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12.
El Nuevo Jefe
El 21 de febrero del 2001 amaneció espléndido.
El sol rebotaba sobre las cúpulas eternas de la Plaza de San Pedro y el
invierno romano se sentía como una caricia. Un océano rojo se agitó
murmurante cuando el hombre flaco y alto llegó y se mezcló entre la
multitud. Un fino mechón de cabello encanecido asomó rebelde sobre la frente
transpirada, mientras con las manos acomodó torpemente el hábito púrpura. El
rostro anguloso, los anteojos de marco negro, la mirada resplandeciente.
Acompañado por su fiel vocero, el sacerdote Guillermo Marcó y por su
secretario privado, el padre Martín García, el arzobispo de Buenos Aires,
Jorge Mario Bergoglio, se mostraba más que feliz.
De naturaleza parca, introvertida y simuladora de sentimientos –como buen
integrante de la Compañía de Jesús– para él esa mañana no era cualquier
mañana de cualquier día. Ese 21 de febrero era su día. Seguramente, el más
importante de su vida. Pero como si nada, continuó con su rutina de siempre.
Se levantó a las cuatro y media de la mañana, rezó con unción, desayunó
frugalmente y cuando le avisaron que un auto lo aguardaba en la puerta de la
Casa del Clero, en la Vía de la Scroffa, muy cerca de Piazza Navona, dijo:
"No, no voy en auto, voy caminando".
En un escenario majestuoso y junto a otros 44 prelados del mundo –entre los
que también se encontraba el argentino Jorge Mejía, archivista y
bibliotecario del Vaticano– Jorge Mario Bergoglio, sería ungido por el Papa
Juan Pablo II, como cardenal primado de la Argentina. Un brillante recodo en
el camino de su larga vida religiosa, que sin embargo, su estricta formación
le haría subestimar con una frase que lo pinta de cuerpo entero: "Un ascenso
en la vida de un hombre debe ser entendido como un descenso, como un
despojo, para humillarse y servir mejor".
Se había enterado de la designación hacía más de un mes y cuando la noticia
llegó a los medios, la primera llamada de felicitación que recibió fue la de
Estela Quiroga, su maestra de primer grado, de 91 años, y la de sus
hermanos. Ese mismo día, se acercó hasta la tumba del arzobispo Antonio
Quarracino, en la Catedral Metropolitana, el que un día de 1992 lo trajo
desde Córdoba como su obispo auxiliar, y depositó sobre ella –ubicada justo
debajo del altar de la virgen de Lujan– un ramo de rosas blancas. El viejo
zorro Quarraccino murió el 28 de febrero de 1998, a los 74 años. Eran los
finales del menemismo, y había sido tan amigo del poder, que todas las
semanas iba la residencia de Olivos, donde tocaba la guitarra y cantaba
tangos para Carlos Menem, el que influyó decisivamente en su designación
como Cardenal en el año 1990, después que el radicalismo frenara su
nombramiento durante tres años. Estas visitas provocaban el desprecio o las
burlas de muchos de sus pares, entre ellos el del cardenal Raúl Francisco
Primatesta.
Sin embargo, aunque no comulgaron las mismas ideas, mientras el polémico
purpurado vivió, Bergoglio mantuvo una cordial relación con su Jefe, quién
le permitió cumplir libremente con sus votos de obediencia, castidad y
pobreza. Y el ahora Cardenal, aprovechó ese tiempo para construir
silenciosamente –y sutilmente– su imagen entre los sacerdotes jóvenes del
clero diocesano, a los que atendía personalmente, aconsejaba y brindaba
protección, y quienes hoy le profesan fidelidad y admiración.
Era ésta la primera vez en quinientos años que un jesuita argentino llegaba
a cardenal. Todo un acontecimiento para la Compañía. La llegada del Papa
polaco al reino de San Pedro, alejó a los miembros de la Compañía de Jesús
de los círculos de poder vaticanos y éstos fueron ocupados fundamentalmente
por el Opus Dei, enemigo acérrimo de los hijos de San Ignacio, los
integralistas de Comunión y Liberación y los miembros residuales de la logia
masónica P2.
El padre Pedro Arrupe fue la figura más descollante de la Compañía, en la
que fue General desde 1965 hasta su renuncia en 1983, tiempo después de
sufrir un derrame cerebral que lo dejó semiparalizado. Había nacido en
Bilbao, en el país vasco, y era, – ademas de sacerdote– médico especialista
en psiquiatría, filósofo y teólogo. Su mandato –como a todos los jefes de la
Compañía le decían el Papa Negro, tuvo una fuerte personalidad y habilidad
para influir desde las sombras sobre Juan XXIII y Pablo VI– se caracterizó
por el equilibrio que debió mantener entre las actitudes abiertamente
progresistas de los jóvenes jesuitas y la actitud cauta, conservadora y
hostil de muchos en la Curia romana, acentuada mucho más durante el
pontificado de Juan Pablo II.
–Ustedes
provienen de 27 países de los cuatro continentes y hablan distintas lenguas
¿No es quizá también éste un signo de la capacidad que tiene la Iglesia
difundida ya en cada rincón del planeta, de comprender pueblos con
tradiciones y lenguajes diferentes para llevar a todos el anuncio de Cristo?
En El y sólo en El es posible encontrar la salvación. Ésa es la verdad que
juntos queremos hoy reafirmar. Cristo camina con nosotros y guia nuestros
pasos–dijo Karol Wojtyla, ante cincuenta mil personas de todo el mundo,
inaugurando el cónclave de purpurados que en poco tiempo, elegirán a su
sucesor en el trono.
Hacía exactamente dos años que no había un elector argentino en un futuro
cónclave, desde que en abril de 1999 el cardenal Raúl Primatesta, que
integró el colegio cardenalicio durante veintiocho años, cumplió 80 años y
se retiró. El otro cardenal, Juan Carlos Aramburu, hacía nueve años que
había perdido esa condición, ya que el 1992, al cumplir los 80 años, se
retiró definitiva y esplendorosamente a vivir sus últimos años en una
majestuosa mansión en el barrio de Belgrano. La historia argentina contó con
siete cardenales: Santiago Copello, nombrado en 1935 por el Papa Pío XII, el
pontífice complaciente con el nazismo, Antonio Caggiano, también por Pío XII
en 1946, cuando era obispo de Rosario, Nicolás Fasolino, en 1967 por el Papa
Pablo VI, cuando era arzobispo de Santa Fe, Raúl Francisco Primatesta, en
1973, por Pablo VI, cuando llevaba dieciocho años como arzobispo de Córdoba,
Eduardo Pironio en 1976, cuando estaba trabajando en el Vaticano, y Antonio
Quarracino, en 1991 por Juan Pablo II, cuando era arzobispo de Buenos Aires.
Bajo la tibieza del sol romano, Jorge Bergoglio caminó conmovido hacia el
titular de la Iglesia Católica, se arrodilló a sus pies, prometió fidelidad
al Papa, a la Iglesia y a Jesús, recibió de sus manos temblorosas el birrete
cardenalicio y una diaconía: San Roberto Bellarmino.
Jorge Mario Bergoglio es un personaje enigmático, fascinante y polémico. No
evidencia el fuerte carisma que caracterizó a los anteriores caudillos
eclesiásticos. No ostenta la muñeca política del cardenal Primatesta, ni la
postura principesca del cardenal Aramburu, ni la actitud provocativa de
Antonio Quarraccino. Sin embargo, con su bajísimo perfil, el andar
apresurado y la voz tenue, el hombre se encamina a convertirse en el nuevo
líder de una Iglesia que busca desesperadamente dejar atrás las sombras de
un tortuoso pasado y reencontrarse en un abrazo profundo con sus fieles. En
el reconocimiento de sus pecados, de sus omisiones, de las acciones de sus
peores hombres; en el ejemplo de sus mártires o en la lucha silenciosa de
sus mujeres. Empapada en libertad, modernidad y democracia.
Algunas cosas han cambiado en la Iglesia argentina de los últimos tiempos,
es verdad. Aunque el camino todavía es muy largo. No es la misma que pactó,
convivió y se enfrentó con Perón; la que se resquebrajó navegando contra las
ideas libertarias de los años setenta, que afectaron sus filas al límite de
una ruptura; la que no levantó su voz frente a las atrocidades de la
dictadura; la que se atemorizó ante el advenimiento de la democracia y por
lo tanto, militó en su contra; la que se mezcló con los negocios turbios del
menemismo; la que toleró –y tolera– aberrantes abusos de poder entre sus
representantes; la que discrimina.
De cualquier manera, en la Argentina, la pasión religiosa no tiene el mismo
brillo que en otros países latinoamericanos como México, Brasil, Perú y el
mismo Chile. El nefasto reinado de algunos purpurados aún subsiste en la
memoria colectiva y grandes sectores se sienten atraídos masivamente –y
peligrosamente– por credos que han nacido al galope de las crisis y las
carencias del mismo catolicismo, –algunos rayanos en cierto paganismo– más
que por las promesas y supuestas virtudes de "Muestra Bendita Santa Madre".
En el amanecer del tercer milenio los obispos argentinos han optado por la
independencia del poder político, la opción por el trabajo social a favor de
los que menos tienen, el diálogo con todos los sectores y una democracia
interna que practican como pueden y saben. Y cuando tienen que enfrentar a
ese poder –con el que antes eran complacientes– empujados por la realidad o
por verdadero convencimiento, priorizan la situación social, optan por la
gente.
En este esquema político-pastoral, la figura del jesuita Jorge Mario
Bergoglio, emerge como el rostro de la nueva era. Es el nuevo Jefe, el
líder. Diferente, alejado de las estridencias y las controversias,
antimediático. Ni siquiera ha tenido una gran gravitación en el Episcopado
conducido por Estanislao Karlic y donde tiene como compañeros a otros dos
jesuitas: Joaquín Pina, Obispo de Puerto Iguazú, en Misiones y Jorge Rubén
Lugones, –que además, es médico veterinario– obispo de Oran, Salta.
El paso del tiempo, su intuición y capacidad para responder a los
interrogantes de una sociedad quebrada en sus valores elementales y hundida
en la pobreza más extrema, harán del cardenal Jorge Mario Bergoglio, el
mejor de los pastores o uno más.
El Pavo Real
Era una mañana de sábado del año 1980 en el colegio Máximo de San Miguel,
icono en la formación de la nueva camada de jesuitas en la Argentina. El
episodio, relatado por el sacerdote Guillermo Ortiz, actualmente encargado
del área de comunicaciones de la Compañía –tiene un programa de radio que se
emite en varios países latinoamericanos– y en ese entonces, un joven novicio
de la congregación, revela aspectos de la contradictoria y avasallante
personalidad del arzobispo de Buenos Aires y cardenal primado de la
Argentina.
"Me decidí a hablar porque hay gente que habla muy mal y Jorge no se
defiende, son muy injustos con él. Muchos fueron sus discípulos y otros
fueron compañeros suyos. Jamás pude lograr que él se defendiera de los
ataques y mucho menos que hablara mal de alguien. El podría contar y
explicar muchas cosas que ocurrieron adentro de la Compañía y el rol que él
jugó, pero prefiere callar, no es vanidoso", explica Ortiz.
En aquel entonces, Bergoglio era rector del Colegio Máximo, lugar donde
permaneció entre 1979 y 1986. Y una de las tareas que encomendaba a los
seminaristas, era recolectar en los barrios pobres de los alrededores, la
mayor cantidad de niños para asistir a las misas de los fines de semana.
Guillermo Ortiz recuerda que aquella mañana se levantó muy temprano, "feliz
y orgulloso por el deber cumplido". Había logrado arrimar una decena de
chicos de las cercanías, para llevarlos a la misa que se celebraba –como
todos los sábados– en la parroquia del patriarca San José, oficiada por el
mismo Bergoglio. Ortiz cuenta que llegó casi corriendo, con una procesión de
niños detrás y buscó en los ojos de su superior, la aprobación por el
trabajo. "Pocos, muy pocos", le susurró Bergoglio al oído, manteniendo el
gesto sereno que lo caracteriza. Al siguiente sábado, Guillermo duplicó la
suma de concurrentes y obtuvo la misma respuesta: "Pocos, muy pocos". A la
tercera semana, el novicio apareció acompañado de cincuenta ruidosos niños.
Bergoglio lo miró, y con una sonrisa, volvió a la carga: "Pocos, pocos... ".
Y entonces, Guillermo recuerda que estalló de furia.
–¿Por qué no te vas a la mierda? –le lanzó a Bergoglio en pleno rostro.
Bergoglio lo miró sonriendo, se acercó despacio y mientras lo tomaba fuerte
de su brazo, le dijo: "¡Por fin reaccionaste!". Inmediatamente lo abrazó y
lo llevó a un costado de la parroquia. "Nunca te diste cuenta de lo que yo
decía en las homilías. Siempre estás pensando en vos y en nadie más que en
vos. Yo les hablé a los chicos sobre el pavo real, les dije que lo más lindo
que tenía era la cola. No escuchaste. Esto también era para vos. Lo mejor
que tenes no es tu cara o lo que hiciste en el trabajo. Lo mejor, son los
chicos que trajiste. Y tu vanidad te impedía verlo. Ahora, por fin, te diste
cuenta."
"Llegué a la Compañía en el '79 y después pasé al colegio Máximo de San
Miguel donde lo tuve como rector –continúa Ortiz–. En ese momento se estaban
haciendo tareas de construcción y me acuerdo que teníamos que sacar de raíz
una hilera interminable de árboles. Entonces los novicios tirábamos de la
soga para arrancarlo de raíz y yo, varias veces levanté la vista y lo vi a
Jorge en la fila haciendo fuerza. Tiene una salud muy frágil, le falta un
pulmón, y no sé como hacía para hacer fuerza, pero estaba allí. Cuando
fuimos tantos en el noviciado teníamos el problema de la alimentación.
