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Entrevista al historiador y ensayista Norberto Galasso
Por Cristian Vitale [30/04/07]
"Hay una necesidad social de volver sobre la historia"
El autor de Jauretche y su época coordina el ciclo "Los que pensaron en grande"
en el ND Ateneo y sigue escribiendo, dice, "para desmitificar zonceras". Cuadro
clave del revisionismo, Galasso acaba de publicar otro libro que refuta la
historiografía oficial: San Martín o Mitre.
Galasso publicó cerca de cuarenta obras, en su mayoría dedicadas a retratar
personajes vinculados con el pensamiento nacional.
"En la historia están los que tienen el apoyo académico y los que metemos las narices donde podemos".
Norberto Galasso –historiador, ensayista,
militante– acaba de atravesar la barrera de los 70 y juega cómodo en el sitial
de maldito. Aquel rol que la historiografía oficial argentina destinó,
casualmente, a los hombres que él biografió: Scalabrini Ortiz, Jauretche, Manuel
Ugarte, John William Cooke, Discépolo, Perón o el San Martín político, hijo de
india guaraní. Es el andarivel que le cabe para desarrollar, con autonomía, su
prolífica tarea destinada a desmitificar zonceras. Nada lo detiene. Después de
haber llegado al cenit con la vida de Perón, el viejo lobo de la otra historia
siguió escribiendo, investigando, casi como una compulsión, y desembocó otra vez
en el padre de la patria (plasmado en el libro San Martín o Mitre) y, para
"bajar", en Julián Centeya. "Lo conocí bastante, era un atorrante –dice sobre el
bizarro poeta del tango–. Me divirtió recordarlo a través de poemas que merecen
ser rescatados. Que sólo se le ocurrían a él. Como el de esa mujer mayor que
tenía los mejores perfumes, comía en los mejores restaurantes, tenía los mejores
autos hasta que Dios puso sus manos en sus hombros y dijo '¡me convertí en una
pelotuda!’", se distiende Galasso, presentando una parte del opúsculo El poeta
de las musas reas.
Entre Centeya, San Martín y Perón, entonces, Galasso se hizo un tiempo para
exponer en el ciclo "Los que pensaron en grande", que se lleva a cabo todos los
martes –hasta el 26 de junio– a las 19.30 en el ND Ateneo. Se trata de charlas
debate en las que varios expositores (Germán Ibáñez, Maximiliano Molocznik,
Héctor Valle y Mario Rapoport) abordarán vida y obra de Jauretche, Manuel
Ugarte, Rodolfo Puiggrós, Abelardo Ramos, Hernández Arregui, Cooke, y algunos
nexos sobre historia económica argentina. Hoy, además, participará en la Feria
del Libro (Sala Alfonsina Storni) junto con Hugo Caruso del panel Literatura y
Pensamiento Nacional. "Hay una necesidad social de volver sobre la historia. El
que se vayan todos de diciembre de 2001 no fue sólo contra los políticos que no
daban respuesta, sino contra los mitos y zonceras, como decía el viejo
Jauretche. Creo que recién en ese momento se empieza a poner realmente en duda
la historia escrita por Mitre que legitimó, fue funcional a las políticas
seguidas por Pinedo, Krieger Vasena, Martínez de Hoz y Cavallo. La sociedad está
en una búsqueda, en rechazo a esos discursos retóricos añejos, que se podían
leer de atrás para adelante o viceversa, porque daba lo mismo", sostiene, con su
natural simpatía. "Es claro –sigue– que una parte de la sociedad está tratando
de entender por qué hay tantos argentinos pobres en un país rico. Hay quien se
preocupa por Latinoamérica, cuando en Buenos Aires se consideraba un tema de
segunda. Todo esto habla de un hombre en ebullición".
–De ahí, la idea de concretar charlas y debates con el mapa "dado vuelta"...
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–Es que Argentina está inmersa en una gran oportunidad histórica. Hay necesidad
de cambios, urgencia de transformación. En la medida en que se pueda ir
consolidando un pensamiento nacional en los cuadros medios de la política y en
los jóvenes, en la medida en que se tenga un conocimiento de cuál fue la
verdadera historia, se van a resolver los problemas de la unidad
latinoamericana. Se está mirando como nunca antes el tema del gasoducto
sudamericano, el Banco del Sur... necesidades que se dejaron de lado porque no
se pudo concretar el proyecto de San Martín y Bolívar.
–Las 80 páginas de San Martín o Mitre, su último escrito, están destinadas a
rebatir los mitos que se han creado sobre el Libertador, desde la visión de
Mitre hasta la del ex juez Juan Sejeán, que se atreve a señalarlo como un agente
inglés...
–Son cuestiones que necesitan revisarse.
Mitre ha hecho su biografía diciendo que San Martín quería libertar pueblos
pero no unirlos, que la unión venía de parte de Bolívar y era un proyecto
demasiado ambicioso. Por eso, dada la influencia que tuvo Mitre en la
historiografía oficial, a San Martín se lo valora como el padre de la
patria, el militar, el que escribió las máximas a su hija, pero jamás como
ideólogo. El San Martín que veía claramente que si no se producía esta unión
cada país iba a ser dependiente ha quedado en las sombras. El político que
se oponía a la política rivadaviana probritánica –hasta querer batirse a
duelo con Rivadavia en 1825– ha quedado olvidado. Hay que rescatar a ese del
que Mitre dice "mejor se hubiera muerto antes de darle el sable a Rosas".
Lo que Galasso intenta puntualizar en su breve pero contundente análisis
–además de rechazar la hipótesis de "agente inglés"– es desmitificar la idea
de que San Martín volvió al país en 1812 para luchar contra España. Lo
ubica, más bien, como un militante antimonárquico, que pretendió liberar a
las provincias unidas del sur del absolutismo, en la línea de la Revolución
Francesa y de la española iniciada en 1808 y concretada en las cortes de
Cádiz en 1812. "La Revolución de Mayo no fue antihispánica e independentista
desde el primer momento. Lo que pasa es que a Mitre le permitía oponer las
'luces’ inglesas al oscurantismo español. Fue una visión funcional al
proyecto imperialista británico, que se sostuvo durante mucho tiempo para
legitimar la dominación. Lo fundamental lo dijo Augusto Barcia Trelles en
los ’40 en sus siete tomos sobre San Martín, 2600 páginas que los
estudiantes de historia de hoy desconocen. Allí explica que un hombre criado
en España no podía jamás venir aquí a apoyar una revolución antihispánica.
Venía a apoyar una revolución democrática y popular. Si la obra de Trelles
hubiese sido llevada al Colegio Militar, digamos en reemplazo de la cátedra
de Mariano Grondona, quizá nuestros generales hubiesen alcanzado una
comprensión más profunda acerca de nuestras raíces latinoamericanas".
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–Falta poco para el bicentenario de 1810 y para que se cumpla el
sesquicentenario de su muerte, sin embargo la figura de San Martín sigue en
el mármol. ¿Su objetivo es "agitemos un poco la cuestión sanmartiniana
porque estamos dormidos"?
–Sí. En realidad, varias cosas. Primero, quebrar el pensamiento antinacional
que sostiene que nacimos gracias al comercio libre, que nacimos contra
España y a favor de Gran Bretaña, gracias a la buena voluntad de los
soldados ingleses que después de las invasiones quedaron detenidos, pero que
un día salieron en libertad. O al apoyo de Canning. También se dice que no
hubo pueblo, cuando en realidad las familias selectas como los Martínez de
Hoz, los Ocampo –antepasados de Victoria– votaron a favor del virrey y las
clases populares no. ¡Esas eran familias clasistas! Altamira –Jorge– cree
que los obreros son clasistas, pero no... clasistas son los Martínez de Hoz
(risas). La historia según Mitre tiene errores graves... mejor dicho,
errores de intento, que no son errores. Dio paso a que un aventurero como
Juan Bautista Sejeán diga que San Martín era un agente inglés... cualquier
cosa.
–Sejeán se pregunta por qué un veterano de guerra español viene a combatir
contra España y deduce que lo tuvieron que haber sobornado...
–Claro. Pero lo peor es que ante una versión tan insólita se callaron el
Instituto Sanmartiniano y la Academia, que no lo hicieron cuando se dijo que
San Martín era hijo de india. Para cierta gente, que haya sido agente inglés
vaya y pase, pero ¡hijo de india!, ¿cómo es eso? (risas). El de Sejeán fue
el último planteo novedoso sobre San Martín, y los planteos nuevos son
peligrosos porque la gente, en la búsqueda, por ahí cae en errores. En
verdad hubiese sido mejor haber polemizado con él y no callar su hipótesis.
–¿Quiere polemizar? ¿No le alcanzó el cruce subidísimo de tono con Rivera,
que protagonizó a través de la revista Sudestada?
–No (risas). Rivera lamentablemente se desubicó, perdió la oportunidad de
que hiciéramos un diálogo elevado. No ocurrió así, por ejemplo, con Sulé,
del Instituto Juan Manuel de Rosas. Este hombre plantea que existe un solo
revisionismo, el rosista, y yo le respondo que hay otros, que consisten en
la línea que comienza con Mariano Moreno y su Plan de Operaciones, y
prosigue con Dorrego, Chacho Peñaloza, Felipe Varela. Un revisionismo
federal-provinciano, con una visión latinoamericana, que incluye a los
caudillos como expresión de los sectores más populares. Porque Rosas era
expresión de gauchos y negros, pero también de estancieros como los
Anchorena. Igual, con Sulé nos mandamos seis cartas abiertas y fue todo muy
respetuoso. A lo sumo, se convirtió en un diálogo de sordos. Se polemiza muy
poco en Argentina.
–¿Sejeán le respondió?
–No. Al principio, cuando editó su libro cuatro veces, estaba muy embalado y
el dueño de Biblos le dijo: "¿Por qué no hacemos un debate?". Pero como él
no es un hombre de la historia sino un juez jubilado, cuando le pasaron mi
libro de 300 páginas se encontró con algo más complicado de lo que presumía.
Y dijo que no... que ya había hablado demasiado de San Martín.
–¿De qué manera la revisión histórica acompaña un proyecto político?
–El día que se entienda que la política no es una
lucha entre bárbaros y educados, sino un enfrentamiento de clases, de intereses,
se van entender mejor situaciones clave como la Vuelta de Obligado, las
Invasiones Inglesas y los movimientos populares de Yrigoyen y Perón. Serviría,
además, para evidenciar por qué el radicalismo está como está y el PJ no es lo
que fue en la época de Perón.
–¿Y la izquierda?
–Estoy terminando dos tomos críticos sobre la historia de la izquierda en
Argentina. Yo no me caracterizo por la arrogancia, entonces en el título pongo
"Aportes para una historia de la izquierda en Argentina". No pretendo hacer una
historia completa, porque tendría que pedirles todos los archivos al MST, al
PTS, al PST, y sería algo infernal... podría terminar en el manicomio (risas).
En realidad, trato de ver las razones del desencuentro histórico con los
sectores populares y con el peronismo. Después, el hecho de que en 2001 las
asambleas populares les abren las puertas a la izquierda. Parece su hora y más
precisamente la de Zamora, que tuvo la gran oportunidad de armar un gran frente.
Pero su lectura fue "la gente se va a organizar sola" y ahí quedó. Siempre lo
mismo. Manuel Ugarte decía en 1910 que el socialismo tenía que respetar nuestra
idiosincrasia y jamás se tuvo en cuenta eso. ¿Cómo vas a transformar una
sociedad si no la conocés?
Proyectos de país*
"A través de sus luchas, cuando San Martín habla de sus enemigos, muy pocas
veces los califica de españoles: para él son godos, realistas, monárquicos,
absolutistas, sarracenos, matuchos, maturrangos, maruchos, chapetones o
europeos".
"Recién en 1814 España envía expediciones para reprimir. Hasta ese momento, los
enfrentamientos se dan entre hispanoamericanos de posición
liberal-revolucionaria e hispanoamericanos absolutistas, es decir, los
revolucionarios por un lado y las autoridades monárquicas locales, con sus
partidarios, por otro. Es guerra civil (...) la revolución recién se hace
independentista, separatista, en 1814, cuando el absolutismo se reestablece en
España".
"San Martín propugnaba el crecimiento hacia adentro, la unificación de los
pueblos de Hispanoamérica, el 'evangelio de los derechos del hombre`, la
elevación del negro y del indio, el proteccionismo económico y ensayó en Cuyo
algo parecido al Plan de Operaciones de Moreno, en materia de participación
estatal y expropiaciones (...) Mitre inventó un nacimiento libreimportador,
antihispánico y proinglés en 1810 para dar legitimidad a su proyecto".
*Fragmentos de San Martín o Mitre, de Norberto Galasso
Fuente: Página|12, 30/04/07
Por Norberto Galasso
Filósofos y ensayistas han sostenido que se trata de un proceso ineluctable, por lo cual resultaría ocioso discutir perjuicios y beneficios.
Algunos, incluso, lo han idealizado suponiendo que un mundo sin fronteras implica el fin de las guerras y el armamentismo, a la vez que la liquidación de las polémicas ideológicas operarían el milagro de diluir los conflictos sociales.
