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A
María del Carmen, Ricardo y Fernando, mis hijos,
con la esperanza en los días que vendrán.
"Si yo fuera un anticuario
sólo me gustaría ver cosas viejas.
Pero soy un historiador y
por eso amo la vida."
Henri Pirenne
ÍNDICE GENERAL
I. LOS COMIENZOS DE
LA PEDAGOGÍA DEL MIEDO
Los instrumentos y las razones del poder; La tierra y el indio: la vida
planificada, "el yugo y la correa".
II. LAS VIOLENCIAS DE LOS CASTIGOS Y LA IDEOLOGÍA DE VIDA ASCÉTICA
Indios, mestizos y negros: entre el castigo corporal y la ideología del
dolor y de la muerte; Los métodos y las víctimas de la pedagogía del
miedo.
III. LOS
DÍAS QUE LLEGAN: LA ABOLICIÓN DE LA VIOLENCIA
La función creadora de la historia y de los hombres: la abolición de la
tortura; 1813: "Borrar con el tiempo... esa ley de sangre"; El recuerdo
del castigo y del tormento.
IV. LAS BUENAS INTENCIONES Y UNA REALIDAD QUE PERSISTE (1853-1900)
Las razones de 1853: cárceles limpias, abolición de tormentos y azotes;
Palabra y acción en 1864: "la pena de azotes es un delito"; El cepo y
otras herencias.
V. EL FIN DEL LIBERALISMO Y EL TEMOR DE LOS QUE POSEEN (1900-1932)
Las sombras de la "belle époque"; Las mudanzas del tiempo: el dominio
organizado y la violencia posterior a 1930.
VI. LAS IDEOLOGÍAS AUTORITARIAS Y LAS HERENCIAS DE LA VIOLENCIA
(1932-1955)
Entre la ilusión de la dicha y la fuerza de la violencia; Los días que
corren entre 1946 y 1955.
VIL LA IRRACIONALIDAD DEL PODER Y LA IMPOSICIÓN DE LA MUERTE (1955-1984)
1956: "La interminable historia de las torturas"; 1961: "Hoy también se
tortura en el Estado de derecho"; La práctica del autoritarismo en los
días de la Revolución Argentina; "La 'derecha' de la extrema izquierda y
la 'izquierda' de la extrema derecha"; Autoritarismo y represión sexual;
La violencia física; 1976-1983: "Se rompen diques y barreras; la vida y
la muerte se juegan en aras de la victoria".
BIBLIOGRAFÍA GENERAL
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HISTORIA DE LA TORTURA Y EL ORDEN REPRESIVO EN LA ARGENTINA
Nota: Algunas notas al pie se han omitido
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Los instrumentos y las
razones del poder La realidad que hemos
expuesto en el parágrafo anterior, no es de ninguna manera un aspecto
accesorio de la justicia del Antiguo Régimen. En España, un principio
del derecho común señalaba que cuando más grave era la pena que podía
aplicársele a un poblador por ser más grave el delito que había
cometido, sus garantías jurídicas eran nulas y el juez podía actuar aun
contra las normas establecidas. En una palabra, todo estaba autorizado.
Observa Tomás y Valiente, a quien seguimos en este aspecto de la
cuestión, que en las razones de Estado o de "utilidad pública", los
jueces actuaban como instrumentos policiales, torturando arbitrariamente
a los sospechosos. Estos últimos, advierte un funcionario español del
siglo XVII, sentían "horror al rapidísimo castigo". (Tomás y Valiente,
1973, 224.) Tales hechos nos
permiten definir y entender de una manera más precisa la condición de la
"justicia". Pues bien, basándonos en esos hechos y en otros, la
violencia del cuerpo, la tortura impuesta en el pasado, no difiere, y a
pesar de la opinión de Foucault, del tormento de los interrogatorios de
las policías y servicios represivos actuales de los sistemas
totalitarios. Tampoco, ayer y hoy, puede considerársela -y la opinión
pertenece al autor citado- como si fuese una diversión o una "liturgia
penal". "La tortura -escribe el historiador francés- es un juego
judicial estricto [...] Entre el juez que ordena el tormento y el
sospechoso a quien se tortura, existe también como una especie de
justa". (Foucault, 197, 47.) Tales valorizaciones, expuestas de una
manera extremadamente sutil y sofisticada, carecen de todo valor
científico.
VOLVER A CUADERNOS DE LA
MEMORIA
I

LOS COMIENZOS DE LA
PEDAGOGÍA DEL MIEDO
Alfonso
el Sabio:
"Tormento es una manera de
prueba que hallaron los que fueron
amadores de la justicia".
Es necesario decir al comenzar estas páginas que ingresar en el mundo de
la tortura, esa realidad siempre renovada de la represión que ejercen
algunos hombres, es aludir a infamias que no son gratuitas; y también a
la siguiente paradoja: "La actitud de olvidar y perdonar todo, que
correspondería a los que han sufrido injusticia, ha sido adoptada por
los que la practicaron". (Adorno, 1965, 117.) * Como es sabido, la
tortura "legal" de los códigos primitivos y la contemporánea de las
sociedades represivas definen un criterio de "justicia" y poder
impuestos a través del dominio y el terror. Y también confirma el hecho
de que esa realidad nunca puede afirmarse en un mundo libre y sin
prejuicios. Dentro de ese esquema, así fue siempre, la fuerza, y no sólo
la física, da al poder autoritario más seguridad; lo hace, eso lo
recuerda Cesare de Beccaria desde las páginas De los delitos y de las
penas, "por el más cruel verdugo de los miserables que es la
servidumbre". Mucho antes, en el siglo XIII, en España, Alfonso X el
Sabio señalaba que el "tormento es una manera de prueba que hallaron los
que fueron amadores de la justicia".
¿Otra paradoja? Por cierto, pero tengamos en cuenta que desde la más
lejana antigüedad los espíritus más lúcidos tuvieron la certeza de la
ilicitud e inhumanidad de la tortura, condenándola. La presencia de ese
criterio secular es conocida, pero no lo es tanto la actitud de
Bartolomé de las Casas, quien se opuso a la violencia de su época, el
siglo XVI. (No por azar, el "silencio del olvido" al que alude Cervantes
en su obra más conocida, es decir la destrucción interesada de la
memoria, constituye una práctica frecuente en todos los tiempos.)
Los
textos documentales que incluye este libro constituyen un
necesario complemento del panorama histórico que Ricardo
Rodríguez Molas publicó con el mismo título genérico de este
libro, y que ya dio a conocer la Editorial Universitaria de
Buenos Aires. Ahora se trata de reforzar el relato y la
interpretación de la historia con los documentos que dan
sustento a esta siniestra continuidad de la tortura y el
orden represivo en la Argentina. El autor y compilador, un
distinguido historiador e investigador argentino, ha
rastreado en los albores de nuestro pasado, y así la obra
comienza con textos de la época colonial, en los que no
faltan los comentarios de Hernandarias, un curioso pedido
del Cabildo de Buenos Aires, y singulares referencias a la
pena del garrote y a los castigos a los presos. Por
supuesto, en la etapa que se inicia en 1810 y que
rápidamente culmina en 1816 con la Declaración de la
Independencia, tampoco faltan las referencias a tormentos,
azotes y diversa clase de castigos corporales, aunque, como
se sabe, la Asamblea de 1813 haya resuelto expresamente la
prohibición de las torturas. Se incluye asimismo, en una
larga sucesión que abarca todo el quehacer de la Argentina
moderna, una impresionante serie de testimonios, relatos
directos, interpelaciones parlamentarias, denuncias
judiciales y periodísticas, mandamientos y declaraciones
oficiales y privadas acerca de un tema cuyo tratamiento la
sociedad argentina no puede eludir, y que sólo podrá ser
asumido y comprendido cabalmente cuando la estabilidad
democrática y republicana haya podido suprimir en forma
definitiva su práctica, y a la mentalidad que la sostiene de
nuestro suelo.
cronista, contemporáneo suyo, Fernández de Oviedo ("semejante idiota,
más bien preocupado por dibujar árboles genealógicos de ciertas gentes")
de silenciar la tortura y los castigos impuestos por los conquistadores
a los naturales de América; "buscaban [...] el oro y, no contentos con
eso, a los indios que capturaban vivos los desgarraban con cruelísimos
tormentos para que indicasen cómo estaba escondido el tesoro del oro
[...] ¿Sabe Oviedo a cuántos indios, con la marca de hierro encendido en
la frente, aquéllos cruelísimamente despedazaron: cuántos pueblos o
indios entre sí tiránicamente se repartieron, de manera que los indios
ya no servían a uno, sino a muchos tiranos?"
Al analizar los aspectos más generales de esa realidad, y sin dejar de
tener en cuenta la perspectiva histórica, advertimos determinaciones
bien concretas y precisas que hacen a los más variados intereses y
apetencias. Es, sin duda, una coacción sustentada en el uso de la
violencia, como medio para fines bien claros. Y si después de leer la
documentación de los hechos mencionados por Las Casas, de manera
especial la que alude a los resultados del uso de la fuerza, pasamos a
nuestros días, también, es posible definir como pragmática la actitud de
Michel Foucault cuando asocia la question (tormento judicial impuesto
por los jueces a los sospechosos) a esotéricas referencias al sadismo y
al dolor, a delirios y a placeres psicopáticos de los verdugos,
reduciéndola a un mero juego o "duelo". En fin, a una supuesta "mística"
represiva ajena a todo circunstancia externa a los protagonistas.
(Foucault, 1978, 47.) A esos extremos llega el análisis estructuralista
de un hecho bien concreto.1
Precisando más: esos criterios, en líneas generales, tienen hoy plena
vigencia. Y asimismo lo tiene el hecho de definir, como lo hace el autor
mencionado, el tormento y el proceso inquisitivo de la justicia como una
mera sesión destinada a obtener una prueba o confesión. De ahí, pues,
proviene también la posición de los abolicionistas de hace tres siglos
que se oponían a la tortura debido, así escriben, a la poca certeza de
las declaraciones logradas mediante ese método. Esta crítica coincide
con la crítica a las ideas de Foucault. Esos planteamientos y esos tipos
de análisis desechan, sin duda, todos los argumentos sustentados en
motivaciones de carácter humanitario.
Es evidente, hablando en términos generales, que en todos los casos
olvidan la condición de castigo y de ejemplo que desean dar a la
tortura; la pedagogía del miedo inherente al tormento. Hobbes, teórico
del Estado absolutista y de una sociedad de autómatas, menciona a
mediados del siglo XVII en Leviatán argumentos análogos. "Así -dice-, no
debe reputarse como testimonio a las acusaciones bajo tortura [...] y lo
que en este caso se confiesa tiende al bienestar del que es torturado,
no a la información de los verdugos, y no debiera, por tanto, ser creído
como testimonio suficiente, porque tanto si la acusación es verdadera
como falsa, se hace virtud de un derecho a preservar la propia vida."
(Hobbes, 1979, 238.) Y La Bruyére, en las postrimerías del siglo XVII,
con la misma nitidez, asegura que la tortura es una "invención segura
para perder a un inocente de débil complexión y salvar a los robustos".
En virtud de lo expuesto por los autores mencionados, hay una cosa que
es definitiva: las anteriores, sin ninguna duda, son prevenciones que se
preocupan sólo por la poca solidez del método utilizado para facilitar
el interrogatorio y no por la inhumanidad del mismo. Esa evidencia
aparece, entre otros testimonios, en el texto de las Instrucciones del
Santo Oficio de Toledo, redactadas en 1571 por Fernando de Valdez. Luego
de informar sobre la conveniencia de atormentar, comunica a los jueces,
"familiares" y verdugos de la Inquisición, en general a todos sus
funcionarios, que el tormento, "por la diversidad de las fuerzas físicas
y corporales y ánimos de los hombres", en contadas ocasiones determina
la verdad. De todas maneras, les importa asimismo imponer el temor
colectivo, lo utilizan con reiterada frecuencia. (Introducción, 1980,
222.)
Pero no está todo expuesto. Hay, al mismo tiempo, otro aspecto de esa
realidad del terror y a ella pasamos a referirnos. Como es sabido, bajo
la influencia del cristianismo la justicia de los hombres se configura
sobre el modelo bíblico de la justicia divina, considerándose como algo
normal y justo la aplicación literal de la ley del Talión -"ojo por ojo,
diente por diente"-, primitiva y brutal; ley que al provenir de Dios no
admite ningún tipo de réplica y menos de discusión. Es la palabra que
debe ser aceptada, la justificación de todas las venganzas y odios
posibles. Pero adviértase, al mismo tiempo -nos referimos a los dos
siglos posteriores al XVI-, que a la institucionalización de la
violencia le suman la imposición a los padres, hijos y hermanos de
delatar en todos los casos a sus parientes más próximos si incurriesen
éstos en herejía, traición o conjuración contra la autoridad. Se trata
de la doctrina de Tomás de Aquino -lo expresa en la Suma Teológica-
heredada a través de la Contrarreforma y que llega a la escolástica del
barroco tardío.
De esa degradante imposición, conocemos los elocuentes testimonios de
las denuncias secretas del Santo Oficio (Archivo Histórico Nacional de
Madrid, Archivo de Torre de Tombo de Lisboa) con los más alucinantes
informes sobre creencias, opiniones y actos privados que aluden a
parientes y amigos de los informantes. Algo similar a lo ocurrido en el
infierno nazi. En las páginas de un difundido manual de teología impreso
en España en momentos en que la Ilustración ejerce su máxima influencia
en Europa, nihil obstat mediante, establecen propuestas similares a las
de la barbarie totalizadora del siglo XX. Establecen entonces: "Peca
gravemente el hijo, que en el foro externo acuse a los padres, aunque
sea de crimen verdadero, salvo el crimen de herejía, traición o
conjuración contra el Príncipe; porque en estos delitos debe acusar al
padre". (Lárraga, 1780, 532.)
Lo expuesto es coherente con los hechos; o sea, se suma a la condición
general de la sociedad. Pues bien, quedan ahora por explicar brevemente
algunos hitos de la tortura en Europa y de manera especial en España. En
primer lugar, dejamos establecido el hecho de que la violencia
probatoria o confesión es una de las bases en que se apoya el Imperio
Romano. Fuente de inspiración de los métodos represivos posteriores, el
capítulo 18 del libro LVIII del Digesto de Justiniano, "De
questionibus", incluye las reglas que deben seguir los jueces para
atormentar a los presos. Así las cosas, con la disolución del Imperio
Romano, merovingios, carolingios y otros pueblos "bárbaros" dejan de
usarla, relegada en el peor de los casos a los esclavos. España, más
romanizada que el resto de Europa, persiste en el
uso del tormento. Los visigodos restablecen la confesión en momentos en
que se integran a la sociedad hispanorromana. Chindasvinto (642-653),
autoriza que se torture a las personas libres, de cualquier clase
social, durante no más de tres días y en presencia del juez. Vitiza,
otro rey visigodo, introduce la ordalía del agua caliente (caldaria)
como prueba de culpabilidad o inocencia. También mutilan y flagelan:
doscientos o más latigazos, descalvación (desprendimiento del cuero
cabelludo), castración, amputación del pulgar derecho. Chindasvinto
castiga la homosexualidad cortando los testículos del inculpado. Lo
confirma el XVI Concilio español "ardiendo -dicen- en celos del Señor" y
extiende la mutilación a los sacerdotes y diáconos acusados de esa
tendencia sexual. (Thompson, 1971, 293-298.)
En los años siguientes encontramos plenamente establecida la tortura
judicial. En Las siete partidas, continuadoras del Digesto romano,
Alfonso X advierte que "los prudentes antiguos han considerado bueno
tormentar a los hombres para sacar de ellos la verdad" (VII, 30, "De los
tormentos").2 Como luego hemos de ver mejor, los desposeídos de títulos
nobiliarios y bienes son siempre los destinatarios de la fuerza
absolutista y sistemática. Se les impone el miedo y el terror.
Descontada tal vez la realidad de Inglaterra, país en donde en muy
contadas ocasiones practican la tortura como prueba judicial debido a la
escasa influencia del derecho romano (salvo, y en casos aislados,
durante la dictadura de Cromwell y los reinados de Enrique VIII e
Isabel), la violencia es un hecho corriente en Europa a partir de la
Edad Media. Recordemos que en la Carta Magna arrancada a Juan Sin Tierra
en 1215, se prohíbe el uso de la tortura. Fitzjames Stephen, 1883, I.)
Aclarado lo anterior, y ahora en referencia directa a España, agreguemos
que el análisis de los textos jurídicos de Alfonso X y la realidad
posterior determinan dos tipos de tormentos, uno "de prueba" y otro "de
pena". A las dos consideraciones - ¿cuándo no fue así?- siempre las
encontramos en los sistemas represivos, sean éstos "legales" o fuera de
las normas jurídicas al uso. No van, por cierto, a desaparecer con
facilidad. Por otra parte, los tratados de derecho penal legislan en sus
menores detalles la intensidad de la pena y la dividen en tormento
ordinario y tormento extraordinario. Ahora bien, en su condición de
prueba tiene dos objetivos bien delimitados: obtener la confesión del
delito (tortura definitiva), por una parte, y, por la otra, conocer en
los momentos previos al suplicio, es decir a la aplicación de la pena de
muerte, el nombre de los cómplices (tortura preparatoria).
La Iglesia admite en varias ocasiones el tormento, y el proceso penal
canónico, un proceso inquisitivo, termina por aceptarlo plenamente,
regulándolo en sus menores detalles la bula "Ad extirpanda" del papa
Inocencio IV dada a conocer en el año 1252. (Tomás y Valiente, 1973,
213-213.) "Los textos romanos, resucitados y reestudiados en las
nacientes Universidades, y junto a ellos los textos pontificios, fueron
los fundamentos sobre los cuales se erigió la tortura como medio de
prueba
del Derecho común, difundido por toda Italia a través de los Estatutos
municipales [...], y por toda Europa por medio de las legislaciones
reales correspondientes a cada una de las diferentes monarquías." (Tomás
y Valiente, 1973, 214.)
Como sucede con otras normas de los sistemas represivos, no cabe ninguna
duda de que la Iglesia se suma y da con ello validez al ordenamiento
legal de la violencia física contra los acusados de haber cometido una
trasgresión a lo establecido por los códigos. Así pues, en la Baja Edad
Media encontramos una intensificación del antiguo tormento del Derecho
romano. Las Partidas, se ha dicho, significan "una brutal regresión". Lo
mismo ocurre en otros países de Europa, de manera especial en Italia y
Francia. Voltaire, opositor de todo tipo de violencia, recuerda en
varios de sus escritos los tormentos, las salvajes mutilaciones y las
sádicas condenas a muerte que debían sufrir los delincuentes comunes y
los opositores políticos.3 Es, sin ninguna duda, la resonancia de otro
ámbito. Pero no adelantemos los hechos.
Es reveladora la lectura de la crónica redactada por el sacerdote
jesuita Pedro de León, capellán de la célebre cárcel de la ciudad de
Sevilla entre los años 1578 y 1616 (Herrera Puga, 1974, 264). Se trata
de la misma cárcel que poco antes había albergado a los escritores
Miguel de Cervantes y Mateo Alemán. Un autor contemporáneo nuestro,
Herrera Puga, comenta y analiza los testimonios del sacerdote con
referencia a los castigos corporales. Éstos, observa, se extremaban en
los acusados de homosexualidad, una constante general en España y en
América Latina. "El tormento -escribe-, en toda la historia de la
delincuencia de ese tiempo, tiene un amplio capítulo, pero de un modo
particular se extremó en todos los acusados de pecados nefandos." Así lo
determinaba el sistema sexual ascético y procreativo propio de los
epígonos de la Contrarreforma. Y agrega: "De todo lo cual resultó que el
miedo al tormento fue mayor que el que se tenía a la misma hoguera, y
muchos, completamente inocentes, vencidos por el terror que les
infundía, confesaron todo cuanto se les acusaba".
Pero hay otros aspectos de la realidad, y también alude a ellos el autor
antes mencionado: "El fin del tormento era conseguir una confesión plena
y detallada, y para lograrla no se ponía límite en ninguna clase de
procedimientos. De esta forma llegó a ser un verdadero martirio, porque
se aplicaron hierros candentes a las carnes y hasta sucedió el cortar
alguna mano, aunque este último suceso no se dio propiamente en el
tormento, sino como parte de la sentencia y pleno desfile por las calles
de Sevilla". (Herrera Puga, 1974, 264.) Imponen el miedo colectivo.
Las mutilaciones estaban perfectamente legisladas en sus menores
detalles en las Partidas (ley 4, título 7, libro II). En orden
decreciente de barbarie, si es posible mencionar grados, encontramos el
potro o burro. Y luego las ataduras de cuerdas en los brazos, la
suspensión del cuerpo, la ingestión forzada de agua. .. En torno de
éstos, cuentan con otros que aluden a la condición de las cárceles:
suciedad, aislamiento, falta de luz y aire, humedad, insectos, hambre.
Realidades, en síntesis, que con las anteriores contribuyen a degradar
la condición del ser humano.
Detengámonos en las mutilaciones. Las más frecuentes en España, también
en el Nuevo Mundo, fueron el corte de la mano, pie, oreja, nariz. A
pesar de prohibirlo por una pragmática Carlos I (31 de enero de 1530),
conmutándola por pena de galeras, el corte de la mano sigue realizándose
en los años posteriores en la Península y en el Nuevo Mundo. En efecto,
documentos judiciales, textos literarios e informes civiles y militares
que hemos consultado en los archivos de España y la Argentina aluden a
las más variadas mutilaciones. Cervantes recuerda la persistencia de la
ablación de la mano en Rinconete y Cortadillo: "Y el [nombre] de
Maniferro era porque traía una mano de hierro, en lugar de la otra que
le habían quitado por justicia"; y en el prólogo de la primera parte del
Quijote: "Porque ya que os averigüen la mentira, no os han de cortar la
mano con que lo escribisteis". En el actual territorio argentino y en el
Uruguay se practicó con frecuencia la mutilación. En 1745, en
Montevideo, cortan las manos de un esclavo que mató a su amo. En otros
casos, frecuentes por cierto, se las amputan al reo antes de cumplir el
verdugo la condena de muerte. Y siempre en un acto público.
Nos explicamos. En primer lugar, si bien hasta el siglo XIX la tortura
está legislada en los códigos, en todos los casos corresponde a los
jueces y de acuerdo con la simpatía, odio e interés, posiblemente, y en
no pocos casos por mandato del orden absolutista, establecer la
intensidad y el tiempo de la prueba. Así lo demuestran los sumarios de
los tribunales civiles e inquisitoriales. Pero debemos precisar este
principio más extensamente. Pues bien, el hecho de que no se trata de
una justa o juego lo advertimos en una ley de las Partidas (VII, XXX, I)
que alude
al método que los jueces deben seguir para indagar lo "encubierto". He
aquí el texto, de por sí ilustrativo:
"E como quier que las maneras dellos son muchas, pero las principales
son dos. La una, se faze con feridas de azotes. La otra es colgando al
home, que quieren atormentar, de los brazos, e cargándole las espaldas e
las piernas de lorigas [piezas de hierro] o de otra cosa pesada".
El resultado de esas acciones no necesitamos aclararlo. A través de
todos los refinamientos de crueldad, es significativa la cantidad de
lisiados, enfermos mentales, muertos y suicidas que hallamos en los
registros de las prisiones. Así lo confirma Ricardo García Cárcel,
especialista de la historia inquisitorial de Valencia. "De hecho -dice-
en Valencia fueron frecuentes los suicidios en la cárcel". (García
Cárcel, 1980, 200.) Y Pedro de León, ya mencionado, relata en el siglo
XVI las sádicas violencias de los presos y de manera especial recuerda
las de un ladrón de iglesia. Nos cuenta en este caso, y luego de referir
los menores detalles de las torturas aplicadas a las víctimas, que
habiéndolo confesado al condenado antes de salir al suplicio, "tanto era
el hedor que salía de los brazos atormentados, que me causaba desmayo
[...] porque más estaba en la otra vida que en ésta". Era, sin duda,
gangrena.
En el constante proceso de desvalorización del cuerpo humano, el dolor,
insistimos, tiene un carácter de sanción social y correctivo. No
olvidemos que las acciones de los unos no pueden aclararse si no tenemos
en cuenta las reacciones de los otros, e inversamente. Desde luego, en
el siglo XVII, no todos aceptan la siguiente norma autoritaria de
Ignacio de Loyola: "Si ella [la Iglesia] definiera negro los que nos
parece blanco, debemos aclarar que es negro". La persecución de las
brujas, es decir de las heterodoxias y de todo lo que se aparte de lo
establecido, se incrementa en momentos en que el orden absolutista
pierde su base de sustentación; los procesos del Santo Oficio, así lo
demuestran los estudios más recientes, adquieren más virulencia al
decaer el universo totalizador tomista y al defendérselo con el terror.
Mucho después, en 1767, escribe Beccaria que el fin político de las
penas es imponer "el terror de los otros hombres". Así fue siempre.
Nos corresponde ahora referirnos a los instrumentos de tortura. Como en
España, también el potro es el más frecuente de todos los tormentos
usados en la Argentina. Conocido en las prácticas judiciales de los
romanos (Cicerón lo menciona), consiste en una tabla acanalada de dos
metros de longitud y cincuenta centímetros de ancho apoyada a manera de
mesa sobre pies de madera reforzados. Encima del potro e inmovilizado
ubican al reo, atándole el verdugo dos garrotes en cada brazo y en cada
pierna que luego estira con un gato de hierro y un torniquete al cual
llegan los extremos de las sogas que sujetan las manos.4 Para aumentar
el efecto de la tortura, suelen agregar pesas colgantes en los extremos
inferiores de la víctima. El potro puede ir acompañado del tormento del
agua. "Estando el reo en la posición indicada, con la cabeza algo abajo
y vuelta hacia arriba, se le colocaba sobre el rostro un lienzo muy
fino, denominado toca y sobre él se vertía lentamente
alguna cantidad de agua. El efecto debía ser sumamente doloroso, pues
con el agua se adhería la tela a las ventanas de la nariz y a la misma
boca, y no dejaba respirar al torturado". (Deleito y Piñuela, 1951,
344.) Otro suplicio era la garrucha. Consiste en izar al reo hasta el
techo de una habitación, a veces con pesas atadas a los pies, dejándolo
luego el verdugo caer con violencia.5
Siempre torturan y castigan para "hacer un ejemplo". Las penas son
crueles a bordo de las naves descubridoras. Alonso Gómez de Santoya,
miembro de la frustrada expedición de Jaime Rasquín al Río de la Plata,
relata en el siglo XVI la condena a muerte del contramaestre de la urca
capitana y la mutilación sexual de dos grumetes:
"Aconteció un caso nefando y harto estupendo, que en la capitana se
halló el contramaestre della que era puto, que se echaba con un mochaco
y con otro, pasaba un caso horrendo; y el contramaestre dieron garrote y
echaron a la mar, y a los mochacos azotaron, por ser sin edad los
quemaron los rabos; cosa que dio alteración harta en ambas naos".
No es, por cierto, como quiere Foucault, una liturgia judicial. Imponen
el miedo, la memoria colectiva de la pena.6
La tierra y el indio: la vida planificada, "el yugo y la correa"
En todo lo que sigue, aunque pueda extrañarnos, advertimos hechos y
actitudes que preanuncian otros más recientes. En efecto, hemos de
encontrarnos, pues, a nosotros mismos en las prácticas de un pasado
aparentemente lejano y en los métodos que integran a los indios. Mano de
obra de la tierra sometida, el natural pasa forzado a ello a vender su
alma como mercancía y a trabajar dentro de un sistema que es el
característico del Nuevo Mundo. Por otra parte, la actitud de los
dominadores locales se identifica con la actitud de los dominadores de
todas las conquistas; planifican la vida en sus menores detalles
cotidianos sin abandonar en ningún momento la violencia. Como luego
veremos mejor, ningún sistema político puede subsistir mediante la
práctica exclusiva de la fuerza física, con la violencia del látigo.
(Rodríguez Molas, 1983, 1984, 1985.)
Integración y también violencia. A esos factores alude José de Acosta,
provincial jesuita de su Orden en el Perú, experto testigo de los
métodos de dominio, en De procuranda Indorum salute de 1578. En primer
lugar, dice, deben poner a los indios el "freno y cabestro" y sujetarlos
como si fuesen bestias de carga. E insiste en que la servidumbre es el
resultado de las "acciones bestiales" de los naturales y de "sus
perdidas costumbres que no obedecen más que al apetito de su vientre o
lujuria". A esas propuestas le suma el castigo corporal:
"Apriete el jumento las quijadas con el cabestro y el freno, impónle
cargas convenientes, echa mano si es preciso del látigo; y si da coces,
no por eso te enfurezcas ni lo abandones [...] la índole de los bárbaros
es servil, y si no se hace uso del miedo y se los obliga con fuerza como
a niños, rehúsan obedecer".
Acosta basa la servidumbre en textos del Eclesiastés:
"Al asno cebada, la vara y la carga; el pan, la disciplina y el trabajo
al esclavo: con la disciplina trabaja y no está buscando el descanso...
El yugo y la correa doblan la cerviz dura, y al esclavo lo doma el
trabajo constante" (33, 25 y siguientes).
Esas palabras, reimplantación del pasado, no son circunstanciales.7 Algo
similar señalan entonces en Brasil; los indios y los negros -opinan-
requieren tres "p" para vivir en orden: pan para la alimentación, palo
para los castigos y paño para la tanga que cubre el sexo.
Las anteriores son algunas de las teorías de un sistema que controla y
restringe el ocio, los menores detalles de la vida cotidiana. Pero no es
todo. Escribe Acosta: "es necesario regir a estas naciones bárbaras,
principalmente a los negros y a los indios [...] de suerte que con la
carga saludable de un trabajo asiduo estén apartados del ocio y de las
costumbres, y con el freno del temor se mantengan dentro de su deber".
Pragmático, nada deja sin analizar. Fijémonos, por otra parte, que el
trabajo forzado en ningún caso alcanza a los curacas que participan del
dominio. Es que proyectan la obediencia -una realidad que nos trae el
recuerdo de prácticas cercanas a nosotros- a través de los jefes
tribales que practican los estilos de vida étnicos o folk de los
sometidos. Y asociados a esos métodos, encontramos otros que reemplazan
el uso de la fuerza física: danzas, liturgia barroca y actividades
colectivas que encauzan la vida e impiden el desarrollo de la
individualidad creadora, todo pensamiento racional o libre. Escuchemos
atentamente a Acosta: "Será también -dice- muy provechoso poner toda
diligencia en los ritmos, señales y todas ceremonias del culto externo,
porque con ellos se deleitan los hombres animales, hasta que poco a poco
vaya borrándose la memoria y gusto de las cosas pasadas." Quevedo dice,
por entonces, que un "pueblo idiota es seguridad del tirano" y el duque
de Newcastle, en Inglaterra y en la segunda mitad del siglo XVII,
sostiene que la actividad deportiva "absorberá la atención de los
hombres haciéndoles inofensivos, lo cual librará a Su Majestad de todo
alboroto y sedición".
En una situación similar a otras contemporáneas, en esos días en los
dominios de España, inducen al pueblo al odio a un mundo ajeno y
distinto denominado, según las épocas, judío, hereje, extranjero,
términos que definen, todos ellos, a sectores internos o externos bien
diferenciados y opuestos, dicen, a los "estilos de vida" nacionales. Y
además proponen la permanencia del pasado étnico, la detención de la
historia. Peramás, misionero del siglo XVIII, advierte las dificultades
que puede traer la alfabetización de los indios, alzamientos, herejías.
Y Sepp, su compañero, recuerda el porqué de esa actitud; los naturales,
aconseja, "permanezcan humildes y sencillos pues para las mariposas y
mosquitos no hay mayor peligro que el brillo de la vela encendida".
(Rodríguez Molas, 1985.) Nos encontramos, sin duda, con la propuesta "de
las culturas", el plural desintegrador y esclerótico que pregona la
demagogia populista.
Pero no olvidan la fuerza. El Concilio Límense de 1582 prohíbe a los
sacerdotes que castiguen personalmente a los indios. Una actitud similar
a la del Santo Oficio al delegar en el brazo secular las penas que
impone. Y éstas son siempre públicas. En 1857, en Catamarca, fray
Mamerto Esquiú pronuncia una alocución con motivo del suplicio de un
parricida. Escuchemos su clamor: "El ocio blando, las divertidas orgías,
los lances de fortuna en el juego, qué cosas bellas para vosotros [...]
Ellos son el semillero de todos los grandes crímenes, allí está la
escuela de los mayores: ellos son la cuesta rápida que termina en el
patíbulo". (Ortiz, 1883, I, 157-160.)Son algo más que simples palabras.
Por regla general, y a la larga, obtienen así el "efecto aterrador" que
señala Francisco Peña, miembro del Santo Oficio, al reeditar en 1578 el
Manual de Inquisidores de Nicolau Eymerich. El mismo efecto promueven
las misiones paraguayas. Cardiel, jesuita, cuenta en el siglo XVIII
parte de esa realidad. "Cuando los hacemos azotar a los indios por sus
faltas -escribe- es cosa de admirar la humildad y obediencia que
muestran en el castigo. Van prontos al castigo que los intima secundum
allegata et probata, y varias veces inocentes, sin repugnar nada; y
aunque sean muy valientes, en la puerta, en lugar de los votos y
blasfemia que suelen proferir los delincuentes españoles, ellos no dicen
otra cosa que Jesús María, Jesús María; y luego al punto vienen a besar
la mano al padre diciéndole: Dios te lo pague porque me has dado
entendimiento. Y sucede a veces que algunos de los huidos, que no han
podido sujetar los españoles por su fiereza, trayéndolo al padre, y
sentenciándolo a azotes, luego va como una oveja, los recibe sin
resistencia y besa la mano con admiración de todos, y sin acertar en qué
consiste." Es, sin duda, un sistema aparentemente perfecto en su acción
planificadora de la existencia, con una escala de premios y castigos
eternos. Así, imponiendo la visión ontológica del mundo, controlan el
comportamiento de los hombres. Sabemos, por otra parte, que ese deseo y
esa praxis de llegar a lo más profundo del ser humano, de dominarlo, lo
confirma a mediados del ochocientos fray José de Parras. En efecto, nos
dice que en la reducción de Itatí, Corrientes, los franciscanos flagelan
a los indios que no entregan la cantidad de hilo de algodón asignada.
"Han concebido -agrega- con tanta tenacidad esto de que el castigo es
una señal de amor, que sucede cada instante llegar un indio al cura con
grandes quejas porque no lo mandaba castigar [...] y que era señal que
no le quería, y verse precisado el cura a mandar que le diesen
veinticinco azotes, los cuales siempre se dan en medio de la plaza."
Ya vimos cómo las creencias sacralizadas, la fuerza y el dominio de los
jefes que apoyan a los españoles (y con una intensidad que varía en el
tiempo y el espacio), integran a los indios a los intereses de la
conquista. "Porque es maravilloso -escribe Acosta- la sumisión que todos
los bárbaros tienen a sus principales y señores." Y agrega: "Muchos
convencidos de que si no es por el miedo y la fuerza no harán nada con
los indios, se enfurecen hasta herirlos con azotes, y no temen volver
las manos consagradas a Dios a dar bofetadas a los suyos: cosa
abominable e indigna de la autoridad sacerdotal, que el que lleva el
nombre de padre y ocupa el lugar de Cristo haga tan vil carnicería". El
castigo corporal debe siempre estar a cargo de un funcionario laico,
alcalde o corregidor, evitando así el poder que proyecta a terceros el
odio a los sacerdotes: "que cuánto de duro o desagradable haya de hacer
contra los indios sea más bien por manos de ellos [...] y el párroco
mandándole aplicar la pena se hiciese menos odioso". Nos encontramos,
nuevamente, con la dicotomía entre el Evangelio humanístico y la
condición inhumana que impone el dominio de los más, en este caso los
indígenas, mano de obra forzada de los conquistadores de la tierra. Una
elección que no tenía bajo ningún punto de vista el interés del pueblo.
Siempre había sido así. Por otra parte, el hecho se repite a lo largo
del tiempo, el poder religioso como el laico relega en otros, una
categoría de seres que aparentan actuar disociados de sus mandantes, la
aplicación de la tortura y de los castigos corporales. A pesar de esos
caminos tradicionales que se proyectan al futuro, imponen asimismo la
autorrepresión tradicional que tiene como artífice a la Iglesia a través
de los estados de éxtasis religioso, de la esperanza en un mundo mejor
después de la muerte. Autorrepresión y también autocastigos. Sobre la
conveniencia de los cilicios y disciplinas nos informan los reglamentos
de las órdenes religiosas y los tratados apologéticos destinados al
pueblo. Como señalamos en otra ocasión, se enseñaba a apagar el deseo
sexual derramando la sangre del propio cuerpo, destruyéndolo. El
resultado es que cada ser humano se transforma así en su propio
torturador, la perfección de todo un sistema. Durante siglos, desde los
más variados medios, se induce en ese aspecto. Recuerda un jesuita en el
siglo XVIII que no sólo la mortificación de la carne es un remedio
contra las tentaciones "obscenas", también, agrega, lo es contra la
"melancolía". "La razón -expone- prueba que al azotar el cuerpo se da
movimiento a la sangre, a los espíritus vitales; y la experiencia
demuestra que este castigo llevado con valor y fe en Dios infunde
alegría al alma, disipa la tristeza y rechaza al demonio con todas sus
operaciones malignas". (Morelli, 1911, 75.) Durante mucho tiempo, y con
frecuencia, se recurrió a ese método.
II
LAS VIOLENCIAS DE LOS CASTIGOS Y LA IDEOLOGÍA DE LA VIDA ASCÉTICA
Indios, mestizos y negros: entre el castigo corporal y la ideología del
dolor y de la muerte
Debemos insistir, en primer lugar, en el hecho ya advertido de que
ningún orden social totalitario perdura sin cierto apoyo de los más, el
de la masa, sea a través de una conformidad sustentada en valores
abstractos o, ya en los tiempos modernos, en otros seculares, en la
esperanza de aspiraciones comunes que asocian al pueblo y a la élite del
poder. Como se ha observado, los Estados totalitarios contemporáneos y
sus prefiguraciones preindustriales hacen siempre uso de las más
variadas técnicas y métodos para establecer esa coordinación. Y
desgraciadamente, para el poder siempre la coordinación significa
conformidad absoluta impuesta con argumentos irracionales y sostenida
por la fuerza. La conformidad del miedo y del silencio.
Es la realidad del Nuevo Mundo. En la segunda mitad del siglo XVI
encontramos en el Perú la actividad del virrey Francisco de Toledo
(1569-1581), legislador que en defensa de los intereses de los
propietarios y encomenderos, sin olvidar los propios de la Corona,
organiza los sistemas de servidumbre. En esa acción es secundado por el
oidor Juan de Matienzo, autor de un plan de dominio organizado, y que en
líneas generales ha de ponerse en práctica. La intención de esos
intereses, que, sin duda alguna, se fueron haciendo cada vez más
importantes y decisivos en el transcurso de los siglos XVI y XVII, se
puede advertir en las siguientes afirmaciones que se incluyen en una
carta enviada por Toledo a Felipe II: "puede Vuestra Majestad ordenarles
a los indios leyes para su buena conservación y hacerles cumplir aunque
las contradigan y sean contra su voluntad como sería que no estén bien y
a la república y gobernarles con algún temor porque de otra manera no
harán nada". La coordinación totalitaria a la que aludimos y también la
violencia física.
