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Entrevista al historiador y ensayista Norberto Galasso

Por Cristian Vitale [30/04/07]

"Hay una necesidad social de volver sobre la historia"

El autor de Jauretche y su época coordina el ciclo "Los que pensaron en grande" en el ND Ateneo y sigue escribiendo, dice, "para desmitificar zonceras". Cuadro clave del revisionismo, Galasso acaba de publicar otro libro que refuta la historiografía oficial: San Martín o Mitre.

Galasso publicó cerca de cuarenta obras, en su mayoría dedicadas a retratar personajes vinculados con el pensamiento nacional.

"En la historia están los que tienen el apoyo académico y los que metemos las narices donde podemos".

Norberto Galasso –historiador, ensayista, militante– acaba de atravesar la barrera de los 70 y juega cómodo en el sitial de maldito. Aquel rol que la historiografía oficial argentina destinó, casualmente, a los hombres que él biografió: Scalabrini Ortiz, Jauretche, Manuel Ugarte, John William Cooke, Discépolo, Perón o el San Martín político, hijo de india guaraní. Es el andarivel que le cabe para desarrollar, con autonomía, su prolífica tarea destinada a desmitificar zonceras. Nada lo detiene. Después de haber llegado al cenit con la vida de Perón, el viejo lobo de la otra historia siguió escribiendo, investigando, casi como una compulsión, y desembocó otra vez en el padre de la patria (plasmado en el libro San Martín o Mitre) y, para "bajar", en Julián Centeya. "Lo conocí bastante, era un atorrante –dice sobre el bizarro poeta del tango–. Me divirtió recordarlo a través de poemas que merecen ser rescatados. Que sólo se le ocurrían a él. Como el de esa mujer mayor que tenía los mejores perfumes, comía en los mejores restaurantes, tenía los mejores autos hasta que Dios puso sus manos en sus hombros y dijo '¡me convertí en una pelotuda!’", se distiende Galasso, presentando una parte del opúsculo El poeta de las musas reas.

Entre Centeya, San Martín y Perón, entonces, Galasso se hizo un tiempo para exponer en el ciclo "Los que pensaron en grande", que se lleva a cabo todos los martes –hasta el 26 de junio– a las 19.30 en el ND Ateneo. Se trata de charlas debate en las que varios expositores (Germán Ibáñez, Maximiliano Molocznik, Héctor Valle y Mario Rapoport) abordarán vida y obra de Jauretche, Manuel Ugarte, Rodolfo Puiggrós, Abelardo Ramos, Hernández Arregui, Cooke, y algunos nexos sobre historia económica argentina. Hoy, además, participará en la Feria del Libro (Sala Alfonsina Storni) junto con Hugo Caruso del panel Literatura y Pensamiento Nacional. "Hay una necesidad social de volver sobre la historia. El que se vayan todos de diciembre de 2001 no fue sólo contra los políticos que no daban respuesta, sino contra los mitos y zonceras, como decía el viejo Jauretche. Creo que recién en ese momento se empieza a poner realmente en duda la historia escrita por Mitre que legitimó, fue funcional a las políticas seguidas por Pinedo, Krieger Vasena, Martínez de Hoz y Cavallo. La sociedad está en una búsqueda, en rechazo a esos discursos retóricos añejos, que se podían leer de atrás para adelante o viceversa, porque daba lo mismo", sostiene, con su natural simpatía. "Es claro –sigue– que una parte de la sociedad está tratando de entender por qué hay tantos argentinos pobres en un país rico. Hay quien se preocupa por Latinoamérica, cuando en Buenos Aires se consideraba un tema de segunda. Todo esto habla de un hombre en ebullición".

–De ahí, la idea de concretar charlas y debates con el mapa "dado vuelta"...

–Es que Argentina está inmersa en una gran oportunidad histórica. Hay necesidad de cambios, urgencia de transformación. En la medida en que se pueda ir consolidando un pensamiento nacional en los cuadros medios de la política y en los jóvenes, en la medida en que se tenga un conocimiento de cuál fue la verdadera historia, se van a resolver los problemas de la unidad latinoamericana. Se está mirando como nunca antes el tema del gasoducto sudamericano, el Banco del Sur... necesidades que se dejaron de lado porque no se pudo concretar el proyecto de San Martín y Bolívar.

–Las 80 páginas de San Martín o Mitre, su último escrito, están destinadas a rebatir los mitos que se han creado sobre el Libertador, desde la visión de Mitre hasta la del ex juez Juan Sejeán, que se atreve a señalarlo como un agente inglés...

–Son cuestiones que necesitan revisarse. Mitre ha hecho su biografía diciendo que San Martín quería libertar pueblos pero no unirlos, que la unión venía de parte de Bolívar y era un proyecto demasiado ambicioso. Por eso, dada la influencia que tuvo Mitre en la historiografía oficial, a San Martín se lo valora como el padre de la patria, el militar, el que escribió las máximas a su hija, pero jamás como ideólogo. El San Martín que veía claramente que si no se producía esta unión cada país iba a ser dependiente ha quedado en las sombras. El político que se oponía a la política rivadaviana probritánica –hasta querer batirse a duelo con Rivadavia en 1825– ha quedado olvidado. Hay que rescatar a ese del que Mitre dice "mejor se hubiera muerto antes de darle el sable a Rosas".

Lo que Galasso intenta puntualizar en su breve pero contundente análisis –además de rechazar la hipótesis de "agente inglés"– es desmitificar la idea de que San Martín volvió al país en 1812 para luchar contra España. Lo ubica, más bien, como un militante antimonárquico, que pretendió liberar a las provincias unidas del sur del absolutismo, en la línea de la Revolución Francesa y de la española iniciada en 1808 y concretada en las cortes de Cádiz en 1812. "La Revolución de Mayo no fue antihispánica e independentista desde el primer momento. Lo que pasa es que a Mitre le permitía oponer las 'luces’ inglesas al oscurantismo español. Fue una visión funcional al proyecto imperialista británico, que se sostuvo durante mucho tiempo para legitimar la dominación. Lo fundamental lo dijo Augusto Barcia Trelles en los ’40 en sus siete tomos sobre San Martín, 2600 páginas que los estudiantes de historia de hoy desconocen. Allí explica que un hombre criado en España no podía jamás venir aquí a apoyar una revolución antihispánica. Venía a apoyar una revolución democrática y popular. Si la obra de Trelles hubiese sido llevada al Colegio Militar, digamos en reemplazo de la cátedra de Mariano Grondona, quizá nuestros generales hubiesen alcanzado una comprensión más profunda acerca de nuestras raíces latinoamericanas".



 

 
Canal Encuentro, serie Voces, Norberto Galasso

–Falta poco para el bicentenario de 1810 y para que se cumpla el sesquicentenario de su muerte, sin embargo la figura de San Martín sigue en el mármol. ¿Su objetivo es "agitemos un poco la cuestión sanmartiniana porque estamos dormidos"?

–Sí. En realidad, varias cosas. Primero, quebrar el pensamiento antinacional que sostiene que nacimos gracias al comercio libre, que nacimos contra España y a favor de Gran Bretaña, gracias a la buena voluntad de los soldados ingleses que después de las invasiones quedaron detenidos, pero que un día salieron en libertad. O al apoyo de Canning. También se dice que no hubo pueblo, cuando en realidad las familias selectas como los Martínez de Hoz, los Ocampo –antepasados de Victoria– votaron a favor del virrey y las clases populares no. ¡Esas eran familias clasistas! Altamira –Jorge– cree que los obreros son clasistas, pero no... clasistas son los Martínez de Hoz (risas). La historia según Mitre tiene errores graves... mejor dicho, errores de intento, que no son errores. Dio paso a que un aventurero como Juan Bautista Sejeán diga que San Martín era un agente inglés... cualquier cosa.

–Sejeán se pregunta por qué un veterano de guerra español viene a combatir contra España y deduce que lo tuvieron que haber sobornado...

–Claro. Pero lo peor es que ante una versión tan insólita se callaron el Instituto Sanmartiniano y la Academia, que no lo hicieron cuando se dijo que San Martín era hijo de india. Para cierta gente, que haya sido agente inglés vaya y pase, pero ¡hijo de india!, ¿cómo es eso? (risas). El de Sejeán fue el último planteo novedoso sobre San Martín, y los planteos nuevos son peligrosos porque la gente, en la búsqueda, por ahí cae en errores. En verdad hubiese sido mejor haber polemizado con él y no callar su hipótesis.

–¿Quiere polemizar? ¿No le alcanzó el cruce subidísimo de tono con Rivera, que protagonizó a través de la revista Sudestada?

–No (risas). Rivera lamentablemente se desubicó, perdió la oportunidad de que hiciéramos un diálogo elevado. No ocurrió así, por ejemplo, con Sulé, del Instituto Juan Manuel de Rosas. Este hombre plantea que existe un solo revisionismo, el rosista, y yo le respondo que hay otros, que consisten en la línea que comienza con Mariano Moreno y su Plan de Operaciones, y prosigue con Dorrego, Chacho Peñaloza, Felipe Varela. Un revisionismo federal-provinciano, con una visión latinoamericana, que incluye a los caudillos como expresión de los sectores más populares. Porque Rosas era expresión de gauchos y negros, pero también de estancieros como los Anchorena. Igual, con Sulé nos mandamos seis cartas abiertas y fue todo muy respetuoso. A lo sumo, se convirtió en un diálogo de sordos. Se polemiza muy poco en Argentina.

–¿Sejeán le respondió?

–No. Al principio, cuando editó su libro cuatro veces, estaba muy embalado y el dueño de Biblos le dijo: "¿Por qué no hacemos un debate?". Pero como él no es un hombre de la historia sino un juez jubilado, cuando le pasaron mi libro de 300 páginas se encontró con algo más complicado de lo que presumía. Y dijo que no... que ya había hablado demasiado de San Martín.

–¿De qué manera la revisión histórica acompaña un proyecto político?

–El día que se entienda que la política no es una lucha entre bárbaros y educados, sino un enfrentamiento de clases, de intereses, se van entender mejor situaciones clave como la Vuelta de Obligado, las Invasiones Inglesas y los movimientos populares de Yrigoyen y Perón. Serviría, además, para evidenciar por qué el radicalismo está como está y el PJ no es lo que fue en la época de Perón.

–¿Y la izquierda?

–Estoy terminando dos tomos críticos sobre la historia de la izquierda en Argentina. Yo no me caracterizo por la arrogancia, entonces en el título pongo "Aportes para una historia de la izquierda en Argentina". No pretendo hacer una historia completa, porque tendría que pedirles todos los archivos al MST, al PTS, al PST, y sería algo infernal... podría terminar en el manicomio (risas). En realidad, trato de ver las razones del desencuentro histórico con los sectores populares y con el peronismo. Después, el hecho de que en 2001 las asambleas populares les abren las puertas a la izquierda. Parece su hora y más precisamente la de Zamora, que tuvo la gran oportunidad de armar un gran frente. Pero su lectura fue "la gente se va a organizar sola" y ahí quedó. Siempre lo mismo. Manuel Ugarte decía en 1910 que el socialismo tenía que respetar nuestra idiosincrasia y jamás se tuvo en cuenta eso. ¿Cómo vas a transformar una sociedad si no la conocés?

Proyectos de país*

"A través de sus luchas, cuando San Martín habla de sus enemigos, muy pocas veces los califica de españoles: para él son godos, realistas, monárquicos, absolutistas, sarracenos, matuchos, maturrangos, maruchos, chapetones o europeos".

"Recién en 1814 España envía expediciones para reprimir. Hasta ese momento, los enfrentamientos se dan entre hispanoamericanos de posición liberal-revolucionaria e hispanoamericanos absolutistas, es decir, los revolucionarios por un lado y las autoridades monárquicas locales, con sus partidarios, por otro. Es guerra civil (...) la revolución recién se hace independentista, separatista, en 1814, cuando el absolutismo se reestablece en España".

"San Martín propugnaba el crecimiento hacia adentro, la unificación de los pueblos de Hispanoamérica, el 'evangelio de los derechos del hombre`, la elevación del negro y del indio, el proteccionismo económico y ensayó en Cuyo algo parecido al Plan de Operaciones de Moreno, en materia de participación estatal y expropiaciones (...) Mitre inventó un nacimiento libreimportador, antihispánico y proinglés en 1810 para dar legitimidad a su proyecto".

*Fragmentos de San Martín o Mitre, de Norberto Galasso

Fuente: Página|12, 30/04/07


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Frente a la globalización

Por Norberto Galasso

Filósofos y ensayistas han sostenido que se trata de un proceso ineluctable, por lo cual resultaría ocioso discutir perjuicios y beneficios.

Algunos, incluso, lo han idealizado suponiendo que un mundo sin fronteras implica el fin de las guerras y el armamentismo, a la vez que la liquidación de las polémicas ideológicas operarían el milagro de diluir los conflictos sociales.

Por otra parte, la realidad del mundo muestra a un 15% de sus habitantes privilegiados con el 80% del ingreso total, mientras que el 85% de la población restante debe conformarse solamente con el 20%.

Todo ello explica que por debajo de la superficie aparentemente calma de la globalización hayan empezado a moverse, dialécticamente, las aguas profundas, agitadas por las cuestiones nacionales.

En este sentido, resulta significativa, en América latina, la vigencia alcanzada por figuras históricas vinculadas con las campañas libertadoras. Bolívar, por ejemplo, fue bandera del candidato triunfante en la última elección venezolana.

Cuadro clave del revisionismo federal-provinciano y alma mater del Centro Cultural Discépolo, Norberto Galasso nació en Buenos Aires en 1936. En 1961, con 25 años, egresó de la Facultad de de Ciencias Económicas de la UBA, pero su principal interés siempre fue la historia. Publicó cerca de 40 obras, en su mayoría dedicadas a biografiar personajes relacionados con el pensamiento y la cultura nacional: Vida de Sacalabrini Ortiz; Jauretche y su época; Discépolo y su época; Atahualpa Yupanqui, el encanto de la patria profunda; Manuel Ugarte; Juan José Hernández Arregui, del peronismo al socialismo; Somos libres y lo demás no importa nada, Vida de San Martín; Socialismo y cuestión nacional; De la Banca Baring al FMI, historia de la deuda externa argentina; Del televisor a la cacerola; los dos tomos de Perón; y Cooke, de Perón al Che.

El ideario artiguista está lozano en la política uruguaya. Y, aunque más actual, en Panamá se asiste a la resurrección del torrijismo. De idéntico modo, en la Argentina ha revivido el interés por San Martín.

La globalización -con apariencias de triunfo indiscutido- provoca, por reacción, reivindicaciones nacionales en buena parte del mundo, especialmente en la periferia. La cuestión nacional se pone sobre el tapete de la historia pero adquiriendo un carácter popular, ajeno por completo al viejo nacionalismo de derecha, reaccionario y oscurantista.

Oportuno resulta entonces recordar la respuesta de Jauretche en los años 30, a quienes pretendían confundir la lucha forjista contra la Argentina semicolonial de economía agro-exportadora, con el nacionalismo reaccionario: Para los nacionalistas, la Nación ya fue y su proyecto es el pasado, como el rezo del hijo ante la tumba del padre. Para nosotros, nacionales, es el canto del padre junto a la cuna del hijo, es un sueño de futuro.

Aunque no exento de audacia -y para algunos, seguramente de voluntarismo- puede sostenerse el pronóstico de que los próximos años marcarán la agudización de los antagonismos entre los nacionalismos opresivos y avasallantes -escudados en la globalización- y la lucha de los pueblos del mundo periférico en defensa de sus identidades, sus riquezas y su derecho a decidir su propio destino.

*Norberto Galasso es historiador y ensayista político. Algunas de sus obras son Manuel Ugarte: un argentino maldito, Raúl Scalabrini Ortiz y su lucha contra la dominación inglesa.

Fuente: Clarin, 1999


 
Entrevista: Norberto Galasso, historiador y ensayista

Por Jesica Bossi

Retrato del autor
 
Norberto Galasso nació el 28 de julio de 1936, en Buenos Aires. Estudió en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos y egresó como contador, en 1961. A fines de la década del 50, sus inquietudes políticas lo impulsaron a leer –por recomendación de uno de sus tíos- unos "libritos" de la "pequeña biblioteca socialista". Leyó a Marx, Trotsky, entre otros, y se familiarizó con los conceptos de lucha de clases, plusvalía, explotación.
El joven Galasso supuso que si con el socialismo los trabajadores vivirían mejor, entonces, todos los obreros debían ser socialistas. Hizo un experimento de campo: "Salí a preguntar en el barrio y todos eran peronistas. Eso me dio vuelta las ideas".

Más adelante, se acercó a escritores como Arturo Jauretche, Juan José Hernández Arregui, Raúl Scalabrini Ortiz. En los inicios de los 70s, militó en la Izquierda Nacional con Abelardo Ramos, del que luego se distanció.

Entre sus investigaciones biográficas se destacan "Vida de Scalabrini Ortiz"; "Jauretche y su época"; "Manuel Ugarte"; "Juan José Hernández Arregui: del peronismo al socialismo"; "Discépolo y su época"; "Atahualpa Yupanqui: el encanto de la patria profunda". Sus últimos trabajos son "Seamos libres y lo demás no importa nada"; "Vida de San Martín" (2000); "De la Banca Baring al FMI" (2002) y "Del televisor a la cacerola" (2003).

