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La
chica de ruedas
Por Sandra Russo
Podría decirse, después de estar un par de horas leyendo la historia de vida
y las definiciones de Gabriela Michetti, que cuando Mauricio Macri inventó
el PRO, con sus famosos "equipos técnicos" de trabajo, puso una ficha en el
casillero correcto. Puede haberlo hecho incluso sin conciencia de que esa
ficha iba a empujar otra y ésta a otra, en un movimiento dominó que
culminaría el día en el que una funcionaria técnica de la Cancillería se
acercó a ese partido nuevo, y compró. Michetti, que admite entre risas que
la llaman "la chica de ruedas" y puede dar cátedra acerca de lo que implica
aceptar una realidad adversa y hacer algo nuevo con ella, concentra en su
imagen y en su discurso todo lo que Macri debe haber soñado alguna vez,
incluso sin ser consciente de soñarlo: Michetti es una líder carismática a
quien es inútil y eventualmente injusto disimularle la estatura. Viene de
fábrica con la obsesión de ser la mejor en todo, un accidente terrible no
hizo más que regar aquella obsesión, y ella no perdió un minuto desde
entonces. Michetti no toma aliento: no puede parar de ir por más.
En Laprida, el pueblo donde creció y donde también, años más tarde, se
accidentó, su padre "era el médico más prestigioso". Su madre, "la esposa
del médico, divina, un amor", y ella, la abanderada. Su CV indica que se
recibió de Licenciada en Relaciones Internacionales en la Universidad del
Salvador, y que siempre le sobró paño para manejarse en escenarios en los
que había que tener no sólo inteligencia sino también una formación concreta
y sólida. Si de solidez se trata, Michetti es una roca. Y tal vez ése sea el
mayor atractivo de su magnetismo, en estos tiempos en los que están tan en
boga los conceptos de sólido y líquido para discriminar entre tendencias y
fenómenos: Michetti es un cóctel de significados tan intensos, dueña de una
personalidad tan evidentemente sólida, que encandila a un electorado líquido
que si no fuera por ella no tendría dónde anclar sus expectativas. Es ella,
al lado de él, la que tranquiliza a parte de ese electorado. Es ella, con su
prueba superada de la silla de ruedas, la que habla hasta por los codos y
dice lo que los suyos esperan escuchar, la que construye espacio político. Y
la que deja dudas sobre qué hará con ese espacio, porque habría que ver qué
pensaría su maestro, Carlos Auyero, de tantos dones al servicio de un
proyecto liderado por Macri.
De familia católica y ella misma católica practicante, se entienden los
puntos en común que tiene Michetti con Elisa Carrió: además del amor a Dios,
las une el recelo a los Kirchner. Como Carrió, Michetti detesta "la
agresividad" no sólo de este gobierno, sino de "los políticos en general".
El "no responder a los agravios" de Macri debe haber sido un consejo de Michetti, quien por otra parte ha reconocido públicamente que
"a Mauricio le
cuesta expresarse". Es interesante observar en este punto a qué le llama Michetti
"agresividad", y preguntarse si su ambición no le ha hecho dejar en
suspenso algunos de los postulados de su vieja militancia democristiana. Por
ejemplo, cuando se le pregunta por los negocios de Franco Macri, y ella
contesta: "Lo que tengo es lo que Mauricio siente por él, evidentemente lo
quiere mucho a su padre, y las consideraciones que él hace respecto de que
su padre ha sido un empresario a quien injustamente no se le han valorado
muchísimas cosas buenas, como la generación de empleo y el tipo de trato de
los recursos humanos, cosas que mucha gente reconoce dentro del ambiente
industrial. También esa sensación de una persona controvertida a partir de
las vinculaciones con el Estado, que no necesariamente tienen que ser malas,
porque el Estado necesita hacer licitaciones y necesita de los empresarios".
Bien: en afirmaciones como ésta, lo sólido se derrite, la ideología aparece,
el rigor se ablanda, la chica de ruedas con currículum de lujo se permite
las simplificaciones más burdas y deja entrever que hay gente que no puede
parar de ir por más, como sea.
No descarta ser candidata a presidenta en el 2011, y tal vez lo sea. ¿Por
qué no? Nada queda fuera del alcance de esta mujer a quien cuesta mucho,
demasiado, imaginársela sin respuestas, sin optimismo, sin garra. Las
pezuñas las empezó a exhibir públicamente cuando comandó la maniobra
política para dejar fuera de juego a Aníbal Ibarra, por quien siente una
vieja aversión. Como su amiga Carrió, Michetti también habla de amor y buena
onda pero hay ocasiones en las que pierde los estribos y le asoma una bilis
ácida, una vocación de aplastamiento.
"En verdad, yo no siento que me tenga que definir así por donde en el
imaginario, la centroizquierda es la dueña exclusiva de la sensibilidad, los
derechos humanos y la gente pobre, y la derecha es el orden, la eficiencia",
ha dicho. De hecho, el PRO quiso hacerse "dueño" de la gente pobre en el
lanzamiento de campaña y salió mal. Pero los desalientos Michetti los
combate con fe, y su asesor espiritual es nada menos que el cardenal Jorge
Bergoglio, a quien ve "bastante habitualmente, cuando necesito conversar con
alguien que me imparta sabiduría". Se siente afortunada, Michetti, de tener
el "honor espectacular" de que Bergoglio le conceda entrevistas cada vez que
ella lo necesita. "Me encantaría verlo más seguido, pero tampoco lo quiero
molestar tanto", dice.
Cuando se accidentó, y su papá fue a verla a la clínica donde la habían
llevado, ella cuenta que le dijo: "No te preocupes, voy a ser feliz igual en
silla de ruedas". De hecho, en una de las páginas del sitio web del PRO hay
un artículo titulado: "Me dolió más mi divorcio que el accidente". Es que Michetti pertenece, a diferencia de Mauricio (¡y ni hablar de Franco!), a
esa clase media católica que se casa para toda la vida, pase lo que pase,
haya o no consenso. Mantener a flote un matrimonio depende de dos personas,
no de una sola. Pero de una sola persona sí depende revertir una desgracia
personal e imprimirle a una silla de ruedas un lustre supersónico, biónico y
pro.
Cuando llegó a la política, Michetti, después de nueve años de
rehabilitación, la abandonó. Eran pocos los progresos y demasiado el
esfuerzo, ha explicado. Y la verdad, Michetti descubrió otra forma de
avanzar, para la cual su silla de ruedas no es un impedimento. Ella tiene su
dream team y es un frente con López Murphy, Carrió y Lavagna. Dice que hoy
votaría por Carrió, claro. Sueña con ser la artífice de ese acercamiento.
Políticamente correcta, dueña de un poder de seducción nuevo a los ojos
masivos, Michetti en las entrevistas y personalmente es esa buena mina de la
que todas nos haríamos amigas. Irradia una fuerza de voluntad de un voltaje
increíble, y podría ser coronada ya mismo Reina de la Antiautocompasión.
Pero ideológicamente, porque mal que les pese a los del PRO todavía somos
muchos los que pensamos el mundo en términos ideológicos, y creemos que las
ideologías son las que desde el principio de la historia han sido la vara
que dividió muy pocos bienes entre muchísimas personas, haciendo de algunas
de ellas seres humanos y de otro montón pura basura, Michetti es líquida.
Hace agua cuando, por ejemplo, dice que "en la Argentina de hoy, para
construir se necesita tener un gobierno para generar gestión concreta". Como
si existiera alguna gestión concreta abstracta, cuyo resultado no sea un
costo o un beneficio. Como si se pudiera estar de los dos lados. Ahí la
sólida Michetti hace glu. (Página|12)

Ojo
con las nuevas palabras
16/06/07
Por Sandra Russo
Mauricio Macri no perdió intención de voto por negarse a debatir. El clásico
debate preelectoral en rigor no suele ser demasiado interesante, ni la gente
se interesa mucho en él. Si no, estarían en su búsqueda los canales de aire,
y no un canal de cable. Por lo demás, los analistas políticos coinciden en
que, si en algo influye un debate, esa influencia positiva o negativa
proviene de los gestos y/o actitudes de los panelistas, y no de sus
contenidos. Importan los gestos, la actitud. Los detalles: un saco cruzado,
un saco abierto, la cantidad de asesores de cada uno, la opinión de los
asesores al final... en fin, un plomazo.
Sin embargo, yo creo que no es porque los debates son poco interesantes que
Macri no perdió intención de voto. Una vez más, el candidato está a salvo de
lo políticamente previsible: su electorado no lee la declinación como una
falta de coraje o de seguridad en sí mismo, sino como un desplante. Yo creo
que todo esto hay que tomarlo con cuidado y con atención: se está poniendo
en juego no solamente un candidato inverosímil de acuerdo con los parámetros
de hace tres años, sino también un sistema completo de hacer política. Claro
que Macri es la nueva política. Vaya si lo es. No sirve restarle el mérito
de haber encontrado las grietas y haberlas perforado. Que Macri hable con
una papa en la boca o que represente los valores que muchísima gente que
vive en esta ciudad creía superados (la represión como método de
disciplinamiento urbano; el nulo interés en derechos humanos; su aversión a
las minorías sexuales; su asociación a los peores emergentes de los últimos
años, como Sobisch y Blumberg), no significa que este hombre no haya llevado
a cabo, ya, un cambio.
En el mundo vacío de contenidos ideológicos en el que proponen vivir Macri y
sus adherentes intelectuales, hay palabras que estaban latiendo en el aire y
que han sido cooptadas, reformuladas y vueltas a lanzar con una clara carga
ideológica de derecha, y no de cualquier derecha: se parece a esas campañas
llenas de globos y porristas de los republicanos, y renombra esas palabras,
operando como un conquistador del lenguaje.
Macri propone cambio y la gente vota cambio. Eso provoca un cambio. Es un
cambio bastante atroz, pero no deja de ser un cambio que una ciudad que se
enorgullecía, hace poco, de que sus pobres no fueran reprimidos, haya sido
penetrada hasta el tuétano por el discurso Hadad. Ese cambio ya se había
producido y Macri lo habilita.
Sobre la nueva política, ¿quién puede discutirlo? Claro que Macri está
haciendo una nueva política. No llegamos a purificar lo suficiente los
canales naturales de las dirigencias, aunque probablemente eso no sea
posible hasta que llegue el momento de que una nueva generación se abra su
espacio. Pero que una política sea nueva también podía implicarnos esto, un
viraje sombrío a la ilusión de la gestión aséptica, como si lo único que se
necesitara fuera la agilización de la burocracia.
¿Y la palabra "agresión"? ¿No merece más lecturas? ¿No es un poco
inquietante que en un país en el que siguen existiendo más de cuatrocientos
pibes apropiados que desconocen su identidad, esa palabra vire? ¿No
estaremos ante una voltereta terrible de la palabra "violencia", para
adjudicarla otra vez, una vez más, únicamente a la presión que llega desde
abajo?
Que Macri se niegue a hablar de ideología puede rescatarlo a él, pero de
ninguna manera va a impedir que se discuta ideología en las calles y en las
casas. Es cierto que gran parte del electorado de Macri se alivia con la
suspensión del debate y se alivia con el mutis político del candidato. Un
argentinismo total: esa parte del electorado prefiere que le mientan. Acaso
porque hay tanta gente así en este país es que tenemos tantos dirigentes que
nos mienten. Hay paño.
El PRO no da a conocer sus propuestas en materia de derechos humanos. Pero
ya sabemos que los vendedores ambulantes, las prostitutas, los cartoneros,
los piqueteros, los estudiantes, los sindicatos, en fin, todos aquellos que
quieran reclamar o trabajar en las calles serán sujetos indeseables que
perturbarán el tránsito y que serán reprimidos con tal de que no haya
embotellamientos. De alguna manera, pienso ahora, la victoria de Macri
implicaría el triunfo del automovilista sobre el manifestante. Releo la
oración y creo que puede ser leída por cualquier partidario de Macri como un
slogan de campaña.
A esa campaña la están respaldando algunos intelectuales con reflexiones más
pueriles que las se podrían leer en el Reader’s Digest. Esta semana me llegó
un texto de Alejandro Rozitchner, que él publicó en su blog y que lleva por
título "Diez razones para votar a Macri". Por ejemplo, dice que "la gestión
pública tiene que ser abordada con un criterio de gestión (la búsqueda
efectiva del bienestar y crecimiento) y no con el de la ideología (la lucha
contra los opresores y el rechazo de la supuesta barbarie capitalista)".
Guau: la barbarie capitalista todavía no está demostrada. El filósofo
también escribe que "la ideología es el refugio de los incapaces (o aun
peor, en muchos casos, la coartada de los corruptos)". ¡Guau! ¿Eso sólo era
la ideología? Haberlo sabido, en un país en el que todavía hay 500 pibes
cuyos padres fueron asesinados y que no saben quiénes son. Y sigue: "...la
derecha no existe, es un término con el que la izquierda intenta correr a
los que no se suman a su visión retrasada del mundo". ¡¡Guau!! ¡La derecha
no existe! Entonces Rozitchner tampoco. (Página|12)
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Truman Show
05/06/07
Por Sandra Russo
Macri representa, para sus votantes, la "nueva política", tal como él se ha
encargado de decir una y otra vez.
¿Cómo podría pensarse una "nueva política" que le entrara a la gente no sólo por
la cabeza, sino también por los ojos y sus otros sentidos, una vez entendidas
dos premisas básicas? (Una: después del 2001, cualquier cosa que pareciera nueva
tenía chances; dos: la Capital es gorila.)
Al modo de Truman Show, Macri montó el Universo Pro, y en ese sentido,
empezó a hacer política de una manera nueva. Eso no se lo puede negar nadie.
Y si vamos a desencriptar el fenómeno conviene ir apuntando sus hallazgos.
Ese invento de una ciudad PRO tocó el imaginario utópico y casi vulgarmente publicitario de un mundo en el que la gente se saluda cordialmente, se da las gracias, los jóvenes se pelean por dejarle el asiento del colectivo a una anciana, los niños se lavan los dientes solos, los empleados públicos sonríen, las mucamas uniformadas bailan en las veredas como en una propaganda de jabón en polvo, los mozos vienen apenas uno se sienta a la mesa, los patovicas son cariñosos con los pibes y los pedos de los bebés no tienen olor.
El mundo PRO es un mundo sin conflictos. Eso es lo que tiene el mundo PRO de
Truman Show: en ambos casos, se trata de películas.
La vida es frustrante para casi todo el mundo, y en general hay que esforzarse
por todo: por el asiento, por el saludo, por el buen trato. Eso sucede porque,
para la mayoría de las personas, ganarse la vida incluye responsabilidades y
vivimos en un país que no nos ofrece descanso, ni nos saluda cordial, ni nos
trata bien. Un país rico con muy pocos ricos y millones de pobres. Eso es la
realidad. Debería importarnos cómo modificar la realidad para que una ráfaga de
horizontalidad nos toque, y los escenarios cambien, y todo se acomode aunque sea
un milímetro más cerca de lo que creemos justo.
Pero en el universo PRO los conflictos han muerto. No hay rabia, ni
resentimiento, ni mal humor allí. La alegría es PRO. La diversión es PRO. Ya fue
escrito hace muchos años por Roland Barthes: "La derecha se reserva el derecho
al placer, mientras la izquierda se queda con la queja". Macri ha hecho un
increíble uso de ese derecho al placer en el que se desliza como un surfista:
logró que una aplastante mayoría votara esa opción de "nueva política"
plastificada, capitalizó el deseo legítimo de decenas de miles de personas que
quieren vivir mejor.
Desde la tipografía del logo hasta la maravillosa coreografía espontánea que
bailaron Macri y Michetti, él haciendo girar en el escenario la silla de ruedas
de ella, una escena absolutamente PRO. No lo escribo con cinismo. Algo de esa
escena, de alegría que traspasa los límites personales, empujó la andanada de
votos.
Claro que cuando uno madura y ve claramente que un mundo sin conflictos puede
ser deseable, pero que eso es imposible en la realidad, porque la vida en
sociedad es una puja por intereses, y hay que bajarse del limbo y comprender que
la política no está hecha para administrar saludos sino recursos, ese Truman
Show no lo seduce.
La "nueva política" viene con nuevos sapos. (Página|12)

Las
lecturas del ex delfín
04/06/07
Por Sandra Russo
Internándose horas en el pasado de Mauricio Macri que se filtra en la red,
uno advierte que este hombre flaco, sobrio, que modula el castellano como si
fuera un dialecto, juega fuerte. Este hombre que acaba de seducir a una
mayoría porteña juega fuerte pero lleva incorporado un chip de clase que lo
mantiene relajado y lo dispensa de la inteligencia. Macri pocas veces ha
dicho algo inteligente. Lo suyo ha sido operar sobre la realidad
aprovechando cada grieta que le dejaban abierta. Su máxima hazaña personal
probablemente haya sido sacarse de encima el título de cuasi-nobleza de
"delfín de Franco". En eso ha invertido al menos la mitad de su vida, en
romper el viscoso cordón umbilical que une a los hijos varones con sus
padres.
Nació en Tandil, egresó del Cardenal Newman y se recibió de ingeniero en la
UCA. Fue, casi en su primera juventud, un chico rico colocado por su padre
en directorios de empresas gigantescas, casi ininteligibles para cualquiera
que mire de afuera, como el 99,9 por ciento de la gente, ese mundo opaco de
las corporaciones y los holdings.
Mientras Mauricio Macri no era noticia al estilo Hola y no aparecía en notas
de sociales porque era un hombre casado y con tres hijos que dedicaba la
mayor parte de su tiempo a las empresas de Socma Americana, y más tarde a la
presidencia de la automotriz Sevel, Franco, el padre, era el que resistía en
su puesto de galán maduro y arrasaba con cuanta fruta fresca le apareciera a
mano en la frutera.
Franco fue un padre que nunca capituló ni entregó el trono. No lo iba a
hacer. El hijo decidió jugar fuerte, pero en otro deporte. Y se lanzó a la
presidencia.
La vida pública argentina tuvo que admitir que el delfín de Franco tenía
otros planes cuando en 1995 tuvo éxito en lo que fue su primera iniciativa
personal, su primera aventura fuera del ghetto de Barrio Parque: la
presidencia de Boca. ¿Qué había pasado por la cabeza de ese heredero de
riqueza acumulada en pocos años y respaldada por las políticas económicas
que instrumentó el golpe de Estado del ’76, al que Franco Macri, como todo
el gran empresariado nacional, apoyó sin restricciones?
La situación límite
El 24 de agosto de 1991, Mauricio Macri fue secuestrado y estuvo quince días
como rehén de "la banda de los comisarios". Nadie mejor que él, después de
esa experiencia a la que no suele apelar, para adherir con una inevitable
cuota de cinismo a los postulados pueriles de Juan Carlos Blumberg cuando
argumenta sobre la inseguridad. A Macri, que ya le expropió el apellido a su
padre y carga sobre sus espaldas con el liderazgo público del clan, no lo
secuestraron lúmpenes marginados, como a Axel Blumberg. Lo secuestraron
policías que le hicieron pagar un peaje de riqueza. En el universo de
Blumberg, los policías deben aplicar mano dura con los delincuentes. En el
universo de Macri ya está claro que los policías y los delincuentes forman
parte de la población sacrificable en la aplicación de un modelo.
En ese sótano del barrio de Boedo donde padeció la incertidumbre y la
amenaza de los secuestradores, Macri probablemente haya tenido el primer y
estremecedor contacto con gente que no pertenecía al mundo de los colegios y
las universidades privadas, ni a ninguna crema de ninguna especie.
Encadenado a la cama, despersonalizado en el pijama que le habían puesto en
lugar del traje con el que había sido secuestrado, Macri vivió ese infierno,
del que lo liberó su padre pagando más de setecientos mil dólares. Aun
recién salido de la pesadilla, sus declaraciones del momento incluyeron un
latiguillo del Falso Light, que es el estilo que lo caracteriza. Cuando lo
dejaron ir, describió: "Sé que estaba atrás del autódromo. Vi una luz lejos
y empecé a correr sin parar hasta que llegué ahí, subí a un colectivo, un
lugar adonde hubiese gente para bajar, no quería estar más solo. Realmente,
uno queda un poco cucú".
Como lo que no mata fortalece, y ésta debería ser una frase PRO, Macri
elaboró su secuestro como pudo, haciendo terapia, aunque ha confesado que a
lo largo de diez años de análisis habló de muchas cosas pero muy poco de
aquellos 15 días de oscuridad. No debe ser el mismo tipo de trauma el que
ataca a una persona cualquiera ante esa situación. (Página|12)

Inclusión
o expulsión
01/06/07
Por Sandra Russo
Me gustaría retomar, ya sin hablar de ningún candidato, el tema que abordé
en otra contratapa, esta semana. Es extraño, aunque tiene una explicación
sencilla, que el tema del conurbano casi no haya aparecido como tema de
campaña. El conurbano le crea problemas y dilemas a la ciudad de Buenos
Aires. En rigor, algunos de los problemas y algunos de los dilemas más
inquietantes. El desborde de pobres e indigentes del conurbano irrita a los
porteños. Por lo menos, a los que engrosarán el porcentaje del candidato que
según las encuestas será el más votado. Ese sector está engrosado con los
taxistas prototípicos cuyas mentes formatea Radio 10, y esa clase media baja
que desde el principio de la argentinidad lucha por unir su suerte a la
clase alta, en lugar de advertir que el menemato, mientras ellos se
distraían con paraguas rusos y mermeladas húngaras, unió su destino a los
pobres.
Es de antiguo que la clase alta provoca fascinación en amplios sectores que
han sido sucesivamente apaleados. En este país que no tiene nobleza, lo más
parecido a un noble es alguien con más de seis o siete generaciones
argentinas. La gente con la que trabajamos, nuestros amigos, los compañeros
de nuestros hijos, suelen ser argentinos de tercera o cuarta generación.
Vientos de Agua, esa fabulosa miniserie de Juan José Campanella, puso en
acción aquella construcción de una nacionalidad, partiendo de un punto
decisivo y a mi juicio genial: el primer capítulo fue subtitulado, porque
transcurría en una oscura mina de Asturias. Se hablaba un dialecto. Abrir la
dimensión del relato a la época inmediatamente anterior a que nuestros
abuelos se subieran a los barcos permitió incluir un elemento de juicio
central para analizar lo argentino. No sólo venimos de otra parte: venimos
de otra lengua.
Cada cual con su historia, sabrá qué muletillas familiares se salvaron de la
sobreadaptación a la que fueron expuestos esos millones de hombres y mujeres
que escapaban de la guerra y el hambre. Por un lado, ese venir de otra
lengua explica un poco nuestra manía de malentendernos. Nuestra gestualidad
exagerada y nuestra tendencia a ponernos de acuerdo sólo entre pocos, quizá
provenga de una dificultad relacionada con nuestra primera frustración como
argentinos: no había una lengua madre, y lingüísticamente no somos hermanos.
En filosofía, hay quienes sostienen que la condición humana sólo alcanza la
generosidad o la solidaridad cuando logra sobreponerse, a través de un
esfuerzo intelectual, al impulso de ser hostil al otro. La hostilidad sería
lo que nos viene dado. La hospitalidad es hija de una creencia. Que todos
los hombres, mujeres y niños tengan los mismos y exactos derechos ante la
ley, y las mismas oportunidades de sobrevivir es una creencia a la que uno
puede adherir, o no.
En política, ahora que las categorías de derecha y de izquierda son
simplistas, podría pensarse que un nuevo dique separador de aguas es la
creencia o la no creencia en que todos los hombres, mujeres y niños, sólo
por haber nacido, son portadores del derecho a la dignidad humana. Después
vendrán los matices sobre cómo operar sobre la realidad para que eso suceda.
Trotskistas y peronistas, por ejemplo, pueden compartir esta creencia, pero
se dan de patadas a la hora de elaborar estrategias para alcanzar un
objetivo. No tienen nada que ver, claro que no tienen nada que ver, pero yo
creo, al menos, que una buena persona trotskista y una buena persona
peronista compartirían la idea de que todos, hayamos nacido en la clase que
fuere, tenemos el mismo derecho a una vida respetuosa y respetable.
Lo que aparece como un dato estremecedor es que vivimos en una ciudad en la
que la mayoría de la gente no comparte esa creencia. No lo dicen
públicamente, y hasta es posible que tampoco lo digan privadamente, pero no
creen que ese cartonero que les hincha las pelotas porque tiene la parada en
el frente de su casa tiene los mismos derechos que sus propios hijos. No se
les ocurre pensar en los hijos de ese cartonero. No los incomoda el confort
de su casa sabiendo que ahí nomás hay gente que tiene frío y que tiene
hambre.
Se piensa más en la suciedad de las veredas de Buenos Aires que en el motivo
real de esa suciedad, esto es: que a pocos kilómetros haya un ejército de
hambrientos que debe revolver sobras cada noche.
En estos tiempos en los que la política carga con la mala prensa que le han
hecho los que cada cual a su turno hacen política para seguir haciendo
dinero, en estos tiempos en los que siguen desfilando por la pasarela
algunos tipos impresentables, en los que todos hemos sido mentalmente
licuados por los ’90, me pregunto, viviendo en Buenos Aires, si quiero vivir
en una ciudad inclusiva o expulsiva con los débiles. Yo creo que es una
pregunta central, éticamente central, y políticamente relevante.
La política es pura escoria si no tiene una zanahoria dorada por delante. Y
si algún anhelo político debería ser compartido para sentir entre muchos que
alguna épica es posible, es la de votar en Buenos Aires pensando en Buenos
Aires pero también en esas miles de personas que nos visitan a diario. ¿Los
incluimos en nuestras preocupaciones? ¿O los expulsamos y nos deshacemos de
nuestra responsabilidad con ellos?
Todo lo interesante termina siendo siempre un tema de conciencia. (Página|12)

