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NOTAS EN ESTA SECCION
Adiós al amigo, por Eduardo
Galeano | 24 de marzo, por
Osvaldo Soriano |
Entrevista de Cristina
Castello (1995)
José María
Gatica: Un odio que no conviene olvidar
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La California Argentina
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Mecánicos
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Sin paraguas ni escarapelas
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La Opinión, 16 de julio 1972 (jpg)
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Por Osvaldo Soriano
Recuerdo aquel día del golpe de Estado que me tocó vivir desde Bruselas: el
noticiero de la televisión belga mostraba tipos bigotudos, ceñudos y entorchados
que parecían la caricatura de una irrecuperable republiqueta bananera. Esa mañana
que supe que había perdido la Argentina de mi infancia, la de mi escuela y mi
primer trabajo. Perdía, como millones de compatriotas, cosas íntimas e intransferibles;
dejaba atrás una manera de explicarme la vida, los fundamentos sobre los que
había construido mi propio imaginario. Tenía treinta y tres años recién cumplidos.
Luego maduré boxeando contra la sombra de la dictadura, lejos, sin pensar mucho
en mí, contando muertos, atragantado por nuevos rencores. Fui, con las Madres
de Plaza de Mayo, con Cortázar, Osvaldo Bayer, David Viñas, con miles de otros
mejores que yo, uno más de lo que los militares llamaban "campaña antiargentina".
Ese es uno de mis más íntimos orgullos.
La dictadura ha significado, para mí, el mal absoluto. No me salen matices para
explicarla. Quiero decir, asimilo a aquellos militares con el régimen nazi y
eso me impide comprender las razones de los que trabajaron de cerca o de lejos
para ella, de los que colaboraron e incluso de quienes fueron actores pasivos
pero conscientes. No les creo una palabra a los que dicen aún hoy "yo no sabía
lo que pasaba". Me es imposible perdonar aquel "por algo será", el "somos derechos
y humanos". Me siguen pareciendo inexcusables las conversaciones y los toqueteos
con el poder. Los almuerzos de intelectuales con Videla. La estrategia de la
reverencia, el codazo y la palmada. Era mejor estar equivocado contra la dictadura
que tener razón obedeciéndola.
Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos. Miramos con recelo, intentamos entender este fin de siglo, pero nada podrá hacernos olvidar, perdonar. Me acuerdo bien: volví por unos días a Buenos Aires, estaba viviendo en casa de Tito Cossa y Marta Degrazia, nos acogía Rafael Perrota en el viejo diario El Cronista, que había sido más o menos socializado y en esos días secuestraron a Haroldo Conti, el autor de Sudeste, una de las grandes novelas argentinas. Me viene a la memoria la cara de Videla, aplaudido en cines y estadios. La pesada ausencia de Conti, de Paco lirondo, Vicky Walsh, caída en combate pocos meses antes que su padre. Yo estaba vagamente enamorado de Vicky aunque ella no lo supiera.
De modo que no puedo escribir sin odio. Mataron a treinta mil jóvenes y a algunos viejos, guerrilleros o no. Destruyeron la educación, los sindicatos combativos, la cultura, la salud, la ciencia, la conciencia. Desterraron la solidaridad, el barrio, la noche populosa. Prohibieron a Einstein y a Gardel. Abrieron autopistas y llenaron de cadáveres los cimientos del país; dejaron una sociedad calada por el terror que en estos días asoma en el juicio de Catamarca. Somos al mismo tiempo el testigo que se desdice y la valiente monja Pelloni. Somos el juez iracundo, el abogado gordo y el tipo al que retaron por estar con las manos en los bolsillos. ¿Acaso no fue la dictadura, su largo brazo estirado a través del tiempo, la que mató a María Soledad? ¿No es el Proceso que sigue asesinando pibes, asustando, castrando por procuración?
En esos años vergonzosos se impusieron
los valores del éxito a cualquier costo por sobre la idea de felicidad compartida.
El plan de aniquilamiento desató por su propia lógica una guerra a la vez humillante
y absurda. Eso dejaron. Un escenario vacío y oscuro que había que tomar en silencio.
No quedaban civiles armados en 1983; sólo conciencias heridas y una pena infinita.
Lo curioso para quien volvía del extranjero era que la gente había enterrado
definitivamente a Perón, se inclinaba por un abogado de Chascomús que antes
le había propuesto a Videla un pacto cívico-militar y después impulsó un acuerdo
radical-menemista.
Lo que pasó en las almas de los argentinos entre 1976 y 1983 es todavía un enigma.
Los veinte años que hemos vivido después fueron una sucesión de avances y retrocesos,
de incógnitas abiertas. Sé que hay mil hipótesis y las he escuchado todas. ¿Fue
cielo alguna vez la tierra que se convirtió en infierno? No lo sé, los abuelos
de nuestros padres decían que sí. Sin embargo no hay razón para creer en viejas
fábulas. Hoy tenemos otras. Cuentos de príncipes y cenicientas, héroes con amnesia,
sobrevivientes perplejos, chicos que no se rinden. ¿Por qué habrían de hacerlo
si lo que está en juego es su futuro? Acaso a ellos les espera una gran aventura
republicana, pacífica y fraternal. No se trata de una nueva ideología. Ni siquiera
de cambiar la historia. Simplemente decirle no al olvido y levantar las viejas
banderas de Mayo, las que alguna vez hicieron de este país una Nación rebelde
y orgullosa.
Página|12, 24 de marzo de 1996.
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Hice esta entrevista
a Osvaldo Soriano el 19 de noviembre de 1995.
El mismo día de su publicación, me llamó.
El escritor lloraba, conmovido.
Me dijo que nunca se reconoció tanto en un texto, en una entrevista, como en
la que le hice yo.
Osvaldo murió el 29 de enero de 1997.
Este es el resultado de nuestro diálogo en su casa de Buenos Aires, Argentina
(Cristina Castello).
Osvaldo Soriano, escritor, periodista, defensor de los derechos humanos.
"Mi hijo Manuel es mi último gol"
Vendió un millón de sus libros en todo el mundo. Lo tradujeron a quince idiomas.
Pero él prefiere ni hablar del tema. Le gusta más sostener que los ideales son
la única forma de saber que estamos vivos.
Entrevista de Cristina Castello
No hay un punto de inflexión en nuestra charla. Ni un antes o un después, ni
una brecha. El clima es parejo, en la madrugada de café y exaltación de la palabra.
Y de eso se trata. A Osvaldo Soriano le gusta conversar y hasta hilvana guiones
con el contenido de nuestro diálogo. Con un pucho sin prender en la mano, cosa
de ex-fumador, tira una ceniza inexistente en un inexistente cenicero y escarba.
Y hurga simultáneamente en su interior y en la médula de Argentina, en curiosa
simbiosis entre él y "su" país. Como si lupa en mano, anduviera en busca de
algo.
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- ¿Qué buscás?
- Bueno, aunque quede ridículo que lo diga (con simplicidad), uno siempre anda
buscando los orígenes: ¡nuestra identidad.
- ¿Difícil hoy y aquí, no?
- Sí, porque aunque parezca una sátira hoy parece que fuera lo mismo luchar
por los ideales (se ilumina) -como (Juan José) Castelli en los días de Mayo-
que ir a comer con Mirtha Legrand. Quiero decir que paradójicamente lo "light"
caló tan hondo que es un hecho "hard". ¿A
quién le importa desentrañar qué significa ser argentino si eso es meterse en
un lío de identidades?
- Mejor no develar misterios: caerían muchas máscaras.
¡Por favor! (sonríe, comprensivo con la condición de argentinos)...¡Que nadie
se atreva! Mire qué pasa con Gardel, uno de nuestros mayores mitos. El sólo
quería tener una casita y jugar a los burros pero en su imagen misma y con la
incógnita de su nacionalidad, muestra desconcierto...¡Y eso nos viene bárbaro!
Nosotros jamás aceptaríamos que se probara si era uruguayo, francés o ruso,
porque perderíamos la incertidumbre y no sabríamos qué hacer sin ella.