En 1999, optó por abandonar su estudio contable y dedicarse exclusivamente a la investigación histórica y a la docencia. Además, forma parte del Centro Cultural Enrique Santos Discépolo, donde dicta cursos en el marco del ciclo "La otra Historia".

"Se tiene que leer a Marx pero también a Gabriel García Márquez. Nuestra situación no puede comprenderse sin el "realismo mágico", sostiene Galasso. Su preocupación por la difusión de la "historia oficial" como verdad absoluta lo lleva a reflexionar: "No extrañe, entonces, que muchos argentinos de hoy no sepan quiénes son, ni en qué lucha insertarse, ni qué gestas del pasado continuar y concluya en el desánimo o el pasaporte. Le han robado su derecho a conocer la propia Historia, para robarle su derecho al futuro".

El queso del sándwich

"La clase media no tiene otro destino que vincularse a los trabajadores", sostiene el escritor en diálogo con Segundo Enfoque. También, explica por qué este sector de la sociedad pasó del televisor a la cacerola, analizando sus contradicciones, sus valores y su educación. Y opina sobre el gobierno de Néstor Kirchner y el panorama latinoamericano actual.

El lugar estaba copado por libros y documentos. La luz era tenue. Corrí unos papeles desparramados sobre el escritorio para colocar mi grabador. "Acá funcionaba mi estudio contable", señaló mientras se sentaba. Norberto Galasso se recibió de contador en 1961 y ejerció su profesión hasta 1999. "Tuve que dejar porque no podía terminar el libro sobre José de San Martín. Imagínese, durante el día atendía el estudio y a la noche escribía. Era imposible", comentó.

Su pasión por la historia y la política comenzó en los 50s. Casi todas sus obras, más de cuarenta, apuntan al campo popular y al pensamiento nacional. En ese sentido, afirma: "Se trata del derecho de saber quiénes somos, dónde estamos y hacia dónde vamos. De contar la otra historia".

Su último libro, presentado en julio y editado por Astralib, es "Del televisor a la cacerola". Como bien sintetiza el subtítulo, Galasso narra las desventuras y replanteos de un hombre de la clase media de Buenos Aires. Los valores, la cultura y el pensamiento de este segmento de la sociedad aparecen concentrados en la figura del personaje principal: Inocencio Esquilmao.

¿Por qué decidió escribir acerca de la clase media porteña?

Uno de los motivos es porque pertenezco a ella. He nacido en ella y a pesar de que no comparto la mayor parte de los valores que predominan en esta clase, uno tiene las relaciones propias de la clase social donde nació y se mueve. Yo he tenido hasta hace unos años un estudio contable, recibía comerciantes, profesionales, pequeños industriales, es decir, sectores de la pequeña clase media, la del barrio.

Además, la clase media resulta fundamental en la política argentina, especialmente la de Buenos Aires. Ésta es producto de la inmigración y de una construcción de la Argentina en función de la exportación y teniendo como núcleo central el puerto de Buenos Aires. Alguien ha dicho que los porteños están en Latinoamérica pero parados en Buenos Aires, mirando hacia Europa y dando la espalda al resto de América Latina.

Ud. define a la clase media como el "queso del sándwich", entre la oligarquía y los obreros. ¿Cómo cree que debería articularse?

La clase media no tiene otro destino que vincularse a la clase trabajadora. Ella es víctima, al igual que los trabajadores, de una organización económica y social que no la favorece en los hechos, en lo concreto. Los hombres de clase media, en general, no tienen ingresos muy superiores a los de los trabajadores. Pero sí tienen una serie de valores y fábulas en las cuales creen y que les permite que ellos piensen que tienen un status superior al de los trabajadores. Empezando porque son blancos. El libro plantea en uno de los capítulos que no hacen discriminación racial con respecto a los judíos, lo que me parece bien, pero sí hacen discriminación racial con respecto a los provincianos a los cuales califican de negros. Creen que tienen una ética y que eso los diferencia de los trabajadores a los cuales, siguiendo los valores de la clase dominante, califican de vagos, analfabetos, incapaces o racialmente inferiores.

Por otro lado, la clase media cree que es muy culta. Y lo es en la medida en que se informa de los literatos europeos, de conocimientos enciclopedistas en el colegio, como cuándo fue emperador Carlomagno. Pero desconoce cosas de la economía concreta o las cuestiones fundamentales de la historia argentina. Entonces, a partir de esto Juan José Hernández Arregui dice que es más o menos culta y más o menos ignorante. Es culta a veces de las cosas que no sería importante saber. Sería más importante conocer profundamente lo que uno tiene a su alrededor y después si uno conoce lo otro, mejor.

El libro termina con el episodio del 19 y 20 de diciembre. ¿Cómo interpreta hoy esos acontecimientos?

Inocencio Esquilmao (el personaje que representa a la clase media) está en Plaza de Mayo con sus contradicciones, pero está. Y protagoniza el derrumbe de un gobierno. Se lanza a la plaza cuando Fernando de la Rúa impone el estado de sitio. Era la gota que faltaba para convencerlo de que todo el discurso retórico acerca de las instituciones del que hablaba De la Rúa no tenía sentido. A Inocencio se le derrumbó la creencia en los bancos, en la Corte Suprema, la idea de que los legisladores eran los padres de la patria y que eran tipos prestigiosos. Se la ha venido cayendo mito tras mito. El último fue cuando De la Rúa, que era la expresión de las instituciones, dicta el estado de sitio para reprimirlo a él. Entonces, Inocencio es protagonista y después de la caída del gobierno empieza a buscar caminos. Abandona la Plaza de Mayo y a la semana siguiente está en la asamblea del barrio, se consustancia con la cacerola dejando el televisor del sábado a la tarde. Busca un camino en las asambleas populares. Es difícil encontrar el camino y allí no sólo la dificultad está dada por las contradicciones propias del hombre de clase media sino por la impotencia de la clase dirigente que no sabe darle cauce político a este movimiento. Los sectores que se denominan de izquierda van a las asambleas a tirar fuegos de artificio, a hacer petardismo ideológico y en muchos casos lo asustan. (Rinnngggg... Rinnngggg...)

- Esperá que dejen el mensaje y seguimos conversando- dijo.

- No hay problema- le respondí.

- "Habla Alberto. Llamaba para desearte feliz cumpleaños."

Esbozó una sonrisa y rápidamente pidió que siguiéramos adelante.

- En qué estábamos- preguntó Galasso.

- Ud. se refería a los partidos de izquierda y su intención de imponerse en las asambleas.

Ah, esto significa que en muchos casos este hombre de clase media se asusta, se espanta, observa el espectáculo insólito de que dos grupos de izquierda se enfrentan belicosamente para ver quien se queda con la asamblea. Es decir, esto que a él le parecía un mecanismo importante también se le frustra en gran medida. Todavía hay algunas asambleas que funcionan, otras han derivado en algún tipo de asistencialismo, realizan actividades, etc. Pero el gran movimiento asambleísta que podía esperarse tras la caída de De la Rúa, en vez de concretarse en un cauce político nuevo –había algunos referentes que la gente reconocía- no se desarrolló. Un poco por las ideas de John Holloway, que se han puesto de moda desgraciadamente, y otro poco por la incapacidad política, es que esto no se ha hecho. Entonces, ese hombre está allí, no es como dicen algunos "ha vuelto a la cacerola decepcionado", porque al que le picó el bichito de que él puede ser protagonista, de que tiró abajo un gobierno, yo creo que potencialmente está en condiciones de volver a sumarse a una caravana popular en la medida en que eso se pueda organizar.

Sin embargo, ha tomado conciencia de modo parcial, por momentos...

Inocencio tiene esas limitaciones propias del hombre que ha sido gran parte de su vida pequeño comerciante. Las campañas de precios máximos y demás le ponen los pelos de punta. Aunque él tenga reservas con lo que denomina el "intervencionismo estatal", es un hombre que puede incorporarse en un gran frente, si se le explica que el objetivo es que haya mayor consumo. En el libro relato que cuando se le dice a Inocencio que la política económica que podría aplicarse provoca que la gente compre más camisas, él que es un vendedor de camisas dice: "Ah, eso del Frente Nacional de Liberación me interesa". Entonces, tenemos que verlo desde ese aspecto. No podemos idealizar y pensar que el hombre de clase media puede dejar de serlo y convertirse en el Che Guevara. Él piensa que si hay una reactivación y aumento de la demanda su negocio va a andar mejor. Y va a colaborar en un cambio hasta un cierto punto. Quizás con el correr del tiempo, se profundicen las transformaciones y a lo mejor va al decir: "Bueno, yo a esto no lo acompaño". Por ejemplo, es el caso de las fábricas recuperadas, las cooperativas, se le hace muy difícil de entender a este hombre de clase media.

Escenarios

La pregunta ineludible en estos días es acerca de los primeros meses de gestión del gobierno de Néstor Kirchner. Para Norberto Galasso hay algunos puntos positivos, como los esfuerzos para depurar la Corte Suprema de Justicia y el PAMI, y la derogación del decreto 1581/01 que impedía la extradición de militares. "Consiguió el apoyo, según dicen las encuestas, de más del 80% de la población. Aunque yo tengo dudas con respecto a la economía. Hay mucha presión que ejercen los grupos económicos que quieren un salario bajo para los trabajadores. Y, como dicen algunos abogados laboralistas, 'la desocupación es como un revolver en la sien para el desocupado’", reflexiona.
En 2002, publicó un libro sobre la historia de la deuda externa argentina titulado "De la Banca Baring al FMI". En ese sentido, afirma: "Alejandro Olmos hizo una investigación y detectó todas las irregularidades en las sucesivas negociaciones. Además, el juez federal Jorge Ballesteros dictaminó que la deuda externa que se contrajo entre 1976 y 1982 era, en gran parte, ilegal. Por eso, envió la causa al Congreso y ahí duerme desde hace unos años. Creo que, desde el punto de vista estratégico, debería conformarse un club de deudores en América Latina y plantear una postura fuerte para negociar".

¿Cómo ve la situación política latinoamericana?

Claramente Lula no está haciendo lo esperado, está aplicando una política económica ortodoxa. Pero soy prudente para opinar acerca de Brasil desde tan lejos, si ya resulta difícil analizar la situación argentina. Sin embargo, creo que Lula sigue apostando a afianzar el MERCOSUR y los lazos con los países latinoamericanos. En el caso de Lucio Gutiérrez en Ecuador, en realidad, no confiaba en él sino el la confederación indígena que lo apoyó y que ahora lo está cuestionando por el rumbo que está tomando su gestión.

En cambio, hay más expectativa en la figura de Evo Morales que casi gana las elecciones presidenciales en Bolivia y en el Frente Amplio que se va a imponer seguramente en Uruguay.

¿Y Venezuela?

Venezuela, con Hugo Chávez a la cabeza ya ha resistido dos intentos de golpes de Estado. No es frecuente en América Latina que los derrocamientos o intervenciones no resulten exitosos. Un grupo de militares se negó a reprimir y fue el pueblo -millones de personas- que bajó desde los cerros a reclamar por el presidente hasta que retornó al poder.

En la actualidad, el campo popular está fragmentado. Por ejemplo, en Argentina hasta las organizaciones piqueteras están divididas. ¿Cómo construir un proyecto político que reunifique los distintos sectores?

Si lo supiera...(risas). Sin dudas hay que formar un nuevo proyecto político que incluya a los sectores medios, populares, etc. Hoy hay una gran fragmentación. Puede ser articulado desde arriba, por ejemplo, a partir de Kirchner, como no. En Venezuela los dos partidos tradicionales –Acción Democrática y Copei- estaban totalmente desprestigiados y entonces surgió Hugo Chávez, dentro de las Fuerzas Armadas. Acá pasa lo mismo, los dirigentes no representan a nadie. Todavía no ha emergido ninguna opción. Aunque creo que en este momento está resurgiendo una conciencia nacional y latinoamericana que se da porque existe una identidad e historia común.

Sin embargo, todavía hay muchas rivalidades. En muchos casos, hay individualismos de tipos que quieren ser ellos y no están dispuestos a integrarse con otros grupos. Creo que la realidad social va a imponer una fuerza nueva que sea capaz de confrontar en las cuestiones que sean necesarias. Esta fuerza seguramente tendrá detrás la historia de lo mejor del yrigoyenismo, del peronismo, de la concepción de San Martín, y de los movimientos latinoamericanos. ¿De dónde puede salir? Es una incógnita. Hay que estar preparados, atentos a todo lo que tienda a unificar el campo popular. La única clase que no se fragmenta es la dominante, y es como dice Luckacs, la única clase en sí y para sí.

A lo largo de la entrevista, que se extendió por una hora y media, el historiador recibió cuatro llamados para saludarlo por su cumpleaños. Cuando me retiraba, Galasso me comentó que estaba trabajando en un ambicioso proyecto: la historia del peronismo. Anochecía en Parque Chacabuco y la llovizna era cada vez más espesa. En ese momento, recordó que en el bar de la esquina lo esperaba un amigo. Tal vez era el propio Inocencio Esquilmao

Fuente: www.segundoenfoque.com.ar

 


El derecho a conocer la historia

Tanto la Constitución Nacional, como diversos pactos internacionales, reconocen a todo ciudadano un conjunto de derechos, que se han venido ampliando con el transcurso del tiempo. Sin embargo, a veces se aduce, con razón, que esos derechos, reconocidos por la ley y por la opinión mayoritaria de la sociedad, las más de las veces no pueden ser ejercidos concretamente, especialmente dada la desigualdad social reinante: la auténtica libertad de prensa requiere ser dueño de un diario, el derecho a transitar depende del dinero para pagar el pasaje, etc.

Si ahondamos la cuestión, podríamos sostener también que el verdadero ejercicio de esos derechos exige, como condición para quien los ejerza, el conocimiento de quién es él mismo, cuál es el país en que vive y cuál el rol que debería desempeñar para el progreso suyo y de sus compatriotas.

Pero, para ello, es obvio que debe conocer profundamente la historia del país, a la luz de la cual se tornará comprensible su propia vida. Si, por el contrario, desconoce los rasgos fundamentales de la sociedad en que vive y las razones por las cuales ella es como es, puede resultar que ejercite sus derechos de una manera tan errónea que contraríe los propios objetivos que busca concretar. Por ejemplo, quien suponga que los latinoamericanos son abúlicos y perezosos -por motivos raciales- desconfiará seguramente de aquellos "oscuramente pigmentados" y los denigrará, cuando, sin embargo, la verdadera historia le demostraría que ellos fueron los soldados de la independencia y que dieron su vida a movimientos políticos que provocaron un fuerte progreso de nuestros países.

El derecho de conocer la Historia Argentina resulta, pues, indiscutible para todos los habitantes del país, como instrumento fundamental para conocer quiénes somos, dónde estamos y hacia adónde vamos.

La Historia Oficial

Sin embargo, la Historia que se nos ha venido enseñando, generación tras generación, de Mitre hasta aquí, no cumple esa tarea de ofrecernos un cuadro vívido y coherente de nuestro pasado, desde una óptica popular. Se trata, en cambio, de un relato construido desde la óptica de las minorías económicamente poderosas estrechamente ligadas a intereses extranjeros, expuesto como sucesión de fechas y batallas cuya relación, más de una vez, aparece como arbitraria o sólo generada por enfrentamientos personales. Durante largos años, diversos investigadores la impugnaron- generalmente desde los suburbios de la Academia, pues ésta se halla controlada por la clase dominante- y en muchas ocasiones ofrecieron pruebas irrefutables de que la Historia oficial no era, en manera alguna, "la historia argentina", es decir, el relato interpretativo de nuestro pasado, visto con una "óptica neutra y científica, alejada de las pasiones políticas", como lo pretendían los docentes de antaño, por supuesto, con total buena fe. Se demostró que en el campo de la heurística (cúmulo de datos, documentos, objetos, etc. que constituyen la materia prima de la historia) se escamoteaban muchos sucesos: por ejemplo, que Olegario Andrade no era sólo poeta sino militante y ensayista político, al igual que José Hernández, que los negocios del Famatina gestionados por Rivadavia implicaban una colusión de intereses privados con la función publica, que tanto San Martín como O’Higgins odiaban al susodicho Rivadavia, que la represión de los ejércitos mitristas en el noroeste, entre 1862 y 1865, significó la muerte de miles argentinos y hasta, durante largo tiempo, se ocultó la batalla de la Vuelta de Obligado para no reconocer el mérito de Rosas, aún disintiendo con su política interna, de defender la soberanía de la Confederación. Asimismo, se demostró que en el campo de la hermenéutica (la otra columna de la historia, referida a la interpretación, que explica la concatenación de los hechos históricos entre sí) también se habían tergiversado figuras y sucesos, como, por ejemplo, mostrar al buenazo del Chacho Peñaloza como autoritario y represor para justificar que los "civilizadores" le cortaran la cabeza y la expusieran en una pica en Olta, suponer que San Martín estaba mentalmente declinante cuando le legó su sable a Rosas, siendo que el testamento lo redactó a los 65 años (siete años antes de su muerte)

Estas críticas provinieron, inicialmente, del nacionalismo reaccionario -denostador de Sarmiento por la defensa de la enseñanza laica y no por sus concesiones al mitrismo- y también de investigadores que carecían del título de historiadores, por lo cual la clase dominante los desplazó a los suburbios de la cultura y ni siquiera se dignó polemizar con ellos. Más tarde, cuando otras críticas provinieron de un marxismo que echaba raíces en América Latina, también se las descalificó por carecer de óleos académicos.