Por otra parte, la realidad del mundo muestra a un 15% de sus habitantes privilegiados con el 80% del ingreso total, mientras que el 85% de la población restante debe conformarse solamente con el 20%.
Todo ello explica que por debajo de la superficie aparentemente calma de la globalización hayan empezado a moverse, dialécticamente, las aguas profundas, agitadas por las cuestiones nacionales.
En este sentido, resulta significativa, en América latina, la vigencia alcanzada por figuras históricas vinculadas con las campañas libertadoras. Bolívar, por ejemplo, fue bandera del candidato triunfante en la última elección venezolana.
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El ideario artiguista está lozano en la política uruguaya. Y, aunque más actual, en Panamá se asiste a la resurrección del torrijismo. De idéntico modo, en la Argentina ha revivido el interés por San Martín.
La globalización -con apariencias de triunfo indiscutido- provoca, por reacción, reivindicaciones nacionales en buena parte del mundo, especialmente en la periferia. La cuestión nacional se pone sobre el tapete de la historia pero adquiriendo un carácter popular, ajeno por completo al viejo nacionalismo de derecha, reaccionario y oscurantista.
Oportuno resulta entonces recordar la respuesta de Jauretche en los años 30, a quienes pretendían confundir la lucha forjista contra la Argentina semicolonial de economía agro-exportadora, con el nacionalismo reaccionario: Para los nacionalistas, la Nación ya fue y su proyecto es el pasado, como el rezo del hijo ante la tumba del padre. Para nosotros, nacionales, es el canto del padre junto a la cuna del hijo, es un sueño de futuro.
Aunque no exento de audacia -y para algunos, seguramente de voluntarismo- puede sostenerse el pronóstico de que los próximos años marcarán la agudización de los antagonismos entre los nacionalismos opresivos y avasallantes -escudados en la globalización- y la lucha de los pueblos del mundo periférico en defensa de sus identidades, sus riquezas y su derecho a decidir su propio destino.
*Norberto Galasso es historiador y ensayista político. Algunas de sus
obras son Manuel Ugarte: un argentino maldito, Raúl Scalabrini Ortiz y su
lucha contra la dominación inglesa.
Fuente:
Clarin, 1999
Entrevista:
Norberto Galasso, historiador y ensayista
El
derecho a conocer la historia
El
pueblo quiere saber de qué se tratóLa historia oficial
En los discursos escolares se califica a la Revolución de Mayo como el día del nacimiento de la patria y según ese criterio, todos los años se festeja con cantos y escarapelas. Para la historiografía liberal, Mayo fue una revolución separatista, independentista, antihispánica, dirigida a vincularnos al mercado mundial.
Se explota la idea de libertad que trajeron los soldados ingleses invasores en 1806 y 1807, cuando quedaron presos algún tiempo en la ciudad, vinculándose con la gente patricia; el programa de la Revolución está resumido en la Representación e los Hacendados, pues el objetivo fundamental de la revolución consistía en el comercio libre o más específicamente, en el comercio con los ingleses. El gran protector de la revolución fue el cónsul inglés en Río de Janeiro, Lord Canning.
De Bartolomé Mitre a nuestros días, esta versión ha prevalecido en el sistema de difusión de ideas (desde los periódicos, suplementos culturales, radiofonía y televisión hasta los diversos tramos de la enseñanza y revistas infantiles como Billiken). Aburrida, boba, quedo sacralizada, sin embargo, porque esa era la visión de una clase dominante que había arriado las banderas nacionales y se preocupaba, en el origen del mismo de nuestra historia, de ofrecer un modelo colonial y antipopular (nota: Galasso desarrolla cuan diferente fue la realidad)
Dado que la interpretación mitrista, por razones políticas, es la que ha alcanzado mayor influencia y difusión, debemos centrar en ella la cuestión y preguntarnos, desde el vamos, si ese Mayo, que pretendidamente elitista y proinglés, merece la veneración como expresión de colonialismo. Esto implica, asimismo, interrogarnos acerca de si la revolución, tal como ocurrió realmente, tiene que ver con la "historia oficial" o si ésta es simplemente una fábula impuesta por la ideología dominante para dar fundamento, con los hechos del pasado, a la política de subordinación y elitismo presente.
¿Revolución separatista y antihispánica?
Haciendo de cuenta que esta fábula sea así, en el Cabildo Abierto, a punto de nacer una nación que rompe con España en un sentimiento antiespañol, alguien se adelanta y dice en voz alta: "¿Juráis desempeñar lealmente el cargo y conservar íntegra esta parte de América a nuestro soberano Don Fernando Séptimo y sus legítimos sucesores y guardar puntualmente las leyes del Reino? – Si, lo juramos!," contestan los miembros de la Primera Junta.
Entonces, ¿qué es esto de una revolución antiespañola que se hace en nombre de España?
Ni un día habrñia durado la Junta en el caso de una "traición" tan manifiesta si el movimiento hubiese sido separatista, antiespañol y probritánico. Por ejemplo, uno de los vocales presentes en la jura, Juan Larrea, resulta que es un dirigente de una supuesta revolución antiespañola y es.....¡español!; y es más, Manuel Belgrano, no era español pero había pasado gran parte de su juventud y nutrido sus conocimientos en España.
Para figurar esto, durante varios años, los ejércitos enemigos (que San Martín llama siempre "realistas –por su apoyo a la realeza española-, chapetones o godos, pero nunca españole) enarbolando bandera española como si se tratase realmente de una guerra civil entre bandos de una misma nación.
¡Los activistas French y Berutti repartían estampas con la efigie del Rey Fernando VII en los días de mayo!
Lo que destroza la fábula de una revolución separatista y antiespañola es la incorporación de San Martín en 1812. ¿Quién era San Martín? Se trataba de un hijo de españoles que había cursado estudios y realizado su carrera militar en España. Al regresar al Río de la Plata –de donde había partido a los siete años (nota: mucho no recordaría de su infancia en Yapeyú) era un hombre de 34 años, con 27 de experiencias vitales españolas, desde el lenguaje, las costumbres, el bautismo de fuego, etc...
Es decir que el San Martín que regresó en 1812 era un español hecho y derecho y no venía a pelear contra la nación donde había pasado casi toda su vida.
Lo que hay que tener en cuenta, y que permanece bastante en la oscuridad, es que en 1810 encontramos en España dos realidades: las Juntas Populares y una España absolutista (de la corona).
La historia hispanoamericana en su conjunto, se encuentran casi siempre diversos pronunciamientos revolucionarios que culminan en declaraciones de "lealtad a Fernando VII". La Junta creada en Chile en 1810 reafirmó su lealtad a Fernando VII. El 19 de abril de 1810 se constituyó en Caracas "La Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII". Salvo en México, por la fuerte presencia indígena, se podía encontrar un clima para el antihispanismo, donde los revolucionarios estaban divididos entre los que respetaban el nombre de Fernando VII y los que directamente planteaban la independencia.
En 1809, en La Paz, un escibano Cáceres y un chocolatero Ramón Rodríguez se encargaron con otros hombres de apoderarse de la torre de la catedral y tocar a rebato la campana para reunir al populacho. La revolución se hizo con gran desorden, siempre a los gritos de "¡Viva Fernando VII, mueran los chapetones". El 11 de septiembre, Murillo sostiene: "La causa que sostenemos, ¿no es la más sagrada? Fernando, nuestro adorado rey Fernando, ¿no es y será eternamente el único agente que pone en movimiento y revolución todas nuestras ideas?"
Queda claro que todo se trataba de una disputa por la hegemonía del poder entre la nobleza y la burguesía. La guerra no fue entre hermanos, una guerra civil, tampoco por razas, sino por partidos políticos.
No existe entonces, fundamento histórico alguno para caracterizar a la Revolución de Mayo como movimiento separatista y por ende proinglés. Tampoco es cierto que su objetivo fuese el comercio libre por cuanto éste fue implantado por el virrey Cisneros el 6 de noviembre de1809.
Esta versión histórica resulta el punto de partida para colonizar mentalmente a los argentinos y llevarlos a la errónea conclusión de que el proceso obedece a la acción de "la gente decente, especialmente si ésta es amiga de ingleses y yanquis, al tiempo que enseña a abominar a las masas y el resto de América Latina.
Impuesta en los programas escolares, sostenida por los intelectuales y por los medios de comunicación del sistema, que difunden las ideas de la clase dominante, vaciada de la lucha popular.
La revolución en España: de la liberación Nacional a la Revolución Democrática
Alberdi señalaba que la Revolución de Mayo debía relacionarse necesariamente con la insurrección popular que estalló en España en 1808: "La Revolución de Mayo es un capítulo de la revolución hispanoamericana, así como ésta lo es de la española y ésta, a su vez, de la revolución europea que tenia por fecha liminar el 14 de julio de 1789 en Francia".
La España de carlos IV y su hijo Fernando VII ha sido invadida por los ejércitos franceses y ante la prepotencia extranjera se alza el pueblo español un 2 de mayo de 1808. Así se crean las organizaciones regionales con el nombre de "Juntas" que coordinan una dirección nacional en la Junta Central de Sevilla. Ese estallido popular y lucha de liberación nacional, comienza a profundizar sus reivindicaciones ingresando al campo social y político(el derecho del pueblo a gobernarce por si mismo).
La revolución nacional española se convierte en revolución democrática. La Junta de Galicia, impone fuertes impuestos a los capitalistas, ordena a la Iglesia que ponga sus rentas a disposición de las comunas y disminuye los sueldos de la alta burocracia.
Mientras se sufría la invasión francesa, paradójicamente la presión de las ideas que se expanden en Europa son aquellas banderas de la Revolución Francesa, inclusive en la invadida España. Esas ideas de "libertad, igualdad y fraternidad" son retomadas en España y desarrolladas. Así es como, mientras las intrigas palaciegas de Carlos IV y su esposa mostraban la decadencia, el pueblo encuentra a Fernando VII, que se había manifestado contra sus padres, y toma esos ideales franceses convirtiéndose en el líder de la regeneración hispánica, en Europa y en América.
Las variantes del liberalismo
Sin embargo, una diferencia sustancial impide asimilar la situación española a la francesa de pocos años atrás: la inexistencia en España de una burguesía capaz de sellar la unidad nacional, consilidar el mercado interno y promover el crecimiento económico. Esa carencia se ve también en América, y provoca que aquel liberalismo nacional y democrático de la Francia del 89, sufre en España y América una profunda distorsión. Tanto en la revolución española de 1808 como en los acontecimientos de 1810 en América, se observa el desarrollo, al lado del liberalismo auténticamente democrático, nacional y revolucionario, el desarrollo también de un liberalismo oligárquico, antinacional y conservador.
Ambas expresiones que del liberalismo se enfrentarán a lo largo de nuestra historia: una auténticamente revolucionaria, que quiere construir la nación y el gobierno popular como se ve en Moreno, Dorrego y José Hernández; y la otra expresión, directa de los intereses británicos que aspira a convertirnos en factoría agrícola. Para ver como se expresa en la historia, ese liberalismo democrático y nacional, en sus luchas se autoproclama como nacionalismo popular.
Ese nacionalismo popular perseguía sus objetivos no sólo dentro de la patria chica sino a nivel Latinoamericano, encarnado en San Martín, Artigas y Bolívar. En cambio el liberalismo oligárquico sustenta un proyecto elitista, secesionista, porteñista, antilatinoamericano. Para Mitre, la patria será Buenos Aires. Para José Hernández la Argentina será apenas una "sección americana" de la Patria Grande a construir.
Para el liberalismo oligárquico lo importante son las formas exteriores y no el contenido. Por eso diserta sobre la división de poderes mientras envía expediciones represoras para aplastar las protestas de los pueblos en el interior, como Mitre (nota: tal es el caso del levantamiento de las montoneras en el noroeste argentino). En cambio para el liberalismo democrático popular y nacional es aquel de los caudillo que expresan a las masas populares.
La revolución en América: de la Revolución Democrática a la Liberación Nacional
El hervor revolucionario desatado en España desde 1808, a partir de la llegada al trono de los Borbones, iniciándose un proceso peculiar de liberalización y aflojamiento; el trato se tornaba cada vez más semejante al que la corona tenía con las propias provincias españolas. Más que de España y sus propias colonias, podía hablarse de la nación hispanoamericana, que se hubiese consolidado si triunfaba la revolución burguesa.
El 22 de enero de 1809, la Junta Central dice: "los virreynatos y provincias no son propiamente colonias o factorías, como las de otras naciones, sino una parte esencial e integrante de la monarquía española".
Para explicar lo que pasó en América: los sectores populares se levantan en España contra el invasor, organizándose en Juntas Populares; esas Juntas asumen, en la lucha misma, no sólo la reivindicación nacional sino también la democrática, expandida por la Revolución Francesa.
Este movimiento asume como referente a un hombre prisionero del invasor (Fernando VII) que tiene derecho a gobernar España por legalidad monárquica, pero se manifiesta, desde su reclusión, como abanderado de las ideas democráticas, y hace saber a las tierras de América que no son colonias sino provincias con igualdad de derechos. Y convoca a los pueblos americanos a que se organicen en Juntas (28 de febrero de 1810).
