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¿mártir o asesino?
Osvaldo Bayer - El bondadoso ajusticiador
| Daniel Goldman - Rabinos eran los
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de la masacre de Plaza Lorea
Gerardo Bra - La maldita cárcel de
Ushuaia | La historia de
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caretas, 20 de noviembre de 1909 |
Agustin Souchy
- Una vida por un ideal | Osvaldo
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Jorge Nuñez - Buenos Aires se tiñó de sangre
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Luce Fabbri - Simón
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Osvado Bayer - Simón
Radowitzky, ¿mártir o asesino?
Felipe Pigna -
Anarquistas y socialistas |
El anarquista y el
coronel. Extracto de “Marcados por el fuego”, de Marcelo Larraquy
Carlos Rama y Angel Cappelletti - El
anarquismo en América Latina
| Osvaldo
Bayer - De expropiadores y libertarios
Edgardo Álvarez - El
Estado contra el movimiento anarquista |
Pack de textos anarquistas (Bakunin,
Kropotkin, Proudhon, etc.)
Entrevista al historiador Juan Suriano: "El
anarquismo se dañó a sí mismo" (Crítica, 24/01/10)
Simón Radowitzky (1891-1956)
Por Osvaldo Bayer

"Mil y mil veces maldita tierra aborrecida del crimen, del sufrimiento y del
sicario. Bajo el azote helado de tus huracanes gime el hombre; la angustia roe
las almas de las víctimas; los abnegados, los Radowitzky, agonizan, mártires de
la chusma del máuser, y, sobre el hórrido concierto de sollozos, se oye,
siniestra, la carcajada del verdugo."
Así comenzaba un volante del diario anarquista La Protesta, para el 1º de Mayo
de 1918, el Día de los Trabajadores. Estoy en Ushuaia, en el edificio del
antiguo penal, y hablo sobre Simón Radowitzky ante una concurrencia formada
principalmente por gente joven. Nunca hubiera soñado antes que iba a tener esa
posibilidad. En los años setenta publiqué un libro que se titulaba Simón
Radowitzky, ¿mártir o asesino?, que fue a parar a la hoguera de la dictadura de
los Videla y Massera. ¿Quién era ese Simón Radowitzky que había sido una figura
legendaria del movimiento obrero en las tres primeras décadas de este siglo y
que había pasado veintiún años de su vida en la cárcel, la mayoría de ellos en
el penal de Ushuaia, una de las páginas más negras de la historia penal del
género humano de la cual tendríamos que avergonzarnos los argentinos? Y que se
mantuvo no sólo durante el gobierno de los conservadores liberales sino también
durante los tres gobiernos primeros del radicalismo. Los que más cantaron a
Simón Radowitzky, llamado el "mártir de Ushuaia", fueron los payadores criollos
en los mitines y asambleas obreras.
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"Traigo aquí para Simón
este manojo de flores,
del jardín de los dolores
del alma y del corazón:
traigo para aquel varón
valiente y decidido,
este manojo que ha sido
hecho con fibras del alma,
en un momento sin calma
de rebelde convencido."
Así cantaba el payador Manlio por la década del veinte.
Es que Simón había corporizado la violencia de abajo al matar de un preciso
bombazo al jefe de policía coronel Ramón L. Falcón después que éste reprimiera
brutalmente la manifestación obrera del 1º de Mayo de 1909. Ese día ocurrirá la
más grande tragedia obrera hasta ese momento de nuestra historia social. La
policía montada al mando del comisario Jolly Medrano, después de que sonara el
clarinazo de ataque ordenado por el propio coronel Falcón, se lanza sobre las
columnas obreras en la Plaza Lorea. Parece una estampa de la Rusia imperial
cuando los cosacos atacaban concentraciones de famélicos proletarios en San
Petersburgo o en Moscú. En la historia de las represiones obreras, la del
coronel Falcón quedó como una de las más cobardes y alevosas. En un primer
momento se cuentan treinta y seis charcos de sangre. Para explicar el drama, el
militar traerá el argumento que todavía hoy se emplea en la Argentina: le echa
la culpa a los "agitadores". Seguirán días de paro general proclamado por la
FORA que tendrá un desarrollo muy violento. Esos días continuará la brutal
represión y se seguirán sumando los muertos. Los obreros no se rinden porque:
"Los tiempos ya terminaron
en que hubo feudales bravos
que agarraban a los esclavos
y fiero los azotaron
¡Hoy no! Ya se rebelaron,
Y ese hombre hoy, febril y ardiente
cuando ve que un prepotente
burgués quiere maltratarlo:
cara a cara ha de mirarlo,
cuerpo a cuerpo y frente a frente!"
Así fue. Ese joven judío de apenas 18 años, obrero metalúrgico, esperará al
coronel Falcón y pondrá fin a la vida del orgulloso militar que era todo un
símbolo para los hombres de uniforme: Falcón había sido el cadete número uno
recibido en el Colegio Militar creado por Sarmiento. Simón trata de suicidarse
pero es capturado, condenado a muerte y luego, como es menor de edad, a prisión
perpetua a cumplir en el penal de Ushuaia, con el agravante de que cada año, en
oportunidad de cumplirse cada aniversario de su atentado contra Falcón "deberá
ser llevado a reclusión solitaria a pan y agua durante veinte días", como dirá
la sentencia.
En la prisión, sólo comparable con la de la Isla del Diablo, Radowitzky se
convertirá en el "mártir de la anarquía". Será un místico de la resistencia y
del altruismo con los demás presos. Protagonizará una huida legendaria a través
de los canales fueguinos hasta que es capturado por un buque de guerra chileno y
entregado a los carceleros argentinos. Todos los castigos inimaginables serán
entonces para él. Aunque enfermo de tuberculosis, el clima del extremo sur y el
aislamiento no lo amedrentan y sigue siendo el defensor de los demás presos para
quienes Simón es una personalidad mística y al que admiran casi con respeto
religioso.
Sus compañeros de ideas de todo el país no lo abandonaron en ningún momento.
Miles de mitines y su nombre siempre en la primera página de sus publicaciones.
Hasta que en 1930, Yrigoyen firmará el indulto. Pero el gobierno radical no se
aguanta al carismático atentador en territorio argentino y lo expulsa al
Uruguay. Allí será detenido y poco después soportará presidio en la isla de
Flores. Hasta que en 1936, ya en libertad, marchará a la Guerra Civil española a
luchar contra el fascismo de Franco. Morirá en México en 1956 mientras trabajaba
de obrero en una fábrica de juguetes, el mejor oficio que puede tener un ser
humano.
Me paseo por las celdas del presidio de Ushuaia, cuarenta años después de la
muerte del "santo de la anarquía". Los muros del oprobio. Oprobio que años
después se iba a trasladar a los dominios de otros carceleros con uniforme
militar: los campos de concentración de los Bussi, los Menéndez, los Camps.
Pienso en estos verdugos cuando atravieso el portón de salida del ex presidio
austral. Y me consuela un pensamiento que me asalta en ese momento. Esos tres
jamás tuvieron juglares criollos que les cantaran. De Radowitzky quedan los
recuerdos de esas coplas del auténtico pueblo:
"Simón, la fe no desmaya
y el pueblo sí que resiste
te ha de sacar, Radowitzky,
de las mazmorras de Ushuaia."
Fuente: www.elhistoriador.com.ar
14 de noviembre de 1909 - El asesinato del
coronel Ramón Falcón
Por Felipe Pigna
El 1º de mayo de 1909, los gremios anarquistas y socialistas decidieron
conmemorar en reuniones separadas el día de lucha de los trabajadores. Los
socialistas lo hicieron en Constitución y los anarquistas en la Plaza Lorea,
frente al Teatro Liceo, a pocos metros del Congreso.
Desde temprano comenzaron a llegar las familias obreras con sus banderas rojas y
negras dispuestas a homenajear a los mártires de Chicago. Protestaban contra la
desocupación, los bajos salarios y la indiferencia del gobierno ante los
problemas sociales de la mayoría de la población. Durante el acto se sucedieron
en el uso de la palabra encendidos oradores, hombres y mujeres que invitaban a
la rebelión y a organizarse para cambiar la sociedad.
El coronel Ramón Falcón, jefe de la Policía, desde su auto, observaba
atentamente la reunión. Muchos manifestantes lo insultaron al reconocerlo y
volaron algunas piedras. Falcón dirigió personalmente la represión y dio la
orden a la policía montada, al mando del comisario Jolly Medrano, jefe del
Escuadrón de Seguridad, de dispersar la manifestación a sablazos y balazos.
El reportero del diario La Prensa escribía que Falcón se bajó del auto y dijo: “Hay que concluir, de una vez por todas, con los anarquistas en Buenos Aires”, y recurriendo a la obediencia debida, agregó que eran instrucciones del ministerio del Interior. Tras la orden del comisario, comenzó la masacre. El saldo fue de once obreros muertos y ochenta heridos, entre ellos, varios niños. (…)
|
Por Rodolfo González Pacheco |
El 4 de mayo, más de 60.000 personas se concentraron frente a la morgue,
esperando la entrega de los cadáveres, para acompañarlos hasta la Chacarita. En
un acto de barbarie sin precedentes hasta el momento, pero que se tornará una
tradición de aquí en adelante, la policía le arrebató los féretros a las
familias obreras para impedir que se concretara el multitudinario cortejo
fúnebre. Los “cosacos” dispersaron a la mayoría, pero 4.000 aguerridos
militantes lograron llegar hasta el cementerio. A la salida, integrantes de la
comisaría 21 volvieron a balear a los obreros.
Mientras tanto, en la Casa Rosada, dirigentes de la Bolsa de Comercio le rendían
tributo al “heroico” coronel Falcón, que estaba siendo felicitado por el
presidente José Figueroa Alcorta.
Inmediatamente las dos centrales sindicales, la UGT socialista y la FORA
anarquista, convocaron a la huelga general y exigieron justicia y la expulsión
de Falcón de la jefatura de Policía. La respuesta del gobierno fue la
confirmación de Falcón con todos los honores. Durante toda esta “Semana Roja”,
como se la conoció, la huelga fue total. Entre los presentes en el acto de Plaza
Lorea se encontraba un joven anarquista ruso llamado Simón Radowitzky.
Había nacido en Kiev, Ucrania, en 1891. Con sólo catorce años de edad,
Radowitzky participó activamente en las protestas y sublevaciones de 1905,
conocidas en la historia como la primera revolución rusa. Huyendo de las
persecuciones zaristas, llegó a la Argentina en marzo de 1908 y entró
inmediatamente en contacto con los círculos anarquistas locales. Según cuentan
los que lo conocieron, quedó profundamente impresionado por la represión de mayo
de 1909 desatada por Falcón. Comentaba que la policía montada les recordaba a
los cosacos zaristas que con sus sables dejaban un tendal de obreros muertos en
las concentraciones anarquistas de Rusia.
Radowitzky asistió a las reuniones que condenaban la acción de Falcón y la
actitud del gobierno que le aseguraba impunidad al comisario, acercándose a los
grupos que propiciaban “la propaganda por el hecho”, partidarias de la acción
directa y de planificar el “ajusticiamiento” del coronel Falcón.
Tras varios meses de preparativos, todo estaba listo la mañana del 14 de
noviembre. El joven Simón salió poco antes de las once de su casa de la calle
Andes 394. Tomó el tranvía 17 y descendió en la esquina de Callao y Quintana.
Caminó por Quintana hacia el cementerio de la Recoleta y esperó unos minutos. De
pronto vio salir un coche Milord. En su interior, el coronel Falcón charlaba con
su secretario, Juan Lartigau. La conversación lo tenía tan ensimismado que no
advirtió la extrema cercanía de aquel joven vestido de negro, que sin mediar
palabras le arrojó un paquete que fue a dar al piso del coche entre sus piernas.
Falcón no tuvo tiempo de reaccionar, un terrible estruendo rompió el rodado y lo
arrojó junto a su acompañante sobre el empedrado de Quintana. Sus piernas
quedaron destrozadas al igual que las de Lartigau. Para cuando llegó la
asistencia pública, los dos estaban prácticamente desangrados. Fueron
trasladados de urgencia al Hospital Fernández, donde morirían horas después.
Tras arrojar la bomba, Simón Radowitzky corrió por Callao hacia el Bajo, pero
fue perseguido por policías y civiles que lo arrinconaron contra una obra en
construcción. Al verse acorralado, extrajo un revólver y tras gritar con un
inconfundible acento ruso “viva la anarquía”, se disparó un tiro sobre la
tetilla izquierda. Los nervios le jugaron una buena pasada y sólo se produjo
heridas leves. Tras el disparo sus perseguidores se arrojaron sobre él y lo
condujeron casi a la rastra hasta la comisaría 15, donde fue salvajemente
torturado en sucesivos interrogatorios. Radowitzky se negó a hablar y sólo
decía: “tengo una bomba para cada uno de ustedes” y “viva la anarquía”. Nunca
dirá el nombre de los compañeros que colaboraron en el atentado. Con el tiempo
se supo que fueron al menos cuatro.
Cuando todo indicaba que iba a ser sumariamente condenado a muerte, un tío de
Simón, Moisés Radowitzky, de profesión rabino, aportó su partida de nacimiento
que determinaba que era menor de edad, lo que evitó el fusilamiento. Se
sustanció un proceso de una rapidez inusitada para los tiempos de la justicia
argentina y se dictó una sentencia que no registraba antecedentes: se lo condenó
a prisión por tiempo indeterminado y a ser sometido a pan y agua durante veinte
días cada año al cumplirse los aniversarios del atentado.
Tras una breve estadía en la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras y tras
un intento de fuga, fue trasladado al penal de Ushuaia, donde permanecerá hasta
1930, tras 21 años de prisión, transformándose en un símbolo para el movimiento
obrero anarquista que no dejará jamás de luchar por su libertad.
Fuente: Felipe Pigna, Los mitos de la historia argentina 2.
Simón
Radowitzky, ¿mártir o asesino?
Por Osvaldo Bayer
Ese primero de mayo de 1919 amaneció frío pero con sol; luego hacía el
mediodía se iría nublando como presagiando tormenta. Tormenta que no sería
de truenos y relámpagos sino de balazos, sangre y odio.
Los diarios no traían muchas novedades, salvo el nacimiento de Juliana, la
princesa heredera de Holanda, y del estreno en el Odeón de “Casa paterna”
con Emma Grammática como primera actriz. Pero más de un lector habrá leído
con un poco de zozobra dos pequeños anuncios que parecían tener pólvora en
cada una de sus letras. Se anunciaban dos actos obreros: uno organizado por
la Unión General de Trabajadores (socialistas), que cita a las 3:00 p.m.:
hablarán A Mantecón y Alfredo L palacios: el otro, es el de la FORA
(anarquista) que invita a la concentración en Plaza Lorea para marchar por
Avenida de Mayo, Florida hasta Plaza San Martín y de allí por Paseo de Julio
hasta la Plaza Mazzini.
Con los socialistas no va a pasar nada, ya es sabido, pero… ¿y los
anarquistas?
El país vive una situación interna bastante difícil. Gobierna Figueroa
Alcorta un mundo que se va y una irrupción incontenible: la masa de la nueva
raza argentina, la inmigración y sus descendientes. Las bombas, el
cientificismo, las ideas económicas, todo repercute en Buenos Aires que se
está estirando cada vez más, que cada vez más se parece a una ciudad
Europea.
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Cárcel Central, 22 de abril de 1936 |
Enseguida después de mediodía La Plaza Lorea comienza a poblarse de gente
extraña al centro: mucho bigotudo, con gorra, pañuelo al cello, pantalones
parchados, mucho rubio, algunos pecosos, mucho italiano, mucho ruso y
bastantes catalanes. Son los anarquistas. Llegan las primeras banderas
Rojas: ¡Mueran los burgueses! ¡Guerra a la burguesía! Son los primeros
gritos escuchados. Llegan estandartes rojos preferentemente con letras
doradas. Son las distintas “asociaciones” anarquistas. A las 2 de la tarde
la plaza ya está bien poblada. Hay entusiasmo, se oyen gritos, vivas, cantos
y un murmullo que va creciendo como una ola. El momento culminante lo
constituye la llegada de la asociación anarquista “Luz al Soldado”. Parece
ser la más belicosa. Han llegado por la calle Entre Ríos y según los partes
policiales a su paso han roto vidrieras de panaderías que no cerraron sus
puertas en adhesión al Día del Trabajo, han bajado a garrotazos a guardas y
motoristas de tranvías y han destrozado coches de plaza y soltado los
caballos.
Pero falta la otra piedra del yesquero para que se origine la chispa. En
avenida de Mayo y Salta se detiene de improvisto un coche. Es el coronel
Ramón Falcón, jefe de policía. La masa lo reconoce y ruge: ¡Abajo el coronel
Falcón! ¡Mueran los cosacos! ¡Guerra a los burgueses! Las banderas y los
estandartes se agitan.
Falcón se yergue. Su rostro impasible mide la masa. No es un gesto de
cinismo no de compadrada. En ese momento está calculando las fuerzas
enemigas, como un general en la batalla. Falcón es un militar de los de
antes, un sacerdote de la disciplina. Severo, impertérrito, incorruptible,
“Es un perro”, dirán los subordinados que pertenecen a la categoría de los
flojos. Pero lo dirán con miedo. Falcón, en una oportunidad, como única
respuesta a un petitorio de suboficiales de policía, los reúne a todos en el
patio del departamento central, le arranca las jinetas al cabecilla y lo
saca a empujones a la calle para que nunca más vuelva. Así es Falcón. Es
viudo, sin hijos, no tiene vicios ni lujos. No habla nunca de sí mismo. Sólo
de vez en cuando le gusta decir que él es descendiente de moros y que su
apellido tiene dos cualidades guerreras: falcón es una especie de cañón
usado antiguamente y a la vez quiere decir halcón.
Ahí está el hombre enjuto, sin carnes, de mirada de halcón frente a esa masa
que a su criterio es extranjera, indisciplinada, sin tradiciones, sin
orígenes, antiargentina.
Los insultos caen sobre el rostro de Falcón como una lluvia fina que apenas
moja. Hay oficiales que se muerden los labios de rabia por no poder
emprenderla a palos contra la turba. Falcón habla brevemente con Jolly
Medrano, jefe del escuadrón de seguridad, y se retira. Minutos después
ocurre el choque. Como siempre, las versiones serán contradictorias. La
policía dirá que fue atacada por los obreros y los obreros dirán que la
represión comenzó sin previo aviso. Pero lo cierto es que el es una de más
grandes tragedias de nuestras luchas callejeras. Alguien prende la mecha y
dispara un tiro. Se desata el tiroteo. Se lucha a balazo limpio. Ataca la
caballería. Los obreros huyen, pero no todos. Hay algunos que no retroceden,
ni siquiera buscan el refugio de un árbol. Luchan a cara limpia. Es una
época donde muchos son los trabajadores que quieren ser mártires de las
ideas.
