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[Texto leído por Gabriel García Márquez en un
programa radiofónico el 18/09/03, fecha en que se cumplió el cincuentenario de
la primera edición de El Llano en llamas]
El descubrimiento de Juan Rulfo -como el de Franz Kafka- será sin duda un
capítulo esencial de mis memorias. Yo había llegado a México el mismo día en que
Ernest Hemingway se dio el tiro de la muerte, el 2 de julio de 1961, y no sólo
no había leído los libros de Juan Rulfo, sino que ni siquiera había oído hablar
de él. Yo vivía en un apartamento sin ascensor de la calle Renán, en la colonia
Anzures. Teníamos un colchón doble en el suelo del dormitorio grande, una cuna
en el otro cuarto y una mesa de comer y escribir en el salón, con dos sillas
únicas que servían para todo.
Habíamos decidido quedarnos en esta ciudad que todavía conservaba un tamaño
humano, con un aire diáfano y flores de colores delirantes en las avenidas, pero
las autoridades de inmigración no parecían compartir nuestra dicha. La mitad de
la vida se nos iba haciendo colas inmóviles, a veces bajo la lluvia, en los
patios de penitencia de la Secretaría de Gobernación.
Yo tenía 32 años, había hecho en Colombia una carrera periodística efímera;
acababa de pasar tres años muy útiles y duros en París y ocho meses en Nueva
York, y quería hacer guiones de cine en México. El mundo de los escritores
mexicanos de aquella época era similar al de Colombia y me encontraba muy bien
entre ellos. Seis años antes había publicado mi primera novela, La hojarasca, y
tenía tres libros inéditos: El coronel no tiene quien le escriba, que apareció
por esa época en Colombia; La mala hora, que fue publicada por la editorial Era,
poco tiempo después a instancias de Vicente Rojo, y la colección de cuentos de
Los funerales de la mamá grande. De modo que era yo un escritor con cinco libros
clandestinos, pero mi problema no era ése, pues ni entonces ni nunca había
escrito para ser famoso, sino para que mis amigos me quisieran más y eso creía
haberlo conseguido.
Mi problema grande de novelista era que después de aquellos libros me sentía
metido en un callejón sin salida y estaba buscando por todos lados una brecha
para escapar. Conocí bien a los autores buenos y malos que hubieran podido
enseñarme el camino y, sin embargo, me sentía girando en círculos concéntricos,
no me consideraba agotado; al contrario, sentía que aún me quedaban muchos
libros pendientes pero no concebía un modo convincente y poético de escribirlos.
En ésas estaba, cuando Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de
mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto, y me
dijo muerto de risa: ''Lea esa vaina, carajo, para que aprenda''; era Pedro
Páramo.
Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura; nunca,
desde la noche tremenda en que leí "La metamorfosis" de Kafka, en una lúgubre
pensión de estudiantes de Bogotá, casi 10 años atrás, había sufrido una
conmoción semejante. Al día siguiente leí El llano en llamas y el asombro
permaneció intacto; mucho después, en la antesala de un consultorio, encontré
una revista médica con otra obra maestra desbalagada: La herencia de Matilde
Arcángel; el resto de aquel año no pude leer a ningún otro autor, porque todos
me parecían menores.
No había acabado de escapar al deslumbramiento, cuando alguien le dijo a Carlos
Velo que yo era capaz de recitar de memoria párrafos completos de Pedro Páramo.
La verdad iba más lejos, podía recitar el libro completo al derecho y al revés
sin una falla apreciable, y podía decir en qué página de mi edición se
encontraba cada episodio, y no había un solo rasgo del carácter de un personaje
que no conociera a fondo.
Más tarde, Carlos Velo y Carlos Fuentes me invitaron a hacer con ellos una
revisión crítica de la primera adaptación del Pedro Páramo para el cine. Había
dos problemas esenciales: el primero, era el de los nombres. Por subjetivo que
se crea, todo un nombre se parece en algún modo a quien lo lleva y eso es mucho
más notable en la ficción que en la vida real. Juan Rulfo ha dicho, o se lo han
hecho decir, que compone los nombres de sus personajes leyendo lápidas de tumbas
en los cementerios de Jalisco; lo único que se puede decir a ciencia cierta es
que no hay nombres propios más propios que los de la gente de sus libros; aún me
parecía imposible y me sigue pareciendo, encontrar jamás un actor que se
identificara sin ninguna duda con el nombre de su personaje.
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Lo malo de esos preciosos escrutinios es que las cerrazones de la poesía no son
siempre las mismas de la razón. Los meses en que ocurren ciertos hechos son
esenciales para el análisis de la obra de Juan Rulfo, y yo dudo de que él fuera
consciente de eso. En el trabajo poético -y Pedro Páramo lo es, en su más alto
grado- los autores suelen invocar los meses por compromisos distintos del rigor
cronológico; más aún, en muchos casos se cambia el nombre del mes, del día y
hasta del año, sólo por eludir una rima incómoda, oír una cacofonía, sin pensar
que esos cambios pueden inducir a un crítico a una confusión terminante. Esto
ocurre no sólo con los días y los meses, sino también con las flores; hay
escritores que no se sirven de ellas por el prestigio puro de sus nombres, sin
fijarse muy bien si se corresponden al lugar o a la estación, de modo que no es
raro encontrar buenos libros donde florecen geranios en las playas y tulipanes
en la nieve. En el Pedro Páramo donde es imposible establecer de un modo
definitivo dónde está la línea de demarcación entre los muertos y los vivos, las
precisiones son todavía más quiméricas, nadie puede saber en realidad cuánto
duran los años de la muerte.
He querido decir todo esto para terminar diciendo que el escrutinio a fondo de
la obra de Juan Rulfo me dio por fin el camino que buscaba para continuar mis
libros, y que por eso me era imposible escribir sobre él, sin que todo esto
pareciera sobre mí mismo; ahora quiero decir, también, que he vuelto a releerlo
completo para escribir estas breves nostalgias y que he vuelto a ser la víctima
inocente del mismo asombro de la primera vez; no son más de 300 páginas, pero
son casi tantas y creo que tan perdurables como las que conocemos de Sófocles.

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Juan
Rulfo y su purgatorio a ras del suelo [1]
Por Mario Benedetti
[Marcha, Montevideo, 1955]
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Los narradores hispanoamericanos que optan por refugiarse en los temas
nativos, sólo por excepción construyen sus relatos sobre una estructura
compleja. La abundancia de anécdotas, la sugestión e paisaje, la aspereza
del diálogo, seducen lógicamente al escritor. Pero, a la vez, toda esa
formidable disponibilidad suele inspirarle cierto recelo frente a cualquier
ordenamiento que no sea el estrictamente lineal. Se cree, y a veces con
razón, que el alarde técnico podría llegar a sofocar el patetismo y la
vitalidad de un mundo aún no extenuado por lo literario.