Entonces él comenzó a armar una granja. Se aparecía con chanchos, ovejas y
vacas que le regalaban. También un hermano salía todos los días con una
camioneta destartalada a cargar las bolsas que los supermercados sacan con
productos que se están por vencer y a nosotros nos correspondía seleccionar
qué elementos podíamos comer y cuáles eran desperdicios para llevar al
chiquero. Darles de comer y después limpiar. Esa tarea era fea y muchos se
quejaban. Pero no podían dejar de hacerlo, porque el mismo Jorge se metía en
la cocina, revolvía las bolsas, se calzaba las botas y se metía en el
chiquero. ¿Con qué autoridad moral podía yo negarme siendo un novicio, si
él, que nos duplicaba en edad y que había sido provincial, lo hacía con
alegría?".
Para entender la personalidad de Jorge Mario Bergoglio, es interesante
bucear en la vida de San Ignacio de Loyola, el fundador de la mítica
Compañía de Jesús, ámbito donde el cardenal argentino se formó y estructuró
su pensamiento. Las mismas enseñanzas recibieron en su juventud, el
cuestionado ex intendente de la Ciudad de Buenos Aires –ahora con prisión
preventiva– Carlos Grosso, el ex funcionario menemista, Miguel Ángel Toma,
el ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, el menemista Luis María
Macaya, que apareció extrañamente muerto en un hotel de Mar del Plata, el ex
ministro de Defensa de Menem, Oscar Camilión, el profesor Mariano Grondona,
el historiador Félix Luna, el novelista Manuel Gálvez, el ruralista Enrique
Crotto, el actual gobernador de Santa Fe, Carlos Reutemann y el anciano
líder cubano, Fidel Castro.
Loyola –según Javier Melloni Ribas, en el cuaderno Ignacio de Loyola,
Mistagogo de la Justicia– vivió el tránsito entre dos grandes épocas: nace
un año antes del descubrimiento de América y muere cuando ya se están
prefigurando los estados modernos. Funda la compañía en 1534 y el Papa
Gregorio XV lo canoniza en 1622, sesenta y seis años después de su muerte.
"A los treinta años de edad, Ignacio cambia el ritmo de su vida: pasa de
aspirar a alcanzar la punta de la pirámide de la sociedad medieval
–perteneciente a la nobleza vasca vivió más de diez años en el palacio del
contador mayor de Castilla, Juan Velásquez de Cuellar– a sumarse a la masa
de indigentes mendigos de su época. Después de abandonar la casa de Loyola,
el primer gesto de su conversión consiste en entregar sus vestiduras a un
pobre en Monserrat. Es sólo el inicio de un largo camino de desprendimiento:
el caballero que otrora pugnaba por ocupar el "centro", se ha convertido en
un peregrino que no sabe a dónde va. Su primer impulso es imitar el despojo
radical de los santos. En su autobiografía narra, como cada vez que se
encontraba en una situación que pudiera "ascenderle", se despojaba."
Los primeros jesuitas llegaron tarde al Río de la Plata, involucrados en el
proceso de conquista y fundación de las principales ciudades de la zona.
Entraron a Tucumán en 1585, en 1594 crearon la residencia de la Compañía en
Asunción, Paraguay y, en 1604, recién se dispuso la fundación de la
provincia de Paraguay. En el libro del padre Hugo Storni, titulado Catálogo
de los jesuítas de la provincia del Paraguay (Cuenca del Plata) 1585-1768,
editado en 1980, en Roma, por el Instituto histórico de la Compañía de
Jesús, hay excelentes datos biográficos de esos hombres intrépidos que se
adentraron en tierra virgen con la única tarea de la evangelización. Allí,
Storni se refiere a los sacerdotes como esa "milicia ignaciana", habla de
sus cualidades, características personales, nacionalidades, calidad de sus
votos y de aquellos que murieron víctimas de la violencia o al servicio de
la obra.
En Paraguay, Argentina, Uruguay, sur de Brasil y parte de Bolivia, en el
lapso de 183 años, hasta que la Compañía fue expulsada en 1768, había 2.320
jesuítas trabajando. De esta cantidad, la mayoría era de origen europeo y
sólo alrededor de seiscientos, tenía origen americano. El padre Storni
también pudo establecer el estado que poseían cada uno de ellos: el 60 por
ciento eran sacerdotes, el 24 por ciento eran coadjutores temporales y el 12
por ciento eran estudiantes. Y sólo el cuatro por ciento no pudo ser
clasificado, por falta de datos. Es interesante también lo que Storni pudo
probar con sus investigaciones: el número de dimisiones o abandonos
ocurridos. El 4,5 por ciento de los sacerdotes, el 8 por ciento de los
coadjutores temporales y al 15 por ciento de estudiantes. Y aunque el libro
no explica las razones, se sabe por otras investigaciones, que un número
elevado de ellos se fue para sumarse a otra orden religiosa, otros fueron
separados y un número menor, lo hizo porque se casaron. Entre las
profesiones existen gran cantidad de cartógrafos, etnólogos y lingüistas,
exploradores, naturalistas y astrónomos, farmacéuticos y agrónomos, músicos
e impresores.
El listado de mártires asciende a 33 sacerdotes, que murieron prestando
servicios asistenciales en zonas inhóspitas y salvajes, y cuyos cuerpos
quedaron sepultados en las misiones. La expulsión en 1767, provocó un gran
shock en la Compañía y produjo un aumento de las dimisiones. Aunque luego de
la recomposición, en 1814, un gran número de sobrevivientes regresó a ella.
Eso sí, el estudio remarca el excelente nivel intelectual y las costumbres
austeras que tenían los jesuitas del Río de la Plata.
La Compañía de Jesús se caracteriza por un estricto y rígido esquema de
funcionamiento interno. En algún momento hasta existió la creencia de que
sus miembros tenían grados militares y respondían como tales. Será por
aquello de que en sus orígenes, fueron una temeraria "guerrilla antilutero".
El paso de los años, ha hecho que se "ablandaran" en la formación de sus
cuadros. Sin embargo, Jorge Bergoglio pertenece a la vieja camada y lo que
incorporó y aprendió, tiene que ver con aquellas enseñanzas. En la orden hay
una vertiente de obediencia similar a la obediencia ciega. La obediencia al
superior es como la obediencia a Dios, la que no se discute. Pero el punto
central es el discernimiento de dicha obediencia. Tienen una orientación
antimonacal, contemplativa, misionera, y muy fuerte en lo académico y
espiritual. Desde el punto de vista intelectual, es la orden con más
exigencias, en este aspecto son brillantes. Son ascéticos, con fuerte
control de sí mismos, en lo anímico y en lo psíquico. Es difícil detectar a
simple vista sus sentimientos o emociones. Hacen un voto especial de
obediencia al Papa, que no existe en otras corrientes y que se creó en la
época en que los obispos eran señores feudales. Por lo tanto, un jesuita
–según declaran– es un hombre con una misión que recibe directamente de
Roma, pero también del mismo Cristo, de quien se sienten compañeros. El
criterio en los últimos tiempos es el ser contemplativos en la acción por la
justicia, que es la base del carisma de la orden.
Los jesuitas fueron grandes adelantados a su época y, durante los años
sesenta y setenta, tuvieron gran protagonismo. Por ejemplo, criticaron la
Humanae Vitae, la encíclica de Pablo VI que prohibía los medios artificiales
de control natal. Jesuitas franceses que escribían en la revista Etudes,
escribieron artículos manifestando estar de acuerdo con el aborto, para
casos especiales. Sostenían que el embrión no podía considerarse una
persona. El padre José María Diez Alegría, profesor de la Universidad
Gregoriana de Roma, cuestionó la "infalibilidad" del Papa y la severidad de
la Iglesia respecto del sexo. El jesuita John McNeill, admitió públicamente
su homosexualidad y escribió un libro La Iglesia ante la homosexualidad,
relaciones humanas y sexología, un brillante trabajo por el que recibió
innumerables presiones del Vaticano y una larga prohibición de publicarlo,
que finalmente pudo vencer. El padre Vicent O'Keefe, asistente de Arrupe,
también sugirió revisar las posturas de la Iglesia respecto de los
anticonceptivos. Y en América latina se destacaron y fueron protagonistas en
las luchas contra las dictaduras y las desigualdades sociales.
"San Ignacio no temía las persecuciones y las dificultades externas, más
aún, pedía humillaciones y exhortaba a que los jesuítas las pidieran. Pero
temía la autosuficiencia en la Compañía y la corrupción que de ella se
derivaba. La carencia de unión de los ánimos entraña siempre una fisura en
el cuerpo de la Compañía: una fisura nacida de la autosuficiencia, del
sentido de no-necesidad de la "salvación de las ánimas propias". Podrá tomar
diversas formas: ideológicas, de lucha de poder, o simplemente de
disconformidades que conducen a la murmuración o al chisme (proyección de
mediocridad personal hacia el cuerpo o hacia la cabeza de la Compañía). Pero
siempre, si hurgamos en esta autosuficiencia, y en toda forma de falta de
unión en los ánimos, encontraremos una actitud muy de fondo de miedo a la
consolación y de cierto contentarse en la desolación...", escribe Jorge
Bergoglio en su libro Reflexiones en esperanza, editado por la Universidad
del Salvador, en el año 1992 y escrito durante un misterioso "retiro
espiritual" que realizó en la residencia de la Compañía, en Córdoba.
Las Sombras
Miembro de una Iglesia que carga sobre sus espaldas durísimas acusaciones de
los organismos de derechos humanos, por colaboracionismo de muchos de sus
miembros con la dictadura, Bergoglio no escapa –al igual que muchos de sus
pares– a definiciones antagónicas sobre su actuación en aquellos años
sombríos.
Con él, no hay término medio: o lo aman o lo odian.
Integrantes de la Compañía de Jesús y algunos compañeros suyos en el
Episcopado, tienen opiniones opuestas. El prestigioso jesuita uruguayo Luis
Perico Pérez Aguirre, fundador del Servicio de Paz y Justicia en el país
vecino y asesor en la ONU, recientemente muerto en un accidente, habló
largamente conmigo en abril del año 2000, mientras se encontraba internado
en el hospital de Montevideo. "No tengo buenos recuerdos de Jorge
(Bergoglio). La Compañía de Buenos Aires, el colegio Máximo, era un lujo en
Latinoamérica y se vino abajo cuando él estaba como Provincial y debido a
sus manejos. De aquí siempre mandábamos a los seminaristas a formarse allí,
pero después de él, no mandamos a nadie más. La Compañía en Argentina
cambió, de progresista se transformó en conservadora y retrógrada. No tengo
nada que ver con Bergoglio, ni con su manera de ver el mundo y en particular
la Iglesia, ni con su manera de actuar en la dictadura, pero no quiero
hablar. Nos conocimos hace muchos años y hay situaciones muy desagradables
que prefiero olvidar. "Un emblemático y verborrágico Obispo de la provincia
de Buenos Aires, le confesó a esta periodista: "Yo no le dirijo la palabra a
Bergoglio desde que me enteré los horrores que los jesuítas me contaron
sobre él. Era amigo de Massera, comía con él. Es muy peligroso".
Orlando Yorio y Francisco Jálics eran jesuítas.
Integraban la organización de curas villeros y trabajaban en la villa del
Bajo Flores, cuando el 23 de mayo de 1976 fueron secuestrados por un grupo
de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada, junto a varios
catequistas. En ese momento, ambos estaban viviendo un fuerte conflicto
interno con la Compañía, al punto tal, que días antes de ser secuestrados,
habían sido separados de la misma por orden directa de la casa de la
congregación en Roma. Jorge Bergoglio era entonces el Provincial de la
congregación, cargo al que había llegado con solo 36 años, en 1973.
Antes de morir, a mediados del año 2000, Orlando Yorio habló extensamente
conmigo en su casa de Montevideo. Dueño de un gran carisma y una admirable
lucidez intelectual, Yorio había nacido en Santos Lugares el 20 de diciembre
de 1932. En 1955 ingresa a la Compañía y luego realiza la licenciatura en
Teología y Filosofía. El 17 de diciembre es ordenado sacerdote. Fue profesor
y vicedecano en el Colegio Máximo de San Miguel y en la década de los años
setenta vive en comunidades y trabaja en la politizada villa del Bajo
Flores. Una vez fuera de la Compañía, y ya bajo la protección de monseñor
Jorge Novak, Yorio se va a estudiar Derecho Canónico a Roma y en 1997,
después de recibir fuertes amenazas contra su vida, se traslada a vivir a
Uruguay, donde murió la madrugada del 9 de agosto de 2000.
"En mayo de 1974 habían matado a Carlos Mugica. Después mataron a dos
sacerdotes villeros más. A comienzos de 1975 yo fui separado de mi cátedra
de Teología en la facultad de los jesuítas de San Miguel. Hacía cinco años
que yo me desempañaba allí en cargos directivos y docentes. Se me separó
siendo Bergoglio el provincial y él mismo después dijo que era injusto.
Bergoglio nunca nos avisó del peligro que corríamos. Todo lo contrario,
estoy seguro que el mismo le suministró el listado con nuestros nombres a
los marinos. En el colegio Máximo se corrían versiones que decían que yo era
un jefe montonero y que andaba con mujeres. Francisco Jálics fue el primero
que varias veces hizo notar el peligro y advirtió por escrito a los jesuítas
a lo que la Compañía me estaba exponiendo, haciendo notar la responsabilidad
de Bergoglio. Algunos jesuítas me avisaron que el mismo Bergoglio era el que
las desparramaba. Y en aquellos tiempos, eso era un pasaporte seguro a la
muerte y a la expulsión. Un día, hablé personalmente con él y le pregunté
por qué lo hacía. Pero con la mayor frialdad, me negó todo. En la Compañía
en ese entonces, teníamos la obligación de realizar ante nuestro superior
una especie de confesión profunda de todos nuestros actos de la vida. Se
llama "cuenta de conciencia". Y yo lo hablaba con él. El sabía de mis
contradicciones, de mis miedos, de la gente que veía, de todo lo que hacía
hasta el más mínimo detalle, si hasta le contaba cuántas veces al mes me
masturbaba. Jorge sabía todo y es terrible la responsabilidad que tenía
sobre nosotros, sobre mí. Después fuimos secuestrados y torturados. Los
militares ya sabían que habíamos sido separados de la orden y nos
preguntaban mucho por ese tema."