En esa perspectiva, la del dominio que perfeccionan, recordemos que, por
entonces, en el Nuevo Mundo señalan el cuerpo de los esclavos, indios o
africanos, con un hierro candente. Igual pena sufren los rebeldes y los
reos de diversos delitos. Símbolo perpetuo e imborrable de una
condición, la señal constituye una infamia para quien la lleva. En el
siglo XVI, un tiempo de discusiones propias del bizantinismo
escolástico, teólogos y juristas sostienen que de ninguna manera deben
hacerlo en el rostro por ser éste hecho a imagen y semejanza de Dios. De
otra opinión es Solórzano y Pereyra: "En siendo esclavos legítimos
-escribe en Política Indiana-, el mismo derecho introdujo la costumbre
de poderlos herrar en el cuerpo o en la cara, a voluntad de sus amos, o
ya para castigarlos por sus hechos y excesos, o ya para tenerlos más
seguros de que no huyesen.
Pero donde comúnmente solían ser llamados Stichos, Stigmáticos o
Stigmosos por las letras o marcas con que les señalaban el rostro, como
a cada paso lo advierten muchos autores". (Solórzano, 1971, I. 138.)1 En
lo referente a los negros esclavos, nativos o no del África, la
costumbre persiste hasta 1784, prohibiéndola entonces una disposición de
Carlos III. Haciendo uso de esta costumbre, herencia de Roma, los
españoles y portugueses señalan a las indias e indios de su propiedad
con una marca de hierro incandescente. Precisando más: lo observamos en
el siglo XVII en las esclavas guaraníes de Asunción y en los chiriguanos
rebeldes prisioneros de guerra. Está tan arraigada la marcación,
legislada, que en 1629 el gobernador del Río de la Plata, Francisco de
Céspedes, solicita autorización al rey de España para herrar a los
indios serranos de Buenos Aires. "Conviene -escribe a Felipe II- [...]
señalarlos en el rostro [...] para enfrenar su furia y venderlos, y es
tanta verdad esto que teme más el indio que lo embarquen, desterrándolo
a Brasil, que si lo sentenciaran a muerte."
Ahora bien, otras realidades aluden a las mutilaciones que sufren los
naturales rebeldes. Señalemos en pocas palabras las causas de los
alzamientos. Ocupadas las mejores tierras por los conquistadores,
vencidas muchas etnias, encomendadas las tribus, de ahí en más los
indígenas deben servir con su trabajo a los dominadores. Muchos,
forzados por el hambre y la desesperación, para satisfacer sus
necesidades faenan el ganado de los feudatarios; otros, cazadores o
guerreros, huyen o se rebelan. Aníbal Montes, especialista que estudió
el alzamiento calchaquí de 1630-1643, determina en los registros
documentales numerosos indios mutilados (castrados, desorejados,
destalonados). (Montes, 1959.) La idea de esta situación es expuesta con
claridad en el nombramiento, fechado en Córdoba del Tucumán, del capitán
de campo Antonio Ferreyra. El texto, preciso en su inhumanidad, nos
evita todo comentario: "procediendo -le ordenan- contra ellos [los
indios] de palabra como capitán de campo, cortándoles narices, orejas o
dedos y desjarretándoles y dándoles muerte natural o corporal".
Sin duda, el corte de los tendones a los reos de delitos leves, una
primera advertencia, es el modelo de la justicia sumaria de la época.
Por lo demás, en el otro extremo de esas acciones, y para penar a
quienes enfrentan con las armas a los españoles, descuartizan, queman,
ahorcan. En enero de 1577, en Córdoba del Tucumán, el gobernador Gonzalo
de Acosta decide "hacer castigo, conquista y pacificación" a los indios
de la tribu del insumiso Juan Calchaquí. Iniciada la campaña militar,
apresa a poco a cinco guerreros: a tres da muerte; retiene a un cuarto y
al restante, después de cortarle una mano, lo envía con un mensaje, "se
le envió a Calchaquí cortada una mano con un mensaje". Y también
entonces, luego de una escaramuza, un encuentro sin vencedores ni
vencidos, para amedrentar a los naturales queman vivo delante del campo
enemigo a un prisionero. Más tarde, lo señalan en el informe oficial que
envían a sus superiores: "quemóseles un indio delante de los ojos, que
mostraron sentirlo mucho, todo sin daño nuestro". (Rodríguez Molas,
1985.) Nuevamente la ley de la sangre y del miedo.
En ese contexto, es obvio que semejante condición no podía más que
resolverse a través de otras situaciones. En el tiempo, un tiempo que no
es el mismo en todas las regiones, a medida que la tierra se convierte
inexorablemente en propiedad enajenable, las relaciones entre sometidos
y conquistadores devienen en dependencias de tipo feudal (se las ha
definido como cuasi feudales), y los segundos desechan la esclavitud por
inconveniente. Lo que sigue son algunas de las razones que determinan
esa actitud. Por una parte, los dueños de la tierra se ven obligados a
mantener el equilibrio demográfico, es decir, impedir la disminución de
la mano de obra disponible que destinaban a las chacras, haciendas y
yacimientos. Una mano de obra, el hecho es conocido, que sufre una
brusca caída en el siglo XVI. Por otra parte, paralelamente integran al
indio a los sistemas productivos en desarrollo.
La fuerza y también la integración a los intereses generales. Un testigo
del trabajo indígena, el jesuita Muriel, define en el siglo XVIII como
feudal la encomienda y el yanaconazgo y los compara con los sistemas que
rigen a los campesinos de Alemania y Polonia. Mucho antes Solórzano y
Pereyra, ya mencionado, los considera, defendiéndolos, métodos serviles
de trabajo. Si no se obligase a los indios a trabajar, agrega, "serían
muy pocos los que se alquilasen o mingasen de su voluntad, aunque se les
diesen crecidos jornales, porque son flojos en gran manera, y amigos del
ocio".
Había sido el licenciado Juan de Matienzo, ya aludido, abogado al
servicio de los propietarios, uno de los pioneros en atender y dar
solución práctica a las necesidades y a la codicia de todas las
conveniencias. La idea de su tesis la expone en el libro Gobierno del
Perú (1567) y determina desde esas páginas los métodos más apropiados
para que los naturales "alcancen la libertad que algunos llaman sin la
orden como puedan salir de la servidumbre, y para que asimesmo sean
todos aprovechados y aumentada la Real Hacienda sin daño de nadie". Como
ocurre en todos los sistemas coloniales al transformarse la tierra en
una simple mercancía, bajo los más sutiles argumentos Matienzo desprecia
y degrada a la fuerza de trabajo. Según la esencia ontológica del mundo
que predica y también impone, aconseja inculcar a los indios alguna de
las siguientes propuestas que eran tradicionales en España: "Dios quiere
que obedezcamos a nuestro Rey y no nos emborrachemos". (Matienzo, 1967.)
Pero las cosas no son tan simples.
En realidad los indígenas tienen conciencia de la naturaleza de los
métodos de sumisión. Y, de hecho, advertidos los españoles del peligro,
observan en 1585 sobre las páginas de un Confesionario impreso en Lima:
"Dicen algunas veces los indios que Dios no es buen Dios, y que no tiene
cuidado de los pobres, y que de balde le sirven los indios". Nos
encontramos aquí con la palabra oficial que impone la dicotomía entre la
realidad cotidiana y la doctrina del Evangelio de amor al prójimo y
rechazo de la violencia. Y asimismo con, la imposición de una particular
visión de la vida, que tiene como centro de la existencia el dolor y la
muerte. Lo observamos en los cristos cubiertos de sangre y espinas, en
los Vía Crucis y en las vírgenes dolorosas... En fin, en la práctica de
los autocastigos corporales y en la condena de toda actitud hedonista.
De todas maneras, basándonos en el testimonio de la pastoral del obispo
de Tucumán Julián de Cortázar (1618-1626), destinada a los sacerdotes de
la diócesis, los indios asocian el bautismo al dominio de la encomienda,
a la mita y al yanaconazgo. Advierte entonces el mitrado: "que tenga el
indio o el negro algún conocimiento de aquella santa ceremonia, que no
es cosa natural como para lavar la cabeza, o señal que es esclavo o
criado de los españoles, sino ceremonia de los cristianos o cosa
ordenada al culto de Dios". Es más, por entonces, y tanto en el
virreinato peruano como en el actual territorio argentino, aconsejan a
los naturales resignación y paciencia, que no condenen o traten de
cambiar los males del mundo y acepten la existencia terrestre con
humildad, como una anticipación de la muerte que es la única gloria
aceptada. Y en esa perspectiva ahistórica, les enseñan lo que dice el
Confesionario: "Por eso, hijos míos, hay otra vida, donde se castigan
estos males, y allá pagarán con tormentos el mal que me hicieron. Al
contrario, otros hay en esta vida que están pobres y enfermos y callan y
no hacen mal a nadie, antes obran bien y son buenos cristianos. ¿Que
será de ellos? Por eso hay otra vida donde los buenos reciben bien". Y
agregan en esa misma línea de ideas: "Y si os veis perseguidos y
acosados de muchos males, hombres, alzad los ojos al' cielo que allí
está quien os vengará y volverá por vosotros y aunque agora disimula a
veces a su tiempo hará un castigo que tiemble el mundo. Porque no quiere
y sufre que los traten mal a aquellos por quien dio su preciosa vida".
Una propuesta, en fin, de mesianismo y la imposición de alzar los ojos
al cielo en busca de la justicia de cierto Dios que "disimula a veces"
pero premia con la salvación eterna a los que sufren injusticia.
Compensan los males de la tierra con la representación de un mundo
ideal.
Los métodos y las víctimas de la pedagogía del miedo
Es necesario recordarlo: al analizar los métodos represivos posteriores
a la conquista nos encontramos con realidades concretas y legisladas.
Por una parte, de manera especial, con las normas de los cuerpos
municipales (los cabildos, instituciones que reúnen a los propietarios
de encomiendas y de tierras) que determinan las penas que deben
imponerse a los indios, mestizos y negros. Y por la otra, inserto en esa
trama, tienen plena vigencia en el Nuevo Mundo los códigos españoles que
imponen el tormento judicial: Las siete partidas de Alfonso X y los
posteriores.
En primer lugar, observamos la presencia del rollo o picota tradicional
de piedra o madera. Rollo o picota denominan al poste donde se ejecutaba
la pena de azotes o se exponía a los condenados a la vergüenza y
exhibición pública luego de cumplida la pena de muerte. Se trataba de
imponer de esa manera el temor y el acatamiento a la ley por parte de
toda la población. Como ocurre en el Nuevo Mundo, en España, de manera
especial en Castilla, el rollo es mencionado en todas las actas de
fundación de ciudades, de manera especial en los siglos centrales de la
Edad Media. Por otra parte, su dibujo figura en la mayor parte de los
planos urbanos de la época, elementos indispensable para determinar el
poder. En las Partidas, en el siglo XIII, el codificador español
menciona a la picota y la ubica entre una de las siete maneras de pena
que enumera. He aquí las palabras: "La setena es cuando condenan a
alguno, que sea azotado, o herido paladinamente por yerro que hizo: O lo
ponen en deshonra del en la picota o lo desnudan, haciéndolo estar al
sol untado de miel para que lo coman las moscas alguna hora del día"
(ley 4, título 31, Partida 7). Es, además del sadismo, también la
realidad del Nuevo Mundo.
Todas las ciudades de América española poseen o poseyeron su rollo o
picota. Lo primero que hacían los fundadores -lo determina la ley-, era
levantar el instrumento de la pena física y del temor colectivo. En
Córdoba, Santa Fe, Salta y en todas las ciudades del actual territorio
argentino, luego de haberse redactado el acta de fundación, nombrado el
Consejo, los primeros fundadores instalan en la plaza mayor el rollo que
representa la justicia real, figura que alude a la soberanía de la
Corona y al derecho de ésta o de sus representantes a imponer los
castigos corporales. En Buenos Aires, en junio de 1580, Juan de Garay
coloca el rollo, en este caso de madera debido a la imposibilidad de
obtener piedra en la región. Aproximadamente medio siglo más tarde,
precisamente el 31 de enero de 1637, el gobernador Pedro Esteban Dávila
anuncia por bando público a los habitantes de la ciudad del Río de la
Plata la siguiente disposición de "buen gobierno": "el negro o negra o
india que echara la basura en la calle, lleva pena de cien azotes, que
se darán en el rollo de la plaza pública". Se trata de las penas
diferenciadas que imponen multas a los españoles y castigos corporales a
los grupos denominados "gente de baja esfera". El español o el blanco
criollo siempre se colocaba en el centro de todas las actividades.
Diversos "oficios" tenía la picota (Bernaldo de Quirós, 1948). En torno
a ella, observa un jurista español, se degollaba, se exponía a la
vergüenza, se flagelaba, se mutilaba. Era, sin duda, el símbolo más
preciado de los grupos de poder. "Para la pena de muerte -escribe
Ricardo Levene-, como la de azotes, se guardaban las formas solemnes,
según las cuales el reo era sacado a las calles hasta la Plaza Mayor,
generalmente, donde se levantaba el rollo, acompañado de religiosos y
soldados, con el instrumento de su delito pendiente del cuello". Esa
actitud ante el castigo, refleja el interés por las formas públicas y
por el ejemplo. De ese modo, la violencia legislada cobra,
paulatinamente, una imagen de advertencia bien clara, dramática. Era,
puede decirse, un acto público. Las penas corporales se manifiestan
asimismo a lo largo de las calles, llevándose el espectáculo a toda la
ciudad. Los reos eran conducidos "en una bestia de albarda" y el verdugo
le aplicaba en el trayecto los latigazos estipulados por la justicia,
veinte, cincuenta o más, mientras los pobladores escuchaban los ayes y
los gritos de clemencia. Era, sin duda, la manifestación más perfecta de
la pedagogía del miedo. La justicia de Buenos Aires, por caso, condena
en 1812 a una mujer, autora de un infanticidio, a varios años de cárcel
y, así determinan, "a presenciar la primera justicia de horca que se
ejecute, cabalgada en una bestia de albarda" (Gazeta de Buenos Aires, 29
de mayo de 1812).
Fácil es comprender el significado de todas esas actitudes. Podemos
señalar que siempre la picota es la encarnación de lo represivo del
Estado y también, no cabe ninguna sobre ese aspecto, de lo atávico, dado
que la condena se resuelve en sangre, en sudor, en lágrimas, "vivo dolor
actuando sobre la carne, mediante la penca, la soga o el cuchillo, a fin
de domar el 'ello', el terrible 'ello' de los hombres ansiosos siempre
de la libido de la carne". (Bernaldo de Quirós, 1948.) La violencia,
física constituye, entonces, uno de los métodos más frecuentes para
imponer el modelo sexual procreativo.
Expuesto lo anterior, proseguimos con el tema que nos ocupa. Las leyes
establecen que la tortura sólo se aplica a los reos cuyos delitos pueden
ser castigados corporalmente; en todos los casos, mutilación, azote,
muerte, el castigo recae en los desposeídos de títulos y propiedades.
Con precisión, ya desde el siglo XIII, se estipula la nómina de las
excepciones, la escala de los valores sociales en vigencia; están
exceptuados de la violencia: a) el milite y el caballero; b) el
consejero del rey y los miembros de la burocracia cortesana; c) el noble
y el hidalgo; d) el maestro y el doctor de ciencia; e) el regidor de las
ciudades y villas; f) los descendientes de los mencionados en los puntos
anteriores -"siendo de buena fama" y no hubiesen caído en el "pecado
nefando" o atentado contra la seguridad del Estado-; g) "el clérigo de
orden sacro, sino en que demás de los indicios, es también infamado de
crimen", y en este caso por otro sacerdote "que lo sepa y pueda hacer";
h) el menor de catorce años; i) "el viejo decrépito"; j) "la mujer
preñada o parida". (Hevia Bolaños, 1864.)
Descontada la condición de prueba personal, convicto ya el reo, le
aplican el tormento con el fin exclusivo de indagar el nombre de los
presuntos cómplices en los casos de falsificación, rebeldía, hurto
calificado, homosexualidad y heterodoxia. Debemos señalar que a las
sesiones de tortura sólo están autorizados a asistir el juez de la
causa, el secretario del juzgado y el verdugo. Pero no es todo. Lo
siguiente lo señala un texto jurídico de la época: "Y habiéndose de
atormentar dos o más, se ha de empezar por el más débil de complexión y
naturaleza, y cesando esto, por el más indiciado, para que más presto se
sepa la verdad, sin que uno sepa lo que el otro declara, y de suerte que
no muerto en el tormento [...] es necesario hacer protestación de que no
diciendo la verdad si fuera muerto o lisiado en el tormento no sea cargo
del juez". (Hevia Bolaños, 1864, 242.)
Por cierto, la impunidad más extrema. En caso de que el reo niegue su
confesión, y en un plazo que determinan las leyes, lo conducen por
segunda vez al tormento y así tres veces consecutivas, para evitar una
preparación previa de las víctimas que les permita superar los
interrogatorios (está arraigada la creencia en filtros mágicos y en
bebidas que dan fortaleza), mantienen en secreto el momento de cada
sesión. Sin duda, se trata de una tortura previa a la tortura
definitiva, con lentitud aniquilan la voluntad del reo.
Otra característica reside en la diferenciación de los castigos. Y
nuevamente recurrimos al jesuita Acosta. "Es necesario -escribe- que la
condición de los bárbaros de este Nuevo Mundo por lo común es tal que
como fieras, si no se les hacen alguna fuerza, nunca llegarán a vestirse
de la libertad y naturaleza de hijos de Dios." La fuerza la emplean con
el inferior, el sometido. Una conveniencia que se afirma en los años
siguientes. Es una realidad tan frecuente, y lo que exponemos refleja
una parte de la legislación, que en 1750 el Cabildo de Santiago del
Estero advierte sobre el peligro de castigar los encomenderos a los
alcaldes indígenas y caciques que apoyan a los propietarios y
contribuyen a mantener el dominio. Nada cuentan en las especulaciones
los naturales del común. En otros casos van más lejos. Sin entrar en
demasiados detalles, recordemos que en 1785 la Real Audiencia permite
que se apliquen penas corporales, siempre y cuando se trate de un reo
considerado de "baja suerte", sin que medie un juicio previo: "con
algunos azotes en lugar público y destinados luego a las obras públicas
por algunos meses". (Mariluz Urquijo, 1952, 279.) "Baja suerte", es
sabido, define siempre la pobreza y la dependencia; define también la
desvalorización de la existencia humana y la razón del miedo de la
élite; cincuenta, cien, doscientos azotes en la espalda de los reos y
mientras éstos recorren encadenados las calles de la ciudad o el pueblo
donde cometieron los delitos. Como ocurre en las plantaciones del Brasil
y de Cuba, también en el Río de la Plata la delgada vara de membrillo o
el látigo de cuero son símbolos de poder y dominio. Un símbolo que
persiste en otras instituciones. Nos recuerda en 1882 José Hernández en
su Instrucción del estanciero que "el arreador [látigo de dos metros de
longitud y de mango corto] es en el capataz la señal de su autoridad y
ningún peón puede usarlo"; el capataz, agrega, debe ser "como un oficial
con sus soldados, para que le obedezcan, y para que ejecuten
puntualmente y sin tardanza sus órdenes". No debe extrañarnos. En 1852,
prosiguiendo con una tradición secular, el derecho canónico autoriza la
flagelación de los clérigos conventuales y lo hace advirtiendo a los
superiores de las órdenes religiosas que los castiguen con moderación
("no haya riesgo de sangre").
En 1789, llevados por un interés represivo similar, los cabildantes de
Córdoba informan a los miembros de la Real Audiencia que siempre habían
flagelado a los negros e indios sin necesidad de un juicio previo y ante
la acusación de un vecino. Y observan en 1975, en Catamarca, el éxito
obtenido en la represión de vagos y malentretenidos (Rodríguez Molas,
1968). Comentan entonces eufóricos: "se ha observado por remedio usar de
azotes con los reos de esta naturaleza, pues con este castigo se ha
experimentado ya alguna enmienda en años antes, gozando los vecinos de
paz y quietud".
Detengámonos en el litoral Atlántico, en Buenos Aires. Debemos hacer
hincapié en el hecho de que en la segunda mitad del siglo XVIII, como
ocurre en otras regiones del Nuevo Mundo, se incrementa el control
social. En esa perspectiva, reprimen con más vigor. En abril de 1772,
con motivo de prohibirse los cohetes y fuegos de artificio, ponen á los
infractores de "condición española" a pagar una multa; en cambio,
agregan, tratándose de individuos de "color bajo" les aplicaría la
autoridad policial castigos corporales y destinados luego a trabajos
forzados en un presidio.
El problema de la diferenciación de la "medida" é intensidad del
castigo, el tiempo de la tortura, había sido determinado mucho antes,
herencia de la legislación romana y de las normas de Alfonso el Sabio.
En 1790, por caso, y entre tantas otras ocasiones, reprimen los juegos
de naipes y dados, "los fandangos a deshoras de la noche" ("perdición de
esclavos e hijos de familia"), en fin, todo tipo de reunión privada o
pública. Pues bien, los pulperos propietarios de los locales donde se
cometiesen las infracciones, siempre que fuesen europeos o de ese origen
serían multados; sus clientes, "pardos o morenos libres, desterrados a
un presidio". Por último, para finalizar esta enunciación, en febrero de
1797 el virrey Meló de Portugal organiza el trabajo de los aguateros de
Buenos Aires y determina las penas que deben imponer a los transgresores
de las ordenanzas; ellas son, cuatro años de presidio a los blancos, por
una parte, y, por la otra, a los negros, indios y mestizos, además de lo
estipulado, cien o más azotes. Se trata, simplemente, de la trasgresión
a una ordenanza de carácter municipal.
Nos referiremos, ahora a la tortura judicial en el Río de la Plata. De
tanto en tanto encontramos en los sumarios judiciales los incidentes que
ocurren en las pruebas o cuestiones. Reseñaremos algunos casos
singulares; por norma, son tan análogos unos y otros, que, de ser
posible, la enumeración de todos resultaría monótona. Sabemos, por otra
parte, que en los días de la conquista de la tierra, algo ya vimos, los
castigos y los tormentos se apartan de los tradicionales que señalan los
códigos.
Pero Hernández, un cronista que en 1545 redacta la Relación de las cosas
sucedidas en el Río de la Plata, cuenta los tormentos más frecuentes en
las ciudades de Buenos Aires y Asunción. Refiere, entre otras barbaries,
que Irala ordenó cortar los brazos de un indio por el "delito" de cruzar
a traviesa un campo sembrado. También son frecuentes las mutilaciones
sexuales: "Juan Pérez, lengua, cortó lo suyo a un indio cristiano de
casa de Moquirace por celos que tuvo del". Barbarie, sadismo e
irracionalidad.
Esa es una parte de la escena; en el interior -a lo largo de la ruta que
conduce al Alto Perú- y a partir de la "entrada" de Diego de Rojas, una
operación comercial, advertimos los enfrentamientos de los jefes
militares por el dominio de una jurisdicción o un grupo tribal. Resulta
expresiva y reveladora la actitud del gobernador Bernardo de Lerma al
asesinar, no sin antes aplicarle refinadas torturas, a su antecesor
Gonzalo de Abreu, lo cuelga; observa un testigo, "echándole doce arrobas
a los pies, con que lo mató y rompió las venas". En 1582, un año más
tarde, Lerma funda la ciudad de Salta.
Luego de la violencia de la conquista, imponen los dominadores la ley y
el tormento. Cambiante de un caso a otro, los usan ya en Buenos Aires a
comienzos del siglo XVII. Efectivamente, Hernandarias de Saavedra,
gobernador y juez encargado de reprimir el contrabando, es uno de sus
más fervorosos partidarios. Nacido el funcionario en la tierra desolada
y primitiva, la violencia física constituye su actividad preferida.
Funcionario a fines del siglo XVI en la ciudad de Asunción, con fines
precisos entrega vino envenenado a los indios guaicurúes. Y es él,
precisamente, ganadero latifundista, el protagonista de lo que pasamos a
referir.
En 1615 detienen en Buenos a traficantes de esclavos y a marineros de
naves negreras acusados de contrabando. En términos esencialmente
pragmáticos se trata de una actividad que perjudica los negocios de los
parientes y socios del gobernador, de manera especial a su hermanastro
Trejo y Sanabria, obispo de Córdoba del Tucumán, mercader y activo
vendedor de negros africanos. Encadenados y engrillados los reos, los
someten a torturas en el fuerte de la ciudad con la asistencia personal
de Hernandarias de Saavedra. Así registra el secretario del juez el
comienzo de la sesión de tortura, en este caso la de un joven marino:
"proseguirá [dijo Hernandarias] en darle tormento y para el dicho efecto
hizo traer ante sí un burro [potro] de madera con un argollón de hierro
y [le dijo al preso] que el daño que en él recibiere sea por su cuenta y
riesgo y no por la del dicho gobernador, que es comisario, y al dicho
efecto le mandó quitar los grillos y cadenas que tenía puestos y
desnudar y echar en el dicho burro, y estando echado le volvió a hacer
el mismo requerimiento".2
Y luego de una pausa: "por no decir nada le mandó el dicho gobernador
poner los cordeles e atarlos en las pantorrillas de las piernas,
molledos de los brazos y en los muslos, y la argolla del hierro al
pescuezo. Y estando así dijo el preso: -Si voy declarando no apretéis
mucho. Y el dicho señor gobernador mandó no le diesen ninguna vuelta
hasta que vaya diciendo y aclarando".
La víctima guarda silencio mientras el verdugo da vueltas al torniquete
que ajusta las cuerdas del potro y estira los miembros. De espaldas al
torturado, escondiendo el rostro, el inflexible funcionario criollo
interroga sobre los nombres de los implicados y sobre la trama de los
mercados esclavistas, de Bahía y Angola. Un déspota que no se anima a
enfrentar frente a frente a la víctima. Y presuroso anota el secretario:
"[Dijo el preso] desáteme que yo diré la verdad que quiera decirme el
señor gobernador, y preguntarme que yo diré todo [...] desáteme que yo
diré la verdad [...] Y dijo: si yo no le veo la cara cómo tengo que
decirle la verdad, estando el señor gobernador sentado en una silla en
la cabecera de dicho potro, y mandó lo mudasen y lo pasasen delante
hacia donde estaba el rostro del dicho".
Finalizada esta parte de la sesión judicial, obtenida la prueba
requerida, trasladan al joven a la cárcel. El mismo día, en una realidad
similar de violencia, torturan a mercaderes sefarditas portugueses,
ejerciendo en ellos su odio secular. Evidentemente, algo ya vimos, desde
niño lo habían inducido para que pudiese ejercer esa actividad con odio
y pasión.
El caso que mencionamos es ilustrativo y de ninguna manera constituye
una excepción. Efectivamente, nos encontramos con agresiones definidas
eufemísticamente como judiciales. Por otra parte, debemos observar que,
de un modo u otro, más violentos y sádicos son los tormentos que someten
a los reos acusados de rebelión contra el orden social y político.
Recordemos sumariamente -en todos los textos escolares figura el relato-
las torturas y el suplicio de Tupac Amaru. Tras la derrota militar, así
lo determinan las investigaciones de Boleslao Lewin, la muerte y el
terror persiguen a los seguidores más notorios del caudillo indígena. He
aquí el fallo del proceso contra el rebelde peruano:
"Que sea sacado de la cárcel donde se halla preso, arrastrado de la cola
de una bestia de albarda, llevando soga de esparto al pescuezo, atados
pies y manos, con voz de pregonero que manifieste su delito, siendo
conducido de esta forma por las calles públicas acostumbradas al lugar
del suplicio, en el que, junto a la horca, estará dispuesta una hoguera
con sus grandes tenazas, para que allí, a la vista del público, sea
atenazado, y después colgado por el pescuezo y ahorcado, hasta que muera
naturalmente, sin que de allí le quite persona alguna sin nuestra
licencia, bajo la misma pena, siendo después descuartizado su cuerpo, su
cabeza llevada al pueblo de Carabaya, una pierna a Paucartambo, otra a
Calca, y el resto del cuerpo puesto en una picota en el camino de la
Caja de Agua de esta ciudad."
Descuartizamiento judicial en vivo, previa tortura con tenazas
incandescentes destinadas a arrancar trozos de la carne del reo.
Situaciones semejantes en cuanto al tormento previo al suplicio, la
ejecución del caballero La Barre en Francia, hacen decir en julio de
1766 a Voltaire: "La atrocidad de esta aventura me llena de horror y
cólera [...] No quiero respirar el aire que respiráis vosotros".
A esas realidades alude, aceptándolas sin el menor escrúpulo de
conciencia, el tratadista y abogado de Charcas, profesor de la
universidad altoperuana, José Gutiérrez de Escobar. Lo hace, con
indudable interés didáctico, desde las páginas de unos apuntes jurídicos
ampliamente difundidos a fines del siglo XVIII en el Río de la Plata,
Chile y Perú, impresos en Buenos Aires. Pues bien, alude a los tormentos
más frecuentes, cuya intención explica: "siendo aquí digno de notarse
que hoy sólo se usa el tormento del potro y cordeles, aunque también en
las ocurrencias de las presentes sublevaciones del Reino se ha visto
practicar junto con el agua, echándole algunas cuartillas por el
gaznate". (Raimundin, 1953, 134.)
Es, si se quiere llamarlo así, la acción corriente del absolutismo al
fracasar el dominio sustentado en prácticas de sometimiento que no
requieren de la violencia física. Pese a todo, el miedo y el terror de
la fuerza son características que perduran y se trasmiten en el tiempo.
Podemos observar realidades similares, entre tantas otras, en 1795 con
motivo de la "sublevación de los franceses", movimiento jacobino con la
participación de negros, mulatos, indios y extranjeros residentes en
Buenos Aires.3 Nos encontramos con un tímido reflejo de hechos e ideas
que se desarrollan a miles de kilómetros. En el Río de la Plata, y de
manera especial en Montevideo, puerto obligado de los veleros mercantes
esclavistas, una y otra vez mencionan la influencia del movimiento
revolucionario en los desposeídos. En parte, dicen, se debe a las
conversaciones de los marineros de las naves francesas, mulatos y
negros, con los africanos y sus descendientes que viven en el puerto
marítimo de la Banda Oriental. Así las cosas, el terror estalla en 1795.
En febrero de ese año, en Buenos Aires, el alcalde Martín de Alzaga,
comerciante monopolista, se lanza contra los enemigos del orden
establecido y confecciona el sumario. En verdad, así lo señalan los
documentos consultados; mucho trabajo tuvo a partir de entonces el
verdugo de la ciudad. Decenas de negros son detenidos y encarcelados.
Uno de ellos, Antonio, recuerda bajo tormento haber oído la siguiente
afirmación, expuesta por un esclavo en un baile: "si ellos [los negros]
se levantan no habían de poder sujetarlos los españoles porque ellos
eran muchos".4 Otro de los torturados en esa ocasión, peón de la Aduana,
cuenta haber escuchado decir a un mulato, en una reunión de pulpería:
"ahora verán los criollitos de aquí y los españoles que los hemos de
hacer ensuciar nosotros y los franceses". La violencia de los menos,
pero también la solidaridad de los desposeídos.
La pedagogía del miedo, la fuerza irracional, se expande asimismo a
otros ámbitos. Los castigos en las escuelas eran tradicionales en el
Antiguo Régimen. Ian Gibson, un prestigioso hispanista nacido en
Irlanda, estudia en su admirable libro El vicio inglés, la costumbre de
azotar a los niños en Gran Bretaña. En el ámbito español y americano esa
tendencia no le iba a la zaga. Como es sabido, en las escuelas públicas
y privadas los azotes y los palmetazos eran una práctica cotidiana, sin
olvidarnos de otros castigos corporales a los que aluden los libros de
memorias, considerándoselos de importancia fundamental para la formación
del carácter de la juventud. Escriben en 1805 sobre las páginas de un
periódico editado en la ciudad de Buenos Aires y en relación a ese
método correctivo: "Al niño se le abate y castiga en las escuelas, se le
desprecia en las calles, y se lo engaña y oprime en el seno de la casa
paternal".5 Y agregan que esa costumbre bárbara debe ser totalmente
desterrada. Nos encontramos ya, en algunos ámbitos del Río de la Plata,
con la palabra vivificadora de la Ilustración.
La opinión no es unánime. Pocos años antes el obispo José Antonio de San
Alberto, partidario de la represión sistemática y del control sobre
todos los hombres, cree en los castigos y en la imposición de un "orden"
vertical, autoritario. En una pastoral que da a conocer en la ciudad de
Córdoba, en 1781, advierte que el Estado debe imponer por la fuerza el
orden sexual y la moral cristiana a la población. Considera, por otra
parte, que la libertad sexual representa un peligro para la estabilidad
del orden social y político imperante. Toda relación placentera, señala,
es un hecho demoníaco y destructor; un infierno, cree, que deshumaniza a
los hombres. Pero no es todo. Sostiene que si la "impureza" o el
"escándalo" se "apoderara" de los fieles de su obispado, adoptaría las
medidas del caso para que las cosas se encauzaran. "Escribiré -dice-,
visitaré, predicaré, gritaré, y cuando ya no pueda más, cuando vea vanos
todos mis esfuerzos e inútiles todas las armas espirituales que Dios y
la Iglesia han puesto en mi mano, llevad a bien que yo llame a mi ayuda,
me apoye y valga de la autoridad del Soberano y de sus ministros quienes
no sin causa llevan la espada [...] para proteger la potestad
espiritual, la observancia de los Sagrados Cánones, y el cumplimiento de
las leyes eclesiásticas y reales." (San Alberto, 1786, 138.)
Son los de San Alberto, tabúes y prescripciones que tienen un origen
social y se sustentan en el temor del Antiguo Régimen a los cambios.
Partícipe de un ámbito donde pueden ya advertirse relaciones entre los
distintos sectores que no son las tradicionales, reacciona y analiza los
hechos. Es, entre otras cosas, un crítico implacable de Tupac Amaru y de
su rebelión. Define al caudillo indígena, sin economía de palabras, como
"rebelde, infame, traidor y apóstata". (San Alberto, 1786, 226.) Por
otra parte, el obispo de Córdoba es asimismo un represor preocupado por
imponer el ascetismo en la juventud. En 1785, con motivo de la fundación
en la ciudad mediterránea de una casa para niños huérfanos, pone en
aviso a los fieles sobre los peligros del lujo en las vestiduras,
imponiéndoles la modestia. La idea general de esa actitud la encontramos
en sus palabras, en alusión al sexo femenino, el demonio de la tentación
para él. Dice en la alocución que pronuncia ese año: "Esa mano débil es
la de una mujer necia, vana y ociosa que [...] gasta la vida en
conversaciones, en adornos, en galanteos y en vicios, hasta parar en una
mujer prostituida y escandalosa que, siendo mala para sí, es la ruina
del caudal, de la salud y aun de la vida de aquellos infelices que
incautamente se dejaron prender de sus lazos o que llegaron a beber del
cáliz dorado de sus placeres". (San Alberto, 1786, 302.)
Esa violenta misoginia represiva, similar a la desarrollada dos siglos
antes por fray Luís de León a lo largo de las páginas de La perfecta
casada, también la advertimos en las más variadas disposiciones legales
y canónicas, en la práctica, en fin, del modelo monogámico, procreativo
y ascético. (Rodríguez Molas, 1984, 14.) Ahora bien, en la mayor parte
de los casos, la estabilidad y el orden se obtienen sustituyendo el
principio del placer con respuestas represivas y hasta de carácter
patológico; modestia en el vestir, ayunos, castigos corporales,
autocastigos, mortificaciones, rezos... y asimismo con el permanente
desprecio a los goces de la vida; no pocas veces, en fin, con el elogio
de la muerte, "el largo viaje" al que aludirían, eufemísticamente dos
siglos más tarde, los personeros del proceso militar. San Alberto, no
podía ser de otra manera, impone a los niños huérfanos de su fundación
castigos corporales y el estricto control sobre los menores detalles de
la vida cotidiana (alimentación, vestuario, descanso, diversiones). "No
es razón -escribe- permitir en este pequeño rebaño del Señor ovejas
roñosas, capaces de inficionar y perder a las demás." (San Alberto,
1786, 356.) Es más, en plena Ilustración, mientras se advierten ya los
primeros resquicios en el relajamiento del autoritarismo patriarcal, el
obispo de Córdoba clama, el 6 de enero de 1784, contra lo que denomina
"voluptuosidad suprema". Una actitud, cree, que puede llegar a destruir
el orden establecido. Para evitarlo, desde su pulpito solicita a los
reyes de España que destierren de la Corte "el lujo, el libertinaje y la
impiedad [...] para que [éstas] no lleguen a contagiar las Provincias".
Lamentablemente, esa visión del hombre y de la vida se proyecta en el
tiempo y persiste en los años posteriores a la emancipación política del
país. El círculo de ideas autoritarias y represivas al que nos venimos
refiriendo, prosigue sin cerrar su recorrido en las palabras casi
oficiales expuestas en 1812 por intermedio de la Imprenta de Niños
Expósitos. Entre otras cosas aconsejan, entonces, un manual para el
ciudadano titulado Catón cristiano, que los hombres no canten ni dancen
en presencia de mujeres "porque no den ni reciban escándalo". E iban más
lejos al determinarse, por caso, la necesidad de que el ciudadano "No
ame a nadie, ni desee ser amado extremadamente, porque este género de
amor sólo a Dios se le debe". Muchos años más tarde, en la sesión de la
Cámara de Representantes de la Provincia de Buenos Aires del 15 de
febrero de 1828, Tomás de Anchorena se opone a la educación de la mujer,
a toda posibilidad de independencia. Su palabra, con la de sus
partidarios, es la palabra de los sectores más retrógrados del país, la
de quienes apoyan al sector latifundista de Buenos Aires. Para él, la
mujer "sólo debe llenar los deberes de madre". Y agrega, aclarando aun
más sus ideas sobre los cambios que lentamente se iban introduciendo:
"Con respecto a la educación de las mujeres vemos, en verdad, muchas
maestras extranjeras... Entienden las mujeres mucho de perifollos y
modas, pero poco de lo que conduce a aumentar en las niñas desde su
infancia la religión, la modestia, la moral y las buenas costumbres". En
el mismo discurso alude a la invasión de inmigrantes extranjeros,
"corrompidos" los denomina, y teme por los cambios que puedan inducirse
en las costumbres tradicionales. En los valores, los de toda índole, que
deben defenderse con la violencia física y mental. Encontramos en la
palabra de Tomás de Anchorena, un argumento que es una constante en las
represiones de todos los tiempos.
