El 29 de abril de 1976, Luciano Benjamín Menéndez, jefe del III Cuerpo de Ejército con asiento en Córdoba, ordenó una quema colectiva de libros, entre los que se hallaban obras de Proust, García Márquez, Cortázar, Neruda, Vargas Llosa, Saint-Exupéry, Galeano... Dijo que lo hacía "a fin de que no quede ninguna parte de estos libros, folletos, revistas... para que con este material no se siga engañando a nuestros hijos". Y agregó: "De la misma manera que destruimos por el fuego la documentación perniciosa que afecta al intelecto y nuestra manera de ser cristiana, serán destruidos los enemigos del alma argentina". (Diario La Opinión, 30 de abril de 1976).
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Berlín, mayo de 1933, jóvenes de las Juventudes Hitlerianas se lanzan alegres a la quema de libros.

Homenaje a Boris Spivacow

"El vínculo de Boris con los libros era absoluto"

Desde ayer [22/03/06], la plaza ubicada en la esquina de Las Heras y Austria lleva el nombre del fundador de CEAL, que durante la dictadura sufrió la quema de un millón y medio de ejemplares.

Por Oscar Ranzani

Además de ser gerente de Eudeba durante ocho años y fundador del Centro Editor de América Latina (CEAL) –dos sucesos editoriales inigualables en la historia–, José Boris Spivacow resistió con las armas de la cultura a la nefasta dictadura que le quemó un millón y medio de ejemplares. Desde ayer la plaza ubicada en la esquina de Las Heras y Austria lleva su nombre, a partir de una iniciativa conjunta de la Biblioteca Nacional y de la Cámara Argentina del Libro. La inauguración no pudo ser mejor: la plaza se llenó. No sólo asistieron autoridades, familiares, compañeros de trabajo, amigos, sino también una gran cantidad de lectores que atesoran sus colecciones en los rincones de sus bibliotecas. Además, se inauguró la muestra Capítulo, que podrá visitarse en una carpa instalada en la Plaza Boris Spivacow hasta el 4 de abril.

El director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, comenzó el acto de homenaje-inauguración reconociendo que la plaza fue puesta en condiciones gracias a los empleados de la Biblioteca: "Muchos realizaron el trabajo de jardinería, pusieron flores, desmalezaron, se puso una carpa para exponer los libros del Centro Editor de América Latina que nos hicieron a todos nosotros mejores lectores y que iniciaron en la escritura a muchos autores relevantes actuales de la Argentina", afirmó. Después de su breve presentación, tomó la palabra el presidente de la Cámara Argentina del Libro, Hugo Levín, quien argumentó la honrosa decisión de bautizar la plaza con el nombre del fundador del CEAL. "El vínculo de Boris con los libros –dijo– era absoluto, su compromiso era total y desde ese punto de vista no hay mejor lugar de la ciudad de Buenos Aires que le quede mejor a Boris que esta plaza pegada a la Biblioteca Nacional." Luego, Levín invitó a los familiares de Boris Spivacow a inaugurar una placa recordatoria que sella la identidad de la plaza. Fue uno de los momentos de mayor emoción, del que participaron sus hijos Miguel, Silvia e Irene y sus nietos Diego, Ana, Lucila y Martín.

El secretario de Cultura de la Nación, José Nun, arrancó su discurso destacando que "Boris Spivacow simboliza esa inmigración que hizo de la Argentina su país desde comienzos (en este caso) del siglo XX y luchó fuertemente por el desarrollo de la cultura nacional. Es decir, una inmigración que sin renunciar a sus orígenes se integró sanamente y gracias a la cual le debemos buena parte de lo que el país es hoy en día". Nun también sostuvo que "una manera de hacernos responsables ante las generaciones futuras es respetando y poniendo en práctica la exhortación del Nunca Más. En eso también se inscribe la inauguración de esta plaza porque la exhortación del Nunca Más no es para el presente solamente. Nos obliga a construir un futuro de ciudadanos activos como Boris Spivacow, nos obliga a dar testimonio para ayudar a que las generaciones futuras no vuelvan a vivir el horror que vivió nuestro país".

Beatriz Sarlo no pudo estar ayer porque se encuentra en el exterior, pero envió una carta que le escribió a Spivacow en septiembre de 1986, después de participar de la fiesta por los veinte años del CEAL. Luego llegó otro momento muy cálido cuando Rolando García, compañero de ruta de Boris Spivacow, contó una anécdota jugosa sobre el momento en que se decidió la elección de Spivacow para ocupar la gerencia de Eudeba. "Una cosa fundamental que hizo Boris es que exprimió el pliego del papel a un límite que yo creo que debe ser record mundial" y que sólo por eso "ya merecería un Premio Nobel", sostuvo Aníbal Ford. Graciela Montes rescató la figura del editor subrayando que "respetaba mucho a los lectores y era muy crítico de los otros editores. No era nada corporativo y, en realidad, se enojaba cuando los otros editores hacían libros caros o de cualquier manera". Luego continuó Jorge Lafforgue y finalmente uno de los asistentes subió al palco para leer un poema en su homenaje. Para ese momento, la plaza se llenó nuevamente de emociones colectivas.

Fuente: Página/12, 23/03/06
Nota relacionada: Adiós a José Luis Mangieri, editor de La Rosa Blindada  |  Catálogo Centro Editor de América Latina

 
Quema de libros en el Comando del III Cuerpo de Ejército (Córdoba), el 29 de abril de 1976.


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Veinticuatro toneladas de fuego y memoria

Por Mempo Giardinelli

Hoy, 26 de junio, hacen exactamente 33 años del día en que la dictadura ordenó quemar millones de libros del Centro Editor de América Latina.

Ese 26 de junio de 1980 está en la memoria más horrible de la Argentina y escribo esto pensando una vez más en todo el dolor que todavía nos deben.

Propongo recordar lo sucedido. Propongo que imaginemos aquel 26 de junio de aquel 1980. Día frío y gris, pero no llueve. La acción en Sarandí, partido de Avellaneda, provincia de Buenos Aires. A corta distancia de lo que entonces se llamaba Capital Federal, vemos que de un gran depósito sobre las calles O’Higgins y Agüero (hoy Crisólogo Larralde) entran y salen camiones cargados de libros. Son veinticuatro toneladas de libros. En silencio, suboficiales, soldados y policías vacían lentamente el depósito bajo las escrutadoras severas miradas de oficiales del Ejército Argentino, algunos muy jóvenes.

El depósito –un amplio galpón– y todos los libros pertenecen a la conocida editorial Centro Editor de América Latina, una de las más prestigiosas y originales casas editoras de libros del país y el continente, fundada y dirigida por Boris Spivacow, un respetado matemático de 65 años, hijo de inmigrantes rusos. Entre 1958 y 1966 había sido gerente general de Eudeba (la Editorial de la Universidad de Buenos Aires) y la había colocado en el pináculo de la consideración pública por sus colecciones de extraordinaria calidad y cuidado a precios populares. Hasta que la tristemente célebre Noche de los Bastones Largos, el 29 de julio del ’66, junto con centenares de profesores e investigadores, Spivacow fue forzado a abandonar Eudeba y la universidad.

Inmediatamente empezó a soñar con una empresa independiente y autosuficiente. Y así, con toda la experiencia acumulada, fundó la editorial Centro Editor de América Latina, que llegó a convertirse en una de las más fuertes editoriales del continente, y sus colecciones fueron formadoras de ciudadanía y fuente de conocimiento en todas las disciplinas.

Las fuerzas armadas de la época tenían a Spivacow, como se decía entonces, “marcado”. La supervivencia casi milagrosa de la editorial durante los primeros años de la dictadura tenía, por lo tanto, los días contados. Y el final fue ese día, ese 26 de junio del año ’80, en que llegaron las tropas en sus camiones y empezaron a cargar libros, paquete por paquete, y en sucesivos viajes llevaron 24 toneladas de cultura y conocimiento desde el depósito de Agüero y O’Higgins hasta un baldío que había entonces a muy pocas cuadras, en la calle Ferré, entre Agüero y Lucena.

" ... de la misma manera serán destruidos los enemigos del alma argentina”

El 30 de agosto de 1980 la policía bonaerense quemó en un baldío de Sarandí un millón y medio de ejemplares del Centro Editor de América Latina, retirados de los depósitos por orden del juez federal de La Plata, Héctor Gustavo de la Serna. Los libros ardieron durante tres días. Cabe aclarar que no fue esa la única vez que la dictadura quemó libros. El 29 de abril de 1976, Luciano Benjamín Menéndez, jefe del III Cuerpo de Ejército con asiento en Córdoba, ordenó una quema colectiva de libros, entre los que se hallaban obras de Proust, García Márquez, Cortázar, Neruda, Vargas Llosa, Saint-Exupéry, Galeano… Dijo que lo hacía “a fin de que no quede ninguna parte de estos libros, folletos, revistas… para que con este material no se siga engañando a nuestros hijos”. Y agregó: “De la misma manera que destruimos por el fuego la documentación perniciosa que afecta al intelecto y nuestra manera de ser cristiana, serán destruidos los enemigos del alma argentina”. (Diario La Opinión, 30 de abril de 1976).

Allí, una vez descargados los libros –posiblemente un par de millones de ejemplares– un valiente oficial habrá dado la marcial y ceremoniosa orden de prenderles fuego. “Procedan”, habrá dicho con firmeza y yo imagino que sin inmutarse, sin culpa alguna, sin siquiera darse cuenta de la atrocidad que cometía en ese instante miserable.

Así se quemaron esos libros, aquel 26 de junio de 1980, y con ellos se quemaron años de saber, de cultura, de investigaciones, de sueños y ficciones y poesías. Y se quemó una parte esencial de la Argentina más hermosa, incinerada por la Argentina más horrenda y criminal.

El expediente judicial –informan ahora amigas y amigos que han guardado intacta la memoria de esa jornada ominosa– dice que aquel día estuvieron presentes allí algunas personas de la editorial: el fotógrafo Ricardo Figueiras, Amanda Toubes, Alejandro Nociletti, Hugo Corzo y el propio Boris Spivacow.

Me cuesta imaginarlos, ahora. Pero no los veo llorando sino concentrados y serios, dignos y elocuentes en su silencio atronador. Los veo observando con dolor a las bestias de uniforme que cumplían esa orden infame que algún oficial de alta graduación, algún oscuro dictador habría dispuesto en algún oscuro lugar del poder. Pero no veo que ninguno de ellos baje o desvíe la mirada. Como si supieran que algún día y en una democracia, aunque plena de imperfecciones, esos libros amados iban a renacer de entre las cenizas.

Y eso es lo que sucede hoy, 26 de junio de 2013 y en Democracia: amigos de la Biblioteca Nacional informan que hoy por la mañana se hará el primer acto simbólico en el mismo lugar de la quema, ahí en Sarandí. Lamento estar tan lejos, pero simbólicamente voy a hacer con mi hija una casita de libros en el jardín de nuestra casa. Y le voy a explicar cómo es que el fuego destruye todo, libros incluidos, pero nunca puede destruir los sentimientos, el saber y la memoria.

26/06/13 Página|12


Conmemoración de la quema de libros por los nazis en Berlín

Con una angustiante instalación en la que se ve, a través de un vidrio en el suelo, una biblioteca con estantes vacíos, artistas recuerdan lo ocurrido en la antigua plaza de la ópera de esta ciudad.

Berlín. Un espacio blanco y vacío, un hueco en el suelo en medio de la céntrica plaza Bebel de Berlín. A través de un vidrio, quienes se asomen verán los estantes de una biblioteca, en la que sin embargo no hay libros. Con esta angustiante instalación, el israelí Micha Ullman recuerda la quema de la cultura perpetrada hace 80 años por los nazis.

Pero no sólo se quemaron libros en la antigua Opernplatz (la plaza de la ópera) de Berlín: en más de 20 ciudades de Alemania los nazis se lanzaron a la caza de la cultura, de muchos de los escritores más conocidos de esos años y de sus obras.

