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La chica de ruedas

Por Sandra Russo

Podría decirse, después de estar un par de horas leyendo la historia de vida y las definiciones de Gabriela Michetti, que cuando Mauricio Macri inventó el PRO, con sus famosos "equipos técnicos" de trabajo, puso una ficha en el casillero correcto. Puede haberlo hecho incluso sin conciencia de que esa ficha iba a empujar otra y ésta a otra, en un movimiento dominó que culminaría el día en el que una funcionaria técnica de la Cancillería se acercó a ese partido nuevo, y compró. Michetti, que admite entre risas que la llaman "la chica de ruedas" y puede dar cátedra acerca de lo que implica aceptar una realidad adversa y hacer algo nuevo con ella, concentra en su imagen y en su discurso todo lo que Macri debe haber soñado alguna vez, incluso sin ser consciente de soñarlo: Michetti es una líder carismática a quien es inútil y eventualmente injusto disimularle la estatura. Viene de fábrica con la obsesión de ser la mejor en todo, un accidente terrible no hizo más que regar aquella obsesión, y ella no perdió un minuto desde entonces. Michetti no toma aliento: no puede parar de ir por más.

En Laprida, el pueblo donde creció y donde también, años más tarde, se accidentó, su padre "era el médico más prestigioso". Su madre, "la esposa del médico, divina, un amor", y ella, la abanderada. Su CV indica que se recibió de Licenciada en Relaciones Internacionales en la Universidad del Salvador, y que siempre le sobró paño para manejarse en escenarios en los que había que tener no sólo inteligencia sino también una formación concreta y sólida. Si de solidez se trata, Michetti es una roca. Y tal vez ése sea el mayor atractivo de su magnetismo, en estos tiempos en los que están tan en boga los conceptos de sólido y líquido para discriminar entre tendencias y fenómenos: Michetti es un cóctel de significados tan intensos, dueña de una personalidad tan evidentemente sólida, que encandila a un electorado líquido que si no fuera por ella no tendría dónde anclar sus expectativas. Es ella, al lado de él, la que tranquiliza a parte de ese electorado. Es ella, con su prueba superada de la silla de ruedas, la que habla hasta por los codos y dice lo que los suyos esperan escuchar, la que construye espacio político. Y la que deja dudas sobre qué hará con ese espacio, porque habría que ver qué pensaría su maestro, Carlos Auyero, de tantos dones al servicio de un proyecto liderado por Macri.

De familia católica y ella misma católica practicante, se entienden los puntos en común que tiene Michetti con Elisa Carrió: además del amor a Dios, las une el recelo a los Kirchner. Como Carrió, Michetti detesta "la agresividad" no sólo de este gobierno, sino de "los políticos en general". El "no responder a los agravios" de Macri debe haber sido un consejo de Michetti, quien por otra parte ha reconocido públicamente que "a Mauricio le cuesta expresarse". Es interesante observar en este punto a qué le llama Michetti "agresividad", y preguntarse si su ambición no le ha hecho dejar en suspenso algunos de los postulados de su vieja militancia democristiana. Por ejemplo, cuando se le pregunta por los negocios de Franco Macri, y ella contesta: "Lo que tengo es lo que Mauricio siente por él, evidentemente lo quiere mucho a su padre, y las consideraciones que él hace respecto de que su padre ha sido un empresario a quien injustamente no se le han valorado muchísimas cosas buenas, como la generación de empleo y el tipo de trato de los recursos humanos, cosas que mucha gente reconoce dentro del ambiente industrial. También esa sensación de una persona controvertida a partir de las vinculaciones con el Estado, que no necesariamente tienen que ser malas, porque el Estado necesita hacer licitaciones y necesita de los empresarios". Bien: en afirmaciones como ésta, lo sólido se derrite, la ideología aparece, el rigor se ablanda, la chica de ruedas con currículum de lujo se permite las simplificaciones más burdas y deja entrever que hay gente que no puede parar de ir por más, como sea.

No descarta ser candidata a presidenta en el 2011, y tal vez lo sea. ¿Por qué no? Nada queda fuera del alcance de esta mujer a quien cuesta mucho, demasiado, imaginársela sin respuestas, sin optimismo, sin garra. Las pezuñas las empezó a exhibir públicamente cuando comandó la maniobra política para dejar fuera de juego a Aníbal Ibarra, por quien siente una vieja aversión. Como su amiga Carrió, Michetti también habla de amor y buena onda pero hay ocasiones en las que pierde los estribos y le asoma una bilis ácida, una vocación de aplastamiento.

"En verdad, yo no siento que me tenga que definir así por donde en el imaginario, la centroizquierda es la dueña exclusiva de la sensibilidad, los derechos humanos y la gente pobre, y la derecha es el orden, la eficiencia", ha dicho. De hecho, el PRO quiso hacerse "dueño" de la gente pobre en el lanzamiento de campaña y salió mal. Pero los desalientos Michetti los combate con fe, y su asesor espiritual es nada menos que el cardenal Jorge Bergoglio, a quien ve "bastante habitualmente, cuando necesito conversar con alguien que me imparta sabiduría". Se siente afortunada, Michetti, de tener el "honor espectacular" de que Bergoglio le conceda entrevistas cada vez que ella lo necesita. "Me encantaría verlo más seguido, pero tampoco lo quiero molestar tanto", dice.

Cuando se accidentó, y su papá fue a verla a la clínica donde la habían llevado, ella cuenta que le dijo: "No te preocupes, voy a ser feliz igual en silla de ruedas". De hecho, en una de las páginas del sitio web del PRO hay un artículo titulado: "Me dolió más mi divorcio que el accidente". Es que Michetti pertenece, a diferencia de Mauricio (¡y ni hablar de Franco!), a esa clase media católica que se casa para toda la vida, pase lo que pase, haya o no consenso. Mantener a flote un matrimonio depende de dos personas, no de una sola. Pero de una sola persona sí depende revertir una desgracia personal e imprimirle a una silla de ruedas un lustre supersónico, biónico y pro.

Cuando llegó a la política, Michetti, después de nueve años de rehabilitación, la abandonó. Eran pocos los progresos y demasiado el esfuerzo, ha explicado. Y la verdad, Michetti descubrió otra forma de avanzar, para la cual su silla de ruedas no es un impedimento. Ella tiene su dream team y es un frente con López Murphy, Carrió y Lavagna. Dice que hoy votaría por Carrió, claro. Sueña con ser la artífice de ese acercamiento. Políticamente correcta, dueña de un poder de seducción nuevo a los ojos masivos, Michetti en las entrevistas y personalmente es esa buena mina de la que todas nos haríamos amigas. Irradia una fuerza de voluntad de un voltaje increíble, y podría ser coronada ya mismo Reina de la Antiautocompasión. Pero ideológicamente, porque mal que les pese a los del PRO todavía somos muchos los que pensamos el mundo en términos ideológicos, y creemos que las ideologías son las que desde el principio de la historia han sido la vara que dividió muy pocos bienes entre muchísimas personas, haciendo de algunas de ellas seres humanos y de otro montón pura basura, Michetti es líquida. Hace agua cuando, por ejemplo, dice que "en la Argentina de hoy, para construir se necesita tener un gobierno para generar gestión concreta". Como si existiera alguna gestión concreta abstracta, cuyo resultado no sea un costo o un beneficio. Como si se pudiera estar de los dos lados. Ahí la sólida Michetti hace glu.
Fuente: Página/12


Ojo con las nuevas palabras

16/06/07

Por Sandra Russo

Mauricio Macri no perdió intención de voto por negarse a debatir. El clásico debate preelectoral en rigor no suele ser demasiado interesante, ni la gente se interesa mucho en él. Si no, estarían en su búsqueda los canales de aire, y no un canal de cable. Por lo demás, los analistas políticos coinciden en que, si en algo influye un debate, esa influencia positiva o negativa proviene de los gestos y/o actitudes de los panelistas, y no de sus contenidos. Importan los gestos, la actitud. Los detalles: un saco cruzado, un saco abierto, la cantidad de asesores de cada uno, la opinión de los asesores al final... en fin, un plomazo.

Sin embargo, yo creo que no es porque los debates son poco interesantes que Macri no perdió intención de voto. Una vez más, el candidato está a salvo de lo políticamente previsible: su electorado no lee la declinación como una falta de coraje o de seguridad en sí mismo, sino como un desplante. Yo creo que todo esto hay que tomarlo con cuidado y con atención: se está poniendo en juego no solamente un candidato inverosímil de acuerdo con los parámetros de hace tres años, sino también un sistema completo de hacer política. Claro que Macri es la nueva política. Vaya si lo es. No sirve restarle el mérito de haber encontrado las grietas y haberlas perforado. Que Macri hable con una papa en la boca o que represente los valores que muchísima gente que vive en esta ciudad creía superados (la represión como método de disciplinamiento urbano; el nulo interés en derechos humanos; su aversión a las minorías sexuales; su asociación a los peores emergentes de los últimos años, como Sobisch y Blumberg), no significa que este hombre no haya llevado a cabo, ya, un cambio.

En el mundo vacío de contenidos ideológicos en el que proponen vivir Macri y sus adherentes intelectuales, hay palabras que estaban latiendo en el aire y que han sido cooptadas, reformuladas y vueltas a lanzar con una clara carga ideológica de derecha, y no de cualquier derecha: se parece a esas campañas llenas de globos y porristas de los republicanos, y renombra esas palabras, operando como un conquistador del lenguaje.

Macri propone cambio y la gente vota cambio. Eso provoca un cambio. Es un cambio bastante atroz, pero no deja de ser un cambio que una ciudad que se enorgullecía, hace poco, de que sus pobres no fueran reprimidos, haya sido penetrada hasta el tuétano por el discurso Hadad. Ese cambio ya se había producido y Macri lo habilita.

Sobre la nueva política, ¿quién puede discutirlo? Claro que Macri está haciendo una nueva política. No llegamos a purificar lo suficiente los canales naturales de las dirigencias, aunque probablemente eso no sea posible hasta que llegue el momento de que una nueva generación se abra su espacio. Pero que una política sea nueva también podía implicarnos esto, un viraje sombrío a la ilusión de la gestión aséptica, como si lo único que se necesitara fuera la agilización de la burocracia.

¿Y la palabra "agresión"? ¿No merece más lecturas? ¿No es un poco inquietante que en un país en el que siguen existiendo más de cuatrocientos pibes apropiados que desconocen su identidad, esa palabra vire? ¿No estaremos ante una voltereta terrible de la palabra "violencia", para adjudicarla otra vez, una vez más, únicamente a la presión que llega desde abajo?

Que Macri se niegue a hablar de ideología puede rescatarlo a él, pero de ninguna manera va a impedir que se discuta ideología en las calles y en las casas. Es cierto que gran parte del electorado de Macri se alivia con la suspensión del debate y se alivia con el mutis político del candidato. Un argentinismo total: esa parte del electorado prefiere que le mientan. Acaso porque hay tanta gente así en este país es que tenemos tantos dirigentes que nos mienten. Hay paño.

El PRO no da a conocer sus propuestas en materia de derechos humanos. Pero ya sabemos que los vendedores ambulantes, las prostitutas, los cartoneros, los piqueteros, los estudiantes, los sindicatos, en fin, todos aquellos que quieran reclamar o trabajar en las calles serán sujetos indeseables que perturbarán el tránsito y que serán reprimidos con tal de que no haya embotellamientos. De alguna manera, pienso ahora, la victoria de Macri implicaría el triunfo del automovilista sobre el manifestante. Releo la oración y creo que puede ser leída por cualquier partidario de Macri como un slogan de campaña.

A esa campaña la están respaldando algunos intelectuales con reflexiones más pueriles que las se podrían leer en el Reader’s Digest. Esta semana me llegó un texto de Alejandro Rozitchner, que él publicó en su blog y que lleva por título "Diez razones para votar a Macri". Por ejemplo, dice que "la gestión pública tiene que ser abordada con un criterio de gestión (la búsqueda efectiva del bienestar y crecimiento) y no con el de la ideología (la lucha contra los opresores y el rechazo de la supuesta barbarie capitalista)". Guau: la barbarie capitalista todavía no está demostrada. El filósofo también escribe que "la ideología es el refugio de los incapaces (o aun peor, en muchos casos, la coartada de los corruptos)". ¡Guau! ¿Eso sólo era la ideología? Haberlo sabido, en un país en el que todavía hay 500 pibes cuyos padres fueron asesinados y que no saben quiénes son. Y sigue: "...la derecha no existe, es un término con el que la izquierda intenta correr a los que no se suman a su visión retrasada del mundo". ¡¡Guau!! ¡La derecha no existe! Entonces Rozitchner tampoco.
Fuente: Página/12


Truman Show

05/06/07

Por Sandra Russo

Macri representa, para sus votantes, la "nueva política", tal como él se ha encargado de decir una y otra vez.

¿Cómo podría pensarse una "nueva política" que le entrara a la gente no sólo por la cabeza, sino también por los ojos y sus otros sentidos, una vez entendidas dos premisas básicas? (Una: después del 2001, cualquier cosa que pareciera nueva tenía chances; dos: la Capital es gorila.)

Al modo de Truman Show, Macri montó el Universo Pro, y en ese sentido, empezó a hacer política de una manera nueva. Eso no se lo puede negar nadie. Y si vamos a desencriptar el fenómeno conviene ir apuntando sus hallazgos.

