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Julio
Troxler (1926–1974)
Nació el 19 de noviembre de 1926 en la localidad de Florida, Vicente López,
Provincia de Buenos Aires. A los 18 años ingresó a la escuela de policía
bonaerense “Juan Vucetich” y en 1955 se retiró de la institución policial
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Nació el 19 de noviembre de 1926 en la localidad de Florida, Vicente López,
Provincia de Buenos Aires.
A los 18 años ingresó a la escuela de policía bonaerense “Juan Vucetich”
y en 1955 se retiró de la institución policial bonaerense, con el grado
de oficial inspector.
Tras la caída del gobierno peronista inició su lucha en la resistencia popular
contra los gobiernos oligárquicos y entreguistas que sucedieron a aquel.
Por este motivo cayó detenido en octubre de 1955. Meses después, participó
junto a sus hermanos Bernardo y Federico, suboficiales del ejército, en
la rebelión que encabezan los generales Juan José Valle y Raúl Tanco, y
que estalló el 9 de junio de 1956, viviendo un episodio memorable cuando
pudo escapar de la matanza de José León Suarez.
En esa ocasión, las fuerzas represoras, bajo la conducción del teniente
coronel Desiderio Fernández Moreno y la ejecución del comisario Rodríguez
Moreno, asesinan a varios militantes peronistas detenidos el día anterior.
Después de esa fuga, pudo refugiarse en Bolivia, desde donde continúa su
lucha, manteniendo contactos clandestinos con John W. Cooke. Al volver,
sufrió nuevamente la prisión y conoció la picana eléctrica.
Por medio de una carta fechada el 16 de octubre de 1958, en ciudad Trujillo,
el General Perón delega toda la conducción política y táctica del movimiento
peronista en el país en el Consejo Coordinador y Supervisor del peronismo
del cual Julio Troxler era uno de sus 15 miembros.
Durante esta primera resistencia peronista (1955-1958) Perón, desde el exilio,
mandaba los “pecinco”, que en general, eran instrucciones puntuales a los
grupos de militancia. Julio Troxler, entre otros, fue un personaje clave
en la interconexión de los diferentes grupos, que chequeaban rigurosamente
los mensajes recibidos antes de ponerlos en práctica en el conjunto del
movimiento peronista.
La lucha recomienza al momento de hacerse evidente que Frondizi no cumplirá
lo pactado con Perón. Los grupos de militancia formados en La Plata que
habían quedado en un compás de espera, volvieron a accionar.
Luego de la traición frondizista volvió a la resistencia siendo secuestrado,
detenido y torturado en varias oportunidades.
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En 1971, Jorge Cedrón decidió
filmar “Operación Masacre” y durante 1972, en la clandestinidad, bajo el
gobierno militar del General Lanusse se llevó adelante la filmación. Operación
Masacre fue estrenada ya en democracia el 27 de septiembre de 1973, según
guión de Rodolfo Walsh y el mismo Jorge Cedrón. En la película, Julio Troxler
fue invitado a hacer de él mismo, a revivir en la ficción su drama personal
de junio de 1956.
Norma Aleandro, Carlos Carella, Víctor Laplace y Ana María Picchio fueron
algunos de sus intérpretes
Tras el triunfo popular de 1973, fue designado, por el gobernador Dr. Oscar
Bidegain, subjefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, cargo del
que hizo uso el mismo 25 de mayo ante las autoridades de la Unidad Penal
Nº 9 de La Plata para obtener la libertad de los presos políticos. En el
desempeño de sus funciones, redobló esfuerzos para hacer del cuerpo policial
una institución al servicio del pueblo y no destinada a la represión del
mismo. Permaneció sólo 85 días en el cargo.
Luego de un breve pasaje por el diario “Noticias”, en el que se desempeñó
como jefe de personal fue nombrado sub-director del Instituto de Estudios
Criminalísticos de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, dependiente
de la Universidad de Buenos Aires.
Por entonces, Pino Solanas lo invita a participar de otro clásico del cine
militante, “Los hijos de Fierro” (1974) película que recién pudo ser estrenada
el 12 de abril de 1984, según guión del mismo Solanas basado en el poema
homónimo de José Hernández. Fueron intérpretes entre otros, Juan Carlos
Gené y Arturo Maly. “Los hijos de Fierro” narra la historia de tres militantes
peronistas de base, su lucha desde lo sindical y la resistencia popular.
Julio Troxler representa el papel del hermano mayor, personaje que condensa
la resistencia, la tortura policial y la cárcel sufrida por el pueblo en
esos duros años de represión permanente.
En la mañana del 20 de septiembre de 1974 fue secuestrado en las inmediaciones
de la Facultad de Derecho, cuando se dirigía a una concentración que se
realizaba en la Plaza de Mayo. Cerca del mediodía, el grupo paramilitar
la Triple A que lo había secuestrado, lo asesinó, acribillándolo por la
espalda, junto al paredón del Ferrocarril Roca, en el Pasaje Coronel Rico
al 700, esquina Suárez y Vieytes del barrio de Barracas (para dar parte
público de su acción terrorista el comando de la Triple A envió a la prensa
una foto del documento que habilitaba a Troxler a ingresar en la residencia
del General Perón en la calle Gaspar Campos).
Su sobrina, hija de su hermano Federico, Eva Troxler, resumirá este hecho
con estas palabras “El destino de Julio fue decidido en una reunión de gabinete
en la Quinta de Olivos – en el gobierno de Isabel Martínez y José López
Rega – en la que un proyector reflejaba diapositivas de Julio y otros militantes
populares mientras una voz en off los iba marcando como el `verdadero causal
de los problemas nacionales, y de la pésima imagen que el país tenía en
el exterior´. Esa fue la sentencia oficial que se cumplió poco tiempo después.

El
20 de septiembre de 1974 Julio Troxler era asesinado por la Triple A
Junio de 1955. Era aquél un Buenos Aires muy distinto del actual. La cabeza
de un hombre muerto que cuelga por la abertura sin vidrio de la puerta del
trolebús de la línea 305 y los cadáveres de dos mujeres tendidas en el empedrado,
conforman una de las fotos más terribles de aquel 16 de junio de 1955, cuando
oficiales de la Aviación Naval bombardearon Plaza de Mayo en un intento
por terminar con el gobierno del presidente constitucional Juan Domingo
Perón que había sido reelegido sólo tres años atrás con el 68% de los votos.
