libertad, la corrupción administrativa, las guerras impopulares, el miedo a la verdad, la intoxicación literaria, etc. Todos estos vicios, reconocía, derivaban de un mal común: el régimen capitalista. Este régimen que “urge reemplazar por una organización más de acuerdo con la cultura del siglo” (Ugarte: 1906:200).

En los primeros meses de 1908, Ugarte publicó Burbujas de vida. En él incluye un artículo suyo sobre las razones del arte social. La preocupación del autor se centró en las manifestaciones de un arte que deseaba “nacional”. Orientó esta búsqueda hacia una interpretación del arte comprometido con su tiempo, única posibilidad de estructurar una cultura que posibilite la identidad nacional y latinoamericana.

En 1910 publicó Cuentos Argentinos y adelantó en varios periódicos los resultados de sus estudios acerca de orígenes, caracteres y futuro de Hispanoamérica. A fines de ese año aparece El porvenir de la América Español, en el cual analizó los orígenes y los diferentes desarrollos de las dos Américas, denunció la política expansionista de Estados Unidos a costa del resto de los países americanos, propuso la necesidad de concretar una unificación basada en la comunidad de territorio, lengua, cultura, costumbres, origen y enemigos comunes. Este libro alcanzó amplia repercusión en América y en Europa.

El 14 de octubre de 1911, pronunció una conferencia en la Sorbona de París sobre “Las ideas francesas y la emancipación americana”. Dijo entonces: “ Como en el apólogo bíblico, hacia la Francia inmortal para decirte ante la prosperidad de un mundo: he aquí lo que hemos hecho con tu semilla” (Ugarte: 1922: 70). Toda la prensa francesa publicó reseñas y comentarios, y con este pivote comenzaba Ugarte su gira por veinte países latinoamericanos:
Quince días después (29 de octubre) partía yo con el fin de realizar la gira continental […] Quería entrar en contacto con cada una de las repúblicas cuya causa había defendido en el bloque, conocerlas directamente, observar de cerca su verdadera situación y completar mi visión general de la tierra americana, recorriéndola en toda su extensión, desde las Antillas y México, hasta el Cabo de Hornos (Ugarte: 1923: 43).

En primer lugar visitó Cuba, donde permaneció un mes. Recorrió el país y pudo apreciar la penetración imperialista norteamericana, reflejada aún en detalles cotidianos. El autor observó, empero, una actitud de descontento, de profundo sentimiento nacionalista. Dijo: “Bastaría un llamamiento autorizado o un grito oportuno para que se llenara como antes la manigua de guerrilleros dispuestos a hacerse matar de nuevo por la imposible independencia” (Ugarte: 1923: 61).

En este -como en casi todos los países que visitó-Ugarte pronunció conferencias, estableció contactos y soportó los obstáculos que le impuso cada gobierno. En Cuba, la difamación vinculaba a Ugarte con un “hispanismo” intransigente que lo colocaba en contra de las aspiraciones independentistas de los cubanos en 1898.

En mayo del siguiente año, 1912, llegó a Buenos Aires después de su gira, y en julio, la polémica con el Partido Socialista culminaría con su expulsión en noviembre. Ugarte creía que el socialismo debía ser nacional, y al partido no le preocupaba este aspecto doctrinario. El 1º de agosto se embarcaba hacia Montevideo. Allí el presidente Battle y Ordoñez lo recibió personalmente y llevó a cabo una conferencia en el Teatro 18 de Julio sin ningún tropiezo. Estrechó relaciones con Delmira Agustini, gran poetisa uruguaya: “Entre Delmira y yo no existió nunca más que una honda atracción espiritual, acaso un sentimiento romántico” (Archivo Manuel Ugarte).
En 1914, con motivo de la agresión norteamericana a México, Ugarte funda en Buenos Aires el Comité Pro-México, que luego se transformó en la Asociación Latinoamericana. Durante ese año de 1914 recibió dos golpes: los asesinatos de Delmira Agustini y de Jean Jaurés. Otro hecho lo conmocionó: el desencadenamiento de la Gran Guerra:
Cuando estalló la guerra, fui hispanoamericano ante todo […] No me dejé desviar ante todo por un drama dentro del cual nuestro continente sólo podía ser papel de subordinado o de víctima y lejos de creer, la injusticia en el mundo, me enclaustré en la neutralidad, renunciando a fáciles popularidades para pensar sólo en nuestra situación después del conflicto. (Ugarte: 1922: 119)
En esas difíciles circunstancias fundó el diario La Patria: “El diario debía ser neutral frente a la guerra, defender cuanto concurriese a vigorizar nuestra nacionalidad, desarrollar el empuje industrial, crear conciencia propia y propiciar la unión de las repúblicas latinas del continente frente al imperialismo” (Ugarte: 1923: 312). En el diario La Patria, Ugarte presentó un programa de corte nacional cuyos puntos principales eran: neutralidad, industria y cultura nacional, anti-imperialismo y unidad latinoamericana.

En los primeros meses de 1916, en uno de los polémicos artículos de su diario, analizó uno de los elementos de mayor penetración económica de Inglaterra: los ferrocarriles. En febrero de ese mismo año, La Patria publicó su último número.

En enero de 1919, acorralado por el aislamiento a que lo había sometido el clima de su país, se dirigió a España. Dos años después decidió instalarse en Niza con su esposa Theresa Desmard, con quien vivía desde 1920. Publicó Mujeres espontáneas y Poemas completos. El periodismo y los derechos de autor de sus libros eran sus únicos ingresos.

En 1922 apareció Mi campaña hispanoamericana en la editorial Cervantes de Barcelona. Aquí recopiló algunos discursos pronunciados en diversos países que visitó entre 1912 y 1917. Se editó un nuevo libro: La Patria Grande, selección de artículos referidos, entre otros temas, a la doctrina Monroe, la mediación de México, la industria nacional, la neutralidad, extractados de revistas y de su diario La Patria.

En 1923 publicó El destino de un continente, en el cual describe, además de sus vicisitudes en el viaje por América, la evolución de su propia comprensión del fenómeno imperialista. Es una obra de reflexión en la que se advierte el proceso de maduración intelectual de nuestro autor. En ella incluyó al imperialismo inglés como predecesor y acompañante del estadounidense, y condenó las actitudes parasitarias de los gobiernos locales.