Ese invento de una ciudad PRO tocó el imaginario utópico y casi vulgarmente publicitario de un mundo en el que la gente se saluda cordialmente, se da las gracias, los jóvenes se pelean por dejarle el asiento del colectivo a una anciana, los niños se lavan los dientes solos, los empleados públicos sonríen, las mucamas uniformadas bailan en las veredas como en una propaganda de jabón en polvo, los mozos vienen apenas uno se sienta a la mesa, los patovicas son cariñosos con los pibes y los pedos de los bebés no tienen olor.

El mundo PRO es un mundo sin conflictos. Eso es lo que tiene el mundo PRO de Truman Show: en ambos casos, se trata de películas.

La vida es frustrante para casi todo el mundo, y en general hay que esforzarse por todo: por el asiento, por el saludo, por el buen trato. Eso sucede porque, para la mayoría de las personas, ganarse la vida incluye responsabilidades y vivimos en un país que no nos ofrece descanso, ni nos saluda cordial, ni nos trata bien. Un país rico con muy pocos ricos y millones de pobres. Eso es la realidad. Debería importarnos cómo modificar la realidad para que una ráfaga de horizontalidad nos toque, y los escenarios cambien, y todo se acomode aunque sea un milímetro más cerca de lo que creemos justo.

Pero en el universo PRO los conflictos han muerto. No hay rabia, ni resentimiento, ni mal humor allí. La alegría es PRO. La diversión es PRO. Ya fue escrito hace muchos años por Roland Barthes: "La derecha se reserva el derecho al placer, mientras la izquierda se queda con la queja". Macri ha hecho un increíble uso de ese derecho al placer en el que se desliza como un surfista: logró que una aplastante mayoría votara esa opción de "nueva política" plastificada, capitalizó el deseo legítimo de decenas de miles de personas que quieren vivir mejor.

Desde la tipografía del logo hasta la maravillosa coreografía espontánea que bailaron Macri y Michetti, él haciendo girar en el escenario la silla de ruedas de ella, una escena absolutamente PRO. No lo escribo con cinismo. Algo de esa escena, de alegría que traspasa los límites personales, empujó la andanada de votos.

Claro que cuando uno madura y ve claramente que un mundo sin conflictos puede ser deseable, pero que eso es imposible en la realidad, porque la vida en sociedad es una puja por intereses, y hay que bajarse del limbo y comprender que la política no está hecha para administrar saludos sino recursos, ese Truman Show no lo seduce.

La "nueva política" viene con nuevos sapos.
Fuente: Página/12


Las lecturas del ex delfín

04/06/07

Por Sandra Russo

Internándose horas en el pasado de Mauricio Macri que se filtra en la red, uno advierte que este hombre flaco, sobrio, que modula el castellano como si fuera un dialecto, juega fuerte. Este hombre que acaba de seducir a una mayoría porteña juega fuerte pero lleva incorporado un chip de clase que lo mantiene relajado y lo dispensa de la inteligencia. Macri pocas veces ha dicho algo inteligente. Lo suyo ha sido operar sobre la realidad aprovechando cada grieta que le dejaban abierta. Su máxima hazaña personal probablemente haya sido sacarse de encima el título de cuasi-nobleza de "delfín de Franco". En eso ha invertido al menos la mitad de su vida, en romper el viscoso cordón umbilical que une a los hijos varones con sus padres.

Nació en Tandil, egresó del Cardenal Newman y se recibió de ingeniero en la UCA. Fue, casi en su primera juventud, un chico rico colocado por su padre en directorios de empresas gigantescas, casi ininteligibles para cualquiera que mire de afuera, como el 99,9 por ciento de la gente, ese mundo opaco de las corporaciones y los holdings. 
Mientras Mauricio Macri no era noticia al estilo Hola y no aparecía en notas de sociales porque era un hombre casado y con tres hijos que dedicaba la mayor parte de su tiempo a las empresas de Socma Americana, y más tarde a la presidencia de la automotriz Sevel, Franco, el padre, era el que resistía en su puesto de galán maduro y arrasaba con cuanta fruta fresca le apareciera a mano en la frutera.

Franco fue un padre que nunca capituló ni entregó el trono. No lo iba a hacer. El hijo decidió jugar fuerte, pero en otro deporte. Y se lanzó a la presidencia.

La vida pública argentina tuvo que admitir que el delfín de Franco tenía otros planes cuando en 1995 tuvo éxito en lo que fue su primera iniciativa personal, su primera aventura fuera del ghetto de Barrio Parque: la presidencia de Boca. ¿Qué había pasado por la cabeza de ese heredero de riqueza acumulada en pocos años y respaldada por las políticas económicas que instrumentó el golpe de Estado del ’76, al que Franco Macri, como todo el gran empresariado nacional, apoyó sin restricciones?

La situación límite

El 24 de agosto de 1991, Mauricio Macri fue secuestrado y estuvo quince días como rehén de "la banda de los comisarios". Nadie mejor que él, después de esa experiencia a la que no suele apelar, para adherir con una inevitable cuota de cinismo a los postulados pueriles de Juan Carlos Blumberg cuando argumenta sobre la inseguridad. A Macri, que ya le expropió el apellido a su padre y carga sobre sus espaldas con el liderazgo público del clan, no lo secuestraron lúmpenes marginados, como a Axel Blumberg. Lo secuestraron policías que le hicieron pagar un peaje de riqueza. En el universo de Blumberg, los policías deben aplicar mano dura con los delincuentes. En el universo de Macri ya está claro que los policías y los delincuentes forman parte de la población sacrificable en la aplicación de un modelo.

En ese sótano del barrio de Boedo donde padeció la incertidumbre y la amenaza de los secuestradores, Macri probablemente haya tenido el primer y estremecedor contacto con gente que no pertenecía al mundo de los colegios y las universidades privadas, ni a ninguna crema de ninguna especie. Encadenado a la cama, despersonalizado en el pijama que le habían puesto en lugar del traje con el que había sido secuestrado, Macri vivió ese infierno, del que lo liberó su padre pagando más de setecientos mil dólares. Aun recién salido de la pesadilla, sus declaraciones del momento incluyeron un latiguillo del Falso Light, que es el estilo que lo caracteriza. Cuando lo dejaron ir, describió: "Sé que estaba atrás del autódromo. Vi una luz lejos y empecé a correr sin parar hasta que llegué ahí, subí a un colectivo, un lugar adonde hubiese gente para bajar, no quería estar más solo. Realmente, uno queda un poco cucú".

Como lo que no mata fortalece, y ésta debería ser una frase PRO, Macri elaboró su secuestro como pudo, haciendo terapia, aunque ha confesado que a lo largo de diez años de análisis habló de muchas cosas pero muy poco de aquellos 15 días de oscuridad. No debe ser el mismo tipo de trauma el que ataca a una persona cualquiera ante esa situación.
Fuente: Página/12


Inclusión o expulsión

01/06/07

Por Sandra Russo

Me gustaría retomar, ya sin hablar de ningún candidato, el tema que abordé en otra contratapa, esta semana. Es extraño, aunque tiene una explicación sencilla, que el tema del conurbano casi no haya aparecido como tema de campaña. El conurbano le crea problemas y dilemas a la ciudad de Buenos Aires. En rigor, algunos de los problemas y algunos de los dilemas más inquietantes. El desborde de pobres e indigentes del conurbano irrita a los porteños. Por lo menos, a los que engrosarán el porcentaje del candidato que según las encuestas será el más votado. Ese sector está engrosado con los taxistas prototípicos cuyas mentes formatea Radio 10, y esa clase media baja que desde el principio de la argentinidad lucha por unir su suerte a la clase alta, en lugar de advertir que el menemato, mientras ellos se distraían con paraguas rusos y mermeladas húngaras, unió su destino a los pobres.

Es de antiguo que la clase alta provoca fascinación en amplios sectores que han sido sucesivamente apaleados. En este país que no tiene nobleza, lo más parecido a un noble es alguien con más de seis o siete generaciones argentinas. La gente con la que trabajamos, nuestros amigos, los compañeros de nuestros hijos, suelen ser argentinos de tercera o cuarta generación. Vientos de Agua, esa fabulosa miniserie de Juan José Campanella, puso en acción aquella construcción de una nacionalidad, partiendo de un punto decisivo y a mi juicio genial: el primer capítulo fue subtitulado, porque transcurría en una oscura mina de Asturias. Se hablaba un dialecto. Abrir la dimensión del relato a la época inmediatamente anterior a que nuestros abuelos se subieran a los barcos permitió incluir un elemento de juicio central para analizar lo argentino. No sólo venimos de otra parte: venimos de otra lengua.

Cada cual con su historia, sabrá qué muletillas familiares se salvaron de la sobreadaptación a la que fueron expuestos esos millones de hombres y mujeres que escapaban de la guerra y el hambre. Por un lado, ese venir de otra lengua explica un poco nuestra manía de malentendernos. Nuestra gestualidad exagerada y nuestra tendencia a ponernos de acuerdo sólo entre pocos, quizá provenga de una dificultad relacionada con nuestra primera frustración como argentinos: no había una lengua madre, y lingüísticamente no somos hermanos.

En filosofía, hay quienes sostienen que la condición humana sólo alcanza la generosidad o la solidaridad cuando logra sobreponerse, a través de un esfuerzo intelectual, al impulso de ser hostil al otro. La hostilidad sería lo que nos viene dado. La hospitalidad es hija de una creencia. Que todos los hombres, mujeres y niños tengan los mismos y exactos derechos ante la ley, y las mismas oportunidades de sobrevivir es una creencia a la que uno puede adherir, o no.

En política, ahora que las categorías de derecha y de izquierda son simplistas, podría pensarse que un nuevo dique separador de aguas es la creencia o la no creencia en que todos los hombres, mujeres y niños, sólo por haber nacido, son portadores del derecho a la dignidad humana. Después vendrán los matices sobre cómo operar sobre la realidad para que eso suceda. Trotskistas y peronistas, por ejemplo, pueden compartir esta creencia, pero se dan de patadas a la hora de elaborar estrategias para alcanzar un objetivo. No tienen nada que ver, claro que no tienen nada que ver, pero yo creo, al menos, que una buena persona trotskista y una buena persona peronista compartirían la idea de que todos, hayamos nacido en la clase que fuere, tenemos el mismo derecho a una vida respetuosa y respetable.

Lo que aparece como un dato estremecedor es que vivimos en una ciudad en la que la mayoría de la gente no comparte esa creencia. No lo dicen públicamente, y hasta es posible que tampoco lo digan privadamente, pero no creen que ese cartonero que les hincha las pelotas porque tiene la parada en el frente de su casa tiene los mismos derechos que sus propios hijos. No se les ocurre pensar en los hijos de ese cartonero. No los incomoda el confort de su casa sabiendo que ahí nomás hay gente que tiene frío y que tiene hambre.

Se piensa más en la suciedad de las veredas de Buenos Aires que en el motivo real de esa suciedad, esto es: que a pocos kilómetros haya un ejército de hambrientos que debe revolver sobras cada noche.

En estos tiempos en los que la política carga con la mala prensa que le han hecho los que cada cual a su turno hacen política para seguir haciendo dinero, en estos tiempos en los que siguen desfilando por la pasarela algunos tipos impresentables, en los que todos hemos sido mentalmente licuados por los ’90, me pregunto, viviendo en Buenos Aires, si quiero vivir en una ciudad inclusiva o expulsiva con los débiles. Yo creo que es una pregunta central, éticamente central, y políticamente relevante.

La política es pura escoria si no tiene una zanahoria dorada por delante. Y si algún anhelo político debería ser compartido para sentir entre muchos que alguna épica es posible, es la de votar en Buenos Aires pensando en Buenos Aires pero también en esas miles de personas que nos visitan a diario. ¿Los incluimos en nuestras preocupaciones? ¿O los expulsamos y nos deshacemos de nuestra responsabilidad con ellos?

Todo lo interesante termina siendo siempre un tema de conciencia.

Fuente: Página/12


Macri y los franceses

31/05/07

Por Sandra Russo

De golpe me pareció que la Capital es Francia votando a Sarkozy, ese ex ministro del Interior que ganó las elecciones de un país que pese a sus buenos modales, su extensa cultura y su refinamiento, o acaso precisamente por todo eso, porque la cultura a veces es liberadora y otras veces encarceladora, no quiere negros.

Casi todas las encuestas dan a Macri primero. El devenir de los acontecimientos y la sedimentación de datos en eso que se llama opinión pública es tan vertiginoso que no permite la comprensión de algunos fenómenos. O por lo menos, no permite la mirada límpida sobre esos fenómenos que, como en este caso, encubren otro tipo de miseria; no la de los miserables que cargan con sus harapos, sino la de muchísimos Señores López que llevan vidas centradas en sus expensas, en sus tardes de shopping, en sus autos nuevos, en sus veredas manchadas de pobres.

¿Macri Mauricio jefe de Gobierno de esta ciudad? Oops, ¿qué está pasando? ¿Ese tipo que no pisa el barro y se sube a un cajón de manzanas será el elegido por un electorado que quiere una ciudad sin baches? ¿De qué preocupaciones sociales y éticas se hace cargo un electorado que se inclina por un hijo de rico que es rico y que a duras penas ha controlado en los últimos tiempos la verbalización de sus verdaderos pensamientos? La gente en campaña no dice lo que piensa. Eso lo sabe cualquier mayor de doce años.

