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Un escritor que vivió a fondo los conflictos de los 60
Fue dramaturgo, periodista y escribió algunos de los cuentos más
entrañables de la narrativa argentina. Como intelectual, transitó
intensamente las contradicciones de su tiempo.
Por Eduardo Pogorile
Tenía 35 años cuando murió, el 6 de agosto de 1971 en Mar del Plata. Aún
se lo recuerda por sus dos espléndidos libros de cuentos —Cabecita negra
(1962) y Los ojos del tigre (1968)— además de las obras teatrales
Réquiem para un viernes a la noche (1964) y El Caballero de Indias,
estrenada en 1982 por Luis Brandoni. Pero además, Germán Rozenmacher
vivió a fondo las ilusiones y conflictos de una época: los años ''60. La
década del peronismo prohibido, la búsqueda del "país real" en
literatura y en política, los cruces entre periodismo y narrativa.
Sus obras, que en aquellos años reeditaban Galerna y Jorge Alvarez, hoy
no abundan en las librerías. "Es que en la Argentina hacen falta avales,
alguien de renombre que diga que fulano es un genio, como Cortázar con
Marechal", opina Daniel Divinsky, que reeditó Cabecita Negra en 1997.
Falta aún la reedición crítica de sus textos, incluyendo las aguafuertes
que escribió para el semanario Compañero. Mientras tanto, es útil oír a
quienes lo conocieron.
Aquel día de agosto de hace treinta años, una emanación de gas provocada
por la mala combustión de una cocina, mató al escritor y a su hijo
mayor, Juan Pablo (5) en un departamento marplatense. "Recuerdo que en
el viaje de ida en tren a Mar del Plata, Germán me mostró el libreto de
Sordos ruidos oír se dejan, un espectáculo de cabaret político que había
escrito para el actor Oscar Martínez", cuenta la viuda de Rozenmacher,
la periodista Amelia Figueiredo.
Amelia había pasado la noche en una clínica marplatense preocupada por
la salud de su bebé, Lucas —el otro hijo del escritor— cuando se enteró
del accidente. En la redacción de la revista Siete Días, donde
Rozenmacher trabajaba desde 1967, "muchos lloramos por un gran amigo y
también por lo que esa pérdida significaba para la literatura argentina.
Germán ya era reconocido como el autor más talentoso de su generación",
recuerda el crítico literario Jorge Lafforgue.
Y agrega: "El decía que era un muchacho feo, judío, errante y
sentimental. Yo creo que vivió las contradicciones de la Argentina y que
sus obras tienen una veta fantástica. Hoy Cabecita negra puede leerse
como una vuelta de tuerca sobre Casa tomada de Cortázar".
La psicopedagoga Hilda Rozenmacher, hermana de Germán, cuenta: "Nuestro
padre, Abraham Rozenmacher, era cantor en la sinagoga de Uriburu y
Sarmiento. Germán y papá discutían mucho pero se querían y se
respetaban. Mi hermano tuvo una educación religiosa, iba a ser rabino y
estaba dispuesto a emigrar a Israel en la década de 1950. Pero cuando
llegó el momento, mis padres no lo dejaron ir. El estudió la carrera de
Letras en la UBA y fue amenazado por la gente de Tacuara. Era muy amigo
de los hijos de Samuel Eichelbaum, Horacio y Edmundo".
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El escritor Alvaro Abós, que trabajó con Rozenmacher en el semanario político peronista Compañero en 1962, recuerda que "Horacio Eichelbaum era el director y Germán, el jefe de la página cultural. Escribían también Juan José Hernández Arregui, Rodolfo Ortega Peña, Pedro Barraza y José María Rosa". Abós prologó la última reedición de Cabecita negra en 1997 y cree que "en la prosa tersa de Germán se combinaban la tradición judía y el peronismo. Era una mezcla explosiva, el peronismo siempre fue para Germán el espacio de los perseguidos".
"Era un intelectual que tenía raíces muy hondas, Germán se hizo
peronista en setiembre de 1955 al ver la represión de la Revolución
Libertadora. Fue amigo de Rodolfo Walsh. Como él, creía que peronismo y
revolución iban juntos. Pero nunca creyó en la lucha armada, menos aún
luego de la muerte del Che en Bolivia, en 1967", dice Amelia Figueiredo.
