La
chica de ruedas
Por Sandra Russo
Podría decirse, después de estar un par de horas leyendo la historia de vida
y las definiciones de Gabriela Michetti, que cuando Mauricio Macri inventó
el PRO, con sus famosos "equipos técnicos" de trabajo, puso una ficha en el
casillero correcto. Puede haberlo hecho incluso sin conciencia de que esa
ficha iba a empujar otra y ésta a otra, en un movimiento dominó que
culminaría el día en el que una funcionaria técnica de la Cancillería se
acercó a ese partido nuevo, y compró. Michetti, que admite entre risas que
la llaman "la chica de ruedas" y puede dar cátedra acerca de lo que implica
aceptar una realidad adversa y hacer algo nuevo con ella, concentra en su
imagen y en su discurso todo lo que Macri debe haber soñado alguna vez,
incluso sin ser consciente de soñarlo: Michetti es una líder carismática a
quien es inútil y eventualmente injusto disimularle la estatura. Viene de
fábrica con la obsesión de ser la mejor en todo, un accidente terrible no
hizo más que regar aquella obsesión, y ella no perdió un minuto desde
entonces. Michetti no toma aliento: no puede parar de ir por más.
En Laprida, el pueblo donde creció y donde también, años más tarde, se
accidentó, su padre "era el médico más prestigioso". Su madre, "la esposa
del médico, divina, un amor", y ella, la abanderada. Su CV indica que se
recibió de Licenciada en Relaciones Internacionales en la Universidad del
Salvador, y que siempre le sobró paño para manejarse en escenarios en los
que había que tener no sólo inteligencia sino también una formación concreta
y sólida. Si de solidez se trata, Michetti es una roca. Y tal vez ése sea el
mayor atractivo de su magnetismo, en estos tiempos en los que están tan en
boga los conceptos de sólido y líquido para discriminar entre tendencias y
fenómenos: Michetti es un cóctel de significados tan intensos, dueña de una
personalidad tan evidentemente sólida, que encandila a un electorado líquido
que si no fuera por ella no tendría dónde anclar sus expectativas. Es ella,
al lado de él, la que tranquiliza a parte de ese electorado. Es ella, con su
prueba superada de la silla de ruedas, la que habla hasta por los codos y
dice lo que los suyos esperan escuchar, la que construye espacio político. Y
la que deja dudas sobre qué hará con ese espacio, porque habría que ver qué
pensaría su maestro, Carlos Auyero, de tantos dones al servicio de un
proyecto liderado por Macri.
De familia católica y ella misma católica practicante, se entienden los
puntos en común que tiene Michetti con Elisa Carrió: además del amor a Dios,
las une el recelo a los Kirchner. Como Carrió, Michetti detesta "la
agresividad" no sólo de este gobierno, sino de "los políticos en general".
El "no responder a los agravios" de Macri debe haber sido un consejo de Michetti, quien por otra parte ha reconocido públicamente que
"a Mauricio le
cuesta expresarse". Es interesante observar en este punto a qué le llama Michetti
"agresividad", y preguntarse si su ambición no le ha hecho dejar en
suspenso algunos de los postulados de su vieja militancia democristiana. Por
ejemplo, cuando se le pregunta por los negocios de Franco Macri, y ella
contesta: "Lo que tengo es lo que Mauricio siente por él, evidentemente lo
quiere mucho a su padre, y las consideraciones que él hace respecto de que
su padre ha sido un empresario a quien injustamente no se le han valorado
muchísimas cosas buenas, como la generación de empleo y el tipo de trato de
los recursos humanos, cosas que mucha gente reconoce dentro del ambiente
industrial. También esa sensación de una persona controvertida a partir de
las vinculaciones con el Estado, que no necesariamente tienen que ser malas,
porque el Estado necesita hacer licitaciones y necesita de los empresarios".
Bien: en afirmaciones como ésta, lo sólido se derrite, la ideología aparece,
el rigor se ablanda, la chica de ruedas con currículum de lujo se permite
las simplificaciones más burdas y deja entrever que hay gente que no puede
parar de ir por más, como sea.
No descarta ser candidata a presidenta en el 2011, y tal vez lo sea. ¿Por
qué no? Nada queda fuera del alcance de esta mujer a quien cuesta mucho,
demasiado, imaginársela sin respuestas, sin optimismo, sin garra. Las
pezuñas las empezó a exhibir públicamente cuando comandó la maniobra
política para dejar fuera de juego a Aníbal Ibarra, por quien siente una
vieja aversión. Como su amiga Carrió, Michetti también habla de amor y buena
onda pero hay ocasiones en las que pierde los estribos y le asoma una bilis
ácida, una vocación de aplastamiento.
"En verdad, yo no siento que me tenga que definir así por donde en el
imaginario, la centroizquierda es la dueña exclusiva de la sensibilidad, los
derechos humanos y la gente pobre, y la derecha es el orden, la eficiencia",
ha dicho. De hecho, el PRO quiso hacerse "dueño" de la gente pobre en el
lanzamiento de campaña y salió mal. Pero los desalientos Michetti los
combate con fe, y su asesor espiritual es nada menos que el cardenal Jorge
Bergoglio, a quien ve "bastante habitualmente, cuando necesito conversar con
alguien que me imparta sabiduría". Se siente afortunada, Michetti, de tener
el "honor espectacular" de que Bergoglio le conceda entrevistas cada vez que
ella lo necesita. "Me encantaría verlo más seguido, pero tampoco lo quiero
molestar tanto", dice.
Cuando se accidentó, y su papá fue a verla a la clínica donde la habían
llevado, ella cuenta que le dijo: "No te preocupes, voy a ser feliz igual en
silla de ruedas". De hecho, en una de las páginas del sitio web del PRO hay
un artículo titulado: "Me dolió más mi divorcio que el accidente". Es que Michetti pertenece, a diferencia de Mauricio (¡y ni hablar de Franco!), a
esa clase media católica que se casa para toda la vida, pase lo que pase,
haya o no consenso. Mantener a flote un matrimonio depende de dos personas,
no de una sola. Pero de una sola persona sí depende revertir una desgracia
personal e imprimirle a una silla de ruedas un lustre supersónico, biónico y
pro.
Cuando llegó a la política, Michetti, después de nueve años de
rehabilitación, la abandonó. Eran pocos los progresos y demasiado el
esfuerzo, ha explicado. Y la verdad, Michetti descubrió otra forma de
avanzar, para la cual su silla de ruedas no es un impedimento. Ella tiene su
dream team y es un frente con López Murphy, Carrió y Lavagna. Dice que hoy
votaría por Carrió, claro. Sueña con ser la artífice de ese acercamiento.
Políticamente correcta, dueña de un poder de seducción nuevo a los ojos
masivos, Michetti en las entrevistas y personalmente es esa buena mina de la
que todas nos haríamos amigas. Irradia una fuerza de voluntad de un voltaje
increíble, y podría ser coronada ya mismo Reina de la Antiautocompasión.
Pero ideológicamente, porque mal que les pese a los del PRO todavía somos
muchos los que pensamos el mundo en términos ideológicos, y creemos que las
ideologías son las que desde el principio de la historia han sido la vara
que dividió muy pocos bienes entre muchísimas personas, haciendo de algunas
de ellas seres humanos y de otro montón pura basura, Michetti es líquida.
Hace agua cuando, por ejemplo, dice que "en la Argentina de hoy, para
construir se necesita tener un gobierno para generar gestión concreta". Como
si existiera alguna gestión concreta abstracta, cuyo resultado no sea un
costo o un beneficio. Como si se pudiera estar de los dos lados. Ahí la
sólida Michetti hace glu.
Fuente: Página/12
Ojo
con las nuevas palabras
16/06/07
Por Sandra Russo
Mauricio Macri no perdió intención de voto por negarse a debatir. El clásico
debate preelectoral en rigor no suele ser demasiado interesante, ni la gente
se interesa mucho en él. Si no, estarían en su búsqueda los canales de aire,
y no un canal de cable. Por lo demás, los analistas políticos coinciden en
que, si en algo influye un debate, esa influencia positiva o negativa
proviene de los gestos y/o actitudes de los panelistas, y no de sus
contenidos. Importan los gestos, la actitud. Los detalles: un saco cruzado,
un saco abierto, la cantidad de asesores de cada uno, la opinión de los
asesores al final... en fin, un plomazo.
Sin embargo, yo creo que no es porque los debates son poco interesantes que
Macri no perdió intención de voto. Una vez más, el candidato está a salvo de
lo políticamente previsible: su electorado no lee la declinación como una
falta de coraje o de seguridad en sí mismo, sino como un desplante. Yo creo
que todo esto hay que tomarlo con cuidado y con atención: se está poniendo
en juego no solamente un candidato inverosímil de acuerdo con los parámetros
de hace tres años, sino también un sistema completo de hacer política. Claro
que Macri es la nueva política. Vaya si lo es. No sirve restarle el mérito
de haber encontrado las grietas y haberlas perforado. Que Macri hable con
una papa en la boca o que represente los valores que muchísima gente que
vive en esta ciudad creía superados (la represión como método de
disciplinamiento urbano; el nulo interés en derechos humanos; su aversión a
las minorías sexuales; su asociación a los peores emergentes de los últimos
años, como Sobisch y Blumberg), no significa que este hombre no haya llevado
a cabo, ya, un cambio.
En el mundo vacío de contenidos ideológicos en el que proponen vivir Macri y
sus adherentes intelectuales, hay palabras que estaban latiendo en el aire y
que han sido cooptadas, reformuladas y vueltas a lanzar con una clara carga
ideológica de derecha, y no de cualquier derecha: se parece a esas campañas
llenas de globos y porristas de los republicanos, y renombra esas palabras,
operando como un conquistador del lenguaje.
Macri propone cambio y la gente vota cambio. Eso provoca un cambio. Es un
cambio bastante atroz, pero no deja de ser un cambio que una ciudad que se
enorgullecía, hace poco, de que sus pobres no fueran reprimidos, haya sido
penetrada hasta el tuétano por el discurso Hadad. Ese cambio ya se había
producido y Macri lo habilita.
Sobre la nueva política, ¿quién puede discutirlo? Claro que Macri está
haciendo una nueva política. No llegamos a purificar lo suficiente los
canales naturales de las dirigencias, aunque probablemente eso no sea
posible hasta que llegue el momento de que una nueva generación se abra su
espacio. Pero que una política sea nueva también podía implicarnos esto, un
viraje sombrío a la ilusión de la gestión aséptica, como si lo único que se
necesitara fuera la agilización de la burocracia.
¿Y la palabra "agresión"? ¿No merece más lecturas? ¿No es un poco
inquietante que en un país en el que siguen existiendo más de cuatrocientos
pibes apropiados que desconocen su identidad, esa palabra vire? ¿No
estaremos ante una voltereta terrible de la palabra "violencia", para
adjudicarla otra vez, una vez más, únicamente a la presión que llega desde
abajo?
Que Macri se niegue a hablar de ideología puede rescatarlo a él, pero de
ninguna manera va a impedir que se discuta ideología en las calles y en las
casas. Es cierto que gran parte del electorado de Macri se alivia con la
suspensión del debate y se alivia con el mutis político del candidato. Un
argentinismo total: esa parte del electorado prefiere que le mientan. Acaso
porque hay tanta gente así en este país es que tenemos tantos dirigentes que
nos mienten. Hay paño.
El PRO no da a conocer sus propuestas en materia de derechos humanos. Pero
ya sabemos que los vendedores ambulantes, las prostitutas, los cartoneros,
los piqueteros, los estudiantes, los sindicatos, en fin, todos aquellos que
quieran reclamar o trabajar en las calles serán sujetos indeseables que
perturbarán el tránsito y que serán reprimidos con tal de que no haya
embotellamientos. De alguna manera, pienso ahora, la victoria de Macri
implicaría el triunfo del automovilista sobre el manifestante. Releo la
oración y creo que puede ser leída por cualquier partidario de Macri como un
slogan de campaña.
A esa campaña la están respaldando algunos intelectuales con reflexiones más
pueriles que las se podrían leer en el Reader’s Digest. Esta semana me llegó
un texto de Alejandro Rozitchner, que él publicó en su blog y que lleva por
título "Diez razones para votar a Macri". Por ejemplo, dice que "la gestión
pública tiene que ser abordada con un criterio de gestión (la búsqueda
efectiva del bienestar y crecimiento) y no con el de la ideología (la lucha
contra los opresores y el rechazo de la supuesta barbarie capitalista)".
Guau: la barbarie capitalista todavía no está demostrada. El filósofo
también escribe que "la ideología es el refugio de los incapaces (o aun
peor, en muchos casos, la coartada de los corruptos)". ¡Guau! ¿Eso sólo era
la ideología? Haberlo sabido, en un país en el que todavía hay 500 pibes
cuyos padres fueron asesinados y que no saben quiénes son. Y sigue: "...la
derecha no existe, es un término con el que la izquierda intenta correr a
los que no se suman a su visión retrasada del mundo". ¡¡Guau!! ¡La derecha
no existe! Entonces Rozitchner tampoco.
Fuente: Página/12
05/06/07
Por Sandra Russo
Macri representa, para sus votantes, la "nueva política", tal como él se ha
encargado de decir una y otra vez.
¿Cómo podría pensarse una "nueva política" que le entrara a la gente no sólo por
la cabeza, sino también por los ojos y sus otros sentidos, una vez entendidas
dos premisas básicas? (Una: después del 2001, cualquier cosa que pareciera nueva
tenía chances; dos: la Capital es gorila.)
Al modo de Truman Show, Macri montó el Universo Pro, y en ese sentido,
empezó a hacer política de una manera nueva. Eso no se lo puede negar nadie.
Y si vamos a desencriptar el fenómeno conviene ir apuntando sus hallazgos.
