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Carta de América Scarfó a E. Armand
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Pack de textos anarquistas (Bakunin,
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Anarquistas y socialistas
Por Felipe Pigna
La
industrialización en las ciudades y la tecnificación del campo provocan,
a mediados del siglo XIX, el traslado de grandes masas de población hacia
las zonas urbanas, que se transforman en el hábitat del proletariado europeo.
Se desarrollan las ideologías obreristas que se expresaran orgánicamente
en la Primera Asociación Internacional de Trabajadores creada en Londres
en 1864.
Allí quedaron expuestas las diferencias entre los socialistas representados
por Karl Marx y Federico Engels, y los anarquistas representados por Proudhon
y Bakunin.
Las dos corrientes coinciden en la necesidad de derrotar a la burguesía
para construir una nueva sociedad.
Los marxistas plantean la creación de partidos obreros y dan tanta importancia
a la actividad política como a la sindical. Hablan de un período de transición
entre el triunfo revolucionario y la construcción de la nueva sociedad al
que llaman "dictadura del proletariado"
Los anarquistas, por su parte, priorizan la actividad sindical oponiéndose
a los partidos políticos y a su consecuencia natural, los gobiernos. Ven
en la religión un enemigo que justifica el poder terrenal de la burguesía.
Marxistas y anarquistas ejercen una importante influencia en el movimiento
obrero y coinciden coyunturalmente en algunos episodios como la Comuna de
París de 1871.
Junto con la importante corriente inmigratoria llegan a nuestro país las
ideas del movimiento obrero europeo. En 1896 sobre la base de diversos grupos
socialistas del país, el Dr. Juan Bautista Justo funda el Partido Socialista.
"Hasta ahora la clase rica o burguesía ha tenido en sus manos el gobierno
del país. Roquistas, mitristas y alemistas son todos lo mismo. Si se pelean
entre ellos es por apetitos de mando, por motivo de odio o de simpatía personal,
por ambiciones mezquinas e inconfesables, no por un programa ni por una
idea (...) Todos los partidos de la clase rica son uno solo cuando se trata
de aumentar los beneficios del capital a costa del pueblo trabajador, aunque
sea estúpidamente y comprometiendo el desarrollo general del país."
Primer manifiesto electoral del Partido Socialista, 1896 Si bien el Partido
se define como obrero, la mayoría de sus cuadros provienen de los sectores
medios urbanos. Son médicos, abogados, trabajadores especializados.
Confían en la acción parlamentaria y privilegian la actuación política sobre
la sindical.
A lo largo de su historia cumplirán un papel fundamental en la lucha por
la dignidad de los trabajadores a través de innovadoras propuestas de legislación
obrera.
Los socialistas argentinos son
moderados. Influidos más por el liberalismo que por el marxismo, apuntan
más a la distribución de los ingresos que de la riqueza; propician la creación
de cooperativas de consumo y de construcción de viviendas.
En su afán de luchar por la reducción de los precios de los artículos de
primera necesidad llegan a defender la libre entrada de productos importados.
Apoyan la separación de la Iglesia y el Estado y el reemplazo de un ejército
permanente por una milicia civil.
Son pioneros en la defensa del voto femenino. Luchan contra la trata de
blancas, a favor de la legalización del divorcio, el aumento del presupuesto
educativo y la jornada de ocho horas.
Sin embargo su acción proselitista tiene poca recepción entre la masa inmigratoria
imposibilitada de participar en política por su condición de extranjera.
Estos sectores son captados
por la corriente anarquista que se expresa a partir de 1897 a través del
periódico la Protesta Humana. Se oponen a toda forma de gobierno y de organización
partidaria. No reconocen fronteras y ven en el patriotismo una amenaza para
la paz. Escribía Rafael Barret "El patriotismo se cree amor y no lo es.
Es una extensión del egoísmo; es una apariencia de amor. Sería muy natural
amar a los más próximos, a los más semejantes de nuestros hermanos, a la
tierra que nos sustenta y al cielo que nos cobija. Pero eso no es patriotismo,
es humanidad. El amor irradia hasta el infinito, comola luz, mientras el
patriotismo cesa del otro lado de un monte, de un río. De una raya sobre
el papel. El amor une; el patriotismo separa. Un patriotismo que no odiara
al extranjero sería amor; un amor que se detiene en la frontera, no es más
que odio."
Los anarquistas se enfrentan con los socialistas porque opinan que las reformas
graduales y la acción parlamentaria son una traición a la clase obrera.
El anarquismo planteaba que no era necesario crear un partido político de
la clase obrera para tomar el poder político e instaurar otra sociedad de
"productores libres asociados".
Dentro del anarquismo se fueron
definiendo dos tendencias que se diferenciaron respecto a cómo impulsar
la acción para concretar sus ideales de una sociedad " sin dios, sin patria
y sin amo". Una se denominó individualista y otra organizadora. Los individualistas
consideraban que cualquier tipo de organización de los seres humanos limitaba
la libertad individual, por lo que no impulsaban la formación de sindicatos.
Pensaban que la lucha por las reivindicaciones inmediatas de los trabajadores
(aumento salarial, limitación de la jornada laboral etc.) implicaba reclamar
reformas que pretendían que el obrero viviera mejor dentro del capitalismo
y le hacían perder de vista la gran lucha contra el sistema opresor y por
la emancipación universal. Los organizadores, en cambio, consideraron que
debían participar activamente con los trabajadores en los sindicatos, pues
la explotación no era suficiente para que los explotados tomaran conciencia
de su situación y se plantearan luchar para salir de esa situación. Propusieron
que era necesario organizarlos y ayudarlos a tomar conciencia de esa explotación
y que el lugar apropiado para ello era el sindicato. Los individualistas
predominaron en el anarquismo hasta mediados de los años 90 y editaron el
periódico "El Perseguido" (1890-1897) lo que debilitó la presencia anarquista
en los primeros sindicatos, aunque su influencia en el terreno de las ideas
fue significativa entre los panaderos y carpinteros.
Los organizadores tuvieron su etapa de influencia desde mediados de la década
del 90’, su publicación fue La Protesta Humana, fundada en 1897 e influyeron
con sus ideas y también en la organización de los sindicatos de albañiles,
cigarreros, carreros, yeseros, ebanistas y marmoleros entre otros.
Sus métodos son la acción directa.
La organización sindical, la huelga general. Su consigna era: destruir esta
sociedad injusta para construir una nueva sin patrones, sin gobiernos y
sin religiones.
La Protesta, 1905 "Cuando veo el amor tan esclavo de la ley, de los padres
y el cura, del dinero, cadenas tan duras, con que lo ata esta ruin sociedad,
Yo levanto la fuerte protesta De mujer que, sintiéndose esclava, Al amar
libremente proclama Libertad, libertad, libertad."
En la cultura popular, vestigios de la influencia anarquista perduran hasta
hoy. Los panaderos, en su mayoría anarquistas, bautizaron a las facturas
con ironía: "cañoncitos", "bombas de crema", "sacramentos", "vigilantes"
y las "bolas de fraile".
Pero la prosperidad no llega a los sectores populares que sufren condiciones
de trabajo y vivienda infrahumanas y perciben bajísimos salarios.
Es alarmante la cantidad de niños que trabajan desde muy pequeños en tareas
riesgosas como la fabricación del vidrio sin las menores condiciones de
seguridad.
Las jornadas se extienden por 12 o 14 horas y al obrero se le imponen penas
que iban desde el descuento salarial hasta los castigos físicos.
En obrajes, ingenios y yerbatales los trabajadores cobran sus jornales en
vales que sólo pueden canjear en el almacén de la propia empresa.
Esta situación de injusticia y descontento incrementa la acción sindical
y conduce a la creación de la primera central obrera.
En Mayo de 1901 anarquistas y socialistas fundan la Federación Obrera Argentina
que reunía a los principales gremios del país.
El gobierno de Roca, preocupado por este clima de efervescencia social,
sanciona la Ley 4144, llamada de residencia que faculta al poder ejecutivo
a expulsar del país a los que pasan de ser los "hombres de buena voluntad
que quieran habitar el suelo argentino" a ser "extranjeros indeseables".
Crece la agitación obrera y en 1902 se produce la primera huelga general
propiciada por los gremios anarquistas. Los socialistas, en desacuerdo con
esta metodología abandonan la Federación Obrera Argentina y crean su propia
central obrera, la Unión General de Trabajadores, U.G.T.
La primera década del siglo estará jalonada por la acción sindical anarquista
y la acción política del socialismo. Será notable el crecimiento de la difusión
de los periódicos anarcosindicalistas, la fundación de las "Escuelas Modernas"
que refutaban los conceptos y los contenidos de la educación oficial y capitalista,
las huelgas generales y las grandes movilizaciones obreras. La lucha política
del socialismo, obtuvo su primera victoria en 1904 con la elección del primer
diputado socialista de toda América, el Dr. Alfredo Palacios. Palacios llevará
las ideas socialistas al parlamento y logrará la aprobación de importantes
leyes como la del descanso dominical. Tambien durante esta década crecerá
notablemente el movimiento cooperativista impulsado por los propios socialistas,
destacándose la Cooperativa de Vivienda y Consumo "El Hogar Obrero", fundada
por Juan B. Justo.
En 1907 se produjo un hecho inédito en la historia de las luchas populares
argentinas: la huelga de inquilinos.
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Los habitantes de los conventillos de Buenos Aires, Rosario, La Plata y Bahía Blanca decidieron no pagar sus alquileres frente al aumento desmedido aplicado por los propietarios La protesta expresó además, el descontento por las pésimas condiciones de vida en los inquilinatos .