En campaña, el propio Sarkozy moderó su ánimo xenófobo. Francia votó a ese Sarkozy moderado, pero todo fue una fantochada: Francia no votó moderación, sino mano dura con los negros. Sarkozy es el mismo Sarkozy que anhelaba, meses antes, una Francia pura, preparada para repeler negros extranjeros provenientes de países de mierda. Eso votó Francia. La moderación de campaña siempre es mentira. La gente vota recordando. La gente vota un carácter. Los franceses votaron a un tipo que los protegerá, de la manera que sea necesaria, aun con la fuerza, de la invasión de negros.

La Capital Federal tiene un diez por ciento de pobres y un dos por ciento de indigentes. Los negros vienen de otra parte. En lugar de venir de Pakistán o de Angola vienen de González Catán o La Matanza. Vienen del conurbano, donde se apiñan, donde se multiplican, donde sobreviven. Vienen a cartonear o a atenderse en los hospitales públicos. Vienen a cirujear, a vender porquerías en los semáforos o en el mejor de los casos a hacer changas irregulares en construcción o servicio doméstico.

¿Cuál es la manera más honesta de pensar la Capital? ¿La Capital para los porteños o la Capital para los porteños y los desharrapados que llegan en los trenes todos los días a ver si juntan sus monedas? Incluso en el lanzamiento de su campaña, bochornosamente planeada entre pobres, Macri no pudo sortear su propio carácter repelente, y puso en escena a una niña a la que después, reflexionando, dijo que le hubiese tenido que decir "retirate".

Humildemente, no creo que se pueda pensar esta Capital sólo para los porteños. Eso es una ilusión, una mentira y una mezquindad ética. Esta Capital no les pertenece sólo a los porteños, como Francia no les pertenece sólo a los franceses. La inercia de esta época hace necesario pensar los lugares, todos los lugares, como espacios de tránsito a los que llegan todos, absolutamente todos los que necesitan llegar, si en sus propios lugares la vida resulta insoportable. La globalización, y la microglobalización entre la Capital y el conurbano nos obliga, nos guste o no, a hacernos cargo de nuestras decisiones ciudadanas teniendo en cuenta que no hay otra alternativa que buscar soluciones que incluyan ese tránsito.

Macri ha querido, por épocas, reprimir a los piqueteros y detener a los cartoneros. Esas cosas no se dicen en campaña, pero si el voto popular lo elige, estará eligiendo esa derecha que no quiere mugre a la vista. Todo lo demás se desprende de eso: ése es el carácter reaccionario que seduce a los porteños que van a votarlo. Un carácter sarkoziano que incluye fantasías de expulsión, deportación, mano dura, reafirmación de una identidad construida con blazers de alpaca peruana y tapaditos Marilú. Un carácter Barrio Norte o Palermo Chico o Barrio Parque que actúe como un filtro para tanta negrada que afea el paisaje. Los slogans de campaña son galletitas para monos.

La Capital está a punto de dar un examen de ética con el débil. Si las encuestas no mienten, seremos afrancesados, pero en la forma más vil del ser francés.
Fuente: Página/12


Colapso

19/05/07

Por Sandra Russo

La vida es amable y fácil sólo para los demás. Cuando se trata de uno, las cosas suelen ser bastante complicadas. Los demás, algunos de los demás, disfrutan. Uno los ve en la calle, en el barrio o en las revistas. Disfrutan del auto nuevo si es que se han comprado uno, o de un amor imprevisto, si es que se han enamorado y son correspondidos, o de una buena sopa casera charlando con la pareja, mientras los niños alborotan la casa. Este último ejemplo, este último verbo, mejor dicho, ilustra perfectamente lo que quiero decir: los niños de algunos de los demás alborotan la casa, mientras los hijos de uno hinchan las pelotas. Perdón por el término, pero no es reemplazable.

Así son las cosas cuando todo va sobre rieles. Es un desliz de la propia cabeza creer que la vida es amable y fácil sólo para los demás. Es que todos estamos un poco agobiados, ¿no?. Sobrecargados. Con muchos frentes abiertos a la vez. Los demás, al menos algunos... uno los ve, en su miopía de cansancio, en tránsito hacia algún estado bienhechor, hacia algún limbo que los libere por un rato, una noche, de todo lo que hay que hacer. Quiero decir: aunque uno lidie con sus obstáculos personales, en épocas normales uno guarda la sospecha de que para algunos las cosas son más lindas, y también guarda la esperanza de que sean lindas para uno.

Pero cuando todo colapsa, como parece estar sucediendo en Buenos Aires, ese marco mental que nos sostiene aun cuando alguien tenga un trabajo de catorce horas, aun cuando la plata que gana no alcance para apropiarse de nada exclusivamente placentero, aun cuando un viaje largo e incómodo de regreso al hogar haga prever un ánimo exasperado que le impida admirar el último dibujo del hijo menor, esa sospecha del bienestar ajeno y esa esperanza en el bienestar propio también colapsan.

Cuando los horarios de los trenes de Constitución son suspendidos como casi siempre y los pasajeros pobres no son tratados como clientes de líneas aéreas, como señores pasajeros, sino ignorados como ganado de matadero, no debería suceder nada, porque el maltrato en la línea Roca es estructural. La concesión incluía el maltrato que el Estado le había dedicado siempre a la zona sur. Si se buscan ejemplos de cómo están divididas la ciudad y sus alrededores, los trenes son el ejemplo perfecto. No debería pasar nada, digo, porque el maltrato es ordinario. Pero en un determinado momento, imposible de prever pero perfectamente olfateable, unos y otros se miran en el andén y se dicen las cosas que sienten, y ahí cae la sospecha del bienestar ajeno y la esperanza en el bienestar propio. Extraordinariamente, la gente comparte su hartazgo y su rabia. Y eso provoca fuego.

El viaje en subte en horas pico, por otra parte, que es la mejor de todas las opciones para atravesar esta ciudad colapsada, es en sí mismo una pesadilla. Nadie que baje a un subterráneo en hora pico lo hará sin estar preparándose, al mismo tiempo, para pasar un rato de ahogo, sofoco, apretujones, mal olor, patadas, pisotones, cabezazos, a los que puede sumarse un imprevisto corte de luz o desperfecto técnico, y en eso nadie quiere pensar porque si lo hiciera no podría viajar: la mayoría de los usuarios del subte hace un ejercicio mental para evitar pensar lo que es probable que le pase. Pero aun así, no hay nada peor que el no viaje en subte. No hay nada peor que una redistribución abrupta y sorpresiva de los pasajeros de subte en colectivos y taxis. Una sensación de estupor y caos recorre la ciudad. Y eso genera la materia prima de un desencanto colectivo: allí también está muriendo la sospecha de un bienestar ajeno y la esperanza en el bienestar propio: el colapso es primero el colapso de esa sospecha y de esa esperanza.

Buenos Aires es hoy una ciudad llena de trampas y obstáculos que les hacen la vida imposible a sus habitantes. A la ciudad magnífica que recorren los turistas y que todos amamos, esa ciudad de marcas de carácter fuerte, diversa, estilizada, se le superpone otra Buenos Aires, de una hostilidad creciente, de una agresividad que late en el pulso cotidiano.

¿Por qué no se habla del colapso? En la construcción, en las calles, en la limpieza, en el transporte público, en el tránsito, en la vivienda. ¿Por qué si estamos por votar un nuevo jefe de Gobierno no se habla de colapso? ¿Por qué la política no enuncia con la palabra apropiada la sensación colectiva de estar a un paso de un desborde?

Es tarea de la política devolverle a la gente la sospecha del bienestar ajeno y la esperanza en el bienestar propio. Son sensaciones ontológicas que sólo pueden germinar en un marco general con garantías mínimas. La política, en su forma más amplia, debería ocuparse de apagar ya esas llamas imaginarias que enciende el desencanto. Todos sabemos que estamos colapsando. Queremos saber también qué vamos a hacer con esto.
Fuente: Página/12


Sandra Russo presento "Erotika. Crónica de mis viajes por tí"

Variaciones sobre el objeto de deseo

La escritora y periodista de Página/12 definió como "instantáneas arrebatadas" los textos breves de su flamante libro.

Por Silvina Friera

"Localidades agotadas." Aunque los organizadores no habían colocado el cartel –quizá más acorde con el mundo del teatro–, no dejaban ingresar a nadie. Y hasta se formó una cola en la sala Alfonsina Storni con mujeres que pedían que al menos abrieran las puertas para escuchar desde la entrada. Y sus chicas, sus lectoras, lo consiguieron. Sandra Russo presentó Erótika. Crónica de mis viajes por ti (V&R) –lanzado simultáneamente en la Argentina, México, Brasil y España– con la editora Lidia María Riba, los periodistas Jorge Dorio y Ernesto Tenembaum, y el actor Boy Olmi, compañero de conducción junto a la autora del programa Dejámelo pensar, que se emite de lunes a viernes a las 16 por Canal 7. El libro, apelando a una prosa audaz, pone en jaque la cuestión del género. Estos textos breves, "instantáneas arrebatadas", según Russo, pueden ser leídos como crónicas, prosas poéticas o microrrelatos eróticos-amorosos. "Quería explorar un territorio virgen, teniendo conciencia de eso", planteó la columnista de Página/12. "Como editora, doy fe de que le salió y que no es virgen, el territorio", bromeó Riba.

Olmi planteó que el libro de Russo no es sólo erótico por la sensorialidad que ella despliega en los textos. "Me parece un gran libro de amor", opinó el actor. "Bienvenidos a nosotros como objetos de deseo, si es así. Me provocó el deseo de seguir adelante, de ver hasta dónde va a llegar –comentó Olmi–. Se nota que ha investigado profundamente el cuerpo de los hombres, pero también sus propias percepciones. Hay un asombro que está relacionado con lo que los maestros de teatro nos enseñan a los actores, que se ve también en los niños." Olmi agregó que, como en la buena literatura, "uno se siente identificado con lo que lee", y concluyó observando que en la prosa de Russo, "tan erótica, amorosa, profunda y bella", se integran el yin y el yang.

"Tengo una ventaja con Boy Olmi, y es que no la veo a Sandra todos los días, pero nos conocemos íntimamente hace mucho y pudimos transformar un error en una amistad verdadera", confesó Dorio, y los panelistas y el público festejaron la ironía del periodista. "El libro es fruto de una mirada personal y está hecho con la generosidad de ser compartido con otras mujeres y recibido, con recelo, por los hombres. Hay mucha autobiografía en el libro y puedo dar varios nombres", amenazó Dorio. "Quiero los nombres", le pidió Tenembaum. Dorio precisó que el núcleo de Erótika es una frase de amor: "Voy a estar a la altura de tu fragilidad", del texto Tu espalda. "Cuando leo el libro de Sandra me aparece la imagen de ese bello libro de Kawataba, La casa de las bellas durmientes", subrayó el periodista.

"Qué lío hablar de esto. No entiendo un carajo, pero no tuve el coraje de decirle que no, y estoy acá porque la quiero mucho a Sandra", se sinceró Tenembaum. "Hay una primera y una segunda Sandra Russo, la de Arquetipas y la de Erótika, que son complementarias, algo así como la otra cara de la misma moneda –comparó Tenembaum–. Pero una y otra me rompen soberanamente las pelotas." El periodista recordó que en Arquetipas ella se ensaña con todos los novios que ha tenido, los que ha querido tener y no tuvo, "con una mirada ácida, intolerante, es decir, justa". Pero para Tenembaum, Erótika es todo lo contrario. "Es más ofensivo aún, porque si en el primer caso yo puedo decir que no soy ninguno de esos tipos, en este nunca voy a poder ser esos", bromeó. Para que se comprendiera su "desánimo", leyó Tus nalgas: "Un hombre semidesnudo, de espaldas, con una camiseta colorada y el culo al aire, exprimiendo naranjas en una cocina. Esa es la primera imagen que tuve de tus nalgas, la primera mañana que me desperté en tu casa. Pasaste la prueba, querido: sólo algunos pueden salir airosos de una escena como ésa. Yo la recuerdo irreprochable. Es más: fue entonces cuando advertí las múltiples posibilidades de tu belleza". Tenembaum añadió: "Si de algo carezco, es de nalgas". Y para que no quedaran dudas, recordó el final de otro texto: "Tus manos no solamente me tocan: me dan forma". "La verdad es que uno después de leer eso se siente un minusválido", admitió el periodista.

Tenembaum señaló que en los textos de Russo se despliega la idea de que todos somos imperfectos con la ironía de la búsqueda de la perfección. "Ojalá hubiera más periodistas que escribieran con ese humor; la prosa de Sandra plantea rupturas y transmite placer", concluyó.
Fuente: Página/12, 07/05/07


Alumnos

 09/04/07

En su búsqueda ética y estética, el fotógrafo brasileño Sebastián Salgado recorrió el mundo, en especial sus arrabales, buscando vestigios del trabajo humano en vías de extinción. Retrató a mineros, recolectores, campesinos, buscadores de oro, hombres y mujeres rozando el límite de la experiencia del trabajo, y retratándolos también hizo un retrato del mundo en el que vivimos: una esfera recubierta, de un lado, de terminaciones espejadas y netas, llena de chips y datos que viajan en el espacio, y herida, del otro lado, profundamente herida, la esfera y sus habitantes, hombres monos, hombres elefantes, hombres araña, hombres bichos que buscan su supervivencia metiendo la cabeza en todo tipo de cloacas.