III
LOS DÍAS
QUE LLEGAN: LA ABOLICIÓN DE LA VIOLENCIA
La función creadora dé la historia y de los hombres: la abolición de la
tortura
La palabra de la Ilustración -sus ideas racionales- es una realidad
decisiva en el desarrollo de la Argentina en el transcurso de las
primeras décadas del siglo XIX. El proceso viene de lejos, dinámico en
el siglo XVIII al establecer los ilustrados los derechos naturales e
inalienables del hombre e invalidar la tortura y la pena de muerte.
Entre éstos: Montesquieu, Beccaria, Voltaire, Mirabeau, Condorcet... Si
bien es una labor del conjunto y de la acción de la historia, le debemos
a Cesare Beccaria (1738-1794) haber racionalizado el problema de los
derechos del hombre en las ya clásicas páginas de su libro De los
delitos y de las penas (1764), donde el abogado milanés analiza el
origen de las penas y las leyes represivas. Condena, sin economía de
palabras útiles, sin reparo, los tormentos. Un hombre, expone, no puede
considerarse culpable antes de la sentencia, en un juicio imparcial, por
un juez y con una defensa adecuada, y menos condenárselo a muerte.
Son, sin duda, muchos de los rasgos singulares de Cesare Beccaria, los
mismos que atraen al liberalismo -una propuesta progresista para la
época- e irritan al absolutismo monárquico y a los tradicionalistas
adheridos al pasado y opuestos a toda innovación. Sostiene, y la
afirmación causa asombro en sus días, que el hurto impulsado por la
miseria y la desesperación no puede ser condenado. El jurista milanés
acentúa el hecho de que ese tipo de apropiación lo comete "aquella parte
infeliz de los hombres, a quienes el derecho de propiedad, terrible y
acaso no necesario, les ha dejado sólo la desnuda existencia". ¿Una
propuesta de utopía? Es posible, y no olvidemos que quien así se expresa
es un noble, y también un liberal de la primera época. Cabe concebir,
además, una reacción de ese tipo luego del análisis racional de los
hechos.
Pero lo expuesto no es todo. Francisco Venturi, un historiador
contemporáneo, señala que las propuestas que contiene De los delitos y
de las penas dan origen a los términos "socialista" y "socialismo",
exponiéndolos por primera vez en 1765 el monje Fernando Faccinei en un
violento panfleto destinado a condenar las ideas de igualdad social y
utilitarismo del milanés. (Venturi, 1969.) Poco después, la Iglesia
incluye el libro de Beccaria en el Índice, abandonando la prohibición
dos siglos más tarde, en 1962.
De todas maneras, lo observa Rodolfo Mondolfo, la obra recorre el mundo.
(Mondolfo, 1946.) Juan Antonio de las Casas, un español ilustrado,
traduce y edita en 1774 el tratado en su país. Pero, herencia de la
Contrarreforma, a pesar de la actitud de algunos ministros de Carlos
III, entre otros Pedro Rodríguez de Campomanes, el ambiente no es
propicio para que De los delitos y de las penas circule libremente; la
obra fue considerada liberal y extranjera por la reacción tradicional
española.
Tres años más tarde, en Madrid, un edicto de la Inquisición de 20 de
junio de 1777, reiterado en 1790, prohíbe y condena el libro. De hecho,
para ellos el mundo debe ser un "jardín de los suplicios".
En Madrid, en 1775, fray Fernando de Cevallos, un monje Jerónimo
defensor del absolutismo, acusa al jurista italiano de inspirarse en los
pensadores materialistas. Lo hace desde las páginas de un farragoso
centón en el que defiende la tortura y el regalismo más absoluto,
combatiendo paralelamente a los philosophos. Es la de Cevallos una
personalidad tradicional y autoritaria, no sin cierta altanería y
soberbia. Esa tendencia, frecuente entonces en España, encuentra
asimismo el decidido apoyo de Pedro de Castro, canónigo de la
Metropolitana de Sevilla y autor de un tratado que titula Defensa de la
tortura o leyes patrias que la establecieron, libro destinado a impugnar
las ideas de Alfonso María de Acevedo, un moderado epígono local de
Beccaria y autor de un estudio abolicionista. He aquí parte de los
argumentos de Castro, cuya intención explica:
"Pero al paso de estas ilustres dotes que le hermosean [a la obra de
Acevedo] es preciso confesar que se hace reparable en ella el alto punto
de una exquisita declamación que resuena por todas sus partes, cuando
debiera aplicarse para este intentó la insinuación, el respeto y la
protesta, y se hace sensible cierto aire insultante y ofensivo de
nuestras leyes patrias, cuya justicia y sabios cuerpos de ellas deben
siempre hacer honor de nuestra Nación Española, aun comparada con la
Griega, Romana y las otras que hoy presumen de cultas; y de nuestros
Augustos Monarcas que las establecieron para el gobierno público y
barrera de la malicia, y las han confirmado permitiendo sin escrúpulo
alguno su vigor y observancia."
Y agrega en otra parte, confirmando su reacción a todo tipo de progreso:
"Afirmar el doctor Acevedo que la tortura es un prejuicio, es un
horrible dogma, es una cruel opinión, una acción inicua y execrable, y
en fin una tiranía [...] y llamar audaces patrones de ella o ineptos
pragmáticos a los autores que la defendieron [...] son proposiciones
éstas que en el modo y en la sustancia podrán muchos guardarlas de
arrojarlas."1
A pesar de la fuerte oposición, la obra de los sectores progresistas no
cae en el vacío. En 1782 Manuel de Lardizábal publica un opúsculo
proponiendo la aplicación de las doctrinas de Beccaria. (Lardizábal,
1792.) Nos encontramos, pues, con la ruptura, a base de fuerzas
antagónicas, del pensamiento jurídico y tradicional. Y si bien el
proceso español es bien conocido, poco sabemos de la influencia del
autor del libro De los delitos y de las penas en el Río de la Plata a
fines del siglo XVTTI. Y mucho menos de la difusión de esas ideas. Es de
hacer notar que uno de los defensores más fervientes de las propuestas
humanitarias del Iluminismo, impugnador de la Inquisición y protector de
los judíos, el abogado español Ramón de Salas (para Menéndez y Pelayo
"volteriano" y heterodoxo), ejerce la docencia en la Universidad de
Salamanca en los días en que Manuel Belgrano asiste como alumno a las
aulas de la casa de estudios salmantina. (Rodríguez Domínguez, 1979;
Elorza, 1960.) Salas, difusor de las teorías de Beccaria, preso y
enjuiciado en 1795 por el Santo Oficio, alejado de los claustros,
escribe sobre los delitos y las penas. Es la suya un ansia incontenible
de liberar al hombre acosado por la barbarie. Testigo de la miserable
condición de los presos en las cárceles de España, escribe: "Los
cabellos se me erizaban y un temblor general se apoderaba de mí al
considerar el desprecio inhumano que las leyes hacían de la libertad,
del honor y de la vida de los hombres".
Sin duda, esa aguda escena de análisis, tal como se presenta en España,
no la encontramos en Buenos Aires. En primer lugar, recordemos que en el
Nuevo Mundo está prohibida la circulación del libro de Beccaria. Y en
segundo lugar, debemos tener en cuenta la pobreza intelectual del medio
río-platense, los cortos alcances de los latifundistas y mercaderes
interesados en la intermediación de manufacturas y en mantener el
dominio que ejercen a través del Cabildo. La indiferencia, por lo tanto,
es general. Las únicas alusiones a los tormentos son favorables a éstos
y las encontramos en los "bandos de buen gobierno"; en los escritos, en
fin, de los procedimientos judiciales. Sólo a partir de 1820, y en los
círculos próximos a Rivadavia -que sepamos-, se analiza y estudia la
obra del defensor de los derechos humanos.
Debemos aclarar otro aspecto de la realidad rioplatense. Se ha escrito
no hace mucho que unos mediocres y mal hilvanados apuntes del obispo
porteño Azamor y Ramírez (1788-1796), resumen de dos o tres libros,
constituyen una condena local de la tortura.2 Todo lo contrario, las
ideas del obispo se asocian al absolutismo antiliberal de los epígonos
de la segunda escolástica (la del barroco). Analizadas esas páginas,
vencido el cansancio de la lectura, de ninguna manera puede afirmarse
que no acepta el tormento. Más aun, para Azamor, la aprobación o
desaprobación de la tortura, se reduce al conocimiento previo de la
opinión de las "bulas y el derecho canónico, y leyes civiles y del
Reino, y la historia". Opiniones, hemos visto, que aceptan y promueven
las infamias. De acuerdo con lo expuesto por el obispo, el rey tiene
pleno derecho a decidir sobre la vida y la muerte de los súbditos. Ésta
es, sin duda, la palabra de un conservador que acciona contra la
Ilustración. Sus argumentos son similares en esencia a los que años más
tarde, en el siglo XIX, revitalizarán otros para combatir las ideas de
humanidad, libertad y justicia, un contramovimiento consciente para
detener el "progresismo" y, sin ninguna duda, en defensa de los
intereses materiales. Es la oposición ideológica contra el mundo
moderno. Si bien con un fuerte contenido irracionalista; propuestas
similares podemos encontrar en los caudillos del interior (propietarios
latifundistas y miembros de familias tradicionales), que pregonan
religión o muerte (de ninguna manera un eufemismo), y consideran a las
ideas liberales, en esos momentos la propuesta más progresista y la
única alternativa posible, un pensamiento subversivo que desea destruir
tres siglos de ideas sacralizadas.
1813: "Borrar con el tiempo... esa ley de sangre"
Hemos analizado brevemente el rechazo de las propuestas racionales por
parte de los sectores tradicionalistas. Señalaremos ahora el proceso de
abolición de la tortura judicial en la Argentina y su supervivencia a
través de las más variadas violencias físicas destinadas a castigar e
imponer el terror en los seres humanos.
Tomás y Valiente (1973, 227) observa que muchas de las ideas sociales de
la Ilustración, las de Voltaire, Beccaria y otros, sólo se imponen en el
heredero directo de ésta, es decir, en el Estado liberal. Lo mismo,
agrega, ocurre en lo que hace a la tortura judicial. España se anticipa
en algunos años a las propuestas que luego tendrían sanción legal en el
país. "En España, el artículo 133 de la Constitución de Bayona de 1808;
el decreto de 22 de abril de 1811 de las Cortes de Cádiz; el artículo
303 de la Constitución de 1812; e incluso, obedeciendo a la corriente de
opinión dominante, una Real Cédula de Fernando VII de 25 de julio de
1814 abolieron legalmente la tortura y cualquier clase de apremios o
coacciones contra los reos o los simples delitos". (Tomás y Valiente,
1973, 227.)
En la Argentina, mayo de 1810 combina la realidad y las ideas de la
Ilustración. Pero a pesar de las intenciones, la escena no varía en lo
fundamental; en la realidad económica y social, continúa la presencia
del latifundio y de los sistemas primitivos de producción ganadera. Esas
características que perdurarán a lo largo del siglo XIX presuponen,
entre otros hechos, un freno a los cambios y el dominio de los más
diversos intereses; un factor, en síntesis, de estancamiento. Y también
presuponen la presencia constante de reacciones y de temores por parte
de los menos.
Nos encontramos ya en las primeras décadas posteriores a 1800 con un
tradicionalismo hecho conciencia, es decir, con el conservadurismo. En
1812, confirmando lo expuesto, así lo determinan los sumarios, la
Comisión de Justicia de Buenos Aires continúa imponiendo penas
diferenciadas, corporales a los hombres de color y pecuniarias a los de
origen europeo. Por otra parte -es la práctica de una costumbre secular-
los vecinos de la ciudad, hacendados y comerciantes, envían a los
esclavos de su propiedad al Cabildo para que el verdugo oficial los
flagele con fines correctivos domésticos, encarcelándolos luego cierto
número de días.3
Fácil es prever la situación en el interior. Los grandes propietarios,
señores de horca y cuchillo, ejercen por cuenta propia el poder de la
justicia. Un hecho tan frecuente y cotidiano que, con reiteración, los
inventarios de los bienes de las estancias de la época señalan la
existencia de cepos y grillos, de ninguna manera instrumentos
ornamentales. Poco después, en momentos de prédica demagógica, la prensa
"federal" acepta como un hecho cotidiano el flagelamiento de los peones
rurales. En El Gaucho, pasquín editado en 1830, un inglés, supuesto peón
de "Los
cerrillos", relata que Rosas, propietario de la estancia, lo había
condenado a un día de cepo. Y lo recuerda con cariño: "Tú sabi esti que
el patrón/Por quitarme la borrachera/Me ponga en el cipo un día/Porque
borracho no fuera".4
Precisamente la Ilustración se opone a esa realidad. Una actitud que
determina el arcaísmo es la lentitud con que comienzan a tomar cuerpo
algunas de las propuestas progresistas. Nos referimos de manera especial
a las fuerzas de la Asamblea de 1813, similares a las que en Cádiz, en
1814, enfrentan el irracionalismo absolutista y derogan todo tipo de
tortura. "El hombre dicen en Buenos Aires- ha sido siempre el mayor
enemigo de su especie, y por un exceso de barbarie ha querido demostrar
que él podía ser tan cruel como insensible al grito de sus semejantes."
Se debe borrar, deciden, "esa ley de sangre". Es, sin duda, el triunfo
de la razón, la autonomía individual y moral y del sujeto. Ahora bien,
¿destruyen en verdad el 25 de mayo de 1813 los instrumentos de tortura
en la Plaza Mayor, Victoria entonces? Todo cuanto nos cabría decir es
que en 1817 el alguacil mayor de la ciudad -cargo equivalente al actual
jefe de policía- solicita, y por estar inutilizado el existente, la
"recomposición urgente" del potro de dar castigo en la cárcel. Algunos
días más tarde, presurosos, los carpinteros entregan el instrumento en
perfectas condiciones y cobran su trabajo. No se trataba por cierto de
una pieza de museo. Proseguía en lo externo e interno la "ley de la
sangre". La ley y una herencia que se mantienen vigente; gobernando
Rosas, en 1851 el inventario de la cárcel registra la presencia del
"potro de castigar" (Romay, 1957, 15). No se trata, por cierto, de un
elemento decorativo.5
A las penas corporales debemos agregar las "estaqueadas" al aire libre
en la campaña, una analogía con los cueros que se secan al sol,
cotidiana en el ejército. En 1860, Carlos Tejedor recuerda desde las
páginas del Curso de derecho criminal que los azotes constituyen una
pena frecuente, aceptándolos. "Esta pena que suele ir junto con la' de
presidio, se ejecuta en la cárcel misma, o en las calles, paseando al
delincuente en un caballo, y dándole en cada esquina cierto número de
golpes, con un instrumento de cuero en las espaldas descubiertas. Los
golpes nunca deben eser tantos que el reo quede muerto o lisiado".6 Se
trata de la tradicional flagelación ambulante del derecho español.
El recuerdo del castigo y del tormento
Son también los latigazos, como ocurría en los años previos a 1810, una
pena frecuente en las escuelas. Complemento de la pedagogía del miedo,
los maestros conducen a los niños a presenciar los suplicios, una
modalidad que se extiende hasta los últimos años del siglo XIX, pues
creen que el contacto con el dolor tiene la virtud de "purificar" las
costumbres y de advertir a la población sobre la muerte. Esa costumbre,
la recuerda, entre otros, Mariquita Sánchez en sus apuntes
autobiográficos: "Se sentenciaba a muerte a un hombre [...] no le
quitaban la vida como ahora, se ponía un torno, y lo sentaban y con el
torno le apretaban el pescuezo, de modo que la lengua quedaba fuera. A
todos los muchachos de las escuelas les daban azotes, para que no
olvidaran lo que habían visto".
Es importante anotar que, si bien persisten bajo otras formas, las penas
corporales en las escuelas se prohíben el 9 de octubre de 1813. Deciden
entonces poner fin a una infamia, que encuentra en el miedo un fervoroso
aliado del dominio sobre los hombres. "Habiendo llegado a entender este
Gobierno -consideran- que aun continúa en las escuelas de educación la
práctica bárbara de imponer a los niños la pena de azotes, cuyo castigo
es excesivo y arbitrario por parte de los preceptores, que no están
autorizados para ello de manera alguna [...] absurdo e impropio, que los
niños que se educan para ser ciudadanos libres, sean en sus primeros
años abatidos, vejados y oprimidos por imposición de una pena corporal
tan odiosa y humillante como la expresada de azotes."7
A pesar de lo dispuesto, la tradición aún se proyecta en muchos, y la
disposición no es aceptada por todos. Pues bien, el 20 de noviembre de
1814 condenan en la ciudad de Buenos Aires al presbítero Diego Mendoza a
ocho meses de reclusión por azotar a sus alumnos de la escuela del
Convento de San Francisco. Tal como hemos de Ver en otras situaciones,
en términos históricos y sociales, este conflicto significa la vigencia
de normas estrictas de control social. De todas maneras, los procesos no
son lineales, en la historia de la liberación del hombre, con frecuencia
el tiempo parece retroceder: en 1815 la Junta de Observación autoriza la
flagelación de los escolares y lo hace a través de sus Estatutos, una
vuelta, es sabido, al más reaccionario de los pasados. Es más, el hecho
se comenta públicamente; el periódico El Americano señala el 22 de mayo
de 1815 la reimplantación de la costumbre antes mencionada en la escuela
del Convento de San Francisco. El presbítero Mendoza se encontraba
nuevamente en pleno uso de sus facultades autoritarias.
En el interior, y aludimos a los controles sociales mencionados, impera
la barbarie. Un mundo primitivo e irracional, estamos frente al orden
impuesto a partir de los primeros años de la conquista de la tierra, las
reglas éticas no tienen ningún valor. Detengámonos en las páginas de las
memorias del general Paz y releamos las que aluden al cautiverio del
militar en Santa Fe. Cuenta en ellas cómo el ayudante Echagüe
mortificaba sádicamente a las indias cautivas en la cárcel de la Aduana
mostrándoles las manos cortadas y sangrantes de sus compañeros,
degollados poco antes. Y también escribe: "Con el mismo fin vi otra vez
[...] una cabeza que acababa de ser cortada a otro indio, que traía un
joven por los cabellos, al que le seguía una larga comitiva de
muchachos".
No, no es un caso aislado. En 1846; en Jujuy, autorizan a las
autoridades locales a, flagelar sin necesidad de un juicio previo a los
reos que habían cometido delitos leves. Y el 3 de abril de 1851, en la
misma provincia, permiten a los jueces la aplicación de condenas a
muerte a los cuatreros mediante la confección, así escriben, de un
"breve sumario". Esa justicia sumarísima es el reflejo de la realidad
jerárquica de la sociedad. En ningún caso, tratándose de un desposeído,
así lo reconocen juristas de ese momento, tienen en cuenta los aspectos
favorables de la ley. Lo afirma Florencio Várela en su tesis doctoral de
1827, De los delitos y las penas, inspirada en las ideas de Beccaria.
(Várela, 1870). "En los procedimientos criminales -afirmase- notaba un
interés en hallar delincuentes a todos los acusados [...] a apurar las
penas que debían seguir a su condenación, aunque fuesen las más
atroces." Y podemos también poner en el texto otro tiempo verbal: "se
notará". Lucio V. Mansilla, años más tarde, en Rozas, biografía de su
tío, recuerda que en ningún caso la policía o los jueces imponen los
aspectos favorables de la legislación a los pobres. Veamos parte del
texto: "La poca legislación existente era teórica, casi siempre letra
muerta: el empeño valía más. 'Obedezca y marche, pague y apele', eran
expresiones proverbiales explicativas del hecho. Poco más tarde se
inventó el 'se resistieron' o 'el quisieron disparar, y tuvimos que
matarlos'..." Y más adelante agrega en relación a los presuntos
culpables de un delito: "¿Qué sucedía?, ¿cómo se procedía?, insinuamos
más arriba. ¿Se hacían las averiguaciones: recaían las sospechas sobre
alguno o alguna de aquéllos? Pues no hay que hacer: se le azotaba...
hasta que confesara. ¡Y cuántas veces los azotes no arrancaban falsas
confesiones (qué no hace confesar el dolor), y el culpable verdadero
quedaba impune!"
Pero no es todo. Destaca también la situación de los niños en las
escuelas, recordando posiblemente experiencias propias:"El alma de
entonces no era distinta de la de ahora. Pero había un no sé qué de
estoico, de severo en ella, siendo la regla de nuestros abuelos el
versículo de la Biblia, 'no le escasees al muchacho los azotes,
que la vara con le dieron no ha de matarlo', o el proverbio español, 'la
letra con sangre entra'. En las escuelas, las penitencias y reprensiones
eran repugnantes o brutales: el cuarto de las pulgas o la letrina
infecta, o el sótano helado, como encierros; y como castigo el chicote
para las nalgas o los tirones de orejas que reventaban; la palmeta para
las manos pegando en la punta de los dedos juntos y sobre la yema. Los
juegos entre los niños eran como para ejercitar la resistencia de la
sensibilidad; los juegos populares en el campo y en las ciudades ponían
a prueba el cuerpo".8
El ascetismo y el dolor, pregonan, conforman ciudadanos viriles y aptos
para hacer la guerra. Tres siglos antes, en España, el jesuita Juan
Eusebio Nieremberg, teórico de la Contrarreforma, escribe lo que ha de
ser práctica corriente en las sociedades totalitarias, en los
militarismos de todo signo. Nos dice: "Tan perversos son los gustos de
la tierra, después de ser tan cortos, que aun los lícitos impiden
grandes provechos, y los ilícitos causan grandes daños". Se reprime, lo
señala Wilhelm Reich, al referirse a la psicología de masas del
fascismo, todo posible anhelo de redención y de liberación y se impone
también la angustia del placer, es decir el miedo a la excitación
sexual.
Nos restaría agregar unas palabras en alusión a las penas corporales en
el ejército. Eran éstas casi cotidianas en el siglo XIX. Tomás de
Iriarte, oficial de las guerras de la Independencia, recuerda en sus
Memorias que el castigo de azotes era muy frecuente: "se cerraban
-escribe- las puertas del cuartel para evitar la presencia de algún
extraño: formaba el batallón [...] y empezaba el vapuleo". Mientras
tanto, agrega, los tambores ahogaban con su estruendo los gemidos de los
soldados que eran golpeados con varas sobre sus espaldas.9 Es una
realidad documentada hasta el infinito y reconocida por historiadores
militares contemporáneos. "Para reprimir los actos de indisciplina
-escribe Augusto G. Rodríguez-, existían castigos rigurosos, entre
ellos, el azote, que reemplazaba a la 'carrera de baquetas', implantada
por las ordenanzas españolas. En realidad, ambas penas eran realmente
inhumanas, pero es fuerza reconocer que constituían la única forma de
contener las insubordinaciones individuales o en masa, que
periódicamente se producían." (Rodríguez, 1966.)
Pues bien, a esas penurias debemos sumar las estaqueadas, los plantones,
las ataduras de palo y de cepo. Algunas de ellas han sido denunciadas en
nuestros días y otras persistían aún a comienzos de siglo.
IV
LAS BUENAS INTENCIONES Y UNA REALIDAD QUE PERSISTE (1853-1900)
Las razones de 1853: cárceles limpias, abolición de tormentos y azotes
No debe extrañarnos: en 1853 algunos convencionales no aceptan en Santa
Fe que sean abolidos los fueros personales, de manera especial los
eclesiásticos, y otras prerrogativas de carácter feudal. Son los mismos
que entonces claman, y la palabra llega a Roma, contra la libertad de
cultos que establece la Constitución, disposición que aún en nuestros
días definen algunos historiadores como ajena al sentido de la tradición
hispana y atentatoria de la religión cristiana. El 25 de abril de 1853,
en Santa Fe, señala el diputado catamarqueño Zenteno que "no estaba de
acuerdo en que se suprimiesen los fueros y mucho menos que se hallase
comprendido en ellos el eclesiástico, que no procedía de autoridades
temporales sino que reconoce su origen divino". Toda una definición que
alude a ideas de tres siglos antes y se proyectan en el tiempo a los
"fueros" militares.
En 1854, en Buenos Aires, restablecen en la cárcel pública la pena de
azotes. Lo hace en acuerdo extraordinario el Superior Tribunal de
Justicia, el 29 de noviembre del año mencionado. He aquí el texto de la
disposición:
"1° que el preso a quien se le encuentre cuchillo, navaja u otro
instrumento cortante o punzante sufra por primera vez la pena de 25
azotes; por la segunda, cincuenta azotes; y por la tercera, 75 azotes.
Que este acuerdo se lea semanalmente por el alcalde de la cárcel: todo
sin perjuicio de la pena que merezca el agresor en el caso de causar
heridas o muerte con esas armas."1
Lo precedente es un regreso al pasado; prosigamos con el tema que nos
ocupa. Si bien ningún convencional rechaza públicamente el artículo 18
del proyecto de Constitución, de clara inspiración beccariana, no falta
quien lo haga, al discutirse en la ciudad de Buenos Aires, el texto de
1853.2 Mas, para tener plena conciencia del espíritu reformador,
recordemos que el artículo mencionado prohíbe expresamente la pena de
muerte y la tortura. Y lo hace con las siguientes palabras: "Quedan
abolidos para siempre la pena de muerte por causas políticas, toda
especie de tormento, los azotes. Las cárceles de la Confederación serán
sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos
en ellas...”
Ahora bien, en primer lugar, parte del rechazo tiene como motivo la
propuesta de algunos diputados, aceptada luego, de suprimir por razones
de buen gusto los términos "ejecuciones a lanza y cuchillo" que
figuraban en el texto original de Santa Fe. Se trata de esconder una
realidad, la barbarie pasada y la posible. Mármol, el poeta de la
proscripción y novelista de Amalia, observa que la presencia de esas
palabras significa pregonar una indignidad.
En segundo lugar, y de manera especial, muchos diputados se oponen al
artículo 18 por razones que hacen a la pedagogía del miedo. Rufino de
Elizalde, tradicionalista, opina que los castigos corporales deben
figurar en los códigos de justicia criminal y militar del país. Y a
partir de esa afirmación, el siguiente diálogo:
Sr. Mármol. -No se debe dar azotes ni a los soldados. Sr. Elizalde. -Se
dan en Inglaterra.
Sr. Mármol. -Se dan en Inglaterra porque son unos bárbaros.
Y la discusión prosigue. Dice entonces Bartolomé Mitre: "El que levanta
la voz al sargento como el que levanta la espada al coronel, comete un
acto de insurrección y merece una pena grave; y si los azotes están
abolidos, se precisa matar al hombre por una pequeña falta cualquiera".
Y continúa; "Ha llegado el día en que ha habido 43 casos de muerte,
porque no ha habido otro medio de castigar las faltas graves. Digo,
pues, que la penalidad de azotes es más humana, considerada
filosóficamente".
Pero no es todo. Esteves Saguí, abogado porteño, solicita que supriman
los castigos corporales, las torturas y otras penalidades a que son
sometidos en la cárcel de Buenos Aires los presos. Reitera acusaciones
expuestas anteriormente. "Pero, ¿qué? -dice-, si aún resuenan todavía
esos golpes martirizantes dentro de unos muros que llaman cárcel pública
[...] sean 25, sean 50, sean 75 como dice una acordada del Tribunal de
Justicia, aplícanse todavía, señores, esos tormentos que rebajan, que
envilecen al hombre por culpable que sea, que lo pierden para el
arrepentimiento, no pueden aplicarse." Y luego alude a los cuerpos
militares y a las guarniciones de frontera: "allí las arbitrariedades se
cometieron no en los días de acción ni frente al enemigo, sino donde
quiera que ha habido soldados". Los azotes y los golpes, la tortura, son
elementos cotidianos: el método de una organización totalitaria y
vertical. No existen dudas. Nadie replica en el Parlamento.
El diputado Alvariño vuelve a insistir en lo expuesto: "No me citará
nadie un artículo de la ordenanza que diga que se bajen los calzones a
los soldados para darle azotes, ni que se le quite la casaca para darles
golpes en la espalda". Finalizada la discusión, aprueban incluir en el
texto constitucional las palabras que destierran de la Argentina "toda
especie de azotes y tormentos". Una esperanza de los hombres más lúcidos
mil veces frustradas, ¿quién lo ignora?
En suma, con esa acción se cumple una parte del plan de Alberdi de
modernizar el país. Sería injusto, sin embargo, dejar de recordar que se
trata de un proyecto que tiene sus raíces en los últimos años del
dominio español en las ideas de un grupo de liberales ilustrados.
Alberdi -el menos romántico de los integrantes de la generación del 37,
precursor del positivismo en la Argentina- hereda esas mismas propuestas
y señala desde las páginas de sus Bases y puntos de partida para la
organización política de la República Argentina: "El tormento y los
castigos horribles son abolidos para siempre y en toda circunstancia.
Son prohibidos los azotes y las ejecuciones por medio del cuchillo, de
la lanza y del fuego". Y aclara: "El fin de esta disposición es abolir
la penalidad de la edad media, que nos rige hasta
hoy, y los horrorosos castigos que han empleado durante la revolución".
Son casi las mismas palabras que reproducirá la Constitución de 1853.
Pero, así como lo expuesto señala la presencia de procesos evolutivos,
en otros sectores no encontramos contenidos similares a los del
pensamiento del autor del Crimen de la guerra. Es necesario señalar,
pues, aunque más no sea de paso, el proceso ideológico de algunos de los
antiguos emigrados, particularmente, en este caso, el de aquellos que
ocupan altas posiciones políticas. Podemos determinar que de una actitud
radical para la época -"socialista" según los más tradicionales- llegan
a un conservadurismo casi antiliberal en los últimos años de su vida.
Como bien observa Karl Mannheim, el conservadurismo antiliberal nace del
tradicionalismo; en realidad un tradicionalismo "racionalizado", una
recolección, en síntesis, y también un rescate de las actitudes y modos
de vida sacralizados reprimidos por la marcha del racionalismo
capitalista (Mannheim, 1963). De todas maneras, otros -tenemos presente
ahora a Félix Frías- se mantienen en la misma postura conservadora que
exponen en su juventud, extremando en algunas ocasiones su reacción
antiliberal: ultramontanismo, defensa de la tradición y de los "valores"
heredados, oposición al progreso y a los cambios. Es, en éste y en otros
casos, la opinión de la derecha del movimiento romántico. Debemos
insistir en lo expuesto. Pues bien, y dicho de otro modo, es evidente
que en la segunda mitad del siglo XIX algunos de los miembros de la
élite gobernante sufren los efectos que les produce una profunda y
típica antinomia del liberalismo en sus primeras etapas (en la Argentina
esa situación sólo se advierte con claridad a partir de 1852); antinomia
de políticos, también la han advertido en relación a otros ámbitos,
desgarrados entre las necesidades y contradicciones de la realidad
social -el paso de una sociedad arcaica a otra capitalista es necesario-
y la fe heredada de los teóricos más lúcidos del Siglo de las Luces que
habían sostenido la necesidad de imponer la justicia y la fraternidad
humanas.
Palabra y acción en 1864: "la pena de azotes es un delito"3
En junio de 1864, en momentos que se preparan las condiciones que
conducirán al país al infierno de la guerra de la "Triple Alianza", los
diputados J. E. Torrent4 -correntino- y Joaquín Granel 5 -nacido en
Santa Fe-, presentan a consideración de la Legislatura un proyecto
destinado a suprimir los castigos corporales vigentes en las fuerzas
armadas. "Esta ley -proponen- deberá darse en el orden general del
ejército y leerse cuanto menos en cada uno de los cuerpos." A pesar de
lo dispuesto era el artículo 18 de la Constitución, que prohíbe la pena
de azotes, los castigos corporales constituyen entonces en el país un
hecho cotidiano, y así lo reconoce en esos días Carlos Tejedor, ya
mencionado, profesor universitario y penalista. "Entre nosotros
-recuerda-, produce siempre infamia, de manera que el que ha sido
azotado por la justicia, no puede ser testigo, ni tener oficio público."
Queda dicho -y ya hemos insistido en eso- que siempre, en todos los
tiempos, las organizaciones totalitarias suprimen la autorrealización y
la libertad del hombre. Pues bien, en esa perspectiva, la discusión del
proyecto aludido adquiere características inusitadas. Vayamos por
partes.
Granel, objetivo, expone las bases ideológicas del proyecto. La
flagelación, opina, es una "costumbre [...] sostenida por el fanatismo
inspirado en el terror". Y agrega: "La pena de azotes se aplica en
nuestro ejército de una manera que constituye una violación de esa
disposición constitucional que es el fundamento de nuestro sistema de
gobierno: la pena de azotes sólo se aplica a soldados, pero en ningún
caso se hace extensiva a los jefes y oficiales, aunque se hubiesen hecho
reos del mismo delito". Ese tipo de inquisición humanitaria que realiza
el legislador (expone casos concretos y documentados) contra la
irracionalidad es tan apasionante como peligrosa para quien la emprende,
y más aún cuando la intolerancia considera que la violencia es
indispensable.
En efecto, desgraciadamente semejante propuesta y semejante situación no
podían más que resolverse con dificultad. Efectivamente, los miembros de
la Comisión de Guerra se oponen al proyecto de los diputados Granel y
Torrent. Próspero García, opuesto a toda liberalización, partidario de
sistemas tradicionales de represión, expone la tesis predominante en el
ejército. Sostiene que en cuestiones militares debe suprimirse el
sentimentalismo. Desde ese punto de vista su propuesta no difiere de
otras más próximas que aconsejan a los soldados marchar con alegría a la
muerte y ser ascéticos en la vida. ¿De dónde provienen esos rasgos?
García explica que se basan en el hecho de que las rabones humanitarias
son lo más opuesto al espíritu militar, y luego informa que los altos
mandos del ejército creen que si se suprimen los castigos corporales no
podrá mantenerse la disciplina. Debe imperar la violencia.
Propone entonces, y con ese fin, aplazar la discusión del proyecto.
Ocurrente, replica entonces Mármol: "Yo acepto esa proposición si los
miembros de la minoría convienen que también se aplacen los azotes". Y
luego lo insólito. El diputado coronel Cónesa confiesa que estando al
frente de un cuerpo militar "había aplicado la pena de azotes, sin
embargo de prohibirla la Constitución". Una actitud indispensable
entonces para mantener la disciplina y también para evitar la deserción
tradicional en el ejército, al no estar arraigado en los soldados el
patriotismo, predominando actitudes sociocentristas limitadas en el
mejor de los casos a una región o provincia.
"La abolición de esa pena -razona Conesa- va a dar por resultado la
disolución del ejército. Vamos a abolir la pena de azotes, pero tenemos
presente que esta pena va a tener que ser reemplazada por la última
pena." La misma opinión expone luego el ministro de Guerra, Gelly y
Obes. Defiende el pasado -no podía ser de otra manera- y proyecta la
tradición para detener el progreso. Vélez Sarsfield, empeñado entonces
en la redacción del Código Civil, sostiene a viva voz que el ejército
está fuera de todo amparo legal: "Uno de los principios que consagra la
Constitución es la libertad, y en el ejército no la hay". Y agrega: "Yo
digo, pues, si la oposición a la Constitución es lo que motiva que los
señores diputados quieran abolir la pena de azotes, sean lógicos, abolan
todo mal. El ejército es una flagrante contradicción a las leyes del
país; pero si se quiere que exista, es preciso que exista también la
pena de azotes con todas sus consecuencias".
Más adelante, en el curso de su exposición, Rufino de Elizalde se
desliza por cauces semejantes a los de su colega y recuerda que "esta
pena ha sido autorizada por todos los poderes públicos de la Nación, y
ésa ha sido la tradición de nuestro país hasta el presente". Debe, pues,
seguirse en esa línea. Era comprensible que individuos formados bajo las
creencias del Antiguo Régimen, asociados a los intereses más generales,
de ninguna manera deseen liberar a la sociedad de las penas infamantes.
A ésa y a otras inquietudes responde el diputado Granel: "¿Saben los
señores diputados cómo se manda azotar en nuestro ejército? Yo les diré:
sin forma alguna de juicio, violando todas las prerrogativas que las
leyes militares acuerdan a los que delinquen en el ejército [...] El
ejército argentino es una fantasía mitológica que está representado por
el suplicio de Prometeo en que los jefes son el buitre y los soldados
las víctimas".
Adolfo Alsina, autonomista, es partidario de las penas corporales.
Representantes de un sector de ganaderos, sin apiadarse de las víctimas,
recuerda las barbaries del pasado y de su presente: los palos o varazos,
las estaqueadas al aire libre, los aprisionamientos de cepo y las
carreras de baqueta, sanciones que consisten en hacer castigar a los
soldados por sus propios compañeros. Y de pronto, en el Parlamento, se
produce el diálogo insólito:
"Sr. Alsina. - ¿Entonces, qué quedaría para el ejército? El cepo de
campaña se dice; pero este castigo es un tormento: la Constitución lo
prohíbe indistintamente. El cepo de campaña con ligaduras fuertes trae
consigo dolores agudos, el entorpecimiento de los miembros, la
interrupción de la circulación de la sangre y la muerte también, si se
prolonga demasiado. ¿Qué va a quedar, pues, para el ejército... si se
quita la pena de azotes? ¿Cómo y con qué se castigaría, por ejemplo, la
falta que comete un centinela que abandona su puesto?"
"Sr. Vélez Sarsfield. - Matándolo, lo que es más humanitario.
Sin duda, y basándonos en lo frecuente de las deserciones, de recurrirse
al original sistema humanitario tendrían que fusilar a la mitad de los
soldados del ejército. Zuviría, práctico, propone suprimir la paga
mensual. Y agrega: "Además, en Inglaterra, donde existe esa pena, lo más
que se aplica son cincuenta azotes, y entre nosotros quinientos". Nadie,
entonces o después, pone en duda sus palabras. Luego se escucha la
opinión del progresista Nicasio Oroño, representante de Santa Fe. Los
castigos, comienza diciendo, "infaman al hombre", "degradan la especie
humana". No desea el regreso a la época de Rosas "cuando los azotes eran
para los soldados argentinos lo que la verga y el puñal para el
ciudadano". Oroño no deja de mencionar la condición del gaucho; al
comienzo del discurso, hay en él verdadera emoción.
"Se arrebatan de sus casas a los pobres paisanos, cuyo delito es haber
nacido en la humilde condición del gaucho, para llevarlos a servir sin
sueldo, desnudos y muchas veces sin el alimento necesario; porque para
ellos el campamento es la cárcel y, si son aprehendidos, se les devuelve
en azotes las horas de libertad que han ganado. ¿Y cuál es, señor, el
resultado de esa horrible flagelación? ¿Qué ganan el ejército y la
disciplina militar?"
Pero había, además, otras circunstancias que sumían a los soldados en
una desesperación mucho más honda que la física. Nos referimos al
desconocimiento del tiempo que debían servir en el ejército, una
situación que los llevaba al agotamiento, a la pérdida, en síntesis, de
la jovialidad, de la fuerza vital. Y esas circunstancias eran tanto más
peligrosas cuanto más las autoridades militares, los jefes de la
frontera, se situaban fuera de toda ley. Era el imperio de la impunidad,
la lógica del más fuerte.
