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Augusto
Roa Bastos sufrió la historia de Paraguay en carne propia y la convirtió
en literatura.
Nació el 13 de junio de 1917, hijo de una madre de origen portugués muy
cultivada y de un mediano burgués muy severo y autoritario, gerente de una
refinería de azúcar. Pasó su infancia en Iturbe, un pequeño pueblo de la
región del Guairá y de cultura bilingüe guaraní-castellano, escenario de
sus primeros relatos. De regreso a Asunción se formó en la lectura de clásicos
franceses y de William Faulkner
Trabaja en múltiples oficios y comienza a publicar en prensa. En 1944 formó
parte del grupo Vy'a Raity ("El nido de la alegría" en guaraní), decisivo
para la renovación poética y artística de Paraguay durante esa década. En
1945, invitado por el British Council, viaja a Gran Bretaña y Francia, y
sus entrevistas y crónicas del final de la II Guerra Mundial se publican
en el diario "El País" de Asunción.
En el año 1947, nada más regresar a Paraguay, las persecuciones desencadenadas
por la dictadura militar, tras una breve primavera democrática, le obligan
a huir a Buenos Aires iniciando un prolongado exilio.
En Argentina sobrevivió con todo tipo de oficios sin abandonar nunca su
actividad literaria. El de cartero fue uno de sus favoritos. Más tarde,
trabajó como guionista de cine, autor teatral, periodista y profesor de
diversas universidades de América Latina.
En 1953 publica "El trueno entre las hojas", su primer libro de relatos,
y en 1960 "Hijo de hombre", título que iniciaba su trilogía sobre el monoteísmo
del poder. A éste le seguiría "Yo
el Supremo", su obra maestra y una de las cumbres de la literatura castellana
contemporánea; en la que narra la historia de José Gaspar Rodríguez Francia,
dictador del Paraguay durante 26 años.
En 1976, al producirse el golpe de Estado en Argentina, es obligado a trasladarse
a Francia, invitado por la Universidad de Toulouse, donde se desempeñó como
profesor de Literatura Hispanoamericana y creó el curso de Lengua y Cultura
Guaraní y el Taller de Creación y Práctica Literaria. Permaneció en dicha
ciudad francesa hasta 1989, regresando a su país tras el derrocamiento del
dictador Alfredo Stroessner, de quien fue crítico acérrimo. En 1982 fue
privado de la ciudadanía paraguaya, mas en 1983 se le concedió la española.
Es miembro de
honor de varias universidades hispanoamericanas, europeas y norteamericanas.
Ha recibido prestigiosos premios y condecoraciones, destacan; el Concurso
Internacional de Novelas Editorial Losada (1959) y el Premio de las Letras
Memorial de América Latina (Brasil,1988). En 1989 recibe el Premio
Cervantes.
Más de veinte títulos, entre novelas, cuentos, obras de teatro y poesía,
componen su obra, que ha sido traducida a 25 idiomas. Es uno de los grandes
escritores latinoamericanos de este siglo.
Augusto Roa Bastos falleció en la misma ciudad en la que nació, Asunción,
el 26 de abril de 2005, a los 87 años de edad.
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Roa
Bastos y el dolor de la significación
Po Carlos Pacheco / Universidad Simón Bolívar.
El primer recuerdo
que tengo de Augusto Roa Bastos (1917-2005) es el de su invisibilidad. Estamos
en el gran patio de la Casa de Bello, en Caracas, y es la mañana inaugural
de un encuentro de escritores de lengua española en marzo de 1982. Debo
presentar allí al autor de una novela a cuyo estudio he dedicado muchas
horas durante la preparación de mi tesis de maestría y llego agobiado por
la timidez y la admiración. No lo veo por ninguna parte. Mi amiga, la investigadora
chilena Ana Pizarro, sale al rescate y me lleva en volandas a conocerlo.
Sí, Carlos, ese señor bajito y callado, casi sorprendido de que se interesen
por él, jugando a ser invisible cuando ya es nada menos que el autor de
Yo el Supremo, es Augusto Roa Bastos.
Reacio a integrar el jet set de la intelectualidad latinoamericana, don
Augusto, como me acostumbré a llamarlo a pesar de sus protestas, con ese
"don" que para los trujillanos es homenaje de genuino respeto, no abandonaría
jamás esa vocación de invisibilidad.
Un par de años
más tarde, una extensa entrevista realizada en la Universidad de Maryland
durante un coloquio dedicado a su obra1 refrendaría nuestra amistad. Y una
ristra de cartas, para mí inolvidables, la mantendría viva a lo largo de
los años.
En efecto, Roa Bastos fue consecuente con esa voluntad suya de mantenerse
alejado de los reflectores y las cámaras. Personalmente prefirió el bajo
perfil. Nunca movió un dedo para promoverse.
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Su temperamento
lo hacía preferir la soledad de la escritura: que la obra hablara por sí
misma, mientras él simplemente seguía escribiendo.
Me doy cuenta de ello ahora, de nuevo, a raíz de las simplificaciones que
encuentro en la cobertura que ha recibido su reciente fallecimiento en los
medios de comunicación.
Ante la noticia
de su muerte el pasado mes de abril se activa, en efecto, un implacable
sistema de informaciones y comentarios que debe regirse por la claridad
y la concisión. Debe identificarse rápida y eficientemente al escritor fallecido
con una gran obra y, de ser posible, con un par de nociones nítidas y recordables.
En este caso, la obra es por supuesto Yo el Supremo (1974) y las nociones,
las de poder y exilio. Se alude a la representación ficcional de la dictadura
de José Gaspar Rodríguez de Francia (1814-1840) como crítica a la de Alfredo
Stroessner (1954-1989), que lanzó a Roa al exilio, primero en Buenos Aires
y luego en Toulouse, durante la mayor parte de su vida. Si quedan aún algunos
caracteres disponibles, se mencionan sus otras novelas, su premio Cervantes
en 1989, o se señala su identificación raigal con la cultura paraguaya,
escindida entre sus vertientes indígena e hispano-cristiana y diglósica
entre el castellano y el guaraní.
Sin duda, con Yo el Supremo, su máxima contribución a la narrativa, Roa
Bastos realizó un osado, innovador y sistemático desmontaje del mito del
poder omnímodo, mostrando acuciosamente cómo quien pretende asumirlo va
siendo proporcionalmente destruido en tanto ser humano y convertido en un
monstruo incomunicado.
Suficientemente recia y consistente para inscribir el nombre de Roa entre los protagonistas de nuestra ficción de todos los tiempos, Yo el Supremo es probablemente la más compleja y lograda novela de la dictadura en Latinoamérica; lo que es bastante decir para quienes apreciamos El Señor Presidente, de Asturias; El recurso del método, de Carpentier; El otoño del patriarca, de García Márquez o La fiesta del chivo, de Vargas Llosa, entre las decenas de obras sobre el poder omnímodo y sus consecuencias, que tantas veces, entonces y ahora, ha estado presente en la vida política y en la novelística continental.
Augusto
Roa Bastos o la ética de un narradorPor Mónica Marinone El momento del reposo es un punto sin cantidad, sin espacio. Proyección detenida de la movilidad infinita. Los grandes narradores son maestros: sumergen en las profundidades del juego estético y enseñan. En el caso de Augusto Roa Bastos (1917-2005), la pasión de narrar se hizo visible no solo en sus ficciones literarias, también en sus ensayos o en cualquier intervención escrita u oral que pueda recordarse. La opción no fue arbitraria al menos por dos razones: el gesto narrativo es uno de los privilegiados entre las formas de expresión verbales a través del cual es posible procesar la experiencia humana para comprenderla, dar cuenta de la misma desde tramas que instauran órdenes, ya para reforzar la tradición de una coherencia, ya para romper con ella. Y es el gesto capital en culturas de base oral como la paraguaya, también por su funcionalidad: concentrar cierta cantidad de saber en una manifestación relativamente extensa que resulte perdurable. En relación, para Roa la novela fue el ámbito privilegiado desde donde intervenir e incidir políticamente a través de la producción de conocimiento y pensamiento crítico, por lo señalado y por esa marca que la distingue, constituyéndola en uno de los mejores lugares desde donde enunciar. Me refiero a la entropía o mecanismo que permite comunicar lo más posible, suerte de puesta en escena de la desconfianza, la incertidumbre, la sospecha, instauradoras de una resonancia que se percibe infinita y empieza, es claro, por los propios materiales, por el lenguaje mismo. Entonces, porque la novela le resultó uno de los instrumentos convenientes de debate y percepción dado su carácter de metáfora-puente entre mundos y saberes a que aludiera Steiner, una posibilidad aprovechada de modo obsesivo desde Yo, el Supremo (1974) en adelante. Por ello, para quienes intentamos reflexionar sobre Latinoamérica tomando la literatura como fuente primaria resulta difícil un desprendimiento del “archivo” Roa. Desde Hijo de hombre (1959) a Contravida (1995) , cada una de sus novelas interpela, abriendo al afán por construir ese lugar desde donde enunciar a que me referí, el cual compromete una procedencia, un espacio cultural en continuo asedio y construcción (lo latinoamericano en cuyo trasfondo siempre está lo paraguayo) y obviamente, una acción durativa, capaz de reorientarse en cada intento. El examen del poder y la violencia, de las contradicciones y los conflictos que marcan nuestra historia, la constitución de las naciones latinoamericanas, la revisión de fronteras (territoriales, genéricas, lingüísticas, epistemológicas) y la consiguiente lectura de formaciones posnacionales o de paradigmas que interpretan procesos de interacción, imágenes y mecanismos de remodelación de las culturas, el exilio y la instauración de redes, la tensión global-local -entendido esto último como nacional-regional-, la producción de subjetividades plurales, la relación historia-ficción, los problemas que atienden a una de sus mayores preocupaciones -la escritura-y a la lectura como el principio formador o sus teorizaciones sobre el signo son pocos ejemplos por los que las novelas de Roa se alzan como poderosas máquinas de narrar. Y si reivindican el discurso literario como el lugar donde todo se somete a la ley de la palabra, son a su vez inmejorables objetos epistémicos por sus puestas en “crisis” (entendida como separación mediante la reflexión). Porque las novelas de Roa siempre permiten explorar narrativas “organizadoras”, desacralizan hegemonías objetivamente establecidas, deconstruyen categorías, presuposiciones y modalidades estrictas de percepción e inscriben lo intranquilizador, un efecto de precariedad o no fijación como ausencia de control. Y porque son lugares donde indefectiblemente se traza el horizonte de América Latina en continua expansión, disputándose y negociándose a través de los siglos. Este breve recordatorio pretende subrayar el rebosamiento de lo estético en beneficio de una indagación ética y aspira a reparar precisamente en la ética de este escritor quien, como deseara Bourdieu, intentó hacerse y hacernos entender a través de relatos, sosteniendo firmemente sus convicciones democráticas a largo de una vida, enseñanza suprema de Augusto Roa Bastos que se hará presente en cada lectura de cada uno de esos relatos o actos generadores que, en la posibilidad de constitución de una pertenencia, volverán a constituirlo cada vez, para siempre. e-l@tina Revista Electrónica de Estudios Latinoamericanos |
Pero Yo el Supremo
es mucho más que una novela histórica, que una novela de la dictadura, o
que una novela de denuncia política.
El lenguaje, la comunicación, la escritura, la dificultad de acceder a la
verdad de los hechos y de comunicarla impregnan sus páginas con similar
intensidad. Como lo apreciábamos en nuestro "Prólogo" de la edición de Biblioteca
Ayacucho publicada en 1986, [l]a lucha por el poder no se da sólo en el
terreno político, sino también en el semiótico. El conflicto entre lo hegemónico
y lo insurreccional, entre el centro y la periferia […] no es sólo una batalla
por el control del Estado, sino que se produce también entre las diversas
voces y espacios textuales que pretenden monopolizar el sentido del texto
novelesco total.
En otras palabras,
la novela no sólo exhibe un combate por el poder autoritario, sino también
por el poder autorial […] esta obra elude la unidimensionalidad de relatar
un acontecimiento ficticio para presentarse como perpetuum mobile, como
movimiento permanente de textos que se desdoblan, dialogan, se invierten,
se contraponen […], confrontación intertextual que será, en definitiva […]
el principal agente portador de la significación.2 Por eso, como lo apreció
tempranamente Ángel Rama al calificarla de "inclasificable libro"3, Yo el
Supremo es mucho más que una novela de la dictadura. Es un complejísimo
experimento de intertextualidad y metaficción y también una exploración
insomne de la difuminada frontera entre historia y novela, del arquetipo
del doble (YO / ÉL) y sus repercusiones míticas, psicológicas y estéticas,
así como de los límites de la escritura y sus encuentros y desencuentros
con la oralidad popular. Son estas otras vertientes de la excelsa construcción
novelística de Roa en Yo el Supremo las que mejor se conectan con el resto
de su obra, para mostrar la consistencia de su producción ficcional (también
ensayística, dramatúrgica y poética), a menudo centrada en la (im)posibilidad
de captar la realidad y de expresarla a través de la voz y la escritura:
eso que hemos llamado el dolor de la significación.
Como un tenaz intento de responder a ese llamado, Roa Bastos vivió su dedicación
a la escritura ficcional justamente como una pasión, en el sentido evangélico
de la palabra, como la obsesiva misión de un santo laico. Es la afiebrada
y tenaz búsqueda de un logro escriturario ideal, utópico como el aludido
en nuestro epígrafe, que se sabe esquivo, elusivo, inasible, pero que se
persigue sin embargo sin cejar, con la insistencia de quien pone en ello
el íntegro sentido de la vida. No otro es el empeño pertinaz de algunos
de sus personajes, tanto en sus mejores cuentos ("Moriencia", "Bajo el puente",
"Nonato", "Él y el otro", "Contar un cuento", "Lucha hasta el alba") como
en varias de sus novelas desde Hijo de hombre (en ambas versiones de 1960
y 1983) hasta El fiscal (1993) y Contravida (1995), en una en una consistente
trayectoria literaria donde el narrador asume en carne propia lo que sus
personajes viven en la ficción.
Y uno de los escenarios donde se dio con mayor insistencia la persecución de ese ideal utópico fue el intento de oralizar la escritura, de "hacer sonar" la lengua escrita con las cadencias de la lengua popular, tan propio del proyecto transculturador que compartió con altas figuras de las letras latinoamericanas como Juan Rulfo, José María Arguedas o Joao Guimaraes Rosa. En un revelador ensayo titulado " Una cultura ora l" , expresa este particular sufrimiento, o dolor de la significación, con las siguientes palabras: De lo que se trata finalmente es [...] de intentar establecer creativamente en los textos literarios escritos en castellano y en guaraní un movimiento de genuina intercomunicación: hacer pasar a la escritura naturalmente, sin forcejeos artificiales y retóricos, la entonación de la oralidad.
Esto supone una tarea creativa de resemantización del guaraní, no la restauración de una hipotética pureza de la lengua vernácula, que es también una abstracción idealista. [...] Para los escritores que escriben en castellano, se plantea la misma necesidad de hacer "pasar a la escritura" la entonación oral y coloquial del otro hemisferio vivo pero en constante deterioro que es el guaraní popular paraguayo.4 Es también este dolor de la significación el que hace que el complejo protagonista de Yo el Supremo sea un ser dividido entre su apariencia y coraza dictatorial y su lacerada, subversiva y encerrada conciencia interior: "El YO sólo se manifiesta a través de Él." De manera similar, en Hijo de hombre se proyecta el contraste entre los llamados "cristos paraguayos", en especial el viejo Macario, memoria, conciencia y voz popular, frágil portador de una sabiduría tradicional de fuente guaraní, y el protagonista Miguel Vera, también de origen campesino, pero educado en la ciudad, oficial del ejército y escritor de un diario. Incapaz de reintegrarse del todo a su cultura original, debe cargar de por vida con el estigma y la culpa de una supuesta traición a sus orígenes.
Por lo que nos
muestran varias de sus novelas posteriores, como El Fiscal y sobre todo
Contravida, la más lograda de sus varias novelas de la última década, Roa
Bastos comparte en buena medida este difícil destino de exiliado cultural
que no cesa de trabajar para reintegrarse a sus fuentes populares, del escritor
que lucha por lograr la utopía rulfiana de "escribir como se habla", de
escuchar atentamente y dejarse impregnar, antes de escribir, por el texto
oral constituyente de la tradición popular. Don Augusto dio esa batalla
con humildad, perseverancia y rigor y así lo expresa [...] en mi oficio
de escritor de ficciones, he experimentado siempre, vivencialmente, la presencia
crepuscular de ese texto primero, audible más que legible, que remonta del
hemisferio subyacente del guaraní, y he sentido la necesidad de incorporarlo
y trasfundirlo en los textos escritos en castellano; integrarlo en la escritura,
si no en su materialidad fonética y lexical, al menos en su riqueza semántica,
en sus reverberaciones significativas; en su radiación mítica y metafórica;
en sus modulaciones que hablan musicalmente de la naturaleza, de la vida
y del mundo.5
Esa inserción en lo popular fue mucho más allá de la escritura; llegó a
ser un proyecto de vida. Durante sus últimos años, cuando finalmente le
había sido posible volver a Paraguay, también cuando el resplandor de la
celebridad había amainado en algún punto, don Augusto disfrutó de volver
a interactuar con la gente más sencilla, dio generoso apoyo y orientación
a organizaciones juveniles y populares, fomentó y financió un proyecto de
alfabetización popular, ayudó, en fin, desinteresadamente a muchos compatriotas
que aprendieron a apreciarlo sin conocer plenamente la dimensión internacional
como escritor de su renombre, hasta tal vez sin haber leído ninguna de sus
obras.
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Por eso, según
el testimonio de Mirta Roa, hija del escritor que desde hace años vive en
Caracas, al conocerse la noticia de su muerte, no pocos centenares de paraguayos,
de todas las esferas, pero sobre todo del pueblo llano, desfilaron ante
sus restos en un silencioso y elocuente homenaje que durante tres días,
frente a la Plaza de la República, hizo realidad el opuesto simétricamente
perfecto de la condena que según el famoso pasquín paródico que ocupa la
primera página de Yo el Supremo se autoinflinge el protagonista dictador6.
Se daba cumplimiento así también a algunas de las enseñanzas orales del
sabio Macario de Hijo de hombre, quien explica a los muchachos del pueblo
lo que perdura más allá de la muerte: "Porq ue el hom b re, m is hijos,
[…] t iene dos nacim ientos. Uno a l nacer, otro a l morir... Muere pero
queda vivo en los otros, si ha sido cabal con el prójimo. Y si sabe olvidarse
en vida de sí mismo, la tierra come su cuerpo, pero no su recuerdo..."7.
NOTAS: 1. "El escritor es un productor de mentiras (diálogo con Augusto
Roa Bastos) Actualidades (Caracas, Celarg) 1980-1982) 6: 35-45.
2. Carlos Pacheco: "Prólogo" a Yo el Supremo, Caracas, Biblioteca Ayacucho,
1986: XVII-XVIII.
3. Ángel Rama: "El dictador letrado de la revolución nacional latinoamericana",
Revista de Literatura Hispanoamericana (Maracaibo, Universidad del Zulia),
8, 1975.
4. Augusto Roa Bastos: "Una cultura oral". Hispamérica (Maryland) XVI, 4647
1987: 103-104.
5. Augusto Roa Bastos: "Una cultura oral. Loc. cit. p. 110.
6. "Yo, el Supremo Dictador de la República. / Ordeno que al acaecer mi
muerte mi cadáver sea decapitado; la cabeza puesta en una pica por tres
días en la Plaza de la República donde se convocará al pueblo al son de
las campanas echadas a vuelo. / Todos mis servidores civiles y militares
sufrirán pena de horca. Sus cadáveres serán enterrados en potreros de extramuros
sin cruz ni marca que memore sus nombres. / Al término del dicho plazo,
mando que mis restos sean quemados y las cenizas arrojadas al río…" Yo el
Supremo, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1986: 3.
7. Hijo de hombre (segunda versión). Asunción, El Lector. 19
Fuente: Revista de crítica literaria latinoamericana. Año XXXI, Nº 61. Lima-Hanover, 1er. Semestre de 2005, pp. 219-223
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Lucha hasta el alba
Y quedóse Jacob solo, y luchó con él una Persona hasta que rayaba el
alba.
(Génesis, 32, 24)
Tendido en el
camastro boca abajo, el muchacho oyó la tos seca del padre, el soplido para
apagar la lámpara. Esperó aún un buen rato hasta que la noche se metiera
bien adentro en la casa. Siempre era posible que el hermano mellizo acechara
despierto en el cuarto contiguo. Cuando el silencio dejó oír el suave retumbo
del río en las barrancas, el muchacho se inclinó y sacó el envoltorio escondido.
Los verdugones del castigo de la tarde le escocieron de nuevo hasta el hueso;
en las rodillas, las punzadas de los maíces sobre los cuales el padre le
mandó hincarse durante horas, como de costumbre. "¡Ahí lo tienen al futuro
tirano del Paraguay! ¡Rebelde ahora, déspota después!... ¡A vergajazos voy
a enderezar a este cachorro del maldito KaraíGuasú. La madre, tratando
de aplacarlo: "¡No lo castigues así, Pedro! ¡Lo vas a resabiar!..." Desde
el patio el velludo mellizo le sacaba la lengua; las morisquetas de burla
aumentaron su humillación, formaban parte del castigo. Sus brazos en cruz
le pesaban cada vez más. Cuando se quedó solo los dobló y entrelazó los
dedos sobre la nuca. Se sentía hecho una criba. Su rabia le llenaba la boca
de saliva amarga, le hacía bombear salvajemente el corazón entre los huesos.
Abrió el envoltorio con mucho cuidado, no fueran a crujir los papeles viejos.
El frasco brilló entre sus manos con tenue fosforescencia. lo agitó soplando
varias veces en la boca de¡ frasco. Los puntitos que titilaban adentro con
luz verdosa se avivaron un poco; una luz más débil que el halo de la luna
menguante sobre las hojas de los guayabos. Pero alcanzó a ver borrosa la
silueta de su mano, las falanges crispadas sobre el vidrio.
Han muerto muchos de ayer a hoy -murmuró-. Tendré que poner más lámpiros.
Es difícil escribir con tantos gusanos muertos. Esaú empieza a sospechar.
Me sigue a escondidas cuando por las noches voy al campo a cazar muãs. Me
ha preguntado si pienso tejer cinturones luminosos para las Wõro que danzan
desnudas en los cañadones del bosque pidiendo a la ¡una que llueva, como
cuenta mamá que pasa en una tribu de indios, en los desiertos del Chaco.
"¿Son mujeres de verdad?", pregunta Esaú. "Son mujerespóra" -dice mamá-.
"Son las deidades silvestres de los indios. Pero ellos son de otra manera.
la verdad no se sabe..." Cuando Esaú va al monte a cazar encuentra los cinturones
de muãs que yo dejo colgados en las ramas de los árboles. Los toca y los
huele. Mete la cabeza entre las piernas y grita como un enano insultando
a las Wõro. Después voltea a hondazos una mortandad de tapitíes y palomas
de monte y los trae de regalo a papá que mucho aprecia lo que hace Esaú
con fina voluntad. Yo veo y me callo. La verdad no se ve, digo.
Sopló otra vez por el cuello del frasco. El zumbido de su aliento le sobresaltó.
Lo puso sobre el cajón y tomó el cabo de lápiz. Mojó la punta en la saliva.
Hablaba en voz muy baja para sí mismo, habría sido difícil tal vez seguir
su pensamiento sin apuntalarlo con ese susurro.
-Tal vez sea más fácil ser Jacob que escribir sobre Jacob, y mamá que me
pregunta por que quiero ser como Jacob. Yo cierro fuerte la boca para no
contestar. Mamá entonces me toma la cabeza entre las manos y mirándome en
los ojos como ella sabe hacerlo me dice que cada uno es lo que es y que
no arrienda compararse con los otros. Pero quién sabe lo que uno es. ¡Uno
de tantos entre tantas cosas! Yo no sé si soy joven o viejo, o las dos cosas
al mismo tiempo. En los cuadernos de papá, de cuando era todavía seminarista,
leí: "Mi infancia murió hace ya mucho tiempo, y yo aún vivo..." Y cuando
abuelo José murió, papá escribió sobre su tumba: "Entregó su espíritu en
las manos de Dios. Le devolvió su vida en buena vejez, anciano y lleno de
días."
Volvió a agitar el frasco. - Son como pescados muertos -dijo-, pero el vientre
todavía les brilla en el aire viciado. Hay que echar los muertos y poner
lámpiros vivos todos los días. Me acuerdo de la noche cuando se metió un
muã dentro de una botella, en el patio, y me dio la idea de una lámpara
que no fuera como las otras y que alumbrara con otra luz, la luz de los
bichos que alumbran el aire de la noche.
La mano del muchacho siguió escribiendo en el rotoso cuaderno, a la luz
del tenue reverbero.
-Papá no es hombre malo, pero me cree malo a mí. Él sabe que su infancia
murió hace tiempo, pero no sabe que yo soy más viejo que él. Capaz que por
eso me pega con esa correa doble, que él usa para asentar el filo de su
navaja. Pero no pega nunca a Esaú. Mamá me dice que es porque mi hermano
es contrahecho y tiene la cabeza un poco desvariada. Papá me pega cuando
cree que hago algo malo. Pero yo sé que no es malo zambullirme en el río
con los otros muchachos M pueblo para buscar el cuerpo del pasero ahogado
en el remanso, enredado entre los raigones M fondo bajo los flotadores de
la balsa ' Esaú contó que yo salí echando sangre por la nariz y por la boca,
abrazado al cadáver del viejo. Eso no es cierto. Yo encontré el cadáver
bajo la balsa pero no me animé a tocarlo. Me miraba fijo debajo M agua como
riéndose con una mueca. Vi los huesos ganchudos de las manos ya comidas
por las pirañas. Lo sacaron los otros muchachos. Pero aunque lo hubiese
sacado yo, ¿es malo eso? ¿Es pecado tan grande sacar a un ahogado? Por lo
menos para que lo entierren en camposanto.
Suspiró con estremecimiento.
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-Mamá defiende
a papá tratando de explicar que él tiene miedo a que yo también un día me
ahogue en el río, y que lo que él quiere es que volvamos a la ciudad para
sacar de nosotros dos hombres útiles y sabedores y respetados. Pero los
castigos no son solamente por culpa M río. La otra vez fue la llave que
perdió Esaú en la chacra y no pudimos entrar en la casa. Papá me mandó a
buscarla mucho después que cayó la noche y yo tuve que pasar corriendo con
los ojos cerrados y los oídos tapados sobre el empalado del puente donde
dicen que tiene su guarida el fantasma del Descabezado. Estos castigos son
los que más duelen y me pueden desvariar la cabeza a mí también, si es que
no la tengo ya desvariada. El miedo es la cosa más mala que puede caerle
a un cristiano. Y lo que yo siento es que papá tiene miedo a otra cosa que
él mismo no entiende qué es. Hace ya mucho tiempo que es mensual de la fábrica
y sabe que de aquí no podrá salir, como salió M seminario, de los obrajes,
de los Verba les. Hay lugares de donde no se puede salir. Y este lugar de
Manorã, en Iturbe del Guaira, es uno de ellos. La gente se muere aquí como
los muãs en el frasco cuando ya no pueden echar más luz de su vientre, digo
cuando la vida se les apaga en la fábrica o en los cañaverales. Papá no
es hombre malo y yo diría que es el más bueno si no fuera por ese miedo
que tiene a lo que no sabe y no en tiende, o tal vez lo sabe tan bien que
ya lo olvidó...
El muchacho escribía con apuro, pero las letras gordas de escuelero le salían
lentas y difíciles. Se quedaban atrás de lo que él procuraba decir y escribir.
