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Héctor
Tizón nació el 21 de octubre de 1929, en Yala, un pequeño pueblo
de la provincia de Jujuy, un caserío íntimo enclavado entre montañas,
bosques y lagunas, en el camino que sube a la Quebrada de Humahuaca,
a 12 kilómetros de la capital, San Salvador. Allí mismo, en un aula
para todos los grados, "en forma salteada, cuando la escuela funcionaba",
realizó sus estudios primarios. Entre 1943 y 1948 vivió en Salta, donde
cursó el secundario y publicó sus primeros cuentos en el diario El Intransigente.
En 1949 se radicó en La Plata y cursó la carrera de Derecho, título
que obtuvo en 1953 y que le valió, a partir de 1958, una carrera diplomática
que supo capitalizar para su literatura: durante su estancia en México
como agregado cultural, se vinculó, entre otros, con los escritores
Juan Rulfo, Ernesto Cardenal, Ezequiel Martínez Estrada, Augusto Monterroso
y Tomás Segovia. También en México, publicó, en 1960, su primer libro,
el volumen de relatos A un costado de los rieles. Ese mismo año fue
enviado como cónsul a Milán.
En 1962, renunció a la Cancillería y regresó a su tierra, donde se desempeñó,
fugazmente, como ministro de Gobierno, Justicia y Educación. Lejos ya
de las funciones públicas, dirigió, meses después, el diario Proclama
y se abocó de lleno a la literatura y la abogacía; en gran medida, también,
a los viajes: entre 1963 y 1975 recorrió Europa y África, llegó a Turquía;
largamente caminó la Puna y la Quebrada de Humahuaca. Cada regreso -esa
pasión tan suya-le ofrendó, indefectiblemente, el renovado amor por
la propia tierra. En 1976, emprendió, no obstante, otro viaje, más obligado
y triste: tras el golpe militar que inició el oscuro Proceso de Reorganización
Nacional, Héctor Tizón se exilió en España. Paralizado, pasó allí los
primeros cinco años sin escribir; trabajó en editoriales, diarios y
revistas y colaboró, como dactilógrafo, en las traducciones que su mujer,
Flora Guzmán, realizaba para la editorial Siglo XXI. En 1982, regresó
a la Argentina y, una vez más, a Yala. Allí siguió viviendo, escribiendo,
siendo íntegramente Héctor Tizón. Allí conoció, a su vez, el reconocimiento
que, lenta pero sostenidamente, le llegó del país y del extranjero.
En la actualidad, se desempeña, además, como juez de la Corte Suprema
de Justicia de su provincia.
Homenaje constante y tácito a sus orígenes, sus libros están hoy traducidos
al francés, al inglés, al alemán, al ruso y al polaco y le valieron,
entre otras distinciones, la de Caballero de la Orden de las Artes y
las Letras, otorgada por el gobierno francés, el Premio Consagración
Nacional y, en 1999, el Premio Dos Océanos, concedido por el Festival
de Cines y Culturas de América Latina de Biarritz.
Su literatura nace de historias que, generación tras generación, la
gente de su pueblo -de fuerte tradición altoperuana-se transmitió en
forma oral. El escritor escuchó esos relatos desde muy chico. "Me los
narraba mi ama de leche -cuenta-en un lenguaje especial, con palabras
quechuas y castellanas, distinción que, luego, cuando empecé a leer
libros, me planteó mi primera inquietud literaria: el choque entre un
lenguaje y otro, entre el lenguaje de los escritores y el de la gente
de mi pueblo." Lejos de las modas y del esnobismo intelectual, Tizón,
ante esa disyuntiva, hizo prevalecer la voz de su tierra y, con calidad
poética, la sumó al amplio registro de la mejor literatura.
Obras
A un costado
de los rieles (1960) Relatos
Fuego en Casabindo (1969) Novela
El cantar del profeta y el bandido (1972) Novela
El jactancioso y la bella (1972) Relatos
Sota de bastos, caballo de espadas (1975) Novela
El traidor venerado (1978) Relatos
La casa y el viento (concluido en España en 1982, publicado en Argentina
en 1984) Novela
Recuento (1984) (antología personal) Relatos
El viaje (1988) Novela
El hombre que llegó a un pueblo (1988) Novela breve
El gallo blanco (1992) Cuentos
Luz de las crueles provincias (1995) Novela
La mujer de Strasser (1997) Novela
Tierra de frontera (1998) Ensayo
Obra completa (1998)
Extraño y pálido fulgor (1999) Novela
El viejo soldado (escrito en el exilio, publicada en 2002) Novela
La belleza del mundo (2004) Novela
No es posible callar (2004) Ensayos
Cuentos completos (2006)
El resplandor de la hoguera (2008) Memorias
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El
viajante que robaba cartas de amor
Entrevista por Raquel Garzón (1999)
VIVIO EL
LARGO TIEMPO DEL EXILIO, PERO PARECE QUE NUNCA SE HA IDO DE YALA, UN
PUEBLITO DE OCHOCIENTOS HABITANTES. ALLI VIVE EN ESE TIEMPO MOROSO EN
QUE REPARTE SUS HORAS ENTRE LA ESCRITURA Y SU OFICIO DE JUEZ. ARRIBA
DE SU AUTO, EN EL AGRESTE PAISAJE, HECTOR TIZON HABLO DE SUS LIBROS
Y DE SU VIDA.
Esta es la historia de un viaje. O de dos. El primero es de papel y
tiene forma y nombre de novela -Extraño y pálido fulgor-aunque haya
sido soñado para el cine como guión de una road movie jamás filmada.
El segundo (pensado con intenciones fotográficas), fue el escenario
de una entrevista sobre cuatro ruedas bajo un sol sin sombra, que alternó
asfalto y ripio a lo largo de los sesenta y tres kilómetros que van
desde San Salvador de Jujuy hasta la localidad de Purmamarca. Un pueblito
donde la quebrada de Humahuaca -soledad y frontera-comienza a insinuarse
en 339 habitantes, calles de tierra, casitas de adobe, cerros de siete
colores, aire puro a 2.139 metros sobre el nivel del mar y tiempo parado
en seco hace tres siglos.
El anfitrión de ambos viajes (autor de la novela y entrevistado de la
road interview) es el escritor Héctor Tizón, ya un clásico de la literatura
argentina, que encontró en su largo romance con la palabra (treinta
y nueve años han pasado desde A un costado de los rieles, su primer
libro de relatos editado en México) una forma personal de ser fiel a
su historia y su geografía sin caer en pintoresquismos ni nostalgias
folclóricas. Hombre de saco y corbata incluso los domingos, juez, casado,
ex fumador de dos atados y medio por día hasta su conversión -forzosa
pero no fanática-al aire sin humo, padre de tres y abuelo de seis en
gustoso ejercicio para doblarle la apuesta a la vida y con sesenta y
nueve años que bien podrían renunciar a una sota, este jujeño (traducido
a cinco idiomas y reconocido como uno de los más grandes narradores
contemporáneos en lengua española), nació y vive en Yala, donde las
almas no llegan a ochocientas y las votaciones se resuelven en cuatro
mesas electorales.
Al volante de su auto, mientras cronista y fotógrafo metidos a copilotos,
ajustan sus cinturones de seguridad, Tizón habla largo y sin prisa,
y tiene más anécdotas para contar que días de lluvia su pueblo. En ellas
caben viajes, amigos y recuerdos de su padre, en cuya biblioteca aprendió
a leer y en donde, todavía con pantalones cortos, empezó a cuestionarse
si iba a escribir en la lengua del Siglo de Oro español (la de los primeros
libros que lo asombraron) o con el habla de Jujuy, tachonada de aportes
quechuas.
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Cuitas sabrosas
también, por el racimo inacabable de nombres de pesos pesados de la
literatura y el arte que barajan: Borges (que lo visitó en Yala), Rulfo
(a quien conoció y trató en México, siendo embajador), el artista plástico
Antonio Seguí (cuyos grabados visten las paredes blancas de su casa)
y Ricardo Piglia, que -amigo y colega-terminó cargando con la cuenta
de la carnicería del pueblo cuando López -uno de los perros antológicos
de Tizón, que vivió usando por nombre un apellido-salió hecho un rayo
del boliche con un costillar aguándole la boca. Cuando recuerda estas
historias, Tizón ríe. A veces (pocas) se empoza y lo gana el silencio.
Y uno supone que lo nublan memorias del exilio y de un tiempo de palabras
demoradas, en el que escribir dolía.
Extraño y pálido fulgor, recién editado por Alfaguara, es su libro número
quince y, a la vez, un catálogo de solitarios que no han perdido (o
no del todo) la fe. La novela narra la historia de un viajante de comercio
que recorre pueblos sin nombre, traga polvo a lo pavote, rumia desencantos
y siente cómo su vida se convierte en arena, comido por una rara tristeza
en la que se ve engordar, envejecer y estar solo, mientras vende cosas
inútiles a gente que las compra sin necesidad. Hasta que en uno de los
cuartos de hotel que le depara el camino, encuentra, gracias a un azar
nunca neutral, las cartas apasionadas de Abigail, una mujer que le reprocha
a un tal Juan Fernández su silencio. Y se enamora. O cree hacerlo.
En dos páginas, el viajante decide convertirse en Juan Fernández, contestar
las cartas y llevar esta partida de truco hasta el quiero vale cuatro.
A ese par (destinatario y remitente), Tizón suma otros rostros: el de
J.J., gerente y amigo del protagonista, metido a místico piola después
de la viudez, que vive con humor contagioso su lugar en la trama, el
de una ex esposa que rehace su vida con un político local y las prehistorias
de un padre borrachín y jugador aunque buen tipo, de un abuelo uxoricida
que batalla con la culpa y de un cura recluido en una capillita de provincia
por prédicas no ortodoxas. En esta charla, que incluye reflexiones robadas
al camino, mientras espera que su novela Fuego en Casabindo se convierta
en ópera (un estreno que el Teatro Colón programa para el 2001), el
autor de La mujer de Strasser, desovilla los orígenes de su nuevo libro:
un relato intenso, donde las palabras rozan la pureza de los elementos
más nobles -madera, piedra, tierra y tiempo-, que permite leer en el
revés de cada personaje la aridez de la Puna y prueba la solidez de
un escritor sin artificios, que donde escribe "lluvia" moja y quema
cada vez que dice "fuego".
-¿Cómo es escribir y vivir en la frontera? -Para mí, la frontera es,
ante todo, misteriosa. Porque no es el país sino su límite y eso la
emparenta con lo extranjero, con otras culturas, con otras formas de
ver y de sentir. Por eso se la asocia con el intercambio pero además,
la frontera es muy significativa también como imagen del borde, de la
cornisa. En verdad, no creo que la Argentina se sienta distinta o se
vea menos desde aquí, su norte más norte. Cuando me preguntan por qué
diablos vivo acá lo primero que contesto es que ya nada es lejos de
nada. La distancia hoy no se mide en kilómetros ni en millas, sino en
dólares y cada vez más asequibles. Y en segundo lugar, creo que un escritor
lo que necesita, básicamente, es tiempo y el tiempo en las ciudades
grandes es muy caro. Aquí, en cambio, el tiempo es barato. ¿Ve? (señala
hacia una plaza). Aquellas mujeres están hablando de la vida, que quiere
decir hablando un poco de todo o charlando de nada, sólo por charlar.
Pueden pasar meses así. No las apura nadie. Yo siento lo mismo. Me levanto
temprano por la mañana y mientras el sol me llena de luz el escritorio,
escribo. Si me empantano, renuncio a la computadora y sigo a mano. Soy
juez, leo, converso con la gente, duermo la siesta... para mí la frontera
es rica, muy rica.
-Extraño y pálido fulgor es su libro número... ¿quince, ya? -Catorce
o quince. Son demasiados, ¿no? Ya no alcanzan los dedos de las manos
para contarlos.
-¿Qué cambió en su aproximación a la literatura del primer libro a éste?
-Cuando empecé a escribir, yo sentía que pertenecía a una región del
país destinada a perder sus formas culturales propias y nació en mí
cierta pretensión de anticuario: la idea de conservar voces destinadas
a morir, no por buenas o malas, sino porque el mundo cambia y el cambio
arrastra consigo muchas cosas. Ese fue el afán que me llevó a escribir
Fuego en Casabindo, El cantar del profeta y el bandido, y de alguna
manera, también Sota de bastos, caballo de espadas. Después, el tiempo
me enseñó que lo que tiene que perderse se pierde, aunque el voluntarismo
pretenda lo contrario. Y que, paradójicamente, nada muere del todo cuando
el cambio y la mixturación enriquecen. Por eso, desde hace unos cinco
libros, mis historias ya no están localizadas. Casi no hay sitios que
señalen directamente hacia el noroeste argentino y los personajes no
tienen nombre. Se llaman "el hombre flaco" o "el hombre gordo", nomás.
En Extraño y pálido fulgor también se da eso. El protagonista sólo tiene
un alias: elige ser Juan Fernández, el destinatario de las cartas que
encuentra en un cuarto de hotel, pero no conocemos su nombre antes de
eso.
-¿Por qué le interesa la figura del impostor? -Quizá porque siempre
pensé que nadie realmente es lo que cree ser y yo mismo, muchas veces,
me siento un impostor. En ocasiones, me despierto de algo que puede
haber sido una pesadilla, desorientado y pensando que soy uno de ellos.
Que es mentira esto de ser juez. Que nunca fui a la Facultad de Derecho
ni me recibí de abogado. Que jamás escribí una sola línea y que soy,
en verdad, un mentiroso profesional que no tardará en ser descubierto.
-¿La suya es una forma cortés de decirme que no estoy hablando con Héctor
Tizón? -(Se ríe.) No, despreocúpese. Nunca se me ocurrió dudar de mi
nombre pero sí dudo en esos minutos de lo que la gente cree que soy.
Y me da una gran preocupación, que debe durar, supongo, pocos segundos
¿no? Hasta que me reencuentro. Pero creo que todos hemos sentido eso
alguna vez. Cuando uno pasa la noche en un cuarto de hotel, por ejemplo,
y se despierta, no sabe dónde está, qué hace ahí, cómo fue que llegó.