- Se seguiría discutiendo sobre Maradona, ¿es un mito viviente?
- No, Maradona es un rey en un país sin corona y así se ubica él: como un rey
que nos habla a nosotros, los súbditos. Pero hay que entenderlo porque el tipo
debe pensar: "¿qué me van a aplicar la ley justo a mí, si les hice un gol con
la mano a los ingleses?" Y tiene razón: si acá los corruptos andan sueltos y
ni siquiera nos dan felicidad. Como él.
- No a mí pero es curiosa tu descripción, ¿la vida es un relato?
- (Muy llano) Para mí lo es porque fui formado por mi mamá y para que me durmiera,
ella me contaba historias de gente medianamente loca. Del Gordo y el Flaco (Laurel
y Hardy), a quienes necesito tener "para mí". Son míos: una metáfora de la ingenuidad
y del genio frente a los poderosos.
- Su mamá te sembró la primera semilla de ficción...
- Sí (parece descubrirlo recién)...y es curioso porque ella es más bien sombría.
Quizás por eso el personaje emblemático que tuve (sonríe, tierno) fue mi padre:
él siempre miraba al país....no fuera cosa que desapareciera.
- ¿Y desaparece?
- (Sonríe) Bueno, no soy tan fatalista pero diría que Argentina se desarma en
el desamparo y la ilegalidad. Y hay una absoluta disgregación de la sociedad
porque se rompieron los lazos que nos unían como nación.
- ¿Nación...qué quiere decir hoy y aquí?
- Que cada vez seamos más los que estemos mejor.
- Lo contrario de este capitalismo "a la argentina": el desamparo del Estado
y la pérdida del sentido de vida y los valores.
- Sí, pero tampoco la gente vincula que todo lo que nos pasa es producto de
la historia, aunque nadie vela por nuestras vidas.
- Y se impone la idea del "dios" Mercado....
- Sí, todo está a merced del libre mercado y el libre mercado acá consiste en
fabricar ravioles "Pirulín" sin decir de qué están hechos, sin registros, ni
inspecciones. Y lo peor es que muchos no hablan porque están más preocupados
porque no comen, que por la calidad del alimento.
- Muchos se cansan de tener ganas. Hay una ausencia de rebeldía: vivimos la
"cultura" de la resignación.
- Si, falta la queja que sería indispensable.
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- Quejas hubo sobre
todo en las provincias, pero sin un Norte....
- Claro, cada levantamiento no significa un horizonte o una ilusión, sino una
expresión de la bronca. Entonces, la policía pega tres bastonazos, y cada uno
se va a su casa y no sale más .(descarnado)...¡aunque coma lauchas!
- Antes se esperaba la democracia...¿y ahora?
- Ese es el tema: ¿y ahora qué? Bueno, satirizando un poco(lo tienta su costumbre
de construir ficciones) digamos que "ahora" vamos a encontrarnos en un inmenso
shopping, en cuyo sótano habrá una villa miseria con el Comandante Marcos (el
Jefe del Ejército Zapatista mexicano) , pero...¡negociando!. Y habrá miles de
canales de cable, y...y bueno, es la posmodernidad vista desde esta (duda en
decir la palabra)... patria.
- ¿Decís "patria" con timidez por tanto mal uso que se hizo de su nombre?
- Sí, porque con ella en la boca se justificó lo horroroso. Pero bueno... no
hay que regalar las palabras nobles a los canallas, así que (sencillo, y con
ímpetu) siento el derecho de decir: "¡Patria!". Y porque, además tengo en mí
aquellos discursos patrióticos que decía mi viejo, como humilde inspector de
Obras Sanitarias.
- Ahora es Aguas Argentinas y ya no es estatal...
- Claro (travieso)...y si mi viejo lo supiera se moriría de nuevo (se ríe).
Quizás no se opondría a una sociedad de oferta y demanda pero si el Estado regulara
los apetitos y pasiones, para que el objetivo de cada cosa no fuera el lucro
para los privados.
¿Su papá es para vos un espejo del país que fue este?
- Me parece que por ahí anda la idea, porque además de amarlo lo recuerdo como
un constructor de cosas concretas. (Se deleita) El construyó las cloacas de
Mar del Plata, por ejemplo; y estaba orgulloso de levantarse a las cuatro de
la mañana y en camiseta para controlar el agua y velar por la salud de la población.
Vivió de modo muy frugal pero luchó por este país que - seguía ganando metros
al desierto.
- Hablas de tu padre como si fuera El Gordo (Hardy)...
- (Divertido) Es verdad... era como El Gordo, porque intentaba significar la
autoridad: le decía al Flaco cómo hacer las cosas y a él le salían como el diablo.
Y así era, mi viejo: "no camines para ese pozo", decía (se alboroza, como si
viviera la infancia))...¡y se caía de traste!
¿Desde chico te diste cuenta de cuánto lo querías?
- Sí, por suerte (habla despacito para no quitar magia al instante) y fui felz,
con los dos juguetes que tuve: una lanchita a kerosene y un camioncito de madera
que me hizo él. Ganaba ciento catorce pesos y yo tenía un solo pulóver, un solo
guardapolvo y no me importaba.. Pero...(introspectivo) hubo una cosa que hoy
me duele: ¿por qué no me preguntó si yo quería vivir en todos los sitios adonde
lo llevaba su trabajo?
- ¿Tus exilios de niño te dieron desamparo y soledad?
- (Con tristeza) Esas son las palabras. Aquellos desarraigos me cortaban los
afectos con amiguitos o novias. Pero bueno, él era un luchador y nos llevaba
de pueblo en pueblo porque creía que había un mañana mejor para la Argentina.
- Lo ves como la contracara del presente...
- Sí, porque ahora no hay caída Hay decadencia y a él le dolería como a mí.
(Con dulzura, de nuevo) Pero .a pesar de aquella locura tierna que tenía, no
heredé casi ninguna de sus pasiones: él era de River y yo de San Lorenzo; él
me quería ingeniero electrónico, y yo soy negado para matemáticas. El era gorila
hasta el punto de decir "ese degenerado de Perón" y yo hasta los trece años
fui peronista; y después dejé de serlo nunca pude ser antiperonista.
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Por Eduardo Galeano Lo vi en el
ataúd, con esa cara plácida y jodona, y pensé: Es un chiste.
No hay duda. El Gordo se está haciendo el muerto para hacer
sufrir a los amigos. Nos está tomando el pelo, pensé. |
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I.- RADIOGRAFÍA
* Hace poco firmó un contrato por 500.000 dólares, con el grupo editorial
Tesis Norma. Por esta cifra inusual se compraron sus derechos de autor.
* Tiene un millón de ejemplares vendidos en todo el mundo.
* Sus obras fueron traducidas a quince lenguas.
* Entre otros premios, recibió en 1994 -en el Festival de Cine Courmoyeur-
el "Raymond Chandler Award", que antes había ganado el escritor Graham Greene.
* La revista "Análisis" de Santiago de Chile, le otorgó el premio Carrasco
Tapia por su defensa de los derechos humanos.
* En Argentina lo distinguieron las fundaciones Konex y Quinquela Martín.
* Publicó once libros, desde 1973 en adelante. Entre ellos: "Triste, solitario
y final"(a partir de su recreación la historia de El Gordo y el Flaco),
"Cuarteles de invierno", "Una sombra ya pronto serás", y "Cuentos de los
años felices" y "El ojo de la patria"
* Algunas de sus novelas, son libros de textos en algunos colegios secundarios.
* Tres de sus libros, fueron llevados al cine.
* Ganó el Oso de Plata en el Festival de Berlín '84, con "No habrá más penas
ni olvido", que dirigió Héctor Olivera, y protagonizaron Federico Luppi,
Miguel Ángel Solá, Ulises Dumont, Héctor Bidonde, Lautaro Murúa y Rodolfo
Ranni.
* Las otras son: "Cuarteles de invierno", con dos versiones:, una argentina
y otra italiana. Y "Una sombra ya pronto serás", que tuvo como director
a Héctor Olivera, y como protagonistas a Miguel Ángel Solá, Pepe Soriano,
Alicia Bruzzo y Luis Brandoni.