Por supuesto, un pensamiento liberal honesto -aunque con ataduras a los intereses económicos dominantes- hubiese reconocido que inevitablemente existe "una política de la historia" y que, en razón de esto, las diversas ideologías que disputan en el campo político, también lo hacen en el terreno de la interpretación histórica. Hubo algunos, es cierto (quizás podrían citarse a Saldías y a Pérez Amuchástegui), que no obstante su concepción liberal, se negaron a convalidar muchas fábulas inconsistentes, pero, en general, los historiadores oficiales se abroquelaron en la versión mitrista, divulgada por Grosso, y condimentada por Levene, Astolfi , Ibáñez y tantos otros, y luego, en el "mitrismo remozado" por Halperín Donghi. Con la ayuda de otras disciplinas -que le otorgaban cierta verosimilitud científica- la "Historia social" ofreció, entonces, una versión aggiornada de la vieja historia oficial, en la cual los héroes tradicionales- quienes todavía dan nombre a plazas, calles, localidades, etc. – permanecieron incólumes mientras los "malditos" continuaban siendo vituperados (Felipe Varela por fascineroso, Facundo por bárbaro, Dorrego por díscolo) o sepultados en el más absoluto silencio ("Pancho" Planes por morenista, antirrivadaviano y dorreguista, Fragueiro por pretender una banca social, el viejo Alberdi por condenar el genocidio perpetrado en Paraguay, David Peña por "facundista" y "dorreguista", Rafael Hernández por industrialista, Juan Saa, Juan de Dios Videla y Carlos Juan Rodríguez por federales enemigos de la oligarquía porteña). Igual destino sufrieron los historiadores heterodoxos, que se apartaron de la línea oficial, aislados, silenciados, hundidos en el olvido, como Ernesto Quesada, Manuel Ugarte, Juan Álvarez, Francisco Silva, Ramón Doll, Rodolfo Puiggros, Enrique Rivera y tantos otros.

Como señaló con mordacidad Arturo Jauretche, "esa historia para el Delfín, que suponía que el Delfín era un idiota" no sirve para que un argentino se reconozca por tal, para que entienda su condición latinoamericana a través del auténtico San Martín (cruzando los Andes con bandera distinta a la argentina, la cual sólo los cruzó en la imaginación de la canción escolar, y más aún, haciendo la campaña al Perú bajo estandarte chileno) o encuentre que una política de expropiación a las grandes intereses tiene sus antecedentes tanto en el mismo San Martín en Cuyo, como en el Moreno del Plan de Operaciones, así como la defensa de la industria nacional viene desde Artigas, pasa por San Martín y se consolida en Rafael Hernández y Carlos Pellegrini. Tal historia -agregaba Jauretche- "le ha quitado el opio que tomaba San Martín para calmar sus dolores estomacales" por considerarlo mal ejemplo para los alumnos, con lo cual San Martín continúa retorciéndose de dolor, mientras el opio se ha transferido a la Historia Escolar con el consiguiente adormecimiento de los alumnos.

No extrañe, entonces, que muchos argentinos de hoy no sepan quiénes son, ni en qué lucha insertarse, ni qué gestas del pasado continuar y concluya en el desánimo o el pasaporte. Le han robado su derecho a conocer la propia Historia, para robarle su derecho al futuro.

La crisis de la historia oficial

Pero, ahora ocurre que las viejas estatuas crujen, que los cartelitos de las calles apenas se sostienen sacudidos por nuevos vientos, que algunos libros clásicos se caen y por efecto dominó, arrastran a los divulgadores, angustian a los conferenciantes, provocan insomnio a los académicos. Esta afirmación no es mera conjetura sino que surge de un artículo publicado en "Clarín", del 24 /5/2002, por una de las figuras más importantes de la corriente historiográfica denominada "Historia Social", que hoy predomina en las universidades. Allí se afirma que "los historiadores profesionales" ya no acuerdan con la interpretación de Mitre: "Estamos lejos de lo que se enseña en la escuela y también del sentido común". Si bien no confiesan que su nueva visión latinoamericana proviene de los historiadores "no profesionales" (Por ejemplo, Manuel Ugarte en 1910, Enrique Rivera en "José Hernández y la Guerra del Paraguay", publicado en l954 o "Imperialismo y cultura" y "Formación de la conciencia nacional", publicados en 1957 y 1960, por Juan José Hernández Arregui), lo importante consiste en que ahora manifiestan desacuerdo con la versión tradicional, que Mitre "inventó". Después de más de un siglo, resulta ahora que desde el Departamento de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires se les anuncia a los maestros que han difundido una historia falsificada, errada, que carece del sustento científico que antes se le había otorgado desde las supuestas altas cumbres del pensamiento científico.

Claro, estos "historiadores profesionales" comprenden la gravedad de lo que afirman y admiten: "Sin duda, hay una brecha que debe ser cerrada, pues en Historia, tanto como en física o Matemáticas no puede admitirse tal distancia entre el saber científico y el escolar". Indudablemente, sería sorprendente que en la Universidad explicasen la revolución de mayo como integrando una revolución latinoamericana en "una guerra que enfrentó a patriotas y realistas" (absolutistas) como lucha entre "americanos y godos" (no ya entre independentistas y españoles) después que los maestros la han enseñado como una revolución, realizada por argentinos que odiaban todo lo español. (Y lo han hecho con los consiguientes dolores de cabeza cuando algún niñito "prodigio" preguntaba: ¿entonces, por qué había españoles, como Larrea y Matheu, en la Primera Junta? Entonces, ¿por qué flameó la bandera española en el fuerte hasta 1814? Entonces, ¿por qué regresó San Martín, en 1811, si por toda su formación cultural, familiar, militar, etc. debía ser un español hecho y derecho, después de pasar pasado entre los 6 y los 33 años en España?)

Con toda razón, esos maestros deberían enrostrarle a los "historiadores profesionales" que no han cumplido función alguna, desde la Universidad y la Academia, al permitir que se difundieran interpretaciones falsas de nuestro pasado, las cuales curiosamente tienden a desvincularnos de América Latina y de la España revolucionaria, para idealizar a la Revolución de Mayo como un movimiento "por el comercio libre"... con los ingleses.

¿Qué función cumplen estos "historiadores profesionales" -podrían argumentar los maestros- si no son capaces de disipar los errores en la primera etapa de la escolaridad? Como "los historiadores profesionales" prevén esa crítica-aducen que esa brecha entre el saber científico y el escolar (que por primera se reconoce que no es científico) debe cerrase "con cuidado", porque "este relato mítico es hoy uno de los escasos soportes de la comunidad nacional" y habría sido "inventado" por Mitre para otorgarnos una "identidad nacional".

¿Que significa esta última apreciación? Que, si bien la historia escolar no es científica, ha sido "inventada" y de una u otra manera nos da "identidad nacional, "que si bien "aquellos hombres no fueron héroes inmarcesibles, sino sólo hombres como nosotros", nos dieron "una forma, un modelo de sociedad y de Estado" que debe preservarse y recrearse permanentemente. Corresponde preguntar, entonces : ¿Cuál es ese modelo? ¿El de Martínez de Hoz, acaso? ¿Cuál es ese Estado? ¿El que promovía redistribuir el ingreso en los años 50 o el que favoreció nuestro endeudamiento externo en 1976?

Grave encrucijada para la Historia oficial en momentos en que la mayoría de la sociedad argentina cuestiona a los políticos, a los Bancos, a los magistrados de la Corte Suprema. ¿Sorprendería acaso que entre tanta cosa vieja, ya inservible, fuera también al desván la Historia Oficial? ¿Sorprendería acaso que el pueblo reclamase el derecho a conocer su verdadera historia, para saber quién es realmente, cuáles son sus hermanos de causa y quiénes lo que pretenden cerrarle el horizonte?

En esta época en que se avecinan transformaciones profundas, el conocimiento de una verdadera identidad -no "identidad colonial" sino "identidad nacional", no "inventada" por nadie, sino forjada por los argentinos a través de una larga lucha por la justicia, la igualdad y la soberanía- seguramente permitirá a las mayorías populares argentinas lanzarse a gestar un futuro digno de ser vivido.

Buenos Aires, octubre 28 de 2002

Fuente: Centro Cultural "Enrique Santos Discépolo"
 

 
El pueblo quiere saber de qué se trató

La Revolución de Mayo

La historia oficial

En los discursos escolares se califica a la Revolución de Mayo como el día del nacimiento de la patria y según ese criterio, todos los años se festeja con cantos y escarapelas.  Para la historiografía liberal, Mayo fue una revolución separatista, independentista, antihispánica, dirigida a vincularnos al mercado mundial.

Se explota la idea de libertad que trajeron los soldados ingleses invasores en 1806 y 1807, cuando quedaron presos algún tiempo en la ciudad, vinculándose con la gente patricia; el programa de la Revolución está resumido en la Representación e los Hacendados, pues el objetivo fundamental de la revolución consistía en el comercio libre o más específicamente, en el comercio con los ingleses. El gran protector de la revolución fue el cónsul inglés en Río de Janeiro, Lord Canning.

De Bartolomé Mitre a nuestros días, esta versión ha prevalecido en el sistema de difusión de ideas (desde  los periódicos, suplementos culturales, radiofonía y televisión hasta los diversos tramos de la enseñanza y revistas infantiles como Billiken). Aburrida, boba, quedo sacralizada, sin embargo, porque esa era la visión de una clase dominante que había arriado las banderas nacionales y se preocupaba, en el origen del mismo de nuestra historia, de ofrecer un modelo colonial y antipopular (nota: Galasso desarrolla cuan diferente fue la realidad)

Dado que la interpretación mitrista, por razones políticas, es la que ha alcanzado mayor influencia y difusión, debemos centrar en ella la cuestión y preguntarnos, desde el vamos, si ese Mayo, que pretendidamente elitista y proinglés, merece la veneración como expresión de colonialismo. Esto implica, asimismo, interrogarnos acerca de si la revolución, tal como ocurrió realmente, tiene que ver con la "historia oficial" o si ésta es simplemente una fábula impuesta por la ideología dominante para dar fundamento, con los hechos del pasado, a la política de subordinación y elitismo presente.

¿Revolución separatista y antihispánica?

Haciendo de cuenta que esta fábula sea así, en el Cabildo Abierto, a punto de nacer una nación que rompe con España en un sentimiento antiespañol,  alguien se adelanta y dice en voz alta: "¿Juráis desempeñar lealmente el cargo y conservar íntegra esta parte de América a nuestro soberano Don Fernando Séptimo y sus legítimos sucesores y guardar puntualmente las leyes del Reino? – Si, lo juramos!," contestan los miembros de la Primera Junta.

Entonces, ¿qué es esto de una revolución antiespañola que se hace en nombre de España?

Ni un día habrñia durado la Junta en el caso de una "traición" tan manifiesta si el movimiento hubiese sido separatista, antiespañol y probritánico. Por ejemplo, uno de los vocales presentes en la jura, Juan Larrea, resulta que es un dirigente de una supuesta revolución antiespañola y es.....¡español!; y es más, Manuel Belgrano, no era español pero había pasado gran parte de su juventud y nutrido sus conocimientos en España.

Para figurar esto, durante varios años, los ejércitos enemigos (que San Martín llama siempre "realistas –por su apoyo a la realeza española-, chapetones o godos, pero nunca españole) enarbolando bandera española como si se tratase realmente de una guerra civil entre bandos de una misma nación.

¡Los activistas French y Berutti repartían estampas con la efigie del Rey Fernando VII en los días de mayo!

Lo que destroza la fábula de una revolución separatista y antiespañola es la incorporación de San Martín en 1812. ¿Quién era San Martín? Se trataba de un hijo de españoles que había cursado estudios y realizado su carrera militar en España. Al regresar al Río de la Plata –de donde había partido a los siete años (nota: mucho no recordaría de su infancia en Yapeyú) era un hombre de 34 años, con 27 de experiencias vitales españolas, desde el lenguaje, las costumbres, el bautismo de fuego, etc...

Es decir que el San Martín que regresó en 1812 era un español hecho y derecho y no venía a pelear contra la nación donde había pasado casi toda su vida.

Lo que hay que tener en cuenta, y que permanece bastante en la oscuridad, es que en 1810 encontramos en España dos realidades: las Juntas Populares y una España absolutista (de la corona).

La historia hispanoamericana en su conjunto, se encuentran casi siempre diversos pronunciamientos revolucionarios que culminan en declaraciones de "lealtad a Fernando VII". La Junta creada en Chile en 1810 reafirmó su lealtad a Fernando VII. El 19 de abril de 1810 se constituyó en Caracas "La Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII".  Salvo en México, por la fuerte presencia indígena, se podía encontrar un clima para el antihispanismo, donde los revolucionarios estaban divididos entre los que respetaban el nombre de Fernando VII y los que directamente planteaban la independencia.

En 1809, en La Paz, un escibano Cáceres y un chocolatero Ramón Rodríguez se encargaron  con otros hombres de apoderarse de la torre de la catedral y tocar a rebato la campana para reunir al populacho. La revolución se hizo con gran desorden, siempre a los gritos de "¡Viva Fernando VII, mueran los chapetones". El 11 de septiembre, Murillo sostiene: "La causa que sostenemos, ¿no es la más sagrada? Fernando, nuestro adorado rey Fernando, ¿no es y será eternamente el único agente que pone en movimiento y revolución todas nuestras ideas?"

Queda claro que todo se trataba de una disputa por la hegemonía del poder entre la nobleza y la burguesía. La guerra no fue entre hermanos, una guerra civil, tampoco por razas, sino por partidos políticos.

No existe entonces, fundamento histórico alguno para caracterizar a la Revolución de Mayo como movimiento separatista y por ende proinglés. Tampoco es cierto que su objetivo fuese el comercio libre por cuanto éste fue implantado por el virrey Cisneros el 6 de noviembre de1809.

Esta versión histórica resulta el punto de partida para colonizar mentalmente a los argentinos y llevarlos a la errónea conclusión de que el proceso obedece a la acción de "la gente decente, especialmente si ésta es amiga de ingleses y yanquis, al tiempo que enseña a abominar a las masas y el resto de América Latina.

Impuesta en los programas escolares, sostenida por los intelectuales y por los medios de comunicación del sistema, que difunden las ideas de la clase dominante, vaciada de la lucha popular.

La revolución en España: de la liberación Nacional a la Revolución Democrática

Alberdi señalaba que la Revolución de Mayo debía relacionarse necesariamente con la insurrección popular que estalló en España en 1808: "La Revolución de Mayo es un capítulo de la revolución hispanoamericana, así como ésta lo es de la española y ésta, a su vez, de la revolución europea que tenia por fecha liminar el 14 de julio de 1789 en Francia".

La España de carlos IV y su hijo Fernando VII ha sido invadida por los ejércitos franceses y ante la prepotencia extranjera se alza el pueblo español un 2 de mayo de 1808. Así se crean las organizaciones regionales con el nombre de "Juntas" que coordinan una dirección nacional en la Junta Central de Sevilla. Ese estallido popular y lucha de liberación nacional, comienza a profundizar sus reivindicaciones ingresando al campo social y político(el derecho del pueblo a gobernarce por si mismo).

La revolución nacional española se convierte en revolución democrática. La Junta de Galicia, impone fuertes impuestos a los capitalistas, ordena a la Iglesia que ponga sus rentas a disposición de las comunas y disminuye los sueldos de la alta burocracia.

Mientras se sufría la invasión francesa, paradójicamente la presión de las ideas que se expanden en Europa son aquellas banderas de la Revolución Francesa, inclusive en la invadida España. Esas ideas de "libertad, igualdad y fraternidad" son retomadas en España y desarrolladas. Así es como, mientras las intrigas palaciegas de Carlos IV y su esposa mostraban la decadencia, el pueblo encuentra a Fernando VII, que se había manifestado contra sus padres, y toma esos ideales franceses convirtiéndose en el líder de la regeneración hispánica, en Europa y en América.

Las variantes del liberalismo

Sin embargo, una diferencia sustancial impide asimilar la situación española a la francesa de pocos años atrás: la inexistencia en España de una burguesía capaz de sellar la unidad nacional, consilidar el mercado interno y promover el crecimiento económico. Esa carencia se ve también en América, y provoca que aquel liberalismo nacional y democrático de la Francia del 89, sufre en España y América una profunda distorsión. Tanto en la revolución española de 1808 como en los acontecimientos de 1810 en América, se observa el desarrollo, al lado del liberalismo auténticamente democrático, nacional y revolucionario, el desarrollo también de un liberalismo oligárquico, antinacional y conservador.

Ambas expresiones que del liberalismo se enfrentarán a lo largo de nuestra historia: una auténticamente revolucionaria, que quiere construir la nación y el gobierno popular como se ve en Moreno, Dorrego y José Hernández; y la otra expresión, directa de los intereses británicos que aspira a convertirnos en factoría agrícola. Para ver como se expresa en la historia, ese liberalismo democrático y nacional, en sus luchas se autoproclama como nacionalismo popular.

