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Augusto
Roa Bastos sufrió la historia de Paraguay
en carne propia y la convirtió en literatura.
Nace el año 1917 en Asunción, Paraguay. Pasa su infancia en
Iturbe, un pequeño pueblo de la región del Guairá, escenario de sus primeros
relatos.
Con apenas 15 años se fuga con un grupo de compañeros de colegio a la guerra del
Chaco, contra Bolivia, como asistente de enfermería.
Trabaja en múltiples oficios y comienza a publicar en prensa. En 1945, invitado
por el British Council, viaja a Gran Bretaña y Francia, y sus entrevistas y
crónicas del final de la II Guerra Mundial se publican en el diario "El País" de
Asunción.
En el año 1947, nada más regresar a Paraguay, las persecuciones desencadenadas
por la dictadura militar, tras una breve primavera democrática, le obligan a
huir a Buenos Aires iniciando un prolongado exilio.
En Argentina sobrevivió con todo tipo de oficios sin abandonar nunca su
actividad literaria. El de cartero fue uno de sus favoritos. Más tarde, trabajó
como guionista de cine, autor teatral, periodista y profesor de diversas
universidades de América Latina.
En 1953 publica "El trueno entre las hojas", su primer libro de relatos, y en
1960 "Hijo de hombre", título que iniciaba su trilogía sobre el monoteísmo del
poder. A éste le seguiría "Yo el Supremo", su obra maestra y una de las cumbres
de la literatura castellana contemporánea; en la que narra la historia de José
Gaspar Rodríguez Francia, dictador del Paraguay durante 26 años.
En 1976 se traslada a Francia, invitado por la Universidad de Toulouse, y desde
entonces residió en esa ciudad.
Nombrado profesor de Literatura Hispanoamericana, crea el curso de Lengua y
Cultura Guaraní y el Taller de Creación y Práctica Literaria. Es miembro de
honor de varias universidades hispanoamericanas, europeas y norteamericanas.
Ha recibido prestigiosos premios y condecoraciones, destacan; el Concurso
Internacional de Novelas Editorial Losada (1959) y el Premio de las Letras
Memorial de América Latina (Brasil,1988).
En 1989 recibe el Premio Cervantes.
Más de veinte títulos, entre novelas, cuentos, obras de teatro y poesía,
componen su obra, que ha sido traducida a 25 idiomas. Es uno de los grandes
escritores latinoamericanos de este siglo.
Augusto Roa Bastos falleció en la misma ciudad en la que nació, Asunción, el 26 de abril de 2005, a los 87 años de edad.
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Lucha
hasta el alba
Y quedóse Jacob solo, y luchó con él una Persona hasta que rayaba el alba.
(Génesis, 32, 24)
Tendido en el camastro boca abajo, el muchacho oyó la tos seca del padre, el
soplido para apagar la lámpara. Esperó aún un buen rato hasta que la noche se
metiera bien adentro en la casa. Siempre era posible que el hermano mellizo
acechara despierto en el cuarto contiguo. Cuando el silencio dejó oír el suave
retumbo del río en las barrancas, el muchacho se inclinó y sacó el envoltorio
escondido. Los verdugones del castigo de la tarde le escocieron de nuevo hasta
el hueso; en las rodillas, las punzadas de los maíces sobre los cuales el padre
le mandó hincarse durante horas, como de costumbre. "¡Ahí lo tienen al futuro
tirano del Paraguay! ¡Rebelde ahora, déspota después!... ¡A vergajazos voy a
enderezar a este cachorro del maldito KaraíGuasú. La madre, tratando de
aplacarlo: "¡No lo castigues así, Pedro! ¡Lo vas a resabiar!..." Desde el patio
el velludo mellizo le sacaba la lengua; las morisquetas de burla aumentaron su
humillación, formaban parte del castigo. Sus brazos en cruz le pesaban cada vez
más. Cuando se quedó solo los dobló y entrelazó los dedos sobre la nuca. Se
sentía hecho una criba. Su rabia le llenaba la boca de saliva amarga, le hacía
bombear salvajemente el corazón entre los huesos.
Abrió el envoltorio con mucho cuidado, no fueran a crujir los papeles viejos. El
frasco brilló entre sus manos con tenue fosforescencia. lo agitó soplando varias
veces en la boca de¡ frasco. Los puntitos que titilaban adentro con luz verdosa
se avivaron un poco; una luz más débil que el halo de la luna menguante sobre
las hojas de los guayabos. Pero alcanzó a ver borrosa la silueta de su mano, las
falanges crispadas sobre el vidrio.
Han muerto muchos de ayer a hoy -murmuró-. Tendré que poner más lámpiros. Es
difícil escribir con tantos gusanos muertos. Esaú empieza a sospechar. Me sigue
a escondidas cuando por las noches voy al campo a cazar muãs. Me ha preguntado
si pienso tejer cinturones luminosos para las Wõro que danzan desnudas en los
cañadones del bosque pidiendo a la ¡una que llueva, como cuenta mamá que pasa en
una tribu de indios, en los desiertos del Chaco. "¿Son mujeres de verdad?",
pregunta Esaú. "Son mujerespóra" -dice mamá-. "Son las deidades silvestres de
los indios. Pero ellos son de otra manera. la verdad no se sabe..." Cuando Esaú
va al monte a cazar encuentra los cinturones de muãs que yo dejo colgados en las
ramas de los árboles. Los toca y los huele. Mete la cabeza entre las piernas y
grita como un enano insultando a las Wõro. Después voltea a hondazos una
mortandad de tapitíes y palomas de monte y los trae de regalo a papá que mucho
aprecia lo que hace Esaú con fina voluntad. Yo veo y me callo. La verdad no se
ve, digo.
Sopló otra vez por el cuello del frasco. El zumbido de su aliento le sobresaltó.
Lo puso sobre el cajón y tomó el cabo de lápiz. Mojó la punta en la saliva.
Hablaba en voz muy baja para sí mismo, habría sido difícil tal vez seguir su
pensamiento sin apuntalarlo con ese susurro.
-Tal vez sea más fácil ser Jacob que escribir sobre Jacob, y mamá que me
pregunta por que quiero ser como Jacob. Yo cierro fuerte la boca para no
contestar. Mamá entonces me toma la cabeza entre las manos y mirándome en los
ojos como ella sabe hacerlo me dice que cada uno es lo que es y que no arrienda
compararse con los otros. Pero quién sabe lo que uno es. ¡Uno de tantos entre
tantas cosas! Yo no sé si soy joven o viejo, o las dos cosas al mismo tiempo. En
los cuadernos de papá, de cuando era todavía seminarista, leí: "Mi infancia
murió hace ya mucho tiempo, y yo aún vivo..." Y cuando abuelo José murió, papá
escribió sobre su tumba: "Entregó su espíritu en las manos de Dios. Le devolvió
su vida en buena vejez, anciano y lleno de días."
Volvió a agitar el frasco. - Son como pescados muertos -dijo-, pero el vientre
todavía les brilla en el aire viciado. Hay que echar los muertos y poner
lámpiros vivos todos los días. Me acuerdo de la noche cuando se metió un muã
dentro de una botella, en el patio, y me dio la idea de una lámpara que no fuera
como las otras y que alumbrara con otra luz, la luz de los bichos que alumbran
el aire de la noche.
La mano del muchacho siguió escribiendo en el rotoso cuaderno, a la luz del
tenue reverbero.
-Papá no es hombre malo, pero me cree malo a mí. Él sabe que su infancia murió
hace tiempo, pero no sabe que yo soy más viejo que él. Capaz que por eso me pega
con esa correa doble, que él usa para asentar el filo de su navaja. Pero no pega
nunca a Esaú. Mamá me dice que es porque mi hermano es contrahecho y tiene la
cabeza un poco desvariada. Papá me pega cuando cree que hago algo malo. Pero yo
sé que no es malo zambullirme en el río con los otros muchachos M pueblo para
buscar el cuerpo del pasero ahogado en el remanso, enredado entre los raigones M
fondo bajo los flotadores de la balsa ' Esaú contó que yo salí echando sangre
por la nariz y por la boca, abrazado al cadáver del viejo. Eso no es cierto. Yo
encontré el cadáver bajo la balsa pero no me animé a tocarlo. Me miraba fijo
debajo M agua como riéndose con una mueca. Vi los huesos ganchudos de las manos
ya comidas por las pirañas. Lo sacaron los otros muchachos. Pero aunque lo
hubiese sacado yo, ¿es malo eso? ¿Es pecado tan grande sacar a un ahogado? Por
lo menos para que lo entierren en camposanto.
Suspiró con estremecimiento.
-Mamá defiende a papá tratando de explicar que él tiene miedo a que yo también
un día me ahogue en el río, y que lo que él quiere es que volvamos a la ciudad
para sacar de nosotros dos hombres útiles y sabedores y respetados. Pero los
castigos no son solamente por culpa M río. La otra vez fue la llave que perdió
Esaú en la chacra y no pudimos entrar en la casa. Papá me mandó a buscarla mucho
después que cayó la noche y yo tuve que pasar corriendo con los ojos cerrados y
los oídos tapados sobre el empalado del puente donde dicen que tiene su guarida
el fantasma del Descabezado. Estos castigos son los que más duelen y me pueden
desvariar la cabeza a mí también, si es que no la tengo ya desvariada. El miedo
es la cosa más mala que puede caerle a un cristiano. Y lo que yo siento es que
papá tiene miedo a otra cosa que él mismo no entiende qué es. Hace ya mucho
tiempo que es mensual de la fábrica y sabe que de aquí no podrá salir, como
salió M seminario, de los obrajes, de los Verba les. Hay lugares de donde no se
puede salir. Y este lugar de Manorã, en Iturbe del Guaira, es uno de ellos. La
gente se muere aquí como los muãs en el frasco cuando ya no pueden echar más luz
de su vientre, digo cuando la vida se les apaga en la fábrica o en los
cañaverales. Papá no es hombre malo y yo diría que es el más bueno si no fuera
por ese miedo que tiene a lo que no sabe y no en tiende, o tal vez lo sabe tan
bien que ya lo olvidó...
El muchacho escribía con apuro, pero las letras gordas de escuelero le salían
lentas y difíciles. Se quedaban atrás de lo que él procuraba decir y escribir.
Las borraba cada tanto con trazos temblorosos que a veces rasgaban el papel. El
frasco se iba apagando poco a poco.
- Cuando leo en la Biblia ese hecho que hizo Jacob, yo encuentro que es de otra
manera, no como cuando mamá nos lee o nos cuenta los mismos hechos. Igual que
cuando a papá estuvieron por matarlo los revolucionarios porque no quiso decir
dónde estaban las armas de la policía de la fábrica. Toda la noche entre si lo
mataban o no lo mataban, y que dónde están las armas, y los golpes y los
insultos, y los tiros junto a su cabeza quemándole los cabellos y hasta uno de
esos tiros arrancándole un pedazo de oreja. Todo esto justo hasta el alba cuando
llegó al galope un jinete de la montonera y gritó a los que tenían atado a papa
con trozos de alambre: "¡No, a ése no lo maten ya! ¡Encontramos las armas
escondidas en las calderas de la fábrica!..." Y así papá se salvó de los fusiles
y los machetes de la pueblada. Mamá no quiere acordarse de esas malas memorias.
Se le humedecen los ojos y se queda callada. Me pasa la mano sobre la cicatriz
que tengo en la cabeza y que me dejó ahí una pedrada de Esaú. Mi hermano Esaú
de¡ que nunca puedo separarme como si él siguiera teniendo trabada su mano a mi
calcañar desde que nacimos juntos. Eso dice mama cuando cuenta que Esaú es el
mayor porque nació último y que su alma está derramada en mí como la mía está
derramada en él. Pero yo no quiero un alma así, tan de dos sin ser de nadie y
que sin ser nada y al mismo tiempo doble da a uno solo tanta aflicción...
Ya no vio la forma de su mano. Se puso el lápiz entre los dientes. Empezó a
envolver el frasco con el mismo cuidado del comienzo. El viento que las Siete
Cabrillas suelen soltar hacia la medianoche, había apagado el retumbo del río.
El muchacho sintió el peso enorme de la noche amontonada en el cuarto. tomó el
frasco a tientas, abrió la puerta y salió sin hacer ruido.
la noche hedía a los charcos de agua estancada, al guarapo fermentado en los
canales de desagüe del ingenio. Arrojó el frasco al río desde lo alto de la
barranca. Oyó el ruido del choque en el agua. Se estuvo un rato inmóvil. Luego
siguió andando en la oscuridad, de cara al olor lejano de los cañaverales.
Sintió que la frente le ardía en relente.
Caminó sin detenerse una sola vez. Su paso firme parecía olvidar todo otro rumbo
que no fuera ése. Por atajos y desvíos que conocía bien llegó al cruce de los
dos caminos que, en la historia de Jacob, en la Biblia se llama Manhanaim y en
la tierra de Manorã, TapeMokõi. Algo o alguien le salto por detrás clavándole
uñas como garras en la nuca. El muchacho giró y comenzó a luchar contra su
invisible adversario con toda la furia y la tristeza que llevaba adentro, con un
ansia mortal de destruirlo. Luchó cada vez con más fuerza logrando que todo el
peso de la noche entrara en su brazo. Sintió que ese esfuerzo desbarataba los
malos recuerdos; sintió que los arrojaba de sí en los espumarajos que echaba por
la nariz y por la boca. Sintió que sudaba sangre y que este sudor lo purificaba,
que lo volvía más liviano, sin peso ninguno.
Pero que todavía estaba vivo y que sólo vivía para triunfar en esa lucha con el
Desconocido. Como éste notó que no podía contra él, puso su puño forzando la
palma del anca del muchacho y le descoyuntó el muslo. Pero el muchacho no cejaba
y arremetía con creciente encarnizamiento. La voz dijo: -¡Déjame, que el alba
sube!" Y el muchacho gritó fuerte, no como un ruego sino como una orden: "¡No te
dejaré si no me bendices!" La voz dijo: "¡No puedo bendecirte porque estás
maldito para siempre!..."
El muchacho siguió luchando ciegamente, hasta que se dio cuenta de que había
estrangulado a su adversario; su cuerpo permanecía abrazado a él, pero ya inerte
y sin vida. El muchacho se sacudió y lo dejó caer. Su pie tropezó con una
piedra. la levantó y contempló entonces la cabeza separada del tronco. Y en esa
cabeza descubrió el rostro de filudo perfil de ave de rapiña del KaraiGuasú,
tal como lo mostraban los grabados de la época. Pero también vio en la cabeza
muerta el rostro de su padre. Dudó un instante como en el centro de una
alucinación o de una pesadilla. Pero la palma del anca descoyuntada le mostró
que si era un sueño se trataba de un sueño de otra especie. El día claro le
mostró dos paisajes superpuestos, dos tierras, dos tiempos, dos vidas, dos
muertes.
... Yo también, como Jacob, vi a Dios cara a cara y fue liberada mi alma...
Pero esa voz no era la suya, ni la de su madre, ni la de las Escrituras, ni la
voz que había entrado muchas noches en su vigilia cuando al resplandor fosfórico
de las luciérnagas ese - ' bía a su manera la historia de Jacob. Sintió en lo
hondo de sí que todo eso era falso. Un sueño. Pero que esa falsedad, ese sueño,
eran la única verdad que le estaba permitida.
El sol, el rescoldo neblinoso de un sol que no se veía quemaba todo el cielo y
borroneaba el día en una tiniebla blanca. El muchacho continuó su camino
rengueando del anca descoyuntada. Llevaba la cabeza sanguinolenta bajo el brazo.
El fuego blanco del sol la iba despellejando por instantes. Pronto quedó el
cráneo calcinado, arrugado, cada vez más pequeño. El muchacho no se dio cuenta
de ello entre las reverberaciones y el polvo que subían del camino, ni de que
sus propios cabellos le habían crecido hasta los hombros y habían tomado el
color de la ceniza.