Hacia 1964 Rozenmacher pasó de Compañero a la revista Así que dirigía el
poeta Joaquín Giannuzzi. En sus palabras "era la publicación estrella de
Héctor García, con tres ediciones semanales y tirajes de 800.000
ejemplares. Combinaba la crónica policial y la política". En esa
redacción, Rozenmacher escribía escritorio de por medio con Leónidas
Lamborghini, Bernardo Kordon y Juan José Sebreli.
Para Roberto Cossa, que en aquellos años se encontraba con Rozenmacher
en el Bar Ramos o en Gotán —el boliche de los hermanos Cedrón— la frase
más poética y teatral de la generación del 60 "fue escrita por Germán en
Réquiem.... Después que un padre judío maltrata a su hijo porque se va a
casar con una católica, cuando el muchacho se está por ir de la casa, le
dice "Llevá la bufanda".
En noviembre de 1970, Rozenmacher terminó El Caballero de Indias,
posiblemente su obra mayor. El personaje central es un joyero de la
calle Libertad que abandona sus negocios, convive con su amante y el
marido de ella mientras se refugia en la fantasía de una religión
universal —donde no faltan referencias al fenómeno del Marranismo judío—
hasta terminar en el manicomio. Luis Brandoni recuerda: "Germán la leyó
en la casa de Walter Vidarte, la oímos también Sergio Renán, Héctor
Alterio y yo. Nos fascinó a todos".
Memorioso, Brandoni cuenta "Renán quiso estrenarla en el Teatro SHA,
pero la rechazaron porque la comisión directiva de Hebraica, en esa
época, creía que era incorrecto mostrar a un judío en conflicto con sus
tradiciones. Yo creo que nadie fue tan judío y tan argentino como
Germán".
Luego de su muerte y de los años oscuros que vivió la Argentina,
Rozenmacher fue olvidado por el gran público. Pedro Orgambide adaptó
algunos de sus cuentos para la televisión mexicana en la década de 1970.
El dibujante de El Eternauta, Solano López, ilustró Cabecita negra para
el libro de Ricardo Piglia La Argentina en pedazos, en los años ''80.
Desde 1999 el Centro Cultural Ricardo Rojas entrega un premio para
dramaturgos jóvenes con su nombre.
En alemán, Rozenmacher quiere decir "el hacedor de rosas". El entendía
la literatura como un dolor. Al escribir, se quedó con las espinas, pero
a sus lectores les entregó un perfume inolvidable.
Fuente: www.clarin.com/diario/2001/08/04/s05215.htm
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Autobiografía
Rozenmacher, Germán
¿Qué quiere que diga? Como diría el marqués de Bradomín, soy feo, judío, rante y
sentimental. Nací en el hospital Rivadavia en el 36 y mi cuna, literalmente,
fue un conventillo, pero eso sí, en una sala grande de una casa de la calle
Larrea. De mi padre, que canta y que alguna vez fue actor y anduvo en gira por
las colonias de Entre Ríos, o por Santa Fe y otras partes, me viene la vocación
que pueda tener, el ser artista. Me gusta cantar, soplar el trombón a vara y la
trompeta, pero como no sé tocar, me entretengo haciendo toda una orquesta con la
boca. Aparte de Cabecita Negra y Los ojos del tigre (mi dos libros de cuentos),
hay dos obras de teatro todas mías (Réquiem para un viernes a la noche y El
caballero de Indias), otra en colaboración con Roberto Cossa, Carlos Somigliana
y Ricardo Talesnik (El avión negro), y una versión escénica de El lazarillo de
Tormes. Además de todo lo que tiré, que es realmente un vagón (dos o tres
borradores de novelas, una pieza y varios borradores de otros espectáculos
teatrales), aparte de infinitos cuentos que nunca fueron. Escribo con horario,
todos los días, porque si no no se puede y ojalá dentro de muchos años, cuando
ni usted ni yo estemos, alguien se acuerde de un cuento, o de alguna frase o
aunque sea de un adjetivo de esos pocos felices que a uno le salen a veces muy
pocos en una vida y entonces el lector diga: “Esto es verdad, esto está vivo
todavía”. Si eso pasa yo, desde el purgatorio, voy a guiñar este ojo miope,
sincero pero desconfiable, bastante agradecido. No creo que pase, pero, por las
dudas, qué quiere que le diga, es una de las tantas mentiras que me ayudan a
trabajar como una máquina, como un loco, hasta que se me acaben las pilas. Y
siempre hablando de lo mismo. Porque será un lugar común, pero, ¿no tienen la
impresión de que los autores escribimos siempre un solo libro a lo largo de
todas nuestras páginas? Y es difícil hacerlo, no crea, porque el striptís al
principio parece lindo, pero después... En fin, señores, más o menos, un poco
por afuera, éste soy yo. Lo demás, para bien o para mal, está en los cuentos que
van a leer.