Claro que a veces el tema criollo se agota por su misma sencillez, por esa
desgana tan frecuente en el narrador campesino, que todo lo deja al brío del
asunto, al interés y a la tensión que el tema pueda levantar por sí mismo.
Las complejidades suelen dejarse para el novelista urbano, como si existiera
una obligada correspondencia entre el tema y su desarrollo, entre las formas
de vida y las formas de estilo.
Entre los últimos escritores aparecidos en México, Juan Rulfo (nacido en
1918) ha buscado evidentemente otra salida para el criollismo. Su
tratamiento del cuento en El llano en llamas (1953) y de la novela en Pedro
Páramo (1955), lo colocan entre los más ambiciosos y equilibrados narradores
de América Latina. Por debajo de sus modismos regionales, de la anécdota
directa y penetrante, aparece el propósito, casi obsesion, de asentar el
relato en una base minuciosamente construida y en la que poco o nada se deje
al azar. Pedro Páramo testimonia ejemplarmente esa actitud.
Pero también cada uno de los cuentos, aun de los más breves, demuestra la
economía y la eficacia de un narrador, tan consciente del material que
utiliza como de su probable rendimiento, y que, además, acierta en cuando al
ritmo, el tono y las dimensiones que deben regir en cada desarrollo. En El
llano en llamas hay cuentos excelentes, verdaderamente antológicos, y otros
menos felices; pero todos sin excepción tratan temas de cuento, con ritmo y
dimensiones de cuento.
Con la expceción de Macario, un casi impenetrable medallón, los otros
relatos enfocan situaciones o desarrollan anécdotas, siempre con el mínimo
desgaste verbal, usando las pocas palabras necesarias y logrando a menudo,
dentro de esa intransitada austeridad, los mejores efectos de concentración
y energía.
Conviene no perder de vista, a fin de valorar debidamente su madurez, que
los cuentos de Rulfo constituyen su primer libro. Sólo el tulado En la
madrugada, se manifiestan la indecisión y el desequilibrio característicos
del principiante. En Algún otro (como Nos han dado la tierra, La noche que
lo dejaron solo y Paso del Norte) la anécdota es mínima, pero tampoco el
tono o la itención del relato van más allá del simple apunte, de modo que la
estabilidad no corre riesgos.
Es cierto que algunos cuentos ponen en la pista de antecedentes demasiado
cercanos (Faulkner en Macario, Quiroga en El hombre, Rojas González en
Anacleto Morones) pero en general esos ecos se refieren más al modo de decir
que al de ver o de sentir un tema. En la mayor parte de sus relatos, Rulfo
es sencillamente personal; para demostrarlo, no ha precisado batir el parche
de su propia originalidad. Se trata de un escritor que conoce claramente sus
limitaciones y poderes. Tal vez una de las razones de su sostenida eficacia
radique en cierta deliberada sujeción a sus aptitudes de narrador, en saber
hasta dónde debe osar y hasta cuándo puede decir.
Por otra parte, Rulfo no es descriptivo. Ni en sus cuentos ni en Pedro
Páramo el paisaje existe como un factor determinante. La tierra es invadida,
cubierta casi, por mujeres y hombres descarnados, a veces fantasmales, que
obsesivamente tienen la palabra. Detrás de los personajes, de sus discursos
primitivos e imbricados, el autor se esconde, desaparece. Es notable su
habilidad para trasmitir al lector la anécdota orgánica, el sentido profundo
de cada historia, casi exclusivamente a través del diálogo o los
pensamientos de sus criaturas. A veces se trata de una versión restringida,
de corto alcance, pero que al ser expuesta en sus palabras claves, en su
propio clima, adquiere las más de las veces un extraño poder de convicción.
Es que somos muy pobres, por ejemplo, cuenta la historia sin pretensiones de
Tacha, una adolescente a quien su padre regala una vaca “que tenía una oreja
blanca y otra colorada y muy bonitos ojos”; se la regala para que no salga
como sus hermanas, que andan con hombres de lo peor. “Con la vaca era
distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con
ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita”. Pero es el río
crecido el que se la lleva, y Tacha queda sin dote y sin consuelo. “El sabor
a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos
pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente
comenzaran a hincharse para empezar a trabajr por su perdición”. El asunto
es poco, pero está metido en su exacta dimensión; es bastante conmovedor que
toda la honra penda de una pobre vaca manchada, de muy bonitos ojos.
Evidentemente, hay grados sociales en la honra, y ésta es la honra de los
muy pobres.
En el cuento que da nombre al volumen, El llano en llamas, se describe un
proceso de bandidaje, la reunión y dispersión de hombres que obedecen a
Pedro Zamora; sus saqueos, sus crímenes y sus inicuas diversiones. Son
seres de un coraje sin énfasis, aguijoneados por una crueldad gratuita, pero
siempre coherentes con su propio nivel de pasión. En La cuesta de las
comadres hau una inocencia cachacienta que sirve para amortiguar el acto
horrible que se está relatando. Hasta parece explicable que el narrador
lleve a cabo un minucioso crimen (“por eso aproveché para sacarle la aguja
de arriba del ombligo y metérsela más arribita, allí donde pensé que tendría
el corazón”) para defenderse de otro que no cometió. Por similares razones,
el bienhumorado desarrollo de Anacleto Morones acaba pareciendo macabro. La
ligeresa de la situación, las burlas certeras, aun el final casi
vodevilesco, adquieren un espantoso sentido no bien el lector se entera que
debajo de estas bromas y de aquellas piedras se halla el cadáver del Niño
Anacleto.
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Este recuerdo guarda cierto paralelismo con el empleado por Richard Hughes
en A High Wind in Jamaica: el lector es más consciente que el narrador del
hecho tremendo que se relata. Sólo que Hughes usa el expediente de la
infancia, y Rulfo, en cambio, el del primitivismo de los hombres; tal vez
porque confía en que ese fondo de inocencia y de miedo pueda salvar al alma
campesina.
Relatos como como Talpa y No oyes ladrar los perros merecen consideración
especial. El primero, que sirvió para lanzar al mercado literario el nombre
de Rulfo, cuenta la historia de Tanilo, un enfermo que insiste hasta
conseguir que su mujer y su hermano lo lleven ante la Virgen de Talpa “para
que ella con su mirada le curara sus llagas”. A mitad de camino Tanilo ya no
puede más y quiere volver a Zenzontla, pero entonces su mujer y su hermano,
que se acuestan juntos, lo convencen de que siga, porque sólo la Virgen
puede hacer que él se alivie para siempre. En realidad, quieren que se
muera, y Tanilo llega a Talpa, y allí, frente a su Virgen, muere.