Por esta época escribió un artículo, “El nuevo nacionalismo”, en el que afirma que existen dos ideas muertas: el internacionalismo ciego y el nacionalismo cerrado. Se pronunciaba por un nacionalismo democrático y por una democracia nacional como la única solución posible, justamente cuando en América algunos intelectuales propiciaban el advenimiento de “la hora de la espada”.

En 1924 apareció El crimen de las máscaras, en el que -haciendo gala de agudo sentido crítico y satírico-ridiculizaba a diferentes personajes, prototipos de la sociedad contemporánea. En esos años publicó varios artículos: “La América Nueva” (1929), “Política y Patria” (1930) y “El Fin de las Oligarquías Latinoamericanas” (1931).

El 21 de mayo de 1935 desembarcó en Argentina. El país -en plena década infame-no registró la llegada del escritor, a excepción del semanario forjista Señales. En 1940 escribió en Viña del Mar el artículo “Estado Social de Iberoamérica”, en el que condenó las guerras fronterizas entre los países latinoamericanos y denunció la sujeción al imperialismo inglés, primero, y al norteamericano, después.

En 1942 Ugarte publicó Escritores Iberoamericanos del 1900, sin lugar a dudas su mejor producción literaria. Sus páginas permiten acceder a la intimidad de la generación de escritores a la que perteneció el autor, y que compartió momentos de juventud en Madrid y en París, a comienzo de siglo pasado.

En marzo de 1946 llegó a Buenos Aires después del triunfo de la fórmula Perón-Quijano. Se entrevistó con el nuevo presidente y, convencido de la comunidad de ideas entre ambos, aceptó el cargo de embajador en México que el nuevo gobierno le propuso. El decreto de designación llevaba fecha 6 de agosto de 1946, y es confirmado en el cargo de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de México por un nuevo decreto, del 3 de septiembre del mismo año.

Desinteligencias con integrantes de la propia embajada lo llevaron a regresar a la Argentina en junio de 1948. Fue entonces desplazado de la embajada de México a la de Nicaragua. Allí no se encontró muy a gusto y a principios de 1949 logró su traslado a Cuba, donde el 17 de enero de 1950 presentaría su renuncia, que fue aceptada. Entre sus borradores, unos meses después, analizaba de esta manera su alejamiento:
Sólo en un momento creí ver en la Argentina de Perón, una tentativa de resistencia al imperialismo. Yo me había negado hasta entonces a colaborar con todos los gobiernos renunciando a las candidaturas a diputado y senador que me fueron ofrecidas. Ante la esperanza de redención acepté dentro de la nueva política, una embajada. Pero la desilusión no tardó en descubrir que las gallardías del tirano sólo son ardides electorales que saca a relucir cada vez que declina su autoridad.

Renuncié al cargo de embajador en Cuba y volví a retirarme de la política sin ideales, dentro de lo cual todo sigue reglado por la voluntad de los Estados Unidos. La juventud que siguió las incidencias se dio cuenta del significado de mi alejamiento. (Archivo Manuel Ugarte)
En Madrid de 1951 estaba terminando la redacción de su libro póstumo: La Revolución de Hispanoamérica. Fue el libro de su madurez intelectual, que se vio reforzado por un presente del que no fue sólo espectador. Asistió a las dos guerras europeas, que la miopía occidental llamó “mundiales”. Asistió a la fatiga de una Europa post-guerra, al agigantamiento del poder estadounidense; al esplendor y ocaso del nazismo y del fascismo, a la concreción de la primera revolución bolchevique. Demasiadas conmociones para cualquiera y, especialmente importantes, para un pensador como Ugarte. En éste, su último libro, penetró hondamente en la situación hispanoamericana descubriendo sus fallas y sus posibilidades.

En noviembre de 1951, regresó a Buenos Aires. He aquí el motivo de su viaje: “No he pertenecido nunca al bando de los adulones y si hago ahora esta afirmación, si he vuelto especialmente de Europa a votar por Perón, es porque tengo la certidumbre absoluta de que alrededor de él debemos agruparnos, en momentos difíciles que atraviesa el mundo, todos los buenos argentinos”. (Ugarte: 1961: 116)
Pocos días después regresó a Niza. El 2 de diciembre de 1951 aparecía muerto en la casa que alquilaba. Esta muerte fue declarada accidental, aunque en los medios literarios y políticos se presumió que fue suicidio. Entre sus manuscritos próximos a esa fecha puede leerse:
Hay dos maneras de matar a un hombre: matándolo o humillándolo. Lo primero no convenía a mis adversarios, lo segundo lo evité yo. Dios sabe que no hay nada en mi vida que me pueda reprochar. Tengo la convicción de que en todo momento he servido a los intereses argentinos y los ideales de Iberoamérica porque hasta con la ausencia y con los silencios mantuve el derrotero que los gobernantes habían olvidado. Que las nuevas generaciones, sin dejarse intimidar, eleven al punto de mira, aprendiendo a ser grandes en la vida y en la muerte […] he querido decir a mis compatriotas estas palabras antes de morir y entiéndase que mis compatriotas son todos los habitantes de América Latina.

Deseo que mi entierro se haga en coche humilde y que asista a él, no sólo los que me apreciaron de cerca o de lejos, sino cuantos se arrepientan de haberme combatido.

La fe en Dios y en la Patria fue la brújula del pequeño navío castigado de puerto en puerto, como si la tormenta naciera del idealismo de sus mástiles. El navegante viejo se ha hundido con él y que sobre las aguas cada vez más procelosas sigue flotando por lo menos su bandera. (Archivo Manuel Ugarte)
He incluido este escrito inédito de Ugarte (con fecha aproximada posterior a 1950, porque al comienzo de este artículo de tres páginas habla de sus libros y menciona La reconstrucción de Hispanoamérica) porque servirá para advertir que existe la posibilidad de su suicidio, o de “accidente voluntario” que ocasionara su muerte. Si bien él viaja a Buenos Aires, y su propia declaración nos indujo a creer en la confianza depositada por Ugarte hacia el gobierno que encabeza el General Perón, probablemente su propia marginación del proceso lo moviera a apoyar dicho gobierno como la única solución posible frente al estado difícil por el que atravesaba nuestro país y el mundo en general. Lo que no se puede objetar fue la confianza que Ugarte depositó en el movimiento, más allá de los dirigentes. Él mismo lo afirmó cuando dijo:
Los prisioneros del pasado que se resisten a admitir este momento nuevo, esta mentalidad diferente, este ideal de porvenir, no perturbarán la marcha de la nación hacia sus nuevos destinos. La revolución no ha sido de un hombre, ni de un grupo, ni de un momento político, ha sido fruto de una conmoción geológica, de un cambio de clima, y aunque las individualidades que gobiernan no llegaran a desaparecer, la revolución seguirá su marcha, superior a las contingencias, bajo la sombra tutelar y las inspiraciones del que supo dar forma a los hechos a los que la inmensa mayoría de los argentinos deseábamos y esperábamos desde hace largas décadas. Todos los presentimientos y las esperanzas dispersas de nuestra juventud, volcada un instante en el socialismo, han sido concretadas definitivamente en la carne viva del peronismo, que ha dado fuerza al argentinismo todavía inexpresado de la Nación. Ahora sabemos lo que somos y a dónde vamos. Tenemos nacionalidad, programa, derrotero. (Ugarte: 1961: 117)
La percepción de Ugarte del momento por el que atravesaba nuestro país, frente a la miopía de la mayoría de los partidos políticos que no supieron estar a la altura de las circunstancias, revela un profundo conocimiento del proceso histórico y lo rescata como protagonista trascendente dentro de los pensadores argentinos.