Ese nacionalismo popular perseguía sus objetivos no sólo dentro de la patria chica sino a nivel Latinoamericano, encarnado en San Martín, Artigas y Bolívar. En cambio el liberalismo oligárquico sustenta un proyecto elitista, secesionista, porteñista, antilatinoamericano. Para Mitre, la patria será Buenos Aires. Para José Hernández la Argentina será apenas una "sección americana" de la Patria Grande a construir.

Para el liberalismo oligárquico lo importante son las formas exteriores y no el contenido. Por eso diserta sobre la división de poderes mientras envía expediciones represoras para aplastar las protestas de los pueblos en el interior, como Mitre (nota: tal es el caso del levantamiento de las montoneras en el noroeste argentino). En cambio para el liberalismo democrático popular y nacional es aquel de los caudillo que expresan a las masas populares.

La revolución en América: de la Revolución Democrática a la Liberación Nacional

El hervor revolucionario desatado en España desde 1808, a partir de la llegada al trono de los Borbones, iniciándose un proceso peculiar de liberalización y aflojamiento; el trato se tornaba cada vez más semejante al que la corona tenía con las propias provincias españolas. Más que de España y sus propias colonias, podía hablarse de la nación hispanoamericana, que se hubiese consolidado si triunfaba la revolución burguesa.

El 22 de enero de 1809, la Junta Central dice: "los virreynatos y provincias no son propiamente colonias o factorías, como las de otras naciones, sino una parte esencial e integrante de la monarquía española".

Para explicar lo que pasó en América: los sectores populares se levantan en España contra el invasor, organizándose en Juntas Populares; esas Juntas asumen, en la lucha misma, no sólo la reivindicación nacional sino también la democrática, expandida por la Revolución Francesa.

Este movimiento asume como referente a un hombre prisionero del invasor (Fernando VII) que tiene derecho a gobernar España por legalidad monárquica, pero se manifiesta, desde su reclusión, como abanderado de las ideas democráticas, y hace saber a las tierras de América que no son colonias sino provincias con igualdad de derechos. Y convoca a los pueblos americanos a que se organicen en Juntas (28 de febrero de 1810).

América reacciona organizando Juntas que desplazan a la burocracia ligada al absolutismo que ha caído en España. Pero las Juntas de América no tienen frente a ellas al ejército francés, sino apenas su amenaza. De tal modo, la cuestión nacional no nutre, desde el principio, su contenido ideológico (nota: no existía el sentido de nacionalismo sino que era un acompañamiento al proceso español).

Se consideraba a estas tierras no como colonias sino como una extensión de España. Los indios no conformaban una nación ya que política e idiomáticamente eran comunidades separadas, siendo un pueblo sometido y oprimido por los colonizadores españoles. La opresión no era de un país extranjero sobre un grupo racial y culturalmente distinto sino de un sector social sobre otro dentro de una misma comunidad hispanoamericana. Era una lucha del campo popular contra el absolutismo monárquico.

Alberdi decía: "La revolución en América fue un momento de la revolución española".

El 19 de abril de 1810, un cabildo extraordinario reunido en Caracas, resuelve constituir una junta provisional de gobierno a nombre de Fernando VII con el objeto de conservar los derechos del rey en la capitanía de Venezuela.

Como un reguero de pólvora, la revolución se expande en pocos meses por Hispanoamérica, a través de Juntas a nombre de Fernando.

Manuel Ugarte explicaba la cuestión de los españoles americanos de la siguiente manera: "Ningún hombre logra insurreccionarse contra su mentalidad; españoles fueron los habitantes de los primeros virreynatos y españoles siguieron siendo los que se lanzaron a la revuelta. ¿Cómo iban a atacar a España los mismos que en beneicio de España habían defendido, algunos años antes, las colonias contra la invasión inglesa?".

La nueva burguesía comercial

En los años previos a la revolución, se consolidó en Buenos Aires un grupo comercial de nuevo tipo, distinto al tradicional que se cobijaba en el monopolio establecido por la Ley de Indias. Lo integraban comerciantes que operaban al margen de las leyes, contrabandistas por lo general, cuyas posibilidades de enriquecimiento se vieron favorecidas por el debilitamiento del viejo sistema colonia, (la alianza entre España e Inglaterra, de la cual derivan concesiones a los ingleses para operar en el puerto de Buenos Aires en el tráfico de esclavos favoreció sus negocios, estimulados por la apertura del comercio sancionada por el virrey Cisneros. La relación con los ingleses, como también el desarrollo capitalista en Europa, provoca un fuerte crecimiento de la actividad comercial que se canaliza pro nuevas vías.

Resulta así una nueva burguesía comercial, de pronunciada tendencia probritánica, liberal, aventurera e inescrupulosa en razón de su origen ilegal, capaz de generar un Rivadavia primero, y más tarde un Mitre.

Hacia 1810 residían en Buenos Aires 124 familias inglesas dedicadas en su mayoría al comercio. En 1809 Cisneros sancionó el libre comercio, y 17 embarcaciones inglesas esperaban en el puerto para descargar sus mercancías.

Esta burguesía se veía amenazada por la legislación española, que llevaba al Cabildo a sostener (en 1809) "que los ingleses por sí no han de poner en esta ciudad casas de comercio, almacenes ni tiendas, ni se les puede tolerar introducir ropas, muebles de casa, ponchos, frazadas, etc.."; por otro lado tenían la instauración de un comercio libre que se dificultaba por los altos aranceles a la importación. Cisneros había flexibilizado también las medidas dándoles un plazo de cuatro meses para que concluyan sus negocios pendientes, plazo que vencía el 17 de abril de 1810, prorrogado por un mes más; hasta que la Primera Junta dejó sin efecto la disposición permitiéndoles la radicación, cosa que explica el alborozo inicial de este sector ante la revolución.

La pequeña burguesía

En esa sociedad, donde estaban por un lado los dueños del poder y la riqueza, y del otro los esclavos, peones y jornaleros, se fue conformando una pequeña burguesía integrada por profesionales (abogados mayoritariamente), empleados (de comercio o de oficinas de gobierno), algunos artesanos y estudiantes que jugarían un importante papel en Mayo. Hijos de españoles en su mayoría, se sienten arrastrados por las nuevas ideas y convierten su disgusto por el sofocamiento en que viven, en violento reclamo de una democracia participativa, ésa que los franceses enarbolaron en 1789 y que le pueblo español trata de levantar durante la invasión. En ese sector social se encuentran médicos, como Cosme Argerich, los abogados Castelli, Paso, Moreno, Belgrano y Chiclana entre otros; empleados como French, Berutti y Donado; y sacerdotes, como el padre Grela y Aparicio.

Los días previos

A principio de 1810 se produce en España un nuevo paso hacia el eclipse de la revolución nacional-democrática: la Junta Central se disuelve y surge en su reemplazo el Consejo de Regencia. Este acontecimiento pone en evidencia la debilidad de las fuerzas revolucionarias españolas, ya no sólo frente al invasor francés que domina casi todo el territorio hispánico, sino también en el interior del frente nacional donde prevalecen sectores moderados y de derecha expresados en el nuevo organismo gubernativo.

Estos sucesos constituyen el detonante que lanza a los americanos a la revolución. El espíritu de la España de las Juntas ha inundado estos territorios y ahora ya no basta mantenerse expectantes respecto a los cambios que se produzcan en la península, sino que es necesario enarbolar alto las banderas puesto que un doble peligro acecha: la imposición de un poder francés y la restauración del absolutismo español. El consejo de Regencia, más que la presencia de la revolución, constituye ya una muestra de su probable derrota. Y esto conduce, en América, a organizarse en Juntas, como lo ha propuesto la Junta Central ahora disuelta: constituir un poder popular capaz de hacer frente a la dominación francesa y al absolutismo que amenaza con renacer aunque manteniendo el vínculo con los revolucionarios españoles a través de la subordinación del rey cautivo.

Alrededor del día 20 de mayo, las noticias llegadas de España (disolución de la Junta Central y constitución del Consejo de Regencia) precipitan los acontecimientos. El viejo mundo declina y ya carece de autoridad para sostenerse. El frente nacional avanza exigiendo la convocatoria a un Cabildo Abierto para proceder a defenestrar al virrey y nombrar un nuevo gobierno que sea expresión de la voluntad popular. Ese día, ante la presión social que se percibe cada vez con mayor intensidad, el alcalde de primer voto, Léxica, y el síndico Leiva le informan al virrey que existe un creciente malestar y le solicitan la reunión de un Cabildo Abierto, es decir, con la concurrencia amplia de vecinos. El 21 de mayo, cuando el Cabildo está reunido en sesión ordinaria, la presión popular se acentúa: "apenas comenzada la sesión, un grupo compacto y organizado de seiscientas personas, en su mayoría jóvenes que se habían concentrado desde muy temprano en el sector de la Plaza lindero al Cabildo, acaudillados y dirigidos por French y Berutti, comienzan a proferir incendios contra el virrey y reclaman la inmediata reunión de un Cabildo Abierto. Van todos bien armados de puñales y pistolas, porque es gente decidida y dispuesta a todo riesgo. Actúan bajo el lema de Legión Infernal que se propala a los cuatro vientos y no hay quien se atreva con ellos".

Esta plebe enardecida simboliza sus aspiraciones revolucionarias luciendo como emblema en el sintillo del sombrero el retrato de Fernando VII (nota: ¿y las escarapelas?), de pequeño tamaño, grabado sobre papel, y en el mismo sombrero o en el ojal de la casaca una cinta blanca en señal de unión entre americanos y españoles. Es el distintivo que imponen French y Berutti como representativo de la causa y lo distribuyen a todos los que transitan por allí.

Domingo French era un hombre que comenzó a ganarse la vida como asalariado  del Convento de la Merced y en 1802 consiguió en la Administración de Correos, el puesto estable de "cartero único", empleo que le reportaba un estipendio de medio real y lo msmo por cada pliego o carta entregada a su destinatario en mano. Se incorporó a la milicia y fue teniente, luego sargento mayor, y después de las invasiones inglesas quedó como cabecilla de prestigio entre los milicianos criollos.

Antonio Luis Berutti, era un empleado público que desde hacía diez años ocupaba un puesto como oficial de segunda en las Cajas de Tesorería de Buenos Aires. Ambos, French y Berutti, son los agitadores que nuclean y dirigen a los activistas, "esos chisperos de los arrabales".

El Cabildo Abierto del 22 de Mayo

Aquel histórico Cabildo Abierto fue, según la vieja fábula escolar, una reunión de "la gente decente", de "los vecinos respetables" (una buena manera de formar en los alumnos en esa idea de que sólo las minorías selectas pueden hacer la Historia). También resultó una reunión donde se guardaron buenos modales y maneras respetuosas y donde el disenso se dirimió en el alto nivel de las ideas (también una buena manera de difundir en los alumnos la idea de que sólo a través de la persuasión y de la intrincada polémica jurídica es posible lograr los cambios sociales). Como se comprende, los hechos ocurridos se hallan demasiado lejos de estas presunciones de tía ingenua y pacata.

Se incorporan "fraudulentamente" personas que no debían concurrir a tan importnte evento, "entre ellos muchos pulperos, muchos hijos de familia, talabarteros, hombres ignorados" y un testigo agrega con escándalo "ese número y esa clase de gente decidieron en congreso público de la suerte de todo el virreynato, con miras de decir América".

Así, pues el Cabildo Abierto estaba muy lejos de recoger la opinión del "vecindario pudiente", como se ha dicho tantas veces. Por el contrario, su composición se democratizó profundamente y de ahí el resultado de la votación. Dos parecen haber sido las formas de ingreso de los hombres del pueblo al cónclave de "vecinos". Una, "que la imprenta de Niños Expósitos, donde se hizo la impresión de las tarjetas, estaba a cargo de Agustín Donado, (uno de los chisperos que acompañaba a French) y esto permitió obtener subrepticiamente las esquelas necesarias para distribuirlas entre los partidarios". Otra, la acción de los grupos de choque apostados en las esquinas del Cabildo que mientras amenazaban a los grandes señorones mandándolos de vuelta a sus casas, facilitaban el ingreso a los amigos de la revolución. En la imagen idílica de los "democráticos" modelada por la historia mitrista, disuena con la intervención de la trampa o la fuerza, pero sin embargo, quienes tomaron la Bastilla en la Francia de 1789 para enarbolar los Derechos del Hombre eran seguramente mucho menos amables y moralistas que los nuestros. De nuevo, pues el pueblo, pariendo la revolución.

No hay pues medulosos cambios de ideas, ni buenos modales, ni patricios respetables polemizando únicamente, con sesudos abogados, sino un grupo de privilegiados dispuestos frenéticamente a resguardar con uñas y dientes sus fortunas y su posición social, frente a otro grupo, intrépido y fogoso, animado por el espíritu de la revolución.

Castelli afirmaba: "Aquí no hay conquistados ni conquistadores, aquí no hay sino españoles los españoles de España han perdido su tierra. Los españoles de América tratan de salvar la suya. Los de España que se entiendan allá como puedan... Propongo que se vote: que se subrogue otra autoridad a la del virrey que dependerá de la metrópoli si ésta se salva de los franceses, que será independiente si España queda subyugada". La independencia aparece así planteada como una eventualidad futura, en función de los acontecimientos que se desarrollen en España, ratificando de este modo el carácter democrático y no separatista, como objetivo en sí mismo, por parte de los revolucionarios.

La votación en el Cabildo Abierto

El 22 de mayo  votaron finalmente 225 personas, 69 se pronunciaron a favor del absolutismo, es decir, por la continuación de "El Sordo" Cisneros como virrey. Una treintena de votos "pro virrey" se alineó con Manuel José Reyes. Otros treinta que apoyaron esta idea, pero bajo el lema "no innovar" eran grandes terratenientes como José Martínez de Hoz, de importante fortuna quien comenzó su propio aporte con la construcción de la Iglesia del Socorro.

En esos sesenta y tantos de votos están reunidos los más poderosos intereses comerciales y financieros nacidos al calor del absolutismo y entrañablemente ligados a la burocracia virreynal. Después de Mayo, sufrirían confiscaciones y destierros, pero lograrán mas tarde reinsertarse en la sociedad, mediante el comercio libre y la "amistad" con los ingleses".

La trampa absolutista

El Cabildo Abierto se prolonga mientras se insisten con los largos fundamentos en los votos. Pero algunas cosas comienzan a alarmar a las filas revolucionarias. El sacerdote Bernardo José Antonio de la Colina, cuñado del síndico Leiva, propone que el virrey sea mantenido en su puesto y que se le sumen cuatro individuos, "uno de estado eclesiástico, otro militar, otro profesor de derecho y el último de comercio", todos elegidos por el Cabildo Abierto. Mariano Moreno estaba informado de la  confabulación entre Leiva, el Virrey y con los conservadores para detener el movimiento revolucionario. La maniobra del sacerdote era evidente: un nuevo gobierno, pero encabezado por el mismo Virrey y acompañado por lo más conservador del Cabildo. Corría para esto, el 23 de mayo, Moreno denuncia la maniobra y se alinea a partir de allí al grupo de los "chisperos".

Pero, ¿quién es Mariano Moreno?

Nació en 1779 y su adolescencia estuvo marcada por la Revolución Francesa. Viaja a España para convertirse en cura, pero regresa a Buenos Aires con el título de abogado y con nuevas inquietudes ideológicas, políticas y sociales que no lo abandonarán. La lucha por la libertad y la democracia le entusiasma, y la Revolución Francesa lo enfervoriza, incluso tiene cierta simpatía con esa Inglaterra que está gobernada en cierto modo por un pueblo que ejercita sus derechos. Igualmente no cae en la ingenuidad de que aquellos que arribaron en las Invasiones Inglesas serán compañeros de la revolución de mayo de 1810.

Volviendo a la trampa del 23 de Mayo,  la prevención de Moreno es justificada ante la maniobra de Leiva que funciona bien. El síndico seguramente se ha ofrecido a uno y a otro de los bandos en pugna como el hombre capaz de alcanzar la conciliación y evitar el enfrentamiento armado, pero jugando, en última instancia, la carta absolutista dirigida a resguardar el viejo orden. Colocado en el centro de los sucesos, como asesor del Cabildo y del Virrey, Leiva debió percibir que existía todavía una relación de fuerzas tal que permitía "cambiar algo para dejar todo igual" y en este intento, ciertos hechos permiten suponer un guiño del coronel Saavedra.

Al fin de la jornada, el Cabildo decide comunicarle al Virrey su separación del mando, pero inmediatamente, afirma que siendo atribución del Cabildo la designación del nuevo gobierno, decide constituirlo siguiendo la propuesta del cuñado de Leiva, De la Colina: es decir, un sacerdote (Solá); un comerciante (Incháurregui); un militar (Saavedra) y un abogado (Castelli) como asociados al virrey Cisneros a la cabeza del gobierno. De este modo, el Cabildo que determina la separación del Virrey del gobierno.....nombra al Virrey al mando del mismo! La traición es pública y vergonzosa y solo tiene alguna viabilidad si la fuerza militar le da apoyo. Todos los ojos miran al Jefe de Patricios.

Pero, ¿quién es Cornelio Saavedra?