Los protagonistas de estas jornadas
fueron las mujeres y los niños que organizaron multitudinarias marchas portando
escobas con las que se proponían barrer la injusticia.
La represión policial no se hizo esperar y comenzaron los desalojos. En
la Capital estuvieron a cargo del jefe de Policía, Coronel Ramón Lorenzo
Falcón, quien desalojó a las familias obreras en las madrugadas del crudo
invierno de 1907 con la ayuda del cuerpo de bomberos El gremio de los carreros
se puso a disposición de los desalojados para trasladar a las familias a
los campamentos organizados por los sindicatos anarquistas.
Si bien los huelguistas no lograron
su objetivo de conseguir la rebaja de los alquileres, este movimiento representó
un llamado de atención sobre las dramáticas condiciones de vida de la mayoría
de la población.
El 1ero mayo de 1909 los gremios anarquistas y socialistas deciden conmemorar
en reuniones separadas el día del trabajo. Los socialistas lo hacen en Constitución
y los anarquistas en Plaza Lorea a pocos metros del Congreso.
Desde temprano comenzaron a llegar las familias obreras con sus banderas
rojas y negras dispuestas a homenajear a los mártires de Chicago -ahorcados
años atrás por luchar por la jornada de ocho horasProtestan contra la desocupación,
los bajos salarios y la indiferencia del gobierno.
Van tomando la palabra encendidos oradores, hombres y mujeres que invitan
a la rebelión y organizarse para cambiar la sociedad.
Observa atentamente la reunión el Coronel Ramón Falcón. Muchos manifestantes
al reconocerlo lo insultan y vuelan algunas piedras. Falcón dirige personalmente
la represión y da la orden de dispersar la manifestación a balazos. El saldo
fue de 7 obreros muertos y decenas de heridos, entre ellos varios niños.
Inmediatamente las dos centrales
sindicales convocan a la huelga general exigiendo justicia y la expulsión
de Falcón de la jefatura de policía. Durante toda esta "Semana Roja" la
huelga fue total, pese a lo cual el gobierno ignoró todos los reclamos y
confirmó a Falcón en su cargo.
Pocos meses, el 14 de noviembre, Falcón sería asesinado por un anarquista
ruso de sólo 17 años: Simón Radowitzky. Radowitzky, fue detenido poco después
del atentado, procesado y, tras un intento de fuga de la Penitenciería Nacional,
será trasladado a Ushuahía. Simón, como lo llamaban cariñosamente sus compañeros
de ideas, se transformará en un símbolo para el movimiento obrero anarquista
y durante 21 años, los pedidos por su libertad estarán incluídos entre las
principales reivindicaciones libertarias. En mayo de 1930 recuperó su libertad
gracias a un indulto otorgado por el presidente Yrigoyen.
Fuente: El Historiador
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América
Por Osvaldo Bayer, 27 de agosto de 2006
América Scarfó nos dejó para siempre. Murió el sábado pasado. Tenía
93 años. Recibí la noticia con la tristeza de saber que era la última
de una época de lucha libertaria. Mi sentimiento no era otra cosa que
una melancolía mezcla de enorme cariño y admiración. Fue la compañera
de Severino Di Giovanni. El anarquista fusilado por el dictador golpista
de uniforme: Uriburu. El 1º de febrero de 1931. Un día después era también
fusilado el hermano más querido por América: Paulino Orlando Scarfó.
En 48 horas le habían arrancado a la adolescente de 17 años sus dos
más grandes cariños. Quedó sola, en un mundo absolutamente enemigo.
Los poetas le cantaron a América Scarfó. A finales de los ’30, el querido
Raúl González Tuñón escribirá: "América Scarfó te llevará flores y cuando
estemos todos muertos, América nos llevará flores". Es que había quedado
en todos el rostro de América el día en que mataron a su amado Severino:
no lloraba, estaba sumamente triste, pero firme. Lo iba a seguir amando
toda su vida, como me dijo cuando la fui a entrevistar, allá a comienzos
de los setenta. Yo había logrado descubrir dónde estaban las cartas
de amor que le había escrito Severino y que en el allanamiento de la
quinta de Burzaco se había llevado la policía. Las cartas de amor más
bellas que he leído en mi vida. No sólo los uniformes fusilaron a Severino
sino que también hicieron "desaparecer" sus cartas de amor. Pero así
como los desaparecidos de los setenta reaparecieron en sus Madres, así
las cartas reaparecieron ante la búsqueda sin fin del historiador. En
sus líneas de despedida, antes de recibir las balas militares, Severino
le escribe a América: "Carissima: más que con la pluma, el testamento
ideal me ha brotado del corazón hoy, cuando conversaba contigo: mis
cosas, mis ideales. Besa a mi hijo, a mis hijas. Sé feliz. Adiós, única
dulzura de mi pobre vida. Te beso mucho. Piensa siempre en mí. Tu Severino".
Antes de esas últimas líneas, se le había concedido a Severino despedirse
de América, que también estaba detenida.
América le dio el último abrazo, él la besó. Le pidió a ella que cuidara de los hijos de él y de Teresina, su esposa. América le dijo: "voy a seguir con tu recuerdo hasta mi muerte". El la miró con mucha tristeza y le respondió: "¡Oh, Fina, tu sei tan giovane!". Se besaron de nuevo. América salió mirándolo a Severino. Por ello tropezó con una rejilla y Severino le gritó: "¡ten cuidado!".
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Los más destacados periodistas
de Buenos Aires estuvieron en el fusilamiento. La mejor crónica fue
la de Roberto Arlt, que no puso ningún comentario propio sino sólo la
descripción de ese teatro irracional de la fuerza bruta contra las ideas.
"La descarga terminó con el más hermoso de los que estaban presentes",
serán las últimas palabras de la crónica del periodista del Buenos Aires
Herald.
Al día siguiente, caerá
también Paulino Scarfó ante el pelotón de fusilamiento. Tanto a Severino
como a Paulino, antes de fusilarlos, la policía de Uriburu los había
torturado bárbaramente. Pero ellos no delataron a ningún compañero.
El último encuentro entre América y Paulino será muy breve. Ella no
pudo disimular su dolor al ver el rostro hinchado de él. El la contuvo
diciéndole: "no llores". Y luego agregó con mucho cariño: "pobre pibita"
y le dio un beso en la mejilla. América lo besó muy fuerte y le preguntó:
"¿no querés ver a mamá?" El le respondió: "no, ¿no ves cómo estoy?".
"Es que se le notaban las torturas. Y agregó: "sigue estudiando. Estoy
deseando que esto termine de una vez". La besó. América volvió a abrazarlo
y se miraron a los ojos. Ella no lloró. El policía Florio urgió para
que terminaran. América se fue con paso firme. Los periodistas notaron
una lágrima en su rostro. Severino y Paulino gritaron antes de la orden
de "fuego" las palabras que definían su ideología: "Viva la anarquía".
Fue en la penitenciaría. Las descargas se escucharon en los jardines
de Palermo.
Severino fue un antifascista, y estaba convencido de que la única manera
de responder a la violencia de arriba era con la violencia de abajo.
Sus atentados fueron siempre contra entidades fascistas o norteamericanas
cuando se supo la condena a muerte de los dos héroes proletarios Sacco
y Vanzetti. Sus escritos hablan de su pasión por su ideología del socialismo
en libertad. La policía lo sorprendió cuando salía de una imprenta.
Su huida por las calles de Buenos Aires quedó como algo legendario.
En el tiroteo cayó una niña, y por supuesto le adjudicaron a él esa
muerte cuando fue notorio que recibió balas policiales.
En el escritorio del luchador anarquista, la policía encontró debajo
del vidrio esta frase: "Estimo a aquel que aprueba la conjuración y
no conjura; pero no siento nada más que desprecio por esos que no sólo
no quieren hacer nada sino que se complacen en criticar y maldecir a
aquellos que hacen".
En 1928, en una carta, Severino
le escribirá a América: "El amor, el amor libre, exige aquello que otras
formas de amor no pueden comprender. Y nosotros dos, rebeldes divinos
(jamás nadie podrá llegar a nuestras cumbres), tenemos derecho a desagotar
el pantano de la moral corriente y cultivar allí el inmenso jardín donde
mariposas y abejas puedan satisfacer su sed de placer, de trabajo y
de amor". Fue un amor pleno que duró poco porque todo terminó en tragedia.
Cuando América se va a vivir con Severino en la quinta, muy arbolada,
de Burzaco, ya él era el perseguido número uno de la sociedad argentina.
Ella sentirá miedo todas las noches y duerme abrazada a él. Una noche
ella siente ruidos como de gente que entra a la quinta y trata de despertarlo.
Le dice en voz baja pero insistente: "Severino, Severino, la policía".
El se despierta apenas, la acaricia y le responde: "América, no, son
los pájaros... duerme... duerme". De eso ella nunca se olvidará, me
lo contará en uno de nuestros tantos encuentros, mientras elaboraba
una nueva edición de mi libro.
Caídos sus dos seres más
queridos, la joven América será protegida por sus compañeros de ideas.
En ese período escribirá artículos para diarios anarquistas europeos
en defensa de los derechos de la mujer. Y continuará con sus estudios,
los cuales nunca dejó ni cuando era ya octogenaria. Por ejemplo, se
recibió de profesora de italiano y rindió todas las pruebas en forma
brillante.
Muchos años después de la tragedia, América encontrará un compañero
de ideas con el cual fundará la librería y editorial Américalee. El
nombre lo dice todo. Durante muchos años, fue la librería libertaria
más completa de la ciudad y la editorial se dedicó a publicar todos
los pensadores del socialismo libertario.
