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Lo
destituyente, una vez más
Por Sandra Russo
La escena podría inscribirse en el grotesco argentino: los que contrajeron deuda
y quemaron reservas se enloquecen porque, sin haber dado ellos su
consentimiento, el Gobierno se desendeuda con las reservas que él mismo acumuló.
Los mercados bullen expectantes por la salida del default, pero ellos, que han
sido históricamente los lobbystas de los mercados, se contorsionan en televisión
para evitar contestar cómo pagarían ellos la deuda, si así como lo propone el
Gobierno les repugna. Evitan decir “ajuste”. La pregunta fue formulada ayer
hasta en TN, y eso tiene una lógica y merecimiento que forma parte de lo que los
enloquece: la hizo por la mañana en cadena nacional Cristina Fernández. Los
medios monopólicos no tuvieron más remedio que recoger el guante.
Están tan acostumbrados al periodismo servil de los medios monopólicos, que la
pregunta del cronista de Duro de domar, un programa tendiente a lo farandulero,
los ensombreció en la conferencia de prensa que dieron todos juntos todavía
relamiéndose por haber rechazado el pliego de la directora del Banco Central:
“¿La medida que toma el Gobierno ahora no está dirigida a pagar las deudas que
contrajo en parte el gobierno de la Alianza y el default que decretó el doctor
Rodríguez Saá?”. Allí estaban entre otros Rodríguez Saá y Gerardo Morales. Es
una pregunta de estricto sentido común, pertinente y sencilla. Se rieron.
Pusieron cara de “uh, éste vino a provocar”.
El sector mayoritario del periodismo televisivo está a sueldo de los medios
concentrados. Ultimamente las nuevas camadas de periodistas que incorpora el
monopolio Clarín no salen de la UBA sino de la maestría que ellos mismos crearon
junto con la Universidad San Andrés. Hace unas semanas, en el suplemento Zona de
Clarín, fueron publicados “algunos de los mejores trabajos” de esa maestría en
periodismo. Una de ellas tomaba como fuente un mail anónimo que indicaba que los
sueldos del programa 6, 7, 8, del que formo parte, eran de entre 90 y 40 mil
pesos. Orlando Barone y yo cobrábamos 40 mil pesos, según ese correo sin firma
que circuló por Internet. No sé si me molestó más la mentira, o que supusieran
que yo aceptaría un sueldo tanto más bajo que el de mis compañeros. Una buena
pieza de carne podrida, amplificada por Clarín, La Nación, Perfil y Crítica,
todos con intereses extraperiodísticos.
Aunque el silencio es más elegante que el griterío, a veces uno cuando calla
parece que otorga. Pero además esa información falsa en la que se basaron muchas
notas reafirma un mecanismo discursivo que es más grave que la falsedad de la
especie: en todo caso, la falsedad de la información estaba dirigida a
desprestigiar opiniones que son estricta minoría en el universo mediático. Si
los pobres van a los actos por la coca y el chori, nosotros vamos al canal por
el cheque. Ni unos ni otros tienen convicciones, leales saberes y entenderes,
conciencia.
La ley de medios está suspendida por una jueza mendocina, Pura de Arrabal, que
fue la misma que falló a favor del grupo Vila Manzano y en contra de Canal 7.
Los jueces de la Corte Suprema dicen que “el problema es político, no lo podemos
resolver los jueces” (Zaffaroni), y que “los jueces no deben gobernar” (Lorenzetti).
Pero hay jueces que fallan imbuidos de las mismas sospechas que la oposición. La
oposición puede exponerse a actuar guiada por la sospecha, de hecho es uno de
sus recursos más frecuentados. Pero que lo hagan los jueces es
institucionalmente más grave.
Hay periodistas que han llegado a reclamar la censura a 6, 7, 8, con el
argumento de que Canal 7 “es de todos”. La televisión pública debe garantizar
prioritariamente la pluralidad de opiniones. Invito a cualquier argentino a
recorrer la televisión de aire y a revisar cuántos programas incorporan el punto
de vista del Gobierno, sobre todo en lo que hace a su modelo económico y social,
en su análisis. No hay ninguno. El pensamiento único en materia de comunicación
es el del monopolio. En los medios, hoy no se puede ser opositor a la oposición.
Así le fue a Luis Novaresio, a quien Mariano Grondona echó de su programa
después de haber hecho preguntas molestas a una diputada de la Coalición Cívica
con respecto a la ley de ADN. Curioso: ningún medio habló de censura.
No la imaginamos, la vimos y la escuchamos a Carrió en el Senado, invitada
especialmente por los honorables nuevos senadores. Esta mujer sin estribos dijo
allí mismo que haría una denuncia penal “por estafa y quiebre del orden
institucional” a la Presidenta y a Mercedes Marcó del Pont. No la aplaudieron,
pero tenían ganas. Dijo que iría a la OEA a pedir apoyo. Ellos asentían. Gracias
al sector de centroizquierda que sigue ciego a la operación golpista, Carrió
tiene cancha ahora para desparramar sus paranoias. La loca de la casa siempre ha
sido funcional a los señores.
Y hoy veo que los medios monopólicos, de manera idéntica a la oposición,
incluido ese sector de centroizquierda, vuelven a calificar de “exagerada” la
denuncia destituyente. Dirían lo mismo incluso si pudieran lograrlo. Dirían que
“exageran”. La oposición puede decir que llueve de abajo para arriba: los
periodistas monopólicos dan entidad a todas sus pavadas.
Hoy está muy claro que la defensa del Gobierno es la defensa de un modelo, que
podría liderar hoy una fuerza política y alguna otra en el futuro. Pero habrá
que pensar en hacerlo sin algunos aliados que parecían naturales y que
demuestran que no lo son. Ellos seguirán marchando hacia sus condiciones
prerrevolucionarias, que como no molestan mucho pueden incluso ventilar en TN.
Hoy hay una pelea concreta entre un modelo de Estado de bienestar y un modelo de
Estado neoliberal, con todos los matices que uno le quiera agregar. Pero lo que
se juega hoy es eso, no la inmortalidad de los ángeles ni el color de la cara de
Dios. Es una pelea antigua, que comenzó a darse en la posguerra. Una pelea entre
dos formas de capitalismo. Suena a poco, pero así de derechizado está el mundo.