América reacciona organizando Juntas que desplazan a la burocracia ligada al absolutismo que ha caído en España. Pero las Juntas de América no tienen frente a ellas al ejército francés, sino apenas su amenaza. De tal modo, la cuestión nacional no nutre, desde el principio, su contenido ideológico (nota: no existía el sentido de nacionalismo sino que era un acompañamiento al proceso español).
Se consideraba a estas tierras no como colonias sino como una extensión de España. Los indios no conformaban una nación ya que política e idiomáticamente eran comunidades separadas, siendo un pueblo sometido y oprimido por los colonizadores españoles. La opresión no era de un país extranjero sobre un grupo racial y culturalmente distinto sino de un sector social sobre otro dentro de una misma comunidad hispanoamericana. Era una lucha del campo popular contra el absolutismo monárquico.
Alberdi decía: "La revolución en América fue un momento de la revolución española".
El 19 de abril de 1810, un cabildo extraordinario reunido en Caracas, resuelve constituir una junta provisional de gobierno a nombre de Fernando VII con el objeto de conservar los derechos del rey en la capitanía de Venezuela.
Como un reguero de pólvora, la revolución se expande en pocos meses por Hispanoamérica, a través de Juntas a nombre de Fernando.
Manuel Ugarte explicaba la cuestión de los españoles americanos de la siguiente manera: "Ningún hombre logra insurreccionarse contra su mentalidad; españoles fueron los habitantes de los primeros virreynatos y españoles siguieron siendo los que se lanzaron a la revuelta. ¿Cómo iban a atacar a España los mismos que en beneicio de España habían defendido, algunos años antes, las colonias contra la invasión inglesa?".
La nueva burguesía comercial
En los años previos a la revolución, se consolidó en Buenos Aires un grupo comercial de nuevo tipo, distinto al tradicional que se cobijaba en el monopolio establecido por la Ley de Indias. Lo integraban comerciantes que operaban al margen de las leyes, contrabandistas por lo general, cuyas posibilidades de enriquecimiento se vieron favorecidas por el debilitamiento del viejo sistema colonia, (la alianza entre España e Inglaterra, de la cual derivan concesiones a los ingleses para operar en el puerto de Buenos Aires en el tráfico de esclavos favoreció sus negocios, estimulados por la apertura del comercio sancionada por el virrey Cisneros. La relación con los ingleses, como también el desarrollo capitalista en Europa, provoca un fuerte crecimiento de la actividad comercial que se canaliza pro nuevas vías.
Resulta así una nueva burguesía comercial, de pronunciada tendencia probritánica, liberal, aventurera e inescrupulosa en razón de su origen ilegal, capaz de generar un Rivadavia primero, y más tarde un Mitre.
Hacia 1810 residían en Buenos Aires 124 familias inglesas dedicadas en su mayoría al comercio. En 1809 Cisneros sancionó el libre comercio, y 17 embarcaciones inglesas esperaban en el puerto para descargar sus mercancías.
Esta burguesía se veía amenazada por la legislación española, que llevaba al Cabildo a sostener (en 1809) "que los ingleses por sí no han de poner en esta ciudad casas de comercio, almacenes ni tiendas, ni se les puede tolerar introducir ropas, muebles de casa, ponchos, frazadas, etc.."; por otro lado tenían la instauración de un comercio libre que se dificultaba por los altos aranceles a la importación. Cisneros había flexibilizado también las medidas dándoles un plazo de cuatro meses para que concluyan sus negocios pendientes, plazo que vencía el 17 de abril de 1810, prorrogado por un mes más; hasta que la Primera Junta dejó sin efecto la disposición permitiéndoles la radicación, cosa que explica el alborozo inicial de este sector ante la revolución.
La pequeña burguesía
En esa sociedad, donde estaban por un lado los dueños del poder y la riqueza, y del otro los esclavos, peones y jornaleros, se fue conformando una pequeña burguesía integrada por profesionales (abogados mayoritariamente), empleados (de comercio o de oficinas de gobierno), algunos artesanos y estudiantes que jugarían un importante papel en Mayo. Hijos de españoles en su mayoría, se sienten arrastrados por las nuevas ideas y convierten su disgusto por el sofocamiento en que viven, en violento reclamo de una democracia participativa, ésa que los franceses enarbolaron en 1789 y que le pueblo español trata de levantar durante la invasión. En ese sector social se encuentran médicos, como Cosme Argerich, los abogados Castelli, Paso, Moreno, Belgrano y Chiclana entre otros; empleados como French, Berutti y Donado; y sacerdotes, como el padre Grela y Aparicio.
Los días previos
A principio de 1810 se produce en España un nuevo paso hacia el eclipse de la revolución nacional-democrática: la Junta Central se disuelve y surge en su reemplazo el Consejo de Regencia. Este acontecimiento pone en evidencia la debilidad de las fuerzas revolucionarias españolas, ya no sólo frente al invasor francés que domina casi todo el territorio hispánico, sino también en el interior del frente nacional donde prevalecen sectores moderados y de derecha expresados en el nuevo organismo gubernativo.
Estos sucesos constituyen el detonante que lanza a los americanos a la revolución. El espíritu de la España de las Juntas ha inundado estos territorios y ahora ya no basta mantenerse expectantes respecto a los cambios que se produzcan en la península, sino que es necesario enarbolar alto las banderas puesto que un doble peligro acecha: la imposición de un poder francés y la restauración del absolutismo español. El consejo de Regencia, más que la presencia de la revolución, constituye ya una muestra de su probable derrota. Y esto conduce, en América, a organizarse en Juntas, como lo ha propuesto la Junta Central ahora disuelta: constituir un poder popular capaz de hacer frente a la dominación francesa y al absolutismo que amenaza con renacer aunque manteniendo el vínculo con los revolucionarios españoles a través de la subordinación del rey cautivo.
Alrededor del día 20 de mayo, las noticias llegadas de España (disolución de la Junta Central y constitución del Consejo de Regencia) precipitan los acontecimientos. El viejo mundo declina y ya carece de autoridad para sostenerse. El frente nacional avanza exigiendo la convocatoria a un Cabildo Abierto para proceder a defenestrar al virrey y nombrar un nuevo gobierno que sea expresión de la voluntad popular. Ese día, ante la presión social que se percibe cada vez con mayor intensidad, el alcalde de primer voto, Léxica, y el síndico Leiva le informan al virrey que existe un creciente malestar y le solicitan la reunión de un Cabildo Abierto, es decir, con la concurrencia amplia de vecinos. El 21 de mayo, cuando el Cabildo está reunido en sesión ordinaria, la presión popular se acentúa: "apenas comenzada la sesión, un grupo compacto y organizado de seiscientas personas, en su mayoría jóvenes que se habían concentrado desde muy temprano en el sector de la Plaza lindero al Cabildo, acaudillados y dirigidos por French y Berutti, comienzan a proferir incendios contra el virrey y reclaman la inmediata reunión de un Cabildo Abierto. Van todos bien armados de puñales y pistolas, porque es gente decidida y dispuesta a todo riesgo. Actúan bajo el lema de Legión Infernal que se propala a los cuatro vientos y no hay quien se atreva con ellos".
Esta plebe enardecida simboliza sus aspiraciones revolucionarias luciendo como emblema en el sintillo del sombrero el retrato de Fernando VII (nota: ¿y las escarapelas?), de pequeño tamaño, grabado sobre papel, y en el mismo sombrero o en el ojal de la casaca una cinta blanca en señal de unión entre americanos y españoles. Es el distintivo que imponen French y Berutti como representativo de la causa y lo distribuyen a todos los que transitan por allí.
Domingo French era un hombre que comenzó a ganarse la vida como asalariado del Convento de la Merced y en 1802 consiguió en la Administración de Correos, el puesto estable de "cartero único", empleo que le reportaba un estipendio de medio real y lo msmo por cada pliego o carta entregada a su destinatario en mano. Se incorporó a la milicia y fue teniente, luego sargento mayor, y después de las invasiones inglesas quedó como cabecilla de prestigio entre los milicianos criollos.
Antonio Luis Berutti, era un empleado público que desde hacía diez años ocupaba un puesto como oficial de segunda en las Cajas de Tesorería de Buenos Aires. Ambos, French y Berutti, son los agitadores que nuclean y dirigen a los activistas, "esos chisperos de los arrabales".
El Cabildo Abierto del 22 de Mayo
Aquel histórico Cabildo Abierto fue, según la vieja fábula escolar, una reunión de "la gente decente", de "los vecinos respetables" (una buena manera de formar en los alumnos en esa idea de que sólo las minorías selectas pueden hacer la Historia). También resultó una reunión donde se guardaron buenos modales y maneras respetuosas y donde el disenso se dirimió en el alto nivel de las ideas (también una buena manera de difundir en los alumnos la idea de que sólo a través de la persuasión y de la intrincada polémica jurídica es posible lograr los cambios sociales). Como se comprende, los hechos ocurridos se hallan demasiado lejos de estas presunciones de tía ingenua y pacata.
Se incorporan "fraudulentamente" personas que no debían concurrir a tan importnte evento, "entre ellos muchos pulperos, muchos hijos de familia, talabarteros, hombres ignorados" y un testigo agrega con escándalo "ese número y esa clase de gente decidieron en congreso público de la suerte de todo el virreynato, con miras de decir América".
Así, pues el Cabildo Abierto estaba muy lejos de recoger la opinión del "vecindario pudiente", como se ha dicho tantas veces. Por el contrario, su composición se democratizó profundamente y de ahí el resultado de la votación. Dos parecen haber sido las formas de ingreso de los hombres del pueblo al cónclave de "vecinos". Una, "que la imprenta de Niños Expósitos, donde se hizo la impresión de las tarjetas, estaba a cargo de Agustín Donado, (uno de los chisperos que acompañaba a French) y esto permitió obtener subrepticiamente las esquelas necesarias para distribuirlas entre los partidarios". Otra, la acción de los grupos de choque apostados en las esquinas del Cabildo que mientras amenazaban a los grandes señorones mandándolos de vuelta a sus casas, facilitaban el ingreso a los amigos de la revolución. En la imagen idílica de los "democráticos" modelada por la historia mitrista, disuena con la intervención de la trampa o la fuerza, pero sin embargo, quienes tomaron la Bastilla en la Francia de 1789 para enarbolar los Derechos del Hombre eran seguramente mucho menos amables y moralistas que los nuestros. De nuevo, pues el pueblo, pariendo la revolución.
No hay pues medulosos cambios de ideas, ni buenos modales, ni patricios respetables polemizando únicamente, con sesudos abogados, sino un grupo de privilegiados dispuestos frenéticamente a resguardar con uñas y dientes sus fortunas y su posición social, frente a otro grupo, intrépido y fogoso, animado por el espíritu de la revolución.
Castelli afirmaba: "Aquí no hay conquistados ni conquistadores, aquí no hay sino españoles los españoles de España han perdido su tierra. Los españoles de América tratan de salvar la suya. Los de España que se entiendan allá como puedan... Propongo que se vote: que se subrogue otra autoridad a la del virrey que dependerá de la metrópoli si ésta se salva de los franceses, que será independiente si España queda subyugada". La independencia aparece así planteada como una eventualidad futura, en función de los acontecimientos que se desarrollen en España, ratificando de este modo el carácter democrático y no separatista, como objetivo en sí mismo, por parte de los revolucionarios.
La votación en el Cabildo Abierto
El 22 de mayo votaron finalmente 225 personas, 69 se pronunciaron a favor del absolutismo, es decir, por la continuación de "El Sordo" Cisneros como virrey. Una treintena de votos "pro virrey" se alineó con Manuel José Reyes. Otros treinta que apoyaron esta idea, pero bajo el lema "no innovar" eran grandes terratenientes como José Martínez de Hoz, de importante fortuna quien comenzó su propio aporte con la construcción de la Iglesia del Socorro.
En esos sesenta y tantos de votos están reunidos los más poderosos intereses comerciales y financieros nacidos al calor del absolutismo y entrañablemente ligados a la burocracia virreynal. Después de Mayo, sufrirían confiscaciones y destierros, pero lograrán mas tarde reinsertarse en la sociedad, mediante el comercio libre y la "amistad" con los ingleses".
La trampa absolutista
El Cabildo Abierto se prolonga mientras se insisten con los largos fundamentos en los votos. Pero algunas cosas comienzan a alarmar a las filas revolucionarias. El sacerdote Bernardo José Antonio de la Colina, cuñado del síndico Leiva, propone que el virrey sea mantenido en su puesto y que se le sumen cuatro individuos, "uno de estado eclesiástico, otro militar, otro profesor de derecho y el último de comercio", todos elegidos por el Cabildo Abierto. Mariano Moreno estaba informado de la confabulación entre Leiva, el Virrey y con los conservadores para detener el movimiento revolucionario. La maniobra del sacerdote era evidente: un nuevo gobierno, pero encabezado por el mismo Virrey y acompañado por lo más conservador del Cabildo. Corría para esto, el 23 de mayo, Moreno denuncia la maniobra y se alinea a partir de allí al grupo de los "chisperos".
