|
|
|
|
|
NOTAS EN ESTA SECCION
Marcha
atrás de la justicia |
La Tablada, veinte años
después |
Ultimo acto de la guerrilla setentista |
La opinión
de los medios después de los hechos
Diez años después, entrevista a los
presos |
La opinión del Ejército |
La situación de
Puigjané |
Entrevista a Gorriarán Merlo
Gorriarán y Seineldín recuperan la libertad |
César
Arias salió a cruzar a Gorriarán Merlo |
Gorriarán desafió a Arias a dilucidar la verdad
Hipocresías, por T. Boot, J. Salinas y R.
Dri | Utópicos
pero no asesinos, por R. Cossa |
Un militar
denuncia la represión en La Tablada, 2004
Almada, un militar
que se arrepintió |
Gorriarán después de
la cárcel |
Cuando Izquierda Unida se nego a marchar un 24 de Marzo
Creo que La Tablada
fue un error grande, Fray Antonio Puigjané (2004) |
El cura Puigjané y la última visita a Caseros antes del derrumbe
(agosto 2006)
NOTAS RELACIONADAS
"A
22 años, nadie parece saber qué quisimos hacer en La Tablada", por
Joaquín Ramos (2011) |
Enrique
Gorriarán Merlo
Reportaje a Fray Antonio Puigjané, revista Humor, 1983
| La Tablada: más silencios que
certezas (2011)
ENLACES RELACIONADOS
Comisión
Interamericana de DDHH, informe 55/97
LECTURA RECOMENDADA
Toma del cuartel de La
Tablada - Recortes de prensa |
Horacio Verbitsky - Gorilas en la niebla (Página/12, 26/03/89)
Ernesto López - reflexiones sobre La Tablada, 1989 | Alegato
de Enrique Gorriarán Merlo ante la Cámara de San Martín, 1997
Detenciones
por fusilamientos en La Tablada (noviembre 2009)
|
Comisión Interamericana de DDHH,
informe 55/97
La Tablada 20 años después, habla Antonio Puigjané |
Clarín: La Tablada 20 años después
Norberto Ivancich - El ERP y La Tablada, el Prode que se sacaron
los militares, 1989 |
Alegato de Roberto Felicetti, febrero
2001
Claudia Hilb - La Tablada,
último acto de la guerrilla setentista

|
|
|
6 de febrero de 2010
La “sala de feria” del tribunal revocó el fallo del juez Germán
Castelli, que había calificado como delitos de lesa humanidad los
fusilamientos de los integrantes del MTP que coparon el regimiento.
La CIDH consideró responsable al Estado por las ejecuciones.
Tres meses después de que la Justicia en primera instancia determinara
que fueron delitos de lesa humanidad los fusilamientos de los integrantes
del Movimiento Todos por la Patria (MTP) que atacaron el cuartel
de La Tablada, la Cámara Federal de San Martín consideró prescriptas
esas ejecuciones al determinar lo contrario: que se trató de “un
hecho aislado que no afectó a la población civil”.
Los camaristas revocaron el fallo que el juez federal de Morón,
Germán Castelli, había firmado el 10 de noviembre, y en el que había
calificado de imprescriptibles las ejecuciones y torturas a 29 miembros
del MTP que coparon el Regimiento de Infantería Mecanizada 3, y
que tras ser capturados por el Ejército fueron torturados y fusilados.
El magistrado se había respaldado en un dictamen de la CIDH (Comisión
Interamericana de Derechos Humanos) que determinó que el fusilamiento
de los irregulares rendidos se realizó “en representación del Estado
argentino, y contrariando las directivas del comandante en jefe
de las Fuerzas Armadas”. Según la Cámara de San Martín, “no se advierte
de lo actuado que confluyan los elementos objetivos y subjetivos
que caracterizan a los crímenes de lesa humanidad”, por lo que,
en virtud de los 21 años transcurridos, son hechos que ya no pueden
ser juzgados. En el fallo consideró que se trató de “un acto aislado,
espontáneamente emprendido y no planificado con anterioridad, en
respuesta a la inesperada agresión ilegítima de que fueron objeto
tanto la instalación del Ejército Argentino como sus efectivos”.
Sin descartar que los fusilamientos y tormentos aplicados a prisioneros
rendidos hubieran ocurrido, consideró que los mismos habrían respondido
“a la propia iniciativa de los ejecutores” y no “que hayan obedecido
a la política del Estado”. El fallo fue emitido por la denominada
“sala de feria” del tribunal, integrada por los camaristas Jorge
Barral, Hugo Fossati y Alberto Crisculo. Estos jueces entendieron
que “no se actuó contra una población civil por una determinada
política previa y planificada, sino que se actuó en el marco de
un combate espontáneo para recuperar rehenes e instalaciones militares
ilegítimamente atacadas”.
El juez Castelli había fallado que el fusilamiento de los “irregulares”
militantes del MTP tras su rendición “constituyen crímenes de lesa
humanidad y como tales son imprescriptibles”. En su resolución,
que ahora fue revocada, el juez de primera instancia recordó que
el entonces presidente Raúl Alfonsín había activado “el más vigoroso
brazo armado del país en defensa de la Nación”. Pero sostuvo que
“varios de los agentes convocados, además de cumplir exitosamente
la misión encomendada, aprovecharon el extraordinario poder otorgado,
el dominio del escenario de los hechos, la estructura y los recursos
estatales, para sobrepasar, sigilosamente, el poder presidencial”.
Y consideró que así se ejecutaron “graves violaciones al derecho
humanitario internacional, que incluyó dificultar las investigaciones”.
El juicio por el ataque al cuartel de La Tablada, que había culminado
con la condena a los atacantes, ignoró lo que terminó estableciendo
la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA en 1997:
el Estado argentino es responsable por las ejecuciones y torturas
a los detenidos. “Las autoridades no lograron identificar los cadáveres
de dichas personas a fin de establecer la causa de la muerte”, dijo
la CIDH al referirse a Carlos Burgos, Roberto Sánchez Nadal, Iván
Ruiz Sánchez, José Alejandro Díaz, Carlos Samojedny, Francisco Provenzano,
Berta Calvo, Ricardo Veiga y Pablo Martín Ramos. Cinco de ellos
permanecen en condición de desaparecidos. Ese organismo internacional
determinó la necesidad de realizar “una investigación independiente,
completa e imparcial de los hechos para identificar y sancionar
a los responsables de las violaciones a los derechos humanos”. El
juez Castelli había accedido a detener e indagar al mayor Jorge
Varando y al general Alfredo Arrillaga por su responsabilidad en
los hechos, pero el destino de la causa fue sellado ayer con la
resolución de la Cámara.
Página|12, 06/02/10
|
|
La
Tablada veinte años después: la Justicia en la mira
20-10-2008 / Dos fiscales y un juez federal que 20 años atrás acusaron
e instruyeron, respectivamente, el copamiento del R3 de La Tablada
quedarán al descubierto. Torturas, desapariciones y asesinatos a
mansalva en aquella sangrienta y tórrida jornada del 23 de enero
de 1989. Gerardo Larrambebere, Raúl Plée y Pablo Quiroga en el centro
de la escena. Hoy la Argentina puede separar el injustificable ataque
a un cuartel en plena democracia de los métodos criminales de militares
en actividad y del ocultamiento y complicidad de funcionarios del
Poder Judicial
Por Eduardo Anguita | Miradas al Sur
eanguita@miradasalsur.com
La presidenta Cristina
Fernández firmó, días atrás, el decreto 1578 que autoriza al juez
federal de Morón Germán Castelli el ingreso irrestricto a los archivos
de inteligencia del Estado, de la Policía Federal y del Ejército
relacionados con la desaparición de cinco ciudadanos a manos de
los militares y policía que redujeron al grupo que intentó copar
el R3 de La Tablada el 23 de enero de 1989. Esos archivos permitirán
conocer también la cantidad de irregularidades cometidas por los
fiscales y el juez que instruyó la causa. El decreto instruye a
los organismos de inteligencia que envíen de modo inmediato los
documentos relacionados con el hecho.
Fue crucial la intervención de la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos con sede en Washington, a la cual apelaron los abogados
y familiares de los desaparecidos para que se haga justicia. La
Corte, con las pruebas aportadas, consideró que hubo innumerables
abusos y recomendó al Estado argentino poner en marcha los mecanismos
y garantías para realizar una investigación independiente, completa
e imparcial.
Roberto Felicetti fue uno de los detenidos tras el cruento intento
de copamiento aquel 23 de enero de 1989. En el momento que se entregó
junto a algunos de sus compañeros, lo desnudaron, lo tiraron al
piso y luego lo torturaron de modo salvaje. Somos Dios, gritaban
desaforados algunos de los uniformados que los custodiaban en el
Casino de Suboficiales. Al cabo de unos días le tocó declarar frente
al juez Federal de Morón, Gerardo Larrambebere. "Doctor, me torturaron
salvajemente, vea, tengo los dos brazos fracturados", le dijo al
juez y le pidió, al igual que sus abogados defensores, que se iniciara
una investigación sobre apremios ilegales. Larrambebere miró a Felicetti
con desprecio y no hizo absolutamente nada. Ese juez, tras una instrucción
desastrosa, fue ascendido a juez del Tribunal Oral en lo Criminal
Nº 3. Como tal, y más allá de la consideración del ex juez Juan
José Galeano, actuó como tribunal de alzada en la causa Amia y cuestionó
con fiereza la instrucción por irregularidades que no involucraban
desapariciones, ni asesinatos ni torturas como las sucedidas en
la causa de La Tablada. Porque las torturas a Felicetti no fueron
ni por asomo el motivo principal de las cosas que ocultó el entonces
joven juez Larrambebere.
Fiscales en acción. Al momento de la instrucción, el fiscal Federal de Morón era Santiago Blanco Bermúdez, pero en esos días estaba de licencia. Llegaron entonces al lugar de los hechos, en el mismo momento que el cuartel permanecía tomado, el entonces fiscal de la Cámara Federal de San Martín Raúl Plée y el entonces defensor oficial del juzgado Federal de San Isidro Pablo Quiroga. Éste último, producto de la presión de la corporación militar –especialmente de Inteligencia del Ejército– fue nombrado fiscal subrogante, a partir de lo cual abandonó la función de defensor oficial. Quiroga y Plée formaron un equipo que no le daba espacio a Blanco Bermúdez, no sólo porque no tenían simpatías hacia él, sino porque no querían que se integrara a las reuniones con los agentes de inteligencia (tanto de la Side como del Ejército) que inspiraban su accionar.
De las primeras páginas de la causa (escritas cuando todavía se sentía olor a pólvora en el interior del cuartel y sólo en los periódicos salía que los atacantes pertenecían al Movimiento Todos por la Patria) surge que los fiscales Plée y Quiroga pidieron al juez una cantidad de allanamientos en una serie de domicilios, dando detalles de barrios, calles en distintos puntos del Gran Buenos Aires. En esos pedidos no aparece el origen de la información a la que habían accedido los fiscales, ni siquiera cómo los habían obtenido. La posterior investigación determinó que esos lugares habían sido utilizados por los atacantes y que en ellos se habrían encontrado planos y anotaciones relacionados con el ataque.
|
|
Esa documentación –de
origen desconocido– fue la base de la acusación contra los 13 miembros
del MTP detenidos que sobrevivieron al combate y a los asesinatos
posteriores. Pero nada decía sobre cómo habían muerto 28 de los
atacantes –la mayoría de ellos con los cuerpos destrozados tal como
lo muestran las fotos de la causa–. Ni qué pasó con algunos de ellos
que primero fueron dados por detenidos, otros como desaparecidos
e incluso alguno que fue reconocido como muerto días después. Tales
los casos de Francisco Provenzano, Carlos Samojedny, Carlos Burgos,
Iván Ruiz y José Díaz que estaban entre los detenidos aquel día
en el interior del cuartel.
A Samojedny lo tenían al lado mío –recuerda Felicetti– y uno de
los oficiales le pidió que se identificara y cuando dijo su nombre
y apellido, le dijo: ‘Hijo de puta, a vos te conozco la carrera,
te salvaste una vez. Vas a ver lo que es el infierno’. Samojedny
había sido detenido en 1974 en los montes tucumanos y entre los
tormentos de aquella vez lo paseaban por el aire con los pies atados,
cabeza abajo, desde un helicóptero.
En el caso de Provenzano, los militares empezaron a golpear brutalmente a todos al grito de ¡¿Quién es Pancho, carajo!. Era evidente que la inteligencia militar tenía el dato de que, por detrás de Enrique Gorriarán Merlo, un tal Pancho estaba entre los responsables de la acción. ¡Yo soy Pancho! gritó Provenzano para que dejaran de golpear al resto. Lo llevaron aparte. A la familia le negaron que estuviera detenido. Decidieron buscar entre los restos humanos para localizar, quizá, algún resto de su cuerpo. La determinación de su hermano Sergio, médico cirujano, hizo que dieran con una vértebra que reconoció porque él mismo lo había operado de una hernia lumbar 15 años atrás. El cuerpo de Francisco Provenzano había sido volado con explosivos no sólo para mostrar que los métodos usados en la dictadura estaban a la orden del día, sino también para que nadie pudiera reconocerlo.
En el caso de otros
detenidos en el cuartel, como Carlos Burgos, Iván Ruiz y José Díaz,
durante años los antropólogos forenses debieron trabajar sobre restos
humanos para tratar de determinar si están o no desaparecidos como
Samojedny. Como prueba del descuartizamiento de otros detenidos,
los antropólogos dieron con un pedazo de fémur que, casi con seguridad,
pertenece a Burgos.
Los fiscales Plée y Quiroga nada hicieron entonces. Su lealtad no
era con la verdad, sino con el grupo de oficiales que usó métodos
propios del Terrorismo de Estado. Sin embargo, casi 20 años después,
Plée es fiscal de la Cámara de Casación Penal y titular de la Unidad
Fiscal para la Investigación de Delitos de Lavado de Dinero y Financiamiento
del Terrorismo. Quiroga es fiscal Federal de la Cámara de Apelaciones
de San Martín. Ambos ascendieron en su carrera judicial.
Cabe preguntarse, estos fiscales, ¿obtuvieron la información por
vías lícitas en aquel verano de 1989? ¿Por qué no consta en las
actuaciones quiénes y de qué manera les dieron datos precisos? ¿Por
qué no instruyeron las denuncias sobre torturas y evadieron la investigación
sobre las personas desaparecidas? ¿Es posible que durante horas
y horas se torturara sin que la fiscalía y el juzgado que instruían
las pruebas estuvieran en el limbo?
Rodolfo Yanzón, abogado defensor de las víctimas de La Tablada mantuvo,
en el año 2000, una conversación reveladora con el entonces procurador
de la Nación Carlos Becerra que tiene a su cargo el Ministerio Público,
o sea los fiscales federales de todo el país. Yanzón le planteó
las irregularidades de la causa y Becerra lo cortó, con toda franqueza:
Mire Yanzón, hay tres fiscales que trabajan directamente para el
Ejército, dos de ellos son Plée y Quiroga.
Fuente: Miradas al Sur, 20/10/08
Cobertura
de Crónica TV (9 videos)
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Clic en las imágenes para verlas en tamaño real (MediaFire) |

La
Tablada: el último acto de la guerrilla setentista
Por Claudia Hilb | Revista Lucha Armada
El 23 de enero de 1989 un grupo armado dirigido por Gorriarán Merlo,
simuló pertenecer al movimiento golpista carapintada y asaltó el
cuartel de La Tablada. La autora reconstruye y analiza una operación
que culminó con la muerte y la cárcel de la mayoría de sus participantes.
1. Introducción
Desde el momento en que, a media mañana del lunes 23 de enero de
1989, se comenzó a confirmar la sospecha de que quienes habían irrumpido
de manera violenta en el cuartel de La Tablada no eran militares
carapintadas sino civiles, hombres y mujeres según toda apariencia
ligados al Movimiento Todos por la Patria y en algunos casos antiguos
militantes del PRT-ERP, la perplejidad y la consternación cayeron
como un pesado manto sobre grandes sectores del espectro político
y político-intelectual local. ¿Qué explicación –se preguntaban,
nos preguntábamos– podía encontrarse para ese asalto a un cuartel
militar en pleno régimen alfonsinista, por parte de integrantes
de una agrupación que sostenía, hasta donde era públicamente conocido,
un discurso político amplio, democrático y aglutinador de las fuerzas
progresistas del país? ¿Qué lógica, qué confusión o desvarío podían
explicar ese hecho, a primera vista inentendible, que evocaba inmediatamente
reminiscencias del accionar guerrillero de la primera mitad de los
70?
Recuerdo de manera casi física mi propia desolación. Recuerdo también
la intuición implacable, luego confirmada, de que entre los asaltantes
reconocería algunos nombres que reemergerían de aquel pasado setentista.
Presos liberados por la democracia, exiliados retornados al país,
integrantes de mi generación que –por motivos cuyo sentido me propuse
entonces intentar esclarecer algún día– habían hallado la muerte
en la brutal represión que siguió a lo que entonces se me figuraba
como la parábola absurda de vidas aún jóvenes que parecían, en esa
inmolación mortífera y suicida, poner en escena su imposibilidad
de regresar a la vida corriente luego del fracaso del proyecto revolucionario.
|
|
En el año 2005, en el
marco de la construcción del Archivo de Historia Oral de la Argentina
Contemporánea coordinado por Marcos Novaro y Vicente Palermo, tuve
la oportunidad de participar de una larga entrevista a Enrique Gorriarán
Merlo, antiguo dirigente del PRT-ERP y figura preeminente del MTP.
Esa entrevista fue –si se me permite la malvenida metáfora militar–
el detonador para mi proyecto siempre diferido de intentar comprender
el sentido del ataque a La Tablada. En ella, Gorriarán se atuvo,
en lo esencial, a lo que más abajo denomino la versión oficial de
los hechos; aun así, el diálogo prolongado permitió que en los pliegues
de esa versión oficial se ratificara una certeza, que a mí me resultaba
fuertemente perturbadora de aquella versión oficial: las fuerzas
atacantes habían buscado disimular su carácter de civiles arrojando
volantes de un ficticio agrupamiento denominado Nuevo Ejército Argentino.
Y había sido, en palabras de Gorriarán Merlo, en el momento en que
se empezó a decir que el grupo atacante no era un grupo carapintada
sino un grupo de civiles que la operación naufragó definitivamente.
Asida al hilo conductor de esa certeza perturbadora reconocida de
manera pública por Enrique Gorriarán Merlo, encaré esta investigación.2
2. La versión oficial
Recordemos muy suscintamente los hechos, intentando mantenerlos
lo más desprovistos de interpretación que podamos. Alrededor de
las 6.30 de la mañana del lunes 23 de enero, un camión de Coca Cola,
del que más tarde se sabría que había sido robado minutos antes
en San Justo, derribó el portón de ingreso al Regimiento III de
La Tablada. Detrás del camión ingresó una fila de seis autos, y
de estos vehículos se inició un ataque armado contra la guardia
de prevención del cuartel. Según declaraciones posteriores del chofer
del camión y de otros testigos del hecho, tras el robo del camión
y antes del ingreso al cuartel los atacantes, algunos de ellos con
sus caras pintadas, arrojaron volantes desde uno de los vehículos,
mientras gritaban Viva Rico.
El ataque se extendió al resto del Regimiento, al sector de Casino
de oficiales y de los Galpones de blindados, donde los atacantes
encontraron una importante resistencia. A partir de media mañana
ya nadie bien informado ignoraba que los ingresantes no eran carapintadas
sino civiles; la presencia de mujeres y de hombres muy jóvenes apoyaba
la tesis de una reedición de la guerrilla de cuño setentista. De
allí en más, la intervención del ejército sería cada vez más violenta
y si bien ya nadie creía que el ataque podría resultar victorioso,
el desenlace se estiraría hasta la mañana siguiente.3 El martes
24 la rendición de los últimos atacantes será seguida, según la
denuncia de los prisioneros y según toda verosimilitud, del fusilamiento
de algunos de los más notorios de ellos. El saldo final del ataque
para las fuerzas, que según ya se había confirmado eran del MTP,
es de 29 muertos y 13 prisioneros.4
Como lo señalo en la introducción, la asunción, por parte de Enrique
Gorriarán, de que el ingreso al cuartel había sido acompañado del
lanzamiento de volantes de un ficticio Nuevo Ejército Argentino
orientó, desde el principio, mi necesidad de restituir la lógica,
el sentido, de los acontecimientos, pues se insinuaba como inabsorbible
en el relato hegemónico que proveían los asaltantes de La Tablada,
primero en el juicio, y luego también en sus declaraciones posteriores.5
La
versión oficial, que puede fácilmente recomponerse a través de la
contrastación de la escasa bibliografía existente sobre el hecho,
en principal a través de las afirmaciones de Enrique Gorriarán en
sus memorias, de su entrevista para el Archivo de Historia Oral,
de los testimonios de presas de La Tablada en Mujeres Guerrilleras,
o a través de las fuentes provistas por el libro de Juan Salinas
y Julio Villalonga Gorriarán, La Tablada y las guerras de inteligencia
en América Latina6, y que me fue también suministrada en primera
instancia por varios de los entrevistados, se erige fundamentalmente
sobre la afirmación de que el ingreso al cuartel por parte del grupo
del MTP tuvo como finalidad detener un nuevo alzamiento carapintada,
que debía producirse el día 23 de enero.7 Ese alzamiento, se afirma,
tenía su base, o una de sus bases fundamentales, de lanzamiento
en dicho cuartel; y sobre todo, se añade, de producirse habría tenido
características particulares que lo harían especialmente peligroso:
el alzamiento en preparación se habría propuesto no limitarse a
los cuarteles sino salir a la calle y producir una suerte de noche
de San Bartolomé –la expresión se repetía de manera sistemática–,
orientada contra dirigentes progresistas.8 A su vez, ese alzamiento
por venir debía ser enmarcado en un complot más vasto, que incluía
a Carlos Menem y a otros dirigentes del peronismo, y que colocaba
en el horizonte cercano la destitución del presidente Raúl Alfonsín
y su sustitución por el vicepresidente Victor Martínez.
En apoyo de esa lectura, los atacantes de La Tablada ofrecían numerosas
pistas: en primer lugar, una interpretación de la sucesión de remezones
que se habían venido produciendo desde Semana Santa y que se sleían
en términos de una escalada, que había llegado hasta la producción
de muertos civiles en el alzamiento de Villa Martelli, y que habría
de continuar ahora bajo la forma de una salida de los cuarteles
y la mencionada noche de San Bartolomé –la columna de opinión Un
secreto a voces, del dirigente del MTP Quito Burgos, publicada en
Página 12 del 17/1/89, describía ya entonces ese posible escenario
de manera muy detallada–. En segundo lugar, la insistencia en un
complot menemista-seineldinista, cuya verosimilitud estaba sostenida
sobre una conjunción de fuentes propias no declaradas, sobre informes
de inteligencia provenientes de Panamá y, de la manera públicamente
más proclamada, sobre el testimonio de personas que, por diversas
razones particulares, habían tenido acceso a información acerca
de movimientos carapintadas y contactos entre Seineldín y Menem.
Estos últimos testimonios –de Karin Liatis y Gabriel Botana– fueron,
en los días previos a los hechos de La Tablada, anunciados en conferencia
de prensa por la cúpula del movimiento, presentados ante la justicia
por Jorge Baños, abogado del CELS e integrante de la dirección del
MTP, posteriormente muerto en La Tablada, y propalados con fuerza
a través de los medios, en particular de Página 12.9 Sumados a estos
elementos, el gobierno de Alfonsín, sostiene el relato, se mostraba
confundido, inerme, incapaz de una respuesta ante la creciente amenaza
militar.
En una palabra: el 23 de enero debía producirse un alzamiento carapintada
con epicentro en el cuartel de La Tablada, que tendría por propósito
salir a la calle y, posiblemente, producir una matanza selectiva
de dirigentes progresistas. La acción del MTP era una acción destinada
a abortar el alzamiento antes de que éste se produjera, acción heroica
de hombres y mujeres decididos a actuar frente a la inacción de
un gobierno inerme. Nada había en esa acción, se insistía, que la
ligara a los copamientos de cuarteles por parte de la guerrilla
en los años 70: en los textos, y sobre todo en las entrevistas,
resulta notable la afirmación, también repetida, de que el MTP no
se proponía reeditar la táctica de lucha armada propia de aquellos
años previos al golpe de 1976. Testimonio de la diferencia entre
aquellos copamientos y este acontecimiento era –como también se
decía de manera reiterada– que algunos de los atacantes habían entrado
al cuartel con sus propios vehículos y sus documentos de identidad,
y que las armas empleadas no sólo eran pobres para una intentona
de copamiento tradicional, sino que habían sido compradas en los
días previos al hecho en armerías de la ciudad de Buenos Aires.
|
|
¿Qué creían los militantes
del MTP que ingresaron a La Tablada que debía resultar de su acción?
¿De qué manera podía su ingreso frenar el alzamiento que decían
debía producirse? ¿Podía un grupo mal armado de cuarenta personas,
la mayoría carente de un entrenamiento militar más o menos serio,
frenar un alzamiento en marcha? En el caso de que hubieran podido
ocupar el cuartel, ¿qué habrían hecho luego?
Es difícil, si no imposible, encontrar una respuesta a estas preguntas
en los textos o testimonios mencionados si nos seguimos orientando
por la lectura más estrecha de la versión oficial según la cual
el objetivo era parar el golpe. ¿Cómo, de qué manera, lograrían
frenar el golpe en marcha? ¿Qué harían los atacantes una vez ocupado
el cuartel de La Tablada y reducidos los supuestos militares alcistas?
Para encontrar algún sentido a la idea expresada de parar el golpe
era necesario añadir a la versión oficial por lo menos la idea algo
vaga de cambio de rumbo, expresada en esos términos por Enrique
Gorriarán en sus Memorias: la idea, explica Gorriarán, era ganar
la iniciativa, parar el golpe y exigir al gobierno firmeza frente
a los planteos militares. Pensábamos que con la gente en la calle
y los militares aún no movilizados en conjunto se dificultaría mucho
la represión posterior; claro que no descartábamos nuevos enfrentamientos
pero ya en mejores condiciones. En aquel momento el poder político
estaba cada vez más condicionado, el pueblo se sentía cada vez más
separado de ese poder político, y los golpistas estaban cada vez
más envalentonados. Con La Tablada intentábamos frenar ese proceso
y ayudar a un cambio de rumbo que despejara el camino a la democracia.10
¿De qué manera, repetimos,
imaginaban los atacantes de La Tablada ese cambio de rumbo, y de
qué modo podía su acción contribuir a él? En una primera aproximación,
si nos atuviéramos a la versión oficial de los hechos que provocaron
el ingreso al cuartel y no intentáramos leer entre líneas las afirmaciones
de Gorriarán, podríamos imaginar que ese cambio de rumbo debía consistir
en un fortalecimiento de las fuerzas antigolpistas, envalentonadas
por el efecto suscitado por la acción de un grupo de 40 civiles
pobremente armados, que habrían demostrado poder tomar un cuartel
a punto de alzarse contra la democracia, y probado la posibilidad
de impedir la acción de los sublevados y humillado así a los militares.
La salida del grupo del MTP del cuartel sería acompañada por la
movilización de la gente en la calle que, frente al éxito de la
acción de un grupo pequeño y decidido podría ver entonces que la
manera de cambiar la relación de fuerzas entre militares golpistas
y civiles demócratas no era por vía de las concesiones y el retroceso,
sino por la del fortalecimiento de la movilización, el coraje y
el avance; exigiría e impondría al gobierno mayor firmeza frente
a los golpistas.
3. ¿Víctimas de una operación de inteligencia?
|
|
Cuando encaré esta investigación
comprendí muy pronto que no sólo para mí el sentido de los hechos
de La Tablada resultaba difícil de asir. En la escasa documentación
consagrada al tema o en las conversaciones con actores políticos
ajenos al MTP o con periodistas que siguieron de cerca los acontecimientos
del 23 de enero reaparecía de manera reiterada la hipótesis explicativa
de que el ingreso al cuartel del grupo del MTP podría haber resultado
en una operación de inteligencia exitosa, comprada con cierta ingenuidad
por Gorriarán y los suyos. Los promotores posibles de esa operación
variaban según el interlocutor, pero eran básicamente dos: los militares
(no carapintadas) por un lado, y la Coordinadora de Enrique Nosiglia
por el otro.11 Los militares, parecían sostener unos, habrían alimentado
la versión de una conspiración e instigado la acción preventiva
del MTP, para desarticular en esa jugada exitosa simultánea un grupo
ideológico opositor cuyo crecimiento veían con preocupación, cobrar
cuentas pendientes a antiguos militantes del ERP, reverdeciendo
la teoría del carácter agresor de la guerrilla en la represión de
los 70, y enaltecer su propio papel en el mantenimiento de las instituciones
frente al accionar renovado de la subversión y, eventualmente, de
los propios sectores carapintadas. La Coordinadora de Enrique Coti
Nosiglia, imaginaban otros, se habría servido de los contactos conocidos
entre Nosiglia y Provenzano12 para instilar en el MTP la información
de un pacto entre Menem y Seineldín, con el fin de desprestigiar
al líder peronista que se perfilaba ya entonces como el potencial
triunfador en las elecciones de fines de 1989, y habría contribuido
de esa manera a alimentar las peores fantasías del MTP respecto
de un retorno de la influencia militar en los asuntos políticos.
Las denuncias ya mencionadas de Baños, basadas en los testimonios
de Liatis y Botana, en los días previos al 23, serían el resultado
de esa operación urdida desde las oficinas de Nosiglia.
Cabe destacar que estas dos hipótesis disímiles –que ponían ambas
el acento en que el MTP habría podido ser víctima de una operación
de inteligencia– se apoyaban, para ello, en la versión oficial de
los hechos. En otras palabras, no interrogaban la razonabilidad
de la finalidad declarada de la acción de La Tablada –parar el golpe–,
que eventualmente calificaban de delirante, y cuestionaban tan sólo
el carácter fidedigno de la información que habría llevado al grupo
liderado desde fuera del cuartel por Gorriarán a la decisión de
ingresar en él para detener un alzamiento, para ambas hipótesis
inexistente.
|
|
Aun sin adentrarnos
todavía en una relectura de los acontecimientos que desdiga de plano
la admisión lineal de la versión oficial, cosa que haremos en el
apartado siguiente, podemos advertir que la teoría según la cual
el MTP habría sido víctima de una operación de intoxicación presentaba
dificultades indisimulables. Por una parte, si bien la hipótesis
era compatible con el carácter creciente del ambiente conspirativo
del MTP, cuyos máximos dirigentes parecían –según nos señalaron
diversos interlocutores– cada vez más fascinados por las elucubraciones
de inteligencia propias y ajenas, debía suponerse que al mismo tiempo
idéntico humor conspirativo habría puesto en alerta a militantes
avezados, como eran muchos de los atacantes de La Tablada, respecto
de las posibilidades de operaciones de inteligencia o de infiltración
de los servicios de inteligencia adversos. En segundo lugar, dicha
teoría tomaba por dinero contante y sonante la versión oficial del
ataque brindada por los protagonistas, y rechazaba la versión de
los mismos protagonistas cuando estos negaban –como lo negara enfáticamente
Roberto Felicetti en una Carta Abierta al periodismo en septiembre
de 1989– haber sido víctimas de una operación de inteligencia ajena.13
Por fin, ya tras el fracaso de la acción, dicha hipótesis no ofrecía
respuesta a la pregunta que nos hacíamos en el apartado anterior:
si la versión oficial del MTP reflejaba la verdad de la acción del
movimiento, ¿qué esperaba el MTP lograr con el ingreso a La Tablada?