Los modos de la persecución recuerdan el Medioevo. Apenas habían transcurrido tres meses desde que Adolf Hitler tomara el poder, y ya podían verse las hogueras: la "Revolución nacionalsocialista no iba a detenerse ante los escritorios en los que se escribe y crea poesía", según las palabras con que el autor nazi Hanns Johst hablaría de los sucesos poco después.

La quema de libros fue el punto más álgido al que llegó la planeada "Acción contra el espíritu antialemán", pero ese 10 de mayo no fue la primera vez que ocurrió en la historia alemana: en 1817, estudiantes nacionalistas alemanes habían conmemorado la Batalla de las Naciones contra las tropas de Napoleón echando al fuego el "Código napoleónico" y obras de autores judíos.

"Fue sólo un preludio: donde se queman libros, se acabará por quemar personas", escribió al respecto el poeta Heinrich Heine (1797-1856). La historia le dio la razón: la quema de libros por parte de los nacionalsocialistas fue sólo un preludio del asesinato de los judíos de Europa.

Mucho antes de la persecución abierta, los nazis habían comenzado ya a hostigar a los autores y obras que les resultaban desagradables.

Lo hicieron con la novela antibélica "Sin novedad en el Frente" y con su autor, Erich Maria Remarque, a quien sepultaron mediante una campaña de desprestigio sin precedentes.

En Hamburgo, los estudiantes quemaron en 1929 públicamente el Tratado de Versalles y la Constitución de Weimar. En 1931 se llevó adelante un proceso contra Carl von Ossietzky, editor de la revista política "Die Weltbühne". Más tarde, el periodista y pacifista sería encarcelado en un campo de concentración en condiciones a las que no sobrevivió.


Monumento a la quema de libros. Fotografía de la Bebelplatz, plaza pública situada en la ciudad alemana de Berlín. Conocida por ser el lugar en el que se llevo a cabo la quema de libros el 10 de mayo de 1933 por los miembros de la S.A. y las Juventudes Hitlerianas. En ella se encuentra un monumento efímero a la literatura alemana mediante una pila de libros con los principales pensadores y escritores del país.

Con la quema de libros, el régimen nazi quería ganar las universidades para su ideología de "sangre y suelo", a la que también estudiantes y profesores debían dar muestras de lealtad. A partir del mes de abril de 1933, el estudiantado alemán hizo un llamamiento a las universidades a movilizarse contra la "espíritu de descomposición judío".

Los estudiantes, como "fuerza de asalto espiritual" y las bibliotecas públicas de la ciudad debieron participar en la "limpieza": en todas las universidades se habían formado "comités de lucha". Todo el mundo debía revisar la propia biblioteca en busca de la literatura de la descomposición.

El llamamiento encontró oídos dispuestos. Los jóvenes que hacia 1930 habían alcanzado la edad adulta se habían habituado a ver el mundo en términos de enemigos y aliados. "El antisemitismo se transformó en uno de los bienes comunes de los alemanes", escribió el historiador Götz Aly en su libro "¿Por qué los alemanes? ¿por qué los judíos?".

El comercio de libros apoyó activamente a los nazis cuando hicieron su selección: en el boletín de los libreros alemanes se publicó la lista de autores prohibidos. Libros de Heinrich Mann, Erich Kästner, Arthur Schnitzler, Lion Feuchtwanger, Kurt Tucholsky o Sigmund Freud se catalogaban de "inmorales" y "decadentes".

La presión sobre las bibliotecas era enorme, y su creciente intensidad el resultado de un cuidadoso plan. El 6 mayo los nazis organizaron saqueos de bibliotecas y librerías, y secuestraron miles de libros. Solamente en Berlín se hicieron con más de diez mil obras en el ataque al instituto del sexólogo Magnus Hirschfeld.

Desde la antigua Königsberg (Kaliningrado) a Karlsruhe, las acciones se llevaron a cabo según un mismo patrón: el 10 de Mayo los estudiantes se reunieron en el centro de la ciudad a la luz de antorchas. La destrucción estaba dirigida a los fundamentos intelectuales de la República de Weimar, odiada por los nazis. La nación debe demostrar que se "ha limpiado internamente y externamente", dijo el jefe de propaganda nazi, Joseph Goebbels.

Como preparación se escribieron y distribuyeron 12 consignas que se recitaron durante la quema, referidas al tipo de libros que se incineraban. "Contra de la lucha de clases y el materialismo, por la comunidad nacional y de vida idealista" fueron, por ejemplo, las palabras con que los escritos de los teóricos del comunismo Karl Marx y Karl Kautsky se echaron a las llamas.

En Berlín, los estudiantes se trasladaron con antorchas hasta la Universidad, en la Oranienburger Strasse. Ahí los esperaban camiones cargados con cerca de 25 mil libros. Desde ahí la caravana se trasladó a la Plaza de la Opera.

La atmósfera era de carnaval: una orquesta tocaba música, miles de espectadores se alineaban en la ruta para ver el fantasmal ritual.

Entre las aproximadamente 70 mil personas había profesores vestidos con sus togas, miembros de organizaciones estudiantiles, asociaciones de las SA, las SS y las Juventudes Hitlerianas.

Como llovía, los nazis tuvieron que usar gasolina para prender el fuego. Cuando a la mañana siguiente entró en acción el servicio de limpieza, de los 20 mil libros sólo quedaban cenizas. Un año más tarde, más de 3 mil títulos habían pasado a integrar las "listas negras".

"Es una sensación de lo más extraña ser un escritor prohibido y no volver a ver los libros que uno escribió en las estanterías y las librerías", escribió Erich Kästner tiempo después. "En ninguna ciudad del país. Ni siquiera en la propia ciudad donde uno nació. Ni siquiera para Navidad, cuando los alemanes recorren las calles nevadas en busca de regalos".
 


La hoguera del miedo

QUEMA DE LIBROS DURANTE LA DICTADURA MILITAR ARGENTINA 1976-1983

Por Marcelo Massarino

El 24 de marzo (2006) se cumplen treinta años del Golpe militar que derrocó al gobierno peronista en 1976. Es un aniversario que sirve para recordar una vez más a los desaparecidos, a los asesinados, a los torturados y exiliados. También para señalar que la dictadura militar tuvo un plan para exterminar a la oposición que no sólo consistió en persecución y muerte, sino en la ejecución de una estrategia para el vaciamiento económico y cultural de la sociedad.

Una de las tantas atrocidades que cometieron los militares y sus cómplices civiles fue la quema de libros que no comenzó en la Argentina del ’76 pero que en el marco de esa política represiva fue para el Proceso una práctica "purificadora" del ser nacional.

También hubo otros fuegos que encendieron quienes temían una represalia por tener una biblioteca que los inquisidores podían calificar como "subversiva". Otro recurso fue tirar libros en inodoros y pozos ciegos o el enterramiento como destino de la literatura y la prensa que podía servir como pretexto para un operativo.

Con la democracia los hijos de aquellos jóvenes lectores de los setenta se enteraron que aún estaban escondidas aquellas bolsas con los ejemplares olvidados junto a la higuera del fondo de la casa. Destruidos por la humedad o convertidos en cenizas, los libros vuelven a las bibliotecas como los cuerpos a la playa después de los vuelos de la muerte.

En 2002 la publicación de Un golpe a los libros, de Hernán Invernizzi y Judith Gociol mostró la trama del aparato represivo en la cultura. Para recrear el clima de aquellos años recurrimos a esa investigación y al testimonio de los protagonistas de la época. Invernizzi asegura que la dictadura militar tuvo un plan concreto y aclara que "no significa que se trataba sólo de un plan de destrucción. Era un proyecto de control, censura y producción de cultura tanto en la educación como en la cultura y la comunicación.

Eudeba

La cultura fue un lugar donde la derecha peleó cada lugar de poder. Un ejemplo es el caso de la Editorial Universitaria de Buenos Aires, Eudeba. El 25 de mayo de 1973 fue designado rector de la Universidad de Buenos Aires Rodolfo Puiggrós, quien nombró presidente del Directorio al escritor Arturo Jauretche y director ejecutivo al periodista Rogelio García Lupo. El autor de El medio pelo en la sociedad argentina falleció el 25 de mayo de 1974.

García Lupo renunció cuatro meses después. Reconoce que "sabíamos que íbamos a tener muchos problemas. Pensábamos en discusiones por los proyectos editoriales pero no en agresiones físicas. El proyecto de fondo consistía en la edición de las obras completas de tres intelectuales argentinos: Leopoldo Lugones, que era una figura que les servía a todos: a los anarquistas, a los fascistas y a los nacionalistas; Carlos Astrada, un filósofo marxista y Manuel Ugarte, quien era muy representativo de la intelectualidad procedente del socialismo que había desembocado en el primer gobierno de Perón. Tuvimos amenazas cuando anunciamos el plan editorial y al tiempo decidimos irnos porque la presión era insoportable. Pero ocurrió una cosa insólita. Teníamos la idea de hacer la revisión de la obra de Lugones de manera cronológica. Empezar por el Lugones anarquista y seguir con el socialista.

Un día me llamó el abogado Valentín Thiebaut, director ejecutivo del nuevo Directorio -ya con Alberto Ottalagano como interventor de la UBA-, y me dice: ‘tengo un problema. No puedo cumplir con el contrato de Lugones si empezamos por la etapa izquierdista... ¿No podemos arrancar por la fascista..?’"

En julio de 1974 un grupo comando entró al taller gráfico donde Eudeba imprimía parte de sus libros al grito de "¿Dónde está El marxismo de Lefebvre?" Antes que el imprentero Polosecki pudiera dar una respuesta prendieron fuego un sector pero en el apuro los asaltantes se equivocaron de libro.

En julio de 1976 fue designado director ejecutivo de Eudeba el político socialista Luis Pan, quien le entregó al Comando del Iº Cuerpo de Ejército parte del fondo editorial con los libros censurados. El 27 de febrero el teniente primero Xifra dirigió el operativo que terminó con la quema de casi noventa mil volúmenes en el predio de Palermo. Rogelio García Lupo vio cuando los soldados cargaban los camiones con los ejemplares de su gestión. "Pan fue quien llamó al Ejército y puso en sus manos toda esa ‘literatura pecaminosa’. El temía que alguien dijera ‘¡pero este Pan también es socialista..!’ Con esa operación compró protección, fue como una prueba de amor".

El fuego purificador y la autocensura

Cuando la palabra América Latina era subversiva

Vigilantear y buchonear.

A principios de 1977, un articulo publicado en la revista Para Ti enseñaba a los padres con hijos en edad escolar como reconocer la infiltración marxista en las escuelas:

"Lo primero que se puede detectar es la utilización de un determinado vocabulario, que aunque no parezca muy trascendente, tiene mucha importancia para realizar ese transbordo ideológico (sic) que nos preocupa. Aparecerán frecuentemente los vocablos: diálogo, burguesía, proletariado, América Latina, explotación, cambio de estructuras, compromiso, etc.

Otro sistema sutil es hacer que los alumnos comenten en clase recortes políticos, sociales o religiosos, aparecidos en diarios y revistas, y que nada tienen que ver con la escuela.

Asimismo, el trabajo grupal que ha sustituido a la responsabilidad personal puede ser fácilmente utilizado para despersonalizar al chico.

Estas son las tácticas utilizadas por los agentes izquierdistas para abordar la escuela y apuntalar desde la base su semillero de futuros combatientes."


El articulo terminaba con un consejo a los padres: "Deben vigilar, participar y presentar las quejas que estimen convenientes".

