El maldito de nuestra historia oficial

Mario "Pacho" O'Donnell

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El revisionismo histórico

Por Mario "Pacho" O’Donnell

La historia oficial, la que siempre nos contaron y nos enseñaron, es la que escribieron los vencedores de las guerras civiles del siglo XIX y su espíritu no pudo sino reproducir la ideología oligárquica, porteñista, liberal en lo económico y autoritaria en lo político, antihispánica y anticriolla de aquellos cuyo proyecto de país estaba resumido en el dilema sarmientino entre “civilización”, lo europeísta-porteño, y “barbarie”, lo criollo-provincial.

Estaban convencidos del país que querían y lo llevaron adelante sin reparar en medios. En su loable aspiración de progreso diseñaron una sociedad a la imagen y semejanza de las naciones poderosas de la época y copiaron sus instituciones y sus cartas magnas sin reparar que ellas respondían a circunstancias e idiosincrasias ajenas a las raigalmente nuestras. Pero, esencialmente, se propusieron que la Argentina, su clase dirigente, pensara, creara y actuara como británicos en primera instancia, aunque incorporando influencias francesas y sobretodo norteamericanas a medida que los Estados Unidos se fueron consolidando como potencia dominante. Para ellos civilizar fue desnacionalizar. De allí nuestras costumbres, nuestros gustos, nuestra arquitectura, nuestros deportes, nuestros vicios. Nuestra historia.

Para llevar a buen puerto ese proyecto de organización nacional consideraron imprescindible renunciar a lo criollo y a lo hispánico que constituían la identidad medular de lo argentino. Comenzar de cero, imaginando haber nacido del otro lado del océano. O en el hemisferio norte. Sus ideólogos, en especial Sarmiento y Alberdi (éste antes de su conversión y de su conflicto con el sanjuanino), bregaron por la transformación de la Argentina en lo que no era pero que ellos consideraron que debía ser. Debieron enfrentar una dificultad supina: sus habitantes, la plebe, según su concepción, no servían para el proyecto “civilizador”. No olvidaban que era contra ellos que habían combatido a lo largo de los años de guerras civiles pues los criollos, los indios, los gauchos, los mulatos, los orilleros habían sido leales, en su inmensa mayoría, a quienes representaron sus intereses ante el despotismo porteño: Artigas, Dorrego, Rosas, Ramírez, Peñaloza, Felipe Varela. Todos ellos, vale apuntar, de finales trágicos

Es conocida la terrible condena sarmientina: “No trate de economizar sangre de gauchos, es un abono (de la tierra) que es preciso hacer útil al país” (Carta a Bartolomé Mitre del 20/9/1861). Pero no se trató de un exabrupto pues insistiría en 1866, en un discurso en el Senado: "Cuando decimos “pueblo” entendemos los notables, activos, inteligentes: clase gobernante. Somos gentes decentes.

Patricios a cuya clase pertenecemos nosotros, pues, no ha de verse en nuestra Cámara ni gauchos, ni negros, ni pobres. Somos la gente decente, es decir, patriota".

Eran los unitarios de siempre que ahora se habían rebautizado como “liberales”.


Juan Manuel de Rosas, película completa

Pero es el menos impulsivo Alberdi, el ideólogo e intelectual más influyente de su época, nada menos que el redactor de nuestra Constitución Nacional, quien hará más transparente esa tendencia a descalificar lo autóctono en desmedro de lo extranjero, dominante hasta nuestros días. Nada menos que en el texto de “Las Bases”, en el que nuestra Constitución sería un apéndice, escribió: “Es utopía, sueño y paralogismo puro el pensar que nuestra raza hispanoamericana , tal como salió formada de su tenebroso pasado colonial, pueda realizar hoy la república representativa”. Don Juan Bautista no tendrá empacho de referirse a una “raza”degradada a la que habría que remplazarla por otra mejor, la anglosajona: “Ella está identificada al vapor, al comercio, a la libertad, y nos será imposible radicar estas cosas entre nosotros sin la cooperación activa de esta raza de progreso y de civilización” . Es este concepto la clave de las políticas inmigratorias de nuestra “clase decente’, como se llamaban a sí mismos: sustituir la raza insubordinada y por ende descartable por otra mejor, más maleable a partir de su necesidad de encontrar un lugar al sol lejos de sus hogares. El problema fue que no vinieron los rubios, altos y de ojos claros del norte de Europa sino los morochos retacones del sur, algunos de ellos con ideas anarquistas.

Mario O'Donnell, conocido como "Pacho" (Buenos Aires, 1941) es un escritor, político, médico especializado en psiquiatría y psicoanálisis e historiador.

Es el hijo de Mario Antonio O'Donnell y Susana Lucrecia Ure. Está casado con Marina Orsi, destacada pediatra, con quien tuvo tres hijos. Otras dos hijas son de un anterior matrimonio. Su hermano Guillermo es un destacado cientista político.

Con la recuperación democrática argentina, Pacho, regresado de su exilio en España, fue designado Secretario de Cultura de la ciudad de Buenos Aires, desde donde impulsó el acceso popular a las manifestaciones artísticas. A nivel nacional desempeñó el cargo de Senador, Secretario de Cultura de la Nación, y embajador en Bolivia y Paraguay. Actualmente se dedica a la difusión de la Historia argentina, siendo director del Departamento de Historia de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales. Fue condecorado con la Orden de Isabel La Católica por el Rey Juan Carlos I de España y Francia le otorgó las Palmas Académicas.

Incursionó con éxito de ventas y crítica en la literatura con sus libros: “Copsi”, “La seducción de la hija del portero”, “El tigrecito de Mompracen” ,“Las hormigas de Chaplín”, “Doña Leonor los rusos y los yanquis”. Su último libro en este género es “Las patrias lejanas”.

Su producción historiográfica puede ser considerada dentro del neorrevisionismo, con la propuesta de iluminar aspectos ocultos o escamoteados de la historia oficial argentina.

Dentro de la serie “La historia argentina que no nos contaron” publicó “El grito sagrado”, “El águila guerrera”, “El Rey Blanco” y, recientemente, “Los héroes malditos”, todos ellos encaramados en las listas de “best-sellers”. O’Donnell se volcó asimismo al género biográfico con “Juana Azurduy, la teniente coronela”, “Monteagudo, la pasión revolucionaria” y “Juan Manuel de Rosas, el maldito de la historia oficial”. Su última obra del género biográfico, de amplia resonancia internacional, fue “Che, la vida por un mundo mejor”, también base del documental "Che, el hombre, el final", de vasta difusión mundial. Sus últimos libros publicados son "Caudillos federales" y el ensayo "La sociedad de los miedos"

Durante años O'Donnell se dedicó a la divulgación histórica en los medios masivos; se destacan sus programas en Canal 7 y en Radio Mitre, ambos bajo el nombre de “Historia confidencial”. Conduce "Contar la historia" en Radio Ciudad y canal Encuentro difunde el ciclo "Archivos O´Donnell" de entrevistas sostenidas a lo largo de años con destacadas figuras de la cultura nacional e internacional.

Como dramaturgo obtuvo el Primer Premio Municipal, el Premio Argentores y el Premio “Fondo Nacional de las Artes” con su obra “Escarabajos”. También se estrenaron “Lo frío y lo caliente”, “¿Lobo estás?” (en el primer Teatro Abierto), “Vincent y los cuervos”, "Van Gogh", “El sable”, “El encuentro de Guayaquil” y "La tentación" , las tres últimas basadas en temas de la historia argentina.

Wikipedia

Alberdi se esmeraría por aclarar aún más sus ideas: “Haced pasar el roto, el gaucho, el cholo, unidad elemental de nuestras masas populares por todas las transformaciones del mejor sistema de instrucción: en cien años no haréis de él un obrero inglés que trabaja, consume, vive digna y confortablemente”. Se explayará también en consejos que aún hoy tienen dramática vigencia: “Proteged empresas particulares para la construcción de ferrocarriles. Colmadlas de ventajas, de privilegios, de todo favor imaginable sin deteneros en medio (…) Entregad todo a capitales extranjeros. Rodead de inmunidades y de privilegios el tesoro extranjero para que se naturalice entre nosotros”.

Porque no se trataba de hacer un país confortable para las grandes mayorías sino acomodarlo a las necesidades de los poderosos: “Hemos de componer la población para el sistema de gobierno, no el sistema de gobierno para la población (...) Necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces para la libertad” (Sarmiento).

He aquí la razón de fondo de la política educativa que planearon y llevaron adelante el sanjuanino, Avellaneda y otros. Libertad debe traducirse aquí como liberalismo autoritario, no el que pregonaba Adam Smith.

Un personaje extraordinario, Bartolomé Mitre, un intelectual de acción, no fue sólo el jefe civil y militar que condujo la organización nacional bajo este signo sino que además escribió la historia que la justificaría.

Nadie puede criticarlo por hacerlo, estaba convencido de lo que pensaba y hacía y, a diferencia de otros, puso el cuerpo y puso la pluma. Son criticables en cambio aquellos que consideran sus textos y los encumbramientos y los anatemas que los habitan, inevitablemente condicionados por circunstancias y propósitos, como revelaciones sagradas y reaccionan destempladamente ante críticas u observaciones. Estoy seguro de que Mitre no sería tan “mitrista” como dichos personajes… Pero es de reclamar también de parte de no pocos revisionistas capacidad de diálogo tolerante para sostener un esclarecedor debate todavía ausente.

Fue muy claro que la historia servía y sirve a los propósitos del porteñismo “civilizador”. Después de Caseros cuando en Buenos Aires se debatía la posibilidad de hacerle un juicio a Rosas el diputado

Emilio Agrelo propuso que no hubiera posibilidades de revisión: “No podemos dejar el juicio de Rosas a la historia.

¿Qué dirán las generaciones venideras cuando sepan que el almirante Brown lo sirvió? ¿Qué el General San Martín le legó su espada? ¿Qué grandes y poderosas naciones se inclinaron a su voluntad?

¡No, señores diputados! ; debemos condenar a Rosas y condenarlo en términos tales que nadie quiera mañana intentar su defensa”.

De la misma índole había sido el consejo de Salvador María del Carril en 1829 a Lavalle: “Fragüe el acta de un consejo de guerra para disimular el fusilamiento de Dorrego porque si es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad, se embrolla; y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos". Terminaba urgiéndolo a hacer desparecer la prueba de su villanía: “Cartas como éstas se queman”. Luego de la tragedia de Navarro los unitarios se lanzaron al exterminio del gauchaje federal.

Dicha matanza se repitió, amplificada, cuando, luego de que Urquiza entregase a Mitre el triunfo en Pavón, los porteños organizaron el ejército nacional que fue lanzado a las provincias para ocuparlas y desalojar a sus gobernantes federales.

Además, bajo el mando de los crueles coroneles uruguayos, Arredondo, Paunero, Flores y Sandes, se castigó ejemplarmente a todo aquel que no se sometiera al proyecto porteñista, iniciándose una salvaje cacería de los caudillos resistentes a tanta prepotencia.

Citemos nuevamente al locuaz Domingo Faustino: "Los sublevados serán todos ahorcados, oficiales y soldados, en cualquier número que sean"

(año 1868). "Es preciso emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos”. No es aventurado el cálculo de que en los quince años posteriores a Pavón murieron la mitad de los gauchos de la campaña.

La propuesta fue más allá del aniquilamiento físico y apuntó a la extirpación cultural, también psicológica, de todo aquello que oliera a plebeyo y nacional, identificado con barbarie, y lo hispánico, homologado a decadencia. Se estableció así una condición esencial de la dependencia argentina de intereses ajenos a los patrióticos en complicidad con su dirigencia política y económica.

Mecanismo automático que funciona a nivel colectivo, en cada argentina y argentino, y se activa sin que se tenga conciencia de ello pues está muy arraigada en nuestra cultura, más aún: en nuestro psiquismo, que lo culto, lo civilizado, lo deseable es lo exógeno.

Una manifestación de ello es la autodenigración, exacerbada últimamente en publicaciones y documentales empeñados en ensalzar nuestros fracasos e incompetencias.

Ese diseño es el que se prolonga hasta nuestros días, con las variaciones impuestas por épocas y circunstancias, y a su calor se desarrolló la historiografía que le era funcional, sustentada por ceremonias escolares, marchas patrióticas, libros de texto, cátedras universitarias, academias y el dominio de los mecanismos de prestigio y de financiación.


Juan Manuel de Rosas. Documental de la serie Caudillos producida por Canal Encuentro, fragmentada en 3 partes, duración total 58 minutos

Contra esa versión tendenciosa surgió en el pasado el “revisionismo histórico” cuyo primer antecedente puede encontrarse en el Juan B. Alberdi que había regresado del elitismo: “En nombre de la libertad y con pretensiones de servirla, nuestros liberales Mitre, Sarmiento o Cía, han establecido un despotismo turco en la historia, en la política abstracta, en la leyenda, en la biografía de los argentinos. Sobre la Revolución de Mayo, sobre la guerra de la independencia, sobre sus batallas, sobre sus guerras, ellos tienen un alcorán que es de ley aceptar, creer, profesar, so pena de excomunión por el crimen de barbarie y caudillaje” (“Escritos póstumos”).

Luego sería el turno, a finales del siglo XIX, de Adolfo Saldías, integrante de la elite que gobernaba al país desde el Club del Progreso y el Círculo de Armas quien se propuso escribir una biografía de Juan Manuel de Rosas sobreentendiéndose que por su pertenencia de clase sería un aporte más a la campaña denostatoria que aún hoy oscurece la memoria del Restaurador. Pero Saldías lo hizo con seriedad y honestidad historiográfica y para ello acudió al archivo de “La Gazeta” y otras publicaciones de la época, a los testimonios y a las memorias de contemporáneos del biografiado y, decisivamente, contó con el archivo de Rosas que le facilitó en Southampton su hija Manuelita. El resultado fue un texto de fundamentada ecuanimidad cuyo título no refería a la “tiranía” sino a la “Historia de la Confederación Argentina”. La reacción de sus pares fue indignada y el libro fue condenado al silencio y su autor sufrió el desdén y el aislamiento.

A Saldías lo seguiría en 1930 Carlos Ibarguren con “Juan Manuel de Rosas, su vida, su obra, su tiempo” que insistió en la figura nacionalista y populista del Restaurador, jefe del bando perdedor, como el símbolo antagónico, independientemente de sus defectos y virtudes, de la dirección que habían tomado los asuntos de nuestra patria. Y cuatro años más tarde los hermanos Irazusta dieron a luz una obra fundamental, “Argentina y el imperialismo británico”, concebida en el clima de indignación provocada por el pacto Roca-Runciman.

Desde sus inicios pueden detectarse un “revisionismo de derecha” y “un revisionismo de izquierda”. El primero pondrá el énfasis en el Rosas amante del orden, defensor de la soberanía nacional, aferrado al catolicismo en contra de la difundida masonería de su época. El segundo es representado por quienes compartían la opinión de la columna vertebral del revisionismo progresista, José María Rosa: “El gobierno de Rosas puede llamarse socialista. La Confederación Argentina con su sufragio universal, igualdad de clases, fuerte nacionalismo y equitativa distribución de la riqueza era tenida como una verdadera y sólida república “socialista” adelantada al tiempo y nacida lejos de Europa”.

Uno de los cuestionamientos del revisionismo a la versión consagrada es que en ella, contaminada del elitismo doctrinario de quienes la escribieron, nuestra historia parece determinada por los “grandes hombres” ignorándose el protagonismo de la “chusma” en las vicisitudes nacionales. Es ésa la crítica que el provincianista Dalmacio Vélez Sarsfield le formula a Mitre a raíz de su biografía de Belgrano imponiéndole que el verdadero protagonista de la campaña del Ejército del Norte fue la “plebe” y no aquel intelectual brillante que aborrecía los asuntos de la guerra. Por ello fue inevitable que los jefes populares como Rosas, los caudillos provinciales y altoperuanos, Dorrego, Artigas, Guemes, también el Alberdi final, el Pellegrini industrialista o el Sáenz Peña americanista, asimismo el populismo antiimperialista de Irigoyen y de Perón queden postergados o jibarizados en la historia oficial a expensas de la exaltación de aquellos funcionales al proyecto desnacionalizador, porteñista y autoritario como Rivadavia, Sarmiento, el Alberdi inicial, el Urquiza de Caseros, la Generación del Ochenta, Roca .

J.J. Hernández Arregui, en su “Imperialismo y cultura”, daría una nómina de revisionistas aunque, señala con ironía, “a algunos no les guste verse en la misma lista”: Scalabrini Ortiz, Jauretche y otros integrantes de FORJA, Doll, Cooke, los hermanos Irazusta, Ibarguren , Palacio, Castellani, por supuesto José María Rosa, incluyendo también a revisionistas socialistas como Puiggros, Astesano, Ugarte, Spilimbergo, Ramos.

Según Norberto Galasso, aprovechando la ola antipopular provocada por el golpe militar de 1955 que también sepultó al revisionismo y a sus representantes, la historia oficial se recicló rebautizándose como “historia social” que incorporaría criterios y tecnologías actualizadas en un cambio cosmético sincerado por uno de sus principal ideólogos, Halperín Donghi quien afirmó en su “Ensayos de historiografía” que dicha corriente se proponía “ilustrar y enriquecer, pero cuidando de no ponerla en crisis , a la línea tradicional”, es decir que se trata de una historia oficial modernizada. También Galasso, quien acusaría a dicha corriente de ser visceralmente antiperonista y antipopular la definió como “ una versión más elaborada, más “científica”, menos ingenua que la vieja historia fabricada después de Pavón, bajo la cual se resguardan los viejos íconos”.

Alertados los conservadores liberales sobre el “peligro”que entrañaba la revisión histórica y el consiguiente encumbramiento doctrinario de los jefes populares homologables con el peronismo, el golpe de 1955 condenará de allí en más a los revisionistas a un ostracismo que hasta entonces no había conocido, pues, como lo señala Alejandro Cataruzza, antes de entonces artículos de Ernesto Palacio y Julio Irazusta fueron aceptados en “Sur” de Victoria Ocampo, Carlos Ibarguren sería Presidente de la Academia Argentina de Letras y recibiría el Premio Nacional por su biografía de Rosas en 1930, en tanto Irazusta fue distinguido en 1937 con el Premio Municipal de Literatura.

La situación de marginación actual de los revisionistas quedó dramáticamente evidenciada cuando hace pocos meses ninguna autoridad gubernamental ni representante de los cenáculos académicos o universitarios se hicieron presentes en el velatorio de Fermín Chávez, autor (con la colaboración de E. Manson, J.Sulé y J.C.Cantoni) de los cuatro tomos que completaron dignamente los once de la magnífica “Historia Argentina” de José María Rosa.