Ese invento de una ciudad PRO tocó el imaginario utópico y casi vulgarmente publicitario de un mundo en el que la gente se saluda cordialmente, se da las gracias, los jóvenes se pelean por dejarle el asiento del colectivo a una anciana, los niños se lavan los dientes solos, los empleados públicos sonríen, las mucamas uniformadas bailan en las veredas como en una propaganda de jabón en polvo, los mozos vienen apenas uno se sienta a la mesa, los patovicas son cariñosos con los pibes y los pedos de los bebés no tienen olor.
El mundo PRO es un mundo sin conflictos. Eso es lo que tiene el mundo PRO de
Truman Show: en ambos casos, se trata de películas.
La vida es frustrante para casi todo el mundo, y en general hay que esforzarse
por todo: por el asiento, por el saludo, por el buen trato. Eso sucede porque,
para la mayoría de las personas, ganarse la vida incluye responsabilidades y
vivimos en un país que no nos ofrece descanso, ni nos saluda cordial, ni nos
trata bien. Un país rico con muy pocos ricos y millones de pobres. Eso es la
realidad. Debería importarnos cómo modificar la realidad para que una ráfaga de
horizontalidad nos toque, y los escenarios cambien, y todo se acomode aunque sea
un milímetro más cerca de lo que creemos justo.
Pero en el universo PRO los conflictos han muerto. No hay rabia, ni
resentimiento, ni mal humor allí. La alegría es PRO. La diversión es PRO. Ya fue
escrito hace muchos años por Roland Barthes: "La derecha se reserva el derecho
al placer, mientras la izquierda se queda con la queja". Macri ha hecho un
increíble uso de ese derecho al placer en el que se desliza como un surfista:
logró que una aplastante mayoría votara esa opción de "nueva política"
plastificada, capitalizó el deseo legítimo de decenas de miles de personas que
quieren vivir mejor.
Desde la tipografía del logo hasta la maravillosa coreografía espontánea que
bailaron Macri y Michetti, él haciendo girar en el escenario la silla de ruedas
de ella, una escena absolutamente PRO. No lo escribo con cinismo. Algo de esa
escena, de alegría que traspasa los límites personales, empujó la andanada de
votos.
Claro que cuando uno madura y ve claramente que un mundo sin conflictos puede
ser deseable, pero que eso es imposible en la realidad, porque la vida en
sociedad es una puja por intereses, y hay que bajarse del limbo y comprender que
la política no está hecha para administrar saludos sino recursos, ese Truman
Show no lo seduce.
La "nueva política" viene con nuevos sapos.
Fuente: Página/12
04/06/07
Por Sandra Russo
Internándose horas en el pasado de Mauricio Macri que se filtra en la red,
uno advierte que este hombre flaco, sobrio, que modula el castellano como si
fuera un dialecto, juega fuerte. Este hombre que acaba de seducir a una
mayoría porteña juega fuerte pero lleva incorporado un chip de clase que lo
mantiene relajado y lo dispensa de la inteligencia. Macri pocas veces ha
dicho algo inteligente. Lo suyo ha sido operar sobre la realidad
aprovechando cada grieta que le dejaban abierta. Su máxima hazaña personal
probablemente haya sido sacarse de encima el título de cuasi-nobleza de
"delfín de Franco". En eso ha invertido al menos la mitad de su vida, en
romper el viscoso cordón umbilical que une a los hijos varones con sus
padres.
Nació en Tandil, egresó del Cardenal Newman y se recibió de ingeniero en la
UCA. Fue, casi en su primera juventud, un chico rico colocado por su padre
en directorios de empresas gigantescas, casi ininteligibles para cualquiera
que mire de afuera, como el 99,9 por ciento de la gente, ese mundo opaco de
las corporaciones y los holdings.
Mientras Mauricio Macri no era noticia al estilo Hola y no aparecía en notas
de sociales porque era un hombre casado y con tres hijos que dedicaba la
mayor parte de su tiempo a las empresas de Socma Americana, y más tarde a la
presidencia de la automotriz Sevel, Franco, el padre, era el que resistía en
su puesto de galán maduro y arrasaba con cuanta fruta fresca le apareciera a
mano en la frutera.
Franco fue un padre que nunca capituló ni entregó el trono. No lo iba a
hacer. El hijo decidió jugar fuerte, pero en otro deporte. Y se lanzó a la
presidencia.
La vida pública argentina tuvo que admitir que el delfín de Franco tenía
otros planes cuando en 1995 tuvo éxito en lo que fue su primera iniciativa
personal, su primera aventura fuera del ghetto de Barrio Parque: la
presidencia de Boca. ¿Qué había pasado por la cabeza de ese heredero de
riqueza acumulada en pocos años y respaldada por las políticas económicas
que instrumentó el golpe de Estado del ’76, al que Franco Macri, como todo
el gran empresariado nacional, apoyó sin restricciones?
La situación límite
El 24 de agosto de 1991, Mauricio Macri fue secuestrado y estuvo quince días
como rehén de "la banda de los comisarios". Nadie mejor que él, después de
esa experiencia a la que no suele apelar, para adherir con una inevitable
cuota de cinismo a los postulados pueriles de Juan Carlos Blumberg cuando
argumenta sobre la inseguridad. A Macri, que ya le expropió el apellido a su
padre y carga sobre sus espaldas con el liderazgo público del clan, no lo
secuestraron lúmpenes marginados, como a Axel Blumberg. Lo secuestraron
policías que le hicieron pagar un peaje de riqueza. En el universo de
Blumberg, los policías deben aplicar mano dura con los delincuentes. En el
universo de Macri ya está claro que los policías y los delincuentes forman
parte de la población sacrificable en la aplicación de un modelo.
En ese sótano del barrio de Boedo donde padeció la incertidumbre y la
amenaza de los secuestradores, Macri probablemente haya tenido el primer y
estremecedor contacto con gente que no pertenecía al mundo de los colegios y
las universidades privadas, ni a ninguna crema de ninguna especie.
Encadenado a la cama, despersonalizado en el pijama que le habían puesto en
lugar del traje con el que había sido secuestrado, Macri vivió ese infierno,
del que lo liberó su padre pagando más de setecientos mil dólares. Aun
recién salido de la pesadilla, sus declaraciones del momento incluyeron un
latiguillo del Falso Light, que es el estilo que lo caracteriza. Cuando lo
dejaron ir, describió: "Sé que estaba atrás del autódromo. Vi una luz lejos
y empecé a correr sin parar hasta que llegué ahí, subí a un colectivo, un
lugar adonde hubiese gente para bajar, no quería estar más solo. Realmente,
uno queda un poco cucú".
Como lo que no mata fortalece, y ésta debería ser una frase PRO, Macri
elaboró su secuestro como pudo, haciendo terapia, aunque ha confesado que a
lo largo de diez años de análisis habló de muchas cosas pero muy poco de
aquellos 15 días de oscuridad. No debe ser el mismo tipo de trauma el que
ataca a una persona cualquiera ante esa situación.
Fuente: Página/12
Inclusión
o expulsión
01/06/07
Por Sandra Russo
Me gustaría retomar, ya sin hablar de ningún candidato, el tema que abordé
en otra contratapa, esta semana. Es extraño, aunque tiene una explicación
sencilla, que el tema del conurbano casi no haya aparecido como tema de
campaña. El conurbano le crea problemas y dilemas a la ciudad de Buenos
Aires. En rigor, algunos de los problemas y algunos de los dilemas más
inquietantes. El desborde de pobres e indigentes del conurbano irrita a los
porteños. Por lo menos, a los que engrosarán el porcentaje del candidato que
según las encuestas será el más votado. Ese sector está engrosado con los
taxistas prototípicos cuyas mentes formatea Radio 10, y esa clase media baja
que desde el principio de la argentinidad lucha por unir su suerte a la
clase alta, en lugar de advertir que el menemato, mientras ellos se
distraían con paraguas rusos y mermeladas húngaras, unió su destino a los
pobres.
Es de antiguo que la clase alta provoca fascinación en amplios sectores que
han sido sucesivamente apaleados. En este país que no tiene nobleza, lo más
parecido a un noble es alguien con más de seis o siete generaciones
argentinas. La gente con la que trabajamos, nuestros amigos, los compañeros
de nuestros hijos, suelen ser argentinos de tercera o cuarta generación.
Vientos de Agua, esa fabulosa miniserie de Juan José Campanella, puso en
acción aquella construcción de una nacionalidad, partiendo de un punto
decisivo y a mi juicio genial: el primer capítulo fue subtitulado, porque
transcurría en una oscura mina de Asturias. Se hablaba un dialecto. Abrir la
dimensión del relato a la época inmediatamente anterior a que nuestros
abuelos se subieran a los barcos permitió incluir un elemento de juicio
central para analizar lo argentino. No sólo venimos de otra parte: venimos
de otra lengua.
Cada cual con su historia, sabrá qué muletillas familiares se salvaron de la
sobreadaptación a la que fueron expuestos esos millones de hombres y mujeres
que escapaban de la guerra y el hambre. Por un lado, ese venir de otra
lengua explica un poco nuestra manía de malentendernos. Nuestra gestualidad
exagerada y nuestra tendencia a ponernos de acuerdo sólo entre pocos, quizá
provenga de una dificultad relacionada con nuestra primera frustración como
argentinos: no había una lengua madre, y lingüísticamente no somos hermanos.
En filosofía, hay quienes sostienen que la condición humana sólo alcanza la
generosidad o la solidaridad cuando logra sobreponerse, a través de un
esfuerzo intelectual, al impulso de ser hostil al otro. La hostilidad sería
lo que nos viene dado. La hospitalidad es hija de una creencia. Que todos
los hombres, mujeres y niños tengan los mismos y exactos derechos ante la
ley, y las mismas oportunidades de sobrevivir es una creencia a la que uno
puede adherir, o no.
En política, ahora que las categorías de derecha y de izquierda son
simplistas, podría pensarse que un nuevo dique separador de aguas es la
creencia o la no creencia en que todos los hombres, mujeres y niños, sólo
por haber nacido, son portadores del derecho a la dignidad humana. Después
vendrán los matices sobre cómo operar sobre la realidad para que eso suceda.
Trotskistas y peronistas, por ejemplo, pueden compartir esta creencia, pero
se dan de patadas a la hora de elaborar estrategias para alcanzar un
objetivo. No tienen nada que ver, claro que no tienen nada que ver, pero yo
creo, al menos, que una buena persona trotskista y una buena persona
peronista compartirían la idea de que todos, hayamos nacido en la clase que
fuere, tenemos el mismo derecho a una vida respetuosa y respetable.
Lo que aparece como un dato estremecedor es que vivimos en una ciudad en la
que la mayoría de la gente no comparte esa creencia. No lo dicen
públicamente, y hasta es posible que tampoco lo digan privadamente, pero no
creen que ese cartonero que les hincha las pelotas porque tiene la parada en
el frente de su casa tiene los mismos derechos que sus propios hijos. No se
les ocurre pensar en los hijos de ese cartonero. No los incomoda el confort
de su casa sabiendo que ahí nomás hay gente que tiene frío y que tiene
hambre.
Se piensa más en la suciedad de las veredas de Buenos Aires que en el motivo
real de esa suciedad, esto es: que a pocos kilómetros haya un ejército de
hambrientos que debe revolver sobras cada noche.
En estos tiempos en los que la política carga con la mala prensa que le han
hecho los que cada cual a su turno hacen política para seguir haciendo
dinero, en estos tiempos en los que siguen desfilando por la pasarela
algunos tipos impresentables, en los que todos hemos sido mentalmente
licuados por los ’90, me pregunto, viviendo en Buenos Aires, si quiero vivir
en una ciudad inclusiva o expulsiva con los débiles. Yo creo que es una
pregunta central, éticamente central, y políticamente relevante.
La política es pura escoria si no tiene una zanahoria dorada por delante. Y
si algún anhelo político debería ser compartido para sentir entre muchos que
alguna épica es posible, es la de votar en Buenos Aires pensando en Buenos
Aires pero también en esas miles de personas que nos visitan a diario. ¿Los
incluimos en nuestras preocupaciones? ¿O los expulsamos y nos deshacemos de
nuestra responsabilidad con ellos?
Todo lo interesante termina siendo siempre un tema de conciencia.
Fuente: Página/12
Macri
y los franceses
31/05/07
Por Sandra Russo
De golpe me pareció que la Capital es Francia votando a Sarkozy, ese ex
ministro del Interior que ganó las elecciones de un país que pese a sus
buenos modales, su extensa cultura y su refinamiento, o acaso precisamente
por todo eso, porque la cultura a veces es liberadora y otras veces
encarceladora, no quiere negros.
Casi todas las encuestas dan a Macri primero. El devenir de los
acontecimientos y la sedimentación de datos en eso que se llama opinión
pública es tan vertiginoso que no permite la comprensión de algunos
fenómenos. O por lo menos, no permite la mirada límpida sobre esos fenómenos
que, como en este caso, encubren otro tipo de miseria; no la de los
miserables que cargan con sus harapos, sino la de muchísimos Señores López
que llevan vidas centradas en sus expensas, en sus tardes de shopping, en
sus autos nuevos, en sus veredas manchadas de pobres.
¿Macri Mauricio jefe de Gobierno de esta ciudad? Oops, ¿qué está pasando?
¿Ese tipo que no pisa el barro y se sube a un cajón de manzanas será el
elegido por un electorado que quiere una ciudad sin baches? ¿De qué
preocupaciones sociales y éticas se hace cargo un electorado que se inclina
por un hijo de rico que es rico y que a duras penas ha controlado en los
últimos tiempos la verbalización de sus verdaderos pensamientos? La gente en
campaña no dice lo que piensa. Eso lo sabe cualquier mayor de doce años.