Macri
y los franceses
31/05/07
Por Sandra Russo
De golpe me pareció que la Capital es Francia votando a Sarkozy, ese ex
ministro del Interior que ganó las elecciones de un país que pese a sus
buenos modales, su extensa cultura y su refinamiento, o acaso precisamente
por todo eso, porque la cultura a veces es liberadora y otras veces
encarceladora, no quiere negros.
Casi todas las encuestas dan a Macri primero. El devenir de los
acontecimientos y la sedimentación de datos en eso que se llama opinión
pública es tan vertiginoso que no permite la comprensión de algunos
fenómenos. O por lo menos, no permite la mirada límpida sobre esos fenómenos
que, como en este caso, encubren otro tipo de miseria; no la de los
miserables que cargan con sus harapos, sino la de muchísimos Señores López
que llevan vidas centradas en sus expensas, en sus tardes de shopping, en
sus autos nuevos, en sus veredas manchadas de pobres.
¿Macri Mauricio jefe de Gobierno de esta ciudad? Oops, ¿qué está pasando?
¿Ese tipo que no pisa el barro y se sube a un cajón de manzanas será el
elegido por un electorado que quiere una ciudad sin baches? ¿De qué
preocupaciones sociales y éticas se hace cargo un electorado que se inclina
por un hijo de rico que es rico y que a duras penas ha controlado en los
últimos tiempos la verbalización de sus verdaderos pensamientos? La gente en
campaña no dice lo que piensa. Eso lo sabe cualquier mayor de doce años.
En campaña, el propio Sarkozy moderó su ánimo xenófobo. Francia votó a ese
Sarkozy moderado, pero todo fue una fantochada: Francia no votó moderación,
sino mano dura con los negros. Sarkozy es el mismo Sarkozy que anhelaba,
meses antes, una Francia pura, preparada para repeler negros extranjeros
provenientes de países de mierda. Eso votó Francia. La moderación de campaña
siempre es mentira. La gente vota recordando. La gente vota un carácter. Los
franceses votaron a un tipo que los protegerá, de la manera que sea
necesaria, aun con la fuerza, de la invasión de negros.
La Capital Federal tiene un diez por ciento de pobres y un dos por ciento de
indigentes. Los negros vienen de otra parte. En lugar de venir de Pakistán o
de Angola vienen de González Catán o La Matanza. Vienen del conurbano, donde
se apiñan, donde se multiplican, donde sobreviven. Vienen a cartonear o a
atenderse en los hospitales públicos. Vienen a cirujear, a vender porquerías
en los semáforos o en el mejor de los casos a hacer changas irregulares en
construcción o servicio doméstico.
¿Cuál es la manera más honesta de pensar la Capital? ¿La Capital para los
porteños o la Capital para los porteños y los desharrapados que llegan en los
trenes todos los días a ver si juntan sus monedas? Incluso en el lanzamiento de
su campaña, bochornosamente planeada entre pobres, Macri no pudo sortear su
propio carácter repelente, y puso en escena a una niña a la que después,
reflexionando, dijo que le hubiese tenido que decir "retirate".
Humildemente, no creo que se pueda pensar esta Capital sólo para los
porteños. Eso es una ilusión, una mentira y una mezquindad ética. Esta
Capital no les pertenece sólo a los porteños, como Francia no les pertenece
sólo a los franceses. La inercia de esta época hace necesario pensar los
lugares, todos los lugares, como espacios de tránsito a los que llegan
todos, absolutamente todos los que necesitan llegar, si en sus propios
lugares la vida resulta insoportable. La globalización, y la
microglobalización entre la Capital y el conurbano nos obliga, nos guste o
no, a hacernos cargo de nuestras decisiones ciudadanas teniendo en cuenta
que no hay otra alternativa que buscar soluciones que incluyan ese tránsito.
Macri ha querido, por épocas, reprimir a los piqueteros y detener a los
cartoneros. Esas cosas no se dicen en campaña, pero si el voto popular lo
elige, estará eligiendo esa derecha que no quiere mugre a la vista. Todo lo
demás se desprende de eso: ése es el carácter reaccionario que seduce a los
porteños que van a votarlo. Un carácter sarkoziano que incluye fantasías de
expulsión, deportación, mano dura, reafirmación de una identidad construida
con blazers de alpaca peruana y tapaditos Marilú. Un carácter Barrio Norte o
Palermo Chico o Barrio Parque que actúe como un filtro para tanta negrada
que afea el paisaje. Los slogans de campaña son galletitas para monos.
La Capital está a punto de dar un examen de ética con el débil. Si las encuestas
no mienten, seremos afrancesados, pero en la forma más vil del ser francés.
(Página|12)
19/05/07
Por Sandra Russo
La vida es amable y fácil sólo para los demás. Cuando se trata de uno, las
cosas suelen ser bastante complicadas. Los demás, algunos de los demás,
disfrutan. Uno los ve en la calle, en el barrio o en las revistas. Disfrutan
del auto nuevo si es que se han comprado uno, o de un amor imprevisto, si es
que se han enamorado y son correspondidos, o de una buena sopa casera
charlando con la pareja, mientras los niños alborotan la casa. Este último
ejemplo, este último verbo, mejor dicho, ilustra perfectamente lo que quiero
decir: los niños de algunos de los demás alborotan la casa, mientras los
hijos de uno hinchan las pelotas. Perdón por el término, pero no es
reemplazable.
Así son las cosas cuando todo va sobre rieles. Es un desliz de la propia
cabeza creer que la vida es amable y fácil sólo para los demás. Es que todos
estamos un poco agobiados, ¿no?. Sobrecargados. Con muchos frentes abiertos
a la vez. Los demás, al menos algunos... uno los ve, en su miopía de
cansancio, en tránsito hacia algún estado bienhechor, hacia algún limbo que
los libere por un rato, una noche, de todo lo que hay que hacer. Quiero
decir: aunque uno lidie con sus obstáculos personales, en épocas normales
uno guarda la sospecha de que para algunos las cosas son más lindas, y
también guarda la esperanza de que sean lindas para uno.
Pero cuando todo colapsa, como parece estar sucediendo en Buenos Aires, ese
marco mental que nos sostiene aun cuando alguien tenga un trabajo de catorce
horas, aun cuando la plata que gana no alcance para apropiarse de nada
exclusivamente placentero, aun cuando un viaje largo e incómodo de regreso
al hogar haga prever un ánimo exasperado que le impida admirar el último
dibujo del hijo menor, esa sospecha del bienestar ajeno y esa esperanza en
el bienestar propio también colapsan.
Cuando los horarios de los trenes de Constitución son suspendidos como casi
siempre y los pasajeros pobres no son tratados como clientes de líneas
aéreas, como señores pasajeros, sino ignorados como ganado de matadero, no
debería suceder nada, porque el maltrato en la línea Roca es estructural. La
concesión incluía el maltrato que el Estado le había dedicado siempre a la
zona sur. Si se buscan ejemplos de cómo están divididas la ciudad y sus
alrededores, los trenes son el ejemplo perfecto. No debería pasar nada,
digo, porque el maltrato es ordinario. Pero en un determinado momento,
imposible de prever pero perfectamente olfateable, unos y otros se miran en
el andén y se dicen las cosas que sienten, y ahí cae la sospecha del
bienestar ajeno y la esperanza en el bienestar propio. Extraordinariamente,
la gente comparte su hartazgo y su rabia. Y eso provoca fuego.
El viaje en subte en horas pico, por otra parte, que es la mejor de todas
las opciones para atravesar esta ciudad colapsada, es en sí mismo una
pesadilla. Nadie que baje a un subterráneo en hora pico lo hará sin estar
preparándose, al mismo tiempo, para pasar un rato de ahogo, sofoco,
apretujones, mal olor, patadas, pisotones, cabezazos, a los que puede
sumarse un imprevisto corte de luz o desperfecto técnico, y en eso nadie
quiere pensar porque si lo hiciera no podría viajar: la mayoría de los
usuarios del subte hace un ejercicio mental para evitar pensar lo que es
probable que le pase. Pero aun así, no hay nada peor que el no viaje en
subte. No hay nada peor que una redistribución abrupta y sorpresiva de los
pasajeros de subte en colectivos y taxis. Una sensación de estupor y caos
recorre la ciudad. Y eso genera la materia prima de un desencanto colectivo:
allí también está muriendo la sospecha de un bienestar ajeno y la esperanza
en el bienestar propio: el colapso es primero el colapso de esa sospecha y
de esa esperanza.
Buenos Aires es hoy una ciudad llena de trampas y obstáculos que les hacen
la vida imposible a sus habitantes. A la ciudad magnífica que recorren los
turistas y que todos amamos, esa ciudad de marcas de carácter fuerte,
diversa, estilizada, se le superpone otra Buenos Aires, de una hostilidad
creciente, de una agresividad que late en el pulso cotidiano.
¿Por qué no se habla del colapso? En la construcción, en las calles, en la
limpieza, en el transporte público, en el tránsito, en la vivienda. ¿Por qué
si estamos por votar un nuevo jefe de Gobierno no se habla de colapso? ¿Por
qué la política no enuncia con la palabra apropiada la sensación colectiva
de estar a un paso de un desborde?
Es tarea de la política devolverle a la gente la sospecha del bienestar
ajeno y la esperanza en el bienestar propio. Son sensaciones ontológicas que
sólo pueden germinar en un marco general con garantías mínimas. La política,
en su forma más amplia, debería ocuparse de apagar ya esas llamas
imaginarias que enciende el desencanto. Todos sabemos que estamos
colapsando. Queremos saber también qué vamos a hacer con esto.
(Página|12)

Sandra
Russo presento "Erotika. Crónica de mis viajes por tí"
Variaciones sobre el objeto de deseo
La escritora y periodista de (Página|12) definió como "instantáneas
arrebatadas" los textos breves de su flamante libro.
Por Silvina Friera
"Localidades agotadas." Aunque los organizadores no habían colocado el
cartel –quizá más acorde con el mundo del teatro–, no dejaban ingresar a
nadie. Y hasta se formó una cola en la sala Alfonsina Storni con mujeres que
pedían que al menos abrieran las puertas para escuchar desde la entrada. Y
sus chicas, sus lectoras, lo consiguieron. Sandra Russo presentó Erótika.
Crónica de mis viajes por ti (V&R) –lanzado simultáneamente en la Argentina,
México, Brasil y España– con la editora Lidia María Riba, los periodistas
Jorge Dorio y Ernesto Tenembaum, y el actor Boy Olmi, compañero de
conducción junto a la autora del programa Dejámelo pensar, que se emite de
lunes a viernes a las 16 por Canal 7. El libro, apelando a una prosa audaz,
pone en jaque la cuestión del género. Estos textos breves, "instantáneas
arrebatadas", según Russo, pueden ser leídos como crónicas, prosas poéticas
o microrrelatos eróticos-amorosos. "Quería explorar un territorio virgen,
teniendo conciencia de eso", planteó la columnista de (Página|12). "Como
editora, doy fe de que le salió y que no es virgen, el territorio", bromeó
Riba.
Olmi planteó que el libro de Russo no es sólo erótico por la sensorialidad
que ella despliega en los textos. "Me parece un gran libro de amor", opinó
el actor. "Bienvenidos a nosotros como objetos de deseo, si es así. Me
provocó el deseo de seguir adelante, de ver hasta dónde va a llegar –comentó
Olmi–. Se nota que ha investigado profundamente el cuerpo de los hombres,
pero también sus propias percepciones. Hay un asombro que está relacionado
con lo que los maestros de teatro nos enseñan a los actores, que se ve
también en los niños." Olmi agregó que, como en la buena literatura, "uno se
siente identificado con lo que lee", y concluyó observando que en la prosa
de Russo, "tan erótica, amorosa, profunda y bella", se integran el yin y el
yang.
"Tengo una ventaja con Boy Olmi, y es que no la veo a Sandra todos los días,
pero nos conocemos íntimamente hace mucho y pudimos transformar un error en
una amistad verdadera", confesó Dorio, y los panelistas y el público
festejaron la ironía del periodista. "El libro es fruto de una mirada
personal y está hecho con la generosidad de ser compartido con otras mujeres
y recibido, con recelo, por los hombres. Hay mucha autobiografía en el libro
y puedo dar varios nombres", amenazó Dorio. "Quiero los nombres", le pidió
Tenembaum. Dorio precisó que el núcleo de Erótika es una frase de amor: "Voy
a estar a la altura de tu fragilidad", del texto Tu espalda. "Cuando leo el
libro de Sandra me aparece la imagen de ese bello libro de Kawataba, La casa
de las bellas durmientes", subrayó el periodista.
"Qué lío hablar de esto. No entiendo un carajo, pero no tuve el coraje de
decirle que no, y estoy acá porque la quiero mucho a Sandra", se sinceró
Tenembaum. "Hay una primera y una segunda Sandra Russo, la de Arquetipas y
la de Erótika, que son complementarias, algo así como la otra cara de la
misma moneda –comparó Tenembaum–. Pero una y otra me rompen soberanamente
las pelotas." El periodista recordó que en Arquetipas ella se ensaña con
todos los novios que ha tenido, los que ha querido tener y no tuvo, "con una
mirada ácida, intolerante, es decir, justa". Pero para Tenembaum, Erótika es
todo lo contrario. "Es más ofensivo aún, porque si en el primer caso yo
puedo decir que no soy ninguno de esos tipos, en este nunca voy a poder ser
esos", bromeó. Para que se comprendiera su "desánimo", leyó Tus nalgas: "Un
hombre semidesnudo, de espaldas, con una camiseta colorada y el culo al
aire, exprimiendo naranjas en una cocina. Esa es la primera imagen que tuve
de tus nalgas, la primera mañana que me desperté en tu casa. Pasaste la
prueba, querido: sólo algunos pueden salir airosos de una escena como ésa.
Yo la recuerdo irreprochable. Es más: fue entonces cuando advertí las
múltiples posibilidades de tu belleza". Tenembaum añadió: "Si de algo
carezco, es de nalgas". Y para que no quedaran dudas, recordó el final de
otro texto: "Tus manos no solamente me tocan: me dan forma". "La verdad es
que uno después de leer eso se siente un minusválido", admitió el
periodista.
Tenembaum señaló que en los textos de Russo se despliega la idea de que
todos somos imperfectos con la ironía de la búsqueda de la perfección.
"Ojalá hubiera más periodistas que escribieran con ese humor; la prosa de
Sandra plantea rupturas y transmite placer", concluyó.
Fuente: (Página|12, 07/05/07)

Alumnos
09/04/07
En su búsqueda ética y estética, el fotógrafo brasileño Sebastián Salgado
recorrió el mundo, en especial sus arrabales, buscando vestigios del trabajo
humano en vías de extinción. Retrató a mineros, recolectores, campesinos,
buscadores de oro, hombres y mujeres rozando el límite de la experiencia del
trabajo, y retratándolos también hizo un retrato del mundo en el que
vivimos: una esfera recubierta, de un lado, de terminaciones espejadas y
netas, llena de chips y datos que viajan en el espacio, y herida, del otro
lado, profundamente herida, la esfera y sus habitantes, hombres monos,
hombres elefantes, hombres araña, hombres bichos que buscan su supervivencia
metiendo la cabeza en todo tipo de cloacas.
Uno de los últimos ensayos fotográficos de Salgado recoge imágenes de niños
en escuelas. Los niños de la parte enlodada del mundo. El ensayo apunta a
retratar, esta vez, el origen de la inequidad. Pero ahí los vemos. Niños de
la India sentados en sillas rotas y con las manos sucias sosteniendo un
lápiz. Niños de Irak en un aula bombardeada. Niños de Sudán apoyando en sus
piernas largas y desnutridas algún libro fotocopiado. Niños de países
pobres, en fin, sosteniendo de diversas maneras la esperanza de aprender
algo que los rescate de las fauces de la ignorancia y la pobreza, que son
hermanas gemelas, siamesas perversas.
¿Qué es lo que mantiene a la educación como un hito respetado y preservado
aun allí donde han caído otras banderas y otras luchas? ¿Qué saber ancestral
hace que padres y madres que viven vidas miserables desplacen sus reservas
de ilusión hacia sus hijos, y los embarquen en la aventura de la
escolaridad?
Hoy los ojos argentinos están fijos en Neuquén. Mataron a un maestro. Sus
colegas, sus compañeros, sus familiares, sus amigos, sus vecinos, mucha
gente protesta en Neuquén. En todo el país se multiplican los gestos de
solidaridad y acompañamiento por el asesinato de Carlos Fuentealba, cuya
vida interrumpida por un cartucho policial no parece distraer al gobernador
Sobisch de su candidatura presidencial, ya que sobre eso habló en el fin de
semana. Minimizó el crimen: había que despejar la ruta.
Me vino a la cabeza el trabajo de Salgado, y me pregunté por los alumnos de
Carlos Fuentealba. Si yo fuera Salgado, iría a Neuquén y retrataría a cada
uno de esos chicos. Si tuviera el talento de Salgado, lo usaría para que en
esos retratos fuera visible la ausencia del maestro. ¿Qué sueños acompañaba
Fuentealba? ¿Qué lección marcará a fuego esas aulas en las que los hijos de
los pobres intentan todos los días quebrar el destino que tienen reservado?
¿Qué tipo de extraña melancolía se adhiere a esos chicos, como a los otros
chicos que retrató Salgado? ¿Cómo se reflejará en sus miradas el asombro
infinito por el asesinato del maestro? El crimen de Fuentealba viene a decir
una vez más que la escuela, para algunos espíritus obstinados, sigue siendo
una trinchera de resistencia contra el peor de los poderes: el que no sólo
empobrece, sino que para empobrecer ennegrece las mentes. Fuentealba, como
los buenos maestros, era un rescatador de mentes. (Página|12)
07/04/07
El crimen de Carlos Fuentealba no podría haber sido más elocuente: el balazo
en la nuca resume con su estruendo el desprecio por la vida que sudan las
políticas de Estado represivas con las protestas sociales. Lo de Neuquén
fue, antes que nada, un ejemplo de lo que puede suceder (y no tarda en
suceder) cuando un Estado, en este caso provincial, decide usar las fuerzas
policiales para reprimir una demanda social. Después viene el contexto, la
historia del conflicto docente, las internas en la Ctera, el historial de
Sobisch, que se vende en la Capital como promotor de una derecha eficiente,
un adjetivo que se pega al sustantivo casi por inercia: ¿para qué son
eficientes las derechas? ¿Qué tipo de eficiencia están prometiendo? ¿Cuál es
el precio de esa eficiencia? ¿Cuál es el límite? ¿Al servicio de quiénes se
pone la eficiencia? Se contestará: del orden. Ya sabemos lo sensible que es
la gente como Juan Carlos Blumberg o Mauricio Macri cuando el orden se
altera. Es como si se les hubiese filtrado una piedra en el zapato. El orden
alterado los irrita, y es más, hasta se sienten llamados a "interpretar" a
una parte de la sociedad que "quiere vivir mejor".
"Así no se puede seguir", han dicho todos ellos una y otra vez cuando el
orden estaba interrumpido por alguna cuestión que implicaba los derechos
vulnerados de un sector. Estudiantes, ambientalistas, militantes,
piqueteros, trabajadores, cartoneros, gremios movilizados, todo aquello que
el radar de la derecha sintoniza como "perturbación del orden" parece
merecer "decisión política", "coraje" o "valentía". La valentía o el coraje,
se sabe, de tomar medidas impopulares. A eso debe dirigirse la "decisión
política": a operar en el sentido inverso a lo que la derecha llama "populismo". Para la derecha, cuyos interlocutores son pocos y poderosos,
pero están amplificados por los discursos que la misma derecha propala en
forma del sentido común del taxista argentino, hay que "atreverse" a
reprimir.
Sobisch se atrevió. Y un maestro fue acribillado de un balazo en la nuca.
Ese maestro que hoy sabemos que se llamaba Carlos Fuentealba hasta su muerte
no era nadie para la derecha. Era un maestro, nadie. Podría haber sido un
estudiante, nadie. O un piquetero, nadie. Los hombres y las mujeres reales,
de carne y hueso, con nombre y apellido, que integran las protestas sociales
para la derecha no son personas cuyas vidas el Estado debe preservar. En
tanto luchadores sociales, actores sociales ejerciendo su derecho al
reclamo, esos miles y miles de argentinos para la derecha no son nadie: son,
en todo caso, parte de la masa crítica que hay que repeler. Resuena la voz
del patrón de estancia: a estos morochitos va a haber que hacerlos
escarmentar. Acá no me vengan con cortes de ruta ni puentes. Háganlos cagar.
Para la derecha, los hombres y las mujeres en tanto ciudadanos y actuando
colectivamente no son exactamente hombres y mujeres, sino más bien una
fuerza que hay que derrotar.
Después ellos hacen marchas pidiendo seguridad, y se declaran a favor de la
vida en varios órdenes confusos: se sabe que el feto en el vientre de la
mujer es sagrado, que está bendecido por el toque mágico de la vida. Pero la
derecha saca la foto de ese feto. Respeta más al feto que al niño. Abandona
al niño ya nacido a su propia y errática suerte, hambreándolo y robándole la
frente alta de sus padres.
Es que la derecha defiende la vida de "los particulares". Como si fuera una
compañía de seguros, defiende la vida y la propiedad privada de "los
particulares". Algo particular en tanto privado. En tanto no público. Algo
particular en tanto racionado como un bien escaso para algunos. "Los
particulares", esos artificios de la burocracia capitalista, son los
verdaderos acreedores del derecho a la vida.
Los otros, los que marchan juntos en la manada, los que obstaculizan medidas
o ajustes, los que piden por su parte no son particulares. Quedan abolidos
de ese rango porque violan la principal premisa del "particular": accionan
políticamente. Para la derecha, la política es un privilegio de los
políticos.
Carlos Fuentealba estaba haciendo política gremial. Era dueño de una
historia personal admirable. Alguien que había cumplido un sueño contra la
adversidad. No era una adversidad personal ni familiar la de Carlos
Fuentealba. Era una adversidad social. La pobreza es una adversidad social.
Trabajar toda una vida como administrativo de la Uocra para estudiar mientas
tanto y recibirse de maestro a los 38 años es un ejemplo de dignidad ante el
que caen las palabras.
Pero hasta que su nuca fue el blanco de un disparo policial, Carlos
Fuentealba no era para el Estado provincial ni un ciudadano ni un maestro ni
un padre, era nadie. Sólo ante la visión de muchos nadies entorpeciendo el
tránsito alguien puede dar la orden de reprimir: las vidas de los que
protestan son vidas sacrificables.
Sería interesante que la derecha dejara de ser intelectualmente tan pobre, y
enunciara claramente su noción del derecho a la vida más allá del derecho de
los "particulares". No es un tema menor. (Página|12)

La
virtud
17/01/07
El otro día, Roxana Kreimer, filósofa y mi amiga, dijo que una virtud es un
punto medio entre dos defectos. La valentía, dijo, por ejemplo, es el punto
medio entre la cobardía y la temeridad. Nunca lo había pensado así. Uno
digiere la palabra virtud como si ella recubriera un punto máximo de algo.
Me acordé de mi primer análisis. Fue con un lacaniano maníaco. El tipo me
intimidaba tanto que casi no podía hablarle de mí. Tratándose de un
analista, estaba en problemas. Pero el lacaniano maníaco era talentoso y me
dijo un puñado de cosas que quedaron grabadas en mi memoria hasta que unos
veinte años más tarde las descifré.
"¿Por qué se viste como una militante?", me preguntó en plena dictadura. Yo
no había militado. Y tampoco me había fijado en cómo me vestía. El se
refería a que invariablemente lo visitaba con jeans grandes y pulóveres
largos, con abrigos dos talles pasados del conveniente, sin pintura en la
cara y despeinada. Me pareció una pelotudez.
Otro día se hizo un silencio incómodo. Y yo empecé a hablarle de Jesús. Así,
sin darme cuenta. Le hablaba de la bondad de Jesús, porque a mí eso me
intrigaba. ¿Jesús sabía que era bueno? ¿Cómo se hace para saber que se es
bueno sin ser soberbio? ¿Cómo hace alguien para ser el mejor sin que esa
misma conciencia lo corrompa?
El lacaniano no me contestó nada. La sesión consistió en mis preguntas y un
saludo de despedida más bien seco, que me dio sobreactuadamente distante.
Una vez, siempre impedida de hablarle de mí porque él me seguía dando miedo,
le hablé del libro que estaba leyendo, Mujeres enamoradas, de D. H.
Lawrence. Le conté una frase que había leído la noche anterior. Decía que
las mujeres somos como los caballos, que tenemos voluntad doble: la propia y
la del amo. Era a raíz de una escena formidable, cuando el muchacho rico que
interpretaba Oliver Reed en la película de Ken Russell tira de las riendas
de su caballo para obligarlo a cruzar las vías y está por venir un tren. Se
veía el debate en el carácter del caballo. O mejor dicho, su instinto dual.
El lacaniano se interesó y tomó nota de la frase y del libro. Fue la única
vez que me fui de buen humor de ese consultorio.
Bien. Muchos años después descifré que yo me vestía como una militante y me
inquietaba la bondad de Jesús porque estábamos en la época en la que los que
nos permitimos enterarnos de todo lo que pasaba, vivíamos con náuseas. Yo me
preguntaba por esos jóvenes apenas mayores que yo que no estaban, que habían
dejado de ir hacía un año o seis meses a sus casas. Los que no habían ido
más a las clases de la facultad. Y sentía una reverencia fuerte, indomable.
Estaba convencida de que ninguno de los mejores había quedado. Y al mismo
tiempo, me parecía injusto conmigo. Mi destino personal estaba siendo
invadido por un destino colectivo. Y habíamos sido condenados a la media
marcha, al promedio, a la prudencia, a la tibieza, a un universo poco
heroico.
La frase de Lawrence también la descifré, pero me iría por las ramas sobre
las que me tienta treparme. Vuelvo a la frase que me regaló Roxana Kreimer,
y a esa noción de que una virtud exige, vaya, una medida. Es bueno tenerlo
en cuenta ahora que los que murieron tienen entre los vivos a quienes
virtuosamente los han recordado, los han honrado y han llegado a la
justicia.
(Página|12)
23/12/06
Ella es muy joven, bella, ingeniosa. Está por terminar letras, pero eso no
le alcanza: hace cursos de filosofía y en sus ratos libres practica
acrobacia y hace tai chi. Además lee bastante. Puede ponerse a defender,
completamente borracha, la vigencia de Spinoza o de Henry James. Siempre que
la veo está vestida como una muñequita de torta palermitana, como una falsa
ingenua, porque de ingenua, Lila no tiene nada.
Pero con los hombres, Lila disimula. En los últimos tiempos empezó a
disimular cada vez más. El otro día la vi, y estaba contenta porque por fin
está saliendo con alguien. Lo único que venía encontrando eran los toco y me
voy, escenas de fin de fiesta en las que los que quedan salvan algo del
naufragio de la noche, pero a conciencia de que no se está empezando nada ni
se está en la obligación moral, siquiera, de preparar un desayuno a la
mañana. Relaciones sin importancia, repite Lila, que es lo que se lleva.
¿Por qué los pibes de ahora, a diferencia de los pibes de siempre, buscan
aquello que no tenga importancia, aquello que les asegure que nada será
sometido a movimiento, que nada de sus vidas abúlicas será alterado? Lila no
lo sabe, pero actúa en consecuencia, y entre amigas lo confiesa
abiertamente: "Para gustarle a un tipo, la mejor de las estrategias es
hacerte la boluda, no falla. ¡Adoran a las boludas!", es una de sus máximas.
Llegó contenta y haciendo ojitos de enamorada. Está saliendo con un chico
con el que hablan y discuten, se hacen compañía y comparten sus respectivos
proyectos de trabajo o de estudio, se llaman cada noche para saber cómo fue
el día del otro. Casi perfecto. Lila casi no lamenta no tener sexo con él.
No tienen sexo porque, explica ella, "él no se siente preparado". Como Lila
es de las chicas que, a diferencia de sus madres, sostienen que el tamaño
importa y mucho (y no por una cuestión específicamente sexual: Lila y sus
amigas están convencidas de que los tipos que la tienen de buen tamaño son
más seguros y más caballeros), ella se encargó de comprobar en algún
escarceo que el tamaño no es el problema. "Ahí me tranquilicé. No es el
tamaño, es neura solamente", explica. Pero él le dice, después de un mes de
verse muy seguido, que "lo espere".
Esto que relato no es una generalidad sino un caso que transcurre, sin
embargo, en esos pliegues sociales que lentamente van escupiendo a su
alrededor no sólo maneras de vestirse sino maneras de comportarse. Lila trae
noticias de algo que sucede subterráneamente y que en su cama aflora porque
ni él tiene reparos en decirle "esperame" ni ella se sorprende demasiado al
escucharlo.
Antes se le llamaba falo al pene y después se comprendió que la idea de falo
es bastante más amplia. Pero un poco más tarde también hubo que admitir que
en esa idea de falo entran no sólo las erecciones y las anécdotas poderosas,
sino las iniciativas, el poder, la voluntad, la seguridad, la capacidad de
seducción, la manipulación más o menos consciente del deseo. ¿Quién tiene el
falo hoy? ¿Ese chico que decide esperar a "estar listo" para un coito o esa
chica que lo trata a él como a un príncipe tan parecido a una princesa?
Antes el falo parecía resumir la fuerza masculina, la fuerza física y
mental. Pero ahora el falo es de cristal. Si se cae, se rompe. Lo tienen
ellos o ellas indistintamente. Y en rigor, ni ellos ni ellas están
satisfechos de tenerlo. Ellos y ellas se quieren sacar el falo de encima.
Nadie quiere ser fálico. Lila está en las antípodas de las mujeres que
disfrutan de tener el poder. Desde hace mucho que busca a un hombre para
descansar en él, para... Dios mío... ¡sentirse protegida! Y dejar el sexo
para más adelante le parece un detalle, algo accesorio, porque lo que le
importa es que él la llama todas las noches para ver cómo fue su día, y
Lila, que aunque es muy joven tiene considerable experiencia, sabe que
aquellos que se la llevan a la cama de una, al día siguiente desaparecen.
Esas llamadas humanizantes, esa consideración caballeresca de este pibe le
parece más importante que un revolcón. Y banca.
La confusión entre los géneros reclama una redefinición del falo, que
incomoda a todos/as. Hombres y mujeres parecen tan agotados y asustados, que
unos y otras prefieren hacer la posta y abandonarse a las iniciativas
ajenas. (Página|12)