Uno de los últimos ensayos fotográficos de Salgado recoge imágenes de niños en escuelas. Los niños de la parte enlodada del mundo. El ensayo apunta a retratar, esta vez, el origen de la inequidad. Pero ahí los vemos. Niños de la India sentados en sillas rotas y con las manos sucias sosteniendo un lápiz. Niños de Irak en un aula bombardeada. Niños de Sudán apoyando en sus piernas largas y desnutridas algún libro fotocopiado. Niños de países pobres, en fin, sosteniendo de diversas maneras la esperanza de aprender algo que los rescate de las fauces de la ignorancia y la pobreza, que son hermanas gemelas, siamesas perversas.

¿Qué es lo que mantiene a la educación como un hito respetado y preservado aun allí donde han caído otras banderas y otras luchas? ¿Qué saber ancestral hace que padres y madres que viven vidas miserables desplacen sus reservas de ilusión hacia sus hijos, y los embarquen en la aventura de la escolaridad?

Hoy los ojos argentinos están fijos en Neuquén. Mataron a un maestro. Sus colegas, sus compañeros, sus familiares, sus amigos, sus vecinos, mucha gente protesta en Neuquén. En todo el país se multiplican los gestos de solidaridad y acompañamiento por el asesinato de Carlos Fuentealba, cuya vida interrumpida por un cartucho policial no parece distraer al gobernador Sobisch de su candidatura presidencial, ya que sobre eso habló en el fin de semana. Minimizó el crimen: había que despejar la ruta.

Me vino a la cabeza el trabajo de Salgado, y me pregunté por los alumnos de Carlos Fuentealba. Si yo fuera Salgado, iría a Neuquén y retrataría a cada uno de esos chicos. Si tuviera el talento de Salgado, lo usaría para que en esos retratos fuera visible la ausencia del maestro. ¿Qué sueños acompañaba Fuentealba? ¿Qué lección marcará a fuego esas aulas en las que los hijos de los pobres intentan todos los días quebrar el destino que tienen reservado? ¿Qué tipo de extraña melancolía se adhiere a esos chicos, como a los otros chicos que retrató Salgado? ¿Cómo se reflejará en sus miradas el asombro infinito por el asesinato del maestro? El crimen de Fuentealba viene a decir una vez más que la escuela, para algunos espíritus obstinados, sigue siendo una trinchera de resistencia contra el peor de los poderes: el que no sólo empobrece, sino que para empobrecer ennegrece las mentes. Fuentealba, como los buenos maestros, era un rescatador de mentes.
Fuente: Página/12


No matarás

07/04/07

El crimen de Carlos Fuentealba no podría haber sido más elocuente: el balazo en la nuca resume con su estruendo el desprecio por la vida que sudan las políticas de Estado represivas con las protestas sociales. Lo de Neuquén fue, antes que nada, un ejemplo de lo que puede suceder (y no tarda en suceder) cuando un Estado, en este caso provincial, decide usar las fuerzas policiales para reprimir una demanda social. Después viene el contexto, la historia del conflicto docente, las internas en la Ctera, el historial de Sobisch, que se vende en la Capital como promotor de una derecha eficiente, un adjetivo que se pega al sustantivo casi por inercia: ¿para qué son eficientes las derechas? ¿Qué tipo de eficiencia están prometiendo? ¿Cuál es el precio de esa eficiencia? ¿Cuál es el límite? ¿Al servicio de quiénes se pone la eficiencia? Se contestará: del orden. Ya sabemos lo sensible que es la gente como Juan Carlos Blumberg o Mauricio Macri cuando el orden se altera. Es como si se les hubiese filtrado una piedra en el zapato. El orden alterado los irrita, y es más, hasta se sienten llamados a "interpretar" a una parte de la sociedad que "quiere vivir mejor".

"Así no se puede seguir", han dicho todos ellos una y otra vez cuando el orden estaba interrumpido por alguna cuestión que implicaba los derechos vulnerados de un sector. Estudiantes, ambientalistas, militantes, piqueteros, trabajadores, cartoneros, gremios movilizados, todo aquello que el radar de la derecha sintoniza como "perturbación del orden" parece merecer "decisión política", "coraje" o "valentía". La valentía o el coraje, se sabe, de tomar medidas impopulares. A eso debe dirigirse la "decisión política": a operar en el sentido inverso a lo que la derecha llama "populismo". Para la derecha, cuyos interlocutores son pocos y poderosos, pero están amplificados por los discursos que la misma derecha propala en forma del sentido común del taxista argentino, hay que "atreverse" a reprimir.

Sobisch se atrevió. Y un maestro fue acribillado de un balazo en la nuca. Ese maestro que hoy sabemos que se llamaba Carlos Fuentealba hasta su muerte no era nadie para la derecha. Era un maestro, nadie. Podría haber sido un estudiante, nadie. O un piquetero, nadie. Los hombres y las mujeres reales, de carne y hueso, con nombre y apellido, que integran las protestas sociales para la derecha no son personas cuyas vidas el Estado debe preservar. En tanto luchadores sociales, actores sociales ejerciendo su derecho al reclamo, esos miles y miles de argentinos para la derecha no son nadie: son, en todo caso, parte de la masa crítica que hay que repeler. Resuena la voz del patrón de estancia: a estos morochitos va a haber que hacerlos escarmentar. Acá no me vengan con cortes de ruta ni puentes. Háganlos cagar. Para la derecha, los hombres y las mujeres en tanto ciudadanos y actuando colectivamente no son exactamente hombres y mujeres, sino más bien una fuerza que hay que derrotar.

Después ellos hacen marchas pidiendo seguridad, y se declaran a favor de la vida en varios órdenes confusos: se sabe que el feto en el vientre de la mujer es sagrado, que está bendecido por el toque mágico de la vida. Pero la derecha saca la foto de ese feto. Respeta más al feto que al niño. Abandona al niño ya nacido a su propia y errática suerte, hambreándolo y robándole la frente alta de sus padres.

Es que la derecha defiende la vida de "los particulares". Como si fuera una compañía de seguros, defiende la vida y la propiedad privada de "los particulares". Algo particular en tanto privado. En tanto no público. Algo particular en tanto racionado como un bien escaso para algunos. "Los particulares", esos artificios de la burocracia capitalista, son los verdaderos acreedores del derecho a la vida.

Los otros, los que marchan juntos en la manada, los que obstaculizan medidas o ajustes, los que piden por su parte no son particulares. Quedan abolidos de ese rango porque violan la principal premisa del "particular": accionan políticamente. Para la derecha, la política es un privilegio de los políticos.

Carlos Fuentealba estaba haciendo política gremial. Era dueño de una historia personal admirable. Alguien que había cumplido un sueño contra la adversidad. No era una adversidad personal ni familiar la de Carlos Fuentealba. Era una adversidad social. La pobreza es una adversidad social. Trabajar toda una vida como administrativo de la Uocra para estudiar mientas tanto y recibirse de maestro a los 38 años es un ejemplo de dignidad ante el que caen las palabras.

Pero hasta que su nuca fue el blanco de un disparo policial, Carlos Fuentealba no era para el Estado provincial ni un ciudadano ni un maestro ni un padre, era nadie. Sólo ante la visión de muchos nadies entorpeciendo el tránsito alguien puede dar la orden de reprimir: las vidas de los que protestan son vidas sacrificables.

Sería interesante que la derecha dejara de ser intelectualmente tan pobre, y enunciara claramente su noción del derecho a la vida más allá del derecho de los "particulares". No es un tema menor.
Fuente: Página/12


La virtud

17/01/07

El otro día, Roxana Kreimer, filósofa y mi amiga, dijo que una virtud es un punto medio entre dos defectos. La valentía, dijo, por ejemplo, es el punto medio entre la cobardía y la temeridad. Nunca lo había pensado así. Uno digiere la palabra virtud como si ella recubriera un punto máximo de algo.

Me acordé de mi primer análisis. Fue con un lacaniano maníaco. El tipo me intimidaba tanto que casi no podía hablarle de mí. Tratándose de un analista, estaba en problemas. Pero el lacaniano maníaco era talentoso y me dijo un puñado de cosas que quedaron grabadas en mi memoria hasta que unos veinte años más tarde las descifré.

"¿Por qué se viste como una militante?", me preguntó en plena dictadura. Yo no había militado. Y tampoco me había fijado en cómo me vestía. El se refería a que invariablemente lo visitaba con jeans grandes y pulóveres largos, con abrigos dos talles pasados del conveniente, sin pintura en la cara y despeinada. Me pareció una pelotudez.

Otro día se hizo un silencio incómodo. Y yo empecé a hablarle de Jesús. Así, sin darme cuenta. Le hablaba de la bondad de Jesús, porque a mí eso me intrigaba. ¿Jesús sabía que era bueno? ¿Cómo se hace para saber que se es bueno sin ser soberbio? ¿Cómo hace alguien para ser el mejor sin que esa misma conciencia lo corrompa?

El lacaniano no me contestó nada. La sesión consistió en mis preguntas y un saludo de despedida más bien seco, que me dio sobreactuadamente distante.

Una vez, siempre impedida de hablarle de mí porque él me seguía dando miedo, le hablé del libro que estaba leyendo, Mujeres enamoradas, de D. H. Lawrence. Le conté una frase que había leído la noche anterior. Decía que las mujeres somos como los caballos, que tenemos voluntad doble: la propia y la del amo. Era a raíz de una escena formidable, cuando el muchacho rico que interpretaba Oliver Reed en la película de Ken Russell tira de las riendas de su caballo para obligarlo a cruzar las vías y está por venir un tren. Se veía el debate en el carácter del caballo. O mejor dicho, su instinto dual. El lacaniano se interesó y tomó nota de la frase y del libro. Fue la única vez que me fui de buen humor de ese consultorio.

Bien. Muchos años después descifré que yo me vestía como una militante y me inquietaba la bondad de Jesús porque estábamos en la época en la que los que nos permitimos enterarnos de todo lo que pasaba, vivíamos con náuseas. Yo me preguntaba por esos jóvenes apenas mayores que yo que no estaban, que habían dejado de ir hacía un año o seis meses a sus casas. Los que no habían ido más a las clases de la facultad. Y sentía una reverencia fuerte, indomable. Estaba convencida de que ninguno de los mejores había quedado. Y al mismo tiempo, me parecía injusto conmigo. Mi destino personal estaba siendo invadido por un destino colectivo. Y habíamos sido condenados a la media marcha, al promedio, a la prudencia, a la tibieza, a un universo poco heroico.

La frase de Lawrence también la descifré, pero me iría por las ramas sobre las que me tienta treparme. Vuelvo a la frase que me regaló Roxana Kreimer, y a esa noción de que una virtud exige, vaya, una medida. Es bueno tenerlo en cuenta ahora que los que murieron tienen entre los vivos a quienes virtuosamente los han recordado, los han honrado y han llegado a la justicia.
Fuente: Página/12


El falo de cristal

23/12/06

Ella es muy joven, bella, ingeniosa. Está por terminar letras, pero eso no le alcanza: hace cursos de filosofía y en sus ratos libres practica acrobacia y hace tai chi. Además lee bastante. Puede ponerse a defender, completamente borracha, la vigencia de Spinoza o de Henry James. Siempre que la veo está vestida como una muñequita de torta palermitana, como una falsa ingenua, porque de ingenua, Lila no tiene nada.

Pero con los hombres, Lila disimula. En los últimos tiempos empezó a disimular cada vez más. El otro día la vi, y estaba contenta porque por fin está saliendo con alguien. Lo único que venía encontrando eran los toco y me voy, escenas de fin de fiesta en las que los que quedan salvan algo del naufragio de la noche, pero a conciencia de que no se está empezando nada ni se está en la obligación moral, siquiera, de preparar un desayuno a la mañana. Relaciones sin importancia, repite Lila, que es lo que se lleva. ¿Por qué los pibes de ahora, a diferencia de los pibes de siempre, buscan aquello que no tenga importancia, aquello que les asegure que nada será sometido a movimiento, que nada de sus vidas abúlicas será alterado? Lila no lo sabe, pero actúa en consecuencia, y entre amigas lo confiesa abiertamente: "Para gustarle a un tipo, la mejor de las estrategias es hacerte la boluda, no falla. ¡Adoran a las boludas!", es una de sus máximas.

Llegó contenta y haciendo ojitos de enamorada. Está saliendo con un chico con el que hablan y discuten, se hacen compañía y comparten sus respectivos proyectos de trabajo o de estudio, se llaman cada noche para saber cómo fue el día del otro. Casi perfecto. Lila casi no lamenta no tener sexo con él.

No tienen sexo porque, explica ella, "él no se siente preparado". Como Lila es de las chicas que, a diferencia de sus madres, sostienen que el tamaño importa y mucho (y no por una cuestión específicamente sexual: Lila y sus amigas están convencidas de que los tipos que la tienen de buen tamaño son más seguros y más caballeros), ella se encargó de comprobar en algún escarceo que el tamaño no es el problema. "Ahí me tranquilicé. No es el tamaño, es neura solamente", explica. Pero él le dice, después de un mes de verse muy seguido, que "lo espere".

Esto que relato no es una generalidad sino un caso que transcurre, sin embargo, en esos pliegues sociales que lentamente van escupiendo a su alrededor no sólo maneras de vestirse sino maneras de comportarse. Lila trae noticias de algo que sucede subterráneamente y que en su cama aflora porque ni él tiene reparos en decirle "esperame" ni ella se sorprende demasiado al escucharlo.