Causa criminal y sentencia de muerte contra Juan Manuel de Rosas (1908). Clic para descargar

Será también Halperín Donghi, desde hace décadas instalado en Berkeley, quien se obstinará en declarar “decadentista” al revisionismo, denunciando que se trata de “una empresa a la vez historiográfica y política”. Así en “La historiografía argentina en la hora de la libertad” publicado en “Sur”en noviembre de 1955, artículo que ya en el título desnudaba su intencionalidad, Halperín Donghi señalaba que en “la tentativa de crear una cultura y una historiografía consagradas a la mayor gloria del régimen, el peronismo había hallado apoyos en los revisionistas”.

A pesar de nuestra crítica, es hidalgo reconocer que Halperín intenta rebatir al revisionismo con argumentos fundamentados, a diferencia de la grave inconsistencia de otros que pretenden impugnar al revisionismo por supuestos flancos que no le pertenecen. Porque las postulaciones revisionistas nada tienen que ver con los chismes “amarillistas” sobre la vida privada de los próceres ni tampoco la historia deformada para tener rating en los medios masivos. Tampoco las arengas demagógicas como arrasar con los monumentos a Roca (¡hay tantos monumentos, avenidas, plazas destinadas a exaltar injustificadamente a los benditos por la historia oficial!), o exaltar hasta la leyenda al apocalíptico Solano López o a los anarquistas violentos de principios del siglo XX.

Revisar la historia consagrada obliga a rescatarse de la inducción de lo aprendido y pensar(se) desde una perspectiva propia que supere el desprecio culterano por lo popular, lo criollo, lo hispánico y lo religioso, elementos fundamentales de lo nacional, y que no se fundamente en la idealización y mimetización con lo foráneo, empeño que la globalización al servicio del astuto poder planetario ha llevado hasta el saqueo de la intimidad psicológica . El forjista Jauretche, cuando dichos mecanismos no eran todavía tan alienantes, se refirió a ello: “Fue una labor humilde y difícil, porque tuvimos que destruir hasta en nosotros mismos, y en primer término, el pensamiento en que se nos había formado como al resto del país y desvincularnos de todo medio de publicidad, de información y de acción pues ellos estaban en manos de los instrumentos de dominación, empeñados en ocultar la verdad”. La tarea no es fácil, por momentos desanimante: “Todo escritor nacional ha experimentado alguna vez la sensación de un muro que lo asfixia y la interrogación concomitante acerca de si la lucha empeñada tiene un sentido que la justifique” (Scalabrini Ortiz). Porque el principal obstáculo no está afuera sino principalmente en el interior de nosotros mismos, modelados psicológica y culturalmente de acuerdo a los aparatos ideológicos del estado liberal-autoritario nacido después de Pavón y exacerbado por la evolución mundial hacia un fundamentalismo capitalista. Y la historia oficial es uno de los principales, y más prematuros pues opera desde la preescolaridad, de dichos mecanismos. Es por ello que el interés por el revisionismo se galvaniza en etapas en que el dominante sistema social, económico y político es fisurado por las crisis y pierde algo de su consistencia, como sucedió en los 30 y al principio de este siglo.

Se cuestiona la envergadura académica del revisionismo como si alguna academia de la historia nos hubiera abierto sus puertas.

El único que alguna vez dejaron entrar fue el fallecido Guillermo Furlong, como diría Eduardo Rosa, “tal vez porque su sotana de jesuita no dejaba ver su cachiporra de nacionalista”. Asimismo la supuesta debilidad investigativa no puede aislarse de la circunstancia a todas luces evidente que son los sostenedores de la historia oficial o social los que campean en cátedras, becas y subsidios. Cabe aclarar que ningún prejuicio existe contra las serias y honestas investigaciones historiográficas llevadas a cabo por quienes no se identifican con el revisionismo; lo que cava la diferencia entre las corrientes en disputa es la interpretación que de ellas se hace.

También está difundida la pretendida descalificación a los cuestionadores de la historia consagrada por “hacer política”, aproximándose peligrosamente al lenguaje macartista del Proceso. Ello es negar, por ingenuidad o malevolencia, la fuerte pregnancia ideologizante de la historia oficial porque, por ejemplo, si honramos al Rivadavia del préstamo Baring, la Famatina Mining y el Banco de Descuentos con la avenida más larga del mundo, ¿ qué castigo pueden temer los economistas que nos endeudaron corruptamente a lo largo de gobiernos militares y constitucionales como lo demostró ese patriota moderno que fue Alejandro Olmos?.

Es cierto que el peronismo y el revisionismo establecieron un vínculo vigoroso sostenido en sus puntos comunes pero es de recordar que, al igual que los integrantes de FORJA, los revisionistas se anticiparon al 17 de octubre y podría irse más allá afirmando que prepararon el terreno. Pero también es cierto que no todos los revisionistas simpatizaron con el peronismo y no faltaron quienes se alinearon en la oposición activa. Tampoco gozó de una especial predilección durante los gobiernos de Perón, quizás por no abrir otros frentes con el conservadorismo liberal de la clase dominante, como quedó demostrado cuando llegó el turno de bautizar a las líneas férreas estatizadas eligiéndose, además de los indiscutibles San Martín y Belgrano, a lo próceres tradicionales: Sarmiento, Mitre, Roca.

El revisionismo, en su versión nacional y popular, cobró vigor cuando el objetivo del regreso de Perón al poder apeló a la memoria de los caudillos como sustento de la acción contra las sucesivas dictaduras militares y gobiernos pseudo constitucionales. “(La estrategia peronista) consistía en entramar su propio pasado con la historia de la nación desde el momento fundacional, pero esta vez proponiendo una genealogía que lo emparentaba con los perseguidos, los derrotados (los caudillos en particular). En esta visión ellos se alzaban una y otra vez para proseguir un combate más que secular, que era el de la nación entera, contra las minorías del privilegio que usurpaban el gobierno aliadas a alguna potencia extranjera”(A. Cataruzza).

El radicalismo, en cambio, salvo excepciones, no se pronunció a favor del federalismo a pesar de que su bandera lleva el color blanco del gran partido rioplatense que se enfrentó al porteñismo oligárquico, y el rojo del rosismo, afiliación que costó la vida en la horca del padre mazorquero de Leandro N. Alem.

Una institución fundamental en el desarrollo revisionista fue el Instituto de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas” fundado en 1938 por Manuel Gálvez, Ramón Doll, los hermanos Irazusta, Ernesto Palacio y otros. Entre sus presidentes se contaron Carlos Ibarguren, José María Rosa, John William Cooke. En la difusión fue importante la actividad de editoriales como “Peña y Lillo”, “Sudestada”, “Teoría”, también otras relacionadas con la izquierda nacional como “Octubre” y “Coyoacán”.


Pacho O'Donnell y Hugo Chumbita con Eduardo Anguita.

El revisionismo privilegia el tema de la dependencia como clave de la interpretación histórica, punto de confluencia, según Jorge Sulé, de sus distintas corrientes. Ello también merecerá la insólita crítica de la estrella de la historia social u oficial: “Quejarse de la dependencia es como quejarse del régimen de lluvias. No es necesario explicar entonces por qué no hablamos más de ella” (Halperín Donghi en “Punto de vista”, 1993). El perseverante tema de la dependencia en tiempos globalizados en que los límites entre países han sido arrasados por las transnacionales y las operaciones financieras digitalizadas requiere de los revisionistas de hoy la superación de sus condiciones de marginalidad para encarar una urgente tarea de actualización. Deberemos tener en cuenta, por ejemplo, modernos obstáculos para acceder a una sólida construcción identitaria, indispensable para el reconocimiento de un pasado propio y diferenciado, como los descriptos por Bauman al referirse a la “vida líquida” caracterizada por la precariedad y la incertidumbre que obliga a recomenzar siempre: “Entre las artes del vivir moderno líquido y las habilidades para practicarlas, saber librarse de las cosas prima sobre saber adquirirlas”. Las convicciones y los marcos referenciales son entonces tan evanescentes como los objetos que son comprados para ser prontamente considerados desperdicio y ello atenta contra las afirmaciones nacionales antitéticas de la globalidad indiferenciante. “Los miembros de la sociedad –explica Bauman– buscan desesperadamente su ‘individualidad’, ser un individuo. Esto es, ser diferente a todos los demás. Sin embargo, si en la sociedad “ser un individuo” es un deber, los miembros de dicha sociedad son cualquier cosa menos individuos, distintos o únicos”. Ser un “individuo”, entonces, significa ser idéntico a todos los demás. Por ejemplo, aceptar la historia tal como nos la han impuesto por interés, por ignorancia o por miedo a ser distintos. La amenaza es la marginación, no pertenecer a la sociedad individualizada. En el campo historiográfico, no ser tenido en cuenta para sitiales académicos, cátedras, empleos, becas, subsidios, viajes. Por ello es comprensible que jóvenes historiadores elijan conciente o inconcientemente no apartarse de lo establecido para poder profesionalizar su vocación. Aunque en los últimos tiempos he conocido quienes no se sienten en la obligación de embanderarse con uno u otro bando y buscan una síntesis enriquecedora. Bienvenidos sean. Quizás logren aquello de lo que algunos, embarcados en la aspereza de la confrontación historiográfica, no hemos sido capaces.

Últimamente, a partir de la crisis del 2001 que arrasó con tantas convenciones vacías y que mostró la faz más tenebrosa de la globalización, hizo que “ganara la calle” el interés de muchos de comprender su presente a partir de una historia que nos mire desde lo que nos es propio, desde lo nacional y lo popular, que no deforme ni retacee, y entonces asistimos a un nuevo empuje del revisionismo, que algunos bautizan de neo-revisionismo. Ello es paralelo con el surgimiento de movimientos de corte nacionalista, criollista y populista, antineoliberales, en varios países latinoamericanos como Venezuela, Bolivia, Ecuador, que proclaman un espíritu americanista que alentó Bolívar, pero entre nosotros también San Martín, Artigas, Dorrego, Felipe Varela, Roque Sáenz Peña y Perón entre otros.

Me cabe la satisfacción de haber sido, más allá o mas acá de mis intenciones, el iniciador de la renovada puesta en superficie de la historiografía alternativa con la publicación en 1997 de mi “El grito sagrado”, el primero de la serie “La historia argentina que no nos contaron”, que fue comprado por más de 100.000 lectores. Los exitosos primeros de Lanata y Pigna son posteriores, de 2002 y 2004 respectivamente. A propósito: se suele agruparme con Jorge y con Felipe, que nunca se reivindicaron como revisionistas, no por razones historiográficas en las que disentimos en varios niveles, sino por insólitos motivos relacionados con ¡cifras de ventas!.

Pero el mayor mérito es de quienes callada pero vigorosamente mantuvieron vivas a lo largo de años la letra y el alma del revisionismo, entre ellos los nucleados en el sitio “Pensamiento Nacional” de Eduardo Rosa, Pancho Pestanha, Luis Launay y otros. Asimismo es de destacar la persistencia del Instituto “Rosas” y su revista. Tampoco puede obviarse a Enrique Oliva, Eduardo Luis Duhalde y Hugo Chumbita, recientemente Daniel Balmaceda, también a un revisionista marxista como Norberto Galasso.

Lo que unía y une a los revisionistas es lo que en “Política Nacional y Revisionismo Histórico” expresó Arturo Jauretche: “Véase entonces la importancia política del conocimiento de una historia auténtica; sin ella no es posible el conocimiento del presente y el desconocimiento del presente lleva implícita la imposibilidad de calcular el futuro, porque el hecho cotidiano es un complejo amasado con el barro de lo que fue y el fluido de lo que será, que no por difuso es inaccesible e inaprensible”.

Es que no puede construirse un futuro venturoso sobre la base de un pasado falsificado.

Perfil, 04/05/08  |  Imagen: Moneda de oro de la "República Argentina Confederada".


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Juan Manuel de Rosas

El maldito de nuestra historia oficial

Mario "Pacho" O'Donnell

Ilustración: El Tomi (Télam)

Capítulo 1 "Católico y Militar"

Don León Ortiz de Rosas quiso que un sacerdote de su regimiento bautizara a su hijo nacido el 30 de marzo de 1793 con el nombre de Juan Manuel José Domingo. "Será católico y militar", le aseguró con orgullo al capellán Pantaleón de Rivadarola.
Los antepasados del recién nacido llevaban ya varias generaciones en el Río de la Plata y no carecían de abolengo. Por el lado paterno descendía de militares y funcionarios al servicio del Rey de España. Su padre había nacido en Buenos Aires y fue un irrelevante capitán de infantería que padeció el infortunio de caer prisionero de los indios siendo rescatado luego de algunos meses de cautiverio. Esta circunstancia, o los relatos de esta circunstancia, habrían de marcar en lo hondo a su vástago determinando la importancia que siempre les daría a los aborígenes, contrariando el arraigado hábito de la clase "decente" de considerarlos poco más que animales peligrosos.
Su madre, doña Agustina López de Osornio, sería una influencia decisiva no sólo por su holgada posición económica que le generaba "El Rincón de López", la ubérrima estancia heredada de su padre, lo que acostumbraría a su hijo a la vida rural desde su nacimiento. También por el fuerte y altivo carácter, que ejercía autoritariamente sobre su esposo y sus hijos. A don León, según su sobrino Lucio V. Mansilla, le enrostraba ser plebeyo de origen mientras ella descendería del duque de Normandía "y mira que si me apuras mucho he de probarte que soy pariente de María Santísima".
Por una o por otro, a veces por los dos, estaban emparentados con las aristocráticas familias de García Zúñiga, Anchorena, Arana, Lavallol, Peña, Aguirre, Trápani, Beláustegui, Costa y otras. A las tertulias de doña Agustina y don León, que se desenvolvían en un ambiente de decoración austera y hábitos cristianos, asistían los Pueyrredón, Necochea, Las Heras, Olavarría, Guido, Alvear, Balcarce, Saavedra, Olaguer y Feliú, Azcuénaga, Alzaga y otros de esa estirpe.
Con muchos integrantes de esas familias, que constituían su pertenencia natural, por coherencia con sus convicciones de enérgico populismo, se enfrentaría años más tarde Juan Manuel, el varón mayor de diez hijos vivos y de diez hermanos muertos, lo que lo confrontó y lo familiarizó con la Parca desde sus años más precoces.
Fue naturalmente elegido para llevar adelante la hacienda familiar y por ello doña Agustina ejerció sobre él mayor despotismo, azotándolo cuando no cumplía con sus expectativas o cuando demostraba independencia en sus decisiones. En su psiquis se juntaron entonces el amor y la crueldad, siéndole más tarde irrefutable que amar a la patria era tratarla con dureza.
Por haber estado predestinado a la estancia familiar su educación fue sin esmero, a lo que tampoco ayudó su carácter díscolo y poco predispuesto a aceptar certezas ajenas. Lucio V. Mansilla así lo resumiría: "Siendo sus padres pudientes, y hacendados por añadidura, no podían pensar y no pensaron en dedicarlo al clero, ni a la milicia, ni a la abogacía, ni a la medicina, profesiones que precisamente eran el refugio de quienes no contaban con gran patrimonio".
La estancia sería, hasta el fin de sus días, determinante en su vida personal, económica, política y de gobernante.


Casa donde vivió en el exilio y murió Juan Manuel de Rosas, Southampton, Inglaterra 1853. Foto Archivo General de la Nación.

Capítulo 2 Ni el apellido

Como parte de la formación que doña Agustina reservaba a sus hijos, a quienes deseaba fuertes ante la vida pero también sometidos a su voluntad, acostumbraba mandarlos a servir como humildes dependientes en alguna de las tiendas de Buenos Aires. Lo que también demuestra una tendencia alejada de los hábitos elitistas de la clase acomodada.
Sucedió que uno de los Ortiz de Rosas, Gervasio, se resistió a la humillación de lavar los platos en que habían comido algunos de sus parientes y amigos. Altanero, contestó:
—Yo no he venido aquí para eso.
El dependiente principal dio cuenta al patrón y éste, llamando a Gervasio, le dijo secamente:
—Amiguito, desde este momento yo no lo necesito a usted más, tome su sombrero y váyase a su casa. Ya hablaré con misia Agustina....
Gervasio caminó las pocas casas que lo separaban de su hogar con el ánimo turbado pues se sabía merecedor del castigo de su temida madre.
Recibió la orden de encerrarse en su cuarto y al rato un sirviente golpeó la puerta llamándolo en presencia de doña Agustina, a quien acompañaba el dueño de la tienda. La señora, con gesto severo, tomó al hijo de la oreja y le conminó:
— Hínquese usted y pídale perdón al señor....
Cuando Gervasio, con lágrimas de dolor y de deshonra en los ojos, hubo obedecido, prosiguió:
—¿Lo perdona usted, señor?
—Y cómo no, señora doña Agustina - respondió el tendero, desasosegado por la situación.
— Bueno, pues, caballerito, con que tengamos la fiesta en paz... -remató la matrona-y váyase a su tienda con el señor que hará de usted un hombre. Pero, ahora, mi amigo, yo le pido a usted como un favor que a este niño le haga usted hacer otras cosas...
Según el relato de Lucio V. Mansilla, al oído le dijo que le hiciera limpiar las letrinas. "Gervasio no volvió a tener humos", concluye.
Pero lo que había funcionado con uno de sus hijos fracasó con otro de ellos, Juan Manuel. Ante una situación casi idéntica éste se negó a arrodillarse ante su patrón por lo que la autoritaria doña Agustina, luego de darle un coscorrón, lo encerró desnudo en una habitación a pan y agua hasta que depusiera su orgullo.
Pero el futuro Restaurador, apenas adolescente, logró forzar la cerradura y escapar como Dios lo trajo al mundo, dejando una esquela en la que doña Agustina y don León pudieron leer: "Me voy sin llevar nada de lo que no es mío".
Jamás regresaría a su hogar, nunca reclamaría ni un centavo de la abundante herencia familiar y además tampoco se llevaría el apellido ya que de allí en más pasaría a llamarse Juan Manuel de Rosas, suprimiendo el "Ortiz" y modificando la "zeta" de Rozas por una "ese".

Capitulo 3 Los heroicos migueletes

Los denostadores de Rosas le reprocharán no haber participado en las jornadas heroicas de las Invasiones Inglesas y de la Revolución de Mayo. En el primer caso se equivocan pues a pesar de que en 1806 sólo tenía 13 años de edad sirvió como ayudante de municiones en las fuerzas victoriosas de Santiago de Liniers, mereciendo una felicitación por escrito que resaltaba "su bravura, digna de la causa que defendía". En la invasión del siguiente año se alistó, ya como soldado, en el 4° Escuadrón de Caballería, "Migueletes", vistiendo su uniforme punzó, color que sería relevante en su vida.
Jamás le faltó coraje, mereciendo luego de la hecatombe de Caseros el homenaje de su vencedor, Urquiza: "Rosas es un valiente, durante la batalla de ayer le he estado viendo al frente mandar su ejército".
Las jornadas de Mayo, en cambio, lo sorprendieron en el campo, siendo uno de los muchos que no participaron en una asonada que nuestra historia oficial ha pretendido transformar en un movimiento de masas cuando en realidad se fraguó y se resolvió entre la clase "decente" de influyentes funcionarios españoles, envalentonados jefes de milicias y ricos comerciantes criollos que bien se cuidaron de evitar mayores convulsiones sociales.
Además don Juan Manuel desconfiaba del tufillo aristocratizante y europeísta de los revoltosos. Por otra parte nunca fue partidario de puebladas ni desórdenes, salvo las que él mismo organizaría y controlaría, como lo expresase en una proclama anterior a su primer gobierno: "¡Odio eterno a los tumultos, amor al orden, fidelidad a los juramentos, obediencia a las autoridades constituidas! De allí su reacción epistolar ante el fusilamiento del héroe de la Reconquista, poco solidaria con la jacobina decisión patriota: "¡Liniers! ¡Ilustre, noble, virtuoso, a quien yo tanto he querido y he de querer por toda la eternidad, sin olvidarle jamás!".