Suponiendo que La Tablada hubiera salido mal porque los militares
los estaban esperando, ¿qué hubiera sido, desde la óptica del MTP,
que La Tablada saliera bien? Añadamos, para concluir este breve
apartado, que un análisis muy superficial de los elementos previos
o contemporáneos al ataque hacía poco verosímil esta hipótesis:
los mismos elementos que me perturbaron a mí en el origen de mi
indagación, en particular los falsos volantes del Nuevo Ejército
Argentino, a los que se sumó muy pronto la evidencia de la naturaleza
endeble de las fuentes citadas por el MTP como prueba de sus denuncias
de conspiración militar, debían poner seriamente en duda la idea
de que el MTP hubiera sido víctima de una operación de inteligencia
por parte de un tercero, que lo habría llevado de ese modo a ingresar
violentamente al cuartel de La Tablada aquel 23 de enero de 1989.
4. De La Tablada a La Rosada: el camino más corto de la insurrección
popular
Como señalé varias veces en los párrafos precedentes, el hilo conductor
de mi investigación se desenrolló, desde el primer momento, partiendo
de los volantes falsos arrojados por los activistas del MTP que
ingresaron al cuartel de La Tablada. ¿Era cierto que esos volantes
habían sido sembrados por el MTP? En caso afirmativo, ¿por qué,
si efectivamente había un golpe en marcha en ese cuartel, debían
los atacantes proveer de (falsos) elementos de prueba de ese golpe?
Obtuve una respuesta afirmativa a mi primera pregunta en la entrevista
a Enrique Gorriarán: sí, habían sido ellos quienes habían arrojado
esos volantes –era una cuestión de tácticas militares.14 Algunas
entrevistas posteriores a ingresantes al cuartel corroboraron esta
afirmación, como así también las versiones –ratificadas durante
el juicio por el chofer del camión robado– de que algunos de ellos
habían actuado con las caras pintadas y vestidos de militares; otros
entrevistados negaron enfáticamente ambos hechos.15 Quedaba por
responder a la segunda pregunta: ¿por qué habían arrojado los volantes,
camuflados de militares carapintadas? La lógica más elemental indicaba
que si los atacantes tomaban a su cargo la representación de su
propio papel y también el de los carapintadas… era porque tal golpe
no existía, y que de lo que se trataba era de poner en escena un
golpe inexistente y su derrota por parte de un grupo de civiles
armados. Con el correr de mi investigación fui confirmando esta
hipótesis que aun negada por Enrique Gorriarán, había ido tomando
cuerpo en aquella larga entrevista. En un intercambio sorprendente,
al que ya me referí en la Introducción de este texto, al mismo tiempo
que sostenía que la finalidad de la acción de La Tablada había sido
la de frenar un golpe antes de que éste saliera de los cuarteles,
Gorriarán también afirmaba que dicha acción había sido exitosa durante
un primer momento, en el cual la impresión general había sido que
los ingresantes al cuartel era un grupo de carapintadas y que se
estaba en presencia de un nuevo alzamiento, lapso durante el cual
se habían comenzado a sumar pronunciamientos de diversas organizaciones
sociales y políticas en contra del golpe. Las cosas anduvieron bien,
afirmaba Gorriarán, hasta que surgió que era un ataque guerrillero
contra un cuartel.16
|
|
¿Qué esperaban los atacantes
del cuartel de La Tablada del plan consistente en la puesta en escena
de un alzamiento militar en el cual se habían reservado el papel
de vencedores? El plan había fracasado, a ojos vista. Pero ¿qué
hubiera significado su éxito? A medida que en el curso de mi investigación
iba confirmando que, por lo menos para los activistas directamente
comprometidos en el asalto al cuartel, se trataba sin lugar a dudas
de la puesta en escena de un alzamiento y no de la convicción de
que ese día, el 23 de enero, se preparaba efectivamente una asonada
militar en La Tablada,17 esta pregunta fue tomando un lugar preponderante.
La respuesta que, de manera coincidente, fui obteniendo me provocó
una perplejidad no menor a la que me había provocado el aparente
sinsentido del ataque: la imagen repetida del éxito de la operación
La Tablada era la de los atacantes saliendo del cuartel montados
en los tanques, rumbo a la Plaza de Mayo, civiles valientes que
proclamándose victoriosos en su reacción contra una nueva asonada
de los militares alcistas, encabezarían una insurrección popular
que los militantes del MTP tenían por misión fogonear en coincidencia
con la salida del cuartel en los distintos barrios. El plan habría
de incluir, entre otros, la posterior toma de radios y de edificios
públicos, y el llamado a la movilización de la población a través
de una proclama previamente preparada. También la elección del Regimiento
III como centro del operativo adquiría en ese contexto una nueva
significación: La Tablada, se me dio a entender, era, de todos los
cuarteles, el que reunía la doble condición de cercanía respecto
de la Capital y de contar con tanques en su interior. El relato
del éxito esperado del ataque al cuartel otorgaba así un sentido
definido a la afirmación de Gorriarán respecto del cambio en la
relación de fuerzas; ese cambio, lejos de proponerse reforzar al
gobierno y a las fuerzas antigolpistas frente a las presiones golpistas,
debía consistir en una insurrección exitosa, cuyos contornos más
detallados no parecían estar demasiado claros (o por lo menos no
parecían estarlo para muchos de los sobrevivientes), pero que definitivamente
debían producir un cambio de connotaciones mayores en la vida política
argentina.18
A la luz de la explicación de La Tablada en estos términos, de una
puesta en escena de una asonada militar derrotada por un grupo de
civiles que, fuertes por su triunfo, encabezarían una insurrección
exitosa, el carácter endeble de las denuncias previas a los acontecimientos
del 23 de enero toma otro cariz: señalábamos antes que las únicas
denuncias realizadas por testigos supuestamente directos de la conspiración
carapintada realizada por Jorge Baños en su presentación judicial
fueron las de Karin Liatis y Gabriel Botana; es preciso señalar
que –si bien nada se decía al respecto– ambos eran militantes del
MTP, y, la primera, entonces pareja del propio Baños.19 Las denuncias,
reproducidas sobre todo por Página 12 y más bien desestimadas en
cuanto a su seriedad por el resto de los diarios,20 pueden en ese
contexto comprenderse como parte de la preparación del clima que
haría más verosímil el armado de la operación del día 23.
Si tal era entonces el sentido de la operación el ataque a La Tablada,
quedaba para el investigador la tarea de restituir a esta operación
algún tipo de lógica que hiciera que su éxito resultara verosímil
para los militantes que participaron en ella, y también coherente
de alguna manera con la historia de la organización que la llevó
a cabo. Y es preciso decir al respecto que, pese al carácter inverosímil
que para un observador externo pudiera tener esa lógica, pese a
la naturaleza aparentemente delirante de un proyecto que, en una
democracia recientemente recuperada tras años de la más cruel dictadura,
aspirara a concitar el apoyo masivo a una aventura armada, cuando
comencé a adentrarme en la lógica que guió a los atacantes de La
Tablada volví a percibir la virulencia del efecto que sobre sus
participantes ejercen los microclimas conspirativos de las sectas
revolucionarias.
5.
Un poco de historia
a. La formación del MTP
El Movimiento Todos por la Patria, fundado en Managua en el año
1986, fue el corolario de la creación de la revista Entre Todos
surgida también en Nicaragua hacia fines de 1983 de la reunión del
grupo de antiguos militantes del PRT-ERP, nucleados alrededor de
Gorriarán Merlo, con individuos o grupos provenientes de otras experiencias
de la izquierda y el peronismo radicalizados de los años 70.21 El
grupo del PRT-ERP reunido en torno de Enrique Gorriarán Merlo, que
había participado de los momentos finales de la Revolución sandinista
de julio de 1979, representaba probablemente entonces la única expresión
organizada de lo que había sido el PRT. Enfrentado a la conducción
de Luis Mattini, secretario general de la organización tras la muerte
de casi toda la dirección en julio de 1976, el grupo de Gorriarán
había expresado en la crisis que se produjo en el PRT en el exilio
posturas que, en términos generales, representaban sobresaltos de
fuerte contenido voluntarista y de corte renacidamente foquistas
frente a una posición probablemente más crítica del accionar pasado,
y por ello también menos voluntarista, de la mayoría del Buró Político
liderada por Mattini. Fue uno de esos sobresaltos que lo llevó al
grupo de Gorriarán –ya separado del PRT de Mattini– a dejar de lado
momentáneamente su plan de conformación de una guerrilla rural en
Argentina para unirse a la Revolución nicaragüense poco antes de
la victoria final, y fue posiblemente a su vez la conciencia de
la crisis de las concepciones tradicionales del PRT la que llevaría
poco después a una nueva división y a la disolución final del grupo
liderado por Mattini.22
La
larga agonía de los presos políticos(2003) Diversos organismos internacionales y el informe 55/97 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos destacan la violación del derecho a la defensa, el asesinato de 9 personas después de su rendición y la tortura a que fueron sometidos los detenidos. En el año 2000 los detenidos iniciaron una huelga de hambre que duró 46 días. El 3 de agosto depusieron su actitud ante la promesa de que sus reclamos serían satisfechos. Un mes después, cuando comprobaron que lo prometido no se cumplía, reanudaron el ayuno. Más tarde el presidente Fernando de la Rúa (fines de 2000) anunció el decreto de conmutación de penas, reduciendo las condenas para los detenidos a excepción de Enrique Gorriarán Merlo, líder del movimiento, y su compañera Ana María Sívori, por no estar incluidos en el informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. El sacerdote Fray Antonio Puigjané, condenado a 20 años de prisión, merced a dicha conmutación y dada su avanzada edad fue puesto bajo detención domiciliaria. Finalmente en 2003 el presidente saliente Eduardo Duhalde, a punto de traspasar el poder a Néstor Kirchner, decretó una amnistía para los presos de La Tablada y un grupo de carapintadas, presos desde 1989. |
Cuando con el arribo
de la democracia a Argentina en 1983 los presos políticos recuperan
la libertad, un grupo importante de antiguos militantes del PRT-ERP
que había seguido durante su cautiverio ligado de manera lo más
orgánica posible a su organización se plantea la posibilidad de
retomar la actividad política en continuidad con su historia previa.
En ese momento, de lo que había sido el PRT, el grupo de Gorriarán
Merlo aparece como la única opción mínimamente articulada. Si bien
para muchos de aquellos militantes Enrique Gorriarán aparecía como
una figura históricamente cuestionada por representar las posturas
más militaristas y menos políticas de la organización, por ende
podían haberse sentido más afines a la tendencia representada en
el momento de la ruptura por Luis Mattini, pero esta última había
dejado de existir en tanto tal. Simultáneamente, la propuesta pluralista
y basista de la revista Entre Todos, primera expresión pública de
lo que luego habría de ser el Movimiento Todos por la Patria, debió
ayudar a superar las prevenciones iniciales respecto de la figura
de Gorriarán y condujo a varios de aquellos ex presos del PRT a
sumarse a la iniciativa. Francisco Provenzano, Roberto Felicetti,
Carlos Samojedny, tres antiguos presos liberados en el 1983-1984
que participarían en La Tablada, se contaron entre quienes decidieron
unirse a esa empresa.23
Si reconstruimos la historia temprana de la revista Entre Todos
y de quienes serían luego notorios militantes del MTP encontramos
que varios de ellos ocupan, entre 1984 y 1985, lugares de relevancia
en la estructura del Partido Intransigente (PI). La experiencia
de algunos de ellos los llevaría muy rápidamente a ocupar posiciones
de dirigencia intermedia y a lograr un reconocimiento considerable
entre los jóvenes que por entonces afluían masivamente a las organizaciones
progresistas. Para estos militantes setentistas ligados desde el
inicio al proyecto de Entre Todos, el paso por el Partido Intransigente
pareció volverse muy pronto (cuando no lo había sido desde el inicio)
una opción táctica que debía, tarde o temprano, dar lugar al pasaje
de una parte de la militancia al nuevo movimiento que en algún momento
se conformaría. Y efectivamente, la posición adquirida en el PI
redundaría en que, en el momento del paso de estos dirigentes al
naciente MTP, detrás de ellos se desplazara un número considerable
de militantes.24 Según múltiples testimonios, en ausencia de otras
publicaciones, el trabajo político en el PI se realizaba por otra
parte entonces en gran medida a través de la revista Entre Todos,
llamativa por su carácter plural y antisectario, en la que coincidían
firmas de todo el espectro progresista de la vida política argentina,
desde el peronismo hasta los antiguos militantes del PRT, pasando
por los sectores más progresistas del radicalismo, del Partido Intransigente
o del Partido Comunista, como así también por las voces progresistas
no partidistas de la Iglesia, de los sindicatos o de otros movimientos
sociales.
La revista Entre Todos fue también un importante vehículo de organización
y nucleamiento de numerosos grupos de jóvenes que en los barrios,
alrededor de las parroquias, en los colegios secundarios o en las
Universidades expresaban en su activismo el entusiasmo de aquella
primavera de 1984. Los relatos recabados entre los jóvenes militantes
de entonces reproducen todos, en términos generales, la misma secuencia:
grupos autoorganizados que, al entrar en contacto con la revista
encuentran en ella una expresión más global, generalizadora, para
sus preocupaciones, y un discurso que inscribe sus preocupaciones
en un relato que liga su actividad con la lucha antidictatorial.
Estos grupos de jóvenes, en abierta disponibilidad política, se
ven masivamente atraídos por un discurso amplio, reivindicativo
en el ámbito de lo local y que inscribe simultáneamente su actuación
en un proyecto más abarcativo, tanto espacial como temporalmente.
Si recorremos la revista Entre Todos en su primera época, dos asuntos
llaman la atención: el primero, el amplio abanico de las firmas,
señalado precedentemente; el segundo, muy visible, es la presencia
permanente –a razón de uno o dos artículos por número– de la Revolución
nicaragüense. A la vez, a la lectura de esta publicación la evolución
del proyecto MTP se deja observar con claridad: con el correr de
los números el tono democrático, reivindicativo y pluralista va
dejando paso progresivamente a un tono más declaradamente revolucionario.
Pero será necesaria una ruptura interna del MTP para que ese tono
revolucionario se afirme definitivamente, y que Entre Todos deje
de ser una publicación concebida como instrumento del trabajo político
con las bases –rol que como señalábamos más arriba había cumplido
con notable éxito– para pasar a ser un órgano de aglutinación de
cuadros con definiciones políticas más marcadas, con una propuesta
de construcción partidaria y de vanguardia, y organizado alrededor
de las firmas de los militantes más notorios del MTP.
|
|
Aquella ruptura interna
del MTP se produjo en dos momentos: un primer momento, en diciembre
de 1987, signado por la salida de algunas personalidades notorias
de la dirección del Movimiento, entre ellas sobre todo Rubén Dri
y Manuel Gaggero, quienes habían participado de la fundación del
movimiento, e incluso antes, del proyecto originario de una reorganización
pluralista de las fuerzas progresistas alrededor de la fundación
de la revista Entre Todos. Un segundo momento, de menor impacto
público pero de mayor trascendencia interna, se produjo casi sin
solución de continuidad respecto del primero, signado por la partida
de grupos importantes de militantes, sobre todo en Buenos Aires,
Gran Buenos Aires y Córdoba, disconformes con el rumbo abiertamente
vanguardista y el cariz conspirativo que tomaba el MTP, y con la
presencia cada vez más determinante de la figura de Enrique Gorriarán
en su seno.
A la escucha de los testimonios de quienes participaron –quedándose
o yéndose– de aquel proceso de vanguardización del MTP, y a la luz
de la deriva posterior de este movimiento que condujo a La Tablada,
es interesante destacar que la tensión que derivó en ruptura, entre
una postura más basista o movimientista, y más reticente con respecto
a las posibilidades de una aceleración revolucionaria, y las posiciones
más vanguardistas y más optimistas respecto de una tal aceleración,
parecen haber surcado el movimiento desde sus inicios. Probablemente,
unos y otros suscribieran, en aquellos momentos iniciales, a la
idea de una revolución futura; posiblemente, unos y otros pensaran
que la derrota del proyecto setentista no ponía en crisis la idea
de Revolución, pero sí obligaba a reconsiderar los tiempos y los
modos en que podría producirse un cambio revolucionario en Argentina.
Pero allí donde disentían, y donde disentirían cada vez más, era
en la comprensión del modo en el que la actividad política debía
contribuir a dicho proceso, si debía hacerlo a través de un proceso
de organización de los sectores populares que no podía, en las condiciones
de entonces, sino ser abarcador, lento y paulatino, o si estaba
en sus manos acelerar los tiempos a través de una férrea formación
política de vanguardia.
b. Una, dos, tres Managuas.
La Tablada en el espejo de la Revolución sandinista El asalto a
La Tablada constituyó, entiendo, la cristalización mortífera de
esta última postura de aceleración de los tiempos, encarnada por
el grupo que, nucleado alrededor de Gorriarán Merlo, había participado
de los últimos momentos del triunfo de la Revolución sandinista.
Ajenos en su mayoría a los avatares de la vida cotidiana en la Argentina
durante la dictadura militar, profesionalizados como militantes
revolucionarios desde hacía décadas o desde su salida más reciente
de la cárcel, los integrantes de aquel núcleo duro del MTP, sumidos
en el microclima de la militancia revolucionaria y del triunfo reciente
de la revolución nicaragüense, creyeron posible leer los acontecimientos
de la vida política argentina tras la instalación de la democracia
a la luz de los debates de la vanguardia sandinista bajo la prolongada
dictadura de los Somoza. Así, bajo el influjo de la victoria de
las posturas terceristas de los hermanos Ortega en el debate interno
del sandinismo, abrigaron las esperanzas de una reedición de la
salida insurreccional en Argentina, tras el fracaso setentista de
la teoría de la guerra de guerrillas o de la guerra popular y prolongada.
En
efecto, la Revolución nicaragüense y la disputa previa, en el seno
del sandinismo, entre tres tendencias políticas que terminarían
de unirse poco antes del triunfo de 1979 ofrecen una clave de interpretación
relevante para intentar dar cuenta de aquello que imaginaban quienes
encabezaron la aventura de La Tablada. Si comprendemos cómo se impuso,
bajo el liderazgo de Gorriarán, la idea de que la revolución en
Argentina, derrotada la vía de la guerra prolongada a la vietnamita,
debía y podía tomar la forma de la insurrección, se hace posible
obtener un prisma de intelección de aquel acontecimiento.
Para ello, recordemos muy brevemente que la dirección sandinista
unificada que lideró la victoria final contra la dictadura somocista
había sido el resultado de la reunión de tres tendencias: la tendencia
de la guerra popular y prolongada, liderada por Henry Ruiz y Tomás
Borge, que seguía de manera general el ejemplo chino o el vietnamita
y propugnaba el desarrollo de la acumulación de fuerzas de un ejército
popular de base campesina organizado desde la montaña; la tendencia
proletaria, liderada por Jaime Wheelock, que sostenía la necesidad
de privilegiar el trabajo en las zonas urbanas, en particular entre
los sectores proletarios, y que sin renunciar en palabras a la lucha
armada la había dejado de lado en la práctica, y la tendencia insurreccional
o tercerista, liderada por Daniel y Humberto Ortega, quienes entendían
que si se seguía apostando a estrategias de largo plazo –fueran
éstas la organización del ejército popular en la montaña o la organización
urbana del proletariado– el momento de la revolución se alejaría
irremediablemente. Para los terceristas, las condiciones objetivas
de la Revolución parecían alejarse en la medida en que crecía el
peligro de una cooptación burguesa de las conciencias de los sectores
populares. Pero, al mismo tiempo, entendían que era posible crear,
a través de la acción voluntarista, condiciones subjetivas que contrarrestaran
el peligro creciente de desmovilización revolucionaria y aceleraran
las condiciones de la Revolución.
Más allá del equilibrio de fuerzas en la dirección sandinista unificada,
representada por los líderes de las tres tendencias, resulta claro
que la hegemonía del movimiento nicaragüense quedaría tras la unión
de éstas en manos de la corriente tercerista de Daniel y Humberto
Ortega, y esto de modo más notorio luego de la insurrección victoriosa.
Como lo señalaba Jaime Wheelock, dirigente de la tendencia proletaria,
en una entrevista realizada por Marta Harnecker y que circuló profusamente
entre los militantes del MTP, la política de la tendencia insurreccional
o tercerista, que planteaba al mismo tiempo una base muy amplia
de apoyo y una aceleración de las condiciones insurreccionales a
través de la provocación de acciones espectaculares, se mostró retrospectivamente
como exitosa pese a las críticas de las que era objeto por parte
de las otras dos.25 ¨
¿Qué
fue lo que, a la luz de los acontecimientos posteriores, podemos
imaginar que habían extraido Gorriarán y su grupo más cercano de
su experiencia en Nicaragua? En primer lugar, la certeza de las
posibilidades del éxito de una Revolución. En segundo lugar, la
convicción de que la forma insurreccional tenía la virtud de provocar
hechos que aceleraban las condiciones de posibilidad de la Revolución
en tiempos de reflujo del entusiasmo revolucionario. Al respecto,
no deja de ser llamativo que, de manera también coincidente, los
militantes del MTP pusieran el acento, en el año que precedió al
asalto a La Tablada, en la preocupación que representaba para el
MTP la constatación de que el pueblo se mostraba menos movilizado.
Y no menos llamativa es la apreciación común en los antiguos militantes
del MTP, tanto entre quienes rompieron con el movimiento antes de
La Tablada como entre quienes participaron de ese hecho, que Gorriarán
parecía extrañamente apurado, necesitado de acelerar los tiempos.26
En ese apuro, añadimos, la postura tercerista, insurreccional, que
se había revelado exitosa en Nicaragua, le brindaba la apoyatura
teórica que la teoría clásica de la guerra popular y prolongada,
enarbolada por el PRT en su primera época, le negaba.27
Estratagema vulgar o lectura exitosa de una política de alianzas
por parte del FLN –las afirmaciones de Wheelock dejan flotar cierta
ambigüedad–28. Lo cierto es que la combinación de una política de
amplias coaliciones y la simultánea elaboración de una estrategia
insurreccional en la Revolución nicaragüense parece así brindar
la matriz que sostiene la esperanza del grupo proveniente de Managua
de repetir esa experiencia en su regreso a la Argentina. Más allá
de lo que se pueda pensar de tal expectativa, en ese contexto ideológico
la aparente contradicción entre una política de discurso basista
y amplio y una simultánea proyección de una estrategia insurreccional
por parte del MTP no aparece como antinómica para sus militantes.29
¿Estratagema vulgar o evolución de la política de alianzas? A la
luz de su desencadenamiento final, el proyecto original del grupo
nucleado en torno de la figura de Enrique Gorriarán merece ser interrogado
en estas coordenadas. ¿En qué medida contenía ya el proyecto originario
el germen de su desenlace fatal del 23 de enero? Sostuvimos antes
que parece factible considerar que la cooptación para el MTP de
sectores juveniles del Partido Intransigente por parte de algunos
militantes del antiguo PRT podía estar prevista en sus grandes rasgos
desde los inicios del Movimiento; creíamos también constatar que
el horizonte revolucionario era común a todas las expresiones internas
del MTP o, por lo menos, a las de sus dirigentes. Pero afirmábamos
también que, en el horizonte de la idea de Revolución futura, la
tensión entre una expresión más largoplacista, paciente y autocrítica
del vanguardismo setentista (que ponía el acento en la lenta acumulación
de fuerzas y en la unidad de los sectores populares), y una postura
más vanguardista (que parecía considerar la amplia política de alianzas
en términos más instrumentales), atravesó al MTP prácticamente desde
sus orígenes, y terminó de expresarse públicamente en el abandono
del movimiento por una parte considerable de sus integrantes.
Al producirse esta ruptura se reforzó, entendemos, el carácter instrumental
de aquellos elementos que el proyecto inicial podía tal vez contener
como estratagema, pero también como creencia profunda: si el basismo,
la amplitud en la convocatoria y la lenta acumulación de fuerzas
populares, era, para el sector que se retiraba la verdad de su práctica
política, estos elementos adoptaban, para el sector vanguardista,
un carácter mucho más marcadamente instrumental. Y este carácter
cada vez más fuertemente instrumental del discurso basista del MTP
alcanzará con posterioridad a 1987 su punto culminante en el asalto
a La Tablada.
6. El giro hacia la manipulación (o las innovaciones de la violencia
ochentista)
En mi indagación acerca del sentido del asalto a La Tablada apareció
un elemento inquietante que no logré despejar en su totalidad: ¿sabían
todos los participantes de la acción –esto es, lo sabían también
todos aquellos que debían realizar tareas de apoyo externo– que
se trataba de una puesta en escena ficticia de un golpe? ¿Eran conscientes
todos ellos que la organización a la que pertenecían estaba desarrollando,
aunque sea incipientemente, una estructura de acción militar y que
proponía el asalto violento al poder bajo un régimen democrático?
Si para cualquier militante de base o simpatizante del PRT o de
Montoneros en los años 70 no había ninguna duda de que la organización
a la que adherían proclamaba y ejercía la violencia y contaba con
estructuras militares paralelas, todos los elementos obtenidos parecen
corroborar que la cúpula del MTP preparó a una parte selecta de
sus militantes para la acción armada, que instruyó muy precariamente
a otros pocos sobre el filo de la acción de La Tablada y que ocultó
ambos hechos a sus simpatizantes o a sus militantes más periféricos.
Por otra parte, desde entoncescontinuó ocultando al resto de la
sociedad cuál había sido el verdadero objetivo del ataque al cuartel.
De modo tal que no es inverosímil suponer que en el asalto a La
Tablada hubiera, entre quienes se encontraban fuera del cuartel,
algunos militantes que efectivamente creyeran que se entraría al
cuartel con la finalidad de abortar un golpe en ciernes en ese cuartel
y en esa fecha, y que ignoraran la procedencia de los volantes del
Nuevo Ejército Argentino que sus propios compañeros sembraban en
su ingreso. Si esto es así, es posible que para algunos de esos
militantes periféricos la confianza en sus dirigentes y la común
adhesión a la idea de que de esa acción –que habrían estimado preventiva–
debía de todos modos resultar una insurrección con altas probabilidades
de éxito, y que terminara diluyendo más tarde el estupor que en
ese momento debió provocarles la constatación del engaño del que
habían sido víctimas.30
Si
aun con dudas me inclino a dar crédito a las afirmaciones que otorgan
realidad a la existencia de este engaño de una porción (minoritaria,
eso sí) de los propios participantes del suceso es porque tal engaño
resultaría, en su inspiración conspirativa y manipuladora, consistente
con la puesta en escena del ataque a La Tablada en tanto tal. Como
señalábamos más arriba, resulta a esta altura evidente para el investigador
que el ingreso al cuartel estuvo signado desde su preparación por
la intención de fabricar un escenario ficticio de golpe carapintada,
cuyo desenlace debía tomar ante los ojos de la sociedad el aspecto
de la victoria de un grupo de jóvenes y audaces militantes populares
que en su acción habían logrado lo que no lograba la clase política
en el poder: frenar un alzamiento contra la democracia. Y que, enancados
sobre ese éxito, movilizarían al pueblo hacia la insurrección en
pos de un cambio político de envergadura –en pos de la Revolución–.
La replicación del engaño en la repetición a rajatabla de la versión
oficial, aún cuando ya había cesado el riesgo penal de asumir la
historia verdadera, parecería indicar que así como no existió en
el momento de la acción ningún cuestionamiento ético respecto de
la manipulación de la voluntad popular que representaba, tampoco
se produjo posteriormente en el colectivo que pergeñó y sobrevivió
a La Tablada (y más allá de la reflexión individual de algunos de
sus participantes) ninguna posibilidad de elaborar, política o éticamente,
el significado del engaño que habían imaginado.31
Ignoro si en la historia de las revoluciones modernas existe algún
ejemplo de un intento de manipulación de este orden por parte de
una fuerza insurgente –sí los hay, y volveremos sobre ello, por
parte de regímenes totalitarios o despóticos–. Ignoro si la tendencia
tercerista en Nicaragua consideró, por su parte, que la manipulación
de los hechos –su producción escénica– podía constituir también
un modus operandi legítimo. Sea como fuere, la imagen final de esta
reconstitución nos pone frente a un grupo de –a lo sumo– 80 personas
informadas del verdadero sentido y carácter de la operación, que
consistía en montar una escena ficticia que, interpretada de la
manera adecuada, es decir falsa,32 debe desencadenar las pasiones
antigolpistas de la población, que a su vez, debidamente canalizadas,
han de llevar a una insurrección. La manipulación intencional de
la verdad fáctica –unida a un nivel de enajenación respecto de la
realidad probablemente sin precedentes en la tradición de la izquierda
setentista, a la que me referiré rápidamente para concluir este
apartado– otorgan su tonalidad específica a este resurgimiento de
la violencia revolucionaria en los ochenta.
|
|
Haciendo entonces abstracción
por un instante de esta exacerbación del vanguardismo revolucionario,
con su correlato de manipulación de las propias bases de apoyo por
parte del grupo conspirativo (volveremos sobre ello, pero podemos
aún hablar de vanguardia, cuando un grupo intenta hacerse seguir
a través del engaño?), queda por preguntarse qué llevó a aquel núcleo
duro del MTP a imaginar que, recién recuperadas las libertades públicas
luego de la larga noche de la dictadura, su plan tuviera alguna
posibilidad de éxito. No se trata de interrogarnos sobre qué autoasignación
mesiánica puede llevar a un grupo reducido de personas a arrogarse
con buena conciencia la atribución de tergiversar los hechos, de
manipular la realidad con el fin de hacer triunfar su comprensión
del mundo y del orden deseable –sobre ello, decía, volveremos en
el apartado final de este trabajo–. Nos preguntamos más banalmente
qué les hizo pensar no sólo que, mal armados y poco preparados militarmente,
podrían tomar el cuartel y salir de él montados sobre los tanques,33
sino también y sobre todo nos preguntamos qué les hizo pensar que
el resultado de esa aventura sería un apoyo popular masivo y una
insurrección popular, y no el repudio altamente generalizado a la
reaparición de la violencia política como forma de intervenir en
la vida en común. Admira la sorpresa de quienes, tras aquella acción,
descubrieron la soledad en que el ataque los sumió. En sucesivas
declaraciones, durante los años que siguieron al asalto a La Tablada,
los atacantes pusieron el aislamiento y la incomprensión en la que
se encontraron a cuenta de la cobardía, la traición o la falta de
compromiso de sus antiguos aliados. Con ello se ponía en evidencia
una vez más su incapacidad por comprender las coordenadas que regían
la sociedad sobre la que habían pretendido operar, su encierro autista
en un microclima revolucionario que nada ni nadie, fuera de ellos,
parecía avalar. Si, en suma, para los asaltantes de La Tablada ese
hecho debía ser un eslabón más –decisivo, por cierto– en una guerra
revolucionaria que, con sus altos y sus bajos, retomaba ahora la
iniciativa bajo la nueva modalidad de la insurrección, para el grueso
de la sociedad argentina el tiempo inaugurado en 1983 había llegado
para marcar un corte radical con un ciclo de violencia política
que había alcanzado su paroxismo con la acción criminal sin precedentes
de la dictadura del Proceso. Y La Tablada, lejos de sonar la diana
del inicio de la Revolución se mostró como el regreso espectral
de uno de los actores de aquella violencia que se había pretendido
conjurar.