Antes se le llamaba falo al pene y después se comprendió que la idea de falo es bastante más amplia. Pero un poco más tarde también hubo que admitir que en esa idea de falo entran no sólo las erecciones y las anécdotas poderosas, sino las iniciativas, el poder, la voluntad, la seguridad, la capacidad de seducción, la manipulación más o menos consciente del deseo. ¿Quién tiene el falo hoy? ¿Ese chico que decide esperar a "estar listo" para un coito o esa chica que lo trata a él como a un príncipe tan parecido a una princesa?

Antes el falo parecía resumir la fuerza masculina, la fuerza física y mental. Pero ahora el falo es de cristal. Si se cae, se rompe. Lo tienen ellos o ellas indistintamente. Y en rigor, ni ellos ni ellas están satisfechos de tenerlo. Ellos y ellas se quieren sacar el falo de encima. Nadie quiere ser fálico. Lila está en las antípodas de las mujeres que disfrutan de tener el poder. Desde hace mucho que busca a un hombre para descansar en él, para... Dios mío... ¡sentirse protegida! Y dejar el sexo para más adelante le parece un detalle, algo accesorio, porque lo que le importa es que él la llama todas las noches para ver cómo fue su día, y Lila, que aunque es muy joven tiene considerable experiencia, sabe que aquellos que se la llevan a la cama de una, al día siguiente desaparecen. Esas llamadas humanizantes, esa consideración caballeresca de este pibe le parece más importante que un revolcón. Y banca.

La confusión entre los géneros reclama una redefinición del falo, que incomoda a todos/as. Hombres y mujeres parecen tan agotados y asustados, que unos y otras prefieren hacer la posta y abandonarse a las iniciativas ajenas.
Fuente: Página/12


La llave de López

25/11/06

A lo largo de estos dos meses, desde este mismo espacio, me pregunté varias veces, y desde diferentes perspectivas, por qué el secuestro de Jorge Julio López estaba siendo minimizado colectivamente. Hubo semanas enteras en las que el tema redundó: desapareció. Eso en sí mismo merece atención.

Veámoslo así: en un determinado país una dictadura militar se impone con el consenso de una opinión pública formateada por la clase dominante, el mismo formateo cerebral que luego hará que esa opinión pública acepte su propia domesticación. Había que implantar un régimen totalitario. Para ello, fue necesario aniquilar a una generación. Prisioneros sin juicio ni consecuentes acusaciones precisas fueron exterminados en campos clandestinos. La opinión pública no acusaba recibo ni de los operativos nocturnos que había en cada cuadra ni de los hijos de los amigos de los cuñados de los vecinos, que desaparecían.

Y eso se sabía. Pero se negaba. Es mentira que no se sabía. Cuánto tiempo más se va a mantener en pie esa falsa disculpa argentina. Era imposible no saberlo. Se ignoraba la dimensión del genocidio, pero no sus atrocidades. ¿O no es sencillamente atroz que, por caso, desapareciera el hijo del amigo del cuñado del vecino? ¿Eso no implicaba por sí solo que había ajusticiamientos? No existe el "yo no sabía". Hay que empezar a admitir que hubo una Argentina que negó. Y es otra cosa.

Esa misma Argentina me preocupa.

Sigamos: treinta años después (porque fueron necesarios treinta años para que llegaran muchos juicios, y esto quiere decir que esa sociedad, ya sin la bota encima de la cabeza, creyó la versión absurda de que lo que hubo fue una guerra civil. ¿Qué argentino puede creérselo? ¿Cómo va a haber una guerra civil sin que uno se entere? ¿Cómo se compatibilizan las creencias complementarias y falaces del "yo no sabía" y "hubo una guerra civil"?), retomo: treinta años después, es condenado uno de los peores chacales. Y unos días más tarde, un testigo clave en ése y otros juicios, desaparece.

Esta desaparición pone en escena el fantasma argentino reciente. Para todos aquellos cuyas vidas fueron rozadas en mayor o menor grado por el terrorismo de Estado de los ’70, esta desaparición activa zonas del cerebro y del alma que estaban ya por fin en algo así como piloto automático. Somos como un gigantesco cartel de neón, algunas de cuyas luces deben forzosamente encenderse para que las otras se vayan apagando. Sin esa alternancia, el cartel no emitiría sus dibujos y sus letras. Como cuerpo colectivo, somos eso. A treinta años de aquello, miles y miles de personas sintieron esta desaparición como la reactivación dolorosa e insoportable de la zona del miedo, el dolor, la amenaza. En estos dos meses hubo oídos que volvieron a escuchar sirenas a lo lejos. Hubo aniversarios más crudos, como a la intemperie. Hubo pesadillas. Hubo enfermedades psicosomáticas. Ya sin el cobijo de la democracia. Esto es lo impensable. Era Nunca más. Esta desaparición rompió el Nunca más, que era la única y verdadera promesa que como pueblo parecíamos habernos hecho.

Era previsible otra reacción. En las marchas y del dolor hecho carne participan aquellos cuyas vidas fueron rozadas por el terrorismo de Estado. Parecen, y son, marchas de derechos humanos, cuando deberían ser otra cosa. Deberían ser desbordes de gente en todo el país gritando. Pero es incluso más fácil desbordar y gritar frente a Fray Bentos, donde hay una mole que seguirá creciendo, que hacerlo frente a un fantasma.

No milito en ningún partido político, no soy miembro de ningún organismo de derechos humanos, no perdí familiares en la dictadura, pero eso no implica que no haya crecido sintiendo que hay banderas que no son ni siquiera ideológicas: casi diría que, para mí y para muchos otros, son banderas religiosas, de la única religión que uno proveerse alguna vez, una que sostiene que el bien está del lado de la decencia. Probablemente sea un rasgo en común entre los que no creemos en Dios: nos aferramos a otros ideales.

Tal vez por eso la reacción social general ante la desaparición de Jorge Julio López sigue pareciéndome extraña, anestesiada, distante, y me apena enormemente advertir que los medios administran diariamente las neuronas de millones. Y que millones se dejan administrar los pensamientos y, lo que es más grave, la moral.

El Caso López no es solamente el que deriva del expediente judicial que investiga esa desaparición. El Caso López será, dentro de un tiempo, el recuerdo de la primera desaparición de la democracia, y el ejemplo de cómo a veces una sociedad vuelve a negar, a no ver, a no saber.
Fuente: Página/12


Desaparecido

20/12/06

Hablamos un idioma y nos comunicamos a través de él. A través de un idioma es que estoy escribiendo e intentando comunicarme. Es decir: debo confiar en ese idioma y en mi manera de manejarlo, de usarlo al escribir. No me sirve de nada volcar aquí un par de reflexiones si del otro lado nadie va a entender, o a sentir, o a pensar. Pero la lengua tiende sus trampas y muchas de ellas, infinidad de ellas, nos pasan inadvertidas tanto para los que escribimos como para los que leemos. San Barthes lo explica muy bien, traducción mediante, incluso, cuando dice que "la lengua es fascista" y que "se define menos por lo que permite decir que por lo que obliga a decir".

La lengua nos obliga a decir. Bien. Las palabras no vienen solas, sino cargadas de guirnaldas, olores, lanzas, truenos, vacíos, despertadores, somníferos. Es desde esa perspectiva que ha reaparecido entre nosotros la palabra desaparecido.

Voy a tomarle prestada una idea que Marcelo Figueras escribió en su blog. Uno de los efectos más visibles y personalmente verificables de la desaparición de Jorge Julio López es no sólo la reaparición de esa palabra que llega cargada, ella específicamente, de tormento, escalofríos y amenazas, sino la reconstrucción de cómo esa palabra se constituye, la locura y la confusión que implica. Lo que advirtió Figueras es que este caso, el caso López, recrea la figura de la desaparición en todo su poder siniestro, y parte de esa recreación-repetición fue la actitud inicial de su familia, atribuyendo la ausencia de López a un problema de estrés o vejez.

En esa duda, en esa vacilación primera es que la figura de la desaparición hace pie para iniciar su recorrido enloquecedor. Como sin pasado, como sin experiencia, como sin antecedentes, incluso en las circunstancias ardientes en las que se produjo esa desaparición, la desaparición es algo tan contra natura, tan demencial, que fue una palabra esquivada, casi meditada antes de sentirse, sentirnos listos para pronunciarla.

Desde que llegó la democracia, la palabra desaparecido estaba tan cargada de dictadura que prácticamente se limitó su uso para aludir a las desapariciones políticas. La gente perdida (los que se fugan, los que se pierden) no eran desaparecidos: la lengua obligaba a decir, junto con la palabra desaparecido, desaparecedor.

Fue recién con el lento paso de los años y con el lento avance de la Justicia que fue posible la recuperación de esa palabra para designar desapariciones sin desaparecedores. Pero el caso López interrumpe ese proceso abruptamente. Nos reenvía colectivamente al espanto de saber que hay todavía personas dispuestas a secuestrar a alguien y borrar rastros, personas aparentemente mucho mejor entrenadas para esto que cualquier secuestrador extorsivo, que consiguen tragarse a alguien, eliminar sus huellas, atormentarlo o asesinarlo de modos tan sanguinarios y amorales como nunca se le ocurriría a ningún secuestrador extorsivo.

La puesta en escena de esa desaparición (justo antes de la condena a cadena perpetua a Miguel Angel Etchecolatz) tiene el brillo soez de las operaciones muy planificadas. Y la palabra desaparecido, que reapareció junto con la aparición, en ese mismo juicio, de la palabra genocidio, trepa por nuestros cerebros y baja hasta nuestros estómagos, atravesando la gruesa capa de defensas que le oponemos.

Nuevamente se produce una operación de sentido en la lengua que compartimos entre todos. Los perdidos vuelven a ser perdidos.

Desaparecido, está Jorge Julio López.


Angelito

13/10/06

Yo había sido un ángel tan pero tan gordo, que se cayó de la nube en la que estaba y fue a dar con sus alas rotas (hubo que podarlas) justo encima de la cama de mis padres. Esa fue la explicación que durante mi primera infancia intentó satisfacer mi curiosidad acerca de cómo venían los niños al mundo. Una pura cuestión de obesidad angelical.

Después siguieron las confusiones. Cuando estaba en tercero o cuarto grado, Alex, que todavía hoy es mi amigo, me acompañaba todos los días a mi casa, caminando esas siete cuadras, y un día me dio un beso. Durante cierto tiempo estuve en vilo, ya que después del beso Alex me confesó que a raíz de su arrebato yo podía haber quedado embarazada.

Ese incidente fue tremendo, porque yo ya tenía una idea de mí bastante inquietante. Me tocaba, es más: un día me descubrieron con algo entre las piernas y no era cualquier cosa (ahora que lo pienso tengo que informárselo a mi actual analista): era con el Lo sé todo, que tenía un lomo importante. Me llevaron al médico, porque mis padres consideraron que esa conducta no era normal y aunque yo no había escuchado jamás hablar de masturbación y, en consecuencia, no tenía la menor idea de que me masturbaba, el solo hecho de que me hubieran llevado al médico, igual que cuando tenía fiebre o dolor de panza, me indicaba que aquellas cosquillas eran igualmente insanas.

En séptimo grado vinieron las señoritas de Johnson & Johnson a dar la argentinísima charla de educación sexual, a niñas y niños por separado, y que consistió en mostrarnos un dibujo de las trompas de Falopio y en recomendarnos que fuéramos lo más higiénicas posible cuando nos llegara la menstruación. A mí me había llegado un año y medio antes y, como nadie me había explicado nada, primero me asusté y después me enchastré, lloré, me acomplejé, en fin, aprendí que aquello era un secreto que no podía compartir con nadie.

Hacia el final de la secundaria todavía nadie tenía relaciones sexuales, sólo explosivas y prolongadas franelas que una no sabía exactamente cómo frenar. Pero era una, es decir la chica, la que debía ponerles fin, como si nos gustara menos, como si no lo disfrutáramos, como sacándonos de encima al chico que pretendía "eso" de nosotras. Era común en mi grupo que los chicos tuvieran novia y al mismo tiempo relaciones sexuales con una "puta", que en general no era puta rentada sino chica ligera, de la que se proveían merodeando otros grupos y a la que descalificaban inmundamente, a la que despreciaban porque "lo hacía".

Bien: y resulta que después había que ser multiorgásmica y tener punto G. ¿Cómo? Remontando ese barrilete de plomo que nos habían metido en la cabeza.

No es que no hayamos recibido educación sexual, qué va. Siempre hubo educación sexual. La nuestra se basó, naturalmente, en hacernos temerle al sexo, en inculcarnos la represión como la forma digna de sobrellevar esos bajos instintos.

Nos educaron para que no gocemos. Fuimos gente joven artificialmente alterada para vivir su sexualidad inconfortablemente. Hoy tengo una hija de catorce años, y deseo para ella exactamente todo lo contrario.
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La palabra genocidio

08/10/06

"La casa está en orden" es una de las frases más detestadas de la democracia. Sobre esa frase de un Raúl Alfonsín devolviendo a sus hogares y a sus mundos privados a los miles y miles de ciudadanos que se mantenían movilizados se estampó un sello y así fue archivada en nuestras memorias: una frase cobarde. Como todo lo que es sellado y archivado, esa frase se mantuvo congelada en su carácter de cortamambo de un sector de la población que se sentía en condiciones físicas e ideológicas de "resistir". Los últimos acontecimientos recomiendan descongelarla.

A pesar de todas nuestras conocidas taras, los argentinos somos los únicos que, en la región y en las democracias que sucedieron a las respectivas dictaduras, hemos llegado a la instancia en la que nos encontramos. Juicio y castigo. Eso sólo fue posible a través de muchos años, muchas escaramuzas con forma de puntos finales y obediencias debidas, levantamientos con finales negociados y, entre otras cosas, genocidas que durante treinta años no fueron llamados genocidas.