Puesto a votación el proyecto, es aprobado por amplia mayoría. Lo será
luego en la Cámara de Senadores. Preciso en la determinación, establece
el artículo primero: "Todo funcionario que azote a un subordinado queda
inhabilitado para ejercer cargos públicos". Nada se dice de la pena. Y
agrega el artículo segundo: "La aplicación de la pena de azotes es un
delito que puede ser acusado ante los tribunales de la Nación por
cualquier habitante de la República". De hecho, se produce así, a través
de esos cauces, ¿qué duda cabe?, una reacción dinámica e histórica. Pero
aún faltaba mucho por hacer.
Pasemos ahora, expuesto lo precedente, a otros aspectos de la realidad
del país. Los castigos eran frecuentes en los hospicios y hospitales y
aplicados a los enfermos mentales. Era una tradición, como tantas otras,
que venía de lejos. Se alojaba a los alienados, lo recuerda Hugo
Vezzetti en un trabajo reciente sobre La locura en la Argentina, en
"calabozos húmedos, oscuros y pestíferos [...] sin otra cama que el
desnudo suelo [...] aquello no era un asilo de caridad, era más bien un
depósito de seres humanos, sumidos en la más espantosa miseria". El
testimonio, reproducido por el autor antes mencionado, pertenece a
Norberto Maglioni y lo expone en su tesis Los manicomios, editada en
Buenos Aires en 1879. (Vezzetti, 1983.)
Pero no es todo. La dominación de los locos, expone Vezzetti, supone en
el siglo XIX, aun mucho después, alternar la imposición y la persuasión.
Un enfermo mental, agrega, podía permanecer encadenado más de cuarenta
años. ¿Es posible imaginarnos una situación de brutalidad casi
indefinible? Juana Manso de Noronha, maestra, profundamente liberal y
precursora del feminismo, desde las páginas de su publicación periódica
Álbum de señoritas, páginas impresas en la ciudad de Buenos Aires en
1854, relata sin eufemismos la situación de los internados en el
hospicio de la ciudad del Plata. Al referirse a una mujer que tenía
alteradas sus funciones mentales, pordiosera que ambulaba por la Plaza
del Retiro, teme ante la posibilidad de que la policía ordene su
internación en el Hospital de Mujeres o en la Cárcel Pública. Y agrega,
confirmando con sus palabras lo expuesto por otros testigos de la época:
"Si cae en manos de la facultad, su tortura será doble... y vendrá el
cepo, y el látigo de la capataza". Y también la suciedad, los piojos y
el hambre. Una realidad, en lo que hace a los enfermos mentales, que
persiste en el tiempo. Han de pasar muchos años para que las condiciones
cambien, al menos en ese aspecto brutal y denigrante. Un siglo más
tarde, hoy, al castigo físico se lo reemplaza por el electro-shock,
sistema, así lo señalan las teorías más aceptadas, que produce en los
pacientes la destrucción de sus neuronas, las células nerviosas que, es
sabido, no vuelven a reproducirse. El electroshock es la picana
eléctrica de los enfermos mentales.
El cepo y otras herencias
Ese artefacto de las justicias del siglo XIX es considerado por todos
como un instrumento de tortura. Una tortura lenta y tan eficaz como las
más refinadas. Existían diversos tipos de cepo: a) el colombiano:
"suplicio que consistía en oprimir a un hombre mediante un palo o fusil
por entre las corvas, dejando en esta posición al paciente, que solía
desmayarse o caerse"; b) cepo de lazo: "se ataba el lazo a una planta,
bayoneta enterrada en el suelo, palo o estaca, a cierta distancia del
reo; entonces con el lazo se le hacían a éste dos medios bozales en los
tobillos y, luego, estirando la otra extremidad del lazo, no mucho, se
sujetaba en cualquier parte. El preso así asegurado no podía escaparse
ni cortar el lazo con los dientes"; c) cepo de madera: "instrumento
formado por dos gruesos trozos de madera dura, unidos por bisagras y
cerrados en la otra extremidad por un candado. En cada una de las caras
interiores de estos maderos había unas cavidades que, al cerrarse el
cepo, formaban un círculo de más o menos el diámetro del cuello, muñecas
o tobillos de una persona, allí se aprisionaba al cautivo. En este cepo,
el reo permanecía acostado en el suelo, debiendo soportar grandes y
pesados grillos en los pies. Había también otros de este tipo, pero que
además del cuello, sujetaban las manos en la misma forma". (Saubidet,
1952, 61.)
Desde el siglo XVII, el uso del cepo estuvo muy difundido en el actual
territorio argentino. Una pieza, sin duda, que se encuentra en la mayor
parte de los museos del país, tal vez la más frecuente. "El uso o abuso
de la autoridad era cuestión de conciencia del juez de paz, porque su
voluntad era ley." Así, sin medias palabras, se expresa Carlos D'Amico,
gobernador de la provincia de Buenos Aires en las postrimerías del siglo
XIX. El funcionario acentúa una y otra vez en sus memorias de gobierno,
la situación de injusticia de los desposeídos y recuerda que el cepo, en
los juzgados de paz, estaba siempre cubierto de manchas de sangre.
(Rodríguez Molas, 1968, 457.) Es más, "gastado, liso, reluciente,
bruñido por la frecuencia del martirio, como para advertencia para el
que entraba [al juzgado] de que debía dejar su independencia y su
dignidad a la puerta, porque su deber era obedecer y callar". Y agrega:
"Era necesario obedecer todos los caprichos del mandón, por más
criminales que fueran, o salir del partido con familia y con bienes: no
había término medio. Así habían gobernado todos los gobernadores".
Por cierto. Y a esa acusación y a ese interés les corresponden asimismo
la acción paralela de varios sectores dinámicos de la población.
Recordemos, prescindiendo de otros análisis, las denuncias de Alvaro
Barros expuestas en Fronteras y territorios federales de las pampas del
Sur, al referirse al trato que reciben los criollos "azotados en el
ejército, atados al palo por mandato de los jefes genízaros [...] es el
esclavo de todos, y cuando sacude el yugo suele ser el bandido feroz que
ejerce su venganza en la familia extranjera sin respetar edad ni sexo";
y también las advertencias de la prensa progresista acerca de la
inhumanidad de los castigos civiles y militares: cepo colombiano, cepo
de lazo, barra de grillos . . . La Pampa, de tendencia liberal y
antigubernista, en 1872, en un suelto titulado "La cárcel de la
Inquisición", alude a la situación de los soldados en las guarniciones
de frontera con las siguientes palabras:
"Por la más leve falta, por capricho muchas veces, se tortura a un pobre
preso con el horrible castigo de dieciséis horas de cepo a caballo de
donde, generalmente, se saca a la víctima desmayada y tal vez
inutilizada para toda su existencia; y nada sería esto aún, sino que ha
habido infeliz que después de haber sufrido tan horrorosa angustia ha
sido cruelmente puesto incomunicado en una pocilga de vara y media de
largo por una de ancho durante once días y sin permitírsele ni cobija
para poder descansar sus torturados miembros."
Y debemos ahora insistir sobre un aspecto fundamental. Entonces, a
diferencia de lo que ocurre en nuestros días, la disciplina se basa
exclusivamente en los castigos corporales y no en principios que hacen a
ideales comunes, abstractos. En las penas corporales se tendía a irse
con frecuencia a los extremos; si, por caso, el soldado desertaba o se
insubordinaba, realidad frecuente entre los reclutas tomados por la
fuerza o destinados por los jueces de paz. Y efectivamente, así fue.
Aluden en la prensa porteña, en el mes de octubre de 1¡872, que había
pasado por el pueblo de Chivilcoy, procedente de Santiago del Estero, un
piquete de caballería de línea que iba en dirección al Fuerte General
Paz, un puesto ubicado en la frontera. Acampados a cinco o seis cuadras
del pueblo, informan que "un día entero tuvieron a la leva sin darles de
comer, habiendo ido algunos de ellos a la población durante la noche".
Desesperados por el trato que les daban, uno de los más audaces se queja
al oficial que los conducía y éste, indignado por lo que considera una
falta a su autoridad, venda los ojos del quejoso y simula fusilarlo.
Luego, por si fuera poco, ordena que lo estaqueen y le apliquen
cincuenta latigazos.
Eran hechos cotidianos. Antonio del Valle, oficial de la Guardia
Nacional, recuerda a comienzos del siglo, el uso del cepo en la
provincia de Buenos Aires. Lo hace con las siguientes palabras que
recuerda haber escuchado a un juez de paz: "¡Estírenlo bien con los
maniadores, ni aunque grite: no le aflojen, vamos a ver al malo!" Y
agrega: "Esto, como apéndice de alguna modesta paliza que había dejado
de cama al preso. Y por ese estilo, se aplicaba la justicia en épocas
que, felizmente, ya han pasado a la historia. A machete corrido, y cepo
de lazo o de campaña. Más de una vez hemos visto y presenciado estas
escenas. No es que nos las hayan contado".
Por fin, tras varias décadas de intentos frustrados, se produce un
cambio en lo que hace a la violencia física, al menos en la legislación.
En 1880 Carlos D'Amico, entonces ministro de Gobierno de la provincia de
Buenos Aires, organiza sobre nuevas bases la justicia bonaerense. Entre
otras disposiciones, la resolución del 8 de noviembre de 1881 constituye
un importante punto de" partida. Efectivamente, prohíben el uso del cepo
en las cárceles y comisarías de Buenos Aires, "resabio de épocas
atrasadas". Y al mismo tiempo ordenan que sean inutilizados todos los
cepos
de los juzgados de paz de la provincia de Buenos Aires: "Dentro de un
mes a la fecha de este decreto, los jueces procederán a inutilizar estos
instrumentos de la manera que lo crean más conveniente, y harán constar
su destrucción en presencia del procurador municipal del partido, del
comisario y de dos vecinos, labrando acta que remitirán al Poder
Ejecutivo por el Ministerio de Gobierno".6 De todas maneras, lo expuesto
constituye una mínima parte de las violencias que debían desterrarse
para siempre. Las medidas, al comienzo, tuvieron, sobre todo, una
importancia teórica y aislada. Es que las autoridades y los grandes
propietarios miraban esas decisiones con reticencia. No todos estaban de
acuerdo con la imposición de relaciones de trabajo y sociales de tipo
capitalista.
Otro de los puntos clave para la transformación, así al menos lo creen
algunos funcionarios y políticos, es la unificación del poder policial,
sacando de las manos de los jueces de paz las atribuciones que hasta
entonces habían ejercido. En 1880 se toma esa decisión en el ámbito de
la provincia de Buenos Aires, oponiéndose a la misma el sector
latifundista y de manera especial el senador Juan Ortiz de Rozas. Dos
años más tarde el ministro de Gobierno informa a la Legislatura que
había desaparecido aquel funcionario "con facultades omnímodas",
caudillo en su distrito y señor de vidas y haciendas de los desposeídos.
De todas maneras, en 1888 aún en muchas regiones ejercen una autoridad
indiscrecional y así lo reconocen los informes oficiales. (Rodríguez
Molas, 1968, 458.) "No se ha conseguido aún armonizar definitivamente,
haciendo evolucionar el criterio popular."
El desacato a la autoridad -palabra bajo la cual incluyen los intentos
de defensa frente a las arbitrariedades- fue en todas las épocas, aun
hoy, uno de los pretextos para vejar y someter al ser humano. Señala en
1888 el ministro de Gobierno de Buenos Aires que ese argumento "ha
servido bien a todo aquel que quiera cohonestar su abuso, ya que no
tenía la flaqueza de declarar, si el caso era de ese jaez, que lo
arrestaba por malos modales o simplemente porque tenía antojo de
hacerlo". En 1887 se prohíbe a las autoridades policiales detener a
cualquier habitante, así se escribe, "sin la instrucción de la
correspondiente información". Pero es necesario aclarar otros aspectos
que hacen a esa cuestión.
Ante todo, hay que señalar que en muchos casos esa medida es letra
muerta. Un inmigrante italiano, propietario de grandes extensiones de
tierra, al referirse a los abusos que a fines del siglo XIX cometían las
autoridades policiales, escribe que "los ricachos, los hacendados, son
los principales responsables de todos los males que agobian la campaña
argentina". (Guglieri, 1913, 72.) Y agrega a continuación: "La ley sirve
de complaciente servidora al que más influya o al que más ofrezca". Era
otra de las violencias ejercidas por la sociedad y que se proyecta en la
actualidad bajo nuevas formas y de las cuales todos hemos sido y somos
testigos. A lo largo de las páginas que siguen aún volveremos a hablar
de las causas del lento ritmo de liberación, en no pocos casos del
incremento de la irracionalidad autoritaria.
V
EL FIN DEL LIBERALISMO Y EL TEMOR DE LOS QUE POSEEN (1900-1932)
Las sombras de la "belle époque"
A partir de los últimos años del siglo XIX observamos un cambio de los
niveles específicos de represión y frecuentes marchas y contramarchas en
las actitudes. La nueva ideología que se construye a la sombra de las
exportaciones agropecuarias a Europa, al menos en sus aspectos formales,
espera liberar a la sociedad de muchos lazos tradicionales y al mismo
tiempo impone -siempre fue así- otros más acordes con la nueva realidad
económica. Es importante determinar la ruptura de todo un viejo mundo, y
recordar que un mundo distinto surge del anterior, con todos sus
problemas.
A nuevas realidades, nuevos sistemas de dominio. Lentamente, en un
proceso que no tiene fecha precisa de partida, la enajenación y la
regimentación de la vida se esparcen sobre el tiempo libre de peones
rurales y asalariados urbanos. De todas maneras, en las áreas ganaderas,
explotadas con sistemas arcaicos y con el predominio del latifundio, los
métodos de producción permanecen inmutables.
Señalemos un caso ilustrativo. El Código rural de Santa Fe, sancionado
en 1901 y en vigencia durante varios años, prohíbe a los trabajadores
transitar libremente por el territorio de la provincia sin una
autorización previa y por escrito de la autoridad más próxima a sus
domicilios. En conjunto -así lo determinan las normas respectivas- esa
disposición anticonstitucional (el artículo 14 de la Constitución
establece la libre circulación de los habitantes por todo el espacio del
país), la reiteran luego las autoridades de los territorios nacionales.
Pero lo expuesto no es todo. En los obrajes y "yerbales" de Misiones, el
mensú (mensual o peón) es prácticamente un siervo de la gleba,
controlado y perseguido por capataces y autoridades locales. "Es bien
sabido que los castigos corporales son usuales", denuncia en febrero de
1912 Ricardo Hansa desde las páginas de la revista Atlántida de David
Peña. Sobre esos hechos, por otra parte, entre otros, nos informan
Rafael Barret y Horacio Quiroga. El "dolor paraguayo" y también el
argentino.
A pesar de las disposiciones liberadoras ya aludidas, el ejército es con
frecuencia motivo de atención debido al mal trato que oficiales y
personal subalterno dan a los soldados. En 1894, en el periódico
bonaerense La Tribuna, denuncian el uso del grillete en los cuarteles
del país para inmovilizar a los soldados que cumplen algún castigo (aun
en 1983 se denuncia el estaqueamiento de conscriptos) y aluden a la
condición autoritaria del verticalismo militar. He aquí parte del
comentario:
"Antes, muchos años atrás, cuando el ejército reclutaba su personal de
tropa vaciando las cárceles en los batallones, cuando las estacas y las
carreras de baqueta, el cepo colombiano y las ataduras de palo eran
castigos explicables y necesarios si se quiere en la milicia de línea,
el grillete como corrección para bandidos [...] Siendo presidente de la
República el general Julio A. Roca, proscribe los castigos corporales, y
los proscribió no por un exceso, de sentimentalismo personal sino
convencido de que la milicia manejada a palos, movida a puntapiés,
afrentada en el cepo y despedazada en las estacas no era la entidad
moral en cuyas manos la nación ponía para su custodia la bandera que
representaba la gloria inmaculada de la patria. Siendo presidente de la
República hoy el doctor Luis Sáenz Peña y ministro de la Guerra el
general Luis María Campos, cuadra y hasta se impone un decreto que
ratifique lo anterior y que prohíba como deprimente y vergonzosa la
aplicación del grillete."
Hechos similares vuelven a mencionarse en 1896. Efectivamente, entonces
la acusación parte del diario La Prensa al informar que un oficial del
batallón 11 de línea, con asiento en la ciudad de Buenos Aires, había
aplicado fuertes golpes con una vara a un soldado, causándole heridas de
gravedad. Días más tarde, el 9 de septiembre, el diputado nacional
Francisco Barroetaveña presenta el problema en el Congreso. Inflexible
en su deseo de hacer justicia, solicita la presencia del ministro de
Guerra, ingeniero Guillermo Villanueva. Aceptada la interpelación, dos
semanas más tarde, precisamente el 22 de septiembre, el funcionario
concurre a la Cámara y escucha la acusación. Barroetaveña, que había
estado detenido poco antes por razones políticas en una nave de la
Armada, aprovecha la ocasión para denunciar la condición de los
marineros, los castigos, torturas y violencias de que fue testigo. Nos
parece, en verdad, estar escuchando el relato de hechos ocurridos dos
siglos antes. Clama, entonces:
"He podido contemplar ciertos castigos verdaderamente atroces,
inquisitoriales, que se aplican en la escuadra. He presenciado esto: por
la simple sospecha de que un muchacho que figuraba como marinero hubiese
hurtado algún dinero a uno de los presos políticos que estábamos en el
barco, fue sometido a un suplicio, cuya denominación en la Marina he
olvidado, pero que en el hecho resulta una semihorca. Es un aparato que
no asfixia completamente al individuo, pero que lo mantiene suspendido
del pescuezo, pisando apenas con la punta de los pies.
"Estuvo el muchacho en este suplicio tres días y tres noches: todos los
presos lo contemplamos con nuestros propios ojos, repito. Sólo se le
bajaba de la semihorca cuando se desmayaba. Los pedidos de humanidad
fueron inútiles.
"A los tres días, el médico declaró que la vida peligraría si el
suplicio continuaba; y recién entonces fue mandado, creo, al hospital,
con el cuello semidislocado. El suplicio fue por una simple sospecha.
Después se supo que el ladrón había sido otro marinero. En la escuadra
hay otro castigo, que, me parece, es llamado zambullón y que consiste en
hacer pasar de un lado a otro del barco, por debajo de la quilla, a un
hombre atado de pies y manos. Pocos resisten los zambullones; los más
mueren asfixiados. Suelen aplicarse allí castigos crueles, los azotes,
la barra, varias especies de tormentos proscriptos por la Constitución y
que no deben mantenerse un día más por respeto a la ley, por humanidad,
por civilización."
Seguramente, lo anterior es una mínima parte de lo que ocurre en las
fuerzas armadas. El espíritu militar de ciega obediencia, de
"subordinación absoluta", se conforma lentamente amparado por las normas
tradicionales y de manera especial por otras más recientes importadas de
Alemania. Recordemos que en 1899 el ejército contrata oficiales de ese
origen para desempeñarse como instructores y adopta paralelamente
reglamentos y principios que establecen con más irracionalidad que los
anteriores la obediencia ciega, acentuándose el verticalismo. El hombre,
ahora de manera especial, pasa a ser un engranaje de la máquina
destinada a destruir a un presunto enemigo. Se suprime y se desprecia la
razón individual, la autodeterminación del ser humano. Nos encontramos
ya con el militarismo, el uso de la violencia que Walter Benjamín define
como el medio para fines jurídicos. "El militarismo es la obligación del
empleo universal de la violencia como medio para los fines del Estado."
(Benjamin, 1971, 180.)
El resultado de todas esas acciones, no deja ninguna duda. En 1902 se
establece el servicio militar obligatorio a todos los ciudadanos del
país. Y al año siguiente, en la Cámara de Diputados de la Nación, el
general Alberto Capdevila define a los hombres bajo bandera como
engranajes de una máquina autoritaria. (Rodríguez Molas, 1983.) Dice lo
siguiente:
"Porque el ciudadano, muchas veces analfabeto, que se incorpora a un
cuerpo del ejército, en virtud de esa ley de servicio, militar
obligatorio vigente, menos que por su voluntad, por temor al castigo que
la ley comporta, completamente extraño al ambiente del cuartel,
refractario al uniforme que lo embaraza y a la disciplina que lo inhibe
y lo comprime, no tiene las aptitudes morales que el servicio militar
exige."
Y sostiene más adelante, en ese orden de consideraciones, la necesidad
de proseguir con la más irracional de las dependencias: la muerte de la
individualidad creadora. He aquí sus palabras: '
"A ese recluta que proviene de un pueblo, todavía sin la suficiente
disciplina social, de un hogar de reciente formación, tiene el oficial
subalterno que inculcarle, ante todo, la subordinación absoluta; es
decir, la abdicación de su personalidad, tanto más difícil en estas
sociedades democráticas, donde todo tiende a desenvolver, no sólo el
sentimiento de la dignidad, sino del mérito personal, de la altivez, de
la independencia, de la superioridad del hombre que en el ejército
desaparece, para confundirse en las filas como un número y ahogar su
alma colectiva que debe sólo obedecer en silencio."
Pero no era suficiente. Señala entonces la esencia de ese aniquilamiento
de la personalidad, cuya intención destaca con los siguientes términos,
esencia del militarismo de todos los tiempos:
"Se obedece en todos los grados y la obediencia va hasta la muerte: y
practicando esa obediencia no se discute jamás, es como se llega al
comando superior, que no se deja discutir. Así se explica la disciplina
militar y se comprende toda la grandeza de esa noble servidumbre que
consiste en obedecer a una voluntad extraña, no porque emana de una
persona, sino porque se ejerce en nombre de la ley y del interés
superior que representa."
En sustancia, pues, el hecho de definir como "noble servidumbre" al
servicio militar, la ciega obediencia, califica y señala la condición
autoritaria que están racionalizando. Una "educación para la muerte", el
deseo de mecanizar y esclavizar a los soldados. Descontada la realidad
de esos hechos, característicos de un ámbito que poco a poco expande su
poder, al analizar la situación de la sociedad a comienzos del siglo XX,
la actitud de los trabajadores adquiere entonces una importancia
fundamental. Como señaláramos en otra ocasión, el mantenimiento del
equilibrio social de los años anteriores, es decir el proveniente de la
acción coordenadora de las creencias tradicionales a las que nos
referimos en el primer capítulo, sufre cambios bruscos. "Fue a partir de
1902 -año en que se declaró la primera huelga general- cuando la
agitación obrera se incrementó", observa José Panettieri en Los
trabajadores. (Panettieri, 1982.)
Ahora bien, no cabe ninguna duda de que en la Argentina, y paralelamente
al aumento de las exportaciones agropecuarias posterior a 1880, la
creciente importancia de los sindicatos socialistas y anarquistas y el
temor a la huelga determinan una respuesta de violencia del Estado para
detener un aluvión que aumenta día a día. Entonces, podemos observar en
las discusiones de las cámaras del Congreso (las alusiones a la
influencia de las ideas foráneas es permanente), y en el periodismo, se
vivifica el pensamiento conservador como corriente autónoma de la
corriente liberal. "El conservadurismo "-escribe Mannheim refiriéndose a
la realidad europea- no quería simplemente 'algo distinto' de sus
adversarios liberales, quería 'pensarlo' de otro modo."
Pues bien, en 1902, después de varios intentos, Miguel Cañé obtiene la
sanción de su proyecto ("Ley de Residencia") que autoriza al Estado a
expulsar del país a todo extranjero cuya conducta se considere peligrosa
para la seguridad o el orden público. (Sánchez Viamonte, 1956.)
Paralelamente, y por razones que hacen a la lucha obrera, imponen el
estado de sitio, manteniéndose esa situación hasta comienzos de 1903.
Luego, en varias ocasiones, habría de reiterarse. Criterios y actitudes
que estarán vigentes, salvo contadas excepciones, hasta fines de 1983.
A este respecto, el de la represión, resulta bastante expresivo y
revelador el hecho de que por entonces organicen en Buenos Aires la
denominada "Brigada de Orden Social", dependiente de la policía de la
ciudad de Buenos Aires, origen de otras instituciones similares. Con lo
anterior, se asocia el hecho del incremento presupuestario destinado a
las fuerzas policiales de todo el país, el cual alcanza en algunas
provincias a la mitad de las rentas disponibles.
Los signos que podían observarse por doquier no admiten duda. Federico
A. Gutiérrez, oficial de la policía de la ciudad de Buenos Aires,
expulsado de la institución en 1906, a causa de su militancia social,
redactor del periódico anarquista La Protesta y autor de un extenso
relato sobre las actividades represivas, menciona los abusos y las
incomodidades de los trabajadores detenidos en las cárceles. (Gutiérrez,
1923.) En ningún caso, debemos reconocerlo, menciona la existencia de
torturas físicas. Más adelante, a partir de 1909, vendrán los ataques a
mansalva a las manifestaciones proletarias y los asesinatos de los
trabajadores.
La represión va en aumento. Nos limitamos, como prueba de lo expuesto, a
recordar el testimonio de un dirigente socialista de esos momentos, el
médico Enrique Dickmann. En Tiempos heroicos, apuntes biográficos dados
a conocer en 1924, recuerda los trágicos días de 1909 en Buenos Aires.
En efecto, relata el ataque policial a la manifestación obrera de Plaza
Lorea. "A pocos pasos de aquella asamblea -escribe- había apostada una
formidable fuerza policial. Cien soldados de la guardia de seguridad,
montados en cabalgaduras, armados de sable y revólver, tenían aspecto y
expresión imperturbable y firme, cual la máscara de la fatalidad. Otros
tantos agentes de policía a pie. Algo más lejos, el jefe de policía,
coronel Falcón, en persona y su estado mayor contemplaban aquella
reunión singular". Y agrega más adelante, después de aludir a la
exposición de un orador:
"La columna de pueblo se puso en marcha por la Avenida de Mayo hacia el
oeste, con una bandera roja a la cabeza, sin música y sin cantos,
solemne y muda como el destino. Detrás de ella se movió el escuadrón de
la muerte. Yo me dirigí por la misma avenida hacia el este para reunirme
a la manifestación socialista. Apenas había andado un centenar de pasos
cuando fui sorprendido por el ruido de una descarga cerrada y un grito
de horror y de espanto de la muchedumbre que huía en desbandada [...] El
espectáculo que se desarrolló ante mi vista era horrendo. Cien soldados
de a caballo descargaban a mansalva sus revólveres sobre una muchedumbre
enloquecida por el pánico... sobre el pavimento de la avenida, quedó,
entre charcos de sangre humana, un tendal de ocho muertos y cuarenta
heridos."
Sin entrar en los detalles menores de los acontecimientos, recordemos,
inserta en ese proceso general, la violencia desatada en 1919 en Buenos
Aires contra los obreros en huelga, los fusilamientos en la Patagonia en
1920-1922 -se calcula que fueron fusilados mil obreros y peones-, la
violenta represión de las bandas armadas de La Forestal en sus
establecimientos del Chaco y Santa Fe. La actividad, en fin, de los
grupos parapoliciales creados por Manuel Caries (Liga Patriótica
Argentina) -un antecedente de la tristemente célebre A.A.A. de José
López Rega- para perseguir las expresiones del movimiento obrero, una
realidad que cada día obsesiona más a los sectores conservadores del
país. Durante la semana trágica se golpeó y lastimó a los huelguistas
detenidos. Lo informa la Revista de Derecho, Historia y Letras dirigida
por Estanislao Zeballos (tomo LXII, 1919, 279); por cierto, una
publicación que de ninguna manera simpatiza con el movimiento sindical.
Se escribe lo que sigue:
"Allí (casa central de la policía) y en las comisarías se había
desencadenado un ambiente de violencia que parece comprobado. Afirman
numerosos testigos que en el Departamento se daban palizas y aun se
llegó a herir a hombres calificados de ácratas, algunos de los cuales
eran inocentes y habían sido tomados en la confusión, por error."
Esto en cuanto a la ciudad de Buenos Aires. Hemos mencionado a las
fuerzas armadas propias de La Forestal. Se las conocía con el nombre de
"gendarmería volante" y sus miembros eran reclutados entre la escoria de
las cárceles de la República de Paraguay y de la provincia de
Corrientes. Entre los años 1919 y 1921 cometen decenas de asesinatos y
torturan a los obrajeros de los montes chaqueños que luchan por obtener
en ese infierno mejores condiciones laborales. Se ensañan de manera
especial con los de Villa Guillermina y Villa Ana. Ángel Borda, un
valiente militante anarquista y afiliado a la F.O.R.A., alude, en un
testimonio que reproduce Gastón Gori, a esa fuerza de choque pagada por
la empresa. He aquí parte del relato del sindicalista:
"En las huelgas que se desarrollaron con suerte varia entre 1919 y 1920
y la conocida como 'huelga grande', de 1921, la empresa introdujo una
fuerza de choque que fue adquiriendo extensión y envergadura, con su
secuela sangrienta de crímenes, incendios y violaciones, que asoló la
región creando un clima de terror. Todo ello constituye una de las
páginas más repudiables y vergonzosas, para la empresa que implantó ese
terror como sistema de sometimiento y cometió toda suerte de atrocidades
y para nuestros gobernantes que toleraron, a sabiendas, un tratamiento
inhumano y degradante a compatriotas cuyo único delito consistía en
reclamar elementales condiciones de vida y de trabajo." (Gori, 1965,
249.)
Con la fuerza de las armas y las violaciones, se impone el terror
colectivo. Inspirados esos asesinos en las ideas de la Liga Patriótica
Argentina, colocaban sobre el sombrero de cowboy que los identificaba
una escarapela con los colores nacionales. Se recuerda, entre otros de
sus miembros, al sargento Varóla, torturador de obreros, y a los
hermanos Miño, criminales comunes. La "gendarmería volante" de La
Forestal, señala Gori, estaba armada con máuser, winchester y facón, y
su función era reprimir a los huelguistas y defender los bienes de los
obrajes, superponiéndose a las funciones normales de la policía oficial.
Las mudanzas del tiempo: el dominio organizado y la violencia posterior
a 1930
La escena y los métodos cambian. No cabe duda: a partir del golpe
militar de Uriburu del 6 de septiembre de 1930 pasa a un primer plano la
violencia física. El Nuevo Mundo no era -nunca lo fue desde 1492- una
tierra ajena a los intereses y a las ideas de Europa. Siempre, en mayor
o menor grado, se extienden sobre él las luces y las sombras del Viejo
Mundo. Las sombras, por ejemplo, de La Nueva República, revista
inspirada en los dictadores Primo de Rivera y Mussolini, que sostenía la
necesidad de imponer en el país un gobierno fuerte capaz de garantizar
el orden y la jerarquía más vertical. Hacia 1930 sus redactores, observa
Marysa Navarro Gerassi, nunca habían propiciado abiertamente el
corporativismo (1968, 46). Y precisamente, recuerda Perón en sus
memorias acerca de la actividad que le cupo en los preparativos del
golpe, La Nueva República se mandaba como propaganda a todos los
oficiales del ejército. Y precisamente esa realidad nos conduce a otra
afirmación: a partir de entonces se instala en el país la represión
sistemática.
En 1934, un año después del ascenso de Hitler al poder, el derechista
Carlos Ibarguren, en La inquietud de esta hora, proclama las ventajas de
adoptarse en el país un sistema nacional-socialista: "que asegure una
paz más firme, una mejor justicia y un mayor bienestar entre los
hombres".
Sin duda, esa concepción laudatoria del fascismo y del nazismo nos
conduce directamente a realidades del pasado más reciente. Palabras e
ideas similares da a conocer ese mismo año Manuel Gálvez, militante
católico de la derecha y novelista de éxito:
"Hace falta una mano de hierro, que ejerza la más severa censura en el
teatro y en el cinematógrafo, en la radio y en el libro. Hace falta una
mano de hierro que suprima la afición a la desnudez pagana que corrompe
a las mujeres, emporca el periodismo y difunde en todos los rincones la
inmoralidad. Hace falta una mano de hierro, como la de Mussolini, como
la de Hitler, como la de Dollfuss [...] que salve a la familia cristiana
y a la moral. Yo no apruebo las persecuciones realizadas por los nazis,
pero me entusiasman aquellos campos de concentración en donde millares
de jóvenes aprenden la vida austera [...] Creo que un régimen fascista o
algo que se le parezca, podrá dar resultado." (Gálvez, 1934.)
Es conocida la influencia importante de Mussolini en un amplio sector
del nacionalismo argentino de comienzos, y aun antes, de la década que
se inicia en 1930, aunque la mayor parte de los ultras de derecha ya
habían bebido en las fuentes francesas, Charles Maurras (1868-1952) y
Maurice Barres (1862-1923). Estos teóricos de la derecha formularon por
primera vez los principios del nacionalismo integral, idea que rechazaba
el liberalismo humanitario y progresista de la Ilustración. Y lo hacen,
observa Hans Kohn, en favor de la acción rápida y decisiva y por
considerar esa posición, la de la Ilustración, opuesta al desarrollo de
la nacionalidad. (Kohn, 1966.)
En lo que respecta a los intereses del país, afirma Maurras, los mismos
están sobre todo otro presupuesto y debe combatirse la deliberación y el
compromiso social y político. Desde ese punto de vista, una ruptura con
los principios de fines del siglo XVIII y comienzos del siguiente, las
derechas, aquí y en el Viejo Mundo, ponen el acento en la autoridad y el
verticalismo, en la absoluta precedencia de la comunidad nacional sobre
el individuo. "Primero la patria, luego el partido y después los
hombres", constituye un postulado político muy conocido.
Pero no es todo. Por esos y otros principios que comparten en mayor o
menor grado autoritarismos y totalitarismo de izquierda y derecha en
defensa de la nación y de la "cultura nacional", todo está permitido:
persecución, cárcel, tortura, asesinato y degradación de los opositores
pasivos o activos del sistema.
A ello se suma la esperanza en el líder carismático y providencial,
Duce, Führer, Caudillo, que salvaría el país del imperialismo
internacional, del marxismo, de la burguesía, de todos los males,
imponiendo el orden jerarquizado y el nacionalismo. Por otra parte,
atacan como caduco al viejo orden burgués y al liberalismo con un
lenguaje peculiar y característico que se repite en ámbitos distantes en
el tiempo y en el espacio. Constituyen, sin duda, principios que sirven
de común denominador a todos los ultras.
Proseguimos. Gálvez, en el texto mencionado, expone todo con claridad.
Ahora bien, debemos recordar aquí un principio ya señalado por otros en
relación al alcance y al sentido que puede tener la crítica a opiniones
similares a la del
novelista de Nacha Regules. Se ha dicho que una situación irracional
siempre escapa a la función de la razón. Sólo - ¿qué duda cabe?- es
posible combatirla con un análisis apasionado. Años antes, precisamente
en diciembre de 1924, en Perú y con motivo del centenario de la batalla
de Ayacucho, el poeta Leopoldo Lugones pronuncia un extenso discurso que
se conoce como "la hora de la espada". En presencia del general Justo,
ministro de Guerra del presidente argentino Alvear, hace el elogio del
ejército y sostiene la necesidad de la fuerza para imponer el orden, "la
hora de la espada". Y agrega: "Sólo la virtud militar realiza en este
momento histórico la vida superior que es belleza, esperanza y fuerza".
La estética de la muerte.
Pero es necesario detenernos ahora en el general Uriburu. Proveniente de
una familia tradicional de la provincia de Salta, está emparentado con
los Anchorena, Patrón Costa y Álvarez de Arenales, entre otros. Sobrino
de un presidente, José Evaristo Uriburu, casa con Aurelia Madero,
acaudalada heredera del constructor del puerto de Buenos Aires. Egresa
del Colegio Militar y, tiempo más tarde, estudia en Alemania las
técnicas militares de ese país. A su regreso, impone la irracionalidad y
el verticalismo prusiano en el ejército argentino, una tendencia,
insistimos, que venía observándose ya algunos años antes. (White, 1982).
Profesor y director de la Escuela Superior de Guerra, en varias
ocasiones manifiesta la admiración que siente por las teorías y la
disciplina de los herederos de von Clausewitz (Von Uriburu denominan al
dictador debido a su admiración por el ejército alemán),
contrarrevolucionario y teórico de la muerte cuyos libros se analizan y
estudian en los institutos militares. La prueba, entre otras, de lo
antes expuesto la encontramos en la nómina de las ediciones de la
Biblioteca del Oficial de los años previos a 1930, una tendencia que se
incrementa a partir de entonces. Imprimen, por caso, La nación en armas
del barón von der Goltz y una biografía de Federico el Grande por el
mariscal conde de Schlieffe. Pero no es todo. De los seis jefes del
Estado Mayor que revistan a partir de 1910, cuatro se habían
perfeccionado en Alemania.
Ahora bien, una exposición de las características y vicisitudes de la
dictadura tendrá que ser sumaria, ya sea por falta de espacio, ya sea
porque no existen hasta hoy.-tal vez con la excepción del conocido libro
de Alain Rouquié-, obras sistemáticas sobre las tendencias y acciones
autoritarias y su proyección en la sociedad.* De todas maneras, así fue
siempre, insertas en la competencia entre los intereses y la violencia,
las representaciones represivas se convierten en tortura al perder el
sistema su base tradicional de sustentación, en algunos casos al no
estar afianzadas.
Como es sabido, los conflictos de una sociedad de clases contribuyeron
en los siglos XIX y XX a agudizar los enfrentamientos y prevenciones.
Hemos señalado que en la Argentina, esa realidad comienza a tener
vigencia, aproximadamente, a partir del año 1900. Tres décadas más
tarde, precisamente el 7 de diciembre de 1932, señalaría el diputado
conservador José María Bustillo, al salir en defensa de los grupos
parapoliciales que enfrentaban con violencia las manifestaciones
obreras, opiniones que definen a su sector. Para él toda la culpa de los
males del país se debe a la acción del partido socialista,
"representante -son sus palabras- de la clase que está más cerca de los
extranjeros". Quince años más tarde, mutatis mutandis, el populismo
invierte los papeles. Bustillo, añorando los viejos tiempos, agrega:
"La historia demuestra que la lucha entre los partidos tradicionales
argentinos ha sido intensa y que algunas veces se han confundido en un
abrazo después de los comicios. Partidos, por ejemplo, como el de Mitre
y de Alsina, que se combatían en forma agria, estaban dispuestos al día
siguiente a pactar, a pensar en común en los intereses generales del
país.
Pero desde que aparece el Partido Socialista en escena, aparece el odio;
la forma enconada en que se establece la lucha se debe pura y
exclusivamente a la acción del Partido Socialista, que no ha querido
reconocer jamás nuestras buenas obras ni los propósitos sanos que hemos
tenido de servir al país en la forma que nos ha parecido mejor."
Si hubiésemos de relatar todos los episodios de violencia que tienen
lugar a partir del 6 de septiembre de 1930, tendríamos que llenar muchas
páginas. Nos limitamos, pues, una vez más, a la enunciación de los casos
más significativos. Ahora bien, es innegable que entonces la fuerza,
como siempre, no es la única violencia vigente para someter al pueblo.
