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Capítulo 26 Los apostólicos no descansan
Los partidarios del "Héroe del desierto" no descansaban en la movilización
popular. Era permanente la fijación de bandos:
"¡Paisanos!: los de chaqueta y poncho, que juntos y bajo las órdenes de don Juan
Manuel arrostrasteis tantos sacrificios y peligros por la Restauración de las
leyes, hasta la final conclusión de los tiranos, ya es tiempo que viváis
prevenidos y alerta. Se ha formado una Logia con el objeto de acabar con vuestro
General Rosas. A su logro os procuran engañar y os tienden redes. Alerta y
prepararse, pues ya está visto que mientras no colguéis dos docenas de esos
caporales logistas, en el país se reproducirán nuevas escenas de horrores y de
sangre".
También se aprovecharían con astucia todas las oportunidades para provocar
escándalo: un periódico "apostólico" titulado "El Restaurador", en el que se
hacía agresiva campaña antigubernamental, fue confiscado y se anunció en un
bando que sería juzgado. En la mañana del 11 de octubre de 1833 la ciudad
apareció empapelada con grandes carteles que anunciaban en gruesas letras rojas
que a las 10 de ese día se procesaría al "Restaurador de las Leyes".
Como reguero de pólvora corrió la noticia y azuzados por los "apostólicos" una
muchedumbre de gauchos y orilleros amenazantes se hicieron presentes frente al
juzgado profiriendo vivas al ausente jefe federal y reclamando la renuncia de
Balcarce.
El general Pinedo, destacado para sofocar el alboroto, se suma con sus tropas al
reclamo. También lo imitará el general Izquierdo con su división. El juicio no
se realiza y la ciudad queda sitiada hasta que la Legislatura acepta la
exigencia de la turba y exonera a Balcarce nombrando en su lugar a un federal de
prestigio, el general Viamonte.
Capítulo 27 Los intelectuales y el héroe romántico
El retorno desde París de Esteban Echeverría en 1830 marca un punto de inflexión
en el mundo de la juventud intelectual porteña. A poco de llegar, se convertirá
en el oráculo de aquellos qué están a la búsqueda de nuevos horizontes
culturales e ideológicos.
De Europa arriban las obras de autores que avivan la esperanza de cambio y
renuevan los fundamentos filosóficos, históricos, políticos, artísticos y
literarios: Quizot, Cusin, Collard, Saint-Simón, Tocqueville, Lamenais, Mazzini,
Chateubriand, Byron, Hugo, Dumas. La sensibilidad romántica cala hondo en la
juventud porteña con ínfulas intelectuales porque alimenta su inconformismo y su
antihispanismo.
El Romanticismo significaba una ruptura contra la tradición clásica y
trascendiendo lo literario se complica en muchos seguidores europeos, y no
faltarán los rioplatenses que los imiten, con el radicalismo ideológico.
Los anima un espíritu de rebelión contra el orden, la síntesis y la
administración regulada del sentir, pensar y actuar. Se levantarán contra las
reglas y las imposiciones, tomarán partido por el progreso y harán propias las
ideas de cambio. Pero "progreso" y "cambio" mas retóricos que reales, más
declamatorios que efectivos, como corresponderá, sobretodo en el río de la
Plata, a la elite social que lo encarnará. Que expresará bellos conceptos sobre
el "pueblo" pero que despreciará a gauchos y orilleros.
No casualmente el clasicismo sería contemporáneo del absolutismo
prerrevolucionario mientras que lord Byron con su martirologio fue el símbolo
pionero de la comunión entre romanticismo literario y romanticismo político que
se expresaba en concepciones supranacionales, con categorías europeizantes que
Echeverría, Gutiérrez y los demás pretendían válidos para la Argentina.
Los grupos se organizan para leer, estudiar y analizar las nuevas doctrinas. En
1833 nace la "Asociación de Estudios Históricos y Sociales", que se disuelve dos
años más tarde tras la asunción de Rosas. En 1837 se crea el "Salón Literario",
del librero Marcos Sastre, que contiene en sus filas a universitarios, siendo
sus animadores Juan María Gutiérrez y Juan Bautista Alberdi.
En un principio mirarán con simpatía a ese gaucho de perfiles nítidamente
nacionales que lo aproximan a un héroe romántico. "por los rasgos paradójicos de
su espíritu y el subjetivismo que imprime a los actos de su gobierno; por la
contradicción de libertad y tiranía que comporta el populacho federal librado a
sus instintos; por su sentido de la naturaleza, prefiriendo convenientemente la
vida de la estancia y los oficios primarios a la riqueza industrial; por su
condición de hijo de la Pampa con linajuda e hidalga ascendencia hispana" (H.
Castagnino).
Y lo harán públicamente en la pluma de Alberdi:
"(...) El Sr. Rosas, considerado filosóficamente, no es un déspota que duerme
sobre bayonetas mercenarias. En un representante que descansa sobre la buena fe,
sobre el corazón del pueblo. Y por pueblo no entendemos aquí la clase pensadora,
la clase propietaria únicamente, sino también, la universalidad, la mayoría, la
multitud, la plebe".
Sin embargo el vínculo positivo no prosperará. El gobierno resolverá el cierre
del Salón en 1838 pues considera que sus miembros adscriben al unitarismo
liberal, ateo y extranjerizante. Autócrata y tradicionalista, don Juan Manuel no
puede tolerar que esta juventud reformadora -que además se identifica con
Francia, con la que la Argentina de entonces sostendrá dos conflictos armados
que pondrán en riesgo la soberanía nacional y su integridad
territorial-propaguen ideas contrarias a la Causa.
Lo mismo sucederá cuando el periódico "La Moda", expresión del grupo, no se
pronuncia a favor ni en contra del bloqueo, lo que los hará sospechosos de
"quintacolumnismo".
Echeverría se lamentará en 1850 de la "oportunidad perdida": "Hombre afortunado
como ninguno (Rosas) todo se le brindaba para acometer con éxito esa empresa. Su
popularidad era indisputable; la juventud, la clase pudiente y hasta sus
enemigos más acérrimos lo deseaban, lo esperaban, cuando empuñó la suma del
poder; y se habrían reconciliado con él y ayudándole, viendo en su mano una
bandera de fraternidad, de igualdad y de libertad.
"Así, Rosas hubiera puesto a su país en la senda del verdadero progreso: habría
sido venerado en él y fuera de él como el primer estadista de la América del
Sud, y habría igualmente paralizado sin sangre ni desastres, toda tentativa de
restauración unitaria. No lo hizo; fue un imbécil y un malvado. Ha preferido ser
el minotauro de su país, la ignominia de América y el escándalo del mundo".
Alberdi relata en su "Autobiografía" que la derrota del rosista Oribe por las
fuerzas del unitario Rivera en "El Palmar" provocó muestras de alborozo en el
baile que daban las linajudas señoritas Matheu, "una noche primaveral de 1838".
José M. Rosa ironizará que lo de "primaveral" era porque Alberdi vivía
espiritualmente en Francia, donde junio es primavera
El 23 de junio de 1838 Echeverría invita a sus congéneres a establecer una
entidad definitivamente política con la finalidad de actuar e influir en la vida
nacional: la "Asociación de la Joven Generación Argentina". "Mayo, progreso y
democracia, son el camino a emprender", proclaman. A sus ojos, Rosas representa
a "España, decadencia y tiranía".
No son esas ideas para ser pregonadas en el Buenos Aires del Restaurador.
Echeverría, Alberdi y Mitre, entre otros, continuarán la prédica de la
"Asociación" desde Montevideo, donde se publicará por primera vez el "Dogma
Socialista", texto liminar de la generación, y donde harán propaganda a favor de
la intervención extranjera y de la exacción territorial por sentirse "aliados
naturales de Francia o de cualquier otro pueblo que quisiese unirse a ellos para
combatir el despotismo bárbaro".
Para ellos la patria era Mayo y Mayo era la Revolución Francesa. "Desde la
Revolución somos hijos de Francia" (Alberdi), quien llegará a proponer que el
francés sustituya al español como lengua argentina.
En el exilio tampoco serán bien mirados por los unitarios puros como Florencio
Varela o Andrés Lamas quienes los consideran idealistas utópicos, poco eficaces
para sus conspiraciones. Unos "románticos" en la acepción descalificatoria.
Capítulo 28 De rubia chala vestida
Durante la ausencia de su jefe, empeñado en la Campaña del Desierto, los
"apostólicos" (rosistas puros) no estuvieron inactivos. Y doña Encarnación
tampoco. Se dirá que de no haber sido por ella su esposo no hubiese accedido a
su segunda y definitiva gobernación.
"Tuvieron muy buen efecto los balazos que hice hacer el 29 del mes pasado
-escribe a su esposo en abril de 1834, refiriéndose a los atentados contra los
generales Tomás de Iriarte y Félix de Olazábal—, como te lo anticipé en la mía
del 28, pues a eso se ha debido que se vaya a su tierra el facineroso canónigo
Vidal".
Doña Encarnación Ezcurra de Rosas fue una mujer de carácter. Estando don Juan
Manuel lejos de Buenos Aires ella le informa: "Las masas están cada vez más
dispuestas y lo estarían mejor si tu círculo no fuera tan callado, pues hay
quien tiene miedo. ¡Qué vergüenza!". Ella exige a los rosistas su misma fanática
lealtad: "Pero yo les hago frente a todos y lo mismo me peleo con los cismáticos
(federales no rosistas) que con los apostólicos (... ) Aquí en mi casa sólo
pisan los decididos"...
Las elecciones se avecinan: "No las hemos de perder, pues en caso de debilidad
de los nuestros en alguna parroquia, armaremos bochinches y se los llevará el
diablo a los cismáticos. Lo mismo me peleo con los apostólicos débiles, pues los
que me gustan son los de hacha y tiza" (Carta del 13 de abril de 1834).
Tampoco se salvan los parientes: "A tu hermano Prudencio le ha entrado una
defensa particular por Viamonte, como si fuera su mejor amigo (...). ¡Cuánto me
alegraría que le echaras una raspa!". Prudencio Rosas sería años más tarde uno
más de los expatriados en Montevideo. En otra correspondencia le adjunta
ejemplares de "El Defensor" y "El Látigo", publicaciones opositoras: "Verás cómo
anda la reputación de tu mujer y la de tus mejores amigos. A mí nada me
intimida, yo me sabré hacer superior a estos malvados y ellos pagarán caros sus
crímenes (...) Todo esto se lo lleva el diablo. Ya no hay paciencia para sufrir
a estos malvados y estamos esperando cuando se maten a puñaladas los hombres por
la calle".
C. Ibarguren testimoniará: "Su casa parecía un comité de arrabal, negros y
mulatos, gauchos y orilleros, matones de avería, entraban y salían mezclados con
militares y señores de casaca, a quienes se los señalaba como "federales de
categoría". En los amplios patios la clientela plebeya, que aguardaba su turno,
recibía órdenes y se desparramaba por la ciudad".
Doña Encarnación, a quien sus enemigos ridiculizaban apodándola "la mulata
Toribia" por su fealdad, fue la creadora de la temible "Mazorca" que la historia
oficial identifica como un grupo parapolicial que practicaba el terrorismo de
Estado. Su objetivo sería el de acabar, por muerte o por intimidación, con la
oposición a su esposo.
Siempre se aceptó que sus integrantes eran fascinerosos y delincuentes de baja
extracción social. Sin embargo entre sus miembros también se contaron Martín de
Iraola, Francisco Sáenz valiente, Roque Sáenz Peña, Andrés Seguí, Fernando
García del Molino, Saturnino Unzué, Juan R. Oromí y otros de la clase
"distinguida".
Máximo Terrero escribirá que la Mazorca "nació a la caída del gobierno de don
Juan Ramón Balcarce y se compuso de elementos de opinión en que figuraban
jóvenes exaltados a la vez que hombres serios de importancia política y social".
Quedaba así confirmada la vigorosa alianza social que sostendría la dictadura
rosista: el estanciero + el gaucho.
En cuanto al nombre algunos, magnánima o ingenuamente, suponen que representaba
de manera simbólica al campo argentino. Otros, más sofisticados, suponen un
lúgubre juego de palabras: "más - horca".
Sin embargo, su verdadera razón era que una de las torturas preferidas por los
"mazorqueros" era introducir un choclo en el ano de sus víctimas.
"Aqueste marlo que miras
de rubia chala vestida
en las entrañas se ha hundido
de la unitaria facción".
(Rivera Indarte, en su época rosista).
"El azote se aplicaba hasta dejar los hombres inutilizados por muchos días; las
calas consistían en unas velas de sebo de muy buen tamaño, que les introducían
por el ano; las jeringas eran la aplicación de unas lavativas de ají, pimientas
y otras materias irritantes; ignoro si se hizo uso del fuelle, más no sería
extraño" (José M. Paz, "Memorias").
Entre lo novedoso que el rosismo aportó a la política argentina fue el
aprovechamiento de la cultura popular con fines propagandísticos. Eran
frecuentes los bandos verseados que también servían para ser cantados o payados
en las tenidas populares. Una de sus víctimas fue Juan José Viamonte quien no
mostraba la docilidad que doña Encarnación y sus "apostólicos" y mazorqueros
deseaban:
"¡Oh, señor gobernador!
¿Pues qué piensa Vuestra Excelencia
que hemos de tener paciencia
para sufrir a un traidor?
No por cierto, no señor,
y así debe de advertir
que ya no hemos de sufrir
que mande un pícaro y un tonto.
O renuncia pronto, pronto,
O prepárese a morir".
La acción de los "apostólicos" se dirigía no sólo contra los unitarios sino
también contra los "lomos negros" (rosistas moderados, no orgánicos). El
distanciamiento entre dichas facciones se deberá a que éstos, mayoritariamente
de la clase alta, comienzan a vislumbrar el germen de preocupante transformación
social que hay en la base popular del rosismo.
Capítulo 29 Las yermas y vastas pampas
"¡Soldados de la patria! Hace doce meses que perdisteis de vista vuestros
hogares para internaros por las yermas y vastas pampas del Sur. Habéis operado
activamente sin cesar, todo el invierno, y terminado los trabajos de la campaña
en un año como os lo anuncié al tiempo de nuestra primera marcha.
"Vuestras lanzas han despoblado de fieras el desierto, han castigado los
crímenes y vengado los agravios de dos siglos. Las bellas regiones que se
extienden hasta la cordillera de Los Andes y las costas que se desenvuelven
hasta el afamado Magallanes quedan abiertas para nuestros hijos. Habéis excedido
las esperanzas de la Patria, pero, entre tanto, ella ha estado envuelta en
desgracias por la furia sañosa de la anarquía.
"¡Cuál sería hoy vuestro dolor si cuando divisáis ya en el horizonte los árboles
queridos que marcan el asilo doméstico, alcanzaseis a ver las funestas humaredas
de la guerra fratricida! (...) Compañeros: juro aquí, delante del Eterno, que
grabaremos siempre en nuestros pechos la lección que se ha dignado darnos,
tantas veces, de que sólo la sumisión perfecta a las leyes y la subordinación
respetuosa a las autoridades que por El nos gobiernan, pueden asegurarnos la
paz, libertad y justicia a nuestra tierra.
"Compatriotas: os gloriáis con el título de Restauradores de las Leyes; aceptad
el honroso empeño de ser firmes columnas y constantes defensores" (Proclama de
don Juan Manuel de Rosas al licenciar el Ejército Expedicionario al Desierto,
marzo de 1834).
Capitulo 30 El verdadero estado de la tierra
La inestabilidad política que sobrevino durante los débiles y breves gobiernos
de Balcarce y, otra vez, de Viamonte, fomentada por los activos "apostólicos"
(rosistas orgánicos) apoyados por el violento rosismo de campesinos y orilleros,
hicieron que don Juan Manuel volviera a ser convocado para imponer el orden que
permitiera el desarrollo de los negocios de comerciantes y hacendados, aunque
hubo oposición a investirlo otra vez "con la suma del poder público", es decir
las facultades ejecutivas, legislativas y judiciales concentradas en su persona.
Para obtener tal prerrogativa que él consideraba esencial para que no le
sucediese lo mismo que a sus fracasados antecesores, se negó cuatro veces y
hasta renunció a la comandancia de Milicias.
El argumento que puso fin a las discusiones sobre si debía o no concedérsele el
poder absoluto para su segunda gobernación se derrumbó cuando llegaron las
noticias del asesinato de Facundo Quiroga.
Como todos los días, el 3 de marzo de 1835, Rosas destinaba parte de la mañana a
dictar notas y comunicaciones referentes a hechos cotidianos. Incansable, se
ocupaba de todos los aspectos de sus estancias como también lo hará durante su
gobierno, aun de los más mínimos.
"Mi querido don Juan José", escribía. Era uno de sus mayordomos. "Esta sólo
tiene por objetivo prevenirle que a Pascual me le entregue veinte bueyes
aparentes y como para las carretas. Deseo que le haya ido bien en su viaje".
Allí se interrumpió porque en ese instante le transmitieron la noticia. Con la
letra cambiada por su alteración anímica, seguiría:
"El general Quiroga fue degollado en su tránsito de regreso para ésta el 16 del
pasado último febrero, 18 leguas antes de llegar a Córdoba. Esta misma suerte
corrió el coronel José Santos Ortiz y toda la comitiva en número de 126,
escapando sólo el correo que venía y un ordenanza, que fugaron entre la espesura
del monte.
"¡Qué tal! ¿He conocido o no el verdadero estado de la tierra? Pero ni esto ha
de ser bastante para los hombres de las luces y los principios. ¡Miserables! ¡Y
yo, insensato, que me metí con semejantes botarates!". Entonces, la ira: "Ya lo
verán ahora. El sacudimiento será espantoso y la sangre argentina correrá en
porciones".
Antes le había enviado una carta, que se conocerá como "de la hacienda de
Figueroa", que un chasqui le alcanzó al riojano en pleno viaje con reflexiones
sobre la organización política y sus reparos al dictado de una constitución:
"Usted y yo deferimos a que los pueblos se ocupasen de sus constituciones
particulares para que después de promulgadas entrásemos a trabajar los cimientos
de la Gran Carta nacional" Los unitarios fracasaron en ello por dictar una
constitución sin tener en cuenta ni el estado ni la opinión de las provincias:
"Las atribuciones que la
Constitución asigne al gobierno general deben dejar a salvo la soberanía e
independencia de los estados federales". A continuación Rosas hará mención a la
discordia introducida por los unitarios en todos los rincones de la Patria:
"Después de todo eso ¿habrá quien crea que el remedio es precipitar la
constitución del Estado? ¿Quién duda que ésta debe ser el resultado feliz de
todos los medios proporcionados a su ejecución? ¿Quién aspira a un término
marchando en contraria dirección? ¿Quién para formar un todo ordenado y
compacto, no arregla y solicita primeramente, bajo una forma regular y
permanente las partes que deben componerlos?".
La historia oficial, abierta o encubiertamente, adjudica la muerte del "Tigre de
los llanos" al Restaurador. Los argumentos más fuertes son:
1) Rosas es el gran beneficiado por el asesinato, no sólo porque queda afuera un
serio competidor por la jefatura del campo federal sino también porque Facundo
comenzaba a ser visto como el probable eje de una concertación nacional entre
unitarios y "lomos negros" que desembocaría en la sanción de una constitución,
algo a lo que el Restaurador se oponía encarnizadamente.
2) Pocos instantes antes de morir, ya en el cadalso, el confeso asesino Santos
Pérez gritará: "¡Rosas es el asesino de Quiroga!".
3) Si bien hubo juicio, en el que también fueron ajusticiados los hermanos
Reinafé, contratantes de Santos Pérez, fue sumario y no se dio a los acusados
posibilidades de defensa. Sin embargo el doctor Marcelo Gamboa lo intenta.
Impugna el juicio por la falta de una Constitución escrita y cuestiona a Rosas
por considerar que ha prejuzgado la culpabilidad de sus defendidos en las
comunicaciones cursadas a las provincias.
No es ese lenguaje para dirigirse a alguien que detentaría "la suma del poder
público". Don Juan Manuel se irrita: "Solo un atrevido, insolente, pícaro,
impío, logista y unitario" ha podido presentarle, bajo la apariencia de ejercer
el derecho de defensa, un pedido de publicar "un escrito de propaganda
política". Lo condenaba a corregir "uno a uno, todos los renglones de su
atrevida representación", no salir a más distancia de veinte cuadras de la plaza
de la Victoria, no ejercer su profesión de abogado y "no cargar la divisa
federal, no ponerse ni usar en público los colores federales". Si no cumpliese,
sería "paseado por las calles de Buenos Aires en un burro celeste", o fusilado
si tratase de escapar.
Los argumentos en contra se basan en que para muchos el principal sospechoso es
el gobernador de Santa Fe, Estanislao López. Su relación con el difunto ha sido
muy mala, entre otros motivos porque Rosas, sibilinamente, se ha ocupado de
sembrar sistemática cizaña entre ellos para impedir una eventual alianza que
pudiese dejarlo en situación de debilidad.
Quiroga tenía un motivo fundamental para odiar a López: Lamadrid se había
apoderado en La Rioja del caballo de Facundo, el famoso "Moro" al que su dueño
le adjudicaba poderes sobrenaturales. Una representación luciferina a la que
consultaba y cuyos consejos seguía al pie de la letra.
Luego de la batalla de "El Tío", el tan mentado equino cae en manos de López.
Cuando Quiroga se lo reclama, don Estanislao se niega a devolvérselo. El general
Paz, en sus "Memorias", se ocupa de la importancia que el "Moro" tenía para su
dueño. Recuerda una sobremesa de oficiales en la que todos se mofaban del
caballo "confidente, consejero y adivino del general Quiroga". Picado, un
antiguo oficial de éste cuenta:
"Señores, digan ustedes lo que quieran, rían cuanto se les antoje, pero lo que
yo puedo asegurar es que el caballo moro se indispuso terriblemente con su amo
el día de la acción de "La Tablada" porque no siguió el consejo que le dio de
evitar la batalla ese día. Soy testigo ocular de que habiendo querido el general
montarlo no permitió que lo enfrenase por más esfuerzos que se hicieron, siendo
yo uno de los que procurara hacerlo, y todo para manifestar su irritación por el
desprecio que el general hizo de sus avisos".
A pedido de Facundo, Rosas interviene sin éxito ante el caudillo santafesino
para resolver el pleito. "Puedo asegurarles compañeros que dobles mejores se
compran a cuatro pesos donde quiera", responde López provocativamente, "no puede
ser el decantado caballo del general Quiroga porque éste es infame en todas sus
partes". Pero no lo devolvió.
Siguiendo instrucciones del Restaurador, Tomás de Anchorena escribe al
exasperado caudillo riojano rogándole que no haga del tema del caballo un asunto
de Estado que podría perturbar la marcha de la República y le ofrece una
indemnización económica.
En la respuesta de Quiroga del 12 de enero de 1832 se evidencia su furor: "Estoy
seguro de que pasarán muchos siglos de años para que salga en la República otro
caballo igual, y también le protesto a usted de buena fe que no soy capaz de
recibir en cambio de ese caballo el valor que contiene la República Argentina
(... ) Me hallo disgustado más allá de lo posible". El santafesino nunca
devolvió el "Moro".
En su "Facundo" Sarmiento pone en boca del enfurecido "Tigre de los Llanos":
"¡Gaucho ladrón de vacas!, ¡caro te va a costar el placer de montar en bueno!".
Lo cierto fue que en Santa Fe fue universal el regocijo por lo de "Barranca
Yaco" y poco faltó para que se celebrase públicamente: Quiroga era el hombre a
quien más temía López, y de quien sabía que era enemigo declarado. Caben pocas
dudas de que tuvo conocimiento anticipado, y acaso participación en su muerte.
Sus relaciones con los Reinafé eran íntimas. Francisco Reinafé lo había visitado
un mes antes, habitado en su misma casa y empleado "muchos días en conferencias
misteriosas", según José M. Paz...
Nunca se esclarecerá un hecho de tanta trascendencia histórica, pero es
funcional para la demonización del Restaurador que la culpa recaiga sobre él.
Acusación que no compartirían el hijo de Quiroga, jefe de los voluntarios en la
batalla de Obligado, donde le cupo destacada actuación, y tampoco la esposa del
"Tigre de los llanos" quien dirigirá una airada carta al gobernador riojano
Brizuela, quien fuese estrecho colaborador del difunto, cuando defecciona del
campo federal para pasarse al de los enemigos de don Juan Manuel.
Capitulo 31 La suma del poder público
La agitación en Buenos Aires a raíz de lo de "Barranca Yaco" es grande. La Sala
de Representantes, antes reticente, se apresura a sancionar: "Se deposita toda
la suma de poder público de esta Provincia en la persona del Brigadier General
D. Juan Manuel de Rosas, sin más restricciones que las siguientes:
1. Que deberá conservar, defender y proteger la religión Católica Apostólica
Romana.
2. Qué deberá defender y sostener la causa nacional de la Federación que han
proclamado todos los pueblos de la República.
3. El ejercicio de este poder extraordinario durará todo el tiempo que a juicio
del Gobernador electo fuese necesario".
Antes de aceptar, en una actitud ejemplarmente democrática, don Juan Manuel
solicitó la realización de un plebiscito para conocer si contaba con el apoyo de
la gente. El mismo se llevó a cabo del 26 al 28 de marzo de 1835. En un hecho
excepcional se convocó a votar por "sí" o por "no" a "todos los ciudadanos
habitantes de la ciudad, todo hombre libre, natural del país o avecindado en él,
desde la edad de 20 años o antes si fuese emancipado".
El resultado fue 9.316 sufragios a favor de la proclamación de Rosas con poderes
ilimitados y solo 4 en contra. Con un padrón de 20.000 ciudadanos aptos para
votar aunque desacostumbrados a hacerlo el resultado fue que el 50% se pronunció
en apoyo del Restaurador en forma prácticamente unánime.
La ley de las plenas facultades para Rosas fue sancionada el 1° de abril y el
nuevo gobernador juró el 4 en la Sala de Representantes, adonde se presentó
acompañado de los generales Mansilla y Pinedo en un carro arrastrado por la
"chusma" enfervorizada. Los festejos en las mansiones de la clase adinerada y en
las barracas de los barrios populares continuaron durante varios días.