La
llave de López
25/11/06
A lo largo de estos dos meses, desde este mismo espacio, me pregunté varias
veces, y desde diferentes perspectivas, por qué el secuestro de Jorge Julio
López estaba siendo minimizado colectivamente. Hubo semanas enteras en las
que el tema redundó: desapareció. Eso en sí mismo merece atención.
Veámoslo así: en un determinado país una dictadura militar se impone con el
consenso de una opinión pública formateada por la clase dominante, el mismo
formateo cerebral que luego hará que esa opinión pública acepte su propia
domesticación. Había que implantar un régimen totalitario. Para ello, fue
necesario aniquilar a una generación. Prisioneros sin juicio ni consecuentes
acusaciones precisas fueron exterminados en campos clandestinos. La opinión
pública no acusaba recibo ni de los operativos nocturnos que había en cada
cuadra ni de los hijos de los amigos de los cuñados de los vecinos, que
desaparecían.
Y eso se sabía. Pero se negaba. Es mentira que no se sabía. Cuánto tiempo
más se va a mantener en pie esa falsa disculpa argentina. Era imposible no
saberlo. Se ignoraba la dimensión del genocidio, pero no sus atrocidades. ¿O
no es sencillamente atroz que, por caso, desapareciera el hijo del amigo del
cuñado del vecino? ¿Eso no implicaba por sí solo que había ajusticiamientos?
No existe el "yo no sabía". Hay que empezar a admitir que hubo una Argentina
que negó. Y es otra cosa.
Esa misma Argentina me preocupa.
Sigamos: treinta años después (porque fueron necesarios treinta años para
que llegaran muchos juicios, y esto quiere decir que esa sociedad, ya sin la
bota encima de la cabeza, creyó la versión absurda de que lo que hubo fue
una guerra civil. ¿Qué argentino puede creérselo? ¿Cómo va a haber una
guerra civil sin que uno se entere? ¿Cómo se compatibilizan las creencias
complementarias y falaces del "yo no sabía" y "hubo una guerra civil"?),
retomo: treinta años después, es condenado uno de los peores chacales. Y
unos días más tarde, un testigo clave en ése y otros juicios, desaparece.
Esta desaparición pone en escena el fantasma argentino reciente. Para todos
aquellos cuyas vidas fueron rozadas en mayor o menor grado por el terrorismo
de Estado de los ’70, esta desaparición activa zonas del cerebro y del alma
que estaban ya por fin en algo así como piloto automático. Somos como un
gigantesco cartel de neón, algunas de cuyas luces deben forzosamente
encenderse para que las otras se vayan apagando. Sin esa alternancia, el
cartel no emitiría sus dibujos y sus letras. Como cuerpo colectivo, somos
eso. A treinta años de aquello, miles y miles de personas sintieron esta
desaparición como la reactivación dolorosa e insoportable de la zona del
miedo, el dolor, la amenaza. En estos dos meses hubo oídos que volvieron a
escuchar sirenas a lo lejos. Hubo aniversarios más crudos, como a la
intemperie. Hubo pesadillas. Hubo enfermedades psicosomáticas. Ya sin el
cobijo de la democracia. Esto es lo impensable. Era Nunca más. Esta
desaparición rompió el Nunca más, que era la única y verdadera promesa que
como pueblo parecíamos habernos hecho.
Era previsible otra reacción. En las marchas y del dolor hecho carne
participan aquellos cuyas vidas fueron rozadas por el terrorismo de Estado.
Parecen, y son, marchas de derechos humanos, cuando deberían ser otra cosa.
Deberían ser desbordes de gente en todo el país gritando. Pero es incluso
más fácil desbordar y gritar frente a Fray Bentos, donde hay una mole que
seguirá creciendo, que hacerlo frente a un fantasma.
No milito en ningún partido político, no soy miembro de ningún organismo de
derechos humanos, no perdí familiares en la dictadura, pero eso no implica
que no haya crecido sintiendo que hay banderas que no son ni siquiera
ideológicas: casi diría que, para mí y para muchos otros, son banderas
religiosas, de la única religión que uno proveerse alguna vez, una que
sostiene que el bien está del lado de la decencia. Probablemente sea un
rasgo en común entre los que no creemos en Dios: nos aferramos a otros
ideales.
Tal vez por eso la reacción social general ante la desaparición de Jorge
Julio López sigue pareciéndome extraña, anestesiada, distante, y me apena
enormemente advertir que los medios administran diariamente las neuronas de
millones. Y que millones se dejan administrar los pensamientos y, lo que es
más grave, la moral.
El Caso López no es solamente el que deriva del expediente judicial que
investiga esa desaparición. El Caso López será, dentro de un tiempo, el
recuerdo de la primera desaparición de la democracia, y el ejemplo de cómo a
veces una sociedad vuelve a negar, a no ver, a no saber.
(Página|12)
20/12/06
Hablamos un idioma y nos comunicamos a través de él. A través de un idioma
es que estoy escribiendo e intentando comunicarme. Es decir: debo confiar en
ese idioma y en mi manera de manejarlo, de usarlo al escribir. No me sirve
de nada volcar aquí un par de reflexiones si del otro lado nadie va a
entender, o a sentir, o a pensar. Pero la lengua tiende sus trampas y muchas
de ellas, infinidad de ellas, nos pasan inadvertidas tanto para los que
escribimos como para los que leemos. San Barthes lo explica muy bien,
traducción mediante, incluso, cuando dice que "la lengua es fascista" y que "se define menos por lo que permite decir que por lo que obliga a decir".
La lengua nos obliga a decir. Bien. Las palabras no vienen solas, sino
cargadas de guirnaldas, olores, lanzas, truenos, vacíos, despertadores,
somníferos. Es desde esa perspectiva que ha reaparecido entre nosotros la
palabra desaparecido.
Voy a tomarle prestada una idea que Marcelo Figueras escribió en su blog.
Uno de los efectos más visibles y personalmente verificables de la
desaparición de Jorge Julio López es no sólo la reaparición de esa palabra
que llega cargada, ella específicamente, de tormento, escalofríos y
amenazas, sino la reconstrucción de cómo esa palabra se constituye, la
locura y la confusión que implica. Lo que advirtió Figueras es que este
caso, el caso López, recrea la figura de la desaparición en todo su poder
siniestro, y parte de esa recreación-repetición fue la actitud inicial de su
familia, atribuyendo la ausencia de López a un problema de estrés o vejez.
En esa duda, en esa vacilación primera es que la figura de la desaparición
hace pie para iniciar su recorrido enloquecedor. Como sin pasado, como sin
experiencia, como sin antecedentes, incluso en las circunstancias ardientes
en las que se produjo esa desaparición, la desaparición es algo tan contra
natura, tan demencial, que fue una palabra esquivada, casi meditada antes de
sentirse, sentirnos listos para pronunciarla.
Desde que llegó la democracia, la palabra desaparecido estaba tan cargada de
dictadura que prácticamente se limitó su uso para aludir a las
desapariciones políticas. La gente perdida (los que se fugan, los que se
pierden) no eran desaparecidos: la lengua obligaba a decir, junto con la
palabra desaparecido, desaparecedor.
Fue recién con el lento paso de los años y con el lento avance de la
Justicia que fue posible la recuperación de esa palabra para designar
desapariciones sin desaparecedores. Pero el caso López interrumpe ese
proceso abruptamente. Nos reenvía colectivamente al espanto de saber que hay
todavía personas dispuestas a secuestrar a alguien y borrar rastros,
personas aparentemente mucho mejor entrenadas para esto que cualquier
secuestrador extorsivo, que consiguen tragarse a alguien, eliminar sus
huellas, atormentarlo o asesinarlo de modos tan sanguinarios y amorales como
nunca se le ocurriría a ningún secuestrador extorsivo.
La puesta en escena de esa desaparición (justo antes de la condena a cadena
perpetua a Miguel Angel Etchecolatz) tiene el brillo soez de las operaciones
muy planificadas. Y la palabra desaparecido, que reapareció junto con la
aparición, en ese mismo juicio, de la palabra genocidio, trepa por nuestros
cerebros y baja hasta nuestros estómagos, atravesando la gruesa capa de
defensas que le oponemos.
Nuevamente se produce una operación de sentido en la lengua que compartimos
entre todos. Los perdidos vuelven a ser perdidos.
Desaparecido, está Jorge Julio López.
13/10/06
Yo había sido un ángel tan pero tan gordo, que se cayó de la nube en la que
estaba y fue a dar con sus alas rotas (hubo que podarlas) justo encima de la
cama de mis padres. Esa fue la explicación que durante mi primera infancia
intentó satisfacer mi curiosidad acerca de cómo venían los niños al mundo.
Una pura cuestión de obesidad angelical.
Después siguieron las confusiones. Cuando estaba en tercero o cuarto grado,
Alex, que todavía hoy es mi amigo, me acompañaba todos los días a mi casa,
caminando esas siete cuadras, y un día me dio un beso. Durante cierto tiempo
estuve en vilo, ya que después del beso Alex me confesó que a raíz de su
arrebato yo podía haber quedado embarazada.
Ese incidente fue tremendo, porque yo ya tenía una idea de mí bastante
inquietante. Me tocaba, es más: un día me descubrieron con algo entre las
piernas y no era cualquier cosa (ahora que lo pienso tengo que informárselo
a mi actual analista): era con el Lo sé todo, que tenía un lomo importante.
Me llevaron al médico, porque mis padres consideraron que esa conducta no
era normal y aunque yo no había escuchado jamás hablar de masturbación y, en
consecuencia, no tenía la menor idea de que me masturbaba, el solo hecho de
que me hubieran llevado al médico, igual que cuando tenía fiebre o dolor de
panza, me indicaba que aquellas cosquillas eran igualmente insanas.
En séptimo grado vinieron las señoritas de Johnson & Johnson a dar la
argentinísima charla de educación sexual, a niñas y niños por separado, y
que consistió en mostrarnos un dibujo de las trompas de Falopio y en
recomendarnos que fuéramos lo más higiénicas posible cuando nos llegara la
menstruación. A mí me había llegado un año y medio antes y, como nadie me
había explicado nada, primero me asusté y después me enchastré, lloré, me
acomplejé, en fin, aprendí que aquello era un secreto que no podía compartir
con nadie.
Hacia el final de la secundaria todavía nadie tenía relaciones sexuales,
sólo explosivas y prolongadas franelas que una no sabía exactamente cómo
frenar. Pero era una, es decir la chica, la que debía ponerles fin, como si
nos gustara menos, como si no lo disfrutáramos, como sacándonos de encima al
chico que pretendía "eso" de nosotras. Era común en mi grupo que los chicos
tuvieran novia y al mismo tiempo relaciones sexuales con una "puta", que en
general no era puta rentada sino chica ligera, de la que se proveían
merodeando otros grupos y a la que descalificaban inmundamente, a la que
despreciaban porque "lo hacía".
Bien: y resulta que después había que ser multiorgásmica y tener punto G.
¿Cómo? Remontando ese barrilete de plomo que nos habían metido en la cabeza.
No es que no hayamos recibido educación sexual, qué va. Siempre hubo
educación sexual. La nuestra se basó, naturalmente, en hacernos temerle al
sexo, en inculcarnos la represión como la forma digna de sobrellevar esos
bajos instintos.
Nos educaron para que no gocemos. Fuimos gente joven artificialmente
alterada para vivir su sexualidad inconfortablemente. Hoy tengo una hija de
catorce años, y deseo para ella exactamente todo lo contrario. (Página|12)
08/10/06
"La casa está en orden" es una de las frases más detestadas de la
democracia. Sobre esa frase de un Raúl Alfonsín devolviendo a sus hogares y
a sus mundos privados a los miles y miles de ciudadanos que se mantenían
movilizados se estampó un sello y así fue archivada en nuestras memorias:
una frase cobarde. Como todo lo que es sellado y archivado, esa frase se
mantuvo congelada en su carácter de cortamambo de un sector de la población
que se sentía en condiciones físicas e ideológicas de "resistir". Los
últimos acontecimientos recomiendan descongelarla.
A pesar de todas nuestras conocidas taras, los argentinos somos los únicos
que, en la región y en las democracias que sucedieron a las respectivas
dictaduras, hemos llegado a la instancia en la que nos encontramos. Juicio y
castigo. Eso sólo fue posible a través de muchos años, muchas escaramuzas
con forma de puntos finales y obediencias debidas, levantamientos con
finales negociados y, entre otras cosas, genocidas que durante treinta años
no fueron llamados genocidas.
El poder del lenguaje es monstruoso, apabullante. A mi entender, no es en
absoluto casual que la desaparición de Julio López y la simultánea aparición
de panelistas, libros y opinadores defensores del terrorismo de Estado se
produzca justo después de que el lenguaje institucional y normativo por
excelencia, el judicial, se haya pronunciado al respecto y haya designado a
los represores como genocidas. Y haya, en un mismo y monumental movimiento
de sentido, designado lo que pasó en los ’70 como un genocidio.
Esa palabra marca con el fuego de la verdad lo que pasó durante la
dictadura, y emitida desde un fallo judicial la incorpora al acervo del
futuro sentido común de la Argentina. En las escuelas, en las próximas
décadas, todos los niños estudiarán ese genocidio. Y ya basta. No hubo dos
demonios, no hubo guerra civil, no hubo juicios a prisioneros; hubo
torturas, hubo campos clandestinos, hubo apropiación de niños.
Cuando Alfonsín dijo que la casa estaba en orden, la casa era un desmadre. Y
si esa frase quedó congelada en su fase desmovilizadora, es en parte porque
el sector más sensible a este tema siempre sobreestimó sus fuerzas y leyó
voluntariosamente la realidad. La casa era un desmadre y lo siguió siendo,
durante treinta años, y hubo que esperar hasta que muchos de ellos murieran,
igual que muchas madres y abuelas, hubo que esperar una coyuntura
imprevisible, como es ésta, para que de las fauces de la derecha fascista
brotaran gestos desesperados. Hasta ahora habían negociado, lo hicieron con
cada gobierno. Estos exabruptos asqueantes provienen seguramente de cierta
desesperación: es ahora, recién ahora, cuando están perdiendo. (Página|12)

¿Perdón?
01/10/06
El último domingo, en el programa de Luis Majul, se produjo un hecho
ideológicamente bizarro. El caso de Karina Mujica, el joven cuadro de lo que
ahora se ha bautizado "la derecha guaranga" (al menos así se la llamó en ese
programa), cuya doble vida como incipiente dirigente militarista e
incipiente madama marplatense fue lo que disparó un primer bloque; en él
aparecieron personajes que dejaron a la finada Elena Cruz del tamaño de una
simple fan de Videla. Caricaturescos, cínicos, un hombre mayor de "r"
arrastrada (defensor de Etchecolatz) y un joven dinosaurio defendían
acaloradamente el terrorismo de Estado de los ’70 con argumentos fallidos.
En la tanda, se veía el institucional de recompensa para quien tenga datos
sobre el testigo Julio López, acusador de Etchecolatz y actualmente
desaparecido. El domingo pasado todavía no habían tenido lugar las marchas
reclamando su aparición, ni la angustia por su suerte había tomado tanto
cuerpo como en estos días. Es que la sola posibilidad de que haya patrullas
perdidas del terrorismo de Estado resulta escabrosa, aunque no improbable,
tan luego en un país en el que los que piden por más seguridad se dejan
custodiar por los policías exonerados de la fuerza por haber incurrido en
diversos delitos. Muchos de ellos, en secuestros extorsivos. La nueva etapa
por la que atraviesan los juicios contra los represores no es menor ni
cosmética. La desaparición de López reactualiza, sin que nadie lo previera,
un dolor colectivo que sin embargo fue sostenido individualmente por algunas
víctimas sobrevivientes: pudimos enterarnos de que López, que no olvidaba ni
quería olvidar, solía ir a su lugar de detención, ya demolido,
recurrentemente, quizá a espantar sus fantasmas o a afirmar su pacto con los
que murieron.
En un segundo bloque estuvo Elisa Carrió. Fue ella, la dirigente "moral" por
excelencia autoproclamada, la que desde hace años se embandera con la cruz,
la que habla de "nuevo contrato" y de "refundación" y "parto doloroso", la
que desvió el programa a un verdadero curso bizarro, por ahorrarme la
palabra siniestro.
Ahora Elisa Carrió habla de perdón. De reconciliación. Así como suena, así
como se lo escucha y se lo lee. Elisa Carrió evalúa, en ese contexto, con
esos energúmenos presentes en el estudio y con Julio López desaparecido, que
en este país es necesario "reconciliarse".
Nunca entendí del todo los procesos mentales de Elisa Carrió. Estuve a punto
de votarla en las últimas elecciones. Era con quien más acordaba en la
visión general del país. Y ahora, después de estos años en los que
obsesivamente se ha negado a una actitud mínimamente conciliadora con al
menos algo de lo que haga este Gobierno, Elisa Carrió parece haber mutado,
haber derivado, haber degenerado en una mujer que es capaz, después de
escuchar frases como que no hubo campos clandestinos, y con un testigo clave
desaparecido, de decir que en este país hay que perdonar y que hay que
reconciliarse.
¿Perdón? Solamente la ceguera más rabiosa puede hacer a alguien equivocar
tanto la circunstancia de sus dichos. Y esa ceguera obliga, a esta
espectadora en este caso, a decir esto, que no es fácil, uno sabe, porque
Elisa Carrió ya creó el casillero "si me critica es porque no me entiende",
cuando no se trata de simples contratistas intelectuales del Gobierno. Elisa Carrió ha derogado, de facto, la posibilidad de que alguien simpatice con
este Gobierno por razones legítimas y sin más interés que el político. Eso
habla no sólo de una estrategia equivocada para vincularse con los otros,
sino además de una visión estrábica de la realidad.
Pero que ahora Elisa Carrió haya emprendido una nueva etapa corrida de la
baldosa histórica del progresismo argentino, como son los derechos humanos
(su nuevo latiguillo es "hablemos de los derechos humanos de hoy" y después
se pone a hablar del paco), nos indica algo, algo feo, algo extremadamente
desagradable sobre su persona y su pensamiento.
La defensa y el alineamiento de Kirchner con los reclamos de los organismos
de derechos humanos es una de las pocas cosas que nadie puede negar. Es un
hecho, es un dato. Elisa Carrió no puede ni siquiera coincidir en eso con
Kirchner. Pareciera que le es más fácil renunciar a reivindicaciones que
exceden con creces el setentismo y esas pavadas: que los crímenes se pagan y
se castigan es una regla básica de la civilización. Solamente alguien que ha
renunciado a esa causa puede hablar de reconciliación con quinientos niños
todavía desaparecidos, con genocidas que hablan de guerra civil, con gente
que repite que volvería a hacer lo mismo, con gente en carne viva porque los
traumas sociales, y debería saberlo la creadora de la Fundación Hannah
Arendt, se instalan y tardan generaciones en ser superados.
El nuevo paso que ha dado Elisa Carrió obliga, lamentablemente –porque pudo
haber sido una mujer importante en la política argentina– a separarla de los
dirigentes que nos inspiran respeto. Su desborde ideológico ha sido
demasiado grueso para seguir considerándola parte de los argentinos cuya
opinión nos interesa. Una pena, Elisa Carrió. (Página|12)

Monstruos
21/09/06
Las palabras monstruo y mostrar tienen una raíz común. Hay algo en el
monstruo que exige ser visto, exhibido o imaginado. El monstruo existe para
que los demás sepan que existe. Aunque permanezca oculto, la entidad del
monstruo requiere ser completada por alguien que le tema, por alguien que
huya de él, y que lo constituya. Para eso durante los ’70 hubo hombres como
el ex comisario general Miguel Etchecolatz, cuyo solo nombre, en la
provincia de Buenos Aires, provocaba escalofríos.
La dictadura militar tuvo muchos asesinos, pero sólo algunos verdaderos
monstruos, que fueron fuente de inspiración para los demás. Uno lo da por
hecho, pero cabe la pregunta: ¿habrá sido tan sencillo hacer emerger de las
Fuerzas Armadas de entonces semejante legión de secuestradores, torturadores
y asesinos? Una cosa es haber convencido a todos ellos de que las
organizaciones armadas de la época se habían propuesto "imponer un régimen
totalitario en el país, apoyados por otros estados como el castrista", tal
como afirmó ayer el abogado defensor de Etchecolatz, Luis Boffi Carri Pérez.
Pero otra cosa muy distinta debe haber sido convencerlos, y con bríos
siniestros, de que era necesario meterles picana a los prisioneros hasta
desmayarlos o matarlos, aniquilar familias enteras, secuestrar y robar
niños, protagonizar esa obra maestra del terror. El régimen necesitó a los
monstruos para implantar en las fuerzas de seguridad un modelo de militar
sin escrúpulos ni humanistas ni religiosos, hombres a los que no les
temblaba el pulso para picanear a mujeres embarazadas, para torturar a la
esposa delante del esposo o para fusilar prisioneros en fugas fraguadas.
Hombres como Miguel Etchecolatz sirvieron para irradiar a su tropa la luz
invertida del mal absoluto. Fueron los líderes falaces de un país que
luchaba contra el incierto enemigo interno con el peor de los terrorismos,
el de Estado. Los monstruos ofrecieron a la dictadura sus almas negras, en
las que ellos y tantos otros fueron capaces de almacenar el dolor ajeno, y
cuanto más dolor, y cuanto más crimen, más épicas parecían sus leyendas.
Etchecolatz sigue sosteniendo que en la Argentina no hubo campos
clandestinos de detenidos-desaparecidos, y que lo que hubo fueron campos
ocultos, "como en toda guerra".
Los monstruos siempre están esperando el momento de demostrar que son
monstruos, porque en el fondo están orgullosos de serlo. Y por eso son
monstruosos.(Página|12)

25/08/06
Dos días después de hacerme un aborto, fui a una reunión social en la que
había una mujer que poco antes había perdido su embarazo de seis meses.
Todos trataban de estar alegres y ocurrentes, pero al mismo tiempo de
medirse, de guardar cierto recato. Y aunque esa mujer era muy fuerte y
conversaba y sonreía, costaba mucho esfuerzo disipar la nube de angustia y
sufrimiento que la envolvía. Me acerqué a ella en un momento, y a pesar de
que no nos conocíamos mucho, me habló de lo que le había pasado. Me dijo que
tenía la sensación de que todo era irreal. Me dijo que su cuerpo estaba en
esa fiesta, pero que su alma estaba en otra parte. No sé por qué me lo dijo
a mí, pero la escuché. Yo del aborto no le dije nada. ¿Qué iba a decirle?
¿Qué yo había decidido interrumpir un embarazo, justo a ella que no lo había
decidido y lo había perdido? Era claro que esa mujer estaba sumergida en un
duelo del que le costaría mucho salir.
Del duelo del aborto, en cambio, no se habla. Como no se habla del aborto,
no se habla del duelo del aborto.
Déjenme decirles a los que creen que de este tema todavía tampoco se puede
hablar, que una mujer, si llega a la instancia del aborto, llega acorralada
y descentrada. Y llega sola. El momento que va desde saber que se está
embarazada al momento en el que una abre las piernas en un lugar sórdido y
rodeada por desconocidos es un trance emocional de los más duros, difícil de
describir, un trance por el que pasan tantas mujeres y sobre el que sin
embargo no hay una sola línea escrita. La soledad es completa.
En muchos casos, esa mujer viene de librar una batalla interna feroz. Porque
una parte de ella está dispuesta al embarazo. Quizá no a la palabra
embarazo, quizá ni siquiera a la idea, pero en el cuerpo de esa mujer, entre
sus células y las de ese embrión, se está gestando también un vínculo. Hay
tejidos que se comunican, y sangre que se mezcla, y hay millones de
partículas biológicas enamorándose de ese nuevo ser, porque nuestro cuerpo
está preparado para el amor, no para el rechazo.
No es necesario que un grupo de fanáticos nos diga que eso que late ahí está
vivo. Ese es el desgarro, ésa es la pesadilla. Eso es lo que muchas mujeres
que abortan sienten y no pueden hablar con nadie. Eso que late ahí está vivo
y es en potencia lo que cada una de esas mujeres alucinan en noches de
insomnio. No es necesario el recordatorio de los pro-vida. Vaya nombre.
Pro-vida es nuestro cuerpo, que ama más allá de nosotras.
Y a medida que esa mujer comprende que no puede ser madre, porque
psíquicamente no puede, porque eso pasa, porque así es la cosa, porque nada
en ella logra constituirse en un impulso que la haga vencer adversidades,
porque esa mujer es débil o porque tiene mucho miedo, no es que elija
abortar: comprende que no le queda otro remedio. No hay muchos posibles
peores momentos en la vida de una mujer. Se paga. Por el aborto no sólo se
paga en consultorios clandestinos, también se paga un precio mucho más alto
con el tiempo, gota a gota, en visiones, en inquietudes, en tristeza sin
motivo aparente, en remordimiento.
Ninguna mujer aborta algo que al menos por un instante, en su conciencia, no
haya sido su hijo. Y si se llega a hacerlo, si se llega a tomar esa decisión
tan dura, es porque sencillamente no se puede seguir, no se tiene resto, no
se tiene coraje, no se tiene deseo. Hay momentos en los que algunas cosas no
podemos. Es así, ultramontanos: hay momentos en los que algunas cosas no
podemos. Así nos hace la condición humana.
Hablar del aborto es necesario para poder decir algunas de estas cosas.
(Página|12)