Descargar Revista Gente - Carta abierta a los padres argentinos

La práctica piromaníaca del Proceso tiene ejemplos como los siguientes, ambos de 1976. En Córdoba el interventor de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano, teniente primero Manuel Carmelo Barceló, sacó de la biblioteca y mandó a incinerar títulos de Margarita Aguirre, Pablo Neruda y Julio Godio, entre otros. En la misma provincia, el jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, Jorge Eduardo Gorleri (luego ascendido a general por el gobierno de Raúl Alfonsín), exhibió en conferencia de prensa una hoguera en el patio de la unidad militar, avivada por libros de León Trotsky, Mao Tse-Tung, Ernesto Che Guevara, Fidel Castro, Juan Domingo Perón y fascículos del Centro Editor de América Latina (CEAL) que robó de las bibliotecas y librerías.

En la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, los militares usurparon la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil, La Vigil, una institución que tenía una biblioteca de 55.000 volúmenes en circulación y 15.000 en depósitos, a principios de la década del setenta. El 25 de febrero de 1977 fue intervenida mediante el decreto Nº 942. Ocho miembros de su Comisión Directiva detenidos ilegalmente, su control de préstamos bibliográficos utilizado para investigar a los socios. Miles de libros de la entidad fueron quemados, por ejemplo seiscientas colecciones de la obra completa del poeta Juan L. Ortíz.

El periodista y escritor Mempo Giardinelli sufrió las consecuencias de la pasión ígnea de los militares: su primer novela fue quemada junto a una de Eduardo Mignogna.

El caso de Enrique Medina es paradigmático: "El golpe de Estado de 1976 confirmó la prohibición de los libros ya censurados del autor y lo extendió a cuanto texto suyo aparecía. Medina es, quizás, uno de los autores más sistemáticamente perseguidos por la censura, durante la dictadura e incluso antes", según Invernizzi y Gociol. Manuel Pampín, de Corregidor, editó parte de la obra del autor de Las Tumbas, como Sólo ángeles cuya sexta edición fue prohibida aunque no la séptima, una copia de la anterior. También le decomisaron Olimpo, de Blas Matamorro, por un decreto del PEN. Ante el reclamo de Pampín, el capitán de navío Carlos Carpintero le respondió: "de los libros, olvidate". Ya en 1978 las autoridades retuvieron en la aduana Evita, una biografía de Marysa Navarro que más tarde pudo ingresar al país por la intervención de Dardo Cúneo, por entonces presidente de la Sociedad Argentina de Escritores.

Hubo editores que decidieron destruir los materiales que eran prohibidos.

Es el caso de Granica: "varios de los libros de sello fueron prohibidos. Entre ellos La pasión según Trelew, de Tomás Eloy Martínez que fue uno de los primeros títulos de los que la propia editorial decidió deshacerse. Esa es la cara más perversa del terror: ya no los libros que el régimen quemaba sino los que se eliminaban por propia decisión", describen los autores de Un Golpe a los libros. De la imprenta a la fábrica de papel sin pasar por librerías fueron por lo menos diez títulos, no menos de 20.000 volúmenes, entre ellos Correspondencia Perón-Cooke.

La quema de libros más grande que concretó la dictadura fue con materiales del Centro Editor de América Latina, el sello que fundó Boris Spivacow quien además tuvo un juicio "por publicación y venta de material subversivo". El fue sobreseído pero el millón y medio de libros y fascículos ardieron en un baldío de Sarandí.

Testigos de la quema fueron la profesora Amanda Toubes, directora de la colección La enciclopedia del mundo joven y Ricardo Figueira, director de colecciones del CEAL y autor de las fotografías de aquel 26 de junio de 1978. En 2005 ambos recordaron el clima de aquellos años para un artículo que Aníbal Ford escribió en la revista Lezama: Toubes decía que "’en ese momento nuestra mente estaba todavía en el asesinato de Daniel Luaces, en su escritorio vacío. Tantos otros llantos, tantas cosas de las que nos íbamos enterando día a día... que tal vez lo vivimos sólo con una gran tristeza pero también como parte de nuestra cotidianeidad’.

Un elefante ocupa mucho espacio

"Las prohibiciones se instalaron en todo el ámbito educativo y cultural. Las famosas “listas” con los nombres de escritores, compositores y artistas “no autorizados” circulaban por radio, TV, diarios, librerías y escuelas. Se los hacía “invisibles”, “no audibles”, “no estaban”. En un libro de reciente aparición se relata la quema de la colección del Centro Editor de América Latina, (CEAL), una de las mayores del país. Otro ejemplo es sobre la prohibición de literatura infantil. En 1976 se edita el libro para niños, Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann que gana premios internacionales. Un año después era prohibido en la Argentina por relatar una huelga de animales."

[ Fortunato Mallimaci - La dictadura argentina: Terrorismo de Estado e imaginario de la muerte ]

Algo de esto retoma Ricardo Figueira, que casi minimiza el hecho. ‘Lo que era vivir cotidianamente, día a día, con el culo a cuatro manos y dando varias vueltas a la casa antes de entrar’". Para Ford "esa hoguera de libros argentinos provocó un vacío, un hueco, en la transmisión y en la construcción cultural que todavía no ha sido reparado".

Otro de los editores perseguidos fue Daniel Divinsky, de Ediciones de la Flor, quien junto a su mujer Kuki Miler fue detenido a disposición del Poder Ejecutivo durante 127 días y luego partió al exilio. Primero fue la censura del libro infantil Cinco dedos. Ya en la cárcel de Caseros, se enteró de la prohibición de Ganarse la muerte, de Griselda Gambaro. Divinsky rememora que trabajar en esa época "era como caminar por la cuerda floja. La prohibición a de la Flor pretendió ser, de alguna manera, una medida ejemplificadora porque se trataba de una editorial independiente. Cuando pasó todo y volvimos del exilio cada día que llegaba a la oficina daba una vuelta a la manzana para ver si había algún patrullero."

Desde finales de los sesenta Siglo XXI fue una de las editoriales más influyentes en el pensamiento latinoamericano. Con casas en España y México, la sede de Buenos Aires tenía una enorme influencia. Editaba Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano y todos los libros del pedagogo Paulo Freire, entre otros.

El 2 de abril de 1976 un grupo de tareas allanó las oficinas de Perú 952 y secuestró al jefe de correctores Jorge Tula y al gerente de ventas Alberto Díaz. La empresa fue clausurada y luego abrió hasta que la casa matriz decidió levantar la sede porteña. Pasaron treinta años y hoy Alberto Díaz es director editorial del Grupo Planeta.

 
Hitos comunicacionales argentinos

"Era muy jodido y triste trabajar en ese ambiente en el que desaparecían correctores, traductores y amigos. Otros se exiliaban o se iban al interior, o eran detenidos. Pero seguíamos trabajando. ¿Por qué? Es algo inexplicable porque el golpe se veía venir pero estabas como anestesiado. Yo estuve desaparecido un mes y pico. Cuando me largan ya me habían cesanteado de la Universidad y volví a Siglo XXI. Me tenía que ganar la vida y no se me ocurría irme. Después de un segundo aviso partí rumbo a Colombia el 24 de agosto del 76.

-¿Qué le produce este recuerdo?
-Es como si estuviera contando un libro de historia. Ya no recuerdo cómo era mi rostro, pero sí de la cara del poeta Miguel Angel Bustos. Lo tengo congelado con un rostro joven. Ya no me acompañan las imágenes de la detención porque sabes que muchos de los detenidos nunca volvieron, entonces tenés una especie de culpa del sobreviviente.

Ceremonias privadas

También hubo otras quemas de libros que hicieron las víctimas de la represión. No era necesario ser militante ni pertenecer a una organización política. El hecho de tener libros considerados "subversivos" o "inmorales" era peligroso. "La destrucción, el ocultamiento y el enterramiento de libros desde 1974 hizo que las bibliotecas se vayan despoblando. Otro fenómeno que desapareció fue la lectura en los medios públicos de transporte porque el libro te hacía caer bajo sospecha" reflexiona Díaz, quien incineró algunos libros del Che como Guerra de Guerrillas, periódicos del PRT La Verdad y revistas como Crisis y Militancia.

La escritora Ana María Shua regresa a los días de marzo del 76: "Mi marido y yo no militábamos, pero éramos de izquierda y muchos de nuestros amigos y conocidos desaparecían o se escapaban del país o pasaban a la clandestinidad. Sabíamos que había libros ‘peligrosos’: todo lo que tuviera marxismo o la idea de la revolución social. ¿Por dónde empezar? Empezamos por uno de Vo Nguyen Giap, sobre la Guerra de Vietnam. El intento, en la pileta de la cocina, fue un triste fracaso. No es tan fácil quemar un libro en un departamento de tres ambientes. Decidimos que si entraba un grupo de tareas, daba lo mismo que hubiera este libro o aquel: lo peligroso, lo que nos denunciaba como enemigos era tener una biblioteca. Y abandonamos la idea de quemar libros.

Fuente: Revista Sudestada Nº 46, 18/03/06



La imagen no es de la Alemania nazi, es la Argentina de la dictadura, año 1980. Se descargaban libros como "basura marxista" para ser quemados.

 

Los libros que la dictadura militar no pudo destruir

El Museo de la Memoria exhibe documentos, libros y testimonios sobre el plan de represión cultural puesto en marcha en 1976

Osvaldo Aguirre / La Capital (Rosario)

Los libros se encuentran en una vitrina. Son de temas y autores diferentes, casi sin relación entre sí. En una librería estarían separados. Pero aquí, en el Museo de la Memoria, donde son expuestos desde el viernes, deben estar juntos. Porque tienen algo en común: estuvieron prohibidos por la dictadura militar instaurada en 1976. Y algo más: quisieron destruirlos, hacerlos desaparecer.

Sin embargo esos libros condenados, que integran con documentos y revistas la muestra "Tinta roja", sobrevivieron. La empresa de los represores era, en parte, imposible. No se podía borrar a esos libros de la memoria de los lectores. Lo demostró lo que ocurrió con "El fusilamiento de Penina", el título de Aldo Oliva que editó la editorial de la Biblioteca Constancio C. Vigil y cuya edición íntegra fue quemada por los militares. Como en Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury, ese libro se preservó en los relatos de algunas personas, que lo retransmitieron a través del tiempo e hicieron posible, sin duda, el reciente hallazgo de un ejemplar.

La lista parece disparatada. Están "Operación Masacre", de Rodolfo Walsh, y "Rojo y negro", de Stendhal. "Las venas abiertas de América Latina", de Eduardo Galeano y "Dailán Kifki", de María Elena Walsh. Pero hay un sentido. "Hubo un plan de represión cultural: la desaparición de personas tenía que corresponderse con la desaparición de símbolos culturales", dice la periodista Judith Gociol, coautora con Hernán Invernizzi de "Un golpe a los libros", una historia de la represión a la cultura durante la última dictadura.

Circuitos de prohibición

"La idea general que uno tenía de la represión en la cultura era que se trataba de unos militares brutos, que veían un título como «La cuba eloctrolítica» -ese título famoso- y lo prohibían o entraban en una casa, veían un libro de tapas rojas y se llevaban detenida a la gente -dice Gociol-. No es que eso no ocurrió, no es que no hubo abuso y estupidez; pero había un proyecto y un plan que no era para nada de estúpidos sino de tipos que habían detectado cuáles eran la importancia de un libro o de un autor y a eso apuntaban".

 
Quema de libros en la Alemania nazi

La existencia de ese plan pudo comprobarse a partir del hallazgo de documentación que había permanecido oculta en la sede del Banco Nacional de Desarrollo (Banade), en Buenos Aires. "Quedó probado el circuito de prohibición y de persecución que se montó hacia libros y autores y funcionó con una conexión fuerte entre el Ministerio de Cultura y el Ministerio de Educación. Había una oficina que se encargaba de recibir libros, un equipo de gente bastante preparada que los analizaba, un departamento que evaluaba su prohibición".

El mecanismo de prohibición de un libro era complejo. Lo que llama la atención en esa maquinaria es el papel que jugaron personas comunes y que no vacilaron en delatar y en ser cómplices de la censura y el terror. "Hubo inspectores que recorrieron librerías pero también gente que voluntariamente denunciaba títulos de libros, o voluntarios que recorrían las editoriales", dice Gociol.