Se tarda un rato en volver a sentirse cómodo en la propia piel. En cuanto
a la literatura... Tengo una novelita anterior, El hombre que llegó
a un pueblo, que fue la primera que escribí al volver del exilio en
el 83. Es la historia de un hombre que se fuga de prisión y llega a
un pueblo al que muchos años atrás el obispo le prometió un cura. Nadie
duda que el cura va a llegar porque el obispo no puede mentir. Así que
esperan. Veinte años. Y llega el fugitivo. Primero, el hombre no quiere
saber nada con eso de hacer de cura. Pero después entiende que es la
única manera de no volver a la cárcel y asume ese rol. Una historia
que es medio parecida a la de la última novela... Perdón, ¿no?, pero
miren: esto ya es la Quebrada de Humahuaca. Venimos por las entrañas
de la quebrada. Después el paisaje se hace más agreste, claro, y todo
se vuelve seco y solo, como la luna.
("Más agreste" suena increíble cuando uno mira a los costados del camino
y, entre los cerros y los corderos, el único verde disponible es el
de uno que otro cactus con forma de tridente, al mejor estilo de los
de El gran Chaparral, la serie de TV que en los 70 recreaba la vida
en una finca del desierto de Arizona.) -¿Me decía, entonces? -Pensaba
que en esta novela, a diferencia de la que comentaba recién, el impostor
actúa por propia voluntad. -Sí. Lo que pasa es que a este viajante de
comercio las cosas no le van muy bien. Se separó de su mujer, a sus
hijos los ve poco, está sumido en una gran depresión y meta recorrer
pueblos ajenos, siempre de paso, solo de soledad absoluta, a no ser
por sus recuerdos y los consejos de su jefe y amigo J.J. Niemayer, que
para colmo de males, en un ataque místico se cambia de nombre, se transforma
en reverendo e inicia una búsqueda espiritual sui generis. Entonces,
un día cualquiera, encuentra unas cartas. Las lee: son cartas de amor
de Abigail, una mujer que le reclama al destinatario su falta de respuesta.
El no sabe nada de ese hombre pero tomar su lugar es una forma de renacer
en otro su vida, que ya viene haciendo agua, ¿no? Y bueno, se arriesga.
Cuando el libro empieza todo eso es pasado y la historia se cuenta desde
el recuerdo.
-¿Es esencial
la memoria como alimento de su literatura? -Yo creo que un escritor
escribe fundamentalmente con el recuerdo, con la memoria, y también
por eso, quizá, con cierta nostalgia: una especie de dolor por alguna
cosa que cree que ha perdido irremediablemente. Alguna historia, un
gesto, un rostro, la mirada de los otros, un nombre, que le hacen evocar
una cosa perdida ya. Quizá por eso, porque es esencialmente la memoria
la que escribe, tampoco puedo contar algo sin tener en cuenta el lugar
en el que vivo. He conocido escritores que se desplazan y se instalan
en un lugar para escribir sobre él. Yo no podría escribir prosa de turista.
Es más, casi nunca pude escribir ni siquiera sintiéndome viajero, que
es algo mucho más importante y digno. Si no conozco profundamente el
lugar, sus bosques, sus especies de hierbas, las variaciones de su clima,
las casas por dentro... no me sale nada. Y eso creo que tiene que ver,
por lo menos en mi caso, con la necesaria verosimilitud de la historia:
que lo que se dice sea creíble, que cierre, aunque no sea real ni exacto.
La idea de esta novela, ¿sabe cómo nació? -No, pero me gustaría oír
la historia. -Un conocido mío tiene negocios. Uno de ellos es una confitería.
Un día viene y me dice: "Le voy a contar algo a usted que le gusta escribir."
"A ver, digo yo, cómo es." Y él cuenta: "Hace mucho tiempo, venía un
hombre y se sentaba, preferentemente en esa mesa que da a la calle.
Pedía algo, leía el diario y se iba. A veces, me decía dos o tres palabras.
Eso se repitió durante años y yo siempre pensé que era una especie de
vendedor, un viajante de comercio. Hasta que un día me llamó a la mesa
y me dijo que me sentara, que quería decirme algo importante. Me senté.
Mirá, me dijo, tengo cáncer y los médicos piensan que no me quedan más
de 6 meses de vida. Pero no quería morirme sin decírtelo: yo soy tu
padre." Ahora bien, ¿cómo se mete eso en un libro? Nadie es capaz de
hacer que el lector crea esa dosis de caballo de realismo. Porque no
es verosímil y sin embargo es cierto.
-Y tomó sólo parte de la historia... -Sí, me quedé con lo creíble de
la realidad y lo usé para la ficción: el oficio del que sería mi protagonista.
Yo tenía escritas algunas páginas. Las vieron unos amigos y surgió el
proyecto de convertir eso en un guión de cine. Juan Carlos De Sanzo
me pidió algo que sirviera para hacer una road movie. La idea de un
viajante de comercio era justa porque nadie se larga a viajar porque
sí. En cambio, un viajante de comercio viaja para vivir y además, el
personaje tiene el gran atractivo de un oficio que ya no existe, porque
hoy todo se hace por fax o por e-mail. Es como el deshuesador de jamones
de los viejos convenios de gastronomía: ya no se los encuentra.
-¿Qué pasó con la película? -Problemas de financiamiento y a otra cosa.
Pero nació el libro. Yo ya tenía un protagonista, pero un hombre que
viaja y alterna camino con hoteles no es muy interesante. Entonces recordé
a un tío mío, empleado del ferrocarril y famoso donjuán. Imagínese:
~tenía cuatro familias en distintos pueblos! Siempre me he preguntado
cómo hacía para no confundir nombres y aniversarios, pero bueno... Los
recuerdos se fueron sumando y se me ocurrió lo de las cartas. A mí me
encanta escuchar conversaciones ajenas y leer cartas de otros. No con
malicia sino porque creo que a veces, en una sala de espera, por ejemplo,
escuchando a otros, uno encuentra claves para resolver asuntos de su
propia vida. Bueno, en la novela, este hombre se da cuenta de que Abigail
no conoce a Juan Fernández ni siquiera por fotos. Por eso se anima,
toma su lugar, le escribe y ella le contesta. Eso les cambia la vida
a los dos. A él porque la suya ha sido una historia de derrotas y de
traición a su sueño más profundo: ser poeta. Y a ella, porque ha crecido
sin animarse a vivir muchas cosas, ultrajada de niña por su padrastro
y marcada por el desamor de su madre. Ambos escriben y contestan, sintiendo
que ésta, quizá, sea su chance de tener una vida.
-Sus últimos libros son mucho más intimistas que los primeros, más preocupados
por lo social. ¿Usted nota eso? -Sí, pero no ha sido deliberado y yo
mismo me sorprendo. Creo que el comienzo de ese giro se dio en España
cuando, luego del golpe del 76 y después de 4 o 5 años de vivir en el
exilio en un país en donde, como dice Guillermo Cabrera Infante "tenemos
todo en común salvo la lengua", corregían mis escritos sin piedad. Donde
yo escribía "durazno" me ponían "melocotón", que es una especie de palabrota
espantosa, ¿no? Y yo les decía a los españoles: "Pero Quevedo no sabía
qué era el melocotón. Quevedo decía durazno. Ustedes se han olvidado".
Recuerdo que pensé que no iba a poder volver nunca a la Argentina y
que tampoco podía convertirme yo en español. Sentí que mi destino era
no escribir más. Pero pensé también que no podía irme así, que tenía
que despedirme. Entonces, como quien cuenta la historia de un hombre
que se exilia y para poder hacerlo recorre todo su mundo, conté los
lugares que fueron míos, los de mi infancia y mi juventud. Le fui diciendo
adiós a todo. Eso fue lo que después se llamó La casa y el viento. No
fue el último libro sino el comienzo del fin del exilio y la recuperación
de mi lugar, que es éste.
-¿Cree usted que a los argentinos nos falta una literatura de los sentimientos?
-Sí, creo que sí. A veces los escritores intelectualizamos demasiado.
Es como si quisiera imponerse una tesis y como si la vida fuera una
imposición dogmática, cuando en verdad la vida tiene más de divagación,
de duda y de conjeturas que de tesis, ¿no? Creo que la falta de una
literatura de los sentimientos es lo que diferencia, de alguna manera,
la literatura argentina de la de otros países de América latina.
-¿Cuáles serían las razones de esa carencia, si las hay? -Lo que pasa
es que nosotros pretendemos justificarnos por el discurso y no por lo
que somos. Y a veces olvidamos que el razonamiento cartesiano impide
ver otras cosas, ejercitar la frescura. En ese sentido, yo aprendo mucho
de los chicos. Ellos no se atan y por eso a veces ven cosas que a los
adultos se nos escapan y que muestran las grietas de la razón pura.
Cuando mi hija Guadalupe, que hoy tiene más de veinte años, era chiquita,
estábamos sentados en el patio y frente a nosotros cayó un higo maduro.
Ella me preguntó por qué había caído la fruta y yo le expliqué, muy
sesudamente, que Isaac Newton había descubierto la ley de la gravedad.
Cuando terminé el cuento, Guadalupe me dijo: "íAh! ¿Entonces, si ese
señor Newton no hubiera descubierto esa ley, los higos caerían para
arriba?" ¿Qué podía decirle yo? íPerdí por goleada! -A lo mejor existe
también una subestimación, la idea de que la emotividad es un rasgo
de la mala literatura... -Quizá sí. Tal vez se tome el sentimiento como
una pérdida de afirmación, una pérdida de fuerza. Como si el intelecto
perdiera cuando los sentimientos se muestran. Es una forma de pensar,
me parece a mí, absolutamente aberrante. Empobrecedora, en definitiva,
¿no? Porque el hombre vale por lo que siente, no por lo que piensa.
Yo creo que cuando Borges decía "Muchas vidas le faltaron a mi vida",
quería decir un poco eso: que no se dio chance a cosas que parecían
impropias en un hombre como él, un intelectual. Además, siento yo, en
las emociones uno no miente. Podrá fingir un ratito pero a la larga
es insostenible. En cambio, en lo otro -ideas, ideologías, intenciones-,
sí se puede impostar... Disculpemé otra vez, miren allá: eso es lo que
quedó del tren.
![]() Hace ya muchos
años, cuando yo era un niño, a Yala sólo se podía llegar
por tren; en los prolongados veranos, que aquí van de noviembre
a marzo, el estiaje de los ríos cortaba los caminos y nadie
-hombre ni bestia-se atrevía a desafiar sus torrentes desmadrados
y rugientes que a su paso, cuesta abajo arrastraban piedras,
troncos muertos y árboles arrancados de cuajo. Yala entonces,
un pueblo no más grande y numeroso que un par de familias,
gozaba de autonomía, la gente moría longeva y era enterrada
en el camposanto que entonces estaba junto a la antigua
y pequeña iglesia. Contaba el pueblo con dos boliches ejemplares,
un peluquero ambulante, un loco manso y patético como Job,
dos ingleses, un húngaro, que enseñó en mi casa a fabricar
embutidos de hígado de ganso, una bruja que había perdido
la gracia y un lapidario, no de piedras preciosas ni de
mármol, sino de cantos rodados y lajas. |
(Tizón frena el auto y señala hacia la derecha: un tramo de riel de
unos 300 metros se sostiene sólo en los extremos, como un puente tendido
entre dos paredones que todavía no devoró la erosión. La tierra sobre
la que descansaba el resto de la vía se nombra por ausencia. Se conserva
uno de cada cinco durmientes originales y uno tiene la impresión de
ver una boca desdentada, sonriendo a desgano en una tierra donde llorar
sale caro porque el agua no sobra. Hay un minuto de silencio por los
trenes que la privatización mudó a áreas más rentables y el viaje sigue.)
-¿Qué cosas le duelen del país hoy? -Esas vías sin tren, por ejemplo.
Cada vez que pienso en lo que costó traerlo hasta acá y en el pedazo
de historia que es el ferrocarril para esta zona, me da mucha rabia.
Me duele que el daño profundo que se le causó al país con esta política
thatcherista no sea más evidente, que no se explicite a viva voz, en
los estadios de fútbol; que la gente crea que todo eso nos pasó, como
le pasó a Edipo acostarse con su madre: porque no hubo más remedio.
¿íCómo que no hubo más remedio!? George Steiner dice que la tragedia
es un género reaccionario. Yo siempre me pregunté qué quería decir con
eso. Y claro, tiene razón, porque la tragedia ocurre cuando no existe
nada más, cuando no hay poder de réplica y no se puede cambiar la suerte
propia ni la de los demás. Por eso la tragedia no puede ser nunca revolucionaria,
ni siquiera democrática, porque en la democracia no sucede ese tipo
de cosas. No hay cosas que suceden porque tienen que ser así necesariamente.
Acá estamos tomando la globalización, el neocapitalismo salvaje y un
mundo insolidario como si fueran una tragedia que nos cayó de arriba
y ahora no hubiera más remedio que arrancarse los ojos. Eso me preocupa
y me duele profundamente porque siento que asumir un destino trágico
es echarle la culpa a otro y lavarse las manos.
-Cuando habla de Yala usted da a entender que no la eligió, que simplemente
vive allí porque es su sitio. ¿Pero por qué cree que Yala lo sigue eligiendo
a usted? -Quizá porque volví. Creo que un hombre puede nacer y renacer
muy pocas veces en su vida. Yo he intentado renacer en otro lugar y
creí haberlo logrado durante un tiempo largo, pero después me di cuenta
de que mi lugar de origen era mejor que aquel otro -España-en el que
había sobrevivido al exilio y estaba echando raíces. Y volví. No es
una falta que un hombre no quiera ser del lugar donde nació y trate
de irse a otro lado. Lo que sí es lastimoso y se da a menudo es pensar
que los lugares de prestigio lo prestigian a uno. He visto en ciudades
estupendas una cantidad de imbéciles suficiente como para saber que
vivir en París o en Nueva York, por sí solo, no prestigia a nadie.
-¿Y de usted mismo qué le enseñaron los viajes? -Mi familia y yo hemos
cambiado 32 veces de casa; de país, un montón y otro montón de ciudad.