Las borraba cada tanto con trazos temblorosos que a veces rasgaban el papel.
El frasco se iba apagando poco a poco.
- Cuando leo en la Biblia ese hecho que hizo Jacob, yo encuentro que es
de otra manera, no como cuando mamá nos lee o nos cuenta los mismos hechos.
Igual que cuando a papá estuvieron por matarlo los revolucionarios porque
no quiso decir dónde estaban las armas de la policía de la fábrica. Toda
la noche entre si lo mataban o no lo mataban, y que dónde están las armas,
y los golpes y los insultos, y los tiros junto a su cabeza quemándole los
cabellos y hasta uno de esos tiros arrancándole un pedazo de oreja. Todo
esto justo hasta el alba cuando llegó al galope un jinete de la montonera
y gritó a los que tenían atado a papa con trozos de alambre: "¡No, a ése
no lo maten ya! ¡Encontramos las armas escondidas en las calderas de la
fábrica!..." Y así papá se salvó de los fusiles y los machetes de la pueblada.
Mamá no quiere acordarse de esas malas memorias. Se le humedecen los ojos
y se queda callada. Me pasa la mano sobre la cicatriz que tengo en la cabeza
y que me dejó ahí una pedrada de Esaú. Mi hermano Esaú de¡ que nunca puedo
separarme como si él siguiera teniendo trabada su mano a mi calcañar desde
que nacimos juntos. Eso dice mama cuando cuenta que Esaú es el mayor porque
nació último y que su alma está derramada en mí como la mía está derramada
en él. Pero yo no quiero un alma así, tan de dos sin ser de nadie y que
sin ser nada y al mismo tiempo doble da a uno solo tanta aflicción...
Ya no vio la forma de su mano. Se puso el lápiz entre los dientes. Empezó
a envolver el frasco con el mismo cuidado del comienzo. El viento que las
Siete Cabrillas suelen soltar hacia la medianoche, había apagado el retumbo
del río. El muchacho sintió el peso enorme de la noche amontonada en el
cuarto. tomó el frasco a tientas, abrió la puerta y salió sin hacer ruido.
la noche hedía a los charcos de agua estancada, al guarapo fermentado en
los canales de desagüe del ingenio. Arrojó el frasco al río desde lo alto
de la barranca. Oyó el ruido del choque en el agua. Se estuvo un rato inmóvil.
Luego siguió andando en la oscuridad, de cara al olor lejano de los cañaverales.
Sintió que la frente le ardía en relente.
Caminó sin detenerse una sola vez. Su paso firme parecía olvidar todo otro
rumbo que no fuera ése. Por atajos y desvíos que conocía bien llegó al cruce
de los dos caminos que, en la historia de Jacob, en la Biblia se llama Manhanaim
y en la tierra de Manorã, TapeMokõi. Algo o alguien le salto por detrás
clavándole uñas como garras en la nuca. El muchacho giró y comenzó a luchar
contra su invisible adversario con toda la furia y la tristeza que llevaba
adentro, con un ansia mortal de destruirlo. Luchó cada vez con más fuerza
logrando que todo el peso de la noche entrara en su brazo. Sintió que ese
esfuerzo desbarataba los malos recuerdos; sintió que los arrojaba de sí
en los espumarajos que echaba por la nariz y por la boca. Sintió que sudaba
sangre y que este sudor lo purificaba, que lo volvía más liviano, sin peso
ninguno.
Pero que todavía estaba vivo y que sólo vivía para triunfar en esa lucha
con el Desconocido. Como éste notó que no podía contra él, puso su puño
forzando la palma del anca del muchacho y le descoyuntó el muslo. Pero el
muchacho no cejaba y arremetía con creciente encarnizamiento. La voz dijo:
-¡Déjame, que el alba sube!" Y el muchacho gritó fuerte, no como un ruego
sino como una orden: "¡No te dejaré si no me bendices!" La voz dijo: "¡No
puedo bendecirte porque estás maldito para siempre!..."
El
muchacho siguió luchando ciegamente, hasta que se dio cuenta de que había
estrangulado a su adversario; su cuerpo permanecía abrazado a él, pero ya
inerte y sin vida. El muchacho se sacudió y lo dejó caer. Su pie tropezó
con una piedra. la levantó y contempló entonces la cabeza separada del tronco.
Y en esa cabeza descubrió el rostro de filudo perfil de ave de rapiña del
KaraiGuasú, tal como lo mostraban los grabados de la época. Pero también
vio en la cabeza muerta el rostro de su padre. Dudó un instante como en
el centro de una alucinación o de una pesadilla. Pero la palma del anca
descoyuntada le mostró que si era un sueño se trataba de un sueño de otra
especie. El día claro le mostró dos paisajes superpuestos, dos tierras,
dos tiempos, dos vidas, dos muertes.
... Yo también, como Jacob, vi a Dios cara a cara y fue liberada mi alma...
Pero esa voz no era la suya, ni la de su madre, ni la de las Escrituras,
ni la voz que había entrado muchas noches en su vigilia cuando al resplandor
fosfórico de las luciérnagas ese - ' bía a su manera la historia de Jacob.
Sintió en lo hondo de sí que todo eso era falso. Un sueño. Pero que esa
falsedad, ese sueño, eran la única verdad que le estaba permitida.
El sol, el rescoldo neblinoso de un sol que no se veía quemaba todo el cielo
y borroneaba el día en una tiniebla blanca. El muchacho continuó su camino
rengueando del anca descoyuntada. Llevaba la cabeza sanguinolenta bajo el
brazo. El fuego blanco del sol la iba despellejando por instantes. Pronto
quedó el cráneo calcinado, arrugado, cada vez más pequeño. El muchacho no
se dio cuenta de ello entre las reverberaciones y el polvo que subían del
camino, ni de que sus propios cabellos le habían crecido hasta los hombros
y habían tomado el color de la ceniza.
Se dirigió hacia el pueblecito de Nazareth. Llegó a casa del rabino Zacarías
que no lo reconoció y lo tomó por un mendigo. El muchacho Jacob le tendió
las manos sin ver que en ellas no había ningún cráneo.
-¡Es de una persona importante de Phanuel! dijo-. Se lo vendo por poco dinero...
El rabino Zacarías no entendió lo que el otro le dijo. Salvo la palabra
Phanuel, el nombre hebreo que quiere decir: elquehavistolafazdeDios.
Le sorprendió que un muchacho campesino de Manorá pudiese conocer el nombre
y pronunciarlo con acento arcaico. Se lo hizo repetir. El muchacho Jacob
volvió a decir claramente:
-¡Phanuel!
El rabino Zacarías retrocedió. Su voz se volvió dura:
- ¡Deja en paz lo que no entiendes y es sagrado! El hombre malo, el hombre
depravado anda en perversidad de boca. Y tú no eres el suplantador que estará
en lugar de aquel hombre santo. Anda y trabaja los campos y siembra y cosecha.
El muchacho Jacob inclinó la cabeza. De entre los cabellos encanecidos cayeron
sobre sus pies gotas de sudor o de lágrimas.
-Vete -le dijo el rabino, y cerró la puerta después de arrojarle unas monedas.
La noche había caído de nuevo. La silueta que rengueaba entró en un rancho
de expendio de bebidas, que brillaba con resplandor calcáreo a la luz de
la luna, en un recodo del camino. Pidió al bolichero con voz ronca apenas
audible una botella de aguardiente y dejó caer las monedas sobre las tablas.
Bebió a sorbos largos apretando la boca ansiosamente contra el gollete,
sin unapausa, sin un respiro, como si ya no tuviera aire adentro. Se retiró
bamboleándose hacia un rincón del rancho, y se tendió en lo oscuro poniéndose
el anca descoyuntada como cabeza.
Entraron dos hombres del lugar y también se pusieron a beber. De pronto
uno de ellos se fijó en el que yacía en la sombra, y dirigiéndose al patrón,
le preguntó con un guiño de picardía:
-¿No es ése el hijo de don Pedro, el de la azucarera?
El patrón asintió encogiéndose de hombros.
-Los muchachos de ahora pronto empiezan a darle al trago -dijo el que había
hablado-. Pero el padre le va a sacar el vicio a latigazos. Don Pedro no
se anda con vueltas.
El segundo hombre se aproximó, husmeó la sombra y removió el cuerpo yacente,
-A éste no le puede pasar ya nada -dijo moviendo la cabeza.
-¿Qué quieres decir? -preguntó el posadero.
El hombre regresó al mostrador, bebióse de un trago la media caña. Después
dijo con la voz opaca:
- Ése ya huele a muerto.
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Chepé Bolívar
¡Ah Chepé Bolívar! ¡Cómo no me voy a acordar de él! dijo la mujer sentada
a mi lado en el camión de carga . Alto, flaco, patas de pájaro. Siempre
emponchado, en invierno y verano, por esas llagas que no se le curaban
nunca. De noche, cuando había luna, se encasquetaba un sombrerón y encima,
para más seguridad, se cubría con una sombrilla. Salía a caminar por
ahí, asustando a la gente. ¡Cómo no me voy a acordar de Chepé Bolívar,
el telegrafista de Manorá!
El olor de antes iba entrando en mi somnolencia cuando el mixto empezó
a traquetear por el camino de tierra del pueblo. La presencia de Chepé
Bolívar se iba formando en la voz de falsete de la vieja entre las jaulas
de las gallinas, las bolsas de naranjas y los fardos de tabaco.
En eso de la soledad de Chepé, la vieja monoreña no mentía. Lo veo aún,
desnudo, las ronchas untadas con grasa de lagarto, encerrado en su rancho,
trabajando la madera de su caja a la luz de una vela. Y la imagen borrosa
se juntaba sin mezclarse con la voz de la vieja, asordinada por el cigarro.
Lejos se oían en la noche los golpes de la azuelita y del formón sobre
el tronco del árbol. "¡Ya está telegrafiando otra vez Chepé!", se decía
en el pueblo cuando escuchábamos ese picoteo enterrado de pájaro carpintero.
Todo mezcladamente, la realidad con las realidades.
El mixto hendía con sus faros la noche polvorienta. La voz de la vieja
chirriaba de tanto en tanto, cercana o lejana, según los golpes de viento.
Chepé murió cuando llegaron las tropas del gobierno, el año de la creciente
grande, en la revolución del 47.
No murió de bala dije por decir cualquier cosa.
Hubo quien dijo que del susto de la balacera y hubo quien dijo que de
una bala perdida replicó la revendedora . Pero no es verdad. Cada uno
muere a su manera y nunca en la víspera del día señalado. Tiene razón
usted. Chepé murió en su momento de hora. Había estado esperando su
muerte demasiado tiempo. Veinte años le llevó labrar ese cajón de palosanto
en que lo enterramos.
El Chepé de la vieja y el Chepé de mi infancia, cabedores en una misma
memoria, no eran los mismos. Y estaba el otro Chepé, el que había querido
ser otro para cumplir más fielmente su propio destino. Pájaro de un
solo vuelo entre dos cielos.
Lo cierto es que en los días de su vida no había hombre en todo Manorá
del Guairá que conociera mejor que Chepé la historia de Simón Bolívar
y las guerras de la Independencia. Mejor dicho, era el único que la
sabía en aquel poblacho perdido entre ríos, selvas y montes, y probablemente
el único entre los campesinos del Paraguay entero, sin excluir a los
letrados de la ciudad. Al menos, Chepé era el único que había aprendido
la historia de esa manera. Acabó transformándola en algo tan suyo como
sus sueños y su sangre: una obsesión desmemoriada de todo otro recuerdo
que fuese la visión de ese tumulto poblado de imágenes, de fragor, en
cuyo centro se erguía la figura del Libertador.
Chepé hablaba de Caracas nombrándola a veces Mba'evera guasu, la Ciudad
Resplandeciente del viejo mito de El Dorado. Poseer tal ciudad en ese
villorrio de ranchos y cañaverales no era, decía Chepé, "mascar tabaco
ajeno". En el ruinoso cobertizo de la estación del ferrocarril, en la
plaza, en el atrio; en los caminos, contaba, temático, a quien la quisiese
oír, la historia de esas luchas. Ante los ojos incrédulos o deslumbrados
ponía el resplandor de Caracas de donde habían salido los ejércitos
de Bolívar para liberar a otros pueblos. "Nosotros no tuvimos esa suerte
murmuraba bajo el sombrero de paja apretándose la cucarda que sostenía
el doblez del ala . Atravesando miles y miles de leguas, el Gran Capitán
quiso venir a liberar también al Paraguay, pero los porteños le cerraron
el paso..."
Para los más Chepé era un loco, el loco hablador del fierrito de la
estación. Impasible y alucinado continuaba contando esa historia con
nombres extraños y familiares. Para él, los hombres eran imágenes y
las imágenes las únicas cosas verdaderas en su revelación originaria.
"La verdad, decía, no hace ruido y sólo tiene caras muy escondidas".
Todo comenzó con los latidos eléctricos del telégrafo. Alguien, algún
estudiantillo de Asunción, empleado en el turno de noche, encontró la
manera de memorizar sus lecciones de historia o de divertirse con ellas
transmitiéndolas a ese colega semianalfabeto de Manorá con la palanquita
del morse.
A lo largo de noches y noches el repiqueteo metió en el alma, en la
mente simple del telegrafista la historia sin tiempo ni fronteras, que
por ser de todos y de ninguno tan suya era y a la vez tan ajena.
Cipriano Ovelar sintió la coacción del decoro. Sin salir de Manorá se
fue a vivir a Caracas. Sintió que la sangre del Libertador corría por
sus venas. Sintió que era otro y que otro debía ser su nombre. Desde
entonces Chepé Ovelar se llamó Chepé Bolívar. Lo sintió como el único
nombre digno de su obsesión; el único que expresaba lo verdadero y mejor
de su inútil vida. Si lo llamaban con el nombre abolido permanecía en
silencio. Vivo no lo sacarían de allí.
A lo largo de noches y años y noches, Chepé Bolívar transmitió incansable,
a su turno, a otros pájaros insomnes como él posados en la barrita de
bronce, la historia del largo y desvelado sueño de los oprimidos. El
sueño que suda sangre en los vivos y en los muertos subía lentamente
en las palabras sonámbulas de Chepé. El maestro de música Salustro hacía
estallar a veces en los oídos sordos de Chepé dos o tres notas roncas
de su viejo trombón. "¡Ya voy!...", decía Chepé, visionario, encarando
la luz fuerte que llenaba el día antes del día.
En la revuelta agraria del año 12, Chepé Bolívar se unió a las montoneras
del Guairá, en el sur del Paraguay. Cayó prisionero y los regulares
estuvieron a punto de fusilarlo porque se negó a transmitir una noticia
falsa, la treta diabólica que hizo caer en una emboscada al grueso de
las tropas campesinas.
Chepé contaba que lo habían fusilado entonces. Lo que era una manera
de decir la verdad. Desde la derrota del levantamiento agrario él estaba
muerto en la más humana forma del morir. "Yo ya no existo...", decía
ciego y lejano, hueso y piel bajo los guiñapos de su blusa. Hasta las
llagas se le habían muerto, borrado, sanado. Si le quedaba alguna cicatriz,
él todo entero era esa sola cicatriz. Costra de la nada. Silencio. Mudez.
Nada más y todo eso. Seguiría contemplando en lo hondo el amado resplandor.
Y lo que él no vio pero algunos veían en los días de neblina era el
águila oscura posada en la cumbrera del rancho de Chepé.
¡Ah pícaro viejo! murmuró la vieja manoreña . Se daba maña para encontrar
lo que no buscaba. Para los pobres la dicha está siempre en otra parte...
En el tiempo sin tiempo de Chepé, la cuenta era simple. Después de los
diez años de prisión por "desacato militar y propaganda subversiva a
través del sistema de comunicaciones del Estado", Chepé regresó a Manorá,
ahora sí lejanísimo y espectral.
Más de treinta años sobrevivió a su muerte, encerrado en su rancho,
mientras su sombra vagaba recorriendo en peregrinación la ruta de Bolívar
por medio continente.
Hay un momento en que el Libertador, viudo de la gloria, huye de Caracas
entre los retratos rotos y la indiferencia que alfombran su paso hacia
el destierro. En una esquina de la Plaza Mayor, semiescondido entre
los soportales, Chepé lo contempla pasar. Se adelanta hacia el fugitivo,
sacándose el sombrero. "¡Vamos al Paraguay, mi General!... dijo Chepé
que le dijo a su tocayo en desgracia . Allá usted tiene todavía mucho
que hacer..." Las telitas de las cataratas temblaban húmedas sacudidas
por el vendaval que le salía de adentro.
Durante veinte años refluyó la voz de la vieja en el mixto Chepé labró
la madera de su caja. Al final nos olvidamos de él. Cuando llegaron
las tropas del gobierno y atacaron el pueblo, Chepé se nos murió así
no más de golpe. Por algún agujero se le escapó el ánima...
La mujer guardó silencio por un largo instante. La primera luz empezó
a teñir el polvo. El rostro arrugado se volvió hacia mí.
Ya estamos llegando dijo . Usted no es de estos lugares, creo, me parece.
No mentí sin remordimiento.
¿Qué viene a hacer a Manorá? Digo..., si se puede saber.
Nada me oí decir entre dientes.
Ah bueno dijo la vieja . La nada es buena como remedio. Eso fue lo que
Chepé tomó a lo último. Al cristiano le cuesta a veces morir. Por falta
de costumbre, digo yo. Cuando llegaron las tropas del gobierno y atacaron
el pueblo por todos lados, alguien vino a decir que Chepé estaba acostado
en su caja, muerto. En esa caja lo enterramos. Pero no en el cementerio.
El acompañamiento no pudo atravesar la fusilería que cercaba el pueblo.
Tuvimos que enterrar a Chepé en un potrero. Eso también hay que decirlo
sin ofender. A Chepé mucho el pueblo le quería a pesar de todo y por
todo. Un hombre más para nada que él no había en este mundo. Pero valía
por lo que era y sabía mucho sin saber que lo sabía, sin vergüenza de
ser limpio y honrado entre tantos sinvergüenzas. Su vicio era la esperanza
del pobre que es querer el todo para todos. Y Chepé era capaz de encoger
hasta su sombra para no estorbar a nadie. Eso fue Chepé, y un poco más
y un poco menos. En un potrero lo enterramos bajo la lluvia, el viento
y las balas. Cada uno dejó su ramo de flor sobre el estiércol y el barro.
Ninguno faltó al acompañamiento de ese muerto al que muchos, entre los
más viejos, le debíamos la vida.
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La Excavacion
El primer desprendimiento de tierra se produjo a unos tres metros, a
sus espaldas. No le pareció al principio nada alarmante. Sería solamente
una veta blanda del terreno de arriba. Las tinieblas apenas se pusieron
un poco más densas en el angosto agujero por el que únicamente arrastrándose
sobre el vientre un hombre podía avanzar o retroceder. No podía detenerse
ahora. Siguió tvanzando con el plato de hojalata que le servía de perforador.
La creciente humedad que iba impregnando la tosca dura lo alentaba.
La barranca ya no estaría lejos; a lo sumo, unos cuatro o cinco metros,
lo que representaba unos veinticinco días más de trabajo hasta el boquete
liberador sobre el río.
Alternándose en turnos seguidos de cuatro horas, seis presos hacían
avanzar la excavación veinte centímetros diariamente. Hubieran podido
avanzar más rápido, pero la capacidad de trabajo estaba limitada por
la posibilidad de desalojar la tierra en el tacho de desperdicios sin
que fuera notada. Se habían abstenido de orinar en la lata que entraba
y salía dos veces al día. Lo hacían en los rincones de la celda húmeda
y agrietada, con lo que si bien aumentaban el hedor siniestro de la
reclusión, ganaban también unos cuantos centímetros más de "bodega"
para el contrabando de la tierra excavada.
La guerra. civil había concluido seis meses atrás. La perforación del
túnel duraba cuatro. Entre tanto, habían fallecido, por diversas causas,
no del todo apacibles, diecisiete de los ochenta y nueve presos políticos
que se hallaban amontonados en esa inhóspita celda, antro, retrete,
ergástula pestilente, donde en tiempos de calma no habían entrado mmca
más de ocho o diez presos comunes.
De los diecisiete presos que habían tenido la estúpida ocurrencia de
morirse, a nueve se habían llevado distintas enfermedades contraídas
antes o después de la prisión; a cuatro, los apremios urgentes de la
cámara de torturas; a dos, la rauda ventosa de la tisis galopante. Otros
dos se habían suicidado abriéndose las venas, uno con la púa de la hebilla
del cinto; el otro, con el plato, cuyo borde afiló en la pared, y que
ahora servía de herramienta para la apertura del túnel.
Esta estadística era la que regía la vida de esos desgraciados. Sus
esperanzas y desalientos. Su congoja callosa, pero aún sensitiva. Su
sed, el hambre, los dolores, el hedor, su odio encendido en la sangre,
en los ojos, como esas mariposas de aceite que a pocos metros de allí
-tal vez solamente un centenar- brillaban en la Catedral delante de
las imágenes.
La única respiración venía por el agujero aún ciego, aún nonato, que
iba creciendo como un hijo en el vientre de esos hombres ansiosos. Por
allí venía el olor puro de la libertad, un soplo fresco y brillante
entre los excrementos. Y allí se tocaba, en una especie de inminencia
trabajada por el vértigo, todo lo que estaba más allá de ese boquete
negro.
Eso era lo que sentían los presos cuando escarbaban la tosca con el
plato de hojalata, en la noche angosta del túnel.
Un nuevo desprendimiento le enterró esta vez las piernas hasta los riñones.
Quiso moverse, encoger las extremidades atrapadas, pero no pudo. De
golpe tuvo exacta conciencia de lo que sucedfa, mientras el dolor crecía
con sordas puntadas en la carne, en los huesos de las piernas enterradas.
No había sido una simple veta reblandecida. Probablemente era una cuña
de tierra, un bloque espeso que llegaba hasta la superficie. Probablemente
todo un cimiento se estaba sumiendo en la falla provocado por el desprendimiento.
No le quedaba otro recurso que cavar hacia adelante con todas sus fuenu,
sin respiro; cavar con el plato, con las uñas, hasta donde pudiese.
Quizá no eran cinco metros los que faltaban, quizá no eran veinticinco
días de zapa los que aún lo separaban del boquete salvador de la barranca
del río. Quizá eran menos, sólo unos cuantos centímetros, unos minutos
más de arañazos profundos. Se convirtió en un topo frenético. Sintió
cada vez más húmeda la tierra. A medida que le iba faltando el aire,
se sentía más animado. Su esperanza crecía con la asfixia Un poco de
barro tibio entre los dedos le hizo prorrumpir en un grito casi feliz.
Pero estaba tan absorto en su emoción, la desesperante tiniebla de túnel
lo envolvía de tal modo, que no podía darse cuenta de que no era la
proximidad del río, de que no eran sus filtraciones las que hacían ese
lodo tibio, sino su propia sangre brotando debajo de las uñas y en las
yemas heridas por la tosca. Ella, la tierra densa e impenetrable, era
ahora la que, en el epílogo del duelo mortal comenzado hacía mucho tiempo,
1a gastaba a él sin fatiga y lo empezaba a comer aún vivo y caliente.
De pronto, pareció alejarse un poco. Manoteó al vacío. Era él quien
se estaba quedando atrás en el aire como piedra que empezaba a estrangularlo.
Procuró avanzar, pero sus piernas ya irremediablemente formaban parte
del bloque que se había desmoronado sobre ellas. Ya ni las sentía. Sólo
sentía la asfixia. Se estaba ahogando en un río sólido y oscuro. Dejó
de moverse, de pugnar inútilmente. La tortura se iba transformando en
una inexplicable delicia. Empezó a recordar.
Recordó aquella otra mina subterránea en la guerra del Chaco, hacía
mucho tiempo. Un tiempo que ahora se le antojaba fabuloso. Lo recordaba,
sin embargo, claramente, con todos los detalles.
En el frente de Gondra, la guerra se había estancado. Hacia seis meses
que paraguayos y bolivianos, empotrados frente a frente en sus inexpugnables
posiciones, cambiaban obstinados tiroteos e insultos. No había más de
cincuenta metros entre unos y otros.
En las pausas de ciertas noches que el melancólico olvido había hecho
de pronto atrozmente memorables, en lugar de metralla canjeaban música
y canciones de sus respectivas tierras.
El altiplano entero, pétreo y desolado, bajaba arrastrado por la quejumbre
de las cuecas; toda una raza hecha de cobre y castigo, desde su plataforma
cósmica bajaba hasta el polvo voraz de las trincheras. Y hasta allí
bajaban desde los grandes ríos, desde los grandes bosques paraguayos,
desde el corazón de su gente también absurda y cruelmente perseguida,
las polcas y guaranias, juntándose, hermanándose con aquel otro aliento
melodioso que subía desde la muerte. Y así sucedía porque era preciso
que gente americana siguiese muriendo, matándose, para que ciertas cosas
se expresaran correctamente en términos de estadística y mercado, de
trueques y expoliaciones correctas, con cifras y números exactos, en
boletines de la rapiña internacional.
Fue en una de esas pausas en que en unión de otros catorce voluntarios,
Perucho Rodi, estudiante de ingeniería, buen hijo, hermano excelente,
hermoso y suave moreno de ojos verdes, había empezado a cavar ese túnel
que debía salir detrás de las posiciones bolivianas con un boquete que
en el momento señalado entraría en erupción como el cráter de un volcán.
En dieciocho días los ochenta metros de la gruesa perforación subterránea
quedaron cubiertos. Y el volcán entró en erupción con lava sólida de
metralla, de granadas, de proyectiles de todos los calibres, hasta arrasar
las posiciones enemigas.
Recordó en la noche azul, sin luna, el extraño silencio que había precedido
a la masacre y también el que lo había seguido, cuando ya todo estaba
terminado. Dos silencios idénticos, sepulcrales, latentes. Entre los
dos, sólo la posición de los astros había producido la mutación de una
breve secuencia. Todo estaba igual. Salvo los restos de esa espantosa
carnicería que a lo sumo había añadido un nuevo detalle apenas perceptible
a la decoración del paisaje nocturno.
Recordó, un segundo antes del ataque, la visión de los enemigos sumidos
en el tranquilo sueño del que no despertarían. Recordó haber elegido
a sus víctimas,
abarcándolas con el girar aún silencioso de su ametralladora. Sobre
todo, a una de ellas: un soldado que se retorcía en el remolino de'una
pesadilla. Tal vez soñaba en ese momento en un túnel idéntico pero inverso
al que les estaba acercando al exterminio. En un pensamiento suficientemente
extenso y flexible, esas distinciones en realidad carecían de importancia.
Era despreciable la circunstancia de que uno fuese el exterminador y
otro la víctima inminente. Pero en ese momento todavía no podía saberlo.
Sólo recordó que había vaciado íntegramente su ametralladora. Recordó
que cuando la automática se le había finalmente recalentado y atascado,
la abandonó y siguió entonces arrojando granadas de mano, hasta que
sus dos brazos se le durmieron a los costados. Lo más extraño de todo
era que, mientras sucedían estas cosas, le habían atravesado recuerdos
de otros hechos, reales y ficticios, que, aparentemente no tenían entre
sí ninguna conexión y acentuaban, en cambio, la sensación de sueño en
que él mismo flotaba. Pensó, por ejemplo, en el escapulario carmesí
de su madre (real); en el inmenso panambí de bronce de la tumba del
poeta Ortiz Guerrero (ficticio); en su hermanita María Isabel, recién
recibida de maestra (real). Estos parpadeos incoherentes de su imaginación
duraron todo el tiempo. Recordó haber regresado con ellos chapoteando
en un vasto y espeso estero de sangre.