Tomar
medidas
12/08/06
La anticoncepción en general es un tema cultural, de educación, de
información y de difusión. La anticoncepción en general es un tema que viene
agitando inexplicablemente, a esta altura del nuevo siglo, a asombrosos
defensores del sexo exclusivamente reproductor. Es increíble que puedan
sostener algo tan delirante como que los hombres y las mujeres deben tener
sexo solamente cuando estén pensando en tener hijos. Está claro que hay
hombre y mujeres que hacen eso, pero a todas luces son una minoría, ya que
ni siquiera quienes adhieren al mismo dogma que estos propaladores ejercitan
su sexualidad de esa manera.
Y si no fuera por la encarnizada batalla que le han presentado desde hace
décadas esos propaladores a la anticoncepción en general, trabando
proyectos, boicoteando campañas, instalando dudas, no cabe ninguna duda de
que la anticoncepción en general gozaría hoy de muchísima más familiaridad
–y viceversa– con la gente, y especialmente con la gente que más la
necesita. Las mujeres, cuyos embarazos no deseados tantas veces terminan con
sus vidas.
La ley de ligaduras es a su vez una manera de dar vuelta la alfombra. Había
mugre y se pateaba la mugre debajo de la alfombra. La Argentina todavía "no
está madura" para tratar el debate sobre la despenalización del aborto, pero
en la Argentina se aborta. Un rasgo duro de la fe es que boceta la moral
ideal, hacia la que deberían inclinarse los creyentes. Y un rasgo duro de la
política es diseñar estrategias de Estado para paliar los males que surgen
de la realidad en la que están inmersos los ciudadanos.
La ligadura de trompas y la vasectomía hablan en principio de una decisión
que llega después de experimentar algún hartazgo. ¿Cómo la gente va a
hartarse de tener hijos? Sí, claro que se harta. Suena mal pero pasa. Se
harta de no poder darle una vida a dos o tres, y de tener seis o siete. Si
la anticoncepción en general formara parte de nuestra cultura cotidiana, y
si en esta primera persona del plural incluyéramos a los desarrapados más
extremos, un preservativo o un DIU podrían alcanzar. Pero la carrera del
discurso sobre anticoncepción está llena de obstáculos. Y la gente no sabe,
no tiene reflejos, no se cuida, no sabe cuidarse, no calcula, no puede.
Estos métodos más que métodos son medidas que toma sobre su vida alguna
gente, y que tiene todo el derecho de tomar.
Pero que se hagan cargo los propaladores de sueños o disparates de la parte
que les toca. La gente común vive su vida con sus límites y sus
frustraciones y sus descontroles y sus inconciencias y sus malas suertes. Y
con sus placeres y sus deleites y sus opciones.
En el fondo de todo este tema, no me canso de pensarlo, lo que los
propaladores no toleran es el placer. El rictus de la represión no sonríe.
Sobre algo de esto escribió Umberto Eco en El nombre de la rosa. (Página|12)

Esa
noche
09/08/06
Estuve en Cuba varias veces, y si tuviera que elegir un país para vivir, sería
otro. Digo esto para dejar constancia de mi identidad pequeñoburguesa, y para
admitir de entrada que, siendo periodista y dedicándome a la escritura, no
podría, en Cuba, decir todo lo que se me ocurriera, ni apelar al cinismo que
tanto nos reconforta paliativamente a los desencantados, ni sonar corrosiva. Es
decir que lo digo con plena conciencia de que llevo adherida a la mente la
noción de libertad capitalista y que no tengo pensado renunciar a ella porque sé
que no puedo, porque eso, creo, está más allá de mi voluntad.
Pero me inquieta que la mala salud de Fidel Castro y la delegación del mando en
su hermano Raúl haya estallado como un simple debate entre qué es democracia y
qué no. Como si no hubiera otra vara, otra ventana para mirar algunos
acontecimientos y, sobre todo, algunos procesos históricos. Como si lleváramos
incrustado en el cerebro un democratómetro según el cual todo aquello que no
responde a la fórmula de la democracia representativa quede automáticamente
impugnado. Que la democracia está llena de fallas, pero es el mejor sistema
conocido, lo sé, lo sostengo. Pero eso no equivale a perder de vista que el pato
más feo puede ser un cisne.
La primera vez que fui a la isla lo hice acompañada por un grupo de periodistas
varones y bastante más influyentes que yo, que andaba por los veintipocos, y
recibí alborozada aquella invitación del Instituto Cubano de Turismo. Fueron dos
semanas de convivencia, entre otros, con tipos entrañables como Ariel Delgado y
Enrique Sdrech, recorriendo lugares que iban mucho más allá de Varadero o los
destinos conocidos. En el grupo había un periodista del diario de Bahía Blanca,
La Nueva Provincia, que, según confesó ya en el avión, iba a constatar que Cuba
era una farsa de equidad y justicia.
Mientras estábamos allí, se celebró el 25º aniversario de la creación de los
Comités de Defensa de la Revolución (CDR), organizados manzana por manzana en
todo el país. Los mismos que están activándose ahora en ese mismo sentido,
después de décadas de funcionar como organizaciones de base para que cada
embarazada llegue a tiempo al hospital o para que cada niño sea vacunado. A
último momento pedimos asistir a uno de los miles y miles de festejos. Nos fue
destinada una manzana en los suburbios de La Habana. Nos perdimos en el camino.
Llegamos más de una hora tarde. Los vecinos nos estaban esperando. Había
carteles que rezaban: "Bienvenidos hermanos argentinos", y muchísimos regalos
para nosotros, que los niños habían alcanzado a hacer en las pocas horas libres
que tuvieron.
Nos sentamos a una de las mesas en la calle y comenzamos a disfrutar de las
risas de los hombres y mujeres que se nos acercaban y que nos hablaban de Mirtha
Legrand y del Che. Además de los regalos, los niños habían tenido tiempo de
aprenderse de memoria algunas estrofas del Martín Fierro. Y las recitaban con
ese tono que nunca le escuché a ningún niño argentino. Los argentinos no tenemos
training para la mística. Nos dan pudor algunas emociones. Esos pioneros
cascaban sus gargantas con esos versos y recitaban a voz en cuello las mismas
palabras que a nosotros nos habían fastidiado en el colegio. Esa fue una ráfaga
de comprensión que me asaltó justo en ese momento. Esos niños, que también
recitaron a José Martí, a quien amaban, nos homenajeaban con algo que suponían
que nosotros amábamos. Pero nosotros no amábamos el Martín Fierro. ¿Qué amábamos
nosotros?
No puedo poner esto en palabras con mucha exactitud. Pero esa noche, en esa
tierra sembrada de bombitas de luz de pocos voltios, entre esas casas pobres de
paredes descascaradas y de pintura vieja, entre esa gente dadivosa que nos
tocaba los hombros y nos ofrecía su comida, yo viví algo que no había vivido
antes ni volví a vivir después. Cuba entera es un país cuya población desconoce
situaciones límite que para la mayoría de nuestras poblaciones son frecuentes.
No pueden salir del país, como la doctora Hilda Molina, pero están liberados del
dolor de un hijo que se muere por falta de comida o de atención médica, del
dolor de un desalojo inminente, del dolor del analfabetismo, del dolor del
desempleo. ¿No son ésas acaso otras formas de la libertad?
Cuando llegó el momento de hablarles, de tomar el micrófono y agradecerles
semejante demostración de cariño hacia un grupo de perfectos desconocidos,
nosotros elegimos al periodista de La Nueva Provincia para que fuera el vocero
del grupo. Estábamos seguros de que esa ráfaga también a él lo había traspasado.
Y el hombre, a paso lento, subió a la tarima, tomó el micrófono y comenzó a
hablar, pero no pudo seguir. Un llanto lento se le trabó en el cuello, porque la
ideología es una cosa, pero otra cosa es la verdad. (Página|12)
03/08/06
Un ejemplo perfecto de cómo la propia moral es fácilmente levantable con la
grúa del dolor ajeno.
Un ejemplo perfecto de cómo a la discapacidad mental y a la violación hay
que unirles, para que el drama sea irreversible, la pobreza.
Un ejemplo perfecto de cómo por las buenas no se puede ni se debe, en
beneficio propio, en defensa propia: por las malas, con unos cientos de
dólares, esta niña débil mental y violada por un familiar ya estaría dando
vuelta la página de una historia horrible, pero fue por las buenas, por
derecha, como suele decirse. Y por derecha se la comieron cruda, jueces y
médicos, para sobreimprimirle a su cuerpo que gesta el fruto de la violencia
el sello de esa vaga virtud pública que consiste en alzarse en pos de la
vida.
Jueces, médicos, funcionarios: miren a su alrededor. La vida chorrea,
explota, desfallece. ¿Qué hacen ustedes? Hombres y mujeres de bien que ahora
se anotan para adoptar al niño que quieren ver nacer. Hay miles, decenas de
miles de niños ya nacidos que recibirían gustosos alguna de esas caricias
que ustedes desean dar.
Este caso reabrió la cancha para un sentimiento particularmente argentino.
La virtud impiadosa. El amor dadivoso y ancho para lo inasible o lo
embrionario, con y sin metáfora, a cambio de la más completa indiferencia
por lo concreto y lo nacido. En el terreno de la conciencia, que parece
atormentar inexplicablemente a una jueza que habla de las niñas violadas
como si fueran parte de un paisaje que es preferible tapar con una postal de
ensueño, y que también parece atormentar a médicos y funcionarios que se
rigen por semanas que pasaron a cargo de una mala praxis judicial, se deja
afuera la conciencia de esa niña débil mental, a la que todo un sistema
desprotegió, condenó, humilló, mandó a la hoguera.
Da náuseas la virtud impiadosa. Porque es falsa. Porque es un vestido de
ocasión. Porque está hecha de declaraciones que suenan acompasadas ante el
micrófono. Porque miente. Porque daña. Dan náuseas los virtuosos que son
incapaces de sentir piedad por alguien que no está en igualdad de
condiciones y que ofreció su carne para que en ella estampen, todos estos,
sus sellos y sus manos ya lavadas. Da náuseas que una sociedad escupa tan
ostensiblemente a sus hijos más vulnerables, y que la virtud impiadosa los
haga correrse a la derecha del mismísimo Código Penal.
(Página|12)
26/07/06
Es muy difícil intentar imaginarse cómo funciona una conciencia que no puede
cargar con el peso de una decisión prevista por la ley.
Es más difícil aún imaginarse esa conciencia si se trata de la de una jueza,
de la de alguien que debe ajustarse a derecho. La objeción de conciencia
hasta ahora fue esgrimida por médicos que por convicciones personales se
negaban –se niegan– a prescribir métodos anticonceptivos a menores de edad.
Para el aborto la objeción de conciencia no es necesaria porque el aborto es
ilegal. Salvo en casos extremos, en casos insalvables, en casos cuya crudeza
desborda cualquier prurito moral. En casos tan desgarradores como éste: el
de una incapaz violada. Así lo indica la ley, con ese lenguaje descarnado y
hasta peyorativo, con una coma célebre que a veces es interpretada como
inclusiva de todas las mujeres violadas, y la mayoría de las otras veces
como un límite que circunscribe la admisión del aborto a una mujer violada e
incapaz.
Pero ahora, la insólita e inexplicable objeción de conciencia de una jueza
parece conducir la vida de esa incapaz violada hacia una horrible
maternidad, porque hay que decir esto. Hay que decirlo. Hay maternidades que
son horribles. Que son condenas.
Esa conciencia que se interpone entre el rigor de la ley y el aborto
solicitado para interrumpir el embarazo de esa incapaz violada es una
conciencia que, presuntamente, favorece la vida. Que sacraliza la maternidad
en cualquiera de sus formas. Y hay formas de la maternidad que destilan
padecimiento. Hay formas de venir a este mundo que son inviables. Hay
dilemas mucho más complejos y profundos que el planteo al que esa jueza
parece responder.
La vida no puede convertirse en un salvoconducto moral de almas
simplificadoras. La vida no puede ser una bandera sucia de dolor ajeno, y la
conciencia de nadie puede tranquilizarse porque decida esconderse en un
cliché.
Y en definitiva, si alguien es tan católico como para no sentirse apto en el
momento de aplicar la ley, ese alguien no puede ser juez. No puede la vida
ya viviente de nadie estar en manos de un tipo de conciencia así. No puede
el destino de nadie ser decidido por un dogma que es personal, particular,
específico y antojadizo, porque eso y nada más que eso es el dogma católico,
en este caso, para una ciudadana que pide por justicia. (Página|12)

La
sed inhumana
22/07/06
"¿Qué harías vos si secuestran a tu hijo? ¿Te alcanzaría con matarlos? No,
no te alcanzaría. Querrías ver cómo les arrancan los dientes, uno por uno.
Querrías ver cómo sufren." Darío dijo esto esta semana, hablando con Radio
Mitre, desde Israel. Darío fue miembro del ejército israelí y ahora defiende
sus ideas de esta manera. Su testimonio despertó una airada respuesta de
oyentes que, judíos y no judíos, advirtieron que un botón de la camisa de
Darío estaba abierto, y por él entrevieron el corazón mismo del odio.
La ONU vuelve a esforzarse en sus gestos de mimo, vuelve a intentar erigirse
como el árbitro que no es, mientras Estados Unidos baja lenta, cínicamente
el pulgar, y considera que aún no es tiempo de detener los bombardeos en el
Líbano. Allí, en Oriente Medio, encuentra hoy el mundo esa dosis de muerte
que parece necesitar como un vampiro, pero ya no es muerte a secas lo que
pide. Si la sed contemporánea se limitara a la muerte, la tiene servida en
millones de casos anónimos y de una injusticia pavorosa, borroneada por las
estadísticas. Lo que aflora en estos días es, cada vez más precisa, más
descarnada, la necesidad de odio. El odio como combustible de las acciones
humanas.
Ya lo decía Darío, hablando en un castellano fluido pero teñido por vientos
extraños, cuando describía con una exactitud inaudita sus sentimientos: la
muerte del enemigo no alcanza, ya no alcanza. Ha sobrevenido la sed de
sufrimiento ajeno, el deseo de aniquilación completa, la fantasía de
eliminar de la faz de la tierra todo vestigio del otro, pero acompañado por
la visión de su padecimiento. Hay que presenciar el sufrimiento, hay que ser
testigo de la propia capacidad de depredación. Como si hubiesen rociado el
mundo desde un helicóptero con una toxina increíble, esa sed se reproduce
más allá de lo que abarcan las secciones de los diarios. Esa sed se sale de
los diarios. Recala en las calles. Anida en los dedos que, sin temblor, sin
piedad, rozan gatillos en la oscuridad. En la Argentina, mientras emerge una
vez más el debate de la inseguridad y vuelven a chocar las estadísticas con
la sensación de indefensión que siempre y tradicionalmente tira a todo el
mundo medio metro para atrás, lo cierto es que a lo que se le teme ahora es
a la crueldad. Y eso es un borde. Lo estamos pisando.
Quedarse quieto al ser asaltado, ofrendar sin chistar lo requerido, ejercer
el más completo autocontrol, antes garantizaba, al menos, la vaga certeza de
que el asalto era una especie de peaje indeseable que se pagaba por vivir en
una sociedad atrozmente inequitativa. Pero las cosas han cambiado. El paco o
lo que fuere, quizás el hartazgo o la desazón previa que lleva al paco, han
convertido a muchos lúmpenes en monos con navajas que afilan ante la mirada
de sus presas. ¿Quieren mi dinero, mis ahorros, quieren mis
electrodomésticos, mis dólares, mi tarjeta Banelco, las joyas de mi abuela,
quieren que les dé todo lo que tengo, o no? Y si no es eso lo que quieren,
¿qué es? Ese es el borde que pisamos: estaremos en otro lugar, en otra
dimensión si lo que quieren no es lo que tengo, sino lo que soy.
Si quieren verme sufrir.
En ese otro lugar hay otra lógica, pariente lejana de la lógica que
verbalizaba Darío desde Israel y que ya se había insinuado en la invasión a
Irak. ¿Qué tiene que ver Irak con Villa Crespo? Quizá nada, por cierto,
quizá nada. Pero quizá... ¿por qué un asalto supone miedo al sadismo? ¿Por
qué al temor del arma se le ha sumado, subrepticiamente, el temor al odio,
al deseo de sufrimiento ajeno? ¿Es necesario aclarar que estamos ante una
clase completamente diferente de temor?
Hay momentos históricos –los argentinos los conocemos bien: la dictadura
militar fue un extenso momento de esa clase– en los que por alguna razón
indescifrable brota esa sed. Son momentos en los que hay sadismoexplícito.
En los que se apodera de algunos. De muchos, una tremenda necesidad de
liberar aquello que la salud mental y cualquier grado de civilización
conocido tiene por fundamento reprimir. En esos momentos históricos,
cualquier lógica es desmadrada, incluso la de la guerra. Son momentos en los
que la esencia misma de la condición humana es puesta en duda, y lo
monstruoso sobreviene como una base de arcilla mal cosida.
"Ama a tu prójimo como a ti mismo", recomiendan las religiones. En Amor
líquido, el sociólogo Zygmunt Bauman descompone la frase, ya descompuesta en
las mentes de millones de contemporáneos. Bauman retoma a Freud, quien se
había preguntado: "¿Qué sentido tiene un precepto enunciado de manera tan
solemne si su cumplimiento no puede ser recomendado como algo razonable?". Y
se contestaba: "Es un mandamiento que en realidad está justificado por el
hecho de que no hay nada que contrarreste tan intensamente la naturaleza
humana original".
Bauman agrega: amar al prójimo supone un salto a la fe, a cualquier fe. Es,
en definitiva, el acta de nacimiento de la humanidad. "Y también representa
el aciago paso del instinto de supervivencia hacia la moralidad". Pero "...como a ti mismo", dice Bauman, es un final de frase que de ninguna
manera puede subestimarse u obviarse, porque es el centro mismo, el
fundamento que hace que ese precepto no sea una estupidez y sí una cláusula
básica del contrato entre el individuo humano y su especie. El amor a sí
mismo es pura supervivencia, y es imprescindible, entonces, generar las
condiciones para que cada uno se ame a sí mismo lo suficiente como para
poder tolerar al otro. Es necesario generar vidas lo suficientemente humanas
como para que la bestia que llevamos en el fondo no ruja ni muerda.
Acaso la pregunta adecuada, hoy, sería aquella que nos interrogue sobre las
bestias que hemos dejado sueltas, esas que no se aman a sí mismas y en
consecuencia tampoco aman a nadie. (Página|12)

Basta
28/06/06
¿Por qué la Iglesia Católica está en contra del placer sexual? ¿Por qué
encierra el presunto placer en un cuarto matrimonial en el que esposo y
esposa yacen con la esperanza de procrear? ¿Por qué el sexo es un medio para
gestar un hijo y no un fin en sí mismo? ¿Por qué sobre la sexualidad humana,
desde San Agustín en adelante, se extiende la sombra cristiana, que adivina
pecados inconcebibles en las pulsiones que no logran ser reprimidas ni
sublimadas por un hombre o una mujer?
Dos paradigmas contrapuestos chocan y se sacan chispas en nuestras mentes
contemporáneas, al costo considerable de confusión, culpa y pasaje al acto
sin redes que sostengan a quien decide obedecerse. El paradigma freudiano
vino a decir, en los albores del siglo pasado, que aquello que finalmente
los sujetos logran borrar, suprimir, callar, enquistar, eliminar de sus
conciencias, es precisamente lo que esos sujetos dicen con síntomas: Freud
vino a decir, en pocas palabras, que lo reprimido enferma.
Pero
ni la Iglesia Católica ni el psicoanálisis están demasiado presentes en las
vidas de las mujeres que deciden ligarse las trompas, con o sin ley que las
avale. Si bien la ligadura de trompas es considerada como un método
anticonceptivo más, suele ser, ésta, una decisión que brota del hartazgo de
la maternidad. No es la joven debutante y capaz de elegir el rumbo de su
vida sexual la que decide ligarse las trompas, sino la madre de cinco, seis
o siete hijos cuya vida peligra. Es la mujer sin riendas sobre su propio
sexo, muchas veces violada en la cama conyugal. La ligadura de trompas
supone un conflicto interno que es posible ubicar en coordenadas sociales en
las que los deseos individuales no existen.
No debería preocuparse tanto la Iglesia Católica por la ligadura de trompas,
que aunque deviene en método anticonceptivo abre, por su extremismo y su
carácter invasivo en el cuerpo femenino, una brecha entre el dolor y el
placer difícil de cerrar. Si tomáramos caso por caso de los conocidos, no
encontraríamos mujeres esperando recibir descargas voluminosas de placer,
sino hembras humanas hartas de padecer las consecuencias del sexo
reproductor. Mujeres sin niñeras que cuiden a los niños, mujeres sin otras
mujeres que las ayuden, mujeres sin control sobre sus cuerpos, sobre su
tiempo, sobre su trabajo, sobre sus vidas. El "parirás con dolor" les copó
la carne y ellas están gritando basta. (Página|12)

Periodistas
10/06/06
Hay preguntas que, de tan obvias, desconciertan. Los periodistas tendríamos
que tenerlo presente cuando entrevistamos a alguien. Esta semana fue el Día
del Periodista y nosotros tuvimos que contestar o contestarnos algunas
preguntas relacionadas con este oficio que no termina de convertirse en
profesión. Una brecha se abre hoy en las redacciones, cuando decenas de
pasantes de las universidades, provenientes de la carrera de Comunicación,
conviven con viejos lobos del mar de las noticias, que ya tienen nombre y
trayectoria, pero que empezaron a trabajar en esto por azar, por gusto, por
casualidad, porque era inevitable, pero no porque se habían preparado para
eso. La profesión, que antes era simple oficio, se aprendía como cualquier
otro: de abajo, imitando a un maestro, tomando nota, aceptando todo lo que a
uno le proponían, sumando horas de vuelo periodístico en horarios extraños,
celebrando cada día la suerte de estar ya rodeado de ese ruido exquisito que
eran, hace años, decenas de máquinas de escribir sonando juntas.
Hay muchas razones para ser periodista y muchas otras para no serlo. Lo del
cuarto poder, que se lo guarden. Los periodistas son una cosa muy distinta
que las empresas periodísticas. Pero entre los motivos por los que todavía,
más de veinticinco años después de haberme empezado a ganar la vida de este
modo, sigo eligiendo este oficio, está sin duda la posibilidad de haber
ingresado a mundos raros, haber sido testigo.
El primer viaje que hice para (Página|12) fue a Chile. Estaba todavía
Pinochet. Supuestamente, iba a una conferencia de prensa clandestina de la
cúpula del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que por primera vez
en ocho años se reuniría en Santiago.
Ellos esperaban a un hombre. Si no, no se explica que las instrucciones
incluyeran que yo me apareciera en un restaurante chino con una revista El
Gráfico abajo del brazo y que tuviera que esperar hasta que alguien me
preguntara "¿Esta es la de esta semana?". Yo debía responderle: "No, es la
de la semana pasada". Era ésa la contraseña que resultó bizarra, pero
hicimos el contacto de ese modo con un hombre joven que me dijo que se
llamaba Andrés y que, antes de despedirnos, me dio más instrucciones: tenía
que volver al hotel en el que me alojaba caminando por calles de tránsito en
sentido inverso, para impedir que un auto me siguiera; no podía visitar a
nadie ni hablar por teléfono con nadie; tenía que volver a verlo al día
siguiente en un bar. Lo vi, pero volvió a mandarme al hotel porque, dijo,
las condiciones no estaban dadas. Yo empezaba a ponerme nerviosa y a querer
volverme a casa. El Chile de Pinochet era agobiante.
Al tercer día, la cita era en Las Condes, en un restaurante lujoso. Me dijo
que después de comer iríamos a la presunta conferencia, pero resultó que no
era ninguna conferencia: iban a estar ellos cuatro y yo, nadie más. Y
también me dijo que por seguridad iríamos a un lugar en el que tendría que
pasar la noche. Pedimos la cena, pero yo tenía náuseas.
Pagó, salimos, caminamos una cuadra y nos subimos a una camioneta. Había más
gente, pero no los vi. Andrés me tapó los ojos con la mano y me empujó
delicadamente la cabeza hacia abajo. Escuchaban música. La camioneta iba
bastante rápido. Pero en un momento se detuvo la música y también la
camioneta, y ellos dejaron de hablar. Fueron segundos que duraron años.
Después me contaron que el Frente Patriótico, otra organización armada,
había puesto una bomba en un cuartel de carabineros cerca del que pasábamos
y había un retén imprevisto, y ellos también tuvieron miedo.
Llegamos a una casa pobre de la que pude ver el piso de tierra de la
entrada, con Andrés todavía tapándome los ojos. Ya en el comedor, Andrés
resultó ser uno de ellos cuatro: los otros tres estaban esperándome con el
fotógrafo del MIR: primero hicieron la foto, la clásica, la del pasamontañas
y los fusiles. Yo quería volverme a casa, desesperadamente quería volverme a
casa. No hice ninguna entrevista: no me salían las palabras. Les puse el
grabador delante y les pedí que dijeran lo que quisieran. Hubo mucho más
cotillón esa noche: me hicieron dormir en un cuarto separado del de ellos
sólo por una cortina de tela. Para ir al baño pasaban por delante de mi
cama. A duras penas pude creer lo que vi en un momento, ya relajada por el
tranquilizante que me había tomado: uno de los cuatro, con el arma en la
mano, en pijama, saludándome con la mano. Me tapé la cara con la sábana y me
pregunté: "¿Qué hago yo acá?".
A la mañana siguiente me sacaron en la camioneta y me dejaron en una
estación de micros. Andrés no era Andrés: era Patricio. Lo volví a ver
varias veces en Buenos Aires y, un par de años después, cuando fui a
Santiago a cubrir las elecciones porque se iba Pinochet, me lo encontré en
el aeropuerto. Era candidato a diputado.
Esta es una de las historias que con más claridad me quedaron grabadas en
todos estos años de periodismo. Creo que porque fue allí, en esa casa pobre
chilena, totalmente desbordada por los acontecimientos, que me pregunté por
qué estaba allí y me contesté: porque soy periodista.
No fue una gran nota, ni siquiera fue buena. Pero la sobrecarga de
adrenalina fue fuerte y me hizo advertir que podía soportarla. Después, con
los años, fui chequeando: si en la calle hay griterío o se escucha algún
disparo, y todo el mundo sale corriendo menos uno, es periodista. No se
trata del simple gusto por el peligro, es otra cosa. Es una curiosidad
malsana que nos lleva a tratar de ubicarnos en la primera fila para ver y
escuchar mejor cualquier cosa que pase. Para después contarla. (Página|12)