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La
palabra que abre la puerta del recuerdo
Por Marcelo Crespo y Germán Gómez
Para La Nación Buenos Aires, 2001
El 6 de agosto próximo [2001] se cumplirán
treinta años de la trágica muerte de Germán Rozenmacher, uno de los escritores
argentinos más destacados de la década del 60. Su obra Réquiem de un viernes a
la noche sintetizó admirablemente el espíritu de una generación
Pasó hace treinta años: Germán Rozenmacher, escritor, murió a los treinta y
cinco. Fue una muerte joven. Sorpresiva, inesperada: como todas las muertes
jóvenes.
Esa mañana hacía un frío intenso en Mar del Plata, esa ciudad que tantas veces
había visitado como cronista y que había descripto en alguno de sus relatos. Por
eso, por el frío, encendió las hornallas de la cocina del pequeño departamento
que ocupaba con su familia. Pero olvidó abrir una ventana.
Era el 6 de agosto de 1971, viernes. Y un ridículo escape de gas le arrebataba
la vida al escritor y a su hijo mayor, Juan Pablo.
Por esos días había escrito: "Ojalá dentro de muchos años, cuando ni usted ni yo
estemos, alguien se acuerde de un cuento, o de alguna frase o aunque sea de un
adjetivo de esos pocos felices que a uno le salen a veces en una vida y entonces
el lector diga: ÔEsto es verdad, esto está vivo todavía´. Si eso pasa yo, desde
el purgatorio, voy a guiñar este ojo miope, sincero pero desconfiable, bastante
agradecido".
Su obra tanto la narrativa como la teatral es hoy insoslayable dentro de las
letras nacionales.
Periodista, narrador, dramaturgo, linotipista, Germán Rozenmacher conoció desde
muy joven todos los recovecos de la profesión. A los 18 años se enamoró de una
máquina de escribir y desde entonces no paró, dice un semanario de los sesenta.
A fines de 1962 publicó Cabecita negra , su primer libro de cuentos, en una
edición que él mismo armó. Amelia Figueiredo, su mujer, lo ayudó en la tarea de
distribución: en el verano de 1963 recorrió todas las librerías de Buenos Aires,
ofreciéndolo. Así consiguieron que la edición de 2000 ejemplares se agotara.
Cabecita negra lograría algo que casi nunca se daba al mismo tiempo: éxitos de
venta y de crítica.
Los comentarios destacan El gato dorado ; él prefería Raíces : una novela corta,
ambientada en un pueblo de frontera, cuyo argumento se centra en la historia de
unos judíos bolicheros, inmigrantes desarraigados que sólo piensan en acumular
dinero, y su hijo, decidido a romper con el "universo" de valores de sus padres.
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Cinco años después publicó Los ojos del tigre , un segundo volumen de cuentos,
con el que inauguró la editorial Galerna.
Rozenmacher puso de manifiesto, en toda su obra, sus propios conflictos
personales y sus búsquedas estéticas.
Casi quince años después de su muerte, su cuento "Cabecita negra" llegó a la
historieta, en una admirable versión dibujada por Francisco Solano López y
publicada en la revista Fierro . No lo pudo ver. Le hubiera encantado.
Nace un dramaturgo
Convocados por el director teatral Augusto Fernández se habían reunido varios
dramaturgos en ciernes. El pequeño departamento daba a la calle Sánchez de
Bustamante. El motivo de la reunión era la lectura de las obras de dos de ellos.
Cuando le llegó el turno a Rozenmacher se quedaron atónitos. Corría 1962.
Desde el inicio los descolocó: cuando tomó la posta, comenzó haciendo la música
que imaginaba para su obra, pero de una manera particular: la interpretó con la
boca. "Me gusta cantar, soplar el trombón a vara y la trompeta, pero como no sé
tocar, me entretengo haciendo toda una orquesta con la boca", escribiría años
más tarde.
Esa noche, ante el estupor de Emilio Jáuregui, Ricardo Halac y Roberto Cossa,
Germán Rozenmacher leyó su primera obra teatral: Réquiem para un viernes a la
noche. "Recuerdo que él empezó haciendo con la voz la trompeta, como sentía la
música. No estábamos habituados a eso. ¿Qué es esto? ¿Cómo empieza? Lee, lee,
lee... se termina la obra y quedamos todos impactados. Elogios. Después siguió
Halac, ya ni me acuerdo qué era, pero no lo podíamos seguir", recuerda Roberto
Cossa.