Lo curioso de eso es que yo lo contrastaba con mi sincero afán de ser
un hombre sedentario, de quedarme, por ejemplo, en este rinconcito.
Lo que pasa es que hay tantos lugares del mundo que a uno le gustaría
conocer -una isla griega, alguna parte de Mallorca...-. Pero quizá sea
mi tiempo de ser, en verdad, un viajero sedentario. Creo que me gustaría
terminar mis días en algún lugar muy quieto, viendo pasar las nubes,
conversando, eventualmente, con alguien a quien, también eventualmente,
le guste conversar. Jujuy se ajusta a ese deseo. Los hombres y las mujeres
silenciosos, como son aquí, no dicen tonterías ni emplean la lengua
en palabras inútiles. -Se van a reeditar tres libros suyos:Fuego en
Casabindo, El cantar del profeta y el bandido y La casa y el viento,
y hace poco salieron en dos tomos sus Obras Escogidas. ¿Cómo lo hace
sentir eso? -Como que estoy llegando al fondo del barril, ¿no? Pero,
bueno, llega el momento en que uno tiene que dejar el sitio a los que
siguen. Así debe ser. Pienso, también, que quizá sirva para llegar a
otros. Recuerdo que apenas volvimos del exilio, en el 83, se hizo una
mesa en la Feria del Libro en Buenos Aires, para presentar la segunda
época de la revista Crisis, y yo le dije a Eduardo Galeano: "Esto no
va a funcionar". Y él contestó: "Pero si está lleno de gente, ¿no ves?"
"Sí, pero no hay nadie de menos de cuarenta", le dije yo. "No hay chicos,
no hay lectores nuevos".Y es que eso nos pasó a escritores como Saer,
Piglia y yo mismo: no tuvimos parricidas, jóvenes que nos leyeran, cuestionaran
y "mataran" primero, para asumirnos luego como herencia. Los diezmó
el Proceso. El paso de una generación a otra no fue gradual sino brutal:
no hubo trasvasamiento, sino vacío. Y hubo que sobreponerse también
a eso.
-¿Le asusta la idea de la vejez? -No. No todavía, al menos.
-¿Y la muerte? -La muerte, aunque ensayemos definiciones, de tan rotunda
es inaceptable. Nuestras posturas frente a la muerte, creo yo, son un
intento por exorcizarla. Pero bueno, a la muerte uno no tiene el deber
de creerla. A ella no le importa, llega nomás. Cuando yo era chico,
recuerdo, a uno lo llamaban y decían: "La abuela está muriéndose, vengan
a despedirse". Y uno iba, y rodeaba el lecho de la abuela, y la abuela
le daba la bendición, y apoyaba la mano sobre la de uno, y le decía
adiós. Pero ahora, ya ni los viejos admiten la idea de la muerte, y
la muerte es una abstracción, algo que pasa fuera de la casa de uno,
en un sanatorio, lejos. Pero no, creo que tampoco le temo a la muerte.
-Son curiosos los antecedentes que elige para presentarse en la solapa
de su libro: "Ex embajador, vagabundo, exiliado y regresado". -Es que
esas palabras resumen mi vida.
-¿Es positivo el saldo de sus vagabundeos? -Sí, sí. Aunque de toda la
vida que uno vive sólo aprovecha un exiguo porcentaje. Un hombre está
hecho en verdad de muy pocos momentos importantes. Un puñadito de personas
queridas, tal vez... Todo lo demás es ruido y anonimato. Al cabo de
los años, cuando uno ya ha probado bastante, se da cuenta de que son
muy pocas cosas las que lo hacen feliz. Por ejemplo, la idea de ir conformándose
con lo que se ha sido y también con lo que no se pudo ser. Unos cuantos
-muy pocos, los posibles, que siempre son muy pocos-amigos con los que
uno tenga un lenguaje común, valores entendidos. Tener la certeza de
no haber hecho deliberadamente daño a nadie, y, en mi caso, haber tratado
de ser justo como juez y como hombre.
-¿Y al escritor le queda algún sueño pendiente? -Yo creo que un novelista
es igual a los demás, sólo que ciertas cosas le impactan más que a otros.
Si uno entra en un bar y ve sentado a un hombre al que se le caen las
lágrimas, le parece que vale la pena indagar, jugar a construirle una
historia. Y la escribe porque necesita expresar ése y otros pedazos
de vida que le faltó vivir. Escribe para decir: "Aquí estoy yo. Estas
pocas palabras que he escrito son mi biografía. Apócrifa, pero mía.
Es el resumen de mis propias carencias porque no pude ser más rico que
el conjunto de estas vidas que les cuento". Una vez conocí al dueño
de un burdel en el que había un cartel con letras de neón que decían:
"Recuerdos del 37". "¿Pero recuerdos de qué, cómo eran?", le preguntaba
la gente. El siempre contestaba lo mismo: "Aaaahhh". "Sí, pero, a ver,
cuentemé, ¿por qué del 37?" Y él repetía: "Ahhhh". Algo muy estupendo
le había pasado ese año, pero nadie supo, salvo él, qué había sido.
Para mí, la biografía de ese hombre es ese gesto: un ademán y una cara
de felicidad extraordinaria. Ojalá yo pudiera decir lo mismo, al cabo
del tiempo. Claro, a lo mejor, es mucho lo que estoy pretendiendo.
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Fuente: Clarín, 29 de agosto de 1999
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© Héctor
Tizón, 1972
ANTICLEA: ¡Ay
de mí, hijo mío, el más desgraciado de todos los hombres! No te engaña
Persefonea, hija de Zeus, sino que ésta es la condición de los mortales
cuando fallecen: los nervios ya no mantienen unidos la carne y los huesos,
pues los consume la viva fuerza de las ardientes llamas tan pronto como
la vida desampara la blanca osamenta; y el alma se va volando, como
un sueño. Mas procura volver lo antes posible a la luz y llévate sabidas
todas estas cosas para que luego las refieras a tu consorte.
HOMERO, Odisea, Canto Undécimo, 216.
Aquí la tierra es dura y estéril; el cielo está más cerca que en ninguna
otra parte y es azul y vacío. No llueve, pero cuando el cielo ruge su
voz es aterradora, implacable, colérica. Sobre esta tierra, en donde
es penoso respirar, la gente depende de muchos dioses. Ya no hay aquí
hombres extraordinarios y seguramente no los habrá jamás. Ahora uno
se parece a otro como dos hojas de un mismo árbol y el paisaje es igual
al hombre. Todo se confunde y va muriendo.
Los que escucharon hablar a los más viejos, dicen que no siempre reinaron
la oscuridad y la pobreza, que hubieron aquí grandes señores, hombres
sabios que hablaban con elocuencia, mujeres que parían hijos de ánimo
esforzado, orfebres de la madera, de la arcilla y de los metales de
paz y de guerra, músicos, pastores de grandes majadas y sacerdotes que
sabían conjurar los excesos divinos, gente que edificaba sus casas con
piedra. Pero eso ocurrió en otros tiempos, antes de que el Diablo, al
arribo de los invasores, desguarneciera la puna arreando a este pueblo
hacia los valles y llanuras bajas, donde crece el bosque.
La última batalla -por el dominio de estos páramos- quizá fuera consecuencia
de aquel vago recuerdo de grandeza. Pero, de todos modos, de este combate
nada quedó. Salvo unos cantares y muchos muertos, algunos de cuyos cuerpos
errantes fueron encontrados luego, lejos del campo de la lucha. Cuentan
que a uno de éstos, un niño halló en un zanjón, mientras jugaba. Al
cadáver le faltaba un ojo; por lo demás, aunque muerto hacía muchos
días, parecía tranquilo, sin las rigideces que al cuerpo deja el alma
que lo abandona de golpe y huye antes de que se corrompa, sin tiempo
para despedirse, sin haber sido enterrado ni llorado.
La vieja sintió que el sol había llegado a su puerta. Alcanzó a distinguir
aquella luz sobre el suelo por contraste con esta nubosidad oscura del
interior. Se quedó entonces unos momentos mirando esa luz y le entraron
ganas de ir hacia afuera; primero lo pensó y luego trató de incorporarse.
Sus años -tal vez ochenta, o ciento, quién sabe- le habían matado los
reflejos. Ya no podía acostarse, o ponerse en pie o empezar a caminar
sin antes pensarlo largamente y con el pensamiento y las ganas dar órdenes
al cuerpo. La vieja movía sus mandíbulas baldías con un movimiento casi
rítmico, como si mascara comida, pero no era comida lo que mascaba sino
palabras, palabras que revolvía en su boca, las hacía bolas, sin poder
convertirlas en sonidos. Se había pasado la noche en vela, sentada junto
al lacrimoso fuego, ya casi muerto al amanecer, hurgando las cenizas
calientes entre las conchanas, con su bastón de rama de chaguaral que
vaya a saber cómo vino a ella para rodrigarla. Por fin de su boca, que
era como un tajito hundido oscuro y sucio, salió un sonido, algo así
como diciendo:
-Zocalitos...
-Madre -dijo una voz en la oscuridad, apagada también, y confusa, como
alzada de un sueño, de una agonía, o de una borrachera.
-Zócalos-zocalitos... -la vieja se incorporó; ya los años le habían
abreviado considerablemente la estatura y dio unos pasos tentando el
piso con su bastón. El sol que había nacido detrás de las serranías
de Cochinoca llegó de un salto y ahora alumbraba oblicuo y casi a ras;
pegó así, de plano sobre la cruz de palitos de queñua que estaba asegurada
en la cumbrera y la sombra de la cruz se reflejó en el suelo; la vieja,
que ya avanzaba, la alcanzó a ver y cayó de rodillas besándola.
-Señor Obispo y santos Hermógenes y Simón -murmuró, con la boca sobre
la tierra. Así estuvo echada un tiempo largo, como dormida o muerta,
luego se incorporó poco a poco, apoyada en el bastón; y cuando dio unos
pasos pudo observarse que se había orinado, recorrió una distancia de
un par de metros, deslumbrada, emitió una risa como un cloqueo y enseguida
dijo muy quedo:
-Zócalo celeste, pared rosada.
Una bomba de estruendo retumbó en la plaza, frente al atrio de la iglesia
y el ruido fue rebotando por las montañas de piedra y arena. Enseguida
el eco de los perros enloquecidos y luego el cuajarón de humo denso
elevándose al cielo como un arcángel.
-San Simón -dijo la vieja, ahora llorando-, San Simón y Cantores del
Octavo Coro.
Se llevó luego sus negros sarmientos a la cara, para persignarse, y
comenzó a desandar el trecho ganado. Por eso es que no pudo advertir
la cabalgadura que se acercaba, chacoloteando por el lecho escarchado
y plano del arroyuelo.
El
caballero -que llegó casi junto a la vivienda- primero, de pie sobre
los estribos de madera, echó una mirada por encima del grueso techo
de barro con su único ojo bien abierto, y luego se apeó. La vieja lo
miraba, parada y acurrucada, apoyada en su palo, desde una distancia
de no más unos dos metros, pero lo miraba como si fuese de muy lejos
y reía bajito.
-Buenas, doña Santusa -parece que dijo el jinete, ya de a pie. Ella
cloqueó sin que pudiera entenderse qué y sin dejar de sonreír con sus
ojillos de bicho, con cada arruga de su cara curtida.
No venía muy bien entrazado el jinete: poncho corto, por cuya abertura
asomaba la camisa de lienzo, pantalones castaños de picote de baja ley,
botas maltrechas a través de cuyas roturas se veían los calcetines carpachos,
pero sombrero alón de sombrerero, bien encumbrado, con orgullo metido
hasta agobiar las orejas.
-¿Qué de malo puede haber en que me apee, eh? -dijo, tranquilizador,
pero la vieja retrocedió dos pasos-. Vengo en busca de Doroteo.
La vieja, sin dejar de sonreír, aunque en realidad esa sonrisa se le
formaba y permanecía allí, en su cara, de puro aflojados los músculos,
dijo:
-Doroteo se ha muerto.
El que vino jinete se acercó.
-¿Cómo, agüela? Pero si lo he visto ayer nomás...
La vieja entró a la vivienda, demorando en recorrer desde el lugar donde
estaba hasta la puerta, varios minutos, luego volvió a salir con un
barreño mugroso que no cesaba de temblar en su mano y ofreció de beber
algo al visitante, diciendo al mismo tiempo:
-Se ha muerto el Doroteo.
Después el hombre dijo: -Tengo frío, y traigo unas novedades -y pasó
adentro acuclillándose junto al fuego que empezaba a avivarse con la
resina de las raíces que la vieja había agregado. El hombre se quitó
el sombrero y con él comenzó a soplar, aumentando algunas chamizas que
extrajo de entre otras amontonadas en un rincón, donde también se agrupaban
un par de ollas de fierro, una bateíta con harina de chucán y unos calzones
de lana.
En eso explotó otra bomba y de seguido un rebuzno.
La vieja ahora vino también a acurrucarse junto al fogón y quizá miraba
al visitante a través del humo esparcido como una neblina hedionda en
el recinto. Y cuando al visitante se le hizo la claridad en el ojo,
lo paseó por la estancia, que era grande y casi despoblada de enseres;
a un costado el poyo para dormir, de piedra y barro, con el pellejo
puesto; piso natural, un atadito de ropas en un rincón, junto a una
pila de panes de sal; y sobre el ventanuco que daba al oriente una hornacina
con la imagen de Santa Genoveva alumbrada por una velita. Por el boquete
de luz entraban algunas ráfagas de vez en cuando, de tal modo que entonces
la llama era un vaivén que iluminaba y entenebrecía la cara de Santa
Genoveva.
El hombre, mientras contemplaba todo eso con el ojo sano, daba a la
vieja el ojo blanco, torvo y vacío. La vieja le preguntó de pronto:
-¿Vos quién sos, y a qué has venido? ¿Tenés platita? -Luego agregó:
-El señor Obispo hái'tar al llegar. Se oyen las bombas.
-No he venido a ver a ningún Obispo -dijo el hombre-. Vengo con un mensaje.
-Coquita tendrás -dijo la vieja.
