¿Quién mató a Rosendo?
NOTAS EN ESTA SECCION
Hace cuarenta años, por Enrique Arrosagaray
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Noticia preliminar
| Primera parte |
Segunda parte |
Tercera parte
Conclusión |
Epílogo del editor

Hace
cuarenta años, en La Real de Avellaneda, no sólo moría García
Se cumplen cuarenta
años del tiroteo en la confitería La Real en el que resultaron muertos el
dirigente de la UOM Rosendo García y dos militantes de la resistencia peronista.
El hecho fue narrado por Rodolfo Walsh en ¿Quién mató a Rosendo? Aquí, la
historia de Domingo Blajaquis, uno de los asesinados menos conocidos y,
a decir de Walsh, "un auténtico héroe de su clase".
Por Enrique Arrosagaray [14/05/06]
"... El Viejo estaba mordiendo una porción de pizza cuando la bala se le
metió en el pecho, por el costado", asegura Francisco Alonso tocándose debajo
de su axila derecha. Alonso estaba sentado en la otra punta de la misma
mesa, a un metro, cuando se apagaba el 13 de mayo de 1966. "Ese tiro –agrega
Alonso–, como todos los otros, vino de la mesa en donde estaba el Lobo Vandor
con su troupe. Quedó sentado el Viejo, sangrando, muriendo."
Cuatro horas antes, el "Viejo" Domingo Blajaquis había salido de una sociedad
de fomento de Gerli con dos o tres amigos y marcharon al centro de Avellaneda,
a una reunión de solidaridad con un gremio del Norte que estaba en lucha.
Luego llegaron a la esquina de la plaza en donde se encontraron con Raimundo
Villaflor, obrero de la Conen, una fábrica de jabones, quien a las diez
de la noche había terminado su turno iniciado a las dos de la tarde. Cruzaron
la avenida y entraron a la confitería La Real, que era también pizzería,
café y lo que venga.
Francisco Granato –31 años, alto, pelo oscuro– invitó con la pizza porque
había cobrado unos pesos extra. Era obrero en la planta del Docke de la
Shell. Pero exigió esquivarle al vino tinto porque no andaba bien del estómago,
pidieron blanco. En la mesa estaban Domingo Blajaquis, los hermanos Villaflor,
Horacito –creemos que es Miguel Gomar–, Juan Zalazar y los mencionados Granato
y Alonso.
A seis o siete metros –en el mismo salón–, varios sindicalistas y políticos
tomaban whisky y charlaban. Augusto Vandor, Rosendo García, Petracca, Valdez,
Saffi, el Beto Imbelloni, Gerardi, Armando Cabo, etcétera.
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Domingo Blajaquis (de anteojos) murió en el Hospital
Fiorito
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La trifulca
comenzó a los minutos por miradas desafiantes y porque a Horacito lo apretaron
en el baño unos hombres de Vandor. Los primeros puñetazos fueron entre Raimundo
Villaflor y Rosendo García, y entre Rolando Villaflor y el Beto Imbelloni.
Sonaron varios disparos desde la mesa de Vandor seguramente porque los invadió
ese cóctel tan peligroso compuesto por el alcohol, el miedo y el odio. Un
disparo partió la espalda de Rosendo García. Otros dos se metieron en los
cuerpos de Blajaquis y de Juan Zalazar –38 años, cinco hijos, vivía en Wilde,
casado con Juana Fernández–. Otros balazos marcaron mesas, mármoles y columna.
Una más terminó en un glúteo de Saffi.
Los diarios
hablaron de los hechos porque hubo tres muertos y uno de ellos de prestigio.
Rosendo García era secretario nacional adjunto de la poderosa UOM y se perfilaba
en esos días hacia la candidatura a gobernador de la provincia de Buenos
Aires por el justicialismo.
De Blajaquis casi no habló nadie más que Rodolfo Walsh, con emoción profunda,
pero en el marco represivo de la dictadura de Juan Carlos Onganía.
Domingo Blajaquis era el jefe del "grupo Avellaneda" de Acción Revolucionaria
Peronista (ARP), un núcleo que tuvo pocos años de vida, orientado hasta
la médula por John William Cooke. Su perfil político era de raíces peronistas
pero con gran adhesión a la Revolución Cubana. Todos los integrantes de
aquella mesa en La Real reconocían el liderazgo de Blajaquis.
Hijo de Crispina Díaz y de Juan, Blajaquis nació el 19 de julio de 1919,
como coletazo de la Patagonia Trágica.
Era un tipo
alto y corpulento, con una frente que le penetraba el cuero cabelludo, cara
redonda, bigotes, lentes intocables y, cuentan, una constante predisposición
a charlar, a explicar, a contar. Le decían "El Químico" porque estudió esa
ciencia, porque como obrero curtidor sabía de ácidos, y por fabricante de
"caños". También le decían "El Griego" por su apellido heleno, y además
le decían "El Viejo" porque en ese otoño que olía a golpe de Estado tenía
46 años, contra una o dos décadas menos que sus compañeros de mesa. "Yo
no le conocí mujeres al Griego, pero era jodón, divertido", dice Alonso,
intentando no hacer un bronce de su amigo. "Y al mismo tiempo era estudioso,
¡nos hacía estudiar!. Y si no entendíamos, teníamos que preguntarle y nos
explicaba mil veces hasta entender. El Negro Raimundo era igual."
Nos contaba hace tiempo Luis Avellino, dueño de un pequeño taller metalúrgico
en Gerli, que fue él quien vinculó a Blajaquis con el peronismo. Porque
El Griego era del PC hasta fines del 55, cuando opinó que ante los bombardeos
a la Plaza de Mayo había que formar milicias; lo expulsaron o se fue. Un
cimbronazo para su formación marxista. A partir de allí fue como una bisagra:
precisó de dos superficies para sentirse útil. Una superficie, los trabajadores
peronistas; la otra, la teoría marxista. Fue parte de la resistencia peronista
contra "la Libertadora" y contra las ambigüedades democráticas posteriores.
Una de sus crisis la padeció en su propio trabajo: los obreros estaban en
conflicto y tiraron algún producto químico en los engranajes de una máquina;
Blajaquis reaccionó contra ellos y lo trataron de alcahuete del patrón.
En su intimidad sabía que lo defendía porque colaboraba financieramente
con su partido.
Un rato después de los disparos en La Real, Blajaquis murió en el Hospital
Fiorito, producto de una "herida de bala en tórax", tal como firmó el doctor
José Rodríguez Giménez. Eran las 0.40 del 14 de mayo. Los tres asesinatos
están impunes.
Página/12, 14/05/06



¿QUIÉN MATÓ A ROSENDO?
Primera edición: Editorial Tiempo
Contemporáneo, Buenos Aires, 1969.
Sexta edición: agosto de 1994
© Para esta edición Ediciones de la Flor S.R.L., 1984
ISBN N° 950-515-353-8
A la memoria de
Domingo Blajaquis
y Juan Salazar
Noticia
preliminar
Este
libro fue inicialmente una serie de notas publicadas en el semanario CGT
a mediados de 1968. Desempeñó cierto papel, que no exagero, en la batalla
entablada por la CGT rebelde contra el vandorismo. Su tema superficial es
la muerte del simpático matón y capitalista de juego que se llamó Rosendo
García, su tema profundo es el drama del sindicalismo peronista a partir
de 1955, sus destinatarios naturales son los trabajadores de mi país.
La publicitada carrera de los dirigentes gremiales cuyo arquetipo es Vandor
tiene su contrafigura en la lucha desgarradora que durante más de una década
han librado en la sombra centenares de militantes obreros. A ellos, a su
memoria, a su promesa, debe este libro más de la mitad de su existencia.
En el llamado tiroteo de La Real de Avellaneda, en mayo de 1966, resultó
asesinado alguien mucho más valioso que Rosendo. Ese hombre, el Griego Blajaquis,
era un auténtico héroe de su clase. A mansalva fue baleado otro hombre,
Zalazar, cuya humildad y cuya desesperanza eran tan insondables que resulta
como un espejo de la desgracia obrera. Para los diarios, para la policía,
para los jueces, esta gente no tiene historia, tiene prontuario; no los
conocen los escritores ni los poetas; la justicia y el honor que se les
debe no cabe en estas líneas; algún día sin embargo resplandecerá la hermosura
de sus hechos, y la de tantos otros, ignorados, perseguidos y rebeldes hasta
el fin.
La publicación de mis notas en CGT mereció algunas objeciones, en particular
de ciertos intelectuales vinculados al peronismo. Existía según ellos el
peligro de que la denuncia-contra un sector sindical fuese instrumentada
por la propaganda del régimen contra todo el movimiento obrero. Se mencionaban
precedentes: cinco días después del episodio de Avellaneda, La Prensa había
publicado un editorial titulado "Entre Ellos", que exhalaba ese odio inconfundible,
a veces cómico, que profesa contra la clase trabajadora en general. Toda
una cadena de editoriales posteriores, entre los que pueden señalarse los
del 17 de mayo de 1967 y 20 de marzo de 1968, reflejaron la inquietud del
diario ante el estancamiento del proceso judicial y su aparente deseo de
que, se llegara a esclarecer la verdad y sancionar a los culpables. Me encontraba
pues en peligro de coincidir con La Prensa, cosa grave.
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Notas de Walsh y
apreciaciones críticas de un sector sobre la conducción de Montoneros
(1979)
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Supongo que los hechos ulteriores habrán disipado ese temor.
Bastó que esta investigación efectivamente aclarara lo sucedido para que
la avidez de justicia de La Prensa se aplacara y el editorialista se dedicase
a la lucha contra la garrapata y la vinchuca, o a graves reflexiones sobre
"Doce hombres para colocar un foco", cuando alcanzan trescientos tontos
para escribir un diario.
El silencio que rodeó esta campaña prueba que el interés real de ese periodismo
era mantener el misterio que borraba las diferencias "entre ellos". Cuando
resultó que "entre ellos" no estaban solamente algunos "dirigentes gremiales
adictos a la tiranía depuesta", sino la policía, los jueces, el régimen
entero, el desagradable asunto volvió al archivo.
Quedaba todavía una punta de objeción, que se expresaba así: Vandor, con
sus errores y sus culpas, era de todas maneras un dirigente obrero; el tiroteo
de La Real, un episodio desgraciado.
Si alguien quiere leer este libro como una simple novela policial, es cosa
suya. Yo no creo que un episodio tan complejo como la masacre de Avellaneda
ocurra por casualidad. ¿Pudo no suceder? Pero al suceder actuaron todos
o casi todos los factores que configuran el vandorismo: la organización
gangsteril; el macartismo ("Son trotskistas"); el oportunismo literal que
permite eliminar del propio bando al caudillo en ascenso; la negociación
de la impunidad en cada uno de los niveles del régimen; el silencio del
grupo sólo quebrado por conflictos de intereses; el aprovechamiento del
episodio para aplastar a la fracción sindical adversa; y sobre todo la identidad
del grupo atacado, compuesto por auténticos militantes de base.
El asesinato de Blajaquis y Zalazar adquiere entonces una singular coherencia
con los despidos de activistas de las fábricas concertados entre la Unión
Obrera Metalúrgica y las cámaras empresarias; con la quiniela organizada
y los negocios de venta de chatarra que los patrones facilitan a los dirigentes
dóciles; con el cierre de empresas pactado mediante la compra de comisiones
internas; con las elecciones fraguadas o suspendidas en complicidad con
la secretaría de trabajo. El vandorismo aparece así en su luz verdadera
de instrumento de la oligarquía en la clase obrera, a la que sólo por candor
o mala fe puede afirmarse que representa de algún modo.
Restaba un último argumento: Vandor estaba muerto, no podía ganar siquiera
una elección en fábrica, ocuparse de él era agrandarlo. Este reproche ingenuo
omitía el punto esencial, a saber, que el poderío de Vandor no dependía
ya de las bases obreras, sino del apoyo del gobierno y las cambiantes tácticas
de Perón. Sin movilizar a su gremio, sin un solo acto de oposición real,
Vandor había recuperado a fines de 1968 toda su influencia, embarcaba a
más de cuarenta sindicatos en una campaña de "unidad" y ha vuelto a ser
en 1969 el principal obstáculo para una política obrera independiente y
combativa.
En la reconstrucción de los hechos que narro en este libro conté con la
ayuda de los sobrevivientes Francisco Alonso, Nicolás Granato, Raimundo
y Rolando Villaflor, y de su abogado defensor Norberto Liffschitz. La invesntigación
en sí fue breve y simultánea a las notas. Cuando apareció la primera el
16 de mayo de 1968, ignorábamos aún los nombres de los ocho protagonistas
"fantasmas" que la policía y los jueces no habían conseguido identificar
en dos años (ahora han pasado tres). Nueve días más tarde los tuve en una
conversación que grabé con Norberto Imbelloni, integrante del grupo vandorista.
Número a número los invité desde el semanario a presentarse y decir la verdad,
designándolos por iniciales. Mi intención no era llevarlos ante una justicia
en la que no creo, sino darles la oportunidad, puesto que se titulanban
sindicalistas, de presentar su descargo en el periódico de los trabajadores.
Ninguno atendió esa advertencia. Si con alguno he cometido error -cosa que
no creo-, no ha sido por mi culpa. No hay una línea en esta investigación
que no esté fundada en testimonios directos o en constancias del expediente
judicial.
No quise molestarme en cambio en presentar al juez doctor Llobet Fortuny
la cinta grabada y el plano con anotaciones de puño y letra de Imbelloni,
que constituían una prueba material. Por una parte, no era mi función. Por
otra, tenía ya en mis manos una fotocopia del expediente que es en cada
una de sus quinientas fojas una demostración abrumadora de la complicidad
de todo el Sistema con el triple asesinato de La Real de Avellaneda. Al
relato de los hechos aparecido en el semanario CGT, he agregado un capítulo
que resume la evidencia disponible; otro sobre sindicalismo y vandorismo,
que aporta un encuadre necesario aunque todavía imperfecto.
Las cosas sucedieron así:
Primera
Parte
LAS PERSONAS Y LOS HECHOS
1. RAIMUNDO
Había que arreglar esa empaquetadora para que la fábrica Conen pudiera seguir
empaquetando sus jabones, las farmacias los vendieran, el grupo Tornquist
siguiera cobrando sus dividendos y Raimundo Villaflor comiera el puchero
que comió ese mediodía del 13 de mayo de 1966.
Conocía ese férreo círculo de las cosas: lo había elegido. O tal vez lo
eligió su padre, Aníbal Clemente Villaflor, que el 17 de octubre de 1945
contribuyó a poner en Plaza de Mayo los gremios más poderosos de Avellaneda.
Y dos años después fue comisionado.
Es probable que para Raimundo Villaflor la primera opción se haya presentado
en el colegio industrial. Dejó en quinto año, cuando le faltaban dos para
recibirse de técnico. Tal vez no quería ser técnico, como el padre, a su
tiempo, no quiso ser intendente. Pero no, dice, fue de haragán. Porque en
esa época nos daban todo gratis: libros, uniforme, dinero para el viaje.
A los catorce años entró de aprendiz en Corrado, a los dieciséis pasó a
Baseler Limitada. Allí se fabricaban vagones y puentes-grúa. Era oficial
ajustador cuando cayó Perón y los interventores militares nombraron de oficio
los cuerpos de delegados. En Baseler el delegado general fue Raimundo Villaflor:
tenía veintiún años.
Como era tan pibe y tenía antigüedad, pensaron que no me iba a meter en
nada. Entonces les "organicé" el taller y les hice una huelga.
En la casa de la calle Pasteur al 600, este viernes 13, Raimundo Villaflor
terminó de almorzar. Tenía once años más, su mujer Alicia lavaba los platos,
su hija Chela estaba en el colegio.
Echó un vistazo al diario. Parece que ese día no hubiera cambiado el de
hoy: 300 ataques aéreos a Vietnam, aumentos en las tarifas telefónicas,
huelgas en Tucumán, la construcción del Chocón. El presidente (Illia) viajaba
a Chubut: el futuro presidente (Onganía) iba a cazar a Entre Ríos. El dólar
bordeó los 190 pesos, la temperatura media los 15 grados.
-¿Sabe usted cuántos generales hay en el ejército argentino? -preguntaba
en Washington el senador Fulbright, presidente de la comisión de relaciones
exteriores del senado.
-No, señor -respondía el secretario de Defensa, Robert MacNamara.
-Se me informa que hay más generales en el ejército argentino que en el
norteamericano. ¿Es posible?
-Supongo que sí, pero está fuera de la cuestión, señor presidente.
Habiendo tantos generales, Raimundo Villaflor no conocía ninguno, pero el
secretario del general Gallo le habló una vez por teléfono
Me dijo que levantara el paro, y si no, toda la comisión y yo a la cabeza,
estábamos todos presos. Le dije que si quería levantar el paro, que viniera
él. Me dijo que nos presentáramos inmediatamente al sindicato. Entonces
fue la comisión patronal, y fuimos nosotros por separado, no quisimos ir
en el mismo camión. Allá nos presentaron, y en seguida nos quisieron apurar.
Un capitán gritaba que daba miedo. Villaflor agrandado gritó más que él:
Que si él estaba acostumbrado a mandar en los cuarteles, con nosotros no
iba a mandar, y que a nosotros no nos iba a manosear ningún general, ni
coronel ni lo que fuera, porque nosotros éramos trabajadores y nos tenía
que respetar. Que si los patrones querían levantar el paro, que pagaran
las quincenas atrasadas, porque ésa era la causa del paro. Y que además
él podía gritar y darse el lujo de decir las cosas que estaba diciendo porque
él no sabía lo que era el trabajo. Se quedó sin palabras, y se la ganamos,
¿no? Se la ganamos.
Pero después vino la del 56, la gran huelga metalúrgica
La gente estaba encojonada, quería guerrear. Se reunieron los personales,
y todos los personales decidieron ir a la huelga. Pero después en los congresos
había delegados de las fábricas grandes que querían aflojar.
Uno de esos delegados de fábricas grandes al congreso de la Unión Obrera
Metalúrgica, seccional Avellaneda, era un orador fogoso de actitudes tibias
o prudentes. Hacía sus primeras armas sindicales, representaba a Siam, se
llamaba Rosendo García. Villaflor casi no se acuerda de él.
En mitad del congreso se presentaron dos camiones de la policía y el ejército,
con un comandante al frente que nos venía a prepear. Bueno, como siempre,
el tipo se creía que estaba en el cuartel, y amenazó con corrernos a tiros
y encanarnos y pelarnos, hasta que no faltó uno que le dijo: ¿Por qué no
se va a la puta que lo parió?, y ahí entraron todos: Andate, carnicero,
hijo de una tal por cual, y se tuvo que ir. Tenía que irse o matarnos a
todos. Pero la impresión les quedó a algunos, y empezaron a exponer posiciones
que no eran las que habían decidido los personales, y a buscar pretextos
sobre huelgas de brazos caídos, que había leyes que nos protegían, y patatín
patatán. Se habían cagado. Entonces saltamos muchos de los talleres chicos
y les dijimos que ahí no era cuestión de exponer el miedo que les había
entrado, sino lo que habían decidido los personales. Se votó por la huelga
general. Y peleamos, nos mantuvimos cuarenta y cinco días. Sí, dicen que
Vandor. Pero aquí en Avellaneda Vandor era desconocido. Al propio Rosendo
casi no lo conocía nadie. Aquí los que hicieron la huelga general fueron
Curra, Bellón, Álvarez, el finado Fernández, Rincón, Isotti, Casi toda esa
gente ha desaparecido.
Cuando se formó el comité de huelga de treinta miembros, Raimundo era el
más joven. Le tocó el enlace con la fábrica más difícil, la Ferrum, que
estaba al lado de Gendarmería, además de Tamet, Sánchez y Gurmendi, Gálvez.
La policía los buscó, pero nadie sospechaba de ese muchacho que andaba por
ahí, con la campera en la mano, comiendo una manzana. El que se dio cuenta
fue el oficial Plomer, de la segunda de Lanús. Le allanó la casa, pero ya
estaba en Dock Sur. Y cuando lo buscó en Dock Sur, estaba en Berazategui.
Al fin cayeron todos, menos él.
Me acuerdo que fue en la calle Catamarca, de Lanús Este, éramos veintinueve
miembros del plenario cuando llegó la brigada con camiones, toda la patota.
Varios se tiraron de la azotea, pero cayeron en un gallinera, y uno se quebró
una pierna. El que cayó bien fui yo. Entonces empezaron a tirar, con carabina
incluso. Salté tres alambrados antes de salir a la calle. Cuando iba a saltar
el último, venía conmigo un compañero que fumaba mucho, y ya no corría,
trotaba, y justo en el momento en que yo iba a saltar, pegan dos tiros contra
una pared, y él se quedó parado. Pero yo salté, corrí un tranvía y lo agarré,
aunque iba con los nueve puntos. Me saqué la campera y volví, los estaban
subiendo al camión policial. La gente se amontonaba, y la policía dijo que
eran ladrones, qué grande: una banda de veintinueve ladrones. Entonces ellos
gritaban: "¡No somos ladrones, somos obreros!", pero igual los llevaron.
El comité de huelga de Avellaneda había quedado reducido a este muchacho
de estatura mediana y ojos oscuros. Pisándole los talones iba casi siempre
un chico nervioso, de humor descomunal: su hermano Rolando, tres años menor,
que después recordará esa época con nostalgia y admiración
-Qué lija que corrimos, Dios me libre. Pescábamos ranas de los arroyos,
comíamos puerro, ¿te acordás, Pelusa?
Raimundo se acuerda. En Quilmes lo corrió la policía, se tuvo que tirar
de un tren. Cambiaba de casa y seguía activando. Cuando el plenario nacional
levantó la huelga, volvió a su fábrica, se sentó en el cordón de la vereda.
El personal lo rodeó antes de entrar. Les explicó que ahora había que pelear
por los presos.
La gente, con tantos días de huelga, no estaba quebrada. Y había una mishiadura...
pero la gente no estaba quebrada. Ahora resulta que adentro de la fábrica
me estaba esperando el principal Plomer. Estuvo allí toda la noche, era
mi sombra negra, igual que el policía ése que persigue a Jean Valjean en
"Los Miserables", ¿cómo se llamaba? De un auto bajaron otros dos con ametralladoras,
y el preso fui yo. Catorce días incomunicado en Lanús, eran esos días de
cuarenta grados de calor, perdí siete kilos en el calabocito ése. Diez días
en Olmos. Cuando el oficial me dio la libertad, me dijo: "Espero no verlo
más por acá". Y yo le dije: "En cada huelga que haya, nos va a encontrar
siempre".
¿Habría valido la pena? Raimundo Villaflor se despidió de su mujer, recogió
el bolsón con el paquete de sándwiches: a las dos entraba en la Conen y
hacía ocho horas corridas. Caminó hasta la avenida Mitre donde tomó el 8
-La Colorada- que lo dejaría en Piñeyro, enfrente de la lanera.
En la sección manutención de tocador de la Conen, que ya en 1883 era una
fábrica de velas, y hoy empleaba 500 obreros en tres turnos, con cuatro
mecánicos por turno, Raimundo estuvo arreglando la empaquetadora hasta que
el papel dejó de trabarse. Después anduvo con las prensas de los jabones,
los molinos, alguna pieza suelta. Era el primer trabajo estable que conseguía
en diez años, después de la huelga.
De Olmos había salido marcado y sin empleo. Recorrió innumerables talleres.
Duraba dos días: el tiempo que tardaban en llegar los informes patronales
y policiales.
Me la pasé yirando, changueando, años enteros. Eso es terrible para un hombre
con oficio, que sabe desempeñarse en cualquier máquina, el torno, la limadora,
el cepillo, la fresa. Después que se perdió la huelga, los patrones echaban
cualquier cantidad de gente, se daban el lujo de seleccionar, exigían el
certificado. Yo era nuevo en esa época, no sabía el asunto del certificado
falso y todas esas cosas. Era un continuo girar de montones de gente. No
nos daban trabajo, nos perseguían, jamás podíamos hacer pie. Y algunos nos
poníamos en evidencia como luchadores apenas entrábamos, eran esos berretines,
esa falta de experiencia que tienen los hombres, que estaban calientes y
seguían calientes nomás, no se enfriaba nunca la cosa.
Con el paso del tiempo empezó a durar dos y tres meses en cada trabajo:
los informes demoraban más. Adonde nunca pudo volver, fue al sindicato.
Parece increíble, pero ahí nos persiguieron más que los patrones. Ninguno
de los que dirigimos aquella huelga en Avellaneda pudimos volver al sindicato.
Se convirtió en una maffia. Hasta los quinieleros independientes desaparecieron:
había que bancar para ellos. Los dirigentes hacían negocios de chatarra
con los patrones, con el argumento del comunismo expulsaban del sindicato
y las empresas a los obreros combativos, amasaban fortunas, se rodeaban
de matones a sueldo.
Entonces sí, oímos hablar de Vandor.
Cerrada la vía gremial, Raimundo siguió en la militancia política. En 1958
conoció a un hombre corpulento, risueño, miope, que usaba un enorme sombrero.
Objeto de incansable cariño, necesitaba ser llamado por muchos nombres:
"El Viejo", "Mingo", "El Griego", "El Químico". Su nombre verdadero era
Domingo Blajaquis y fue uno de los muertos olvidados de esa noche. Es incalculable
la influencia que ejerció en Raimundo y sus amigos.
Porque él nos sacó todos esos berretines que teníamos, de ser peronistas
por el hecho de serlo, y no comprender que el peronismo es un movimiento
parecido al de otros pueblos que luchan por su liberación. El no, él siempre
fue un revolucionario, siempre tuvo una concepción del destino de la clase
trabajadora. Y él nos explicó las causas por las que estábamos derrotados,
el papel del imperialismo, el papel de la oligarquía, y el papel de la burocracia
en el peronismo: esos recitadores de los días de fiesta.
Aprendimos lo que significaban los movimientos de liberación en el resto
del mundo, y por qué nosotros teníamos que desembocar en un movimiento de
liberación. Una vez que se abraza la concepción revolucionaria, ya no se
la abandona más.
Vivieron el proceso, duramente, los pactos, las elecciones, las crisis,
las defecciones imperdonables:
Las traiciones dobles, porque nosotros no concebimos que hombres que llegaron
a posiciones dirigentes como luchadores y con banderas políticas, como Vandor,
después se burocraticen y cambien esas banderas por el sindicalismo y el
acomodo. Ahí empezaba la postración del movimiento, la traición declarada,
la podredumbre de la burocracia, la quiebra total de la solidaridad. En
Misiones no se levantaba la cosecha de yerba, en Tucumán estaban pasando
hambre, empezaban las ollas populares, y no había el menor síntoma de sensibilidad
hacia eso. Al contrario, si los tucumanos adoptaban una forma de lucha más
radical, éstos decían que eran frentistas, que eran comunistas. Ahora la
iban de Mahatma Gandhi. De los movimientos de liberación, ni hablar. Se
ignoraba todo y se practicaba un chauvinismo asqueroso, se marcaba a los
hombres que señalaban que el peronismo era una parte de los movimientos
de liberación nacional, que no era un movimiento aislado, que estaba unido
a los movimientos de liberación en todo el mundo.
Nosotros estábamos en las 62 de Pie, pero también sabíamos que en las 62
había los que estaban de pie porque tenían la tachuela en la silla. Para
nosotros no se trataba de cambiar los hombres sino las actitudes, se trataba
de tomar una auténtica posición de clase.
Estas eran las ideas que defendían en mayo de 1966 Raimundo y sus amigos.
Son las ideas que defienden hoy. Pero en esos días el país era sacudido
por una gran batalla. El régimen de Illia agonizaba. Uno de los motores
del golpe en marcha era el proyecto de reformas a la ley de despido, que
el Parlamento había votado y los trabajadores apoyaban en masa. La tremenda
ofensiva contra el primer avance en la legislación laboral producido después
de 1955 saltaba desde los titulares de los diarios. En nombre de la Unión
Industrial, el doctor Oneto Gaona calificaba a la ley como "la más regresiva
que ha existido en el país". La Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa
demostraba en los hechos que, cristianos o no, los dirigentes de empresa
tienden a inclinarse por la variante reaccionaria de cualquier pleito. El
Frente Anticomunista Latinoamericano reclamaba el veto presidencial, "en
defensa de la libertad y de la seguridad nacional amenazadas por los imperialistas
de Moscú y Pekín". La CGE, de lejana extracción peronista, coincidía con
el Partido de la Revolución Libertadora, con la Sociedad Rural, con la Bolsa,
con la Cámara de Comercio, con los centros, las federaciones, las asociaciones,
en que era lícito seguir despidiendo a la gente a la vieja usanza, en la
forma en que Raimundo y sus amigos y decenas de miles de trabajadores venían
siendo despedidos desde 1955.
A las diez de la noche Raimundo Villaflor se limpió las manos engrasadas,
cambió el mono por un traje a rayas, salió a encontrarse con Rolando, con
Blajaquis, con cuatro miembros más de su grupo de militantes que, precisamente,
estaban organizando un acto de apoyo a los cañeros tucumanos y las reformas
a la ley 17.229.
Se topó con ellos en la esquina del Automóvil Club. Caminaron por Mitre
que, según explicó dos horas después el parte policial, es "una arteria
altamente comercial, en lo más céntrico de la población, por donde circulan
varias líneas de colectivos de transporte de pasajeros, que enlazan este
partido con la Capital Federal y poblaciones aledañas, tanto de ida como
de vuelta, a lo que hay que sumar la de vehículos particulares":
Entre los que se contaron esa noche los del dirigente Vandor, el dirigente
Izetta, el dirigente Castillo, el dirigente Safi y una veintena más de dirigentes
motorizados, relucientes y bien vestidos, que comieron pollo en el Roma
o tomaron whisky en La Real.
Sin contar al finadito Rosendo.
2. AVELLANEDA
Los últimos saladeros cerraron cuando la fiebre amarilla, pero aún perdura
en las orillas del Riachuelo ese "olor peculiar" que un viajero inglés señaló
hace un siglo. Los buques de la Star anidan en los muelles del Anglo, embarcando
el chilled que hizo la riqueza de pocos y la miseria de tantos. Día y noche
sube el ganado por las rampas de La Negra para caer bajo el martillo, o
bajo la espada del rabino. Petroleros de doscientos metros de eslora entran
cautelosamente en el Dock Sur, que ilumina de noche el fulgor anaranjado
de la Shell. Millares de hombres transpiran en invierno junto a los trenes
de laminación, los crisoles, los tornos. Mas que las calles largas y monótonas,
más que las plazas desfoliadas por el humo y los residuos, las fábricas
son aquí los puntos de referencia: la papelera, la cristalería, la Ferrum,
la textil.