Hace pocos años, estábamos todavía en el menemismo, América volvió a aparecer en los diarios. Es que un día que la fui a visitar, me expresó que ya estaba cerca de la muerte y que antes de irse para siempre quería estrechar en su corazón las cartas de amor de Severino. Que como yo sabía dónde estaban me pedía que hiciera todo lo posible para lograr su devolución. Le dije que iba a poner todo mi empeño. Lo fui a ver a Unamuno, el director del Archivo General de la Nación. Siempre dispuesto a la ayuda me preguntó donde había visto esas cartas la última vez. Le dije: "en el Museo Policial, en un archivo aislado". Me respondió: "Bueno, quien puede darte permiso, por ser policial, es el ministro del Interior, Corach". ("La última anécdota que me faltaba", pensé.) Pedí la entrevista junto con América. Nos recibió a los dos días. Le expresé el deseo de América. Me dijo que iba a hacer las averiguaciones pertinentes para cumplir con los deseos de ella y agregó: "No se olvide, Bayer, que yo me llamo Carlos W. Corach. Carlos, por Carlos Marx, y W. Por Wladimiro Lenin". Me sorprendí y no pude menos que decirle sonriente: "No lo parece".
Canti Anarchici
di Pietro Gori - O profughi d'Italia
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A los dos días nos llama
el jefe de la Policía Federal que me esperaba en su despacho. Fui con
América. Nos recibieron el jefe y el subjefe. El jefe me escuchó con
forzada benevolencia. (El subjefe tenía una sonrisa cachadora como diciendo:
"cómo se vino éste acá"). Le expliqué, pero el jefe me respondió grandilocuente:
"usted me pide algo que pertenece a la Policía Federal. Mire (y tomó
un cenicero): esto aquí tiene la palabra ‘Policía Federal’, si usted
me lo pide le tengo que decir que no, porque no me pertenece a mí ni
a nadie sino sólo a la Policía Federal". Le insistí: "pero no se trata
de un cenicero, son cartas de amor". Me volvió a mostrar el cenicero,
con gesto triunfal: "sí, pero las dos cosas pertenecen a la Policía
Federal". Entonces tomó la palabra América que con voz suave pero firme
le expresó: "señor, son cartas de amor que me escribieron a mí, me pertenecen
a mí. No es un documento policial o que sirva como prueba de algún delito.
Las cartas me pertenecen sólo a mí". El seguro policía se sintió molesto
y sentenció: "pongan un abogado, se resolverá".
Pusimos el abogado y pronto llegó la respuesta. Carlos Wladimiro nos
citó en la Casa de Gobierno para devolver las cartas de Severino Di
Giovanni a su amada América Scarfó.
Cómo habrá acariciado las cartas esa bella anciana de ojos muy negros
y cabellos blancos como la nieve.
Ella no está más. Sus cenizas fueron enterradas en el pequeño jardín
de la Federación Libertaria, la casa que no se rinde. Ahí iremos una
vez por mes a leerle a ella una carta de amor del luchador caído.
Fuente: Página/12, 27/08/06
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El
anarquista de las rosas rojas
Severino Di Giovanni (1901-1931) fue fusilado el 1º de febrero de 1931
por la dictadura de Uriburu. Tenía 29 años.
Considerado el "hombre más maligno que pisó tierra argentina", se ocultó
lo esencial de su personalidad: ser un representante de la violencia
de abajo. De esos que la sociedad no tolera ni perdona. Creía en el
derecho a matar al opresor aunque cayeran inocentes, y tenía un fundamento
ideológico para sus actos. Llevó a cabo atentados con bombas y grandes
asaltos en su raid revolucionario. Su foto ocupó la primera plana de
los diarios y un comisario lo llamó un "Robin Hood moderno".
Pero también era un hombre de ideas, un estudioso autodidacta, un escritor
y periodista excepcional, un compañero solidario y un militante apasionado.
Creía en el amor a rajatabla, en una sociedad más justa, en el respeto
al individuo como tal. Y vivió un amor prohibido para la época.
El exilio americano
Nació en Chieti, Italia, el 17 de marzo de 1901. Estudió para maestro
y, aunque no se recibió, ejerció hasta que el fascismo lo obligó al
exilio. Mientras aprendía el oficio de tipógrafo y leía a Proudhon,
Bakunin, Reclus, Kropotkin, Malatesta, Nietzsche y Stirner. En Italia,
Mussolini imponía con sangre su autoridad. Miles de opositores eran
muertos, encarcelados y expulsados. Muchos anarquistas recalaron en
Argentina, entre ellos, Di Giovanni. Llegó a Buenos Aires en 1923 con
su esposa Teresina y su hija Laura. Dos años más tarde nacieron sus
otros hijos, Aurora e Ilvo.
He visto Morir...Por Roberto Arlt Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanasos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de culatas. Más sombras que galopan. Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir. La letanía. Espacio de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial. "..de acuerdo a las disposiciones... por violación del bando... ley número..." El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas. Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huída hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte. "..artículo número...ley de estado de sitio... superior tribunal... visto... pásese al superior tribunal... de guerra, tropa y suboficiales..." Di Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno. "..estamos probando... apercíbase al teniente... Rizzo Patrón, vocales... tenientes coroneles... bando... dése copia... fija número..." Di Giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los términos con que está redactada la sentencia. "..Dése vista al ministro de Guerra... sea fusilado... firmado, secretario..." Habla el Reo. -Quisiera pedirle perdón al teniente defensor... Una voz: -No puede hablar. Llévenlo. El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quien sabe!. El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate. Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar. Ha formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita: -Venda no. Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso. Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordena a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos. Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas? -Pelotón, firme. Apunten. La voz del reo estalla metálica, vibrante: -¡Viva la anarquía! -¡Fuego! Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas. Fogonazo del tiro de gracia. Muerto. Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra. Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez de Última hora, Enrique Gonzáles Tuñón, de Crítica y Gómez, de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara: -Está prohibido reírse. -Está prohibido concurrir con zapatos de baile. [de Aguafuertes Porteñas] |
Al principio, cultivaba
y vendía flores. Más tarde consiguió trabajo como tipógrafo y se conectó
con grupos antifascistas. Aprendió rápido el castellano y las crónicas
de la época lo describían como un hombre de "rasgos bien conformados,
rubio, tez ligeramente rosada, ojos color azul mar, de una luz intensa,
casi febril...".
En 1925, lo más selecto de la colectividad italiana en la Argentina,
los "camisas negras" y las autoridades nacionales participaban de un
evento en el Teatro Colón. Los anarquistas, al grito de asesinos, repudiaron
a los representantes de Mussolini. Di Giovanni fue detenido por primera
vez y el prontuario policial lo calificó de "terrible agitador anarquista".
Fuerza movilizadora
El poder de los anarquistas movilizaba a miles de obreros, editaban
periódicos que se vendían como pan caliente, tenían foros de debate
y luchaban por los derechos laborales. Existían diversas corrientes.
Por un lado, los que hacían el diario La Protesta, a cargo de López
Arango y Abad de Santillán y la Fora (Federación Obrera Regional Argentina),
que eran considerados el anarquismo oficial. Proponían la educación
y la propaganda como medio de lucha. Por el otro, se encontraban los
del periódico La Antorcha y los gremios autónomos de izquierda que,
en cierta medida, avalaban el uso de la violencia política.
Además existían los "expropiadores". Se dedicaban al robo y falsificación
de dinero, porque consideraban que recuperaban parte del botín que la
burguesía –elegantemente– le robaba a los obreros.
Y surgió Di Giovanni con su periódico Culmine, que propiciaba el anarquismo
individual y la lucha "cara a cara" con el enemigo fascista. A través
de Culmine, polemizó con los otros sectores, publicó sus poemas, se
ocupó del tema de la emancipación femenina y de los compañeros caídos
en la lucha o que estaban en prisión. Severino financiaba la revista
con su trabajo, organizaba tertulias culturales y recibía el aporte
de compañeros. Su lema era: "De la propaganda a los hechos". Creía en
las posibilidades del individuo para cambiar con su acción a la sociedad.
Y lo puso en práctica. El mundo estaba conmocionado con la
condena a muerte de Sacco y Vanzetti en Estados
Unidos. Severino se sumó a la campaña por la liberación de los anarquistas.
El 16 de mayo de 1926, una bomba estalló frente a la embajada de los
Estados Unidos en Buenos Aires. Fue el primer atentado de varios que
realizó contra objetivos norteamericanos. El gobierno radical de Alvear
inició una feroz represión y detuvo a cientos de anarquistas italianos.
Los datos los proporcionaba la embajada de Mussolini a la policía argentina,
ya que tenían una fluida relación.
En ese tiempo conoció a Paulino y Alejandro Scarfó, a través de quienes
entraría a la vida de Severino una adolescente que lo haría estremecer
de amor con su ojos negros: América Scarfó.
En el marco de la lucha por Sacco y Vanzetti, el anarquismo protagonizó
su última gran movilización de 100 mil personas, en agosto de 1927.
Ese año Severino comenzó vestirse de negro. Usaba un sombrero de ala
ancha y un pañuelo al cuello. No fumaba, no bebía, trabajaba incansablemente
y comía cuando se acordaba. En la Navidad de ese año hubo por primera
vez víctimas inocentes en un atentado perpetrado por él. La violencia
lo encerró en una trampa de la que no podría escapar.
Las bombas anarquistas eran artefactos hechos de hierro, dinamita y
gelignita. Se preparaban dentro de grandes valijas y se colocaban acostadas
para su detonación. Carecían de precisión y eran muy poderosas.