Orlando Yorio desenredó pacientemente frente a mí la madeja de la compleja y
oscura relación que mantuvo con su superior, en aquellos años sangrientos.
Recuerdo que en su rostro había una permanente mueca de dolor y amargura.
Varias veces, sus ojos se humedecieron.
"Nosotros fuimos a vivir a la villa con la aprobación y el mandato de
Bergoglio. Había un gran compromiso que asumimos con la gente, yo tenía
treinta catequistas, algunos de ellos hoy ya no están. Yo militaba con los
sacerdotes villeros y por nuestra casa pasaban constantemente sacerdotes,
monjas y laicos muy comprometidos con los pobres. Sin embargo, a los pocos
meses de habernos enviado a la villa, Bergoglio empezó a decirnos que
recibía fuertes presiones de Roma y desde la Curia, para que disolviéramos
la comunidad y nos fuéramos de la villa. Me di cuenta que no quería asumir
la responsabilidad de que abandonáramos el lugar a donde nos había mandado.
Quería que nosotros nos fuésemos voluntariamente de ahí, abandonando los
compromisos. Decía también que no tenía poder para defendernos y nunca nos
dijo de dónde venían las presiones. Un día Bergoglio vino de Roma con una
carta del General de la Compañía, el padre Arrupe, quien nos ordenaba que en
quince días dejáramos la villa. Yo le avisé a Bergoglio del escándalo que
eso traería, porque significaba abandonar el trabajo y la gente. Y me
respondió: "Salgan de la Compañía y yo me comprometo a que puedan permanecer
un tiempo más en la villa, para retirarse en orden". Pero para retirarnos,
necesitábamos un Obispo que nos recibiera y eso nos llevó dos meses
tremendos. Algunos nos aceptaban y después nos rechazaban como si fuéramos
la peste. Todos decían que llegaban informes que decían cosas terribles
sobre nosotros. Cuando queríamos saber más, nos decían asustados que le
preguntáramos a Bergoglio. Era una locura, porque le preguntábamos a él y él
se hacía el distraído, se lavaba las manos. Un día llegó lo peor: Aramburu
decidió suspendernos "a divinis", es decir no podíamos celebrar misa, ni
tomar los sacramentos. Le contamos a Bergoglio y otra vez dijo que eran
"arranques del viejo", por el cardenal. Y que lo hiciéramos en privado. Y a
los pocos días nos secuestraron. Estábamos totalmente desprotegidos. Años
más tarde, el cardenal Aramburu, me mandó a decir con un sacerdote: "Decíle
a Yorio que yo no fui el que lo mandó a la muerte". "
Orlando Yorio fue más allá con sus acusaciones: "Lo más jodido es que a mis
hermanos y a mi madre les dijo que posiblemente yo había sido fusilado. El
New York Times publicó que estábamos muertos. A otra persona, en junio de
1976, le dijo que nos había visto y que estábamos bien y no pasábamos frío.
Cuando estábamos en una casa operativa de la Marina, después que nos sacaron
de la Esma, un día nos dicen que teníamos visitas. Estábamos atados y
encapuchados de pies y manos. Estuvimos separados, en lugares muy oscuros.
Varios días sin agua y sin comer. Me drogaron para interrogarme. Esa vez,
Francisco Jálics dice que reconoció la voz de Bergoglio, entre los
visitantes a la casa. Si era él, ¿cómo apareció allí? El embajador argentino
en el Vaticano, Eduardo Blanco, en una reunión que tuvo con el secretario
privado del General de los jesuítas, el padre Gavina, le dijo que a nosotros
nos habían secuestrado porque nuestros superiores eclesiásticos habían
informado al gobierno militar, que uno de nosotros era guerrillero. El padre
Gavina pidió que confirmara esto por escrito y el embajador lo hizo."
Yorio y Jálics fueron encontrados cinco meses después, semidesnudos y
drogados, en un campo de la localidad de Cañuelas, en la provincia de Buenos
Aires. Fue el 24 de octubre de 1976, vísperas de la reunión de la
Conferencia Episcopal con el ex ministro del régimen, José Martínez de Hoz.
Ellos aseguraron siempre que fueron liberados por gestiones de Emilio
Mignone, del padre Gavina y del Vaticano, vía el cardenal Pironio. Los
amigos de Bergoglio, dicen lo contrario, que fue el mismo Bergoglio que se
entrevistó con Videla y con Massera en varias oportunidades, para exigirles
la libertad de los religiosos. Y que finalmente lo logró. Por otro lado,
está el tema del abandono o no de la Compañía. "Mi trámite quedó en una
situación poco clara. Yo nunca firmé dimisorias como mandaba el derecho
canónico. El General de la Compañía en Roma, me dijo que yo había sido
expulsado antes de caer preso o durante mi secuestro, sin que nadie me
hubiera avisado. Antes de ser secuestrado yo le escribí una carta al padre
Arrufe y después me enteré que Bergoglio nunca se la entregó", me dijo
Yorio.
"Bergoglio tiene toda la documentación de este caso. Las pruebas de que
Yorio y Jálics habían abandonado la Compañía por propia voluntad y que
habían formado otra orden. Están los documentos con sus firmas ante
escribano público", dice un sacerdote cercano al cardenal, que lo sigue a
todas partes. "Cuando solicité ver esos documentos, siempre hubo una excusa
adecuada al caso: que estaban, pero que no estaban disponibles en ese
momento, que un día me llamarían para verlos, que otro día podía ser. O lo
que sea. Pero siempre había algo que lo impidió."
Un religioso de la Compañía dice que esos documentos con las firmas de Yorio
y Jálics –si están– fueron "falsificados". Y que fue muy extraño que
Bergoglio se preocupara por los jesuítas secuestrados recién cinco meses
después. Los defensores del cardenal aseguran que no fue así y que Bergoglio
hizo todo lo que pudo, desde el primer día. Y la madeja de la historia se
vuelve interminable y complicada, como todos los acontecimientos ocurridos,
en los trágicos años de la dictadura.
"Apenas liberado el 24 de octubre me comuniqué con mi superior. Él me dijo
que dada la situación, él había hecho un tramite – yo estaba sin documentos
y escondido, porque me buscaban por todas partes–para que dejara de ser
jesuíta sin necesidad de firmar dimisorias. Y que me había conseguido un
obispo para que me recibiera. Y este Obispo fue Novak."
"Los liberaron por gestión del Vaticano y no de Bergoglio que los entregó",
dijo Angélica Sosa de Mignone, la mujer de Emilio Mignone, el mítico
fundador del Centro de Estudios Eegales y Sociales, cuya hija Mónica,
catequista del Bajo Flores, fue secuestrada junto a Yorio y Jálics, pero en
el domicilio de sus padres. También se encontraba en el grupo Mónica
Quinteiro, amiga de Orlando Yorio y cuñada del ex Jefe de la Armada en los
años de Carlos Menem, Enrique Molina Pico, quien militaba en Montoneros y
hacía pocos días había abandonado los hábitos, ya que durante trece años
había sido monja de la Congregación de las hermanas de la Misericordia. Su
padre también era marino, el capitán de navio retirado Oscar Quinteiro,
quién buscó a su hija desesperadamente. En su testimonio en el juicio a las
juntas militares, Orlando Yorio declaró que cuando con Jálics fueron
llevados a una especie de sótano, escuchó una voz que decía: "¡Ay Orlando!".
Por el timbre y la expresión de la voz, Yorio aseguró que reconoció a su
amiga Mónica Quinteiro.
"¿Acaso no se negó que pese a todas las evidencias, que los sacerdotes
jesuítas Yorio y Jálics que están incomunicados desde hace tres meses, sin
cargo contra ellos no habían sido detenidos? Lo mismo que los quince
catequistas que fueron largados encapuchados y encadenados después de doce
horas de hambre y frío en el Acceso Norte. El almirante Montes, Jefe de
operaciones navales, que niega que mi hija esté detenida en su arma
(afirmación de la que me permito dudar totalmente) me dijo que ese
procedimiento había sido realizado por la Infantería de Marina y que los
secuestrados fueron conducidos a la Escuela de Mecánica de la Armada. Pero
todo eso se negó durante dos meses, hasta que se descubrió por la filtración
de la esposa de un oficial", escribió Emilio Mignone, en agosto de 1976, en
una carta que nadie quiso publicar. Según Chela de Mignone, en una
conversación que mantuvo con Horacio Verbitsky, su marido escribía en forma
de carta cada paso que realizaba y luego la hacía circular entre los
familiares.
"Siempre recibíamos amenazas. Un día lo llamaron de la presidencia, un
general Ricardo Flouret, quien le mostró la carta en la que Emilio decía que
los sacerdotes estaban en la ESMA y le preguntó si era suya. Emilio le dijo
que sí y Flouret le preguntó cómo lo sabía. Cada cosa que Emilio le decía,
Flouret tomaba nota. Emilio se inquietó y le preguntó qué pasaba. Flouret le
dijo que estaba muy interesado porque el Papa le había pedido a Videla por
los sacerdotes. Después de esa reunión los dejaron en libertad. Emilio
siempre entendió que se debió a una gestión del Vaticano y no por Bergoglio.
"
El padre Ignacio García Matta tiene 62 años y reside en el Colegio del
Salvador. Fue provincial en el período en que Bergoglio fue nombrado obispo
auxiliar de Quarracino, en 1992.
"Son infamias, nada de lo que dicen es cierto. Jorge los alertó de que
corrían peligro, pero no podía impedírselos, menos teniendo en cuenta que
formalmente los dos ya no pertenecían a la orden. Pero igual él se preocupó
mucho por ellos. Cuando los dos fueron secuestrados, Jorge habló con todos
los que pudo para que los liberaran y también ayudo a mucha gente a salir
del país. Yo recibía Yorio aquí, en el Salvador, cuando recién lo liberaron.
En esa reunión estaban monseñor Novak (Jorge) y Bergoglio. Y fui testigo de
las llamadas que se hicieron a Roma desde esa oficina, para mandarlo allá y
brindarle protección. "
Guillermo Ortiz, en este tema, aporta lo suyo. "Del caso Yorio yJálics lo
que yo sé, es que ellos habían pedido salir de la Compañía y estaban
haciendo los trámites para irse. A pesar de eso, Bergoglio, más que como
Provincial, como hermano, les había recomendado que se fueran de la villa en
la que estaban trabajando, porque corrían peligro. Ellos no le dieron
crédito y fueron secuestrados. Pero a pesar de haberles avisado, Bergoglio
habló con Massera para protegerlos y creo que eso fue definitorio para la
liberación de ambos. "
El jesuita Julio Merediz llegó al Máximo de San Miguel en 1973, casi al
mismo tiempo que Bergoglio era elegido Provincial de la orden. Pero se
conocían desde 1967, eran amigos. "Yo estaba recién llegado y dormía en una
pieza con techo de chapa, que era el centro juvenil parroquial. Una mañana
me hizo una visita como provincial y me preguntó si tenía frío. Al otro día
lo vi entrar caminando con una estufa".Julio Merediz dice que le debe la
vida.
"Durante la dictadura, vino un día y me dijo que estaba en una lista de la
Aeronáutica. Y me obligó a irme a vivir al colegio Máximo. Fui y me escondí
allí y eso me salvó la vida, Jorge se comportó como un pastor que protege a
su gente, no quería arriesgarnos. Tuvo una actitud de repliegue y trató de
canalizar el compromiso de la juventud en actividades menos peligrosas, que
nos expusiera menos. "Este es un tema que yo he discutido años con Emilio
(Mignone). Cuando comenzó la represión militar hubo muchos que sostenían que
lo mejor tanto para los militantes como para la gente de la villa era que
quienes iban allí a hacer trabajo de alfabetización y evangelización, se
alejaran por un tiempo. Yo he participado en discusiones con catequistas que
se negaban a hacerlo porque decían que tenían mandato de Dios, y en ese caso
no había cómo obligarlos. Con el mismo criterio de preservar a la gente,
Bergoglio les ordenó a los sacerdotes que se alejaran de la villa por un
tiempo. Pero la Compañía de Jesús es una orden formada de manera militar
desde San Ignacio de Layóla. No le obedecieron y los separó de la Compañía.
Yo no afirmo que ésa haya sido la mejor actitud posible, pero no puede
confundirse con entregarlos", le dijo la abogada Alicia Oliveira, Defensora
del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, al periodista Horacio Verbitsky.
Cuando lo vi por última vez le pregunté a Yorio cuáles eran sus
sentimientos, si tenía rencores, si había perdonado a los que le hicieron
mal, a sus pares que lo abandonaron, qué sentía hacia su antiguo superior
Jorge Bergoglio. Y me entregó un escrito que había hecho para un seminario
de formación teológica que se realizó en Jujuy, en febrero de 1997, tres
años antes de nuestro encuentro, y que luego se presentó en forma de libro
junto a otros trabajos suyos, poco tiempo después de su muerte.
"El perdón no es un decreto o una ley de punto final, por lo cual uno dice
me olvido de todo lo que pasó y sigo adelante. Hay que acordarse de todo
porque la memoria y la historia son muy importantes para los hombres. Y
hablando de Jesús redentor, hay una máxima que dice: "Non asumptum, non
redentum" (lo que no está asumido, no está redimido). Y asumido significa
que según la, vida y dentro de las posibilidades de la misma, uno ha hecho
lo posible para dialogarlo, para reconocerlo, para pelearlo, para lucharlo,
para trabajarlo. El perdón tampoco es un indulto. Un indulto es algo con lo
cual uno tapa o esconde una injusticia. El perdón tiene que ver con la vida
nueva.