La historia puede remontarse a las barracas que hace dos siglos fueron de
negros esclavos, al disciplinado asalto de Buenos Aires que en 1820 realizaron
los gauchos del sur al mando de Rosas, a la revolución del 80 que ensangrentó
Barracas y Puente Alsina, donde un ejército de línea peleó con milicias
de empleados de comercio. Treinta y tantos años imperó aquí don Alberto
Barceló, con el favor electoral de los muertos y la empeñosa prepotencia
de los vivos. Persiste en la memoria de los viejos el desafío de su mejor
caudillo, el balazo que lo acechaba en una calle oscura, su muerte en el
hospital que donaron los hermanos Fiorito:
Cuando el sepelio salió
con millares de mortales
por las calles principales
de Avellaneda siguió.
Si la historia ha de empezar esta noche a repetirse, es ya con otro signo:
Los hombres de Avellaneda sonríen cuando oyen hablar de Cipriano Reyes y
el 17 de Octubre. Porque aquí -dicen- el 17 empezó el 16, con el paro de
los lavaderos, fábricas de armas, textiles, el vidrio, la Colorada, y ya
esa misma tarde la gente llegó hasta Pompeya, donde la corrió la montada.
Por la noche hubo reunión en el Comité de Unidad Sindical, que aglomeraba
a todos los gremios de la ciudad, los que estaban en la CGT y los que no
estaban obreros de la carne, el cuero, la lana, metalúrgicos, madereros,
construcción, jaboneros, aceiteros. Sin orden de la CGT, que estaba entregada
a secretas cavilaciones desde que a Perón lo pusieron preso una semana antes,
se declaró la huelga general y se redactó el primer volante exigiendo su
libertad. Presidía el comité Raúl Pedrera, y en lugar del tesorero ausente
firmó el acta el vocal Aníbal Villaflor.
A las seis de la mañana del día siguiente (recuerda don Aníbal) salió una
comisión de once hombres rumbo a la Plaza de Mayo. Avellaneda estaba parada,
pero en la Capital caminaban los tranvías. Cuando llegaron a la estación
Barracas increparon a los guardas y a pesar de los ofrecimientos siguieron
a pie porque la huelga había que cumplirla. Rato después un taxista voluntario
los llevó a los once: sobre la plaza estallaban ya las granadas de gases
y la policía repartía sable. Cuando en la Casa Rosada pidieron hablar con
el Presidente, les quitaron los documentos y los recluyeron en una pieza.
Una hora después, inexplicablemente, los llevaron a presencia de Farrell,
del almirante Vernengo Lima, del general Ávalos
Farrell nos dio la mano, qué deseaban ustedes. Le dijimos lo que deseamos
es esto. Y él nos dice, pero cómo es eso que han declarado la huelga, ustedes
saben lo que es eso. Y nosotros le contestamos: el único que nos dio algo
aquí, es Perón. Bueno, dice, pero ¿qué quieren ustedes? Nosotros queremos
hablar con Perón. ¿Y la huelga quién la para? La huelga no la para nadie,
la huelga ya está.
Los mandaron en auto al Hospital Militar. Más de diez mil personas se apiñaban
contra las verjas mientras en el parque los soldados emplazaban ametralladoras.
Fuimos a una salita, y ahí estaba Perón, recostado en una cama. Lo primero
que dijo fue: Me han cagado, muchachos. Y nosotros le preguntamos: ¿Qué
podemos hacer? Y él dice, ¿qué han hecho? Nosotros hemos declarado la huelga
general. Cómo, cómo, dice, ajá, bueno, ¿y por qué lo han hecho? Por usted
lo hemos hecho, porque usted es el hombre que nos dio libertad y nos hizo
respetar.
Cuando volvieron a la Plaza de Mayo, ya no se podía caminar. Avellaneda,
Lanús, Quilmes, Lomas de Zamora, todo el Sur se volcaba en las calles, una
muchedumbre harapienta que no se iba a mover de ahí hasta que Perón apareció
en los balcones.
En 1947 don Aníbal Villaflor ocupó el sillón de Barceló. Todos sus funcionarios
eran delegados obreros, como él mismo, que ya a los diecinueve años militaba
en panaderos, admiraba a los anarquistas y no le temblaba la mano en las
represalias violentas con que un proletariado miserable se hacía sentir
por primera vez. Más tarde militó en portuarios, fundó el sindicato de barraqueros,
contribuyó a crear el comité de unidad. ¡Quién les habría dicho que iban
a llegar a gobierno! Pero, "Acordate cuando andabas con los fierros al hombro,
acordate cuando caminabas descalzo entre la bosta", eran las frases con
que prevenía cualquier cosa rara en lo que había sido el municipio más corrompido
del país. Porque él había visto sufrir a la gente, los inmigrantes durmiendo
en las harineras, las mujeres que se quemaban las manos en el arrancado
de pelambre o envenenando los cueros, los compañeros muertos -el gordo Villaverde,
el negro Bonilla, tantos otros- por la policía, como si fueran delincuentes.
Ahora el comisionado de Avellaneda vivía en una casa de chapas.
Duró trece meses. Cuando sus propios municipales le hicieron una huelga
y el gobernador le mandó reprimir, no pudo con la sangre: se puso al frente
de la delegación que iba a reclamar.
- El único comisionado que me hizo una huelga -comentaría risueñamente el
coronel Mercante.
La huelga se arregló, pero a don Aníbal Villaflor lo echaron. Salió de la
intendencia y volvió al puerto a cargar bolsas.
Los viejos tiempos no habían muerto -como él creyó-, se recreaban con cada
cambio político, cada convulsión social. Los fusilamientos del treinta tendrían
su eco agrandado en la segunda de Lanús, año 56. La picana eléctrica cumpliría
su primer cuarto de siglo en la comisaría primera. Las bombas anarquistas
serían puntualmente repetidas por los improvisados "caños" del peronismo.
A su turno llegaría el hambre, la desocupación, el juego, los nuevos caudillos
con sus favores y matones.
Ciudad que se levanta temprano, resoplando en los hornos y las chimeneas
de sus cinco frigoríficos, setenta fábricas de automóviles, maquinarias
y aparatos, cincuenta metalúrgicas, cuarenta plantas químicas, treinta textileras,
tres mil talleres chicos y más de cincuenta mil obreros industriales. Ciudad
que se acuesta temprano, sólo quedaba un hilo de gente en la avenida Mitre,
en los cafés alrededor de la plaza Alsina, en el bar El Plata, en la confitería
y pizzería La Real.
3. ROLANDO
Bailoteaba, Juan Zalazar, fingiendo poses de boxeo: contento, porque venía
de trabajar treinta y seis horas seguidas en la Shell y exhibía un sobretodo
azul que usaba por primera vez.
-Soy burócrata -le decía a Rolando Villaflor-. Tengo sobretodo nuevo.
Nuevo, de la percha. Todavía yo le dije, al cruzar la calle. No vaya a ser
cosa que tengamos que enterrarte con ese sobretodo. ¡Me cago en..., esa
noche! Parecía una lechuza, se lo estaba vaticinando.
Caminaron los siete amigos por frente a la plaza, confundidos entre "el
público, que es intenso a todas horas del día, decreciendo algo ello en
horas de la madrugada", según el parte que escribirían después el subcomisario
Martínez y el oficial Dellepiane.
Rolando no pensaba en ellos, la yuta de Avellaneda. De pensar, tal vez habría
tenido alguno de esos ademanes instintivos que lo diferenciaban de lo que
algunos llaman la gente honrada y otros los giles: un bando al que ahora
pertenecía sin haber perdido la mirada, los gestos, la forma de caminar
del que alguna vez anduvo en la pesada.
Porque uno se vuelve puro reflejo. Como los animales, vio. No es que no
pueda analizar, pero cuando la cosa viene mal y usted tiene que hacer frente,
no lo piensa dos veces. De la risa a la seriedad, es una fracción de segundo.
Porque en los hechos usted está obligado a darse cuenta quién es quién,
y sin ser psicólogo ni nada, de un golpe de vista sabe quién se le puede
rechiflar. Y eso ya no es que lo piense, sino el reflejo de uno, la vida
que uno ha llevado.
Hacía dieciocho meses que Rolando Villaflor había salido de Olmos, donde
purgó tres años por asalto en banda.
Allí tuve tiempo de pensar. Yo dividía el -inundo en turros, giles y yuta.
Después comprendí que los giles éramos nosotros.
Pretextos no le faltaron para entrar en la delincuencia. La historia se
remonta a aquel terrible año 57, cuando su padre estaba cesanteado por motivos
políticos, su hermano Raimundo yiraba inútilmente en busca de trabajo, y
la situación en su casa se volvía cada vez más angustiosa. El conscripto
Rolando Villaflor desertó y tomó su decisión.
Yo siempre fui un muchacho intranquilo. Andaba sin plata, sin laburo. Después
usted ve que los turros hacen ostentación de guita. A usted lo deslumbran,
¿sabe? Usted quiere ser como ellos, empilchar bien, andar rodeado de mujeres,
tener un valerio que lo pase a buscar con un auto. Y después le dicen: Vení
que es fácil. Todavía le dan guita a uno. Y uno va, lo convidan a un asaltiño,
usted se prendió y después chau, no salió más de ahí.
Al principio todo le fue bien. La policía no tiene la bola de cristal, tarda
en descubrir a los que no están prontuariados ni caen en las razzias. Rolando
Villaflor creció en hechos ignorados, amistades que no se nombran, secretos
que se llevaron amigos muertos. Ganó respeto en la calle y carpeta de hombre
derecho aunque estuviera en la bronca.
Pero, es como una bola de nieve que se echó a rodar, ¿vio? En algo tiene
que parar. La bola de nieve por ahí cae en un río. Nosotros caíamos en la
cárcel.
La suerte se le quebró en el 62. Cambió la ropa fina por el uniforme del
penado, la recelosa aventura del hampa por el tedio de las altas paredes,
los entreveros con la policía por las palizas a mansalva de los llaveros.
Un día corrió a uno por toda la redonda. Lo bajaron a control, le pegaron
entre muchos, lo metieron bajo la ducha helada. Pasó quince días en un calabozo
incomunicado, treinta en aislamiento. Recién entonces el alcaide quiso averiguar
lo sucedido.
-¿Qué pasó?
-El Chacarero me faltó el respeto.
El alcaide miró alrededor, como buscando algo en el piso. Después escupió
un gargajo.
-Vos valés menos que eso. Todos ustedes valen menos que eso.
-Si yo valgo menos que eso -dijo Rolando Villaflor-, vos estás debajo de
la escupida.
Y se comió una paliza que casi lo matan.
En la vida de Rolando iba a producirse tiempo después una transformación
casi milagrosa. Pero la cárcel no tuvo nada que ver con eso:
Al contrario. Uno sale de ahí envenenado. Con un odio, con un odio terrible.
Hay cosas que no tienen explicación y cosas que tienen mucha explicación
porque hay hombres que usted dice, son débiles de cabeza, o no analizan
las cosas, son carne de reja, salen y vuelven, salen y vuelven, pero qué
es lo que pasa, el gran veneno que le inculcan ahí adentro a usted lo hace
rebelar contra todo. Porque ellos en vez de llevarlo a uno, de hacerle comprender,
le dan cada paliza de novela y lo quieren domar. Yo mi rebeldía no la perdí
en la cárcel, no me podían domar, porque son hombres como cualquiera, y
a mí un tipo me levanta la mano y no lo puedo permitir. Ellos no son más
que nosotros, son menos. Después están los empleados de tratamiento, que
andaban con guardapolvo blanco y pusieron el doble de que iban a encaminar
a los presos por la buena senda. Pero nosotros les decíamos llaveros también,
porque son más verdugos que los mismos llaveros.
Una cosa es contar y otra estar allá. Claro que hay momentos en que un hombre
detiene su vida, contempla, mira lo que hizo de positivo, qué hizo de negativo.
Yo comprendí que no era para eso, le escribí a la vieja diciéndole que no
iba a estar más en la joda, pero no quería volver a mi casa. Porque yo no
tenía a quién salir, y si a un hombre con la conducta de mi viejo, si usted
le sale la mosca blanca, con qué cara se le presenta otra vez en la casa.
Así que yo no quería volver. Cuando me llevaron a la Jefatura de La Plata
para darme la libertad, no podía creer que saliera, creí que iba a otra
cárcel, que me iban a biabar. Y cuando iba a salir, veo una figura que viene
corriendo a toda vela, cruzando la plaza, una placita que hay, toda arbolada,
y era mi hermano y vino corriendo y me dijo: Dame la mano, y yo por reflejo
le di la mano, y me dijo: Corré, y salí como bala de ahí adentro. Todo reflejo,
porque yo no pensaba nada y cuando me dijo dame la mano le di la mano y
salimos de vuelo. Y del otro lado de la plaza, en una camioneta, me estaba
esperando mi papá.
Sí, estaba emocionado, pero no podía llorar. Estaba muy duro. No tenía sensaciones
casi. Tanto me daba que estuvieran matando a uno, que si no le hicieran
nada. Me habían hecho un tipo muy frío, y de adentro me habían matado.
Pero después fui viendo que no era así, que yo tenía sentimientos, lo que
pasa es que tenía una pared de hielo que yo mismo había creado como defensa
dentro de la cárcel. Una barrera que la mente misma se va formando, vio.
Y cuando salí, ya era otra cosa. Después el contacto con los muchachos,
con Blajaquis, con Raimundo...
Y también con el Negro Granato, Zalazar y Francisco Alonso, a los que se
agregaba esta noche un nuevo miembro del equipo de activistas, que Blajaquis
presentó con el nombre de Horacio. Entraron todos en el bar y pizzería La
Real, que según calcularon más tarde el subcomisario Martínez y el oficial
Dellepiane "tiene unas dimensiones, aproximadamente, de ocho de ancho por
doce de largo, que sobre la calle Mitre posee una puerta de entrada y salida,
hacia la calle Sarmiento posee dos entradas y salidas, una que da al salón
general y otra al denominado salón familiar... y que tanto en el salón familiar
como en el salón general no existe ninguna subdivisión, pudiéndose ver claramente
las mesas ubicadas en ambos lugares, que se diferencian únicamente por tener
las del de familias manteles en su parte superior".
Se ubicaron en dos mesas, una grande y una chica, junto a una columna que
dista cinco metros de la entrada de Sarmiento, cuatro metros y medio de
la entrada de Mitre. El mozo Jesús Fernández les sirvió siete moscatos y
dos pizzas. Aún no eran las once.
Rolando le contó a su hermano las gestiones que acababan de hacer en el
sindicato de textiles y el Centro de Estudios Políticos para organizar un
acto en apoyo de los cañeros tucumanos.
Le contamos que todos estaban de acuerdo, que el acto se iba a hacer. Porque
no era posible que mientras en el interior se estaban muriendo de hambre,
tuberculosos, qué sé yo, acá no pasara nada. Y esos traidores de la CGT
no hacían absolutamente nada, al contrario, trataban de que no se supiera,
hasta que nos enteramos que estábamos comiendo, lo poco que comíamos, a
costilla del hambre del interior. Y ellos hacían de dique de contención,
y si alguien saltaba, lo apuntaban a la policía. Entonces nosotros queríamos
hacer algo por los muchachos de Tucumán, romper ese hielo que había.
La cara ancha, burlona del Griego, seguía con atención el gesto empecinado
del converso: "La Bestia" se interesaba por el prójimo.
Sí, porque a mí, el Griego me decía la bestia. Qué hacés, bestia. Es que
yo decía cada barbaridad cuando ellos hablaban de política. Me decían: Ya
cayó la bestia. Sí, eso me decía el Griego.
La historia venía de lejos, de la época en que Raimundo fue dirigente gremial
y Rolando iba pegado a sus talones, piqueteaba, pegaba carteles. Lo que
para el hermano mayor constituía el centro de la vida, para él era una aventura
momentánea, un favor a los amigos, algo que en el mejor de los casos sentía
como un vago compromiso sentimental.
Después se apartó aún más. Muchas veces al regresar de madrugada los encontró
reunidos, hablando de política, arreglando el mundo. Francamente, eran del
bando de los giles.
Seguían en lo mismo cuando Rolando salió de la cárcel, volvió a reírse de
ellos, y el Griego lo bautizó.
Pero decime una cosa, le digo, Griego, ¿vos cuántos años tenés? Me dijo
cuarenta y pico. Y decime, ¿qué hiciste de tu vida vos? Hasta ahora. Porque
yo no veo que nada hayas hecho vos. Siempre te lo pasaste en cana, porque
es la verdad: estuvo en la Resistencia, en el 9 de junio, lo pasearon por
todas las cárceles al Viejo -él siempre en su lucha por los humildes, por
sus hermanos de clase, decía-. Y cuando me dijo que no tenía nada, le digo:
Claro, qué vas a tener, si vos siempre te la pasaste en cana, molido a palos,
muerto de hambre, sos un hombre grande y no tenés hogar, no tenés familia,
no tenés nada, no formalizaste nada. Y el me dijo: Claro, vos me decís así,
dice, porque vos todavía no comprendés lo que es luchar por un ideal. Y
tenía razón el Griego. Tenía razón porque un idealista, la mayoría de las
veces, no llega a ver sus aspiraciones concretadas, se muere en la pelea
y no tiene nada. Y esas son cosas muy grandes para los hombres. Cuando uno
las llega a comprender, son cosas muy grandes.
Claro, empezó a picarme. Yo les decía, pero expliquenmé, convenzanmé, a
ver por qué hacen eso ustedes. Era lo que estaban esperando estos tipos:
me dieron por los cuatro costados. Uno me soltaba y me agarraba el otro.
Y así me fueron formando, hasta que empecé a mirar las cosas como un hombre
las tiene que mirar.
A través de la acción política, Rolando Villaflor hizo un tratamiento heroico.
El viejo mundo tironeaba cada vez menos, la policía ya no iba a buscarlo.
"Se le achicó el bobo", sentenciaron los de antes; pero él sabía que era
grupo, que ésta era más pesada que la otra, y cuando un 17 de octubre los
cosacos lo quisieron correr a él y a su padre y a su hermano y a su tío,
y se rechiflaron todos aguantando los sablazos y manoteando los caballos,
le dijo a Raimundo.
-Pero decime, yo salgo de una y me meto en otra peor. Porque aquí nos cagan
a palos, no nos tiran un mango, gritamos como locos y cobramos como perros.
¿Es todo al revés esto?
Sólo que ahora se reía.
De simpatizante peronista, se hizo militante revolucionario. Un día o una
noche, que tal vez fueron una sucesión de días y de noches, el Griego le
explicó su vida Rolando Villaflor: había querido salvarse solo, y no hay
salvación individual, sino del conjunto.
Por eso estaba allí, sin armas, definitivamente incorporado al mundo de
los giles que piensan en los otros. El suyo había sido el camino más duro.
-Si yo les cuento quién entró, no me lo van a creer -dijo Francisco Alonso,
que era un pibe.
Granato y Horacio lo estaban viendo, pero Zalazar y Blajaquis miraron de
costado. Raimundo y Rolando Villaflor tuvieron que darse vuelta para contemplar
al "Lobo", que entraba con su séquito por la puerta de Sarmiento y enderezaba
al salón de familias de La Real de Avellaneda.
4. EL LOBO
Cuarenta y tres años, la boca fina y tensa, los ojos claros, una mueca de
energía desdeñosa: esa cara había salido ya muchas veces en las tapas de
las revistas, seguiría saliendo. "Diez años de lucha", se jactaba en una
solicitada. Más de diez años: las primeras escaramuzas en la fábrica de
Saavedra, el fervor de los compañeros, la asamblea del Luna en que Paulino
lo presentó como el nuevo secretario de la Capital. Más: la cucheta en el
rastreador "Py", la sala de máquinas, el cabo Vandor. Más todavía: la infancia
entrerriana, el pueblo que era una estancia inglesa. De allí había venido
sin nada, con sexto grado, un provinciano tímido al que no le gustaba hablar
en público. Ahora no necesitaba hablar, otros hablaban por él en los congresos
y los confederales. Murmuraba "uno" y se paraba Avelino, "dos" y hablaba
Maximiano, "tres" y recitaban su libreto Izetta o Cavalli: eso era organización.
En algún momento le pareció que comprendía la esencia del poder: ese punto
de equilibrio en que nadie hace su voluntad, pero el más hábil opera con
la voluntad ajena. En algún momento comprendió lo que es negociación: quizá
en enero del 59, cuando el correo de Ciudad Trujillo le dijo: "No se puede
largar la huelga porque esta noche entregamos el toco". Desde entonces,
o ya desde antes, prefirió negociar por su cuenta. Diez años de negociación:
"Estoy muy satisfecho por el convenio". El doctor Doliera-Siemens sonreía.
Los empresarios son unos explotadores, pero lo acompaño a tomar una copa:
el ingeniero Negri-Tamet le palmeaba el hombro. Eso es democracia. Hoy hasta
los conservadores nos comprenden, ¿eh, doctor Solano Lima? Es cierto que
hubo algunos malos ratos, pero usted puede volver a ser presidente, general.
Y usted, doctor, sí que se parece a Perón, la misma sonrisa: tendríamos
que trabajar juntos. Pero si lo que los sindicalistas queremos es la grandeza
del país, coronel, el bienestar social: ¿dónde ha visto un policlínico como
éste?
Diez años de frialdad, de no mover un músculo, de esconder las emociones.
A veces un oscuro sentimiento lo traiciona, pero en seguida recupera la
noción de la realidad, de su realidad. Se dice que ha llorado en Cuba, al
contemplar la revolución del pueblo -ese sueño enterrado-, pero luego le
ha dicho a Ernesto Guevara: "Nosotros nunca podremos hacer lo que han hecho
ustedes". Eso es realismo. Volverá a llorar dentro de media hora, y en el
acto adoptará las decisiones justas que cambian el curso de las cosas. Eso
es política.
Diez años de paciencia, de tejer y destejer alianzas, de empollar en el
campo adversario, de convertir derrotas de los suyos en victorias para sí.
"El más hábil negociador sindical"; "el cerebro político de las 62"; "un
sindicalista de ideas populares que sabe trabajar con la derecha y frecuentar
la embajada de los Estados Unidos" son algunas entre los centenares de frases
acuñadas por un periodismo que lo convierte en vedette, en mito. Es cierto
que a veces se preguntan si ha llegado "el ocaso", el "último aullido del
Lobo", pero es para remontarlo más alto: "Todo confluye en Vandor". El Sistema
lo ha aceptado plenamente, se divierte con su astucia, es él quien "maneja
los piolines", quien suma o resta las 62 a las 19, a los 32, opone o amiga
comunistas e independientes, inventa alineados y no alineados, y cuando
terminan los insultos se sienta a un costado y murmura "uno" para que hable
Vicente o Francisco. Eso es prestigio.
Lástima que las cosas se hayan puesto difíciles en los últimos tiempos.
Ahora su enemigo se llama Perón. Vandor lo ha querido, sin duda: es aquí
en Avellaneda donde nació meses atrás el neoperonismo. Quizá el choque venga
de antes, del fracaso de la Operación Retorno, un buzón que el vandorismo
le ha vendido al general. El conflicto asoma a las versiones periodísticas
en junio del 65, estalla cuando Perón envía a su mujer como delegada personal.
Vandor domina en ese momento la Junta Coordinadora del Justicialismo, las
62 Organizaciones, el bloque parlamentario, la Unión Popular, los partidos
provinciales: lo que está en juego es todo el aparato partidario.
La primera batalla se libra en la CGT, en cuya secretaría general el vandorismo
ha instalado en 1963 al sastre José Alonso, que ahora predica poco menos
que la guerrilla, aunque su lucha más notoria es contra las comadrejas que
acechan su criadero de gallinas. En enero de 1966, cumpliendo las órdenes
de Madrid, Alonso divide el sindicalismo peronista: nacen las 62 "de pie
junto a Perón" que arrastran a veinte gremios, algunos importantes, como
textiles y mecánicos; otros luchadores, como azucareros y sanidad. Los vandoristas
se burlan con una solicitada que lleva el título "De pie junto al trotskysmo",
el metalúrgico (y diputado) Paulino Niembro usa la televisión para delatar
como "castrista" a Amado Olmos, uno de los pocos dirigentes leales a su
clase. "Yo soy argentino, cristiano y peronista", lagrimea Alonso, pero
en febrero el consejo directivo de la CGT lo expulsa del secretariado.
La segunda batalla se da en las elecciones de gobernador de Mendoza, el
17 de abril. Contra todos los cálculos, en una campaña que dura apenas una
semana, pero que cuenta con la presencia y el apoyo de Isabel Perón, el
candidato Corvalán Nanclares obtiene dos tercios de los votos del peronismo,
derrotando al vandorista Serú García. Beneficiado en definitiva, el gobernador
electo resultó conservador, pero un dirigente de esa tendencia -Emilio Hardoy-
considera el episodio como "una verdadera catástrofe".
¿Catástrofe, ganar una elección? Un semanario lo explicaba con cierto aire
de melancolía: "El resultado de la experiencia mendocina obligó a una revisión...
Se consideraba como un valor entendido que la influencia directa de Perón,
a la distancia y después de casi once años de alejamiento del país, se había
deteriorado sustancialmente... La hipótesis fue claramente desmentida por
los hechos."
¿Qué pasa con Vandor? "Todos admiten que deberá replegarse transitoriamente
a la lucha gremial". Más tarde se vio que esto era un eufemismo. El caudillo
metalúrgico se replegó, sí, pero a los contactos militares que iban a fructificar
dos meses más tarde con el golpe de Onganía.
El partido estaba empatado esa noche del 13 de mayo en que los jerarcas
del vandorismo pensaban reunirse en Avellaneda para discutir el futuro.
¿Temía Vandor un desempate violento? El 29 de enero, una bomba que otros
llamaron petardo, colocada por amigos de Patricio Kelly, le había arruinado
en el paddock de San Isidro el goce de su deporte preferido. Por esos días
un encumbrado personaje pagó cierta suma para sacarlo del medio: el encargado
de la faena arregló con Vandor por una suma más grande, y con las contribuciones
de ambas partes puso un boliche. Después una bomba estalló en la CGT de
Avellaneda, feudo de Rosendo García. Veinticuatro horas antes, en fin, Rosendo
había ajustado cuentas con el disidente Américo Cambón, haciéndole propinar
una histórica paliza.
Detrás de todo eso había una carta. Dirigida a José Alonso el 27 de enero,
señalaba a Vandor como el "enemigo principal" y agregaba: "En política no
se puede herir, hay que matar, porque un tipo con una pata rota hay que
ver el daño que puede hacer". Firmaba Juan Domingo Perón.
Tal vez era el recuerdo de esa carta, distribuida en centenares de copias,
lo que tenía tan inquieto a Vandor mientras sorbía un whisky y miraba disimuladamente
a su alrededor en busca de posibles enemigos.
5. EL INCIDENTE
El mozo Antonio González calculó que eran ocho o nueve personas las que
entraron en La Real a las once y media de la noche, sin contar "uno que
se ubicó en forma separada". Juntó tres mesas a lo largo del salón familiar
y recogió el pedido de coñac y whisky importado que llamó la atención no
sólo a González, sino al patrón Hevia e incluso al mozo Oscar Díaz, por
ser "poco frecuente".
Solamente el parroquiano solitario, sentado junto al ventanal de Sarmiento,
rechazó el convite de los notables, y pidió, modestamente, un vaso de moscato
y dos porciones de muzzarella. Se llamaba Acha, le decían "Hacha Brava"
y su misión aparente era cuidar la puerta.
Parecida función, cerca de la entrada de Mitre, cumplían tres hombres más
a quienes los mozos no relacionaron con el grupo vandorista. Eran Luis Costa,
también llamado "Arnold", guardaespaldas que empezó su carrera en Mataderos
al servicio del dirigente Carrasco: Tiqui Añón (o Agnon), del secretariado
de la UOM, y un metalúrgico de San Nicolás, Juan Ramón Rodríguez, que estaba
de paso en Buenos Aires.
El despliegue protector, que reflejaba las aprensiones del dirigente metalúrgico,
se repetía en su propia mesa. A su derecha, en la cabecera, estaba Armando
Cabo, un hombre de la vieja guardia metalúrgica, héroe de la Resistencia,
ahora dilapidado por las transacciones y el alcohol; a su izquierda, un
guardaespaldas: Raúl Valdés; seguían Juan Taborda, chofer de Vandor; el
asesor del gremio metalúrgico, Emilio Barreiro, y otro hombre que figuró
en la Resistencia: José Petraca. Frente a ellos se ubicaron Norberto Imbelloni,
delegado de Siam Automotores, con licencia gremial; Rosendo García y Nicolás
Gerardi, prosecretario del bloque justicialista de diputados de la provincia
.
Gerardi había insistido en concurrir a la reunión de jerarcas, cuya primera
parte se estaba desarrollando en el Roma.
-No te van a dejar entrar -le dijo Vandor cuando lo encontró esa noche en
la UOM.
-Con el carné que tengo, no me para nadie -bromeó el prosecretario, y Vandor
lo llevó en su auto.
Con excepción de Barreiro, Imbelloni y Gerardi, todos estaban armados.
No se sabe con seguridad quién fue el primero que reparó en las mesas de
Blajaquis. Más tarde, declarando ante el juez, Vandor dirá que al levantar
la vista "en forma instintiva" observó a un grupo de personas en una mesa
ubicada a unos ocho metros. Le pareció ver que buscaban espacio moviendo
las sillas y eso le llamó la atención. Imaginó entonces "por un sexto sentido
que esas personas tratarían de provocar".
-¿Qué te pasa que estás tan nervioso? -le preguntó Rosendo.
-De esa mesa me están mirando -dijo Vandor-, me están haciendo muecas. Ya
no se puede ir a ningún lado.
Según Imbelloni, el asesor Barreiro atizó los temores.
-Son trotsquistas -dijo.
Armando Cabo quiso salir de dudas. Ordenó a Taborda:
-Andá a, buscarlo a Safi.
El senador Julio Safi era uno de los que cenaban en el Roma, muy cerca de
allí. Había tenido contactos con el grupo de Blajaquis, y era la persona
apropiada para establecer su filiación. Se despidió del pollo y acudió en
compañía del dirigente del vidrio, Maximiliano Castillo, y del propio Taborda.
Estas son las tres personas que todos los testigos vieron entrar unos minutos
después de Vandor.