* Alberto Olmedo quiso producir "A sus plantas rendido un León", y Soriano
se sintió feliz: lo admiraba. Pero no pudo ser: Olmedo murió y -según el
escritor- "con él desapareció una forma de hacer comicidad".
*Su último libro, de publicación reciente, es "La hora sin sombra" (novela).
(Cristina Castello)
II.- Documento de identidad
de Soriano
- Vive en Palermo Viejo (Buenos Aires, Argentina) pero hasta hace poco,
su lugar fue La Boca. Pero no son los únicos domicilios que tuvo.
- Nació en Mar del Plata el día de Reyes del '43 -hijo de José Vicente Soriano,
catalán que llegó a la Argentina a los dos meses de vida- y de Doña Eugenia,
tandilense.
- El padre era inspector de Obras Sanitarias.
- De sus años adolescentes, se recuerda a sí mismo a bordo de su motoneta
"Tehuelche", donde llevaba una foto de San Lorenzo.
- Y tiene muy presente la imagen de su padre, piloteando un viejo "Gordini".
- A sus tres años su familia se instaló en Tandil y después en San Luis,
hasta sus diez. El próximo destino fue Río Cuarto (Córdoba), por un año
y después otra vez Tandil, Cipolletti, Tandil y Buenos Aires.
- En el 69 se instaló en Buenos Aires, en una pensión de Avenida de Mayo.
- En l976, por decisión propia -ante el golpe de estado- se fue a vivir
a Bélgica y después, a París: limpiaba oficinas o iglesias.
- Volvió a Buenos Aires en 1984 pero alterna con tiempos de residencia en
Mar del Plata.
- Nunca terminó el secundario.
- Se ganó sus primeros pesos como número 9 en la Liga del Alto Valle. Todavía
extraña sus tiempos de jugador.
- Después envolvió manzanas en La Patagonia, en un frigorífico y en una
metalúrgica, como sereno: simultáneamente escribía sus primeros cuentos.
- Empezó a hacer periodismo en "El eco de Tandil".
- Después, lo ejerció en "Primera Plana", "Panorama", "La Opinión" y "El
Cronista". Es co-fundador del diario "Página 12", donde actualmente es columnista.
* Es el corresponal argentino de "Il Manifesto", de Italia.
* Está casado con la francesa Catherine Brucher, con quien tiene un hijo:
Manuel, de cinco años, inseparable de su gato "Pirulín".
- Se viste de sport y no sale nunca de su cueva, donde tiene un romance
pasional con la computadora. Dice que podría vivir preso, si tuviera esos
"chiches" y recibiera visitas.
- Se considera uno de los últimos Mohicanos de la época de la intensidad
pero reflexiona que los intensos se metieron en muchos líos.
- La noche es su cómplice. Escribe hasta las ocho de la mañana y duerme
hasta las cuatro de la tarde.
- La luz del día en los amaneceres de noches de vigilia lo pone francamente
mal.
- Actualmente no toma nada de alcohol pero -aunque más delgado- conserva
el gusto por la buena comida.
- Detesta la publicidad -"machista" que exhibe cuerpos femeninos como mercadería:
"no sé si acá es una ventaja para las chicas, el hecho de ser lindas", dice.
- Abomina de la discriminación y sostiene que los argentinos la ejercitamos:
"con los vecinos de los países limítrofes, a quienes tratamos como animales,
y aún en la impericia de las investigaciones sobre el horror de la Amia".
- Recuerda -como si fuera de hoy- la voz "dramática y quebrada de Evita"
y el "Cinco por uno no va a quedar ninguno", de Perón.
- Perón le mando camisetas de fútbol y una pelota de tiento cuando era chico.
También una carta manuscrita: el papá se la rompió en mil pedazos.
- Teme que Buenos Aires se convierta en un nombre para la correspondencia
y nada más.
- Su pasión por el fútbol lo desmereció ante círculos intelectuales, no
populares. El dice que ellos "son los que están lejos del cuerpo, como fuente
de esos placeres, que no tienen que ver con la razón." (Cristina Castello).
cristinacastello@fibertel.com.ar
http://www.cristinacastello.com
© Copyright 1999-2001 Cristina Castello. - Hecho el depósito que marca la
Ley 11723 - Derechos reservados, fuente: www.paginadigital.com.ar
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Relatos de Osvaldo Soriano
José
María Gatica: Un odio que no conviene olvidar
A Julio Cortázar
[Poco después del "rodrigazo", que nos dejó a todos en la miseria, Roberto Cossa me hizo entrar en El Cronista Comercial, donde volví a ser redactor de deportes. Esta semblanza de José María Gatica se publicó a fines de 1975.]
"No me dejés
solo, hermano". Tirado en el pavimento, el cuerpo sacudido por los espasmos,
Gatica se aferraba al pedazo de vida que se le iba. Lo rodeaba una multitud
de extraños que lo habían visto caer bajo las ruedas de un colectivo, a
la salida de la cancha de Independiente. Pocos ojos entre los que miraban
esa piltafa cercana a la muerte habrán reconocido el cuerpo de José María
Gatica, uno de los mayores ídolos que tuvo el boxeo argentino.
Tenía 38 años y parecía un viejo. Hasta ese día en que la borrachera no
le dejó hacer pie en el estribo del ómnibus, había sobrevivido en una villa
miseria como tantos otros; algún rasgo lo distinguía: la nariz aplastada,
la sonrisa provocadora, un cierto desdén por el futuro. Era uno de esos
hombres obligados a soñar con el pasado, porque el suyo estaba teñido de
sangre y ovaciones.
El 7 de diciembre de 1945 subió por primera vez a un ring como semifondista
profesional. Esa noche, su triunfo por nocaut en la primera vuelta frente
a Leopoldo Mayorano no puso al público de pie, ni lo irritó. Comenzaba su
carrera un hombre de rabia larga, de ambición fresca.
Había sufrido la violencia desde su nacimiento, en Villa Mercedes, San Luis,
el 25 de Mayo de 1925. A los siete años llegó a Buenos Aires en un tren
de carga, con su madre y un hermano mayor.
A los diez había ganado un lugar en Plaza Constitución, donde lustró miles
de zapatos. De rodillas, miraba desde abajo la cara de la gente, pero hasta
ese privilegio tuvo que defender a golpes frente a competidores tan desesperados
como él. Un peluquero que vivía por allí lo vio pelear varias veces y quedó
impresionado por su agresividad. Era Lázaro Koczi, un hombre relacionado
con el boxeo profesional. Pronto le propuso cambiar de oficio.
The Sailor's Home era la casa de la misión inglesa para marineros. Estaba
en Paseo Colón y San Juan, un barrio con tradición de compadritos. Allí
paraban los hombres que habían perdido sus barcos en los extravíos de una
borrachera, los desertores, los enfermos, los malandras sin cuchillo. Todo
se resolvía a puñetazos. Un hombre de agallas podía ganarse allí veinte
pesos si era capaz de vencer en tres rounds al marinero más fuerte.
Lázaro Koczi apareció una noche con Gatica, le mostró el ring y le habló
de los veinte pesos. El lustrabotas subió. Se sabe que ganó varias peleas,
que agachó a corpulentos marineros y luego dejó su parada de Constitución.
Había ganado el derecho a más.
El 7 de diciembre de 1945 -ese año singular en la historia argentina- debutó
en el Luna Park. Sus ojos verdes habrán visto la multitud con el brillo
del desafío. Bastó un golpe para que Mayorano, su rival, fuera a la lona.
En poco tiempo ganaba dos peleas más y los empresarios pusieron sus ojos
en él. Al año siguiente ganó las siete peleas que hizo, una de ellas con
Alfredo Prada, quien sería su más rival encarnizado.
Por entonces el público se había dividido: el ring-side abucheada a Gatica,
quería verlo en el piso; la popular rugía alentando a ese morocho que miraba
con odio a sus rivales y cuando los tenía a sus pies levantaba los brazos
tan abiertos como para abrazar al mundo. Los apodos de la tribuna eran diversos,
según de dónde provenían: Tigre, para la popular, Mono para el ring-side.