Hasta hoy nunca se conocieron cifras precisas sobre el número de masacrados
por la metralla y las bombas lanzadas desde los aparatos de la aviación
naval. El propio Perón, según algunos de los que vivieron aquella circunstancia
trágica para la Argentina y su gente, se negó a que se diera a conocer el
balance de muertos y heridos.
El día había amanecido lluvioso; la temperatura no superaba los 4 grados
y la rutina de la ciudad era la normal. A las 12.40 se arrojaron 10 toneladas
de bombas que provocaron más de 300 muertos entre mujeres, trabajadores
y niños.
Muchos más de 50 fueron reconocidos en las morgues por sus delantales blancos.
Entre quienes allí cayeron había peronistas, antiperonistas, católicos,
creyentes de todo credo, ateos, todos argentinos asesinados en nombre de
Cristo, de la libertad y de la democracia.
Comenzamos la biografía de hoy haciendo referencia a los hechos de junio
del 55, pues la vida y las muertes de Julio Troxler están relacionadas con
el peronismo -para la primera- y los gobiernos de facto -para las segundas-.
Y si, plural, puesto que Julio Troxler -tal como se apuntara con “la” Arrostito-
también sufrió dos muertes, fallida la primera, exitosa y definitiva la
segunda.
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Después de la furia desatada
por los sediciosos (término con que los califica el artículo 22 de la Constitución
Nacional) contra, básicamente, el peronismo, objeto de su ira, se promulgó
aquél inolvidable y ridículo Decreto 4161 que, de no haber sido por lo trágico
de sus consecuencias, resulta patético. Vieja y primita costumbre argentina:
el nuevo en el poder aplasta y destruye todo lo hecho por el opositor.
La reacción frente al movimiento golpista fue la formación de un grupo de
oficiales (pocos), suboficiales y civiles que se aprestaron a poner manos
a la obra para volver todo al cauce institucional. La Proclama revolucionaria
del Movimiento de la Recuperación Nacional, suscrita por los generales Valle
y Tanco, iba a ser leída cuando se pusieran en marcha los engranajes del
movimiento gestado.
De allí que grupos de civiles, convocados ad hoc, se reunieran en distintos
lugares a la espera de la señal convenida para recuperar el poder. Según
Troxler “En cada lugar se emprendía la realización de panfletos, de pintadas
y también de acciones violentas, todo acorde con la característica de cada
compañero, dispuesto a encarar una u otra tarea. Era una forma de resistir
a los usurpadores [...sin embargo] No hubo ningún plan a nivel gremial o
político para organizar la defensa.
Nadie compartía la creencia
de que iban a darse males mayores. La gravedad de los sucesos del 55 nos
debía haber advertido - yo estuve presente en el bombardeo de Plaza de Mayo-
que estos asesinos, uniformados y civiles, estaban dispuestos a cualquier
cosa con tal de tener el poder. Más aún, los hechos del 55 indicaban fundamentalmente
la voluntad de castigar y aterrorizar al pueblo con un baño de sangre ”
.
1956
El General Valle confiaba en que la revolución triunfaría sin derramamiento de sangre, que sencillamente, había que hacer que la gente acudiera a la Plaza de Mayo y con su acto de presencia respaldara el regreso de Perón al país. Como en un nuevo “17 de Octubre” la participación popular sería el fiel de la balanza.
Pero las cosas no resultaron
así. El coronel (R. ) Desierto Fernández Suárez, Jefe de Policía de la provincia
de Buenos Aires fue el responsable de las detenciones. Civiles y militares
en los lugares elegidos para emprender la acción que consagraría el regreso
de las instituciones al cauce democrático, fueron cayendo apresados. El
jefe de la Unidad Regional de San Martín, era Rodríguez Moreno.
Los grupos de civiles y militares que respondían a Valle fueron cayendo
en manos de las fuerzas leales al gobierno golpista que, sin siquiera un
juicio sumarísimo y, en muchos casos, habiendo sido detenidos cuando no
estaba en vigencia la pena de muerte, fueron fusilados cobardemente.
Es el caso de Troxler, quien
fue detenido junto a: Carlos Livraga, Reinaldo Benavídez, Norbero Gavino,
Miguel Angel Giunta, Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Horacio di Chiano,
Rogelio Díaz, Carlos Lizaso, Juan Carlos Torres, Mario Brion, Vicente Damián
Rodríguez.
Ese día de junio, Troxler llega a la casa de Florida en que tendrá lugar
el comienzo del drama. Cuando llama a la puerta, ésta se abre de golpe y
lo atienden un sargento -a quien él conoce- y dos vigilantes quienes le
apuntan con sus armas. Troxler apenas se inmuta pues, a pesar de sus 29
años, hay en él cierta vocación militar que lo llevó a ingresar como oficial
en la policía bonaerense, si bien, disiente con ciertas prácticas, se retira
de la fuerza.
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Luego todos los detenidos son subidos a un camión, se les informa escuetamente que serán conducidos a La Plata. La realidad es que ya pesaba sobre ellos la orden de fusilamiento, y en lugar de ir camino a La Plata el destino serán los basurales de José León Suárez. Troxler, quien conoce el lugar, se da cuenta que no los llevan hacia La Plata sino que van en sentido contrario. Por un momento cree que van para Campo de Mayo, pero cuando el camión se detiene en los basulares de José León Suárez, aprovecha cierta estupefacción de los policías que vigilan, para atropellar contra ellos y escapa. La suerte corrida por los demás serían las balas. Pocos sobreviven para contarlo, 7 en total.
El hecho de que Troxler -entre
otros pocos- se hubiera salvado, le permitió al periodista Rodolfo Walsh
reconstruir los hechos en una insuperable obra que tituló “Operación Masacre”
y que, llevada al cine, contó con la participación de Julio quien, además
de representar su propio papel, era quien relataba ciertas partes de los
hechos.
Troxler se exilió primero en Bolivia, pero continuará luego su militancia
en la resistencia peronista.
