
¿Quién mató a Rosendo?
NOTAS EN ESTA SECCION
Hace cuarenta años, por Enrique Arrosagaray
|
Noticia
preliminar | Primera parte |
Segunda parte | Tercera parte
Conclusión | Epílogo del editor
|

Domingo Blajaquis (de anteojos) murió
en el Hospital Fiorito
|
Hace cuarenta años, en La Real de Avellaneda, no sólo moría García
Se cumplen cuarenta años del tiroteo en la confitería La Real en el que
resultaron muertos el dirigente de la UOM Rosendo García y dos militantes de
la resistencia peronista. El hecho fue narrado por Rodolfo Walsh en ¿Quién
mató a Rosendo? Aquí, la historia de Domingo Blajaquis, uno de los
asesinados menos conocidos y, a decir de Walsh, "un auténtico héroe de su
clase".
Por Enrique Arrosagaray [14/05/06]
"... El Viejo estaba mordiendo una porción de pizza cuando la bala se le
metió en el pecho, por el costado", asegura Francisco Alonso tocándose
debajo de su axila derecha. Alonso estaba sentado en la otra punta de la
misma mesa, a un metro, cuando se apagaba el 13 de mayo de 1966. "Ese tiro
–agrega Alonso–, como todos los otros, vino de la mesa en donde estaba el
Lobo Vandor con su troupe. Quedó sentado el Viejo, sangrando, muriendo."
Cuatro horas antes, el "Viejo" Domingo Blajaquis había salido de una
sociedad de fomento de Gerli con dos o tres amigos y marcharon al centro de
Avellaneda, a una reunión de solidaridad con un gremio del Norte que estaba
en lucha. Luego llegaron a la esquina de la plaza en donde se encontraron
con Raimundo Villaflor, obrero de la Conen, una fábrica de jabones, quien a
las diez de la noche había terminado su turno iniciado a las dos de la
tarde. Cruzaron la avenida y entraron a la confitería La Real, que era
también pizzería, café y lo que venga.
Francisco Granato –31 años, alto, pelo oscuro– invitó con la pizza porque
había cobrado unos pesos extra. Era obrero en la planta del Docke de la
Shell. Pero exigió esquivarle al vino tinto porque no andaba bien del
estómago, pidieron blanco. En la mesa estaban Domingo Blajaquis, los
hermanos Villaflor, Horacito –creemos que es Miguel Gomar–, Juan Zalazar y
los mencionados Granato y Alonso.
A seis o siete metros –en el mismo salón–, varios sindicalistas y políticos
tomaban whisky y charlaban. Augusto Vandor, Rosendo García, Petracca,
Valdez, Saffi, el Beto Imbelloni, Gerardi, Armando Cabo, etcétera.
La trifulca comenzó a los minutos por miradas desafiantes y porque a
Horacito lo apretaron en el baño unos hombres de Vandor. Los primeros
puñetazos fueron entre Raimundo Villaflor y Rosendo García, y entre Rolando
Villaflor y el Beto Imbelloni. Sonaron varios disparos desde la mesa de
Vandor seguramente porque los invadió ese cóctel tan peligroso compuesto por
el alcohol, el miedo y el odio. Un disparo partió la espalda de Rosendo
García. Otros dos se metieron en los cuerpos de Blajaquis y de Juan Zalazar
–38 años, cinco hijos, vivía en Wilde, casado con Juana Fernández–. Otros
balazos marcaron mesas, mármoles y columna. Una más terminó en un glúteo de
Saffi.
Los diarios hablaron de los hechos porque hubo tres muertos y uno de ellos
de prestigio. Rosendo García era secretario nacional adjunto de la poderosa
UOM y se perfilaba en esos días hacia la candidatura a gobernador de la
provincia de Buenos Aires por el justicialismo.
De Blajaquis casi no habló nadie más que Rodolfo Walsh, con emoción
profunda, pero en el marco represivo de la dictadura de Juan Carlos Onganía.
Domingo Blajaquis era el jefe del "grupo Avellaneda" de Acción
Revolucionaria Peronista (ARP), un núcleo que tuvo pocos años de vida,
orientado hasta la médula por John William Cooke. Su perfil político era de
raíces peronistas pero con gran adhesión a la Revolución Cubana. Todos los
integrantes de aquella mesa en La Real reconocían el liderazgo de Blajaquis.
Hijo de Crispina Díaz y de Juan, Blajaquis nació el 19 de julio de 1919,
como coletazo de la Patagonia Trágica.
Era un tipo alto y corpulento, con una frente que le penetraba el cuero
cabelludo, cara redonda, bigotes, lentes intocables y, cuentan, una
constante predisposición a charlar, a explicar, a contar. Le decían "El
Químico" porque estudió esa ciencia, porque como obrero curtidor sabía de
ácidos, y por fabricante de "caños". También le decían "El Griego" por su
apellido heleno, y además le decían "El Viejo" porque en ese otoño que olía
a golpe de Estado tenía 46 años, contra una o dos décadas menos que sus
compañeros de mesa. "Yo no le conocí mujeres al Griego, pero era jodón,
divertido", dice Alonso, intentando no hacer un bronce de su amigo. "Y al
mismo tiempo era estudioso, ¡nos hacía estudiar!. Y si no entendíamos,
teníamos que preguntarle y nos explicaba mil veces hasta entender. El Negro
Raimundo era igual."
Nos contaba hace tiempo Luis Avellino, dueño de un pequeño taller
metalúrgico en Gerli, que fue él quien vinculó a Blajaquis con el peronismo.
Porque El Griego era del PC hasta fines del 55, cuando opinó que ante los
bombardeos a la Plaza de Mayo había que formar milicias; lo expulsaron o se
fue. Un cimbronazo para su formación marxista. A partir de allí fue como una
bisagra: precisó de dos superficies para sentirse útil. Una superficie, los
trabajadores peronistas; la otra, la teoría marxista. Fue parte de la
resistencia peronista contra "la Libertadora" y contra las ambigüedades
democráticas posteriores.
Una de sus crisis la padeció en su propio trabajo: los obreros estaban en
conflicto y tiraron algún producto químico en los engranajes de una máquina;
Blajaquis reaccionó contra ellos y lo trataron de alcahuete del patrón. En
su intimidad sabía que lo defendía porque colaboraba financieramente con su
partido.
Un rato después de los disparos en La Real, Blajaquis murió en el Hospital
Fiorito, producto de una "herida de bala en tórax", tal como firmó el doctor
José Rodríguez Giménez. Eran las 0.40 del 14 de mayo. Los tres asesinatos
están impunes.
Página/12, 14/05/06


¿QUIÉN
MATÓ A ROSENDO?
Primera edición: Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1969.
Sexta edición: agosto de 1994
© Para esta edición Ediciones de la Flor S.R.L., 1984
ISBN N° 950-515-353-8
A la memoria de
Domingo Blajaquis
y Juan Salazar
Noticia
preliminar
Este libro fue inicialmente una serie de notas publicadas en el semanario CGT a
mediados de 1968. Desempeñó cierto papel, que no exagero, en la batalla
entablada por la CGT rebelde contra el vandorismo. Su tema superficial es la
muerte del simpático matón y capitalista de juego que se llamó Rosendo García,
su tema profundo es el drama del sindicalismo peronista a partir de 1955, sus
destinatarios naturales son los trabajadores de mi país.
La publicitada carrera de los dirigentes gremiales cuyo arquetipo es Vandor
tiene su contrafigura en la lucha desgarradora que durante más de una década han
librado en la sombra centenares de militantes obreros. A ellos, a su memoria, a
su promesa, debe este libro más de la mitad de su existencia.
En el llamado tiroteo de La Real de Avellaneda, en mayo de 1966, resultó
asesinado alguien mucho más valioso que Rosendo. Ese hombre, el Griego
Blajaquis, era un auténtico héroe de su clase. A mansalva fue baleado otro
hombre, Zalazar, cuya humildad y cuya desesperanza eran tan insondables que
resulta como un espejo de la desgracia obrera. Para los diarios, para la
policía, para los jueces, esta gente no tiene historia, tiene prontuario; no los
conocen los escritores ni los poetas; la justicia y el honor que se les debe no
cabe en estas líneas; algún día sin embargo resplandecerá la hermosura de sus
hechos, y la de tantos otros, ignorados, perseguidos y rebeldes hasta el fin.
La publicación de mis notas en CGT mereció algunas objeciones, en particular de
ciertos intelectuales vinculados al peronismo. Existía según ellos el peligro de
que la denuncia-contra un sector sindical fuese instrumentada por la propaganda
del régimen contra todo el movimiento obrero. Se mencionaban precedentes: cinco
días después del episodio de Avellaneda, La Prensa había publicado un editorial
titulado "Entre Ellos", que exhalaba ese odio inconfundible, a veces cómico, que
profesa contra la clase trabajadora en general. Toda una cadena de editoriales
posteriores, entre los que pueden señalarse los del 17 de mayo de 1967 y 20 de
marzo de 1968, reflejaron la inquietud del diario ante el estancamiento del
proceso judicial y su aparente deseo de que, se llegara a esclarecer la verdad y
sancionar a los culpables. Me encontraba pues en peligro de coincidir con La
Prensa, cosa grave.
Supongo que los hechos ulteriores habrán disipado ese temor. Bastó que esta
investigación efectivamente aclarara lo sucedido para que la avidez de justicia
de La Prensa se aplacara y el editorialista se dedicase a la lucha contra la
garrapata y la vinchuca, o a graves reflexiones sobre "Doce hombres para colocar
un foco", cuando alcanzan trescientos tontos para escribir un diario.
El silencio que rodeó esta campaña prueba que el interés real de ese periodismo
era mantener el misterio que borraba las diferencias "entre ellos". Cuando
resultó que "entre ellos" no estaban solamente algunos "dirigentes gremiales
adictos a la tiranía depuesta", sino la policía, los jueces, el régimen entero,
el desagradable asunto volvió al archivo.
Quedaba todavía una punta de objeción, que se expresaba así: Vandor, con sus
errores y sus culpas, era de todas maneras un dirigente obrero; el tiroteo de La
Real, un episodio desgraciado.
Si alguien quiere leer este libro como una simple novela policial, es cosa suya.
Yo no creo que un episodio tan complejo como la masacre de Avellaneda ocurra por
casualidad. ¿Pudo no suceder? Pero al suceder actuaron todos o casi todos los
factores que configuran el vandorismo: la organización gangsteril; el macartismo
("Son trotskistas"); el oportunismo literal que permite eliminar del propio
bando al caudillo en ascenso; la negociación de la impunidad en cada uno de los
niveles del régimen; el silencio del grupo sólo quebrado por conflictos de
intereses; el aprovechamiento del episodio para aplastar a la fracción sindical
adversa; y sobre todo la identidad del grupo atacado, compuesto por auténticos
militantes de base.
El asesinato de Blajaquis y Zalazar adquiere entonces una singular coherencia
con los despidos de activistas de las fábricas concertados entre la Unión Obrera
Metalúrgica y las cámaras empresarias; con la quiniela organizada y los negocios
de venta de chatarra que los patrones facilitan a los dirigentes dóciles; con el
cierre de empresas pactado mediante la compra de comisiones internas; con las
elecciones fraguadas o suspendidas en complicidad con la secretaría de trabajo.
El vandorismo aparece así en su luz verdadera de instrumento de la oligarquía en
la clase obrera, a la que sólo por candor o mala fe puede afirmarse que
representa de algún modo.
Restaba un último argumento: Vandor estaba muerto, no podía ganar siquiera una
elección en fábrica, ocuparse de él era agrandarlo. Este reproche ingenuo omitía
el punto esencial, a saber, que el poderío de Vandor no dependía ya de las bases
obreras, sino del apoyo del gobierno y las cambiantes tácticas de Perón. Sin
movilizar a su gremio, sin un solo acto de oposición real, Vandor había
recuperado a fines de 1968 toda su influencia, embarcaba a más de cuarenta
sindicatos en una campaña de "unidad" y ha vuelto a ser en 1969 el principal
obstáculo para una política obrera independiente y combativa.
En la reconstrucción de los hechos que narro en este libro conté con la ayuda de
los sobrevivientes Francisco Alonso, Nicolás Granato, Raimundo y Rolando
Villaflor, y de su abogado defensor Norberto Liffschitz. La invesntigación en sí
fue breve y simultánea a las notas. Cuando apareció la primera el 16 de mayo de
1968, ignorábamos aún los nombres de los ocho protagonistas "fantasmas" que la
policía y los jueces no habían conseguido identificar en dos años (ahora han
pasado tres). Nueve días más tarde los tuve en una conversación que grabé con
Norberto Imbelloni, integrante del grupo vandorista. Número a número los invité
desde el semanario a presentarse y decir la verdad, designándolos por iniciales.
Mi intención no era llevarlos ante una justicia en la que no creo, sino darles
la oportunidad, puesto que se titulanban sindicalistas, de presentar su descargo
en el periódico de los trabajadores. Ninguno atendió esa advertencia. Si con
alguno he cometido error -cosa que no creo-, no ha sido por mi culpa. No hay una
línea en esta investigación que no esté fundada en testimonios directos o en
constancias del expediente judicial.
No quise molestarme en cambio en presentar al juez doctor Llobet Fortuny la
cinta grabada y el plano con anotaciones de puño y letra de Imbelloni, que
constituían una prueba material. Por una parte, no era mi función. Por otra,
tenía ya en mis manos una fotocopia del expediente que es en cada una de sus
quinientas fojas una demostración abrumadora de la complicidad de todo el
Sistema con el triple asesinato de La Real de Avellaneda. Al relato de los
hechos aparecido en el semanario CGT, he agregado un capítulo que resume la
evidencia disponible; otro sobre sindicalismo y vandorismo, que aporta un
encuadre necesario aunque todavía imperfecto.
Las cosas sucedieron así:

Primera Parte
LAS PERSONAS Y LOS HECHOS
1. RAIMUNDO
Había que arreglar esa empaquetadora para que la fábrica Conen pudiera seguir
empaquetando sus jabones, las farmacias los vendieran, el grupo Tornquist
siguiera cobrando sus dividendos y Raimundo Villaflor comiera el puchero que
comió ese mediodía del 13 de mayo de 1966.
Conocía ese férreo círculo de las cosas: lo había elegido. O tal vez lo eligió
su padre, Aníbal Clemente Villaflor, que el 17 de octubre de 1945 contribuyó a
poner en Plaza de Mayo los gremios más poderosos de Avellaneda. Y dos años
después fue comisionado.
Es probable que para Raimundo Villaflor la primera opción se haya presentado en
el colegio industrial. Dejó en quinto año, cuando le faltaban dos para recibirse
de técnico. Tal vez no quería ser técnico, como el padre, a su tiempo, no quiso
ser intendente. Pero no, dice, fue de haragán. Porque en esa época nos daban
todo gratis: libros, uniforme, dinero para el viaje.
A los catorce años entró de aprendiz en Corrado, a los dieciséis pasó a Baseler
Limitada. Allí se fabricaban vagones y puentes-grúa. Era oficial ajustador
cuando cayó Perón y los interventores militares nombraron de oficio los cuerpos
de delegados. En Baseler el delegado general fue Raimundo Villaflor: tenía
veintiún años.