A los periodistas le gustaba más Mono y así lo recuerdan aún.

Mientras duró su grandeza tuvo un rival irreconciliable sobre el ring: Alfredo
Prada. Ya se habían enfrentado antes, cuando no suponían que la vida los
iba a unir en el triunfo y el fracaso. Combatieron seis veces y ganó tres
cada uno. La última pelea, en 1953, significó la derrota de Gatica y el
comienzo de su patética decadencia. Los enfrentamientos entre Gatica y Prada
dividieron al público como nunca; se estaba con Gatica o contra él. Prada
era campeón argentino, una satisfacción que el Mono nunca alcanzó. Cuando
el pleito terminó, las carreras de ambos llegaraban al ocaso. Prada dejó
el boxeo con algún dinero en el banco. Afrontó la vida como un ciudadano
recompensado. El Mono volvió a su origen, como si toda su pelea con la vida
hubiera sido una parábola restallante, una explosión de luces que lo iluminaron
hasta, de pronto, dejarlo nuevamente en la oscuridad.
Volvió a una villa miseria. Vivió de la caridad junto a su segunda mujer
y dos hijas. Fue una fiesta para los periodistas encontrarlo sentado a la
puerta de su casilla de latas, tomando mate, sucio y harapiento.
Entonces Prada tuvo un gesto que los diarios elogiaron: abrió un restaurante
en calle Paraná y llevó al Mono con él. Le pagó quince mil pesos por mes
y lo puso en la puerta del negocio para exhibirlo. El gesto compasivo de
Prada era otra humillación que Gatica soportó porque no podía sino aceptar
su derrota.
Había vivido como un esclavo y pocos le perdonaron su grotesca revancha:
como un Robin Hood de barrio, iba con los suyos -los lustradores- y les
destrozaba los cajones a patadas a cambio de billetes de mil. Pagaba con
una fragata los diarios que quitaba a las viejas que rodeaban el Luna Park.
Unos pocos lo miraban con respeto, otros ser reían de él.
Desde que Alfredo Prada lo venció en 1953, en la última pelea, no dejó de
caer. Siguió tres años más, pero estaba acabado como boxeador. Como hombre
le faltaba recorrer la pendiente más dura: el desprecio, el odio, el revanchismo
de las buenas conciencias.
Era, para ellas, un analfabeto despreciable, un "lumpen". Perdió todo lo
que tenía pero jamás se lamentó. Fue noticia para los diarios el día que
una inundación se llevó lo poco que le quedaba. Entonces, fue fotografiado
en camiseta, lleno de mugre y mereció crónicas colmadas de aleccionadora
compasión. Curiosamente, el Mono sonreía.
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Adhirió fervorosamente
al peronismo y, curiosamente, su esplendor y caída desplegó la misma parábola
en el almanaque: levantó su brazos en 1945 y lo bajó, vencidos, en 1956.
Había sido el preferido de Perón mientras brillaba. Aficionado al boxeo,
el Presidente apoyó el viaje de Gatica a Estados Unidos para buscar una
pelea con el campeón de los livianos. En cuatro rounds venció a Terence
Young y esta victoria le abrió las puertas a la pelea con Ike Williams,
dueño de la corona mundial, en 1951. Medio país estuvo pendiente de la suerte
del Mono que iba a batirse en el Madison Square Garden de Nueva York. Subió
a la lona sobrador, fanfarrón. Cuando empezó el combate bajó las manos y
puso la cara, como lo haría luego Nicolino Locche. Pero Gatica no sabía
de esas sutilezas. Bastaron tres golpes de Williams y a los tres minutos
de pelea el Mono se derrumbó. Desde entonces perdió los favores oficiales
y dejó de ser el hombre que se fotografiaba junto a Perón. Entre 1952 y
1953 ganó trece combates luego de ser vencido por Luis Federico Thompson,
pero la última derrota ante Prada lo puso en la pendiente definitiva; caualmente,
esa derrota sucedió un 16 de setiembre, dos años antes del día que estalló
el pronunciamiento militar contra el peronismo.
No sólo Prada usó al Mono para exaltar la beneficencia. Martín Karadagián,
un empresario del espectáculo que había montado una troupe de luchadores,
lo llevó a parodiar una final. También allí tenía que perder. En "sensacional
encuentro" Karadagián, dueño del poder, benefactor de hospitales, lo sometió
por unos pocos pesos.
La última derrota ocurrió el 10 de noviembre de 1963, bajo las ruedas de
aquel colectivo. Había terminado su vida en una parábola perfecta de humillación;
"una bala perdida", como solía decir él.
No tuvo amigos. Apenas dos o tres compañeros de aventuras en los momentos
en que regalaba su pequeña fortuna. Contestaba con monosílabos, recuerdan
algunos, para escapar de los adulones y los ambiciosos; otros dicen que
no hablaba para ocultar su escasa educación. Tirado en la calle Herrera,
de Avellaneda, manchado de sangre, con los ojos abiertos puestos en otro
vendedor de muñecos, repitió: "No me dejés solo, hermano; levantáme, no
quiero estar tirado".
Cuando murió, La Prensa dijo: "La popularidad que adquirió Gatica por sus
éxitos y por su característico estilo de infatigable peleador, fue utilizada
por el régimen de la dicatdura, que lo adoptó como en el caso de otros campeones
deportivos como instrumento de propaganda. Y esta publicidad extradeportiva
y el aplauso obsecuente de personajes encumbrados no fueron ajenos por cierto
a que él cayera en actos de inconducta dentro y fuera del ring". Fué un
recuerdo político, cargado de desprecio. Al comentarista, como a tantos
otros hombres de traje gris, le hubiera gustado ver a Gatica domado. Pero
no; aún muerto sería molesto: nunca llegó tanta gente a la Federación Argentina
de Box como para su velatorio. Hombres y mujeres hicieron una colecta y
compraron una corona que decía: "El pueblo a su ídolo". El féretro tardó
siete horas en llegar al cementerio de Avellaneda. Cuando la última palada
de tierra cubrió el modesto cajón, los cronistas anotaron esta frase de
Jesús Gatica: "La única miseria qe vivió mi hermano fue consecuencia de
su desesperado afán de querer vivir la vida".
Se cumplen tres décadas de la que fue, quizá, su primera alegría, cuando
tenía veinte años. Gatica es, todavía, un símbolo contradictorio, arbitrario;
la vida le fue quitada poco a poco, con un odio que conviene no olvidar.
1974
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La
California Argentina
Ahí va Hipólito Bouchard, viento
en popa y cañones limpios, a arrasar la California donde no están todavía
el Hollywood del cine ni el Sillicon Valley de las computadoras. Lleva como
excusa la flamante bandera argentina que ha hecho reconocer en Kameha-Meha,
aunque los oficiales de su estado mayor se llamen Cornet, Oliver, John van
Burgen, Greyssa, Harris, Borgues, Douglas, Shipre y Miller.
El comandante de la infantería, José María Piris, y el aspirante Tomás Espora
son de los pocos criollos a bordo. Entre los marineros de la Argentina"
y la "Chacabuco" van decenas de maleantes recogidos en los puertos del Asia,
30 hawaianos comprados al rey de Sandwich, casi un centenar de gauchos mareados
y diez gatos embarcados en Karakakowa para combatir las ratas y pestes.
Al terrible Bouchard, como a todos los marinos, lo preocupa la indisciplina:
sabe que algunos de los desertores que habían sublevado la Chacabuco" en
Valparaíso se han refugiado en la isla de Atoy y quiere darles un escarmiento.
Manda a José María Piris que se adelante a bordo de una fragata de los Estados
Unidos e intime al rey que protege a los rebeldes.