Con la vuelta del peronismo
al gobierno, en la provincia de Buenos aires llega a la gestión como gobernador
el Dr. Oscar Bidegain, quien simpatizaba con la “Tendencia”, es decir, con
el ala izquierda del peronismo. Durante esa gestión Julio Troxler se desempeñará
como Jefe de la Policía de la Provincia hasta que renuncia.
El crimen
20 de septiembre de 1974. Julio Troxler fue asesinado en plena calle una
mañana de iba a la Facultad de Derecho donde trabajaba. En ese momento tenía
52 años.
Se lo llevaron a Barracas en un Peugeot 504 color negro con cuatro hombres
en el interior. El coche ingresó por la calle Arcamendia hasta desembocar
frente al elevado paredón de ladrillos que limita con el terraplén ferroviario.
En ese momento, los ocupantes del coche lo obligaron a bajar y le ordenaron
caminar hacia la calle Suárez en el mismo sentido del vehículo. Julio caminó
unos pasos con las manos atadas a la espalda y cayó fulminado por una ráfaga
de ametralladora disparada de un auto.
Lo mataron en el pasaje Coronel Rico de Barracas. Horas más tarde un comando
de las AAA se atribuía el hecho criminal enviando una foto a la prensa del
documento que habilitaba a Julio Troxler a ingresar a la residencia del
general Perón en la calle Gaspar Campos de Vicente López. El comunicado
de la Triple A decía: “La lista sigue. Murió Troxler y el próximo, para
rimar, será Sandler”. Se hacía referencia con esto a una lista que habían
difundido con anterioridad con los nombres de Rodolfo Orteña Peña, Curuchet,
López, Troxler, Sandler, Sueldo, Bidegain, Cámpora, Laguzzi, Betanín, Villanueva,
Firmenich, Caride, Taiana, Añón y Arrostito.
Troxler militaba en espacio del peronismo revolucionario en el que se encontraban,
además, Envar el Kadri, William Cooke y Gustavo Rearte.
Troxler, una de las víctimas de la Triple A, es hoy una de las claves que
sigue la Justicia para citar a Isabel Martínez de Perón en el marco de la
causa judicial por los asesinatos de dicha organización.
Fuente: www.loquesomos.org

Esa
mujer, militante desde los tiempos de la resistencia
[Leonor Troxler descubre un busto de Néstor Kirchner en Paraná, Entre Ríos,
el 17 de noviembre 2011]
Fue la compañera de Julio Troxler, un referente histórico de la lucha contra
la autodenominada Revolución Libertadora, que salvó su vida milagrosamente
de los fusilamientos de José León Suárez y terminó asesinado por la Triple
A. A los 91 años, la mujer no descansa. En una charla con EL DIARIO recorrió
algunos momentos de aquella historia y también de su relación con el cura
que vivió en Concordia, condenado por crímenes de lesa humanidad.
Por Juan Cruz Varela
La mujer habla rápido y salta con mayor velocidad de un tema a otro. A los
91 años tiene la vitalidad de pocos y discute con total desparpajo. Calza
un equipo deportivo y lleva el cabello rubio bien arreglado. Cada gesto
resalta aún más sus ojos grandes y dejan ver un celeste luminoso.
Aunque su apellido mueve los recuerdos hacia otro lado, Leonor Von Wernich
es la viuda de Julio Troxler, ícono de la resistencia peronista y uno de
los sobrevivientes de la operación masacre de 1956. “Somos parientes con
el mamarracho ese”, dice refiriéndose a Christian Von Wernich, el ex capellán
de la Policía Bonaerense que purga una condena por crímenes de lesa humanidad.
“Su abuelo y el mío eran hermanos. Nosotros somos primos, pero nunca tuvimos
trato, por suerte. ¡Y lo que he luchado contra ese desgraciado!”, exclama.
Llegó hace una docena de años a Paraná y hoy vive con una cuñada. En el
camino quedaron Rodolfo y Milena, sus hermanos, hijos de Dora Ponce de León,
maestra de oficio, y Federico, un padre ausente.
RESISTENCIA. “A Julito lo conocí en la cárcel de Olmos”, cuenta. “Nosotros
teníamos un grupo de compañeras con las que visitábamos a los detenidos
políticos que estaban solos. Un día fuimos a visitar a John William Cooke
y él me dijo que había compañeros presos políticos, que no tenían familiares,
entonces a mí me pusieron como visitante de uno de ellos. Ahí lo conocí.
Lo sacaron del pabellón, lo trajeron a un salón y conversamos un rato”,
rememora.
Era el año sesenta y pico y Troxler, Julito, como lo llamará a lo largo
de toda la charla, ya era un sobreviviente. Vivía clandestino entre Bolivia
y la Argentina desde que salvó su pellejo de la masacre ordenada contra
un grupo de militantes peronistas que se había levantado contra la autodenominada
Revolución Libertadora y para restituir a Perón.
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Leonor ya habitaba la casa que
luego compartirían, en calle Julio Argentino Roca 1444, en Vicente López,
la misma a la que ahora quieren renombrar como Julio Troxler. Su madre le
había inspirado la pasión peronista. “La mujer estaba desprotegida por completo
en ese tiempo y ella empezó a escuchar a ese militar, hasta que comenzamos
a tomar contacto con unidades básicas y con militantes peronistas”.
La segunda vez que vio a Troxler fue en su casa. “La situación era comprometida.
Julito y sus compañeros estaban clandestinos y las familias los acogíamos
en las casas. A mí me tocó recibirlo y empezamos a tener más intimidad,
hasta que finalmente formalizamos”.
MILITANCIA. No toma café, pero ahora lo hace para hacer honor a quien está
de visita. “Lo que estoy perdiendo un poco es la memoria”, dispara cuando
algún dato le hace una finta y huye de su relato. Entonces cambia de tema.
En ese ir y venir dialéctico llama la atención la permanente utilización
del “tu” para hablarle a su interlocutor.
–¿Cómo era la militancia en los tiempos de la resistencia?