No es ninguna novedad que en Brasil a Lula lo acusan de “derechista” y en
Estados Unidos a Obama lo acusan de “izquierdista”.
Cuando Patricia Bullrich dice que el Gobierno tiene que ir a decirles “qué cosas
del presupuesto va a suspender para pagar la deuda”, ningún insert de Grecia o
España ayuda a contextualizar el monstruo que asoma de su paladar. Dicen todos
cualquier cosa a toda hora. Hacen recordar a otros personajes que no sólo
cuentan con el apoyo de los medios, sino que son sus dueños: Roberto Micheletti
en Honduras o Silvio Berlusconi en Italia.
No es una pizca de exagerado hablar de operaciones destituyentes. Las hay, las
conocen, las ventilan, las analizan, las promueven o son cómplices por omisión.
No lo blanquean porque son golpistas u oportunistas. Y si no hay ni habrá
destitución, no es porque la oposición defienda la institucionalidad ni la
Constitución, sino porque la gente no come vidrio, y porque en este país ya
hemos sufrido demasiado. (Página|12, 07/03/10)
Chile
y Bolivia
Por Sandra Russo
Ya hacía unos años que a la Argentina había vuelto la democracia, y
apenas un par que este diario existía. Me tocó en suerte una cobertura
inolvidable: ir a Chile a cubrir las elecciones con las que Augusto
Pinochet se despedía. No se despedía del todo, porque había hecho una
Constitución a su medida y quedaba como senador vitalicio. Pero aquel
Chile fue una fiesta. En el acto de cierre de la Concertación, en el que
hablaba Patricio Aylwin, quien sería el presidente electo, miles y miles
de personas se apiñaban haciendo flamear sus banderas. Esas y otras
banderas habían estado guardadas durante los años de dictadura. Chile,
esas dos sílabas, ese nombre comprimido y rítmico, significaba entonces
muchas cosas. Sobre todo significaba todavía Salvador Allende,
significaba el Estadio Nacional, en consecuencia significaba Víctor
Jara. Chile era llorar por los ausentes, y se lloraba de pena y de
alegría al mismo tiempo esos días.
Las democracias latinoamericanas fueron llegando como pudieron. Fueron
oportunidades arrancadas al enorme y monstruoso ballet de una generación
más de militares que se aceptaron a sí mismos como el brazo armado de un
orden de cosas que quisieron instaurar como el orden natural de las
cosas. En cada país hubo pequeños grupos de civiles que buscaron y
obtuvieron su propia representación en las fuerzas armadas. Tenemos esa
clase de burguesías. Bananeras. La chilena, aunque camuflada en la
circunspección idiosincrática y el recato religioso, fue tan bananera
como la que más. Por bananera entiendo haber rifado sin titubeos una de
las democracias más sólidas del continente para sacarse de encima, con
estado de sitio, asesinatos y encarcelamiento de opositores, a un
gobierno legítimo que estaba orientado hacia los débiles.
Ese sigue siendo nuestro problema en la región. Cómo pueden sostenerse
los gobiernos que no se inclinen en el gesto de aceptación acrítica a lo
que les exijan los países más poderosos.
Chile en aquel tiempo también significaba Ariel Dorfman y Armand
Mattelart, y su Para leer al Pato Donald. Aquellas generaciones de
latinoamericanos estaban descubriendo algunos mecanismos de colonización
mental, algunos ardides a través de los cuales nuestros pueblos seguían
viendo bello al rubio y feo al negro, confiable al blanco y ladino al
indio. La aparatología cultural, puro artificio de comunicación de
masas, no tenía todavía oponente. No había Ciencias de la Comunicación
ni teorías que nos explicaran por qué y cómo la gente votaba contra sí
misma, en una ensoñación programada para vulnerar hasta lo indecible a
las mayorías.
Teníamos bases de ciudadanía extremadamente acotadas y selectivas. Se
daba por bueno lo extranjero y malo lo nacional, como en esa propaganda
de la silla que describió hace poco la Presidenta y que muchos hemos
vuelto a ver con ojos azorados. Un hombre que se sienta en una silla
hecha en la Argentina, y se cae porque la silla está mal hecha, no
resiste su peso. Se exhibían entonces muchas otras sillas importadas, en
las que cualquiera podía sentarse con confianza.
Lo ingenuo, lo falaz, lo antipatriótico y lo antipolítico de esa
propaganda hoy la haría imposible. Sobre todo porque nos hemos sentado
en infinidad de sillas importadas que se cayeron, y porque hasta el más
desentendido entenderá al menos como un problema la desocupación de los
trabajadores que hacen sillas y la quiebra de las fábricas de sillas.
Pero en aquella época, en aquella edad del pavo mental que vivimos como
continente y que terminó con los peores crímenes que puedan imaginarse,
los ciudadanos eran niños leyendo al Pato Donald. Con fuerzas armadas
instruyéndose en la Escuela de las Américas. Con burguesías y
oligarquías aliadas en la saña que siempre pretendió ser moral o
ideológica y siempre mintió, porque era económica. Algunos pocos
generaron o preservaron negocios gracias a convencer a muchos de que
había un estado de cosas que era el orden natural de las cosas.
Nunca nada tuvo por qué ser como fue. Lo que pasó fue la historia, con
sus móviles, sus protagonistas, sus responsables, sus ganadores, sus
firmantes. Tanto dolor, tanta muerte, tanto exilio, anidó en la parte
más soez de miles de personas que, con el cuello apenas un poco afuera
del agua, quieren hundirle la cabeza al de al lado. Hace unos días un
hombre más bien pobre, que criticaba furiosamente al gobierno argentino,
gritaba que él se había esforzado por pagar su jubilación y que ahora
resulta que más de dos millones de vagos que no aportaron gozarán de su
mismo beneficio. Eso es lo que han hecho con la idea del Estado:
subvertirla tanto, que ya esa gente no entiende por Estado algo en
común, sino la amenaza del reparto. No hay ningún pensamiento más
funcional a esos pocos que manipulan a tantos, que ése: que la equidad
es una amenaza.
Estos días en los grandes medios escuché a unos cuantos comunicadores
machacar con el ejemplo chileno. Se referían a que Michelle Bachelet fue
a saludar personalmente al presidente electo, el empresario Piñera.