Antes de partir, los piratas norteamericanos, que roban cañones y los revenden,
dan una fiesta a la oficialidad de las Provincias Unidas: corre el alcohol,
se desatan las lenguas y un irlandés con pata de palo comenta, orgulloso,
la intención argentina de bombardear la California. El capitán de los piratas
anota: en la bodega lleva doce cañones recién robados, y se adelanta con
la noticia a Monterrey -la capital de California-, podrávenderlos a cinco
veces su precio. El rey de Atoy no sabe donde quedan las Provincias Unidas,
nunca oyó hablar de la nacionalidad argentina y teme una represalia española.
Piris lo amenaza con la cólera del infierno, y el rey, por las dudas, hace
capturar a los sublevados entre los que se encuentra el cabecilla. El comandante
duerme en la playa y cuando divisa los barcos de Bouchard se hace conducir
el bote para dar la buena nueva.
El francés desconfía: en la entrevista con el rey comunica la sentencia
de muerte para los asilados en Atoy y trata, como en Karakakowa, de hacer
reconocer la soberanía argentina. El rey se insolenta y dice, muy orondo,
que los prisioneros se le han escapado.
"Comprometidos así la justicia y el honor del pabellón que tremolaba en
mi buque, fue necesario apelar a la fuerza", cuenta Bouchard en sus Memorias.
En realidad, basta con amagar. El rey manda un emisario a parlamentar a
la "Argentina" y lleva a los prisioneros a la playa. Bouchard baja, arrogante
y triunfal, les lee la sentencia y ahí nomás fusila a un tal Griffiths,
cabecilla del amotinamiento. A los otros los conduce al barco y les hace
dar "doce docenas de azotes". El 22 de diciembre de 1818 llega a las costas
de Monterrey sin saber que los norteamericanos han armado la fortaleza a
precio vil. Bouchard traza su plan: pone 200 hombres de refuerzo en la corbeta
"Chacabuco", les hace enarbolar una engañosa bandera de los Estados Unidos
y la manda al frente a las ordenes de William (o Guillermo) Shipre. Ya nadie
recuerda la letra del Himno Nacional y Shipre hace cantar cualquier cosaantes
de ir al ataque. Están calentándose los pechos cuando advierten que cesa
el viento y la "Chacabuco" queda a la deriva. Desde el fuerte le tiran diecisiete
cañonazos y no fallan ninguno. La "Chacabuco" empieza a naufragar en medio
del desbande y los gritos de los heridos. Shipre se rinde enseguida. "A
los diecisiete tiros de la fortaleza tuve el dolor de ver arriar la bandera
de la patria".
Todo es desolación y sangre en la "Chacabuco" pero Bouchard no quiere pasar
vergüenza en Buenos Aires. Las Provincias Unidas de la Revolución han autorizado
a más de sesenta buques corsarios para que recorran las aguas con pabellón
celeste y blanco y las presas capturadas son más de cuatrocientas. De pronto,
la joven nación esta asolando los mares y las potencias empiezan a alarmarse.
Todavía hoy la Constitución argentina autoriza al Congreso a otorgar patentes
de corso y establecer reglamento para las presas (art. 67, inc. 22).
Los pobres españoles de California no tenían un solo navío para su defensa.
Bouchard ordena trasladar a los sobrevivientes de la "Chacabuco" a la "Argentina"
pero abandona a los mutilados y heridos para que con sus gritos de espanto
distraigan a los españoles. Al amanecer del 24, mientras en Monterrey se
festeja la victoria, Bouchard comanda el desembarco con doscientos hombres
armados con fusiles y picas de abordaje. Lo acompañan oficiales que no saben
para quién pelean pero esperan repartirse un botín considerable. A las ocho
de la mañana, después de un tiroteo, la tropa española abandona el fuerte
y retrocede hacia las poblaciones. A las diez, Bouchard captura veinte piezas
de artillería y con mucha pompa hace que los gauchos y los mercenarios formen
en el patio mientras hace izar la bandera. Sin embargo el capitán no esta
contento. Quiere que en el mundo se sepa de él, que le paguen la afrenta
de la "Chacabuco". Arenga a la tropa enardecida y la lanza sobre la población
aterrorizada. Los marinos de Sandwich son implacables con la lanza y la
pistola; otros tiran con fusiles y los gauchos manejan el cuchillo y el
fuego a discreción. Dicen los historiadores de la Marina que Bouchard respeta
a la población de origen americano y es feroz con la española. Difícil es
saber cómo hizo la diferencia en el vértigo del asalto. La fortaleza es
arrasada hasta los cimientos. También el cuartel y el presidio. Las casas
son incendiadas y la Nochebuena de 1818 es un vasto y horroroso infierno
de llamas y lamentos. Después del pillaje, Bouchard manda guardar dos piezas
de artillería de bronce para presentar en Buenos Aires con las barras de
plata que encuentra en un granero.
Durante seis díaz, sobre los escombros y los cadáveres, flamea la bandera
argentina. Los prisioneros liberados de la cárcel ayudan a reparar la Chacabuco"
mientras los soldados arman juerga sobre juerga con las aterradas viudas
de España, episodios que las historias oficiales eluden con pudor.
Tanto escándalo arman Bouchard y los suyos en el norte que el Departamento
de Estado norteamericano -cuenta el historiador Harold Peterson- "dio instrucciones
a sus agentes para que protestaran vigorosamente contra los excesos cometidos
con barcos que navegaban bajo la bandera y con comisiones de Buenos Aires".
Sin embargo, recién en 1821, con Rivadavia como ministro de guerra, los
Estados Unidos obtendrían un decreto de revocación de las patentes de loscorsarios:
"En su forma literal -dice Peterson-, este decreto representaba una entrega
total a la posición por la cual Estados Unidos había luchado durante cinco
años".
Para entonces, Bouchard ya había quemado toda California. Después de destruir
Monterrey arrasa con la misión de San Juan, con Santa Bárbara y otras poblaciones
que quedan en llamas. El 25 de enero de 1819 bloquea el puerto de San Blas
y ataca Acapulco de México. En Guatemala destruye Sonsonate y toma un bergantín
español. En Nicaragua, por fin, se echa sobre Realejo, el principal puerto
español en los mares de Sur, y se queda con cuatro buques españoles cargados
con añil y cacao y 27 prisioneros. Esa fue su última hazaña. Al llegar a
Valparaíso, maltrecho por el ataque de otro pirata, Bouchard reclama la
gloria pero lo espera la cárcel. Lord Cochrane, corsario al servicio de
Chile, lo acusa de piratería, insubordinación y crueldad con los prisioneros
capturados. Bouchard argumenta: "Soy un teniente coronel del Ejército de
los Andes, un vecino arraigado en la Capital, un corsario que de mi libre
voluntad he entrado a los puertos de Chile con el preciso designio de auxiliar
a sus expediciones". Sobre las torturas ordenadas, se defiende así: "Que
se pregunte por el trato que recibieron los tripulantes chilenos del corsario
chileno Maipú u otro de Buenos Aires que, luego de apresado, entró a Cádiz
con la gente colgada de los penoles".
Pasa apenas cinco meses en prisión. Al salir pone sus barcos a las ordenes
de San Martín y le lleva granaderos a Lima. Ya en decadencia, reblandecido
por dos hijas a las que apenas había conocido, se pone a las ordenes de
Perú y en 1831 se retira a una hacienda. En 1843, un mulato harto de malos
tratos lo degüella de un navajazo. Es una muerte en condicional: los apólogos
de la Marina, que le justifican torturas y tropelías, no consignan ese indigno
final.
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Mecánicos
Mi padre era muy malo al volante. No le gustaba que se lo dijera y no sé
si ahora, en la serenidad del sepulcro, sabrá aceptarlo. En la ruta ponía
las ruedas tan cerca de los bordes del pavimento que un día. indefectiblemente,
tenía que volcar. Sucedió una tarde de 1963 cuando iba de Buenos Aires a
Tandil en un Renault Gordini que fue el único coche que pudo tener en su
vida. Lo había comprado a crédito y lo cuidaba tanto que estaba siempre
reluciente y del motor salían arrullos de palomas. Me lo prestaba para que
fuera al bosque con mi novia y creo que nunca se lo agradecí. A esa edad
creemos que el mundo solo tiene obligaciones con nosotros. Y yo presumía
de manejar bien, de entender de motores, cajas, distribuidores y diferenciales
porque había pasado por el Industrial de Neuquén.