Con plena conciencia perfeccionan otras más sutiles, psicológicas,
teniendo como intermediarios a los denominados "canales de comunicación
de masas" -radiofonía, periodismo amarillo, revistas- y los espectáculos
"deportivos", realidades que facilitan el control y la planificación del
ocio. Un control, por cierto, que canaliza en favor del Estado la
coordinación y el destino de los hombres.
Pero no es todo. Perfeccionan, asimismo, los medios que permiten inducir
y transformar los antagonismos internos en agresión externa, y
determinan así la corriente de aspiraciones comunes que facilita la
supremacía y el dominio; una situación, por otra parte, que reproduce
características observadas en el siglo XVII español. Un caso límite de
lo expuesto se observa en Buenos Aires, entre los meses de abril y junio
de 1982, con motivo de la guerra de las Malvinas. Manifestaciones
colectivas en la Plaza de Mayo, represión policial, chauvinismo extremo
contra todo lo extranjero, nacionalismo agresivo. Conservadores y
comunistas se dieron la mano, asociados en apoyo de la aventura del
autoritarismo militar. "En realidad -escribe Wilhelm Reich-, todo orden
social produce en las masas que lo forman las estructuras necesarias
para alcanzar sus fines principales. Sin estas estructuras psicológicas
de masas, la guerra sería imposible." (1980, 53.)
Otra de las características observadas a partir de 1930, sus
antecedentes se remontan al pensamiento católico de la década de 1880,
la encontramos en el repudio al liberalismo por parte de los
conservadores y la derecha extrema. Adorno, en la investigación
realizada en Estados Unidos sobre La personalidad autoritaria, define
esas expresiones y otras de carácter fascista, de seudoconservadoras,
muchas veces reemplazadas con las palabras seudoliberales y
seudoprogresistas (Adorno, 1965). Tratan en todos los casos de
contrarrestar las ideas progresistas con el repudio del pensamiento
político liberal y el establecimiento de una
planificación que imponga el espíritu, en una acción similar a la
observada durante el nazismo, de "superioridad nacional".
Por otra parte, se ha señalado, la persistencia del nacional-socialismo
en grupos que se manifiestan democráticos es potencialmente más
peligrosa que las tendencias fascistas bien definidas contra la
democracia. No es ignorado el hecho de que el fascismo adquiere en el
tiempo nuevas formas de expresión sociocentristas. Insisten en expresar
que todo lo foráneo debe prohibirse. Se nos ha recordado que los
retrógrados y pobres de espíritu, siempre combaten como "extranjeras"
las cosas e ideas que escapan a su comprensión o intereses, y Lo hacen
con el fin de "proteger" a la nación de "influencias" extrañas que
pongan en tela de juicio las ideas tradicionales. Otros, por cierto, "no
lo saben, pero lo hacen". Creen, negando la historia, que deben
preservar los "estilos de vida" del país; la propuesta agresiva y
sociocentrista que siempre renace en situaciones críticas. En 1939, en
Alemania, condenan a muerte o prisión a cualquier ciudadano de ese país
que sintonice emisoras del exterior, ampliándose, tiempo después, la
disposición a todos los que escuchasen música de compositores
extranjeros.
Aclarado lo anterior, proseguimos con el análisis de la situación del
país en relación con la tortura y otras violencias. Pues bien, como
consecuencia de las acciones totalitarias puestas en vigencia con
posterioridad al 6 de septiembre de 1930, surgen voces de rebeldía, no
pocas veces violentas, que parten de obreros,'estudiantes, militantes
políticos, y aun de miembros del ejército. En febrero de 1931 torturan
en los sótanos de la Penitenciaría, en Buenos Aires, a presos sociales y
a opositores al régimen. "Por primera vez en la historia nacional -acusa
el ex presidente Marcelo T. de Alvear antes de partir al destierro- se
oye hablar de espantosas torturas medievales aplicadas con entonación
tenebrosa". Nos encontramos ya en plenitud con la "hora de la espada" de
Leopoldo Lugones padre. Pues bien, de acuerdo con esa perspectiva,
comienza entonces a "racionalizarse" un proceso de reacción desarrollado
a través de varios cauces y que abarca a los grupos de poder y al
pueblo. Y también comienza la tortura, una tortura revitalizada. De la
barbarie conocemos las declaraciones de los afectados, las denuncias
expuestas a través de la prensa extranjera y la acción de algunos
legisladores, los menos, a partir de enero de 1932
El 28 de marzo de ese año, en el transcurso de la segunda reunión
extraordinaria de la Cámara de Senadores de la Nación, el líder
socialista Alfredo Palacios, da a conocer ante sus pares las pruebas de
la tortura, una extensa y documentada exposición que altera los ánimos
de la extrema derecha, de manera especial a Sánchez Sorondo.1 En el
Parlamento, es la única voz acusadora que se levanta, y su crítica aguda
llega por momentos al centro de una sociedad enferma y con temor. Las
víctimas de la barbarie, observa Palacios, son todos querellantes de la
justicia amparados por el abogado José Peco. Sánchez Sorondo, hasta
mediados de 1931 ministro del Interior y consejero de Uriburu, niega los
cargos. Recurre entonces el senador denunciante a documentos precisos.
Descontado el testimonio bajo juramento de los torturados, expone las
pruebas de las cuales tienen mayor fuerza las que provienen de dos
oficiales del ejército, uriburistas y testigos de las violencias. Y
agrega: "Los empleados, los guardianes, los inspectores de vigilancia,
los oficiales del destacamento del Regimiento 2° de Infantería, que se
encuentran todavía en sus puestos, revolucionarios todos, declaran
indignados que han comprobado en la Penitenciaría las torturas que se
realizaban".
Uno de los oficiales del Regimiento 2° de Infantería testimonia por
escrito las torturas expuestas a los presos sociales y políticos. He
aquí parte de lo expuesto por el teniente primero Adolfo López,
encargado de la guardia de la Penitenciaría de la calle Las Heras:
"Desgraciadamente lo que he presenciado y lo que he oído durante los
días inciertos de 1931, me han demostrado que estamos frente a la más
honda perturbación de los sentimientos y a la dolorosa comprobación de
perversiones morales, que si cundieran en el ejército serían de
consecuencias irreparables".
Y luego de otras consideraciones, agrega en referencia al sitio de las
torturas y a los encargados de realizarlas:
"Allí se me enseñó un aparato que según se me dijo había servido para
torcer los testículos de los torturados; una prensa que se utilizaba
para apretar los dedos; un cinturón de cuero con el que se hacía presión
en el cuerpo y al que llamaban camisa de fuerza, etcétera ... Confieso
que la comprobación de lo que creí fuera un rumor sin fundamento me
indignó tan profundamente que sentí repugnancia [...] Regresé al cuartel
y puse en conocimiento de mi jefe el teniente coronel Santos V. Rossi lo
que había visto, agregando que la tropa estaba enterada de todo, porque
los agentes de investigaciones a las órdenes del comisario Vaccaro se
jactaban de los tormentos y explicaban a los conscriptos cómo se
aplicaban. Yo expresé mi descontento, lo mismo que muchos otros
oficiales. Estas expresiones mías y de otros camaradas llegaron a
conocimiento del teniente coronel Molina, quien por intermedio del
teniente coronel Rossi me manifestó su desagrado."
Nos encontramos frente al testimonio de un joven oficial a quien, es
posible, el sentido de obediencia vertical y el autoritarismo no habían
podido deformar su pensamiento. No olvidemos que el país ingresaba en el
infierno dictatorial después de tres lustros de gobiernos elegidos por
la voluntad popular, y también con la presencia activa de un movimiento
sindica] consciente de los derechos humanos y de la condición de la
clase trabajadora. A pesar de las opiniones conformadas a la sombra de
las doctrinas tradicionales y de otras que llegan de Europa, no todos
los oficiales estaban contaminados por las ideas fascistas o
integristas, proceso que ha de generalizarse en los años siguientes bajo
otras condiciones sociales y económicas. El dogmatismo previo a 1930 se
ha de incrementar en varias líneas de pensamiento que abarcan desde la
jerarquización aristocratizante y ultramontana al populismo
nacionalista.
Pues bien, basándonos en la documentación parlamentaria y en otros
testimonios, la nómina de los torturados es extensa y abarca a obreros,
estudiantes, militares opositores al régimen, políticos. En ningún caso,
así lo determinan las investigaciones realizadas, buscan la muerte de
las víctimas. Tratan de aniquilar la voluntad, averiguar el nombre de
los opositores más decididos, imponer el terror a todos. De acuerdo con
la denuncia de los testigos, el artífice de la maquinaria represiva que
se establece, entre otros, fue Leopoldo Lugones hijo, jefe de Orden
Político, asistido por sus ayudantes, miembros de la policía de la
ciudad de Buenos Aires. Se observa en el Congreso que a las sesiones de
tortura asistían el ministro del Interior Sánchez Sorondo y el coronel
Juan Bautista Molina, partidario del régimen de Uriburu. Es el momento
de recordar que éste, años más tarde, sería el líder de la Alianza de la
Juventud Nacionalista, grupo de derecha creado en 1937 por Juan
Queraltó, quien luego, observa Juan José Sebreli, colaboraría con Juan
Domingo Perón.
En la acción represiva y en la aplicación de los tormentos colaboran,
asimismo, el ex diputado conservador Alberto Viñas, director de la
Penitenciaría, el subprefecto David Uriburu, el comisario inspector
Vaccaro y el jefe del penal, Raúl Ambrós. El oficial del ejército
opositor al régimen, Gerardo Valotta, violentamente torturado, refiere
bajo juramento las infamias que debió soportar en la Penitenciaría.
Recuerda entonces: "Estaba mi cuerpo atado por un piolín grueso y
fuerte, que pasando por abajo de mis piernas, por la cintura, por el
pecho, por la garganta y por la frente, como un lazo, me unía los brazos
por detrás de la silla a un extremo corredizo. Tirado por éste,
imprimían a voluntad tensión a las ligaduras".
Conocemos otros nombres de las víctimas: Emir y Amílcar Mercader, el
general Baldassarre, los anarquista Di Giovanni y Scarfó (fusilados
luego de sufrir castigos inauditos), Eduardo Bedoya, decenas, en fin, de
anónimos obreros y militantes sociales. A Cristóbal Bianchi, socialista,
le fracturaron a golpes dos costillas. El estudiante platense de
ingeniería Néstor Jaúregui acusa de manera directa a Leopoldo Lugones
hijo, cuya actitud expone:
"La orden del señor Leopoldo Lugones fue la siguiente: Ya saben, si
dentro de cinco minutos no cantan, procedan como siempre, y a mí me dijo
amablemente que de ahí iba, como todos, directamente al hospital. Se
retiró, porque según oímos después de su boca, Schelotto, Luinazzi y yo,
él no era capaz de torturar, pero -y aquí el énfasis- es muy capaz de
mandar a torturar."
Una actitud, sin duda, similar a la observada con los castigos que en el
siglo XVI ordenan aplicar los sacerdotes a los indígenas, y a la de
Hernandarias de Saavedra a comienzos del siguiente. Un déspota,
decíamos, que no se anima a encarar frente a frente a la víctima.
Y ahora nos corresponde señalar algunos aspectos de los métodos de
tortura utilizados a comienzos de la década de 1930. Aún, es necesario
recordarlo, no se conoce la picana eléctrica, método que recién aparece
tres o cuatro años más tarde. Los siguientes, entre otros, son los
sistemas "técnicos" de la barbarie psicopática de los renovadores
inquisitoriales:
a) La silla ("se ataba al preso a un silla de hierro, se lo amarraba
fuertemente y ya inmovilizado en esa forma se lo castigaba a puntapiés,
o a trompadas o cachiporrazos, a gomazos");
b) el tacho, invención de Lugones ("bruscamente se elevaba al
atormentado, haciéndolo caer, completamente atado y de bruces, en un
tacho inmundo, repleto de agua y de las asquerosas bazofias [...] y
después de un nuevo interrogatorio y de otros golpes de puño, de
cachiporras o de puntapiés, se le sumergía por segunda o tercera vez en
ese dantesco recipiente"); c) los tacos ("se colocaban contra los
riñones cuando el torturado era atado a la silla [...] iban penetrando
poco a poco en la carne del atormentado y el suplicio se tornaba
horrible"); d) las prensas ("prensa para apretar las manos o una prensa
mayor para martirizar el cuerpo íntegro .[...]
las largas maderas estaban unidas por una especie de bisagra en uno de
los extremos y en el otro por un tornillo sinfín, que se iba apretando
ante cada negativa a declarar y hasta que el torturado se desmayara");
e) la tenaza sacalengua ("tenazas de madera, con la que se tiraba de la
lengua a los detenidos y que sirvió para martirizar los senos de dos
distinguidas señoritas"); f) el serrucho ("consistía en serrucharle el
cuerpo desnudo, mediante una fuerte soga de cáñamo"); g) el triángulo
("consistió en tener en un estrecho y húmedo calabozo, completamente
desnudo, al detenido, mientras se anegaba cada cuatro o cinco horas el
calabozo a fuerza de baldes de agua"); h) las agujas caldeadas al rojo
("se utilizó contra el obrero Bacaioca [...] se le traspasaron con
agujas al rojo las partes genitales"); i) el papel de lija y aguarrás
("se les raspaba el pecho con papel de lija y se les rociaba con alcohol
y aguarrás").2
Es indudable que al término del relato, tengamos repugnancia e
indignación. Pero hay otros aspectos tan importantes y atroces como los
anteriores y que los sistemas represivos posteriores perfeccionan:
incomunicación del preso, aislamiento e ignorancia de la situación
legal. El espectáculo de la dignidad del hombre, abandonado y en
debilidad ante los opresores, sin esperanza, es tan destructor como la
máquina de la violencia irracional que lo somete a tortura.
También se tortura fuera de la Capital: en Bragado, San Justo y
Avellaneda. En la mayor parte de los casos las víctimas son trabajadores
socialistas y libertarios. En agosto de 1931, en Bragado, sufren la
represión policial varios obreros acusados de querer poner en práctica
un plan terrorista. Basándonos en los informes judiciales y en las
pericias médicas, la brutalidad de la policía llega a límites extremos.3
Los acusan de estar en connivencia con los radicales del partido de 25
de Mayo y de fabricar bombas con el fin de alterar el orden público.
Golpes de puño, amenazas de muerte, aislamiento. Pascual Vuotto, una de
las víctimas, declara ante la justicia los sufrimientos padecidos. Dice:
"Me ayudaron a sentarme en la misma silla, colocado frente al escritorio
de Ledesma, invitándome a que describiera el plan terrorista, pues si no
'no saldría con vida de allí'. Me hicieron recordar que no me habían
registrado la entrada en el libro y que 'yo sabía por qué lo hacían'.
Como respuesta pedí que me dejaran tranquilo, pues nada sabía respecto
de ese plan. Entonces Vinotti me dio un golpe con la planta del pie en
el bajo vientre, produciéndome una gran descompostura y un mareo que me
duró largo rato. En esa situación fui llevado al calabozo por el cabo
guardiacárcel, pues no podía caminar sin que me sostuvieran. [...]
"Momentos más tarde me sacaron nuevamente, atándome otra vez en la misma
silla. Esta vez permanecí en esa situación como media hora, sin que me
golpearan, preguntándoseme por qué era anarquista y otras cosas
relacionadas [...] La posición incómoda y la presión del cuerpo sobre
los brazos me producía un intenso dolor [...] me resistí a responder.
Intervinieron entonces Tula y Vinotti, hasta entonces indiferentes,
golpeándome sobre el corazón, después de haberme desprendido el saco y
el chaleco."
En ningún caso las torturas se realizan en presencia de testigos,
aislándose a los presos de sus compañeros. Por otra parte, años más
tarde sería frecuente, los jueces de instrucción no ignoran la verdad de
los hechos y están en connivencia con la policía. Ahora bien, llegados a
este punto podemos preguntarnos, ¿cuál era, por caso, la situación del
delincuente anónimo sin recursos económicos y acusado de haber cometido
un delito contra un personaje influyente? Por cierto, así lo señalan los
penalistas opuestos a las estructuras tradicionales del sistema
judicial, nada fácil y siempre expuesta a las contingencias de los
intereses en juego.
Pocas horas antes de entregar el poder a su sucesor, general Agustín P.
Justo, el 20 de febrero de 1932, Uriburu señala a la opinión pública sus
ideas políticas - ¿quién podía ignorarlas?- y advierte sobre una
disyuntiva que él resuelve de la misma manera que lo harán en lo
sucesivo sus epígonos. He aquí sus palabras: "El voto secreto es
precisamente lo que ha permitido el desenfreno demagógico que hemos
padecido [...] Cumple a nuestra lealtad declarar, sin embargo, que si
tuviéramos que decidir forzadamente entre el fascismo italiano y el
comunismo ruso y vergonzante de los llamados partidos políticos de
izquierda, la elección no sería dudosa".
Argumentación típica del lenguaje fascista, el militar-gobernante piensa
la opción que más le conviene y deforma la realidad (todos los partidos
de izquierda son bolcheviques). Los términos de Uriburu, insistimos, su
dicotomía en el análisis de la situación política y social, sus temores
no difieren de otros que en esos días exponen Adolfo Hitler y Benito
Mussolini. La escena, las ideas y la práctica estaban a disposición de
los intereses de los días que llegan. Y también, así será, estaba a
disposición la barbarie. Como saldo de ese período, entre la creación en
1931, de la sección Orden Político para reprimir las ideas sociales
consideradas de avanzada, y el año 1934 -así lo determinó un memorial
elevado ese año a la Cámara de Diputados-, 10.000 presos pasaron por sus
calabozos y 500 de ellos habían sido torturados.
VI
LAS IDEOLOGÍAS AUTORITARIAS Y LAS HERENCIAS DE LA VIOLENCIA (1932-1955)
Entre la ilusión de la dicha y la fuerza de la violencia
Nos corresponde seguidamente analizar la proyección de los principios
expuestos en el capítulo anterior y el desarrollo de los instrumentos
que impone el Estado. Si bien se tortura entre 1932 y 1946 (la picana
eléctrica -invento argentino comienza a utilizarse aproximadamente en
1934), de ninguna manera la violencia es sistemática, institucionalizada
por el poder. Por otra parte, nos encontramos en esos años con el
afianzamiento de las ideologías de extrema derecha adaptadas a las
circunstancias del país y con un nacionalismo que llega, incluso, al
movimiento sindical, infiltrándose en ámbitos hasta entonces partidarios
en mayor o menor grado del universalismo y la defensa de la clase
obrera. Sin duda, la llegada al poder de los nazis en 1933, el éxito de
las acciones expansionistas en Etiopía y Renania en 1936 son otros
tantos hechos que fortalecen a los partidarios del totalitarismo
autoritario y antidemocrático. Por otra parte, las consignas demagógicas
de esos sectores, el antiimperialismo, entre tantas, que tratan de
asociar a la burguesía y a las masas, la armonía de las clases,
desviando de esa manera la atención de los trabajadores de sus
verdaderos fines, son adoptadas por los partidos políticos de izquierda.
El hecho, si bien no generalizado, es insólito. "En el congreso del
Partido [Socialista] reunido en noviembre de 1940, fue tocado el himno,
y cuando terminó el congreso fue izada la bandera nacional en la Casa
del Pueblo. En tal sentido, la identificación de los obreros de la CGT
con lo nacional ocurría simultáneamente con el proceso análogo
registrado en el Partido Socialista, dominado por el grupo moderado con
orientación nacional" (Matsushita, 1983, 228).
El mencionado proceso varía en su significación en los distintos
sectores. En el hecho intervienen la formación previa, las necesidades
del momento, los enfrentamientos con grupos rivales. Inducidos, los
obreros argentinos, así lo sostiene el historiador Hiroshi Matsushita en
un trabajo reciente, tendían ya a rechazar antes de 1943 el concepto
clasista. Es que la acción coordinada desde la prensa, la tribuna
política y la radiofonía hallaban un campo fértil. Pronto lo veremos
mejor.
Ahora bien, podemos afirmar que la actividad de los nacionalistas
uriburistas encuentra amplio apoyo en el ejército y en los grupos
dominantes. Por otra parte, es la continuidad de una actitud ya
observada en 1902 al debatirse en el Parlamento la "Ley de Residencia",
en la primera mitad de la década de 1930 la derecha acusa a los
sindicatos socialistas y a la izquierda de inspirarse en doctrinas
extranjeras. Señalamos ya la actitud del diputado conservador José María
Bustillo en el Congreso. Entre otros casos, recordemos los incidentes
ocurridos en la Cámara de Diputados de la Nación, en la sesión del día 7
de diciembre de 1932, con motivo de discutirse entonces la renuncia a su
banca del legislador Pena, acusado de haber denigrado el concepto de
patria. Los representantes socialistas aluden reiteradamente, y en
descargo, a su condición de patriotas nacionalistas: "mis palabras
-señala el ya aludido- son la verdadera expresión del sentimiento
nacional [...] que reclama mayor verdad y un contenido más argentino a
todo cuanto se dice y propone [...] porque quiero tener el alto honor de
ser argentino [...] y porque quiero también proclamarlo en nombre de un
país cuya población sana y feliz cante, porque sienta y viva las
estrofas del himno inmortal".
De todas maneras, qué duda cabe, la acción más chauvinista proviene de
la derecha y del nacionalismo. El 3 de diciembre de 1932 grupos
parapoliciales armados atacan a tiros un acto anarquista en Parque de
los Patricios por considerar que los oradores, así lo señala un
editorial de La Prensa, "agredían con gruesos calificativos a las
autoridades y a los símbolos del país". En noviembre de ese año miembros
de la Legión Cívica ingresan con violencia al centro socialista de la
calle México 2070, en momentos en que un grupo de trabajadores
deliberaba sobre temas que interesaban a la organización obrera a la
cual pertenecían. Destruyen muebles y disparan sus armas de fuego en
presencia de la policía. Nadie los detiene.
Manuel Fresco, partidario del fascismo italiano y entre los años 1936 y
1940 gobernador de la provincia de Buenos Aires, más tarde simpatizante
de Perón, señala en 1932, un año antes de ascender al poder Adolfo
Hitler en Alemania, su profesión de fe nacionalista. Dice entonces en la
Cámara de Diputados: "En todos los países donde la crisis avanza y donde
la violencia se desata, renace el nacionalismo; nosotros tenemos
grandes, enormes, formidables reservas de nacionalismo que están
saliendo a la superficie y que van a arrollar al socialismo rojo y a las
izquierdas disolventes que atentan contra la integridad de las
instituciones fundamentales de nuestra patria". Y, temeroso de la
posible acción de la clase obrera, advierte, por cierto que sin
equivocarse, sobre los días que vendrán. Las siguientes son parte de sus
palabras:
"Pero sepan ustedes que hay reservas morales y nacionalistas para hacer
frente a cualquier violencia, y hay un ejército que ha de hacer respetar
la soberanía y los símbolos [...] Los viejos hogares criollos
representan los últimos reductos tras de los cuales se va abroquelando
el patriciado nativo, dechado de virtudes y de honra, la vieja familia
argentina que se extingue [...] Sentimos la nacionalidad de los viejos
hogares criollos como una sugestión de conciencia autóctona, forjada en
el crisol de un pasado de gloria, del que sólo puede renegar algún
descastado a quien deshonra la patria en que nació o el aura del cielo
azul que acarició su cuna. Somos nacionalistas, sí, por culto, por
devoción y por convicción."
Se trata del mismo gobernante que en 1936 y en los años siguientes
persigue a los obreros de la provincia de Buenos Aires. Bajo su mandato
se tortura a presos sociales en Bragado. Los hechos se iban encadenando
paso a paso para converger más adelante en las doctrinas populistas
posteriores a 1940. Cuatro años antes, precisamente en 1932, Juan
Domingo Perón da a conocer su tratado de estrategia militar en donde
sostiene la necesidad de establecer la armonía entre las clases
sociales, teoría que pondría en práctica años más tarde.
El general José Félix Uriburu, el 20 de mayo de 1931, autoriza por
decreto, oficializándola, a la Legión Cívica, grupo parapolicial de neto
corte fascista. El 11 de enero del año siguiente se le otorga personería
jurídica. Se faculta entonces a sus miembros a concurrir a los cuarteles
y establecimientos militares con el fin de recibir instrucción en el
manejo de las armas de fuego. "Saludo en vosotros -les dice el
presidente de facto desde uno de los balcones de la Casa de Gobierno- a
la fuerza cívica que condensa y expresa con fervor el espíritu genuino
de la revolución de septiembre".
La Legión Cívica es el antecedente de otras instituciones represivas de
los años posteriores, que asesinan, torturan e imponen el terror; a sus
miembros se les hace entrega en el Arsenal de Guerra, de fusiles,
caramañolas, correajes, mantas, etcétera, solicitados por los
comandantes de la Legión a las autoridades nacionales.1 A imitación de
los niños y adolescentes italianos de esos días -los balilas-, a partir
de junio de 1931 instructores del ejército dan adiestramiento militar a
escolares argentinos.2 El sentimiento tradicional de patria deriva
entonces en una educación para la muerte, en la violencia
institucionalizada. Se trata, por cierto, de un intento frustrado.
Así las cosas, en 1932, asume la presidencia el general Agustín P.
Justo. Es sabido que su gobierno, perfeccionador de Orden Político, fue
un vivero donde desaprensivamente creció la semilla del fascismo de
Uriburu. Justo, en momentos del ascenso al poder de Hitler, impide el
ingreso al país de muchos hombres de ciencia que buscaban un refugio
contra la persecución de los nazis.
Es indudable que ya en esos años encontramos muchos de los elementos que
definen a la realidad de las décadas posteriores. Revitalizado con
nuevos presupuestos ideológicos, el intento corporativo del general
Uriburu, fracasado al no contar con el apoyo de las masas, adquiere
nuevas formas a partir de 1943, ahora sí con el apoyo popular. De todas
maneras, esa fecha no constituye un corte histórico preciso. Años antes
comienza a escucharse en Buenos Aires y en otras ciudades del interior
la palabra de los profetas que sostienen la necesidad de imponer en el
país la "sociedad organizada". Son, sin ninguna duda, los prolegómenos
de los días que se avecinan.
Pues bien, como vienen haciéndolo otros, el 17 de noviembre de 1941
advierte Manuel Fresco, en una conferencia que pronuncia en el teatro
Grand Splendid, sobre la necesidad de imponer en el país una nueva
política económica y social que solucione las dificultades del sistema
imperante. La suya es la solución cuasi fascista para superar las
contradicciones del capitalismo. A través de una fraseología que tendrá
luego sus imitadores, se declara militarista, opuesto al imperialismo de
la "finanza internacional", defensor, así lo señala, del obrero
"degradado y subestimado", partidario de los sistemas totalitarios
imperantes en esos momentos en España, Italia y Alemania. Propone a su
auditorio un programa similar a los presupuestos fascistas pero adaptado
a la idiosincrasia del país. "Lo que el Nacionalismo haga en otras
naciones -dice- nos interesa solamente como factor de ilustración. Hay
-continúa diciendo- muchos problemas que son iguales, comunes; pero hay
muchísimos más, que se diferencian fundamentalmente, de acuerdo con la
idiosincrasia de cada país." (Fresco, 1943, III.)
La lectura y el análisis de los editoriales de Cabildo, periódico de
inspiración fascista editado en la ciudad de Buenos Aires a partir de
1942 por Durañona y Vedia, nos trae el recuerdo del lenguaje que podía
escucharse con posterioridad a 1943. Son, y renovados bajo otros
principios doctrinales, los herederos de la Liga Patriótica y de la
Legión Cívica. Pero adviértase además que, en aquellos pequeños círculos
de élite, comienzan a despuntar a partir de 1937, aproximadamente, las
críticas que aluden a un supuesto sistema liberal que, dicen, destruye
el orden social establecido ("el liberalismo ha hecho caducar la
política" sostienen). Y también mencionan al capitalismo foráneo -nada
observan sobre el nacional- que ataca las bases de la nacionalidad ("los
destinos funestos de la Plutocracia" es una frase que se escribe con
frecuencia).
Por otra parte, como ocurre en la Alemania nazi, el nacionalismo
argentino institucionaliza, en la década de 1940, los festejos
conmemorativos de la tragedia de Chicago de 1889. Como veremos, esa
actitud no es casual. En el aniversario de 1943 del 1° de mayo, en la
plaza San Martín, en Buenos Aires, varios oradores nacionalistas claman
desde la tribuna por la disolución de los partidos políticos y por el
establecimiento de un régimen totalitario. Desde uno de los balcones del
Círculo Militar, ubicado en las proximidades del sitio donde se realiza
el acto, el almirante Scasso, partidario de los gobiernos que integran
el Eje (Alemania, Italia y Japón) asiente con el gesto. Pero, al igual
que el marino, otras voces se hacen eco de propuestas similares. Pocos
días antes, el ministro de Guerra del presidente Ramón Castillo, general
Pablo Ramírez, había elogiado el "Estado Novo" de Getulio Vargas, una
experiencia corporativa que adapta el fascismo a las condiciones de un
país con una incipiente industria y un alto grado de miseria y
analfabetismo. Precisamente, ese 1° de mayo de 1943, un mes y días antes
del golpe militar, con la manifestación pública mencionada, Juan
Queraltó dejaba establecida la Alianza Libertadora
Nacionalista. Recordemos que su fundador integra entonces el Grupo de
Oficiales Unificados (GOU), como miembro civil, y, más tarde, ya lo
veremos, respaldará la candidatura de Juan Domingo Perón a la
presidencia.
Ahora bien, con los elogios que tributan a Benito Mussolini, en los
editoriales del periódico Cabildo, manifiestan con un lenguaje
demagógico la necesidad de establecer en el país la "justicia social".
Es más, tres días antes del estallido del golpe militar del 4 de junio
de 1943 que derroca al presidente Castillo, incluyen en un extenso
artículo editorial titulado "Corrupción de arriba y claudicación de
abajo", propuestas que son frecuentes en los años posteriores. Leamos,
entre otros ejemplos que podemos mencionar, el siguiente párrafo,
ilustrativo de las tendencias que iban arraigándose en el
país."Comparado con el burgués alto, sin más preocupación que recortar
cada seis meses los cupones de sus títulos de renta, un obrero que
trabaja ocho horas diarias sobre el torno, gana cuatro pesos de jornal y
atiende con su exigua entrada la mantención de su mujer y de sus hijos,
es un santo y un héroe [...] Nunca se arrellanó en una butaca del teatro
Colón, nunca se sentó a la mesa de un restaurante de boga [...] Son
intereses creados el sistema económico del monopolio y los grandes
consorcios financieros: son intereses creados los partidos políticos que
abierta o solapadamente defienden al capitalismo, sin omitir las
oligarquías socialistas-parlamentarias."
Pero hay más. Por otra parte, siguiendo el proceso ya expuesto, atacan a
la "plutocracia" y al imperialismo, a todo lo que para ellos es
"extranjería". Substituyen a la mística, la religiosa-tradicional -el
dominio sustentado en el temor al fuego del Infierno con el que Dios
castiga a los que trasgreden las normas impuestas-, por la conciencia
nacionalista que desvía la atención de los trabajadores. Un sentimiento
que nada tiene que ver con el apego a la tierra donde se ha nacido. Por
norma general, en las ya mencionadas y en otras opiniones expuestas en
Cabildo, encontramos la palabra transformada en violencia, el lenguaje,
en síntesis, totalitario. Nos encontramos asimismo con la transmutación
de los intereses obreros, con la practicidad demagógica de un día. En
fin, con el olvido inducido de la conciencia de clase. Es, sin duda, el
preanuncio de los años que vendrán, pero sin la presencia carismática
del líder que exige la obediencia total y la disciplina en el trabajo y
también la identificación de la masa con su persona.
Pero, poco a poco, además, desde diversos sectores inculcan a la clase
trabajadora formas de pensamiento y de vida que son en su esencia
autoritarias. La autorrepresión y la represión social de las relaciones
sexuales constituyen dos de los mecanismos, por cierto muy importantes,
que contribuyen, pronto lo veremos mejor, a sustentar y mantener el
dominio sobre los más.
Debemos, asimismo, indicar otra de las vertientes de la misma actitud.
En el año 1939, en los días de la agresión de Hitler a Polonia, Francia
y Bélgica, de la persecución y el exterminio de gran parte de la
comunidad judía, del aniquilamiento a la oposición democrática y social,
F.O.R.J.A. -movimiento político que, entre otros, lideran Raúl
Scalabrini Ortiz3 y Arturo Jauretche- da a conocer una declaración
oponiéndose a todo apoyo que pueda prestar la Argentina a los países
agredidos por la barbarie nazi. Argumentan que los soldados de la
nación, en caso
de una declaración de guerra al Eje, morirán en defensa del imperialismo
inglés. En ningún caso mencionan el peligro del totalitarismo nazi.
También dicen: "Morirán [los soldados] arrastrados a la contienda por
grandes frases y hasta quizás -el subrayado nos pertenece-, por la
creencia de que defienden la democracia y la libertad del mundo".
No debemos olvidarnos de la circunstancia de que en ningún momento, lo
repetimos, tratan de despertar en los obreros el sentido de la libertad
y de la responsabilidad social. Como es posible observar en los países
autoritarios y totalitarios, recurren siempre a la emoción y a despertar
el sentimiento sociocentrista fuertemente arraigado en las masas. Hay
otra cosa que es evidente, y el hecho es ilustrativo, la mayor parte de
los integrantes de F.O.RJ.A. apoyan el golpe militar del 4 de junio de
1943. Un movimiento, debemos decirlo ahora, que incorpora gran parte de
las propuestas de la derecha nacionalista y de los epígonos del
uriburismo, dándole un contenido popular. Muchas de ellas no han de
concretarse en la realidad, pero sí lo dicen también quienes estudian el
ascenso del nazismo, ilusionan con las mismas a las masas. Señalemos,
por otra parte, que poco después del 4 de junio de 1943 el gobierno de
facto establece por un decreto el festejo del aniversario del 30 de
septiembre de 1930, día de la revolución de José Félix Uriburu y del
derrocamiento del presidente constitucional Hipólito Yrigoyen.
"Así, poco a poco -observa el historiador Tíiroshi Matsushita- el
movimiento obrero experimentaba la participación política, al tiempo que
se identificaba cada vez más con la idea de independencia económica y
política del país. En tal sentido -continúa diciendo-, el triunfo de
Perón en las elecciones de 1946 significaba el de la línea que acentuaba
la participación política con un sentimiento nacional. Lo importante de
destacar -agrega- es que tal deseo de participación y el sentimiento
nacional no fueron impuestos por Perón sino que ya existían en el
movimiento anterior a 1943." (1983, 298.)
En síntesis, expuestos y explicados en la medida de lo posible, los
antecedentes de los procesos posteriores del país, pasamos a referirnos
al desarrollo de los mismos. Es evidente que a partir de 1943 la
represión aumenta en dos direcciones: por un lado acentúan los métodos
que coordinan las creencias de la opinión pública y, por el otro,
mantienen en vigencia la violencia física, una violencia, es necesario
insistir en esto, que en pocos casos se debe a la acción de psicópatas;
conforma, siempre lo fue así, uno de los aspectos de la acción del
totalitarismo y del autoritarismo.4 Todo esto es coherente con lo
expuesto, o sea, que se integra a otros aspectos de la situación del
país. Durante el transcurso de 1946 teóricos de la derecha autoritaria
pronuncian conferencias en diversos institutos de las fuerzas armadas y
no precisamente sobre bellas artes o letras. Pero adviértase además que
paralelamente, en un proceso que viene de atrás, las autoridades
militares reforman los planes de estudio de las escuelas de guerra y
desplazan de las academias
castrenses a los profesores considerados "liberales", opuestos a toda
expresión autoritaria. Las críticas se empecinan con mayor empeño en
destruir con fines bien precisos las ideas democráticas, los partidos y
los sindicatos de izquierda y todas las manifestaciones culturales del
exterior -"cultura importada" la definen en los periódicos-, que
interfiere en el sistema. Así, por ejemplo, el teórico nacionalista
Jordán Bruno Genta, el 23 de junio de 1943, en una conferencia que
pronuncia en el Círculo Militar, sostiene ante su auditorio que "la
nación es una realidad militar" y "la virtud se ha refugiado en los
cuarteles" (Rouquié, 1981, II, 31.) Y el padre Leonardo Castellani en
marzo de 1946 expone en la Escuela Superior del Ejército sobre el tema
"El soldado y las mujeres", proponiendo la más extrema de las misoginias
para los miembros de las fuerzas armadas. Asimismo critica negativamente
al orden democrático y a sus defensores, un sistema, sostiene, que
atenta contra la existencia misma de la Argentina como país.5
La propaganda demagógica insiste en recordar la necesidad de establecer
una "sociedad organizada". Hay que decir también que el "sentido de
patria" es un tema que se reitera con frecuencia, en una línea similar a
la del falangismo español, con un manejo hábil de los sentimientos de
las masas. Es el pueblo, por otra parte, el Volk proletario que lucha
contra las plutocracias. Se trata, asimismo, de destronar el dogma del
liberalismo tradicional de que la libertad es un derecho de los hombres,
reemplazándolo por la primacía nacional. Se desata, al mismo tiempo, la
afectividad y se imponen los Estados de multitud donde prima la
irracionalidad y la instrumentación de los seres humanos, organizándose
de arriba hacia el nuevo orden social.
Dicho esto, es necesario agregar que la propaganda oficial recuerda la
necesidad de sellar definitivamente la alianza entre el ejército y el
pueblo. El 17 de agosto de 1946, aniversario del general San Martín,
Gustavo Martínez Zuviría, director de la Biblioteca Nacional de Buenos
Aires, autor de novelas populares y antisemita confeso, expone sus ideas
en un acto público de carácter oficial. "Adoro las armas -dice en esa
oportunidad-, me gustan los soldados [...], para presenciar los desfiles
prefiero sumarme a la muchedumbre de la calle, donde se escuchan los
comentarios más sublimes y grotescos". Como es posible advertir, en esas
palabras integra al populismo el entusiasmo de los totalitarios por la
fuerza de las armas.
Por otra parte, entre tanto, imponen la más estricta censura. Prohíben
la circulación y la venta de revistas, periódicos, películas, obras de
teatro, toda expresión, en síntesis, ajena a lo que denominan el
espíritu "cristiano y occidental". Revitalizan la vieja concepción
ascética de la vida, sólidamente impuesta a través de la enseñanza e
inserta en la doctrina que se iba elaborando sobre la marcha, a veces
sin un plan determinado. Esa realidad la señala, el 24 de octubre de
1946, el director de Espectáculos de la Subsecretaría de Informaciones.
"Se me entrega -expone al asumir su cargo- la Dirección y la conducción
del espectáculo público, vale decir, la salvaguardia de la salud moral
del pueblo [...] La tarea de discriminar fuera de lo superficial." La
salud moral del pueblo, el hecho de impedir toda contaminación, era
primordial para el Estado.