Ya no bastaría la simple adhesión, de allí en más la adhesión debía ser total.
Para ello le habían rogado una y mil veces que volviera al gobierno. Sólo en el
confiaban, en su honestidad, en su patriotismo, en su popularidad. También en su
crueldad, indispensable para imponer el orden en una sociedad desquiciada. A
nadie debió sorprender su dureza en el poder, su inflexibilidad, su
desconfianza, su odio hacia los extranjerizantes y volterianos, su enemistad con
los masones y librepensadores.
Don Juan Manuel podría decirnos: "No fui yo quién decidió ser un dictador.
Fueron todos los demás los que me lo exigieron. Es absurdo que después se me
reprochase, con hipócrita indignación, haber cumplido rigurosamente con lo que
se me pidió".
Capítulo 32 El mejor remedio
"Mi querido compañero, Señor Don Juan Facundo Quiroga (...) Un griego que tiene
fonda en San Isidro, muy hombre de bien me ha referido que siendo él joven
cuando Napoleón fue al Egipto, su padre fue salvado con este remedio.
"Tomó una porción de ajos, los peló y colocó sobre un pedazo de lienzo de camisa
de hilo usada; enseguida pulverizó aquellos ajos con polvos de mercurio dulce en
una dosis como de dos narigadas de rapé, y doblando el lienzo lo cosió en forma
de bolsa o saco cerrado por todos lados.
"Después tomó una olla de dos orejas en que cabrían como cinco o seis botellas
de agua y colocó en ella la bolsa pendiente por unos hilos de las dos orejas de
modo que estando dentro de la olla se mantuviese al aire como en una maroma.
"Acto continuo echó agua fría en la olla, pero cosa que la bolsa no tocase el
agua; la tapó con un plato y engrudó por las orillas para que quedase
herméticamente cerrada la olla; puso un peso sobre el plato para que no se
moviese, y colocó la olla así tapada y cerrada en fuego de carbón fuerte en
donde la tuvo hirviendo como hora y media, cuidando mucho de reponer y pegar el
engrudo donde se desprendía para que no saliere ningún vapor de la olla.
"Después de esta operación separó la olla del fuego y cuando había aflojado el
calor la destapó, sacó la bolsa, y cerrada y caliente cuanto podía sufrirse en
las manos, la exprimió sobre una fuente haciéndole echar una especie de aceite
que acomodó después en un frasco o botella. Con la brosa de los ajos exprimidos
le frotó los miembros enfermos para aprovechar el jugo o aceite que tenían,
dejando en ellos las brosas que se quedaban pegadas; y las envolvió después con
unos lienzos usados.
"Concluida la primera cura lo despidió entregándole el frasco del exprimido
aceite para que se diese con él a mano caliente dos frotaciones al día, una al
acostarse a la noche y otra al levantarse por la mañana, y le previno que cuanto
se acabase volviese por más. Observó exactamente la instrucción y a los tres
días ya movía los miembros que se le habían adormecido del todo, a los nueve
días caminó por sus pies sin muleta, y sanó del todo hasta el presente, sin
necesidad de repetir la confección del medicamento (...)"
La carta está fechada el 25 de febrero. El asesinato de Barranca Yaco impidió
que su destinatario se anoticiara del remedio para sus torturantes hemorroides
que le recomendaba Rosas.
Capítulo 33 El noble título de su libertador
Uno de los más importantes apoyos que tuvo don Juan Manuel fue el del Libertador
General San Martín, sobre todo en la acción exterior, contrarrestando la ominosa
campaña de descrédito del gobierno de la Confederación en que muchos argentinos
y extranjeros estaban empeñados.
La lectura de la fascinante correspondencia mantenida con su gran amigo Tomás
Guido, embajador de Rosas en Brasil, recopilada por Patricia Pasquali, permite
hallar inteligentes fundamentaciones de lo que fue y sigue siendo el rosismo.
Material que nuestra historia oficial elude con una manifiesta ausencia de rigor
científico y ético.
Así, cuando la Legislatura duda en entregar las facultades supremas a Rosas, San
Martín escribe el 1° de enero de 1834 sus reflexiones sobre libertad y
dictadura:
"Los hombres no viven de ilusiones sino de hechos. ¿Qué me importa que se me
repita hasta la saciedad que vivo en un país de Libertad, si por el contrario se
me oprime? ¡Libertad! désela Ud. a un niño de dos años para que se entretenga
por vía de diversión con un estuche de navajas de afeitar, y Ud. me contará los
resultados. ¡Libertad! para que un hombre de honor se vea atacado por una prensa
licenciosa, sin que haya leyes que lo protejan. ¡Libertad! para que si me dedico
a cualquier género de industria, venga una revolución que me destruya el trabajo
de muchos años y la esperanza de dejar un bocado de pan a mis hijos. ¡Libertad!
Para que se me cargue de contribuciones a fin de pagar los inmensos gastos
originados, porque a cuatro ambiciosos se les antoja, por vía de especulación,
hacer una revolución y quedar impunes. ¡Libertad! para que el dolo y la mala fe
encuentren una completa impunidad como lo comprueba lo general de las
quiebras... Maldita sea la tal libertad, ni será el hijo de mi madre el que vaya
a gozar de los beneficios que ella proporciona, hasta que no vea establecido un
gobierno que los demagogos llamen tirano, y me proteja contra los bienes que me
brinda la actual libertad. Tal vez dirá Ud. que esta carta está escrita de un
humor bien soldadesco. Usted tendrá razón, pero convenga Ud. que a los 53 años
no puede uno admitir de buena fe el que le quieran dar gato por liebre...
Dejemos este asunto y concluyo diciendo que el hombre que establezca el orden en
nuestra Patria, sean cuales sean los medios que para ello emplee, es el solo que
merecería el notable título de su libertador."
Capitulo 34 Las circunstancias extraordinarias
J. Irazusta niega la calificación de "tirano" para Rosas porque "la suma del
poder no corresponde a ninguna de las dos condiciones fundamentales que desde la
antigüedad clásica hasta las "Partidas" define a la tiranía: la usurpación o la
ilegitimidad del origen y el egoísmo en el ejercicio del poder".
El primer supuesto estaría salvado pues su primer período fue legitimado por la
Asamblea y el segundo por un plebiscito popular. Lo del egoísmo también pues
nadie, ni aún sus enemigos, puede negar que Rosas entró rico al gobierno y salió
pobre. "Un hombre honrado no puede ser un hombre perverso", argumentará I.
Fotheringham,
Los objetivos políticos y económicos que llevaría adelante son sencillos y
claros: orden administrativo, control del gasto, eficacia en la recaudación
impositiva, exaltación del partido gobernante, control de la oposición. Así
podrá satisfacer por igual los intereses de los hacendados y los de las clases
populares, sectores sobre los que apoya su peso político.
Una de sus primeras medidas fue "limpiar" la administración de unitarios,
sospechosos y tibios reemplazándolos por adeptos y personas de confianza.
Consideró necesaria "la depuración de todo lo que no sea conforme al voto
general de la República. Nada dudoso, nada equívoco, nada sospechoso debe haber
en la causa de la Federación" (Circular a los gobernadores federales, 20 de
abril de 1835). Su decisión de enfrentar una profunda transformación social,
económica y política requería contar con un instrumento administrativo que fuera
capaz de responder con lealtad a tales requerimientos.
No fue la única purga: el 5 de mayo dispuso el pase a retiro de ciento sesenta y
siete jefes y oficiales del ejército, entre los que se contaban los coroneles
Olazábal, Videla, Rojas y el marino Coe, yerno de Juan A. Balcarce; cuarenta y
ocho funcionarios de la administración, incluyendo a los camaristas Gregorio
Tagle, Pedro J. Agrelo y el diplomático Mariano Balcarce, reincorporado a pedido
de su suegro, el general San Martín; y seis miembros del clero, entre ellos
Julián Segundo de Agüero. Pero en una muestra de notable magnanimidad, como si
quisiera dejar claro que sus decisiones están dictadas por razones de estado y
no por arrebatos emocionales, jubila al padre de Lavalle con su sueldo íntegro,
circunstancia excepcional, y al hermano lo asciende designándolo en la
importante función de Tesorero de la Aduana.
Rosas, en uso de las facultades extraordinarias, y considerando "lo
indispensable que es la unión entre los pueblos de la República" ordenó la
suspensión del "Nuevo Tribuno" y de "El Cometa". La censura decreta que nadie
podía "establecer imprenta ni ser administrador de ella ni publicarse impreso
periódico alguno sin expreso previo permiso del gobierno, que deberá solicitarse
y expedirse por la escribanía mayor de gobierno". Durante todo su gobierno la
oposición no tendrá derecho a expresarse y sólo lo hará desde Montevideo por la
acción de los exiliados en periódicos de circulación clandestina en Buenos Aires
y en las provincias.
Desprecia a los intelectuales, en su inmensa mayoría unitarios o cismáticos, y
llega al reprochable extremo de que nadie podrá obtener su título universitario
sin la constancia "de haber sido y ser notoriamente adicto a la causa nacional
de la Federación". No le habían concedido la suma del poder público para andarse
con medias tintas...
Ya anciano, cargando sobre sus espaldas muchos años de exilio, don Juan Manuel
escribiría: "Durante el tiempo que presidí el gobierno de Buenos Aires,
encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina con la suma
del poder por la ley, goberné según mi conciencia. Soy el único responsable de
todos mis actos, de mis hechos buenos como malos, de mis errores y de mis
aciertos".
También se fusila a numerosos ciudadanos, en muchas provincias, generalmente
luego de juicios sumarísimos. Por ejemplo al coronel Rojas, al teniente coronel
Miranda y al sargento Gatica bajo la acusación, livianamente fundamentada, de
planear un atentado contra la vida del Restaurador.
Pero ¿acaso Moreno y Belgrano no han sido autores del despiadado "Plano de
Operaciones" en el que se ordenaba pasar por las armas a quienes estuviesen en
contra de Mayo? ¿Acaso Castelli y Monteagudo no fusilaron a Liniers y los otros
y pocas semanas más tarde a las autoridades civiles y militares de Potosí?
¿Acaso la patria no volvía estar en grave peligro, ya no amenazada por los godos
sino por "los que se han puesto en guerra abierta con la religión, la honestidad
y la buena fe"? ¿Quién que no sea un asqueroso unitario o un depravado cismático
puede temer que se proceda "con la misma decisión y desembozo que en la causa de
la Independencia, porque aquella es tan nacional como ésta", como escribirá a
Estanislao López?
Y luego una frase siempre enarbolada por los defensores de quien tuvo que
enfrentar siete guerras al frente de nuestra patria anarquizada, manteniéndola
invicta y sin pérdidas territoriales: "Las circunstancias durante los años de mi
administración fueron siempre extraordinarias, y no es justo que durante ellas
se me juzgue como en tiempos tranquilos y serenos".
Capítulo 35 Los primos ingratos
La conquista y distribución de tierras de pastoreo y cultivo durante los
gobiernos rosistas provocaron una significativa concentración de la riqueza.
Nicolás Anchorena, quien no respondería a los insistentes pedidos de ayuda
económica de Rosas durante su exilio de pobreza, en 1852 había acumulado 306
leguas cuadradas de campo fértil, es decir casi 800.000 hectáreas.
Don Juan Manuel, en cambio, llegó a tener 70 leguas cuadradas (175.000
hectáreas), compradas en su inmensa mayoría antes de llegar al gobierno y que
compartía con sus socios Terrero, Dorrego y otros, también con los Anchorena,
que le fueron confiscadas y jamás devueltas por los vencedores de Caseros. En su
testamento redactado en 1862, en su cláusula 24, reclamaría a sus ingratos
primos $ 78.544 en concepto de la administración de sus campos entre 1818 y
1830.
"Las vacas dirigen la política argentina. ¿Qué son Rosas, Quiroga y Urquiza?
Apacentadores de vacas, nada más" (D. F. Sarmiento, "Campaña en el Ejército
Grande").
Capítulo 36 La clase de muertos
Entre otros motivos la fama de terroristas será mayor en los federales porque su
base popular hizo que algunas de sus víctimas formaran parte de la clase
acomodada. En cambio los unitarios mataban gauchos.
No repercutirá igualmente en la capital y en sus periódicos la ejecución de un
Maza o una O'Gorman que el asesinato de centenares de humildes soldados después
del combate de "La Tablada" por orden del unitario Paz.
Pero no puede negarse una clara tendencia a la violencia y a la crueldad en el
Restaurador, cuajada en la dureza de su educación y en el peligro de su trabajo
como estanciero en la frontera con los indios.
Su primera represalia ensangrentada tuvo como víctima a Juan de Dios Montero,
chileno de gran predicamento entre la indiada. Casado con la hija de un cacique
boroga, había peleado con mérito en "Cancha Rayada" y ya en territorio argentino
se distinguió, a las órdenes de Estomba, en la defensa de Bahía Blanca atacada
por las huestes de los tristemente célebres hermanos Pincheira.
Se lo apresó acusado de conspirar para sublevar a la indiada en contra del
gobierno de Buenos Aires. Corren los últimos días de 1829 cuando Montero es
llevado en presencia de Rosas, quien luego de los saludos de práctica le entrega
un sobre lacrado que debe ser entregado a su hermano Prudencio, comandante de
las fuerzas acantonadas en Retiro.
El texto era breve y contundente: "Al recibir ésta, en el acto y sin pérdida de
un minuto, hará usted fusilar al portador que es el sargento mayor Montero".
Prudencio no vaciló en dar cumplimiento a la orden.
¿Por qué don Juan Manuel descargó en él tamaña responsabilidad? Sin duda para
poner a prueba su lealtad, de la que Encarnación había dudado durante las
acciones de los "apostólicos" durante su ausencia en el sur de la provincia,
aconsejándole "echar una raspa".
¿Cuál fue la justificación de una medida tan bárbara, que dio pretexto a los
federales "lomo negros" para diferenciarse de Rosas? Según E. Celesia se trató
de una venganza por la defección de Montero del bando federal. Sin embargo las
razones fueron de mayor peso, como lo explica el mismo Restaurador en carta a
Vicente González, el "Carancho del Monte", del 10 de agosto de 1831: "Montero no
fue fusilado sino por ser un famoso criminal., facineroso, con la calidad de ser
además muy capaz, con la ulterioridad de los tiempos, de enlutar la provincia, y
mucho más si yo moría". Nadie como él sabía el inmenso riesgo que significaba
una extendida sublevación india.
Capítulo 37 Los esclavos del Restaurador
Nunca se demostró que Rosas tuviese esclavos africanos en sus haciendas, como
divulgaran sus detractores que entonces y ahora se esfuerzan por caracterizarlo
como un depravado sangriento sin tener en cuenta los condicionantes personales,
políticos y socioeconómicos de su vida y de su gobierno.
Llama la atención que en este pecado hayan caído historiadores de fuste como
John Lynch que no han podido sustraerse al apasionamiento a favor o en contra
que siempre provoca don Juan Manuel, como si hiciese vibrar una cuerda muy
sensible del inconsciente colectivo, quizás relacionada con el conflicto
infantil y universal entre el orden que amenaza con la parálisis y la libertad
que asusta con el caos.
Rosas tenía muchos negros empleados en su administración pública y también en la
privada y los valorizaba muy especialmente. Los respetaba y una negra, Gregoria,
había sido distinguida, hecho excepcional en una sociedad pacata y
discriminadora, como madrina de uno de sus hijos legítimos, fallecido al poco
tiempo de nacer.
Tenían activa participación en los desfiles rosistas y respondían con prontitud
a sus llamadas, tanto para los festejos como para las guerras. El gobernador
regularmente asistía a sus "candombes" y no era infrecuente verlo bailar con
alguna negra.
Fomentó que se agruparan en sociedades características de reminiscencias
africanas como la "Nación Banguela" o la "Sociedad Conga", a las que proveía de
subsidios y de sedes. El general Iriarte, que no puede identificarse como
partidario, lo atestiguará en sus "Memorias":
"Los negros encontraron en el caudillo de la pampa una decidida protección: les
hizo concesiones y proporcionó fondos para que se estableciesen asociaciones con
la denominación de las respectivas tribus africanas a que debían su origen. Así
es que toda esa gente estaba alzada y más entonada que nunca; sabido es cuánto
lisonjea a los negros las farsas y representaciones de sus extravagantes
costumbres, usos, bailes y alusiones a su país natal".
Las tropas regulares contaban con muchos negros y mulatos pues el alistamiento
era una de las formas de ganar la libertad. No era infrecuente que el gobierno
obligase a sus amos a desprenderse de ellos para engrosar el regimiento de
negros libertos "Defensores de Buenos Aires" o el batallón de infantería "Los
libertos de Buenos Aires". Más tarde Rosas, que manifestaba un elevado concepto
de sus virtudes en el combate cuerpo a cuerpo, constituyó un cuerpo de negros
elegidos, el "Cuarto Batallón de Milicia Activa".
No pocos de estos soldados provenían del esclavista Brasil ya que en cuanto
cruzaban la frontera eran considerados formalmente libres y era frecuente que
tomasen las armas pues así se aseguraban una paga y protección. Esta situación
fue uno de los factores de las conflictivas relaciones de la Argentina rosista
con el país vecino.
La lealtad de los mulatos que desfilaban en Carnaval gritando "vivas" al
Restaurador y no ahorraban "mueras" a los unitarios llegó al extremo de que los
sirvientes de las casas conformaron una temible red de delación de las
conspiraciones antirrosistas o del federalismo tibio de sus amos, lo que
inevitablemente se transformó en algunos casos en venganzas por maltratos
inferidos en épocas en las que la crueldad de los patrones gozaba de la más
absoluta impunidad.
Capítulo 38 El líder necesario
En 1921 Sigmund Freud escribe uno de sus textos fundamentales, "Psicología de
las masas y análisis del yo", en la que describe una instancia psíquica a la que
bautiza como "ideal del yo" que permite explicar la fascinación amorosa, la
dependencia ante el hipnotizador y la sumisión al líder. En todos estos casos
alguien es colocado por el sujeto en el lugar de su "ideal del yo", en él se
proyecta el perdido narcisismo de su primera infancia.
En el caso del liderazgo, como fue el caso de Rosas, son muchas las personas que
lo colocaron en el lugar de su "ideal del yo", invistiéndolo de aspectos
idealizados que los reaseguraban de que gracias a él sus propias angustias se
resolverían. Además a consecuencia de compartir tal expectativa los miembros de
un grupo se identifican entre sí sintiéndose parte de un todo, la masa, lo que
da aún más consistencia a la asociación.
¿Cuál fue el origen del liderazgo rosista, que es lo que llevó a tantos a
idealizarlo? Los historiadores coinciden en que existía en la sociedad un
hartazgo de tanta anarquía. Pero ésta no es más que una abstracción si no se
comprende que lo que asustaba era la violencia y la anomia que provocaba.
La seguridad personal había desparecido pues se podía ser víctima, sin mayores
motivos, de uno u otro bando. Tampoco se respetaba la propiedad privada ya que
los bienes eran confiscados sin mayor trámite y sin mayor justificación que la
financiación de la guerra o las apetencias personales de quienes disponían del
poder de las armas. Eran frecuentes los asaltos, las requisas, los saqueos y
toda forma de violación de la privacidad personal.
Por último nadie era dueño de su destino pues las levas forzadas hacían que se
pasase de ser agricultor a encontrase alistado en un ejército que a lo mejor
combatía contra sus propias ideas.
¿Por qué fue Rosas el elegido? Los sectores populares porque lo respetaban,
porque a su vez conocían el respeto del Restaurador por ellos, porque lo
consideraban uno de los suyos, porque era valiente y honesto y porque cumplía
con los acuerdos.
Un importante sector de la clase pudiente confió en él porque don Juan Manuel
era, por nacimiento, de los suyos, y porque valoraban su capacidad de contener y
aplacar a los sectores populares evitando así una sublevación generalizada. Esto
es manifiesto en las expresiones del cacique "Catriel": "Nuestro hermano Juan
Manuel indio rubio y gigante y que jineteaba y boleaba como los indios y se
loncoteaba con los indios y que nos regaló vacas y yeguas y caña y prendas de
plata, mientras él fue Cacique General nunca los indios malones invadimos por la
amistad que teníamos por Juan Manuel. Y cuando los cristianos lo echaron y lo
desterraron invadimos todos juntos" (Julio A. Costa).
En 1829, al iniciar su primer período, se ofrece como un "ideal del yo"
protector, y como "un padre que cuida": "Aquí estoy para sostener vuestros
derechos, para proveer a vuestras necesidades, para velar por vuestra
tranquilidad. Una autoridad paternal, que erigida por la ley, gobierne de
acuerdo con la voluntad del pueblo, éste ha sido ciudadanos el objeto de
vuestros fervorosos votos. Ya tenéis constituida esa autoridad y ha recaído en
mí".
En "El yo y el ello", publicado años más tarde, Freud habla por primera vez del
"super yo" el que no es fácil diferenciar del ideal y cuya función es la de
censurar al yo. Es así que el líder amado "por lo que permite" puede
transformarse fácilmente en odiado "por lo que prohíbe", ya que en ambos casos
se trata de un sometimiento del yo, en aquel caso por amor y en éste por miedo.
Se puede así pasar de ser, para muchos, el admirable Restaurador de las Leyes a
ser el tiránico violador de las mismas.
"La sociedad se encontraba disuelta enteramente, perdido el influjo de los
hombres que en todo el país son destinados a dar la dirección; el espíritu de
insubordinación había cundido y echado multiplicadas raíces, cada uno conocía su
impotencia y la de los otros, y no se resignaba ni a mandar ni a obedecer.
"(...) Efectivamente había llegado aquel tiempo fatal en que se hace necesario
el influjo personal sobre las masas, para restablecer el orden, las garantías y
las mismas leyes desobedecidas; y cualquiera que fuese el que tenía respecto a
ellas el Gobernador actual (Viamonte), fue muy grande su conflicto porque
conoció la falta absoluta de medios de gobierno para reorganizar la sociedad"
(Juan M. De Rosas en "Mensaje a los gobernadores", 31 de diciembre de 1835).
El se sintió llamado, quizás sin alegría, a protagonizar "ese tiempo fatal" y lo
hizo con la pasión y la convicción con que siempre abordó las contingencias de
su vida.
Al asumir por segunda vez el 13 de abril deja claras sus intenciones:
"Persigamos de muerte al impío, al sacrílego, al ladrón, al homicida y sobre
todo al pérfido o traidor que tenga la osadía de burlarse de nuestra fe. Que de
estas razas de monstruos no quede uno entre nosotros y que su persecución sea
tan tenaz y despiadada como la vorágine. El Todopoderoso dirigirá nuestros
pasos".
Ya no era el conciliador de la primera vez.
Capítulo 39 La enajenación territorial
Avanzado el siglo XIX las potencias se habían lanzado al mundo con el objetivo
de cumplir con sus ambiciones imperiales. Así fue que se echaron como fieras
salvajes sobre África, Asia y América.
Sus propósitos eran colonizar pero también dividir esas naciones para que se
debilitasen y no tuvieran posibilidades de autonomía y competencia.
Dicho plan se cumplió plenamente. Tanto fue así que en 1820 la América que había
sido española se dividía en seis regiones: México, Centroamérica, Colombia,
Perú, el Río de la Pata y Chile. Luego fueron subdividiéndose en más de veinte
frágiles repúblicas:
a) La Gran Colombia se desmembró en Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá.
b) El Río de la Plata en Argentina, Paraguay, Bolivia y Uruguay.
c) Centroamérica en cinco: Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa
Rica.
d) Además Perú, Chile, México, Santo Domingo, Cuba, Puerto Rico y las tres
Guayanas originarias
Nuestro territorio, el de las originarias Provincias Unidas del Río de la Plata,
sufrió en primera instancia el desgajamiento del Paraguay como consecuencia de
la política expansionista del Brasil, que no sólo mantuvo su enorme territorio
sino que lo amplió, principalmente por el hecho de que por muchos años la Corona
portuguesa residió en su colonia americana, la que, de esa manera, funcionó como
metrópoli imperial. Cabe destacar que Rosas nunca reconoció su independencia, lo
que sí se acordó luego de Caseros como precio de la participación paraguaya en
el ejército vencedor.
También se perdería el Alto Perú, hoy Bolivia, pues al negarse los unitarios a
prestar ayuda a la campaña de San Martín en el Perú debió ceder el protagonismo
a Bolívar y fue su subalterno, el mariscal Sucre, quien ocupó tales tierras
forzando su independencia.
En cuanto al Uruguay en una reprobable decisión de Rivadavia y su ministro
García ceden a las presiones inglesas y aceptan que Brasil incorpore "su
provincia Cisplatina", como la llamaban en Río de Janeiro. Finalmente, y gracias
al coraje de Dorrego, por lo menos se logrará que la Banda Oriental sea
independiente, pero no pudiendo evitar que el Río de la Plata se transformase en
un río de navegación libre por no ser interior.
Juan Manuel tuvo un hondo sentido nacional cuando éste aún era raro entre sus
coterráneos, sobre todo en porteñas y porteños que se habían empeñado en la
revolución de Mayo con su interés y su esperanza vuelta hacia el exterior. El
Restaurador concibió al estado también como una expresión de lo territorial y
por ello fusionó éste con el concepto de soberanía.
Es hora ya de reconocerle que fue gracias a sus esfuerzos que nuestra patria no
sufrió otras fragmentaciones como las que propugnaban sus adversarios, los que
argumentaban, como lo hiciese Salvador del Carril, que "era conveniente el
achicamiento de nuestro territorio para explotarlo mejor con las posibilidades
que tenemos".
El enajenamiento del territorio nacional que buscaron las grandes potencias en
los países periféricos se realizó, siempre, con la complicidad de aliados
internos que creían de buena fe que de esa manera accedían al progreso y ganaban
un lugar entre las naciones civilizadas quienes los premiarían por el
sacrificio.
Es el mismo criterio de hoy en que compatriotas que ocupan lugares de
responsabilidad doblan su testuz ante los organismos financieros y las grandes
potencias, aceptando endeudarnos y transfiriendo nuestras empresas públicas y
privadas, en la convicción de que "haciendo buena letra" nos irá mejor. A
quienes les va mejor, es claro, es a los negociadores que son premiados con
comisiones y funciones de relevancia.