Este proceso, que comienza en un simple adulterio y culmina en una tortura
de conciencia, se vuelve fascinante gracias al ritmo que Rulfo consigue
imprimir a su relato. Obsérvese que la culpa sólo arrincona a los actores
cuando sobreviene la muerte dc Tanilo. El adulterio en sí no llega a
atormentarlos. Unicamente cuando se agrega la muerte, ese primer delito
adquiere una intención culposa y retroactiva. Es que, probablemente, hay
grados dc conciencia (como de honra) y ésta del hermano y la mujer de
Tanilo, es también la conciencia de los muy pobres. Con todo, es curioso
anotar que en este cuento, cl adulterio es un acto y no remuerde; en cambio,
en la última etapa del proceso, la infamia, que se limita a la intención, se
vuelve a pesar de ello insoportable. Ningún hecho nocivo para reprocharse;
sólo intenciones, palabras, pensamientos. Sin embargo, estos seres
elementales, que no son conmovidos por su acto abyecto, se vuelven
suficientemente sensibles como para sentirse agobiados por un destino que
ellos sólo provocaron, pero que no ejecutaron con sus manos. “Afuera se oía
el ruido de las danzas; los tambores y la chirimía; el repique de las
campanas. Y entonces fue cuando me dio a mí tristeza. Ver tantas cosas
vivas; ver a la Virgen allí, mero enfrente de nosotros dándonos su sonrisa,
y ver por el otro lado a Tanilo, como si fuera un estorbo. Me dio tristeza.
Pero nosotros lo llevamos allí para que se muriera, eso es lo que no se me
olvida”.
No oyes ladrar los perros es, sencillamente, una obra maestra de sobriedad,
de efecto, de intelección de lo humano. Uno de esos cuentos que no es
preciso anotar en la ficha para recordarlos de por vida. En verdad, Rulfo
desenvuelve su materia (trágica, oprimente) en tan reducido espacio y en
estilo tan desprovisto de estridencias, que en una primera lectura es
difícil acostumbrarse a la idea de su perfección. No obstante, es posible
advertir con qué economía plantea el autor desde el comienzo una situación
casi shakespiriana. Obsérvese, además, la difícil circunspección con que
deja transcurrir el diálogo, la carga de pasión que soporta toda esa pobre
rabia, y sobre todo, el final magistral, que estremece en seguida todo el
relato que llevaba hasta ese instante el lector en su mente, y lo reintegra
a su verdadera profundidad. ¿Qué más puede pedirse a un cuento de seis
páginas? Casi podría tomársele por una definición del género.
En una de sus narraciones, Luvina, no precisamente de las mejores que reúne
El llano en llamas, Rulfo ya adelantaba algunos ingredientes (la mayoría,
exteriores) que iba luego a emplear en su novela: Pedro Páramo. Pero en
tanto que el cuento sólo planteaba una situación de aislamiento y
resignación (con algunos buenos impactos verbales: “¿Dices que el Gobierno
nos ayudará, profesor? ¿Tú conoces al Gobierno? ... Nosotros también lo
conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre del
Gobierno”), sin que pareciera suficientemente motivada y creíble, la novela
desarrolla, partiendo de un clima semejante, pero tirando intermitentemente
de diversos hilos de evocación, una historia fronteriza entre la vida y la
muerte, en la que los fantasmas se codean desaprensivamente con el lector
hasta convencerlo de su provisoria actualidad.
Si no fuera por su sesgo fantástico, esta primera novela de Rulfo traería,
con mayor insistencia aun que alguno de sus cuentos, el recuerdo de
Faulkner. Y aun con esa variante, el Sutpen de Absalom, Absalom! no puede
ser descartado en cualquier investigación de fuentes que se propusiera
integrar una genealogía de este Pedro Páramo, encarnado a través de varias
despiadadas memorias y a través de sí mismo. No obstante, conviene anotar
que en Absalom, Absalom!, Faulkner asienta su mito sólo como excusa en una
zona geográfica determinada. En cambio, Rulfo, pese a su andamiaje
intelectual, sigue siendo, y esto es importante, un novelista valederamente
regional.
Comala, algo así como un Yoknapatawpha mexicano, es una aldea, más bien un
esqueleto de aldea, cuya sola vida la constituyen rumores, imágenes
estancadas del pasado, frases que gozaron de una precaria memorabilidad, y,
sobre todo, nombres, paralizados nombres y sus ecos. De todos ellos, y,
además, de muchas épocas barajadas, ordenadas y vueltas a barajar, el autor
ha construido la historia de un hombre, una suerte de cacique cruel,
dominador, y en raras ocasiones impresionable y tierno. Páramo es una figura
menos que heroica, más que despiadada, cuya verdadera estatura se desprende
de todas las imágenes que de él conserva la región, de todas las
supervivencias que acerca de él acumulan las voces fantasmales de quienes
lo vieron y sintieron vivir. Esa creación laberíntica y fragmentaria, esa
recurrencia a un destino conductor, ese rostro promedio que va descubriendo
el lector a través de incontables versiones y caracteres, tiene cierta
filiación cinematográfica, cercana por muchos conceptos a Citizen Kane. En
la novela de Rulfo la encuesta necesaria para reconstruir la imagen del
Hombre, es cumplida por Juan Preciado, un hijo de Páramo, mediante sucesivas
indagaciones ante esas pobres, dilaceradas sombras que habitan Comala.
Pero no todo es evocación, no todo es censura de ultratumba. También el
narrador (que nunca levanta la voz; que se oculta, como un ánima más, detrás
de su propio mito) toma a veces la palabra y dice su versión, cuenta
simplemente, y su acento no desentona en el corrillo. Hay en todo el libro
una armonía de tono y de lenguaje que en cierto modo compensa la bien
pensada incoherencia de su trama. Por lo general no se da ningún dato
temporal que sirva de asidero común para tanta imagen suelta. Sorprende, por
ejemplo, hallar en pág. 113, un párrafo que empieza: “Muchos años antes,
cuando ella era una niña...”, ya que éste o cualquier otro procedimiento de
fijación expresa de una época, resulta inopinado en la modalidad corriente
de esta narración. En tal sentido, el lector debe arreglarse como pueda, y
por cierto que puede arreglarse bien, ya que Pedro Páramo no es una novela
de lectura llana, pero tampoco un inasible caos. Por debajo de la aparente
anarquía, del desconcierto de algunos pasajes, existe, a poco que se
preocupe el lector por descubrirlo, un riguroso ordenamiento, un fichaje de
caracteres y de sus mutuas correspondencias, que mantiene la cohesión, el
sentido esencial de la obra.
Es cierto que la imaginación de Rulfo especula con la muerte, se establece
en su momentáneo linde, pero autor y personajes parecen dejar sentada una
premisa menos cursi que verdadera: que la única muerte es el olvido. Estos
muertos se agitan, se confiesan, pero, en definitiva ¿son ellos o sus
recuerdos?, ¿meros fantasmas asustabobos o probadas supervivencias?