Como era tan pibe y tenía antigüedad, pensaron que no me iba a meter en nada.
Entonces les "organicé" el taller y les hice una huelga.
En la casa de la calle Pasteur al 600, este viernes 13, Raimundo Villaflor
terminó de almorzar. Tenía once años más, su mujer Alicia lavaba los platos, su
hija Chela estaba en el colegio.
Echó un vistazo al diario. Parece que ese día no hubiera cambiado el de hoy: 300
ataques aéreos a Vietnam, aumentos en las tarifas telefónicas, huelgas en
Tucumán, la construcción del Chocón. El presidente (Illia) viajaba a Chubut: el
futuro presidente (Onganía) iba a cazar a Entre Ríos. El dólar bordeó los 190
pesos, la temperatura media los 15 grados.
-¿Sabe usted cuántos generales hay en el ejército argentino? -preguntaba en
Washington el senador Fulbright, presidente de la comisión de relaciones
exteriores del senado.
-No, señor -respondía el secretario de Defensa, Robert MacNamara.
-Se me informa que hay más generales en el ejército argentino que en el
norteamericano. ¿Es posible?
-Supongo que sí, pero está fuera de la cuestión, señor presidente.
Habiendo tantos generales, Raimundo Villaflor no conocía ninguno, pero el
secretario del general Gallo le habló una vez por teléfono
Me dijo que levantara el paro, y si no, toda la comisión y yo a la cabeza,
estábamos todos presos. Le dije que si quería levantar el paro, que viniera él.
Me dijo que nos presentáramos inmediatamente al sindicato. Entonces fue la
comisión patronal, y fuimos nosotros por separado, no quisimos ir en el mismo
camión. Allá nos presentaron, y en seguida nos quisieron apurar.
Un capitán gritaba que daba miedo. Villaflor agrandado gritó más que él:
Que si él estaba acostumbrado a mandar en los cuarteles, con nosotros no iba a
mandar, y que a nosotros no nos iba a manosear ningún general, ni coronel ni lo
que fuera, porque nosotros éramos trabajadores y nos tenía que respetar. Que si
los patrones querían levantar el paro, que pagaran las quincenas atrasadas,
porque ésa era la causa del paro. Y que además él podía gritar y darse el lujo
de decir las cosas que estaba diciendo porque él no sabía lo que era el trabajo.
Se quedó sin palabras, y se la ganamos, ¿no? Se la ganamos.
Pero después vino la del 56, la gran huelga metalúrgica
La gente estaba encojonada, quería guerrear. Se reunieron los personales, y
todos los personales decidieron ir a la huelga. Pero después en los congresos
había delegados de las fábricas grandes que querían aflojar.
Uno de esos delegados de fábricas grandes al congreso de la Unión Obrera
Metalúrgica, seccional Avellaneda, era un orador fogoso de actitudes tibias o
prudentes. Hacía sus primeras armas sindicales, representaba a Siam, se llamaba
Rosendo García. Villaflor casi no se acuerda de él.
En mitad del congreso se presentaron dos camiones de la policía y el ejército,
con un comandante al frente que nos venía a prepear. Bueno, como siempre, el
tipo se creía que estaba en el cuartel, y amenazó con corrernos a tiros y
encanarnos y pelarnos, hasta que no faltó uno que le dijo: ¿Por qué no se va a
la puta que lo parió?, y ahí entraron todos: Andate, carnicero, hijo de una tal
por cual, y se tuvo que ir. Tenía que irse o matarnos a todos. Pero la impresión
les quedó a algunos, y empezaron a exponer posiciones que no eran las que habían
decidido los personales, y a buscar pretextos sobre huelgas de brazos caídos,
que había leyes que nos protegían, y patatín patatán. Se habían cagado. Entonces
saltamos muchos de los talleres chicos y les dijimos que ahí no era cuestión de
exponer el miedo que les había entrado, sino lo que habían decidido los
personales. Se votó por la huelga general. Y peleamos, nos mantuvimos cuarenta y
cinco días. Sí, dicen que Vandor. Pero aquí en Avellaneda Vandor era
desconocido. Al propio Rosendo casi no lo conocía nadie. Aquí los que hicieron
la huelga general fueron Curra, Bellón, Álvarez, el finado Fernández, Rincón,
Isotti, Casi toda esa gente ha desaparecido.
Cuando se formó el comité de huelga de treinta miembros, Raimundo era el más
joven. Le tocó el enlace con la fábrica más difícil, la Ferrum, que estaba al
lado de Gendarmería, además de Tamet, Sánchez y Gurmendi, Gálvez. La policía los
buscó, pero nadie sospechaba de ese muchacho que andaba por ahí, con la campera
en la mano, comiendo una manzana. El que se dio cuenta fue el oficial Plomer, de
la segunda de Lanús. Le allanó la casa, pero ya estaba en Dock Sur. Y cuando lo
buscó en Dock Sur, estaba en Berazategui. Al fin cayeron todos, menos él.
Me acuerdo que fue en la calle Catamarca, de Lanús Este, éramos veintinueve
miembros del plenario cuando llegó la brigada con camiones, toda la patota.
Varios se tiraron de la azotea, pero cayeron en un gallinera, y uno se quebró
una pierna. El que cayó bien fui yo. Entonces empezaron a tirar, con carabina
incluso. Salté tres alambrados antes de salir a la calle. Cuando iba a saltar el
último, venía conmigo un compañero que fumaba mucho, y ya no corría, trotaba, y
justo en el momento en que yo iba a saltar, pegan dos tiros contra una pared, y
él se quedó parado. Pero yo salté, corrí un tranvía y lo agarré, aunque iba con
los nueve puntos. Me saqué la campera y volví, los estaban subiendo al camión
policial. La gente se amontonaba, y la policía dijo que eran ladrones, qué
grande: una banda de veintinueve ladrones. Entonces ellos gritaban: "¡No somos
ladrones, somos obreros!", pero igual los llevaron.
El comité de huelga de Avellaneda había quedado reducido a este muchacho de
estatura mediana y ojos oscuros. Pisándole los talones iba casi siempre un chico
nervioso, de humor descomunal: su hermano Rolando, tres años menor, que después
recordará esa época con nostalgia y admiración
-Qué lija que corrimos, Dios me libre. Pescábamos ranas de los arroyos, comíamos
puerro, ¿te acordás, Pelusa?
Raimundo se acuerda. En Quilmes lo corrió la policía, se tuvo que tirar de un
tren. Cambiaba de casa y seguía activando. Cuando el plenario nacional levantó
la huelga, volvió a su fábrica, se sentó en el cordón de la vereda. El personal
lo rodeó antes de entrar. Les explicó que ahora había que pelear por los presos.
La gente, con tantos días de huelga, no estaba quebrada. Y había una
mishiadura... pero la gente no estaba quebrada. Ahora resulta que adentro de la
fábrica me estaba esperando el principal Plomer. Estuvo allí toda la noche, era
mi sombra negra, igual que el policía ése que persigue a Jean Valjean en "Los
Miserables", ¿cómo se llamaba? De un auto bajaron otros dos con ametralladoras,
y el preso fui yo. Catorce días incomunicado en Lanús, eran esos días de
cuarenta grados de calor, perdí siete kilos en el calabocito ése. Diez días en
Olmos. Cuando el oficial me dio la libertad, me dijo: "Espero no verlo más por
acá". Y yo le dije: "En cada huelga que haya, nos va a encontrar siempre".
¿Habría valido la pena? Raimundo Villaflor se despidió de su mujer, recogió el
bolsón con el paquete de sándwiches: a las dos entraba en la Conen y hacía ocho
horas corridas. Caminó hasta la avenida Mitre donde tomó el 8 -La Colorada- que
lo dejaría en Piñeyro, enfrente de la lanera.
En la sección manutención de tocador de la Conen, que ya en 1883 era una fábrica
de velas, y hoy empleaba 500 obreros en tres turnos, con cuatro mecánicos por
turno, Raimundo estuvo arreglando la empaquetadora hasta que el papel dejó de
trabarse. Después anduvo con las prensas de los jabones, los molinos, alguna
pieza suelta. Era el primer trabajo estable que conseguía en diez años, después
de la huelga.
De Olmos había salido marcado y sin empleo. Recorrió innumerables talleres.
Duraba dos días: el tiempo que tardaban en llegar los informes patronales y
policiales.
Me la pasé yirando, changueando, años enteros. Eso es terrible para un hombre
con oficio, que sabe desempeñarse en cualquier máquina, el torno, la limadora,
el cepillo, la fresa. Después que se perdió la huelga, los patrones echaban
cualquier cantidad de gente, se daban el lujo de seleccionar, exigían el
certificado. Yo era nuevo en esa época, no sabía el asunto del certificado falso
y todas esas cosas. Era un continuo girar de montones de gente. No nos daban
trabajo, nos perseguían, jamás podíamos hacer pie. Y algunos nos poníamos en
evidencia como luchadores apenas entrábamos, eran esos berretines, esa falta de
experiencia que tienen los hombres, que estaban calientes y seguían calientes
nomás, no se enfriaba nunca la cosa.
Con el paso del tiempo empezó a durar dos y tres meses en cada trabajo: los
informes demoraban más. Adonde nunca pudo volver, fue al sindicato.
Parece increíble, pero ahí nos persiguieron más que los patrones. Ninguno de los
que dirigimos aquella huelga en Avellaneda pudimos volver al sindicato. Se
convirtió en una maffia. Hasta los quinieleros independientes desaparecieron:
había que bancar para ellos. Los dirigentes hacían negocios de chatarra con los
patrones, con el argumento del comunismo expulsaban del sindicato y las empresas
a los obreros combativos, amasaban fortunas, se rodeaban de matones a sueldo.
Entonces sí, oímos hablar de Vandor.
Cerrada la vía gremial, Raimundo siguió en la militancia política. En 1958
conoció a un hombre corpulento, risueño, miope, que usaba un enorme sombrero.
Objeto de incansable cariño, necesitaba ser llamado por muchos nombres: "El
Viejo", "Mingo", "El Griego", "El Químico". Su nombre verdadero era Domingo
Blajaquis y fue uno de los muertos olvidados de esa noche. Es incalculable la
influencia que ejerció en Raimundo y sus amigos.
Porque él nos sacó todos esos berretines que teníamos, de ser peronistas por el
hecho de serlo, y no comprender que el peronismo es un movimiento parecido al de
otros pueblos que luchan por su liberación. El no, él siempre fue un
revolucionario, siempre tuvo una concepción del destino de la clase trabajadora.
Y él nos explicó las causas por las que estábamos derrotados, el papel del
imperialismo, el papel de la oligarquía, y el papel de la burocracia en el
peronismo: esos recitadores de los días de fiesta.
Aprendimos lo que significaban los movimientos de liberación en el resto del
mundo, y por qué nosotros teníamos que desembocar en un movimiento de
liberación. Una vez que se abraza la concepción revolucionaria, ya no se la
abandona más.
Vivieron el proceso, duramente, los pactos, las elecciones, las crisis, las
defecciones imperdonables:
Las traiciones dobles, porque nosotros no concebimos que hombres que llegaron a
posiciones dirigentes como luchadores y con banderas políticas, como Vandor,
después se burocraticen y cambien esas banderas por el sindicalismo y el
acomodo. Ahí empezaba la postración del movimiento, la traición declarada, la
podredumbre de la burocracia, la quiebra total de la solidaridad. En Misiones no
se levantaba la cosecha de yerba, en Tucumán estaban pasando hambre, empezaban
las ollas populares, y no había el menor síntoma de sensibilidad hacia eso. Al
contrario, si los tucumanos adoptaban una forma de lucha más radical, éstos
decían que eran frentistas, que eran comunistas. Ahora la iban de Mahatma
Gandhi. De los movimientos de liberación, ni hablar. Se ignoraba todo y se
practicaba un chauvinismo asqueroso, se marcaba a los hombres que señalaban que
el peronismo era una parte de los movimientos de liberación nacional, que no era
un movimiento aislado, que estaba unido a los movimientos de liberación en todo
el mundo.
Nosotros estábamos en las 62 de Pie, pero también sabíamos que en las 62 había
los que estaban de pie porque tenían la tachuela en la silla. Para nosotros no
se trataba de cambiar los hombres sino las actitudes, se trataba de tomar una
auténtica posición de clase.
Estas eran las ideas que defendían en mayo de 1966 Raimundo y sus amigos. Son
las ideas que defienden hoy. Pero en esos días el país era sacudido por una gran
batalla. El régimen de Illia agonizaba. Uno de los motores del golpe en marcha
era el proyecto de reformas a la ley de despido, que el Parlamento había votado
y los trabajadores apoyaban en masa. La tremenda ofensiva contra el primer
avance en la legislación laboral producido después de 1955 saltaba desde los
titulares de los diarios. En nombre de la Unión Industrial, el doctor Oneto
Gaona calificaba a la ley como "la más regresiva que ha existido en el país". La
Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa demostraba en los hechos que,
cristianos o no, los dirigentes de empresa tienden a inclinarse por la variante
reaccionaria de cualquier pleito. El Frente Anticomunista Latinoamericano
reclamaba el veto presidencial, "en defensa de la libertad y de la seguridad
nacional amenazadas por los imperialistas de Moscú y Pekín". La CGE, de lejana
extracción peronista, coincidía con el Partido de la Revolución Libertadora, con
la Sociedad Rural, con la Bolsa, con la Cámara de Comercio, con los centros, las
federaciones, las asociaciones, en que era lícito seguir despidiendo a la gente
a la vieja usanza, en la forma en que Raimundo y sus amigos y decenas de miles
de trabajadores venían siendo despedidos desde 1955.
A las diez de la noche Raimundo Villaflor se limpió las manos engrasadas, cambió
el mono por un traje a rayas, salió a encontrarse con Rolando, con Blajaquis,
con cuatro miembros más de su grupo de militantes que, precisamente, estaban
organizando un acto de apoyo a los cañeros tucumanos y las reformas a la ley
17.229.
Se topó con ellos en la esquina del Automóvil Club. Caminaron por Mitre que,
según explicó dos horas después el parte policial, es "una arteria altamente
comercial, en lo más céntrico de la población, por donde circulan varias líneas
de colectivos de transporte de pasajeros, que enlazan este partido con la
Capital Federal y poblaciones aledañas, tanto de ida como de vuelta, a lo que
hay que sumar la de vehículos particulares":
Entre los que se contaron esa noche los del dirigente Vandor, el dirigente
Izetta, el dirigente Castillo, el dirigente Safi y una veintena más de
dirigentes motorizados, relucientes y bien vestidos, que comieron pollo en el
Roma o tomaron whisky en La Real.
Sin contar al finadito Rosendo.
2. AVELLANEDA
Los últimos saladeros cerraron cuando la fiebre amarilla, pero aún perdura en
las orillas del Riachuelo ese "olor peculiar" que un viajero inglés señaló hace
un siglo. Los buques de la Star anidan en los muelles del Anglo, embarcando el
chilled que hizo la riqueza de pocos y la miseria de tantos. Día y noche sube el
ganado por las rampas de La Negra para caer bajo el martillo, o bajo la espada
del rabino. Petroleros de doscientos metros de eslora entran cautelosamente en
el Dock Sur, que ilumina de noche el fulgor anaranjado de la Shell. Millares de
hombres transpiran en invierno junto a los trenes de laminación, los crisoles,
los tornos. Mas que las calles largas y monótonas, más que las plazas
desfoliadas por el humo y los residuos, las fábricas son aquí los puntos de
referencia: la papelera, la cristalería, la Ferrum, la textil.