Como veremos en el capítulo 76, Sarmiento, en su rabioso antirrosismo hizo todo
lo que estuvo a su alcance para que Chile, cuya nacionalidad había asumido, se
apoderase de la Patagonia. La decidida acción del gobierno rosista a través de
su canciller Felipe Arana hizo que sólo asentaran sus reales en el estrecho de
Magallanes.
También la Comisión Argentina con sede en Chile, presidida por Gregorio de Las
Heras, héroe de la Independencia, avaló el reclamo chileno por las provincias de
Cuyo.
En el capitulo 89 nos hemos ocuparemos de las antipatrióticas maniobras de
Florencio Varela antes y de José María Paz luego para independizar las
provincias del litoral ("República de la Mesopotamia") con la complicidad
de potencias extranjeras que de esa manera se garantizaban la libre navegación
de importantes ríos interiores que se deslizaban entre países débiles y
fácilmente dominables.
La invasión de la Confederación Peruano-Boliviana con el propósito de anexar las
provincias de Salta y Jujuy contó con el guiño de los gobernadores unitarios,
como lo hemos expresado en el capítulo 42.
Solo el triunfo de Caseros permitió a los enemigos de Rosas, y como pago
convenido por su participación en el Ejército Grande, la entrega al Brasil del
rico e histórico territorio de las Misiones Orientales.
Capítulo 40 Los pueblos hidrópicos de cólera
El Restaurador tenía un talento natural para la propaganda. Unos pocos y
sencillos slogans expresaban la ideología de la Causa y eran implacablemente
inculcados al público. Puede ser considerado el pionero de la propaganda
política y ésta tenía por objetivo promover la unión de la población bajo la
bandera de la Federación en contra de un enemigo temible y deshumanizado, los
"salvajes unitarios", los que también eran apostrofados de "inmundos",
"asquerosos" ,etc.
Un decreto de 22 de mayo de 1835 reforzó otro del 3 de noviembre de 1832 por el
que se ordenaba que todas las notas oficiales debían empezar con el
encabezamiento "¡Viva la Federación!" y emplear el sistema federal de fechado.
Así un documento de 1835 debía consignar, además del día, del mes y del año,
"Año 26 de la Libertad, 20 de la Independencia y 6 de la Confederación
Argentina".
Aunque el decreto se refería solamente a los documentos oficiales también, por
obsecuencia o por temor, usaron el lema y las fechas los periódicos y fue
también de uso habitual en las cartas privadas.
Otro decreto del 27 de mayo de aquel año revivió el del 11 de marzo de 1831
según el cual debía usarse el distintivo colorado punzó como "señal de fidelidad
a la causa del orden, de la tranquilidad y del bienestar de los hijos de esta
tierra bajo el sistema federal, y un testimonio y confesión pública del triunfo
de esta Sagrada Causa en toda la extensión de la República, y un signo de
confraternidad entre los argentinos".
Según E. Rosasco el rojo punzó del federalismo fue el color predilecto del
Restaurador porque de ese color era el uniforme de los "Migueletes", cuerpo en
el que, adolescente, se había batido durante la Invasión inglesa.
"Entre las diez y once del día arribamos a dicho puerto (Montevideo), y me causó
una impresión indescriptible el ver muchas señoras que parecían se habían
convenido en traer vestidos celestes. Como en Buenos Aires era un color
proscrito, que podía llevar al insulto y hasta la muerte al que se hubiese
atrevido a vestirlo, nuestra vista, acostumbrada sólo al punzó, no pudo precaver
de una sorpresa principalmente en aquellos momentos en que ni aun podíamos
darnos cuenta de la multitud de sensaciones que experimentábamos.
"Apenas nos habíamos separado diez leguas de Buenos Aires y parecíamos hallarnos
transportados a otra región remota. Que digan los que han salido en esos tiempos
de Buenos Aires, donde se hablaba en secreto, donde tenía uno que prevenirse de
sus domésticos hasta para conversar cosas indiferentes; donde era un gran delito
usar ése o el otro color; llevar el pelo y la barba de ésta o la otra manera;
donde podía tomarse una terrible cuenta de una sonrisa, de una mirada o un
gesto; que digan lo que sentían cuanto pisaban las playas de la opuesta ribera
del Plata" (J.B. Alberdi).
Hasta había una fisonomía federal. El rostro de un verdadero rosista estaba
adornado con un exuberante bigote y largas patillas, que daban un aspecto de
fiereza y servían para identificar a los compañeros de Causa.
Los informes de la policía podrían condenar a un hombre por su aspecto: "No usa
bigote, es unitario salvaje". En los desfiles federales, aquellos que no tenían
el tipo físico correcto se apresuraban a ponerse bigotes postizos. Toda la
población estaba presionada para integrar las filas federales, fuera de las
cuales sólo había unos pocos excéntricos disidentes.
El rojo era el color, y todo era rojo. Los soldados usaban chiripás rojos,
gorras y chaquetillas también rojas y sus caballos estaban engalanados en rojo.
Los civiles también adoptaron lo que parecía un uniforme reglamentario: chalecos
rojos, cintas rojas en los sombreros y divisas de seda roja en el ojal con la
inscripción "¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los Salvajes Unitarios!".
Las mujeres debían adornar sus cabellos con cintas rojas. Los niños iban a la
escuela con uniformes federales. Los frentes de las casas y sus puertas estaban
también pintados de rojo y en el interior, los muebles y decoraciones eran
rojos. A tanto se llegó que el viajero español Benito Hortelano cuenta que en
las funciones teatrales, antes de comenzar la función, los artistas trajeados
para la obra salían a escena para proclamar de viva voz su adhesión federal y su
repudio unitario con los vivas y mueras de reglamento. Anota lo ridículo que
aparecían un Nabucodonosor, un Carlos V o un Hamlet con la divisa punzó prendida
en su pecho.
Rosas había perdido, y sus enemigos lo aprovecharán hasta hoy, aquella lucidez
del principio de su gobierno cuando rechaza un obsecuente homenaje de la Junta
de Representantes aduciendo que "no es la primera vez en la historia que la
prodigalidad de los honores ha empujado a los hombres públicos hasta el asiento
de los tiranos".
Un agudo observador británico hizo notar que "los colores verde y celeste han
desaparecido del mundo de Buenos Aires hasta donde lo permiten las
manifestaciones de la naturaleza". Sarmiento, no sin ingenio, argumentaría que
Rosas hacía con las personas lo mismo que con sus animales en las estancias: los
"marcaba".
El celeste, en cambio, sería el color unitario y su uso podía acarrear serias
consecuencias que, de acuerdo a las circunstancias y a los protagonistas, podía
ir desde el arresto hasta el degüello. Ello, como es de imaginar, obligó a
modificar los colores de la bandera nacional: al cumplirse el primer aniversario
de su reasunción como gobernador le fue obsequiada a Rosas una en la que el
azul-celeste había sido remplazado por un azul —turquesa, casi índigo. De allí
en más ésa sería la bandera oficial.
El gobierno imponía las consignas y los seguidores fanáticos las aceptaban y las
repetían con obsesivas referencias a la traición y a los degüellos. En las
reuniones federales se hacían inflamados brindis incitando a los leales a una
violencia que superara la violencia del enemigo.
El comandante Martín Santa Coloma bebió por la muerte de todos los enemigos del
Ilustre Restaurador: "Yo pido al Todopoderoso que no se nos dé una muerte
natural sino degollando franceses unitarios". En algo le haría caso el destino
pues luego de Caseros sería degollado por expresa instrucción de Urquiza con la
complacencia de Sarmiento, quien se lo había "señalado" ("Acto del que gusté",
confesará).
Los serenos nocturnos recorrían las calles desiertas, cuando el acoso del
enemigo se hacía peligroso como sucedió con los avances de Lavalle y de Paz,
cantando "¡Mueran los salvajes unitarios!" antes de anunciar la hora, cada
treinta minutos, para amedrentar a los opositores.
En esos momentos de tensión parecía desatarse una competencia en hallar
calificativos aún más violentos, como podía leerse en un decreto conjunto de la
justicia y el clero: "Los pueblos hidrópicos de cólera os buscarán por las
calles, en vuestras casas y en los campos, y segando vuestros cuellos formarán
una honda balsa de vuestra sangre donde se bañarían los patriotas para refrescar
su devorante ira".
Capítulo 41 El bautismo de Argentina
Nuestra historia oficial no deja de recordar a aquel mediocre vate de la
Conquista española, del Barco Centenera, el primero que versificó la palabra
"argentina" para designar los territorios del virreynato del Río de la Plata,
pero aún falta al reconocimiento de que fue don Juan Manuel, consecuente con su
pasión por la organización nacional, quien ordenó la utilización formal de los
términos "Confederación Argentina" en el encabezamiento de los textos oficiales.
Fue ese el formal bautismo de nuestra patria.
Capítulo 42 La entrega unitaria
Podrá criticársele a don Juan Manuel su ferocidad siempre y cuando se tenga la
hidalguía de aceptar su fervorosa defensa de nuestra soberanía y nuestra
integridad territorial constantemente amenazadas, no sólo por los de afuera sino
también por los de adentro.
Uno de esos casos se gestó cuando se creó en Montevideo la "Logia de los
Caballeros Liberales" a imitación de una entidad secreta que con ese nombre
funcionaba en Buenos Aires y cuyo "venerable" era Carlos de Alvear, el obstinado
enemigo de San Martín. El titular de la sociedad secreta de emigrados sería
Rivadavia, residente en Colonia, pero su activo gestor en Montevideo fue
Valentín Alsina. Se admitía a todos los antirrosistas, aún a los federales "lomo
negros" y "cismáticos" pero el control lo tendrían los unitarios.
Los exiliados estaban distribuidos en todo el territorio oriental.
En Colonia vivían Rivadavia, Alvarez Thomas, Lavalle, Daniel Torres; en
Mercedes, Salvador María del Carril y Luis José de la Peña; en Montevideo,
Julián Segundo de Agüero, el canónigo Vidal, los tres hermanos Varela (Juan
Cruz, Rufino y Florencio), Francisco Pico, Valencia, Cavia, Valentín Alsina y
Tomás de Iriarte; en Durazno, junto a Rivera, José Luis Bustamante; en Carmelo
los generales Espinosa y Olazábal; en Paysandú, Lamadrid y Chilavert.
Alsina redactó las "Instrucciones" para la formación de las logias filiales a
abrir en todos los puntos donde hubiese exiliados. El manejo de cada una lo
tendrían cinco a ocho unitarios cerrados. El "venerable" era designado por la
Logia Central de Montevideo, y el de ésta por la de Buenos Aires.
El jefe de los conspiradores se carteaba con el mariscal Santa Cruz, presidente
de Bolivia y aparentemente autor de un "Gran Plan" para acabar con Rosas. Una
carta privadísima fechada en Colombia el 20 de agosto de 1835 fue incautada al
apresarse el buque arequipeño "Yanacocha".
Ella contestaba una comunicación de Santa Cruz ("aceptando, general, vuestra
generosa protección, y si es necesario la imploro"). Respondiendo a una pregunta
del mandatario boliviano el anónimo complotado decía que "los pueblos de Jujuy,
Salta, Tucumán y Catamarca" podían separarse de la Argentina e incorporarse a la
Confederación peruano-boliviana a condición de quedar "en paz con los
argentinos"; se debían agregar también "los pueblos de Cuyo porque es necesario
que los Aldao salgan o desaparezcan de Mendoza".
Daba su versión sobre el estado político de Buenos Aires: "El odio contra los
federales bastardos y su atroz caudillo se ha convertido en frenesí, su
detestable corte corre desenfrenada en la carrera de los crímenes, los primeros
puestos del gobierno son ocupados por los primeros malhechores, la más inaudita
tiranía se ejerce en todos los actos de aquel desgraciado suelo; allí se
persigue con encarnizamiento al propietario, al hombre industrioso y al padre de
familia, el saber es un delito (... ) Rosas es un monstruo que no tiene
semejanza en la historia de los más famosos criminales".
Termina: "Observad, general, que por la primera vez se dirige un general
argentino con esta misión de duelo. General: repito, vuestra voluntad será la
nuestra; Vos representáis, general, el tribunal de las naciones americanas;
pronunciad vuestra sentencia y sabremos si hemos de ser de vida o de muerte. El
amigo".
Como al parecer se trataba de un general y residente en Colonia, Rosas creyó que
se trataba de Lavalle. Pero el estilo de éste no era "de frases sublimes y
lenguaje exótico", y al informar más tarde a los gobernadores del interior don
Juan Manuel se rectificaba: "La carta no es del general que se supone, o se
cree, sino de don Bernardino Rivadavia".
Luego se sabrá que quien ofrecía "generosamente" a la Confederación
peruano-boliviana las provincias norteñas y cuyanas era Carlos de Alvear, quien
luego viraría al rosismo al ser designado embajador en los Estados Unidos en una
evidente maniobra de don Juan Manuel para alejar de Buenos Aires a tan peligroso
adversario, apoyado por la aristocracia porteña e internacional y por las
sociedades secretas, lo que le había permitido sobrevivir a penosas
contingencias como su conflicto con San Martín, una de las principales causas
del largo y sufrido exilio del Libertador; su traición a Artigas, tomando
Montevideo en su lugar en violación de lo acordado; su ominosa caída del
Directorio, luego de intentar convencer a la Corona Británica de hacerse cargo
de las Provincias Unidas del Plata; su alianza con Estanislao López a quien
también traicionaría cuando dejó de serle útil para sus intereses personales.
Nada de ello ha sido inconveniente para que don Carlos de Alvear y Balbastro,
reivindicado por los vencedores de Caseros, goce del más bello monumento
ecuestre en la capital argentina, obra del genial escultor francés Bourdelle.
Para nuestra historia oficial es más grave defender los intereses de los
sectores populares que la intención de enajenar una parte de nuestro territorio.
¿Acaso no hemos honrado a Manuel García, el nefasto "entegador" de la Banda
Oriental con una calle, que la ciudad de Buenos Aires ha negado al patriótico
caudillo santafesino Estanislao López?
Capítulo 43 El autócrata paternal
"Para mí el ideal de gobierno feliz sería el autócrata paternal, inteligente,
desinteresado e infatigable (...) He admirado siempre a los dictadores
autócratas que han sido los primeros servidores de su pueblo", les explicaría a
Vicente y a Ernesto Quesada cuando en 1873, veintidós años después de Caseros,
visitaron a Rosas en Southampton. Sin duda se estaba retratando a sí mismo pues
nadie podía dudar de su autoritarismo, ni de su inteligencia, ni de su
honestidad, ni de su vitalidad. La "falla" de ese programa de gobierno es que no
había lugar para la disidencia.
Lo que no puede discutírsele a Rosas es que él fue el formador del estado
argentino. Tanto fue así que es durante su gobierno que comienza a hablarse de
"República Argentina". Y estos procesos históricos, a nivel mundial, han sido
inevitablemente violentos y crueles.
Para crear estado ("state-making") siempre y en todas partes fue necesario
arrasar con la autonomía de entidades feudales, de ciudades, de órdenes
religiosas o, simplemente, de otras organizaciones políticas de base territorial
que perdieron guerras con los "centros" que acabaron por imponer su dominio
integrador en unidades mayores. "Ganar" quería decir formar una unidad
territorial sujeta al mando económico, legal y militar de un centro.
Estos procesos hasta la formación de lo que podrá llamarse un estado nacional
inevitablemente tiene avances y retrocesos, y no pocas veces duraron siglos. El
estado italiano, por ejemplo, se constituirá tardíamente.
Gran Bretaña comenzará con los Tudor y culminará con Cronwell, aunque no logrará
subordinar por completo a Gales, Escocia y, mucho menos, a Irlanda. Francia
empezando con los Borbones, especialmente Louis XIV y coronando con la
Revolución Francesa y luego Napoleón. Los Estados Unidos de Norteamérica solo
logrará su constitución como estado luego de la sangrienta Guerra Civil. Todos
ellos procesos violentos pues la subordinación territorial, económica, cultural
y a veces también religiosa de gente y de regiones siempre requirió de la
fuerza.
Rosas fue el primer intento de constitución de un estado, de una unidad
política. Al fin de su mandato la Argentina había nacido definitivamente, era
una gran estancia en la que muchos de sus habitantes habían desarrollado, a
ejemplo de su gobernante, suficiente sentimiento nacional como para enfrentar a
grandes potencias mundiales en defensa de una palabra novedosa que hicieron
propia los sectores populares mucho antes que la clase alta: soberanía.
Quizás pueda decirse que Rosas fue el primer patriota nacional, mientras San
Martín lo fue como sudamericano. No es banal recordar que el Libertador
desembarca en Perú portando una bandera chilena y que nunca perderá su objetivo
de Patria Grande.
El Restaurador, en cambio, se obstinó en definir apasionadamente su "nación",
concepto en cambio liviano para un Sarmiento indiferente a la pérdida de la
Patagonia, de un Paz y un Florencia Varela asociados con los "gringos" para
constituir una república independiente con las provincias del Litoral, de un
Alberdi y sus colegas intelectuales que argumentarían que su patria era la
democracia y que por ello reconocían más a la tricolor francesa que a la bandera
argentina, de los "Caballeros Liberales" acaudillados por Alvear y Rivadavia que
entregaban a Bolivia nuestros provincias norteñas como precio de su apoyo para
derrocar a Rosas.
Sarmiento, lúcido, no tendrá otra alternativa que reconocerlo, aunque
sesgadamente: "Queríamos la unidad en la civilización y en la libertad, y se nos
ha dado en la barbarie y en la esclavitud". Aquí "unidad" quiere decir estado y
nación.
A ello se referirá T. Halperín Donghi: "Es la solución lentamente preparada por
la crisis de la década que comienza en 1820, lentamente madurada en la década
siguiente gracias a la tenacidad de Juan Manuel de Rosas. Con ella, en efecto,
surge finalmente el orden político que la revolución, la guerra, la ruptura del
orden económico virreinal (y la crisis de las elites prerrevolucionarias que es
consecuencia de estos tres procesos) han venido preparando.
"Tal como entrevió Sarmiento la Argentina rosista con sus brutales
simplificaciones políticas, reflejo de la brutal simplificación que
independencia, guerra y apertura al mercado mundial habían impuesto a la
sociedad rioplatense, era la hija legítima de la revolución de 1810".
Rosas tuvo una serie de limitaciones internas y externas que no le permitieron
avanzar mas allá en un proceso de construcción del estado que completaron,
paradojalmente, quienes lo derrotaron y, más aún, quienes lo execraron como los
brillantes Mitre y Roca. Tampoco en ello nuestro país es diferente a otros pues
los que "empiezan" y los que "terminan" suelen ser muy diferentes, incluso
mortales enemigos.
Alguien que nunca se caracterizó por sus simpatías por don Juan Manuel
reconocerá que es absurdo reclamarle democracia cuando "había sistemas
liberal-representativos en muy pocos países, ni aún en los paradigmáticos: los
Estados Unidos con sufragio masculino universal pero con absoluta exclusión de
los esclavos; Inglaterra con franquicias que implicaban que menos del 10% podía
votar; Francia fluctuaba entre períodos de sufragio masculino universal con
otros de limitaciones similares a las británicas, en una sociedad en la que
autonomías, culturas y lenguajes habían sido brutalmente suprimidas por los
Borbones, por la Revolución y por Napoleón"(G. O'Donnell).
Desde el momento de su acceso al poder, según Lynch, Rosas "retuvo los clásicos
derechos de soberanía en toda su pureza "hobbesiana", el derecho a inmunidad
contra el derrocamiento, disenso, crítica y castigo, el poder de vida y muerte,
el derecho a usar todos los medios para preservar la paz y la seguridad para
todos, el poder de emitir leyes referidas a los derechos de las personas y de la
propiedad, el derecho de judicatura, el derecho de hacer la paz y la guerra con
otras naciones, el derecho de establecer impuestos, el derecho a elegir sus
propios ministros, magistrados y funcionarios, el poder de recompensarlos,
castigarlos y otorgarles honores. Todos estos derechos eran inseparables y no
había división de poderes".
Los mismo derechos que invistieron a Otto von Bismarck, el "Canciller de
Hierro", que logró la unidad de Alemania y su parto como nación. Para ello libró
en 1866 una sangrienta guerra contra Austria, haciendo que Viena cediera a
Berlín el papel rector del mundo germano. Mas tarde provocó otro victorioso
conflicto armado contra Francia y sus aliados. En lo interior condujo una
política de "mano dura" sin espacio para la oposición, aunque dictó medidas
populares que le granjearon el apoyo de las clases bajas.
Las similitudes entre Rosas y Bismarck son grandes, sin embargo éste es un héroe
nacional mientras que aquel es execrado por nuestra historia oficial, y no deja
de reprochársele una dureza que en el alemán es considerada su principal virtud,
necesaria para el objetivo logrado. Jamás se le perdonaría al denostado
argentino una frase como del ensalzado teutón: "No se deciden las grandes
cuestiones por leyes ni discursos, sino por hierro y sangre".
El pueblo alemán acompañó al "Canciller de Hierro" en su patriótico propósito de
consolidación y expansión territorial, mientras que sectores decisivos de
nuestra población, sobretodo los "decentes", no vacilaron en aliarse al enemigo
extranjero, en una trágica demostración de falta de conciencia nacional,
mereciendo los terribles juicios, dramáticamente actuales, del representante
estadounidense en el Río de la Plata, Francis Baylies, llegado en 1832: "Los
argentinos no poseen el sentimiento de lo que llamamos amor a la Patria; la
labor de gobierno es un conchabo, y sus funciones y cargos son considerados
empleos para ganar dinero, una especie de patente para obtener coimas"
Rosas fue conservador en su visión de la realidad y aborrecía a los liberales
que reivindicaban el humanismo y el progreso, los consideraba "cajetillas
intelectuales" que caían dentro de su desconfianza por las ideas importadas de
Europa e inaplicables en suelo argentino. Quizás porque a un estanciero
argentino ningún inglés ni francés tenía nada para enseñar acerca de la cría de
ganado y el cultivo de cereales en una pampa interminable.
Se consideraba un verdadero demócrata por el espacio y la jerarquía que había
dado a las clases populares, a quienes no les concedería el voto ni tampoco
reconocibles ventajas materiales, pero estaba seguro de haberlos respetado y
representado en sus intereses.
Su base de poder fue la estancia, foco de recursos económicos y sistema de
control social. El Restaurador tuvo un proyecto económico que nos introdujo en
el capitalismo: transformar a la Argentina en una inmensa estancia, organización
y funcionalidad que perdura hasta nuestros días.
No imaginó gobernar sin el poder absoluto como no es posible administrar una
hacienda si el patrón no puede imponer su autoridad. Le pareció lógico proceder
a tomar la posesión total del aparato estatal: la burocracia, la política, el
ejército de línea. Con los principales medios de coerción en sus manos gobernó
para estancieros y gauchos, que constituían el federalismo, y en contra, con
excesiva violencia, de los comerciantes especuladores, de los intelectuales
afrancesados y de los irrespetuosos a la religión, a la patria y a las
tradiciones.
Al final de su gobierno, malo para muchos o bueno para otros, la Argentina
existía. Como estado y como nación. Sin pérdidas territoriales. Y con algunos
orgullos. Sólo restaba darle una constitución, pero había alcanzado la
organización necesaria para ello.
Capítulo 44 Guerra contra Bolivia y Perú
El 19 de mayo de 1837 la Argentina de Rosas entra en guerra contra la Bolivia de
Santa Cruz, quien sorprendentemente había logrado convencer de ser "su hombre en
América" al nuevo rey de Francia, Luis Felipe de Orleáns, el mismo que años
atrás hubo de ser el "soberano" de las Provincias Unidas del Río de la Plata de
haber prosperado las gestiones del entonces Director Supremo Juan Martín de
Pueyrredón en acuerdo con los congresales que pocos meses antes había decretado
nuestra independencia en Tucumán.
El encargado de tales negociaciones secretísimas, el canónigo masón Valentín
Gómez, fracasó por el poco entusiasmo de Gran Bretaña en que Francia pusiese el
pie en Sudamérica y también por la oposición de los sectores populares de Buenos
Aires y de los caudillos provinciales que se enfurecieron al trascender los
planes de entrega a otra potencia europea.
No fue el único intento de conjurar la anarquía coronando un príncipe europeo,
es decir retornando a la situación de colonia. Es claro que Rosas significó el
rechazo, sobretodo del pueblo, a tal "solución" y lo que se plebiscitó fue la
búsqueda de una salida nacional.
En Francia son tiempos de chauvinismo, es decir de sobreactuaciones patrioteras,
causa y consecuencia del ascenso a primer ministro de Louis Adolphe Thiers, un
apasionado restaurador del "honor francés". Este había sido mancillado en
América cuando los Estados Unidos, en 1834, embargaron las propiedades de los
franceses para cobrarse una opinable deuda que se arrastraba desde los tiempos
de Napoleón. La opinión pública gala se enardeció por la falta de respuesta ante
tamaña afrenta y el rey y su primer ministro comprendieron que se imponía una
retaliación. Para ello elegirían un rival mucho más débil que la económica y
militarmente poderosa Norteamérica.
El mariscal Andrés de Santa Cruz, que durante las guerras de la independencia
había militado del lado español hasta que su derrota fue evidente, ahora
presidía una Confederación peruano-boliviana llamada "Estados del Perú". Su
pragmática actitud hacia las potencias extranjeras era tan dócil como la de los
unitarios argentinos, en contraste con el altivo nacionalismo de Rosas y de
Diego Portales en Chile. Eso lo hacía un socio ideal para las ambiciones de la
corona francesa, que acordó apoyar al boliviano en sus pretensiones de expansión
territorial a cambio de la penetración en los mercados a conquistar por las
armas.
Los unitarios, algunos exiliados en la misma Bolivia, no dejaron pasar la
oportunidad que se les presentaba y conspiraron a favor del nuevo enemigo del
régimen rosista, aceptando la posibilidad de enajenar las provincias del norte.