Una
pregunta a Freud
13/05/06
Esta semana, el escritor peruano Mario Vargas Llosa opinó que "no hay que
sobreestimar el indigenismo". Lo dijo mientras el boliviano Evo Morales no
para de sobresaltar incluso a sus vecinos blancos, y mientras el peruano Ollanta Humala, a pesar de los bordes vidriosos de su figura pública y los
desbordes homofóbicos de sus padres, disputará la presidencia del Perú en el
ballottage del 4 de junio.
Aunque Europa pose sus ojos displicentes en la América latina aindiada que
asoma detrás de esos nombres, esa mirada no logra arrancar de su cuajo la
pregunta que esa misma Europa se hacía hace quinientos años: ¿los indios
tienen alma?
La Europa cristiana, conquistadora, evangelizadora, se hacía esa pregunta
mientras destruía civilizaciones enteras cuyo esplendor la dueña de esa
misma mirada era incapaz de percibir. Europa no sabía percibir ni valorar ni
asimilar las diferencias. ¿Los indios tenían alma, además de oro?, debatían
los religiosos y los poderosos.
La pregunta interpelaba por el otro, por ese de piel de color, de costumbres
raras, de lenguaje extraño. Cuando ya habían muerto millones, se concluyó
que los indios eran seres humanos y que en consecuencia tenían alma, almas
irrecuperables como los cuerpos derribados en minas y batallas, en una de
las más extensas orgías de dominación que conoció la humanidad.
Hace una semana se cumplieron 150 años del nacimiento de Sigmund Freud, que
poco tiene que ver con la conquista de América y con las preguntas que esa
conquista instaló en las mentes europeas civilizadas. Sin embargo, un hilo
dorado se extiende, si se lo sigue bien, desde que San Agustín concibió la
conciencia cristiana hasta que el fundador del psicoanálisis le dio un marco
teórico a aquello que yacía invisible atrás o debajo o arriba o antes o
después de la conciencia: el inconsciente.
A los sujetos contemporáneos nos es casi imposible imaginarnos cómo vivían
sus vidas los hombres y las mujeres que nacieron antes de que San Agustín y
San Benito promovieran lo que se conoció como introspección cristiana. Ya en
ese momento, en los albores de la Alta Edad Media, las personas dejaron de
sentirse responsables sólo de lo que hacían: también eran responsables de lo
que deseaban, de lo que sentían o soñaban. El alma humana ya no era simple:
ya existían las buenas o malas intenciones, y existía un dios al que era
imposible ocultarle la verdad.
Hace un siglo y medio, Freud mezcló esa baraja y dio de nuevo. Vino a decir
que hay una verdad que no se puede confesar, porque uno mismo la ignora. Y
vino a decir también que hay palabras que no se pueden decir, que son
impronunciables; que no sólo hay olvido, que hay falsos recuerdos; que hay
aspectos nuestros que son acaso los más fuertes y potentes, a los que no
accedemos más que a través de la pena o el dolor que reprimirlos nos
provoca.
A pesar de que hoy Europa vuelve a posar sus ojos displicentes sobre países
latinoamericanos con población indígena, hoy los debates pasan por otro
lado. En los patios traseros del mundo, y también en los patios traseros de
los países centrales, millones de personas excluidas de toda estructura
social concebible se multiplican y se enferman, pasan hambre o tienen miedo,
ven morir a sus hijos o a sus padres, migran, escapan, soportan intemperies,
tempestades, son agujereadas a balazos o deshechas por misiles.
En nuestras ciudades, sólo hace falta salir a la calle después de las nueve
de la noche para ver al ejército de desahuciados revolviendo basura. La
mayor parte de las palabras que usamos les son ajenas: viven en nuestro
mismo mundo pero viven en otro, que les demanda poco vocabulario. Chapa,
cartón, birra, paco, faso, loco, moneda, madre. Esa palabra la pronuncian
seguido: cuando se es mujer y se baja el vidrio del auto y se estira la mano
para depositar en la palma de la suya una moneda, ellos dicen casi siempre:
–Gracias, madre.
¿Qué interpretaría Freud al respecto? ¿Qué voltereta extraña del lenguaje
les hace impregnar esa mínima ayuda, esa mínima molestia de extender una
moneda con un halo maternal? ¿Qué dicen los huérfanos de Estado cuando dicen
"madre" o "padre"? ¿Qué expresan los huérfanos de Estado cuando piden y
reciben ayuda y qué expresan cuando vuelven a ser rechazados, ellos, que
fueron rechazados desde que nacieron?
Pasaron siglos desde que Europa se preguntaba si los indios tenían alma. Hoy
podríamos blanquear una pregunta que no se hace pero que sin embargo se
responde por la negativa en los hechos, cuando la existencia de esos
millones de vidas miserables no sacude ni espanta; la pregunta sería: ¿los
pobres tienen inconsciente? ¿Los excluidos tienen inconsciente?
De un lado de la muralla, hemos aprendido, gracias a Freud, lo débiles y lo
fuertes que somos; hemos detectado lo permeables, lo vulnerables que somos a
determinados conflictos. Sabemos qué es un trauma. Sabemos que hay vidas
enteramente desviadas por algo que no se pudo procesar.
Pero mientras de un lado de la muralla nos asistimos y nos cuidamos para no
desbordar, del otro lado del muro, ellos, los huérfanos de Estado, soportan
su miseria con nuestra anuencia, como si hubieran venido al mundo sin alma,
igual que aquellos indios. Y sin conciencia; y hasta sin inconsciente.
(Página|12)

Adolescentes
29/04/06
Quedó como una incógnita qué quiso decir en su momento Carlos Menem cuando
habló de los niños ricos que tienen tristeza. También se ignora qué
consecuencias les acarreó a esos niños la riqueza acumulada durante la
década del ’90, pero de lo que no cabe duda es de que todos los otros niños,
los que están tristes pero no a causa del síndrome del niño que lo tiene
todo sino a causa de exactamente lo contrario, aumentaron estrepitosamente y
mitigan como pueden el paisaje desolado del plato vacío, la cama
inexistente, el techo de chapa, el gesto endurecido del padre o la madre sin
trabajo.
Como fuere, en las últimas semanas hubo noticias inquietantes que
involucraron a púberes de esos que usan celular con cámara de fotos y se
quejan porque el que quieren no es ése, que salió al mercado hace seis
meses, sino el que acaban de lanzar el mes pasado. Son los que si no tienen
iPod se sienten como sin cédula de identidad. Los que fueron a un jardín de
infantes en el que les enseñaron a usar teclados de computadora y que ahora,
a los trece, catorce o quince años, hacen el soporte técnico de sus padres o
madres, a quienes ven poco porque trabajan mucho, pero eso esos chicos lo
manejan, porque desde los ocho van al psicólogo a hablar de sus problemas.
Son los que van a colegios exclusivos cuyos aranceles no bajan de los
seiscientos pesos, y en los que desde el primer grado fueron instados y
estimulados para que se expresen, para que den testimonio, para que hagan
valer sus voces y para que también hagan valer sus derechos.
Hace unas semanas, las dos chicas de dieciséis años que usaron el sexo para
distraer a un compañerito caído del catre (a veces cuando uno está en una
cama haciendo ciertas cosas debería preguntarse si no se está cayendo del
catre) y aprovecharon la ocasión para alzarse con cien mil dólares
provocaron un asombro que no llegó a conmoción porque las historias sexuales
no conmocionan: sacuden e intrigan. Es curioso, pero el ménage à trois de
esos adolescentes de dieciséis años, compañeros de colegio privado, no
suscitó ningún informe especial acerca de las modalidades de iniciación
sexual actuales, ni sobre el rol de mujeres fatales y cachondas que usaron
ambas para robar un dinero que no necesitaban.
En cambio, la muerte de Matías Bragagnolo en el hall de un edificio de
Barrio Parque llevó los focos nuevamente a esos chicos. Llegó hasta haber
quienes volvieron sobre aquella temible pregunta que solía disparar Neustadt
en el viejo y horrible Tiempo Nuevo: "¿Sabe usted qué está haciendo ahora su
hijo?" Esa pregunta de la dictadura instalaba al enemigo interno en el fuero
doméstico. El extraño, el imprevisible, el sospechoso era no ya el joven en
general, sino más específicamente el hijo: bajo la pantalla de la
protección, había que vigilar y castigar, domar y amaestrar.
Todavía no se sabía por qué y de qué manera había muerto Matías, si esa
muerte había sido natural o un asesinato; y si había sido un asesinato,
tampoco se sabía si los victimarios habían sido esos chicos que se
presentaron a declarar y quedaron y continúan detenidos en institutos de
menores sin que nadie informe a sus abogados ni a sus padres de qué se los
acusa exactamente. No se sabía, pero muy pronto se habló de "patotas de
niños bien" que circulaban por esas zonas paquetas haciendo desmanes y
bravuconadas.
El manejo de la información no podía ser más antojadizo. Un adolescente de
dieciséis años había muerto en el hall de un edificio de Barrio Parque y la
noticia rebotaba en forma de mea culpa por cierta permisividad a la que los
medios atribuían esos desvíos. Una vez más, la palabra menos inocente del
mundo, "libertinaje", encontró un nicho de fertilidad. La palabra "libertinaje" es un modelo perfecto del lenguaje teledirigido a minar la
confianza en la responsabilidad, la educación y el modelo que les hemos dado
a nuestros hijos adolescentes. Porque encarnada en menores de edad, la
libertad se convierte demasiado fácil y peligrosamente en libertinaje. Y el
libertinaje es el hijo bobo de la libertad. Y la libertad nunca es cómoda,
nunca es fácil, nunca es lisa: tiene arrugas y pliegues de los que a veces
salen brujas. Los cazadores de brujas lo saben.
Más allá de esos casos extremos, más allá de esas noticias lamentables, lo
cierto es que hay muchos púberes de clase media dando vueltas por la calle
de noche y sin saber muy bien qué hacer. Y hay muchos púberes de clases
populares dando vueltas por la calle de noche y sin saber muy bien qué
hacer. Unos se aburren de lo que tienen porque han sido criados en una
sociedad en la que cada día hay algo más para tener. Otros están hartos de
nunca tener nada, y rumian su insatisfacción alcoholizada, mientras tal vez
ya estén acercándose al paco o a alguna otra droga que no los divertirá ni
los hará tomar litros de agua mineral. Sencillamente y sin ninguna duda, los
matará.
Habría que pensar en los adolescentes sin miedo a lo que ellos son, a lo que
ellos expresan de nosotros, sus padres; habría que pensar en ellos para
saber cómo hacerles más fácil el tránsito hacia una juventud que se avizora
complicada, y admitiendo que la vida que llevamos no es, probablemente, la
que ellos necesitan que llevemos. Habría que hablar en voz alta con ellos
acerca de nuestras frustraciones y nuestros límites, de nuestro cansancio y
nuestra falta de ilusiones. Y tal vez reemplazar esa horrible pregunta,
¿sabe usted qué está haciendo su hijo ahora?, por otras. Por ejemplo: ¿sabe
su hijo con qué sueña usted, qué ilusiones tiene todavía? ¿Sabe su hijo que
usted lo ama? (Página|12)

Del
palo
25/03/06
Este 24 el terrorismo de Estado cayó aniquilado bajo el fuego helado del sentido
común. Este 24 en las mesas redondas de la televisión a nadie se le ocurrió
invitar a alguien que disintiera con la idea de que el golpe del ’76 inauguró la
época más negra e infame de la historia argentina del siglo XX. Este 24 todos
los canales, todas las radios y todos los diarios dieron por hecho que en los
’70 no hubo dos demonios, sino organizaciones armadas para cuyo exterminio se
hizo necesario también el exterminio de miles de sospechosos que no fueron
sometidos a juicio sino secuestrados y asesinados sistemáticamente. Pero no
fueron así nuestros 24 de marzo anteriores. Esta verdad que se apoya en miles de
testimonios y causas penales no fue aceptada por los medios de comunicación
argentinos por la evidencia y el peso de los hechos. Los treinta años y el
contexto político hicieron este año que los medios consensuaran la versión que,
hasta hace apenas unos años, sólo sostenía (Página|12).
Opiné esto en la reunión de edición y se me dijo que "no podemos salir a decir
eso de nosotros mismos. Eso ya se sabe". No estuve de acuerdo. No sé si se sabe,
en todo caso sí creo que los lectores fieles de este diario sí lo saben, y son
lectores que, precisamente, durante los últimos 19 años tuvieron una referencia
para medir la realidad en base a un punto de vista en común, el que une a
quienes escriben en (Página|12) con quienes lo leen.
Desde su nacimiento, en 1987, este diario cedió espacio para que los familiares
de las víctimas del terrorismo de Estado mantuvieran vivo el recuerdo del
horror. Aun en épocas en que (Página|12) parecía aguafiestas, porque seguía
recordándolos a ellos, a los que cayeron, mientras el país chorreaba la grasa menemista, los derechos humanos fueron prioritarios y uno de los indudables e
inequívocos pilares del hormigón ideológico de este diario.
Y muchos de nosotros no hubiéramos podido escribir nuestras opiniones ni dar a
conocer nuestras percepciones sin este medio, sin esta herramienta, sin este
lugar en el que las computadoras descansan sobre viejas guías telefónicas y los
baños distan de parecerse a los de un shopping. Hoy es un 24 diferente, recibido
por una sociedad que, más tarde que temprano, se ha decidido a llamar a las
cosas por su nombre. Así fue que las llamó (Página|12) desde un principio, y es
justo y necesario decir que profesionalmente es un orgullo haber estado y seguir
estando aquí. (Página|12)

Ana María
05/12/05
(APE).- "No tengo leche para darle al bebé, y no puedo darle la teta porque
tengo SIDA".
Entre las comillas de esta frase textual se encierra el drama de Ana María. Ella
y su marido y sus cuatro hijos viven un infierno. Un infierno más rojo y más
cruel que el de la mayoría. No tienen trabajo y la enfermedad les asegura
diariamente que es inútil buscarlo, que es inútil la esperanza de salir a
buscarlo, que no vale la pena intentar buscarlo. Y sus hijos tienen hambre.
Ana María describe sus madrugadas. Su beba se despierta aullando de hambre.
Ella, medio dormida, se acerca a la cuna y trata de calmarla con la leche
materna. Pero reacciona a tiempo, porque recuerda los consejos de los médicos
del Hospital Regional Ramón Carrillo, que hace unos meses le dijeron a Ana María
y a su esposo, Néstor, que eran portadores del virus VIH y que debían extremar
los cuidados para no contagiar a ninguno de sus cuatro hijos, y en especial a la
bebé de meses.
Ana María y Néstor quedaron liquidados por la noticia, pero faltaban otras: "Yo
trabajaba como cocinero, no sé cómo se enteraron mis patrones, pero al poco
tiempo me dejaron sin trabajo. Ahora estamos por llegar a un arreglo. Creo que
me van a dar un carrito para que venda comida, pero mientras tanto no tenemos
para comer", cuenta Néstor. Faltaban más: "El problema grave que tenemos ahora
es que en el Hospital de Niños no me dan más la caja de leche en polvo que me
sabían entregar. Los asistentes me dijeron que no entregan la leche porque el
Ministerio de Salud no manda al hospital. El problema es que no puedo darle la teta porque tengo SIDA", repite Ana María como disculpándose.
El círculo vicioso de la desgracia se traga a los seis miembros de esta familia
pobre, olvidada, castigada con la peste del hambre y la otra peste que en otros
sectores y otras latitudes ya no es tal: el SIDA se está volviendo una
enfermedad crónica y tratable, pero unida a la pobreza y a los prejuicios, sigue
siendo letal. (Fuentes de datos:
Diario El Liberal - Santiago del Estero 29-11-05)

Emergencia tucumana
07/12/05
(APE).- En el Hospital del Niño Jesús de San Miguel de Tucumán se detectaron 50
nuevos casos de meningitis durante el último fin de semana. El brote epidémico
de meningitis viral comenzó hace dos meses y muestra un incremento en el número
de contagios que, lejos de desaparecer, amenaza con salirse de control. Ya suman
350 los casos en total, desde fines de septiembre hasta ahora.
El subdirector de ese hospital pediátrico, Oscar Hilal, admitió por otra parte
que esos 350 casos corresponden a los niños que presentaban síntomas muy severos
y debieron permanecer internados, pero que los afectados por el enterovirus
"Echo 04" son muchos más. "En la mayoría de los casos los síntomas son leves y
solamente requieren un tratamiento ambulatorio, por lo que en realidad el número
de contagios podría duplicar tranquilamente esa cifra", dijo Hilal.
La titular del área de Infectología, Evelina Chapman, indicó que hasta el
viernes pasado se habían detectado 425 pacientes entre el sector público y
privado afectados por meningitis viral. La mayor cantidad de enfermos vive en el
área metropolitana de San Miguel de Tucumán, y el 60% de los afectados son
varones. Según la infectóloga, esto se debe a que el contagio de la enfermedad
está vinculado con la higiene, y las mujeres son más cuidadosas en ese sentido.
Pero Chapman fue más allá y agregó que las patologías infecciosas como la
meningitis viral están estrechamente ligadas a la pobreza. "Hay desigualdad
social y cada vez más gente pobre, sin agua potable ni cloacas, lo que propicia
la aparición de este tipo de brotes", dijo, y apuntó que "se le puede decir a
una mamá que compre lavandina y desinfectantes para el baño, pero no sabemos si
para hacerlo se verá obligada a optar entre eso o darle de comer un plato de
sopa a sus hijos".
¿Y el Estado? ¿Y el ministerio de Salud provincial? ¿Y el ministerio de Salud
nacional? Un brote de meningitis viral, una enfermedad que cuando afecta a niños
con un sistema inmunológico normal suele no dejar secuelas, es una bomba de
estruendo de desgracias entre una población diezmada y atacada por la mala
nutrición y las bajas defensas. El Defensor del Pueblo de Tucumán, Jorge García
Mena, está reclamándole al Poder Ejecutivo provincial que tome parte activa. ¿No
se da cuenta solo el Poder Ejecutivo provincial que tiene que tomar parte activa
ante una emergencia sanitaria como ésta? No, no se da cuenta. Debe pensar que
pobres siempre hubo, y que los pobres se enferman casi siempre. (Fuente de datos:
Diario El Siglo Web - Tucumán 30-11-05)
26/11/05
El señor divide aguas y no en un paisaje bíblico, sino en la pradera incierta y
sembrada de dudas de la progresía. Gente que opina lo mismo sobre el
neoliberalismo, la globalización o la salud reproductiva, que lee los mismos
libros o el mismo diario, que se viste parecido, que detesta las mismas cosas y
vota por lo general la misma boleta –aunque a desgano unos o con entusiasmo
otros–, lentamente va encontrando en él un insólito y ácido motivo de discordia.
Es que el hombre despierta entre los habitantes del yogur progre tanto
adhesiones enfáticas como abiertos rechazos. Tanto fervores desatados como
revulsión hecha y derecha. Hugo Chávez se está convirtiendo en el punto álgido
de las reuniones entre amigos, en el tema áspero de las mesas de los bares, en
un dique separador de un ancho río que en realidad nunca fue, ay, más que la
confluencia de unos cuantos arroyos.
Chávez puede deslumbrar con su oratoria a muchos, pero no a ese psicoanalista
porteño que tampoco compra el paquete Kirchner en pack familiar. Puede seducir a
muchos miembros de la Corriente Clasista y Combativa o a militantes de base de
barrios periféricos, pero no a esa docente de extracción marxista que lo mira
con el recelo propio de los que, aunque ya no, alguna vez creyeron a pie
juntillas en aquel asunto de la vanguardia iluminada.
–Después de todo es milico –apunta uno que no lo traga.
–Perón también fue milico –anota otro que ya se inscribió en el club de
admiradores de la palabra "bolivariano".
–Habla demasiado –señala uno que estuvo en la anticumbre y quedó acalambrado.
–Fidel también habla como mínimo cuatro horas cada vez que abre la boca –compara
otro que también estuvo en la anticumbre y cedió al encanto de esa voz de
cantante de boleros.
–Quiere protagonismo, goza de ser el nuevo archienemigo de Bush –critica uno que
prefiere perfiles discretos y jamás se pondría una guayabera.
–¿Y eso qué tiene de malo? ¿O no es necesario el protagonismo cuando se hace
política? –razona otro que estuvo exiliado en México y adora los picantes.
Pero habría que volver al principio de este diálogo imaginario entre habitantes
del yogur progre para intentar captar por dónde pasa la principal línea
divisoria de aguas entre los que compran a Chávez y los que se detienen en la
vidriera, pero siguen de largo. Aunque en rigor, si se tratara apenas de
comprarlo o de observarlo, probárselo y decidir que no es de nuestro talle, las
cosas no irían tomando el rumbo pasional que toman. Chávez va dejando de ser un
excéntrico presidente latinoamericano pródigo en anécdotas políticas tropicales
y gestualidad de realismo mágico, para ser un referente con el que Kirchner
parece simpatizar más que con Lula o Tabaré. Es decir: Chávez va acercándose.
–Después de todo fue un milico.
–Perón también fue milico.
En esas dos líneas hay escondido un dilema que separó durante décadas a la clase
media argentina, y que se fue extinguiendo a medida que el radicalismo se fue
volviendo un híbrido y que el peronismo se fue convirtiendo de movimiento en
bolsa de gatos. En las épocas en las que los cumpleaños familiares eran
saboteados por el antagonismo entre un primo peronista y un cuñado gorila, en
esas épocas hiperpolitizadas en las que las discusiones de sobremesa podían
alcanzar un tono excesivamente destemplado, emergía de un lado la resistencia a
la "masificación" y la "manipulación", y del otro, la sintonía con un
enamoramiento del que la izquierda propiamente dicha jamás participó: el
incontenible poder de un conjunto basado en un consenso. El que objeta "después
de todo fue un milico" recoge el guante de los hijos doctores de inmigrantes
que, ya ilustrados y en mocasines, siempre se pusieron pantalla total contra el
sol que irradian multitudes de desarrapados que, aquí o allá, en una época o en
otra, han protagonizado efervescencias acríticas y lealtades incondicionales a
su líder. Por otra parte, quien contraataca con el "Perón también fue un milico"
se enmarca en el contexto de quienes escucharon a Perón hablándoles al oído,
hablándoles casi de amor, y crecieron y maduraron con la piel sensible al
redoble de los bombos y el olor penetrante de las marchas de los trabajadores.
La figura de Chávez, unida a la extracción política del matrimonio Kirchner,
reactualiza, dos generaciones después, aquellos puntos de vista. La palabra
fetiche que usa tanto la derecha como la izquierda para la descalificación de
Chávez es "populismo". Es sabido que el lenguaje ordena el pensamiento,
distribuye las cartas, marca las reglas de un juego que no siempre saben que
juegan los jugadores. La palabra "populismo" está cargada con el peso específico
de un prejuicio político, en el sentido que Hannah Arendt le da a ese saber no
personal sino colectivo, que predispone para bien o para mal. Un prejuicio
político es –según ella, que les confiere tanto "eficacia como peligrosidad"– un
falso juicio que sin embargo "oculta un pedazo de pasado. Bien mirado, un
prejuicio auténtico se reconoce además en que encierra un juicio que en su día
tuvo un fundamento legítimo en la experiencia". El prejuicio se encarga de
arrastrar un juicio a lo largo del tiempo, de deformarlo y de imponerlo como un
sobreentendido. En este caso, el prejuicio supone que aquello que se llama "populismo" mantiene entretenidas a las masas, las engolosina con demagogia,
pero no se traduce en cambios reales de poder. Eso deviene del prejuicio de
izquierda, aunque su equivalente de derecha permite inferir que es precisamente
algún movimiento real de poder lo que espanta a las oligarquías a las que
siempre han asqueado los "populismos". Precisamente, por una cuestión de clase.
"La política siempre ha tenido que ver con la aclaración y disipación de
prejuicios", concluye Arendt. Trasladando esa idea a este momento, el debate
colectivo que se hace interesante es efectivamente la revisión de la palabra "populismo". Habrá que desnudarla, abrirla, diseccionarla, como a un sapo que
alguna vez algunos se tragaron, ¿pero quiénes? ¿Contra quiénes operó
históricamente el "populismo"? ¿Y a quiénes benefició? No vaya a ser que por no
revisar ese sapo nos estemos prestando a tragar otro. (Página/12)

Niñez en Argentina. A guiso
y mate cocido
16/11/05
A tres años del punto más álgido de la crisis
económica y social que vivió la Argentina, guisos, fideos, pan y tortas fritas,
acompañando el mate cocido, siguen siendo ingredientes fundamentales en la dieta
de millones de alumnos. De acuerdo a las respuestas de los 300 docentes que
respondieron una encuesta de APAER, el 73% de los chicos en edad escolar son
alimentados por el Estado a base de esa dieta que derrocha hidratos de carbono y
que los priva de las necesarias proteínas.
GUISO
Trescientos maestros de todo el país participaron de una encuesta organizada por
la Asociación de Padrinos de Alumnos y Escuelas Rurales (APAER). Allí se
difundieron datos que obligan a mantener la guardia en alto cada vez que asoman
los balances o paisajes optimistas en relación al hambre de los chicos
argentinos. María Argentina Ovejero, maestra de la escuela rural N° 20 de
Catamarca, dijo que allí se debe alimentar a los chicos a razón de cincuenta
centavos por día y por cápita. Desayuno y almuerzo. Gabriel Romero, de la
escuela N° 760, del Chaco, se las ve peor: cuenta con treinta centavos para
palear el hambre de sus treinta y ocho alumnos, ya que recibe partidas solamente
para treinta. Esos datos se replican a sí mismos en otras escuelas y en otros
puntos del país. ¿Cómo hacen? El maestro Romero lo explica sencillamente: "No
salimos del guiso".
A tres años del punto más álgido de la crisis económica y social que vivió la
Argentina, guisos, fideos, pan y tortas fritas, acompañando el mate cocido,
siguen siendo ingredientes fundamentales en la dieta de millones de alumnos. De
acuerdo a las respuestas de los docentes que concurrieron a este encuentro, el
73% de los chicos en edad escolar son alimentados por el Estado a base de esa
dieta que derrocha hidratos de carbono y que los priva de las necesarias
proteínas.
"Menos hambre hay", indica Sergio Britos, del Centro de Estudios sobre Nutrición
Infantil (Cesni), "pero difícilmente estemos mejor que hace dos o tres años. Los
programas alimentarios llenaron los estómagos de alimentos secos y calóricos,
que aportan gran valor energético, pero que no solucionan la carencia de
micronutrientes que presenta el 25% de los chicos argentinos".
"Nos encontramos ante un alerta rojo nutricional que debe ser tenido en cuenta
porque estamos desarrollando, en estas zonas rurales, una generación de niños
físicamente débiles y con un bajo coeficiente intelectual", señala el informe de APAER, que adjunta la serie completa de fichas de las encuestas. De ellas se
desprende que sólo el 31,5% de los alumnos come carne junto con hidratos de
carbono. Y sólo el 15,3% de los maestros que concurrieron al encuentro respondió
que en la dieta de sus escuelas están incluidas las frutas y las verduras.
Apenas el 7,2% mencionó alimentos como huevos o lácteos.
En la nota de La Nación, medio donde fue publicado este informe, se deja
constancia de que se intentó hablar con el ministro de Salud, Ginés González
García, para cotejar estos datos. Pero "nunca fue posible hallarlo", escribe
Evangelina Himitian, que firma la nota. Desde el ministerio, en el último año,
se ha indicado que hubo un descenso en la desnutrición infantil, y se sabe que
la Encuesta Nacional de Desnutrición, que está increíblemente pendiente, recién
comenzó a hacerse hace un año. Por eso "resulta muy llamativo que el país venga
gastando recursos en programas alimentarios sin tener aún un diagnóstico certero
del estado de la desnutrición", apunta por su lado Pablo Vinocur, coordinador
del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.
Paralelamente, lo que va de suyo: mientras no se allane el tema del hambre de
frente y por los cuernos, es decir, mientras el hambre sea combatida solamente
con entremeses baratos que distraigan pero no igualen a los hambrientos en sus
capacidades y oportunidades, el tema escolar permanece en un segundo plano,
cerrando el círculo altamente vicioso que hace de los pobres padres de nuevos
pobres. (Agencia de Noticias Pelota de Trapo)