Aquel túnel del Chaco y este túnel que él mismo había sugerido cavar
en el suelo la cárcel, que él personalmente había empezado a cavar y
que, por último, sólo a él le había servido de trampa mortal; este túnel
y aquél eran el mismo túnel; un único agujero recto y negro con un boquete
de entrada pero no de salida. Un agujero negro y recto que a pesar de
su rectitud le había rodeado desde que nació como un círculo subterráneo,
irrevocable y fatal. Un túnel que tenía ahora para él cuarenta años,
pero que en realidad era mucho más viejo, realmente inmemorial.
Aquella noche azul del Chaco, poblada de estruendos y cadáveres había
mentido una salida. Pero sólo había sido un sueño; menos que un sueño:
la decoración fantástica de un sueño futuro en medio del humo de la
batalla
Con el último aliento, Perucho Rodi la volvía a soñar; es decir, a vivir.
Sólo ahora aquel sueño lejano era real. Y ahora sí que avistaba el boquete
enceguecedor,
el perfecto redondel.de la salida.
Soñó (recordó) que volvía a salir por aquel cráter en erupción hacia
la noche azulada, metálica, fragorosa. Volvió a sentir la ametralladora
ardiente y convulsa en sus manos. Soñó (recordó) que volvía a descargar
ráfaga tras ráfaga y que volvía a arrojar granada tras granada. Soñó
(recordó) la cara de cada una de sus víctimas. Las vio nítidamente.
Eran ochenta y nueve en total. Al franquear el límite secreto, las reconoció
en un brusco resplandor y se estremeció: esas ochenta y nueve caras
vivas y terribles de sus víctimas eran (y seguirán siéndolo en un fogonazo
fotográfico infinito) las de sus compañeros de prisión. Incluso los
diecisiete muertos, a los cuales se había agregado uno más. Se soñó
entre esos muertos. Soñó que soñaba en un túnel. Se vio retorcerse en
una pesadilla, soñando que cavaba, que luchaba, que mataba. Recordó
nítidamente el soldado enemigo a quien había abatido con su ametralladora,
mientras se retorcía en una pesadilla. Soñó que aquel soldado enemigo
lo abatía ahora a él con su ametralladora, tan exactamente parecido
a él mismo que se hubiera dicho que era su hermano mellizo.
El sueño de Perucho Rodi quedó sepultado en esa grieta como un diamante
negro que iba a alumbrar aún otra noche.
La frustrada evasión fue descubierta; el boquete de entrada en el piso
de la celda. El hecho inspiró a los guardianes.
Los presos de la celda 4 (llamada Valle-i), menos el evadido Perucho
Rodi, a 1a noche siguiente encontraron inexplicablemente descorrido
el cerrojo. Sondearon con sus ojos la noche siniestra del patio. Encontraron
que inexplicablemente los pasillos y corredores estaban desiertos. Avanzaron.
No enfrentaron en la sombra la sombra de ningún centinela. Inexplicablemente,
el caserón circular parecía desierto. La puerta trasera que daba a una
callejuela clausurado, estaba inexplicablemente entreabierta. La empujaron,
salieron. Al salir, con el primer soplo fresco, los abatió en masa sobre
las piedras el fuego cruzado de las ametralladoras que las oscuras troneras
del panóptico escupieron sobre ellos durante algunos segundos.
Al día siguiente, la ciudad se enteró solamente de que unos cuantos
presos habían sido liquidados en el momento en que pretendían evadirse
por un túnel. El comunicado pudo mentir con la verdad. Existía un testimonio
irrefutable: el túnel los periodistas fueron invitados a examinarlo.
Quedaron satisfechos al ver el boquete de entrada en la celda. La evidencia
anulaba algunos detalles insignificantes: la inexistente salida que
nadie pidió ver, las manchas de sangre aún frescas en la callejuela
abandonada.
Poco después el agujero fue cegado con piedras y la celda 4 (Valle-í)
volvió a quedar abarrotada.
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Bajo el puente
Por qué no come, le dijo taitá. Y el viejo: De noche no. Usted ya sabe,
don Chiquito. Si no hay luz sobre mi comida, no puedo comer. Taitá se
rió fuerte: Bajen el lampión y pónganle delante, dijo. El viejo miraba
la oscuridad; casi sin mover los labios dijo: No. Tiene que ser luz
del día, y si hay sol, mejor. De no, la comida es de otro gusto. Taitá
lo miró con la boca llena. Enojado. Después le preguntó, burlón: Gusto
a qué, si se puede saber, don. El viejo no contestó. No dijo nada más.
Se levantó y se fue hasta que se emparejó con la oscuridad. Taitá volvió
a masticar, rezongando: tiene la cabeza más dura que el recado. Capaz
que un día va a enladrillar el río para vadearlo sin mojarse los pies.
Taitá y el maestro nunca se entendieron. Con el maestro nos pasó que
lo empezamos a conocer cuando se desgració bajo el puente. Y ya para
entonces tenía más de sesenta años. Un poco encorvado el espinazo no
más; pero sabía ponerse derecho cuando quería. Mayormente en la fiesta
de la Natividad, que en Itacuruví empieza un día antes del 24 y se alarga,
a remezones, hasta la Epifanía. Muy guardador. Un hombre de orden, de
trabajo. Flaquito. Inacabado. El redoblante y alférez mayor de la cofradía
de mariscadores. Clavábamos la punta de los pies entre el gentío para
verlo tocar. Despacito al principio. Ciego o dormido en el susurro del
cuero. El cabello negro y lacio, pegado al cráneo con la goma del tártago.
El pecho muy abombado en la figura pequeña. Reventaba en un tronido
el redoble mientras el malón salvaje robaba al Niño-de-Cabellos-Rojos.
Doscientos años después, jinetes de sudadas camisetas de fútbol lo traían
a salvo. Sólo entonces el redoble paraba. Los mariscadores un rato de
piedra sobre los caballos. Los brazos en alto. Florecidos ramos de palma.
Por debajo pasaba la imagen. Un cuajito de leche, el pelo teñido de
bermellón como el fleco del niño-azoté. La inmensa bola de polvo y ruido
flotaba sobre el pueblo, y se iba en una nube a llover en otra parte,
hasta el año que viene. Siempre igual.
En un lugar así la vejez es larga para cualquiera. No para el maestro.
Con menos que poco se conformaba. Dentro de él encontraría todo lo que
le hacía falta. Quién sabe. Por fuera, siempre ocupado; un hombre activo
como ninguno, de provecho, cumplidor. La escuela. Su chacra llena de
plantíos de muchas clases. El cuidado de los pájaros y animales silvestres
en su casa, a media legua del pueblo, en la orilla del monte.
Al rayar el día ya estamos todos los alumnos en el patio, tiroteándonos
con las semillas de los nísperos; los más grandes pelando al descuido
las polleritas rotosas, para mirar debajo. "Guá, el maestro". Una vela
negra entre el vaho del roció. Detrás viene saltando el coatí. Lejísimo
todavía, si hasta parece que no se mueven, que van reculando. De un
parpadeo a otro, se ha puesto a repicar el trozo de riel. El ruido de
los bancos se apaga antes que el fierro. Desde la puerta nos está barajando
hace rato; nos mira y no nos mira. Nosotros, duros; cada uno con su
estaca bien tragada. Sin saber dónde poner las manos y el traste. Los
ojos de santitos. Un ramalazo de escarcha quema de refilón una mano,
una pierna. Lo único que se mueve es la cola de humo del coatí, bajo
la mesa del maestro. El vergajo atado al puño, tiembla un poco todavía.
Él mira. No se oye más que su resuello; un anhelar más aire del que
hace falta para uno solo. ¿En qué momento ha sacado la libreta de tapas
negras donde nos tiene guardados? No precisa abrirla para saber quién
está cazando pájaros en el monte. 0 quiénes están temblando con el chucho
y vaciándose en la diarrea, hasta que les hace tomar a la fuerza sus
remedios de yuyos. Ni la sombra de un pelo se le escapa. Sabido.
Le miramos la cara para ver si hace buen tiempo. Entonces salimos a
sacar la paja podrida del techo, a trenzar tientos y bozales; a tejer
sombreros y guayacas, para el mercado. La escuela no le cuesta al gobierno
más que la venida del inspector, que a saber a qué viene. Nada más que
a emborracharse en la fonda del pueblo, a poner su firma en el registro,
como de que todo está en orden. Nos hace cantar el himno al pie del
asta pelada (ni bandera tenemos), y se va.
El nublado le dura varios días al maestro. Por cualquier cosa: Suba
al palo, alumno. La voz gruesa en un cuerpo tan ajustado (a veces la
voz más grande que su tamaño). El dedo uñudo apuntando hacia afuera.
El castigo más temido: el palo pelado, alto, y el culpable ahorquetado
en la punta, achicharrándose al sol. Todo el tiempo de la penitencia
debe chirriar allí como una chicharra. Si el ruido sale bien, más corta
la pena: Bájese, alumno. Vuelva a su lugar. Sudores y temblores, esto
de sostener el chirrido entre los dientes. Los brazos y las piernas
se mueren contra el palo, antes que la voluntad. Con todo el sol y las
moscas juntas, el cielo y la tierra dan vueltas alrededor del asta.
Una bandera. ¿De qué patria seria? Uno cierra la boca para aguantar
las arcadas del mareo. Ya está abajo la manchita brillosa, resonando
fuerte en medio del solazo: Qué le pasa a esa chicharra. Si no canta
la van a comer las hormigas. Señor, me cuesta mucho, agarro y le digo
esa mañana. Y él: Nunca lo mucho costó poco. Meta a cantar pues. Y déjese
de pito-pito-colorito. Me entró un poco de rabia hasta la boca del estómago.
Todo por esa porquería de lagartija que recogí en el camino y se me
escapó de la bolsa cuando andábamos por la Provincia Gigante de las
Indias, para partirse en dos pedazos contra los dientes del coatí. Me
saltó la espuma y oigo que le grito: Creo que ya estoy muerto, señor.
Que me coman no más las hormigas. La voz abajo: Animal muerto no mueve
la cola. Y yo, con el último aliento: No puedo cantar más. La saliva
no me alcanza. Cómo no, dice la manchita desde más abajo que el suelo:
Alcanza el que no se cansa. Siga pues. Cuando esté muerto del todo se
callará solo. El tono justo vuelve a subir; hay que empezar otra vez.
El carapacho vacío acababa cayendo sobre las tunas. Venían las hormigas
y se llevaban los pedazos bajo tierra, muy apuraditas.
A ratos, más distraído que ninguno el maestro. Se largaba a mirar la
punta de sus botines de caña alta y elásticos a los costados. Más viejos
que él, de puro remendados. Sin una gota de polvo vil. Todas las mañanas
lustrados con flores de cinesia o con almendra de coco. La mano en lo
negro del pizarrón. Los palotes, los números, los dibujos (siempre cosas
redondas: una naranja, el pimpollo del irupé, un nido de alonsito, el
globo terráqueo con la garrapata del Paraguay prendida a la verija)
se borraban poco a poco bajo su aliento de asmático, soltando una lloviznita
de albayalde sobre la manga de lustrina. Tan caída la mirada. El hombre
se iba cayendo. Se aplomaba, se achicaba. Desaparecía. Una mota de polvo
en el brillo de las suelas. Los zapatos solos ahí, sobre el piso. El
dueño volando lejos. Y nosotros sin poder saltar ni brincar; nada más
que sudar del antojo. Los pies vacíos rayando el suelo. Los ojos hacia
el trozo de sol que se retorcía en el hueco de la ventana, cargado de
viento, de tierra, de nubes, más allá de los árboles. Cuando tardaba
mucho, nuestra mirada se ponía verde de tanto restregarse contra el
campo.
La víspera del hecho que hizo bajo el puente, tardó más que otras veces.
Pensamos que ya no iba a volver. Me voy a pescar todos los dorados que
hay en el río, suscitó Epifanio Ortigoza. La mano espinuda volvía a
animarse sobre el pizarrón El maestro se levantaba otra vez sobre los
zapatos. Esa tarde se largó a hablar tupido, mezclando todo. Nosotros
entendíamos sin entender. Las cosas que decía no eran de ese momento;
habían pasado hacia mucho tiempo. O estaban por suceder. Él vivía en
espera. Dijo: Un día va a llegar aquí un desconocido. Y no lo van a
ver si no están preparados. Le faltaron las palabras, el resuello. Los
rastrojitos de pelo a los costados de la boca, quietos por un rato.
"De la casualidad no se saca nada", dijo al salir a flote su respiración
de ahogado, tras una tos. El mismo se había puesto un plazo, vamos a
decir; no hacia adelante, sino al revés. ¿Seria esa su fuerza? El lento
poder crecido de esperar contra toda esperanza. La paciencia. La fuerza
de su desamparo. Todos los días, desde el principio. Mañana no era un
día para él. Qué tiempo iba a tener para pensar en viajes ni en zonceras.
Una sola vez bajó a la capital, dicen que a gestionar su jubilación.
Tampoco ese hecho está claro. Algunos calcularon que había ido a buscar
el título del terrenito del fisco, donde vivía. De allá no trajo más
que los bolsillos llenos de unos granos como de pólvora o pimienta.
Los echó en la laguna que forma el río un poco más allá del puente del
ferrocarril. Al verano siguiente (o muchos veranos después), el agua
barrosa se cubrió de unas plantas como cedazos, de más de una vara de
ancho. Del centro salían unas espigas redondas envueltas en un mechón
de seda negra; unas flores lustrosas y tiernas del color de la garza
real. En la atardecida, el maestro bogaba lentamente en su canoa entre
las cunitas flotantes de las victorias-regias; a cuidar que los pimpollos
y las cabecitas de niño de los frutos se metieran a dormir bajo el agua.
Antes de que comenzaran los ladridos.
Para lo único que sirvió el viaje. Un don no nacido de la casualidad:
esas flores del Río-de-las-Coronas, aclimatadas en esa mierdita de laguna.
Un milagro. Un hecho simple no más. Positivo. El aroma salía del estero
al amanecer cuando los pimpollos despertaban sobre el agua. La alegría.
A esa hora la laguna, hecha una sola ola de perfume, se metía enterita
en la nariz llevándose el olor que los perros dejaban por la noche.
Ya para entonces (desde que me acuerdo) la gente se mandaba mudar. Uno
después de otro, como si los agarrara una enfermedad de la que solamente
se podían curar yéndose. Sin decir nada a nadie; sin despedirse siquiera.
En tren, o a pie por el camino, muchas leguas, hasta el cruce de la
ruta por la que pasan los camiones hacia el sur. Con lo puesto; como
para pegar la vuelta en seguida. No vuelven más. Y hasta los que se
han ido la víspera parece que faltaran hace mucho tiempo. Si vuelven
alguna vez, vienen cambiados. Son otros. Llegan como extraños que sintieran
vergüenza por alguna antigua mala acción. Todo falso en ellos: el parecido
con las caras que llevaron al salir; la ropa, la tonada nueva que traen.
Sólo su olor a lejos es cierto. Cuando el maestro se encuentra con estos
lejeños de paso, ni el saludo. Los mira con desprecio. Y si alguna vez
fueron sus alumnos, menos que mirarlos. Como ya no puede mandarlos de
chicharra al palo, no existen para él. Los más chicos los miramos con
envidia. Esa lejanía que traen escondida en la mirada como una culpa;
las golosinas que se sacan de los bolsillos y reparten por ahí, para
hacerse perdonar. Andamos detrás de ellos, riéndonos con una risa de
plata, los dientes forrados con los papelitos de los chocolatines. "Les
sacamos el molde", dice Juanchí, mi primo, inflando en la boca el poronguito
transparente de la goma de mascar, que nos gusta más que todo. Vienen
y se van otra vez en seguida, como escapados. Pero no vemos llegar por
ningún lado al desconocido que nos anunció el maestro.
Llegaron las tropas. De la noche a la mañana el pueblo se llenó de soldados
que bajaron del tren militar. Al norte, hacia Villarrica del Espíritu
Santo, cuando no había viento, se oía el tronar del cañón y el matraqueo
de las ametralladoras. En Itacuruví los soldados no pelearon. Corridas
y patrullajes; nada más que simulacros de combate. Parecían cuidar al
pueblo de algún peligro, que por momentos se acercaba y por momentos
se alejaba. Como una amenaza de tormenta que únicamente ellos veían.
La estación del ferrocarril era su campamento. Por allí embarcaron en
vagones de carga la hacienda y los hombres que consiguieron arrear.
Lo más que pudieron. Su buen mes les llevó el trabajo. A taitá no lo
mandaron porque él carneaba para las fuerzas. Por la noche, amontonados
a la luz de la luna, tocaban guitarras y cantaban. Desde la sombra de
las casas escuchábamos sus voces y sus gritos. De repente se largaban
a brincar y a zapatear. El retumbo nos hacía tiritar la piel bajo el
relente. Pero no era como el batifondo del gentío en las procesiones.
Capaz porque las cosas que pasan bajo el sol son diferentes de las que
pasan bajo la luna. Mamaíta rezaba por ellos también.
Aparte de taitá, entre los de más edad, el único que se quedó en el
pueblo fue el maestro. No parecía enterado de nada. Ni que le importara
tampoco. Durante el día, en la escuela como siempre. Por la tardecita,
desamarraba su cama y se metía en la laguna, ya para entonces forrada
del todo por los cedazos de los irupés Tanto que el maestro daba la
impresión de estar sentado en una de esas coronas que se apagaban poco
a poco en la penumbra del poniente.
Una mañana el comandante visitó la escuela. Lindo hombre el capitán.
Alto, de hombros anchos, la cintura muy delgada. Las botas le llegaban
hasta la verija; pistola al cinto y esa especie de cañoncito negro que
se encajaba en los ojos para manguear el monte y el camino cuando se
subía al techo de la estación. Ojos verdes, cara blanca tostada por
el sol. Suave, manso. Demasiado. Nos quedamos sin saber como sería en
él la voz de mando, su furia en el combate. Se mostró muy amable. Hacia
bromas con ojos de risa, la boca moviéndose en el humo perfumado del
cigarrillo, que no era como el humo de alhucema del maestro que él prendía
cuando había peste. El casi no tuvo necesidad de decir nada. Más callado
que nunca. Estancado en su inmovilidad. Se pasó mirando las puntas de
las botas del militar, que al mudar el paso soltaban un chillido a cuero
nuevo. El capitán movía las manos y las manchitas de oro del reloj que
llevaba en la muñeca corría por las paredes y el techo. No la podíamos
alcanzar con los ojos, y volvíamos a la figura verdeoliva que nos miraba
desde una ciudad desconocida. Muy grande. Cómo podía el caber ahí con
todo eso. Nos dijo cosas que nunca habíamos oído. Pasamos pronto del
susto a la diversión, y lo empezamos a querer en seguida. Dijo que nosotros
éramos la esperanza de la patria y que el maestro era el héroe ignorado
en la batalla contra la ignorancia. Así como ellos estaban ahora en
lucha contra el bandidaje. Entró de un salto el coatí plumereando las
botas del militar con la cola anillada. Trepó al hombro del maestro
y se puso a mirar con ojitos asustados al visitante. Guiñando un ojo
hacia nosotros, el capitán preguntó: ¿Este es alumno también? El maestro
movió la cabeza: No, dijo. Me acompaña no más. Y el militar: Ah, es
como su perro. Al maestro se le movió un poco un lado de la cara (a
veces le venía ese temblor que tienen en sueños los animales): Si, dijo.
Es como mi perro. Un pequeño quejido salió del coatí tal vez de las
botas. El capitán dijo: así un día él también va a saber leer y escribir.
Serio, sin levantar la vista, el maestro dijo pasando la mano por el
lomo sedoso del animal: Lee y escribe, sí señor, cómo no. El militar
lanzó una carcajada. Después se puso serio, sin fanfarronería. Prometió
preocuparse de la escuela, apenas regresara de la capital: Aquí hay
que levantar una escuela nueva, dijo midiendo con los ojos un espacio
como para diez. Después dijo: Esto es poco para un pueblo como Itacuruví.
El maestro murmuró a las cansadas: Lo poco basta. Lo mucho se gasta.
(Su voz ahora era más chica que su tamaño). El militar no le oyó. Estaba
ocupado con el futuro, haciéndose sonar los huesitos de los dedos: A
cuentas viejas, barajas nuevas, dijo. Ya al irse se volvió al maestro
y le palmeó el hombro que le llegaba a la altura del talabarte: Y a
usted, mi amigo, le vamos a conseguir esa bendita jubilación. El maestro
ladeó la cabeza hacia el coatí, como para escucharle el ronroneo: Lo
que yo quiero, dijo, es un reemplazante. Y el capitán, retirando la
mano: También se lo vamos a mandar.
Mucho después que se fueron las tropas, los que habían ganado los montes
regresaron de a pucho. Flacos, el cuero enllagado por los huesos de
las uras, aqueresados por los moscones. Nada más se venían pierneando
su esqueleto. Taitá los miraba con lastima, y cuando podía carneaba
para ellos. Algunos se fueron rellenando, y apenas podían se largaban
hacia las frontera. Muchos se quedaron no más detrás de la parecita
blanca.
Ahora hay mucha tranquilidad. Pero la gente sigue Yéndose. Más que antes.
Por eso en Itacuruví se ven cada vez menos conocidos. Lo que sobra son
los perros sin dueño. Y los recuerdos, que son los perros flacos de
la memoria. Andan desatinados revolviendo las huellas, husmeando ese
restito de los ausentes que ha quedado agarrado al polvo. Un olor, un
hongo venenoso que los enloquece, que los enferma de tristeza, que les
voltea la cabeza a ras del suelo; que los ayuda a procrearse. A los
chicos también nos destetan con eso.
Al caer la noche, Itacuruví se puebla de aullidos que se responden desde
todas direcciones, brotados de la tierra. Desde las casas a la estación;
desde el río al camino; desde los aserraderos vacíos a los cañaverales
y algodonales abandonados. Y más lejos todavía. Mayormente no se escuchan
al principio y acaban llenando toda la noche. Cuando hay luna nueva,
el olor se vuelve azucarado. Los perros se echan unos encima de otros.
Se atacan a dentelladas. Se aparean en montón, salvajemente. Un desbordamiento.
La zafaduría de los perros enoja al maestro. Es lo único que lo enoja
de veras. A guascazos, a patadas, se lanza contra la trenza de animales
cebados. No para hasta apagar los colmillos y ojos que chispean en ese
animalón de tantas cabezas y un cuerpo solo. Una noche, del montón que
se deshacía lo han visto salir completamente desnudo. Embarrado con
la baba de los perros se ha metido en su casa. De nuevo tranquilo y
seguro. Algunos han dicho que lo han visto entrar en cuatro patas, como
los mismos perros. Nunca se ponen de acuerdo en las cosas del maestro.
Resulta que en un pueblo chico, uno está muy cerca de otro, todo el
santo día. Pero de repente entre uno y otro hay millones de años. Taitá
y el maestro, por ejemplo. Las gentes no son según la cara que ponen,
sino según su laya. Grande forzudo, comilón, la ropa y el tirador siempre
llenos de sangre, de sebo, era taitá. Medio sin más pena lento. Toda
la vida en el matadero municipal, faenando él solo tres o cuatro reses.
Después se iba a capar toros y caballos en las estancias de Maciel y
Caazapá. Llegaba los sábados al mediodía con un medio costillar atado
al tiento. Seguido por una tolvanera de moscas, que se oían hasta el
cerro. El mismo hacía el asado. Partía la carne con el cuchillo manchado
por la queresa de las castraciones. Mientras comía con mucho ruido se
iba llenando de sueño. Antes de acostarse a dormir la siesta, enterraba
el cuchillo hasta el mango en el tronco de un guayabo. Llamaba a mamá
y se encerraban en el cuarto. Al despertarse a media tarde, mamá le
cebaba mate. Él arrancaba el cuchillo y olía la hoja cubierta de orín.
Iba raspando con la uña la costra fermentada. Y las hilachitas caían
en la espuma del mate mientras chupaba la bombilla. De esas raspaduras
fuimos naciendo yo y mis hermanos. Una hilera.
Me había puesto una tarde a mirar el cuchillo. En la hoja herrumbrada,
los ojos espantados de los caballos se apagaban en el cardenillo. Entre
los relinchos lejanos, hinchados de dolor, la voz de taitá: A éste lo
voy a curar. Siempre dormido. A usted lo que le hace falta no es escuela
sino candela. Hasta cuándo va a andar así, hasta que se ponga a mear
la gallina, o qué. Me mandó que me bajara el calzoncillo, delante de
todos. Una gran risa. Me puso el cuchillo entre las piernas, por seguir
la broma seguro. "Para que seas un buen padrillo, mi hijo", me aturdió
su voz en el oído. Me agarré al cuchillo con las dos manos. Ni un arañazo,
pero un frío de muerte me peló la sangre por dentro. Desde entonces
me dura el susto. Una especie de vacío en esa parte del cuerpo. Me escapé
al monte; crucé al otro lado del río. Estoy tendido en la arena, boca
arriba, para que el sol me coma los ojos. El aliento del coatí en la
cara, la mano del maestro lavándome los ojos enllagados, hasta el seso
me araña la quemadura del agua de llantén. La voz de taitá en la oscuridad,
muy achicado, servil como un perro: No sé por qué ha hecho eso. Al niño
lo tratamos muy bien. La voz del maestro yéndose: Claro, cómo no, don
Chiquito. A cada uno le güele bien su pedo.
Días y días para que me retoñaran los ojos. Una telaraña enrollada en
la cabeza al principio. Después se me destapó adentro otra mirada, y
en los ojos entraban más cosas que antes. De una manera diferente. Ver
era desear y desear era recordar. Volví a la escuela. El maestro también
distinto: él mismo, pero una persona diferente. Lo estaba empezando
a conocer. Más fuerza que taitá tenía, en todo y por todo; a pesar de
lo quebradizo de su condición. Entonces supe también por qué no podía
comer él si la luz no caía sobre su comida: el gusto de cualquier cosa
en lo oscuro recuerda a la muerte. Pero ahora todo era muy claro; el
día y la noche. Por la tarde me quedaba a barrer el aula. Me sentía
liviano. Dispuesto a volar como un pájaro.
Con el gajo de cepacaballo esa tarde barrí hasta el último pedacito
de escuela. Sobre la mesa estaba la libreta. Más sobada que la baraja
de la fonda. Parpadeaba al vientito caliente. Me fui corriendo al borde
de la laguna. A contraluz del poniente, el maestro caminaba muy derecho
sobre las victorias-regias, y se perdía a saltos en la oscuridad.
Cuando todos dormían y los ladridos aumentaban la noche, me senté despacito
en el larguero del catre. Traté de no pensar en nada; en nada más que
en ese desconocido que un día iba a llegar al pueblo. Entonces oí la
voz de los que se habían ido y de los que se habían muerto. Los ladridos
se apagaron. Un gusto a herrumbre me llenó de saliva la boca. Se me
curaron las llagas, pensé, pero se me están enfermando las cicatrices.
Así y todo, la felicidad. Me mordí la lengua hasta sentir el gustito
tibio a sangre. Los ladridos no volvieron y el pueblo amaneció lleno
de gente.
Mamá, taitá y todos mis hermanos están detrás de la parecita blanca,
en medio del campo. También la tía Emerenciana, que me llevó a vivir
con ella cuando me quedé solo.
Al maestro le prohibieron tocar en las procesiones. Capaz que él mismo
se cansó de redoblar para ese pueblo cada vez más vacío. El último año
ya ni un triste puñadito de brazos se pudo juntar para sacar las andas.