La historia puede remontarse a las barracas que hace dos siglos fueron de negros
esclavos, al disciplinado asalto de Buenos Aires que en 1820 realizaron los
gauchos del sur al mando de Rosas, a la revolución del 80 que ensangrentó
Barracas y Puente Alsina, donde un ejército de línea peleó con milicias de
empleados de comercio. Treinta y tantos años imperó aquí don Alberto Barceló,
con el favor electoral de los muertos y la empeñosa prepotencia de los vivos.
Persiste en la memoria de los viejos el desafío de su mejor caudillo, el balazo
que lo acechaba en una calle oscura, su muerte en el hospital que donaron los
hermanos Fiorito:
Cuando el sepelio salió
con millares de mortales
por las calles principales
de Avellaneda siguió.
Si la historia ha de empezar esta noche a repetirse, es ya con otro signo:
Los hombres de Avellaneda sonríen cuando oyen hablar de Cipriano Reyes y el 17
de Octubre. Porque aquí -dicen- el 17 empezó el 16, con el paro de los
lavaderos, fábricas de armas, textiles, el vidrio, la Colorada, y ya esa misma
tarde la gente llegó hasta Pompeya, donde la corrió la montada.
Por la noche hubo reunión en el Comité de Unidad Sindical, que aglomeraba a
todos los gremios de la ciudad, los que estaban en la CGT y los que no estaban
obreros de la carne, el cuero, la lana, metalúrgicos, madereros, construcción,
jaboneros, aceiteros. Sin orden de la CGT, que estaba entregada a secretas
cavilaciones desde que a Perón lo pusieron preso una semana antes, se declaró la
huelga general y se redactó el primer volante exigiendo su libertad. Presidía el
comité Raúl Pedrera, y en lugar del tesorero ausente firmó el acta el vocal
Aníbal Villaflor.
A las seis de la mañana del día siguiente (recuerda don Aníbal) salió una
comisión de once hombres rumbo a la Plaza de Mayo. Avellaneda estaba parada,
pero en la Capital caminaban los tranvías. Cuando llegaron a la estación
Barracas increparon a los guardas y a pesar de los ofrecimientos siguieron a pie
porque la huelga había que cumplirla. Rato después un taxista voluntario los
llevó a los once: sobre la plaza estallaban ya las granadas de gases y la
policía repartía sable. Cuando en la Casa Rosada pidieron hablar con el
Presidente, les quitaron los documentos y los recluyeron en una pieza. Una hora
después, inexplicablemente, los llevaron a presencia de Farrell, del almirante
Vernengo Lima, del general Ávalos
Farrell nos dio la mano, qué deseaban ustedes. Le dijimos lo que deseamos es
esto. Y él nos dice, pero cómo es eso que han declarado la huelga, ustedes saben
lo que es eso. Y nosotros le contestamos: el único que nos dio algo aquí, es
Perón. Bueno, dice, pero ¿qué quieren ustedes? Nosotros queremos hablar con
Perón. ¿Y la huelga quién la para? La huelga no la para nadie, la huelga ya
está.
Los mandaron en auto al Hospital Militar. Más de diez mil personas se apiñaban
contra las verjas mientras en el parque los soldados emplazaban ametralladoras.
Fuimos a una salita, y ahí estaba Perón, recostado en una cama. Lo primero que
dijo fue: Me han cagado, muchachos. Y nosotros le preguntamos: ¿Qué podemos
hacer? Y él dice, ¿qué han hecho? Nosotros hemos declarado la huelga general.
Cómo, cómo, dice, ajá, bueno, ¿y por qué lo han hecho? Por usted lo hemos hecho,
porque usted es el hombre que nos dio libertad y nos hizo respetar.
Cuando volvieron a la Plaza de Mayo, ya no se podía caminar. Avellaneda, Lanús,
Quilmes, Lomas de Zamora, todo el Sur se volcaba en las calles, una muchedumbre
harapienta que no se iba a mover de ahí hasta que Perón apareció en los
balcones.
En 1947 don Aníbal Villaflor ocupó el sillón de Barceló. Todos sus funcionarios
eran delegados obreros, como él mismo, que ya a los diecinueve años militaba en
panaderos, admiraba a los anarquistas y no le temblaba la mano en las
represalias violentas con que un proletariado miserable se hacía sentir por
primera vez. Más tarde militó en portuarios, fundó el sindicato de barraqueros,
contribuyó a crear el comité de unidad. ¡Quién les habría dicho que iban a
llegar a gobierno! Pero, "Acordate cuando andabas con los fierros al hombro,
acordate cuando caminabas descalzo entre la bosta", eran las frases con que
prevenía cualquier cosa rara en lo que había sido el municipio más corrompido
del país. Porque él había visto sufrir a la gente, los inmigrantes durmiendo en
las harineras, las mujeres que se quemaban las manos en el arrancado de pelambre
o envenenando los cueros, los compañeros muertos -el gordo Villaverde, el negro
Bonilla, tantos otros- por la policía, como si fueran delincuentes. Ahora el
comisionado de Avellaneda vivía en una casa de chapas.
Duró trece meses. Cuando sus propios municipales le hicieron una huelga y el
gobernador le mandó reprimir, no pudo con la sangre: se puso al frente de la
delegación que iba a reclamar.
- El único comisionado que me hizo una huelga -comentaría risueñamente el
coronel Mercante.
La huelga se arregló, pero a don Aníbal Villaflor lo echaron. Salió de la
intendencia y volvió al puerto a cargar bolsas.
Los viejos tiempos no habían muerto -como él creyó-, se recreaban con cada
cambio político, cada convulsión social. Los fusilamientos del treinta tendrían
su eco agrandado en la segunda de Lanús, año 56. La picana eléctrica cumpliría
su primer cuarto de siglo en la comisaría primera. Las bombas anarquistas serían
puntualmente repetidas por los improvisados "caños" del peronismo. A su turno
llegaría el hambre, la desocupación, el juego, los nuevos caudillos con sus
favores y matones.
Ciudad que se levanta temprano, resoplando en los hornos y las chimeneas de sus
cinco frigoríficos, setenta fábricas de automóviles, maquinarias y aparatos,
cincuenta metalúrgicas, cuarenta plantas químicas, treinta textileras, tres mil
talleres chicos y más de cincuenta mil obreros industriales. Ciudad que se
acuesta temprano, sólo quedaba un hilo de gente en la avenida Mitre, en los
cafés alrededor de la plaza Alsina, en el bar El Plata, en la confitería y
pizzería La Real.
3. ROLANDO
Bailoteaba, Juan Zalazar, fingiendo poses de boxeo: contento, porque venía de
trabajar treinta y seis horas seguidas en la Shell y exhibía un sobretodo azul
que usaba por primera vez.
-Soy burócrata -le decía a Rolando Villaflor-. Tengo sobretodo nuevo.
Nuevo, de la percha. Todavía yo le dije, al cruzar la calle. No vaya a ser cosa
que tengamos que enterrarte con ese sobretodo. ¡Me cago en..., esa noche!
Parecía una lechuza, se lo estaba vaticinando.
Caminaron los siete amigos por frente a la plaza, confundidos entre "el público,
que es intenso a todas horas del día, decreciendo algo ello en horas de la
madrugada", según el parte que escribirían después el subcomisario Martínez y el
oficial Dellepiane.
Rolando no pensaba en ellos, la yuta de Avellaneda. De pensar, tal vez habría
tenido alguno de esos ademanes instintivos que lo diferenciaban de lo que
algunos llaman la gente honrada y otros los giles: un bando al que ahora
pertenecía sin haber perdido la mirada, los gestos, la forma de caminar del que
alguna vez anduvo en la pesada.
Porque uno se vuelve puro reflejo. Como los animales, vio. No es que no pueda
analizar, pero cuando la cosa viene mal y usted tiene que hacer frente, no lo
piensa dos veces. De la risa a la seriedad, es una fracción de segundo. Porque
en los hechos usted está obligado a darse cuenta quién es quién, y sin ser
psicólogo ni nada, de un golpe de vista sabe quién se le puede rechiflar. Y eso
ya no es que lo piense, sino el reflejo de uno, la vida que uno ha llevado.
Hacía dieciocho meses que Rolando Villaflor había salido de Olmos, donde purgó
tres años por asalto en banda.
Allí tuve tiempo de pensar. Yo dividía el -inundo en turros, giles y yuta.
Después comprendí que los giles éramos nosotros.
Pretextos no le faltaron para entrar en la delincuencia. La historia se remonta
a aquel terrible año 57, cuando su padre estaba cesanteado por motivos
políticos, su hermano Raimundo yiraba inútilmente en busca de trabajo, y la
situación en su casa se volvía cada vez más angustiosa. El conscripto Rolando
Villaflor desertó y tomó su decisión.
Yo siempre fui un muchacho intranquilo. Andaba sin plata, sin laburo. Después
usted ve que los turros hacen ostentación de guita. A usted lo deslumbran,
¿sabe? Usted quiere ser como ellos, empilchar bien, andar rodeado de mujeres,
tener un valerio que lo pase a buscar con un auto. Y después le dicen: Vení que
es fácil. Todavía le dan guita a uno. Y uno va, lo convidan a un asaltiño, usted
se prendió y después chau, no salió más de ahí.
Al principio todo le fue bien. La policía no tiene la bola de cristal, tarda en
descubrir a los que no están prontuariados ni caen en las razzias. Rolando
Villaflor creció en hechos ignorados, amistades que no se nombran, secretos que
se llevaron amigos muertos. Ganó respeto en la calle y carpeta de hombre derecho
aunque estuviera en la bronca.
Pero, es como una bola de nieve que se echó a rodar, ¿vio? En algo tiene que
parar. La bola de nieve por ahí cae en un río. Nosotros caíamos en la cárcel.
La suerte se le quebró en el 62. Cambió la ropa fina por el uniforme del penado,
la recelosa aventura del hampa por el tedio de las altas paredes, los entreveros
con la policía por las palizas a mansalva de los llaveros. Un día corrió a uno
por toda la redonda. Lo bajaron a control, le pegaron entre muchos, lo metieron
bajo la ducha helada. Pasó quince días en un calabozo incomunicado, treinta en
aislamiento. Recién entonces el alcaide quiso averiguar lo sucedido.
-¿Qué pasó?
-El Chacarero me faltó el respeto.
El alcaide miró alrededor, como buscando algo en el piso. Después escupió un
gargajo.
-Vos valés menos que eso. Todos ustedes valen menos que eso.
-Si yo valgo menos que eso -dijo Rolando Villaflor-, vos estás debajo de la
escupida.
Y se comió una paliza que casi lo matan.
En la vida de Rolando iba a producirse tiempo después una transformación casi
milagrosa. Pero la cárcel no tuvo nada que ver con eso:
Al contrario. Uno sale de ahí envenenado. Con un odio, con un odio terrible. Hay
cosas que no tienen explicación y cosas que tienen mucha explicación porque hay
hombres que usted dice, son débiles de cabeza, o no analizan las cosas, son
carne de reja, salen y vuelven, salen y vuelven, pero qué es lo que pasa, el
gran veneno que le inculcan ahí adentro a usted lo hace rebelar contra todo.
Porque ellos en vez de llevarlo a uno, de hacerle comprender, le dan cada paliza
de novela y lo quieren domar. Yo mi rebeldía no la perdí en la cárcel, no me
podían domar, porque son hombres como cualquiera, y a mí un tipo me levanta la
mano y no lo puedo permitir. Ellos no son más que nosotros, son menos. Después
están los empleados de tratamiento, que andaban con guardapolvo blanco y
pusieron el doble de que iban a encaminar a los presos por la buena senda. Pero
nosotros les decíamos llaveros también, porque son más verdugos que los mismos
llaveros.
Una cosa es contar y otra estar allá. Claro que hay momentos en que un hombre
detiene su vida, contempla, mira lo que hizo de positivo, qué hizo de negativo.
Yo comprendí que no era para eso, le escribí a la vieja diciéndole que no iba a
estar más en la joda, pero no quería volver a mi casa. Porque yo no tenía a
quién salir, y si a un hombre con la conducta de mi viejo, si usted le sale la
mosca blanca, con qué cara se le presenta otra vez en la casa. Así que yo no
quería volver. Cuando me llevaron a la Jefatura de La Plata para darme la
libertad, no podía creer que saliera, creí que iba a otra cárcel, que me iban a
biabar. Y cuando iba a salir, veo una figura que viene corriendo a toda vela,
cruzando la plaza, una placita que hay, toda arbolada, y era mi hermano y vino
corriendo y me dijo: Dame la mano, y yo por reflejo le di la mano, y me dijo:
Corré, y salí como bala de ahí adentro. Todo reflejo, porque yo no pensaba nada
y cuando me dijo dame la mano le di la mano y salimos de vuelo. Y del otro lado
de la plaza, en una camioneta, me estaba esperando mi papá.
Sí, estaba emocionado, pero no podía llorar. Estaba muy duro. No tenía
sensaciones casi. Tanto me daba que estuvieran matando a uno, que si no le
hicieran nada. Me habían hecho un tipo muy frío, y de adentro me habían matado.
Pero después fui viendo que no era así, que yo tenía sentimientos, lo que pasa
es que tenía una pared de hielo que yo mismo había creado como defensa dentro de
la cárcel. Una barrera que la mente misma se va formando, vio. Y cuando salí, ya
era otra cosa. Después el contacto con los muchachos, con Blajaquis, con
Raimundo...
Y también con el Negro Granato, Zalazar y Francisco Alonso, a los que se
agregaba esta noche un nuevo miembro del equipo de activistas, que Blajaquis
presentó con el nombre de Horacio. Entraron todos en el bar y pizzería La Real,
que según calcularon más tarde el subcomisario Martínez y el oficial Dellepiane
"tiene unas dimensiones, aproximadamente, de ocho de ancho por doce de largo,
que sobre la calle Mitre posee una puerta de entrada y salida, hacia la calle
Sarmiento posee dos entradas y salidas, una que da al salón general y otra al
denominado salón familiar... y que tanto en el salón familiar como en el salón
general no existe ninguna subdivisión, pudiéndose ver claramente las mesas
ubicadas en ambos lugares, que se diferencian únicamente por tener las del de
familias manteles en su parte superior".
Se ubicaron en dos mesas, una grande y una chica, junto a una columna que dista
cinco metros de la entrada de Sarmiento, cuatro metros y medio de la entrada de
Mitre. El mozo Jesús Fernández les sirvió siete moscatos y dos pizzas. Aún no
eran las once.
Rolando le contó a su hermano las gestiones que acababan de hacer en el
sindicato de textiles y el Centro de Estudios Políticos para organizar un acto
en apoyo de los cañeros tucumanos.
Le contamos que todos estaban de acuerdo, que el acto se iba a hacer. Porque no
era posible que mientras en el interior se estaban muriendo de hambre,
tuberculosos, qué sé yo, acá no pasara nada. Y esos traidores de la CGT no
hacían absolutamente nada, al contrario, trataban de que no se supiera, hasta
que nos enteramos que estábamos comiendo, lo poco que comíamos, a costilla del
hambre del interior. Y ellos hacían de dique de contención, y si alguien
saltaba, lo apuntaban a la policía. Entonces nosotros queríamos hacer algo por
los muchachos de Tucumán, romper ese hielo que había.