Todo era posible con tal de derribar a Rosas y su "chusma", a favor de una
debilitada conciencia nacional, entreguista, que no pestañeaba ante la
descomposición territorial.
Santacruz, confiado en el armamento que le ha facilitado su aliado europeo y
sostenido por su apoyo económico, comete el error de abrir hostilidades
simultáneamente con Chile y con Argentina, quienes se ponen de acuerdo para
encarar una acción coordinada. Portales declara la guerra el 11 de noviembre de
1836 y Rosas lo hace más tarde para dar tiempo a su preparación, el 19 de mayo
de 1837.
Inglaterra ha firmado un tratado de cooperación con Francia y por lo tanto
también apoyará a la Confederación peruano-boliviana, aunque sólo
diplomáticamente, haciendo la vista gorda cuando su socia bloquea Valparaíso y
otros puertos chilenos. Asimismo el cónsul francés en Buenos Aires, Aimé Roger,
recibirá órdenes de proceder en el mismo sentido si Rosas no depone su
belicismo.
Las acciones militares iniciales favorecen claramente a las fuerzas bolivianas
cuyos agentes logran provocar una fugaz sublevación en el ejército chileno que
culmina el 3 de junio con el fusilamiento de Portales, perdiendo Chile a su gran
conductor.
El Restaurador encomienda a su fiel coronel Alejandro Heredia que con su
oficialidad predominantemente unitaria y con sus soldadesca inexperta y
desanimada defienda nuestra frontera norte que ha sido franqueada por dos
columnas. Una ingresa por La Quiaca y la otra por Santa Victoria e Iruya. Una
muestra de las dificultades que encontraba la acción defensiva argentina fue que
el destacamento de esta última localidad, al mando del coronel unitario Manuel
Sevilla, se pasó al enemigo.
El 11 de septiembre, sin haber encontrado mayor resistencia en un Heredia que se
afanaba en constituir algo parecido a un ejército, las dos columnas invasoras
confluyen en Humahuaca, quedando incorporadas formalmente a territorio boliviano
las tierras conquistadas.
Las cosas tampoco mejoraban en el frente chileno, donde el almirante Blanco
Encalada, héroe de la independencia transandina, se rendía ignominiosamente en
Paucarpata ante Santa Cruz...
Para colmo de males el cónsul Roger ordena al comandante de la flota francesa
recalada en Río de Janeiro que navegue hasta Buenos Aires para dar fuerza al
reclamo que presenta el mismo día en que la nave insignia, la corbeta "Sapho",
hace su entrada en el río de la Plata. Se exigía la inmediata libertad del
litógrafo francés Hipólito Bacle, preso por haber vendido información
cartográfica a Bolivia; también la del cantinero Pedro Lavié, nacionalizado
francés, condenado por haber robado en el regimiento al mando del coronel
Antonio Ramírez con asiento en Dolores. Asimismo se agregaba en el memorial
presentado el 30 de noviembre en carácter de "ultimátum" la eximición del
servicio militar para dos franceses. Por fin, y esto era lo más anhelado por la
Cancillería y el Ministerio de Guerra de Luis Felipe, que en lo sucesivo se
diese a Francia el mismo tratamiento que Rivadavia acordase con Inglaterra en
1825: el de "nación más favorecida", que implicaba algunas concesiones de tipo
comercial y que sus ciudadanos fuesen exceptuados de la incorporación al
ejército argentino.
Como podrá advertirse las reclamaciones no eran difíciles de satisfacer. Pero el
Restaurador estaba convencido de que estas eran sólo el pequeño agujero en el
dique que a la larga se derrumbaría. De ceder luego sería imposible ponerse
firmes ante las imposiciones que sobrevendrían después y que pondrían en riesgo
la soberanía nacional. Así habían actuado las imperiales Francia e Inglaterra en
otros lugares del mundo.
El cónsul Roger estaba convencido, y así lo había comunicado a su gobierno, que
don Juan Manuel cedería prestamente en consideración a la difícil situación que
le creaba la exitosa invasión boliviana sumada a la vigorizada oposición
unitaria, a lo que se había agregado la imponente demostración de fuerza de la
escuadra francesa con la amenaza de un bloqueo que amenazaba con arruinar la
economía de los argentinos.
Pero eso era desconocer el temple de quien había sido capaz de rebelarse ante el
autoritarismo de doña Agustina, y que vivía el planteo de los "gringos" como una
afrenta intolerable contra la patria, sin especular acerca de debilidades o
fortalezas. Lo que estaba en juego era la dignidad del gaucho, capaz de perder
su vida con tal de lavar una mancha en su honor aunque tuviese todas las de
perder en el lance.
Rosas recién contestará el 8 de enero de 1838, haciendo guerra de nervios, que
Roger, siendo sólo cónsul, carecía de rango diplomático para hacer reclamaciones
en nombre de su gobierno. Mucho menos en tono descomedido. El gobierno argentino
manifestaba su mejor predisposición a recibir a un ministro plenipotenciario
para conversar sobre acuerdos entre ambas naciones.
Capítulo 45 El bloqueo francés
El bloqueo estaba en plena acción. Había sido declarado formalmente por el
almirante francés Leblanc el 28 de marzo de 1838. El cónsul Roger informará a
París, el 4 de abril, que la intención era "infligir a la invencible Buenos
Aires un castigo ejemplar que será una lección saludable para todos los demás
estados americanos (...) La partida está empeñada y toda la América abre los
ojos; corresponde a Francia hacerse conocer si quiere que se la respete".
Como sucederá en otras oportunidades durante el gobierno rosista sus adversarios
cometerán el error de suponer que "todos" estaban en su contra y que
aprovecharían la primera oportunidad para sublevarse en masa contra "el tirano
sangriento". Esa visión, que tendrá aceptación en Europa, es la de la clase
pudiente, mayoritariamente contraria al Restaurador, que se negaba a aceptar que
la inmensa mayoría del pueblo le daba su apoyo. Mucho más en circunstancias en
las que estaba en juego el honor de una patria invadida simultáneamente por dos
países extranjeros y sus estrechos asociados: Francia e Inglaterra, Bolivia y
Perú.
Tal como preveían Luis Felipe y Thiers la incursión americana encendió el
chauvinismo francés. En la "Revue des deux Mondes" podía leerse sobre "el alto
deber que incumbe a Francia de ejercer su influencia disciplinaria y
civilizadora sobre los degenerados hijos de los héroes de la conquista
española".
Pero don Juan Manuel sabía que uno de los puntos débiles de la "gesta
disciplinaria y civilizadora" era la incomodidad que los comerciantes ingleses
en el río de la Plata creaban a su gobierno con las airadas protestas por el
perjuicio que el bloqueo producía en sus negocios. Rosas había designado
embajador en Gran Bretaña al brillante hermano de Mariano Moreno, Manuel, quien
acosó sin descanso al Foreign Office señalándole su error en apoyar la aventura
francesa.
Los efectos del bloqueo fueron devastadores sobre todo para la clase alta que no
pudo seguir abasteciéndose de productos extranjeros o debió comprarlos a los
altísimos precios del contrabando que las mismas naves bloqueadoras favorecían a
cambio de pingües beneficios. Don Juan Manuel y los suyos siempre reprocharán a
Urquiza haber sido uno de los beneficiarios usando para ello las despejadas
costas del litoral entrerriano.
En cambio la base del rosismo, los gauchos, los mulatos, los orilleros, los
indios, no sufrieron mayormente ya que su alimentación básica era provista por
la naturaleza: carne, frutas, verduras, trigo.
Lógicamente también disminuyó la recaudación aduanera a su cuarta parte. Rosas
cargó la compensación sobre la clase "decente": redujo los sueldos de la
administración hasta "la congrua" suficiente; suprimió también los subsidios a
la educación, cerrando escuelas y universidades donde anidaban opositores, lo
que fue aprovechado por la oposición para acusarlo de "amigo de la ignorancia";
en cuanto al presupuesto de guerra se mantuvo inevitablemente alto y sólo se
hicieron recortes en los sueldos de jefes y oficiales.
Sabido es que toda circunstancia por más negativa que sea siempre mostrará
algunos aspectos favorables. En el caso del bloqueo francés, al no llegar
mercadería extranjera, promovió un vigoroso empuje de las industrias locales,
más eficaz que las medidas proteccionistas de 1835, las que quedaron
transitoriamente derogadas.
El conflicto suscitó reacciones diferentes en unitarios y en federales
cismáticos. En algunos de éstos privó un sentimiento de patria al ver a la
Argentina agredida desde el exterior. Fue así que los generales Soler, Lamadrid
y Espinosa regresaron de su exilio en Montevideo para ofrecer sus servicios a
quien hasta entonces habían combatido.
Otros, en cambio, sólo vieron en los sucesos la posibilidad de la caída de
Rosas. No vacilaron en prestar su apoyo a los invasores. A ellos se referirá San
Martín, desde Francia, en su carta a Rosas del 10 de julio de 1839: "Lo que no
puedo concebir es que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se
unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor
que la que sufriríamos en tiempos de la dominación española. Una tal felonía, ni
el sepulcro la puede hacer desaparecer".
Este apoyo del Libertador, que Rosas ni lerdo ni perezoso haría reproducir en la
prensa adicta fue respondida sin firma en "El Nacional" de Montevideo el 13 de
noviembre de 1839:
"San Martín: Envanecido con gloria que debió a la suerte y a los esfuerzos de
otros, quiso hacer en Lima lo que Bolívar intentó en Colombia con mayor caudal
de poder, de riquezas, de recursos y de prestigio. Conoció su error y en la
disyuntiva de mandar como absoluto o reducirse a la nulidad, elige este segundo
partido; abandona la tierra, se va a disfrutar lo que la buena suerte le dio en
doce años de afanes; dejó a sus compañeros corriendo los azares de las
conflagraciones políticas. Vive contento de no haber marchado hasta el pináculo
de la gloria cuyo término dudoso, o no era para su corazón o no supo continuar".
Pero a Francia, a Bolivia, a los unitarios, a todos quienes estaban directa o
indirectamente comprometidos en la operación se les presentaba un problema
insoluble: Rosas no manifestaba la mínima intención de rendirse y por el
contrario había logrado algunos éxitos contra las fuerzas invasoras del mariscal
Santa Cruz.
Además algunas provincias que en un principio se habían mostrado remisas a
hacerlo por considerar que el conflicto era esencialmente porteño y que debería
haberse solucionado con diplomacia, finalmente, por presión de sus
enfervorizadas ciudadanas y ciudadanos terminaron apoyándolo.
Capítulo 46 La máquina infernal
—Ábrala usted, m'hija.
—Gracias, tatita.
Manuelita tomó la caja que hacía ya días que estaba sobre una cómoda del
despacho de su padre.
— La trajo el Almirante Dupotet por encargo del cónsul de Portugal, desde
Montevideo.
Eran los tiempos del bloqueo francés y que hubiera sido un francés quien lo
trajese hizo, probablemente, que el Restaurador se olvidara del paquete.
—Gracias, tatita -repitió su hija caminando hacia su dormitorio, alegremente
expectante porque los envoltorios de seda y cachemira con ribetes de hilos
dorados preanunciaban un regalo importante.
—Creo que son monedas -le había advertido Rosas sin levantar su vista de una
comunicación de Guido, su embajador en Brasil. Mentalmente, en silencio,
completó la frase: "...de la Sociedad de Anticuarios de... no me acuerdo
dónde... Copenhague, me parece".
Manuelita se dejó caer sobre su mullida cama y dejó al descubierto una bella
caja labrada, de finas maderas. Al introducir la llave la tapa saltó
repentinamente. No pudo reprimir un grito de susto que atrajo corriendo a su
padre.
En el interior de la caja una hilera de pequeños tubos amenazantes los
apuntaban. Durante algunos segundos Rosas observó el extraño artefacto hasta que
en su mente se hizo la luz.
Al día siguiente, 20 de marzo de 1841, las Provincias Unidas del Río de la Plata
se conmovieron cuando el Gobernador anunció públicamente que habían intentado
asesinarlo con una "máquina infernal" y que si seguía con vida era porque Dios
había impedido que el mecanismo funcionase.
Una enfurecida muchedumbre con distintivos color punzó recorrerá las calles de
Buenos Aires gritando "¡mueran los salvajes unitarios!" y "¡viva la Santa
Confederación!".
A raíz del fracaso del atentado de "la máquina infernal" el Obispo de Buenos
Aires, monseñor Medrano, entrega a Rosas, "el elegido", una nota firmada por
gran parte del clero:
"¿Quiere V.E. conocer más claramente que Dios lo tiene escogido para presidir
los destinos del país que lo vio nacer? ¿No se apercibirá de que es disposición
del Eterno que continúe sus sacrificios, y que el único propósito que domine a
V.E. sea el de llevarlo hasta donde lo exigen los intereses de la República?
Esta necesidad ya se la ha hecho sentir a V.E. repetidas veces la voz del
pueblo; ahora se la hace entender más enérgicamente la voz del cielo, la voz del
milagro".
Capítulo 47 No somos hijos de la tierra
Vivían fuera de su país, algunos en malas condiciones económicas. Buenos Aires
les era ahora hostil, cuando siempre habían sido la elite mimada por la
aristocracia y la burguesía comercial porteña. Eran los jóvenes "de las luces",
que deseaban que su patria progresase en la senda que marcaban los países
europeos. Dejando atrás el atraso que para ellos representaba la herencia
hispánica, el catolicismo cerval, la brutalidad de los gauchos y los orilleros,
la ignorante bonhomía provinciana.
Se habían atosigado con lecturas de Rousseau, de los enciclopedistas, de Saint
Simón, y competían por conocer y adueñarse de la última novedad surgida en los
cenáculos parisinos.
Sin embargo ahora Buenos Aires estaba en guerra nada menos que contra "su"
Francia y las calles porteñas ya no eran testigo de sus paseos y de sus
apasionadas discusiones sino que ahora las transitaban los plebeyos, los
bárbaros mal entrazados, de apellidos sin relieve ni historia, de barbas
desprolijas y vestimentas no "a la page", a quienes ellos jamás habían tenido en
cuenta, ni siquiera cuando hablaban de ese "pueblo" retórico por cuyo progreso,
estaban convencidos, daban sus mejores esfuerzos. Era la hora de la "chusma", de
gauchos de la campaña y de orilleros de los suburbios que se habían adueñado de
un Buenos Aires al que hasta no hacía mucho sentían ajeno, una ciudad para el
disfrute de otros que los miraban con desprecio pero también con miedo. Y habían
tenido razón en temerles porque ahora, con esas insignias coloradas que iban
expandiéndose en sus vestimentas y en sus sombreros, vociferaban "mueras" en su
contra y los calificaban de "salvajes".
No dejando dudas de su fervoroso e incondicional apoyo a quien había traicionado
a su clase, un Ortiz de Rosas que enfrentaba a los admirables franceses y que
lograba que los periódicos del mundo cada vez se ocupasen más de su coraje, de
su patriótica obstinación.
Los exiliados parecían convencidos, de buena o mala fe, de las generosas
intenciones democratizantes y civilizadoras de Francia, como si no se tratase de
la misma temible potencia que ,antes o después del fracasado bloqueo, se
apoderaría de Argelia, Costa de Marfil, Guinea, Camboya, Somalía, Cochinchina,
Túnez, Sudán, Congo, Madagascar, Marruecos, Siria y Líbano.
Pero representaba para ellos lo deseable en cultura y distinción, tan
contrastante con la barbarie de los gauchos que despreciaban, motivados por su
pasión por lo extranjero que superaba a un sentimiento nacional del que
carecían.
Unitarios y "cismáticos" llevaron su oposición a Rosas hasta extremos
inconcebibles: "Los que cometieron aquel delito de leso americanismo" -confesará
años después, con su habitual franqueza, Domingo Sarmiento—, "los que se echaron
en brazos de la Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones,
hábitos e ideas en las orillas del Plata fueron los jóvenes; en una palabra,
¡fuimos nosotros!". Está claro: de lo que se trataba era de salvar, en
Argentina, "la civilización europea" y no la soberanía nacional. Por otra parte
también es evidente que los mentados "jóvenes" eran los de holgada posición
económica y social, los de la chusma, los plebeyos, rosistas hasta el tuétano,
no merecían ese calificativo.
En Montevideo, los exiliados no ignoraban cuál sería su principal aporte. No en
vano se vanagloriaban de sus títulos universitarios que no les servían para
empuñar las armas contra el dictador sino para construir la justificación
ideológica de la intervención francesa y así contrarrestar la oleada de
indignación patriótica que azuzaba a las masas y confundía a los extraños.
De eso se ocuparía quien era probablemente el más brillante de ellos, Juan
Bautista Alberdi. En cinco artículos publicados en "El Nacional" de Montevideo
entre el 27 de noviembre y el 7 de diciembre de 1838 argumentaría en estos
términos:
"Nosotros traicionamos al tirano, si es que se puede ser traidor con un tirano,
para ser fieles a la patria que ese tirano despedaza(...) Nos uniremos a todos
los amigos de nuestras glorias y de nuestra dignidad para destruir al único
enemigo de nuestras glorias y de nuestros colores: el tirano de Buenos
Aires(...) Si el tirano de Buenos Aires que con tanta jactancia invoca el nombre
de la patria, la amase como nosotros, la infeliz patria no estaría hoy en las
condiciones que se ve".
"¿Estará el deshonor, entonces, en ligarse al extranjero para batir al enemigo?
Sofisma miserable. Todo extranjero es hombre y todo hombre es nuestro hermano.
La doctrina contraria es impía y bárbara. No es nuestro hermano un hombre porque
ha nacido en la misma tierra que nosotros. Nosotros no somos hijos de la tierra
sino de la humanidad. De lo contrario las bestias que han nacido en nuestra
tierra serían nuestras hermanas".
Algo menos de diez años más tarde, el 25 de mayo de 1847, Alberdi desandaría
este camino aclarando que escribe desde el extranjero, Valparaíso, "no como
proscripto" pues había salido de su patria "por franca y libre elección". José
P. Feinmann reflexiona sobre la relación entre ambos:
".Crearlo todo de nuevo, proponía Rosas. Crearlo todo, era la tarea de Alberdi.
Y en eso de nuevo que exige el caudillo y omite el escritor, está la secreta
causa que los llevó a enfrentarse. Porque crearlo todo de nuevo no es crearlo
todo sino restaurarlo todo (...) El fracaso del unitarismo había terminado por
aclararle las cosas a Rosas. Los "doctores", dedujo, no entendían nada. Obtenida
esta certeza su aplicada lectura de los hechos le hizo concebir la idea de
fortalecer las estructuras tradicionales del país (...) Aún estaba fuerte el
recuerdo de Rivadavia. El laicismo impuesto por las exigencias inglesas, la
constitución antipopular, los empréstitos y el liberalismo ruinoso para las
provincias. Para acabar con eso y, más aún, para erigir al país como una entidad
autónoma, era necesario reconquistar una nacionalidad amenazada por un doble
frente externo e interno. Y nada de proponerse buscar esa nacionalidad en Mayo,
pues no era allí donde estaba, sino en las profundas y lejanas creaciones del
pueblo: en sus instituciones jurídicas, en sus modalidades idiomáticas,
artísticas y técnicas. No se trataba aquí de algo surgido apenas veintisiete
años atrás, sino de una pretérita cultura de siglo. El españolismo de Rosas, que
muchos liberales de izquierda y derecha han entendido como restauración de la
colonia, feudalismo o meramente barbarie, significa la clara percepción de un
problema político: desligar a un pueblo de su pasado en debilitarlo como nación.
Había, pues, que fortalecer las estructuras propias y buscarlas allí donde
estaban: en las costumbres y usos de los pueblos. La restauración se convertía
en expresión. Y esta fuerte y cerrada cultura nacional acababa convirtiéndose en
una cultura de resistencia".
Capítulo 48 Los ejércitos auxiliares
La situación de los franceses se había complicado. Rosas ni siquiera contestaba
sus notas, además su situación militar había mejorado al frenarse el empuje del
avance de Santa Cruz, en parte por disidencias en su compleja asociación con los
peruanos y en parte porque tanto en Argentina como en Chile la reacción popular
contra la invasión extranjera había ido creciendo y organizándose.
Por otra parte los ingleses, aguijoneados por el embajador Moreno y por sus
connacionales comerciantes en el Plata, se impacientaban ante la demora de su
socia europea en resolver un asunto presuntamente fácil que ambas naciones
habían acordado que no llevaría más de un año.
La misma impaciencia crecía en la ciudadanía francesa que ya empezaba a
desconfiar de que el orgullo nacional quedase bien parado luego de esa
expedición contra una nación débil y conducida por un tirano que, riveristas y
unitarios los habían convencido de ello, sería derribado por los mismos
argentinos en cuanto las naves bloqueadoras asomasen en el horizonte.
Nada de eso había sucedido y el cónsul Roger, preocupado por su responsabilidad
en el asunto, obtuvo el acuerdo del almirante Leblanc y del canciller Molé para
organizar una fuerza "auxiliar" que completara el bloqueo con acciones militares
por tierra. Esto no podía ser implementado por las tropas francesas acantonadas
en los suburbios de Montevideo, a pesar de los airados reclamos de los
unitarios, debido a que Inglaterra no lo toleraría. Una cosa era derribar a
Rosas y así garantizar la navegación de los ríos interiores de Argentina para
que Francia e Inglaterra comerciaran con los países sudamericanos, y otra
permitir que otro país europeo, hoy aliado pero hasta hacía poco enemigo,
ampliara su espacio de dominación militar y política.
Habría dos ejércitos "auxiliares", uno a cargo de Domingo Cullen, ministro del
gobernador santafesino Estanislao López quien, enfermo, le ha cedido el mando de
los asuntos políticos. Aquel ha logrado casi convencer a los gobernadores de
Entre Ríos, Corrientes y Córdoba que el conflicto es exclusivo de Buenos Aires y
que Rosas ha logrado nacionalizarlo perjudicando seriamente a sus provincias.
Audaz, sobrevalorándose, el 5 de junio de 1838 Cullen propone a los invasores
separar a dichas provincias y a Santa Fe constituyendo una república aparte,
europeísta, con la condición de que el bloqueo les fuese levantado. Se hubiese
cumplido así el viejo sueño de no pocos provincianos de quitar puerto y aduana a
Buenos Aires.
La otra fuerza "auxiliar" se reclutaría y entrenaría en la Banda Oriental de
manera de completar una operación de pinzas sobre Rosas. Para ello era
indispensable defenestrar al federal gobernador Oribe y poner en su lugar al
dócil y unitario Rivera.
Oribe no era Rosas y entonces un bombardeo sobre Montevideo y un "ultimátum"
bastaron para cambiar de gobierno, no sin que antes de huir hacia Buenos Aires
el derrocado protestase contra "la infamia, alevosía y perfidia del
contralmirante francés y demás agentes de Francia", aduciendo además que su
"renuncia era nula por arrancada a la fuerza". Este texto repercutió en todo el
mundo, quizás divulgado por Gran Bretaña que ya buscaba la forma de que el
asunto del río de la Plata terminase de una vez por todas.
Los franceses se abocaron a la tarea de convencer a Rivera de que era él quien
debía conducir las fuerzas que tomarían Buenos Aires, en combinación con las de
Cullen, mientras la flota francesa intensificaría el bloqueo ocupando además los
ríos Paraná y Uruguay para impedir los movimientos y el aprovisionamiento de las
fuerzas que respondían a Rosas.
Rivera, desentendido de las razones de la alta política europea que impedían que
la beligerancia francesa se mostrase abiertamente, exigió que la nación
bloqueante formalizase una declaración de guerra contra la Argentina y recién
entonces acordar una conveniente alianza franco-oriental.
Aunque no obtuvo resultados en ello, lo que sí consiguió es que los franceses
desembolsaran una importante suma de dinero para armar y reclutar su ejército.
Entonces el flamante gobernador de Montevideo, quien de allí en más aprendería a
lucrar con la desesperación de los europeos sin inquietar a su respetado Rosas,
aceptó.
Contará el general Paz, años después, que el científico Bompland, quien había
tratado muy de cerca al general Rivera, le decía asombrado: "El general Rivera
me ha referido hechos de su mocedad que no le hacen honor, como si no se
apercibiera que, tan lejos de ser una virtud, debieran causarle eterna
vergüenza. Me refería un día que, de acuerdo con otro pillo, hicieron una
expedición a un pueblo de su país llevando secretamente una partida de barajas o
naipes compuestos, con los que desplumaron inhumanamente a todos los
aficionados. Otra vez hizo otra excursión a correr carreras donde, corrompiendo
a los corredores de profesión, hizo que sus caballos, que no eran mejores,
llevasen el vencimiento de todas las carreras. Lo más singular es
-continuaba-que lo decía con un aire de satisfacción que probaba estar lleno de
ella dentro de sí mismo".
Como parte de la ofensiva que confiaban sería la final, la escuadra francesa
atacó la isla de "Martín García" defendida por una pequeña guarnición de poco
más de cien hombres al mando del teniente coronel Jerónimo Costa y una pequeña
batería a cargo del capitán Juan Thorne, que años más tarde también se
desempeñaría con heroísmo durante la batalla de la "Vuelta de Obligado".
La resistencia fue recia, cobrando vidas de ambos bandos, pero finalmente los
defensores debieron rendirse ante la superioridad numérica y armamentista de los
atacantes conducidos por el contralmirante Daguenet quien, en muestra de respeto
por su coraje, devolvió a Costa la espada que le había entregado al rendirse y
puso a su disposición y de los patriotas sobrevivientes un lanchón para
regresarlos a Buenos Aires donde un pueblo enfervorizado los recibió en triunfo
el 14 de octubre de 1838.
La clase pudiente de Buenos Aires, en cambio, asiste con creciente alarma y
temor a la evolución de los acontecimientos pues es muy ostensible la impotencia
de los bloqueadores mientras en la chusma aumenta el entusiasmo patriótico. Es
que algunos acontecimientos favorables van descomprimiendo la situación federal.
Cullen, quien ha remplazado a Estanislao López en el gobierno de Santa Fe a su
muerte, el 13 de septiembre es desplazado por el hermano de aquél, "Mascarilla"
López, al frente de fuerzas federales y huye a Córdoba en primera instancia pero
con Rosas decidido a no tener clemencia con él sigue hacia Santiago del Estero
para cobijarse en su gobernador, Felipe Ibarra.