Capitulo 4 El patrón de estancia

Formó una sociedad agrícola ganadera con Juan Nepomuceno Terrero y Luis Dorrego. El primero sería con el correr de los años su consuegro ya que su hijo esposaría a Manuelita, hija de don Juan Manuel, quien no escondería su disgusto por lo que consideraría un abandono "cuando más la necesitaba", es decir cuando debió emprender el camino del exilio. Su otro socio fue hermano de Manuel Dorrego, destacado prócer argentino, líder de los federales cuya trágica muerte cedió tal privilegio y responsabilidad a Rosas.
La empresa sería comercialmente exitosa y don Juan Manuel se destacaría como encargado de la explotación rural, instalando saladeros y encarando la creciente exportación de charqui. Las ganancias eran reinvertidas en la compra de más tierras aprovechando los bajos precios de aquellas que lindaban con los dominios del indio.
Estos ocupaban los dos tercios de la provincia de Buenos Aires y se resistían a la extensión de las propiedades de los "cristianos" intrusos, siendo los pampas, los tehuelches y los ranqueles los más feroces, asolando estancias y fortines en malones que asesinaban a los hombres y secuestraban a las mujeres, además de robar el ganado que encontraban a su paso.
Pero la clase pudiente de Buenos Aires estaba obligada a disputarles el terreno pues la fuente de riqueza que hasta entonces había constituido el comercio, desde que Garay fundara el puerto para dar salida al contrabando del Potosí, había perdido su rentabilidad. Es que la Revolución Industrial y la connivencia de los comerciantes porteños que con la insurrección de Mayo terminaron de sepultar el monopolio económico español abriendo su mercado a Gran Bretaña, habían arruinado las precarias industrias provinciales y revalorizado las exportaciones relacionadas con el campo, dando origen a una nueva clase de ricos: los estancieros.
La enfiteusis de Rivadavia había sido una importante concesión a éstos, pues por bajísimos alquileres que ellos mismos fijaban, y que muchas veces ni siquiera pagaban, los tradicionales hacendados pudieron hacerse de inmensas extensiones de campo que luego, con el tiempo, comprarían muy convenientemente. A principios de 1828, y desde 1824, se habían entregado 2.500.000 hectáreas a 112 personas, algunas de las cuales habían recibido exiguas parcelas, lo que da una cabal idea del impresionante beneficio de otras.
Tal creciente poder económico basado en una unidad de producción tan significativa como la hilandería inglesa, la estancia, inevitablemente debía tener su traducción política para defenderse y para expandirse. Rosas sería ese representante.
Cuando por presión de los proveedores de carnes que se perjudicaban por el acopio que hacían los saladeros para satisfacer sus exportaciones, el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón obligó al cierre de estos, Rosas y sus socios se dedicaron a comprar tierras en gran escala. Entre otras haciendas compraron la estancia "Los Cerrillos" que se convertiría en la preferida de don Juan Manuel y que llegaría a tener 120 leguas cuadradas (300.000 hectáreas) por sucesivas anexiones, sobretodo de tierras ganadas a los indios.
También incorporó otra estancia en Cañuelas a la que bautizó con el nombre de un militar a quien nunca había conocido pero que mucho apreciaba a pesar de los infundios que envidiosas lenguas viperinas derramaban sobre su honra y que había tenido que abandonar su patria por el riesgo que su vida corría en manos de sus compatriotas: el general don José de San Martín. La vida daría a ambos la ocasión de intercambiar una cálida y profusa epistolaridad, además del trascendente, e incómodo para nuestra historia oficial, gesto testamentario del Libertador.
En 1821, quien entraría rico a la función pública y perdería en ésta todos sus bienes, condenado a casi 25 años de exilio en la pobreza y en la soledad, formaría otra sociedad con los muy acaudalados Anchorena, sus primos Juan José y Nicolás. Fueron ellos quienes lo recogieran cuando el jovencísimo Rosas se fugó de su hogar y a su lado aprendió los secretos del campo. Siempre les guardaría gratitud por ello y cuando tuvo la edad para hacerlo se encargó de la administración de sus campos sin cobrar por ello ni un peso. No sería éste el único beneficio que los Anchorena obtendrían de la fuerte ligazón afectiva del futuro gobernador de Buenos Aires.
Fue como patrón de estancia, en su obsesiva búsqueda del rendimiento eficaz, cuando don Juan Manuel intensificó su pasión por el orden y por la subordinación. Sus órdenes, acertadas o equivocadas, se daban para ser cumplidas. "Los capataces de las haciendas deben ser madrugadores y no dormilones; un capataz que no sea madrugador, no sirve por esta razón. Es preciso observar si madrugan y si cumplen con mis encargos. Deben levantarse en verano, otoño y primavera, un poco antes de venir el día, para tener tiempo de despertar a su gente, hacer ensillar a todos, y luego tomar su mate y estar listos para salir al campo al aclarar", escribiría en sus "Instrucciones a los mayordomos de estancias".
Siempre fue leal a su clase, a la que prestó continuados y grandes servicios, aunque tampoco descuidó la base de su apoyo popular a la que también benefició. Un ejemplo de este sutil equilibrio se produjo durante el gobierno títere de Viamonte, cuando en su carácter de Comandante de las Milicias don Juan Manuel tuvo a su cargo la distribución de tierras para "aliviar la orfandad y miseria a que han quedado reducidas numerosas familias del campo por los efectos de la guerra". La mayoría de las chacras fueron entregadas a federales de pobre condición en un atisbo de reforma agraria.
Los ricos estancieros lo aceptaron, aunque sin entusiasmo, porque estos nuevos ganaderos representaron una barrera defensiva entre sus propiedades y los malones indios.
Era más tolerante con el delito que con la desobediencia, y si se imponían rebencazos ejemplarizadores los daba sin compasión. Además organizó a su peonada como una fuerza militar para enfrentar los malones y supo hacerse respetar e incorporar a sus obligaciones a gauchos mal entretenidos, peones holgazanes, mulatos escapados, indios rebeldes, a los que se imponía por el temor pero también por la admiración.
De estos últimos escribiría en un documento de 1821 con recomendaciones al gobierno sobre el problema indio: "En mis estancias "Los Cerrillos" y "San Martín" tengo algunos indios pampas que me son fieles y son de los mejores". Su campaña al "desierto" de años después resaltaría esta actitud comprensiva hacia los aborígenes, con los cuales tendió a establecer acuerdos aceptables para ambas partes, a diferencia de las expediciones posteriores y sobre todo a años luz del genocidio que ensangrentó a los Estados Unidos de Norteamérica y del que hemos sido "testigos" en tantas películas del Far West hollywoodense.

Capitulo 5 Las provincias invaden Buenos Aires

Corre 1820. Los caudillos de Santa Fe y Entre Ríos, Estanislao López y Francisco Ramírez, aliados de José Gervasio de Artigas que lucha para contener la invasión portuguesa a la Banda Oriental, avanzan sobre Buenos Aires.
El gobernador Rondeau ordena a los dos ejércitos regulares, el del Norte y el de los Andes que retrocedan hasta la capital para defenderla. San Martín desobedece para no abortar su campaña libertadora y Belgrano sufre la sublevación de sus fuerzas que se niegan a entrometerse en la guerra civil.
Es entonces inevitable que el 1° de febrero las débiles tropas porteñas sean derrotadas en Cepeda. Se derrumba el Directorio y los montoneros se dan el gusto de entrar en la ciudad. "Sarratea, cortesano y lisonjero, no tuvo bastante energía o previsión para estorbar que los jefes montoneros viniesen a ofender, más de lo que ya estaba, el orgullo local", escribirá con repugnancia Vicente Fidel López. "El día 25 (de febrero de 1820) regresó acompañado de Ramírez y de López, cuyas numerosas escoltas compuestas de indios sucios y mal trajeados a términos de dar asco, ataron sus caballos en los postes y cadenas de la pirámide de Mayo, mientras los jefes se solazaban en el salón del Ayuntamiento". Los porteños y sus bienes están a merced de los bárbaros, como llaman despectivamente a los provincianos.
Los más alarmados son los estancieros, que ven peligrar la buena marcha de sus negocios y que temen cualquier cambio drástico en la tambaleante organización social. Ante el fracaso de las fuerzas regulares organizan milicias con los peones de sus estancias. Nadie mejor que el joven Juan Manuel para ello. Por su dote de mando, por su horror a la anarquía, por su coraje, por su convicción de que la propiedad privada debía ser defendida no sólo por su interés personal sino también por un principio del que haría un dogma a lo largo de su vida, por tener ya alistada su fuerza de choque bien armada y bien adiestrada, por la feroz lealtad de sus seguidores.
En la comunicación del 10 de octubre de 1820 al gobernador Dorrego lo pondrá en aviso: "Hablo a los sirvientes de la estancia en que resido en la frontera del Monte; se presentan a seguirme, con ellos y con algunos milicianos del escuadrón marcho en auxilio de la muy digna capital que con urgencia veloz reclamaba este deber". Quienes vieron pasar el escuadrón fueron testigos del gallardo y amenazante desfile de 500 hombres fieros y bien montados, por primera vez vestidos de rojo y bautizados como los "colorados del Monte". Ya lo había dicho Tucídides, 400 años antes de Jesucristo: "La fortaleza de un ejército estriba en la disciplina rigurosa y en la obediencia inflexible a su jefe".
Luego de varias escaramuzas con los montoneros que provocarían la caída de Dorrego y la designación en su reemplazo del candidato de Rosas y de Anchorena, Martín Rodríguez, se llega a un pacto con Estanislao López, el 24 de noviembre, por el cual el caudillo santafesino acuerda regresar a su provincia a cambio de la entrega de 25.000 cabezas de ganado.
El encuentro de estos dos hombres puede ser considerado el comienzo del movimiento federal. López, siete años mayor que Rosas, inicia a éste en los fundamentos políticos, sociales, morales y económicos que fundamentarán la férrea oposición al liberalismo europeizante y la masonería volteriana encarnada en el unitarismo. Su proyecto de organización aspirará a la autonomía de las provincias, la nacionalización de los ingresos de la aduana, con un gobierno central (Buenos Aires) que tendría a su cargo las relaciones exteriores y los asuntos de guerra. Su precursor fue José Gervasio de Artigas, personalidad apasionante y maltratada por nuestra historia oficial que le reprocha la independencia de su Banda Oriental, hoy Uruguay, como si no hubiese sido Buenos Aires quien apoyó a los brasileros en su conflicto con el caudillo oriental y quien hizo oídos sordos a sus reclamos de integración a las Provincias Unidas
Las reses prometidas a Santa Fe fueron puntualmente provistas por Rosas, quien de esa manera demostró cuánto le importaba su papel de pacificador y antídoto contra la anarquía aunque fuese a costa de un considerable perjuicio económico. Nunca fue el dinero un motivo rector en su larga vida.
Además así se ganó la confianza del poderoso caudillo santafesino con quien en el futuro establecería una alianza que, con claros y oscuros, se mantendría a lo largo de los años sin afectarse por las cambiantes vicisitudes de las Provincias Unidas.
Y, lo que no es menos importante, dejaría sentado su respeto por los jefes provinciales, su vocación de llegar a acuerdos con ellos, y cumplirlos, en vez de intentar aplastarlos por la fuerza.

Capítulo 6 Un papel importante en el futuro

Se decía de él que era intolerablemente petulante y que presumía de una cultura que, según sus adversarios, se diluía en hipérboles cursis y admoniciones sin sustancia. Pero lo que nadie le negaba era una incomparable capacidad de trabajo y una obstinada eficacia en el logro de sus objetivos.
Su verdadero nombre era Bernardino de la Trinidad González. Ribadabia, con dos be largas, era el apellido deformado de su abuela paterna. La razón de su adopción pudiera deberse a que don Bernardino lo considerase más aristocrático.
De regreso ya del exilio sufrido luego de haber sido el "factótum" del Primer Triunvirato y a favor del apoyo de las logias porteñas, había asumido como gobernador. Su gestión era favorable al libre comercio con Inglaterra y a estimular la inversión extranjera. Ello ya era irritativo para los estancieros conservadores, pero la situación se agravaba con la política inmigratoria que chocaba con el sentimiento nacionalista que temía la "importación" de ideas revulsivas en boga en una Europa permisiva.
También se sumaba la difusión de principios liberales no sólo en lo económico sino también en la vida cotidiana, que desembocó en el fuerte conflicto entre el gobierno y una iglesia tradicionalista que confrontó con las ideas progresistas del obeso gobernador que estaba convencido de que no era posible el cambio que Buenos Aires necesitaba sino se "domaba" al poder eclesiástico.
Rosas nunca fue un católico practicante pero defendió con vigor al clero (salvo a los levantiscos jesuitas) y a las instituciones religiosas por considerarlas parte esencial de las tradiciones argentinas y siempre acusó el "peligro" de las ideas "ateas y anarquizantes" que en su criterio simbolizaban los liberales y masones como don Bernardino.
Tuvo siempre la astucia de interpretar el temor reverencial que el desafío a lo religioso provocó y provoca en los sectores populares y por eso una de las banderas del rosismo fue "Religión o muerte" mientras no se perdía oportunidad de calificar a sus enemigos de "ateos" y "herejes".
Rivadavia dictó una constitución unitaria en la que quedaban relegados los derechos de las provincias y también los de las estancias bonaerenses que, de acuerdo al proyecto de "federalizar a Buenos Aires", quedarían cortadas del puerto, indispensable para sus exportaciones ya dificultadas por el prologado bloqueo español al Río de la Plata. Como si fuera poco trascendió la decisión dividir a Buenos Aires en dos provincias, la del Paraná y la del Salado, lo que haría inevitable gravar con impuestos las actividades ganaderas para solventar los mayores gastos administrativos.
Pero la principal diferencia entre don Bernardino y don Juan Manuel era ontológica. Como dirá el historiador revisionista Manuel Gálvez:
"Rivadavia y Rosas representan polos opuestos. Rivadavia se ha formado en Europa y en los libros, en las reuniones aristocráticas y en la frecuentación de los mejores espíritus. Rosas se ha formado en nuestro campo y en el libro de la vida. Las reuniones que él ama son los grandes rodeos de haciendas, y los espíritus con que trata son los gauchos y capataces. Rivadavia es libresco y Rosas realista. Rivadavia está empapado de doctrinas extranjeras y de modos de pensar extranjeros. Rosas está empapado de los jugos de nuestra tierra. Rivadavia tiene sus raíces en la España afrancesada y liberal de Floridablanca y en el París de la Restauración, y Rosas tiene sus raíces en la recia España católica de los conquistadores y en los campos democráticos de Buenos Aires. Los dos son grandes señores: el uno, con un señorío ampuloso, afectado en los salones; el otro, con el señorío de su abolengo y de su vida natural, sencilla y fuerte".
La guerra contra Brasil, que Rivadavia no atinaba a terminar sacando provecho de los éxitos militares, producía una gran retracción económica como así también una grave falta de brazos para trabajar el campo debido al reclutamiento voluntario y a las levas forzosas para suministrar soldados a los ejércitos. Ello también provocó el desguarnecimiento de la defensa contra las incursiones indias con las consecuencias imaginables.
La renuncia se produjo el 27 de junio de 1827 y los escasos intelectuales, comerciantes y burócratas que lo apoyaban no pudieron impedirla. Don Juan Manuel había tenido un papel esencial en la caída, pero estuvo de acuerdo, también los Anchorena y los estancieros afines, en que quien reasumiría el gobierno sería el líder de los federales, Manuel Dorrego, convencidos de que sería sensible a sus consejos.
Alguien, a la distancia, también se alegraba por la caída de uno de sus peores enemigos: "Ya habrá sabido usted la renuncia de Rivadavia. Su administración ha sido desastrosa y sólo ha contribuido a dividir los ánimos. El me ha hecho una guerra de zapa, sin otro objeto que minar mi opinión -San Martín quiere decir 'mi prestigio'—, suponiendo que mi viaje a Europa no ha tenido otro propósito que el de establecer gobiernos en América. Yo he despreciado tanto sus groseras imposturas como su innoble persona".
La historiografía liberal entronizará a Bernardino como uno de nuestros próceres máximos y ocultará que la renuncia de nuestro Libertador ante Bolívar, en Guayaquil, se debió principalmente a la negativa de Rivadavia a brindar algún apoyo militar o económico a su campaña libertadora.
"El Presidente Dorrego ha dado el comando de la milicia de la Provincia de Buenos Aires a Don Juan Rosas", informaría el perspicaz lord Ponsomby, embajador inglés en las Provincias Unidas, a su canciller Canning, "un hombre de gran actividad y extrema popularidad entre la clase de los gauchos, a la que puede decirse que pertenece (...) Se ha distinguido como un poderoso caudillo en los feudos domésticos de Buenos Aires (...) He hablado de él porque ciertamente habrá de cumplir un papel importante en el futuro".
Don Juan Manuel agregaba ahora el poder militar al que le daba su representación de los terratenientes sumado al que se desprendía de su ascendiente sobre los sectores populares. Sus enemigos, despectivos hacia los gauchos, comenzarán a llamarlo "el señor de las pampas" para denigrarlo, sin advertir que a los oídos de don Juan Manuel tal apelativo sonaría como un reconocimiento a agradecer.