Antes de que me fuera al servicio militar me preguntó que haría al regresar.
Ni él ni yo servíamos para tener un buen empleo y le preocupaba que la plata
que yo traía viniera del fútbol, que consideraba vulgar. A mi padre le gustaba
la ópera aunque creo que nunca conoció el Teatro Colón. Venía de una lejana
juventud antifascista que en 1930 le había tirado piedras a los esbirros
del dictador Uriburu, y conservaba un costado romántico. Cuando le dije
que quería seguir jugando al fútbol, lo tomó como un mal chiste. Me aconsejó
que en la conscripción hiciera valer mi diploma de experto en motores para
pasarla mejor. Siempre se equivocaba: fue como centro-delantero que evité
las humillaciones en el regimiento. Cualquiera arregla un motor pero poca
gente sabe acercarse al arco. La ambición de mi padre era que yo conociera
bien los motores viejos para después inventar otros nuevos. Igual que Roberto
Arlt, siempre andaba dibujando planos y haciendo cálculos. Una tarde en
que me prestó el Gordini para ir al bosque me anunció que al día siguiente,
aprovechando sus vacaciones, lo íbamos a desarmar por completo para poder
armarlo de nuevo.
Yo no le hice caso pero el se tomó el asunto en serio. En el fondo de la
casa tenía un taller lleno de extrañas herramientas que iba comprando a
medida que lo visitaban los viajantes de Buenos Aires. Como no podía pagarlas,
los tipos entraban de prepo al taller, se llevaban las que tenía a medio
pagar y de paso le dejaban otras nuevas para tenerlo siempre endeudado.
Había algunas muy estrambóticas, llenas de engranajes, sinfines, manómetros
y relojes, que nadie sabía para que servían.
A la madrugada dejé el coche en el garaje y me tire en la cama dispuesto
a dormir todo el día. Pero a las seis mi viejo ya estaba de pie y vino a
golpear a la puerta de mi pieza. Mi madre no me permitía fumar y el entrenador
tampoco, así que cuando me ofrecía el paquete yo sonreía y lo seguía por
el pasillo poniéndome los pantalones. Caminaba delante de mí, medio maltrecho,
y lo sorprendía que yo pudiera saltar un metro para peinar la pelota que
bajaba del techo y meterla por la claraboya del taller.
-Sos un cabeza hueca-me decía.
Se reía con Buster Keaton y leía La Prensa, que le prestaba un vecino. Tal
vez había envejecido antes de tiempo o quizá se enamoró de una mujer intocable
en uno de esos pueblos perdidos por donde nos había arrastrado. Nunca lo
sabré. Mi madre ha perdido la memoria y apenas si recuerda el día en que
lo conoció, ya de grande, en las barrancas de Mar del Plata.
Me miró y dijo: "Vamos a desarmar el coche. Después, cuando lo volvamos
a armar, no nos tiene que sobrar ni una arandela, así aprendés". Era un
día feriado, sin fútbol ni cine. Hacía un calor terrible y a mediodía el
cura del barrio se presentó a comer gratis y a ver televisión. Pero antes
de que llegara el cura mi padre me pidió que eligiera por donde empezar.
Parecía un cirujano en calzoncillos. Sudaba a mares por la piel de un blanco
lechoso que yo detestaba. Al agacharse para aflojar las ruedas del Gordini
se le abría el calzoncillo y las bolsas rugosas bajaban hasta el suelo grasiento.
Puso tacos de madera bajo los ejes y empezo a sacar tornillos y tuercas,
bujes y rulemanes, grampas y resortes. A mí me daba bronca porque creía
que nunca más iba a poder llevar a mi novia al otro lado del río y entre
los árboles.
Igual ataqué el motor con una caja de llaves inglesas, francesas y suecas.
A mediodía, cuando el cura asomó la cabeza en el taller, ya teníamos medio
coche desarmado. Los dos estábamos negros de aceite y habíamos perdido por
completo el control de la operación. Mi padre había desmontado todo el tren
delantero, la tapa del baúl, el parabrisas, y asomaba la cabeza por abajo
del tablero de instrumentos. Atrás, yo había sacado válvulas y culatas y
trataba de arrancar el maldito cigueñal. De vez en cuando mi viejo gritaba
"jCarajo, qué mal trabajan los franceses!" y arrojaba el velocímetro sobre
la mesa mientras arrancaba con furia el cable del cebador. El cura nos miraba
perplejo con un vaso de vino en una mano y la botella en la otra y de pronto
le preguntó a mi padre cuántas cuotas llevaba pagadas. Ahí se hizo un silencio
y el otro casi se pierde los tallarines gratis:
-Doce- le contestó de mal humor mi viejo, que era devoto de cristos y apóstoles
. Y con la ayuda de Dios todavía tengo que pagar otras veinticuatro.
Tardamos tres días para convertir al Gordini en miles y miles de piezas
diminutas y tontas desparramadas sobre la mesada y el piso. La carcasa era
tan liviana que la sacamos al patio para lavarla con la manguera. La segunda
tarde mi madre nos desconoció de tan sucios que estábamos y nos prohibió
entrar a la casa. Dormíamos en el garaje, sobre unas bolsas, y allí nos
traía de comer. Vivíamos en trance, convencidos de que un técnico diplomado
en el Otto Krause y un futuro conscripto de la Patria no podían dejarse
derrotar por las astucias de un ingeniero francés. Fue entonces cuando mi
padre decidió comprimir el motor y aligerar la dirección para que el coche
cumpliera una performance digna de su genio.
Hizo un diseño en la pared y me preguntó, desafiante, si todavía pensaba
que el fútbol era mas atrayente que la mecánica. Yo no me acordaba cual
pieza concordaba con otra ni qué gancho entraba en qué agujero y una noche
mi padre salió a buscar al cura para que con un responso lo ayudara a rehacer
el embrague. Al fin, una mañana de fines de febrero el coche quedó de nuevo
en pie, erguido y lustroso, más limpio que el día en que salió de la fábrica.
Lo único que faltaba era la radio que el cura nos había robado en el momento
del recogimiento y la oración.
Le pusimos aceite nuevo, agua fresca, grasa de aviación y un bidón de nafta
de noventa octanos. Hacía tiempo que mi padre había perdido los calzoncillos
y se cubría las verguenzas con los restos de un mantel. Mi novia me había
abandonado por los rumores que corrían en la cuadra y mi madre tuvo que
lavarnos a los dos con una estopa embebida en querosene. En el suelo brillaba,
redonda y solitaria, una inquietante arandela de bronce, pero igual el coche
arrancó al primer impulso de llave. Mi padre estaba convencido de haberme
dado una lección para toda la vida.
Adujo que la arandela se había caído de una caja de herramientas y la pateo
con desdén mientras se paseaba alrededor del Gordini, orgulloso como una
gallo de riña. Después me guiñó un ojo, subió al coche y arrancó hacia la
ruta. A la noche lo encontré en el hospital de Cañuelas, con un hombro enyesado
y moretones por todas partes.
-Andá-me dijo-. Presentate al regimiento como mecánico, que te salvas de
los bailes y las guardias.
Ese año hice mas de veinte goles sin tirar un solo penal. Por las noches
leía a Italo Calvino mientras escribía los primeros cuentos. Mi viejo sabía
aceptar sus errores y cuando publiqué mi primera novela, y me fue bien,
se convenció de que en realidad su futuro estaba en la literatura. Enseguida
escribió un cuento de suspenso titulado La luz mala, que inventó de cabo
a rabo. Como Kafka, murió inédito y desconocido de los críticos. Por fortuna
para el su único enemigo, grande y verdadero, había sido Perón.
[Publicado originalmente en el diario Página|12, este cuento forma parte
de "Cuentos de los años felices". ©1993 Editorial Sudamericana]
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Sin
paraguas ni escarapelas
El 24 de mayo por la noche, el coronel Saavedra y el doctor Castelli atraviesan
la Plaza de la Victoria bajo la lluvia, cubiertos con capotes militares.