"Proteo", una novela de Morris West, conocido autor de best sellers, fue víctima de la censura. "Había entrado en contacto con las Madres de Plaza de Mayo y escribió una novela sobre la desaparición de una pareja, es decir, ficcionalizó una historia que era cierto. Ese libro fue prohibido porque un funcionario de la Junta Nacional de Granos, de apellido Lacroze Ayerza, viajó al exterior y vio al libro en inglés. Lo trajo y se lo dio a (Albano) Harguindeguy diciendo que eso era parte de la campaña antiargentina".

La represión cultural se manifestó también en la desaparición de escritores, en un plan específico instrumentado en el ámbito educativo (conocido como Operación Claridad) y en los ataques contra editoriales. En este sentido, los casos más alevosos tuvieron como víctimas a la Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba) y al Centro Editor de América Latina (Cedal). Pero con diferencias significativas.

"En Eudeba hicieron allanamientos en los depósitos, se llevaron los libros y los quemaron. Pero esos libros fueron entregados por los directivos, que en ese momento eran civiles y fueron más papistas que el Papa. En Eudeba hubo delación de personas, que ahora están desaparecidas. Hubo una empleada que era montonera y la editorial entregó la foto para que pudieran identificarla", dice Gociol.

El Centro Editor de América Latina tenía entonces a empleados que habían sido víctimas de la Triple A. "Al hacer el allanamiento se llevaron detenida a la gente que trabajaba en los depósitos -sigue Gociol-. Entonces el editor, Boris Spivacow, cuando todo el mundo le decía que no hiciera nada porque iba a ser un desaparecido, se presentó en defensa de los empleados, que quedaron liberados".

Argentina. La irracionalidad inquisitorial

Córdoba – En uno de los predios del Regimiento de Infantería Aerotransportada 14, en el camino a La Calera, fueron quemados miles de ejemplares de libros y revistas. Expresó el jefe que acompaño a los periodistas hasta allí que indudablemente no habría de encontrarse entre los volúmenes sino literatura de exaltación de Marx, el Che Guevara, Fidel Castro, etcétera, y sin duda, no había ninguna publicación que se refiere a próceres como San Martín y Belgrano, los americanos Bolivar y Sucre, y personalidades civiles como Saenz Peña.

En un comunicado se manifiesta que el comando del Tercer Cuerpo de Ejercito quemaba esa documentación perniciosa que afecta el intelecto y nuestra manera de ser cristiana. A fin de que no quede ninguna parte de estos libros, folletos y revistas, con este material continuar engañando a nuestra juventud sobre el verdadero bien que representan nuestros símbolos nacionales, nuestra familia, nuestra Iglesia y, en fin, nuestro mas tradicional acerbo espiritual, sintetizado en Dios Patria y Hogar.

Los elementos que se destruyen surgieron de allanamientos a centros de distribución que se dedicaban especifica y especialmente a este tipo de difusión.

La Nación, 30 de Abril de 1976

De manera un tanto insólita se inició entonces un juicio. "Hubo participación de jueces en causas por prohibiciones de libros. Si uno se olvida de cuál es la raíz, es decir la censura de un libro, encuentra un trámite judicial común: la prohibición estaba naturalizada".

Spivacow argumentó que los libros eran material de rezago. "El juez le dijo que los quemara. El editor se negó y el juez ordenó su destrucción, que quedó documentada en fotos".

Así se manifestaba la Dirección de Publicaciones de la dictadura para censurar una obra: "«Ganarse la muerte» de la escritora Griselda Gambaro es una obra asocial dado que trata de mostrar a través de sus personajes, como un lugar donde impera el hiper-egoísmo e individualismo, donde no se cuentan ninguno de los valores superiores del ser humano y sí las elucubraciones y actos para lograr la satisfacción de sus bajos instintos".

Esos fueron los argumentos con que la dictadura preparó sus hogueras. "El Comandante del III Cuerpo de Ejército -se lee en un comunicado del general Luciano Menéndez- informa que en el día de la fecha procede a incinerar esta documentación perniciosa que afecta al intelecto y a nuestra manera de ser cristiana. A fin de que no quede ninguna parte de estos libros, folletos, revistas, se toma esta resolución para que se evite continuar engañando a nuestra juventud sobre el verdadero bien que representan nuestros símbolos nacionales, nuestro más tradicional acervo espiritual sintetizado en Dios, Patria, Hogar".

Para salvar a los libros hubo quienes los enterraron, o los llevaron al campo, o los dejaron en algún sótano, o les cambiaron las tapas.

"En aquella época tener un libro podía ser motivo para ir preso", dice el historiador Alberto Pla, cuyos textos fueron prohibidos durante la dictadura militar y que se exilió a fines de 1975, "después que allanaron mi casa y me quedé sin archivo". Al partir, "dejé un departamento cerrado en Buenos Aires, y gente amiga me salvó la mitad de la biblioteca".

"Nosotros no recibimos listas de autores prohibidos -recuerda Silvina Ross, de la Librería Ross-. En las escuelas, según me informaron docentes en esa época, tenían órdenes de no trabajar con determinados títulos o autores".

No obstante, "en la librería se tenía cierta precaución: una sabía que los libros de izquierda iban al depósito o estaban en estantería, pero no exhibidos, y se mostraban si alguien los pedía".

La Librería Ross tenía ya experiencia en la batalla contra la censura. "En los años 60 la Liga de la Decencia hizo una denuncia porque en la vidriera se exhibían libros del marqués de Sade. Mi padre fue preso por esa causa", dice Ross. Y después de 1976 hubo otros momentos críticos. "Nos llamaron para presentar un libro. Era uno de (el general Ramón) Camps. Con mi ex marido contestamos que en la librería no se hacían actos políticos y que ese tipo de libros no se presentaban".

Noticias desde Argentina

A las cinco de la tarde, purificación por el fuego. En el patio del cuartel del Regimiento Catorce, de Córdoba, el Comando del Tercer Ejército "procede a incinerar esta documentación perniciosa, en defensa de nuestro más tradicional acervo espiritual, sintetizado en Dios, Patria y Hogar".

Se arrojan los libros a las fogatas. Desde lejos se ven las altas humaredas.

Eduardo Galeano

La Biblioteca Constancio C. Vigil fue un blanco principal de la destrucción cultural en Rosario. Tanto que uno de los peores represores -Ramón Alcides Ibarra- aparecía como "asesor pedagógico". Intervenida el 25 de febrero de 1977, los ocho miembros de su comisión directiva fueron detenidos. Dos de sus docentes, algunos asociados y el presidente de la asociación de padres de la escuela primaria figuran como desaparecidos. Los militares saquearon su biblioteca y fondo editorial, uno de los más importantes del interior del país: veinte toneladas de libros (cuatro más que en la famosa quema realizada por Hitler en 1933) terminaran quemadas o destruidas. De sus dependencias fueron robados y nunca recuperados proyectores, máquinas de escribir y hasta la lente del telescopio de la Escuela de Astronomía.

"Desapareció todo, los depósitos que teníamos en otros pisos, material de la editorial, de la biblioteca. Lo que no se robó, se quemó, se regaló. Además hubo, por supuesto, una quema, producto de censuras entre comillas, porque ni eso sabían hacer, quemaron hasta lo impensable", dice Raúl Frutos, ex bibliotecario de la Vigil, en uno de los textos recopilados en la muestra "Tinta roja".

Los represores fueron minuciosos. "Destruyeron todo lo que era el entramado educacional. La entidad tenía desde una guardería hasta una universidad popular. Había un departamento de educación que era dirigido por un prestigioso educador llamado Mario López Dabat, se trataba de dar una coherencia y un enfoque sistematizado general común a toda la escuela y actividades educacionales de la biblioteca. Nada quedó en pie".

La estrategia hacia la cultura, dicen Gociol e Invernizzi en "Un golpe a los libros", fue funcional para el cumplimiento del terrorismo de Estado en Argentina. "Pero ese plan no terminó de implementarse, aunque la idea era hacer desaparecer cuerpos y almas", dice Gociol. Y ahora esos libros tienen otra historia para contar.

Fuente: http://archivo.lacapital.com.ar/2004/03/14/seniales/noticia_82272.shtm


Auschwitz y sus complicidades

Por Eduardo "Tato" Pavlovsky

[Las líneas de ferrocarril conducen hacia la fachada de ingreso de Auschwitz, el macabro sitio donde el nazismo despojó del don milagroso de la vida a millones de seres humanos.]

Cuando Adorno, después de Auschwitz, señaló que ya no se podría escribir más poesía, había algo de verdadero en su afirmación.

Un cambio cualitativo se había producido en la naturaleza humana y en la cultura. Pero el hombre no podría vivir sin la imaginación creadora porque moriría de dolor y mediocridad en un mundo tan monstruoso.

Goldhagen, Browning y Kershaw, tres de los más importantes investigadores sobre el nazismo y el Holocausto, suministran algunos testimonios desgarradores, aportando algunos datos no tan conocidos. Goldhagen es el más duro frente a la complicidad civil del hombre "corriente alemán" durante ese período y sus escritos levantaron una gran polémica hoy todavía no resuelta.

El 27 de enero de 1945, la vanguardia de la Armada Roja Soviética descubre por azar Auschwitz, y se enfrenta a la gran masacre inimaginable, la mayor crueldad hasta ahora conocida, la incomprensible maldad y sadismo humano desplegados en el plan de exterminio nazi. G. Steiner afirma que cierto tipo de monstruosidades evoca los límites del lenguaje y llega a decir que ante los extremos de lo atroz parece imponerse el silencio. Cree, sin embargo, que a los seres hablantes del lenguaje –los intelectuales– impone el deber de transmitir aquellas experiencias que están en el límite de la posibilidad de articularlas, y entonces se sigue creando poesía, teatro, cine, política de investigación y León Ferrari nos muestra lo ilimitado de la imaginación de la creación en su obra a sus 83 años, y entonces uno se pregunta si la ruptura del silencio y de la complicidad no cumplen una gran función reparadora en la sociedad.

"Una vez más hay que preguntar a quienes sostienen que un gran número de alemanes no se regía por el antisemitismo exterminador, que nos expliquen y demuestren dónde y cómo, de qué instituciones, de qué sermones religiosos, de qué literatura, de qué libro de texto aquellos alemanes podrían haber extraído alguna imagen positiva de los judíos. Se sabe, en cambio, que en las tres últimas décadas del siglo XIX existían en Alemania 1200 publicaciones dedicadas a examinar ‘el problema judío’, y la mayoría pertenecía al campo abiertamente antisemita", afirma Goldhagen.

El afán de matar judíos que tenían tantos alemanes "corrientes" se puso de relieve durante una de las operaciones del famoso batallón policial 101. En noviembre de 1942 se supo que el batallón iba a realizar una matanza de judíos en Lukow (Polonia). Estaban invitados esa noche al pabellón policial un grupo de músicos, para tocar y amenizar la velada. Cuando los integrantes del grupo musical se enteraron del inminente fusilamiento de 4 mil judíos, se ofrecieron a participar de la ejecución, rogando con vehemencia que se les permitiera intervenir. Además, el deseo de hacerlo no fue considerado una patología o una aberración. Al día siguiente, el grupo de músicos se convirtió en la mayoría del grupo ejecutante (Los verdugos voluntarios de Hitler, D. Goldhagen, pág. 487).

El análisis de los músicos verdugos voluntarios en la matanza explica la increíble complicidad civil de los crímenes nazis contra los judíos. Y también dice Goldhagen que es una buena forma de que esta aberración musical humana pudiese explicar todo el Holocausto en sí mismo.

No eran veinte psicópatas, eran gente común y corriente que había escogido la música como vocación, pero que se ofrecían para matar judíos voluntariamente.
Sabemos que algunos de los hombres que administraron Auschwitz habían sido educados para leer a Shakespeare y a Goethe, y que no dejaron de leerlos durante las matanzas. Era el Holocausto cultural alemán nazi. Los "hombres de escritorio" de Todorov.