Lo que hizo Castillo, se ignora. Taborda cedió su silla a Safi, quien pidió
un coñac que no llegaron a servirle, y según algunos pretendió disipar las
dudas de Vandor; según otros, agravarlas.
Acababa de sentarse Safi, cuando del grupo opuesto se levantó un hombre,
avanzó en dirección a ellos, siguió de largo hacia el baño ubicado en el
fondo. Norberto Imbelloni se paró y fue tras él. Y detrás de Imbelloni,
alguien más, que pudo ser el propio Castillo.
Rolando Villaflor estaba pagando la cuenta cuando vio que se levantaba Imbelloni:
710 pesos.
-¿Qué comimos, pepitas de oro? -bromeaba el Griego, pero Rolando no le hizo
caso.
Cuando vi que Horacio no volvía, yo le digo a mi hermano: Mirá, aquí pasa
algo, seguramente que lo están apretando. Y entonces yo me levanto y voy
para el baño. Y efectivamente, lo tenían agarrado a Horacio, le decían que
se las tomara. Entonces yo discutí con Imbelloni, le dije unas cuantas barbaridades.
Porque él dice: Mirá, dice Imbelloni, me extraña que nos vamos a arremeter
entre nosotros, es una lástima porque somos todos peronistas. Y yo le dije:
No te confundás, peronistas somos nosotros, y ustedes son una manga de traidores
al movimiento, y no sólo al movimiento obrero, ustedes son unos entreguistas,
son capaces de entregar a la madre. Y él me dice: Bueno, tomenselás igual,
porque ya no da para más. Están todos calzados, los van a reventar. Y yo
le digo: Nosotros no tenemos nada, pero si nos vienen a prepear así, vamos
a ver qué pasa.
Horacio y Rolando volvieron a su mesa.
-Vamonós -dijo Rolando-. Ya saltó la bronca.
Fue entonces que Francisco Alonso se dio vuelta como presintiendo la cosa
y vio a su derecha la otra mesa con tres tipos que los observaban.
-Mirá -dijo Alonso-, acá están los guardaespaldas.
Granato miró y vio confusamente al hombre alto rubio, al otro alto y moreno
y al tercero de poncho y anteojos.
Estaban en una ratonera.
6. ROSENDO
Rosendo García había escuchado los aplausos ahogados que venían tras las
puertas cerradas. Pensó: "Ya termina", y miró su reloj pulsera de oro: las
nueve. Cuando Vandor salió del salón de actos de la CGT, donde sesionaba
el congreso de delegados metalúrgicos de Capital, lo miró con extrañeza:
-Dijiste que te ibas a Rioja.
-Como vi que te aplaudían tanto, supuse que terminabas en seguida.
Conocía los mecanismos, después de diez años: el breve discurso de inauguración
donde se hablaba para el periodismo y "la gilada". Después no hacía falta
quedarse, el aparato funcionaba solo.
El día de Rosendo estuvo hecho de pequeños desencuentros, frustradas despedidas.
Nadie lo esperaba a almorzar en su casa -modesta- de tejas coloradas y raquítico
jardín, a catorce cuadras de la estación Lanús, donde su mujer, Teresa Moccia,
tenía el día entero para sí sola y el único hijo, Néstor, nacido dos años
después del casamiento y de la revolución que Rosendo tal vez aplaudió,
porque al menos al principio había sido radical. Allí paraba poco y a veces
no paraba, porque la política, porque el sindicato, porque algunos dicen
las mujeres y sin duda la quiniela bancada por sus acólitos a la puerta
misma de las fábricas a beneficio de "la organización".
Solamente los fines de semana descansaba, y aún eso era relativo, porque
los sábados iba Vandor a almorzar acompañado de su propia mujer, "y éramos
todos una gran familia", dirá Teresa. Pero ese viernes fue a mediodía, y
comió solo y se marchó a las tres: ella no lo vio más.
Eran las siete cuando subió al auto de Vandor, manejado por Taborda: se
sentó atrás. Media hora después llegaban al Ministerio de Trabajo, se entrevistaban
en el cuarto piso con miembros de la federación empresaria, a los que entregaron
un anteproyecto de convenio. De ahí fueron a la CGT y por algún motivo Rosendo
se quedó ambulando, en vez de regresar a la UOM, como había dicho.
El congreso metalúrgico, Vandor en el escenario, los aplausos eran el último
eco de una batalla que en el campo gremial ya parecía definida con la expulsión
de Alonso.
No cabe duda de que Rosendo secundó a Vandor sin reservas en esa batalla,
como lo había secundado diez años. En los congresos de la UOM, en los confederales
de la -CGT, su palabra fue siempre la palabra de Vandor. Participó en sus
manejos, asimiló sus enseñanzas, se propuso sus mismos objetivos. Forjado
en el sindicalismo negociante, rechazaba por hipócritas los arrestos verbales
de un Alonso, por imposibles las fórmulas revolucionarias. El comentario
más favorable que le arrancó una gira por Cuba, fue que los cubanos eran
"unos locos lindos". Igual que Vandor se enriqueció, igual que él adquirió
poder, a diferencia de él llegó a ser querido por muchos. Simple delegado
de Siam en 1956, secretario de la UOM de Avellaneda en 1958, secretario
nacional adjunto ese mismo año, estaba en esa encrucijada de los caudillos:
era el segundo, destinado a heredar a un hombre apenas seis años mayor.
Había crecido, sin embargo. Avellaneda era su feudo, y en Avellaneda se
discutiría esa noche el problema central del peronismo enfrentado con Perón.
¿Le gustaba a Rosendo ese papel? Hay un indicio para conjeturar su posición:
en abril se niega a viajar a Mendoza en apoyo del candidato vandorista a
gobernador y prohíbe que ninguno de sus hombres intervenga en esa campaña.
No era quizás el único punto de fricción. Después de lo ocurrido en Mendoza,
muy pocos pensaban que el gobierno de Illia pudiera durar hasta las elecciones
de gobernador en la provincia de Buenos Aires, previstas para marzo de 1967.
Ese era en realidad el obstáculo que acortaría su gobierno. Estaba claro
que el peronismo volvería a triunfar como ocurrió en 1962, cuando la elección
de Framini provocó la inmediata caída de Frondizi. Pero esta vez los golpistas
iban a salvar las apariencias. Desde un semanario enrolado en la conspiración,
el doctor Cueto Rúa predijo certeramente el 28 de abril: "Es evidente que
el golpe de Estado se produciría antes de abrirse el proceso electoral".
Uno de los pocos que al parecer creía en las elecciones era. Rosendo García.
Su nombre figuraba ya como candidato a gobernador de la provincia. Para
dar ese salto, que lo arrancaría quizá definitivamente de la órbita secundaria
a que estaba relegado, era preciso, desde luego, que hubiera elecciones.
Pero Vandor no quería elecciones: Vandor estaba en el golpe.
Quizás hablaron de eso cuando volvieron esa noche a la Unión Obrera Metalúrgica
y se encerraron casi dos horas en la oficina de Rosendo. Después viajaron
separados a Avellaneda.
Fue el propio Vandor quien propuso que no fueran al Roma, donde los esperaban
como las figuras centrales de la noche. Los motivos que alegó son interesantes:
al llegar juntos, empezarían los aplausos y les ofrecerían la cabecera.
Siempre habían tratado de evitar estas "situaciones" (agrega Vandor en su
declaración judicial) para que no hubiera lugar a interpretaciones de "golpes
políticos personales". ¿Temía quizá que le ofrecieran la cabecera a Rosendo,
y no a él, que Rosendo le hiciera escuchar una réplica de los aplausos que
sonaron esa tarde en la CGT?
Lo cierto es que Rosendo aceptó. Estacionaron sus automóviles frente al
Sindicato de Municipales, donde debía realizarse después el verdadero debate.
Para hacer tiempo, caminaron a La Real. Pidieron sus whiskys. Allí Vandor
sintió el aguijón de su sexto sentido. Cada vez más inquieto, habría sacado
un arma de la cintura y la habría puesto sobre sus rodillas.
El mismo admite que previno a Rosendo contra aquellos hombres, que desde
la otra mesa lo miraban con cara burlona: "Seguramente intentarían algo
contra ellos -declaró más tarde-, ya que la expresión de sus rostros no
era tranquilizadora".
Rosendo García echó un vistazo.
-Bueno -dijo-, no te hagás problemas.
Y agregó esta extraña frase
-¿O qué querés, que nos matemos entre todos?
7. GRANATO
Francisco Granato había visto cómo el aire se ponía espeso de miradas y
malas intenciones. Porque es cierto, ellos los miraban con repugnancia,
hicieron sus chistes y la cosa vino pesada. Así que Granato, 29 años, un
hombre sólido, de cara huesuda, también pensó que había que irse y saber
perder frente a aquella gente que al fin era peor que los patrones: la maffia
sindical, el Lobo disfrazado de cordero que rodeado de matones terminaba
su whisky importado y aprontaba su revólver. Gracias a ellos, él andaba
sin trabajo ni sindicato, changueando para ganarse la vida.
Aunque yo siempre anduve a, los saltos, por una cosa o por la otra, toda
mi vida fue así.
Toda su vida a los saltos, con esas cuatro o cinco escenas que moldearon
su carácter y que ya eran él mismo: Eva Perón en su piedad besando al vecino
anciano y tuberculoso; la lluvia en el rancho inundado; el patrón Kun que
lo mandaba al carajo y la huelga que hizo temblar a la Shell, todas las
ranas de Dock Sur cantando en la noche mientras el griego Mingo le hablaba
con paciencia del comunismo primitivo y la formación de la sociedad capitalista.
Esas eran las cosas que nunca se irían de su mala memoria, las cosas que
Francisco Granato puede contar lentamente, hoy, ayer y mañana.
Cinco hermanos y el viejo albañil. Vivíamos en un galponcito forrado con
madera y se criaban chinches y toda una serie de cosas, y la vieja decía
que más vale hacer una pieza en el terreno que había comprado el viejo,
aquí en Gerli. Y él se decidió un día y con un amigo levantaron la pieza.
Las chapas alcanzaron para el techo, que es lo fundamental, y el resto lo
cerraron con una lona. Esa noche llovió y tuvimos que andar por arriba de
las camas, porque se había inundado todo y era un terreno que no tenía zanja.
Después nosotros mismos hicimos la zanja, y la pieza se fue terminando de
a poco con ladrillos, y la cocina con chapas de cartón. Había muchas miserias
en aquel entonces, y lo sigue habiendo. Naturalmente, hay veces que cuando
los padres conversan, no se dan cuenta de que los hijos están escuchando
o se dan cuenta, pero no saben en el subconsciente todo lo que puede quedar
en un ser humano, ¿no? El viejo se daba maña para todo, colocaba mosaicos,
levantaba paredes, hacía fino y grueso, pero bajo patrón no aguantaba mucho
tiempo. Cambiaba de trabajo como de camisa, porque decía: "A mí no me van
a explotar estos hijos de puta", y a veces contaba cómo eran las cosas anteriormente,
cómo algunos se dejaban explotar, cómo algunos resistían la explotación,
cómo se rebelaban. El, más bien trabajó de changa, claro que a veces terminaba
vendiendo empanadas. El tenía su rebeldía, naturalmente, era peronista,
pero no era un hombre armado ideológicamente.
La madre, en cambio, andaba agitando por ahí: una mujer decidida que se
metía en todos lados, gritaba en los actos con Francisco pegado a las faldas
y, principalmente, en aquel acto increíble, cuándo se juntaron las mujeres
de Gerli y vinieron juntas en todos los tranvías del Sur, que a lo mejor
eran todos los tranvías del mundo: derecho en procesión los tranvías a la
Secretaría de Trabajo, a pedirle a Evita que pusiera agua corriente en Gerli.
La primera vez que Eva Perón se fijó en aquel chico de ojos hundidos y oscuros,
fue cuando se adjudicaron las casas a los campeones olímpicos: Iglesias
y Delfor Cabrera, que eran del barrio.
Me dio la mano y, bueno, naturalmente, la casa de nosotros era bastante
friolenta y yo tenía frío, así que me acuerdo que la mano de Evita era muy
caliente.
Ella le acarició la cabeza. El le pidió una bicicleta.
La próxima vez Francisco Granato andaba literalmente a los saltos. A los
catorce años había empezado a trabajar en la sección ajustes de Carilino
Inca, un taller metalúrgico que ya no existe. Ganaba cuarenta y cinco centavos
la hora. Después hizo de todo: un poco de torno, un poco de limadora, un
poco en la fresa y la amortajadora que hacía los chaveteros, los ratos libres
admiraba a los pulidores, y cuando hacía alguna cosita para él, iba a pulirla
y aprendía. Fue una viruta de torno la que le cortó un tendón del pie. Durante
mucho tiempo caminó con una pierna sola, pero el Seguro igual le daba el
alta y tenía que volver al trabajo.
Entonces Eva Perón le preguntó por qué rengueaba, fulminó sus órdenes, el
Seguro se calló la boca y las palabras "calcio", "radioterapia" empezaron
a significar algo para Francisco Granato
Era una noche, no sé en qué tiempo fue, bueno esto fue hace muchísimos años.
Debió ser en el 51, cuando su madre recibió la carta de la Fundación, fue
con él, hicieron las horas de espera hasta la medianoche, conversando el
chocolate y los sandwiches de miga, hasta que ella los recibió, y la madre
pidió la máquina de coser pero también las chapas para terminar la pieza,
y al fin, con un supremo esfuerzo, la dentadura postiza,
-Si no fuera demasiado abuso.
Vio, con esa humildad de todos los humildes, que les parece que siempre
piden mucho, y Evita le dice: "No, si eso no lo pide nadie; al contrario,
necesitamos gente que pida eso, para que los médicos puedan estudiar", y
le hizo un chiste como agradeciéndole que se atreviera a pedir los dientes
postizos para ella y para el viejo.
A los dos o tres días llegó el camión con las chapas, las camas, los colchones,
la bolsa de azúcar, las tazas, los platos, la ropa, las hormas de queso,
las dentaduras postizas.
Después ella se murió. Después Francisco Granato cambió de trabajo. Después
cayó Perón. La infancia habla concluido.
Debió ser por el 55 que se fundió Carilino Inca y Granato entró de medio
oficial pulidor en la Compañía General de Automotores. De allí pasó a la
Shell, donde todo el mundo ingresa de ayudante. Pero Granato hizo méritos:
si otros se lavaban las manos a las menos diez, él se lavaba a las menos
cinco, cosa de conseguir la categoría. Se convirtió en "un obrero digno
de la patronal".
Su ascenso provocó los primeros e inesperados conflictos. Ahora todos querían
ser medio oficial. Lo eligieron subdelegado. Su carrera gremial culminó
en las movilizaciones más grandes que hayan realizado en Avellaneda los
petroleros privados.
Se armó cada podrida que bueno bueno, dentro de las posibilidades mías,
porque yo fui hasta cuarto grado y no tengo muchos estudios, lo que pude
aprender lo aprendí leyendo y escuchando. Después me largué a hablar en
las reuniones, hasta que al fin me animé a hablar en las asambleas. Ahí
choqué con algunos que siempre buscaban soluciones dentro de la legalidad.
Yo era muy impulsivo y nervioso, las posibilidades legales siempre eran
cortas para mí. Y bueno, naturalmente, cuando se hace un movimiento pasa
del cuerpo de delegados a la comisión interna y después al cuerpo administrativo
del sindicato. Pero a veces las cosas rebalsaban y antes que se llegara
a la comisión interna ya los movimientos estaban hechos.
Yo pensaba que todo lo que iba a pedir era poco, de lo que en realidad le
corresponde a la clase trabajadora, pero lo poco que iba a pedir creía necesario
que se hiciera.
Eso no le gustó al jefe Kun. Un día insultó a Granato. No terminó de insultarlo,
que le hicieron un paro.
El paro venía bravo y el jefe de personal acudió a pedirle a Granato que
hiciera lo posible por levantarlo porque el holandés Kun "no sabía conversar
bien" en castellano. La posición de Granato fue inconmovible:
Que él no era muy instruido, pero creía "que todos los extranjeros que vienen
de afuera" deben tener un profesor de castellano que les enseñe cuáles son
las palabras buenas y las palabras malas y cómo tienen que comportarse en
la Argentina. Así que el jefe Kun debía pedir perdón.
¿Pedir perdón en público un alto jefe de la Shell? No le quedó más remedio,
pero Granato estaba marcado.
El impulso que él creó lo desbordaba. Aparecieron los oportunistas que planteaban
cosas imposibles. Por primera vez Granato quedaba en minoría en una asamblea
que planteaba un paro.
Vieron la oportunidad de quemarme. Yo veía el juego cómo venía, me retiré,
me fui al baño. Bueno, son cosas, me puse a llorar un poco, decía: No tienen
confianza en mí. Y éstos impulsaron tanto que desencadenaron un movimiento
de huelga. Ahora resulta que cuando llega el momento de las papas, los que
daban la cara ahí en la reunión se echan atrás. Y cuando viene el ingeniero
y entra a tomar los nombres de los que van a trabajar y los que no, la gente
agarra para cualquier lado. Y yo que veo eso, los reúno de nuevo y les digo:
Bueno, yo estaba en contra, pero ahora me hago cargo. Me hago cargo, porque
está el paro.
Fue su última batalla gremial. Cuando tiempo después la empresa decide indemnizar
a los miembros de la comisión interna que aceptan el arreglo y dejan la
planta en banda, Granato queda solo. Ya ni era delegado. A último momento
los compañeros hacen una asamblea y vuelven a elegirlo. Mandan el nombramiento
al sindicato, y el sindicato en vez de elevarlo dentro de las veinticuatro
horas, como establece la ley, tarda cuarenta y ocho horas, dando tiempo
a la patronal para echarlo y no reconocer la protección legal al delegado.
Esta era, ya en 1961, la maniobra favorita descubierta por el vandorismo
en combinación con las empresas, aplicada sistemáticamente en el seno de
la UOM, extendida luego a todos los gremios dóciles.
Granato ya no era nadie: había dejado de molestar a la Shell y a la burocracia
sindical. Detrás de él, despidieron a trescientos obreros. Uno de ellos
era Raimundo Villaflor.
El sindicato se cerraba cada vez más para los militantes de la Resistencia.
Ahora sólo quedaba el campo político, donde estos hombres acosados, perseguidos,
traicionados, siguieron activando:
Hoy en día uno piensa todo lo que activó y parece mentira. Al principio
yo era uno de esos peronistas de escudito, tenía mucho fanatismo y un desconocimiento
casi absoluto de las cosas, de los intereses que se mueven detrás de la
política. Nosotros, en Gerli, habíamos creado la juventud peronista, pero
también íbamos a las reuniones con los más viejos, los del Consejo de Partido.
A ellos les parecíamos marcianos. Cuando pintábamos con pintura colorada
nos decían que éramos comunistas, y cuando pintábamos con pintura negra
nos decían anarquistas. Así fuimos sacando ciertas conclusiones, cierta
experiencia, vimos la mediocridad con que ellos miraban el peronismo y la
perspectiva del futuro.
Como a todos sus amigos, fue el mitológico Griego el que lo inició en los
secretos, le hizo comprender lo incomprensible. Entre los muchachos del
barrio, Domingo Blajaquis tenía esa aureola de algunos viejos comunistas
que toda su vida fueron corridos por la policía y al final por el partido.
Una paciencia infinita, y una bondad casi absurda, ése era Mingo.
Capaz que nos hablaba de pescar ranas o agarrar anguilas, o de los hongos
que eran venenosos y los que se podían comer, y después nos enchufaba la
inyección de cómo son las cosas, ¿no?, encontraba la semejanza entre los
hongos y la sociedad, y nos iba dando instrucciones en forma escalonada
y despacito, a medida que nosotros asimilábamos la historia, cómo había
crecido el mundo hasta llegar al capitalismo, y lo que nosotros teníamos
que hacer.
El viejo enorme Mingo, prematuramente encanecido y corto de vista, con sus
grandes manos manchadas para siempre de curtiente, sin un arma encima después
de haber luchado tanto, de haber enseñado tanto, y que ahora iba a morir
asesinado, pero antes dijo:
-Vámonos, que va a haber lío.
Raimundo Villaflor se dio vuelta. Miraba no más, clavado en esa cara de
la punta en la otra mesa.
8. LA BRONCA
A José Petraca no le gustaba cómo lo estaba mirando ese hombre de ojos oscuros
y cara angulosa. Ya no le habían gustado algunas cosas que le pareció oír
de la otra mesa. Y cuando aquella gente pagaba para irse, el hombre lo seguía
estudiando, con ese gesto, medio de burla y de desprecio.
Entonces Petraca se paró y dijo:
-¿Qué carajo mirás, guacho hijo de puta?
Petraca no lo conocía. Por uno de esos chistes de la suerte, Raimundo Villaflor
había repartido volantes pidiendo su libertad cuando Petraca estuvo preso
durante la Resistencia.
-Qué carajo te interesa, más guacho hijo de puta serás vos.
El cajero Hevia se dispuso a intervenir. Incluso apoyó la mano en el mostrador
móvil para franquearse el paso. Pero en ese momento media confitería se
paró, y el cajero lo pensó mejor.
Norberto Imbelloni, armado de una silla, se abalanzaba sobre Rolando
-Me tiró un sillazo y se le embocó a la vitrina. Después nos agarramos a
las piñas.
Rosendo García se incorporó de un salto, echó mano a la cintura y sacó un
revólver 38.
Petraca ya estaba sobre Raimundo.
-Yo también me paré -dice Raimundo- y lo serví.
El parroquiano Mario Basello tomaba una coca-cola de pie junto al mostrador.
Disparó por Sarmiento, sin pedir la cuenta. Próximo a esta puerta, el peón
de taxi Jorge P. Álvarez "vio más claridad" hacia Mitre y corrió en esa
dirección.
Juan García, el diariero de la esquina, estaba tomando el café de costumbre
en la mesa de costumbre, frente a la avenida Mitre. Tenía los diarios apilados
en una silla junto a la puerta, y la distancia que lo separaba del grupo
de Blajaquis, al que daba la espalda, era de dos metros. De pronto oyó un
ruido de sillas y presenció una escena surrealista:
El mozo Oscar Díaz, con bandeja y botella en alto, iba corriendo hacia la
puerta y al pasar le gritaba:
-¡Rajá que hay lío!
El diariero disparó con tanta velocidad que ni siquiera dio vuelta la cabeza
para fijarse qué pasaba. Al cruzar el umbral, oyó el primer tiro.
Según Imbelloni, el autor de ese disparo era Juan Taborda, que seguía parado
junto a Safi.
Hubo una pausa y después un tiroteo tan cerrado que a Oscar Díaz, desde
la calle, le pareció una ráfaga de ametralladora.
Rosendo García no alcanzó a gatillar su revólver. Un balazo, exactamente
perpendicular a la trayectoria que llevaba, le atravesó la espalda. El arma
quedó junto al mostrador móvil.
Una bala 45 rebotó en el borde de ese mostrador y fue a pegar sobre la puerta
de Mitre, a cuatro metros de altura. El desconocido tirador apretó nuevamente
el gatillo, la bala entró por la solapa derecha de Blajaquis, que no había
atinado a levantarse, destrozó la arteria pulmonar y salió por la espalda.
El Griego se desmoronó.
En la cabecera de la mesa vandorista, Armando Cabo se haba parado y avanzaba
tirando metódicamente con su 38 especial. Zalazar se derrumbó.
Carlos Sánchez, paraguayo, cortador de pizza, estaba en la cuadra amasando
para empanadas gallegas. Se asomó a la ventanilla y entre el remolino de
personas vio una mano con un revólver negro que hacía fuego. Creyó que era
un asalto y se armó de una cuchilla, dispuesto a defender sus empanadas
hasta las últimas consecuencias. Entonces vio a su patrón Hevia, "que venía
caminando en cuatro patas" y le pedía que llamara a la policía.
Petraca había desaparecido de la vista de Raimundo. Tras él llegaba Gerardi.
-Se me vino encima -dice Raimundo-. Le di una trompada y se fue al suelo.
Raimundo se abalanzó sobre él y siguió golpeándolo en la cara. Gerardi no
reaccionaba. Lo que lo había derribado era una bala calibre 45, que le entró
por la espalda.
Francisco Alonso vio el brazo armado de Vandor apuntando en su dirección.
Dio un salto a la izquierda, se encontró con la pelea de Imbelloni y Rolando,
colaboró con una piña. En ese momento Rolando oyó a su espalda un estrépito
de vidrios rotos. Creyó que le habían tirado un botellazo y gritó:
-¡Erraste, turro!
Más tarde razonó que era un balazo.
-Perdí la noción de todo -dice Alonso-. Corrí hacia la puerta de Mitre.
Cuando iba corriendo sentí un golpe en la pierna, pensé que estaba herido.
No estaba herido: una bala había picado bajo la suela de su zapato, y el
golpe le adormeció la pierna.
Detrás de la mesa de Blajaquis, el mozo Jesús Fernández atendía a un parroquiano.
Al oír los tiros se echó al suelo y se arrastró hasta quedar a cubierto
tras la curva del mostrador, paralela a Mitre. El parroquiano huyó, lo mismo
que cuatro estudiantes que estaban sobre la calle Sarmiento, que dejaron
sus portafolios.
El copropietario Ramón García estaba junto a la pileta. Cuando oyó los tiros
se metió bajo el mostrador. El último en enterarse de lo que pasaba fue
el mozo Antonio González. Sordo del oído derecho, estaba de espaldas al
local. Sostenía en la mano la bandeja con una botella de coñac, destinada
a la mesa de Vandor, que acababa de recibir de su colega Héctor Gómez, y
estaba esperando la copa. De pronto Gómez se zambulló. Mientras trataba
de explicarse el motivo de tan misteriosa conducta, González creyó oír "una
motocicleta". Entonces se le vinieron encima Imbelloni y Rolando, "que luchaban
entre sí a puño limpio". Vio a Blajaquis y Zalazar, caídos, dejó la bandeja
sobre el mostrador y se agachó: así estuvo cinco minutos.
En la mesa de tres que flanqueaba al grupo Blajaquis, también se habían
parado. Juan Ramón Rodríguez gatilló una vez su revólver 38, y el disparo
no salió: en su fuga, perdería el arma. Luis Costa y Tiqui Añón se corrieron
hacia la puerta de Sarmiento. Según Imbelloni, hicieron fuego desde allí.
Horacio desapareció, simplemente. Presentado por Blajaquis, sólo se sabe
que militaba en la juventud peronista. Nunca se presentó a declarar.
Francisco Granato corrió hacia la puerta de Sarmiento. Vio el tropel vandorista
que avanzaba en dirección contraria, entre ellos el propio Vandor guardaba
un arma en la cintura. Granato les arrojó una mesa y escapó. Delante de
él trotaba el senador Safi, herido en una nalga.
-¡Miró lo que me hicieron! -gimió Safi cuando Granato lo alcanzó en la esquina.
Raimundo seguía a caballo sobre Gerardi. De pronto recibió un sillazo en
la cabeza. Era Imbelloni, que después de zafarse de Rolando completaba así
su retirada.
Y ahora Raimundo veía a un hombre con el revólver en alto, acercarse desde
el fondo: presumiblemente Armando Cabo.
En ese momento se interpuso Rolando, que gritaba a su hermano
-¡Pará, que Mingo está herido!
El hombre que avanzaba, quizá con el revólver descargado, se detuvo. Vio
a Rosendo caído, trató inútilmente de levantarlo. Descubrió junto a la caja
el revólver de Rosendo, lo alzó y se lo puso en la cintura. Después se marchó
con la misma serenidad con que había tirado.
Alrededor de doce segundos habían transcurrido desde que empezó el incidente.
Ahora sólo quedaban en La Real los caídos y los hermanos Villaflor. Desde
la esquina Granato oyó que Rolando gritaba desesperado
-¡Mingo! ¡ Mingo!
Volvió. Segundos después regresaba Alonso. Los cuatro amigos se quedaron
mirando. El Griego tenía un tiro en el pecho, y de la mejilla de Zalazar
brotaba incesante un chorro de sangre, como un surtidor.
9. EL GRIEGO
Entonces Rolando que quería agarrar a los dos, y Raimundo que decía: No
que está muerto, no que está muerto. Porque él ya había visto que Mingo
no reaccionaba, y lo pesado que era para moverlo pero Raimundo seguía masajeándolo,
implorándole: Griego, reaccioná Griego, que no es nada, te la dio en la
derecha, esto se cura, viejo.
Pero no se curaba. Un rato después el viejo Mingo moría en el Fiorito y
lo que de él quedaba es ese "Te acordás?" con que empiezan tantas conversaciones:
¿Te acordás, Negro?, esa tarde fuimos a buscarlo a la sociedad de fomento,
y cuando nos veníamos todos juntos había una vieja en el barrio y él le
hizo un chiste, le dice: "Acá me voy yo con toda mi prole", te dice el finadito.
Y la vieja le dijo: "Cuidensén, muchachos, cuidensén muchachos", pero él
se moría de risa, "No tenga miedo viejita que a mí no me pueden hacer nada,
decía, yo soy como el Ave Fénix". No sé cómo es la milonga esa,¿-no? pero
es uno que se muere y vuelve a renacer, el Griego siempre tenía esos chistes.
En los pibes de Gerli que hoy son hombres resignados o conformes o rebeldes,
la figura de Domingo Blajaquis fue desde siempre la parte del misterio,
que al mismo tiempo era la insuperable bondad, y desde lo más remoto que
nadie se acuerde, trató de unir para luchar, incluso a los chicos que encontraba
perdiendo el tiempo en las esquinas:
-¿Qué hacen ustedes?
-Y, aquí estamos, sentados.
-¿Por qué no leen, por qué no se juntan, por qué no se organizan? Ustedes
saben que en la antigüedad existió un ser que se llamó Espartaco. ¿Por qué
no forman ustedes, la juventud, ahí tienen un nombre, la juventud espartaquista?
Y se iba cargado de sus libros, folletos, diarios, dejándolos atónitos de
que se dignara hablar con ellos, porque todos sabían que Domingo Blajaquis
había estado preso tal vez desde que nació, y que era el primer hombre que
sufrió la Picana, tal vez el inventor del Gran Sufrimiento de la Picana,
que la policía siempre lo buscó y que él contestó a la policía y a todos
los explotadores del mundo con bombas que hacían saltar los puentes y las
fábricas de los explotadores. Así crecía el mito:
Lo mirábamos como a un jugador de fútbol, qué sé yo. La prueba está que
después, en cierto momento, él quiere practicar boxeo. Entonces en el club
Villa Modelo venían ya boxeadores de cartel pero todos los pibes íbamos
adonde se entrenaba Blajaquis.