Y de los jinetes, el polvo del galope era barro. El malón anda creciendo
por otros lugares. El maestro más callado que nunca; alunado todo el
tiempo. Envejeció de un día para otro. Los cabellos se le llenaron de
canas. Unas motas de lana manchadas por el excremento de los loros.
Se le arrugó el cuero; la ropa. Todo él se iba achicando, achicando.
Apretado, atorado en un agujero, pujando por salir. Pujaba y se atoraba.
Solo, en el profundo agujero. Nadie lo podía ayudar. A trueque de su
encogimiento, la abertura se angostaba, lo estrujaba. Lo que saliera
de allí (si algo salía), no iba a ser más que una despellejadura. Algo
de nada. No bogaba más en la laguna. No se lo veía por ninguna parte.
Fui a espiar la casa. Un agrio humo de alucema salía por la ventana.
Adentro, el rumor del maestro leyendo en voz alta, o hablando solo.
Un poco después, la voz carrasposa se quebró en la voz de un chico que
hablaba a una mujer; como un chico malcriado puede hablar a su madre:
resentido, porfiado, apenas con respeto. Me recosté contra la tapia,
junto al cuadrado de sombra de la ventana; me metí entre la enredadera,
los ojos lagrimeando por el humo. Las voces del chico y la mujer seguían
discutiendo. Podían ser los loritos del maestro. Vino el coatí. Medio
desconfiado, lento empezó a lamerme los pies. Gruñía un poco; capaz
quería avisarme algo. Todos los animales se fueron alborotando. Después
vi que no estaban: la selva había venido a buscarlos. Bejucos y ramas
habían roto las jaulas, los corrales hacía mucho; se enredaban por todas
partes, seguían avanzando sobre la casa. Pronto irían a caer y cerrarse
sobre ella para siempre. El coatí dio un respingo. En eso salió el maestro
con el tambor. Pasó junto a mí, sin verme; muy derecho, como enojado,
golpeando el cuero, hasta que desapareció en la cueva del barranco.
El redoble hacía tiritar la piel, metía bajo los huesos una especie
de dentera. Entré en la casa. Nadie. No había nadie. Nada más que las
sombras recostadas contra la pared. Un tiempo largo todo eso; demasiado,
porque se terminaba de repente. Atravesando el yuyal que cubría los
plantíos, regresé al pueblo. "Voy a volver mañana", oigo que me digo
sin sentirme la voz; nada más que este gusto a cardenillo en la boca.
Y encuentro que una montonera de años ha pasado desde entonces. Tengo
la misma edad del maestro cuando se desgració bajo el puente, esa mañana
en que todos los alumnos fuimos en fila a ver su cara bajo el agua barrosa.
De golpe había volado hacia atrás, hacia el principio.
Lo que vimos desde el puente, entre el olor de las victorias-regias
(que también ahora tenían el olor de los perros), era la cara arrugada
de un chico. Menos que eso: la de un recién nacido. El agua turbia seguro
engañaba un poco. Alguien venía tambaleándose por el camino, entre los
reflejos. En el primer momento se nos antojó que era el inspector. Nos
entró un poco de susto. Sin saber qué hacer, alguien se puso a cantar
el himno. Al rato todos lo seguíamos. Un coro fuerte, desentonado, como
si hubiéramos estado cantando al pie mismo del palo. Los ojos vueltos
hacia el que se venía acercando.
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El trueno entre las hojas
El ingenio se hallaba cerrado por limpieza y reparaciones después de
la zafra. Un tufo de horno henchía la pesada y eléctrica noche de diciembre.
Todo estaba quieto y parado junto al río. No se oían las aguas ni el
follaje. La amenaza de mal tiempo había puesto tensa la atmósfera como
el hueco negro de una campana en la que el silencio parecía freírse
con susurros ahogados y secretas resquebrajaduras.
En eso surgió de las barrancas la música del acordeón. Era una melodía
ubicua, deshilachada. Se interrumpía y volvía a empezar en un sitio
distinto, a lo largo de la caja acústica del río. Sonaba nostálgica
y fantasmal.
-¿Y eso qué es? -preguntó un forastero.
-El cordión de Solano-informó un viejo.
-¿Quién?
-Solano Rojas, el pasero ciego.
-Pero, ¿no dicen que murió?
-Él sí. Pero el que toca agora e' su la'sánima.
-¡Aicheyarangá, Solano! -murmuró una vieja persignándose.
La mole de la fábrica flotaba inmóvil en la oscuridad. Un perro ladró
a lo lejos, como si ladrara bajo tierra. Dos o tres críos desnudos se
revolvieron en los regazos de sus madres, junto al fuego. Uno de ellos
empezó a gimotear asustado, quedamente.
-Callate, m'hijo. Escuchá a Solano. E'tá solito en el Paso.
El contrapunto de un guaimingüé que rompió con su tañido la quietud
del monte, volvió aún más fantasmal la melodía. El acordeón sonaba ahora
con un lamento distante y enlutado.
-Así suena cuando no hay luna-dijo el viejo encendiendo su cigarro en
un tizón en el que se quemaba un poco de noche.
-La debe andar buscando todavía.
-¡Pobre Solano!
Cuando se apagó el murmullo de las voces, se pudo notar que el acordeón
fantasma no sonaba ya en la garganta del río. Sólo la campana forestal
siguió tañendo por un rato, a distancia imprecisable. Después también
el pájaro calló. Los últimos ecos resbalaron sobre el río. Y el silencio
volvió a ser tenso, pesado, oscuro.
Los primeros relámpagos se encendían hacia el poniente, por detrás de
la selva. Eran como fugaces párpados de piel amarilla que subían y bajaban
súbitamente sobre el ojo inmenso de la tiniebla.
El acordeón no volvió a sonar esa noche en el Paso.
En ese recodo del Tebikuary vivió sus últimos años Solano Rojas, el
cabecilla de la huelga, después de volver ciego de la cárcel.
Probablemente él mismo a su regreso le dio al sitio el nombre con el
que se le conoce ahora: Paso Yasy-Mörötï. Las barrancas calizas y el
banco de arena sobre el agua verde, forman allí en efecto una media
luna color de hueso que resplandece espectralmente en las noches de
sequía.
Pero tal vez el nombre de Paso haya surgido menos de su forma que de
cierta obstinada imagen pegada a la memoria del pasero.
Vivía en la barranca boscosa que remata en el arenal. Aún se pueden
ver los restos de su rancho devorado por el monte, sobre aquella pequeña
ensenada. Es un remanso quieto y profundo. Ahí guardaba su balsa.
No era difícil adivinar por qué había elegido ese sitio. Enfrente, sobre
la barranca opuesta estaban las ruinas carbonizadas de la Ogaguasú en
la que había terminado el funesto dominio de Harry Way, el fabricante
yanqui que continuó y perfeccionó el régimen de opresiva expoliación
fundado por Simón Bonavi, el comerciante judío-español de Asunción.
Es cierto que Solano Rojas ya no podía ver las ruinas ni el nuevo ingenio
levantado en el mismo emplazamiento del anterior. Pero él debió contentarse
seguramente con tenerlos delante, con sentirlos en el muerto pellejo
de sus ojos y recordarles todos los días su presencia acusadora y apacible.
Se apostó allí y dio a su vigilancia una forma servicial: su trabajo
de pasero, que era poco menos que gratuito y filantrópico, pues nunca
aceptó que le pagaran en dinero. Sólo recibía el poco de tabaco o de
bastimento que sus ocasionales pasajeros querían darle. Y a las mujeres
y los niños que venían desde remotos parajes del Guairá, los pasaba
de balde ida y vuelta. Durante el trayecto les hablaba, especialmente
a los chicos.
-No olviden kená, che ra'y-kuera, que siempre debemo' ayudarno' lo uno
a lo' jotro, que siempre debemo' etar unido. El único hermano de verdá
que tiene un pobre ko' e' otro pobre. Y junto' todo'nojotro formamo
la mano, el puño humilde pero juerte de lo'trabajadore...
No era un burdo elemento subversivo. Era un auténtico y fragante revolucionario,
como verdadero hombre del pueblo que era. Por eso lo habían atado para
siempre a la noche de la ceguera. Hablaba desde ella sin amargura, sin
encono, pero con una profunda convicción. Tenía indudablemente conciencia
de una oscura y vital labor docente. Su cátedra era la balsa, sobre
el río; unos toscos tablones boyando en un agua incesante como la vida.
Había algo de religioso pero al mismo tiempo de pura y simple humanidad
en Solano Rojas cuando hablaba. Su cara morena y angulosa se tornaba
viviente por debajo de la máscara que le habían dejado; se llenaba de
una secreta exaltación. Sus ojos ciegos parecían ver. La honda cicatriz
del hachazo en la frente también parecía mirar como otro ojo arrugado
y seco. Los harapientos mitá'í lo contemplaban con una especie de fascinada
veneración mientras remaba. No tenía más de cuarenta años, pero parecía
un viejo. Sólo llevaba puesto un rotoso pantalón de a'tópoí arremangado
sobre las rodillas. El torso flaco y desnudo estaba vestido con las
cicatrices que el látigo de los capangas primero y el yatagán de los
guardiacárceles después habían garabateado en su piel. En esa oscura
cuartilla los chicos analfabetos leían la lección que les callaba Solano.
Y un nudo de miedo valeroso, de emocionada camaradería, se les atragantaba
con la saliva al saltar de la balsa gritando:
-¡Ha'ta la güelta, Solano!
-¡Adió manté, che ra'y-kuera!
Quedaba un rato en la orilla, pensativo. La mole rojiza del ingenio
se desmoronaba silenciosamente sobre él desde el pasado. La sentía pesar
en sus hombros. Desatracaba con lentitud y volvía a su remanso a favor
de la corriente, sin remar, sin moverse. Sólo la roldanita de palo iba
chirriando en el alambre.
Después de la puesta de sol sacaba su remendado acordeón y se sentaba
a tocar en un apyká bajito, recostado contra un árbol. Casi siempre
empezaba con el campamento Cerro-León tendiendo sus miradas de ciego
hacia los escombros de la Ogaguasú, en el talud calizo, destruido por
el fuego vindicador hacía quince años y habitado sólo ahora por los
lagartos y las víboras. No restaba más que eso de Simón Bonaví, de Eulogio
Penayo, de Harry Way.
Era su manera de recordarles que él aún estaba allí vencido sólo a medias.
Su presencia surgía en la sombra, entorchada de abultados costurones,
rayada por las verberaciones oscilantes, como si el agua se divirtiera
jugando a ponerle y sacarle un traje de presidiario trémulo y transparente.
Las ruinas también lo miraban con ojos ciegos. Se miraban sin verse,
el río de por medio, todas las cosas que habían pasado, el tiempo, la
sangre que había corrido, entre ellos dos; todo eso y algo más que sólo
él sabia. Las ruinas estaban silenciosas entre los helechos y las ortigas.
Él tenía su música. Sus manos se movían con ímpetu arrugando y desarrugando
el fuelle. Pero en el rezongo melodioso flotaba su secreto como los
camalotes y los raigones negros en el río.
Un último reflejo verde le bañaba el rostro volcado hacia arriba en
el recuerdo instintivo de la luz. Después se oscurecía porque lo agachaba
sobre el instrumento como quien esconde la cara entre las manos.
Poco a poco la música se ponía triste y como enlutada. Una canción de
campamento junto al fuego apagado de un vivac en la noche del destino.
A eso sonaba el acordeón de Solano Rojas junto al río natal. ¿No estarían
dialogando acaso el agua oscura y el hijo ciego acerca de cosas, de
recuerdos compartidos?
Él tenía metido adentro, en su corazón indomable, un luchador, un rebelde
que odiaba la injusticia. Eso era verdad. Pero también un hombre enamorado
y triste. Solano Rojas sabía ahora que amor es tristeza y engendra sin
remedio la soledad. Estaba acompañado y solo.
En ese sitio había peleado y amado. Allí estaban su raíz, su alegría
y su infortunio. El remendado acordeón lo decía en su lenguaje de resina
y ala, en su pequeño pulso de tambor guerrero que esculpía en las barrancas
y en la gente las antiguas palabras marciales:
Campamento Cerro-León, catorce, quince, yesiséis, yesisiete, yesi'ocho,
yesinueve batallón...
Ipuma-ko la diana,
pe pacpá-ke lo'mitá...
La lucha no se había perdido. Solano Rojas no podía ver los resultados,
pero los sentía. Allí estaba el ingenio para testificarlo; el régimen
de vida y trabajo más humano que se había implantado en él; la gradual
extinción del temor y de la degradación en la gente, la conciencia cada
vez más clara de su condición y de su fraternidad; esos andrajosos mita'í
en los que él sembraba la oscura semilla del futuro, mientras movía
su arado en el agua.
Venían a consultarlo en la barranca. El rancho del pasero de Yasy-Mörötï
era el verdadero sindicato de los trabajadores del azúcar en esa región.
-Solano, ya cortaron otra ve' lo'turno para nojotro entrar el cañadurce
-informaban los pequeños agricultores.
-Solano, el trabajo por tareas ko se paga michí-itereí-se quejaban los
cortadores.
Solano, esto y lo'jotro.
Él los aconsejaba y orientaba. Ninguna solución propuesta por Solano
había fracasado. En el ingenio y en las plantaciones se daban cuenta
en seguida cuando una demanda subía del Paso.
-Viene del sindicato karapé-decían.
Y la respetaban, porque esa demanda pesaba como un trozo de barranca
y tenía su implacable centro de equilibrio en lo justo.
No; su sacrificio no había sido estéril. El combate, los años de prisión,
sus cicatrices, su ceguera. Nada había sido inútil. Estaba contento
de haberse jugado entero en favor de sus hermanos.
Pero en el fondo de su oscuridad desvelada e irremediable su corazón
también le reclamaba por ella, por esa mujer que sólo ahora era como
un sueño con su cuerpo de cobre y su cabeza de luna. Teñida por el fuego
y los recuerdos.
Ella, Yasy-Mörötï.
No habían estado juntos más que contados instantes. Apenas habían cambiado
palabras. Pero la voz de ella estaba ahora disuelta en la voz del río,
en la voz del viento, en la voz de su cascado acordeón.
La veía aún al resplandor de los fogones, en medio de la destrucción
y de la muerte, en medio de la calma que siguió después como un tiempo
que había fluido fuera del tiempo. Y un poco antes, cuando convaleciendo
del castigo, él la entrevió a su lado, menos un firme y joven cuerpo
de mujer que una sombra desdibujada sobre el agua revuelta y dolorida
en la que todo él flotaba como un guiñapo.
La recordaba como entonces y aunque estuviera lejos o se hubiese muerto,
la esperaría siempre. No; pero ella no estaba muerta. Sólo para él era
como un sueño. A veces la sentía pasar por el río. Pero ya no podía
verla sino en su interior, porque la cárcel le había dejado intactos
sus recuerdos pero le había comido los ojos.
Estaba acompañado y solo. Por eso el acordeón sonaba vivo y marcial
entre las barrancas de Paso Yasy-Mörötï, pero al mismo tiempo triste
y nostálgico, mientras caía la noche sobre su noche.
Luna blanca que de mí te alejas
con ojos distantes...
Yasy-Mörötï. . .
Antes de establecerse la primera fábrica de azúcar en Tebikuary-Costa,
la mayor parte de sus pobladores se hallaba diseminada en las montuosas
riberas del río. Vivían en estado semisalvaje de la caza, de la pesca,
de sus rudimentarios cultivos, pero por lo menos vivían en libertad,
de su propio esfuerzo, sin muchas dificultades y necesidades. Vivían
y morían insensiblemente como los venados, como las plantas, como las
estaciones.
Un día llegó Simón Bonaví con sus hombres. Vinieron a caballo desde
San Juan de Borja explorando el río para elegir el lugar. Por fin al
comienzo del valle que se extendía ante ellos desde el recodo del río,
Simón Bonavi se detuvo.
-Aquí-dijo paseando las rajas azules de sus ojos por toda la amplitud
del valle-. Me gusta esto.
Sacó del bolsillo un mapa bastante ajado y se puso a estudiarlo con
concentrada atención. Su larga y ganchuda nariz de pájaro de rapiña
daba la impresión de que iba a gotear sobre el papel. De tanto en tanto,
distraídamente, se olía el pulgar y el índice frotándolos un poco como
si aspirara polvo de tabaco. Los otros lo miraban en silencio, expectantes.
-Sí -dijo Simón Bonaví levantando la cabeza-. Esto es del fisco. Agua,
tierras, gente. En estado inculto pero en abundancia. Es lo que necesitamos.
Y nos saldrá gratis, por añadidura -giró el brazo con un gesto de apropiación;
un gesto ávido, pero lento y seguro.
Los hombres también husmearon en todas direcciones y aprobaron respetuosos
lo que dijo el patrón. En los ojos mansos y azules del sefardí la codicia
tenía algo de apaciblemente siniestro como en su sonrisa, una hilacha
blanda entre los dientes, entre los labios finos, como la rebaba festiva
de su metálica y envainada sordidez.
Un hombre rubio, que parecía alemán, estudiaba el lugar con un ojo cerrado.
-Forkel -lo llamó Bonaví.
-Sí, don Simón.
-Puede medir no más. Aquí nos plantamos.
Descabalgaron. Un mulato bizco y gigantesco que siempre andaba detrás
de Bonaví con un parabellum al cinto, lo ayudó a desmontar. Lo bajó
aupado como a un niño.
-Gracias, Penayo-le sonrió el patrón.
Los ayudantes de Forkel empezaron a medir el terreno con una cinta de
acero que se enrollaba y desenrollaba desde un estuche, semejante a
una víbora chata y brillante.
Simón Bonaví era bajito y ventrudo. A la sombra del mulato, parecía
casi un enano. Tenia las piernas muy combadas. Era el único que no llevaba
polainas de cuero. Su ropa era oscura y su ridículo sombrerito que más
parecía un birrete, tiraba al color de un ratón muerto sobre los mofletes
rubicundos. Frecuentemente y como al descuido, introducía los dedos
en la abertura del pantalón. El olor de sus partes era su rapé. De allí
lo extraía, casi sin recato, entre el índice y el pulgar. Y al aspirarlo,
sus ojos mortecinos, su pacífica expresión se reanimaban.
-¿Qué huele, don?-le había preguntado una vez, al discutir un negocio,
un colega curioso y desaprensivo que lo veía meter a cada momento la
mano bajo la mesa.
-El olor del dinero, mi amigo-le respondió sin inmutarse Simón Bonaví,
al verse descubierto.
En ese valle del Tebikuary del Guairá, el "olor del dinero'' parecía
formar parte de su atmósfera. Simón Bonaví lo pellizcaba en el aire
mientras sus hombres hacían pandear sobre las cortaderas la flexible
víbora de metal.
-El proyecto del ferrocarril a Encarnación pasa a un kilómetro de aquí-comentó
el patrón.
-Probablemente-asintió el ingeniero alemán-. El terminal está a cinco
leguas al norte de San Juan de Borja.
-Pasa por aquí. Lo he visto en el mapa.
-Ja. Eso es muy interesante, don Simón-dijo entonces el alemán sin despegar
los ojos de los agrimensores.
-Claro. Sin ferrocarril no hay fábrica -los carrillos sonrosados estaban
plácidos. Hasta cuando amenazaba, Simón Bonaví permanecía tierno y risueño.
-Sin ferrocarril no hay fábrica-respondió el otro en un eco servil.
-En Asunción moveré mis influencias para que siga la construcción de
la trocha. Nosotros levantaremos aquí la fábrica. Que el gobierno ponga
las vías. Eso es hacer patria -el cuchillito blanco se reflejaba entre
los dientes sucios y grandes,
-Eso es hacer patria -dijo el ingeniero.
Así nació el ingenio. Simón Bonaví conchavó a los poblador es. Al principio
éstos se alegraron porque veían surgir las posibilidades de un trabajo
estable. Simón Bonaví los impresionó bien con sus maneras mansas y afables.
Un hombre así tenía que ser bueno y respetable. Acudieron en masa. El
patrón los puso a construir olerías y un terraplén que avanzó al encuentro
de los futuros rieles.
Con los ladrillos rojizos que salían de los hornos se edificó la fábrica.
Después llegaron las complicadas maquinarias, el trapiche de hierro,
los grandes tachos de cobre para la cocción. Tuvieron que transportarlos
en alzaprimas desde el terminal del ferrocarril, sobre una distancia
de más de diez leguas.
Se levantaron los depósitos, algunas viviendas, la comisaría la proveeduría.
Los hombres trabajaban como esclavos. Y no era más que el comienzo.
Pero de los patacones con que soñaban, no veían ni "el pelo en la chipa",
porque el patrón les pagaba con vales.
-Acciones al portador, muchachos-les decía los sábados-. Váyanse tranquilos.
-Kuatiá reí, patrón-se atrevió alguno a protestar.
-¿Qué dice éste?-preguntó a Penayo, que echaba su sombra protectora
sobre él.
-Papel debarte -tradujo el mulato.
-Tonto, más que tonto-argumentó sonriendo el patrón-. El papel es la
madre del dinero. Y este papel es más fuerte que el peso fuerte. Son
acciones al portador. Vayan a la proveeduría y verán.
Eso de "acciones al portador" sonaba bien pero ellos no lo entendían.
Creían que era algo bueno relacionado con el futuro. Tomaban sus vales
y se iban al almacén de la proveeduría que chupaba sus jornales a cambio
de provistas y ropas diez o veinte veces más caras que su valor real.
Pero eran ropas y provistas y eso lo adquirían con la kuatiá reí, el
papel blanco que era más fuerte que el peso fuerte, que el patacón cañón.
Simón Bonaví tejía su tela de araña con el jugo de las mismas moscas
que iba cazando. Llevaba los hilos de un lado a otro en sus manos pequeñas
y regordetas, balanceándose mucho al andar sobre sus piernas estevadas,
como un péndulo ventrudo, rapaz y sonriente. El péndulo de un reloj
que marcaba un tiempo cuyo único dueño era Simón Bonaví.
Los nativos veían crecer el ingenio como un enorme quiste colorado.
Lo sentían engordar con su esfuerzo, con su sudor, con su temor. Porque
un miedo sordo e impotente también empezó a cundir. Su simple mente
pastoril no acababa de comprender lo que estaba pasando. El trabajo
no era entonces una cosa buena y alegre. El trabajo era una maldición
y había que soportarlo como una maldición.
Antes de que la fábrica estuviera lista, Simón Bonaví ya tenía bien
ablandada a la gente por la intimidación. Él seguía sonriendo mansamente
y aspirando el casto rapé de sus entrepiernas. No intervenía personalmente
en la tarea del amansamiento. Para eso había puesto al frente de los
trabajos a Eulogio Penayo, que ahora blandía a todas horas un largo
y grueso teyú-ruguai atado al puño.
-¡Chake, Ulogio!...-susurraba el miedo en el terraplén, en las olerías,
en los rozados, en los galpones. Y la cola de cuero trenzada restallaba
en la tierra, en la madera, en las máquinas, en las espaldas sudorosas
de los esclavos. A veces sonaban los tiros del parabellum en son de
amedrentamiento. Penayo quería que supiesen que él era tan zambo para
los trallazos como para los balazos.
Uno de los tiros dio en la cabeza de Esteban Blanco, que se atrevió
a levantar la mano contra el capataz. El mulato le disparó a quemarropa.
-¡Omanó Teba! ¡Ulogio oyuka Tebä-pe! -los testigos esparcieron la noticia.
Fue el primer rebelde y el primer muerto. Lo arrojaron al río. El cadáver
se alejó flotando en un leve lienzo de sangre sobre la tela verde y
sinuosa del agua.
Simón Bonaví sonreía y se olía los dedos. Los ojos bizcos del mulato
rondaban entre las hojas y el polvo. El patrón era manso. El mulato
era la sombra siniestra del risueño hombrecito.
Entre los dos cerraron el círculo en torno a los pobladores de Tebikuary
del Guairá. Los únicos que quedaron libres fueron los carpincheros.
Ellos no quisieron vender su vagabundo destino al patrón que compraba
vidas con vales de papel para toda la vida.
Vino una peste. Enfermaron y murieron muchos. Algunos se animaron al
principio a pedir al patrón un adelanto para comprar remedios en San
Juan de Borja. Con su mansa sonrisa, Simón Bonaví los regresó:
-¡Ah, los pobres no tenemos derecho a enfermarnos! Ahí está el río-dijo
tirando leves pulgaradas por sobre el hombro-. Denles agua, mucha agua,
hasta que se cansen. El agua es un santo remedio.
Por fin la fábrica empezó a funcionar. Sus intestinos de hierro y de
cobre defecaron un azúcar blanco, mas blanco que la arena del Paso.
Blanco, dulce y brillante. Los hombres, las mujeres y los niños oscuros
de Tebikuary-Costa se asombraron de que una cosa tan amarga como su
sudor se hubiese convertido en esos cristalitos de escarcha que parecían
bañados de luna, de escamas trituradas de pescado, de agua de rocío,
de dulce saliva de lechiguanas.
-¡Azucá..., azucá mörötï! ¡Ipörä itepa! -clamaron al unísono en voz
baja. Algunos tenían húmedos los ojos. Tal vez el reflejo del azúcar.
Lo sentían dulce en los labios pero amargo en los ojos donde volvía
a ser jugo de lagrimales, arena dulce empapada en lágrimas amargas.
En el primer momento se dieron un atracón. Después tuvieron que comerlo
a escondidas, a riesgo de pagar un puñito con diez latigazos del mulato.
Terminada la primera zafra, Simón Bonaví regresó a la capital dejando
en la fábrica al ingeniero alemán Forkel y en la comisaría a Eulogio
Penayo.
Lo vieron alejarse a caballo sonriendo y oliéndose los dedos, como si
al marcharse se sorbiera el resto de la luz y del aroma agreste que
aún sobraban en Tebikuary del Guairá. Se eclipsó detrás del mulato que
lo escoltó hasta el tren.
En la fábrica se enconó entonces el sombrío reinado del terror cuyos
cimientos había echado Simón Bonaví con gestos tiernos y blandas miradas
azules. Forkel y Penayo debían rendirle estrictas cuentas. Quedaban
allí como el brazo diestro y el siniestro del ventrudo hombrecito de
Asunción.
De la chimenea del ingenio salía un humo negro que manchaba el aire
limpio, el cielo en otro tiempo claro del valle. Era como el aliento
de los desgraciados enterrados vivos en el quiste de ladrillo y hierro
que seguía latiendo a orillas del río.
La noche de San Juan, las hogueras pasaron ese año, fugitivas y espectrales,
verdaderos fuegos fatuos sobre el agua.
Solano Rojas tenía entonces quince años y trabajaba ya como peón en
la conductora del trapiche. Él vio rebelarse y morir a Esteban Blanco.
Su grito, su cabeza destrozada por el balazo del parabellum, pero sobre
todo su altivo gesto de rebeldía contra el matón que lo había azotado,
se le incrustaron en el alma.
Eulogio Penayo siguió cometiendo tropelías y vejámenes sin nombre. Estaba
envalentonado. Se sabía impune y omnipotente. Ahora era también el comisario
del gobierno. Bonaví le había conseguido su nombramiento por decreto.
La comisaría, una casa blanca con techo de cinc, tan siniestra como
su ocupante, estaba frente al recodo en la parte más alta de la barranca.
Desde allí el capataz-comisario vigilaba el ingenio como un perrazo
negro aureolado de sangriento prestigio. Allí arrastraba por las noches
a las mujeres que quería gozar en sus antojos lúbricos. A veces se oían
los gritos o el llanto de las infelices por entre las risotadas y palabrotas
del mestizo.