Finalmente el Restaurador logra que el santiagueño deje de lado sus remilgos, ya
no tan convencido de la definitiva derrota de Rosas, y le aconseje a su huésped
que "se pusiera unas medias de lana porque iba a remacharle dos barras de
grillos". El coronel Pedro Ramos se encargará de fusilarlo apenas traspuesto el
límite de la provincia.
Otra noticia que será celebrada con varios días de festejos, además de un
solemne "Te deum" al que asiste el Restaurador y repiques de campanas, fue el
resultado de la batalla de "Yungay", el 20 de enero de 1829, en que las fuerzas
chilenas al mando del general Bulnes destrozarán definitivamente a las
peruano-bolivianas de Santa Cruz, quien huirá hacia Ecuador.
Ahora don Juan Manuel podría concentrase exclusivamente en contrarrestar a la
escuadra francesa y a su "auxiliar" uruguayo, el inactivo y pedigüeño Rivera.
Capítulo 49 Sombras de Heredia y borrego
En el juicio que se le siguió al conspirador unitario Marco Avellaneda en el
consejo de guerra de Metán en 1841, negó que hubiese ordenado la muerte de
Heredia, uno de los más leales y populares gobernadores federales y heroico
defensor de nuestra soberanía ante la invasión del mariscal Santa Cruz.
Rosas le había anunciado a Heredia que era inútil y riesgoso intentar acuerdos
con los unitarios. El 16 de julio de 1837 le escribía que lo consideraba un buen
federal pero que, "en fuerza de su noble índole y de los sentimientos suaves y
generosos que le imprimieron en su educación", le sucede lo que a Dorrego: que
"no llega a penetrar ni a persuadirse bien a fondo de toda la perversidad y
acedía de los unitarios"; e insistía en que podía pasarle lo que al precursor
federal y a Quiroga. Un trabucazo letal se encargó de darle la razón.
En su imposible defensa Avellaneda aceptó haber prestado sus caballos a los
asesinos por no saber sus propósitos, hallarse en el lugar del crimen de
casualidad porque cabalgaba por el camino de Lules yendo a visitar a un pariente
que no identificó, que entró en Tucumán con los asesinos gritando "¡Ha muerto el
tirano!" porque que lo obligaron a seguirlos y gritó de miedo, que reunió esa
noche la Legislatura para elegir nuevo gobernador por presión de los asesinos, y
que ni entonces ni nunca denunció ni nada hizo por perseguir a Robles y los
suyos por estar atemorizado.
Fue condenado a muerte como "instigador y principal culpable de la muerte del
general Heredia" y su cabeza colgada en una pica en la plaza de Tucumán.
Un romance de tradición oral une la muerte de dos respetados caudillos
federales:
"Sombras de Heredia y Dorrego si es que ya en el cielo estáis, os rogamos por la
patria, que estas tierras protejáis.
No dejéis que en mil hogares se sufran negros dolores; no dejéis que aquí la
paguen los justos por pecadores".
Capítulo 50 Un profundo pesador
Un funcionario de alta jerarquía que olvidó encabezar un decreto con el lema
federal se humilló ante Rosas rogándole perdón por escrito:
"Me hallo agobiado con un profundo pesador al saber que he tenido la enormísima
desgracia de haber disgustado a V.E. Protesto ante 213 y 214 de galvez) V.E. por
lo más sagrado que solo por un descuido puramente involuntario puedo haber
dejado de escribir la palabra salvaje unitario (...) ¿Sería creíble que
contradiciendo mi modo de discurrir, me hubiera decidido a dejar de escribir la
palabra salvaje unitario, cuando a la exactitud de su aplicación se agrega mi
convencimiento íntimo de la justicia de ella?".
Capítulo 51 Si Ud. me cree de alguna utilidad
Indignado por la conducta de los franceses hacia su patria, San Martín desde
Grand Bourg, cerca de París, escribe a Rosas el 5 de agosto de 1838. Es la
primera misiva del Libertador al Restaurador, a quien nunca había tratado pero
sí elogiado en su epistolaridad con Guido y con O' Higgins.
Después de explicarle las persecuciones sufridas de Rivadavia que lo obligaron a
expatriarse en 1817, y su deseo de no mezclarse en la guerra civil en 1822, pasa
al objeto de la carta: "He visto por los papeles públicos de ésta el bloqueo que
el gobierno francés ha establecido contra nuestro país. Ignoro los resultados de
esta medida.
"Si son los de la guerra yo sé lo que mi deber me impone como americano; pero en
mis circunstancias y que no se fuese a creer que me supongo un hombre necesario
y por un exceso de delicadeza que usted sabrá valorar, que si usted me cree de
alguna utilidad sepa que espero sus órdenes.
"Tres días después de haberlas recibido me pondré en marcha para servir a mi
patria honradamente en cualquier clase que se me destine. Concluida la guerra me
retiraré a un rincón; esto es, si mi patria me ofrece seguridad y orden.
"De lo contrario regresaré a Europa con el sentimiento de no dejar mis viejos
huesos en la patria que
Capítulo 52 Muy dichosos nos reputaríamos
Rivera Indarte sancionará en las "Tablas de Sangre":
"(...) Nuestra opinión de que es acción santa matar a Rosas no es antisocial
sino conforme con la doctrina de los legisladores y moralistas de todos los
tiempos y edades. Muy dichosos nos reputaríamos si este escrito moviese el
corazón de algún fuerte, que hundiendo un puñal libertador en el pecho de Rosas,
restituyese al Río de la Plata su perdida aventura y librase a la América y a la
humanidad en general del grande escándalo que la deshonra".
Es el mismo que en 1934 compusiera el "Himno de los Restauradores":
"Oh Gran Rosas tu pueblo quisiera Mil laureles poner a tus pies.
Que el Gran Rosas preside a su Pueblo, Y el destino obedece a su voz. Del poder
la gran Suma revistes Y a la Patria tú debes salvar. Federales, a Rosas invicto
Jurad siempre constancia y valor que es temor de unitarios su brazo y del libre
el apoyo mejor".
Ya en 1839 su mediocre poética servía a otro patrón: "Conjunto horrible de
malvado y loco vil asesino, usurpador, tirano: todo baldón a definirse es poco y
la lengua fatigas y la mano". ("Al tirano Juan Manuel de Rosas")
Capítulo 53 El cáncer de nuestros ejércitos
Uno de los problemas que padecieron tanto las fuerzas federales como las
unitarias fue el de la deserción. La base de ello estaba en los sistemas de
reclutamiento pues la inmensa mayoría de los soldados eran "enganchados" por la
fuerza a través del sistema de levas que consistía en que una partida llegaba a
un pueblo y arreaba a todos los hombres en condiciones de combatir, lo que
retaceaba gravemente brazos para las tareas productivas. También una de las
penas más frecuentes, aún para delitos menores, era quedar incorporados por
varios años.
La paga era miserable y solía atrasarse, y las condiciones de vida eran
generalmente pésimas, no solo por la alimentación y la vivienda sino también por
el maltrato de oficiales ignorantes y rudos.
Eran tantos los desertores que solían organizarse en bandadas que compartían con
indios y asolaban las pampas cuatrereando ganado y asaltando poblados. Las
patrullas salían en su caza estimuladas por la recompensa de veinte pesos por
desertor vivo o muerto.
Los ejércitos de Rosas incorporaron mazorqueros como comisarios políticos que
tenían como función la de desalentar las deserciones por métodos compulsivos que
no ahorraban la exhibición ejemplarizadora de las cabezas de reales o supuestos
escapados en el extremos de picas.
Pero el método mas eficiente, aunque engorroso para el desplazamiento y la
logística de las tropas, fue la incorporación de mujeres, las "chinas", que no
sólo estaban para satisfacer las urgencias masculinas sino que a veces también
tomaban las armas.
El enviado norteamericano J. Mac Cann lo contaría en su libro "Two Thousand
Miles": "Es costumbre, a través de todas estas provincias, que cada soldado sea
autorizado durante toda una campaña a llevar una mujer como compañera, la que
recibe sus raciones regularmente (...) Las autoridades aducen que dicha licencia
es absolutamente necesaria para el bienestar del ejército, los hombres muestran
menos tendencia a desertar cuando tienen una mujer compañera, que trabaja para
él cocinando y cosiendo".
El general Paz cuenta en sus "Memorias" que su colega uruguayo Fructuoso Rivera,
durante la guerra con Brasil, le contó que Artigas había resuelto una deserción
que amenazaba con ser masiva trayendo "algunos cientos de chinas" que distribuyó
entre los soldados. La opinión del "manco" era negativa: "Las mujeres son el
cáncer de nuestros ejércitos, pero un cáncer que es difícil de cortar,
principalmente en los compuestos de paisanaje".
Capítulo 54 Enemigos de Dios y de los hombres
La jerarquía eclesiástica respaldaba sólidamente a Rosas, pidiendo a los fieles
que dieran total apoyo al "Restaurador de las leyes y defensor de la religión",
como se lo solía llamar en esos ámbitos.
El Obispo de Buenos Aires, Mariano Medrano, que lucía una ostentosa divisa
federal que, como era de práctica, reclamaba la muerte de los unitarios,
instruyó a los sacerdotes en su diócesis para que predicaran a mujeres y jóvenes
sobre la virtud de pertenecer a la causa federal:
"Nada es más justo para el clero como conformar sus opiniones con las del
Supremo Gobierno, por cuanto cualquier divergencia en esta parte pudiera ser
ruinosa y perpetuar males a todos tan sensibles". Mientras Rosas
condenaba personalmente a los masones, heréticos e impíos, a todos los cuales
identificaba con los unitarios, el obispo Medrano, a su vez, alababa "la Santa
Causa Federal".
Esta asociación se daba también en las provincias. El obispo de Cuyo, monseñor
Quiroga Sarmiento, felicitaría a don Juan Manuel por el exterminio "de la horda
inmunda de los unitarios, enemigos de Dios y de los hombres", a lo que éste
respondería con probable ironía que tal congratulación "es digna de un prelado
evangélico que siente en su corazón el santo fuego de la virtud cristiana, de la
caridad positiva y del amor ardiente a la Santa Causa de la Federación".
En las festividades el retrato de Rosas era exhibido en los altares y a veces
sacado en procesión por las calles flanqueado por sacerdotes ornados con
sobrepellizas coloradas.
La mayor parte de los miembros inferiores del clero se mostraba con vehemencia
favorable a Rosas, virtualmente otra rama de su populismo, una especie de
milicia espiritual que predicaba con violencia contra los unitarios, a quienes
acusaban por las medidas anticlericales de Rivadavia y contra quienes instigaban
ahora por venganza. Era un clero criollo de humilde origen y por lo tanto de
poca educación, formación y disciplina pero poseídos de un vigoroso sentimiento
nacional y comprometidos con los suyos, los sectores populares. Algunos de ellos
eran de hecho caudillos menores de fuerte arraigo entre la chusma y desde sus
púlpitos predicaban la santidad del Restaurador y pedían el exterminio de sus
enemigos.
Así eran el padre Camargo, fray Florencio Rodríguez, el padre Solís y
especialmente, el padre Gaeta, que vestía las imágenes de santas y santos con
colores y divisas federales y comenzaba sus sermones con la exhortación:
"Feligreses míos, si hay entre nosotros algún asqueroso salvaje unitario, que
reviente".
Rosas era católico convencional, por nacimiento y educación. Rezaba, creía en la
Divina Providencia y consideraba sinceramente a sus adversarios como "enemigos
de Jesucristo". Exorcizó al liberalismo anticlerical de Rivadavia, restauró
iglesias, reinstaló a los dominicos y autorizó el regreso de los jesuitas.
No ignoraba la importancia política que tenía el apoyo de la Iglesia para
garantizar el orden social y la subordinación colectiva. La subvencionaba
generosamente y así la dominaba y la manipulaba, tratando al clero como una rama
del rosismo y esperando de ellos que sirvieran en todo a la Causa federal.
Reclamó el derecho de patronato, lo que le permitió nombrar solamente a prelados
federales en los más altos cargos eclesiásticos para lo que mantenía fuera de la
Argentina a la jurisdicción papal. Por decreto del 27 de febrero de 1837 declaró
nula toda bula papal emitida desde 1810 y todo nombramiento eclesiástico allí
contenido. Y todavía en 1851 se rehusó a negociar con un enviado del Papa cuya
misión era resolver la disputa sobre el patronazgo, despidiéndolo con una nota
tajante, instándolo a "que se digne transferir los arreglos con S.S. para una
época más adecuada".
Con los jesuitas la situación fue distinta. Regresaron a la Argentina en 1836,
setenta años después de su expulsión por Carlos III, por invitación de don Juan
Manuel, quien les restituyó su antigua iglesia y colegio de San Ignacio, les
permitió abrir escuelas, planear misiones a los indios y reestablecerse en
Córdoba y en Buenos Aires.
Llegaron a Buenos Aires seis jesuitas españoles el 9 de agosto de 1836 a bordo
del bergantín inglés "Eagle", a los que siguieron otros con breves intervalos.
Rosas favoreció a los jesuitas porque estaba impresionado, según lo manifestase
el decreto correspondiente, por "los incalculables servicios que había rendido
previamente la Compañía a la religión y al estado". Suponía que, escaldados por
sus experiencias previas, serían un dócil refuerzo para sostener el orden y la
unión, y esperaba de ellos que, como los otros religiosos, predicaran "las
ventajas de nuestra Santa Causa Federal".
Pronto quedó decepcionado. El éxito inmediato y la popularidad de los recién
llegados despertaron su desconfianza por el posible desarrollo de un foco rival
de intereses e influencias, y más aún cuando constató que eran neutrales en
política.
No pasó mucho tiempo antes de que fueran acusados de pro-unitarios, acosados por
los activistas federales y aterrorizados por la Mazorca. Corajudamente se
resistieron a que sus escuelas e iglesias se convirtieran en centros de
propaganda federal. Se negaron además a hacer "funciones federales", a predicar
la doctrina rosista y a colocar el retrato del Restaurador en sus altares.
Era demasiado. Hacia 1840 Rosas se había vuelto decididamente en contra de
ellos, pronto a "la execración de ese cuerpo extraño" (Lucio V. Mansilla),
alegando que sólo buscaban obtener poder y dominación y que respondían a un
gobierno extranjero, el Vaticano.
La Compañía de Jesús se había erigido en un poder independiente dentro de otro
celosamente autocrático como era el gobierno de Rosas. Su acción se había
dirigido a los jóvenes de la clase principal y la cuota de su colegio era
solamente accesible a los estudiantes de buenos recursos. Las familias que
frecuentaban al padre Berdugo, superior del colegio, pertenecían a la oposición
unitaria.
A tono con la clase social donde buscaron influencia, en sus aulas no se
pronunciaba la palabra "federación" ni se exigía la divisa punzó. Su marcha era
"gambetera", según Rosas, y Manuelita les enrostró públicamente "que no andaban
de frente". Cuando se descubrió la conspiración de Maza sólo allí no se rezó una
solemne misa cantada con el correspondiente sermón "federal". Ni el padre
Berdugo felicitó a Rosas públicamente, como lo hizo todo el clero.
Ningún federal, diría el coronel Mariño al rehusarse a asistir a una boda
celebrada en San Ignacio, pisaba su iglesia "para no rozarse con los salvajes
inmundos unitarios". No pocas familias retiraron a sus hijos del colegio
temiendo un asalto, sobre todo porque se repartieron amenazantes pasquines con
jesuitas colgados de horcas.
Finalmente el padre Berdugo y los demás sacerdotes escapan a Montevideo. Rosas
hará saber entonces a la población que dicha huida, como si hubiera sido tomada
en pleno libre albedrío, confirmaba el compromiso de los jesuitas "por los
salvajes unitarios, además de su ingratitud y su perfidia".
Capítulo 55 La honestidad del dictador
Eran tantos y tan poderosos sus enemigos que Rosas tuvo la premonición de un
duro exilio. Si bien durante sus gobierno favoreció a algunos amigos y aliados
nunca fue generoso consigo mismo, no solo por su espíritu religioso sino también
porque para que el pueblo avalase su autocracia, para que no la sintiese al
servicio de sus intereses personales, debía dar pruebas de una transparente
honestidad.
Seguramente, en su interior, doña Agustina lo vigilaría con gesto adusto e
imperativo.
En una única oportunidad conocida, en 1839, y por relato de su cuñado Lucio N.
Mansilla, pareció estar a punto de sucumbir a la tentación en tiempos en que
enfrentaba enormes dificultades:
—Amigo, usted es un hombre de buen gusto, hágame el favor de comprarme unas
lindas alhajas que deseo hacer un regalo a Encarnación.
El general Mansilla asiente y se retira del despacho del gobernador. En pocos
días cumple con el recado. No son muchas pero sin duda son lo más valioso que se
puede elegir en "Fabre", el continuador de una dinastía de joyeros que ha
abierto tienda en una de las esquinas de la plaza de la Victoria.
Rosas las recibe y las sopesa sin urgencia, observándolas con la atención de un
relojero.
—Son muy bonitas - dice al fin-pero son pocas. Yo quería algo mejor.
Mansilla le explica que las puede devolver pero don Juan Manuel responde:
— No, se comprarán después otras, porque ya sabe usted, nunca se está seguro, y
si uno de estos días me agarra la trampa, llevando eso Encarnación entre las
polleras durante algún tiempo tendremos con qué vivir.
Nada de eso se hizo y en 1851, luego de Caseros, el representante británico en
Buenos Aires, Mr. Robert Gore, quien tendría a su cargo el embarque clandestino
de Rosas con proa a su largo exilio, informará a su Canciller , lord Henry
Temple, que "el general me aseguró que no tenía un centavo fuera del país y que
llevaba consigo una insignificancia, alrededor de 720 onzas, en nuestra moneda
2300 libras, y que si sus propiedades en este país fuesen confiscadas él y su
familia se arruinarían". Así fue.
Sobre la honestidad del Restaurador uno de los testimonios más conmovedores es
el del economista José María Ramos Mejía, condicionado familiarmente a la
antipatía hacia Rosas por ser hijo de Matías Ramos Mejía, uno de los líderes del
la "Revolución del Sur" que apenas se libró del fusilamiento y que luego fue
edecán del general Lavalle:
"Mis escrúpulos estrujaban el lenguaje para sacar una fórmula condenatoria que
satisficiera a la pasión política, hasta que por fin triunfó la probidad
histórica y estampé el pensamiento con franqueza: en el manejo de los dineros
públicos Rosas no tocó jamás un peso en provecho propio, vivió sobrio y modesto,
y murió en la miseria".
Capítulo 56 Objeto de mi veneración particular
Se le puede reprochar a Rosas que no evitó la adulonería.
El director del "Teatro de la Ranchería", Antonio González, dará a conocer sus
ideas en el "Diario de la Tarde": "Lo diré de una vez: el invicto e ilustre
Restaurador de las Leyes, el Padre de la Patria, el Gran Ciudadano, Brigadier,
Gobernador y Capitán General de la Provincia, don Juan Manuel de Rosas, es el
objeto de mi veneración particular y a quien rendidamente tributo el homenaje de
mi constante adhesión
"(...) En tal supuesto he destinado para el indicado día la representación de un
hermoso drama, que aunque se ha exhibido ya en nuestro proscenio, reformado hoy
parcialmente y adaptado a las circunstancias del día, no dudo que será recibido
con placer. Es en 5 actos y su título: "El buen gobernador" (Raúl H.
Castagnino).
Capítulo 57 Signo de imbecilidad moral
Casi nada quedó por decir en contra de Rosas. Ni siquiera se libró de
tendenciosos informes morfopsicológicos como el del ya citado Dr. José Ramos
Mejía:
"(...) Hasta en la forma de su cabeza había condiciones orgánicas que favorecían
la producción de su imbecilidad moral. Su cráneo, aunque no era visiblemente muy
defectuoso y asimétrico, no parecía tampoco artísticamente conformado. La
abundancia exuberante de su cabello encubría las señales inequívocas del
desigual desarrollo de su cerebro.
"Mientras en los hombres distinguidos la región anterior del cerebro está más
desarrollada que en los hombres vulgares, la parte posterior, al contrario, es
mucho más pequeña no sólo de una manera relativa sino también absoluta (Broca).
"(...) Y bien, estudiemos el cráneo de Rosas, la configuración exterior de su
cabeza, y veremos como las pasiones ciegas, los instintos del bruto, el alma
occipital en una palabra, está desarrollada de una manera exuberante en gran
detrimento de los lóbulos anteriores.
"La frente, poco espaciosa, es fugitiva y deprimida, estrecha y cerrada, signo
incontestable de inferioridad moral (...) Los microcéfalos y los idiotas poseen
una frente fugitiva, las fosas frontales deprimidas y muy bajas (...). Mirada su
cabeza de frente, el ojo menos perspicaz descubre al instante la estrechez y
poca extensión del frontal: angosto, corto y revelando toda la inferioridad de
su alma.
"Los arcos superciliares prominentes, espesos y proyectándose atrevidamente
hacia fuera, la órbita profunda, ancha, elevada a expensas de las hendiduras
frontales y reduciendo los lóbulos anteriores, las cejas abundantes, el párpado
de aspecto edematoso, signo para mí de inferioridad, y la mirada encapotada,
siniestra, que brotaba de unos ojos celestes bellísimos(...)".
Tampoco un joven escritor, en 1925, se privaría de opinar en su "El tamaño de mi
esperanza": "La Santa Federación fue el dejarse vivir porteño hecho norma, fue
un genuino organismo criollo que el criollo Urquiza (sin darse mucha cuenta de
lo que hacía) mató en Monte Caseros...". Y agregaba: "Nuestro mayor varón sigue
siendo don Juan Manuel: gran ejemplar de individuo, gran certidumbre de saberse
vivir, pero incapaz de erigir algo espiritual, y tiranizado al fin más que nadie
por su propia tiranía y su oficinismo". Se trataba de Jorge Luis Borges.
A su vez, John Murray Flores, encargado de negocios de los Estados Unidos, opina
sobre don Juan Manuel en comunicación con Washington, noviembre de 1840:
"Es una persona de educación limitada pero se parece a esos farmers de mucho
carácter que abundan en nuestro país y que son considerados con justicia la
mejor garantía de nuestra libertad nacional. Sin embargo, difiere de cualquier
cosa conocida entre nosotros ya que debe su gran popularidad entre los gauchos
al hecho de haberse asimilado casi totalmente a su manera singular de vida, su
indumentaria, sus labores y aún sus deportes. Se dice que no tiene competidor en
cualquier ejercicio físico, aún aquellos más violentos y difíciles (...)
"Es sumamente suave de maneras y tiene algo de las reflexiones y reservas de
nuestros jefes indios. No hace ostentación alguna de saber, pero toda su
conversación trasluce un excelente juicio y conocimiento de los asuntos del país
y un cordial y sincero patriotismo (...) Sus modales exteriorizan una atrayente
modestia. Vestía un rico uniforme militar y me confesó con toda ingenuidad que
era la primera vez en su vida que usaba semejante prenda, aun cuando es bien
sabido que ha tenido el rango y la autoridad de comandante general".
Capítulo 58 Quedó todo sosegado
El general José María Paz, envuelto en la ferocidad del odio fratricida, no
logró impedir que sus manos se mancharan con sangre. Recordemos a Domingo
Arrieta, que fuera su oficial en la "campaña de la sierra", quien cuenta en sus
"Memorias de un soldado": "Mata aquí, mata allá, mata acullá, mata en todas
partes, teníamos orden (de Paz) de no dejar vivo a ninguno de los que pillásemos
y al cabo de dos meses quedó todo sosegado".
Sin embardo, años más tarde, el "manco" parece sufrir de amnesia cuando en sus
"Memorias" contribuye a la negra leyenda de la crueldad federal con una vivencia
seguramente auténtica de cuando estaba preso de Rosas en Luján:
"El coronel Ramírez se hallaba entonces en el cantón de "la Barrancosa", y
repentinamente mandó a Luján, en clase de arrestado, al teniente Montiel, joven
apreciable y de interesante figura. Nadie, ni el mismo Montiel, sabía la causa
de su arresto y de su expulsión de "la Barrancosa"; no estaba incomunicado,
pero, por ciertas precauciones que se observaban, se venía en conocimiento que
estaba bien recomendado.
"Después de doce o quince días de prisión se presentó en Luján el capitán o
mayor Macaluci, con orden de conducir a Montiel a "la Barrancosa". Yo los vi
salir de la cárcel juntos y montar a caballo una mañana, después de haber hecho
un abundante almuerzo, en que el vino no había andado muy escaso; conversaban y
reían juntos y no iba escolta alguna; me dijeron que dos o tres soldados que
llevaba Macaluci los había mandado esperar a la orilla del pueblo, para
aparentar mejor la inocencia de aquel viaje.
"Nadie, pues, sospechaba el fatal destino de Montiel, y no es sino con estupor
que se supo a los tres o cuatro días que inmediatamente de llegado a "la
Barrancosa" había sido fusilado, sin juicio, sin defensa, sin recibirle siquiera
confesión, y sin más antecedentes que algunas declaraciones tomadas a otros en
su ausencia.
"Hacía meses que Ramírez había tenido un encuentro con los indios, sobre los que
obtuvo algunas ventajas, ventajas que se exageraron, cacarearon y celebraron del
modo más ridículo; nadie había hablado, hasta entonces, del malogro de una carga
por haber hecho sonar un trompeta el toque de alto, ni cosa parecida; mas, un
día (y ahora es que empieza la relación de Ramírez) que iba éste paseando por el
campamento, oyó, por casualidad, que un trompeta refería a otro soldado que el
teniente Montiel le había mandado tocar alto, y que por eso no había obtenido la
carga todo el resultado; entonces fue que mandó salir a Montiel, y que reunió
otras declaraciones que comprobaban el hecho. Formalizadas éstas, dio cuenta a
Rosas, quien ordenó que se fusilase a Montiel sobre la marcha, para lo que se le
hizo regresar a Luján con Macaluci, según se ha referido".