Se dirigió hacia el pueblecito de Nazareth. Llegó a casa del rabino Zacarías que
no lo reconoció y lo tomó por un mendigo. El muchacho Jacob le tendió las manos
sin ver que en ellas no había ningún cráneo.
-¡Es de una persona importante de Phanuel! dijo-. Se lo vendo por poco dinero...
El rabino Zacarías no entendió lo que el otro le dijo. Salvo la palabra Phanuel,
el nombre hebreo que quiere decir: elquehavistolafazdeDios. Le sorprendió
que un muchacho campesino de Manorá pudiese conocer el nombre y pronunciarlo con
acento arcaico. Se lo hizo repetir. El muchacho Jacob volvió a decir claramente:
-¡Phanuel!
El rabino Zacarías retrocedió. Su voz se volvió dura:
- ¡Deja en paz lo que no entiendes y es sagrado! El hombre malo, el hombre
depravado anda en perversidad de boca. Y tú no eres el suplantador que estará en
lugar de aquel hombre santo. Anda y trabaja los campos y siembra y cosecha.
El muchacho Jacob inclinó la cabeza. De entre los cabellos encanecidos cayeron
sobre sus pies gotas de sudor o de lágrimas.
-Vete -le dijo el rabino, y cerró la puerta después de arrojarle unas monedas.
La noche había caído de nuevo. La silueta que rengueaba entró en un rancho de
expendio de bebidas, que brillaba con resplandor calcáreo a la luz de la luna,
en un recodo del camino. Pidió al bolichero con voz ronca apenas audible una
botella de aguardiente y dejó caer las monedas sobre las tablas. Bebió a sorbos
largos apretando la boca ansiosamente contra el gollete, sin unapausa, sin un
respiro, como si ya no tuviera aire adentro. Se retiró bamboleándose hacia un
rincón del rancho, y se tendió en lo oscuro poniéndose el anca descoyuntada como
cabeza.
Entraron dos hombres del lugar y también se pusieron a beber. De pronto uno de
ellos se fijó en el que yacía en la sombra, y dirigiéndose al patrón, le
preguntó con un guiño de picardía:
-¿No es ése el hijo de don Pedro, el de la azucarera?
El patrón asintió encogiéndose de hombros.
-Los muchachos de ahora pronto empiezan a darle al trago -dijo el que había
hablado-. Pero el padre le va a sacar el vicio a latigazos. Don Pedro no se anda
con vueltas.
El segundo hombre se aproximó, husmeó la sombra y removió el cuerpo yacente,
-A éste no le puede pasar ya nada -dijo moviendo la cabeza.
-¿Qué quieres decir? -preguntó el posadero.
El hombre regresó al mostrador, bebióse de un trago la media caña. Después dijo
con la voz opaca:
- Ése ya huele a muerto.
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Chepé Bolívar
¡Ah Chepé Bolívar! ¡Cómo no me voy a acordar de él! dijo la mujer sentada a mi
lado en el camión de carga . Alto, flaco, patas de pájaro. Siempre emponchado,
en invierno y verano, por esas llagas que no se le curaban nunca. De noche,
cuando había luna, se encasquetaba un sombrerón y encima, para más seguridad, se
cubría con una sombrilla. Salía a caminar por ahí, asustando a la gente. ¡Cómo
no me voy a acordar de Chepé Bolívar, el telegrafista de Manorá!
El olor de antes iba entrando en mi somnolencia cuando el mixto empezó a
traquetear por el camino de tierra del pueblo. La presencia de Chepé Bolívar se
iba formando en la voz de falsete de la vieja entre las jaulas de las gallinas,
las bolsas de naranjas y los fardos de tabaco.
En eso de la soledad de Chepé, la vieja monoreña no mentía. Lo veo aún, desnudo,
las ronchas untadas con grasa de lagarto, encerrado en su rancho, trabajando la
madera de su caja a la luz de una vela. Y la imagen borrosa se juntaba sin
mezclarse con la voz de la vieja, asordinada por el cigarro. Lejos se oían en la
noche los golpes de la azuelita y del formón sobre el tronco del árbol. "¡Ya
está telegrafiando otra vez Chepé!", se decía en el pueblo cuando escuchábamos
ese picoteo enterrado de pájaro carpintero.
Todo mezcladamente, la realidad con las realidades.
El mixto hendía con sus faros la noche polvorienta. La voz de la vieja chirriaba
de tanto en tanto, cercana o lejana, según los golpes de viento.
Chepé murió cuando llegaron las tropas del gobierno, el año de la creciente
grande, en la revolución del 47.
No murió de bala dije por decir cualquier cosa.
Hubo quien dijo que del susto de la balacera y hubo quien dijo que de una bala
perdida replicó la revendedora . Pero no es verdad. Cada uno muere a su manera y
nunca en la víspera del día señalado. Tiene razón usted. Chepé murió en su
momento de hora. Había estado esperando su muerte demasiado tiempo. Veinte años
le llevó labrar ese cajón de palosanto en que lo enterramos.
El Chepé de la vieja y el Chepé de mi infancia, cabedores en una misma memoria,
no eran los mismos. Y estaba el otro Chepé, el que había querido ser otro para
cumplir más fielmente su propio destino. Pájaro de un solo vuelo entre dos
cielos.
Lo cierto es que en los días de su vida no había hombre en todo Manorá del
Guairá que conociera mejor que Chepé la historia de Simón Bolívar y las guerras
de la Independencia. Mejor dicho, era el único que la sabía en aquel poblacho
perdido entre ríos, selvas y montes, y probablemente el único entre los
campesinos del Paraguay entero, sin excluir a los letrados de la ciudad. Al
menos, Chepé era el único que había aprendido la historia de esa manera. Acabó
transformándola en algo tan suyo como sus sueños y su sangre: una obsesión
desmemoriada de todo otro recuerdo que fuese la visión de ese tumulto poblado de
imágenes, de fragor, en cuyo centro se erguía la figura del Libertador.
Chepé hablaba de Caracas nombrándola a veces Mba'evera guasu, la Ciudad
Resplandeciente del viejo mito de El Dorado. Poseer tal ciudad en ese villorrio
de ranchos y cañaverales no era, decía Chepé, "mascar tabaco ajeno". En el
ruinoso cobertizo de la estación del ferrocarril, en la plaza, en el atrio; en
los caminos, contaba, temático, a quien la quisiese oír, la historia de esas
luchas. Ante los ojos incrédulos o deslumbrados ponía el resplandor de Caracas
de donde habían salido los ejércitos de Bolívar para liberar a otros pueblos.
"Nosotros no tuvimos esa suerte murmuraba bajo el sombrero de paja apretándose
la cucarda que sostenía el doblez del ala . Atravesando miles y miles de leguas,
el Gran Capitán quiso venir a liberar también al Paraguay, pero los porteños le
cerraron el paso..."
Para los más Chepé era un loco, el loco hablador del fierrito de la estación.
Impasible y alucinado continuaba contando esa historia con nombres extraños y
familiares. Para él, los hombres eran imágenes y las imágenes las únicas cosas
verdaderas en su revelación originaria. "La verdad, decía, no hace ruido y sólo
tiene caras muy escondidas".
Todo comenzó con los latidos eléctricos del telégrafo. Alguien, algún
estudiantillo de Asunción, empleado en el turno de noche, encontró la manera de
memorizar sus lecciones de historia o de divertirse con ellas transmitiéndolas a
ese colega semianalfabeto de Manorá con la palanquita del morse.
A lo largo de noches y noches el repiqueteo metió en el alma, en la mente simple
del telegrafista la historia sin tiempo ni fronteras, que por ser de todos y de
ninguno tan suya era y a la vez tan ajena.
Cipriano Ovelar sintió la coacción del decoro. Sin salir de Manorá se fue a
vivir a Caracas. Sintió que la sangre del Libertador corría por sus venas.
Sintió que era otro y que otro debía ser su nombre. Desde entonces Chepé Ovelar
se llamó Chepé Bolívar. Lo sintió como el único nombre digno de su obsesión; el
único que expresaba lo verdadero y mejor de su inútil vida. Si lo llamaban con
el nombre abolido permanecía en silencio. Vivo no lo sacarían de allí.
A lo largo de noches y años y noches, Chepé Bolívar transmitió incansable, a su
turno, a otros pájaros insomnes como él posados en la barrita de bronce, la
historia del largo y desvelado sueño de los oprimidos. El sueño que suda sangre
en los vivos y en los muertos subía lentamente en las palabras sonámbulas de
Chepé. El maestro de música Salustro hacía estallar a veces en los oídos sordos
de Chepé dos o tres notas roncas de su viejo trombón. "¡Ya voy!...", decía
Chepé, visionario, encarando la luz fuerte que llenaba el día antes del día.
En la revuelta agraria del año 12, Chepé Bolívar se unió a las montoneras del
Guairá, en el sur del Paraguay. Cayó prisionero y los regulares estuvieron a
punto de fusilarlo porque se negó a transmitir una noticia falsa, la treta
diabólica que hizo caer en una emboscada al grueso de las tropas campesinas.
Chepé contaba que lo habían fusilado entonces. Lo que era una manera de decir la
verdad. Desde la derrota del levantamiento agrario él estaba muerto en la más
humana forma del morir. "Yo ya no existo...", decía ciego y lejano, hueso y piel
bajo los guiñapos de su blusa. Hasta las llagas se le habían muerto, borrado,
sanado. Si le quedaba alguna cicatriz, él todo entero era esa sola cicatriz.
Costra de la nada. Silencio. Mudez.
Nada más y todo eso. Seguiría contemplando en lo hondo el amado resplandor. Y lo
que él no vio pero algunos veían en los días de neblina era el águila oscura
posada en la cumbrera del rancho de Chepé.
¡Ah pícaro viejo! murmuró la vieja manoreña . Se daba maña para encontrar lo que
no buscaba. Para los pobres la dicha está siempre en otra parte...
En el tiempo sin tiempo de Chepé, la cuenta era simple. Después de los diez años
de prisión por "desacato militar y propaganda subversiva a través del sistema de
comunicaciones del Estado", Chepé regresó a Manorá, ahora sí lejanísimo y
espectral.
Más de treinta años sobrevivió a su muerte, encerrado en su rancho, mientras su
sombra vagaba recorriendo en peregrinación la ruta de Bolívar por medio
continente.
Hay un momento en que el Libertador, viudo de la gloria, huye de Caracas entre
los retratos rotos y la indiferencia que alfombran su paso hacia el destierro.
En una esquina de la Plaza Mayor, semiescondido entre los soportales, Chepé lo
contempla pasar. Se adelanta hacia el fugitivo, sacándose el sombrero. "¡Vamos
al Paraguay, mi General!... dijo Chepé que le dijo a su tocayo en desgracia .
Allá usted tiene todavía mucho que hacer..." Las telitas de las cataratas
temblaban húmedas sacudidas por el vendaval que le salía de adentro.
Durante veinte años refluyó la voz de la vieja en el mixto Chepé labró la madera
de su caja. Al final nos olvidamos de él. Cuando llegaron las tropas del
gobierno y atacaron el pueblo, Chepé se nos murió así no más de golpe. Por algún
agujero se le escapó el ánima...
La mujer guardó silencio por un largo instante. La primera luz empezó a teñir el
polvo. El rostro arrugado se volvió hacia mí.
Ya estamos llegando dijo . Usted no es de estos lugares, creo, me parece.
No mentí sin remordimiento.
¿Qué viene a hacer a Manorá? Digo..., si se puede saber.
Nada me oí decir entre dientes.
Ah bueno dijo la vieja . La nada es buena como remedio. Eso fue lo que Chepé
tomó a lo último. Al cristiano le cuesta a veces morir. Por falta de costumbre,
digo yo. Cuando llegaron las tropas del gobierno y atacaron el pueblo por todos
lados, alguien vino a decir que Chepé estaba acostado en su caja, muerto. En esa
caja lo enterramos. Pero no en el cementerio. El acompañamiento no pudo
atravesar la fusilería que cercaba el pueblo. Tuvimos que enterrar a Chepé en un
potrero. Eso también hay que decirlo sin ofender. A Chepé mucho el pueblo le
quería a pesar de todo y por todo. Un hombre más para nada que él no había en
este mundo. Pero valía por lo que era y sabía mucho sin saber que lo sabía, sin
vergüenza de ser limpio y honrado entre tantos sinvergüenzas. Su vicio era la
esperanza del pobre que es querer el todo para todos. Y Chepé era capaz de
encoger hasta su sombra para no estorbar a nadie. Eso fue Chepé, y un poco más y
un poco menos. En un potrero lo enterramos bajo la lluvia, el viento y las
balas. Cada uno dejó su ramo de flor sobre el estiércol y el barro. Ninguno
faltó al acompañamiento de ese muerto al que muchos, entre los más viejos, le
debíamos la vida.
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La Excavacion
El primer desprendimiento de tierra se produjo a unos tres metros, a sus
espaldas. No le pareció al principio nada alarmante. Sería solamente una veta
blanda del terreno de arriba. Las tinieblas apenas se pusieron un poco más
densas en el angosto agujero por el que únicamente arrastrándose sobre el
vientre un hombre podía avanzar o retroceder. No podía detenerse ahora. Siguió
tvanzando con el plato de hojalata que le servía de perforador. La creciente
humedad que iba impregnando la tosca dura lo alentaba. La barranca ya no estaría
lejos; a lo sumo, unos cuatro o cinco metros, lo que representaba unos
veinticinco días más de trabajo hasta el boquete liberador sobre el río.
Alternándose en turnos seguidos de cuatro horas, seis presos hacían avanzar la
excavación veinte centímetros diariamente. Hubieran podido avanzar más rápido,
pero la capacidad de trabajo estaba limitada por la posibilidad de desalojar la
tierra en el tacho de desperdicios sin que fuera notada. Se habían abstenido de
orinar en la lata que entraba y salía dos veces al día. Lo hacían en los
rincones de la celda húmeda y agrietada, con lo que si bien aumentaban el hedor
siniestro de la reclusión, ganaban también unos cuantos centímetros más de
"bodega" para el contrabando de la tierra excavada.
La guerra. civil había concluido seis meses atrás. La perforación del túnel
duraba cuatro. Entre tanto, habían fallecido, por diversas causas, no del todo
apacibles, diecisiete de los ochenta y nueve presos políticos que se hallaban
amontonados en esa inhóspita celda, antro, retrete, ergástula pestilente, donde
en tiempos de calma no habían entrado mmca más de ocho o diez presos comunes.
De los diecisiete presos que habían tenido la estúpida ocurrencia de morirse, a
nueve se habían llevado distintas enfermedades contraídas antes o después de la
prisión; a cuatro, los apremios urgentes de la cámara de torturas; a dos, la
rauda ventosa de la tisis galopante. Otros dos se habían suicidado abriéndose
las venas, uno con la púa de la hebilla del cinto; el otro, con el plato, cuyo
borde afiló en la pared, y que ahora servía de herramienta para la apertura del
túnel.
Esta estadística era la que regía la vida de esos desgraciados. Sus esperanzas y
desalientos. Su congoja callosa, pero aún sensitiva. Su sed, el hambre, los
dolores, el hedor, su odio encendido en la sangre, en los ojos, como esas
mariposas de aceite que a pocos metros de allí -tal vez solamente un centenar-
brillaban en la Catedral delante de las imágenes.
La única respiración venía por el agujero aún ciego, aún nonato, que iba
creciendo como un hijo en el vientre de esos hombres ansiosos. Por allí venía el
olor puro de la libertad, un soplo fresco y brillante entre los excrementos. Y
allí se tocaba, en una especie de inminencia trabajada por el vértigo, todo lo
que estaba más allá de ese boquete negro.
Eso era lo que sentían los presos cuando escarbaban la tosca con el plato de
hojalata, en la noche angosta del túnel.
Un nuevo desprendimiento le enterró esta vez las piernas hasta los riñones.