Capítulo 7 Dos caudillos populares

Dorrego había sido expulsado fuera de su patria por un enfurecido Pueyrredón que no soportó que el altivo oficial de caballería le reprochase sus clandestinas negociaciones con los portugueses para aplastar a un respetable caudillo popular, Artigas, y con los franceses para entronizar en el Río de la Plata a un devaluado príncipe europeo con señorío en el ducado de Luca. Pero lo que sacó de las casillas al Director Supremo fue que, en el calor de la disputa, Dorrego le descerrajara, descalificadoramente, cuando le fuera exigido respeto por los galones del generalato que ostentaba su superior:
— Nunca lo he visto en un campo de batalla, señor.
Embarcado con precipitada prepotencia, sin que se lo autorizara a despedirse de su familia, don Manuel sufrió riesgosas peripecias en la navegación que incluyeron maltrato, naufragio, abordaje pirata, hasta que finalmente alcanzó la costa norteamericana. Allí el valiente jefe de la vanguardia de los ejércitos de San Martín, que bien ganada fama tenía de altanero, se transformó en el contacto con una sociedad democrática y republicana que progresaba inimaginablemente, y cuando pudo volver a su patria era ya un estadista decidido a defender tales ideas.
Lo que lo asemejaba a Rosas era su populismo, su convicción de que no era posible hacer política sin tener en cuenta a los sectores populares. Ambos lograron un gran ascendiente entre ellos y si don Juan Manuel se mimetizaba hasta en su vestimenta con los gauchos, Dorrego, más urbano, hacía lo mismo con los orilleros.
En sus "Memorias" el general Tomás de Iriarte contará que, caminando por el centro de la ciudad con el aristocrático Carlos de Alvear se cruzaron con Dorrego, que exhibía un aspecto sucio y desaliñado.
—Caballeros, no se acerquen que puedo contagiarlos -sería el saludo mordaz. Iriarte anotará entonces: "Excusado es decir que esto era estudiado para captarse la multitud, los descamisados". Es la primera vez que esta palabra irrumpe en nuestra Historia.
La sustancial diferencia entre Dorrego y Rosas era que el primero estaba convencido de que la plebe debía participar activamente en las decisiones a través del voto popular. De allí su exaltada arenga en la Sala de Representantes cuando Rivadavia y los suyos sancionaron el aristocratizante Reglamento que suspendió, por el voto mayoritario de los diputados, el derecho a votar de los menores de edad, los analfabetos, los naturalizados en otro país, los deudores privados y del tesoro público, los dementes, los vagos, los procesados por delitos infamantes. Pero también a los "criados a sueldo, peones jornaleros y soldados de línea", es decir los sectores populares.
Dorrego levanta entonces su voz:
"He aquí la aristocracia, la más terrible, porque es la aristocracia del dinero (...). Échese la vista sobre nuestro país pobre: véase qué proporción hay entre domésticos, asalariados y jornaleros y las demás clases, y se advertirá quiénes van a tomar parte en las elecciones. Excluyéndose las clases que se expresan en el artículo es una pequeñísima parte de país, que tal vez no exceda de la vigésima parte (...) ¿Es posible esto en un país republicano?".
Siguió en ese tono: "¿Es posible que los asalariados sean buenos para lo que es penoso y odioso en la sociedad, pero que no puedan tomar parte en las elecciones?". El argumento de quienes habían apoyado la exclusión era que los asalariados eran dependientes de su patrón. "Yo digo que el que es capitalista no tiene independencia, como tienen asuntos y negocios quedan más dependientes del Gobierno que nadie. A éstos es a quienes deberían ponerse trabas (...). Si se excluye a los jornaleros, domésticos, asalariados y empleados, ¿entonces quienes quedarían? Un corto número de comerciantes y capitalistas".
Y señalando a la bancada unitaria: "He aquí la aristocracia del dinero y si esto es así podría ponerse en giro la suerte del país y mercarse (...) Sería fácil influir en las elecciones, porque no es fácil influir en la generalidad de la masa pero sí en una corta porción de capitalistas. Y en ese caso, hablemos claro: ¡el que formaría la elección sería el Banco!".
La posición de don Juan Manuel era otra, la que había fraguado como hijo en una familia autoritaria y a la cabeza de la administración de sus estancias: el populacho debía ser representado por un patrón que los conociera y comprendiera profundamente, "un autócrata paternalista" como él mismo definiera, alguien a quien los gauchos y los orilleros respetasen por su coraje, por su honestidad, por su firmeza. Un jefe que no tolerase el desorden de las puebladas reivindicatorias porque toda convulsión era un cuestionamiento a su autoridad.
Allí residía la originalidad de un miembro de la clase alta porteña en su relación con la "plebe" o la "chusma":
"A mi parecer todos (los gobernantes y los políticos) cometían un grave error: se conducían muy bien con la clase ilustrada pero despreciaban a los hombres de las clases bajas, los de la campaña, que son la gente de acción. Yo noté esto desde el principio y me pareció que en los lances de la revolución los mismos partidos habían de dar lugar a que esa clase se sobrepusiese y causase los mayores males, porque usted sabe la disposición que hay siempre en el que no tiene contra los ricos y superiores
"Me pareció pues muy importante conseguir una influencia grande sobre esa gente para contenerla o para dirigirla, y me propuse adquirir esa influencia a toda costa; para esto me fue preciso trabajar con mucha constancia, con muchos sacrificios hacerme gaucho como ellos, hablar como ellos y hacer cuanto ellos hacían, protegerlos, hacerme su apoderado, cuidar de sus intereses, en fin no ahorrar medios ni trabajos para adquirir más su concepto".
Este texto fundamental, extraído de una carta a su amigo Santiago Vázquez, echa claridad sobre lo funcional que don Juan Manuel resultaba para los de su clase, los patrones de estancias, que veían "contenidas" y "dirigidas" a sus de otra forma temibles peonadas constituidas en parte importante por escapados, delincuentes y marginales, aquellos que conformaban la cotidianeidad de Rosas, hacendado que prefería vivir en el campo y no en la ciudad.
A su vez los peones y los demás integrantes de la clase plebeya encontrarían en él a quien los "protegiera", su "apoderado", quien "cuidara de sus intereses".
No tardarían en surgir los conflictos entre el nuevo gobernador y sus apoyos. "Dorrego dio lugar a que se despertase la envidia y animosidad en el círculo de Rosas y los Anchorena, que se indispusieron con él porque no se dejaba dirigir por sus pérfidos consejos y empezaron a meditar los métodos para derribarlo" (T. de Iriarte).
Es que Dorrego era un ideólogo "de ideas rancias y antisociales" como lo calificaría Tomás de Anchorena y los dueños de las mayores extensiones de pampa feraz no congeniaban con un alborotador de masas que deseaba cambiar las reglas de juego sociales, como lo demostró durante su fugaz mandato promulgando leyes que favorecían a la chusma, como el control de precios de los alimentos básicos, la distribución de tierra a los pobres, la investigación de actos de corrupción.

Capítulo 8 El cuatrero redimido

Amparados de un sol rabioso en la escuálida sombra de un tala, don Juan Manuel conversa con su amigo Miró, pariente de Dorrego, en su estancia "El Pino". De pronto el Caudillo se interrumpe: ha descubierto en el horizonte una nube de polvo.
En silencio se pone de pie, corre, monta de un salto sobre su tordillo y parte al galope.
Un cuatrero ha enlazado un capón y lo arrastra para robarlo. Aterrado el ladrón reconoce a Rosas en ese jinete que se aproxima como una tromba y larga la presa y castiga a su pingo para huir.
Ambos jinetes corren a la par durante un vertiginoso trecho hasta que un oculto vizcacheral hace rodar a sus cabalgaduras. Será Rosas quien se incorpore primero y reduce al gaucho.
Lo monta en ancas de su tordillo, lo conduce hasta el casco y se lo entrega a uno de los capataces ordenándole que lo estaquee y le dé 50 latigazos.
A la hora de cenar, Rosas ordena que se ponga un plato más en la mesa, junto al de Miró, y pide que sienten allí al gaucho, que apenas puede moverse por la paliza.
—Siéntese, paisano. Siéntese y coma-invita.
Entre bocado y bocado le pregunta su nombre, el de su esposa, si es moza, la cantidad de hijos. Las respuestas son breves y en voz baja. Rosas entonces le ofrece ser el padrino de su primer hijo.
—Véngase a trabajar conmigo así no necesita andar cuatrereando. Y traiga su familia.
—Como usted diga, señor —responderá el gaucho azorado quien hasta hacía unos segundos no daba un patacón por su vida. —Pero aquí hay que andar derecho, ¿no?
Con el tiempo el cuatrero será compadre de Rosas, socio, amigo, rico y jefe federal de graduación, como contará años más tarde el silencioso testigo de la escena, el señor Miró.

Capítulo 9 La tragedia de Navarro

A pesar de las disidencias no serían Rosas, Anchorena y los suyos quienes lo derribaran del gobierno sino los logistas y rivadavianos quienes no perdonaban a Dorrego su conspiración contra don Bernardino. También Inglaterra jugaría su carta.
"Veré su caída, si tiene lugar, con placer -escribía el embajador Ponsonby a la Corona británica el 1° de enero de 1828-; mi propósito es conseguir medios para impugnar al coronel Dorrego si llega a la temeridad de insistir sobre la continuación de la guerra".
El gobernador de Buenos Aires no se resignaba a que Rivadavia y su ministro García hubieran entregado la Banda Oriental al Brasil a pesar del triunfo de nuestras armas. Concibe un arriesgado plan en complicidad con José Bonifacio de Andrada y otros opositores brasileños. Se sobornaría a los mercenarios alemanes para que se sublevaran en Pernambuco.
Asimismo la guarnición irlandesa de Río de Janeiro se amotinaría y se apoderaría del emperador, embarcándolo en una fragata que lo trasladaría preso hasta Buenos Aires. También se había acordado una ofensiva de los orientales al mando de Lavalleja y parecía seguro el apoyo de Bolívar y sus tropas acantonadas en el Alto Perú.
El eficiente servicio secreto inglés en Sudamérica desbarata el intento. "Su Excelencia no debería hacer caso a la doctrina de algunos crudos teóricos que creen que América (Argentina) debe tener una existencia política separada de los intereses de Europa (Inglaterra)-aleccionará lord Ponsonby al insurrecto gobernador porteño-El comercio y los intereses comunes de los individuos han formado lazos de unión que el poder de ningún hombre (Dorrego) podría quebrar. Mientras ellos existan Europa (Inglaterra) tendrá el derecho, y con certeza no le faltarán los medios (clara amenaza), para intervenir en la política de América cuando fuere necesario para la seguridad de los intereses europeos (británicos)".
La oportunidad se presentó cuando regresó a Buenos Aires, a las órdenes del general Juan Lavalle, el ejército que había combatido exitosamente en "Ituzaingó" contra los brasileros para luego encontrarse con que el emisario de Rivadavia, Manuel García, había entregado la presa en disputa, la Banda Oriental, en una más que sospechosa mesa de negociaciones.
La "espada sin cabeza", como lo calificaría Echeverría, se dejó convencer por los doctores unitarios y se sublevó contra la autoridad el 1° de diciembre de 1820. El gobernador no creyó que el ejército en el que había combatido heroicamente contra los godos tomaría partido por la logia y los rivadavianos. Manda llamar al rebelde y comenta a los suyos: "Dentro de dos horas será mi mejor amigo". La respuesta no se hace esperar: "Dígale usted al gobernador que mal puede ejercer mando sobre un jefe de la Nación como es el general Lavalle quien como él ha derrocado a las autoridades nacionales para colocarse en un puesto del que lo haré descender".
Por fin convencido de la absoluta falta de apoyo por parte de las fuerzas regulares, Dorrego abandonó el Fuerte y se dirigió hacia la campaña donde estaba el pueblo, su gente, que no le falló como lo transmitiría el espía inglés Parish Robertson al canciller Aberdeen: "(...) se está produciendo una considerable reacción a favor del general Dorrego, especialmente entre las clases bajas, y que muchos de ellos se están armando y dejando la ciudad para reunirse con él, y aún más: que los soldados relacionados con ellos han demostrado una gran disposición para desertar".
También Rosas le dio su apoyo ya que, a pesar de sus diferencias con Dorrego, nada sería peor para sus intereses y sus convicciones que los unitarios liberales recuperasen el gobierno. Nuevamente comprobaría la conmovedora lealtad de los suyos: "Solo salí de Buenos Aires el día de la sublevación y a los cuatro días tuve conmigo dos mil hombres, llenos de entusiasmo" (Carta a N. de Anchorena).
Las posibilidades militares del derrocado gobernador eran buenas, pero hubieran sido mucho mejores si aceptaba el consejo de don Juan Manuel de retroceder hasta Santa Fe e incorporar las aguerridas, bien armadas y mejor montadas fuerzas de Estanislao López. Pero el obstinado Dorrego no le hizo caso, quizás por menospreciar las tácticas montoneras que no le parecerían adecuadas para un militar de línea como él.
Fue derrotado en Navarro el 19 de diciembre por las experimentadas tropas que habían guerreado en Brasil. El ingenuo Dorrego caerá en la celada que le tendieron cuando las vio acercarse al paso de sus monturas y al grito de "¡Pasados!" simulando una deserción, hasta que ya muy próximas, arrollaron a las sorprendidas milicias federales que dejaron 200 muertos en el campo de batalla mientras los unitarios no sufrieron ninguna baja. Dorrego escapa milagrosamente pero es hecho prisionero al día siguiente por una partida a cuyo frente van los oficiales Escribano y Acha, que acababan de pasarse al enemigo.
La noticia provocaría euforia en la clase superior de Buenos Aires y consternación en los sectores populares. En el "Pampero" de Juan Cruz Varela se publican victoriosas y mediocres rimas:
"La gente baja ya no domina y a la cocina se volverá"
En el parte de Navarro un satisfecho Lavalle escribirá, haciendo un involuntario homenaje a un grande de la Historia rioplatense, que es la derrota de "los discípulos de Artigas".
La logia se entera de que el almirante Brown, gobernador provisorio por ausencia de Lavalle, y su ministro Díaz Vélez son de la opinión de desterrar al prisionero. Del Carril, cabeza de los letrados unitarios, alarmado, sin atreverse a firmar, escribe a Lavalle que "las víctimas de Navarro no deben quedar sin venganza (...) Prescindamos del corazón en este caso". Ese mismo día envía su carta Juan Cruz Varela: "Después de la sangre que se ha derramado en Navarro el proceso del que la ha hecho correr está decidido". Dibujará su complica firma al final sin obviar los tres puntos masónicos. Pero a continuación agregará, prudente: "Cartas como ésta se rompen". Más expeditivo, el fraile masón Agüero hará llegar un modelo del parte de fusilamiento. Lavalle mostrará esa documentación a Rosas en su encuentro de Cañuelas.
Dorrego intenta entrevistar a su captor pero éste se niega a recibirlo por temor a "ablandarse". Autoriza que se le facilite el papel y la pluma que ha pedido, con lo que escribirá tiernas cartas de despedida a su esposa e hijas, y otra para el jefe federal Estanislao López: "Que mi muerte no sea causa de derramamiento de sangre".
También en eso se equivocará Dorrego pues el partido de sus fusiladores descargará una calculada orgía de terror.

Capítulo 10 El terror unitario

La prensa porteña azuzaba:
"Bustos y López Sola y Quiroga oliendo a soga desde hoy están".
Después de la muerte de Dorrego, empiezan las "listas negras", detenciones, persecuciones y el destierro de los adictos al gobierno depuesto: los Anchorena, los García Zúñiga, Maza, Terrero, Wright, los generales Balcarce, Martínez, etc. Otros emigran para evitar el furor de los vencedores unitarios, decididos a terminar con la amenaza federal, convencidos de que cortada la cabeza de la hidra lo demás será fácil y definitivo.
"Impondremos la unidad a palos", escribía el sacerdote unitario Julián Segundo Agüero, que había sido ministro de Rivadavia. La libertad de prensa es amordazada y al editor de un periódico, don Enrique Gilbert, se lo condenó a diez días de prisión por haber publicado un acróstico contra Lavalle. El oficialista "El Pampero" rebatía a la moderada "Gaceta Mercantil": "El argumento que Ud. forma, de que si son pocos los federales es poca generosidad perseguirlos, y si son muchos es peligroso irritarlos, nosotros decimos que no son los muchos sino los pocos, y esos malísimos, y con los malos no se debe capitular sino extinguir.
"Que sean pocos o muchos no es tiempo de emplear la dulzura, sino el palo, y cuando hayamos terminado el combate tendrá lugar la generosidad. Mientras se pelea, esta virtud suele ser peligrosa y más con gente que no la agradece. Siendo ya vencedores les concederemos los honores de vencidos; cuando no haya asesinos armados buscaremos a los ciudadanos indefensos, y nos empeñaremos en convencerlos; pero ahora sangre y fuego en el campo de batalla, energía y firmeza en los papeles públicos.
"Palo, señor Editor, palo, y de otro modo nos volveremos a ver como nos hemos visto el año 20 y el año 28; palo, porque sólo el palo reduce a los que hacen causa común con los salvajes; palo y de no, los principios se quedan escritos y la República sin constitución".
Lo que se escribía en papeles era pálido reflejo de lo que se llevaba a cabo en la práctica. Escribirá el general Iriarte, antirrosista, que "después de la ejecución de Dorrego, Lavalle asolaba la campaña con su arbitrario sistema, y el terror fue un medio de que con profusión hicieron uso muchos de sus jefes subalternos. Se violaba el derecho de propiedad, y los agraviados tenían que resignarse y sufrir en silencio los vejámenes que les inferían, porque la más leve queja, la más sumisa reclamación costó a algunos infelices la vida. Aquellos hombres despiadados trataban al país como si hubiera sido conquistado, como si ellos fuesen extranjeros; y a sus compatriotas les hacían sentir todo el peso del régimen militar, cual si fuesen sus más implacables enemigos. Se habían olvidado que eran sus compatriotas y, como ellos mismos, hijos de la tierra".
Más adelante y haciendo referencia al terror que sembraron dice: "Durante la contienda civil los jefes y oficiales de Lavalle cometieron en la campaña las mayores violencias, las más inauditas crueldades —crueldades de invención para gozarse en el sufrimiento de las víctimas—, la palabra de guerra era muerte al gaucho y efectivamente como a bestias feroces trataban a los desgraciados que caían en sus manos.
"Era el encarnizamiento frenético, fanático y descomunal de las guerras de religión. El coronel don Juan Apóstol Martínez hizo atar a la boca de un cañón a un desgraciado paisano: la metralla lo hizo pedazos y sobre algunos restos que pudieron encontrarse el mismo Martínez burlonamente esparció algunas flores. Otra vez el mismo jefe hizo que unos prisioneros abriesen ellos mismos la fosa en que fueron enterrados"
El coronel Estomba se llega hasta la estancia "Las Víboras" de los Anchorena y reclama información sobre el paradero de Rosas, "el cacique feroz". Como el capataz Segura lo ignora o finge ignorarlo también será atado a la boca de un cañón y destrozado. A continuación este héroe de la Independencia se desquitará también con varios peones matándolos con un hacha.
Por su parte el coronel Rauch recorre los pueblos y villorrios de la campaña fusilando y degollando a mansalva por el sólo motivo de no ser o no parecer partidarios de Lavalle y de los suyos. Se calcula que no menos de mil paisanas y paisanos son asesinados.
Los fundadores del "terror" fueron entonces lo unitarios y no Rosas. Con ello concuerda Groussac, de escasas simpatías hacia los federales, quien al analizar estos medios de violencia, exterminio y persecución, concuerda: "La corta dictadura de Lavalle, para no remontarnos más arriba, suministra casos aislados de todos los abusos y delitos oficiales que la tiranía de Rosas practicaría como régimen. El terror esporádico de los unitarios anunció el endémico de los federales, y no es fácil apreciar en qué proporción el primero sea responsable del segundo (... ) Delaciones, adulaciones, destierros, fusilamientos de adversarios, conatos de despojo, distribución de los dineros públicos entre los amigos de la causa: Lavalle en materia de abusos y, aparte su número y tamaño, poco dejaba que innovar a su sucesor".
En San Juan, en 1830, Francisco Bustos "estando en la cárcel cargado de grillos, y sin el menor indicio de que hubiera intentado evadirse, como se hizo creer, fue muerto a balazos en la misma prisión". El día anterior el unitario general Lamadrid le había exigido la suma de 8.000 pesos para liberarlo.
En San Luis el coronel Videla, poco antes de ocupar la gobernación, perseguía tenazmente a los federales, según se desprende de sus propios comunicados al hacer saber que "los límites de las cuatro provincias San Luis, Córdoba, La Rioja y San Juan han quedado purgadas de todo germen anárquico, pues, como fruto digno de sus empeños se ha logrado hacer caer a muchas de las cabezas que promovían nuevas insurrecciones, poniendo en pavorosa fuga a los que no han caído en sus manos, como ha sucedido con el infame Cuenca, que, presuroso, se ha tenido noticia segura, corre a buscar un abrigo en los bosques de Catamarca, impidiendo le siga ninguno de sus camaradas".
Y el general José María Paz, a quien la historia oficial reservara un lugar de respetabilidad, otro unitario que fue a "civilizar" al interior, aquel "que acaloraba a sus jefes para que fusilasen a los prisioneros" y que así procedía para evitar "la brusquedad de esas órdenes encapotadas", según afirma su compañero de armas Iriarte, no reparó en medios para llegar a sus objetivos.
Lo confirman fuentes emanadas de sus propios partidarios: "El reconocimiento de la supremacía del general Paz, —escribe Gurruchaga a Pedro Frías—, va a traer grandes males a las provincias y será bueno buscar nuevos pobladores para que las habiten".
Un oficio del Dr. Agüero, diputado de Paz ante los gobiernos de Salta, Tucumán, Catamarca y Santiago del Estero, después de ser puesto en libertad por las partidas de Ibarra que lo habían tomado prisionero, manifiesta "que la conducta del coronel Deheza y sus colaboradores le habían hecho perder la provincia de Santiago del Estero, pues, violaban, robaban o asesinaban a toda persona que encontrasen". Una carta del citado Deheza al gobernador de Santiago del Estero, Francisco Gama, dirá: "Sáquele todo cuanto pueda al comercio para contar con algo, ya sabe que somos pobres".
La masacre generalizada que la "barbarie" sufre en manos de la "civilización" hace que en ese año 1829 el crecimiento demográfico sea negativo: las muertes superan a los nacimientos. Allí nacerá el slogan de los "salvajes unitarios". A pesar de ello nuestra historia oficial se empeñará en cargarle a Rosas, en primer término, y a los caudillos federales la exclusividad del terrorismo político de su época.
Los federales comprendieron que sus adversarios estaban decididos a llevar la confrontación hasta sus últimas consecuencias y que, por consiguiente, necesitaban un líder capaz de organizarlos. Nadie dudó de que esa persona, a pesar de su juventud, era don Juan Manuel de Rosas. Tampoco los unitarios: "Últimamente fueron liberados de la prisión dos asesinos", informaría el cónsul inglés Woodbine Parish a su gobierno, "bajo el compromiso de asesinar a Rosas".