La cara ancha, burlona del Griego, seguía con atención el gesto empecinado del
converso: "La Bestia" se interesaba por el prójimo.
Sí, porque a mí, el Griego me decía la bestia. Qué hacés, bestia. Es que yo
decía cada barbaridad cuando ellos hablaban de política. Me decían: Ya cayó la
bestia. Sí, eso me decía el Griego.
La historia venía de lejos, de la época en que Raimundo fue dirigente gremial y
Rolando iba pegado a sus talones, piqueteaba, pegaba carteles. Lo que para el
hermano mayor constituía el centro de la vida, para él era una aventura
momentánea, un favor a los amigos, algo que en el mejor de los casos sentía como
un vago compromiso sentimental.
Después se apartó aún más. Muchas veces al regresar de madrugada los encontró
reunidos, hablando de política, arreglando el mundo. Francamente, eran del bando
de los giles.
Seguían en lo mismo cuando Rolando salió de la cárcel, volvió a reírse de ellos,
y el Griego lo bautizó.
Pero decime una cosa, le digo, Griego, ¿vos cuántos años tenés? Me dijo cuarenta
y pico. Y decime, ¿qué hiciste de tu vida vos? Hasta ahora. Porque yo no veo que
nada hayas hecho vos. Siempre te lo pasaste en cana, porque es la verdad: estuvo
en la Resistencia, en el 9 de junio, lo pasearon por todas las cárceles al Viejo
-él siempre en su lucha por los humildes, por sus hermanos de clase, decía-. Y
cuando me dijo que no tenía nada, le digo: Claro, qué vas a tener, si vos
siempre te la pasaste en cana, molido a palos, muerto de hambre, sos un hombre
grande y no tenés hogar, no tenés familia, no tenés nada, no formalizaste nada.
Y el me dijo: Claro, vos me decís así, dice, porque vos todavía no comprendés lo
que es luchar por un ideal. Y tenía razón el Griego. Tenía razón porque un
idealista, la mayoría de las veces, no llega a ver sus aspiraciones concretadas,
se muere en la pelea y no tiene nada. Y esas son cosas muy grandes para los
hombres. Cuando uno las llega a comprender, son cosas muy grandes.
Claro, empezó a picarme. Yo les decía, pero expliquenmé, convenzanmé, a ver por
qué hacen eso ustedes. Era lo que estaban esperando estos tipos: me dieron por
los cuatro costados. Uno me soltaba y me agarraba el otro. Y así me fueron
formando, hasta que empecé a mirar las cosas como un hombre las tiene que mirar.
A través de la acción política, Rolando Villaflor hizo un tratamiento heroico.
El viejo mundo tironeaba cada vez menos, la policía ya no iba a buscarlo. "Se le
achicó el bobo", sentenciaron los de antes; pero él sabía que era grupo, que
ésta era más pesada que la otra, y cuando un 17 de octubre los cosacos lo
quisieron correr a él y a su padre y a su hermano y a su tío, y se rechiflaron
todos aguantando los sablazos y manoteando los caballos, le dijo a Raimundo.
-Pero decime, yo salgo de una y me meto en otra peor. Porque aquí nos cagan a
palos, no nos tiran un mango, gritamos como locos y cobramos como perros. ¿Es
todo al revés esto?
Sólo que ahora se reía.
De simpatizante peronista, se hizo militante revolucionario. Un día o una noche,
que tal vez fueron una sucesión de días y de noches, el Griego le explicó su
vida Rolando Villaflor: había querido salvarse solo, y no hay salvación
individual, sino del conjunto.
Por eso estaba allí, sin armas, definitivamente incorporado al mundo de los
giles que piensan en los otros. El suyo había sido el camino más duro.
-Si yo les cuento quién entró, no me lo van a creer -dijo Francisco Alonso, que
era un pibe.
Granato y Horacio lo estaban viendo, pero Zalazar y Blajaquis miraron de
costado. Raimundo y Rolando Villaflor tuvieron que darse vuelta para contemplar
al "Lobo", que entraba con su séquito por la puerta de Sarmiento y enderezaba al
salón de familias de La Real de Avellaneda.
4. EL LOBO
Cuarenta y tres años, la boca fina y tensa, los ojos claros, una mueca de
energía desdeñosa: esa cara había salido ya muchas veces en las tapas de las
revistas, seguiría saliendo. "Diez años de lucha", se jactaba en una solicitada.
Más de diez años: las primeras escaramuzas en la fábrica de Saavedra, el fervor
de los compañeros, la asamblea del Luna en que Paulino lo presentó como el nuevo
secretario de la Capital. Más: la cucheta en el rastreador "Py", la sala de
máquinas, el cabo Vandor. Más todavía: la infancia entrerriana, el pueblo que
era una estancia inglesa. De allí había venido sin nada, con sexto grado, un
provinciano tímido al que no le gustaba hablar en público. Ahora no necesitaba
hablar, otros hablaban por él en los congresos y los confederales. Murmuraba "uno" y se paraba Avelino,
"dos" y hablaba Maximiano, "tres" y recitaban su
libreto Izetta o Cavalli: eso era organización.
En algún momento le pareció que comprendía la esencia del poder: ese punto de
equilibrio en que nadie hace su voluntad, pero el más hábil opera con la
voluntad ajena. En algún momento comprendió lo que es negociación: quizá en
enero del 59, cuando el correo de Ciudad Trujillo le dijo: "No se puede largar
la huelga porque esta noche entregamos el toco". Desde entonces, o ya desde
antes, prefirió negociar por su cuenta. Diez años de negociación: "Estoy muy
satisfecho por el convenio". El doctor Doliera-Siemens sonreía. Los empresarios
son unos explotadores, pero lo acompaño a tomar una copa: el ingeniero
Negri-Tamet le palmeaba el hombro. Eso es democracia. Hoy hasta los
conservadores nos comprenden, ¿eh, doctor Solano Lima? Es cierto que hubo
algunos malos ratos, pero usted puede volver a ser presidente, general. Y usted,
doctor, sí que se parece a Perón, la misma sonrisa: tendríamos que trabajar
juntos. Pero si lo que los sindicalistas queremos es la grandeza del país,
coronel, el bienestar social: ¿dónde ha visto un policlínico como éste?
Diez años de frialdad, de no mover un músculo, de esconder las emociones. A
veces un oscuro sentimiento lo traiciona, pero en seguida recupera la noción de
la realidad, de su realidad. Se dice que ha llorado en Cuba, al contemplar la
revolución del pueblo -ese sueño enterrado-, pero luego le ha dicho a Ernesto
Guevara: "Nosotros nunca podremos hacer lo que han hecho ustedes". Eso es
realismo. Volverá a llorar dentro de media hora, y en el acto adoptará las
decisiones justas que cambian el curso de las cosas. Eso es política.
Diez años de paciencia, de tejer y destejer alianzas, de empollar en el campo
adversario, de convertir derrotas de los suyos en victorias para sí. "El más
hábil negociador sindical"; "el cerebro político de las 62"; "un sindicalista de
ideas populares que sabe trabajar con la derecha y frecuentar la embajada de los
Estados Unidos" son algunas entre los centenares de frases acuñadas por un
periodismo que lo convierte en vedette, en mito. Es cierto que a veces se
preguntan si ha llegado "el ocaso", el "último aullido del Lobo", pero es para
remontarlo más alto: "Todo confluye en Vandor". El Sistema lo ha aceptado
plenamente, se divierte con su astucia, es él quien "maneja los piolines", quien
suma o resta las 62 a las 19, a los 32, opone o amiga comunistas e
independientes, inventa alineados y no alineados, y cuando terminan los insultos
se sienta a un costado y murmura "uno" para que hable Vicente o Francisco. Eso
es prestigio.
Lástima que las cosas se hayan puesto difíciles en los últimos tiempos. Ahora su
enemigo se llama Perón. Vandor lo ha querido, sin duda: es aquí en Avellaneda
donde nació meses atrás el neoperonismo. Quizá el choque venga de antes, del
fracaso de la Operación Retorno, un buzón que el vandorismo le ha vendido al
general. El conflicto asoma a las versiones periodísticas en junio del 65,
estalla cuando Perón envía a su mujer como delegada personal. Vandor domina en
ese momento la Junta Coordinadora del Justicialismo, las 62 Organizaciones, el
bloque parlamentario, la Unión Popular, los partidos provinciales: lo que está
en juego es todo el aparato partidario.
La primera batalla se libra en la CGT, en cuya secretaría general el vandorismo
ha instalado en 1963 al sastre José Alonso, que ahora predica poco menos que la
guerrilla, aunque su lucha más notoria es contra las comadrejas que acechan su
criadero de gallinas. En enero de 1966, cumpliendo las órdenes de Madrid, Alonso
divide el sindicalismo peronista: nacen las 62 "de pie junto a Perón" que
arrastran a veinte gremios, algunos importantes, como textiles y mecánicos;
otros luchadores, como azucareros y sanidad. Los vandoristas se burlan con una
solicitada que lleva el título "De pie junto al trotskysmo", el metalúrgico (y
diputado) Paulino Niembro usa la televisión para delatar como "castrista" a
Amado Olmos, uno de los pocos dirigentes leales a su clase. "Yo soy argentino,
cristiano y peronista", lagrimea Alonso, pero en febrero el consejo directivo de
la CGT lo expulsa del secretariado.
La segunda batalla se da en las elecciones de gobernador de Mendoza, el 17 de
abril. Contra todos los cálculos, en una campaña que dura apenas una semana,
pero que cuenta con la presencia y el apoyo de Isabel Perón, el candidato
Corvalán Nanclares obtiene dos tercios de los votos del peronismo, derrotando al
vandorista Serú García. Beneficiado en definitiva, el gobernador electo resultó
conservador, pero un dirigente de esa tendencia -Emilio Hardoy- considera el
episodio como "una verdadera catástrofe".
¿Catástrofe, ganar una elección? Un semanario lo explicaba con cierto aire de
melancolía: "El resultado de la experiencia mendocina obligó a una revisión...
Se consideraba como un valor entendido que la influencia directa de Perón, a la
distancia y después de casi once años de alejamiento del país, se había
deteriorado sustancialmente... La hipótesis fue claramente desmentida por los
hechos."
¿Qué pasa con Vandor? "Todos admiten que deberá replegarse transitoriamente a la
lucha gremial". Más tarde se vio que esto era un eufemismo. El caudillo
metalúrgico se replegó, sí, pero a los contactos militares que iban a
fructificar dos meses más tarde con el golpe de Onganía.
El partido estaba empatado esa noche del 13 de mayo en que los jerarcas del
vandorismo pensaban reunirse en Avellaneda para discutir el futuro. ¿Temía
Vandor un desempate violento? El 29 de enero, una bomba que otros llamaron
petardo, colocada por amigos de Patricio Kelly, le había arruinado en el paddock
de San Isidro el goce de su deporte preferido. Por esos días un encumbrado
personaje pagó cierta suma para sacarlo del medio: el encargado de la faena
arregló con Vandor por una suma más grande, y con las contribuciones de ambas
partes puso un boliche. Después una bomba estalló en la CGT de Avellaneda, feudo
de Rosendo García. Veinticuatro horas antes, en fin, Rosendo había ajustado
cuentas con el disidente Américo Cambón, haciéndole propinar una histórica
paliza.
Detrás de todo eso había una carta. Dirigida a José Alonso el 27 de enero,
señalaba a Vandor como el "enemigo principal" y agregaba: "En política no se
puede herir, hay que matar, porque un tipo con una pata rota hay que ver el daño
que puede hacer". Firmaba Juan Domingo Perón.
Tal vez era el recuerdo de esa carta, distribuida en centenares de copias, lo
que tenía tan inquieto a Vandor mientras sorbía un whisky y miraba
disimuladamente a su alrededor en busca de posibles enemigos.
5. EL INCIDENTE
El mozo Antonio González calculó que eran ocho o nueve personas las que entraron
en La Real a las once y media de la noche, sin contar "uno que se ubicó en forma
separada". Juntó tres mesas a lo largo del salón familiar y recogió el pedido de
coñac y whisky importado que llamó la atención no sólo a González, sino al
patrón Hevia e incluso al mozo Oscar Díaz, por ser "poco frecuente".
Solamente el parroquiano solitario, sentado junto al ventanal de Sarmiento,
rechazó el convite de los notables, y pidió, modestamente, un vaso de moscato y
dos porciones de muzzarella. Se llamaba Acha, le decían "Hacha Brava" y su
misión aparente era cuidar la puerta.
Parecida función, cerca de la entrada de Mitre, cumplían tres hombres más a
quienes los mozos no relacionaron con el grupo vandorista. Eran Luis Costa,
también llamado "Arnold", guardaespaldas que empezó su carrera en Mataderos al
servicio del dirigente Carrasco: Tiqui Añón (o Agnon), del secretariado de la
UOM, y un metalúrgico de San Nicolás, Juan Ramón Rodríguez, que estaba de paso
en Buenos Aires.
El despliegue protector, que reflejaba las aprensiones del dirigente
metalúrgico, se repetía en su propia mesa. A su derecha, en la cabecera, estaba
Armando Cabo, un hombre de la vieja guardia metalúrgica, héroe de la
Resistencia, ahora dilapidado por las transacciones y el alcohol; a su
izquierda, un guardaespaldas: Raúl Valdés; seguían Juan Taborda, chofer de
Vandor; el asesor del gremio metalúrgico, Emilio Barreiro, y otro hombre que
figuró en la Resistencia: José Petraca. Frente a ellos se ubicaron Norberto
Imbelloni, delegado de Siam Automotores, con licencia gremial; Rosendo García y
Nicolás Gerardi, prosecretario del bloque justicialista de diputados de la
provincia .
Gerardi había insistido en concurrir a la reunión de jerarcas, cuya primera
parte se estaba desarrollando en el Roma.
-No te van a dejar entrar -le dijo Vandor cuando lo encontró esa noche en la
UOM.
-Con el carné que tengo, no me para nadie -bromeó el prosecretario, y Vandor lo
llevó en su auto.
Con excepción de Barreiro, Imbelloni y Gerardi, todos estaban armados.
No se sabe con seguridad quién fue el primero que reparó en las mesas de
Blajaquis. Más tarde, declarando ante el juez, Vandor dirá que al levantar la
vista "en forma instintiva" observó a un grupo de personas en una mesa ubicada a
unos ocho metros. Le pareció ver que buscaban espacio moviendo las sillas y eso
le llamó la atención. Imaginó entonces "por un sexto sentido que esas personas
tratarían de provocar".
-¿Qué te pasa que estás tan nervioso? -le preguntó Rosendo.
-De esa mesa me están mirando -dijo Vandor-, me están haciendo muecas. Ya no se
puede ir a ningún lado.
Según Imbelloni, el asesor Barreiro atizó los temores.
-Son trotsquistas -dijo.
Armando Cabo quiso salir de dudas. Ordenó a Taborda:
-Andá a, buscarlo a Safi.
El senador Julio Safi era uno de los que cenaban en el Roma, muy cerca de allí.