Después de media hora de pelea brava la plaza queda vacía. El pavimento esta
sembrado de gorras, bastones, pañuelos… y 36 charcos de sangre. Son
recogidos tres cadáveres y 40 heridos graves. Los muertos son: Miguel Bech,
español, de 72 años, domiciliado en Pasco 932, vendedor ambulante; José
Silva, español, de 23 años, Santiago del Estero 955, empleado de tienda, y
Juan Semino, argentino, de 19 años, peón de albañil. Horas después morirán
Luís Pantaleone y Manuel Fernández, español, de 36 años, guarda de tranvía.
Los heridos son casi en su totalidad de nacionalidad, española, italiana y
rusa.
La conmoción de la ciudad es tremenda. Falcón no se duerme, hace detener de
inmediato a 16 dirigentes anarquistas y clausura todos los locales de esa
tendencia. La policía informa que llama la atención la forma en que han
actuado los elementos rusos que forman parte de la masa cosmopolita de
obreros. En el sumario policial han sido agregados manifiestos escritos “En
lengua hebrea que encierran una propaganda violentísima”. Según la policía
“se aconseja en ellos el asesinato y saqueo de la masa pública”. Y para dar
más verismo a estos asertos, se informan oficialmente cosas como está: “al
herido Jacobo Besnicoff, ruso de 22 años, no se le pudo tomar declaración
porque no sabe castellano”
El sector obrero también reacciona: los socialistas se unen a los
anarquistas y declaran el paro general por tiempo indeterminado. Lo
levantarán solamente si renuncia Falcón. Todo el ataque se centra en el jefe
de policía. La población, ese domingo, espera con temor el día siguiente. Se
dice que reinará el terror en las calles, que los anarquistas no permitirán
que nadie cumpla con su trabajo.
Pero en la mañana del lunes nace una esperanza: los diarios aparecen igual a
pesar de que la Federación Gráfica Bonaerense se ha adherido al paro. Es
decir, el gobierno ha logrado romper ya la unidad de movimiento.
A medida que avanzan las horas se va notando que el paro sólo tiene un éxito
parcial. Se suceden los hechos de violencia: motoristas de tranvías con
atacados y malheridos y un capataz de la playa de los mataderos es asesinado
por los huelguistas. En Cochabamba 3055 es asaltada la fábrica Vasena por un
grupo de obreros, pero éstos son rechazados. Cinco mil personas se agrupan
frente a ka morgue para reclamar los cadáveres de los anarquistas muertos.
Ante el pedido obrero de que renuncie Falcón, el presidente Figueroa Alcorta
responde en forma contundente: “Falcón va a renunciar el 12 de octubre de
1910, cuando yo termine mi período presidencial”.
La policía informa que fueron detenidos “nueve rusos nihilistas” y “La
prensa” relata en forma patética las declaraciones de la esposa del
anarquista Fernández, muerto en Plaza Lorea. Dice Antonia Rey de Fernández
que ya hace tres años que se había separado de su esposo debido a las “ideas
violentas de éste”.
A medida que pasan los días se va desinflando el paro general. Los
anarquistas demuestran que son anarquistas hasta en la organización. Pero
eso sí, los políticos y las clase alta y media son sorprendidos por la
extraordinaria manifestación de duelo constituida por la columna de 60.000
obreros que acompañan al cementerio los restos de los compañeros caídos.
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Y es justo a la salida del cementerio -pero el de la Recoleta- en donde
tendrá lugar el segundo acto del drama. El coronel Falcón vuelve en su
milord luego de haber asistido a las exequias de su amigo Antonio Ballvé,
director de la Penitenciaría Nacional y viejo funcionario policial. Falcón
está apesadumbrado pero no es hombre flojo. Más bien está pensando en el
informe que acaba de presentar al ministro del interior, sobre la base de lo
investigado por el comisario de la sección Orden Social, José Vieyra. Tema:
actividades anarquistas. Allí se da cuenta de la indagación realizada para
prevenir y hacer frustrar el atentado criminal que intentó realizar el
anarquista Pablo Karaschin en la capilla, del Carmen. En el momento en que
iba a depositar una bomba en la nave principal fue sujetado por Fernando
Dufraichou y Rafael Grisolía. Falcón sabe que Karaschin -que vivía con su
esposa y dos hijitas en la empresa de limpieza “La Española”, Junín 971- es
jefe de un grupo de activistas terroristas. Por eso, en pocos días piensa
someter a la consideración del ministro Avellaneda las medidas que a su
juicio es imprescindible tomar para prevenir hechos análogos.
El coche sigue avanzando despaciosamente. Ahora ha tomado por la avenida
Quintana. Lo conduce el italiano Ferrari, buen cochero que ingresó en la
repartición en 1898. Al lado de Falcón el joven Alberto Lartigau, de 20 años
de edad, único varón de una familia de nueve hijos, y que ha sido puesto por
su padre como secretario privado de Falcón para que al lado de éste “se haga
hombre”.
Desde la tragedia de Plaza Lorez, en mayo de ese año, muchas son las
amenazas que se ciernen sobre Falcón. Los anarquistas lo han señalado como
su principal enemigo. Y todos saben como se las gastan los anarquistas. Pero
Falcón no teme. Va a todos lados sin custodia. Y siempre está en todos los
lugares de peligro.
Pero está vez está preocupado por el grupo de Karaschin. ¿Se quedarán
tranquilos ahora que el jefe está entre rejas? ¿O buscaran vengarse con un
golpe sensacional?
El coche ya dobla por la avenida Callao rumbo al sur. Y es en ese momento
que dos hombres -el chofer José Fornés, que conduce un automóvil detrás del
coche de Falcón, y el ordenanza Zoilo Agüero del ministro de Guerra-
observan que un mocetón con aspecto de extranjero comienza a correr a toda
velocidad atrás del carruaje del jefe de policía. Lleva algo en la mano.
¿Qué habrá pasado, se habrá caído algo del coche y el muchacho quiere
devolverlo? ¿Por qué no grita para llamar la atención? Pero ahí está la
verdad. Al doblar el coche, el desconocido se acerca en línea oblicua y
arroja el paquete al interior del mismo. Medio segundo después la terrible
explosión. El terrorista mira para todos lados y comienza su huida hacia la
avenida Alvear.
Después del primer momento de sorpresa, Fornés baja del coche secundado por
Agüero comienza a correr al desconocido, que les lleva unos 70 metros. Dan
grandes voces y se les van engrosando más perseguidores, entre ellos los
agentes Benigno Guzmán y Enrique Muller. El perseguido corre
desesperadamente, quema todas sus fuerzas para ganar un metro de distancia:
sabe muy bien que la gente lo linchará o lo matará a tiros. Ya siente el
gusto de la muerte en la lengua y en los pulmones que le revientan de
fatiga. Dobla por avenida Alvear y ve una obra en construcción. Hacia ella
se dirige como si hubiera encontrado refugio, un nido donde esconder por lo
menos la cabeza. Se para. Ya tiene encima a sus perseguidores. Saca un
revólver y comienza a correr nuevamente. Y así a la carrera se dispara un
tiro sobre la tetilla derecha y cae redondo sobre la acera.
Falcón es de los que saben morir. El también ha ido en el coche al muere.
Los anarquistas saben preparan bombas y está no ha fallado. Ha sido lanzada
con maestría. Ha caído ha espaldas del cochero y a los pies de Falcón y
Lartigau. Al explotar ha desgarrado músculos, roto arterías y venas, cortado
nervios y se ha adentrado bien en la carne antes de que las víctimas se
dieran cuenta de lo que ocurría. Falcón siempre creyó que su cara y su
mirada de halcón pararían la mano de cualquiera que atentara contra su vida.
Pero es que ni le han dado la voz de alto. Ni siquiera él ha podido decir:
“¡soy el coronel Falcón!”. Su barranca Yaco está allí, en avenida Quintana y
Callao. Y allí se desangra por sus piernas desgarradas y rotas, allí, tirado
en la calle hasta que algún acomedido le trae un colchón.
Es curioso. El estampido ha sido terrible y sin embargo apenas si los
caballos dieron un salto, hociquearon y respondieron a las riendas del
asustado italiano Ferrari. Mientras tanto Lartigau y Falcón se habían
deslizado por el boquete abierto por la bomba en el piso del coche y habían
caído a la calle. La sangre que fluía por las heridas hechas por decenas de
clavos y recortes de hierro los iba rodeando igual que las caras de los
despavoridos curiosos.
Falcón no pierde el conocimiento. Tirado sobre el colchón que le han traído
señala con ademán autoritario que lo atiendan primero al “joven Lartigau”. A
la pregunta de los curiosos responde “No es nada, ¿hubo más herido?”. La
sangre que pierde es mucha. Mientras esperan la ambulancia de la Asistencia
Pública, dos o tres vecinos tratan de vendarle las destrozadas piernas con
vendas y trozos de sabanas. A Lartigau, que ha perdido el conocimiento, lo
llevan al sanatorio Castro, muy cerca de allí.
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Llegan las ambulancias. Conmueve ver a todos esos hombres que se esfuerzan
por levantar el colchón con el hombre herido y meterlo en el coche. Llegan
al consultorio central y los médicos que lo atienden no ven otra salida que
amputarle la pierna izquierda a la altura del tercio superior del muslo.
Pero ya es tarde, Falcón está ya casi vacío de sangre. No aguanta el shock
traumático y expira a las 2 y cuarto de la tarde.
La juventud de Lartigau se defiende más. Sus heridas son tan profundas como
las de Falcón pero igual le han tenido que amputar una pierda -a él la
derecha- y la pérdida de sangre ha sido tremenda. Aguanta hasta las 8 de la
noche.
Los dos serán velados en el departamento central. Pocas veces Buenos Aires
asistirá a una expresión de duelo tan grande. Con delegaciones policiales de
todo el país y del exterior. El ejército argentino y la policía lo han
tomado como una afrenta. Y por eso para ellos no habrá jamás perdón para el
asesino. Pasarán muchos años pero la consigna seguirá siempre fresca: no
habrá perdón para el asesino de Falcón. Consigna que sólo logrará quebrar un
cabezadura: Hipólito Yrigoyen.
El terrorista ha caído en la calle. Pero lo levantan del pelo y de la ropa.
Lo dan vuelta y lo acuestan cara al sol. Es desagradablemente blanco, el
pequeño bigote es rojizo, medio lampiño, las facciones huesonas, mandíbula
de boxeador, ajos aguachentos y las orejas grandes tipo pantalla.
Indudablemente es ruso, un anarquista, un obrero. Ahí está tirado,
resollando como un chancho jabalí cercado por los perros. Lo insultan. Le
dicen “ruso de porquería” y algo más. El tiene los ojos bien abiertos,
asustados, esperando recibir la primera patada en la cara. Está perdido y
por eso no pide perdón sino que grita dos veces seguidas: “¡Viva el
anarquismo!”. Cuando los agentes Muller y Guzmán le dicen “ya vas a ver lo
que te va a pasar”, responde en un castellano quebrado y gangoso: “No me
importa, para cada uno de ustedes tengo una bomba”.
Son las últimas dentelladas del animal acorralado.
Pero la policía hace una excepción. No cumple con la ley no escrita de
vengar la muerte de uno de los suyos. Aparece el subcomisario Mariano T Vila
de la comisaría y ordena cargarlo en un coche de plaza y llevarlo al
hospital Fernández porque el terrorista está perdiendo mucha sangre por el
costado derecho del pecho. Al registrar sus ropas le encuentran otra arma:
una pistola máuser que tiene en la cintura que tiene a la cintura. Lleva un
cinto charolado que contiene balas de revólver y cuatro cargadores con nueve
balas cada uno del calibre nueve. El hombre había ido dispuesto a todo.
En el hospital Fernández lo revisa el médico de guardia y el diagnostico es:
herida leve en la zona pectoral derecha. Con una vendas provisorías, el
preso es enviado al calabozo de la comisaría 15ª rigurosamente incomunicado.
Los interrogatorios se suceden pero el terrorista no habla. Sólo ha dicho
que es ruso y que tiene 18 años de edad. De ahí no lo sacan. El parte
policial sólo se complementa con las prendas de vestir del detenido: “Viste
saco azul marino, pantalón negro, botines de becerro, sombrero chambergo
negro, usa corbata verde con cuello volcado de camisa de color, no teniendo
ningún papel por el cual pudiera descubrirse su identidad”.
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Reina intranquilidad en el gobierno. El presidente, los ministros y altos
jefes militares son custodiados para evitar ser víctimas de nuevos
atentados. Figueroa Alcorta establece el estado de sitio y a los diarios se
les prohíbe terminantemente cualquier información sobre el preso y sobre
actividades anarquistas.
Luego de varios días de febril trabajo, la policía logra identificarlo: se
trata de Simón Radovitzky o Radowitzky, ruso, domiciliado en el conventillo
situado en la calle Andes 194. Llegó al país en marzo de 1908 dirigiéndose a
Campana donde se empleó de obrero mecánico en los talleres del ferrocarril
Central Argentino. Posteriormente regresara a Buenos Aires, donde trabajara
de herrero y mecánico. Son solicitados antecedentes a las embajadas
argentinas y el entonces ministro argentino en París, doctor Ernesto Bosch,
contesta que Radowitzky ha participado en disturbios en Kiev, Rusia, en 1905
y que por ello fue condenado a 6 meses de prisión. En esos disturbios
recibió heridas de las que le quedaron cicatrices. Además, el informe
contiene algo muy interesante. Señala que Radowitzky pertenece la grupo
ácrata dirigido por el intelectual Petroff, juntamente con los conocidos
revolucionarios Karaschin (el del atentado en el funeral de don Carlos de
Borbón), Andrés Ragapeloff, Moisés Scutz, José Buwitz, Máximo Sagarín, Ivan
Mijin y la conferencista Matrena; apellidos, todos ellos, para poner los
pelos de punta a los tranquilos porteños de aquellos tiempos…
Identificado y reconocido el crimen por el reo, sólo queda esperar el día y
hora en que será fusilado. . Porque eso de que tiene apenas 18 años no lo
cree nadie. Tener 18 años significa ser menor de edad. Y todos los diarios
sin excepción señalan que Radowitzky es un hombre de más de 25 años. No hay
nadie que lo defienda. Ni “La Protesta”, el diario anarquista que ha sido
silenciado por muchachos del barrio norte. El lunes 15 forzaron las puertas
del taller de Libertad 839, y destruyeron todo lo que los anarquistas fueron
haciendo, pesito a pesito. No hay nadie en las esferas que levante la voz
para que no se trate con severidad a Radowitzky. Militares, políticos,
funcionarios estaban por el castigo ejemplar. Y nadie hesitaba en decir que
para aplicar la pena de muerte no había que tener en cuenta en este caso la
edad del reo.
El dictamen del agente fiscal, doctor Manuel Beltrán, es por demás claro de
lo que aquí se quería hacer con el preso. “Simón Radowitzky -dice el fiscal-
pertenece a esa casta de ilotas que vegetan en las estepas rusas arrastrando
su vida miserable entre las inclemencias de la naturaleza y las esperanzas
de una condición inferior”. Y no hay perdón para el extranjero: “En su
primera indagatoria el detenido se presentó al juez de Instrucción soberbio,
resuelto a resistirse a toda interrogación sobre su identidad personal; se
niega a contestar las preguntas que se le dirigen pero, contrastando con ese
propósito, se apresura a confesarse autor del hecho que se investiga
jactándose de su origen y celebrando que el señor Lartigau haya fallecido
también”.
Al tosco herrero lo hacen aparecer como un asesino sutil y refinado: “La
sangre fría y la altanería con que se expresa demuestran el propósito
exhibicionista, la pose del sectario en esta primera confesión, en que el
orgullo de la hazaña lucha visiblemente con el temor de la sanción. Por eso
se jacta del hecho que no puede negar y oculta, el mismo tiempo, los
antecedentes de su persona, creyendo que de este modo podrá dificultar la
instrucción”.
Y esa es una tremenda contradicción del agente fiscal. Porque Radowitzky
está diciendo la verdad: tiene 18 años. Más todavía: reconoce que él solo ha
cometido el crimen, encubriendo a un compañero que estuvo en Callao y
Quintana a la hora del atentado pero que jamás se podrá determinar su
identidad.
Sigue el informe del fiscal: “La fisonomía del asesino tiene caracteres
morfológicos que demuestran bien acentuados todos los estigmas del criminal.
Desarrollo excesivo de la mandíbula inferior, prominencia de los arcos
cigomáticos y superciliares, depresión de la frente, mirada torva, ligera
asimetría facial, constituyen los caracteres somáticos que acusan a
Radowitzky el tipo de delincuente”.
El fiscal ve en Radowitzky a un criminal nato, como esos que asesinan para
robar. No reconoce que es un hijo de la desesperación, nacido en una tierra
donde reina la esclavitud y el látigo para el pobre, donde el castigo es
terrible para el desobediente al régimen absolutista de los zares. Aunque
tiene unas palabras de descargo por el origen racial del preso, lo hace con
un profundo desprecio y asco: “Parias de los absolutismos políticos de aquel
medio, sometidos a los poderes discrecionales del amo, perseguidos
masacrados por la ignorancia y fanatismo de un pueblo que ve en el israelita
a un enemigo de la sociedad, emigran al fin, como Radowitzky, después de
sufrir condenas por el solo hecho de profesar ideas subversivas”. Está
última frase del Dr. Beltrán no concuerda con lo que exige párrafos más
adelante. Pide que “a los efectos de la profiliaxis social” los juicios
“sean verbales y de rápida aplicación”.
Termina su presentación pidiendo la pena de muerte para el anarquista. Sólo
se le opone el “pequeño” inconveniente de la edad. Para los menores de edad,
las mujeres y los ancianos no hay pena de muerte en la Argentina de aquellos
tiempos. Pero el Dr. Beltrán encuentra un método original para encontrarle
la vuelta a la dificultad. Hace calcular la edad del preso por “peritos
médicos”. Algunos calculan que tiene 20 años de edad, y otros 25. Entonces
el fiscal dice: 20 más 25 son 45, la mitad es de 22 y medio. Radowitzky
tienen 22 años y medio. Es decir, está maduro para el pelotón.
Con toda tranquilidad dará su dictamen: “Debo manifestar aquí que no
obstante ser la primera vez que en el ejercicio de mi cargo se me presenta
la oportunidad de solicitar para un delincuente la pena extrema, lo hago sin
escrúpulos ni vacilaciones fuera de lugar, con la más firme conciencia de
deber cumplido, porque entiendo que nada hay más contraproducente en el
orden social y jurídico que las sensiblerías de una filantropía mal
entendida”.