Liberados de las cárceles, regresados de la revolución nicaragüense
y devenidos todos ellos –o casi todos– militantes profesionales,
inmunes a la percepción del nuevo comienzo que el retorno a la institucionalidad
significaba para tantos, el núcleo duro del MTP reasumió su historia
allí donde la había dejado. Insertando su visión de la política
en el prisma de la Revolución nicaragüense y poniendo en valor su
condición de heredero de la tradición setentista, el grupo íntimo
del MTP logró la adhesión para su empresa de un grupo heterogéneo
de jóvenes –estudiantes, marginales, militantes barriales– que entusiasmados
por incorporarse a una historia cuyos rasgos épicos eran por entonces
objeto de una fuerte iconización en muchos sectores,34 se sumaron
a una aventura cuyo sentido más profundo parecían ignorar, y que
en muchos casos les costó –como les costó también a muchos de sus
inspiradores– la vida.
7. Consideraciones finales: sobre la mentira en política
Cuando me propuse investigar el tema del asalto a La Tablada lo
hice, como señalaba al principio, impulsada por la necesidad de
comprender el sentido de esa acción. A medida que fui avanzando
en el trabajo fui descubriendo que mi labor no sería una labor de
reflexión teórica sobre dicho sentido, como lo preveía, sino que
se iba convirtiendo inexorablemente en una tarea de develamiento
de la verdad: la empresa de dar sentido a los hechos del 23 de enero,
entendí, no remitía a una interrogación de orden analítico, sino
que residía sencillamente en desentrañar la mentira organizada que
protegía el ocultamiento de su verdadera finalidad y que dificultaba
su intelección.
Dicho descubrimiento estuvo a punto de hacerme abandonar mi propósito:
¿qué podía yo decir de nuevo sobre La Tablada, si aquello que yo
podía sacar a la luz era perfectamente sabido por quienes habían
participado de ese hecho?35 Hubiera alcanzado con que cualquiera
de los actores de aquel suceso rompiera el pacto de silencio para
que mi texto no tuviera ningún sentido. Y mi preocupación, de índole
teóricopolítica, por cierto no había sido nunca detectivesca, mucho
menos policial; no me había propuesto reconstruir hechos y acciones
sino sentidos.
Sin embargo, no abandoné mi propósito, y ello por dos motivos. En
primer lugar, y principalmente, porque creí que –tal como lo había
sido para mí– la simple develación de la verdad era, para quienes
no la conocían, una manera de restituir el sentido de aquel acontecimiento.
En segundo lugar, porque intuí que en el núcleo de aquel descubrimiento
había algo que sí, finalmente, debía ser interrogado: se trataba
del significado político de la política de manipulación que constituía,
según mi conocimiento, una novedad en el accionar de la izquierda
revolucionaria en Argentina. Intuía también que si podía esclarecer
de alguna manera la significación de esa innovación me acercaría
a la comprensión de por qué, aun 17 años después de La Tablada,
se mantenía vigente el pacto de omertà.
Las páginas precedentes han procurado cumplir con el primer propósito.
Es tiempo entonces, para concluir, de decir algunas palabras acerca
del segundo. No pretendo en estas breves reflexiones finales dar
cuenta cabal del sentido político del giro hacia la manipulación
y la conspiración por parte del núcleo duro del MTP de Gorriarán,
pero espero dejar abiertas algunas preguntas que puedan eventualmente
resultar fecundas no sólo para la interrogación de este hecho, sino
para continuar con una tarea, que muchos hemos emprendido, de cuestionamiento
radical de las derivas totales del pensamiento revolucionario.
¿Qué significa para
la interpretación del sentido de la práctica política del grupo
revolucionario la introducción del engaño, bajo la forma de una
manipulación voluntaria de los hechos destinada en este caso a suscitar
una reacción favorable de los sectores populares cuya representación
invoca y cuyo apoyo procura? ¿Qué nos dice esa práctica acerca de
su comprensión de la política y de los asuntos humanos?
En la acción de La Tablada nos hemos encontrado con una mentira
que opera en dos registros: un primer registro consiste en la fabricación
de una escena –un falso levantamiento carapintada–, que ha de posibilitar
la construcción de la segunda mentira, que refiere a la intención
de la acción de incursión en el cuartel –parar el alzamiento–. La
primera mentira ha de hacer verosímil la segunda, brindándole el
soporte de realidad fáctica.
Para interrogar el sentido de la acción, es el primer registro –la
fabricación de la mentira– el que debe ser observado en su particularidad.
Éste es –trataremos de mostrar– el que da a esa acción un sentido
específico, inscribiéndola sin ambigüedad en una determinada concepción
de la política. Sin ambigüedad, decimos, porque en su carácter de
fabricación consciente y voluntaria la construcción de esta mentira
escapa a los equívocos que, en la relación entre mentira y política,
pueden eventualmente diluir la diferencia entre mentira y error,
o mentira y opinión.36
En unas páginas luminosas dedicadas a la intrincada relación entre
verdad fáctica, verdad filosófica, mentira y política, Hannah Arendt
señalaba que lo opuesto a la verdad fáctica no es el error sino
la mentira deliberada. Y agregaba que uno de los ardides a disposición
de quien miente conscientemente, cuando no logra imponer la mentira,
es disfrazar la mentira de opinión.37 Observábamos así en nuestra
reflexión sobre La Tablada que mientras la fabricación del falso
levantamiento carapintada –primer registro– no fuera constatada
en su carácter ficticio, el ingreso al cuartel –segundo registro–
podría ser discutido en términos de error o de acierto, y su evaluación
ser remitida al terreno de la opinión. Esto es, en efecto, lo que
enancado sobre la versión oficial de los hechos propone Enrique
Gorriarán en sus Memorias, y en la entrevista realizada para el
Archivo de Historia Oral: la acción puede juzgarse desafortunada,
es asunto de opinión, pero su intención era parar el golpe carapintada
que debía salir, ese día y a esa hora, de ese lugar.38
Restituida la verdad fáctica, no parecen caber dudas de que, en
el caso (poco probable) de que la aventura de La Tablada hubiera
resultado tal como la imaginaban sus autores, la mentira inaugural
habría permanecido impenetrable. El nuevo orden que imaginaban se
habría fundado sobre ella. La proclama que llamaría a la adhesión
de la población instalaría la nueva versión oficial, no ya la de
la derrota sino la del triunfo de La Tablada: harto de la prepotencia
de los milicos, el pueblo de los alrededores, liderado por el Frente
de Resistencia Popular que se formó allí mismo, se habría alzado
y habría recuperado el cuartel de La Tablada ante una nueva sublevación
carapintada.39 El MTP victorioso habría así no sólo conquistado
por la fuerza el poder político, sino conquistado también, a través
de la fabricación de la realidad, el poder de dominar a voluntad
la interpretación de los hechos.
De
haberlo logrado no habría sido el primero. En la historia contemporánea
moderna encontramos, en los experimentos totalitarios del siglo
XX, la realización efectiva de la pretensión de dominación monopólica
de la interpretación de los hechos: en nombre de una Verdad –de
la Historia, de la Naturaleza– encarnada en la Organización, y de
la consiguiente denegación del carácter polémico, controvertido,
de las visiones en disputa sobre la realidad de los hechos, el totalitarismo
no sólo monopolizó la interpretación de la historia pasada, de la
realidad presente y del destino por venir, sino que se arrogó la
prerrogativa de modificar los hechos mismos –de la historia pasada,
de la realidad presente– con el fin de asentar sobre esta refabricación
de la realidad fáctica la interpretación más conveniente a su misión.
Así, el Partido Comunista de la URSS eliminó la presencia de Trotsky
de la historia de la Revolución, borró su rostro de las imágenes
y su nombre de los relatos y convirtió a revolucionarios probados,
como Zinoviev y tantos otros, en traidores confesos. Así, como en
espejo, se desvaneció en Cuba la imagen de Carlos Franqui de la
foto tomada el 1 de enero de 1959 que lo mostraba junto a Fidel
Castro, entre su primera publicación en Revolución en 1962 y su
reproducción en Granma en 1973. Así, también, se propalaron con
notable éxito los falsos Protocolos de los Sabios de Sion para apuntalar
la solidez de las tesis antijudías, o se promovió desde las sombras
del poder nazi el incendio del Reichstag para desatar la persecución
a los comunistas y obtener los poderes especiales para Hitler. También
bajo el experimento de rasgos protototalitarios de la dictadura
del Proceso podemos hallar montajes comparables: fusilamientos disfrazados
de fugas, rehenes transformados en muertos en combate, acciones
ficticias puestas al servicio de la demostración de la crueldad
subversiva o de su poder de infiltración.40 Sobre los hechos así
manipulados, reconstruidos, se asienta la interpretación deseada:
los traidores de hoy lo han sido siempre, nuestros enemigos son
esencialmente malvados por naturaleza, nuestra acción está justificada
por los hechos.
La realidad ficticia se constituye así en sucedáneo de la realidad
fáctica, de aquello que nos es dado, en común, ante nuestros ojos,
para nuestro testimonio y para nuestra interpretación. Pero ante
esta afirmación surge de inmediato la pregunta: ¿no está acaso la
política permanentemente atravesada por la construcción de ficciones,
por la posibilidad de la mentira, del engaño, de la propaganda?
¿No es la mentira coetánea a la política, y no prerrogativa del
pretendiente a la dominación total? ¿No contiene la política moderna,
en la propaganda de masas, inevitablemente un elemento de manipulación?
Si, efectivamente, la disimulación de la verdad bajo diferentes
formas –engaño, propaganda, mentira– no puede ser desligada de la
política, si incluso por la misma naturaleza del lenguaje la pretensión
de la transparencia de los hechos a su interpretación no puede sino
ser un sueño, él mismo de proyección totalitaria,41 ¿cuál sería
la particularidad de la mentira fáctica, de la mentira que modifica
la realidad de los hechos?
Respondemos: es precisamente en ese terreno, el de la manipulación
de la realidad fáctica y su sustitución por una realidad ficticia,
que se muestra la figura particular del totalitarismo. Porque ¿cómo
imaginar, en efecto, en una escena plural y pública, que pudiera
borrarse de manera prolongada la existencia de un actor de aquella
historia como si nunca hubiera existido, como pretendió la URSS
de Stalin borrar todo rastro de la presencia de Trotsky en la Revolución?
¿Cómo imaginar que una organización política o una institución del
saber pretendiera borrar de la galería de próceres a todos los masones,
o los judíos, o cualquier otro grupo político o religioso o social,
sin que inmediatamente apareciera otra para restituir su papel en
la historia? En una escena plural y polémica de voces e interpretaciones,
donde nadie puede definitivamente ejercer el monopolio de las significaciones,
la mentira puede volverse incluso, como lo recuerda Arendt, contra
el mentiroso; la capacidad de fabricar el pasado, como la de inventar
el presente de manera incontrovertida supone la capacidad de monopolizar
las interpretaciones, y este monopolio supone un dominio total del
poder.42
Es
entonces, a la luz de la afirmación de que la política moderna contiene,
en la propaganda de masas, ella misma un componente de engaño ineludible,
y no de la negación de ello, que podemos observar la novedad radical
introducida por la mentira totalitaria. Porque extraida de su contexto
totalitario, la pretensión de monopolización de la interpretación
de la realidad choca irremediablemente contra las pretensiones en
competencia en el ámbito público, allí donde los hechos se nos muestran
en común: en este terreno de disputa dispuesto por la materialidad
comúnmente reconocida de los hechos, entrarán en lucha opiniones,
ideales, ideologías políticas. Es sólo sobre la destrucción de lo
público, sobre las ruinas del espacio común, que una interpretación
podrá imponerse de manera total; y sólo entonces –destruido el ámbito
de lo público, allí donde tiene lugar la controversia– podrá también
manipularse arbitrariamente la objetividad misma de los hechos.43
La organización totalitaria representa, en tanto voluntad del monopolio
del sentido de lo real, la vocación de destrucción del carácter
común de lo público, de la eliminación de su naturaleza contingente
y plural, y la sustitución de esta naturaleza por una realidad pasible
de ser construida a voluntad por quien posee los medios para hacerlo.
La vocación por manipular la realidad fáctica –por inscribir hechos
falsos y por borrar hechos verdaderos en nuestro mundo común– pone
en escena la ambición de erigir un mundo cuyo sentido puede ser
manipulado a su antojo por parte de quienes poseen el control sobre
él. Una vez más, Arendt está allí para recordarnos que sólo en un
mundo por completo bajo su control pueda el dominador totalitario
posiblemente hacer realidad todas sus mentiras y lograr que se cumplan
todas sus profecías.44
Es entonces a la luz de las reflexions precedentes que creemos posible
dotar de alguna inteligibilidad el sentido del sueño del grupo que
llevó adelante el asalto a La Tablada. En un remedo de las ambiciones
totalitarias de posesión de la matriz de fabricación de un mundo
y de su representación; aquel reducido grupo de personas urdió la
construcción del escenario ficticio más propicio a sus proyectos,
y su posterior interpretación.45 No se trata de borrar el pasado
sino de fabricar un presente ficticio: fabricar en primer lugar
la materia a ser interpretada –el ficticio golpe carapintada– para
sobre esa ficción erigir una mentira verosímil –fuimos a parar el
golpe– que, bien instrumentada, deberá poder manipular ahora los
sentimientos antigolpistas del pueblo en favor de la insurrección.
En el montaje del asalto al cuartel de La Tablada se da a ver, de
manera caricaturesca y trágica, el destino totalitario del pensamiento
revolucionario del siglo XX, el devenir de la ilusión de eliminar
toda contingencia de los asuntos humanos y de fabricar una realidad
a imagen y semejanza de una idea.46 Un grupo reducido de personas,
convencido de estar en posesión de la cifra del orden ideal del
mundo, no se conforma ya con alentar la esperanza de que llegará
un momento en que, reconocida su razón, podrá forjar una sociedad
a imagen de su idea del bien –una sociedad en que, devenido poder
total, podrá incluso, como lo muestran los ejemplos anteriores,
rehacer el pasado–. Impaciente, buscará a través de la manipulación
de la verdad fáctica provocar una adhesión –instantánea y multitudinaria–
a su aventura, que en esa manipulación se da a ver crudamente como
un proyecto plenamente des-politizado de poder.47 Es, podemos resumir
también, el paso decisivo que franquea la distancia que media entre
la pretensión de vanguardia y la autoafirmación mesiánica de quien
pretende encarnar la verdad de una Revolución definitivamente desprovista
de sujeto.48
La aventura de La Tablada llevó a la muerte a gran parte de sus
actores, y a la cárcel a otros muchos. Si a casi veinte años de
aquel suceso la versión oficial de los hechos aún mantiene su poder
en el grupo de sobrevivientes probablemente ello puede deberse a
que la mentira sobre la que se montó dicha operación es vivida por
ellos, íntimamente, como ético-políticamente inaceptable, y que
el reconocimiento de ello implicaría un cuestionamiento moral no
sólo de ellos mismos –pero muchos de ellos eran muy jóvenes- sino
sobre todo de quienes los condujeron a aquella aventura y que, en
el recuerdo, siguen ungidos del halo del heroismo revolucionario.
Mientras la asociación trágica, de destino criminal, que el siglo
XX urdió entre revolución y totalitarismo, entre vanguardismo y
fabricación de la realidad no sea comprendida en su carácter dramáticamente
antipolítico, mientras no sea elucidada la naturaleza del nexo que
ligó, una y otra vez, las ideologías revolucionarias a la práctica
de la dominación total, la verdad de la aventura de La Tablada sólo
podrá ser incomprendida en su sentido, negada ciegamente o condenada
moralmente. Concluyo este texto con la esperanza de que las páginas
precedentes hayan podido contribuir no sólo a una restitución de
la historia de ese hecho, sino también, aunque sea precariamente,
a una comprensión –que es también por mi parte una condena– exclusivamente
política del sentido de aquella aventura.
REFERENCIAS
1 Este trabajo contó con la colaboración del Proyecto de Constitución
del Archivo de Historia Oral de la Argentina Contemporánea 1958-2003
(dir. Marcos Novaro) y con la asistencia inteligente, eficaz y bienhumorada
de Valeria Bonafede. Agradezco a Roberto Felicetti, Isabel Fernández,
Gustavo Messutti, Carlos Motto, Fray Antonio Puigjané, como así
también a aquellos ex integrantes del MTP involucrados en los hechos
de La Tablada que prefirieron no ser mencionados, por aceptar conversar
largamente conmigo. Aclaro, por si fuera preciso, que mis conclusiones
sólo me comprometen a mí y no significan el acuerdo de los entrevistados
con mi interpretación de los hechos. Agradezco también a Vera Carnovale,
Fernando Dondero, Darío Gallo, Angélica Marchesini, Lucas Martin,
Valeria Pegoraro, Juan José Salinas y Fabio Zurita por su buena
disposición ante mis requerimientos, y a Emilio de Ipola y a Matías
Sirczuk por sus comentarios sobre versiones previas de este texto.
2
Véase Entrevista a Enrique Gorriarán Merlo, Archivo de Historia
Oral de la Argentina Contemporánea, 15/9/05, 3ª Parte, 2o CD, sobre
todo min 9’45 - 11’12. Véase también Gorriarán Merlo, Enrique, Memorias
de Enrique Gorriarán Merlo. De los setenta a La Tablada, Buenos
Aires, Planeta, 2003, pp.500 y 504.
3 Respecto de la desproporción de la represión al ataque, circuló
profusamente la versión de que el entonces comisario Pirker, quien
moriría poco después de La Tablada, habría sostenido que para reducir
a los atacantes hubiera alcanzado con utilizar gases lacrimógenos
(El comentario es reproducido, entre otros, en Salinas, Juan y Villalonga,
Julio, Gorriarán, La Tablada y las guerras de inteligencia en América
Latina, Buenos Aires, Mangin, 1993, y en Gallo, Darío y Álvarez
Guerrero, Gonzalo, El Coti, Buenos Aires, Sudamericana, 2005, cap.
XVI).
4 Veintinueve es la cifra oficial de muertos y desaparecidos del
MTP (En sus Memorias Gorriarán afirma que la cifra real es de 32).
Según denuncias del MTP nueve prisioneros fueron asesinados tras
su detención y tres permanecieron desaparecidos (la CIDH refrendó
en su investigación los nueve asesinatos). A los 13 prisioneros
se sumarían siete más, acusados de participar de los grupos de apoyo
fuera del cuartel, y Fray Antonio Puigjané, miembro de la dirección
del MTP, quien se presentó espontáneamente y fue detenido. Unos
años después, el propio Gorriarán y su mujer Ana María Sívori se
añadirían a esta lista. Entre las fuerzas de seguridad (policía
y ejército) hubo 11 muertos y 38 heridos, según las cifras oficiales.
El ataque habría involucrado a más de 80 militantes del MTP, entre
ingresantes y grupos de apoyo; según me han afirmado algunos de
ellos, esa parecía ser prácticamente la totalidad de la militancia
realmente comprometida en la zona de Buenos Aires y Gran Buenos
Aires.
5 Que sostuvieran esta versión en el juicio podía explicarse fácilmente
como una estrategia de la defensa. En cambio, que siguieran sosteniéndola
muchos años después –como lo hacía, entre otros, Gorriarán en la
entrevista del 2005– no podía explicarse según esa misma lógica.
6 Gorriarán, Memorias (cit.); Diana, Marta, Mujeres guerrilleras.
La militancia de los setenta en el testimonio de sus protagonistas
femeninas, Buenos Aires, Planeta, 1996; Salinas, Juan y Villalonga,
Julio, Gorriarán, La Tablada y las guerras de inteligencia en América
Latina, (cit.).
7 Véase Gorriarán, Memorias... (cit.), pp.499-501, Entrevista Archivo
de Historia Oral, 15/9/05, 3ª parte; Diana, M., Mujeres guerrilleras...,
pp. 219, 223, 229.
8 Como me sucedió también con otras repeticiones textuales, la frecuente
referencia a una noche de San Bartolomé en las entrevistas que realicé
con integrantes del MTP que participaron de los hechos de La Tablada
me provocaba la impresión de estar frente a un relato demasiado
homogéneo y articulado.
9 En conferencia de prensa realizada el 12 de enero, el abogado
Jorge Baños, acompañado de Provenzano, Felicetti y Puigjané, denuncia
la existencia de un complot Menem-Seineldín, que implicaría también
al vicepresidente Victor Martínez y que tendría por finalidad producir
un golpe institucional que depondría al presidente Alfonsín. Afirma
tener testigos que prueban la existencia del complot y declara que
harán la presentación ante la justicia (véase Página 12, 13/1/89).
La denuncia es presentada el 16/1/89 ante el juez Irurzún. A partir
de ese momento, y aun subrayando la endeblez de las pruebas en muchos
casos, los distintos diarios se hacen eco de la denuncia, de la
existencia de los testigos, Liatis y Botana, y del desmentido de
los implicados, particularmente de Menem y del vicepresidente Victor
Martínez. La columna de Quito Burgos en Página 12, a la que nos
referimos más arriba, apoya también elocuentemente la tesis del
complot. Al mismo tiempo, según destaca Clarín del 19/1/89, la Juventud
Radical en sus declaraciones otorga verosimilitud a la denuncia
al calificar de preocupantes las versiones. Durante toda la semana
Página 12 seguirá el tema con atención, dedicándole un amplio espacio
y varias portadas –la última el domingo 22/1/89.
10 Gorriarán, Memorias…(cit.), p. 501.
11
Darío Gallo y Gonzalo Álvarez Guerrero sugieren esta última hipótesis
en el capítulo XVI de El Coti, dedicado a La Tablada, mientras que,
según señalan Salinas y Villalonga (cit., p. 286, n.1), Manuel Gaggero
sostiene la primera en una nota en la revista Confluencia de abril
de 1989 (agregando a EE.UU. en el armado de la conspiración). En
conversaciones con diferentes actores políticos de la época, estas
hipótesis resurgieron de manera reiterada. Salinas y Villalonga
parecen también inclinarse hacia la hipótesis de la compra por parte
de Gorriarán de información falsa provista por las FFAA, funcional
a sus tendencias manipuladoras, conspirativas y personalistas (las
necesidades de Gorriarán y Gassino, sintetizan, se encontraron en
un punto y en un lugar: La Tablada, el 23 de enero; cit., p. 439).
Pese a la riqueza de la información que provee, entendemos que la
lectura en clave esencialmente conspirativa propuesta por Salinas
y Villalonga obtura la significación política del giro hacia la
conspiración y la manipulación por parte del MTP.
12 Era vox populi que las familias Nosiglia y Provenzano se conocían
de larga data, y que Francisco Provenzano solía visitar con alguna
regularidad las oficinas del Ministerio del Interior, cuyo titular
era entonces precisamente Enrique Nosiglia.
13 En la Carta abierta al periodismo del 29/9/89 publicada en el
Diario Sur, firmada por Roberto Felicetti y todos los procesados
por La Tablada, y dirigida sobre todo contra Horacio Verbitsky,
Eduardo Duhalde y Juan J. Salinas, la tesis de la infiltración o
de que habrían sido víctimas de una operación de carne podrida es
rechazada terminantemente. Hasta donde pudimos ver, sólo el libro
de Salinas y Villalonga combina la hipótesis de una operación de
inteligencia con el descreimiento en la afirmación de que habían
ido a parar un golpe.
14 Entrevista a Gorriarán Merlo, Archivo de Historia Oral, 15/9/05,
3ª parte, 2º CD, 11’06).
15 Volveré sobre estas contradicciones más adelante.
16 Entrevista a Gorriarán Merlo, Archivo de Historia Oral, 15/9/05,
3ª parte, 2º CD, 9’50. Ante esa afirmación los entrevistadores le
preguntamos si acaso no era un ataque guerrillero contra un cuartel.
Sí, claro que era respondió Gorriarán pero con ese objetivo que
les dije recién.
17 Algunos entrevistados sostuvieron enfáticamente que creían que
la acción del MTP estaba destinada a frenar un golpe que debía tener
lugar ese día y en ese cuartel. Si bien no puedo estar absolutamente
segura de ello, tiendo a creer que efectivamente algunos de quienes
participaron desde fuera del cuartel de la acción de La Tablada
podrían haber sido víctimas del mismo engaño que el que la cúpula
de la organización a la que pertenecían pretendió someter a la opinión
pública. Pero aun engañados respecto de la connotación misma de
la acción, esos militantes participaban de la idea de que el resultado
de la detención del golpe constituiría el movimiento inaugural que
habría de culminar en una insurrección popular. Sí en cambio está
claro que los simpatizantes no orgánicos del MTP, que debían ser
movilizados posteriormente, no sabían (ni sabrían probablemente
nunca) la verdad.
18 La imagen transmitida evoca en quien la recibe al 1 de enero
de 195 en La Habana, o la victoria de la insurrección sandinista.
Tal era el optimismo insurreccional de los atacantes que según relatan
varios de ellos corría la broma de que el primero que llega al sillón
[de Rivadavia] se sienta. Con los hechos reconstituidos, también
las afirmaciones de Gorriarán en sus Memorias respecto de otros
movimientos previstos para esa misma mañana del 23 toman mayor claridad
(véase pp. 500 y 504).
19 Mucho han insistido las voces del MTP en el carácter unánimente
aceptado de que era más que posible que hubiera nuevos alzamientos
militares, luego de Semana Santa, Monte Caseros y Villa Martelli.
Esto está fuera de discusión, a mi modo de ver. Pero ello no hace
más veraz, sino simplemente más verosímil, el armado de la versión
oficial de la operación de La Tablada.
20 No me interesa indagar aquí en la cuestión de la relación entre
Página 12 y el grupo fundador del MTP, a la que alude Enrique Gorriarán
en sus memorias. Alcanza aquí con constatar que por compartir una
historia común y cierta afinidad ideológica con los fines declarados
del MTP no debía sorprender que fuera Página 12 quien más crédito
diera a las denuncias de Baños, Provenzano o Felicetti.
21 Entre los fundadores de Entre Todos se contaban, entre otros,
Quito Burgos (muerto en La Tablada) y Marta Fernández, ambos ex
militantes de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y exiliados en
Cuba (su hijo Juan Manuel Burgos iría preso tras La Tablada por
participar de un grupo de apoyo), Pablo Ramos, diputado de la Juventud
Peronista en 1973 y militante de Montoneros (sus hijos Pablo y Joaquín
participarían del asalto al cuartel; Pablo murió –todas las evidencias
indican que fue apresado vivo y fusilado– y Joaquín fue apresado
y juzgado), Fray Antonio Puigjané (no participó del ataque, pero
fue condenado por complicidad), Rubén Dri (se separó del MTP en
diciembre de 1987).
22 Véase Mattini, Luis, Hombres y mujeres del PRT-ERP, Editorial
de la Compana, Buenos Aires, 1996, pp.488-495; Gorriarán Merlo,
Enrique, Memorias…, en particular pp. 350-351.
23 Otros presos provenientes del PRT se sumarán al proyecto de Entre
Todos, pero varios de ellos lo abandonarán cuando el MTP afirme
su giro vanguardista. Cf. infra. Añadamos que la mujer de Francisco
Provenzano, Claudia Lareu, muerta también en La Tablada, formó parte
del núcleo más íntimo del grupo de Gorriarán y participó del asesinato
de Somoza en Asunción. Roberto Felicetti había militado en Mar del
Plata bajo la dirección de Roberto Sánchez, responsable del Frente
militar de aquella ciudad, quien fue también integrante de ese núcleo
íntimo y quien también murió en La Tablada. Carlos Samojedny había
sido apresado en 1974, tras el frustrado asalto a la Base Aerotransportada
de Catamarca comandado por Hugo Irurzún (Irurzun, o Santiago, era
un integrante del núcleo íntimo de Gorriarán de fuerte prestigio
militar en el PRT; fue él quien mató a Somoza, muriendo a su vez
tras esa acción organizada por el grupo de Gorriarán Merlo en Paraguay
en 1980).
24 A modo de ejemplo, señalemos que Roberto Felicetti, integrante
del proyecto Entre Todos desde el primer momento, fue dirigente
de la juventud del Partido Intransigente de Mar del Plata y lideró
el paso de un sector de esa juventud al MTP, y que un fenómeno similar
de traspaso tras la figura de algunos dirigentes se produjo también
en el PI de la Capital Federal.
25 Jaime Wheelock Roman (entrevista por Marta Harnecker), Nicaragua:
el papel de la vanguardia, Editorial Contrapunto, Buenos Aires,
1987, pp.100-101.
26
Muchos testimonios insisten en este apuro y se interrogan por sus
motivos, tendiendo a atribuirlo a motivos o características personales
de Gorriarán. Es interesante señalar que en sus Memorias, refiriéndose
a las diferencias con el sector del PRT liderado por Luis Mattini,
Gorriarán afirma que a nosotros nos preocupaba mucho lo que estaba
sucediendo en la Argentina (…). Y estábamos ansiosos, sentíamos
como urgencia por apresurar los tiempos (…) y volver a la lucha
tomando todos los recaudos necesarios (p.351). De hecho, esa urgencia
no llevará al grupo de Gorriarán de regreso a la Argentina… sino
a Nicaragua. 27 Tal como lo señalara un antiguo militante del PRT
y del MTP, la revolución nicaragüense parece haber jugado en la
breve historia del MTP un rol similar al que la Revolución vietnamita
jugó en la historia del PRT. A través de una y otra se sostenía
la convicción militante en el éxito de la Revolución y se señalaba
el rumbo que debía seguirse para arribar a ese éxito. 28 Refiriéndose
a esa política de alianzas Wheelock añade en efecto, de manera algo
sorprendente, que no se puede decir que (…) fuera una estratagema
vulgar del FSLN (p. 100-101). 29 Al respecto, señalemos que el discurso
basista del MTP es uno de los elementos que, en la versión oficial,
es esgrimido de manera repetida como argumento que demostraría que
el asalto a La Tablada no podía ser interpretado en términos de
una lógica guerrillera o de asalto al poder equiparable a la que
inspirara a la izquierda armada en los 70. 30 Pese a la presunción
contraria de la que partí, entiendo hoy que quienes ingresaron al
cuartel, como así también la mayoría de quienes participaron de
los grupos de apoyo, conocían claramente cual era el sentido de
la acción. Mi duda concierne exclusivamente a algunos militantes
periféricos que participaron en esos grupos de apoyo. Entiendo,
por otra parte, que los simpatizantes no involucrados (integrantes
de agrupaciones coordinadas por militantes del MTP) ignoraban todo
acerca de ese hecho, y de la posibilidad de un hecho tal. Según
testimonios recogidos, luego del desastre de La Tablada algunos
militantes periféricos y simpatizantes del MTP –algunos de ellos
involucrados en tareas concretas de apoyo– parecen haber sopesado
la posibilidad de que Enrique Gorriarán hubiera sido un agente de
las fuerzas de seguridad (el libro de Salinas y Villalonga –cit,
p. 230– recoge testimonios similares). A medida que se afirmaba
la sospecha de que la acción no había estado destinada a parar un
golpe en marcha, la existencia de una traición al más alto nivel
se les aparecía como el único modo de explicar el hecho del asalto
seguido de la masacre de la casi totalidad de los asaltantes de
mayor prestigio entre la militancia –aproximándose así a las hipótesis
antes mencionadas sobre una posible inducción del asalto por parte
de actores ajenos al MTP–. Tal hipótesis habría sido luego desechada,
sobre todo tras la detención del propio
Gorriarán.