En campaña, el propio Sarkozy moderó su ánimo xenófobo. Francia votó a ese
Sarkozy moderado, pero todo fue una fantochada: Francia no votó moderación,
sino mano dura con los negros. Sarkozy es el mismo Sarkozy que anhelaba,
meses antes, una Francia pura, preparada para repeler negros extranjeros
provenientes de países de mierda. Eso votó Francia. La moderación de campaña
siempre es mentira. La gente vota recordando. La gente vota un carácter. Los
franceses votaron a un tipo que los protegerá, de la manera que sea
necesaria, aun con la fuerza, de la invasión de negros.
La Capital Federal tiene un diez por ciento de pobres y un dos por ciento de
indigentes. Los negros vienen de otra parte. En lugar de venir de Pakistán o
de Angola vienen de González Catán o La Matanza. Vienen del conurbano, donde
se apiñan, donde se multiplican, donde sobreviven. Vienen a cartonear o a
atenderse en los hospitales públicos. Vienen a cirujear, a vender porquerías
en los semáforos o en el mejor de los casos a hacer changas irregulares en
construcción o servicio doméstico.
¿Cuál es la manera más honesta de pensar la Capital? ¿La Capital para los
porteños o la Capital para los porteños y los desharrapados que llegan en los
trenes todos los días a ver si juntan sus monedas? Incluso en el lanzamiento de
su campaña, bochornosamente planeada entre pobres, Macri no pudo sortear su
propio carácter repelente, y puso en escena a una niña a la que después,
reflexionando, dijo que le hubiese tenido que decir "retirate".
Humildemente, no creo que se pueda pensar esta Capital sólo para los
porteños. Eso es una ilusión, una mentira y una mezquindad ética. Esta
Capital no les pertenece sólo a los porteños, como Francia no les pertenece
sólo a los franceses. La inercia de esta época hace necesario pensar los
lugares, todos los lugares, como espacios de tránsito a los que llegan
todos, absolutamente todos los que necesitan llegar, si en sus propios
lugares la vida resulta insoportable. La globalización, y la
microglobalización entre la Capital y el conurbano nos obliga, nos guste o
no, a hacernos cargo de nuestras decisiones ciudadanas teniendo en cuenta
que no hay otra alternativa que buscar soluciones que incluyan ese tránsito.
Macri ha querido, por épocas, reprimir a los piqueteros y detener a los
cartoneros. Esas cosas no se dicen en campaña, pero si el voto popular lo
elige, estará eligiendo esa derecha que no quiere mugre a la vista. Todo lo
demás se desprende de eso: ése es el carácter reaccionario que seduce a los
porteños que van a votarlo. Un carácter sarkoziano que incluye fantasías de
expulsión, deportación, mano dura, reafirmación de una identidad construida
con blazers de alpaca peruana y tapaditos Marilú. Un carácter Barrio Norte o
Palermo Chico o Barrio Parque que actúe como un filtro para tanta negrada
que afea el paisaje. Los slogans de campaña son galletitas para monos.
La Capital está a punto de dar un examen de ética con el débil. Si las
encuestas no mienten, seremos afrancesados, pero en la forma más vil del ser
francés.
Fuente: Página/12
19/05/07
Por Sandra Russo
La vida es amable y fácil sólo para los demás. Cuando se trata de uno, las
cosas suelen ser bastante complicadas. Los demás, algunos de los demás,
disfrutan. Uno los ve en la calle, en el barrio o en las revistas. Disfrutan
del auto nuevo si es que se han comprado uno, o de un amor imprevisto, si es
que se han enamorado y son correspondidos, o de una buena sopa casera
charlando con la pareja, mientras los niños alborotan la casa. Este último
ejemplo, este último verbo, mejor dicho, ilustra perfectamente lo que quiero
decir: los niños de algunos de los demás alborotan la casa, mientras los
hijos de uno hinchan las pelotas. Perdón por el término, pero no es
reemplazable.
Así son las cosas cuando todo va sobre rieles. Es un desliz de la propia
cabeza creer que la vida es amable y fácil sólo para los demás. Es que todos
estamos un poco agobiados, ¿no?. Sobrecargados. Con muchos frentes abiertos
a la vez. Los demás, al menos algunos... uno los ve, en su miopía de
cansancio, en tránsito hacia algún estado bienhechor, hacia algún limbo que
los libere por un rato, una noche, de todo lo que hay que hacer. Quiero
decir: aunque uno lidie con sus obstáculos personales, en épocas normales
uno guarda la sospecha de que para algunos las cosas son más lindas, y
también guarda la esperanza de que sean lindas para uno.
Pero cuando todo colapsa, como parece estar sucediendo en Buenos Aires, ese
marco mental que nos sostiene aun cuando alguien tenga un trabajo de catorce
horas, aun cuando la plata que gana no alcance para apropiarse de nada
exclusivamente placentero, aun cuando un viaje largo e incómodo de regreso
al hogar haga prever un ánimo exasperado que le impida admirar el último
dibujo del hijo menor, esa sospecha del bienestar ajeno y esa esperanza en
el bienestar propio también colapsan.
Cuando los horarios de los trenes de Constitución son suspendidos como casi
siempre y los pasajeros pobres no son tratados como clientes de líneas
aéreas, como señores pasajeros, sino ignorados como ganado de matadero, no
debería suceder nada, porque el maltrato en la línea Roca es estructural. La
concesión incluía el maltrato que el Estado le había dedicado siempre a la
zona sur. Si se buscan ejemplos de cómo están divididas la ciudad y sus
alrededores, los trenes son el ejemplo perfecto. No debería pasar nada,
digo, porque el maltrato es ordinario. Pero en un determinado momento,
imposible de prever pero perfectamente olfateable, unos y otros se miran en
el andén y se dicen las cosas que sienten, y ahí cae la sospecha del
bienestar ajeno y la esperanza en el bienestar propio. Extraordinariamente,
la gente comparte su hartazgo y su rabia. Y eso provoca fuego.
El viaje en subte en horas pico, por otra parte, que es la mejor de todas
las opciones para atravesar esta ciudad colapsada, es en sí mismo una
pesadilla. Nadie que baje a un subterráneo en hora pico lo hará sin estar
preparándose, al mismo tiempo, para pasar un rato de ahogo, sofoco,
apretujones, mal olor, patadas, pisotones, cabezazos, a los que puede
sumarse un imprevisto corte de luz o desperfecto técnico, y en eso nadie
quiere pensar porque si lo hiciera no podría viajar: la mayoría de los
usuarios del subte hace un ejercicio mental para evitar pensar lo que es
probable que le pase. Pero aun así, no hay nada peor que el no viaje en
subte. No hay nada peor que una redistribución abrupta y sorpresiva de los
pasajeros de subte en colectivos y taxis. Una sensación de estupor y caos
recorre la ciudad. Y eso genera la materia prima de un desencanto colectivo:
allí también está muriendo la sospecha de un bienestar ajeno y la esperanza
en el bienestar propio: el colapso es primero el colapso de esa sospecha y
de esa esperanza.
Buenos Aires es hoy una ciudad llena de trampas y obstáculos que les hacen
la vida imposible a sus habitantes. A la ciudad magnífica que recorren los
turistas y que todos amamos, esa ciudad de marcas de carácter fuerte,
diversa, estilizada, se le superpone otra Buenos Aires, de una hostilidad
creciente, de una agresividad que late en el pulso cotidiano.
¿Por qué no se habla del colapso? En la construcción, en las calles, en la
limpieza, en el transporte público, en el tránsito, en la vivienda. ¿Por qué
si estamos por votar un nuevo jefe de Gobierno no se habla de colapso? ¿Por
qué la política no enuncia con la palabra apropiada la sensación colectiva
de estar a un paso de un desborde?
Es tarea de la política devolverle a la gente la sospecha del bienestar
ajeno y la esperanza en el bienestar propio. Son sensaciones ontológicas que
sólo pueden germinar en un marco general con garantías mínimas. La política,
en su forma más amplia, debería ocuparse de apagar ya esas llamas
imaginarias que enciende el desencanto. Todos sabemos que estamos
colapsando. Queremos saber también qué vamos a hacer con esto.
Fuente: Página/12
Sandra
Russo presento "Erotika. Crónica de mis viajes por tí"
Variaciones sobre el objeto de deseo
La escritora y periodista de Página/12 definió como "instantáneas
arrebatadas" los textos breves de su flamante libro.
Por Silvina Friera
"Localidades agotadas." Aunque los organizadores no habían colocado el
cartel –quizá más acorde con el mundo del teatro–, no dejaban ingresar a
nadie. Y hasta se formó una cola en la sala Alfonsina Storni con mujeres que
pedían que al menos abrieran las puertas para escuchar desde la entrada. Y
sus chicas, sus lectoras, lo consiguieron. Sandra Russo presentó Erótika.
Crónica de mis viajes por ti (V&R) –lanzado simultáneamente en la Argentina,
México, Brasil y España– con la editora Lidia María Riba, los periodistas
Jorge Dorio y Ernesto Tenembaum, y el actor Boy Olmi, compañero de
conducción junto a la autora del programa Dejámelo pensar, que se emite de
lunes a viernes a las 16 por Canal 7. El libro, apelando a una prosa audaz,
pone en jaque la cuestión del género. Estos textos breves, "instantáneas
arrebatadas", según Russo, pueden ser leídos como crónicas, prosas poéticas
o microrrelatos eróticos-amorosos. "Quería explorar un territorio virgen,
teniendo conciencia de eso", planteó la columnista de Página/12. "Como
editora, doy fe de que le salió y que no es virgen, el territorio", bromeó
Riba.
Olmi planteó que el libro de Russo no es sólo erótico por la sensorialidad
que ella despliega en los textos. "Me parece un gran libro de amor", opinó
el actor. "Bienvenidos a nosotros como objetos de deseo, si es así. Me
provocó el deseo de seguir adelante, de ver hasta dónde va a llegar –comentó
Olmi–. Se nota que ha investigado profundamente el cuerpo de los hombres,
pero también sus propias percepciones. Hay un asombro que está relacionado
con lo que los maestros de teatro nos enseñan a los actores, que se ve
también en los niños." Olmi agregó que, como en la buena literatura, "uno se
siente identificado con lo que lee", y concluyó observando que en la prosa
de Russo, "tan erótica, amorosa, profunda y bella", se integran el yin y el
yang.
"Tengo una ventaja con Boy Olmi, y es que no la veo a Sandra todos los días,
pero nos conocemos íntimamente hace mucho y pudimos transformar un error en
una amistad verdadera", confesó Dorio, y los panelistas y el público
festejaron la ironía del periodista. "El libro es fruto de una mirada
personal y está hecho con la generosidad de ser compartido con otras mujeres
y recibido, con recelo, por los hombres. Hay mucha autobiografía en el libro
y puedo dar varios nombres", amenazó Dorio. "Quiero los nombres", le pidió
Tenembaum. Dorio precisó que el núcleo de Erótika es una frase de amor: "Voy
a estar a la altura de tu fragilidad", del texto Tu espalda. "Cuando leo el
libro de Sandra me aparece la imagen de ese bello libro de Kawataba, La casa
de las bellas durmientes", subrayó el periodista.
"Qué lío hablar de esto. No entiendo un carajo, pero no tuve el coraje de
decirle que no, y estoy acá porque la quiero mucho a Sandra", se sinceró
Tenembaum. "Hay una primera y una segunda Sandra Russo, la de Arquetipas y
la de Erótika, que son complementarias, algo así como la otra cara de la
misma moneda –comparó Tenembaum–. Pero una y otra me rompen soberanamente
las pelotas." El periodista recordó que en Arquetipas ella se ensaña con
todos los novios que ha tenido, los que ha querido tener y no tuvo, "con una
mirada ácida, intolerante, es decir, justa". Pero para Tenembaum, Erótika es
todo lo contrario. "Es más ofensivo aún, porque si en el primer caso yo
puedo decir que no soy ninguno de esos tipos, en este nunca voy a poder ser
esos", bromeó. Para que se comprendiera su "desánimo", leyó Tus nalgas: "Un
hombre semidesnudo, de espaldas, con una camiseta colorada y el culo al
aire, exprimiendo naranjas en una cocina. Esa es la primera imagen que tuve
de tus nalgas, la primera mañana que me desperté en tu casa. Pasaste la
prueba, querido: sólo algunos pueden salir airosos de una escena como ésa.
Yo la recuerdo irreprochable. Es más: fue entonces cuando advertí las
múltiples posibilidades de tu belleza". Tenembaum añadió: "Si de algo
carezco, es de nalgas". Y para que no quedaran dudas, recordó el final de
otro texto: "Tus manos no solamente me tocan: me dan forma". "La verdad es
que uno después de leer eso se siente un minusválido", admitió el
periodista.
Tenembaum señaló que en los textos de Russo se despliega la idea de que
todos somos imperfectos con la ironía de la búsqueda de la perfección.
"Ojalá hubiera más periodistas que escribieran con ese humor; la prosa de
Sandra plantea rupturas y transmite placer", concluyó.
Fuente: Página/12, 07/05/07
Alumnos
09/04/07
En su búsqueda ética y estética, el fotógrafo brasileño Sebastián Salgado
recorrió el mundo, en especial sus arrabales, buscando vestigios del trabajo
humano en vías de extinción. Retrató a mineros, recolectores, campesinos,
buscadores de oro, hombres y mujeres rozando el límite de la experiencia del
trabajo, y retratándolos también hizo un retrato del mundo en el que
vivimos: una esfera recubierta, de un lado, de terminaciones espejadas y
netas, llena de chips y datos que viajan en el espacio, y herida, del otro
lado, profundamente herida, la esfera y sus habitantes, hombres monos,
hombres elefantes, hombres araña, hombres bichos que buscan su supervivencia
metiendo la cabeza en todo tipo de cloacas.