Y para terminar con los pruritos que pudieran tener los pusilánimes, Beltrán
finaliza: “En las consideraciones de la defensa social debemos ver en
Radowitzky un elemento inadaptable cuya temibilidad está en razón directa
con el delito perpetrado, y que sólo puede inspira la más alta aversión por
la ferocidad del cinismo demostrando, hasta el extremo de jactarse hoy mismo
de ese crimen y de recordarlo con verdadera fruición”.
Todo venía mal para Radowitzky. Nadie quería creer en sus 18 años. La
prensa, influida por los sectores poderosos de la población, pedía la pena
de muerte. Así estaban las cosas hasta que un buen día apareció en escena un
personaje singular, con algo de rabino y ropavejero. Dijo llamarse Moisés
Radowitzky y ser el primo del terrorista. Envuelto con papel de estraza en
forma de rollito tenía un documento que iba a dar un vuelco de 180 grados al
proceso. Era la partida de nacimiento de Simón Radowitzky. Un documento
extraño, escrito con caracteres cirílicos.
Al dar la información, “Caras y Caretas” dice: “Radowitzky tiene cada vez
menos años. Al principio se le atribuía hasta 29, y desde los 29 le fueron
rebajando hasta dejarlo en lo imprescindible para el fusilamiento: 22. El
afirmaba siempre que tenía 18 y parecía dispuesto a no pasar de esta edad en
mucho tiempo, pero ¿quién le creía? Sin duda que ni los anarquistas. Era
lógico suponer que Radowitzky trataría de hacerse pasar por menor de edad.
¿El punto de la edad de Radowitzky ha sido por fin aclarado? El señor
Vieyra, comisario inspector, acaba de recibir el documento que reproducimos
en facsímile y que, a jugar por la pinta, es copia fiel de la fe de bautismo
de Radowitzky. Según afirman los traductores del señor Vieyra, ese documento
a vueltas de tantos garabatos y caracteres estrafalarios, viene a decir que
Simón Radowitzky nació en la aldea de Santiago, provincia de Kiev, Rusia, el
10 de noviembre de 1891. Según lo cual Radowitzky tendría ahora 18 años y 7
meses”.
Pero el documento no será reconociendo por los jueces por falta de
legalización. Eso sí, tendrá una influencia directa en el ánimo de los
jueces, que no se animarán a mandar al patíbulo a un menor de edad.
Aplicarán el criterio de “en duda abstente” Radowitzky se salva del
fusilamiento. Pero es condenado a la muerte lenta: penitenciaría por tiempo
indeterminado, con reclusión solitaria a pan y agua durante 20 días todos
los años al aproximarse la fecha de su crimen.
Empezaba la larga noche para el muchacho anarquista. Toda su juventud detrás
de las rejas y los silenciosos muros. Pasará 21 años -de los cuales 10 años
en calabozo, aislado- entre la basura de la sociedad: asesinos de niños,
sanguinarios individuos que matan sin pestañear por robar, ladrones,
degenerados. Diecinueve de esos años los pasará en Ushuaia, un presidio que
no necesitó de calificativos para infundir miedo. Pero Radowitzky no
desaparecería de la opinión pública. Al contrario, al cerrarse las puertas
de la cárcel comenzaría el segundo capítulo de su vida, de su aventura por
la vida. Un capitulo con sabor a “Conde de Montecristo”.
Lo que sí queda cerrado para siempre es el capítulo del asesinato de Falcón
y del joven Lartigau. Radowitzky no hablará jamás de ello ¿Quién inspiró?
¿Fue idea propia? ¿Fabrico él la bomba? ¿Acaso sus compañeros le ordenaron
cometer el atentado porque era menor de edad y se podía salvar de la pena de
muerte? Cinco años después ocurrirá un atentado similar que originará la
primera gran guerra mundial. Garbillo Princip -también menor de edad- será
el autor de la tragedia de Sarajevo. Sus compañeros serán todos fusilados
menos él, por no haber cumplido 21 años. Pero morirá tuberculoso tres años
después en una cárcel austriaca. Radowitzky, en cambio, soportará todas las
torturas, la deficiente alimentación, el frío y la insalubridad de las
cárceles y llegará a ver la libertad. Cuyos primeros destellos los vio
apenas 14 meses después de haber sido apresados.
El 6 de enero de 1911, Buenos Aires tiene un tema para conversar largo y
tendido: los Reyes le han traído una noticia sensacional. Trece penados de
la Penitenciaría Nacional se han escapado por un túnel construido por debajo
del murallón. Han podido escapar dos famosos anarquistas: Francisco Solano
Regis (condenado a veinte años de presido por haber atentado contra el ex
presidente Figueroa Alcorta) y Salvador Planas Virilla, (que tiene una pena
de diez años por tentativa de homicidio al presidente Quintanilla). Los once
restantes fugados son presos comunes. Hay otro preso en la penitenciaría que
no ha podido huir: Simón Radowitzky quien pocos minutos antes había sido
llevado a la imprenta de la cárcel. Los anarquistas recibieron ayuda desde
afuera ya que poco antes de la huida (a las 13:30 de un bochornoso día de
calor) de un coche de plaza se bajaron varios bultos con pantalones, camisas
y sacos que se arrojaron entre la verja y el murallón. Los reclusos salieron
por un tunel que tenía forma de U, es decir, sencillo y hecho sólo para
salvar el murallón de centinelas. La entrada del túnel fue hecha en un
jardín con flores y evidentemente fue cavado a mano, puñado por puñado
arrojándose la tierra en el mismo jardín sin hacer montículos. La salida da
a los yuyales que hay entre el murallón y la verja. Es evidente que los
anarquistas trabajaron en connivencia con los centinelas, soldados
conscriptos del 2 de infatería. El túnel está a la altura de la calle Juncal
casi esquina Salguero. Los anarquistas Regis y Planas Virilla después de
cambiarse de ropas subieron a un coche de plaza que los estaba esperando y
desaparecieron. Los presos comunes que aprovecharon la oportunidad y el
túnel tuvieron que huir con el traje del penal; otros aprovecharon las ropas
destinadas evidentemente a Radowitzky.
Por supuesto, gran vergüenza para las autoridades penitenciarías, pedidos de
informes, remoción de funcionarios, juicio a centinelas. Y alguien tenía que
pagar los paltos rotos de todo esto: el “ruso” Radowitzky. Ningún directo
del penal quiere correr el riesgo de que los anarquistas planeen otra
tentativa de fuga para salvar al compañero ruso: además, se ha observado una
cosa poco común en un penal: Radowitzky concita la simpatía de todos: de
presos y carceleros. Así lo señala el director de la penitenciaría nacional
cuando pide que lo saquen a Radowitzky de allí: “Únicamente encargándome yo
en persona de la vigilancia de Radowitzky podría responder del cumplimiento
de su condena, pues se trata de un penado con quien simpatizan los bomberos
y los conscriptos”.
Se lo describe como “el tipo del místico ruso que ni aun en la cárcel
concibe que los hombres cometan mala acción y sobre todo que se conduzcan en
forma perjudicial para sus compañeros. En cierta circunstancia solicitó que
se le diera una celda menos húmeda y como sólo se le podía habilitar una que
se estaba revocando, el director le propuso que terminara él; pero esos días
el gremio de albañiles se hallaba en huelga y así que lo supo Radowitzky,
prefirió continuar en el calabozo húmedo alegando que cuando un obrero se
resigan a abandonar el trabajo, debe tener razón”.
Ese mismo año se decide y se lleva a cabo el traslado del anarquista al
penal de Ushuaia. Será la última vez en su vida que pise tierra porteña.
Jamás podrá volver a su pieza del conventillo de la calle, Andes 194 (hoy
José Evaristo Uriburu) de donde salió aquella mañana de noviembre de 1909
para cometer el atentado.
Nos imaginamos lo que debe haber sido un transporte de presos a la Patagonia
en 1911. Un guardiacárcel -Martín Chávez- relató muchos años después -en
1947-, en ocasión de levantarse el penal, un trasporte semejante. Parece
entresacada de una novela de Dostoiewsky. La serie fue publicada por el
diario Clarín en marzo y abril de 1947, transcribimos algunos párrafos:
“Hacia dos meses que había sido nombrado para ocupar un puesto de celador en
el penal de Ushuaia permaneciendo adscripto al personal de la Penitenciaría
Nacional de la calle Las Heras, hasta que estuviera en condiciones el
transporte “Chaco”, que me llevaría al lejano sur. En esa aburrida espera me
consumía en la penitenciaría cuando una tarde fui notificado que tenía
cuatro horas para arreglar mi equipaje. A las 18 estuve de vuelta. Media
hora más tarde se realizó la acostumbrada formación para el recuento y
encierro en las celdas de los reclusos. No veía por ningún lado al
contingente que iba a ser trasladado al sur. Una hora más tarde me incorporé
a una comisión de empleados y con más de cincuenta guardianes nos internamos
en los pabellones. Fuimos abriendo celdas, a las que penetraban dos soldados
que sacaban al “candidato” llevándolo rumbo a la Alcaldía. El ruido de las
lleves en las fuertes puertas de hierro ponía sobre aviso a todos los
“vecinos” que proferían gritos de insulto. Así recorrimos cinco pabellones y
al regresar a la Alcaldía, ya estaban allí mis compañeros de viaje: “62
números”, sentados en largos bancos colocados junto a las paredes. Se pasó
lista y se les ordeno desnudarse. Si alguno no hacía caso o demorara en
cumplirla, los guardianes se les acercaban amenazantes y los “ayudaban” a
quitarse la ropa. Sesenta y dos sombras. Sesenta y dos fantasmas quedaron en
el gran salón. Dos practicantes de la enfermería revisaron minuciosamente el
cuerpo de los viajeros. Ningún contrabando puede pasar, las limas y
cualquier otro objeto cortante es peligroso. Vestidos de nuevo, entra en
funciones el herrero. Las argollas se cierran en el tobillo y se las une con
una barra de hierro de 20 cantímetros de largo, que luego se remacha a
golpes de martillo”.
“¡Pom, pom, pom!” Resuenan los golpes como si estuvieran remachados ataúdes.
En el silencio de la noche esos tres golpes sobre el negro remache suenan
como una campana que dobla por la vida de los que ya no son. El alarido del
llanto los acompaña.
Algunos parecen más fuertes y miran la operación con indiferencia: es porque
no conocen lo que son los grillos y caen cuando quieren dar un paso;
entonces ellos tam bién sienten los tres golpes del martillo sobre el
corazón.
“Luego, en un carro celular rumbo al puerto. Allí la vigilancia es más
estrechada y dos guardias se responsabilizan del penado entregado a su
custodia. En 125 se evadieron 114 penados amotinándose en la bodega del
“Buenos Aires”. Nunca se pudo establecer con exactitud cuál fue el penado
que logró romper los grillos y luego libertad de ellos a sus demás
compañeros. Se atribuye tal hazaña a Brasch, el alemán. Lo cierto es que los
114 penados se amotinaron en la bodega y a golpes de puño se abrieron paso y
fugaron. Entonces les era más fácil, no vestían el uniforme a rayas, podían
confundirse fácilmente en las calles. Casi todos volvieron a ser detenidos.
Desde esa época se toman toda clase de medidas de precaución: guardianes de
abundancia y hasta potentes reflectores que iluminan las siluetas de los
fantasmas que bajan a la bodega del trasporte que antes del alba, como si
tuvieran vergüenza de su carga, pone su proa rumbo a Tierra del Fuego”.
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“Se nos había informado que para llegar a Ushuaia eran suficientes 15 días
de navegación. Nuestro viaje duró 29, en el mes de marzo de ese año. Yo iba
con la oficialidad del trasporte y un día bajé al entrepuente a ver a los
penados. Jamás olvidaré la impresión que recibí. Aquello era un infierno.
Humedad, calor y pústulas. En Bahía Blanca se había detenido la embarcación
para cargar carbón que iba depositado en la bodega ubicada debajo del
entrepuente donde viajaban los presos. El polvillo del carbón se filtraba
imperceptible, persiste, como una maldición sobre los hombres engrillados.
Se les pegaba en la cara, lo respiraban, lo escupían, ponía máscaras en los
rostros acentuados las orejas.
“Fantasmas, espectros, no sé lo que vi. Salí de esa cámara de tortura con el
alma dolorida, preguntándome si los directores del penal, si los jueces, si
los ministros no tendrían noticias de ese bárbaro suplico. Pero el destino
me reservaba comprobación más amarga aún”.
“En el puerto de Ushuaia nos esperaba el director del penal, algunos
empleados y muchos guardianes, los que tomaron posiciones estratégicas para
el desembarco de los penados. Y los espectros salieron al aire libre, a la
luz después de 29 días. ¡Cómo salieron! Sucios y enfermos es poco para dar
una idea del estado de esos 62 hombres. Flacos, con la barba crecida,
llagados los tobillos a causa de los aros de los grillos, cos escoriaciones
sangrantes en los muslos, la ropa deshecha como pañuelos o toallas”.
“Habían llegado al infierno blanco, mil veces preferible a la bodega de
transportes”.
Cuando Radowitzky llega al penal de Ushuaia hace ya nueve años que ha sido
colocada su piedra fundamental y comenzado a construirse íntegramente por
los penados. Ha sido la obsesionada idea del ingeniero Catello Muratgia la
que ha hecho realidad al que será famoso penal de reincidentes de Ushuaia.
Con muy poco dinero y el trabajo de los condenados se ha ido levantando esa
mole de cemento y piedra destinada a mantener bajo custodia a los criminales
más feroces y a todos aquellos denominados “reincidentes”, es decir, los que
han repetido tres veces hachos delictuosos. Por ello los compañeros de
Radowitzky serán no sólo los homicidas sino también los rateritos
incorregibles, los estafadores y toda la hez de la sociedad. Pero, por
supuesto, en más de una oportunidad, las puertas del penal se abrirán para
presos políticos.
Los que leen “La casa de los muertos” o “El sepulcro de los vivos” de
Dostoiewsky y sufren con el autor los padecimientos de los condenados no
sospechan tal vez que en territorio argentino existió un lugar exactamente
igual de donde son muy pocos los que salieron con vida o retornaron a la
sociedad con sus facultades mentales normales.
Pasan muchos años para el ex hombre de Radowitzky. Todos iguales. Cuando se
aproxima el 14 de noviembre, los terribles veinte días de calabozo aislado,
a pan y agua, con frío húmedo del cemento que penetra en los doloridos
huesos. ¿Y la conciencia? ¿Lo ablandan a Radowitzky los interminables
castigos, la vida sin sentido junto a todas esas fieras? ¡Si por los menos
tuviera algo que leer! Pero desde Buenos Aires lo persigue un chisme
inventado por algún jefecito de turno de la penitenciaría. “Radowitzky
quiere leer Denle la Biblia” Así es, en Ushuaia también. Cuando Radowitzky
quiere aislarse de ese submundo y pide algo de leer, le traen la Biblia. Y
todos lo gozan, los carceleros y los penados también.
¿Y sus compañeros de Buenos Aires? ¿Se han olvidado ya del mártir del
movimiento, como lo llaman ellos? La primera guerra europea ha hecho perder
fuerza a los movimientos obreros nacionales. Los anarquistas de Buenos Aires
demostrarán ser buenos amigos. A pesar de que habían pasado nueve años, su
principal aspiración era la libertad de Radowitzky. En mayo de 1918 la
ciudad es inundada por un folleto editado por el diario “La Protesta” y
escrito por Marcial Belascoain Sayós. Se llama “El presidio de Ushuaia” y
está dedicado “A mi amigo Simón Radowitzky, ciomo una ofrenda. A los viles
esbirros, como una bofetada”.
El folleto está muy bien informado y, en un estilo propio de los anarquistas
de aquella época, denuncia las torturas a que ha sido sometido Radowitzky.
Centra su ataque en el subdirector del penal, Gregorio Palacios, y le dice:
“Tú, como los tigres, como las hienas, asesinas con lentitudes siniestras de
degenerado, esa voluptuosidad debes haberla sentido al matar lentamente al
penado 71, a quien volvieron locos los martirios; esa misma histérica
vibración de placer habrá sacudido tus nervios al ver los suplicios de
Radowitzky, ayer fuerte y lozano, hoy triste, decrépito y enfermo por tu
culpa. ¡Asesino infame! ¡Muere maldito!”.
Como se ve, un estilo más que incisivo.
En el capítulo “La sodoma fueguina” el autor acusa al subdirector Palacios
de haber hecho cometer delitos sexuales contra Radowitzky y más adelante
detalla los castigos a que fue sometido éste por los guardicárceles Alapont,
Cabezas y Sampedro: “Estando en el calabozo Simón Radowitzky, desearon los
tres experimentar la histérica sensación de ver sufrir a un hombre y se
llegaron hasta el encierro del mártir”, de aquel que en aras del ideal
sacrificó su vida, de ese hombre generoso y santo; fueron hasta su dolor
para acrecentarlo más. Estaba aislado en un calabozo sin aire, luz ni sol,
sin comida. ¿Qué había hecho? ¡Nada! Se le castiga siempre por ser quien es,
no precisa dar motivos. Estaba debilitado por el ayuno, cuando llegaron los
bárbaros a consumar su acción heroica. Lo agredieron por detrás, los taleros
le abrieron el cráneo y los puños mancillaron aquella faz sagrada. Corrió la
sangre del cautivo, pero no la hicieron brotar como él con valentía en su
hecho inolvidable; ellos lo hicieron en montón, armados, contra un hombre
desfallecido y sin fuerzas. Lo dejaron tendido en el suelo, agónico,
exánime, tras la feroz paliza. Semejaba un cadáver, lívido y tendido en el
suelo; entonces al verlo así, Cabezas, el infame, desnudó su arma y le
apuñalo un brazo. Con esto se retiró satisfecho y triunfal, a contar la
hazaña y a celebrarla con otros tan viles, tan infames como él. Levantar la
mano contra un hombre en ese estado, contra un individuo como Radowitzky, es
una profanación infame que nunca, ni por nada, podré perdonar, por ello les
grito mi reproche en estás líneas; por ello los acuso de viles y cobardes,
arrojándoles mi maldición tremenda, mi maldición justiciera”.
El folleto es un impacto en la opinión pública. Los anarquistas logran un
éxito psicológico; tanto, que el gobierno de Yrigoyen ordena un sumario
administrativo para saber la verdad sobre los malos tratos. En el sumario se
calificará a los tres carceleros mencionados de “personas de malas
costumbres y peores antecedentes” y se los suspende.
Por último en el folleto se insinúa algo que seis meses después se llevará a
la práctica: “Amigo generoso, Simón, amigo del alma vives de esperanza, en
la noche lóbrega, de tu martirio circundado por fieras que te acosan, sin un
rayo de sol que te acaricie, pero con el corazón de tus amigos, de los que
te comprenden y te aman; allí estás consagrado por el culto celoso del
recuerdo; estás constante en el pensamiento de salvarte, por ello, ya que tú
no llegas a implorar el olvido para tu hecho, no faltará quien lo haga por
ti, lo humanamente posible debe hacerse para liberarte y no faltará quien
encare esa tarea. Vayan a ti estás líneas comprendidos los efectos de los
seres que te aman; de los que comienzan a preparar el magno acontecimiento
de volverte a la vida arrancándote de la ferocidad de los criminales
carceleros, que tanto te han hecho sufrir”.