31 La dificultad para expresarse de las voces singulares de los
participantes más dispuestos a revelar públicamente la verdad ocultada
en común es digna de ser interpretada. La dificultad en romper el
pacto de silencio que protege a la mentira parece resultar mucho
más costosa que la de expresar una diferencia política: las diferencias
políticas son objeto de discusión, el engaño como forma de hacer
política sólo parece poder ser objeto de condena moral. Así, el
develamiento de la mentira pondría al descubierto no un error de
juicio o de comprensión política, sino el carácter ético políticamente
inaceptable de la política de manipulación y de engaño. Para poder
salir del encierro es necesario, justamente, comprender el sentido
político de la política del engaño. Volveré sobre esto en el último
apartado. 32 Traigo a la memoria la afirmación de Gorriarán reproducida
al final de la introducción, según la cual el problema se produjo
cuando se empezó a decir que se trataba de un ataque guerrillero
y no de una sublevación militar. Es decir, cuando la interpretación
de los hechos se adecuó a la realidad y no a la versión que los
atacantes pretendían hacer creer. 33 Es sabido que la precariedad
del armamento, comprado en armerías en los días previos al ataque,
respondió en buena medida a la pérdida de un cargamento de armas
que debía recibir el MTP y que no recibió. ¿Cómo entender que en
esas condiciones el ataque se realizara igual, con armas vetustas
y en manos de combatientes en su enorme mayoría sin ninguna experiencia?
Los relatos de los jóvenes militantes en el cuartel impresionan
en ese sentido: confiaban ciegamente en los grandes, que afirmaban
con tranquilidad que con la sola decisión alcanzaría para derrotar
a los militares. Sólo el clima irreal de un grupo conspirativo apartado
de todo desmentido de la realidad –e impulsado por la urgencia imaginaria
que ya hemos mencionado– puede explicar el optimismo insólito del
grupo más experimentado, como explica también la confianza ininterrogada
de los jóvenes en sus admirados líderes. 34 Llama la atención la
imagen de combatientes contra la dictadura del Proceso que los militantes
de las generaciones jóvenes del MTP transmiten al referirse a Francisco
Provenzano o Carlos Samojedny, que aparecen en las conversaciones
investidos –sobre todo el primero– del recuerdo más entrañable.
Como es público, Provenzano y Samojedny (como Felicetti, Roberto
Sánchez y otros) fueron encarcelados antes de marzo del 76, por
participar en tanto militantes del ERP de acciones militares de
diversa envergadura durante los gobiernos de Juan Perón o Isabel
Perón. 35 Como corroboré entonces, todo esto había sido por otra
parte ya cabalmente comprendido por quienes habían instruido el
juicio a los atacantes de La Tablada. 36 Dada la imposibilidad de
determinar la intención de quien miente. Si bien se puede probar
una mentira relativa a hechos, no se puede cabalmente probar una
mentira relativa a intenciones. En lo que sigue nos serviremos de
manera libre de reflexiones de Hannah Arendt y Jacques Derrida,
en diversos textos referidos a la mentira en política, que a su
vez refieren de manera inequívoca al breve texto de Alexander Koyré,
Reflexiones sobre la mentira, Renaissance, Revista de la Escuela
Libre de Altos Estudios; Nueva York, 1943. 37 Arendt, Hannah, Truth
and politics, en. Between Past and Future, New Jersey, Penguin,
p.249. 38 En chequeos sobre el cuartel que mantuvimos desde la noche
del viernes 20 hasta la misma madrugada del 23 afirma Gorriarán
en sus Memorias habíamos observado intensos movimientos de ingreso
y egreso de vehículos que confirmaban la preparación sediciosa.
A la luz de la restitución de la verdad de los hechos, las afirmaciones
de Gorriarán producen una extraña sensación de cinismo, tanto más
cuando, unas páginas más adelante, leemos su afirmación según la
cual quien repare en las opiniones vertidas por todos los sectores
de la sociedad y publicadas en los periódicos antes del 23 de enero
del 89 (…) contará con elementos para sacar sus conclusiones sobre
la coyuntura que se vivía y la existencia de una asonada militar
o no en esa fecha. Memorias…, pp. 501 y 517. Véase también pp. 514-516
y entrevista Archivo de Historia Oral, 15/9/05, 3ª Parte, 2º CD,
en particular 18’30 – 21’. 39 La proclama presentada por la acusación
como prueba en el juicio contra los atacantes de La Tablada decía,
entre otras cosas: En la medianoche de hoy los carapintadas se sublevaron
en el Regimiento 3 de Infantería de La Tablada. Allí se preparaban
y habían empezado a marchar contra la Casa Rosada (…). Ya estamos
hartos de la prepotencia de los milicos.
Hartos
de sus crímenes y de sus robos, que después tenemos que pagar todos.
Hartos de que nos impongan la injusticia social. Hartos de que no
nos dejen vivir en paz. El pueblo se alzó contra ellos. El pueblo
de los alrededores de La Tablada ya ha recuperado el cuartel sublevado.
Lo dirige este Frente de Resistencia Popular que se formó allí mismo.
Tomamos las armas de los milicos y les incendiamos su cuartel. En
vista de la restitución de la realidad de los hechos, y de la confirmación
por parte de varios entrevistados de que efectivamente existía una
proclama que debería propalarse a la salida del cuartel, tiendo
a dar credibilidad a ese texto presentado por la acusación pese
a que –como todas las pruebas materiales- su autenticidad fuera
entonces rechazada por la defensa. 40 En la acción de la dictadura
militar encontramos algunos ejemplos de construcción de un escenario
ficticio que llaman dramáticamente la atención por su similitud
con el montaje de La Tablada. Según el testimonio de Graciela Geuna
(legajo 764 Conadep, Nunca Más, pp. 377-378), ante la inminencia
de una huelga del sindicato Luz y Fuerza de Córdoba los militares
imprimieron falsos volantes montoneros llamando a la huelga y los
hicieron aparecer en manos de un militante de la JP, Patricio Calloway,
hasta entonces secuestrado en La Perla, a quien asesinaron frente
a EPEC, simulando un tiroteo. Así, se sirvieron de un rehén de La
Perla para montonerizar(sic) el conflicto y dar una justificación
a la represión que siguió. Agradezco a Lucas Martin por haberme
recordado este caso. 41 Véase Derrida, Jacques, Historia de la mentira.
Prolegómenos, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, 1997. Véase
también del mismo autor, Sobre la mentira en política. Entrevista
a Jacques Derrida de Antoine Spire en Staccato, programa televisivo
de France Culturel, del 7 de enero de 1999, en Derrida, J., ¡Palabra!,
Trotta, 2001. 42 Véase al respecto la lectura de Arendt del develamiento
de los Pentagon Papers referidos a la guerra de Vietnam en La mentira
en política, en. Crisis de la República, Madrid, Taurus, 1973, o
también Truth and politics (cit.), p.238: Los hechos informan a
las opiniones, y las opiniones, inspiradas por diferentes intereses
y pasiones, pueden diferir ampliamente y seguir siendo legítimas
en tanto respeten la verdad fáctica. La libertad de opinión es una
farsa si no se garantiza la información acerca de los hechos y si
los hechos mismos no están sustraidos a la disputa. Contrastada
con la manipulación totalitaria, que destruye el ámbito de lo común,
es posible sostener que –en condiciones de democracia– la manipulación
política moderna de la opinión, bajo la forma de propaganda, preserva
el ámbito de lo común, de la visibilidad de los hechos, sustrae
los hechos a la disputa y plantea el desafío en el terreno controvertible
de las interpretaciones de los hechos. 43 En su pretensión de encarnación
de una verdad superior –de la naturaleza, de la historia– el totalitarismo
se inscribe en ruptura radical con el carácter indeterminado de
la democracia moderna que –como lo ha señalado magistralmente Claude
Lefort– se instituye en el horizonte de una pregunta inapropiable
respecto de su verdad, y en la separación de las instancias en que
la verdad, el poder y la ley llevan adelante, cada una en sus esferas
de publicidad, la disputa por hegemonizar la interpretación. Lo
público es así, en la modernidad democrática, el nombre de la esfera
común en que se disputa, sin posibilidad de cristalización más que
parcial, la hegemonía de la interpretación. El totalitarismo se
deja leer, sabemos, en el anverso de esta descripción: la esfera
de lo común es apropiada por quien encarna la verdad. Si la verdad
no es indeterminada sino que está determinada en la naturaleza o
en la historia, si hay, por otra parte, quien puede conocerla y
encarnarla, todo aquello que hace obstáculo a esa verdad no puede
sino ser despreciado como un elemento parasitario que atrasa la
realización de esa verdad –todo esto ha sido dicho tantas veces,
y sin embargo ¡parece tan necesario volver a decirlo! 44 Arendt,
Hannah, Los orígenes del totalitarismo, Madrid, Taurus, 1974, p.
435. 45 No creemos ciertamente que esta matriz totalitaria explique
integralmente el hecho de La Tablada, o la creencia de sus actores
en su éxito, pero entendemos que puede contribuir a inscribirlo
en una trama que vuelva inteligible la comprensión de lo político
vehiculizada en el montaje del hecho. Como señalamos en la primera
parte, es preciso inscribir esa acción en las biografías políticas
de sus autores principales, y en su interpretación de la tradición
revolucionaria –pero éstas también se vuelven inteligibles a la
luz de esta matriz totalitaria de las ideologías revolucionarias
del siglo XX. 46 He intentado reflexionar sobre este asunto en la
ponencia Moldeando la arcilla humana. Reflexiones sobre la igualdad
y la revolución, publicada online (http://www.nuso.org/upload/opinion/hilb.php)
por la revista Nueva Sociedad. 47 El verdadero objetivo de la propaganda
totalitaria sostiene Arendt, no es la persuasión sino la organización.
Y agrega, citando al teórico nazi Hadamovsky: la ‘acumulación del
poder sin los medios de la violencia’. OT, 447. Al calificar al
proyecto del MTP de despolitizado me refiero precisamente al desinterés
del MTP por persuadir y a su fijación exclusiva en el objetivo de
asalto al poder. 48 Si la idea tradicional de vanguardia política
era la de avanzada en la encarnación de los verdaderos intereses
del sujeto en cuyo nombre se actuaba, ¿en nombre de qué sujeto,
más que de él mismo o de un sujeto puramente imaginario, puede actuar
un colectivo cuyo sujeto pretendido es el principal destinatario
de la manipulación y el engaño? Aunque tal vez no por los mismos
caminos, coincidiría con la afirmación de Luis Mattini según la
cual La Tablada es a la vez lógica perretiana y su trágica caricatura.
Mattini, Luis,
Fuente: Revista Lucha Armada, Año 3 Nº 9, 2007

La
opinión de los medios después de los hechos
La Nación, 25 de Enero de 1989: Panorama
desolador después del final
Sólo quedaban cuerpos mutilados, municiones dispersas y edificios
destruidos donde se había desarrollado un cruento combate.
Ya había sido abierto el tránsito a los vehículos particulares por
la avenida Crovara que pasa por delante del Regimiento. Ese detalle
y los innumerables curiosos que se comenzaron a congregar por centenares
delante de las cámaras de televisión y frente al alambrado del cuartel,
pese al agobiante calor, eran los signos de que las dramáticas horas
vividas ya habían quedado atrás.
Distribuidos en varios grupos y acompañados por el jefe de prensa del Estado Mayor General del Ejército, coronel Roque Troiano, los periodistas realizaron una luctuosa visita al lugar, minutos después de que el presidente Alfonsín se retirara de allí.
Participaron en la invasión
aproximadamente cincuenta delincuentes. Más de veinte fueron abatidos
y hay unos diez detenidos. Desconocemos si algunos lograron escapar.
Entre el armamento encontrado hay granadas de origen soviético.
En el pasillo que forman esas dos construcciones estaban los cuerpos
de tres atacantes abatidos: dos hombres y una mujer.
Los vehículos con que habían ingresado los agresores al cuartel
estaban literalmente aplastados, ya que las tanquetas les habían
pasado por arriba. La mayoría tenían los baúles repletos de panes
de trotyl y de proyectiles antitanques.
Había cinco Renault
12, una camioneta Ford y un Ford Falcon incendiados. También estaba
el camión de reparto de gaseosas con el frente totalmente destruido
y con el que habían roto el portón de la entrada principal de la
unidad militar.
Los edificios de la guardia principal y donde están los calabozos
fueron también escenario de las escenas más violentas. Después de
los disparos de grueso calibre y con las bombas incendiarias, los
dos lugares se incendiaron completamente. Adentro yacían en una
habitación los cuerpos de tres personas calcinadas, ubicados uno
al lado del otro.
El coronel Troiano confirmó que el segundo jefe de la unidad, el
mayor Fernández Cutiellos, tuvo una actuación realmente heroica,
tal como se había dicho en la crónica de anteayer. Indicó que repelió
la agresión, pero que después de haber caído herido fue liquidado
por los subversivos con un balazo en la garganta.
El teniente coronel Jorge Echezarreta acompañó a Fernández Cutiellos
en los últimos momentos de su vida. Lo llamé como lo hacía siempre,
por su apodo. Me acerqué y me tomó la mano fuertemente al tiempo
que levantaba el pulgar de la otra mano para darme a entender que
todo estaba bien, dijo el militar con la cara crispada por la emoción.
Tenía burbujas de sangre que le salían por la cara y poco después
murió, dijo Echezarreta.
Clarín, 25 de enero de 1989: El retorno de la subversión
Como una pesadilla recurrente, la subversión volvió a irrumpir el
lunes con estrépito en la escena política argentina.
Los hechos ocurridos en una unidad militar de La Tablada, cuando
un grupo de sediciosos copó a sangre y fuego las instalaciones y
las retuvo con armas sofisticadas contra la policía provincial y
efectivos del Ejército, constituyen un episodio confuso. Pero indudablemente
forma parte de la crónica de la subversión, esa crónica que creíamos
cerrada para siempre en el país. Se trató, además, de un episodio
de inusitada crueldad por los métodos usados en el combate. Y demencial,
pues nadie advierte cuál pudo ser en definitiva su propósito ni
su objetivo. Todo lo cual no impide que pueda ser apreciada claramente
su importancia. Habrá, evidentemente, un antes y un después del
23 de enero.
La guerrilla parecía sepultada tres lustros atrás. ¿Por qué renace?
Esta pregunta y sus posibles respuestas llenarán el análisis político
de las próximas semanas. Entretanto, sorprende que el Gobierno no
haya podido vislumbrar la magnitud del riesgo que se aproximaba
y alarma que los insurrectos hayan podido exhibir una libertad tan
amplia para agruparse, entrenarse, aprovisionarse y atacar.
La realidad ha mostrado que había una guerrilla esperando en las
sombras para operar. Ante ello, será del caso replantearse con todo
cuidado el papel de las Fuerzas Armadas en casos de conmoción interna.
Es otro tema para el debate próximo. Lo que sí está claro es que
necesitamos Fuerzas Armadas integradas a la Nación y conscientes
de su dignidad.
Repitámoslo: la Argentina necesita de un gobierno democrático y
representativo, consagrado a los fines nacionales. Necesita Fuerzas
Armadas preparadas para defender la soberanía en forma idónea e
integradas al cuerpo de la Nación.
Declaraciones del vocero presidencial, José Ignacio López, el
24 de enero de 1989
1. Antes de la visita del Dr. Raúl Alfonsín a La Tablada (11:30
hs)
El Frente de la Resistencia Popular sería quien se atribuye esta
operación, fundamentando a través de lo que permito calificar, desde
ya, como una patraña y una novela. Aparentemente, una operación
destinada –según se lo pretende hacer creer– a defender la Constitución
por esta vía inaceptable, como si la Constitución ayer hubiera estado
en peligro por vía de otros elementos a quienes allí se les pretende
atribuir la responsabilidad que no ha existido en ningún momento,
al menos, en la situación de ayer.
Porque allí, como ustedes los habrán visto por alguna comunicación
que ha obtenido ayer alguna agencia de noticias, se pretendía hacer
creer como que se estaba en vísperas de un golpe y que esto se hacía
para salvar a los argentinos de un golpe. Esta es una patraña, una
novela.
2. Al regreso de la visita presidencial (17:00 hs)
Periodista: ¿Qué nos puede decir de la visita?
Vocero Presidencial: Éstas son situaciones en las que uno debe confesar
que no tiene palabras; no tengo palabras para expresar lo que acabo
de ver. Es realmente muy difícil tratar de exteriorizar el sentimiento
que a uno le provoca ver la demencia puesta en acción. Ahí vemos
lo que puede la alucinación si es que se puede emplear esta palabra
para calificar de alguna manera este ataque a mansalva, esta entrega
de vidas, esta muerte.
Realmente, los argentinos, creíamos que ya habíamos pagado la cuota
de dolor y sangre que toda la sociedad está pagando para construirse.
Realmente creo que esto nos puede llenar de estupor y también nos
debe estimular el coraje, la decisión, la valentía, la disposición
de esos hombres de las Fuerzas Armadas, del Ejército y de las Fuerzas
de Seguridad: esos hombres, con cara pintada y sin cara pintada,
que se dispusieron a dar la vida para que nosotros podamos seguir
viviendo en libertad.
La
Nación, 26 de enero de 1989: El desafío más grave y decisivo
El Presidente de la República doctor Alfonsín expresó en su mensaje
de anteayer que los episodios vividos en La Tablada constituyen
el desafío más grave y decisivo de mi gobierno y que el país se
encuentra bajo la agresión de elementos irregulares de filiación
ultraizquierdista, con lo cual salió del paso de los sectores que,
desde dentro del Gobierno y fuera de él, se empeñaron inicialmente
en disimular una filiación que resultaba innegable desde el primer
instante.
Hemos podido repeler este acto subversivo –dijo el Presidente– porque
hubo hombres en disposición y con la decisión de pelear.
Esta expresión podría aplicarse, también, a la lucha que las Fuerzas
Armadas sostuvieron con anterioridad a la restauración del régimen
constitucional y el mismo reconocimiento formulado anteayer por
el primer mandatario lo merecen por aquellos hechos del pasado cercano.
Porque si es verdad que en aquella lucha hubo excesos y que los
responsables debieron ser juzgados y condenados –posición que siempre
hemos compartido desde esta columna editorial– no es menos cierto
que esos excesos no pueden llevar a ignorar ni los méritos de la
defensa contra la subversión ni la existencia de una guerra que
no fue declarada ni iniciada por las Fuerzas Armadas.
Cuando el Presidente dijo con referencia a los sucesos de La Tablada
...hubo argentinos que murieron para que otros argentinos pudiésemos
mantener nuestra libertad, preservar nuestro estilo de vida, nuestra
convivencia... bien puede extenderse ese agradecimiento a los hombres
de las Fuerzas Armadas y de seguridad que en los años anteriores
al 10 de diciembre de 1983 murieron, igualmente, detrás del mismo
objetivo.
El Presidente se refirió, más adelante, al legítimo orgullo de ver
a los hombres del Ejército que nuevamente han dado prueba fehaciente
de su valentía, de su decisión de defender nuestra independencia
y de resguardar, por consiguiente, la soberanía popular. Hay, asimismo,
en este párrafo, una palabra clave: nuevamente. Quiere decir que
se acepta que el lunes último y anteayer los hombres del Ejército
y de las fuerzas de seguridad hicieron lo que ya tuvieron que hacer
años atrás.
El Presidente encarna la soberanía legítima de orden constitucional
y el Ejército es el brazo armado de la República que lo protege.
Así debe ser siempre, y cuando las Fuerzas Armadas y de seguridad
entregaban sus vidas en la guerra cruel desatada por la subversión
estaban haciendo posible esta realidad de hoy.
Revista Gente Nº 1227, 26 de enero de 1989: Reconocimiento
Párrafos del discurso del presidente Raúl Alfonsín, el martes 24
de enero a las 22,55 hs.
Hoy al mediodía fui a la Tablada. Quienes estuvimos allí, asistimos
a un espectáculo estremecedor. Era una pesadilla. La muerte. Otra
vez la muerte. La brutalidad, la barbarie.
A cada metro encontramos expresiones tangibles de la dimensión de
la agresión que había sufrido no sólo un regimiento, sino el conjunto
de los argentinos. También a cada momento, recogíamos las evidencias
del coraje de quienes hoy merecen el reconocimiento de la Patria.
Hemos podido repeler este acto subversivo porque hubo hombres en
disposición y con la decisión de pelear. Quiero decirles a ellos
que ésta también es mi pelea. Aquí nadie se hará el distraído mientras
otros arriesgan sus vidas. Esta es mi pelea y la conduciré hasta
el final…
Todos sentimos un gran dolor y pesar al honrar a quienes dieron
sus vidas por la tranquilidad de todos. Sentimos estupor e indignación
frente a la sanguinaria y cruel acción de esos personeros de la
muerte.
Pero al mismo tiempo experimentamos el legítimo orgullo de ver a
los hombres del Ejército que nuevamente han dado prueba fehaciente
de su valentía, de su inquebrantable decisión de defender nuestra
independencia y de resguardar, por consiguiente, la soberanía popular.
Como Presidente de la Nación y comandante en jefe de las Fuerzas
Armadas felicito a todos los hombres del Ejército que han actuado
con decisión y coraje para contener la acción de los delincuentes.
Mi reconocimiento también a las fuerzas de seguridad, particularmente
a la policía de la provincia de Buenos Aires. Y mi solidaridad,
que es la de todos los argentinos, con las familias de los caídos.
Clarín, 29 de enero de 1989:
Ante otro país
Por Joaquín Morales Solá
|
|
La ceguera política
de los insurgentes, las características mismas del episodio, plantean
todavía interrogantes que los investigadores no pueden responder.
Pero, entre todo eso, sobresale la más tenaz y cruel de las preguntas
¿ha sido sólo un hecho loco y aislado o ha sido, en cambio, el principio
de una ola de violencia cuya dialéctica le dará una dinámica propia
a la política?
Con un ejército nuevamente lacerado por muertos y heridos, la administración
y los políticos en general debieron replantear rápidamente su relación
con los militares. Ya no es el pasado lo que signa esa convivencia
sino el duelo del presente y el estado de necesidad del que advierte
un futuro incierto.
Una operación supuestamente rápida y no frontal no necesitaba complicar
a dos jefe del nivel de Gorriarán Merlo y Jorge Baños. Si bien la
presencia de Gorriarán Merlo es confusa aún, el cadáver de Baños
con las armas en las manos elude toda polémica.
Es un caso sorprendente. Baños había logrado perfilar cierta imagen
como abogado defensor de derechos humanos y se había abierto paso
en publicaciones de centro izquierda o de izquierda como articulista.
¿Por qué mandar al sacrificio a un hombre de esa importancia?
… Recurren al ejemplo de los montoneros, cuando el propio Firmenich
debió protagonizar el secuestro y el posterior asesinato del ex
presidente Aramburu. Una certeza no es cuestionada por nadie: Gorriarán
Merlo fue jefe supremo de esta irrupción guerrillera con el nombre
de guerra de Richard o Ricardo, seudónimo el primero que aparece
a la cabeza del organigrama de la célula hallado entre las ropas
de un sedicioso.
La presencia de Gorriarán Merlo ha desdoblado la investigación.
Hombre de extrema confianza del ministro del Interior de Nicaragua
y dirigente fuerte del régimen sandinista, Tomás Borge, Gorriarán
fue entrenador del sector del ejército nicaragüense que responde
directamente a Borge.
Estupor tras estupor
Ese lunes de lágrimas deparó dos sorpresas al presidente Alfonsín.
Una de ellas fue que su gobierno se encontró jaqueado por la subversión
de izquierda; en verdad, la administración demoró muchas horas en
convencerse a sí misma que estaba ante un rebrote del extremismo
que asoló la década pasada.
Para las concepciones políticas del Presidente era imposible que
el terrorismo se solazara con un gobierno de origen democrático.
¿No había visitado él personalmente a Fidel Castro para reclamarle
que frenara el extremismo chileno porque éste le hacía daño al proceso
de democratización en el país de Pinochet?
..... Sin mirar el detallismo
legal, creó por sí solo el Consejo de Seguridad que, por primera
vez en cinco años, reúne en un ámbito común a dirigentes civiles
y a la cúpula militar.
Ya no había dos Ejércitos como él había dicho apenas días antes.
La reaparición del viejo enemigo abroqueló a los hombres uniformados
y quita todo margen a los arabescos internos de unos y otros. La
situación en el Ejército ha entrado en un statu quo que no puede
modificarse hasta donde llega la mirada.
Expresiones oficiales que trabajaron estos días con jefes uniformados
dicen que han advertido un cambio ostensible en ellos: Han encontrado
una razón de ser, una mística nuevamente, aseguran. Señalan, inclusive,
que hubo oficiales rebeldes que abandonaron su prisión domiciliaria
para combatir en las defensa de La Tablada y luego retornar a la
anterior condición.
La Prensa, 5 de febrero de 1989: Después de la batalla
Por Horacio Mayorga
Domingo de reflexión
El domingo 29 de enero, día que debió ser de luto nacional para
todos los argentinos, según lo pidió el gobierno, fue también una
magnífica oportunidad para reflexionar sobre los hechos que han
lastimado al país más allá de toda ideología.
Fue un horror, pero
un horror del que se había advertido al gobierno que podría ocurrir.
La respuesta fue siempre la misma: la democracia hacía imposible
la vuelta de la guerrilla, estos anuncios eran cosas de militares
para influir en la búsqueda del poder perdido.
Las FF.AA. fueron denostadas, perseguidas, injuriadas durante cinco
años desde el gobierno y desde la mayor parte de los medios de comunicación,
infiltrados por la izquierda.
Los militares y la SIDE
Dentro de esa política un hecho que tuvo fundamental importancia:
la exclusión de casi la totalidad de los militares, retirados o
no, que revistaban con enorme antigüedad y experiencia en la Secretaría
de Inteligencia del Estado (SIDE). Fueron reemplazados por los muchachitos
del partido y de la Coordinadora a quienes se envió por pocos meses
al extranjero para capacitarlos en la tarea. Para extirpar todo
lo militar del ambiente gubernamental se prohibió la participación
de los servicios de inteligencia de las FF.AA. en el estudio de
la situación interna del país. Ese aspecto lo cubriría solamente
la SIDE.
¿Cuál fue el resultado? La sorpresa de La Tablada. El horror. La
SIDE no supo nada, no podía haberlo manejado tampoco, pese a que
no le faltaron avisos e indicios de sucesos anormales, operaciones
de ensayo, presencia nueva de guerrilleros viejos… así ocurrió lo
que no podía ocurrir. Daba pena ver a políticos y en especial al
vocero presidencial recurrir a eufemismos y divagaciones tristes
para no llamar a los guerrilleros lo que eran: guerrilleros…
Allí estaba Baños, hasta hace poco perteneciente al CELS (Centro
de Estudios Legales y Sociales), camarada de ruta de Zamora, Mignone,
Parrilli, Meijide y de otros que ayudaron a condenar a las FF.AA.
como genocidas, aliados a las Madres de Plaza de Mayo, cuyos hijos
en muchos casos también sembraron el terror.
Baños y otros como él colaboraron con la CONADEP del preclaro Sabato,
ayudados por el gobierno para lo que fue realmente una caza de brujas
para la familia militar. Lloraban a los desaparecidos que luego
aparecieron cuando el terremoto de México, pero no por Larrabure
o Viola o Quijada o el juez Quiroga o peor aún por los cientos de
conscriptos o agentes de policía muertos.
El Presidente y los carapintadas
Las revistas mostraron fotos impresionantes. En mi reflexión me
detuve en una: la del Presidente rodeado, protegido, amparado por
los carapintadas a quienes hubo que recurrir para tomar el cuartel.
¿ Dónde quedaron los epítetos contra ellos de pocos días atrás?
Dentro del ambiente político surgió entonces otra verdad a medias:
Hoy se ha reprimido dentro de la ley, mostrando que eso es posible….
Hoy se pudo hacer porque La Tablada no fue una guerra sino un combate.
Hoy el Dr. Alfonsín está sentado donde está porque hubo muchas Tabladas,
muchos muertos, muchos Fernández Cutiellos y conscriptos y suboficiales
y policías que dieron su vida en pos de la victoria final.
Se asustaron los jueces y el Congreso y la población toda. Sabían
lo que pasaba y cómo pasaba, pero nadie quería otra cosa que la
victoria sobre el terrorismo a todo trance y de cualquier forma.
Si vuelve esa guerra se volverán a asustar y rogarán que aparezcan
unos pocos que arriesguen su vida para que otro Alfonsín pueda iniciar
otro gobierno democrático… pero restablecida la calma la suerte
de los militares será incierta, como lo fue ayer.
Dos posturas del Presidente me mueven a una respetuosa pero vehemente
crítica. La primera, cuando a la vista de los muertos en La Tablada
dijo: No olvidaré jamás lo que vi.
Me alegro que se sienta así hoy, porque parecía que hasta ayer no
hubiera reparado en lo que debe haber experimentado el almirante
Lambruschini al rescatar de entre los escombros los restos deshechos
de su hija Paula. Ella pagó por la democracia, por los Alfonsines,
por los Caputos, por los Manzanos y tantos otros.

La
Tablada, diez años después
Clarín, 23/01/99,
Informe especial
Un ataque que sorprendió a toda la dirigencia política
Combate con 39 muertos
Poco antes de las cuatro de la mañana del 23 de enero de 1989, unos
60 militantes del Movimiento Todos por la Patria (MTP) atacaron
el Regimiento de Infantería Mecanizada Nº 3 La Tablada, del Ejército.
Era el último año del presidente radical Raúl Alfonsín; Enrique
Nosiglia era ministro del Interior y Horacio Jaunarena, de Defensa.