Dice Goldhagen: "Algunos de ellos iban a la iglesia... rezaban a Dios... los católicos se confesaban y comulgaban". Otro de los mitos que se crearon en Alemania era que los encargados de las matanzas estaban obligados siempre a realizar las ejecuciones.

En este punto, Goldhagen, Browning y Kershaw coinciden en que los destinatarios de las órdenes de ejecución podían rehusarse a realizarlas por motivos personales o ideológicos. Matar niños judíos exigía un claro convencimiento de que la tarea era patriótica, decía Himmler. La frase que Himmler utilizaba como responsable ideológico del pabellón 101 era la siguiente: "Los aliados han arrojado casi 3 millones de toneladas de bombas en nuestro país en sus bombardeos de 1941, ’42 y ’43. Decenas de miles de niños alemanes han muerto bajo las bombas. ¿Por qué un niño judío debe valer más entonces que un niño alemán? No tengan piedad con ellos".

Un ejemplo paradigmático fue el teniente Buchman –oficial de reserva–, que se negó a matar judíos aduciendo que no coincidía con la medida de la generalización de la matanza de judíos, y que personalmente no estaba dispuesto a realizar algo que no lo aceptaban sus principios y valores personales y que, además, pensaba que Alemania, en un futuro, podía pagar muy caro este genocidio. Según las palabras del comandante Wohlauf, del pabellón 101, no hubo nadie que matara judíos contra su voluntad. El teniente Buchman no mataba porque no lo presionaban, los demás mataban de todos modos porque la presión era innecesaria.
 


LIBROS ROJOS ARDEN MEJOR. También en Chile cundió la fiebre piromaniaca entre los militares occidentales y cristianos.

Si alguno de los oficiales rehusaba ejecutar la orden, se les encomendaba para otras tareas. Algunos aducen que rehusarse era "esquivar el bulto" y podían ser vistos como cobardes por sus camaradas. También el argumento opuesto es comprensible. Si existía la posibilidad de no matar, y no ser juzgados, ¿por qué no funcionó este acto de rebeldía como una correa ética de contagio entre los demás? Lo que sobraban siempre eran voluntarios para las ejecuciones. Ofrecerse a matar era la norma del batallón. Como los músicos de los que hablamos.

Por eso el Holocausto provocado por los nazis es demasiado real para ser entendido en su totalidad.
Deleuze diría que en lo "molar" aparece la "representación": las fotos de los judíos hacinados, cadáveres amontonados en estado de total desnutrición, hombres mujeres y niños asesinados por el plan de exterminio más brutal de la era moderna. Eso es lo que uno ve y lo que "representa" el Holocausto. Los museos y algunas películas de cine. Los testimonios de los sobrevivientes (películas de B. Koronovich).

El otro fenómeno es "molecular", aquello que no tiene representación: la función micropolítica del Holocausto, el gran "cuchicheo" antisemita de un gran sector de la población alemana, "las conversaciones" tan bien descriptas por Goldhagen. Ese es el gran tema de la complicidad civil. Nosotros sabemos mucho de ese fenómeno. Ese fue el germen del otro Holocausto. El invisible. Porque las conversaciones de la gente común no son visibles. Pasan como murmullo "entre" los cuerpos. Es el silencio cómplice. Un eco casi inaudible.

Al respecto, dice Goldhagen: "La conclusión es que durante el período nazi existió una conceptualización de los judíos que casi todo el mundo compartió y que constituía lo que podríamos definir como una ideología ‘eliminadora’, a saber, la creencia de que la influencia judía, destructiva por naturaleza, debía ser eliminada de la sociedad...".

Historiadores como Kershaw, Dulka, Bankiev y Browning distinguen, sin embargo, una minoría de activistas de partidos para los cuales el antisemitismo era una prioridad urgente de los restantes integrantes de la población alemana para quienes no lo era, pero muchos de los alemanes corrientes aceptaron las medidas legales del régimen que terminaron con la emancipación y excluyeron de los puestos públicos a los judíos en 1933, los condenaron al ostracismo en 1935 y expropiaron sus propiedades en 1938/39... Dice Kershaw: "El camino que va a Auschwitz se construyó con odio, pero se pavimentó con indiferencia". Kulka se refiere al termino "complicidad pasiva".

Goldhagen es más enfático, y dice que la indiferencia y la complicidad pasiva fueron una demostración de lo "despiadada" que fue la conducta corriente de un gran sector del pueblo alemán.

"No hay crímenes sin complicidad civil que los avale o los haya avalado. ¿O no? No soy ingenuo de pensar que un sector de la población no fue cómplice del Holocausto. Seguro. Pero mi obligación es denunciar lo otro, el gran fenómeno de la complicidad civil del otro sector del alemán ‘corriente’, de uno de los pueblos más cultos del mundo. De eso se trata. De lo siniestro, lo irreparable." Psicología de las masas, de W. Reich.

Fuente: Página/12


El bibliocausto nazi


Por Fernando Báez,
Universidad de Los Andes

 "Cada libro quemado ilumina el mundo"  - R.W. Emerson

I. Todos han oído hablar del Holocausto Judío, nombre dado a la aniquilación sistemática de millones de judíos a manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Pero es oportuno señalar que este genocidio tuvo su equivalente. También hubo un Bibliocausto, donde millares de libros fueron destruidos por el mismo régimen. Entender cómo se gestó puede permitirnos comprender que Heinrich Heine tenía razón cuando escribió proféticamente: [...]donde los libros son quemados, al final también son quemados los hombres[...]. La destrucción de libros de 1933 fue, a mi juicio, apenas un prólogo a la matanza que vendría después. Las hogueras de libros fueron las que inspiraron los hornos crematorios. Y esto merece una reflexión detenida, porque se trata de un acontecimiento que ha marcado para siempre la vida de millones de hombres y que va seguir siendo uno de los hitos más siniestros de la historia.

El comienzo de esta barbarie tiene fecha: el 30 de enero de 1933, cuando el presidente de la llamada República de Weimar, en Alemania, Paul Ludwig Hans Anton Von Beneckendorff Und Von Hindenburg (1847-1934), designó a Adolfo Hitler como canciller. Trataba de reconocer la inestable mayoría de este iracundo político; viejo y cortés, Hindenburg ignoró lo que sobrevino casi de inmediato: un período político y militar que sería conocido posteriormente como El Tercer Reich (´reich´ es ´imperio´). Hitler, que había sido cabo en el ejército, que había querido ser un pintor de fama mundial y fracasó, que había intentado dar un golpe de Estado en 1923, utilizó una estrategia de intimidación contra los judíos, los sindicatos y el resto de los partidos políticos. No era, como puede pensarse ligeramente, un loco, sino la voz más visible de una idiosincracia germana totalitaria.

El 4 de febrero, la Ley para la Protección del Pueblo Alemán restringió la libertad de prensa y definió los nuevos esquemas de confiscación de cualquier material que fuera considerado peligroso. Al día siguiente, las sedes de los partidos comunistas fueron atacadas salvajemente y sus bibliotecas destruidas. El 27, el Parlamento Alemán, el famoso Reichstag, fue incendiado, junto con todos sus archivos. El 28, la reforma de la Ley para la Protección del Pueblo Alemán y el Estado, legitimó medidas excepcionales en todo el país. La libertad de reunión, la libertad de prensa y la de opinión, quedaron restringidas. En unas elecciones controladas, el Partido de Hitler, conocido como Partido Nazi, obtuvo la mayoría del nuevo Parlamento y se decretó oficialmente el nacimiento del Tercer Reich.

Devuelven 10 mil libros robados por los nazis

Escaparon de las llamas. Ayer (2 de septiembre de 2010) se publicó en la Web la lista de sus antiguos dueños judíos.

La Biblioteca Pública de Nu-remberg, en Alemania, publicó ayer en Internet una lista con los nombres de los antiguos dueños judíos de unos 10 mil libros y documentos robados durante el régimen nazi, para que sus propietarios o los herederos de estos puedan reclamarlos.

Desde el 10 de mayo y hasta julio de 1933, al menos 21 ciudades alemanas fueron asoladas por la quema de libros del nazismo: miles de ejemplares fueron sustraídos por grupos armados de las SA y las Juventudes Hitlerianas de bibliotecas privadas y públicas y arrojados al fuego. El despojo continuó hasta 1945, pero muchos de esos libros de autores prohibidos por el régimen no ardieron, y fueron almacenados en depósitos de bibliotecas, entre otras la de Nuremberg.

La operación de confiscación masiva fue orquestada por Joseph Goebbels, el poderoso ministro de Propaganda de Adolfo Hitler, quien presidió personalmente la gigantesca pira organizada en la Opernplatz, en Berlín.

“Nuremberg es la única ciudad del mundo con tal volumen de libros robados”, dijo Eva Homrighausen, responsable de la biblioteca, al anunciar la iniciativa.

Tiempo Argentino, 03/09/10

Alemania, obviamente, estaba transformando sus instituciones después de la terrible derrota sufrida durante la I Guerra Mundial. Hitler, que no era alemán, fue considerado como un estadista idóneo para rescatar la autoestima colectiva, y sus purgas contra la oposición lo convirtieron en un líder temido. Su eficacia, no obstante, estaba sustentada en varios hombres. Uno de ellos era Hermann Göring; el otro era Joseph Goebbels. Ambos eran fanáticos, pero el segundo fue quien convenció a Hitler de la necesidad de extremar las medidas que ya venían ejecutando, y logró ser designado al frente de un nuevo órgano del Estado que vendría a ser conocido como Reichsministerium für Volksaufklärung und Propaganda (Ministerio del Reich para la Ilustración de Pueblo y para la Propaganda).

Goebbels sabía lo que hacía, y Hitler le dio carta blanca. Tenía una fe absoluta en su amigo, y tenía muy buenas razones para creer ciegamente en sus aciertos. Goebbels, quien no había ingresado al Ejército por ser patituerto, se había doctorado como Filólogo, en 1922, en la Universidad de Heidelberg, donde fue profesor Friedrich Hegel en el siglo XIX. Era un lector apasionado de los clásicos griegos y, en cuanto a pensamiento político, prefería el estudio de los textos marxistas y de todo lo escrito que existiera contra la burguesía. Admiraba a Friedrich Nietzsche, recitaba poemas de memoria, y, por lo que se sabe, escribía textos dramáticos y ensayos. Cuando se unió a Hitler, reconoció su verdadera vocación, como lo dijo muchas veces, y ya con el cargo de Ministro, en 1933, reunió un equipo de trabajo para redactar la Ley Relativa al Gobierno del Estado, que fue sancionada el 7 de abril de ese año. Indudablemente, ahora tenía un control absoluto sobre la educación y fomentó un cambio total en las escuelas y universidades.

El 8 de abril, fue enviado un memorandun a las Organizaciones Estudiantiles Nazis, donde se proponía la destrucción de todos aquellos libros peligrosos que estuvieran en las bibliotecas de Alemania. De cualquier forma, ya el mes anterior, exactamente el día 26 de marzo, fueron quemados libros en Schillerplatz, en un lugar desconocido y tranquilo llamado Kaiserslautern. El primero de abril, Wuppertal sufrió saqueos y quemas de libros en Brausenwerth y en Rathausvorplatz.

Algo terrible se gestó entonces. Una especie de fervor inusitado que estaba limitado por la presión internacional europea, despertó entre los estudiantes e intelectuales alemanes. Un odio manejado por osadas ráfagas de propaganda se extendió en las aulas, y el resultado no se hizo esperar. El 11 de abril, en Düsseldorf, fueron destruidos libros de contenido comunista y judío. Algunos de los más importantes filósofos alemanes, sin ser obligados a ello, como Martin Heidegger , adhirieron las ideas de Goebbels. En abril, Heidegger fue designado Rector de la Universidad de Friburgo y el 1 de mayo, se hizo miembro del NSDAP .