Capítulo 11 El pasajero del "Countess of Chichester"

En medio del fratricida torbellino de sangre y de pasiones arriba el 6 de febrero de 1829 el buque "Countess of Chichester" en el que viajaba San Martín con el apellido materno, Matorras, para pasar de incógnito. Se había embarcado en Londres, con espíritu alegre, al enterarse de la caída de su enemigo Rivadavia. Pero más lo atraía que fuese su brillante oficial de las campañas libertadoras, Dorrego, insuperable en las cargas de caballería y con quien tenía tanto en común, quien gobernase a Buenos Aires
El 15 de enero al hacer escala en Río de Janeiro supo con preocupación de la revolución unitaria y al llegar a Montevideo en los primeros días del mes siguiente, desolado, se entera del fusilamiento del derrocado gobernador.
José M. Paz, entonces gobernador interino por hallarse Lavalle ocupado en la campaña de exterminio de gauchos y orilleros federales, informa a éste de la presencia del "Rey José", como llamaban despectivamente al Libertador sus muchos enemigos porteños, burlándose de sus supuestas inclinaciones monárquicas: "Calcule Ud. las consecuencias de una aparición tan repentina".
"El Pampero" del 12 de febrero, en recuadro que no se atreve a firmar Florencio Varela, lo acusa de cobarde: "Ambigüedades: en esta clase reputamos el arribo inesperado a estas playas del general San Martín, sobre lo que diremos que este general ha venido a su país a los cinco años, pero después de haber sabido que se han hecho las paces con el emperador del Brasil".
San Martín no se decide a desembarcar porque también nuestros próceres, a pesar de la historia oficial, tienen el humano derecho a sentir miedo. Sabe que lo van a matar en cuanto ponga un pie en tierra pues nadie ignora que podría ser el nuevo jefe de los federales a favor de la simpatía y admiración que por él sienten los provincianos y el populacho urbano y campesino, es decir aquellos a quienes los poderosos de Buenos Aires temen.
Los de la logia también tienen cuentas pendientes por las reiteradas desobediencias de ese antiguo "venerable" que a partir de 1814 privilegió los intereses de la patria antes que los de la sociedad secreta.
Los rivadavianos, a su vez, no le perdonan haber sido quien, al frente de sus flamantes granaderos, irrumpió en la Plaza de la Victoria para derrocar a don Bernardino y a los demás integrantes del 1er. Triunvirato en lo que puede ser considerado el primer golpe militar contra autoridades legítimamente constituidas.
Más aún: la clase de "posibles" no olvida que culpa de su desobediencia a regresar con su ejército para protegerlos, las montoneras entrerrianas y santafesinas desfilaron por sus calles después de Cepeda, dando por tierra con el proyecto de entronizar al príncipe de Luca.
Sus amigos, entre ellos Tomás Guido, lo visitan a bordo para desagraviarlo: "No haga caso de los arañazos", le dice, "no faltan quienes defienden a Ud.". Don José también recibe la inesperada visita de los señores Gelly y Trolé, enviados de Lavalle, cuya situación se ha vuelto muy comprometida por la reacción de las milicias federales al mando se Rosas y por el avance de las vigorosos montoneros de López. Le ofrecen a San Martín hacerse cargo del gobierno de Buenos Aires.
Otra vez nuestra historia oficial se equivoca, o miente en su estrategia de despolitizarlo y jamás mostrarlo en su condición de hombre de ideas y caudillo popular, cuando quiere hacernos creer que la negativa de nuestro prócer máximo se debió a que no quiso inmiscuirse en la sangrienta contienda entre ambos partidos.
Lo sucedido es que lo que se le ofrece es lo que jamás podría aceptar por cuanto sus simpatías están claramente del lado federal. Sus relaciones con los unitarios han sido siempre pésimas y a su falta de apoyo se debió su inevitable renuncia ante el bien surtido Bolívar. Lo que Lavalle le propone, una vez más confundido, es jugar del lado de sus enemigos, junto a la logia, los alvearistas, los rivadavianos. Además a la cabeza del bando que, en ese abril, ya tiene la partida perdida.
La respuesta que San Martín le da a Lavalle, en una nota que entrega a sus emisarios, no puede ser más clara: "Los medios que me han propuesto no me parece tendrán las consecuencias que usted se propone". A renglón seguido le sugiere rendirse a los de López y Rosas, que son los suyos: "Una sola víctima que pueda economizar al país le será de un consuelo inalterable".
El 12 parte el "Countess of Chicherster". A su bordo un hombre con el corazón partido que quizás intuye que jamás regresará a esa patria hostil a la que tanto ama y por la que tanto hizo. Es interesante señalar que en su correspondencia de esos días, sin conocerlo, parecería presagiar el advenimiento de Rosas al poder: "Las gentes claman por un gobierno riguroso, en una palabra: militar", escribe a su amigo O'Higgins. En cuanto a las dos facciones, unitarios y federales, "para que el país pueda existir es de absoluta necesidad que uno de los dos desaparezca". Su inclinación no deja dudas en una de sus cartas al general Guido, donde critica a los unitarios que han engañado al pueblo "con sus locas teorías y lo han precipitado en los males que lo afligen y dándole el pernicioso ejemplo de perseguir a los hombres de bien". Estos, para el Libertador, no son la oligarquía "decente" sino los federales que han debido refugiarse del otro lado del Plata.
Sólo recobrará la esperanza cuando, con Rosas en el gobierno, su Argentina se alce altiva ante la prepotencia de las potencias de entonces. A los 51 años de edad le ofrecerá sus servicios "si usted me cree de alguna utilidad".

Capítulo 12 El Puente de Márquez

Lavalle, el héroe de Riobamba, ha sido cercado en el interior de la capital por las montoneras santafesinas y las milicias rosistas. La situación es desesperante y decide salir a dar batalla, siendo completamente derrotado al frente de su ejército regular en los campos de "Puente de Márquez" el 25 de abril de 1829
El parte de Estanislao López no ocultará la ironía: "El general enemigo que ha usado hasta el día de hoy hablando de nosotros el lenguaje de la presunción y la arrogancia, fundado según decía en la elevación de sus conocimientos, en su valor y en la calidad de sus soldados, ha tenido desde hoy un motivo para ser más modesto".
Las fuerzas irregulares que comanda Rosas, integradas por peones facilitados por sus pares estancieros a los que se sumarían indios y mulatos adeptos con los que llevó adelante, como lo definiría Woodbine Parish, "una guerra gaucha contra las propiedades en el campo de todos los partidarios de la revolución (que derrocara a Dorrego)". En parte para privar de recursos a las fuerzas de Lavalle pero también como castigo para los adversarios, que no solo eran los que estaba en su contra sino también los que permanecían neutrales. Esto daría vengativa justificación a sus enemigos, un cuarto de siglo más tarde, después de Caseros, para expropiar todas sus propiedades
Rosas comenzaba a mostrar su estilo: se estaba con él o contra él, no había posiciones intermedias. También era ya claro cuáles serían sus aliados, de allí en más: un importante sector de la clase acomodada y los sectores más desfavorecidos de la sociedad. El estanciero y el gaucho.
Lúcido, escribirá a su aliado López, en un alto de su andar: "Todas las clases pobres de la ciudad y de la campaña están en contra de los sublevados y mucha parte de los hombres de posibles. Sólo creo que están con ella los quebrados y los agiotistas que forman esta aristocracia mercantil". Ya se vislumbraba en comunicaciones como ésta el talento de don Juan Manuel para adjetivar con eficacia a sus enemigos y para la creación de slogans propagandísticos de fuerte efecto.
Lo que más llamó la atención fue que tuviera la capacidad de hacer pactos con el diablo, es decir con el indio, terror de los ciudadanos y campesinos de Buenos Aires. En la batalla de Navarro, a pesar de su disidencia con Dorrego, Rosas le facilitó parte de sus fuerzas entre las que se contaban varios cientos de indios pampas que pelearon con una bravura y una disciplina reconocida por el atónito Lavalle. Quien los conducía en esa oportunidad y lo seguiría haciendo hasta Caseros era don Molina, capataz de "Los Cerrillos", desertor del ejercito quien vivió con los pampas durante varios años, esposando a la hija de un cacique, hasta que Rosas lo reclutó para lo suyo. El general Aráoz de Lamadrid opinaría de él en sus "Memorias" que era "un hombre de gran influencia entre la gente de campo y las tribus indias del sur, de quien se dice que puede siempre tener a su disposición la cantidad de hombres que pueda necesitar".
Como parte de su guerra de recursos Rosas favoreció las incursiones indias contra ciudades y aldeas, ensañándose con las vidas y bienes de los unitarios que les habían sido previamente marcados. Al retirarse dando estremecedores alaridos quedaban cadáveres regados sobre el suelo, viviendas saqueadas e incendiadas, llantos de las niñas y de los niños mientras presenciaban cómo sus madres eran raptadas por quienes acababan de asesinar a sus padres. Nada demasiado distinto a lo que hacían los "civilizados" unitarios.
La resistencia de Rosas y los suyos había recibido el apoyo de las provincias, soldándose el vínculo azaroso pero a la postre siempre sólido entre el estanciero bonaerense y los caudillos del interior. La primera reacción contra el movimiento militar de Lavalle la hizo Bustos, desde Córdoba, no obstante su rivalidad política con Dorrego. El 10 de diciembre envió una fuerte proclama a las demás provincias:
"(...) Quienes derrocaron al gobierno general son los mismos que en 1814 pidieron a Carlos IV un vástago de la Casa de Borbón para que se pusiese de rey entre nosotros (por Rivadavia), los que en 1815 protestaron al embajador español en el Janeiro, conde de Casa Flores, que si había tomado intervención en los negocios de América había sido con el objeto de asegurar mejor los derechos de S.M. Católica en esta parte de América (por Alvear), los mismos que en 1816 nos vendieron a Juan VI, entonces príncipe regente de Portugal (por Belgrano, Díaz Vélez, Alvarez Thomas y otros), los mismos que en 1819 nos vendieron al príncipe de Luca (por Pueyrredón y Valentín Gómez), en fin, los autores de todas nuestras desgracias.
"América no lloraría tantas desgracias si cuando en octubre de 1811 (la sublevación contra Saavedra y Campana, este último un gran caudillo popular ignorado por nuestra historia oficial) botó esa facción por tierra al gobierno que se había formado en 1810, un castigo ejemplar les hubiera enseñado que no se podían hollar los sagrados derechos de los Pueblos".
Un Facundo Quiroga indignado escribe a Lavalle el 29 de diciembre: "No pierda V.E. los instantes que le son preciosos al abrigo de la distancia, para escudarse del grito de las provincias. El que habla no puede tolerar el ultraje hecho a los pueblos sin hacerse indigno del título de hijo de la Patria, si dejase la suerte de la República en manos tan destructoras. Debe tomar la venganza que desde ahora le promete". La dirige a "Juan Lavalle, Gobernador intruso de Buenos Aires".
El periódico unitario "El Pampero" replicará cuando el viento parecía soplar a favor de los rebeldes: "¡Bandido en Jefe! ¡Fiera intrusa entre los hombres! Cacique Quiroga ¿qué pides cuanto así ultrajas al gran pueblo de Buenos Aires en el digno gobernador que ha elegido? ¿No respetas siquiera a los valientes y veteranos héroes de Ituzaingó? Prepárate, sí, prepárate, salteador infernal, a sufrir el castigo de tus horrendos delitos, y si tienes coraje como te sobra audacia ven a Buenos Aires que aquí está la horca en que debes expiarlos".
San Juan desconoce el gobierno de Lavalle el 22, el 24 lo hace Mendoza, el 29 La Rioja. Estanislao López contestaría ridiculizando a la circular unitaria en la que se informaba que el nuevo gobernador había sido electo por el "voto nacional y unánime": "Sea cualquiera la propiedad con que el Sr. secretario "nacional" llame voto unánime al de los ciudadanos de una provincia como la de Buenos Aires en la expresión tumultuaria y discordante de los pocos que puede contener un templo (...)".
Ya antes de la batalla decisiva el entusiasmo revolucionario de los porteños estaba declinante. Los federales no se habían atemorizado a pesar de torturas y fusilamientos y en las iglesias se rezaba funerales por Dorrego que, pese a la oposición de las autoridades, fueron una vibrante expresión de dolor popular. "Mucha gentuza a las honras de Dorrego", se lamentará un despechado del Carril a Lavalle, "litografías de sus cartas y retratos; luego se trovará la carta del Desgraciado en las pulperías como la de todos los desgraciados que se cantan en las tabernas. Esto es bueno, porque así el "Padre de los pobres" será payado con el capitán Juan Quiroga y los demás forajidos de su calaña. ¡Que suerte vivir y morir indignamente y siempre con la canalla!"
Pronto se sabrá que Rauch, terror de indios y gauchos, al perseguir a los pampas ha sido alcanzado y boleado en "Vizcacheras". Los indios se arrojaron sobre el odiado militar prusiano quien, a pesar de defenderse con coraje, acabó atravesado a lanzazos. Decapitado, su cabeza fue llevada en triunfo a la ciudad y arrojada en una calle céntrica como un desafío.
Luego de la derrota de "Puente de Márquez" el pánico se apoderó de los porteños "decentes". Rivadavia y Agüero se fugaron el 2 de mayo a la Banda Oriental siendo imitados por otros muchos que pocos meses antes estaban convencidos de haber logrado una victoria completa.
Lavalle cabalgó solo hasta el campamento de quien lo había vencido y, agotado y destruido anímicamente, se dejó caer en el camastro de Rosas. Prefiere negociar con él y no con López, después de todo es un aristócrata porteño, relacionado con las "mejores" familias porteñas, uno de los estancieros más ricos. Siempre será mejor que un montonero bárbaro y representante de los intereses antiporteños de otra provincia como el santafesino.
— Despiérteme cuando llegue el general.
Ambos firmaron lo que se conocería como el "Tratado de Cañuelas" por el que Lavalle renunciaba a la gobernación y Rosas, de buen grado, aliviaba a Buenos Aires de ser inundada por sus gauchos, indios, mulatos y orilleros, recordando con seguridad el impacto que a él mismo le provocase el desfile de los mal entrazados pero respetuosos montoneros luego de Cepeda. El era porteño y sabía que, para sus planes futuros, no le convenía ganarse la animosidad colectiva de los habitantes de la que ya era una gran ciudad americana.
De las conversaciones entre Rosas y Lavalle, surgió el nombre del nuevo gobernador, Juan José Viamonte, también rico estanciero y aceptable para unitarios y federales. Don Juan Manuel consideraba que aún no había llegado su hora, actitud que contribuía a agrandar su figura. "Su poder es tan extraordinario como su moderación y su modestia" (Informe de W. Parish a Aberdeen, 14 de noviembre de 1829).
Carlos de Alvear, que sostenía una posición intransigente, protesta contra lo que considera "debilidad" de Lavalle y renuncia a su gabinete. Este escribirá a don Juan Manuel, con quien trata de mantener relaciones cordiales que poco durarían: "Alvear ha hecho hoy renuncia de los ministerios de guerra y marina y la he aceptado con un contento indecible. Es un hombre que no estará quieto bajo ningún orden de cosas y que necesita de la embrolla y de la intriga como del alimento. Si lo sujetan a vivir con juicio se muere en dos días. En estos últimos ha esparcido mil mentiras y me ha calumniado a su gusto. En fin, estoy libre de él y de este modo pasaré con menos disgusto los pocos días que esté aquí". San Martín, que hubo de sufrir la envidiosa y dañina animosidad de Alvear a lo largo de toda su vida, podría haber suscripto los mismos términos.
No sería la última vez en que Lavalle y Rosas se encontrarían en bandos contrarios y fue su derrota en 1840 lo que llevaría al primero a su suicidio en Jujuy. Tanto sus adeptos como Rosas, para no deshonrarlo, adjudicarían su muerte a un imposible trabucazo disparado a través del ojo de una cerradura por un mazorquero rosista, el sargento Bracho.
Lo curioso es que tanto Juan Manuel como Juan Galo eran hermanos de leche ya que Lavalle había mamado del pecho de doña Agustina, la madre de Rosas, como solía hacerse entre amigas de aquel Buenos Aires de pocas familias "decentes" cuando alguna se secaba, para que sus vástagos no bebiesen leche "impura" de india o mulata.