-Debo hablar con varios; pero voy a esperar a que el sol esté más alto.
-Después agregó: - ¿Son muchos aquí los propietarios?
-Dios es aquí el propietario, por intermedio de los señores; Monseñor
Obispo dice que en la tierra somos arrenderos del Señor.
El hombre se puso de pie, luego volvió a sentarse junto a las conchanas.
-Busco a Doroteo -dijo, hablando para sí.
-Doroteo'tá en Abra Pampa. Se ha ido a culiar.
Otra bomba sonó, aún más detonante, y un breve reguero de polvo desprendido
del maderamen de la puerta cayó al suelo. El hombre pensó en el largo
camino sorteando la frontera hasta Calahoyoc, volvió a ver un cielo
inmenso y alumbrado, vio las montañas al oeste y la extensión del altiplano
frío de noche y ardiente al mediodía, y los buitres volando y los keos
flotando en el espacio pesado sobre las ensenadas y los valles estériles,
y de noche escuchando contrito el tum tum de las patas de su cabalgadura
sobre las calles desiertas, de fondo hueco en Rinconada, subsuelo de
cuarzo socavado, aún debajo de la iglesia y del Cabildo, por los buscadores
de oro. Volvió a temblar ahora como antes tembló cuando alguien asomó
un farol a una puerta y nuevamente escondió la cara en el sombrero y
apuró el paso. Durmió tres noches junto al río Doncellas escuchando
el ssss de las aguas bien cerca de su cabeza, tres noches que en este
instante volvía a dormir, sin coca, sin alcohol, sin charque; evocó
unas gallinas asadas que alguna vez había visto en el mercado de Oruro
y que ahora se aparecían nuevamente y como afiebrado soportó la alta
presencia fría y siniestra del Esmoraca, la negra noche-hollín de tola
que, interminable, sobrevivió a sus faldas guarecido en una cueva, los
brillantes carámbanos que luego debió quebrar con una piedra, para salir;
los aullidos del diablo de pronto muy lejos, de pronto cerca, de pronto
montado en ancas soplándole en la nuca un aliento cálido y maloliente.
Contempló, desmontado, la blanda, azulada y tibia superficie de la gran
laguna de Pozuelos, y vio, en una siesta demasiado clara reflejada en
las Salinas Grandes toda la Jerarquía Celestial, con sus tronos orlados,
flores de piedra roja y verde, batientes de oro, árboles de una sola
gran hoja, ángeles silbadores, pájaros del Paraíso con música en las
alas, fraguas inmensas y calientes donde nacían los rayos y las centellas,
balanzas, lenguas de llamas verdes, bueyes alados, el curso de cuatro
ríos de aguas inmóviles que nacían de un altozano verde en forma de
dedal y una gran serpiente traslúcida quieta y atormentada por una lluvia
fría. El hombre se tapó el ojo con el anverso de la mano y la punta
de su talero le golpeó el pecho. Intentó caminar dos pasos por la habitación
esquivando los trozos de chalona, cuartos secos de cabritos y bolazancos
que colgaban del techo y dijo:
-Debo hablar con Doroteo.
La vieja, que ahora hacía como si masticara algo, dijo:
-El Doroteo no está. Está rodeando los toritos de la Virgen, porque
ya vienen el señor Obispo y el Gobernador.
El hombre dio otro gran sorbo del barreño y ahora se le figuró, en esa
reunión de hombres para ver al Obispo y al Gobernador de que hablaba
la vieja, su pueblo, un pueblo que andaba a gatas por esta tierra seca
y dura y que antes había sido capaz de crear más de dos mil cantares.
A la vieja se le desató la lengua y dijo:
-Venís huyendo, forastero; huís de tu ojo vacío pero tu ojo grita. Lo
he visto en la piedra-lumbre. Ahí está todo. Y ahí te'i visto, montado
en esa mula cagona.
-Madre -se escuchó.
Y la vieja dijo:
-Ahí'ta la voz.
Cuando
regresó ya habían pasado muchos años, y de la belleza de tía Gertrudes
sólo restaban su ligereza de piernas y aquella luz en los ojos. Su hermana,
Gerencia, hacía tiempo que había fallecido. La onda de un rayo en seco
la había estrellado contra un poste, pero no terminó de golpe sino que
estuvo muñéndose como un mes pues el cura no acababa de llegar. Durante
ese mes por su lecho de moribunda desfilaron todos, incluso forasteros
provenientes de los valles, contrabandistas con asiento en Sococha,
arrieros, turcos gentiles que acudieron por las dudas valiera el tocarla,
rozar sus ropas o sus manos ya tendidas y secas junto a su cuerpo flaco
sobre la cama. Y todos regresaban esperanzados en que si ese azote del
Diablo resultaba al fin inocuo la pobrecita se bienaventuraba. La casa
se les llenó de gentes en esos días, ciegos, locos, palúdicos, jorobados,
chancrosos que lo habían probado todo, contando las piedras de meteoritos
sobre los labios de las heridas, viejos impotentes que padecían de amor,
mineros que extraviaron las vetas, esposas repudiadas, niños con mal
de susto, sordos tapias, y hasta llegó uno con una cerda enferma, pero
a ése le explicaron que no había modo, puesto que la curación, si se
daba, era por la Gracia Superior y de alma a alma, no de cristiano a
bestia porque ya era sabido que éstas carecían de aquélla. Pero esta
fama transitoria aparejó también sus quebrantos: muy pocos de los dolientes
traían sus cosas y, al faltarles, acabaron con los bastimentos de la
casa, los granos de maíz, el charque, el vino y hasta los cueritos puestos
a curtir a poco desaparecieron. Los burros y mulares diezmaron las dehesas.
Acudieron los baratijeros, los jugadores de mala fe, los revendedores
de quincalla, tabeadores, cantores de coplas por el trago, desocupados,
políticos; se concertaron compraventas de inmuebles, todo tipo de transacciones,
y las noches largas y febriles dieron para estupros y adulterios. Mientras
Gerencia, quietecita y estirada sobre la cama de hierro, en la semipenumbra
difusa bajo el dosel fabricado alguna vez con muchas varas de terciopelo
bermejo traído de España, iluminada por cuatro velones respiraba aún,
pero sin comer ni beber, ni defecar grano ni orinar.
De aquellos días databa asimismo el amor inolvidable de tía Gertrudes.
Y ese amor a él le tocaba de cerca.
Entre los que acudieron a soportar la prolongada agonía de la mujer
fulminada, estuvo Gonzalo Dies, su padrino de bautismo en épocas mejores.
De este Gonzalo se decían dos cosas, de cualquier modo improbables:
que había estado alguna vez en Buenos Aires y que debajo de su propiedad,
enorme fundo en Sansana, se hallaba escondida la más formidable mina
de oro de América, con una particularidad, que a algunos parecía increíble:
aquel metal no era sólido sino líquido, espumoso y fluyente, que corría
de un lado a otro debajo del feudo en una especie de complicado espiral
de túneles ocultos y que su existencia dependía de una sola condición:
tocar música -más bien con instrumentos de viento- casi permanentemente,
o al menos nueve días antes y nueve después de cada luna. Caso contrario
el flujo dorado huiría del lugar porque está comprobado que la alegría
es música y ruido, y el oro, consecuencia de la alegría.
Entonces, naturalmente, él podía ver con sus dos ojos. Pero ni aun así
-y ni siquiera con cuatro ojos por barba- nadie pudo haber descubierto
el loco y desgraciado amor de tía Gertrudes. "Sus ojos eran como refulgencias
de escamas de culebra, y cuando los veía, o cuando escuchaba la música
de su acordeón, cuando me andaban buscando y los veía, ya todo lo demás,
la agonía y las gentes y los testigos y los rebuznos y relinchos de
los cuadrúpedos encelados y aun los rezos y las promesas y los monólogos
y las apuestas eran tan sólo como murmullos lejanos, sus ojos como en
el firmamento de su cara, tan suave y sus durezas febriles cuando llegó
a abrazarme.
"Sí, yo le dije -evocaba la tía del tuerto- que estaba San Juan de por
medio. Pero él tenía sus defensas y sabía conversar. Me dijo: Ya lo
sé. Pero es el destino -dijo-. Lo que tiene fuerza natural no puede
detenerse, ¿ves cómo la azada cava y fructifica aun la tierra ajena?"
-Yo debí quedar virgen, sobrino -dijo la tía Gertrudes-. Pero te confieso
que, con el perdón de Dios, aún siento nostalgias de aquella música.
El hombre tuerto, antes, había golpeado los aldabones de aquella casa.
Había llegado al pueblo después de muchas etapas en una noche oscura
pero no tan fría para agosto. Preguntó por ellas y le dijeron: -No sé
por quién pregunta. Puede ser sí y puede ser no. Una de ellas dicen
que vive, pero hace años que nadie la ve, y de la otra todos sabemos
que ha muerto-. De todos modos comenzó a develarse el solar ante su
ojo cuando las sombras menguaron y dio de aldabonazos. Nadie acudió.
Empujó entonces con la punta de su bota y el portón de viejas maderas
de cardón cedió; dos pasos más y estuvo ya en aquel zaguán estrecho
que daba al antepatio de piedras bolas. Sin saber por qué, recordó en
aquel instante dos versos de un cantar, que quizá venían al pelo:
¿Cuántas leguas hay al cielo?
¿Qué hondura tiene la mar?
Después creyó escuchar una voz que decía, con la boca llena de risa:
Pañuelito empapado en azafrán, para el pecho de las vírgenes.
Después una suave tonada de acordeón, como un son de misa.
-Tía Gertrudes -dijo-. Tía Gertrudes.
Y una sombra enlutada y sonriente apareció en el dintel de la sala.
Cuando despertó el sol le picaba en la cara, una oveja balaba cerca.
Escuchó el grito de una pastora y notó que, exhausto, o quizá borracho,
se había dormido en un pajonal y que aún sangraba por un ojo.
A él se le evaporaban las horas estando sentado quietecito sobre un
costal de raíces secas en el rincón más limpio de la cocina. La gran
habitación había sido hecha con sabiduría, previéndose incluso que si
por casualidad la chimenea de sobre la campana no tirase, de todos modos
el viento, que siempre soplaba de este lado de los Siete Hermanos se
adentrara empujando el humo, a través del tragaluz rectangular, antes
que los ojos derramaran.
El cocinero de la fonda era un gordo marica que acostumbraba estarse
allí en camiseta y calzoncillos largos, de frisa, y borceguíes, recitando
coplas y rimas sin cesar.
-Todas combinan con amor y dolor -decía el cocinero-. Nada con trabajos
ni libros, y es una de las pocas referencias exactas para nuestra historia.
Nada de rimas con trabajo, ni un minuto de inspiración para la alegría.
Y a la muerte le temen por eso la nombran poco. Sólo el dolor, en esta
tierra ventosa.
-¿Y el amor, Jiménez? -decía él.
-Sí, también el amor niño; pero sólo como una forma de decir.
Después agregaba:
-Cuando están en pedo, poetas; cuando sanos, vagos.
Parte de la techumbre de la cocina era de cinc. Ya nadie sabía fabricar
tejas en la región y el techo quedó así de desparejo. Pero eso tenía
ventaja en los dos o tres días de lluvias fuertes del año, en que los
goterones golpeaban con ritmo loco, soplaba el viento fuerte y eso,
con el calor de adentro y el lento contemplar de las llamas, a uno lo
adormecía y le hacía pensar en cosas.
"Borracho y moribundo."
Sentía el ojo que ya no existía como si tuviese los párpados pegados
con queresa endurecida.
"Leche de burra con aguardiente."
Trató de abrirlos del todo y sólo tuvo una visión, esquinada y fugaz,
como de ensueño, de una parte del techo; gruesos travesaños de vigas
arrastradas por mulas desde leguas, desde el lugar donde antaño se detenían
de golpe los carretones. Quiso mover el brazo pero estaba apresado debajo
de tres cobijas pesadas y frías. Ruidos apagados de pasos sobre los
tablones del piso. Un pañuelo empapado en vinagre le cubría la frente
y alguna mano suave con un trapito fresco le mojaba sus labios.
"Gran pecador."
De tan presentes los ruidos de galopes le daban en la cabeza; un aluvión
de piedras cayó sobre su lado y el comandante Zurita diciéndole me voy
en sangre. "Agárrenlo", tronó una voz educada. "Agárrenlo fuerte", dijo
una voz baja, "que delira y se desangra más". Con la sola visión de
un ojo en la frente, como un gigante, entra nuevamente en combate bajo
la lluvia de plomo y ruido de tercerolas, ya no galopa sino que flota
y vuela; el sol comienza a descaecerse y la comba del cielo se agrisa
y se oscurece como el techo de una cueva muy alta. Vuela y remolinea
sobre el desorden de caballos e infanterías con un pañuelo de batista
empapado sobre la frente y la cama de hierro es el tapete volador, el
de Jiménez, que, lampiño y gordo, comienza ya a conjugar las sílabas
finales de un cantar:
En Cochinoca ha vencido.
En Quera ya no ha podido.
Luego una mujer muy alta y muy flaca se lleva las manos a la cabeza
y grita: -¡A que se va, a que se va!
-Ellos se desplazarán por el Puesto del Marqués -dice. Llegan los parlamentarios,
quieren evitar la pelea, que la gesta pase de largo sin hacerse oír-.
Les cortaremos las bolas -grita Laureano Saravia saliendo de atrás de
una piedra-. Vayan y díganles.
-Por estos baldíos inmundos -dice un principal a su escolta.
Ahora dirige su cama sobre el combate, ruidos y alaridos, las ganas
de ganar mayores que este pobre triunfo, mayores que estos combates
que no mejorarán ni cambiarán la tierra. Volando en el tapete volador
de Jiménez, que está buscando las rimas a sucedido y que enseguida le
viene la de vencido.
"La espuma de la sopa denuncia la sopa", dice Jiménez.
El cantar es la espuma
de hechos perdidos.
-Diezmados y vencidos -murmura debajo del trapo de vinagre-. Que cada
cual se salve como pueda.
De pronto explota un ruido de voces, como cuando revienta el vacío,
y es el benedictine rezado por las mujeres.