Después vino el 55 y el oscuro drama de Blajaquis con su partido, el partido
comunista, del que renegó y no renegó porque como dice uno de los que fueron
sus amigos "a Mingo lo cascaron los conservadores, lo fajaron los radicales,
lo expulsaron los comunistas, lo torturaron los libertadores y al final
lo masacraron los que se dicen peronistas." Y eso que él nunca quiso hablar
mal de nadie y hasta resultaba ingenuo en su afán de encontrar lo que había
de bueno en cada uno. Pero el 16 de junio fue de los que sostuvieron que
había que armar milicias obreras, y por eso lo radiaron los burócratas.
Marxista convencido, los peronistas de la base lo aceptaron como suyo: el
dilema que aún no termina de aclararse en los papeles, se resolvía en el
corazón de un hombre al que nadie tuvo que explicarle dónde estaba el pueblo
del que formaba parte. Lo que sí quería el Griego era una revolución, y
a eso dedicó los días y los minutos de su vida, sin más descanso que una
partida de ajedrez, una jarra de vino o una aventura ocasional que provocaba
las risas de sus compañeros.
Preso en un barco, preso en Caseros, preso en Esquel, perseguido siempre,
derrotado nunca, le quemaban los libros con querosén, se escapaba por un
agujero debajo de la cama que daba a un baldía, se zambullía detrás de una
cerca, y reaparecía siempre con una sonrisa y un chiste malo, con su chaqueta
de cuero y su gorra, con su aspecto de obrero que no pudo perder ni leyendo
a Hegel ni desmenuzando el idealismo alemán, con su formidable impulso organizador:
las huelgas de una década al, sur del Riachuelo llevan el sello de Domingo
Blajaquis.
-Esto lo cortó él -me cuentan en un taller, mostrándome un puñado de recortes
de varillas del seis-. Cada vez que había un paro se aparecía con tres o
cuatro rollos de alambre, decía: "Vamos a trabajar", y nos quedábamos hasta
la madrugada sacándole punta a los clavos Miguelito.
Otras cosas le pedían: había estudiado química, conocía las fórmulas, sus
manos estaban manchadas de tinturas y de ácidos que no eran solamente de
la curtiembre donde trabajaba. Si hay un símbolo de la resistencia obrera
en estos años, es Domingo Blajaquis y en ese sentido tenía razón al decir
que a él no lo podían matar, ni siquiera los bandidos que ahora lo mataron.
Tal vez le habría alegrado presentir que esta evocación insuficiente, que
algún día será completada, la cerraría en el periódico de los trabajadores
uno de sus compañeros. En un folleto mimeografiado en Gerli escribe Raimundo
Villaflor:
"Dicen que pasó sin trascendencia por la escuela industrial y la universidad
sin recibirse de nada, que tenía pocos recursos, que siempre vivió a salto
de mata, que su vida fue siempre agitada. Y es cierto, nunca tuvo nada,
ni llegó a nada en el sentido que los burgueses dan a ese concepto. Porque
un auténtico revolucionario no llega a nada hasta que destroza el régimen
corrompido y parasitario que nos explota e instaura una nueva sociedad...
Sus conocimientos de la historia y de las revoluciones mundiales, las diferentes
escuelas filosóficas, la física, la química, la medicina, eran parte del
conocimiento con que aclaraba nuestras dudas, nuestra ignorancia, nuestros
interrogantes... Era el padre del grupo, "nuestro hermano mayor", tuvo también
claridad para comprender con mucha anticipación cómo la burocracia se transformaba
en dique de contención de las masas... Ese era Domingo Blajaquis, nuestro
griego, la muerte lo sorprendió trabajando por el pueblo trabajador, tratando
de unir la lucha de nuestros hermanos del norte, de nuestros compañeros
del interior, con nuestra lucha, tratando de quebrar ese cerco de hielo
e insensibilidad de la burocracia traidora. No murió peleando, murió asesinado
a mansalva. Pero no es un mártir, es un héroe. Fue un militante más del
ejército invencible del pueblo trabajador, fue un auténtico revolucionario."
10. "JUSTO A MI ..."
Con el balazo que lo derrumbó había saltado de la mano de Rosendo García
el revólver 38 especial que alcanzó a sacar de la cartuchera ceñida al cinturón.
Mientras manoteaba desesperadamente el piso de La Real, oyó el resto de
los tiros que zumbaban sobre él, se arrastró entre convulsiones hasta quedar
casi sentado, con la espalda apoyada en la cabecera de la mesa: en esa posición
alcanzó a verlo Raimundo Villaflor.
Después cesó el tiroteo, lo rodeó el tropel de pasos fugitivos. Una mano
-la de Armando Cabo- lo sacudió por el hombro, trató inútilmente de enderezarlo.
Con ojos turbios pudo contemplar el desastre -Gerardi inmóvil, los caídos
en el bando adversario- mientras se preguntaba quién a su espalda, qué cuenta
arreglada; y cómo era que todos lo dejaban solo. Entonces volvió a arrastrarse
en dirección a la puerta, la salida, la vida que se escapaba y comprendió
lo jodido que estaba cuando tuvo que apoyarse nuevamente contra la pared
de La Real. Allí lo vería el desesperado Rolando mientras cargaban pesadamente
con Zalazar y Blajaquis, los metían en el taxi de Jorge Próspero Álvarez
y volaban al Fiorito.
Entonces Rosendo volvió a arrastrarse hasta la calle y quedó tendido a lo
largo sobre la vereda de Sarmiento, mientras Norberto Imbelloni buscaba
un auto que el dirigente Izetta le negó por no estropear el tapizado, y
conseguía al fin el Fiat 1500 de Maximiliano Castillo, donde lo cargaron
con la ayuda de Tiqui Añón, y ese fue el momento que eligió Rosendo para
decir, tal vez con tristeza o como una simple comprobación, porque ya se
iba, el momento que eligió para decir a sus amigos
-Justo a mí me la fueron a dar.
Sí, justo a él, el hombre que había crecido demasiado en Avellaneda y en
la UOM, el hombre que aspiraba a ser gobernador de la provincia, el único
que a corto o largo plazo podía desplazar a Vandor.
Nicolás Gerardi quedó totalmente abandonado sobre las baldosas de La Real.
Cuando llegó la policía, el vigilante Segovia lo metió en un taxi. Gerardi
quería que lo llevaran al sanatorio de la UOM y parece que volvió a acordarse
de su carnet de la Cámara de Diputados. El taxista se dio vuelta y le dijo:
-Gracias que te llevo al Fiorito.
11. ZALAZAR
"Porque para ser peronista, hay que estar con Perón, y si no se es peronista,
se es traidor al movimiento." Estas eran las cosas que Juan Zalazar había
empezado a escribir en un cuaderno a los 34 años y que mostraba candorosamente
a los que llamaba sus hermanos. Mingo y Raimundo podían hablarle de Argelia
o del Congo, de Cuba o de Vietnam, que él respondería:
-¿Eso es peronismo?
Asombrado de que alguien quisiera enseñarle algo, por primera vez. Aunque
los resultados no fueran deslumbrantes sobre el papel, Zalazar intentaba
explicarse el amargo mundo, su maltratada suerte
-Toda su vida -explica Granato- fue una desesperación por conseguir trabajo.
Boxeador mediocre en su juventud, las peleas disminuyeron a medida que aumentaba
la familia. Llegó a tener cinco hijos, cuyo porvenir lo desesperaba. "Que
no sean burros como yo", repetía. Su destino natural de militante en la
Resistencia fue el de guardaespaldas de los que iban a convertirse en jerarcas
y olvidarse de él. Un día acudió a ver a uno de esos hombres a quienes él
había cuidado: quería un permiso para un puestito de sandías.
-¿Con cuánto vamos? -le preguntó el concejal.
-Mirá estos hijos de puta -comentó Salazar.
Nunca pudo entender esas cosas.
La obsesión del trabajo se convirtió casi en locura. Un día entró con un
amigo a trabajar de prepotencia en una fábrica. El capataz los quería matar
y los operarios se reían.
-Mirá estos hijos de puta -volvió a decir Zalazar-. En vez de ayudarnos,
se ríen de nosotros.
Los corrieron a bulonazos mientras él desafiaba a todos a que salieran a
pelear a la calle. Pero igual siguió sin entender.
Ahora boxeaba cuando podía, en cualquier festival, contra cualquiera. Lo
amasijaban, y se iba contento con unos pesos para que comieran los pibes.
Una vez de las tantas veces que no hubo nada en la casa, trajo unos pescados
que encontró en la costa. Se intoxicaron todos.
Anduvo en una bicicleta vendiendo flores. Quiso inventar una máquina de
hacer chorizos donde él era el motor: "Porque yo tengo fuerza", se reía.
Y la noche que lo mataron acababa de trabajar 36 horas seguidas en la Shell,
porque al fin había agarrado una changa y no la quiso desperdiciar, y aún
le quedaban ganas para reunirse con sus compañeros, a ver si podían hacer
algo por los cañeros de Tucumán.
Entonces Armando Cabo, que estaba sentado al lado de Vandor, terminó de
tomar su whisky, hizo puntería y lo mató.
Pero ya no importaba tanto porque Juan Zalazar también se había salvado
en los otros, en la fraternidad de los que luchan y al fin comprenden. Sea
una vez más su hermano Raimundo Villaflor quien lo despide:
"Era la imagen y la expresión del hombre simple que pugna por romper esa
simpleza. Sabía poco de retóricas intelectuales, pero sabía muchas cosas
prácticas. En la medida que descubría la traición incubada por la burocracia,
la postración del movimiento y la frustración de los militantes, nos unimos,
y las pasamos juntos, y las comimos juntos. Nos preguntamos por la muerte
y por la vida, si duramos o vivimos. Durar, dura el borrego. Vivir, vive
el militante revolucionario."
Segunda
Parte
LA EVIDENCIA
12. LA POLICÍA DESTRUYE LA PRUEBA
-Pero, ¿cómo van a hacer eso? -exclamó el cortador de pizza Carlos Sánchez
al ver que los primeros baldazos caían sobre el piso ensangrentado de La
Real. ¡No hay que tocar nada!
-¿Y tú que sabes? -dijo el patrón Hevia.
-Es que yo he sido policía militar en Paraguay. Los cepillos de goma y los
trapos de piso quedaron en suspenso.
-Hombre -repuso Hevia-, si ya estuvieron ellos aquí, y no han dicho que
no laváramos. Esta es la hora de la limpieza, así que a limpiar.
Sánchez de todas maneras llamó por teléfono.
-¿Podemos limpiar?
-Sí, claro -le respondieron de la comisaría.
Los mozos volvieron a su tarea. Recogieron vasos rotos, enderezaron mesas
y sillas caídas, lanzaron nuevos baldes de agua sobre las manchas de sangre.
En seis minutos la confitería quedó reluciente, como si no hubiera pasado
nada.
-Así da gusto -suspiró Hevia.
En ese momento sonó el teléfono y una voz áspera gritó en el oído de Sánchez
-¡ No toquen nada!
-¿Han visto? -dijo Sánchez.
-Coño -dijo Hevia.
La destrucción sistemática de la prueba por la policía de Avellaneda había
empezado media hora antes cuando "una persona particular, visiblemente azorada"
se presentó en la comisaría primera y denunció ante el jefe de turno, subcomisario
Alberto Martínez, lo que acababa de ocurrir. El subcomisario no identifica
al testigo, y el juez Néstor Cáceres, al interrogarlo un mes después, no
le pregunta quién era.
Martínez acudió a La Real con el ayudante Atilio Dellepiane, el cabo Santamaría,
los agentes Segovia, Cristaldo y Zacarías. Allí se enteró que Rosendo estaba
en el Fiorito y se hizo llevar en un automóvil que pasaba, dejando a Dellepiane
"con las órdenes del caso".
Junto a la curva del mostrador, frente a la caja, el cabo Santamaría encontró
una cápsula 45 y un plomo del mismo calibre. Sin la menor precaución los
recogió.
El agente Zacarías levantó otra cápsula "en el pasillo divisorio de los
dos ambientes" y dos más "cerca de la caja registradora". Cuando el juez
le pida que por lo menos señale dónde las encontró, responderá que "en cinco
años que lleva en la policía es la primera vez que interviene así en un
procedimiento de un hecho de esta naturaleza y magnitud, por lo que no puede
asegurar precisión en las referencias que hace sobre el croquis".
Rato después, las cápsulas ya eran cinco. Nadie aclara dónde apareció la
quinta, ni quién la halló. El revólver de Juan Ramón Rodríguez, que estaba
caído bajo una mesa, anduvo de mano en mano antes que Hevia lo entregara
a Dellepiane.
Volvió el subcomisario del hospital y en seguida se retiraron todos sin
dejar vigilancia ni consigna. El copropietario Ramón García, declarando
ante el juez, dirá que antes de irse Dellepiane, su socio Hevia le preguntó
qué hacía con el local, "respondiendo el policía que podían limpiar". Hevia
no recuerda ese diálogo pero señala que "habiendo estado ya la policía y
no habiendo dejado órdenes en contrario se podía limpiar". Dellepiane se
justifica alegando que "se trasladó al hospital, dejando cerrado el local,
no recordando si quedó vigilancia, y al volver observó que se habían lavado
las manchas de sangre, pues fue difícil hacer cumplir las directivas por
la confusión reinante". Habla, suponemos, de la confusión reinante en su
cabeza.
Cuando ocho horas después del tiroteo se presentó en La Real el perito en
rastros de la policía bonaerense Alberto Giglio, no encontró siquiera una
copa que no hubiera sido lavada. El pianista Dardo Osle hizo un croquis
muy preciso de un local que ya tenía poco que ver con el escenario de los
hechos. Las tres mesas rectangulares del grupo vandorista no conservaban
siquiera su forma, pues los mozos las habían reemplazado por otras redondas,
además de correrlas aproximadamente un metro con setenta centímetros hacia
el fondo del salón familiar, y unos veinticinco centímetros hacia la calle
Sarmiento. Las dos mesas del grupo Blajaquis tampoco estaban ya junto a
la columna, sino desplazadas alrededor de un metro con treinta y cinco centímetros
hacia el salón familiar. Con este croquis trabajaron los dos jueces de la
causa.
La única evidencia que la policía de Avellaneda no consiguió suprimir fueron
las huellas físicas de los balazos. El parte redactado por el subcomisario
Martínez inventa sin embargo "cuatro perforaciones producidas presumiblemente
por armas de fuego" en la pared que estaba a espaldas del grupo vandorista.
Eran en realidad simples astilladuras superficiales, originadas en cualquier
causa anterior, y no aparecen por supuesto en el relevamiento pericial que
descubre once accidentes balísticos registrados en trece tomas fotográficas.
Ninguno de estos disparos había hecho blanco a espaldas del grupo vandorista,
ni en sus inmediaciones, pero el erróneo informe de Martínez permitió mantener
a nivel periodístico la ficción de que se había producido un auténtico tiroteo,
con fuego de ambos bandos: el 15 de mayo La Nación publicaba un croquis
donde aparecían las cuatro famosas "perforaciones".
Martínez y Dellepiane no resultaron más afortunados al atribuir la muerte
de Rosendo a "una herida de bala en la cara anterior de abdomen con orificio
de salida en región dorsal". Como se sabe, era exactamente al revés: la
bala entró por la espalda y salió por el ombligo. Dieciséis meses más tarde
el segundo juez de la causa, doctor Llobet Fortuny, censuraba amargamente
el sumario policial: "No puede establecerse que la actitud de los conductores
del procedimiento haya sido maliciosa, pero sí al menos incauta".
Las cosas mejoraron algo cuando llegó el titular de la primera. El comisario
Luis Fernández da intervención al juez Néstor Cáceres, pide instructor a
la Dirección Judicial, solicita por radio la presencia de peritos, demora
a los testigos y a las dos y quince de la madrugada va al Fiorito donde
en presencia del inspector San Félix y el médico policial doctor Rodríguez
Jiménez recoge las últimas palabras del agonizante Zalazar:
"... nos trasladamos a la camilla donde se encuentra JUAN ZALAZAR y a instancias
del señor Médico, esta instrucción acierta hacerle algunas preguntas, respondiendo
ZALAZAR, con apenas un murmullo y en forma entrecortada, entre lo que se
destaca el nombre de VANDOR, relacionando su presencia en lugar, pues oyó
que lo nombraron y cree haber oído que decían ‘no tire VANDOR’ (Literal)."
El mundo se le borraba al ex boxeador, su perspectiva de derrotas, de hombres
sin trabajo y chicos desamparados. Entró en el coma, treinta horas después
en la muerte. Esas fueron sus últimas palabras, la plena conciencia de su
drama.
13. "TODO BUENOS AIRES"
Tirado en el piso del Fiorito, Domingo Blajaquis apenas respiraba. Granato
y los Villaflor intentaban reanimarlo con masajes al corazón, cuando entre
varios trajeron a Rosendo. Enloquecido, Rolando se les fue encima, en la
escaramuza le pegó una trompada a un médico mientras Luis Costa escapaba
a la calle.
A John William Cooke el teléfono lo despertó después de medianoche: el Griego
estaba herido. Eran amigos, en 1956 había compartido una de sus tantas cárceles.
Corrió al hospital, cuando llegó había un acta de defunción con la hora
precisa: una menos veinte. Le contaron.
Cooke mantuvo su acostumbrada serenidad, observó cómo el Fiorito se iba
poblando con los notables del peronismo oficial, diputados, senadores, dirigentes,
cómo crecía en los cuchicheos la ola de consternación que tan eficazmente
iba a utilizar el vandorismo: Rosendo había muerto a las doce y veinte.
-Disparen -dijo.
-Pero si nosotros estábamos desarmados.
-Disparen -dijo Cooke-. Les van a tirar con todo Buenos Aires.
Granato no podía creerlo. En su inocencia se había ofrecido para ir a buscar
un remedio que necesitaba con urgencia Nicolás Gerardi, herido del otro
bando, y lo había conseguido en Dock Sud, después de largo peregrinaje.
Al salir Rolando se encontró con Alonso que le dijo:
-Me parece que estoy herido en un pie.
Tenía la pierna paralizada por el rebote de una bala en la suela del zapato.
-Si es un pie, no es nada -dijo Rolando.
Tomaron un taxi y fueron a avisar a una hermana de Blajaquis que vivía en
Gerli. Volvieron a casa de Rolando, se cambiaron las ropas ensangrentadas.
Rolando tomó un colectivo a Buenos Aires, en busca de su amigo, el abogado
Norberto Liffschitz.
Raimundo Villaflor no supo que tenía sangre en la cara hasta que notó que
un vigilante lo miraba en el pasillo del Fiorito. Fue al baño, se lavó ante
un espejo. Regresaba de la furia, de la desesperación, eran las cuatro de
la mañana y estaba solo con Granato.
Al salir del hospital compraron los diarios. La profecía de Cooke empezaba
a cumplirse. Durante quince días únicamente el vandorismo hablaría por boca
de la prensa, mientras los sobrevivientes de la matanza pasaban a la clandestinidad.
Una sola persona, quizá, tenía en la tarde del sábado 14 un cuadro medianamente
claro de lo ocurrido. El instructor, comisario Néstor De Tomás, había acumulado
metódicamente en sesenta fojas el resultado de unas treinta diligencias,
entre ellas los ocho testimonios de mozos y propietarios de La Real. Tres
eran particularmente importantes.
Ramón García, copropietario del negocio, declaraba a fojas 27 que "momentos
antes de comenzar los disparos observó a una persona de espaldas quien se
arrojó sobre los que estaban reunidos" (en el sector Blajaquis) "agitando
sus manos tal como si golpeara a alguien". En su segunda declaración, ante
el juez Llobet, marcará en el croquis el lugar del incidente, que es el
de Rolando Villaflor agredido por Imbelloni.
El mozo Oscar Díaz "observó que una de las personas integrantes del segundo
grupo, se levantaba de improviso, dirigiéndose a la mesa de los primeros
y sin mediar palabras, comenzó a golpear a todos indistintamente, poniéndose
de pie los integrantes del segundo grupo y armándose de sillas comenzaron
a golpear a quienes en ningún momento había provocado. En ese instante comenzaron
a escucharse disparos..."
El testimonio de Fructuoso Hevia es aún más significativo por la posición
privilegiada que tenía como observador desde la caja registradora. Dice:
"En un momento dado, las personas que habían llegado en primer término se
levantan de la mesa presumiblemente con la intención de retirarse, y es
en ese preciso instante que una de las personas del segundo grupo, se levanta
de improviso, arrojándose contra los que ya se retiraban, comenzó a golpearlos,
siendo repelida la agresión."
Esta es una descripción bastante exacta de la acometida de José Petraca
contra Raimundo Villaflor. Pero Hevia dice más:
"En ese instante los demás integrantes del segundo grupo se sumaron a la
refriega originada, armándose algunos de sillas, agrediendo a los que llegaran
en primer término. Fue en ese instante que el dicente observó cómo la lucha
tomaba incremento y escuchó una serie de disparos de arma de fuego, cree
que del bando atacante."
El 19 de mayo surgirá un cuarto testimonio sobre el origen de la agresión.
Es el del joven comerciante Mario Basello, quien declara que "sin que existiera
discusión previa se armó un revuelo de mesas y sillas que partían de una
mesa instalada en el sector familiar... hacía otra ídem distante unos cinco
metros... Que luego de esa gresca entre ambos bandos con mesas y sillas
siguieron disparos de armas de fuego. Que el que depone... se hallaba...
de pie junto al mostrador bebiendo una coca-cola, es decir dando espaldas
al local y con la vista al salón familiar, de allí su aseveración acertada
de que la provocación partiera de ese grupo."
Un episodio tragicómico oscureció momentáneamente la pesquisa. En la madrugada
del 14 ingresa al Fiorito, herido de bala, Dante Navarro. Morirá después.
A fojas 104 Miguel Argüello, tras aclarar que está comprendido en las generales
de la ley "por la íntima amistad que lo une a la víctima Dante Navarro",
explica compungido cómo fue. Iba caminando con un tal Ruziak cuando se topan
con Navarro y entran en La Real. "El que habla en el instante preciso en
que iba a penetrar oye que alguien grita ‘traidores hijos de puta’; no obstante
entra y en ese momento observa una descomunal riña entre gran cantidad de
gente, cuyo número no pudo determinar". Navarro cae herido.
Es, como se advierte, una de las versiones más coloridas del tiroteo. Lástima
que sea totalmente falsa. Argüello había baleado a Navarro en otro lugar,
por motivos que no eran precisamente políticos, y se coló en la matanza
de La Real. "La íntima amistad que lo unía a la víctima" es una notable
contribución a la picaresca del hampa.
14. ENJUAGUES Y MISTERIOS
-Yo, Vandor, Negro, ¡te lo juro!, sabés cómo sé querer yo, y yo sé cómo
pensabas vos, te prometo que sí los trabajadores argentinos no ven aparecer
a los culpables en los próximos días, acá va a correr un río de sangre.
Estas son las palabras, quebradas por la emoción, que un periodista creyó
oír de boca de Augusto Timoteo Vandor en el cementerio de Avellaneda, la
templada mañana del 16 de mayo de 1966.
Hoy es preciso acudir a los archivos de las diarios para advertir que de
las palabras de Vandor ha quedado otra versión, menos hermosa pero acaso
más fiel: "Sí dentro de pocos días los responsables de este crimen no levantan
la bandera de la paz, entonces sí habrá un río de sangre". La diferencia
podía parecer una sutileza en aquellos momentos. Hoy es reveladora. La primera
versión es lo que Vandor debió decir, lo que todo el mundo esperaba que
dijera, y tal vez por eso creyó escucharlo el periodista de Primera Plana:
Si no aparecen los culpables, correrá un río de sangre. Pero los culpables
no aparecieron, y el río de sangre sólo ha corrido en el papel. La segunda
versión en cambio se cumplió. Los que Vandor llamaba responsables levantaron
en efecto la bandera de la paz y ya el río de sangre era innecesario. Vandor
no tenía interés en que "apareciera" nadie, ni los guardaespaldas que lo
secundaron, ni los sobrevivientes que iban a denunciarlo.
Una transformación casi milagrosa se había operado en el hombre que cincuenta
horas antes, en el sindicato Municipales de Avellaneda, lloraba por anticipado
la muerte de Rosendo, y el fin de su carrera política. En una de las farsas
más espectaculares que haya presenciado el país, aparecía ahora corno el
vengador de su propia víctima.
Decenas de coches cargados de flores habían precedido el féretro del último
caudillo de Avellaneda. Una de las coronas ostentaba el nombre de Juan Perón.
La que mandó Isabel Perón, en cambio, había sido pisoteada y destruida por
furibundos vandoristas. Una muchedumbre enorme y apesadumbrada caminó durante
dos horas detrás de las eminencias del peronismo, acompañadas por políticos
de todos los partidos, mientras las fábricas paraban y la ciudad entornaba
sus puertas. Monseñor Podestá ofició el responso. La policía, entretanto,
demoraba la entrega del cadáver de Zalazar para "evitar incidentes".
Sin visitar a Rosendo en el Fiorito ni aguardar el desenlace, Vandor se
había trasladado a la sede de la UOM, en la calle Rioja, donde convocó al
abogado Fernando Torres. De allí surgió una estrategia elemental pera efectiva:
proseguir la destrucción de la prueba iniciada por la policía. Armando Cabo
se encargó de reunir las armas utilizadas y hacerlas desaparecer. Alguien
sustrajo del Fiorito el saco, el chaleco (perforados de bala) y la corbata
de Rosendo. Cabe suponer que de Gerardi también ha desaparecido alguna ropa,
pues la única que consta en autos es una camisa de corderoy que en el acta
de recepción de la comisaría es "azul" mientras que en la pericia balística
sobre ropas es "gris": parece poco abrigo para una noche invernal. El propio
Gerardi fue sacado del hospital, conducido al policlínico de la UOM en la
calle Pueyrredón y operado por el doctor David Bracuto, quien dice que le
extrajo un proyectil 45 y lo entregó no a la instrucción sino a Fernando
Torres.
Han pasado treinta y seis horas desde el tiroteo cuando Torres, invocando
"su carácter de apoderado general de la Unión Obrera Metalúrgica", se presenta
con el saco. El instructor le pregunta quién se lo dio. Responde que "una
persona cuyo nombre y apellido se reserva, amparándose como letrado dentro
del secreto profesional". Entrega también la bala de Gerardi.
El 16 de mayo vuelve a presentarse el milagroso doctor Torres. Trae esta
vez un revólver Colt 38 con seis proyectiles intactos "que perteneciera
a la víctima de autos Rosendo García".
-¿Quién se lo dio, doctor?
-Secreto profesional, comisario.
La destrucción de la evidencia se completará con el ocultamiento de los
protagonistas. A La Real han entrado por lo menos quince. Los mozos mencionan
doce porque los tres restantes se ubicaron aparte. La táctica consiste en
suprimir a los guardaespaldas y presentar solamente a los heridos, a Vandor
(no hay más remedio), a Castillo, diputado protegido por sus fueros y al
inofensivo asesor Barreiro. Sus declaraciones, obviamente concertadas, mienten
en los mismos puntos. Así Julio Safi dice que estaba por entrar en La Real
en compañía de Castillo cuando empezó el tiroteo y se sintió herido. La
verdad es que había entrado y se había sentado, pero la negativa le permite
sostener que "no reconoció a ninguna de las personas que reñían" y que "tampoco
pudo ver a la persona de Augusto Timoteo Vandor u otro perteneciente al
gremio metalúrgico". Casi un año más tarde admitirá ante el juez Llobet
que entró, que "al llegar al bar se encontró de frente con Rosendo García"
(metalúrgico) "y con Gerardi, de quien es amigo ... que Rosendo García lo
invitó a tomar un café o una copa" y que permaneció en La Real "dos o tres
minutos, que pudieran ser cuatro".
Barreiro declara haber visto solamente a Rosendo, Vandor y Gerardi. Admite
que había varias personas más pero "no les prestó atención alguna". Castillo
repite la versión de Safi y asegura que se quedó en la calle. Cuando termina
el tiroteo lleva en su auto el cuerpo de Rosendo ayudado por "varias personas"
a las que considera "simples transeúntes a los que no conocía". Tales simples
transeúntes eran Imbelloni, "Tiqui" y Rodríguez: Castillo los conocía perfectamente.
Pocas horas después de la farsa en el cementerio de Avellaneda, declara
el propio Vandor. Cuenta su llegada a La Real:
-Me senté de espaldas a Sarmiento. Como una cosa que ya resulta común, varios
compañeros que seguramente nos habían reconocido, entraron y se sentaron
a mi lado.
COMISARIO DE TOMAS: -¿Quiénes eran?
VANDOR : -No conozco sus apellidos, pero tengo la esperanza de individualizarlos
e invitarlos a que concurran a prestar declaración.
Ya va para tres años que el dirigente metalúrgico alienta esa esperanza.
La memoria, infortunadamente, no le ayudó a identificar a sus propios guardaespaldas.
Describe sus temores, su "sexto sentido" el incidente del baño, y agrega:
"A todo esto Rosendo, nervioso por naturaleza, se hallaba cada vez en mayor
tensión. Transcurren escasos segundos y de pronto, tres o cuatro de los
individuos de la otra mesa se ponen de pie, aclara que no medió provocación
alguna de parte de ningún grupo, y al ruido de las sillas al levantarse,
sumado a la atención que prestaba el dicente, hizo que rápidamente se percatara
de la situación, tratando de buscar refugio, no así García, que imprevistamente
dando un salto y con los brazos en alto se pone frente a los atacantes.
En ese momento el dicente escucha un disparo y casi de inmediato una sucesión
de ellos..."
Subrayemos: García dando un salto y con los brazos en alto se pone frente
a los atacantes, y en ese momento se escucha un disparo. Sin quererlo, Vandor
prueba que Rosendo fue muerto por su propio grupo. Basta recordar que la
bala le entró por la espalda.
Pretende Vandor que "ya agazapado perdió la noción de cuanto lo rodeaba".
Quizá para explicar el abandono que hace de Rosendo, afirma que "suponiendo
el dicente que la reyerta no había tenido mayores consecuencias, se dirige
a la central de calle Rioja". Omite la escena de llanto público en Municipales.
Simula que dejó a su chofer Taborda en el auto. Alega que no vio a Safi
ni Castillo. En ese punto el instructor, haciéndose eco de un secreto a
voces, le pregunta:
-¿Estaba sentado Cabo junto a usted?