II. El 2 de mayo, en Leipzig en Gewerkschaftshaus, se destruyeron textos, pero fue realmente el 5 de mayo de 1933 cuando empezó todo. Los estudiantes de la Universidad de Colonia fueron a la biblioteca, y en medio de lágrimas y risas, recogieron todos los libros de autores judíos o de procedencia judía. Horas más tarde, los quemaron. Estaba bastante claro que esa era la vía elegida para mandar un mensaje al mundo entero. Y los actos que siguieron así lo probaron.

Los estudiantes estaban frenéticos. El día 6, del mismo mes, la juventud del Partido Nazi y miembros de otras organizaciones, sacaron media tonelada de libros y folletos del Instituto de Investigación Sexual de Berlín. Goebbels, indetenible, preparaba reuniones todas las noches porque se había decidido iniciar un gran acto de desagravio a la cultura alemana. Como fecha tentativa, se propuso el 10 de mayo. El 8 de mayo hubo algunos desórdenes en Friburgo, y destrucciones de libros.

Paisajes de la memoria


Libros secuestrados en un "operativo" durante la dictadura. En 1976, Ibérico Saint Jean dijo "ganaremos la guerra por las armas, y ganaremos la guerra por las almas". Cada árbol, cada placa que recuerda a los desaparecidos, cada marca que señala incómodamente los lugares del horror, demuestra que no lo han logrado. Que hay miles y miles de argentinos que se empeñan, obstinadamente, en seguir luchando por la verdad, la justicia y la memoria. La imagen compone una serie organizada por la Comisión Provincial por la memoria. Podés descargar un archivo pps (Powerpoint, 12 Mb) con algunas imágenes de la muestra.

El 10 de mayo fue un día agitado desde muy temprano. La Asociación de Estudiantes Alemanes se agolpó en la biblioteca de la Universidad Wilhelm Von Humboldt y comenzaron a recoger todos los libros prohibidos por el régimen. Había una euforia inesperada. Finalmente, los libros, junto con los que se habían obtenido en otros centros, como el Instituto de Investigaciones Sexuales o en las bibliotecas de judíos capturados, fueron transportados a Opernplatz. En total, el número de libros sobrepasaba los 25.000. Muy pronto se concentró una multitud alrededor de los estudiantes. Éstos comenzaron a cantar un himno que causó gran impresión entre los espectadores. La primera consigna fue fulminante:

Contra la clase materialista y utilitaria. Por una comunidad de Pueblo y una forma ideal de vida. Marx, Kautsky .

La hoguera ya estaba encendida. Tal vez nadie podía creer lo que pasaba, pero no dejó de sorprender a cualquier observador que una de las capitales más cultas del mundo, donde se encontraban algunas de las más importantes universidades europeas, era el centro de una de las quemas de libros más impresionante de la época. Joseph Goebbels, quien dirigía todas las acciones, levantó la voz y después de saludar a todos con un estruendoso Heil, explicó los motivos de la quema:

"La época extremista del intelectualismo judío ha llegado a su fin y la revolución de Alemania ha abierto las puertas nuevamente para un modo de vida que permita llegar a la verdadera esencia del ser alemán. Esta revolución no comienza desde arriba, sino desde abajo, y va en ascenso. Y es, por esa razón, en el mejor sentido de la palabra, la expresión genuina de la voluntad del Pueblo[...]
"Durante los pasados catorce años Uds., estudiantes, sufrieron en silencio vergonzoso la humillación de la República de Noviembre, y sus bibliotecas fueron inundadas con la basura y la corrupción del asfalto literario de los judíos. Mientras las ciencias de la cultura estaban aisladas de la vida real, la juventud alemana ha reestablecido ahora nuevas condiciones en nuestro sistema legal y ha devuelto la normalidad a nuestra vida[...]
"Las revoluciones que son genuinas no se paran en nada. Ningún área debe permanecer intocable[...]
Por tanto, Uds. están haciendo lo correcto cuando Uds., a esta hora de medianoche, entregan a las llamas el espíritu diabólico del pasado[...]
"El anterior pasado perece en las llamas; los nuevos tiempos renacen de esas llamas que se queman en nuestros corazones[...]"


Los cantos prosiguieron y al final de cada estrofa se arrojaban algunos libros cuyos autores se mencionaban:

Contra la decadencia misma y la decadencia moral. Por la disciplina, por la decencia en la familia y en la propiedad.

Heinrich Mann, Ernst Glaeser, E. Kaestner

Contra el pensamiento sin principios y la política desleal. Por la dedicación al Pueblo y al Estado.

F.W. Foerster.

Contra el desmenuzamiento del alma y el exceso de énfasis en los instintos sexuales. Por la nobleza del alma humana.

Escuela de Freud.


El 10 de mayo 1933, a pocos meses de haber tomado el poder, el régimen nazi ordenó quemar
millones de libros de autores particularmente judíos o de izquierda.

Contra la distorsión de nuestra historia y la disminución de las grandes figuras históricas. Por el respeto a nuestro pasado.

Emil Ludwig, Werner Hegemann.

Contra los periodistas judíos demócratas, enemigos del Pueblo. Por una cooperación responsable para reconstruir la nación.

Theodor Wolff, Georg Bernhard.

Contra la deslealtad literaria perpetrada contra los soldados de la Guerra Mundial. Por la educación de la nación en el espíritu del poder militar.

E.M. Remarque

Contra la arrogancia que arruina el idioma alemán. Por la conservación de la más preciosa pertenencia del Pueblo.

Alfred Kerr

Contra la impudicia y la presunción. Por el respeto y la reverencia debida a la eterna mentalidad alemana.

Tucholsky, Ossietzky

La operación, cuyas características se habían mantenido hasta ese instante en secreto, se reveló pronto en su verdadera dimensión porque el mismo 10 de mayo, hubo una quema de libros en numerosas ciudades alemanas. La lista de quemas incluyó varias ciudades y fue casi simultánea para causar pánico: Bonn, Braunschweig, Bremen, Breslau, Dortmund, Dresden, Frankfurt/Main, Göttingen, Greifswald, Hannover, Hannoversch-Münden, Kiel, Königsberg, Marburg, München, Münster, Nürenberg, Rostock y Worms. Finalmente hay que mencionar Würzburg, en cuya Residenzplatz se incineraron cientos de escritos.

Y, como si se tratara de una avalancha, Goebbels insistió en continuar con estas quemas de libros prohibidos. No hubo un rincón en el que los estudiantes y los miembros de las juventudes hitlerianas no destruyeran obras. El 12 de mayo, fueron eliminados libros en Erlangen Schloßplatz, en la Universitätsplatz de Halle-Wittenberg. Al parecer, el 15 de mayo, algunos miembros apilaron textos en Kaiser-Friedrich-Ufer, en Hamburgo, y a las once de la noche, después de un discurso ante una escasa multitud, los quemaron. La apatía preocupó a los integrantes de los incipientes servicios de inteligencia del partido y se decidió repetir el acto. El 17, la Universitätsplatz, de Heidelberg se conmovió cuando hasta los niños participaron en las quemas de libros. El 17 de junio, la Jubiläumsplatz, en Heidelberg, volvió a ser utilizada para las quemas. Hubo otras destrucciones adicionales el 17 de mayo: en la Universidad de Colonia, en la ciudad de Karlsruhe.

El 19 de mayo, Hitler estaba totalmente emocionado. Y Goebbels, seguro de los efectos de este éxito, pidió a los jóvenes que no se detuvieran. El mismo 19, el horror se mantuvo en el Museo Fridericanum, en Kassel, y en la Meßplatz, de Mannheim. El 21 de junio, tres regiones quemaron libros. Por una parte, estaba Darmstadt, en cuya Mercksplatz se llevaron a cabo los hechos; por otra, estaba Essen y la mítica ciudad de Weimar. Varios años más tarde, específicamente el 30 de abril de 1938, la Residenzplatz, de la famosa Salzburgo, fue utilizada por estudiantes y militares para una destrucción masiva de ejemplares condenados.

El impacto que produjeron las quemas de mayo 1933 fue enorme. Sigmund Freud, cuyos libros fueron seleccionados para ser destruidos, dijo irónicamente a un periodista que, a pesar de lo que pudiera comentarse, semejante hoguera era un avance en la historia humana:

En la Edad Media ellos me habrían quemado. Ahora se contentan con quemar mis libros [...]

Lo que olvidó Freud en su broma es que hubiera sido quemado si hubiera permanecido en Alemania.
Varios grupos intelectuales marcharon en Nueva York contra estas medidas . La revista Newsweek no vaciló en hablar de un "holocausto de libros" y la revista Time utilizó por primera vez el término de "bibliocausto" . Los japoneses, impresionados, condenaron los ataques contra los libros. El repudio, en suma, fue total.

No obstante, según W. Jütte , el rechazo no evitó que los libros de más de 5.500 autores fueran aniquilados. Los principales textos de los más destacados representantes de inicios del siglo XX alemán recibieron vetos continuos y ardieron sin piedad. Entre otros muchos, los autores que fueron censurados, vetados o eliminados, conforman una larga lista que puede muy bien reducirse como sigue. No es completa, pero intenta una aproximación bastante exhaustiva:

"Biblioclastas", sobre la destruccion de libros durante la dictadura

Los inquisidores de la literatura

Actor, dramaturgo y docente, Jorge Gómez explica el sentido de la obra, que denuncia el aniquilamiento del pensamiento crítico.

Por Alina Mazzaferro

Unpea y oscura oficina kafkiana, a las órdenes de un hombre cuya autoestima depende del poder y la fuerza que pueda ejercer sobre los otros. Un empleado correntino y otro –El Ruso– que, misteriosamente y sin aviso previo, ha desaparecido. Entre ellos, un montón de libros agrupados en pilones y bolsas, sobre las mesas y en el piso, que parecerían querer decir algo, pero a quienes nadie escucha. En el centro de la escena, el protagonista: un gran horno que, cada tanto, abre su inmensa boca colorada para devorar alguna de sus víctimas de papel. El bibliocausto –la destrucción masiva de libros– ha sido un crimen recurrente en la historia de la humanidad: persecución bibliocida ha habido desde la Antigüedad hasta la Inquisición católica y el nazismo. Sin embargo, este bureau y sus metódicos empleados no son tan lejanos, espacial y temporalmente, para la Argentina de 2007. Durante la última dictadura, un millón y medio de libros pertenecientes al Centro Editor de América Latina que dirigía Boris Spivacow fueron incinerados en este tipo de oficinas-sótano, dedicadas a deshacerse de grandes pilas de volúmenes en forma regular.

Biblioclastas –la obra de Jorge Gómez y María Victoria Ramos estrenada el año pasado a 30 años de la dictadura militar, que ahora se presenta todos los jueves a las 21.30 en el Teatro De la Fábula (Agüero 444)– vuelve a poner en escena el oscuro período que a partir de 1976 se inició en la historia nacional, a través de Fénix y Gutiérrez, dos empleados municipales encargados de arrojar al fuego los libros y, con ellos, la memoria de un pueblo.

"Tratamos de ser muy rigurosos con los hechos, sin que eso significara hacer un ensayo", explica Gómez quien, además de haber escrito y protagonizado la obra, es docente de historia. El puntapié inicial de la investigación fue la lectura de Un golpe a los libros, de Judith Gociol y Hernán Invernizzi, "porque allí estaba claramente contada la sistematización usada para la censura cultural". También se inspiraron en Almanzor, pieza de 1821 creada por el poeta alemán Heinrich Heine, de la cual una frase ha sido inmortalizada: "Allí donde queman libros, acaban quemando hombres". Con esa premisa en mente, los autores no trabajaron solamente el microcosmos de esa oficina subterránea, sino que permitieron que el contexto externo se colara, mediante algunos indicios, en la rutina laboral de los inquisidores de la literatura. Así, alguien pregunta por El Ruso, que de pronto no va más a trabajar, y le contestan que se ha tomado un largo feriado judío, aunque ya han pasado varios días desde el Rosh Hashaná. También allí se vive el fervor patriótico por el fútbol, la rivalidad "deportiva" con Inglaterra y la temida derrota tras un costoso partido jugado en Malvinas.