Uno de los últimos ensayos fotográficos de Salgado recoge imágenes de niños
en escuelas. Los niños de la parte enlodada del mundo. El ensayo apunta a
retratar, esta vez, el origen de la inequidad. Pero ahí los vemos. Niños de
la India sentados en sillas rotas y con las manos sucias sosteniendo un
lápiz. Niños de Irak en un aula bombardeada. Niños de Sudán apoyando en sus
piernas largas y desnutridas algún libro fotocopiado. Niños de países
pobres, en fin, sosteniendo de diversas maneras la esperanza de aprender
algo que los rescate de las fauces de la ignorancia y la pobreza, que son
hermanas gemelas, siamesas perversas.
¿Qué es lo que mantiene a la educación como un hito respetado y preservado
aun allí donde han caído otras banderas y otras luchas? ¿Qué saber ancestral
hace que padres y madres que viven vidas miserables desplacen sus reservas
de ilusión hacia sus hijos, y los embarquen en la aventura de la
escolaridad?
Hoy los ojos argentinos están fijos en Neuquén. Mataron a un maestro. Sus
colegas, sus compañeros, sus familiares, sus amigos, sus vecinos, mucha
gente protesta en Neuquén. En todo el país se multiplican los gestos de
solidaridad y acompañamiento por el asesinato de Carlos Fuentealba, cuya
vida interrumpida por un cartucho policial no parece distraer al gobernador
Sobisch de su candidatura presidencial, ya que sobre eso habló en el fin de
semana. Minimizó el crimen: había que despejar la ruta.
Me vino a la cabeza el trabajo de Salgado, y me pregunté por los alumnos de
Carlos Fuentealba. Si yo fuera Salgado, iría a Neuquén y retrataría a cada
uno de esos chicos. Si tuviera el talento de Salgado, lo usaría para que en
esos retratos fuera visible la ausencia del maestro. ¿Qué sueños acompañaba
Fuentealba? ¿Qué lección marcará a fuego esas aulas en las que los hijos de
los pobres intentan todos los días quebrar el destino que tienen reservado?
¿Qué tipo de extraña melancolía se adhiere a esos chicos, como a los otros
chicos que retrató Salgado? ¿Cómo se reflejará en sus miradas el asombro
infinito por el asesinato del maestro? El crimen de Fuentealba viene a decir
una vez más que la escuela, para algunos espíritus obstinados, sigue siendo
una trinchera de resistencia contra el peor de los poderes: el que no sólo
empobrece, sino que para empobrecer ennegrece las mentes. Fuentealba, como
los buenos maestros, era un rescatador de mentes.
Fuente: Página/12
07/04/07
El crimen de Carlos Fuentealba no podría haber sido más elocuente: el balazo
en la nuca resume con su estruendo el desprecio por la vida que sudan las
políticas de Estado represivas con las protestas sociales. Lo de Neuquén
fue, antes que nada, un ejemplo de lo que puede suceder (y no tarda en
suceder) cuando un Estado, en este caso provincial, decide usar las fuerzas
policiales para reprimir una demanda social. Después viene el contexto, la
historia del conflicto docente, las internas en la Ctera, el historial de
Sobisch, que se vende en la Capital como promotor de una derecha eficiente,
un adjetivo que se pega al sustantivo casi por inercia: ¿para qué son
eficientes las derechas? ¿Qué tipo de eficiencia están prometiendo? ¿Cuál es
el precio de esa eficiencia? ¿Cuál es el límite? ¿Al servicio de quiénes se
pone la eficiencia? Se contestará: del orden. Ya sabemos lo sensible que es
la gente como Juan Carlos Blumberg o Mauricio Macri cuando el orden se
altera. Es como si se les hubiese filtrado una piedra en el zapato. El orden
alterado los irrita, y es más, hasta se sienten llamados a "interpretar" a
una parte de la sociedad que "quiere vivir mejor".
"Así no se puede seguir", han dicho todos ellos una y otra vez cuando el
orden estaba interrumpido por alguna cuestión que implicaba los derechos
vulnerados de un sector. Estudiantes, ambientalistas, militantes,
piqueteros, trabajadores, cartoneros, gremios movilizados, todo aquello que
el radar de la derecha sintoniza como "perturbación del orden" parece
merecer "decisión política", "coraje" o "valentía". La valentía o el coraje,
se sabe, de tomar medidas impopulares. A eso debe dirigirse la "decisión
política": a operar en el sentido inverso a lo que la derecha llama "populismo". Para la derecha, cuyos interlocutores son pocos y poderosos,
pero están amplificados por los discursos que la misma derecha propala en
forma del sentido común del taxista argentino, hay que "atreverse" a
reprimir.
Sobisch se atrevió. Y un maestro fue acribillado de un balazo en la nuca.
Ese maestro que hoy sabemos que se llamaba Carlos Fuentealba hasta su muerte
no era nadie para la derecha. Era un maestro, nadie. Podría haber sido un
estudiante, nadie. O un piquetero, nadie. Los hombres y las mujeres reales,
de carne y hueso, con nombre y apellido, que integran las protestas sociales
para la derecha no son personas cuyas vidas el Estado debe preservar. En
tanto luchadores sociales, actores sociales ejerciendo su derecho al
reclamo, esos miles y miles de argentinos para la derecha no son nadie: son,
en todo caso, parte de la masa crítica que hay que repeler. Resuena la voz
del patrón de estancia: a estos morochitos va a haber que hacerlos
escarmentar. Acá no me vengan con cortes de ruta ni puentes. Háganlos cagar.
Para la derecha, los hombres y las mujeres en tanto ciudadanos y actuando
colectivamente no son exactamente hombres y mujeres, sino más bien una
fuerza que hay que derrotar.
Después ellos hacen marchas pidiendo seguridad, y se declaran a favor de la
vida en varios órdenes confusos: se sabe que el feto en el vientre de la
mujer es sagrado, que está bendecido por el toque mágico de la vida. Pero la
derecha saca la foto de ese feto. Respeta más al feto que al niño. Abandona
al niño ya nacido a su propia y errática suerte, hambreándolo y robándole la
frente alta de sus padres.
Es que la derecha defiende la vida de "los particulares". Como si fuera una
compañía de seguros, defiende la vida y la propiedad privada de "los
particulares". Algo particular en tanto privado. En tanto no público. Algo
particular en tanto racionado como un bien escaso para algunos. "Los
particulares", esos artificios de la burocracia capitalista, son los
verdaderos acreedores del derecho a la vida.
Los otros, los que marchan juntos en la manada, los que obstaculizan medidas
o ajustes, los que piden por su parte no son particulares. Quedan abolidos
de ese rango porque violan la principal premisa del "particular": accionan
políticamente. Para la derecha, la política es un privilegio de los
políticos.
Carlos Fuentealba estaba haciendo política gremial. Era dueño de una
historia personal admirable. Alguien que había cumplido un sueño contra la
adversidad. No era una adversidad personal ni familiar la de Carlos
Fuentealba. Era una adversidad social. La pobreza es una adversidad social.
Trabajar toda una vida como administrativo de la Uocra para estudiar mientas
tanto y recibirse de maestro a los 38 años es un ejemplo de dignidad ante el
que caen las palabras.
Pero hasta que su nuca fue el blanco de un disparo policial, Carlos
Fuentealba no era para el Estado provincial ni un ciudadano ni un maestro ni
un padre, era nadie. Sólo ante la visión de muchos nadies entorpeciendo el
tránsito alguien puede dar la orden de reprimir: las vidas de los que
protestan son vidas sacrificables.
Sería interesante que la derecha dejara de ser intelectualmente tan pobre, y
enunciara claramente su noción del derecho a la vida más allá del derecho de
los "particulares". No es un tema menor.
Fuente: Página/12
La
virtud
17/01/07
El otro día, Roxana Kreimer, filósofa y mi amiga, dijo que una virtud es un
punto medio entre dos defectos. La valentía, dijo, por ejemplo, es el punto
medio entre la cobardía y la temeridad. Nunca lo había pensado así. Uno
digiere la palabra virtud como si ella recubriera un punto máximo de algo.
Me acordé de mi primer análisis. Fue con un lacaniano maníaco. El tipo me
intimidaba tanto que casi no podía hablarle de mí. Tratándose de un
analista, estaba en problemas. Pero el lacaniano maníaco era talentoso y me
dijo un puñado de cosas que quedaron grabadas en mi memoria hasta que unos
veinte años más tarde las descifré.
"¿Por qué se viste como una militante?", me preguntó en plena dictadura. Yo
no había militado. Y tampoco me había fijado en cómo me vestía. El se
refería a que invariablemente lo visitaba con jeans grandes y pulóveres
largos, con abrigos dos talles pasados del conveniente, sin pintura en la
cara y despeinada. Me pareció una pelotudez.
Otro día se hizo un silencio incómodo. Y yo empecé a hablarle de Jesús. Así,
sin darme cuenta. Le hablaba de la bondad de Jesús, porque a mí eso me
intrigaba. ¿Jesús sabía que era bueno? ¿Cómo se hace para saber que se es
bueno sin ser soberbio? ¿Cómo hace alguien para ser el mejor sin que esa
misma conciencia lo corrompa?
El lacaniano no me contestó nada. La sesión consistió en mis preguntas y un
saludo de despedida más bien seco, que me dio sobreactuadamente distante.
Una vez, siempre impedida de hablarle de mí porque él me seguía dando miedo,
le hablé del libro que estaba leyendo, Mujeres enamoradas, de D. H.
Lawrence. Le conté una frase que había leído la noche anterior. Decía que
las mujeres somos como los caballos, que tenemos voluntad doble: la propia y
la del amo. Era a raíz de una escena formidable, cuando el muchacho rico que
interpretaba Oliver Reed en la película de Ken Russell tira de las riendas
de su caballo para obligarlo a cruzar las vías y está por venir un tren. Se
veía el debate en el carácter del caballo. O mejor dicho, su instinto dual.
El lacaniano se interesó y tomó nota de la frase y del libro. Fue la única
vez que me fui de buen humor de ese consultorio.
Bien. Muchos años después descifré que yo me vestía como una militante y me
inquietaba la bondad de Jesús porque estábamos en la época en la que los que
nos permitimos enterarnos de todo lo que pasaba, vivíamos con náuseas. Yo me
preguntaba por esos jóvenes apenas mayores que yo que no estaban, que habían
dejado de ir hacía un año o seis meses a sus casas. Los que no habían ido
más a las clases de la facultad. Y sentía una reverencia fuerte, indomable.
Estaba convencida de que ninguno de los mejores había quedado. Y al mismo
tiempo, me parecía injusto conmigo. Mi destino personal estaba siendo
invadido por un destino colectivo. Y habíamos sido condenados a la media
marcha, al promedio, a la prudencia, a la tibieza, a un universo poco
heroico.
La frase de Lawrence también la descifré, pero me iría por las ramas sobre
las que me tienta treparme. Vuelvo a la frase que me regaló Roxana Kreimer,
y a esa noción de que una virtud exige, vaya, una medida. Es bueno tenerlo
en cuenta ahora que los que murieron tienen entre los vivos a quienes
virtuosamente los han recordado, los han honrado y han llegado a la
justicia.
Fuente: Página/12
23/12/06
Ella es muy joven, bella, ingeniosa. Está por terminar letras, pero eso no
le alcanza: hace cursos de filosofía y en sus ratos libres practica
acrobacia y hace tai chi. Además lee bastante. Puede ponerse a defender,
completamente borracha, la vigencia de Spinoza o de Henry James. Siempre que
la veo está vestida como una muñequita de torta palermitana, como una falsa
ingenua, porque de ingenua, Lila no tiene nada.
Pero con los hombres, Lila disimula. En los últimos tiempos empezó a
disimular cada vez más. El otro día la vi, y estaba contenta porque por fin
está saliendo con alguien. Lo único que venía encontrando eran los toco y me
voy, escenas de fin de fiesta en las que los que quedan salvan algo del
naufragio de la noche, pero a conciencia de que no se está empezando nada ni
se está en la obligación moral, siquiera, de preparar un desayuno a la
mañana. Relaciones sin importancia, repite Lila, que es lo que se lleva.
¿Por qué los pibes de ahora, a diferencia de los pibes de siempre, buscan
aquello que no tenga importancia, aquello que les asegure que nada será
sometido a movimiento, que nada de sus vidas abúlicas será alterado? Lila no
lo sabe, pero actúa en consecuencia, y entre amigas lo confiesa
abiertamente: "Para gustarle a un tipo, la mejor de las estrategias es
hacerte la boluda, no falla. ¡Adoran a las boludas!", es una de sus máximas.
Llegó contenta y haciendo ojitos de enamorada. Está saliendo con un chico
con el que hablan y discuten, se hacen compañía y comparten sus respectivos
proyectos de trabajo o de estudio, se llaman cada noche para saber cómo fue
el día del otro. Casi perfecto. Lila casi no lamenta no tener sexo con él.
No tienen sexo porque, explica ella, "él no se siente preparado". Como Lila
es de las chicas que, a diferencia de sus madres, sostienen que el tamaño
importa y mucho (y no por una cuestión específicamente sexual: Lila y sus
amigas están convencidas de que los tipos que la tienen de buen tamaño son
más seguros y más caballeros), ella se encargó de comprobar en algún
escarceo que el tamaño no es el problema. "Ahí me tranquilicé. No es el
tamaño, es neura solamente", explica. Pero él le dice, después de un mes de
verse muy seguido, que "lo espere".
Esto que relato no es una generalidad sino un caso que transcurre, sin
embargo, en esos pliegues sociales que lentamente van escupiendo a su
alrededor no sólo maneras de vestirse sino maneras de comportarse. Lila trae
noticias de algo que sucede subterráneamente y que en su cama aflora porque
ni él tiene reparos en decirle "esperame" ni ella se sorprende demasiado al
escucharlo.