Quiso moverse, encoger las extremidades atrapadas, pero no pudo. De golpe tuvo
exacta conciencia de lo que sucedfa, mientras el dolor crecía con sordas
puntadas en la carne, en los huesos de las piernas enterradas. No había sido una
simple veta reblandecida. Probablemente era una cuña de tierra, un bloque espeso
que llegaba hasta la superficie. Probablemente todo un cimiento se estaba
sumiendo en la falla provocado por el desprendimiento.
No le quedaba otro recurso que cavar hacia adelante con todas sus fuenu, sin
respiro; cavar con el plato, con las uñas, hasta donde pudiese. Quizá no eran
cinco metros los que faltaban, quizá no eran veinticinco días de zapa los que
aún lo separaban del boquete salvador de la barranca del río. Quizá eran menos,
sólo unos cuantos centímetros, unos minutos más de arañazos profundos. Se
convirtió en un topo frenético. Sintió cada vez más húmeda la tierra. A medida
que le iba faltando el aire, se sentía más animado. Su esperanza crecía con la
asfixia Un poco de barro tibio entre los dedos le hizo prorrumpir en un grito
casi feliz. Pero estaba tan absorto en su emoción, la desesperante tiniebla de
túnel lo envolvía de tal modo, que no podía darse cuenta de que no era la
proximidad del río, de que no eran sus filtraciones las que hacían ese lodo
tibio, sino su propia sangre brotando debajo de las uñas y en las yemas heridas
por la tosca. Ella, la tierra densa e impenetrable, era ahora la que, en el
epílogo del duelo mortal comenzado hacía mucho tiempo, 1a gastaba a él sin
fatiga y lo empezaba a comer aún vivo y caliente. De pronto, pareció alejarse un
poco. Manoteó al vacío. Era él quien se estaba quedando atrás en el aire como
piedra que empezaba a estrangularlo. Procuró avanzar, pero sus piernas ya
irremediablemente formaban parte del bloque que se había desmoronado sobre
ellas. Ya ni las sentía. Sólo sentía la asfixia. Se estaba ahogando en un río
sólido y oscuro. Dejó de moverse, de pugnar inútilmente. La tortura se iba
transformando en una inexplicable delicia. Empezó a recordar.
Recordó aquella otra mina subterránea en la guerra del Chaco, hacía mucho
tiempo. Un tiempo que ahora se le antojaba fabuloso. Lo recordaba, sin embargo,
claramente, con todos los detalles.
En el frente de Gondra, la guerra se había estancado. Hacia seis meses que
paraguayos y bolivianos, empotrados frente a frente en sus inexpugnables
posiciones, cambiaban obstinados tiroteos e insultos. No había más de cincuenta
metros entre unos y otros.
En las pausas de ciertas noches que el melancólico olvido había hecho de pronto
atrozmente memorables, en lugar de metralla canjeaban música y canciones de sus
respectivas tierras.
El altiplano entero, pétreo y desolado, bajaba arrastrado por la quejumbre de
las cuecas; toda una raza hecha de cobre y castigo, desde su plataforma cósmica
bajaba hasta el polvo voraz de las trincheras. Y hasta allí bajaban desde los
grandes ríos, desde los grandes bosques paraguayos, desde el corazón de su gente
también absurda y cruelmente perseguida, las polcas y guaranias, juntándose,
hermanándose con aquel otro aliento melodioso que subía desde la muerte. Y así
sucedía porque era preciso que gente americana siguiese muriendo, matándose,
para que ciertas cosas se expresaran correctamente en términos de estadística y
mercado, de trueques y expoliaciones correctas, con cifras y números exactos, en
boletines de la rapiña internacional.
Fue en una de esas pausas en que en unión de otros catorce voluntarios, Perucho
Rodi, estudiante de ingeniería, buen hijo, hermano excelente, hermoso y suave
moreno de ojos verdes, había empezado a cavar ese túnel que debía salir detrás
de las posiciones bolivianas con un boquete que en el momento señalado entraría
en erupción como el cráter de un volcán.
En dieciocho días los ochenta metros de la gruesa perforación subterránea
quedaron cubiertos. Y el volcán entró en erupción con lava sólida de metralla,
de granadas, de proyectiles de todos los calibres, hasta arrasar las posiciones
enemigas.
Recordó en la noche azul, sin luna, el extraño silencio que había precedido a la
masacre y también el que lo había seguido, cuando ya todo estaba terminado. Dos
silencios idénticos, sepulcrales, latentes. Entre los dos, sólo la posición de
los astros había producido la mutación de una breve secuencia. Todo estaba
igual. Salvo los restos de esa espantosa carnicería que a lo sumo había añadido
un nuevo detalle apenas perceptible a la decoración del paisaje nocturno.
Recordó, un segundo antes del ataque, la visión de los enemigos sumidos en el
tranquilo sueño del que no despertarían. Recordó haber elegido a sus víctimas,
abarcándolas con el girar aún silencioso de su ametralladora. Sobre todo, a una
de ellas: un soldado que se retorcía en el remolino de'una pesadilla. Tal vez
soñaba en ese momento en un túnel idéntico pero inverso al que les estaba
acercando al exterminio. En un pensamiento suficientemente extenso y flexible,
esas distinciones en realidad carecían de importancia. Era despreciable la
circunstancia de que uno fuese el exterminador y otro la víctima inminente. Pero
en ese momento todavía no podía saberlo.
Sólo recordó que había vaciado íntegramente su ametralladora. Recordó que cuando
la automática se le había finalmente recalentado y atascado, la abandonó y
siguió entonces arrojando granadas de mano, hasta que sus dos brazos se le
durmieron a los costados. Lo más extraño de todo era que, mientras sucedían
estas cosas, le habían atravesado recuerdos de otros hechos, reales y ficticios,
que, aparentemente no tenían entre sí ninguna conexión y acentuaban, en cambio,
la sensación de sueño en que él mismo flotaba. Pensó, por ejemplo, en el
escapulario carmesí de su madre (real); en el inmenso panambí de bronce de la
tumba del poeta Ortiz Guerrero (ficticio); en su hermanita María Isabel, recién
recibida de maestra (real). Estos parpadeos incoherentes de su imaginación
duraron todo el tiempo. Recordó haber regresado con ellos chapoteando en un
vasto y espeso estero de sangre.
Aquel túnel del Chaco y este túnel que él mismo había sugerido cavar en el suelo
la cárcel, que él personalmente había empezado a cavar y que, por último, sólo a
él le había servido de trampa mortal; este túnel y aquél eran el mismo túnel; un
único agujero recto y negro con un boquete de entrada pero no de salida. Un
agujero negro y recto que a pesar de su rectitud le había rodeado desde que
nació como un círculo subterráneo, irrevocable y fatal. Un túnel que tenía ahora
para él cuarenta años, pero que en realidad era mucho más viejo, realmente
inmemorial.
Aquella noche azul del Chaco, poblada de estruendos y cadáveres había mentido
una salida. Pero sólo había sido un sueño; menos que un sueño: la decoración
fantástica de un sueño futuro en medio del humo de la batalla
Con el último aliento, Perucho Rodi la volvía a soñar; es decir, a vivir. Sólo
ahora aquel sueño lejano era real. Y ahora sí que avistaba el boquete
enceguecedor,
el perfecto redondel.de la salida.
Soñó (recordó) que volvía a salir por aquel cráter en erupción hacia la noche
azulada, metálica, fragorosa. Volvió a sentir la ametralladora ardiente y
convulsa en sus manos. Soñó (recordó) que volvía a descargar ráfaga tras ráfaga
y que volvía a arrojar granada tras granada. Soñó (recordó) la cara de cada una
de sus víctimas. Las vio nítidamente. Eran ochenta y nueve en total. Al
franquear el límite secreto, las reconoció en un brusco resplandor y se
estremeció: esas ochenta y nueve caras vivas y terribles de sus víctimas eran (y
seguirán siéndolo en un fogonazo fotográfico infinito) las de sus compañeros de
prisión. Incluso los diecisiete muertos, a los cuales se había agregado uno más.
Se soñó entre esos muertos. Soñó que soñaba en un túnel. Se vio retorcerse en
una pesadilla, soñando que cavaba, que luchaba, que mataba. Recordó nítidamente
el soldado enemigo a quien había abatido con su ametralladora, mientras se
retorcía en una pesadilla. Soñó que aquel soldado enemigo lo abatía ahora a él
con su ametralladora, tan exactamente parecido a él mismo que se hubiera dicho
que era su hermano mellizo.
El sueño de Perucho Rodi quedó sepultado en esa grieta como un diamante negro
que iba a alumbrar aún otra noche.
La frustrada evasión fue descubierta; el boquete de entrada en el piso de la
celda. El hecho inspiró a los guardianes.
Los presos de la celda 4 (llamada Valle-i), menos el evadido Perucho Rodi, a 1a
noche siguiente encontraron inexplicablemente descorrido el cerrojo. Sondearon
con sus ojos la noche siniestra del patio. Encontraron que inexplicablemente los
pasillos y corredores estaban desiertos. Avanzaron. No enfrentaron en la sombra
la sombra de ningún centinela. Inexplicablemente, el caserón circular parecía
desierto. La puerta trasera que daba a una callejuela clausurado, estaba
inexplicablemente entreabierta. La empujaron, salieron. Al salir, con el primer
soplo fresco, los abatió en masa sobre las piedras el fuego cruzado de las
ametralladoras que las oscuras troneras del panóptico escupieron sobre ellos
durante algunos segundos.
Al día siguiente, la ciudad se enteró solamente de que unos cuantos presos
habían sido liquidados en el momento en que pretendían evadirse por un túnel. El
comunicado pudo mentir con la verdad. Existía un testimonio irrefutable: el
túnel los periodistas fueron invitados a examinarlo. Quedaron satisfechos al ver
el boquete de entrada en la celda. La evidencia anulaba algunos detalles
insignificantes: la inexistente salida que nadie pidió ver, las manchas de
sangre aún frescas en la callejuela abandonada.
Poco después el agujero fue cegado con piedras y la celda 4 (Valle-í) volvió a
quedar abarrotada.
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Bajo el
puente
Por qué no come, le dijo taitá. Y el viejo: De noche no. Usted ya sabe, don
Chiquito. Si no hay luz sobre mi comida, no puedo comer. Taitá se rió fuerte:
Bajen el lampión y pónganle delante, dijo. El viejo miraba la oscuridad; casi
sin mover los labios dijo: No. Tiene que ser luz del día, y si hay sol, mejor.
De no, la comida es de otro gusto. Taitá lo miró con la boca llena. Enojado.
Después le preguntó, burlón: Gusto a qué, si se puede saber, don. El viejo no
contestó. No dijo nada más. Se levantó y se fue hasta que se emparejó con la
oscuridad. Taitá volvió a masticar, rezongando: tiene la cabeza más dura que el
recado. Capaz que un día va a enladrillar el río para vadearlo sin mojarse los
pies.
Taitá y el maestro nunca se entendieron. Con el maestro nos pasó que lo
empezamos a conocer cuando se desgració bajo el puente. Y ya para entonces tenía
más de sesenta años. Un poco encorvado el espinazo no más; pero sabía ponerse
derecho cuando quería. Mayormente en la fiesta de la Natividad, que en Itacuruví
empieza un día antes del 24 y se alarga, a remezones, hasta la Epifanía. Muy
guardador. Un hombre de orden, de trabajo. Flaquito. Inacabado. El redoblante y
alférez mayor de la cofradía de mariscadores. Clavábamos la punta de los pies
entre el gentío para verlo tocar. Despacito al principio. Ciego o dormido en el
susurro del cuero. El cabello negro y lacio, pegado al cráneo con la goma del
tártago. El pecho muy abombado en la figura pequeña. Reventaba en un tronido el
redoble mientras el malón salvaje robaba al Niño-de-Cabellos-Rojos. Doscientos
años después, jinetes de sudadas camisetas de fútbol lo traían a salvo. Sólo
entonces el redoble paraba. Los mariscadores un rato de piedra sobre los
caballos. Los brazos en alto. Florecidos ramos de palma. Por debajo pasaba la
imagen. Un cuajito de leche, el pelo teñido de bermellón como el fleco del
niño-azoté. La inmensa bola de polvo y ruido flotaba sobre el pueblo, y se iba
en una nube a llover en otra parte, hasta el año que viene. Siempre igual.
En un lugar así la vejez es larga para cualquiera. No para el maestro. Con menos
que poco se conformaba. Dentro de él encontraría todo lo que le hacía falta.
Quién sabe. Por fuera, siempre ocupado; un hombre activo como ninguno, de
provecho, cumplidor. La escuela. Su chacra llena de plantíos de muchas clases.
El cuidado de los pájaros y animales silvestres en su casa, a media legua del
pueblo, en la orilla del monte.
Al rayar el día ya estamos todos los alumnos en el patio, tiroteándonos con las
semillas de los nísperos; los más grandes pelando al descuido las polleritas
rotosas, para mirar debajo. "Guá, el maestro". Una vela negra entre el vaho del
roció. Detrás viene saltando el coatí. Lejísimo todavía, si hasta parece que no
se mueven, que van reculando. De un parpadeo a otro, se ha puesto a repicar el
trozo de riel. El ruido de los bancos se apaga antes que el fierro. Desde la
puerta nos está barajando hace rato; nos mira y no nos mira. Nosotros, duros;
cada uno con su estaca bien tragada. Sin saber dónde poner las manos y el
traste. Los ojos de santitos. Un ramalazo de escarcha quema de refilón una mano,
una pierna. Lo único que se mueve es la cola de humo del coatí, bajo la mesa del
maestro. El vergajo atado al puño, tiembla un poco todavía. Él mira. No se oye
más que su resuello; un anhelar más aire del que hace falta para uno solo. ¿En
qué momento ha sacado la libreta de tapas negras donde nos tiene guardados? No
precisa abrirla para saber quién está cazando pájaros en el monte. 0 quiénes
están temblando con el chucho y vaciándose en la diarrea, hasta que les hace
tomar a la fuerza sus remedios de yuyos. Ni la sombra de un pelo se le escapa.
Sabido.
Le miramos la cara para ver si hace buen tiempo. Entonces salimos a sacar la
paja podrida del techo, a trenzar tientos y bozales; a tejer sombreros y
guayacas, para el mercado. La escuela no le cuesta al gobierno más que la venida
del inspector, que a saber a qué viene. Nada más que a emborracharse en la fonda
del pueblo, a poner su firma en el registro, como de que todo está en orden. Nos
hace cantar el himno al pie del asta pelada (ni bandera tenemos), y se va.
El nublado le dura varios días al maestro. Por cualquier cosa: Suba al palo,
alumno. La voz gruesa en un cuerpo tan ajustado (a veces la voz más grande que
su tamaño). El dedo uñudo apuntando hacia afuera. El castigo más temido: el palo
pelado, alto, y el culpable ahorquetado en la punta, achicharrándose al sol.
Todo el tiempo de la penitencia debe chirriar allí como una chicharra. Si el
ruido sale bien, más corta la pena: Bájese, alumno. Vuelva a su lugar. Sudores y
temblores, esto de sostener el chirrido entre los dientes. Los brazos y las
piernas se mueren contra el palo, antes que la voluntad. Con todo el sol y las
moscas juntas, el cielo y la tierra dan vueltas alrededor del asta. Una bandera.
¿De qué patria seria? Uno cierra la boca para aguantar las arcadas del mareo. Ya
está abajo la manchita brillosa, resonando fuerte en medio del solazo: Qué le
pasa a esa chicharra. Si no canta la van a comer las hormigas. Señor, me cuesta
mucho, agarro y le digo esa mañana. Y él: Nunca lo mucho costó poco. Meta a
cantar pues. Y déjese de pito-pito-colorito. Me entró un poco de rabia hasta la
boca del estómago. Todo por esa porquería de lagartija que recogí en el camino y
se me escapó de la bolsa cuando andábamos por la Provincia Gigante de las
Indias, para partirse en dos pedazos contra los dientes del coatí. Me saltó la
espuma y oigo que le grito: Creo que ya estoy muerto, señor. Que me coman no más
las hormigas. La voz abajo: Animal muerto no mueve la cola. Y yo, con el último
aliento: No puedo cantar más. La saliva no me alcanza. Cómo no, dice la manchita
desde más abajo que el suelo: Alcanza el que no se cansa. Siga pues. Cuando esté
muerto del todo se callará solo. El tono justo vuelve a subir; hay que empezar
otra vez. El carapacho vacío acababa cayendo sobre las tunas. Venían las
hormigas y se llevaban los pedazos bajo tierra, muy apuraditas.