–Yo militaba fuertemente en la rama femenina, en un grupo que se llamaba
Montoneras de Perón; actuábamos en unidades básicas y en todo lo que hiciera
falta. Además, había un grupo de intelectuales que conformaban el gran consejo
coordinador del peronismo revolucionario, entre los que estaban Andrés Framini,
que era secretario general de la Asociación Obrera Textil y llegó a ser
electo gobernador de Buenos Aires en 1962, cuando el peronismo estaba proscripto;
Raimundo Ongaro, que representaba a los trabajadores gráficos; y el escritor
y político Juan José Hernández Arregui, que también nos guió mucho en esta
lucha, sobre todo por la reivindicación de una conciencia nacional. Por
esas luchas varias veces nos metieron presas y otras tantas nos allanaron,
pero nunca nos torturaron.
DOLOR. Restaurada la democracia, Julio Troxler se desempeñó como Jefe de
la Policía de Buenos Aires durante la gestión como gobernador de Pedro Bidegain,
hasta que dejó el cargo tras un intento de copamiento a la guarnición militar
de Azul, el 19 de enero de 1974. “A los tres meses tuvo que renunciar por
el bombardeo constante que recibía. Nos tiraban de todo, no se podía gobernar
y entonces renunció”, recordó Leonor.
Sin embargo, Troxler continuó con su militancia. Fue delegado de Perón en Mar del Plata hasta que accedió a un cargo docente en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. “En eso estaba cuando lo mataron. Fue una monstruosidad. Matarlo a Julito como lo mataron. Lo levantaron cuando bajaba del colectivo. Eran como las 12.30. Llegaron tres automóviles y bajaron cinco personas. Lo obligaron a subir en un auto color negro, lo hicieron poner con la cabeza abajo en el fondo y marcharon hasta los paredones del ferrocarril, en Barracas. Lo mataron y lo dejaron tirado ahí, a plena luz del día, con una tarjeta que decía ‘por bolche y mal argentino’. Porque todos éramos bolches”.
Las palabras le salen como frases sueltas, mezcladas con impotencia y dolor pero sin resentimiento. Así recuerda Leonor ese 20 de septiembre de 1974. El crimen fue perpetrado por la Triple A.
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–¿Como siguió su vida después?
–Seguí luchando, más todavía, pero siempre en forma clandestina. Cuando
lo mataron a Julito perdí la voz durante un tiempo. Dicen que siempre que
pasa algo grave el cuerpo lo sufre de distintas maneras.
–¿Y hoy cómo lo recuerda?
–Lo recuerdo permanentemente como una persona a la que no podían desviar.
Nadie lo compraba y por eso lo mataron. Cuando a Julito lo mandaban como
representante a algún lado, viajaba en segunda, para no gastar, porque estábamos
en la resistencia. Es que al dinero pocos se resisten, y él estaba con el
pueblo, con el pueblo trabajador.
Cristina
El anteúltimo fin de semana de noviembre la encontró en San Pedro, donde
la Presidenta de la Nación encabezó el acto por el Día de la Soberanía Nacional,
en conmemoración por la Batalla de la Vuelta de Obligado.
“Estoy a muerte con Cristina, la admiro profundamente, porque es de una
inteligencia preclara. Mirá cómo nos lleva con esto de la debacle económica
mundial, algo que nosotros ya pasamos con Menem por toda la entrega que
hizo”, afirma sin dudar.
Todos los días lee Página/12 y no se pierde ninguna emisión de 6-7-8, el
programa de la televisión pública. A veces algún libro logra atrapar su
atención. El jardín y las plantas del fondo también la entretienen de vez
en cuando. Así pasa los días Leonor von Wernich, que a los 91 sigue siendo
una militante.
www.eldiario.com.ar
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Julio
Troxler, una tragedia argentina
Por José Pablo Feinmann
LA INGENUIDAD DE VALLE
Hay ingenuidad en la revolución de Valle. En él mismo sobre todo. Pareciera
no haber puesto en la balanza la adhesión poderosa de las clases medias
y de los sectores intelectuales y académicos para con la Libertadora. Si
Valle pensaba que una masa incontenible de obreros peronistas se sumaría
a él, ese error era mayúsculo. En junio de 1956 era más probable que se
movilizaran los sectores ligados al catolicismo, al Cristo Vence, los empleados
que esperaban prosperar en el nuevo gobierno, los que estaban hartos del
estilo agobiantemente personalista de Perón, los intelectuales, los radicales,
los socialistas, los comunistas, que las masas peronistas que permanecían
en la misma desorganización en que Perón las había mantenido. No era el
momento de una revolución a la luz del sol. No era el momento de un paseo
triunfal hasta la Plaza de Mayo (al estilo del de Uriburu y sus cadetes),
tampoco el de una simple proclama que arrancara de sus barrios oscuros,
humillados, sometidos a la persecución de la policía aramburista, a los
obreros beneficiados por el régimen peronista. Siempre conocedor de los
hombres y las coyunturas, siempre zorro y, más aún, viejo, el general se
había opuesto al intento de Valle. Van al muere, era su pronóstico. Valle
y los suyos pensaban que Aramburu y Rojas eran unos cobardes, que no afrontarían
una sublevación, que el golpe del `55 era fruto del coraje de Lonardi. Era
increíble que desconocieran el odio del antiperonismo. El desplazamiento
de Lonardi abrió paso, justamente, al odio gorila, que no es para desdeñar.
Ha tenido y tiene una fuerza poderosa en la Argentina. Sobre todo cuando
identifica al peronismo con esa fuerza maligna a la cual suele asociarlo:
el peligro comunista. El odio gorila razona así: si el peronismo se mantuviera
en sus posiciones podríamos contenerlo, incluirlo, no reprimirlo. Pero,
al ser un movimiento de masas, al representar a la negritud de este país,
aun cuando siempre contemos entre sus filas con fascistas que adherirán
a nosotros en un enfrentamiento definitivo, el peligro de este maldito movimiento
que tanto persevera es que surja de él el comunismo. O, en nuestros días,
el populismo latinoamericano, enemigo de Estados Unidos, partidario de los
juicios contra los "héroes de la lucha contra la subversión" e, incluso,
partidario de una investigación sobre la Triple A (y esto viene de parte
del mismo peronismo) que podría llegar a tocar la intocada e intocable figura
de Perón. Créase o no, es a la derecha argentina en totalidad a la que no
le interesa que se "toque" a Perón. Los trabajos sucios que hizo la Triple
A y que podrían involucrar (en principio en su faceta permisiva) a Perón
involucrarían al Ejército Argentino, pues todo lo que la Triple A hizo estuvo
avalado por el establishment. Basta recordar (ya nos detendremos sobre esto
en su momento) la Meditación del elegido con que Mariano Grondona fundamenta
públicamente las acciones terroristas de López Rega, hacia fines de 1974
en Carta política.