Por su origen social, Saavedra es un hombre apegado al orden, respetuoso de las jerarquías y con una personalidad donde la audacia brilla por su ausencia. Era un hombre conservador y de tradiciones aristocráticas, mimado en el seno de la clase más vanidosa de los españoles. Su comportamiento en Mayo justifican lo dicho. Por otra parte, el coronel Martín Rodríguez señaló que la maniobra del Cabildo era "una traición contra el pueblo, y se lo reducía al papel de idiota". Rodríguez advierte que él no podrá frenar a su tropa y Leiva interviene aduciendo que Saavedra tendrá un papel importante. Pero Rodríguez insiste: "Si nosotros nos comprometemos a sostener esa combinación que mantiene en el gobierno a Cisneros, en muy pocas horas tendríamos que abrir fuego contra nuestro pueblo, nuestros mismos soldados nos abandonarían; todos sin excepción reclaman la separación de Cisneros". El tibio Saavedra interviene diciendo que "la agitación del pueblo y los cuarteles es alarmante". Gregorio Tagle, en la derecha absoluta, dice que la única garantía de gobierno es la presencia de Castelli junto a Saavedra, quien aceptará integrarse "por vanidad de hombrearse con el virrey".

Los hombres de Castelli, comienzan a pasarse al bando de Moreno, que prefirió alejarse todo lo posible de la maniobra del Cabildo. Castelli podría haber sido la cabeza revolucionaria hasta ese momento, pero todo recayó en Moreno.

Desde la contrarrevolución nos ofrecen este admirable retrato de French: "Uno de los Morenos, ingrato por excelencia, cobarde sin compasión, inepto, inmoral, hombre de todos los partidos y consecuente con ninguno, French, olvidándose de sus compromisos y halagando las pasiones de Moreno a quien él llamaba "el sabiecito del sur", se verá coronel del regimiento de América como que convenía a  llenar las ideas de Moreno, en estas circunstancias en que ya el secretario Moreno se había arrastrado a la multitud...ese Moreno, para quien ya todos somos iguales, máxima que vertida así en la generalidad ha causado tantos males".

Pancho Planes, odiado por los absolutista por su pasión revolucionaria, enemigo acérrimo de Rivadavia y partidario de Dorrego, dio todas sus energías a la Patria y murió en la pobreza, cayó en la lápida del silencio con que la historia oficial condena a los amigos del pueblo. Antonio Luis Berutti, que se había educado en España saltó  desde su empleo en las Cajas de Tesorería directamente a la revolución, junto a French para acaudillar a los chisperos. Morenista convencido, sufrió destierro después del golpe del 5 y 6 de abril de 1811, al igual que French y el resto de los seguidores de Moreno.

Son estos hombres, orientados por Moreno, quienes indignados ante la maniobra del Cabildo y el intento de burlar la voluntad popular, inician la movilización de repulsa desde la medianoche del 23 y durante el 24. Son ellos quienes logran torcer el brazo del absolutismo y frustrar la trampa reaccionaria orquestada por el Cabildo y el síndico Leiva.

A las tres de la tarde del día 24 se lleva a cabo el juramento de la Junta tramposa presidida por Cisneros, pero una atmósfera tensa gana ya la ciudad. El algunos sectores cunde la agitación que anuncia el estallido. Aquí y allá los bandos pegados por orden del Cabildo, son arrancados por gente del pueblo.

Este accionar en las calles y en los cuarteles produce inmediato efecto. "Toda oficialidad de Patricios, encabezada por los coroneles Rodríguez, Terrada, Romero, Vives, Castex y muchísimos otros militares, se presentó en el Fuerte esa misma noche y todos a una voz le declararon al coronel Saavedra que no acatarían las órdenes del Virrey, no otras cualesquiera que se les diesen permaneciendo éste en la presidencia de la Junta, a no ser que Cisneros renunciase públicamente al mando de las fuerzas militares y que este mando se transmitiese a Saavedra". Así, es que durante todo el 24 los revolucionarios sostienen la idea de utilizar la violencia armada y se presiona sobre Saavedra.

Se convoca urgentemente a una reunión de la flamante Junta y allí Saavedra, haciéndose intérprete del reclamo de los jefes, y Castelli, en representación de la turbulencia popular que se acentúa, le informan al virrey que es voluntad del pueblo su deposición irrevocable y que ambos renuncian a la Junta que el Virrey pretende presidir. Cisneros, irritado, ofrece objeciones pero se convence de que no tiene otro camino. Se disuelve la Junta el 24 a la noche.

Los absolutistas juegan su carta convocando urgentemente a un nuevo Cabildo para decidir rápidamente la suerte del gobierno. Por esa razón, en la noche del 24 al 25 de mayo, nadie duerme tranquilo en Buenos Aires. Hay quienes están de vigilia discutiendo el posible curso de los acontecimientos. Hay quienes se mantienen insomnes porque el miedo se les ha metido en las almohadas. Y hay también los que urden, maniobran, tejen nuevos planes para jugar la última carta en defensa de sus privilegios.

La toma del poder

En las primeras horas de la mañana del 25 de mayo se perciban y a los ajetreos en el Cabildo dirigidos a la importantísima reunión de ese cuerpo que se producirán poco después. Pero la plaza ya no está sola. Diversos grupos se mueven en las esquinas. Ahí están los "chisperos" con su gente y ya no llevan "cintas blancas al sombrero y casacas¸ porque  si aquellas blancas significaban unión, éstas rojas de ahora significan guerra (ni antes del 25 ni en ese mismo día hay constancia alguna de que hubiesen existido cintas celestes y blancas de las que habla Mitre, quien jamás indicó la fuente de donde tomo dato tan extraño y que, sin embargo, durante décadas se ha considerado auténtico).

El frente nacional democrático ha derrocado al absolutismo. El poder ya no será ejercido por el Virrey sino por una Junta emanada de la voluntad popular cuyos integrantes juran ya "desempeñar lealmente el cargo y conserva íntegra esta parte de América a nuestro Soberano, Don Fernando VII y sus legítimos sucesores y guardar puntualmente las leyes del Reino".

Desde el principio no hay un solo "Mayo" con perfil indiscutido e inequívoco, sino diversos "Mayos" que muy pronto entrarán en colisión. El Mayo revolucionario de los "chisperos y de Moreno, expresión de la pequeña burguesía jacobina que arrastra a diversos sectores sociales desheredados (peones, jornaleros, artesanos, pobres) y que bregará con Castelli en el norte, tiempo después, por la liberación del indio. El Mayo timorato y conservador de cambios económicos y sociales importantes, expresión de un importante sector de la fuerza armada y que, más allá de la mayor o menor conciencia de don Cornelio, expresa el temor de los propietarios ante la turbulencia popular. Y finalmente el Mayo librecambista, antiespañol y probritánico, el que exalta Mitre y como hará luego Rivadavia, el del "Partido de los Tenderos", de esa burguesía comercial portuaria, criolla e inglesa que jugará por tiempo apoyando al saavedrismo, hasta alcanzar el poder a través de sus propios hombres.

Por esta razón, acentuando la óptica sobre uno de los sectores intervinientes, Mitre pudo fabricar su Mayo liberal, elitista, proinglés, realizado por la gente decente con paraguas, cuyo programa era la Representación de los Hacendados y su objetivo incorporarse a Europa. Así también el revisionismo nacionalista de derecha aceptó, sin mucho entusiasmo, el mayo rupturista de España pero lo signó con un perfil conservador al colocar a Saavedra como principal figura opuesta al presunto iluminismo de Moreno. Nosotros consideramos que el pueblo es el protagonista de la historia, nos quedamos con el Mayo de Moreno y los chisperos, con la revolución auténtica y profundamente democrática, reivindicadora del esclavo y del indio, defensora por sobre todo de los derechos del pueblo y forjadora de una sociedad nueva donde imperen la libertad, la justicia y la igualdad reales en una Patria Grande, libre de toda intromisión extranjera.

Fuente: Centro Cultural "Enrique Santos Discépolo", Cuadernos para la Otra Historia


Apuntes sobre la Revolución de Mayo

Por José Pablo Feinmann

¡Cuántos puntos de vista hemos trazado sobre la Revolución de Mayo! ¿Tendrá sentido seguir discutiendo? ¿Qué discutimos? Puedo decir qué discutía yo en 1975 cuando escribí Filosofía y Nación y fui duro y crítico con Moreno y los suyos. Durante esos días, la organización político-militar Montoneros se había trenzado en una guerra aparatista –al margen de todo apoyo de masas; al margen, también, de todo intento de recurrir a ellas– con los grupos terroristas de la derecha del peronismo, respaldada por el aparato del Estado que presidía Isabel Martínez de Perón bajo los mandatos de José López Rega. Las discusiones que sosteníamos eran de superficie. No sé si en la Orga se discutiría algo o se sometería todo a la conducción de Firmenich, Perdía y Vaca Narvaja. Años después, Perdía habría de reconocer que el “pasaje a la clandestinidad” fue el error más grande de la Orga. Fue uno de los tantos, pero determinó la militarización y el accionar violento, la criminalidad indiscriminada, el alejamiento total de las masas, de la población y, sobre todo, del sentimiento popular, que no era el de una guerra de muertes incesantes, muchas inexplicables, o de simples policías a los que –en su totalidad– se había condenado a morir donde se los encontrara. En esta coyuntura atroz se discutió la alternativa a la opción por los fierros, que, como siempre, fue la opción por la política. Pero no hay política en medio de las balas. Y tampoco hay masas ni población que se acerque a algo o que salga con cierta tranquilidad de su casa. Era, Montoneros, la vanguardia armada. No necesitaba del pueblo y el pueblo, para la vanguardia, siempre está al margen de la comprensión profunda de la historia. Puesto a escribir sobre la Revolución de Mayo no me fue difícil llegar a un trazado de historias con similitudes conceptuales, que ayudaran a la comprensión. Moreno y sus amigos eran la vanguardia ilustrada de Buenos Aires. No voy a comparar a Moreno y a Castelli con Firmenich y Perdía, pero la política se hace con los fierros o se hace con los pueblos. Moreno y Castelli no estaban extraviados y posiblemente fueran personajes trágicos, que le pedían a su tiempo algo que no podía entregarles. Grave error político. Un gran músico o un gran escritor puede –según suele decirse– “adelantarse a su tiempo”, pagará su gesto con la soledad y la incomprensión. Estos precios no los puede pagar un revolucionario. Salvo al costo de no hacer una revolución y quedar para la posteridad como un tipo bárbaro, lleno de buenas intenciones, pero fatalmente derrotado por mediocres que no volaban tan alto como él. ¿Pasó esto con Moreno?

Concedo, si quieren, que Moreno era un enemigo del Imperio Británico. Concedo que, en alta mar, según sugiere su hermano Manuel y afirman quienes hacen de Mariano un revolucionario, lo envenenó el capitán de la nave por órdenes del saavedrismo “reaccionario” o del mismísimo Imperio contra el que bravamente había luchado. Confieso que el Plan de operaciones es un gran texto político y que con gusto lo aplicaría hoy mismo en la Argentina. Imagínense: “Centralización de la economía en la esfera estatal, confiscaciones de las grandes fortunas, nacionalización de las minas, trabas a las importaciones suntuarias, control estatal sobre el crédito y las divisas, explotación por el Estado de la riqueza minera” (J. P. F., Filosofía y Nación, p. 36 de la edición de Legasa de 1986. El libro se publicó en 1982. Lo iba a publicar Amorrortu en 1976. Por supuesto no lo hizo). Y luego, en la parte económica del Plan, Moreno propone una de sus medidas más osadas: “Se verá que una cantidad de doscientos o trescientos millones de pesos, puestos en el centro del Estado para la fomentación de las artes, agricultura, navegación, etc., producirá en pocos años un continente laborioso, instruido y virtuoso, sin necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesite para la conservación de sus habitantes, no hablando de aquellas manufacturas que, siendo como un vicio corrompido, son de un lujo excesivo e inútil, que debe evitarse principalmente porque son extranjeras y se venden a más oro de lo que pesan”. Sería fascinante traerlo a Moreno al presente argentino. Decirle, por ejemplo, que, en 2008, un gobierno nacional, democrático, perteneciente al partido de masas más grande del país y de América latina, intentó meter levemente su mano en el bolsillo de los señores de la tierra, no confiscarles su propiedades, no controlar el crédito, no nacionalizar nada, sino meramente retenerles un 3 por ciento de la renta de la que gozan y estalló la patria indignada. Tanto, que el gobierno tambaleó y si se mantuvo aún nadie sabe bien por qué, acaso porque esos mismos que quieren tirarlo tienen, a la vez, terror de gobernar el país con la gente que cuentan entre bobos traidores y malandras pendencieros.

Moreno parecía no comprender acabadamente una regla de oro de las revoluciones: nadie hace una revolución sin una base revolucionaria. Si pretendía ser un jacobino tenía que preguntarse –ante todo– si contaba con una burguesía revolucionaria. Jacobino sin burguesía gira locamente en el aire. Tenía, en Buenos Aires, a los que buscaban comerciar libremente con Gran Bretaña (y ya lo hacían a través del contrabando). A los comerciantes españoles, cada vez menos representativos. Y a los ganaderos bonaerenses, que buscaban exportar y miraban a los países del desarrollo europeo. Esto es tan sencillo que nada les ha costado verlo a Mariátegui, Milcíades Peña o José Luis Busaniche. El país tenía que salir de la órbita española. Había que echar de América a ese imperio decadente, inútil. El Plan tiene muchas concesiones a los ingleses. Si quieren no las vemos. Pero, ¿con qué poder pensaba Moreno hacer lo que proponía ese Plan? Puede conmovernos como Guevara en Bolivia. Pero no llevarnos a decir que la de Mayo fue una Revolución. Castelli puede conmovernos a orillas del lago Tiahuanaco, lugar al que convoca a las comunidades indígenas de la provincia de La Paz, a poca distancia del Titicaca. Claro que rechazamos la broma fascista de Hugo Wast que les hace decir a los indios una burrada infame como respuesta al discurso del orador de Mayo: “¿Qué preferís? ¿El Gobierno de los déspotas o el de los pueblos? Decidme vosotros qué queréis”. Y los indios: “¡Aguardiente, señor!”. Pero aun rechazando la injuria, la tomadura de pelo racista, era cierto que los indios no entendían el idioma de Castelli ni éste el de ellos. Es como Inti Peredo aprendiendo quechua en medio de la selva boliviana. O hablándoles a los campesinos de la Revolución Cubana. Lo que lleva a Guevara a confesarse que los campesinos lo miran con una mezcla de incredulidad y temor.

Lo que hizo Moreno fue introducir en el Plata la Razón Iluminista. Esta razón se centra en Buenos Aires y se desplegará desde ahí. Desde este punto de vista (salvo el interregno “bárbaro” de Rosas) será la razón occidental, la razón del tecnocapitalismo, la razón instrumental, la que triunfará en el Plata como triunfa en todo el mundo colonial. El único sentido lateral que hubo en este país ante esa racionalidad conquistadora fue el de las masas federales. (¿Por qué no Artigas antes que Moreno? ¿Por qué regalárselo a los uruguayos, si hasta muchos de ellos dicen que fue el más grande de los caudillos argentinos? ¿Por qué no Artigas, que era un líder de pueblos, un enemigo de portugueses y británicos y partidario de repartir las tierras a los pobres?) Y las masas federales fueron aniquiladas por el poder de Buenos Aires. Poder que –según nada menos que Alberdi– fue el que vino a centralizar la Revolución de Mayo estableciendo un reemplazo del coloniaje, no su sustitución. A partir de Mayo, Buenos Aires fue la metrópoli; las Provincias, la colonia. Esa lucha duró todo el siglo XIX y concluyó en el ’80, con la conquista del desierto y la federalización de Buenos Aires. Luego de aniquilar a los negros, a los gauchos y a los indios, Buenos Aires festeja el centenario de su revolución en 1910. Ahora, el Otro absoluto es nuevo y vino de afuera: es la chusma ultramarina. La opulenta capital también sabrá castigarla siempre que intente tomar o desordenar la casa.

Página|12, 25/05/09


Definiciones en torno a la Revolución de Mayo

Por Norberto Galasso*

La revolución impulsó un frente democrático contra el absolutismo reinante, pero en ese frente los morenistas fueron derrotados (1812/1810 y 5/4/1811), consolidándose una burguesía comercial anglocriolla, basada en el puerto único y el control de la Aduana, que se apoderó del poder y traicionó el objetivo inicial.

Tan intensa ha sido la tergiversación de nuestra historia implantada por el mitrismo y tantas las limitaciones del revisionismo rosista tradicional que, hoy, doscientos años después, los argentinos discutimos todavía la naturaleza de la Revolución de Mayo.

Las reflexiones que siguen tienen por objeto concurrir a las polémicas todavía en curso, según la perspectiva de la corriente historiográfica latinoamericana, federal provinciana o socialista nacional. No pretenden sostener una verdad absoluta y definitiva, sino participar en un debate que es muy importante, pues si no conocemos de dónde venimos resulta imposible alumbrar con certeza la meta hacia dónde vamos.

En principio, ¿fue una revolución? Algunos entienden que existe sólo revolución cuando se modifican las relaciones sociales de producción y desde esa óptica, no lo sería. Pero en países con larga historia de dependencia es también revolución aquella que consiste en la liberación nacional respecto a la opresión externa (de otro modo, no serían revolucionarios ni Sandino, ni Martí, por ejemplo, por no ser socialistas). Y asimismo, también lo es cuando un sector social oprimido desplaza del poder a otro -que lo oprime- promoviendo un progreso histórico, nacional y social.