Este hecho no invalida la posibilidad de que Ugarte, exiliado, solitario, excluido y desilusionado, pudiera sentirse vencido y tentado a adoptar el camino que eligieron tantos compañeros que integraron su malograda generación.

Los libros más significativos han sido: El porvenir de la América Española (1910), La Patria Grande (1922), Mi campaña hispanoamericana (1922), El destino de un continente (1923) y La reconstrucción de Hispanoamérica (1951). Los conceptos allí vertidos se fueron superando en cada obra. El eje de su producción giró en torno a dos problemas: por un lado, el de la realidad hispanoamericana, en el que incluye los conceptos de nacionalidad, unidad, raza; y por otro, el de la acción imperialista, con sus métodos, sus procedimientos y la evolución de los países hegemónicos.

Sus trabajos, que no tuvieron difusión en nuestro país, sirven hoy más que ayer. Tienen el doble carácter que adquiere todo testimonio: sirven por la realidad que describen y sirven -sobre todo-por la percepción de esa realidad que implica la valoración historiográfica de la obra.

Temas de reflexión antropológica y latinoamericana
Los temas esenciales aparecen en la obra de Manuel Ugarte en forma tangencial a su pensamiento político latinoamericanista. En la formulación de este pensamiento descubre precozmente el imperialismo inglés, como vimos en la edición del diario La Patria. En una de sus editoriales dijo:
Aprovechando la situación que determina la guerra debemos hacer pues, lo posible para crear los resortes que nos faltan y no pasar de la importación europea a la importación norteamericana.

[…] No se trata de teorías de proteccionismo o libre cambio. Se trata de una enormidad que no puede prolongarse; el proteccionismo existe entre nosotros para la industria extranjera y el prohibicionismo, para la industria nacional […] Se abre en el umbral del siglo un dilema: la Argentina será industrial o no cumplirá sus destinos. (Ugarte: 1922 b: 68-69)
Este descubrimiento lo advierte en uno de sus mayores baluartes: los ferrocarriles. Escribe en el artículo editorial de La patria, del 16 de febrero de 1916, “Los ferrocarriles en contra de nuestro progreso industrial”:
Uno de los problemas que más nos interesa, fuera de toda duda, es el de la explotación de nuestros ferrocarriles por empresas de capital foráneo, cuyos intereses, de conveniencias motivadas por su misma falta de arraigo y su origen, son fundamentalmente opuestos a los intereses de la república.

…Las empresas ferroviarias son todas extranjeras: capital inglés, sindicatos ingleses, empleados ingleses, …El capital, especialmente el inglés y el yanqui, no sólo tienen campo abierto para todas sus especulaciones, buenas, regulares o peores, sino además de ser respetado, como merece es obedecido con ciertos visos de servilismo poco honroso, por cierto. Una línea férrea se explota entre nosotros de manera halagüeña. Lleva la empresa noventa y ocho probabilidades de obtener pingües ganancias contra dos de obtenerlas …regulares; de perder, ninguna. Línea alguna ha dado ni dará pérdidas. Y este dato merece ser tenido en cuenta al ocuparse de los ferrocarriles como origen de nuestra atrofia industrial. (Archivo Manuel Ugarte)
A pesar de ello, cuando define el origen latinoamericano y el programa de desarrollo posible, aparece un pensamiento claro en relación con los primeros tiempos y la integración. Al respecto es interesante comparar dos textos (1910 y 1943) para advertir la superación de pensamientos externos.

En el primero, dijo Ugarte:
Nuestra raza -y al decir nuestra me parece abarcar a España y a América en un calificativo común-nuestra raza está cansada de que la adulen. En su instinto oscuro, en su conciencia profunda comprende su estado actual, mide las consecuencias de sus fracasos, abarca las perspectivas del porvenir… prefiere las duras advertencias que la lastiman a los elogios vanos que parecen agrandar la distancia entre lo que somos actualmente y lo que esperamos volver a ser … España y América no forman para mí dos entradas distintas. Forman un solo bloque agrietado. (Ugarte: 1922a: 24).

En el segundo afirmó:
La nacionalidad no se crea sólo con las armas o con el pensamiento. Se crea, sobre todo, con la emoción. En Iberoamérica sólo existe la nacionalidad geográfica. Todavía no ha surgido la nacionalidad geográfica. Todavía no ha surgido la nacionalidad económica, ni la nacionalidad étnica. Menos aún la más difícil de todas, la nacionalidad moral… la realidad ética y espiritual de nuestra América no será nunca el universalismo vago ni el individualismo remoto, sino el iberoamericanismo, es decir, la resultante del acontecer histórico y cultural modificado por el tiempo y los aportes varios en una zona geográfica del mundo (Ugarte: 1951: 66-67).

A pesar de sus desventuras, Manuel Ugarte creía en las posibilidades crecientes para América Latina. Si bien no pudo percibir un programa para superar las dificultades desde sus primeros escritos, piensa que es posible lograrlo:
Una concepción de la vida entre melancólica y resignada -no hay que entender escépticas, porque nada seríamos, nada alcanzaríamos sin la esperanza de algo mejor-me ha hecho sobrellevar la atmósfera. Hay en el ser humano algo animal o divino, que, por encima de las medidas y las fórmulas, le permite hacer entrar hasta el fondo del dolor, un eco de suaves matinales y un vivificante rayo solar. A menudo, lo inexistente me consoló de lo que existía. La imaginación fue bálsamo para la observación. Aprendí a trasmutar el odio en altruismo. Y el tiempo se encargó de adaptarme gradualmente a la amargura, como se adapta el árbol que creció pasando por el hueco de las piedras y que, a pesar del dogal que lo ciñe, logra llevar hasta la cima la copa abierta de su ilusión.