Valle estaba muy lejos de conocer ese odio. Debió haberlo conocido luego
del bombardeo del 16 de junio, pero parecía creer más en la movilización
instantaneísta de la clase obrera que en los que sostenían las banderas
de la Iglesia, el Ejército, las clases medias y el resto del país que había
tirado a Perón y que todavía mantenía la sensación de su triunfo, la convicción
de sostenerlo y el odio con que lo había llevado a cabo. Era impensable
un "paseo" hacia la Plaza de Mayo, concentrarse ahí y exigir el regreso
del líder. Se habría producido un nuevo y más sanguinario 16 de junio. En
el diario La Prensa del 13 de junio se recogían las declaraciones que, la
noche anterior, ante un grupo de periodistas, en el mismo momento en que
Valle era fusilado, había formulado el ministro de Ejército, general Arturo
Ossorio Arana: "El asesinato, incendio o destrucción de vidas, iglesias
y otros bienes de la colectividad, señalan el camino a un estado anárquico
total con estrecha semejanza al propugnado por la revolución social comunista.
La represión firme, ecuánime y serena de las fuerzas armadas y en particular
la noble reacción del ejército anularon el movimiento. La objetividad con
que fue informada la institución y la opinión pública sin deformaciones,
hablan de una confianza absoluta en los valores morales del ejército y de
la ciudadanía consciente y libre" (La Prensa, 13/6/56. Citado por Ferla,
Ibid., p. 135, cursivas mías.) Lo cual situaba a un católico como Valle
del lado del ateísmo marxista-leninista soviético.
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Valle también ignoró que la Libertadora manejaba
todos los medios de difusión, o, sin duda, los decisivos. Que en los teatros
se daban obras satíricas sobre el peronismo, Perón y Evita. Que se exponían
al público joyas, tapados de piel, medallas, todo tipo de objetos de lujo
que se atribuían al despilfarro, al robo descarado de la pareja presidencial.
Que se hablaba sin cesar de los hurtos de Juan Duarte (muchas veces veraces).
Que actores como Leonor Rinaldi y Pepe Arias eran ídolos nacionales. Que
en La Revista Dislocada, "la gran creación cómica de Delfor", en la que
colaboraba el humorista rabiosamente antirrojo Aldo Cammarota, que terminó
viviendo en Miami, los chistes se descargaban sobre el "régimen depuesto".
La clase media y la clase alta vivían envueltas en un clima de júbilo y
hasta de exaltación que probablemente las hubiera llevado a una defensa
activa del gobierno de facto. Valle no pensaba que esta posibilidad era
más via- ble que el alzamiento de unas masas obreras desalentadas, agredidas,
que recibían el desdén de los poseedores y la burla sobre todo aquello en
que habían creído en los últimos años. Además, ¿cómo sabía Valle que Perón
habría de volver? No es casual que Perón se haya opuesto al golpe. No estaba
repuesto aún. Necesitaba elaborar su derrota y juntar coraje para ponerse
de nuevo al frente de un movimiento, el que Valle ponía en sus manos, que
esta vez enfrentaría a adversarios temibles y sanguinarios a los que Perón
respetaba en su justa medida y todavía un poco más.
Valle se despide de su hija Susana y se dirige hacia el pelotón de fusilamiento.
Lo fusilan en la cárcel de la Avenida Las Heras, donde ahora hay un espacio
verde en el que algunos chicos juegan y algunos mayores hacen jogging para
bajar de peso o para escaparles a los infartos. Citemos la prosa emocionada,
algo cándida (en medio de tanto terror, de tanta crueldad) de Salvador Ferla:
"Así pasa Valle a la inmortalidad. Así entra este héroe y mártir, esta gloria
auténtica del Ejército Argentino al reino de Dios, allí donde no existen
la crueldad ni el odio ni la calumnia. Hermano de Dorrego y Peñaloza, representante
de una Argentina ¡por centésima vez vencida!" (Ferla, Ibid., p. 134). Sin
embargo, ese reino de Dios en el que Ferla II asegura entrará Valle era
propiedad de los Libertadores. La Iglesia no hizo nada por impedir los fusilamientos.
"Aramburu y su ministro del Interior informaron que habían secuestrado instrucciones
de los rebeldes para tomar casi todas las iglesias y colegios religiosos
del país y fusilar a los sacerdotes y monjas que se resistieran (...) El
arzobispo de La Plata, Antonio Plaza, participó de la `ceremonia patriótica'
organizada frente al Departamento de Policía para agradecer `la ejemplar
conducta' de sus tropas durante la sublevación. En Rosario, Caggiano visitó
al comandante del Cuerpo de Ejército, general José Rufino Brusa, en cuya
sede aún había personas detenidas. Si fue a pedir clemencia, no lo hizo
público ni se conocen documentos que lo indiquen" (Horacio Verbitsky, La
violencia evangélica, Tomo II, "De Lonardi al Cordobazo (1955-1969)", Editorial
Sudamericana, Buenos Aires, 2008, p. 45/46). El Reino de Dios es de quienes
poseen el poder. Ellos no desean entrar a ese reino sino que envían ahí
a quienes son sus enemigos. Lo hacen con suma frecuencia en nombre de ese
Reino, de ese Dios, de ese Culto. Dios no pareciera decidirse a ser justo
como lo creía Lonardi. Notable cuestión: Aramburu creía que Dios era justo
porque él fusilaba a Valle. Valle creía que Dios era justo porque lo acogería
en su Reino y echaría una eterna maldición sobre sus asesinos. La Iglesia,
como siempre, consideraba que Dios era justo, pero a veces con unos y a
veces con otros, de acuerdo con sus propios intereses. Cuando Dios favorecía
a los que la Iglesia apoyaba como en el caso de Aramburu al fusilar a Valle
Dios era justo con los amigos de la Iglesia. Cuando no lo era, lo sería
pronto. O habría que luchar para lo fuera. Pues "Dios" es una formidable
rúbrica que suelen ponerse a sí mismas las revoluciones de base clerical,
oligárquica, que han triunfado. Para desgracia de Valle, Dios no estaba
en la Penitenciaria de Las Heras la noche en que lo fusilaron. (Nota: En
la película que Richard Brooks hizo sobre la nonfiction novel de Truman
Capote, A sangre fría, en la escena final están por ahorcar a los asesinos
de la familia de farmers. A uno lo suben al cadalso, le ponen la cuerda
alrededor del cuello y el tipo ya siente la trampa que se abrirá bajo sus
pies. Hay un sacerdote, a su lado, que reza. El hombre lo mira. El frío
es cruel. Le pregunta: "Padre, ¿está Dios en este lugar?" ¿Estaba cuando
fusilaron tan indecentemente a Valle?)