Réquiem.. . se estrenó en junio de 1964 en el teatro IFT: tres temporadas en
cartel, casi siempre a sala llena. Un éxito de la época.
Dos vertientes, entre las que se producían furiosas polémicas, marcaron el
teatro de los años sesenta: realismo y vanguardismo. La primera vertiente, que
había recibido el influjo de La muerte de un viajante , de Arthur Miller, era el
boom teatral del momento; el Instituto Di Tella fue la égida de la segunda.
"¿Quién hará la síntesis?", se preguntaba Rozenmacher por esos días, objetando
el enfrentamiento. Y, a contrapelo de las prácticas de sus compañeros y amigos,
iba al Di Tella.
"Lo que yo busco es expresar la verdad", decía casi con desesperación. Por eso,
tal vez, no aceptó la dicotomía en boga durante la década.
"Crearon una conciencia artificial sobre el fenómeno, y en realidad no había
ningún camino, ninguna escuela, ni nada; había un tanteo, simplemente, y no una
bifurcación de rumbo en dos direcciones, como se empeñaban en establecer los
gacetilleros", dijo Rozenmacher, apuntando a la crítica.
"No le quiero poner un rótulo a Germán. Era un poeta, un dramaturgo, y él mismo
no se ponía rótulos. Lo que importaba en Germán era la energía dramática que
tenía", dice Yirair Mossian, que dirigió Réquiem para un viernes a la noche en
1964.
Escribió también una adaptación de El lazarillo de Tormes para adolescentes, que
se estrenó en 1971, y en colaboración integrando el Grupo de Autores junto con
Talesnik, Somigliana y Cossa, El avión negro , que se presentó en el Teatro
Regina en el setenta.
No pudo ver Caballero de Indias para muchos, su mejor obra y lo amargó
bastante no poder estrenarla. Finalmente, doce años después de su muerte, se
presentó en el Regina: fue el estreno más emotivo que presenció su esposa.
Su método
Casi único. Se levantaba tempranísimo, a las cuatro o cinco de la mañana, y
escribía hasta el mediodía. "El decía que aunque no le saliera nada había que
sentarse frente a la máquina de escribir", dice Figueiredo.
Incansable. Pues era capaz de terminar una nota y enseguida empezar un cuento.
Una foto, de las tantas que atesora su mujer, resulta ilustrativa: en una
redacción, de las que ya no quedan, la jornada ha finalizado; todas las máquinas
están volcadas sobre su frente, casi todas las sillas están arriba de las mesas.
Germán Rozenmacher está sólo. Humea un cigarrillo entre sus dedos, sus ojos
ganados por las letras que se van imprimiendo sobre el papel.
Su pasión por el trabajo no le impidió hacerse tiempo para estudiar y graduarse
en Letras; fue así como conoció a su mujer.
El periodista Enrique Raab desaparecido en 1976, implacable crítico de sus
trabajos, escribió: "Su gran cabezota redonda, su estatura imposible, su gordura
descomunal pero misteriosamente armoniosa se deslizaban todos los días de la
redacción a su casa, con libros estrafalarios que devoraba con delirio
talmudista".
Así siempre. Amaba el periodismo y escribió cientos de artículos, algunos de
ellos memorables. Cuando los sabía buenos, le pedía a su mujer que los guardara.
Varios de ellos están editados en libros.
Hizo 12.000 kilómetros junto con el fotógrafo Eduardo Frías recorriendo los
caminos patagónicos, a bordo de un Citro‘n cero kilómetro que la propia compañía
les había entregado para que lo probaran. "Ese viaje le cambió la vida", dice
Figueiredo. "Esa soledad, la inmensidad, el abandono".
Los reportajes fueron publicados en el semanario Siete Días Ilustrados , en una
serie de cuatro entregas, en 1968. Ese mismo año realizó un extenso reportaje en
las Islas Malvinas: era la primera vez que un periodista argentino desembarcaba
en el archipiélago luego de que un grupo de jóvenes desviara hacia ellas un
avión de Aerolíneas Argentinas dos años antes, en lo que se conoció como
"Operativo Cóndor".
Todas sus notas fueron ilustradas con grandes y bellas fotos, como solía ocurrir
en las revistas de editorial Abril, a la cabeza de cuyo cuerpo fotográfico hoy
ya mítico se encontraba Francisco "Paco" Vera, organizador de ése, el primer
departamento de fotografía moderno del país.