Había tenido contactos con el grupo de Blajaquis, y era la persona apropiada
para establecer su filiación. Se despidió del pollo y acudió en compañía del
dirigente del vidrio, Maximiliano Castillo, y del propio Taborda. Estas son las
tres personas que todos los testigos vieron entrar unos minutos después de
Vandor.
Lo que hizo Castillo, se ignora. Taborda cedió su silla a Safi, quien pidió un
coñac que no llegaron a servirle, y según algunos pretendió disipar las dudas de
Vandor; según otros, agravarlas.
Acababa de sentarse Safi, cuando del grupo opuesto se levantó un hombre, avanzó
en dirección a ellos, siguió de largo hacia el baño ubicado en el fondo.
Norberto Imbelloni se paró y fue tras él. Y detrás de Imbelloni, alguien más,
que pudo ser el propio Castillo.
Rolando Villaflor estaba pagando la cuenta cuando vio que se levantaba
Imbelloni: 710 pesos.
-¿Qué comimos, pepitas de oro? -bromeaba el Griego, pero Rolando no le hizo
caso.
Cuando vi que Horacio no volvía, yo le digo a mi hermano: Mirá, aquí pasa algo,
seguramente que lo están apretando. Y entonces yo me levanto y voy para el baño.
Y efectivamente, lo tenían agarrado a Horacio, le decían que se las tomara.
Entonces yo discutí con Imbelloni, le dije unas cuantas barbaridades. Porque él
dice: Mirá, dice Imbelloni, me extraña que nos vamos a arremeter entre nosotros,
es una lástima porque somos todos peronistas. Y yo le dije: No te confundás,
peronistas somos nosotros, y ustedes son una manga de traidores al movimiento, y
no sólo al movimiento obrero, ustedes son unos entreguistas, son capaces de
entregar a la madre. Y él me dice: Bueno, tomenselás igual, porque ya no da para
más. Están todos calzados, los van a reventar. Y yo le digo: Nosotros no tenemos
nada, pero si nos vienen a prepear así, vamos a ver qué pasa.
Horacio y Rolando volvieron a su mesa.
-Vamonós -dijo Rolando-. Ya saltó la bronca.
Fue entonces que Francisco Alonso se dio vuelta como presintiendo la cosa y vio
a su derecha la otra mesa con tres tipos que los observaban.
-Mirá -dijo Alonso-, acá están los guardaespaldas.
Granato miró y vio confusamente al hombre alto rubio, al otro alto y moreno y al
tercero de poncho y anteojos.
Estaban en una ratonera.
6. ROSENDO
Rosendo García había escuchado los aplausos ahogados que venían tras las puertas
cerradas. Pensó: "Ya termina", y miró su reloj pulsera de oro: las nueve. Cuando
Vandor salió del salón de actos de la CGT, donde sesionaba el congreso de
delegados metalúrgicos de Capital, lo miró con extrañeza:
-Dijiste que te ibas a Rioja.
-Como vi que te aplaudían tanto, supuse que terminabas en seguida.
Conocía los mecanismos, después de diez años: el breve discurso de inauguración
donde se hablaba para el periodismo y "la gilada". Después no hacía falta
quedarse, el aparato funcionaba solo.
El día de Rosendo estuvo hecho de pequeños desencuentros, frustradas despedidas.
Nadie lo esperaba a almorzar en su casa -modesta- de tejas coloradas y raquítico
jardín, a catorce cuadras de la estación Lanús, donde su mujer, Teresa Moccia,
tenía el día entero para sí sola y el único hijo, Néstor, nacido dos años
después del casamiento y de la revolución que Rosendo tal vez aplaudió, porque
al menos al principio había sido radical. Allí paraba poco y a veces no paraba,
porque la política, porque el sindicato, porque algunos dicen las mujeres y sin
duda la quiniela bancada por sus acólitos a la puerta misma de las fábricas a
beneficio de "la organización".
Solamente los fines de semana descansaba, y aún eso era relativo, porque los
sábados iba Vandor a almorzar acompañado de su propia mujer, "y éramos todos una
gran familia", dirá Teresa. Pero ese viernes fue a mediodía, y comió solo y se
marchó a las tres: ella no lo vio más.
Eran las siete cuando subió al auto de Vandor, manejado por Taborda: se sentó
atrás. Media hora después llegaban al Ministerio de Trabajo, se entrevistaban en
el cuarto piso con miembros de la federación empresaria, a los que entregaron un
anteproyecto de convenio. De ahí fueron a la CGT y por algún motivo Rosendo se
quedó ambulando, en vez de regresar a la UOM, como había dicho.
El congreso metalúrgico, Vandor en el escenario, los aplausos eran el último eco
de una batalla que en el campo gremial ya parecía definida con la expulsión de
Alonso.
No cabe duda de que Rosendo secundó a Vandor sin reservas en esa batalla, como
lo había secundado diez años. En los congresos de la UOM, en los confederales de
la -CGT, su palabra fue siempre la palabra de Vandor. Participó en sus manejos,
asimiló sus enseñanzas, se propuso sus mismos objetivos. Forjado en el
sindicalismo negociante, rechazaba por hipócritas los arrestos verbales de un
Alonso, por imposibles las fórmulas revolucionarias. El comentario más favorable
que le arrancó una gira por Cuba, fue que los cubanos eran "unos locos lindos".
Igual que Vandor se enriqueció, igual que él adquirió poder, a diferencia de él
llegó a ser querido por muchos. Simple delegado de Siam en 1956, secretario de
la UOM de Avellaneda en 1958, secretario nacional adjunto ese mismo año, estaba
en esa encrucijada de los caudillos: era el segundo, destinado a heredar a un
hombre apenas seis años mayor.
Había crecido, sin embargo. Avellaneda era su feudo, y en Avellaneda se
discutiría esa noche el problema central del peronismo enfrentado con Perón. ¿Le
gustaba a Rosendo ese papel? Hay un indicio para conjeturar su posición: en
abril se niega a viajar a Mendoza en apoyo del candidato vandorista a gobernador
y prohíbe que ninguno de sus hombres intervenga en esa campaña.
No era quizás el único punto de fricción. Después de lo ocurrido en Mendoza, muy
pocos pensaban que el gobierno de Illia pudiera durar hasta las elecciones de
gobernador en la provincia de Buenos Aires, previstas para marzo de 1967. Ese
era en realidad el obstáculo que acortaría su gobierno. Estaba claro que el
peronismo volvería a triunfar como ocurrió en 1962, cuando la elección de
Framini provocó la inmediata caída de Frondizi. Pero esta vez los golpistas iban
a salvar las apariencias. Desde un semanario enrolado en la conspiración, el
doctor Cueto Rúa predijo certeramente el 28 de abril: "Es evidente que el golpe
de Estado se produciría antes de abrirse el proceso electoral".
Uno de los pocos que al parecer creía en las elecciones era. Rosendo García. Su
nombre figuraba ya como candidato a gobernador de la provincia. Para dar ese
salto, que lo arrancaría quizá definitivamente de la órbita secundaria a que
estaba relegado, era preciso, desde luego, que hubiera elecciones. Pero Vandor
no quería elecciones: Vandor estaba en el golpe.
Quizás hablaron de eso cuando volvieron esa noche a la Unión Obrera Metalúrgica
y se encerraron casi dos horas en la oficina de Rosendo. Después viajaron
separados a Avellaneda.
Fue el propio Vandor quien propuso que no fueran al Roma, donde los esperaban
como las figuras centrales de la noche. Los motivos que alegó son interesantes:
al llegar juntos, empezarían los aplausos y les ofrecerían la cabecera. Siempre
habían tratado de evitar estas "situaciones" (agrega Vandor en su declaración
judicial) para que no hubiera lugar a interpretaciones de "golpes políticos
personales". ¿Temía quizá que le ofrecieran la cabecera a Rosendo, y no a él,
que Rosendo le hiciera escuchar una réplica de los aplausos que sonaron esa
tarde en la CGT?
Lo cierto es que Rosendo aceptó. Estacionaron sus automóviles frente al
Sindicato de Municipales, donde debía realizarse después el verdadero debate.
Para hacer tiempo, caminaron a La Real. Pidieron sus whiskys. Allí Vandor sintió
el aguijón de su sexto sentido. Cada vez más inquieto, habría sacado un arma de
la cintura y la habría puesto sobre sus rodillas.
El mismo admite que previno a Rosendo contra aquellos hombres, que desde la otra
mesa lo miraban con cara burlona: "Seguramente intentarían algo contra ellos
-declaró más tarde-, ya que la expresión de sus rostros no era tranquilizadora".
Rosendo García echó un vistazo.
-Bueno -dijo-, no te hagás problemas.
Y agregó esta extraña frase
-¿O qué querés, que nos matemos entre todos?
7. GRANATO
Francisco Granato había visto cómo el aire se ponía espeso de miradas y malas
intenciones. Porque es cierto, ellos los miraban con repugnancia, hicieron sus
chistes y la cosa vino pesada. Así que Granato, 29 años, un hombre sólido, de
cara huesuda, también pensó que había que irse y saber perder frente a aquella
gente que al fin era peor que los patrones: la maffia sindical, el Lobo
disfrazado de cordero que rodeado de matones terminaba su whisky importado y
aprontaba su revólver. Gracias a ellos, él andaba sin trabajo ni sindicato,
changueando para ganarse la vida.
Aunque yo siempre anduve a, los saltos, por una cosa o por la otra, toda mi vida
fue así.
Toda su vida a los saltos, con esas cuatro o cinco escenas que moldearon su
carácter y que ya eran él mismo: Eva Perón en su piedad besando al vecino
anciano y tuberculoso; la lluvia en el rancho inundado; el patrón Kun que lo
mandaba al carajo y la huelga que hizo temblar a la Shell, todas las ranas de
Dock Sur cantando en la noche mientras el griego Mingo le hablaba con paciencia
del comunismo primitivo y la formación de la sociedad capitalista. Esas eran las
cosas que nunca se irían de su mala memoria, las cosas que Francisco Granato
puede contar lentamente, hoy, ayer y mañana.
Cinco hermanos y el viejo albañil. Vivíamos en un galponcito forrado con madera
y se criaban chinches y toda una serie de cosas, y la vieja decía que más vale
hacer una pieza en el terreno que había comprado el viejo, aquí en Gerli. Y él
se decidió un día y con un amigo levantaron la pieza. Las chapas alcanzaron para
el techo, que es lo fundamental, y el resto lo cerraron con una lona. Esa noche
llovió y tuvimos que andar por arriba de las camas, porque se había inundado
todo y era un terreno que no tenía zanja. Después nosotros mismos hicimos la
zanja, y la pieza se fue terminando de a poco con ladrillos, y la cocina con
chapas de cartón. Había muchas miserias en aquel entonces, y lo sigue habiendo.
Naturalmente, hay veces que cuando los padres conversan, no se dan cuenta de que
los hijos están escuchando o se dan cuenta, pero no saben en el subconsciente
todo lo que puede quedar en un ser humano, ¿no? El viejo se daba maña para todo,
colocaba mosaicos, levantaba paredes, hacía fino y grueso, pero bajo patrón no
aguantaba mucho tiempo. Cambiaba de trabajo como de camisa, porque decía: "A mí
no me van a explotar estos hijos de puta", y a veces contaba cómo eran las cosas
anteriormente, cómo algunos se dejaban explotar, cómo algunos resistían la
explotación, cómo se rebelaban. El, más bien trabajó de changa, claro que a
veces terminaba vendiendo empanadas. El tenía su rebeldía, naturalmente, era
peronista, pero no era un hombre armado ideológicamente.
La madre, en cambio, andaba agitando por ahí: una mujer decidida que se metía en
todos lados, gritaba en los actos con Francisco pegado a las faldas y,
principalmente, en aquel acto increíble, cuándo se juntaron las mujeres de Gerli
y vinieron juntas en todos los tranvías del Sur, que a lo mejor eran todos los
tranvías del mundo: derecho en procesión los tranvías a la Secretaría de
Trabajo, a pedirle a Evita que pusiera agua corriente en Gerli.
La primera vez que Eva Perón se fijó en aquel chico de ojos hundidos y oscuros,
fue cuando se adjudicaron las casas a los campeones olímpicos: Iglesias y Delfor
Cabrera, que eran del barrio.
Me dio la mano y, bueno, naturalmente, la casa de nosotros era bastante
friolenta y yo tenía frío, así que me acuerdo que la mano de Evita era muy
caliente.
Ella le acarició la cabeza. El le pidió una bicicleta.
La próxima vez Francisco Granato andaba literalmente a los saltos. A los catorce
años había empezado a trabajar en la sección ajustes de Carilino Inca, un taller
metalúrgico que ya no existe. Ganaba cuarenta y cinco centavos la hora. Después
hizo de todo: un poco de torno, un poco de limadora, un poco en la fresa y la
amortajadora que hacía los chaveteros, los ratos libres admiraba a los
pulidores, y cuando hacía alguna cosita para él, iba a pulirla y aprendía. Fue
una viruta de torno la que le cortó un tendón del pie. Durante mucho tiempo
caminó con una pierna sola, pero el Seguro igual le daba el alta y tenía que
volver al trabajo.
Entonces Eva Perón le preguntó por qué rengueaba, fulminó sus órdenes, el Seguro
se calló la boca y las palabras "calcio", "radioterapia" empezaron a significar
algo para Francisco Granato
Era una noche, no sé en qué tiempo fue, bueno esto fue hace muchísimos años.
Debió ser en el 51, cuando su madre recibió la carta de la Fundación, fue con
él, hicieron las horas de espera hasta la medianoche, conversando el chocolate y
los sandwiches de miga, hasta que ella los recibió, y la madre pidió la máquina
de coser pero también las chapas para terminar la pieza, y al fin, con un
supremo esfuerzo, la dentadura postiza,
-Si no fuera demasiado abuso.
Vio, con esa humildad de todos los humildes, que les parece que siempre piden
mucho, y Evita le dice: "No, si eso no lo pide nadie; al contrario, necesitamos
gente que pida eso, para que los médicos puedan estudiar", y le hizo un chiste
como agradeciéndole que se atreviera a pedir los dientes postizos para ella y
para el viejo.
A los dos o tres días llegó el camión con las chapas, las camas, los colchones,
la bolsa de azúcar, las tazas, los platos, la ropa, las hormas de queso, las
dentaduras postizas.
Después ella se murió. Después Francisco Granato cambió de trabajo. Después cayó
Perón. La infancia habla concluido.
Debió ser por el 55 que se fundió Carilino Inca y Granato entró de medio oficial
pulidor en la Compañía General de Automotores. De allí pasó a la Shell, donde
todo el mundo ingresa de ayudante. Pero Granato hizo méritos: si otros se
lavaban las manos a las menos diez, él se lavaba a las menos cinco, cosa de
conseguir la categoría. Se convirtió en "un obrero digno de la patronal".
Su ascenso provocó los primeros e inesperados conflictos. Ahora todos querían
ser medio oficial. Lo eligieron subdelegado. Su carrera gremial culminó en las
movilizaciones más grandes que hayan realizado en Avellaneda los petroleros
privados.