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LA CARTA DE VALLE Pero los crímenes no suelen
quedarse en el pasado. Siempre hay algo que los arroja hacia el futuro.
Valle, para desgracia de Aramburu, escribe una Carta. También las había
escrito Dorrego, cuando esperaba los fusiles de Lavalle en los campos de
Navarro. Las de Dorrego le sirvieron a Rosas para imponer mayor dureza a
su régimen. Respondía a la dureza con la dureza. Las cartas de Dorrego habían
pedido que esto no ocurriera. Escribe a su hija Angelita: "Mi querida Angelita:
En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro por
qué; mas la providencia divina, en la cual confío en este momento crítico,
así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que
no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí". Otra carta: "Mi
querida Angelita: te acompaño esta sortija para memoria de tu desgraciado
padre". Otra: "Mi querida Isabel: Te devuelvo los tiradores que hiciste
a tu infortunado padre". Otra más: "Sed católicos y virtuosos, que esa religión
es la que me consuela en este momento". Otra: "Mi vida: Mándame hacer funerales
y que sean sin fausto. Otra prueba de que muero en la religión de mis padres".
Y la última, fechada en Navarro en 1828, y dirigida al Señor Gobernador
de Santa Fe, Don Estanislao López, es de notable importancia: "Mi apreciable
amigo: En este momento me intiman morir dentro de una hora. Ignoro la causa
de mi muerte, pero de todos modos perdono a mis perseguidores. Cese usted
por mi parte todo preparativo y que mi muerte no sea causa de derramamiento
de sangre" (cursivas nuestras).
La Carta de Juan José Valle no será tan magnánima. Es dura. Algo está pidiendo.
No le augura a su verdugo un futuro de felicidad. No tiene el aire calmo,
pleno de bondad y de religiosidad de Dorrego. Es una Carta conocida pero
añadiremos algo: la Carta de Valle se liga con la Carta de Walsh. Las liga
el arbitrio del crimen aleve, la falta de juicio, decidir fusilarlo antes
de que estuviera proclamada la Ley Marcial. Basura. La Historia pasa por
los patios húmedos, nocturnos de las penitenciarias, la muerte es clandestina.
La Carta de Valle será, a la vez, la Carta de Valle y la condena de muerte
de Pedro Eugenio Aramburu, su ejecutor, que no dudó un instante, que buscó
el escarmiento, demostrar la dureza de la Libertadora y que nadie más se
atreviera a lanzarse a una aventura revolucionaria como Valle. La Carta
dice: "Dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado.
Debo a mi Patria la declaración fidedigna de los acontecimientos. Declaro
que un grupo de marinos y militares, movidos por ustedes mismos, son los
únicos responsables de lo acaecido. Para liquidar opositores les pareció
digno inducirnos al levantamiento y sacrificarnos luego fríamente. Nos faltó
astucia o perversidad para adivinar la treta. Así se explica que nos esperaran
en los cuarteles, apuntándonos con las ametralladoras, que avanzaran los
tanque de ustedes antes de estallar el movimiento, que capitanearan tropas
de represión algunos oficiales comprometidos en nuestra revolución. Con
fusilarme a mí bastaba. Pero no. Han querido ustedes escarmentar al pueblo,
cobrarse la impopularidad confesada por el mismo Rojas, vengarse de los
sabotajes, cubrir el fracaso de las investigaciones, desvirtuadas al día
siguiente en solicitadas de los diarios y desahogar una vez más su odio
al pueblo (...) Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi
esposa y mi hija, a través de sus lágrimas, verán en mí a un idealista sacrificado
por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas, verán asomárseles
por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen y los besan será para
disimular el terror que les causan". Ahora leamos cuidadosamente los párrafos
que siguen. Late en ellos el reclamo de la venganza, o el vaticinio del
seguro asesinato de Aramburu, Rojas y los victimarios de junio: "Aunque
vivan cien años sus víctimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde
pretendan esconderse. Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos bajo el terror
constante de ser asesinados (...) Es asombroso que ustedes, los más beneficiados
por el régimen depuesto y sus más fervorosos aduladores, hagan gala ahora
de una crueldad como no hay memoria. Nosotros defendemos al pueblo, al que
ustedes le están imponiendo el libertinaje de una minoría oligárquica, en
pugna con la verdadera libertad de la mayoría, y un liberalismo rancio y
laico en contra de las tradiciones de nuestro país. Todo el mundo sabe que
la crueldad en los castigos las III dicta el odio, sólo el odio de clases
o el miedo. Como tienen ustedes los días contados, para librarse del propio
terror, siembran terror (...) Pero no taparán con mentiras la dramática
realidad argentina por más que tengan toda la prensa del país alineada al
servicio de ustedes". Valle concluye con una frase de unidad que más suena
a forma que a sincera convicción: "Ruego a Dios que mi sangre sirva para
unir a los argentinos. Viva la Patria. Juan José Valle, Buenos Aires, 12
de junio de 1956". Entre tanto, Aramburu metía en la cárcel a miles de trabajadores,
reprimía con ferocidad cada huelga que pugnaba por producirse y torturaba
en todo el territorio de la República.