A ratos, más distraído que ninguno el maestro. Se largaba a mirar la punta de
sus botines de caña alta y elásticos a los costados. Más viejos que él, de puro
remendados. Sin una gota de polvo vil. Todas las mañanas lustrados con flores de
cinesia o con almendra de coco. La mano en lo negro del pizarrón. Los palotes,
los números, los dibujos (siempre cosas redondas: una naranja, el pimpollo del
irupé, un nido de alonsito, el globo terráqueo con la garrapata del Paraguay
prendida a la verija) se borraban poco a poco bajo su aliento de asmático,
soltando una lloviznita de albayalde sobre la manga de lustrina. Tan caída la
mirada. El hombre se iba cayendo. Se aplomaba, se achicaba. Desaparecía. Una
mota de polvo en el brillo de las suelas. Los zapatos solos ahí, sobre el piso.
El dueño volando lejos. Y nosotros sin poder saltar ni brincar; nada más que
sudar del antojo. Los pies vacíos rayando el suelo. Los ojos hacia el trozo de
sol que se retorcía en el hueco de la ventana, cargado de viento, de tierra, de
nubes, más allá de los árboles. Cuando tardaba mucho, nuestra mirada se ponía
verde de tanto restregarse contra el campo.
La víspera del hecho que hizo bajo el puente, tardó más que otras veces.
Pensamos que ya no iba a volver. Me voy a pescar todos los dorados que hay en el
río, suscitó Epifanio Ortigoza. La mano espinuda volvía a animarse sobre el
pizarrón El maestro se levantaba otra vez sobre los zapatos. Esa tarde se largó
a hablar tupido, mezclando todo. Nosotros entendíamos sin entender. Las cosas
que decía no eran de ese momento; habían pasado hacia mucho tiempo. O estaban
por suceder. Él vivía en espera. Dijo: Un día va a llegar aquí un desconocido. Y
no lo van a ver si no están preparados. Le faltaron las palabras, el resuello.
Los rastrojitos de pelo a los costados de la boca, quietos por un rato. "De la
casualidad no se saca nada", dijo al salir a flote su respiración de ahogado,
tras una tos. El mismo se había puesto un plazo, vamos a decir; no hacia
adelante, sino al revés. ¿Seria esa su fuerza? El lento poder crecido de esperar
contra toda esperanza. La paciencia. La fuerza de su desamparo. Todos los días,
desde el principio. Mañana no era un día para él. Qué tiempo iba a tener para
pensar en viajes ni en zonceras.
Una sola vez bajó a la capital, dicen que a gestionar su jubilación. Tampoco ese
hecho está claro. Algunos calcularon que había ido a buscar el título del
terrenito del fisco, donde vivía. De allá no trajo más que los bolsillos llenos
de unos granos como de pólvora o pimienta. Los echó en la laguna que forma el
río un poco más allá del puente del ferrocarril. Al verano siguiente (o muchos
veranos después), el agua barrosa se cubrió de unas plantas como cedazos, de más
de una vara de ancho. Del centro salían unas espigas redondas envueltas en un
mechón de seda negra; unas flores lustrosas y tiernas del color de la garza
real. En la atardecida, el maestro bogaba lentamente en su canoa entre las
cunitas flotantes de las victorias-regias; a cuidar que los pimpollos y las
cabecitas de niño de los frutos se metieran a dormir bajo el agua. Antes de que
comenzaran los ladridos.
Para lo único que sirvió el viaje. Un don no nacido de la casualidad: esas
flores del Río-de-las-Coronas, aclimatadas en esa mierdita de laguna. Un
milagro. Un hecho simple no más. Positivo. El aroma salía del estero al amanecer
cuando los pimpollos despertaban sobre el agua. La alegría. A esa hora la
laguna, hecha una sola ola de perfume, se metía enterita en la nariz llevándose
el olor que los perros dejaban por la noche.
Ya para entonces (desde que me acuerdo) la gente se mandaba mudar. Uno después
de otro, como si los agarrara una enfermedad de la que solamente se podían curar
yéndose. Sin decir nada a nadie; sin despedirse siquiera. En tren, o a pie por
el camino, muchas leguas, hasta el cruce de la ruta por la que pasan los
camiones hacia el sur. Con lo puesto; como para pegar la vuelta en seguida. No
vuelven más. Y hasta los que se han ido la víspera parece que faltaran hace
mucho tiempo. Si vuelven alguna vez, vienen cambiados. Son otros. Llegan como
extraños que sintieran vergüenza por alguna antigua mala acción. Todo falso en
ellos: el parecido con las caras que llevaron al salir; la ropa, la tonada nueva
que traen. Sólo su olor a lejos es cierto. Cuando el maestro se encuentra con
estos lejeños de paso, ni el saludo. Los mira con desprecio. Y si alguna vez
fueron sus alumnos, menos que mirarlos. Como ya no puede mandarlos de chicharra
al palo, no existen para él. Los más chicos los miramos con envidia. Esa lejanía
que traen escondida en la mirada como una culpa; las golosinas que se sacan de
los bolsillos y reparten por ahí, para hacerse perdonar. Andamos detrás de
ellos, riéndonos con una risa de plata, los dientes forrados con los papelitos
de los chocolatines. "Les sacamos el molde", dice Juanchí, mi primo, inflando en
la boca el poronguito transparente de la goma de mascar, que nos gusta más que
todo. Vienen y se van otra vez en seguida, como escapados. Pero no vemos llegar
por ningún lado al desconocido que nos anunció el maestro.
Llegaron las tropas. De la noche a la mañana el pueblo se llenó de soldados que
bajaron del tren militar. Al norte, hacia Villarrica del Espíritu Santo, cuando
no había viento, se oía el tronar del cañón y el matraqueo de las
ametralladoras. En Itacuruví los soldados no pelearon. Corridas y patrullajes;
nada más que simulacros de combate. Parecían cuidar al pueblo de algún peligro,
que por momentos se acercaba y por momentos se alejaba. Como una amenaza de
tormenta que únicamente ellos veían. La estación del ferrocarril era su
campamento. Por allí embarcaron en vagones de carga la hacienda y los hombres
que consiguieron arrear. Lo más que pudieron. Su buen mes les llevó el trabajo.
A taitá no lo mandaron porque él carneaba para las fuerzas. Por la noche,
amontonados a la luz de la luna, tocaban guitarras y cantaban. Desde la sombra
de las casas escuchábamos sus voces y sus gritos. De repente se largaban a
brincar y a zapatear. El retumbo nos hacía tiritar la piel bajo el relente. Pero
no era como el batifondo del gentío en las procesiones. Capaz porque las cosas
que pasan bajo el sol son diferentes de las que pasan bajo la luna. Mamaíta
rezaba por ellos también.
Aparte de taitá, entre los de más edad, el único que se quedó en el pueblo fue
el maestro. No parecía enterado de nada. Ni que le importara tampoco. Durante el
día, en la escuela como siempre. Por la tardecita, desamarraba su cama y se
metía en la laguna, ya para entonces forrada del todo por los cedazos de los
irupés Tanto que el maestro daba la impresión de estar sentado en una de esas
coronas que se apagaban poco a poco en la penumbra del poniente.
Una mañana el comandante visitó la escuela. Lindo hombre el capitán. Alto, de
hombros anchos, la cintura muy delgada. Las botas le llegaban hasta la verija;
pistola al cinto y esa especie de cañoncito negro que se encajaba en los ojos
para manguear el monte y el camino cuando se subía al techo de la estación. Ojos
verdes, cara blanca tostada por el sol. Suave, manso. Demasiado. Nos quedamos
sin saber como sería en él la voz de mando, su furia en el combate. Se mostró
muy amable. Hacia bromas con ojos de risa, la boca moviéndose en el humo
perfumado del cigarrillo, que no era como el humo de alhucema del maestro que él
prendía cuando había peste. El casi no tuvo necesidad de decir nada. Más callado
que nunca. Estancado en su inmovilidad. Se pasó mirando las puntas de las botas
del militar, que al mudar el paso soltaban un chillido a cuero nuevo. El capitán
movía las manos y las manchitas de oro del reloj que llevaba en la muñeca corría
por las paredes y el techo. No la podíamos alcanzar con los ojos, y volvíamos a
la figura verdeoliva que nos miraba desde una ciudad desconocida. Muy grande.
Cómo podía el caber ahí con todo eso. Nos dijo cosas que nunca habíamos oído.
Pasamos pronto del susto a la diversión, y lo empezamos a querer en seguida.
Dijo que nosotros éramos la esperanza de la patria y que el maestro era el héroe
ignorado en la batalla contra la ignorancia. Así como ellos estaban ahora en
lucha contra el bandidaje. Entró de un salto el coatí plumereando las botas del
militar con la cola anillada. Trepó al hombro del maestro y se puso a mirar con
ojitos asustados al visitante. Guiñando un ojo hacia nosotros, el capitán
preguntó: ¿Este es alumno también? El maestro movió la cabeza: No, dijo. Me
acompaña no más. Y el militar: Ah, es como su perro. Al maestro se le movió un
poco un lado de la cara (a veces le venía ese temblor que tienen en sueños los
animales): Si, dijo. Es como mi perro. Un pequeño quejido salió del coatí tal
vez de las botas. El capitán dijo: así un día él también va a saber leer y
escribir. Serio, sin levantar la vista, el maestro dijo pasando la mano por el
lomo sedoso del animal: Lee y escribe, sí señor, cómo no. El militar lanzó una
carcajada. Después se puso serio, sin fanfarronería. Prometió preocuparse de la
escuela, apenas regresara de la capital: Aquí hay que levantar una escuela
nueva, dijo midiendo con los ojos un espacio como para diez. Después dijo: Esto
es poco para un pueblo como Itacuruví. El maestro murmuró a las cansadas: Lo
poco basta. Lo mucho se gasta. (Su voz ahora era más chica que su tamaño). El
militar no le oyó. Estaba ocupado con el futuro, haciéndose sonar los huesitos
de los dedos: A cuentas viejas, barajas nuevas, dijo. Ya al irse se volvió al
maestro y le palmeó el hombro que le llegaba a la altura del talabarte: Y a
usted, mi amigo, le vamos a conseguir esa bendita jubilación. El maestro ladeó
la cabeza hacia el coatí, como para escucharle el ronroneo: Lo que yo quiero,
dijo, es un reemplazante. Y el capitán, retirando la mano: También se lo vamos a
mandar.
Mucho después que se fueron las tropas, los que habían ganado los montes
regresaron de a pucho. Flacos, el cuero enllagado por los huesos de las uras,
aqueresados por los moscones. Nada más se venían pierneando su esqueleto. Taitá
los miraba con lastima, y cuando podía carneaba para ellos. Algunos se fueron
rellenando, y apenas podían se largaban hacia las frontera. Muchos se quedaron
no más detrás de la parecita blanca.
Ahora hay mucha tranquilidad. Pero la gente sigue Yéndose. Más que antes. Por
eso en Itacuruví se ven cada vez menos conocidos. Lo que sobra son los perros
sin dueño. Y los recuerdos, que son los perros flacos de la memoria. Andan
desatinados revolviendo las huellas, husmeando ese restito de los ausentes que
ha quedado agarrado al polvo. Un olor, un hongo venenoso que los enloquece, que
los enferma de tristeza, que les voltea la cabeza a ras del suelo; que los ayuda
a procrearse. A los chicos también nos destetan con eso.
Al caer la noche, Itacuruví se puebla de aullidos que se responden desde todas
direcciones, brotados de la tierra. Desde las casas a la estación; desde el río
al camino; desde los aserraderos vacíos a los cañaverales y algodonales
abandonados. Y más lejos todavía. Mayormente no se escuchan al principio y
acaban llenando toda la noche. Cuando hay luna nueva, el olor se vuelve
azucarado. Los perros se echan unos encima de otros. Se atacan a dentelladas. Se
aparean en montón, salvajemente. Un desbordamiento.
La zafaduría de los perros enoja al maestro. Es lo único que lo enoja de veras.
A guascazos, a patadas, se lanza contra la trenza de animales cebados. No para
hasta apagar los colmillos y ojos que chispean en ese animalón de tantas cabezas
y un cuerpo solo. Una noche, del montón que se deshacía lo han visto salir
completamente desnudo. Embarrado con la baba de los perros se ha metido en su
casa. De nuevo tranquilo y seguro. Algunos han dicho que lo han visto entrar en
cuatro patas, como los mismos perros. Nunca se ponen de acuerdo en las cosas del
maestro.
Resulta que en un pueblo chico, uno está muy cerca de otro, todo el santo día.
Pero de repente entre uno y otro hay millones de años. Taitá y el maestro, por
ejemplo. Las gentes no son según la cara que ponen, sino según su laya. Grande
forzudo, comilón, la ropa y el tirador siempre llenos de sangre, de sebo, era
taitá. Medio sin más pena lento. Toda la vida en el matadero municipal, faenando
él solo tres o cuatro reses. Después se iba a capar toros y caballos en las
estancias de Maciel y Caazapá. Llegaba los sábados al mediodía con un medio
costillar atado al tiento. Seguido por una tolvanera de moscas, que se oían
hasta el cerro. El mismo hacía el asado. Partía la carne con el cuchillo
manchado por la queresa de las castraciones. Mientras comía con mucho ruido se
iba llenando de sueño. Antes de acostarse a dormir la siesta, enterraba el
cuchillo hasta el mango en el tronco de un guayabo. Llamaba a mamá y se
encerraban en el cuarto. Al despertarse a media tarde, mamá le cebaba mate. Él
arrancaba el cuchillo y olía la hoja cubierta de orín. Iba raspando con la uña
la costra fermentada. Y las hilachitas caían en la espuma del mate mientras
chupaba la bombilla. De esas raspaduras fuimos naciendo yo y mis hermanos. Una
hilera.
Me había puesto una tarde a mirar el cuchillo. En la hoja herrumbrada, los ojos
espantados de los caballos se apagaban en el cardenillo. Entre los relinchos
lejanos, hinchados de dolor, la voz de taitá: A éste lo voy a curar. Siempre
dormido. A usted lo que le hace falta no es escuela sino candela. Hasta cuándo
va a andar así, hasta que se ponga a mear la gallina, o qué. Me mandó que me
bajara el calzoncillo, delante de todos. Una gran risa. Me puso el cuchillo
entre las piernas, por seguir la broma seguro. "Para que seas un buen padrillo,
mi hijo", me aturdió su voz en el oído. Me agarré al cuchillo con las dos manos.
Ni un arañazo, pero un frío de muerte me peló la sangre por dentro. Desde
entonces me dura el susto. Una especie de vacío en esa parte del cuerpo. Me
escapé al monte; crucé al otro lado del río. Estoy tendido en la arena, boca
arriba, para que el sol me coma los ojos. El aliento del coatí en la cara, la
mano del maestro lavándome los ojos enllagados, hasta el seso me araña la
quemadura del agua de llantén. La voz de taitá en la oscuridad, muy achicado,
servil como un perro: No sé por qué ha hecho eso. Al niño lo tratamos muy bien.
La voz del maestro yéndose: Claro, cómo no, don Chiquito. A cada uno le güele
bien su pedo.