Es interesante reproducir, de dichas "Memorias", la "ligera comparación entre
los dos caudillos bajo cuya férula tuve que sufrir ocho años de prisión: el uno,
Rosas, me mandó libros; al otro ni se le ocurrió que podía necesitarlos.
"Aquél me hace conocer francamente sus intenciones; Estanislao López, taimado y
taciturno, quiere que le adivine, y se irrita porque cree que no puedo
comprenderlo, pues para esto hubiera sido preciso bajarse hasta donde me era
imposible llegar.
"Ambos, gauchos; ambos tiranos; ambos, indiferentes por las desgracias de la
humanidad; pero el uno obra en grandes proporciones; el otro, limitado a una
estera tan reducida como su educación y sus aspiraciones.
"Rosas marcha derecho; López por rodeos y callejuelas, Rosas fusila ochenta
indígenas en Buenos Aires y en un solo día; López los hace degollar en detalle
de noche y en un lugar excusado.
"Rosas pretende que se le tenga por hombre culto, pero haciendo ver que no son
para él una traba las formas de la civilización; López se rebela contra la
sociedad siempre que le da a entender que ha dejado de pertenecer al salvajismo.
"Rosas quiere el progreso a su modo, un progreso (permítaseme la expresión)
haciéndonos retroceder en muchos sentidos; López nada quiere, sino el quietismo
y un estado perfectamente estacionario.
"Rosas escribe mucho y da grande valor al trabajo de gabinete; López aparenta el
mayor desprecio por todo lo que es papeles, imprenta y elocuencia.
"Por el contrario, López ha sido feliz en los campos de batalla, y tenía cifrada
su vanidad en eso; Rosas no ha aspirado a la gloria militar, sea por sistema,
sea por otro motivo que no haga tanto honor a su valor personal".
Capitulo 59 La novela negra
Nuestra historia oficial ha hecho de Rosas y sus circunstancias una novela
negra.
Capítulo 60 La muerte de Encarnación
En las cartas que Encarnación le escribió a Vicente González, en octubre de
1833, mientras Rosas se hallaba en la Campaña del Desierto y en Buenos Aires se
conspiraba contra Balcarce, le decía:
"(...) Ya le he escrito a Juan Manuel que si se descuida conmigo, a él mismo le
he de hacer una revolución, tales son los recursos y opiniones que he merecido
de mis amigos.".
Ese era el temple de esa mujer que moriría en 1838, prematuramente, cuarenta
años antes que su esposo
"A nadie quizás amó tanto Rosas como a su mujer, ni nadie creyó tanto en él como
ella; de modo que llegó a ser su brazo derecho, con esa impunidad, habilidad,
perspicacia y doble vista que es peculiar a la organización femenil. Sin ella
quizá no vuelve al poder.
"No era ella la que en ciertos momentos mandaba; pero inducía, sugestionaba y
una inteligencia perfecta reinaba en aquel hogar, desde el tálamo hasta más
allá; hasta donde las opiniones, los gustos, las predilecciones, las simpatías,
las antipatías y los intereses comunes debían concordar.
"(...) Rosas en los primeros tiempos de su gobierno no vivía aislado. Su
aislamiento vino después de la muerte de su mujer. Salía, circulaba, hasta de
noche era fácil hallarlo sólo por barrios apartados; él mismo parece que hacía
su policía tomándole el pulso a la ciudad" (Lucio V. Mansilla).
Al general Pacheco el desconsolado viudo, "traspasado de un dolor intenso", le
confía: "Esa santa era la esencia de la virtud sublime y del valor sin ejemplo".
Le hace funerales imponentes que cuestan cerca de treinta mil pesos. Ciento
ochenta misas. Durante su vida entera le hace decir misas, en Buenos Aires o en
Southampton. Y levanta un templo en su honor, el de Nuestra Señora de Balvanera.
Quiere que todos la lloren y lleven luto por ella. Viste de negro a sus criados
y bufones. El ejército se enluta con un velillo negro alrededor del morrión o
del quepí. El ataúd es llevado a pulso a San Francisco, donde será enterrado
luego de pasar en medio de una calle humana formada por tropas a la izquierda y
por eminentes federales a la derecha. Y lo acompaña una multitud de veinticinco
mil personas, cifra inmensa en aquella pequeña ciudad de no más de sesenta mil
habitantes, muchos de los cuales asisten espontáneamente mientras que otros lo
hacen temiendo ser identificados como "asquerosos" opositores.
En la noche siguiente, en casa del Restaurador, y sin que él intervenga, nace el
cintillo federal. Para demostrar adhesión y congoja ya no basta con la divisa
punzó que se lleva en la solapa, los oficiales deciden agregar, sobre el luto
del sombrero, una angosta cinta roja.
Los unitarios, empeñados en sembrar injurias, difundirán que Rosas no amó a su
mujer, que le negó un confesor en sus últimos momentos, que no la hizo atender
por un médico. Sin embardo el Restaurador escribirá a su médico, el doctor
Lepper:
"Si algo es capaz de templar de algún modo el acerbo dolor que ocasiona la
muerte de la que más se quiere, es el recuerdo de no haberse separado V. E. de
su lado noche y día y haber sido constantemente su más cuidadoso enfermero,
hasta presenciar el doloroso lance de verla cerrar sus ojos en sus brazos".
La calumnia inventa que Rosas, no queriendo que ella se confesara para no
revelar sus crímenes, llamó al sacerdote cuando ya estaba muerta y en
complicidad con éste, para simular la confesión a los ojos de parientes y
amigos, pasó su brazo debajo de la cabeza de Encarnación y la movía. Esto lo
habría contado nada menos que Juanita Ezcurra, hermana de la finada, pero años
después de la muerte de Rosas, interrogada sobre el tema declaró ser
absolutamente falso cuanto dijeron los enemigos de Rosas.
Don Juan Manuel ha quedado solo. Encarnación fue la única persona que lo
comprendió de veras. Amó con pasión a su "compañero" y su "amigo", calmó su
fiereza y puso un poco de ternura en su vida. Nunca la sustituirá y ya no habrá
mujer en la vida de Rosas, pues la jovencísima Eugenia Castro no pasará de ser
quien satisfaga, de entrecasa, necesidades fisiológicas del gaucho viril.
En cuanto a Manuelita, a quien su padre adora, se constituirá en su gran
colaboradora, pero por su juventud y sujeción, si bien a veces tendrá una
influencia afectiva sobre las decisiones, nunca será persona de consejo para don
Juan Manuel quien, con Encarnación, ha perdido sentimental y políticamente, un
insustituible tesoro.
En los años trágicos que sobrevendrán quizás ella hubiera aquietado y humanizado
la implacable justicia del dictador.
Capítulo 61 Se engañarían los bárbaros
Nuestra historia oficial es clasista. Reserva un lugar muy poco jerarquizado a
quienes se apoyaron en el favor de los sectores populares y que los
representaron y defendieron.
Tal el caso de Cornelio Saavedra, quien "desaparece" de sus páginas cuando el 8
de abril es el motivo de una masiva y sorprendente pueblada que conmueve a la
clase alta porteña, tanto a los que defienden a España como a los independistas.
Gauchos, mulatos, indios y orilleros invaden la plaza de la Victoria,
acaudillados por otro gran censurado (no "olvidado"), Joaquín Campana, para
apoyar a Saavedra amenazado por los morenistas probritánicos que quieren copar
la revolución. Como lo harían seis meses después cuando el movimiento popular
fue derrotado y sus jefes, entre ellos don Cornelio, castigados con severidad.
Otro ejemplo es el de Manuel Dorrego, gran patriota, cuya oprobiosa muerte tiene
menos "rating" que la de su verdugo, Juan Lavalle, cantada épicamente por
Ernesto Sábato a pesar de haber combatido contra su patria como jefe de las
fuerzas terrestres del bloqueo francés, lo que nunca le será reprochado porque
se trataba de destruir, fuese como fuese, al invicto Restaurador.
También por ello se olvidará que a su dictado se debe una proclama contra
Estanislao López que nuestra historia oficial hubiese deseado adjudicar a Rosas:
"¡La hora de la venganza ha sonado! ¡Vamos a humillar el orgullo de esos
cobardes asesinos! Se engañarían los bárbaros si en su desesperación imploran
nuestra clemencia. Es preciso degollarlos a todos. Purguemos a la sociedad de
esos monstruos. ¡Muerte, muerte sin piedad!".
De Dorrego ha tenido mayor difusión la banal anécdota de su burla a la voz
aflautada de Belgrano que sus denuncias contra el ominoso empréstito Baring que
comprometía no sólo a Rivadavia, precursor del capitalismo entreguista, sino
también a distinguidos miembros de la elite porteña...
Nos han enseñado que el fusilamiento en los campos de Navarro fue un "error" de
Lavalle. Es lo mismo decir que las muertes del "Che" Guevara, de Gaitán o de
Lumumba han sido "errores". Fueron eliminados por ser auténticos revolucionarios
con apoyo popular que amenazaban seriamente un "statu quo" que favorecía al
sector económica, política y culturalmente dominante. Basta con releer la arenga
de Dorrego en la Sala de Representantes contra la constitución unitaria y
antipopular de 1829
(Capítulo nnn).
¿Puede considerarse casualidad que la plaza que lleva el nombre y la estatua de
Lavalle ocupe el lugar donde se erigía el solar de los Dorrego?
La historia oficial, liberal y aristocratizante, nos ha hecho creer que los
caudillos provinciales, cuya fuerza no residía en los ingresos de la aduana ni
en los beneficios del comercio portuario sino en la lealtad de las plebes, eran
personajes ignorantes, mal entrazados y crueles. Un ejemplo paradigmático del
"bárbaro" sería Facundo Quiroga, ocultándose que su cabello no era renegrido,
casi simiesco, sino castaño, que pertenecía a una de las familias mas
aristocráticas de la Rioja, que nada tenía de inculto, para los parámetros de su
época, pues era capaz de recitar de memoria largas tiradas de la Biblia.
En cambio será "civilizado" Paz, quien luego de su victoria sobre Quiroga en "La
Tablada" dio orden a su jefe de Estado Mayor, coronel Deheza, de "quintar" a los
prisioneros, es decir de fusilar a uno de cada cinco, los que sumaron más de
cien.
Bernardino Rivadavia, abanderado del libre comercio y de la fascinación por la
extranjería y por lo tanto uno de los favoritos de los textos escolares, durante
su primer año en el Triunvirato hizo ejecutar a más de 60 reos en la plaza de la
Victoria, cantidad equivalente a las victimas del terror de Rosas en 1840. Sin
embargo ya sabemos quién de los dos será considerado un tirano sangriento.
La estadística, por su parte, demuestra que en 1840 no ha habido las matanzas en
masa y unilaterales de las que hablan los historiadores unitarios. El número de
defunciones en ese año es de mil quinientos cincuenta y siete, inferior en
doscientos diez al de 1838, en ciento diecinueve al de 1839, en setecientos
catorce al de 1841 y en quinientos setenta y nueve al de 1842.
Y hay una opinión imparcial: la del librero español Benito Hortelano. En unas
memorias editadas en España, adonde ha vuelto después de enriquecerse en Buenos
Aires, declara que como oyera hablar a mucha gente sobre los crímenes colectivos
achacables a Rosas de los años 1840 y 1842, propúsose averiguar su número.
Preguntando aquí y allá en la todavía abarcable ciudad llega a la conclusión de
que en total, en ambos años, el número de asesinados no ha llegado a ochenta.
Don Juan Manuel heredará de Dorrego el liderazgo federal y también el odio de
los poderosos, que lo perseguirán hasta mucho después de su muerte, haciendo que
recién en 1990 el presidente justicialista Carlos Menem repatriase sus restos a
pesar de la indignación de muchos ¡un siglo y medio después de su derrocamiento!
Cabe también decir en elogio del civilizado pluralismo de nuestro pueblo que se
aceptó sin disturbios que la recia efigie del Restaurador ilustrase los billetes
de veinte pesos y que en el cruce de las avenidas Libertador y Sarmiento se
erigiese su monumento ecuestre, a pocos metros de donde se emplazara su
residencia de San Benito de Palermo.
Pero no se le perdonará haber tenido de enemiga a la clase alta ligada al
comercio y a la cultura europea. Provocará mucho más horror en no pocos de
nuestros historiadores más conspicuos la muerte luego de juicio con las
formalidades de la época de una O' Gorman o de un Avellaneda que las matanzas de
gauchos sobre quienes Sarmiento expresase con terrible sinceridad: "No trate de
economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil. La
sangre de esta chusma criolla, incivil, bárbara y ruda es lo único que tiene de
seres humanos" ("El Nacional", 3 de febrero de 1857).
Las posiciones antipopulares no disgustan a nuestra historia oficial quien
ensalzará justificadamente al sanjuanino por su genial visión sobre la
importancia de la educación en nuestro destino como país, pasando por alto sus
inclementes manifestaciones sobre pobres y marginados:
"Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo
remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quien mandaría a
colgar ahora mismo si reapareciesen (...) Incapaces de progreso, su exterminio
es providencial y útil, sublime y grande. Se les debe exterminar sin ni siquiera
perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado" ("El
Progreso", 27 de septiembre de 1844).
Sarmiento será, para la posteridad, la "civilización", en tanto que el
Restaurador que se ocupó de redactar de su puño y letra un "Diccionario de
términos pampas" para facilitar la comunicación con los indios, será la
"barbarie".
Nadie expresará mejor lo aquí sostenido que Juan B. Alberdi en sus "Escritos
póstumos": "En nombre de la libertad y con pretensiones de servirla, nuestros
liberales Mitre, Sarmiento y Cía., han establecido un despotismo turco en la
historia, en la política abstracta, en la leyenda, en la biografía de los
argentinos. Sobre la Revolución de Mayo, sobre la guerra de la Independencia,
sobre sus batallas, sobre sus guerras, ellos tienen un alcorán que es de ley
aceptar, creer, profesar, so pena de excomunión por el crimen de barbarie y
caudillaje".
Capítulo 62 El celador de calzones celestes
Rosas, en el convulsionado 1840, encerrado en su despacho, lee atentamente las
clasificaciones personales de la población que la policía le remite.
"Pastor Albarracín: No ha prestado servicios a la causa de la Federación. No usa
bigote, es unitario salvaje. Fue preso por hablatín contra el Superior
gobierno".
"Juan Navarro: Es paquete de frac unitario. Fue preso el 25 de junio por tener
reuniones de unitarios salvajes en su casa".
"Manuel Jordán: Hablatín contra el Superior Gobierno. Es salvaje unitario y se
ha quitado el bigote.
"Juan Araujo: Se reunía con los salvajes unitarios a criticar las providencias
del gobierno, en casa del reo Tiola que fue ejecutado.
"José María Bustillos: es paquete, salvaje unitario y está de oficial
escribiente en la administración de correos".
Rosas interrumpe la lectura y escribe rápidamente: "Queda depuesto del empleo
por salvaje unitario". Y continúa leyendo:
"Martín Quintana: es paquete de frac. No usa divisa. Fue preso del coronel
Cuitiño por salvaje unitario.
"José Julián Jaunes: es uno de los que patearon la divisa con el retrato de Su
Excelencia.
Y siguen por millares las fichas que el dictador lee, anota y clasifica. A veces
suspende la tarea porque la lectura de alguna le ha sugerido una resolución y
dicta:
"Prevéngase al comisario Isidro López que el celador que está con él tiene
calzones celestes y que él usa capote verde; que sino tienen cómo vestirse uno y
otro, con exclusión de tales colores unitarios, es menos malo que cesen en su
empleo que causar semejante escándalo un funcionario público de su clase. Por lo
que se dispone se le dé baja en el Departamento".
Es el mismo patrón de estancia que ordenaba a sus mayordomos: "Todas las noches
debe un peón, una noche uno y otras otro, recorrer la quinta y dar dos vueltas,
una por dentro y otra por fuera; para esto debe llevar los perros y el que no lo
siga lo llevará con una guasca. El perro que no siga a pesar de poner los medios
para ello, se matará. El capataz debe de cuando en cuando espiar al que da la
vuelta(...) En cuanto al administrador cuidará escrupulosamente de no fiarse de
lo que le digan ni de lo que oiga a los capataces, pues él, en persona, debe
verlo todo con sus ojos y desengañarse a su completa y entera satisfacción."
Capitulo 63 La Comisión Argentina y los auxiliares
Lo de Rivera y su reticencia a cruzar el Paraná y lanzarse contra Rosas de
acuerdo a lo convenido y pagado se hace ya intolerable. Sobretodo porque el
tiempo juega a favor del Restaurador debido a la impaciencia que crece en el
gobierno inglés y en la ciudadanía francesa.
El almirante Leblanc escribirá en su "Diario" que el gobernador de Montevideo
"pasa los días en jugar, en el libertinaje y lleva la vida de un indolente
gaucho". Es que don Frutos sabe que ir contra Buenos Aires y la oleada
patriótica a favor de su gobernador pondrá en riesgo su puesto de privilegio.
Además los franceses pretenden que sean él y sus hombres los que se jueguen la
vida mientras ellos se limitan a soltar un dinero que siempre le parecerá
insuficiente.
Por otra parte los rioplatenses conocen lo que el rencor de don Juan Manuel es
capaz... Cullen, desde el otro mundo, podría contarlo...
Ajeno a estos razonamientos Leblanc redacta su indignación: "Mientras sus
aliados combaten y mueren por la causa común, él permanece inactivo en su
campamento de Durazno de dónde no se ha movido desde que llegó. Es así como
sostiene a sus aliados... ¡Qué conducta! ¡Qué hombre!".
Francia estaba decidida a luchar hasta el último criollo, sin arriesgar ni uno
solo de sus hombres y el astuto Rivera no se prestaba al juego. No en vano Rosas
lo había bautizado el "pardejón", que es la mula macho imposible de domesticar,
que a veces simula estar amansado y espera la oportunidad para cocear a su
jinete.
En su fuero íntimo don Frutos se burlaría de la inocencia de los invasores para
quienes el asunto era muy fácil, según se lo expresase de Martigny, designado
ministro plenipotenciario en Buenos Aires aunque jamás llegó a presentar sus
cartas credenciales: se trataba de ir con 600 hombres sobre Entre Ríos que se
levantaría en masa contra el tirano y por la libertad; en los días siguientes la
fuerza ya contaría con 6.000 combatientes que caerían sobre Santa Fe,
duplicarían su número y su armamento y luego "con la rapidez del relámpago"
atacarían Buenos Aires cuya población se sumaría con entusiasmo a la imbatible
expedición punitiva que contaría con el apoyo de la escuadra.
Ante las "inexplicables" postergaciones de el "pardejón" la Comisión Argentina
recibe el encargo de buscar una solución
Un militar de fuste, el general Juan Lavalle, expatriado en la Banda Oriental,
se indigna con quien años más tarde será el autor de nuestra constitución
nacional. Llama "madama" a quien Sarmiento también llamará "eunuco" y señala:
"Estos hombres conducidos por un interés propio muy mal entendido quieren
trastornar las leyes eternas del patriotismo, el honor y el buen sentido. Confío
en que toda la emigración preferirá que se la llame estúpida a que su patria la
maldiga mañana con el dictado de vil traidora". Sigue: "El gobierno de Rosas es
nacional y yo tengo la ambición de regresar a mi país con honor".
En Montevideo, a mediados de diciembre de 1838, se había formado la "Comisión
Argentina", compuesta por emigrados unitarios adherentes a la complicidad con el
país galo: Martín Rodríguez, Florencio Varela, Salvador del Carril, Valentín
Alsina... Los mismos que habían convencido a Lavalle de ajusticiar a Dorrego.
Dicha comisión financiaría sus actividades con los aportes franceses y con el
producido del contrabando con la sitiada Buenos Aires.
La Comisión envía tres mil quinientos pesos a Lavalle, pero éste, desde su
estancia "El Vichadero", cerca de Mercedes (Uruguay), devuelve indignado el
dinero. Los doctores unitarios no cejan en su intento y le envían un emisario,
Francisco Pico, quien el 9 de febrero de 1839 escuchará de labios del
prestigioso oficial de San Martín: "¡Díos nos libre de suscitar contra nosotros
el espíritu nacional! Desde entonces no sería nuestro enemigo Rosas, sino la
nación entera. Nuestro destierro sería eterno, y lo que es peor, merecido".
La presión continuará. Alberdi, para borrar el mal efecto que su artículo había
producido en Lavalle y dejando pasar lo de "madama", le escribe: "Soy uno de los
muchos jóvenes que hemos aprendido a venerar al hombre de Lavalle (...) una de
las glorias americanas más puras y más bellas (...) se trata de que usted acepte
la gloria que le espera y una gran misión que le llama en esta segunda faz de la
Revolución de Mayo". La "gloria que le espera" a Lavalle era, claro, aceptar la
conducción de las tropas terrestres de la invasión francesa a nuestra patria.
Una vez más Lavalle cede a los cantos de sirena de los doctores porteños, ahora
exiliados en Montevideo. No son pocos los que sostienen que lo que lo convenció
fue una importante suma de dinero. Sin embargo, el héroe de Riobamba demostró a
lo largo de toda su trayectoria una honestidad y una integridad a toda prueba.
Era su inteligencia la que quedaba muy rezagada ante esas virtudes. Lavalle fue
convencido de que era su deber de patriota derrocar a Rosas, sea como fuese.
El secretario privado de Rivera, don José Luis Bustamante, dará años más tarde
una versión distinta: se le habría ofrecido a Lavalle la gobernación de Buenos
Aires y una futura presidencia de la República.
El 2 de abril de 1839 se reúne con la Comisión Argentina. Su única condición es
no aceptar compartir la jefatura con Rivera. De mala gana acepta que el mando
formal sea del uruguayo con el compromiso de ser él quien en la realidad
comandase la fuerza invasora. El "pardejón" se hará el distraído pues no tenía
interés en pelear contra Rosas, y menos después de haber sabido sobre la caída
de Santa Cruz en Yungay. Los franceses ya le habían dado la presidencia de la
República Oriental, y le mezquinaban el dinero para gastos de guerra. El
bloqueo, que le había sido una buena fuente de ganancias en un principio, no lo
era tanto ahora por las medidas de Leblanc para establecerlo seriamente.
Rosas en cambio podía darle la paz, la estabilidad y el dinero.
Capítulo 64 Muchas lágrimas en casa
El primer ministro inglés, lord Palmerston, asiste con inquietud a la
intensificación de las críticas por los acontecimientos del Plata. En el
Parlamento, durante la sesión del 19 de marzo de 1839, el conservador lord
Sandon cuestiona a Francia "que atacaba a Buenos Aires sólo porque se había
negado a firmar un tratado", y que ha derrocado "al gobierno de Montevideo con
el que estaba en paz". En la misma sesión un diputado de la bancada liberal, Mr.
Lushington, afirmará que las pretensiones francesas "son totalmente
injustificables y jamás se hubieran hecho valer contra un país que tuviese los
medios de defenderse".
La férrea obstinación de Rosas, sumada a la inteligente acción del embajador
Moreno en Londres, parece dar resultados. Además aumenta la solidaridad de
Latinoamérica a favor de una de sus naciones atacadas por potencias extranjeras,
incluso por parte de aquellas, como Brasil o Paraguay, que en un principio
habían visto los hechos con simpatía o con indiferencia.
Rosas deberá enfrentar otra amenaza, y de las peores: la acción
"quintacolumnista", es decir de los conspiradores en su propio territorio.
"Imposible, absolutamente imposible, vencer al enemigo extranjero", predicaría
el ateniense Demóstenes en el siglo III a.C., "si antes no puede eliminarse al
enemigo interior, su fiel servidor. Sin ello, luchando solamente contra uno de
esos escollos, seréis sobrepasados por el otro invenciblemente".
Esto provocará uno de los hechos más cuestionados de su gobierno y es el
desencadenamiento de una represión no exenta de brutalidad con la que dominó el
peligro.
Lavalle, a diferencia de Rivera, estaba decidido a cruzar el Paraná y
abalanzarse sobre Buenos Aires. Para ello era necesario contar con apoyo local.
Los franceses y los exiliados unitarios se movilizaron y comprometieron a varios
jóvenes civiles, algunos de ellos ex miembros de la "Asociación de Mayo" de
Echeverría sinceramente decididos a arriesgar sus vidas para terminar con el
gobierno rosista. Entre ellos se contaban apellidos de "lustre" como Frías,
Balcarce, Tejedor, Albarracín, Rodríguez Peña, todos ellos hijos de federales
reconocidos. También uno de los secretarios privados de don Juan Manuel, Enrique
Lafuente, quien pasará información muy valiosa a sus enemigos.
Donde no hay éxito es en el reclutamiento de militares, a pesar de las
recomendaciones de Lavalle de ofrecer sobornos aunque sea "preciso limitarse a
los gastos que llamaré por menor, reservando las grandes cantidades para ser
entregadas después del suceso, dando desde ahora garantías indudables".
Por fin se incorpora, por idealista y no por prebendario, el coronel Ramón Maza,
hijo del presidente de la Junta y de la Corte de Justicia e íntimo amigo del
Restaurador, Manuel Vicente Maza.
El eficiente servicio secreto de Rosas, constituido esencialmente por los
sirvientes de las familias "decentes", lo ponen al tanto de la conspiración a
favor de la poca discreción de esos jóvenes, en un error típico de su clase que
se repetirá en otras circunstancias de nuestra historia, convencidos de que toda
la sociedad compartía su inquina contra el gobernador. Las grandes
manifestaciones de apoyo a Rosas se explicarán por el miedo a la mazorca o por
el pago para asistir a ellas.
Maza se mueve con eficiencia y logra otros apoyos armados. Solo resta esperar el
prometido desembarco de Lavalle, transportado por los barcos franceses, en
Recoleta. Como pasaba el tiempo sin novedades del "ejército libertador" Maza y
Balcarce idearon otro proyecto que en su optimismo creyeron factible: Maza
sublevaría la División del Sur con asiento en Tapalqué, al mando de su amigo el
coronel Nicolás Granada, apoyándose en los peones reclutados por Castelli y
otros estancieros sureños; mientras los grupos de la ciudad matarían a Rosas y
tratarían de pronunciar los regimientos urbanos. Manuel Vicente Maza, padre de
Ramón, tomaría el gobierno como presidente de la junta. Entonces Lavalle
desembarcaría en San Nicolás para asegurar y recoger la victoria.