Una
escena diferente
29/10/05
Después de una semana de profusas interpretaciones sobre los resultados del
domingo pasado, es difícil asomarse al tema con ánimo de agregar algo. Pero
probemos. Probemos con algunos detalles que quedaron colgados en los márgenes de
las elecciones, detalles que inauguraron una escena nueva en un país que parecía
condenado a la repetición de sus taras. Sólo algunos análisis enchastrados de
soberbia pueden leer esos resultados como prueba de la estupidez, la banalidad o
la equivocación popular, y no porque las muchedumbres nunca se equivoquen, qué
va, si ejemplos sobran, ni porque la palabra mayoritaria, por mayoritaria, sea
santa. Pero la mayoría de la Capital, que eligió a Macri, por ejemplo, está
lejos de ser una mayoría equivocada: es simplemente una mayoría de derecha que
se constituyó en tal sólo porque los dos candidatos progresistas (con todas las
comillas, o si se quiere bastardillas, que se le quieran agregar al adjetivo)
fueron por separado y dejaron abrirse entre ellos una brecha que no se agotó en
matices ni en puntos de vista, sino que adquirió el carácter de duelo de torpes
titanes, que es, por otra parte, el juego que mejor juegan los progresistas.
Al margen de estas consideraciones, que Macri emerja como un referente hacia
adelante puede significar un reagrupamiento aspiracional de la derecha, por
supuesto, pero también puede implicar, ese apellido del pichón empresario, que
el horizonte no exhibe, para los que los saben hacer, tan buenos negocios como
los que permitió el menemato. Puede implicar, quiero decir, que el capital esté
buscando afirmarse políticamente porque en ese horizonte necesita hacer política
con sus propias manos, mientras hasta ahora sólo hizo política por encargo.
Volviendo a los resultados, aunque Elisa Carrió elija explicar su performance
decepcionante echándoles la culpa, otra vez, a los demás, a esta altura a nadie
se le escapa que hay en ella y en sus demonizaciones un desajuste, una presbicia
que le impide leer la realidad empáticamente con sus posibles votantes. No es
miopía sino presbicia, porque los tiene cerca y los enfoca mal. Y, por otra
parte, ciertas dudas fundadas que estaban desparramadas entre los independientes
("¿Serán Duhalde y Kirchner lo mismo? ¿Son falsos estos enfrentamientos? ¿Se
tratará de una puesta en escena para que el peronismo sea el dueño de todas las
opciones?"), con el correr de los días y sobre todo con la respuesta popular,
quedaron dirimidas y, epa, que esto es nuevo: autocontestadas. Con el respaldo
de su porcentaje, es decir, con ese movimiento coreográfico de los votos
sosteniendo el liderazgo de Kirchner, esas preguntas se contestan con los
duhaldistas que empiezan a salir de escena. El voto masivo es el que libera a
Kirchner de compromisos con Duhalde. La del domingo pasado fue una de las
pruebas más evidentes de la dialéctica democrática. Kirchner juntó poder,
suficiente poder como para no necesitar a Duhalde. Y si algo es seguro, es que
ese animal político llamado Kirch-
ner no negociará con quien estrictamente no necesite hacerlo. Pero las urnas lo
invistieron, en ese mismo movimiento, de un deseo colectivo y de un mandato: ir
por más cambio. Si en los dos años que vienen el acento no se pone en la
redistribución de la riqueza, el próximo cheque le vendrá rechazado.
Su esposa, Cristina Fernández, no dio ninguna entrevista en campaña. Fue acusada
por no rendirse a la inercia de esa puesta en escena televisiva que son los
debates, las entrevistas para "exponer ideas", como tanto le gusta recalcar a
Macri, que sí frecuentó cuanto programa periodístico o de entretenimiento se
prestara a invitarlo. Lo de Cristina fue sin duda una estrategia perfectamente
diseñada, pero en ella late también un nuevo modo de plantarse políticamente
frente a los medios. Tan a menudo parece que lo mejor que le puede pasar a un
candidato es estar en la televisión o aparecer en entrevistas de tapa de los
diarios que lo de esta mujer fue desconcertante. Desde el punto de vista
periodístico, obviamente, Cristina retaceó la materia prima de la que viven los
medios: gente dispuesta a ser noticia. Pero ella fue, sin embargo, la gran
noticia. Y, en parte, por haberse mostrado única dueña de su imagen y su propia
palabra. No permitió que el sesgo de uno o varios medios le moldearan el perfil.
No hubo intermediarios entre su voz y sus destinatarios, que la pudieron
escuchar solamente en los discursos de campaña. De esa manera, paradójica y
arriesgada, Cristina se convirtió solamente en una candidata. Por los
resultados, se infiere que se convirtió en La Candidata.
Esa estrategia de no mediatizarse, de no salirse del registro de campaña, tiene
por supuesto sus probables grietas, dando por sentado que los medios de
comunicación son una de las patas de la democracia, ese famoso tábano que
aguijonea al caballo. Pero el matrimonio Kirchner es caprichoso con algunas
cuestiones. El salió a conceder y a respaldar a cuanto candidato le resultara de
importancia, mientras ella elegía el perfil bajo cuando estaba trepando a la
escasa lista de los presidenciables. No le da ni el carácter ni la historia
personal para suponer que tuvo miedo de exponerse. Más bien, parece, esa
actitud, un rasgo inaugural y prescindente de usos y costumbres que, por otra
parte, si hay que decirlo todo, acompañaron siempre, de un modo acomodaticio y
muchas veces ruin, los ritos de la misma política de la que la gente está harta.
Este hombre y esta mujer son de algún modo misteriosos. Son porfiados.
Desconfiados. Duros. Todavía, incluso para los que los ven con simpatía, son
bastante indescifrables. Sostienen convicciones muy emparentadas con las de
mucha gente cuyos líderes fueron cayéndose del mapa de la realidad. Defienden
ideas muy cercanas a las de mucha gente cuyos referentes fueron hundiéndose en
el barro de la impotencia. No hace falta recordar los nombres. Están frescos y
todavía provocan malestar. Este hombre y esta mujer no le tienen miedo al poder:
lo desean, lo conocen y saben sus artimañas. No lo disimulan. Y aunque no suene
romántico, es esa postura fáctica ante el poder lo que puede hacerlos
históricamente interesantes. Si pueden con el poder, claro. (Página|12)

Brasero
(APE).- María Mercedes Ledesma tiene 5 años. La semana pasada dormía, junto a
sus cuatro hermanos, en una casa pobre ubicada en Congreso Prolongación del
barrio Industria, en Santiago del Estero. Nombres ridículos, paradójicos,
patéticos para servir de escenario al drama que ocurrió. Los bomberos
reconstruyeron los hechos. Por la mañana, Verónica Divina Chávez, la madre, le
pidió a Virginia del Valle, una de sus hijas, que encendiera el brasero. Según
la naturalidad con la que consignan ese pedido los cables de agencia, se trató
de un acto rutinario, correspondiente, pertinente en el contexto de la vida
cotidiana de las pobres casillas del barrio Industria.
La niña encendió el brasero, pero dejó cerca de él un bidón lleno de cinco
litros de aguarrás. Al rato, Rodrigo, uno de los hermanos menores, se acercó el
brasero, esa temible fuente de calor en las barriadas desahuciadas, y arrojó
aguarrás, provocando la tremenda combustión que originó una explosión. Al
acercarse Martín Ledesma, el padre de los chicos, vio a María Mercedes, de cinco
años, envuelta en llamas. Desesperado, tiró sobre ella un balde de agua, pero el
fuego no cedía y la niña seguía ardiendo. El padre finalmente tomó el cuerpo y
lo sumergió en un tacho con agua de 100 litros. Allí el fuego se aplacó, pero
María Mercedes estaba quemada, tenía heridas en el 85% de su pequeño cuerpo. El
padre trató de que la atendieran en diversos lugares del barrio, incluyendo la
casa de un curandero, pero el estado de la nena era tan grave que finalmente fue
trasladada al Hospital de Niños Eva Perón, de la capital provincial, donde quedó
internada en terapia intensiva.
Jessica Soledad, de nueve años, Rodrigo Maximiliano, de siete, Gabriel
Alejandro, de ocho, sus hermanos, también sufrieron quemaduras en los brazos y
en las piernas. El contexto de esta tragedia no es sorprendente. Es, como el uso
del brasero, el que le corresponde por maldición social: los padres viven con el
Plan Jefes de Hogar, no tienen cobertura médica y sobreviven con changas
esporádicas. María Mercedes se debate entre la vida y la muerte en una cama de
hospital.
(Nuevo Diario Web 12 y 13-10-05)

Ellas
dos
24/10/05
Nadie puede negarles el carnet del club. Quedaron lejos y extemporáneos los
tiempos en que Elisa Carrió, más que lamentarse, se jactaba de jugar en las
ligas mayores y no tener marido. Tanto Cristina Fernández como Chiche Duhalde
juegan en las mismas ligas, tienen marido y nadie podría negar que las dos son
verdaderos cuadros con una impronta propia, aunque esas huellas personales sean
tan distintas como lo son los hombres que eligieron, la manera en la que
hicieron sus campañas, el lenguaje que usaron, la iconografía que desplegaron,
los propósitos políticos que esgrimieron y hasta la ropa que usaron.
Chiche se llama González, pero se deja nombrar orgullosamente Duhalde, a la
usanza de aquellas familias bienvenidas que hacen del apellido masculino un sino
protector, una marca en el orillo de la que nadie reniega. Eso para no caer en
chistes fáciles, es decir, para no asociar la fidelidad al apellido de las
viejas familias de la Italia del Sur, la tierra de la que salieron los Corleone,
a los que Cristina hizo referencia al principio de la campaña. Ella, por su
parte, se llama Fernández y reclama que le digan así. "Cristina Fernández o
simplemente Cristina", supo decir hace un tiempo, cuando en los primeros actos
iban apareciendo las siete diferencias entre ambas. La verdad, puede que la
gente del común por la que se dejaron besar las llamen Chiche o Cristina, pero
lo cierto es que en sus respectivos entornos las dos tienen un halo de "Señora"
temible, esa Señora que a la que el poder no la perturba ni la intimida: más
bien, la condimenta. Fernández o Cristina quería la primera ciudadana que la
llamaran, aunque la K la circunde y la resignifique, y sea ella misma uno de los
pilares de la era K.
Es curioso, pero mientras Chiche se dejaba llamar Duhalde, Duhalde se quedó en
su casa. A Cristina Fernández su marido, en cambio, la secundó en persona y acto
tras acto. Los dos –o los cuatro– habrán hecho cuentas y habrán pensado en el
rédito de quedarse o de ir. Duhalde está acostumbrado a construir y regentear el
poder desde la ausencia, suele declarar cada tanto que su misión está cumplida y
negocia, desde lejos o las sombras, una sucesión que nunca es tal. Kirchner, por
su parte, llegó al gobierno débil y se fue fortaleciendo en un gesto replicado,
aquel gesto inaugural de salirse del protocolo y exponerse, poner el cuerpo,
incluida la frente, para que un lamparazo terminara en curita. Y así fue la
manera en la que esos dos hombres respaldaron a sus mujeres en esta campaña:
uno, haciendo mutis por el foro. El otro, sentándose en los palcos y dejándose
convertir en "El", ese apelativo con el que Cristina decidió intermediar el lazo
matrimonial. Ese "Usted, Presidente" que le fue dirigido tantas veces, fue un
hallazgo que algunos tildaron de grandilocuente o ficcional, pero es que no
existe la campaña política sin ficción, no existe la vida real en una temporada
en la que los candidatos y las candidatas están obligados a decir, en mil
maneras diferentes, "yo soy mejor".
La iconografía que utilizaron ambas también las diferenció, y cómo. Chiche fue
con su escudo y con su marcha, siendo doble de riesgo: ¿qué significa en la
Argentina de hoy ser el portador del escudo y la marcha? ¿Qué fantasmas se
agitan a la hora de ver ese escudo y escuchar ese sonido? El origen glorioso de
todo eso, aquel ’45, quedó sepultado bajo el polvo tóxico del ’74 y lo que
siguió. Sólo el aparato ama al aparato. Y las riendas que sujetaban a amplios
sectores bajo el manto dudoso del apriete o el clientelismo, se aflojan ante una
nueva forma de construcción de poder, aunque esté en ciernes, aunque sea verdad
que lo único que pasó es que los intendentes del conurbano cambiaron de
proveedor, aunque la intimidad del estado de las cosas en la provincia
permanezca como siempre, nublada y accidentada. Lo cierto es que allá fue
Chiche, cuyo acto de cierre de campaña lo dijo todo: fue en la localidad de
Presidente Perón, en un escenario montado en la calle Eva Perón, con música y
cotillón de gente que bajó de micros que quedaron estacionados en la avenida
Rucci. Todo dicho. Cristina, por su parte, habló en teatros de butacas cómodas,
sin grandes movilizaciones, con escenografía austera y papelitos que humanizaban
los finales. Quirófano peronista, asepsia K.
Chiche recurrió al sentido común y a la emoción partidaria. Cristina saltó a la
racionalidad de un proyecto y entronizó a su marido como el referente capaz de
guiar al país en ese trance. Chiche repitió el vestuario y en entrevistas pudo
vérsela varias veces con la misma chaqueta de colores neutros. Como una señora
de clase media que no tiene reparos en embarrarse los zapatos y que no descuida,
a la hora de las preocupaciones, el precio de la lata de tomates. En el discurso
elegido por Cristina no existen las latas de tomates. Existen, sí, datos de la
macroeconomía que permiten inferir que las cartas está bien echadas y que lo que
hace falta es que alguien las baraje de nuevo y las reparta mejor. El resultado
parece indicar que, con todas las salvedades del caso, Chiche jugó un juego
conocido que no seduce a nuevos jugadores, y Cristina, que no dio entrevistas ni
hizo declaraciones, que se empastó de rimmel y lució sus extensiones como una
imagen rediviva del ideal de belleza madura no reñida con un mejor promedio,
elevó el nivel, se exhibió convencida de pensar lo que dice y prometió un
horizonte al que hoy miran muchos más. Después de las elecciones, ahora, con el
poder embadurnado de la crema reafirmante de la victoria, es la hora de la
responsabilidad con lo enunciado.
(Página|12)

Cuerpos
peronistas
01/10/05
El 10 de diciembre de 1983, en la Plaza de Mayo, era difícil hacerse un lugar
entre la muchedumbre. Había tanta gente que era preciso hacerse paso rozando,
tocando cuerpos. Eran dóciles aquellos cuerpos festivos. Y el cuerpo de uno
mismo también. El cuerpo de uno mismo, siempre arisco en la forzada proximidad
de los ascensores, siempre incómodo en el lento ritual de las colas bancarias.
Los roces ese mediodía no alteraban a nadie. Una mano en la espalda de alguien,
un brazo en la cintura de alguien para seguir adelante. La devolución de
sonrisas amigables, el espectáculo de los ojos vidriosos y los hijos a
caballito. Lo recuerdo así. La plaza inundada de gente suelta y unida. Como una
primera vez de calmas burbujas personales en suspenso. Antes había conocido
marchas tumultuosas y agitadas por la represión, solamente eso. Como un gran
cuerpo colectivo atravesado por la felicidad, ese día se dejaban atrás los años
de la dictadura. Y eso era político pero íntimo. Y era íntimo pero era político.
Entonces, de pronto, por la esquina del ex Banco Hipotecario, entró la columna
de la JP. Esa gente era distinta. Estaba unida, no estaba suelta. Los bombos
parecían parte de sus cuerpos y de sus voces. Honraban a sus muertos con
cánticos desgarrados. Venían saltando, o caminando, del brazo, levantando las
banderas, venían como un tropel, confundidos unos con otros, amalgamados en ese
engrudo de pertenencia enorgullecida a pesar de que su candidato había perdido
las elecciones, a pesar de que el cajón que Herminio Iglesias había exhibido en
la 9 de Julio, en el acto de cierre de campaña, formaba parte de su mismo
idioma. El peronismo se me presentaba en aquella época como un lenguaje pródigo
en dialectos. El de Iglesias era uno de esos dialectos. La apabullante marcha de
la columna de la JP expresaba otro. Pero el peronismo, en todas sus versiones,
era finalmente una dimensión no sólo de la política sino del otro, de las
emociones, de los límites, de las clases, de las ideas.
Para los que nunca experimentamos el sentimiento peronista, ese fervor se nos
aparece extraño, acerado. Impenetrable. El peronismo representa una identidad
política pero abarca territorios personales. Y en esos territorios, el peronismo
lo que hace es disolver vallas infranqueables entre personas, contenerlas en un
envase multitudinario y profundamente sentimental. Claro que no hay nada más
revulsivo que mirar un espectáculo pasional por la ventana, y los no peronistas
no hemos hecho mucho más, incluso desde la lenta extinción de lo que durante
décadas se llamó "gorilaje", que observar una escena patética entre peronistas
que se pelean, se insultan, se acusan, se amenazan. Los peronistas llegaron a
matarse. ¿Cómo se explica? ¿Cómo se explica que llevados a ese borde en el que
tuvieron lugar las peores de las traiciones y los peores crímenes, algo siga
haciéndoles de red, de telaraña que los sostiene?
Ejemplos de contradicciones y miserias peronistas hay de sobra. Pero por eso
mismo, quise recuperar en el principio de esta nota y de estos pensamientos
aquella visión de la gloriosa columna de la JP haciendo su arribo a la Plaza de
Mayo ese día en que se retiraba vencida la dictadura cuyas víctimas, en su
mayoría, les pertenecían. Porque para los que no participamos del sentimiento
peronista, acceder por un instante a la intimidad de ese goce de pertenencia no
es sencillo. No es sencillo ponerse en el lugar de un peronista. Ni pensar con
su cabeza. Ni razonar con sus argumentos. Ni prever la elasticidad y el alcance
de sus lealtades. ¿No se obliga el peronismo, en todo caso, a un debate profundo
y descarnado que revise la palabra "lealtad"? ¿Qué significará, nos preguntamos
los no peronistas, la "lealtad" peronista en estos días? ¿A qué horizonte nos
enfrenta? ¿A qué chascos nos invita a prepararnos? ¿Se aplica la palabra "lealtad" a las ideas –seas éstas cuales fueren– y a quienes suscriben a ellas,
o al "conjunto peronismo", en cuyo caso tendrán razón quienes sostienen que las
peleas entre peronistas siempre son una especie de ficción?
Cuando vi entrar a la Plaza a aquella columna de jóvenes de la JP, accedí por
unos instantes a esa magia que espejaban. Mirándolos desde una ventana
simbólica, pude entender qué los unía, casi qué los emparentaba. Esa fue la gran
obra de Perón. Engrudar a la gente. Hacer del peronismo el único teatro en el
que tantos tienen localidades. Estaba leyendo, en aquella época, El origen de la
tragedia, de Nietzsche. Ese texto complicado y poético en el que el filósofo
describe el surgimiento de la tragedia griega como una combinación majestuosa
entre dos pulsiones humanas: el impulso de recortarse como individuo y el
impulso de confundirse con los otros. Nietzsche se pregunta por qué, en su
esplendor, los griegos necesitaron inventar un arte en el que expusieron ante sí
mismos todo lo horrible. "¿Hay quizá una neurosis de la salud, de la juventud de
los pueblos, de su adolescencia?", se pregunta.
Y me pregunté, mirando a los jóvenes de la JP, si esa amalgama de pertenencia
que los unía no tendría el rastro de la embriaguez dionisíaca, si no estaba
hecha de esa pulsión humana que necesita fundirse en los demás, rendir culto a
lo colectivo, borrar límites personales, ofrecerse en sacrificio a lo superior,
disolverse en un todo que contenga a los individuos. La tragedia griega estaba
hecha de ese impulso, pero combinado con la pulsión apolínea, la de la moral, la
de la templanza, la de la prudencia. Y, especialmente, con la esencia de Apolo:
la medida, la armonía, "todo en su medida y armoniosamente". Perón sabía.
Hoy sigue siendo necesario pensar en el peronismo, dentro y fuera de él. Desde
adentro, con serenidad y prudencia, porque ya sabemos a dónde conducen los
arrebatos peronistas. Y desde afuera, con el respeto que no siempre le tenemos a
esa extraña pasión argentina.
(Página|12)
25/09/05
La nena ya está grande. Tiene trece, y los temas de conversación son otros. El
otro día vino del colegio y comentó:
–Kirchner y Menem son de derecha.
A ella no le interesa la política. La aburren los noticieros y tampoco lee. Como
el sentido común indica que no hay que insistirle a un chico para que haga algo
–y no correr el riesgo de que no sólo no lo haga sino que lo deteste–, cuando
andaba por los seis o siete y vi que nunca pasaba de las dos primeras páginas de
los libros que le regalaba, me mostré indiferente. Con eso debo haber logrado
que no deteste los libros, pero que los lea, no. Chatea todo el tiempo y piensa
en ropa. Por eso me llamó la atención que viniera a avisarme que Kirchner y
Menem son de derecha.
–¿Y eso de dónde lo sacaste? –le pregunté.
–Me lo dijeron.
–¿Quién te lo dijo?
–No soy buchona.
–¿Qué te dijeron? ¿Que Kirchner y Menem son iguales?
–Que los dos son de derecha.
–El que te lo dijo debe ser troskista.
–¿Qué?
–De izquierda –dije, para simplificar.
–¿Y vos no sos de izquierda? –contraatacó. Tiene reflejos rápidos.
Así empezó una larga conversación con mi hija, plagada de lagunas,
contradicciones y figuras retóricas (de mi parte, claro) y reclamos puntuales de
especificaciones (de su parte) en todo lo relativo a la izquierda y la derecha,
el peronismo, Kirchner-Duhalde-Menem, Revolución Francesa, guerra de Irak,
chicos de la calle, colegios privados, ropa de marca, piqueteros, en fin, no
faltó nadie. Los hijos tienen esas cosas: lo obligan a uno a pasar en limpio lo
que piensa, incluso lo que uno da por hecho. Explicar, por ejemplo, por qué yo
no creo que Menem y Kirchner sean lo mismo y por qué toda mi vida suscribí a
ideas de izquierda pero no a un partido de izquierda, implicó hablar de los ’90,
de las empresas privatizadas, del consumismo y de la crisis, de derechos
humanos, pero especialmente implicó hablar de desempleo, inequidad y pobreza. Y
ahí me vi en un brete.
Esta semana los últimos datos del Indec dieron cuenta de lo que se huele en el
aire: el crecimiento no bajó, pero la pobreza y la indigencia tampoco. La
tendencia de la situación social sigue siendo positiva, pero la mejoría
registrada desde 2002 se desaceleró. Este último semestre la pobreza disminuyó
apenas un 1,7 por ciento, mientras que la indigencia se redujo en un 1,4 por
ciento. Desde la hiperinflación de 1989, a cada crisis le siguió un período de
recuperación, como también la hubo esta vez, después del estallido del 2001.
Pero desde 1989, cada vez, la mejoría se desaceleró, como ahora. El saldo de
cada crisis fue un porcentaje más abultado de la torta social pintado con el
rojo de la pobreza: pobres estructurales que ya no esperan ni oportunidades ni
capacitación ni que sus hijos tengan chance. Pobres marcados de nacimiento, con
una letra escarlata que los ubica en una categoría infrahumana: sus vidas se
desarrollan en las márgenes de un sistema que gira sobre sí mismo y cuyos
mecanismos funcionan a tracción sangre.
En estos términos, y sin adherir ni una pizca a la comparación que alguien le
sopló a mi hija, es precisamente ahora cuando el gobierno de Néstor Kirchner
deberá timonear para un lado o el otro. Si un crecimiento económico sostenido no
logra traducirse en mayor equidad, si los recursos que genera la economía no
rozan a los más indefensos y, todo lo contrario, siguen yendo a parar a la punta
de la pirámide, entonces se deberá concluir que hay matices inéditos en este
gobierno, como la defensa de los derechos humanos o la limpieza en la Corte
Suprema, pero también se deberá tener presente que, en su origen, las
violaciones a los derechos humanos y las injusticias subsiguientes surgieron
contra quienes luchaban a favor de la equidad. Y es la equidad la llave maestra
de cualquier cambio con pretensiones de histórico. Es la equidad el horizonte de
la utopía democrática. Es la equidad, en definitiva, el revés de la trama
capitalista.
La semana pasada, en Tucumán, en la escuela a la que va Barbarita, aquella niña
que lloró en televisión cuando le preguntaron qué había cenado la noche anterior
y qué había desayunado esa mañana, los 1500 alumnos no recibieron ni la copa de
leche ni el almuerzo. Problemas burocráticos impidieron que esos chicos
accedieran al alimento que les corresponde y que implica cuarenta centavos por
chico y por día. Los televidentes argentinos ya naturalizaron la desnutrición.
Barbarita los conmovió cuando esa palabra quedaba incómoda en una boca argentina
y en el granero del mundo. Pero todo se naturaliza, todo se aguanta.
Especialmente si le pasa a otro. Los problemas burocráticos de una escuela del
norte para darles de comer a sus alumnos son en realidad anecdóticos en un país
en el que ya nadie se sorprende de que los chicos vayan a la escuela a comer.
Hay 8.957.000 personas pobres y de ese total, 3.168.000 son indigentes. Por ahí
me quedé anclada en el ’45, en el ’59, o en el ’83, pero sigo creyendo que ser
de izquierda es sentirse responsable por cada uno de ellos. (Página|12)