El poder del lenguaje es monstruoso, apabullante. A mi entender, no es en absoluto casual que la desaparición de Julio López y la simultánea aparición de panelistas, libros y opinadores defensores del terrorismo de Estado se produzca justo después de que el lenguaje institucional y normativo por excelencia, el judicial, se haya pronunciado al respecto y haya designado a los represores como genocidas. Y haya, en un mismo y monumental movimiento de sentido, designado lo que pasó en los ’70 como un genocidio.

Esa palabra marca con el fuego de la verdad lo que pasó durante la dictadura, y emitida desde un fallo judicial la incorpora al acervo del futuro sentido común de la Argentina. En las escuelas, en las próximas décadas, todos los niños estudiarán ese genocidio. Y ya basta. No hubo dos demonios, no hubo guerra civil, no hubo juicios a prisioneros; hubo torturas, hubo campos clandestinos, hubo apropiación de niños.

Cuando Alfonsín dijo que la casa estaba en orden, la casa era un desmadre. Y si esa frase quedó congelada en su fase desmovilizadora, es en parte porque el sector más sensible a este tema siempre sobreestimó sus fuerzas y leyó voluntariosamente la realidad. La casa era un desmadre y lo siguió siendo, durante treinta años, y hubo que esperar hasta que muchos de ellos murieran, igual que muchas madres y abuelas, hubo que esperar una coyuntura imprevisible, como es ésta, para que de las fauces de la derecha fascista brotaran gestos desesperados. Hasta ahora habían negociado, lo hicieron con cada gobierno. Estos exabruptos asqueantes provienen seguramente de cierta desesperación: es ahora, recién ahora, cuando están perdiendo.
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¿Perdón?

01/10/06

El último domingo, en el programa de Luis Majul, se produjo un hecho ideológicamente bizarro. El caso de Karina Mujica, el joven cuadro de lo que ahora se ha bautizado "la derecha guaranga" (al menos así se la llamó en ese programa), cuya doble vida como incipiente dirigente militarista e incipiente madama marplatense fue lo que disparó un primer bloque; en él aparecieron personajes que dejaron a la finada Elena Cruz del tamaño de una simple fan de Videla. Caricaturescos, cínicos, un hombre mayor de "r" arrastrada (defensor de Etchecolatz) y un joven dinosaurio defendían acaloradamente el terrorismo de Estado de los ’70 con argumentos fallidos. En la tanda, se veía el institucional de recompensa para quien tenga datos sobre el testigo Julio López, acusador de Etchecolatz y actualmente desaparecido. El domingo pasado todavía no habían tenido lugar las marchas reclamando su aparición, ni la angustia por su suerte había tomado tanto cuerpo como en estos días. Es que la sola posibilidad de que haya patrullas perdidas del terrorismo de Estado resulta escabrosa, aunque no improbable, tan luego en un país en el que los que piden por más seguridad se dejan custodiar por los policías exonerados de la fuerza por haber incurrido en diversos delitos. Muchos de ellos, en secuestros extorsivos. La nueva etapa por la que atraviesan los juicios contra los represores no es menor ni cosmética. La desaparición de López reactualiza, sin que nadie lo previera, un dolor colectivo que sin embargo fue sostenido individualmente por algunas víctimas sobrevivientes: pudimos enterarnos de que López, que no olvidaba ni quería olvidar, solía ir a su lugar de detención, ya demolido, recurrentemente, quizá a espantar sus fantasmas o a afirmar su pacto con los que murieron.

En un segundo bloque estuvo Elisa Carrió. Fue ella, la dirigente "moral" por excelencia autoproclamada, la que desde hace años se embandera con la cruz, la que habla de "nuevo contrato" y de "refundación" y "parto doloroso", la que desvió el programa a un verdadero curso bizarro, por ahorrarme la palabra siniestro.

Ahora Elisa Carrió habla de perdón. De reconciliación. Así como suena, así como se lo escucha y se lo lee. Elisa Carrió evalúa, en ese contexto, con esos energúmenos presentes en el estudio y con Julio López desaparecido, que en este país es necesario "reconciliarse".

Nunca entendí del todo los procesos mentales de Elisa Carrió. Estuve a punto de votarla en las últimas elecciones. Era con quien más acordaba en la visión general del país. Y ahora, después de estos años en los que obsesivamente se ha negado a una actitud mínimamente conciliadora con al menos algo de lo que haga este Gobierno, Elisa Carrió parece haber mutado, haber derivado, haber degenerado en una mujer que es capaz, después de escuchar frases como que no hubo campos clandestinos, y con un testigo clave desaparecido, de decir que en este país hay que perdonar y que hay que reconciliarse.

¿Perdón? Solamente la ceguera más rabiosa puede hacer a alguien equivocar tanto la circunstancia de sus dichos. Y esa ceguera obliga, a esta espectadora en este caso, a decir esto, que no es fácil, uno sabe, porque Elisa Carrió ya creó el casillero "si me critica es porque no me entiende", cuando no se trata de simples contratistas intelectuales del Gobierno. Elisa Carrió ha derogado, de facto, la posibilidad de que alguien simpatice con este Gobierno por razones legítimas y sin más interés que el político. Eso habla no sólo de una estrategia equivocada para vincularse con los otros, sino además de una visión estrábica de la realidad.

Pero que ahora Elisa Carrió haya emprendido una nueva etapa corrida de la baldosa histórica del progresismo argentino, como son los derechos humanos (su nuevo latiguillo es "hablemos de los derechos humanos de hoy" y después se pone a hablar del paco), nos indica algo, algo feo, algo extremadamente desagradable sobre su persona y su pensamiento.

La defensa y el alineamiento de Kirchner con los reclamos de los organismos de derechos humanos es una de las pocas cosas que nadie puede negar. Es un hecho, es un dato. Elisa Carrió no puede ni siquiera coincidir en eso con Kirchner. Pareciera que le es más fácil renunciar a reivindicaciones que exceden con creces el setentismo y esas pavadas: que los crímenes se pagan y se castigan es una regla básica de la civilización. Solamente alguien que ha renunciado a esa causa puede hablar de reconciliación con quinientos niños todavía desaparecidos, con genocidas que hablan de guerra civil, con gente que repite que volvería a hacer lo mismo, con gente en carne viva porque los traumas sociales, y debería saberlo la creadora de la Fundación Hannah Arendt, se instalan y tardan generaciones en ser superados.

El nuevo paso que ha dado Elisa Carrió obliga, lamentablemente –porque pudo haber sido una mujer importante en la política argentina– a separarla de los dirigentes que nos inspiran respeto. Su desborde ideológico ha sido demasiado grueso para seguir considerándola parte de los argentinos cuya opinión nos interesa. Una pena, Elisa Carrió
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Monstruos

21/09/06

Las palabras monstruo y mostrar tienen una raíz común. Hay algo en el monstruo que exige ser visto, exhibido o imaginado. El monstruo existe para que los demás sepan que existe. Aunque permanezca oculto, la entidad del monstruo requiere ser completada por alguien que le tema, por alguien que huya de él, y que lo constituya. Para eso durante los ’70 hubo hombres como el ex comisario general Miguel Etchecolatz, cuyo solo nombre, en la provincia de Buenos Aires, provocaba escalofríos.

La dictadura militar tuvo muchos asesinos, pero sólo algunos verdaderos monstruos, que fueron fuente de inspiración para los demás. Uno lo da por hecho, pero cabe la pregunta: ¿habrá sido tan sencillo hacer emerger de las Fuerzas Armadas de entonces semejante legión de secuestradores, torturadores y asesinos? Una cosa es haber convencido a todos ellos de que las organizaciones armadas de la época se habían propuesto "imponer un régimen totalitario en el país, apoyados por otros estados como el castrista", tal como afirmó ayer el abogado defensor de Etchecolatz, Luis Boffi Carri Pérez. Pero otra cosa muy distinta debe haber sido convencerlos, y con bríos siniestros, de que era necesario meterles picana a los prisioneros hasta desmayarlos o matarlos, aniquilar familias enteras, secuestrar y robar niños, protagonizar esa obra maestra del terror. El régimen necesitó a los monstruos para implantar en las fuerzas de seguridad un modelo de militar sin escrúpulos ni humanistas ni religiosos, hombres a los que no les temblaba el pulso para picanear a mujeres embarazadas, para torturar a la esposa delante del esposo o para fusilar prisioneros en fugas fraguadas.

Hombres como Miguel Etchecolatz sirvieron para irradiar a su tropa la luz invertida del mal absoluto. Fueron los líderes falaces de un país que luchaba contra el incierto enemigo interno con el peor de los terrorismos, el de Estado. Los monstruos ofrecieron a la dictadura sus almas negras, en las que ellos y tantos otros fueron capaces de almacenar el dolor ajeno, y cuanto más dolor, y cuanto más crimen, más épicas parecían sus leyendas. Etchecolatz sigue sosteniendo que en la Argentina no hubo campos clandestinos de detenidos-desaparecidos, y que lo que hubo fueron campos ocultos, "como en toda guerra".

Los monstruos siempre están esperando el momento de demostrar que son monstruos, porque en el fondo están orgullosos de serlo. Y por eso son monstruosos.
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Ese duelo

25/08/06

Dos días después de hacerme un aborto, fui a una reunión social en la que había una mujer que poco antes había perdido su embarazo de seis meses. Todos trataban de estar alegres y ocurrentes, pero al mismo tiempo de medirse, de guardar cierto recato. Y aunque esa mujer era muy fuerte y conversaba y sonreía, costaba mucho esfuerzo disipar la nube de angustia y sufrimiento que la envolvía. Me acerqué a ella en un momento, y a pesar de que no nos conocíamos mucho, me habló de lo que le había pasado. Me dijo que tenía la sensación de que todo era irreal. Me dijo que su cuerpo estaba en esa fiesta, pero que su alma estaba en otra parte. No sé por qué me lo dijo a mí, pero la escuché. Yo del aborto no le dije nada. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué yo había decidido interrumpir un embarazo, justo a ella que no lo había decidido y lo había perdido? Era claro que esa mujer estaba sumergida en un duelo del que le costaría mucho salir.

Del duelo del aborto, en cambio, no se habla. Como no se habla del aborto, no se habla del duelo del aborto.

Déjenme decirles a los que creen que de este tema todavía tampoco se puede hablar, que una mujer, si llega a la instancia del aborto, llega acorralada y descentrada. Y llega sola. El momento que va desde saber que se está embarazada al momento en el que una abre las piernas en un lugar sórdido y rodeada por desconocidos es un trance emocional de los más duros, difícil de describir, un trance por el que pasan tantas mujeres y sobre el que sin embargo no hay una sola línea escrita. La soledad es completa.

En muchos casos, esa mujer viene de librar una batalla interna feroz. Porque una parte de ella está dispuesta al embarazo. Quizá no a la palabra embarazo, quizá ni siquiera a la idea, pero en el cuerpo de esa mujer, entre sus células y las de ese embrión, se está gestando también un vínculo. Hay tejidos que se comunican, y sangre que se mezcla, y hay millones de partículas biológicas enamorándose de ese nuevo ser, porque nuestro cuerpo está preparado para el amor, no para el rechazo.

No es necesario que un grupo de fanáticos nos diga que eso que late ahí está vivo. Ese es el desgarro, ésa es la pesadilla. Eso es lo que muchas mujeres que abortan sienten y no pueden hablar con nadie. Eso que late ahí está vivo y es en potencia lo que cada una de esas mujeres alucinan en noches de insomnio. No es necesario el recordatorio de los pro-vida. Vaya nombre. Pro-vida es nuestro cuerpo, que ama más allá de nosotras.

Y a medida que esa mujer comprende que no puede ser madre, porque psíquicamente no puede, porque eso pasa, porque así es la cosa, porque nada en ella logra constituirse en un impulso que la haga vencer adversidades, porque esa mujer es débil o porque tiene mucho miedo, no es que elija abortar: comprende que no le queda otro remedio. No hay muchos posibles peores momentos en la vida de una mujer. Se paga. Por el aborto no sólo se paga en consultorios clandestinos, también se paga un precio mucho más alto con el tiempo, gota a gota, en visiones, en inquietudes, en tristeza sin motivo aparente, en remordimiento.

Ninguna mujer aborta algo que al menos por un instante, en su conciencia, no haya sido su hijo. Y si se llega a hacerlo, si se llega a tomar esa decisión tan dura, es porque sencillamente no se puede seguir, no se tiene resto, no se tiene coraje, no se tiene deseo. Hay momentos en los que algunas cosas no podemos. Es así, ultramontanos: hay momentos en los que algunas cosas no podemos. Así nos hace la condición humana.

Hablar del aborto es necesario para poder decir algunas de estas cosas.
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Tomar medidas

12/08/06

La anticoncepción en general es un tema cultural, de educación, de información y de difusión. La anticoncepción en general es un tema que viene agitando inexplicablemente, a esta altura del nuevo siglo, a asombrosos defensores del sexo exclusivamente reproductor. Es increíble que puedan sostener algo tan delirante como que los hombres y las mujeres deben tener sexo solamente cuando estén pensando en tener hijos. Está claro que hay hombre y mujeres que hacen eso, pero a todas luces son una minoría, ya que ni siquiera quienes adhieren al mismo dogma que estos propaladores ejercitan su sexualidad de esa manera.