Pero, ¿quién es Mariano Moreno?
Nació en 1779 y su adolescencia estuvo marcada por la Revolución Francesa. Viaja a España para convertirse en cura, pero regresa a Buenos Aires con el título de abogado y con nuevas inquietudes ideológicas, políticas y sociales que no lo abandonarán. La lucha por la libertad y la democracia le entusiasma, y la Revolución Francesa lo enfervoriza, incluso tiene cierta simpatía con esa Inglaterra que está gobernada en cierto modo por un pueblo que ejercita sus derechos. Igualmente no cae en la ingenuidad de que aquellos que arribaron en las Invasiones Inglesas serán compañeros de la revolución de mayo de 1810.
Volviendo a la trampa del 23 de Mayo, la prevención de Moreno es justificada ante la maniobra de Leiva que funciona bien. El síndico seguramente se ha ofrecido a uno y a otro de los bandos en pugna como el hombre capaz de alcanzar la conciliación y evitar el enfrentamiento armado, pero jugando, en última instancia, la carta absolutista dirigida a resguardar el viejo orden. Colocado en el centro de los sucesos, como asesor del Cabildo y del Virrey, Leiva debió percibir que existía todavía una relación de fuerzas tal que permitía "cambiar algo para dejar todo igual" y en este intento, ciertos hechos permiten suponer un guiño del coronel Saavedra.
Al fin de la jornada, el Cabildo decide comunicarle al Virrey su separación del mando, pero inmediatamente, afirma que siendo atribución del Cabildo la designación del nuevo gobierno, decide constituirlo siguiendo la propuesta del cuñado de Leiva, De la Colina: es decir, un sacerdote (Solá); un comerciante (Incháurregui); un militar (Saavedra) y un abogado (Castelli) como asociados al virrey Cisneros a la cabeza del gobierno. De este modo, el Cabildo que determina la separación del Virrey del gobierno.....nombra al Virrey al mando del mismo! La traición es pública y vergonzosa y solo tiene alguna viabilidad si la fuerza militar le da apoyo. Todos los ojos miran al Jefe de Patricios.
Pero, ¿quién es Cornelio Saavedra?
Por su origen social, Saavedra es un hombre apegado al orden, respetuoso de las jerarquías y con una personalidad donde la audacia brilla por su ausencia. Era un hombre conservador y de tradiciones aristocráticas, mimado en el seno de la clase más vanidosa de los españoles. Su comportamiento en Mayo justifican lo dicho. Por otra parte, el coronel Martín Rodríguez señaló que la maniobra del Cabildo era "una traición contra el pueblo, y se lo reducía al papel de idiota". Rodríguez advierte que él no podrá frenar a su tropa y Leiva interviene aduciendo que Saavedra tendrá un papel importante. Pero Rodríguez insiste: "Si nosotros nos comprometemos a sostener esa combinación que mantiene en el gobierno a Cisneros, en muy pocas horas tendríamos que abrir fuego contra nuestro pueblo, nuestros mismos soldados nos abandonarían; todos sin excepción reclaman la separación de Cisneros". El tibio Saavedra interviene diciendo que "la agitación del pueblo y los cuarteles es alarmante". Gregorio Tagle, en la derecha absoluta, dice que la única garantía de gobierno es la presencia de Castelli junto a Saavedra, quien aceptará integrarse "por vanidad de hombrearse con el virrey".
Los hombres de Castelli, comienzan a pasarse al bando de Moreno, que prefirió alejarse todo lo posible de la maniobra del Cabildo. Castelli podría haber sido la cabeza revolucionaria hasta ese momento, pero todo recayó en Moreno.
Desde la contrarrevolución nos ofrecen este admirable retrato de French: "Uno de los Morenos, ingrato por excelencia, cobarde sin compasión, inepto, inmoral, hombre de todos los partidos y consecuente con ninguno, French, olvidándose de sus compromisos y halagando las pasiones de Moreno a quien él llamaba "el sabiecito del sur", se verá coronel del regimiento de América como que convenía a llenar las ideas de Moreno, en estas circunstancias en que ya el secretario Moreno se había arrastrado a la multitud...ese Moreno, para quien ya todos somos iguales, máxima que vertida así en la generalidad ha causado tantos males".
Pancho Planes, odiado por los absolutista por su pasión revolucionaria, enemigo acérrimo de Rivadavia y partidario de Dorrego, dio todas sus energías a la Patria y murió en la pobreza, cayó en la lápida del silencio con que la historia oficial condena a los amigos del pueblo. Antonio Luis Berutti, que se había educado en España saltó desde su empleo en las Cajas de Tesorería directamente a la revolución, junto a French para acaudillar a los chisperos. Morenista convencido, sufrió destierro después del golpe del 5 y 6 de abril de 1811, al igual que French y el resto de los seguidores de Moreno.
Son estos hombres, orientados por Moreno, quienes indignados ante la maniobra del Cabildo y el intento de burlar la voluntad popular, inician la movilización de repulsa desde la medianoche del 23 y durante el 24. Son ellos quienes logran torcer el brazo del absolutismo y frustrar la trampa reaccionaria orquestada por el Cabildo y el síndico Leiva.
A las tres de la tarde del día 24 se lleva a cabo el juramento de la Junta tramposa presidida por Cisneros, pero una atmósfera tensa gana ya la ciudad. El algunos sectores cunde la agitación que anuncia el estallido. Aquí y allá los bandos pegados por orden del Cabildo, son arrancados por gente del pueblo.
Este accionar en las calles y en los cuarteles produce inmediato efecto. "Toda oficialidad de Patricios, encabezada por los coroneles Rodríguez, Terrada, Romero, Vives, Castex y muchísimos otros militares, se presentó en el Fuerte esa misma noche y todos a una voz le declararon al coronel Saavedra que no acatarían las órdenes del Virrey, no otras cualesquiera que se les diesen permaneciendo éste en la presidencia de la Junta, a no ser que Cisneros renunciase públicamente al mando de las fuerzas militares y que este mando se transmitiese a Saavedra". Así, es que durante todo el 24 los revolucionarios sostienen la idea de utilizar la violencia armada y se presiona sobre Saavedra.
Se convoca urgentemente a una reunión de la flamante Junta y allí Saavedra, haciéndose intérprete del reclamo de los jefes, y Castelli, en representación de la turbulencia popular que se acentúa, le informan al virrey que es voluntad del pueblo su deposición irrevocable y que ambos renuncian a la Junta que el Virrey pretende presidir. Cisneros, irritado, ofrece objeciones pero se convence de que no tiene otro camino. Se disuelve la Junta el 24 a la noche.
Los absolutistas juegan su carta convocando urgentemente a un nuevo Cabildo para decidir rápidamente la suerte del gobierno. Por esa razón, en la noche del 24 al 25 de mayo, nadie duerme tranquilo en Buenos Aires. Hay quienes están de vigilia discutiendo el posible curso de los acontecimientos. Hay quienes se mantienen insomnes porque el miedo se les ha metido en las almohadas. Y hay también los que urden, maniobran, tejen nuevos planes para jugar la última carta en defensa de sus privilegios.
La toma del poder
En las primeras horas de la mañana del 25 de mayo se perciban y a los ajetreos en el Cabildo dirigidos a la importantísima reunión de ese cuerpo que se producirán poco después. Pero la plaza ya no está sola. Diversos grupos se mueven en las esquinas. Ahí están los "chisperos" con su gente y ya no llevan "cintas blancas al sombrero y casacas¸ porque si aquellas blancas significaban unión, éstas rojas de ahora significan guerra (ni antes del 25 ni en ese mismo día hay constancia alguna de que hubiesen existido cintas celestes y blancas de las que habla Mitre, quien jamás indicó la fuente de donde tomo dato tan extraño y que, sin embargo, durante décadas se ha considerado auténtico).
El frente nacional democrático ha derrocado al absolutismo. El poder ya no será ejercido por el Virrey sino por una Junta emanada de la voluntad popular cuyos integrantes juran ya "desempeñar lealmente el cargo y conserva íntegra esta parte de América a nuestro Soberano, Don Fernando VII y sus legítimos sucesores y guardar puntualmente las leyes del Reino".
Desde el principio no hay un solo "Mayo" con perfil indiscutido e inequívoco, sino diversos "Mayos" que muy pronto entrarán en colisión. El Mayo revolucionario de los "chisperos y de Moreno, expresión de la pequeña burguesía jacobina que arrastra a diversos sectores sociales desheredados (peones, jornaleros, artesanos, pobres) y que bregará con Castelli en el norte, tiempo después, por la liberación del indio. El Mayo timorato y conservador de cambios económicos y sociales importantes, expresión de un importante sector de la fuerza armada y que, más allá de la mayor o menor conciencia de don Cornelio, expresa el temor de los propietarios ante la turbulencia popular. Y finalmente el Mayo librecambista, antiespañol y probritánico, el que exalta Mitre y como hará luego Rivadavia, el del "Partido de los Tenderos", de esa burguesía comercial portuaria, criolla e inglesa que jugará por tiempo apoyando al saavedrismo, hasta alcanzar el poder a través de sus propios hombres.
Por esta razón, acentuando la óptica sobre uno de los sectores intervinientes, Mitre pudo fabricar su Mayo liberal, elitista, proinglés, realizado por la gente decente con paraguas, cuyo programa era la Representación de los Hacendados y su objetivo incorporarse a Europa. Así también el revisionismo nacionalista de derecha aceptó, sin mucho entusiasmo, el mayo rupturista de España pero lo signó con un perfil conservador al colocar a Saavedra como principal figura opuesta al presunto iluminismo de Moreno. Nosotros consideramos que el pueblo es el protagonista de la historia, nos quedamos con el Mayo de Moreno y los chisperos, con la revolución auténtica y profundamente democrática, reivindicadora del esclavo y del indio, defensora por sobre todo de los derechos del pueblo y forjadora de una sociedad nueva donde imperen la libertad, la justicia y la igualdad reales en una Patria Grande, libre de toda intromisión extranjera.
Fuente: Centro Cultural "Enrique Santos Discépolo", Cuadernos para la Otra Historia
Apuntes
sobre la Revolución de Mayo
Por José Pablo Feinmann
¡Cuántos puntos de vista hemos trazado sobre la Revolución de Mayo! ¿Tendrá
sentido seguir discutiendo? ¿Qué discutimos? Puedo decir qué discutía yo en
1975 cuando escribí Filosofía y Nación y fui duro y crítico con Moreno y los
suyos. Durante esos días, la organización político-militar Montoneros se
había trenzado en una guerra aparatista –al margen de todo apoyo de masas;
al margen, también, de todo intento de recurrir a ellas– con los grupos
terroristas de la derecha del peronismo, respaldada por el aparato del
Estado que presidía Isabel Martínez de Perón bajo los mandatos de José López
Rega. Las discusiones que sosteníamos eran de superficie. No sé si en la
Orga se discutiría algo o se sometería todo a la conducción de Firmenich,
Perdía y Vaca Narvaja. Años después, Perdía habría de reconocer que el
“pasaje a la clandestinidad” fue el error más grande de la Orga. Fue uno de
los tantos, pero determinó la militarización y el accionar violento, la
criminalidad indiscriminada, el alejamiento total de las masas, de la
población y, sobre todo, del sentimiento popular, que no era el de una
guerra de muertes incesantes, muchas inexplicables, o de simples policías a
los que –en su totalidad– se había condenado a morir donde se los
encontrara. En esta coyuntura atroz se discutió la alternativa a la opción
por los fierros, que, como siempre, fue la opción por la política. Pero no
hay política en medio de las balas. Y tampoco hay masas ni población que se
acerque a algo o que salga con cierta tranquilidad de su casa. Era,
Montoneros, la vanguardia armada. No necesitaba del pueblo y el pueblo, para
la vanguardia, siempre está al margen de la comprensión profunda de la
historia. Puesto a escribir sobre la Revolución de Mayo no me fue difícil
llegar a un trazado de historias con similitudes conceptuales, que ayudaran
a la comprensión. Moreno y sus amigos eran la vanguardia ilustrada de Buenos
Aires. No voy a comparar a Moreno y a Castelli con Firmenich y Perdía, pero
la política se hace con los fierros o se hace con los pueblos. Moreno y
Castelli no estaban extraviados y posiblemente fueran personajes trágicos,
que le pedían a su tiempo algo que no podía entregarles. Grave error
político. Un gran músico o un gran escritor puede –según suele decirse–
“adelantarse a su tiempo”, pagará su gesto con la soledad y la
incomprensión. Estos precios no los puede pagar un revolucionario. Salvo al
costo de no hacer una revolución y quedar para la posteridad como un tipo
bárbaro, lleno de buenas intenciones, pero fatalmente derrotado por
mediocres que no volaban tan alto como él. ¿Pasó esto con Moreno?
Concedo, si quieren, que Moreno era un enemigo del Imperio Británico.