Días y días para que me retoñaran los ojos. Una telaraña enrollada en la cabeza
al principio. Después se me destapó adentro otra mirada, y en los ojos entraban
más cosas que antes. De una manera diferente. Ver era desear y desear era
recordar. Volví a la escuela. El maestro también distinto: él mismo, pero una
persona diferente. Lo estaba empezando a conocer. Más fuerza que taitá tenía, en
todo y por todo; a pesar de lo quebradizo de su condición. Entonces supe también
por qué no podía comer él si la luz no caía sobre su comida: el gusto de
cualquier cosa en lo oscuro recuerda a la muerte. Pero ahora todo era muy claro;
el día y la noche. Por la tarde me quedaba a barrer el aula. Me sentía liviano.
Dispuesto a volar como un pájaro.
Con el gajo de cepacaballo esa tarde barrí hasta el último pedacito de escuela.
Sobre la mesa estaba la libreta. Más sobada que la baraja de la fonda.
Parpadeaba al vientito caliente. Me fui corriendo al borde de la laguna. A
contraluz del poniente, el maestro caminaba muy derecho sobre las
victorias-regias, y se perdía a saltos en la oscuridad.
Cuando todos dormían y los ladridos aumentaban la noche, me senté despacito en
el larguero del catre. Traté de no pensar en nada; en nada más que en ese
desconocido que un día iba a llegar al pueblo. Entonces oí la voz de los que se
habían ido y de los que se habían muerto. Los ladridos se apagaron. Un gusto a
herrumbre me llenó de saliva la boca. Se me curaron las llagas, pensé, pero se
me están enfermando las cicatrices. Así y todo, la felicidad. Me mordí la lengua
hasta sentir el gustito tibio a sangre. Los ladridos no volvieron y el pueblo
amaneció lleno de gente.
Mamá, taitá y todos mis hermanos están detrás de la parecita blanca, en medio
del campo. También la tía Emerenciana, que me llevó a vivir con ella cuando me
quedé solo.
Al maestro le prohibieron tocar en las procesiones. Capaz que él mismo se cansó
de redoblar para ese pueblo cada vez más vacío. El último año ya ni un triste
puñadito de brazos se pudo juntar para sacar las andas. Y de los jinetes, el
polvo del galope era barro. El malón anda creciendo por otros lugares. El
maestro más callado que nunca; alunado todo el tiempo. Envejeció de un día para
otro. Los cabellos se le llenaron de canas. Unas motas de lana manchadas por el
excremento de los loros. Se le arrugó el cuero; la ropa. Todo él se iba
achicando, achicando. Apretado, atorado en un agujero, pujando por salir. Pujaba
y se atoraba. Solo, en el profundo agujero. Nadie lo podía ayudar. A trueque de
su encogimiento, la abertura se angostaba, lo estrujaba. Lo que saliera de allí
(si algo salía), no iba a ser más que una despellejadura. Algo de nada. No
bogaba más en la laguna. No se lo veía por ninguna parte. Fui a espiar la casa.
Un agrio humo de alucema salía por la ventana. Adentro, el rumor del maestro
leyendo en voz alta, o hablando solo. Un poco después, la voz carrasposa se
quebró en la voz de un chico que hablaba a una mujer; como un chico malcriado
puede hablar a su madre: resentido, porfiado, apenas con respeto. Me recosté
contra la tapia, junto al cuadrado de sombra de la ventana; me metí entre la
enredadera, los ojos lagrimeando por el humo. Las voces del chico y la mujer
seguían discutiendo. Podían ser los loritos del maestro. Vino el coatí. Medio
desconfiado, lento empezó a lamerme los pies. Gruñía un poco; capaz quería
avisarme algo. Todos los animales se fueron alborotando. Después vi que no
estaban: la selva había venido a buscarlos. Bejucos y ramas habían roto las
jaulas, los corrales hacía mucho; se enredaban por todas partes, seguían
avanzando sobre la casa. Pronto irían a caer y cerrarse sobre ella para siempre.
El coatí dio un respingo. En eso salió el maestro con el tambor. Pasó junto a
mí, sin verme; muy derecho, como enojado, golpeando el cuero, hasta que
desapareció en la cueva del barranco. El redoble hacía tiritar la piel, metía
bajo los huesos una especie de dentera. Entré en la casa. Nadie. No había nadie.
Nada más que las sombras recostadas contra la pared. Un tiempo largo todo eso;
demasiado, porque se terminaba de repente. Atravesando el yuyal que cubría los
plantíos, regresé al pueblo. "Voy a volver mañana", oigo que me digo sin
sentirme la voz; nada más que este gusto a cardenillo en la boca. Y encuentro
que una montonera de años ha pasado desde entonces. Tengo la misma edad del
maestro cuando se desgració bajo el puente, esa mañana en que todos los alumnos
fuimos en fila a ver su cara bajo el agua barrosa. De golpe había volado hacia
atrás, hacia el principio.
Lo que vimos desde el puente, entre el olor de las victorias-regias (que también
ahora tenían el olor de los perros), era la cara arrugada de un chico. Menos que
eso: la de un recién nacido. El agua turbia seguro engañaba un poco. Alguien
venía tambaleándose por el camino, entre los reflejos. En el primer momento se
nos antojó que era el inspector. Nos entró un poco de susto. Sin saber qué
hacer, alguien se puso a cantar el himno. Al rato todos lo seguíamos. Un coro
fuerte, desentonado, como si hubiéramos estado cantando al pie mismo del palo.
Los ojos vueltos hacia el que se venía acercando.
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El
trueno entre las hojas
El ingenio se hallaba cerrado por limpieza y reparaciones después de la zafra.
Un tufo de horno henchía la pesada y eléctrica noche de diciembre. Todo estaba
quieto y parado junto al río. No se oían las aguas ni el follaje. La amenaza de
mal tiempo había puesto tensa la atmósfera como el hueco negro de una campana en
la que el silencio parecía freírse con susurros ahogados y secretas
resquebrajaduras.
En eso surgió de las barrancas la música del acordeón. Era una melodía ubicua,
deshilachada. Se interrumpía y volvía a empezar en un sitio distinto, a lo largo
de la caja acústica del río. Sonaba nostálgica y fantasmal.
-¿Y eso qué es? -preguntó un forastero.
-El cordión de Solano-informó un viejo.
-¿Quién?
-Solano Rojas, el pasero ciego.
-Pero, ¿no dicen que murió?
-Él sí. Pero el que toca agora e' su la'sánima.
-¡Aicheyarangá, Solano! -murmuró una vieja persignándose.
La mole de la fábrica flotaba inmóvil en la oscuridad. Un perro ladró a lo
lejos, como si ladrara bajo tierra. Dos o tres críos desnudos se revolvieron en
los regazos de sus madres, junto al fuego. Uno de ellos empezó a gimotear
asustado, quedamente.
-Callate, m'hijo. Escuchá a Solano. E'tá solito en el Paso.
El contrapunto de un guaimingüé que rompió con su tañido la quietud del monte,
volvió aún más fantasmal la melodía. El acordeón sonaba ahora con un lamento
distante y enlutado.
-Así suena cuando no hay luna-dijo el viejo encendiendo su cigarro en un tizón
en el que se quemaba un poco de noche.
-La debe andar buscando todavía.
-¡Pobre Solano!
Cuando se apagó el murmullo de las voces, se pudo notar que el acordeón fantasma
no sonaba ya en la garganta del río. Sólo la campana forestal siguió tañendo por
un rato, a distancia imprecisable. Después también el pájaro calló. Los últimos
ecos resbalaron sobre el río. Y el silencio volvió a ser tenso, pesado, oscuro.
Los primeros relámpagos se encendían hacia el poniente, por detrás de la selva.
Eran como fugaces párpados de piel amarilla que subían y bajaban súbitamente
sobre el ojo inmenso de la tiniebla.
El acordeón no volvió a sonar esa noche en el Paso.
En ese recodo del Tebikuary vivió sus últimos años Solano Rojas, el cabecilla de
la huelga, después de volver ciego de la cárcel.
Probablemente él mismo a su regreso le dio al sitio el nombre con el que se le
conoce ahora: Paso Yasy-Mörötï. Las barrancas calizas y el banco de arena sobre
el agua verde, forman allí en efecto una media luna color de hueso que
resplandece espectralmente en las noches de sequía.
Pero tal vez el nombre de Paso haya surgido menos de su forma que de cierta
obstinada imagen pegada a la memoria del pasero.
Vivía en la barranca boscosa que remata en el arenal. Aún se pueden ver los
restos de su rancho devorado por el monte, sobre aquella pequeña ensenada. Es un
remanso quieto y profundo. Ahí guardaba su balsa.
No era difícil adivinar por qué había elegido ese sitio. Enfrente, sobre la
barranca opuesta estaban las ruinas carbonizadas de la Ogaguasú en la que había
terminado el funesto dominio de Harry Way, el fabricante yanqui que continuó y
perfeccionó el régimen de opresiva expoliación fundado por Simón Bonavi, el
comerciante judío-español de Asunción.
Es cierto que Solano Rojas ya no podía ver las ruinas ni el nuevo ingenio
levantado en el mismo emplazamiento del anterior. Pero él debió contentarse
seguramente con tenerlos delante, con sentirlos en el muerto pellejo de sus ojos
y recordarles todos los días su presencia acusadora y apacible.
Se apostó allí y dio a su vigilancia una forma servicial: su trabajo de pasero,
que era poco menos que gratuito y filantrópico, pues nunca aceptó que le pagaran
en dinero. Sólo recibía el poco de tabaco o de bastimento que sus ocasionales
pasajeros querían darle. Y a las mujeres y los niños que venían desde remotos
parajes del Guairá, los pasaba de balde ida y vuelta. Durante el trayecto les
hablaba, especialmente a los chicos.
-No olviden kená, che ra'y-kuera, que siempre debemo' ayudarno' lo uno a lo'
jotro, que siempre debemo' etar unido. El único hermano de verdá que tiene un
pobre ko' e' otro pobre. Y junto' todo'nojotro formamo la mano, el puño humilde
pero juerte de lo'trabajadore...
No era un burdo elemento subversivo. Era un auténtico y fragante revolucionario,
como verdadero hombre del pueblo que era. Por eso lo habían atado para siempre a
la noche de la ceguera. Hablaba desde ella sin amargura, sin encono, pero con
una profunda convicción. Tenía indudablemente conciencia de una oscura y vital
labor docente. Su cátedra era la balsa, sobre el río; unos toscos tablones
boyando en un agua incesante como la vida. Había algo de religioso pero al mismo
tiempo de pura y simple humanidad en Solano Rojas cuando hablaba. Su cara morena
y angulosa se tornaba viviente por debajo de la máscara que le habían dejado; se
llenaba de una secreta exaltación. Sus ojos ciegos parecían ver. La honda
cicatriz del hachazo en la frente también parecía mirar como otro ojo arrugado y
seco. Los harapientos mitá'í lo contemplaban con una especie de fascinada
veneración mientras remaba. No tenía más de cuarenta años, pero parecía un
viejo. Sólo llevaba puesto un rotoso pantalón de a'tópoí arremangado sobre las
rodillas. El torso flaco y desnudo estaba vestido con las cicatrices que el
látigo de los capangas primero y el yatagán de los guardiacárceles después
habían garabateado en su piel. En esa oscura cuartilla los chicos analfabetos
leían la lección que les callaba Solano. Y un nudo de miedo valeroso, de
emocionada camaradería, se les atragantaba con la saliva al saltar de la balsa
gritando:
-¡Ha'ta la güelta, Solano!
-¡Adió manté, che ra'y-kuera!
Quedaba un rato en la orilla, pensativo. La mole rojiza del ingenio se
desmoronaba silenciosamente sobre él desde el pasado. La sentía pesar en sus
hombros. Desatracaba con lentitud y volvía a su remanso a favor de la corriente,
sin remar, sin moverse. Sólo la roldanita de palo iba chirriando en el alambre.
Después de la puesta de sol sacaba su remendado acordeón y se sentaba a tocar en
un apyká bajito, recostado contra un árbol. Casi siempre empezaba con el
campamento Cerro-León tendiendo sus miradas de ciego hacia los escombros de la
Ogaguasú, en el talud calizo, destruido por el fuego vindicador hacía quince
años y habitado sólo ahora por los lagartos y las víboras. No restaba más que
eso de Simón Bonaví, de Eulogio Penayo, de Harry Way.
Era su manera de recordarles que él aún estaba allí vencido sólo a medias.
Su presencia surgía en la sombra, entorchada de abultados costurones, rayada por
las verberaciones oscilantes, como si el agua se divirtiera jugando a ponerle y
sacarle un traje de presidiario trémulo y transparente.
Las ruinas también lo miraban con ojos ciegos. Se miraban sin verse, el río de
por medio, todas las cosas que habían pasado, el tiempo, la sangre que había
corrido, entre ellos dos; todo eso y algo más que sólo él sabia. Las ruinas
estaban silenciosas entre los helechos y las ortigas. Él tenía su música. Sus
manos se movían con ímpetu arrugando y desarrugando el fuelle. Pero en el
rezongo melodioso flotaba su secreto como los camalotes y los raigones negros en
el río.
Un último reflejo verde le bañaba el rostro volcado hacia arriba en el recuerdo
instintivo de la luz. Después se oscurecía porque lo agachaba sobre el
instrumento como quien esconde la cara entre las manos.
Poco a poco la música se ponía triste y como enlutada. Una canción de campamento
junto al fuego apagado de un vivac en la noche del destino. A eso sonaba el
acordeón de Solano Rojas junto al río natal. ¿No estarían dialogando acaso el
agua oscura y el hijo ciego acerca de cosas, de recuerdos compartidos?
Él tenía metido adentro, en su corazón indomable, un luchador, un rebelde que
odiaba la injusticia. Eso era verdad. Pero también un hombre enamorado y triste.
Solano Rojas sabía ahora que amor es tristeza y engendra sin remedio la soledad.
Estaba acompañado y solo.
En ese sitio había peleado y amado. Allí estaban su raíz, su alegría y su
infortunio. El remendado acordeón lo decía en su lenguaje de resina y ala, en su
pequeño pulso de tambor guerrero que esculpía en las barrancas y en la gente las
antiguas palabras marciales:
Campamento Cerro-León, catorce, quince, yesiséis, yesisiete, yesi'ocho,
yesinueve batallón...
Ipuma-ko la diana,
pe pacpá-ke lo'mitá...
La lucha no se había perdido. Solano Rojas no podía ver los resultados, pero los
sentía. Allí estaba el ingenio para testificarlo; el régimen de vida y trabajo
más humano que se había implantado en él; la gradual extinción del temor y de la
degradación en la gente, la conciencia cada vez más clara de su condición y de
su fraternidad; esos andrajosos mita'í en los que él sembraba la oscura semilla
del futuro, mientras movía su arado en el agua.
Venían a consultarlo en la barranca. El rancho del pasero de Yasy-Mörötï era el
verdadero sindicato de los trabajadores del azúcar en esa región.
-Solano, ya cortaron otra ve' lo'turno para nojotro entrar el cañadurce
-informaban los pequeños agricultores.
-Solano, el trabajo por tareas ko se paga michí-itereí-se quejaban los
cortadores.
Solano, esto y lo'jotro.
Él los aconsejaba y orientaba. Ninguna solución propuesta por Solano había
fracasado. En el ingenio y en las plantaciones se daban cuenta en seguida cuando
una demanda subía del Paso.
-Viene del sindicato karapé-decían.
Y la respetaban, porque esa demanda pesaba como un trozo de barranca y tenía su
implacable centro de equilibrio en lo justo.
No; su sacrificio no había sido estéril. El combate, los años de prisión, sus
cicatrices, su ceguera. Nada había sido inútil. Estaba contento de haberse
jugado entero en favor de sus hermanos.
Pero en el fondo de su oscuridad desvelada e irremediable su corazón también le
reclamaba por ella, por esa mujer que sólo ahora era como un sueño con su cuerpo
de cobre y su cabeza de luna. Teñida por el fuego y los recuerdos.
Ella, Yasy-Mörötï.