Y si no fuera por la encarnizada batalla que le han presentado desde hace décadas esos propaladores a la anticoncepción en general, trabando proyectos, boicoteando campañas, instalando dudas, no cabe ninguna duda de que la anticoncepción en general gozaría hoy de muchísima más familiaridad –y viceversa– con la gente, y especialmente con la gente que más la necesita. Las mujeres, cuyos embarazos no deseados tantas veces terminan con sus vidas.

La ley de ligaduras es a su vez una manera de dar vuelta la alfombra. Había mugre y se pateaba la mugre debajo de la alfombra. La Argentina todavía "no está madura" para tratar el debate sobre la despenalización del aborto, pero en la Argentina se aborta. Un rasgo duro de la fe es que boceta la moral ideal, hacia la que deberían inclinarse los creyentes. Y un rasgo duro de la política es diseñar estrategias de Estado para paliar los males que surgen de la realidad en la que están inmersos los ciudadanos.

La ligadura de trompas y la vasectomía hablan en principio de una decisión que llega después de experimentar algún hartazgo. ¿Cómo la gente va a hartarse de tener hijos? Sí, claro que se harta. Suena mal pero pasa. Se harta de no poder darle una vida a dos o tres, y de tener seis o siete. Si la anticoncepción en general formara parte de nuestra cultura cotidiana, y si en esta primera persona del plural incluyéramos a los desarrapados más extremos, un preservativo o un DIU podrían alcanzar. Pero la carrera del discurso sobre anticoncepción está llena de obstáculos. Y la gente no sabe, no tiene reflejos, no se cuida, no sabe cuidarse, no calcula, no puede. Estos métodos más que métodos son medidas que toma sobre su vida alguna gente, y que tiene todo el derecho de tomar.

Pero que se hagan cargo los propaladores de sueños o disparates de la parte que les toca. La gente común vive su vida con sus límites y sus frustraciones y sus descontroles y sus inconciencias y sus malas suertes. Y con sus placeres y sus deleites y sus opciones.

En el fondo de todo este tema, no me canso de pensarlo, lo que los propaladores no toleran es el placer. El rictus de la represión no sonríe. Sobre algo de esto escribió Umberto Eco en El nombre de la rosa.
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Esa noche

09/08/06

Estuve en Cuba varias veces, y si tuviera que elegir un país para vivir, sería otro. Digo esto para dejar constancia de mi identidad pequeñoburguesa, y para admitir de entrada que, siendo periodista y dedicándome a la escritura, no podría, en Cuba, decir todo lo que se me ocurriera, ni apelar al cinismo que tanto nos reconforta paliativamente a los desencantados, ni sonar corrosiva. Es decir que lo digo con plena conciencia de que llevo adherida a la mente la noción de libertad capitalista y que no tengo pensado renunciar a ella porque sé que no puedo, porque eso, creo, está más allá de mi voluntad.

Pero me inquieta que la mala salud de Fidel Castro y la delegación del mando en su hermano Raúl haya estallado como un simple debate entre qué es democracia y qué no. Como si no hubiera otra vara, otra ventana para mirar algunos acontecimientos y, sobre todo, algunos procesos históricos. Como si lleváramos incrustado en el cerebro un democratómetro según el cual todo aquello que no responde a la fórmula de la democracia representativa quede automáticamente impugnado. Que la democracia está llena de fallas, pero es el mejor sistema conocido, lo sé, lo sostengo. Pero eso no equivale a perder de vista que el pato más feo puede ser un cisne.

La primera vez que fui a la isla lo hice acompañada por un grupo de periodistas varones y bastante más influyentes que yo, que andaba por los veintipocos, y recibí alborozada aquella invitación del Instituto Cubano de Turismo. Fueron dos semanas de convivencia, entre otros, con tipos entrañables como Ariel Delgado y Enrique Sdrech, recorriendo lugares que iban mucho más allá de Varadero o los destinos conocidos. En el grupo había un periodista del diario de Bahía Blanca, La Nueva Provincia, que, según confesó ya en el avión, iba a constatar que Cuba era una farsa de equidad y justicia.

Mientras estábamos allí, se celebró el 25º aniversario de la creación de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), organizados manzana por manzana en todo el país. Los mismos que están activándose ahora en ese mismo sentido, después de décadas de funcionar como organizaciones de base para que cada embarazada llegue a tiempo al hospital o para que cada niño sea vacunado. A último momento pedimos asistir a uno de los miles y miles de festejos. Nos fue destinada una manzana en los suburbios de La Habana. Nos perdimos en el camino. Llegamos más de una hora tarde. Los vecinos nos estaban esperando. Había carteles que rezaban: "Bienvenidos hermanos argentinos", y muchísimos regalos para nosotros, que los niños habían alcanzado a hacer en las pocas horas libres que tuvieron.

Nos sentamos a una de las mesas en la calle y comenzamos a disfrutar de las risas de los hombres y mujeres que se nos acercaban y que nos hablaban de Mirtha Legrand y del Che. Además de los regalos, los niños habían tenido tiempo de aprenderse de memoria algunas estrofas del Martín Fierro. Y las recitaban con ese tono que nunca le escuché a ningún niño argentino. Los argentinos no tenemos training para la mística. Nos dan pudor algunas emociones. Esos pioneros cascaban sus gargantas con esos versos y recitaban a voz en cuello las mismas palabras que a nosotros nos habían fastidiado en el colegio. Esa fue una ráfaga de comprensión que me asaltó justo en ese momento. Esos niños, que también recitaron a José Martí, a quien amaban, nos homenajeaban con algo que suponían que nosotros amábamos. Pero nosotros no amábamos el Martín Fierro. ¿Qué amábamos nosotros?

No puedo poner esto en palabras con mucha exactitud. Pero esa noche, en esa tierra sembrada de bombitas de luz de pocos voltios, entre esas casas pobres de paredes descascaradas y de pintura vieja, entre esa gente dadivosa que nos tocaba los hombros y nos ofrecía su comida, yo viví algo que no había vivido antes ni volví a vivir después. Cuba entera es un país cuya población desconoce situaciones límite que para la mayoría de nuestras poblaciones son frecuentes. No pueden salir del país, como la doctora Hilda Molina, pero están liberados del dolor de un hijo que se muere por falta de comida o de atención médica, del dolor de un desalojo inminente, del dolor del analfabetismo, del dolor del desempleo. ¿No son ésas acaso otras formas de la libertad?

Cuando llegó el momento de hablarles, de tomar el micrófono y agradecerles semejante demostración de cariño hacia un grupo de perfectos desconocidos, nosotros elegimos al periodista de La Nueva Provincia para que fuera el vocero del grupo. Estábamos seguros de que esa ráfaga también a él lo había traspasado. Y el hombre, a paso lento, subió a la tarima, tomó el micrófono y comenzó a hablar, pero no pudo seguir. Un llanto lento se le trabó en el cuello, porque la ideología es una cosa, pero otra cosa es la verdad.
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La virtud impiadosa

03/08/06

Un ejemplo perfecto de cómo la propia moral es fácilmente levantable con la grúa del dolor ajeno.

Un ejemplo perfecto de cómo a la discapacidad mental y a la violación hay que unirles, para que el drama sea irreversible, la pobreza.

Un ejemplo perfecto de cómo por las buenas no se puede ni se debe, en beneficio propio, en defensa propia: por las malas, con unos cientos de dólares, esta niña débil mental y violada por un familiar ya estaría dando vuelta la página de una historia horrible, pero fue por las buenas, por derecha, como suele decirse. Y por derecha se la comieron cruda, jueces y médicos, para sobreimprimirle a su cuerpo que gesta el fruto de la violencia el sello de esa vaga virtud pública que consiste en alzarse en pos de la vida.

Jueces, médicos, funcionarios: miren a su alrededor. La vida chorrea, explota, desfallece. ¿Qué hacen ustedes? Hombres y mujeres de bien que ahora se anotan para adoptar al niño que quieren ver nacer. Hay miles, decenas de miles de niños ya nacidos que recibirían gustosos alguna de esas caricias que ustedes desean dar.

Este caso reabrió la cancha para un sentimiento particularmente argentino. La virtud impiadosa. El amor dadivoso y ancho para lo inasible o lo embrionario, con y sin metáfora, a cambio de la más completa indiferencia por lo concreto y lo nacido. En el terreno de la conciencia, que parece atormentar inexplicablemente a una jueza que habla de las niñas violadas como si fueran parte de un paisaje que es preferible tapar con una postal de ensueño, y que también parece atormentar a médicos y funcionarios que se rigen por semanas que pasaron a cargo de una mala praxis judicial, se deja afuera la conciencia de esa niña débil mental, a la que todo un sistema desprotegió, condenó, humilló, mandó a la hoguera.

Da náuseas la virtud impiadosa. Porque es falsa. Porque es un vestido de ocasión. Porque está hecha de declaraciones que suenan acompasadas ante el micrófono. Porque miente. Porque daña. Dan náuseas los virtuosos que son incapaces de sentir piedad por alguien que no está en igualdad de condiciones y que ofreció su carne para que en ella estampen, todos estos, sus sellos y sus manos ya lavadas. Da náuseas que una sociedad escupa tan ostensiblemente a sus hijos más vulnerables, y que la virtud impiadosa los haga correrse a la derecha del mismísimo Código Penal.
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¿Conciencia?

26/07/06

Es muy difícil intentar imaginarse cómo funciona una conciencia que no puede cargar con el peso de una decisión prevista por la ley.

Es más difícil aún imaginarse esa conciencia si se trata de la de una jueza, de la de alguien que debe ajustarse a derecho. La objeción de conciencia hasta ahora fue esgrimida por médicos que por convicciones personales se negaban –se niegan– a prescribir métodos anticonceptivos a menores de edad. Para el aborto la objeción de conciencia no es necesaria porque el aborto es ilegal. Salvo en casos extremos, en casos insalvables, en casos cuya crudeza desborda cualquier prurito moral. En casos tan desgarradores como éste: el de una incapaz violada. Así lo indica la ley, con ese lenguaje descarnado y hasta peyorativo, con una coma célebre que a veces es interpretada como inclusiva de todas las mujeres violadas, y la mayoría de las otras veces como un límite que circunscribe la admisión del aborto a una mujer violada e incapaz.

Pero ahora, la insólita e inexplicable objeción de conciencia de una jueza parece conducir la vida de esa incapaz violada hacia una horrible maternidad, porque hay que decir esto. Hay que decirlo. Hay maternidades que son horribles. Que son condenas.

Esa conciencia que se interpone entre el rigor de la ley y el aborto solicitado para interrumpir el embarazo de esa incapaz violada es una conciencia que, presuntamente, favorece la vida. Que sacraliza la maternidad en cualquiera de sus formas. Y hay formas de la maternidad que destilan padecimiento. Hay formas de venir a este mundo que son inviables. Hay dilemas mucho más complejos y profundos que el planteo al que esa jueza parece responder.

La vida no puede convertirse en un salvoconducto moral de almas simplificadoras. La vida no puede ser una bandera sucia de dolor ajeno, y la conciencia de nadie puede tranquilizarse porque decida esconderse en un cliché.

Y en definitiva, si alguien es tan católico como para no sentirse apto en el momento de aplicar la ley, ese alguien no puede ser juez. No puede la vida ya viviente de nadie estar en manos de un tipo de conciencia así. No puede el destino de nadie ser decidido por un dogma que es personal, particular, específico y antojadizo, porque eso y nada más que eso es el dogma católico, en este caso, para una ciudadana que pide por justicia.
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La sed inhumana

22/07/06

"¿Qué harías vos si secuestran a tu hijo? ¿Te alcanzaría con matarlos? No, no te alcanzaría. Querrías ver cómo les arrancan los dientes, uno por uno. Querrías ver cómo sufren." Darío dijo esto esta semana, hablando con Radio Mitre, desde Israel. Darío fue miembro del ejército israelí y ahora defiende sus ideas de esta manera. Su testimonio despertó una airada respuesta de oyentes que, judíos y no judíos, advirtieron que un botón de la camisa de Darío estaba abierto, y por él entrevieron el corazón mismo del odio.

La ONU vuelve a esforzarse en sus gestos de mimo, vuelve a intentar erigirse como el árbitro que no es, mientras Estados Unidos baja lenta, cínicamente el pulgar, y considera que aún no es tiempo de detener los bombardeos en el Líbano. Allí, en Oriente Medio, encuentra hoy el mundo esa dosis de muerte que parece necesitar como un vampiro, pero ya no es muerte a secas lo que pide. Si la sed contemporánea se limitara a la muerte, la tiene servida en millones de casos anónimos y de una injusticia pavorosa, borroneada por las estadísticas. Lo que aflora en estos días es, cada vez más precisa, más descarnada, la necesidad de odio. El odio como combustible de las acciones humanas.

Ya lo decía Darío, hablando en un castellano fluido pero teñido por vientos extraños, cuando describía con una exactitud inaudita sus sentimientos: la muerte del enemigo no alcanza, ya no alcanza. Ha sobrevenido la sed de sufrimiento ajeno, el deseo de aniquilación completa, la fantasía de eliminar de la faz de la tierra todo vestigio del otro, pero acompañado por la visión de su padecimiento. Hay que presenciar el sufrimiento, hay que ser testigo de la propia capacidad de depredación. Como si hubiesen rociado el mundo desde un helicóptero con una toxina increíble, esa sed se reproduce más allá de lo que abarcan las secciones de los diarios. Esa sed se sale de los diarios. Recala en las calles. Anida en los dedos que, sin temblor, sin piedad, rozan gatillos en la oscuridad. En la Argentina, mientras emerge una vez más el debate de la inseguridad y vuelven a chocar las estadísticas con la sensación de indefensión que siempre y tradicionalmente tira a todo el mundo medio metro para atrás, lo cierto es que a lo que se le teme ahora es a la crueldad. Y eso es un borde. Lo estamos pisando.