Concedo que, en alta mar, según sugiere su hermano Manuel y afirman quienes
hacen de Mariano un revolucionario, lo envenenó el capitán de la nave por
órdenes del saavedrismo “reaccionario” o del mismísimo Imperio contra el que
bravamente había luchado. Confieso que el Plan de operaciones es un gran
texto político y que con gusto lo aplicaría hoy mismo en la Argentina.
Imagínense: “Centralización de la economía en la esfera estatal,
confiscaciones de las grandes fortunas, nacionalización de las minas, trabas
a las importaciones suntuarias, control estatal sobre el crédito y las
divisas, explotación por el Estado de la riqueza minera” (J. P. F.,
Filosofía y Nación, p. 36 de la edición de Legasa de 1986. El libro se
publicó en 1982. Lo iba a publicar Amorrortu en 1976. Por supuesto no lo
hizo). Y luego, en la parte económica del Plan, Moreno propone una de sus
medidas más osadas: “Se verá que una cantidad de doscientos o trescientos
millones de pesos, puestos en el centro del Estado para la fomentación de
las artes, agricultura, navegación, etc., producirá en pocos años un
continente laborioso, instruido y virtuoso, sin necesidad de buscar
exteriormente nada de lo que necesite para la conservación de sus
habitantes, no hablando de aquellas manufacturas que, siendo como un vicio
corrompido, son de un lujo excesivo e inútil, que debe evitarse
principalmente porque son extranjeras y se venden a más oro de lo que
pesan”. Sería fascinante traerlo a Moreno al presente argentino. Decirle,
por ejemplo, que, en 2008, un gobierno nacional, democrático, perteneciente
al partido de masas más grande del país y de América latina, intentó meter
levemente su mano en el bolsillo de los señores de la tierra, no
confiscarles su propiedades, no controlar el crédito, no nacionalizar nada,
sino meramente retenerles un 3 por ciento de la renta de la que gozan y
estalló la patria indignada. Tanto, que el gobierno tambaleó y si se mantuvo
aún nadie sabe bien por qué, acaso porque esos mismos que quieren tirarlo
tienen, a la vez, terror de gobernar el país con la gente que cuentan entre
bobos traidores y malandras pendencieros.
Moreno parecía no comprender acabadamente una regla de oro de las
revoluciones: nadie hace una revolución sin una base revolucionaria. Si
pretendía ser un jacobino tenía que preguntarse –ante todo– si contaba con
una burguesía revolucionaria. Jacobino sin burguesía gira locamente en el
aire. Tenía, en Buenos Aires, a los que buscaban comerciar libremente con
Gran Bretaña (y ya lo hacían a través del contrabando). A los comerciantes
españoles, cada vez menos representativos. Y a los ganaderos bonaerenses,
que buscaban exportar y miraban a los países del desarrollo europeo. Esto es
tan sencillo que nada les ha costado verlo a Mariátegui, Milcíades Peña o
José Luis Busaniche. El país tenía que salir de la órbita española. Había
que echar de América a ese imperio decadente, inútil. El Plan tiene muchas
concesiones a los ingleses. Si quieren no las vemos. Pero, ¿con qué poder
pensaba Moreno hacer lo que proponía ese Plan? Puede conmovernos como
Guevara en Bolivia. Pero no llevarnos a decir que la de Mayo fue una
Revolución. Castelli puede conmovernos a orillas del lago Tiahuanaco, lugar
al que convoca a las comunidades indígenas de la provincia de La Paz, a poca
distancia del Titicaca. Claro que rechazamos la broma fascista de Hugo Wast
que les hace decir a los indios una burrada infame como respuesta al
discurso del orador de Mayo: “¿Qué preferís? ¿El Gobierno de los déspotas o
el de los pueblos? Decidme vosotros qué queréis”. Y los indios:
“¡Aguardiente, señor!”. Pero aun rechazando la injuria, la tomadura de pelo
racista, era cierto que los indios no entendían el idioma de Castelli ni
éste el de ellos. Es como Inti Peredo aprendiendo quechua en medio de la
selva boliviana. O hablándoles a los campesinos de la Revolución Cubana. Lo
que lleva a Guevara a confesarse que los campesinos lo miran con una mezcla
de incredulidad y temor.
Lo que hizo Moreno fue introducir en el Plata la Razón Iluminista. Esta
razón se centra en Buenos Aires y se desplegará desde ahí. Desde este punto
de vista (salvo el interregno “bárbaro” de Rosas) será la razón occidental,
la razón del tecnocapitalismo, la razón instrumental, la que triunfará en el
Plata como triunfa en todo el mundo colonial. El único sentido lateral que
hubo en este país ante esa racionalidad conquistadora fue el de las masas
federales. (¿Por qué no Artigas antes que Moreno? ¿Por qué regalárselo a los
uruguayos, si hasta muchos de ellos dicen que fue el más grande de los
caudillos argentinos? ¿Por qué no Artigas, que era un líder de pueblos, un
enemigo de portugueses y británicos y partidario de repartir las tierras a
los pobres?) Y las masas federales fueron aniquiladas por el poder de Buenos
Aires. Poder que –según nada menos que Alberdi– fue el que vino a
centralizar la Revolución de Mayo estableciendo un reemplazo del coloniaje,
no su sustitución. A partir de Mayo, Buenos Aires fue la metrópoli; las
Provincias, la colonia. Esa lucha duró todo el siglo XIX y concluyó en el
’80, con la conquista del desierto y la federalización de Buenos Aires.
Luego de aniquilar a los negros, a los gauchos y a los indios, Buenos Aires
festeja el centenario de su revolución en 1910. Ahora, el Otro absoluto es
nuevo y vino de afuera: es la chusma ultramarina. La opulenta capital
también sabrá castigarla siempre que intente tomar o desordenar la casa.
Página|12, 25/05/09
1810
– 25 de Mayo - 2009
Proyecto de liberación del dominio colonial español y de otras formas de
subordinación a los intereses de las grandes potencias que influían en el
mundo.
PRINCIPIO 37°: TODO PROYECTO NACIONAL ES GENERACIONAL
(Belgrano Artigas Moreno San Martin Monteagudo Dorrego O´Higgins)
Examinando la condición social de los líderes revolucionarios, advertimos
que:
- Belgrano era hijo de un comerciante de origen genovés que había
perdido su fortuna al ser procesado por un caso de corrupción en la Aduana
77 ;
- Artigas era un jefe de gauchos que había roto lazos con la ciudad,
ex contrabandista indultado para ser capitán de Blandengues 78
- Moreno provenía del hogar de un funcionario de hacienda,
medianamente ilustrado pero pobre de recursos;
- San Martín era prácticamente un descastado, de origen mestizo según
testimonios de la tradición oral, y
- Monteagudo era otro mestizo de cuna humilde que había padecido
impugnaciones por la condición de casta de su madre 79 ;
- Dorrego provenía de una familia portuguesa, por ende sospechosos de
ser judíos conversos;
- O´Higgins era hijo natural de un ex virrey y una campesina criolla,
que por ello no había podido ingresar al ejército en España.
Por un motivo u otro, ninguno de ellos entraba en el canon de posesión de
fortuna y “pureza de sangre” que constituían los títulos de pertenencia a la
aristocracia colonial y a los círculos de sus pretendidos sucesores.
PROYECTO NACIONAL DE LA INDEPENDENCIA
1800-1850
PRIMERA PARTE
La conciencia de la prioridad de la independencia, la liberación de la
dominación externa, las demandas por la emancipación y derechos de todas las
clases sociales y la idea de la revolución como modelo de cambio social.
Como también el ejemplo de la movilización de todos los sectores del pueblo
por la causa común, la concepción de la misión del Ejército como defensa de
la patria, la solidaridad con los países suramericanos del mismo origen, el
federalismo como forma de organización del Estado, el liderazgo de los
movimientos populares y la figura del gaucho como símbolo de la libertad y
la rebeldía nacional .San Martín demuestra de qué somos capaces los
argentinos. El cruce de los Andes, como enseña Cirigliano, fue en aquella
época equivalente a lo que más tarde sería llegar a la luna. El eje central,
liberar liberando, marco el derrotero suramericano, de solidaridad y de
libertad que para ser tal debe ser compartida.
Por Hugo Chumbita
Introducción
Principio 7º: Todo proyecto de país es metahistoria.
El proyecto nacional de la emancipación confiere un sentido a la historia
argentina en la primera mitad del siglo XIX.
Es el proyecto de liberación del dominio colonial español y de otras formas
de subordinación a los intereses de las grandes potencias que influían en el
mundo de aquel tiempo.
Implica la inauguración de un nuevo orden político y una profunda
transformación de la sociedad colonial, en la cual se liberan las energías y
las demandas del conjunto del pueblo.
Surge con la llamada generación de 1810, y su expresión más nítida es el
programa de los dirigentes que conciben y conducen la guerra por la
independencia. Aunque el enemigo frontal son los realistas, existen otras
acechanzas exteriores, que tienen su correlato en la oposición interna que
deben enfrentar los jefes revolucionarios.
El marco internacional en aquella época es la difusión de los grandes
cambios que imponían, a partir de sus centros en Gran Bretaña y Francia, la
revolución económica industrial y la revolución política del liberalismo.
La declinación del Imperio español fincaba en la imposibilidad de dar
respuesta a esos desafíos.
La viabilidad del proyecto independentista dependía de que los países
sudamericanos pudieran desarrollar, en tal contexto, las bases políticas,
económicas y sociales de su autodeterminación, como habían comenzado a
hacerlo las ex colonias norteamericanas.
Pero la estrategia del ascendente Imperio Británico, y en general las
ambiciones de las potencias europeas, conspiraban contra la plena
independencia de estas nuevas repúblicas, a las que trataron de controlar e
incorporar a su radio de influencia por vía del comercio, la diplomacia, e
incluso la agresión armada, practicando viejas y nuevas formas de
colonialismo.
Un sector importante de la elite, afirmado en los negocios del puerto de
Buenos Aires, va a inclinarse a favorecer esa estrategia y tendrá su
expresión en los planes del círculo rivadaviano para implantar en nuestro
país el modelo de la sociedad europea.
En la década de 1820, el proyecto de la emancipación logra imponerse por las
armas en la guerra contra España, pero la construcción del Estado
republicano tropieza con graves contradicciones políticas y regionales.
En las provincias del Plata, el conflicto entre unitarios y federales
representa la exacerbación de las luchas internas de la década anterior, que
se plantea entonces entre el partido de la elite y los caudillos
provinciales formados en las filas de los ejércitos patriotas.
Las contiendas civiles llegan a un punto de ruptura, que conlleva el riesgo
de la disgregación territorial, y de ese conflicto emerge como solución la
dictadura de Rosas, que si bien proscribe a los unitarios, en otros órdenes
propone una transacción de las tendencias en pugna. Frente a una oposición
que se convertía en aliada de las potencias imperialistas, aquel gobierno
mantuvo una política económica independiente y defendió la integridad del
país contra los ataques externos.
En la primera parte del trabajo consideramos el período revolucionario de la
independencia, de 1806 a 1820, que va desde la movilización que suscitan las
invasiones inglesas hasta la disolución del gobierno nacional del
Directorio.
En la segunda parte tratamos el período de 1820 a 1835, que podemos ver como
una etapa de transición, en la cual se constituyen las provincias, se
despliega el programa unitario y el proyecto independentista encuentra sus
continuadores dentro del movimiento federal.
En la tercera parte analizamos el período que comienza en 1835 con la
consolidación del régimen rosista, que en algunos aspectos centrales asume
la defensa del proyecto nacional de la independencia, hasta su caída en
1852.
Presentan
14 siglos de Historia, 7 Proyectos de país. ¡Vamos por el 8º!
Este trabajo de Investigación realizado Hugo Chumbita - junto a los
investigadores que han tenido a su cargo esta etapa del Proyecto Umbral que
son Jorge Bolívar, Armando Poratti, Mario Casalla, Oscar Castellucci,
Catalina Pantuso y Francisco Pestanha- inspirados en el saber, en el
pensamiento situado y en la propuesta metodológica del maestro Profesor
Gustavo Cirigliano, ha sido llevado cabo con el auspicio del Sindicato
Argentino de Docentes Privados SADOP, el Sindicato Único de Trabajadores de
Edificio de Renta y Horizontal SUTERH, el Instituto para el Modelo Argentino
IMA y en Centro de Estudios para la Patria Grande SEPAG bajo la coordinación
político académica de Horacio Ghilini, Víctor Santa María, Daniel Di Bártolo
y José Luis Di Lorenzo.
La secuencia de Proyectos de País que se aborda:
1. Proyecto de los habitantes de la tierra (600-1536). por Fco. José
Pestanha.
2. La Argentina hispana o colonial (1536-1800), que aborda Mario Casalla.
3. Las Misiones Jesuíticas (1605-1768), a cargo de Catalina Pantuso.
4. Independentista (1800-1850), investigación a cargo de Hugo Chumbita.
5. El Proyecto del 80 (1850-1976), a cargo de Jorge Bolívar.
6. El Proyecto de la Justicia Social (1945-1976), por Oscar Castellucci
7. El Proyecto de la sumisión incondicionada al Norte imperial y
globalizador (1976 – 2001…)
Por Armando Poratti.