Dice Roberto Cossa: "Germán era un tipo entrañable, era un tipo coherente en su
vida, un laburante: vivía de una manera modesta, laburaba y escribía... Y
apasionado. A veces nos peleábamos... No hasta el punto de quitarnos el saludo,
pero agarradas teníamos. Era sanguíneo: se ponía todo colorado, y así se reía, y
así cantaba. Un ser excepcional".
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Un
burgués asustado
Por Guillermo Saccomanno
“Cabecita negra” no es sólo uno de los cuentos excepcionales de la literatura
argentina. Su prosa directa, firme, avanza sin parar involucrando al lector en
su tensión. Este podría ser, de sus méritos, el más evidente. Y no está mal,
nada mal para un escritor de veintiséis años, estudiante de letras y periodista,
que se banca publicar ese cuento en un volumen con el mismo título y lo
distribuye con su compañera por las librerías de Corrientes.
Pero “Cabecita negra” va más allá. Porque debe leerse en la misma línea que unos
pocos textos ejemplares de nuestra historia literaria. “El matadero”, para
empezar. “Casa tomada”, también. Y contemporáneo a su escritura, “Esa mujer”.
Brecht escribió que un fascista es un pequeño burgués asustado. Y eso es el
señor Lanari, un ferretero próspero que una noche se topa con la chusma, una
piba y un cana que violarán su respetable intimidad de clase media.
Con un filo despiadado Rozenmacher eviscera tanto el reaccionarismo de una clase
que se presume carapálida, ilustrada y bien pensante y la enfrenta con la
barbarie. Su autor se llama Germán Rozenmacher. Según Alvaro Abós, escritor,
amigo y compañero de militancia en la revista Compañero, a Rozenmacher lo
golpearon las asperezas: “Por judío, incomodaba a algunos peronistas que
sospechaban al sionista. Por peronista, incomodaba a ciertos judíos. Por
defender a los palestinos, fue tachado de traidor. Por peronista defraudaba a la
izquierda y era insoportable para la derecha. Por revolucionario, para los
amantes del orden”.
Rozenmacher empezó joven. Y también murió joven. En 1971, a los treinta y cinco,
en Mar del Plata, junto a uno de sus hijos, por un escape de gas.
Página|12, febrero 2010
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Argumento
En 1961 el escrito argentino Germán Rozenmacher (19361971) escribió un conocido
cuento titulado precisamente "Cabecita negra" que refleja con gran realismo las
relaciones racistas que establecieron las clases medias de Buenos Aires con las
nuevas clases trabajadores procedentes de las provincias.
El protagonista del cuento es el Señor Lanari, un comerciante de Buenos Aires
que posee una ferretería, hijo de inmigrantes. El Señor Lanari sufre de insomnio
y decide salir a la calle a las tres de la mañana...
Y allí la vio. Nada más que una cabecita negra sentada en el umbral del hotel
que tenía el letrero luminoso "Para Damas" en la puerta, despatarrada y
borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y
perdida,...
Inmediatamente después un policía se acerca y pretende detener al Señor Lanari
por alterar el orden en la vía pública.
El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al
vigilante. Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se
embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente. Entonces se dio cuenta
que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde.
A partir de ese momento el Señor Lanari se sentirá invadido por los dos
cabecitas negras, y el cuento relatará su experiencia como si se tratara de una
pesadilla en la noche.
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A Raúl Kruschovsky
El señor Lanari no podía dormir. Eran las tres y media de la mañana y fumaba
enfurecido, muerto de frío, acodado en ese balcón del tercer piso, sobre la
calle vacía, temblando, encogido dentro del sobretodo de solapas levantadas.
Después de dar vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas y de ir y venir
por la casa frenético y rabioso como un león enjaulado, se había vestido como
para salir y hasta se había lustrado los zapatos.
Y ahí estaba ahora, con los ojos resecos, los nervios tensos, agazapado
escuchando el invisible golpeteo de algún caballo de carro verdulero cruzando la
noche, mientras algún taxi daba vueltas a la manzana con sus faros rompiendo la
neblina, esperando turno para entrar al amueblado de la calle Cangallo, y un
tranvía 63 con las ventanillas pegajosas, opacadas de frío, pasaba vacío de
tanto en tanto, arrastrándose entre las casas de uno o dos a siete pisos y se
perdía, entre los pocos letreros luminosos de los hoteles, que brillaban
mojados, apenas visibles, calle abajo.