No habían estado juntos más que contados instantes. Apenas habían cambiado
palabras. Pero la voz de ella estaba ahora disuelta en la voz del río, en la voz
del viento, en la voz de su cascado acordeón.
La veía aún al resplandor de los fogones, en medio de la destrucción y de la
muerte, en medio de la calma que siguió después como un tiempo que había fluido
fuera del tiempo. Y un poco antes, cuando convaleciendo del castigo, él la
entrevió a su lado, menos un firme y joven cuerpo de mujer que una sombra
desdibujada sobre el agua revuelta y dolorida en la que todo él flotaba como un
guiñapo.
La recordaba como entonces y aunque estuviera lejos o se hubiese muerto, la
esperaría siempre. No; pero ella no estaba muerta. Sólo para él era como un
sueño. A veces la sentía pasar por el río. Pero ya no podía verla sino en su
interior, porque la cárcel le había dejado intactos sus recuerdos pero le había
comido los ojos.
Estaba acompañado y solo. Por eso el acordeón sonaba vivo y marcial entre las
barrancas de Paso Yasy-Mörötï, pero al mismo tiempo triste y nostálgico,
mientras caía la noche sobre su noche.
Luna blanca que de mí te alejas
con ojos distantes...
Yasy-Mörötï. . .
Antes de establecerse la primera fábrica de azúcar en Tebikuary-Costa, la mayor
parte de sus pobladores se hallaba diseminada en las montuosas riberas del río.
Vivían en estado semisalvaje de la caza, de la pesca, de sus rudimentarios
cultivos, pero por lo menos vivían en libertad, de su propio esfuerzo, sin
muchas dificultades y necesidades. Vivían y morían insensiblemente como los
venados, como las plantas, como las estaciones.
Un día llegó Simón Bonaví con sus hombres. Vinieron a caballo desde San Juan de
Borja explorando el río para elegir el lugar. Por fin al comienzo del valle que
se extendía ante ellos desde el recodo del río, Simón Bonavi se detuvo.
-Aquí-dijo paseando las rajas azules de sus ojos por toda la amplitud del
valle-. Me gusta esto.
Sacó del bolsillo un mapa bastante ajado y se puso a estudiarlo con concentrada
atención. Su larga y ganchuda nariz de pájaro de rapiña daba la impresión de que
iba a gotear sobre el papel. De tanto en tanto, distraídamente, se olía el
pulgar y el índice frotándolos un poco como si aspirara polvo de tabaco. Los
otros lo miraban en silencio, expectantes.
-Sí -dijo Simón Bonaví levantando la cabeza-. Esto es del fisco. Agua, tierras,
gente. En estado inculto pero en abundancia. Es lo que necesitamos. Y nos saldrá
gratis, por añadidura -giró el brazo con un gesto de apropiación; un gesto
ávido, pero lento y seguro.
Los hombres también husmearon en todas direcciones y aprobaron respetuosos lo
que dijo el patrón. En los ojos mansos y azules del sefardí la codicia tenía
algo de apaciblemente siniestro como en su sonrisa, una hilacha blanda entre los
dientes, entre los labios finos, como la rebaba festiva de su metálica y
envainada sordidez.
Un hombre rubio, que parecía alemán, estudiaba el lugar con un ojo cerrado.
-Forkel -lo llamó Bonaví.
-Sí, don Simón.
-Puede medir no más. Aquí nos plantamos.
Descabalgaron. Un mulato bizco y gigantesco que siempre andaba detrás de Bonaví
con un parabellum al cinto, lo ayudó a desmontar. Lo bajó aupado como a un niño.
-Gracias, Penayo-le sonrió el patrón.
Los ayudantes de Forkel empezaron a medir el terreno con una cinta de acero que
se enrollaba y desenrollaba desde un estuche, semejante a una víbora chata y
brillante.
Simón Bonaví era bajito y ventrudo. A la sombra del mulato, parecía casi un
enano. Tenia las piernas muy combadas. Era el único que no llevaba polainas de
cuero. Su ropa era oscura y su ridículo sombrerito que más parecía un birrete,
tiraba al color de un ratón muerto sobre los mofletes rubicundos. Frecuentemente
y como al descuido, introducía los dedos en la abertura del pantalón. El olor de
sus partes era su rapé. De allí lo extraía, casi sin recato, entre el índice y
el pulgar. Y al aspirarlo, sus ojos mortecinos, su pacífica expresión se
reanimaban.
-¿Qué huele, don?-le había preguntado una vez, al discutir un negocio, un colega
curioso y desaprensivo que lo veía meter a cada momento la mano bajo la mesa.
-El olor del dinero, mi amigo-le respondió sin inmutarse Simón Bonaví, al verse
descubierto.
En ese valle del Tebikuary del Guairá, el "olor del dinero'' parecía formar
parte de su atmósfera. Simón Bonaví lo pellizcaba en el aire mientras sus
hombres hacían pandear sobre las cortaderas la flexible víbora de metal.
-El proyecto del ferrocarril a Encarnación pasa a un kilómetro de aquí-comentó
el patrón.
-Probablemente-asintió el ingeniero alemán-. El terminal está a cinco leguas al
norte de San Juan de Borja.
-Pasa por aquí. Lo he visto en el mapa.
-Ja. Eso es muy interesante, don Simón-dijo entonces el alemán sin despegar los
ojos de los agrimensores.
-Claro. Sin ferrocarril no hay fábrica -los carrillos sonrosados estaban
plácidos. Hasta cuando amenazaba, Simón Bonaví permanecía tierno y risueño.
-Sin ferrocarril no hay fábrica-respondió el otro en un eco servil.
-En Asunción moveré mis influencias para que siga la construcción de la trocha.
Nosotros levantaremos aquí la fábrica. Que el gobierno ponga las vías. Eso es
hacer patria -el cuchillito blanco se reflejaba entre los dientes sucios y
grandes,
-Eso es hacer patria -dijo el ingeniero.
Así nació el ingenio. Simón Bonaví conchavó a los poblador es. Al principio
éstos se alegraron porque veían surgir las posibilidades de un trabajo estable.
Simón Bonaví los impresionó bien con sus maneras mansas y afables. Un hombre así
tenía que ser bueno y respetable. Acudieron en masa. El patrón los puso a
construir olerías y un terraplén que avanzó al encuentro de los futuros rieles.
Con los ladrillos rojizos que salían de los hornos se edificó la fábrica.
Después llegaron las complicadas maquinarias, el trapiche de hierro, los grandes
tachos de cobre para la cocción. Tuvieron que transportarlos en alzaprimas desde
el terminal del ferrocarril, sobre una distancia de más de diez leguas.
Se levantaron los depósitos, algunas viviendas, la comisaría la proveeduría. Los
hombres trabajaban como esclavos. Y no era más que el comienzo. Pero de los
patacones con que soñaban, no veían ni "el pelo en la chipa", porque el patrón
les pagaba con vales.
-Acciones al portador, muchachos-les decía los sábados-. Váyanse tranquilos.
-Kuatiá reí, patrón-se atrevió alguno a protestar.
-¿Qué dice éste?-preguntó a Penayo, que echaba su sombra protectora sobre él.
-Papel debarte -tradujo el mulato.
-Tonto, más que tonto-argumentó sonriendo el patrón-. El papel es la madre del
dinero. Y este papel es más fuerte que el peso fuerte. Son acciones al portador.
Vayan a la proveeduría y verán.
Eso de "acciones al portador" sonaba bien pero ellos no lo entendían. Creían que
era algo bueno relacionado con el futuro. Tomaban sus vales y se iban al almacén
de la proveeduría que chupaba sus jornales a cambio de provistas y ropas diez o
veinte veces más caras que su valor real. Pero eran ropas y provistas y eso lo
adquirían con la kuatiá reí, el papel blanco que era más fuerte que el peso
fuerte, que el patacón cañón.
Simón Bonaví tejía su tela de araña con el jugo de las mismas moscas que iba
cazando. Llevaba los hilos de un lado a otro en sus manos pequeñas y regordetas,
balanceándose mucho al andar sobre sus piernas estevadas, como un péndulo
ventrudo, rapaz y sonriente. El péndulo de un reloj que marcaba un tiempo cuyo
único dueño era Simón Bonaví.
Los nativos veían crecer el ingenio como un enorme quiste colorado. Lo sentían
engordar con su esfuerzo, con su sudor, con su temor. Porque un miedo sordo e
impotente también empezó a cundir. Su simple mente pastoril no acababa de
comprender lo que estaba pasando. El trabajo no era entonces una cosa buena y
alegre. El trabajo era una maldición y había que soportarlo como una maldición.
Antes de que la fábrica estuviera lista, Simón Bonaví ya tenía bien ablandada a
la gente por la intimidación. Él seguía sonriendo mansamente y aspirando el
casto rapé de sus entrepiernas. No intervenía personalmente en la tarea del
amansamiento. Para eso había puesto al frente de los trabajos a Eulogio Penayo,
que ahora blandía a todas horas un largo y grueso teyú-ruguai atado al puño.
-¡Chake, Ulogio!...-susurraba el miedo en el terraplén, en las olerías, en los
rozados, en los galpones. Y la cola de cuero trenzada restallaba en la tierra,
en la madera, en las máquinas, en las espaldas sudorosas de los esclavos. A
veces sonaban los tiros del parabellum en son de amedrentamiento. Penayo quería
que supiesen que él era tan zambo para los trallazos como para los balazos.
Uno de los tiros dio en la cabeza de Esteban Blanco, que se atrevió a levantar
la mano contra el capataz. El mulato le disparó a quemarropa.
-¡Omanó Teba! ¡Ulogio oyuka Tebä-pe! -los testigos esparcieron la noticia.
Fue el primer rebelde y el primer muerto. Lo arrojaron al río. El cadáver se
alejó flotando en un leve lienzo de sangre sobre la tela verde y sinuosa del
agua.
Simón Bonaví sonreía y se olía los dedos. Los ojos bizcos del mulato rondaban
entre las hojas y el polvo. El patrón era manso. El mulato era la sombra
siniestra del risueño hombrecito.
Entre los dos cerraron el círculo en torno a los pobladores de Tebikuary del
Guairá. Los únicos que quedaron libres fueron los carpincheros. Ellos no
quisieron vender su vagabundo destino al patrón que compraba vidas con vales de
papel para toda la vida.
Vino una peste. Enfermaron y murieron muchos. Algunos se animaron al principio a
pedir al patrón un adelanto para comprar remedios en San Juan de Borja. Con su
mansa sonrisa, Simón Bonaví los regresó:
-¡Ah, los pobres no tenemos derecho a enfermarnos! Ahí está el río-dijo tirando
leves pulgaradas por sobre el hombro-. Denles agua, mucha agua, hasta que se
cansen. El agua es un santo remedio.
Por fin la fábrica empezó a funcionar. Sus intestinos de hierro y de cobre
defecaron un azúcar blanco, mas blanco que la arena del Paso. Blanco, dulce y
brillante. Los hombres, las mujeres y los niños oscuros de Tebikuary-Costa se
asombraron de que una cosa tan amarga como su sudor se hubiese convertido en
esos cristalitos de escarcha que parecían bañados de luna, de escamas trituradas
de pescado, de agua de rocío, de dulce saliva de lechiguanas.
-¡Azucá..., azucá mörötï! ¡Ipörä itepa! -clamaron al unísono en voz baja.
Algunos tenían húmedos los ojos. Tal vez el reflejo del azúcar. Lo sentían dulce
en los labios pero amargo en los ojos donde volvía a ser jugo de lagrimales,
arena dulce empapada en lágrimas amargas.
En el primer momento se dieron un atracón. Después tuvieron que comerlo a
escondidas, a riesgo de pagar un puñito con diez latigazos del mulato.
Terminada la primera zafra, Simón Bonaví regresó a la capital dejando en la
fábrica al ingeniero alemán Forkel y en la comisaría a Eulogio Penayo.
Lo vieron alejarse a caballo sonriendo y oliéndose los dedos, como si al
marcharse se sorbiera el resto de la luz y del aroma agreste que aún sobraban en
Tebikuary del Guairá. Se eclipsó detrás del mulato que lo escoltó hasta el tren.
En la fábrica se enconó entonces el sombrío reinado del terror cuyos cimientos
había echado Simón Bonaví con gestos tiernos y blandas miradas azules. Forkel y
Penayo debían rendirle estrictas cuentas. Quedaban allí como el brazo diestro y
el siniestro del ventrudo hombrecito de Asunción.
De la chimenea del ingenio salía un humo negro que manchaba el aire limpio, el
cielo en otro tiempo claro del valle. Era como el aliento de los desgraciados
enterrados vivos en el quiste de ladrillo y hierro que seguía latiendo a orillas
del río.
La noche de San Juan, las hogueras pasaron ese año, fugitivas y espectrales,
verdaderos fuegos fatuos sobre el agua.
Solano Rojas tenía entonces quince años y trabajaba ya como peón en la
conductora del trapiche. Él vio rebelarse y morir a Esteban Blanco. Su grito, su
cabeza destrozada por el balazo del parabellum, pero sobre todo su altivo gesto
de rebeldía contra el matón que lo había azotado, se le incrustaron en el alma.
Eulogio Penayo siguió cometiendo tropelías y vejámenes sin nombre. Estaba
envalentonado. Se sabía impune y omnipotente. Ahora era también el comisario del
gobierno. Bonaví le había conseguido su nombramiento por decreto.
La comisaría, una casa blanca con techo de cinc, tan siniestra como su ocupante,
estaba frente al recodo en la parte más alta de la barranca. Desde allí el
capataz-comisario vigilaba el ingenio como un perrazo negro aureolado de
sangriento prestigio. Allí arrastraba por las noches a las mujeres que quería
gozar en sus antojos lúbricos. A veces se oían los gritos o el llanto de las
infelices por entre las risotadas y palabrotas del mestizo.
Al año siguiente de la partida del patrón, le tocó el turno a la madre de
Solano, que era una mujer todavía joven y bien parecida. Consiguió de ella todo
lo que quiso porque la amenazó, si se negaba, con que iría a matar a su hijo que
estaba trabajando en la fábrica. Solano lo ignoró hasta mucho después, cuando ya
el mulato estaba muerto y cuando una venganza personal hubiera carecido ya de
sentido aun en el caso de no estarlo.
Pero entretanto, otro enemigo les apareció de improviso a los peones de la
fábrica.
Max Forkel hizo traer a su mujer de Asunción. Llegó montada a lo hombre y con
traje de amazona: botas negras, casaca y pantalón azules, sombrero de paño
encasquetado sobre el cabello teñido de indefinible color.
Desde el primer momento supieron a qué atenerse con respecto a ella. Era una
hembra cerrera e insaciable, la versión femenina del mulato. Andaba todo el
tiempo a caballo fatigando los campos y mirando extrañamente a los hombres al
pasar. Le llamaron la "Bringa". La mancha azul de su casaca volaba en el viento
y en el polvo del ingenio a la mañana y a la tarde.
Al principio, la "Bringa" se lió con el mulato. Salían juntos y se tumbaban en
cualquier parte, sin importárseles mucho que ocasionales espectadores pudieran
murmurar después:
-Ya lo vimo' otra vé' a Ulogio y la Bringa... en el montecito.
-Parecen burro y burra...
Pero Penayo se cansó pronto de esta mujer cuarentona y repelente y acabó por
volverle la espalda. Entonces ella se dedicó a buscar candidatos entre la
peonada joven. Los mandaba llamar y se hacía cubrir por ellos con dádivas o bajo
amenazas, casi en las propias barbas del marido y probablemente con su tácita
aceptación. Algunos se prestaron a los seniles galanteos de la mujer del
ingeniero, atacada de furiosa ninfomanía. Y los que no querían transigir eran
echados de la fábrica. El dilema, sin embargo, era terrible: o las bubas de la
Bringa o el hambre y la persecución.
La Bringa fue entonces la Vaca Brava.
-¡Vacá ñarö..., vacá cose..., vacá pochy!
Cuatro veces más las fogatas de San Juan habían bajado por el río.