Al año siguiente de la partida del patrón, le tocó el turno a la madre
de Solano, que era una mujer todavía joven y bien parecida. Consiguió
de ella todo lo que quiso porque la amenazó, si se negaba, con que iría
a matar a su hijo que estaba trabajando en la fábrica. Solano lo ignoró
hasta mucho después, cuando ya el mulato estaba muerto y cuando una
venganza personal hubiera carecido ya de sentido aun en el caso de no
estarlo.
Pero entretanto, otro enemigo les apareció de improviso a los peones
de la fábrica.
Max Forkel hizo traer a su mujer de Asunción. Llegó montada a lo hombre
y con traje de amazona: botas negras, casaca y pantalón azules, sombrero
de paño encasquetado sobre el cabello teñido de indefinible color.
Desde el primer momento supieron a qué atenerse con respecto a ella.
Era una hembra cerrera e insaciable, la versión femenina del mulato.
Andaba todo el tiempo a caballo fatigando los campos y mirando extrañamente
a los hombres al pasar. Le llamaron la "Bringa". La mancha azul de su
casaca volaba en el viento y en el polvo del ingenio a la mañana y a
la tarde.
Al principio, la "Bringa" se lió con el mulato. Salían juntos y se tumbaban
en cualquier parte, sin importárseles mucho que ocasionales espectadores
pudieran murmurar después:
-Ya lo vimo' otra vé' a Ulogio y la Bringa... en el montecito.
-Parecen burro y burra...
Pero Penayo se cansó pronto de esta mujer cuarentona y repelente y acabó
por volverle la espalda. Entonces ella se dedicó a buscar candidatos
entre la peonada joven. Los mandaba llamar y se hacía cubrir por ellos
con dádivas o bajo amenazas, casi en las propias barbas del marido y
probablemente con su tácita aceptación. Algunos se prestaron a los seniles
galanteos de la mujer del ingeniero, atacada de furiosa ninfomanía.
Y los que no querían transigir eran echados de la fábrica. El dilema,
sin embargo, era terrible: o las bubas de la Bringa o el hambre y la
persecución.
La Bringa fue entonces la Vaca Brava.
-¡Vacá ñarö..., vacá cose..., vacá pochy!
Cuatro veces más las fogatas de San Juan habían bajado por el río.
Solano Rojas era ya un hombre espigado y esbelto. Un día Anacleto Pakurí
le trajo la temida noticia.
-Ahora quiere liarse con vo.
-¿Quién?-preguntó Solano por preguntar. Sabía de quién se trataba. Sus
veinte años vírgenes y viriles se irguieron dentro de él con asco sombrío
y turbulento.
-Ella, Vacá Ñarö-dijo Anacleto friccionándose la bragadura-. Te va a
mandar llamar. Anoche e'tuve con ella. ¡Neike, tapy-pi, que jembrón
chúcaro pa que' e' el mujer del injiñero! Dié peso minte-ko me dio.
Mä'é-sacó del bolsillo del pantalón un billete nuevo con un hombre frentudo
en el centro.
-¡Te vendite, Anacleto!-Solano le arrancó el billete, escupió encima
con rabia la espuma amarilla de su naco. Después lo arrojó al suelo,
lo pisoteó como una víbora muerta y lo cubrió de tierra.
-Vi'a dirme ko agora mimo a la curandera de Kande'á a ver pa si me limpia
del contagio-dijo humillado Anacleto-. Y vo'cuidate-ke, Solano. Yo ya
te avisé.
Pero un imprevisto acontecimiento libró a Solano de la acometida de
la Vaca Brava.
Al día siguiente de su encuentro con Anacleto el comisario amaneció
muerto en su casa. Tenía un cuchillo clavado en la espalda. Fue un asesinato
misterioso. Era un asesinato increíble. No había ningún indicio. La
casa del perro negro era inexpugnable y de él se decía que dormía con
un ojo sobre el caño del parabellum. Debía de ser una mujer. Tal vez
la mujer de Forkel. La habían visto rondar la casa blanca y después
hablar con el mulato en el alambrado. Podía ser el mismo Forkel. Lo
único cierto era que el salvaje cancerbero de Simón Bonaví estaba muerto.
Y bien muerto. La gente tenía por fin algún respiro. Los viejos rezaban,
las mujeres lloraban de alegría.
Simón Bonaví mandó a otro testaferro y junto con él a varios inmigrantes
para que procediera a una depuración de empleados, a una "cruza" general
de los elementos más antiguos.
-El mestizaje aplaca las sangres y mejora los negocios-había dicho oliendo
como siempre el olor del dinero, que él guardaba en la botonadura del
pantalón.
Max Forkel también fue despedido. Simón Bonaví dio al testaferro instrucciones
precisas con respecto al ingeniero alemán.
-Es blando, inepto con la gente, cobra un sueldo muy subido. Y tiene
esa mujer que es un asco de inmoralidad. Además, ya no necesitamos de
él. Me lo pone de patitas en la calle, sin contemplaciones.
Se marchó a pie con su mujer por el terraplén, cargado de valijas como
un changador.
La Vaca Brava parecía que por fin se hubiese amansado. Iba extrañamente
tranquila al lado del marido, como una sumisa y verdadera esposa. Estaba
irreconocible. Vestía un sencillo vestido de percal floreado y no el
agresivo traje de amazona que había usado todo el tiempo. El peso de
un maletín negro que llevaba en la mano la encorvaba un poco. Parecía
al mismo tiempo más vieja y más joven. Y el ala de un ajado sombrero
de toquilla suavizaba y hacía distante la expresión de su rostro repulsivo
en el que algo indescriptible como una sonrisa de satisfacción o de
renuncia flotaba tristemente ennobleciéndolo en cierta manera. Una sola
vez se volvió con recatada lentitud como despidiéndose de un tiempo
que allí moría para ella.
Un viejo cuadrillero cuchicheó a otro en el terraplén:
-La Vaca Brava le arreló a Ulogio Penayo. No puede ser otra.
-Jhee, compagre. No engaña el yablo por má manso que se ponga.
-En la valija lleva el lasánima del mulato.
-¡Jha kuñá takú! Al fin sirvió para algo...
Pero era como si hablaran de un ser que ya tampoco existía, porque en
ese momento una nube de polvo acabó de borrar el maletín negro y el
vestido floreado.
La ex comisaría quedó abandonada por un tiempo sobre el talud calizo.
Se decía que el alma en pena de Ulogio Penayo se lamentaba allí por
las noches. Después la ocupó otro matrimonio alemán que tenía una hijita
de pocos años.
Una noche que trajeron a la casa a un carpinchero muerto por un lobo-pe,
la niña desapareció misteriosamente. Era una noche de San Juan y los
fuegos resbalaban en la garganta del río.
La madre enloqueció al ver que el cadáver del carpinchero se transformaba
en un mulato, un mulato gigantesco que lloraba y se reía y andaba golpeándose
contra las paredes. Afirmaba que él había robado a su hijita. Pero eso
era solamente la invención de su locura. El carpinchero muerto seguía
estando donde lo habían puesto bajo el alero de la casa, estremecido
por los rojizos reflejos.
Otras cuatro veces las fogatas de San Juan de Borja pasaro aguas abajo.
Las cosas aflojaron un poco en el ingenio. El reemplazante de Eulogio
Penayo, más que un matón era un burócrata. Vivía en sus planillas. Y
lo tenía todo organizado a base de números, de fichas, de metódica rutina.
Los hombres trabajaban más holgados con la mejor distribución de las
tareas. El descontento se apaciguó bastante. Simón Bonaví había dado
un sagaz golpe de timón. Iba a ser el último. Mientras tanto, la fábrica
seguía produciéndole mucho dinero y el régimen de explotación en realidad
apenas había cambiado. La punta del lápiz del nuevo testaferro resultó
tan eficaz como el teyúruguai del anterior. Es cierto que también el
lápiz continuaba respaldado por buenos fusiles y capangas ligeramente
adecentados. Esto era lo que producía el optimista espejismo.
Entre los pocos que no se dejaban engañar, estaba Solano Rojas. Era
tal vez el más despierto y voluntarioso de todos. Palpaba la realidad
y entreveía intuitivamente sus peligros.
-E'to ko' é' pura saliva de loro marakaná. No se duerman, lo'mitá.
Pero le hacían poco caso. Los hombres estaban cansados y maltrechos.
Preferían seguir así a dar pretexto para que volvieran a reducirlos
por la violencia.
Entre los conchavados que vinieron ese año para la zafra, llegó un arribeño
que era distinto de todos los otros. Buena labia, fogoso, simpático
de entrada, con huellas de castigos que no destruían, que ennoblecían
su traza joven, la firme expresión de su rostro rubio y curtido. Se
hacia llamar Gabriel.
Trajo la noticia de que los trabajadores de todos los ingenios del Sur
estaban preparando una huelga general para exigir mejores condiciones
de vida y de trabajo. Tabikuary-Guasú y Villarrica ya estaban plegados
al movimiento. Él venia a conseguir la participación de Tebikuary-Costa.
-Nuestra fuerza depende de nuestra unión-repitió constantemente Gabriel
en los conciliábulos clandestinos-. De nuestra unión y de saber que
luchamos por nuestros derechos. Somos seres humanos. No esclavos. No
bestias de carga.
Solano Rojas escuchaba al arribeño con deslumbrado interés. Por fin
alguien había venido a poner voz a sus ansias, a incitarlos a la lucha,
a la rebelión. El agitador de los trabajadores del azúcar se dio cuenta
en seguida de que en ese robusto y noble mocetón tendría su mejor discípulo
y ayudante. Lo aleccionó someramente y trabajaron sin descanso. El entusiasmo
de la gente por la causa fue extendiéndose poco a poco. Eran objetivos
simples y claros y los métodos también eran claros y simples. No era
difícil comprenderlos y aceptarlos porque se relacionaban con sus oscuros
anhelos y los expresaban claramente.
El agitador dejó a Solano Rojas a cargo de los trabajos y se marchó.
Poco tiempo después el administrador percibió sobre sus planillas y
ficheros la sombra de la amenaza que se estaba cerniendo sobre el ingenio.
Le pareció prudente retransmitir el dato sin pérdida de tiempo al patrón.
El hombrecito ventrudo vino y captó de golpe la situación. Su ganchuda
nariz, habituada al aroma zahorí de su miembro, olió las dificultades
del futuro, el tufo de la insurrección.
-Esto se está poniendo feo-dijo al administrador-. Dejemos que sea otro
quien se queme las manos.
Regresó a los pocos días y puso en venta la fábrica junto con las tierras
que obtuviera gratuitamente del fisco para "hacer patria". No le costó
encontrar interesados. Simón Bonaví entró en tratos con un ex algodonero
de Virginia que había venido al Paraguay como hubiera podido irse a
las junglas del África. En lugar de cazar fieras o buscar diamantes,
había caído a cazar hombres que tuviesen enterrados en sus carnes los
diamantes infinitamente más valiosos del sudor. Había venido con armas
y dólares. Bonaví, ladino, no le ocultó lo de la huelga. Sospechó que
podía ser un matiz excitante para el ex algodonero. Y no se equivocó.
-No me importa. Al contrario, eso gustar a mí-le dijo el virginiano
y le pagó al contado el importe de la transacción
que incluía la fauna, la flora y los hombres de Tebikuary-Costa.
Entonces llegó Harry Way, el nuevo dueño. Llegó con dos pistolas colgándole
del cinto, los largos brazos descolgados a lo largo de los "breeches"
color caki y una agresiva y siniestra actitud empotrada sobre las cachas
de cuerno de las pistolas. Era grande y macizo y andaba a zancadas hamacándose
como un ebrio. Sus botas rojas dejaban en la tierra los agujeros de
sus zancajos. Los ojos no se le veían. Su rostro cuadrado sobre el que
echaba perpetuamente sombra el aludo sombrero, parecía acechar como
una tronera de cemento la posible procedencia del ataque o elegir el
sitio y calcular la trayectoria del balazo que él debía disparar.
Le acompañaban tres guardaespaldas que eran todos dignos de él: un moreno
morrudo que tenía una cuchillada cenicienta de oreja a oreja, un petiso
de cara bestial que a través de su labio leporino escupía largos chorritos
de saliva negruzca. De tanto en tanto sacaba de los fundillos un torzal
de tabaco y le echaba una dentellada. El tercero era un individuo alto,
flaco y pecoso que siempre estaba mirando aparentemente el suelo pero
en realidad atisbando por debajo del sombrero volcado a ese efecto sobre
la frente. Los tres cargaban un imponente "Smith-Wesson" negro a cada
lado y una corta guacha deslomadora al puño. Parecían mudos. Pero todo
lo que les faltaba en voz les sobraba en ojos.
Aparecieron una mañana como brotados de la tierra. Los cuatro y sus
caballos. Nadie los había visto llegar.
Lo primero que hizo Harry Way en el ingenio fue reunir a la peonada
y a los pequeños agricultores. No quedó un solo esclavo sin venir a
la extraña asamblea convocada por el nuevo patrón. Su voz tronó como
a través de un tubo de lata amplio y bien alimentado de aire y orgulloso
desprecio hacia el centenar de hombres arrinconados contra la pared
rojiza de la fábrica. Su cerrado acento gringo tornó aún más incomprensible
y amenazadora su perorata.
-Me ha prevenido don Simón que aquí se está prepagando una juelga paga
ustedes. Mí ha comprado este fábrica y he venido paga hacelo trabacá.
Como que me llama Harry Way, no decaré vivo un solo misegable que piense
en juelgas o en tonteguías de este clase.
Se golpeó el pecho con los puños cerrados para subrayar su amenaza.
La camisa a rayas coloradas se desabotonó bajo la blusa y un espeso
mechón color herrumbre asomó por la abertura. Con el dorso de la mano
se reviró después el sombrero que cayó sobre la nuca. El rostro cuadrado
y sanguíneo también parecía herrumbrado en la orla de pelo que lo coronaba
ralamente. Harry Way paseó sus desafiantes ojos grises por los hombres
inmóviles.
-Quien no esté conforme que me lo diga ahoga mismo. Mí conformar en
seguida.
Su crueldad le sahumaba, le sostenía. Era su mejor cualidad. Su corpachón
flotaba en ella como un peñasco en una cerrazón rojiza.
Se oyó un grito sofocado en las filas de los trabajadores. Lo había
proferido Loreto Almirón, un pobre carrero enfermo de epilepsia. Sus
ataques siempre comenzaban así. Estaba verde y su mandíbula le caía
desgonzada sobre el pecho.
-¡Tráiganlo a ese misegable! -barbotó Harry Way a sus capangas. El moreno
y el petiso corrieron hacia los peones. El pecoso se pegó al patrón
con las manos sobre los revólveres. Loreto Almirón fue traído a la rastra
y puesto delante de Harry Way. Parecía un muerto sostenido en pie.
-¿Usted ha protestado?
Loreto Almirón sólo tenía los ojos muy abiertos. No dijo nada.
-Mi va a enseñar paga usted a ser un juelguista... -se combó a un lado
y al volver descargó un puñetazo tremendo sobre el rostro del carrero.
Se oyeron crujir los dientes. La piel reventó sobre el canto del pómulo.
Los que lo tenían aferrado por los brazos lo soltaron y entonces Loreto
Almirón se desplomó como un fardo a los pies de Harry Way, que aún le
sacudió una feroz patada en el pecho.
-¿Alguien más quiegue probar?-preguntó excitado.
La masa de hombres oscuros temblaba contra la pared, como si la epilepsia
de Loreto Almirón, ahora inerte en el suelo, se estuviera revolviendo
en todos ellos.
Solano Rojas estaba crispado en actitud de saltar con el machete agarrado
en las dos manos. Gruesas gotas empezaron a caer junto a sus pies. No
eran de sudor. En su furia impotente y silenciosa, había cerrado una
de sus manos sobre el filo del machete que le entró hasta los huesos.
-¡Todavía no..., todavía no! -el espasmo furioso estaba por fin dominado
en su pecho que resonaba en secreto como un monte.
El pecoso espiaba por debajo del sombrero pirí en dirección a Solano.
No le veía bien. José del Rosario y Pegro Tanimbú lo habían tapado con
sus cuerpos. Sólo el instinto le decía al capanga que allí estaba humeando
la sangre. Pero la sangre de los esclavos ya estaba humeando en todas
las venas bajo la piel oscura y martirizada. Sombras de sollozos reprimidos
estaban arañando el cielo seco y ardiente de las bocas.
La carcajada de Harry Way apedreó a los peones.
-¡Ja..., ja..., ja...! ¡Juelguistas! Mi enseñar paga ustedes a ser mansitos
como ovejas... ¡Miguen eso!
Por el terraplén venía un verdadero destacamento de hombres armados
con máuseres del gobierno. Eran los nuevos "soldados" de la comisaría,
cuyos nombramientos también habían salido del Ministerio del Interior.
Harry Way poseía un agudo sentido práctico y decorativo. La espectacular
aparición de sus hombres se producía en un momento oportuno. Eran como
veinte, tan mal encarados como los tres que rodeaban al patrón. En el
polvo que levantaban sus caballos, se acercaban como flotando en una
nube de plomo, hombres siniestros cuyos esqueletos ensombrerados asomaban
en la sonrisa de hueso que el polvo no podía apagar. Se acercaban por
el terraplén. Los envolvía aún Un silencio algodonoso y sucio, pero
ya los ojos de los peones escuchaban el rumor brillante de sus armas.
Después se escuchó el rumor de los cascos. Y sólo después el rumor de
las voces y las risas cuando los hombres avanzaron al tranco de sus
caballos y se cerraron en semicírculo sobre la fábrica.
Harry Way reía. Los peones temblaban. Los "soldados" mostraban el esqueleto
por la boca.
Tebikuary del Guairá estaba mucho peor que antes. Sus pobladores habían
salido de la paila para caer al fuego.
Harry Way se fue a vivir con sus hombres en la casa blanca donde había
muerto Eulogio Penayo. Era como si el alma en pena del mulato se hubiese
reencarnado en otro ser aún más bárbaro y terrible. Harry Way hizo añorar
la memoria del antiguo capataz-comisario de Bonaví, casi como una fenecida
delicia.
La casa blanca fue reconstruida al poco tiempo. Y se llamó desde entonces
la Ogaguasú. Volvía a ser comisaría y ahora era, además, la vivienda
del todopoderoso patrón. Alrededor, como un cinturón defensivo, se levantaron
los "bungalows" de los capangas.
A extremos increíbles llegó muy pronto la crueldad del Buey-Rojo, del
Güey-Pytá, como empezaron a llamar al fabriquero gringo Harry Way. Así
les sonaba su nombre. Y en realidad se asemejaba a un inmenso buey rojo.
Sus botas, sus camisas a rayas coloradas, su pelo de herrumbre que parecía
teñido de pensamiento sanguinario, su desbordante y sanguinaria animalidad.
Como antes Simón Bonaví desde Asunción, ahora pastaba Harry Way en Tebikuary-Costa.
El quiste colorado se hinchaba más y más y estaba cada vez más colorado,
latiendo, chupando savia verde, savia roja, savia blanca, savia negra,
los cañaverales, el agua, la tierra, el viento, el sudor, los hombres,
el guarapo, la sangre, todo mezclado en la melaza que fermentaba en
los tachos y que las centrífugas defecaban blanquísima por sus traseros
giratorios y zumbadores.
El azúcar del Buey-Rojo seguía siendo blanco. Más blanco todavía que
antes, más brillante y más dulce, arena dulce empapada en lágrimas amargas,
con sus cristalitos de escarcha rociados de luna, de sudor, de fuego
blanco, de blanco de ojos triturados por la pena blanca del azúcar.
Frente a la fábrica se plantó un fornido poste de lapacho. Allí azotaban
a los remisos, a los descontentos, a los presuntos "juelguistas". Cuando
había alguno, el Buey-Rojo ordenaba a sus capangas:
-Llévenlo al good-friend y sacúdanle las miasmas.
El "buen-amigo" era el poste. Las guachas deslomadoras administraban
la purga. Y el paciente quedaba atado, abrazado al poste, con su lomo
sanguinolento asándose al sol bajo una nube de moscas y de tábanos.
El negro de la cuchillada cenicienta y el petiso tembevókarapé se especializaron
en las guacheadas. Especialmente este último. Cruzaban apuestas.
-Cinco pesos voy a e'te -decía el petiso al negro-. Lo delomo en veinte
guachazo'.
-En treinta -apuntaba el negro.
El tembevó-karapé se lubricaba las manos arrojándose por el labio partido
un chorrito de baba negruzca, empuñaba la guacha y comenzaba la faena
con su acompasado y sordo estertor en el pecho. Casi siempre acertaba.
Deslomar significaba desmayar al guacheado. Los planazos del cuero sonaban
casi como tiros de revólver sobre el lomo del infeliz que gritaba hasta
que se quedaba callado, deslomado.
José del Rosario fue al poste. Era viejo y no aguantó. Arrojaron su
cadáver al río. Pegro Tanimbú fue al poste. Estaba tísico y no aguantó.
Arrojaron su cadáver al río. Anacleto Pakurí fue al poste. Era joven
y fuerte. Aguantó. Dejó por sus propios medios el "buen-amigo". Pero
al día siguiente volvió a insolentarse con uno de los capangas y lo
liquidaron de un tiro. Arrojaron su cadáver al río. Un poco antes también
habían arrojado al río a Loreto Almirón, que no murió de guacha sino
del puñetazo que Harry Way le obsequió al llegar.
El río era una buena tumba, verde, circulante, sosegada. Recibía a sus
hijos muertos y los llevaba sin protestas en sus brazos de agua que
los había mecido al nacer. Poco después trajo pirañas para que no se
pudrieran en largas e inútiles navegaciones.
Las mujeres no estaban mejor que los hombres. Antes sólo vivía en la
casa blanca Eulogio Penayo, el mulato bragado de piernas. Ahora había
en la Ogaguasú veinticinco machos cabríos. Necesitaban desfogarse y
se desfogaban a las buenas o a las malas.
El Buey-Rojo desfloraba a las nuevas y las pasaba a sus hombres, cuando
se cansaba de ellas.
Las noches de farra menudeaban en la Ogaguasú. Los capangas salían a
recorrer los ranchos reclutando a las kuñá. Cuando escaseaba mujer,
hubo alguna que tuvo que soportar todo el tendal de machos, mientras
el fuego líquido de la guaripola y el fuego podrido de la lujuria alumbraban
la farra, entre gritos, guitarreadas, cantos rotos y carcajadas soeces.
El entusiasmo para la huelga se apagó como quemado por un ácido. Las
palabras de Solano Rojas morían sin eco, sordamente rechazadas. Ya ni
lo querían escuchar. El terror tenía paralizada a la gente. El rostro
de tronera de Harry Way prendía ojos de lechuza venteadora desde las
ventanas de la Ogaguasú. Se sentían vigilados hasta en sus pensamientos.
-¡Qué huelga, Solano!-decían los pocos que aún no estaban del todo desanimados-.
Ma' mijor quemamo' la fábrica y note condemo' en el monte.
-La fábrica no é' el enemigo de nojotro. El enemigo e'tá en el Ogaguasú.
En toda las Ogaguasú-kuera donde hay patrone' como el Güey-Pytá o Simón
Bonaví. Contra ello-kuera tenemo' que levantarno'.
Naturalmente, no podían faltar los soplones. Uno de ellos delató a Solano.
El Buey-Rojo le exigió primeramente con amenazas que revelara los planes
de la huelga. Solano estaba mudo y tranquilo. Lo trataron de ablandar
a puñetazos y a puntapiés. Solano escupió sangre, escupió dos o tres
dientes, pero seguía mudo y tranquilo mientras los moretones empezaban
a sombrearle el rostro.
-Llévenlo al poste. Y dugo con él -ordenó entonces el patrón.
Fue atado al "buen-amigo" y torturado bestialmente. El mismo Harry Way
presenció la guacheada. El zambo y el tembevó-karapé alternaron sus
cueros sobre el lomo de Solano y rivalizaron en fuerza y en saña.
-Va di' peso a e'te. Lo vita delomar en cuarenta-dijo el petiso en voz
baja al negro, antes de comenzar.
-A e'te, entre lo do' junto no lo delomamo en meno' de cien -reflexionó
el negro-. Ya jheyá cien-pe.
Empezaron a sonar las guachas como tiros de calibre 38 largo.
...Cinco... Diez... Quince... Veinte... El zambo y el karapé... El karapé
y el zambo... Veinticinco... Treinta... El zambo y el karapé... el karape
y el zambo...
A cada guachazo saltaba un pequeño surtidor rojo que resplandecía al
sol. Toda la espalda de Solano ya estaba bañada en su jugo escarlata
como una fruta demasiado madura que dos taguatós implacables reventaban
con sus acompasados aletazos. Pero Solano seguía mudo. La boca le sangraba
también con el esfuerzo del silencio. Sólo sus ojos estaban empañados
de alaridos rabiosos. Pero su silencio era más terrible que el estampido
de las guachas.
-¡Más..., más...!-gritaba Harry Way-. ¡Dugo con él! ¡Mi va a enseñarte,
misegable, a ser juelguista! ¡Más.... más...!
...Treinta y cinco... Cuarenta... Cuarenta y cinco... Cincuenta...
El zambo y el karapé... El karapé y el zambo...
Estaban fatigados. El karapé estertoraba y estertoraba el zambo. Al
levantar la guacha se secaban el sudor de la frente con el antebrazo
y se borroneaban de rojo toda la cara con las salpicaduras de la sangre.
El Buey-Rojo también estertoraba, pero él no de fatiga sino de sádica
emoción.
Ni el zambo ni el karapé acertaron esta vez. Sólo con ciento diez guachazos
pudieron deslomar a Solano, que quedó colgando del "buen-amigo".
El humo del ingenio seguía manchando el cielo. El quiste colorado latía.
En la Ogaguasú hubo esa noche rumor de farra.
El poste amaneció vacío. Manos anónimas desataron en la oscuridad a
Solano y lo llevaron por el río. Si los capangas de Harry Way no hubieran
estado durmiendo su borrachera, tal vez habrían sentido maniobrar quedamente
en el recodo a los cachiveos de los carpincheros.
Los días pasaron lentamente. La desesperación creció en los trabajadores
del ingenio y empezó a desbordar como agua que una mala luna arrancaba
de madre.
La destrucción de la fábrica quedó decidida.
Era en cierto modo la consecuencia natural del estado de ánimo colectivo.
La solución extrema dictada no por el valor sino por el miedo. La gente
estaba embrujada por el miedo. Estaba embrujada por el odio, por la
amargura sin esperanza. Estaba envenenada y seca como si durante todo
ese tiempo no hubiera estado bebiendo más que jugo de víboras y guarapo
de cañadulce leprosa.
La causa de sus desgracias eran la fábrica, las máquinas, el ingenio.
El mismo Simón Bonaví, el propio Harry Way, habían nacido del quiste
colorado. Tenían su color y su ponzoña. Destruida la fábrica, todo volvería
a ser como antes.
-¡Vamo' a quemarla! -propuso Alipio Chamorro.
-¡Ya jhapy-katú! -apoyaron Secundino Ortigoza, Belén Cristaldo, Miguel
Benítez, y unos quince o veinte más, mocetones arrejados a quienes no
les importaba morir si podían destruir el poder del Buey-Rojo.
La ausencia de Solano Rojas lo complicaba todo. Él habría logrado sacar
partido favorable de la situación. Era el cabecilla nato de los suyos.
Pero lo creían muerto.
Un hachero trajo sin embargo la noticia de que estaba vivo con los carpincheros.
-Vamos a hacerlo llamar-propuso Belén Cristaldo.
-Él quiere la huelga, no el incendio -recordó Secú Ortigoza.
De todos modos, enviaron de inmediato al mismo hachero para comunicarle
la decisión.
La noche fijada para el incendio, Solano Rojas remontó el río con unos
cuantos carpincheros, los mismos que lo habían rescatado del poste del
suplicio salvándole la vida. Todavía estaba algo débil, pero por dentro
se sentía firme y ansioso.