Vienen dando el ejemplo chileno porque Chile ya significa otras cosas.
Significa beige, no rojo. Lo rojo se apiña en Bolivia, que ninguno de
ellos da nunca como ejemplo de nada, a pesar de que es el país de la
región cuya economía creció más el último año, y cuyos logros sociales
van mucho más allá de lo aceptable para el statu quo. En Bolivia la
democracia cura, educa y alimenta. En Bolivia el presidente Morales
habla de la “revolución democrática” porque hay que sincerarse: que
coman, se curen y se eduquen todos es lo revolucionario en estos países
exóticos sólo si se los mira con el ojo del amo. La equidad, es
necesario repetirlo, está siendo vestida de amenaza. Ese también es el
ojo del amo.
Lamenté profundamente el triunfo de Piñera, lamenté ese retroceso, esa
berlusconiada. Lamenté por anticipado lo que pasará y lamenté también
tener que sepultar aquel recuerdo, el de Chile explotando de alegría con
el fin de la dictadura. Porque la democracia, pensábamos todos entonces,
no era solamente el llamado a elecciones sino la posibilidad de recrear
las redes de solidaridad y de equidad que la dictadura había roto. La
democracia, creíamos entonces, como había expresado aquí el entonces
presidente Raúl Alfonsín, era una herramienta para dar de comer, para
curar, para educar. Pues bien: eso lo ha hecho Bolivia y no Chile. No lo
ha hecho hasta ahora, y con Piñera menos. Los ejemplos no son inocentes.
(Página|12, 23/01/10)
La
mujer peronista
Por Sandra Russo
Recibí por correo electrónico una “carta de una ciudadana a CFK”, que
alguien que no conozco me mandó, supongo que para esclarecerme. La carta
está completamente exenta de cualquier argumento interesante o
sostenible más allá de un rechazo visceral, pero está sostenida en un
aparente “de mujer a mujer”. Y es así, “de mujer a mujer”, que en estos
días aflora la más descarnada misoginia.
La carta en cuestión es apenas un ingrediente más en este festival de
conchudez (perdón por el término, pero es el más preciso que se me
ocurre). No es el eje, no es el centro ni el núcleo de este conflicto,
pero sí es un rasgo importante el hecho de que en el amplio espectro
opositor sean mujeres las que se “descarguen” contra la Presidenta con
diversos argumentos y en diferentes tonos, con diversos grados de
inteligencia y propiedad. Hay algo en la feminidad de la Presidenta que
irrita sobremanera a otras mujeres, mucho más que a los hombres.
En esta carta, la ciudadana en cuestión afirmaba que “Señora: estamos en
el año 2008, hace casi una década que hemos comenzado el nuevo milenio,
ya ninguna mujer occidental, profesional y dirigente se siente
discriminada por ser mujer”. Qué loco, pienso, si todavía ni siquiera se
ha rozado la primera y básica reivindicación de género, que es a igual
trabajo, igual salario. Las mujeres seguimos ganando menos dinero por el
mismo trabajo que hace un hombre. ¿Que “ninguna” mujer “occidental,
profesional o dirigente” se siente ya discriminada por su género?
Primero, eso no es cierto. Y segundo, la mayoría de las mujeres
argentinas serán occidentales por la fuerza, pero no son ni
profesionales ni dirigentes. ¿Y ellas? Que se queden allí, en la
invisibilidad, y que no jodan.
No voy a transcribir párrafos de esa carta porque finalmente es
solamente una carta de una mujer con nombre y apellido, difundida por
otras mujeres con nombre y apellido que se sienten identificadas con su
contenido. Pero sí me gustaría subrayar que esta operación de odio y
resentimiento repta como una serpiente en los interiores de muchas
mujeres que no discuten ideología ni política: discuten género. Esto es
lo inconcebible. Porque es una patraña. El género, naturalmente, es el
caramelito que les ofrece a esas mujeres el pensamiento conservador y
patriarcal para roer la realidad desde sus más bajos instintos.
Hemos trabajado y defendido la perspectiva de género desde hace muchos
años, pero estos días renuevan el interés en este extraño fenómeno de
mujeres que detestan a la Presidenta porque está en un lugar que les
parece inmerecido e inapropiado. En la carta, la airada ciudadana hasta
le niega a la Presidenta el derecho de reivindicarse como la primera
mujer en ser electa para ese cargo. La homologa con Isabel (bueno,
Carrió también lo hace cuando la dejan: compara a Cristina con Isabel,
por un lado; y se abandona a toda su capacidad de resentimiento, por el
otro). Y con Evita. “No nos engaña… es un viejo símbolo del peronismo
ortodoxo ‘la mujer peronista’ al lado de su pueblo y de su hombre, que
le posibilita la vanidad del poder.”
¿Qué hay con esa mujer peronista al lado de su pueblo y de su hombre?
¿Qué hay con haber llegado al lugar con el que se soñó? ¿Qué hay con
ejercer el poder, qué problema intrínseco, profundo y necio hay con
ejercer el poder, que a una mujer sólo le está permitido acercarse a él
a través de “la vanidad”?
Las mujeres hemos peleado mucho por alcanzar lugares que están fuera del
control de nuestros hombres. Es más: hemos peleado también por tener un
nombre propio que nos designe y por ser quienes somos más allá del
hombre que tengamos al lado. Pero hemos de concluir, al menos
provisoriamente, que en nuestras peleas de género no hemos dimensionado
en toda su espantosa y falsa naturaleza esa mirada turbia, envidiosa y
capaz de todo que sale disparada de ojos con rimel y corazones de hielo.
(Página|12)
La
mejor parte del amor
Por Sandra Russo
Seguramente los apropiadores de niños sienten amor por ellos, o al menos
eso deben creer. Quién sabe qué siente alguien que oculta una verdad
atroz; que obliga al ser presuntamente amado a una reciprocidad que él
mismo viola. Nadie está, sin embargo, preparado para fingir toda su
vida. Ese amor que los apropiadores sienten por esos bebés que hoy son
hombres y mujeres de treinta y pico debe haber tenido fallas, grietas,
lapsus, desbordes inevitables de la verdad. Un hijo apropiado debe
saber, en alguna parte sí, alguna forma de la verdad. Seguramente huele
el tufo de ese amor, su hedor, el rastro de un crimen. Hay cuatrocientas
personas todavía viviendo esas tensiones soterradas.