Ese insomnio era una desgracia. Mañana estaría resfriado y andaría abombado como
un sonámbulo todo el día. Y además nunca había hecho esa idiotez de levantarse y
vestirse en plena noche de invierno nada más que para quedarse ahí, fumando en
el balcón. ¿A quién se le ocurriría hacer esas cosas? Se encogió de hombros,
angustiado. La noche se había hecho para dormir y se sentía viviendo a
contramano. Solamente él se sentía despierto en medio del enorme silencio de la
ciudad dormida. Un silencio que lo hacía moverse con cierto sigiloso cuidado,
como si pudiera despertar a alguien. Se cuidaría muy bien de no contárselo a su
socio de la ferretería porque lo cargaría un año entero por esa ocurrencia de
lustrarse los zapatos en medio de la noche. En este país donde uno aprovechaba
cualquier oportunidad para joder a los demás y pasarla bien a costillas ajenas
había que tener mucho cuidado para conservar la dignidad. Si uno se descuidaba
lo llevaban por delante, lo aplastaban como a una cucaracha. Estornudó. Si
estuviera su mujer ya le habría hecho uno de esos tés de yuyos que ella tenía y
santo remedio. Pero suspiró desconsolado. Su mujer y su hijo se habían ido a
pasar el fin de semana a la quinta de Paso del Rey llevándose a la sirvienta así
que estaba solo en la casa. Sin embargo, pensó, no le iban tan mal las cosas. No
podía quejarse de la vida. Su padre había sido un cobrador de la luz, un
inmigrante que se había muerto de hambre sin haber llegado a nada. El señor
Lanari había trabajado como un animal y ahora tenía esa casa del tercer piso
cerca del Congreso, en propiedad horizontal, y hacía pocos meses había comprado
el pequeño Renault que estaba abajo, y había gastado una fortuna en los hermosos
apliques cromados de las portezuelas. La ferretería de la Avenida de Mayo iba
muy bien y ahora tenía también la quinta de fin de semana donde pasaba las
vacaciones. No podía quejarse. Se daba todos los gustos. Pronto su hijo se
recibiría de abogado y seguramente se casaría con alguna chica distinguida.
Claro que había tenido que hacer muchos sacrificios. En tiempos como éstos,
donde los desórdenes políticos eran la rutina, había estado al borde de la
quiebra. Palabra fatal que significaba el escándalo, la ruina, la pérdida de
todo. Había tenido que aplastar muchas cabezas para sobrevivir porque si no,
hubieran hecho lo mismo con él. Así era la vida. Pero había salido adelante.
Además cuando era joven tocaba el violín y no había cosa que le gustase más en
el mundo. Pero vio por delante un porvenir dudoso y sombrío lleno de
humillaciones y miseria y tuvo miedo. Pensó que se debía a sus semejantes, a su
familia, que en la vida uno no podía hacer todo lo que quería, que tenía que
seguir el camino recto, el camino debido y que no debía fracasar. Y entonces
todo lo que había hecho en la vida había sido para que lo llamaran “señor”. Y
entonces juntó dinero y puso una ferretería. Se vivía una sola vez y no le había
ido tan mal. No señor. Ahí afuera, en la calle, podían estar matándose. Pero él
tenía esa casa, su refugio, donde era el dueño, donde se podía vivir en paz,
donde todo estaba en su lugar, donde lo respetaban. Lo único que lo desesperaba
era ese insomnio. Dieron las cuatro de la mañana. La niebla era espesa. Un
silencio pesado había caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma.
Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie, fumaba, adormeciéndose.
De pronto una mujer gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a todo lo que
daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras, gritaba en la neblina,
llamaba a alguien, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El
señor Lanari dio un respingo, y se estremeció, asustado. La mujer aullaba de
dolor en la neblina y parecía golpearlo con sus gritos como un puñetazo. El
señor Lanari quiso hacerla callar, era de noche, podía despertar a alguien,
había que hablar más bajo. Se hizo un silencio. Y de pronto gritó de nuevo,
reventando el silencio y la calma y el orden, haciendo escándalo y pidiendo
socorro con su aullido visceral de carne y sangre, anterior a las palabras, casi
un vagido de niña, desesperado y solo.
El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por enterado. Entonces
el señor Lanari bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas, hasta la esquina.
Y allí la vio. Nada más que una cebecita negra sentada en el umbral del hotel
que tenía el letrero luminoso “Para Damas” en la puerta, despatarrada y
borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y
perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes flores
chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una botella de cerveza bajo el
brazo.