"A mí me pasó antes del secuestro –dos meses antes– que, como sacerdote, la
institución sacerdotal a la que pertenecía me dijo que me tenía que ir.
Entonces fui buscando obispos que me recibieran en la Argentina y todos
aquellos a los que recurrí me contestaron que no podían recibirme. No me
podían decir por qué. Había presiones muy fuertes de Argentina y Roma. Y
finalmente el obispo donde yo estaba me quitó el permiso de hacer misa y de
ejercer el sacerdocio y a los cinco o seis días me secuestraron. Terminó el
proceso del secuestro. Cuando fui recuperado del secuestro para la vida,
para mi servicio sacerdotal, de repente la vida, mi marcha con mi pueblo me
puso un altar público para concelebrar misa con algunos de esos obispos que
no me habían querido recibir, ni decirme nada. Yo no había tenido tiempo de
hablar ni de entender y tenía que comulgar y darnos el abrazo, porque el
rito lo pedía. Pero ahí ya no era el rito. Me lo pedía la vida, que estaba
viviendo. Ése era el momento de la vida nueva que yo tenía, de mi servicio,
de mi compromiso sacerdotal con mi pueblo que llevaba a ese momento donde el
abrazo con esa persona era parte. Y tenía que abrazarlo, no con el rito
solamente. Esta vida pide que nos abracemos, aunque uno no entienda más por
ahora. En la medida que se pueda habrá que dialogar, que luchar. Pero se
perdona desde la seguridad de lo nuevo que vivimos. No es punto final. No es
indulto. Es como construir una casa... "
Rece por Mí
Difícil, muy difícil es tener una clara visión de la complejísima
personalidad de Jorge Mario Bergoglio, como difícil es juzgar su conducta
–ambigua y contradictoria– a la luz de los innumerables y valiosos
testimonios recogidos, sin correr el riesgo de ser injustos. Con una u otra
parte. Los años setenta fueron tiempos de sangre y plomo, de violencia
irracional, de locura, y gran parte de la sociedad fue –por acción u
omisión– protagonista de esa gran tragedia. La Iglesia y sus hombres, en
mayor o menor medida, tampoco permanecieron ajenos, se involucraron,
participaron. Y como muchos, pasan –y pasarán– por el tamiz de la valoración
de la historia.
¿Ayudó Jorge Bergoglio a sus hermanos Yorio y Jálics? ¿Hizo todo lo que
debía haber hecho para salvarlos de las garras de sus secuestradores? ¿Qué
relación tenía con el almirante Massera, dueño y señor de la ESMA? ¿Es
cierto, como dice un Obispo, que comía con él? ¿Por qué Emilio Mignone no le
dirigía la palabra porque aseguraba que había entregado a Yorio y Jálics?
¿Por qué alguien confiable y prestigioso como la abogada Alicia Oliveira
dice todo lo contrario? ¿Qué secretos guarda el cardenal sobre aquellos días
y por qué no quiere hablar del tema? Los interrogantes son infinitos y las
opiniones demasiado antagónicas y, quizá, nunca se sepa con objetividad qué
ocurrió. Jorge Bergoglio, como parte de la cúpula de la Iglesia, no puede
escapar a las sombras del pasado argentino.
"La historia de la Iglesia Católica en América latina es inseparable de la
del continente", dice el excelente teólogo e historiador francés Jean Meyer.
"Esa Iglesia ayudó al desarrollo de las naciones, después, durante mucho
tiempo, le proporcionó a las masas populares el único lazo con el resto de
la sociedad de sus países y del mundo. Por eso el sacerdote desempeñó –y aún
a veces desempeña– un papel esencial; su contacto con las masas induce a la
Iglesia Católica primero, a las evangélicas después, a la tentación política
y, periódicamente, a la revolucionaria. Igualmente, incita a políticos y
revolucionarios a utilizar a las iglesias para controlar y movilizar a las
masas. Y por más que intente evitarlo, como institución de poder, es
portadora de la reivindicación de justicia de los pobres. Para satisfacer
las necesidades espirituales, sólo debe ocuparse de la fe, de la creencia,
de la práctica. Y si olvida esto, los hombres y mujeres con los que trabaja
pueden irse a otros movimientos religiosos porque dicen: ellos por lo menos
hablan de Dios. Y también a la inversa. En la práctica, la separación de los
reinos –incluso cuando es institucionalizada en la forma de Iglesia-Estado–
es quasi imposible: impensable. Uno puede imaginar a la religión como un
virus que se infiltra sin ruido en el seno de las sociedades, produciendo
una simbiosis de hecho, provechosa para ambas partes, o reconociendo que la
otra parte es indispensable a su propia existencia. "
Antonio Puigjane, sacerdote franciscano involucrado en el copamiento del
cuartel de La Tablada, en el final del gobierno de Raúl Alfonsín, es un
defensor acérrimo de Bergoglio, en éste y en otros aspectos. Su larga
trayectoria sacerdotal ligada a la lucha por los derechos humanos y plantado
desde siempre en una postura clerical y política de izquierda, nada tiene
que ver con el pensamiento conservador del cardenal.
"No sé lo que hizo en el pasado y tampoco me interesa. Escuché historias que
dicen los jesuítas, pero yo me quedo con lo que Jorge es ahora, con el tipo
maravilloso y humilde que conozco y al que considero mi amigo. Cuando estaba
en la cárcel, era el único que mantenía contacto conmigo y le hacía llegar
mis cartas a Quarracino. Raro, ¿no? Y cuando salí, gracias a Jorge, obtuve
nuevamente el permiso para dar misa, que mi congregación me había quitado. Y
eso para mí, y para cualquier sacerdote, es como el aire que respiro. Me
viene a visitar siempre, me abraza, me tutea y me pide que rece por él, que
le hacía falta. Yo estoy infinitamente agradecido por su ayuda. "
El sacerdote jesuita Diego Pares, director del Hogar San José, de la obra de
la Compañía de Jesús, de la calle Moreno 2472, tiene a su cargo 84 hombres
pobres, entre los que hay ancianos y personas que todos los días salen a
trabajar y vuelven a dormir a la casa. Funciona allí un comedor donde comen
diariamente 300 personas. Es amigo de Bergoglio y explica:
"La Compañía de Jesús sufrió una crisis de vocaciones importantes a fines de
los sesenta y comienzos de los setenta. Muchos de los novicios abandonaron
para dedicarse a la acción política o para casarse, a tal punto que el
noviciado estuvo cerrado un tiempo por falta de alumnos. A Bergoglio le tocó
abrir el noviciado, él fue el Provincial entre 1973 y 1979. El fue
absolutamente claro con respecto al lugar que teníamos que ocupar los
religiosos. En ese momento, la Iglesia estaba dividida entre quienes se
comprometían políticamente con la izquierda o con los militares.
Bergoglio dijo: "Nuestro lugar está con los pobres, pero en la
evangelización". Yo fui el séptimo novicio, entré en 1976, a los diez años y
cuando me ordené, éramos cien novicios. Yo creo que Bergoglio fue el germen
de toda nuestra generación. Le tocó hacerse cargo de una Compañía muy
endeudada y tuvo que sanearla. El traspaso de la Universidad del Salvador a
los laicos no se le puede imputar a él, fue una decisión de Roma. Tengo
entendido que después de su gestión hubo inconvenientes económicos, cuando
la orden estaba gobernada por el padre Swinen (Andrés). Yo sé que hay muchos
jesuítas que no lo quieren, pero ninguno puede negar que Bergoglio siempre
estuvo del lado de los pobres, de los niños, de los ancianos y de los
enfermos, y que su vida fue un ejemplo de austeridad".
García Marta agrega: "Cuando Bergoglio entró a la Compañía de Jesús en 1958,
ya había estado un par de años en el Seminario de Buenos Aires, que en ese
momento estaba dirigido por jesuítas y de allí quizá sale su elección de
entrar a la Compañía. Los dos primeros años los cursó en el noviciado de
Córdoba. Fue uno de los mejores discípulos del padre Fiorito, quien en 1962
y 1963 hizo un gran trabajo en el Colegio Máximo, con los ejercicios
espirituales. La oración fue uno de los puntales de Jorge como maestrillo y
como religioso toda su vida. La espiritualidad fue lo que más trabajó desde
el noviciado. Parte de la formación se llevaba a cabo en Chile, en ésa
época. Allí conocí a Carlos Grosso. Jorge hizo su etapa de magisterio en
Santa Fe, en los años '64 y '65, así fue demostrando una gran capacidad
intelectual, una gran capacidad como maestrillo. Por eso una vez que se
ordenó lo fueron promoviendo, hasta que por mérito propio y por lo
demostrado sucedió al padre O 'Farrel, como Provincial. El traspaso se hizo
justo antes de que se desarrollara la Congregación XXXII (reunión mundial de
los jesuítas que se prepara con dos años de anticipación y en la que se
sacan conclusiones sobre el presente y futuro de la Compañía). Como
Provincial, Bergoglio acompañó en agosto de 1973, al padre Pedro Arrufe,
General de la Compañía, a la provincia de La Rioja a visitar a monseñor
Angelelli, para conocer su trabajo pastoral".
El Ascenso
Entre 1990 y 1992, un oscuro episodio salpicó su vida sacerdotal.
La Compañía lo envió en situación de castigo a la casa de los jesuitas en
Córdoba. Tanto es así, que los que lo conocen mucho aseguran que fue casi un
"secuestro". Jorge Bergoglio permaneció sin hablar con nadie y en la más
absoluta soledad durante un largo tiempo. Los motivos nunca fueron
revelados. Algunos dicen que fue a causa de los manejos y "errores", frente
de la Compañía durante los tumultuosos años setenta, otros, a causas más
complejas.
Las encuestas de la Compañía dicen que a partir del Concilio Vaticano II,
una gran cantidad de jesuitas abandonaron el sacerdocio por razones
políticas o personales. Los nuevos que entraron a partir de aquí y que
tuvieron a Bergoglio como superior, vivieron dentro de un marco más estricto
y rígido, volcado a lo espiritual, muy diferente a lo que vivían el resto de
los jesuitas en América latina. Incluso hay quienes van más allá y lo acusan
de haber querido cerrar el CIAS, el prestigioso centro de estudios
jesuíticos donde están los sacerdotes Fernando Storni –confesor de Raúl
Alfonsín– y el padre Pichi Meisseger, un viejo puntal de los curas villeros.
Definen su gestión como cerrada y maquiavélica, y juran que ésta fue la
razón de su "encierro" en Córdoba.
Por estos años (a partir de 1979), en Roma, los jesuitas y su General, el
padre Arrupe, estaban viviendo una verdadera persecución política liderada
por Juan Pablo II, que estaba convencido que los ignacianos se oponían a sus
conceptos de "reconquista católica" del mundo y eran demasiado
"indisciplinados". Aterrorizado por las ideas de avanzada de la Compañía y
por sus pensamientos "demasiados transgresores" respecto de la vida en el
mundo católico postconciliar, el Papa –enemigo de la modernidad– utilizó
todos los poderes a su alcance y con su nueva guardia pretoriana, empujó a
los jesuitas a las sombras y el sometimiento. El padre Arrupe, aunque
obediente de la autoridad papal, no conciliaba intelectualmente con el nuevo
pontífice. Le preocupaba más la crisis de las vocaciones y que el número de
jesuitas iba en descenso. "Temo que nos dispongamos a ofrecer las respuestas
de ayer para abordar los problemas de mañana, que estemos hablando de manera
tal que la gente no nos entienda, que estemos utilizando un lenguaje que no
penetra en el corazón de los hombres y las mujeres. Si éste es el caso,
entonces podemos hablar mucho, pero entre nosotros", decía. Algunas veces no
estaba de acuerdo con las posturas o la acción de sus hermanos más
combativos y entonces los reprendía o castigaba, pero era muy respetuoso de
las libertades individuales e intelectuales, las de conciencias. Justamente
uno de los lemas de la Compañía era la obediencia con discernimiento. Arrupe
era un clérigo de posturas muy abiertas a las ideas que circulaban en el
mundo, hasta llegó a decir que algunas elementos del marxismo eran
aceptables, lo que provocaba el horror del Papa, que odiaba cualquier
pensamiento que se acercara al comunismo.
Cuando el 7 de agosto de 1981, Arrupe sufrió un derrame cerebral, el Papa y
su séquito más conservador, vio la posibilidad de aplacar los ánimos de la
Compañía. Y por primera vez en cuatrocientos años, tomó una medida sin
precedentes: intervino personalmente la orden, pidiéndole la renuncia a
Pedro Arrupe. Carl Bernstein y Marco Politi, recuerdan el siguiente
episodio: "Arrupe ahora paralizado, había nombrado al estadounidense Vicent
O 'Keefe, vicario general de la orden. El 3 de octubre, en una carta enviada
a los superiores provinciales, O 'Keefe comunicó las intenciones de convocar
una congregación general para elegir sucesor de Arrupe. Tres días después,
Casaroli, secretario de Estado del Vaticano, fue a la curia jesuítica,
situada a pocos pasos de la Basílica de San Pedro, y pidió hablar en privado
con Arrupe. Incluso el padre O 'Keefe tuvo que abandonar el recinto donde
estaba Arrupe recostado en una silla. Casaroli entregó el mensaje del Papa y
salió al cabo de pocos minutos".
Cuentan que cuando regresó al cuarto encontró al padre Arrupe con el rostro
bañado en lágrimas, devastado por la noticia y señalando en silencio la
carta del Papa, tirada a un costado de la silla: Karol Wojtyla había
prohibido la realización de la congregación general y había suspendido la
constitución de la Compañía. Y nombró a su "delegado personal", un mero
interventor de su confianza, para gobernar a los díscolos hijos de San
Ignacio, el padre Paul Dezza y un coadjuntor, el padre Giuseppe Pittau. El 2
de septiembre de 1983, la congregación general de jesuitas organizada por
Dezza eligió al holandés Kolvenbach, como titular, un hombre mucho menos
comprometido socialmente y acorde a las ideas conservadoras de Roma. ¿Estos
cambios bruscos, de sermones y castigos, en la Compañía de Jesús, habrán
sido las causas del aislamiento forzado de Jorge Bergoglio, en Córdoba? ¿Por
qué razón lo castigaron? Dato al margen, hoy el Provincial de los jesuitas
argentinos, es el colombiano Alvaro Restrepo.