Hay mecanismos psíquicos y sociales que permanentemente bloquean el amor
y lo reemplazan por sus simulacros. Estamos todos tan confundidos con el
amor, que aceptamos sus sustitutos, sus malas copias. Los apropiadores
de niños les han dicho a lo sumo a esas personas que son hijos
adoptivos, bebés que ellos sí aman, en reemplazo de madres que los
abandonaron. Desde el punto de vista de ese tipo de víctima, el hijo
abandonado, ser hijo de un desaparecido es una enorme descarga de
angustia. Es constatar que no hubo abandono. No son hijos biológicos de
una madre que eligió seguir su vida sin ellos, sino que fueron bebés
arrebatados de las manos de sus madres. Sus madres no siguieron sus
vidas, no formaron otras familias, no tuvieron otros hijos. Fueron
asesinadas.
Lo innombrable del abandono es el desamor. Cualquiera que haya sido
abandonado en una circunstancia amorosa sabe que lo anímicamente
intragable del abandono es el desamor. Una de las razones que siempre
esgrimieron las Abuelas como motores de su búsqueda es hacerles saber a
sus nietos que fueron bebés muy deseados y amados por sus padres y sus
familias. Quieren hacerles saber algo que puede curarles un trauma y
sanarles la vida.
Cuando esos bebés llegaron a la adolescencia, cuando pudieron hacer lo
que un niño pequeño no puede, muchos hijos adoptivos fueron por sí
mismos a la sede de Abuelas. Querían saber si eran hijos de
desaparecidos. Buscaban su identidad, pero también buscaban,
probablemente, ese consuelo terrible: no haber sido bebés abandonados,
sino víctimas de crímenes políticos. Esto no tiene nada de ideológico,
en principio. Se trata más bien de distintas dimensiones del amor y el
desamor. Nuestras vidas penden de esas nociones. Nuestros dolores y
pasiones nacen allí, a la sombra de cómo fuimos o no fuimos amados.
La idea que tenemos del amor, eso que reconocemos en los otros y en
nosotros mismos como amor, no puede germinar en la mentira, sólo en la
libertad. Nadie puede obligarnos a amar. No podemos tampoco obligarnos a
nosotros mismos a hacerlo. Es un sentimiento que está fuera de nuestro
control, que aparece y también desaparece, pero que suponemos sólo
posible entre criaturas libres. Cuando la mentira atraviesa la
circunstancia amorosa, no hay amor. Hay manipulación.
La manipulación en el amor, sin embargo, no es cosa extraña. El mercado
Vero Peso, en la desembocadura del Amazonas, es enorme y extraordinario.
Hay interminables filas de puestos que venden los mangos más grandes del
mundo, pescados de diseños exóticos, instrumentos musicales de madera
maciza. Allí hay un sector de hechiceras que vende frasquitos de
esencias y aceites para curar la salud y para recuperar o afirmar el
amor. Esas mujeres de etnias amazónicas la agarran a una de la pollera
cuando pasa, le ofrecen felicidad. Un embrujo no es otra cosa que
manipulación. O simulación.
Traje de allí un pequeño volante que no es indígena, es afro. “Mae
Triana Cartomante Exotérica” se llama la mujer vidente. Promete traer a
la persona amada rápido, “amarrada a tus pies”. El amarre es un tópico
de la hechicería. Hay brujas urbanas en todo el mundo especializadas en
amarres. Los amarres pretenden reemplazar al amor por fascinación. Ese
es un truco posmoderno. Una prestidigitación tecnológica que hace llamar
amistad a lo que pasa en Facebook. Es un atajo virtual para el atajo que
siempre en todas las culturas se buscó: tomar por amor un sentimiento
sintético que no se regocija en el bienestar del ser amado, sino en la
propia necesidad de conexión.
A fin de año la palabra “amor” se multiplica. Son palabras. Las palabras
tienen la particularidad de ser nada menos y nada más que palabras.
Pueden ser decisivas o intrascendentes, pueden estar llenas o vacías.
Venimos terminando un año en el que las palabras fueron aligeradas,
violentadas, subvertidas por el establishment. Se llegó a tal extremo
que tuvimos que escuchar, como una reivindicación política de la
mentira, que los hijos de Ernestina Herrera de Noble son nuestros hijos.
Llama muy poco la atención que la lucha de las Abuelas sea cuestionada
desde sectores golpistas que participan del juego democrático justo
cuando esa lucha roza a una mujer muy poderosa. Cuando roza al poder.
Eso pasa no inadvertido, sino no dicho.
Este año se puso en jaque a los derechos humanos. La primera en hacerlo
fue Susana Giménez, entretenedora exquisita para la videopolítica. “Esa
estupidez de los derechos humanos”, dijo aunque quedó sonando la otra
parte de la frase, “el que mata tiene que morir”. Después se cuestionó a
las Madres y a las Abuelas por la ley de ADN y se alzó nuevamente la
frase hecha de que “los derechos humanos son sólo para los
delincuentes”, y no para las víctimas de “la inseguridad”. Las
coberturas políticas y policiales se entremezclaron. Abel Posse tuvo que
renunciar, pero pasamos por el trance de tener unos días un ministro de
Educación porteño que volvió a reivindicar el terrorismo de Estado. El
huevo de la serpiente se instala en muchos nidos.
Nuestra veta fascista tiene sus dirigentes, pero tiene también muchos
voceros en las calles, hombres o mujeres comunes y corrientes que de
pronto se entreveran en conversaciones en las que piden matar a unos
cuantos. La muerte es una de nuestras tradiciones. Una pulsión argentina
que se regodea en soluciones finales. Matarlos a todos es una ilusión
degenerada.
Hubo una época bastante reciente en la que los mataron. A todos los que
pudieron. Hubo uno o dos años, durante y después del Juicio a las
Juntas, en los que el horror sacudía las almas. Habían hecho cosas como
tirar a la gente viva de los aviones o como asesinarla y robarse a sus
hijos. Eso no es de izquierda ni de derecha. A veces uno se pregunta, en
este país jodido, si acaso es de izquierda o peronista haberse quedado
atravesado por la decisión de “nunca más”. Este año, uno ha tenido la
sensación de que si apareciera un liderazgo bestial, tendría sus bases
en esa gente que tiene mucho y no quiere perderlo, o en los que tienen
muy poco, quizá un freezer y un auto, o una casa propia y un plazo fijo
en el banco, y sin embargo arengan la muerte de los que tienen menos que
ellos.