Partiendo de esta última mirada, el 25 de Mayo se produjo una revolución. Esa revolución no fue socialista, ni nacional independentista, sino democrática. Se trata pues de una revolución democrática que desaloja del poder a una minoría absolutista y reaccionaria (el virrey, su burocracia y los comerciantes monopolistas) privilegiada por la monarquía, reemplazándola por una Junta Popular cuyos integrantes nacen de la voluntad expresada en la Plaza histórica, donde activan French (un cartero), Beruti (un empleado), Donado (un gráfico) y otros como ellos. Empezamos, pues, nuestra historia teniendo al pueblo como protagonista principal.

¿Fue antiespañola? No. No podía serlo pues había españoles en la Primera Junta (Matheu, Larrea), así como los hubo en el Triunvirato (Álvarez Jonte), en el ejército (Arenales, en el Alto Perú), en la música del himno (Blas Parera), en la jura por Fernando VII y además, por esta circunstancia nada desdeñable: la bandera española flameó en el Fuerte de Buenos Aires hasta 1814 y la independencia -de las Provincias Unidas en Sudamérica- se declaró seis años más tarde, el 9 de julio de 1816.

¿Fue probritánica? No. El comercio libre con los ingleses lo estableció el virrey Cisneros en 1809 y no fue el objetivo de la revolución. (Diego Luis Molinari lo probó en su libro La ninguna influencia de la Representación de los Hacendados en la Revolución de Mayo). Es verdad que los comerciantes ingleses residentes en Buenos Aires, desde hacía un año, coincidieron con el movimiento popular, pero no lo financiaron ni lo dirigieron. Sólo más tarde, a través de Manuel J. García y Bernardino Rivadavia alcanzaron espacios en el poder, en el primer Triunvirato y especialmente en el período rivadaviano de los años veinte. Por otra parte, ni la Junta ni la jura por Fernando VII fueron invento de los hombres de Buenos Aires sino que participaron de un general movimiento hispanoamericano.

¿Fue entonces parte de una revolución que al mismo tiempo se producía en el resto de la América Morena? Efectivamente. Entre mediados de 1809 y principios de 1811, se produjeron levantamientos en todas las grandes ciudades, formándose Juntas populares, que en nombre de Fernando VII -al igual que en España- quitaron el poder a los absolutistas: en julio de 1809 en Alto Perú, en abril de 1810 en Caracas, en mayo en Buenos Aires, en julio en Bogotá, en agosto en Quito, en septiembre en Chile y México y en febrero de 1811 en la Banda Oriental. Esto se produjo no porque conspirasen entre sí sino porque lo que hoy llamamos América Latina es una nación (territorio continuo, el mismo idioma, el mismo origen, semejantes costumbres y cultura). Por esta razón, Moreno envía un ejército al Alto Perú, otro al Paraguay y aconseja sumar a Artigas en la Banda Oriental, con claro sentido hispanoamericano. La frustración de esa revolución disgregó a esa nación en veinte países dependientes, frustrando el proyecto inicial por el cual lucharon duramente Bolívar y San Martín, jefes de ejércitos populares hispanoamericanos. En el norte de América lograron constituirse los Estados Unidos de América del Norte, mientras entre nosotros se generaron los Estados desunidos de América Latina.

¿Quiénes impulsaron esa lucha antiabsolutista? ¿Acaso la llamada `gente decente`, `los vecinos propietarios` de la ciudad, como sostienen algunos historiadores? No. Las actas del Cabildo Abierto del 22 de mayo demuestran que la gente acaudalada votó a favor de que continuase el virrey, tanto los Martínez de Hoz, como los Quintana y como apoyaron esa política todos los señorones dueños de esclavos, así como la jerarquía eclesiástica (obispo Lué). Fueron "los chisperos", "los manolos", los activistas de la plaza (a los ya mencionados, cabe agregar a Francisco Planes, los curas Grela y Aparicio, oficiales como Terrada y a empujones, Cornelio Saavedra) junto a un grupo de profesionales (Moreno, Belgrano, Castelli, etc.), quienes protagonizaron el suceso revolucionario.

¿Solamente perseguían desplazar a los absolutistas o tenían un proyecto de liberación y progreso económico social? Tenían efectivamente un proyecto y se expresó en el Plan de Operaciones: expropiar a los mineros del Alto Perú, crear fábricas estatales de fusiles, armas blancas y pólvora, liberar a los esclavos y concluir con el tributo que se le imponía a los indios, abolición de instrumentos de tortura y de títulos de nobleza, libertad de pensamiento y de imprenta, en fin, aquello que los morenistas sancionaron en la Asamblea del año XIII cuando temporariamente lograron recuperar el poder del cual había sido expulsado Moreno el 18 de diciembre de 1810 para después morir, presumiblemente envenado, el 4 de marzo de 1811.

¿Cuáles son los antecedentes de Mayo? Los principios revolucionarios de la Francia de 1789, es decir, "Libertad, Igualdad, Fraternidad", los Derechos del Hombre y del Ciudadano ("El evangelio de los derechos del Hombre", según decía San Martín), así como la revolución española iniciada el 2 de mayo de 1808, tributarias de las ideas de Rousseau, Voltaire, en general los enciclopedistas franceses y los liberales revolucionarios españoles.

¿Por qué fracasó la Revolución de Mayo? La revolución la impulsó un frente democrático contra el absolutismo reinante, pero en ese frente los morenistas fueron derrotados (1812/1810 y 5/4/1811), consolidándose una burguesía comercial anglocriolla, basada en el puerto único y el control de la Aduana, que se apoderó del poder y traicionó el objetivo inicial. Proceso semejante se produciría en el resto de América Latina donde prevaleció la política de las burguesías comerciales aliadas al capital inglés, creciendo sólo las zonas vinculadas a los puertos, unos hacia el Atlántico, otros hacia el Pacífico, sumiendo a los países interiores en la miseria, el aislamiento y la expoliación, a pesar de los caudillos federales que intentaron resistir ese sometimiento.

Si esta interpretación es válida, UNASUR no es un invento oportunista sino retomar el camino de la Revolución. Asimismo, el protagonismo popular no es un invento demagógico para halagar a indios, negros, mestizos y criollos sino la continuidad de aquella revolución que ganó las elecciones (156 a 68) en el Cabildo Abierto del 22 de mayo, pero que, además, supo asegurar ese triunfo con la movilización popular en la plaza histórica y la presencia de sus líderes, trabucos y puñales en mano, en aquel mediodía del 25, en el primer piso del Cabildo, iniciando una lucha hacia la liberación que, con idas y venidas, todavía continúa.

(*) Centro Cultural E. S. Discépolo | http://www.discepolo.org.ar

http://www.telam.com.ar/vernota.php?tipo=N&idPub=223094&id=424124&dis=1&sec=1


1810 – 25 de Mayo - 2009

Proyecto de liberación del dominio colonial español y de otras formas de subordinación a los intereses de las grandes potencias que influían en el mundo.

PRINCIPIO 37°: TODO PROYECTO NACIONAL ES GENERACIONAL

(Belgrano Artigas Moreno San Martin Monteagudo Dorrego O´Higgins)

Examinando la condición social de los líderes revolucionarios, advertimos que:

- Belgrano era hijo de un comerciante de origen genovés que había perdido su fortuna al ser procesado por un caso de corrupción en la Aduana 77 ;
- Artigas era un jefe de gauchos que había roto lazos con la ciudad, ex contrabandista indultado para ser capitán de Blandengues 78
- Moreno provenía del hogar de un funcionario de hacienda, medianamente ilustrado pero pobre de recursos;
- San Martín era prácticamente un descastado, de origen mestizo según testimonios de la tradición oral, y
- Monteagudo era otro mestizo de cuna humilde que había padecido impugnaciones por la condición de casta de su madre 79 ;
- Dorrego provenía de una familia portuguesa, por ende sospechosos de ser judíos conversos;
- O´Higgins era hijo natural de un ex virrey y una campesina criolla, que por ello no había podido ingresar al ejército en España.

Por un motivo u otro, ninguno de ellos entraba en el canon de posesión de fortuna y “pureza de sangre” que constituían los títulos de pertenencia a la aristocracia colonial y a los círculos de sus pretendidos sucesores.


PROYECTO NACIONAL DE LA INDEPENDENCIA

1800-1850

PRIMERA PARTE

La conciencia de la prioridad de la independencia, la liberación de la dominación externa, las demandas por la emancipación y derechos de todas las clases sociales y la idea de la revolución como modelo de cambio social. Como también el ejemplo de la movilización de todos los sectores del pueblo por la causa común, la concepción de la misión del Ejército como defensa de la patria, la solidaridad con los países suramericanos del mismo origen, el federalismo como forma de organización del Estado, el liderazgo de los movimientos populares y la figura del gaucho como símbolo de la libertad y la rebeldía nacional .San Martín demuestra de qué somos capaces los argentinos. El cruce de los Andes, como enseña Cirigliano, fue en aquella época equivalente a lo que más tarde sería llegar a la luna. El eje central, liberar liberando, marco el derrotero suramericano, de solidaridad y de libertad que para ser tal debe ser compartida.

Por Hugo Chumbita

Introducción

Principio 7º: Todo proyecto de país es metahistoria.

El proyecto nacional de la emancipación confiere un sentido a la historia argentina en la primera mitad del siglo XIX.

Es el proyecto de liberación del dominio colonial español y de otras formas de subordinación a los intereses de las grandes potencias que influían en el mundo de aquel tiempo.

Implica la inauguración de un nuevo orden político y una profunda transformación de la sociedad colonial, en la cual se liberan las energías y las demandas del conjunto del pueblo.

Surge con la llamada generación de 1810, y su expresión más nítida es el programa de los dirigentes que conciben y conducen la guerra por la independencia. Aunque el enemigo frontal son los realistas, existen otras acechanzas exteriores, que tienen su correlato en la oposición interna que deben enfrentar los jefes revolucionarios.

El marco internacional en aquella época es la difusión de los grandes cambios que imponían, a partir de sus centros en Gran Bretaña y Francia, la revolución económica industrial y la revolución política del liberalismo.

La declinación del Imperio español fincaba en la imposibilidad de dar respuesta a esos desafíos.

La viabilidad del proyecto independentista dependía de que los países sudamericanos pudieran desarrollar, en tal contexto, las bases políticas, económicas y sociales de su autodeterminación, como habían comenzado a hacerlo las ex colonias norteamericanas.

Pero la estrategia del ascendente Imperio Británico, y en general las ambiciones de las potencias europeas, conspiraban contra la plena independencia de estas nuevas repúblicas, a las que trataron de controlar e incorporar a su radio de influencia por vía del comercio, la diplomacia, e incluso la agresión armada, practicando viejas y nuevas formas de colonialismo.

Un sector importante de la elite, afirmado en los negocios del puerto de Buenos Aires, va a inclinarse a favorecer esa estrategia y tendrá su expresión en los planes del círculo rivadaviano para implantar en nuestro país el modelo de la sociedad europea.

En la década de 1820, el proyecto de la emancipación logra imponerse por las armas en la guerra contra España, pero la construcción del Estado republicano tropieza con graves contradicciones políticas y regionales.

En las provincias del Plata, el conflicto entre unitarios y federales representa la exacerbación de las luchas internas de la década anterior, que se plantea entonces entre el partido de la elite y los caudillos provinciales formados en las filas de los ejércitos patriotas.

Las contiendas civiles llegan a un punto de ruptura, que conlleva el riesgo de la disgregación territorial, y de ese conflicto emerge como solución la dictadura de Rosas, que si bien proscribe a los unitarios, en otros órdenes propone una transacción de las tendencias en pugna. Frente a una oposición que se convertía en aliada de las potencias imperialistas, aquel gobierno mantuvo una política económica independiente y defendió la integridad del país contra los ataques externos.

En la primera parte del trabajo consideramos el período revolucionario de la independencia, de 1806 a 1820, que va desde la movilización que suscitan las invasiones inglesas hasta la disolución del gobierno nacional del Directorio.

En la segunda parte tratamos el período de 1820 a 1835, que podemos ver como una etapa de transición, en la cual se constituyen las provincias, se despliega el programa unitario y el proyecto independentista encuentra sus continuadores dentro del movimiento federal.

En la tercera parte analizamos el período que comienza en 1835 con la consolidación del régimen rosista, que en algunos aspectos centrales asume la defensa del proyecto nacional de la independencia, hasta su caída en 1852.


Presentan

14 siglos de Historia, 7 Proyectos de país. ¡Vamos por el 8º!

Este trabajo de Investigación realizado Hugo Chumbita - junto a los investigadores que han tenido a su cargo esta etapa del Proyecto Umbral que son Jorge Bolívar, Armando Poratti, Mario Casalla, Oscar Castellucci, Catalina Pantuso y Francisco Pestanha- inspirados en el saber, en el pensamiento situado y en la propuesta metodológica del maestro Profesor Gustavo Cirigliano, ha sido llevado cabo con el auspicio del Sindicato Argentino de Docentes Privados SADOP, el Sindicato Único de Trabajadores de Edificio de Renta y Horizontal SUTERH, el Instituto para el Modelo Argentino IMA y en Centro de Estudios para la Patria Grande SEPAG bajo la coordinación político académica de Horacio Ghilini, Víctor Santa María, Daniel Di Bártolo y José Luis Di Lorenzo.

La secuencia de Proyectos de País que se aborda:

1. Proyecto de los habitantes de la tierra (600-1536). por Fco. José Pestanha.
2. La Argentina hispana o colonial (1536-1800), que aborda Mario Casalla.
3. Las Misiones Jesuíticas (1605-1768), a cargo de Catalina Pantuso.
4. Independentista (1800-1850), investigación a cargo de Hugo Chumbita.
5. El Proyecto del 80 (1850-1976), a cargo de Jorge Bolívar.
6. El Proyecto de la Justicia Social (1945-1976), por Oscar Castellucci
7. El Proyecto de la sumisión incondicionada al Norte imperial y globalizador (1976 – 2001…)

Por Armando Poratti.

PRIMERA PARTE

REVOLUCIÓN Y GUERRA POR LA INDEPENDENCIA

( 1 8 0 6 -1 8 2 0 )

Principio 22°: Todo proyecto nacional tiene un comienzo y un cierre en vinculación con su viabilidad dentro del marco mundial.

En la primera etapa que consideramos, desde la resistencia a las invasiones inglesas en el Río de la Plata en 1806 y 1807, hasta la disolución del Directorio de las Provincias Unidas en 1820, la lucha por la independencia se superpone con la guerra.

Según veremos, los patriotas más decididos impulsan la movilización política y militar de todo el pueblo, y sus propuestas revolucionarias chocan en el frente interno con las actitudes más conservadoras o reformistas provenientes de algunos círculos de la elite, que debilitan los avances de la revolución sin llegar a frenarla.

El proyecto del país independiente era factible en el contexto de la revolución burguesa mundial.

Las consecuencias de aquellas convulsiones en Europa le ofrecieron la oportunidad inicial, con la crisis de la corona española.

Pero a la vez, ese mismo proceso impulsaba el ascenso del Imperio británico, cuyas miras ya estaban puestas en extender su dominación en el continente sudamericano.

Inspirados en las ideas del liberalismo europeo y español y en sus corolarios constitucionalistas, los patriotas concebían fundar una nación de personas libres e iguales. He ahí el argumento y la voluntad del proyecto; aún faltaba organizar una infraestructura económica que la sustentara.

En cuanto a la forma de gobierno, la “soberanía del pueblo” invocada por los criollos exigía tranformar la sociedad jerárquica y desigual heredada de la colonia, donde los derechos estaban restringidos a una minoría bajo el absolutismo realista.

Preparar a los nuevos ciudadanos para ejercer esos derechos se revelará como una tarea difícil de realizar de un día para otro.

Distinguimos tres vertientes del proyecto que, por encima de sus diferencias, comparten una orientación revolucionaria, americanista e integradora: la acción de los jacobinos porteños, de los federales de Artigas y de las logias lautarinas de San Martín.

A estas líneas se oponen, dentro del incipiente proyecto independentista, las posiciones de raíz elitista y europeizante que prevalecen en el Primer Triunvirato y en el Directorio.

Partimos entonces de una indagación de las propuestas explícitas de los revolucionarios, confrontadas con las de sus opositores. En la resolución de tales contradicciones se dirime el rumbo del país.

En esta fase inicial, el proyecto independentista logra triunfos decisivos en la guerra contra los españoles, pero pierde a sus principales conductores, víctimas de las disensiones que conspiran contra el desarrollo de la revolución.


La Generación Revolucionaria de 1810

Principio 37°:Todo proyecto nacional es generacional.

Dentro de la generación de 1810, los principales dirigentes que impulsaron la revolución, condujeron la guerra por la independencia y plantearon cambios políticos sustanciales, fueron Belgrano, Moreno, Castelli, Artigas y San Martín.

En los grupos que encabezaron –los “jacobinos”, los federales y las logias “lautarinas”– se formaron numerosos militantes,y muchos otros compatriotas sudamericanos compartieron la misma causa, ya que el proyecto de la emancipación era esencialmente una empresa de dimensión continental.