Capítulo 13 Chusma y hordas salvajes

San Martín, desde la rada de buenos Aires le solicita a Díaz Vélez su pasaporte para pasar a Montevideo, lo hace en una carta en que le expresa que no desea implicarse en la guerra fratricida por lo que "no perteneciendo a ninguno de los dos partidos en cuestión, he resuelto para conseguir ese objeto pasar a Montevideo".
Díaz Vélez le adjunta el pasaporte pedido y una carta de mal tono en la que expresa: "Por lo demás aquí no hay dos partidos, si no se quiere ennoblecer con este nombre a la chusma y las hordas salvajes".

Capítulo 14 Yo no soy federal

El gobierno cayó en sus manos como si se tratase de la inevitabilidad de la ley de gravedad, por imperio de circunstancias que él mismo había provocado, más por asumir su destino de representar y modelar el país que anhelaba (ordenado aunque fuese por la fuerza, respetuoso de la religión, en el que la plebe tuviera su lugar, desconfiado de todo lo que viniese de afuera, poco amigo de la modernidad liberal, tradicionalista) y menos por ansia de poder público. Rosas entonces vaciló.
El mismo día de su ascensión al mando de su primer gobierno le comenta al agente de la Banda Oriental, Santiago Vázquez:
"Aquí me tiene usted, señor, en el puesto del que me he creído siempre más distante; las circunstancias me han conducido; trataremos de hacer lo mejor que se pueda; de evitar nuevos males; yo nunca creí que llegase este caso, ni lo deseaba, porque no soy para ello; pero así lo han querido, y han acercado una época que yo temía hace mucho tiempo, porque yo, señor Vázquez, he tenido siempre mi sistema particular".
¿Era don Juan Manuel sincero? Amaba la vida en el campo y sólo se imaginaba como gobernante si transformaba al país en una estancia y a sus gobernados en peonada como la de sus haciendas, que sabía de su inflexibilidad ante lo que él consideraba faltas: la pena por llevar el facón en días de fiesta y así evitar las frecuentes y letales riñas entre ebrios era permanecer varias horas en el cepo a la intemperie; por olvidar o perder el lazo, cuyo flexible trenzado requería la costosa labor de un experto, cincuenta latigazos en la espalda desnuda; por beber durante sus obligaciones correspondía ser estaqueado, a veces junto a un hormiguero.
También pregonaba la decencia: "El peón o capataz que ensille un caballo ajeno comete un delito tan grande (... ) que será penado con echarlo en el momento de las haciendas de mi marca, y a más será castigado según lo merezca" ("Instrucciones a los mayordomos de estancias").
Lo podía hacer sin provocar el odio de los suyos porque él mismo se sometía a tales castigos cuando la falta era suya. Con la misma dureza caían los latigazos sobre su espalda o se achicharraba bajo el sol inclemente. Uno de sus capataces, Sañudo, relataría a Saldías que cierta vez había castigado a su patrón hasta hacerle perder el conocimiento y que luego había sido premiado por ello. Hasta el fin de sus días sostendrá que el ejemplo era la vía de ganar la confianza del pueblo.
En cuanto a su rechazo a los cargos públicos existía el antecedente de su renuncia a ser Diputado y miembro de la Junta de Comerciantes y Hacendados, nombramientos con que Martín Rodríguez lo había tentado para atraerlo de su lado.
Halperín Donghi razona: "La Legislatura que ha designado a Dorrego elige gobernador, con facultades extraordinarias, a Juan Manuel de Rosas. La crisis de las instituciones porteñas comienza a cerrarse: Rosas es -en el vocablo de sus adictos, recogido por la Legislatura-el Restaurador de las Leyes, es decir, del sistema de leyes fundamentales en cuyo marco se había dado la experiencia del partido del Orden. Sin duda esta restauración — como es usual —innova mucho más de lo que restaura.
"Era un autócrata por naturaleza y hasta el fin de sus días se mostró convencido de que a los países había que gobernarlos con mano fuerte para evitar lo que él consideraba su natural tendencia a la anarquía. Hay quien afirma que Rosas conocía la obra del francés Bossuet, defensor del absolutismo monárquico, cuyas ideas textuales reproduciría en sus escritos:
"El rey puede compararse con un padre y recíprocamente un padre puede ser comparado con el rey, y entonces determinar los deberes del monarca por los del jefe de familia. Amar, gobernar, recompensar y castigar es lo que deben hacer un rey y un padre. En el fondo nada hay menos legítimo que la anarquía, que quita a los hombres la propiedad y la seguridad, ya que entonces la fuerza es el único derecho (... ) A nadie le es permitido perturbar la forma de gobierno establecida, y se deben sufrir con paciencia los abusos de autoridad cuando no se los puede impedir por las vías legítimas".
Era federal por su animosidad con los unitarios más que por aceptar los principios exitosamente aplicados en el Norte de América. Mucho menos acordaba con los reclamos de que su Buenos Aires debía compartir sus privilegios, su puerto y su aduana con las provincias, lo que le insumiría años de astutas negociaciones para conjurar y dilatar lo que era inmanente de su declamado federalismo.
Siempre fue partidario de dar legitimidad a sus designaciones como gobernador, y si en 1835 exigirá la convocatoria a un plebiscito en el 29 fue nominado por convocatoria de la Legislatura disuelta por el "golpe" de Lavalle, que así "restaurará" la ley.
Su postura inicial será de conciliación: "Ya digo a usted que yo no soy federal, nunca he pertenecido a semejante partido, si hubiera pertenecido, le hubiera dado dirección, porque, como usted sabe, nunca la ha tenido (... ) En fin, todo lo que yo quiero es evitar males y restablecer las instituciones, pero siento que me hayan traído a este puesto, porque no soy para gobernar". (Confidencia a su amigo uruguayo Vásquez, diciembre de 1829, el mismo día en que asumió su cargo).
A diferencia de lo que sucederá con su segundo período se esforzó por dar una imagen de cierta moderación. Eso fue claro cuando confirmó a los ministros designados por Lavalle: Balcarce, Guido y García, este último, el "entregador" de la Banda Oriental, clara concesión a Inglaterra, cuyo ministro Woodbine Parish informaría a su Corona que el gabinete rosista estaba formado por "hombres honrados y bien dispuestos". Las cosas serían muy distintas en los años por venir.
Don Juan Manuel era sincero en sus dudas. El psicoanálisis quizás pueda explicar el caso de alguien que gobernó durante muchos años pero que alcanzó el record, probablemente mundial, de renuncias a su función. En algunas fue evidente que no se trataba más que de una formalidad. Pero en otras, como su decisión de abandonar el poder en 1850, era clara la voluntad de hacerlo.
Durante su primer período debió enfrentar graves problemas: una pertinaz sequía que duró varios años y perjudicó el rendimiento de los campos, y el acoso de las provincias unitarias coaligadas en la Liga del Norte bajo el liderazgo del mayor estratega de nuestra guerras civiles, José María Paz.
A Buenos Aires llegan noticias de la batalla de "La Tablada", en la que Paz derrotó a Juan Facundo Quiroga. Se sabe entonces que, terminado el combate y con la anuencia del jefe victorioso, el coronel Deheza fusiló a cañonazos a veintitrés oficiales que se habían rendido y a ciento veinte prisioneros. Los cadáveres insepultos fueron luego devorados por los caranchos. Paz, que en agosto del año anterior se hiciera elegir gobernador de Córdoba, ahora está empeñado en lo que se llamará "la campaña de la sierra", consistente en limpiar de partidas federales toda esa comarca. Los crímenes cometidos contra los prisioneros y contra los vecinos de las aldeas y de la campañas sólo pueden compararse con los realizados en la provincia de Buenos Aires por las tropas de Lavalle, un año atrás. Los prisioneros son colgados de los árboles y lanceados simultáneamente por el pecho y por la espalda. Así mueren ochocientos hombres. A algunos les arrancan los ojos o les cortan las manos. En San Roque le arrancan la lengua al comandante Navarro. A un vecino de Pocho, don Rufino Romero, le hacen cavar su propia fosa, antes de ultimarlo, hazaña que se repite con otros. Algunos departamentos de la sierra son diezmados. Algunos de sus subalternos, famosos por su crueldad como Vázquez Novoa, apodado "Cortaorejas", "El zurdo y el "Cortacabezas" Campos Altamirano, lancean a los vecinos de los pueblitos en grupos hasta de cincuenta personas. El propio Paz hace fusilar en Córdoba a tres coroneles federales, y con motivo de una rebelión se aplica la pena de muerte a cuatro militares.

Capítulo 15 La víctima ilustre

Uno de los primeros actos de la gobernación de Rosas fue la exhumación de los restos del gran Manuel Dorrego, primer caudillo popular de nuestra patria, y su traslado al cementerio de la Recoleta.
En una imponente ceremonia - Rosas siempre supo de la importancia política de las grandes celebraciones que fomentaban la participación popular-a la luz de las flameantes antorchas y con el suelo trepidante por los cañonazos de la escuadra y del Fuerte, un don Juan Manuel sinceramente conmovido recordó a su antecesor en el liderazgo federal: "
¡Dorrego! Víctima ilustre de las disensiones civiles, descansa en paz. La patria, el honor y la religión han sido satisfechos hoy, tributando los últimos honores al primer magistrado de la república sentenciado a morir en el silencio de las leyes. La mancha más negra de la historia de los argentinos ha sido ya lavada con las lágrimas de un pueblo justo, agradecido y sensible".

Capítulo 16 La medida más filantrópica

La crueldad unitaria es reconocida por los mismos que lo practicaban. El sargento mayor Domingo Arrieta, oficial de Paz y en "la campaña de la sierra" refiere en sus "Memorias de un soldado" cómo paisanas y paisanos irritadas, contra las fuerzas unitarias, los privaban de recursos, los acosaban con tiroteos y correrías, y cuando podían mataban a algunos de ellos. Entonces Arrieta confesará, textualmente, que ante la inutilidad de "los buenos modos" adoptarían una "medida más filantrópica": "no dejar vivo a ninguno de los que pillásemos". Con sincero cinismo cuenta que "mata aquí, mata allá, mata acullá y mata en todas partes, fueron tanto los que pillamos y matamos que, al cabo de unos dos meses, quedó todo sosegado".
Trece años más tarde "La Gaceta" hablará de dos mil quinientas víctimas cordobesas del "terror unitario", en tanto que Rivera Indarte rebajará esa cifra a ochocientas.
Paz va a encontrarse de nuevo frente al general Quiroga en la batalla de "Oncativo" el 25 de febrero de 1830. Ataca a su enemigo por sorpresa y el "Tigre de los Llanos" vuelve a ser derrotado. Se reproducen entonces los impiadosos fusilamientos de prisioneros. Al más importante, el general Félix Aldao, guerrero de la independencia, fraile dominico que dejó los hábitos para combatir por su patria y que luego se convertiría en un feroz caudillo, lo hacen entrar en la ciudad antes de darle muerte, en un día de pleno verano y a la hora en que es más fuerte el sol, montado en un burro para denigrarlo, con la cabeza descubierta y los pies atados debajo de la panza del animal, como lo contase el viajero norteamericano J. King. En la cárcel, atestada de prisioneros, cada noche hay fusilamientos luego de juicios sumarísimos que terminan fatalmente con la condena a muerte.
Paz no se contenta con dominar Córdoba y toma por asalto los gobiernos vecinos por medio de sus lugartenientes, a cada uno de los cuales le adjudica una provincia. Gregorio Aráoz de Lamadrid va a La Rioja. Allí encarcela y cuelga una pesada cadena del cuello de la madre de Quiroga, anciana de más de setenta años; luego la destierra, junto a la mujer y a los hijos del caudillo a Chile. Es más cruel con los soldados: acollara a doscientos federales que ha capturado en los llanos riojanos y los hace lancear en su presencia. No será lo único: para forzar contribuciones pecuniarias a las que se resisten los habitantes de la capital provincial fusila a cuatro y deja el banquillo para las que no paguen.
A Santiago del Estero el general Paz destina a Román Deheza, el masacrador de "La Tablada", que fusila allí a mucha gente. Lo mismo sucede en Mendoza, donde los unitarios pasan por las armas a cincuenta federales apresados en Chancay.
No se trata de justificar conductas bárbaras de Rosas sino de contextuarlas en relación a sus circunstancias, sin ignorar los crímenes de sus enemigos. La historia oficial se horroriza por ciertos actos de don Juan Manuel y disimula u olvida, en permanente amnesia, las tropelías de los unitarios. Además, los crímenes de los lugartenientes de Paz, aunque "acalorados" por el "manco", no son cargados en su cuenta personal, pero a Rosas se le achacará todo delito cometido por alguno de sus satélites, aunque no sea por motivos políticos y aunque el Restaurador lo castigue por ello. "Horrendos crímenes" serán sus excesos y "triste consecuencia de las guerras civiles" los de los unitarios.
El "ojo por ojo y diente por diente" será la siniestra costumbre del fratricidio. Así, Quiroga, el 7 de marzo de 1830, después de combatir tres días, se apodera de la fortificada villa de Río Cuarto, en la provincia de Córdoba. El 28, en el Rodeo de Chacón, dirigiendo a sus hombres desde el pértigo de su carreta, pues el reumatismo no le permite caminar ni montar a caballo, derrota a los dos mil hombres del sangriento coronel Videla Castillo, el procónsul de Paz en Mendoza. Facundo perdona la vida a los oficiales prisioneros en un extraño caso de magnanimidad en esos tiempos.
Pero pocos días después, ya en Mendoza, se entera de que su madre, su mujer y sus hijos han sido desterrados a Chile por Lamadrid. Además le preocupa no tener noticias de su leal amigo el general Benito Villafañe, que está en Chile y al que ha llamado para que le reemplace. El malhumor le hace imponer contribuciones y ordenar fusilamientos. Una tarde aciaga, en el cuartel de la Cañada, un chasque le alcanza la noticia del asesinato de Villafañe en manos de los unitarios. El Facundo magnánimo da paso a la iracundia vengativa. Manda llamar a los presos recientes, que llegan contentos imaginándose ya libres. Extiende su poncho sobre el suelo, se sienta y hace formar fila a los veintiséis presos y los tres oficiales.
Con la voz tartajeada por la ira se refiere al asesinato de Villafañe y les recuerda cómo los unitarios fusilaron a Dorrego y a Mesa y a sus oficiales prisioneros después de "La Tablada" y pusieron cadenas a su anciana madre. Había llegado la hora de pagar cuentas. Convoca a un piquete y los presos, que ya han comprendido lo que les espera, se agitan con desesperación. Algunos claman por misericordia, otros ruegan por un confesor. Facundo, justiciero, sombrío, silencioso, se incorpora con calma, recoge su poncho, se pone al frente del piquete y ordena "¡fuego!". Unitarios y federales parecían empeñados en dar la razón a aquel personaje de Homero, el poeta griego: "Los hombres se cansan antes de dormir, de amar, de cantar y de bailar que de hacer la guerra".

Capítulo 17 El carancho del monte

Uno de los más conocidos colaboradores de Rosas fue el apodado "Carancho del Monte", Vicente González, quien en la época civil de su patrón se desempeñó como peón hasta ser reconocido como "cacique" de Monte por su ascendiente sobre los marginales. Ya en el poder público fue uno de los agentes de la represión rosista, teniendo a su cargo degüellos, amedrentamientos, deportaciones y otras lindezas.
Era un inmejorable reclutador y formador de milicias, similares a las que Aristóteles elogiase en el siglo IV antes de Cristo: "Las tropas regulares pierden el valor cundo se encuentran ante peligros mayores a los que esperaban (...). Son los primeros en volver la espalda. En cambio los hombres de la milicia mueren en su puesto".
Al "Carancho del Monte" se adjudica el pionerismo en la portación de la divisa federal y la coerción para que fuese usada por todos, "como signo de unidad nacional", como rezaría el decreto correspondiente.
Rosas le tenía especial consideración a pesar del rechazo que su tosquedad provocaba en su "oráculo", el refinado Tomás de Anchorena.
Este era un hábil empresario del campo, fanático conservador, un ultracatólico que añoraba los tiempos de la Inquisición. De él el cónsul Woodbine Parish, quien lo trató con frecuencia por motivos comerciales, informaría a su gobierno que se trataba de un "hombre de carácter violento y muy descuidado de la popularidad". Muy favorecido, igual que su hermano e hijos, por los gobiernos de don Juan Manuel, cortaría toda relación con éste cuando emprende el sufrido camino del exilio, desatendiendo sus reclamos y cobijándose bajo la protección de Urquiza.
Capitulo 18 Me dices que eres virtuoso
El 10 de junio de 1831 escribía a sus padres desde Pavón, firmando simplemente "Juan Manuel":
"(...) Sí, deben persuadirse que uno de mis mayores sufrimientos en mi tan desgraciada vida es no haber merecido la confianza de mis padres en este asunto a la edad de 38 años; que este sentimiento irá conmigo al sepulcro; pero que por el pecado que acaso cometo en esta tirantez de sentimientos, pido perdón a mis padres postrado humildemente en su presencia para que Dios pueda compadecerme y absolverme.
"Sin duda me perdonarán porque conocerán su razón. Pero si mi desgracia llega al extremo de negárseme esta justicia, les suplico que al fallar en contra de su hijo tengan presente sus mercedes que este carácter lo he heredado de mi adorable madre, y que cuando menos esto debe concederse al amante hijo de sus mercedes".
Años antes, en 1819, con motivo del cumpleaños de doña Agustina, había escrito:
"Mi amada madre: De regreso del campo donde hace mucho tiempo me tenían mis quehaceres, he sentido la necesidad que todo hijo virtuoso tiene que es ver a los autores de sus días. Mucho tiempo hace que no llevo a mis labios la mano de la que me dio el ser y esto amarga mi vida.
"Espero que Su Merced, echando un velo sobre el pasado, me permitirá que pase a pedirle la bendición. Irán conmigo mi fiel esposa y mis caros hijos, también mis padres políticos y toda la familia, y volverán a unirse dos casas que jamás han estado desunidas.
"Espera ansioso la contestación, éste, su amante hijo que le pide su bendición".
La madre le contesta con digna altivez:
" Mi ingrato hijo Juan Manuel: He recibido tu carta con fecha el 28 de agosto, este día tan celebrado en mi casa por mi marido, mis hijos y mis yernos, y sólo tú, mi hijo mayor, eres el que falta; el por qué, tú lo sabrás, tus padres lo ignoran.
"Me dices que eres virtuoso, dígote que no lo eres. Un hijo virtuoso no se pasa tanto tiempo sin ver a los autores de sus días, sabiendo que su alejamiento ha hecho nacer en el corazón de su madre el luto y el dolor.
"(...) Te digo en contestación a estas palabras que los brazos de tu madre estarán abiertos para estrecharte en ellos, tanto a ti, como a tu esposa, hijos y familia".
La fuerte personalidad de doña Agustina quedó patentizada en numerosas oportunidades. Una de ellas fue cuando, habiendo derrocado Lavalle a Dorrego y estando su hijo en el campo organizando la resistencia, llegó la policía a su finca para apresar a Juan Manuel y para requisar mulas y caballos para el ejército unitario. Conducía la partida un conocido suyo de apellido Piedracueva, que había sido boticario
Doña Agustina se negó a obedecer diciendo que si bien ella no tenía opinión ni se metía en política, sabía que las bestias se usarían para combatir a su hijo y por lo tanto no las facilitaría. Drástica, como en todos sus actos, ante la insistencia de la policía dio la orden de degollar a los caballos y mulas que estaban en la caballeriza, en los fondos de la casa.
— Mire amigo —dijo al comisario-ahora mande usted sacar eso. Y le aclaro que no pagaré multa por tener esas inmundicias en mi casa.
Tampoco se privará de ofender al jefe de la partida:
—Sólo en días tan aciagos para mi patria podías haberte atrevido a dar órdenes en una casa donde en otros tiempos te hubieras considerado muy honrado de ser llamado a poner ventosas.