Si se me permite, quisiera dedicar esta columna de fin de año a las
Madres y a las Abuelas, por muchas razones. Pero entre ellas, la más
firme y convencida es el agradecimiento por haber tramitado su dolor con
lucha, y no con venganza. Por haber pedido siempre justicia, y haberse
avenido a la mala, la poca, la lenta justicia que obtuvieron. Por haber
estado dispuestas siempre a ofrecer a sus victimarios las garantías que
sus hijos y sus nietos no tuvieron. Porque a pesar de sus diferencias y
de sus líneas internas, siempre todas se pararon allí, en ese escalón
que separa la civilización de la barbarie. Y porque en este país que aún
conserva su horrible pulsión hacia la muerte, ellas la saltaron, se
sobrepusieron, la reciclaron, la gestionaron hacia la vida. Porque son
parte de lo mejor que somos, y somos peores si lo olvidamos. (Página|12, 26/12/09)
La
hilacha del macrismo
Por Sandra Russo
Hay algo pasmoso en la manera en la que los funcionarios del gobierno
porteño están reaccionando ante los frentes gruesos de tormenta
política. Se trata de la primera vez que el macrismo debe salir a
remontar flagrantes errores propios, y lo hace dejando al descubierto
una extraña actitud de megalomanía, cerrándose cada vez más la
posibilidad de remontar decorosamente el escándalo. Es difícil imaginar
cómo intentarán volver al camino de la verdad cuando las pruebas se les
caigan encima, aunque de hecho ya las tienen sobre sus hombros. Incluso
aceptando la delirante versión del infiltrado, el Fino Palacios pasa del
mejor policía del mundo a un gil que estuvo siendo manipulado desde el
principio. No hay lugar por el que cierre.
Si en los antecedentes de Palacios no figurara un libro que reivindica
el terrorismo de Estado en los ’70, tal vez a uno podría sonarle en
falso el montaje de una centralita de Inteligencia ilegal dentro del
gobierno porteño. Pero a quien reivindica masacres y prácticas
aberrantes no le combina mal pincharle los teléfonos a un opositor
político. Vamos de mayor a menor. Dónde, en los antecedentes de
Palacios, hay algo que haga dudar sobre su ideología. No es que Macri no
lo sepa. Lo eligió porque Palacios es así.
Y eso es lo que no puede explicar el gobierno porteño, tan insistente en
lo pro que es tirar los papeles en los cestos. No es que esté bueno
tirarlos en la calle, pero si mientras tanto hay grupos de tareas que
levantan a patadas a los indigentes en la madrugada, o si hay policías
metropolitanos haciendo inteligencia desde el Ministerio de Justicia
porteño, tirar los papelitos al cesto se vuelve una estupidez. Una
tilinguería de barrio privado, y no es otra cosa lo que el macrismo
aspira a hacer de la ciudad.
En el pasaje del empresariado a la política que hicieron buena parte de
los principales dirigentes del PRO hubo un bache de contenidos que está
saltando a la vista. Es como si esa desnudez lo exhibiera a Macri como
presidente de un directorio, y no como un político. Hay algo desajustado
en esta escena. Macri parece ubicarse incluso más arriba que la
Justicia. Lo hizo cuando defendía a Palacios. “Para mí no”, respondía
cuando se le planteaba el procesamiento del Fino en la causa AMIA. Que
la Policía Metropolitana haya comprado los uniformes de sus futuros
integrantes a la fábrica de Kanoore Edul fue otro signo extraño. No
había ninguna necesidad de irritar más. Quizá deban leerse esos hechos,
como síntomas de un liderazgo que nunca llegó a ser político.
A estos empresarios sus asesores les hacen spots que los ayudan bastante
a ganar las elecciones. Les facilitan discursos de autoayuda para
proponer cosas de consenso obvio, y hasta puede que entre ellos se
reconforten en retiros espirituales. Pero la política no tiene nada que
ver con eso. Y es eso lo que le estalla al macrismo.
El ministro Piccardo vio varios testimonios de víctimas de la UCEP. Lo
hizo en televisión. Estaba la mujer embarazada a la que la patota
manoseó en Pasco al 1300 a principios de octubre. La mujer gritaba que
estaba embarazada, les mostraba su ecografía, pero la agredieron igual.
La ecografía quedó tirada en el piso. La mujer lloraba en cámara. La
reacción de Piccardo fue impactante, protopolítica. Cualquiera al ver y
escuchar ese testimonio se escandalizaría, o propondría investigar a
fondo, o se avendría a revisar lo mal tomada que estuvo la decisión de
considerar a los indigentes con la misma entidad que los carteles
ilegales. Es por eso que Piccardo es el ministro que debe deshacerse de
los indigentes. Porque el macrismo no ve en esos pobres más que trastos
que deben ser desechados. Esa es la piedad del macrismo. También, al ser
públicos, esos testimonios están a disposición del cardenal Bergoglio.
Sería oportuno que la Iglesia se pronuncie al respecto, ya que viene
ocupándose de la pobreza. Son pobres entre los pobres los que duermen a
la intemperie en Buenos Aires. Son pobres amenazados, golpeados y
vejados.
Tanto para eludir las responsabilidades que tienen él o sus funcionarios
en las escuchas como para enfrentar el escándalo de sus patotas
nocturnas, Macri está mostrando la hilacha de un traje que le queda
grande. (Página|12)
Hebe
y Moria
Por Sandra Russo
Escribí hace poco tiempo que Moria Casán ya dejó de camuflar bajo sus
mentadas transgresiones para exhibirse como una mujer de derecha. No
descubrí la pólvora, ella lo dice públicamente. Pero la gente de la
televisión tiene un fantasma tremendo: dejar de estar en televisión. Uno de
los recursos para mantener “vigencia” es hacer escandaletes, para que Jorge
Rial o similares les den pantalla. Estos días, Moria Casán protagonizó una
de las escenas más obscenas que se han visto, fingiendo –encima
espantosamente– un orgasmo después de basurear y humillar a Hebe de
Bonafini, cuya fotografía habla en el programa de Pettinato.