Vandor: "Que terminantemente, refiere que sentado junto al que habla no
se hallaba ni Dardo, ni Armando Cabo". Dardo Cabo (que más tarde iba a comandar
la expedición a las Malvinas) no tuvo por supuesto la menor intervención
en la matanza de La Real. Pero su padre, Armando, ocupaba la silla contigua
a Vandor.
Juan Taborda, chofer de Vandor, arguye que no entró en La Real. Se quedó
en el auto y no vio a nadie más que Rosendo y Vandor. Olvida explicablemente
que fue el iniciador del tiroteo. No será siquiera procesado.
El interrogatorio de Nicolás Gerardi es postergado hasta el 26 de mayo,
por indicación de los médicos de la UOM. Dice que llegó a La Real con Vandor
y Rosendo, y que "con ellos penetraron varios muchachos que él reconoce
como activistas metalúrgicos... cuyos apellidos desconoce". Cabe preguntarse
por qué el desdichado Gerardi protege de este modo a sus propios heridores.
Estaba a merced del aparato de la UOM. Más tarde administraría desde un
sillón de ruedas el hotel metalúrgico en Mar del Plata.
Una parte del testimonio de Gerardi es a pesar de todo prueba de cargo.
Fojas 108 v.:
"Inmediatamente tres o cuatro individuos de la mesa observada se ponen de
pie, moviendo sillas y mesas de manera brusca, sin que mediara ninguna provocación
por parte de la mesa integrada por el dicente. En el acto Rosendo se levanta
imprevistamente, dando un salto y sin nada en las manos se pone frente a
los atacantes. Sonó un disparo en la mesa contraria..."
Subrayemos una vez más: sin nada en las manos, frente a los atacantes, sonó
un disparo que Gerardi atribuye a la mesa contraria sin explicar por qué.
Un año después Gerardi admitirá que "esa noche no vio a ninguna persona
con armas ni antes, ni durante, ni después del conflicto".
Entretanto, alguien le ha soplado al instructor el nombre de un tal "Imbellone".
El doctor Torres saca un nuevo conejo de su inagotable galera: presenta
a Ángel Imbelloni que no tiene más relación con los hechos que ser hermano
de Norberto. Descubierto el truco, comparece Beto, quien relata su incidente
en el baño pero omite su pelea con Rolando y no identifica a otros actores
que Rosendo, Gerardi y Vandor.
El 19 de mayo inopinadamente el comisario De Tomás resuelve cambiar la carátula
del sumario, de homicidio simple a triple homicidio y lesiones graves en
riña. Ordena sin embargo la detención de Vandor y designa para buscarlo
al cabo Antonio Crucci. Dejando a salvo sus grandes méritos como torturador
(hoy procesado) Crucci no era quizá la persona indicada. El 20 de mayo informa
que Vandor y Barreiro "han desaparecido de sus domicilios y lugares que
frecuentaban asiduamente".
El destino del vandorismo pasaba en ese momento por esferas más altas que
las de Crucci y el propio De Tomás. Las febriles negociaciones, los encuentros,
las conjeturas sobre cifras en juego han engrosado el folklore judicial.
Lo cierto es que el mismo 20 de mayo Vandor conseguía que el juez de la
causa, Néstor Cáceres, lo eximiera de prisión. Armado con ese papelito,
se presenta en Avellaneda y le dice rotundamente al instructor que él no
habla más: por lo menos en la comisaría.
15. LA MONTAÑA CRECE
Entonces yo agarré y me fui a mi casa. En mi casa me quedé un día, y mi
mamá me preguntaba, Qué te pasa, qué te pasa, le digo No, no nada, nada.
No ves el problema que hay, qué querés que haga. Me dice, Pero qué te pasó,
le digo No, nada, nada, y entonces me dice, Cómo, no vas a dormir hoy a
tu pieza, le digo No, me voy a quedar acá, y entonces mi mamá desconfiaba,
Cómo, si nunca se queda acá, qué raro. Entonces yo no podía dormir, ni dormí.
Al otro día me fui de mi casa. Me fui, fui a casa de unos amigos, después
volví de nuevo a mi casa, y mi mamá me dice, Cómo no te pasó nada ayer,
si ayer mataron a Zalazar, estaba herido Zalazar, y mataron a Blajaquis.
Le digo No, lo que pasa es que yo no te quería contar nada, si vos sufrís
del corazón, para qué más problemas, bastante con lo, me dice Sí, pero cuidate
porque ahora te van a, te van a matar a vos y yo, mi mamá lloraba, le digo
No, no me van a matar le digo, no, de jame que no me va a pasar nada. Entonces
yo agarré y me fui. Me fui, iba a ir a, ya había pasado un día y pico, iba
a ir al velorio de Zalazar, pero unos amigos me dicen, No, no vayás, porque
ahí te van, ahí te van a.
Hacía bien Francisco Alonso en desconfiar. En sus declaraciones ante el
instructor los vandoristas pretendían ignorar la identidad de sus rivales
: "Nadie quiere jugarla de delator", explicó a Primera Plana un dirigente.
Por debajo, la verdad era menos bella. Un breve parte del cabo Crucci, fechado
el 20 de mayo, la pone al descubierto: "Según versiones circulantes dentro
de personas vinculadas al gremio metalúrgico, entre los integrantes del
grupo isabelino figuraría una persona de apellido Alonso".
La identidad de los hermanos Villaflor y de Granato había sido revelada
a la policía por un hermano del mismo Blajaquis, de nombre Jacinto. El instructor
pidió su paradero y después su detención.
Los sobrevivientes de la matanza pasaron a una lúgubre clandestinidad. De
refugio en refugio, durmiendo amontonados, a veces cuatro en una cama, una
formidable campaña de prensa descargaba sobre ellos toda la indignación
del país. A veces escuchaban con un sobresalto las noticias radiales que
los imaginaban cercados en tal o cual lugar. No habían podido asistir al
entierro de sus amigos queridos. Cuando cambiaban de escondite, era de noche,
furtivamente. La Banca Tornquist no permaneció del todo indiferente a sus
destinos: el 19 de mayo la empresa Conen ordenaba el despido de Raimundo
Villaflor. De este modo Tornquist expresaba su solidaridad nunca desmentida
con Vandor y el mecanismo de delación interna que tantos estragos ha causado
entre los delegados de Tamet y otras empresas del grupo.
En los medios peronistas, la verdad se iba filtrando lentamente. Ya en el
entierro de Zalazar, Alicia Eguren había formulado contra el vandorismo
una acusación apenas velada. Una reunión en el sindicato de Sanidad, dirigido
entonces por Amado Olmos, permitió esclarecer los hechos ante dirigentes
obreros. Olmos prestó su automóvil para realizar las diligencias judiciales
necesarias. Una campaña reunió penosamente los ciento veinte mil pesos de
las fianzas. José Alonso, en cuyo nombre -según los diarios- se habían enfrentado
las facciones de La Real, contribuyó con quince mil pesos, algo así como
la milésima parte de la valuación de su finca en la calle Santos Dumont.
Detrás de Vandor, habían sido eximidos de prisión Barreiro e Imbelloni.
Esto decidió al doctor Liffschitz a presentar a sus propios defendidos.
Pero antes hubo una reunión de abogados de las partes.
Viendo crecer la prueba en contra a pesar de sus manejos, el vandorismo
había echado a rodar una nueva versión de los sucesos. Según esta fábula,
un "tercer grupo" formado por policías de la provincia de Buenos Aires intervino
en la riña, la convirtió en tiroteo y se hizo culpable de las muertes. Era
una forma de remitir al limbo la identidad de los victimarios, y un aporte
circunstancial al clima del golpe militar que se estaba gestando contra
el gobierno radical. Torres propuso abiertamente a Liffschitz que aceptara
esa versión. Liffschitz la rechazó y el 31 de mayo presentó al instructor
sus defendidos Raimundo y Rolando Villaflor, Francisco Granato y Francisco
Alonso. Con excepción de Horacio, que no aparece, constituyen la totalidad
del grupo sobreviviente de Blajaquis.
Sus declaraciones son las más amplias y ricas en detalle incorporadas a
la causa. En minuciosos croquis, los cuatro identifican y ubican correctamente
a Rosendo, Vandor, Safi e Imbelloni. Cometen errores parciales con Gerardi
y Barreiro, a quienes no conocían bien. Describen a los desconocidos. Los
vandoristas son diez en las reconstrucciones de Raimundo y Alonso; once,
en las de Granato y Rolando. Ninguno menciona a los tres guardaespaldas
en la mesa de Luis Costa, que habían sido vistos borrosamente por Alonso
y Rolando. Probablemente no querían dar pábulo a la versión del "tercer
grupo". El solitario Acha también les pasó inadvertido.
Raimundo dice que Vandor extrajo una pistola, aunque no lo vio tirar porque
en ese momento estaba ocupado con Gerardi; Rolando dice que Vandor, con
una pistola 45, "tiraba continuamente y al montón... en su cara reflejaba
una desesperación tal que daba la sensación que quería barrer con todo lo
que había delante". Granato sostiene que lo vio tirar con una pistola "e
inclusive escuchó a alguien del grupo antagónico que decía: ‘No tire Vandor,
no tire Vandor’ ", confirmando así el testimonio de Zalazar moribundo. Alonso
dice que Vandor sacó una pistola. A pesar de la unanimidad, éste es un punto
conflictivo: como veremos luego, Imbelloni asegura que Vandor tiró con un
revólver 38.
Esa noche por primera vez los diarios desplegaron la versión de los atacados.
Entretanto el laboratorio balístico forense de la policía provincial aportaba
una prueba decisiva. Es la pericia realizada por el comisario inspector
Arnaldo Romero. Tras describir los once accidentes balísticos que ya mencionamos,
llega a las siguientes conclusiones:
"a) Que en el interior del bar y pizzería La Real, se han constatado cuatro
perforaciones, cinco impactos y dos roces de proyectiles servidos por armas
de fuego.
"b) Que el roce ubicado en el mostrador móvil corresponde a un proyectil
de grueso calibre tal como el .44 ó .45.
"c) Que la perforación en la mesa situada en el sector bar, ha sido producida
por un proyectil calibre .44 ó .45.
"d) Que la perforación existente en la silla corresponde a un calibre no
mayor del .38.
"e) Que se han efectuado dentro del local por lo menos nueve disparos, con
las consecuencias ya señaladas.
"f) Que se han utilizado armas de distintos calibres.
"g) Que no se ha verificado huellas de ahumamiento o tatuaje, que son evidencias
de disparos próximos al blanco.
"h) Que se han constatado dos zonas claras y definidas desde donde partieron
los disparos, una de ellas situada en las proximidades de la puerta de acceso
que da sobre la calle Sarmiento, y la otra en el sector familiar. En el
plano adjunto, para su mejor interpretación, se marcan las áreas de tiro
que son señaladas con las letras "A" y "B".
"i) Que desde el área "A" se efectuaron disparos hacia el NO. y desde el
área "B" (sector familiar), disparos de arma de fuego también hacia el NO.
y hacia el sector bar, o sea el SO.
"j) Que no existen huellas de que se hayan efectuado disparos dirigidos
hacia el sector familiar o a las adyacencias de la puerta de acceso a la
calle Sarmiento".
En resumen, que se ha tirado desde la puerta (área A) y desde el sector
familiar o vandorista (área B). No se ha tirado contra la puerta ni contra
el sector vandorista. No se dice pero surge del plano, y lo admitirá más
tarde el propio juez Llobet, que hay una única zona batida por las dos áreas
de fuego, y que esa zona es la que ocupaba el grupo Blajaquis .
La conclusión es transparente: el grupo vandorista tiró, el otro no tiró.
La pericia es un buen trabajo. Para ser perfecta debió establecer el calibre
de todos los impactos y perforaciones. Si es posible determinar el calibre
del proyectil que produce un simple roce en un mostrador, cabe dentro de
lo razonable exigirle al perito que diga qué clase de bala hizo un nítido
agujero en una vidriera.
De todos modos, las cosas empezaban a ponerse feas para Vandor.
-Si esto fuera menos conversado -se le oyó decir tristemente al comisario
De Tomás-, ya estaría todo resuelto.
16. EL DOCTOR CÁCERES: INCOMPETENTE
En el mes de junio, a medida que se precipitaban en el país los acontecimientos
políticos, la investigación entraba progresivamente en coma. El día 6 el
comisario De Tomás da por terminada la instrucción y eleva las actuaciones
al juez de La Plata, Néstor Cáceres. El 17 se recibe la pericia balística
sobre ropas, armas, cartuchos, vainas y proyectiles. Contiene una novedad
sensacional, que pasa inadvertida para todo el mundo.
La autopsia de Rosendo había establecido ya que su muerte fue provocada
por un proyectil "con orificio de entrada en la región dorsal sobre la línea
media a nivel de la duodécima vértebra dorsal y orificio de salida en la
cara anterior del abdomen".
Pero la pericia efectuada sobre el saco, la camisa y la camiseta, afirma:
"a) Que las ropas de Rosendo García han sido afectadas por un disparo de
arma de fuego... ; d) Que no se ha constatado orificio de salida del proyectil".
Dicho. de otro modo, la bala que atravesó el cuerpo de Rosendo, se paró
ante la camiseta. Esta impresión se acentúa cuando a fojas 11 v. del expediente
leemos que el secretario del instructor ha recibido: "Correspondientes a
la víctima Rosendo García, los efectos que se detallan: una camiseta de
malla, con manchas de sangre en su parte posterior; una camisa blanca, mangas
largas, también con sangre en su parte posterior". Parece, pues, que en
estas ropas no sólo no hay orificio de salida; ni siquiera hay sangre en
la parte delantera, donde salió la bala que había rozado la aorta y provocado
una terrible hemorragia.
Estos absurdos resultados son el fruto de la sistemática adulteración y
manipuleo de la prueba.
Blajaquis, continúa la pericia, fue alcanzado por un proyectil de un calibre
no mayor al 45, dirigido de adelante hacia atrás, de derecha a izquierda
y de arriba hacia abajo. "Debió no estar erguido, fundamentado este concepto,
en base a la altura del orificio de entrada en relación a la estatura de
la víctima". En resumen, a Blajaquis lo mataron sentado.
En las ropas de Zalazar no hay perforaciones. Recibió un tiro en la cara
y se le extrajo una bala 38.
La camisa de Gerardi tiene un balazo en la espalda. El proyectil que se
le extrajo y el que apareció en el lugar del hecho han sido disparados por
la misma arma. Las cinco vainas encontradas también han sido servidas por
una misma arma de calibre 45.
El revólver Colt entregado por Torres como propiedad de Rosendo no había
sido disparado en fecha reciente. El Eibar 38 (de Juan Ramón Rodríguez),
alojaba seis cartuchos, uno de ellos percutido en forma excéntrica por desajuste
del tambor: el disparo no salió.
El 28 de junio, cuando los tanques calentaban sus motores para inaugurar
la era de Onganía, aparece Norberto Imbelloni ante el doctor Cáceres y recuerda
que tiene una causa anterior en un juzgado de Bahía Blanca. Una semana después
Cáceres arguye esa novedad, para declararse incompetente, e invocando un
artículo del Código de Procedimientos, un inciso de otro artículo, tres
acordadas y una sentencia de la Corte, remite la causa al doctor Llobet
Fortuny. El juez de Bahía Blanca se la devuelve, persignándose sobre otro
artículo del mismo código. Cáceres saluda ese artículo, admite que se equivocó
de inciso, emboca el inciso adecuado y plantea la cuestión de competencia.
Siguen cuarenta y dos días de parálisis total.
El 22 de agosto presta declaración indagatoria Augusto Timoteo Vandor. Ha
perfeccionado su relato. Ahora resulta que al comenzar el tiroteo no sólo
se "agazapó" sino que "se tiró al suelo y se levantó recién cuando ya había
cesado el incidente". De la existencia de Imbelloni, "que pudo o no estar
en su mesa", se enteró después. No tenía armas, no ha hecho fuego, sigue
sin recordar los nombres de sus acompañantes.
Durante seis meses más, el expediente fue celebrado por la polilla. El 14
de febrero de 1967 la Suprema Corte de la provincia notifica a Cáceres que
los códigos, artículos, incisos, causas, acordadas y sentencias coinciden
en que la causa por la masacre de Avellaneda pase al lejano juzgado de Bahía
Blanca.
El tiempo transcurrido no le ha alcanzado al doctor Cáceres para disponer
el careo de los protagonistas, identificar a los ausentes por el sistema
identikit, confrontar a Taborda y Cabo (mencionados en el expediente) con
el grupo atacado y con los mozos, periciar el pantalón de Safi, reconstruir
sobre el croquis policial la posición de los protagonistas, advertir las
contradicciones sobre la ropa de Rosendo e investigar las dudosas intervenciones
del doctor Torres.
17. LOS SALTOS GIRATORIOS
El revólver con que Miguel Argüello mató a Dante Navarro, a pesar de "la
íntima amistad que los unía", estaba animado del mismo espíritu burlón que
su dueño. Sin que nadie sepa por qué, aparece entre las armas y efectos
recibidos por el juzgado de Bahía Blanca. El doctor Llobet Fortuny seriamente
ordena periciarlo para establecer si con él se ha dado muerte a Zalazar.
La respuesta, por suerte, es negativa.
En abril de 1967, propietarios, mozos y parroquianos de La Real inician
su peregrinaje a Bahía Blanca y repiten sus declaraciones, más cautelosas
que las primeras. Sánchez, que antes había visto una mano disparando un
revólver, ahora se acuerda del revólver pero no de los disparos. El comerciante
Basello, que ha tenido un año para reflexionar, invierte su testimonio:
"sin intervención alguna de la gente" que estaba en el sector vandorista,
se armó en el sector opuesto un revuelo de mesas y sillas.
EL JUEZ. -Eso es lo contrario de lo que usted ha declarado.
BASELLO. -Me habré confundido, doctor.
García, Hevia y Díaz confirman en cambio el origen de la agresión.
Gerardi agrega algún detalle a su testimonio anterior: "tiene el vago recuerdo
de haber visto entrar del lado de Mitre al diputado De Cicco y al doctor
Sanz, diputado provincial".
Son dos testigos falsos, según Imbelloni, sugeridos por la inagotable inventiva
del doctor Torres. Valentín De Cicco, metalúrgico, declara que al entrar
en La Real vio a Gerardi "discutiendo o conversando"; a Vandor "que parecía
estar cayéndose o agachándose" y "se tomaba de la mesa con una de las manos";
señala en el croquis una, posición donde Vandor nunca estuvo; salió a la
calle arrastrado por la gente, pasado el tiroteo entró con Sanz y se cruzaron
con Vandor, que "se incorporaba por detrás de una mesa" ; vieron tres heridos,
entre ellos Gerardi y Rosendo; "el doctor Sanz, como médico, les echó un
vistazo y le dijo al declarante: «Che, están jodidos»". Lo que toda esta
colorida invención tiende a demostrar es que Rosendo, caído, no estaba en
la línea de fuego de Vandor. Para eso hay que arrastrarlo detrás del mostrador
de la heladera.
El doctor Sanz repite la fábula, pero menos hábil que De Cicco debe marcar
dos veces la posición de Vandor, y otras dos las de Rosendo, para que al
fin se interponga entre ellos el codo del mostrador...
El 2 de junio de 1967 por primera vez se constituye el doctor Llobet en
La Real, sin que de esa visita surja nada concreto. Totalmente desorientado,
la emprende entonces contra el único punto sólido de la pesquisa: la pericia
balística. El 22 de junio formula al perito tres preguntas. La tercera quiere
saber si los roces, perforaciones e impactos que menciona el laboratorio
"son sin duda producto de disparos de armas de fuego" ; y no, digamos, de
otros tantos sartenazos o tentativas frustradas de clavar un clavo.
La segunda muestra, en cambio, la dirección en que están funcionando las
ideas del juez. A saber: "Si en su criterio técnico no resulta aventurado
atribuir a las zonas de tiro identificación segura con la posición. de dos
grupos antagónicos en el local, atendiendo al escaso perímetro en que se
movieron presumiblemente y con extrema rapidez las numerosas personas que
intervinieron en la agresión o que buscaron protección".
La respuesta del comisario inspector Romero es cortante. La fundamentación
técnica de que los roces, perforaciones e impactos corresponden a disparos
de armas de fuego descansa "en las características morfológicas netas y
bien definidas que se apreciaron a la observación física directa o indirecta,
realizada esta última mediante el auxilio de instrumental de óptica adecuado.
Estas características están representadas fundamentalmente por las formas,
profundidad, coloración, dirección, residuación, fricción, zonas de enjugamiento,
etcétera".
"En cuanto al punto segundo -dice el perito- hago constar que identifiqué
con absoluta seguridad dos zonas definidas de tiro". Agrega, naturalmente,
que no ha asignado ubicación en ellas a presuntos grupos antagónicos, y
aprovecha para dar al magistrado una velada lección sobre los respectivos
oficios : "Para fundar mi apreciación de las zonas de tiro, no he tenido
en cuenta otra cosa que las huellas de impacto de proyectil de arma de fuego
que localizara en el ámbito del suceso... haciendo absoluta abstracción
de dimensiones del local, movilización de actores y toda otra circunstancia
extrapericial".
Abruptamente, el 18 de septiembre de 1967, el doctor Llobet Fortuny decide
sobreseer a todo el mundo.
El auto de sobreseimiento se funda en una serie de datos falsos, de presunciones
erróneas y de testimonios y pruebas mal interpretados, que merecen examinarse
en detalle.
Considera el juez que Rosendo García fue herido "por un proyectil del calibre
38", lo que es verosímil, pero no está probado en las actuaciones que juzga.
En efecto, esa presunción se basa en el peritaje de ropas que, tras ser
manipuladas por el abogado de una de las partes, ofrecen la increíble contradicción
de no presentar orificio de salida del proyectil, a pesar de pertenecer
a una víctima atravesada por un balazo.
Acepta el juez, sin más ni más, las declaraciones de Sanz y De Cicco. Elude
en cambio o minimiza el testimonio de los mozos, alegando que "sólo Díaz
y Hevia atribuyen la primera hostilidad a un desconocido... de la mesa del
segundo grupo". Omite la declaración coincidente de Ramón García, y olvida
señalar que estas tres personas son la mitad del personal presente (Sánchez
y Marín estaban adentro, en la cuadra) y las más próximas al lugar de los
hechos.
No tiene en cuenta para nada las palabras que oyó Zalazar al comenzar el
tiroteo y que repetiría antes de morir: "No tire, Vandor". Cabe presumir
que si alguien le gritó a Vandor que no tirara, es porque éste ya estaba
tirando, o iba a hacerlo, y en todo caso empuñaba un arma.
Deduce correctamente el magistrado que "la zona única batida, o sea el punto
donde se entrecruzan las trayectorias de los disparos, coincide con el lugar
donde había estado el primer grupo" (o sea el de Blajaquis). Con esto sólo,
ha llegado el juez al centro de la verdad. Pero en seguida la descarta:
"El mismo perito declara relativa la posibilidad de atribuir únicamente
al segundo bando los disparos que dejaron huellas". El perito no declara
ni puede declarar tal cosa, porque no entra en sus funciones. El perito,
en principio, ignora hasta la existencia de bandos. Analiza un escenario
vacío, las huellas que han quedado en ese escenario, y dice: dos zonas de
tiro, no dos bandos. Lo que el perito dice es: No he tenido en cuenta otra
cosa que las huellas de impactos, haciendo abstracción del movimiento de
los protagonistas y de toda otra circunstancia extrapericial.
Pero el doctor Llobet alcanza el sumum de la parcialidad cuando por su propia
cuenta, sin respaldo alguno en los hechos, oponiéndose a la prueba de los
hechos, afirma: 2Hubo en todo caso una tercera zona de tiro con respaldo
en las mesas del primer grupo y en dirección al lugar donde estaba el segundo".
Sosteniendo, pues, que desde el grupo Blajaquis se tiró hacia el grupo Vandor,
el juez se sustituye al perito y contradice con una invención el examen
científico.
Se funda para ello en la posición en que según él cayeron las víctimas:
"Gerardi casi junto a su silla; García junto a la cabecera de su mesa, y
Safi fue alcanzado desde atrás, cuando corría hacia la puerta de los hechos".
¿De dónde saca el juez que Gerardi cayó "casi junto a su silla"? Según él,
"del conjunto de la prueba reunida". Ese conjunto de la prueba se reduce
a la primera declaración de Gerardi, que Gerardi desestima en la segunda.
La primera vez ha dicho (fojas 108): "Sonó un disparo de la mesa contraria
(sic) y en seguida varios más y allí el que depone se siente herido". La
segunda vez declara (fojas 449): "...el declarante se sintió herido. Que
en ese primer momento el declarante debe haber perdido el conocimiento porque
no recuerda haber caminado; pero sin embargo debe de haberlo hecho porque
cuando recuperó la conciencia estaba caído muy cerca del lugar donde estaba
caído también García".
Subrayemos: Gerardi debió caminar; por lo tanto no cayó "junto a su silla".
Ningún testimonio, ni siquiera los de Sanz y De Cicco, ubica a Gerardi caído
"casi junto a su silla".
En todo caso lo que el juez desestima es que Rosendo, Gerardi y Safi fueron
heridos por la espalda, y que tanto en las posiciones que él acepta, como
en la posición corregida para Gerardi, lo único que tenían a la espalda
es el grupo de Vandor. Lo que esto prueba, no es entonces lo que dice el
juez: prueba precisamente lo contrario.
El mismo lo ha dicho, aunque no quiera verlo: "La zona única batida... coincide
con el lugar donde había estado el primer grupo". ¿Cuál fue entonces el
punto batido por su "tercera zona de tiro", cuál fue esa zona suicida que
tira y se bate a sí misma en el único punto batido? Me gustaría que el señor
juez la dibujara en el croquis.
Sin embargo él insiste, ciegamente: "Si se admite que hubo zonas o agrupamientos
de tiradores, debe también admitirse que ellas no señalan a uno solo de
los grupos sino a los dos". Quod erat demostrandum.
"En el segundo grupo -continúa el magistrado- estaban Augusto Timoteo Vandor,
Rosendo García, Nicolás Severo Gerardi, Emilio Héctor Barreiro, Norberto
Imbelloni y Julio Safi". ¿Nadie más? Esta es, por supuesto, la falla más
catastrófica de toda la investigación, que se traga ocho participantes del
grupo Vandor: más de la mitad.
Aduce luego el doctor Llobet los antecedentes penales de Rolando y su enemistad
y la de su grupo con Vandor, para señalar las "vivas sospechas de parcialidad"
que despiertan sus testimonios. Es bien curioso que la enemistad que sirvió
para masacrar a Zalazar y Blajaquis se invoque ahora para sobreseer a sus
asesinos. Solamente en este caso hace el juez la evaluación de una personalidad.
Claro que no tenía a su alcance los antecedentes de Costa, Valdés, Tiqui
y otros bellos personajes.
"Miente o se confunde Raimundo Villaflor -pontifica el juez- al decir que
golpeó a Gerardi". ¿En qué se funda? En que "la pericia médica no encontró
en Gerardi otra lesión que la del balazo que lo paralizó". ¡ Bravo! Pero
resulta que el brevísimo informe del médico policial se refiere tan solo
a la herida de bala y sus graves efectos (shock, hematuria, trastornos motores
y sensitivos). No dice que no existan lesiones menores. Raimundo tampoco
declara que lo haya lesionado; dice que lo golpeó. Si la caída no produjo
lesiones, ¿por qué habrían de producirla los golpes? Lo más lógico es que
tanto la caída como los puñetazos hayan provocado alguna magulladura de
escasa importancia, y que esa escasa importancia explica su ausencia en
el informe. Dice el juez: "Gerardi no tendría interés en encubrir la acción
de su supuesto atacante". Por pasiva: ¿qué interés tendría Raimundo en declararse
atacante? Cualquier médico pudo explicarle al doctor Llobet que son comunes
los estados de amnesia que borran de la memoria los episodios inmediatamente
anteriores a un shock violentísimo como el que sufrió Gerardi.
Cuando llega el momento de pronunciarse sobre la muerte de Rosendo, dice
el doctor Llobet que "pueden formularse sólo conjeturas". Y en tren de formularlas,
acierta con la siguiente: "Podría calcularse como posible que al ponerse
de pie, dando la espalda al primer grupo, desde allí pudo llegarle de inmediato
el disparo que a su vez bien pudo haber sido dirigido a Vandor, que estaba
en la misma línea de tiro".
Pero, ¿quién le ha dicho al juez que Rosendo dio la espalda al primer grupo,
al de Blajaquis? Le han dicho todo lo contrario, a saber
VANDOR. – "García..., imprevistamente, dando un salto y con los brazos en
alto, se pone frente a los atacantes. En ese momento el dicente escucha
un disparo..." (fojas 49 v.). "Rosendo García... dio un salto poniéndose
de pie, con los brazos en alto y dando el frente a la otra mesa: que después
de esto sonó el primer tiro..." (fojas 279).
GERARDI. – "En el acto Rosendo se levanta imprevistamente, dando un salto
y sin nada en las manos se pone frente a los atacantes. Sonó un disparo..."
(fojas 108 v.).
Estimulado en su inventiva por la facilidad con que contradice todos los
testimonios existentes, prosigue el doctor Llobet Fortuny: "García, según
las referencias, se puso de pie y luego saltó girando para dar frente al
otro grupo, agitando las manos en alto. Cabe en lo probable que en ese instante
ya estuviese herido, puesto que cayó aproximadamente en el sitio".
Para esta acrobacia del razonamiento, era necesario convertir al propio
Rosendo en un Nijinsky, que se pone de pie, da la espalda al otro grupo
(único modo de que el balazo entre perpendicular a la espalda), "salta girando"
y sólo entonces "da frente" a los atacantes mientras suena el disparo que
lo hirió cuando estaba de espalda, camina todavía varios pasos y cae junto
a la cabecera, ¿o se olvida el doctor Llobet que allí lo dejó ocho fojas
antes, y no "aproximadamente en el sitio"?
No hay una sola referencia que diga que Rosendo "saltó girando". Ese salto
giratorio sólo figura en la imaginación del doctor Llobet.
Supone el magistrado que "las circunstancias con respecto a Gerardi también
pueden conjeturarse de modo similar. También estaba en la línea de tiro
hacia Vandor y recibe el balazo en la línea axilar posterior derecha, es
decir, que si fue herido al ponerse de pie como él mismo lo refiere, el
proyectil vino desde atrás a su derecha, donde estaban sus antagonistas".