"Una tierra seca y pobre sólo puede engendrar gigantes", decía el Poeta.
¿Por qué le perseguía ese recuerdo? Pertinacias de juventud, se dijo
muchas veces. Y los gigantes batidos y derrotados. -¡Sepárense que nos
pueden! -fue lo último que escuchó, ya lanceado quizá por uno de los
suyos.
Espuelita dorada
Caballo verde.
En un rocín muy viejo (el único que no tenía la maldita costumbre de
cagarse, por nerviosismo, en las paradas y ceremonias) se acercó el
jefe al palco y le dijo al Gobernador: -Hemos vencido. Que manden las
campanas a volar y en cada esquina se diga un bando breve -dijo el coronel.
La autoridad eclesiástica dijo: -Son todos hijos del Señor.
Cuando uno se ha batido derrumbando enemigos por los costados y le ha
probado el filo a la espada y ha sentido el frenesí del miedo ajeno
venciendo al miedo propio, resulta difícil aceptar la derrota colectiva.
Siguió peleando de a pie hasta que vio venir la lanza.
El artista que tañía esos sones ha muerto. Se ha derrumbado como una
planta. De modo que su recuerdo no es más que una ilusión. Ahora es
el viento quien resucita estos sones, el viento y el azar, que se complace
en gemir, imitándolos.
El mayor López se levantó muy temprano esa mañana y empezó a tronar
en el excusado, a causa de esa flatulencia que de largo padecía. Cuando
le ocupaban tales quehaceres, colgaba su cinturón de la puerta, como
advertencia para otros necesitados, y se dejaba estar allí mucho tiempo,
con el sombrero puesto, ya que de lo contrario -afirmaba- el vientre
no le movía con fluidez. Todo anduvo bien ahora, y sin embargo, su humor
no mejoraba. Aliviado en parte, salió y se puso a meditar a la sombra
del tapial, sentado en un mojón de adobe. Separado -con cinco o seis
jornadas de por medio- de su mujer, ella en los valles fértiles, el
oficial ayudó con su ruda timidez al celo de una de las mujeres.
-Trate de servirme sin chorrear -le había advertido en el primer almuerzo.
-Es delicado mi coronel -dijo la cruceña.
-Coronel no, mayor nomás -dijo él.
-Para mí todo lo que brilla es oro -dijo ella.
El sol cayó a pique en la mañana y en la siesta, y no por ello alcanzó
a derretir la película de hielo en los charquitos que bordeaban, en
la sombra, las calles de Abra Pampa. Para peor, un viento de arena comenzó
a soplar a eso de las cinco, y sólo se escucharon balidos de bestias
en los ciénagos. De Casabindo y Rinconada llegaban malas noticias, que,
junto a la escarcha y al viento, amenazaban la moral de las tropas del
gobernador. Y, encima, al niño de pocos meses se le dio por berrear,
lo que, sumado al gallo de riña del encargado, formaba una barahúnda
de viento, voces y miedos.
-¡O mato al gallo o al niño! -gritó el mayor. El encargado, de quien
nadie oyó jamás palabra, retiró al gallo. El niño siguió berreando hasta
que se prendió a una de las tetas de la cruceña. El oficial, que espiaba
al sesgo de la puerta, se apaciguó.
Medio siglo de costumbres tranquilas se habían acumulado ya sobre el
alma de ese hombre y, con la salvedad de esporádicas correrías, su espada
de servicio había permanecido inmóvil en su vaina. Y ahora debía desnudarla
por causa de esta roñosa pesadumbre.
De noche, en la cena, la cintura de la cruceña estuvo demasiado cerca
como para no tentarlo. Ella no se esquivó; le dio a entender, por el
contrario, algunas premoniciones. -Subiendo por Macoraite podrán sorprenderlos
-le dijo, pero él, con tal premura, sólo se dio cuenta después, cuando
quedó descargado y solitario en esa habitación oscura y sin ventanas.
-Palabras de mujer arrecha -dijo el mayor muy luego; pero al acabar
se quedó escuchándolas.
-Ella se dio el doble gusto -diría después-. Y por un par de suspiros
cayeron cientos.
La costumbre de vivir, el impulso, la inercia, le mantenían en este
mundo. Y la vida era esa música profunda de compases apagados, música
de recónditos albañales, serpentinas de viento, goterones; viento sobre
los techos, hálito de las siestas; tronar del cielo. Era el flujo dorado.
Era el Tiempo. Fuerza invisible y lenta que corroe, debilita, acumula,
destruye. Que entorpece el ala de las aves, licúa las osamentas de los
muertos; que seca los ojos.
Cuando reventó otra bomba, el hombre que había perdido un ojo, abandonó
la vivienda y, de a pie, se aventuró a andar hasta la plaza. A un costado
del atrio ya había no menos de treinta o cuarenta puestos de venta de
comidas, tejidos, ropa nueva y usada, pequeñas herramientas; las vendedoras,
mujeres en cuclillas, parecían completamente ajenas al comercio, no
hablaban, no ofertaban, no llamaban la atención. Por los puestos aún
no desfilaba mucha gente, un par de mozos comía carne picante de cordero
de un plato común, una mujer gorda regateaba sin escándalo el precio
de unas ramitas secas de floripondio, excelentes para curar el asma,
y un anciano mendigo, escoltado por tres perros, uno de ellos lanudo
y feo, pedía sin hablar.
Desde una casa en esquina -cuando el viento ayudaba- llegaban sones
de un yaraví en guitarra.
El tuerto avanzó decidido en dirección de la iglesia.
Un perro se le cruzó de costado, intentó gruñir pero sólo le salió una
voz quejumbrosa, de miedo instintivo o de dolor y apuró el trote. Él
siguió caminando. El sonido de sus espuelas de plata moría inaudito
en el camino de tierra donde los calcañares se asentaban sordos y firmes.
Avanzó unos pasos por el atrio, allí, contra el muro, un par de erkes
de plata labrada se cruzaban unidos por una guirnalda de flores de papel.
Y, en silencio, pensó en su corazón que ya no latía. Se quitó el sombrero,
que requintado, le cubría el ojo vacío, y confió en las penumbras de
la nave. -Dios -dijo el hombre, y esa palabra inicial fue como un conjuro.
Develado en el círculo de luz marchita y sucia del quinqué con pantallas
de flecos de oro, reinando sobre la pesada mesa del comedor, se sintió
-ahora nuevamente- como desnudo cuando su tía le dijo, como para sí:
-Él se apiada de los que gozan, siempre que luego se lo participemos
con humildad. Si en el pecado está la penitencia, en la confesión nos
salvamos, y al relatarlo volvemos a gozar; ésa es la señal de su perdón.
Si el relato del pecado nos sabe caimo, o amargo, o aburrido, es que
no hay perdón, entonces debemos esperar. Gonzalo le sabía hablar a Él.
Y el hecho y el dicho eran como una sola cosa prolongada.
Pero el hombre, que había avanzado a lo largo de la nave apenas iluminada
por la luz que se colaba a través de las láminas de ónix de los ventanucos,
no sentía ninguna emoción especial al contemplar esas imágenes ahumadas
por los velones y envejecidas. Señora de Cocharcas, Cristo de la Soledad,
con los brazos atados a la cruz por tientos de cabritos. Santos Roque,
aparta ese perro, y Santiago dame la pólvora y la espada. La paz luego
del combate. Avanzó hasta el altar mayor; con tres padrenuestros cumplió
con él y enseguida se desplazó al camarín de nuestro protector Santiago;
echó allí de lado su poncho, que manchó el piso frío y sagrado con un
sanguazo y se estuvo de rodillas hablándole. Los ojos de Santiago lo
aturdían, inmóviles y pintados, su oscura barba, su capita de terciopelo
negro envejecido, y su cabalgadura de madera pesada y deforme, como
caballo de ensueños. Y en el reflejo opacado de los ojos del caballo
y del jinete leía el hombre las respuestas de su propio corazón.
-Por qué permitís hechos tan desparejos -parece que dijo.
-Lo que puedan hacer o deshacer los hombres no tiene importancia. Basta
con vivir. Todo el que ambiciona la tierra la tendrá -se le escuchó,
casi nítida la voz, y vio que un fleco del calzón se le movía.
-Me culpo de siete muertes, aunque sé que las en combate no se cuentan...
Dios vino a meter la espada. Santo barbudito, quiero que fulmines al
telégrafo, a los que ya no muelen su maíz, a los que venden la carne
de sus corderos.
-Hagámosle donación de unas ovejas -dijeron.
El vuelo de un pajarraco tiñó de sombra por un segundo la luz difusa
de la ventana y esa sombra se le pintó en la cara como un claro pensamiento.
Santiago seguía inmóvil, el arcabuz de plata cruzado sobre el pecho.
-Triunfo y desventura tan iguales y cambiantes y mentidos, como un reflejo
de luz en los arenales.
-No hay nada bueno-bueno, ni nada malo-malo -dijo el Santo.
La nave comenzó a poblarse de feligreses y un fuerte olor a cueros y
acullicos. Otra bomba estampió, cada vez más alto. Y en eso el erkencho,
como una vejiga que se desinfla. Pronto empezarían las matracas y las
zamponas, los hombres-suris, y él, que había perdido su alma, se quedaría
allí sin hallarla, el alma huyendo a causa de los ruidos y explosiones.
La gente que entraba -todavía de a poco- desanudaba sus pañuelos para
atrapar una monedita de plata boliviana y depositarla en el cepillo.
Una congregación de sombreros se amontonaba hacia el primer escalón
del altar. Sabía que lo habían matado, tenía su certeza, pero sabía
también que aún hay posibilidad de reconciliación antes de que el cuerpo
se corrompa. Cuando aparecieron de atrás él pensó que era imposible
equivocarse y el lanzazo lo delató inocentemente. Después lo buscó en
el desorden, siendo por eso el último en huir. Doroteo trató de hablarle,
de gritarle algo, por el apuro no fue posible y esgrimió esa espada
vieja y pesada sobre su cabeza. Ya el combate, aquel hachazo, eran de
vicio.
Muy luego... cuando galopaba. A poco andar al galope, su caballo cansado;
el caballo debió advertir el doble peso y empezó a encabritarse no obstante
el cansancio. Él tenía la cara ensangrentada y la sangre se le enfriaba
y le escocía sobre la cara y el cuello y las manos de esa presencia
le quemaban el pecho, la cintura; espoleó al animal y en cuanto pudo
se tiró violentamente sobre el arenal. Entonces lo vio: sombrero verde
de fieltro y una mano de plata, montado torpemente en las grupas del
caballo, que huyó despavorido galopando sobre el salar hasta que se
perdió a lo lejos.
-No tengo pausa desde que sucedió -dijo.
El arriero dijo:
-Sí, señor.
Iban los dos por el mismo rumbo y se desconocían.
-¿De dónde sos? -preguntó el guerrero malherido.
-De aquicito nomás; voy y vengo.
-¿Dónde está tu casa?
-Aquí nomás.
-¿No has oído unos líos cercanos al Puesto del Marqués?
-Sí he oído, señor. Las tropas de la autoridad ya están distanciadas.
Yo no he visto nada, señor.
-Decíme de seguro en cuál dirección van.
-Por allá.
El hombre le dio una moneda de plata.
-Por allá -dijo al cabo el arriero, señalando con el dedo.
Entonces estuvo casi seguro.
El otro ganó distancia en pocos minutos, atravesó un campo de piedras
lóbregas, iridiscentes sólo cuando la tenue luz les daba oblicuamente.
Después se empequeñeció por la distancia y se perdió deslizado en un
chaflán de arenas.
Pero, minutos antes, el arriero dijo que lo habían llevado amarrado
sobre un burro. -No dejaba de echar una baba brillante por la boca -dijo;
después pareció arrepentido por el compromiso y se persignó a escondidas.
Quedaba otra vez solo y de a pie, sin libertad de acercarse confiado
a las casas porque aún merodeaban las patrullas de rastreo. Mirando
dolorosamente hacia el cielo, muy bajo y lechoso entonces, trató de
buscar el oeste, el rumbo más inofensivo, y recomenzó a andar.
-Debes ir y regresar tan rápido como que la barba no te crezca un centímetro
en la pera -le habían advertido-. De lo contrario te ahorcamos. Él clavó
los talones, en las puntas de sus piernas largas, y casi dio con ellos
en las verijas del animal.
El campamento, en acecho, esperaba.
-Ven a mi pecho, mi alma -murmuró. Un grupo, cumplido ya con el Señor,
se había retirado del templo.
-Ahora -dijo, desesperado-. Ahora. Y no hagas que de balde te esté mirando.
-Señor -dijo el tuerto en voz alta.
La algarabía quería comenzar en la plaza, los vendedores se animaban
y varias columnas de humo de fuego de las cocinas se elevaban, fuminosas,
zamarreadas por el viento. Él se había guarecido en la iglesia para
evitar la sombra que lo seguía y no saldría de allí hasta tener la certeza.
Santiago le temblaba en el ojo y se empequeñecía y agrandaba, y se llenaba
de luz y de sombra.
-Señor -dijo-, ahuyéntalo con tu arcabuz.
Un alivio le vino de bien adentro y fue como si por primera vez se supiera
completo. Sentía algo distinto: como si fuese él, entero, y como si
fuese una mera comunicación con esa imagen.
... piadoso y valiente, se escuchó diciendo, cuando advirtió una sombra
encima. Se volvió de golpe y vio a la vieja.
-Doña Santusa... -balbuceó.
La vieja lo miró con sus ojos cenicientos.
-Ahí'sta -dijo, en voz alta, haciendo caso omiso del lugar.
-Ha vuelto y te espera.
Juez de pedanía y terrateniente de un feudo que confinaba y se perdía
en Suripugio, no lejos de Santa Victoria, su padre había querido legarle
un porvenir más abierto que el suyo. La ciudad, adonde entró a caballo,
fatigado y sin entusiasmo, doliéndole muy hondo lo que había dejado,
distaba doce jornadas; el sol sobre los callejones empedrados, abrumados
por las casas que se le venían encima. Sólo la ceremonia del cambio
de guardia frente a la casa del gobernador le sacó de adentro por unos
instantes. Destinado a servir en casa de unos parientes por afinidad,
a cambio de la instrucción, no le veía el rédito ni el sentido a semejante
actitud y por eso lloraba para sí, aun cuando el acompañante carajeaba
a las mulas para que se detuviesen en el patio trasero -la entrada de
los carros carboneros- de la casa.