Quedará eso de Moria Casán: una vedette entrada en años y en lucha abierta y
feroz contra su propia vejez, escupiendo a una mujer que pasará a la
historia, como todas las Madres y Abuelas. Pasarán años, siglos, y si este
planeta sigue en su órbita nuevos argentinitos aprenderán en la escuela que
hubo una vez un gobierno surgido de un golpe de Estado, que secuestró y
asesinó a una generación de opositores políticos. Los niños verán luego,
quién sabe en qué tipo de pantalla, imágenes de mujeres con el pañuelo
blanco en la cabeza. Y sabrán que hubo unos años en los que todo este país,
incluidos los grandes diarios y las radios, siguió viviendo como si en la
otra cuadra nunca hubiera habido una frenada y disparos, como si el
compañero de la oficina o la profesora de música o el almacenero o el
abogado o el estudiante que todo el mundo conoció nunca hubiesen
desaparecido. Leerán en sus libros de texto, los nuevos argentinitos, que
cuando todas las puertas se habían cerrado, incluso las de muchos amigos,
esas mujeres fueros las primeras que gritaron. Y que nunca pidieron
venganza, y que decían la verdad cuando pedían justicia, porque era eso lo
que pedían: que se juzgara a quienes habían matado a sus hijos y nunca lo
confesaron. Nunca. Porque los niños deberán entender que un desaparecido, y
fueron 30 mil, es entre otras cosas un muerto que nunca se deja de llorar.
Las Madres y las Abuelas han sido lo mejor de nosotros, en el único conjunto
posible en la Argentina. Un nosotros que no admita que ellas son el símbolo
de lo mejor que tenemos, que es su dolor, su lucha y su reclamo de justicia,
el gesto más civilizado, más elaborado de todos los que nos ofrece nuestra
historia reciente, plagada de violencia y desprecio por la vida.
De Moria Casán se perderán las fotos y las películas. Poco a poco el tiempo
irá enterrando la imagen y el recuerdo de una mujer que tuvo una playa en
Mar del Plata donde otras mujeres tomaban sol en tetas. (Página|12)
La
madre y la mujer publicitarias
Por Sandra Russo
Somos peligrosos bichos de consumo, aunque ese desvío de la especie está tan
sólidamente cristalizado en nuestras percepciones, que cargamos con nuestros
tics de consumidores con la misma resignación con la que se carga la
estatura o la neurosis. Y la cuestión más jodida no es que estemos empujados
todo el tiempo a comprar algo, sino la puesta en sentido de valores
publicitarios dentro de nuestra subjetividad.
Pasan cosas raras entre la ficción y la realidad. Es más, cada uno tiene su
propia idea de lo que es ficción y lo que es realidad. Y a eso debe
sumársele que vivimos rodeados de una realidad superpuesta a otra (la
realidad mediática sobre la vida real), que desenfoca permanentemente
nuestras percepciones e ideas para reenfocarlas hacia donde ella las
orienta. La realidad mediática, por otra parte, está compuesta por capas que
por ejemplo, en la actualidad, hacen que dentro de todas las ficciones
televisivas diarias se haya incorporado la publicidad no tradicional, de
modo que personajes de ficción consumen papas fritas de verdad o se toman un
analgésico de venta libre.
Los deseos son reales, forman parte de nuestras vidas reales, igual que las
frustraciones y los miedos. Pero incluso ese entramado de sustancia nuestra,
de sustancia esencial, eso que somos antes que mujeres u hombres, antes que
altos o bajos o lindos o feos, adquiere formas ficcionales proporcionadas
por la realidad mediática. De acuerdo con esa imaginería colectiva impulsada
por los medios, por ejemplo, las mujeres deseamos ir a un spa. Se da por
hecho. ¿Qué mujer no desearía parar por un día su actividad diaria, para ser
masajeada, encremada, hormada en un sauna o enfangada con barro egipcio para
salir de allí con un piel de treinta si tiene cincuenta, y de diez si tiene
treinta? Pues bien: hay un marketing del bienestar que no tiene en cuenta a
la gente fóbica, porque ése debe ser mi caso. Ni loca pasaría un día en un
spa, con extrañas hablándome de sus secretos cosmetológicos mientras me
refriegan barro por el cuerpo como si fueran enfermeras de nursery y yo un
bebé manipulable y sin duda deseoso de ser alzado a upa.
Otro borde curioso entre ficción y realidad se da en la imagen de madres que
promueve la publicidad. Para empezar, las madres de la publicidad son en
general mujeres en la instancia de usar productos de limpieza y/o de una
canasta familiar ampliada con una lista infinita de variedades de
postrecitos, flancitos, yogures, leches fortificadas o gelatinas. Las
mujeres aparecen casi exclusivamente en las publicidades de cremas
antiarrugas, champúes o ropa y perfumería. No son la misma la madre y la
mujer. La madre publicitaria es modosita, sonriente y católica. La mujer
siempre que puede tiende a ser fatal.
La madre publicitaria ama que las medias de sus hijos estén blancas. Alcanza
con eso. Las medias blancas, eternamente grises o negras en los hijos reales
que criamos. Las poníamos con la ropa blanca en el lavarropas, quizá las
refregábamos, quizá hasta llegamos a usar algo especial para blanquearlas.
En mi caso, naturalmente, fue lavandina, y así quedaron de agujereadas. En
la vida real, muchas mujeres no manejamos como Dios manda una casa, si el
parámetro es el comportamiento ficcional de la madre publicitaria. Y las
mujeres reales entramos en contradicción con eso. En algún lugar pesa no
haber hecho a mano ningún disfraz en la vida escolar de nuestros hijos, o no
haber sido esa madre encantadora de la publicidad del postrecito, que el
centavo que ahorró durante un año comprando una marca más barata lo usó para
comprarle al niño un sacapuntas. ¡Qué mejor ejemplo sobre la administración
del dinero que ese centavo que se convirtió gracias a la tenacidad en un
vistoso sacapuntas! Bueno, ése es uno de los ejemplos que no hemos dado.