PRIMERA PARTE
REVOLUCIÓN Y GUERRA POR LA INDEPENDENCIA
( 1 8 0 6 -1 8 2 0 )
Principio 22°: Todo proyecto nacional tiene un comienzo y un cierre en
vinculación con su viabilidad dentro del marco mundial.
En la primera etapa que consideramos, desde la resistencia a las invasiones
inglesas en el Río de la Plata en 1806 y 1807, hasta la disolución del
Directorio de las Provincias Unidas en 1820, la lucha por la independencia
se superpone con la guerra.
Según veremos, los patriotas más decididos impulsan la movilización política
y militar de todo el pueblo, y sus propuestas revolucionarias chocan en el
frente interno con las actitudes más conservadoras o reformistas
provenientes de algunos círculos de la elite, que debilitan los avances de
la revolución sin llegar a frenarla.
El proyecto del país independiente era factible en el contexto de la
revolución burguesa mundial.
Las consecuencias de aquellas convulsiones en Europa le ofrecieron la
oportunidad inicial, con la crisis de la corona española.
Pero a la vez, ese mismo proceso impulsaba el ascenso del Imperio británico,
cuyas miras ya estaban puestas en extender su dominación en el continente
sudamericano.
Inspirados en las ideas del liberalismo europeo y español y en sus
corolarios constitucionalistas, los patriotas concebían fundar una nación de
personas libres e iguales. He ahí el argumento y la voluntad del proyecto;
aún faltaba organizar una infraestructura económica que la sustentara.
En cuanto a la forma de gobierno, la “soberanía del pueblo” invocada por los
criollos exigía tranformar la sociedad jerárquica y desigual heredada de la
colonia, donde los derechos estaban restringidos a una minoría bajo el
absolutismo realista.
Preparar a los nuevos ciudadanos para ejercer esos derechos se revelará como
una tarea difícil de realizar de un día para otro.
Distinguimos tres vertientes del proyecto que, por encima de sus
diferencias, comparten una orientación revolucionaria, americanista e
integradora: la acción de los jacobinos porteños, de los federales de
Artigas y de las logias lautarinas de San Martín.
A estas líneas se oponen, dentro del incipiente proyecto independentista,
las posiciones de raíz elitista y europeizante que prevalecen en el Primer
Triunvirato y en el Directorio.
Partimos entonces de una indagación de las propuestas explícitas de los
revolucionarios, confrontadas con las de sus opositores. En la resolución de
tales contradicciones se dirime el rumbo del país.
En esta fase inicial, el proyecto independentista logra triunfos decisivos
en la guerra contra los españoles, pero pierde a sus principales
conductores, víctimas de las disensiones que conspiran contra el desarrollo
de la revolución.
La Generación Revolucionaria de 1810
Principio 37°:Todo proyecto nacional es generacional.
Dentro de la generación de 1810, los principales dirigentes que impulsaron
la revolución, condujeron la guerra por la independencia y plantearon
cambios políticos sustanciales, fueron Belgrano, Moreno, Castelli, Artigas y
San Martín.
En los grupos que encabezaron –los “jacobinos”, los federales y las logias
“lautarinas”– se formaron numerosos militantes,y muchos otros compatriotas
sudamericanos compartieron la misma causa, ya que el proyecto de la
emancipación era esencialmente una empresa de dimensión continental.
En el primer nucleamiento patriota, que vemos movilizarse ya en 1806,
aparecen Juan José Castelli, Hipólito Vieytes y los hermanos Saturnino y
Nicolás Rodríguez Peña, relacionándose con Belgrano y Moreno.
En 1811, Artigas se convirtió en el conductor de otro polo revolucionario,
que desde la Banda Oriental extendió su influjo a las demás provincias y
tuvo incluso partidarios en Buenos Aires.
En 1812 se constituyó la Logia Lautaro, a la cual se plegaron algunos
morenistas, como Bernardo de Monteagudo, y se dividió luego por la ruptura
entre Alvear y San Martín.
En estos tres grupos revolucionarios encontramos afinidades, acuerdos y
disidencias, pero sobre todo respuestas concordantes a las cuestiones
nodales acerca de la lucha por la independencia y la nueva sociedad que
proyectaban.
Los “jacobinos” porteños Si bien el calificativo de “jacobinos” es
discutible, es usual caracterizar así al núcleo porteño que adhería a las
ideas de Rousseau, los más radicales en el seno del primer gobierno
patriota, que además propugnaron, como los jacobinos franceses, la
aplicación de medidas drásticas contra los enemigos de la Revolución.
Las Memorias del general Enrique Martínez testimonian que el grupo de
Castelli, Vieytes y los Rodríguez Peña era una sociedad masónica . Estas
logias, a las cuales ingresaban incluso sacerdotes, no estaban reñidas con
el catolicismo, aunque sí se oponían al absolutismo político y religioso,
difundiendo el espíritu universalista y filantrópico propio del liberalismo
burgués ilustrado de ese tiempo.
La finalidad básica de las logias “rituales” era la ilustración de sus
miembros en esos principios, pero resulta evidente que se constituyeron
asimismo logias “operativas” con propósitos políticos más definidos, como
fue el caso de las sociedades secretas hispanoamericanas.
Los vínculos establecidos a través de la masonería explicarían la actitud
del grupo de Vieytes y Castelli y los Rodríguez Peña en la época de las
invasiones inglesas, en sintonía con los planes que instaba el venezolano
Miranda, cuando se discutía la posibilidad y el alcance de la intervención
de Gran Bretaña en Sudamérica: algunos políticos y militares ingleses
planeaban establecer una especie de colonia, protectorado o base de negocios
en el Río de la Plata, y los criollos pretendían que esa ingerencia se
limitara a ayudarles a independizarse.
Ver Gandía, 1 961
Corbiere, 1 998: cap. XI y XIII
La invasión de 1806 defraudó tales expectativas, pues los ocupantes
exigieron acatar la corona británica y se comportaron como conquistadores,
practicando confiscaciones y otorgando la “libertad de comercio” sólo con
Inglaterra.
Tras la reconquista de Buenos Aires, la fuga de Beresford, organizada por
Saturnino Rodríguez Peña, se habría tramado según las reglas de solidaridad
entre masones, buscando que abogara para rectificar la política de su
gobierno.
Tras el fracaso de aquellas gestiones, en el grupo porteño ganó adeptos el
proyecto de traer de Rio de Janeiro a la princesa Carlota, hermana de
Fernando VII, para lograr la independencia bajo la cobertura de su reinado.
La Logia Independencia, que se habría organizado en 1810 presidida por el
joven Julián Álvarez, se cree fue un precedente de la formación de la Logia
Lautaro en Buenos Aires.
Álvarez era un teólogo y jurista que dejó los hábitos para sumarse a la
revolución; estuvo cerca de Moreno, participó de las reuniones del café de
Marco y de la Sociedad Patriótica y colaboró luego con la campaña de San
Martín.
Como redactor de La Gaceta contribuyó a una prédica democrática y, siguiendo
las ideas de Rousseau que recusaban la delegación de la soberanía en los
representantes, propuso encauzar la participación popular mediante asambleas
periódicas, articuladas incluso con reuniones asamblearias de los habitantes
de la campaña: “Cuando se ha aceptado un ‘sistema popular’, nadie puede
prohibirle al pueblo que se reúna en cabildos abiertos” .
Belgrano puede ser incluido en este grupo por su formación intelectual y sus
coincidencias con Castelli y Moreno. Aunque sus reflexiones y sus actitudes
políticas traducen en general un pensamiento menos “jacobino”, como jefe
militar no dejó de aplicar medidas de extremo rigor en circunstancias
críticas.
Castelli, Saturnino Rodríguez Peña, Moreno, Monteagudo y Álvarez habían
estudiado leyes en la Universidad de Charcas, cuando aún estaban frescas las
impresiones de la insurrección de Túpac Amaru de 1780 y la trágica represión
posterior: allí, donde eran más visibles las injusticias y las
contradicciones del régimen colonial, fue donde estallaron los primeros
alzamientos patriotas en 1809.
El Plan de Operaciones de la Primera Junta, que por iniciativa de Belgrano
se encomendó redactar a Moreno − un documento revelador, del que se hallaron
copias en archivos de diferentes países y es reconocido como auténtico por
la generalidad de los historiadores− condensa el proyecto revolucionario
jacobino.
En él se recomiendan castigos ejemplares contra los enemigos, utilizar todos
los medios a favor de la revolución, sancionar la libertad e igualdad de las
castas, suprimiendo las discriminaciones por el color de la piel, abolir la
esclavitud, incorporar las masas campesinas a la revolución y organizar la
economía nacional bajo control estatal.
El Plan preveía sublevar la campaña de la Banda Oriental contra el bastión
realista de Montevideo y ganar para la causa al capitán José Artigas, a sus
hermanos, primos y otros individuos de acción, de gran ascendiente en las
zonas rurales.
Esta parte del Plan debió ser inspirada por Belgrano, quien conocía la
región por la estancia que tenía allí su familia. Aunque los términos con
que se califica a los jefes gauchos trasuntan cierta desconfianza hacia
quienes – como el mismo Artigas – habían participado en actividades
clandestinas del contrabando de ganado al Brasil, queda claro que se les
asignaba un papel primordial en las operaciones.
Ver Binayán, 1 960: 12 4 y ss.
Artigas fue efectivamente atraído a la causa y se puso al frente de la
insurrección, con su ejército de montoneras y con la estrecha colaboración
de los indios. Incluso tentó la posibilidad de extender la revolución al sur
del Brasil, según contemplaba el Plan.
Conduciendo el Ejército del Norte, Castelli actuó en consecuencia con las
instrucciones que llevaba de “conquistar la voluntad de los indios” , a los
que la Junta liberaba de los antiguos tributos y reconocía la dignidad de
ciudadanos.
En el acto de las ruinas de Tiahuanaco, convocado el 25 de mayo de 1811, se
leyeron los decretos que ponían un plazo perentorio para cortar los abusos
contra los indígenas, repartir tierras, dotar de escuelas a sus pueblos,
eximirlos de cargas e imposiciones y asegurar la elección de los caciques
por las comunidades.
Monteagudo, redactor de aquellas resoluciones y militante del grupo
morenista que integró luego la Logia Lautaro, al declarar en el juicio
contra Castelli por la campaña del Alto Perú, no vaciló en declarar que
ellos combatían la dominación española luchando por “el sistema de igualdad
e independencia”.
Los federales artiguistas
El programa republicano radical de Artigas – entroncando con el movimiento
de los llamados “tupamaros” orientales, que invocaban el ejemplo de Túpac
Amaru– era una original combinación de las costumbres de las pampas con las
lecturas de Rousseau: el orgullo de hombres libres de los gauchos resultaba
congruente con la orientación democrática de la Revolución.
El caudillo recogía las aspiraciones del campesinado en armonía con las
doctrinas liberales igualitarias, reclamando fundar el poder político en los
derechos de representación de los hombres y de las regiones, todos en pie de
igualdad.
Los diputados orientales a la Asamblea del Año XIII postulaban para las
Provincias Unidas la forma de gobierno republicana y confederal.
Artigas contó con el asesoramiento de su sobrino y secretario, el cura José
Monterroso, que conocía las doctrinas políticas de Thomas Paine y el sistema
federal norteamericano.
Asimismo, los artiguistas proyectaron una constitución democrática para la
Provincia Oriental, inspirada en la carta de 1780 del estado de
Massachusetts.
El primer artículo declaraba los derechos esenciales e inajenables de las
personas por los que el gobierno debía velar, y se establecía que el pueblo
“tiene derecho a alterar el gobierno, para tomar las medidas necesarias a su
seguridad, prosperidad y felicidad”.
Otras cláusulas establecían la educación pública universal como
responsabilidad del Estado y obligación de los padres, para difundir la
enseñanza de los derechos del hombre y el pacto social. Se garantizaba
incluso a los ciudadanos el acceso a una recta justicia y la elección de
funcionarios de gobierno que sean “unos sustitutos y agentes suyos”, porque
el poder reside en el pueblo .
Estos principios se proyectaron en las acciones de gobierno que impulsó
Artigas, y en particular en su plan agrario.
Ver Chumbita, 2 000: cap. 2 .
Ver Chaves, 1 944: 22 4.
Chaves, 1 944: 251 y ss.
Ver Echagüe, 1 950: 49-50.
Ver Ravignani, 1 929.
Las comunicaciones con el Cabildo de Montevideo, que representaba a los
propietarios, reflejan su firme pero prudente relacióncon la elite, así como
las reticencias de ésta ante las medidas más radicales.
Dada la necesidad de repoblar y poner en producción los campos asolados por
la guerra, y ante las vacilaciones del Cabildo,
Artigas dictó personalmente el Reglamento de Tierras de 1815.
Antes había otorgado posesiones a sus partidarios y ocupado campos de los
adversarios de la revolución, pero ahora se trataba de un nuevo orden rural,
para recuperar la ganadería, poblar y distribuir la propiedad.