Se armó cada podrida que bueno bueno, dentro de las posibilidades mías, porque
yo fui hasta cuarto grado y no tengo muchos estudios, lo que pude aprender lo
aprendí leyendo y escuchando. Después me largué a hablar en las reuniones, hasta
que al fin me animé a hablar en las asambleas. Ahí choqué con algunos que
siempre buscaban soluciones dentro de la legalidad. Yo era muy impulsivo y
nervioso, las posibilidades legales siempre eran cortas para mí. Y bueno,
naturalmente, cuando se hace un movimiento pasa del cuerpo de delegados a la
comisión interna y después al cuerpo administrativo del sindicato. Pero a veces
las cosas rebalsaban y antes que se llegara a la comisión interna ya los
movimientos estaban hechos.
Yo pensaba que todo lo que iba a pedir era poco, de lo que en realidad le
corresponde a la clase trabajadora, pero lo poco que iba a pedir creía necesario
que se hiciera.
Eso no le gustó al jefe Kun. Un día insultó a Granato. No terminó de insultarlo,
que le hicieron un paro.
El paro venía bravo y el jefe de personal acudió a pedirle a Granato que hiciera
lo posible por levantarlo porque el holandés Kun "no sabía conversar bien" en
castellano. La posición de Granato fue inconmovible:
Que él no era muy instruido, pero creía "que todos los extranjeros que vienen de
afuera" deben tener un profesor de castellano que les enseñe cuáles son las
palabras buenas y las palabras malas y cómo tienen que comportarse en la
Argentina. Así que el jefe Kun debía pedir perdón.
¿Pedir perdón en público un alto jefe de la Shell? No le quedó más remedio, pero
Granato estaba marcado.
El impulso que él creó lo desbordaba. Aparecieron los oportunistas que
planteaban cosas imposibles. Por primera vez Granato quedaba en minoría en una
asamblea que planteaba un paro.
Vieron la oportunidad de quemarme. Yo veía el juego cómo venía, me retiré, me
fui al baño. Bueno, son cosas, me puse a llorar un poco, decía: No tienen
confianza en mí. Y éstos impulsaron tanto que desencadenaron un movimiento de
huelga. Ahora resulta que cuando llega el momento de las papas, los que daban la
cara ahí en la reunión se echan atrás. Y cuando viene el ingeniero y entra a
tomar los nombres de los que van a trabajar y los que no, la gente agarra para
cualquier lado. Y yo que veo eso, los reúno de nuevo y les digo: Bueno, yo
estaba en contra, pero ahora me hago cargo. Me hago cargo, porque está el paro.
Fue su última batalla gremial. Cuando tiempo después la empresa decide
indemnizar a los miembros de la comisión interna que aceptan el arreglo y dejan
la planta en banda, Granato queda solo. Ya ni era delegado. A último momento los
compañeros hacen una asamblea y vuelven a elegirlo. Mandan el nombramiento al
sindicato, y el sindicato en vez de elevarlo dentro de las veinticuatro horas,
como establece la ley, tarda cuarenta y ocho horas, dando tiempo a la patronal
para echarlo y no reconocer la protección legal al delegado. Esta era, ya en
1961, la maniobra favorita descubierta por el vandorismo en combinación con las
empresas, aplicada sistemáticamente en el seno de la UOM, extendida luego a
todos los gremios dóciles.
Granato ya no era nadie: había dejado de molestar a la Shell y a la burocracia
sindical. Detrás de él, despidieron a trescientos obreros. Uno de ellos era
Raimundo Villaflor.
El sindicato se cerraba cada vez más para los militantes de la Resistencia.
Ahora sólo quedaba el campo político, donde estos hombres acosados, perseguidos,
traicionados, siguieron activando:
Hoy en día uno piensa todo lo que activó y parece mentira. Al principio yo era
uno de esos peronistas de escudito, tenía mucho fanatismo y un desconocimiento
casi absoluto de las cosas, de los intereses que se mueven detrás de la
política. Nosotros, en Gerli, habíamos creado la juventud peronista, pero
también íbamos a las reuniones con los más viejos, los del Consejo de Partido. A
ellos les parecíamos marcianos. Cuando pintábamos con pintura colorada nos
decían que éramos comunistas, y cuando pintábamos con pintura negra nos decían
anarquistas. Así fuimos sacando ciertas conclusiones, cierta experiencia, vimos
la mediocridad con que ellos miraban el peronismo y la perspectiva del futuro.
Como a todos sus amigos, fue el mitológico Griego el que lo inició en los
secretos, le hizo comprender lo incomprensible. Entre los muchachos del barrio,
Domingo Blajaquis tenía esa aureola de algunos viejos comunistas que toda su
vida fueron corridos por la policía y al final por el partido. Una paciencia
infinita, y una bondad casi absurda, ése era Mingo.
Capaz que nos hablaba de pescar ranas o agarrar anguilas, o de los hongos que
eran venenosos y los que se podían comer, y después nos enchufaba la inyección
de cómo son las cosas, ¿no?, encontraba la semejanza entre los hongos y la
sociedad, y nos iba dando instrucciones en forma escalonada y despacito, a
medida que nosotros asimilábamos la historia, cómo había crecido el mundo hasta
llegar al capitalismo, y lo que nosotros teníamos que hacer.
El viejo enorme Mingo, prematuramente encanecido y corto de vista, con sus
grandes manos manchadas para siempre de curtiente, sin un arma encima después de
haber luchado tanto, de haber enseñado tanto, y que ahora iba a morir asesinado,
pero antes dijo:
-Vámonos, que va a haber lío.
Raimundo Villaflor se dio vuelta. Miraba no más, clavado en esa cara de la punta
en la otra mesa.
8. LA BRONCA
A José Petraca no le gustaba cómo lo estaba mirando ese hombre de ojos oscuros y
cara angulosa. Ya no le habían gustado algunas cosas que le pareció oír de la
otra mesa. Y cuando aquella gente pagaba para irse, el hombre lo seguía
estudiando, con ese gesto, medio de burla y de desprecio.
Entonces Petraca se paró y dijo:
-¿Qué carajo mirás, guacho hijo de puta?
Petraca no lo conocía. Por uno de esos chistes de la suerte, Raimundo Villaflor
había repartido volantes pidiendo su libertad cuando Petraca estuvo preso
durante la Resistencia.
-Qué carajo te interesa, más guacho hijo de puta serás vos.
El cajero Hevia se dispuso a intervenir. Incluso apoyó la mano en el mostrador
móvil para franquearse el paso. Pero en ese momento media confitería se paró, y
el cajero lo pensó mejor.
Norberto Imbelloni, armado de una silla, se abalanzaba sobre Rolando
-Me tiró un sillazo y se le embocó a la vitrina. Después nos agarramos a las
piñas.
Rosendo García se incorporó de un salto, echó mano a la cintura y sacó un
revólver 38.
Petraca ya estaba sobre Raimundo.
-Yo también me paré -dice Raimundo- y lo serví.
El parroquiano Mario Basello tomaba una coca-cola de pie junto al mostrador.
Disparó por Sarmiento, sin pedir la cuenta. Próximo a esta puerta, el peón de
taxi Jorge P. Álvarez "vio más claridad" hacia Mitre y corrió en esa dirección.
Juan García, el diariero de la esquina, estaba tomando el café de costumbre en
la mesa de costumbre, frente a la avenida Mitre. Tenía los diarios apilados en
una silla junto a la puerta, y la distancia que lo separaba del grupo de
Blajaquis, al que daba la espalda, era de dos metros. De pronto oyó un ruido de
sillas y presenció una escena surrealista:
El mozo Oscar Díaz, con bandeja y botella en alto, iba corriendo hacia la puerta
y al pasar le gritaba:
-¡Rajá que hay lío!
El diariero disparó con tanta velocidad que ni siquiera dio vuelta la cabeza
para fijarse qué pasaba. Al cruzar el umbral, oyó el primer tiro.
Según Imbelloni, el autor de ese disparo era Juan Taborda, que seguía parado
junto a Safi.
Hubo una pausa y después un tiroteo tan cerrado que a Oscar Díaz, desde la
calle, le pareció una ráfaga de ametralladora.
Rosendo García no alcanzó a gatillar su revólver. Un balazo, exactamente
perpendicular a la trayectoria que llevaba, le atravesó la espalda. El arma
quedó junto al mostrador móvil.
Una bala 45 rebotó en el borde de ese mostrador y fue a pegar sobre la puerta de
Mitre, a cuatro metros de altura. El desconocido tirador apretó nuevamente el
gatillo, la bala entró por la solapa derecha de Blajaquis, que no había atinado
a levantarse, destrozó la arteria pulmonar y salió por la espalda. El Griego se
desmoronó.
En la cabecera de la mesa vandorista, Armando Cabo se haba parado y avanzaba
tirando metódicamente con su 38 especial. Zalazar se derrumbó.
Carlos Sánchez, paraguayo, cortador de pizza, estaba en la cuadra amasando para
empanadas gallegas. Se asomó a la ventanilla y entre el remolino de personas vio
una mano con un revólver negro que hacía fuego. Creyó que era un asalto y se
armó de una cuchilla, dispuesto a defender sus empanadas hasta las últimas
consecuencias. Entonces vio a su patrón Hevia, "que venía caminando en cuatro
patas" y le pedía que llamara a la policía.
Petraca había desaparecido de la vista de Raimundo. Tras él llegaba Gerardi.
-Se me vino encima -dice Raimundo-. Le di una trompada y se fue al suelo.
Raimundo se abalanzó sobre él y siguió golpeándolo en la cara. Gerardi no
reaccionaba. Lo que lo había derribado era una bala calibre 45, que le entró por
la espalda.
Francisco Alonso vio el brazo armado de Vandor apuntando en su dirección. Dio un
salto a la izquierda, se encontró con la pelea de Imbelloni y Rolando, colaboró
con una piña. En ese momento Rolando oyó a su espalda un estrépito de vidrios
rotos. Creyó que le habían tirado un botellazo y gritó:
-¡Erraste, turro!
Más tarde razonó que era un balazo.
-Perdí la noción de todo -dice Alonso-. Corrí hacia la puerta de Mitre. Cuando
iba corriendo sentí un golpe en la pierna, pensé que estaba herido.
No estaba herido: una bala había picado bajo la suela de su zapato, y el golpe
le adormeció la pierna.
Detrás de la mesa de Blajaquis, el mozo Jesús Fernández atendía a un
parroquiano. Al oír los tiros se echó al suelo y se arrastró hasta quedar a
cubierto tras la curva del mostrador, paralela a Mitre. El parroquiano huyó, lo
mismo que cuatro estudiantes que estaban sobre la calle Sarmiento, que dejaron
sus portafolios.
El copropietario Ramón García estaba junto a la pileta. Cuando oyó los tiros se
metió bajo el mostrador. El último en enterarse de lo que pasaba fue el mozo
Antonio González. Sordo del oído derecho, estaba de espaldas al local. Sostenía
en la mano la bandeja con una botella de coñac, destinada a la mesa de Vandor,
que acababa de recibir de su colega Héctor Gómez, y estaba esperando la copa. De
pronto Gómez se zambulló. Mientras trataba de explicarse el motivo de tan
misteriosa conducta, González creyó oír "una motocicleta". Entonces se le
vinieron encima Imbelloni y Rolando, "que luchaban entre sí a puño limpio". Vio
a Blajaquis y Zalazar, caídos, dejó la bandeja sobre el mostrador y se agachó:
así estuvo cinco minutos.
En la mesa de tres que flanqueaba al grupo Blajaquis, también se habían parado.
Juan Ramón Rodríguez gatilló una vez su revólver 38, y el disparo no salió: en
su fuga, perdería el arma. Luis Costa y Tiqui Añón se corrieron hacia la puerta
de Sarmiento. Según Imbelloni, hicieron fuego desde allí.
Horacio desapareció, simplemente. Presentado por Blajaquis, sólo se sabe que
militaba en la juventud peronista. Nunca se presentó a declarar.
Francisco Granato corrió hacia la puerta de Sarmiento. Vio el tropel vandorista
que avanzaba en dirección contraria, entre ellos el propio Vandor guardaba un
arma en la cintura. Granato les arrojó una mesa y escapó. Delante de él trotaba
el senador Safi, herido en una nalga.
-¡Miró lo que me hicieron! -gimió Safi cuando Granato lo alcanzó en la esquina.
Raimundo seguía a caballo sobre Gerardi. De pronto recibió un sillazo en la
cabeza. Era Imbelloni, que después de zafarse de Rolando completaba así su
retirada.
Y ahora Raimundo veía a un hombre con el revólver en alto, acercarse desde el
fondo: presumiblemente Armando Cabo.
En ese momento se interpuso Rolando, que gritaba a su hermano
-¡Pará, que Mingo está herido!
El hombre que avanzaba, quizá con el revólver descargado, se detuvo. Vio a
Rosendo caído, trató inútilmente de levantarlo. Descubrió junto a la caja el
revólver de Rosendo, lo alzó y se lo puso en la cintura. Después se marchó con
la misma serenidad con que había tirado.
Alrededor de doce segundos habían transcurrido desde que empezó el incidente.
Ahora sólo quedaban en La Real los caídos y los hermanos Villaflor. Desde la
esquina Granato oyó que Rolando gritaba desesperado
-¡Mingo! ¡ Mingo!
Volvió. Segundos después regresaba Alonso. Los cuatro amigos se quedaron
mirando. El Griego tenía un tiro en el pecho, y de la mejilla de Zalazar brotaba
incesante un chorro de sangre, como un surtidor.
9. EL GRIEGO
Entonces Rolando que quería agarrar a los dos, y Raimundo que decía: No que está
muerto, no que está muerto. Porque él ya había visto que Mingo no reaccionaba, y
lo pesado que era para moverlo pero Raimundo seguía masajeándolo, implorándole:
Griego, reaccioná Griego, que no es nada, te la dio en la derecha, esto se cura,
viejo.
Pero no se curaba. Un rato después el viejo Mingo moría en el Fiorito y lo que
de él quedaba es ese "Te acordás?" con que empiezan tantas conversaciones:
¿Te acordás, Negro?, esa tarde fuimos a buscarlo a la sociedad de fomento, y
cuando nos veníamos todos juntos había una vieja en el barrio y él le hizo un
chiste, le dice: "Acá me voy yo con toda mi prole", te dice el finadito. Y la
vieja le dijo: "Cuidensén, muchachos, cuidensén muchachos", pero él se moría de
risa, "No tenga miedo viejita que a mí no me pueden hacer nada, decía, yo soy
como el Ave Fénix". No sé cómo es la milonga esa,¿-no? pero es uno que se muere
y vuelve a renacer, el Griego siempre tenía esos chistes.
En los pibes de Gerli que hoy son hombres resignados o conformes o rebeldes, la
figura de Domingo Blajaquis fue desde siempre la parte del misterio, que al
mismo tiempo era la insuperable bondad, y desde lo más remoto que nadie se
acuerde, trató de unir para luchar, incluso a los chicos que encontraba
perdiendo el tiempo en las esquinas:
-¿Qué hacen ustedes?
-Y, aquí estamos, sentados.
-¿Por qué no leen, por qué no se juntan, por qué no se organizan? Ustedes saben
que en la antigüedad existió un ser que se llamó Espartaco. ¿Por qué no forman
ustedes, la juventud, ahí tienen un nombre, la juventud espartaquista?