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Las figuras de Valle y Tanco serán retomadas tanto por el catolicismo que
dará origen a Montoneros como por la izquierda marxista, que se incluía
en la tradición de John William Cooke (un gran lector de la Crítica de la
razón dialéctica de Sartre y amigo del Che y hasta miliciano de la Cuba
revolucionaria). Esta condición bifronte de la JP se inclinará hacia su
cara socialista. Sobre todo cuando los chicos católicos del montonerismo
temprano se relacionen con las FAR y empiecen a enterarse de las ideas esenciales
del marxismo. Pero Valle y Tanco eran católicos. En la Carta del primero
se lee claramente la frase "un liberalismo rancio y laico en contra de las
tradiciones de nuestro país". De este modo, los primeros que se apropian
de Valle y Tanco son los muy belicosos muchachos de Tacuara. En el comedor
de la Facultad de Derecho, hacia 1961, entra una pandilla de jóvenes con
cadenas y manoplas al grito de "¡Vivan los generales Valle, Tanco y Cogorno!"
Bajo este grito se consagran a moler a cadenazos a todos los "zurdos" que
había en el lugar, a los cuales tenían bien ubicados. Eran los tiempos de
Tacuara, un grupo numeroso de jóvenes de las clases altas, nacionalistas,
antisemitas, vagamente peronistas y claramente nazis. Temibles, brutales,
solían poner bombas en sinagogas. Cierta vez dialogué, muy tensamente, con
uno que tenía un muñón envuelto en cuero. Le había explotado una bomba en
la mano. Era un fanático ultracatólico, peinado a la gomina, admirador frenético
de don Juan Manuel de Rosas, de la Alemania nazi, antisemita cruel y ya
cerca de un peronismo que daría como figura más notoria al aventurero Joe
Baxter, de quien nos ocuparemos. Estas pandillas se peinaban con mucha gomina,
el pelo bien tirante hacia atrás, saco azul y pantalón gris. Durante esos
días, la gomina Glostora sacó por la tele un comercial que los aludía: un
tacuarita, sonriente, se pasaba la mano por el pelo brillante, bien peinado
a la gomina y hacia atrás y el locutor del comercial decía: "Glostora, como
te gusta a vos, Juan Manuel". Se fueron raleando en pocos años, entraron
en los sectores católicos del peronismo, pero fueron superados por los jóvenes
socialistas, que impusieron sus lecturas y sus consignas. Es cierto que
el socialismo de la JP estaba alimentado por lecturas del revisionismo histórico
también asumidas por los de Tacuara, pero ellas convergían hacia una unidad
con el socialismo tercermundista. Como sea, todo esto contribuye a la multiplicidad
ideológica del peronismo, a sus mil caras posibles, que Perón alimentó siempre.
Salvo a partir de junio de 1973, cuando optó por la derecha, por una derecha
violenta, contrainsurgente y parainstitucional cuya trágica historia tenemos
por delante. Aunque, a partir de aquí, y para narrar el triste asesinato
de Julio Troxler, tendremos que acudir a ella.
HABLA JULIO TROXLER
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De la matanza de José León Suárez según
vimos se salvaron varios. Entre ellos, Julio Troxler. En 1971 lo encontramos
colaborando con Rodolfo Walsh y Jorge Cedrón en el film Operación Masacre,
que se basa en los hechos de José León Suárez que Walsh narrara. "La filmación
(escribe Walsh) se realizó en condiciones de clandestinidad que la dictadura
de Lanusse impuso a la mayoría de las actividades políticas y a algunas
artísticas (...) La película se terminó en agosto de 1972. Con el concurso
de la Juventud Peronista, peronismo de base, agrupaciones sindicales y estudiantiles,
se exhibió centenares de veces en barrios y villas de Capital e interior,
sin que una sola copia cayera en manos de la policía (...)
En la película Julio Troxler desempeña su prolijo papel. Al discutir el
libro con él y con Cedrón, llegamos a la conclusión de que el film no debía
limitarse a los hechos ahí narrados. Una militancia de casi veinte años
autorizaba a Troxler a resumir la experiencia colectiva del peronismo en
los años duros de la resistencia, la proscripción. Y la lucha armada.
"La película tiene pues un texto que no figura en el libro original. Lo
incluyo en esta edición porque entiendo que completa el libro y le da su
sentido último" (Walsh, Ibid., p. 181/182). Troxler es el narrador de todo
el film. Y hace su propio papel. Al final, se planta frente a cámara y dice
un largo texto de gran riqueza, de gran patetismo, de gran dolor. Dice Troxler:
"Yo volví de Bolivia, me metieron preso, conocí la picana eléctrica. Mentalmente
regresé muchas veces a este lugar. (Troxler habla en José León Suárez, durante
un amanecer, JPF.) Quería encontrar la respuesta a esa pregunta: qué significaba
ser peronista. "Qué significaba este odio, por qué nos mataban así. Tardamos
mucho en comprenderlo, en darnos cuenta de que el peronismo era algo más
permanente que un gobierno que puede ser derrotado, que un partido que puede
ser proscripto. "El peronismo era una clase, era la clase trabajadora que
no puede ser destruida, el eje de un movimiento de liberación que no puede
ser derrotado, y el odio que ellos nos tenían era el odio de los explotadores
por los explotados. "Muchos más iban a caer víctimas de ese odio, en las
manifestaciones populares, bajo la tortura, secuestrados y asesinados por
la policía y el ejército, o en combate. "Pero el pueblo no dejó nunca de
alzar la bandera de la liberación, la clase obrera no dejó nunca de rebelarse
contra la injusticia. El peronismo probó todos los métodos para recuperar
el poder, desde el pacto electoral hasta el golpe militar. El resultado
fue siempre el mismo: explotación, entrega, represión. Así fuimos aprendiendo.
"De los políticos sólo podíamos esperar el engaño, la única revolución definitiva
es la que hace el pueblo y dirigen los trabajadores. Los militares pueden
sumarse a ella como individuos, pero no dirigirla como institución. Porque
esa institución pertenece al enemigo y contra ese enemigo sólo es posible
oponer otro ejército surgido del pueblo. "Estas verdades se aprendieron
con sangre, pero por primera vez hicieron retroceder a los verdugos, por
primera vez hicieron temblar al enemigo, que empezó a buscar acuerdos imposibles
entre opresores y oprimidos. La marea empezaba a darse vuelta, las balas
también les entraban a ellos, a los torturadores, a los jefes de la represión.