Cuando se iban acercando al Paso, oyeron sonar disparos hacia el ingenio.
Desembarcaron, subieron la barranca y continuaron aproximándose cautelosamente
por el monte donde la noche era más noche con la oscuridad. Los disparos
iban arreciando. Solano reconoció los máuseres y los revólveres de Harry
Way y sus matones. El corazón se le encogió con un triste presentimiento.
Al desembocar en la explanada del ingenio, comprobó que lo que venía
temiendo desgraciadamente era verdad: sus compañeros estaban acorralados
dentro de la pila de rajas que rodeaba la parte trasera de la fábrica
en un gran semicírculo. Probablemente alguien había soplado a Harry
Way el plan de los incendiarios, él los había dejado entrar en la trampa
hasta el último hombre y ahora los estaba cazando a tiros.
Solano Rojas escudriñó las tinieblas. Sólo restaba un último y desesperado
recurso. Era casi absurdo, pero había que intentarlo.
-¡Vamo' lotmitá! -susurró a los carpincheros y volvieron a sumirse en
el yavorai.
En la herradura formada por los fondos de la fábrica y la pila de leña,
la oscuridad semejaba el ala de un inmenso murciélago. En esa membrana
viscosa y siniestra los hombres atrapados se arrebujaban, se guarecían.
Pero sólo por unos instantes más.
Desde distintos puntos a la vez, los disparos de los capangas la iban
pintando con fugaces y retumbantes lengüetazos amarillos. Se apagaban
y surgían de nuevo en una costura fosfórica hilada de chiflidos. El
pespunte de fogonazos y detonaciones marcaba el reborde de la trampa.
Los peones también respondían con alguno que otro tiro desde donde se
hallaban parapetados. Disponían de un revólver. Lo empuñaba Alipio Chamorro.
Era el "Smith-Wesson" que su hermana le había robado a un capanga una
noche de farra en la Ogaguasú. Alipio disparaba apuntando cuidadosamente
hacia las sombras que escupían saliva de fuego amarillo. Disparó hasta
cinco veces.
-Me queda una bala nomá' -avisó Alipio.
-Dejá para lo' úrtimo-dijo Secú Ortigoza, sin esperanza-. Ese bala e'
para vo'. Te va a sarvar de lo' capanga. No sarvó a tu hermana. Pero
te va a sarvar a vo'.
Alguien trató de anular la nota fúnebre que Secú había infiltrado.
-¿Se acuerdan pa de Simón Bonaví? Dentro de su pierna' nikó podían pelear
cinco perro'pertiguero', de tan karë que eran.
Rieron.
-¿Y cuando olía su bragueta?-dijo Belén Cristaldo, contribuyendo a la
evocación del primer patrón-. Se contentaba con eso pa' no ga'tarse
con mujer.
Rieron a carcajadas. Condenados a una muerte segura, la veintena de
peones todavía divertía sus últimos minutos con pensamientos risueños
de una tranquila y desesperada ironía. Los balazos de Harry Way y de
sus hombres continuaban rebotando en los troncos con chistidos secos.
De él no se acordaban sino para gritarle con fría cólera, con desprecio:
-¡Güey-Pyta!...
-¡Mba'é-pochy tepynó!...
-¡Tekaká!...
-¡Piii-piii... puuuuu...!
Una lluvia de uñas de plomo raspó la pila de leña como una invasión
de comadrejas invisibles. Los peones quedaron en silencio. Dos o tres
se quejaban quedamente, como en orgasmo. Se dispusieron a entregarse.
En eso vieron elevarse por encima del pespunte fosfórico un resplandor
humeante hacia el recodo del río, en dirección a la Ogaguasú.
-¡Pe maté! ¡Tatá... !-dijo una voz en el parapeto.
-¿Qué pikó puede ser?-preguntó Miguel Benítez, con se voz aflautada
de niño.
-El juego de San Juan-murmuró Alipio en un suspiro-. Pe mañá pörä-ke
jhesé... Lo' etamo viendo por última vé'...
-¿En octubre pikó, Alipio, la noche de San Juan de juño? -preguntó Secú.
El resplandor crecía. Ahora se veía bien. No; no eran las fogatas de
San Juan. Era la Ogaguasú que se estaba quemando. Un gran grito tembloroso
surgió en el parapeto. Los capangas abandonaron el asedio de la pila
de leñas y corrieron hacia la Ogaguasú. Fueron recibidos con un tiroteo
graneado que tumbó a varios. Cundió entre ellos el desconcierto. Se
oían los mugidos metálicos y gangosos de Harry Way tratando de contener
el desbande de sus hombres repentinamente asustados.
Los sitiados comenzaron a abandonar el parapeto. Por las dudas se alejaban
reptando entre la maleza.
Cuando algunos de ellos se animaron y llegaron a las inmediaciones de
la Ogaguasú, se encontraron con un extraordinario espectáculo. Todo
había sucedido vertiginosamente. Era algo tan inconcebible e irreal,
que parecía un sueño. Pero no era un sueño.
En el candelero circular de los "bungalows" de tablas, la Ogaguasú ardía
como una inmensa tea que alumbraba la noche.
Delante de Solano Rojas armado de un máuser, delante de unos treinta
carpincheros armados también con máuseres y revólveres, estaba Harry
Way hincado de rodillas pidiendo clemencia. Con gritos jadeantes pedía
clemencia a los hombres libres del río, al esclavo que un mes antes
había mandado azotar hasta el borde de la muerte. Pedía clemencia porque
él a su vez ahora no quería morir. Su camisa a rayas coloradas hecha
jirones, mostraba el pecho de herrumbre. Sus "breeches" color caki,
su piel de oro sanguíneo, sus botas rojas acordonadas, estaban embadurnadas
de barro y de sangre. De trecho en trecho había capangas muertos. El
pecoso alto y el petiso de labio leporino habían mordido el polvo junto
al patrón.
Poco a poco vinieron los demás pobladores. Una gran multitud se estaba
reuniendo alrededor del incendio.
-¡No me maten..., no me maten...! ¡Mí ser un ciudadano extranquero...!
¡Mí promete resolver las cosas a su gusto...! ¡No me maten...! -gemía
el Buey-Rojo postrado en tierra, aplastado, vencido.
-¡Levántese! -le ordenó Solano Rojas. Su voz no admitía réplica. Era
una voluntad tensa en que vivos y muertos hablaban. Restalló poderosa
entre el ruido del fuego.
Harry Way se levantó lentamente, dudando todavía. Su corpachón ya no
era amenazante. Estaba como deshuesado.
Solano se desplazó hasta la puerta de uno de los "bungalows" en llamas
y la abrió con la culata del máuser. La espalda llagada de Solano descargó
de golpe sobre los ojos del señor feudal, uno por uno, silenciosamente,
todos los guachazos recibidos.
-¡Venga aquí! -volvió a ordenar implacable.
Harry Way avanzó un paso y se detuvo. Acababa de comprender. Empezó
a gritar nuevamente, esta vez con gañidos de perro castigado. Dos carpincheros
lo empujaron a culatazos, lo fueron empujando como a un carpincho herido
en el agua, lo fueron empujando a pesar de sus gritos, de su resistencia
espasmódica, de su descompuesto terror, de su ansia tremenda de salvarse
de la muerte. Lo fueron empujando hasta acabar de meterlo en la ratonera
ardiente.
Solano volvió a cerrar la puerta y la trancó con el máuser.
Todos se quedaron escuchando en silencio, presenciando en silencio la
invisible ejecución de Harry Way que las llamas consumaban lentamente,
hasta que los gritos y los golpes de puños en los tablones se nivelaron
con el chisporroteo del fuego, decrecieron y se apagaron del todo mientras
crecía en el aire el olor de la carne quemada.
Entre los carpincheros, cerca de Solano Rojas, estaba una muchacha mirando
la casa que ardía. En su rostro fino y pequeño sus pupilas azules brillaban
empañadas. La firme gracia de su cuerpo de cobre emergía a través de
los guiñapos. Sus cabellos parecían bañados de luna, como el azúcar.
No tenía armas pero sus manos estaban cubiertas de tizne. Ella también
había ayudado a quemar la Ogaguasú, a destruir la cruel y sanguinaria
opresión que estaba acabando en calcinados escombros, en humo volandero,
en recuerdo.
Por eso el acordeón de Solano suena vivo y marcial en el Paso. El fuego
de la tierra y de los hombres, la pasión de la libertad y el coraje,
vibran en las antiguas palabras guerreras.
Campamento Cerro-León, catorce, quince, yesiséis... yesisiete, yesiocho...
yesinueve batallón...
Ipuma ko la diana,
pe pacpá-ke lo'mita...
Tras el sumario castigo del Buey-Rojo, sucedió un episodio breve, indescriptible,
maravilloso. No podía durar. Después de la pesadilla del miedo, la borrachera
de la esperanza iba a ser sólo como un soplo.
Los trabajadores del ingenio recomenzaron la zafra por su cuenta después
de haber hecho justicia por sus manos. La habían pagado con su dolor,
con su sacrificio, con su sangre. Y la habían pagado por adelantado.
Las cuentas eran justas.
Formaron una comisión de administración en la que se incluyó a los técnicos.
Y cada uno se alineó en lo suyo; los peones en la fábrica, los plantadores
en los plantíos, los hacheros en el monte, los carreros en los carros,
los cuadrilleros en los caminos. Todos arrimaron el hombro y hasta las
mujeres, los viejos y la mitá-í.
Se pusieron a trabajar noche y día sin descanso. Lo hacían con gusto,
porque al fin sabían, sentían que el trabajo es una cosa buena y alegre
cuando no lo mancha el miedo ni el odio. El trabajo hecho en amistad
y camaradería.
No pensaban, por otra parte, quedarse con el ingenio para siempre. Sabían
que eso era imposible. Pero querían entregarlo por lo menos limpio y
purificado de sus taras; lugar de trabajo digno de los hombres que viven
de su trabajo, y no lugar de torturas y de injusticias bestiales.
Solano Rojas habló de que se podrían imponer condiciones. Destacó emisarios
a los otros ingenios del Sur y a la Capital.
No volvieron los emisarios. No pudieron siquiera terminar la zafra.
A la semana de haber comenzado esta fiesta laboriosa y fraternal, el
ingenio amaneció un día cercado por dos escuadrones del gobierno que
venían a vengar póstumamente al capitalista extranjero Harry Way. Traían
automáticas y morteros.
Los trabajadores enviaron parlamentarios. Fueron baleados. Se acantonaron
entonces en la fábrica para resistir. Las ametralladoras empezaron a
entrar en acción y las primeras granadas de morteros a caer sobre la
fábrica.
Los sitiados se rindieron esta vez, para evitar una inútil matanza.
Los escuadrones se llevaron a los presos atados con alambre. Entre ellos
iba Solano Rojas con un balazo en el hombro.
Tebikuary del Guairá volvió al punto de partida. Pero en lugar del verde
de antaño había sólo escombros carbonizados. Algunas carroñas humanas
se hinchaban en el polvo del terraplén. Y en lugar de humo flotaban
cuervos en el aire seco y ardiente del valle.
El círculo se había cerrado y volvía a empezar.
Poco a poco regresaron los presos. Primero fue Miguel Benítez, después
Secú Ortigoza, después Belén Cristaldo y por último Alipio Chamorro.
Solano Rojas quedó en la cárcel. Quedó por quince años. Por fin lo soltaron.
Se trajo sus recuerdos y la cicatriz de un sablazo sobre ellos. Pero
había tenido que dejar los ojos en la cárcel en pago de su libertad.
Regresó como una sombra que volvía de la muerte. Sombra él por fuera
y por dentro. Anduvo vagabundeando por las barrancas. Allí se quedó.
Los carpincheros le ayudaron después a levantar su choza al otro lado
del río y a construir su balsa. Un tropero le regaló el acordeón.
Se sentía a gusto en la barranca frente a las ruinas de la Ogaguasú.
Era el sitio del combate y el sitio de su amor. Necesitaba estar allí,
al borde del camino de agua que era el camino de ella. Su oído aprendió
a distinguir el paso de los carpincheros y a ubicar el cachiveo negro
en que la muchacha del río bogaba mirando hacia arriba el rancho del
pasero.
Ella. Yasy-Mörötï.
El nombre del Paso surgió de esta tierna y secreta obsesión que se transformaba
en música en el remendado acordeón del ciego.
Yasy-Mörötï ...
Luna blanca amada que de mí te alejas
con ojos distantes...
Por tres veces, Solano sintió bajar las fogatas de San Juan. Los carpincheros
seguían cumpliendo el rito inmemorial. Traían sus cachiveos a que los
sapecara el fuego del Santo para que la caza fuera fructífera.
Solano se aproximaba al borde de la barranca para sentirlos pasar. Los
saludaba con el acordeón y ellos le respondían con sus gritos. Y cuando
entre los fuegos el ojo de su corazón la veía pasar a ella, una extraña
exaltación lo poseía. Dejaba de tocar y los ojos sin vida echaban su
rocío. En cada gota se apagaban paisajes y brillaba el recuerdo con
el color del fuego.
La última vez que se acercó, resbaló en la arena de la barranca y cayó
al remanso donde guardaba su balsa, donde lavaba su ropa harapienta,
de donde sacaba el agua para beber.
De allí lo sacaron los carpincheros que estuvieron toda la noche sondando
el agua con sus botadores y sus arpones, al resplandor de las hogueras.
Lo sacaron enredado a un raigón negro, los brazos negros del agua verde
que lo tenían abrazado estrechamente y no lo querían soltar.
Los carpincheros pusieron el cuerpo de Solano en la balsa, trozaron
el ysypó que la ataba al embarcadero y la remolcaron río abajo entre
los islotes llameantes.
Sobre la balsa, al lado del muerto, iba inmóvil Yasy-Mörötï.
Todavía de tanto en tanto suele escucharse en el Paso, a la caída de
las noches, la música fantasmal del acordeón. No siempre. Sólo cuando
amenaza mal tiempo, no hay zafra en el ingenio nuevo y todo está quieto
y parado sobre el río.
-¡Chake!-dicen entonces los ribereños aguzando el oído-. Va a haber
tormenta.
-Ipú yevyma jhina Solano cordión...
Piensan que el Paso Yasy-Mörötï está embrujado y que Solano ronda en
esas noches convertido en Pora. No lo temen y lo veneran porque se sienten
protegidos por el ánima del pasero muerto.
Allí está él en el cruce del río como un guardián ciego e invisible
a quien no es posible engañar porque lo ve todo.
Monta guardia y espera. Y nada hay tan poderoso e invencible como cuando
alguien, desde la muerte, monta guardia y espera.
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Kurupí
-¡Mirá, Melitón! -dijo la mujer de semblante enfermizo, tendiendo la
mano hacia la ventanilla. Su voz se apagó entre el tantaneo de las ruedas.
El hombre que venía dormitando a su lado, con las botas cruzadas sobre
el asiento frontero y las manos sobre el vientre, no se movió. El aludo
sombrero de fibra estaba volcado sobre la nariz. No se le veía más que
la boca entreabierta, los gruesos labios moteados de sudor.
Tuvo que repetirle las palabras.
-Mirá, Melitón. ¡Parece el acompañamiento del Crucificado!
El hombre reflotó pesadamente de su sopor y giró la cabeza.
-Y sí, es la procesión del Viernes Santo -dijo de mala gana, pasándose
la mano por la cara abotagada.
Se acodó en la ventanilla. Su corpachón bloqueó el hueco. La mujer se
mudó al otro asiento, para seguir viendo. Los demás pasajeros también
ya se hallaban asomados, alguno con medio cuerpo afuera. No eran muchos,
así que las aberturas alcanzaban para todos. La mujer en silencio, con
una vacía fijeza, inconscientemente impresionada por lo que veía.
Las ruedas batanearon a ritmo más lento sobre las junturas de los rieles,
entre resoplidos del convoy al repechar la cuesta.
A lo lejos, como a tiro de fusil, el apelmazado gentío avanzaba fatigosamente
por la carretera hacia el pueblo. Parecía flotar más que arrastrarse
detrás de las andas, en la cerrazón de polvo.
Desde el tren se divisaba al Cristo en lo alto, brillando con una palidez
de pescado muerto sobre una compacta chorrera de hormigas. Se oían los
cánticos y el monótono golpear de las matracas, casi a compás de las
ruedas, en las ráfagas calientes que hacían ondear los pajonales y mudar
de sitio a las candelas de la resolana. Las tolvaneras alzaban del camino
rápidas y enroscadas columnas al paso del Cristo yacente en las parihuelas.
Atrás el cerrito vigilaba la marcha de la procesión, respirando pausadamente
en los reverberos, con la cruz bajo el cimborio de paja de la cumbre.
-El Calvario de Tupá-Rapé... -dijo el hombre sin volverse. El viento
removió bajo el sombrero los mechones de cobre.
-¿Cómo?-preguntó la mujer.
-El Calvario de Tupá-Rapé-aclaró el otro-. Ese que llevan ahí. El Cristo
Leproso.
-¿Un Cristo leproso?-murmuró la mujer. Una mueca de repulsión o de miedo
crispó sus demacradas facciones, marcando las arruguitas que fruncían
las comisuras de los labios. No era vieja pero se hallaba avejentada.
El climaterio echaba sobre ella las primeras sombras. La rijosa vitalidad
que manaba del otro, la disminuía aún más.
-El Cristo, no. El que lo hizo-se retrepó de nuevo en el asiento, abriéndose
paso con las botas entre las flacas piernas de la mujer, hasta quedar
extendido a todo lo largo. Con el canto de la mano se masajeaba el vientre.
En los rastrojos de la barba sin afeitar, el sudor absorbía las pelusillas
de polvo y de hollín. Las córneas también parecían emitir un reflejo
de cobre.
-¿El que lo hizo estaba leproso? -volvió a balbucear la mujer sin mucho
interés, con el repeluzno en la voz y en los ojos marchitos. Seguramente
le resultaba peor quedarse callada.
-Parece que lo talló un constructor de instrumentos. Un tal Gaspar Mora,
que también era músico. Cuando enfermó de mal de San Lázaro y se aisló
en el monte. No tenía nada que hacer. Talló el Cristo. Después de morir
el enfermo, trajeron el tallado al pueblo.
-¿Y con ese Cristo hacen la Semana Santa?
-Ellos dicen que es muy milagroso. Para los itapeños no hay otro Cristo
más milagroso. Ellos creen que el alma del lazariento vive adentro.
En la madera. Como empayenada por el milagro. Me contaba el cura el
fanatismo de esta gente. Y ahora con la guerra, sí que va a ser peor...
-gruñó, como entreviendo una perspectiva de disgustos y contrariedades.
-¡Qué cosa!-murmuró la mujer.
-Al principio la curia no quiso saber nada. Era la obra de un enfermo.
Le negó la entrada en la iglesia. Hubo una pequeña revolución levantada
por un loco. Ellos levantaron el Calvario en el cerrito para hacer la
contra a la Curia. Al fin no tuvo más remedio que ceder. Mandaron bendecir
la imagen y dieron el permiso. Desde entonces la Semana Santa se hace
en el cerrito. El Cristo de Tupá-Rapé es ya casi tan mentado como la
Virgen de Caacupé. De lejos arriban en peregrinación para el Viernes
Santo.
-¡Eá, yo no sabía!
-Lo malo es que entre los promeseros vienen jugadores y maleantes de
todas clases. Como siempre. Voy a tener que enderezar un poco esto también-agregó
el hombre con un tonillo de jactancia, mirando de reojo la procesión
que ya iba quedando muy atrás.
-No me contaste eso, Melitón-dijo la mujer sin oírlo.
-¿Qué cosa?
-Lo del Cristo...
-Ahora ya lo estás viendo. Quería darte una sorpresa.
-¡Y justo haber llegado el Viernes Santo a Itapé!
-¡Qué tiene! Es un día como cualquier otro.
-Nos va a traer mala suerte... -balbució la mujer; los ojos mortecinos
se clavaron en el piso del vagón.
-¿Por qué?
-¡Ese sueño que te dije!
-¡Ganas de joder con el maldito sueño!-levantó la mano y la mujer ladeó
instintivamente la cara.
-¡Era tan patente! -murmuró casi para sí.
-¡Siempre con tus antojos..., ni que estuvieras embarazada! ¡Qué sueño
ni niño muerto!... -se interrumpió de golpe y cambió de expresión.
Un hombre con traza de viajante de comercio o de inspector de alcoholes,
se les aproximó, obsequioso.
-¿Vieron la procesión? -preguntó amañándose para anudar la charla. Tenía
un leve acento gringo.
-Sí-dijo el otro. Sacó un cigarro del bolsillo, olisqueándolo por las
puntas.
-Pudimos verla por el atraso con que venimos. Casi cuatro horas.
-Sí-dijo el hombre prendiendo el cigarro.
-Es interesante como espectáculo de fe -insistió el otro sin convicción.
-¿Fuma?
-No, gracias-se excusó el viajante o inspector y, filtrándose por el
resquicio del convite, agregó-: Usted es don Melitón Isasi, ¿no es verdad?
-Servidor-dijo expeliendo una bocanada de humo-. Pero, tome asiento,
si gusta.
-Bueno, un minuto solamente, porque ya estamos llegando. Yo subí en
Villarrica-se sentó con respeto algo parsimonioso en el extremo del
banco-. Me han dicho que viene a hacerse cargo de la jefatura de Itapé.
-Así es.
-Lindo pueblo. Suelo venir a menudo en época de zafra. Para vender mis
cositas, sabe. Espero que les vaya muy bien.
Melitón Isasi recogió las botas haciendo chirriar el piso con fuerza.
-No sé. Vamos a ver-metió los pulgares dentro del ancho cinturón con
baleras y los paseó sobre el abdomen-. Estos cargos son difíciles ahora.
Con la guerra en puerta.
-¿Estuvo ya aquí?
-Hace poco. Para hacer el inventario del despacho de la Jefatura.
-Es un pueblo tranquilo.
-Y depende. A según la mano-dijo con suficiencia-. Hay muchos desertores.
Me han mandado para arrearlos a las buenas o a las malas hacia el frente.
El ejército del Chaco necesita soldados para atajar a los bolivianos.
-Sin embargo, la última vez que estuve, el mes pasado, el antecesor
suyo Matías Alderete me dijo que habían marchado todos los que estaban
en edad militar. La leva llegó a las compañías más apartadas. No dejó
de pasar la soga por ningún rincón, me dijo. Anduvo sacando reclutas
como chauchas, de las cuadrillas, de las chacras, del monte...
-Je...-le cortó Melitón Isasi con despectiva suficiencia-. ¡Matías Alderete!
¡A ese lo sacaron por flojo! Por eso me mandan a mí. Yo no voy a andar
con vueltas.
Inmóvil en la ventanilla, la mujer contemplaba el chato pueblo que se
iba acercando, hundida en su aspecto ausente y apocado. El viajante
consideró necesario dedicarle un cumplido.
-¿Y a usted, señora, qué le parece esto?
Parpadeó desconcertada, sin saber qué contestar. Quiso sonreír, pero
el movimiento de la boca estriada por las imperceptibles arrugas semejó
más vale la mueca de alguien que fuese de pronto a llorar.
-Ella viene por primera vez-dijo Melitón Isasi-. Pero le tiene que parecer
bien. Las mujeres están bien donde están los maridos...-añadió con una
carcajada-. ¿No es así, Brígida?
-Sí..., sí...-murmuró apenas con una expresión de antiguo abatimiento
en la que se acumulaban años y años de fracasos y secretas humillaciones
bajo la férrea opresión conyugal.
El viajante se levantó, siempre atento.
-Bueno, hay que bajar las valijas, don Melitón. Espero poder invitarlo
con una botella de cerveza.
-Cómo no-dijo Melitón Isasi, levantándose también-. Ya habrá oportunidad.
El pueblo es chico, nos veremos-se dieron la mano.
-Mucho gusto, señora. Un servidor...
El convoy aminoraba la marcha. Por fin se detuvo ante la estación. El
andén estaba casi desierto, por la procesión. Sólo algunas vendedoras
correteaban a lo largo del tren ofreciendo chipá y aloja sin levantar
mucho la voz.
Melitón Isasi lanzó las valijas por la ventanilla a los soldados de
la jefatura que esperaban al superior.
-Vamos-dijo, precediendo a zancadas a su mujer por el pasillo.
Desde la plataforma, antes de descender, echó un vistazo sobre el pueblo,
como tomando mentalmente posesión de su nuevo destino.
2
Melitón Isasi cumplió su palabra.
A los pocos días, salvo él, no quedó un solo "emboscado" en todo Itapé
y sus alrededores. Mandó al lejano frente de guerra hasta a los muchachos
no comprendidos aún en los llamados de la movilización, que empezó a
tragarse paulatinamente las clases.
Melitón se apresuraba. Había que ganarle tiempo al tiempo. No tenía
fe en el Registro Civil, en un pueblo donde muchos más eran los nacidos
que los anotados, sobre todo entre los hijos naturales, que eran mayoría.
Melitón Isasi le tenía menos desconfianza al libro parroquial de bautismos.
Mandó trasladar el derrengado librote de la sacristía a su despacho.
Y allí se lo quedó, para descubrir la pista de los desertores.
-Si no están registrados acá los que nacieron-dijo al sargento de compañía-,
es que no nacieron.
En las viejas páginas apolilladas estaban anotados los nacimientos de
hasta mucho antes de la Guerra Grande. Y detrás de un armario, en la
sacristía, había otros libros aún más viejos. Pero ésos ya eran una
inservible masa de moho y telaraña, un queso de siglos para polillas,
cucarachas y ratones.
Venían las madres afligidas para pedir por los hijos que aún no habían
cumplido con la edad.
-¡Ya cumplirán por el camino... o allá! -replicaba él, sin levantar
los ojos de las listas-. La guerra va a ser larga.
-¡Es mi único sostén!...-imploraba alguna vieja bajo el manto rotoso
y polvoriento.
-¡La patria está primero! -le gritaba ahuyentándolas del despacho-.
¡Váyanse! ¡Salgan de aquí! ¡Tengo mucho trabajo! ¡No puedo perder tiempo
con macanas!
La fila macilenta se dispersaba en silencio todas las mañanas.
3
Frente por frente a la jefatura, Melitón Isasi habitaba con su mujer
una casa de corredores, casi pegada a la escuela cuyos horcones labrados
recordaban las manos del lazariento, las mismas que habían tallado el
Cristo.
A Brígida de Isasi apenas la veían de tarde en tarde, cuando detrás
del postigo espiaba la comisaría por la abertura en forma de corazón,
o salía a la huerta del fondo con su apariencia enfermiza, aplastada
e impotente. La única que la visitaba a menudo era la celadora de la
Orden Terciaria, una vieja llamada la hermana Micaela, que además hacía
de curandera para toda clase de males. Le llevaba remedios de yuyos
y las habladurías del vecindario.
La hermana Micaela salía de sus visitas engallada en el engreimiento
de su intimidad con la mujer del nuevo político.
Los itapeños supieron en seguida a qué atenerse con respecto a él. Lo
aceptaron como a una plaga más y se resignaron en la callada abominación
y el temor colectivo e impersonal con que afrontaban las otras.
Melitón Isasi se convirtió en la máxima autoridad, en el dispensador
de justicia y hasta de mercedes, pues lo acaparó todo, incluso la distribución
del racionamiento. Guardaba en la comisaría doce agentes armados para
velar por el orden y la tranquilidad de la población. Los hombres estaban
peleando en el Chaco. Los viejos y las mujeres nada podían hacer. El
juez de paz era viejo y achacoso, Melitón lo tenía en un puño. El cura
de Borja, desde tiempos inveterados, sólo venía a Itapé los domingos
impares del mes. Acabaron entendiéndose también como viejos amigotes.