Lo que cuenta Gerardi en su segunda declaración es que "se puso de pie García
y también el declarante, con la intención de tomarlo de un brazo e impedir
que se dirigiera a la mesa B" y se sintió herido. Para que las hipótesis
del juez fuesen aceptables, habría que admitir que Gerardi no enfrentó al
grupo adversario, ni se dio vuelta siquiera ligeramente hacia la derecha
para tomar de un brazo a Rosendo; que el grupo adversario disparó sin hacer
en el sector vandorista ningún otro blanco que el ya milagroso de Rosendo
y el de Gerardi; que la bala que atravesó a Rosendo no impactó después en
ninguna parte (quizá porque la contuvo la camiseta); que el proyectil calibre
45 disparado por la misma arma que hirió a Gerardi dio una vuelta carnero
en el aire para ir a batir "la zona única", etcétera. ¿O tampoco recuerda
el juez ese pedazo abollado de plomo que encontró el cabo Santamaría al
pie del mostrador?
Es curioso que el mismo magistrado que afirma que Gerardi y Rosendo estaban
en la línea de tiro hacia Vandor no advierta que por consiguiente estaban
en la línea de tiro desde Vandor, y que para aceptar la hipótesis de que
fueron baleados por sus propios compañeros no hay que violentar testimonios
ni pericias, ni gestionar que nadie "salte girando", ni procurar que Gerardi
caiga al pie de su silla cuando admite que debió haber caminado, ni inventar
una tercera zona de tiro, estampidos retroactivos, una bala fantasma y otra
bala bumerang.
Como resultado de tan brillantes conjeturas, el doctor Llobet Fortuny concluye
que: "No se demuestra quién o quiénes fueron el o los autores de esos disparos,
ni quién efectuó disparo alguno, ni siquiera quién esgrimió o simplemente
tenía en su poder un arma".
En consecuencia, sobresee a todos.
Safi, Imbelloni y Barreiro aceptan el sobreseimiento. Los hermanos Villaflor,
Alonso y Granato lo rechazan entre el 28 de septiembre y el 4 de octubre.
Vandor se ve obligado a rechazarlo el 2 de noviembre.
El 12 de febrero de 1968 el doctor Llobet produce una restallante resolución.
Sostiene ahora que "la autoría y responsabilidad penal de los imputados...
surgen «prima facie» de sus respectivas declaraciones indagatorias". Y decreta
su procesamiento "por resultar de lo actuado indicios vehementes y la semiplena
prueba de ser autores penalmente responsables de los delitos de triple homicidio
en riña", etcétera.
Se habían acabado los giros y los saltos. Empezaba el sueño.
18. LA CONFESIÓN DE IMBELLONI
-Bueno, Imbelloni, mire: yo quisiera que usted me hiciera un relato de cómo
pasaron las cosas esa noche en La Real. Desde que ustedes llegan, inclusive
desde antes que ustedes llegan; si quiere; cuando van en el auto, cuando
salen de la Unión Obrera Metalúrgica, ¿eh?
-Exactamente.
El hombre rubio y atlético había salido vistiéndose del baño en la casa
de Lanús. Cuando saludó sin animosidad a Rolando Villaflor, me sentí aliviado.
Era la noche del 25 de mayo de 1968. Dos años atrás Imbelloni y Rolando
habían cambiado furiosas trompadas y sillazos mientras a su alrededor crecía
el tiroteo. Ahora estaban juntos, iban a reconstruir en mi presencia lo
ocurrido.
Contrariamente a nuestras fantasías, Imbelloni no nos esperaba con una ametralladora,
sino con un mate. Yo estaba publicando en el Semanario CGT mis primeras
notas sobre el caso. Quería saber los nombres de los ocho protagonistas
que se habían esfumado. El "misterio" que resistió dos años se iba a develar
ahora en cinco minutos.
Imbelloni era el hombre para eso. Distanciado de Vandor a raíz del cierre
de la planta Siam Automotores, el 30 de septiembre de 1967 publicó una violentísima
solicitada acusando a Vandor de ser "el único y verdadero culpable" de la
muerte de Rosendo. Vandor acudió al juez y "en aras de las posibilidades
de esclarecimiento" de la muerte de Rosendo García "cuya memoria es sagrada
e inviolable para el suscripto", pidió que se investigara la acusación.
Citado, Imbelloni se retractó parcialmente. No podía afirmar que Vandor
fuese el ejecutor material de Rosendo, tampoco podía afirmar lo contrario:
se refería, sí, a su "responsabilidad moral".
Le pregunté a Imbelloni por qué se había retractado. Respondió que falto
de apoyo sindical y político, no tenía confianza en que se hiciera justicia.
Lo preocupaba, además, la causa anterior pendiente. ¿Pero hablaría ahora?
Sí, ahora hablaría.
Prendí el grabador.
Lo que sigue es una transcripción casi total de la cinta grabada. Me he
limitado a suprimir repeticiones y unificar algunos pasajes separados que
hablan del mismo tema.
PERIODISTA. - Ustedes salieron de la calle Rioja, y usted iba en el mismo
coche de Vandor, ¿no es cierto?
IMBELLONI. - Exactamente.
P.- Ajá. ¿Y qué pasó después?
I. - Bueno, llegamos al teatro Roma, donde había una cena de la Junta Nacional
del Partido.
P.- Con los diputados y todo eso.
I. - Exactamente. Ahora resulta que debido a que todavía estaba la cena,
y nosotros ya habíamos cenado, fuimos con el compañero Rosendo hasta el
bar de la esquina, la confitería La Real. Cuando íbamos caminando con Rosendo
por la calle, Vandor preguntó dónde íbamos. Entonces Rosendo le contestó
que íbamos a tomar una copa a La Real... ¿Sigue preguntando usted?
P. -No, no, no. Usted siga contando nomás. Usted cuente todo lo que pasó.
I. -Bueno, al llegar a La Real ocupamos una mesa, donde estábamos varios
compañeros, entre ellos Luis Costa, Raúl Valdés, Armando Cabo, Añón ("Tiqui"),
que está en el Secretariado, el compañero Gerardi, Rosendo, Vandor, Barreiro
y José Petraca.
De un golpe surgen aquí cinco de los ocho protagonistas que la policía y
la justicia no habían podido identificar en dos años. Los tres que faltan
aparecerán en seguida.
P.- En las posiciones que están ahí marcadas en el plano, ¿no es cierto?
I.- En las mismas posiciones que está marcado el plano ése que yo le confeccioné
a usted. Más o menos, poquito Gerardi corrido hacia atrás, Armando casi
en el centro de la mesa, y Vandor haciendo cruces justamente con el compañero
Rosendo García. Bueno, ahí apenas nos sentamos en la mesa, noté que el compañero
Vandor estaba muy nervioso, los motivos los ignoro hasta ahora, entonces
le preguntó Rosendo qué le pasaba, y le dijo: De una mesa de ahí me están
mirando, me están haciendo gestos, dice, no se puede ir a ningún lado. Entonces
Rosendo dijo: Bueno, no te hagas problemas, dice, no tenés necesidad de
ponerte tan nervioso, y si no, dice, qué querés, que nos matemos entre todos.
Entonces entablamos una pequeña discusión con el compañero Barreiro, el
cual decía de que en la mesa que señalaba se encontraban algunos compañeros
que él decía que eran trotsquistas. Entonces le dije de que eso no era cierto,
de que eran muchachos peronistas y que estaba equivocado, que no echara
todavía más leña al fuego. Entonces Armando mandó a llamar por intermedio
de Taborda, que estaba sentado al lado de él, al compañero Julio Safi, que
estaba en la cena esa. Ahora al llegar el compañero Safi desmintió categóricamente
lo afirmado por Barreiro...
Juan Taborda, el chofer de Vandor, es pues el sexto "desconocido".
I.- Eh, a partir de ahí fui al baño, conversé con algunos de los muchachos
que estaban en la mesa opositora, y me volví a sentar. Apenas me siento,
se levanta este compañero José, porque había tenido unas miradas o no sé
qué había tenido con un compañero de la otra mesa, y lo acompañé ahí, tuvimos
unos cambios de sillas y de trompis, y en eso sonó el primer disparo.
P. - ¿Usted tuvo un cambio de sillas y de trompis con, acá con Rolando,
no?
I. - Sí, con Rolando.
ROLANDO. - Porque él en ningún momento tuvo armas. El, cuando se levantó
el otro que nombró recién, él se me vino a mí, y conmigo se agarró a trompadas.
I. -Ahora, cuando estábamos en medio de la trifulca, si se puede decir así,
sonó un primer disparo que fue hecha por -el señor Taborda, con un arma,
no sé por qué será, sonó con menos potencia que los tiros que le sucedieron,
siendo igual 38 largo.
P. - Cartucho defectuoso.
I. - Exactamente. Después de eso sonaron casi una veintena de disparos,
seguir relatando lo que sucedía, bueno, podíamos decir que se podía seguir
relatando a la finalización de esos disparos porque mientras estaban los
disparos, eso parecía una guerra. Entonces cuando cesó el fuego, fue que
vi salir a Vandor corriendo y que todavía hacía fuego de la puerta del local...
P. - ¿El tiraba al salir?
I. - Seguía tirando al salir.
P. - ¿Usted sintió algún disparo cerca suyo?
I.- Sí, por lo menos dos o tres disparos cerca mío, sí.
ROLANDO.- Eso, hay una anécdota entre él y yo, ¿no? Porque resulta que en
un determinado momento nosotros dos, en vez de estar agarrados a galletazos,
yo lo agarré a Reto de los brazos. ¿Te acordás vos de ese pasaje?
I. - Sí, sí.
R. - Y en eso sentí un ruido fuerte atrás mío. Y yo creí que me habían tirado
un botellazo. Y yo me di vuelta y le dije: Erraste, turro. Pero yo creí
que era un botellazo, y no era, porque ahí no hubo botellazos; ahí lo que
eran balazos.
I.- Ahora, cuando salíamos, que ya había cesado el fuego, todavía estaban
los compañeros Villaflor, Granate, que me enteré que era Granato mucho después,
estaba el compañero Rosendo García tirado, ya estaba casi muerto... Las
únicas personas que se quedaron últimamente fueron de la otra mesa, y de
los nuestros quedó nada más que Juan Ramón Rodríguez y Acha, que Acha estaba
sentado en una mesa a la izquierda nuestra, o sea entrando por Sarmiento
a la derecha, solo.
P. - Que pidió un vaso de vino y una pizza.
I. - Exactamente. Ni más ni menos.
Aparecen de este modo los últimos dos ausentes.
I. - Bueno, terminado eso, le grité al compañero Vandor que Rosendo estaba
herido, y el compañero Vandor siguió su camino, que fue el sindicato, la
federación municipales. Entonces cuando llegamos a la federación, para decirle
que vengan que teníamos que llevar a Rosendo, que facilitaran un coche,
le pedí el coche a Izetta, el cual lo negó rotundamente, y Vandor estaba
llorando; llorando, que no lo podrá negar, no sé si lloraba de haber sentido
que quizás él haya matado al compañero, o lloraba de miedo, no sé.
Volvimos otra vez al salón de La Real con Tiqui y con Rodríguez, subimos
al coche de Castillo, el Fiat 1500, de color azul, a Rosendo, en el cual
lo trasladaron Tiqui y Rodríguez al hospital Fiorito. Entonces me encontré
con Armando y le dije que iba a ir hasta el Fiorito a ver qué es lo que
había pasado con los muchachos que estaban allí. Ahí me trasladé al hospital
y del hospital me trasladé hasta el Secretariado. Y ahí finalizó todo.
P.- ¿ Y después usted tuvo que transportar las armas?
I.- Sí.
P.- ¿Y qué armas habían tirado?
I. -Bueno, habían tirado una 45; otra que se había trabado, con empuñadura
blanca.
P.- ¿Esa, de quién era?
I.- Bueno, ésa era de propiedad del Secretariado.
P.- ¿Pero quién tiró con ésa?
I.- La tenía en uso esa, Tiqui.
P.- Esa se le trabó.
I.- Sí, igual que a Juan Ramón Rodríguez, que no tiró, que apareció ahí
un revólver... el cual no pudo tirar porque se le trabó.
P.- ¿Y el arma de Cabo estaba disparada totalmente?
I.- Esa sí.
P.- Cinco tiros son esos.
I.- Seis tiros.
P.- Si es el especial de calibre...
I.- El corto. Cinco tiros.
P. - Cinco tiros. ¿Y qué otra había? La de Taborda, la de Vandor. La de
Vandor, ¿cuántas balas tiró?
I.- Bueno, Vandor, en la puerta de adentro de municipales estaba con el
arma en la mano y la tenía totalmente descargada.
Cabe aclarar aquí que según Imbelloni las armas de Taborda y de Vandor eran
revólveres calibre 38.
P.- ¿Y todas esas armas fueron eliminadas después?
I.- Sí, fueron todas al Secretariado y después se hizo cargo Armando Cabo.
P.- De este lado de la mesa, ¿quién tenía una 45?
I.- ¿Del lado donde estábamos nosotros?
P.- Sí.
I.- Ninguno.
P.- Y quién se puede haber corrido para tirar desde aquí, mire, fíjese.
(Le muestro la pericia balística.) Para tirar desde aquí, más o menos, un
tiro de 45. 0 de aquí o de atrás, en esta línea.
I.- Bueno, se pudo haber corrido Raúl Valdés. El único que tenía 45.
P.- ¿Sabe por qué le digo? Porque aquí, en este mostrador, hay un tiro de
45, que aquí lo puede ver en la pericia. Esta bala, que agarra el mostrador
y va a pegar aquí, a dos metros de altura, es 45. ¿Puede haber sido Valdés?
I.- Puede ser. El único que tenía 45.
P.- Y en esta mesa que estaba atrás de los hermanos Villaflor, ¿quiénes
me dijo que estaban?
I.- Estaban tres muchachos amigos nuestros y del gremio. Luis Costa era
del gremio de la carne, el cual me lo había mandado Vandor a la CGT cuando
fue el problema con Alonso. Y estaba Tiqui, y este muchacho amigo mío, Juan
Ramón Rodríguez ("Plomo"). De ellos, "Plomo" tenía el arma inutilizada,
a Tiqui se le trabó al cuarto tiro, y el otro, Luis Costa, también tiró
tres o cuatro tiros. Todavía le quedaban tres o cuatro tiros en el cargador.
P.- ¿Y este Acha, quién es?
I.- Acha es un hombre que está en el Secretariado, pertenece al Policlínico
Central y era muy amigo de Rosendo. Después de lo sucedido lo ralearon directamente
del Secretariado; todo el mundo buscó de darle leña y separarlo. Era un
muy buen muchacho.
P.- ¿Qué aspecto físico tiene?
I.- Morocho, petiso, de bigotes, no sé si los conservará todavía, pelo bien
renegrido, ondulado.
P.- ¿ Y Luis Costa?
I.- Hoy en día es guardaespaldas de Vandor. Rubio, más o menos un metro
ochenta, cara bastante lisa y cabello rubio liso.
P.- ¿Tiqui?
I.- Bueno, Tiqui tiene una estatura mediana, anteojos, se distingue por
anteojos con bastante aumento, y todavía me acuerdo de él una anécdota,
cuando le tiré los lentes de contacto, que no sabía lo que eran y se los
tiré. Está de guardaespaldas de Vandor, y aparte de guardaespaldas es el
que señala las fijas a Vandor y le lleva los boletos cuando está en el hipódromo.
P.- Rodríguez.
I.- Bueno, "Plomo" es un pedazo de pan, que es el que tenía el revólver
niquelado; un pedazo de pan.
P.- ¿Y Raúl Valdés?
I.- Pertenece a la fábrica Philips, a la fábrica donde pertenecía Vandor.
Sigue también como guardaespaldas de Vandor.
P.- Nos falta Petraca, nada más.
I.- Bueno, José es un muchacho amigo del gremio, muy amigo de Armando, muy
buena persona. Es un caballero, Josecito. Y estoy seguro que no tiró, porque
fue uno de los que me agarró a mí, para que me tirara cuerpo a tierra cuando
empezó el tiroteo. Que todavía me decía, cuando estábamos ahí, me decía:
Qué desastre que es esto. Josecito Petraca.
P.- Ahora, Armando ha tirado a pegar, ¿no?
I.- Bueno, Armando es un hombre que sabe tirar muy bien.
P.- El hombre con el que peleó Raimundo, ¿era Gerardi?
I.- Era Gerardi.
P.- Y Gerardi después no se acuerda de nada de eso.
ROLANDO.- Y, con el tiro que le han pegado se conoce que perdió toda noción.
P.- ¿Usted lo vio a Raimundo encima de él?
I.- Sí, sí.
R.- Si él le pegó el sillazo cuando se iba.
P.- Ya que estaba le dio un sillazo.
R.- Le dio un sillazo en el mate.
I.- Sí.
R.- A la pasada nomás, a la carrera, agarró una silla y se la dio en el
melón.
P.- ¿Usted me decía que Rosendo tenía un traje gris con chaleco?
I.- Un traje gris con chaleco, y como dato, que recuerdo fehacientemente
cómo estaba vestido, tenía una corbata, la cual se la había regalado yo.
Una a él y otra a Vandor le había regalado, que Vandor tuvo la desgracia
de usarla por primera vez cuando fue a felicitarlo a Onganía, después de
la revolución.
P.- ¿Y eran iguales las corbatas?
I.- Eran iguales, gemelas.
P.- ¿Qué pasó con la ropa de Rosendo?
I.- Bueno, la ropa de Rosendo yo sé que la trajeron como a las tres de la
mañana, tres y media de la mañana, al Secretariado, a Rioja. Quién la trajo,
en este momento no tengo...
P.- ¿ Usted se acuerda qué ropa llevaron? ¿El saco solamente?
I.- El saco solamente.
P.- Ajá.
I.- Y que han llevado otro saco, sí, a presentar a la comisaría: lo pidió
el doctor Torres, era casualmente un traje que tenía el compañero Rosendo
en el ropero del Secretariado, donde tenía un dormitorio.
P.- ¿ Y lo sacaron de ahí para cambiar el saco?
I.- Lo sacaron de ahí para presentarlo en la comisaría.
P.- Es decir que ahí parece que hubiera habido un cambio de saco. ¿Y el
resto de la ropa, usted no sabe?
I.- El fin que tuvo la ropa de Rosendo, no.
P.- La camiseta está agujereada atrás y no adelante.
I.- ¿Cómo era?
P.- Era una camiseta musculosa.
I.- ¿Sin mangas?
P.- Creo que sí, yo no la he visto.
I.- Si es de malla, pudo haber ocurrido. Porque creo que el tiro le entró
por acá, por la espalda, y le salió...
P.- Encima del ombligo.
I.- Sí, por ahí yo veía que tenía un manchón de sangre.
P.- Bueno, ahí toca otro punto. La ropa de Rosendo está manchada de sangre
atrás y no adelante. La camisa y la camiseta.
I.- Manchada atrás, y no adelante. Tenía que... y el chaleco. Tenía chaleco
él.
P.- El chaleco no apareció nunca.
R.- ¿Te das cuenta de lo que pasa? Vos fijate la milonga que han hecho.
P.- Lo de la ropa, todavía no me lo explico.
I.- Ahora, para el calibre puede ser.
P.- Sí.
I.- La única manera. Ahora, ¿figura bala 38?
P.- En lo del saco, sí.
I.- Y bueno, es 38 lo que lo mata.
P.- Entonces, no me explico para qué hicieron la manganeta.
I.- Habrán llevado el saco y cambiado ... Sí, pero para qué hicieron la
manganeta.
P.- Para ver; a lo mejor no sabían.
R.- Quién sabe cómo es esa joda. Yo me rompo la cabeza y no me la puedo
explicar.
P.- Dígame, Imbelloni, estos que entraron al final, De Cicco y Sanz, ¿no
tuvieron nada que ver?
I.- No.
P.- ¿Entraron de casualidad nomás ahí?
I.- Pero yo no lo vi a Sanz, ¿eh?
P.- No, ellos entraron. Han declarado inclusive...
I.- Ah, no, no, no. Pero le voy a decir por qué han declarado. Esa es otra
triquiñuela. Metaló, metaló.
P.- Sí.
I.- Eh, hágame la pregunta.
P.- Sí. ¿Por qué han declarado Sanz y De Cicco?
I.- Y bueno, De Cicco y Sanz en ningún momento estuvieron ahí. Escuché una
conversación de Torres de como tenían inmunidad por ser diputados y faltaban
personas, que el comisario De Tomas le pedía que faltaban todavía tres o
cuatro personas de metalúrgicos, el doctor Torres dijo, bueno, vamos a mandarlos
a De Cicco y Sanz...
P.- Así que no estuvieron.
I.- No estuvieron en ningún momento.
Norberto Imbelloni ha señalado en el croquis el lugar donde cayó Rosendo,
recuerda ahora sus últimas palabras
I.- Yo le metí la cabeza adentro, que el Fiat, vio, que es incómodo para
ponerlo. Y Tiqui en vez de entrar primero él y después agarrarlo, se quería
entrar juntamente con el cuerpo de Rosendo, y los dos no entraban. Cuerpo
muerto, viste, en un Fiat atrás. Y Rosendo dijo: "Justo a mí me la fueron
a dar".
La imagen de Vandor llena todos los resquicios de la historia que ya casi
de madrugada está llegando a su fin.
I.- Lo de Rosendo, me lo dice cuatro veces que es una pistola 45 que lo
mató. Ahí se deschavó solo Vandor de que fue el revólver de él el que lo
mató. Si no, ¿por qué me insiste? Porque el hombre de la duda era yo, si
la misma noche me llama para decirme cómo había, visto él la pelea, y para
decirme, incluso, después cuando lo estábamos velando, que apareció con
un croquis diciendo que todos los tiros estaban contra el lugar donde estábamos
nosotros sentados.
P.- No hay ningún tiro contra ustedes. En la zona de ustedes, ni un solo
tiro.
I.- Por eso. Y ahí me avivo yo. Porque Vandor sabe que yo sé que él lo mató.
19. RECONSTRUCCIÓN
Al empezar la investigación de estos hechos en el Semanario CGT, me comprometí
a probar los siguientes puntos:
1. Que los hombres del grupo Blajaquis estaban desarmados y no hicieron
fuego.
2. Que Rosendo García fue muerto por la espalda, por un disparo que partió
del grupo de Vandor.
El primer punto, creo, ya está demostrado. No hay un solo testigo, un solo
procesado -ni siquiera los del sector vandorista- que declare haber visto
armas entre los agredidos. Únicamente Gerardi dice que "sonó un disparo
de la mesa contraria", pero un año más tarde admite que no vio a nadie con
armas. La prueba de la parafina, realizada sobre las manos de Blajaquis
y Zalazar, resultó negativa. La pericia balística no sitúa en las mesas
de este grupo ninguna de las dos zonas de tiro; al contrario, es "la zona
única batida", según el propio juez Llobet.
El segundo punto también es bastante claro: que Rosendo fue muerto por la
espalda, lo dice la autopsia; que no tenía a la espalda a ningún miembro
del bando adversario surge de la mayoría de los testimonios, principalmente
los de Vandor y Gerardi.
¿Era posible ir más lejos? La identificación de las ocho personas que faltaban
en el grupo vandorista, demostró que sí. Cabe preguntarse ahora si con la
evidencia disponible -mutilada como ha sido en el proceso-, se puede intentar
una reconstrucción más detallada de los hechos. Los resultados, naturalmente,
serán "conjeturas"; a diferencia de las que formuló el doctor Llobet, espero
darles una fundamentación en los testimonios y pericias.
El primer paso es reconstruir el escenario de los hechos tal como estaba
antes de la limpieza realizada por los mozos. Los detalles, necesariamente
farragosos, de esa operación, quedaron expuestos en la serie que publiqué
en CGT, y es inútil repetirlos. Baste decir que para la modificación del
plano policial he usado los testimonios de Fructuoso Hevia, propietario;
Osvaldo Díaz, mozo; Jorge P. Álvarez, parroquiano; Nicolás Gerardi, víctima,
y de los procesados Raimundo y Rolando Villaflor, Granato, Alonso, Imbelloni.
Al escenario, así depurado de errores, que puede verse en página 129, he
incorporado los datos de la pericia balística.
En los aspectos más generales, hablan por sí mismos. Los miembros del grupo
Blajaquis fueron tiroteados primero desde el salón familiar, luego desde
la puerta por los que iban saliendo. Las dificultades aparecen cuando descendemos
a lo particular. Así, el número total de disparos no puede establecerse
con certeza. La pericia recoge siete impactos en paredes y vidrieras. Una
bala le fue extraída a Zalazar y otra a Gerardi. Tenemos, pues, nueve proyectiles
con impacto final comprobado. Hay, además, dos roces, tres balas que atravesaron
a Rosendo, Safi y Blajaquis, dos perforaciones (mesa y silla) y un rebote
en el zapato de Alonso. Total de episodios: 17. Pero es indudable que los
roces y algunas perforaciones están ya contados en los impactos finales.
La cifra oscila entonces entre un mínimo de nueve y un máximo de diecisiete,
salvo que algún efecto balístico haya escapado a los peritos, o que algún
herido no se haya presentado: tal como el que creyó ver Alonso.
Si empezamos por los puntos que permanecen oscuros, el principal es la identidad
del tirador de pistola 45, que hirió a Gerardi y mató a Blajaquis.
El proyectil número 1, aunque de calibre 45, puede descartarse como causante
de la muerte de Blajaquis. El roce inicial sobre el mostrador móvil se produce
a un metro diez de altura; el impacto sobre la pared de Mitre, a cuatro
metros con cinco: es fácil establecer que pasó a dos metros cincuenta de
altura sobre las mesas atacadas.
El proyectil número 2, en cambio, pudo matar al Griego. Basta admitir que
en el momento del incidente estaba sentado, mirando casi de frente al sector
vandorista, con el cuerpo algo echado hacia adelante y apoyando el codo
izquierdo sobre la mesa. En esa posición la bala habría entrado a 95 centímetros
de altura sobre el piso, y salido a 90 centímetros, siguiendo la trayectoria
de derecha a izquierda y de arriba abajo, que señalan la autopsia y la pericia
sobre ropas. Esa trayectoria conduce al roce en la pata de una mesa, a 25
centímetros de altura, que se produce tres metros veinte más lejos. Infortunadamente,
la pericia no determina el calibre del proyectil que roza la pata de la
mesa e impacta luego en la pared.
Si esa bala fuese de calibre 45, podría afirmarse que mató al Griego: aún
así ignoraríamos quién la disparó. Según Imbelloni, Tiqui hizo tres disparos
de 45 y Luis Costa tres o cuatro, pero sabemos por las cápsulas halladas
que alguien tiró cinco veces, y que por lo menos uno de los disparos (el
número 1) ha sido hecho desde una posición difícil de alcanzar para Tiqui
y para Costa en las posiciones en que Imbelloni los coloca: accesible en
cambio para Raúl Valdés.
Las mismas dudas con respecto al heridor de Gerardi. Las sospechas se dividen
entre Tiqui, Costa y Valdés.
Juan Zalazar fue muerto por una bala 38 largo, sin orificio de salida, que
entró por la mejilla derecha y siguió una trayectoria de arriba-abajo, adelante-atrás
y ligeramente derecha-izquierda. Esto elimina como sospechosos a Valdés,
Costa y Tiqui, armados con pistola 45. Rodríguez apretó el gatillo de su
revólver 38, pero la bala no salió. Rosendo también tenía un 38: nadie lo
vio tirar y la prueba de la parafina resultó negativa. Petraca enfrentó
primero a puñetazos a Raimundo y se arrojó después al piso junto a Imbelloni:
nadie lo vio tirar. Imbelloni estaba desarmado, según Rolando, que peleó
con él. Barreiro, Safi y Gerardi: desarmados, nadie los vio hacer fuego.
Quedan solamente Taborda, Vandor y Armando Cabo. Tanto por ser mejor tirador
como por la posición que ocupaba junto a la cabecera de la mesa, las probabilidades
favorecen -si se puede decir así- a Armando Cabo.
El disparo número 3 arranca de su silla. Pasó a unos veinte centímetros
del asiento de Zalazar y aproximadamente a un metro ochenta de altura, para
perforar a dos metros de alto la vidriera de la puerta que da sobre Mitre.
El disparo mortal debió seguir una trayectoria paralela y algo más baja.
El proyectil número 2 (cuyas posibilidades ya examinamos en relación con
Blajaquis), pudo formar también parte de la serie. La incertidumbre que
resta obedece una vez más a que la pericia no establece el calibre de los
proyectiles 2 y 3, a pesar de los abundantes rastros que dejaron.
La distracción del juez Cáceres al no disponer la pericia del pantalón de
Safi impide formular hipótesis alguna sobre la bala que lo alcanzó de atrás
en la nalga derecha.
Llegamos así al interrogante principal: ¿Quién mató a Rosendo?
Rosendo García -dice la autopsia- fue muerto por un proyectil con orificio
de entrada en la línea media de la región dorsal, a la altura de la duodécima
vértebra dorsal, que resultó fracturada, y con orificio de salida en la
cara anterior del abdomen, línea media de la región umbilical.
Traducido al idioma corriente, esto quiere decir que la bala entró perpendicularmente
por la espalda, a una altura aproximada de un metro quince centímetros sobre
el suelo, siguiendo una trayectoria de atrás adelante y "ligeramente de
arriba hacia abajo".
El proyectil que lo mató, según la autopsia, es de "grueso calibre", lo
que tanto puede significar 38 como 45. La pericia sobre las ropas dice 38.
Es cierto que las ropas fueron manipuladas; personalmente dudo de que se
haya llegado al extremo de cambiar un saco por otro, perforar éste con un
balazo que debía coincidir son los agujeros de la camisa y la camiseta,
mancharlo de sangre, etc. Lo verosímil es que el doctor Torres quisiera
saber por anticipado lo que iba a revelar la pericia, para adecuar la defensa
de Vandor. El resultado neto, sin embargo, es que las conclusiones de la
pericia sobre la ropa de Rosendo dejan de ser una certeza para convertirse
también en "conjetura", y queda sin explicar la ausencia de orificio de
salida en la camisa y la camiseta.
Esta incertidumbre empalma, irónicamente, con las contradicciones de los
testigos. No hay duda que Vandor tiró. Lo dicen todos los sobrevivientes
del grupo Blajaquis. Lo dice Imbelloni, del grupo vandorista. Y el agonizante
Zalazar repite las palabras que oyó: "¡No tire, Vandor!" Es decir que estaba
tirando o tenía un arma en la mano. ¿Pero qué arma? Pistola 45, asegura
Rolando Villaflor, y lo repiten con decrecientes grados de seguridad sus
compañeros. Revólver 38, sostiene Imbelloni. Parece imposible avanzar más.