Así me encuentro, al cabo de treinta y dos años de vida literaria, escribiendo este libro, sin desaliento y sin rencores, con la misma cordialidad hacia mis compañeros, con el mismo espíritu fervoroso con que debuté en París, en 1900. he visto muchas figuras y muchos trances, he tenido satisfacciones y fracasos, dolores y alegrías, pero pese al ambiente adverso, he mantenido, contra viento y marea, la voluntad tendida hacia un ideal.

La única posibilidad de ser grande, reside, acaso, en tener la noción de nuestra pequeñez. ¡Somos tan insignificantes y pasamos tan rápidamente por el mundo!... Así es la vida literaria: un poco de dolor, un soplo de ansiedad, una luz breve, y después… ¿quién sabe? (Salas: sin fecha: 73-74)
Además de visualizar un optimismo inicial, en su programa advierte claramente cuál sería el rol del escritor latinoamericano en relación con su obra. Esta apreciación la extiende al arte, que deberá ser socialmente comprometido. El dolor de escribir es uno de los textos felizmente re-editados en Argentina, aunque no posea canales de distribución eficaces. En él condensa reflexiones sobre la literatura y el rol del escritor y describe su tarea y pensamiento en los últimos treinta años. Se imprime en España poco antes de la Guerra Civil, y por tanto es una “rara especie” poder consultarlo. Realiza una crítica directa acerca de la falta de originalidad de los escritores:
SOLO HAY, EN REALIDAD, DOS CLASES DE ESCRITORES: los espontáneos y los librescos.

A los espontáneos se les conoce -basta una página-, por la diafanidad, por el altruismo, hasta por el desdén de la intriga y de las artes menores de la literatura. Les anima un sentimiento cordial para sus compañeros, especialmente para la juventud. Creen en un ideal. Llevan más o menos probabilidades en las alas, pero siempre tienden a levantar los ojos hacia el sol, magnificarse en las cimas, a abrirse en luz sobre la imposible eternidad.

A los librescos no es difícil tampoco clasificarlos. Conceden suprema atención a las preocupaciones corrientes. Invariablemente comparten la opinión que impera, lo mismo en política que en el arte, sin prejuicio de “evolucionar” así que apunte otro matiz del éxito. (Salas: sin fecha: 29)
Más adelante insiste en este complejo latinoamericano.

El internacionalismo intelectual -no empleo la palabra en su sentido de amplitud comprensiva, sino en el de renunciamiento y entrega de las propias características-no fue, después de todo, más que una manifestación del embobecimiento que en todos los órdenes ha inmovilizado a la América española, primero ante Europa y después ante Estados Unidos.
En realidad, no hemos tenido vida propia. Hemos vivido por cable, atento igualmente a las cotizaciones y a las modas, como si alimentada por un cordón umbilical de direcciones supremas, la esencia de nuestro ser no hubiera salido todavía a luz.

La costumbre de imitar es en el Sur, tan cerrada, que hasta nos obstinamos en hacer de abril el símbolo de la primavera (como en Europa, decimos tener 18 abriles, etc.,) siendo así que el trastrueque de estaciones en nuestro hemisferio, hace que el mes de abril, caiga en otoño. Así vivimos en todos los órdenes de oídas.
Más de una vez hemos preguntado en horas de perplejidad: ¿Cuándo llegará a surgir la vida realmente latinoamericana? (Salas: sin fecha: 76-77)
Manuel Ugarte realiza un diagnóstico interesante sobre América Latina y, como vimos, comienza descubriendo la sociedad estadounidense cuando realiza su primer viaje a Estados Unidos:
En el fondo de mi memoria veo el barco holandés que ancló en el enorme puerto erizado de mástiles, ennegrecido por el humo, las sirenas de los barcos aullaban en jauría alrededor de una gigantesca Libertad señalando con su brazo al mar. Rascacielos desproporcionadamente erguidos sobre otros edificios de dimensiones ordinarias, aceras atestadas de transeúntes apresurados, ferrocarriles que huían a la altura, a lo largo de las avenidas, vidrieras de almacenes donde naufragaban en océanos de luz los más diversos objetos, todo cuanto salta a los ojos del recién llegado en una primera versión apresurada y nerviosa, me hizo entrar al hotel con la alegría y el pánico de que me hallaba ante el pueblo más exuberante de vida, y más extraordinario que había visto nunca. (Ugarte: 1923: 11-12).

Pero esta admiración no fue impedimento para que advirtiera:
Yo imaginaba ingenuamente que la ambición de esta gran nación se limitaba a levantar dentro de sus fronteras la más alta torre de poderío, deseo legítimo y encomiable a todos los pueblos […] Pero leyendo un libro sobre política de este país encontré un día citada la frase del senador Preston, en 1838: la bandera estrellada flotará sobre toda la ambición de nuestra raza. (Ugarte: 1923: 13)
Esto motivó al escritor a interiorizarse en la evaluación de la política de este país. Dijo:
Así fue aprendiendo al par que la historia del imperialismo nuestra propia historia hispanoamericana […] Los Estados Unidos al ensancharse no obedecían, al fin y al cabo más que a una necesidad de su propia salud […] pero nosotros al ignorar la amenaza, al no concertarnos para impedirla, dábamos prueba de una inferioridad que, para las autoritarios y deterministas, casi justificaba el atentado. (Ugarte: 1923: 18-19)
El primer artículo que escribió después de este primer viaje fue “El peligro yanqui”, aparecido en El País el 19 de octubre de 1901. En él, Ugarte alertó sobre el choque de intereses de las dos Américas y tomó como punto de partida lo ocurrido en Cuba. Además, advirtió que una de las tácticas utilizadas por Estados Unidos era la infiltración o predominio industrial en un país determinado, etapa previa y necesaria que prepararía la escena para ser seguida de una agresión pretextando la defensa de intereses económicos. Escribe Ugarte en este artículo:
De esta manera, cuando decide apropiarse de una región que ya domina moral y efectivamente, sólo tiene que pretextar la protección de sus intereses económicos (como en Texas o en Cuba) para consagrar su triunfo por medio de una ocupación militar de un país que ya está preparado para recibirle. Por eso al hablar de peligro yanqui no debemos imaginarnos una agresión inmediata o brutal que hoy sería imposible, sino un trabajo paulatino de invasión comercial y moral que iría acreciendo con las conquistas sucesivas y que irradiará cada vez con mayor intensidad desde la frontera en marcha hacia nosotros (1901a).