El gobernador estaba al tanto del complot. Quiso salvar al doctor Maza,
suponiendo que la amorosa debilidad con su hijo lo había arrastrado. Escribe el
16 de junio a su socio y amigo Juan Nepomuceno Terrero una reservadísima:
"Vuelvo a repetirte lo que ya te he manifestado, que es absolutamente necesario
que el doctor Maza salga del país. Tremendos cargos pesan sobre él y el gobierno
no puede salvarlo. Este es mi consejo y quizá muy pronto sea tarde".
Uno de los militares apalabrados, Martínez Fontes, federal convencido, denuncia
públicamente la conspiración. La conmoción es grande. Era tal el compromiso de
figuras relacionadas con el gobierno que quien apresa a Ramón Maza es el padre
de uno de los complotados, Rafael Corvalán, y quien queda encargado de su
custodia es el padre de otro conspirador, Carlos Tejedor.
El pueblo, al saber del complot, se lanza a la calle y exige castigo a los
culpables. Ramón Maza será fusilado, muriendo con dignidad y negándose a revelar
el nombre de sus cómplices. Los ruegos de Manuelita serían inútiles y el dolor
de Rosas indudable, ya que Ramón era muy apreciado en su casa. "Hubieron muchas
lágrimas en casa-confesará años más tarde —pero si veinte veces se presentara el
mismo caso, lo haría. No me arrepiento".
Su padre, quien desoyera el consejo de su traicionado amigo don Juan Manuel,
será degollado en su despacho por los mazorqueros Manuel Gaitán y José Custodio
Moreira, padre del famoso Juan Moreira, más tarde ejecutados por orden del
Restaurador.
Contrariando a quienes se ofuscan en presentar un Rosas sediento de sangre que
habría desencadenado el terror, no hubo otros castigos para los responsables de
una conspiración que tuvo francos visos de seriedad. Ni siquiera para Lafuente,
quien al cabo de los años se suicidaría teatralmente en el cementerio de
Copiapó, Chile.
Se los dejó en libertad y la mayoría decidió abandonar el país. La magnanimidad
se debió quizás a que eran demasiados los familiares de notorios federales
comprometidos en la asonada y de castigarlos se afectaría la solidez del frente
interno en momentos tan críticos.
Los delatores, Martínez Fontes padre e hijo, fueron recompensados con 15.000
pesos cada uno y destacados por haber servido a "la Causa de la Libertad y del
Honor Americano".
Capítulo 65 Nuestros puñales están listos
La euforia federal por la derrota de la conspiración es exaltada. Felicitan al
Restaurador, individual o colectivamente, los jueces, los jefes militares, los
altos empleados, los miembros del clero, los jueces de paz, los comisarios, los
curas de campaña.
Once generales publican su celebración. Manifestaciones similares ocupan las
páginas de los periódicos en permanente exaltación de Rosas y expresión del odio
a los enemigos durante meses. El comandante del Fuerte Azul, Ventura Miñana,
expresa: "Nuestros puñales están listos, y muy pronto empezaríamos a degüello si
V.E. falleciese", insistiendo en que sólo desea "ardientemente que se le mande
derramar su sangre". Vicente González, "el Carancho", comandante de la Guardia
del Monte, ordena amarrar y dar quinientos "azotes de muerte" al que pronuncie
una palabra ofensiva a la Federación; y agrega que si no hubiera sido por "la
indulgencia y misericordia" de Rosas, que ha contenido a sus partidarios, "ya
hubiera corrido la inmunda sangre de esos chanchos a los filos del puñal de los
federales".
El general Corvalán, edecán de Rosas, le escribe a un comandante que los
federales "andan ardiendo y desesperados por degollar a todos los unitarios que
estaban comprendidos en la logia y son bien conocidos y señalados". No sería de
extrañar que dicho texto hubiera sido dictado por el mismo Restaurador, también
de una carta que firmará Corvalán y dirigida al coronel Aguilera: "Es tal la
irritación en los federales, que si S.E. no estuviera de por medio, habría
amanecido, y aun amanecerían hoy mil de aquellos, degollados. Es preciso verlo y
tocarlo para conocer bien el valor de esta verdad". Las funciones de obsecuente
homenaje se suceden sin descanso. M. Gálvez describirá una que tiene por
escenario el barrio porteño de Monserrat:
Once de la mañana: sale la comitiva que va a la casa del gobernador, en busca de
un retrato. Allí la esperan Manuelita, damas de la familia y muchos jefes y
ciudadanos. Discurso saludando a la hija de Rosas, y otro más al recibir el
retrato, seguidos de los interminables "¡vivas!" y "¡mueras!". Se canta el himno
"Sepa el mundo que existe un gran Rosas", publicado el año anterior. Frente a su
ventana, repítense los gritos y el himno, y se arrojan cohetes. Camino a la
iglesia, salen los dueños de algunas casas dando los mismos gritos y arrojando
cohetes y buscapiés. Cuadra de la iglesia. Está adornada con olivo y banderas.
Al llegar la comitiva, los vecinos toman las banderas, las inclinan ante el
retrato e hincan una rodilla. Repique de campanas, cohetes. Comienza la función
en el templo. El retrato, recibido solemnemente, es colocado en una mesita,
junto al altar mayor. Dos señores, que son relevados, custodian el retrato. Al
terminar la función, en el atrio, se renuevan los gritos y los discursos. Luego,
a una casa, a tomar un refresco. Allí también va el retrato para recibir los
brindis, que son verdaderas arengas. A las cuatro y media, almuerzo en la casa
del juez de paz. Se baila después la media caña, "la más federal y republicana
danza". A las siete, se retira el retrato, lo adornan con banderas, y una
manifestación lo conduce de regreso. En cada esquina cántase el mismo himno y
estallan los mismos gritos. En la casa del Restaurador, donde es muy difícil
entrar por el gentío, esperan las damas, los jefes y los funcionarios. El
retrato es devuelto. Resuenan los "¡vivas!" y "¡mueras!" El, Rosas, no aparece
para nada."
Capítulo 66 Lo que no se ve
Andrés Rivera, en su novela "El Farmer", imaginará una consigna de Rosas a la
población: "Lo que no se ve está fuera de la ley".
Capítulo 67 A cubierto de la adversidad
La campaña periodística de "El Nacional" y los trabajos particulares de los
agentes franceses habían dado sus frutos en convencer a muchos argentinos
antirrosistas de apoyar el bloqueo. Después de la queja de Juan Cruz Varela por
los artículos de Alberdi no volvió a hablarse de "cooperar" con los invasores.
La propaganda antiamericana y antipatriótica seguía en la prensa, pero en vez de
ser el embajador Martigny quien convocase a los argentinos, para hacerlo más
digerible, sería el uruguayo Rivera.
A principios de diciembre de 1838 éste se puso en comunicación con del Carril,
que vivía en Mercedes, encomendándole formar una comisión que reuniese a los
emigrados de la primera y segunda oleada (unitarios y "lomos negros"), con
exclusión de los comprometedores jóvenes intelectuales de la "tercera
emigración", en quienes no confiaban.
Del Carril fue a Montevideo y citó a una reunión en casa de Alsina, que
finalmente se haría en lo del general Rodríguez el 20 de diciembre. De allí
salió la "Comisión Argentina" compuesta por Rodríguez como presidente, Florencio
Varela secretario, y vocales del Carril y Alsina por los unitarios, y Félix
Olazábal e Iriarte por los "lomos negros".
Los miembros de la "Comisión" no serían subvencionados por Rivera, pero el mismo
Iriarte cuenta una estratagema para obtener beneficios que los pusieran "a
cubierto de la adversidad". Debiendo mandar un agente a Buenos Aires para
comunicarse con los conspiradores que actuaban en la ciudad fue comisionado un
tal Buter que irá en una embarcación con el correspondiente salvoconducto de
Leblanc.
Se aprovechó la licencia "cargándola hasta el tope de efectos de ultramar caros
y escasos en el mercado de Buenos Aires" que dio "una ganancia de nueve mil
pesos plata a Agüero, Florencio Varela, Juan Nepomuceno Madero (cuñado y socio
de Varela) y no sé qué otro".
Capítulo 68 La sinceridad imperial
El ministro Charles Guizot tuvo activa y decisiva participación en las dos
agresiones francesas contra la Argentina de Rosas. Era un chauvinista que
sostenía la idea de una Francia beligerante desplazándose por el mundo en busca
de mercados conquistados a cañonazos que también lavaban el honor francés por
anteriores afrentas.
El 8 de febrero de 1841, en el Parlamento, emitió juicio sobre la situación en
el río de la Plata, evidenciando talento para el diagnóstico político:
"Hay en los estados de la América del Sur dos grandes partidos, el partido
europeo y el partido americano; el primero, el menos numeroso, comprende los
hombres más esclarecidos, los más familiarizados con las ideas de la
civilización europea; el otro partido, más apegado al suelo, impregnado de ideas
puramente americanas, es el de los campos.
Este partido ha deseado que la sociedad se desarrollara por sí misma, a su modo,
sin préstamos, sin relaciones con Europa. Este partido puramente nacional está
ahora en el poder (... ) El general Rosas es el jefe del partido de los campos y
el enemigo del partido europeo".
Capítulo 69 Un gobierno que resiste el bloqueo
El fracaso de Maza no arredró al terrateniente Pedro Castelli, hijo del prócer
de Mayo, ni al 2° jefe del 5° Regimiento de Campaña, coronel Manuel Rico,
quienes con energía y coraje movilizaron a los estancieros y enfiteutas, en
general descontentos con Rosas; aquellos por el bloqueo que perjudicaba sus
negocios; éstos porque Rosas ordenó que el contrato de enfiteusis no se
renovaría y los titulares estaban obligados a comprar las tierras o
abandonarlas.
"El levantamiento en el sur sólo debe atribuirse al bloqueo. El grito de los
rebeldes que claman por libertad y para terminar con la tiranía del general
Rosas fue el grito de guerra para derrocar a un gobierno que resiste el bloqueo
y les impide vender sus cueros y sebo y otros productos de la tierra; y hasta
que no obtengan esa libertad mediante la suspensión del bloqueo las causas del
último estallido están aumentando diariamente y pronto habrán de generalizarse
en las provincias de la República" (Informe del embajador inglés Mandeville al
Primer Ministro lord Palmerston, 12 de diciembre de 1839).
Entre los comprometidos se contaban el general Díaz Vélez, Crámer, los Ramos
Mexía, Sáenz Valiente, Alzaga, Iraola, hasta el mismo hermano de Rosas,
Gervasio, heredero del "Rincón de López" en la boca del Salado.
La demora de Lavalle, quien se limitó a estimularlos a que continuaran "con sus
trabajos que pronto vendría", fue fatal para la conspiración. Rosas supo de la
misma por un mensaje interceptado en Dolores y rápidamente ordenó al coronel
Granada el 2 de octubre de 1839 que "tomase disposiciones enérgicas" y dispuso
por circular del 10 a los jueces de paz la detención de Castelli y sus cómplices
Lacasa y Ezeiza.
Las estancias fueron recorridas por los complotados juntando peones y
armamentos, concentrándolos en Chascomús y Dolores. El pronunciamiento se
produjo el 29 de octubre con la destrucción de un retrato de Rosas y rompiendo
las divisas federales. Para movilizar a los peones se los engañó diciéndoles que
el Restaurador había sido asesinado y que irían a Buenos Aires a vengarlo. Al
cacique Catriel se le dijo lo mismo. Ello da una idea de lo difícil que era
promover una rebelión popular contra el gobernador.
Prudencio Rosas encontró las fuerzas de Castelli y los suyos en las cercanías de
la laguna Chascomús el 7 de noviembre. No fue una batalla: la mayor parte de los
"revolucionarios" eran peones que creían combatir a favor de Rosas y al
encontrarse con el hermano del Restaurador comprendieron el engaño y se negaron
a luchar. Además Castelli no tenía conocimientos militares y Crámer, el único
que los tenía, quedó muerto al empezar la lucha.
Los revoltosos tuvieron 100 hombres fuera de combate y 400 prisioneros que don
Prudencio dejó en libertad después de decirles que "el gobernador sabía que los
habían llevado engañados". El hacendado Rico pudo escabullirse hacia el Tuyú con
500 sobrevivientes, y Castelli fue muerto en la persecución. Su cabeza quedó
exhibida "para escarmiento" en la plaza de Dolores.
(Veintidós años más tarde, ya en épocas "civilizadas", el caudillo riojano
Chacho Peñaloza también será decapitado por el unitarismo a cuyo frente está
Sarmiento y su cabeza colgada de un farol en la plaza de Olta. De otra manera
"las chusmas no se habrían convencido de su muerte" argumentará el sanjuanino).
A Juan Manuel la insurrección del sur lo sorprende y aflige: son sus amigos, los
estancieros, los que han querido derribarlo. El se conduce muy generosamente.
Excepto Castelli, nadie es ejecutado. El secretario de la Junta Revolucionaria,
Antonio Pillado, sería puesto en libertado el 8 de diciembre, y Martín de la
Serna el 31, con la ciudad por cárcel; a Barragán lo indultará después de dos
años de prisión; y Ezequiel Ramos Mejía se acogerá a la amnistía del año 1848,
lo mismo que Pedro Lacasa, el cual escribirá versos en su honor.
Mientras Prudencio Rosas combatía en nombre de Juan Manuel, su hermano Gervasio
facilitaba la fuga del coronel Rico y los suyos ordenando a las baterías del
Tuyú y de la boca del Salado no disparar contra las lanchas francesas que
recogían a los prófugos. En una de ellas escapó a Montevideo.
El Restaurador dio una enérgica proclama contra su hermano llamándole "hombre
desnaturalizado". En el momento de embarcarse Gervasio hizo saber a su madre
"que él no combatía contra sus hermanos", pero encontrándose complicado en la
revolución debía escapar. Allí estuvo un año, hasta que Juan Manuel, obedeciendo
al ruego materno lo perdonó y dejó volver. No intervendría más en política.
Los leales militares federales que no se plegaron a la rebelión y a los que
colaboraron en sofocarla fueron recompensados: a los generales se les dio 6
leguas de tierra, a los coroneles 5, y así proporcionalmente hasta los cabos y
soldados que recibieron un cuarto de legua. En total se repartieron nada menos
que 787 leguas, aproximadamente 2.125.000 hectáreas en manos de quienes no eran
estancieros tradicionales.
Capitulo 70 La hora de la venganza
Cuando Rosas supo que Lavalle tenía todo listo para invadir Buenos Aires, en una
magistral estrategia ordena a su fiel Echagüe, secundado por el uruguayo
Lavalleja, a cruzar el Paraná e invadir la Banda Oriental.
La alarma de Martigny, Leblanc y los demás franceses es mayúscula pues lo único
que les faltaba para que "el paseo del Plata" desbarrancara en una catástrofe
era que Montevideo cayese en manos de don Juan Manuel. Los planes "libertadores"
se alteran: Rivera retrocede para proteger a Montevideo desguarneciendo la
retaguardia de Lavalle, y éste, para no perder contacto con el "pardejón" y con
la escuadra francesa, invadirá territorio argentino a la altura de Entre Ríos.
Apenas desembarcado lanza una proclama incitando a que "los hombres sin
distinción de color o partido político" se incorporen a la gesta antirrosista.
El fracaso es total y en cambio va encontrando una vigorosa resistencia que lo
lleva a cambiar el tono de sus manifestaciones. En su desvío hacia Corrientes,
para unir sus fuerzas a las del gobernador Ferré, amenazará: "Se engañarán los
bárbaros si en su desesperación imploran nuestra clemencia. Es preciso
degollarlos a todos. ¡Muerte, muerte, sin piedad!".
Un fuerte ejército federal a cuyo frente van "Mascarilla" López y Oribe le sale
al paso. El jefe unitario insistirá en sus amenazas: "¡La hora de la venganza ha
sonado! ¡Vamos a humillar el orgullo de esos cobardes asesinos!". En otra del 20
de noviembre: "Derramad a torrentes la inhumana sangre para que esta raza
maldita de Dios y de los hombres no tenga sucesión".
Se disculpaba Lavalle ante su esposa que le recriminó la ferocidad del
documento: "La proclama que di a los correntinos cuando entró Oribe y López, la
escribió Frías. Yo estaba muy ocupado y le dije que escribiese una proclama de
sangre y que dijese expresamente que habíamos de degollar todo el ejército
enemigo. Tú no puedes hacerte de esto un juicio exacto porque estás muy lejos de
aquí, no yo puedo dejar de someter mis acciones a la justicia. La proclama me
dio 2.000 hombres y llenó de terror al enemigo. Ese ejército fue venido con
palabras y apariencias" (1° de febrero de 1839). Una vez más se iniciaba una
contienda en la que los ganadores no hacían prisioneros, pasando por las armas o
degollando a los derrotados.
Es que de tanto guerrear, la violencia llega a hacerse lo habitual, como le
sucediera al almirante español Enríquez de Cabrera quien en 1638 escribiese a su
amada: "Como no sabes de guerra sólo te diré que el campo enemigo se dividió en
cuatro partes: una huyó, otra matamos, otra prendimos y la otra se ahogó.
Quédate con Dios que yo me voy a cenar a Fuenterrabia".
El general Lavalle había decidido adoptar los hábitos, el aspecto y las táctica
de los caudillos, vencer a sus contrarios por los mismos medios con que había
sido por ellos vencido. "Cuánto mejor hubiera sido que, sin tocar los extremos,
hubiese tratado de conciliar ambos sistemas, tomando de la táctica lo que es
adaptable a nuestro estado y costumbres, conservando al mismo tiempo el
entusiasmo y la decisión individual, tan convenientes para la victoria."(José M.
Paz).
La exasperación de Lavalle es también la de sus aliados europeos: Martigny,
quien había escrito el 12 de agosto de 1839 al nuevo jefe de gobierno, Soult,
solicitando el refuerzo de 2.000 hombres y una importante suma de dinero,
volverá a hacerlo días después, entusiasmado con el activismo de Lavalle,
aduciendo que para "terminar la cuestión conforme al honor de Francia" sería
imprescindible duplicar el aporte económico y subir a 6.000 el aporte de nuevos
infantes de marina.
París responderá a los ruegos del representante plenipotenciario y librará
letras por una exorbitante suma para financiar la campaña "libertadora". Sin
embargo sus instrucciones al contralmirante Dupotet, que remplazó a Leblanc en
el mando de la escuadra bloqueadora, será que "el gobierno francés había perdido
toda esperanza de obligar a Rosas por medio del bloqueo" y por lo tanto debía
llegarse a "una paz honorable" en cuyas negociaciones debía darse cordial
participación al embajador inglés Mandeville.
Las condiciones significaban, lisa y llanamente, una capitulación: debía
obtenerse la condición de "nación más favorecida" y una pequeña indemnización a
fijarse por arbitraje. Sin embargo los franceses nunca estuvieron más cerca de
la victoria, quizás por no haberse dado cuenta del vigor casi frenético que
Lavalle ponía en su accionar.
Todo se complicaría para Rosas a raíz de la derrota de López ante Ferré y luego
la de Echagüe en "Cagancha" contra las reforzadas tropas de Rivera. El "ejército
libertador" tenía entonces el camino expedito hasta Buenos Aires.
Lavalle avanza incontenible. Rosas escribe: "El hombre se nos viene y lo peor es
que se nos viene sin que podamos detenerlo". A lo que sí atinó es a desarticular
el "quintacolumnismo" a través del terror con algunos degüellos y atentados
planificados.
Pero al poco tiempo Lavalle escribía a su esposa, desde Yeruá: "Aquí estoy solo
con mis brazos desnudos, sin cartuchos y sin un real ¡Esto es el "Ejército
Libertador"!". Es que en su avance no había encontrado el apoyo que los doctores
de Montevideo le aseguraron. Los pobladores no parecían entusiasmados en sumarse
a esa gesta "contra la tiranía". Además, varios prestigiosos civiles y militares
antirrosistas abandonaron su exilio para sumarse a la defensa de su patria
amenazada por Francia: Cavia, Espinosa, los generales Soler y Lamadrid,
etcétera.
Los fondos no llegan. Es que los francos son enviados desde ultramar a Rivera y
a la Comisión y, aunque cuantiosos, pocos llegan a Lavalle. Este se dirige el 28
de diciembre al almirante francés Le Blanc exigiendo "un millón de francos para
los gastos de guerra que entrarán en la caja del ejército". Sólo le llegan
25.000 junto con una nota de la Comisión en la que se le ordena tratar con más
prudencia y respeto a los aliados franceses...
Lo que el jefe de coalición franco-argentina no sabe es que la protesta inglesa
contra la intervención francesa en el Plata, que considera lesiva para sus
intereses comerciales, ha ido haciendo efecto y el rey galo ha iniciado ya
tratativas con el Restaurador con vista a una retirada decorosa de la escuadra
francesa.
Las torres de Buenos Aires están ya a la vista de Lavalle, pero su ánimo ha ido
minándose por la falta de apoyo y por las crecientes deserciones en sus filas.
En la ciudad sus habitantes se preparan para una defensa desesperada aunque todo
indica que su caída será inevitable. Rosas, infatigable, va de un punto al otro
organizando las barricadas y redoblando el terror.
Ni sitiados ni sitiadores comprenderán lo que sucede: Lavalle ha ordenado el
repliegue de sus tropas. "No podré tomar Buenos Aires ¡por falta de veinte días
de víveres!", había escrito a su esposa el día anterior. Además estaba enterado
de la llegada del almirante Dupotet para relevar a los halcones Leblanc y de
Martigny y para concluir de la mejor manera posible el conflicto del río de la
Plata.
La retirada de ese ejército aún inmenso será desordenada, anárquica, plagada de
actos vandálicos, saqueos, latrocinios, matanzas.
Capitulo 71 La destitución del santo
En la metrópoli española, en tiempos de la colonia, la elección de los santos
patronos era decisión de responsabilidad, acompañada a veces de ceremonias a las
que no les faltaba boato. Pero cuando las ciudades por patronizar no eran de
importancia, como la lejana Buenos Aires, un puerto de contrabandistas enclavado
en tierras inhóspitas y deshabitadas, bastaba con introducir los nombres de
todos los santos en una bolsa de terciopelo negro para que fuera el azar quien
decidiese.
Tres veces seguidas, inauditamente, salió el papelito de un santo sin mayor
renombre, San Martín de Tours.
Buenos Aires tuvo entonces su santo patrono. Nadie podía prever que lo que la
negra bolsa de paño brilloso había anticipado era el nombre del general
libertador de aquellas tierras australes.
Muchos años más tarde, el bloqueo francés al puerto de Buenos Aires enardecía
los espíritus patrióticos. El odio contra el invasor crecía en la población.
Alguien recordó entonces que Tours era ciudad de Francia.
No tardó mucho para que alguien presentase un proyecto den la Legislatura:
"¡Viva la Santa Confederación Argentina, mueran los salvajes unitarios!
"Buenos Aires, 31 de julio de 1839, año 30 de la Libertad, 24 de la
Independencia y 15 de la Confederación.
"El gobierno, considerando que esta ciudad fue puesta desde su fundación bajo la
protección de un francés, San Martín, natural de Tours, quien no ha sabido hasta
la fecha librar a esta ciudad de las fiebres periódicas, escarlatinas, ni de las
secas y epidemias continuas que en diferentes épocas han arruinado nuestra
campaña, nuestras cosechas y nuestros ganados, ni de las extraordinarias
crecientes de nuestro río que destruyen casi anualmente una cantidad de obras y
monumentos de la ciudad que se encuentran sobre la costa.
"En fin, que la viruela acaba de desaparecer a causa del descubrimiento de la
vacuna, sin que el patrono por su parte haya jamás hecho el menor esfuerzo para
librarnos de esa terrible calamidad.
"Que para combatir las invasiones de los indios en la frontera,, para sostener
las guerras civiles y extranjeras que nos han sobrevenido, hemos tenido que
recurrir en el primer caso a la Santa Virgen de Luján, en el segundo a la Virgen
del Rosario y la Merced y también a Santa Clara Virgen, con cuyo único consuelo
hemos podido triunfar, mientras que nuestro patrono, el francés, permanecía
indiferente en el cielo, sin ayudarnos en lo más mínimo como era su deber.
"En vista de los motivo, expuestos venimos en decretar y decretamos: • "Artículo
1°) El francés unitario San Martín de Tours, que ha sido hasta hoy el patrón de
esta ciudad, habiendo perdido la confianza del pueblo y del gobierno, abandonado
por sus compatriotas, aliado del traidor Rivera y demás salvajes Unitarios, es
destituido para siempre del empleo de patrono de Buenos Aires".
Los demás artículos eran de forma.
Capítulo 72 El mejor remedio
Resultado de la indignación por los desmanes cometidos por el "ejército
libertador" en su campaña sobre Buenos Aires y que se multiplicaban durante su
vandálica retirada fue un espíritu vindicativo que, entre otras consecuencias,
motivó el decreto que expropiaba los bienes de los unitarios para "reparación de
los quebrantos causados en las fortunas de los fieles federales por las hordas
del desnaturalizado traidor Juan Lavalle, y las erogaciones extraordinarias a
que se ha visto obligado el tesoro público para hacer frente a la bárbara
invasión de este execrable asesino, y a los premios que el gobierno ha acordado
a favor del ejército de línea y milicia, y demás valientes defensores de la
libertad y dignidad de nuestra Confederación y de la América".
El decreto hacía mención de la "moderación y clemencia" exhibidos al juzgar a
los complotados con Maza y a los revolucionarios del sur, que habían sido
indultados en su casi totalidad lo que no impidió que "se vuelvan a repetir
aquellas mismas execrables escenas", aumentadas con "la infame invasión del
desertor inmundo de la Causa Santa de la América, salvaje unitario asesino Juan
Lavalle".