Mientras tanto, los libros van cayendo uno a uno dentro de la boca ardiente del impaciente horno. "Existe la falsa idea de que los militares quemaban libros porque eran brutos; en realidad sabían por qué los quemaban, conocían la incidencia que puede tener la lectura en el pensamiento", afirma Gómez. "En el décimo piso del San Martín –sigue– había una oficina con gente que catalogaba libros, y decía ‘éste sí, éste no’; eran intelectuales al servicio de la dictadura." Biblioclastas se propuso, desde un principio, poner en escena el procedimiento sistemático de aniquilación del pensamiento crítico llevado a cabo por los militares a fines de los ’70. Sin embargo, la tarea de construir una obra y sus personajes obligó a sus creadores a extenderse más allá de la simple denuncia. Admirador de la dramaturgia de Eduardo Pavlovsky, Gómez intentó, como en Potestad o en La muerte de Marguerite Duras, presentar a los personajes como seres cotidianos y humanos para luego revelar que dentro de ellos, a simple vista inofensivos, se erige un represor.

Interesado por la historia nacional, tanto como actor, dramaturgo y docente, Gómez ya está preparando una nueva obra, esta vez sobre el peronismo. Para él, el teatro es una herramienta "para que una sociedad pueda mirar de dónde viene y hacia dónde va". "Pero si uno se propone hacer teatro sólo por una cuestión política –agrega– cae en dogmatismo, en cuestiones panfletarias, y es aburrido tanto para el que lo hace como para el que lo ve. El arte tiene que ser el fin último. Pero uno no puede evitar poner allí toda su ideología, su vivencia, su identidad."

Fuente: Página/12, 05/04/07

Nathan Asch
Schalom Asch (1880 - 1957)
Henri Barbusse (1873 - 1935)
Richard Beer-Hofmann (1866 - 1945)
Georg Bernhard
Günther Birkenfeld
Bertolt Brecht (1898 – 1956)
Hermann Broch (1886-1951)
Max Brod (1884 - 1968)
Martin Buber (1878-1965)
Robert Carr
Hermann Cohen (1842-1918)
Otto Dix (1891-1969)
Alfred Döblin (1878 - 1957)
Kasimir Edschmid (1890 - 1966)
Ilja Ehrenburg (1891 - 1967)
Albert Ehrenstein (1886 - 1950)
Albert Einstein (1879-1955)
Lion Feuchtwanger (1884 - 1958)
Georg Fink
Friedrich W. Foerster (1869-1966)
Bruno Frank (1887-1945)
Sigmund Freud (1856 - 1939)
Rudolf Geist
Fjodor Gladkow
Ernst Glaeser (1902 - 1963)
Iwan Goll (1891 - 1950)
Oskar Maria Graf (1894-1967)
George Grosz (1893-1959)
Karl Grünberg
Jaroslav Hasek (1883 - 1923)
Walter Hasenclever (1890 - 1940)
Werner Hegemann
He (1797-1856)
Ernst Hemingway (1899-1961)
Georg Hermann (1871-1943)
Arthur Holitscher (1869 - 1941)
Albert Hotopp Heinrich
Eduard Jacob
Franz Kafka (1883-1924)
Georg Kaiser (1878-1945)
Josef Kallinikow Gina Kaus (1894-?)
Rudolf Kayser (1889-1964)
Alfred Kerr (1867 - 1948)
Egon Erwin Kisch (1885 - 1948)
Kurt Kläber
Alexandra Kollantay
Karl Kraus (1874-1936)
Michael A. Kusmin (1875 - 1936)
Peter Lampel (1894 - 1965)
Else Lasker-Schuler (1869-1945)
Vladimir Ilich Lenin (1870-1924)
Wladimir Lidin
Sinclair Lewis (1885-1951)
Mechtilde Lichnowsky (1879-1958)
Heinz Liepmann
Jack London (1876 - 1916)
Emil Ludwig
Heinrich Mann (1871 - 1950)
Klaus Mann (1906 - 1949)
Thomas Mann (1875-1955)
Karl Marx (1818 - 1883)
Erich Mendelsohn (1887-1953)
Robert Musil (1880-1942)
Robert Neumann (1897 - 1975)
Alfred Neumann (1895-1952)
Iwan Olbracht (1882 - 1952)
Carl von Ossietzky (1889 - 1938)
Ernst Ottwald
Leo Perutz (1882-1957)
Kurt Pinthus (1886 - 1975)
Alfred Polgar (1873-1955)
Plivier (1892 - 1955)
Marcel Proust (1871-1922)
Hans Reimann (1889-1969)
Erich Maria Remarque (1898 - 1970)
Ludwig Renn (1889 - 1979)
Joachim Ringelnatz (1883-1934)
Iwan A. Rodionow
Joseph Roth (1894-1939)
Ludwig Rubiner (1881 - 1920)
Rahel Sanzara
Alfred Schirokauer Schlump
Arthur Schnitzler (1862 - 1931)
Karl Schroeder
Anna Seghers (1900 - 1983)
Upton Sinclair (1878 - 1968)
Hans Sochaczewer
Michael Sostschenko
Fjodor Ssologub
Adrienne Thomas
Ernst Toller (1893 - 1939)
Bernard Traven (1890-?)
Kurt Tucholsky (1890 - 1935)
Werner Türk
Fritz von Unruh (1885-1970)
Karel Vanek
Jakob Wassermann (1873 - 1934)
Arnim T. Wegner (1886 - 1978)
H. G. Wells (1866-1946)
Franz Werfel (1890 - 1945)
Ernst Emil Wiechert (1887-1950)
Theodor Wolff (1868 - 1943)
Karl Wolfskehl (1869-1948)
Émile Zola (1840-1902)
Stefan Zweig (1881 - 1942)
Arnold Zweig (1887 - 1968)

[Fuentes: Encyclopaedia Britannica; Enciclopedia Espasa-Calpe; Dr. Birgitt Ebbert]

Hitler no olvidó nunca a Goebbels y le perdonó todo, hasta sus reiterados deslices con prostitutas. El día de su suicidio, en 1945, lo nombró Canciller del Reich. Y Goebbels, aceptó este honor, pero por unas horas. Casi como si se tratara de una simetría perversa, el 1 de mayo, el mes de la gran quema de libros, acabó con todos sus hijos, mató a su esposa, y luego, no sin esbozar una sonrisa de triunfo y alzar la mano celebrando al Führer, se dio muerte.


La quema de libros de 1933

La artista estadounidense Sheryl Oring, creadora de instalaciones, la coreógrafa Sommer Ulrickson y el compositor Ari Benjamin Meyers rememoran con una instalación y un espectáculo de danza, en la plaza Bebelplatz, la quema de libros perpetrada en Berlín en 1933. Fotografías originales ofrecen una mirada histórica al espectáculo propagandístico multitudinario realizado por el régimen nacionalsocialista.

El 10 de mayo de 1933, a los sólo 3 meses y medio de la toma del poder por Adolf Hitler ardían las primeras hogueras delante la Universidad Friedrich-Wilhelm de Berlín. En presencia de Joseph Goebbels, quien dos meses antes habían sido nombrado por Hitler ministro de Ilustración Popular y Propaganda del Reich, los estudiantes nacionalsocialistas arrojaban a las llamas las obras catalogadas como "degeneradas" y anti-alemanas de escritores incómodos, como Heinrich Mann, Sigmund Freud, Karl Marx, Kurt Tucholsky, Carl von Ossietzki y Erich Kästner. 66 años más tarde, la artista estadounidense Sheryl Oring, creadora de instalaciones, la coreógrafa Sommer Ulrickson y el compositor Ari Benjamin Meyers recordaron en la plaza Bebelplatz, con una instalación y un espectáculo de danza, la bárbara escenificación multitudinaria organizada aquí por el régimen nacionalsocialista. La instalación consta de una gran jaula de barras de hierro oxidado y una máquinas de escribir de los años 20 y 30, dispuestas en forma de bloques habitacionales.
La llamada quema de libros en Berlín y en otras ciudades alemanas constituyó el principio de la eliminación, en las bibliotecas públicas, del "intelectualismo judío exagerado", como lo sentenció Goebbels. Según el régimen, el "hombre del futuro" debería ser no sólo un "hombre de libros" sino también un "hombre de carácter".

En los años siguientes, muchos intelectuales liberal-izquierdistas dieron la espalda a Alemania. Gran parte de ellos se adhirieron a la Academia Alemana de Bellas Artes y Ciencias en el exilio, fundada en Nueva York en 1936 por Hubertus Príncipe zu Löwenstein y presidida por Thomas Mann y Sigmund Freud. La academia mantuvo temporalmente representaciones europeas en Viena, Londres y París y entre sus afiliados figuraron científicos como Albert Einstein, Siegfried Marck o Paul Tillich, escritores como Heinrich Mann, Bertolt Brecht, Franz Werfel, Lion Feuchtwanger, Ernst Toller o Stefan Zweig, artistas como Paul Klee, Lyonel Feininger, Bruno Walter, Arnold Schönberg o Kurt Weill y arquitectos como Walter Gropius, Mies van der Rohe o Erich Mendelsohn.

Estos intelectuales expulsados de Alemania, que lucharon por una Alemania democrática en una Europa unida, enriquecieron sustancialmente la cultura de los países receptores, ante todo la de Estados Unidos de América, e influyeron de forma importante en la evolución de la Europa de posguerra.

Un monumento admonitorio recuerda, en el centro de la plaza Bebelplatz, las consecuencias de la quema de libros. Es una estantería vacía de libros, hundida en la tierra y cubierta por un vidrio. Delante de ella, una lápida recordatoria lleva inscritas las palabras de Heinrich Heine pronunciadas en 1820: "Esto fue sólo un preludio. Donde se quema libros, también se quema a la gente".

Fuente: Goethe-Institut, 1999


Fahrenheit 451

Por Mauricio Bachetti

La Cámara Argentina del Libro organizó el miércoles pasado un homenaje a José Boris Spivacow y con ello un recordatorio de lo que fue "el día de la vergüenza del libro argentino", cuando el 30 de agosto de 1980 la Policía de la Provincia de Buenos Aires quemó un millón y medio de libros y fascículos pertenecientes al Centro Editor de América Latina (CEAL, fundado por Boris Spivacow), mientras otra gran cantidad quedó incautada. Al mismo tiempo, la dictadura militar iniciaba un juicio contra Spivacow, quien antes del CEAL había sido director de Eudeba en su época dorada y uno de los fundamentales actores en la renovación y consolidación del público en las décadas del sesenta y el setenta.

Con este merecido homenaje a Spivacow y el recuerdo de la bárbara quema de libros se pretendía además recordar la larga persecución (secuestros, clausuras, amenazas y todo tipo de presiones) de la que fueron objetos las personas que trabajaron en la industria del libro durante la última dictadura militar. El ataque al CEAL no fue un hecho aislado. Numerosas editoriales y librerías como Siglo XXI, Fundación Constancio C. Vigil de Rosario, Librería To Be de Omar, entre otras, debieron enfrentar los embates de la represión estatal, convencida de la necesidad de "depurar" la cultura argentina.

La represión llevada a cabo no sólo afectó a las empresas productoras y distribuidoras de libros (sospechados de "subversión") sino que se materializó en desapariciones y asesinatos de las personas que significaran una "amenaza" para el proyecto dictatorial. Alberto Burnichon, Carlos Pérez, Héctor Fernández, Horacio González, Isabel Valencia, Roberto Santoro, Enrique Alberto Colomer, Claudio Ferrari, Maurice Geger, Silvia Lima, Conrado Guillermo Cerreti, Enrique Walker, Daniel Luaces, Graciela Mellibovsky, Pirí Lugones, Héctor Abrales, Diana Guerrero e Ignacio Ikonicof son los nombres de las personas que la Cámara del Libro decidió homenajear en este fúnebre recordatorio en memoria de Boris Spivacow y de la cultura del libro.