El MTP era una agrupación que se denominaba independiente, y que
denunciaba la cercanía de un golpe de Estado carapintada. El ataque
y la represión posterior dejaron un saldo de 39 muertos (28 atacantes,
11 militares y policías), 3 desaparecidos y 60 heridos. Hoy quedan
cinco cadáveres sin identificar. El Ejército y la Policía Bonaerense
recuperaron el cuartel tras 30 horas de combate. La Comisión Interamericana
de Derechos Humanos de la OEA presentó en 1997 un informe: afirmó
que hubo torturas y desapariciones en la recuperación y que los
encarcelados fueron torturados. La CIDH pidió la excarcelación de
los presos, pero la Corte Suprema la rechazó por unanimidad en diciembre
pasado. La defensa presentó el miércoles último un recurso de amparo
y una querella por homicidio.
Hace diez años el MTP copó el cuartel de La Tablada. El gobierno
radical y la oposición no lo esperaban
Por Ernesto Seman | Clarin
En su despacho de la Casa Rosada, Raúl Alfonsín había recibido a
principios de 1989 el último informe reservado de la Secretaría
de Inteligencia del Estado (SIDE) sobre la actividad del Movimiento
Todos por la Patria. Para Alfonsín, pendiente por entonces de la
supervivencia del plan económico y las elecciones presidenciales,
fue una tranquilidad que el parte de la SIDE terminara igual que
los de todo el año anterior: Sin capacidad operativa militar. El
domingo 22 de enero, el horizonte parecía tan reposado que Carlos
Becerra -secretario general de la Presidencia-, lo llamó a Alfonsín
desde Punta del Este para suspender su encuentro de esa misma noche.
No hay problema, nos vemos mañana, respondió Alfonsín. Más relajado
aún, Enrique Nosiglia -ministro del Interior- declinó la invitación
de Becerra para volver de Punta a las seis y media de la mañana
del lunes en un avión privado. Es muy temprano, dijo. El lunes 23
de enero, cerca de las siete de la mañana, el piloto del pequeño
avión interrumpió el sueño del secretario general de la Presidencia
para avisarle que la Fuerza Aerea no autorizaba el aterrizaje en
el aeropuerto de Don Torcuato, por lo que se dirigían hacia Martín
García. Unos minutos después la secretaria privada de Becerra llamaba
al avión. Ella y el chofer lo esperaban en tierra con un traje y
un par de zapatos: el Presidente lo convocaba con urgencia a la
Casa Rosada. Hasta las nueve de la mañana, el Estado Mayor del Ejército
sólo le había informado a Alfonsín y a los funcionarios convocados
en la Casa de Gobierno que alguien -esa fue la palabra utilizada-
había copado el cuartel militar de La Tablada.-¿Son carapintadas?-,
fue lo primero que preguntó el Gobierno, que apenas 40 días atrás
había vivido la sublevación de Mohamed Alí Seineldín en Villa Martelli.
Todavía no sabemos, fue la respuesta. Una hora después, el Ejército
informó que, al entrar, los atacantes habían matado al guardia de
turno lo que indicaba que se trataba de gente dispuesta a dar batalla.
La convicción de que era otra acción carapintada se generalizó en
el Gobierno. Recién a las once, los jefes militares se presentaron
en la Casa Rosada con un nuevo parte. Los mismos grupos de inteligencia
que no habían podido detectar ningún movimiento, ponían ahora su
sagacidad en obtener datos categóricos para determinar la identidad
de los atacantes: Puede que no sean carapintadas... Entre los atacantes
vimos a una mujer -le dijeron a Alfonsín-. Y también detectamos
a barbudos y melenudos. El ingreso al cuartel de La Tablada de unos
60 militantes del MTP parecía haber sorprendido a todos. Desde diciembre
del 88, el MTP sostenía que los carapintadas preparaban un golpe
de Estado con el guiño de gente del entorno del entonces candidato
a Presidente por el PJ, Carlos Menem. Con la cara pública de Jorge
Baños y la jefatura de Enrique Gorriarán Merlo, llamaban a los partidos
a resistir. El MTP tenía una relación cotidiana con casi todos los
partidos políticos. En aquel enero, Nosiglia y Becerra habían conversado
informalmente con Baños y Francisco Provenzano. En la UCR, algunos
miraban con simpatía la estrategia visible del MTP: suponían que,
ciertas o no, las denuncias los menemistas y la idea de que la democracia
estaba en peligro podían tener algún rédito electoral. Pero Nosiglia
y Becerra les dijeron entonces que lo del golpe era una idea descabellada.
El MTP también tanteó a los partidos Intransigente y Comunista.
A fines de diciembre de 1988, Roberto Felicetti, hoy con perpetua
, almorzó en un restaurante de Congreso con algunos altos dirigentes
del PI. Y para la misma fecha, la conducción del PC, encabezada
por Patricio Echegaray, recibió al MTP en una oficina de Corrientes
y Callao. Por entonces, el encargado de las relaciones del PC con
las Fuerzas Armadas era Jorge Pereyra quien, en aquella reunión,
desacreditó por completo la hipótesis del golpe. Ni el Gobierno,
ni la UCR, ni el PC ni el PI intuyeron que el MTP estuviera pensando
en una acción militar. Hoy todavía resulta difícil saber por qué
motivo los informes de inteligencia tampoco previeron el ataque.
La ineficiencia, el ocultamiento, el impulso velado al MTP para
tenderle una trampa, la necesidad de sectores militares de resucitar
al terrorismo, o el
simple
hecho de que el ataque no tuvo, en efecto, ninguna preparación militar:
La respuesta, quizás, combine todos estos elementos. En cualquier
caso, la convivencia de un pequeño grupo con cierto entrenamiento
militar encabezado por Gorriarán, junto a otro con más entusiasmo
que experiencia en la materia, constituyó un grupo humano que se
creyó en condiciones de hacer el ataque. Un buen ejemplo de este
último grupo es el de Baños, hasta entonces la cara pública del
MTP. El contacto con Nicaragua -alguna vez exhibido para realzar
la supuesta preparación del MTP-, el entrenamiento militar que no
se equiparaba siquiera al del servicio militar, no fue distinto
al que en la década del 80 tuvieron centenares de jóvenes de todos
los partidos, atraídos por una revolución que generaba, a la vez,
nostalgia y novedad. A Alfonsín, la vida se le vino encima desde
ese día. En un intento por retomar el control de la represión que
el Ejército ejercía sobre los atacantes -y sobre la que pesan denuncias
de fusilamientos y desapariciones-, el ex Presidente tuvo que ir
en persona al cuartel, cuando todavía sonaban los tiros. Apenas
14 días después del ataque, empezaba la devaluación que daría origen
a la primer hiperinflación. Un mes después, naufragaba del todo
el Plan Primavera. Para mayo, tras la derrota del radicalismo frente
a Menem, el Estado recaudaba por el Impuesto al Valor Agregado (IVA),
un 6,3 por ciento de lo que había obtenido en el mismo mes de 1988.En
aquel escenario de tierra arrasada -que el PJ miraba con más entusiasmo
que alarma-, Menem asumió por primera vez la Presidencia de la Nación.
Hablan tres condenados a perpetua
Era el único camino para salvar la democracia
Después de diez años de prisión, siguen pensando que hicieron lo
correcto. El copamiento a La Tablada era el único camino para salvar
la democracia, dijo a Clarín Roberto Felicetti, uno de los nueve
presos del Movimiento Todos por la Patria (MTP) que permanecen recluidos
en la cárcel de Caseros. A pesar de la condena a cadena perpetua,
no hay arrepentimiento en sus palabras. Cuando atacaron el Regimiento,
se calcula, eran alrededor de 60. Treinta horas después, entre el
polvo y el calor, salieron con vida poco menos de 20. Nueve cumplen
condena en el pabellón de máxima seguridad de Caseros, el 18 B,
en celdas individuales de un metro por tres y sin espacio para hacer
ejercicios. De afuera sólo ven lo que les muestra un solo aparato
de televisión, que comparten entre 50 presos. Se turnan para limpiar
y preparar la comida que les llevan sus familiares. Todos han terminado
el secundario en este tiempo y estudian Sociología y Abogacía. Cuatro
fueron padres entre rejas. Sólo Felicetti supera los 40 años, sus
rostros pálidos delatan la falta de sol; siempre de jeans y remera,
tienen aspecto cuidado. Unos están más dispuestos a hablar que otros
y, entre cordiales y desconfiados, miran a la mujer que entra. Invitan
mates y no evitan recordar el pasado, aunque dicen que prefieren
imaginar el futuro. Por momentos tienen el énfasis de militantes.
El olor rancio y los chirridos recuerdan todo el tiempo que es una
cárcel. Pasa un gato descolorido, es por las ratas, dicen. Esta
es una síntesis del diálogo con tres de ellos, Miguel Aguirre, Claudio
Rodríguez y Felicetti.-¿Hicieron autocrítica en diez años?-Seguimos
creyendo que hicimos lo correcto. Admitimos que podemos habernos
equivocado, pero había un levantamiento y en ese sentido iba nuestra
acción. Siempre nos preguntan si estamos arrepentidos. No lo estamos.-¿La
lucha armada era la única salida? -Afuera tienen la idea de que
nos quedamos en el pasado, pero somos concientes que las cosas han
cambiado. Hoy no tendría lugar la lucha armada. -Los llamaron extremistas,
suicidas, mesiánicos, guerrilleros, dementes. -Somos militantes
políticos. Se dijeron muchas mentiras de nosotros y no teníamos
formas de defendernos. Es mentira que nos hicieron pisar el palito.
Ellos son los que mintieron. -¿Se sienten traicionados por Gorriarán?
-Gorriarán no nos traicionó. En el copamiento él estuvo donde nosotros
necesitábamos que estuviera. Lo reconocemos como un dirigente importante.-¿Indulto,
amnistía o pena conmutada? -Queremos una decisión política que nos
saque de acá. Somos realistas y concientes de que un indulto para
nosotros también va a serlo para Seineldín. -¿Si salen seguirán
en el MTP? -Primero queremos conseguir trabajo y recuperar el tiempo
con nuestras familias. Creemos que la política es la única salida
posible. Pese a todo la cárcel no nos corrompió. No perdimos los
ideales y seguimos creyendo que el cambio es posible. Por el ataque
a La Tablada hay 14 condenados a cadena perpetua: uno en la cárcel
de Devoto (Enrique Gorriarán Merlo); dos en España (Sebastián Ramos
y Luis Ramos); dos en Ezeiza (Isabel Fernández y Claudia Acosta);
y los 9 de Caseros (Sergio Paz, José Moreyra, Carlos Motto, Claudio
Veiga, Juan Díaz, Gustavo Messutti, Felicetti, Aguirre y Rodríguez).
Fray Antonio Puigjané fue condenado a 20 años y cumple arresto en
un convento. Ana María Sívori, a 18 años, y está en Ezeiza. Daniel
Gabioud Almirón, Miguel Faldutti, Juan Burgos, Cintia Castro, Dora
Molina están con libertad condicional.
Fuente: Mariela Arias, Clarin, 23/01/99

La
visión del otro lado: la opinión (no oficial) del Ejército
[Del libro In Memoriam I, editado por
el Círculo Militar, sexta parte, 1989 y La Tablada]
Ataque y copamiento del Regimiento
de Infantería Mecanizado 3 General Belgrano y del Escuadrón de Exploración
de Caballería Blindado1, con asiento en La Tablada el 23 de enero
de 1989.
El 23 de enero de 1989, siendo las 06:15 hs. un grupo de aproximadamente
45/50 personas, entre las cuales se incluían varias mujeres, irrumpió
en los cuarteles de la unidad y subunidad señaladas, tras embestir
y derribar el portón de entrada de la guarnición, utilizando un
camión de transporte de gaseosas –que había sido robado minutos
antes– y cinco o seis automóviles. En este momento inicial fue asesinado
el soldado apostado en esa entrada sin que tuviese la oportunidad
de hacer uso de su arma reglamentaria. Acto seguido fue tomado el
local de la guardia de prevención, permaneciendo en él varios subversivos,
mientras el resto ingresaba con los vehículos al interior del cuartel.
En la operación participaron dos grupos debidamente identificados:
uno que ingresó al cuartel en la forma ya indicada y otro, no identificado,
que actuó fuera de las instalaciones militares, en actividades de
hostigamiento (francotiradores), como así también en agitación popular
y apoyo sanitario, llevadas a cabo por personal mimetizado entre
la población civil que rodeaba a los cuarteles.
Las acciones posteriores tuvieron como objetivos prioritarios, además
de la tarea inicial de la guardia de prevención, apoderarse de las
instalaciones de la plana mayor de la unidad de infantería, los
casinos (oficiales y suboficiales) y una o más subunidades, con
la finalidad de sustraer armamento y municiones.
Inicialmente sólo pudieron concretar la toma del edificio de la
plana mayor, donde fue asesinado el 2do. jefe del Regimiento 3,
mayor Horacio Fernández Cutiellos y del casino de suboficiales,
en el que mantuvieron como rehenes un número importante de suboficiales
y soldados.
Debido a los escasos efectivos que se encontraban en el cuartel
como consecuencia de la licencia anual y a la hora en que se produjo
el ataque, oportunidad en que el personal aún no había regresado
del franco de fin de semana, el grupo terrorista logró el copamiento
de la unidad militar en un reducido lapso, explotando el factor
sorpresa y la capacidad de fuego con que contaban.
"Ese
día fuimos a La Tablada. Todo era confusión. Nadie sabía
quiénes estaban al frente del copamiento. Tomamos un
helicóptero. En un momento se dijo que nos habían baleado
mientras volábamos. Pero nunca sentimos ningún tiro.
Cuando llegamos hicimos una recorrida. Había un olor
a muerto, un olor a carne quemada increíble. ¡¡¡Yo vi
una cabeza!!! Juro que vi una cabeza. Se me salían los
ojos de órbita. Se intentó hacer la visita de una manera
protocolar, pero era imposible. Alfonsín se fue de ahí
con bastante olor a muerto. Después se reunió con Caridi,
que era el comandante en jefe del Ejército, y con Nosiglia.
Creo que todos tardamos días en recuperarnos." Testimonio
de Víctor Bugge, fotógrafo presidencial que acompañó
ese día al presidente Raúl Alfonsín. |
El concepto de esa operación, planeada
y comandada desde fuera de las instalaciones militares por Enrique
Gorriarán Merlo, fue claramente determinado por la documentación
secuestrada durante y después de las acciones de recuperación de
las instalaciones militares, entre la cual se encontraba la proclama
inicial que pretendían difundir por emisoras radiales, previo copamiento
de éstas; una segunda proclama en la cual se instrumentaba un plan
de emergencia luego que el gobierno del pueblo accediese al poder.
En dicho plan se incluía la disolución de las FF. AA. y su reemplazo
por las milicias populares; por último, una serie de comunicados
en los cuales se detallaban las organizaciones políticas, gremiales,
estudiantiles y educacionales que se adherían al movimiento insurreccional
subversivo y a la toma del poder nacional.
Consolidada la primera fase de la operación (toma del cuartel) comenzaría
la fase agitación popular con la ayuda de altavoces que poseía el
grupo de apoyo externo, justificando su actitud de que la toma de
la unidad militar era para desalojar a rebeldes adictos al ex teniente
coronel Rico y al coronel Seineldín que tenían el propósito, según
el grupo subversivo del Movimiento Todos por la Patria (MTP), de
dar un golpe de estado. Para ello, los terroristas tenían impreso
una gran cantidad de falsos volantes en los cuales los citados militares
llamaban a la rebelión contra el Gobierno de la Nación. Dichos panfletos
también fueron secuestrados al grupo atacante junto con el resto
de la documentación ya indicada.
A partir de lo planificado y con posterioridad a la toma del cuartel,
la agitación popular que pretendían lograr estaba destinada a convocar
una marcha multitudinaria, desde varios puntos de la Capital Federal,
Gran Buenos Aires y aun del interior del país, para dirigirse a
Plaza de Mayo y ocupar la Casa Rosada. Ésto se haría para evitar
el supuesto golpe de estado de Seineldín y de Rico.
Si esta operación hubiera tenido éxito, igual actitud se habría
adoptado en otras zonas del país, particularmente en Rosario y Córdoba,
lugares donde se comprobó que existían grupos similares al que actuó
en La Tablada el 23 de enero.
La reacción inicial de la Policía de la Provincia de Buenos Aires
que de inmediato estableció un cerco de las unidades tomadas, y
el progresivo regreso de personal franco destinado a la unidad y
subunidad del cuartel que por la parte posterior accedió al empleo
de algunos vehículos blindados estacionados en las instalaciones
correspondientes, impidieron concretar la parte inicial del plan
subversivo previsto que, sintéticamente, consistía en tomar la unidad,
apoderarse de armamento y munición, distribuir los supuestos panfletos
de Seineldín y Rico y posteriormente retirarse del cuartel para
iniciar la segunda fase: agitación popular.
A esta altura de los acontecimientos, encontrándose cercados los
elementos subversivos, el Estado Mayor General del Ejército, con
autorización del Sr. presidente de la Nación, Dr. Raúl Alfonsín,
ordenó el traslado y posterior empleo de efectivos militares y de
Gendarmería Nacional bajo las órdenes de un comando unificado, en
la persona del general de brigada Alfredo Arrillaga, quien se desempañaba
como Inspector General del Ejército.
Las acciones militares se llevaron a cabo durante todo el día 23
y hasta las 10:30 hs. del día 24 de enero, oportunidad en que, ya
abatidos la mayor parte de los subversivos que siguieron combatiendo
hasta la hora indicada, se materializó la rendición de 14 de ellos,
uno de los cuales (una mujer) falleció a los pocos minutos como
consecuencia de las heridas recibidas. Junto con esta rendición
se produjo la liberación de los rehenes (suboficiales) que mantenían
en su poder los integrantes del MTP que aún permanecían con vida.
Por expresa orden del Presidente de la Nación, el personal detenido
fue puesto a disposición del juez federal correspondiente, Dr. Larrambebere,
quien de inmediato se hizo presente en el lugar de los hechos.
El saldo de muertos de propias tropas fue de nueve integrantes del
Ejército Argentino y dos de la Policía de la Provincia de Buenos
Aires. La cantidad de heridos y mutilados alcanzó a treinta y siete
hombres, algunos de ellos de suma gravedad y otros con lamentables
mutilaciones corporales (pérdida de ambas piernas, pérdida de un
ojo, etc.).
La identificación de muertos y detenidos, secuestro de documentación,
armamento y munición utilizada -en su mayoría de origen ruso y chino-
y gran cantidad de bibliografía y material ideológico capturado
a los subversivos, permitieron determinar fehacientemente que el
grupo, integrado en su mayoría por el Movimiento Todos por la Patria
(MTP), era un desprendimiento del Ejército Revolucionario del Pueblo
(ERP), liderado por Enrique Gorriarán Merlo y con la participación,
en este operativo, de elementos pertenecientes a las siguientes
organizaciones:
• Partido de la Liberación (PL)
• Movimiento de Liberación 29 de Mayo (ML-29)
• Montoneros (Columna Sur-Oeste)
Militares y policias caidos en combate en la defensa y recuperación
de los cuarteles de La Tablada
+ Mayor Horacio Fernández Cutiellos (h); + Teniente Ricardo Alberto
Rolón; + Sargento Ayudante Ricardo Raúl Esquivel; + Sargento Ramón
Wladimiro Orué; + Cabo Primero José Gustavo Albornoz; + Soldado
ciudadano conscripto Héctor Cardozo; + Soldado ciudadano conscripto
Martín L. Díaz; + Soldado ciudadano conscripto Roberto T. Taddía
y + Soldado ciudadano conscripto Julio D. Grillo; + Comisario Inspector
(Policía de la Provincia de Buenos Aires) Emilio García y García;
+ Sargento José Manuel Soria (Policía de la Provincia de Buenos
Aires).
Documentos capturados
Partes principales de la proclama del MTP, a difundir en el caso
que tuviese éxito la primera fase de la operación y que planeaban
dar a conocer a través de emisoras radiales, planteando el falso
pretexto de la sublevación militar no ocurrida:
El ejército de Seineldín y Rico, se sublevó de nuevo. Quieren dar
un golpe de estado. Quieren asesinar a todos los que no aceptan
vivir bajo las botas. En la medianoche de hoy, los carapintadas
se sublevaron en el Regimiento Tres de Infantería de La Tablada.
Allí se preparaban y habían empezado a marchar contra la Casa Rosada.
Iban a asesinar a todos los que se le opusieran. ....
Ya estamos hartos de la prepotencia de los milicos. Hartos de sus
crímenes y de sus robos, que después tenemos que pagar todos. Hartos
que nos impongan la injusticia social. Hartos de que no nos dejen
vivir en paz. El pueblo se alzó contra ellos. El pueblo de los alrededores
de La Tablada ya ha recuperado el cuartel sublevado. Lo dirige este
Frente de la Resistencia Popular que se formó allí mismo. Tomamos
las armas de los amotinados y les incendiamos su cuartel.
Como siempre en la historia de la Patria, el pueblo hizo verdaderas
proezas. Al saber que los carapintadas lo habían tomado, el pueblo
entró en masa al cuartel. Mujeres, jóvenes, hombres del pueblo atacaron
con revólveres, con escopetas, con piedras y palos. Hicieron trincheras,
tiraron bombas molotov. Frente a tanto heroísmo, algunos de los
soldados y algunos suboficiales dieron vuelta sus armas y junto
al pueblo participaron de la ejecución de los oficiales traidores.
Una columna de carapintadas había salido del cuartel con rumbo a
la Casa de Gobierno. Pero el pueblo armado levantó barricadas y
luego la aniquiló. Ahora es el pueblo el que ha ocupado la casa
Rosada.
El pueblo quiere un nuevo sistema de libertad y de justicia social.
Sin milicos asesinos, ni políticos corruptos, ni ladrones de la
patria financiera. Vamos a formar un verdadero gobierno del pueblo.
El gobierno del pueblo declara disuelto el Ejército profesional
y traidor. Ahora lo reemplaza el pueblo en armas. Los soldados y
suboficiales únanse al pueblo; ejecuten a sus oficiales traidores.
O váyanse de los cuarteles. El que se quede en un cuartel está con
los verdugos del pueblo.......
Además de esta proclama, que nunca pudo ser difundida, tenían previsto
un comunicado con las adhesiones que irían recibiendo; un plan de
emergencia económica y otros comunicados, entre los cuales figuraba
la disolución del Ejército Argentino, y la creación de las milicias
populares del Frente de Resistencia Popular.
Fuente: www.geocities.com/inmemoriam

La
situación de Fray Antonio Puigjané
[VER NOTA RELACIONADA]
Fray Antonio Puigjané,
fraile capuchino, activista de los derechos humanos, defensor de
pobres, seguidor de la no violencia y firme creyente en la Teología
de la Liberación, comenzó a trabajar con los pobres en los años
'60, cuando se dio cuenta de que la Iglesia Católica tenía la responsabilidad
de ocuparse de algo más que de las meras necesidades espirituales
de los habitantes de las villas miserias. Trabajó con los pobres
ayudándoles a ayudarse a sí mismos, organizando cooperativas cerca
de la iglesia, que construían clínicas y ofrecían, entre otras cosas,
atención médica a los pobres. También se opuso a las atrocidades
cometidas por el gobierno militar. Sus actividades llegaron a molestar
a las autoridades militares y eclesiásticas hasta el punto de que,
su propio padre biológico, se convirtió en un desaparecido. Durante
los años '70, bajo otro gobierno militar, Fray Antonio continuó
su trabajo en favor de los pobres y comenzó a trabajar por los desaparecidos.
Se convirtió en uno de los pocos sacerdotes que oficiaban misas
por los desaparecidos, y fue el primer varón en marchar junto a
las Madres de la Plaza de Mayo. Ni las amenazas de muerte ni los
atentados contra su vida consiguieron silenciarlo.
Después de la reinstauración de la democracia en Argentina en 1983,
continuó su labor con los más necesitados, tratando de conseguir
cambios sociales a través de medios no-violentos. Ayudó a fundar
el Movimiento Todos por la Patria (MTP), que aspiraba a conseguir
cambios sociales significativos, mientras que pedía justicia para
las víctimas del gobierno militar.
A finales del año 1988, muchos miembros del MTP estaban convencidos
de la inminencia de un nuevo golpe militar en Argentina. Durante
el último año, había habido varias rebeliones militares, y el gobierno
del presidente Alfonsín no parecía capaz de mantenerse en el poder
por mucho más tiempo. Tratando de calmar a los militares, el gobierno
de Alfonsín había propiciado la aprobación de dos leyes que exculpaban
a los militares por los crímenes cometidos durante la guerra sucia.
La fragilidad del gobierno de Alfonsín era obvia para muchos.
Varios miembros del MTP estaban convencidos de que el golpe de estado
estaba siendo planeado en el regimiento de La Tablada. Decidieron
que era su deber evitar que este golpe sucediera, y planearon un
ataque a La Tablada haciéndose pasar por carapintadas (denominación
con la que se conocía a un grupo de militares que se habían rebelado
en ocasiones anteriores), esperando conseguir con ello que el pueblo
se levantara en contra de los militares y en favor del gobierno
civil. El 23 de enero de 1989 alrededor de 40 miembros del MTP ingresaron
por la fuerza en el regimiento de La Tablada. Como consecuencia
de su ataque y del posterior contraataque de las fuerzas de seguridad
-con un contingente de más de 3.000 efectivos y abundante armamento
pesado- resultaron muertos nueve soldados, dos policías y 28 miembros
del MTP. Según la Comisión Inter-Americana de Derechos Humanos,
9 de los miembros del MTP fueron ejecutados sumariamente después
de rendirse o de ser capturados. La Comisión Interamericana también
determinó que los sobrevivientes, mientras se hallaban bajo custodia
militar, fueron torturados.
De acuerdo con el testimonio de los dirigentes del MTP que sobrevivieron,
los participantes en el planeamiento del asalto habían ocultado
sus intenciones al Padre Antonio porque sabían que él se opondría
a tales planes. Fray Antonio tuvo noticias del ataque a través de
la radio. Las monjas que estaban con él cuando se enteró, manifestaron
que se sumió en un estado de shock e incredulidad. Dada su condición
de dirigente del MTP, se presentó voluntariamente a las autoridades
policiales. Fue detenido, interrogado y torturado, como lo comprobó
la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
Fray Antonio fue juzgado, junto con otros 19 miembros del MTP, por
crímenes en contra de la Ley de Defensa de la Democracia. Solo 13
de los 20 acusados habían participado directamente en el ataque.
El juicio tuvo lugar en una atmósfera altamente politizada. Las
creencias de Fray Antonio en la teología de la liberación y en la
necesidad de cambios sociales fueron sacadas a la luz durante el
juicio para justificar la posición de la fiscalía de que Fray Antonio
debía ser condenado. Durante el juicio no se presentó ninguna evidencia
que mostrase que Fray Antonio tenía conocimiento del ataque, ni
mucho menos de que hubiera participado en su planeamiento o ejecución.
Pero esto no fue tenido en cuenta por los jueces. El Tribunal que
lo juzgó decidió que su mera calidad de dirigente del MTP, junto
a sus creencias religiosas y socio-políticas, eran suficientes para
'probar' su culpabilidad como coautor de 11 homicidios consumados,
12 homicidios en grado de tentativa y otros cargos. Fue condenado
a 20 años de prisión, sin la posibilidad de apelación.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos analizó el caso de
Fray Antonio y de los demás presos de La Tablada. En su informe
determinó que todos los derechos a la justicia y a apelar el fallo
a un tribunal susperior fueron violados para todos los presos. La
Comisión determinó que Argentina debía reparar el daño cometido.
En Junio de 1998, Fray Antonio fue dejado en detención domiciliaria,
en el año 2000, luego de prolongadas huelgas de hambre y merced
a una conmutación de penas decretadas por el presidente Fernando
de la Rúa, muchos presos de La Tablada recuperaron la libertad;
Fray Antonio Puigjané recuperó la total libertad de movimiento.
En 2003 el presidente Duhalde deceretó la aministía de los últimos
presos de La Tablada.
Carta de Néstor Daniel Villa, del obispado de Zárate-Campana, a
Angel Horacio Luque, padre de dos jovenes abatidos an La Tablada,
quien declarara a los medios: No quiero flores para mis hijos. Que
vayan para los soldados y policías, ellos se las merecen…
Carta abierta a un padre
que sufre
Muy estimado señor Luque:
He leído y releído sus valientes declaraciones periodísticas acerca
de las actividades de sus hijos abatidos en el copamiento de La
Tablada recientemente. Quiero expresarle mi admiración por su madurez
y su coraje, y por no tenerle miedo a la realidad. Asumir esa dolorosa
certidumbre exige una alta dosis de hombría y Ud. ha demostrado
tenerla.
También quiero disculparme ante Ud. y pedirle perdón, porque no
siempre las actividades de un sacerdote están en consonancia con
la misión recibida del Buen Pastor. Ese sacerdote cuya presencia
en el movimiento donde militaban sus hijos le inspiraba confianza
y tranquilidad (nota: se refiere a Fray Antonio), había sido privado
de toda licencia sacerdotal por nuestro obispo en esta diócesis
en 1987. Por entonces, con ocasión de una vista que este señor hiciera
a Campana con fines políticos bajo cobertura de compromiso religioso,
quedó manifiesta su ya conocida militancia y su desprecio por la
Iglesia jerárquica. Cuando reapareció en Zárate, un tiempo después,
lo hizo contraviniendo al obispo y a sus propios superiores religiosos,
actitud totalmente esperable. Por todo ello le reitero mis disculpas.
Y también quiero hacerle saber que comparto su perplejidad y su
dolor. El sacerdote es padre de todos: los tranquilos y los traviesos,
los mansos y los violentos. Y porque Dios es Padre providente y
misericordioso, y no niega su gracia a los que vuelven a Él, no
sabemos si en los últimos instantes sus hijos no hayan podido arrepentirse.
Por ello no podemos dejar de rezar por todos los muertos, inclusive
por los terroristas muertos, no para imitar sus conductas, sino
para implorar por su purificación si murieron arrepentidos. La esperanza
de la eterna salvación, la Iglesia no la niega a nadie, ni a los
grandes criminales, ni a los suicidas, ni al mismo Judas. El último
momento es de Dios.
Reciba un fuerte abrazo de este sacerdote, y le prometo a mi regreso
visitarlo y estrecharle la mano. Participe mis respetos a su familia
y no deje de encomendarse y de encomendar a los suyos, los vivos
y los muertos, a la Misericordia Divina.
Los héroes de La Tablada: militares y policías, muertos e inválidos,
heridos y sobrevivientes merecen todo nuestro reconocimiento, pero
no deje de rezar por sus hijos como yo lo hago, y no vacile en llevarles
un día una flor. Que esta cuota de dolor nos haga a todos más humanos
y sinceros, y nos permita sin odios construir una patria donde cada
uno considere a su prójimo con un corazón de hermano.