-No olvides agregar "señor" y "señora" y "niña", cada vez que tengas
que contestar; me lo ha dicho tu padre tantas veces que te lo recuerde
que casi no he pensado en otra cosa en el camino. Y ahora adiós, que
yo sigo a entregar estas cartas que llevo y me vuelvo.
Entonces lo dejaron solo en ese lugar que le parecía tan grande, y cuando
quiso echar a correr detrás del arriero alguien lo paralizó de un grito
y le ordenó que entrase.
Aquella vida la vivió tan sólo con un pedazo de su alma; con todo el
resto estuvo muy lejos siempre ajeno y adormecido, sin allanarse a esta
obligación. De los primeros días retenía su memoria nomás lo triste,
aquello que luego supo cómo le había dolido. Vino una mujer gorda y
lo zamarreó para que entrara de una vez. Después, siempre de pie, veía
una mesa larga y la cocina enorme, más grande que muchas de las iglesias
que había conocido, con los calderos colgando, las simbas de ajo, los
peroles ennegrecidos y las tinajas con tapas de piedra de amolar, y
caras que eran tan distintas; "lo primero, meterlo en una tina, éstos
no conocen el agua sino con las yemas, para santiguarse", dijo alguien.
-Todos están en misa y sólo volverán a mediodía. Mientras tanto tenemos
que quitarte ese olor a burro que traes. ¿Tenés algún papel, alguna
carta? -Él alargó ese sobre lacrado con tres lacres que le habían recomendado
guardar como su propio aliento.
-No, a mí no -dijo la mujer gorda, cuando él, después de buscar entre
sus ropas se lo alcanzó.
-¿Sabrás hacer algo? -él llevaba presente la recomendación de siempre
contestar que sí, cuando se le preguntara.
-¿Y qué, pues?
Dijo entonces que sabía muchos versos y que podría repetirlos allí mismo
sin equivocarse. Lo dijo de un solo golpe e instantáneamente se sintió
animado y seguro de sí, y acto seguido, para afirmarse, erguido, comenzó
con voz clara:
En el país de los muertos
vagará mi sombra errante.
Pero no pudo continuar, atajado por las risotadas y enmudeció intuyendo
que había cometido un grave error. Luego de esta introducción para el
encuentro con su padrino se halló muy disminuido.
-Señor -dijo de entrada. Calzado, o sostenido, en unas botas de caña
alta increíblemente delgadas el señor casi no se tenía en pie. Pero
sus ojos brillantes no eran malignos, le gritó preguntándole cómo se
sentía, y agregó enseguida que él tenía muchas ganas de volver a la
puna, recorrerla.
-Siento ganas de volver a andar en esa tierra hueca como un bombo -dijo.
Le preguntó cuántos años de edad tendría.
-Son muy muchos, señor -dijo él. El otro rió a carcajadas.
Ese hombre sólo llegaba a la ciudad a emborracharse. Por entonces en
cualquier almacén uno podía proveerse de vinos de Chile, whisky escocés
y emulsión de Scott en voluntarias cantidades. Cuando se hartaba de
beber y hacía sus provisiones regresaba a su isla distante. Por un milagro
de amor, según lo había enterado la cocinera -esa mujer gorda a quien
le causaran hilaridad los versos iniciales- se había quedado en Jujuy,
desintegrado de una de las expediciones suecas que rastreaban la cuna
del hombre en la puna. Con monedas de oro sonantes adquirió unas hectáreas
de tierra cercanas al punto donde previeran el trazado del ferrocarril
y el recatado amor de una solterona -lejana pariente de su padre-, de
familia vieja. Por aquellas hectáreas se deslizaba un río y el hombre,
empleando mil peones, hizo cavar una fosa circular, ancha de cincuenta
metros y profunda, y en medio dejó la tierra firme; ésa era su isla,
donde enseguida trasplantó unas palmeras traídas en retoño de Ledesma
y mandó construir una gran vivienda, de techos de palma, compuesta de
una sola habitación de muchos metros de largo y ancho. En aquella habitación
colgó su hamaca y allí se estaba los días y los meses, solitario, sin
que nadie pudiera llegar hasta él puesto que a la única lancha del lugar
la mantenía amarrada a un poste no lejos de la entrada del galpón de
pajas. Merced a eso los del lugar conocieron el significado de la palabra
"isla". Allí el pariente lo llevaba, de borrachera en borrachera, para
que le sirviese más bien de punto de referencia en su soledad y, en
ocasiones, de recadero, cuando se le agotaban las bebidas.
No hay más precario escondite que el desierto. Esto lo había escuchado,
lo sabía desde el nacer. Por eso en este país sin amparos disminuían
los hombres y los animales. De los suris y vicuñas sólo cuidaba Dios,
que, imposibilitado ya de hacerse presente a menudo, protegía a esas
criaturas dándoles velocidad a sus piernas. Pero ahora Dios iba siendo
derrotado por las carabinas, y también por la soledad; el trueno de
los fusiles y el desierto ¿dónde ocultarse el hombre en este inmenso
mar de tierras duras? Por eso él había buscado el poblado y en día de
fiesta, por añadidura, por eso y por esta fiera comezón que no le dejaba
en paz, no obstante que en la cabeza podía tener la certidumbre de haber
procedido bien, matando. Allí estaban los ojos cenicientos de la vieja,
aquí los ojos de madera pintados del santito. Los ojos de la virgen,
los ojos vacíos de su pena, "no pena de dolor, sino pena de no saber,
de no querer. Yo no he querido esta pelea, señor Santiago, yo no tenía
entusiasmo". Dijo también, aunque sus labios no se movieron, "yo me
estaba muy quieto, pero elegí de este lado". Santiago no se movía, impasible.
El tuerto escuchó unos golpecitos detrás, y supuso que era la vieja,
pero él debía seguir con esa plática. "Si yo digo que vengo a hablar
con él de seguro que no abrigarán sospechas", dijo. El Santo no parpadeó.
"Entré en Cochinoca como si tal cosa, espada en mano. Entonces creí
darme cuenta de que ello era porque no había perdido la costumbre de
matar. Lo mismo ellos." "Vos galopabas en medio y yo te vi. Reconocí
tu sombrero adornado con una cinta trenzada de Granadillas de la Pasión."
Otra bomba tronó.
"Jinete sos y de tus actos tu caballo te pedirá cuentas."
Pero el caballero de palo siguió impasible. Él regresó de donde estaba
y vio a la vieja en un rincón, arrodillada o en cuclillas, asentada
en sus talones, tenía los ojos cerrados, la piel flaca, los párpados
como chupados de adentro, muerta, en silencio, con sus manos abiertas
con los dedos duros dirigidos al santo, un fuerte olor a orines derramados,
mezclados y hechos uno con el penetrante olor a incienso de maderas
de tola que como viboritas de humo blanco salían de los ojos del sahumador
de barro colgado en la pared.
"¿Con quién estás, santo de los combates?" -gritó, callado, el tuerto-
"...siquiera fueras mortal" -creyó decir.
... "Brisa que acaso pasando, jugaste con sus cabellos"...
En el atrio, blanco a consecuencia de un par de brochas pecadoras mingadas
la víspera, se hallaba un hombre cobijado en un quitasol, recitando:
sus párpados semiabiertos parecían los de un ciego, pero quizá sólo
fuera por la unción, por el frenesí de hablar para adentro. "Tras de
la muerte el amor, sobre el sepulcro las alas, a Él, que necesitó y
echó mano de tan sólo Siete Días para hacer esto que padecemos, le está
bastando nomás un soplo para llevarse lo que queda. Él le dijo al Arcángel
que descansaba con el arma en la mano, las canillas abrigadas por cueros
de cabrito: ve y vigila a estos hombres; vino el ángel y le desconocimos
y el ángel que había venido desarmado por comisión del Señor nada pudo
hacer para corregirnos y se volvió a informarle que aquí vivíamos, apareados,
o solos, sin amor, pecando, dándonos de cabeza los unos con los otros
las mujeres con los hombres, los hombres con las mujeres, pecando, que
habíamos aprendido ya a encender el fuego y que éramos soberbios. Y
Él dijo 'echaré el agua sobre esos inmisericordiosos y perdularios',
y vino una lluvia, no tan asperjadita como las de aquí y ahora sino
de a chorros y lo inundó todo, llegando el agua hasta cerca del cielo
y entonces el mundo fue como dos planchas de espejos que se miraban
sin reflejar nada hasta que, cansadas las aguas se retiraron cuando
tocaron las Trompetas y sonaron los ruidos; los animales perecieron
ahogados y se salvaron unos cuantos: con esos cuantos el mundo se volvió
a formar sin hacer escarmiento..."
Ya la voz, la media voz del que recitaba en el atrio había sido tapada
por los ladridos de unos perros que lo rodeaban, ochando como locos;
pero el hombre continuaba, aunque ahora cada vez más bajo, con una espuma
de baba seca acumulada en las comisuras de sus labios; hasta que se
quedó sin hilo de habla y sólo entonces abrió los ojos que fueron oscuros
y vacíos y se estuvo en silencio. Junto con el silencio comenzó una
charanga, se hizo oír un rebuzno, sonó otra bomba, atronó un trueno
a pleno sol. Y el tuerto otra vez con el sombrero requintado salió escalones
afuera y desandó el camino de la plazuela cuadrangular donde preparaban
el toreo para la siesta.
La tierra enmudecía sus espuelas, que le agobiaban las botas resquebrajadas
y al llegar a uno de los portones de la plaza lo encontró cerrado; debió
saltar la barda entonces y, al cabo, se halló en medio de un callejón
sombrío y solitario, tan fuera de lo otro que recién había dejado que
le parecía a muchas leguas de distancia. Otra pirca por delante y se
dio de pleno el cementerio. Un cementerio viejo, con tumbas de piedras
amontonadas, por cuyas señas se dio cuenta de que allí no habían enterrado
a nadie desde hacía muchos años. Empezó a caminar entre las piedras,
a leer los epitafios y sentencias -tan breves y apeñuscadas que cabían
en los travesaños de las cruces marcadas a fuego: Pagó su culpa y subió,
decía una. No has muerto solo; Soy ya polvo y fino amante; Me fui con
Todo... Otras, de latines errados, y otras desmoronadas y anónimas.
Sintió de golpe una necesidad y la satisfizo. No había sol ya aquí en
el camposanto pero llegaban los rumores prolegómenos de la fiesta. Él
apuró el paso porque empezaba a sentir frío y observó que al final de
las pircas, donde comenzaba el farallón de una loma, estaba el sol.
Entonces creyó escuchar como que unas piedras se desmoronaban y al volverse
estaban los ojos de la vieja, pero ahora vio que sus cabellos eran negros
y brillantes, apresados en dos gruesas trenzas debajo del sombrero:
la observó también más alta y erguida y notó que, inmóvil y en su sitio,
se le acercaba. Clavó el tuerto los pies en la tierra y se le aproximó
a su vez y cuando la tuvo cara a cara, le dijo:
-Madre, ¿qué me querés?
Notó al hablar que su rejuvenecimiento fue sólo como una idea. La vieja
fue achicándose y ahora estiraba sus manos pidiéndole algo. Él avanzó
un paso más, echó mano al ala del sombrero y escuchó otro ruido de piedras
esparcidas a un costado, enseguida el sonar de patas de caballo detrás
de las pircas. Miró hacia allí, no vio nada y volvió la mirada a la
vieja, que dijo:
-Ahí’sta. De nuevo no lo apercibiste.
El conjunto de músicos continuando el ensayo de sones y pasos, ahora
arrancaba por enésima vez dirigido por el alférez de fiesta y a poco
volvía a detenerse de golpe, como un acto de amor que deseara prolongarse.
Los hombres-suris habían comenzado a vestirse, sin premura, en el cuarto
contiguo a aquel en que esperaban las mujeres, algunas de ellas visiblemente
embarazadas, las que en esa siesta serían casadas por el Obispo, en
ceremonia colectiva, con sus ya consagrados hombres. Esperaban allí,
solas, multicolores y pacientes, apenas si hablando muy quedo y riéndose
por nada, de puro nerviosismo. El Obispo en tales ocasiones, acostumbraba
casar a las parejas de un solo golpe de agua bendita. Ahora una, joven
como de doce o trece años, de enorme vientre, no pudo con los ritmos
y los estruendos y se escabulló hasta la puerta. De allí espiaba el
cielo, lloviznoso, por momentos muy claro, comiendo una guagua de durazno,
los ojos oscuros atentos a los sones. Nadie cantaba y, cuando por casualidad
cesaba el ruido de la pólvora, el silencio era pesado y el mundo volvía
a ser, seguramente, como cuando los hombres huyeron, antes, en los viejos
tiempos.
Los toritos de la Virgen aguardaban en el corral de pircas, junto al
cementerio. Él podría haberlos observado por encima del tapial, pero,
sin saber por qué, eso no fue suficiente y de un salto se metió adentro.
Recogióse el poncho sobre los hombros y avanzó, el piso estaba sembrado
de bostas calientes y piedras; frunciendo la boca emitió un sonido perentorio
y provocador, azuzando a las bestias, pero en voz baja, como ansiando
un combate secreto. Los seis toritos -cuatro titulares y dos suplentes-
no le oyeron en principio, él repitió el vilipendio, ahora desplegando
el poncho agazapado, entonces las bestias, levantando la cabeza, huyeron
atropelladamente buscando el portón, mugiendo con un mugido de dolor
y él pudo observar el espanto en sus grandes ojos. Abatido, cayó sentado
en los pastos, llevándose las manos a la cara. Era verdad entonces.
Estuvo así; pero sólo unos instantes después se incorporó y de un salto
regresó al cementerio tratando de evitar que el alboroto de los animales
provocara un escándalo.