El padre Pedro Arrupe, aislado y apartado de su Compañía, murió en 1991 y
Juan Pablo II acudió a darle la extrema unción. Hasta no hace mucho tiempo,
cuando el Papa asistía a una reunión de la Compañía, continuaba sermoneando
a los jesuitas para que aplacaran sus posturas de avanzada: "Debéis estar
muy atentos a que los fieles no se desorienten con enseñanzas dudosas, con
publicaciones o discursos que están en abierto conflicto con la fe y la
moral de la Iglesia".
"A mí me tocó compartir su período en el llano, porque cuando terminó su
misión como rector del Máximo, pasamos juntos al Colegio del Salvador. Yo
estaba como maestro y vivíamos en el mismo piso, compartiendo el mismo baño.
En esa época, 1987 y 1989, él no tenía una misión, que es lo peor que nos
puede pasar como jesuitas, entonces estaba preparando un doctorado por el
que viajó un tiempo a Alemania. Estaba bien de ánimo o disimulaba, pero yo
sentía que lo estaban castigando por algo. Cuando regresó de Europa lo
mandaron a la Residencia de la Compañía en Córdoba, sin misión tampoco. Creo
que él, por su historia, por su predicamento sobre muchos sacerdotes, no
sólo jesuitas, genera mucha envidia en muchos. Cuando un día lo fui a
visitar al cuartucho en el que estaba en Córdoba, me dio mucha rabia, no se
merecía nada de lo que estaba viviendo, y él, sin embargo, se mostraba tan
grande y tan humilde como siempre. Creo que esa etapa lo purificó, lo acercó
más a Jesús y después vino su nombramiento como obispo. Ahí escribió el
libro de las reflexiones...", dice sobre esos años, el sacerdote Guillermo
Ortiz. "Sentía mucha pena por él, se pasaba horas sentado en la galería de
la casa mirando el vacío, con la mirada perdida. Muchas veces tuve miedo que
se estuviera volviendo loco o que intentara alguna cosa rara", afirma otro
jesuíta que lo conoce mucho y que prefirió dejar su nombre en el anonimato.
Selva Tissera, una médica que lo atendía de sus dolencias, muy preocupada
por el deterioro de su salud y su estado emocional, viajó especialmente a
México a visitar el santuario de la Virgen de Guadalupe y le trajo de regalo
una medallita con la imagen, que Bergoglio lleva colgada del cuello. Ella
cuenta, que el ahora Cardenal, le agradeció el gesto llorando. Al poco
tiempo, llegó el nombramiento como obispo auxiliar de Antonio Quarracino y
su vida se empezó a encaminar. Aquí comenzó su ascenso.
Jorge Mario Bergoglio nació el 17 de diciembre de 1936 en el barrio de
Flores, en el seno de una familia italiana de clase media con cinco hijos.
Su padre se llamaba Mario y su madre Regina Sívori y era italiana. Jorge
Bergoglio adoraba a su madre, una "tana mal hablada", que cocinaba como los
dioses y que le trasmitió cierta habilidad culinaria. En 1978 la operaron
del corazón, pero al poco tiempo, murió, sumiéndolo en un dolor que apenas
supo disimular. "No se lo dije a nadie y hoy hice misa pava la familia", le
confesó a su amigo, el sacerdote Julio Merediz. "Nunca dramatiza, ni
siquiera los dolores personales, y esa entereza abruma a cualquiera", agrega
Merediz.
Se recibió de técnico químico y trabajaba en un laboratorio cuando sintió el
llamado de la vocación. A los 20 años entró en el seminario de los jesuítas.
Fue ordenado en 1969, un año clave en la historia argentina, convulsionada
por los incipientes movimientos revolucionarios y en medio de una Iglesia
sacudida en lo más profundo por el nacimiento de la Teología de la
Liberación. En 1972 fue maestro de novicios y en 1973, Provincial de la
Compañía en Argentina. Le tocó traspasar la Universidad del Salvador –otrora
un prestigioso centro de formación Ignaciano– a los laicos, por mandato del
General de la Orden, el famoso padre Pedro Arrupe. Este movimiento le generó
una catarata de críticas dentro y fuera de la Compañía. Y aunque continuó
manteniendo poder sobre la universidad –todavía conserva una oficina a donde
va de vez en cuando– muchos lo acusaron de dejarla en manos de militantes de
Guardia de Hierro –con quienes Bergoglio simpatizaba– y en una organización
de laicos nacionalistas de ultraderecha que – según varios testimonios de
religiosos– realizaron una verdadera caza de brujas entre profesores y
alumnos.
El 26 de noviembre de 1977, el rector Francisco Cacho Piñón, un importante
cuadro de los "guardianes" íntimamente ligado al masserismo, le entregó al
dictador Emilio Massera, el título de "doctor honoris causa", en una
ceremonia pública. Los datos de esta entrega desaparecieron misteriosamente
de los archivos de la Universidad y nadie quiere hablar del tema, aunque por
lo bajo reconocen que sucedió. ¿Cuál fue la responsabilidad de Bergoglio en
esto? ¿Fue algo que se realizó a sus espaldas o él lo supo y no lo pudo
impedir?
Ignacio García Matta tiene su opinión:
"Jorge se vio obligado a realizar un provincialato fuerte, porque fue una
época muy complicada. Desde el punto de vista económico, la Compañía estaba
quebrada. El padre Arrupe había enviado un tiempo antes una especie de
comisión para buscar el origen de los problemas y después se decidió a
desprenderse de los bienes y obligaciones, de las cuales la más importante
fue la transferencia a un grupo de laicos, de la Universidad del Salvador.
En ese momento lo sentimos como un alivio porque era una profunda
responsabilidad económica y moral. No sólo en la universidad, sino también
en el colegio había una ebullición ideológica impresionante. Nosotros no lo
podíamos manejar y creo que la gente que se hizo cargo la piloteó bien. Hoy,
a la distancia, a más de veinte años, siento que fue una gran pérdida,
porque era un lugar de formación de las futuras generaciones, pero sé que en
ese momento no había opciones".
Entre 1980 y 1986, Bergoglio fue rector del colegio Máximo de San Miguel y
de sus facultades de Teología y Filosofía. Concluyó su tesis en Alemania,
desde donde trajo la veneración por la Virgen Desatanudos, que hoy congrega
multitudes en la parroquia de San José del Talar, en el barrio de Agronomía.
Las actrices Araceli González, Carmen Barbieri, la tenista Gabriela Sabatini
y la menemista Liz Fassi Lavalle, fueron vistas varias veces en la Iglesia,
rezándole al retrato de una virgen rodeada de ángeles, con el Espíritu Santo
que baja sobre ella, mientras uno de los ángeles le alcanza una cinta llena
de nudos que ella comienza a desatar, con la paciencia y serenidad reflejada
en el rostro. Apenas comenzó su mandato Fernando de la Rúa, la imagen
apareció en la Casa Rosada y recorría los despachos de los funcionarios
aliancistas, aun de los no creyentes que, desesperados, invocaron a la
virgen una ayudita, ante la inminencia del desastre. En la navidad de 1998,
Jorge Bergoglio envió tarjetas de navidad, con la imagen de la virgen
alemana.
De Alemania, Bergoglio fue trasladado a la Universidad del Salvador y de
allí viajó al misterioso "retiro" en Córdoba.
El Cardenal tiene una salud frágil, consecuencia de una tuberculosis que lo
atacó cuando era un niño y le dejó secuelas: le falta la parte superior
alveolar del pulmón derecho y tiene angina de pecho, desde los 20 años.
Lleva siempre una pastilla pequeña debajo de la lengua, para prevenir
cualquier descompostura. Sin embargo, físicamente es fuerte. El mismo se
esfuerza para no ser menos que los demás y practica natación. Es tímido y
solitario. Pasa muchas horas del día rezando y también le dedica tiempo a la
lectura de la literatura argentina y a los clásicos –es profesor de
literatura– y a escuchar ópera. No ve televisión, pero lee los diarios.
Es un fanático de Dostoievski, al que no se cansa de volver una y otra vez.
También de los clásicos griegos y de Shakespeare. Se levanta a la madrugada
y a las nueve de la noche, después de una cena frugal –casi no come– se va a
dormir. Realiza personalmente las compras del supermercado, viaja en
colectivo y en subte, y los que lo conocen, aseguran haberlo visto
arrodillado limpiando el piso de su habitación. Estas actitudes que sus
amigos admiran y las califican como las de un hombre austero, sus enemigos
le endilgan que es "pura demagogia, pura política".
"Es un desesperado por el poder. Ambicioso y calculador. Intrigante y
conspirativo. Todo lo que hace es con una intención política, como Menem.
Tiene enganchados a los curitas jóvenes con prebendas. Es peligrosísimo, si
te colocas enfrente, te destruye", dice un prestigioso jesuíta, dirigente de
un instituto de la Compañía, del barrio de Belgrano, que lo conoce hace
muchos años.
"Yo escuché a mucha gente hablar mal de él, no sólo los que salieron de la
Compañía y tienen su edad, sino también quienes eran sus discípulos. Son
todos envidiosos. Pero él no se defiende de esos ataques. Tiene una
espiritualidad muy grande. Por momentos, hasta me parece que le gusta que
hablen mal de él. Porque entonces demuestra su grandeza con la humildad", lo
defiende el padre Guillermo Ortiz.
El padre Federico Wernicke es párroco de la Iglesia Santiago Apóstol del
barrio de River. Cada 25 de julio, fecha en que se conmemora el día del
santo patrón de la parroquia, Jorge Bergoglio asiste y acompaña la colorida
procesión de la comunidad gallega que se realiza por las calles del barrio y
que logra la adhesión de muchos vecinos. Al principio, el sacerdote mostró
cierta desconfianza y se negó a dar datos de su relación con el actual
cardenal, explicando que "todo lo que sé es muy privado". A los pocos
minutos, se aflojó. "Yo estudié en el Colegio del Salvador, creo que en ese
momento él estaba en Córdoba. Después me tocó tenerlo como obispo de Flores.
En ese momento estaba en el Colegio y Parroquia San Cosme y San Damián, y
teníamos una relación fluida. Me acuerdo que podía estar contándole un
inconveniente grave del colegio y él me interrumpía de golpe y me decía "¿Y
vos... cómo andas?". Se tutea con todos los sacerdotes, tiene muy buena
relación con el clero, sobre todo con los jóvenes. Como obispo resignó el
lugar de príncipe que podía ocupar para ocupar el lugar de pastor, padre o
hermano mayor. Sé que cuando hubo sacerdotes con problemas de vocación, él
los acompañó y los escuchó como el mejor de los amigos, sin por eso dejar de
ejercer el gobierno. Las veces que viene, lo hace en colectivo, nada de
estar acompañado por el secretario como pasaba con Aramburu o Quarracino.
Siempre saluda a toda la gente, pero se acuerda especialmente de las
viejitas de cada parroquia y les dice que recen por él. Para mi cumpleaños
me llama personalmente, cada año, nunca se olvida. Sé que hay jesuítas que
no lo quieren. Dicen cosas feas. Fue Provincial en un período muy difícil
para la Compañía, había mucha crisis de fe y seguramente Jorge recibió
órdenes de sus superiores no muy simpáticas. ¿Usted sabe ese chiste interno
de la Iglesia? "Hay tres cosas que el Papa nunca podrá saber: cuántas
congregaciones de monjas hay, cuánta plata tienen los Salesianos y qué
piensa un jesuíta" "Yo lo quiero y lo respeto a Bergoglio, tengo esa suerte.
Pero la verdad, es que no me gustaría enfrentarme con él, estar en la vereda
de enfrente..."
Como dato anecdótico, Federico Antonio Wernicke, es recordado por una
homilía que realizó en la Catedral de Buenos Aires, en el día de la
Independencia, durante el gobierno de Raúl Alfonsín y casi pegado al juicio
a las juntas militares: "Es bueno podar de un árbol todo lo que tiene de
vicio y de enfermedad para que los nuevos frutos sean más vigorosos. Pero
esta tarea es de sabios y prudentes, que sepan distinguir entre raíz y
ramas. Podar la raíz es condenar a muerte toda la vida presente y futura del
árbol y sus frutos. Distingamos entre raíz y ramas".
Un sacerdote del clero diocesano, que ve a Bergoglio todas las semanas,
dice: "Es un poco equizofrénico. Convive con él una dualidad entre el padre
que baja línea y el pastor que trabaja con la gente a la par de los
sacerdotes. A veces confunde por un lado la opción por los pobres y por el
otro su relación con el sector ortodoxo. No lo veo nada carismático, siempre
es muy parco y callado. En cuanto a sus visitas a las villas, los hospitales
y las cárceles, es normal que allí se deslumbren por él, ya que nunca a esos
lugares va un arzobispo. Lo que es claro es que en la Iglesia argentina
nadie llega al cargo de Cardenal sólo con el trabajo pastoral, hay que
operar con el poder, hay que saber hacerlo. Sólo que él lo hace en
silencio".
Políticamente es conservador y ortodoxo, pero con una fuerte preocupación
por lo social. Jorge Bergoglio es seguidor fiel de la línea impuesta por
Karol Wojtila, con el que se identifica plenamente. Detesta la exposición
pública y la cercanía con el poder. Y esto último, era lo que por lo bajo
reprochaba de su antecesor en el cargo, el cardenal Antonio Quarracino,
aunque durante los últimos tiempos, le escribía los sermones y discursos.