Solano Rojas era ya un hombre espigado y esbelto. Un día Anacleto Pakurí le
trajo la temida noticia.
-Ahora quiere liarse con vo.
-¿Quién?-preguntó Solano por preguntar. Sabía de quién se trataba. Sus veinte
años vírgenes y viriles se irguieron dentro de él con asco sombrío y turbulento.
-Ella, Vacá Ñarö-dijo Anacleto friccionándose la bragadura-. Te va a mandar
llamar. Anoche e'tuve con ella. ¡Neike, tapy-pi, que jembrón chúcaro pa que' e'
el mujer del injiñero! Dié peso minte-ko me dio. Mä'é-sacó del bolsillo del
pantalón un billete nuevo con un hombre frentudo en el centro.
-¡Te vendite, Anacleto!-Solano le arrancó el billete, escupió encima con rabia
la espuma amarilla de su naco. Después lo arrojó al suelo, lo pisoteó como una
víbora muerta y lo cubrió de tierra.
-Vi'a dirme ko agora mimo a la curandera de Kande'á a ver pa si me limpia del
contagio-dijo humillado Anacleto-. Y vo'cuidate-ke, Solano. Yo ya te avisé.
Pero un imprevisto acontecimiento libró a Solano de la acometida de la Vaca
Brava.
Al día siguiente de su encuentro con Anacleto el comisario amaneció muerto en su
casa. Tenía un cuchillo clavado en la espalda. Fue un asesinato misterioso. Era
un asesinato increíble. No había ningún indicio. La casa del perro negro era
inexpugnable y de él se decía que dormía con un ojo sobre el caño del
parabellum. Debía de ser una mujer. Tal vez la mujer de Forkel. La habían visto
rondar la casa blanca y después hablar con el mulato en el alambrado. Podía ser
el mismo Forkel. Lo único cierto era que el salvaje cancerbero de Simón Bonaví
estaba muerto. Y bien muerto. La gente tenía por fin algún respiro. Los viejos
rezaban, las mujeres lloraban de alegría.
Simón Bonaví mandó a otro testaferro y junto con él a varios inmigrantes para
que procediera a una depuración de empleados, a una "cruza" general de los
elementos más antiguos.
-El mestizaje aplaca las sangres y mejora los negocios-había dicho oliendo como
siempre el olor del dinero, que él guardaba en la botonadura del pantalón.
Max Forkel también fue despedido. Simón Bonaví dio al testaferro instrucciones
precisas con respecto al ingeniero alemán.
-Es blando, inepto con la gente, cobra un sueldo muy subido. Y tiene esa mujer
que es un asco de inmoralidad. Además, ya no necesitamos de él. Me lo pone de
patitas en la calle, sin contemplaciones.
Se marchó a pie con su mujer por el terraplén, cargado de valijas como un
changador.
La Vaca Brava parecía que por fin se hubiese amansado. Iba extrañamente
tranquila al lado del marido, como una sumisa y verdadera esposa. Estaba
irreconocible. Vestía un sencillo vestido de percal floreado y no el agresivo
traje de amazona que había usado todo el tiempo. El peso de un maletín negro que
llevaba en la mano la encorvaba un poco. Parecía al mismo tiempo más vieja y más
joven. Y el ala de un ajado sombrero de toquilla suavizaba y hacía distante la
expresión de su rostro repulsivo en el que algo indescriptible como una sonrisa
de satisfacción o de renuncia flotaba tristemente ennobleciéndolo en cierta
manera. Una sola vez se volvió con recatada lentitud como despidiéndose de un
tiempo que allí moría para ella.
Un viejo cuadrillero cuchicheó a otro en el terraplén:
-La Vaca Brava le arreló a Ulogio Penayo. No puede ser otra.
-Jhee, compagre. No engaña el yablo por má manso que se ponga.
-En la valija lleva el lasánima del mulato.
-¡Jha kuñá takú! Al fin sirvió para algo...
Pero era como si hablaran de un ser que ya tampoco existía, porque en ese
momento una nube de polvo acabó de borrar el maletín negro y el vestido
floreado.
La ex comisaría quedó abandonada por un tiempo sobre el talud calizo. Se decía
que el alma en pena de Ulogio Penayo se lamentaba allí por las noches. Después
la ocupó otro matrimonio alemán que tenía una hijita de pocos años.
Una noche que trajeron a la casa a un carpinchero muerto por un lobo-pe, la niña
desapareció misteriosamente. Era una noche de San Juan y los fuegos resbalaban
en la garganta del río.
La madre enloqueció al ver que el cadáver del carpinchero se transformaba en un
mulato, un mulato gigantesco que lloraba y se reía y andaba golpeándose contra
las paredes. Afirmaba que él había robado a su hijita. Pero eso era solamente la
invención de su locura. El carpinchero muerto seguía estando donde lo habían
puesto bajo el alero de la casa, estremecido por los rojizos reflejos.
Otras cuatro veces las fogatas de San Juan de Borja pasaro aguas abajo.
Las cosas aflojaron un poco en el ingenio. El reemplazante de Eulogio Penayo,
más que un matón era un burócrata. Vivía en sus planillas. Y lo tenía todo
organizado a base de números, de fichas, de metódica rutina. Los hombres
trabajaban más holgados con la mejor distribución de las tareas. El descontento
se apaciguó bastante. Simón Bonaví había dado un sagaz golpe de timón. Iba a ser
el último. Mientras tanto, la fábrica seguía produciéndole mucho dinero y el
régimen de explotación en realidad apenas había cambiado. La punta del lápiz del
nuevo testaferro resultó tan eficaz como el teyúruguai del anterior. Es cierto
que también el lápiz continuaba respaldado por buenos fusiles y capangas
ligeramente adecentados. Esto era lo que producía el optimista espejismo.
Entre los pocos que no se dejaban engañar, estaba Solano Rojas. Era tal vez el
más despierto y voluntarioso de todos. Palpaba la realidad y entreveía
intuitivamente sus peligros.
-E'to ko' é' pura saliva de loro marakaná. No se duerman, lo'mitá.
Pero le hacían poco caso. Los hombres estaban cansados y maltrechos. Preferían
seguir así a dar pretexto para que volvieran a reducirlos por la violencia.
Entre los conchavados que vinieron ese año para la zafra, llegó un arribeño que
era distinto de todos los otros. Buena labia, fogoso, simpático de entrada, con
huellas de castigos que no destruían, que ennoblecían su traza joven, la firme
expresión de su rostro rubio y curtido. Se hacia llamar Gabriel.
Trajo la noticia de que los trabajadores de todos los ingenios del Sur estaban
preparando una huelga general para exigir mejores condiciones de vida y de
trabajo. Tabikuary-Guasú y Villarrica ya estaban plegados al movimiento. Él
venia a conseguir la participación de Tebikuary-Costa.
-Nuestra fuerza depende de nuestra unión-repitió constantemente Gabriel en los
conciliábulos clandestinos-. De nuestra unión y de saber que luchamos por
nuestros derechos. Somos seres humanos. No esclavos. No bestias de carga.
Solano Rojas escuchaba al arribeño con deslumbrado interés. Por fin alguien
había venido a poner voz a sus ansias, a incitarlos a la lucha, a la rebelión.
El agitador de los trabajadores del azúcar se dio cuenta en seguida de que en
ese robusto y noble mocetón tendría su mejor discípulo y ayudante. Lo aleccionó
someramente y trabajaron sin descanso. El entusiasmo de la gente por la causa
fue extendiéndose poco a poco. Eran objetivos simples y claros y los métodos
también eran claros y simples. No era difícil comprenderlos y aceptarlos porque
se relacionaban con sus oscuros anhelos y los expresaban claramente.
El agitador dejó a Solano Rojas a cargo de los trabajos y se marchó.
Poco tiempo después el administrador percibió sobre sus planillas y ficheros la
sombra de la amenaza que se estaba cerniendo sobre el ingenio. Le pareció
prudente retransmitir el dato sin pérdida de tiempo al patrón.
El hombrecito ventrudo vino y captó de golpe la situación. Su ganchuda nariz,
habituada al aroma zahorí de su miembro, olió las dificultades del futuro, el
tufo de la insurrección.
-Esto se está poniendo feo-dijo al administrador-. Dejemos que sea otro quien se
queme las manos.
Regresó a los pocos días y puso en venta la fábrica junto con las tierras que
obtuviera gratuitamente del fisco para "hacer patria". No le costó encontrar
interesados. Simón Bonaví entró en tratos con un ex algodonero de Virginia que
había venido al Paraguay como hubiera podido irse a las junglas del África. En
lugar de cazar fieras o buscar diamantes, había caído a cazar hombres que
tuviesen enterrados en sus carnes los diamantes infinitamente más valiosos del
sudor. Había venido con armas y dólares. Bonaví, ladino, no le ocultó lo de la
huelga. Sospechó que podía ser un matiz excitante para el ex algodonero. Y no se
equivocó.
-No me importa. Al contrario, eso gustar a mí-le dijo el virginiano y le pagó al
contado el importe de la transacción
que incluía la fauna, la flora y los hombres de Tebikuary-Costa.
Entonces llegó Harry Way, el nuevo dueño. Llegó con dos pistolas colgándole del
cinto, los largos brazos descolgados a lo largo de los "breeches" color caki y
una agresiva y siniestra actitud empotrada sobre las cachas de cuerno de las
pistolas. Era grande y macizo y andaba a zancadas hamacándose como un ebrio. Sus
botas rojas dejaban en la tierra los agujeros de sus zancajos. Los ojos no se le
veían. Su rostro cuadrado sobre el que echaba perpetuamente sombra el aludo
sombrero, parecía acechar como una tronera de cemento la posible procedencia del
ataque o elegir el sitio y calcular la trayectoria del balazo que él debía
disparar.
Le acompañaban tres guardaespaldas que eran todos dignos de él: un moreno
morrudo que tenía una cuchillada cenicienta de oreja a oreja, un petiso de cara
bestial que a través de su labio leporino escupía largos chorritos de saliva
negruzca. De tanto en tanto sacaba de los fundillos un torzal de tabaco y le
echaba una dentellada. El tercero era un individuo alto, flaco y pecoso que
siempre estaba mirando aparentemente el suelo pero en realidad atisbando por
debajo del sombrero volcado a ese efecto sobre la frente. Los tres cargaban un
imponente "Smith-Wesson" negro a cada lado y una corta guacha deslomadora al
puño. Parecían mudos. Pero todo lo que les faltaba en voz les sobraba en ojos.
Aparecieron una mañana como brotados de la tierra. Los cuatro y sus caballos.
Nadie los había visto llegar.
Lo primero que hizo Harry Way en el ingenio fue reunir a la peonada y a los
pequeños agricultores. No quedó un solo esclavo sin venir a la extraña asamblea
convocada por el nuevo patrón. Su voz tronó como a través de un tubo de lata
amplio y bien alimentado de aire y orgulloso desprecio hacia el centenar de
hombres arrinconados contra la pared rojiza de la fábrica. Su cerrado acento
gringo tornó aún más incomprensible y amenazadora su perorata.
-Me ha prevenido don Simón que aquí se está prepagando una juelga paga ustedes.
Mí ha comprado este fábrica y he venido paga hacelo trabacá. Como que me llama
Harry Way, no decaré vivo un solo misegable que piense en juelgas o en
tonteguías de este clase.
Se golpeó el pecho con los puños cerrados para subrayar su amenaza. La camisa a
rayas coloradas se desabotonó bajo la blusa y un espeso mechón color herrumbre
asomó por la abertura. Con el dorso de la mano se reviró después el sombrero que
cayó sobre la nuca. El rostro cuadrado y sanguíneo también parecía herrumbrado
en la orla de pelo que lo coronaba ralamente. Harry Way paseó sus desafiantes
ojos grises por los hombres inmóviles.
-Quien no esté conforme que me lo diga ahoga mismo. Mí conformar en seguida.
Su crueldad le sahumaba, le sostenía. Era su mejor cualidad. Su corpachón
flotaba en ella como un peñasco en una cerrazón rojiza.
Se oyó un grito sofocado en las filas de los trabajadores. Lo había proferido
Loreto Almirón, un pobre carrero enfermo de epilepsia. Sus ataques siempre
comenzaban así. Estaba verde y su mandíbula le caía desgonzada sobre el pecho.
-¡Tráiganlo a ese misegable! -barbotó Harry Way a sus capangas. El moreno y el
petiso corrieron hacia los peones. El pecoso se pegó al patrón con las manos
sobre los revólveres. Loreto Almirón fue traído a la rastra y puesto delante de
Harry Way. Parecía un muerto sostenido en pie.
-¿Usted ha protestado?
Loreto Almirón sólo tenía los ojos muy abiertos. No dijo nada.
-Mi va a enseñar paga usted a ser un juelguista... -se combó a un lado y al
volver descargó un puñetazo tremendo sobre el rostro del carrero. Se oyeron
crujir los dientes. La piel reventó sobre el canto del pómulo. Los que lo tenían
aferrado por los brazos lo soltaron y entonces Loreto Almirón se desplomó como
un fardo a los pies de Harry Way, que aún le sacudió una feroz patada en el
pecho.
-¿Alguien más quiegue probar?-preguntó excitado.
La masa de hombres oscuros temblaba contra la pared, como si la epilepsia de
Loreto Almirón, ahora inerte en el suelo, se estuviera revolviendo en todos
ellos.
Solano Rojas estaba crispado en actitud de saltar con el machete agarrado en las
dos manos. Gruesas gotas empezaron a caer junto a sus pies. No eran de sudor. En
su furia impotente y silenciosa, había cerrado una de sus manos sobre el filo
del machete que le entró hasta los huesos.
-¡Todavía no..., todavía no! -el espasmo furioso estaba por fin dominado en su
pecho que resonaba en secreto como un monte.
El pecoso espiaba por debajo del sombrero pirí en dirección a Solano. No le veía
bien. José del Rosario y Pegro Tanimbú lo habían tapado con sus cuerpos. Sólo el
instinto le decía al capanga que allí estaba humeando la sangre. Pero la sangre
de los esclavos ya estaba humeando en todas las venas bajo la piel oscura y
martirizada. Sombras de sollozos reprimidos estaban arañando el cielo seco y
ardiente de las bocas.
La carcajada de Harry Way apedreó a los peones.
-¡Ja..., ja..., ja...! ¡Juelguistas! Mi enseñar paga ustedes a ser mansitos como
ovejas... ¡Miguen eso!
Por el terraplén venía un verdadero destacamento de hombres armados con máuseres
del gobierno. Eran los nuevos "soldados" de la comisaría, cuyos nombramientos
también habían salido del Ministerio del Interior.
Harry Way poseía un agudo sentido práctico y decorativo. La espectacular
aparición de sus hombres se producía en un momento oportuno. Eran como veinte,
tan mal encarados como los tres que rodeaban al patrón. En el polvo que
levantaban sus caballos, se acercaban como flotando en una nube de plomo,
hombres siniestros cuyos esqueletos ensombrerados asomaban en la sonrisa de
hueso que el polvo no podía apagar. Se acercaban por el terraplén. Los envolvía
aún Un silencio algodonoso y sucio, pero ya los ojos de los peones escuchaban el
rumor brillante de sus armas. Después se escuchó el rumor de los cascos. Y sólo
después el rumor de las voces y las risas cuando los hombres avanzaron al tranco
de sus caballos y se cerraron en semicírculo sobre la fábrica.
Harry Way reía. Los peones temblaban. Los "soldados" mostraban el esqueleto por
la boca.
Tebikuary del Guairá estaba mucho peor que antes. Sus pobladores habían salido
de la paila para caer al fuego.
Harry Way se fue a vivir con sus hombres en la casa blanca donde había muerto
Eulogio Penayo. Era como si el alma en pena del mulato se hubiese reencarnado en
otro ser aún más bárbaro y terrible. Harry Way hizo añorar la memoria del
antiguo capataz-comisario de Bonaví, casi como una fenecida delicia.