Las palabras que mencionamos son, sin duda, afines a otras similares
expuestas en los años previos a 1943 desde el periodismo de derecha y en
la prensa católica. Siempre determinan el más estricto control de la
palabra y el dominio de la opinión pública. La empresa "moralizadora",
así concebida, tiene ya antecedentes antes de 1946. Recordemos, entre
otros casos, la prohibición en la década de 1930 de Los invertidos,
pieza teatral de González Castillo. Aunque sin llegar al límite de los
años siguientes, durante las presidencias de Justo, Ortiz y Castillo
impiden la circulación de obras literarias de reconocidos méritos. Vale
la pena recordar aquí el caso de Tumulto, libro de poemas de José
Portogalo, prohibido en 1937 a pesar de haber recibido el primer premio
de poesía de la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires. Llevado el
caso a la justicia, la Cámara de Apelaciones decide que no debe
innovarse y aclara que el autor tuvo en su obra "la intención única y
deliberada de herir los sentimientos del pudor público medio (sic),
mediante diatribas a todo lo que la sociedad argentina venera o
respeta". Era la doctrina de la justicia de esos días.
A partir de 1943, señalábamos antes, la represión aumenta lo mismo que
los controles sociales. Nos preguntamos, ¿qué intenciones guía al poder
en esos momentos? En primer lugar, lo señala así Juan Domingo Perón el
21 de diciembre de 1945 al referirse en un discurso público a los
motivos que impulsaron a los militares a derrocar al gobierno de
Castillo el 4 de junio de 1943, "conjurar con eficacia el peligro
comunista y crear organizaciones conscientes que, por medio del convenio
colectivo, puedan establecer las bases de las relaciones del capital y
el trabajo, en cada actividad". En segundo lugar, sostiene Perón, la
intención de otorgar al ejército más poder, armas y hombres. Y así,
efectivamente, lo hacen. Los oficiales conjurados del G.O.U. construyen
en dos años once fábricas militares y elevan el número de los efectivos
del ejército de 30.000 hombres, cifra de 1943, a 100.000 dos años más
tarde.
En esos momentos, no cabe ninguna duda, la propaganda como lo es la
censura en todos sus aspectos, representa tal vez el método esencial del
poder autoritario y facilita el control ejercido desde la cúpula del
poder, un proceso paralelo a la transmutación y el desarraigo de los
intereses obreros. Pronto lo veremos mejor.
Los días que corren entre 1946 y 1955
Hasta aquí nos hemos ocupado de señalar en líneas generales algunos de
los factores ideológicos que inciden en el incremento en los métodos
represivos. Ahora bien, antes de referirnos a la violencia física, a sus
métodos y a sus causas, debemos insistir, basándonos en la condición del
país en el período que nos preocupa en esta parte, a otros aspectos de
la coordinación y conformación uniforme de las masas.
Tanto o más importante que el poder de policía, un poder que de ninguna
manera puede controlar todos los aspectos de la vida de los hombres, y
en este caso tenemos presente la represión ideológica y la sexual, los
controles sociales son mucho más eficaces que las normas jurídicas. Esos
controles y autocontroles se sustentan en la tradición, en los valores
inculcados a través de estereotipos y en los intereses del poder por
mantener el orden en todos sus aspectos. "Es que el problema social de
nuestro país -sostiene Juan Domingo Perón en 1945- es de una importancia
tan extraordinaria que la falta de organicidad del mismo puede
conducirnos a que el caos económico derive en catástrofe social."
Todo lo expuesto, qué duda cabe, es coherente con lo ya dicho y con lo
que expondremos, pudiéndoselo observar en el rechazo generalizado a todo
lo que se aparte de las normas sacralizadas y al concepto que sobre la
infalibilidad de las mismas se ha inculcado a la población. La idea
general de esa actitud la encontramos en las palabras que pronuncia Juan
Domingo Perón meses antes de asumir su primera presidencia. Indica
entonces: "me he trazado un plan ideal y otro moral, ayudado por un
sistema de propaganda, que podríamos llamar preventiva, encaminado a que
las masas ciudadanas, y en especial el obrero, empleen el discernimiento
al leer el diario, inmunizando así al pueblo y a los trabajadores contra
ciertas versiones". "Discernir" -percibir la diferencia entre una cosa y
otra- e "inmunizar" -evitar con la propaganda el contagio-. No es del
caso analizar aquí -existe una extensa bibliografía sobre el tema- las
influencias que recibe el peronismo. Lo que más nos interesa en estas
páginas, históricamente, es señalar el testimonio del principal
protagonista. Pues bien, en conversaciones con Enrique Pavón Pereyra,
recuerda el presidente electo en 1946 haberle escrito a Manuel Fresco,
ya mencionado, gobernador que propicia el fraude electoral, populista de
derecha y admirador de Hitler y Mussolini, palabras que determinan una
misma corriente ideológica: "Yo me propongo -le dice- realizar en todo
el ámbito del país la experiencia que usted propuso en la provincia de
Buenos Aires". Pero no es todo. Al llegar en 1941 de la Italia fascista,
así le refiere a su interlocutor, de paso por Mendoza, coincide con
varios de sus camaradas en la necesidad de realizar un golpe de Estado
en la Argentina; golpe, son sus palabras, "acorde con la nueva
concepción del mando en el mundo moderno". Y aclara: "Después de agotar
la fructífera experiencia en el Viejo Mundo, donde aprendí sobre todo
'lo que no debía hacer', coincidí en Mendoza con varios de mis más
entrañables camaradas". (Pavón Pereyra, 1978.)
Todo está dicho. Hablemos ahora de la violencia que se impone, la
violencia física. En 1953, una vez más desde 1946, se escucha en el
Parlamento la denuncia de torturas. Dice entonces el diputado nacional
Santiago Nudelman:
"En la cámara de tormentos, elegida la víctima, después de vendársele
los ojos, se la desnuda tapándole la boca para impedir que se escuchen
sus gritos. Se la coloca sobre una mesa de madera y atan los cuatro
miembros [...] El aparato de corriente eléctrica continua funciona a
pila eléctrica, y otras veces adaptado a un acumulador, que puede ser el
de un automóvil. Tiene una bobina Rumkorf para levantar el voltaje y
reducir la intensidad. En los extremos de cada polo se adapta un cable
que termina en un manguito cubierto de material aislante. Los terminales
son de cobre o bronce." (Nudelman, 1960.)
Y más adelante, después de exponer algunas referencias técnicas, agrega:
"Para que el efecto sea mayor, se humedece el cuerpo de la víctima. El
aparto es semejante en su construcción al que se suele usar para
'picanear' en los corrales de hacienda a los animales que no responden
al látigo. Se usa, aplicándolo en los animales que no responden al
látigo. Se usa, aplicándolo en los sitios más sensibles del organismo. A
veces en la profundidad de la cavidad bucal, fosa nasal, etc., para
ocultar los rastros de una futura pericia médica. A la víctima se le
suministra poco alimento, previamente, y habitualmente se le niegan
líquidos para gravitar además psicológicamente, como anuncio de próximos
suplicios. Personal habituado, a quien algunas veces, en comentarios
sádicos, llaman los mismos compañeros 'el doctor', vigila el pulso y las
condiciones físicas, más que nada orientado por el aspecto exterior,
para regular el voltaje y la intensidad de la corriente."
Hasta tal punto eran similares los hechos con los del pasado, lo mismo
podemos decir de la barbarie de la década de 1970, y a pesar de las
técnicas distintas, que en las declaraciones y en las denuncias
reaparecían con la mejor espontaneidad las palabras de dos o tres siglos
antes. No olvidemos, siempre fue así, que en todos los casos los efectos
de la aplicación de la tortura, el rigor de los verdugos, esa fuerza
despiadada que sirve incondicionalmente al poder, causa espanto. Hay que
tener en cuenta también, lo señalamos en otra ocasión, que en todas las
sociedades autoritarias la represión siempre se hace más brutal a medida
que el sistema impuesto se debilita y va perdiendo su base de
sustentación. Dicho esto, recordemos que los controles policiales, la
persecución a los opositores, en fin, la violencia física, va en
crescendo a partir de 1950.
Derrocado Perón en setiembre de 1955, dos meses más tarde, en noviembre,
Juan Ovidio Zavala, dos veces sometido a tormento y en esos momentos
director de Institutos Penales, relata los efectos y las reacciones que
produce la picana eléctrica.6 Dice:
"La energía eléctrica pasa por dentro de uno. Mil alfileres de fuego se
clavan en la cabeza, en el corazón, en el estómago, en la boca, en todas
partes. Producen dolor, angustia, deseos de morir. No conozco nada
similar a la dimensión de horror. Unos quieren gritar. Pero no pueden
permitirse ese alivio. Los labios están cerrados con esparadrapo. A eso
se llama 'poner la tapa' en la jerga de los torturadores".
Palabras y hechos que también, entre tantas; reproducen la experiencia
de Cipriano Reyes, principal dirigente del Partido Laborista -uno de los
pilares del triunfo de Perón en las elecciones de 1946- y un grupo de
partidarios suyos sometidos en 1948 a tortura, acusados de conspirar
contra el Estado. Walter Beveraggi Allende, también detenido, en mayo
del año siguiente, relata en la ciudad de Montevideo la barbarie que
debieron sufrir. Reproducimos parte de sus extensas declaraciones.
Recuerda entonces:
"El sábado 25 [de setiembre de 1948], por la noche, se nos condujo, por
tandas, y en una camioneta forrada interiormente con cortinas, en forma
de impedir toda visión, hasta un misterioso lugar, que días después
supimos que era la 'Sección Especial de la Policía Federal', y a donde
se lleva habitualmente a los presos para aplicarles los instrumentos de
tortura. A medida que se nos descendía de la camioneta, cuidadosamente
esposados, se nos cubría la cabeza con una capucha negra, para impedir
que reconociéramos el lugar."
Nos encontramos, como en los años posteriores, ante el temor de los
ejecutivos de la tortura de ser reconocidos. No es ya, por cierto, el
tormento judicial impuesto por los jueces y la legislación del Antiguo
Régimen. Continúa diciendo Beveraggi Allende:
"Luego me condujeron a la sala de torturas. Se me amarró fuertemente a
una tarima alargada, pero previamente me cubrieron con un paño grueso,
para impedir que la picana eléctrica dejara rastros al producir
quemaduras en la piel. Inútilmente repetí que estaba dispuesto a
contestar a cuantas preguntas se me quisieran hacer y que era
innecesario e inhumano aplicarme el tormento. Los peores insultos y las
más groseras pullas ahogaban mis palabras."Una vez que estuve
inmovilizado sobre la tarima comenzó la tarea. Se aplicaba el alambre
electrizado sobre distintas partes del cuerpo, especialmente en el
cuello, en el pecho, y sobre todo en las partes más sensibles. Para
ahogar los desesperados ayes de dolor se hacía funcionar a todo volumen
un altoparlante, que transmitía música, y se me tapaba la boca con una
mordaza de género [...] Según mis cálculos, estuve amarrado a la tarima
algo más de una hora, que fue el plazo que duraron los tormentos y el
interrogatorio. Cuando se me quitaron las ligaduras tuve que ser
levantado en vilo, pues no podía incorporarme por mis propios medios. Me
ayudaron a hacer flexiones durante algunos minutos y me condujeron luego
a empellones al calabozo. Una vez en él me quitaron, de atrás, la venda
que me cubría los ojos, y sólo me permitieron volver la cara cuando los
policías se hubieron retirado. Me consumía entonces una sed abrasadora.
Vanamente pedí agua, y para mayor tormento se escuchaba el ruido de un
depósito que intermitentemente derramaba su contenido. Sólo se me
permitió saciar mi sed después de veinte horas."
Luego de aludir a los desesperados gritos de dolor de sus compañeros,
gritos que no podía tapar la música de los altoparlantes, refiere que el
comisario Lombilla, jefe de la Sección Especial, personaje al que nos
referimos más adelante, lo visita en el calabozo y le ruega que hablara
sin rodeos. La tortura, después de un simulacro de fusilamiento,
prosigue. Al día siguiente, relata Beveraggi Allende, declara en
presencia del juez Osear Palma Beltrán, magistrado que "por rara
coincidencia" había enviado a los acusados de conspirar contra el Estado
a la Sección Especial "a efectos de facilitar el interrogatorio de los
procesados y la labor de juzgado, según sus propias palabras". No nos
proponemos aquí hacer un relato pormenorizado de las acciones brutales
ejercidas contra Cipriano Reyes y un grupo de sus partidarios. A la
violencia física, la de los golpes o la picana eléctrica, debemos añadir
la privación durante días de alimentos y agua, las reiteradas amenazas
de muerte, las injurias y el desprecio total por la dignidad de los
presos.
En abril de 1949 detienen en Buenos Aires y torturan a obreras y obreros
telefónicos que se oponen a la unificación totalitaria del gremio.
Comienzan ya en el país las primeras manifestaciones de algunos sectores
obreros en oposición al régimen peronista. La reacción del Estado no
tarda en hacerse oír. No menos de veinte trabajadores son sometidos a
tormentos y violencias por el comisario Lombilla y su ayudante Amoresano
de la Sección Especial de Investigaciones, entonces instalada en la
calle Urquiza 556 de la Capital Federal, centro de torturas y de
espionaje. El primero había iniciado su carrera como agente de policía
bajo las órdenes de Leopoldo Lugones hijo, a comienzos de la década de
1930.
Pues bien, nada les está prohibido. La gama de las perversiones no tiene
para ellos límites con tal de aterrorizar, imponer el temor
indispensable para la pedagogía del miedo. Así, tiempo más tarde, relata
su experiencia una víctima, Nieves Boschi de Blanco:
"En la mitad de la declaración el empleado Amoresano procedió a cubrirme
los ojos utilizando algodón y un largo vendaje. Conducida por un largo
corredor a otra habitación me obligaron a acostarme sobre una camilla.
Comenzaron entonces a utilizar la picana eléctrica, primero sobre la
ropa y luego directamente sobre el cuerpo, levantándome el vestido y
prendas interiores hasta la altura del cuello. La aplicación se realizó
sistemáticamente por espacio de diez minutos en los oídos, senos,
vientre, ingle, órganos genitales y piernas, sirviéndose de una toalla
humedecida como medio conductor. Como resultado de la tortura sufrí el
primer desvanecimiento, restablecida del cual reiniciaron el
procedimiento durante otros cinco minutos. Ante una nueva pérdida del
sentido se me quitó la venda pudiendo comprobar entonces que las voces y
risas antes oídas correspondían a los mencionados Lombilla, Ferreiro y
otros tres, cuyos apellidos desconozco. La tortura fue precedida y
acompañada por obscenos agravios de palabra y de hecho (en una
oportunidad el empleado Amoresano expresó: 'te voy a hacer largar el
hijo antes de tiempo'). Para evitar que se escuchara se había colocado
uní disco." 7
¿Es necesario aclarar el alcance preciso del texto anterior y otros
similares? No olvidemos, en todo caso, que imponen el miedo y el terror
con el fin de detener toda acción que se aparte de las normas e
intereses del oficialismo. Ahora bien, de la galería de infamias, de la
represión sistemática, podemos mencionar otros casos. El de Ernesto
Mario Bravo, militante universitario porteño, y de amplia repercusión en
la época. Y no es, de ninguna manera, el recuerdo de un episodio aislado
y sin trascendencia. Secuestrado en 1948 debido a su actividad gremial
en el centro de estudiantes, los policías Lombilla y Amoresano lo
someten a bárbaras torturas; con conmoción cerebral a causa de los
golpes que recibe, la madrugada del 15 de febrero es atendido por el
médico Alberto Caride. Tiempo más tarde, con valentía, el profesional
denuncia públicamente en las páginas del periodismo la triste
experiencia.8 Relata entonces cómo la policía lo va a buscar a su
domicilio particular y, asimismo, su traslado involuntario, a solicitud
de Lombilla, a la tristemente célebre Sección Especial. Cuenta la
vanagloria del torturador, agradecido de la protección y el apoyo del
presidente Juan Domingo Perón a los miembros de su familia. Pero, tanto
o más importantes que las anteriores, son las manifestaciones sobre la
naturaleza del terror que los torturadores imponen a la víctima. He aquí
parte de las palabras de Caride:
"Cuando se aplica la picana por largo tiempo, los músculos se contraen
permanentemente y el detenido queda duro. Entonces -le relata Lombilla-
lo ablandamos. Como las mandíbulas es lo primero que se endurece, se las
ablandamos con una buena trompada, lo hicimos con ese sujeto, pero no
nos resultó. Yo lo agarré de los cabellos y golpeé su cabeza sobre la
mesa donde estaba atado. Piense en eso; eso podría haberle producido la
conmoción cerebral."
Y comenta entonces Alberto Caride:
"Me di cuenta, entonces, por primera vez... que las torturas se habían
convertido en una ciencia. Estos brutos que ahora me rodeaban eran
especialistas en el arte de producir sufrimientos. Ellos lo sabían y se
jactaban del perfecto conocimiento de cuánto tiempo podían continuar
torturando sin que la víctima de sus endiabladas manifestaciones muriera
sobre la mesa."
Otros hechos de violencia tienen como protagonistas a los obreros
ferroviarios declarados en huelga en 1950 y 1951, desacatando las
órdenes expresas de la Confederación General de Trabajadores adicta a
Perón. Así, pues, la lucha por mantener el dominio político y sindical,
una acción paralela al adoctrinamiento de los dirigentes gremiales, no
escatima en someter a tortura e imponer la cárcel a quienes no siguen
las normas precisas del presidente. Poco después de la muerte de Eva
Perón, hecho ocurrido el 26 de julio de 1952, se decide erigir un
monumento en su memoria y con el aporte, en muchos casos forzado, de
empleados y obreros. Un grupo de trabajadores portuarios afiliado a la
F.O.R.A. (Federación Obrera Regional Argentina), sindicato de
inspiración libertaria de vieja actuación en el país, se opone a
entregar dinero con ese fin preciso. Así las cosas, ocho de ellos firman
un manifiesto expresando su decisión. Detenidos en los lugares de
trabajo por personal de la Prefectura Marítima -así lo denuncia en 1952
"La Protesta"-, son brutalmente golpeados. Pero no es todo. Azotados con
cachiporras de goma, doloridos, cuelgan del techo a los dirigentes
obreros y sostenidos de los pulgares, desde las catorce horas y hasta
las cinco de la mañana. Al término del tormento, los signos de la acción
eran evidentes: todos ellos tenían inutilizado el pulgar. A disposición
del Poder Ejecutivo, sin proceso judicial, son enviados a la
Penitenciaría Nacional y liberados nueve meses más tarde a pedido de un
grupo de obreros chilenos con motivo de la visita que Perón realiza al
país trasandino. El presidente conmuta la pena, así lo señalan en la
época, temeroso de que se organice una campaña en favor de los
portuarios, comprometiéndose así el éxito de su viaje de propaganda
"justicialista".
Proseguimos con otros hechos. En 1953, en Buenos Aires, con motivo de la
explosión de varias bombas en Plaza de Mayo detienen, entre otros, a
Roque Carranza, Jorge Fauzón Sarmiento, Vicente Centurión, Alberto
González Dogliotti, Carlos Héctor Adrova, Miguel Ángel de la Serna,
Rafael Douek, Patricio Cullen, Emilio de Vedia y Mitre, José Luis
Bustamante y Eduardo Ocantos. Todos, sin
excepción, son torturados en las comisarías 3? y 17?, entre otros, por
los célebres hermanos Cardoso, el comisario Benítez, el subcomisario
Olavarría, funcionarios policiales que actúan bajo las órdenes del
entonces teniente-coronel Jorge Osinde -acusa el diputado radical
Santiago Nudelman basándose en las acusaciones de las víctimas-, en ese
momento director de Coordinación Federal.9 .Osinde, hombre de confianza
de Perón, en la década de 1970 se vinculará al comisario general Alberto
Villar y a la organización ultraderechista Alianza Anticomunista
Argentina (A.A.A.), liderada por López Rega. Por lo más, sus importantes
servicios son recompensados con la designación que le otorga el gobierno
"justicialista" de embajador de la Argentina en el Paraguay.
En 1955, en Rosario, en general en todo el país y en el exterior, tiene
honda repercusión la muerte del militante comunista y médico Juan
Ingalinella debido a las torturas a que lo somete la policía.
Intervienen en la violencia asesina, entre otros, los oficiales Félix
Monzón y Francisco Lozón, este último felicitado por el ministro de
Trabajo y Previsión, el 14 de febrero de 1951, por acción preventiva y
represiva en la huelga de los obreros ferroviarios.
Nos encontramos ya en los últimos días del régimen. Como siempre ocurre
con los sistemas similares, la Conciencia de la caída aumenta la
violencia - ¿cuándo no ha sido así en los gobiernos totalitarios o
autoritarios?-, impulsa a la desesperación y conduce a una situación
difícil de detener. Todo ello es cierto. No obstante, constituye una
mínima parte de la realidad que hace suya la opinión mecanizada e
inducida del pueblo debido a la coordinación de las técnicas que
perfeccionan las del siglo XVI. Todo se controla. Se organiza el
espionaje y la delación, y en 1948 la denominada Ley de Desacato
determina el procesamiento de los opositores que expresen críticas al
gobierno o a sus funcionarios. Se imponen libros de lectura y textos de
historia laudatorios al régimen y a su acción. Esa "estrategia"
totalitaria similar a la de Hitler y Mussolini es, hoy, salvo casos
aislados, olvidada por los historiadores preocupados en el análisis de
esos años.
¿Es necesario insistir en otros detalles? Entre 1946 y 1955 tiene plena
vigencia en el país, y a pesar de todos los intentos para derogarla, la
ley 4.144, sancionada, lo hemos visto, en 1902 por inspiración de Miguel
Cañé, representante de los más empinados grupos de poder económico y
conservador a ultranza. Por la misma se autorizaba al Estado a expulsar
a los extranjeros que debido a sus actividades gremiales constituyesen
un peligro para el orden establecido. El gobierno peronista en varias
oportunidades expulsa de la Argentina a trabajadores y activistas
gremiales que, luego de huir de regímenes fascistas o reaccionarios,
habían buscado refugio en el país. Entre otros, sin contar la aplicación
de la "ley de Residencia" a trabajadores y militantes paraguayos,
sindicalistas y opositores a la dictadura guaraní, embarcan en el
transporte Yapeyú al obrero Francisco Guerreiro Apolonio y lo entregan
en Portugal a la policía del dictador fascista Antonio Oliveira Salazar.
Por otra parte, en los testimonios del Parlamento advertimos la
aceptación, una aceptación impuesta verticalmente, de la ley represiva
cuestionada desde 1902 por los sectores progresistas. El diputado
Montiel, peronista, lo recuerda Carlos Sánchez Viamonte, fundaba su
negativa a la derogación de la ley 4.144 con las siguientes palabras
expuestas no sin cierta hipocresía: "antes la ley nos sacrificaba a
nosotros porque la manejaban ellos, ahora la ley la manejamos nosotros y
no se debe temer arbitrariedades" (Sánchez Viamonte, 1956). Interesa, de
manera especial, señalar en qué medida las aspiraciones obreras se
contradicen con argumentos e ideas que en apariencia aluden a los
intereses de los propios perjudicados. La política reaccionaria, se ha
dicho, suele servirse automáticamente de fuerzas sociales que se oponen
al desarrollo en nombre del mismo. Es, sin ninguna duda, una paradoja
muy frecuente en los países del Tercer Mundo y que busca su sustento en
las más variadas expresiones. Recordemos que el líder nacionalista
Mahatma Gandhi preconiza la industria doméstica y se resiste a la
industrialización de la India en nombre de la "identidad nacional" de su
nación. "La salvación de la India -opinaba- consiste en desaprender lo
que ha aprendido durante los últimos cincuenta años. Los ferrocarriles
-agrega-, los telégrafos, los hospitales, los abogados, los médicos y
otras cosas por el estilo deben desaparecer; y las llamadas clases
superiores deben aprender consciente, religiosa y deliberadamente la
sencilla vida campesina." (Minogue, 1975, 162.)
Se trata, sin duda, de la vuelta al pasado y a la naturaleza; esta
última, sostiene Simone de Beauvoir, es uno de los grandes ídolos de la
derecha, para quien la naturaleza aparece, a la vez, como antítesis de
la historia y de la praxis (Beauvoir, 1983, 138).
VII
LA IRRACIONALIDAD DEL PODER Y LA IMPOSICIÓN DE LA MUERTE (1955-1984)
1956: "La interminable historia de las torturas"
Hemos examinado en el capítulo anterior el orden represivo impuesto en
el país entre los años 1943 y 1955, hasta donde lo permiten los alcances
y propósitos de este libro. Nos corresponde ahora proseguir con el
análisis de esa realidad en los años posteriores.
Pues bien, frente a los hechos ya expuestos, poco antes de la caída de
Perón, en los días que van del 16 al 20 de septiembre de 1955, el
locutor de la radio rebelde Puerto Belgrano interrogaba a sus oyentes:
"¿Saben ustedes de alguien que haya sido torturado en las zonas ocupadas
por las fuerzas rebeldes?" Determinan así, escuetamente, la intención de
poner fin á una práctica iniciada, en lo que hace a la Argentina
moderna, en 1930.
A pesar de los buenos deseos, a poco renace la barbarie. Debemos
advertir, haciendo nuestras las opiniones de Alain Rouquié, que a partir
del 16 de septiembre de 1955, los hechos lo confirman, "la hostilidad
política hacia los 'enemigos de la libertad' encubría muchas veces un
odio social, un enfrentamiento de clases inexplicable que el general
Lonardi ignoraba por completo" (Rouquié, 1981, II, 125).
Como es bien sabido, el 13 de noviembre de 1955 el general Lonardi es
removido de su cargo. De allí en más, disuelto el Partido Peronista, las
cosas empeoran. El 9 de junio del año siguiente estalla una rebelión
armada en varios regimientos y guarniciones del país. Reprimida con
energía, días más tarde se ejecuta a treinta y ocho civiles y militares,
entre ellos al general Juan José Valle, "único golpista argentino
-señala Rouquié-, a quien se aplicó la pena máxima por rebelión armada"
(1981, II, 137). Días más tarde, se escuchan aquí y allá denuncias de
torturas y de otros "aprecios ilegales". Son ahora víctimas de la
violencia quienes hasta poco antes participaban del poder. Y con
relación a esa realidad disponemos de numerosos testimonios y entre
otros los de La Nación (20 de junio de 1956) y La Prensa (21 de junio de
1956). En agosto del mismo año insiste en el tema La Gaceta de Tucumán.
Una y otra vez, se hace resaltar el hecho de que se tortura en
dependencias del Congreso Nacional y en el interior del país.
Por esos días, en Buenos Aires, el escritor Ernesto Sábato denuncia
desde las páginas de Mundo Argentino, publicación periódica cuya
dirección ejerce, la puesta en vigencia de la tortura. "Para que termine
la interminable historia de las torturas" titula el artículo.1 Llamado
seriamente al orden por la intervención de la Editorial Haynes, renuncia
al cargo. Así los hechos, reitera la acusación en el transcurso de una
mesa redonda organizada por ASCUA (Asociación Cultural Argentina para la
Defensa y Superación de Mayo), derivando intencionalmente los
organizadores el tratamiento del tema a otros problemas menos
urticantes. Días más tarde Sábato es expulsado de ASCUA. Pero es preciso
ir más lejos. Expuesta la situación en una asamblea de la Sociedad
Argentina de Escritores, el vicepresidente en ejercicio de la
presidencia no acepta la discusión de la injusticia que sufrió uno de
sus miembros. Aduce que el hecho no figura en el orden del día, y lo
hace a pesar del apoyo que Sábato recibe de Córdova Iturburu, Beatriz
Guido, Alvaro Yunque, Raúl Larra y Germán Berdiales. Pero eran minoría.
La cuota de asombro no está colmada. Por entonces, agosto de 1956, el
Director de Institutos Penales repone en sus cargos a varios
torturadores dados de baja en los momentos posteriores al golpe militar
de 1955 por el ministro de Justicia Laureano Landaburu (orden del día
952 y siguientes). Dentro de la mencionada tendencia, y con una
intensidad que varía en el tiempo, la represión encuentra en la censura
el cauce más perfecto. Es que el deseo de establecer una democracia sólo
tiene como objeto preservar el orden establecido, conservador, populista
o autoritario según los intereses y necesidad de cada momento. En los
primeros días de agosto de 1956, es decir, mientras tienen lugar las
denuncias de "apremios ilegales", secuestran en la ciudad de Buenos
Aires todas las copias del film nacional Los torturadores, del director
Dubois. En varias secuencias de la película, así lo señalan las crónicas
de entonces, se mencionan y reproducen escenas de torturas de las que
fueron víctimas Cipriano Reyes, Nieves B. de Blanco y otros. Son todos
hechos de la barbarie anterior a 1955.
Como ocurre durante la mayor parte del gobierno peronista, la Iglesia
ejerce, asimismo, en este período su poder ideológico a través de
funcionarios laicos. Recordemos que el libro Los desnudos y los muertos,
novela de Norman Mailer, editada en los años previos a 1955 por
editorial Sur, con una temática que alude al sexo, había sido
secuestrada por la policía. Ocurrida la revolución que desaloja al
peronismo del poder, los interesados solicitan autorización para
reeditarla, introduciendo en el texto original no menos de trescientas
"correcciones y tachaduras".
Así las cosas, la Comisión de Cultura permite la edición del libro.
Impreso, absurdos de una burocracia feudal, la Municipalidad de la
Ciudad de Buenos Aires se apresta para secuestrar con sus camiones los
cuatro mil ejemplares de la edición. La intervención oportuna de las
autoridades nacionales impide que se concrete el despojo. De todas
maneras, el orden dogmático se impone, prohíben la circulación del libro
en el ámbito de la capital. Sólo a fines de 1956, luego de una intensa
campaña periodística y debido a la acción de la justicia, se levanta la
interdicción, un caso entre tantos otros.
Desde el ángulo social, otros hechos se suman a lo ya expuesto. En
octubre de 1956, comisarios de distintas seccionales de la ciudad de
Buenos Aires y de los partidos provinciales aledaños, una acción que nos
recuerda el allanamiento de los hoteles de citas, emprenden verdaderas
razzias en sitios de reunión y en la vía pública y detienen a los
"petiteros" (palabra que alude a cierta modalidad en el vestir), y en
general a todos aquellos que usan el pelo largo.
"Se mencionan -señalan entonces en las páginas de una revista semanal-,
otros vejámenes y se agrega que se les ha prohibido vestir, en lo
sucesivo, de la manera que acostumbran." 2
1961: "Hoy también se tortura en el Estado de derecho"
El 23 de febrero de 1958 triunfa en las elecciones nacionales Arturo
Frondizi. Para amplios sectores populares que lo habían votado -no
olvidemos que recibe el apoyo de parte del peronismo- y de manera
especial para la clase media y los intelectuales que se sienten atraídos
por su programa, aparentemente se inicia una nueva etapa en la vida del
país, progresista y democrática. Como bien observa Marcelo Cavarozzi al
analizar las relaciones entre el sindicalismo y el gobierno, durante la
segunda mitad del primer año de gobierno se produce un progresivo
alejamiento de los dos socios que habían coincidido en el momento de las
elecciones (1979, 17). En enero de 1959 se declara una huelga general en
todo el país. Intervienen, entonces, seis gremios dominados por
peronistas y comunistas. Por otra parte, cuatro meses más tarde se
agudizan los enfrentamientos entre el gobierno y las fuerzas armadas,
característica que habría de definir a toda la gestión de Arturo
Frondizi. Se contabilizan durante su presidencia, no menos de treinta
planteos institucionales, "sin contar los pronunciamientos 'espontáneos'
y los alzamientos de oficiales peronistas" (Rouquié, 1981, II, 161).
"El clima social se deterioraba muy rápidamente y las circunstancias
eran propicias para el recrudecimiento del terrorismo. Los comandos de
la 'resistencia' peronista se proponían demostrar que no era posible
eludir el problema del peronismo. La estrategia insurreccional del ex
presidente [Perón] apuntaba menos a la toma del poder que a mostrar su
fuerza creando un clima de inseguridad poco propicio para los designios
desarrollistas. [...] La impopularidad del gobierno crecía día a día. Se
lo tenía por el gobierno de los grandes grupos industriales nacionales y
extranjeros. El racionamiento del consumo de carne que se impuso para
incrementar las exportaciones no contribuyó a mejorar su imagen."
(Rouquié, 1981, II, 168.)
El presidente Frondizi, el 27 de noviembre de 1958, de conformidad con
la ley 13.234 sancionada por el parlamento peronista el 12 de agosto de
1948, declara el estado de guerra interno. Desde ese momento, el
personal civil de la administración pública y de los ferrocarriles puede
ser movilizado y sometido a las disposiciones del Código de Justicia
Militar.
Recordemos, expuestos los antecedentes, las denuncias de 1961 en el
Parlamento con motivo del "Plan Conintes".3 El 17 de mayo de ese año el
senador socialista Alfredo Palacios interpela al ministro del Interior,
Alfredo Roque Vitólo, y le advierte: "Hoy también se tortura en el
Estado de derecho". Recuerda luego: "el mal no es actual, que es una
costumbre inveterada; casi podríamos decir, el método corriente en toda
la policía para obtener lo que falsamente se cree que será la verdad, de
los labios del detenido".
Continúa. Señala una y otra vez las comprobaciones de la Comisión
Investigadora del Congreso, y de manera especial insiste en el hecho de
que "el vejamen al detenido o al presunto delincuente es norma y no
excepción". Silvio Frondizi, asesinado por bandas ultraderechistas al
comenzar la década de 1970 y hermano del presidente en ejercicio del
poder, había sido uno de los denunciantes de las torturas a que eran
sometidos los presos políticos detenidos bajo el "Plan Conintes".
Poseedor Alfredo Palacios de los testimonios, expone los hechos y
también denuncia con claridad:
"He comprobado muchos casos de tormentos a políticos militantes, y he
contribuido a que la Comisión Investigadora de las Torturas tenga hoy en
su poder la máquina infernal que se empleaba para anular la persona
humana. Pregunto: ¿Los que ostentando el uniforme y usando las armas que
les entregó el Estado para guardar el orden, rompieron puertas y
ventanas del Congreso, han considerado que el descubrimiento de los
elementos de tortura significa un agravio para la institución policial?"
Por cierto, semejante demostración -fundada en sus investigaciones
personales y el allanamiento a una comisaría- nos lleva a la exposición
de otras realidades. Observa el senador que la comisión investigadora,
aludiendo ahora a los presos comunes, ha comprobado que el vejamen al
detenido o al presunto delincuente es norma y no excepción. Y es
entonces que alude a la picana eléctrica:
"Característica común -en lo que hemos dado en llamar el método
corriente del apremio- es la aplicación de la picana eléctrica en el
cuerpo previamente humedecido, golpes, puntapiés y privación de
alimentos -aun de agua-, generalmente por un período que parecería
calculado para lograr el resultado de llevar a la víctima a un estado
psíquico que la coloque a merced del interrogador, pero que no dura lo
suficiente como para poner en peligro la vida del hombre corriente y
normal, ni deja tampoco, por un tiempo prudencial, rastros delatores en
su cuerpo."
No entraremos aquí en el relato pormenorizado de los presos políticos
torturados en esos días, testimonio que aporta la Comisión Investigadora
del Congreso. De todas maneras, recordemos los tormentos que en junio de
1960 aplicaban a un militante de apellido Pesquera en dependencias del
Regimiento 7° de Infantería de La Plata. Estaqueado, observan, se lo
picaneó en el pecho, abdomen y testículos. Quince años más tarde, hechos
de esa naturaleza se multiplicarán por miles en las guarniciones de las
fuerzas armadas del país. Bajo los auspicios del "Pían Conintes", del
temor a la alteración del orden social, en la última etapa del gobierno
de Arturo Frondizi empleados, entre otros los bancarios, y obreros en
huelga son detenidos, puestos a disposición del Ejército y
militarizados. Las crónicas periodísticas de esos momentos nos recuerdan
el corte de pelo al ras de la piel y maltratos similares.
La existencia de torturas es reconocida por el ministro del Interior
Alfredo R. Vitólo en la Cámara de Senadores. "Yo he llamado al señor
jefe de Policía -informa el 18 de mayo de 1961 al ser interpelado- para
expresarle, y él lo ha compartido, la necesidad de desarraigar estos
procedimientos, cualquiera que sea el responsable." Por su parte,
Alfredo Palacios presenta un proyecto de ley solicitando la modificación
del artículo 144 del Código Penal argentino. De acuerdo con el mismo,
una idea que no llega a tratarse en la Cámara, sería reprimido con
prisión de tres a diez años, inhabilitación perpetua y pérdida de la
ciudadanía el funcionario público que impusiere a los detenidos
cualquier especie de tortura. La pena se eleva a quince años si la
víctima fuese un perseguido politico. Desde el ángulo de la condición
del ser humano, de las libertades más esenciales, se trata de un
importante aporte. Un aporte rechazado en última instancia por el poder
político.
Un último punto, de valor más general, se desprende de la obsesión por
el peligro comunista -más adelante se ha de aludir de manera más o menos
abstracta a la izquierda o a la "subversión apatrida"-, una obsesión
revitalizada de tiempo en tiempo y que sirve de argumento para organizar
la represión sistemática. Como venía ocurriendo desde comienzos del
siglo XX, las fuerzas conservadoras alertan con artificios de toda
índole sobre el supuesto peligro de la infiltración de esas ideas en el
país. Se trata del renovado maccarthismo argentino. Una acción,
descontadas las experiencias de 1902, 1909 y 1919, entre otras, que
podemos observar en el proyecto de legislación anticomunista del senador
Matías G. Sánchez Sorondo. Al discutirse en el Congreso, en los debates
de noviembre y diciembre de 1936, el legislador entre los testimonios
que adjunta a sus pares incluye, a manera de prueba, el texto de un
discurso del teórico nazi Alfred Rosenberg.
A partir de 1960, lo demuestra Alain Rouquié mencionando textos en
serie, tanto las fuerzas armadas como la Iglesia agitan esas banderas
con inusual insistencia. Las acusaciones, advierte el autor citado, en
general no se destacaban por su seriedad ni por su equilibrio:
"denuncias extravagantes acompañaban a previsiones apocalípticas, bien
indicadas para perturbar la mente de oficiales, sin duda sensibles a la
simplicidad maniquea de los argumentos". Servía al mismo tiempo para
confirmar las nuevas hipótesis de guerra. Descontados los teóricos de la
derecha norteamericana, los militares se inspiran en los teóricos
franceses prácticos en la acción antisubversiva colonial. Oficiales
argentinos, en nombre de los valores de Occidente, renegaban desde las
páginas de la Revista Militar de los gobiernos democráticos. "Las
libertades -dicen-, antecámara del mal"; debíase buscar -agregan- la
fuerza para combatir el "anticristo" en una "sociedad finalista" o en un
comunitarismo integrista. (Rouquié, 1981, II, 159). Los medios, por
cierto, no importaban. La propuesta, y en este punto no coincidimos con
Alain Rouquié, no era reciente, si bien comienza a generalizarse
entonces en los cuadros de las fuerzas armadas.