Frente a tanta huella de su unicidad, de sus varios enconos, de su ternura
sin réplica, se levanta Pedro Páramo para afrontar el juicio y volver a
caer, desmoronándose “como si fuera un montón de piedras”. “¿Quién es?
—volví a preguntar. Un rencor vivo —me contestó él”. La respuesta de Abundio
a Juan Preciado define en cierto modo la novela. Es, sencillamente, la
historia de un rencor. “El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”,
dice, agonizante, Dolores Preciado a su hijo en la primera página. Y Juan
Preciado, siguiendo desde allí el itinerario de ese rencor, llega a Comala
junto a la sombra de Abundio, que también era hijo de Pedro Páramo y también
sostiene su rencor propio. Desde su llegada a casa de Eduviges Dyada hasta
su propia muerte (“acalambrado como mueren los que mueren muertos de
miedo”), Juan Preciado arrostra sombras, escucha voces. “Me mataron los
murmullos”, dice a Dorotea, y eran murmullos que partían de diversos
rencores. También Miguel Páramo los siembra y el padre Rentería los recoge y
Pedro Páramo hace de todos ellos su gran rencor, su inquina hacia ese
destino que le ha hecho esperar toda una vida antes de hacerle hallar a la
Susana de su infancia y entregársela deshecha, trastornada y ajena. “Pensó
en Susana San Juan. Pensó en la muchachita con la que acababa de dormir
apenas un rato. Aquel pequeño cuerpo azorado y tembloroso que parecía iba a
echar fuera su corazón por la boca. «Puñadito de carne», le dijo. Y se había
abrazado a ella tratando de convertirla en la carne de Susana San Juan”.
Todo el episodio que se refiere a Susana es de gran eficacia narrativa, sin
duda el pasaje más tenso de la novela. Ella, cerrando los ojos para
recuperar a Florencio, en inagotable sucesión de sueños; él, desvelándose,
contando “los segundos de aquel nuevo sueño que ya duraba mucho”, concentran
en sí mismos la gran desolación que propaga el relato, el notorio símbolo
que difunde el título. “¿Pero cuál era el mundo de Susana San Juan? Esa fue
una de las cosas que Pedro Páramo nunca llegó a saber”.
La complejidad en que se apoya la trama, no se refleja empero en el estilo,
el cual, como en los cuentos de El llano en llamas, es sencillo y sin
complicaciones. Los amodorrados fantasmas de la novela emplean en su
lenguaje el mismo irónico dejo que los campesinos de Es que somos pobres o
¡Díles que no me maten! Las cosas más absurdas o las más espantosas son
dichas en su genuina cadencia regional. En ciertos pasajes decididamente
macabros (como algunos de los diálogos entre Juan Preciado y Dorotea) la
excesiva vulgaridad resulta ínapropíada y hasta chocante. Del mismo modo,
algún rasgo humorístico vinculado a las inquietudes de los muertos en el
camposanto, produce un desacomodo en el lector: “Se ha de haber roto el
cajón donde la enterraron, porque se oye como un crujir de tablas”; “haz por
pensar en cosas agradables porque vamos a estar mucho tiempo enterrados”.
Por lo común, una visible alteración de los padrones de verosimilitud
provoca una sacudida mental a la que, por otra parte, es fácil sobreponerse.
También es fácil sobreponerse al trato descarado de la literatura con los
muertos. Pero en el riesgoso juego de Rulfo con sus fantasmas, en ese
purgatorio a ras de suelo, hay que reconocer que pide demasiado a su lector:
esa promiscuidad de muerte y vida, esa habla chistosa de tumba a tumba,
suscita a veces la previsible arcada. Por lo demás, el humorismo no es una
variante preferida de Rulfo. Pero así como en algunos de sus cuentos,
especialmente en Anacleto Morones, había recurrido a él para extraer del
asunto el máximo provecho, también en Pedro Páramo suele emplearlo en
función de algún efecto, de alguna ironía.
Es de confiar que la aparición de Rulfo abra nuevos rumbos a la narrativa
hispanoamericana. Por lo menos, estos dos primeros libros alcanzan para
demostrar que el relato en línea recta, que la porfiada simplicidad, no son
las únicas salidas posibles para el enfoque del tema campesino. No es,
naturalmente, el primero en llevar a cabo esa módica proeza, pero su actitud
literaría implica una saludable incitación a sobrepasar este presente, algo
endurecido en cierta abulia del estilo. De todos modos, convengamos en que
ya venía resultando peligrosa para el mejor desarrollo de una narrativa de
asunto nativo, esa endósmosis de lo llano con lo chato, ese abandonarlo todo
al ímpetu del tema, al buen aire que respiran los pulmones del novelista.
Rulfo, que también lo respira, ha construido, además, quince cuentos, la
mayoría de ellos de una excelente factura técnica; ha levantado, sin apearse
de lo literario y pagando las normales cuotas de realismo y fantasía, una
novela fuerte, bien planteada, y ha preferido apoyarla en una sólida
armazón. Es satisfactorio comprobar que, después de este alarde, el tema
criollo no queda agostado sino enriquecido, y su esencia, sus mitos y sus
criaturas, se convierten en una provocativa disponibilidad para nuevas
empresas, con destino a más ávidos lectores.
(1955)
Notas
[1] Hoy Juan Rulfo es un clásico de la narrativa hispanoamericana; sus
libros han sido traducidos al inglés, a francés, italiano, alemán, sueco,
checo, holandés, danés, noruego, yugoeslavo y eslovaco; su obra ha sido
objeto de numerosos y profundos estudios. Sin embargo, cuando el trabajo que
aquí se incluye apareció, en 1955, en el semanario Marcha, Montevideo,
acababa de publicarse Pedro Páramo y el nombre y la obra de Rulfo eran
totalmente desconocidos en el Cono Sur. (Aún en 1958, no figura ningún
cuento suyo en la buena Antología del cuento hispanoamericano, de Ricardo
Latcham). No señalo esto, por cierto, para inventarle méritos a mi trabajo
de hace doce años, sino más bien para pedir excusas al lector (y a Rulfo)
por una interpretación que, debido a la razón apuntada, no tiene en cuenta
toda esta vasta bibliografía posterior. (1967)
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Sobre El Llano en llamas
Juan Rulfo lleva a cabo en la década de 1940 la escritura de sus primeros textos
literarios. El primero, fragmento de un proyecto que nunca concluiría, lo
publica en la revista América, de la capital del país, y en ésta y Pan, editada
en Guadalajara, dará a conocer un total de siete cuentos. Rulfo mismo cuenta la
historia:
En 1942 apareció una revista llamada “PAN”, que por su peculiar sistema me dio
la oportunidad de publicar algunas cosas. Lo peculiar consistía en que el autor
pagaba sus colaboraciones. Allí aparecieron mis primeros trabajos. Y si no
fueron muchos se debió únicamente a que carecía de los medios económicos para
pagar mis colaboraciones.