Y se iba cargado de sus libros, folletos, diarios, dejándolos atónitos de que se
dignara hablar con ellos, porque todos sabían que Domingo Blajaquis había estado
preso tal vez desde que nació, y que era el primer hombre que sufrió la Picana,
tal vez el inventor del Gran Sufrimiento de la Picana, que la policía siempre lo
buscó y que él contestó a la policía y a todos los explotadores del mundo con
bombas que hacían saltar los puentes y las fábricas de los explotadores. Así
crecía el mito:
Lo mirábamos como a un jugador de fútbol, qué sé yo. La prueba está que después,
en cierto momento, él quiere practicar boxeo. Entonces en el club Villa Modelo
venían ya boxeadores de cartel pero todos los pibes íbamos adonde se entrenaba
Blajaquis.
Después vino el 55 y el oscuro drama de Blajaquis con su partido, el partido
comunista, del que renegó y no renegó porque como dice uno de los que fueron sus
amigos "a Mingo lo cascaron los conservadores, lo fajaron los radicales, lo
expulsaron los comunistas, lo torturaron los libertadores y al final lo
masacraron los que se dicen peronistas." Y eso que él nunca quiso hablar mal de
nadie y hasta resultaba ingenuo en su afán de encontrar lo que había de bueno en
cada uno. Pero el 16 de junio fue de los que sostuvieron que había que armar
milicias obreras, y por eso lo radiaron los burócratas. Marxista convencido, los
peronistas de la base lo aceptaron como suyo: el dilema que aún no termina de
aclararse en los papeles, se resolvía en el corazón de un hombre al que nadie
tuvo que explicarle dónde estaba el pueblo del que formaba parte. Lo que sí
quería el Griego era una revolución, y a eso dedicó los días y los minutos de su
vida, sin más descanso que una partida de ajedrez, una jarra de vino o una
aventura ocasional que provocaba las risas de sus compañeros.
Preso en un barco, preso en Caseros, preso en Esquel, perseguido siempre,
derrotado nunca, le quemaban los libros con querosén, se escapaba por un agujero
debajo de la cama que daba a un baldía, se zambullía detrás de una cerca, y
reaparecía siempre con una sonrisa y un chiste malo, con su chaqueta de cuero y
su gorra, con su aspecto de obrero que no pudo perder ni leyendo a Hegel ni
desmenuzando el idealismo alemán, con su formidable impulso organizador: las
huelgas de una década al, sur del Riachuelo llevan el sello de Domingo
Blajaquis.
-Esto lo cortó él -me cuentan en un taller, mostrándome un puñado de recortes de
varillas del seis-. Cada vez que había un paro se aparecía con tres o cuatro
rollos de alambre, decía: "Vamos a trabajar", y nos quedábamos hasta la
madrugada sacándole punta a los clavos Miguelito.
Otras cosas le pedían: había estudiado química, conocía las fórmulas, sus manos
estaban manchadas de tinturas y de ácidos que no eran solamente de la curtiembre
donde trabajaba. Si hay un símbolo de la resistencia obrera en estos años, es
Domingo Blajaquis y en ese sentido tenía razón al decir que a él no lo podían
matar, ni siquiera los bandidos que ahora lo mataron.
Tal vez le habría alegrado presentir que esta evocación insuficiente, que algún
día será completada, la cerraría en el periódico de los trabajadores uno de sus
compañeros. En un folleto mimeografiado en Gerli escribe Raimundo Villaflor:
"Dicen que pasó sin trascendencia por la escuela industrial y la universidad sin
recibirse de nada, que tenía pocos recursos, que siempre vivió a salto de mata,
que su vida fue siempre agitada. Y es cierto, nunca tuvo nada, ni llegó a nada
en el sentido que los burgueses dan a ese concepto. Porque un auténtico
revolucionario no llega a nada hasta que destroza el régimen corrompido y
parasitario que nos explota e instaura una nueva sociedad... Sus conocimientos
de la historia y de las revoluciones mundiales, las diferentes escuelas
filosóficas, la física, la química, la medicina, eran parte del conocimiento con
que aclaraba nuestras dudas, nuestra ignorancia, nuestros interrogantes... Era
el padre del grupo, "nuestro hermano mayor", tuvo también claridad para
comprender con mucha anticipación cómo la burocracia se transformaba en dique de
contención de las masas... Ese era Domingo Blajaquis, nuestro griego, la muerte
lo sorprendió trabajando por el pueblo trabajador, tratando de unir la lucha de
nuestros hermanos del norte, de nuestros compañeros del interior, con nuestra
lucha, tratando de quebrar ese cerco de hielo e insensibilidad de la burocracia
traidora. No murió peleando, murió asesinado a mansalva. Pero no es un mártir,
es un héroe. Fue un militante más del ejército invencible del pueblo trabajador,
fue un auténtico revolucionario."
10. "JUSTO A MI ..."
Con el balazo que lo derrumbó había saltado de la mano de Rosendo García el
revólver 38 especial que alcanzó a sacar de la cartuchera ceñida al cinturón.
Mientras manoteaba desesperadamente el piso de La Real, oyó el resto de los
tiros que zumbaban sobre él, se arrastró entre convulsiones hasta quedar casi
sentado, con la espalda apoyada en la cabecera de la mesa: en esa posición
alcanzó a verlo Raimundo Villaflor.
Después cesó el tiroteo, lo rodeó el tropel de pasos fugitivos. Una mano -la de
Armando Cabo- lo sacudió por el hombro, trató inútilmente de enderezarlo. Con
ojos turbios pudo contemplar el desastre -Gerardi inmóvil, los caídos en el
bando adversario- mientras se preguntaba quién a su espalda, qué cuenta
arreglada; y cómo era que todos lo dejaban solo. Entonces volvió a arrastrarse
en dirección a la puerta, la salida, la vida que se escapaba y comprendió lo
jodido que estaba cuando tuvo que apoyarse nuevamente contra la pared de La
Real. Allí lo vería el desesperado Rolando mientras cargaban pesadamente con
Zalazar y Blajaquis, los metían en el taxi de Jorge Próspero Álvarez y volaban
al Fiorito.
Entonces Rosendo volvió a arrastrarse hasta la calle y quedó tendido a lo largo
sobre la vereda de Sarmiento, mientras Norberto Imbelloni buscaba un auto que el
dirigente Izetta le negó por no estropear el tapizado, y conseguía al fin el
Fiat 1500 de Maximiliano Castillo, donde lo cargaron con la ayuda de Tiqui Añón,
y ese fue el momento que eligió Rosendo para decir, tal vez con tristeza o como
una simple comprobación, porque ya se iba, el momento que eligió para decir a
sus amigos
-Justo a mí me la fueron a dar.
Sí, justo a él, el hombre que había crecido demasiado en Avellaneda y en la UOM,
el hombre que aspiraba a ser gobernador de la provincia, el único que a corto o
largo plazo podía desplazar a Vandor.
Nicolás Gerardi quedó totalmente abandonado sobre las baldosas de La Real.
Cuando llegó la policía, el vigilante Segovia lo metió en un taxi. Gerardi
quería que lo llevaran al sanatorio de la UOM y parece que volvió a acordarse de
su carnet de la Cámara de Diputados. El taxista se dio vuelta y le dijo:
-Gracias que te llevo al Fiorito.
11. ZALAZAR
"Porque para ser peronista, hay que estar con Perón, y si no se es peronista, se
es traidor al movimiento." Estas eran las cosas que Juan Zalazar había empezado
a escribir en un cuaderno a los 34 años y que mostraba candorosamente a los que
llamaba sus hermanos. Mingo y Raimundo podían hablarle de Argelia o del Congo,
de Cuba o de Vietnam, que él respondería:
-¿Eso es peronismo?
Asombrado de que alguien quisiera enseñarle algo, por primera vez. Aunque los
resultados no fueran deslumbrantes sobre el papel, Zalazar intentaba explicarse
el amargo mundo, su maltratada suerte
-Toda su vida -explica Granato- fue una desesperación por conseguir trabajo.
Boxeador mediocre en su juventud, las peleas disminuyeron a medida que aumentaba
la familia. Llegó a tener cinco hijos, cuyo porvenir lo desesperaba. "Que no
sean burros como yo", repetía. Su destino natural de militante en la Resistencia
fue el de guardaespaldas de los que iban a convertirse en jerarcas y olvidarse
de él. Un día acudió a ver a uno de esos hombres a quienes él había cuidado:
quería un permiso para un puestito de sandías.
-¿Con cuánto vamos? -le preguntó el concejal.
-Mirá estos hijos de puta -comentó Salazar.
Nunca pudo entender esas cosas.
La obsesión del trabajo se convirtió casi en locura. Un día entró con un amigo a
trabajar de prepotencia en una fábrica. El capataz los quería matar y los
operarios se reían.
-Mirá estos hijos de puta -volvió a decir Zalazar-. En vez de ayudarnos, se ríen
de nosotros.
Los corrieron a bulonazos mientras él desafiaba a todos a que salieran a pelear
a la calle. Pero igual siguió sin entender.
Ahora boxeaba cuando podía, en cualquier festival, contra cualquiera. Lo
amasijaban, y se iba contento con unos pesos para que comieran los pibes. Una
vez de las tantas veces que no hubo nada en la casa, trajo unos pescados que
encontró en la costa. Se intoxicaron todos.
Anduvo en una bicicleta vendiendo flores. Quiso inventar una máquina de hacer
chorizos donde él era el motor: "Porque yo tengo fuerza", se reía. Y la noche
que lo mataron acababa de trabajar 36 horas seguidas en la Shell, porque al fin
había agarrado una changa y no la quiso desperdiciar, y aún le quedaban ganas
para reunirse con sus compañeros, a ver si podían hacer algo por los cañeros de
Tucumán.
Entonces Armando Cabo, que estaba sentado al lado de Vandor, terminó de tomar su
whisky, hizo puntería y lo mató.
Pero ya no importaba tanto porque Juan Zalazar también se había salvado en los
otros, en la fraternidad de los que luchan y al fin comprenden. Sea una vez más
su hermano Raimundo Villaflor quien lo despide:
"Era la imagen y la expresión del hombre simple que pugna por romper esa
simpleza. Sabía poco de retóricas intelectuales, pero sabía muchas cosas
prácticas. En la medida que descubría la traición incubada por la burocracia, la
postración del movimiento y la frustración de los militantes, nos unimos, y las
pasamos juntos, y las comimos juntos. Nos preguntamos por la muerte y por la
vida, si duramos o vivimos. Durar, dura el borrego. Vivir, vive el militante
revolucionario."
Segunda Parte
LA EVIDENCIA
12. LA POLICÍA DESTRUYE LA PRUEBA
-Pero, ¿cómo van a hacer eso? -exclamó el cortador de pizza Carlos Sánchez al
ver que los primeros baldazos caían sobre el piso ensangrentado de La Real. ¡No
hay que tocar nada!
-¿Y tú que sabes? -dijo el patrón Hevia.
-Es que yo he sido policía militar en Paraguay. Los cepillos de goma y los
trapos de piso quedaron en suspenso.
-Hombre -repuso Hevia-, si ya estuvieron ellos aquí, y no han dicho que no
laváramos. Esta es la hora de la limpieza, así que a limpiar.
Sánchez de todas maneras llamó por teléfono.
-¿Podemos limpiar?
-Sí, claro -le respondieron de la comisaría.
Los mozos volvieron a su tarea. Recogieron vasos rotos, enderezaron mesas y
sillas caídas, lanzaron nuevos baldes de agua sobre las manchas de sangre. En
seis minutos la confitería quedó reluciente, como si no hubiera pasado nada.
-Así da gusto -suspiró Hevia.
En ese momento sonó el teléfono y una voz áspera gritó en el oído de Sánchez
-¡ No toquen nada!
-¿Han visto? -dijo Sánchez.
-Coño -dijo Hevia.
La destrucción sistemática de la prueba por la policía de Avellaneda había
empezado media hora antes cuando "una persona particular, visiblemente azorada"
se presentó en la comisaría primera y denunció ante el jefe de turno,
subcomisario Alberto Martínez, lo que acababa de ocurrir. El subcomisario no
identifica al testigo, y el juez Néstor Cáceres, al interrogarlo un mes después,
no le pregunta quién era.
Martínez acudió a La Real con el ayudante Atilio Dellepiane, el cabo Santamaría,
los agentes Segovia, Cristaldo y Zacarías. Allí se enteró que Rosendo estaba en
el Fiorito y se hizo llevar en un automóvil que pasaba, dejando a Dellepiane
"con las órdenes del caso".
Junto a la curva del mostrador, frente a la caja, el cabo Santamaría encontró
una cápsula 45 y un plomo del mismo calibre. Sin la menor precaución los
recogió.
El agente Zacarías levantó otra cápsula "en el pasillo divisorio de los dos
ambientes" y dos más "cerca de la caja registradora". Cuando el juez le pida que
por lo menos señale dónde las encontró, responderá que "en cinco años que lleva
en la policía es la primera vez que interviene así en un procedimiento de un
hecho de esta naturaleza y magnitud, por lo que no puede asegurar precisión en
las referencias que hace sobre el croquis".
Rato después, las cápsulas ya eran cinco. Nadie aclara dónde apareció la quinta,
ni quién la halló. El revólver de Juan Ramón Rodríguez, que estaba caído bajo
una mesa, anduvo de mano en mano antes que Hevia lo entregara a Dellepiane.
Volvió el subcomisario del hospital y en seguida se retiraron todos sin dejar
vigilancia ni consigna. El copropietario Ramón García, declarando ante el juez,
dirá que antes de irse Dellepiane, su socio Hevia le preguntó qué hacía con el
local, "respondiendo el policía que podían limpiar". Hevia no recuerda ese
diálogo pero señala que "habiendo estado ya la policía y no habiendo dejado
órdenes en contrario se podía limpiar". Dellepiane se justifica alegando que "se
trasladó al hospital, dejando cerrado el local, no recordando si quedó
vigilancia, y al volver observó que se habían lavado las manchas de sangre, pues
fue difícil hacer cumplir las directivas por la confusión reinante". Habla,
suponemos, de la confusión reinante en su cabeza.
Cuando ocho horas después del tiroteo se presentó en La Real el perito en
rastros de la policía bonaerense Alberto Giglio, no encontró siquiera una copa
que no hubiera sido lavada. El pianista Dardo Osle hizo un croquis muy preciso
de un local que ya tenía poco que ver con el escenario de los hechos. Las tres
mesas rectangulares del grupo vandorista no conservaban siquiera su forma, pues
los mozos las habían reemplazado por otras redondas, además de correrlas
aproximadamente un metro con setenta centímetros hacia el fondo del salón
familiar, y unos veinticinco centímetros hacia la calle Sarmiento. Las dos mesas
del grupo Blajaquis tampoco estaban ya junto a la columna, sino desplazadas
alrededor de un metro con treinta y cinco centímetros hacia el salón familiar.
Con este croquis trabajaron los dos jueces de la causa.