—Quiero ir a casa, mamá —lloraba—. Quiero cien pesos para el tren para irme a
casa.
Era una china que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón de la
estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.
El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo que así eran
estos negros, qué se iba a hacer, la vida era dura, sonrió, sacó cien pesos y se
los puso arrollados en el gollete de la botella pensando vagamente en la
caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los
bolsillos, despreciándola despacio.
—¿Qué están haciendo ahí ustedes dos? —la voz era dura y malévola. Antes de que
se diera vuelta ya sintió una mano sobre su hombro.
—A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en la vía
pública.
El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al
vigilante.
—Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se embroman y
hacen barullo y no dejan dormir a la gente.
Entonces se dio cuenta de que el vigilante también era bastante morochito pero
ya era tarde. Quiso empezar a contar su historia.
—Viejo baboso —dijo el vigilante mirando con odio al hombrecito despectivo,
seguro y sobrador que tenía adelante—. Hacete el gil ahora.
El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo.
—Vamos. En cana.
El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó violentamente y
le gritó al policía.
—Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar muy cara.
¿Usted sabe con quién está hablado? —Había dicho eso como quien pega un tiro en
el vacío. El señor Lanari no tenía ningún comisario amigo.
—Andá, viejito verde andá, ¿te creés que no me di cuenta que la largaste dura y
ahora te querés lavar las manos? —dijo el vigilante y lo agarró por la solapa
levantando a la negra que ya había dejado de llorar y que dejaba hacer, cansada,
ausente y callada mirando simplemente todo. El señor Lanari temblaba. Estaban
todos locos. ¿Qué tenía que ver él con todo eso? Y además ¿qué pasaría si fuera
a la comisaría y aclarara todo y entonces no le creyeran y se complicaran más
las cosas? Nunca había pisado una comisaría. Toda su vida había hecho lo posible
para no pisar una comisaría. Era un hombre decente. Ese insomnio había tenido la
culpa. Y no había ninguna garantía de que la policía aclarase todo. Pasaban
cosas muy extrañas en los últimos tiempos. Ni siquiera en la policía se podía
confiar. No. A la comisaría no. Sería una vergüenza inútil.
—Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer —dijo señalándola. Sintió
que el vigilante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban ellos dos, del lado de la
ley y esa negra estúpida que se quedaba callada, para peor, era la única
culpable.
De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y que lo
miraba de costado, con desprecio, con duros ojos salvajes, inyectados y
malignos, bestiales, con grandes bigotes de morsa. Un animal. Otro cabecita
negra.
—Señor agente — le dijo en tono confidencial y bajo como para que la otra no
escuchara, parada ahí, con la botella vacía como una muñeca, acunándola entre
los brazos, cabeceando, ausente como si estuviera tan aplastada que ya nada le
importaba.
—Vengan a mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera. Va a ver que todo lo
que le digo es cierto —y sacó una tarjeta personal y los documentos y se los
mostró—. Vivo ahí al lado —gimió casi, manso y casi adulón, quejumbroso,
sabiendo que estaba en manos del otro sin tener ni siquiera un diputado para que
sacara la cara por él y lo defendiera. Era mejor amansarlo, hasta darle plata y
convencerlo para que lo dejara de embromar.
El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el señor Lanari
le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo y a la negrita por
otro y casi amistosamente se fue con ellos. Cuando llegaron al departamento el
señor Lanari prendió todas las luces y le mostró la casa a las visitas. La negra
apenas vio la cama matrimonial se tiró y se quedó profundamente dormida.
Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo o sus parientes o
cualquiera, y lo vieran ahí, con esos negros, al margen de todo, como metidos en
la misma oscura cosa viscosamente sucia; sería un escándalo, lo más horrible del
mundo, un escándalo, y nadie le creería su explicación y quedaría repudiado,
como culpable de una oscura culpa, y yo no hice nada mientras hacía eso tan
desusado, ahí a las 4 de la madrugada, porque la noche se había hecho para
dormir y estaba atrapado por esos negros, él, que era una persona decente, como
si fuera una basura cualquiera, atrapado por la locura, en su propia casa.