Cuando Quarracino murió, Carlos Menem pidió al arzobispado que sus restos
fueran velados en la Casa Rosada. Bergoglio dijo que no y el velatorio se
realizó en la Catedral, donde él fue el único orador, actitud que provocó la
furia del menemismo y del "lobbysta" principal con los purpurados, Esteban
Cacho Caselli, entonces embajador argentino ante la Santa Sede.
Nadie levanta al Muerto
Jorge Bergoglio nunca simpatizó con Carlos Menem y se lo hizo saber
infinidad de veces. Con gestos, más que con palabras. Sin embargo, en el
Tedeum del 25 de mayo de 1999, casi finalizando la fiesta menemista, y en la
cara de Menem y sus acólitos, el nuevo arzobispo dejó establecida la nueva
postura de la Iglesia en la actualidad nacional: "Si no apostamos a una
Argentina donde no estén todos sentados en la mesa, la sombra del
desmembramiento social se asoma en el horizonte y entonces terminaremos
siendo una sociedad camino del enfrentamiento... ", dijo premonitorio.
Durante la misa recordatoria del 9 de Julio se repitió el mismo escenario:
un Menem demudado, que no pudo ocultar su amargura frente a las duras
palabras del diácono y la serena presencia del arzobispo. Ese día la Iglesia
señaló la "corrupción y las desigualdades sociales".
La muerte del cardenal Antonio Quarracino marcó el inicio de una nueva etapa
en el Iglesia argentina. Una Iglesia que estaba considerada, junto a la de
Colombia, como la más conservadora de América latina. Estanislao Karlic, que
reemplazó a Quarracino, es una muestra de este cambio: un hombre
profundamente religioso, cuyo eje de pensamiento es que los postulados del
Concilio Vaticano II fueran asumidos por todo el Episcopado. La regla
política básica de Bergoglio es permanecer lo más lejos posible del poder,
ante quienes se muestra neutro y aséptico. Y lo más cerca del pueblo. No
quiere cometer el error de sus antecesores en el cargo. Esto no significa
que en la Curia reciba en reuniones privadas a políticos, militares y
empresarios deseosos de hablar e intercambiar opiniones. "Ellos vienen a
visitarlo, pero él no va a ningún despacho oficial", dice su vocero Marcó,
señalando las diferencias. Elisa Carrió, Patricia Bullrich, Alicia Oliveira,
Juan Llach, Víctor de Gennaro, Arnaldo Boceo, Eduardo Amadeo y Adalberto
Rodríguez Giavarini, son algunos de los visitantes habituales. "Da gusto
escuchar a una mujer inteligente", comentó Bergoglio entusiasmado, después
de la primera conversación que mantuvo con la entonces funcionada de
Desarrollo Social del gobierno de De la Rúa y cuñada del ex jefe montonero
Rodolfo Galimberti. Los que lo conocen cuentan que el cardenal admira a
Bullrich y que le encanta conversar con ella sobre la situación del país.
La composición del Episcopado cambió siguiendo el ritmo de la nueva era:
Estanislao Karlic, arzobispo de Paraná, Entre Ríos, moderado y un brillante
teólogo, Guillermo Rodríguez Melgarejo, –vicario de la zona de Flores y
auxiliar de la arquidiócesis porteña– con pasado en el movimiento de los
Sacerdotes para el Tercer Mundo, durante la década de los años setenta,
Eduardo Miras, arzobispo de Rosario, José María Arancedo, obispo de Mar del
Plata y amigo del fallecido cardenal Pironio, Joaquín Pina, obispo jesuita
de Puerto Iguazú y de actitudes combativas, Juan Carlos Maccarone, arzobispo
de Santiago del Estero, José María Pepe Arancibia, arzobispo de Mendoza, son
algunos de los que se destacan. El jesuita logró desplazar a los menemistas
y aglutinó debajo suyo a dueños de posturas antes irreconciliables:
conservadores y combativos. El único caudillo que perdura de la antigua
estructura, es el cardenal Raúl Francisco Primatesta, con el que Bergoglio
mantiene una relación cálida y cordial. El viejo cacique lo respeta y en la
intimidad señala que será el nuevo Jefe, su sucesor.
Pero si Carlos Menem y su entorno no le simpatizaba nada a Bergoglio,
tampoco su actitud fue diferente con Fernando de la Rúa y su séquito, a
pesar del ferviente catolicismo –de "señora gorda que hace beneficencia"–
que manifestaba la primera dama, Inés Pertiné. Ningún favor le hicieron al
nuevo presidente las palabras del entonces saliente embajador argentino ante
el Vaticano, Esteban Caselli –despreciado a más no poder por Bergoglio y sus
pares– que, preparando sus innumerables maletas en Roma, dijo al diario
Página/12: "Me encargué de llevar tranquilidad al Vaticano en ese sentido.
De la Rúa es un hombre de fe, va a misa las domingos y es amigo del nuncio
Calabresi". El Obispo–como llaman a Caselli– se despachó sin pelos en la
lengua y muchos se preguntaron: "¿Lo habrá defendido porque ambos estuvieron
estrechamente relacionados con el empresario telepostal Alfredo Yabrán e
hicieron negocios con él?".
Palabras más o palabras menos, el gobierno que asumió en 1999 no le caía
nada bien a Bergoglio –para la Iglesia argentina, los radicales (y el
Frepaso) nunca fueron confiables, por sus posturas fuertemente laicistas–
sobre todo, porque con el paso de los días, sus contactos con la gente de la
calle en sus recorridas diarias y los apocalípticos informes que le traían
los sacerdotes de la Curia, le indicaban que la crisis más grave de la
historia argentina estaba a punto de estallar, frente a un gobierno sordo,
ciego y mudo.
El 25 de mayo de 2000, Jorge Mario Bergoglio reclamó duramente ante Fernando
de la Rúa, Inés Pertiné y el gabinete, entre los que estaba Carlos Chacho
Alvarez y su mujer, por la grave situación social y la "insensibilidad" con
los "marginados del sistema". Era un gobierno que ya tenía cinco meses y los
funcionarios, incluido De la Rúa, apenas sabían dónde quedaba la puerta de
sus despachos. Sin embargo, el país estaba en llamas.
"Debemos reconocer que el sistema ha caído en un amplio cono de sombra, la
sombra de la desconfianza, y que algunas promesas y enunciados suenan a
cortejo fúnebre: todos consuelan a los deudos, pero nadie levanta al
muerto". A la salida del Tedeum, los integrantes del gabinete se pasaban la
factura unos a otros, pero sobre todo, hacían recaer las culpas en la
administración anterior.
"Fue un diagnóstico de cómo estamos. El mensaje expresa la Argentina que
recibimos, esperemos que las próximas homilías o el 25 de mayo del año que
viene, hayamos avanzado en forma importante", dijo Álvarez al salir de la
Iglesia. "Es un santo, un hombre sabio, coincido totalmente con él", fue la
desconcertante respuesta de Fernando de la Rúa cuando le preguntaron su
opinión. Y agregó que se sentía "muy emocionado", por su primer Tedeum como
presidente.
En esa misma semana se anunciaba un fuerte ajuste económico y Primatesta,
presidente de la Pastoral social, había adherido formalmente a las protestas
contra el FMI y la sanción de la Ley de Reforma laboral, programadas por la
CGT disidente del camionero Moyano. El laico Guillermo García Caliendo,
secretario de la Pastoral Social y hombre del cardenal cordobés, se había
comprometido a asistir a la movilización sindical en "nombre de la Iglesia",
lo que originaría luego un escándalo, que los hombres de sotana pudieron
frenar a duras penas. García Caliendo no sólo adhirió, sino que se trepó al
palco de los caudillos sindicales disidentes y habló como uno más. Era la
primera vez que la Iglesia se involucraba abiertamente en un conflicto
político. Un día antes, el Episcopado había presentado el documento
Jesucristo, Señor de la historia, en el que se había trabajado durante
cuatro años y era el mensaje al pueblo, por el Jubileo del año 2000: "A
quienes ponen su confianza en un progreso científico ilimitado, a quienes
conflan casi religiosamente en mecanismos socioeconómicos para la
edificación de una nueva humanidad, como la absolutización de las leyes de
mercado; a quienes se desalientan por los múltiples indicadores negativos
que hacen temer por el futuro de la familia argentina; a aquellos a quienes
el futuro angustia, les anunciamos la verdad de la esperanza cristiana".
El obispo Jorge Casaretto, titular de Caritas –compite con Bergoglio por el
liderazgo– y con una posición política muy cercana al gobierno, más aún, a
los radicales, había dicho días antes de la marcha: "Tenemos que tener
cuidado para no hacerles el juego a las corporaciones". Después de la
participación de García Caliendo, salió a cuestionarlo con los tapones de
punta, actitud que sólo fue frenada por el peso político de Primatesta y el
respeto que éste genera en sus pares. Más tarde, Caliendo abandonaría la
Secretaría de la Comisión de la Pastoral Social.
La homilía patria de Bergoglio frente a un despistado Fernando de la Rúa, al
margen de las habituales metáforas que ya son parte de su estilo, dijo
claramente: "No se trata solamente de una gestión administrativa, de un
plan, sino de la convicción constante que se expresa en gestos y en voluntad
de cambiar (...) Animémonos a tocar al marginado del sistema, viendo en él a
hombres y mujeres que son mucho más que votantes potenciales (...) Las
iniciativas comunitarias brindan una inmejorable salida frente al suicidio
social que provoca toda filosofía y técnica que expulsa la mano de obra
(...) Sólo hace falta la audaz y esperanzadora iniciativa de ceder terreno,
de renunciar al protagonismo fútil, de dejar las luchas intestinas
desgastantes, el plus de insaciabilidad del poder".
Como siempre, desde que asumió el poder, Jorge Bergoglio seguiría bregando
por los que menos tienen y condenando las políticas neoliberales, a tono con
lo que viene del trono de San Pedro, en Roma. Karol Wojtyla había hablado
hacía pocos días frente a trabajadores y empresarios y en su discurso había
criticado duramente al neoliberalismo reinante y pidió por la condonación de
la deuda externa a los países más pobres. Lo mismo dijo ante las autoridades
del Fondo Monetario y del Banco Mundial. O sea, que hasta para el político
mas distraído, el mensaje de Bergoglio no debería ser una novedad. Y sin
querer, el jesuíta que más alto había llegado en la historia argentina, se
había convertido en un fuerte opositor, en un país donde la clase política
tiene un bajísimo, casi nulo, índice de confiabilidad.
Así comenzaban los nuevos tiempos eclesiásticos. Lejos de las ideologías y
los extremismos. Empujados a luchar contra las injusticias del sistema, por
verdadero convencimiento, porque lo ordena el Papa o porque los sacerdotes
presionan a sus jefes desde abajo. Eso sí, aún quedan resabios de la vieja
guardia agazapados bajo las cúpulas. El 21 de mayo, el obispo de Lomas de
Zamora, el ultraconservador Desiderio Collino, dijo abiertamente que
"deseaba que los periodistas que critican a la Iglesia contraigan un cáncer
de pulmón". Esa misma semana, en su programa televisivo, el periodista Jorge
Lanata llevó adelante una investigación sobre maltrato de menores y mal
manejo de fondos, que involucraba al arzobispo Emilio Ogñenovich, otro
dinosaurio con sotana. Y con seguridad que la desquiciada frase tenía un
destinatario principal: Jorge Lanata. La homilía fue realizada en la
Basílica de Lujan, ante miles de fieles que no podían creer lo que
escuchaban, al punto que algunos, indignados, abandonaron la misa. A los
pocos días, el vicario de Mercedes, en la provincia de Buenos Aires, Julio
Forchi, sugirió en misa que se les practicara una lobotomía.
Jorge Bergoglio y sus compañeros en el Episcopado estallaron horrorizados
ante expresiones tan alejadas del Evangelio y salieron al cruce de los
extraviados prelados, residuos de aquel Episcopado cómplice de las
dictaduras, que tanto daño hizo a la Iglesia argentina. Incluso, para el día
del periodista, se realizó una misa en la Catedral, con gran participación
de prelados y periodistas, en la que el Episcopado pidió formalmente perdón
y condenó duramente aquellas expresiones.
Para esta fecha, había llegado el nuevo representante de Roma, que
reemplazaba a Ubaldo Calabresi, quien había batido un récord de permanencia:
diecinueve años. Su larguísima estadía en la Argentina había dejado marcas.
Fue una nunciatura involucrada a fondo con el poder político, su influencia
fue enorme. Testigo y protagonista de las dos visitas papales, la mediación
con Chile por el canal de Beagle, la guerra de Malvinas, el final de la
dictadura y la llegada de la democracia. Era muy conocida su excelente
relación con Carlos Menem, sus acólitos, y el peronismo en general. Medió
para la reconciliación matrimonial entre Menem y Zulema, antes de la llegada
del riojano al gobierno en 1989.
Tiempo después, apoyó la expulsión de la ex primera dama de la residencia de
Olivos. Y fue el gran promotor en el Vaticano del "catolicismo militante" de
Menem y su adhesión a las políticas ultraconservadoras, que le abrieron las
puertas del Papa, en seis oportunidades. Durante esos años, en
agradecimiento por sus gestiones, el ex presidente lo condecoró con la Orden
del Libertador en el grado de Gran Cruz. También con algunos militares del
proceso y empresarios, entre ellos, el investigado banquero y militante
ultracatólico, Raúl Moneta, que todas las semanas comía en la Nunciatura.
Ubaldo Calabresi intervino en las designaciones del cardenal Antonio
Quarracino y del mismo Bergoglio, con el que tenía una relación cordial.