El 23 de mayo de 1928 una explosión destruyó el nuevo edificio del consulado
italiano en Buenos Aires. Los objetivos eran el embajador y el cónsul
Capanni, pero cayeron más inocentes. Este hecho dividió al anarquismo
vernáculo para siempre. Los sectores revolucionarios y extranjeros apoyaron
a Severino. Pero los anarquistas de La Protesta lo acusaron de espía
fascista y agente policial. Polemizó con Abad de Santillán y López Arango
durante meses, y los ataques fueron cada vez más feroces y personalizados.
En octubre de 1929, Severino les exigió una retractación. En una discusión
con López Arango, lo mató.
Cuando pensaba marcharse a París con su amada y su familia, la detención
de Alejandro Scarfó, en diciembre del ‘28, lo hizo posponer sus planes.
Para conseguir dinero se conectó con el grupo de expropiadores de Miguel
Ángel Roscigna, y cometieron varios asaltos. En ese tiempo escribió:
"Vivir en monotonía las horas mohosas de lo adocenado, de los resignados,
de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir la vida, es solamente
vegetar y transportar en forma ambulante una masa de carne y de huesos.
A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita del brazo y
de la mente".
Terminó la década del ‘20 siendo el hombre más buscado en el país. Con
una vida y un amor clandestino, ejecutaba a los traidores, ponía bombas,
escribía análisis políticos para revistas locales y medios extranjeros,
leía, se preocupaba por su familia y se escabullía de la policía.
Severino inició 1930 con un plan de trabajo diseñado que denota un cambio
en su actitud. En su nueva revista, Anarchia, todos los sectores anarquistas
exponían sus ideas. Buscaba un acercamiento.
Hasta el golpe de estado sólo utilizó la violencia en la expropiación
y liberación de presos. A partir del 6 de setiembre de 1930, reinició
los atentados con bombas. Por fin tenía al enemigo fascista "cara a
cara", pero la sociedad aplaudió a los uniformados.
En enero de 1931 estallaron tres artefactos dinamiteros. La dictadura
se sintió desafiada y afiló sus garras. En esos días, detuvieron a Mario
Cortucci, hombre de Severino, quien sucumbió al nuevo invento de Leopoldo
Lugones (h), la "picana". Resistió 10 días la tortura y dio la dirección
de Burzaco creyendo que sus compañeros se habían mudado.
Un juicio teatral
El jueves 29 de enero de 1931 Severino fue detenido al salir de una
imprenta. Intentó escapar y lo persiguieron por las calles y techos
de Buenos Aires. La policía disparó más de 100 veces. Severino, cinco.
En el tiroteo cayó muerta una niña y hubo heridos. Atrapado en un garaje,
se disparó en el pecho. La herida era leve y lo atraparon con vida.
La sociedad se regocijó. Por fin había caído ese insolente revolucionario.
La noticia salió en las primeras planas de todo el país. Uriburu ordenó
un juicio rápido y al paredón. El teniente primero Franco fue su defensor.
Cuando reo y abogado se encontraron, Severino le aclaró que no iba a
mentir. "Jugué y perdí. Como buen perdedor, pago con la vida", le dijo.
Impresionado, Franco dio pelea. En su alegato, planteó la incompetencia
del tribunal militar para juzgar al detenido, apeló al principio humano
contra la pena de muerte, estableció que Di Giovanni recurrió a la defensa
propia, y que la bala que mató a la niña no era del reo. El tribunal
enrojeció de furia con la defensa y Franco fue castigado. Tiempo después
murió envenenado en una cena de camaradería.
Severino y Paulino Scarfó fueron salvajemente torturados antes de ser
fusilados. Con tenazas de maderas les aplastaron la lengua, les retorcieron
los testículos y los quemaron con cigarrillos, entre otros vejámenes.
Una muchedumbre se agolpó en las puertas de la prisión para escuchar
las descargas. Otros tantos reclamaban su derecho a presenciar la ejecución.
Algunos periodistas y encumbrados ciudadanos lo lograron. Como si fuera
una función teatral, todos querían ver morir a Di Giovanni. Ocho descargas
le perforaron el pecho. Cayó al suelo y le dieron el tiro de gracia.
Un aullido desgarró la madrugada. Eran lo presos despidiendo al compañero.
En estricto secreto el cuerpo fue trasladado al cementerio de la Chacarita.
Sin embargo, al día siguiente la tumba de Severino amaneció cubierta
de flores rojas.
Fuente: www.laberintosrotos.blogspot.com
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Severino
Di Giovanni
Por Arturo Trinelli*
Acción. Violencia con más violencia. Golpe por golpe. Así se podría
describir la vida de Severino Di Giovanni, quizás, el anarquista más
emblemático de la historia del anarquismo argentino. Fue un
incansable luchador antifascista que vivió en la ilegalidad durante
más de cuatro años y cuya figura era temida por todo el status quo
de finales de los años veinte y principios de la década del treinta.
Leer la vida de Di Giovanni conduce necesariamente a quien se ocupó
de estudiarla en profundidad: Osvaldo Bayer. En su libro “Severino
di Giovanni. El idealista de la violencia” Bayer narra con lujo de
detalles la vida de este anarquista italiano, nacido en 1901 y
asesinado por el gobierno de Uriburu el 1 de febrero de 1931. Con un
pormenorizado análisis de las fuentes de la época, y entrevistas con
sobrevivientes de aquellos tumultuosos años, Bayer hace un recorrido
detallado por la vida de Di Giovanni y rescata a una figura que
pareció concentrar en su persona todos los males de su tiempo. En
enero de 1931 fue capturado por la policía al salir de una imprenta
en plena Ciudad de Buenos Aires. En efecto, la esquina de Corrientes
y Callao, que hoy luce tan luminosa y llena de grandes vidrieras,
hace 79 años era escenario de una de las persecuciones policiales
más emblemáticas de la historia de la Capital Federal. Una
persecución digna de un film cinematográfico, en donde Di Giovanni
se enfrentó a los tiros con los efectivos que lo perseguían y que lo
terminaron capturando en un garage de la zona, luego de un frustrado
intento de fuga por los techos del por entonces centro porteño de
casas bajas y sin los edificios de la actualidad.
Pero Di Giovanni, y esta es tal vez su cualidad más distintiva, fue
a la vez un hombre de pensamiento. Avocado como todo anarquista a la
publicidad y publicación de ideas libertarias, polemizó con figuras
del anarquismo local de la época, y no pudo eludir un mal que
debilitó seriamente al anaquismo y explicó en parte su fracaso: la
imposibilidad de lograr acuerdos internos que garantizaran cierta
sustentabilidad y cumplimientos de objetivos a largo plazo. Así es
como se vio envuelto en polémicas varias, algunas de las cuales se
mantendrían hasta el fin de su vida. La mayoría de ellas tenían que
ver esencialmente con el método de lucha que implementaba. Algunos
no estaban de acuerdo en
la expropiación o la acción violenta
(atentados con bombas contra delegaciones fascistas en la Argentina)
para contestar a la violencia ejercida desde el Estado. Las
expropiaciones eran asaltos cometidos con los fines de obtener
recursos para financiar la lucha y ayudar a los familiares de los
compañeros presos y perseguidos. Contrarios a dicha metodología
eran, en especial, quienes de alguna manera sostenían el monopolio
de la opinión pública libertaria: los directores del periódico
anarquista La Protesta, el más difundido y numeroso en cuanto a la
cantidad de ejemplares que podía imprimir y distribuir. La polémica
de Di Giovanni con La Protesta se sostuvo desde diversas fuentes, en
especial el periódico La Antorcha, que intentaba dotar al anarquismo
de una matriz menos ideológica pero más práctica, ponderando la
ejecución y la importancia de rubricar en acciones concretas lo
reclamado discursivamente; y también desde Culmine, dirigido por el
propio Severino. Di Giovanni mezclaba esa notable cualidad de ser un
hombre de acción y de pensamiento. Era un autodidacta y apasionado
por las publicaciones de escritos y reediciones de obras de autores,
como Elisée Reclus, cuyos volúmenes editó al final de su vida.
Hubo un hecho que fue duramente cuestionado en el seno del
anarquismo y marcó de algún modo un quiebre en el movimiento: el
asesinato de Emilio López Arango, anarquista español, director de La
Protesta, que cuestionaba duramente la táctica de los atentados
dentro del movimiento libertario. Esto había provocado las tensiones
mencionadas entre algunos de sus compañeros partidarios de esa forma
de lucha; entre ellos, Severino, que ya había amenazado a Arango por
acusarle en su periódico de "agente fascista" e "infiltrado
policial". En su momento no quedó claro quien había sido el autor
del asesinato, pero Bayer demuestra en su libro que fue Di Giovanni.
A su entierro concurrieron miles de personas, desde todas las
orientaciones del anarquismo. Hombres separados de Arango por una
concepción distinta de las tácticas de lucha, que sostuvieron con él
violentas polémicas, estaban allí evidenciando su respeto ante su
trágica muerte. A partir de entonces, asumió como Director del
diario Diego Abad de Santillán, que hasta su muerte en la década del
ochenta continuó siendo un gran crítico de la forma de lucha de Di
Giovanni.
El amor de América
La vida de Di Giovanni no puede entenderse sin dos personas que
estuvieron ligadas a él y apuntalaron su lucha. La entonces joven
América Scarfó, de apenas 17 años y dispuesta a sostener su amor con
el anarquista a pesar de la ilegalidad de su enamorado y de los
prejuicios de la época; y la del hermano de ella, Paulino Scarfó,
quien lucho junto a él hasta el final y corrió su misma
desafortunada suerte: también fue asesinado por la ley Marcial
impuesta por Uriburu y ejecutada por su ministro, Sánchez Sorondo.