Recordemos que con Cuba, los Estados Unidos basaron sus relaciones en la Enmienda Teller, por la cual concedían al país una independencia nominal, situación que se completaría en 1901, cuando a través de la Enmienda Platt se estableció un protectorado sobre la isla. En ese mismo año Ugarte propuso, para defenderse del imperialismo estadounidense, utilizar el contrapeso de la participación de las potencias europeas en los asuntos latinoamericanos. Lo hizo en “La defensa Latina”, artículo fechado el 5 de octubre de 1901 en París, y publicado El País de Buenos Aires el 9 de noviembre de 1901:
Francia, Inglaterra, Alemania e Italia han empleado en las repúblicas del sur grandes capitales y han establecido corrientes de intercambio o de emigración. En caso de que los Estados Unidos pretendiera hacer sentir materialmente su hegemonía y comenzar en el sur la obra de infiltración que han consumado en el Centro se encontrará naturalmente detenido por las naciones europeas que tratan de defender las posiciones adquiridas […] Se dirá que es defenderse de un peligro provocando otro. Pero si los europeos están de acuerdo para oponerse a las pretensiones de los Estados Unidos, no lo están para determinar hasta qué punto deben graduar las pretensiones propias […]
De modo que estaríamos defendidos contra los americanos por los europeos y contra los europeos por los europeos mismos […]
Además la verdadera amenaza no ha estado nunca en Europa sino en América del Norte (1901b).
Todavía Ugarte manifiesta dos puntos de vista que modificaría años más tarde: la apreciación despectiva sobre las repúblicas de América Central y la apreciación de privilegio con que juzga la situación de los países del extremo sur -no soportando ningún tipo de colonialismo y desconociendo, por ende, la acción del ejercido por Inglaterra: “Según ellos (Estados Unidos) es un crimen que muestras riquezas naturales permanezcan inexplotadas a causa de la pereza y falta de iniciativa que nos suponen juzgar a toda América Latina por lo que han podido observar de Guatemala o de Honduras” (1901a). Cuando Ugarte realizó su gira cambió posición con respecto a Centroamérica y se convirtió en defensor de esas naciones:
Sólo el extremo sur está ileso y aún en nuestra región donde los intereses industriales y comerciales de Europa hacen imposible un acaparamiento, han ensayado los Estados Unidos una manera de acapararnos. La guerra peruano-chilena y el antagonismo entre Chile y Argentina son quizás el producto de una hábil política subterránea dirigida a impedir una solidaridad y una entente que pudieran echar por tierra los ambiciosos planes de expansión (1901a).

En la guerra del Pacífico los capitalistas europeos y, en menor grado, los Estados Unidos, tomaron abiertamente partido a favor de Chile y contra la alianza peruano-boliviana. Esta actitud respondió a la tesitura de que el gobierno de Santiago de Chile era agente de los intereses europeos -asunto que Ugarte aún no tenía claro-y, además, que la conquista del norte salitrero significaba una ventaja muy importante también para los sectores dominantes chilenos.

Ugarte detectó la técnica de este imperialismo y no pudo mantenerse al margen de la ideología imperante cuando trata de explicarlo: “el imperialismo se hace cada vez más amplio, se convierte en una operación de conjunto y lo que empieza a surgir en los momentos actuales es el imperialismo de raza” (1922 a: 206). En ningún momento Ugarte se manifestó en contra del pueblo norteamericano. Para él las causas del imperialismo fueron, en parte, provocadas por el desigual desarrollo entre la América anglosajona y la latina. Como lo plantea en la conferencia “Causas y consecuencias de la Revolución Americana”, que pronuncia en Barcelona en mayo de 1910:
Primero, las divisiones. Mientras las colonias que se separaron de Inglaterra se unieron en un grupo estrecho y formaron una sola nación, los virreinatos y capitanías generales que se alejaron de España, no sólo se organizaron separadamente, no sólo convirtieron en fronteras nacionales lo que eran simples divisiones administrativas, sino que las multiplicaron después al influjo de hombres pequeños que necesitaban patrias chicas para poder dominar […] La segunda causa es la orientación filosófica y las costumbres políticas […] Mientras los Estados Unidos adoptaron los principios y las formas de civilización más recientes, las Repúblicas hispanoamericanas, desvanecido el empuje de los que determinaron la Independencia volvieron a caer en lo que tanto habían reprochado a la metrópoli […] autoritarismo […] teocracia […] Y como un pueblo sólo puede desarrollarse íntegramente dentro del libre pensamiento y dentro de la democracia […] las repúblicas hispanoamericanas se han dejado adelantar por la república anglosajona que, aligerada de todas las supersticiones, avanza resueltamente hacia el porvenir (1922 a: 40-42).

Después de asumir la presidencia Roosevelt, Ugarte vio concretarse paso a paso la dominación norteamericana en el Caribe. Acerca de este hecho, dijo:
¿Por qué permaneció impasible la opinión pública cuando Colombia se vio desposeída del istmo de Panamá, cuando las tropas extranjeras se apoderaron de Veracruz o cuando Santo Domingo perdió su soberanía? ¿Por qué razón los que se emocionan ante la suerte de Polonia o claman contra las injusticias de la India, no tuvieron una palabra de solidaridad? ¿Por qué cayó el olvido tan pronto sobre estos hechos? (Ugarte, M; “Errores…”)
Tal vez la respuesta estuvo vinculada -además de las razones de política interna e internacional-a otra razón, vinculada al orden de las ideas: el triunfo del darwinismo social que, con su teoría de la supervivencia de los más aptos, brindó a los Estados Unidos una doctrina de difusión universal que justificaba su política expansionista, debido a su condición de nación más “civilizada”. Sus propuestas concretas en búsqueda de la unidad hispanoamericana enunciados en su artículo “La defensa Latina” (1901b) se basan en los siguientes principios:
Entre las Repúblicas Hispanoamericanas hay menos hostilidad que entre dos provincias españolas.
Nuestras divisiones son políticas y los antagonismos son entre las clases dirigentes que gobiernan Hispanoamérica.
Los países guías deben ser los que han “alcanzado mayor grado de cultura”.
El acuerdo de unidad no debe ser un acuerdo impuesto sino resuelto por voluntad colectiva.
Exige una etapa previa de elaboración durante la que la parte más ilustrada de cada país se dedique a realizar una especie de “cruzada de propaganda”. Los instrumentos serían: diarios, conferencias, congresos, enviados especiales.
La unión no sería una operación estratégica, sino un razonamiento que impondría dos condiciones: a) estar al tanto de lo que ocurre en todas las repúblicas de América y b) establecer comunicaciones independientes.
Con respecto a los métodos que utilizaron los imperialismos para impedir el desarrollo regional de Iberoamérica, dirá:
[…] Lo peor del imperialismo Inglés así como del norteamericano no consiste en que se lleva lo más valioso de las riquezas del país sino en que arrasa los valores morales estableciendo una prima a la inferioridad y al renunciamiento de los hombres (Ugarte: 1940).