Antes se le llamaba falo al pene y después se comprendió que la idea de falo
es bastante más amplia. Pero un poco más tarde también hubo que admitir que
en esa idea de falo entran no sólo las erecciones y las anécdotas poderosas,
sino las iniciativas, el poder, la voluntad, la seguridad, la capacidad de
seducción, la manipulación más o menos consciente del deseo. ¿Quién tiene el
falo hoy? ¿Ese chico que decide esperar a "estar listo" para un coito o esa
chica que lo trata a él como a un príncipe tan parecido a una princesa?
Antes el falo parecía resumir la fuerza masculina, la fuerza física y
mental. Pero ahora el falo es de cristal. Si se cae, se rompe. Lo tienen
ellos o ellas indistintamente. Y en rigor, ni ellos ni ellas están
satisfechos de tenerlo. Ellos y ellas se quieren sacar el falo de encima.
Nadie quiere ser fálico. Lila está en las antípodas de las mujeres que
disfrutan de tener el poder. Desde hace mucho que busca a un hombre para
descansar en él, para... Dios mío... ¡sentirse protegida! Y dejar el sexo
para más adelante le parece un detalle, algo accesorio, porque lo que le
importa es que él la llama todas las noches para ver cómo fue su día, y
Lila, que aunque es muy joven tiene considerable experiencia, sabe que
aquellos que se la llevan a la cama de una, al día siguiente desaparecen.
Esas llamadas humanizantes, esa consideración caballeresca de este pibe le
parece más importante que un revolcón. Y banca.
La confusión entre los géneros reclama una redefinición del falo, que
incomoda a todos/as. Hombres y mujeres parecen tan agotados y asustados, que
unos y otras prefieren hacer la posta y abandonarse a las iniciativas
ajenas.
Fuente: Página/12
La
llave de López
25/11/06
A lo largo de estos dos meses, desde este mismo espacio, me pregunté varias
veces, y desde diferentes perspectivas, por qué el secuestro de Jorge Julio
López estaba siendo minimizado colectivamente. Hubo semanas enteras en las
que el tema redundó: desapareció. Eso en sí mismo merece atención.
Veámoslo así: en un determinado país una dictadura militar se impone con el
consenso de una opinión pública formateada por la clase dominante, el mismo
formateo cerebral que luego hará que esa opinión pública acepte su propia
domesticación. Había que implantar un régimen totalitario. Para ello, fue
necesario aniquilar a una generación. Prisioneros sin juicio ni consecuentes
acusaciones precisas fueron exterminados en campos clandestinos. La opinión
pública no acusaba recibo ni de los operativos nocturnos que había en cada
cuadra ni de los hijos de los amigos de los cuñados de los vecinos, que
desaparecían.
Y eso se sabía. Pero se negaba. Es mentira que no se sabía. Cuánto tiempo
más se va a mantener en pie esa falsa disculpa argentina. Era imposible no
saberlo. Se ignoraba la dimensión del genocidio, pero no sus atrocidades. ¿O
no es sencillamente atroz que, por caso, desapareciera el hijo del amigo del
cuñado del vecino? ¿Eso no implicaba por sí solo que había ajusticiamientos?
No existe el "yo no sabía". Hay que empezar a admitir que hubo una Argentina
que negó. Y es otra cosa.
Esa misma Argentina me preocupa.
Sigamos: treinta años después (porque fueron necesarios treinta años para
que llegaran muchos juicios, y esto quiere decir que esa sociedad, ya sin la
bota encima de la cabeza, creyó la versión absurda de que lo que hubo fue
una guerra civil. ¿Qué argentino puede creérselo? ¿Cómo va a haber una
guerra civil sin que uno se entere? ¿Cómo se compatibilizan las creencias
complementarias y falaces del "yo no sabía" y "hubo una guerra civil"?),
retomo: treinta años después, es condenado uno de los peores chacales. Y
unos días más tarde, un testigo clave en ése y otros juicios, desaparece.
Esta desaparición pone en escena el fantasma argentino reciente. Para todos
aquellos cuyas vidas fueron rozadas en mayor o menor grado por el terrorismo
de Estado de los ’70, esta desaparición activa zonas del cerebro y del alma
que estaban ya por fin en algo así como piloto automático. Somos como un
gigantesco cartel de neón, algunas de cuyas luces deben forzosamente
encenderse para que las otras se vayan apagando. Sin esa alternancia, el
cartel no emitiría sus dibujos y sus letras. Como cuerpo colectivo, somos
eso. A treinta años de aquello, miles y miles de personas sintieron esta
desaparición como la reactivación dolorosa e insoportable de la zona del
miedo, el dolor, la amenaza. En estos dos meses hubo oídos que volvieron a
escuchar sirenas a lo lejos. Hubo aniversarios más crudos, como a la
intemperie. Hubo pesadillas. Hubo enfermedades psicosomáticas. Ya sin el
cobijo de la democracia. Esto es lo impensable. Era Nunca más. Esta
desaparición rompió el Nunca más, que era la única y verdadera promesa que
como pueblo parecíamos habernos hecho.
Era previsible otra reacción. En las marchas y del dolor hecho carne
participan aquellos cuyas vidas fueron rozadas por el terrorismo de Estado.
Parecen, y son, marchas de derechos humanos, cuando deberían ser otra cosa.
Deberían ser desbordes de gente en todo el país gritando. Pero es incluso
más fácil desbordar y gritar frente a Fray Bentos, donde hay una mole que
seguirá creciendo, que hacerlo frente a un fantasma.
No milito en ningún partido político, no soy miembro de ningún organismo de
derechos humanos, no perdí familiares en la dictadura, pero eso no implica
que no haya crecido sintiendo que hay banderas que no son ni siquiera
ideológicas: casi diría que, para mí y para muchos otros, son banderas
religiosas, de la única religión que uno proveerse alguna vez, una que
sostiene que el bien está del lado de la decencia. Probablemente sea un
rasgo en común entre los que no creemos en Dios: nos aferramos a otros
ideales.
Tal vez por eso la reacción social general ante la desaparición de Jorge
Julio López sigue pareciéndome extraña, anestesiada, distante, y me apena
enormemente advertir que los medios administran diariamente las neuronas de
millones. Y que millones se dejan administrar los pensamientos y, lo que es
más grave, la moral.
El Caso López no es solamente el que deriva del expediente judicial que
investiga esa desaparición. El Caso López será, dentro de un tiempo, el
recuerdo de la primera desaparición de la democracia, y el ejemplo de cómo a
veces una sociedad vuelve a negar, a no ver, a no saber.
Fuente: Página/12
20/12/06
Hablamos un idioma y nos comunicamos a través de él. A través de un idioma
es que estoy escribiendo e intentando comunicarme. Es decir: debo confiar en
ese idioma y en mi manera de manejarlo, de usarlo al escribir. No me sirve
de nada volcar aquí un par de reflexiones si del otro lado nadie va a
entender, o a sentir, o a pensar. Pero la lengua tiende sus trampas y muchas
de ellas, infinidad de ellas, nos pasan inadvertidas tanto para los que
escribimos como para los que leemos. San Barthes lo explica muy bien,
traducción mediante, incluso, cuando dice que "la lengua es fascista" y que "se define menos por lo que permite decir que por lo que obliga a decir".
La lengua nos obliga a decir. Bien. Las palabras no vienen solas, sino
cargadas de guirnaldas, olores, lanzas, truenos, vacíos, despertadores,
somníferos. Es desde esa perspectiva que ha reaparecido entre nosotros la
palabra desaparecido.
Voy a tomarle prestada una idea que Marcelo Figueras escribió en su blog.
Uno de los efectos más visibles y personalmente verificables de la
desaparición de Jorge Julio López es no sólo la reaparición de esa palabra
que llega cargada, ella específicamente, de tormento, escalofríos y
amenazas, sino la reconstrucción de cómo esa palabra se constituye, la
locura y la confusión que implica. Lo que advirtió Figueras es que este
caso, el caso López, recrea la figura de la desaparición en todo su poder
siniestro, y parte de esa recreación-repetición fue la actitud inicial de su
familia, atribuyendo la ausencia de López a un problema de estrés o vejez.
En esa duda, en esa vacilación primera es que la figura de la desaparición
hace pie para iniciar su recorrido enloquecedor. Como sin pasado, como sin
experiencia, como sin antecedentes, incluso en las circunstancias ardientes
en las que se produjo esa desaparición, la desaparición es algo tan contra
natura, tan demencial, que fue una palabra esquivada, casi meditada antes de
sentirse, sentirnos listos para pronunciarla.
Desde que llegó la democracia, la palabra desaparecido estaba tan cargada de
dictadura que prácticamente se limitó su uso para aludir a las
desapariciones políticas. La gente perdida (los que se fugan, los que se
pierden) no eran desaparecidos: la lengua obligaba a decir, junto con la
palabra desaparecido, desaparecedor.
Fue recién con el lento paso de los años y con el lento avance de la
Justicia que fue posible la recuperación de esa palabra para designar
desapariciones sin desaparecedores. Pero el caso López interrumpe ese
proceso abruptamente. Nos reenvía colectivamente al espanto de saber que hay
todavía personas dispuestas a secuestrar a alguien y borrar rastros,
personas aparentemente mucho mejor entrenadas para esto que cualquier
secuestrador extorsivo, que consiguen tragarse a alguien, eliminar sus
huellas, atormentarlo o asesinarlo de modos tan sanguinarios y amorales como
nunca se le ocurriría a ningún secuestrador extorsivo.
La puesta en escena de esa desaparición (justo antes de la condena a cadena
perpetua a Miguel Angel Etchecolatz) tiene el brillo soez de las operaciones
muy planificadas. Y la palabra desaparecido, que reapareció junto con la
aparición, en ese mismo juicio, de la palabra genocidio, trepa por nuestros
cerebros y baja hasta nuestros estómagos, atravesando la gruesa capa de
defensas que le oponemos.
Nuevamente se produce una operación de sentido en la lengua que compartimos
entre todos. Los perdidos vuelven a ser perdidos.
Desaparecido, está Jorge Julio López.
13/10/06
Yo había sido un ángel tan pero tan gordo, que se cayó de la nube en la que
estaba y fue a dar con sus alas rotas (hubo que podarlas) justo encima de la
cama de mis padres. Esa fue la explicación que durante mi primera infancia
intentó satisfacer mi curiosidad acerca de cómo venían los niños al mundo.
Una pura cuestión de obesidad angelical.
Después siguieron las confusiones. Cuando estaba en tercero o cuarto grado,
Alex, que todavía hoy es mi amigo, me acompañaba todos los días a mi casa,
caminando esas siete cuadras, y un día me dio un beso. Durante cierto tiempo
estuve en vilo, ya que después del beso Alex me confesó que a raíz de su
arrebato yo podía haber quedado embarazada.
Ese incidente fue tremendo, porque yo ya tenía una idea de mí bastante
inquietante. Me tocaba, es más: un día me descubrieron con algo entre las
piernas y no era cualquier cosa (ahora que lo pienso tengo que informárselo
a mi actual analista): era con el Lo sé todo, que tenía un lomo importante.
Me llevaron al médico, porque mis padres consideraron que esa conducta no
era normal y aunque yo no había escuchado jamás hablar de masturbación y, en
consecuencia, no tenía la menor idea de que me masturbaba, el solo hecho de
que me hubieran llevado al médico, igual que cuando tenía fiebre o dolor de
panza, me indicaba que aquellas cosquillas eran igualmente insanas.
En séptimo grado vinieron las señoritas de Johnson & Johnson a dar la
argentinísima charla de educación sexual, a niñas y niños por separado, y
que consistió en mostrarnos un dibujo de las trompas de Falopio y en
recomendarnos que fuéramos lo más higiénicas posible cuando nos llegara la
menstruación. A mí me había llegado un año y medio antes y, como nadie me
había explicado nada, primero me asusté y después me enchastré, lloré, me
acomplejé, en fin, aprendí que aquello era un secreto que no podía compartir
con nadie.
Hacia el final de la secundaria todavía nadie tenía relaciones sexuales,
sólo explosivas y prolongadas franelas que una no sabía exactamente cómo
frenar. Pero era una, es decir la chica, la que debía ponerles fin, como si
nos gustara menos, como si no lo disfrutáramos, como sacándonos de encima al
chico que pretendía "eso" de nosotras. Era común en mi grupo que los chicos
tuvieran novia y al mismo tiempo relaciones sexuales con una "puta", que en
general no era puta rentada sino chica ligera, de la que se proveían
merodeando otros grupos y a la que descalificaban inmundamente, a la que
despreciaban porque "lo hacía".
Bien: y resulta que después había que ser multiorgásmica y tener punto G.
¿Cómo? Remontando ese barrilete de plomo que nos habían metido en la cabeza.
No es que no hayamos recibido educación sexual, qué va. Siempre hubo
educación sexual. La nuestra se basó, naturalmente, en hacernos temerle al
sexo, en inculcarnos la represión como la forma digna de sobrellevar esos
bajos instintos.
Nos educaron para que no gocemos. Fuimos gente joven artificialmente
alterada para vivir su sexualidad inconfortablemente. Hoy tengo una hija de
catorce años, y deseo para ella exactamente todo lo contrario.
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08/10/06
"La casa está en orden" es una de las frases más detestadas de la
democracia. Sobre esa frase de un Raúl Alfonsín devolviendo a sus hogares y
a sus mundos privados a los miles y miles de ciudadanos que se mantenían
movilizados se estampó un sello y así fue archivada en nuestras memorias:
una frase cobarde. Como todo lo que es sellado y archivado, esa frase se
mantuvo congelada en su carácter de cortamambo de un sector de la población
que se sentía en condiciones físicas e ideológicas de "resistir". Los
últimos acontecimientos recomiendan descongelarla.
A pesar de todas nuestras conocidas taras, los argentinos somos los únicos
que, en la región y en las democracias que sucedieron a las respectivas
dictaduras, hemos llegado a la instancia en la que nos encontramos. Juicio y
castigo. Eso sólo fue posible a través de muchos años, muchas escaramuzas
con forma de puntos finales y obediencias debidas, levantamientos con
finales negociados y, entre otras cosas, genocidas que durante treinta años
no fueron llamados genocidas.