—Dame café — dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió que lo
estaban humillando. Toda su vida había trabajado para tener eso, para que no lo
atropellaran y así, de repente, ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala
muerte, lo trataba de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en sus
ojos un odio tan frío, tan inhumano, que ya no supo qué hacer. De pronto pensó
que lo mejor sería ir a la comisaría porque aquel hombre podría ser un asesino
disfrazado de policía que había venido a robarlo y matarlo y sacarle todas las
cosas que había conseguido en años y años de duro trabajo, todas sus posesiones,
y encima humillarlo y escupirlo. Y la mujer estaba en toda la trampa como
carnada. Se encogió de hombros. No entendía nada. Le sirvió café. Después lo
llevó a conocer la biblioteca. Sentía algo presagiante, que se cernía, que se
venía. Una amenaza espantosa que no sabía cuándo se le desplomaría encima ni
cómo detenerla. El señor Lanari, sin saber por qué, le mostró la biblioteca
abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido hacer tiempo para leerlos
pero estaban allí. El señor Lanari tenía cultura. Había terminado el colegio
nacional y tenía toda la historia de Mitre encuadernada en cuero. Aunque no
había podido estudiar violín tenía un hermoso tocadiscos y allí, posesión suya,
cuando quería, la mejor música del mundo se hacía presente.
Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con el hombre. Pero
¿de qué libros podría hablar con ese negro? Con la otra durmiendo en su cama y
ese hombre ahí frente suyo, como burlándose, sentía un oscuro malestar que le
iba creciendo, una inquietud sofocante. De golpe se sorprendió de que justo
ahora quisiera hablar de libros y con ese tipo. El policía se sacó los zapatos,
tiró por ahí la gorra, se abrió la campera y se puso a tomar despacio.
El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado alguna vez
las patas en las fuentes de plaza Congreso. Ahora sentía lo mismo. La misma
vejación, la misma rabia. Hubiera querido que estuviera ahí su hijo. No tanto
para defenderse de aquellos negros que ahora se le habían despatarrado en su
propia casa, sino para enfrentar todo eso que no tenía ni pies ni cabeza y
sentirse junto a un ser humano, una persona civilizada. Era como si de pronto
esos salvajes hubieran invadido su casa. Sintió que deliraba y divagaba y sudaba
y que la cabeza le estaba por estallar. Todo estaba al revés. Esa china que
podía ser su sirvienta en su cama y ese hombre del que ni siquiera sabía a
ciencia cierta si era un policía, ahí, tomando su coñac. La casa estaba tomada.
—Qué le hiciste — dijo al fin el negro.
—Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así que haga
el favor de ... —el policía o lo que fuera lo agarró de las solapas y le dio un
puñetazo en la nariz. Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre
por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaba haciendo eso? ¿Qué
cuentas le pedían? Dos desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían
cuentas por algo que no entendía y todo era un manicomio.
—Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa, ella se vino a trabajar como
muchacha, una chica, una chiquilina, y entonces todos creen que pueden
llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy apareciste,
porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas. Quién iba a
decirlo, todo un señor...
El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir a la
chica desesperadamente. La chica abrió los ojos, se encogió de hombros, se dio
vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó a golpearlo, a patearlo en la boca del
estómago, mientras el señor Lanari decía no, con la cabeza y dejaba hacer,
anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al
hermano:
—Este no es, José. — Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada, pero
definitiva. Vagamente el señor Lanari vio la cara atontada, despavorida,
humillada del otro y vio que se detenía bruscamente y vio que la mujer se
levantaba, con pesadez, y por fin, sintió que algo tontamente le decía adentro
“Por fin se me va este maldito insomnio” y se quedó bien dormido. Cuando
despertó, el sol estaba tan alto y le dio en los ojos, encegueciéndolo. Todo en
la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le dolía terriblemente la boca del
estómago. Sintió un vértigo, sintió que estaba a punto de volverse loco y cerró
los ojos para no girar en un torbellino. De pronto se precipitó a revisar los
cajones, todos los bolsillos, bajó al garaje a ver si el auto estaba todavía, y
jadeaba, desesperado a ver si no le faltaba nada. ¿Qué hacer?, a quién recurrir?
Podría ir a la comisaría, denunciar todo, pero ¿denunciar qué? ¿Todo había
pasado de veras? “Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada”, trataba de
decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y todo estaba patas para
arriba y la puerta de calle abierta. Tragaba saliva. Algo había sido violado.
“La chusma, dijo para tranquilizarse, ”hay que aplastarlo, aplastarlo”, dijo
para tranquilizarse. “La fuerza pública”, dijo, “tenemos toda la fuerza pública
y el ejército”, dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el
señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada.
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Versión en historieta de Cabecita negra de
Ricardo Piglia La Argentina en pedazos (descargar)
Dibujos de Solano López. Adaptación de Eugenio Mandrini |
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la historieta
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