Más tarde pasé a colaborar en “América”, revista antológica, donde al menos no
cobraban por publicar… En 1952 obtuve una beca de la Fundación Rockefeller,
establecida en México un año antes. Mediante esa beca y con el apoyo generoso de
Margaret Shedd, directora del Centro Mexicano de Escritores, logré dar forma y
publicar el libro de cuentos titulado El Llano en llamas…
A los siete cuentos publicados en las revistas mencionadas agregó Rulfo ocho
para la edición que resultó de su beca en el Centro Mexicano de Escritores;
posteriormente agregó un par más, constando finalmente la colección de 17
cuentos.
El cuento “Luvina” ha sido considerado un precursor de Pedro Páramo, mientras
“Diles que no me maten” o “No oyes ladrar los perros” son incluidos por muchos
lectores entre las obras maestras de la cuentística universal. Otros admiran la
complejidad de “El hombre” o la ironía de “Nos han dado la tierra”, “El día del
derrumbe” o “Anacleto Morones”, y en todos los cuentos de la colección está
presente esa peculiar mezcla de habla popular, poesía y alta literatura que es
característica, desde este libro, de la escritura de Juan Rulfo.
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Ya mataron a la perra, pero quedan los perritos
Corrido popular
"¡Viva Petronilo Flores!" El grito se vino rebotando por los paredones de la
barranca y subió hasta donde estábamos nosotros. Luego se deshizo.
Por un rato, el viento que soplaba desde abajo nos trajo un tumulto de voces
amontonadas, haciendo un ruido igual al que hace el agua crecida cuando rueda
sobre pedregales.
En seguida, saliendo de allá mismo, otro grito torció por el recodo de la
barranca, volvió a rebotar en los paredones y llegó todavía con fuerza junto a
nosotros:
"¡ Viva mi general Petronilo Flores!" Nosotros nos miramos.La Perra se levantó
despacio, quitó el cartucho a la carga de su carabina y se lo guardó en la bolsa
de la camisa. Después se arrimó a donde estabanLos cuatro y les dijo: "Síganme,
muchachos, vamos a ver qué toritos toreamos!" Los cuatro hermanos Benavides se
fueron detrás de él, agachados; solamente la Perra iba bien tieso, asomando la
mitad de su cuerpo flaco por encima de la cerca.
Nosotros seguimos allí, sin movernos. Estábamos alineados al pie del lienzo,
tirados panza arriba, como iguanas calentándose al sol.
La cerca de piedra culebreaba mucho al subir y bajar por las lomas, y ellos, la
Perra y los Cuatro, iban también culebreando como si fueran los pies trabados.
Así los vimos perderse de nuestros ojos. Luego volvimos la cara para poder ver
otra vez hacia arriba y miramos las ramas bajas de los amoles que nos daban
tantita sombra. Olía a eso; a sombra recalentada por el sol. A amoles podridos.
Se sentía el sueño del mediodía.
La boruca que venía de allá abajo se salía a cada rato de la barranca y nos
sacudía el cuerpo para que no nos durmiéramos. Y aunque queríamos oír parando
bien la oreja, sólo nos llegaba la boruca: un remolino de murmullos, como si se
estuviera oyendo de muy lejos el rumor que hacen las carretas al pasar por un
callejón pedregoso.
De repente sonó un tiro. Lo repitió la barranca como si estuviera derrumbándose.
Eso hizo que las cosas despertaran: volaron los totochilos, esos pájaros
colorados que habíamos estado viendo jugar entre los amole s. En seguida las
chicharras, que se habían dormido a ras del mediodía, también despertaron
llenando la tierra de rechinidos. -¿Qué fue? - preguntó Pedro Zamora, todavía
medio amodorrado por la siesta.
Entonces el Chihuila se levantó y, arrastrando su carabina como si fuera un
leño, se encaminó detrás de los que se habían ido.
- Voy a ver qué fue lo que fue - dijo perdiéndose también como los otros.
El chirriar de las chicharras aumentó de tal modo que nos dejó sordos y no nos
dimos cuenta de la hora en que ellos aparecieron por allí. Cuando menos
acordamos aquí estaban ya, mero enfrente de nosotros, todos desguarnecidos.
Parecían ir de paso, ajuareados para otros apuros y no para éste de ahorita.
Nos dimos vuelta y los miramos por la mira de las troneras. Pasaron los
primeros, luego los segundos y otros más, con el cuerpo echado para adelante,
jorobados de sueño. Les relumbraba la cara de sudor, como si la hubieran
zambullido en el agua al pasar por el arroyo.
Siguieron pasando.
Llegó la señal. Se oyó un chiflido largo y comenzó la tracatera allá lejos, por
donde se había ido la Perra. Luego siguió aquí. Fue fácil. Casi tapaban el
agujero de las troneras con su bulto, de modo que aquello era como tirarles a
boca de jarro y hacerles pegar tamaño respingo de la vida a la muerte sin que
apenas se dieran cuenta.
Pero esto duró muy poquito. Si acaso la primera y la segunda descarga. Pronto
quedó vacío el hueco de la tronera por donde, asomándose uno, sólo se veía a los
que estaban acostados en mitad del camino, medio torcidos, como si alguien los
hubiera venido a tirar allí. Los vivos desaparecieron. Después volvieron a
aparecer, pero por lo pronto ya no estaban allí. Para la siguiente descarga
tuvimos que esperar. Alguno de nosotros gritó: "¡Viva Pedro Zamora !" Del otro
lado respondieron, casi en secreto: "¡Sálvame patroncito!¡Sálvame!¡Santo Niño de
Atocha, socórreme!" 'Pasaron los pájaros. Bandadas de tordos cruzaron por encima
de nosotros hacia los cerros.
La tercera descarga nos llegó por detrás. Brotó de ellos, haciéndonos brincar
hasta el otro lado de la cerca, hasta más allá de los muertos que nosotros
habíamos matado.
Luego comenzó la corretiza por entre los matorrales. Sentíamos las balas
pajueleándonos los talones, como si hubiéramos caído sobre un enjambre de
chapulines. Y de vez en cuando, y cada vez más seguido, pegando mero en medio de
alguno de nosotros, que se quebraba con un crujido de huesos. Corrimos. Llegamos
al borde de la barranca y nos dejamos descolgar por allí como si nos
despeñáramos.
Ellos seguían disparando. Siguieron disparando todavía después que habíamos
subido hasta el otro lado, a gatas, como tejones espantados por la lumbre.
"¡Viva mi general Petronilo Flores, hijos de la tal por cual!", nos gritaron
otra vez. Y el grito se fue rebotando como el trueno de una tormenta, barranca
abajo.