Afortunadamente existe entre los testigos una cierta coincidencia sobre
el lugar en que cayó Rosendo. En base a esa coincidencia se puede afirmar
que no salió del sector familiar, que no traspuso la línea imaginaria que
prolonga la caja hasta la puerta de Sarmiento.
Sabemos además que Rosendo se paró de un salto, enfrentó a los miembros
del otro grupo y recibió un tiro en la espalda.
Es obvio que debemos buscar el tirador entre la gente armada que quedó a
su espalda, en el sector familiar. Podemos descartar entonces a Rodríguez,
Tiqui y Luis Costa, que no estaban en el salón general.
José Petraca fue el primero en adelantarse en dirección a Raimundo. Descartado.
Imbelloni se adelantó, no tenía armas y peleó a puñetazos con Rolando. Descartado.
Safi, Gerardi, Barreiro. Desarmados. Los dos primeros también resultaron
heridos de atrás. Se los descarta.
Acha estaba sentado junto a la ventana de Sarmiento, fuera de la línea de
fuego. Nadie lo vio tirar y por eso lo descarto.
Es posible que Rosendo cruzara en algún momento la línea de tiro de Armando
Cabo, representada por la trayectoria del proyectil número 3. Para dirigirse
de frente al grupo opuesto, sin embargo, debió seguir un trayecto oblicuo
en relación con las mesas vandoristas, y como la línea de tiro de Cabo es
paralela a esas mesas, en caso de hacer blanco en Rosendo el proyectil debió
atravesarlo oblicuamente de derecha a izquierda. La bala que mató a Rosendo,
en cambio, entró y salió perpendicularmente.
En consecuencia, Cabo queda descartado.
Taborda debió retroceder varios pasos para poner en línea de tiro a Rosendo.
Descartable.
Quedan como posibles autores de la muerte de Rosendo García, Raúl Valdés
y Augusto Timoteo Vandor.
La posición de Vandor, especialmente, coincide con la trayectoria del proyectil
número 4 establecida por la pericia. Esa bala hizo impacto "sobre la curva
del mostrador en su plano vertical, próximo y por debajo del posavasos.
Este efecto se encuentra a un metro de altura y por sus caracteres corresponde
a un disparo efectuado ligeramente de arriba hacia abajo, de izquierda a
derecha (con respecto al tirador) y desde una zona próxima al salón familiar".
Si recordamos que la bala matadora de Rosendo entró aproximadamente a un
metro quince de altura sobre la espalda, que siguió una trayectoria ligeramente
de arriba hacia abajo, si suponemos que es la misma que impactó a un metro
de altura sobre el mostrador, si prolongamos esta trayectoria hasta la silla
de Vandor, obtenemos una altura de la boca del arma de un metro cuarenta
centímetros, que es coherente para un tirador de estatura normal, quizás
algo agazapado.
Esa es mi "conjetura" particular: que el proyectil número 4 fue disparado
por Vandor, atravesó el cuerpo de Rosendo García e hizo impacto en el mostrador
de La Real, que hasta el día de hoy exhibe su huella. Admitiendo que no
baste para condenar a Vandor como autor directo de la muerte de Rosendo,
alcanza para definir el tamaño de la duda que desde el principio existió
sobre él.
Sobra en todo caso para probar lo que realmente me comprometí a probar cuando
inicié esta campaña:
Que Rosendo García fue muerto por la espalda por un miembro del grupo vandorista
.
Tercera
Parte
EL VANDORISMO
1. LA BASE
En 1895 ya había en el país tres mil fábricas y talleres metalúrgicos, con
15.000 trabajadores. Veinte años después la mano de obra se había duplicado,
aunque la cantidad de establecimientos era la misma. Producían máquinas
para el campo, ferretería. Sus condiciones de vida eran miserables, su peso
en la vida nacional casi nulo. Pero a comienzos de .1919 sacudieron al país
con la huelga en los talleres Vasena, que culminó en terrible matanza.
En 1935 eran ya 85.000, es decir que de cada cinco obreros industriales,
uno era metalúrgico.
¿Qué hacían? Casi la mitad trabajaban con metales en fundiciones, hojalaterías,
broncerías, fábricas de camas, cocinas y artículos de hierro. Algo más de
la mitad fabricaban maquinarias y vehículos o trabajaban en talleres mecánicos,
ferroviarios, astilleros. Y unos pocos inauguraban una industria nueva,
la de aparatos eléctricos. Estos eran los tres sectores básicos, que perduran
hasta hoy, con un agregado importante en el rubro "metales" a partir de
1938: la siderurgia o producción de aceros y laminados: y un desdoblamiento
a partir de 1954 en el sector "maquinarias y vehículos": la producción de
automóviles .
Muchos creen que la industria metalúrgica apareció en la época de Perón.
Entre los que opinan eso, está Augusto Timoteo Vandor. "La industrialización
no nace con la Década Infame, sino con posterioridad a la revolución de
1943", -dice en uno de los pocos trabajos escritos que se le conocen. La
fantasía es más profunda de lo que parece: se trata de oponer empresario
bueno a terrateniente malo y de identificar industria con liberación nacional.
La realidad no es tan simple. En 1943 había ya en el país dieciséis mil
establecimientos metalúrgicos, con
155.000 obreros. Este crecimiento fabuloso, que en ocho años iguala al de
los cuarenta años anteriores, formaba parte de la "explosión industrial"
que en ese período elevó el número total de obreros ocupados en la manufactura
de casi cuatrocientos mil a más de setecientos mil. Esa expansión era a
la vez un fenómeno mundial.
Algunos de los gigantes de la industria metalúrgica que aún subsisten, datan
de esa época, o aun de antes los talleres de Vasena se convirtieron en Tamet,
de la banca Tornquist; Di Tella viene de la década del 20; Acíndar es fundada
por Arturo Acevedo en 1942; una parte considerable de las inversiones alemanas
de preguerra se dirigieron al sector: Thyssen, Mannesman, Siemens.
Era una industria patas arriba, con un crecimiento desordenado y anómalo.
El país importaba todo el acero que consumían sus fábricas. De ahí la paradoja
de que el consumo de acero por cabeza fuese en 1945 (último año de la guerra)
casi diez veces inferior al promedio de 1905-1909, que no hemos recuperado
hoy. La respuesta a esa situación consistió en crear una siderurgia nacional.
En 1937 la Fábrica Militar realiza su primera colada de acero. Las 5.000
toneladas de 1938 ascienden a 70.000 en 1943, a 130.000 en 1945, pero ese
rápido crecimiento ha de estancarse luego durante más de una década.
Lo que sí aparece después de 1943 es la organización sindical de los obreros
metalúrgicos. La primitiva Asociación, de origen comunista, apenas nucleaba
en 1941 a 2.000 afiliados.
Es un trotsquista, Ángel Perelman, quien embandera el sindicato en el peronismo.
En 1946, la Unión Obrera Metalúrgica tiene 100.000 afiliados, casi la mitad
de los trabajadores de la industria. La modesta pieza en el edificio de
Humberto I que compartía la UOM con los tintoreros y la construcción, le
quedaba chica. Se traslada entonces a la calle Hipólito Yrigoyen e inicia
la expansión que le dará un lugar dominante en el sindicalismo nacional.
Los cambios en la producción se reflejan en el poderío relativo de los sindicatos.
En el país exportador de carnes y cereales, dependiente de Inglaterra, el
transporte y el comercio tenían importancia decisiva. De ahí que la Unión
Ferroviaria dominara entre 1930 y 1943 el panorama: de sus filas surgieron
todos los secretarios generales de la CGT. La lucha por la hegemonía de
los metalúrgicos, paralela a la explosión industrial, se libró pues contra
los ferroviarios, con una característica singular: a la UOM no le interesó
nunca la secretaría general, le bastaba con dominar la CGT, y eso ha ocurrido
con mayor o menor intensidad en los últimos veinte años.
La irrupción se produce en 1948 cuando los metalúrgicos salen con carteles
a la calle pidiendo la renuncia del secretario general Aurelio Hernández,
y la imponen en el Congreso de la CGT. En el nuevo secretariado, que preside
José Espejo, figura por primera vez un hombre de la UOM. Cubano de nacimiento,
se llamaba Armando Cabo.
La lucha por el predominio cegetista no suprimió las pujas internas. Conducía
el gremio en ese entonces Hilario Salvo, un guitarrista que en sus ratos
de ocio se dedicaba al contrabando. En 1953 es destronado por el secretario
adjunto Abdala Baluch.
El gremio se mantuvo peronista, aunque en 1954 Salvo aliado con sectores
comunistas lo empujaron a una huelga que el gobierno declaró ilegal. Motivo:
indefinida dilatación del convenio por las empresas, cuyo idilio con el
peronismo ha concluido y que entonan ya con mucha fuerza la cantilena de
la "productividad". La conducción es rebasada y Baluch cae. Sólo más tarde
cobrará importancia un hecho que entonces pasa inadvertido. A propuesta,
de Paulino Niembro, que en su carácter de componedor de tendencias declina
aspiraciones propias, el congreso de la UOM reunido en el Luna Park elige
secretario general de la Capital a un delegado de la firma holandesa Phillips.
Lo apodan, precisamente, "el holandés": alguno de sus antepasados debió
sustituir el Van Thorpe original por el Vandor -Augusto Timoteo- con que
figuraba en las boletas. Su prontuario, "depurado" en agosto de 1958, dice
que nació en Bovril, provincia de Entre Ríos, el 26 de febrero de 1923.
Alrededor de este hombre ha de confluir la mayor cantidad de expectativas,
temores, ansiedades y mitos en la historia del gremialismo argentino. Es
poco lo que se sabe de su pasado. Seis años transcurridos en la Armada,
de donde egresó como cabo primero, alimentan la versión de que fue siempre
un agente del servicio de informaciones navales. Otras fantasías se oponen
a ésa en junio de 1955 habría encabezado las columnas metalúrgicas que desafiando
precisamente el bombardeo de la Marina acudieron en auxilio de Perón. Unos
lo pintan regando de clavos Miguelito los caminos de la represión, en el
año 56; otros, negociando en secreto con los jefes de esa represión.
La historia no necesita de semejantes muletas. Es útil en cambio dar una
nueva mirada al campo en que el vandorismo iba a operar, tal como era en
septiembre de 1955. Ese año la industria metalúrgica registró la ocupación
más alta de su historia
315.000,
es decir que uno de cada tres obreros ocupados en la manufactura industrial
era metalúrgico. La proporción de los sectores ya no era la misma que veinte
años atrás en metales se había multiplicado por tres, en vehículos y maquinarias
por tres y medio, en aparatos eléctricos por once. El valor de la producción
se había multiplicado por cuatro, y el número de establecimientos había
crecido de 8.800 a más de 48.000. Esta cifra, por supuesto, no expresa el
grado de concentración a que ya había llegado la industria en general. En
1954, el uno por ciento de los establecimientos industriales empleaba casi
la mitad de los trabajadores y acaparaba más de la mitad de la producción.
En esas empresas predominaba el capital nacional. Durante la época peronista
no se establecieron en el sector metalúrgico nuevas firmas extranjeras.
Las que existían -Tamet, La Cantábrica, Santa Rosa- databan de antes. Aliado
con ellas y con sus "enemigos" oligárquicos de ayer, este empresariado iba
a ser el motor de una gigantesca represión. En su nombre se producirían
los despidos masivos, las cárceles, las torturas, los fusilamientos.
Los sindicatos no estaban preparados para esa guerra a pesar del número
de afiliados (seis millones en 1953, según la CGT), y de los cuantiosos
fondos con que contaban. Enfrentaron la embestida y fueron deshechos. La
revolución libertadora intervino la CGT, derogó la ley de asociaciones,
asaltó locales, encarceló dirigentes, disolvió hasta los cuerpos de delegados.
Nace entonces una etapa oscura y heroica, que aún no tiene su cronista:
la Resistencia. Su punto de partida es la fábrica, su ámbito el país entero,
sus armas la huelga y el sabotaje. Las 150.000 jornadas laborales perdidas
en la Capital en 1955, suben al año siguiente a 5.200.000. La huelga metalúrgica
del 56 es una de las expresiones más duras de esa lucha. Empieza la era
del "caño", de los millares de artefactos explosivos de fabricación rústica
y peligroso manejo, que inquietaron el sueño de los militares y los empresarios.
Domingo Blajaquis era uno de los hombres que vivieron para eso, y como él
hubo muchos, convencidos de que a la violencia del opresor había que oponer
la violencia de los oprimidos; al terror de arriba, el terror de abajo.
Era una lucha condenada por falta de organización y de conducción revolucionaria,
pero alteró el curso de las cosas, derrotó las fantasías del ala más dura
de la revolución libertadora y facilitó el triunfo de su ala conciliadora
y frondizista.
La impotencia gorila se manifiesta cuando a fines de 1957 pretende normalizar
la CGT. En las elecciones de delegados triunfan candidatos peronistas que
copan la comisión de poderes. Al interventor Patrón Laplacette no le queda
más remedio que disolver el Congreso, pero allí hacen su aparición las 62
organizaciones peronistas y los primeros dirigentes ganados por el pacto
con Frondizi. En ese congreso los delegados de la Unión Obrera Metalúrgica
representan a 180.000 afiliados sobre 302.000 trabajadores de la industria.
Doce mil metalúrgicos han caído en esa primera ola represiva, pero el gremio
mantiene su poder. La influencia de Vandor es ya importante. Su despido
de Phillips, tres meses de cárcel, cierto papel en la Resistencia, le abren
el camino.
Frondizi y Vandor son los hombres adecuados para encontrar una salida al
callejón en que se ha metido el gorilismo. En 1958 ambos alcanzan el escalón
más alto de sus carreras: Frondizi la presidencia, Vandor la secretaría
general del gremio. Ambos usarán el mismo método: Frondizi convirtiendo
una teoría de liberación en práctica de entrega; Vandor presentando como
Resistencia lo que ya era negociación. Ambos se prestarán mutuos servicios
: Frondizi permitiendo el regreso de un dirigente cesante e intervenido,
política que luego desaparece para siempre del gremio; Vandor, dilatando
en todo lo posible la reacción obrera. De los dos, el caudillo metalúrgico
resulta el más astuto. Acostumbrado a la negociación entre bambalinas, que
no compromete ante las bases, sus contradicciones pasan inadvertidas fuera
del gremio; las de Frondizi lo arrastran a una caída sin gloria. Cuando
eso ocurra, Vandor podrá permitirse una sonrisa.
2. LA NEGOCIACIÓN
A cambio de los votos peronistas en las elecciones de 1958, Frondizi prometió
"una central obrera única y poderosa", con un sindicato por industria, la
restitución del derecho de huelga y la ley de asociaciones, un "ministro
de trabajo obrero", salario mínimo, vital y móvil, restitución de las cajas,
y hasta un diario de. los trabajadores.
Se trataba pues de desandar el camino recorrido por la revolución libertadora.
A través de Frondizi las clases dominantes descubren que no es necesario,
ni siquiera deseable, destruir la organización sindical. Se puede en cambio
reconstruir sus lazos con el Estado y darle un papel en el proceso de desarrollo:
era en suma el viejo y nuevo sueño de la "participación". Sólo que ahora
se trataba de un Estado entregador que renunciaba al desarrollo autónomo
y abría las puertas a la inversión extranjera. Para el movimiento obrero,
sensibilizado por una década de nacionalismo, era un hueso difícil de tragar.
Las dificultades empezaron enseguida, y ya en agosto el Pacto parecía quebrado
en el campo sindical. El frondizismo libra entonces una hábil acción de
retaguardia mientras se firman los contratos: en el momento preciso aparecerán
los tanques. Sus aliados principales son el dirigente de la carne Eleuterio
Cardozo, el petrolero Gomiz, el tranviario Cartillas, el metalúrgico Vandor.
Las cosas estallan el 11 de enero de 1959 cuando el gobierno anuncia la
transferencia a la CAP del Frigorífico Nacional. Era la gota que desbordaba
un vaso bastante lleno: huelgas declaradas ilegales, ley de cesantías, programa
de "austeridad", movilización de ferroviarios sometidos al salto de rana
y la máquina triple cero. La presión de las bases crece tumultuosamente.
El 12, Rosendo García, ya secretario adjunto de la UOM, debe desenfundar
su revólver en plena calle para impedir que un grupo de metalúrgicos irrumpa
en el local del sindicato. El 15, millares de trabajadores en asamblea resuelven
ocupar el frigorífico; dos días más tarde eran violentamente desalojados.
Las 62 Organizaciones, reunidas en la UOM, decretan el paro general. Mientras
el presidente vuela a los Estados Unidos para convencer a los inversores
de las ventajas de su método, el frondizismo desnuda su verdadera entraña:
petroleros y tranviarios son movilizados, rige el plan Conintes, actos de
desobediencia a los jefes militares se castigan hasta con quince meses de
prisión. Millares dé dirigentes y militantes fueron puestos a disposición
del Poder Ejecutivo. El nombre de uno de ellos pasó entonces inadvertido:
Felipe Valiese. El propio Vandor retorna fugazmente a un buque de guerra,
esta vez como detenido.
La huelga dura dos días en toda su fuerza. Los 19 gremios comunistas y los
32 "democráticos" son los primeros en levantarla, les siguen las 62. Avelino
Fernández, sombra de Vandor, afirma que en esa decisión "gravitaron considerablemente"
conversaciones con funcionarios a los que no menciona. El 24, La Nación
comentaba regocijadamente:
"Hubo explosiones en Mataderos y en las vías de distintas líneas ferroviarias.
En contraste con la violencia, y como expresión de fe en los días de la
Argentina próxima, siete empresas extranjeras obtuvieron ayer la autorización
que estaban gestionando para radicar sus capitales en este país".
Los huelguistas del Lisandro quedan solos. Testigos de la época acusan a
Vandor de haber propuesto como alternativa al paro general una ‘escalada’
de conflictos parciales. Así son derrotados uno tras otro los obreros de
la carne, los bancarios, los propios metalúrgicos y los textiles: caen los
baluartes del gremialismo, sus vanguardias son barridas, pero quedan sus
direcciones. Siete años después en una repetición exacta de esta maniobra,
Onganía batirá sucesivamente a portuarios, ferroviarios y petroleros.
La huelga metalúrgica declarada el 25 de agosto de 1959 es el último enfrentamiento
real del vandorismo con el régimen. Empieza por una exigencia de aumento
de salarios, al que las federaciones empresarias acceden, "siempre que las
mejoras correspondan a un aumento de la productividad". Este aspecto, al
principio secundario, se torna luego decisivo. Los trabajadores cumplen
disciplinadamente el paro, acompañado de una nueva ola de terrorismo, que
Vandor y Rosendo García condenan al salir de una entrevista con Álvaro Alsogaray.
A fines de septiembre la policía allana los locales del sindicato, detiene
dirigentes, busca en vano a Vandor. Para encontrarlo, le habría bastado
quizá seguir los pasos de un joven y ambicioso funcionario de la Secretaría
de Trabajo y Previsión, llamado Rubens San Sebastián: el 6 de octubre los
metalúrgicos se enteran de que en su despacho de subdirector de relaciones
laborales está reunida la paritaria. Al día siguiente se levanta el paro,
que ha durado un mes y medio.
Las negociaciones son prolijas. A la patronal no le importa dar mil pesos
de aumento, en vez de los novecientos que inicialmente ofrecía. Lo que le
importa es que "la oferta de aumento está condicionada a cláusulas de productividad
... mejor organización y rendimiento del trabajo".
El 30 de octubre se firma el acuerdo. En nombre de la Federación Argentina
de la Industria Metalúrgica, dice el doctor Juan Carlos Doliera
-Estoy muy satisfecho. El acuerdo representa un gran paso adelante para
el bien del país.
Vandor fue más modesto:
-Esta no es la solución más satisfactoria, pero en el momento actual era
lo mejor que se podía conseguir para el gremio.
-He presidido una comisión compuesta por representantes con amplio sentido
de la hora en que vive el país- se ufanó San Sebastián, cuyo sentido de
la hora perdura diez años más tarde-. He cumplido con mi deber de funcionario,
representando al Estado en su función de amigable mediador.
Después de la firma, patrones y dirigentes obreros participaron de una cena
de camaradería.
-Hermoso símbolo -dijo Galileo Puente, subsecretario de trabajo-. Aquí no
hay vencedores ni vencidos.
Con el tiempo, los trabajadores metalúrgicos también apreciaron el símbolo.
En cuanto a vencedores y vencidos, más que las anécdotas interesan las estadísticas.
Veamos por ejemplo el número de obreros ocupados en la industria metalúrgica
al celebrarse el acuerdo:
309.000
Un año después:
296.000
Dos años después:
284.000
Tres años después:
252.0001
La experiencia aislada de Raimundo Villaflor adquiere ahora todo su sentido.
Esos cincuenta y siete mil obreros menos, en una sola industria, reflejan
el "continuo yirar de gente" que golpeaba a las puertas de las fábricas.
Y no lo reflejan del todo, pues no aparecen en la diferencia los trabajadores
nuevos incorporados ni la reducción en las horas trabajadas. Se explica
también esa "desesperación por conseguir trabajo" que afectó como una locura
a Juan Zalazar, el pescado podrido que llevó de comer a sus chicos, la miseria
de centenares de miles de hombres.
Sobre la gigantesca sangría del gremio, las empresas pudieron cumplir la
vieja aspiración de producir más con menos operarios. Los índices de productividad
ilustran el resultado de la negociación vandorista en esos años:
1950: 100 (índice)
1956: 108 (primera huelga)
1958: 136 (gobierno de Frondizi)
1959: 114 (segunda huelga)
1961: 150 (apogeo de la alianza)
El acuerdo de 1959 fue presentado a las bases metalúrgicas como un triunfo.
La derrota estaba en sus cláusulas no escritas, la alianza de hecho entre
empresas y dirigentes. La industria, reequipada en ese período y destinataria
en su conjunto de una cuarta parte de la nueva inversión extranjera, debía
seguir un curso monopolista: concentración de empresas, liquidación de talleres
chicos, aumento de la productividad, ganancias rápidas. El vandorismo accedió
a todo esto y las consecuencias resultaron graves no sólo para los trabajadores.
En 1961 el treinta por ciento de los quebrantos en todas las actividades
del país corresponden a la industria metalúrgica. Al año siguiente, aunque
el porcentaje desciende, la cifra del pasivo es aterradora: más de tres
mil millones de pesos (27 millones de dólares). El salario, momentáneamente
privilegiado por el acuerdo, contribuye a esa liquidación de la pequeña
industria nacional en beneficio de las grandes empresas monopolistas. Cuando
ese objetivo se cumpla, por supuesto, el salario dejará de ser privilegiado:
llega la congelación.
Para los trabajadores, el cierre de una pequeña fábrica es un desastre:
se bajan las persianas, y a cantarle a Gardel. No hay preaviso, no hay despido,
no hay indemnización, afortunado el que consiguió cobrar en especie, tantos
cajones de tornillos o diez docenas de ventiladores. En ese cataclismo caen
todos.
En las grandes empresas, en cambio, el despido es selectivo. Se echa a los
más combatientes, previamente calificados de "comunistas" o de peronistas
revolucionarios. Se disuelven las comisiones internas, si es necesario se
las compra: un buen despido asegura un futuro tranquilo al delegado que
lo acepta. Cuando la oposición resurge, una nueva ola de cesantías acaba
con ella. Así hay empresas, como la Phillips -950 despidos en 1968- que
barren todos los años y aun todos los meses con cualquier asomo de rebeldía.
¿Adónde pueden protestar los trabajadores? Al sindicato. Pero allí también
fastidian, allí también cuestionan, allí también resultan "comunistas".
Patrones y dirigentes han descubierto al fin que tienen un enemigo común:
esa es la verdadera esencia del acuerdo celebrado por el vandorismo con
las federaciones industriales.
Para llevarlo a la práctica, el gremio se convierte en aparato. Todos sus
recursos, económicos y políticos, creados para enfrentar a la patronal,
se vuelven contra los trabajadores. La violencia que se ejercía hacia afuera,
ahora se ejerce hacia adentro. Al principio el aparato es la simple patota,
formada en parte por elementos desclasados de la Resistencia, en parte por
delincuentes. A medida que las alianzas se perfeccionan, a medida que el
vandorismo se expande a todo el campo gremial y disputa la hegemonía política,
el aparato es todo: se confunde con el régimen, es la CGT y la federación
patronal, los jefes de policía y el secretario de trabajo, los jueces cómplices
y el periodismo elogioso.
3. EL APARATO
El vandorismo tiene su discurso del método, que puede condensarse en una
frase : El que molesta en la fábrica, molesta a la UOM; y el que molesta
a la UOM, molesta en la fábrica. La secretaría de organización del sindicato
lleva un prolijo fichero de "perturbadores", permanentemente puesto al día
con los ficheros de las empresas. ¿Se explica ahora que la Banca Tornquist
despidiera a Raimundo Villaflor aún antes de que su nombre apareciera en
los diarios?
Al despido sigue siempre la expulsión del sindicato, o viceversa: el artículo
9 de los estatutos permite expulsar a un afiliado sin asamblea, por simple
resolución de la directiva.
De este modo fueron arrasadas a partir de 1959 las vanguardias más combativas.
Las denuncias rara vez llegaban a los diarios: recién en 1967, con la aparición
de fuertes listas opositoras, es posible documentar esa interminable sangría.
En septiembre de ese año, la lista gris (peronista) prueba la complicidad
de la UOM con los despidos de más de setecientos trabajadores antivandoristas
en veinte empresas.
Al principio, la UOM prestaba asistencia legal a los cesantes. Después dejó
de hacerlo. Esa quiebra de los últimos escrúpulos es ilustrada dramáticamente
por el caso de Sergio Martínez, delegado de la firma Guillermo Decker. Detenido
el 28 de junio de 1968 en el acto organizado por la CGT opositora, la empresa
lo despidió. Ricardo Otero, secretario de organización gremial de la UOM,
dijo simplemente:
-El sindicato no mueve un dedo.
Y no lo movió.
Hay desde luego quienes no se conforman: protestan, agitan, piden asambleas.
Actúa entonces el segundo escalón del aparato: una buena paliza suele disuadir
al perturbador. Si aun eso es insuficiente, o se trata de un traidor que
se queda con fondos de "la organización", puede aparecer con un tiro en
la cabeza en un camino suburbano.
Esto no sirve cuando el rebelde tiene ciertas condiciones, cuando en vez
de llamarse Rodríguez (por ejemplo) se llama Felipe Vallese y es un luchador
sin miedo. Aparece aquí el tercer escalón: la policía. Secuestra, tortura,
mata. No importa que el secuestrado en la comisaría de Villa Lynch de a
dos detenidos que salen en libertad el número telefónico de la UOM; no importa
que, en efecto, llamen ahí: "El sindicato no mueve un dedo". No importa
que todavía haga llegar a Vandor un mensaje desesperado donde dice que lo
están destrozando: el papelito se pierde, Vallese es "comunista". Después
no faltarán quienes compongan un libro para explicar todo lo que hizo la
UOM para encontrar a Valiese: el aparato tiene sus escritores, sus ensayistas,
sus sociólogos.
¿Es una casualidad que los metalúrgicos Mussi y Retamar, asesinados por
la policía en San Martín, pertenezcan a ese grupo de rebeldes? Quizá. ¿Es
también una casualidad que Américo Cambón, al participar de una manifestación
en Ramos Mejía sea perseguido hasta el interior de un garage por un policía
que allí lo hiere de un tiro? Se trata en todo caso del mismo Américo Cambón
que veinticuatro horas antes del tiroteo de La Real recibe por orden de
Rosendo García una formidable paliza, cuyos ejecutores materiales son policías
de la provincia.
Si aún esto falla, se puede acudir a la difamación. Acusar de coimero, por
ejemplo, al ex asesor gremial Lorenzo Oddone. Es inútil que Oddone pruebe
que el acusador es gerente de la compañía en que están asegurados los bienes
de la UOM. Inútil que el juez lo absuelva: la UOM tiene más dinero para
pagar solicitadas más grandes que sus adversarios.
¿Cuánto dinero? Ochocientos millones asegurados en la empresa del acusador,
señor Plut. La cifra puede ser diez veces mayor, o puede estar comida por
las deudas. Nadie lo sabrá hasta que el vandorismo responda a las preguntas
que desde hace dos años viene formulando la oposición en el gremio. Lo único
seguro es el descuento del uno por ciento sobre los salarios de todos los
trabajadores de la industria, afiliados o no: un ingreso superior a los
mil millones anuales. No es de allí, sin embargo, de donde salen los fondos
secretos que tanto sirven para disuadir a un opositor apresurado como para
aceitar las ruedas de la justicia: la quiniela bancada en las fábricas forma
parte del acuerdo con los patrones, así como los intereses fuera de planilla
sobre fondos retenidos, o la movilidad social que permite a un "obrero"
convertirse en industrial de la chatarra. Tampoco salen de allí ciertas
mercedes (Benz) recibidas por Vandor de la empresa que, casualmente gana
una millonaria licitación de equipos para el policlínico. Es que, como dice
Vandor, "nadie puede estar al frente de un gremio si no mantiene una línea
de conducta acorde con lo que piensan y sienten sus representados".
Vandor se ha mantenido diez años al frente de su gremio, y lo que pensaban
sus representados se ignoró hasta mayo de 1967 cuando dos listas opositoras
se presentaron a discutirle la conducción. Cualquiera de las dos, la gris
o la rosa, bastaba para derrotarlo. Pero sus amigos de 1959 habían escalado
posiciones: el subdirector de relaciones San Sebastián era ya el secretario
de trabajo San Sebastián, y en ese carácter ordenó la suspensión de las
elecciones en la UOM y la prórroga de los mandatos de sus dirigentes. La
maniobra resultó visible hasta para el comentarista gremial de La Nación.
"Esta disposición -dijo- salvaría a Vandor del riesgo muy posible de perder
el mando de su gremio".
Más que riesgo era una evidencia. Vandor ya no era siquiera una primera
minoría. Fatalmente iba a perder, y San Sebastián lo salvó, fingiendo por
supuesto una medida adversa: "no controlar los comicios de los metalúrgicos
y no reconocer a dirigentes que surjan de ellos".
-Qué lástima -dijo Vandor-. Entonces no hay comicios.
Y se quedó, elegido por el secretario de 'trabajo del gobierno elegido por
nadie.