El poder del lenguaje es monstruoso, apabullante. A mi entender, no es en
absoluto casual que la desaparición de Julio López y la simultánea aparición
de panelistas, libros y opinadores defensores del terrorismo de Estado se
produzca justo después de que el lenguaje institucional y normativo por
excelencia, el judicial, se haya pronunciado al respecto y haya designado a
los represores como genocidas. Y haya, en un mismo y monumental movimiento
de sentido, designado lo que pasó en los ’70 como un genocidio.
Esa palabra marca con el fuego de la verdad lo que pasó durante la
dictadura, y emitida desde un fallo judicial la incorpora al acervo del
futuro sentido común de la Argentina. En las escuelas, en las próximas
décadas, todos los niños estudiarán ese genocidio. Y ya basta. No hubo dos
demonios, no hubo guerra civil, no hubo juicios a prisioneros; hubo
torturas, hubo campos clandestinos, hubo apropiación de niños.
Cuando Alfonsín dijo que la casa estaba en orden, la casa era un desmadre. Y
si esa frase quedó congelada en su fase desmovilizadora, es en parte porque
el sector más sensible a este tema siempre sobreestimó sus fuerzas y leyó
voluntariosamente la realidad. La casa era un desmadre y lo siguió siendo,
durante treinta años, y hubo que esperar hasta que muchos de ellos murieran,
igual que muchas madres y abuelas, hubo que esperar una coyuntura
imprevisible, como es ésta, para que de las fauces de la derecha fascista
brotaran gestos desesperados. Hasta ahora habían negociado, lo hicieron con
cada gobierno. Estos exabruptos asqueantes provienen seguramente de cierta
desesperación: es ahora, recién ahora, cuando están perdiendo.
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¿Perdón?
01/10/06
El último domingo, en el programa de Luis Majul, se produjo un hecho
ideológicamente bizarro. El caso de Karina Mujica, el joven cuadro de lo que
ahora se ha bautizado "la derecha guaranga" (al menos así se la llamó en ese
programa), cuya doble vida como incipiente dirigente militarista e
incipiente madama marplatense fue lo que disparó un primer bloque; en él
aparecieron personajes que dejaron a la finada Elena Cruz del tamaño de una
simple fan de Videla. Caricaturescos, cínicos, un hombre mayor de "r"
arrastrada (defensor de Etchecolatz) y un joven dinosaurio defendían
acaloradamente el terrorismo de Estado de los ’70 con argumentos fallidos.
En la tanda, se veía el institucional de recompensa para quien tenga datos
sobre el testigo Julio López, acusador de Etchecolatz y actualmente
desaparecido. El domingo pasado todavía no habían tenido lugar las marchas
reclamando su aparición, ni la angustia por su suerte había tomado tanto
cuerpo como en estos días. Es que la sola posibilidad de que haya patrullas
perdidas del terrorismo de Estado resulta escabrosa, aunque no improbable,
tan luego en un país en el que los que piden por más seguridad se dejan
custodiar por los policías exonerados de la fuerza por haber incurrido en
diversos delitos. Muchos de ellos, en secuestros extorsivos. La nueva etapa
por la que atraviesan los juicios contra los represores no es menor ni
cosmética. La desaparición de López reactualiza, sin que nadie lo previera,
un dolor colectivo que sin embargo fue sostenido individualmente por algunas
víctimas sobrevivientes: pudimos enterarnos de que López, que no olvidaba ni
quería olvidar, solía ir a su lugar de detención, ya demolido,
recurrentemente, quizá a espantar sus fantasmas o a afirmar su pacto con los
que murieron.
En un segundo bloque estuvo Elisa Carrió. Fue ella, la dirigente "moral" por
excelencia autoproclamada, la que desde hace años se embandera con la cruz,
la que habla de "nuevo contrato" y de "refundación" y "parto doloroso", la
que desvió el programa a un verdadero curso bizarro, por ahorrarme la
palabra siniestro.
Ahora Elisa Carrió habla de perdón. De reconciliación. Así como suena, así
como se lo escucha y se lo lee. Elisa Carrió evalúa, en ese contexto, con
esos energúmenos presentes en el estudio y con Julio López desaparecido, que
en este país es necesario "reconciliarse".
Nunca entendí del todo los procesos mentales de Elisa Carrió. Estuve a punto
de votarla en las últimas elecciones. Era con quien más acordaba en la
visión general del país. Y ahora, después de estos años en los que
obsesivamente se ha negado a una actitud mínimamente conciliadora con al
menos algo de lo que haga este Gobierno, Elisa Carrió parece haber mutado,
haber derivado, haber degenerado en una mujer que es capaz, después de
escuchar frases como que no hubo campos clandestinos, y con un testigo clave
desaparecido, de decir que en este país hay que perdonar y que hay que
reconciliarse.
¿Perdón? Solamente la ceguera más rabiosa puede hacer a alguien equivocar
tanto la circunstancia de sus dichos. Y esa ceguera obliga, a esta
espectadora en este caso, a decir esto, que no es fácil, uno sabe, porque
Elisa Carrió ya creó el casillero "si me critica es porque no me entiende",
cuando no se trata de simples contratistas intelectuales del Gobierno. Elisa Carrió ha derogado, de facto, la posibilidad de que alguien simpatice con
este Gobierno por razones legítimas y sin más interés que el político. Eso
habla no sólo de una estrategia equivocada para vincularse con los otros,
sino además de una visión estrábica de la realidad.
Pero que ahora Elisa Carrió haya emprendido una nueva etapa corrida de la
baldosa histórica del progresismo argentino, como son los derechos humanos
(su nuevo latiguillo es "hablemos de los derechos humanos de hoy" y después
se pone a hablar del paco), nos indica algo, algo feo, algo extremadamente
desagradable sobre su persona y su pensamiento.
La defensa y el alineamiento de Kirchner con los reclamos de los organismos
de derechos humanos es una de las pocas cosas que nadie puede negar. Es un
hecho, es un dato. Elisa Carrió no puede ni siquiera coincidir en eso con
Kirchner. Pareciera que le es más fácil renunciar a reivindicaciones que
exceden con creces el setentismo y esas pavadas: que los crímenes se pagan y
se castigan es una regla básica de la civilización. Solamente alguien que ha
renunciado a esa causa puede hablar de reconciliación con quinientos niños
todavía desaparecidos, con genocidas que hablan de guerra civil, con gente
que repite que volvería a hacer lo mismo, con gente en carne viva porque los
traumas sociales, y debería saberlo la creadora de la Fundación Hannah
Arendt, se instalan y tardan generaciones en ser superados.
El nuevo paso que ha dado Elisa Carrió obliga, lamentablemente –porque pudo
haber sido una mujer importante en la política argentina– a separarla de los
dirigentes que nos inspiran respeto. Su desborde ideológico ha sido
demasiado grueso para seguir considerándola parte de los argentinos cuya
opinión nos interesa. Una pena, Elisa Carrió
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Monstruos
21/09/06
Las palabras monstruo y mostrar tienen una raíz común. Hay algo en el
monstruo que exige ser visto, exhibido o imaginado. El monstruo existe para
que los demás sepan que existe. Aunque permanezca oculto, la entidad del
monstruo requiere ser completada por alguien que le tema, por alguien que
huya de él, y que lo constituya. Para eso durante los ’70 hubo hombres como
el ex comisario general Miguel Etchecolatz, cuyo solo nombre, en la
provincia de Buenos Aires, provocaba escalofríos.
La dictadura militar tuvo muchos asesinos, pero sólo algunos verdaderos
monstruos, que fueron fuente de inspiración para los demás. Uno lo da por
hecho, pero cabe la pregunta: ¿habrá sido tan sencillo hacer emerger de las
Fuerzas Armadas de entonces semejante legión de secuestradores, torturadores
y asesinos? Una cosa es haber convencido a todos ellos de que las
organizaciones armadas de la época se habían propuesto "imponer un régimen
totalitario en el país, apoyados por otros estados como el castrista", tal
como afirmó ayer el abogado defensor de Etchecolatz, Luis Boffi Carri Pérez.
Pero otra cosa muy distinta debe haber sido convencerlos, y con bríos
siniestros, de que era necesario meterles picana a los prisioneros hasta
desmayarlos o matarlos, aniquilar familias enteras, secuestrar y robar
niños, protagonizar esa obra maestra del terror. El régimen necesitó a los
monstruos para implantar en las fuerzas de seguridad un modelo de militar
sin escrúpulos ni humanistas ni religiosos, hombres a los que no les
temblaba el pulso para picanear a mujeres embarazadas, para torturar a la
esposa delante del esposo o para fusilar prisioneros en fugas fraguadas.
Hombres como Miguel Etchecolatz sirvieron para irradiar a su tropa la luz
invertida del mal absoluto. Fueron los líderes falaces de un país que
luchaba contra el incierto enemigo interno con el peor de los terrorismos,
el de Estado. Los monstruos ofrecieron a la dictadura sus almas negras, en
las que ellos y tantos otros fueron capaces de almacenar el dolor ajeno, y
cuanto más dolor, y cuanto más crimen, más épicas parecían sus leyendas.
Etchecolatz sigue sosteniendo que en la Argentina no hubo campos
clandestinos de detenidos-desaparecidos, y que lo que hubo fueron campos
ocultos, "como en toda guerra".
Los monstruos siempre están esperando el momento de demostrar que son
monstruos, porque en el fondo están orgullosos de serlo. Y por eso son
monstruosos.
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25/08/06
Dos días después de hacerme un aborto, fui a una reunión social en la que
había una mujer que poco antes había perdido su embarazo de seis meses.
Todos trataban de estar alegres y ocurrentes, pero al mismo tiempo de
medirse, de guardar cierto recato. Y aunque esa mujer era muy fuerte y
conversaba y sonreía, costaba mucho esfuerzo disipar la nube de angustia y
sufrimiento que la envolvía. Me acerqué a ella en un momento, y a pesar de
que no nos conocíamos mucho, me habló de lo que le había pasado. Me dijo que
tenía la sensación de que todo era irreal. Me dijo que su cuerpo estaba en
esa fiesta, pero que su alma estaba en otra parte. No sé por qué me lo dijo
a mí, pero la escuché. Yo del aborto no le dije nada. ¿Qué iba a decirle?
¿Qué yo había decidido interrumpir un embarazo, justo a ella que no lo había
decidido y lo había perdido? Era claro que esa mujer estaba sumergida en un
duelo del que le costaría mucho salir.
Del duelo del aborto, en cambio, no se habla. Como no se habla del aborto,
no se habla del duelo del aborto.
Déjenme decirles a los que creen que de este tema todavía tampoco se puede
hablar, que una mujer, si llega a la instancia del aborto, llega acorralada
y descentrada. Y llega sola. El momento que va desde saber que se está
embarazada al momento en el que una abre las piernas en un lugar sórdido y
rodeada por desconocidos es un trance emocional de los más duros, difícil de
describir, un trance por el que pasan tantas mujeres y sobre el que sin
embargo no hay una sola línea escrita. La soledad es completa.
En muchos casos, esa mujer viene de librar una batalla interna feroz. Porque
una parte de ella está dispuesta al embarazo. Quizá no a la palabra
embarazo, quizá ni siquiera a la idea, pero en el cuerpo de esa mujer, entre
sus células y las de ese embrión, se está gestando también un vínculo. Hay
tejidos que se comunican, y sangre que se mezcla, y hay millones de
partículas biológicas enamorándose de ese nuevo ser, porque nuestro cuerpo
está preparado para el amor, no para el rechazo.
No es necesario que un grupo de fanáticos nos diga que eso que late ahí está
vivo. Ese es el desgarro, ésa es la pesadilla. Eso es lo que muchas mujeres
que abortan sienten y no pueden hablar con nadie. Eso que late ahí está vivo
y es en potencia lo que cada una de esas mujeres alucinan en noches de
insomnio. No es necesario el recordatorio de los pro-vida. Vaya nombre.
Pro-vida es nuestro cuerpo, que ama más allá de nosotras.
Y a medida que esa mujer comprende que no puede ser madre, porque
psíquicamente no puede, porque eso pasa, porque así es la cosa, porque nada
en ella logra constituirse en un impulso que la haga vencer adversidades,
porque esa mujer es débil o porque tiene mucho miedo, no es que elija
abortar: comprende que no le queda otro remedio. No hay muchos posibles
peores momentos en la vida de una mujer. Se paga. Por el aborto no sólo se
paga en consultorios clandestinos, también se paga un precio mucho más alto
con el tiempo, gota a gota, en visiones, en inquietudes, en tristeza sin
motivo aparente, en remordimiento.
Ninguna mujer aborta algo que al menos por un instante, en su conciencia, no
haya sido su hijo. Y si se llega a hacerlo, si se llega a tomar esa decisión
tan dura, es porque sencillamente no se puede seguir, no se tiene resto, no
se tiene coraje, no se tiene deseo. Hay momentos en los que algunas cosas no
podemos. Es así, ultramontanos: hay momentos en los que algunas cosas no
podemos. Así nos hace la condición humana.
Hablar del aborto es necesario para poder decir algunas de estas cosas.
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Tomar
medidas
12/08/06
La anticoncepción en general es un tema cultural, de educación, de
información y de difusión. La anticoncepción en general es un tema que viene
agitando inexplicablemente, a esta altura del nuevo siglo, a asombrosos
defensores del sexo exclusivamente reproductor. Es increíble que puedan
sostener algo tan delirante como que los hombres y las mujeres deben tener
sexo solamente cuando estén pensando en tener hijos. Está claro que hay
hombre y mujeres que hacen eso, pero a todas luces son una minoría, ya que
ni siquiera quienes adhieren al mismo dogma que estos propaladores ejercitan
su sexualidad de esa manera.