"Los que habían firmado penas de muerte sufrían la pena de muerte. Los nombres
de nuestros muertos revivían en nuestros combatientes. Lo que nosotros habíamos
improvisado en nuestra desesperación, otros aprendieron a organizarlo con
rigor, a articularlo con las necesidades de la clase trabajadora, que en
el silencio y el anonimato va forjando su organización independiente de
traidores y burócratas, la larga guerra del pueblo, el largo camino, la
larga marcha, hacia la Patria Socialista" (Walsh, Ibid., p. 183/ 184)
Troxler ha enunciado las bases programáticas de la izquierda peronista.
El pueblo protagonista hegemonizado por la clase trabajadora, la organización
de base, la reivindicación del "aramburazo" ("los que habían firmado penas
de muerte sufrían la pena de muerte"), la guerra popular prolongada ("la
larga guerra del pueblo") y la Patria Socialista. Observemos algo sustancial:
en ningún momento, en el texto, se nombra a Perón. Ni siquiera se menciona
como consigna de lucha "el regreso incondicional del general Perón a la
patria", que era una frase que decían todos, que se decía sola, que no había
quien no la incluyera en un programa revolucionario. Es un vacío estridente.
En la fecha en que el texto se escribe ningún grupo (ni siquiera el peronismo
de base, que manejaba una alternativa independiente a la conducción de Perón)
habría obviado la mención del regreso de Perón pues era la más movilizadora
de las consignas. Era lo que quería el pueblo peronista. Lo quería traer
a Perón. Este punto, en un texto que seguramente escribió Walsh pero con
Troxler y Cedrón muy cercanos, es una rareza. El "Perón Vuelve" seguía siendo
la consigna que daba unidad a todo el peronismo.
"SALUD, COMPAÑERO TROXLER"
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Cuando asume Cámpora, Oscar Bidegain llega a la gobernación de la provincia
de Buenos Aires y pone a Troxler como jefe de Policía. Bidegain era un tipo
más que cercano a la Tendencia Revolucionaria, de modo que la provincia
de Buenos Aires podía ser considerada como uno de esos territorios que el
sector juvenil del Movimiento Justicialista tenía bajo su comando. Cuando
a fines de julio la JP organiza una enorme movilización para ir hasta la
Quinta de Olivos y rodearla con el propósito manifiesto de "romper el cerco
del brujo López Rega", es Troxler el que asegura el orden, el que les da
a los militantes de la Tendencia la seguridad de que no serán atacados por
los grupos del matonaje de la derecha peronista, sobre todo el Comando de
Organización de Alberto Brito Lima. La certeza era: el compañero Troxler
nos cubre. Sólo algunos señalamientos sobre esa jornada: la JP rodea la
Quinta y durante cerca de media hora o más, rabiosamente, ruge la consigna:
"Perón/ Perón/ el pueblo te lo ruega/ queremos la cabeza del traidor de
López Rega". Fue un acto dionisíaco. Muy especialmente si tenemos en cuenta
que lo dionisíaco tal como Nietzsche lo entiende es la osadía de perder
la individuación en la embriaguez del grupo. Eso pasó en el operativo Gaspar
Campos. (Acaso alguien sonría. O diga: qué locos estaban esos pendejos.
Puede ser. Pero, ¿usted nunca se volvió loco por nada? ¿Nunca perdió la
individuación en un acto colectivo de características dionisíacas? Qué pena.)
Perón recibió a la conducción de la Tendencia y les prometió una serie de
cosas que, desde luego, no pensaba cumplir. Al día siguiente, haciendo gala
de un cinismo impecable, lo nombró a López Rega como enlace entre él y la
Juventud Peronista. Pero no es ésta la cuestión. Cuando la militancia se
retiraba por la parte de atrás de la Quinta apareció un tipo alto, al que
apenas se veía porque ya era de noche. Pero todos supieron quién era. "Salud,
compañero Troxler", le dijeron. Troxler saludó haciendo la V peronista.
Luego, todo siguió su curso. La derecha peronista esperaba descabezarlo.
A él y a Bidegain. Pero no era fácil. Bidegain había ganado bien en la provincia
de Buenos Aires. La derecha ya quería reemplazarlo por Victorio Calabró.
Pero algún motivo tenía que tener. Ese motivo se lo dio uno de los personajes
que más daño le ha hecho a la causa popular en la Argentina. El que atacó
el cuartel de La Tablada en plena democracia. Enrique Gorriarán Merlo. Que,
en enero de 1974, también en plena democracia, en la provincia de Buenos
Aires, donde se contaba con un gobernador adicto al que era muy difícil
deponer, ataca la Guarnición de Azul. ¡Qué festín para la derecha! ¡Qué
excepcional regalo! ¡No podían esperar nada mejor! Acababan de recibir en
bandeja el motivo para descabezar a Bidegain y a Troxler. Ese motivo se
lo había entregado la torpeza, la soberbia, el desdén absoluto por la política
de masas de Gorriarán Merlo.
El error de Gorriarán hará posible (o acelerará) el asesinato de Troxler.
En tanto era jefe de Policía de la Provincia estaba cubierto. Al menos no
había recibido la bofetada histórica que Perón habrá de pegarles a él y
a Bidegain, poniéndose para la ocasión y por primera vez el uniforme de
teniente general. Troxler, con la desautorización de Perón, que lo acusa
de "desaprensión" ante los "grupos terroristas" que vienen actuando en la
provincia de Buenos Aires, queda devaluado como peronista, señalado, además,
como colaborador de la guerrilla. No habrá de ser casual que la Triple A
lo ponga entre los primeros lugares de sus listas. ¡Salvarse de los gorilas
en José León Suárez y venir a morir a manos de los fachos del peronismo
en una calle de Barracas! Pobre Troxler. Pobre país.
Colaboración especial: Virginia Feinmann Germán Ferrari
Suplemento especial de Página|12 de la serie
"Peronismo. Filosofía política de una obstinación argentina" (2010)
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