Pero Melitón Isasi no se limitó a mandar reclutas al frente y a mantener
el orden. Pronto cundió otra especie de temor entre la gente sometida
a su autoridad. El vicio del flamante jefe político no era la caña ni
el juego: eran las mujeres jóvenes. Le arrejonaban todo a todo más que
nada, encendían en él un hambre cojuda más fuerte que su fuerza, con
una avidez insaciable, alimentada de todo lo que en él era bestialidad
solamente; una avidez rapaz lanzada contra lo que hay de más desamparado
en el ser humano, el sexo, la única cosa que no sabe defenderse a sí
misma.
Para Melitón Isasi no había obstáculos a su lujuria, pero tampoco un
limite al estéril desborde de su vitalidad.
Se cansaba pronto de una misma mujer. Montaba a caballo y hacia sus
recorridas por las noches, solo, acechante, como quien sale a cazar.
No necesitaba escoltas ni guardaespaldas disimulados. El miedo de los
demás lo protegía suficientemente. No siempre tampoco precisaba salir
a cazar sus presas. A veces le bastaba canjearlas por un poco de los
víveres del racionamiento. Pero las muchachas de yerba, galleta o azúcar,
le resultaban insípidas. El temor, la rendición, les daba su saborcito
especial.
Quizá no se sentía ávido ni cruel ni maléfico, como un fenómeno de la
naturaleza no tiene conciencia de su destructivo, indiferente poder.
El tranco de su caballo tomaba cualquier dirección, pero siempre una
dirección nueva.
Las viejas se santiguaban cuando sentían sonar los coscojos del freno
en la oscuridad. Lo veían pasar muy alto sobre el caballo, borrada la
cabeza por el humo del cigarro, parecido en la sombra a un enorme macho
cabrío. La empavorecida aprensión de los lugareños trabajaba a su favor.
Se metía en los ranchos con la tranquila seguridad de llegar a una cita.
Fácilmente hubiera podido quedar tumbado de bruces sobre la consumación
de un capricho, con un cuchillo hundido en la espalda. Quizás al principio
las víctimas cavilarían este desesperado lance de desquite y castigo.
No era difícil verlo con los ojos de las aterradas mujeres. El visitante
nocturno empujaría con la bota la puertita del rancho, atorando el hueco
con su imponente figura. A la luz del cabo de vela o del tiznado farol,
la mujer lo contemplaría como hipnotizada por los dos tizones que agujereaban
el rostro, por el brillo calcáreo que emergía de la boca, por la risa
machuna que gorgoteaba de ella. Más de una lo vería revestido de una
hermosura siniestra y sus propias entrañas la habrían traicionado ablandándole
la voluntad en el remolino de un extraño deseo. Entonces la sombra se
echaría lentamente sobre el candil y sobre ella, hasta apagarlos del
todo con los pujidos de su aliento, la carne sudada y el remezón de
los huesos.
4
Así fue como una noche buscó y encontró a Juana Rosa, la mujer de Crisanto
Villalba, en el distante paraje de Cabeza de Agua. Sabía que estaba
sola en la chacra, con un hijito de corta edad. Juana Rosa solía venir
a la estación y al correo en busca de noticias de su lejano marido.
Juana Rosa tenía un tipo de belleza agreste y suave como hecha de la
misma tierra cálida del Guairá, adobada con los zumos del monte y el
agua del arroyo. Nadie recordaría después el color de sus ojos o el
acento de su voz. De Juana Rosa habían dicho los hombres, en otro tiempo,
cuando todavía no tenía dueño y sabia ir a los bailes, que llevaba la
luna en un hombro y el sol en el otro. Le arrastraban el ala, pero la
muchacha prefirió a Crisanto Villalba, el más callado de todos, tal
vez porque él no le hacia tantas fiestas y era el más trabajador.
Solía aparecer en el pueblo los días de tren. Traía enancado al crío
en las caderas. Pero Crisanto no escribía. El silencio de su hombre
se había hecho de pronto tan grande como la distancia que los separaba.
Sólo el lejanísimo estruendo de la guerra retumbaría en su corazón como
en el de tantas otras, sin noticias de sus ausentes. Volvía una y otra
vez en busca de la carta que no llegaba.
A los pocos días de su arribo a Itapé, Melitón Isasi la vio y se encamotó
con ella desde el principio. Seguro por ese reverbero suspendido a su
alrededor. Le habló. Algún requiebro le diría, esas cosas que los hombres
dicen a las mujeres. Contaban que ella lo miró sin decirle nada y que
se había ido volviéndole la espalda, no con desprecio, sino simplemente
como si no lo hubiese visto ni oído. La gente después lo iba a recordar.
Melitón dejó pasar un tiempo no muy largo. Una noche desmontó delante
del rancho de Cabeza de Agua.
Al día siguiente o pocos días después, Juana Rosa amaneció con su hijito
en la cocina de la jefatura. Era algo inexplicable, por tratarse de
Juana Rosa. Todos se extrañaron. No sabían qué pensar, pues de lo que
menos habrían podido dudar era de la fidelidad de Juana Rosa al lejano
Crisanto. El recuerdo del desaire que había hecho a Melitón Isasi en
el andén de la estación, los dejó aún más desconcertados.
5
Por la abertura del postigo pintado de verde, Brígida espiaba el patio
de la jefatura. El hueco en forma de corazón le resultaba una tronera
adecuada. Podía ver sin ser vista. Al fondo, Juana Rosa preparaba en
la gran olla negra el locro para los agentes. La veía acarrear el agua
del pozo en las latas de querosén. La pollera húmeda marcaba los muslos,
cada uno más grueso que la flexible cintura acostumbrada a doblarse
sobre las amelgas.
Brígida la observaba con la boca llena de arrugas.
La celadora de la cofradía, pelando una naranja con minuciosa lentitud,
le hablaba de Juana Rosa. No se sabía si procuraba disculparla o si,
por el contrario, estaba cargando las tintas para congraciarse con la
dueña de casa. La voz flatulenta arrastraba el énfasis monótono que
se le había hecho natural como yegua madrina de los rezos, picándose
de ambiguas pausas en las que un pómulo daba saltitos convulsos. Las
palabras se le calentaban en la boca de quererlas soltar. Pero lo hacía
de a poco, esculcando el mutismo de la otra.
-No era una mala mujer, Ña Brígida. Pero ahora . . . ¡Quién iba a creer!
¡Parece cosa del demonio! ¡El marido lejos y ella pecando con el hijito
al lado..., aquí delante de su propia casa! ¡Es ya haber perdido el
último resto de vergüenza!
La otra miraba rígida detrás del postigo. La abertura cordiforme diluía
sobre el semblante cetrino el reflejo del atardecer, disparaba sobre
los ojos la escena del patio con la hermosa mujer de cabellos negros
moviéndose entre el humo del fuego y el vapor de la olla negra. Más
cerca aún, por la puerta entornada del despacho, podía ver colgada sobre
el piso una de las botas de Melitón. Los párpados se le achicaron hasta
no dejar más que una juntura trémula.
La vieja la observó de reojo.
-Tal vez el desamparo en que quedó. No sé..., nadie sabe cómo fue capaz
de hacer esto, de llegar a esto...-en lugar de pelar una naranja, daba
la impresión de estar tejiendo una trencilla. La cáscara se estiraba
en la punta del cuchillo en una tira dorada de increíble delgadez, formando
espirales en su regazo.
-Melitón anda trastornado...
-¡Y seguro, Ña Brígida! Estas mujeres trastornan a los hombres más enteros.
¿Vio el chumbé que se ata a la cintura? Es de liana macho. A lo mejor
tiene payé... ¡Quién le dice!
-¡Dios mío! -balbució, alisándose las comisuras con las yemas de los
dedos.
-Pero ella tiene toda la culpa. La ponzoña del pecado está en su sangre.
Salió pintada a la madre. A María Rosa, una chipera que en su tiempo
se acostó con todos los hombres de Itapé y también con los arribeños.
Todavía vive en la loma de Carovení. Ella fue la que quiso ir a juntarse
con Gaspar Mora, cuando le vino el mal de San Lázaro y se escondió en
el monte...-la tira se cortó y del regazo saltó arrollándose sobre el
piso. Una viborita ardida de sol. El pómulo saltó hacia el ojo.
-¿El que hizo el Cristo?
-El mismo.
-¿Y ésta es la hija?
-Sí. María Rosa fue también la que se cortó el cabello para que le pusieran
al Cristo. Mucho tiempo anduvo pelada por el pueblo. Y ni manto se ponía.
Quería que la vieran así. Para presumir. Ya estaba loca entonces. Después
la tuvo a ésa. Decía que era la hija del leproso. Pero mentía. Gaspar
Mora había muerto. Y Juana Rosa nació mucho después. Vaya uno a saber
de quién es... -comenzó a chupar la naranja con avidez. El jugo le hacia
brillar el bozo y chorreaba por los costados de la boca sobre el fláccido
y abultado promontorio del pecho, salpicando el escapulario de bayeta
marrón.
-¡Pero mi Dios!-dijo Brígida pugnando inconscientemente por volver al
hueco, que al mismo tiempo la repelía.
-¡Qué se va a hacer! -dijo sordamente la hermana Micaela entre golosos
chupeteos, empujando el escapulario hacia un costado con el meñique-.
¡Tiene la sangre de la loca en las venas!
-¡Yo nunca quise venir aquí!-dijo la faz terrosa, no como un comentario
a las palabras de la vieja sino como remate de su propia tribulación,
que al fin conseguía expresarse en algo más que en sofocadas exclamaciones.
-Dios prueba a sus elegidos, Ña Brígida... Hay que tener paciencia,
che ama.
-Sabia que esto iba a pasar... Unos días antes del viaje, tuve un sueño
con Melitón.
Se oyó repicar el trozo de riel de la escuela, para la salida de los
alumnos.
-¿Un sueño?-preguntó la vieja, sacando de entre los pliegues del pecho
un mugriento pañuelo con el que se enjugó la pringue de naranja.
Brígida no contestó. Tenia nuevamente los ojos clavados en el exterior.
A través del resquicio de la puerta del despacho veía ahora la mano
y el antebrazo peludo de Melitón recogiendo las botas para levantarse,
como si el zumbido del riel lo hubiera despertado. Notó que se apuraba
por embutir en las cañas los pies blancos y desnudos.
-¿Qué sueño, Ña Brígida?
Se escuchó el creciente griterío de los escueleros que iban pasando
por la calle de pasto y de tierra. El agujero echó un polvillo ondeante
sobre la cara de Brígida. Vio lo que estaba repitiéndose a diario desde
hacía poco.
Melitón salió peinándose con los dedos el cobrizo cabello, hinchados
los ojos por el largo sueño, pero ya sonriente y festivo. Un agente
acudía corriendo con el tereré. Sorbió maquinalmente el agua fría del
mate hasta hacer cloquear la bombilla. Avanzó hacia el alambrado. La
tropilla de escueleros se dispersó en repentino silencio.
Una sola quedó en medio de la calle, una espigada muchachita que el
blanco delantal con manchas de tinta hacía más niña. Andaba a pasitos
rápidos y tímidos. Melitón la habló. Entonces se detuvo y volvió hacia
él su pequeño rostro oval.
-Vení un poco...
La muchacha se acercó con algo de vergüenza y respeto, hamacando la
bolsita de género floreado en la que llevaba los Cuadernos. El jefe
le empezó a decir cosas sorbeteando la bombilla, entre serio y amable,
tan despacio que Brígida no lo podía oír. Bromeaba de seguro, porque
la escuelera también se echó a reír. Brígida se puso tensa. Observaba
los ojos azules de la chica fijos en el rostro de él, cada vez más tranquilos
y animados.
Brígida llamó con un gesto a la vieja.
La hermana Micaela se levantó y se arrimó a mirar también por la tronera
acorazonada.
-Es Felicita, la hermana de los Goiburú, que están ahora en el Chaco.
¡Estas mitacuñai de ahora ya no tienen luego vergüenza ni temor de Dios!
Esa apenas cerró los quince. ¿Pronto el demonio trabaja para su perdición?
Lo mismo le pasó a la hermana Esperancita, la mayor. Un poco después
que murió el padre, corneado por un toro. Los hermanos tuvieron que
echarla de la casa. Ahora dicen que anda por esas casas malas de Asunción.
Esta Felicita va a seguir el camino de la hermana. Ahora vive con la
abuela ciega en Carovení. La madre murió al nacer Felicita. Eso fue
también lo que la perdió a Esperanza. Nicanor Goiburú, el padre, era
muy bruto con ella. Los hermanos también. La pegaban con el lazo doblado.
Y se arresabió...
Brígida volvió a mirar por el agujero.
La Felicita Goiburú se alejaba por la calle con las manos cruzadas a
la espalda y la bolsita de género batiéndole las corvas bajo el delantal.
Melitón Isasi oprimiendo la guampa labrada del mate la contemplaba irse
como quien deja madurar una corzuela en libertad porque sabe que ya
no puede escabullirse. Los labios renuentes succionaban la bombilla
que colgaba de ellos como una gorda y enroscada sanguijuela de plata.
6
-¡Kurupí apareció entre nosotros!
Susurraban en guaraní los viejos, entre sarcásticos y atemorizados,
aludiendo al jefe político con el nombre del lúbrico mito ancestral.
-¡Hay que pegar bien el traste a la tapia cuando pasa Melitón Isasi!-dijo
uno.
El dicho se redondeó pronto en refrán.
-¡Hasta yo ando con las manos entre las piernas!-cloqueó Conché Avahay,
una viejecita desdentada, con una risa pícara. La pulla quedó también
como guija de arroyo puliéndose en el susurro colectivo.
Bromeaban para defenderse del miedo y del odio. No tenían otro recurso.
Porque entre Juana Rosa Villalba, que estaba como presa en la jefatura,
y las otras muchachas jóvenes que también amanecían de pronto y quedaban
por algún tiempo en la cocina después de las rondas nocturnas del jefe
político, la fama y el alcance de su salacidad se extendieron hasta
los más apartados rincones. La leyenda del Kurupí estaba rediviva en
el pueblo. El inmenso falo del dios aborigen se enroscaba en torno al
pezón del cerrito, con su cola de fantástico reptil. La gente lo veía
allí, porque era la prominencia viva y sensible de Itapé, con el Cristo
leproso arriba, quieto y muerto en su rancho de espartillo.
Pero Melitón Isasi no respetaba nada. Nadie pues iba a contenerlo, a
no ser que el propio cerro le pusiera el pie y lo detuviese.
7
Se aproximaba la Semana Santa. Llegó el cura de Borja para los preparativos.
Los viejos cabildeaban clandestinamente y decidieron ir a pedirle su
intervención para que cesara el impune y continuo atropello. No les
costó coincidir en que la celadora de la cofradía, como la más influyente,
era la que debía hablar al Paí Dositeo Pedroza, en nombre de todos.
Se lo propusieron.
-¡Ah, yo no! ¡Yo no me meto! ¡Es muy feo meterse en la vida de los demás!...-se
sacudió la hermana Micaela.
-¡Pero es el jefe político el que se mete en nuestra vida, en la carne
de nuestras mujeres como rejón de picana! -se quejó irritado el viejo
Apolinario Rodas.
-Él dará cuenta a Dios de sus pecados en la hora de su muerte!-dijo
la celadora apretando con la papada pilosa el escapulario sobre el pecho-.
¡Cada uno debe cuidar la salvación de su alma!
-Pero también tenemos que ayudarnos los unos a los otros hermana Micaela...-cloqueó
la vieja Conché Avahay.
-La hormiga sabe qué hoja corta. Hagan ustedes lo que quieran. Yo no...
A mí no me metan en esta mazamorra... -dijo volviendo la espalda al
conciliábulo de caras chupadas, que con desprecio la miraron alejarse,
gacha la cabeza, engarabitadas las manos sobre el grueso rosario de
cuentas de madera que se ataba a la cintura como cadena de silicio.
Los otros llevaron la "mazamorra" al Paí Pedroza.
Como si se hubiese puesto de acuerdo con la celadora y sacristana, él
les dijo más o menos lo mismo.
-Así que Paí, ¿no hay caso?-preguntó Apolinario Rodas, rascándose la
cabeza por debajo del sombrero.
-A Dios lo que es de Dios...-respondió mansamente el Paí Dositeo con
las manos cruzadas sobre el prominente abdomen-. Hay que andar en la
lluvia sin mojarse, mis hijos. Yo sólo cuido la salud del alma, los
intereses de la parroquia. Mi responsabilidad es grande. No me pongan
encima un peso más grande todavía. A veces Dios nos ordena mirar con
un ojo cerrado y el otro sin abrir..., hacer manga ancha a las debilidades
del prójimo para que él mismo se arrepienta y se corrija.
-Pero mientras tanto, los otros sufren-dijo Apolinario.
El párroco agitó los brazos y el viento del anochecer abullonó los pliegues
del guardapolvo de seda cruda.
-No me pidan nada a mí, que soy el más humilde de los servidores de
Dios. Todos vamos a rogarle este Viernes Santo, en Tupá-Rapé, que haga
el milagro. Esto es lo que corresponde hacer, mis hermanos. Como creyentes
no podemos emplear más arma que la oración. Oremos y pidamos a Dios,
nuestro Señor. Él, en su infinita justicia, proveerá.
Los visitantes se retiraron en silencio, abrumados por las razones del
cura. Su blanca y gruesa figura quedó un rato erguida en el corredor
de la casa parroquial contra la creciente penumbra. Él no iba a cometer
errores de jurisdicción, por más que se lo pidieran sus ingenuos feligreses.
No iba a cruzársele en el camino al arriscado jefe político. Eran amigos.
Sabía que lo respaldaba en Asunción una buena cuña. Estaba casado con
la hermana de un hombre influyente del régimen. El propio Melitón Isasi
se lo dijo, jactándose entre burlas veras: "¡Mi cuña es mi cuña... do!".
A eso debía él haber conseguido "emboscarse" allí, lejos del frente,
mientras la guerra comenzaba a tragar furiosamente hombres en los desiertos
del Chaco.
-Tengo que andar con cuidado -se dijo el cura-. Yo también lucho en
un desierto. Un desierto de almas. Los peligros sólo son diferentes.
8
Esa noche, como de costumbre cuando estaba en el pueblo, echó una mano
de truco con Melitón en el boliche de Cantalicio Sanabria.
El jefe era campechano y decidor en estas ocasiones. Además, él siempre
pagaba el gasto; es decir, mandaba a Cantalicio que lo anotara en la
cuenta de la jefatura.
El cura lo pasaba muy divertido. Bromeaban y tallaban, entre una copa
y otra, hasta la medianoche. Pero, como por lo general, el jefe mandaba
a Cantalicio que atrasara a escondidas el reloj despertador que parecía
marcar las horas a machetazos en el estante, entre las botellas, más
de una vez el repique para la misa del alba despegaba de golpe al Paí
Dositeo de su silla del boliche para arrastrarlo corriendo, corriendito,
a la sacristía.
Otras veces, no. Dejaban temprano las barajas y se iban juntos, nadie
sabía adónde, aunque se lo imaginaban.
-Usted sabe, Melitón. La vida del cura de campaña también es difícil...
-dijo una noche, entre una mano y otra.
-¡Juhú..., si yo hubiese sido cura, no lo hubiera pasado tan mal!-le
interrumpió riendo Melitón.
-No vaya a creer. También tiene sus problemas. Como usted, en la jefatura-agregó
después de hacer un buche de guaripola-. Sin ir más lejos el anteaño
de la guerra se me planteó en Borja un asunto difícil. Tuve que hacer
un poco de Salomón.
-¿Partió un chico por la mitad?
-No, al revés. Ahora va a ver. Tuve que juntar..., tuve que casar dos
imágenes, dos santos.
-No sabía que los santos se casaban.
-No, solamente como ejemplo. Fue un remedio desesperado que se me antojó
para evitar una matanza.
-¡A la pucha! ¿Y por qué iba a ser la trenza?
-Usted sabe que en Borja había una enemistad ya tradicional entre la
gente de la estación y del pueblo. A causa precisamente de esas imágenes.
El Señor de la Esperanza es el Patrón del pueblo, y Nuestra Señora de
la Paz, la patrona de la estación. Cada parte quería que su Santo fuera
el patrono de todo Borja. Las dos pujaban con todas las fuerzas de fanatismo.
Mucha culpa también tuvo en esto el trazado y el tendido de las vías
del ferrocarril. ¿Para qué separar en dos mitades la población?
-De veras. Aquí siempre se hacen las cosas a la bartola.
-Lo cierto es que la estación y el pueblo celebraban sus funciones patronales
con gran pompa, procurando superarse mutuamente.
-Así tienen que ser los buenos católicos.
-Sí, pero ese año, para el día del Señor de la Esperanza, la rivalidad
se hizo guerra abierta. Seguro porque la otra guerra se venía encima.
Ya no era la simple rivalidad. Era un odio declarado. Estaba en el aire,
a punto de reventar. Y reventó. Ya a la mañana se habían agarrado a
puñaladas, cerca de la iglesia, varios puebleros y estacioneros. Se
hirieron dos de ellos. El olor de la sangre aterró a la gente.
-Eso es lo que siempre ocurre. Como a la novillada en el faenamiento.
-Por la tarde, para la procesión, los ánimos estaban más calientes todavía.
Desde el púlpito, mientras decía el sermón, vi lo que iba a pasar. Por
el camino arribaban al galope unos cien jinetes estacioneros. Tal vez
menos, pero yo los veía más de cien. Cuando me callaba oía el retumbo
de la caballada y los gritos de los jinetes. Los puebleros salieron
de la aglomeración, hinchados de coraje y subieron también a sus caballos,
aprontando sus cuchillos y revólveres. ¡Iban a trenzarse en una batalla
campal! Vi a la caballería que avanzaba atronando la carretera. Era
necesario tomar una resolución. De apuro.
-¡La gran siete!
-Cerré los ojos y pedí el milagro al Señor de la Esperanza, desde el
fondo de mi alma. En ese momento no supe lo que hacía. Pero de repente
me encontré bajando a saltos del púlpito. Corrí entre la gente y monté
con todos los ornamentos sobre un caballo cuya brida arranqué de manos
de alguien...
-¡Jho . . . Paí Dositeo! -exclamó con entusiasmo el jefe, descargando
un manotazo sobre la mesa.
-Disparé a todo lo que daba el caballo hacia los que venían. Frené de
golpe ante ellos, que también clavaron en el suelo a sus montados. Vi
que las vestiduras consagradas les imponían cierto respeto. Detrás oí
que llegaban ya también en montón los jinetes puebleros. Estaba entre
dos fuegos. Tenía que decirles algo. No sabía qué. Un sudor frío me
corría por las espaldas. Pero de pronto sentí que se me atropellaban
las palabras y me escuché que les estaba gritando con una voz que no
era mía: ¡No hay por qué pelear..., por qué derramar la sangre inútilmente,
mis queridos hermanos! ¡Dios no quiere la muerte de sus hijos, sino
su vida, su bonanza, su hermandad! ¡Estacioneros y puebleros pueden
vivir en paz, como buenos hermanos! ¡Para eso tienen como abogados al
Señor de la Esperanza y a Nuestra Señora de la Paz!...
-¡Qué zancadilla de ley! -celebró el jefe.
-La discusión empezó entonces. ¿Queremos que Nuestra Señora de la Paz
sea la Patrona de Borja?..., gritaban los jinetes de un lado. ¡El Señor
de la Esperanza es el único patrón de Borja!..., gritaban los del otro.
-¡Caramba, qué brete!
-Entonces se me ocurrió gritarles: ¡También el Señor de la Esperanza
y Nuestra Señora de la Paz quieren gobernar unidos a su querido pueblo
de Borja! ¡Vamos a hacer que se unan y que cumplan su deseo! ¡Vamos
a hacer que los dos Santos sean juntos los Patrones de todo el pueblo
de Borja!.. . ¿Cómo? me gritaron a su vez.
-¡Cómo..., en realidad yo también me pregunto!
-Claro. Allí estaba la espoleta del asunto. Fue entonces cuando me acordé
del Santo rey Salomón y me animé a usar su manganeta. Un poco cambiada,
eso sí. Con las manos les mandé que se acercaran. Los dos bloques de
caballos y enfurecidos jinetes se arrimaron. Yo debía estar pálido del
susto. El sudor frío me goteaba hasta los pies por debajo de la sotana,
de la sobrepelliz, de todo... Carraspeé y les dije lo mejor que pude
en guaraní, para entrar en confianza: Miren, lo'mitá .. . La única manera
de hacer que el Señor de la Esperanza y Nuestra Señora de la Paz puedan
gobernar juntos a Borja, sin molestarse el uno al otro, es casándose...
¡Sí señores, no hay más que casarlos! grité reuniendo el resto de voz
y de coraje que me quedaba, hacia los dos bandos de hombres sudorosos
que me miraban sobre los caballos con las caras manchadas de tierra.
¡Vamos a agarrar y casarlos.... como buenos cristianos! ¿No es cierto?...
-¡A la pistola! ¿Y qué dijeron?
-Hubo un silencio. Se les oía respirar fuerte. Los miré a unos y a otros.
Ellos se bornearon sobre los aperos y también se consultaron con la
mirada, más calmados. Sentí que el aire volvía a mis pulmones. Bueno...-dijo
uno, que parecía ser el lenguaraz de los puebleros-, si es así vamos
a aceptar... ¿Y ustedes?, grité ahora autoritario a los del otro bando.
Nosotros también... -dijeron los estacioneros-. ¡Ya que el cura lo dice!...
Un poco después rompieron los vivas y los hurras, y los que un momento
antes estaban por destriparse, empezaron a llamarse por sus nombres
y apodos, a cambiar bromas y chistes.
-¡Al rey Salomón lo hubiera tajeado de arriba abajo, lo mismo! -comentó
el jefe, algo incrédulo, alzando el jarro y abuchando los carrillos.
-Regresamos todos amigos a la iglesia del pueblo. Yo pude terminar el
sermón. También la procesión resultó más linda que nunca. Y más larga.
Porque las andas del Señor de la Esperanza llegaron hasta la mitad del
camino. De la estación trajeron a Nuestra Señora de la Paz, con el resto
de la gente. La función patronal de ese año terminó en un asado con
cuero y baile, con los puebleros y estacioneros reconciliados como buenos
hermanos.
-Algo de eso había oído, ¡pero parece mentira!
-Cuando vaya alguna vez a Borja, pregunte.
-No, si puede ser... -asintió Melitón Isasi, un poco incrédulo todavía-.
Algo parecido a lo que pasó aquí con el Cristo, ¿no es cierto?
-Sí, más o menos. La cosa es saber conformar a la pobre gente. No pensaron
así en la curia. Se enojaron mucho conmigo. Estuvieron a punto de castigarme
por el casamiento simbólico de las dos imágenes. Me iban a trasladar
de parroquia, qué sé yo. No quisieron comprender las circunstancias
que me obligaron a esa treta inocente para salvar vidas humanas. Después
vino la guerra y mi sanción quedó en suspenso.
-Si usted hubiera sido ministro de relaciones exteriores, Paí Dositeo,
la guerra no hubiera venido.
-La necesidad tiene cara de hereje, Melitón. Yo pedí para ir de capellán
al Chaco. Pero vieron que era mejor dejarme donde estaba. Además la
gente de Borja pidió por mí. Entonces me quedé a cuidar los bienes gananciales...
-dijo riéndose con picardía.
-Pero la Señora de la Paz quedó en el pueblo.
-¿Para qué? Al día siguiente del casorio la llevamos de vuelta a la
capilla de la estación. No hacía falta. Fue un casamiento simbólico,
como quien dice.