Y si no fuera por la encarnizada batalla que le han presentado desde hace
décadas esos propaladores a la anticoncepción en general, trabando
proyectos, boicoteando campañas, instalando dudas, no cabe ninguna duda de
que la anticoncepción en general gozaría hoy de muchísima más familiaridad
–y viceversa– con la gente, y especialmente con la gente que más la
necesita. Las mujeres, cuyos embarazos no deseados tantas veces terminan con
sus vidas.
La ley de ligaduras es a su vez una manera de dar vuelta la alfombra. Había
mugre y se pateaba la mugre debajo de la alfombra. La Argentina todavía "no
está madura" para tratar el debate sobre la despenalización del aborto, pero
en la Argentina se aborta. Un rasgo duro de la fe es que boceta la moral
ideal, hacia la que deberían inclinarse los creyentes. Y un rasgo duro de la
política es diseñar estrategias de Estado para paliar los males que surgen
de la realidad en la que están inmersos los ciudadanos.
La ligadura de trompas y la vasectomía hablan en principio de una decisión
que llega después de experimentar algún hartazgo. ¿Cómo la gente va a
hartarse de tener hijos? Sí, claro que se harta. Suena mal pero pasa. Se
harta de no poder darle una vida a dos o tres, y de tener seis o siete. Si
la anticoncepción en general formara parte de nuestra cultura cotidiana, y
si en esta primera persona del plural incluyéramos a los desarrapados más
extremos, un preservativo o un DIU podrían alcanzar. Pero la carrera del
discurso sobre anticoncepción está llena de obstáculos. Y la gente no sabe,
no tiene reflejos, no se cuida, no sabe cuidarse, no calcula, no puede.
Estos métodos más que métodos son medidas que toma sobre su vida alguna
gente, y que tiene todo el derecho de tomar.
Pero que se hagan cargo los propaladores de sueños o disparates de la parte
que les toca. La gente común vive su vida con sus límites y sus
frustraciones y sus descontroles y sus inconciencias y sus malas suertes. Y
con sus placeres y sus deleites y sus opciones.
En el fondo de todo este tema, no me canso de pensarlo, lo que los
propaladores no toleran es el placer. El rictus de la represión no sonríe.
Sobre algo de esto escribió Umberto Eco en El nombre de la rosa.
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Esa
noche
09/08/06
Estuve en Cuba varias veces, y si tuviera que elegir un país para vivir, sería
otro. Digo esto para dejar constancia de mi identidad pequeñoburguesa, y para
admitir de entrada que, siendo periodista y dedicándome a la escritura, no
podría, en Cuba, decir todo lo que se me ocurriera, ni apelar al cinismo que
tanto nos reconforta paliativamente a los desencantados, ni sonar corrosiva. Es
decir que lo digo con plena conciencia de que llevo adherida a la mente la
noción de libertad capitalista y que no tengo pensado renunciar a ella porque sé
que no puedo, porque eso, creo, está más allá de mi voluntad.
Pero me inquieta que la mala salud de Fidel Castro y la delegación del mando en
su hermano Raúl haya estallado como un simple debate entre qué es democracia y
qué no. Como si no hubiera otra vara, otra ventana para mirar algunos
acontecimientos y, sobre todo, algunos procesos históricos. Como si lleváramos
incrustado en el cerebro un democratómetro según el cual todo aquello que no
responde a la fórmula de la democracia representativa quede automáticamente
impugnado. Que la democracia está llena de fallas, pero es el mejor sistema
conocido, lo sé, lo sostengo. Pero eso no equivale a perder de vista que el pato
más feo puede ser un cisne.
La primera vez que fui a la isla lo hice acompañada por un grupo de periodistas
varones y bastante más influyentes que yo, que andaba por los veintipocos, y
recibí alborozada aquella invitación del Instituto Cubano de Turismo. Fueron dos
semanas de convivencia, entre otros, con tipos entrañables como Ariel Delgado y
Enrique Sdrech, recorriendo lugares que iban mucho más allá de Varadero o los
destinos conocidos. En el grupo había un periodista del diario de Bahía Blanca,
La Nueva Provincia, que, según confesó ya en el avión, iba a constatar que Cuba
era una farsa de equidad y justicia.
Mientras estábamos allí, se celebró el 25º aniversario de la creación de los
Comités de Defensa de la Revolución (CDR), organizados manzana por manzana en
todo el país. Los mismos que están activándose ahora en ese mismo sentido,
después de décadas de funcionar como organizaciones de base para que cada
embarazada llegue a tiempo al hospital o para que cada niño sea vacunado. A
último momento pedimos asistir a uno de los miles y miles de festejos. Nos fue
destinada una manzana en los suburbios de La Habana. Nos perdimos en el camino.
Llegamos más de una hora tarde. Los vecinos nos estaban esperando. Había
carteles que rezaban: "Bienvenidos hermanos argentinos", y muchísimos regalos
para nosotros, que los niños habían alcanzado a hacer en las pocas horas libres
que tuvieron.
Nos sentamos a una de las mesas en la calle y comenzamos a disfrutar de las
risas de los hombres y mujeres que se nos acercaban y que nos hablaban de Mirtha
Legrand y del Che. Además de los regalos, los niños habían tenido tiempo de
aprenderse de memoria algunas estrofas del Martín Fierro. Y las recitaban con
ese tono que nunca le escuché a ningún niño argentino. Los argentinos no tenemos
training para la mística. Nos dan pudor algunas emociones. Esos pioneros
cascaban sus gargantas con esos versos y recitaban a voz en cuello las mismas
palabras que a nosotros nos habían fastidiado en el colegio. Esa fue una ráfaga
de comprensión que me asaltó justo en ese momento. Esos niños, que también
recitaron a José Martí, a quien amaban, nos homenajeaban con algo que suponían
que nosotros amábamos. Pero nosotros no amábamos el Martín Fierro. ¿Qué amábamos
nosotros?
No puedo poner esto en palabras con mucha exactitud. Pero esa noche, en esa
tierra sembrada de bombitas de luz de pocos voltios, entre esas casas pobres de
paredes descascaradas y de pintura vieja, entre esa gente dadivosa que nos
tocaba los hombros y nos ofrecía su comida, yo viví algo que no había vivido
antes ni volví a vivir después. Cuba entera es un país cuya población desconoce
situaciones límite que para la mayoría de nuestras poblaciones son frecuentes.
No pueden salir del país, como la doctora Hilda Molina, pero están liberados del
dolor de un hijo que se muere por falta de comida o de atención médica, del
dolor de un desalojo inminente, del dolor del analfabetismo, del dolor del
desempleo. ¿No son ésas acaso otras formas de la libertad?
Cuando llegó el momento de hablarles, de tomar el micrófono y agradecerles
semejante demostración de cariño hacia un grupo de perfectos desconocidos,
nosotros elegimos al periodista de La Nueva Provincia para que fuera el vocero
del grupo. Estábamos seguros de que esa ráfaga también a él lo había traspasado.
Y el hombre, a paso lento, subió a la tarima, tomó el micrófono y comenzó a
hablar, pero no pudo seguir. Un llanto lento se le trabó en el cuello, porque la
ideología es una cosa, pero otra cosa es la verdad.
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03/08/06
Un ejemplo perfecto de cómo la propia moral es fácilmente levantable con la
grúa del dolor ajeno.
Un ejemplo perfecto de cómo a la discapacidad mental y a la violación hay
que unirles, para que el drama sea irreversible, la pobreza.
Un ejemplo perfecto de cómo por las buenas no se puede ni se debe, en
beneficio propio, en defensa propia: por las malas, con unos cientos de
dólares, esta niña débil mental y violada por un familiar ya estaría dando
vuelta la página de una historia horrible, pero fue por las buenas, por
derecha, como suele decirse. Y por derecha se la comieron cruda, jueces y
médicos, para sobreimprimirle a su cuerpo que gesta el fruto de la violencia
el sello de esa vaga virtud pública que consiste en alzarse en pos de la
vida.
Jueces, médicos, funcionarios: miren a su alrededor. La vida chorrea,
explota, desfallece. ¿Qué hacen ustedes? Hombres y mujeres de bien que ahora
se anotan para adoptar al niño que quieren ver nacer. Hay miles, decenas de
miles de niños ya nacidos que recibirían gustosos alguna de esas caricias
que ustedes desean dar.
Este caso reabrió la cancha para un sentimiento particularmente argentino.
La virtud impiadosa. El amor dadivoso y ancho para lo inasible o lo
embrionario, con y sin metáfora, a cambio de la más completa indiferencia
por lo concreto y lo nacido. En el terreno de la conciencia, que parece
atormentar inexplicablemente a una jueza que habla de las niñas violadas
como si fueran parte de un paisaje que es preferible tapar con una postal de
ensueño, y que también parece atormentar a médicos y funcionarios que se
rigen por semanas que pasaron a cargo de una mala praxis judicial, se deja
afuera la conciencia de esa niña débil mental, a la que todo un sistema
desprotegió, condenó, humilló, mandó a la hoguera.
Da náuseas la virtud impiadosa. Porque es falsa. Porque es un vestido de
ocasión. Porque está hecha de declaraciones que suenan acompasadas ante el
micrófono. Porque miente. Porque daña. Dan náuseas los virtuosos que son
incapaces de sentir piedad por alguien que no está en igualdad de
condiciones y que ofreció su carne para que en ella estampen, todos estos,
sus sellos y sus manos ya lavadas. Da náuseas que una sociedad escupa tan
ostensiblemente a sus hijos más vulnerables, y que la virtud impiadosa los
haga correrse a la derecha del mismísimo Código Penal.
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26/07/06
Es muy difícil intentar imaginarse cómo funciona una conciencia que no puede
cargar con el peso de una decisión prevista por la ley.
Es más difícil aún imaginarse esa conciencia si se trata de la de una jueza,
de la de alguien que debe ajustarse a derecho. La objeción de conciencia
hasta ahora fue esgrimida por médicos que por convicciones personales se
negaban –se niegan– a prescribir métodos anticonceptivos a menores de edad.
Para el aborto la objeción de conciencia no es necesaria porque el aborto es
ilegal. Salvo en casos extremos, en casos insalvables, en casos cuya crudeza
desborda cualquier prurito moral. En casos tan desgarradores como éste: el
de una incapaz violada. Así lo indica la ley, con ese lenguaje descarnado y
hasta peyorativo, con una coma célebre que a veces es interpretada como
inclusiva de todas las mujeres violadas, y la mayoría de las otras veces
como un límite que circunscribe la admisión del aborto a una mujer violada e
incapaz.
Pero ahora, la insólita e inexplicable objeción de conciencia de una jueza
parece conducir la vida de esa incapaz violada hacia una horrible
maternidad, porque hay que decir esto. Hay que decirlo. Hay maternidades que
son horribles. Que son condenas.
Esa conciencia que se interpone entre el rigor de la ley y el aborto
solicitado para interrumpir el embarazo de esa incapaz violada es una
conciencia que, presuntamente, favorece la vida. Que sacraliza la maternidad
en cualquiera de sus formas. Y hay formas de la maternidad que destilan
padecimiento. Hay formas de venir a este mundo que son inviables. Hay
dilemas mucho más complejos y profundos que el planteo al que esa jueza
parece responder.
La vida no puede convertirse en un salvoconducto moral de almas
simplificadoras. La vida no puede ser una bandera sucia de dolor ajeno, y la
conciencia de nadie puede tranquilizarse porque decida esconderse en un
cliché.
Y en definitiva, si alguien es tan católico como para no sentirse apto en el
momento de aplicar la ley, ese alguien no puede ser juez. No puede la vida
ya viviente de nadie estar en manos de un tipo de conciencia así. No puede
el destino de nadie ser decidido por un dogma que es personal, particular,
específico y antojadizo, porque eso y nada más que eso es el dogma católico,
en este caso, para una ciudadana que pide por justicia.
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La
sed inhumana
22/07/06
"¿Qué harías vos si secuestran a tu hijo? ¿Te alcanzaría con matarlos? No,
no te alcanzaría. Querrías ver cómo les arrancan los dientes, uno por uno.
Querrías ver cómo sufren." Darío dijo esto esta semana, hablando con Radio
Mitre, desde Israel. Darío fue miembro del ejército israelí y ahora defiende
sus ideas de esta manera. Su testimonio despertó una airada respuesta de
oyentes que, judíos y no judíos, advirtieron que un botón de la camisa de
Darío estaba abierto, y por él entrevieron el corazón mismo del odio.
La ONU vuelve a esforzarse en sus gestos de mimo, vuelve a intentar erigirse
como el árbitro que no es, mientras Estados Unidos baja lenta, cínicamente
el pulgar, y considera que aún no es tiempo de detener los bombardeos en el
Líbano. Allí, en Oriente Medio, encuentra hoy el mundo esa dosis de muerte
que parece necesitar como un vampiro, pero ya no es muerte a secas lo que
pide. Si la sed contemporánea se limitara a la muerte, la tiene servida en
millones de casos anónimos y de una injusticia pavorosa, borroneada por las
estadísticas. Lo que aflora en estos días es, cada vez más precisa, más
descarnada, la necesidad de odio. El odio como combustible de las acciones
humanas.
Ya lo decía Darío, hablando en un castellano fluido pero teñido por vientos
extraños, cuando describía con una exactitud inaudita sus sentimientos: la
muerte del enemigo no alcanza, ya no alcanza. Ha sobrevenido la sed de
sufrimiento ajeno, el deseo de aniquilación completa, la fantasía de
eliminar de la faz de la tierra todo vestigio del otro, pero acompañado por
la visión de su padecimiento. Hay que presenciar el sufrimiento, hay que ser
testigo de la propia capacidad de depredación. Como si hubiesen rociado el
mundo desde un helicóptero con una toxina increíble, esa sed se reproduce
más allá de lo que abarcan las secciones de los diarios. Esa sed se sale de
los diarios. Recala en las calles. Anida en los dedos que, sin temblor, sin
piedad, rozan gatillos en la oscuridad. En la Argentina, mientras emerge una
vez más el debate de la inseguridad y vuelven a chocar las estadísticas con
la sensación de indefensión que siempre y tradicionalmente tira a todo el
mundo medio metro para atrás, lo cierto es que a lo que se le teme ahora es
a la crueldad. Y eso es un borde. Lo estamos pisando.