Capítulo 19 Los estancieros y el poder

Don Juan Manuel representaba el ascenso al poder de nuevos intereses económicos, de un nuevo grupo social ligado a la explotación de las feraces pampas bonaerenses, entrerrianas, santafesinas: los estancieros.
Lo eran Rosas, Ramírez, Quiroga, López, además patrones que administraban personalmente sus haciendas a diferencia de los que lo hacían confortablemente, por delegación, desde la ciudad. Eso les daba un estrecho contacto con la clase popular, los gauchos, que constituían su peonada, como así también con los indios, vendedores ambulantes, desertores, cuatreros, etc. que habitaban los alrededores.
Don Juan Manuel era menos ducho en tertulias y saraos ciudadanos que en matar zorrinos: "Después de muertos -escribirá para instrucción de sus capataces y peones-se les pisa la barriga para que acaben de salir los orines, y luego se les refriega el trasero en el suelo, y con esa operación no heden los cueros".
Los ricos porteños estarán más atentos a seguir las modas europeas en lecturas y vestimentas que a dar "el más delicado y puntual esmero a los caballos" pues no habría "cosa más mala que rematar o cansar un caballo".
Rosas adopta la vestimenta, los modales y los hábitos de sus gauchos. "Hablar como ellos y hacer todo lo que ellos hacían", escribiría. Pero también vigilarlos y controlarlos: "Las yeguas y las crías entran también en la cuenta de los caballos para la composición y el galopeo. El capataz no debe fijarse de lo que le diga el que los cuida, sino que de cuando en cuando debe ver si cumple con todo cuanto se expresa en estas instrucciones para lo que debe él materialmente verlo, y no estar a lo que le digan. Debe entrarse por entre los caballos para contarlos y ver si hay alguno mañero para parar, o que se le conozca que no se trajina. Debe cada mes hacer que el que los cuida, en su presencia los agarre uno por uno, y los trajine y galope hasta que no quede uno, ni las yeguas, no las potrancas, y de este modo verá de cierto el capataz si se cumple con lo que mando.
Los caudillos se hacían respetar por su coraje para enfrentar los muchos peligros (malones indígenas, fieras salvajes, crueldad de las partidas militares) y también por sus aptitudes para la doma, las cuadreras, la taba, etc. Compartían con la chusma su escala de valores, muy distinta a las elites liberales y extranjerizantes de las ciudades: eran nacionalistas, respetaban la religión y las tradiciones, ensalzaban valores como el coraje y la lealtad.
La elite clásica de la revolución de 1810 estaba formada por los comerciantes y los burócratas, fuesen españoles o criollos. La lucha por la independencia había creado políticos profesionales, funcionarios del Estado, milicianos devenidos en jefes de tropas regulares, hombres que hicieron una "carrera de la revolución". Muchos de ellos provenían de la clase acomodada desde antes de 1810, comerciantes favorecidos por el monopolio y privilegiados funcionarios de la Corona que supieron adaptarse a las nuevas circunstancias y se integraron a la revolución. Saavedra, Moreno, Belgrano, Larrea y otros fueron ejemplo de ello.
Con la apertura primero ilegal y luego relativamente legal del puerto a los mercaderes británicos y de otros países europeos, los comerciantes porteños prosperaron rápidamente, sobretodo los dedicados al contrabando. Pero la declinación del intercambio con el interior, la destrucción de la industria ganadera del litoral por el bloqueo y la guerra y, sobre todo, la irresistible competencia de la revolución industrial inglesa, dislocaron las frágiles reglas de juego económicas y malograron las oportunidades de los empresarios locales.
El aumento de las importaciones provocado por los británicos en complicidad con sus personeros criollos y el fracaso del sector exportador para balancear la consiguiente efusión de los escasos metales preciosos, que fue acompañada por un aumento en la demanda de dinero efectivo, hizo dramáticamente evidente que la economía tradicional de Buenos Aires ya no podía sostener a la elite comercial. A partir de 1820, aproximadamente, muchos de ellos empezaron a buscar otras salidas y, sin abandonar el comercio, invirtieron en tierras, ganado y saladeros. Ese fue el caso del visionario Rosas, seguramente aconsejado por sus primos Anchorena.
El desplazamiento económico desde la ciudad hacia el campo fue también dándose, aunque con más lentitud, en lo político. Los estancieros, o quienes estaban íntimamente relacionados con el negocio de la tierra, pasaron a ser mayoría en la Sala de Representantes y en el Cabildo.
Rosas les aportaría el apoyo popular: "(...) a mi parecer todos cometían un error grande: se conducían muy bien con las clases ilustradas, pero despreciaban al hombre de la clase baja", escribiría y esa lúcida comprensión le granjearía el inmenso apoyo político que conservó hasta el último día de su largo gobierno.
Si su identificación con la masa fue un elemento esencial de su personalidad, otro factor de su ascenso y afirmación en el poder fueron su aplicación a las milicias rurales que demostraron ser superiores a los ejércitos de línea, derrotándolos en "Cepeda", en "Puente de Márquez" y en otros enfrentamientos. Rosas y sus pares, a diferencia de los gobiernos, no tenían problemas de conscripción ni de suministros. Para eso estaba la estancia.
Un acérrimo enemigo de don Juan Manuel, el que tratará de convencer al gobierno chileno de adueñarse de la Patagonia con tal de crearle un conflicto desestabilizante, lo expresará así: "¿Quién era Rosas? Un propietario de tierras. ¿Qué acumuló? Tierras. ¿Qué dio a su sostenedores? Tierras. ¿Qué quitó o confiscó a sus adversarios? Tierras. (Domingo F. Sarmiento).
Con Rosas se concretará el signo de los nuevos tiempos: se mirará menos a las naciones del otro lado del mar en busca de ideas, de capitales o de honores. Ahora se tendrá en cuenta al interior habitado por "bárbaros", allí estará el nuevo poder político, social y económico. Dirá con claridad J. M. Rosa: "Algo de eso había comenzado en el corto tiempo de Dorrego, cuando las orillas predominaron sobre el centro, pero los compadres no atinaron a defender la nacionalidad con el mismo ímpetu que los gauchos. De allí la debilidad de Dorrego y la fortaleza de Rosas. Si aquel significó el advenimiento de las masas urbanas, éste le agregó el factor decisivo de las masas rurales".
He aquí uno de los motivos de tanto encono contra don Juan Manuel, entonces y ahora, más allá de sus vicios y errores: esa nueva mina de oro debía ser para los poderosos de siempre y no aceptaban compartirla, ni en una mínima parte, con la plebe que era el peligroso sostén del popular estanciero que no parecía convencido de actuar francamente a favor de los de su clase y que no ocultaba su satisfacción por ser adorado por los más descastados habitantes de esas tierras.
De un Buenos Aires que dejaba de ser una factoría portuaria para convertirse en la metrópoli de una pampa ubérrima.

Capítulo 20 El libre comercio

El libre comercio que en su momento impulsaron los complotados de Mayo y más tarde el triunviro Rivadavia y el Director Alvear, y que había resultado de indudable beneficio para las arcas de Buenos Aires y de sus mercaderes era severamente cuestionado por los caudillos provincianos que habían visto desmantelar las incipientes industrias de sus territorios, incapaces de competir con los productos industrializados que eran importados desde Europa.
En julio de 1830 se reunieron en Santa Fe los delegados de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes para discutir los términos de lo que habría de conocerse como el "Pacto Federal". Su objetivo inmediato era llegar a una alianza para oponerse a la poderosa unión unitaria que nucleaba a San Juan, La Rioja, Mendoza, San Luis, Santiago del Estero y Córdoba, bajo el "Supremo Poder Militar" concedido el 31 de agosto de 1830 al general José María Paz.
En la convocatoria federal se plantea el tema del proteccionismo a la producción y a los cultivos del interior. Su principal promotor será Pedro Ferré, gobernador de Corrientes, quien requirió a Rosas que modificara urgentemente la política de tarifas de Buenos Aires. Ferré era un progresista que introdujo la primera imprenta en su provincia, estableció la circulación del papel moneda, implantó el sistema lancasteriano en la enseñanza y creó una escuela de primeras letras en cada cabeza de partido.
Rosas contrapuso el evasivo argumento de que la política existente tenía el apoyo de Tomás de Anchorena, "diciéndome que para él era un oráculo pues lo consideraba infalible", según testimoniara Ferré.
Este presentó también la moción de nacionalizar los ingresos aduaneros y permitir la libre navegación de los ríos, declarando que debía autorizarse a otros puertos, además del de Buenos Aires, a operar directamente con el comercio exterior, disminuyendo así las distancias y costos del transporte hacia las provincias. Tales exigencias tradicionales del federalismo fueron acompañadas por otras: Rosas debía permitir a las provincias que participaran en el control del comercio exterior con el objeto de reemplazar el liberalismo económico porteño por una política proteccionista que promoviese la agricultura y la industria en las provincias prohibiendo la importación de productos que se obtenían en el país.
No fue una coincidencia que Corrientes asumiera el liderazgo para formular una política proteccionista porque la expansión de su tabaco, algodón y otros productos subtropicales dependía de la protección contra la competencia paraguaya y, más aún, la brasileña. Y se abogaba alegando la creación de trabajo, la calidad de los productos locales, los precios competitivos y la pérdida de efectivo metálico a través de las importaciones extranjeras.
"Sin duda un corto número de hombres de fortuna padecerán, porque se privarán de tomar en su mesa vinos y licores exquisitos (...) Las clases menos acomodadas no hallarán mucha diferencia entre los vinos y licores que actualmente beben sino en el precio y disminuirán el consumo, lo que no creo sea muy perjudicial.
"No se pondrán nuestros paisanos ponchos ingleses, no llevarán bolas ni lazos hechos en Inglaterra, no vestiremos ropas hechas en extranjería pero en cambio empezará a ser menos desgraciada la condición de pueblos enteros de argentinos y no nos perseguirá la idea de la espantosa miseria a que hoy son condenados". En la Argentina, todavía sin conciencia de Nación, se comenzaban a discutir temas esenciales que aún hoy tienen acuciante actualidad.
José María Roxas y Patrón, el delegado porteño, replicó en un extenso memorándum afirmando la política de Buenos Aires. Los impuestos de protección, decía, golpeaban al consumidor y no ayudaban realmente a las industrias locales si éstas no eran competitivas y capaces de abastecer las demandas de la nación. La economía pastoral, base de la economía nacional, dependía de tierras baratas, bajos costos de producción y demanda de cueros por parte de los mercados extranjeros. La protección elevaría los precios, aumentaría los costos y dañaría el comercio de exportación. Los que podían beneficiarse con la protección, aparte de la economía ganadera, eran una pequeña minoría. La masa de la población dependía del comercio exterior y, concluía, "nada podrá convencerme de que es correcto prohibir ciertos productos extranjeros con el propósito de promover otros que, o no existen todavía en este país o son escasos o inferiores en calidad".
Ferré rechazó tales argumentos. En su réplica al representante rosista censuraría la libre competencia porque las industrias nativas no podían competir contra los menores costos de producción de los países extranjeros. Y así se perdían las inversiones, aumentaba el desempleo y los gastos de importaciones llevaban a la ruina. Las provincias del interior necesitaban la protección para salvar sus economías y Ferré aclararía que él sólo buscaba la protección para aquellas mercaderías que el país ya estaba realmente produciendo, no para aquellas que podría producir.
El derecho porteño a la centralización aduanera sería hábilmente defendido porque "es un hecho que Buenos Aires paga la deuda nacional contraída por la guerra de la independencia y por la que últimamente se ha tenido con el Brasil".
Buenos Aires no cedió, y el "Pacto Federal" del 4 de enero de 1831 fue concertado sin Corrientes, aunque posteriormente lo firmaría. En su cláusula 2§ se obligaban "a resistir cualquier invasión extranjera" en momentos en que se temía una expedición española. También las de Brasil, Bolivia y la República Oriental en ayuda de Paz... La 3§ se refería a las amenazas internas a "la integridad e independencia de sus territorios".
Curiosamente este postulado difusamente autonomista sería utilizado veinte años más tarde por Urquiza, entonces gobernador de una de las provincias firmantes del "Pacto", Entre Ríos, para justificar legalmente su alianza con Brasil para derrocar a Rosas.
Años después don Juan Manuel cederá ante el reclamo proteccionista. De otra manera le hubiese resultado muy difícil mantener su condición de federal. Atrás quedarían los argumentos de Pedro de Angelis, uno de los más ilustrados voceros del régimen de Rosas, quien decía que "antes de ser manufactureros es preciso ser labradores". Atacaba con dureza la idea de dar protección a la industria cuyana del vino y a la porteña del calzado porque alzaría los precios para la masa de los consumidores y distraería hacia la industria una mano de obra que sería mejor empleada en el sector agrario. "Una abundante cosecha de trigo sería incomparablemente más útil a la población que todo el producto de las industrias que, a costa de inmensos sacrificios, se procura fomentar entre nosotros", argumentaba. Se trataba, ya entonces, del concepto de la división internacional del trabajo que tanta vigencia cobraría hacia fines de siglo.
En la "Ley de Aduanas" del 18 de diciembre de 1835, Rosas introdujo una tabla arancelaria significativamente elevada. Partiendo de un impuesto básico de importación del 17% las cifras aumentaban para dar mayor protección a los productos más vulnerables hasta alcanzar la absoluta prohibición. Las importaciones vitales, como el acero, el latón, el carbón y las herramientas agrícolas pagaban un impuesto del 5%. El azúcar, las bebidas y productos alimenticios pagaban el 24%. El calzado, ropas, muebles, vinos, coñac, licores, tabaco, aceite y algunos artículos de cuero pagaban el 35%. La cerveza, la harina y las papas el 50%. Los sombreros estaban gravados en 13 pesos cada uno. Se prohibió la importación de un gran número de artículos, incluidos los textiles y productos de cuero; también de trigo cuando el precio local cayó por debajo de los 50 pesos por fanega.
Se esperaba una reacción negativa del campeón internacional del libre comercio. Sin embargo el representante británico, Mr. Spouthern, convencido por don Juan Manuel que ejercía una poderosa influencia sobre él, pensó que la "Ley de Aduanas" iba a estimular la capacidad de consumo en la población a través del crecimiento de la industria local y de la agricultura, favoreciendo la colocación de productos de su país.
Rosas, hasta ese momento primordialmente hombre de Buenos Aires, comenzaba a actuar como autoridad nacional a favor de las clases populares urbanas y provinciales y contra los intereses extranjeros.

Capitulo 21 La gran seca

Durante su primera gobernación Rosas no sólo debió enfrentar problemas derivados de la anarquía y de la confrontación fratricida sino también una terrible y devastadora sequía que por su intensidad y extraordinaria duración fue denominada "La Gran Seca".
El naturalista A. Bravard informará en el "Registro Estadístico del Estado de Buenos Aires" del año 1857:"
(...)Todo el país fue convertido en un inmenso desierto. Los animales salvajes reunidos a los bueyes y a los caballos erraban en vano sobre esta superficie quemada para procurarse un poco de agua, un poco de alimento; se dejaban caer el suelo, extenuados de sed, de h a m b r e y debilidad, para no levantarse más. La tierra, desunida y hecha polvo por la sequedad y el pisoteo continuo de los ganados, levantada por las ráfagas del pampero, no tardaba en cubrir indistintamente ya cadáveres, ya animales que respiraban aún.
"(...)Nosotros mismos hemos encontrado con frecuencia, en nuestras incursiones, esqueletos de bueyes y de caballos enterrados por cientos, ya en el interior de las tierras, ya a las orillas de los ríos y lagunas, bajo una capa de tierra que llega algunas veces al e s p e s o r de dos metros. Se asegura que durante ese largo período pereció más de un millón de cabezas de ganado y que los límites de las propiedades desaparecieron bajo espesas capas de polvo.
"La existencia del hombre estuvo más de una vez comprometida, hasta en las habitaciones, hasta en los pueblos, por una singular modificación del fenómeno del transporte del polvo, que, suspendido en el espacio, encontraba en él, a veces, nubes cargadas de vapor de agua con que se mezclaba.
"No era entonces bajo la forma polvorienta que volvía a descender sino en la de una verdadera lluvia de lodo, cuya acumulación sobre los techos amenazaba destruirlos (...)".

Capítulo 22 No a la constitución

Para Rosas es esencial contar con la complicidad de Estanislao López para rechazar los reclamos constitucionalistas, actitud que sostendrá hasta el fin de su gobierno. En marzo de 1831 le escribe contrarrestando argumentos de Ferré con metáforas campestres:
"El señor Ferré quiere cosechar buen trigo en un terreno lleno de malezas de toda clase. Malezas que él mismo y todos los buenos hijos de la tierra hemos dejado tomar tanto cuerpo en nueve años, que para destruirlos lo que se necesita es una fuerte liga de labradores respetables... ¡Desengáñese el señor Ferré! Para recoger buen trigo es necesario, aun cuando la tierra no tiene malezas, prepararla bien y luego sembrarla, conociendo bien la estación y el temperamento
"(... ) Pero el señor Ferré quiere, antes de preparar esa unión de labradores y de contar con peones, arados, tesoro y bueyes y demás elementos, sin destruir las malezas exteriores e interiores del terreno, sin ararlo y preparar la tierra, sin espiar la oportunidad, etc., etc., sembrar en la peor estación, y ya recoger el más hermoso fruto, con una particularidad, que lo quiere recoger en los momentos mismos que empiece a sembrar.
"¡Pobres los labradores que tal desatino cometieron! ¡Ellos y sus familias perecerían si no tuvieran otro género de industria! Esto es triste, pero es más triste todavía ver que uno de esos labradores (Pedro Ferré) que deben unirse al objeto indicado, cuando confiese que en la tierra hay multitud de malezas, no convenga en que deben primero destruirse en silencio y con habilidad, y preparar la tierra para después sembrar en buena estación y aparente oportunidad.
"(...) de todo ello resulta la doble propagación de la maleza de una manera que mañana resultaría perdida la tierra para siempre... a no ser que se hiciera entrega de ella a los extranjeros, quienes claro está que la mirarían con agrado, y que nuestros hijos tendrían que ser esclavos, no ya para destruir las malezas, sino para cultivar las tierras ya dueñas de otros, a pesar de haberlas adquirido nosotros por haber nacido en ellas, y por el derecho de haberlas comprado con nuestra sangre".
¿Se negaba don Juan Manuel a dar una constitución a su patria por negarse a perder lo absoluto de su poder? ¿O era sincero en su prevención de que la Argentina volvería a sumirse en la anarquía, como efectivamente sucedió durante muchos años después de Caseros, hasta el triunfo de Mitre sobre Urquiza en Pavón?