Así es. El 9 de noviembre llega a Buenos Aires una noticia que causó más
sensación que las que vienen de Europa con la rendición de Alemania, la
abdicación del Káiser y la revolución de los obreros alemanes: EL 7 DE
NOVIEMBRE SE HA FUGADO SIMÓN RADOWITZKY DE LA CÁRCEL DE USHUAIA.
El público quería saber detalles. El sentimental público porteño,
olvidándose del doble crimen, estaba porque Radowitzky venciera el maleficio
de Ushuaia. ¡Basta ya!, decían, Ya ha purgado bastante su delito. ¿Podrá
salir de esas regiones? Nadie lo había podido hacer. Catello Muratgia, el
creador del penal, lo había sostenido ante el propio presidente de la
república: el penal es totalmente seguro contra fugas. Nadie podrá hacerlo.
El que se aleje morirá de hambre o de frío o tendrá que entregarse. Y menos
Radowitzky, con nueve años entre rejas, debilitado por los castigos y la
falta de una alimentación adecuada.
¡Pero sí, es posible! Allá va ya Radowitzky metido en un pequeño cúter por
el canal de Beagle hacia la libertad. Ya respiraba el aire puro y deja cada
vez más el penal, con su olor característico de todos los penales, olor a
hombre degradado, a mugre de cuerpo y de alma. Es que los anarquistas de
Buenos Aires son buenos amigos. Prepararon los planes para derrotar la
imposible y juntaron dinero. El hombre elegido para la proeza no es ni ruso,
ni italiano ni catalán. Es un criollo de pura cepa: don Apolinario Barrera.
Será ayudado por Miguel Arcángel Roscigna, quien años después llegará a ser
el representante más sobresaliente del anarquismo expropiador.
Los anarquistas viajaron a Punta Arenas. Venían “recomendados” a los
dirigentes de la Federación Obrera, los chilenos Ramón Cifuentes y Ernesto
Medina. En Punta Arenas alquilan el cúter “Ooky”, propiedad de una dálmata.
La tripulación también es dálmata -de nacionalidad austriaca en aquella
época- y muy ducha en la navegación por los canales fueguinos. La goleta,
pintada de blanco, llaga a Ushuaia y hecha anclas en un pequeño puerto de la
bahía donde se halla el ex presidio militar. Allí llega el 4 de noviembre.
El 7, a las 7 de la mañana, un guardián cruza las líneas de centinelas del
penal. Es Radowitzky disfrazado de guardiacárcel, que no ha sido reconocido.
Eduardo Barbero Sarzabal, periodista de “Crítica”, quien años después
realizará un reportaje sensacional a Radowitzky, reconstruye así ese momento
de la huida: “Radowitzky trabajaba entonces de mecánico en el taller del
penal. Todo se había calculado matemáticamente. Allí estaba el guardia
accidental que facilitaría el traje. Un cuarto de hora después de entrar
Radowitzky al taller, salía del penal atravesando la línea de centinelas
armados. Era un nuevo guardián también uniformado… cruza el cementerio donde
están otros definitivamente muertos para ir hacia donde, en un lugar
indicado, el cúter espera… Atraviesa un monte. Detrás de un añoso árbol,
Barrera está oculto. Los dos hombres se encuentran. El salvador, ignorando
que Radowitzky iría de guardián, echa mando al revólver presintiendo una
delación”.
La escena rápida es paralizada por un frito.
-Apolinario -dice Radowitzky.
-Simón -responde Barreda, comprendiendo.
Era la consigna que presentaría a quines nunca se habían visto”.
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Una vez embarcado, Radowitzky cambió de ropa. Barrera fue de la opinión que
una vez alejados varias millas de Ushuaia, Radowitzky desembarcara en uno de
los tantos refugios de la costa. Allí se le dejarían víveres para dos meses
hasta que las persecuciones y búsquedas hubieran cesado. Pasado ese tiempo
se aventuraría a ir a buscarlo o a dejarle nuevamente víveres. Pero
Radowitzky no acepta y allí cometerá el error que le costará doce años más
de prisión, doce años de vida, de libertad. Convence a Barrera para que
sigan navegando sin interrupciones hasta Punta Arenas. Allí, en esa ciudad
le resultará mucho más fácil pasar inadvertido que en una isla solitaria.
Mientras tanto, en el penal nadie traiciona a Radowitzky. Los prisioneros no
delatan su huida. Recién a las 9:22 de la mañana, el guardiacárcel Manuel
Geners Soria se presenta al director del penal para denunciar la
desaparición del anarquista preso. En una parte posterior, el comisario
nacional de Tierra de Fuego señala que se inició la persecución sirviéndose
de los “valiosos datos proporcionados por el empleado Miguel Rocha” y una
partida se embarca en una lancha a vapor facilitada generosamente por el
señor Luís Fiuchui”.
Pero el cúter es más veloz y se aleja cada vez más de sus perseguidores.
Deja el canal de Beagle, toma por el canal ballenero y luego el de Cockburn
y entra en el estrecho de Magallanes. Así amanece el cuarto día de
navegación. Hasta que de pronto divisan en el horizonte el humo de una
embarcación que se aproxima. Radowitzky intuye el peligro y pide que el
cúter se acerque lo más posible a la costa de la península de Brunswick,
tierra chilena. Así se hace hasta unos doscientos metros. Radowitzky se
arroja entonces al agua helada y nada hacía la costa, en donde desaparece.
El humo negro, que se aproxima era el de la escampavía de guerra chilena
“Yáñez”, nave que ha ido para apresar a Radowitzky ante el llamado
telegráfico de las autoridades argentinas de Tierra del Fuego.
Los tripulantes del cúter declaran no haber visto al fugado, pero los
chilenos conducen presos a todos hasta Punta Arenas donde luego de un severo
interrogatorio uno de los tripulantes, el maquinista, declara la verdad y
señala el lugar donde alcanzó tierra el buscado.
Mientras la “Yáñez” ha estado al costado del cúter, Radowitzky quedó pegado
a la tierra para no ser divisado. Tanta es la tensión que ni siquiera el
frío le hace mover una pestaña. Una vez alejada las embarcaciones,
Radowitzky, con todas sus ropas mojadas, comenzará a caminar en dirección a
Punta Arenas, donde espera que encontrará refugio. Ignora que las
autoridades chilenas ya saben la verdad. De Punta Arenas sale mientras tato
una partida de fuerza de policía de la marina chilena: siete horas después,
en el paraje conocido como Aguas Frías, apenas a 12 kilómetros de Punta
Arenas, es localizado Simón Radowitzky, extenuado y con las ropas heladas.
Esposado es llevado al puerto chileno donde los alojan en un calabozo del
buque de guerra “Centeno”.
La noticia de la captura de Radowitzky llena un poco de desazón al porteño
medí, pero pronto lo olvida por otro tema: la carrera del siglo, Botafogo
contra Grey Fox.
Veintitrés días después de su búsqueda de la libertad entra nuevamente
Radowitzky en el penal de Ushuaia. Lo entra de noche para no provocar
disturbios entre los penados. Pero éstos esperan despiertos al mesías de las
rejas, a su místico de calabozo. Gritan y golpean las puertas de las celdas.
¡Viva Simón! ¡Mueran los perros sarnosos!
A los carceleros les han dado piedra libre esa noche con Radowitzky. Por
culpa de su fuga han recibido un severo llamado de atención. Y no es
cuestión de que quede impune por culpa del ruso Radowitzky. Pero tal es la
amenazadora actitud de los penados que “Rasputín, el bueno” se salva esa
noche de la inevitable paliza. Pero la venganza será mucho más refinada.
Durante más de dos años, hasta el 7 de enero de 1921, lo tendrán aislado en
la celda, sin ver la luz del sol, y sólo a media ración.
En 1963 el autor de esa nota tuvo largas conversaciones con un
guardicárceles de origen español que había servido durante años en el penal
de Ushuaia y que le relató diversos aspectos de la vida que hacía Radowitzky
allá. Sin proponérselo, el anarquista era un hombre muy peligroso: a él
recurrían todos los presos cuando eran castigados a tenían algún problema.
Se arreglaban para verlo en el taller o le trasmitían sus cuitas por
intermedio de otro penado. Radowitzky siempre escuchaba a todos y era una
especie de delegado de los hombres de trajes de rayas. En la primera
oportunidad exponía el problema ante el director o ante algún visitante del
gobierno. Lo hacía en forma clara y convincente y siempre traía algún
problema para las autoridades o los carceleros. Cuando no lograba su
propósito organizaba la resistencia por medio de hambre, de brazos caídos o
de coros de protesta. Por supuesto venían las represalias y él siempre era
la víctima. Aguantaba cualquier castigo y nunca le lograron quebrar el ánimo
ni tampoco pidió perdón o misericordia. Era un personaje extraño,
dostoievskiano, siempre rodeado de un halo místico y una inconmensurable
predisposición para el dolor. Una mezcla de campesino ruso y rabino de
ghetto. Eso sí, siempre de buen humor dispuesto a responder cordialmente a
cualquier pregunta.
Por muchos años, la vida de Radowitzky entrará en el silencio. Ya nadie
habla de él como si la fuga hubiera sido su capítulo final. Sólo en los
círculos anarquistas el mito de su figura iba creciendo año tras año.
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En 1925 -7 años después de la fracasada huída- un periodista del diario “La
Razón” logra entrevistar a Radowitzky en Ushuaia. Es interesante la
descripción que hace el cronista: “Simón Radowitzky es un sujeto de mediana
estatura, delgado, frente despejada y alto calvo, quijada prominente,
cejijunto y ojos pequeños, vivos. El rostro es pálido y en los pómulos se le
observan algunos vetas rojas. Tiene 34 años y hace 16 que está en el
presidio, en el que trabajo de todo. Su celda es modelo de limpieza y en
ella se ven algunos retratos de familia. Cuando lo vemos se encuentra algo
afiebrado y tiene envuelta en el cuello una bufanda de color azul. Es
voluntarioso para hablar, casi diríamos locuaz, pero a ratos, por falta de
hábito de mantener conversaciones largas, repite lo que ya ha dicho. Es
sencillo en sus expresiones y de tanto en tanto de le escapa una palabra en
el argot criollo pero lo corrige en seguida y reclama disculpas. Sabe que
como ácrata continúa gozando de popularidad y que sus compañeros de ideas
han tejido sobre él una corona de mártir, pero dice que tales
manifestaciones le molestan y que no mató a Falcón para hacerse célebre sino
a impulsos de sus convicciones. En víveres y medicamentos, especialmente
tónicos, recibe socorros del grupo de Afinidad”.
Pasan los años y el mito sigue creciendo. Radowitzky, para los anarquistas,
es un santo en el poder de los herejes. Y esa figura se va adentrando
también en toda la clase trabajadora y, en general, en el público porteño.
Por eso, todos los petitorios, todos los actos que se hacen por su libertad
cuentan con gran apoyo y simpatía. En 1928, 29 y 30 su nombre podía leerse
en las paredes de la ciudad: “Libertad a Radowitzky”, y “La Razón” sostiene
que su nombre “era como el broche de vigor con que cerraban las protestas en
los conflictos del capital y del trabajo y en los pliegos de condiciones”.
Cuando asume Hipólito Yrigoyen su segunda presidencia las diversas
organizaciones de trabajadores presionan para el indulto. Es entonces cuando
se origina una discusión en la prensa y en los círculos políticos y
jurídicos acerca del delito de Radowitzky y su interpretación. Porque era
evidentemente: Radowitzky no había matado para robar, pero había matado.
Creemos que el que mejor ha interpretado este hecho ha sido Ramón Doll, en
un folleto publicado en 1928. Doll -brillante periodista, hombre de lucha
infatigable quien, pese a las distintas corrientes en que actuó, mantuvo una
unidad de pensamiento, y a quien todavía no se ha hecho justicia en lo que
atañe a su real valer- califica el delito de Radowitzky con las precisas
palabras de “crimen repugnante y estúpido”, pero añade: “no es un crimen
pasional o de un mercenario; es un crimen social, nace o, mejor dicho,
aborta como cuerpo amorfo o monstruoso engendrado en esa escisión honda que
trasciende a todas las sociedades y que la hiende en la moderna guerra de
clases. He aquí pues que los jueces de estos casos judiciales -que se
presentan como ineludibles aberraciones de todo fenómeno social pero que aún
así anuncian el despertar de las clases explotadas y el futuro vuelco de
todo el contenido social en los moldes del nuevo estado y de nuevo derecho-
suelen encarnarlos con doble severidad: primero por ser crímenes y después
porque son cometidos por un individuo de la clase adversaria, a la que
pertenece el reo. Es evidente que un juez pertenece siempre a la burguesía y
que por lo tanto sus intereses, prejuicios, su comunidad misma lo llevarán a
solidarizarse con su clase y no con los de la clase proletaria, del tal modo
que a la intolerancia que debe tener para todo crimen doblase lo que puede
tener para el criminal que además es un adversario”.
“El proletario -agrega Doll- tiene personería propia en el pleito económico
y político, nadie se asusta de la lucha de clases sino tal vez los parásitos
que bajo la ruda ley del trabajo se encuentran indefensos y atrofiados. Ya
no hay machete ni nadie lo pide contra los socialistas, comunistas y
anarquistas, y los estudiantes de derecho que en 1909 se presentaban
babeantes de servilismo a pedir puestos honorarios de pesquisas en el
Departamento, para incendiar bibliotecas, hoy en plena Facultad han
manifestado repugnancia por la intromisión ‘académica de los militares en
las aulas’”. Dice muy bien que “el crimen de Radowitzky no es ni más ni
menos horrendo que los crímenes que a diario se cometen en las luchas
electorales argentinas”. Y sin embargo nadie que intervino en esos crímenes
recibió ni la cuarta parte de la pena impuesta a Radowitzky.
“Obsérvese -dice finalmente- la actitud de la burguesía frente a dos
crímenes igualmente nauseabundos: un atentado anarquista y un asesinato
nocturno. En el caso del asesinato por robo se comenta, se critica quizás
apasionadamente pero siempre se termina dejándolo librado a la ‘serena
majestad de la justicia’; en el atentado anarquista, la burguesía toma parte
en su represión, se producen razzias policiales, se agitan las guardias
blancas. Y parece que mientras el crimen común obra en la sugestión de los
satisfechos como amable distracción que la facilita, el atentado anarquista
produce asientos, perturba el trabajo gástrico y origina dificultades
posteriores. Reconocido que entre uno y otro no hay, no puede haber ninguna
diferencia, que los dos son igualmente brutales (que, como decía un diputado
del Congreso Nacional al discutirse la antigua ley de defensa social, uno no
debe perturbar más que el otro), el reconocimiento por parte del presidente
de que ello sea realmente así dentro de la masa del pueblo aunque entre los
banqueros, los obispos y los generales ocurra algo distinto, permitirá
reconsiderar el caso Radowitzky”.
Finaliza el gran escritor nacionalista señalando que “si el presidente
indultara hoy a Radowitzky no haría más que adelantarse a conceder por
gracia lo que en rigor podría obtener Radowitzky por derecho en 1930
solicitando su libertad condicional”.
En enero de 1930 ocurre el naufragio del “Monte Cervantes” en los canales
fueguinos. Los náufragos -en gran parte personas de los sectores influyentes
de Buenos Aires- son alojados en Ushuaia y los presos demuestran un
comportamiento ejemplar al compartir frazadas y comida con el inesperado
contingente. El diario “Crítica” envía al Sur a uno de sus mejores
cronistas, Eduardo Barbero Sarzabal, con el barco que traerá a los
náufragos. El periodista aprovecha las pocas horas en que el buque estará en
Ushuaia para dirigirse al penal y allí se las ingenia para conseguir una
entrevista que dará lugar a un reportaje que resultará sensacional. Damos la
experiencia de Barbero Sarzabal: “este enviado especial consiguió una orden
escrita para hablar con los presos. El alcaide interior, señor Kammerath
-que actúa hace 20 días-, ordena:
– Que venga a la alcaidía el penado 155.
A la izquierda del hall de entrada está el despacho del alcaide. La ventana
deja pasar débilmente la luz. La máquina fotográfica escondida al entrar en
los bolsillos es luego ocultada debajo de la gorra de viaje y puesta encima
de un sillón. Solo con el alcaide estaba el representante de “Crítica”.
Radowitzky demora en llegar. Hasta que el eco de unos pasos fuertes por un
largo corredor de madera que muere en la puerta de la alcaidía anunciaban la
llegada. La voz fuerte del carcelero anunció:
“– Aquí está el 155 ¿Puede pasar?
“– Sí.
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“Radowitzky, sorprendido, franqueó la puerta, llevando el casquete entre las
manos. Y avanzó resuelto, vestido con su traje color cebra, azul y amarillo,
con grandes números en el saco y pantalón. El 155. Es de estatura mediana.
De gesto enérgico. La cabeza erguida, la cara de rasgos firmes en la que se
destacan sus gruesas cejas. El pelo corto, tirando a negro, descubre algunas
canas. La frente amplia fuertemente, con grandes entradas. Y al expresársele
que es un redactor de Crítica quien desea hablar con el, extiende la mano
que aprieta fuertemente. Sonríe más bien escéptico. En breves palabras le
dimos la sensación de que era un redactor verdadero de ‘Crítica’ quien
hablaba con él”.
Hace pocos días, Barbero Sarzabal nos contaba que la palabra mágica para
despertar la confianza de Radowitzky fue “le traigo saludos de Apolinario”.
Aquel Apolinario Barrera -intendente de “Crítica”- protagonista de su huida
en 1918.
Continuemos con el reportaje: “Las palabras de Radowitzky sonaban dentro de
la alcaldía como un martillo. Radowitzky impresiona por la sensación de
dinamismo hombruno. Cuando habla parece que mascara las palabras. Y ellas
salen, breves, concisas, como de un percutor. Sus mandíbulas parecen que
fueran de hierro. Es que hay en él, desde cualquier punto de vista que se
juzgue su personalidad, un recio espíritu desbordante. Tiene individualidad
propia. Dice a ‘Crítica’:
”– Me es muy grato poder hablar por su intermedio a los camaradas que se
interesan por mí. Yo me hallo relativamente bien. Tengo aún un poco de
anemia a pesar que desde un año no me infligen penas. Es que durante los
meses de noviembre y diciembre hicimos 20 días de huelga de hambre como
protesta por la actuación inhumana de un inspector llamado Juan José
Sampedro, quien castigó a causa de un altercado sin importancia a un penado
a quien lastimó”.
(Es el mismo Sampedro que propinó la paliza a Radowitzky a principios de
1918.)