Los factores que posibilitarían la integración -según el autor-son la literatura, el arte y la educación; la diplomacia y las relaciones latinoamericanas y el gobierno de cada país en relación a su política económica e inmigratoria. Con respecto a la literatura, establece una serie de principios a los que los escritores deberían ajustarse:
La literatura no reside exclusivamente en la forma […] Toda obra tiene un principio, un fin y un propósito […] Hablamos de las obras de aquellos que tienen algo que decir y lo dicen completamente. Nadie escribe por el placer de alinear palabras y colocar imágenes […] sería monstruoso establecer que el arte debe callar y someterse a los intereses que dominan en cada momento histórico, cuando todo nos prueba que desde los orígenes sólo se ha alimentado de rebeldías y anticipaciones […]
De suerte que querer convertirlo, con pretexto de prescindencia, en lacayo atado al triunfo transitorio de determinada clase social, es poner un águila al servicio de una tortuga […] La falta de combatividad, cierta tendencia femenina a no advertir más que los detalles de las cosas […] el arte social es una reacción contra las desviaciones de los últimos tiempos, una vuelta hacia la normalidad y una tentativa para dignificar de nuevo la misión del escritor que no debe ser un clown o un equilibrista encargado de cosquillear la curiosidad o de sacudir los nervios enfermos de los poderosos sino un maestro encargado de desplegar la bandera, abrir rumbo, erigirse en guía y llevar las multitudes hacia la altísima belleza que se confunde en los límites con la verdad […] [debemos] Fortificar los lazos que unen a nuestra generación y a la época en que vivimos tratando de ser algo así como la voz de nuestro tiempo (Ugarte: 1908a: 131-133-144-145).

Con respecto a las formas gauchescas literarias, expresó:
Claro está que no defendemos las formas gauchescas que fueron la primera válvula de escape ofrecida a la personalidad moral del continente […] Lo que hemos hecho hasta ahora no ha sido en resumen más que un arte colonial, colonial de Francia, colonial de España, colonial de Italia, pero arte reflejo, belleza que no tiene ninguna marca local, ni en los asuntos, ni en la inspiración, ni en la forma. Al tocar este punto hay que adelantarse a las interpretaciones de los que creen que literatura nacional significa un localismo estrecho o una especie de chauvinismo egoísta y excluyente, se ponen en contradicción con la esencia misma de nuestra cultura, que formada con fragmentos arrancados de diferentes pueblos es por así decirlo, una síntesis de todas las patrias […] Pero una cosa es asimilar y otra pensar con cerebro ajeno.

No hay razón para que la literatura siga siendo exótica, cuando tenemos territorios, costumbres y pensamientos que nos pertenecen (Ugarte: 1908b: 21).

Conclusiones
Fue Ugarte, desde el comienzo, un socialista reformista a quien le preocupó el problema imperialista y la cuestión nacional. Su convicción socialista la adquirió a través de comentarios sobre la obra de Marx, ya que no leyó los textos de éste. Su socialismo anti-imperialista y nacional no encontró lugar en el Partido Socialista Argentino, del que se separó cada vez que afirmó sus posiciones independientes.

Esa ideología no fue abandonada por Ugarte, aún cuando se apartara de algunos condicionamientos momentáneos. Este alejamiento no significó que abjurara de la doctrina, sino que la misma no se adaptaba a la contemporaneidad de los hechos.

Sería justamente su ideología la que lo condujera a la adopción de la neutralidad más empecinada frente a los dos conflictos bélicos mundiales y a la causa peronista, en 1945. Para muchos, este último hecho significó una traición a sus principios, pero creemos que Ugarte estuvo a la altura de los acontecimientos. En este sentido debemos recordar que en 1935 estuvo más cerca de los postulados de FORJA que del partido Socialista Argentino.

La solución para lograr el desarrollo de América Latina, según Ugarte, estaría dada a través de la unidad “homogeneizante” de Iberoamérica con España como referente. Luego modificará esta apreciación y -en vista de la heterogeneidad-se pronunciará por la integración frente a los mismos obstáculos y a la acción imperialista sufrida en América Latina. Hasta 1916 sólo descubre la política norteamericana; después de la guerra, descubrirá la inglesa también. Para la década de 1950 su proyecto abarca la industrialización como el gran pivote del desarrollo, como asimismo la formación de un mercado interamericano. No elude afrontar el problema de la identidad nacional con su base aborigen y su inmigración europea. Tipifica como factores esenciales de cambio a la literatura, el arte y la educación, la diplomacia y las relaciones interamericanas y la acción de los gobiernos, donde incluye especialmente a la política inmigratoria y a la política económica.

Sus reflexiones tuvieron algunos desajustes pero constituyen un proyecto atendible y un intento rescatable -quizás el mejor-de quienes integraron su generación. Su mejor cualidad fue adaptarse a los tiempos sin perder su coherencia ideológica, pero sin temer a los rótulos que sus detractores colocaron y, lo que es peor, siguen colocando a su persona y su contribución, por esclarecer la realidad que le tocó vivir.

A la luz de los tiempos que corren, donde pareciera que hay pocas opciones para encarar el futuro, esta propuesta alternativa se anticipa. Habla de las personas y las dificultades, habla del intelectual y su compromiso y, en la diversidad, propone el conocimiento cultural de los países y sus habitantes y un mercado regional que hoy está intentado ser. No se trata de proclamar el MERCOSUR cultural, se trata de trabajar por él. Y aquí el autor no separa lo económico de lo cultural.

Por lo tanto, adscribe a la reformulación del MERCOSUR y nos presenta la historia cultural de las dificultades económicas y sociales que impiden la integración. Este concepto implica mucho más que importar o exportar productos, implica reformular las relaciones en lo que tienen de esenciales, en aquello que la cultura esclarece e ilumina.