El
yogur
17/09/05
Tuve buena voluntad y no me quise perder el gran acontecimiento mediático del
año. Así que el lunes pasado vi La Noche del 10. Aguanté el homenaje a los
maestros, la costilla de menos de Thalía, los reportajes bobos y todo eso, pero
la visión de Marcelo Tinelli entrando como un emperador romano me dio vergüenza
ajena y me dormí. En los días que siguieron me puse a hacer una encuesta entre
gente muy cercana, poco cercana y apenas cercana, y aunque preveía el resultado
no dejé de asombrarme: la mayoría no lo había visto, y los que lo habían visto
habían hecho zapping o habían seguido mirando pero para tener algo que criticar
al otro día. Entre mis muy conocidos, poco conocidos y apenas conocidos no hallé
ni una sola persona que hubiese disfrutado del show. Ese relevamiento me condujo
a una conclusión previsible: vivimos en un yogur. Entero y con fibra, pero un
yogur.
Aunque la suma de yogures ateste la heladera, cada uno de ellos no deja
de ser una casa de juguete, un ecosistema balanceado, un mundito sin grandes
ecos y sin grandes amenazas. Y si aconteciera alguna catástrofe, la
enfrentaríamos con alguno de los diez mandamientos freudianos, esos que llevamos
inscriptos en las células, esos códigos de barras que nos indican, si un día nos
levantamos temprano y nos ponemos muy activos, "estoy maníaco", o si un día nos
quedamos en la cama y hacemos fiaca, "me estoy melancolizando".
¿Quiénes formamos parte de esta hinchada yogurtera? Vamos, los que nos quedamos
irremediablemente afuera de esos fenómenos que atraviesan índices como el
rating, las multitudes, las pasiones populares, el frenesí dionisíaco que
embriaga a los porcentajes arrasadores y a las mayorías. Muchos de ellos pueden
incluso adorar a Maradona, pero de ahí a comprarle todo el stock de cotillón hay
un trecho. Somos tantos que a veces creemos que el yogur es grande, pero es
chiquito. Hace poco, un columnista de la sección política comentó que había
visto Showmatch. Fue con un afán casi antropológico, porque "me dije –dijo– no
puede ser que no tenga la menor idea de cómo es el programa que mira más gente.
¡Es insoportable!". Hay que tener estómago para aguantarse a los chicos haciendo
gracias y para soportar los alaridos de Tinelli y esa máscara sonriente de
carnaval eterno que tiene puesta en la cara, aunque uno lo estudie como a un
talentoso intuitivo que creó su propio poder en los medios a partir de ideas
baratas y ese tono de vestuario masculino. La hinchada yogurtera puede analizar
el fenómeno, cómo no, y debatir en bares de Palermo la decisión del Grupo Clarín
de cambiar de estrategia y canjear la facturación privilegiada del canal de
target ABC 1 por un pulso más popular que finalmente le permita reinar sobre
Telefé. Hasta ahí vamos bien. Pero sentarnos a ver desfiles de vacas flacas, en
esa especie de Feria de la Rural televisiva con modelos en bolas presentadas a
los gritos, hay un salto que no damos porque no nos da la estética. La ética
habría que ver, pero la estética no.
Lo de Tinelli y Maradona me llevó a pensar en qué otros rubros se delata quien
vive en un yogur. Estamos acostumbrados, por ejemplo, a algunos sobreentendidos,
como si lo que uno da por hecho fuera ley, y es que, efectivamente, es la ley
del yogur. Una amiga mía conoció a un tipo en el cine. Película ambigua, un buen
tanque norteamericano. Si lo hubiese conocido, por ejemplo, en un video club de
cine de autor, las cosas seguro hubiesen tomado un rumbo diferente. Pero lo
conoció a la intemperie, es decir, afuera del envase de yogur. Se miraron,
tomaron un café, se dieron los teléfonos. El llamó, hubo una cita. Estaban
nerviosos, así que hablaron poco. Hubo atracción y hubo una hora de los bifes
que funcionó bastante bien. Hubo una segunda cita, y él, que era, parece, muy
atento, la quiso sorprender... con un CD de Luciano Pereyra. Ella me llamó
inmediatamente después de pretextar una jaqueca irresistible y de mandarse a
mudar a su casa. Traté de convencerla de que no se puede descartar a un hombre
solamente porque viene con un CD de Luciano Pereyra. Ella contraatacó: "Sé
honesta. ¿Vos qué harías?". Me rendí.
Afuera del yogur hay muchas cosas. Cito algunas: uñas esculpidas, pelucas, botas
texanas, Coelho, Canal 9, anillos de compromiso, Macri-López Murphy, carteras de
Vuitton, Versace, Radio 10, entretejidos, anabólicos, mucamas con uniforme,
Bucay, la revista Gente, el catecismo, gemelos con iniciales, trajes a medida,
autógrafos, llamados a programas de televisión, llamados en el día del amigo,
tarjetas navideñas, pedidos de mano, bailanta, bótox, viajes en clase ejecutiva,
Ricardo Montaner, Jorge Rial, Pancho Dotto, curanderos, rosarios, remeras con la
leyenda Amo Miami, colágeno, promociones de marcas líderes, estampitas, sky en
vacaciones de invierno, pegamento, militares, tapados de zorro, anillos de
brillantes, Menem, techos de chapa, planes Jefe de Hogar, cuentas en Suiza, la
Bristol, el golf, quiniela, patines para no rayar el piso plastificado, Gerardo
Sofovich... ¿Sigo?
Me costó hacer la lista porque aunque parezca mentira el yogur es pequeño pero a
su vez, como una mamushka, contiene yogures todavía más pequeños. Hay grupos,
subgrupos, subsubgrupos que, hilando fino, pueden tener códigos tan rígidos que
expulsen, por no ser "del palo", a los del yogur inmediatamente anterior. Y
nuestras excentricidades suelen ser tan insólitas, que hasta es posible volver
al principio, y encontrar a alguno que fue y volvió antes que nosotros y nos
sorprenda confesándonos que Chiche Gelblung es lo más. (Página|12)
16/01/02
"No sólo me quitaron mi dinero. También me están quitando mi tiempo", dice,
serena, una anciana de pelo platinado mientras cumple su quinta hora de espera
en la cola de un banco. Es la tercera vez que viene, y será la tercera que se
vaya sin cobrar. La crisis puso tanta putrefacción sobre la mesa, que corremos
el riesgo de que este estado de cosas putrefacto se naturalice, que nos
habituemos a ver viejos desmayados, que aprendamos a saltarles por encima si en
el camino nos topamos con uno. Después de todo, eso y no otra cosa es lo que
hemos venido haciendo con otros, ¿o no era como saltarle por encima a un viejo
desmayado aquello de mirar con desdén y hasta con asco, incluso, a los pibes que
pasaban el trapo en los limpiaparabrisas de nuestros autos? ¿O no era como
saltarle por encima a un viejo desmayado aquello de irritarse con los maestros,
los estudiantes o los estatales que cortaban la calle? ¿O no era como saltarle
por encima a un viejo desmayado sentir fastidio porque los piqueteros nos
arruinaban el week-end quemando neumáticos en las rutas?
"No sólo me quitaron mi dinero. También me están quitando mi tiempo", dice,
serena, la anciana de pelo platinado. Habla en sentido literal: es su tercera
cola inútil en el banco, y cinco horas más cinco horas más cinco horas son un
día entero de la vida que ella vive despierta, y con esa lucidez de los viejos
ella dice: me están quitando lo que me quedaba por vivir. Me están quitando lo
que yo había planeado para mi vejez. Me están quitando mi libertad.
Es en este punto donde verdaderamente estalla este modelo, surgido de quienes en
algún momento nos hicieron creer que estaban privilegiando la libertad por sobre
la igualdad. Se sabía -y el que no lo sabía era porque barría sus propias
cenizas abajo de la alfombra- que somos una sociedad que desde que se sacó de
encima a las botas, hemos generado alternativas políticas que lentamente fueron
eliminando hasta de su discurso la idea de la igualdad: ¿quién se animó a hablar
de igualdad en estos años? Y ¿a quién le hubiese interesado escuchar hablar de
igualdad?
Nos embobamos con la idea de la libertad como un valor que nos indujo a ser
libremente descerebrados. Creímos, banalmente, estúpidamente, que éramos libres
porque untábamos nuestras tostadas con mermelada húngara o porque nuestros hijos
nos pedían un viaje a Orlando y eso no sonaba descabellado. Cómo son los chicos
de hoy, pensábamos, piden un viaje a Orlando como quien pide una pizza. Creímos,
aun sin decírselo a nadie, que éramos libres porque comprábamos microondas en
cuotas y porque nos habíamos mudado a un edificio con gimnasio y solarium.
Y ahora, mientras salimos a la calle con ollas de teflón, mientras el modelo
estalla, todo esto otro nos estalla en la cabeza. Primero vinieron por los
lúmpenes, después vinieron por los desocupados, más tarde vinieron por los
maestros y los estatales y los piqueteros, y ahora vienen por nosotros. Claro
que es tarde.
Una tara genética de la clase media yace en su propio imaginario, que habría que
rastrear en la asombrosa capacidad de negación de esos abuelos inmigrantes que
quemaron las naves. La clase media se ve más bella de lo que es. Se ve más
flaca. Se ve más rubia y más europea de lo que es. Se ve más educada. En ese
imaginario tarado que en mayor o menor medida todos llevamos incorporado, la
clase media siempre ha creído ver su destino atado al de los de arriba, y
siempre ha despreciado a los de abajo. Que ahora nos estalle la cabeza es bueno.
Es doloroso, pero es bueno. La verdad nos dirá de nosotros mucho más que las
sirenas noeliberales: somos gente pequeña, miembros de una clase insegura,
habitantes de un país inexplicable, gente negadora, pobre gente, cuyos sueños
fueron inabarcables, pero ahora caben en un garbanzo. Y en el mejor de los casos
seremos gente dispuesta a mirarse al espejo y a admitir que no sólo la clase
política argentina se ha comportado de una manera miserable. (Página/12)
03/03
El domingo 23 escuché en el lapso de una hora, en tres canales distintos y en
boca de periodistas que la pronunciaban en diferentes sentidos, la frase según
la cual "la primera víctima de una guerra es la verdad". No sé a quién
pertenece, pero no recuerdo haberla escuchado con tanta insistencia, tanta
fruición, tanto afán en otras guerras. Y ese mismo día, con la respiración
cortada por las imágenes que Al Yazira puso al aire y que mostraban con más
crudeza que los cuerpos de los estadounidenses muertos el pánico inyectado en
los ojos de los estadounidenses tomados como prisioneros, tuve la rara certeza
de que hay ideas que suben a la superficie de la conciencia colectiva recién
cuando se quiebran, cuando estalla la paradoja que encubren, cuando se asientan
en un debilitamiento de su propio sentido. Quiero decir: seguramente la primera
víctima de toda guerra es la verdad, pero también, seguramente, el hecho de que
en esta guerra esa frase sea tan frenéticamente revisitada indica que esta vez
al menos una forma de la verdad está pugnando por encontrar, literalmente, su
aire.
La semana pasada la televisión francesa emitió un documental sobre la señal Al
Yazira, desde su sede en Qatar. Por esos burdos estereotipos made in Washington
que sobrevuelan nuestras mentes, me imaginaba otra cosa. Esos estereotipos han
logrado que asimilemos "lo árabe" con la metralleta trabada, los hipotéticos
laboratorios de los que saldrán bichos minúsculos a contaminar Occidente, el
turbante harapiento flameando en el desierto, la oración desquiciada con mirada
a la Meca, el poderío nuclear disimulado en búnkers de puertas oxidadas, en fin,
el cómic negro para dar cuenta de miles de Bin Laden diseminados al otro lado
del mundo. La entrada de Al Yazira, con sus letras doradas, su tecnología
impecable, sus periodistas formados en capitales europeas, el tráfico incesante
de información, el tono hiperprofesional de sus presentadores, la elegancia y la
pulcritud de sus instalaciones, las camisas de corte perfecto de todos sus
empleados, todo eso, ubicado en el extremo opuesto del pasquín mecanografiado o
el video movido surgido del voluntarismo ideológico, me dio una idea más
realista de esto que está pasando y que comenzaría a pasar mucho más crudamente
dos días después, con esas imágenes de los soldados estadounidenses muertos o
prisioneros dando la vuelta al mundo: un contrapoder informativo, sostenido no
por los árabes desharrapados sino por los dueños de la riqueza regional, se ha
convertido ya en un factor desestabilizante de la historia oficial que hemos
consumido a lo largo de los años cada vez que a los marines del Norte se les
ocurría ir a impartir lecciones de civismo a algún lugar exótico.
Los analistas proestadounidenses no decían que "la primera víctima de la guerra
es la verdad" cuando la verdad era la de la cnn. No se preocupaban por "la
manipulación de la opinión pública" cuando los manipuladores eran ellos. Ahora
se escandalizan. Chillan por lo que la televisión iraquí muestra y Al Yazira
amplifica, porque así como Bush se autonombró presidente del mundo, ellos se
autonombraron editores de lo que la gente puede o no puede ver. Las imágenes de
los civiles muertos y heridos, así como las de los soldados estadounidenses
muertos o prisioneros, los han sumido en un estupor peligroso. Retroceden para
adelante, como siempre. Ahora bombardean las antenas de televisión iraquíes. Ahí
tienen otra prueba de que lo que Estados Unidos le hace a Irak se lo hace al
mundo: bombardean el derecho a la información mundial.
Fue muy fuerte ver los cuerpos inermes agujereados, desvestidos, ya ausentes de
esa escena que los reenviaba al mundo para mostrar una parte de la verdad antes
escamoteada. Pero fue mucho más fuerte todavía el casi existencial
interrogatorio al que eran sometidos los prisioneros: "¿Cómo te llamás?, ¿de
dónde sos?, ¿y por qué estás aquí en Irak?". Todos contestaban: cumplo órdenes.
Eso era todo, pero alcanzó para que quienes dieron esas órdenes, Bush, Rumsfeld,
Blair, comenzaran a desgranar la estúpida pantomima argumentativa según la cual
pareciera que es ésta una guerra en la que sólo un bando tiene derecho a
guerrear. La apelación a la Convención de Ginebra sonó obscena en boca de
quienes se han burlado de todos los consensos internacionales. Cierta locura
deambula por sus cerebros. Cierta desmesura delirante. Se han dado máquina entre
cuatro y ahora ahí tienen los muertos, los prisioneros temblorosos que no saben
por qué están ahí en Irak, el contrapoder informativo consolidado y competitivo
de una señal árabe perfectamente entrenada, tanto y tan bien como la CNN, para
mostrar la parte de la verdad que les convenga.
Es cierto que la verdad es un bien escaso en una guerra, pero ahora que la
estamos repitiendo, la frase es menos cierta que cuando Estados Unidos mató a
miles de afganos buscando a un fantasma que nunca encontró, o cuando inflamó el
Golfo Pérsico hace una década. Que sepamos que la verdad es esquiva en una
guerra es un hecho que conspira contra los intereses de Bush. De algún modo, una
rápida y eficaz victoria estadounidense lo que pondría de manifiesto es la
verdadera naturaleza perversa de esta guerra: si ganan fácilmente, significa que
Sadam no tenía necesidad de ser desarmado. Dios o Alá nos protejan de las
decisiones que se tomen allá arriba (en el Norte, no en el cielo) cuando
adviertan que es necesaria alguna catástrofe para volver a insuflar patriotismo
entre los carpinteros y los plomeros estadounidenses. El filósofo esloveno
Slavoj Zizej, que estudia el cine catástrofe estadounidense no como un producto
cultural sino más bien como un síntoma social, advertía hace unos meses que en
cierto modo las catástrofes funcionan en Estados Unidos como un moco ideológico:
ante ellas los estadounidenses se reenamoran de sí mismos. Los árabes no han
desarrollado aún tanto y tan bien su industria cinematográfica, pero las
catástrofes reales a las que son sometidos desde hace décadas les han permitido,
parece, desarrollar el arma con la que Estados Unidos no contaba y que puede ser
decisiva: la de la información. La primera víctima de esta guerra ha sido,
enhorabuena, la verdad monopólica estadounidense. (Brecha, Uruguay)

Nosotros
Fue tan lenta y brutalmente que la política se alejó de la gente, que el
miércoles, cerca de la medianoche, cuando la imagen de un patético Fernando de
la Rúa se esfumó de la pantalla, cuando instantáneamente el estruendo de las
cacerolas empezó a hacer resonar su eco metálico en decenas de miles de
balcones, cuando poco después todos salieron de sus casas y en cada esquina y en
cada avenida los vecinos empezaron a confluir en la termita indignada que forzó
la renuncia de Cavallo, cada uno sintió que aquello no alcanzaba, que tampoco
alcanzará la renuncia del gabinete ni la de De la Rúa. Cada uno lleva sobre sus
hombros la sensación de que hay que empezar todo de nuevo. De que hay que
refundar.
La visión de los saqueos durante todo el día, la amenaza de las tristes batallas
de pobres contra pobres, el caldo de cultivo para que nazcan serpientes de estos
huevos, la certeza de que allá, intramuros, en algunos despachos, otra vez
–¡otra vez!– había quienes intentaban pactar alguna innoble repartija sobre los
cuerpos calientes de los muertos y sobre los cuerpos todavía más calientes de
los vivos, todo eso y mucho más afloró en la conciencia colectiva. Nos han
robado, nos han estafado, nos han mentido, nos han manoseado, pero anoche
pareció que así y todo no nos han destruido.
¿Será ahora? ¿Será ahora que podamos barajar y dar de nuevo? En la madrugada del
jueves, las multitudes, repartidas en manzanas, en barrios, en esquinas, estaban
sorprendidas de sí mismas. Una fuerza superior y más potente que cada quien
estaba operando ese hecho histórico. No hubo consignas más allá de aquellas que
mandaron al carajo a estos tipos. No hubo otras banderas más que la azul y
blanca. No hubo atropellos ni desquicio, salvo contados incidentes seguramente
atribuibles o bien a gente arrancada o bien a gente al servicio de la confusión.
Los ciudadanos se reconocían entre sí. Azorados de sí mismos, de ser tantos, de
estar tan bien sincronizados con el arma inocua pero atronadora de sus tenedores
y sus tapas de olla, de pertenecer, ahora sí, por fin, nada más y nada menos que
a un pueblo que ha dicho basta, a un pueblo que aspira a la revolución que
significa sacarse de encima a los ladrones, a los charlatanes, a los miserables.
Un pueblo que está agotado de los males menores. Es con ese cuento que hace años
que nos vienen violando.
Esas multitudes espontáneas desparramadas por todo el país siguen sorprendidas
de su propia magia: sin consignas ni banderas ni líderes ni nada más que esta
atronadora presencia en la calle, empezó a tomar forma la palabra nosotros. Si
nos salvamos, será pronunciándola. (Página/12)

Vidas de
papel
31/01/05
Detrás del club Santa Catalina, en Luis Guillón, partido de Esteban Echeverría,
hay un manojo de casas de papel. O cartón o chapa, o madera o junco, o cualquier
cosa: esas casas se han ido construyendo con las sobras de otros. Ahí, a la vera
del club Santa Catalina, gente con nombre y apellido como Marcelo Sánchez o
Javier Quintana o Juan Ferreira venían pidiendo a la municipalidad que les
sacara literalmente de encima unos eucaliptos centenarios que amagaban con
venirse abajo, poniendo en peligro a sus familias. El municipio no contestaba, y
no es difícil deducir por qué: a los árboles centenarios hay que cuidarlos, hay
consenso generalizado, a esta altura, sobre el valor ecológico de un árbol
centenario. Un árbol que tarda tanto en crecer, un árbol testigo de un siglo. A
los niños se les enseña en las escuelas el valor de los árboles, sobre todo de
los árboles centenarios. Hay que respetar a la naturaleza. Amarla como a una
diosa madre tantas veces vulnerada. Pero esos eucaliptos que se agitaban
amenazantes con los vientos no dejaban dormir tranquilos a los jefes de esas
familias, que vivían en casas precarias pero no eran familias precarias.
¿Cuántas veces se confunden una cosa y la otra? ¿Cuántas veces todos creemos que
en casas sólidas viven familias sólidas y en casas prefabricadas familias
prefabricadas? Un día Juan Ferreira se hartó de temerles a los árboles, y a
machetazos se deshizo de uno. El municipio lo multó. Esa gente. Cuenta la
leyenda que cuando les dieron parquet lo levantaron para hacerse un asado. Ahora
talan los árboles centenarios. No entienden, no entienden.
No se sabe de qué trabaja Marcelo Sánchez, otro de los vecinos, pero salió a
medianoche para el trabajo y regresó a su casa nueve horas después. Fue la larga
noche del temporal. De lejos vio a los bomberos y a la ambulancia. Era cierto.
¿Era cierto? ¿Podía ser cierto? ¿Podía pasarle eso a alguien? Sí, podía. En el
reino de las casas de papel los árboles centenarios pueden caer sobre ellas y
aplastarlas. Lo dice la leyenda de los pobres: a ellos puede pasarle cualquier
cosa. El árbol había caído en plena madrugada, y había matado a su mujer y a dos
de sus hijos, dos bebés, que dormían abrazados. Se salvó solamente la mayor,
Micaela, de 4 años, que fue encontrada por un vecino entre el tronco del árbol
derrumbado y una pared.
Está bien que a los niños en las escuelas les hablen del valor de los árboles
centenarios y del respeto a la naturaleza. Y está bien que no haya árboles
pobres y árboles ricos. La naturaleza establece su democracia. Un árbol es un
árbol. ¿Y un hombre? ¿Y una mujer? ¿Y un niño? ¿Valen todos lo mismo, están
hechos todos ellos de la misma fibra y los mismos humores, o hay algunos de
carne, hueso y dignidad, y otros de papel, como sus casas? (APE - Clarín)

Intimidad
Uno de los ensayos que el novelista norteamericano Johnatan Franzen compiló en
su libro Cómo estar solo trata sobre la intimidad. Termina, ese texto, con
Franzen mirando por la ventana de su departamento: ve que en el edificio de
enfrente, una pareja se prepara para salir. El hombre se pone su camisa blanca y
mira televisión mientras su mujer se pasea por el living con una toalla en la
cabeza y una bata blanca. Mantienen entre ellos diálogos cortos, probablemente
informativos: puede ser que el hombre le esté preguntando a ella cuánto tiempo
tardará en estar lista o que ella le esté preguntando a él quiénes irán a la
fiesta. El hombre no termina de vestirse: algo en la televisión le ha
interesado. La mujer sale del living y al instante vuelve a entrar, todavía con
el turbante de toalla en la cabeza. Se repasa las uñas con un esmalte cuyo color
Franzen no logra distinguir, pero que seguramente es rojo. El matrimonio no se
mira. El le responde lo que ella le pregunta sin despegar los ojos de la
pantalla y ella lo escucha sin dejar de mirarse las uñas. Franzen está ante una
escena de la más completa intimidad. Después de un rato, que el hombre ha
aprovechado para terminar de ponerse su traje, irrumpe la mujer y es casi otra:
se ha peinado y lleva puesto un vestido sin breteles amarillo que le realza los
hombros. Piensa, Franzen, mirando esa ventana cualquiera de Nueva York, mientras
el hombre y la mujer apagan las luces del departamento antes de salir: ahí van,
hacia lo público.
El ensayo de Franzen sobre la intimidad contiene varias líneas de pensamiento
interesantes. Una de ellas es que el frenesí con el que la sociedad
norteamericana defiende el derecho a la intimidad no sólo señala y enfoca uno de
los grandes desvíos de la época (el que reúne, en un solo movimiento, la idea de
intimidad con la idea de libertad, cuando la idea de libertad es muchísimo más
amplia), sino que además encubre esa quisquillosidad con la que sin embargo se
soportan cada día nuevas y más sofisticadas tecnologías que irrupción en la
intimidad, una carencia aplastante y de la cual pocos se quejan: la minusvalía
de la esfera pública. Franzen redactó ese ensayo cuando el informe sobre el
escándalo Clinton-Lewinsky atraía la atención de la opinión pública. Y, como
ciudadano, se declaraba "invadido" por información privada (sexo oral, vestidos
manchados de semen, infidelidades, etc.) que no estaba interesado en saber. Un
malestar impreciso lo recorría: cualquier adulto sabe que el sexo cruza las
fronteras de oficinas y despachos, pero, decía, "como adultos que somos, ¿no
podemos fingir que nadie mira?". Lo que Franzen ensaya es un pedido de esfera
pública respetuosa de las convenciones con las que una sociedad la inviste. Pero
el problema con la sociedad norteamericana –inscripta en una tendencia que ella
misma lidera– es que desde hace décadas se viene reformulando esa convención que
define lo público: podría decirse que hoy la convención incluye sexo. Lo incluye
hasta la guerra, de la que los norteamericanos extrajeron, pese a cualquier
previsión, fotos porno.
¿A qué se le llama, en estos días, "intimidad"?, se pregunta el autor. Y se
contesta: "Al derecho a que te dejen en paz". Comparando la vida cotidiana de
cualquier habitante de un pueblo o ciudad pequeña del siglo XIX con la de
alguien cualquiera de una urbe contemporánea, es fácil advertir que la noción de
intimidad ha salido triunfante. Las vidas antiguas –y las actuales, todavía, en
ciertos pueblos– eran estrechamente monitoreadas sin necesidad de tecnologías.
Lo privado no gozaba de ningún status que supusiera necesidad de "protección".
El culto a la intimidad, no obstante, ese derecho que unánimemente se defiende
para hacer con la vida privada cualquier cosa que no provoque daños a terceros,
no impide que las mismas sociedades contemporáneas que han generado ese culto
generen en paralelo vidas privadas extraordinariamente tediosas y vacías. Cuando
se apaga la luz, para la mayoría de los sujetos contemporáneos no se enciende
nada. La noción de la intimidad es un falso resplandor sobre conductas
rutinarias y mecanizadas, sobre vidas privadas, privadas también de ese tipo de
accidentes (romances, deslices, vértigos, ardores) que el público consume a
granel en programas del rubro y, en Estados Unidos, en best sellers en los que
un ex presidente, por ejemplo, detalla cómo fue la primera vez que se dejó
inflamar por la becaria. El goce de la intimidad ajena reemplaza el tedio de la
propia. Miren el living de enfrente: verán una escena verdaderamente íntima. El
hombre mira televisión. La mujer lleva los platos a la cocina.