“La protesta manifestada con la huelga de hambre -continúa el penado- dio
resultados. Sampedro está suspendido”.
”El alcaide que escucha la entrevista, asiente. Y agrega Radowitzky:
“– No deseo los choques entre obreros, En estos episodios siempre hay un
provocador policial que actúa de instrumento. Yo viví intensamente aunque
era muy joven, el dolor de la jornada trágica, de la matanza de aquel 1º de
mayo que puso tristeza eterna en muchos hogares proletarios. Quise hacer
justicia.
”A Radowitzky parece torturarle el recuerdo de los sacrificios que por él
realizan desde hace cuatro años sus compañeros. Y luego de breve silencio,
agrega:
“– Sí, diga Ud. a los camaradas trabajadores que no se sacrifiquen por mí.
Puede expresar también que me hallo bien… que se preocupen por otros
compañeros que sin estar en la cárcel o en ellas, merecen también ayuda,
quizá más que yo.
“Esta evocación la hace Radowitzky dulcemente, pugnando por hacer áspera la
característica recia de su voz y continúa:
”– Hace poco recibí 500 pesos.
“– Es exacto -subraya el alcaide
“–Lo he empleado entre los enfermos del penal. Uno estaba mal del hígado y
requería especiales cuidados. El otro, pobrecito, llamado Andrés Baby, está
loco. Los cuidados que les hemos propiciado con esta ayuda financiera
determinaron la mejoría del primero. Ahora a Baby lo llevarán al hospicio.
“–La biblioteca nuestra es pésima. Hacen falta más libros. Los pocos que
tenemos los conocemos de memoria de tanto releerlos.
“– En Buenos Aires tengo un primo llamado Moisés. Los demás miembros de la
familia están en Norteamérica. Me refiero a los que están unidos a mí por
lazos de consaguinidad porque a los compañeros trabajadores que sufren la
injusticia de la sociedad actual, los considero también muy míos. Yo
integro, pese al encierro, la familia proletaria. Mi ideal de redención está
siempre latente”.
El enviado de “Crítica” logrará un mensaje por escrito de Radowitzky:
“Compañeros trabajadores: aprovecho la gentileza del representante de
“Crítica” para enviarles un fraternal saludo desde este lejano lugar donde
la fatalidad se ensaña con las víctimas de la sociedad actual”. Luego la
firma: la letra despareja, rasgos duros, una escritura torpe. Pero lo
sorprendente es el contenido: a pesar de los veinte años de prisión no se le
han borrado los conceptos fundamentales de su ideología.
El reportaje, dado a toda página tiene amplia repercusión. Ya nadie duda de
que Radowitzky tendrá que ser indultado. Los anarquistas no se ahorran
medios: a través de las organizaciones hermanas de Estados Unidos logran
localizar a los padres de Radowitzky y éstos escriben al presidente
Yrigoyen: “Antes de morir -dicen los ancianos- queremos ver a nuestro hijo
en libertad”.
Las radicales que rodean a Yrigoyen aconsejan que lo indulte dos o tres días
antes de las elecciones del 2 de febrero de 1930, de diputados por la
capital. Si lo hace es seguro que la mayor parte de los obreros votarán a
los radicales. Yrigoyen escucha en silencio. Por otro lado sabe que hay
mucha inquietud en el ejército y en la policía por el asunto del indulto.
Los días pasan y el presidente no toma ninguna determinación. Llega el dos
de febrero y caen derrotados los radicales por los socialistas
independientes. Los radicales se desesperan: otra vez el viejo ha dejado
pasar una oportunidad.
Pero el “peludo” sabe lo que hace. El tiene buena memoria y se acuerda que
en 1916 antes de su primera elección a presidente de la República prometió a
una delegación de anarquistas que indultaría a Radowitzky. Y él cumple las
promesas. Claro… es un poco lento, han pasado ya 14 años. Ha elegido la
oportunidad: nadie le podrá decir nada. Pero ahora comienzan los mismos
correligionarios a decirle: “Doctor, ahora convendría indultar a Radowitzky…
hay mucha inquietud entre los militares”.
El domingo 13 de abril de 1930, por la mañana, se lleva a cabo en el cine
Moderno -Boedo 932- un gran acto “Por la liberación de Simón Radowitzky”
organizado por la Federación Obrera Regional Argentina y la Federación
Obrera Local Bonaerense. Hablan J Menéndez, H Correale, J García, B Aladino
y G Fochile. Los discursos están plagados de palabras difíciles de un léxico
muy particular: “Para sentenciar a Simón fue necesario dejar de lado las
conquistas de la ciencia positiva en materia de responsabilidad criminal,
los jueces tuvieron que olvidar el determinismo”. Pero el público mantiene
una atención emocionante y un silencio más religioso.
Ese día es domingo de Ramos, comienza Semana Santa. Los días donde se habla
del sacrificio del Señor y del perdón de los pecados humanos. Perdonar a los
que yerran, amar a tu prójimo como a ti mismo son los fundamentos del
cristianismo. Es la oportunidad que aprovechará don Hipólito. Les va a tocar
en la fibra íntima a los que no quieren el perdón para el matador de Falcón.
El lunes 14, imperceptiblemente llama a su secretario y le dice: “M’hijo,
tráigame el borrador de ese decreto sobre los indultos”.
Y las sextas ediciones de los diarios de ese día traen la gran noticia: “FUE
INDULTADO SIMÓN RADOWITZKY”. Los diarios se agotan. Es el tema de la avenida
de Mayo, de los cafés, de los patios de los conventillos. En los locales
anarquistas hay clima de triunfo, los viejos dirigentes -esos que tienen
pantalones emparchados pero que saben citar a Anatole France- se abrazan y
pierden algunas lágrimas. Tal vez la más grande alegría que hayan tenido los
anarquistas argentinos.
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Pero a pesar de que Hipólito Yrigoyen ha disimulado las cosas (ha tenido que
indultar a 110 presos en el mismo decreto para que el nombre de Radowitzky
aparezca perdido entre ellos), la reacción del ejército y de los cuadros
superiores de la policía no tardan en sentirse. Y todo esto a pesar también
de que Yrigoyen en una disposición muy oscura y enredada -muy particular de
él- crea una nueva figura jurídica que evidentemente es anticonstitucional:
indulta a Radowitzky pero al mismo tiempo lo destierra. Es decir, le abrirán
las puertas de la prisión pero tendrá que salir de inmediato de suelo
argentino. Por otra parte, ya se sabe la reacción de los círculos militares:
el señor Radowitzky no va a pisar el puerto de Buenos Aires.
Contra la resolución de Yrigoyen se levantan tremendos editoriales de “La
prensa”, el primero de los cuales se titula “El abuso de la facultad de
indultar”. “El poder de perdonar las penas -sostiene- inherente a la
soberanía, debe ser ejercitado en casos excepcionales y constituye un abuso
cuando se aplica por razones de clemencia a favor de decenas y centenares de
delincuentes. El último decreto presidencial además de incurrir en este
abuso, contiene graves fallas legales. Al conmutar penas de reclusión y de
prisión por la de destierro, el P E olvidó que esta última fue abolida por
el congreso hace 9 años, lo que no debió pasar inadvertido para un ministro
de Justicia que es doctor en Jurisprudencia y que fue miembro de la Corte
Suprema de la Provincia de Buenos Aires”.
Y luego otro más incisivo titulado “Fallas legales del decreto de indultos”.
“constituyen graves fallas del decreto del 14 de este mes la falta de
fundamentos para cada caso relacionado con los informes de los tribunales,
que deben ser previos, y la aplicación de la pena de destierro, suprimida
por el código Penal en vigor que promulgó el propio presidente Yrigoyen el
29 de octubre de 1921. El decreto de indultos deberá ser reformado para que
sea posible aplicarlo, en la parte observaba. En efecto, siendo imposible
legalmente la conmutación ordenada y no habiendo sido indultados los ‘los
desterrados’, la nulidad de la decisión del P E deja en pie y en toda su
integridad las condenas judiciales respectivas”.
Pero a testarudo no le van a ganar Yrigoyen. Aguanta todos los ataques en
silencio, sin responder, Anticonstitucionalmente o no, se comunica el
indulto a Simón Radowitzky y las puertas del penal se abren después de
haberlo encerrado 21 años como muerto en vida.
El 14 de mayo de 1930 llega a la rada del puerto de Buenos Aires el
transporte nacional de la armada “Vicente Fidel López”. A su bordo está
simón Radowitzky. El capitán espera órdenes de Buenos Aires. Están a la
altura del kilómetro 40. Las luces de Buenos Aires se aprietan en el
horizonte. Y de allí viene avanzando otra luz. Es el remolcador “Mediador”.
A su bordo viajan el oficial Carlos Armendáriz y los marineros Alejandro
Corbalán e Ireneo Ojeda, de la prefectura. Radowitzky he pedido ser
desembarcado en Buenos Aires pero se da cuenta de que algo extraño ocurre.
El oficial sube a bordo y habla con el capitán. Luego llaman a Radowitzky.
Le dicen que tendrá que embarcarse en el “Mediador”. Radowitzky insiste:
quiere ir a Buenos Aires a fin de visitar a sus amigos y compañeros. El
oficial le dice que no podrá desembarcar en Buenos Aires y que tiene órdenes
de llevarlo a Montevideo. Pero aquí hay otra jugada de mala fe contra el ex
penado. No le han dado documentos. El director del penal de Ushuaia los
pidió a la policía de la Capital. La policía contestó con una carta
burocrática. Pero había la consigna de ignorarlo. Para la policía argentina
el señor Radowitzky no existe: murió en 1909 porque debió ser fusilado.
Mientras Radowitzky viajaba desde Ushuaia al Río de la plata su nombre había
originado un tremendo conflicto en la sociedad Uruguaya. La prensa ataca y
defiende al anarquista, igual que la opinión pública. El diario “La Mañana”
escribe que “los argentinos nos mandan de regalo al indeseable porque no
saben qué hacer con él, y nosotros los uruguayos tenemos que prestarnos a
resolver sus problemas”. Los sectores de derecha presionan al presidente
Campisteguy para que haga uso de su facultad del artículo 79 de la
Constitución y no acepte al viajero. Pero el Uruguay tiene toda una
tradición. “La tierra más libre del mundo”, señala “El País” del 14 de mayo.
“Sagrario del derecho de asilo”. Y el Dr. Campisteguy, espíritu liberal,
cristiano y bondadoso, señala que Radowitzky podrá desembarcar en “tierra
charrúa”.
Antes de dejar el “Vicente Fidel López” y embarcar en el remolcador
“Mediador”, Radowitzky solicita se le conceda un minuta de tiempo para
“lavarse las manos”, pues el aseo en el trasporte no podía mantenerse mucho
tiempo por el humo que lo ennegrece todo.
El “Mediador” está en alerta y cuando a las 23:30 ve deslizarse como un
collar de luces por medio del Río enfila hacia Buenos Aires. Es la “Ciudad
de Buenos Aires”, vapor de la carrera a Montevideo. En el kilómetro 29 las
dos embarcaciones se juntan y asciende Radowitzky al paquete junto con los
tres hombres de la prefectura. Casi todo el pasaje se ha ido a dormir, pero
quedan algunos hombres curiosos en la cubierta. Cuando sube Radowitzky le
dan la mano y le hacen preguntas. El desterrado saluda a todos y contesta
con cortesía hasta que el comisario de a bordo le comunica que tendrá que
sacar el pasaje. Ante tal ridícula imposición, Radowitzky no protesta, al
contrario saca de su bolsillo el dinero -proveniente del último envió de sus
compañeros de Buenos Aires- y saca de tercera clase. Se disculpa ante
quienes lo rodean y se dirige a la estación de radio donde envía dos
telegramas: uno al capitán y tripulación del “Vicente Fidel López”
agradeciéndoles el trato y otro a Montevideo, al anarquista Capurro,
señalando la hora de llegada.
Los pasajeros que acaban de hablar con Radowitzky se miran un poco
decepcionados: ¿Y éste es Radowitzky? Se lo han imaginado con lago
demoníaco, tenebroso, un personaje de terrible mirada y gesto demoledor. Y
la verdad es que sólo se trata de un hombre tosco, con manos y cara de
albañil, que sonríe, pide disculpas y responde amablemente.
Pero los pasajeros no serán los únicos decepcionados…
El “Ciudad de Buenos Aires” atraca en Montevideo. Allí están: cerca de cien
compañeros que han podido ser avisados de su llegada. Entre ellos hay gente
de Buenos Aires: Berenguer, de “La Protesta”, Eusebio Borazo que estuvo
también en Ushuaia, Cotelo y otros. Hay piquetes de agentes policiales a pie
y acaballo.
Son las 7:15. Suben funcionarios de inmigración. Pueden bajar todos los
personajes menos Simón Radowitzky. Hay una desagradable sorpresa para las
autoridades uruguayas: el desterrado no tiene ningún documento para
acreditar su identidad. Bajan. Comienzan los támites. Dirigentes anarquistas
se trasladan en taxi a la casa de gobierno. A las 9 sube a bordo el jefe de
la policía de investigaciones, Servando Montero. Minutos después llega el
director de inmigración, Juan Rolando, quien firma el visto bueno para el
desembarco del anarquista. Ahora sí: se asoma a la cubierta: es Simón
Radowitzky, “el camarada más amado”, “la víctima de la burguesía”, el
“vengador del honor de las clases humildes”. Viste un termo de gabardina
claro, un echarpe enredado como víbora al cuello y sombrero orión. Todas
prendas compradas a un turco en Ushuaia, con dinero enviado por la
solidaridad ácrata. Saluda a sus compañeros moviendo el sombrero orión en
gesto bastante torpe y discontinúo. “¡Viva el anarquismo!”. “¡Viva Simón!”
gritan desde tierra. Los caballos del piquete comienzan a caracolear. Se
animan los compañeros y los seis dirigentes máximos suben por la plancha.
Nadie se lo impide. Están en el Uruguay. Allí todo es distinto. Todos
abrazan largamente a “Simón”. Cuando quieren llevarlo a tierra se oponen
amablemente los dos médicos de inmigración: hay que revisar al pasajero.
Disposiciones son disposiciones y hay que cumplirlas. Nueva demora. El
examen es a fondo, lo llevan a un camarote. Veinte minutos después el
diagnóstico: “puede ser desembarcado, pero tiene el pulmón izquierdo muy
afectado”.
Simón Radowitzky pisa tierra uruguaya. Él, ahí, con su sombrero orión, es
rodeado por un mar de hombres con gorra, pañuelo al cuello y alpargatas. El
cuadro es un poquito desigual. El hombre mito, el mártir, el vengador,
estaba allí, de cuerpo entero. Sonreía, agradecía con gestos torpes. Luego,
las primeras declaraciones periodísticas, el primer error: dice que quedará
unos días en Uruguay y luego viajara a Rusia. ¿A Rusia? Los dirigentes
anarquistas se miran. ¿Es que acaso no conoce la masacre de los marineros
anarquistas de Kronstadt? ¿Ignora que los anarquistas son calificados de
enemigos del Estado?
Es que Radowitzky sale de la cárcel con su intención ingenua de conversar
con todos los dirigentes del proletariado y unirlos. No sabe que entre
socialistas, comunistas, trotzkystas y anarquistas hay mucha sangre y mucho
odio de por medio y que ya es algo que nadie podrá unir. Siguen las
preguntas y a todo Radowitzky responde con diligencia. Hasta que, con
sonrisas, pero con decisión es llevado por los altos jefes anarquistas hasta
un taxi. Y de allí, a las casa de la calle Justicia 2058. El taxi parte.
Radowitzky sigue saludando con la mano a los obreros que lo aplauden.
Ha comenzado a desinflarse el mito: comienza a volver a la vida del hombre,
el obrero, el autodidacta limitado por 21 años de encierro. Ironías de la
vida, ahora Radowitzky vive en la calle Justicia y allí van los periodistas
a entrevistarlos. Pero claro, sus temas de conversación son muy limitados.
Le brillan los ojos al relatar el día en que se conoció el indulto en
Ushuaia. Hubo gran algarabía entre los presos; todavía se quedó siete días
entre ellos -como quien permanece en su casa- a la espera del trasporte de
la Marina. Al salir del penal y bajar los escalones de la pequeña escalinata
lo esperaban más de cincuenta marineros de cuatro avisos de la Armada que
estaban en Ushuaia. Lo felicitaron y armaron un poco de alboroto, tanto que
el comisario creyó que se trataba de una sublevación cuando vio que se
aproximaba Radowitzky a la comisaría rodeado de marinos. Radowitzky tiene a
demás sensibles palabras sobre los niños de Ushuaia. ¡Claro, había estado 21
años sin ver rostros infantiles!
Pero en los diálogos con los periodistas y curiosos con el ex penado vuelve
siempre al penal y repite: “La separación de mis compañeros de infortunio
fue muy dolorosa”. No habla mucho sobre sus sufrimientos pero se le
ensombrece el rostro cuando recuerda el período del administrador Juarr José
Piccini. “Me hacia despertar cada media hora poniéndome la linterna en la
cara. El invierno es horroroso. El edificio, hecho con cemento armado, es
extremadamente frío. Solo teníamos dos frazadas como abrigo”.
Sobre su libertad tiene una frase escrita que saca del bolsillo y la lee:
“Mi libertad la ha hecho el proletariado universal y el Dr. Yrigoyen al
firmarla ha hecho un acto de justicia que el pueblo reclamo”.
Pasadas las primeras horas de curiosidad. Radowitzky sufrió un período de
agobiamiento y nerviosidad. El tránsito y el bullicio lo asustan. Se siente
indefenso ante la vida como un monje que después de veinte años de convento
lo trasplantan al centro de una ciudad. Pero se fue adaptando y, en vez de
aislarse, encontró poco a poco el ritmo de la nueva vida.
Terminados los agasajos a Radowitzky se le buscó un trabajo. No podía ser
otro que el de mecánico. Trababa liviano porque sus pulmones no le permitían
mucho esfuerzo. Así pasaron varios meses. Pero el cambio de clima desmejoró
notablemente la salud del anarquista. Por eso, sus amigos resolvieron que
hiciera trabajos aún más livianos. Esos trabajos “livianos” serán los que
luego darán pábulo a la policía para sospechar e intervenir. Radowitzky hará
varios viajes a Brasil. “Para descansar y distraerse”, dirán sus amigos
anarquistas. Para llevar mensajes y coordinar acciones, dirá la policía.
El periodista rioplatense Luís Sciutto (Diego Lucero) nos ha relatado que
cuando él -bien muchacho todavía- estaba empleado en Italcable era de los
primeros en subir a los barcos de ultramar que provenían de Buenos Aires.