Capitulo 23 Una equivocación decisiva

De las "Memorias" de José M.Paz:
"(...) Estaba casi solo (es decir, sin mis ayudantes) a la cabeza de la infantería que mandaba el coronel Larraya y al separarme, adelantándome, me siguió solamente un ayudante, que lo era de estado mayor, un ordenanza y un viejo paisano que guiaba el camino. A poco trecho me propuso el baqueano si quería acortar el camino siguiendo una senda que se separaba a la derecha; acepté, y nos dirigimos por ella; este pequeño incidente fue el que decidió de mi destino.
"El camino principal que yo había dejado por insinuación del guía iba a tocar el flanco derecho de mi guerrilla, y la senda por donde iba tocaba, sin pensarlo yo, con el izquierdo del enemigo.
"Debe también advertirse que el ejército tenía divisa punzó, y no sé hasta ahora por qué singularidad aquella partida enemiga, que sería de ochenta hombres y pertenecía a la división de Reinafé, había mudado en blanca, la misma que arbitrariamente se ponían las partidas de guerrilla mías, que eran en gran parte de paisanos armados.
"Mientras tanto seguía yo la senda, y viendo la tardanza del ordenanza y del oficial que había mandado buscar e impaciente, por otra parte, de que se aproximaba la noche y se me escapaba un golpe seguro a los enemigos, mandé al oficial que iba conmigo, que era el teniente Arana, y yo continué tras él mi camino; ya estábamos a la salida del bosque, ya los tiros estaban sobre mí, ya por bajo la copa de lo últimos arbolillos distinguía a muy corta distancia los caballos, sin percibir aún los jinetes; ya, en fin, los descubrí del todo, sin imaginar siquiera que fuesen enemigos, y dirigiéndome siempre a ellos.
"En este estado vi al teniente Arana, que lo rodeaban muchos hombres, a quienes decía a voces: "Allí está el general Paz, aquél es el general Paz", señalándome con la mano; lo que robustecía la persuasión en que estaba, que aquella tropa era mía. Sin embargo vi en aquellos momentos una acción que me hizo sospechar lo contrario, y fue que vi levantados, sobre la cabeza de Arana, uno o dos sables en acto de amenaza. Mis ideas confusas se agolparon a mi imaginación; ya se me ocurrió que podían haber desconocido los nuestros, ya que podía ser un juego o chanza, común entre militares; pero vino, en fin, a dar vigor a mis primeras sospechas las persuasiones del paisano que me servía de guía para que huyese, porque creía firmemente que eran enemigos.
"Entretanto ya se dirigía a mí aquella turba, y casi me tocaba cuando, dudoso aún, volví las riendas a mi caballo y tomé un galope tendido. Entre multitud de voces que me gritaban que hiciera alto, oía con la mayor distinción una que gritaba a mi inmediación: "Párese, mi General, no le tiren, que es mi General; no duden que es mi General"; y otra vez: "Párese, mi General". Este incidente volvió a hacer renacer en mí la primera persuasión de que era gente mía la que me perseguía, desconociéndome quizá por la mudanza de traje.
"En medio de esta confusión de conceptos contrarios y ruborizándome de aparecer fugitivo de los míos, delante de la columna que había quedado ocho o diez cuadras atrás, tiré las riendas a mi caballo y, moderando en gran parte su escape volví la cara para cerciorarme: en tal estado fue que uno de los que me perseguían, con un acertado tiro de bolas, dirigido de muy cerca, inutilizó mi caballo de poder continuar mi retirada. Este se puso a dar terribles corcovos, con que, mal de mi grado, me hizo venir a tierra".
Una vez más se hacía cierto la afirmación del historiador y político griego Polibio (210-128 a.C.): "En la guerra debemos contar siempre con los golpes del azar y con los accidentes que no pueden preverse".
Era claro que a un enemigo de tal fuste le esperaba la muerte. Sin embargo, Estanislao López, que lo tiene en su poder, vacila y consulta qué hacer con el Restaurador. Este le responde el 22 de febrero de 1832: "Si hemos de afianzar la paz de la República, si hemos de dar respetabilidad a las leyes y a las autoridades legítimamente constituidas, si hemos de restablecer la moral pública y reparar las quiebras que ha sufrido nuestra opinión entre las naciones extranjeras y garantir ante ellas la estabilidad de nuestro gobierno; en una palabra, si hemos de tener Patria, es preciso que el general Paz muera. En el estado incierto y como vacilante en que nos hallamos, ¿qué seguridad tenemos de que viviendo el general Paz no llegue alguna vez a mandar en nuestra República? Y si aquello sucediese, ¿no seria un oprobio para los argentinos?".
López a Rosas: "A pesar de que mi carácter es y ha sido siempre inclinado a la indulgencia no puedo menos que confesar que el fallo de usted es imperiosamente reclamado por la justicia en desagravio de los atentados atroces inferidos a los pueblos y a las leyes", Pero para no responsabilizarse, quería que la muerte de Paz fuese "por pronunciamiento expreso de todos los gobiernos confederados o por una cosa semejante", y le pide a Rosas que consulte a las provincias.
Don Juan Manuel comprende que don Estanislao trata de escurrir el bulto. Le responde que si se consultaba a las provincias la nota debería firmarla exclusivamente quien "lo hizo prisionero y lo custodia en su territorio" (28 de marzo). López pide a Rosas el 24 de abril que le redacte un borrador "para salir de una vez de este negocio".
Rosas no cae en la trampa. El 17 de mayo escribe: "Me excuso, compañero, hacer la redacción que me pide; esta obra es exclusivamente suya y nadie sino usted mismo es quien la debe dirigir y firmar".
Paz salvará su vida y a los indecisos jefes federales no les faltarán oportunidades de arrepentirse.

Capitulo 24 Maquiavelo con traje de estanciero

Las certeras boleadoras que pialaron al caballo del general Paz también derribaron a la Confederación de provincias opuestas al Restaurador, las que de una en una van adhiriéndose al Pacto Federal. Una de las primeras es la Córdoba gobernada por el coronel Reinafé, designado por influencia de Estanislao López. Entre agosto y noviembre de ese año 1831 se suman Santiago del Estero, La Rioja y las tres provincias cuyanas. Al año siguiente lo harán Catamarca, Tucumán y Salta.
Los partidarios del gobernador de Buenos Aires ensalzarán que éste une a las provincias en función de pactos, en tanto Paz lo había hecho por la fuerza.
Se abre un período de relativa bonanza política y económica, y ello, paradojalmente, significaría una dificultad para Rosas pues ya no parecería tan imprescindible un gobierno autocrático como el suyo para imponer orden. De allí que se reanudaría la justificada obstinación de los caudillos federales de que se convocase a un congreso para el dictado de una constitución, reclamo al que se plegaron los federales constitucionales, también llamados "cismáticos" o "lomos negros" en oposición a los "apostólicos" que seguían fielmente los dictados del Restaurador.
Tanto creció la postura alternativa que para sorpresa de muchos y del mismo Rosas la Sala de Representantes en la sesión del 29 de noviembre de 1832 aceptó la formalidad de la devolución de los poderes extraordinarios conferidos a don Juan Manuel, no sin agradecer que "bajo el gobierno de Vuestra Excelencia la provincia ha alcanzado la feliz situación de vivir con tranquilidad bajo la autoridad de las Leyes", pero con la seguridad de que el Restaurador continuará como gobernador, aun con su poder coartado.
¿Es propio de un tirano aceptar que un cuerpo legislativo cercene sus poderes? ¿Lo hubiera aceptado su contemporáneo, el presidente paraguayo Francia? ¿O Napoleón? ¿O Constantino?
En una hábil maniobra política Rosas renuncia indeclinablemente a su cargo, a pesar de la angustiada insistencia de los legisladores, creando un vacío político aumentado por su decisión de ausentarse de Buenos Aires para hacer campaña contra los indígenas. Floria y García Belsunce comentarán: "En su estilo político es "El Príncipe" (Maquiavelo) con traje de estanciero".
Dejaba el gobierno fortalecido con la imagen de alguien capaz de infundir orden y respeto, aun extralimitándose hacia el autoritarismo y la violencia. Con astucia había jerarquizado la posición de los poderes sociales: los estancieros, la iglesia, el ejército, los financistas, quienes miraron hacia otro lado mientras se amordazaba a la prensa, se controlaba a los estudiantes levantiscos, se asustaba a los opositores.

Capítulo 25 La campaña del desierto

La "Campaña del Desierto" que emprendió Rosas luego de renunciar a su primer gobierno nada tuvo que ver con internarse en regiones desérticas sino con la ocupación de fértiles pampas en poder de los indios para su explotación por los estancieros bonaerenses. "Un esfuerzo más y quedarán libres para siempre", había convocado cuando todavía era gobernador, "y quedarán libres para siempre nuestras dilatadas campañas y habremos establecido la base de nuestra riqueza pública".
Los detractores acusan a don Juan Manuel de haber enriquecido aún más a sus protegidos y amigos no sólo extendiendo sus posesiones sino también adjudicándoles los jugosos contratos de aprovisionamiento de uniformes, animales, alimentos, armas, etc.
El comandante Manuel Prado, que participó de la campaña escribirá en su "Guerra al malón": "Al verse después, en muchos casos, despilfarrada la tierra pública, marchanteada en concesiones fabulosas de treinta y más leguas, al ver la garra de favoritos audaces clavada hasta las entrañas del país, y al ver cómo la codicia les dilataba las fauces y les provocaba babeos innobles de lujurioso apetito, daban ganas de maldecir la gloriosa conquista. Pero así es el mundo, "los tontos amasan la torta y los vivos se la comen". A su favor puede decirse que siempre fue enemigo de emplear la violencia contra los indios y en cambios privilegió, cuando fue posible, los acuerdos, los regalos, los sobornos.
Su sensibilidad por los marginales queda evidenciada asimismo en la correspondencia que en 1833, en plena "Campaña", mantenía con su esposa Encarnación, que le cuidaba las espaldas en Buenos Aires:
"Ya has visto lo que vale la amistad de los pobres y por ello cuánto importa sostenerla y no perder medios para atraer y cautivar voluntades. No cortes pues sus correspondencias. Escríbeles con frecuencia, mándales cualquier regalo sin que te duela gastar en esto. Digo lo mismo respecto a las madres y mujeres de los pardos y morenos que son fieles. No repares, repito, en visitar a los que lo merezcan y llevarlas a tus distracciones rurales, como también en socorrerlas con lo que puedas en sus desgracias".
A pesar de la distancia Rosas no descuidaba a quienes, llegado el caso, podrían ser la fuerza que lo devolviera al gobierno de Buenos Aires.
En ese mismo año de 1833 el joven Carlos Darwin, científico inglés que con el correr de los años alcanzaría la celebridad con su "Teoría de las especies", emprende un viaje de exploración y estudio de nuestra Patagonia. Todo indica que trabajaba para los servicios secretos de su país, auscultando las condiciones para una ocupación británica. Es éste uno de los méritos no reconocidos de la expedición de don Juan Manuel: la toma de posesión de un territorio ambicionado por Chile y por Inglaterra.
Darwin llega a Carmen de Patagones, entonces un miserable villorrio en medio de un páramo interminable. Se entera de que el general Rosas, de quien mucho había oído hablar, acampaba a orillas del río Colorado.
Los escasos veinticuatro años del naturalista le dan confianza y energía suficientes para atravesar los desiertos que separan el río Negro del Colorado, guiado por baqueanos. "El campamento del general Rosas", apuntará en su "Diario de viaje", "es un cuadrado formado por carretas, artillería, chozas de paja, etcétera. No hay más que caballería y pienso que nunca se ha juntado un ejército que se parezca más a una partida de bandoleros. Casi todos los hombres son de raza mezclada; casi todos tienen en las venas sangre negra, india y española. No sé por qué, pero los hombres de tal origen rara vez tienen buena catadura".
Le habían contado de ese gaucho rubio que lanceaba indios en el confín del mundo. De sus grandes estancias y del reglamento férreo con que las gobernaba. De sus peonadas armadas militarmente y convertidas en ejército. De su humor extravagante y muchas veces cruel. Del ascendiente que tenía sobre los paisanos. De su extraordinaria habilidad como jinete.
La impresión fue inmejorable: "En la conversación el general Rosas es entusiasta, pero a la vez está lleno de buen sentido y gravedad, llevada esta última hasta el exceso. Mi entrevista terminó sin que se sonriera ni una sola vez".
Darwin observó que Rosas tenía cerca de él dos bufones, "como los antiguos señores feudales". Eran negros y uno de ellos le contó cómo había sido estaqueado por importunar al general. Anota una sagaz observación del moreno: "Cuando el general se ríe no perdona a nadie".
El científico concluye: "Es un hombre de carácter extraordinario que ejerce la más profunda influencia sobre sus compatriotas, influencia que, sin duda, pondrá al servicio de su país para asegurar su prosperidad y ventura".
Más de veinte años después, en 1845, al corregir una nueva edición de su "Diario", al pie de página donde narraba la entrevista con Rosas, agrega: "Los acontecimientos han desmentido cruelmente esta profecía". Es que su país, Gran Bretaña, estaba entonces empeñada, junto con Francia, en sojuzgar infructuosamente a aquel gaucho que tanto lo había impresionado.
Al final de la exitosa campaña don Juan Manuel será reconocido como "Conquistador del Desierto". En el año que estuvo fuera agregó miles de kilómetros cuadrados a Buenos Aires que repartió entre hacendados nuevos y tradicionales, garantizando una nueva seguridad en las ampliadas fronteras con los apaciguados aborígenes que se comprometieron a no traspasarlas sin autorización. También acordaron cumplir con el servicio militar cuando se los llamara, lo que garantizaba a Rosas su reclutamiento en caso de necesidad.
Uno de los caciques más hostiles, el ranquel Yanquetruz, sería desplazado por su hermano Payné quien se alió con don Juan Manuel y le entregó a su hijo Mariano para que lo apadrinase y lo educase en su estancia. Rosas le dio su apellido.
Por su parte el temible Cafulcurá, "gulmen" de los pehuenches, llegado desde el otro lado de la cordillera, luego de lancear al cacique boroga Rondeau se había proclamado jefe de todas las comunidades indias de la pampa.
Instalado en las Salinas Grandes envió a su hermano Namuncurá a negociar con el Restaurador. Allí se acordó que sería distinguido con el grado de coronel, cuyo uniforme debía usar con el distintivo punzó prendido sobre su pecho. Lo más importante para el "gulmen" es que fue reconocido como el principal distribuidor entre las tribus y poblados de los "regalos" de Rosas: anualmente 1500 yeguas, 500 vacas, bebidas alcohólicas, yerba mate, tabaco, azúcar, etc. Ello le dio gran poder.
Por su parte se comprometía a evitar los malones y a dar aviso a las autoridades si algún capitanejo se insubordinaba. Ambas partes cumplieron al pie de la letra lo acordado durante el período rosista. Luego de Caseros el equilibrio entró en descomposición y se sucedieron los malones y las acciones represivas de los gobiernos.
No fue afortunado, en cambio, el destino de quienes no se avinieron a los acuerdos pacíficos y enfrentaron a las tropas. Fue el caso del cacique pehuenche Chocorí quien se había hecho fuerte en Choele Choel. Primero cayeron varios de sus aliados, principalmente ranqueles, como los caciques Payllarén, muerto, y Pichiloncoy, apresado. Finalmente Chocorí es emboscado por el oficial Francisco Sosa. Allí concluyó exitosamente la "expedición al desierto".
Algunos jefes indios, como el ranquel Venancio, llegan a tener un trato frecuente con don Juan Manuel, cuya paciencia a veces colmaban con sus pedidos. También la de su cuñada, María Josefa, esposa de Lucio N. Mansilla y encargada de confeccionar la lista de encargos y de hacer las compras. En una de sus visitas, Venancio, antes de retirarse pregunta por los dos mejores caballos de Rosas, que son los que acostumbra montar. Don Juan Manuel, ocultando su disgusto pues desea mantener su buena relación con tan importante cacique, accede a entregárselos.
Luego escribirá al general Tomás de Iriarte: "Estos indios son intolerables, no se cansan de pedir y si no se les da se enojan; pero lo más admirable son las necesidades que de poco tiempo a esta parte se han creado; piden hasta artículos de lujo cuya existencia ignoran".
Los indios participarían en las paradas federales desfilando con vítores al Restaurador. El influyente cacique Cachuel declararía en una demostración en Azul, hasta no hacía mucho toldería pampa: "Juan Manuel es mi amigo, nunca me ha engañado. Yo y todos mis indios moriremos por él. Sus palabras son lo mismo que las palabras de Dios".
Más tarde, en Tapalqué, el cacique Nicasio no se quedaría atrás: "Yo acompañé en cinco campañas a Juan Manuel y siempre habré de morir por él, porque Juan Manuel es mi padre y el padre de todos los pobres".
Otro efecto humanitario de la acción fue la liberación de "cautivas". La cifra es difícil de precisar pues los efectos de la expedición continuaron sintiéndose aún después de su conclusión, pero la más creíble oscila entre las 2.000 y 4.000 "cristianas" liberadas.
Muchas de ellos obtuvieron la libertad a raíz de los combates entre indios y soldados pero otras fueron el resultado de una negociación que Rosas encargaba a la intermediación de caciques amigos. Un valor promedio de rescate alcanzaba a "seis caballos sin marca, doce vacas, una caña de lanza, un lazo trenzado y un par de estribos de plata", según un documento de época.
Tanto se interesó Rosas en "sus" indios que, además de dominar sus lenguas, escribió de su puño y letra una "Gramática y Diccionario pampa" para facilitar la comunicación entre cristianos y aborígenes. Además difundió la vacuna antivariólica entre ellos a pesar de la resistencia supersticiosa que al principio generaba. Ello le valió un premio internacional al gran médico Francisco J. Muñiz.
Comparemos con la opinión que un enemigo de Rosas, el por otros motivos admirable Domingo Sarmiento, que siempre lo acusó de "bárbaro", hacía pública sobre los indios: "Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría a colgar ahora si apareciesen (...) Se les debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado" ("El Progreso", 27 de julio de 1844).

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