Quedarse quieto al ser asaltado, ofrendar sin chistar lo requerido, ejercer
el más completo autocontrol, antes garantizaba, al menos, la vaga certeza de
que el asalto era una especie de peaje indeseable que se pagaba por vivir en
una sociedad atrozmente inequitativa. Pero las cosas han cambiado. El paco o
lo que fuere, quizás el hartazgo o la desazón previa que lleva al paco, han
convertido a muchos lúmpenes en monos con navajas que afilan ante la mirada
de sus presas. ¿Quieren mi dinero, mis ahorros, quieren mis
electrodomésticos, mis dólares, mi tarjeta Banelco, las joyas de mi abuela,
quieren que les dé todo lo que tengo, o no? Y si no es eso lo que quieren,
¿qué es? Ese es el borde que pisamos: estaremos en otro lugar, en otra
dimensión si lo que quieren no es lo que tengo, sino lo que soy.
Si quieren verme sufrir.
En ese otro lugar hay otra lógica, pariente lejana de la lógica que
verbalizaba Darío desde Israel y que ya se había insinuado en la invasión a
Irak. ¿Qué tiene que ver Irak con Villa Crespo? Quizá nada, por cierto,
quizá nada. Pero quizá... ¿por qué un asalto supone miedo al sadismo? ¿Por
qué al temor del arma se le ha sumado, subrepticiamente, el temor al odio,
al deseo de sufrimiento ajeno? ¿Es necesario aclarar que estamos ante una
clase completamente diferente de temor?
Hay momentos históricos –los argentinos los conocemos bien: la dictadura
militar fue un extenso momento de esa clase– en los que por alguna razón
indescifrable brota esa sed. Son momentos en los que hay sadismoexplícito.
En los que se apodera de algunos. De muchos, una tremenda necesidad de
liberar aquello que la salud mental y cualquier grado de civilización
conocido tiene por fundamento reprimir. En esos momentos históricos,
cualquier lógica es desmadrada, incluso la de la guerra. Son momentos en los
que la esencia misma de la condición humana es puesta en duda, y lo
monstruoso sobreviene como una base de arcilla mal cosida.
"Ama a tu prójimo como a ti mismo", recomiendan las religiones. En Amor
líquido, el sociólogo Zygmunt Bauman descompone la frase, ya descompuesta en
las mentes de millones de contemporáneos. Bauman retoma a Freud, quien se
había preguntado: "¿Qué sentido tiene un precepto enunciado de manera tan
solemne si su cumplimiento no puede ser recomendado como algo razonable?". Y
se contestaba: "Es un mandamiento que en realidad está justificado por el
hecho de que no hay nada que contrarreste tan intensamente la naturaleza
humana original".
Bauman agrega: amar al prójimo supone un salto a la fe, a cualquier fe. Es,
en definitiva, el acta de nacimiento de la humanidad. "Y también representa
el aciago paso del instinto de supervivencia hacia la moralidad". Pero "...como a ti mismo", dice Bauman, es un final de frase que de ninguna
manera puede subestimarse u obviarse, porque es el centro mismo, el
fundamento que hace que ese precepto no sea una estupidez y sí una cláusula
básica del contrato entre el individuo humano y su especie. El amor a sí
mismo es pura supervivencia, y es imprescindible, entonces, generar las
condiciones para que cada uno se ame a sí mismo lo suficiente como para
poder tolerar al otro. Es necesario generar vidas lo suficientemente humanas
como para que la bestia que llevamos en el fondo no ruja ni muerda.
Acaso la pregunta adecuada, hoy, sería aquella que nos interrogue sobre las
bestias que hemos dejado sueltas, esas que no se aman a sí mismas y en
consecuencia tampoco aman a nadie.
Página/12
Basta
28/06/06
¿Por qué la Iglesia Católica está en contra del placer sexual? ¿Por qué
encierra el presunto placer en un cuarto matrimonial en el que esposo y
esposa yacen con la esperanza de procrear? ¿Por qué el sexo es un medio para
gestar un hijo y no un fin en sí mismo? ¿Por qué sobre la sexualidad humana,
desde San Agustín en adelante, se extiende la sombra cristiana, que adivina
pecados inconcebibles en las pulsiones que no logran ser reprimidas ni
sublimadas por un hombre o una mujer?
Dos paradigmas contrapuestos chocan y se sacan chispas en nuestras mentes
contemporáneas, al costo considerable de confusión, culpa y pasaje al acto
sin redes que sostengan a quien decide obedecerse. El paradigma freudiano
vino a decir, en los albores del siglo pasado, que aquello que finalmente
los sujetos logran borrar, suprimir, callar, enquistar, eliminar de sus
conciencias, es precisamente lo que esos sujetos dicen con síntomas: Freud
vino a decir, en pocas palabras, que lo reprimido enferma.
Pero
ni la Iglesia Católica ni el psicoanálisis están demasiado presentes en las
vidas de las mujeres que deciden ligarse las trompas, con o sin ley que las
avale. Si bien la ligadura de trompas es considerada como un método
anticonceptivo más, suele ser, ésta, una decisión que brota del hartazgo de
la maternidad. No es la joven debutante y capaz de elegir el rumbo de su
vida sexual la que decide ligarse las trompas, sino la madre de cinco, seis
o siete hijos cuya vida peligra. Es la mujer sin riendas sobre su propio
sexo, muchas veces violada en la cama conyugal. La ligadura de trompas
supone un conflicto interno que es posible ubicar en coordenadas sociales en
las que los deseos individuales no existen.
No debería preocuparse tanto la Iglesia Católica por la ligadura de trompas,
que aunque deviene en método anticonceptivo abre, por su extremismo y su
carácter invasivo en el cuerpo femenino, una brecha entre el dolor y el
placer difícil de cerrar. Si tomáramos caso por caso de los conocidos, no
encontraríamos mujeres esperando recibir descargas voluminosas de placer,
sino hembras humanas hartas de padecer las consecuencias del sexo
reproductor. Mujeres sin niñeras que cuiden a los niños, mujeres sin otras
mujeres que las ayuden, mujeres sin control sobre sus cuerpos, sobre su
tiempo, sobre su trabajo, sobre sus vidas. El "parirás con dolor" les copó
la carne y ellas están gritando basta.
Página/12
Periodistas
10/06/06
Hay preguntas que, de tan obvias, desconciertan. Los periodistas tendríamos
que tenerlo presente cuando entrevistamos a alguien. Esta semana fue el Día
del Periodista y nosotros tuvimos que contestar o contestarnos algunas
preguntas relacionadas con este oficio que no termina de convertirse en
profesión. Una brecha se abre hoy en las redacciones, cuando decenas de
pasantes de las universidades, provenientes de la carrera de Comunicación,
conviven con viejos lobos del mar de las noticias, que ya tienen nombre y
trayectoria, pero que empezaron a trabajar en esto por azar, por gusto, por
casualidad, porque era inevitable, pero no porque se habían preparado para
eso. La profesión, que antes era simple oficio, se aprendía como cualquier
otro: de abajo, imitando a un maestro, tomando nota, aceptando todo lo que a
uno le proponían, sumando horas de vuelo periodístico en horarios extraños,
celebrando cada día la suerte de estar ya rodeado de ese ruido exquisito que
eran, hace años, decenas de máquinas de escribir sonando juntas.
Hay muchas razones para ser periodista y muchas otras para no serlo. Lo del
cuarto poder, que se lo guarden. Los periodistas son una cosa muy distinta
que las empresas periodísticas. Pero entre los motivos por los que todavía,
más de veinticinco años después de haberme empezado a ganar la vida de este
modo, sigo eligiendo este oficio, está sin duda la posibilidad de haber
ingresado a mundos raros, haber sido testigo.
El primer viaje que hice para Página/12 fue a Chile. Estaba todavía
Pinochet. Supuestamente, iba a una conferencia de prensa clandestina de la
cúpula del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que por primera vez
en ocho años se reuniría en Santiago.
Ellos esperaban a un hombre. Si no, no se explica que las instrucciones
incluyeran que yo me apareciera en un restaurante chino con una revista El
Gráfico abajo del brazo y que tuviera que esperar hasta que alguien me
preguntara "¿Esta es la de esta semana?". Yo debía responderle: "No, es la
de la semana pasada". Era ésa la contraseña que resultó bizarra, pero
hicimos el contacto de ese modo con un hombre joven que me dijo que se
llamaba Andrés y que, antes de despedirnos, me dio más instrucciones: tenía
que volver al hotel en el que me alojaba caminando por calles de tránsito en
sentido inverso, para impedir que un auto me siguiera; no podía visitar a
nadie ni hablar por teléfono con nadie; tenía que volver a verlo al día
siguiente en un bar. Lo vi, pero volvió a mandarme al hotel porque, dijo,
las condiciones no estaban dadas. Yo empezaba a ponerme nerviosa y a querer
volverme a casa. El Chile de Pinochet era agobiante.
Al tercer día, la cita era en Las Condes, en un restaurante lujoso. Me dijo
que después de comer iríamos a la presunta conferencia, pero resultó que no
era ninguna conferencia: iban a estar ellos cuatro y yo, nadie más. Y
también me dijo que por seguridad iríamos a un lugar en el que tendría que
pasar la noche. Pedimos la cena, pero yo tenía náuseas.
Pagó, salimos, caminamos una cuadra y nos subimos a una camioneta. Había más
gente, pero no los vi. Andrés me tapó los ojos con la mano y me empujó
delicadamente la cabeza hacia abajo. Escuchaban música. La camioneta iba
bastante rápido. Pero en un momento se detuvo la música y también la
camioneta, y ellos dejaron de hablar. Fueron segundos que duraron años.
Después me contaron que el Frente Patriótico, otra organización armada,
había puesto una bomba en un cuartel de carabineros cerca del que pasábamos
y había un retén imprevisto, y ellos también tuvieron miedo.
Llegamos a una casa pobre de la que pude ver el piso de tierra de la
entrada, con Andrés todavía tapándome los ojos. Ya en el comedor, Andrés
resultó ser uno de ellos cuatro: los otros tres estaban esperándome con el
fotógrafo del MIR: primero hicieron la foto, la clásica, la del pasamontañas
y los fusiles. Yo quería volverme a casa, desesperadamente quería volverme a
casa. No hice ninguna entrevista: no me salían las palabras. Les puse el
grabador delante y les pedí que dijeran lo que quisieran. Hubo mucho más
cotillón esa noche: me hicieron dormir en un cuarto separado del de ellos
sólo por una cortina de tela. Para ir al baño pasaban por delante de mi
cama. A duras penas pude creer lo que vi en un momento, ya relajada por el
tranquilizante que me había tomado: uno de los cuatro, con el arma en la
mano, en pijama, saludándome con la mano. Me tapé la cara con la sábana y me
pregunté: "¿Qué hago yo acá?".
A la mañana siguiente me sacaron en la camioneta y me dejaron en una
estación de micros. Andrés no era Andrés: era Patricio. Lo volví a ver
varias veces en Buenos Aires y, un par de años después, cuando fui a
Santiago a cubrir las elecciones porque se iba Pinochet, me lo encontré en
el aeropuerto. Era candidato a diputado.
Esta es una de las historias que con más claridad me quedaron grabadas en
todos estos años de periodismo. Creo que porque fue allí, en esa casa pobre
chilena, totalmente desbordada por los acontecimientos, que me pregunté por
qué estaba allí y me contesté: porque soy periodista.
No fue una gran nota, ni siquiera fue buena. Pero la sobrecarga de
adrenalina fue fuerte y me hizo advertir que podía soportarla. Después, con
los años, fui chequeando: si en la calle hay griterío o se escucha algún
disparo, y todo el mundo sale corriendo menos uno, es periodista. No se
trata del simple gusto por el peligro, es otra cosa. Es una curiosidad
malsana que nos lleva a tratar de ubicarnos en la primera fila para ver y
escuchar mejor cualquier cosa que pase. Para después contarla.
Página/12
Una
pregunta a Freud
13/05/06
Esta semana, el escritor peruano Mario Vargas Llosa opinó que "no hay que
sobreestimar el indigenismo". Lo dijo mientras el boliviano Evo Morales no
para de sobresaltar incluso a sus vecinos blancos, y mientras el peruano Ollanta Humala, a pesar de los bordes vidriosos de su figura pública y los
desbordes homofóbicos de sus padres, disputará la presidencia del Perú en el
ballottage del 4 de junio.
Aunque Europa pose sus ojos displicentes en la América latina aindiada que
asoma detrás de esos nombres, esa mirada no logra arrancar de su cuajo la
pregunta que esa misma Europa se hacía hace quinientos años: ¿los indios
tienen alma?
La Europa cristiana, conquistadora, evangelizadora, se hacía esa pregunta
mientras destruía civilizaciones enteras cuyo esplendor la dueña de esa
misma mirada era incapaz de percibir. Europa no sabía percibir ni valorar ni
asimilar las diferencias. ¿Los indios tenían alma, además de oro?, debatían
los religiosos y los poderosos.
La pregunta interpelaba por el otro, por ese de piel de color, de costumbres
raras, de lenguaje extraño. Cuando ya habían muerto millones, se concluyó
que los indios eran seres humanos y que en consecuencia tenían alma, almas
irrecuperables como los cuerpos derribados en minas y batallas, en una de
las más extensas orgías de dominación que conoció la humanidad.
Hace una semana se cumplieron 150 años del nacimiento de Sigmund Freud, que
poco tiene que ver con la conquista de América y con las pregunt