-Claro, como los santos son de palo no tienen necesidad de estar juntos...
ja... ja-Melitón Isasi se repantingó bamboleante, haciendo crujir la
silla.
El cura dejó pasar en silencio la alusión, como si no la hubiera oído.
Puso las cuatro sotas en hilera.
-Sabe, Melitón...-dijo después de un rato, con voz neutra, sólo como
recordando para sí alguna cosa-. Esta tardecita estuvieron a verme unos
vecinos...
-Ja..., ya sé...-le cortó riendo el otro-. Por el asunto de las muchachas,
¿no es cierto?
El cura asintió con un gesto, sin mirarlo.
-Me sopló el dato la hermana Micaela. ¡Pero esos viejos son cornetas!
Tendrían que agradecerme, más bien. Esas pobres mujeres están sin sus
hombres. Yo les hago un favor. Hasta me tomo el trabajo de ir a buscarlas
y todo.
-Claro, claro, -susurró conciliador el cura-. Yo sé que a usted ni aunque
le pusieran tramojo dejaría de entrar en corral ajeno...
-¡Jho..., Paí Dositeo! ¡Ni usted tampoco! -rió Melitón palmeando familiarmente
la espalda del cura, como a un compinche-. ¡Para qué vamos a engañarnos!
Ya sé su calibre... Precisamente le tengo preparada una sorpresa...
Como la otra vez... Mejor todavía... ¿eh?
-¡Usted es el mismo demonio, Melitón! -farfulló el curil, púdicamente.
-Venga a dormir en mi despacho. Allí va a estar más tranquilo. . .
Melitón lo asió de un brazo, y se perdieron en la oscuridad.
Cantalicio salió del mostrador y fue a cerrar el boliche, moviendo la
cabeza como si estuviera enredada de telarañas.
9
Por esos días, sin embargo, Melitón Isasi sosegó su angurria salaz.
Y el Viernes Santo, en la procesión, se le vio a él también arrimar
el hombro a las parihuelas del Crucificado. Apolinario Rodas y los otros,
la misma hermana Micaela, pensaron que el Cristo de Tupá-Rapé había
hecho un nuevo milagro.
Sólo que un poco después Melitón Isasi volvió a las andadas.
El signo bestial de Kurupí seguía flotando sobre el pueblo. La Felicita
Goiburú continuó cortando rosas en el patio frontero de la jefatura
para llevarla a la vieja directora. Luego, a la salida, después del
tañido de fierro que arrancaba a Melitón de sus siestas, se quedaba
conversando un rato con él en el alambrado. Cada vez tardaba un poco
más. Los ojos azules se le iban poniendo más soñadores y perdidos, con
la luz de un alma vacilante que lucha consigo misma bajo el peso de
una pasión o de un hechizo superior a sus fuerzas.
Una tarde, después de mirar a todos lados, entró en el despacho. Las
puertas chirriaron despacio tras ella. La venadita se había metido en
la trampa por propia voluntad. Y ahora estaba adentro como si ya hubiera
caído del otro lado de la tierra. El cielo alto y vacío del anochecer
empujaba inútilmente la puerta con tiznajo de su sombra carmesí.
Detrás del corazón agujereado del postigo, Brígida sollozaba. Luego
fue a tumbarse sobre una cisterna y quedó boca abajo, como muerta, chatas
las nalgas contra el piso, los tendones de las piernas azuleados por
las várices. Toda ella seca, aplastada, mísera como una cáscara.
La hermana Micaela entró como una tromba un rato después.
-¡Santo Señor de la Paciencia!... -tartamudeó-. ¡Ahora no sé qué va
a pasar..., si vuelven los hermanos Goiburú! ¡Felicita es la niña de
sus ojos!... ¡Y ahora está allí, haciendo sus porquerías! ¡Pero yo la
vi..., yo la vi entrar!...
Brígida no se movía. La celadora, con un crujido de cuentas de madera,
se acercó, y continuó sobre ella, como inculpándola:
¡Entró porque quiso! ¡Ella buscó a don Melitón, se le metió adentro
como una ternera corsaria! ¡Qué barbaridad! . ..
Hacía ruido inútilmente, porque la otra no la oía.
10
Comenzaba el segundo año de guerra allá lejos.
Una guerra que no llevaba trazas de terminar. Podía durar un año, o
diez, o cien más. Todo seguiría igual en Itapé, donde el tiempo era
como agua de tajamar, parada y espesa, con ese sarro verdoso de la superficie,
que les gusta a los moscones.
Juana Rosa había desaparecido sin dejar rastros.
Ahora la Felicita Goiburú pasaba en las siestas, mirando mucho hacia
adentro. En ocasiones, a través de la puerta entornada un poco antes
de dormirse, Melitón le movía la mano, ya soñoliento, desde el catre
de lonjas donde se hallaba tumbado. Entonces ella apuraba el pasito,
contenta. El rosal se había secado. Pero todo estaba achicharrado por
el verano. A la salida de la escuela, Felicita entraba en el despacho
y Melitón empujaba la puerta desde el catre con el pie. Ya no era un
secreto para nadie.
Melitón Isasi interrumpió las recorridas nocturnas. Estaban asombrados.
Lo que no había conseguido el Cristo de Tupá-Rapé, lo consiguió la Felicita.
Ya no se metía de rondón en los ranchos de las mujeres solas, ni aguaitaban
en el patio de atrás, preparando el rancho de los agentes, las que él
quería tener más cerca por un tiempo. Se dedicó por entero a Felicita,
lo olvidó todo, se apegó a ella con la blandura del tiento sobado. Su
voz se puso grave y pausada. Ya no gritaba, no se enojaba. Sólo con
Brígida. Pero aun con ella se había vuelto más tolerante.
De su autoridad no le quedó más que esa rebaba áspera, que Felicita
suavizaría por las tardes, en la penumbra del despacho. No lo podía
creer. Melitón Isasi parecía enamorado de verdad. Y no de una mujer
hecha y derecha como Juana Rosa, como las otras que habían pasado por
la jefatura, sino de esa muchachita de ojos azules en cuyo cuerpo apenas
comenzaban a romper las formas núbiles. La pajarita quinceañera fascinaba
al búho cuarentón de ojos dorados y sanguinolentos que la tenía apercollada
en sus garras.
Un año duró aquello. Pero entonces concluyó la guerra en el remoto Chaco.
Comenzaron a volver los primeros desmovilizados.
11
Cuando Felicita supo que sus hermanos iban a regresar del frente, se
apuró. Empezó a luchar entre la felicidad y la desgracia. Estaba grávida.
Mostró la carta de sus hermanos a Melitón. Se hallaban ya en Asunción,
esperando el Desfile de la Victoria y sus papeletas de desmovilización.
A él también empezó a entrarle miedo.
-Vamos a ir cuanto antes a una comadrona de Borja -dijo lúgubremente.
-Yo quiero tener un hijo tuyo, Melitón. ¡Es lo que más quiero! -gimió
la muchacha-. Pero..., tengo miedo, ¡Te pido que me ayudes a tenerlo!
-¿Pero no ves que no se puede? -le gritó él irritado-. No puedo casarme
contigo!
-¡Si me llevaras lejos de aquí!
-Tarde o temprano se presentarán tus hermanos. Donde estemos. Y tendré
que balearlos o me balearán ellos.
-Entonces..., que sea lo que Dios quiera -se resignó entre sollozos-.
No tendré a mi hijo sobre tu muerte o la de ellos. . .
Probaron primero todos los remedios caseros que recetó la hermana Micaela.
Llegaba con brazadas de yuyos medicinales a la jefatura y preparaba
las infusiones en la cocina, o las traía ya hechas y enserenadas.
Al salir de la escuela, Felicita seguía entrando al despacho, pero ahora
para ingerir los cocimientos de la celadora, las purgas capaces de tumbar
un caballo. Desde su apostadero, Brígida escuchaba el rumor de las arcadas
y los quejidos de la paciente cuyas entrañas se resistían al saqueo.
La vieja la enteraba de los detalles.
-Ya no sé más que darle. Ni la quinina ni el aceite de castor ni la
sal inglesa... Ahora sólo queda lo otro. Pero eso yo no me animo a hacerlo.
Está muy débil...
-¡Pobrecita! -murmuró Brígida con sincera compasión.
-¿Pobrecita? masculló la hermana Micaela-. ¡Una sinvergüenza! ¡Eso es
lo que es! ¡hora ya encontró lo que buscaba! ¡Y todavía una tiene que
ayudarla! ¡No hay por qué compadecerla tanto, Ña Brígida!
-Ahora ella es tan desgraciada como yo...
12
Al mes Felicita Goiburú era piel y huesos. Los hermosos ojos azules
estaban ajados, enrojecidos, de tanto llorar a escondidas. Envejeció
de la noche a la mañana, con una expresión inimitable de anhelo y desánimo
que le encendía y le apagaba el rostro alternativamente. Sólo ahora
tocaba la profundidad del mal. Lo había descubierto no grado por grado,
como su hermana Esperancita, sino de golpe, en una experiencia irrevocable.
Ahora sabía lo que su inocencia ignoró todo el tiempo. Y lo sabía rápidamente,
fatalmente, con la dolorosa irradiación de una quemadura.
Melitón Isasi no andaba mejor, escorándose como si hiciese agua por
todas partes en el remolino que lo volteaba. Los furiosos estallidos
de la cólera no conseguían achicarla. Se escoraba cada vez más. Bebía
sin descanso. La piel ya no era lustrosa. Los ojos estaban inyectados
en sangre. La barba de días con sus rastrojos rojizos punteaba el fofo
semblante con el color de las cortaderas sobre un estero. En ciertas
tardes se encerraba a solas con Felicita en el despacho y la besaba
desesperadamente en un ansia oscura, deslavada de deseos, gimiendo entre
sus cabellos, como un padre que sabe a su hija muy enferma y con pocas
posibilidades de salvarse.
A Felicita le hacían más daño los gruesos sollozos paternales. Ella
seguiría queriendo a Melitón como hombre, a pesar de todo. Habría querido
apoyarse más que nunca en el hombre poderoso y autoritario que la había
seducido mansamente. Ahora el cambio aumentaba su vergüenza. Esos quejidos
le decían que lo había perdido como amante. Estaba perdiendo a su hijo,
se estaba perdiendo a sí misma. Prefería que la insultara y la aporreara,
borracho, enloquecido por el miedo. Así por lo menos ella olvidaba el
suyo, aturdida por un dolor extraño a su propio dolor, y sentía menos
perder todo lo que estaba perdiendo.
-No llores, Melitón. . . Todo se va arreglar. . . -le decía pasándole
una mano sobre los revueltos cabellos.
Su voz salía como una súplica lejana de un corazón ya vacío. Salía de
sus labios, no para persuadir a la paz o a la tranquilidad a quien ya
no podría tenerlas en adelante, sino para adormecerlo con ese susurro.
Y adormecerse. Para disimular de algún modo la necesidad vergonzosa
de esperar lo que ya no tenía esperanza. En la lucha de la depravación
contra el candor, había vencido el candor, pero a costa de un ser puro
que se moría por momentos.
13
Una noche ventosa y sin luna la llevó a caballo. Se fueron como huidos.
Rodearon el pueblo por un atajo.
Sólo Brígida vio perderse las dos sombras, tragadas por la oscuridad.
Demoraron varios días. Al principio se pensó en un rapto. La gente envalentonada
por el fin de la guerra y la ausencia del jefe político, rompió a barajar
suposiciones y sospechas. Ya no eran los tímidos cuchicheos de antes.
Ahora las caras y las bocas estaban encorajinadas y escupían en voz
alta lo que pensaban.
-¡Ese ya no vuelve más! ¡La escondió a Felicita y se escapó de los hermanos!-decía
el viejo Apolinario, en un grupo, junto al mercado.
-¡Pero los Goiburú no van a dejar de balde su fechoría!
Van a remover cielo y tierra hasta encontrarlo! -dijo otro.
-¡Sólo si pasa la frontera!
-No ha de ir lejos -dijo Apolinario-. Ya se le puso el pecho de algodón.
Pero aunque se vaya hasta el fin del mundo, lo mismo lo van a encontrar.
El miedo siempre deja rastros. Los Goiburú van a tomarse el desquite
aunque tengan que remover cielo y tierra.
-¡También está Crisanto Villalba..., y todos los otros! -dijo una viejecita.
-¡Pobre Melitón Isasi! ¡No quiero estar en su pellejo!
-Pero es traicionero. Todavía puede madrugarlos...
-Si la muerte no pudo madrugarlos en el Chaco, menos va a poder ese
cobarde...
14
En la loma de Caroveni, la abuela de Felicita no podía hacer más que
rezar y lamentarse por la nieta robada, de cuyo destino, de cuya gravidez,
nada sabía. Justo cuando los hermanos estaban a llegar.
María Rosa, la cuidadora del Cristo en el cerrito, venia a consolar
a su vecina. La anciana ciega se quejaba con desesperación.
-¡Cómo pudo permitir Dios esta desgracia!
-Dios no permite más que las desgracias, Ña Emerenciana...-dijo María
Rosa-. Si permitiera también la felicidad Dios se acabaría...
-¡Perdí a mi nieta, María Rosa! ¡No sabes lo que es eso!
Le chorreaban las lágrimas de los ojos ciegos y el guaraní fluía de
sus labios, reacio a su desdicha.
-Yo perdí a mi hija...-murmuró la demente de la loma cuyos cabellos
negros estaban pegados desde hacia un cuarto de siglo al Cristo leproso.
Ahora los cabellos eran blancos y agrios, pero en los ojos duraba la
misma obsesión de antaño el brillo de haber contemplado y de estar contemplando
todavía un rostro incorruptible en la esencial desolación del mundo.
-¡Van a llegar los hermanos..., y Felicita ya no está!
-No está aquí...
-¡Antes la tocaba por lo menos! ¡Ahora ya ni eso!
-A los vivos no se los puede clavar en una cruz y querer que continúen
vivos...-dijo la loca. Detrás del rostro ceniciento, en las miradas
secas rescoldeaba el tizón ardido de la vieja fiebre.
-No te oigo, María Rosa... -parpadeó la ciega.
-Felicita se fue con su cruz...
-¡Pobre, mi corazón! ¡Era una criatura! ¡Vendrán los hermanos y ya no
la podrán ver! ¡Estarán más ciegos que yo!
-Verán la rabia de su corazón...
-¡Haber guerreado tanto, para esto! ¡Se salvaron de la muerte y ahora
van a venir a encontrar algo peor que la muerte!
-El Cristo de Tupá-Rapé les dará consuelo,... A Gaspar Mora le consoló
en la hora de su muerte... -fue lo único que dijo en castellano.
-¡No le rezarán, María Rosa! -se afligió la anciana-. ¡Nunca creyeron
en él! ¡No le querían! ¡Tampoco el padre! ¡Ninguno de los tres! ¡Cuando
a Nicanor lo corneó el toro, maldijo al Cristo! Nicanor, después los
mellizos, los tres decían que el Cristo era la desgracia del pueblo,
porque nos había enseñado la resignación...
-Entonces... -dijo la loca, pero se interrumpió con el semblante apagado.
Se encaminó lentamente hacia el ranchito inclinado entre los cocoteros.
La joroba de los años abultaba en la espalda bajo los trapos.
Sólo ella vería después, como en un sueño, la tarde que fue a recoger
leña en la falda del cerro, el regreso de Melitón Isasi. Lo vio venir
solo como dormido, con una pierna cruzada sobre la montura. La buscó
a Felicita con los ojos, pero no estaba. Por lo menos no la veía. Únicamente
vio que en la cintura del camino dos sombras furiosas e iguales saltaban
sobre el jefe político, arrancándolo del caballo con un lazo. La loca
sabia contar esta clase de alucinaciones, a las que nadie prestaba atención.
Ella misma las olvidaba pronto. Esa tarde se habría restregado los ojos
para despegar de ellos el susto, la mala visión, y nada más. Como otras
veces. Ningún sueño podía superponerse a la vieja y dulce pesadilla.
La propia realidad retrocedía derrotada por ella.
15
La hermana Micaela cayó a Brígida con la noticia.
-¡Llegaron los mellizos! -tartamudeó atragantada.
-¿Quién?
-¡Los hermanos Goiburú!...
-¡Dios mío! -sopló Brígida débilmente por entre los dedos que apretaban
la boca.
-Les están haciendo un gran recibimiento. ¡Todo el pueblo está reunido
en la estación!...
Se escuchaba la cohetería de los hurras y vivas que estallaban en honor
de los recién llegados. De repente también empezó a repicar el pedazo
de riel de la escuela.
-¡No sé qué va a ser de nosotras! -rechinó la vieja-. ¡De mí, ¡Ña Brígida,
de mí! ¡Por haberme metido en este enredo! ¡Para mal de mis pecados...,
para la perdición de mi alma! ¡Lo hice por usted y por don Melitón!
¡Y ahora ni siquiera él está! ¡No sé por qué no viene de una vez!...
-iba de la puerta a la claraboya, rengueando como una gallina en un
gallinero arrepollada por el olor del zorrino. La sombra de un doble
espanto caía sobre ella, apretándola contra los rincones más oscuros.
Brígida, quieta en medio del cuarto, veía dar vueltas a su alrededor
a la celadora. Miraba a través de ella, los ojos agrandados y vidriosos,
la boca enrejillada por las falanges que se le habían puesto más espinudas
y trémulas. Las cuentas del largo rosario de madera, atado a la cintura
de la vieja, crujían sordamente. Brígida, nerviosa, bajó las manos y
las retorció sobre la tabla del vientre.
-¡El sueño!...-murmuró-. ¡Se está cumpliendo el sueño!
La sacristana la enfrentó. Le puso una mano sobre el hombro y la miró
con implorante fijeza.
-No queda más que una cosa, Ña Brígida... No queda más que ir a mandar
una promesa al Cristo de Tupá-Rapé. Solamente él puede ayudarnos. Le
tiene que pedir usted.
-Yo. . .
-Ya sé que usted no cree en él-rezongó la vieja-. En los dos años que
está en Itapé no subió al cerro ni una vez. Ni siquiera fue para la
procesión del Viernes Santo... ¡Pero es milagroso! ¡Hizo cosas increíbles!
Milagro únicamente se puede llamar las cosas que hizo en este pueblo,
desde que está allí..., desde aquella tarde en que lo bendijo el Pai
Maíz... Yo le digo, Ña Brígida... De balde no cree en él...
-Yo creo...
-¿Y entonces?
-Voy a ir... -dijo al fin; el ansia, la anhelosa necesidad de aferrarse
a algo volvía a encender las descoloridas miradas.
-Yo la voy a acompañar. Póngase el manto y vamos.
-Todavía no, hermana Micaela...
-¡Mire que hay apuro!...
-Si no llegan esta noche, vamos a ir mañana a la tardecita,...
-¿Por qué recién a la tardecita?
Brígida tardó un poco en contestar. Bajó los ojos. Al cabo, con oscura
humillación secreteó:
-¡No quiero que me vean! ... Me odian. Siento su odio... Por eso nunca
salgo de aquí...
-Usted no hace mal a nadie. Nadie habla mal de usted.
-Me odian con razón. Yo misma me odio...
-¡Antojos suyos! -le oprimió la mano como para alentarla.
-No. .
-¿Entonces vamos mañana al cerro?
-Sí. . .
-Voy a venir a buscarla, para ir juntas.
-Dios se lo pague, hermana Micaela...
-Pero esta noche no se descuide-su voz adquirió el tono áspero y agorero
de la sacristana-. Son capaces de atacar la comisaría... Yo que usted
mando acantonar a los soldados.
-El jefe es Melitón. Y Melitón no está.
-¡Por eso mismo! -bufó la vieja-. Si usted quiere, voy a ordenar de
paso a los soldados lo que tienen que hacer.
-No hace falta. Ellos nada tienen que ver en este asunto.
-¡Están para vigilar el orden!
Brígida la miró con la misma azorada vergüenza de hace un momento, pero
se quedó en silencio. No quiso o no pudo decir nada más.
-Hasta luego entonces, Ña Brígida. Voy a ir un momento a la iglesia.
Mañana empieza la novena de San Judas. Me voy, ¡Dios quiera que no pase
nada malo!
Se embozó en el manto color tabaco y salió arrastrando las zapatillas.
El ruido de hueso del rosario se apagó en el corredor.
Brígida se aproximó lentamente al orificio. Vio que la hermana Micaela
hablaba a los agentes sentados sobre el escaño de la jefatura, haraganeando
con la guampa del tereré. Oyó que les decía:
-¡Se ve que están con la soga larga! No tienen ni así de tino, ni de
vergüenza!...
Los agentes se removieron a desgana. Algunos se levantaron, retorciendo
el cuerpo y estirando los brazos.
-Ña Brígida les manda decir, de orden del señor jefe, que carguen los
mosquetones y que hagan guardia todo el tiempo, hasta que llegue don
Melitón. ¿Han oído?
-¡A su orden!-dijo uno, socarrón, guiñando un ojo a los demás. La media
docena de conscriptos se removió, divertida.
-Llegaron los Goiburú y pueden venir a balear la comisaría.
-Ya se habrán cansado luego de tirar en el Chaco -dijo el muchachón
flaco y canilludo.
-Pero aquí va a ser por otra cosa. Y si vienen y meten bala, nadie va
a dar ni un patacón por el cuero de ustedes.
Los muchachos se rieron despreocupados.
-Hagan lo que les digo. Y cuiden también la casa de Ña Brígida.
-¡A su orden, mi sargento! -dijo el canillón, chocando exageradamente
los tobillos.
La vieja se fue farfullando.
16
Brígida la estuvo esperando, ya vestida. Tenía puesta su ropa más humilde.
La esperó todo el tiempo, cada vez más ansiosa. La tarde se arrastró
con una lentitud desesperante, rajada de calor, de silencio, preñada
de una vaga amenaza. Se acercaba al agujero y espiaba la calle. Vio
declinar y empalidecer la luz contra la puerta cerrada del despacho,
hasta que tomó el tinte morado que tiznaba la madera cuando la Felicita
Goiburú solía estar adentro. Vio un zapato viejo y abarquillado entre
los yuyos de la calle. Contempló los rosales secos contra la tapia.
Miró oscilar los caños negros de los fusiles en la comisaría. Una chicharra
empezó a rejonear la tarde entre los naranjos del patio.
La celadora no apareció.
La tarde pasó rápidamente del dorado al escarlata. El vaho caliente
se metía por el hueco, la crepitación del silencio batido por la matraquita
de la cigarra.
Su impaciencia empezó a decaer con la luz. Se fue quedando más tranquila,
con esa calma que da el extremo desamparo. Esperó un poco. Cuando supo
que la vieja no iba a venir, se puso el manto negro y salió por el portón
de la huerta.
Costeó el pueblo por donde se había perdido el caballo de Melitón, la
noche en que se llevara a Felicita. Después tomó la carretera rumbo
al cerro. El manto, la penumbra y el polvo le tapaban la cara y la convertían
en una desconocida que se alejaba con la cabeza encorvada hacia el suelo.
Sin los ladridos que a trechos le salían al paso de su olor humano,
no hubiera sido mucho más que una sombra sin cuerpo, un fantasma de
ojos muertos, de esos que la salvaje soledad de los caminos forma a
veces en la polvareda del crepúsculo.
A medio camino se cruzó con la loca de Caroveni, que venia pujando con
su brazada de leña, los cabellos cenizos, nublados los ojos de la última
luz. Se miraron. La loca se detuvo. Levantó la mano como para decir
algo, pero la voz no salió. Había algo de aciago en la envolvente fijeza
de sus ojos caldeados en un secreto.
Brígida estaba lejos de todo eso; lejos aun de sí misma. Pero, asimismo,
sintió vagamente que no podía confrontarse con la vieja. Hubiera deseado
la inocencia de su locura. No le imaginó voz, ni comprendió ese pequeño
gesto de aviso o protección que María Rosa volvió a intentar.
Vio que los ojos de la loca estaban de nuevo marchitos. Crujió el haz
de leña sobre el lomo jiboso al reanudar la marcha. Después, a sus espaldas,
la oyó canturrear el estribillo del Himno de los Muertos con el chirrido
de una rama seca.
-Che yvyrá'i-kanga a mo ñe'erí yevy va'erá... (=Yo haré que la voz vuelva
a fluir por los huesos...)
17
Cuando subió al cerro caían las primeras sombras.
Subió perseguida por las maripositas blancas y el quedo murmullo del
manantial. El cielo tenía el suave color del cuero quemado. La sombra
se depositaba aterciopeladamente en las cosas.
Se pasó la mano por los ojos. Dejó ir el peso del cuerpo a los talones
y el cerrito se inclinó hacia ella para ayudarla a subir.
Una sola vez más miró hacia arriba. La choza del Cristo también ya estaba
en penumbra. Pero sobre ella temblaba todavía una tenue claridad.
Desembocó en la explanadita de la cumbre, limpia y pulida como un atrio.
Se sentía nuevamente abochornada. No se atrevió a mirar al Cristo. Era
la primera vez que subía allí. Y había llegado no como una de las simples
mujeres del pueblo, sino como una ladrona, al caer la noche, sola. No
venía a rendirle un homenaje, sino a pedirle una gracia. La mujer hincada
ante el pequeño solio de paja se lo dijo en voz baja al que estaba clavado
en la cruz:
-¡Tienes que saberlo ahora!... ¡Sólo quiero que vuelva! ¡Te pido que
me lo devuelvas!
Sacó el rosario. La pequeña cruz de metal chispeó en sus manos. La besó
y comenzó a rezar.
Al llegar de nuevo a la cruz, sintió que el círculo se había cerrado
y que ella estaba dentro de ese círculo como dentro de una claridad.
No sabía todavía si de salvación o de irremediable fracaso. Se sintió
más apaciguada. Por lo menos, la vergüenza había desaparecido.
Besó de nuevo la crucecita de metal y levantó la mirada hacia el Cristo.
Poco a poco. No con orgullo y determinación, sino con mansedumbre y
ternura, con la sensación de su desamparada debilidad, como solía ante
el propio Melitón cuando él le hacía sentir su poder hasta los huesos
con el silencio de su desprecio o el rigor de sus injurias y sus golpes,
bajo los cuales ella sentía sin embargo la única tímida, agónica dicha
que le era permitida en el mundo, ya que por lo menos entonces algo
la unía a él.
Parpadeó sorprendida. No quería, no podía creer lo que estaba empezando
a contemplar, a entrever, en la tenue claridad. El Cristo tenía botas.
Se pasó el dorso de la mano por los ojos en un rápido impulso y la filosa
crucecita del rosario arrollado entre los dedos le arañó un párpado.
Alzó un poco más los ojos y vio que el Cristo tenía ropa y que la ropa
estaba ensangrentada. Todavía de rodillas descubrió, en un lívido relámpago
de la conciencia, que quien estaba en la gran cruz negra era Melitón,
atado a ella con muchas vueltas de lazo. Volcaba hacia ella la cabeza
sin vida. Detrás de una máscara de sangre la miraba con sus grandes
pupilas doradas en las que la muerte ponía una expresión por vez primera
apacible y humana.
El ravo no la había quemado aún hasta el fondo.
Se incorporó de un salto y se arrimó a la cruz. Aplastó anhelante de
temor la húmeda mejilla contra la punta de las botas. Y las reconoció.
Sólo entonces su erizada mudez rompió en un gran grito y echó a correr.
Al borde de la pendiente trastabilló y cayó. Sus pies habían tropezado
con el Cristo de madera, arrojado como un despojo entre los yuyos. El
cuerpo de la mujer siguió rodando la falda pedregosa hasta que un matojo
de espinos detuvo su caída, junto al manantial.
[1959]
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