Bibliografía de Obras Citadas
Cúneo, Dardo. El romanticismo político. Lugones, Pairó, Ingenieros, M. Fernández, Ugarte, Guerchunoff. Buenos Aires: Transición, 1955.
Salas, Horacio (Director). El dolor de escribir (confidencias y recuerdos) Manuel Ugarte. Buenos Aires: Fondo Nacional de las Artes, sin fecha.
Ugarte, Manuel. “El peligro yanqui”. El País de Buenos Aires, 19 de octubre de 1901(a).
 “La defensa latina” (fechado en París, 5 de octubre de 1901). El País de Buenos Aires, 9 de noviembre de 1901 (b).
 “Errores de nuestra América”. Diario Mexicano, sin fecha ni paginación. Archivo Manuel Ugarte en el Archivo General de La Nación, Sala VII, Legajo 19
 Estado Social de Iberoamérica. Archivo Manuel Ugarte, Sala 7, Legajo 35.
 El arte y la democracia (Posa de lucha). Valencia: Cempere, 1904.
 Enfermedades Sociales. Barcelona: Sopena, 1906.
 Burbujas de la vida. París: Paul Ollendorff, 1908 (a).
 Las nuevas tendencias literarias. Valencia: Sempere, 1908 (b).
 Cuentos Argentinos. París: Garnier, 1910 (a).
 Los estudiantes de París. Madrid: Librería Española, 1910 (b).
 El porvenir de la América española. Valencia: Prometeo, 1910 ©.
 “Los ferrocarriles en contra de nuestro progreso industrial”. La Patria, 12/2/1916. Archivo Manuel Ugarte, Sala 7, Legajo 22.
 Mi campaña hispanoamericana. Barcelona: Cervantes, 1922 (a).
 La patria grande. Madrid: Internacional, 1922 (b).
 El destino de un continente. Madrid: Mundo Latino, 1923.
 Escritores iberoamericanos del 1900. Santiago de Chile: Zig Zag, 1951.
 La reconstrucción de Hispanoamérica. Buenos Aires: Coyoacán, 1961.

Bibliografía del autor
Palabras. Buenos Aires: edición del autor, 1893.
Poemas grotescos. Buenos Aires: edición del autor, 1893.
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Crónicas de boulevard. París: Garnier, 1902.
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Una tarde de otoño (Pequeña sinfonía otoñal). París: Garnier, 1906.
La joven literatura hispanoamericana. Antología de prosistas y poetas. París: Librería Armand Colin, 1906.
Enfermedades sociales. Barcelona: Sopena, 1906.
Burbujas de la vida. París: Paul Ollendorff, 1908 (a).
Las nuevas tendencias literarias. Valencia: Sempere, 1908 (b).
Cuentos Argentinos. París: Garnier, 1910 (a).
Los estudiantes de París. Madrid: Librería Española, 1910 (b).
El porvenir de la América española. Valencia: Prometeo, 1910 ©.
Cuentos de La Pampa. Madrid: Espasa-Calpe, 1920.
Las espontáneas. Barcelona: Sopena, 1921.
Poesías completas. Barcelona: Sopena, 1921.
Mi campaña hispanoamericana. Barcelona: Cervantes, 1922 (a).
La patria grande. Madrid: Internacional, 1922 (b).
El destino de un continente. Madrid: Mundo Latino, 1923.
El crimen de las máscaras. Valencia: Sempere, 1924.
El camino de los dioses. Barcelona: Sociedad de Publicaciones, 1926.
La vida inverosímil. Barcelona: Manuel Maucci, 1927.
El dolor de escribir. Madrid: Compañía Iberoamericana de Publicaciones, 1932.
Escritores iberoamericanos del 1900. Santiago de Chile: Zig Zag, 1951 (a).
El naufragio de los argonautas. Santiago de Chile: Zig Zag, 1951.
Cabral. Un poeta de América. Buenos Aires: Américalee, 1955.
La reconstrucción de Hispanoamérica. Buenos Aires: Coyoacán, 1961.

Bibliografía sobre Manuel Ugarte
Arroyo, César. Manuel Ugarte. París: Le Livre libre, 1931.
Barela, Liliana. Vigencia del pensamiento de Manuel Ugarte. Buenos Aires: Leviatán, 1999.
Carrión, Benjamín. Los creadores de la Nueva América: José Vasconcelos, Manuel Ugarte, Francisco García Calderón, Alcides Arguedas. Madrid: Sociedad Española de Librería, 1928.
Cúneo, Dardo. El romanticismo político. Lugones, Payró, Ingenieros, M. Fernández, Ugarte, Gerchunoff. Buenos Aires: Transición, 1955.
Galasso, Norberto. Manuel Ugarte. Buenos Aires: Eudeba, 1973, 2 tomos.
Manuel Ugarte. La Nación Latinoamericana. Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1978.
Manuel Ugarte y el Partido Socialista, documentos recopilados por un argentino. Buenos Aires: V.E.H.A., 1914.
Marianetti, Benito. Manuel Ugarte, un precursor en la lucha emancipadora. Buenos Aires: Sílaba, 1976.
Ramos, Abelardo. Manuel Ugarte y la evolución latinoamericana. Buenos Aires: Coyoacán, 1961.
Unamuno, Miguel. “Manuel Ugarte: Una columna de fuego” (prólogo). El dolor de escribir (Confidencias y recuerdos) Manuel Ugarte. Buenos Aires: Fondo Nacional de las Artes, sin fecha.

Liliana Barela, Revisión Técnica Adrián Celentano
Fuente: www.ensayistas.org


El largo viaje de Manuel Ugarte por América Latina

La última nota de Pedro Orgambide (1929- 2003)

Manuel Ugarte pertenecía a una familia tradicional. Había nacido en Buenos Aires en 1878. En los primeros años del 900 vivía en París, como correspondía a un rico, joven y culto caballero argentino, aficionado a las mujeres, al teatro y la poesía galante; fue el autor de unas Crónicas parisienses, que prologara Miguel de Unamuno y de las Crónicas de bulevar, que llevan prólogo de su amigo Rubén Darío.

Nada hacía sospechar a los parientes de Buenos Aires y amigos de Manuel, el giro que tomaría su vida apenas se iniciara en la política. Nada hacía prever el cambio brusco que se produciría con su participación en los congresos socialistas internacionales, junto a Jean Jaurés. Sin abandonar del todo la parte lúdica de su pensamiento, que lo impulsa a escribir poemas, cuentos o ensayos de intención literaria, sus intereses se desplazan hacia la reflexión política.