La mujer publicitaria de las cremas, por su parte, es proactiva con su
aspecto personal, y tiene la paciencia de hacer el tratamiento completo: por
la noche demaquillante y nutrición, por la mañana, hidratación. La mujer
publicitaria más arrolladora, la de belleza y determinación más importantes,
hace el tratamiento completo pero con diferentes cremas, ya que hay una
variedad de cada paso para los pómulos, otra para el contorno de ojos y una
tercera para el contorno de la boca. En la vida real, somos muchas las que
nos acordamos de la crema de limpieza cuando vamos por el tercer mate del
día siguiente.
La mujer publicitaria sabe caminar con tacos altos, sabe hacerse compresas
en los ojos y renovarse en quince minutos, y sobre todo sabe lo que quiere:
¡nada más que un producto! Las mujeres en la vida real muchas veces no
sabemos lo que queremos, pero estamos seguras de que ese enigma no es de
marca, ni siquiera de primera línea. (Página/12)
El
pájaro negro
Por Sandra Russo
De un tiempo a esta parte, Elisa Carrió logró ser considerada
inimputable por mucha gente, que encuentra sus vaticinios y sus
diagnósticos tan arrebatados y delirantes que considera que no vale la
pena ponerse a contestarle. Después de todo, es la líder de una de las
principales fuerzas de oposición, e incluso cierto pudor democrático
obliga a quienes vertimos opiniones a pulir los adjetivos, para evitar
la épica del rechazo. Sin embargo, creo que la tensión creciente de
estos días exige algunas responsabilidades en todos, y creo que hay
límites que se han cruzado. Límites que tienen que ver con todo lo
sufrido, con todo lo perdido colectivamente.
Hubo experiencias históricas deleznables encabezadas por gente cuya
salud mental o su estabilidad emocional no estaba clara. Pero aquí no
viene a cuento ni la salud mental ni la estabilidad emocional de Carrió,
sino su irresponsabilidad política. La semana pasada hubo en el Congreso
un acto de repudio a Carrió, protagonizado por paraguayos residentes en
la Argentina, por haber negado, ella, que durante la larga dictadura de
Alfredo Stroessner hubo persecución, tortura y asesinatos de opositores.
En un proyecto de declaración, se habló de “negacionismo”, incluyendo en
la figura la negación del Holocausto que hizo el obispo Williamson. ¿Por
qué negar el asesinato de judíos en el régimen nazi es más grave que
negar el asesinato de opositores en la dictadura de Stroessner?
El 24 de enero, en la revista Noticias, Carrió, en una de esas
comparaciones forzadas que intenta dibujar para repartirlas entre la
hinchada gustosa de repetir lo que no entiende y aquello de lo que no
sabe nada, asimiló a Néstor Kirchner con Stroessner.
–Usted compara a Kirchner con el dictador paraguayo Alfredo Stroessner.
¿Esa comparación no es violenta y exagerada? –le preguntó el periodista.
–No. Respondo a una técnica política objetiva –respondió ella.
–En la dictadura de Stroessner hubo desaparecidos y violencia política,
Carrió –le sugirió el periodista.
–No. No mandó a matar a opositores. Controlaba el aparato político con
los liberales, los medios de comunicación, la policía, el contrabando y
la aduana. Yo vivía a 300 kilómetros del Paraguay. La libertad de prensa
estaba limitada. Gobernaban manejando el narcotráfico y dinero ilegal de
autos. Esto es muy parecido al Paraguay de Stroessner. Es una
semidictadura –finalizó la líder de la Coalición Cívica.
En el Congreso, la semana pasada, Martín Almada, dirigente de derechos
humanos paraguayos, declaró como “infames” los dichos de Carrió. Según
la Comisión de la Verdad y la Justicia del Paraguay, entre 1954 y 1989
hubo en ese país 423 opositores asesinados, 336 desaparecidos y 59
fusilamientos extrajudiciales. ¿Por qué hay que callarse estas
desmesuras? ¿Por qué dispensar a esta mujer de tantos disparates,
multiplicados por radio y televisión como si no fueran lo que son,
deformaciones, sino opiniones basadas en la razón y el pensamiento?
Cada tanto vuelve con la idea de que los Kirchner “terminarán como
Chauchescu”, el dictador rumano que fue ejecutado junto a su esposa por
hordas enfurecidas. Y no se trata de una asociación casual ni temeraria,
tratándose de esa mujer que llevó durante años una cruz colgada del
cuello, intentando ser la esposa de Dios (¡de quién menos!), y ahora
enarbola para sus acólitos sus banderas de veneno y desprecio absoluto
por la verdad.
Sin un ápice de racionalidad política, Carrió se dedica, en la actual
escena política argentina, a ser la más crispada y ensordecida por sus
propias voces interiores. En el comunicado conjunto que presentaron ayer
la Coalición Cívica y la UCR sobre la decisión de coparticipar las
retenciones a la soja, Carrió y Gerardo Morales afirmaron que “es otra
declaración de guerra al campo. Y en esta guerra el Gobierno quiere
sumar a su ejército a gobernadores e intendentes”.
Acá no hay ninguna guerra, ni ningún ejército, ni debe haberlo. Lo que
hay es un increíble consentimiento opositor para poner en el vocabulario
colectivo palabras inspiradas en la muerte y una sensación general e
inexplicable de seguir dándole crédito público a una figura política
autoabortada, como es Carrió. No puede seguir diciendo cualquier cosa,
cuando todo lo que se le ocurre huele al deseo tanático de hacer flamear
su bandera personal sobre un caos con el que colabora proactivamente
desde hace años. Y Morales... no debería apelar a esas palabras el
presidente de un partido que abandonó anticipadamente el gobierno hace
unos pocos años, con un saldo de más de treinta compatriotas muertos. (Página/12)
La
representación
Por Sandra Russo
Creo que esta convocatoria fracasó porque se inscribe en una dimensión muy
diferente de la que recordamos alrededor, por ejemplo, de la del falso
ingeniero Blumberg. En aquélla, recuerdo perfectamente, hubo muchísimas
pancartas de gente pobre que también y sobre todo padece la inseguridad.
Esta vez, la convocatoria fue excluyente, pese a que los grandes medios, que
fueron los que la montaron, la promovieron como “contra la inseguridad”. No
fue una marcha contra “la inseguridad”, ni como quisieron hacer parecer sus
promotores, una marcha espontánea organizada a través de Facebook y vecinos.