Nos quedamos agazapados detrás de unas piedras grandes y boludas, todavía
resollando fuerte por la carrera. Solamente mirábamos a Pedro Zamora
preguntándole con los ojos qué era lo que nos había pasado. Pero él también nos
miraba sin decirnos nada. Era como si se nos hubiera acabado el habla a todos o
como si la lengua se nos hubiera hecho bola como la de los pericos y nos costara
trabajo soltarla para que dijera algo. Pedro Zamora noslseguía mirando. Estaba
haciendo sus cuentas con los ojos; con aquellos ojos que él tenía, todos
enrojecidos, como si los trajera siempre desvelados. Nos contaba de uno en uno.
Sabía ya cuántos éramos los que estábamos allí, pero parecía no estar seguro
todavía, por eso nos repasaba una vez y otra y otra.
Faltaban algunos: once o doce, sin contar a la Perra y al Chihuila a los que
habían arrendado con ellos. El Chihuila bien pudiera ser que estuviera
horquetado arriba de algún amole, acostado sobre su retrocarga, aguardando a que
se fueran los federales.
Los Joseses, los dos hijos de la Perra, fueron los primeros en levantar la
cabeza, luego el cuerpo. Por fin caminaron de un lado a otro esperando que Pedro
Zamora les dijera algo. Y dijo: Otro agarre como éste y nos acaban.
En seguida, atragantándose como si tragara un buche de coraje, les gritóa los
Joseses:
-¡Ya sé que falta su padre, pero aguántense, aguántense tantito! Iremos por él!
Una bala disparada de allá hizo volar una parvada de tildíos en la ladera de
enfrente. Los pájaros cayeron sobre la barranca y revolotearon hasta cerca de
nosotros; luego, al vernos, se asustaron, dieron media vuelta relumbrando contra
el sol y volvieron a llenar de gritos los árboles de la ladera de enfrente.
Los Joseses volvieron al lugar de antes y se acuclillaron en silencio.
Así estuvimos toda la tarde. Cuando empezó a bajar la noche llegó el Chihuila
acompañado de uno de los Cuatro. Nos dijeron que venían de allá abajo, de la
Piedra Lisa, pero no supieron decirnos si ya se habían retirado los federales.
Lo cierto es que todo parecía estar en calma. De vez en cuando se oían los
aullidos de los coyotes. -¡Epa tú, Pichón.! -me dijo Pedro Zamora-. Te voy a dar
la encomienda de que vayas con los Joseses hasta Piedra Lisa y vean a ver qué le
pasó a la Perra. Si está muerto, pos entiérrenlo. Y hagan lo mismo con los
otros. A los heridos déjenlos encima de algo para que los vean los guachos; pero
no se traigan a nadie.
-Eso haremos.
Y nos fuimos.
Los coyotes se oían más cerquita cuando llegamos al corral donde habíamos
encerrado la caballada.
Ya no había caballos, sólo estaba un burro trasijado que ya vivía allí desde
antes que nosotros viniéramos. De seguro los federales habían cargado con los
caballos. Encontramos al resto de los Cuatro detrasito de unos matojos, los tres
juntos, encaramados uno encima de otro como si los hubieran apilado allí. Les
alzamos la cabeza y se la zangoloteamos un poquito para ver si alguno daba
todavía señales; pero no, ya estaban bien difuntos. En el aguaje estaba otro de
los nuestros con las costillas de fuera como si lo hubieran macheteado. Y
recorriendo el lienzo de arriba abajo encontramos uno aquí y otro más allá, casi
todos con la cara renegrida.
- A éstos los remataron, no tiene ni qué -dijo uno delos Joseses.
Nos pusimos a buscar a la Perra; a no hacer caso de ningún otro sino de
encontrar a la mentada Perra.
No dimos con él. "Se lo han de haber llevado -pensamos-. Se lo han de haber
llevado para enseñárselo al gobierno"; pero, aun así seguimos buscando por todas
partes, entre el rastrojo'. Los coyotes seguían aullando.
Siguieron aullando toda la noche.
Pocos días después, en el Armería, al ir pasando el río, nos volvimos a
encontrar con Petronilo Flores. Dimos marcha atrás, pero ya era tarde. Fue como
si nos fusilaran. Pedro Zamora pasó por delante haciendo galopar aquel macho
barcino y chaparrito que era el mejor animal que yo había conocido. Y detrás de
él, nosotros, en manada, agachados sobre el pescuezo de los caballos. De todos
modos la matazón fue grande. No me di cuenta de pronto porque me hundí en el río
debajo de mi caballo muerto, y la corriente nos arrastró a los dos, lejos, hasta
un remanso bajito de agua y lleno de arena. Aquél fue el último agarre que
tuvimos con las fuerzas de Petronilo Flores. Después ya no peleamos. Para decir
mejor las cosas, ya teníamos algún tiempo sin pelear, sólo de andar huyendo el
bulto; por eso resolvimos remontarnos los pocos que quedamos, echándonos al
cerro para escondernos de la persecución. Y acabamos por ser unos grupitos tan
ralos que ya nadie nos tenía miedo. Ya nadie corría gritando: "¡Allí vienen los
de Zamora!" Había vuelto la paz al Llano Grande.
Pero no por mucho tiempo.
Hacía cosa de ocho meses que estábamos escondidos en el escondrijo del Cañón del
Tozín, allí donde el río Armería se encajona durante muchas horas para dejarse
caer sobre la costa. Esperábamos dejar pasar los años para luego volver al
mundo', cuando ya nadie se acordara de nosotros. Habíamos comenzado a criar
gallinas y de vez en cuando subíamos a la sierra en busca de venados. Eramos
cinco, casi cuatro, porque a uno delos Joseses se le había gangrenado una pierna
por el balazo que le dieron abajito de la nalga, allá, cuando nos balacearon por
detrás. Estábamos allí, empezando a sentir que ya no servíamos para nada. Y de
no saber que nos colgarían a todos, hubiéramos ido a pacificarnos.
Pero en eso apareció un tal Armancio Alcalá, que era el que le hacía los recados
y las cartas a Pedro Zamora.
Fue de mañanita, mientras nos ocupábamos en destazar una vaca, cuando oímos el
pitido del cuerno. Venía de muy lejos, por el rumbo del Llano. Pasado un rato
volvió a oírse. Era como el bramido de un toro: primero agudo, luego ronco,
luego otra vez agudo. El eco lo alargaba más y más y lo traía aquí cerca, hasta
que el ronroneo del río lo apagaba.
Y ya estaba para salir el sol, cuando el tal Alcalá se dejó ver asomándose por
entre los sabinos. Traía terciadas dos carrilleras con cartuchos del "44" y en
las ancas de su caballo venía atravesado un montón de rifles como si fuera una
maleta. Se apeó del macho. Nos repartió las carabinas y volvió a hacer la maleta
con las que le sobraban".
- Si no tienen nada urgente que hacer de hoy a mañana, pónganse listos para
salir a San Buenaventura. Allí los está aguardando Pedro Zamora. En mientras',
yo voy un poquito más abajo a buscar a los Zanates. Luego volveré. Al día
siguiente volvió, ya de atardecida. Y sí, con él venían los Zanates. Se les veía
la cara prieta entre el pardear de la tarde. También venían otros tres que no
conocíamos.