No es del caso exponer aquí el proceso de deterioro del gobierno de
Arturo Frondizi, ya otros lo han hecho, ni tampoco analizar las causas
que conducen a su derrocamiento el 29 de marzo de 1962. Cuatro meses más
tarde, el 24 de julio, el ingeniero Alvaro Alsogaray explica a un grupo
de empresarios de los Estados Unidos las causas que habían determinado a
desplazar al presidente electo en 1958. No son, por cierto, las más
aparentes o las que se pregonan para uso interno. Se trata de una
actitud bien clara en relación directa a su actividad y a los intereses
que representa. El antiguo ministro de Arturo Frondizi, partidario ahora
de la Revolución Argentina, expone los temores que guiaron a los
depositarios de la seguridad nacional, temores que son una constante en
los golpes de Estado. Dice entonces: "Si las fuerzas armadas no tomaban
la iniciativa, era inevitable que los grupos 'golpistas' en cualquier
momento derrocarían al gobierno y, en ese caso, la Argentina habría
caído eventualmente, a través de una serie de golpes de Estado, en una
solución extrema que terminaría quizás en el fidelismo o el comunismo".
Sin duda, el fantasma, bajo esos u otros nombres -lo que importa es la
intención- es el que ronda en la mente de algunos. Por otra parte, con
argumentos y prevenciones similares, Frondizi acusa a los militares que
lo sacaron del poder de llevar al país a la "guerra social" que a poco
permitiría -son sus palabras- abrir "las puertas al comunismo". Para
precisar más: lo señala con la autoridad de quien, traicionando a la
mayor parte de sus partidarios de 1957 y 1958, entrega a la Iglesia el
dominio de un importante sector de la enseñanza universitaria, hasta
entonces en su totalidad laica, gratuita y monopolio del Estado.
Además de las expuestas, existen circunstancias de otra índole que hacen
a la violencia y a la irracionalidad. A ellas nos referimos en las
siguientes líneas. A partir de 1960, un hecho que viene delineándose
décadas antes, las ideas democráticas pierden poco a poco terreno frente
a las propuestas de una alianza entre el ejército y el pueblo, idea en
la que están acordes la denominada "izquierda nacional", no pocos
sectores del peronismo y grupúsculos de diversa tendencia. Factores
políticos en apariencia complejos y variados aparecen en cada caso. Hay
que decir, asimismo, que todos desean imponer, en una actitud
intolerante, la conformidad de los "sectores nacionales". Es el deseo de
conformidad de quienes se creen depositarios de la verdad absoluta y
quieren imponer la tiranía, como bien lo observa Herbert Marcuse en
Represive Tolerance, de la opinión pública y de aquellos que la manejan
en la sociedad cerrada (Capaldi, 1973, 119).
Ahora bien, en relación a las propuestas de los sectores gremiales que
actúan en esos momentos, las mismas se esconden detrás de un lenguaje
que presenta características especiales y podemos seguirlas a través del
periodismo y de la fuerza del poder. Una acción que anula la razón de
ser de la lucha obrera y produce en lo político una regresión a las
formas más conservadoras, expuestas con distintos argumentos.
Sindicalistas y militares, por caso, mencionan con frecuencia en sus
exposiciones, desde entonces, a los "estamentos" sociales del país,
término que determina inmovilidad y es propio de la estructura medieval.
Paralelamente se revitaliza la figura de Juan Manuel de Rosas,
representante en la primera mitad del siglo XIX de los latifundistas
porteños. Para José María Rosa, un peronista de conocida actuación
política, el estanciero de Buenos Aires habría hecho durante su
gobernación un ensayo de reforma agraria (sic) bajo el lema "la tierra
para quien quiera trabajarla" (Rosa, 1967, 145). Son, sin duda,
expresiones que no resisten ningún análisis racional, expuestas sin
aportar ninguna comprobación documental.
Pero el asombro no está colmado. Jauretche, refiriéndose a los señores
feudales del siglo XIX, los jefes de las montoneras, propietarios
latifundistas, define: "El caudillo es el sindicato del gaucho". Y en
una pretendida historia de La clase trabajadora nacional, Guillermo
Gutiérrez sostiene que el caudillismo y las montoneras "representaron la
ambición de construir una sociedad sobre bases populares [...] se ubican
(sic) en el contexto de la lucha de clases indisolublemente ligada a la
cuestión nacional" (1975, 22).
En esos años observamos planteamientos semejantes en los medios
destinados a "formar" la opinión pública, en las escuelas sindicales
(aún falta en la historiografía argentina un análisis de los planes de
estudio), en las más variadas publicaciones, aun en las autodefinidas
como progresistas. Y en referencia a un plano bien preciso, en 1958
comienza el auge del grupo filofascista Tacuara. Dos años más tarde,
precisamente en 1960, Jordán Bruno Genta, nacionalista ultra de larga
actuación, partidario de una sociedad autoritaria, es consejero de
política educacional de la Fuerza Aérea Argentina. Pronuncia por
entonces, en ese ámbito, bajo el título de "Guerra
contrarrevolucionaria", varias conferencias, editadas luego por el
Servicio de Información de Aeronáutica (S.I.S.), manifestándose
antisemita, lo cual no era una novedad.
La práctica del autoritarismo en los días de la Revolución Argentina
Los caminos de los ultras, como venía sucediendo desde 1930, se
bifurcan. Una historiadora del nacionalismo, Marysa Navarro Gerassi
(1968, 234), señala que la vinculación de Mario Amadeo y sus amigos,
primero con Arturo Frondizi y más adelante, a partir del derrocamiento
del presidente constitucional Arturo Illia, el 28 de junio de 1966, con
las huestes del general Onganía, no es bien vista por algunos sectores
de la derecha autoritaria. De todas maneras, unos y otros se oponen a lo
que denominan "izquierda"; son católicos a ultranza, hispanistas
partidarios de Franco, resistas, antiyanquis -no por anticapitalístas
sino por temor a los cambios-, dogmáticos. En síntesis, dan primacía al
orden y a la jerarquía social y económica, principios básicos de un
pensamiento que encuentra eco favorable en las fuerzas armadas, y de
manera especial en los momentos de crisis y de conflictos en una
sociedad de clases. Onganía, sostiene el general Alejandro Lanusse, se
inspiraba en el falangismo español. (1977, 23.)
Como había sucedido en los siglos XVI y XVII, durante la Contrarreforma,
el poder autoritario controla los detalles más insignificantes de la
vida cotidiana: desde la forma de una malla de baño hasta la altura de
una pollera femenina. Las relaciones heterosexuales y mucho más las
homosexuales -la policía se ensaña con todos aquellos que trasgreden las
normas tradicionales y dispone de una legislación que la autoriza a
intervenir y a vejar a los seres humanos- son motivo de ordenamientos
estrictos y bien delimitados. Dar un beso a una mujer en sitio público
es considerado un delito. Usar barba y pelo largo, tal vez por la
identificación con los guerrilleros cubanos, lo consideran subversivo.
Ernesto Deira, un prestigioso pintor, es arrestado y rapado en una
comisaría por transgredir esas normas, las que, por otra parte, no
figuran en ningún código u ordenanza. Agustín Lanusse, un militar,
confirmando lo que hemos expuesto, alude a la acción del gobierno de
Onganía y lo hace de la siguiente manera: "Ese gobierno, empeñado en
medir desde el comportamiento de la gente en la calle hasta las
dimensiones de [la] ropa femenina y las características de las mallas de
baño". (Lanusse, 1977, 23.)
Libros, películas y todas las manifestaciones artísticas que no
coincidan, según las autoridades, con el pensamiento "occidental y
cristiano", una abstracción nunca bien definida, son sistemáticamente
prohibidas o censuradas. La paranoia oficial llega en muchos casos al
absurdo subrealista. Se impide en esos días, por caso, la puesta en
escena de la ópera Bomarzo del compositor argentino Alberto Ginastera,
ópera basada en la novela del mismo nombre de Manuel Mujica Lainez,
estrenada ya en los Estados Unidos y con varios premios internacionales.
Inserto en el mencionado proceso de represión generalizada, en los
primeros días de su gestión, en julio de 1966, la "Revolución Argentina"
interviene la Universidad y se producen los episodios de violencia que
pasan a la historia como "la noche de los bastones largos". La policía
irrumpe en los claustros universitarios a sangre y fuego, golpea y
detiene a profesores y alumnos que se oponen a la intervención policial
y al fin de la autonomía. Particularmente violenta fue la represión de
las tropas de la Guardia de Infantería en la Facultad de Ciencias
Exactas de la Universidad de Buenos Aires. La irracionalidad y
brutalidad de los hechos -de ninguna manera un eufemismo- y los métodos
puestos en práctica por las fuerzas del orden serán considerados más
tarde como un grandísimo error cometido por los colaboradores del
régimen militar. Así lo reconoce, años más tarde, Mariano N. Castex, en
ese momento asesor presidencial, en El Escorial de Onganía, título de un
libro que, sin ninguna duda, es al mismo tiempo una definición
ideológica de su gobierno. (Castex, 1981, 104.)
A partir de entonces, la represión no encuentra límites.4 Con el fin
preciso de impedir la defensa de los presos políticos detenidos por la
policía, el general Onganía, y por intermedio de su secretario de
Justicia, sanciona el decreto por el cual modifica la práctica habitual
del habeas corpas. La reglamentación, lo reconoce Roberto Roth,
funcionario entonces de la dictadura, "prácticamente destruía la
institución, los derechos más elementales de nuestra Carta Magna".
(Roth, 1980.) Pero, en el camino de la represión, no es todo. En marzo
de 1967, por el denominado Servicio Civil de Defensa, permiten la
movilización de los adversarios políticos del régimen, pudiendo éstos
ser convocados, así lo determinan, "cuando los intereses vitales y la
integridad del Estado se vean amenazados". Es, lo reconocen analistas
políticos, la proyección de la ley 13.234 de 1948 que autoriza al
gobierno a convocar militarmente a empleados y obreros en caso de huelga
o de alteración del orden público.
"La 'derecha' de la extrema izquierda y la 'izquierda' de la extrema
derecha"
Es necesario referirnos ahora, aunque más no sea en pocas líneas, a la
organización guerrillera Montoneros. En cuanto al origen de este grupo,
cuyas cabezas principales provienen del catolicismo de derecha,
neofalangistas, rosistas agrega Rouquié, se ha dicho que reciben en un
primer momento el apoyo de un sector del gobierno que sostiene a la
"Revolución Argentina". Sea como fuere, lo cierto es que el ministro del
Interior, general Imaz, recibe en su despacho al jefe de una
organización nacionalista similar, Tacuara, antisemita y partidaria de
la violencia más desenfrenada. Mariano N. Castex, ya mencionado, por
cierto que al corriente de muchos de los secretos y de la acción de los
militares instalados en el poder, sugiere -más que sugerir afirma- las
relaciones entre el poder y los ultras.
"¿Quién armó, instigó y organizó a los montoneros? Es un hecho que para
enfrentar a la guerrilla de izquierda hubo en todas partes del mundo
organizaciones de derecha que se armaron para responder al desafío. Las
hay todavía y el derecho en que se fundan constituye el arma más
peligrosa de la civilización contemporánea: la doctrina de Paulus y de
Ulpiano. ¿Acaso no existe la posibilidad, si se analiza la organización
'montoneros' a fondo, de que partiendo de un frente de derecha con
motivos justificables, sus dirigentes -desbocados y rebelados- hayan
podido independizarse cambiando de vereda? El tema vale una cuidadosa
reflexión a nivel de aquellos que teniendo acceso a informaciones
reservadas acerca del origen de todas estas organizaciones afectas al
caos, pueden legar a la posteridad argentina documentación seria que en
el futuro aclare debidamente el pasado."
Por otra parte, y no es del caso profundizar aquí la cuestión,
recordemos la acción de grupos similares en la Alemania prenazi,
ultraderechistas pero con un aparente lenguaje de izquierda. Grupos, al
decir de Jean Pierre Faye, que hacen viable "la propagación de los
vaivenes entre los dos puntos más paradójicos: entre la 'derecha' de la
extrema izquierda y la 'izquierda' de la extrema derecha. (Faye, 1974,
627.) Joseph Goebbels en unos artículos periodísticos de 1925, les
advierte a sus lectores sobre "el carácter proletario acentuado del
Movimiento" nacionalsocialista, su "señalado -agrega- carácter
socialista", su "carácter -insiste- revolucionario". En otra
oportunidad, dos años más tarde, asegura Goebbels que el
nacionalsocialismo hace una llamada al hombre de la calle, "habla su
lenguaje", "hablamos -insiste- la lengua del pueblo". (Faye, 1974, 758.)
Como bien lo indican los historiadores de los orígenes del nazismo,
Nacionalsocialistas Revolucionarios del "Frente Negro", Nacionalistas
socialrevolucionarios de La Nación Socialista, Nacionalrevolucionarios
del Pionero y de Subversión, los camaradas, en fin, de Resistencia se
asocian con el exclusivo fin de establecer una política "socialista y
nacionalrevolucionaria". Esos grupos están, insistimos, en la extrema
derecha de la izquierda.
En la realidad argentina de esa década, los ejemplos abundan. En los
siguientes párrafos de una carta enviada por un grupo de montoneros
presos en una cárcel, fechada el 15 de enero de 1970, advertimos muchos
de los argumentos de los nazis alemanes de la década de 1920. Le señalan
a su destinatario, el escritor J. J. Hernández Arregui, lo siguiente:
"Los etiquetadores de todo y los fiscales de café, nos llaman
'foquistas', 'pequeños burgueses suicidas', 'voluntaristas' y otras
yerbas, en su afán por aplicar calificativos que no respondan a nuestra
realidad política y social. Algunos afirmaron que despreciamos el papel
de la clase trabajadora... esos imbéciles no han visto nuestras manos
callosas y nos suponen tan inútiles como ellos. No han visto nuestras
manos sucias de pólvora y sangre, que es la única forma de tener limpia
la conciencia en América latina. Y como son incapaces de ver más allá de
su pedantería libresca y de su método científico y su revolución con
escuadra y tiralíneas, nos llaman todas esas cosas." (Hernández Arregui,
1973, 548.)
De todas maneras, la experiencia y la práctica, los intereses creados,
imponen, bien lo señala Juan José Sebreli en Los deseos imaginarios del
peronismo, diferencias esenciales entre el hecho argentino y el incendio
que produce en Europa el fascismo. Por otra parte, y son palabras de
Guido di Telia, funcionario en 1975 de Isabel Perón, "las fantasías
acerca del potencial revolucionario del peronismo parecen bastante
carentes de fundamento".
Pero no queremos dejar este aspecto de la historia reciente del país sin
señalar la similitud de tres textos doctrinarios. El primero corresponde
al teórico nazi Ernst Krieck y pertenece a su libro Estado total vólkish
y educación nacional, impreso en Heidelberg en 1933. Se trata, por
cierto, de la doctrina oficial de la Alemania totalitarista. Leamos
atentamente:
"En lo referente al siglo burgués, que ha introducido la separación del
pueblo y del Estado en el concepto y la realidad, que ha reducido al
pueblo a la abulia, a una esencia incapaz de actuar, es también
significativo que haya hecho del Estado un órgano social más entre
otros, una posición del Todo entre otras. 'El Estado total', el
verdadero 'Estado popular' es la misma e inmediata 'Totalidad vólkische'
por el hecho de que a partir del ser simple llega al acto de querer, a
la acción creadora de la historia, al poder y a la política."
El segundo texto reúne afirmaciones de Hernández Arregui expuestas en su
libro La formación de la conciencia nacional. Dice el autor aludido:
"Una cultura nacional, base espiritual de la unificación del país, es
sin que se anulen en su seno las oposiciones de clase, participación
común en la misma lengua, en los usos y costumbres, organización
económica, territorio, clima, composición étnica, vestidos, utensilios,
sistemas artísticos, tradiciones arraigadas en el tiempo y repetidas por
las generaciones; bailes, representaciones folklóricas primordiales,
etcétera, que por ser creaciones colectivas, nacidas en un paisaje y en
una asociación de símbolos históricos, condensan las características
espirituales de la comunidad entera, sus creencias morales, sistemas de
la familia, etcétera." (Hernández Arregui, 1973, 47.)
Se trata, indudablemente, de posiciones similares a las de los teóricos
nacionalsocialistas. Las mismas que expone Juan Pablo Feinmann en
Estudios sobre el peronismo, un estudio laudatorio que asocia las
figuras de Rosas y Perón. Observa este autor lo siguiente:
"El peronismo constituye un ejemplo luminoso de esta situación: las
mayorías populares, el 17 de octubre, irrumpieron nuevamente en nuestra
historia para quebrar su rumbo y para teñirla con la épica jocunda de
sus consignas victoriosas. Surgía también un nuevo Estado, el Estado
Nacional Popular, cuya legitimidad más profunda anclaba en la
movilización de las mayorías y la autonomía de la Nación. Estado, Pueblo
v Nación volvían de ese modo, a integrarse en una totalidad instrumental
y política que es condición insoslayable en los procesos de liberación
en los países periféricos. Y otro modelo de Estado, hegemónico hasta
entonces en nuestra patria, era cuestionado en profundidad: el Estado
liberal, cuya oscura historia, que es la de su ilegitimidad, vamos a
contar aquí [...] Para lo que no sirvió jamás, fue para integrar al
pueblo a ese proyecto." (Feinmann, 1983, 78.)
Aclaradas algunas de las características de la ideología posterior a
1966, debemos seguidamente referirnos a otros aspectos del período que
nos ocupa, y de manera especial al orden represivo que impone el Estado
autoritario, rígidamente sistemático. En el fondo la posición expuesta,
de manera especial la de los dos últimos autores citados, es típicamente
conservadora. Haciendo nuestras las opiniones de Karl Mannheim, en
cierto sentido, el conservadurismo nació del tradicionalismo, es, sin
más, tradicionalismo hecho consciente.
Autoritarismo y represión sexual
Después de los comentarios anteriores sobre algunos aspectos de la
realidad del país, debemos volver al análisis y exposición de las
violencias y los controles sociales. En primer lugar recordemos la
sistemática represión sexual y el control de las relaciones más íntimas
del ser humano. El hecho, lo hemos señalado, tiene sus antecedentes en
otros períodos autoritarios de la Argentina, de manera especial durante
el transcurso de las presidencias de Uriburu y de Perón. En el corto
período de Arturo Illia (1963-1966) la presión deja de tener vigencia,
observándose una distensión en ese aspecto de las relaciones humanas.
A partir de Onganía (28 de junio de 1966 - 8 de junio de 1970), las
cosas cambian. Pues bien, señalamos a continuación, en lo referente a la
ciudad de Buenos Aires, algunas de las pautas y controles que se dan a
la vida cotidiana, pautas que se inspiran en la "acción moralizadora" de
la Iglesia, institución que Hernández Arregui, deformando con toda
intención la verdad, cree que en la Argentina propugna una política
liberal. No olvidemos que las normas represivas sexuales, así fue
siempre, constituyen una de las características más esenciales del
pensamiento autoritario y conservador.
La ordenanza de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires del 27 de
julio de 1966 decide que "los integrantes de orquestas, sus vocalistas,
los locutores y artistas que actúan en números de variedades en
cabarets, boites, salones anexos, bares nocturnos, casas de baile, salas
de baile y locales donde se ejecute música y/o canto, con o sin
intercalación de números de variedades, no podrán alternar con el
público concurrente". Otra disposición del mismo día y año determina la
luz que debe haber en los salones de baile. "La visibilidad deberá ser
tal que en todo el ámbito del lugar y desde cualquier ángulo del local,
se pueda apreciar con absoluta certeza la diferencia de sexo de los
concurrentes." (Anales de Legislación Argentina, Buenos Aires, 1966, n°
XXVI-B.)Se trata del temor al sexo y del orden impuesto por el
puritanismo represivo. Con certeza lo señala en 1973 un extenso informe
preparado por el Foro de Buenos Aires por la Vigencia de los Derechos
Humanos al aludir a la tortura. Onganía, escriben, era un puritano "y
los únicos desórdenes que le preocuparon fueron los sexuales, aunque
asumieran la forma inocente de un beso en las plazas públicas".
Se delimitan con precisión escolástica los límites de lo lícito e
ilícito. Las normas abundan y también la puesta en práctica de las
mismas. En una ordenanza municipal del 12 de enero de 1967 se enuncian
los estrictos preceptos del Estado y las prohibiciones a que son
sometidos los habitantes de la ciudad de Buenos Aires, las mismas que en
general rigen en todo el país, la organización antisexual que obra en
"resguardo de la moral o buenas costumbres".
He aquí, el texto represivo del artículo 26 de la norma mencionada:
"En los espectáculos públicos: La infracción a la reglamentación sobre
calificación, restricciones, acción, lenguaje, argumento, vestimenta,
desnudez, personificación, impresos, transmisiones, grabaciones o
gráficos, en resguardo de la moral o buenas costumbres, o que tiendan a
disminuir el respeto que merecen las creencias o instituciones
religiosas o lesionen el sentido de la dignidad humana y de la libertad
de cultos, en los espectáculos y diversiones, será penado con multa de
$.10.000, y/o arresto hasta 30 días, y/o clausura hasta 90 días."
(Anales de Legislación Argentina, Buenos Aires, 1967, t. XXVII-A.)
Para el orden militar, el abstracto y nunca definido "modo de vida
occidental y cristiano", es decir, traduciéndolo, el mantenimiento del
poder autoritario, significa entre otras cosas que la población lleve
una existencia "moral", que rechace el placer de la carne. Por esa razón
prohíben todo lo que incite al sexo, desterrándolo del universo ascético
que desean construir. Pero el asombro no encuentra límites. La ordenanza
mencionada en segundo lugar, un texto característico de la paranoia
oficial represiva, prohíbe y sin definir los alcances, las publicaciones
"que resulten inmorales". Pero aun van más lejos en la acción, llegan en
muchos casos al delirio. Veamos. Condenan, entonces, y lo decimos con
las palabras de la disposición municipal, "la fabricación, preparación,
exhibición, venta o tenencia de sustancias, drogas o aparatos para usar
con fines de placer". Sorprende en el enunciado, por otra parte
esquemático y breve, la confusión que puede determinar, el amplio margen
de maniobra, en los funcionarios (inspectores, policía) encargados de
hacer cumplir la ordenanza.
Sea como fuere, lo cierto es que sustituyen, sin duda, el goce y lo
condenan con penas temporales que reemplazan, lo señalamos al referirnos
a otros momentos del país, el temor tradicional a los castigos divinos,
los del infierno. Por otra parte, debemos insistir en el hecho, como
bien observa Reich, cada vez que se incrementa la presión económica
sobre las masas trabajadoras, suele fortalecerse también la presión
moralizadora y compulsiva. "Esto sólo puede tener la función de prevenir
una rebelión de las masas trabajadoras contra la presión social,
mediante una intensificación de sus sentimientos de culpabilidad sexual
y su dependencia del orden constituido." (Reich, 1980, 149-150.) Es la
tensión, siempre ha sido así, entre el orden autoritario y la libertad,
una situación que resuelven mediante la negación de toda actitud que
consideran racional.
Una constante del autoritarismo argentino, el antisemitismo siempre
latente se manifiesta en diversos campos de las actividades del país.
Son frecuentes entonces los atentados a las sinagogas y a los sitios de
reunión de la colectividad judía. Se impone, por otra parte, la
discriminación de los judíos en los altos cargos oficiales. Un
antisemitismo que en ocasiones llega al ridículo y nos recuerda los
certificados de "pureza de sangre" de la España de los siglos XVI al XIX
o las investigaciones de los nazis en la Alemania de Adolfo Hitler. En
junio de 1970, a pocos días de producirse el derrocamiento del general
Juan Carlos Onganía y en los momentos en que asume la presidencia de
facto el general Marcelo Levinston, el semanario Primera Plana da a
conocer en su primera página -se nos ocurre que un agregado de último
momento dispuesto y ordenado desde la Junta de Comandantes- la supuesta
o real genealogía del militar argentino, confeccionada indudablemente
por un especialista, descendiente, indican, de una antigua familia de la
nobleza de Inglaterra. La intención es bien clara: desean alejar toda
suspicacia sobre el posible origen judío del nuevo presidente que
imponían los militares.
La violencia física
Y también, por cierto, encontramos la violencia física. Así, en un país
y en una sociedad descreída, en medio de las contradicciones políticas,
los controles de todo tipo sobre la vida cotidiana y asimismo de las más
variadas reacciones (sucesos de Córdoba y Rosario en mayo de 1969), en
determinado momento se incrementan la represión y la tortura. Y si bien
la magnitud de los hechos no alcanza los mismos niveles de los
observados en la segunda mitad de la siguiente década, en el período de
la Revolución Argentina el ejército y la policía dan muerte a más de
treinta personas. Lo hacen, así lo señalan en esos días las denuncias
públicas, "como consecuencia de la represión contra manifestaciones
pacíficas y desarmadas". La acusación corresponde al Foro de Buenos
Aires por la Vigencia de los Derechos Humanos y está fechada en 1973, en
los momentos previos a la entrega del poder por parte de las autoridades
militares. He aquí uno de los hechos referidos:
"Al cumplirse el tercer aniversario de la instalación de la dictadura de
Onganía, la C.G.T. de los Argentinos, dirigida por Raimundo Ongaro,
convoca a manifestaciones de repudio a la policía de los monopolios. Una
de esas columnas, en Capital Federal, el 27 de junio de 1969 al llegar a
plaza Once es interceptada por la Policía Federal y dispersada con el
habitual empleo de gases lacrimógenos. Mientras los manifestantes se
repliegan, de un coche particular descienden cuatro policías de civil
(presuntos integrantes de Coordinación Federal) y persiguen al ex
secretario general del Sindicato de Prensa, y dirigente de la izquierda
revolucionaria, Emilio Mariano Jáuregui hasta que lo ultiman a balazos
en la calle... El diario La Prensa controvirtió la versión oficial de
que Jáuregui disparó contra sus victimarios y demostró, en cambio, que
el dirigente fue asesinado cuando estaba caído en el suelo, por disparos
hechos casi a quemarropa." (Proceso, 1973, 129.)Al llegar a este punto,
es necesario referirnos a las torturas impuestas a los detenidos
sociales y políticos, una práctica, por otra parte, frecuente para
obtener confesiones a presuntos delincuentes comunes. Como bien se ha
advertido con referencia a la barbarie nazi, los excesos son perpetrados
en todos los casos por personas individuales, pero son aprobados,
estimulados y hasta provocados por todo el sistema. (Kaminski, 1940,
143.) La represión sangrienta, las muertes y torturas, de ninguna manera
puede atribuirse, como señalamos en otros casos, al sadismo de los
menos; es la resultante de una política y también de una tradición
hondamente arraigada en las fuerzas armadas y en la policía. Reside,
entre otros hechos, en la creencia de que son defensores de la verdad de
turno, la única posible para ellos.
Golpes, violaciones, castigos y descargas eléctricas en el cuerpo
constituyen en esos días las prácticas más comunes del brazo armado del
poder. Los casos conocidos se multiplican a partir de la pérdida de la
escasa base de sustentación del régimen, siempre ocurre así en los
sistemas autoritarios, y, de manera especial, luego del "Cordobazo" de
mayo de 1969. Desarrollan todo un sistema, perfectamente organizado,
para injuriar en su dignidad humana a los detenidos, sean éstos hombres
o mujeres, para destruirlos física y psíquicamente y colocarlos bajo la
voluntad del verdugo.
Un informe preparado en 1973 sobre la represión en la Argentina a partir
de 1966, determina cuáles eran los castigos corporales más frecuentes:
"La variedad de castigos corporales incluye 'innovaciones' tales como el
'teléfono' (golpear con ambas palmas de la mano, al unísono, en los
oídos), pero sin olvidar las patadas (especialmente en los órganos
vitales y sexuales), trompadas (espalda, cabeza, costillas y vientre).
'Reanimar' a los detenidos significa en el lenguaje de los torturadores
colocar a la víctima frente a un ventilador para que recobre el
conocimiento y proseguir con los castigos corporales. La golpiza sólo se
detiene cuando el detenido es una masa informe y sanguinolenta, o bien
los golpes son dosificados progresivamente para aumentar la intensidad
de la tortura." (Proceso, 1973, 145.)
Como venía ocurriendo desde mediados de la década de 1930, la picana
eléctrica, con los terribles efectos de sus descargas, constituye uno de
los métodos preferidos por los torturadores. A diferencia de lo
observado a partir de 1975, aproximadamente, en muy pocos casos el
personal encargado de los tormentos cubre los ojos de sus víctimas. No
les importa, o creen que eso no es posible, ser reconocidos. El informe
del ya mencionado Foro de Buenos Aires señala el hecho de que en muchos
casos tampoco les preocupa ocultar las dependencias oficiales donde
cumplen su misión: Oficina de Informaciones de la Jefatura, seccional
10? de policía (ciudad de Córdoba), Departamento Central de Policía,
comisaría 23, comisaría 19 (Capital Federal), etcétera. Todos ellos
están seguros de la impunidad.
En todos los casos, los testimonios de los detenidos son suficientemente
explicativos y en esencia no varían de otros. Tomamos al azar párrafos
de tres declaraciones. Los primeros corresponden a Adela Jorge.
"[...] Me colocaron sobre una mesa y me estaquearon. Comenzaron a
picanearme en los senos, en los órganos genitales, piernas y estómago, y
en el ano. Me tiraban del cabello, pedí por favor que no continuaran.
Siguieron picaneándome, se me paralizó una pierna, me pegaban en ella,
comencé a sentir unas puntadas muy fuertes en el lado izquierdo del
pecho, en la espalda y en los órganos genitales. Sin embargo, siguieron
torturándome; para que no gritara me pasaban la picana por la boca. Me
amenazaron con dejarme estéril para toda la vida, que iban a
destrozarme, que tomarían represalias contra mi familia. Me decían las
más horribles obscenidades que jamás escuché [...]" (Proceso, 1973,
148.)
Y los siguientes son de Jorge Eduardo Rulli.
"[...] El que me picaneaba era un anormal, una hiena, se reía todo el
tiempo. Antes de empezar dijo: 'Qué lástima que lo tenemos que picanear
enseguida. Cómo me hubiera gustado romperle el culo primero, ya que está
atadito, así'. Lo repitió varias veces de diferentes maneras. Ésta es la
peor humillación que te podes imaginar [...] La electricidad me hacía
saltar como enloquecido. Las contorsiones me hincharon a reventar las
manos atadas y me provocaron una lesión de columna [...]" (Proceso,
1973, 149.)
Por último, la experiencia de Elda Frascetti de Colautti.
"[...] Ponen música con volumen muy alto y amenazan con matarme.
Encienden la picana y comienzan a pasármela por el cuerpo, pechos,
cuello, axilas, ingle, vagina, los dedos de los pies y las manos, la
planta del pie, la boca. Esto continúa por veinte o treinta minutos, me
tiran de los cabellos, me insultan, me interrogan y ponen una grabación,
además de una cinta con una persona riéndose permanentemente [...]"
(Proceso, 1973, 148.)
El sadismo de los verdugos llega muchas veces a los límites de la
patología sexual. "Es el complejo de inferioridad de los anormales
sexuales -escribe H. E. Kaminski- el que reacciona con los tormentos y
martirios de víctimas inocentes, provocando en los verdugos sentimientos
de voluptuosidad que no son capaces de experimentar de otro modo." En
ese sentido, las aberraciones, vejaciones y violaciones son frecuentes
en las casas de tortura y la lectura de los testimonios causa '
verdadero espanto. "Este aspecto de la tortura -denuncia el Foro de
Buenos Aires- representa la crisis total de un sistema al que ya no le
alcanza la opresión disimulada; es la grieta por donde se manifiesta la
verdad menos evidente de la represión." La característica de los
verdugos es justamente la ausencia de todas las contenciones morales,
actitud que ponen al servicio de un orden político autoritario o
totalitario. Basados en la idea de que el poder estatal está por encima
de la sociedad, del conjunto de la población, creen racionalmente que
todo está permitido.
A Emilio Brigante, detenido en Mendoza, luego de golpearlo, de ser
picaneado, le introdujeron "una lapicera en el ano" y a Mirta Miguens de
Molina, son sus palabras, "el mango de un plumero". A las palabras
soeces, a los constantes manoseos, se suman otros hechos. Emma
Debenedetti, detenida en Coordinación Federal, recuerda tiempo después:
"Cuando no me pasaban la picana uno de ellos me manoseaba el pecho y
después varios me metieron los dedos en la vagina".Y Ana Berrante de
Oberlín, torturada en la ciudad de Rosario, en abril de 1972, es precisa
en sus recuerdos del sadismo verbal y de las vejaciones físicas a que es
sometida. He aquí parte de sus palabras, uno de los testimonios más
patéticos del período que estudiamos:
"[...] Me atan los tobillos y las muñecas y comienzan a picanearme,
especialmente en los senos, los genitales, las axilas y la boca.
Alternan la picana con manoseos, masturbación, todo el tiempo me
insultan y me dicen las groserías más repugnantes. Tratan de destruirme
diciéndome que mi marido ha muerto, que era una 'cornuda', que mi esposo
era homosexual y que había abandonado a sus hijos, que no había pensado
en mis padres y cosas por el estilo [...] El torturador insistía en que
lo insultara y me provocaba diciéndome que seguramente yo estaba
pensando que era un sádico y que llamaría 'manoseo' a lo que estaba
haciendo. Pero que me equivocaba: él era un científico, por eso
acompañaba todas sus acciones con explicaciones acerca de mi
conformación física, mi resistencia, los fundamentos de los distintos
métodos, especialmente de los que él llamaba 'técnicas sexuales' [...]
Esa noche el interrogatorio versó, entre otros temas, sobre las
relaciones sexuales que mantenía con mi esposo con todas las variantes
que este tema sugería [...] De todo lo que sufrí, lo más repugnante e
inolvidable son las vejaciones que el pudor me impide relatar en detalle
[...] Lo más desesperante es la sensación de total impotencia."
(Proceso, 1973, 150.)
1976-1983: "Se rompen diques y barreras; la vida y la muerte se juegan
en aras de la victoria"
La ideología autoritaria se manifiesta de manera mucho más vehemente en
los años posteriores a 1974, lindando ésta, en algunos casos, con el
totalitarismo. Sectores políticos y grupos de poder, algunos con el
control de la fuerza del Estado y otros con el dominio demagógico,
niegan al ser humano toda posibilidad de elección política y se
manifiestan depositarios de la verdad absoluta. Ese proceso, debemos
insistir una vez más en lo expuesto en las páginas anteriores, tenía y
tiene raíces muy profundas en la Argentina. Por un lado, y con
referencia a las fuerzas armadas, el verticalismo irracional está ya
presente a fines del siglo XIX a la sombra de la influencia prusiana
(White, 1982), sumándose más tarde, como elemento coadyuvante, en el
marco de la alianza con los sectores económicos, el temor a los
movimientos obreros socialistas y libertarios. Las academias e
institutos militares conforman en los jóvenes alumnos y en los oficiales
una mentalidad autoritaria a la par de señalarles que están
predestinados a salvar al país de cualquier peligro interno o externo.
Por otra parte, es necesario decirlo, la creencia popular suele
compartir en gran medida esa afirmación interesada y, sutilmente
inducida por los grupos de poder, se manifiesta a través de las más
variadas expresiones. Nos encontramos nuevamente con el atractivo
nacionalista que es similar, si bien en otra perspectiva, al que
despierta el nazismo en las masas populares de Alemania. Con razón se ha
sostenido, y así lo demuestra la realidad, que ningún régimen
autoritario o totalitario puede existir sin cierta dosis de apoyo
popular. Opuestamente, en los países donde la presión democrática es
fuerte y organizada, los grupos económicos propensos, posiblemente, a
apoyar a la extrema derecha en defensa de sus intereses, advierten que
esas aspiraciones son inútiles. Y no olvidemos, por otra parte, que
siempre que cualquier tipo de fascismo o de mentalidad autoritaria se
hace carne en la población, ésta suele dirigir sus miradas al ejército
como un baluarte de la "decencia y la legalidad". (Ebenstein, 1965, 81.)
"El grado de 'politización' del ejército que sea capaz de lograr un
movimiento totalitario indica también hasta qué punto se ha hecho
totalitaria la sociedad misma" (Friedrich y Brzezinski, 1976, 443). Se
ha sostenido una y otra vez y con razón que el fascismo, todo movimiento
autoritario, traspasa siempre a los grupos sociales: "los ricos
industriales y terratenientes lo apoyan por alguna razón, la clase media
inferior por otra, los psicópatas y los criminales por otra muy distinta
[...] No obstante, en términos de base psicológica implícita, lo que el
fascismo busca en los grupos sociales es el gran denominador común de la
frustración, el resentimiento y la inseguridad (Ebenstein, 1965, 74). De
allí, pues, las acciones de tipo chauvinista y la búsqueda de "chivos
emisarios", actitudes que encuentran gran resonancia entre amplios
sectores de la población sujeta a esos sistemas políticos. En efecto,
qué puede esperarse de la inducción de ideales y símbolos afectivos. La
misión del Ejército, leemos en la Cartilla militar que se distribuye en
1938 a todos los soldados conscriptos, es la defensa de la nación,
"tanto contra los enemigos exteriores como contra los enemigos
interiores, es la misión del ejército". Ante todo, habría que saber
cuáles son esos enemigos exteriores e interiores a los que alude la
Cartilla militar de 1938. Nada sabemos, pero podemos conjeturar,
teniendo en cuenta la preocupación de la derecha y del nacionalismo, que
tienen presente a determinados países vecinos -Brasil y Chile- y a los
sectores obreros más radicalizados, movilizados en esos momentos en
defensa de la República Española agredida por el fascismo. En éste como
en otros aspectos, advertimos que esa posición tiene muchos puntos de
contacto con la doctrina desarrollada a comienzos de siglo por la Liga
Patriótica y más tarde por la Legión Cívica, antecedentes, en gran
medida, de la doctrina de la Seguridad Nacional expuesta en la década de
1970. De esa suerte, el ejército y los sectores de más poder económico
se convierten en aliados, y estrechan filas sobre objetivos comunes, en
un movimiento destinado a reprimir. Por lo demás, la compra de armas es
un hecho que superpone a otros y domina toda la cuestión. Siempre tienen
presente, lo sugieren por intermedio de los medios de comunicación, la
política armamentista de los presuntos enemigos. Ese proceso va,
asimismo, acompañado por una involución interna apoyada en el
chauvinismo y en la mentalidad autoritaria que va apoderándose de
amplios sectores de la población argentina, civiles y militares. En
1918, por caso, el coronel Carlos Smith, jefe del Regimiento 10 de
Infantería, anuncia desde las páginas de un manifiesto que titula ¡Al
pueblo de mi patria! que sin el poder de la fuerza y sin el "pueblo en
armas", el país hubiese sido "presa de la voracidad" de las naciones
vecinas. Las siguientes son parte de sus palabras: "Sin el ejército, sin
el pueblo en armas, sin nuestros acorazados, sin nuestros arsenales
repletos de fusiles y cañones, la República Argentina habría sido presa
de la voracidad de esos vecinos que, sin embargo, no desperdician
oportunidad para cantar a nuestro diapasón himnos a la paz y a la
solidaridad americana". Y no olvidemos, siempre fue así, que las
reacciones de los unos no pueden aclararse sin las iniciativas de los
otros, y viceversa. Hacía ya años que estos hechos veníanse dando así.