En el primer nucleamiento patriota, que vemos movilizarse ya en 1806, aparecen Juan José Castelli, Hipólito Vieytes y los hermanos Saturnino y Nicolás Rodríguez Peña, relacionándose con Belgrano y Moreno.

En 1811, Artigas se convirtió en el conductor de otro polo revolucionario, que desde la Banda Oriental extendió su influjo a las demás provincias y tuvo incluso partidarios en Buenos Aires.

En 1812 se constituyó la Logia Lautaro, a la cual se plegaron algunos morenistas, como Bernardo de Monteagudo, y se dividió luego por la ruptura entre Alvear y San Martín.

En estos tres grupos revolucionarios encontramos afinidades, acuerdos y disidencias, pero sobre todo respuestas concordantes a las cuestiones nodales acerca de la lucha por la independencia y la nueva sociedad que proyectaban.

Los “jacobinos” porteños Si bien el calificativo de “jacobinos” es discutible, es usual caracterizar así al núcleo porteño que adhería a las ideas de Rousseau, los más radicales en el seno del primer gobierno patriota, que además propugnaron, como los jacobinos franceses, la aplicación de medidas drásticas contra los enemigos de la Revolución.

Las Memorias del general Enrique Martínez testimonian que el grupo de Castelli, Vieytes y los Rodríguez Peña era una sociedad masónica . Estas logias, a las cuales ingresaban incluso sacerdotes, no estaban reñidas con el catolicismo, aunque sí se oponían al absolutismo político y religioso, difundiendo el espíritu universalista y filantrópico propio del liberalismo burgués ilustrado de ese tiempo.

La finalidad básica de las logias “rituales” era la ilustración de sus miembros en esos principios, pero resulta evidente que se constituyeron asimismo logias “operativas” con propósitos políticos más definidos, como fue el caso de las sociedades secretas hispanoamericanas.

Los vínculos establecidos a través de la masonería explicarían la actitud del grupo de Vieytes y Castelli y los Rodríguez Peña en la época de las invasiones inglesas, en sintonía con los planes que instaba el venezolano Miranda, cuando se discutía la posibilidad y el alcance de la intervención de Gran Bretaña en Sudamérica: algunos políticos y militares ingleses planeaban establecer una especie de colonia, protectorado o base de negocios en el Río de la Plata, y los criollos pretendían que esa ingerencia se limitara a ayudarles a independizarse.


Ver Gandía, 1 961
Corbiere, 1 998: cap. XI y XIII


La invasión de 1806 defraudó tales expectativas, pues los ocupantes exigieron acatar la corona británica y se comportaron como conquistadores, practicando confiscaciones y otorgando la “libertad de comercio” sólo con Inglaterra.

Tras la reconquista de Buenos Aires, la fuga de Beresford, organizada por Saturnino Rodríguez Peña, se habría tramado según las reglas de solidaridad entre masones, buscando que abogara para rectificar la política de su gobierno.

Tras el fracaso de aquellas gestiones, en el grupo porteño ganó adeptos el proyecto de traer de Rio de Janeiro a la princesa Carlota, hermana de Fernando VII, para lograr la independencia bajo la cobertura de su reinado.

La Logia Independencia, que se habría organizado en 1810 presidida por el joven Julián Álvarez, se cree fue un precedente de la formación de la Logia Lautaro en Buenos Aires.

Álvarez era un teólogo y jurista que dejó los hábitos para sumarse a la revolución; estuvo cerca de Moreno, participó de las reuniones del café de Marco y de la Sociedad Patriótica y colaboró luego con la campaña de San Martín.

Como redactor de La Gaceta contribuyó a una prédica democrática y, siguiendo las ideas de Rousseau que recusaban la delegación de la soberanía en los representantes, propuso encauzar la participación popular mediante asambleas periódicas, articuladas incluso con reuniones asamblearias de los habitantes de la campaña: “Cuando se ha aceptado un ‘sistema popular’, nadie puede prohibirle al pueblo que se reúna en cabildos abiertos” .

Belgrano puede ser incluido en este grupo por su formación intelectual y sus coincidencias con Castelli y Moreno. Aunque sus reflexiones y sus actitudes políticas traducen en general un pensamiento menos “jacobino”, como jefe militar no dejó de aplicar medidas de extremo rigor en circunstancias críticas.

Castelli, Saturnino Rodríguez Peña, Moreno, Monteagudo y Álvarez habían estudiado leyes en la Universidad de Charcas, cuando aún estaban frescas las impresiones de la insurrección de Túpac Amaru de 1780 y la trágica represión posterior: allí, donde eran más visibles las injusticias y las contradicciones del régimen colonial, fue donde estallaron los primeros alzamientos patriotas en 1809.

El Plan de Operaciones de la Primera Junta, que por iniciativa de Belgrano se encomendó redactar a Moreno − un documento revelador, del que se hallaron copias en archivos de diferentes países y es reconocido como auténtico por la generalidad de los historiadores− condensa el proyecto revolucionario jacobino.

En él se recomiendan castigos ejemplares contra los enemigos, utilizar todos los medios a favor de la revolución, sancionar la libertad e igualdad de las castas, suprimiendo las discriminaciones por el color de la piel, abolir la esclavitud, incorporar las masas campesinas a la revolución y organizar la economía nacional bajo control estatal.

El Plan preveía sublevar la campaña de la Banda Oriental contra el bastión realista de Montevideo y ganar para la causa al capitán José Artigas, a sus hermanos, primos y otros individuos de acción, de gran ascendiente en las zonas rurales.

Esta parte del Plan debió ser inspirada por Belgrano, quien conocía la región por la estancia que tenía allí su familia. Aunque los términos con que se califica a los jefes gauchos trasuntan cierta desconfianza hacia quienes – como el mismo Artigas – habían participado en actividades clandestinas del contrabando de ganado al Brasil, queda claro que se les asignaba un papel primordial en las operaciones.


Ver Binayán, 1 960: 12 4 y ss.


Artigas fue efectivamente atraído a la causa y se puso al frente de la insurrección, con su ejército de montoneras y con la estrecha colaboración de los indios. Incluso tentó la posibilidad de extender la revolución al sur del Brasil, según contemplaba el Plan.

Conduciendo el Ejército del Norte, Castelli actuó en consecuencia con las instrucciones que llevaba de “conquistar la voluntad de los indios” , a los que la Junta liberaba de los antiguos tributos y reconocía la dignidad de ciudadanos.

En el acto de las ruinas de Tiahuanaco, convocado el 25 de mayo de 1811, se leyeron los decretos que ponían un plazo perentorio para cortar los abusos contra los indígenas, repartir tierras, dotar de escuelas a sus pueblos, eximirlos de cargas e imposiciones y asegurar la elección de los caciques por las comunidades.

Monteagudo, redactor de aquellas resoluciones y militante del grupo morenista que integró luego la Logia Lautaro, al declarar en el juicio contra Castelli por la campaña del Alto Perú, no vaciló en declarar que ellos combatían la dominación española luchando por “el sistema de igualdad e independencia”.


Los federales artiguistas

El programa republicano radical de Artigas – entroncando con el movimiento de los llamados “tupamaros” orientales, que invocaban el ejemplo de Túpac Amaru– era una original combinación de las costumbres de las pampas con las lecturas de Rousseau: el orgullo de hombres libres de los gauchos resultaba congruente con la orientación democrática de la Revolución.

El caudillo recogía las aspiraciones del campesinado en armonía con las doctrinas liberales igualitarias, reclamando fundar el poder político en los derechos de representación de los hombres y de las regiones, todos en pie de igualdad.

Los diputados orientales a la Asamblea del Año XIII postulaban para las Provincias Unidas la forma de gobierno republicana y confederal.

Artigas contó con el asesoramiento de su sobrino y secretario, el cura José Monterroso, que conocía las doctrinas políticas de Thomas Paine y el sistema federal norteamericano.

Asimismo, los artiguistas proyectaron una constitución democrática para la Provincia Oriental, inspirada en la carta de 1780 del estado de Massachusetts.

El primer artículo declaraba los derechos esenciales e inajenables de las personas por los que el gobierno debía velar, y se establecía que el pueblo “tiene derecho a alterar el gobierno, para tomar las medidas necesarias a su seguridad, prosperidad y felicidad”.

Otras cláusulas establecían la educación pública universal como responsabilidad del Estado y obligación de los padres, para difundir la enseñanza de los derechos del hombre y el pacto social. Se garantizaba incluso a los ciudadanos el acceso a una recta justicia y la elección de funcionarios de gobierno que sean “unos sustitutos y agentes suyos”, porque el poder reside en el pueblo .

Estos principios se proyectaron en las acciones de gobierno que impulsó Artigas, y en particular en su plan agrario.


Ver Chumbita, 2 000: cap. 2 .
Ver Chaves, 1 944: 22 4.
Chaves, 1 944: 251 y ss.
Ver Echagüe, 1 950: 49-50.
Ver Ravignani, 1 929.


Las comunicaciones con el Cabildo de Montevideo, que representaba a los propietarios, reflejan su firme pero prudente relacióncon la elite, así como las reticencias de ésta ante las medidas más radicales.

Dada la necesidad de repoblar y poner en producción los campos asolados por la guerra, y ante las vacilaciones del Cabildo,

Artigas dictó personalmente el Reglamento de Tierras de 1815.

Antes había otorgado posesiones a sus partidarios y ocupado campos de los adversarios de la revolución, pero ahora se trataba de un nuevo orden rural, para recuperar la ganadería, poblar y distribuir la propiedad.

Las tierras no ocupadas y las confiscadas a “los malos europeos y peores americanos” debían repartirse en suertes de estancia a los solicitantes, con carácter de donación, dando preferencia a los libertos, zambos, indios y criollos pobres.

El Directorio había llegado a dictar un decreto que infamaba a Artigas como bandolero y ponía precio a su cabeza. Sin embargo, el Congreso de Oriente, reunido en junio de 1815, lo ratificó como “Protector de los Pueblos Libres” de cinco provincias disidentes: la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Córdoba.

Reiteradamente los gobernantes de Buenos Aires le ofrecieron un arreglo sobre la base de la independencia de la Banda Oriental, que él rechazó, manteniendo su proyecto de confederación.

El general José María Paz se preguntaba en sus Memorias por las causas del éxito de las guerrillas artiguistas frente a los ejércitos regulares. Aunque ciertas tácticas montoneras eran un factor no desdeñable, lo decisivo era “el ardiente entusiasmo que animaba a los montoneros” que se batían con fanatismo y a menudo preferían morir antes que rendirse.

En la raíz de este fervor, Paz no dejó de señalar “el espíritu de democracia que se agitaba en todas partes. Era un ejemplo muy seductor ver a esos gauchos de la Banda Oriental, Entre Ríos y Santa Fe dando la ley a las otras clases de la sociedad, para que no deseasen imitarlo los gauchos de las otras provincias”.

Si la agitación que cundía no era genuinamente democrática, “deberían culpar al estado de nuestra sociedad, porque no podrá negarse que era la masa de la población la que reclamaba el cambio.

Para ello debe advertirse que esa resistencia, esas tendencias, esa guerra, no eran el efecto de un momento de falso entusiasmo [...] era una convicción errónea, si se quiere, pero profunda y arraigada”.

Si bien Paz seguramente exagera, no cabe duda que el movimiento artiguista tenía fuertes componentes de democracia directa, con algunas expresiones asamblearias y prácticas que ejercitaban el poder popular armado.

En aquellos años surgían en Entre Ríos y en Santa Fe dos jóvenes caudillos que tomaron el poder y alinearon sus provincias tras el programa federal de Artigas: Francisco “Pancho” Ramírez y Estanislao López.

En Corrientes, los artiguistas se afirmaron con el concurso de jefes populares como el capitán “indio” Blas Basualdo, ocupando la gobernación don José de Silva y un oficial de las milicias rurales, Juan Bautista Méndez.

En Córdoba prevaleció durante un tiempo la fracción política artiguista conducida por los hermanos Juan Pablo Bulnes y Eduardo Pérez Bulnes y el abogado José Antonio Cabrera.

El comandante Andresito Guacurarí, ahijado de Artigas, encabezó la lucha de los guaraníes para establecer una provincia autónoma en la región misionera.

El cuestionamiento de Artigas al centralismo porteño determinó que el Directorio consintiera la invasión portuguesa a la Banda Oriental para eliminarlo, y uno de los que levantaron su voz contra esa maniobra fue el joven oficial Manuel Dorrego, condenado por ello al destierro.


José María Paz, Memorias,1954, cap. IX y X.


Los lautarinos

Los planes revolucionarios de San Martín se basaron en las logias lautarinas, en las que participaron activamente Tomás Guido, Bernardo de O’Higgins, Monteagudo y otros colaboradores del Ejército de los Andes.

Pese a la reserva que mantuvieron sus miembros, existen evidencias del papel que jugaron estas asociaciones.

El nombre Lautaro concuerda con los gestos indigenistas de San Martín, una constante en su trayectoria que le llevó a coincidir con Belgrano y otros patriotas en la propuesta de la monarquía incaica.

San Martín se había incorporado en Cádiz a la logia de los Caballeros Racionales, presidida por Carlos de Alvear. La red de la Gran Reunión Americana, promovida en Europa por Francisco de Miranda con la colaboración de Simón Bolívar, previó la acción coordinada de los patriotas que se dirigieron a las ciudades más importantes de Sud América para impulsar la revolución, y San Martín retornó vía Londres a Buenos Aires, en 1812, como parte de esos planes.

La inicial Logia Lautaro, así como las ulteriores logias lautarinas fundadas por San Martín en Buenos Aires, Santiago de Chile y Lima, constituyeron una especie de partido secreto en el que se discutían las alternativas políticas y las decisiones estratégicas.

La Asamblea del año XIII fue controlada políticamente por la Logia Lautaro, en el momento en que comenzaba a escindirse en alvearistas y sanmartinianos. Aunque en su seno hubo contradicciones, como el rechazo de los diputados de Artigas, la Asamblea reafirmó el proyecto de la emancipación, declaró los derechos de igualdad ciudadana y dictó la libertad de vientres para terminar progresivamente con la esclavitud.

La constitución de la Logia Lautaro de Chile 10, que debió ser análoga a la de Buenos Aires, ilustra sobre los principios orgánicos de estas sociedades. La logia matriz se componía de un número determinado de “caballeros americanos”, no podía ser admitido ningún español ni extranjero, y sólo un eclesiástico, el “de más importancia por su influjo y relaciones”.

Los miembros que ocuparan funciones políticas o militares podían ser facultados para crear sociedades subalternas en otras localidades.

Todos quedaban obligados a “sostener, a riesgo de la vida, las determinaciones de la Logia” y mantener el secreto de la existencia de la misma bajo pena de muerte.

El rol político de la Logia aparecía claramente estipulado en el artículo 9°: “Siempre que alguno de los hermanos sea elegido para el Supremo gobierno, no podrá deliberar cosa alguna de grave importancia sin haber consultado el parecer de la Logia, a no ser que la urgencia del negocio demande pronta providencia, en cuyo caso, después de su resolución, dará cuenta en primera junta”. También se prescribía que el hermano en funciones dirigentes “deberá consultar y respetar la opinión pública de todas las provincias”, reiterándose en varias disposiciones esta idea de gobernar conforme a la opinión pública.

San Martín se concentró en organizar la guerra, concibiendo y realizando el papel libertador del ejército. No obstante, contra la visión de Mitre, que enaltecía su 10 obra militar descalificando sus aptitudes políticas, podemos ver –especialmente en la gobernación de Mendoza y el Protectorado en Lima– su inteligencia como gobernante y estadista.


Publicada por Vicuña Mackenna en El ostracismo de O’Higgins; Obras completas, 1938.


San Martín promovió y aplaudió la lucha de Güemes al frente de sus gauchos en el norte, y no podía menos que apreciar la contribución de Artigas a la causa independentista en la Banda Oriental. Aunque discrepaba con la propuesta federalista, se negó a combatir a los federales cuando fue llamado para ello por el Directorio.

La correspondencia de San Martín con Guido entre noviembre y diciembre de 1816 revela su confianza inicial en la resistencia artiguista frente a la invasión de los portugueses al territorio oriental: “yo opino que Artigas los frega completamente”; asimismo, creyó inevitable entrar en la guerra: “veo también que cuasi es necesaria”; pero luego se resignó a la ocupación portuguesa: “no es la mejor vecindad, pero hablándole a V. con franqueza la prefiero a la de Artigas: aquéllos no introducirán el desorden y anarquía, y éste si la cosa no se corta lo verificará en nuestra campaña”11 .

A pesar de esta opinión, San Martín promovió una mediación del gobierno chileno entre el Directorio y los caudillos del litoral, y escribió personalmente a Artigas para que aceptara una tregua: “paisano mío, hagamos una transacción a los males presentes; unámonos contra los maturrangos, bajo las bases que usted crea y el gobierno de Buenos Aires más convenientes, y después que no tengamos enemigos exteriores, sigamos la contienda con las armas en la mano”12 . Pero el intento se frustró al ser terminantemente desautorizado por Pueyrredón.