-En el camino conseguiremos caballos-nos dijo. Y lo seguimos.
Desde mucho antes de llegar a San Buenaventura nos dimos cuenta de que los
ranchos estaban ardiendo. De las trojes de la hacienda se alzaba más alta la
llamarada, como si estuviera quemándose un charco de aguarrás. Las chispas
volaban y se hacían rosca en la oscuridad del cielo formando grandes nubes
alumbradas. Seguimos caminando de frente, encandilados por la luminaria de San
Buenaventura, como si algo nos dijera que nuestro trabajo era estar allí, para
acabar con lo que quedara.
Pero no habíamos alcanzado a llegar cuando encontramos a los primeros de a
caballo que venían al trote, con la soga morreada en la cabeza de la silla y
tirando, unos, de hombres pialados que, en ratos, todavía caminaban sobre sus
manos, y otros, de hombres a los que ya se les habían caído las manos y traían
descolgada la cabeza. Los miramos pasar. Más atrás venían Pedro Zamora y mucha
gente a caballo. Mucha más gente que nunca. Nos dio gusto.
Daba gusto mirar aquella larga fila de hombres cruzando el Llano Grande otra
vez, como en los tiempos buenos. Como al principio, cuando nos habíamos
levantado de la tierra como huizapoles maduros aventados por el viento, para
llenar de terror todos los alrededores del Llano. Hubo un tiempo que así fue. Y
ahora parecía volver. De allí nos encaminamos hacia San Pedro. Le prendimos
fuego y luego la emprendimos rumbo al Petacal. Era la época en que el maíz ya
estaba por pizcarse y las milpas se veían secas y dobladas por los ventarrones
que soplan por este tiempo sobre el Llano. Así que se veía muy bonito ver
caminar el fuego en los potreros; ver hecho una pura brasa casi todo el Llano en
la quemazón aquella, con el humo ondulado por arriba; aquel humo oloroso a
carrizo y a miel, porque la lumbre había llegado también a los cañaverales.
Y de entre el humo íbamos saliendo nosotros, como espantajos, con la cara
tiznada, arreando ganado de aquí y de allá para juntarlo en algún lugar y
quitarle el pellejo. Ese era ahora nuestro negocio: los cueros de ganado.
Porque, como nos dijo Pedro Zamora: "Esta revolución la vamos a hacer con el
dinero de los ricos. Ellos pagarán las armas y los gastos que cueste esta
revolución que estamos haciendo. Y aunque no tenemos por ahorita ninguna bandera
por qué pelear, debemos apurarnos a amontonar dinero, para que cuando vengan las
tropas del gobierno vean que somos poderosos." Eso nos dijo. Y cuando al fin
volvieron las tropas, se soltaron matándonos otra vez como antes, aunque no con
la misma facilidad. Ahora se veía a leguas que nos tenían miedo.
Pero nosotros también les teníamos miedo. Era de verse cómo se nos atoraban los
güevos en el pescuezo con sólo oír el ruido que hacían sus guarniciones o las
pezuñas de sus caballos al golpear las piedras de algún camino, donde estábamos
esperando para tenderles una emboscada. Al verlos pasar, casi sentíamos que nos
miraban de reojo y como diciendo: "Ya los venteamos, nomás nos estamos haciendo
disimulados." Y así parecía ser, porque de buenas a primeras se echaban sobre el
suelo, afortinados detrás de sus caballos y nos resistían allí hasta que otros
nos iban cercando poquito a poco, agarrándonos como a gallinas acorraladas.
Desde entonces supimos que a ese paso no íbamos a durar mucho, aunque éramos
muchos. Cuando los vivos comenzaron a salir de entre las astillas de los carros,
nosotros nos retiramos de allí, acalambrados de miedo.
Estuvimos escondidos varios días; pero los federales nos fueron a sacar de
nuestro escondite. Ya no nos dieron paz; ni siquiera para mascar un pedazo de
cecina en paz. Hicieron que se nos acabaran las horas de dormir y de comer, y
que los días y las noches fueran iguales para nosotros. Quisimos llegar al Cañón
del Tozín; pero el gobierno llegó primero que nosotros. Faldeamos el volcán.
Subimos a los montes más altos y allí, en ese lugar que le dicen el Camino de
Dios, encontramos otra vez al gobierno tirando a matar. Sentíamos cómo bajaban
las balas sobre nosotros, en rachas apretadas, calentando el aire que nos
rodeaba. Y hasta las piedras detrás de las que nos escondíamos se hacían trizas
una tras otra como si fueran terrones. Después supimos que eran ametralladoras
aquellas carabinas con que disparaban ahora sobre nosotros y que dejaban hecho
una coladera el cuerpo de uno; pero entonces creímos que eran muchos soldados,
por miles, y todo lo que queríamos era correr de ellos.
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Es que somos muy pobres
Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el
sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza,
comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha
de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en
grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un
manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados
debajo del tejaván, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella
cebada amarilla tan recién cortada.
Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que
la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el
río.
El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy
dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo
despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como
si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me
volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue
haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.
Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había
seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y
se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del
agua revuelta.
A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba
subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la
casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar
por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y
venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus
gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la
corriente.
Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado,
quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta,
porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo,
y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la
más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.
Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua
que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde
debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la
cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo
que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven
las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo;
pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay
gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde
supimos que el río se había llevado a la Serpentina la vaca esa que era de mi
hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que
tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.
No acabo de saber por qué se le ocurriría a La Serpentina pasar el río este,
cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina
nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para
dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando
le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado
el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye
suspirar a las vacas cuando duermen.
Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió
despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez
entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada
y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez
bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.
Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto
también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo
había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de
donde él , estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los
cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos
de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que
no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.
Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su
madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.
La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana,
ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos
había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi
hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de
piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.
Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi
casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan
luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron
cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando
las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada
rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en
el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre
trepado encima.
Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo;
pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas
se fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas.
Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere
vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre
viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse
mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda
querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto,
pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por
llevarse también aquella vaca tan bonita.
La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no
se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi
hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.
Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese
modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente
mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le
cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde
les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le
da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado
de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada
vez que piensa en ellas, llora y dice: "Que Dios las ampare a las dos."
Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda
aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos
comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y
altos y medio alborotados para llamar la atención.
-Sí -dice-, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará
mal; como que estoy viendo que acabará mal.
Ésa es la mortificación de mi papá.
Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río.
Está aquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la
barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como
si el río se hubiera metido dentro de ella.
Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas.
De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río,
que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue
subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y
los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de
repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.
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Después de tantas horas de caminar
sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de
nada, se oye el ladrar de los perros.
Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría
después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura
rajada de grietas y de arroyos secos. Pero si, hay algo. Hay un pueblo. Se oye
que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese
olor de la gente como si fuera una esperanza.
Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca.
Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro
de la tarde. Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado
el sol y dice:
-Son como las cuatro de la tarde.
Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos
cuatro. Yo los cuento: dos adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a
nadie. Entonces me digo: "Somos cuatro." Hace rato, como a eso de las once,
éramos veintitantos; pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar
nada más este nudo que somos nosotros.
Faustino dice:
-Puede que llueva.
Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima
de nuestras cabezas. Y pensamos: "Puede que sí."
No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de
hablar. Se nos acabaron con el calor. Uno platicaría muy a gusto en otra parte,
pero aquí cuesta trabajo. Uno platica aquí y las palabras se calientan en la
boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban
con el resuello. Aquí así son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar.
Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando
una plasta como la de un salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan
cayendo más. No llueve. Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera
corriéndose muy lejos, a toda prisa. El viento que viene del pueblo se le arrima
empujándola contra las sombras azules de los cerros. Y a la gota caída por
equivocación se la come la tierra y la desaparece en su sed,
¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?
Hemos vuelto a caminar. Nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora
volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que
llevamos andado. Se me ocurre eso. De haber llovido quizá se me ocurrieran otras
cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre
el Llano, lo que se llama llover.
No, el Llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A
no ser unos cuantos huizaches trespeleques y una que otra manchita de zacate con
las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.
Y por aquí vamos nosotros. Los cuatro a pie. Antes andábamos a caballo y
traíamos terciada una carabina. Ahora no traemos ni siquiera la carabina.
Yo siempre he pensado que en eso de quitarnos la carabina hicieron bien. Por acá
resulta peligroso andar armado. Lo matan a uno sin avisarle, viéndolo a toda
hora con "la 30" amarrada a las correas. Pero los caballos son otro asunto. De
venir a caballo ya hubiéramos probado el agua verde del río, y paseado nuestros
estómagos por las calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo
hubiéramos hecho de tener todos aquellos caballos que teníamos. Pero también nos
quitaron los caballos junto con la carabina.
Vuelvo hacia todos lados y miro el Llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le
resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga. Sólo unas cuantas
lagartijas salen a asomar la cabeza por encima de sus agujeros, y luego que
sienten la tatema del sol corren a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero
nosotros, cuando tengamos que trabajar aquí, ¿qué haremos para enfriarnos del
sol eh? Porque a nosotros nos dieron esta costra de tepetate para que la
sembráramos.
Nos dijeron:
-Del pueblo para acá es de ustedes.
Nosotros preguntamos:
-¿El Llano?
-Sí, el Llano. Todo el Llano Grande.
Nosotros paramos la jeta para decir que el Llano no lo queríamos. Que queríamos
lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos
árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro
pellejo de vaca que se llama el Llano.
Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con
nosotros. Nos puso los papeles en la mano y nos dijo:
-No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.
-Es que el Llano, señor delegado...
-Son miles y miles de yuntas.
-Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua.
¿Y el temporal? Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego. En
cuanto allí llueva, se levantará el maíz como si lo estiraran.
-Pero, señor delegado, la tierra está deslavada, dura. No creemos que el arado
se entierre en esa como cantera que es la tierra del Llano. Habría que hacer
agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aun así es positivo que
nazca nada; ni maíz ni nada nacerá.
-Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen
que atacar, no al Gobierno que les da la tierra.
-Espérenos usted, señor delegado. Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro.
Todo es contra el Llano... No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que
hemos dicho... Espérenos usted para explicarle. Mire, vamos a comenzar por donde
íbamos...
Pero él no nos quiso oír.
Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos
semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará
de aquí. Ni zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba, volando a la
carrera; tratando de salir lo más pronto posible de este blanco terrenal
endurecido, donde nada se mueve y por donde uno camina como reculando.
Melitón dice:
-Esta es la tierra que nos han dado.
Faustino dice:
-¿Qué?
Yo no digo nada. Yo pienso: "Melitón no tiene la cabeza en su lugar. Ha de ser
el calor el que lo hace hablar así. El calor, que le ha traspasado el sombrero y
le ha calentado la cabeza. Y si no, ¿por qué dice lo que dice? ¿Cuál tierra nos
ha dado, Melitón? Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar
a los remolinos."
Melitón vuelve a decir:
-Servirá de algo. Servirá aunque sea para correr yeguas .
-¿Cuáles yeguas? -le pregunta Esteban.
Yo no me había fijado bien a bien en Esteban. Ahora que habla, me fijo en él.
Lleva puesto un gabán que le llega al ombligo, y debajo del gabán saca la cabeza
algo así como una gallina.
Sí, es una gallina colorada la que lleva Esteban debajo del gabán. Se le ven los
ojos dormidos y el pico abierto como si bostezara. Yo le pregunto:
-Oye, Teban, ¿dónde pepenaste esa gallina?
-Es la mía dice él.
-No la traías antes. ¿Dónde la mercaste, eh?
-No la merque, es la gallina de mi corral.
-Entonces te la trajiste de bastimento, ¿no?
-No, la traigo para cuidarla. Mi casa se quedó sola y sin nadie para que le
diera de comer; por eso me la traje. Siempre que salgo lejos cargo con ella.
-Allí escondida se te va a ahogar. Mejor sácala al aire.
Él se la acomoda debajo del brazo y le sopla el aire caliente de su boca. Luego
dice:
-Estamos llegando al derrumbadero.
Yo ya no oigo lo que sigue diciendo Esteban. Nos hemos puesto en fila para bajar
la barranca y él va mero adelante. Se ve que ha agarrado a la gallina por las
patas y la zangolotea a cada rato, para no, golpearle la cabeza contra las
piedras.
Conforme bajamos, la tierra se hace buena. Sube polvo desde nosotros como si
fuera un atajo de mulas lo que bajará por allí; pero nos gusta llenarnos de
polvo. Nos gusta. Después de venir durante once horas pisando la dureza del
Llano, nos sentimos muy a gusto envueltos en aquella cosa que brinca sobre
nosotros y sabe a tierra.
Por encima del río, sobre las copas verdes de las casuarinas, vuelan parvadas de
chachalacas verdes. Eso también es lo que nos gusta.
Ahora los ladridos de los perros se oyen aquí, junto a nosotros, y es que el
viento que viene del pueblo retacha en la barranca y la llena de todos sus
ruidos.
Esteban ha vuelto a abrazar su gallina cuando nos acercamos a las primeras
casas. Le desata las patas para desentumecerla, y luego él y su gallina
desaparecen detrás de unos tepemezquites.
-¡Por aquí arriendo yo! -nos dice Esteban.
Nosotros seguimos adelante, más adentro del pueblo.
La tierra que nos han dado está allá arriba.
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