-Parece criollo por la investidura -dijo el que acudió al grito de la
pastora-. Está malherido de un ojo y la sangre se le ha derramado por
ahí. Buscáte alguno para que lo carguemos -añadió luego de observarlo.
Él creía estar en esa moribundia que causan la falta de sueño, la hemorragia
y el frío intenso del amanecer. Oía las voces, sin alcanzarles el sentido,
sin voluntad. Oía balidos de ovejas y el viento sobre la cara.
-Tiene las piernas entumecidas -dijo alguien.
-Tía Gertrudes -dijo-. Traté de cortarle la oreja con la espada y le
erré, o se me fue la mano.
Luego su cabeza volvió a caer hacia un costado como una piedra.
Lo alzaron en vilo.
Seis o siete golpes de remo luego del envión inicial, ya alcanzaban
para cruzar el brazo de agua que separaba la isla. Era cuando iba por
alguna diligencia. En un principio cumplía ese derrotero a menudo, cuando
veía que el pariente, aletargado, la boca un poco torcida y los ojos
abiertos, se dejaba estar en cama semejante a un muerto, se iba entonces
despavorido en busca de remedio. Después se acostumbró a ver que eran
tan sólo pacíficas borracheras y permanecía, sentado en la orilla bajo
el follaje, viendo pasar las horas y el agua turbia y pensando en esa
tierra triste y asolada por la miseria que había dejado para venir a
educarse. A menudo el aletargamiento duraba uno o dos días que él no
sabía emplear en otra forma sino en esa contemplación para adentro.
Ya había husmeado por todos los rincones de la vivienda, se había detenido
en cada uno de los frascos cerrados, de sobre los largos anaqueles,
que contenían toda clase de serpientes, retorcidas, bellas, repugnantes
y muertas, cuyos nombres estaban inscriptos en rótulos pegados. Había
ojeado cientos de veces ese libro que el hombre leía sin tregua, llamado
Sol del Nuevo Mundo o Vida de Santo Toribio y desplegado los rollos
de mapas trazados por él, sobre enormes papeles, con derroteros marcados
plagados de cruces, signos de interrogación y lugares con nombres que
decían: "Acampamentos de los cobardes", "Lacangayé", "Pozo del leal",
"San Fernando de las Sepulturas", "Puerta de Macomita", "Sierra de Alumbre",
"Lachirikin". También el panel poblado de mariposas clavadas, y la enorme
mesa de roble con instrumentos.
Cuando el pariente estaba sobrio era respetuoso y hasta cordial con
él, entonces jamás lo tuteaba. Se bañaba, peinándose en el agua cabellos
y barba, mudaba de ropa y le encargaba prepararse "algo para comer",
que después apenas si probaba. Estaba siempre ocupado con la idea de
trazar un mapa indicando esa ruta navegable entre Potosí y el Río de
la Plata, "perdida hoy". Conocía palmo a palmo la puna y afirmaba que
el Chaco fue poblado por la gente que ahuyentó el Diablo, en forma de
huracán, cuando los invasores llegaron por el norte. "Entonces se desparramaron
espantados y sólo quedaron estos coyas tercos y taciturnos, de los cuales
desciende usted."
-Era gente cruel y legalista -dice de los invasores-. Antes de entrar
a saco preguntaba a los juristas si era lícito hacer guerra ofensiva
a los indios, y la misma consulta formulaba a los teólogos de Lima.
La respuesta era siempre afirmativa "porque los agravios debían vengarse".
Él perfeccionó su lectura en aquellos textos: El Sol del Nuevo Mundo,
los Evangelios, y un par de gruesos volúmenes del Anuario de Correos
y Telégrafos.
A veces la pariente lejana, mujer piadosa, flaca y fea, llegaba hasta
la orilla del río -se hacía llevar hasta allí montada en una mula y
escoltada por una docena de peones y mujeres de servicio- y desde la
orilla, desamparada al solazo, llamaba a grandes voces al solitario,
que, en cuanto divisaba la caravana, ordenaba apagar el fuego para que
no lo delatase el humo y se ocultaba en la vegetación sobre el borde
del islote. Desde allí la espiaba con el catalejo, maldiciéndola, furioso,
en voz baja; hasta que la mujer, cansada de dar gritos, luego de permanecer
de rodillas, orando al parecer, era levantada por dos de las sirvientas,
que la tomaban de debajo de los brazos, y llevada hasta la cabalgadura,
como un muñeco.
-Salgamos -decía, cuando todos se habían ido. Después, sacándolo del
fondo de un arcón de madera pintado de verde, retiraba un viejo acordeón,
le soplaba prolijamente el polvo acumulado en los muelles y comenzaba
a tocar, muy quedito, canciones que él, luego, ya hombre, creyó volver
a escuchar cuando el viento mecía los tolares en la estepa.
Sintió
vagamente que le frotaban el bajo vientre. Le habían aflojado el cinturón
y metían las manos por allí.
-Frotále suave pero sin cesar; se ha ido en sangre y eso le hará volver
porque en esas partes está la fábrica de sangre -dijo uno.
-Tal vez unas cataplasmas de quimpe.
-¿Ande ha visto eso, comadre? Eso no es bueno sino para hinchazones
y aquí no aparecen.
-Sigalé frotando y no se aflija si se pone al palo; será la mejor señal.
-Más creo que no tiene vuelta, ¿no estará muerto ya?
Nuevamente llovía, pero el agua golpeaba sólo un pedazo del techo de
la cocina. De ahí llegaban murmullos, rumores de líquidos hirviendo,
aromas dulzones de pailas que derramaban, crepitares lentos, perezosos;
tintineos, picar de cuchillos sobre las tablas de cortar cebolla fina.
De pronto un hondo, helado silbido y un golpe de batiente de ventanal.
-Está igual que en el vientre de su madre -dijo la misma voz que habló
primero. Quería decir maltrecho, latente o palpitante, pegajoso; pero
también estaba frío, como tragado y vomitado por un monstruo. De la
cocina vino alguien más, y, con la mano tibia, que olía a carqueja,
asentándola en la frente del caído le viró la cara, observó el ojo destrozado
y dijo:
-Acaben de estirarle las piernas.
Por momentos semejaba que el viento corría a sus anchas como si no hubiese
paredes y hasta creyó ver unas aves en el cielo, en ese cielo de piedra
de donde a veces alguna se desprendía, para caer como un pétalo pesado.
La actividad en la cocina fue en aumento y a cada instante parecía llegar
más gente.
Dicen que de pronto entró un perro y se oyó una música, como en los
cuentos.
-¡Niña Gertrudes...!
Ella caminaba levemente y sonreía; se llevó el índice a los labios.
Miró al yacente con dulzura, le descubrió la cara. Después, sentándose
en el mismo lecho, tan alto que sus pequeños pies no tocaban siquiera
el escabel, lo regañó diciéndole que ya le había recomendado cientos
de veces no trepar tan alto en busca de lechuzas. Escurrió los paños
fríos, se los volvió a colocar en la frente, y dijo:
-Viértanle en ese ojo un dedal de plata con lágrimas de virgen.
El perro, amedrentado, calado por la lluvia y sucio de lodo, con el
rabo sumido, acabó por echarse en un rincón, gimiendo de a momentos.
Una de las mujeres dejó caer sus brazos, se quitó, derrotada, la cofia
y murmuró:
-Está muerto.
Las luces de las fogatas, opacadas por la niebla, al anochecer, se distinguían
desde mucha distancia. Eran varias las fogatas que en ese angosto faldeo,
reparado por una alta barranca, parecían danzar o flotar, tironeadas
para aquí y para allá por ráfagas de viento, virazones helados que nacían
rodando de las cumbres del noroeste y recorrían las estepas hasta perder
el aliento, lejos. Varias docenas de soldados, en adelante veteranos,
calientes todavía los huesos, los músculos y el entusiasmo, habían salido
a buscar los pobres combustibles de la región, yaretas cuya resina coloreaba
las llamas de azules y amarillos, iros secos que sirvieron de yesqueros
para hacerlas nacer.
El Quebradeño Álvarez, como todo guerrero, sabía que luego de la refriega
se hacía necesaria la meditación y para ello nada mejor que contemplar
el fuego, así el fantasma de las llamas se tragaba las crueldades, los
miedos, las euforias por seguir peleando que ataca a los hombres que
sintieron tan cerca vida y muerte. Dio esas órdenes, sin gritos estentóreos.
Él mismo, luego de una breve caminata por entre la tropa acampada, abrigado
en un poncho blanco endurecido por la llovizna y el sudor, no acababa
de recapitular los hechos, ahora que, sentado sobre una piedra garrapateaba
el parte de batalla dirigido al Gobernador: "... desde este momento
se empeñó un combate cuerpo a cuerpo entre nuestros valientes soldados
y los no menos bravos indígenas" -¿indígenas?, esta palabra lo había
sumido un momento en dudas, la había escrito en principio, de corrido,
luego la borroneó, pensó en "pobladores" y en "nativos", también "compatriotas"
se le vino a la mente, pero después, sobre la tachadura, volvió a escribir
igual- "de la puna que, sin tener quién los dirija por haber huido cobardemente
-también trepidó aquí, miró unos instantes las débiles llamas- al principio
del combate, se batían cada uno por su cuenta pero con un valor individual
superior a todo elogio y digno de mejor causa".
El cirujano de la división, remangado a pesar del frío, con un espeso
mechón de pelos cenicientos en la frente y una vasija con yodo y agua
de quebrantahuesos en la mano, atendía en silencio a los heridos propios
y a los prisioneros. Serían las nueve de la noche y la nieve caía como
un párpado entorpecido por el sueño.
Pero las fogatas también serían para indicar a los rezagados el punto
de reunión. Ellas y las clarinadas y el ronco y largo sonar de los erkenchos
en esa noche plana y fría que de pronto se hizo como una tregua de Dios
para amortiguar las ganas y los odios, los resentimientos, para hacer
admisible la derrota y para meditar desganadamente sobre el triunfo.
-¡Ay, Santo Dios!, ¿qué nomás ha sucedido? -farfulla un puneño, con
la garganta seca por los coágulos y las puteadas. Yace sobre una manta
con las manos atadas por la tendencia que tiene de llevárselas a los
ojos; él desde esta noche deberá acostumbrarse a la suya, más larga
y permanente, porque una cantimplora de pólvora le ha reventado en las
manos, encegueciéndole. El cirujano lo contempla un rato, iluminándole
el rostro con el hachón de mano y dice, como replicando unas acusaciones:
-Aun ha tenido suerte.
Muy cerca de allí, el Mayor López, por fin su vientre liberado del cinturón,
da órdenes a los suyos para que le resuman el balance que muy luego
pondrá en conocimiento del coronel: "Bajas del enemigo -dice un sargento-
194 muertos, 231 prisioneros, 87 heridos".
-Póngale un punto y coma -dice el mayor.
¿Por qué él los veía y escuchaba con esa nitidez que le hacía tan insoportable
la derrota?
-123 fusiles; 27 lanzas; 4 sables y espadas; dos banderas; una caja
de guerra; 5.730 tiros de bala; 207 cantimploras y tarros de pólvora...
Aburrido de ramonear entre esos pastos duros y amargos, su caballo dio
un tirón y lo arrastró de la punta del pie todavía atrapado en el estribo,
que, así, se desprendió. Entonces escuchó las clarinadas y el erkencho,
y el resplandor de las fogatas y al ejército enemigo vivaqueando.
-¡Doroteo! -gritó-. ¡Doroteo! -en tanto blandía la espada y sintió el
lanzazo.
A la mujer de cofia el grito se le quedó mudo en los ojos y sus manos
cesaron de moverse como alas de paloma por sobre el vientre. Permaneció,
muda, dejándose mecer por las voces:
Solimán de la tierra...
-Yo, pecador.
eneldos machacados
-... me confieso
raíz de la tierra, pulpa de higo, anís de hinojos
-a la Bienaventurada siempre virgen
Flor de Eupatorio, aguas de borraja, lágrimas de achicoria
-a los Santos Apóstoles
Sombrerito ovejuno
-y a vos, Padre
orina de los cielos, vejiga alada
-Por tu culpa y por mi culpa
...un monte exhalando fuego y el otro humo.
-Ya estuvo muerto y frío cuando llegó -dijo la mujer.
Mudando
siete caballos llegó el emisario a la ciudad, desde Cochinoca casi sin
probar bocado; o, para ejemplificar, con la saliva de tan sólo un par
de acullicos. Se apareció hecho sopas, empapado por un agua pertinaz
que había comenzado a caer en Tumbaya y que en Yala se hizo copiosa;
y dio unos fuertes golpes en el portal. Le habían expresado que por
la entrada del norte debía andar, sin distraerse, todavía una legua
por un callejón de tarcos que moría o se transformaba en una calle empedrada.
Era un amanecer opaco y frío, con ráfagas de agua que descendían de
arrumazones oscuros y chicoteaban el sombrero y la cara del jinete.
También el jinete aquella vez llegó a la casa por la trastienda, justamente
cuando el campanario de San Francisco sonaba las cinco y media, y aporreó
la puerta con el cabezal del talero. Dijo que el padre se moría, que
lo llamaba en voz baja, que se dirigía a él como si estuviese a su lado
y que ello era la más clara señal de que se iba, porque ya no diferenciaba
las distancias. Pero todo este discurso, que traía el emisario ensayado
desde Yala, lo dijo en vano, porque en la misma puerta le advirtieron,
después de escucharlo, que allí no estaba, sino en la isla y que debía
esperarse sentado o como quisiese, en la cocina, hasta que escampase
y le pudieran indicar el camino.
Al día siguiente partió a la isla y se encontró con el muchacho, curtido
por el sol, que se educaba junto al pariente, y le transmitió la novedad.