Las tierras no ocupadas y las confiscadas a “los malos europeos y peores
americanos” debían repartirse en suertes de estancia a los solicitantes, con
carácter de donación, dando preferencia a los libertos, zambos, indios y
criollos pobres.
El Directorio había llegado a dictar un decreto que infamaba a Artigas como
bandolero y ponía precio a su cabeza. Sin embargo, el Congreso de Oriente,
reunido en junio de 1815, lo ratificó como “Protector de los Pueblos Libres”
de cinco provincias disidentes: la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes,
Misiones y Córdoba.
Reiteradamente los gobernantes de Buenos Aires le ofrecieron un arreglo
sobre la base de la independencia de la Banda Oriental, que él rechazó,
manteniendo su proyecto de confederación.
El general José María Paz se preguntaba en sus Memorias por las causas del
éxito de las guerrillas artiguistas frente a los ejércitos regulares. Aunque
ciertas tácticas montoneras eran un factor no desdeñable, lo decisivo era
“el ardiente entusiasmo que animaba a los montoneros” que se batían con
fanatismo y a menudo preferían morir antes que rendirse.
En la raíz de este fervor, Paz no dejó de señalar “el espíritu de democracia
que se agitaba en todas partes. Era un ejemplo muy seductor ver a esos
gauchos de la Banda Oriental, Entre Ríos y Santa Fe dando la ley a las otras
clases de la sociedad, para que no deseasen imitarlo los gauchos de las
otras provincias”.
Si la agitación que cundía no era genuinamente democrática, “deberían culpar
al estado de nuestra sociedad, porque no podrá negarse que era la masa de la
población la que reclamaba el cambio.
Para ello debe advertirse que esa resistencia, esas tendencias, esa guerra,
no eran el efecto de un momento de falso entusiasmo [...] era una convicción
errónea, si se quiere, pero profunda y arraigada”.
Si bien Paz seguramente exagera, no cabe duda que el movimiento artiguista
tenía fuertes componentes de democracia directa, con algunas expresiones
asamblearias y prácticas que ejercitaban el poder popular armado.
En aquellos años surgían en Entre Ríos y en Santa Fe dos jóvenes caudillos
que tomaron el poder y alinearon sus provincias tras el programa federal de
Artigas: Francisco “Pancho” Ramírez y Estanislao López.
En Corrientes, los artiguistas se afirmaron con el concurso de jefes
populares como el capitán “indio” Blas Basualdo, ocupando la gobernación don
José de Silva y un oficial de las milicias rurales, Juan Bautista Méndez.
En Córdoba prevaleció durante un tiempo la fracción política artiguista
conducida por los hermanos Juan Pablo Bulnes y Eduardo Pérez Bulnes y el
abogado José Antonio Cabrera.
El comandante Andresito Guacurarí, ahijado de Artigas, encabezó la lucha de
los guaraníes para establecer una provincia autónoma en la región misionera.
El cuestionamiento de Artigas al centralismo porteño determinó que el
Directorio consintiera la invasión portuguesa a la Banda Oriental para
eliminarlo, y uno de los que levantaron su voz contra esa maniobra fue el
joven oficial Manuel Dorrego, condenado por ello al destierro.
José María Paz, Memorias,1954, cap. IX y X.
Los lautarinos
Los planes revolucionarios de San Martín se basaron en las logias
lautarinas, en las que participaron activamente Tomás Guido, Bernardo de
O’Higgins, Monteagudo y otros colaboradores del Ejército de los Andes.
Pese a la reserva que mantuvieron sus miembros, existen evidencias del papel
que jugaron estas asociaciones.
El nombre Lautaro concuerda con los gestos indigenistas de San Martín, una
constante en su trayectoria que le llevó a coincidir con Belgrano y otros
patriotas en la propuesta de la monarquía incaica.
San Martín se había incorporado en Cádiz a la logia de los Caballeros
Racionales, presidida por Carlos de Alvear. La red de la Gran Reunión
Americana, promovida en Europa por Francisco de Miranda con la colaboración
de Simón Bolívar, previó la acción coordinada de los patriotas que se
dirigieron a las ciudades más importantes de Sud América para impulsar la
revolución, y San Martín retornó vía Londres a Buenos Aires, en 1812, como
parte de esos planes.
La inicial Logia Lautaro, así como las ulteriores logias lautarinas fundadas
por San Martín en Buenos Aires, Santiago de Chile y Lima, constituyeron una
especie de partido secreto en el que se discutían las alternativas políticas
y las decisiones estratégicas.
La Asamblea del año XIII fue controlada políticamente por la Logia Lautaro,
en el momento en que comenzaba a escindirse en alvearistas y sanmartinianos.
Aunque en su seno hubo contradicciones, como el rechazo de los diputados de
Artigas, la Asamblea reafirmó el proyecto de la emancipación, declaró los
derechos de igualdad ciudadana y dictó la libertad de vientres para terminar
progresivamente con la esclavitud.
La constitución de la Logia Lautaro de Chile 10, que debió ser análoga a la
de Buenos Aires, ilustra sobre los principios orgánicos de estas sociedades.
La logia matriz se componía de un número determinado de “caballeros
americanos”, no podía ser admitido ningún español ni extranjero, y sólo un
eclesiástico, el “de más importancia por su influjo y relaciones”.
Los miembros que ocuparan funciones políticas o militares podían ser
facultados para crear sociedades subalternas en otras localidades.
Todos quedaban obligados a “sostener, a riesgo de la vida, las
determinaciones de la Logia” y mantener el secreto de la existencia de la
misma bajo pena de muerte.
El rol político de la Logia aparecía claramente estipulado en el artículo
9°: “Siempre que alguno de los hermanos sea elegido para el Supremo
gobierno, no podrá deliberar cosa alguna de grave importancia sin haber
consultado el parecer de la Logia, a no ser que la urgencia del negocio
demande pronta providencia, en cuyo caso, después de su resolución, dará
cuenta en primera junta”. También se prescribía que el hermano en funciones
dirigentes “deberá consultar y respetar la opinión pública de todas las
provincias”, reiterándose en varias disposiciones esta idea de gobernar
conforme a la opinión pública.
San Martín se concentró en organizar la guerra, concibiendo y realizando el
papel libertador del ejército. No obstante, contra la visión de Mitre, que
enaltecía su 10 obra militar descalificando sus aptitudes políticas, podemos
ver –especialmente en la gobernación de Mendoza y el Protectorado en Lima–
su inteligencia como gobernante y estadista.
Publicada por Vicuña Mackenna en El ostracismo de O’Higgins; Obras
completas, 1938.
San Martín promovió y aplaudió la lucha de Güemes al frente de sus gauchos
en el norte, y no podía menos que apreciar la contribución de Artigas a la
causa independentista en la Banda Oriental. Aunque discrepaba con la
propuesta federalista, se negó a combatir a los federales cuando fue llamado
para ello por el Directorio.
La correspondencia de San Martín con Guido entre noviembre y diciembre de
1816 revela su confianza inicial en la resistencia artiguista frente a la
invasión de los portugueses al territorio oriental: “yo opino que Artigas
los frega completamente”; asimismo, creyó inevitable entrar en la guerra:
“veo también que cuasi es necesaria”; pero luego se resignó a la ocupación
portuguesa: “no es la mejor vecindad, pero hablándole a V. con franqueza la
prefiero a la de Artigas: aquéllos no introducirán el desorden y anarquía, y
éste si la cosa no se corta lo verificará en nuestra campaña”11 .
A pesar de esta opinión, San Martín promovió una mediación del gobierno
chileno entre el Directorio y los caudillos del litoral, y escribió
personalmente a Artigas para que aceptara una tregua: “paisano mío, hagamos
una transacción a los males presentes; unámonos contra los maturrangos, bajo
las bases que usted crea y el gobierno de Buenos Aires más convenientes, y
después que no tengamos enemigos exteriores, sigamos la contienda con las
armas en la mano”12 . Pero el intento se frustró al ser terminantemente
desautorizado por Pueyrredón.
Cuando se produjo la caída del Directorio, preocupado por el peligro de
disgregación del país, San Martín dirigió una “Proclama a los habitantes de
las Provincias Unidas”, fechada en Valparaíso el 22 de julio de 1820, donde
explicaba su oposición al federalismo:
"Diez años de constantes sacrificios sirven hoy de trofeo a la anarquía; la
gloria de haberlos hecho es mi pesar actual cuando se considera su poco
fruto. (...) El genio del mal os ha inspirado el delirio de la federación.
(...) Pensar en establecer el gobierno federativo en un país casi desierto,
lleno de celos y de antipatías locales, escaso de saber y de experiencia en
los negocios públicos, desprovisto de rentas para hacer frente a los gastos
del gobierno general fuera de los que demande la lista civil de cada estado,
es un plan cuyos peligros no permiten infatuarse ni aún con el placer
efímero que causan siempre las ilusiones de la novedad."
Si es evidente que estas palabras tenían por destinatarios a los federales,
en un párrafo posterior se dirigía a los hombres de Buenos Aires,
defendiendo su negativa a usar las armas contra aquéllos:
11 Pasquali, 2 000: 7 4, 77 , 80.
12 Orsi, 1 991: 3 4-35 .
"Compatriotas: yo os dejo con el profundo sentimiento que causa la
perspectiva de vuestra desgracia; vosotros me habéis acriminado aún de no
haber contribuido a aumentarla, porque éste habría sido el resultado si yo
hubiese tomado una parte activa en la guerra contra los federalistas: mi
ejército era el único que conservaba su moral y me exponía a perderla
abriendo una campaña en que el ejemplo de la licencia armase mis tropas
contra el orden. En tal caso era preciso renunciar a la empresa de libertar
al Perú y suponiendo que la suerte de las armas me hubiera sido favorable en
la guerra civil, yo habría tenido que llorar la victoria con los mismos
vencidos. No, el general San Martín jamás derramará la sangre de sus
compatriotas y sólo desenvainará la espada contra los enemigos de la
independencia de Sudamérica."
Las contradicciones internas desgarraban el proceso de la revolución, y San
Martín se negaba a intervenir en luchas partidarias. En las provincias, como
en Buenos Aires, las facciones disputaban el poder por la fuerza y la
investidura de los gobernantes no lograba hacerse respetar.
El gobierno nacional del Directorio había sido disuelto, víctima de sus
extravíos.
Artigas también había sido derrotado por su empecinamiento. San Martín,
revolucionario pero hombre de orden, se alarmaba por las consecuencias
disruptoras de la causa en la que se hallaba comprometido. No era el único
en inquietarse ante los desbordes de la revolución.
El joven Monteagudo fue evolucionando desde su inicial democratismo ultra
rousseauniano, junto a los morenistas de la Sociedad Patriótica, hacia una
actitud moderada, cuando acompañó el Directorio de Alvear; y luego,
incorporado al grupo lautarino, adoptó posiciones coincidentes con las de
San Martín, colaborando en la experiencia chilena y en el Protectorado
peruano.
En la Memoria de 1823 “Sobre los principios que seguí en mi administración
del Perú” explica esa transición, desde que abrazara “con fanatismo” el
sistema democrático, hasta que ya en Chile se pudo considerar recuperado de
“esa especie de fiebre mental, que casi todos hemos padecido”.
En su opinión, “el furor democrático, y algunas veces la adhesión al sistema
federal” habían sido para los pueblos de América una funesta caja de
sorpresas13.
Monteagudo reconocía haber actuado severamente en Lima para desterrar a los
españoles y haber seguido el principio de “restringir las ideas
democráticas”, justificando esta actitud con penetrantes observaciones
acerca de la sociedad peruana, donde creía que las diferencias sociales y la
aversión entre las castas eran incompatibles con la democracia y la forma
federal. Concluía esta Memoria llamando a los dirigentes del Perú a
practicar las máximas en que se resumía la experiencia de la revolución:
“energía en la guerra y sobriedad en los principios liberales”14 .
Como San Martín y Belgrano, Monteagudo, después de sus tropiezos con la
realidad, descreía de la viabilidad de la república y del federalismo en
aquellas circunstancias. Este era probablemente un estado de opinión que se
generalizó hacia el fin de la década revolucionaria entre los dirigentes
patriotas, abriendo camino a las posiciones autoritarias y centralistas que
prevalecerían en la siguiente etapa.
13 Monteagudo, 2 006: 1 08-109.
14 Monteagudo, 2 006: 11 0-11 4.
Proyecto de la Emancipación
Principio 3° : Todo proyecto nacional es estructurante y totalizador.
El proyecto revolucionario se puede resumir en el concepto de emancipación,
con el doble significado que adquiría este vocablo: liberarse del
sometimiento a la metrópoli y de las formas de opresión inherentes a la
sociedad colonial.
Los revolucionarios respondían así a los problemas que enfrentaban con una
visión integradora: el propósito de liberación adquiría una dimensión a la
vez política y social, y el “patriotismo americano” se definía en una
perspectiva geográfica continental, con fuertes connotaciones indigenistas.
En el marco de estos grandes objetivos, se contemplaba la organización del
nuevo Estado según los principios de la revolución burguesa mundial, basada
en las teorías del pacto social y del constitucionalismo liberal.