Ahora había que ajustar la deteriorada maquinaria. Las grandes empresas
metalúrgicas despiden uno por uno a los enemigos conocidos de Vandor. La
General Electric echa a cinco candidatos de la lista gris, además de 56
obreros de su planta Santo Domingo y 70 (incluso 12 delegados) de su planta
Carlos Berg. La Phillips completa un millar de despedidos: no queda ningún
delegado, o que haya sido delegado aún en los tiempos más remotos. Tamet,
de la Banca Tornquist, cesantea a 47 candidatos opositores. Camea, a 150.
Despidos masivos de trabajadores antivandoristas sacuden a Ascensores Electra,
BTB, Fanal, Saccol, Volcán, Deadoro, Perdriel, Manuel Royo, Silvania y Zabaza.
Los grises y los rosados desaparecen del mapa. Advertidos, los metalúrgicos
esconden el bulto: antivandorismo equivale a perder el empleo. En marzo
de 1968 Vandor ha recuperado su confianza y cree que puede dar elecciones.
Su proverbial cautela, sin embargo, le hace elegir el momento de la convocatoria:
la semana de carnaval, cuando muchos trabajadores están de vacaciones. Como
por milagro resurge la oposición, las listas rosa y gris se unifican en
la Capital, presentan sus 104 candidatos y las 750 firmas de aval. Vandor
acude entonces a una táctica que nadie ha perfeccionado como él: dividir
el campo opositor. Compra directamente a seis candidatos de la lista gris,
que se reúnen, "expulsan" a los demás y publican una solicitada bajo el
título "Procedemos así porque no somos comunistas". Pero esta vez la maniobra
fracasa.
Capital, con sesenta mil afiliados, era la seccional más importante. Setenta
y dos horas antes de los comicios era evidente que la lista gris arrasaba.
"Ganábamos por muerte y desolación", dice un dirigente. El vandorismo emplea
un último recurso: hace impugnar la lista por la junta electoral. La protesta
opositora se derivó al secretario San Sebastián, que todavía la está pensando.
La lista gris ordenó entonces no votar. En la Capital, 57.500 trabajadores
sobre 60.000 cumplieron esa orden. El vandorismo obtuvo apenas 2.500 votos,
el cuatro por ciento del gremio. He aquí algunos resultados, fábrica por
fábrica
Empresa Inscriptos Votaron
Centenera 1000 150
CAMEA 900 120
G. Decker 180 25
TAMET 1200 88
Deadoro 200 6
Perdriel 350 0
Purolator 90 0
Schwartz 70 0
Gillette 120 0
El colegio electoral surgido de este modo reelige a la plana mayor del vandorismo.
Se viola así la resolución 969 que dispone la elección directa, pero San
Sebastián vuelve a callar. Entretanto, los candidatos opositores son despedidos
en masa.
Falta aún elegir los cuerpos de delegados. Se hacen algunas elecciones maravillosas,
con sobres abiertos que entran de a tres en las urnas, carnets falsos, voto
cantado, urnas cambiadas. En la fábrica de envases Centenera, Bunge y Born
facilita el triunfo de sus amigos despidiendo a cuarenta activistas opositores.
A pesar de todo el vandorismo empieza a perder en las empresas más grandes:
Tamet, Camea, BTB. Entonces se suspenden las elecciones y la mayoría de
las fábricas permanecen hasta hoy sin delegados, los trabajadores sin defensa
alguna ante los patrones. Igual que en 1955, el gremio está intervenido.
Sólo que el interventor es ahora el secretario general de la UOM.
A medida que esta realidad penetra cada vez más profundamente en las bases
metalúrgicas, el gremio se despuebla. En 19,63 la Unión Obrera Metalúrgica
tenía
219.000 afiliados
En 1966, 121.000
Faltaba poco para desandar todo el camino recorrido desde 1945. Es posible
que ese retroceso se haya cumplido ya. Pero quizá mejor que las cifras,
exprese la realidad del gremio y el sentimiento de los trabajadores metalúrgicos
esta carta de un ex delegado:
"El día 7/1/69 a las 15 horas se llevo a cabo una reunion en las oficinas
de Deneb S.A. convocada por el "señor" Rene Labate jefe de administración
de dicha enpresa y el compañero Luis Contarini ex delegado obrero de la
misma, a los efectos de comunicarle al sitado compañero, que de seguir peleando
la C.G.T. de los Argentinos por la reincorporación de la compañera Izzi,
no se le harían efectivos los documentos que se le dieron en consepto de
indenmización al sitado compañero, con los riesgos que tal medida proboque...
con el agregado que como patrones no podían tolerar nunca una comicion interna
que responda a la C.G.T. de los Argentinos por considerarla revolucionaria
y contraria a sus intereses y que preferían serrar la fabrica anparandose
en el gran estok que tenían antes que se les organise el personal y que
preferían toda la vida a Vandor porque es mas "negociante", a lo que le
fue respondido que no es que sea "negociante" sino patrón".
4. COMO MATAR AMIGOS E INFLUIR SOBRE LA CGT
Cuando el Aparato se extienda a la CGT, cuando la Negociación invada hasta
los últimos rincones del sindicalismo, los resultados serán los mismos que
en el gremio metalúrgico: la destrucción del movimiento obrero argentino,
la quiebra absoluta entre los dirigentes y sus bases.
El caso Rosendo García desempeñó un papel en ese epílogo.
El manejo total de los recursos informativos permitió al vandorismo mantener
durante quince días la ficción de que el tiroteo de La Real fue un atentado
contra los dirigentes metalúrgicos, e incluso contra toda la "plana mayor
del neoperonismo". Menos tiempo necesitó Vandor para resolver favorablemente
el pleito interno de la CGT, iniciado en febrero de 1966 con la expulsión
de Alonso.
Jugando de carambola, explotando la muerte del amigo y la mentira del atentado,
acorraló literalmente al sastre "isabelino", lo llenó de pavor con aquella
famosa amenaza pronunciada ante el ataúd de Rosendo en el cementerio de
Avellaneda: "Si en los próximos días los responsables de este crimen no
levantan la bandera de la paz, aquí van a correr ríos de sangre". El hombre
que estaba "de pie" se sintió responsable de un crimen, cuando sólo era
responsable del abandono de las víctimas y de los sobrevivientes, que debieron
esconderse. La bandera de la paz levantada por Alonso, flamea hasta hoy
en Azopardo 802.
De la montaña de información publicada en esos días, basta reseñar la del
diario La Prensa que habitualmente refleja en su forma más cruda los intereses
antiobreros. "Objetivamente" dice el 15 de mayo "se tiene la impresión de
que el grupo de sindicalistas adictos al tirano prófugo que actúa bajo las
directivas del dirigente metalúrgico Vandor es la que fue atacada, al parecer
sin dar tiempo a sus integrantes a defenderse". No podía pretenderse desde
luego que el matutino cambiara su jerga: lo que contaban eran los hechos.
El 17 mencionaba al propio Vandor como "posible destinatario de la agresión",
hablaba de "los atacantes de Rosendo García", citaba como presunto inspirador
del ataque a Héctor Villalón. El 18 afirmaba falsamente que "las pericias
balísticas certifican disparos de armas de fuego de ambos grupos". El 19
insistía en la "responsabilidad de ambos grupos", volvía a llamar "agresores"
al bando de Blajaquis, informaba que García fue alcanzado por un disparo
de "ametralladora" cuando "intentaba darse vuelta" y publicaba un croquis
totalmente tergiversado, pero de indudable fuente vandorista, del escenario
de los hechos .
Esta enorme presión rendiría sus frutos. Ya el 19 La Prensa relacionaba
el caso con la situación de la CGT diciendo que "la posición del sector
peronista dirigido por Augusto Vandor se robustece considerablemente". Esa
misma tarde el Comité Central Confederal iniciaba sus sesiones con un minuto
de silencio en homenaje a Rosendo, aceptaba la renuncia del Consejo Directivo
y designaba secretario general al vandorista Francisco Prado. Emotivamente
reseñó el episodio la revista Confirmado: "Augusto Vandor obtuvo, el jueves
pasado, uno de los triunfos sensacionales de su carrera política y gremial:
una CGT ampliamente representativa se ponía, otra vez, en marcha. Pero no
pudo festejarlo con quien hubiera querido hacerlo: Rosendo García".
El alonsismo estaba vencido.
La fuerza de la CGT podía jugarse ahora en favor del golpe. El 7 de junio
un formidable paro inmovilizó el país. El 29 Vandor sonreía en la Casa Rosada
junto al nuevo presidente.
Poco después el convenio metalúrgico era oficializado -primera vez en la
historia- en el salón de invierno con la presencia de Onganía. Vandor correspondió
la gentileza poniéndose también por primera vez una corbata, gemela de la
que llevaba Rosendo la noche de su muerte.
"Yo creo que el presidente está muy bien inspirado en el tema de la unidad
de la CGT", declaraba Vandor en septiembre.
Lo que sigue es de sobra conocido. En octubre estalla el conflicto en el
puerto, el gremio es intervenido. El 30 de noviembre los portuarios son
apaleados por la policía a la puerta de la CGT mientras los dirigentes discuten
si los dejan entrar. Vandor admite que "se le han visto las patas a la sota".
El portuario Telmo Díaz tiene dificultades para que lo dejen hablar. "Es
una vergüenza" ruge al fin. "Yo no vengo a tirar mierda, pero quisiera,
verlos a ustedes con las bases peleando todos los días, llenos de necesidades.
Claro que la posición de ustedes es cómoda. Aquí se han callado. Aquí cada
uno cuida su boliche. Nos han dejado solos. No vengamos aquí diciendo que
vamos a parar dentro de quince días, porque si no, les sugeriría que paremos
la noche de Reyes".
De esta tormenta nace el plan de acción: el 14 de diciembre una huelga paraliza
al país. El gobierno responde encarcelando a Tolosa, negociando bajo cuerda
con el vandorismo. Las viejas alianzas se reconstruyen: el 21 de febrero
de 1967 Liberato Fernández publica una carta abierta -se dice escrita por
Frondizi- donde aconseja a Vandor el "repliegue táctico". A las etapas del
plan de acción suceden nuevas represalias: el gobierno interviene la Unión
Ferroviaria, dicta la ley de servicio civil. El 9 de marzo el confederal
levanta el plan de lucha. "Si hubiera traído una valija de cinturones, los
vendo todos -grita Telmo Díaz-, a ustedes se les han caído los pantalones".
A la renuncia de Prado suceden los intentos de normalizar la CGT. El gobierno
necesita ahora un año de plazo para imponer el congelamiento de salarios,
derogar la legislación social, implantar la racionalización. Para obligar
al vandorismo a cumplir su parte del acuerdo, conserva en rehenes la personería
gremial de la UOM, pero libera sigilosamente sus fondos y en mayo suspende
los comicios del gremio salvando a Vandor de una derrota segura. Una comisión
delegada sumisa al vandorismo posterga una y otra vez el congreso normalizador.
El 28 de marzo de 1968 estalla al fin la rebelión: el congreso convocado
según los estatutos, con quórum reglamentario, elige secretario general
de la CGT a Raimundo Ongaro.
Es la primera votación de este tipo que pierde Vandor. Ni él ni el gobierno
aceptan la derrota. Con pretextos pueriles retira a los gremios adictos,
crea una segunda CGT, formaliza la división del sindicalismo. Con él se
apartan los responsables de una cadena interminable de derrotas populares:
Alonso, Coria, Taccone, Cavalli, March, artífices y beneficiarios del colaboracionismo.
En septiembre dejan librada a su suerte la huelga petrolera de Ensenada.
Lo demás, hasta hoy, es comedia.
Cabe preguntarse ahora por los resultados concretos que ha obtenido el vandorismo
en diez años de dominación abierta o solapada sobre el movimiento sindical
argentino. La participación de los asalariados en el ingreso nacional, que
en 1958 era del 57 %, en 1965 había descendido a menos del 47 %. Los salarios
reales en la industria se mantienen al nivel de 1943. Ya en 1965 la CGT
denunciaba la existencia de más de un millón de desocupados. Han desaparecido
las convenciones colectivas y el derecho de huelga, se han aumentado los
topes jubilatorios, se destruye paulatinamente el sistema de previsión social,
500.000 trabajadores tienen sus sindicatos intervenidos. Para esto ha servido
tanta astucia, tanto Lobo, tanta maraña de tácticas, tanto engranaje de
claudicaciones.
En 1953 la CGT se jactaba de nuclear a 6.000.000 de afiliados.
Quizá la cifra era exagerada. En todo caso había disminuido en 1963 a 2.400.000
afiliados.
En octubre de 1966 el gobierno de Onganía pudo anunciar triunfalmente que
esa cifra quedaba reducida a
1.900.000 afiliados sobre un total de casi 9.000.000 de trabajadores.
Es decir que apenas un obrero de cada cinco prefiere confiar al sindicato
la defensa de sus derechos. En este campo también se ha regresado a 1943.
Como dirían los comentaristas gremiales: "Un nuevo triunfo del vandorismo".
5. LA CAMISETA
-Si me saco la camiseta peronista, pierdo el gremio en una semana.
Con esta frase resumía Vandor en 1965 una de las claves de su ascenso: era
posible negociar en secreto con los empresarios, "ser un patrón", siempre
que se afirmara en público la lealtad al sentimiento de las clases populares.
Las 62 Organizaciones Peronistas fueron el instrumento apto para extender
su dominio a todo el campo gremial. La CGT, su plataforma para invadir el
terreno político. En 1963 pone allí a José Alonso. Coloca en la presidencia
del partido justicialista de la Capital a su más fiel lugarteniente, Paulino
Niembro, que en 1965 presidirá el bloque de diputados del sector. Ya ese
año ha reunido en una sola mano la casi totalidad de los órganos del movimiento:
el partido, la central obrera, la oposición parlamentaria y las situaciones
provinciales.
El propio Vandor parece no aspirar a nada (sólo preside las 62 y la UOM),
aunque aspira a todo. Podría recoger íntegra la herencia peronista, si el
longevo caudillo se resignara a morir. Pero eso no ocurre y tampoco se le
escapan los propósitos del heredero, "ambicioso incorregible", como lo define.
El peronismo por otra parte sigue ligado al recuerdo de tiempos más felices,
al mito del regreso que torna discutible en última instancia cualquier jefatura
local. Vandor concibe entonces su maniobra más audaz: demostrar que ese
regreso es imposible. De ahí nace a fines de 1964 la "operación retorno".
¿Creyó Perón seriamente que el gobierno radical lo dejaría desembarcar?
Encandilado por la perspectiva, demostró que también era un mito su temor
a volver, pero el saldo íntegro de la operación fue rescatado por el vandorismo:
Perón no volverá.
De esa demostración a la proclama de Avellaneda que postula un peronismo
de conducción local, hay un solo paso: el vandorismo lo da a fines de 1965.
En marzo, Primera Plana resume en tres palabras la alternativa "¿Vandor
o Perón?" El dirigente metalúrgico vuelve a ponerse la camiseta en una solicitada:
"Vandor responde: PERÓN", y firma "Augusto Vandor, afiliado peronista".
Esa declaración de solitaria humildad no le impide mover todas sus piezas
para la confrontación.
Ya hemos visto cómo se jugó la partida: Vandor gana en la CGT, Perón en
el partido. El golpe de Onganía desempata a favor del dirigente metalúrgico:
ya no hay partidos, ni parlamentos, ni elecciones. El 17 de Octubre es comentado
por la revista empresaria "Análisis". Hace un año, dice, "los cuadros dirigentes
del movimiento de abandonar la estructura gregaria que otorgaba todo el
control a su líder"; "la dirección sindical y política del peronismo ha
preferido adoptar el pragmatismo que distingue a nuestras clases medias
y altas más dinámicas"; "Vandor salió airoso de la prueba... Con decisión,
pero al mismo tiempo con cautela, sin estridencias, decidió arrancar del
control madrileño al peronismo sindical, abandonar la antigua e infecunda
ortodoxia del exclusivismo". El artículo se titula "De la rebelión a la
madurez política", y lleva una foto a página de Vandor.
El 5 de septiembre, en carta a un dirigente metalúrgico, Perón dictaba un
anatema que por la violencia de sus términos parece definitiva. Acusaba
a Vandor de "engaño, doblez, defección, satisfacción de intereses personales
y de círculo, desviación, incumplimiento de deberes, componendas, acomodos
inconfesables, manejo, discrecional de fondos, putrefacción, traición, trenza".
Y agregaba: "Por eso yo no podré perdonar nunca, como algunos creen, tan
funesta gestión".
Los expertos en famosos movimientos pendulares se permitieron dudar, y el
tiempo les daría la razón. Dos años más tarde Vandor parecía triturado entre
la ofensiva de la CGT rebelde y una momentánea cuarentena impuesta por el
gobierno. Acudió entonces a España y Perón lo reflotó con la consigna de
la "unidad". Ningún otro hecho político podía resultar tan paralizante en
ese momento para la CGT opositora. Ongaro debió viajar a Madrid para componer
lo que fuera posible, mientras en Ensenada se desencadenaba la huelga petrolera.
El 17 de Octubre -singular coincidencia- se publicaba en Buenos Aires un
cable según el cual Perón ordenaba crear una comisión reorganizadora de
las 62, el tradicional instrumento político de Vandor.
Uno de los hombres designados por Perón para integrar esa comisión era Armando
Cabo, el matador de Zalazar.
6. LAS IDEAS
En alguna oportunidad el vandorismo se ha jactado de no precisar para su
acción teorías políticas complicadas. En efecto, los supuestos de esa acción
están catalogados prácticamente desde que nació el movimiento obrero contemporáneo.
"El vandorismo", juzgaba en 1966 uno de sus grandes impugnadores, Amado
Olmos "exhibe una brecha imposible de cerrar: su falta de ideología. Así
Vandor obra a merced del aventurerismo, del oportunismo político".
Los resultados de la acción son desde luego más importantes que los discursos
y las intenciones, que Vandor relega sensatamente a los ideólogos del aparato.
Por lo menos en una ocasión, sin embargo, expuso por escrito sus ideas .
En la medida en que corresponden a los hechos producidos en una década,
vale la pena detenerse en ellas.
Vandor atribuye al Sindicalismo (con mayúscula) un poder casi ilimitado:
"En todas las latitudes... ha sido y es fundamentalmente constructivo".
En nuestro país, las elecciones de 1958 demostraron "su poder real y concreto".
Sin él no se puede gobernar, si se lo elimina de la conducción nacional
se produce "el estancamiento económico".
¿Qué pretende este sindicalismo? No hay que asustarse. No se trata de "sostener
un planteo clasista y sectario". Clasista, pues, equivale a sectario. Ya
Taccone, secretario general de Luz y Fuerza, lo ha dicho con un epigrama:
"La clase obrera no es clasista". ¿Será clase, por lo menos? ¿Será obrera?
Los obreros no persiguen ningún fin separado como clase: "Si consideramos
que el Sindicalismo es columna vertebral de la Nación, es porque pensamos
en términos nacionales, es decir de totalidad, de comunidad". La Nación
es, pues, de una vez y para siempre la estructura actual, con sus opresores
y sus oprimidos. La comunidad incluye de una vez y para siempre a los propietarios
y los desposeídos. Esa estructura no debe ser alterada ni atacada mediante
planteos clasistas y sectarios: "La Paz Social no sólo es posible sino necesaria".
Se trata de reformar "la antigua sociedad liberal e individualista", de
convertirla en una "verdadera comunidad nacional". Para ello el sindicalismo
debe "institucionalizarse", ser factor de poder, "parte integrante" del
poder: "Pienso que la única forma en que las relaciones entre el Sindicalismo
y el Poder Público adquieren carácter permanente, es con la participación
del Sindicalismo en este último".
El modelo ideal de esa participación es, naturalmente, el período de gobierno
peronista, concebido no como un paso adelante para la clase trabajadora,
sino como el paso definitivo, el nivel último de ascenso, el no-va-más de
la historia. En ese período "El Sindicalismo... es parte integrante del
gobierno e interviene en todas las decisiones que hacen a la vida nacional".
Este modelo de relación entre los sindicatos y el Estado es, al parecer,
eterno, independiente de la naturaleza de ese Estado y de las fuerzas económicas
que expresa. La proposición aceptada por un estado burgués nacionalista,
que traduce la expansión de las fuerzas productivas internas, puede formularse
al Estado frondizista que refleja el retroceso de esas fuerzas, reformularse
ante el Estado de Onganía que sanciona la definitiva penetración de los
monopolios. Se trata de "participar" con cualquiera: basta que a uno lo
dejen.
Si el modelo peronista es el ideal, el frondizista merece un disimulado
homenaje: "La institucionalización debe producirse dentro de un estado que
impulse un verdadero desarrollo económico..., está ligada a una planificación
de desarrollo económico e industrial... Se habla de planificar para todos
los argentinos". Cabe, en fin, un saludo a las pretensiones cesaristas de
Onganía: "La era de la ficción y de los intermediarios tiene que terminar",
una reverencia a sus veleidades comunitarias: "Aun en la coyuntura más desfavorable,
nuestro Sindicalismo ha probado su notable voluntad comunitaria... Policlínicos,
servicios sociales en general, turismo, planes de vivienda, campos de deporte,
bancos sindicales..., son la prueba..."
Como un corte geológico o el tronco de un árbol, este documento de la ideología
vandorista exhibe las sucesivas etapas de la transacción, los estratos históricos
en que se volvió a negociar lo ya negociado, todas las variables del oportunismo
que acusaba Olmos.
Este conjunto de ideas y proposiciones han aparecido reiteradamente en las
solicitadas de la UOM, en los reportajes a Vandor. Citaremos solamente uno,
publicado a comienzos de 1968 en la revista "Siete Días". Allí Vandor refirma:
"Lo que hay que rescatar es la revolución, no interesa quién la haga...,
todos los sectores sociales sin prejuicios de clase... Yo no soy partidario
del movimiento clasista". Incidentalmente, el no clasismo de Vandor se ha
revelado en cada momento crítico como macartismo auténtico.
Como se ve, la burguesía no tiene nada que temer de Vandor. Lo que él pretende
es que las cosas mejoren dentro del Sistema, "discutir y decidir en un pie
de igualdad", llegar a un arreglo "permanente". ¿Discutir con quién, arreglar
con quién? Con los empresarios, naturalmente, y con el ejército, que "es
una realidad". Esto conviene a todos. "A mayor consumo de la clase trabajadora,
mayores inversiones de capital" y "mayor desarrollo industrial". La relación,
en suma, se define como "decidida participación en el desarrollo".
La comunidad capitalista no aparece cuestionada, la lucha de clases no es
reconocida, la "paz social" debe mantenerse, se quiere ser "factor de poder"
y no tomar el poder.
Discutir el vandorismo desde la perspectiva de una teoría revolucionaria
de la clase obrera es reencontrar uno por uno los viejos lugares comunes
del reformismo, del sindicalismo burgués. En todo caso Vandor es derrotado
por los hechos, además de la teoría. Si los trabajadores lo juzgan hoy duramente
es por los resultados de su acción, por lo que él ha conseguido con sus
negociaciones, sus maniobras y sus pactos: destruir el gremio metalúrgico
convirtiéndolo en simple aparato, dividir la CGT, quebrar la confianza de
los trabajadores en sus dirigentes, retrotraer el movimiento obrero a 1943.
Es bueno, sin embargo, que los trabajadores aprendan a reconocer las ideas
que conducen a esos hechos, y que sepan también que las ideas no son inocentes,
que el desprecio por la ideología de la clase obrera es una promesa segura
de traiciones, y que las traiciones no se consuman porque sí, sino en pago
de algo. Bien lo dijo Amado Olmos, refiriéndose no sólo a Vandor, sino al
grupo de jerarcas enriquecidos, de burócratas complacientes que lo han acompañado
en sus aventuras:
"Estos dirigentes han adoptado las formas de vida, los automóviles, las
inversiones, las casas, los gustos de la oligarquía a la que dicen combatir.
Desde luego con una actitud de ese tipo no pueden encabezar a la clase obrera".
CONCLUSIÓN
Hasta aquí la historia del caso Rosendo García, con algunas, no todas, sus
implicaciones. No quiero cerrarla sin decir lo que a mi juicio significa.
Hace años, al tratar casos similares, confié en que algún género de sanción
caería sobre los culpables : que el coronel Fernández Suárez sería castigado,
que el general Quaranta sería castigado.
Era una ingenuidad en la que hoy no incurriré. Sinceramente no espero que
el asesino de Zalazar vaya a la cárcel; que el asesino de Blajaquis declare
ante el juez; que el matador de Rosendo García sea siquiera molestado por
la divulgación de estos hechos.
El sistema no castiga a sus hombres: los premia. No encarcela a sus verdugos:
los mantiene. Y Augusto Vandor es un hombre del sistema.
Eso explica que en tres años la policía bonaerense no haya podido aclarar
el triple homicidio que nosotros aclaramos en un mes; que los servicios
de informaciones, tan hábiles para descubrir conspiradores, no hayan desentrañado
esta conspiración; que dos jueces en tres años no hayan averiguado los ocho
nombres que faltaban y que yo descubrí en quince minutos de conversación,
sin ayuda oficial, sin presionar a nadie ni usar la picana.
No se trata, por supuesto, que el sistema, el gobierno, la justicia sean
impotentes para esclarecer este triple homicidio. Es que son cómplices de
este triple homicidio, es que son encubridores de los asesinos. Sin duda
ellos disponen de la misma evidencia que yo he publicado y que en otras
circunstancias servirían para encarcelar a Vandor y sus guardaespaldas.
Si no lo hacen es porque Vandor les sirve. Y si Vandor les sirve es, entre
otras cosas, porque esa amenaza está pendiente sobre él. El poder real de
Vandor es hoy el poder de Onganía, el poder de San Sebastián. El vandorismo
es una pieza necesaria del sistema.
Ya hemos visto que esa complicidad entre Vandor y el sistema no se reduce
al caso Rosendo García, que dentro del mecanismo general de corrupción y
violencia, de acuerdos y traiciones que en mínima parte reseñamos, el caso
Rosendo García es, en efecto, una "anécdota", pero una anécdota que desnuda
la esencia del vandorismo: ningún otro factor aislado ha contribuido tanto
a quebrar la resistencia del movimiento obrero y entregarlo atado de pies
y manos al gobierno de los monopolios.
Esto fue posible porque efectivamente Vandor y muchos de los hombres que
lo rodean habían luchado en su momento, y al defeccionar provocaron en los
trabajadores esa tremenda quiebra de confianza que sólo es comparable a
la que produjo en el país entero el frondizismo. La traición de un líder
es más difícil de superar que la oposición de un enemigo abierto. Por eso
pudo decir con legítimo derecho uno de los sobrevivientes de la matanza
de La Real: "Vandor es peor que los patrones".
Los ríos de tinta que en mayo y junio de 1966 presentaron a los agresores
como víctimas y a los atacados como asesinos, no han desandado su curso
hoy que el "misterio" está aclarado. La prensa del régimen no ha retirado
una coma de lo que falsamente dijo. No esperaba yo otra cosa. Esta denuncia
ha transcurrido en el mismo silencio en que transcurrió "Operación Masacre".
No es la única semejanza. Tanto en un caso como en otro se asesinó cobardemente
a trabajadores desarmados como Rodríguez, Carranza y Garibotti, como Blajaquis
y Zalazar. En mayor o menor grado estos hombres representaban una vanguardia
obrera y revolucionaria. Tanto en un caso como en otro los verdugos fueron
hombres que gozaron o compartieron el poder oficial: esa es la afinidad
que al fin podemos señalar entre el coronel fusilador Desiderio Fernández
Suárez, y el ejecutor de La Real, Augusto Timoteo Vandor.
Ese silencio de arriba no importa demasiado. Tanto en aquélla oportunidad
como en ésta me dirigí a los lectores de más abajo, a los más desconocidos.
Aquello no se olvidó, y esto tampoco se olvidará. En las paredes de Avellaneda,
de Gerli, de Lanús, ha empezado a aparecer un nombre que hace mucho tiempo
que no aparecía. Sólo que ahora va acompañado de la palabra: Asesino.
EPÍLOGO
DEL EDITOR
Desde mayo de 1966, los protagonistas de esta historia encontraron la forma
de continuar participando de la ardua militancia sindical y hasta hubo alguno
que logró escalar posiciones en la política.
A los hermanos Villaflor la tragedia los envolvió sin piedad.
Raimundo, de quien Walsh escribió el cálido retrato que ocupa el primer
capítulo de este libro, desapareció en agosto de 1979, cuando seguía siendo
un militante de base del gremio metalúrgico. Junto con él desapareció su
compañera, Elsa Martínez. Y un día antes fueron secuestrados Josefina Villaflor,
la otra hermana de Raimundo, y su esposo, José Luis Hassan. La larga mano
de la represión militar se cebó con los Villaflor, esa familia de activistas
que en Avellaneda representaban una tradición de hombres y mujeres a los
que se podía matar, pero no comprar. Josefina Villaflor era asesora gremial
de la Federación Gráfica Bonaerense cuando desapareció, en los tristes días
de 1979. Y otra Villaflor, la Azucena Villaflor que las Madres de Plaza
de Mayo levantaron como bandera de todas ellas, madre de un muchacho que
desapareció acompañado por su novia, también fue secuestrada en septiembre
de 1977, en Sarandí, a dos cuadras del puente. De los Villaflor sobrevivió
Rolando, a quien Walsh dedica el tercer capítulo de este libro, que sigue
siendo obrero metalúrgico, cuida a los hijos de Raimundo y, apartado temporariamente
de la vida sindical, con su sola presencia recuerda el pasado combatiente
de una Avellaneda de fábricas que ya no existen y de obreros que han emigrado.
Y un primo de Raimundo y Rolando, el gráfico Osvaldo Villaflor, después
de ocho años de exilio en Perú y México, al cabo de casi un año de prisión,
es la presencia viva de una leyenda familiar señalada por el coraje y la
persecución.
Otros, por el contrario, hicieron carrera política. Norberto Imbelloni,
cuya confesión permitió a Walsh reconstruir lo que había pasado en La Real
de Avellaneda, es realmente el mismo diputado Norberto Imbelloni elegido
en 1983.
La pista de otros testigos y protagonistas se ha perdido en la historia
de la ciudad, en los relatos de la represión y del exilio. Es posible que
algunos cayeran sin nombre, cuando las dos vertientes del sindicalismo peronista,
que Walsh revisó de cerca en este libro, se enfrentaron con violencia.
Escribir la historia de los Villaflor después de La Real es un tema que
hubiera apasionado a Walsh. El Editor solamente desea dejar impresa la noticia
de la suerte diversa que acompañó a algunos de estos hombres a quienes un
aparente hecho policial introdujo para siempre en la historia de la literatura
política argentina contemporánea.

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