Lo bendice:
Néstor Daniel Villa, Obispado de Zárate-Campana
Fuente: Revista Gente Nº 1229, 29 de febrero de 1989

Entrevista
a Gorriarán Merlo en 2000
Casa de los Pueblos de América, Buenos Aires, 18 de diciembre de
2000
Desde el Hospital Fernández, donde se encuentra internado a raíz
de la huelga de hambre, el ex guerrillero sostuvo que el caso de
los presos de La Tablada marca una continuidad entre dictadura y
democracia.
- ¿Conoce algún antecedente de alguien que haya ayunado 100 días?
Sé de dos experiencias –no se si hubo otras- que podrían compararse.
Una es la de un grupo español que ayunó 120 días, resultado de lo
cual varios de ellos quedaron con lesiones físicas de por vida.
Y otro, más conocido y trágico, culminó con la muerte de 10 independentistas
irlandeses. Eran los años brutales de Margaret Thatcher. Entre nosotros
hay dos compañeros que están en el período que los médicos denominan
de desnutrición severa y ello arriesga que se produzca alguna afección
irreversible. El resto, todos –siempre según los médicos del hospital-
entraremos en esa etapa en un plazo no mayor de una semana.
- ¿Qué diría a los ciudadanos que opinan que los atacantes del cuartel
de la Tablada merecen cárcel para siempre?
Algunos son víctimas de la desinformación, otros son revanchistas
que se sienten cómodos paseando por las mismas calles que Astiz
o Etchecolatz o Bussi; por las mismas calles que todos los golpistas,
torturadores y desaparecedores (sic) que, como todo el mundo sabe,
en Argentina están libres. A los primeros les pediría que traten
de informarse bien y no crean cualquier cosa que transmita la televisión
u otros medios de comunicación masiva. Ellos no son imparciales.
¿Qué beneficios esperan obtener de una segunda instancia o revisión
de sus condenas?
Lo que reclama la CIDH es la libertad. La segunda instancia es una
de las formas de lograrla, como podrían ser el indulto, la conmutación
de penas o la amnistía. Si se nos otorga el derecho de apelar, todos
los juzgados en 1989 quedarán libres, ya que pasarán a ser procesados
y deberán ser excarcelados y beneficiados con el 2 por 1, por aplicar
la ley 24.390. Los compañeros llevan 12 años sin condena firme.
Quedarían pendientes los casos de Ana María Sivori (su ex mujer
y madre de sus dos hijas) y el mío hasta que se anule el juicio
a que fuimos sometidos. A nosotros dos no se nos permitió ejercer
la defensa porque el tribunal consideró cosa juzgada en 1989 la
acusación que se nos hacía. Pero ahora se ve que no era cosa juzgada
lo del juicio de 1989 ya que los compañeros no tuvieron derecho
de apelación. Además faltaría resolver el problema de seis compañeros,
perseguidos desde hace 12 años (se los considera prófugos).
Pero como en mi caso, creo, los pasos deberían simplificarse.
-¿Qué faltó investigar de lo ocurrido durante el copamiento?
Todo. Las torturas, los asesinatos de compañeros que habían sido
detenidos, mi secuestro en México realizado por las fuerzas de la
SIDE argentina y la PGR mexicana, la desaparición de tres compañeros,
etcétera. No se investigó absolutamente ninguna de las denuncias
que hicimos ni ninguno de los hechos que surgieron en el juicio
a partir de contradicciones de los militares. Por ejemplo, dos soldados
reconocieron ante el tribunal que sus declaraciones habían sido
ensayadas frente a un tribunal falso montado en el Liceo Militar,
del que participó nada menos que uno de los fiscales, Pablo Quiroga.
Pero los jueces continuaron como si nada hubiesen dicho. Tampoco
nadie podrá explicar cómo un genocida, jefe de un grupo de tareas
y responsible de la desaparición de cinco abogados en tiempos de
la dictadura, el general Alfredo Arrillaga, dirigió la represión
a La Tablada en épocas democráticas. Este es un hecho que marca
una continuidad más que una ruptura entre un régimen, la dictadura,
y otro, la democracia.
Ese es quizás uno de los principales problemas con que choca la
democracia argentina. Sin embargo, aunque no con la rapidez deseada,
creo que el autoritarismo va camino a la extinción. Lo que pase
con nosotros puede ser un indicio a favor o en contra de esa afirmación.
- ¿A quiénes responsabilizan por su situación?
A la herencia de la dictadura, que viene presionando al gobierno;
y al gobierno, que es receptivo a esa presión. No obstante, aunque
queda poco tiempo, confiamos en que, finalmente, prime el sentido
común y todo se resuelva de acuerdo con la ley. Si esto último sucede,
no sería sólo un triunfo nuestro y de quienes tan generosamente
se solidarizan acá y en el mundo; sería una victoria más amplia,
más abarcadora; sería una victoria del estado de derecho sobre los
resabios del autoritarismo.
- ¿Cuál de los poderes del Estado tiene que darles una solución?
El reclamo de la CIDH es al Estado, osea, a los tres poderes. Pero
es el presidente De la Rúa, como jefe del Estado, quien debe asegurar
que el país cumpla con la Constitución y los pactos internacionales.
Es decir, él será –para bien o para mal- el principal responsable
de lo que ocurra.
- ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar con el ayuno?
Hasta que la democracia se imponga sobre los nostálgicos del despotismo.
Esperamos que ese momento llegue sin que debamos lamentar algo irreparable.
Eso nos causaría un dolor, sin duda, indescriptible, y lesionaría
seriamente a un gobierno que no podría justificar su proceder. Por
otra parte, provocaría una herida incurable a la democracia argentina.
Por el bien de todos pretendemos y deseamos que nada de esto pase.

Gorriarán
y Seineldín recuperan la libertad
Jueves 22 de mayo de 2003
Un total de 25 personas, militares golpistas y guerrilleros, son
los beneficiarios del indulto que aunque Duhalde ya lo firmó, aún
resta la protocolización y publicación en el Boletín Oficial. La
decisión fue cuestionada por amplios sectores. Alfonsín dijo que
los justificaba emocionalmente, aunque en forma racional tengo que
estar en contra.
BUENOS AIRES- Finalmente el presidente Eduardo Duhalde indultó no
sólo al ex jefe guerrillero Enrique Gorriarán Merlo y al ex líder
carapintada Mohamed Alí Seineldín, sino que extendió el perdón a
todos los presos condenados por el ataque al cuartel de La Tablada
perpetrado en 1989 y a siete militares que en 1990 participaron
de una rebelión contra el Gobierno de Carlos Menem.
Y, en un brindis de despedida que ofreció a los periodistas acreditados
en la Casa Rosada, Duhalde dijo que le hubiera gustado indultar
a todos los presos políticos de la Argentina.
El jefe de Estado lamentó no haber tenido tiempo para indultar todos
los presos políticos, y opinó que quizá el juicio de la historia
diga que, con su indulgencia, se terminó una etapa muy dramática,
muy triste para la Argentina.
En las últimas horas Duhalde rubricó tres decretos mediante los
cuales dejó sin efecto las condenas que la justicia impuso a Gorriarán
y otros 16 militantes del Movimiento Todos por la Patria, y las
que fueron dictadas contra Seineldín y los siete carapintadas que
lo secundaron en la rebelión militar del 3 de diciembre de 1990.
Los decretos, que hasta anoche no habían sido protocolizados, sólo
tendrán vigencia cuando sean publicados en el Boletín Oficial. Posteriormente
la Justicia Federal dispondrá la liberación de Gorriarán, ex líder
del Ejército Revolucionario del Pueblo y del MTP, del ex jefe del
MTP Roberto Felicetti y de la militante Claudia Acosta, ya que los
restantes condenados por el asalto al cuartel recuperaron la libertad
en el año 2000 cuando el entonces presidente, Fernando de la Rúa,
les dio una conmutación de penas.
El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, en tanto, deberá dar
cumplimiento a los indultos y abrir las puertas de la prisión a
Seineldín (preso desde hace 12 años y 7 meses) y a los ex carapintadas
Luis Baraldini, Oscar Vega, Pedro Mercado, Rubén Enrique Fernández
y Miguel Segovia.
Los ex oficiales Osvaldo Tívere y Hugo Abete, también condenados
por el alzamiento militar del 90 y ahora indultados, ya gozaban
de libertad condicional, dijeron fuentes del Ejército.
Ayer el ex presidente Raúl Alfonsín se reunió con Duhalde y, tras
el encuentro, justificó la decisión del presidente. Racionalmente,
es evidente que tengo que estar en contra pero emocionalmente tengo
una sensación ambigua (porque) se trata de un hombre muy enfermo
que hizo un daño tremendo a mi gobierno sobre todo, dijo Alfonsín
al referirse a Gorriarán Merlo, que comandó el ataque a La Tablada
que mantuvo en jaque a la administración del radical durante los
días 23 y 24 de enero del '89. Sobre Seineldín, Alfonsín remarcó
que se trata de un hombre que tiene suficiente edad para no ser
un peligro para la sociedad.
La decisión de Duhalde de suspender las condenas que cumplían Seineldín,
Gorriarán y los seguidores de ambos que participaron de atentados
contra la democracia cosechó críticas desde todos los sectores políticos
y los organismos de derechos humanos.
Duhalde admitió que sus hijos no entienden por qué los indultó,
aunque igual defendió su decisión que la tomó, dijo, por convicción
y no por política.
No la entienden tampoco mis hijos, concedió Duhalde, en declaraciones
al programa A Dos Voces, que se emite por el canal de cable TN,
al ser consultado acerca del motivo por el cual firmó esos indultos
que mucha gente no comprende.
Los beneficiados por la decisión
BUENOS AIRES- El presidente Eduardo Duhalde indultó no sólo al ex
jefe guerrillero Enrique Gorriarán Merlo y al ex líder carapintada
Mohamed Alí Seineldín, sino que también extendió la indulgencia
a todos los condenados por el ataque al cuartel militar de La Tablada
que habían obtenido una conmutación de penas en el gobierno de Fernando
de la Rúa.
La nómina completa de beneficiarios de los indultos que otorgó Duhalde
se detalla a continuación:
* Condenados por su responsabilidad en el asalto al cuartel de La
Tablada, en 1989:
- Gorriarán Merlo, Enrique: condenado a la pena máxima por el ataque
al cuartel, por el Movimiento Todos por la Patria.
-Felicetti, Roberto: ex jefe del MTP, cumplía prisión perpetua.
- Acosta, Claudia: Miembro del MTP.
* Condenados por el copamiento, que ya habían recuperado la libertad
por haber obtenido una conmutación de penas:
- Aguirre, Miguel; Díaz, Luis; Fernández, Isabel; Mesutti, Gustavo;
Moreyra, José; Motto, Carlos; Paz, Sergio; Ramos, Luis; Ramos, Sebastián;
Rodríguez, Claudio; Veiga, Claudio; Puigjané, Juan Antonio (religioso);
Sívori, Ana María (ex esposa de Gorriarán); Molina, Dora.
* Condenados por el alzamiento militar del 3 de diciembre de 1990.
A disposición del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas:
- Seineldín, Mohamed Alí; Baraldini, Luis; Vega, Oscar; Mercado,
Pedro; Tívere, Osvaldo; Abete, Hugo; Fernández, Rubén Enrique; Segovia,
Miguel. (DyN)
Viernes 23 de mayo de 2003
El ex jefe guerrillero
y el ex militar carapintada dejaron ayer sus respectivas prisiones.
Sólo tuvo un breve contacto con la prensa el ex líder del Movimiento
Todos por la Patria: El país está pacificado, dijo, visiblemente
desmejorado.
Gorriarán Merlo al salir de la cárcel: Estoy de acuerdo con el indulto
a los carapintadas.
El ex jefe guerrillero Enrique Gorriarán Merlo salió ayer en libertad
de la cárcel de Villa Devoto, tras ocho años de cárcel, gracias
al indulto que le concedió el presidente Eduardo Duhalde, y avaló
que ese beneficio también alcance a ex militares carapintadas al
considerar que la medida contribuye un acto de justicia.
Por su parte, Mohamed Alí Seineldín, dejó su prisión de Campo de
Mayo por la mañana, aunque se informó que deberá volver a esa dependencia
hoy para firmar algunos papeles.
Estoy de acuerdo con los indultos también para militares carapintadas,
contestó Gorriarán Merlo, ante una pregunta puntual de los periodistas
a su salida de la Unidad Penal II, porque se trata de remanentes
del pasado y los indultos son un acto de Justicia.
Consultado sobre si contribuirá a pacificar el país renunciando
a la violencia política, Gorriarán respondió que el país ya está
pacificado y anunció que dará una conferencia de prensa, el próximo
jueves 29, en la cual, dijo, vamos a explicar lo que pensamos y
lo que vamos a hacer de aquí en adelante.
Tras pasar ocho años en prisión de su condena a reclusión perpetua
por el ataque armado en 1989 al cuartel de La Tablada, Gorriarán
Merlo salió a las 13 a bordo de un taxi de la cárcel de Villa Devoto,
sonriendo antes los familiares y amigos que le aguardaban en la
calle. De allí todos se trasladaron a un bar, donde compartieron
saludos y abrazos, hasta que Gorriarán Merlo, de 62 años y visiblemente
desmejorado por la huelga de hambre que cumplía desde el pasado
lunes 5, se retiró en otro taxi, no sin antes aclarar que por ahora
vivirá en Buenos Aires.
Aunque el martes el presidente Eduardo Duhalde firmó su indulto,
la liberación del ex dirigente del Movimiento Todos por la Patria
(MTP) se retrasó, según los voceros del SPF, porque tenía una causa
pendiente que tramita en el juzgado federal de Juan José Comparato,
en la ciudad de Azul. Pero ayer a la mañana en la dirección judicial
del SPF recibieron del juzgado de Azul la resolución dictando el
sobreseimiento definitivo de Gorriarán Merlo, quien hasta el momento
tenía un sobreseimiento parcial en la causa número 19.208. En ese
expediente judicial se investigó el asalto guerrillero en enero
de 1974 por parte del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP, del
cual Gorriarán Merlo formaba parte, a la base militar que el Ejército
tiene en Azul, episodio en el cual murió un coronel y su mujer.
Entre los seguidores que aguardaban a Gorriarán Merlo, estaba el
ex guerrillero Roberto Fellicetti, que cumplió 14 años de condena
por el ataque de La Tablada, fue indultado por Duhalde y antenoche
recuperó la libertad junto a su compañera de militancia Claudia
Acosta, que también estaba condenada y recibió el indulto. Fellicetti,
en diálogo con una radio porteña consideró que Duhalde en esto tuvo
una actitud muy valiente a la hora de firmar el indulto, y consultado
sobre qué pensaba tantos años después del sangriento ataque al cuartel
de la Tablada dijo que preferiría que eso lo hablemos mas adelante.
Los indultos abarcaron además a Seineldín, y siete ex militares
por el levantamiento castrense del 3 de diciembre de 1990, en que
hubo 14 civiles y militares muertos. Y a 17 militantes del MTP,
la mayoría de los cuáles habían recibido una conmutación de pena
en 2001, por el asalto del 23 de enero de 1989 al Regimiento de
Infantería 3 de La Tablada. (DyN)

César
Arias salió a cruzar a Gorriarán Merlo
Eso es una total patraña
César Arias fue y es uno de los operadores preferidos del ex presidente
Carlos Menem. El ex jefe guerrillero lo había acusado de proponerle
su libertad a cambio de responsabilizar a Raúl Alfonsín por el copamiento
a La Tablada. Al ex presidente radical la versión le suena creíble.
Por Diego Schurman | Página/12
César Arias negó haber ofrecido a Enrique Gorriarán Merlo la libertad
de todos los detenidos por el copamiento de La Tablada a cambio
de involucrar a Raúl Alfonsín en esa operación armada. Es una total
patraña, nunca tocamos ningún tema específico y menos la situación
personal de los presos. Nunca se habló de los incidentes de La Tablada
y mucho menos de Alfonsín, aseguró el diputado y emisario de Carlos
Menem, quien sospecha de una operación de inteligencia. En cambio,
para el ex presidente radical la versión del ex guerrillero suena
creíble.
En una entrevista exclusiva con Página/12, Gorriarán Merlo acusó
a Arias de hacerle llegar una curiosa oferta en nombre de Menem.
Fue una propuesta inmoral y miserable, típica de la cueva de Alí
Babá, que por supuesto rechazamos, porque es totalmente falso que
el ex presidente nos indujera a la acción de La Tablada, aseveró
el ex líder del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).
Arias consideró calumniosas las afirmaciones del ex guerrillero
y aseguró tener un testigo de lo que se conversó ese 22 de agosto
de 1998 en la cárcel de Devoto. La agencia DyN preguntó quién era
el tercero en cuestión, pero el diputado menemista se reservó el
dato. Es una persona que me acompañó, pero prefiero dar el nombre
ante la Justicia, previa ratificación de que está dispuesto a hacerlo,
dijo.
En cambio, Gorriarán Merlo había asegurado a este diario que en
el momento de la propuesta, que se habría reiterado el 12 de setiembre
de 1998, se encontraba a solas con Arias. Hizo salir a su secretaria
y al otro visitante que había traído, bajó la voz y me insinuó esa
mierda. Me dijo algo así como 'ayudaría que usted dijera públicamente
lo de La Tablada porque, entre nosotros, ustedes arreglaron con
Alfonsín lo de La Tablada, cierto?', detalló el guerrillero.
El ex líder del Movimiento Todos por la Patria especuló que la oferta
tenía por objetivo perjudicar las chances electorales de la Alianza
y fortalecer las aspiraciones de Menem de conseguir una segunda
reelección.
Sin embargo, Arias negó el contenido de la conversación. No llegamos
a tratar ninguna cuestión de carácter político, individual ni partidario,
ni mucho menos hacer referencia a situaciones políticas del momento.
No hubo oportunidad para tener un diálogo de esta naturaleza. Las
palabras 'indulto, amnistía, presos de La Tablada' no estuvieron
nunca presentes en nuestros diálogos bastantes dispersos.
Dentro del menemismo más rancio hubo reacciones diversas. Alberto
Kohan, ex secretario general de la Presidencia, fue terminante sobre
los dichos de Gorriarán Merlo. No me interesa responderle a ese
señor, dijo a Página/12.
--Pero involucró a Menem en una operación contra Alfonsín y...
--... si la Justicia dispuso que esté en la cárcel está bien donde
está --descalificó el ex funcionario menemista.
El senador Jorge Yoma señaló a este diario que el tema viene siendo
motivo de operaciones y contraoperaciones desde el mismo momento
en que se produjo el copamiento, en enero del '89. Cuando Menem
era gobernador de La Rioja el radicalismo hizo una operación donde
se publicaron fotos de Menem con Jorge Baños, que estaba en la provincia
por el asesinato de Angelleli, dijo. Baños fue uno de los partícipes
del copamiento.
En cambio, a otros dirigentes del PJ, que prefirieron mantenerse
en el anonimato, les pareció verosímil la versión de Gorriarán Merlo.
Es del estilo de César, un experto en hacer trabajos sucios. Y como
por entonces muchos se compraban el discurso de la derecha que demonizaba
a la Coordinadora radical, la historia de Alfonsín podía haber cerrado,
dijeron casi en coincidencia con lo que sostienen desde el alfonsinismo.
Siempre decimos la verdad
Marta Fernández, abogada del ex jefe guerrillero Enrique Gorriarán
Merlo, ratificó ayer las declaraciones de su cliente. No me cabe
ninguna duda, conozco paso a paso la manipulación que desde el año
'95 hizo el gobierno de (Carlos) Menem con nosotros, y no sólo como
defensora sino como miembro del MTP, aseguro que nosotros siempre
decimos la verdad, nunca mentimos, respondió Fernández.
Hay que creerle a la gente que dice cosas y arriesga su vida por
las cosas que dice. Creo que César Arias no arriesga su vida para
nada, nosotros tenemos la fuerza que nos da el sacrificio de la
propia vida, agregó.
Para Fernández fue un manejo perverso cuando se habló del indulto
o la amnistía. Y en el caso de Arias es clarísimo, porque le pidió
a Gorriarán que involucrara a Alfonsín (en el copamiento a La Tablada),
ya que de esa manera la credibilidad de Alfonsín se iba al demonio
y la Alianza sufría en las elecciones un golpe.
Para Alfonsín suena creíble
Alfonsín me dijo que la versión de Gorriarán no era para nada descartable
y que le suena creíble, señaló Federico Polak a Página/12 minutos
después de conversar telefónicamente con el ex presidente.
Polak, ex vocero y amigo de Alfonsín, aseguró que no es la primera
vez que Arias pretende vincular al radicalismo con el copamiento,
y señaló que en varias oportunidades se habló de supuestas reuniones
entre el ex ministro del Interior Enrique Coti Nosiglia y miembros
del MTP.
De paso, Polak aclaró que a Alfonsín no lo anima ningún espíritu
de venganza, pero que sobre la situación de los detenidos se atendrá
a la resolución que tome el presidente Fernando de la Rúa.
Fuente: Página/12, 22/05/00

Gorriarán
desafió a Arias a dilucidar la verdad ante la justicia
Si lo dijimos, fue porque tenemos pruebas
Fue en respuesta a la desmentida de César Arias de su ofrecimiento
a los presos de La Tablada para que involucraran a Alfonsín. Arias
habría ofrecido liberar a los presos si incriminaban a Raúl Alfonsín.
Por Miguel Bonasso | Página/12
(César) Arias ha dicho que me va a iniciar un juicio por calumnias.
Yo lo desafío a que me lo haga, porque el juicio va a demostrar
quién miente y quién dice la verdad, declaró ayer Enrique Gorriarán
Merlo a Página/12, aludiendo a la reacción del operador menemista
por la denuncia del ex guerrillero que publicó este diario el domingo
último. Gorriarán aseguró entonces que Arias le había ofrecido la
libertad de los presos por el ataque al cuartel de La Tablada, a
cambio de que involucrara al ex presidente Raúl Alfonsín en aquella
operación. El enviado de Carlos Menem dijo por su parte que se trataba
de una patraña. En un diálogo telefónico con este cronista, Gorriarán
reiteró la denuncia y aportó nuevos elementos sobre la reacción
de Menem con los presos de La Tablada, que él califica de cruel
y perversa.
Estoy esperando que Arias me haga juicio, porque si miento él podría
demostrarlo. Pero usted imaginará que si hacemos una afirmación
como la que yo hice y salió publicada el domingo, es porque tenemos
también cómo probarlo, ¿no? Nosotros tenemos pruebas y en un juicio
vamos a usarlas. Es más, si no nos hace juicio igual vamos a dar
a conocer esas pruebas, porque es muy grave lo que denunciamos.
Gorriarán también reiteró lo que declaró a Página/12 la semana pasada:
No denunciamos la propuesta de Arias en su momento (setiembre de
1998) hasta agotar las posibilidades de ser liberados o hasta que,
como ocurre ahora, viéramos que esas posibilidades están agotadas.
Todos los compañeros estaban al tanto de esto. El ex jefe del ERP
y actual dirigente del MTP aseguró también que tanto él como los
otros presos mantienen su decisión de ir a una huelga de hambre,
hasta las últimas consecuencias. Entre los que irán a la huelga
se encuentra el sacerdote fray Antonio Puigjané, que tiene más de
setenta años. Después de las dos visitas que hizo a Gorriarán en
la cárcel, César Arias siguió enviando mensajes al preso para mantener
la expectativa, aunque el destinatario ya había entendido el significado
profundo de aquellos encuentros: Montar una operación que complicara
la interna de la Alianza y beneficiara el esquema de re-reelección
de Menem.
Cuando el dirigente sandinista Tomás Borge viajó a Buenos Aires
a fines del año pasado para participar en la reunión de la Internacional
Socialista, se encontró con César Arias y otro legislador justicialista,
para abogar por la libertad de los presos de La Tablada, incluyendo
a Gorriarán, que trabajó muchos años a las órdenes de Borge en Nicaragua,
cuando éste era ministro del Interior. El ex guerrillero es recordado
con afecto por los sandinistas por su participación en la revolución,
en la que alcanzó el grado militar de comandante y por haber dirigido
el atentado que costó la vida al ex dictador nicaragüense Anastasio
Somoza.
Borge, que tiene un trato cordial con Menem, a quien conoció en
las reuniones de la COPPAL (Comisión de Partidos Políticos de América
Latina), le dijo al operador menemista que el presidente coronaría
su exitosa gestión con el gesto generoso de liberar a los compañeros
de La Tablada. Arias se manifestó totalmente de acuerdo, pero dijo
que el presidente tenía dos obstáculos serios para concretar esa
liberación: los radicales y la multimedios Clarín. A la reunión,
que se realizó en el Sindicato de Músicos asistieron también Dora
Molina y Alejandro Parra. Dora Molina es una de las presas que ya
purgó su condena y se encuentra en libertad condicional; es pareja
del Gato Roberto Felicetti, el dirigente del MTP que estuvo preso
once años en Caseros y ahora convive en la misma celda con Gorriarán.
Alejandro Parra, por su parte, es el compañero de Cecilia Gorriarán,
una de las hijas del ex guerrillero.
Tomás Borge también se entrevistó con el entonces titular de la
SIDE, Hugo Anzorreguy, quien le dio grandes esperanzas de que los
presos de La Tablada serían liberados, como gesto pacificador de
Menem y en el marco del Jubileo del año 2000 propiciado por el papa
Juan Pablo II. Pocos días después, el entonces señor Cinco recibió
a Alejandro Parra y a la abogada de Gorriarán, Martha Fernández,
de quien fue amigo en los tiempos del sindicalismo combativo y les
aseguró que Menem preparaba un indulto para los presos de La Tablada
y los militares carapintadas. Algo similar le diría pocos días después
el propio Carlos Menem al entonces presidente de la CIDH, Robert
Goldman, preguntándole si este organismo se oponía a un eventual
indulto al coronel Alí Seineldín.
Por esas fechas llegó a Buenos Aires el senador mexicano por el
PRD, Mario Saucedo, quien hizo también gestiones por los presos
de La Tablada en nombre del candidato presidencial Cuauhtémoc Cárdenas.
En una reunión en el hotel Bauen, César Arias le dijo a Saucedo
que debía concentrar sus esfuerzos sobre la Alianza y en especial
sobre Chacho. En esos días el actual vicepresidente de la Nación,
Carlos Alvarez, había declarado su oposición a un eventual perdón
presidencial.
Fuente: Página/12, 25/05/00
Hipocresías/1
Por Teodoro Boot
Hipócrita: El que profesando virtudes que no respeta se asegura
la ventaja de parecer lo que desprecia. Ambrose Bierce
De izquierda a derecha, la oposición en pleno y hasta el oficialista
presidente electo criticaron el indulto a Gorriarán y Seineldin
firmado por Eduardo Duhalde, tal vez una de las últimas y más polémicas
decisiones de su gobierno. Para unos, incluido el presidente electo
[Néstor Kirchner], se trataría de una cuestión de principios: si
estuvieron en contra del indulto a los ex comandantes en jefe y
a algunos líderes guerrilleros, deberían mostrarse igualmente contrarios
a éste. Y mientras otros lo consideran una intromisión del Ejecutivo
en los asuntos judiciales, la izquierda critica la simultaneidad
de los indultos porque, al parecer, se inscribiría así en la teoría
de los dos demonios. Por último, no falta aquél que los diferencie:
mientras Gorriarán habría equivocado la metodología Seineldín merece
cumplir su pena por haberse levantado en armas contra la democracia
(lo que viene a ser lo mismo que deplorar la metodología de un violador
que, por timidez, evitó el trámite de solicitar la aquiescencia
de una dama antes de proceder al acto sexual).
Todos ellos, entre quienes abundan los que desmayaron de horror
luego de que un tribunal cubano condenara a muerte a tres secuestradores,
parecen olvidar que tanto la ley de defensa de la democracia como
los procesos seguidos a su amparo, merecieron por parte de los organismos
de la ONU encargados de la defensa de los derechos humanos similar
condena que los procesos cubanos. Y por la misma razón: la ausencia
de juicio de segunda instancia, que deja al acusado inerme, sin
posibilidad de apelar, ante la eventual venalidad, enemistad o error
de un tribunal.
Otro tanto ha pasado, dicho sea de paso, con la condena a muerte
de un ciudadano chino afectado por el SARS, reo de haberse negado
a guardar cuarentena, sin que a nadie se le moviera un pelo.
Es curioso observar como muchos de los críticos de estos indultos
en su momento votaron y hasta co-redactaron un mamarracho legal
que con el argumento de defender la democracia violaba uno de los
derechos más esenciales de las personas, como es el de contar con
una justa defensa en juicio. Así lo han hecho notar, en más de una
oportunidad, los inspectores de la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos.
Como información tranquilizadora para quienes ven en este indulto
presidencial una recreación de la teoría de los dos demonios, ambos
indultados tienen en común el haber sido juzgados con una misma
y absurda ley, y no debe ser la afinidad ideológica el rasero con
que aplicar la ley ni pretender la justicia.
Las irregularidades de los dos procesos, demostradas en numerosas
oportunidades, son notorias y orillan lo escandaloso. Sino la sociedad,
el Estado y particularmente los legisladores debieron, hace ya muchos
años, corregir el error y exigir un nuevo juicio en el marco de
una ley más sensata y en el que los acusados no estuvieran condenados
de antemano. Quienes durante trece años tuvieron la oportunidad
y la dejaron pasar, no deberían hoy criticar a Eduardo Duhalde por
liberar a los dos chivos expiatorios de la hipocresía argentina.
Hipocresías/2
Juan Salinas (*)
Entre los críticos del indulto dispuesto por el presidente Duhalde
descuella Horacio Verbitsky, quien hasta poco antes del ataque al
cuartel de La Tablada fuera columnista habitual de Entre Todos,
el órgano del Movimiento Todos por la Patria dirigido por Carlos
Quito Burgos, quien murió en aquella acción.
Verbitsky, que era amigo de Burgos y de otros militantes del MTP,
le reprocha a Duhalde su escaso aprecio por la justicia y su incomprensión
acerca de las necesidades del nuevo período institucional y caracteriza
a Enrique Gorriarán Merlo y al coronel Seineldín como líderes de
minúsculas sectas ancladas en el pasado y al margen de la realidad.
Cómo seguidamente acude a las encuestas para recordar que hace cuatro
años la mayoría de la población se oponía a la libertad de ambos,
deja tácitamente claro que otra sería su valoración si los convictos
lideraran corrientes sociales más nutridas y/o gozasen de mayor
popularidad (¿Cómo? ¿No concuerda con aquello de que la ley debe
ser ciega?)
Increíblemente, El Perro pretende fundamentar su posición con -entre
otros- el argumento de que el indulto aborta el proceso de su (de
Seineldín y Gorriarán) reinserción social. Cómo si ello le importara
un rábano.