Ese octubre de 1840 y el abril de 1842 serán recordados como las sangrientas
orgías de terror rosista y fueron explotadas hasta el hartazgo por la propaganda
enemiga. La policía allanó domicilios de conocidos unitarios buscando
correspondencia con Montevideo o con Lavalle. La entrada de los vigilantes de
uniformes rojos, gorros de manga, pesados sables de caballería, grandes bigotes
federales, producía la comprensible conmoción en las familias. No se habían
conocido, hasta entonces, allanamientos de domicilios por causas políticas, ni
tampoco revisaciones ni secuestros de correspondencia. Eran operaciones
espectaculares, seguramente ejemplarizadoras para atemorizar a los opositores.
Aparece asesinado el doctor Saráchaga que había sido ministro de Paz en Córdoba,
el abogado santafesino Sañudo que desarrolló tareas de espionaje para Francia,
el español Pedro Juan Varangot cuñado y administrador del sacerdote rivadaviano
Julián Segundo de Agüero, un Aráoz de Lamadrid hermano del general entonces
unitario, el coronel Sixto Quesada de conocida militancia unitaria, el portugués
Juan Nóbrega y un tal Mones que contribuyeron pecuniariamente al complot de
Maza, y algunos más que llegan a veinte en todo el mes. No son figuras
destacadas del unitarismo y los que completan la lista no tienen filiación
política por lo que es difícil clasificarlos como crímenes al servicio del
federalismo.
El embajador Mandeville se queja de que grupos de activistas entre "¡vivas!" y
"¡mueras!" han roto vidrios y arrojado piedras contra las casas vecinas a la
legación inglesa, y por conductos particulares se le ha advertido que su vida
corre peligro si sale de noche. Pedía garantías para que "el populacho
desenfrenado" respetase a la embajada y a su persona.
Al día siguiente Rosas le contesta : "En la época actual no debe V.E. extrañar
que un grupo de hombres desenfrenados pasen a las casas inmediatas a las de V.E.
a perseguir a sus feroces enemigos, los salvajes unitarios. No es esto abogar
por el desorden y fomentar esos grupos: son reflexiones que me permito recordar
a V.E. para que no me crea con poder suficiente para reparar hoy esas
desgracias.
"(...) El poder del gobierno en época como la presente no puede exigirse como en
el de una profunda paz, tranquilidad y sosiego". Sutilmente el Restaurador le
revelará su conocimiento de las furtivas visitas nocturnas del embajador a una
dama de la sociedad porteña. "Y después de todo lo que le he dicho a V.E., ¿por
dónde se considera V.E. seguro de noche con un solo criado? V.E. sale solo de
noche, y aún se aleja solo a más de una legua de la ciudad. ¿Por qué hemos de
pagar nosotros ese coraje temerario de V.E.?
"No crea V.E. que entre los federales tiene un solo enemigo, pero ¿no sería
difícil que al cruzar V.E. alguna calle sola le alcanzase un grupo desordenado,
y creyéndole enemigo causasen en su ilustre persona alguna desgracia que nos
diese un sentimiento eterno?"
Quienes se niegan a caracterizar al Restaurador como terrorista aducen que las
20 muertes de 1840 más los poco menos de cuarenta de 1842 suman
considerablemente menos que los más de 200 que Urquiza hizo fusilar en los
primeros días después de Caseros.
Salvo que se pretenda adjudicarse en la cuenta de don Juan Manuel los desmanes
de los federales de provincias, como fue el caso del coronel Mariano Maza quien
en su correspondencia anunciaba antes de la batalla: "Las fuerzas de Cubas (jefe
unitario) pasan de 600 hombres y todos han sido ya condenados pues me prometí
pasarlos a cuchillo". Y cumplió rigurosamente.
Los hechos de inhumana crueldad eran habituales en ambos bandos, tal como lo
denunciara Kant, el filósofo: "La guerra es nefasta, porque hace más hombres
malos que los que mata". Así, luego de la batalla de Cayastá, en la que los
federales salieron triunfantes, se redacta el parte dirigido al gobernador
López:
"El infrascripto tiene la grata satisfacción de participar a Usted, agitado de
las más dulces emociones, que el infame caudillo Mariano Vera, cuyo nombre
pasará maldecido de generación en generación, quedó muerto en el campo de
batalla".
Quien firma es Calixto Vera, hermano de Mariano .
Capítulo 73 El precursor de las derrotas
Los cabecillas unitarios, que han seguido las alternativas desde Montevideo o a
bordo de los barcos franceses, y que ya daban por segura la derrota de Rosas, se
indignan ante la retirada de Lavalle.
"Todo estaba en su mano, y lo ha perdido. Lavalle es una espada sin cabeza (...
) Lavalle, el precursor de las derrotas. ¡Oh Lavalle, Lavalle! Muy chico eras
para llevar sobre ti cosas tan grandes." Esteban Echeverría
También Florencio Varela: "No hay una sola persona, una sola, general, incluso
sus hermanos de usted, y aun su pensatísima señora, que no hayan condenado
abiertamente ese funestísimo movimiento".
La retirada de aquel malón apocalíptico que fue deshilachándose en sangre y
horror continuó hasta el suicidio de Lavalle en Jujuy. De aquel sobre quien San
Martín había escrito a O'Higgins: "Lo que Lavalle haga como valiente muy raro
será el que lo imite, y el que le exceda ninguno".
Se había dado tiempo para escribir una vez más a su mujer, con la lucidez de los
condenados: "El hecho es que los triunfos de este ejército no hacen conquistas
sino entre la gente que habla", indudable referencia a los doctores porteños que
con su labia suelta una vez más lo habían convencido de un error fatal, "la que
no habla y pelea nos es contraria y nos hostiliza como puede".
Capítulo 74 La política de ganar aliados
Lo había dicho Rabelais en su "Gargantúa y Pantagruel" (s. XVI): "El nervio de
la guerra son las pecunias".
El Parlamento francés había aprobado una partida para que la escuadra mantuviese
el bloqueo en el Plata, pero también el gobierno destinó sumas reservadas "para
la política de ganar aliados", es decir para sobornar funcionarios y oficiales.
También para proveer de armas y suministros a las fuerzas de Rivera y de
Lavalle.
El canciller Molé había autorizado al embajador Martigny a gastar 300.000
francos imputables a "gastos varios" de la cartera de Relaciones Exteriores,
pero en tiempos de Soult llegó a librar letras por 2.340.000 francos pagados con
la recomendación del 26 de febrero de 1840 de que se "mostrara cauteloso en esa
clase de gastos que suben muy alto y exceden en mucho lo previsto en el
ministerio".
Varias veces se denunció en el parlamento francés, en 1840 y en 1841, ese gasto.
Lo más explícito fue la confesión de Thiers ,que sucedió en el ministerio a
Soult en marzo de 1840, al debatirse en la cámara el 29 de mayo de 1844 la
cuestión del Plata:
"Los dos millones de que ha hablado ayer Guizot imputados a mi ministerio de
1840 y que se creía gastados para los grandes sucesos de Oriente, esos dos
millones han sido gastados en gran parte en Montevideo; he dado esos dos
millones según las órdenes del Sr. Mariscal Soult para esa política de
intervención que consistía en ganar aliados en Montevideo".
Corroborando sus palabras, Mackau, que fuera Ministro de Marina, dijo en la
misma sesión que "además de esta simple autorización de gastar 300.000 francos
se habían sacado letras de cambio sobre Francia por 2.340.000 para hacer la
guerra, para excitar los partidos unos contra otros".
El vicealmirante Mackau tenía información de primera mano pues fue él quien
firmó con el canciller rioplatense Arana lo que significaba una disimulada
rendición de la potencia europea. La obstinada inflexibilidad del Restaurador,
decidido a no renunciar bajo presión a ninguna de sus convicciones, había dado
su fruto. Cuatro días antes de la llegada de Mackau, Rosas le escriba a Arana,
gobernador delegado. Le recuerda su disposición a transar honrosamente para
ambas naciones. Pero es caso de no ser posible un arreglo, debemos estar
"resueltos a defender nuestra soberanía y honor, pereciendo antes mil veces que
ser esclavos, y consintiendo primero marchar por entre los gloriosos escombros
de la más tremenda desolación y ruina, antes que pasar por una vergonzosa,
humillante esclavitud".
El marino francés sintió que era su deber comunicárselo formalmente a Lavalle,
que continuaba su desesperada huida hacia el Norte. Para ello fue comisionado el
capitán de corbeta Eduardo Halley, quien lo alcanza en Ranchos (Córdoba), pocos
días después de haber sufrido otra derrota, de las muchas que jalonarían la
espantada del desintegrado "ejército libertador", a manos de Oribe.
Era el 4 de diciembre de 1840. Halley se enfrenta a un jefe casi andrajoso, de
ojos desaforados, que pocos días después escribirá, en una epistolaridad
incansable, a su esposa: "Estas tierras de mierda donde no hay quien me mate
gracias al terror que inspiramos". El mismo que le espetaría al coronel
Villafañe, quien intentará alarmarlo por la anarquía de sus tropas: "¿Disciplina
quiere Usted para los soldados? ¡Déjelos que maten! ¿Quieren robar? ¡Déjelos que
roben!".
Pero ese oficial no ha perdido su dignidad de militar. Aunque su patriotismo sea
tan confuso. "Mi honor me impide aceptar", replica indignado y echa a Halley del
rancho miserable donde lo había recibido.
El emisario de Mackau acababa de transmitirle el generoso ofrecimiento de
Francia: 100.000 francos para él y una suma igual para distribuir entre sus
oficiales. Además sería transportado a Francia, donde se lo incorporaría a su
ejército con el máximo grado de Mariscal, con los sueldos y galones
correspondientes.
Capítulo 75 Un Monumento de Gloria
Entusiasmo en Buenos Aires. Homenajes a don Juan Manuel. La Legislatura le
nombra Gran Mariscal, para lo cual crea el cargo con título de "excelencia", un
sueldo de seis mil pesos anuales, una escolta de treinta hombres y dos ayudantes
y un oficial. Otros proyectos que no fueron votados, han propuesto, entre otras
cosas, que octubre sea "el mes de Rosas"; que él y sus descendientes no paguen
jamás impuestos; que en el terreno en que está su casa se edifique un palacio y
en el frontispicio, en mármol, se grabe la ley; que se le otorguen los títulos
de Héroe del Desierto y Defensor Heroico de la Independencia americana; y que
sus hijos Manuelita y Juan sean nombrados coroneles del ejército. Él, que el 19
de octubre ha pedido termine el luto por Encarnación, y que jamás, fiel a sus
principios democráticos, aceptó título alguno, salvo el de Restaurador de las
Leyes, pide se le exima de los demás y no se nombre coroneles a sus hijos. La
Sala, además del mariscalato, vota un "monumento de Gloria": un libro
excepcionalmente lujoso, que contendrá todo lo relativo a la cuestión francesa y
a la guerra con Bolivia. Los jueces de paz de la ciudad y de la campaña piden a
la Sala que declare fiesta cívica el día del nacimiento de Rosas. El ruega
archivar esas solicitudes. Y vuelve la lluvia de felicitaciones y adhesiones.
Capítulo 76 Sarmiento y la entrega de la Patagonia
Para dar carácter orgánico a su campaña contra el gobierno de Buenos Aires los
emigrados en Chile, al igual que los del Uruguay constituyeron una "Comisión
Argentina" compuesta por el general Juan Gregorio de Las Heras como presidente,
Gregorio Gómez, Domingo Faustino Sarmiento, Martín Zapata, Domingo de Oro, José
Luis Calle, y como secretario Joaquín Godoy.
No disponiendo como el general Lavalle, Salvador María del Carril, Julián
Segundo de Agüero, Florencio Varela, etc. de la poderosa escuadra ni del
abundante oro francés, y siendo además grande la distancia que los separaba de
Buenos Aires, su campaña contra Rosas, en la que no se disparó un solo tiro,
tuvo un sesgo distinto, más literaria que bélica, la pluma reemplazando al
fusil.
Se destaca en forma especial la tenaz campaña que hizo Sarmiento para que
nuestros vecinos chilenos ocuparan la Patagonia. No resulta comprensible, y
menos aún perdonable, que personalidad tan encumbrada por nuestra historia se
haya embarcado en una operación tan antipatriótica con el mero objetivo de
perjudicar al Restaurador y sin reparar en el daño que se hubiese infringido a
la nación.
Es asombroso que tal ceguera se produjese en alguien que tan lúcidamente
interpretara la psicosociología del caudillo: "(...) quien encabeza un gran
movimiento social no es más que un espejo en el que se reflejan en dimensiones
colosales las creencias, necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en
una época dada de su historia" ("Facundo"). Eso fue Rosas.
La oposición al Restaurador ¿fue entonces el rechazo a lo que significó, al
surgimiento de la chusma que sólo podía darse por medio de un gobierno
autoritario que subvirtiera mecanismos de poder?.
El 11 de noviembre de 1842 se inició la campaña en "El Progreso" y ya en ése
primer número aparecía un artículo relacionado con el Estrecho de Magallanes. A
partir de entonces y casi diariamente continuó Sarmiento publicando editoriales
sobre el mismo tema. El asombroso entusiasmo y la singular dedicación que puso
en esta iniciativa hicieron que muy pronto se vieran los resultados, avalados
por la pluma de un prestigioso argentino, como lo demuestra la carta que el
mismo sanjuanino hiciese publicar sin pudor y con jactanciosa satisfacción:
"¿Queda duda después de todo lo que hemos dicho sobre la posibilidad de hacer
segura la navegación del Estrecho y de establecer allí poblaciones chilenas?
¿Pero se hará para aclararlas o desvanecerlas? ¿Permanecer en la inacción meses
y meses? ¿Dar por sentado lo que la tradición, el hábito o la falta de datos
establece como cierto? ¿Abandonarse a discusiones estériles, porque carece de
bases sólidas y a la opinión de éste o de aquél? ¿Aguardar que de las islas
Malvinas venga un inglés y levante una cabaña en el Estrecho y nos diga, ya la
Inglaterra está en posesión? ¿Hacer efectivo aquí como en España el famoso
adagio de Larra "vuelva Ud. mañana"?.
Las irreparables consecuencias no se harían esperar: "En cumplimiento de las
órdenes del Gobierno Supremo, el día 21 del mes de septiembre del año 1843, el
ciudadano capitán de fragata, graduado de la marina nacional, don Juan Guillermo
Williams (...) con todas las formalidades de costumbre tomamos posesión del
Estrecho de Magallanes y su territorio en nombre de la República de Chile a
quien pertenece, conforme está declarado en el Art. 1° de su constitución
política y en acto se afirmó la bandera nacional de la República con salva
general de 21 tiros de cañón".
Lo de Sarmiento no sería un sarampión pasajero: "La cuestión de Magallanes -
escribiría seis años después en "La Crónica" de fecha 29 de abril de 1849—, nos
interesa bajo otro aspecto que no es puramente personal. En 1842, llevando
adelante una idea que creímos fecunda en bienes para Chile, insistimos para que
colonizase aquel punto. Entonces, como ahora, tuvimos la convicción de que aquel
territorio era útil a Chile e inútil a la República Argentina.
"Para Buenos Aires el estrecho es una posesión inútil. Entre sus territorios
poblados median los ríos Negro y Colorado como barreras naturales para contener
los bárbaros, median las dilatadas regiones conocidas bajo el nombre de
Patagonia, país ocupado por los salvajes y que ni la Corona de España ni Buenos
Aires han intentado ocupar hasta hoy, si no es por el establecimiento siberiano
que lleva aquel nombre y situado a centenares de leguas del Estrecho".
"Quedaría por saber aún, si el título de erección del Virreinato de Buenos Aires
expresa que las tierras del Sud de Mendoza y poseídas aún hoy por los chilenos
entraron en la demarcación del virreinato, que a no hacerlo, Chile pudiera
reclamar todo el territorio que media entre Magallanes y las provincias de
Cuyo".
Habrá más ,todavía : "¿Qué haría el gobierno de Buenos Aires con el Estrecho de
Magallanes, él, que lejos de poblar la inmensa extensión del país que tiene en
sus límites no disputados, no ha podido estorbar que los salvajes lleguen ya
hasta las goteras de Córdoba, San Luis y todos los pueblos fronterizos del Sud,
interrumpiendo las comunicaciones con las provincias de Cuyo y arruinándolas
hasta el punto de no exportar a Buenos Aires sus frutos?. Dentro de diez años se
habrá borrado el camino de la Pampa y a seguir el orden actual de cosas, dentro
de veinte, en Buenos Aires ignorarán que tales provincias existieron".
Para Sarmiento "el gobierno de Buenos Aires" es Rosas y enceguecido por el odio
está dispuesto a hacerle daño sin reparar en las consecuencias. Así como la
historia oficial no reconocerá la heroica defensa de nuestra soberanía
territorial llevada a cabo por Rosas, tampoco le reprochará a Domingo Faustino
esta actividad deleznable que en otro país arrojaría fuera de la Historia.
La obsesión de Domingo Faustino lo llevará a tomar la nacionalidad chilena y lo
hará sin recato pregonándolo a los cuatro vientos, confirmando el escaso
sentimiento nacional que muchos le achacarán a él y a su bando unitario:
"Los argentinos residentes en Chile, —escribirá en "El Progreso" del 11 de enero
de 1843—, proscritos de su patria pierden desde hoy la nacionalidad que los
constituía una excepción y un elemento extraño a la sociedad en que viven.
"(...) Los que han consagrado su vida y sus vigilias al triunfo de la libertad
en América hallarán en Chile un teatro digno de sus esfuerzos, y el país se los
agradecerá siempre que con lealtad trabajen por el interés de Chile, por la
libertad de Chile y por el progreso de Chile.
"Que no suene más el nombre de los argentinos en la prensa chilena; que los que
en nombre de aquella nacionalidad perdida ya habían levantado la voz guarden un
silencio respetuoso; que se acerquen a los que por ligereza u otros motivos los
habían provocado y les pidan amigablemente un rincón en el hogar doméstico, de
lo que en lo sucesivo serán, no ya huéspedes, sino miembros permanentes".
El monumento a Sarmiento en la Capital Federal fue erigido, no de casualidad, en
el exacto lugar donde se levantaba la residencia de don Juan Manuel de Rosas, en
Palermo, derribada por el odio, el 3 de febrero de 1899, ¡47° aniversario de la
batalla de Caseros!.
Capítulo 77 El manco no cumple con su palabra
La separación de Francia de la lucha contra Rosas y su Confederación no desarmó
a sus aliados argentinos y uruguayos: Rivera y Ferré, es decir la Banda Oriental
y Corrientes, se coaligaron para formar un poderosos ejército mientras Lavalle
continuaba su marcha hacia el norte en unión con Lamadrid, abandonando Córdoba.
Estos, incapaces de articular sus esfuerzos por enconos personales y manteniendo
separadas sus fuerzas, urdieron un plan que consistía en que Lavalle se
internaría en La Rioja atrayendo sobre sí al ejército federal, entreteniéndolo
hasta que Lamadrid hubiera podido levantar un nuevo ejército en Tucumán.
Mientras, en Corrientes, se producía la llegada del general Paz quien había
escapado de Buenos Aires, traicionando el juramento hecho a Rosas a cambio de su
vida, de que no volvería a empuñar las armas en contra de la Confederación. El
antirrosismo incorporaba así un muy hábil militar pero ello en cambio de ser una
ventaja se transformó con el tiempo en una complicación por la celosa
competencia que desató entre los jefes unitarios. Cuando Ferré lo nombró jefe de
todas las fuerzas correntinas el desplazado Rivera lo acusaría absurdamente de
ser un secreto aliado de Rosas, quien por eso lo habría dejado escapar.
Las fuerzas federales al mano de Echagüe estaban inmovilizadas pues podían ser
tomadas entre dos fuegos por Paz y por Rivera, además el dominio fluvial seguía
siendo unitario por las naves que los franceses habían dejado atrás, ahora al
mando del yerno de Antonio Balcarce, el norteamericano Coe. Para contrarrestar
tal ventaja el Restaurador armó una escuálida flotilla con los buques devueltos
por Francia y los puso al mando de Guillermo Brown quien, a pesar de su menor
poderío pero a favor de su coraje y de su talento vencería en "La Barra de Santa
Lucía" a Coe.
En la campaña riojana secundaban a Lavalle el caudillo de esa provincia y
antigua "mano derecha" de Quiroga, el comandante Brizuela, y el capitán
Peñaloza, conocido años más tarde como el "Chacho". Durante tres meses Lavalle
entretuvo a Aldao y a Oribe en los llanos riojanos. Cuando a fin el jefe
oriental logró estrechar el cerco, Lavalle se escabulló y apareció en Tucumán el
10 de junio de 1841. Brizuela, que se negó a abandonar su provincia, fue vencido
y muerto en "Sañogasta" unos días más tarde.
Rivera amenaza con disolver su alianza con Ferré si este se empeña en
privilegiar a Paz y al mismo tiempo gestiona una alianza con los sublevados
"farrapos" independistas de Río Grande, sus uruguayos y los correntinos,
seguramente con el apoyo de Inglaterra que de esa manera debilitaría en una sola
jugada a Argentina, a Brasil y cumpliría con su sueño de internacionalizar las
vías navegables interiores. Que Paz le disputase el mando de las fuerzas
correntinas dificultaba el proyecto porque el "manco" se oponía a la
constitución segregacionista de la ya bautizada "Federación del Uruguay". Sin
embargo pocos años más tarde Paz daría su activo apoyo al proyecto anglo-francés
de separar a las provincias del Litoral en una "República de la Mesopotamia".
Mientras Lavalle reponía sus hombres en Tucumán, Lamadrid con su flamante
división se lanzó sobre San Juan. Su segundo Acha, aquel que entregase a Dorrego
luego de pasarse a los unitarios, obtuvo una brillante victoria en "Angaco" el
16 de agosto de 1841, pero dos días después fue sorprendido por las fuerzas
federales en la "Chacrilla de San Juan" y tras cuatro días de lucha sin
municiones, se rindió, siendo inmediatamente fusilado.
Tampoco le fue mejor a su jefe Lamadrid sobre quien convergieron Pacheco, Aldao
y Benavídez deshaciéndolo en "Rodeo del Medio" el 24 de septiembre. Los
sobrevivientes huyeron a Chile, pereciendo la mayoría congelados o despeñados a
pesar de la ayuda que les prestó la "Comisión Argentina" de Las Heras y
Sarmiento.
Entretanto Oribe avanzaba sobre Tucumán donde forzó a Lavalle a dar batalla en
"Famaillá" derrotándolo completamente y obligándolo a huir hacia el norte con
sólo 200 hombres, donde terminaría suicidándose en presencia de su amante,
Damasita Boedo, hermana de un federal fusilado por "la espada sin cabeza".
La victoria de Oribe y el fusilamiento de Marco Avellaneda y otros opositores
acabaron con la oposición a Rosas en el noroeste . Pero Corrientes seguía en pie
mantenida por el entusiasta carisma de Ferré y por la técnica militar del
general Paz. Dos veces invadió Echagüe esta provincia, sin éxito.
En su segunda tentativa se encontró con Paz sobre el río Corrientes con fuerzas
claramente favorables para los federales. Pero no en vano el "manco" tenía fama
de estratega: vadeó el río Corrientes por el paso de "Caaguazú" provocando a
Echagüe a ir tras suyo, en el convencimiento de que huía ante la superioridad
enemiga. Una vez que las tropas federales quedaron encajonadas entre los ríos
Corrientes y Payubre, Paz repasó el río atacándolo por sorpresa.
No terminó ahí el ajedrez: durante la batalla la caballería unitaria al mando
del capitán Núñez volvió a utilizar la trampa del desbande y el torpe Echagüe
volvió a caer en ella enviando la suya en persecución, siendo destrozada por los
disparos de la artillería oculta entre arbustos mientras la inerme infantería
era envuelta en una perfecta operación de pinzas.
Los muertos y heridos fueron 1800, los presos 800 y se tomaron 9 cañones y todo
el parque. La victoria había sido total y la situación del gobierno de Buenos
Aires se había vuelto sorpresivamente comprometida. Nuevamente Paz se
transformaba en el cuco del rosismo y no era fácil que se repitiese aquel
milagro de años antes cuando una oportunas boleadoras habían conjurado el
peligro
La situación se agravó aún más cuando Juan Pablo López, a quien llamaban
"Mascarilla" por su fealdad y cuyo mayor mérito era ser hermano de Estanislao,
defeccionó de la causa rosista y suscribió un tratado con Corrientes.
Rivera, a su vez, esperaba una victoria de Paz para actuar sobre seguro. Cuando
llegaron las noticias de "Caaguazú" cruzó el río y se dirigió contra Urquiza,
quien había cumplido con su sueño de ser designado gobernador de Entre Ríos. Se
enfrentaron en "Gualeguay" y aquí también la victoria fue para los unitarios.
Si se hubiera aprovechado la oportunidad que esas victorias ofrecían a Paz,
quizás no hubiera habido resistencia posible pues Rosas solo contaba con las
exangües fuerzas de reserva acantonadas en Santos Lugares. Pero el tiempo
apremiaba porque el ejército de Oribe, convocado de urgencia por Rosas, ya
bajaba del norte. A fines del siglo XVI lo había pronosticado el escritor
francés Montaigne: "No hay victoria sino sirve para poner fin a la guerra".
Pero las rencillas entre Rivera, Paz , Ferré y López jugaron a favor de los
federales: el caudillo oriental recelaba de la influencia de Paz, cuyo prestigio
había crecido después de su triunfo, y aconsejaba que éste invadiera al oeste
del Paraná, quedándose él en Entre Ríos para asegurar su influencia allí; Ferré,
a su vez, con un localismo estrecho, pretendía lo contrario: que Paz
permaneciera en Entre Ríos por temor a que se reeditara la situación del año 40,
quedando desguarnecido ante la reacción federal; López a su vez temía que Paz
limitase su influencia pero su principal dificultad fue que las montoneras
santafesinas que había heredado de su hermano se negaron a luchar del lado
unitario y provocaron una deserción masiva que redujo a 500 los 2.500 hombres
originariamente disponibles
No fue de extrañar entonces que cuando Paz se disponía a cruzar el Paraná, Ferré
retiró el ejército correntino para proteger su provincia y Rivera repasó el
Uruguay para privarlo de apoyo. Paz , entonces, no tuvo más remedio que
renunciar a la jefatura.
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