Así, se puso fin a una campaña de persecución y desprestigio que
Yrigoyen y sobretodo Uriburu diseñaron, responsabilizando a Di
Giovanni de casi todos los hechos delictivos de la época y
demonizando su figura con la complacencia de la clase media porteña
de esas décadas, defensoras y conservadoras de lo establecido sin
posibilidad de admitir pensamientos diferentes.
Es efectivamente un capítulo aparte en la vida de Di Giovanni su
relación con América. A través de sus cartas se puede leer el amor
puro y sincero que sostenía a esa pareja más allá de las
dificultades. La conoció al alquilarle a sus padres una habitación
en Burzaco, en una de las tantas huidas y cambios de domicilio a las
que estaba sometido como consecuencia de su actividad ilegal. Su
sentimiento hacia ella fue un ejemplo de la concepción que sobre el
amor tenía el anarquismo: desprejuiciado, sincero y libre. Sin
convenciones legales o ataduras materiales. Así, no dudó en dejar a
su esposa por quien amaba, esa adolescente rebelde que lo siguió en
todo momento, más allá de la condena familiar y los peligros que eso
acarreaba. Sin embargo, Di Giovanni nunca ocultó su matrimonio con
su ex mujer ni dejó de ver a sus hijos. Incluso en los peores
momentos, con situaciones económicas angustiosas, nunca dejó de
ayudarlos y mantenerlos.
Gracias a la investigación de Bayer y a una gestión hecha ante el
entonces Ministro del Interior del Presidente Menem, Carlos Corach,
en 1999 América Scarfó pudo, 68 años después, reunirse con la cartas
de amor de Severino, que hasta ese momento estaban en poder de la
Policía Federal. Era su idea tenerlas para releerlas y reclamar lo
que con justicia le pertenecía. América murió en agosto de 2006, a
los 93 años.
En sus líneas de despedida, antes de recibir las balas militares,
Severino le escribió: “Carissima: más que con la pluma, el
testamento ideal me ha brotado del corazón hoy, cuando conversaba
contigo: mis cosas, mis ideales. Besa a mi hijo, a mis hijas. Sé
feliz. Adiós, única dulzura de mi pobre vida. Te beso mucho. Piensa
siempre en mí. Tu Severino”. Antes de esas últimas líneas, se le
había concedido a Severino despedirse de América, que también estaba
detenida.
Al día siguiente, murió también Paulino Scarfó ante el pelotón de
fusilamiento. Tanto a Severino como a Paulino, antes de fusilarlos,
la policía de Uriburu los había torturado bárbaramente. Pero ellos
no delataron a ningún compañero. El último encuentro entre América y
Paulino fue muy breve. Severino y Paulino gritaron antes de la orden
de “fuego” las palabras que definían su ideología: “Viva la
anarquía”. Fue en la penitenciaría. Las descargas se escucharon en
los jardines de Palermo.
Un hecho destacado de lo que fue la parodia del juicio hecho a Di
Giovanni (juicio que tenía final cantado) fue la defensa que tuvo en
el Teniente Franco, designado a tal fin. Oriundo de Tucumán, pagó
con el exilio haber actuado por sus convicciones y defender de
manera convincente su figura ante un jurado que no podía creer que
alguien “del paño” pidiera la absolución del anarquista con tanto
ímpetu y valentía. El régimen uriburista no le perdonó tanta
sinceridad y lo obligó a dejar el país, al que pudo retornar años
más tarde. Pero Severino le agradeció antes de morir el gesto.
Quizás eso le sirvió también para darse cuenta, aunque sea al final
de su vida, que otros también podían sentir y manifestar ese
sentimiento de rebeldía a pesar de no ser anarquistas.
Testigo de ese asesinato fue también Roberto Arlt, como periodista
del Diario Buenos Aires Herald. Su presencia no era igual a la de
cientos de personas que acudieron allí para ver morir al demonio, al
asesino extranjero de la época. Los zapatos lustrados y el traje de
gala de muchos de los asistentes convertían el asesinato de un
hombre en un espectáculo frívolo, uno más de la noche porteña. La
crónica de Arlt no puso ningún comentario propio sino la descripción
de ese teatro irracional de la fuerza bruta contra las ideas: “la
descarga terminó con el más hermoso de los que estaban presentes”.
El diario Crítica, quien fue el que más fustigó a Di Giovanni en
vida para congraciarse con el régimen de 1930 (Uriburu lo cerró seis
meses después de apoderarse del gobierno) cuando fue reabierto en
1932 hizo públicas sus disculpas ante los lectores por las mentiras
que había publicado sobre Di Giovanni, ofreciéndole sus respetos a
su memoria y a sus familiares.
Para concluir, tomamos como propias unas palabras de Bayer: “Es
curioso con qué astucia y amplitud la sociedad establecida premia a
sus legítimos representantes, y castiga sin piedad a sus hijos
rebeldes. En 1979, en plena dictadura militar de Videla- con miles
de desaparecidos, presos políticos y exiliados- el diario La
Opinión, dirigido en aquel entonces y administrado por los militares
proclamó las diez figuras nacionales que más se destacaron en ese
año ignominioso. A doble página y con fotos de los buenos hijos
elegidos: el brigadier Osvaldo Cacciatore, intendente de Buenos
Aires (‘un primer premio a la ejecutividad’); el escritor Ernesto
Sábato (‘dejó de ser un gran literato, para tomar el espacio
fundamental de un gran pensador, de un hombre profundo en plena
lucha contra las trivialidades (…)’; Guillermo Walter Klein (el
segundo de Martínez de Hoz); el brigadier Carlos Pastor (ministro de
Relaciones Exteriores a quien le tocó enfrentar a la Comisión de
Derechos Humanos de la OEA); el cardenal Primatesta (‘un ejemplo de
mesura e inteligencia’), etc etc.
(...) Podríamos decir que todos ellos tendrán los bronces bien
lustrados en sus tumbas. Severino Di Giovanni, como tantos otros,
jamás tuvieron tumbas. Pero a aquéllos, a los notables de nuestra
sociedad, América Scarfó nunca les llevó flores” .
1 Bayer, Osvaldo: “Severino Di Giovanni. El idealista de la
violencia”. Buenos Aires, Editorial Página 12, 2009. p. 480.
*Lic. en Ciencia Política (UBA)
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El libro pudo reeditarse
cinco años después de la caída de la dictadura militar. El tiempo debía
sazonar un poco las ideas en discusión luego del drama argentino. Hoy,
creo que la historia de este hombre puede servir otra vez para la discusión.
Los escenarios y los poderes de la década del veinte no han cambiado
en demasía. Lo que la sociedad establecida hizo con Severino se repitió
luego de miles de veces en la década del setenta. Quien lea estas páginas
encontrará sinonimias y similitudes en destinos, luchas, métodos y una
sociedad dispuesta a defender sus prerrogativas con todas las armas,
con el correctivo implacable y con cada vez más impiedad.
Violencia contra violencia. El derecho de matar al tirano. Di Giovanni
es un luchador antifascista, víctima del régimen de Mussolini, que procura
sin tregua luchar contra la injusticia con propia mano, con todos los
medios, aunque caigan inocentes. “Cara a cara con el enemigo” es su
divisa. Se convertirá en el hombre más perseguido de la Argentina. Se
burla de sus perseguidores y el pueblo lee ávidamente las andanzas de
este “idealista de la violencia.”
Pero Di Giovanni también escribe poesías, bellísimas cartas de amor
a su amada América Scarfó y edita periódicos. Severino no abandona el
país a pesar de la rigurosa dictadura militar de Uriburu. Caerá preso
a la salida de una imprenta, será juzgado y condenado a muerte. Se juicio
y posterior fusilamiento será un final a toda orquesta que sacudirá
a los argentinos de los años treinta.
El “Severino Di Giovanni” de Bayer fue el libro prohibido por excelencia
de los años setenta. Es clave para continuar el eterno debate sobre
la violencia.
Entrevista, por Susana Viau, para Página 12
¿En qué cambió su Severino
Di Giovanni para esta reedición?
-Después de la primera edición visité varios archivos, sobre todo el
Archivo del Estado, en Roma, donde están todos los papeles enviados
por la policía de Alvear, que mantenía un contacto estrecho con la de
Mussolini, y además estuve en el Museo de Historia Social de Amsterdam.
Durante mi exilio encontré también a miembros del grupo de Di Giovanni
que habían sido expulsados por Uriburu y entregados en 1931 a Mussolini,
que los encerró en la isla de Lipari, en un campo de concentración.
Fueron liberados por los norteamericanos, cuando invadieron el sur de
Italia, y pasaron a ser héroes antifascistas. Es decir que si Severino
hubiera vivido, hubiera sido un héroe antifascista y hubiera tenido
una pensión del Estado como luchador, igual que la tuvieron sus compañeros.
Esto habla de cómo a veces la historia discrimina. El ingeniero Carranza,
que hoy tiene una estación de subte con su nombre, en 1953 puso una
bomba en la boca del subte. Murieron paseantes, chicos, mujeres. Pero
su partido triunfó y lo elevó a otra categoría: fue ministro de Alfonsín.
Como murió en un accidente, lo homenajearon de ese modo. Pero yo me
preguntaría quién fue más terrorista, si el señor Carranza o Severino
Di Giovanni, que durante años fue un innombrable en la Argentina, la
efigie del diabólico, el hijo del demonio. Sus hijos sufrieron por eso.