La casa blanca fue reconstruida al poco tiempo. Y se llamó desde entonces la
Ogaguasú. Volvía a ser comisaría y ahora era, además, la vivienda del
todopoderoso patrón. Alrededor, como un cinturón defensivo, se levantaron los
"bungalows" de los capangas.
A extremos increíbles llegó muy pronto la crueldad del Buey-Rojo, del Güey-Pytá,
como empezaron a llamar al fabriquero gringo Harry Way. Así les sonaba su
nombre. Y en realidad se asemejaba a un inmenso buey rojo. Sus botas, sus
camisas a rayas coloradas, su pelo de herrumbre que parecía teñido de
pensamiento sanguinario, su desbordante y sanguinaria animalidad.
Como antes Simón Bonaví desde Asunción, ahora pastaba Harry Way en
Tebikuary-Costa. El quiste colorado se hinchaba más y más y estaba cada vez más
colorado, latiendo, chupando savia verde, savia roja, savia blanca, savia negra,
los cañaverales, el agua, la tierra, el viento, el sudor, los hombres, el
guarapo, la sangre, todo mezclado en la melaza que fermentaba en los tachos y
que las centrífugas defecaban blanquísima por sus traseros giratorios y
zumbadores.
El azúcar del Buey-Rojo seguía siendo blanco. Más blanco todavía que antes, más
brillante y más dulce, arena dulce empapada en lágrimas amargas, con sus
cristalitos de escarcha rociados de luna, de sudor, de fuego blanco, de blanco
de ojos triturados por la pena blanca del azúcar.
Frente a la fábrica se plantó un fornido poste de lapacho. Allí azotaban a los
remisos, a los descontentos, a los presuntos "juelguistas". Cuando había alguno,
el Buey-Rojo ordenaba a sus capangas:
-Llévenlo al good-friend y sacúdanle las miasmas.
El "buen-amigo" era el poste. Las guachas deslomadoras administraban la purga. Y
el paciente quedaba atado, abrazado al poste, con su lomo sanguinolento asándose
al sol bajo una nube de moscas y de tábanos.
El negro de la cuchillada cenicienta y el petiso tembevókarapé se especializaron
en las guacheadas. Especialmente este último. Cruzaban apuestas.
-Cinco pesos voy a e'te -decía el petiso al negro-. Lo delomo en veinte
guachazo'.
-En treinta -apuntaba el negro.
El tembevó-karapé se lubricaba las manos arrojándose por el labio partido un
chorrito de baba negruzca, empuñaba la guacha y comenzaba la faena con su
acompasado y sordo estertor en el pecho. Casi siempre acertaba. Deslomar
significaba desmayar al guacheado. Los planazos del cuero sonaban casi como
tiros de revólver sobre el lomo del infeliz que gritaba hasta que se quedaba
callado, deslomado.
José del Rosario fue al poste. Era viejo y no aguantó. Arrojaron su cadáver al
río. Pegro Tanimbú fue al poste. Estaba tísico y no aguantó. Arrojaron su
cadáver al río. Anacleto Pakurí fue al poste. Era joven y fuerte. Aguantó. Dejó
por sus propios medios el "buen-amigo". Pero al día siguiente volvió a
insolentarse con uno de los capangas y lo liquidaron de un tiro. Arrojaron su
cadáver al río. Un poco antes también habían arrojado al río a Loreto Almirón,
que no murió de guacha sino del puñetazo que Harry Way le obsequió al llegar.
El río era una buena tumba, verde, circulante, sosegada. Recibía a sus hijos
muertos y los llevaba sin protestas en sus brazos de agua que los había mecido
al nacer. Poco después trajo pirañas para que no se pudrieran en largas e
inútiles navegaciones.
Las mujeres no estaban mejor que los hombres. Antes sólo vivía en la casa blanca
Eulogio Penayo, el mulato bragado de piernas. Ahora había en la Ogaguasú
veinticinco machos cabríos. Necesitaban desfogarse y se desfogaban a las buenas
o a las malas.
El Buey-Rojo desfloraba a las nuevas y las pasaba a sus hombres, cuando se
cansaba de ellas.
Las noches de farra menudeaban en la Ogaguasú. Los capangas salían a recorrer
los ranchos reclutando a las kuñá. Cuando escaseaba mujer, hubo alguna que tuvo
que soportar todo el tendal de machos, mientras el fuego líquido de la guaripola
y el fuego podrido de la lujuria alumbraban la farra, entre gritos,
guitarreadas, cantos rotos y carcajadas soeces.
El entusiasmo para la huelga se apagó como quemado por un ácido. Las palabras de
Solano Rojas morían sin eco, sordamente rechazadas. Ya ni lo querían escuchar.
El terror tenía paralizada a la gente. El rostro de tronera de Harry Way prendía
ojos de lechuza venteadora desde las ventanas de la Ogaguasú. Se sentían
vigilados hasta en sus pensamientos.
-¡Qué huelga, Solano!-decían los pocos que aún no estaban del todo desanimados-.
Ma' mijor quemamo' la fábrica y note condemo' en el monte.
-La fábrica no é' el enemigo de nojotro. El enemigo e'tá en el Ogaguasú. En toda
las Ogaguasú-kuera donde hay patrone' como el Güey-Pytá o Simón Bonaví. Contra
ello-kuera tenemo' que levantarno'.
Naturalmente, no podían faltar los soplones. Uno de ellos delató a Solano.
El Buey-Rojo le exigió primeramente con amenazas que revelara los planes de la
huelga. Solano estaba mudo y tranquilo. Lo trataron de ablandar a puñetazos y a
puntapiés. Solano escupió sangre, escupió dos o tres dientes, pero seguía mudo y
tranquilo mientras los moretones empezaban a sombrearle el rostro.
-Llévenlo al poste. Y dugo con él -ordenó entonces el patrón.
Fue atado al "buen-amigo" y torturado bestialmente. El mismo Harry Way presenció
la guacheada. El zambo y el tembevó-karapé alternaron sus cueros sobre el lomo
de Solano y rivalizaron en fuerza y en saña.
-Va di' peso a e'te. Lo vita delomar en cuarenta-dijo el petiso en voz baja al
negro, antes de comenzar.
-A e'te, entre lo do' junto no lo delomamo en meno' de cien -reflexionó el
negro-. Ya jheyá cien-pe.
Empezaron a sonar las guachas como tiros de calibre 38 largo.
...Cinco... Diez... Quince... Veinte... El zambo y el karapé... El karapé y el
zambo... Veinticinco... Treinta... El zambo y el karapé... el karape y el
zambo...
A cada guachazo saltaba un pequeño surtidor rojo que resplandecía al sol. Toda
la espalda de Solano ya estaba bañada en su jugo escarlata como una fruta
demasiado madura que dos taguatós implacables reventaban con sus acompasados
aletazos. Pero Solano seguía mudo. La boca le sangraba también con el esfuerzo
del silencio. Sólo sus ojos estaban empañados de alaridos rabiosos. Pero su
silencio era más terrible que el estampido de las guachas.
-¡Más..., más...!-gritaba Harry Way-. ¡Dugo con él! ¡Mi va a enseñarte,
misegable, a ser juelguista! ¡Más.... más...!
...Treinta y cinco... Cuarenta... Cuarenta y cinco... Cincuenta...
El zambo y el karapé... El karapé y el zambo...
Estaban fatigados. El karapé estertoraba y estertoraba el zambo. Al levantar la
guacha se secaban el sudor de la frente con el antebrazo y se borroneaban de
rojo toda la cara con las salpicaduras de la sangre. El Buey-Rojo también
estertoraba, pero él no de fatiga sino de sádica emoción.
Ni el zambo ni el karapé acertaron esta vez. Sólo con ciento diez guachazos
pudieron deslomar a Solano, que quedó colgando del "buen-amigo".
El humo del ingenio seguía manchando el cielo. El quiste colorado latía. En la
Ogaguasú hubo esa noche rumor de farra.
El poste amaneció vacío. Manos anónimas desataron en la oscuridad a Solano y lo
llevaron por el río. Si los capangas de Harry Way no hubieran estado durmiendo
su borrachera, tal vez habrían sentido maniobrar quedamente en el recodo a los
cachiveos de los carpincheros.
Los días pasaron lentamente. La desesperación creció en los trabajadores del
ingenio y empezó a desbordar como agua que una mala luna arrancaba de madre.
La destrucción de la fábrica quedó decidida.
Era en cierto modo la consecuencia natural del estado de ánimo colectivo. La
solución extrema dictada no por el valor sino por el miedo. La gente estaba
embrujada por el miedo. Estaba embrujada por el odio, por la amargura sin
esperanza. Estaba envenenada y seca como si durante todo ese tiempo no hubiera
estado bebiendo más que jugo de víboras y guarapo de cañadulce leprosa.
La causa de sus desgracias eran la fábrica, las máquinas, el ingenio. El mismo
Simón Bonaví, el propio Harry Way, habían nacido del quiste colorado. Tenían su
color y su ponzoña. Destruida la fábrica, todo volvería a ser como antes.
-¡Vamo' a quemarla! -propuso Alipio Chamorro.
-¡Ya jhapy-katú! -apoyaron Secundino Ortigoza, Belén Cristaldo, Miguel Benítez,
y unos quince o veinte más, mocetones arrejados a quienes no les importaba morir
si podían destruir el poder del Buey-Rojo.
La ausencia de Solano Rojas lo complicaba todo. Él habría logrado sacar partido
favorable de la situación. Era el cabecilla nato de los suyos. Pero lo creían
muerto.
Un hachero trajo sin embargo la noticia de que estaba vivo con los carpincheros.
-Vamos a hacerlo llamar-propuso Belén Cristaldo.
-Él quiere la huelga, no el incendio -recordó Secú Ortigoza.
De todos modos, enviaron de inmediato al mismo hachero para comunicarle la
decisión.
La noche fijada para el incendio, Solano Rojas remontó el río con unos cuantos
carpincheros, los mismos que lo habían rescatado del poste del suplicio
salvándole la vida. Todavía estaba algo débil, pero por dentro se sentía firme y
ansioso.
Cuando se iban acercando al Paso, oyeron sonar disparos hacia el ingenio.
Desembarcaron, subieron la barranca y continuaron aproximándose cautelosamente
por el monte donde la noche era más noche con la oscuridad. Los disparos iban
arreciando. Solano reconoció los máuseres y los revólveres de Harry Way y sus
matones. El corazón se le encogió con un triste presentimiento.
Al desembocar en la explanada del ingenio, comprobó que lo que venía temiendo
desgraciadamente era verdad: sus compañeros estaban acorralados dentro de la
pila de rajas que rodeaba la parte trasera de la fábrica en un gran semicírculo.
Probablemente alguien había soplado a Harry Way el plan de los incendiarios, él
los había dejado entrar en la trampa hasta el último hombre y ahora los estaba
cazando a tiros.
Solano Rojas escudriñó las tinieblas. Sólo restaba un último y desesperado
recurso. Era casi absurdo, pero había que intentarlo.
-¡Vamo' lotmitá! -susurró a los carpincheros y volvieron a sumirse en el
yavorai.
En la herradura formada por los fondos de la fábrica y la pila de leña, la
oscuridad semejaba el ala de un inmenso murciélago. En esa membrana viscosa y
siniestra los hombres atrapados se arrebujaban, se guarecían. Pero sólo por unos
instantes más.
Desde distintos puntos a la vez, los disparos de los capangas la iban pintando
con fugaces y retumbantes lengüetazos amarillos. Se apagaban y surgían de nuevo
en una costura fosfórica hilada de chiflidos. El pespunte de fogonazos y
detonaciones marcaba el reborde de la trampa. Los peones también respondían con
alguno que otro tiro desde donde se hallaban parapetados. Disponían de un
revólver. Lo empuñaba Alipio Chamorro. Era el "Smith-Wesson" que su hermana le
había robado a un capanga una noche de farra en la Ogaguasú. Alipio disparaba
apuntando cuidadosamente hacia las sombras que escupían saliva de fuego
amarillo. Disparó hasta cinco veces.
-Me queda una bala nomá' -avisó Alipio.
-Dejá para lo' úrtimo-dijo Secú Ortigoza, sin esperanza-. Ese bala e' para vo'.
Te va a sarvar de lo' capanga. No sarvó a tu hermana. Pero te va a sarvar a vo'.
Alguien trató de anular la nota fúnebre que Secú había infiltrado.
-¿Se acuerdan pa de Simón Bonaví? Dentro de su pierna' nikó podían pelear cinco
perro'pertiguero', de tan karë que eran.
Rieron.
-¿Y cuando olía su bragueta?-dijo Belén Cristaldo, contribuyendo a la evocación
del primer patrón-. Se contentaba con eso pa' no ga'tarse con mujer.
Rieron a carcajadas. Condenados a una muerte segura, la veintena de peones
todavía divertía sus últimos minutos con pensamientos risueños de una tranquila
y desesperada ironía. Los balazos de Harry Way y de sus hombres continuaban
rebotando en los troncos con chistidos secos. De él no se acordaban sino para
gritarle con fría cólera, con desprecio:
-¡Güey-Pyta!...
-¡Mba'é-pochy tepynó!...
-¡Tekaká!...
-¡Piii-piii... puuuuu...!
Una lluvia de uñas de plomo raspó la pila de leña como una invasión de
comadrejas invisibles. Los peones quedaron en silencio. Dos o tres se quejaban
quedamente, como en orgasmo. Se dispusieron a entregarse. En eso vieron elevarse
por encima del pespunte fosfórico un resplandor humeante hacia el recodo del
río, en dirección a la Ogaguasú.
-¡Pe maté! ¡Tatá... !-dijo una voz en el parapeto.
-¿Qué pikó puede ser?-preguntó Miguel Benítez, con se voz aflautada de niño.
-El juego de San Juan-murmuró Alipio en un suspiro-. Pe mañá pörä-ke jhesé...
Lo' etamo viendo por última vé'...
-¿En octubre pikó, Alipio, la noche de San Juan de juño? -preguntó Secú.
El resplandor crecía. Ahora se veía bien. No; no eran las fogatas de San Juan.
Era la Ogaguasú que se estaba quemando. Un gran grito tembloroso surgió en el
parapeto. Los capangas abandonaron el asedio de la pila de leñas y corrieron
hacia la Ogaguasú. Fueron recibidos con un tiroteo graneado que tumbó a varios.
Cundió entre ellos el desconcierto. Se oían los mugidos metálicos y gangosos de
Harry Way tratando de contener el desbande de sus hombres repentinamente
asustados.
Los sitiados comenzaron a abandonar el parapeto. Por las dudas se alejaban
reptando entre la maleza.
Cuando algunos de ellos se animaron y llegaron a las inmediaciones de la
Ogaguasú, se encontraron con un extraordinario espectáculo. Todo había sucedido
vertiginosamente. Era algo tan inconcebible e irreal, que parecía un sueño. Pero
no era un sueño.
En el candelero circular de los "bungalows" de tablas, la Ogaguasú ardía como
una inmensa tea que alumbraba la noche.
Delante de Solano Rojas armado de un máuser, delante de unos treinta
carpincheros armados también con máuseres y revólveres, estaba Harry Way hincado
de rodillas pidiendo clemencia. Con gritos jadeantes pedía clemencia a los
hombres libres del río, al esclavo que un mes antes había mandado azotar hasta
el borde de la muerte. Pedía clemencia porque él a su vez ahora no quería morir.
Su camisa a rayas coloradas hecha jirones, mostraba el pecho de herrumbre. Sus
"breeches" color caki, su piel de oro sanguíneo, sus botas rojas acordonadas,
estaban embadurnadas de barro y de sangre. De trecho en trecho había capangas
muertos. El pecoso alto y el petiso de labio leporino habían mordido el polvo
junto al patrón.
Poco a poco vinieron los demás pobladores. Una gran multitud se estaba reuniendo
alrededor del incendio.
-¡No me maten..., no me maten...! ¡