Van a jugarse el destino de medio continente después de tres siglos de dominación
española. Uno quiere la independencia, el otro la revolución, pero ninguna
de las dos palabras será pronunciada esa noche. Luego de seis días de negociación
van a exigir la renuncia del español Cisneros. Hasta entonces Cornelio Saavedra,
jefe del regimiento de Patricios, ha sido cauto: "Dejen que las brevas maduren
y luego las comeremos", aconsejaba a los más exaltados jacobinos.
Desde el 18, Belgrano y Castelli, que son primos y a veces aman a las mismas
mujeres, exigen la salida del virrey, pero no hay caso: Cisneros se inclina,
cuanto más, a presidir una junta en la que haya representantes del rey Fernando
Vll, preso de Napoleón, y algunos americanos que acepten perpetuar el orden
colonial. Los orilleros andan armados y Domingo French, teniente coronel
del estrepitoso regimiento de la Estrella, está por sublevarse.
Saavedra, luego de mil cabildeos, se pliega: "Señores, ahora digo que no
sólo es tiempo, sino que no se debe perder ni una hora", les dice a los
jacobinos reunidos en casa de Rodríguez Peña. De allí en más los acontecimientos
se precipitan y el destino se juega bajo una llovizna en la que no hubo
paraguas ni amables ciudadanos que repartieran escarapelas.
El orden de los hechos es confuso y contradictorio según a qué memorialista
se consulte. Todos, por supuesto, salvo el pudoroso Belgrano, intentan jugar
el mejor papel. Lo cierto es que el 24 todo Buenos Aires asedia el Cabildo
donde están los regidores y el obispo. "Un inmenso pueblo", recuerda Saavedra
en sus memorias, y deben haber sido más de cuatro mil almas si se tiene
en cuenta que más tarde, para el golpe del 5 y 6 de abril de 1811, el mismo
Saavedra calcula que sus amigos han reunido esa cifra en la Plaza y sólo
la califica de "crecido pueblo".
La gente anda con el cuchillo al cinto, cargando trabucos, mientras Domingo
French y Antonio Beruti aumentan la presión con campanas y trompetas que
llaman a los vecinos de las orillas. Esa noche nadie duerme y cuando los
dos hombres llegan al Cabildo, empapados, los regidores y el obispo los
reciben con aires de desdén. Enseguida hay un altercado entre Castelli y
el cura. "A mí no me han llamado a este lugar para sostener disputas sino
para que oiga y manifieste libremente mi opinión y lo he hecho en los términos
que se ha oído", dice monseñor, que se opone a la formación de una junta
americana mientras quede un solo español en Buenos Aires. A Castelli se
le sube la sangre a la cabeza y se insolenta: "Tómelo como quiera", se dice
que le contesta. Cuatro días antes ha ido con el coronel Martín Rodríguez
a entrevistarse con Cisneros que era sordo como una tapia. " ¡No sea atrevido!
" le dice Cisneros al verlo gritar, y Castelli responde orondo: "¡Y usted
no se caliente que la cosa ya no tiene remedio!"
Al ver que Castelli llega con las armas de Saavedra, los burócratas del
Cabildo comprenden que deben destituir a Cisneros, pero dudan de su propio
poder. Juan José Paso y el licenciado Manuel Belgrano esperan afuera, recorriendo
pasillos, escuchando las campanadas y los gritos de la gente. Saavedra sale
y les pide paciencia. El coronel es alto, flaco, parco y medido. El rubio
Belgrano, como su primo, es amable pero se exalta con facilidad. Paso es
hombre de callar pero luego tendrá un gesto de valentía. Entrada la noche,
cuando French y Beruti han agitado toda la aldea y repartido algunos sablazos
a los disconformes, Belgrano y Saavedra abren las puertas de la sala capitular
para que entren los gritos de la multitud. No hay más nada que decir: Cisneros
se va o lo cuelgan. ¿Pero quién se lo dice? De nuevo Castelli y el coronel
cruzan la Plaza y van a la fortaleza a persuadir al virrey. Hay un último
intento del español por formar una junta que lo incluya, pero Castelli,
que tiene 43 años y está enfermo de cáncer, se opone. Los "duros" juegan
a todo o nada. Cisneros trata de ganarse al vanidoso Saavedra, pero el coronel
ya acaricia la gloria de una fecha inolvidable. Quizá piensa en George Washington
mientras Castelli se imagina en la comuna francesa. Su Robespierre es un
joven llamado Mariano Moreno, que espera el desenlace en lo de Nicolás Peña.
Entre tanto French, que teme una provocación, impide el paso a la gente
sospechosa de simpatías realistas. Sus oficiales controlan los accesos a
la Plaza y a veces quieren mandar más que los de Saavedra. Por el momento
la discordia es sólo antipatía y los caballos se topan exaltados o provocadores.
Al amanecer, Beruti, por orden de French, derriba la puerta de una tienda
de la recova y se lleva el paño para hacer cintas que distingan a los leales
de los otros. Alguien toma nota y nace la leyenda de la escarapela en el
pecho.
Al amanecer, para guardar las formas, el Cabildo considera la renuncia de
Cisneros, pero la nueva Junta de gobierno ya está formada. Escribe el catalán
Domingo Matheu: "Saavedra y Azcuénaga son la reserva reflexiva de las ideas
y las instituciones que se habían formado para marchar con pulso en las
transformaciones de la autognosia (sic) popular; Belgrano, Castelli y Paso
eran monarquistas, pero querían otro gobierno que el español; Larrea no
dejaba de ser comerciante y difería en que no se desprendía en todo evento
de su origen (español); demócratas: Alberti, Matheu y Moreno. Los de labor
incesante y práctica eran Castelli y Matheu, aquél impulsando y marchando
a todas partes y el último preparando y acopiando a toda costa vituallas
y elementos bélicos para las empresas por tierra y agua. Alberti era el
consejo sereno y abnegado y Moreno el verbo irritante de la escuela, sin
contemplación a cosas viejas ni consideración a máscaras de hierro; de aquí
arranca la antipatía originaria en la marcha de la Junta entre Saavedra
y él." Matheu exagera su importancia. Todos esos hombres han sido carlotistas
y, salvo Saavedra, son amigos o defensores de los ingleses que en el momento
aparecen a sus ojos como aliados contra España.
El delirio y la compasión
La mañana del 25, cuando muchos se han ido a dormir y otros llegan a ver
"de qué se trata", el abogado Juan José Castelli sale al balcón del Cabildo
y, con el énfasis de un Saint Just, anuncia la hora de la libertad. La historiografía
oficial no le hará un buen lugar en el rincón de los recuerdos. El discurso
de Castelli es el de alguien que arroja los dados de la Historia.
Aquellas jornadas debían ser un simple golpe de mano, pero la fuerza de
esos hombres provoca una voltereta que sacudirá a todo el continente. Dice
Saavedra: "Nosotros solos, sin precedente combinación con los pueblos del
interior mandados por jefes españoles que tenían influjo decidido en ellos,
(...) nosotros solos, digo, tuvimos la gloria de emprender tan abultada
obra (...) En el mismo Buenos Aires no faltaron (quienes) miraron con tedio
nuestra empresa: unos la creían inverificable por el poder de los españoles;
otros la graduaban de locura y delirio, de cabezas desorganizadas; otros
en fin, y eran los más piadosos, nos miraban con compasión no dudando que
en breves días seríamos víctimas del poder y furor español".