Me lo contó Laura, la única que vive todavía. Los chicos les pegaban
y les gritaban eso, "hijos del diablo". Las maestras no querían tenerlos.
¿Qué lo hizo volver a abrir
una investigación que terminó hace casi treinta años? ¿Un compromiso
moral o un compromiso intelectual?
-Un compromiso intelectual conmigo mismo. Sabía que podía encontrar
más cosas. De hecho, en el Museo de Historia Social de Amsterdam estaba
el juicio que le hicieron los compañeros a Di Giovanni por matar a López
Arango, que en La Protesta lo había llamado "agente fascista". Eso lo
derrotó: que a él, que había luchado tanto, un compañero de ideas lo
estigmatizara de ese modo en el diario. Le fue a pedir explicaciones,
hubo un incidente y uno de los amigos de Di Giovanni lo mata, pero él
se hizo cargo. La cúpula anarquista admitió que Severino tenía razón,
que no era un espíritu asesino.
Penitenciaría: Una historia de fusilamientosLa Penitenciaría Nacional albergó a muchos presos estelares que tuvieron destinos dramáticos. Algunos terminaron en el congelado presidio de Ushuaia. Otros, delante de un resuelto pelotón de fusilamiento. En los primeros años de la cárcel la ley contemplaba la pena de muerte y las ejecuciones eran legales. Hubo cuatro ahorcados. Y después llegaron los fusilamientos. Se hacían en la misma cárcel, sin un lugar fijo. Los condenados eran sentados en una silla, contra algún paredón, en un amanecer elegido por el juez. El 11 de mayo de 1894, José Meardi fue condenado a la pena capital por el crimen de su esposa. Lo fusilaron en la Penitenciaría. El 6 de abril de 1900, Domingo Cayetano Grossi se sentó frente al pelotón. Lo habían condenado por el asesinato de cinco chicos, que eran los hijos de la hija de su concubina. Las dos mujeres también estuvieron implicadas en el crimen. Pero se salvaron de los balazos porque la pena de muerte sólo regía para los hombres que no llegaban a los 70 años. Había una excepción: los menores de edad. Giovanni Battista Lauro y Francesco Salvato eran vendedores de pescado. El 20 de julio de 1914 mataron a Frank Livingston de 63 puñaladas. Fue un crimen por encargo: la instigadora había sido la esposa de la víctima. Los pescadores estuvieron presos en la Penitenciaría, donde fueron ejecutados el 22 de julio de 1916. La pena de muerte después fue derogada. Pero los golpistas de 1930 instauraron la Ley Marcial. Bajo ese régimen fue ejecutado el militante anarquista italiano Severino Di Giovanni. Fue el 1° de febrero de 1931, a las cinco de la mañana. "Viva la anarquía", gritó, antes de que lo acribillaran de ocho balazos. Estaba sentado contra un paredón en el sector de la cárcel que daba a la esquina de Coronel Díaz y Las Heras, Chavango en aquella época. Un día después fusilaron a su mano derecha, Paulino Scarfó. El 12 de junio de 1956, en la Penitenciaría se produjo un fusilamiento que marcó la historia del último medio siglo. Un pelotón ejecutó (a tiro de fusil Máuser 7,65 mm. Mod. Arg. 1909) a Juan José Valle, un general de división que apenas tres días antes había liderado una sublevación contra el régimen que, en setiembre de 1955, había derrocado a Juan Domingo Perón. Un día antes habían sido fusilados tres sargentos —Isauro Costa, Luis Pugnetti y Luciano Isaías Rojas— que habían participado en el levantamiento. Valle y los suboficiales fueron parte de una lista más grande de ejecutados en otros puntos del país, entre ellos cinco civiles. Fue la Operación Masacre que el escritor Rodolfo Walsh documentó para la posteridad. La Penitenciaría tuvo otros presos célebres que no pasaron por el paredón, pero terminaron en la abominada "tierra maldita": el presidio de Ushuaia. Los más famosos fueron Santos Godino, Mateo Banks y Simón Radowitzky. Godino ("El Petiso Orejudo"), asesino cruel y múltiple de chicos, entró a la Penitenciaría en 1914 . Sistemáticamente estudiado, el hombre de "orejas aladas" —como figuraba en las fichas— fue trasladado al sur en 1923. Murió asesinado en 1944. Banks mató a escopetazos a su familia —seis personas— y a dos peones. Fue en Azul, en 1922. También murió en 1944, en una pensión Había salido en libertad condicional. Radowitzky, ruso, militante anarquista, tenía 18 años cuando tiró una bomba dentro del auto del jefe de la Policía, Ramón Falcón. Pasó por la Penitenciaría y se cree que una fuga exitosa que hubo en 1911 había sido preparada para él. Por temor a una emboscada, prefirió quedarse y fue a parar a Ushuaia. Preso político al fin, Hipólito Yrigoyen lo indultó en 1930. Murió en el exilio, 26 años después. Fuente: Clarín. 03/06/02 |
¿Qué tiene de peculiar la
figura de Di Giovanni para usted? ¿Qué lo hace diferente de Radowitzky
o de Morán?
-Creo que están en la misma línea... Pero Radowitzky es un solo hecho,
y Morán un sindicalista que hace todo el camino del rebelde, pero dentro
del sindicato marítimo. Durante el día era dirigente de marítimos; a
la noche salía a hacer atentados o asaltos expropiadores. En cambio
Severino tiene una larga línea de atentados y expropiaciones, pero también
una larga lista de publicaciones: Culmine, Anarquía y libros. El vive
aquí apenas ocho años, del 23 al 31, pero desarrolla una actividad increíble.
Cada vez que voy a una biblioteca europea o norteamericana encuentro
nuevos artículos firmados por Severino y me pregunto en qué momento
los escribió. Si cuando lo fusilaron tenía 28 años... Con los mismos
principios -matar al tirano, rebelarse contra la violencia de arriba-,
tiene una actividad más plural que Radowitzky. Al mismo tiempo tuvo
ese romance, de una pureza increíble, con la adolescente América Scarfó.
Sus cartas revelan ese proyecto de un futuro juntos; de hecho, cuando
lo detienen ya tenían todo preparado para viajar a Francia, y desde
allí a Italia para integrarse a las brigadas ilegales antifascistas.
Fue consecuente. Y su nombre fue manoseado por los diarios, y hasta
por los mismos anarquistas de La Protesta que buscaban mantener un idilio
con el gobierno, publicar sus ideas pero que el gobierno los dejara
tranquilos. Cuando ocurre el golpe del 6 de setiembre del ‘30, la oposición
huye o se esconde, y Severino sigue a pesar de ser el hombre más perseguido.
Una síntesis curiosa de hombre de ideas y hombre de acción.
-Es su consecuencia. Pienso en el Che Guevara. Alguna vez tuve una larga
charla con él, en la que planteó su idea de que el foco guerrillero
debía instalarse en las sierras cordobesas. Yo le hablé de la complejidad
de la estructura represiva, y si vencía todo eso, le iban a mandar a
los cadetes del Liceo Militar. El me miró, con una enorme tristeza,
y sin ninguna arrogancia me respondió con tres palabras: "Son todos
mercenarios". Pero como yo no había hecho ninguna revolución no pude
contestarle. Hay que ser humilde. Y salí diciéndome: "Y, bueno, es la
respuesta de un revolucionario, porque a lo mejor si se espera que ocurra
primero esto y luego aquello, que estén dadas todas las condiciones,
la revolución no se hace nunca". Yo lo comprendí y él tuvo compasión
de mí.
¿Nunca pensó en escribir sobre el Che?
-Me lo propusieron y lo rechacé, porque me obligaba a relatar cosas
que no entiendo pero que no tengo autoridad moral para juzgar. Lo he
hablado con cierta gente, de pensamiento revolucionario; lo que no puedo
es publicar un libro para que esto vaya a parar no se sabe a qué manos
y sirva a qué argumentos.
¿Cómo es, en última instancia,
la personalidad de Severino?
-Creo que él se pierde por su sensibilidad. En los atentados contra
las organizaciones fascistas caen inocentes, pocos, pero con uno alcanza.
El responde luego que "no hay inocentes", como aquel terrorista francés
que dijo: "No hay inocentes. La sociedad es culpable". Para mí sí hay
inocentes. Me parece que llega un momento en que él se emperra en la
violencia, pero esas muertes le pesan y llega a su propio holocausto.
Pero no por eso puedo pintarlo como Ernesto Sabato; hay que pintar al
hombre, al revolucionario en su tragedia.
Para un revolucionario la violencia es una tragedia...
-Exactamente. Hay un pasaje de un libro de Eliseo Reclus, un pacifista,
que dice que al rebelde que comete actos de violencia no hay que criticarlo,
hay que comprenderlo. Y es precisamente a Reclus que Severino edita.
Cuando lo detienen está yendo a la imprenta de la calle Callao para
revisar personalmente el último volumen.
¿Usted escribió sobre Severino porque se había enamorado del personaje
o se enamoró de él mientras escribía?
-Yo no me enamoré de Severino. Más bien he mantenido una discusión interna
con él. En esa discusión no le he retaceado absolutamente nada de lo
bueno y he escrito todo aquello que me parece negativo: ciertos atentados,
como la muerte del quinielero cuando pone la bomba en el Banco de Boston.
De mi parte es una búsqueda.
¿Trata de entenderlo?
-Trato de entenderlo en su sacrificio, en su entereza, en su vocación.
Para mí no es un enfermo. El pueblo lo quería, sus hazañas se comentaban...