Eran los años 30 y 31 del gobierno de Uriburu, en los que se aplicaba la ley
de residencia a todos los anarquistas extranjeros. En esos buques siempre
venían varios expulsados. Los barcos quedaban pocas horas en Montevideo y
había que aprovecharlas: los anarquistas sabían que Sciutto se prestaba a
recibir la lista de anarquistas expulsados que le entregaban a bordo y
llevarla hasta un café cercano donde esperaban impacientes dos o tres
“compañeros” -entre ellos Radowitzky-, quienes apenas recibido el papel con
los nombres corrían a la casa de gobierno donde se les extendía el
correspondiente permiso de asilo. Así, muchos italianos y rusos en vez de ir
a parar a Italia de Mussolini o a la Rusia de Stalin quedaban en la generosa
tierra uruguaya. Radowitzky era uno de los asignados para hacer ese trabajo.
Sciutto lo recuerda como un hombre de mediana estatura, algo chueco,
morrudo, con principios de calvicie que le hacía ver más grande la frente y
con el pelo de los costados “a lo Einstein”. Su aspecto era juvenil con
cutis rosado, tal vez proveniente del clima austral que le tocó soportar
durante tantos años.
Pero en Uruguay, se acaba el sistema democrático y viene la dictadura de
Terra. Mal anuncio para todos los izquierdistas. Comienza el año de 1933.
Todo ese año y gran parte de 1934. Radowitzky pasa casi inadvertido entre
viajes a Brasil y pequeños trabajos partidarios. Hasta que un caluroso 7 de
diciembre de ese año, una partida policial lo ubica en una pensión de la
calle Rambla Wilson 1159. Allí lo identifican y con toda la cortesía le
señalan que permanecerá detenido en su domicilio. Ponen un vigilante en la
puerta de la pensión y se marchan. Radowitzky está maldito por suerte,
evidentemente. Ha soportado tantos años de prisión para que nuevamente
vuelve a repetirse lo de antes: perseguido por las autoridades.
Tres días después de la Navidad que él nunca celebrará por ser cosa de
burgueses, es visitado por el ceremonioso jefe de investigaciones de la
policía uruguaya, señor Casas, quien le señala que lamenta profundamente
pero que deberá abandonar el país con toda urgencia pues se le acaba de
aplicar la “ley de extranjeros indeseables”. Radowitzky acepta la intimación
y contesta que abandonará el país lo más pronto posible.
Pero sus amigos presentan su caso ante el doctor Emilio Frugoni, tal vez el
más brillante jurisconsulto que ha tenido el Uruguay. Y Frugoni acepta
defender al perseguido. Le aconseja no abandonar el Uruguay porque su caso
servirá de precedente para muchos otros que sufren persecución policial.
Advertido de esto, el jefe de la policía ordena la inmediata detención de
Radowitzky. Con muchos otros dirigentes izquierditas. Radowitzky es detenido
y confinado a la isla de Flores, frente a Carrasco. Allí las condiciones son
pésimas. Debe dormir en un a especie de sótano o cueva que antes era refugio
de ovejas. Protesta el abogado Frugoni exigiendo que se lo devuelva a la
jurisdicción judicial correspondiente. Pero lo único que logra es que el
detenido se le permita dormir en un excusado en vez de la cueva. Pasan varis
semanas y disminuye la tensión política en el Uruguay. Uno a uno, los presos
de Isla Flores fueron recuperando la libertad. A cada despedida se oían
gritos de júbilo, canciones y la renaciente esperanza de la libertad para
los que quedaban. Pero esa esperanza se hacía casa vez más lejana para
Radowitzky. Él y otros cuatro dirigentes continuaron en el encierro.
Prosiguió incasable Frugoni con su alegato. El 21 de marzo de 1936 llegó la
ansiada libertad de Radowitzky. El hombre maldito por la suerte prepara sus
tres o cuatro cositas de preso y parte para Montevideo. Allí, con toda
cortesía -esa cortesía que él conoce muy bien y por eso prefiere los palos
antes que el trato meloso-, se le comunica que deberá permanecer preso en su
domicilio. Pero lo cierto es que ya no tiene domicilio, porque siempre vivió
en pensiones. Entonces la policía es terminante: deberá permanece en la
cárcel “hasta nueva orden”. La “nueva orden” tarda en llegar. Seis meses
después, las puertas de la cárcel se abren. Por últimas vez. Luego, hasta su
muerte, Radowitzky gozará de libertad aunque su vida sólo encontrará
descanso en sus últimos años.
Es interesante la sentencia de libertad definitivamente que produce el juez
Pitamiglio Buquet, ya que pinta de cuerpo entero la idiosincrasia de
Radowitzky, por lo menos durante los años que vivió en Uruguay.
Así dice la sentencia: “Montevideo, junio 25 de 1936. Visitas: de
conformidad escrita a la probanzas aportadas por el defensor y a los datos
que obran en el prontuario reinvestigaciones cabe sentar sin hesitaciones
que Simón Radowitzky no es un indeseable: desde que se radicó en el país de
las autoridades policiales sólo han tenido que ver con él por simples
sospechas muy explicables en virtud de sus antecedentes de ácrata
exaltadísimos, y a pesar de que pronunciará acá conferencias públicas de
tendencia anarquista, su conducta ha sido siempre correcta y la de un hombre
honesto a carta cabal que buscó sus vinculaciones entre personas
intachables, muchas de ellas ajenas a su credo filosófico”.
Con eso termina una etapa de Radowitzky, la de las cárceles. Ahora comenzará
su largo deambular con sus compañeros de ideas, cada vez más raleados, cada
vez con el sentimiento de que luchaban por algo demasiado ideal y ya, por
eso mismo, un poco caduco. Por eso fueron a su holocausto, a quemarse en la
sangrienta lucha de España.
El desafío de Francisco Franco el 18 de julio de 1936 a la República
Española es tomado por los anarquistas de todo el mundo como una cuestión de
honor, de vida o muerte. Y todos hicieron la larga marcha: Madrid será el
lugar de la cita. Y entre ese grupo de hombres venido de Argentina, Brasil y
Uruguay que como único bagaje traen la decisión y coraje está Simón
Radowitzky. Vienen a dar la vida, a enfrentar esta vez cara a cara a sus
enemigos. El ex penado de Ushuaia, prestará valioso trabajo en los servicios
de ayuda a las tropas anarquistas en los diferentes frentes. Estaba casi
siempre en Madrid, adscrito al comando anarcosindicalista. Radowitzky cree
que la guerra civil española ha convertido en realidad su viejo sueño de ver
juntos a todos los hombres de izquierda. Hasta que en 1939 es testigo de una
lacerante verdad: en Madrid, en Valencia y en Barcelona comienzan los
fusilamientos de anarquistas. Pero no son los rebeldes de Franco. Son los
propios comunistas que “para evitar indisciplinas” y forzar el comando único
en sus manos eliminan sin piedad a todo aquel que tenga olor a anarquista.
Centenares de muchachos y hombres curtidos en todas las luchas son obligados
a cavar su propia tumba y luego son fusilados por sus propios aliados. Así,
sin juicio previo. Esos no dan ninguna oportunidad, Radowitzky más de una
vez debe haber pensado que la burguesía por lo menos le dio la oportunidad
de un juicio, la presentación de una partida de nacimiento, y que un
presidente calificado de caduco, débil, irresoluto, le dio el indulto contra
todos y a pesar de todos.
Al terminar la guerra son muy pocos los anarquistas que quedan. Apenas un
grupito logra pasar los Pirineos, llegar a Francia y embarcarse luego a
Méjico. Simón Radowitzky seguirá incansable a su estrella, a su idea. Pero
eso idea ya sólo le da para vivir de recuerdos y para editar revistas de
pequeña circulación. En Méjico tendrá lugar para hacer periódicos viajes a
Estados unidos y visitar a sus parientes y a la vez intercambiar impresiones
con organizaciones anarquistas de ese país. En Méjico, el poeta uruguayo
Ángel Faco lo empleará en el consulado donde era titular. Radowitzky
cambiará de apellido y se llamará simplemente José Guzmán y compartirá su
pieza de pensión con una mujer, la única que se le conoció en su vida.
Así fueron deslizándose sus 16 últimos años: entre el trabajo, las charlas y
conferencias con los compañeros de ideas, y su hogar. Hasta que el 4 de
marzo de 1956 -tenía 65 años de edad- cayó fulminado por un ataque cardíaco;
murió sin darse cuenta. Sus amigos le pagaron una sepultura sencilla.
Tal vez al morir, cerró ese capítulo tan extraño y a veces tan inexplicable
de los anarquistas que buscan conmocionar a la sociedad con bombazos
indiscriminados. Y tan extraño es que todavía hay su nombre es execrado
-principalmente en la policía, cuya escuela de cadetes se denomina
precisamente Ramón L Falcón- y venerado por los pocos que todavía se sientes
solidarios con el ideario anarquista.
Cosa extraño. Simón Radowitzky es de esas apariciones que muestran la
contradictoria que es la vida, el ser humano, la razón misma de ser.
Mató por idealismo ¡Qué dos contraposiciones! Lo malo y lo bueno, lo cobarde
y lo heroico. El brazo artero, movido por una mente pura y bella.
Publicado en Todo es Historia
El bondadoso
ajusticiador
Por Osvaldo Bayer
Hoy lunes se cumplen cien años de un suceso que conmocionó a Buenos Aires.
Un joven ruso, de 18 años, había hecho volar por el aire con una bomba nada
menos que al todopoderoso jefe de policía de Buenos Aires, coronel Ramón L.
Falcón. El ejecutor era un anarquista llamado Simón Radowitzky y con su
acción quiso vengar a sus compañeros asesinados el 1º de mayo de ese 1909,
en la represión encabezada por el militar contra la manifestación de los
obreros que recordaban las figuras de los cinco anarquistas condenados a
muerte por la Justicia de Estados Unidos, por su lucha a favor de las ocho
horas de trabajo. Un muchacho recién salido de la adolescencia, nacido en
Rusia, y "además judío", como señalaban las crónicas de nuestros diarios, se
atrevía contra quien aparecía como el hombre de más poder en todo el país.
El coronel Falcón había sido el mejor oficial del general Roca en el
exterminio de los pueblos originarios en la denominada Campaña del Desierto.
Además, había llegado a la fama en aquella Argentina conservadora como el
represor de las huelgas de conventillos, llevadas a cabo por las mujeres
inmigrantes que se negaban a pagar los aumentos constantes del alquiler por
parte de los propietarios. El coronel Falcón demostró su hombría de bien y
su título de coronel entrando a palo limpio en esos palomares de la miseria
y del hacinamiento que eran los miserables domicilios de 140 habitantes por
conventillo, que poseían un solo excusado como se llamaba a los retretes de
aquel tiempo. Ya como Roca lo había llevado a cabo el 1º de mayo de 1904,
Falcón imitó a su jefe ese Día del Trabajador y atacó a los setenta mil
obreros que llenaban la Plaza Lorea. Las crónicas dirán luego que quedaron
"36 charcos de sangre". Fue un ataque feroz de total cobardía porque, sin
aviso previo, el militar ordenó a la fusilería de la policía abrir fuego
contra las columnas obreras. Pero los anarquistas no eran hombres de arrugar
y guardar silencio. Desde ese momento dijeron que el tirano iba a pagar con
su vida tamaña cobardía. Y fue así como ese joven ruso, Simón, se ofreció a
no dejar impune el crimen del poder.
Le arrojó la bomba a la salida de un acto en el cementerio de la Recoleta y
tanto el coronel como su secretario fallecieron por efectos del explosivo.
Cómo lloraron los diarios al dar la noticia, en especial La Nación. Había
sido muerto uno de los pilares del sistema.
La historia continuará con el destino de Simón. Lo apresarán. Le iniciarán
juicio y lo condenarán a muerte, aunque él siempre sostuvo que era menor de
edad. Para esos menores de edad y para las mujeres no había pena de muerte.
Lo demostrará con una partida de nacimiento llegada de Rusia y será
condenado a prisión perpetua. Como no tuvo éxito una huida preparada por sus
compañeros anarquistas fue trasladado a Ushuaia, la Siberia argentina, donde
todo preso iba indefectiblemente a morir. Más todavía, que cuando llegaba el
aniversario de su atentado contra Falcón, se lo condenaba a estar una semana
en un calabozo al aire libre, sin calefacción. Pero el "ruso" Simón se fue
convirtiendo en el alma del presidio. El siempre daba un paso al frente en
la protesta cuando a algún otro preso se lo castigaba o se cometían
injusticias en el trato general. Fue durante toda su estada el verdadero
"delegado" defensor de esos presos comunes. Y políticos. Por eso mismo se lo
sometía a un tratamiento de terror. Pero el "ángel de Ushuaia", como se lo
llamaba, no daba su brazo a torcer sin temor a las represalias de los
guardiacárceles. Los que lean La casa de los muertos o El sepulcro de los
vivos, del gran escritor Fedor Dostoievsky, que describe las cárceles de
Siberia, y sufren con los padecimientos de los condenados, no sospechan que
en territorio argentino existió un lugar exactamente igual construido por
Roca, de donde son muy pocos los que salieron con vida o retornaron a la
sociedad con sus facultades mentales normales.
Los anarquistas de todo el país siempre lo recordaron a Simón y lucharon en
grandes jornadas de manifestaciones por su libertad. E intentaron un
operativo como sólo los anarquistas sabían prepararlos. Lograron liberarlo y
embarcarlo en un pequeño velero rumbo a Chile pero, cerca de Punta Arenas,
guardias chilenos lo sorprenden y lo entregan nuevamente a las autoridades
argentinas. La venganza será tremenda: Simón será encerrado durante más de
dos años en una celda, aislado, sin ver la luz del sol y sólo a media
ración. Pero en los círculos obreros y políticos, Simón gana cada vez más
popularidad. Las calles de Buenos Aires y de otras ciudades tendrán pintadas
con "Libertad a Simón" y su retrato aparece en las ediciones de todas las
publicaciones libertarias.
Mientras tanto, le envían dinero que se recauda en las fábricas. Pero Simón
no lo aprovecha para su persona sino que lo reparte entre los enfermos del
penal y la compra de libros para la escasa biblioteca de la cárcel. Los
pedidos de indulto para el preso le llueven al presidente Yrigoyen, quien
finalmente se lo otorgará en el 13 de abril de 1930. Simón había padecido
veintiún años de prisión. Pero la reacción de los militares y de la prensa
es muy grande contra la decisión del primer mandatario. De manera que el
preso es traído por un barco de la marina de guerra hasta el Río de la
Plata. Allí es obligado a trasladarse al buque de la carrera que une a
Buenos Aires con Montevideo y de esa manera es expulsado del país hacia
Uruguay.
Allí, en la otra orilla, es recibido por manifestaciones obreras que le dan
lugar en sus sedes y lo saludan como al mejor compañero. Al quedar libre,
Simón recuerda a sus compañeros presos en Ushuaia y dirá: "La separación de
mis compañeros de infortunio fue muy dolorosa". Comenzará a trabajar días
después como mecánico y más tarde se prestará a ser mensajero entre los
anarquistas del Uruguay y de Brasil. Hasta que se acaba la democracia en la
Banda Oriental y comienza la dictadura de Terra, quien ordena su detención.
El anarquista es confinado en la isla de Flores. Allí las condiciones son
pésimas. Debe dormir en un sótano. Permanecerá más de tres años en esas
condiciones hasta que sus compañeros de ideas logran su libertad. Pero al
llegar a Montevideo es apresado nuevamente y llevado a la cárcel. Hasta que,
liberado de nuevo, decide marchar a España donde ha estallado la guerra
civil con el levantamiento de los militares de Franco contra la República.
Allá Simón formará parte de los grupos que lucharán contra los militares
alzados. Pero no usará armas, oficiará de transportador de alimentos para
las tropas del frente, principalmente para los soldados que están en
trincheras. Hasta que llega la derrota del pueblo y Simón será uno de los
tantos que marchará a Francia a refugiarse y de allí podrá embarcarse hacia
México.
En México pedirá trabajar en una fábrica de juguetes para niños. Así
transcurrirán los últimos dieciséis años de su vida entre el trabajo y las
charlas y conferencias que daba a sus compañeros de ideas. Siempre sostuvo,
hasta el fin, que la gran revolución humana sólo la podía hacer el
socialismo libertario, hasta lograr la paz eterna y la igualdad entre los
pueblos.
En la Argentina, los dueños del poder siempre trataron de ignorar esta
figura que parecía salida de una novela de Dostoievsky. El que había alzado
la mano para eliminar a un tirano y que en su vida posterior se comportó
como un ser de bondad extrema y de espíritu de solidaridad con los que
sufren. En la década del sesenta publiqué un estudio sobre este ser humano
que titulé: "Simón Radowitzky, ¿mártir o asesino?", en la revista Todo es
Historia, que dirigía Félix Luna, fallecido hace unas horas. Siempre le
agradeceré a Falucho Luna ese gesto, de permitirme publicar en sus páginas
investigaciones sobre los héroes libertarios que actuaron en nuestro país en
las primeras décadas del siglo pasado.
Página|12, 07/11/09
Rabinos eran los de
antes
Por Daniel Goldman *
Motivado por la nota que publicara el sábado pasado en este mismo diario
Osvaldo Bayer, recordé que hace algunos años, el notable intelectual
escribió un ensayo llamado “Simón Radowitzky, ¿mártir o asesino?”, trabajo
biográfico sobre la vida de aquel joven revolucionario quien, como
consecuencia de la represión del 1º de mayo de 1909, en la que se derrama
sangre de 26 manifestantes obreros, al grito de “Viva el Anarquismo” decidió
arrojar un artefacto explosivo en el automóvil del coronel Ramón Falcón,
jefe de la Policía, acabando con la vida de este último. Sin intención de
juzgar el hecho, desde la adolescencia, época en la que escuché esta
historia, siempre enredé mi imaginación con la imagen de un tal Moishe
(Moisés) Radowitzky, primo o tío de Simón. El detalle de la saga: Moishe era
rabino. Qué curioso: Sobre Moisés Maimónides, el sabio medieval, se decía
que “desde Moisés hasta Moisés no hubo ningún otro Moisés”. Pero se me
ocurre extender en los siglos este dicho a cada Moishe, incluyendo a
Radowitzky. No hay judío que no tenga un Moishe en su familia. A tal punto
que usualmente en este país los judíos somos todos Moishes. Por otro lado,
no hay judío que no haya tenido un rabino en su familia (si no pregúntele al
judío que tenga a mano). Y rabinos llamados Moishe habrá habido por doquier.