La audacia desata un mecanismo inmanejable. Saavedra es un patriota, no
un revolucionario, pero no puede oponerse a la dinámica que se desata en
esos días El secretario Moreno, un asceta de la revolución, dirige sus actos
y sus órdenes a forzar esa dinámica para destrozar el antiguo sistema. Habla
latín, inglés y francés con facilidad; ha leído y hace publicar a Rousseau,
conoce bien la Revolución Francesa y es posible que desde el comienzo se
haya mimetizado con el fantasma de un Robespierre que no acabará en la tragedia
de Termidor. El ateo Castelli está a su izquierda, como French y el joven
Monteagudo que maneja el club de los "chisperos". Todos ellos celebran en
los templos del Norte el culto de La mort est un sommeil éternel, que Fouché
y la ultraizquierda francesa usaron como bandera desde 1792. Belgrano, que
es muy creyente, no vacila en proponer un borrador con apuntes sobre economía
para el Plan terrorista que en agosto redactará Moreno.
En la primera junta gana la gauche (la acepción de "izquierda" se pronuncia,
todavía, en francés): Moreno, Castelli y Belgrano son un bloque sólido con
una política propia a la que por conveniencia se pliegan Matheu, Paso y
el cura Alberti; Azcuénaga y Larrea sólo cuentan las ventajas que puedan
sacar y simpatizan con el presidente Saavedra que a su vez los desprecia
por oportunistas. Las discordias empiezan muy pronto, con las primeras resoluciones.
Castelli parte a Córdoba y el Alto Perú como comisario político de Moreno,
que no confiaba en los militares formados en la Reconquista. Es él quien
cumple las "instrucciones" y ejecuta a Liniers primero y al temible mariscal
Vicente Nieto más tarde.
Belgrano, el otro brazo armado de los jacobinos, va a tomar el Paraguay;
no hay en él la cólera terrible de su primo, sino una piedad cristiana y
otoñal que lo engrandece: en el Norte captura a un ejército entero y lo
deja partir bajo juramento de no volver a tomar las armas. Manda a sus gauchos
desharrapados con un rigor insostenible y no mata por escarmiento sino por
extrema necesidad. Sufre sífilis, cirrosis y tiene várices, pero conserva
la fe cristiana y el sentido del humor. Las victorias de Castelli en Suipacha
y la suya en Tucumán afirman la posición de Moreno en la Junta, pero las
catástrofes de fines de año aceleran su caída.
Frente a frente, uno de levita y otro de uniforme, Moreno de Chuquisaca
y Saavedra de Potosí, se odian pero no se desprecian "Impío, malvado, maquiavélico",
llama el coronel al secretario de la Junta; y cuando se refiere a uno de
sus amigos, dice: "El alma de Monteagudo, tan negra como la madre que lo
parió". El primer incidente ocurre cuando los jacobinos descubren que diez
jefes municipales están complotados contra el nuevo poder. En una sesión
de urgencia Moreno propone "arcabucearlos" sin más trámite, pero Saavedra
le responde que no cuente para ello con sus armas. "Usaremos entonces las
de French", replica un Moreno siempre enfermo, con el rostro picado de viruela,
que acaba de cumplir 30 años. Al presidente lo escandaliza que ese mestizo
use siempre la amenaza del coronel French, a quien hace espiar por sus "canarios",
una especie de soplones manejados por el coronel Martín Rodríguez. Los conjurados
salvan la vida con una multa de dos mil pesos fuertes, propuesta por el
presidente. "¿Consiste la felicidad en adoptar la más grosera e impolítica
democracia? ¿Consiste en que los hombres impunemente hagan lo que su capricho
e interés les sugieren? ¿Consiste en atropellar a todo europeo, apoderarse
de sus bienes, matarlo, acabarlo y exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante
el sistema de terror que principió a asomar? ¿Consiste en la libertad de
religión y en decir con toda franqueza me cago en Dios y hago lo que quiero?",
se pregunta Saavedra en carta a Viamonte que lo amenaza desde el Alto Perú.
Desde fines de agosto, Moreno ha hecho aprobar por unanimidad el Plan secreto
de operaciones que recomienda el terror como método para destruir al enemigo
emboscado. Ese texto feroz, por momentos descabellado, no se conoció hasta
que a fines del siglo XIX. Eduardo Madero, el constructor del puerto, lo
encontró en los archivos de Sevilla y se lo envió a Mitre. Para entonces,
los premios y castigos de la historia oficial ya estaban otorgados y Moreno
pasaba por un periodista y educador romántico influido por las mejores ideas
de la Revolución Francesa. Pero es la aplicación de ese método sangriento
lo que garantiza el triunfo de la Revolución. Hasta la llegada de San Martín
la formación de los ejércitos se hizo a punta de bayoneta, la conspiración
de Alzaga, como la contrarrevolución de Liniers, terminaron en suplicio
y los españoles descubrieron, entonces, que los patriotas estaban dispuestos
a todo: "Nuestros asuntos van bien porque hay firmeza y si por desgracia
hubiéramos aflojado estaríamos bajo tierra. Todo el Cabildo nos hacía más
guerra que los tiranos mandones del virreinato", escribe Castelli antes
de ser llevado a juicio.
El coronel manda parar
A principios de diciembre dos circunstancias banales sirven de pretexto
a la ruptura entre Moreno y Saavedra que será nefasta para la Revolución.
En la plaza de toros de Retiro el presidente hace colocar sillas adornadas
con cojinillos para él y su esposa. Cuando las ve, Matheu hace un escándalo
y argumenta que ningún vocal merece distinción especial. Pocos días más
tarde, el 6, el regimiento de Patricios da una fiesta a la que asisten Saavedra
y su mujer. En un momento un oficial levanta una corona de azúcar y la obsequia
a la esposa que la entrega al Presidente, Moreno se entera y esa misma noche
escribe un decreto de supresión de honores. Saavedra se humilla y lo firma,
pero el rencor lo carcome para siempre. Poco después, el 18 de diciembre,
mientras los Patricios se agitan y reclaman revancha por la afrenta civil,
el coronel llama a los nueve diputados de las provincias para ampliar la
Junta. Moreno, que intuye su fin, no puede oponerse a esa propuesta "democratizadora".
El único que tiene el valor de votar en contra es el tímido tesorero Juan
José Paso.
Moreno renuncia y el 24 de enero de 1811 se embarca para Londres. "Me voy,
pero la cola que dejo será larga", les dice a sus amigos que claman venganza.
También pronuncia un mal augurio: "No sé qué cosa funesta se me anuncia
en mi viaje". En alta mar se enferma y nada podrá convencer a Castelli y
Monteagudo de que no lo asesinaron. "Su último accidente fue precipitado
por la administración de un emético que el capitán de la embarcación le
suministró imprudentemente y sin nuestro conocimiento", cuenta su hermano
Manuel, que agrega en la relación de los hechos el célebre "¡Viva mi patria
aunque yo perezca!"
Saavedra ha liquidado a su adversario, pero la Revolución está en peligro.
El español Francisco Javier Elío amenaza desde la Banda Oriental y no todos
los miembros de la Junta son confiables. El 5 y 6 de abril el coronel Martín
Rodríguez,con los alcaldes de los barrios, junta a los gauchos en Plaza
Miserere y los lleva hasta el Cabildo para manifestar contra los morenistas.
Saavedra, que jura no haber impulsado el golpe, aprovecha para sacarse de
encima al mismo tiempo a jacobinos y comerciantes corruptos. Renuncian Larrea,
Azcuénaga, Rodríguez Peña y Vieytes. Los peligrosos French, Beruti y Posadas
son confinados en Patagones. Belgrano y Castelli pasan a juicio por desobediencia
y van presos.
Pero Saavedra sólo dura cuatro meses al frente del gobierno. Ha acercado
a Rivadavia al poder, pero el brillante abogado y los porteños se ensañan
con éI y lo persiguen durante cuatro años por campos y aldeas; se ensañan
también con Castelli, que muere deslenguado durante el juicio; con el propio
San Martín que combate en Chile; con Belgrano que muere en la pobreza y
el olvido gritando el plausible "¡ Ay patria mía! " Pese a todo, la idea
de independencia queda en pie levantada por San Martín, que se ha llevado
como asistente a Monteagudo, "el del alma más negra que la madre que lo
parió". Los ramalazos de la discordia duran intactos medio siglo y se prolongan
hasta hoy en los entresijos de una historia no resuelta.
Fuente: Página/3, revista aniversario
de Página|12, junio de 1990
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