Era como un bandido, un héroe popular. Cuando muere es como el final
de una ópera italiana. Ahora voy a escribir una nota para contestarle
a José Pablo Feinmann, que dice que no hay cadáveres buenos y cadáveres
malos, sino sólo cadáveres. Yo creo que sí hay cadáveres buenos y cadáveres
malos. No es lo mismo el cadáver de Hitler que el de una adolescente
asesinada en una cámara de gas de Auschwitz. Yo termino diciéndole que
frente al cadáver de Hitler y el del Che Guevara yo le llevo flores
al Che Guevara. Esa es la diferencia. La diferencia del que puede tener
su nombre en una estación de subte o el de Severino, que jamás pudo
salir de la crónica policial. Es el caso de Alemania: el conde Von Stauffenberg
que le puso una bomba a Hitler es el héroe máximo, en el aniversario
de su fusilamiento el gobierno en pleno le rinde homenaje ante el bellísimo
monumento que le levantaron. El anarquista alemán que le puso la bomba
en la cervecería de Munich en el año ‘38 no es un héroe. Claro, Von
Stauffenberg era un conservador.
¿Van a filmar Severino Di Giovanni?
-Varias veces quisieron filmarla. Primero fue Ricardo Becher: no pudo
ser. Después, tres veces quiso filmarla Leonardo Favio. Un loco total:
me llamaba a la una de la mañana al departamento que tenía por Tribunales
y me decía: "Venite, Osvaldo, venite". Ponía música de fondo y se tiraba
al suelo para representar la muerte de Severino, cómo iba cayendo lentamente...
Hubiera sido una mezcla de Severino y el "Mono" Gatica.
-Al final me dijo: "Hice una relectura de Severino y he decidido filmar
Gatica". También quiso filmarlo Héctor Olivera... Pero es una película
difícil, porque la reconstrucción de época sale cara y, sobre todo,
porque sería inevitable que Severino resultara un terrorista simpático,
¿y entonces a dónde vamos, no? Ahora me lo propone Luis Puenzo. La forma
en que habla de Severino me inspira confianza. Justo treinta años después
del intento de Becher.
¿Cómo se define usted?
-Como un socialista libertario, o mejor, alguien que trata de ser un
socialista libertario en una sociedad que se va complicando cada vez
más, en la que es cada vez es más difícil ser un socialista libertario.
¿A quién ha considerado su camarada?
-Sin ninguna duda a Rodolfo Walsh y a David Viñas. Han sido fieles a
la sociedad y han sufrido sus avatares. Ninguno fue anarquista, pero
yo los considero mis compañeros. Ojalá ellos me hayan reconocido a mí
como su compañero.

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Severino Di Giovanni: mi
prójimo, mi distante. Hay que tener primero la cabeza fría, moverse
si trastabillar (y no siempre es fácil) para mencionar y decir cosas
que siempre están más allá de las palabras. Para hablar, por ejemplo,
de dar la muerte al asesino impune, para ir más allá de los contenidos
que la palabra terrorismo evoca, para hablar de cosas de las cuales
no es posible hacerlo sin que mentemos a la muerte, como si al hablar
de ella fuera para invocarla y hacer que aparezca de nuevo entre nosotros.
Pero, ¿acaso la muerte ha desaparecido como amenaza que desde el poder
nos aterra?
Di Giovanni fue uno de los últimos justos justicieros. Actuó en nombre
no sólo de las ideas sino también del afecto apasionado. Pero cuando
la muerte actúa no podemos acompañarla, pasar no a la palabra que la
dice sino a los hechos que ella abre sin que el alma misma del que sigue
su camino y ejecuta sus gestos y sus actos abra en uno mismo la dimensión
de la muerte, sin que acunemos y gestemos en nosotros mismos su gusano,
y nos transforme, es cierto, en aquello mismo que pretendemos comprender
para situarnos. Pero para entender el alma tierna y combatiente de un
Severino Di Giovanni tenemos que rozar un poco nosotros mismos la muerte.
Abrir la dimensión colosal y siniestra de la injusticia y del oprobio
sobre los hombres para entender que alguien quiera poner un límite,
con la muerte del impune, al desborde obsceno de la muerte. Di Giovanni
vuelve a abrir en nosotros interrogantes muy complejos y muy próximos.
Di Giovanni no es un hombre de la democracia ni siquiera formal, sino
un hombre profundamente marcado por el fascismo y el terror. Actúa cuando
Mussolini está en el poder destruyendo, apoyado por el pueblo, a los
mejores hombres de su patria. Actúa cuando Yrigoyen avala el asesinato
de obreros en la Patagonia y en las huelgas. Luego es el momento del
golpe militar: cuando el general Uriburu da el primero de ellos. Una
sociedad donde cientos de miles de inmigrantes italianos vinieron huyendo
de la miseria para caer en el oprobio de un sistema de muerte y de ultraje.
Con la persecución desatada por el poder militar en la Argentina, brazo
armado de todos los privilegios, predominó el criterio de que el mejor
anarquista es el anarquista muerto: fueron casi todos ellos asesinados
por nuestra derecha fascista o partieron al exilio a combatir en España
por la República.
LA VIOLENCIA
Bayer interroga en Di Giovanni "su creencia como dogma en la violencia
como único método racional de rebeldía". Es necesario plantear, entonces,
cinco premisas para entenderlo:
Primera premisa: No hay violencia en general: el crimen en abstracto
no existe, es sólo un concepto. Son hombres concretos, cada uno con
su nombre y apellido, quienes ejecutan el crimen. No hay violencia de
estructura solamente.
Segunda premisa: Hay violencia, pero también hay contra-violencia. Está
la violencia ofensiva y la violencia defensiva. Y la contra-violencia
defensiva tiene una cualidad diferente que la violencia ofensiva.
Tercera premisa: Habitualmente se cree que la violencia es la violencia
inmediata del asesinato directo por las armas. Pero no: la violencia
consiste en apoderarse, por la amenaza, de la voluntad de otro para
dominarlo en vida. Hay entonces dos muertes: la de los que siguen vivos
por temerla y someterse, y la de los que han sido muertos por resistentes.
Cuarta premisa: El amor, que es mater-ialista, no nace de un Dios abstracto
o terrible, o de un padre que persigue; nace desde las marcas maternas
que animan la carne y la vida de una mujer amada. Y desde allí, desde
ese amor grande e infinito, se prolonga el anarquismo político. "En
el amor grande e infinito (por una mujer) está basado el anarquismo
mismo", escribe Di Giovanni.
LA GENEALOGIA Y LA LOGICA DE LOS MUERTOS ASESINADOS
Pero también existe una quinta premisa: hay una genealogía que enlaza
el sentido de la vida con los que fueron muertos por la mano del hombre.
Así como hay un lazo con la vida de los otros hombres vivos, hay un
lazo profundo que nos une indisolublemente con los hombres muertos por
los asesinos. En esta premisa está presente esa responsabilidad sagrada
que penetra hasta los estratos más fecundos y vivos de la vida misma.
Tuvo que amar mucho a la vida y a los vivos para sentir la necesidad
de resurreccionar a los muertos de otro modo, laicamente. Bajo una estampa
de Cristo escribe Di Giovanni como su contracara: "El símbolo de la
víctima, como un fugaz recuerdo, será una visión que nos engarzará al
pasado, a nuestros muertos, y nos hará más fuertes para el porvenir
y para nuestros hijos. Como aurora rosada, bella, pura, la Libertad
surgirá en una mañana primaveral para besar los labios de todos los
sepultados vivos, de todos los mártires, de todos los rebeldes. Y en
ese beso infundirá a nuestros caídos todas las bellezas, los purificará
de todos los dolores, esparciendo copiosamente los premios que debemos
a los héroes de la lucha cotidiana".
LA NECESIDAD DE PONER UN LIMITE AL PODER ABSOLUTO
Un individuo es tanto más proclive a sentir la dimensión del oprobio
social, de la injusticia, de la impunidad y de la insidia criminal,
cuanto mayor sea la capacidad afectiva de amar (y de odiar por lo tanto).
Y tanto más esta insoportabilidad es grande cuando menor es la capacidad
de reacción de la gente que no siente, siente menos, o está adormecida
o aterrada. La necesidad de imponer un límite al crimen aparece como
una tensión insoportable de la cual depende la coherencia sensible,
afectiva y racional de la propia vida. Sólo cuando se activa la dimensión
más profunda y libre del afecto puede un hombre poner toda su vida en
defensa de lo justo. Dijimos: el último de los justos. Mientras haya
diez justos Dios no destruirá a la ciudad impura y pecadora, se dice
en la Biblia. Mientras haya existido entre nosotros un Severino Di Giovanni,
con su tragedia intransferible, hay una esperanza en el mundo.
(¿Por qué conmueve tanto su vida, su pasión, su entrega más allá del
límite, hasta su sed de venganza? ¿Es mala la venganza, acaso, cuando
se trata de que el mal extremo no logre vencer sin encontrar el límite
y convertirse en absoluto? Pero acá hay algo más que conmueve, el índice
de lo más intolerable: que la cobardía en la impunidad -que es lo más
intolerable- pueda vivirse sin riesgo: sin sentir siquiera lo que el
otro siente cuando sufre. Sentir lo que el asesinado sufriente sintió:
hasta allí debe penetrar lo que se llama comúnmente venganza: la sed
devoradora de justicia en el desierto desolado de la impunidad y del
crimen, nos dice Di Giovanni.)