Sólo yo conozco no menos de una docena. Pero ¿cuál fue el acto que destaca
al Radowitzky del resto de los Moishes? Después del ataque, Simón iría a ser
condenado a muerte. La historia terminaría mal. Pero él tenía sólo una
posibilidad. El preso más “peligroso” de la época debía probar que no
cumplía con la edad suficiente como para ser ejecutado. Tenía que tener no
menos de 22 años para ser pasado por las armas. Su edad era desconocida. En
su pasaporte no estaba claro. A pesar de su juventud, la piel de este
caucásico estaba ajada por las penurias. Como muchos judíos de Europa
Oriental, los Radowitzky eran oriundos de un “shtetl”, un pequeño y pobre
villorrio en el límite entre Polonia y Ucrania. Movida por la miseria, su
familia se traslada a la industrial orbe rusa de Ekaterinoslav. Con 10 años
y apenas algunos rudimentos de lectura y escritura, Simón debe abandonar la
escuela para comenzar a trabajar como ayudante de herrero. Pasaba los días
clavando herraduras a los caballos y las noches durmiendo debajo de la mesa
de trabajo del establo. En la oscuridad del galpón escuchaba las
conversaciones entre la hija del patrón y sus revolucionarios amigos. A la
edad de 14 años consigue un trabajo en una fábrica. Y es a esa misma edad
que es herido por un sablazo en el pecho durante una manifestación, a manos
de un cosaco represor. Convaleciente durante seis meses, debe escapar de la
Rusia zarista, llegando a estas latitudes.
Volviendo al juicio, la oligarquía y las clases medias de la época clamaban
por su pena de muerte (como decía el Eclesiastés, no hay nada nuevo bajo el
sol). Y la prensa de ese período ya lo condenaba con unos supuestos 29 años
de edad. Pero de repente todo se modifica. La historia cambia. Aparece el
rabino Moishe Radowitzky con una partida de nacimiento de su sobrino Shimen
Radowitzky, en la que consta que habría nacido en 1891, lo cual indicaba que
tendría en ese momento 18 años de edad. La legendaria revista Caras y
Caretas dice en uno de sus viejos números:”Radowitzky tiene cada vez menos
años”. ¿Quien le creía esto de la edad? Bayer, con una dulce ironía, alega
que ni siquiera los anarquistas.
Ahora, ¿habrá mentido el rabino? ¿Un rabino engaña? Considero humildemente
que algunos sí, cuando creen ser dueños de la verdad y no buscadores de
certezas. Rabinos hay de todo. Ortodoxos y progresistas, fachos y zurdos,
nacionalistas y universalistas, anarquistas y no tanto. En este sentido, no
sé si el Rabi Moishe era un anarquista, pero sin duda era un genuino
humanista, porque condena la pena de muerte y reconoce en esencia que la
existencia de la vida debe superar la legalidad y sus instituciones. Roberto
Espósito, el filósofo italiano, dice algo similar. Y por eso me parece que
el anarquismo y el judaísmo no se perciben como tan separados. Inclusive
podría pensarse que todo anarquista porta algo de judío y viceversa. En
Redención y Utopía, Michael Lowy da cuenta de las relaciones entre
mesianismo judío y utopía libertaria en intelectuales como Walter Benjamin,
Martin Buber y Erich Fromm.
Se me ocurre agregar un solo detalle más de la tradición judía. En idioma
hebreo a la mentira piadosa la denominamos verdad piadosa. Porque cuando la
piedad existe, nunca hay falsedad. La misericordia la trasciende.
No recuerdo en qué revista nacionalista local leí textualmente que el primer
subversivo tenía olor a Moishe. Y qué extraordinaria paradoja: para los
judíos, desde el de la Biblia hasta Radowitzky, siempre hay un Moishe que te
salva.
* Rabino.
Página|12, 11/11/09
A cien años de la
masacre de Plaza Lorea
Por José Castillo
La clase obrera argentina tiene una larga historia de luchas y mártires. Una
de las más importantes es, sin duda, las represiones sufridas por los
trabajadores al conmemorar el 1º de Mayo.
El Congreso Obrero y Socialista reunido en París en julio de 1889 había
decidido "organizar una manifestación internacional con fecha fija, de
manera que, en todos los países y ciudades a la vez, el mismo día convenido,
los trabajadores intimen a los poderes públicos a reducir legalmente a ocho
horas la jornada de trabajo y a aplicar otras resoluciones del Congreso
Internacional de París" (Actas de la II Internacional, publicadas en El
Obrero, selección de textos, CEAL, Buenos Aires, 1985). La fecha acordada
fue el 1º de Mayo de 1890, en homenaje a los mártires de Chicago, ejecutados
por realizar una marcha similar en 1886. En nuestro país, ese día de 1890,
tres mil obreros, en su gran mayoría inmigrantes, se reunieron en el Prado
Español. También hubo manifestaciones en Bahía Blanca, Rosario y Chivilcoy.
La clase obrera argentina daba sus primeros pasos. A la formación de
sindicatos, le siguieron las organizaciones anarquistas y socialistas,
periódicos obreros y bibliotecas, llevadas adelante por obreros pobrísimos,
desgajados de su medio de origen, que en muchos casos ni siquiera hablaban
castellano y vivían condiciones de explotación inhumanas, apoyados apenas
por un puñado de jóvenes intelectuales que también hacían sus primeras
lecturas, a veces confusas y balbuceantes, de los teóricos del marxismo y
del anarquismo.
La respuesta del Estado fue la represión. En 1904 dictó la tristemente
célebre "Ley de Residencia", que autorizaba a expulsar sumariamente del país
a todo "agitador". Las huelgas eran ferozmente reprimidas. Pero un capítulo
particular fue la feroz saña con que se reprimió el esfuerzo, constante y
heroico de conmemorar, cada año, el 1º de Mayo, como Día Internacional de
los Trabajadores. Un hecho gravísimo ocurrió en 1904, cuando una inmensa
manifestación convocada ese día por la FORA (Federación Obrera de la Región
Argentina) fue ferozmente atacada con el saldo de dos muertos y 24 heridos.
En 1905, cuando el acto había sido corrido al 21 de Mayo debido al estado de
sitio, una manifestación autorizada por la policía "con la condición de que
no se enarbolara ninguna bandera roja", también fue reprimida y hubo otros
dos muertos y 20 heridos.
El 1º de Mayo de 1909
Ese día estaban convocados dos actos. A las cinco de la tarde debía comenzar
la concentración organizada por los anarquistas en Plaza Lorea (hoy parte de
Plaza Congreso). Poco antes de que empiecen a hablar los oradores, el jefe
de Policía en persona, coronel Ramón L. Falcón, dio la orden de disolver el
acto. El escuadrón de seguridad, a las órdenes de su jefe Jolly Medrano,
ataca entonces a caballo a la multitud a sablazos y tiros de revólver. Matan
a ocho obreros y hieren a 40, varios de ellos de gravedad. Algunos miles
huyen corriendo por lo que hoy es la Avenida de Mayo hacia 9 de Julio. Ahí
se encuentra con una columna de aproximadamente 20.000 personas: era la
convocatoria socialista, que se había concentrado en Constitución y marchaba
hacia Plaza Colón (atrás de la Casa de Gobierno) para realizar su acto. La
noticia de la represión corrió de boca en boca. Una multitud, ahora enorme,
engrosada por los anarquistas que llegaban de Plaza Lorea, marchó en
absoluto silencio hasta Plaza Colón, con paños negros sobre las banderas
rojas socialistas. La policía reforzó sus batallones de caballería pero,
ante semejante multitud, no se atrevió a actuar. Al llegar al lugar donde
estaban levantadas las tribunas de lo que iba a ser el acto socialista, los
oradores proponen "la declaración de la huelga general por tiempo indefinido
como desagravio a la clase obrera, ofendida en las víctimas de Plaza Lorea y
para exigir la renuncia del jefe de policía y el castigo de todos los
responsables de la masacre". Se alzan decenas de miles de manos y la
propuesta es aprobada por aclamación. Dardo Cúneo, testigo de los sucesos,
relata: "entre los que han llegado hasta los socialistas desde la Plaza
Lorea con las noticias del crimen policial, un muchacho pugna por abrirse
paso... en la mano aprisiona un pañuelo ensangrentado. -Esta es la sangre de
los hermanos que cayeron allá -va diciendo en su dicción extranjera...en la
mano agitaba el pañuelo ensangrentado. Después se sabría -los diarios
publicarían su retrato- que aquel muchacho se llamaba Simón Radowitzky"
(Juan B.Justo, Editorial América Lee, Buenos Aires, 1943).
La huelga general
El paro comienza de inmediato. Será total en la Capital Federal y con alta
adhesión en el interior del país. Se cumple una semana de huelga general. No
hay trenes, no circulan los tranvías, los comercios permanecen cerrados. Se
calcula en 200.000 el número de obreros en huelga. El gobierno busca
quebrarla con la represión. La ciudad es ocupada por el ejército para
reforzar a una policía desbordada. Para evitar las asambleas son clausurados
los locales obreros pero las reuniones se realizan igual, en la calle.
Cientos de militantes gremiales y políticos, anarquistas y socialistas, son
encarcelados. Se persigue a los que distribuyen La Vanguardia y La Protesta,
diarios socialista y anarquista, respectivamente, que dan cuenta de la
huelga. Finalmente, el día 8, el Comité Ejecutivo del Partido Socialista,
que durante toda la semana había hecho llamamientos a "la moderación de los
obreros", pero que se había encontrado totalmente desbordado por la base,
retoma el control de la situación. Se reúne con el gobierno y obtiene del
presidente del Senado, la garantía de que una reunión en el sindicato de
cocheros va a ser "autorizada", y de que si se levanta la huelga se liberará
a los presos y se permitirá la reapertura de los locales. Las direcciones
del movimiento obrero aceptaron la "negociación" ofrecida por el gobierno.
El movimiento huelguístico va a terminar dos días después, el 10 de mayo:
muchos obreros retoman el trabajo con fuertes rencores hacia sus
direcciones. Se había levantado la huelga sin obtener la principal
reivindicación: la renuncia del jefe de policía.
Seis meses después
El 14 de noviembre de 1909, aquel joven obrero anarquista, llamado Simón
Radowitzky hace justicia por mano propia, arrojándole una bomba al carruaje
del jefe de policía Falcón que muere en el acto. Esa misma noche se decreta
el estado de sitio en todo el país, desatándose nuevamente una brutal
represión contra el movimiento obrero: centenares de militantes fueron
puestos "bajo la ley de residencia" y deportados sin siquiera avisárseles a
sus familias, otros tantos fueron encarcelados y apaleados, los locales
obreros fueron nuevamente clausurados y bandas policiales atacaron las
imprentas de La Vanguardia y La Protesta e inutilizaron las máquinas
impresoras, para impedir la salida de esos periódicos. Simón Radowitzky es
apresado y condenado a cadena perpetua en el penal de Ushuaia (será
indultado en 1929). El estado de sitio recién fue levantado el 13 de enero
de 1910. Pero el año del Centenario estará recorrido por una ola
impresionante de huelgas obreras, incluyendo una el mismísimo día de la
conmemoración, el 25 de Mayo de 1910, y también por una fuerte ola
represiva, que culminó con la sanción de la ley 7029 de "Defensa Social", la
pieza jurídica más antiobrera de historia argentina.
El 1º de Mayo hoy
Se cumplen cien años de la masacre de Plaza Lorea. A partir de 1909 la clase
obrera tendrá nuevas luchas, triunfos y derrotas. Y más mártires. Poco
tiempo después se vivirán las jornadas de la Semana Trágica y de la
Patagonia Rebelde. Décadas más adelante vendrán las víctimas de la llamada
Revolución Libertadora, como los fusilamientos de José León Suárez
magistralmente denunciados por Rodolfo Walsh. Y después las víctimas de las
Tres A de Isabel y López Rega, y luego los 30.000 desaparecidos. Y aún más
cerca en el tiempo, los muertos del Argentinazo, Puente Pueyrredón,
Fuentealba, la desaparición de Julio López. La lista es enorme. Es parte de
la historia de la clase trabajadora argentina. Por eso el 1º de Mayo, al que
muchos quieren endulzar en una idílica "Fiesta del Trabajo", es una cita de
honor: levantando orgullosamente la insignia internacional de la clase
obrera, como en 1890, como en 1909, hoy y siempre.
José Castillo es economista. Profesor de Sociología Política en la UBA.
Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).
Fuente: www.argenpress.info, 2009
Por Gerardo Bra
El 15 de septiembre de 1902 fue
colocada la piedra fundamental del edificio carcelario a levantar en
Ushuaia, que, según Arnoldo Canclini “fue realmente monumental: ocupaba
cuatrocientos metros de frente en el costado occidental del poblado y, una
vez terminado, al margen de las instalaciones accesorias, las celdas estaban
dispuestas en cinco pabellones, en distribución radial”.
Custodiados por guardias de la penitenciaría, cuatro presidiarios trabajan
arduamente en el tendido de rieles del ferrocarril de Ushuaia. Según el
mencionado autor, la capacidad estaba calculada para 380 presos “pero hubo
hasta doscientos más” Las celdas eran de metro y medio o dos metros de ancho
y largo, para uno o dos reclusos. Carecían de ventilación y la humedad
chorreaba continuamente por las paredes. Todo hace pensar que las
intenciones fueron buenas: colonización, reclusión y no pena de muerte, pero
el excesivo número de reclusos, las malas condiciones de las celdas y la
brutalidad de algunos guardia cárceles configuraron un sistema carcelario
degradante de la condición humana.
En resumidas cuentas la historia del lóbrego presidio presenta tres fechas
trascendentes: las que corresponden a los años 1896, en que se aprobó su
construcción, 1902 en que se dio comienzo a los trabajos y 1949, en que se
firmó el decreto que suprimió su uso. ¿Qué destino tuvo el edificio central?
Aclaramos que nos referimos al presidio original porque también hubo
galpones que se utilizaron para recluir a los condenados. La respuesta es
que fue ocupado por la Marina de Guerra que estableció allí su base naval.
Escribió un testigo del ocaso: “Hoy todo aquello ha desaparecido, el
presidio y la población de guardiacárceles, los yaganes, los onas, el
gendarme de línea con su guitarra y su winchester”.
UN RÉGIMEN CARCELARIO INHUMANO
En 1934 el diputado nacional Manuel Ramírez visitó el penal de Ushuaia. Sus
impresiones las volcó en un libro. Entre sus denuncias se destacan las
siguientes: “la más variada nomenclatura del delito se registra en la Cárcel
de Ushuaia: homicidio, lesiones, violación y estupro, robo, corrupción y
ultraje al pudor, hurto, motín y complot, encubrimiento, tentativa de
homicidio, asociación ilícita, contra la fe pública, extorsión. Hay
delincuentes primarios, ocasionales y reincidentes.
El 48 por ciento son delincuentes primarios, hombres que han delinquido por
primera vez en su vida; los demás reclusos en su mayoría rateros condenados
por hurto. Sin embargo, impera para todos una misma disciplina, el mismo
régimen. Viven y son tratados en común, sin clasificación de ninguna
especie, desde que entran hasta que salen, sea la condena de un año como de
veinte”. Ramírez se conmueve por la ausencia de un régimen carcelario
equitativo, según la clasificación que es menester aplicar para diferenciar
el cumplimiento de las condenas. “Al lado del delincuente profesional está
el joven que en un momento extravió infirió una puñalada a su vecino; junto
al carterista reincidente convive el pobre paisano, traído de algún lejano
territorio, que se perdió en alguna borrachera dominical; el asesino que
descuartizó a su amigo para robarle alterna con el obrero recluido por un
delito de carácter social”
Seguidamente se refiere a La curiosa situación jurídica de un numeroso
contingente de penados, quienes cumplen la pena accesoria del artículo 52
del Código Penal. “Tratase de reincidentes, en buen número rateros,
carteristas, etcétera. Suman 97, muchos en plena juventud. Ocurre que una
vez cumplidos los dos o tres años de prisión que les fueran impuestos por su
última ratería, automáticamente pasan a purgar en el mismo establecimiento y
bajo igual régimen.
La segunda parte de la condena: la accesoria de articulo 52, o sea La
reclusión por tiempo indeterminado. No es raro que el delito que ha
provocado semejante pena sea un robo de gallinas, un perramus (prenda) , una
cartera o cosa por el estilo. Estos hombres constituyen una verdadera legión
de desesperados”. Las injusticias no se limitaron a la falta de
diferenciación entre los reclusos condenados por delitos graves y los que
habían cometido delitos leves. Las acusaciones de malos tratos son varias y
abarcan golpes, palizas, trabajos inhumanos y actos de sadismo, como los de
arrojar presidiarios desnudos a la nieve o lanzarles baldes de agua helada
encima o dejarlos por varios días sin salir de su celda.
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“A menudo los guardias -dice uno
de los testimonios- para distraer su ocio, organizaban carreras macabras. En
un extremo del pabellón colocaban uno o dos presos y persiguiéndolos a
golpes, con látigos, los hacían desarrollar velocidades fantásticas. Los
presos tropezaban o sus piernas cedían, rodando por el suelo, estrellándose
contra las paredes, pisoteando el uno al otro, en medio de estrepitosas
carcajadas y aullidos de los carceleros, que festejaban tales ocurrencias.
Esas crueldades trascendieron y dieron lugar a que el penal tuviera una
aureola trágica. Solía decirse por aquellos años que ir allí era ir “a la
muerte en vida, que es la peor de las muertes”. Pese a todo, había un mínimo
de alivio para aquellos seres humanos caídos en la desgracia. Algunos
trabajaban en los talleres según el oficio que tenían, otros eran llevados
al monte en un trencito para realizar diversos trabajos, tala de árboles,
desmalezamiento, etc.; trabajos que, aunque duros y fatigantes, podían
llegar a servirles como una descarga para hacer menos angustiosa la soledad.
Además, vistiendo el uniforme de franjas horizontales azules y amarillas, la
banda del penal los días festivos daba conciertos al aire libre, a los que
concurría la población. Según Canclini “El presidio y el pueblo eran casi la
misma cosa. Quienes no eran detenidos, eran guardianes, personal
administrativo, familiares de todos ellos y aun algunos ex reclusos que se
quedaron a vivir en él".
Hay que diferenciar los condenados por delitos varios y los que fueron allí
por cuestiones políticas. En 1934, Ricardo Rojas, Honorio Pueyrredón, Adolfo
Güemes, Enrique M. Mosca y otros, conocieron el frío y la soledad de esas
lejanas latitudes, pero no conocieron el horrible penal: vivieron en casas
particulares, siendo su única obligación presentarse periódicamente a la
delegación policial del lugar. También conocieron Ushuaia en las mismas
condiciones Emir Mercader, Pedro Bidegain, Néstor Aparicio, Arturo
Benavidez, Carlos Montes y Mario Cima, Víctor Juan Guillot, Mario Guido,
Alvarez de Toledo y José Pecco.
PRESIDIARIOS DE TRISTE FAMA
El número de presos de los llamados famosos por la repercusión que tuvieron
sus crímenes es elevado. En su tiempo, debido a la difusión del
sensacionalismo periodístico -Crítica, especialmente-, se destacaron Ladrón
de Guevara, quien luego de matar a su esposa e hijos se dio a la fuga sin
poder ser aprehendido. Antes de ser localizado por un investigador
espontáneo -que luego ingresó a la Policía-. Ladrón de Guevara había
cometido otro crimen, esta vez mató a un comerciante que según él lo había
estafado. En el penal encontró auxilio en la religión.