Por otra parte, y repetimos una pregunta expuesta por nosotros en otra
oportunidad, ¿hasta qué punto los intereses de algunas potencias,
vendedoras de armas no promueven en los países periféricos
enfrentamientos ficticios?
Advertimos, pues, que ya en algunas décadas anteriores están presentes y
bien precisados los elementos autoritarios que predominarán más tarde.
Finalmente, en ese orden de consideraciones, debemos añadir que poco a
poco el lenguaje militar se impone para designar aspectos de la vida
civil que no tendrían por qué estar contaminados por el mismo. En
efecto, en las últimas décadas algunos partidos políticos y sindicatos
obreros, por ejemplo, utilizan los términos "conductor", "estrategia",
"espíritu combativo", "comando superior", "apoyo logístico" y otros
similares para calificar actitudes o denunciar a sus autoridades.
También, pensemos en la palabra "agresivo" -la persona que ataca
violentamente de palabra o de obra, define el diccionario- en su
connotación argentina. "Vendedor agresivo" es aquel que logra imponer su
mercancía a un tercero. Y, de hecho, ese lenguaje refleja la
personalidad autoritaria, larvada o manifiesta, de gran parte de la
población. Una síntesis individual y el reflejo del mundo exterior que
nos rodea a todos.
La mencionada tendencia, de ninguna manera nueva en el país, adquiere
relevancia entre los años 1976 y 1983. Se refleja, asimismo, en el
creciente interés que adquiere en la Argentina la obra y las ideas de
Von Clausewitz, teórico alemán de la guerra e integrante, en las
primeras décadas del siglo XIX, de la Escuela de Estado Mayor de Prusia.
Partidario de los sistemas políticos más retrógrados, para él, Francia
representa un grupo de ideas -la Ilustración, la Revolución Francesa, la
emancipación de los judíos, el liberalismo, el individualismo, la
representación popular- que rechaza en nombre del patriotismo alemán.
A este respecto, y en una asociación similar a la del teórico alemán de
la guerra, resulta expresivo y revelador que en la Argentina, mucho
antes de la década de 1970, periodistas, políticos y gremialistas
mencionen las palabras y las ideas del militar prusiano con intención
laudatoria. Con todo, es menester indicar que esa costumbre adquiere
mayores proporciones en los momentos de las disputas territoriales con
Gran Bretaña y Chile. Gran parte de la población del país vive en esos
días en un constante estado de tensión interno y externo, libera su
efectividad, inducida por los medios de comunicación. Un estado de
tensión que tiene su base de sustentación en el ya mencionado
chauvinismo nacionalista y conjuga con el lenguaje que todos venían
escuchando desde la niñez; nos referimos a la simplificación interesada
de los símbolos de la nacionalidad forjada desde las aulas escolares,
"sin batallas, sin caídos, sin banderas ensangrentadas, sin modestos y
obtusos y generosos prójimos que dieran su vida por los jefes, el
patriotismo se convertiría en algo tan aburridamente razonable y tan
difícilmente manipulable por el Estado que dejaríamos a buen seguro de
hablar de él." Son palabras del escritor español Fernando Savater,
expuestas en un discurso pronunciado en Euskadi con motivo del congreso
de las organizaciones pacifistas y de derechos humanos (La Razón, Buenos
Aires, 30 de junio de 1930).
Desde ese punto de vista es significativo que el general de división
argentino Alcides López Aufran, militar que interviene en los
enfrentamientos internos de la década de 1960 por la conquista del
poder, defina al autor de De la guerra como "filósofo" y lo considera,
son sus palabras, "una de las cumbres (sic) del pensamiento humano" (La
Nación, Buenos Aires, 25 de agosto de 1980). Pero no es todo; agrega que
la guerra, es decir la violencia, constituye la actividad más importante
y noble del ser humano. Y sostiene, inspirado en Von Clausewitz: "La
guerra, en una palabra, es la más destacada de las formas de
transformación de la sociedad... La guerra es una parte de la política,
uno de sus elementos, algunas veces, el argumento final." La guerra y la
muerte. ¿Es preciso aclarar el sentido último y brutal de esas palabras?
Y en ellas encuentran puntos de convergencia amplios sectores de los
ultras. Por entonces, el mismo año, una universidad privada no
confesional, organiza en la ciudad de Buenos Aires unas jornadas en
homenaje al autor de De la guerra, e intervienen en las mismas militares
y civiles. Era, sin duda, ¿lo es?, la tendencia general de la sociedad
argentina y que, tradicionalmente, se viene inculcando a los jóvenes en
los institutos militares y en las escuelas civiles. Los menos, aquellos
que esperan hallar la respuesta en el pensamiento racional, están, por
lo general, aislados en medio de la euforia chauvinista que subordina al
ser humano a los intereses del "movimiento nacional", e impone el
consenso acrítico y la obediencia. "Es evidente -escribe Adolfo Hitler
en Mi luchad- que todo debe subordinarse al interés de la nación."
Conocemos hechos y a ellos pasamos a referirnos. En el transcurso de la
década de 1970 y en sus momentos previos, como consecuencia de los
enfrentamientos de las fuerzas armadas con los guerrilleros
cristianos-marxo-peronistas y con los grupos del ERP y de las FAL, los
militares reviven el viejo profesionalismo combatiente (Druetta, 1983,
109) e imponen como doctrina nacional, la ideología autoritaria que
venía delineándose a partir del derrocamiento del gobierno
constitucional de Arturo Illia, en 1966. El general Osiris Villegas,
defensor ante los tribunales militares en 1985 de su par Ramón J. Camps,
sostiene, y en ello coincide con muchos, que las fuerzas armadas
constituyen la "última reserva de la nacionalidad". ¿Es necesario
aclarar el sentido estricto de esas palabras? Las mismas expresan, sin
ninguna duda, proviniendo de quien provienen, tanto como decenas de
páginas explicativas.
Pero no es todo. Poco antes del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976,
solicitado y recibido con agrado por la inmensa mayoría, y dentro de la
misma línea de pensamiento, daban a conocer desde las páginas de un
impreso perteneciente al Círculo Militar -institución que asocia a
miembros del ejército- la opinión casi oficial sobre el papel que en
esos momentos cumplían los integrantes de las fuerzas armadas. Sin duda,
la misma era la generalizada creencia mesiánica. Al mismo tiempo, no
debe sorprendernos, exponen la defensa irracional de la violencia en
términos que bien podían suscribir, cambiando las palabras sobre los
destinatarios y partícipes del mensaje, otros sectores, en este caso
civiles, del espectro ideológico. Se dice, entre otras cosas:
"Lo que nos pasa a los argentinos es que tantos años de paz nos han
apoltronado... gracias a Dios, no han apoltronado a los cuadros de
nuestro Ejército, que en cada momento está brindando ejemplos de coraje,
de resolución y de capacidad combativa. Es probable que se hayan
apoltronado las mentes débiles, contaminadas por sutiles y variadas
propagandas ideológicas, que han posibilitado la acción de bandas de
alienados. Pero esa muchachada sana, física y moralmente, representada
con virilidad por los oficiales y suboficiales jóvenes..., ¡bendito sea
Dios!, lejos está de haberse apoltronado." (Citado por Druetta, 1983,
131.)
La "capacidad combativa" incluía claramente el aniquilamiento del
adversario ideológico. Pero, sin duda, abarcaba mucho más. Abarcaba en
ese caso el silencio y la imposición del terror a los otros. Pero no es
todo. Los matices de aquellas opiniones suelen aludir, y en una posición
que en esencia no difiere de la de los sectores conservadores que actúan
a comienzos del siglo XX, a la permanencia de la tradición y a la
defensa de los "valores de la nacionalidad". Y recurrimos nuevamente a
las palabras del general Osiris Villegas, expuestas en este caso con
motivo de celebrarse el 26 de abril de 1980 el Día de la Caballería.
"Unidos por afinidades preexistentes -dice-, doctrinalmente amalgamados,
educados en la metodología del esfuerzo y del amor al peligro, como
hidalgos de la vieja raza, cada día más rara, nos autoconvocamos para
rendir este homenaje evocativo, propio de la institución castrense. Todo
ese conjunto nos permite traer el recuerdo emocionado de nuestros
jinetes, de todas las jerarquías, caballeros de sable y lanza, que han
caído en acto de servicio." (Revista informativa de Caballería, n. 3,
1981.)
Entre esas cualidades de la "raza" (?) incluye la superioridad, el
dominio de la verdad, la autosuficiencia, el poder de imponer al resto
de la población, es decir a los que no son "hidalgos" ni manejan el
control de la muerte, los "estilos de vida" que ellos creen más
adecuados. Aquí, en la Argentina, parece sostener, las reglas que
necesitamos para guiar nuestras vidas las señalan los "caballeros" e
"hidalgos".
No es el motivo de estas páginas estudiar, ni aun someramente, el
proceso político y económico que a partir de las elecciones
constitucionales de 1973, transpuesta ya la etapa del autoritarismo
anterior, desemboca nuevamente en la dictadura. Una dictadura dispuesta
ahora a aniquilar para siempre a los adversarios, fuesen éstos presuntos
o reales. Pocas voces, la memoria colectiva es frágil, se alzaron
entonces para detener la barbarie. El silencio y la media palabra
señalan, al menos por un tiempo, la conformidad. Prólogo macabro a los
miles de asesinatos y vejaciones que se sumarán a los ya cometidos en el
país, el comunicado número 13 de la Junta de Comandantes hace un
llamado, el 24 de marzo de 1976, a la juventud. "El futuro de la tarea
que emprenderán las Fuerzas Armadas estará materializado en un futuro
más próspero, más digno y más justo. Nuestra juventud de hoy
-agregan-será la destinataria y la beneficiaría de ese mañana mejor que
construiremos con la colaboración de todos los argentinos." (La Nación,
Buenos Aires, 25 de marzo de 1976.) La realidad es conocida y sus
resultados constituyen hoy una triste y trágica herencia. "Miles de
personas fueron privadas de su libertad, torturadas y muertas como
resultado de la aplicación de esos procedimientos inspirados en la
totalitaria doctrina de la Seguridad Nacional." Así lo manifiesta sin
eufemismos el decreto número 158 del año 1983 que ordena someter a
juicio sumario a todos los integrantes de las juntas militares. Cuatro
años antes, el 29 de mayo de 1979, con motivo de cumplirse el
aniversario de la creación del Ejército Argentino, el teniente general
Roberto Viola, en directa referencia a las secuelas de la guerra
antisubversiva, expresa que esa acción tuvo "una dimensión distinta del
valor de la vida". Y también, ahora en alusión a su presente, advierte:
"Se rompen diques y barreras; la vida y la muerte se juegan en aras de
la victoria. Lo peor no es perder la vida. Lo peor es perder la guerra.
Por eso el ejército, recuperado hoy ese valor de la vida, puede decirle
al país: hemos cumplido nuestra misión. Ésa es la única y creemos
suficiente explicación. El precio el país lo conoce y el ejército
también. Esta guerra, como todas, deja una secuela, tremendas heridas
que el tiempo, y solamente el tiempo, puede restañar. Ellas están dadas
por las bajas producidas; los muertos, los heridos, los detenidos, los
ausentes para siempre". Determina, así, de manera indudable, y acepta
entre líneas que se cometieron excesos y se rompieron barreras. También,
indirectamente, lo reconoce la ley 22.068 que establece que podrá
declararse el presunto fallecimiento de la persona cuya desaparición del
lugar de su domicilio o residencia, sin que de ella se hubiese tenido
noticia, hubiese sido denunciada entre el 6 de noviembre de 1974 (fecha
en que se impone el estado de sitio) y el 12 de septiembre de 1979, día
de su promulgación (Organización de Estados Americanos 1980, 137). Esto
nos lleva a suponer que el período aludido fue el de máxima represión.
En un esfuerzo por ser claros, en la comunicación que el Ministerio del
Interior envía entonces al presidente de la República, se observa que la
ley tiene como objetivo principal "regular la situación que aflige a un
cierto número de familias argentinas, motivada por la ausencia
prolongada y el destino de algunos de sus integrantes, como consecuencia
de los eventos que afrontó nuestro país en el pasado reciente". ¿Es
necesaria más claridad para leer entre líneas? No se trata, obviamente,
de los fallecimientos en actos guerrilleros. El destino al que aluden no
puede ser otro que los asesinatos ocurridos en los campos de
concentración o chupaderos de las fuerzas represivas. En vista de esa
situación, a nadie sorprenderá que en el mes de abril de 1982, así lo
registra la mayor parte de la prensa periódica de Buenos Aires, el
vicario castrense, monseñor Medina, sostiene que "algunas veces la
represión física es necesaria, es obligatoria y, como tal, es lícita".
Y no olvidemos, por último, que el terrorismo de estado encuentra sus
defensores más comprometidos en ciertos funcionarios, militares e
industriales extranjeros que visitan el país. Un año y pocos meses antes
del conflicto con Gran Bretaña, en noviembre de 1980, el mayor general
de ejército inglés Richard Clutterbuck, especialista en temas sobre el
terrorismo, afirma que en la Argentina "no se percibe represión policial
alguna". Y continúa diciendo: "He visitado a Buenos Aires, a Córdoba; he
hablado en cuatro universidades; he conversado con muchos periodistas y
no advierto que haya represión" (La Nación, Buenos Aires, 20 de
noviembre de 1980). Y unos meses antes, el 28 de julio de 1980, Peter
Francis Lobkowicz, delegado de las industrias Krupp, sostiene conceptos
similares y agrega que no importa la muerte de 10.000 seres humanos
-alude a la represión oficial- si con ello se salva la sociedad. Su
admiración por el Ejército Argentino se manifiesta en el obsequio al
mismo de una estatua de san Ignacio de Loyola "porque -dice- simboliza
un poco a la Argentina" (La Nación, Buenos Aires, 28 de julio de 1980).
Por entonces, precisamente el 1? de setiembre del mismo año, uno de los
delegados al Cuarto Congreso Anticomunista realizado con el auspicio
oficial en el Teatro Municipal General San Martín de la ciudad de Buenos
Aires y presidido por el entonces general Carlos Suárez Masón, dijo:
"estamos en permanente lucha bajo el lema de que el único comunista
bueno que va a haber en el país (El Salvador) va a ser el comunista
muerto". Paradójicamente, lo informa un artículo publicado en julio de
1981 por el periódico estadounidense The New York Times, Rusia y la
Argentina se alían mutuamente en esos días en las organizaciones
internacionales contra lo que consideran una interferencia de terceros
en su política sobre derechos humanos.
La Comisión Nacional Sobre la Desaparición de las Personas (creada por
decisión del presidente Raúl Alfonsín, poco después de asumir la primera
magistratura del país, el 15 de diciembre de 1983) sustentada en el
testimonio de miles de testigos que expusieron sobre sus trágicas
experiencias, las propias y las de sus familiares, señala en 1984 el
silencio y el desinterés de la mayoría de la población sobre esos
hechos. Si bien pudo desconocerse la magnitud de los hechos, de ninguna
manera pudieron ignorar -eran testigos- el orden represivo impuesto y la
acción del poder para controlar los menores detalles de la vida
cotidiana. Es más, puestas en boca de muchos se escuchaban con
frecuencia las palabras "por algo debe ser" para justificar la detención
de un vecino o un compañero de trabajo, muchas veces motivada no por
razones ideológicas sino por averiguación de antecedentes -todos los
pobladores eran culpables de algún delito- o por no llevar consigo
ninguna documentación identificatoria. Decenas de miles de habitantes
debieron soportar dos o más días de detención en una comisaría debido a
una simple sospecha o, en la mayor parte de los casos, como parte de la
campaña de terror emprendida sistemáticamente.
Con el silencio y el temor de muchos, encontramos, asimismo, a los
grupos defensores de los derechos humanos y la activa campaña que
emprendieron, con el riesgo de sus vidas y de su libertad, durante los
años del Proceso: Liga Argentina por los Derechos del Hombre, Servicio
Paz y Justicia, Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, Asamblea
Permanente por los Derechos Humanos, Familiares de Desaparecidos y
Detenidos por Razones Políticas, Abuelas de Plaza de Mayo, Madres de
Plaza de Mayo, Centro de Estudios Legales y Sociales.
"Los argentinos somos derechos y humanos" se repite en 1978 y 1979 una y
otra vez por los medios de comunicación y puede leerse la frase en las
lunetas de los automóviles y en las ventanas de las casas y
departamentos. Son los momentos de la presencia en el país de los
miembros de la Comisión Internacional de los Derechos Humanos de la
Organización de Estados Americanos y de observadores extranjeros. Es la
agresión externa, la del imperialismo y del capital foráneo, dicen,
contra los "valores" nacionales. "La Comisión -escriben sus miembros en
1980- pudo palpar durante la visita cierta indiferencia en algunos
sectores de la opinión pública." (Organización de Estados Americanos
1980, 135.)
Pero es posible decirlo mejor todavía, y es que por lógica, sin ninguna
duda, la moral exclusivamente utilitaria e individualista inculcada
desde el poder, una acción que no es reciente, se muestra intolerante y
en el mejor de los casos indiferente ante las agresiones a los derechos
humanos. Y no solo no se compromete en la defensa de los militantes
políticos, tampoco en la de aquellos que trasgreden las reglas de la
sexualidad considerada, por decirlo así, como "normal". No es necesario
volver a insistir en el hecho de que la represión, todos los tipos de
represión, están profundamente arraigados en la sociedad argentina. Con
insistencia se trató de aniquilar por todos los modos posibles cualquier
expresión racional e independiente, condicionando por todos los medios,
mecánicamente se ha observado, desde las escuelas y los medios de
comunicación "la enseñanza de ideales y símbolos emocionalizados,
mediante la planeación y coordinación de los ambientes, los equipos de
trabajo y los juegos, y después mediante una propaganda inteligente"
(Mannheim 1963, 335). A este proceso de fusión y coordinación, suman la
doctrina de los "valores más altos", los de la "tradición" o los ya
aludidos de la "civilización occidental y cristiana" (todos ellos formas
indudables de infalibilidad), en sustento de los cuales justifican la
censura y toda clase de represión y violencia.
En esto, pues, estriba el carácter autoritario de un amplio sector de la
población. Es posible mencionar numerosos casos sobre una situación que
en gran medida motiva el desinterés en analizar las causas más profundas
del autoritarismo. ¿Por qué esto? Sobre todo, quizá sea debido al hecho
de que es más simple y menos complicado practicar el olvido, y ese
ejercicio se ha observado con suma frecuencia. Por otra parte, tal como
son las cosas, suele caerse en lo anecdótico y superficial. En ese
aspecto, y frente a los problemas que afectan a nuestra realidad y que
interfieren en el logro de la felicidad individualgenuina, una y otra
vez sectores políticos y confesionales acusan al sistema constitucional
de fomentar la pornografía ("democracia pornográfica", dicen con
referencia a la mayor permisibilidad en las relaciones cotidianas y
dejan a un lado las deformaciones propias de una sociedad alienante que
considera a la mujer como un simple objeto sexual).
Tal, pues, la escena. Expuesto lo anterior, debemos ahora desarrollar
otros aspectos que revelan los excesos y la condición del ser humano en
la década de 1970. Nos referimos a la desprotección de la sociedad
argentina y a la intolerancia oficial. A esa realidad alude, como antes
lo habían hecho los defensores de los derechos humanos que actuaron en
el país y en el exterior.5 El Informe de la Comisión Nacional Sobre la
Desaparición de Personas, basado en la abundante documentación reunida,
observa diversos aspectos de la "caza de brujas":
"En cuanto a la sociedad, iba arraigándose la idea de la desproporción,
el oscuro temor de que cualquiera, por inocente que fuese, pudiese caer
en aquella infinita caza de brujas, apoderándose de unos el miedo
sobrecogedor y de otros una tendencia consciente o inconsciente a
justificar el horror: 'por algo será', se murmuraba en voz baja, como
queriendo así propiciar a los terribles e inescrutables dioses, mirando
como apestados a los hijos o padres del desaparecido. Sentimientos, sin
embargo vacilantes, porque se sabía de tantos que habían sido tragados
por aquel abismo sin fondo sin ser culpables de nada; porque la lucha
contra los 'subversivos', con la tendencia que tiene toda caza de brujas
o de endemoniados, se había convertido en una represión demencialmente
generalizada, porque el epíteto de subversivo tenía un alcance tan vasto
como imprevisible. En el delirio semántico, encabezado por
calificaciones como 'marxismo-leninismo', 'apatridas', 'materialistas y
ateos', 'enemigos de los valores occidentales y cristianos', todo era
posible; desde gente que propiciaba una revolución social hasta
adolescentes sensibles que iban a villas miseria para ayudar a sus
moradores. Todos caían en la redada: dirigentes sindicales que luchaban
por una simple mejora de salarios, muchachos que habían sido miembros de
un centro estudiantil, periodistas que no eran adictos a la dictadura,
psicólogos y sociólogos por pertenecer a profesiones sospechosas,
jóvenes pacifistas, monjas y sacerdotes que habían llevado las
enseñanzas de Cristo a las barriadas miserables. Y amigos de cualquiera
de ellos, y amigos de esos amigos, gente que había sido denunciada por
venganza personal y por secuestrados bajo tortura. Todos, en su mayoría
inocentes de terrorismo o siquiera de pertenecer a los cuadros
combatientes de la guerrilla, porque éstos presentaban batalla y morían
en el enfrentamiento o se suicidaban antes de entregarse, y pocos
llegaban vivos a manos de los represores." (Comisión Nacional, 1984,
10.)
Lo Comisión Nacional Sobre Desaparición de Personas, por otra parte,
comprobó la muerte de gran cantidad de personas, adolescentes y adultos,
su número no fue precisado hasta hoy con exactitud; previamente
detenidas y luego exterminadas en los sitios de confinamiento, con
ocultación de la identidad de las mismas. El general Agustín Lanusse
relató a la Cámara Federal una anécdota realmente macabra al responder a
una pregunta sobre Elena Holmberg, presuntamente asesinada. Enrique
Holmberg, hermano de ésta, y el general Guillermo Suárez Masón, cuenta
el ex presidente de facto, concurrieron juntos a la Unidad Regional de
Tigre de la Policía Federal, con motivo del hallazgo de un cadáver que
podía ser el de la diplomática desaparecida poco tiempo antes. Suárez
Masón, agrega Lanusse, recrimina al policía que los había atendido por
no habérsele comunicado la aparición de ese cadáver. El jefe de la
Unidad, un comisario, le responde entonces a quemarropa, es posible que
ignorando la identidad del acompañante del militar: "No se olvide,
general, que ya son más de ocho mil los cadáveres que ustedes han tirado
al río". (La Razón, 14 de mayo de 1985.)
Las víctimas, entre las que se encuentran los asesinados, torturados y
detenidos, pertenecen a los más diversos campos de la actividad social,
y se discriminan de la siguiente manera:
%
obreros 30,2
estudiantes 21,0
empleados 17,9
profesionales 10,7
docentes 5,7
autónomos y varios 5,0
amas de casa 3,8
conscriptos y personal subalterno de las
FF. de seguridad 2,5
periodistas 1,6
actores, artistas, etc. 1,3
religiosos 0,3
Fuentes: CONADEP. Bs. As., 1984, p. 480.
Los secuestrados eran conducidos a alguno de los 340 centros
clandestinos de detención, no pocos de ellos acondicionados previamente
con ese fin y pertenecientes a las fuerzas de seguridad o a las fuerzas
armadas.
"Esos centros clandestinos estaban dirigidos por altos oficiales de las
FF.AA. y de seguridad. Los detenidos eran alojados en condiciones
infrahumanas, sometidos a toda clase de tormentos y humillaciones. De
las investigaciones realizadas hasta el momento (1984), surge la nómina
provisoria de 1.300 personas que fueron vistas en algunos de los centros
clandestinos, antes de su definitiva desaparición." (Informe de la
Comisión Sobre la Desaparición de Personas, 1984, 479.)
Los defensores de la "civilización occidental y cristiana" no trepidan
en violar y vejar sexualmente a mujeres y hombres. Una y otra vez los
relatos de los testigos que declaran ante la Cámara Federal que enjuicia
a los comandantes en jefe, mencionan hechos de esa naturaleza. Asimismo
lo registran las denuncias expuestas a la Comisión Nacional Sobre la
Desaparición de Personas y lo señalan las publicaciones de las distintas
organizaciones defensoras de los derechos humanos. "No me toques, porque
me violaron en la tortura, por atrás y por adelante", dice una joven de
dieciséis años, que nunca reapareció -informa Horacio Verbitsky-, cuando
su compañero de infortunio Pablo Díaz quiso tomarla cariñosamente de la
mano. (El Periodista, Buenos Aires, n° 36, 17 al 23 de mayo de 1985.)
Los órganos sexuales y el ano de hombres y mujeres son los sitios
preferidos para aplicar la picana eléctrica. Ideología y, ahora, sí,
sadismo, se asocian estrechamente. A esos hechos debemos sumar, en
algunos casos, el componente religioso. La psicología ha estudiado las
relaciones íntimas entre el misticismo, la voluptuosidad y los
refinamientos más crueles. Lo observamos en la patología de algunos
creyentes de los siglos XVI y XVII y en la acción de los Inquisidores
contra lo que consideran una desviación de las normas morales o
religiosas. Los campos de concentración nazis, por caso, registran las
más crueles atrocidades en ese sentido.
"El 1O de julio de 1933 fue sometido el comerciante Max Margoliner, de
Breslau, en la casa parda de su ciudad natal, a torturas sádicas, de
cuyas consecuencias murió dos meses después. Un informe de testigo
presencial aparecido en el Saarbrueckener Volkstimme, cuenta: 'Los
inhumanos sujetos hicieron girar en el ano de la víctima, que había
perdido el conocimiento, un resorte en espiral. .. En el hospital estuvo
ocho semanas en el agua, porque no podía sentarse sin quedar echado."
(Kaminski, 1940, 149.)
En otros casos durante los interrogatorios los S.S. obligaban a dos
presos a masturbarse mutuamente, obligándolos luego a lamer el uno la
eyaculación del otro (Kaminski, 1940, 151).
Norma Ungaro, testigo de las crueldades del Proceso, registra Verbitsky,
cuenta que uno de los torturadores era un místico que recitaba la Biblia
y a quien sus compañeros denominaban El Cura. Por otra parte, todos los
miembros del gobierno militar concurren con frecuencia a la iglesia y
hacen profesión de fe religiosa; es más, directa o indirectamente se
declaran cruzados del catolicismo. "Yo soy un hombre religioso, soy
incapaz de hacerle mal a nadie", le dijo Videla, "tomándolo de la mano",
al rabino Marshal Meyer al visitarlo éste con motivo de la detención del
periodista Jacobo Timerman, cruelmente torturado días antes. (La Razón,
Buenos Aires, 4 de mayo de 1985.)
El sexo y la tortura a los presos políticos podían ir a la par. El
relato pertenece a Jacobo Timerman y fue expuesto bajo juramento, el
viernes 3 de mayo de 1985, en la Cámara Federal. Cuenta que durante su
estada en el centro clandestino de detención "Coti Martínez", tuvo
ocasión de ver al periodista Rafael Perrota. Con ese motivo relata cómo
usaban sexualmente a tres prisioneras.
"Una noche empezaron a limpiar todo y a prepararse para una gran fiesta.
Yo oí decir eso porque estaba en esa habitación, allí donde estaba la
oficina de los oficiales, de la administración, y oí que venía gente de
Campo de Mayo. Decían: preparen todo para los coroneles. Tenían tres
chicas muy hermosas para usarlas sexualmente -y las usaban- en la
fiesta. Pero yo estaba justo en el lugar al lado del pasillo que daba a
la puerta, de modo que veía quién entraba y quién salía, a menos que me
vendaran, pero escuchaba. Escuché cómo lo torturaban a Perrota. Entonces
me sacaron de ahí, y, por error, uno de los guardias dijo: llévenlo a la
celda de las chicas. Entonces me llevaron a una pequeña celda que había
sido de las chicas pero a ellas las habían movido a otra. Y esa estaba
reservada para Perrota. Estando yo solo entró Perrota -lo conocía desde
mucho tiempo atrás- y estaba completamente loco, muy golpeado,
desvariaba, me dijo: tengo frío, me levantaron en la calle, necesito una
latita para orinar. Esas eran casi las únicas cosas que decía. Después
dijo: parece que hay fiesta; deben estar con las chicas gozando una
linda fiesta." (La Razón, Buenos Aires, 4 de mayo de 1985.)
Desarrollado así, de un modo apresurado, el tramo de la barbarie que se
impone en el país a partir de 1976, nos resta aludir a otra actitud que
también es de violencia. Es necesario decirlo, de violencia, sin sangre
e impuesta en esos días por los "formadores de la opinión pública". El
hecho, pronto lo veremos mejor, alude al control de la información que
llega a la masa, de ningún modo a la élite económica y de poder. Se
trata de imponer una ideología antiintelectualista, irracional y de
mitos que pertenecen al poder del país. Las olimpíadas de Munich de
1936, en momentos de pleno auge del nazismo, tienen su equivalente en el
campeonato mundial de fútbol realizado en 1978 en la Argentina. Dos
situaciones distintas y un mismo fin: la apelación subversiva a los
afectos de la que nos habla Walter Benjamín y, asimismo, justificar el
poder por medios irracionales.
El totalitarismo y la mentalidad autoritaria silencian todo análisis
crítico y toda información que pueda interferir en el dominio que
ejercen sobre el pueblo. Esa actitud la advertimos generalmente en
regímenes populistas y en países donde las relaciones son de tipo feudal
y paternalista, con un fuerte arraigo de la ortodoxia religiosa. Se
trata, en síntesis, de sumar al sometimiento sustentado en la
organización familiar y en la moral, el silencio sobre algunos aspectos
de lo que ocurre en otras áreas del mundo. Un equivalente del
sociocentrismo y del etnocentrismo fomentado en los siglos XVII y XVIII
y que se proyecta en la ideología y en la praxis de lo que denominan
"folklore nacional". Lo expuesto puede advertirse en las Naciones Unidas
al suspenderse el 17 de diciembre de 1982 por 107 votos a favor, 13 en
contra y 13 abstenciones, la puesta en marcha de transmisiones
televisivas internacionales directas vía satélite no reguladas y
originadas en países industrializados. La oposición, obviamente, parte
de los gobiernos de las naciones del denominado Tercer Mundo, las de
América, Asia y África, regidas por los más variados y opuestos
intereses. Tirios y troyanos, una vez más, se ponen de acuerdo. La
intención de imponer el aislamiento, un aislamiento que tiene su
equivalente en la Alemania nazi o en la Rusia de Stalin, es bien clara y
la expresa sin eufemismo de ninguna índole un diplomático
latinoamericano con las siguientes y expresivas palabras que apuntan a
la esencia misma de los hechos: "por el grave peligro -dice- que
presupone para nuestra cultura, nuestro orden político-económico, es
decir, para nuestra sociedad, esta transmisión televisiva no regulada".
Son términos que entonces podían oírse, y sin el derecho a ninguna
réplica, en la Argentina. Las mismas, palabras más o menos, que sostiene
el régimen teocrático de Jomeini en Irán.
¿Constituye, pues, un peligro el conocimiento de los valores racionales
de Occidente para la miseria y el hambre de millones de seres humanos
imposibilitados de estudiar y tener conciencia de la cultura, de los
valores heredados? ¿O, si se prefiere, recordando la propuesta ya
mencionada en un capítulo anterior de un jesuita del siglo XVIII,
esperan y desean que "permanezcan humildes y sencillos pues para las
mariposas y mosquitos no hay mayor peligro que el brillo de la vela
encendida"? Los segregan, diciéndolo en pocas palabras, de la cultura
entendida como las realizaciones genéricas y universales del espíritu
humano, la única posible y racional. Tratan, por razones obvias, de
folklorizarlos. Indudablemente, ésta es otra de las violencias que suman
a la tortura, tanto o mas peligrosa que la anterior, pues lleva en sí el
deseo de que la población inducida acepte, como algo natural, la
violencia física ejercida contra los heterodoxos o los disidentes del
sistema.
Pero eso no es todo. Poco tiempo antes, en los momentos posteriores al
conflicto armado sostenido con Gran Bretaña, el secretario de Cultura de
la Argentina, profesor Julio César Gancedo, al aludir a los países de
América Latina señalaba su convencimiento de que más que un continente
conforma "un contenido de valores". Palabras similares podemos encontrar
en los escritos de los teóricos del nazismo y del fascismo. En Mi lucha,
de Adolfo Hitler, puede leerse la siguiente afirmación, similar a tantas
otras contemporáneas de la derecha o de la autotitulada izquierda
nacional: "La nacionalización de nuestras masas sólo se llevará a efecto
cuando con el decidido combate por el alma de nuestro pueblo sus
enfermedades internacionales sean aniquiladas... Quien desee liberar al
pueblo alemán de las manifestaciones y vicios presentes que le son
originariamente ajenos, deberá en primer lugar eliminar al excitador
extranjero causante de tales manifestaciones y vicios".
En lo que hace a la Argentina y en general a América Latina, ese
atomismo expuesto por los que propician el "diálogo de las culturas", es
decir, de una conformación estática de la dimensión humana -situación
similar a la observada en el romanticismo-, llega a situaciones
típicamente paranoicas al ser expuesto por los grupos de poder.
Revitalizando las teorías de los antropólogos culturales que sirvieron
de base a la derecha autoritaria de Europa, sostienen la necesidad de
revivir el pasado. Un pasado, observan, que debe constituir el muro o la
barrera para evitar todo cambio en las estructuras sociales y
económicas. Es indispensable, sostienen, cortar de raíz toda influencia
que pueda llegar de los países más evolucionados y evitar de esa manera
la "igualación cultural". "Entre nosotros -escribe Marco Denevi,
escritor argentino, y lo hace en momentos de máxima euforia chauvinista
con motivo de la ocupación militar de las Malvinas- la moral privada
todavía era sana, era sana la sexualidad y era fuerte la familia, pero
había que proclamar la crisis de las tres porque tal cosa ocurría en
Europa y no debíamos ser menos". También por esos días, Abelardo Arias,
de la misma nacionalidad y ocupación que el anterior, en una carta que
envía al diario La Nación solicita que se suprima la enseñanza del
idioma inglés y del francés en los colegios de segunda enseñanza. Y
agrega, con el preciso fin de refirmar su propuesta: "En ningún país
europeo se enseña oficialmente el español. Renunciemos entonces, a
nuestra actitud colonial. Es hora -continúa diciendo- que reconozcamos
nuestra relación física y espiritual con América Latina".
En suma, nos encontramos con el lenguaje totalitario y con un
chauvinismo infantil, actitudes en las que coinciden la prensa
tradicional de derecha, el populismo y parte de la "izquierda". Como
señala Luz Winckler al estudiar La función social del lenguaje fascista,
se pone de manifiesto la decadencia física y moral del enemigo. Para los
militares del Proceso y para gran parte de la población inducida a
expresarse de determinada manera, los británicos son herejes y
corruptos. Se trata, en el fondo, no sólo de una acción destinada a
incorporar al país un territorio insular, también de una "cruzada" de la
catolicidad. Un militar argentino, el coronel Esteban Solís, declaraba
en abril de 1982 que los soldados británicos de la Royal Marine leían
revistas pornográficas, consumían drogas y tenían, son sus palabras,
"ciertos artefactos que nos hizo especular (sic) en la práctica de la
homosexualidad". Por otra parte, capellanes militares señalaban a los
combatientes que iban a enfrentarse con disidentes religiosos, enemigos
de la Iglesia.
Podemos afirmar, en suma, que el autoritarismo impuesto en la Argentina
a lo largo de la década de 1970 es la culminación de un largo proceso
que comienza mucho antes. Encontramos sus raíces en el carácter
totalitario de la organización familiar, en las ortodoxias secularizadas
de la realidad que se imponen en la enseñanza -en la civil y en la
militar-, en los temores que en los sectores de poder producen las
crisis de una sociedad en cambio. Así pues, la agresividad contra
terceros se le ofrece al orden establecido como una alternativa válida
para silenciar a los heterodoxos y a los disidentes; para imponer, ya lo
hemos señalado, el terror al resto de la población.
Ahora bien, en el plano estricto de la realidad y, concretamente, en lo
referente a la imposición de suplicios y torturas, la barbarie, ya lo
hemos señalado, no es obra exclusiva de sádicos o paranoicos. Una y otra
vez se alude, en los informes de los testigos que declararon ante la
Comisión Nacional Sobre la Desaparición de Personas y, meses más tarde,
en la Cámara Federal que enjuicia a los comandantes en jefe, a la
ideología autoritaria y fascista de los represores. Se debe decir
también que los miembros de las bandas asesinas se reclutaban entre los
simpatizantes de esas ideologías y exhibían en los llaveros cruces
esvásticas y en los brazos brazaletes similares a los del nazismo. El
racismo antijudío estaba a la orden del día. Lo testimonia, por caso,
Jacobo Timerman y lo confirman los sobrevivientes de las cárceles del
Proceso. Armando Luccina, un ex policía que denuncia los crímenes que se
habían cometido en Coordinación Federal, informa a la justicia que los
policías torturadores decían que "cuando se terminen los judíos, se
termina la subversión". La condición de judío significó para los presos
del Proceso un agravamiento de sus infiernos, un castigo adicional por
el hecho de no haber sido -un deseo frustrado-, "chivos expiatorios"
ante la opinión pública. Tal vez, la realidad internacional no permitió
que éste haya sido el deseo de no pocos de los integrantes de la
reacción fascista instalada en el poder.
Podemos decir que los hechos anteriores constituyen algunos de los
segmentos del pasado y del presente que debemos rechazar. Pero esa
acción no tendrá, efectivamente, sino una influencia mínima si no se
producen cambios en la mentalidad de los sectores de poder. De todas
maneras debemos mantener la fe en la historia. Esa antítesis, la
historia, recordaba Simone de Beauvoir, de la naturaleza y de su imagen
cíclica del tiempo, del símbolo de la rueda que desea terminar con la
idea de progreso y favorecer la sabiduría quietista. "La evidente
repetición de inviernos y veranos hace irrisoria la idea de revolución y
manifiesta lo eterno." (Beauvoir, 1983, 138.) Y, en virtud de este ruego
que tantos han hecho y racionalizado, más allá de las visiones
catastróficas o salvacionistas, recordemos las palabras expuestas por el
historiador belga Henri Pirenne y recogidas por Marc Bloch en Apologie
de l'histoire ou Métier d'historien, apuntes redactados poco antes de
ser fusilado por los nazis: "Si yo fuera un anticuario sólo me gustaría
ver las cosas viejas. Pero soy un historiador y por eso amo la vida".
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