Quedarse quieto al ser asaltado, ofrendar sin chistar lo requerido, ejercer el más completo autocontrol, antes garantizaba, al menos, la vaga certeza de que el asalto era una especie de peaje indeseable que se pagaba por vivir en una sociedad atrozmente inequitativa. Pero las cosas han cambiado. El paco o lo que fuere, quizás el hartazgo o la desazón previa que lleva al paco, han convertido a muchos lúmpenes en monos con navajas que afilan ante la mirada de sus presas. ¿Quieren mi dinero, mis ahorros, quieren mis electrodomésticos, mis dólares, mi tarjeta Banelco, las joyas de mi abuela, quieren que les dé todo lo que tengo, o no? Y si no es eso lo que quieren, ¿qué es? Ese es el borde que pisamos: estaremos en otro lugar, en otra dimensión si lo que quieren no es lo que tengo, sino lo que soy.

Si quieren verme sufrir.

En ese otro lugar hay otra lógica, pariente lejana de la lógica que verbalizaba Darío desde Israel y que ya se había insinuado en la invasión a Irak. ¿Qué tiene que ver Irak con Villa Crespo? Quizá nada, por cierto, quizá nada. Pero quizá... ¿por qué un asalto supone miedo al sadismo? ¿Por qué al temor del arma se le ha sumado, subrepticiamente, el temor al odio, al deseo de sufrimiento ajeno? ¿Es necesario aclarar que estamos ante una clase completamente diferente de temor?

Hay momentos históricos –los argentinos los conocemos bien: la dictadura militar fue un extenso momento de esa clase– en los que por alguna razón indescifrable brota esa sed. Son momentos en los que hay sadismoexplícito. En los que se apodera de algunos. De muchos, una tremenda necesidad de liberar aquello que la salud mental y cualquier grado de civilización conocido tiene por fundamento reprimir. En esos momentos históricos, cualquier lógica es desmadrada, incluso la de la guerra. Son momentos en los que la esencia misma de la condición humana es puesta en duda, y lo monstruoso sobreviene como una base de arcilla mal cosida.

"Ama a tu prójimo como a ti mismo", recomiendan las religiones. En Amor líquido, el sociólogo Zygmunt Bauman descompone la frase, ya descompuesta en las mentes de millones de contemporáneos. Bauman retoma a Freud, quien se había preguntado: "¿Qué sentido tiene un precepto enunciado de manera tan solemne si su cumplimiento no puede ser recomendado como algo razonable?". Y se contestaba: "Es un mandamiento que en realidad está justificado por el hecho de que no hay nada que contrarreste tan intensamente la naturaleza humana original".

Bauman agrega: amar al prójimo supone un salto a la fe, a cualquier fe. Es, en definitiva, el acta de nacimiento de la humanidad. "Y también representa el aciago paso del instinto de supervivencia hacia la moralidad". Pero "...como a ti mismo", dice Bauman, es un final de frase que de ninguna manera puede subestimarse u obviarse, porque es el centro mismo, el fundamento que hace que ese precepto no sea una estupidez y sí una cláusula básica del contrato entre el individuo humano y su especie. El amor a sí mismo es pura supervivencia, y es imprescindible, entonces, generar las condiciones para que cada uno se ame a sí mismo lo suficiente como para poder tolerar al otro. Es necesario generar vidas lo suficientemente humanas como para que la bestia que llevamos en el fondo no ruja ni muerda.

Acaso la pregunta adecuada, hoy, sería aquella que nos interrogue sobre las bestias que hemos dejado sueltas, esas que no se aman a sí mismas y en consecuencia tampoco aman a nadie.
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Basta

28/06/06

¿Por qué la Iglesia Católica está en contra del placer sexual? ¿Por qué encierra el presunto placer en un cuarto matrimonial en el que esposo y esposa yacen con la esperanza de procrear? ¿Por qué el sexo es un medio para gestar un hijo y no un fin en sí mismo? ¿Por qué sobre la sexualidad humana, desde San Agustín en adelante, se extiende la sombra cristiana, que adivina pecados inconcebibles en las pulsiones que no logran ser reprimidas ni sublimadas por un hombre o una mujer?

Dos paradigmas contrapuestos chocan y se sacan chispas en nuestras mentes contemporáneas, al costo considerable de confusión, culpa y pasaje al acto sin redes que sostengan a quien decide obedecerse. El paradigma freudiano vino a decir, en los albores del siglo pasado, que aquello que finalmente los sujetos logran borrar, suprimir, callar, enquistar, eliminar de sus conciencias, es precisamente lo que esos sujetos dicen con síntomas: Freud vino a decir, en pocas palabras, que lo reprimido enferma.

Pero ni la Iglesia Católica ni el psicoanálisis están demasiado presentes en las vidas de las mujeres que deciden ligarse las trompas, con o sin ley que las avale. Si bien la ligadura de trompas es considerada como un método anticonceptivo más, suele ser, ésta, una decisión que brota del hartazgo de la maternidad. No es la joven debutante y capaz de elegir el rumbo de su vida sexual la que decide ligarse las trompas, sino la madre de cinco, seis o siete hijos cuya vida peligra. Es la mujer sin riendas sobre su propio sexo, muchas veces violada en la cama conyugal. La ligadura de trompas supone un conflicto interno que es posible ubicar en coordenadas sociales en las que los deseos individuales no existen.

No debería preocuparse tanto la Iglesia Católica por la ligadura de trompas, que aunque deviene en método anticonceptivo abre, por su extremismo y su carácter invasivo en el cuerpo femenino, una brecha entre el dolor y el placer difícil de cerrar. Si tomáramos caso por caso de los conocidos, no encontraríamos mujeres esperando recibir descargas voluminosas de placer, sino hembras humanas hartas de padecer las consecuencias del sexo reproductor. Mujeres sin niñeras que cuiden a los niños, mujeres sin otras mujeres que las ayuden, mujeres sin control sobre sus cuerpos, sobre su tiempo, sobre su trabajo, sobre sus vidas. El "parirás con dolor" les copó la carne y ellas están gritando basta.
Página/12


Periodistas

10/06/06

Hay preguntas que, de tan obvias, desconciertan. Los periodistas tendríamos que tenerlo presente cuando entrevistamos a alguien. Esta semana fue el Día del Periodista y nosotros tuvimos que contestar o contestarnos algunas preguntas relacionadas con este oficio que no termina de convertirse en profesión. Una brecha se abre hoy en las redacciones, cuando decenas de pasantes de las universidades, provenientes de la carrera de Comunicación, conviven con viejos lobos del mar de las noticias, que ya tienen nombre y trayectoria, pero que empezaron a trabajar en esto por azar, por gusto, por casualidad, porque era inevitable, pero no porque se habían preparado para eso. La profesión, que antes era simple oficio, se aprendía como cualquier otro: de abajo, imitando a un maestro, tomando nota, aceptando todo lo que a uno le proponían, sumando horas de vuelo periodístico en horarios extraños, celebrando cada día la suerte de estar ya rodeado de ese ruido exquisito que eran, hace años, decenas de máquinas de escribir sonando juntas.

Hay muchas razones para ser periodista y muchas otras para no serlo. Lo del cuarto poder, que se lo guarden. Los periodistas son una cosa muy distinta que las empresas periodísticas. Pero entre los motivos por los que todavía, más de veinticinco años después de haberme empezado a ganar la vida de este modo, sigo eligiendo este oficio, está sin duda la posibilidad de haber ingresado a mundos raros, haber sido testigo.

El primer viaje que hice para Página/12 fue a Chile. Estaba todavía Pinochet. Supuestamente, iba a una conferencia de prensa clandestina de la cúpula del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que por primera vez en ocho años se reuniría en Santiago.

Ellos esperaban a un hombre. Si no, no se explica que las instrucciones incluyeran que yo me apareciera en un restaurante chino con una revista El Gráfico abajo del brazo y que tuviera que esperar hasta que alguien me preguntara "¿Esta es la de esta semana?". Yo debía responderle: "No, es la de la semana pasada". Era ésa la contraseña que resultó bizarra, pero hicimos el contacto de ese modo con un hombre joven que me dijo que se llamaba Andrés y que, antes de despedirnos, me dio más instrucciones: tenía que volver al hotel en el que me alojaba caminando por calles de tránsito en sentido inverso, para impedir que un auto me siguiera; no podía visitar a nadie ni hablar por teléfono con nadie; tenía que volver a verlo al día siguiente en un bar. Lo vi, pero volvió a mandarme al hotel porque, dijo, las condiciones no estaban dadas. Yo empezaba a ponerme nerviosa y a querer volverme a casa. El Chile de Pinochet era agobiante.

Al tercer día, la cita era en Las Condes, en un restaurante lujoso. Me dijo que después de comer iríamos a la presunta conferencia, pero resultó que no era ninguna conferencia: iban a estar ellos cuatro y yo, nadie más. Y también me dijo que por seguridad iríamos a un lugar en el que tendría que pasar la noche. Pedimos la cena, pero yo tenía náuseas.

Pagó, salimos, caminamos una cuadra y nos subimos a una camioneta. Había más gente, pero no los vi. Andrés me tapó los ojos con la mano y me empujó delicadamente la cabeza hacia abajo. Escuchaban música. La camioneta iba bastante rápido. Pero en un momento se detuvo la música y también la camioneta, y ellos dejaron de hablar. Fueron segundos que duraron años. Después me contaron que el Frente Patriótico, otra organización armada, había puesto una bomba en un cuartel de carabineros cerca del que pasábamos y había un retén imprevisto, y ellos también tuvieron miedo.

Llegamos a una casa pobre de la que pude ver el piso de tierra de la entrada, con Andrés todavía tapándome los ojos. Ya en el comedor, Andrés resultó ser uno de ellos cuatro: los otros tres estaban esperándome con el fotógrafo del MIR: primero hicieron la foto, la clásica, la del pasamontañas y los fusiles. Yo quería volverme a casa, desesperadamente quería volverme a casa. No hice ninguna entrevista: no me salían las palabras. Les puse el grabador delante y les pedí que dijeran lo que quisieran. Hubo mucho más cotillón esa noche: me hicieron dormir en un cuarto separado del de ellos sólo por una cortina de tela. Para ir al baño pasaban por delante de mi cama. A duras penas pude creer lo que vi en un momento, ya relajada por el tranquilizante que me había tomado: uno de los cuatro, con el arma en la mano, en pijama, saludándome con la mano. Me tapé la cara con la sábana y me pregunté: "¿Qué hago yo acá?".

A la mañana siguiente me sacaron en la camioneta y me dejaron en una estación de micros. Andrés no era Andrés: era Patricio. Lo volví a ver varias veces en Buenos Aires y, un par de años después, cuando fui a Santiago a cubrir las elecciones porque se iba Pinochet, me lo encontré en el aeropuerto. Era candidato a diputado.

Esta es una de las historias que con más claridad me quedaron grabadas en todos estos años de periodismo. Creo que porque fue allí, en esa casa pobre chilena, totalmente desbordada por los acontecimientos, que me pregunté por qué estaba allí y me contesté: porque soy periodista.

No fue una gran nota, ni siquiera fue buena. Pero la sobrecarga de adrenalina fue fuerte y me hizo advertir que podía soportarla. Después, con los años, fui chequeando: si en la calle hay griterío o se escucha algún disparo, y todo el mundo sale corriendo menos uno, es periodista. No se trata del simple gusto por el peligro, es otra cosa. Es una curiosidad malsana que nos lleva a tratar de ubicarnos en la primera fila para ver y escuchar mejor cualquier cosa que pase. Para después contarla.
Página/12


Una pregunta a Freud

13/05/06

Esta semana, el escritor peruano Mario Vargas Llosa opinó que "no hay que sobreestimar el indigenismo". Lo dijo mientras el boliviano Evo Morales no para de sobresaltar incluso a sus vecinos blancos, y mientras el peruano Ollanta Humala, a pesar de los bordes vidriosos de su figura pública y los desbordes homofóbicos de sus padres, disputará la presidencia del Perú en el ballottage del 4 de junio.

Aunque Europa pose sus ojos displicentes en la América latina aindiada que asoma detrás de esos nombres, esa mirada no logra arrancar de su cuajo la pregunta que esa misma Europa se hacía hace quinientos años: ¿los indios tienen alma?

La Europa cristiana, conquistadora, evangelizadora, se hacía esa pregunta mientras destruía civilizaciones enteras cuyo esplendor la dueña de esa misma mirada era incapaz de percibir. Europa no sabía percibir ni valorar ni asimilar las diferencias. ¿Los indios tenían alma, además de oro?, debatían los religiosos y los poderosos.

La pregunta interpelaba por el otro, por ese de piel de color, de costumbres raras, de lenguaje extraño. Cuando ya habían muerto millones, se concluyó que los indios eran seres humanos y que en consecuencia tenían alma, almas irrecuperables como los cuerpos derribados en minas y batallas, en una de las más extensas orgías de dominación que conoció la humanidad.

Hace una semana se cumplieron 150 años del nacimiento de Sigmund Freud, que poco tiene que ver con la conquista de América y con las pregunt