Contra lo que afirma la historiografía tradicional, la influencia del
liberalismo económico fue menor entre los patriotas revolucionarios, y en
todo caso sus principios debían subordinarse a la necesidad de construir una
economía que fuera el sustento de la autodeterminación nacional.
El enemigo externo
Principio 7°: Cada proyecto nacional determina −decide− a quién hay que
considerar como enemigo.
Para los patriotas revolucionarios la lucha independentista era ante todo el
rechazo al sometimiento colonial. Pero como lo advirtieron en el Congreso de
Tucumán de 1816 los diputados de Córdoba, de influencia artiguista, no sólo
se trataba de la independencia de la corona y de la metrópoli española, sino
también “de toda otra potencia extranjera”, según se sancionó expresamente
en una significativa adición.
A esa fecha estaba claro ya que la plena emancipación resultaba incompatible
con otras formas de tutelaje de las potencias europeas que codiciaban estos
territorios.
La construcción de un nuevo Estado independiente requería enfrentar tales
acechanzas. Es importante advertir aquí que el iberalismo de la época –tanto
en los modelos que brindaba la política europea como en la práctica de los
patriotas americanos– se asociaba estrechamente con el nacionalismo, fundado
en el axioma de las soberanías estatales.
Los criollos revolucionarios tenían fuertes expectativas sobre la ayuda que
podía prestar Gran Bretaña a la causa independentista, y por diversas vías
solicitaron su auspicio.
Claro que, después de las invasiones de 1806 y 1807, no podían engañarse
respecto a las propensiones colonialistas de los ingleses; y como lo
demostró la resistencia a aquellos intentos, no estaban dispuestos a aceptar
una mera mudanza de coloniaje.
Belgrano cuenta en sus memorias habérselo manifestado así a un prisionero
inglés, el brigadier Crawford: “nosotros queríamos el amo viejo o ninguno”;
agregando, con respecto a la posible y futura independencia de las colonias
españolas, por qué ésta no podía sujetarse a la tutela inglesa: “aunque ella
se realizase bajo la protección de la Inglaterra, ésta nos abandonaría si se
ofrecía un partido ventajoso a Europa, y entonces vendríamos a caer bajo la
espada española; no habiendo una nación que no aspirase a su interés, sin
que le diese cuidado de los males de las otras”15 .
Acerca de las ambiciones de los británicos, Belgrano le escribía a Moreno el
27 de octubre de 1810: “esté Vd. siempre sobre sus estribos con todos ellos,
quieren puntitos en el Rio de la Plata, y no hay que ceder ni un palmo de
grado”16 .
En el Plan de Operaciones es evidente que las recomendaciones de efectuar
diversas concesiones a Inglaterra se formulaban con plena conciencia de que
la política exterior de aquel país se guiaba ante todo por los intereses
mercantiles: “Nuestra conducta con Inglaterra, y Portugal, debe ser
benéfica, debemos proteger su comercio, aminorarles los derechos,
tolerarlos, y preferirlos aunque suframos algunas extorsiones”
El nacionalismo defensivo de los patriotas aparece inequívocamente en un
artículo periodístico de Mariano Moreno:
"Los pueblos deben estar siempre atentos a la conservación de sus intereses
y derechos; y no deben fiar sino de sí mismos. El extranjero no viene a
nuestro país a trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas pueda
proporcionarse. Recibámoslo en hora buena, aprendamos las mejoras de su
civilización, aceptemos las obras de su industria y franqueémosle los frutos
que la naturaleza nos reparte a manos llenos; pero miremos sus consejos con
la mayor reserva, y no incurramos en el error de aquellos pueblos inocentes
que se dejaron envolver en cadenas en medio del embelesamiento que les
habían producido los chiches y abalorios" 18 .
En cuanto a San Martín, no obstante su admiración por las instituciones
europeas y las amistades que cultivaba con los británicos, su categórica
oposición a las intervenciones anglofrancesas en el Río de la Plata en la
época de Rosas demuestran cuáles eran sus ideas al respecto.
Por encima de las especulaciones tácticas, para los revolucionarios la
emancipación debía ser completa.
Claro que el independentismo radical tropezaría con fuertes presiones
externas, con los partidarios de soluciones negociadas y los grupos locales
interesados en estrechar lazos políticos, comerciales y financieros con las
metrópolis industriales de Europa, por lo que la lucha emancipadora estaba
lejos de alcanzar sus objetivos.
15 Belgrano, 1 966: 33 .
16 Levene, 1 949.
17 Moreno, 1 961: 2 91.
18 Gaceta de Buenos Aires, 2 0 de septiembre 1 810.
La nueva legitimidad
Principio 28°: Cada proyecto nacional implica una inevitable ruptura con el
proyecto nacional anterior, originando una nueva legitimidad.
Los dirigentes de la revolución entendían a ésta como la creación de una
nueva legitimidad constitucional que asegurara los derechos ciudadanos.
El prólogo de Moreno al Contrato Social 19 enunciaba el propósito de dictar
una constitución que restituyera los derechos usurpados a los americanos por
los conquistadores: “La gloriosa instalación del gobierno provisorio de
Buenos Aires ha producido tan feliz revolución en las ideas, que agitados
los ánimos de un entusiasmo capaz de las mayores empresas, aspiran a una
constitución juiciosa y duradera que restituya al pueblo sus derechos,
poniéndolos al abrigo de nuevas usurpaciones”.
Moreno advertía que los nuevos principios no debían quedar “reservados a
diez o doce literatos”, y la difusión del libro de Rousseau perseguía un
objetivo trascendente:
"El ciudadano conocerá lo que debe al magistrado, quien aprenderá igualmente
lo que puede exigirse de él; todas las clases, todas las edades, todas las
condiciones participarán del gran beneficio que trajo a la tierra este libro
inmortal, que ha debido producir a su autor el justo título de legislador de
las naciones. Las que lo consulten y estudien no serán despojadas fácilmente
de sus derechos".
Se ha debatido en la historiografía en qué medida la revolución de 1810 era
parte del proyecto de la revolución liberal española, y si fue más
importante o más directa la influencia de Rousseau que la de Suárez u otros
precursores del liberalismo en España.
Lo que parece claro es que las formulaciones contractualistas de cepa
hispana no eran tan liberales ni democráticas como han querido ver algunos
historiadores.
Por de pronto, la teoría del origen pactado del poder admitía muy diversas
interpretaciones: siguiendo a Hobbes podía ser la justificación de la
monarquía absolutista; según Locke adquiría un sentido liberal, fundando los
derechos naturales de los individuos; y con Rousseau llegaba a ser una
propuesta más radicalmente democrática.
Un ejemplo de las “ambigüedades infinitas” a que podía dar lugar la noción
del pactum societatis es el caso del deán Funes, quien en su Biografía se
jactaba de haberse adelantado a “poner la primera piedra de la revolución”
al reconocer la existencia del contrato social –en su oración fúnebre a la
memoria de Carlos III, en 1790–, siendo que tal invocación no era entonces
sino un modo de ensalzar el sometimiento al poder del monarca.20
El análisis de Halperín Donghi sobre la tradición del pensamiento político
español en relación con las ideas de la Revolución de Mayo, señala las
limitaciones del contractualismo y del constitucionalismo en las
teorizaciones de Francisco de Vitoria, el padre Francisco Suárez y Gaspar de
Jovellanos, ligadas a distintas fases de la evolución de la monarquía en la
península, y demasiado reticentes sus autores a extraer de ellas una
concepción amplia de los derechos de los súbditos, como para que puedan ser
consideradas fuentes ideológicas de los patriotas americanos.
19 Moreno, 1 961: 23 4 y ss.
20 Halperín Donghi, 1 985: 71 -76.
No obstante esas salvedades, es evidente que los postulados de la soberanía
del pueblo y del pacto social, asociados a la idea de la Constitución como
garantía de los derechos ciudadanos frente al poder, habían penetrado
simultáneamente en los sectores ilustrados de España y en sus colonias.
Ello provenía principalmente de la difusión de los autores franceses, y en
especial la descripción de las instituciones inglesas efectuada por
Montesquieu, que servían de fundamento a los partidarios de la monarquía
constitucional, entre los cuales sobresalen dos hombres que se formaron
intelectualmente en la metrópoli: San Martín y Belgrano.
La independencia de las colonias norteamericanas, los acontecimientos de la
Revolución Francesa y los términos de la Declaración de los Derechos del
Hombre y del Ciudadano presentaban como realidades históricas las
consecuencias revolucionarias de aquellos principios. Belgrano cuenta en su
Autobiografía cómo recibió esa influencia junto con los círculos “letrados”
españoles: “Como en la época de 1789 me hallaba en España y la revolución de
Francia hiciese también la variación de ideas, y particularmente en los
hombres de letras con quienes trataba, se apoderaron de mí las ideas de
libertad, igualdad, seguridad, propiedad”.21
Lo cierto es que la confluencia con el movimiento liberal y
constitucionalista español tropezó con la incomprensión de las demandas de
igualdad e independencia de los americanos en las Cortes liberales de Cádiz,
y el posterior interregno de la monarquía constitucional fue pronto abatido
por el absolutismo de Fernando VII. La revolución independentista en América
triunfó contra los ejércitos de España y tuvo que fundar su propia
legitimidad.
Un proyecto existencial
Principio 33° : Todo auténtico proyecto nacional es terapéutico.
Monteagudo señala que el clamor independentista surgió, más que de los
ejemplos extranjeros y de una convicción de principios, de un sentimiento
generalizado de rechazo a los dominadores: “Con la idea de independencia
comenzaron también a difundirse nociones generales acerca de los derechos
del hombre; mas éste era un lenguaje que muy pocos entendían”.
Las afirmaciones de Monteagudo son muy enfáticas en cuanto a la motivación
emocional que predominaba entre los criollos: "Digámoslo francamente: con
excepción de algunas docenas de hombres, el resto de los habitantes no
tuvieron más objeto al principio que arrancar a los españoles el poder de
que abusaban, y complacerse a vista del contraste que debía formar su
semblante despavorido y humillado, con esa frente altanera donde los
americanos leían desde la infancia el destino ignominioso de su vida".22
21 Belgrano, 1 966: 2 4.
22 Monteagudo, 2 006: 1 09.
Belgrano, no obstante su paciente disposición para tratar de ganar la
voluntad de los virreyes y las autoridades coloniales, describe en términos
semejantes la soberbia española y el ánimo de los criollos en el momento en
que, al disolverse el poder en la península, se presentaba la ocasión de
expulsar a los conquistadores: “No es mucho, pues, no hubiese un español que
no creyese ser señor de América, y los americanos los miraban entonces con
poco menos estupor que los indios en los principios de sus horrorosas
carnicerías, tituladas conquistas”.23
Estos testimonios sugieren cómo, a partir de los ejemplos y las ideas
revolucionarias del exterior (las “razones generales” o fundamentos
ideológicos), la “pasión eficiente” radicaba en las vivencias propias de la
opresión colonial.
En el propósito de abatir a la clase de los dominadores latía el anhelo de
rescatar la plena dignidad de los colonizados, “inferiorizados” por aquella
dominación. Mediante la realización del proyecto independentista irían
emergiendo de su depresión como personas y como pueblo.
La liberación de un pueblo
Principio 1° : Todo proyecto nacional libera y moviliza reservas (población
y recursos naturales) hasta ese momento sin uso o marginadas o conflictivas.
El proyecto de liberación, y en particular la guerra contra los realistas,
exigía movilizar las energías de todo el pueblo.
Los patriotas apelaron así a sumar, además de los criollos de la “clase
decente”, al bajo pueblo, a los gauchos y a las castas, sectores que en la
sociedad colonial estaban excluidos de la ciudadanía, sometidos incluso a
estatutos que los esclavizaban o les privaban del reconocimiento pleno de su
dignidad humana.
En un manifiesto a los indios del Perú, Castelli los llamaba a apoyar la
causa de la independencia garantizándoles la restitución de sus derechos:
"Sabed que el gobierno de donde procedo sólo aspira a restituir a los
pueblos su libertad civil, y que vosotros bajo su protección viviréis
libres, y gozaréis en paz juntamente con nosotros esos derechos originarios
que nos usurpó la fuerza. En una palabra, la Junta de la capital os mira
siempre como a hermanos, y os considerará como a iguales".24
Conduciendo los primeros ejércitos patriotas, Castelli y Belgrano se
empeñaron en ganar el apoyo de los pueblos del interior. Belgrano, al
atravesar la zona misionera en la expedición al Paraguay, incorporó a los
guaraníes a sus fuerzas, y desde el cuartel general de Curuzú-Cuatiá
promulgó el estatuto para los pueblos de las Misiones del 30 de diciembre de
1810, en el cual se les reconocía la igualdad civil y política, se les
eximía de tributos y se ordenaba distribuir tierras y crear escuelas. 25
La movilización para la campaña libertadora de San Martín puso en práctica
la conscripción de los negros esclavos –a menudo forzosa para sus amos– que
los liberaba después de prestar servicios militares, y procuró sumar como
auxiliares a las comunidades indígenas, reconociendo sus cacicazgos y
costumbres.
Fuente: Nac&Pop
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