Santos Abril y Castelló, español y amigo del Papa, al que había enseñado
español mientras trabajaba en la Secretaría de Estado del Vaticano, estaba a
tono con los nuevos aires. Las relaciones del Episcopado con el trono de
Roma, o sea, con el poderoso secretario de Estado, Angelo Sodano y otros
–clones de López Rega, del Papa y cuasi socios de Cacho Caselli–
transitarían a partir de aquí otro sendero. Aun así, el gobierno de la
Alianza nunca tuvo alguien con la suficiente capacidad para que se encargara
de las mediaciones políticas con los hombres de la Iglesia, ya que tanto
Norberto Padilla, el Secretario de Culto y Vicente Espeche Gil, un
prestigioso militante laico que fue designado reemplazante de Caselli,
carecían de la habilidad necesaria para estos avatares y los obispos se
quejaban de que no tenían con quién hablar los temas que les importaban: la
educación, las relaciones familiares, el aborto, los temas sociales y
obviamente, la plata.
Mientras tanto, los cambios también implican nuevos alineamientos internos.
Bergoglio es habilidoso para sumar tropa y tiene obispos que le responden,
al margen de los sacerdotes del clero diocesano que lo adoran. Joaquín
Sucunza, Guillermo Rodríguez Melgarejo, Jorge Lugones, jesuíta como él, José
Gentico, Horacio Benítez Astou, Guillermo Galatti, Rafael Staffolani,
Roberto Rodríguez, Baldomero Martínez, Elmer Miani, Mario Cargnello. Su
influencia en el Episcopado es sobre más de la mitad de los integrantes. Y
el cardenal Raúl Primatesta le da impulso, lo apoya con simpatía, piensa
igual que él. Del otro lado se encolumna Jorge Casaretto, de Caritas, Justo
Laguna, de Morón, José María Arancedo, de Mar del Plata y Rafael Rey, de
Zárate-Campana. Los perdedores, que hace unos años estaban en la cúspide del
poder, la Banda de los dinosaurios, están en rápido retroceso: Emilio
Ogñenovich, Desiderio Collino, Jorge Menvielle, Rubén Di Monte. Salvo Héctor
Aguer, el ultraconservador titular del arzobispado de La Plata –protector de
la orden integralista del Verbo Encarnado– y hombre de fidelidad a Esteban
Caselli, quien atendía solícito sus reclamos, cuando era el hombre fuerte de
la gobernación de la provincia de Buenos Aires, en épocas de Carlos Ruckauf
y tenía absoluta influencia sobre los dineros provinciales.
En octubre de 2000, los datos del INDEC revelaban que la distribución del
ingreso terminó siendo en la úlltima década del gobierno menemista, tanto o
más desigual que en 1989, cuando se desató la hiperinflación. En la Capital
y en Gran Buenos Aires el diez por ciento más rico de la población ganó
veinticuatro veces el ingreso que recibe el diez por ciento más pobre,
superando la marca de diez años atrás, cuando esa brecha era veintitrés
veces más. Si se toma al 20 por ciento más rico y al 20 por ciento más
pobre, la brecha es de doce veces, igual a la de diez años atrás.
"Crecer con equidad es un desafío grave y urgente, basado en un principio de
solidaridad, que no es un sentimiento intimista y privado de caridad que
queda relegado al hombre religioso, sino que es una expresión de la
justicia. Es inmoral vivir entre tantos excluidos. No lloremos en el 2020
por lo que no hagamos ahora", dijo en su homilía de Semana Santa el obispo
de Mar del Plata, José María Arancedo.
Lamentablemente, no hubo que esperar hasta el 2020.
El 20 de diciembre de 2001, y después de presentar su renuncia a la
presidencia, Fernando de la Rúa, abandonaba la Casa Rosada, en un
helicóptero con la bandera celeste y blanca pintada en la carrocería, igual
que Isabel Perón el 24 de marzo de 1976. En las calles de Buenos Aires
continuaban los enfrentamientos, los saqueos y las muertes. Jorge Bergoglio
permaneció todo el tiempo en la Curia, hablando con dirigentes políticos,
empresarios, sacerdotes y obispos. Esa noche no pudo dormir y el sonido de
las sirenas de los autos de la policía retumbaban en sus oídos. "Nosotros lo
anunciamos hace mucho tiempo, no querían escuchar, esto iba a explotar...",
le dijo a un sacerdote de su confianza. Casi a las puertas de la Navidad y
con una Argentina ensangrentada por los enfrentamientos, treinta muertos y
la anarquía social, en cada homilía, los jefes de la Iglesia pidieron a los
políticos "drásticos cambios para responder a las urgencias sociales y las
demandas de la sociedad". El país era un caos. Cinco presidentes en cinco
días.
Eduardo Miras, arzobispo de Rosario, una de las ciudades más castigadas por
la miseria, la desocupación y la violencia, dijo: "Tengo muchas dudas. Por
los discursos que escuché en la Asamblea Legislativa, tengo miedo de que se
vuelva a las guerras de partidismo político que hizo ingobernable al país.
Si se vuelve a las viejas mañas me pregunto cuál fue esta especie de guerra
civil que vivimos. Es necesario una Reforma Constitucional para acabar con
lo innecesario de la burocracia estatal y achicar gastos".
Jorge Bergoglio dijo en la misa de Navidad: "Debemos hacernos cargo de la
esperanza en momentos en que los argentinos no nos explicamos muchas cosas,
ni tampoco sabemos cómo van a seguir. Hoy en medio de la oscuridad de los
argentinos, amanece una luz, que no es mengano, ni sultana, ni perengano: es
Jesucristo".
Después de la asunción de Eduardo Duhalde, nació la mesa de la Concertación
o del Diálogo Político. Jorge Casaretto, de Caritas, Ramón Staffolani,
Obispo de Río Cuarto, y Juan Carlos Maccarone (Bergoglio pidió que estuviera
presente para tener una visión más profunda), Obispo de Santiago del Estero;
el representante de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el español
Carmelo Ángulo y el vicejefe de Gabinete, Juan Pablo Cafiero. Sin embargo,
la mesa nació "sin patas", según la expresión de un conocido obispo. A tal
punto que Staffolani contó a sus fieles, en una homilía en Río Cuarto, que
los funcionarios del Fondo Monetario con los que estuvieron reunidos,
dijeron: "Los argentinos somos vagos, corruptos, ladrones y mentirosos. Y
tuvimos que agachar la cabeza, no pudimos contestar, porque lo que decían
era cierto...".
La primera semana de febrero, el Papa tuvo palabras durísimas sobre la
situación argentina, en la reunión anual de obispos, Ad Limina Apostolurum.
En el gobierno, los duhaldistas no podían creer lo que leían: "Vuestro país
atraviesa una profunda crisis social y económica que afecta a toda la
sociedad y pone en peligro la estabilidad democrática (...) La situación que
se vive en la Argentina también puede ser causa de división y de odios entre
quienes están llamados a ser los constructores del país (...) Es necesario
un serio examen de conciencia sobre las responsabilidades de cada uno y las
trágicas consecuencias del egoísmo insolidario, de las conductas corruptas y
de la mala administración de los bienes de la nación". ¿Por qué el Papa
había dicho lo que dijo? ¿De dónde le llegaron las informaciones? ¿Qué quiso
decir en realidad cuando pocas veces en años se había ocupado de la
Argentina? Las preguntas no tenían fin y el duhaldismo, con dardos lanzados
por Caselli –hoy todavía en las intimidades del palacio de San Pedro–
sospechaba de una conspiración, en lugar de mirar la realidad.
"Acá no hay nada nuevo, es lo que venimos diciendo hace tiempo– comentó un
integrante del Episcopado cercano a Bergoglio–. La Argentina ha perdido el
timón, hay miseria, anarquía y violencia de grupos de distintos signos que
se infiltran para provocar más desorden y caos. La situación es
peligrosísima y los que tenemos que estar con la gente somos nosotros,
porque los políticos no pueden pisar una villa porque los matan. En el
Episcopado tenemos encuestas, cada diócesis tiene estudios y los números son
alarmantes, estamos en caída libre y nadie sabe dónde terminamos...".
Estas informaciones llegaron a Roma anticipadamente y los mismos obispos se
encargaron de remarcarlo frente al Papa y a su entorno. Allí estaban el
argentino Leonardo Sandri, segundo secretario de Estado, el embajador
Espeche Gil y el Nuncio Santos Abril y Castelló.
"Santidad, nuestro país está pasando por un momento muy difícil que lo
acerca a la disolución social. Llamamos a la cordura, a la renuncia de
privilegios irritantes y a la no violencia. Creemos estar haciendo junto a
los laicos que se han incorporado a este empeño, todo lo que está a nuestro
alcance para ayudar a que la Argentina vuelva a ser Nación..."
Antes de partir hacia Roma, Jorge Bergoglio, otorgó un reportaje a la
revista italiana 30 Giorni, del influyente grupo integrista "Comunión y
Liberación", hermanos menores del Opus Dei. Viejos conocidos del cardenal
desde la década de los setenta y a través de sus amigos de Guardia de
Hierro, quienes le abrieron las puertas a su llegada a la Argentina, en la
década de los años ochenta. Cuando Antonio Quarracino, ex jefe de Bergoglio
en el arzobispado de Buenos Aires y primer contacto de Comunión y
Liberación, era presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), se
relacionó con sus militantes y logró que su amigo, el sindicalista en auge,
Saúl Ubaldini, fuera reporteado en la revista y lo mencionaran como el
"Walesa argentino". Quarracino había conocido en Rímini, Italia, al padre
Luigi Luciani, creador de la orden, amigo del Papa y al filósofo italiano
Rocco Butiglioni –ideólogo del grupo– y hoy Ministro de Relaciones
Comunitarias de "II Cavalierí", Silvio Berlusconi.
"La Conferencia Episcopal describió en la carta al pueblo de Dios del 17 de
noviembre de 2001, los muchos aspectos de esta crisis inmensa: concepción
mágica del Estado, despilfarro de los dineros públicos, liberalismo extremo
mediante la tiranía de mercado, evasión de impuestos, falta de respeto a la
ley, pérdida del sentido del trabajo. En una palabra, una corrupción
generalizada que mina la cohesión de la nación y nos desprestigia ante el
mundo. Éste es el diagnóstico. Si vamos al fondo, el problema de la
Argentina es un problema moral, un problema ético (...) Al comprometerse en
este intento común para salir de la crisis en la Argentina tiene siempre
presente lo que enseña la tradición de la Iglesia, que reconoce la opresión
del pobre y el fraude en el plano de los obreros como dos pecados que claman
venganza ante Dios. Estas dos fórmulas tradicionales son de total actualidad
en el magisterio del Episcopado Argentino. Estamos cansados de sistemas que
producen pobres para que luego la Iglesia los mantenga", dijo el cardenal a
30 Giorni y voló a Roma a encontrarse con el Papa.
Relaciones Sagradas
"En la década del '70 el país sufrió un período de violencia, de violaciones
de los derechos humanos y se produjo un dramático enfrentamiento entre
hermanos que ha dejado como secuela un abismo de resentimiento, de rencor y
hasta de odio. La Argentina no puede enfrentarse al nuevo milenio con ese
cáncer pernicioso en sus tejidos sociales; la comunidad cristiana no puede
celebrar los dos mil años de la encarnación redentora sin demoler ese muro
de odio y alcanzar la gracia de la reconciliación", fue parte del legado del
mensaje que el Papa envió al Encuentro Eucarístico Nacional, el 9 de
septiembre en Córdoba, y leído por el cardenal venezolano Rosalío Castillo
Lara. "El perdón no elude la justicia pero sí hace que la exigencia de
justicia no sea una venganza disfrazada. "
El parque Sarmiento en la ciudad de Córdoba albergó a más de ciento
cincuenta mil fieles que cantaron Sólo le pido a Dios, tomados de las manos.
Estanislao Karlic fue el encargado de leer el documento de "pedido de
perdón" por los lacerantes años de la dictadura, que confeccionaron los
obispos cordobeses, junto a un grupo de sacerdotes, monjas y laicos. Se
rindió homenaje al obispo Enrique Angelelli y al salvadoreño Oscar Arnulfo
Romero, asesinado por parapoliciales.
Habían pasado demasiados años y el horror había calado profundo en la
sociedad argentina. Un cuarto de siglo desde aquel fatídico 24 de marzo de
1976 cuando el ultracatólico general Jorge Videla y los miembros de la Junta
Militar, se reunieron con la cúpula de la Iglesia Católica para iniciar, con
su bendición, una masacre –en defensa de la civilización occidental y
cristiana– que dejaría miles de muertos y desaparecidos. ¿Era muy tarde?
Quizá para muchos sí. Dicen que mejor tarde que nunca, pero es cierto que la
Iglesia como institución debe una explicación más somera y clara en cuanto a
los términos –nunca se menciona la palabra "desaparecido", por ejemplo–
menos ambigua, más certera, con la mano en el corazón, sobre el papel
fundamental –e institucional– que jugó frente al golpe de 1976 y el aliento
a los represores. Es cierto que más de la mitad de los obispos argentinos
que integran la Conferencia Episcopal no habían sido consagrados cuando la
violencia azotaba las calles y tampoco cuando la democracia llegó en
diciembre de 1983. Y que la mayoría de los titulares de las diócesis de esos
tiempos ya no están o están muertos o están retirados. Por ejemplo sus
"Eminencias", los monseñores Bonamín y Tórtolo. Lo que quedó fuera del
pedido de perdón, fue la intención de trabajar en la posibilidad de abrir
los archivos que puedan suministrar –a través de los capellanes militares–
información a los familiares sobre las víctimas y sobre los niños
desaparecidos.
Por esos días, en el diario El País de España, en un artículo que lleva como
título "El perdón nunca es suficiente", se reproducen opiniones de filósofos
argentinos y españoles sobre la vigencia del Holocausto en las dictaduras
latinoamericanas. "El Holocausto no terminó en 1945 –dicen– sino que ha
renacido bajo formas espeluznantes en las dictaduras de América latina,
donde grandes tramos de la sociedad han sufrido represión y el exterminio en
las últimas décadas. Esa técnica que han decidido usar hoy los verdugos, ese
pedir perdón que se está generalizando da miedo. Es un acto demasiado tenue
a un costo muy bajo", dijo Antonio Gimeno, filósofo del Consejo Superior de
Investigaciones Científicas. "Hace pocos días, el Ejército y el Episcopado
argentinos pidieron perdón por su responsabilidades en la dictadura. El
gesto tiene su valor, pero una cosa es pedir perdón y otra mirar el mundo
con los ojos de las víctimas", aseguró el filósofo español Reyes Mate.