Cuando se produjo la caída del Directorio, preocupado por el peligro de disgregación del país, San Martín dirigió una “Proclama a los habitantes de las Provincias Unidas”, fechada en Valparaíso el 22 de julio de 1820, donde explicaba su oposición al federalismo:

"Diez años de constantes sacrificios sirven hoy de trofeo a la anarquía; la gloria de haberlos hecho es mi pesar actual cuando se considera su poco fruto. (...) El genio del mal os ha inspirado el delirio de la federación. (...) Pensar en establecer el gobierno federativo en un país casi desierto, lleno de celos y de antipatías locales, escaso de saber y de experiencia en los negocios públicos, desprovisto de rentas para hacer frente a los gastos del gobierno general fuera de los que demande la lista civil de cada estado, es un plan cuyos peligros no permiten infatuarse ni aún con el placer efímero que causan siempre las ilusiones de la novedad."

Si es evidente que estas palabras tenían por destinatarios a los federales, en un párrafo posterior se dirigía a los hombres de Buenos Aires, defendiendo su negativa a usar las armas contra aquéllos:


11 Pasquali, 2 000: 7 4, 77 , 80.
12 Orsi, 1 991: 3 4-35 .


"Compatriotas: yo os dejo con el profundo sentimiento que causa la perspectiva de vuestra desgracia; vosotros me habéis acriminado aún de no haber contribuido a aumentarla, porque éste habría sido el resultado si yo hubiese tomado una parte activa en la guerra contra los federalistas: mi ejército era el único que conservaba su moral y me exponía a perderla abriendo una campaña en que el ejemplo de la licencia armase mis tropas contra el orden. En tal caso era preciso renunciar a la empresa de libertar al Perú y suponiendo que la suerte de las armas me hubiera sido favorable en la guerra civil, yo habría tenido que llorar la victoria con los mismos vencidos. No, el general San Martín jamás derramará la sangre de sus compatriotas y sólo desenvainará la espada contra los enemigos de la independencia de Sudamérica."

Las contradicciones internas desgarraban el proceso de la revolución, y San Martín se negaba a intervenir en luchas partidarias. En las provincias, como en Buenos Aires, las facciones disputaban el poder por la fuerza y la investidura de los gobernantes no lograba hacerse respetar.

El gobierno nacional del Directorio había sido disuelto, víctima de sus extravíos.

Artigas también había sido derrotado por su empecinamiento. San Martín, revolucionario pero hombre de orden, se alarmaba por las consecuencias disruptoras de la causa en la que se hallaba comprometido. No era el único en inquietarse ante los desbordes de la revolución.

El joven Monteagudo fue evolucionando desde su inicial democratismo ultra rousseauniano, junto a los morenistas de la Sociedad Patriótica, hacia una actitud moderada, cuando acompañó el Directorio de Alvear; y luego, incorporado al grupo lautarino, adoptó posiciones coincidentes con las de San Martín, colaborando en la experiencia chilena y en el Protectorado peruano.

En la Memoria de 1823 “Sobre los principios que seguí en mi administración del Perú” explica esa transición, desde que abrazara “con fanatismo” el sistema democrático, hasta que ya en Chile se pudo considerar recuperado de “esa especie de fiebre mental, que casi todos hemos padecido”.

En su opinión, “el furor democrático, y algunas veces la adhesión al sistema federal” habían sido para los pueblos de América una funesta caja de sorpresas13.

Monteagudo reconocía haber actuado severamente en Lima para desterrar a los españoles y haber seguido el principio de “restringir las ideas democráticas”, justificando esta actitud con penetrantes observaciones acerca de la sociedad peruana, donde creía que las diferencias sociales y la aversión entre las castas eran incompatibles con la democracia y la forma federal. Concluía esta Memoria llamando a los dirigentes del Perú a practicar las máximas en que se resumía la experiencia de la revolución: “energía en la guerra y sobriedad en los principios liberales”14 .

Como San Martín y Belgrano, Monteagudo, después de sus tropiezos con la realidad, descreía de la viabilidad de la república y del federalismo en aquellas circunstancias. Este era probablemente un estado de opinión que se generalizó hacia el fin de la década revolucionaria entre los dirigentes patriotas, abriendo camino a las posiciones autoritarias y centralistas que prevalecerían en la siguiente etapa.


13 Monteagudo, 2 006: 1 08-109.
14 Monteagudo, 2 006: 11 0-11 4.


Proyecto de la Emancipación

Principio 3° : Todo proyecto nacional es estructurante y totalizador.

El proyecto revolucionario se puede resumir en el concepto de emancipación, con el doble significado que adquiría este vocablo: liberarse del sometimiento a la metrópoli y de las formas de opresión inherentes a la sociedad colonial.

Los revolucionarios respondían así a los problemas que enfrentaban con una visión integradora: el propósito de liberación adquiría una dimensión a la vez política y social, y el “patriotismo americano” se definía en una perspectiva geográfica continental, con fuertes connotaciones indigenistas.

En el marco de estos grandes objetivos, se contemplaba la organización del nuevo Estado según los principios de la revolución burguesa mundial, basada en las teorías del pacto social y del constitucionalismo liberal.

Contra lo que afirma la historiografía tradicional, la influencia del liberalismo económico fue menor entre los patriotas revolucionarios, y en todo caso sus principios debían subordinarse a la necesidad de construir una economía que fuera el sustento de la autodeterminación nacional.


El enemigo externo

Principio 7°: Cada proyecto nacional determina −decide− a quién hay que considerar como enemigo.

Para los patriotas revolucionarios la lucha independentista era ante todo el rechazo al sometimiento colonial. Pero como lo advirtieron en el Congreso de Tucumán de 1816 los diputados de Córdoba, de influencia artiguista, no sólo se trataba de la independencia de la corona y de la metrópoli española, sino también “de toda otra potencia extranjera”, según se sancionó expresamente en una significativa adición.

A esa fecha estaba claro ya que la plena emancipación resultaba incompatible con otras formas de tutelaje de las potencias europeas que codiciaban estos territorios.

La construcción de un nuevo Estado independiente requería enfrentar tales acechanzas. Es importante advertir aquí que el iberalismo de la época –tanto en los modelos que brindaba la política europea como en la práctica de los patriotas americanos– se asociaba estrechamente con el nacionalismo, fundado en el axioma de las soberanías estatales.

Los criollos revolucionarios tenían fuertes expectativas sobre la ayuda que podía prestar Gran Bretaña a la causa independentista, y por diversas vías solicitaron su auspicio.

Claro que, después de las invasiones de 1806 y 1807, no podían engañarse respecto a las propensiones colonialistas de los ingleses; y como lo demostró la resistencia a aquellos intentos, no estaban dispuestos a aceptar una mera mudanza de coloniaje.

Belgrano cuenta en sus memorias habérselo manifestado así a un prisionero inglés, el brigadier Crawford: “nosotros queríamos el amo viejo o ninguno”; agregando, con respecto a la posible y futura independencia de las colonias españolas, por qué ésta no podía sujetarse a la tutela inglesa: “aunque ella se realizase bajo la protección de la Inglaterra, ésta nos abandonaría si se ofrecía un partido ventajoso a Europa, y entonces vendríamos a caer bajo la espada española; no habiendo una nación que no aspirase a su interés, sin que le diese cuidado de los males de las otras”15 .

Acerca de las ambiciones de los británicos, Belgrano le escribía a Moreno el 27 de octubre de 1810: “esté Vd. siempre sobre sus estribos con todos ellos, quieren puntitos en el Rio de la Plata, y no hay que ceder ni un palmo de grado”16 .

En el Plan de Operaciones es evidente que las recomendaciones de efectuar diversas concesiones a Inglaterra se formulaban con plena conciencia de que la política exterior de aquel país se guiaba ante todo por los intereses mercantiles: “Nuestra conducta con Inglaterra, y Portugal, debe ser benéfica, debemos proteger su comercio, aminorarles los derechos, tolerarlos, y preferirlos aunque suframos algunas extorsiones”

El nacionalismo defensivo de los patriotas aparece inequívocamente en un artículo periodístico de Mariano Moreno:

"Los pueblos deben estar siempre atentos a la conservación de sus intereses y derechos; y no deben fiar sino de sí mismos. El extranjero no viene a nuestro país a trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas pueda proporcionarse. Recibámoslo en hora buena, aprendamos las mejoras de su civilización, aceptemos las obras de su industria y franqueémosle los frutos que la naturaleza nos reparte a manos llenos; pero miremos sus consejos con la mayor reserva, y no incurramos en el error de aquellos pueblos inocentes que se dejaron envolver en cadenas en medio del embelesamiento que les habían producido los chiches y abalorios" 18 .

En cuanto a San Martín, no obstante su admiración por las instituciones europeas y las amistades que cultivaba con los británicos, su categórica oposición a las intervenciones anglofrancesas en el Río de la Plata en la época de Rosas demuestran cuáles eran sus ideas al respecto.

Por encima de las especulaciones tácticas, para los revolucionarios la emancipación debía ser completa.

Claro que el independentismo radical tropezaría con fuertes presiones externas, con los partidarios de soluciones negociadas y los grupos locales interesados en estrechar lazos políticos, comerciales y financieros con las metrópolis industriales de Europa, por lo que la lucha emancipadora estaba lejos de alcanzar sus objetivos.


15 Belgrano, 1 966: 33 .
16 Levene, 1 949.
17 Moreno, 1 961: 2 91.
18 Gaceta de Buenos Aires, 2 0 de septiembre 1 810.


La nueva legitimidad

Principio 28°: Cada proyecto nacional implica una inevitable ruptura con el proyecto nacional anterior, originando una nueva legitimidad.

Los dirigentes de la revolución entendían a ésta como la creación de una nueva legitimidad constitucional que asegurara los derechos ciudadanos.

El prólogo de Moreno al Contrato Social 19 enunciaba el propósito de dictar una constitución que restituyera los derechos usurpados a los americanos por los conquistadores: “La gloriosa instalación del gobierno provisorio de Buenos Aires ha producido tan feliz revolución en las ideas, que agitados los ánimos de un entusiasmo capaz de las mayores empresas, aspiran a una constitución juiciosa y duradera que restituya al pueblo sus derechos, poniéndolos al abrigo de nuevas usurpaciones”.

Moreno advertía que los nuevos principios no debían quedar “reservados a diez o doce literatos”, y la difusión del libro de Rousseau perseguía un objetivo trascendente:

"El ciudadano conocerá lo que debe al magistrado, quien aprenderá igualmente lo que puede exigirse de él; todas las clases, todas las edades, todas las condiciones participarán del gran beneficio que trajo a la tierra este libro inmortal, que ha debido producir a su autor el justo título de legislador de las naciones. Las que lo consulten y estudien no serán despojadas fácilmente de sus derechos".

Se ha debatido en la historiografía en qué medida la revolución de 1810 era parte del proyecto de la revolución liberal española, y si fue más importante o más directa la influencia de Rousseau que la de Suárez u otros precursores del liberalismo en España.

Lo que parece claro es que las formulaciones contractualistas de cepa hispana no eran tan liberales ni democráticas como han querido ver algunos historiadores.

Por de pronto, la teoría del origen pactado del poder admitía muy diversas interpretaciones: siguiendo a Hobbes podía ser la justificación de la monarquía absolutista; según Locke adquiría un sentido liberal, fundando los derechos naturales de los individuos; y con Rousseau llegaba a ser una propuesta más radicalmente democrática.

Un ejemplo de las “ambigüedades infinitas” a que podía dar lugar la noción del pactum societatis es el caso del deán Funes, quien en su Biografía se jactaba de haberse adelantado a “poner la primera piedra de la revolución” al reconocer la existencia del contrato social –en su oración fúnebre a la memoria de Carlos III, en 1790–, siendo que tal invocación no era entonces sino un modo de ensalzar el sometimiento al poder del monarca.20

El análisis de Halperín Donghi sobre la tradición del pensamiento político español en relación con las ideas de la Revolución de Mayo, señala las limitaciones del contractualismo y del constitucionalismo en las teorizaciones de Francisco de Vitoria, el padre Francisco Suárez y Gaspar de Jovellanos, ligadas a distintas fases de la evolución de la monarquía en la península, y demasiado reticentes sus autores a extraer de ellas una concepción amplia de los derechos de los súbditos, como para que puedan ser consideradas fuentes ideológicas de los patriotas americanos.


19 Moreno, 1 961: 23 4 y ss.
20 Halperín Donghi, 1 985: 71 -76.


No obstante esas salvedades, es evidente que los postulados de la soberanía del pueblo y del pacto social, asociados a la idea de la Constitución como garantía de los derechos ciudadanos frente al poder, habían penetrado simultáneamente en los sectores ilustrados de España y en sus colonias.

Ello provenía principalmente de la difusión de los autores franceses, y en especial la descripción de las instituciones inglesas efectuada por Montesquieu, que servían de fundamento a los partidarios de la monarquía constitucional, entre los cuales sobresalen dos hombres que se formaron intelectualmente en la metrópoli: San Martín y Belgrano.

La independencia de las colonias norteamericanas, los acontecimientos de la Revolución Francesa y los términos de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano presentaban como realidades históricas las consecuencias revolucionarias de aquellos principios. Belgrano cuenta en su Autobiografía cómo recibió esa influencia junto con los círculos “letrados” españoles: “Como en la época de 1789 me hallaba en España y la revolución de Francia hiciese también la variación de ideas, y particularmente en los hombres de letras con quienes trataba, se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad”.21

Lo cierto es que la confluencia con el movimiento liberal y constitucionalista español tropezó con la incomprensión de las demandas de igualdad e independencia de los americanos en las Cortes liberales de Cádiz, y el posterior interregno de la monarquía constitucional fue pronto abatido por el absolutismo de Fernando VII. La revolución independentista en América triunfó contra los ejércitos de España y tuvo que fundar su propia legitimidad.


Un proyecto existencial

Principio 33° : Todo auténtico proyecto nacional es terapéutico.

Monteagudo señala que el clamor independentista surgió, más que de los ejemplos extranjeros y de una convicción de principios, de un sentimiento generalizado de rechazo a los dominadores: “Con la idea de independencia comenzaron también a difundirse nociones generales acerca de los derechos del hombre; mas éste era un lenguaje que muy pocos entendían”.

Las afirmaciones de Monteagudo son muy enfáticas en cuanto a la motivación emocional que predominaba entre los criollos: "Digámoslo francamente: con excepción de algunas docenas de hombres, el resto de los habitantes no tuvieron más objeto al principio que arrancar a los españoles el poder de que abusaban, y complacerse a vista del contraste que debía formar su semblante despavorido y humillado, con esa frente altanera donde los americanos leían desde la infancia el destino ignominioso de su vida".22


21 Belgrano, 1 966: 2 4.
22 Monteagudo, 2 006: 1 09.


Belgrano, no obstante su paciente disposición para tratar de ganar la voluntad de los virreyes y las autoridades coloniales, describe en términos semejantes la soberbia española y el ánimo de los criollos en el momento en que, al disolverse el poder en la península, se presentaba la ocasión de expulsar a los conquistadores: “No es mucho, pues, no hubiese un español que no creyese ser señor de América, y los americanos los miraban entonces con poco menos estupor que los indios en los principios de sus horrorosas carnicerías, tituladas conquistas”.23

Estos testimonios sugieren cómo, a partir de los ejemplos y las ideas revolucionarias del exterior (las “razones generales” o fundamentos ideológicos), la “pasión eficiente” radicaba en las vivencias propias de la opresión colonial.

En el propósito de abatir a la clase de los dominadores latía el anhelo de rescatar la plena dignidad de los colonizados, “inferiorizados” por aquella dominación. Mediante la realización del proyecto independentista irían emergiendo de su depresión como personas y como pueblo.


La liberación de un pueblo

Principio 1° : Todo proyecto nacional libera y moviliza reservas (población y recursos naturales) hasta ese momento sin uso o marginadas o conflictivas.

El proyecto de liberación, y en particular la guerra contra los realistas, exigía movilizar las energías de todo el pueblo.

Los patriotas apelaron así a sumar, además de los criollos de la “clase decente”, al bajo pueblo, a los gauchos y a las castas, sectores que en la sociedad colonial estaban excluidos de la ciudadanía, sometidos incluso a estatutos que los esclavizaban o les privaban del reconocimiento pleno de su dignidad humana.

En un manifiesto a los indios del Perú, Castelli los llamaba a apoyar la causa de la independencia garantizándoles la restitución de sus derechos:

"Sabed que el gobierno de donde procedo sólo aspira a restituir a los pueblos su libertad civil, y que vosotros bajo su protección viviréis libres, y gozaréis en paz juntamente con nosotros esos derechos originarios que nos usurpó la fuerza. En una palabra, la Junta de la capital os mira siempre como a hermanos, y os considerará como a iguales".24

Conduciendo los primeros ejércitos patriotas, Castelli y Belgrano se empeñaron en ganar el apoyo de los pueblos del interior. Belgrano, al atravesar la zona misionera en la expedición al Paraguay, incorporó a los guaraníes a sus fuerzas, y desde el cuartel general de Curuzú-Cuatiá promulgó el estatuto para los pueblos de las Misiones del 30 de diciembre de 1810, en el cual se les reconocía la igualdad civil y política, se les eximía de tributos y se ordenaba distribuir tierras y crear escuelas. 25

La movilización para la campaña libertadora de San Martín puso en práctica la conscripción de los negros esclavos –a menudo forzosa para sus amos– que los liberaba después de prestar servicios militares, y procuró sumar como auxiliares a las comunidades indígenas, reconociendo sus cacicazgos y costumbres.

Fuente: Nac&Pop


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