Los
Roldán contra la exclusión
Hace poco le escuché decir a Gerardo Sofovich, refiriéndose a Los Roldán, que
"los éxitos no se critican. Los éxitos se interpretan". Aunque agregó:"yo
solamente señalaría algo que me parece delicado, haría una crítica sobre algo en
lo que no sé si la producción ha reparado: hacen quedar a los ricos como malos y
a los pobres como buenos".
Me llamó la atención, porque los reparos que había escuchado hasta ese momento
acerca de la tira con más éxito este año siempre habían merodeado la pareja que
poco a poco -y sin previsiones demasiado puntuales del guión- fue convirtiéndose
en la de mayor protagonismo: la integrada por Gabriel Goity -en la ficción, el
empresario Emilio Uriarte de la Casa- y por Florencia de la V -ex Raúl Roldán,
actual Laisa Roldán-, travesti en apuros porque su enamorado tarda demasiado en
advertir lo que para cualquier cristiano es evidente a una cuadra de distancia:
que Laisa es exactamente lo que parece, alguien que una vez se llamó Raúl.
Esos reparos replicaron las polémicas desatadas en la Capital Federal hace un
par de años, resucitadas recientemente cuando se volvió a discutir el Código de
Convivencia, aunque ha pasado mucha agua bajo el puente (inversamente
proporcional a la mugre que se esconde abajo de la alfombra). Cuando irrumpieron
las travestis en la escena pública, lo hicieron pegadas a la oferta callejera de
sexo, el trabajo al que, según decían ellas en los programas televisivos a los
que eran invitadas (porque lo que revuelve las tripas en la esquina de la casa,
entusiasma y da rating en la pantalla del living), estaban condenadas: ¿Quién
iba a darle trabajo de otra cosa a una travesti?
Claro que no hay cajeras de supermercado travestis, ni empleadas bancarias
travestis, ni preceptoras de colegio travestis, ni vendedoras de seguro
travestis.
Y eso es algo en lo que, parafraseando a Gerardo Sofovich, acaso la producción
de Los Roldán no haya reparado, y que constituye indudablemente un mérito de la
tira: Laisa Roldán está muy lejos del universo de la prostitución, y ya lo
estaba cuando su familia era pobre y sobrevivían todos a los tumbos, gracias a
un puesto de fruta y verdura en el Mercado Central. Laisa siempre estuvo muy
lejos del universo de la prostitución porque siempre fue aceptada por su
familia, porque los suyos, aun "soportándola", nunca cuestionaron su identidad
sexual.
El guión de Los Roldán nunca subrayó este aspecto, simplemente lo mostró. El
guión expone otras "virtudes" de esa familia pobre premiada por un golpe de
suerte: son familieros, buenos amigos, leales, honestos, sinceros, en fin,
encarnan toda esa gama de adjetivos que recorre el abanico de "los buenos", pero
de entrada Laisa fue una más, una tía para sus sobrinos y sobrinas, una hermana
para el hermano que solamente cuando está fuera de quicio vuelve a llamarla
"Raúl". Laisa es una travesti incluida en su familia, una persona con derechos.
Y es en este sentido que el personaje opera de un modo reivindicatorio, y de la
mejor manera: no explicando las buenas intenciones sino sencillamente
poniéndolas en acto.
Hace algunos años las travestis, al menos en la Capital Federal -donde
proliferaron no solo en las zonas rojas sino también en marchas y
manifestaciones- todavía llamaban la atención de los chicos y ponían en apuros a
padres y madres con cierta dificultad para explicar la variopinta gama de
posibilidades de la especie humana. Hoy cualquier chico llama travesti a una
travesti, y ha quedado reservada la toma de posición sobre la identidad sexual
de esta minoría apenas en el artículo, femenino o masculino, que se le ponga.
Quien enfatiza que Florencia de la V es "un" travesti "lo" mira con malos ojos.
Quien le regala el femenino que ella desea para sí, la acepta.
Más allá de estas consideraciones, Los Roldán es una tira que pasará al olvido
apenas los picos de audiencia comiencen a declinar. El concentrado de ignorancia
y de brutalidad que se reserva la familia Roldán, más el concentrado de cinismo
y malas artes que practican los Uriarte, el clima chillón permanente y el
griterío sin respiro no la hacen soportable para muchos mayores de quince. Si a
eso se agregan las nuevas invasiones bárbaras, que son las Publicidades No
Tradicionales insertadas en el propio guión y que convierten a los personajes en
locutores y a la tira misma en una tanda publicitaria, somos muchos los que
optamos a esa hora por ver a Pettinato. Pero quizás, como balance, debería
dejarse constancia del mérito de haberle encontrado un lugar digno a un
personaje como Laisa, y lo deseable que sería que esta sociedad les encuentre
lugares así de dignos a todas las Laisas que habiten el suelo argentino.

Como el culo
11/01/04
Podría decirse que el culo nos iguala, por no decir que es democrático, porque
no lo es.
Lo tienen todos sin distinción de clases sociales, razas, nacionalidad, género e
ideología. Pero no lo tienen todos en las mismas condiciones, y por eso no es
democrático: hay una jerarquización evidente de un tipo de culo veraniego con
características bien marcadas. Redondo, casi irrespetuoso en esa redondez.
Simétrico y relleno, pasmoso y disponible.
Es una lástima, porque culo tiene gente de todas las edades, pero no sirve de
nada tener uno si no se corresponde con la idea del Gran Culo que instalan cada
verano las revistas de actualidad y los programas veraniegos. Ese símbolo cada
vez más excluyente de la sexualidad pimpante debe tener menos de treinta, acaso
porque como decía Scott Fitzgerald –refiriéndose a otra cosa–, "las mujeres
terminan a los 23".
El verano obedece a leyes intrínsecas y traseras. El otro día por radio,
Ernestina Pais me preguntaba qué es "in" y qué es "out" este verano K, en el que
uno podría presumir que las rubias teteadas vía bisturí y encajadas de prepo en
jeans aleopardados como aquellos que otrora lucía Liz Fassi Lavalle han pasado
de moda política. ¿Qué se lleva si ya no se lleva el cuatriciclo y el celular
colgando del short o la bikini? ¿Qué hay para ver si ya pasó la pizza con
champán y el sushi?: culos.
Revistas bobas y revistas inteligentes, programas mañaneros, vespertinos y
nocturnos, todo el engranaje de la liviandad que se postula cada enero y
febrero, se rinde y se turba ante el culo de Pampita o el de María Eugenia Ritó.
Es de suponer que los editores y los programadores están pensando en lo que
espera el público de esos medios cuando seleccionan las notas. Pero es un poco
raro que crean que en enero y febrero los que compran revistas y miran
televisión son solamente hombres en búsqueda de la Erección Permanente. El
sociólogo español González Gil, en su libro Medias miradas, hace un paralelismo
entre el consumo social del cuerpo femenino y el tratamiento de los alimentos
descrito por Levi Strauss en Lo crudo y lo cocido. Afirma, más o menos, que así
como la cocción de los alimentos para algunas civilizaciones tempranas
significaba la obtención de comida más para "ser pensada" que ingerida –es
decir: el alimento cocido aporta "una idea de sí" a quien lo cocina, lo extrae
del lugar del salvaje–, también "la cocina" –la producción– del cuerpo femenino
en los medios está destinada a construir "una mujer para ser pensada" por el
espectador, pero en base a su propia necesidad de ser constante e
infatigablemente estimulado, siempre inducido y alentado a conseguir esa nueva y
esquiva utopía de la Erección Permanente.
Acaso porque por definición se busca lo que no se tiene, o porque en materia de
sexualidad –Foucault dixit– casi nunca lo que abunda es lo que hay, esta
sobreabundancia de culos tal vez nos esté diciendo que esta nueva utopía de la
Erección Permanente de lo que está hablando es de una mala relación entre los
hombres contemporáneos y su intimidad.
Mientras el verano K transcurre como si aquí no hubiese pasado nada, y la parva
de estupideces que prodiga el calor amenaza con taparnos hasta el cuello con
peleas entre vedettes, castings de vedettes, concheros de vedettes, peleas entre
modelos, castings de modelos y culos de modelos, mientras la estética del porno
soft copa el horario de protección al menor y los mayores necesitarían
autoprotegerse de sus propias preferencias, dos imágenes de mujeres en el
extremo opuesto de la fanfarria culona veraniega surgen contundentes. Sus
protagonistas probablemente estén excedidas de peso, pero las dos tienen un
carácter de síntoma que es saludable leer. La jueza Carmen Argibay consiguió
violar la ley no escrita de los medios según la cual cualquier cosa interesante,
en enero y en febrero, pasa en Punta del Este, Cariló o Pinamar. La postulante a
la Corte Suprema obligó a las redacciones y a los canales a desviar a sus
enviados y a trasladarlos a Miramar. Desde allí, el marco fue coherente con los
postulados de Argibay. Por su parte, al asumir en su cargo en el PAMI, Graciela
Ocaña, cuando le preguntaron si va a renunciar a su banca, dijo: "Si mi gestión
en el PAMI es mala, yo no tengo retorno a la política". En un país en el que los
políticos tuvieron retorno de todo tipo, sobre todo a la política después de
malas gestiones, esa declaración de Ocaña es un principio.
Aunque el frenesí mediático veraniego se empeñe en seguir domesticando el cuerpo
femenino para hacerlo entrar en los cánones de la utopía de la Erección
Permanente, las mujeres son algo diferente de ese cuerpo femenino descompuesto
en una sola de sus partes. Algo diferente de ese estímulo agotador que no da
respiro y al que le está vedado el paso del tiempo. Algo diferente y algo más
que ese recorte producido y puesto al alcance de todos para crear la sensación
de que "eso" y "solamente eso" es una mujer. (Página|12)

Qué querrá
decir una trenza en la cabeza de una nena pobre?
Subte D
Subte D, viernes, ocho de la noche. No mucha gente. Ya pasó la hora pico. Todos
los asientos están ocupados, pero no son tantos los que van parados. Entre ellos
hay un pequeño grupo de turistas norteamericanos muy jóvenes, cuatro o cinco.
Hablan muy fuerte su lenguaje gomoso que parece extraído de HBO. En la estación
Tribunales suben tres nenas pobres y desarregladas, aunque a ninguna de las tres
les faltan sus trenzas. ¿Qué querrá decir una trenza en la cabeza de una nena
pobre? ¿Qué mano y con qué propósito la habrá hecho? ¿A qué hora? ¿Habrá, esa
mano, acariciado esa cabeza después de terminar de hacer la trenza? Dejan este
tipo de dudas estas nenas. Una de ellas empieza a cantar una canción de Ricky
Martin. Canta muy mal, pero su voz aflautada llena el vagón y, apenas termina,
comienza su recorrido para recolectar monedas. Las otras dos nenas la siguen,
como excéntricos guardaespaldas. La nena estira la mano ante un oficinista con
cara de agotado. El mete la mano en el bolsillo y extiende cincuenta centavos.
La nena agarra la moneda, pero en lugar de embolsarla y seguir su recorrido,
agarra también la mano del oficinista, que se pone ligeramente en guardia. La
nena se estira hacia la mejilla de él. Estampa un beso ahí. El oficinista
sonríe. Dice: "De nada", porque la nena después del beso le dijo: "Gracias". La
nena sigue el recorrido en la misma fila de asientos. Todos los pasajeros dan
monedas y con todos se repite el rito. Gracias, de nada, beso.
"Increíble", dice uno de los norteamericanos. No les resulta increíble la
pobreza, ni la mendicidad infantil, sino el contacto físico al que ninguno de
los pasajeros de ese asiento se ha resistido. Les resulta increíble que mejillas
oficinistas, tribunalicias o universitarias –ya vamos por la estación Facultad
de Medicina– se ofrenden para esa ceremonia que, a juzgar por las caras de
todos, les resulta, se diría, hasta reconfortante.
"¿Acaso soy el guardián de mi hermano?", le dice Caín a Dios. El filósofo
Emmanuel Lévinas, en Filosofía, justicia y amor, analiza esa frase. "No hemos de
interpretar la respuesta de Caín como si él se burlase de Dios, o como si
respondiese como un niño: `No he sido yo, ha sido otro'. La respuesta de Caín es
sincera. En su respuesta falta únicamente lo ético; sólo hay ontología: yo soy
yo y él es él. Somos seres ontológicamante separados."
El sociólogo Zygmunt Bauman, en Ética posmoderna, toma a Lévinas para explicar
cuáles son los supuestos que tras la caída de la modernidad unen a las personas,
y cuáles son los lazos ante los que presuponemos debe emerger cierto tipo de
responsabilidad. La nena es la nena, el oficinista es el oficinista. Ontología
pura. "¿Dónde está tu hermano?", le preguntó Dios a Caín. "¿Soy acaso el
guardián de mi hermano?", es una respuesta que no da cuenta de ningún lazo, de
ningún contrato, de ninguna responsabilidad. Dice Bauman: "La filosofía es una
ética... la ética es antes que la ontología... la relación moral es antes que el
ser". La ética, en otras palabras, implica "descomponer identidades", implica
que Caín sea menos Caín, no tan Caín. La ética implica superar el ser hasta
llegar a un mejor ser: la ética, en fin, implica sentir cierta responsabilidad
por el prójimo, implica emparentarse incluso con una nena pobre que canta una
canción de Ricky Martin en el subte.
La responsabilidad hacia el otro es, de acuerdo con estos filósofos de la ética,
no el producto de un compromiso ni de una decisión personal sino más bien una
convicción y una disposición al acto que nos viene de lo más profundo de esa
identidad que se descompone. Se descompone el individuo para dejar aflorar lazos
entre individuos. "La responsabilidad ilimitada en la que me encuentro proviene
del otro lado de mi libertad", dice Lévinas.
Los filósofos hablan difícil. Creo entender, esta noche en el subte, que la
mejilla del oficinista puesta en contacto directo con la mejilla de la nena
pobre dice algo sobre la parte blanda de la condición humana. La piel
tempranamente áspera de la cara de la nena ha encontrado en el roce rápido
contra la mejilla del oficinista un eco perdido de una respuesta que no es la de
Caín sino la de alguien que de alguna manera vaga y misteriosa se siente
responsable de su hermano. (Página|12)

La trampa
30/04/05
La Iglesia Católica sabe perfectamente que, en los hechos, sus preceptos en
materia de sexualidad nunca se cumplieron. No los cumplen ni siquiera muchos de
sus sacerdotes. No los cumplen millones de sus fieles. La Iglesia está en contra
de la anticoncepción en cualquiera de sus formas. Si el debate es sobre salud
reproductiva, ataca el DIU por "abortivo", pero se calla ante otros métodos.
Pero cuando se lanza una campaña de salud sexual y el preservativo es uno de los
métodos promovidos, ataca el preservativo con un argumento aberrante que, si
fuera escuchado, provocaría miles de contagios de enfermedades de transmisión
sexual. La Iglesia no dice que veta el preservativo porque, como institución,
está lisa y llanamente en contra de las relaciones sexuales sin fines
reproductores, y una relación sexual en la que se usa preservativo supone placer
pero no embarazo. Lo que dice es que el preservativo es una herramienta ineficaz
para prevenir contagios, lo cual se escapa del dogma y entra en el peligroso
territorio de la irresponsabilidad social. Imaginarse un virus filtrándose a
través del látex es poco menos que desopilante, si no fuera, más que risible,
patético.
Pero la Iglesia sabe perfectamente que, en los hechos, lo que prescribe y
recomienda en materia de sexualidad no se cumple. Sus esfuerzos milenarios en
vigilar y castigar a través de la culpa los impulsos sexuales humanos no han
logrado suprimir esos impulsos, pero sí trastornar muchas mentes. La gente no
deja de tener relaciones sexuales; los homosexuales no dejan de existir porque
al Vaticano no les caen en gracia; los cónyuges no son fieles para toda la vida
ni permanecen juntos si son infelices; los embarazos no deseados no llegan a
término, pero de los abortos clandestinos surgen víctimas ya nacidas, las
madres, especialmente las pobres, que no pueden pagarse un servicio decente.
La Iglesia no dirige sus políticas a maniatar los actos humanos, porque es
impotente para eso, sino a estrechar la franja de visibilidad y legitimidad de
esos actos humanos. Los funcionarios eclesiásticos saben que, aunque ellos
emitan comunicados, los jóvenes no dejarán de iniciarse sexualmente a los quince
años, pero también sabe que lo harán en malos términos, en condiciones
sanitarias y psíquicas precarias, sin información, sin guía, sin permiso social,
con culpa, con insatisfacción. Las recomendaciones de la Iglesia, en este punto,
a lo que tienden es a mantener ancha la franja de sufrimiento por causas
sexuales: la gran tarea de la Iglesia es, en este sentido, que la gente asocie
el sexo con sufrimiento. Con aborto, con VIH, con sífilis en otros tiempos, con
clandestinidad, con trauma, con prostitución, con decadencia. Esa es la trampa
que tiende el discurso oficial de la Iglesia: cuanto más riesgo y penar implique
el sexo más poder tendrá esa palabra que, sobre el hecho consumado de una
desgracia, podrá insinuar, con falsa piedad: yo te lo dije. (Página|12)

Atrapados
sin salida
05/08/05
(APE).- El presupuesto es de 700.000 pesos. Está destinado a un nuevo y riguroso
cierre perimetral y a la instalación de torretas de vigilancia en el Centro de
Orientación Socio Educativo (COSE), de Mendoza, que aloja en la actualidad a una
población de entre 170 y 230 menores de edad. Esa población excede la capacidad
real del instituto, que tampoco cuenta con medidas de protección adecuadas. Pero
el presupuesto de 700.000 pesos estará destinado al cierre perimetral y a las
torretas.
Los sobres con antecedentes y ofertas económicas ya fueron abiertos: se
presentaron las empresas Muñoz y Asociados, Wynne Industrial y Cacsa. La que
resulte favorecida deberá abocarse a colocar 600 metros lineales de alambre
tejido de cuatro metros y medio de altura, y un coronamiento de 50 centímetros
de alambre de púas.
Sostendrán los alambres con postes estructurales y accesorios galvanizados que
garanticen la fijación, rigidez y preservación del cierre perimetral. Una vez
que esté terminado, el instituto contará con dos anillos de seguridad y entre
ambos, harán sus rondas los agentes penitenciarios.
En cuanto a las torretas, serán tres: en la actualidad no existen, de modo que
el sistema de vigilancia se renovará y aceitará. Para ellas hay destinados unos
250.000 pesos. Tendrán 30 metros cuadrados cubiertos y serán construidas con
cemento. "Permitirán mayor nivel de visión, cuando hoy no se tiene", aclaró
Carlos Santilli, titular de la Subsecretaría de Infraestructura provincial.
Como se ve, un despliegue considerable, un esfuerzo presupuestario notable, una
cantidad de precisiones técnicas dirigidas a tranquilizar a la población de la
zona, que según reza la información está cansada de leer en los diarios que "se
fugaron del COSE doce menores de extrema peligrosidad" o cosas similares. Esa
población necesita que la tranquilicen porque está domesticada por las voces que
demonizan a los menores pobres, que borran sus historias, que toman de ellos
sólo lo que les sirve para construir, con sus caras oscuras y sus malos hábitos,
el demonio que toda sociedad parece pedir, y encuentra.
Para evitar fugas, es que los funcionarios han dispuesto estas medidas que
convertirán al instituto en una ratonera de película, en la que seguirán
internando menores, hacinándolos, condenándolos sin condena, deshaciéndoles las
mentes y los cuerpos. Una cárcel de máxima seguridad para chicos atrapados sin
salida (Agencia de Noticias Pelota de Trapo)

Esas fotos
03/05/05
Las comisuras de las bocas insinúan en esa foto la mueca de la tragedia. Son
mínimas curvas inversas a la sonrisa de la Gioconda. Arcos
leves, dados vuelta. Esas dos bocas están cerradas. Labios finos y pegados el
uno con el otro para decir algo: es el mensaje del silencio. Y las miradas. La
de Leónie está fijada en el vacío, dopada de dolor, sostenida sin embargo por un
mentón altivo que delata una dimensión de dignidad que aquellos que la vieron,
en ese instante que quedó capturado en la fotografía, no deben haber advertido.
Esa dignidad no estaba dirigida a ellos, de todos modos. Ese tipo de dignidad
extrema no está dirigida a nadie. Es un don inevitable y un precio interior
altísimo que no cotiza entre asesinos. La mirada de Alice, en cambio, elige una
ligera inclinación y se instala en el mismo punto ciego arriba del foco de la
cámara. Evidentemente, les han dicho que hacia allí tenían que mirar. Un
ejemplar de La Nación para dejar constancia de la fecha y atrás la bandera de
Montoneros completan la puesta en escena montada en la ESMA, cuando la
nacionalidad francesa de las monjas ya era un problema inesperado para la Armada
y los marinos quisieron desviar sospechas.
Iba a escribir sobre la magnífica frase del antropólogo forense Luis de
Fondebrider, que entrevistado esta semana en este diario por Victoria Ginzberg
dijo: "Darle nombre a un cuerpo es como recuperar su vida". Pensé en eso porque,
cuando leí esa frase, me quedó retumbando en la cabeza y, a pesar de que Fondebrider se estaba refiriendo específicamente al trabajo de los antropólogos
forenses, que desde 1984 se dedican con una constancia y pericia notables a
desbaratar la trampa de los NN en la que los militares de la dictadura
convirtieron a miles de personas ("Un desaparecido no está, no es, no tiene
entidad", dijo Videla), esa frase me pareció iluminadora. Porque puede aplicarse
a cuerpos muertos, pero también a cuerpos vivos. La lucha por la identidad es,
simbólicamente, la gran lucha argentina. A la pregunta por el "¿Quiénes somos?"
general que arrastramos desde hace dos siglos, les prestaron sus cuerpos los NN
de la dictadura, pero no sólo ellos. Las Abuelas, recuperando identidades de
actuales veinteañeros, también recuperan vidas devolviendo nombres. Lo primero
que hace una pareja cuando desea y logra un embarazo es pensar en un nombre:
nombrando a ese nuevo ser se lo hace persona. Devolverle su verdadero nombre a
alguien es devolverle su verdad. Una identidad construida sobre la mentira
desemboca inevitablemente en un fallido, y hay vidas que son eso, actos
fallidos.
Pero a propósito de actos fallidos, me puse a observar la fotografía que los
marinos armaron en la ESMA para correr las sospechas del secuestro de Leónie
Duquet y Alice Domon hacia los Montoneros y, describiéndola, no podía evitar
captar una reminiscencia que no lograba descifrar. Hasta que me fijé en los ojos
de esas mujeres serias, condenadas a posar para esa foto, a conciencia,
seguramente, de que esa pose las alejaría todavía más de su liberación, que
empantanaría sus destinos. Y entonces me di cuenta de que esas miradas fijas en
el vacío me recordaban a las fotos policiales de los documentos de identidad.
Precisamente, de identidad. Que era lo que esas mujeres estaban reteniendo y lo
que les iba a ser arrebatado por la fuerza. Lo que veintiocho años después los
antropólogos forenses les devolverían. Es tan impresionante y azaroso el
recorrido del cuerpo de Leónie Duquet, es tan increíble ese camino que la llevó
de la ESMA a un avión, del avión al mar, del mar a la playa, de la playa al
cementerio de General Lavalle, del cementerio a la verdad, que semejante
historia no puede procesarse sin escalofríos. Uno se tienta con la palabra
milagro.
Esas miradas de documento de identidad indicadas por los secuestradores que
quisieron fraguar una foto insurrecta fueron también un acto fallido. Recordé
las últimas fotografías parecidas a ésa, las de los rehenes capturados por
fuerzas irregulares iraquíes, los periodistas o ciudadanos de países invasores
que, mirando a cámara con sus verdugos atrás, parecen suplicarle al foco que se
deje traspasar y que su desesperación conmueva a sus gobiernos. De la Argentina,
la única fotografía similar que recordaba haber visto era aquella de Jorge Born,
con los retratos de Perón y Evita como fondo y una bandera de Montoneros atrás.
Esa fue seguramente la foto inspiradora de la de la ESMA. ¿Jorge Born miraba el
vacío o miraba a cámara?, me pregunté. Busqué esa foto y, efectivamente, Born,
cansado, despeinado, ojeroso, miraba a cámara. Las miradas perdidas de Leónie y
de Alice son el indicio del fraude, del simulacro. Con la pose y la perspectiva
que el Estado elige para darles a sus ciudadanos su identidad –el medio perfil,
la mirada corrida hacia el costado–, el Estado terrorista argentino de los ’70
cometió un lapsus.
Leónie Duquet es, de todos modos, no sólo una víctima a la que veintiocho años
después de su asesinato se le devuelve la dignidad de su nombre. En esa foto que
comparte con su compañera Alice Domon, sus bocas cerradas en la mueca de la
tragedia dicen, tal vez, que en una sociedad solamente se pueden cometer actos
tan aberrantes si muchos, si miles, si millones miran para otro lado. (Página|12)
Las
palabras no sirven, quedan los símbolos
Oj-alá (Dios quiera)
04/03
El espanto es tan desmesurado que parece que ya no hubiera nada por decir.
Solamente tenemos palabras, y no alcanzan. Las palabras deberían tener el filo
de una navaja o el poder explosivo de un Tomahawk, pero no lo tienen, no
almacenan combustible, no arden.
No arden como ardió entera la familia de Alí Smain, ese niño iraquí que según
dice el diario perdió en un bombardeo del lunes, en Kindi, a su madre, su padre,
sus hermanos, a sus tíos y a sus primos.
También perdió los brazos y seguramente perderá la vida. Ojalá se convierta en
un símbolo, porque los símbolos, a veces, son más poderosos que los Tomahawk.
Ojalá el nombre de Alí Smain nos quede caprichosamente en la memoria, adherido a
la memoria, enredado en la memoria, ojalá no nos deje dormir.
Ojalá ese nombre breve y extraño envuelva en sus dos sílabas los de todos los
niños, las mujeres y los hombres que están siendo cada día interrumpidos en su
acto de vivir, ojalá que pronunciando ese nombre estemos pronunciando todos los
nombres que ignoramos, esos nombres difíciles, engañosamente ajenos.
Ojalá que ese cuerpo pequeño y quemado, desnudo, deshecho, violado ferozmente
por el estruendo de esa madrugada, nos hable. Ojalá que nos arda, que nos empuje
al más allá de la simple mirada fija sobre el televisor.
Ojalá que si Alí Smain muere se convierta en fantasma. Ojalá que su fantasma
aceche en sueños a sus verdugos, que levante en su niebla de fantasma la tímida
bandera de su último recuerdo.
Sea éste el que haya sido, su madre gritando, su padre agonizando, sus hermanos
muriendo antes que él, el estallido de su casa, la voz piadosa de alguien que le
hablaba en inglés, los toscos vendajes que le cubrían sus quemaduras, el dolor.
Ojalá que ese chico que sea, por la magia de los símbolos (que siempre
significan más de lo que nombran) todos y cada uno de los miles de chicos
asesinados en nombre de la libertad. Porque eso hacen a veces las palabras:
disfrazan y matan.
Ojalá que la intensidad de la desgracia de Alí Smain se transforme en una
dentellada y que de la inmensa, infinita debilidad de un chico de ocho años ante
el aparato bélico más potente del mundo, surja ese símbolo imprescindible no
para detener este desastre, porque eso es imposible, pero sí para que estos
crímenes esperen puntualmente a cada uno de sus responsables en la antesala del
infierno.
Están matando a tantos civiles iraquíes que no se alcanzan a contar. Ni siquiera
hablan de efectos colaterales. No se toman la molestia. Apuntan selectivamente
contra ellos.
Esta es la guerra de lo políticamente incorrecto: están desembozados, conversos,
poseídos, decididos a traspasar cualquier umbral.
No sólo han pasado por alto a las Naciones Unidas: haciéndolo, además, han roto
todos los contratos civilizados, han reinventado las reglas de juego, han
llevado al paroxismo su idea de que la tienen más larga.
Si todavía dicen que esta carnicería se está llevando a cabo en nombre de la
libertad y alguien les cree, como según las encuestas les cree la mayoría de los
norteamericanos, es porque he ahí una nación corroída por su propia bilis y su
propio delirio.
He ahí una nación que expurga, a través de sus raras avis, a través de sus
mejores exponentes, sus profundas contradicciones y sus paradojas bestiales.
Ojalá que por los ojos semicerrados y agonizantes de Alí Smain en el hospital de
Kindi se nos revele a todos la dimensión del horror.
Ojalá que por un instante todos tengamos sus ojos y a través de esos ojos de
ocho años podamos acceder a la visión de lo más bajo y lo más ruin de la
condición humana.
Ojalá su martirio siga ladrando en el desierto después que cada uno de los suyos
haya sido vencido. (CIMAC | México DF)
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