La única evidencia que la policía de Avellaneda no consiguió suprimir fueron las
huellas físicas de los balazos. El parte redactado por el subcomisario Martínez
inventa sin embargo "cuatro perforaciones producidas presumiblemente por armas
de fuego" en la pared que estaba a espaldas del grupo vandorista. Eran en
realidad simples astilladuras superficiales, originadas en cualquier causa
anterior, y no aparecen por supuesto en el relevamiento pericial que descubre
once accidentes balísticos registrados en trece tomas fotográficas. Ninguno de
estos disparos había hecho blanco a espaldas del grupo vandorista, ni en sus
inmediaciones, pero el erróneo informe de Martínez permitió mantener a nivel
periodístico la ficción de que se había producido un auténtico tiroteo, con
fuego de ambos bandos: el 15 de mayo La Nación publicaba un croquis donde
aparecían las cuatro famosas "perforaciones".
Martínez y Dellepiane no resultaron más afortunados al atribuir la muerte de
Rosendo a "una herida de bala en la cara anterior de abdomen con orificio de
salida en región dorsal". Como se sabe, era exactamente al revés: la bala entró
por la espalda y salió por el ombligo. Dieciséis meses más tarde el segundo juez
de la causa, doctor Llobet Fortuny, censuraba amargamente el sumario policial: "No puede establecerse que la actitud de los conductores del procedimiento haya
sido maliciosa, pero sí al menos incauta".
Las cosas mejoraron algo cuando llegó el titular de la primera. El comisario
Luis Fernández da intervención al juez Néstor Cáceres, pide instructor a la
Dirección Judicial, solicita por radio la presencia de peritos, demora a los
testigos y a las dos y quince de la madrugada va al Fiorito donde en presencia
del inspector San Félix y el médico policial doctor Rodríguez Jiménez recoge las
últimas palabras del agonizante Zalazar:
"... nos trasladamos a la camilla donde se encuentra JUAN ZALAZAR y a instancias
del señor Médico, esta instrucción acierta hacerle algunas preguntas,
respondiendo ZALAZAR, con apenas un murmullo y en forma entrecortada, entre lo
que se destaca el nombre de VANDOR, relacionando su presencia en lugar, pues oyó
que lo nombraron y cree haber oído que decían ‘no tire VANDOR’ (Literal)."
El mundo se le borraba al ex boxeador, su perspectiva de derrotas, de hombres
sin trabajo y chicos desamparados. Entró en el coma, treinta horas después en la
muerte. Esas fueron sus últimas palabras, la plena conciencia de su drama.
13. "TODO BUENOS AIRES"
Tirado en el piso del Fiorito, Domingo Blajaquis apenas respiraba. Granato y los
Villaflor intentaban reanimarlo con masajes al corazón, cuando entre varios
trajeron a Rosendo. Enloquecido, Rolando se les fue encima, en la escaramuza le
pegó una trompada a un médico mientras Luis Costa escapaba a la calle.
A John William Cooke el teléfono lo despertó después de medianoche: el Griego
estaba herido. Eran amigos, en 1956 había compartido una de sus tantas cárceles.
Corrió al hospital, cuando llegó había un acta de defunción con la hora precisa:
una menos veinte. Le contaron.
Cooke mantuvo su acostumbrada serenidad, observó cómo el Fiorito se iba poblando
con los notables del peronismo oficial, diputados, senadores, dirigentes, cómo
crecía en los cuchicheos la ola de consternación que tan eficazmente iba a
utilizar el vandorismo: Rosendo había muerto a las doce y veinte.
-Disparen -dijo.
-Pero si nosotros estábamos desarmados.
-Disparen -dijo Cooke-. Les van a tirar con todo Buenos Aires.
Granato no podía creerlo. En su inocencia se había ofrecido para ir a buscar un
remedio que necesitaba con urgencia Nicolás Gerardi, herido del otro bando, y lo
había conseguido en Dock Sud, después de largo peregrinaje.
Al salir Rolando se encontró con Alonso que le dijo:
-Me parece que estoy herido en un pie.
Tenía la pierna paralizada por el rebote de una bala en la suela del zapato.
-Si es un pie, no es nada -dijo Rolando.
Tomaron un taxi y fueron a avisar a una hermana de Blajaquis que vivía en Gerli.
Volvieron a casa de Rolando, se cambiaron las ropas ensangrentadas. Rolando tomó
un colectivo a Buenos Aires, en busca de su amigo, el abogado Norberto
Liffschitz.
Raimundo Villaflor no supo que tenía sangre en la cara hasta que notó que un
vigilante lo miraba en el pasillo del Fiorito. Fue al baño, se lavó ante un
espejo. Regresaba de la furia, de la desesperación, eran las cuatro de la mañana
y estaba solo con Granato.
Al salir del hospital compraron los diarios. La profecía de Cooke empezaba a
cumplirse. Durante quince días únicamente el vandorismo hablaría por boca de la
prensa, mientras los sobrevivientes de la matanza pasaban a la clandestinidad.
Una sola persona, quizá, tenía en la tarde del sábado 14 un cuadro medianamente
claro de lo ocurrido. El instructor, comisario Néstor De Tomás, había acumulado
metódicamente en sesenta fojas el resultado de unas treinta diligencias, entre
ellas los ocho testimonios de mozos y propietarios de La Real. Tres eran
particularmente importantes.
Ramón García, copropietario del negocio, declaraba a fojas 27 que "momentos
antes de comenzar los disparos observó a una persona de espaldas quien se arrojó
sobre los que estaban reunidos" (en el sector Blajaquis) "agitando sus manos tal
como si golpeara a alguien". En su segunda declaración, ante el juez Llobet,
marcará en el croquis el lugar del incidente, que es el de Rolando Villaflor
agredido por Imbelloni.
El mozo Oscar Díaz "observó que una de las personas integrantes del segundo
grupo, se levantaba de improviso, dirigiéndose a la mesa de los primeros y sin
mediar palabras, comenzó a golpear a todos indistintamente, poniéndose de pie
los integrantes del segundo grupo y armándose de sillas comenzaron a golpear a
quienes en ningún momento había provocado. En ese instante comenzaron a
escucharse disparos..."
El testimonio de Fructuoso Hevia es aún más significativo por la posición
privilegiada que tenía como observador desde la caja registradora. Dice:
"En un momento dado, las personas que habían llegado en primer término se
levantan de la mesa presumiblemente con la intención de retirarse, y es en ese
preciso instante que una de las personas del segundo grupo, se levanta de
improviso, arrojándose contra los que ya se retiraban, comenzó a golpearlos,
siendo repelida la agresión."
Esta es una descripción bastante exacta de la acometida de José Petraca contra
Raimundo Villaflor. Pero Hevia dice más:
"En ese instante los demás integrantes del segundo grupo se sumaron a la
refriega originada, armándose algunos de sillas, agrediendo a los que llegaran
en primer término. Fue en ese instante que el dicente observó cómo la lucha
tomaba incremento y escuchó una serie de disparos de arma de fuego, cree que del
bando atacante."
El 19 de mayo surgirá un cuarto testimonio sobre el origen de la agresión. Es el
del joven comerciante Mario Basello, quien declara que "sin que existiera
discusión previa se armó un revuelo de mesas y sillas que partían de una mesa
instalada en el sector familiar... hacía otra ídem distante unos cinco metros...
Que luego de esa gresca entre ambos bandos con mesas y sillas siguieron disparos
de armas de fuego. Que el que depone... se hallaba... de pie junto al mostrador
bebiendo una coca-cola, es decir dando espaldas al local y con la vista al salón
familiar, de allí su aseveración acertada de que la provocación partiera de ese
grupo."
Un episodio tragicómico oscureció momentáneamente la pesquisa. En la madrugada
del 14 ingresa al Fiorito, herido de bala, Dante Navarro. Morirá después. A
fojas 104 Miguel Argüello, tras aclarar que está comprendido en las generales de
la ley "por la íntima amistad que lo une a la víctima Dante Navarro", explica
compungido cómo fue. Iba caminando con un tal Ruziak cuando se topan con Navarro
y entran en La Real. "El que habla en el instante preciso en que iba a penetrar
oye que alguien grita ‘traidores hijos de puta’; no obstante entra y en ese
momento observa una descomunal riña entre gran cantidad de gente, cuyo número no
pudo determinar". Navarro cae herido.
Es, como se advierte, una de las versiones más coloridas del tiroteo. Lástima
que sea totalmente falsa. Argüello había baleado a Navarro en otro lugar, por
motivos que no eran precisamente políticos, y se coló en la matanza de La Real.
"La íntima amistad que lo unía a la víctima" es una notable contribución a la
picaresca del hampa.
14. ENJUAGUES Y MISTERIOS
-Yo, Vandor, Negro, ¡te lo juro!, sabés cómo sé querer yo, y yo sé cómo pensabas
vos, te prometo que sí los trabajadores argentinos no ven aparecer a los
culpables en los próximos días, acá va a correr un río de sangre.
Estas son las palabras, quebradas por la emoción, que un periodista creyó oír de
boca de Augusto Timoteo Vandor en el cementerio de Avellaneda, la templada
mañana del 16 de mayo de 1966.
Hoy es preciso acudir a los archivos de las diarios para advertir que de las
palabras de Vandor ha quedado otra versión, menos hermosa pero acaso más fiel:
"Sí dentro de pocos días los responsables de este crimen no levantan la bandera
de la paz, entonces sí habrá un río de sangre". La diferencia podía parecer una
sutileza en aquellos momentos. Hoy es reveladora. La primera versión es lo que
Vandor debió decir, lo que todo el mundo esperaba que dijera, y tal vez por eso
creyó escucharlo el periodista de Primera Plana: Si no aparecen los culpables,
correrá un río de sangre. Pero los culpables no aparecieron, y el río de sangre
sólo ha corrido en el papel. La segunda versión en cambio se cumplió. Los que
Vandor llamaba responsables levantaron en efecto la bandera de la paz y ya el
río de sangre era innecesario. Vandor no tenía interés en que "apareciera"
nadie, ni los guardaespaldas que lo secundaron, ni los sobrevivientes que iban a
denunciarlo.
Una transformación casi milagrosa se había operado en el hombre que cincuenta
horas antes, en el sindicato Municipales de Avellaneda, lloraba por anticipado
la muerte de Rosendo, y el fin de su carrera política. En una de las farsas más
espectaculares que haya presenciado el país, aparecía ahora corno el vengador de
su propia víctima.
Decenas de coches cargados de flores habían precedido el féretro del último
caudillo de Avellaneda. Una de las coronas ostentaba el nombre de Juan Perón. La
que mandó Isabel Perón, en cambio, había sido pisoteada y destruida por
furibundos vandoristas. Una muchedumbre enorme y apesadumbrada caminó durante
dos horas detrás de las eminencias del peronismo, acompañadas por políticos de
todos los partidos, mientras las fábricas paraban y la ciudad entornaba sus
puertas. Monseñor Podestá ofició el responso. La policía, entretanto, demoraba
la entrega del cadáver de Zalazar para "evitar incidentes".
Sin visitar a Rosendo en el Fiorito ni aguardar el desenlace, Vandor se había
trasladado a la sede de la UOM, en la calle Rioja, donde convocó al abogado
Fernando Torres. De allí surgió una estrategia elemental pera efectiva:
proseguir la destrucción de la prueba iniciada por la policía. Armando Cabo se
encargó de reunir las armas utilizadas y hacerlas desaparecer. Alguien sustrajo
del Fiorito el saco, el chaleco (perforados de bala) y la corbata de Rosendo.
Cabe suponer que de Gerardi también ha desaparecido alguna ropa, pues la única
que consta en autos es una camisa de corderoy que en el acta de recepción de la
comisaría es "azul" mientras que en la pericia balística sobre ropas es "gris":
parece poco abrigo para una noche invernal. El propio Gerardi fue sacado del
hospital, conducido al policlínico de la UOM en la calle Pueyrredón y operado
por el doctor David Bracuto, quien dice que le extrajo un proyectil 45 y lo
entregó no a la instrucción sino a Fernando Torres.
Han pasado treinta y seis horas desde el tiroteo cuando Torres, invocando "su
carácter de apoderado general de la Unión Obrera Metalúrgica", se presenta con
el saco. El instructor le pregunta quién se lo dio. Responde que "una persona
cuyo nombre y apellido se reserva, amparándose como letrado dentro del secreto
profesional". Entrega también la bala de Gerardi.
El 16 de mayo vuelve a presentarse el milagroso doctor Torres. Trae esta vez un
revólver Colt 38 con seis proyectiles intactos "que perteneciera a la víctima de
autos Rosendo García".
-¿Quién se lo dio, doctor?
-Secreto profesional, comisario.
La destrucción de la evidencia se completará con el ocultamiento de los
protagonistas. A La Real han entrado por lo menos quince. Los mozos mencionan
doce porque los tres restantes se ubicaron aparte. La táctica consiste en
suprimir a los guardaespaldas y presentar solamente a los heridos, a Vandor (no
hay más remedio), a Castillo, diputado protegido por sus fueros y al inofensivo
asesor Barreiro. Sus declaraciones, obviamente concertadas, mienten en los
mismos puntos. Así Julio Safi dice que estaba por entrar en La Real en compañía
de Castillo cuando empezó el tiroteo y se sintió herido. La verdad es que había
entrado y se había sentado, pero la negativa le permite sostener que "no
reconoció a ninguna de las personas que reñían" y que "tampoco pudo ver a la
persona de Augusto Timoteo Vandor u otro perteneciente al gremio metalúrgico".
Casi un año más tarde admitirá ante el juez Llobet que entró, que "al llegar al
bar se encontró de frente con Rosendo García" (metalúrgico) "y con Gerardi, de
quien es amigo ... que Rosendo García lo invitó a tomar un café o una copa" y
que permaneció en La Real "dos o tres minutos, que pudieran ser cuatro".
Barreiro declara haber visto solamente a Rosendo, Vandor y Gerardi. Admite que
había varias personas más pero "no les prestó atención alguna". Castillo repite
la versión de Safi y asegura que se quedó en la calle. Cuando termina el tiroteo
lleva en su auto el cuerpo de Rosendo ayudado por "varias personas" a las que
considera "simples transeúntes a los que no conocía". Tales simples transeúntes
eran Imbelloni, "Tiqui" y Rodríguez: Castillo los conocía perfectamente.
Pocas horas después de la farsa en el cementerio de Avellaneda, declara el
propio Vandor. Cuenta su llegada a La Real:
-Me senté de espaldas a Sarmiento. Como una cosa que ya resulta común, varios
compañeros que seguramente nos habían reconocido, entraron y se sentaron a mi
lado.
COMISARIO DE TOMAS: -¿Quiénes eran?
VANDOR : -No conozco sus apellidos, pero tengo la esperanza de individualizarlos
e invitarlos a que concurran a prestar declaración.
Ya va para tres años que el dirigente metalúrgico alienta esa esperanza. La
memoria, infortunadamente, no le ayudó a identificar a sus propios
guardaespaldas.
Describe sus temores, su "sexto sentido" el incidente del baño, y agrega:
"A todo esto Rosendo, nervioso por naturaleza, se hallaba cada vez en mayor
tensión. Transcurren escasos segundos y de pronto, tres o cuatro de los
individuos de la otra mesa se ponen de pie, aclara que no medió provocación
alguna de parte de ningún grupo, y al ruido de las sillas al levantarse, sumado
a la atención que prestaba el dicente, hizo que rápidamente se percatara de la
situación, tratando de buscar refugio, no así García, que imprevistamente dando
un salto y con los brazos en alto se pone frente a los atacantes. En ese momento
el dicente escucha un disparo y casi de inmediato una sucesión d