El colonialismo europeo por un lado y la política del garrote de los Estados Unidos por otro, son los referentes de esa reflexión. Manuel Ugarte toma partido por los movimientos nacionales que se oponen a esos poderes monopólicos. Al igual que José Martí, instrumenta la crítica como ejercicio del criterio y apunta a la descolonización del pensamiento dependiente de América latina. Desde esa perspectiva -antiimperialista y boliviana-escribe El provenir de la América Española, en 1910.

Como en las novelas de aprendizaje, hay un viaje iniciático en el cual el protagonista acumula experiencia y prueba sus fuerzas. El bon viveur de París viaja por América latina. No es un turista. El Departamento de Estados de los Estados Unidos se interesa por su itinerario y considera que Ugarte es un sujeto peligroso, un agitador. ¿Lo era en realidad?

En 1911, desembarca en Cuba y se reúne con estudiantes y campesinos que simpatizan con la causa nacional. Se lo ve en La Habana y en Santiago. Como orador, manifiesta su solidaridad con el pueblo dominado bajo "la enmienda Platt".

Un agente lo ve desembarcar en Santo Domingo, a finales de 1911; lo observa deambular en actitud sospechosa por el puerto donde "se levantaban inmóviles las torres de los acorazados norteamericanos". Poco después se produce un atentado, que se atribuyen los independentistas. Antes de partir, Ugarte se manifiesta públicamente contra el invasor.

Ugarte llega a México el 3 de enero de 1912. Hay música y banderas y disparos al aire, como corresponde a una buena fiesta mexicana, con revolucionarios que exigen "Pan y Libertad". El gobierno de Madero se inquieta. La embajada de EE.UU. presiona para que lo expulsen del país. "Dos gobiernos contra un solo hombre", titula un diario en la ciudad de México.

Ugarte no desmiente el mote de agitador: participa en actos relámpagos, en manifestaciones callejeras, ejerce su arte de orador de barricada. Llena un teatro y en un mitín en el bosque de Chapultepec congrega a una multitud.

Algunas de estas noticias llegan a Buenos Aires. Para no pocos de sus amigos, Manolo o Manucho se ha vuelto loco. Esperaban otra cosa de él. Una travesura, sí, pero no esto. En Guatemala, donde gobierna el dictador Estrada Cabrera, Ugarte es citado por el ministro de Relaciones Exteriores. Le explica de buenos modos que llega alguien importante de Washington y que una de las condiciones que pone el Departamento de Estado es que Ugarte abandone Guatemala. El ministro es gentil, no quiere emplear la fuerza. Ugarte hace sus valijas e intenta viajar a Honduras y El Salvador. Pero ahí también se lo considera una persona peligrosa y se le niega la entrada. Opta, entonces, por entrar en forma clandestina. Llega a Tegucigalpa el 27 de marzo de 1912. Pocos días más tarde, el 3 de abril, Ugarte expresa su particular visión del socialismo, opuesta a la posición eurocentrista de sus contemporáneos. En la Federación Obrera, dice que "el socialismo tiene que ser nacional". Y agrega: "seamos avanzados, pero seamos hijos de nuestro continente y nuestro siglo".

Ugarte viaja a la Nicaragua ocupada en ese entonces por las tropas norteamericanas. Aunque su palabra está prohibida se las ingenia para difundir sus ideas que coincidirán luego con las de Augusto César Sandino.
Continúa su viaje predicador por Costa Rica, Venezuela, Colombia. En 1913 está en Ecuador, desde donde viaja a Perú y Bolivia. Se reúne con los sindicalistas, políticos y estudiantes que adoptaron el credo de la Patria Grande y de un camino propio hacia el socialismo.

En 1914 llega a Buenos Aires. Se entera del asesinato, en Francia, de su amigo Jean Jaurés, con quien compartía un militante pacifismo. Su heterodoxia estorba: los aliadófilos y germanófilos de la Argentina desconfían de él. Además, Ugarte no disimula sus contradicciones. Así, un día se lo ve en la redacción de La Vanguardia, dialogando con Juan B.
Justo y otros socialistas, y al otro, practicando esgrima con un representante de la oligarquía, en el Jockey Club. Contradictorio, sí, pero coherente en sus convicciones: el "niño bien" renuncia a una candidatura en el Congreso porque aduce que ese cargo lo debería ocupar un obrero.

No gana plata con la política. Al contrario: por ella, pierde su fortuna. Y por su heterodoxia, se le cierran las puertas de la cultura oficial. Ugarte defiende los principios de la revolución mexicana y el derecho de Colombia frente a la política de usurpación de los EE.UU. en Panamá. En ese momento su prédica parece exótica. Los admiradores del progreso indefinido usan la vieja antinomia civilización o barbarie para rebatirlo. Se lo acusa de ser espía del kaiser por defender la política de neutralidad de Hipólito Yrigoyen.

En 1919 marcha hacia el exilio europeo donde integra el Comité Mundial de la Paz junto a Romain Rolland, Albert Einstein y Henri Barbusse. Colabora con el peruano José Carlos Mariátegui en la revista "Amauta".
La chilena Gabriela Mistral lo llama "el maestro de América latina". Pero aquí se lo ignora. Regresa a Buenos Aires en 1935. Está muy pobre y sobrevive como puede hasta 1939 en que vuelve a partir y se radica en Chile.

Después de muchos años de oscuridad y extrema pobreza, Ugarte regresa a la Argentina en tiempos del incipiente peronismo. Se lo reconoce, por fin. Lo nombran embajador y ejerce la diplomacia en México, Nicaragua y Cuba, entre 1946 y 1950. Pero su figura disgusta a algunos sectores clericales y políticos por lo que cansado de pelear renuncia. Muere en Niza, en 1951.

Lo sobrevive su obra, que encontró eco en América Latina. Movimientos políticos como el APRA peruano o el sandinismo nicaragüense, reconocen en Manuel Ugarte a un precursor.
Más retaceada es su influencia aquí, en el llamado "pensamiento nacional", y poco reconocida su incidencia en el origen de la "tercera posición" de nuestro país, en tiempos de la "guerra fría".

No fue profeta en su tierra. En cambio, vio cómo se agrandaba la patria mientras recorría el territorio de esta América que, como él vaticinó en sus textos, sigue siendo una arriesgada apuesta al porvenir.

Clarín, 26 de enero de 2003

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