Pero ¿quién hace justicia allí donde la justicia no existe? Es entonces
donde la responsabilidad de un hombre como Di Giovanni se agiganta y
se convierte en trágica. Asume en sí mismo lo imposible: es el lugar
humano que se consume en realizar por sí mismo lo que todos los hombres
colectivamente no hacen, muchedumbre de sometidos pasivos que han delegado
en la unidad de una vida, la suya, todo el peso de la injusticia del
mundo. Es entonces cuando Di Giovanni se reconoce como el justiciero
de lo impune: asume solo, para poder dar la cara en la vida, la responsabilidad
por los asesinados.
Si el poder absoluto nunca es realmente tal aunque lo parezca, es porque
hay siempre alguien que salva la esperanza para el mundo, abre una fisura
en lo que se pretende monolítico: muestra el carácter relativo de todos
los poderes sobre el hombre. Di Giovanni nos dice: el terror no vence
a la vida cuando la vida enfrenta a la muerte para señalarle al terror
mismo su límite. Sólo el contra-terror, la contra-violencia indómita,
que no se da por vencida, señala el límite extremo del desafío, debía
pensar Severino Di Giovanni: cuando hay todavía alguien, aunque sea
uno solo, que salvó contra todos -pero para todos- el carácter relativo
y pasajero del poder impune. Y al hacerlo roza con su riesgo todos los
fantasmas complacientes y temidos de la imaginación de la buena gente.
Y encuentra allí la muerte.
Debemos agradecer al coraje de Osvaldo Bayer que un hombre sólido como
Severino Di Giovanni no se haya disuelto en el aire. Que su fantasma
se anime y se agigante desde su vida espectral, uno más y se agregue
a la lista de los que asedian la noche de los asesinos insomnes.

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A las 5 de la madrugada
del domingo 1° de febrero de 1931, en un patio de la penitenciaria nacional
de la avenida Las Heras resonaba un grito: ¡Eviva l'anarchía!, y luego
una descarga cerrada. Acababa de ser fusilado Severino Di Giovanni y
se cumplía así la condena del tribunal militar.
Buenos Aires había vivido 48 horas verdaderamente expectantes y tensas.
Las sextas ediciones de los diarios del 30 de enero de 1931 habían traído
a grandes titulares una noticia sensacional: la policia había capturado
al temible agitador anarquista Severino Di Giovanni. El hombre que durante
cinco años había brindado todos los días material para la crónica policial.
Todos los asaltos importantes, todos los atentados con bombas, todos
-sin excepción- eran achacados al rubio italiano nacido el 17 de marzo
de 1901 en Chieti, en la región de los Abruzos, a 180 kilómetros al
este de Roma. Pero era inhallable. La policía sospechaba que estaba
en Buenos Aires a pesar de que el general José F. Uriburu (1868-1932)
-a la sazón presidente de facto- había establecido la pena de muerte
tras el golpe militar que lo llevó al poder el 6 de septiembre de 1930,
declarando "he venido a limpiar este país de gringos y gallegos anarquistas".
Ese constante machacar de la prensa escrita haciendo aparecer su nombre
día tras día en la crónica roja, había hecho de Di Giovanni la imagen
del mal, del pistolero sanguinario, sin escrúpulos, del lujoso gángster
que usaba camisas de seda y los dedos cargados de anillos. Eran, en
realidad, armas psicológicas que usaba la policía porque ya no tenía
otras. La prensa todos los días ridiculizaba a la organización policial
que no lograba dar con el anarquista. Hasta en las historietas, los
dibujantes se mofaban de ella por su impotencia.
La historia de Severino Di Giovanni cuenta que era un joven maestro
italiano de ideas libertarias, a quien el dictador Benito Mussolini
(1883-1945) dejó cesante primero, encarceló después y finalmente expulsó
de Italia. Como tantos otros antifascistas italianos, Di Giovanni y
su familia -esposa y cuatro hijos- encontraron refugio en la Argentina.
Pero él no se integró a nuestro medio sino que siguió siendo, ante todo,
un italiano que quería volver a su patria por cualquier medio para derrotar
al régimen fascista. Como buen anarquista que era, no aceptó formar
parte del comité antifascista italiano en la Argentina -formado por
liberales, socialistas y comunistas- porque pensaba que cualquiera de
esas tres tendencias eran iguales al fascismo.
Aquí, en la Argentina, trabajó de tipógrafo y linotipista y comenzó
a editar en italiano el diario "Culmine" a partir de agosto de 1925.
Su primera entrada policial se originó cuando organizó un tremendo escándalo
en el Teatro Colón, en oportunidad de la función de gala en homenaje
al rey Vittorio Emanuele III (1869-1947), a la que asistían también
el presidente Marcelo T. de Alvear (1868-1942) y el embajador italiano.
En medio de la función se oyó el estridente grito de ¡muera el fascismo!
seguido de una lluvia de volantes sobre el distinguido público de la
platea. Se originó entonces una batalla campal contra Di Giovanni y
el grupo anarquista que lo acompañaba. Los revoltosos recibieron un
severo castigo y fueron detenidos. Allí quedó registrado Severino Di
Giovanni, quien, al preguntársele por su ideología, contestó a la policía
sin problemas: "soy anarquista".
Desde ese día comenzó un ciclo increíble de violencia. Di Giovanni participó
en primera línea en los actos en solidaridad por el arresto y homicidio
de Nicola Sacco (1891-1927) y Bartolomeo Vanzetti (1888-1927), los dos
anarquistas italianos condenados a muerte en Estados Unidos. Los atentados
con bombas contra empresas y oficinas norteamericanas se sucedieron
día tras día. En las asambleas anarquistas, Di Giovanni proponía una
y otra vez destar una verdadera guerra en la ciudad. Además, para contar
con los medios suficientes, comenzó con los asaltos a bancos, los que
resultaron ser espectaculares, típicos de la década del veinte, con
automóviles corriendo a toda velocidad y persecuciones a los balazos.
También recurrió a la falsificación de dinero "para terminar con el
Estado", ya que la lucha de los anarquistas no era para apoderarse del
poder sino para eliminarlo, pretendiendo así que no hubiera nunca más
alguien que mande y otro que obedezca.
Al mismo tiempo que editaba periódicos e intervenía en los grupos de
agitación huelguística, comenzó a publicar las obras completas de Elisée
Reclus (1830-1905), el geógrafo y pensador anarquista francés miembro
de la Primera Internacional. Por supuesto, sus actividades chocaban
con el sector moderado del anarquismo argentino que editaba "La Protesta",
por lo que se produjo una lucha intestina que costó la vida al director
del periódico, el español Emilio López Arango (1894-1929). Los partidarios
de "La Protesta" acusaron siempre a Di Giovanni de ser el autor de esa
muerte.
En la tarde del 30 de enero de 1931, Di Giovanni -vestido con traje
negro y sombrero de anchas alas- fue sorprendido a la salida de una
imprenta, en la esquina de Callao y Sarmiento. Luego de una cinematográfica
huida por las calles y los techos del centro porteño en la que la policía
realizó unos cien disparos, asesinó una niña e hirió a varios transeúntes,
fue atrapado herido en un garaje después de haber alcanzado a disparar
cinco veces, para luego ser juzgado por un tribunal del Ejército y condenado
a muerte. La alta sociedad se regocijó: al fin había caído ese insolente
revolucionario. Para el juicio, el ejército designó al teniente primero
Franco como su defensor. Cuando se entrevistó con Di Giovanni, éste
le aclaró que como buen cristiano no pensaba mentir: "Jugué y perdí,
como buen perdedor pago con la vida" le dijo. El teniente, impresionado
por su valor, en su alegato planteó la incompetencia del tribunal militar
para juzgar a un civil detenido, apeló al principio cristiano contra
la pena de muerte, estableció que Di Giovanni había actuado en defensa
propia y que había sido emboscado sin una declaración judicial. El tribunal
enrojeció de furia contra el teniente Franco, quien más tarde fue envenenado
en una cena de camaradería. Severino Di Giovanni y Paulino Scarfó- que
había sido detenido junto a aquél-, fueron salvajemente torturados:
con tenazas les aplastaron los testículos, les retorcieron la lengua
y los quemaron con cigarrillos.
El fusilamiento fue todo un espectáculo al que concurrieron generales,
funcionarios y los más encumbrados personajes del Buenos Aires de entonces,
mientras una muchedumbre se agolpaba en las puertas de la prisión para
escuchar las descargas del fusilamiento, como si fuera una función teatral.
Severino Di Giovanni supo morir como había vivido. Sentado contra un
paredón en el sector de la cárcel que daba a la esquina de Coronel Díaz
y Las Heras (Chavango en aquella época), no quiso que le vendaran los
ojos ni que lo ayudaran a caminar, a pesar de estar casi imposibilitado
de hacerlo por las cadenas que le habían atado a los pies. Luego de
lanzar su grito ideológico, recibió una descarga de ocho disparos. Un
poco de humo que salía de su pecho marcó el sitio de los impactos. Su
cara se contrajo en una mueca violenta de dolor. Una reacción muscular
lo hizo levantarse un poco del banquillo para caer luego pesadamente
hacia el costado izquierdo. El respaldo del banquillo saltó hecho astillas.
Un gran charco de sangre inundó el asiento cayendo al suelo. Finalmente,
un oficial le pegó el clásico tiro de gracia en la cabeza. Un día después,
moría fusilado en el mismo lugar el joven anarquista Paulino Scarfó,
quien lanzó el mismo grito de Severino, pero en castellano: ¡Viva la
anarquía!
Los restos de Severino Di Giovanni reposan actualmente en el Cementerio
de la Chacarita.
Fuente: www.eljineteinsomne.blogspot.com
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