Cuando llegaron el padre ya se iba. Sin médico ni sacerdote a su cabecera,
debió ponerse en paz sólo ayudado por la mujer de la cofia blanca, que
ya le venía sosteniendo la cabeza a cada vómito de bilis y saliva que
lo convulsionaba. Padre e hijo, con la muerte exigiendo de por medio,
se desconocieron; el muchacho, de rodillas junto a la cama, lo llamó
pero el hombre se ve que ya no sentía, ocupado como estaba ese último
instante, en arreglar sus cosas con la Señora de Canchillas, para quien
había donado seis corderos y dos llamas, importe equivalente a cien
misas, garrapateando su voluntad, dificultosamente, en un papel. Una
vez que lo hizo pareció quedar sosegado, mirando porfiadamente a la
Señora, que a su vez lo miraba, de pie, el niño en brazos, junto a un
par de viejos anteojos de cristales redondos con armazón de cobre, un
mazo de naipes y un candelabro de plata labrado a martillo, sobre la
velonera. La pobre Gerencia había partido antes, casi disuelta en fiebres,
postrada en esa misma cama grande -que parecía ser el trampolín de la
familia- quietecita y fría en medio de un murmullo de plegarias, junto
a la misma mujer de cofia que sólo atinaba a aventarle supuestas moscas
de sobre la cara con un manojo de cedrón. Varios días después llegó
el párroco -ya escaseaban para entonces- de guardapolvo de seda cruda
sobre la sotana, montado en una mula con sombrilla. En la casa sólo
quedaban tía Gertrudes y don Gonzalo. Apeado el cura, pidió algo para
alimentarse y se comidió con unas cuantas avemarías bendiciendo los
rincones del cuarto y de la casa; Gertrudes y el huérfano, enlutados,
por detrás, y el isleño, en silencio, y el sacerdote diciendo con una
hermosa voz varonil: Apiádate Señor y pon Tus ojos aquí, y no solamente
aquí, sino en todas estas tierras, tan perseguidas por las viruelas
y el alcoholismo.
Entonces fue que él escuchó los primeros discursos acerca de la propiedad
de las tierras de este país.
Pasaron semanas y meses y el preceptor, padrino y lejano pariente del
huérfano, demoraba el regreso. A pesar de las cartas, continuaba paseándose
taciturno, y dicen que ebrio, por el solar y los rastrojos contiguos
y contemplando las serranías que los circundaban. Mientras las cartas
de su mujer, en gruesos sobres lacrados, sin abrir, se iban acumulando
en una gran petaca, la misma en que había traído el acordeón. Así llegaron
a la casa Benjamín Gonza, Nicolás Tito, María Chaleco, José Condeluis,
Aromante Espinosa y otros pobladores para arrimar evidencias al pleito
que se formaba. El pariente se había posesionado de uno de los cuartos
que daban al este, puesto que le gustaba "amanecer con el sol", y allí
desplegó su instrumental: brújulas; compases secos; escuadras; leznas
de púas de vinal; orinados astrolabios; catalejos; botijas para pólvora;
saquitos con polvillo de canilla-de-vaca para las ponzoñas; un pectoral
de usar oculto bajo de la camiseta, con la imagen de Santa Rosa de Lima,
talismán para repeler, a voluntad, la atracción de las hembras; una
colección de yesqueros por si faltaba lumbre. Allí escuchaba los agravios
y demandas, que iba anotando cuidadosamente en un libro de referencias
que alguna vez sería elevado al Gobernador y tal vez al Presidente.
Dicho libro empezaba así: "Señor: los primeros propietarios de la Puna,
por el año 1594, fueron don Francisco Chavez Barrasa, don Diego de Torres,
el Fundador Argañaraz y el Licenciado Téllez...".
Mezclado entre aquellos vecinos llegó quien le anoticiara del yacimiento
en Sansana. Una sola conversación tuvieron -dicen que duró lo que una
tormenta de vientos y rayos, tan común en la puna- y al cabo el isleño
desapareció durante varias semanas (las que empleó, seguramente, en
formalizar los pedimentos mineros, tanto en Bolivia como en este lado,
puesto que eran tierras confusas). Después regresó, convertido en Gonzalo
Dies, más flaco y curtido por el sol, para volver a desaparecer, ahora
por espacio de meses, período en que corrió el rumor de que había viajado
hasta Buenos Aires. Quién sabe, decían las gentes, en tono misterioso.
Una tarde de ésas -ya la tía Gertrudes sola, con tres o cuatro criados,
habiendo licenciado a los peones que cosecharon el maíz, la papa verde
y acondicionaron las chalonas a la intemperie- él volvió, le contó lo
del yacimiento, lo ubicó en corte vertical sobre los planos, dibujando
los puntos cardinales con la figura de un gallito en el medio, trazó
las distancias aproximadas, redujo las leguas a hectáreas y le dijo
que la amaba pero ya debía regresarse a ese lugar porque faltaban dos
jornadas para el cambio de luna. Cuando él se fue los litigantes quedaron
en la casa, y cada día interpolaban un escrito más en ese mamotreto
que poco a poco iba adquiriendo tamaño monstruoso, con las esquinas
destruidas de tanto tachar y corregir las foliaturas, por los agregados.
El huérfano, en tanto, vagaba por allí, entre los huéspedes y de vez
en cuando su tía Gertrudes le acariciaba vagamente la cabeza, preguntando,
como para sí, cuándo sería el regreso. A veces ella mataba el tiempo
componiendo versos, con la ayuda o el estupor de Jiménez, pero nunca
pudieron hallarle a la palabra "Gonzalo" una rima que valiese la pena.
Las aguas llovedizas se escurrían. La sangre se escurría. Las aguas
claras, tenues, benditas de la lluvia del amanecer se iban por los vierteaguas
de la iglesia formando un manchón oscuro de humedad al pie de los paramentos;
la sangre, no ya colorada, sino como un moco fluido, se deslizaba apenas
y le mojaba una mano; pero el dolor había desaparecido. Ya no estaba
en condiciones de separar lo que era delirio de lo que era verdad, pensó;
y en estos pastizales y tierras arrasadas sólo quedaba huir. Pero la
lluvia, tan pacífica, le marcaría fácilmente las huellas, ¿entonces
quedarse quietecito? Sólo esperar la noche, ya que faltaba tan poco.
Volvió a poner la palma de la mano bajo su cara adormecida por el dolor
del lanzazo. Las aguas ni la sangre ya no escurrían.
-Cagarse en estas nubes -dijo la voz. La voz era más nítida que el horizonte
en el que de vez en cuando flameaba el fuego del vivac.
Otra voz dijo:
-Justito.
Después surgió un cantar borracho y errante, voz y figura fantasmales,
como un floripondio brumoso, como una aparición. Y la cabalgadura, que
arrastraba al jinete con el pie apresado en el estribo se detuvo, espantada.
Y luego nuevamente la voz:
-La muy puerca dijo: "por lo alargado y fino del talón, se conoce que
esa huella no es de varón" -dijo el Mayor imitando la voz de la mujer.
Un coro de carcajadas, apagadas y broncas, como ronquidos de sapo, se
desató.
-Pero usté obtuvo lo suyo, mi mayor -dijo el coro.
Luego, el coro, imitando aullidos de animales peludos que ya no existían
en la región.
Luego el Mayor describiendo algo obsceno. Y el coro, coreando, y el
Mayor que a los gritos repetía: "... y ahora laváte el culo". La llovizna
que no era que cayera sino que se estaba allí, pendiente en la atmósfera,
por ratos convirtiéndose en finos copos de nieve. El coro de voces de
soldados del Gobernador, ahora veteranos, que comenzaba a corear, retrocediendo
a cada estrofa:
Tengo una piedra marcada
Con la punta de una espada Mi corazón.
El caballo, que había arrastrado al jinete con el pie atrapado en el
estribo, ya libre de esa cuarta, se acercó y asomó su cara por el hondón
de la barranca y su cara de golpe se iluminó con la luz de unas llamas
empujadas por el viento. El animal era un tordillo joven, que retrocedió
tres pasos y lamió el ojo derramado; volvió a avanzar, carabina a las
cinchas. Paró las orejas:
De aquel cerro verde
Baja la neblina
-De tuerto y mujer arrecha no te fíes -gritó el Mayor, terminado el
balance.
-... ciento once carabinas, destrozadas -el eco de una voz de soldado.
-Cuanto más si cruceña -dijo el coro.
-¡Atención! -gritó el Mayor-. Vean ese caballo.
Los tres que estaban más cerca se largaron barranca abajo en la noche,
cuando el jefe les ordenó buscaran al jinete. Caballo ensillado, jinete
cerca. El caballo se acurrucó entre unos cardones. Los tres soldados
se convirtieron en un tropel de voces, pasos, carcajadas, azuzados por
las órdenes y aprestos de persecución. El caballo caviló unos instantes
en su escondite y luego se lanzó al galope, en dirección contraria al
que yacía con el ojo derramado: los soldados por detrás, antorchas en
mano, buscando por el suelo, en tanto que unas clarinadas, dando por
concluida oficialmente la batalla, llamaban a reunión ante la carpa
del jefe. El animal se lanzó al galope hacia unas dunas de arena muy
fina, para entorpecer el paso de sus persecutores, quienes al poco rato
chapoteaban torpemente, enterrándose hasta los tobillos a cada paso.
El arenal se perdía confusamente a corta distancia, y en esa línea de
sombras el caballo esperó. Los soldados comenzaron a insultarse y a
llamarse entre sí, a grandes voces, cansados de gritar al animal para
que se detuviese. Frenados los hombres en la arena, dio el caballo un
rodeo, pisando con cuidado, ganó terreno firme nuevamente y, ya de regreso,
trotó entre unos cardones gigantes desandando en círculo, para llegar
al punto de partida. Otra vez contempló a lo lejos el resplandor del
vivac. En la carrera había perdido la carabina del apero, y ahora estaba
nuevamente junto al hombre caído. Las voces de los soldados, vecinas
y lejanas, llevadas y traídas por el viento. La bestia agachó la cabeza
y acercó los belfos a la cara del hombre, sobresaltado, sintió que las
sombras pronto cederían y se acurrucó a su lado sin hacer ruido: tenía
los ojos abiertos y mojados.
El hombre no se movió.
El imaginero da los últimos toques y con la punta seca de su herramienta,
apenas teñida en anilina de raíz de oruzús quemada, arquea las cejas
del arcángel, sensualiza la carita de la virgen, poniéndole un lunar
microscópico en la mejilla. Pedalea el alfarero y el tallista se cubre
de virutas de cardón esponjosas; ensaya el violinista ciego -una vez
más- el inventario de sus miserias, que dirá en voz baja, ininteligiblemente,
para que resulten más facundiosas. Piensa el señor Obispo en la travesía.
Los angelitos barren y recogen las nubes del cielo de Casabindo para
hacerlo más abierto y hueco a fin de que se oigan los estruendos desde
lejos. Los toritos saben que serán humillados y castrados en la flor
de la edad. Aplacan su polvareda los caminos, el viento se recoge, temeroso
de Dios y de Santiago.
Un indio picado de viruelas discute el valor de unos calcetines en el
atrio, pero sin ganas. Todo parece un ritual cansado, repetido.
El tuerto creyó escuchar como que unas piedras se desmoronaban, aprestado
miró hacia el lugar y sólo vio a la mujer de trenzas negras.
-Señora -dijo, descubriéndose. La mujer muy pronto se hizo vieja, estiró
las manos hacia el hombre y dijo:
-¡Doroteo, hijo!
-Madre ¿qué me querés? -dijo el hombre, sin saber por qué. Pero ya todo
cambió. Estaba de hinojos en el cementerio, poblado de piedras, huesos
de mandíbulas de burros, vidrios rotos de antiguas ofrendas.
"Señora, y señor Santiago; él se me atravesó y le di muerte."
Asomando la cabeza sobre el borde de la pirca el hombre observó cómo
la vieja Santusa, apoyada en su bastón de chaguaral se alejaba otra
vez camino de la iglesia. Tardó una eternidad en andar la distancia,
pero siguió sus pasos, viéndola ir, como un recuerdo que no atrapamos,
que se nos escapa.
Dicen que justo antes de morir lo recordamos todo. Él recordaba eso.
-Ya tendrás tu hijuela, cuando seas mayor. Tu padre fue un avaro y llenó
de condiciones el testamento; así, para poder gozar del final, tu vida
será igual que una carrera de embolsados, en tanto no se cumplan. -Su
tía le hablaba ahora despojada del cuidado, liberada del temor en que
había vivido mientras el viejo respiraba. Él no tomó entonces nota de
eso ni del tono en que se lo dijeron. "Cosas de mujeres viejas", pensó,
y trató de seguir como hasta entonces, sólo ocupado en vagabundear y
pensar en fantasías.
Recordó sin embargo aquella noche, que llevó consigo durante un tiempo.
Estaba cálido para esas latitudes; los peones terminaron de chiquerear
temprano y él, aburrido de los cuentos de Jiménez, atravesó la cocina
sin decir palabra y se metió en el comedor. No había allí luz ni gente.
Volvió a salir a la galería, el cielo era plomizo y el tiempo lento.
Sólo alguna voz lejana de los sirvientes. Volvió a entrar, atravesó
nuevamente el comedor en busca de su pariente. El primer acorde, muy
bajo, lo hizo detener, como encantado. Aguzó el oído y se previno, el
acorde cesó y enseguida escuchó un jadeo, como si alguien, en trance,
rezara. Esperó otro momento. Luego pegó la cara contra esa rajadura
horizontal del postigo y pudo verlos. Tía Gertrudes tenía unas nalgas
gruesas y muy blancas y el vestido de luto se le había trepado a la
espalda. Después cambiaron de lugar y sólo escuchó pequeños ruidos,
sin ver nada, sólo pedazos de muebles, una parte del piso. Vino un silencio,
esperó. Al cabo comenzaron los acordes del bandoneón muy bajos. Clavó
los ojos nuevamente en la rajadura y pudo ver al isleño, desnudo, con
el instrumento sobre sus piernas flacas.
Corrió en busca de Doroteo, que, seguramente, en la cocina, escuchaba
los cuentos del cocinero. Pero no pudo. Atravesó sin hacer ruido el
comedor y la galería y continuó corriendo en dirección de los potreros.
[EN PROTECCION DE LOS DERECHOS DE AUTOR FINALIZA EL FRAGMENTO DE FUEGO EN CASABINDO]
[Imágenes: Escenas de Casabindo, Jujuy]
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