Los veteranos recordarán al Saccomano. el cual una confundió a una
telefonista, que luego de cumplir un turno se dirigía a su hogar, con una
prostituta y quiso robarle la cartera. Ante la débil defensa que intentó
hacer la pobre mujer, optó por matarla con un golpe de furca. En el penal
hacía los trabajos más peligrosos, como el de volar con dinamita rocas de
las canteras. También fue comentado el caso de Mateo Banks, un estanciero de
la pampa bonaerense acusado de matar a ocho personas en Azul (entre ellas a
su cuñada, sobrinas y peones). ¿Motivos? Quedarse con las dos estancias de
su familia. Purgó gran parte de la condena en Ushuaia y en la Penitenciaría
de la calle Las Heras.
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No escapa a la galería de estos
personajes el descuartizador Serruchito, que dividió el cuerpo de su socio
en varios pedazos que arrojó al lago de Palermo. En el presidio se le había
asignado la tarea de trozar las reses que eran parte del alimento de los
reclusos. Entre tanta sordidez, hubo un crimen que no fue por intereses
materiales, sino producto de una pasión. Eduardo Sturla, conmovió al
tranquilo barrio de Floresta cuando mató a su cuñada, de catorce años, al
negarse ella a continuar con las relaciones que mantenían secretamente. En
la cárcel su conducta no fue motivo de quejas. Pero él siempre se quejó de
ese amor no correspondido. A otro, lo llamaban El Mejicano, pero, también,
Claudio Cerdeira, Vicente Giannatempo o Erasmo Fabeile. Su currículurn
delictivo acusaba homicidios, lesiones y atentados a la autoridad que uno de
los “pesados”, siempre provocando a los guardiacárceles y, a veces,
agrediéndolos.
Cayetano Santos Godino, más conocido por el Petiso Orejudo conmovió a la
opinión pública de su época con el relato de sus crímenes, motivados por sus
bajos instintos. Después de pasar una temporada en el manicomio ingresó en
la prisión donde vivió el resto de sus días. Se dice que su muerte fue
provocada por una feroz paliza que le propinaron otros reclusos, por haber
matado a un gatito. La lista abarca a integrantes de la mafia que
capitaneaba Juan Galiffi, entre ellos Juan Vinti -quien participó en el
secuestro y muerte del joven Abel Ayerza- y Luis Corrado, chofer del capo
italiano, y los hermanos Di Grado. Pero no todos eran asesinos
profesionales.
También estuvo allí quien mató en nombre de un ideal anarquista: Simón
Radowitzky, de origen ruso, que arrojó la bomba que puso fin a la vida del
entonces jefe de Policía, coronel Ramón L. Falcón, y de su secretario en
1909; Guillermo Mac Hannaford, ex mayor del Ejército Argentino, degradado y
condenado a reclusión perpetua por el delito de traición a la patria, y
algunos estafadores que también adquirieron fama en su época, entre ellos
Juan Dufour, de malandanzas internacionales, de quien se dice que pudo
escapar de la Isla del Diablo, pero no de Tierra del Fuego.
¿ESTUVIERON REALMENTE ALLÍ?
La leyenda acompañó al célebre presidio. Así como podemos dar fe que en él
purgaron la condena que impuso la justicia a sujetos que se hicieron
tristemente famosos por haber cometido delitos, porque existen constancias
documentales que lo acreditan, no se ha encontrado prueba alguna que permita
afirmar que, según versiones, ciertos personajes por todos conocidos hayan
padecido las soledades de aquellos inhóspitos parajes. Carlos Gardel, según
una de esas versiones, estuvo allí en plena adolescencia por habérsele
aplicado la Ley 3335 que penaba a los reincidentes.
La única constancia al respecto arroja muchas dudas: la firma que habría
estampado en una postal en la que se lee “C. Gardel”, cuando todavía firmaba
Carlos Gardes También corre la versión de que Josip Broz estuvo algunos años
en el austral presidio cuando era un joven inmigrante serbio que, según
viejos vecinos del Dock Sud, habría habitado en ese lugar, y que fuera
condenado por sus actividades anarco-sindicalistas. Naturalmente, cierto o
no, ello habría tenido lugar mucho antes de convertirse en el Mariscal Tito.
Asimismo, Luis Angel Firpo, de acuerdo con otra versión, habría purgado allí
una corta condena por un acto ilícito cometido en la tramitación de una
compra de tierras. ¿Leyenda o realidad? Han desaparecido los archivos que
podían iluminar las tinieblas de años y años que transcurrieron desde la
creación de aquel reducto del dolor y la fecha en que dejó de serlo.
EVASIONES FRUSTRADAS
Hubo varios intentos de fuga por parte de los presidiarios que no tuvieron
el éxito que esperaban. El más resonante fue el protagonizado por Simón
Radowitzky. Lo hizo apoyado desde Punta Arenas, donde otros anarquistas
arribados de Buenos Aires, contratan los servicios de Pascualín.
Rispoli, también conocido como el último pirata del Beagle por sus oscuras
navegaciones llevando alcohol o cueros de lobos marinos de un lado al otro
de la frontera. Con la goleta Sokolo fondearon en Puerto Golondrina, al
oeste de la ciudad de Ushuaia (4-11-1918). El 7 del mismo mes Radowitsky
deja el penal vestido de guardiacárcel, llega hasta el punto convenido y se
embarca, de inmediato parten hacia Punta Arenas. Mientras tanto, en el
penal, a las 9:22 se nota su ausencia y comienza la persecución desde
Ushuaia y desde Chile. La marina de este último país lo recaptura en Aguas
Frías, a 12 kilómetros de Punta Arenas: fueron sólo 23 días de libertad.
De regreso al primero se le aplicó un largo castigo de reclusión en su celda
y media ración. En el libro Confesiones de un comisario, el policía retirado
Plácido Donato narra el intento de fuga del criminal Bruno Debella, alias
Facciabrutta, que purgaba una condena en el presidio de Ushuaia por
asesinatos, asalto a mano armada y otros delitos. “Su influencia -dice- hizo
nacer una sublevación. Fabricó una bomba de treinta kilos, introdujo armas
en el pabellón número uno y la madrugada del 7 de septiembre de 1934
capitaneó una fuga en masa de los presidiarios.
Cuando
ya estaban frente a las puertas mismas del penal, el teniente primero Damián
Pereyra al mando de un pelotón de soldados los detuvo con las bocas silenciosas
y amenazantes de sus fusiles Mauser. Facciabruta se encogió de hombros: "Está
bien, ganaron"- dijo cansadamente mientras tiraba su pistola de 22 tiros. Había
perdido otra vez
Hubo otros intentos que también fracasaron. Pueden afirmarse que los
reclusos tenían sólo tres formas de liberación de ese lugar: por
cumplimiento de condena, por indulto o por fallecimiento. En las dos
primeras salían caminando, en la última en ataúd.
EL CIERRE DEL PENAL
El 21 de marzo de 1947 es la fecha del decreto firmado por el presidente
Juan Domingo Perón, que dispone el cierre del temido presidio.”Ushuaia,
tierra maldita, incorpórese sin lacras al sentimiento argentino”, es el
título del articulo mediante el cual Crítica da a conocer la noticia. El
diario de Botana se había ocupado en numerosas ediciones sobre el tétrico
penal, particularmente en lo que atañe a la situación extrema que padecía
Radowitzky.
Una publicación recogió las declaraciones de una pobladora de Ushuaia,
Lucinda Otero, que resume las impresiones de la gente del lugar: “En ese
momento muchísima gente dejó la ciudad porque trabajaban para el presidio y
se habían quedado sin trabajo, se quedaron sólo los que estaban demasiado
arraigados. En un momento la ciudad se achicó, pero enseguida llegó la
Marina, lo que hizo que al pueblo llegara una nueva corriente de gente más
actualizada, con otro nivel (...) Con la Marina el contacto con el mundo fue
más constante. Los buques iban una vez por mes, después llegó el avión,
aunque no era tan fácil viajar en él y después el camino”.
En cambio, para otros pobladores el cierre de la cárcel les acarreó pérdidas
materiales, salarios o ventas comerciales. Sin lugar a dudas, alrededor del
penal se formó una población que gracias a él poseía trabajo, viviendas
dignas y una creciente línea de pequeños negocios. Gracias a él también hubo
avances edilicios. Los reclusos efectuaron trabajos de desmonte, hicieron
las instalaciones eléctricas y de obras sanitarias de Ushuaia, bajo estricta
vigilancia de los guardianes.
DESTINO PARADÓJICO
Puede afirmarse que el penal de Ushuaia se ha ganado un prominente lugar en
la reafirmación de nuestros derechos soberanos en los territorios del sur
patagónico. Fue el primer paso para la recuperación de nuestra olvidada
región austral. José Luis de Imaz cuenta que, “cuando la Marina Argentina
llegó a la bahía de Ushuaia se encontró con un mundo en el que se hablaba
inglés y yagan. Y con esos indios que no se podía saber si eran compatriotas
nuestros, o chilenos, aunque se estuviera en tierra cartográficamente
argentina. Recién acababa de ser delimitada. “Bridges debió ver con profunda
desazón el arribo de aquellos barcos de la Marina de Guerra, preanunciados
en los relevamientos geográficos de dos años antes. Llegaban latinos al
Beagle, único enclave de evangelización cristiana no papista en el
continente sudamericano
“También como periodista Payró llegó a Ushuaia en 1898. La parte argentina
de la población le desencantó profundamente. Cuando fue a la Misión y
asistió al oficio -en inglés, cánticos en yagan, y una oración en español
por la autoridades del país-, sobre todo cuando fue invitado a tomar el té
en la casa del pastor, creyó encontrarse en Lomas de Zamora o en Temperley
(únicos medios británicos que conocía).
“En 1934, Ricardo Rojas, confinado político en Ushuaia, tuvo un encuentro
con un yagán. El diálogo debió ser muy difícil. Al despedirse Darskapalaes
le dijo: "You are a christian gentleman". Impresiones similares describe
Nicanor Larrain, ya en 1883: Entre los Fueguinos se habla generalmente el
idioma inglés, lo mismo que entre los Tehuelches y demás indios que tienen
trato y comercio con las misiones de Magallanes. “Inmediatamente me vino a
la memoria la ocupación de las Malvinas y el despojo que de ellas se nos ha
hecho...
“No sucederá, me decía yo que con la Tierra del Fuego, donde hay misiones
inglesas, pueda con el tiempo acaecernos lo que con las Malvinas. Quién sabe
si no corresponde a esta idea la creación en la Tierra del Fuego de una
Colonia Penal que hoy preocupa al Gobierno Argentino. Dios lo quiera; de
todos modos, llamamos la atención de quien corresponda, porque la fundación
de una Colonia bien organizada y dirigida traerá el alejamiento del peligro
que indicamos, nos pondrá en condiciones de vigilar a nuestros sospechosos
vecinos que se pasean por la margen norte del Estrecho, y crearemos un
pueblo que nos dará beneficios en la producción y el trabajo de los penados,
que allí deben regenerarse.
Podríamos concluir con una comprobación: el severo encierro del presidio fue
también, paradójicamente, la apertura a la reafirmación de nuestros
soberanos derechos sobre una región, disputada por otros países.
Fuente: Todo Es Historia Nº 396
La
historia de una prisión que
fue sinónimo de castigo y sufrimiento
Se empezó a construir en 1902. Los presos llegaban tras un mes de viaje. Los
recibían la desolación y el frío. Perón la cerró en 1947 por "razones
humanitarias".
Por Rolando Barbano (Clarín)
José Domínguez había jurado una y mil veces no ir a lo que llamaban "la
tierra maldita". Había asesinado, sí, había sido condenado a 25 años de
cárcel también, pero no estaba dispuesto a ir a la nada. Sin embargo, su día
llegó: el 12 de febrero de 1926 lo sacaron de su celda, la 554 de la
Penitenciaría Nacional, y lo prepararon para el viaje. Le pusieron grilletes
en los tobillos y se los unieron con una barra que le impedía dar pasos
largos, todo remachado con clavos. Entonces tomó una resolución que nadie
podría cambiar.
Sumiso, Domínguez se dejó llevar al puerto sin resistirse. Lo pusieron en la
fila de los presos que serían trasladados y esperó. Cuando le llegó el turno
de cruzar la planchada hacia el barco "Buenos Aires", actuó: antes de que
pudieran impedírselo, se tiró al río. El peso de los grilletes lo hundió al
fondo del agua, de donde jamás volvió. Así fue cómo evitó que lo llevaran al
penal al que nadie quería ir. Se lo conocía como el Presidio de Ushuaia o la
cárcel del Fin del Mundo. Ahora se cumplen 100 años de su fundación, pero ya
sólo funciona como museo.
La piedra fundamental se colocó en 1902, en una ceremonia de la que hoy sólo
quedan fotos en blanco y negro donde se ve gente de riguroso uniforme
rodeada de mucha tierra y mucha agua. Hasta marzo de 1947, cuando Juan
Domingo Perón decretó su cierre por razones humanitarias, la cárcel
protagonizó una doble historia. Por un lado, presos que morían aislados. Por
el otro, un pueblo que vivía de ellos.
La decisión de crear el penal de Ushuaia también se tomó por "razones
humanitarias". Pero, en ese caso, fue porque resultaba insostenible mantener
el aún más cruel presidio militar de Puerto Cook, ubicado en la desolada
Isla de los Estados. Los presos empezaron a ser trasladados a Ushuaia y, al
poco tiempo, la experiencia entusiasmó a las autoridades. "De las diez
mujeres presas, se han casado seis, tres con presos y otras tres con
habitantes ya establecidos. Esto da la medida de lo que se obtendría el día
que el establecimiento funcione", le escribió el gobernador al ministro de
Justicia, Osvaldo Magnasco.
Con esta evaluación, y la expresa intención de "poblar la región para
asegurar la soberanía", se resolvió construir el penal de Ushuaia. Para eso,
primero se pidieron presos que quisieran viajar al sur. Luego se los empezó
a enviar compulsivamente. El criterio que se seguía para elegirlos fue
variando, pero al principio se los seleccionaba analizando "su historia
criminológica, tipo de delito cometido y la conmoción que habían producido
en la sociedad".
Así llegaron a Ushuaia asesinos como "El Petiso Orejudo", Simón Radowitzky y
Mateo Banks. Los presos eran trasladados hasta allí en las bodegas de
distintos buques. Durante el viaje, que duraba un mes, iban con los pies
engrillados y sólo tenían un recipiente para hacer sus necesidades. El humo
del carbón de los motores hacía que llegaran a destino cubiertos de tizne y
tosiendo negro.
Lo que los esperaba era aún peor. A un viento que atravesaba el cuerpo y
unas temperaturas que congelaban el pensamiento, se sumaba la obligación de
construir la cárcel que los albergaría. Varias generaciones de presos, desde
1902 hasta 1920, tuvieron que encargarse de la tarea.
Al
llegar, los penados eran bañados y afeitados. Sólo los condenados por
delitos leves estaban autorizados a llevar bigote. Enseguida se les
entregaba las que serían sus únicas pertenencias durante el encierro: traje
a rayas negras y amarillas para trabajar, traje para días feriados, colchón
con 10 kilos de lana lavada, cubiertos, cuatro sábanas, dos calzoncillos,
útiles de escuela y un metro.
Después, a trabajar. Lo primero que se hizo fue poner a funcionar una
cantera propia, desde la que se llevaba la piedra a la obra con un trencito
que corría sobre rieles de madera. Así se levantó una cárcel con cinco
pabellones dispuestos en forma radial y 380 celdas de dos metros por dos. El
resultado fue descripto por los testigos de la época como una "enorme masa
de piedra gris, con muchas edificaciones menores colocadas en forma
desordenada".
Esas edificaciones menores eran los talleres en los que empezaron a trabajar
los presos apenas terminó la obra principal: el de ebanistería -
hacían
cofres, bastones y tapas de libros-
, el aserradero, la herrería, el
astillero, la fábrica de escobas, la sastrería y el lugar donde arreglaban
el tren.
El tren era parte fundamental de la vida de la cárcel. En él, los presos
partían cada mañana hacia el Monte Susana, donde aserraban leña para la
calefacción del presidio y para realizar obras públicas. Estaban obligados a
mantener el muelle de la ciudad, a hacer el tendido de calles y de la red de
agua pública. Y también a divertir al pueblo: la banda de música del penal,
formada por presos como "El Petiso Orejudo" -
asesino serial; tocaba el
bombo-
, desfilaba cada fin de semana por Ushuaia. Hacia 1919, ése era el
único pasatiempo que tenían los 500 habitantes de la ciudad y los 550
detenidos.
La mayoría de los presos rogaba que le asignaran una tarea. Cualquier cosa
era mejor a quedarse en las celdas, muertos de frío y de aburrimiento. De
hecho, uno de los castigos que se aplicaban era la prohibición de trabajar.
El penado quedaba todo el día encerrado en su celda, a pan y agua, con las
ventanas tapadas. Muchas veces los mojaban y los encerraban en la oscuridad.
O los hacían desfilar a medianoche entre dos hileras de guardias armados con
cachiporras y palos, recorrido del que sólo se salía muerto o desmayado.
Para 1930, una o dos veces por semana los vecinos de Ushuaia veían un ataúd
atravesando la ciudad rumbo al cementerio. El 54 por ciento de los presos
estaba enfermo. Una simple caries terminaba en una boca desdentada. Un par
de años en el penal marcaba los rostros de los presos como si se tratara de
décadas. Fue el comienzo de una década de terror, dominada por un alcaide de
apellido Faggioli, que recién terminó cuando llegaron los primeros presos
políticos y denunciaron lo que pasaba. "Aquí, si no anda el garrote, no es
posible mantener la disciplina. Así se mueren más rápido. ¡Para la falta que
hacen!", se justificaba el jefe del penal.
La fuga era más que una utopía. Bosques y montañas impenetrables, el mar
helado y el intenso frío eran los guardianes más eficientes. Todo preso que
escapaba sabía que lo máximo a lo que podía aspirar era a pasar unos días en
libertad.
Aun así, nunca dejaron de intentarlo. Como lo hizo el ladrón Nievas, que
consiguió un traje de marinero para disfrazarse y escapar. Se escondió en el
campanario de la iglesia de Ushuaia y cada noche bajaba a la sacristía para
tomarse las botellitas con agua bendita. Hasta que el cura se dio cuenta y
se las escondió. Tuvo que empezar a salir a la calle para no deshidratarse y
así lo detuvieron. Entonces comprendió que el único método efectivo para no
volver a ese penal era aquel que había inaugurado José Domínguez años atrás.
Fuente: http://www.clarin.com/diario/2002/02/16/s-04615.htm
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