No dice un cambio una sola palabra sobre los procesos absolutamente
viciados que los condenaron sin tener derecho a una segunda instancia,
de revisión -tal como ordenan la Constitución, las leyes y el Pacto
de San José de Costa Rica- tal como ha recordado en numerosas oportunidades
la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
Por lo demás, Seineldín es un hombre de edad avanzada que hace rato
reconoció que la política jamás fue lo suyo y, por cierto, resultó
infinitamente menos criminal de lo que fue el gobierno contra el
que se alzó. Gorriarán sufre una grave enfermedad. La libertad de
ambos no representa el menor peligro para nadie.
Verbitsky bien podía haber permanecido callado. Al haber abierto
la boca y puesto su prosa al servicio del deporte de patear al caído
y la pulsión de congraciarse con el nuevo príncipe; al no haber
tenido siquiera en ese empeño el pudor de limitarse a los argumentos
republicanos (contra de las potestades monárquicas que conserva
un sistema fuertemente presidencialista) tal como hizo Aníbal Ibarra;
al utilizar capciosos razonamientos, tributarios tanto del fariseísmo
como del más alambicado jesuítismo, Verbitsky, un perro cortesano,
se ha consagrado como el Rey de los Tartufos.
Tiene mérito, ya que los hipócritas proliferan al punto de que,
si volasen, nunca veríamos el sol.
(*) Coautor, con Julio Villalonga, de Gorriarán, La Tablada y las
guerras de inteligencia en América Latina (Mangin, 1993). En 1989,
al producirse el ataque al cuartel de La Tablada, era corresponsal
del quincenario montevideano Mate Amargo, órgano del MLN-Tupamaros
Fuente: www.lafogata.org
El
pesebre de la hipocresía
Por Rubén Dri | Página/12
Nuestro Presidente es muy católico como lo fueron todos los presidentes
argentinos y Navidad es la ocasión propicia para manifestar toda
su fe. Nada más adecuado que armar un pesebre en la casa de gobierno,
todos pueden comprobar que nuestro gobierno es cristiano, cristianísimo.
La experiencia religiosa, sin duda la más profunda de las experiencias
humanas, se expresa en símbolos. Estos son polivalentes, es decir,
expresan una multiplicidad de significados, por lo cual pueden ser
continuamente resignificados. Alrededor de ellos se produce continuamente
una lucha hermenéutica, que acompaña a los diversos proyectos humanos,
religiosos, sociales y políticos.
El pesebre es uno de los símbolos fundantes de la experiencia religiosa
cristiana en la medida en que ésta corresponde al mensaje de Jesús
de Nazaret. Es la comunidad de Lucas la creadora de este símbolo,
que el evangelista expresa de la siguiente manera: Cuando estaban
María y José allí, se le cumplieron –a María– los días de dar a
luz y dio a luz a su primogénito. Lo envolvió en pañales y lo recostó
en un pesebre, porque no había para ellos lugar en la posada. (Lc
2,7). Pero, además, inmediatamente se preocupa la narración evangélica
de dar la interpretación del símbolo. Efectivamente, los ángeles
se aparecen a los pastores, pobres entre los pobres, marginados
entre los marginados, anunciándoles: Hoy nació para ustedes, un
salvador, que es el Cristo Señor. (Lc 2, 11).
El nacimiento de Jesús en la máxima pobreza, marginado de la sociedad,
es el símbolo del mensaje de liberación y de vida que surge desde
abajo, desde los pobres y marginados. Jesús nace pobre y marginado,
no para legitimar la pobreza y marginación, o sea, la muerte, sino
la vida, expresada en el símbolo del salvador. Este término tiene
el sentido fuerte de la salvación de la pobreza, de la marginalidad,
de la desnutrición, de la opresión.
Cuando se reinstala el símbolo del pesebre, en consecuencia, para
legitimar una práctica de muerte, se está actuando con una insoportable
hipocresía. La acción del Gobierno, fiel continuación de la realizada
por el gobierno anterior, obediente a los dictados de la denominada
globalización neoliberal, constituye la implementación del plan
genocida urdido por las grandes corporaciones transnacionales. Su
consecuencia es el desempleo, la marginación, el deterioro de la
educación, en una palabra, la muerte.
Como expresión macabra de esta práctica de muerte, hoy se deja deliberadamente
morir a los presos de La Tablada. Voces nacionales e internacionales
se han elevado, y lo han hecho en todos los tonos, reclamando una
justicia que el Gobierno se obstina en negar. Colocar un pesebre,
el máximo símbolo de vida, de protesta contra todo proyecto de muerte,
y al mismo tiempo dejar morir a quienes reclaman justicia, es una
hipocresía imperdonable.
Como cristianos, como creyentes y como simples ciudadanos protestamos
por el escándalo que nos produce contemplar el símbolo de la lucha
por la vida que es el pesebre, expuesto para legitimar una práctica
de muerte.
Fuente: Página/12, 27/12/00

Utópicos,
pero no asesinos
Por Roberto Cossa | Página/12
Los presos de La Tablada, tres mujeres y diez hombres, marchan aceleradamente
a la autodestrucción física. El viernes por la tarde los médicos
de las entidades humanitarias alertaron que en las próximas horas
los detenidos de contextura más débil comenzarán a sufrir daños
irreversibles. Recordemos que estos presos estuvieron, primero,
46 días sin ingerir alimentos. El 3 de agosto depusieron su actitud
ante la promesa de que sus reclamos serían satisfechos. Un mes después,
cuando comprobaron que lo prometido no se cumplía, reanudaron el
ayuno. Llevan, ahora, otros 27 días consecutivos de abstinencia.
De hecho, los presos de La Tablada se han condenado a muerte. Y
la sentencia es cuestión de días. Ha llegado el momento, entonces,
de que los hombres y mujeres de corazón dejemos de hacernos los
tontos y nos comprometamos con este tema.
Debo aclarar que, como la gran mayoría de los argentinos, pienso
que el ataque al cuartel de La Tablada fue una locura. Nunca entenderé
el motivo que impulsó a estas mujeres y a estos hombres a planificar
un acto, no sólo injustificado, sino contrario a los intereses que
decían defender. Porque el ataque al cuartel de La Tablada desacreditó
la lucha de los sectores progresistas, empastó el difícil camino
de juntar a la izquierda con el pueblo y le otorgó a la derecha
una excusa inmejorable para fortalecer el sistema.
Pero los presos de La Tablada no son asesinos. Podrán ser equivocados,
alucinados, utópicos, pero nunca asesinos. No atacaron el cuartel
para robar; no se jugaron la vida para obtener ventajas personales;
no los impulsó un sentimiento de venganza. Creyeron que era una
estrategia válida para fortalecer la democracia frente al avance
carapintada. Quizá resulte inexplicable, pero les otorgo un voto
de confianza. ¿Por qué?
Conocí profundamente a Carlos Alberto Quito Burgos, uno de los muertos
en el ataque. En mis tiempos de periodista trabajé junto con él
durante cinco años. Quito era un peronista genético, preso Conintes,
perseguido y exiliado por López Rega, admirador de la Revolución
Cubana, líder gremial y, por sobre todo, un hombre con un profundo
amor hacia los demás. Fue uno de los ideólogos del Movimiento Todos
por la Patria.
Quito no era un asesino, como no lo es fray Antonio Puigjané, como
no lo fueron los 39 muertos ni los 21 sobrevivientes.
Los presos de La Tablada, digámoslo de una vez por todas, son presos
políticos. Sólo así se explica que organismos insospechados como
la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA
exijan una segunda instancia en el juicio a los presos; o que el
gobierno de España (el de Aznar) reclame el cumplimiento de la exigencia
de la CIDH; o que el gobierno de Italia se expida en el mismo sentido.
Los intelectuales y dirigentes de los derechos humanos de varios
países extranjeros, entre ellos cuatro Premio Nobel, no se habrían
movilizado si no se tratara de presos políticos.
El propio gobierno argentino se debate en medio de incoherencias,
avances y retrocesos, promesas y traiciones. Padece estos trajines
porque se enfrenta con un hecho político. El jueves último la Cancillería,
abrumada por la presión internacional, sacó un comunicado donde
dice que espera con interés que el Congreso nacional pueda aprobar
una legislación que contemple la garantía judicial del derecho al
recurso ante un tribunal superior a las personas juzgadas de acuerdo
con la Ley de Defensa de la Democracia. Este confuso palabrerío
apoya, en síntesis, el reclamo de los presos, es decir la incorporación
del derecho a la apelación en la mencionada ley. La Cancillería,
además, les recuerda a los legisladores que la garantía está prevista
no sólo en la Constitución Nacional, sino también en los tratados
internacionales que firmó la Argentina. En síntesis, una obligación
legal que el Congreso debe sancionar, más allá del caso de La Tablada.
Los sectores reaccionarios sostienen que este nuevo juicio abrirá
las puertas de las cárceles a los presos. Si así fuera, es bueno
recordar que los integrantes del MTP llevan once años encerrados
en condiciones durísimas. Tiempo suficiente en un país que se caracteriza
por lo benigno de las condenas.
Pero la demora del Gobierno y de los legisladores oficialistas,
así como el rechazo de la derecha, ocultan otras intenciones. Un
nuevo juicio destaparía ante la opinión pública detalles de la acción
represiva. Los argentinos menos informados se enterarían de que
durante el operativo de recuperación de La Tablada los militares
aplicaron métodos tan brutales como bajo la dictadura; acciones
tan crueles como las ocurridas en la ESMA o en el garaje Olimpo,
los mismos crímenes que nos llenan de horror y que provocaron el
Nunca Más en 1987.
Lo que piden los presos de La Tablada es justo. Y llegó la hora
de que los argentinos habituados a sensibilizarnos con el tema de
los derechos humanos apoyemos sus reclamos. Eso no quiere decir
que santifiquemos el asalto al cuartel.
Pero la historia es así. Nosotros no la escribimos. Se nos viene
encima. En 1989 era entendible el repudio a la acción del MTP. Hoy,
once años después, pedir justicia para los presos ingresa en la
lista de los reclamos por los derechos humanos. Porque el sistema
nunca hizo justicia con los atacantes de La Tablada. Violó los más
elementales principios en el momento de la represión y ahora se
niega a sancionar la ley que daría lugar a un proceso justo.
Mañana o pasado las organizaciones de derechos humanos nos van a
convocar a una movilización para reclamar por los presos políticos
de La Tablada.
Los argentinos de buen corazón debemos responder. Es el llamado
de trece seres humanos que se están inmolando. Acudir en su ayuda
es una obligación moral.
No sea cosa que un día de éstos nuestra conciencia cargue con la
culpa de no haber hecho nada por salvar la vida de un ser humano.
Y ustedes saben la capacidad que tiene la parca para simplificar
la culpa. Puede llegar el momento en que, tardíamente, nos demos
cuenta de que ese ser humano muerto era un compañero.
Fuente: Página/12, 01/10/00

2004
- Un militar denuncia la represión en La Tablada
Fue una ejecución sumaria - José Almada es un sargento retirado.
Participó en la recuperación del regimiento de La Tablada. Ayer
(18/02/04) denunció feroces violaciones de derechos humanos en ese
operativo. Y acudió a la Justicia. José Almada junto a Gorriarán
Merlo, en el Café Tortoni. Dieron una conferencia de prensa.
Por Santiago Rodríguez | Página/12
Aquí he capturado dos oponentes, solicito temperamento a seguir.
OK, recibido. ¿Se encuentra en el lugar personal civil o periodista?
Negativo. OK, recibido. Póngalos fuera de combate. El sargento retirado
José Almada afirma que durante la recuperación del regimiento de
La Tablada fue testigo de ese diálogo entre otros dos militares
que intervinieron en aquella operación encabezada por el Ejército
y está convencido de que no deja lugar a dudas: Tuve la seguridad
de que se trataba de una ejecución sumaria, denunció ayer ante la
Justicia, donde también aseguró que aquel 23 de enero de 1989 vio
con vida a varios integrantes del Movimiento Todos por la Patria
(MTP) que coparon ese cuartel que más tarde aparecieron muertos.
Almada presentó su denuncia ante el juzgado federal de Morón, donde
se tramitan las diversas causas por las violaciones a los derechos
humanos que los mismos procesados por el copamiento y los familiares
de los muertos afirman que cometieron el Ejército y las fuerzas
de seguridad durante la recuperación del regimiento de La Tablada.
Hice la denuncia porque el dolor no tiene bandos, explicó después
el militar retirado en una conferencia de prensa que ofreció junto
con el líder del MTP, Enrique Gorriarán Merlo. También dijo que
tomó la decisión de hacerlo porque juré lealtad y soy fiel a ese
juramento. Con esto he cumplido con la nobleza que un soldado debe
tener.
En su presentación ante la Justicia, Almada recordó que participé
activamente en el combate por la recuperación del regimiento de
La Tablada y precisó que mi puesto de combate fue como operador
de comunicaciones del Comando Táctico de la 10ª Brigada de Infantería
Mecanizada. Fue cumpliendo esa misión y en plena tarea de transmitir
las órdenes a la jefatura de comando táctico que el militar retirado
asegura haber escuchado el diálogo en el que uno de sus camaradas
ordenaba a otro poner fuera de combate a dos miembros del MTP capturados
con vida dentro del cuartel.
Ese no fue el único elemento que Almada aportó a la Justicia. El
sargento retirado también afirmó que entre las 10 y las 11 de la
mañana de aquel 23 de enero presenció la captura de dos integrantes
de esa organización. Eran dos: uno delgado, más alto, con pantalón
y camisa y de tez blanca, el otro más bajo, con el torso desnudo
y con una camisa o camiseta que cubría su cabeza hasta la frente,
de tez morena –relató–. Se los tiró sobre el pasto, boca arriba,
estaban heridos, conscientes, se los interrogaba sobre sus identidades
y sobre la organización atacante y se los golpeaba en cuerpo y extremidades.
Yo estaba allí y vi y escuché cuando los oficiales de inteligencia
los interrogaban y cuando eran golpeados y allí ellos manifestaron:
‘Me llamo Iván’ y el otro decía: ‘Me llamo José’ y me acuerdo perfectamente
que en ese duro trance en que ellos era atormentados y flagelados
imploraban por sus vidas. Uno de ellos decía: ‘Por favor señor,
regáleme la vida, estoy arrepentido’.
Según la versión de Almada, ambos prisioneros fueron torturados
después en otro lugar del cuartel y más tarde subidos a un Ford
Falcon color blanco conducido por militares de civil en el cual
los sacaron del regimiento. Lo cierto y que me consta es que Iván
Ruiz y José Díaz estaban heridos pero con vida y conscientes, señaló
Almada y añadió que la conclusión es directa: se les aplicó ejecución
sumaria. Además, desmintió que Ruiz y Díaz hayan sido quienes mataron
al también sargento Ricardo Esquivel en un intento por fugarse,
como consignó el Ejército.
Gorriarán Merlo –condenado a reclusión perpetua por la toma del
cuartel e indultado después por Eduardo Duhalde– destacó que la
declaración de Almada aporta precisiones sobre las muertes de Ruiz
y Díaz y de otros miembros del MTP.
Almada también sostuvo en su presentación judicial que Berta Calvo,
Francisco Provenzano y Carlos Samojedny fueron detenidos con vida
y consideró llamativo lo que ocurrió con ellos durante la mañana
del 24 deenero. Ya al mediodía –explicó– Calvo está muerta. Samojedny
y Provenzano ya no están entre los detenidos sobrevivientes y se
ha identificado sólo el cadáver de Provenzano.
Otro caso denunciado por Almada es el de Claudia Deleis: el militar
recordó que la joven intentó rendirse y a pesar de ello se ordenó
fuego libre y fue acribillada.
Almada contó que en su momento puso en conocimiento de sus superiores
los hechos que denunció ante la Justicia, pero no sólo no tuvo éxito
sino que a partir de entonces comenzó una persecución en su contra
que terminó en su retiro del Ejército.
Fuente: Página/12, 19/02/04

Almada,
el militar que se arrepintió
"Mi verdad sobre La Tablada es irrefutable"
El retirado sargento cuenta cómo escuchó las órdenes para matar
a dos detenidos, cómo torturaron a otros dos que luego fueron asesinados
y a otra guerrillera. Dijo que denunció el hecho ante sus superiores,
entre otros, Balza y Ricardo Brinzoni.
Por Santiago Rodríguez | Página/12
Casi nadie que lo haya visto ayer sentado a la mesa del bar de Aeroparque,
en el que concedió un reportaje a Página/12, debe haber imaginado
que se trataba de un militar retirado porque tiene más bien el aspecto
de profesor de educación especial que es hoy. Pero antes de adoptar
esa profesión y de empezar a estudiar Ciencias de la Educación,
José Almada era sargento del Ejército y como tal participó en la
recuperación del cuartel de La Tablada. Allí, asegura haber sido
testigo de graves violaciones a los derechos humanos que acaba de
denunciar en la Justicia. Almada explicó que lo hizo ahora, quince
años después de la toma del cuartel por parte de miembros del Movimiento
Todos por la Patria, porque en todo este tiempo planteó el tema
a sus superiores y no sólo no obtuvo respuestas, sino que además
sufrió una persecución que incluyó su pase a retiro. Mi verdad es
irrefutable, sostiene, y advierte que la conducción del Ejército
debe admitir lo que ocurrió por el bien de la institución.
–¿Qué fue lo que pasó en La Tablada?
–En primera instancia, denuncié haber observado a dos personas que
fueron rescatadas de la guardia cuando comenzó a incendiarse. Estas
personas fueron entregadas al personal responsable y trasladadas
al fondo del cuartel. Ahí comenzaron a ser interrogadas y a sufrir
una sesión de torturas. Estas personas no representaban una amenaza,
ya estaban doblegadas.
–¿Esas personas eran Iván Ruiz y José Díaz?
–Exactamente. Uno de ellos decía soy Iván, y el otro, soy José;
eso lo recuerdo perfectamente.
–¿Quiénes eran los responsables a los que se refiere y qué le respondieron?
–No los conocía porque era personal vestido con ropa de diario y
no eran orgánicos de nuestra brigada, pero eran dos oficiales superiores,
un mayor y un teniente coronel, y presumo que de Inteligencia. No
los reconocí entonces, pero sí a uno de ellos por una presentación
que se hizo en un canal de televisión de que podía ser el jefe de
seguridad del banco HSBC durante los hechos del 20 de diciembre.
–¿Quién, Jorge Varando?
–Sí, ésa era una de las personas que los interrogaba.
–¿Qué otra irregularidad vio durante la recuperación del cuartel?
–Cuando miro el informe de la OEA, encuentro que Varando y el general
Arrillaga, que era la máxima autoridad militar, manifiestan que
estas personas fueron subidas a una ambulancia y que quedaron en
custodia del suboficial Esquivel. El sargento ayudante Esquivel
fue a recuperar a su hermano que estaba prisionero. Esquivel estaba
conmigo; en un momento que ve salir a su hermano, sale corriendo
para recuperarlo y recibe un impacto y se nos muere ahí a nosotros.
Es decir, cargan la responsabilidad sobre estas personas para aliviar
lo que ellos hicieron. Es gravísimo cómo lastiman la honorabilidad
de un hombre que murió combatiendo en defensa de las instituciones.
También escuché por radio el diálogo que denuncié, en el que se
ordenó poner fuera de combate a dos personas que habían sido capturadas.
Y vi a una chica, que después me enteré que se llamaba Claudia Deleis,
que levantaba los brazos en una clara señal de rendición y contra
la que abrieron fuego.
–Todo eso ocurrió en 1989. ¿Qué pasó desde entonces?
–La primera vez que di la novedad de todo esto fue el 9 de julio
de 1989. Ese día desfilé con el presidente (Carlos) Menem y había
organizaciones de derechos humanos que pedían aparición con vida
de estas personas. Entonces me dirigí a un alto jefe militar que
estaba en el lugar.
–¿A quién se lo dijo?
–Al general (Martín) Balza, que era el jefe de tropa ese día. Pero
en la confusión que había ese día, presumo que no se dio cuenta
de lo que le quise decir por la forma en que se ha manejado con
respecto al tema de los crímenes de lesa humanidad. Después le di
la novedad al jefe máximo del Ejército, que era el general Bonifacio
Cáceres, y le dije que tenía miedo de lo que podía ocurrir porque
en el lugar en el que vivía cerca de La Plata me cargaban y me decían
ustedes los militares hicieron desaparecer chicos y yo decía la
pucha, en qué estamos. Lo que me dijo fue que el tema estaba en
manos de la Justicia pero que lo iba a tratar. Eso fue en octubre
del ‘89, y cuando se retiró el general Cáceres me llamó a su carpa
el segundo comandante, que era el coronel Gasquet, y me reprimió
violentamente. Me dijo que me iba a poner 45 días de arresto. Esa
sanción nunca se me aplicó, pero sí me pusieron dos días de arresto
por tener barba y llamativamente me dieron el pase a Paraná. Después
me fui a Croacia, pero esto siempre me daba vueltas en la cabeza
porque en la televisión española veía imágenes de estas personas
caminando.
–¿Por qué no recurrió entonces a la Justicia?
–Porque usted debe comprender, señor, que no puedo pasar por sobre
mis superiores; el Ejército es una institución jerárquica en la
que debo respetar lo que dicen mis superiores. Mi función es la
que dice el artículo 194 del Código de Justicia Militar, que establece
que todo personal militar que conozca de un hecho en el que se viola
la ley debe presentarse a sus superiores; el superior ya sabe lo
que debe hacer y entonces no puedo hacer otra cosa. Al encontrar
silencio, esto que parece una complicidad encubierta, uno también
tiene un poco de temor. Ahora ya para el ‘95 recuerdo que hice en
el cuartel una manifestación muy fuerte con respecto a lo que había
pasado en Río Tercero y dije que era una cosa armada que lastimaba
las instituciones. Entonces me empezaron a dar conceptos de que
no acompañaba el criterio político de la fuerza. En el ‘97 una voluntaria
me da la novedad de que está embarazada y el jefe de la unidad la
intima y le dice que para poder mantener su puesto de trabajo, usted
ya sabe lo que debe hacer. Esta chica se negó, y la obligó a pedir
la baja. Esta chica fue abandonada por el Ejército y eso lastimó
profundamente su conciencia, teniendo presente que a mí se me viene
a la mente el recuerdo de las chicas que estaban prisioneras en
La Tablada.
–¿Volvió a hablar del tema con Balza después de aquel desfile?
–No, tuve la intención de hablar con él y cuando fue a visitar un
día la ciudad de Paraná pedí autorización para hablar con él, pero
llamativamente me pusieron de guardia y no pude.
–En la denuncia que hizo ante la Justicia, usted aseguró haberle
informado del tema al también ex jefe del Ejército Ricardo Brinzoni.
–Sí, envié dos expedientes en los que dejé establecidas cuáles fueron
las violaciones que se cometieron.
–¿Qué le respondieron?
–Que los hechos por mí denunciados no serían materia de investigación.
A esa altura ya me habían creado una falsa acusación, estuve privado
ilegítimamente de mi libertad durante casi 24 horas dentro de un
cuartel, tuve 30 días de arresto, fui confinado a la ciudad de Crespo
y finalmente me pasaron a retiro. Después, estando retirado, recibí
varias intimaciones por desobediencia y hasta el día de hoy sigue
la persecución: en este momento el Ejército tiene un juicio contra
mí para desalojarme; no reconocen que el Estado me llevó a Paraná
y que me abandonaron a mí y a mi familia. Yo estoy aislado con mis
hijas porque todo esto me costó la separación y un montón de cosas.
–¿Por qué ahora se decidió a hacer pública su denuncia?
–No es ahora. Cuando Brinzoni me da su respuesta, me presenté al
juez federal de Paraná Juan Adolfo Godoy y le hice la denuncia,
pero no me llamó. Entonces, lo comenté en la Universidad de Paraná,
se hace eco un periodista y me lleva a un canal de televisión el
10 de julio del año pasado, pero se produce toda una censura y no
se difunde. En ese momento me enteré de que el Comando de Brigada
le ordena al servicio de Inteligencia la grabación del programa.
Nunca jamás imaginé tener miedo amis superiores por decir una verdad,
pero estaba asustado y empecé a manejarme por Internet y me comuniqué
con organizaciones de derechos humanos y la OEA, y es así que una
organización toma contacto conmigo.
–¿Qué organización?
–No sé cómo se llama. A mí me contactó el doctor (Carlos) Orzoacoa.
–¿Cómo llegó a reunirse con Enrique Gorriarán Merlo?
–Ellos me dijeron si accedería a tener un encuentro con él y dije
que sí, porque eran otras épocas. Antes de la conferencia tuve una
reunión con Gorriarán Merlo y le dije que si estaba dispuesto a
pelear por un país plural y democrático, estaba de acuerdo en estar
con él. Consideré que más allá de las diferencias, no tenía por
qué tener prejuicios.
–¿Qué espera que ocurra a partir de su denuncia?
–Que la fuerza diga la verdad y que se cierren las cicatrices. Vine
a decirles la verdad a las familias que perdieron sus chicos y que
están desaparecidos para que encuentren una cristiana resignación.
–¿Qué supone que va a hacer el Ejército?
–Tiene la obligación de aplicarme una sanción y la quiero cumplir;
me corresponde como soldado y la voy a afrontar como un hombre de
bien.
–Me refería al tema de fondo, a lo que ocurrió en La Tablada.
–Creo que las autoridades van a tener una actitud de honestidad
intelectual. Si yo dije la verdad, deben tener conmigo un gesto
de honestidad por el bien de la institución. Mi verdad es irrefutable.
Fuente: Página/12, 20/02/04
Los
coletazos de La Tablada en la izquierda [1]
Cuando
Izquierda Unida se negó a marchar un 24 de marzo
A veinte años del ataque del MTP al cuartel de La Tablada
Por Alejandro Guerrero
En enero de 1989, el gobierno de Raúl Alfonsín era una sombra patética.
En un verano arrasador, la población malvivía sin agua ni luz porque
la falta de inversiones había devastado los sistemas energéticos
y los cortes de suministro eran continuos. Paralelamente, la hiperinflación
que sobrevendría poco después ya se anunciaba, entre otras cosas,
en una "imparable crisis fiscal" (Prensa Obrera Nº 256, 3/1/89).
El 3 de diciembre de 1988, un nuevo alzamiento carapintada, dirigido
esta vez por Mohamed Seineldín, terminaba de acorralar a un gobierno
que temía mucho más a la movilización popular que a los militares
de la dictadura, quienes, con sus regulares asonadas y sublevaciones,
exigían impunidad.
De ahí que, en principio, pareció prosperar la versión oficial,
propagada ampliamente por la prensa desde la madrugada de aquel
23 de enero de 1989, sobre otro ataque carapintada a una unidad
militar, ahora al regimiento 3 de infantería con asiento en La Tablada,
partido de La Matanza. Desde poco después de que comenzara la operación
a las 6:15 de la mañana (un camión de reparto de bebidas gaseosas
arremetió contra la guardia) y hasta pasado el mediodía, fuentes
gubernamentales insistían con la supuesta acción carapintada. El
diario oficialista La Razón atribuyó el ataque a militares rebeldes
aún en la portada de su 5ª edición.
Se trataba de una mentira destinada, ex profeso, a ocultar y encubrir
una masacre, un asesinato en masa. Sólo bien entrada la tarde, un
portavoz del gobierno, el diputado César Jaroslavsky, dijo que "podría
tratarse" de militantes de izquierda y no de militares, aunque a
esa hora ya todo el mundo sabía de qué se trataba. Los carapintada,
lejos de ser parte de una sublevación, estaban a cargo de la represión
por orden directa de Alfonsín.
Pero ¿qué había ocurrido? ¿Qué estaba sucediendo?
El Movimiento Todos por la Patria (MTP)
El 12 de enero de aquel año, dos dirigentes del Movimiento Todos
por la Patria (MTP), Jorge Baños y Francisco Provenzano, denunciaron
que un golpe de estado estaba en marcha, ejecutado por Seineldín
y pergeñado desde las sombras por Carlos Menem y otros jefes peronistas.
El MTP había hecho su primera aparición pública en 1984, cuando
avaló la postura del gobierno respecto del plebiscito fraudulento
que se convocó por el conflicto con la dictadura chilena respecto
del canal Beagle. Desde entonces y hasta el final, fue un defensor
sin fisuras del régimen democratizante y mantuvo amplios vínculos
con figuras del oficialismo. Por ejemplo, eran habituales las reuniones
de Provenzano -miembro de una familia de antigua prosapia radical-
con Enrique Nosiglia. Con ellos estaba Enrique Gorriarán Merlo,
ex PRT-ERP, quien ya en postrimerías de la dictadura había dado
instrucciones a sus militantes de ingresar en el Partido Intransigente
de Oscar Alende.
Como tantos otros, el MTP declaraba
caducos a los partidos políticos y se consideraba a sí mismo una
organización suprapartidaria. Su propósito manifiesto era "transformar
al actual sistema en una democracia participativa" (La Razón, 9
y 12/5/86). Eran tiempos en que estaba muy de moda hablar del "capitalismo
salvaje" y de la necesidad de "humanizarlo". La vía para alcanzar
ese objetivo era la democracia parlamentaria "con justicia social".
Esto es: se trataba de ampliar esa democracia, de extenderla dentro
del sistema político sin quebrarlo, sin necesidad de revolución.
Esa idea constituía entonces un fenómeno internacional.
La contradicción era a ojos vista insalvable. El MTP propugnaba
una "democracia participativa", pero la "participación" está dada
por el grado de integración de los organismos sociales y políticos
al Estado de la burguesía. Dos de los mejores ejemplos de esa "integración"
en América latina los ofrecen el peronismo y el PRI mexicano. Otros
son el fascismo y el nazismo.
En las pascuas de 1985, cuando se levantó Aldo Rico y Alfonsín proclamó
que "la casa está en orden", el MTP firmó un "acta democrática"
con la UCeDe, el Partido Comunista, la Sociedad Rural y la CGT,
entre otros. Esa acta, de la cual derivarían las leyes de obediencia
debida y punto final, decía entre otras cosas:
"Como pocas veces, el pueblo... encontró en el presidente Raúl Alfonsín,
en su gobierno, en la mayoría de los partidos políticos de oposición...
coraje para enfrentar la muerte y generosidad para abrir los canales
de participación".
Poco antes de la catástrofe, el 22 de julio de 1988, en una solicitada
que publicó en la revista El Periodista, otro dirigente del MTP,
Roberto Felicetti, proponía un frente electoral "progresista" cuya
base estuviera constituida por el Partido Intransigente y la democracia
cristiana. Como se ve, "El MTP tomó hasta la última copa de la democracia
antes de partir hacia una acción desesperada para defender esa democracia
de un golpe supuestamente inminente de los beneficiados por el ‘acta
democrática' y por el ‘coraje' de Alfonsín y sus ‘opositores'..."
(Prensa Obrera Nº 257, 9/2/89).
En diciembre de 1989, cuando ocurrió el levantamiento de Seineldín,
Gorriarán Merlo declaró: "Los militares, tanto ‘leales' como ‘rebeldes',
quieren desprestigiar totalmente a la democracia para luego destruirla".