Fue algo organizado, promovido y manijeado a partir del desborde de algunas
celebrities descerebradas, básicamente desde TN y los grandes medios, para
hacer coincidir un “reclamo popular” con un debate en el Parlamento, y con
un perfil netamente político opositor. La oposición y sus líderes
inesperados, como el rabino Bergman, cometen una grave omisión: actúan como
si el Gobierno no representara a nadie, como si realmente fuera una
“dictadura”. Y no lo es, obviamente. Están tan cebados por el
antikirchnerismo, que olvidan que el kirchnerismo tiene votantes,
militantes, defensores y sectores que se sienten representados por el
Gobierno frente a los garcas, chetos, gorilas, derechistas, fachos, bizarros
de todo tipo que confluyen en la oposición. ¿Representa “al pueblo” Patricia
Bullrich más que Cristina Fernández? ¿Representan “al pueblo” “nuestros
amigos del campo” más que los diputados y senadores electos que conforman
una mayoría? Los próximos pasos son deslegitimar a la mayoría en beneficio
de una minoría que sabe mejor que los demás qué le conviene al país. La
gente está preocupada por el delito, es absolutamente cierto, pero no es
suicida. Estar en esa plaza, para la gente pobre, hubiese sido actuar en
contra de sí misma. Esa plaza se representó a sí misma, a sus intereses, y a
nadie más
Embestida
¿El
que mata tiene que morir?
Por Sandra Russo
Con anteojos negros, visiblemente afectada por la muerte de su
colaborador, sacada por el dolor, o más bien escudada en el dolor por el
crimen brutal del que fue víctima Gustavo Daniel Lanzavecchia, de 32
años, en Lomas del Mirador, Susana Giménez habló. Un aviso clasificado
para vender un VW Bora, que desapareció del lugar, habría sido el
detonante de un asalto que terminó en asesinato. Un policía, Alejandro
Alvarez Auer, aparentemente un casual interesado en el auto, fue
acuchillado por tres hombres que llegaron y mataron a Lanzavecchia, cuyo
cadáver apareció en la pileta de la casa. Las dos víctimas estaban
amordazadas.
Susana Giménez, recién llegada de Miami, convocó a la prensa en la
puerta de su casa de Barrio Parque. Sin embargo, lo que tenía para decir
iba más allá de ese dolor. “El que mata tiene que morir, y basta de los
derechos humanos y esas estupideces”, dijo. Y repitió tres veces: “El
que mata tiene que morir”. Y también dijo: “Y basta con que son
menores”. Y: “Yo soy pueblo”. Y: “Como pueblo tenemos que hacer algo. Y
si no lo hace el gobierno, lo tenemos que hacer nosotros, el pueblo”,
dijo. ¿Hacer qué?
El dolor de los familiares de las víctimas de los delitos comunes que
tienen lugar todos los días o día por medio es entendible. Una madre, un
padre, un hermano, los hemos visto y escuchado. Del falso ingeniero
Blumberg en adelante o para el costado, han salido en los últimos años
muchos pedidores de mano dura, pero nunca de mano tan pero tan dura como
la que reclama esta platinada conductora de televisión que hace veinte
años conocía a Gustavo Daniel Lanzavecchia, pero recién el año pasado se
enteró de su nombre. Lo había nombrado Gustavo Damián, como dijo ella
misma, ya perdida en su halo suprahumano de diva televisiva. En esa
esfera olímpica, donde viven los dioses y las diosas mediáticos, a los
colaboradores se los renombra y se los reinventa. Y se los evoca: “Era
un ser maravilloso. Me gustaban unas pastillas de menta y él decía dejá,
te las traigo de Uruguay. Era pura bondad”.
A Susana Giménez anoche le temblaba la voz, y era creíble su
indignación, su desconsuelo. Pero ni la indignación ni el desconsuelo de
una estrella televisiva pueden tapar el peso político de esa conferencia
de prensa convocada y del núcleo de su contenido, que evidentemente no
fue producto del dolor ni de la sorpresa, sino más bien de una
convicción. Porque “el que mata tiene que morir” es una frase terrible,
atroz, que no puede ser pasada en limpio como el desahogo de una mujer
que vive entre rosas amarillas.
Susana Giménez no es tonta ni nada que se le parezca. Sencillamente es
una mujer que sólo se sensibiliza ante dramas que la tocan a ella.
Porque si “el que mata tuviera que morir”, en este país hubieran pasado
cosas abismalmente horribles, que otros seres tan doloridos, mucho más
doloridos que ella, se cuidaron de decir, de pensar, de llevar al acto.
“Diabólico”, “repugnante”, fueron los adjetivos que usó Giménez para
referirse al crimen, que por cierto tuvo esos ribetes. Lanzavecchia no
habría podido impedir el robo del auto. Lo mataron con ese sadismo
inexplicable que no puede explicarse, que supera los límites del
entendimiento.
Sin embargo, algo hacía falsa escuadra en las declaraciones de Giménez,
que repetía ante el nudo de micrófonos: “Durante veinte años vivió para
mí”. En este país ha muerto mucha gente que no vivió para Susana Giménez
ni mucho menos, y ese pedido afónico de la pena de muerte no pudo
sustraerse a un narcisismo incomprensible que va mucho más allá de una
conductora de televisión dolorida. Ni la fama ni el éxito ni el rating
ni la popularidad son herramientas habilitadoras para decir las cosas
brutales que dijo ayer Giménez, una mujer acostumbrada a que tampoco a
ella se la llame por su nombre. Es común reemplazar su nombre y apellido
por “la diva”. Una diva televisiva no es más que alguien que hace un
programa de televisión que mira mucha gente. Eso es todo. El dolor que
un crimen le despierte, el dolor por la pérdida de alguien tan querido,
el dolor y la impotencia por la muerte de alguien que “vivía para ella”
no son excusa para poner en escena la aberrante figura de la pena de
muerte. Y muchísimo menos, la habilita a hablar de los derechos humanos
como “estupideces”.
“¿De qué tienen miedo? ¿De ser impopulares?”, preguntó la conductora
televisiva que construyó su imperio fingiendo no saber que los
dinosaurios son fósiles. Esa es su vara. Ni se le ocurre que hay mucha
gente que no quiere la pena de muerte por racionalidad y convicción.
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