"Porque sentimos dolor frente a la violación de los derechos humanos
fundamentales. Porque el mal de la violencia, fruto de ideologías de
diversos signos, se hizo presente en distintas épocas políticas,
particularmente la violencia guerrillera y la represión ilegítima, que
enlutaron a nuestra patria. Porque en diferentes momentos de nuestra
historia, hemos sido indulgentes, con posturas totalitarias, lesionando
libertades democráticas que brotan de la dignidad humana. Porque con algunas
acciones u omisiones hemos discriminado a muchos de nuestros hermanos, sin
comprometernos suficientemente en la defensa de sus derechos. Supliquemos a
Dios, Señor de la Historia, que acepte nuestro arrepentimiento y sane las
heridas de nuestro pueblo. Padre, tenemos el deber de acordarnos ante Ti, de
aquellos hechos dramáticos y crueles. Te pedimos perdón por los silencios
responsables y por la participación efectiva de muchos de tus hijos en tanto
desencuentro político, en el atropello a las libertades, en la tortura y la
delación, en la persecución política y la intransigencia ideológica, en las
luchas y las guerras y la muerte absurda que ensangrentaron a nuestro país.
Padre bueno y lleno de amor, perdónanos y concédenos la gracia de refundar
los vínculos sociales y de sanar las heridas todavía abiertas de tu
comunidad", según se lee en el Capítulo V del documento episcopal, Confesión
de los pecados contra los derechos humanos.
El pedido de perdón de los obispos provocó controversias y críticas de los
organismos defensores de los derechos humanos. El CELS (Centro de Estudios
Legales y Sociales) y las Madres Línea Fundadora, reclamaron por "acciones
más concretas" como la apertura de los archivos que la Iglesia "posee sobre
desaparecidos de la última dictadura militar". Adolfo Pérez Esquivel, Premio
Nobel de la Paz, lo sintió "insuficiente y poco sincero". Carlos Ruckauf,
entonces Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, dijo que la declaración
era una "bocanada de aire fresco y el mayor gesto de bondad, humildad e
inteligencia de uno de los pilares de la sociedad". Fernando de la Rúa, en
viaje a China desde Canadá, habló profundo, como siempre: "Hay que apreciar
y valorar el gesto de la Iglesia, que interpreta el sentimiento de la
mayoría de los argentinos ". Jorge Casaretto creyó ver en el documento el
hilo conductor de la reconciliación argentina: "¿Podríamos resignarnos a no
avanzar en este camino de reconciliación histórica porque no se han podido
superar los escollos del esclarecimiento total de la verdad y la realización
plena de la justicia?". Jorge Bergoglio también vio en el acto un camino
abierto a la reconciliación y aseguró que a cualquiera que estuvo presente,
sea católico o no, "se le tiene que conmover las entrañas".
Al margen de las críticas, Bergoglio continúa con su estilo de conducción y
acumulación de poder. Aunque alejado de la Compañía de Jesús, no deja de ser
un miliciano de la orden, con muy buena muñeca en el manejo de las
cuestiones terrenales.
En el mes de junio de 2000, Bergoglio recibió una sorpresiva visita.
Los máximos jefes militares, el general Ricardo Brinzone, Jefe del Ejército
y los Jefes de Estado Mayor, general Juan Carlos Mugnolo; de la Armada,
almirante Joaquín Stella y de la Fuerza Aérea, Walter Barbero, hablaron con
el arzobispo sobre la posibilidad de implementar una especie de mesa del
diálogo "a la argentina" (una copia de la que funciona en Chile) en la que,
ante sacerdotes y obispos, militares argentinos involucrados en la guerra
sucia, confesaran sus crímenes, con garantía judicial de que luego no serían
encarcelados por los mismos. Según Brinzone –que tiene una antigua amistad
con Bergoglio y a quien los organismos de derechos humanos vinculan con la
masacre de Margarita Belén, en el Chaco, donde fueron fusilados detenidos
políticos– la idea de esta "mesa" era colaborar en la "reconciliación
nacional". Pero la misma no prosperó, ya que los organismos de derechos
humanos insisten en buscar la verdad a través de la justicia y los militares
involucrados se niegan a colaborar con su jefe. Aun así, al arzobispo de
Buenos Aires no le disgustaba para nada la idea de ser protagonista de
semejante acontecimiento. Siempre pensó que "debía haber memoria completa
para la resolución del pasado doloroso de la Argentina ".
El 9 de octubre de 1999, Bergoglio había participado de la marcha que
trasladaba los restos del sacerdote Carlos Mugica del cementerio de la
Recoleta hasta la villa 31 de Retiro. Los sacerdotes jóvenes del lugar, que
lo idolatran, aseguraron que lo vieron muy perturbado y con lágrimas en los
ojos. Y que gracias a su gestión los restos pudieron ser llevados al lugar
donde Mugica trabajó gran parte de su vida. Marta, hermana del líder de los
Sacerdotes para el Tercer Mundo, asesinado en la década de los años setenta,
también reconoce sentir un gran afecto por Bergoglio y cuestiona severamente
a aquellos que lo critican. "Sólo yo sé todo lo que se preocupó por los
restos de mi hermano. Gracias a él, Carlos descansa en la villa que tanto
amaba. Es cierto que está muy cuestionado dentro de la Compañía y
seguramente algunos tienen razón. Yo les pregunto si los hombres como él no
tienen derecho a cambiar, a modificar cosas de su pasado. Aquellos años
fueron terribles para todos y todos cambiamos, ¿por qué Jorge no puede
cambiar? ¿Por qué razón no puede pensar diferente?"
"Oremos por los asesinos materiales, por los ideólogos del crimen del padre
Carlos y por los silencios cómplices de gran parte de la sociedad y de la
Iglesia", dijo Jorge Bergoglio en la misa en homenaje a Mugica, en medio de
los aplausos.
También participó de la misa de homenaje a los sacerdotes Palotinos
asesinados en 1976 y no sólo eso, sino que según informaciones que me
suministraron palotinos que viven en la Casa de la Congregación en Roma,
Bergoglio esta "monitoreando" personalmente ante el Vaticano, una iniciativa
de los palotinos, para que los asesinados por los militares sean nombrados
mártires de la Iglesia. Uno de ellos, era amigo de Bergoglio y se confesaba
con él.
"La Historia eclesiástica argentina de los años sesenta y setenta está
constelada de tormentos y de dramas, de heridas a menudo imposibles de
curar; con frecuencia de violentas laceraciones. Desde el campo teológico
hasta el político, desde el terreno institucional hasta el social, el mundo
católico de la época parece un campo de batalla: la jerarquía fracturada, el
clero dividido y en rebeldía, las vocaciones en crisis, el laicado falto de
confianza o politizado sobre telón de fondo de un enfrentamiento
generacional, cultural, ideológico y político más profundo...", afirman
Roberto Di Stéfano y Loris Zanatta, en el libro Vida y Pasión del clero
criollo.
Clelia Luro, esposa y compañera de monseñor Jerónimo Podestá cuenta una
anécdota interesante. El 23 de junio del año 2000, a los 79 años y víctima
de una insuficiencia respiratoria, en la Clínica San Camilo de Buenos Aires,
murió el ex obispo de Avellaneda, un hombre pacífico de actitudes
revolucionarias, polémico y transgresor, tan católico como crítico de la
Iglesia. A los pocos días de su muerte Clelia relató: "La jerarquía
eclesiástica abandonó a Jerónimo y a mí siempre me ignoraron. Pero es justo
decir que el único que lo acompañó mientras él estuvo internado y que me
llama todos los días para ver cómo estoy, es Jorge Bergoglio. El lo acompañó
como un verdadero hermano. No hizo declaraciones públicas y a mí tampoco me
interesa. Yo le estoy eternamente agradecida porque fue quien gestionó
frente a las monjitas de la clínica para que yo pudiera compartir con
Jerónimo sus últimos momentos. No te olvides que él siguió siendo obispo y
murió como tal. Y entonces según las reglas, yo no debía estar. No era
nadie. Y Bergoglio lo logró. Sin decírmelo, él me reconoció como lo que fui:
la mujer de Jerónimo, el gran amor de su vida".
Fortunato Mallimaci, experto en temas del catolicismo y decano de la
facultad de Ciencias Sociales de la UBA escribió:
"En un contexto de decadencia, pobreza, angustia generalizada y pérdida de
espectativas, las instituciones cristianas, y en especial la Iglesia
católica, aparece encabezando el ranking de imagen positiva en casi todas
las encuestas como una de las instituciones más creíbles. En el caso actual
de los obispos católicos que debido a la crisis de representación de los
dirigentes políticos y un Estado ausente pueden funcionar tanto como
reguladores del conflicto social o como administradores del descontento. Se
dibuja así el intento de creación de una nueva identidad católica en una
sociedad desencantada. Vemos cómo se diseña institucionalmente un proyecto
de compromiso social donde priman las organizaciones cuyo ejemplo típico es
Caritas con su "solidaridad asistencial". El discurso es mayoritariamente de
reafirmación de certezas, esto quiere decir que las respuestas a lo social
van junto con propuestas culturales y políticas de raíz católica.
"Este discurso vuelve a cobrar fuerza especialmente con el peso creciente de
la institución del actual arzobispo de Buenos Aires, caracterizado
históricamente por sus posturas integralistas de derecha y sus relaciones
con sectores militaristas. Al mismo tiempo que "denuncia a los ricos y rinde
homenaje a los sacerdotes asesinados" exige educación católica en las
escuelas públicas, hace saber a las clases dirigentes sus prevenciones
acerca de sectores políticos con posturas progresistas, se relaciona con los
jerarcas "militares para pedir memoria completa (y deslegitimar a los
organismos de Derechos Humanos) y trata de impedir los programas de salud
reproductiva. "
¿Ángel o demonio? ¿Integralista, ortodoxo, conservador o cuadro de la
Compañía? A Jorge Bergoglio no parece importarle mucho. Qué más da. De él y
solamente de él, depende su presente y su futuro eclesiático. Ha logrado
bastante y algunos imposibles: juntar a casi todos en un discurso común. Y
cumple a rajatabla sus votos: pobreza, castidad y obediencia. Cada
celebración de Semana Santa, cada Navidad, se mete en un hospital de niños
pobres y desahuciados o en una cárcel, o en el hospital Muñiz y arrodillado,
lava los pies a los enfermos y condenados. Detesta a los políticos y no deja
de mencionarlo en cada discurso. Las críticas le duelen, pero disimula bien
como digno hijo de San Ignacio. "El silencio es la mejor respuesta", me dijo
una tarde cuando le pregunté acerca de las versiones que circulaban. "No
haga caso, no hay que dejarse guiar por esas cuestiones. Rece por mí".
Agradecimientos
A los cardenales Jorge Mario Bergoglio, Raúl Francisco Primatesta y Jorge
Mejías, por su enorme paciencia.
A Monseñor Pío Laghi.
A los obispos José María Arancibia, Rafael Rey, Jorge Casaretto, Fernando
Bargalló, José María Arancedo y Justo Laguna.
A los sacerdotes Eduardo de la Serna, Orlando Yorio, Alberto Carbone, Luis
Farinello, Ignacio García Matta, José María Meiseguer, Hernán Pérez
Etchepare, Antonio Puigjane, Luis Pérez Aguirre, Julio Grassi, Guillermo
Marcó, Kevin O'Neill, John O'Connor y Pedro Trueco.
A Jerónimo Podestá y Clelia Luro, Patrick Rice, Rubén Dri y Miguel
Ramondetti, Domingo y Matilde Quarracino y Marta Mugica.
A las hermanas Martha Pelloni y Leonor Caravelli. A la Congregación de los
sacerdotes Palotinos, en Roma.
Al padre Arturo Díaz, titular de la Congregación de los Legionarios de
Cristo en Argentina.
A los compañeros de los archivos del CIAS y el CELS.
A Jesús María Plaza, especialmente.
A Marcelo Zlotowiazda, por su infinita generosidad.
A Abuelas y Madres de Plaza de Mayo.
A Alicia Azcúa, de la Dirección de Derechos Humanos de la Municipalidad de
La Plata.
A periodistas y productores de radio y televisión de la provincia de Santa
Fe, que ayudaron tanto.
A laicos y seminaristas comprometidos de la provincia de Santa Fe, que
desgranaron una historia denigrante de abusos y todavía aguardan una
respuesta oficial de la Iglesia.
A Olga y Roxana, de la oficina de prensa de la Conferencia Episcopal
Argentina.
A Willie Schavelzon, por su incansable apoyo.
A mis editoras –y amigas– Ana María Bertolini y Carolina Di Bella, por estar
día y noche, involucradas en esta historia difícil y apasionante.
A Blanca Rosa Roca, Pablo Dittborn y Carlos Ramos, de Ediciones B, por creer
en mí.
A Elena Goñi y Ricardo Capelli, muchas gracias.
A Sylvina Walger, Miriam Lewin, Jorge Fernández Díaz, Bartolomé de Vedia,
Elisabetta Piqué, Julio Bárbaro, Natasha Niebieskikwiat, Sergio Rubín,
Fabián Kovacic, Gabriel Seisdedos, Bruno Pasarelli, Roberto Baschetti,
Emilio Corbiére, Claudia Selser, Walter Goobar, Viviana Gorbato, Juani
Bettanin, Mora Cordeu, Juan Carlos Dante Gullo, Juan Bautista Yofe, Jaime
Cesio, Roberto Perdía y Mario Montoto.
A las innumerables fuentes que colaboraron y prefirieron permanecer en el
anonimato, en la Argentina y en el Vaticano.
A Jorge Lanata, por todo.
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