En verdad, no había ninguna posibilidad de que tal cosa sucediera
porque los centros de poder del imperialismo respaldaban al régimen
parlamentario. Ya comprobaría eso el propio Seineldín: los levantamientos
de los carapintada fueron tolerados mientras sirvieron para recomponer
a unas fuerzas armadas en crisis después de la dictadura y la vergüenza
de Malvinas, pero en 1990, cuando volvieron a sublevarse, ahora
contra las instrucciones del Banco Mundial para la reestructuración
militar en la Argentina y, por tanto, su movimiento adquiría la
dinámica de un golpe de estado más allá de sus intenciones, fueron
aplastados y terminaron todos presos y condenados.
También Gorriarán haría su comprobación trágica. El MTP señalaba
una contradicción insuperable entre el régimen democratizante y
las camarillas militares, lo cual era falso de toda falsedad. Más
tarde, los representantes políticos de esa "democracia" que él defendía
con ahínco avalarían la masacre cometida por los militares contra
los atacantes de La Tablada, y el Congreso haría una sesión especial
de homenaje a los carapintada que habían reprimido al MTP hasta
con bombas de fósforo.
Esto es: los militantes del MTP fueron masacrados por el régimen
político que tanto empeño habían puesto en defender. Comprender
esa contradicción resulta indispensable para entender lo ocurrido
hace veinte años en ese cuartel que ya no existe.
Alfonsín, el alto mando, los carapintada
-¿Qué pasa?
-Son los zurdos (un oficial de policía).
-Entonces les van a tirar en serio (un vecino).
El diálogo, reproducido por Página/12 (24/1/89), indica la diferencia
sustancial en la actitud gubernamental cuando se trataba de militares
que querían "desprestigiar y destruir" a la democracia, y cuando
se trataba en cambio de militantes populares que procuraban defenderla.
La sabiduría popular de ese vecino tenía muy clara esa distinción:
"Entonces les van a tirar en serio". Ya se vería hasta qué punto
les tirarían en serio.
Por supuesto, desde el primer momento supieron de quiénes se trataba.
Jaroslavsky y los demás mentían para encubrir la masacre: "La inteligencia
militar fue contundente al establecer en los primeros minutos de
lucha que los agresores no eran militares" (Río Negro, 24/1/89).
Además, los militares esperaban el ataque. El jefe del Ejército,
el general Francisco Gassino, había ordenado reforzar las guardias
en las principales unidades, y ese 23 de enero "gran cantidad de
policías estaban convocados para reunirse a las 5:30 horas en el
destacamento Güemes, en la intersección de Camino de Cintura y autopista
Ricchieri, muy cerca de La Tablada" (Río Negro, 25/1/89).
Ahora bien: sólo cuando Gassino le confirmó con toda certeza que
no había militares involucrados en el ataque, Alfonsín ordenó reprimir.
Ambos dispusieron, además, que la represión no estuviera a cargo
del comandante de jurisdicción sino del inspector general del Ejército,
general artillero Alfredo Arrillaga, hoy procesado por sus crímenes
durante la dictadura.
Cuando Seineldín tomó el cuartel de Villa Martelli el 3 de diciembre
de 1988, Alfonsín dijo que prefería "45 horas de negociaciones y
no diez minutos de combate". Ese criterio se invertía en el caso
de que los alzados en armas fueran militantes populares. Ahora no
había negociación posible y ordenó una masacre deliberada: por eso
mandó a los carapintada, además.
Los medios de prensa, con informes falsos, contribuían para tratar
de que la población aceptara la carnicería. Hablaban de guerrilleros
"sanguinarios y suicidas", de su "ferocidad" y "desprecio por la
vida", y denunciaban que "mataron colimbas que estaban durmiendo"
(Clarín, 24/1/89).
Todo eso se revelaría falso. Sólo semanas más tarde los medios admitirían,
por ejemplo, que un soldado "asesinado" por los militantes se reponía
en su casa de una herida menor en la pierna (Clarín, 17/2/89), o
que otros soldados y un suboficial habían resultado abatidos por
fuego propio, porque Arrillaga bombardeó el cuartel hasta destruirlo
aun con soldados y militares adentro.
"Nos trataron bien: ‘Con ustedes no es la cosa', nos decían", declararon
soldados capturados y liberados por los "sanguinarios" (Clarín,
28/1/89).
También se dijo en un primer momento que los atacantes "utilizaron
armamento sumamente sofisticado: lanzagranadas antitanque RPG-7,
misiles antiaéreos portátiles SAM 7 de fabricación soviética, lanzagranadas
de 40 mm y un fusil FAL de un modelo no utilizado por las FFAA argentinas"
(Clarín, 24/1/89). Todo mentira. Después se sabría que esos 50 militantes
habían marchado al cuartel armados con algunos fusiles viejos que
el ERP tenía enterrados en algún sitio desde la dictadura.
Todo eso se dijo para ocultar que tres veces los atacantes quisieron
rendirse y los militares los desoyeron: querían a todos muertos.
Contra toda lógica de un hecho bélico, el MTP no tuvo heridos: sólo
muertos. Un soldado contó: "Logré herir a uno que intentaba huir
hacia Crovara. Después lo remató un sargento" (La Prensa, 25/1/89).
He ahí el tradicional heroísmo de los militares argentinos.
"Se bombardeó desaforadamente con tanques, tanquetas, morteros y
cañones del más grueso calibre para exterminar sin mediaciones.
Se destruyó el cuartel a cañonazos limpios, aun con colimbas adentro"
(Prensa Obrera Nº 257, 9/2/89). También se sabría más tarde que
el Ejército empleó armas prohibidas por las convenciones internacionales
sobre la guerra, como bombas de fósforo.
El entonces jefe de la Policía Federal, comisario Juan Pirker, dijo
mientras miraba por televisión la carnicería que se desarrollaba
en el cuartel: "Yo sacaba de ahí a esos muchachos con una compañía
de gases, sin romper un solo vidrio". Poco después, extrañamente,
Pirker apareció muerto en su despacho, de madrugada, por un supuesto
y conveniente "ataque de asma"
Ellos necesitaban la masacre, el asesinato en masa le servía a Alfonsín,
a su pacto con el alto mando e incluso con los carapintada.
Las voces del pánico
Cuando los militantes del MTP que atacaron el RI3 aún no habían
sido masacrados en su totalidad, los partidos de centro y de izquierda
que hasta la víspera habían sido sus aliados se entregaron a una
competencia tétrica para repudiar no a la masacre y a los masacradores
sino a los masacrados, a quienes dedicaron una ristra repugnante
de insultos e improperios.
Izquierda Unida, por ejemplo, se apuró a condenar "enérgicamente"
la acción del MTP, pero no la de los fascistas, no la masacre, no
la liquidación en masa de esos 50 militantes mal armados y aplastados
por 2.000 efectivos militares con tanques y armas prohibidas por
la Convención de Ginebra.
Sin embargo, lo más importante de aquel asunto no era el acto desesperado
del MTP, inevitablemente aislado, ultraminoritario, sin alcances
ni perspectivas, sino "la represión criminal de los carapintada,
porque ella servía a la continuación de la política impulsada por
tres levantamientos derechistas y numerosos atentados y complots,
apoyada desde el Estado, que apunta al reforzamiento sin límites
de los aparatos represivos del Estado burgués" (Prensa Obrera Nº
257, 9/2/89).
Esa izquierda quebró una tradición internacional en materia de derecho
y libertades públicas, una tradición ya no de izquierda sino simplemente
democrática. Aun en los motines carcelarios más sangrientos, izquierdistas
y demócratas siempre se preocuparon por impedir la represión masiva,
por evitar que se cometiera una masacre, porque además del aspecto
humanitario del asunto la carnicería fortalece el aparato de represión
que busca liquidar las libertades.
Luis Zamora y el MAS llegaron al extremo de ponerse a la derecha
de la teoría "de los dos demonios", puesto que enviaron flores a
los velatorios de los militares muertos pero no hicieron lo propio
con los militantes asesinados, de modo que ahora había un demonio
solo. Izquierda Unida se solidarizaba de hecho y de palabra con
los autores de la desaparición de 30 mil argentinos.
Uno de sus argumentos, como de costumbre, era que el ataque del
MTP al RI3 ofrecía "pretextos" a la represión. Una estupidez, porque
cuando la burguesía tiene necesidad de reprimir crea sus pretextos
si no los tiene. Pero esa izquierda hacía suyo el pretexto, lo aceptaba
y se identificaba con él.
Aun visto desde el punto de vista limitadamente democrático burgués,
e incluso si se defendiera al Estado de la burguesía en su forma
parlamentaria, se tendría que ese ataque desesperado de un grupo
insignificante a una unidad militar no podía de manera alguna comprometer
la estabilidad estatal, no obligaba al gobierno a responder con
métodos de guerra civil para defender sus intereses. Se hizo así
porque el gobierno, los carapintada y los mandos militares necesitaban
la masacre para, de algún modo, justificar la masacre del pasado
en términos políticos. El avance de más de 2.000 soldados con tanques
y artillería contra 50 personas, sin siquiera intimar rendición,
es un asesinato en masa. Pero, para el oficialismo y la oposición,
aun la de "izquierda", ese crimen se produjo "en el marco del Estado
de derecho" porque fue ejecutado por un Estado parlamentario, aunque
se haya hecho con los métodos de las dictaduras y del fascismo.
Un caso especial para el análisis lo ofrece la postura del PC. En
una declaración, ese partido dijo que la violencia sólo se justifica
cuando se dirige contra regímenes "antidemocráticos", como sucedió,
por ejemplo, con el asalto al cuartel Moncada por las fuerzas de
Fidel Castro en 1953.
Aun si se deja a un lado que el PC no sólo no ejerció violencia
alguna contra la dictadura videliana sino que la respaldó explícitamente
y hasta muy tarde, se debe subrayar la falsedad del argumento: el
mismo Castro respaldó a la guerrilla colombiana contra el gobierno
constitucional de Rómulo Betancourt, y Lenin se alzó contra el "democrático"
Kerensky para después disolver la Asamblea Constituyente. La consecuencia
política, teórica y práctica, de la postura del PC es la siguiente:
la democracia parlamentaria sería el estadio último de la evolución
política de la humanidad, contra la cual deben desaparecer las acciones
y soluciones de fuerza.
Empero, incluso una defensa sólida del régimen constitucional, del
sistema parlamentario, obligaba a repudiar la masacre y a los masacradores,
no al puñado de militantes que hasta la semana anterior promovían
con el Partido Comunista la candidatura electoral del ex fiscal
Ricardo Molinas. En cambio, el PC se alió con los fascistas, encubiertos
por el sistema, en contra de quienes se rebelaron contra ellos no
importa cómo.
Pero, además, se olvidaba que la consigna histórica de "aparición
con vida" incluía por supuesto a los compañeros foquistas:
"Está claro que para Izquierda Unida esto era la explotación electoral
de un tema hondamente popular y democrático, y para Luis Zamora
más que para nadie. Los (Patricio) Echegaray y compañía se llenaban
sus abultadas papadas con el grito de ‘Evita, Guevara' o ‘Chile,
Chile, arriba los fusiles', sólo para capitular miserablemente ante
el primer cañonazo carapintada" (Prensa Obrera, ídem).
Esos izquierdistas, en marzo de ese año, llegaron al extremo de
sabotear la marcha de las Madres de Plaza de Mayo en el aniversario
del golpe, porque ellas sí habían repudiado a los masacradores y
no a los masacrados.
La escalada reaccionaria que siguió no obedeció a los hechos de
Tablada. Al revés: la necesidad burguesa e imperialista de llevar
a nuevos extremos la política de amnistía a los criminales, de militarización
del Estado, de sometimiento al gran capital y de hambreamiento del
pueblo fue lo que empujó al presidente Alfonsín, a Menem, al alto
mando y a la Ucede a elogiar como lo hicieron la masacre de los
militantes del MTP que ocuparon el regimiento de La Tablada.
Fuente: Indymedia Argentina
Los
coletazos de La Tablada en la izquierda [2]
"Creo
que La Tablada fue un error grande"
Relacionado:
La Tablada 20 años después, habla Fray Antonio Puigjané (2009)
A 15 AÑOS DEL ATAQUE A LA TABLADA, UN REPORTAJE INÉDITO A FRAY ANTONIO
PUIGJANE (2004)
Desde el convento en Saavedra donde terminó su prisión domiciliaria,
Puigjané habla de la farsa del juicio, del error del ataque al cuartel,
de cómo sus compañeros del MTP no lo entienden y sus sospechas de
que hubo una conspiración para engañarlos. Un documento testimonial
jamás publicado en el país.
Por María Esther Gilio | Página/12
–¿Cómo ve lo resuelto por el ex presidente Fernando de la Rúa?
–El presidente, como también la Suprema Corte, dijeron que el juicio
realizado contra los atacantes de La Tablada fue perfecto. A partir
de allí ¿cómo se puede proceder con justicia?
–¿La Comisión Interamericana de Derechos Humanos no condenó este
juicio? ¿Qué dijo concretamente?
–Dijo, aunque con otras palabras, que fue una farsa. Los que lo
vivimos sabemos que fue una farsa. Quienes lo sufrimos sabemos hasta
qué grado lo fue.
–La sala estaba llena de militares que con su sola presencia presionaban
a los jueces.
–Los jueces se reían como monigotes. Pero... usted me está haciendo
hablar más de la cuenta. ¿Sabe que este tema es mejor que yo no
lo toque?
–La sala estaba entonces llena de militares y los familiares de
los muchachos.
–Familiares casi ninguno. No había espacio, quedaban afuera.
–¿Y cómo fue que a usted le dieron 20 años?
–Tenían ganas de dármelos y me los dieron. Dijeron, no tenemos ninguna
prueba, pero tenemos la convicción íntima de que fue el ideólogo.
(Se ríe.) ¿En qué se basaría esa convicción íntima?
–¿Usted sabía lo que ocurriría?
–No, no sabía nada porque los muchachos no quisieron mezclarme en
un asunto que yo no apoyaría de ninguna manera.
–¿Cómo describiría al MTP, al que usted pertenecía?
–Como un movimiento político que había descartado la vía violenta,
la lucha armada, pero que pretendía hacer un cambio revolucionario
a partir de la participación de todos. Una de las cosas en que insistíamos
era en ésta: democracia participativa y no representativa. Para
eso proponíamos un trabajo en los barrios, desde las bases. La Tablada
fue un hecho accidental que lamentablemente ha destruido al movimiento.
–¿Qué piensan sobre esto sus compañeros?
–Piensan de otra manera. No se dan cuenta de que fue un golpe de
muerte para el movimiento. No lo ven.
–Debe ser muy duro aceptar que el resultado no sólo fue la cárcel
y muerte sino también un paso totalmente desfavorable.
–Sí, es doloroso. Yo tengo, sin embargo, la esperanza de que todos
estos jóvenes que buscan un cambio se incorporen a alguno de los
tantos grupos pequeños que se han formando y tienen los mismos ideales
que el MTP.
–Enrique Gorriarán Merlo fue quien organizó el movimiento.
–Sí, fue el padre del MTP.
–Si él estaba convencido de que ya no había espacio para acciones
violentas y creía que las cosas debían realizarse de otra manera,
¿por qué se metió en un hecho como el de La Tablada?
–Para evitar una violencia mayor. Ellos tenían la información de
que venía otro golpe militar. En diciembre del ’88, un mes antes
de La Tablada, un militar que pertenecía al movimiento democrático
de las Fuerzas Armadas, el UALA, nos dijo a dos compañeros y a mí
que se venía otro golpe muy violento. Los militares van a salir
a matar, nos dijo. Va a correr mucha sangre.
–¿Era verdad?
–Yo no sé. Lo que sé es que todo lo que llevó a estos muchachos
a hacer lo que hicieron tiene mucha característica de trampa.
–Como si hubiera habido grupos interesados en que el ataque se produjera.
Lo más curioso, es la acusación contra Enrique Nosiglia, que él
había promovido este juego de embarcar al grupo en una acción que
sólo beneficiaría a gente ajena al propio grupo.
–Sé que se dijo eso de Nosiglia, pero yo no lo creo.
–Si esto de Nosiglia fuera verdad, ¿para qué lo habría hecho?
–Se dijeron muchas cosas. Para molestar a Menem, para mostrar a
los militares como salvadores de la democracia, para liquidar a
un grupo que quería un país diferente.
–Esto de los militares no parece tan loco. La relación de los radicales
con los militares fue bastante ambivalente. Y la conducta de los
militares durante el ataque fue de una desproporción llamativa.
–Eso es así. Pirker, jefe de Policía de Buenos Aires en aquel momento,
dijo refiriéndose al hecho: Yo habría resuelto el asunto con unos
cuantos gases lacrimógenos.
–¿En qué se quedó pensando?
–En que yo no tengo la menor capacidad como dirigente político.
–¿Cómo llegó a esa conclusión?
–Me doy cuenta de que se me escapan de las manos miles de detalles.
Hay que tener una gran astucia; yo soy demasiado crédulo, me dicen
una cosa y en general no pienso que me están mintiendo. La creo.
–Esto recién lo está viendo.
–No, no, me fui dando cuenta de a poco. Cuando el grupo se formó
y empezó a actuar, yo lo fui viendo y también planteándolo. Pero
los muchachos me decían que no, que era importante que yo estuviera
ahí. Esto llevó a algunos compañeros de la orden religiosa a decir
que me usaban como una estampita, para atraer gente, lo cual, claro,
tampoco me gusta.
–¿Cómo se sentía en este movimiento?
–Yo, el trabajo en el Movimiento lo hacía con mucho gusto. Sentía
que por fin había encontrado un lugar, no un partido porque no llegaba
a ser partido, pero sí en un movimiento que me permitía decir después
de predicado el Evangelio: Bueno, si ustedes quieren vivir esto,
la fraternidad, la justicia, la construcción de la paz verdadera,
aquí en este movimiento tienen un lugar dónde trabajar. La gente
que formaba el movimiento era confiabilísima. Gente que lo ponía
todo para lograr cambios en paz.
–Casi todos jóvenes católicos.
–Sí, jóvenes en su mayoría, pero no necesariamente católicos. Fíjese
que mientras estuvimos presos en Caseros yo dije misa todos los
días y nunca alguno de ellos me pidió para participar.
–¿Dónde decía misa?
–En mi celda. Como copa usaba una tapita de Coca Cola. Cuando los
Pallarols, los mejores orfebres del país, se enteraron me dijeron
te vamos a hacer un cáliz que será una joyita. Y me la hicieron
de tres centímetros de alto en plata y oro. Estoy preocupado, no
sea cosa de emular al Vaticano... Pero, de verdad que esa copita
es una joya.
–¿Cuántos años estuvo preso?
–En la cárcel de Caseros estuve 9 años. Cuando cumplí 70 pasé al
convento haciendo uso de las prerrogativas del sistema de prisión
domiciliaria.
–Es difícil imaginar un sacerdote en la cárcel. ¿Qué hacía?
–Dios también está en la cárcel. En invierno se me hacía más duro
porque tengo artrosis y el frío era grande. Pero fue interesante
cuando llegaron al piso los hermanos ladrones. Ahí hubo un cambio.
Las autoridades no encontraban motivo para castigarnos. Yo me comportaba
como cura y todos los demás como seminaristas. Si los celadores
decían no se puede mirar por la ventana, nadie miraba. Y bueno un
día nos mandaron a los hermanos ladrones. Así llamaba San Francisco
a los ladrones. Nos mandan los ladrones más bravos del penal. Los
que hacían motines y batuqueos. Los que organizaban revueltas.
–¿Qué pensaban que iba a pasar?
–Creo que los directores del penal, que habían dirigido campos de
concentración como el Olimpo, pensaban que iba a producirse una
feroz competencia por la posesión del piso. Como consecuencia de
tales trifulcas imaginaban heridos y tal vez algún muerto. Todo
esto haría posible nuestro traslado al Sur, a Rawson, que es lo
que querían. Pero los ladrones llegaron y nosotros los recibimos
muy bien. Yo fui y visité a uno por uno. A mí me parecía estar visitando
las casas del barrio. Se hicieron tan amigos que un día, a los tres
meses perdieron la esperanza de la trifulca y decidieron sacarlos.
Es difícil de creer, pero lloraban como criaturas. No querían que
los trasladaran.
–¿Cómo recibió usted la noticia del asalto a La Tablada?
–Me impactó tremendamente. Quedé como si me hubieran dado un mazazo
en la cabeza.
–¿Cuáles fueron en el juicio las declaraciones de sus compañeros
respecto a su participación?
–Mis compañeros sin faltar uno dijeron la verdad. Que yo no había
participado y que no tenía conocimiento de nada. Que no me lo habían
comunicado porque sabían que me opondría. Y que además, por mi edad–sesenta
años en ese momento y recién operado de la cadera– mi participación
no los habría beneficiado. Con todo, el Comisario Re dijo en un
programa de televisión que me había visto correr con una ametralladora
en la mano. Claro que esto nadie lo creyó. Sé que un juez le dijo
a un sacerdote amigo mío, que sabía que yo no había participado,
pero que yo quería tanto a los que habían participado... me dieron
20 años.
–¿Y a los jóvenes que participaron en la acción?
–Perpetua. A todos perpetua. El juicio nada tuvo que ver con el
derecho. En el juicio acusan a los que entraron con el camión de
Coca Cola de haber aplastado al soldado Tadía que estaba en la puerta.
Al soldado Tadía no lo mató el camión sino una bala que vino de
adentro y de arriba, que tiró el subjefe del batallón Fernández
Gutiérrez, que por supuesto estaba adentro. La bala le entró al
muchacho en un ángulo de 45 grados. Esto está probado, sin embargo,
se siguió diciendo que lo mató el camión. El juicio fue una vergüenza,
nadie puede dudarlo. Uno de los colimbas declara con total ingenuidad
que en tal o cual momento él pasó por el Colegio Militar para repasar
el libreto. ¿Cómo? ¿Qué libreto?, dice el juez, seguramente aterrado
y tratando de que el chico se dé cuenta y busque una salida al disparate.
Pero el chico insiste, Sí, sí, para repasar qué teníamos que decir.
Pinky mostró en televisión El cadáver del soldado Tadía aplastado
por el camión de Coca Cola. ¡No era el soldado Tadía sino un compañero
nuestro Roberto Sánchez, aplastado por un tanque! En este asunto,
a un juicio absolutamente tramposo se sumó la complicidad de la
prensa.
–El capitán Monteli dice en el juicio: Cuando esta chica pasó, le
vacié el cargador en la nuca.
–Iba desarmada, dice también y luego, Ella cruzó y no me vio. ¿Qué
era esto sino un asesinato? La chica era de Quilmes y fue invitada
por un pibe amigo suyo, Ricardo Veiga, a quien fusilaron. El fue
uno de los cuatro que fusilaron.
–¿A ese capitán Monteli, no le pasó nada?
–Al día siguiente los abogados denuncian al capitán por asesinato.
El tribunal como respuesta dice que hay que pasar a cuarto intermedio.
Y cuando vuelven, expresan que esa denuncia ya constaba en el expediente.
La cual era una absoluta mentira. Todo esto que le cuento estaba,
además, permanentemente acompañado de las risas de los jueces. No
vi nunca jueces que rieran tanto. Todo fue una vergüenza. Los allanamientos...
a mí para tratar de complicarme en algo, porque no tenían nada de
qué agarrarse, dijeron que habían descubierto que en mi domicilio
guardaba explosivos y proyectiles. Nosotros tenemos en general dos
domicilios, aquel en donde están nuestras oficinas, en mi caso era
Pompeya donde está nuestra casa central, y otro que podemos considerar
como nuestra casa. Ellos contaron cómo habían realizado la operación
que les mostró que en mi casa había armas. Dicen, primero –dado
el peligro– entró el especialista en explosivos. En realidad fue
el que los colocó ahí. Y después, dicen, entraron los testigos que
los vieron. Lo curioso es que la casa a la que fueron no era la
mía sino otra donde vivían varios sacerdotes de mi misma orden.
Muy bien, había explosivos, cuando entró el testigo allí estaban.
Lo que no estaba era mi casa. Mi casa no era ésa, estaba a 35 cuadras.
Los abogados dejaron pasar a los 7 testigos y luego que éstos dieron
todos los detalles sobre el lugar de los explosivos dijeron: Está
bien, en esa casa puede haber explosivos, pero ésa no es la casa
de Fray Antonio Puigjané. Como dice la Comisión Interamericana de
Derechos Humanos, son gravísimas las irregularidades cometidas.
–¿Cuál es su juicio sobre el hecho, sobre la acción de La Tablada?
–Yo creo en todos los compañeros, creo en su honestidad, en su sinceridad,
en su amor por un mundo mejor. Pero creo que La Tablada fue un error
grande. El rechazo de la gente fue total. Ellos creen que no.
–¿Cómo ve lo decidido por De la Rúa respecto a los condenados en
el juicio?
–Tiene de bueno que haya posibilitado el levantamiento de la huelga
de hambre. Si la huelga no se levantaba, estos chicos –después de
116 días de huelga– iban a empezar a morirse. Y además estaban decididos
a morirse. Todos estaban dispuestos a seguir hasta la muerte. En
este sentido lo dispuesto por el presidente fue positivo.
–Usted participó de la huelga por un tiempo.
–Yo dije que los acompañaría con ayuno y oración. A los 57 días
los compañeros me pidieron que abandonara. Yo tengo 70 largos. Me
pareció bien. Ayuné 17 días más que Jesús que ayunó 40. A veces
lo provocaba.
–¿A quién?
–A Jesús. Le decía: Aguanté 17 días más que vos.
–En lo referente al ayuno la decisión de De la Rúa fue positiva,
¿y respecto al resto?
–En cuanto al resto, después de 12 años previos me parece muy grosera
la idea de que con esta disposición se cumple con lo ordenado por
la OEA. Lo que dice la Comisión es que el juicio está viciado de
nulidad.
–Es decir que no hubo juicio.
–No hubo. El informe de la Comisión dice, por otra parte, que las
víctimas deben ser reparadas. ¿Alguien habló de esto? ¿Alguien dijo
que los que están presos, lo están, desde hace 12 años, como resultado
de un juicio viciado de nulidad?
–En definitiva no fue ni indulto ni conmutación, fue una disminución.
–Sí, a los que tenían perpetua les dio 20 años.
–¿Cuál habría sido para usted la solución?
–Que hubieran puesto 17 años en lugar de 20.
–¿En qué principio jurídico se habría basado esto que usted propone?
–La Comisión de la OEA habló de reparar a las víctimas. Reparar
a las víctimas significa ponerlas en la condición que tenían antes
del juicio. Diez y siete años habría permitido acceder a la libertad
condicional.
–¿Qué pasó con José Saramago que vino expresamente a la Argentina
a hablar de este caso con De la Rúa?
–De la Rúa no le concedió audiencia. Se lo sacó de arriba haciéndolo
hablar con Storani. Es lo que yo le digo, el fascismo es una enfermedad
que ha entrado al corazón de muchos argentinos. De cualquier manera,
hay que tener esperanzas, creer, no bajar los brazos, seguir luchando.
Fuente. Página/12, 25/01/04

El
cura Puigjané y una última visita a Caseros antes del derrumbe
El sacerdote visitó la celda donde estuvo encerrado durante nueve
años, en el piso 18. El Ejército trabaja en la demolición manual
del edificio. Deben terminar el trabajo en un año.
Por Eduardo Videla | Página/12
El cura Antonio Puigjané sube los dieciocho pisos que separan la
calle de la celda donde pasó nueve años de su vida, en la cárcel
de Caseros. Lo hace por las escaleras, porque los ascensores ya
no están y el único montacargas está fuera de servicio. Y pese a
sus 78 años, camina con una velocidad difícil de seguir para quienes
lo acompañan. Hasta que llega a ese cuartito de tres metros por
uno y medio y se asoma a la ventanita, a la que tantas veces se
trepó para ver el río y el sol del amanecer. En esa parte de la
ex prisión ya no se está a la sombra, simplemente porque ya no hay
techo. La demolición del edificio avanza, a golpe de maza y martillo
neumático, a manos de soldados del Ejército. Después de todo fui
feliz aquí, con mis hermanos presos, a pesar del sufrimiento, de
la injusticia y de la locura, dice el sacerdote. Saluda a los soldados
agitando la mano y baja las escaleras al mismo ritmo con que subió.
Desde afuera, la mole de cemento que fue cárcel hasta diciembre
de 2000 parece igual que siempre, pero si alguien cuenta los pisos
se dará cuenta de que faltan cuatro. Los tres superiores ya habían
sido demolidos en una primera etapa, cuando todavía estaba vigente
la idea de derrumbar el edificio mediante una implosión.
Ahora, tomada la decisión de hacerlo en forma manual, a golpes de
maza y martillo neumático, los soldados-obreros van por el piso
18, que ya no tiene techo y se ha convertido en una terraza desde
donde puede verse el Río de la Plata y buena parte de la Ciudad.
El cura Puigjané, que cumplió allí nueve años de condena por el
ataque a La Tablada, regresa a la que fue su celda ocho años después.
El pretexto es la grabación de un documental sobre su vida, que
se verá el año próximo. Acompañado por un grupo de periodistas,
el sacerdote se para en el tercer piso debajo del hueco que han
tallado los hombres del Ejército para fracturar la estructura del
edificio y facilitar su derrumbe. Segundos después, cuando el grupo
se ha desplazado unos metros, se escucha el estruendo de los escombros
que han caído por ese agujero, en el lugar donde todos miraban hacia
arriba.
En el piso 18 quedan aún algunas celdas, entre ellas la que habitó
Puigjané. El cura se para en el asiento que todavía se conserva
y se asoma hacia la ventana. Desde aquí veía las grúas del puerto,
el río, el amanecer. Y por las noches, buscaba las estrellas con
un espejo, recuerda.
Los soldados riegan las paredes para que después los golpes no levanten
tanta polvareda. No hay demasiado equipamiento: además de las mazas,
hay dos pequeños vehículos, mezcla de martillo hidráulico y pala
excavadora. En las paredes aún pueden verse las perforaciones donde
iban a ser colocadas las minicargas de gelamonita, que harían derrumbar
la mole de cemento en apenas 4,7 segundos, como estaba planeado,
según explica uno de los responsables del Batallón de Ingenieros
601.
Ese procedimiento fue frenado por una orden judicial, en 2004. Como
la estructura ya estaba debilitada y el edificio corría riesgos,
se resolvió terminar el trabajo en forma manual. Hace dos semanas,
el Ejército y la Ciudad firmaron un convenio para realizarlo en
un año: para cumplirlo, habrá que demoler 4500 metros cuadrados
por mes, algo así como un piso y medio cada 30 días.
Antes de bajar, Puigjané busca el lugar donde estaba la capilla
de la cárcel, en el piso de arriba, que ya no existe. Nunca fui
a esa capilla –dice–. Mi iglesia era mi celdita y los patios, donde
compartí momentos con mis compañeros y con los hermanos ladrones
que conocí acá. Puigjané no participó del ataque a La Tablada, pero
decidió estar junto a sus compañeros detenidos y terminó condenado
a 20 años de cárcel. Hoy vive en una parroquia del barrio de Coghlan.
Fuente: Página/12, 28/08/06