Rogelio Fantasía, actual director de la Cámara Argentina del Libro, reclamó a la Fundación El Libro y a la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (mediante una resolución firmada por el Consejo Directivo de esa institución) una serie de medidas destinadas a brindar el reconocimiento que José Boris Spivacow se merece, junto con las demás víctimas de la dictadura. Una de las iniciativas de la Cámara del Libro convoca a un premio anual de narrativa para autores inéditos, que llevará el nombre de quien logró ser un ejemplo de excelencia y dedicación en la historia de la industria del libro. Spivacow trabajó en la sección infantil de la mítica editorial Abril, fue gerente general de la naciente editorial Eudeba entre 1958 y 1966, que se convirtió bajo su gestión en la mayor editorial universitaria en el mundo, y finalmente fundó y dirigió el CEAL, cuyas colecciones marcaron a varias generaciones de argentinos.

Otro de los reclamos de la Cámara del Libro se dirige a la rancia Fundación El Libro para que designe con el nombre José Boris Spivacow algún sitio destacado de la Feria del Libro de Buenos Aires como un homenaje general a todas las víctimas de la dictadura militar, a cuya sombra la Feria fue creciendo año a año. Al mismo tiempo se propone que todos los años, al inicio de la Feria del Libro, se encienda una llama en recordatorio de la quema de libros llevada a cabo en 1980.

Con la misma intención, se sugiere a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que designe con el nombre de Boris Spivacow algún lugar de la ciudad (calle, plaza, paseo o biblioteca).

Estas propuestas surgidas desde la Cámara Argentina del Libro son, como afirma Rogelio Fantasía, "una manera de dar a conocer un lamentable hecho que todavía no había sido denunciado". Fantasía se esforzó por dejar bien en claro que la institución cuyos destinos conduce defiende por encima de todo, la libertad de expresión (de prensa y de ideas). "Aquel suceso llevado a cabo en plena dictadura militar violó y avasalló esos derechos fundamentales. Fue un fuerte atentado contra la cultura nacional y estos homenajes son una manera de condenar aquellos actos que oscurecen la memoria de los argentinos".


Publican la historia universal de la destrucción de libros

Una crónica completa sobre la destrucción de libros y bibliotecas, desde Súmer hasta la guerra de Iraq, es lo que relata el venezolano Fernando Báez en un libro titulado Historia universal de la destrucción de libros, publicado por el sello Destino, del Grupo Planeta.

Se trata de un volumen de 400 páginas conformado por un texto que presenta "en un estilo ameno y fácil de leer datos hasta ahora desconocidos sobre la quema de la Biblioteca de Alejandría, así como un recuento de lo sucedido en la quema de libros del año 213 a.C. en China", según indica un comunicado.

También relata "'la quema de ejemplares por parte de la Inquisición, la destrucción de bibliotecas como la del Congreso de Estados Unidos en 1812, el (llamado) 'bibliocausto' nazi de 1933, la destrucción de libros en la Guerra Civil Española, la quema de la Biblioteca de Sarajevo en 1992, los casos de Salman Rushdie, y las quemas durante las dictaduras chilena y argentina".

Los editores destacan además que el libro propone un acontecimiento a un hecho mucho más reciente al incluir "un testimonio de lo ocurrido durante la invasión a Iraq en 2003, donde fueron quemados más de un millón de libros en la Biblioteca Nacional de Bagdad, lugar visitado por el propio autor en calidad de experto internacional en bibliotecas".


Las primeras destrucciones de libros en China

Por Fernando Báez

Tschao Tscheng, en el año 246 a.C., a la edad de 13 años, se convirtió en el líder de una región llamada Ts´in, uno de los tantos feudos en los que estaba dividida la China Antigua. Durante varios siglos, Ts´in fue un centro militar y cultural, donde predominaba un prurito por la conquista de todos los demás territorios. La llegada del muchacho, entusiasmó a los enemigos, pero es obvio que fue subestimado. Narigudo, de ojos grandes, voz recia y hábitos de guerra temibles, hijo de la concubina de un comerciante adinerado, Tscheng no pudo ejercer el mando hasta el año 238 a.C, pero apenas supo que era efectivamente rey, mató al amante de su madre y mandó al exilio al tutor regente. De inmediato, comenzó una campaña contra el resto de los feudos que dominaban entonces y, uno por uno, los sometió. Intentaron asesinarlo, pero como siempre sucede en estos casos, sólo lograron aumentar su coraje. Ya para el 215 a.C., era dueño de un verdadero Imperio, y en un arranque de emoción ordenó colocar una inscripción donde decía: Ha reunido todo el mundo por primera vez.

No vaciló en matar, sobornar y destruir a todos sus opositores, y eso tuvo su efecto: se convirtió en un monarca rico. Además de rico, ansioso, y ególatra y jamás benevolente. Un día convocó a sus ministros y tomó la decisión de adoptar un título universal que declarara su majestad. Se proclamó entonces huang-ti (Augusto Soberano), y, seguro de su inmortalidad, anticipó a este nombre el de Shi (Primero) y así fue nada menos que Schi Huang-ti. Siguiendo una tradición, consideró oportuno que su dinastía se basara en tres principios: en el número 6, en el agua, y en el color negro.1

Su reinado fue preciso y uniforme. Asesorado por su leal ministro Li Sse, uno de los discípulos más inteligentes de Sün Tse, partidario de las tesis de la Escuela de los Legistas2, impuso la doctrina de la ley y acabó con la bondad como criterio de juicio. Las medidas, las pesas, el tamaño de los caminos, las vestimentas, las conversaciones, las opiniones, los modos de lucha, e incluso el idioma, fueron unificados. El ejército fue centralizado, y numerosas actividades económicas fueron sometidas a controles que implicaban, casi siempre, la conversión de los comerciantes en agricultores. Creó 36 distritos con administradores celosamente vigilados. Misterioso, Schi Huang-Ti nunca se dejaba ver por nadie, y era imposible saber si se encontraba en uno u otro de sus 260 palacios. En el fondo, no sólo quería impresionar sino restar posibilidades a sus enemigos naturales, que los tenía, y no en poca medida. Viajaba, sin avisar, a lugares remotos, en busca del elíxir de la inmortalidad. Con fines militares, y con esta misma visión unitaria, hizo en el 214 a.C. que el General Men T´ieng, junto con 300.000 soldados, enlazara las antiguas murallas que estaban en la frontera, para así consolidar una sola Gran Muralla, que vino a llamarse Wa-li Ch´ang-Ch´eng. En la construcción de ese bastión militar, murieron miles de miles de hombres, aunque no resultó terminada, pues fue reparada en el siglo IV d.C. y complementada en los siglos XV y XVI. También ordenó construir una Tumba monumental, muy cerca de Hienyang, en la que trabajaron 700.000 hombres durante 36 años.

El año 213 a.C., fecha en la cual un grupo de hombres intentaba reunir todos los libros existentes en la ciudad de Alejandría, en Egipto, Schi Huang-Ti, ordenó quemar todos los libros cuya temática no fuese la agricultura, la medicina o la profecía, es decir, casi todos los libros del mundo. Entusiasmado por sus acciones, creó una biblioteca imperial dedicada a vindicar los escritos de los Legalistas, defensores de su régimen, y ordenó confiscar el resto de los textos chinos. De hogar en hogar, los funcionarios tomaron entonces los libros y los llevaron a una pira, donde los hicieron arder para sorpresa y alegría de quienes no los habían leído. El peor delito era ocultar un libro y la pena consistía en ser enviado a trabajar en la construcción de la Gran Muralla. Ssema Ts’ien (h. 145-85 a.C), el gran cronista de China, reseña el acontecimiento:

[...] Las historias oficiales, con excepción de las Memorias de Ts’in, deben ser todas quemadas. excepto las personas que ostentan el cargo de letrados en el vasto saber, aquellos que en el imperio osen esconder el Schi King y el Schu King o los discursos de las Cien Escuelas deberán ir a las autoridades locales, civiles y militares para que aquéllos los quemen. Aquéllos que osen dialogar entre sí acerca del Schi King y del Schu King serán aniquilados y sus cadáveres expuestos en la plaza pública. Los que se sirvan de la Antigüedad para denigrar los tiempos presentes serán ejecutados junto con sus parientes [...] Treinta días después de que el edicto sea promulgado aquéllos que no hayan quemado sus libros serán marcados y enviados a trabajos forzados [...]3

Centenares de letrados, reacios a aceptar la medida, murieron a manos de los verdugos y sus familias sufrieron humillaciones inefables. Se sabe que esta medida, además, acabó con cientos de escritos que estaban almacenados en huesos, en conchas de tortuga y tablillas de madera.

Shi Huang-ti, que se consideraba inmortal, veneraba el Tao-Te-king de Lao-Tse y la doctrina del taoísmo; odiaba, en cambio, los escritos de K’ong fu-tse o Confucio y, por supuesto, los hizo quemar. Algunos años más tarde, cuando los sirvientes limpiaban la Biblioteca Central, se descubrió una copia oculta de los escritos de Confucio. No es imposible que un bibliotecario se burlara de este modo de toda la autoridad constituida. El año 206 a.C., sin embargo, ocurrió un hecho ajeno a los planes del Emperador: la guerra civil no respetó la condición venerable de la biblioteca y fue arrasada. Sólo en el año 191 a.C., durante la dinastía Han, pudo restituirse la memoria de China, pues numerosos eruditos habían conservado obras enteras de memoria y, salvo por algunos deslices que aturden aún a los sinólogos norteamericanos, pudieron componer nuevamente la literatura de su tiempo.

Notas:
[1] Derk Bodde, China´First Unifier, 1938.
[2] La Escuela legalista, precursora de algunos de los puntos de vista de Maquiavelo, estuvo representada por Shen-Tao, Shen Pu-hai y Shang Yang. Las tesis de estos tres entusiastas del absolutismo fueron sintetizadas por Han Fei-tse. Cfr. W.K. Liao (The complete Works of Han Fei Tsu, a Classic of Chinese Legalism, 1939)
[3] Historia de la China Antigua (1974, p. 298) de A.
© Fernando Báez 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid


La pequeña biblioteca de Auschwitz

La lectura en las barracas

Por Alberto Manguel

En la segunda guerra mundial, en medio del horror de la locura nazi, muchos judíos consumaron un poderoso acto de resistencia. Continuaron leyendo. Ocultaron libros prohibidos que se distribuían entre sí. También, en algunos casos, aquellas obras fluían, como en la conocida novela de Bradbury Farenheit 451, de boca en boca, a través del recitado y el poder de la memoria. El ensayista argentino Alberto Manguel, a partir de un hecho personal, inicia una incursión por aquel acontecimiento extraordinario, no muchas veces atendido por los historiadores: las bibliotecas ambulantes que sobrevivieron en el espanto de los campos de concentración como una forma decidida de la esperanza. Un símbolo que brota, desde el vientre doloroso de la historia, del valor de los hombres y mujeres que, hasta el último momento, lucharon por el resplandor de su dignidad.

E.I

El fragmento que presentamos aquí pertenece a una obra de futura publicación. Agradecemos por habernos puesto en conocimiento de tan valioso texto a Pablo Hacker para quien, a través de sus palabras:

"A partir del hallazgo de un libro litúrgico judío en el mercado de pulgas de Berlín, el ensayista argentino (Alberto Manguel) remonta el circuito secreto de los libros en los campos de exterminio nazi".

Mágicamente, cada uno de mis libros guarda la historia de su supervivencia. Cada uno de ellos logró escapar del fuego, del agua, del paso del tiempo y de la mano del censor, para contarme su historia.

Algunos de los cientos de libros prohibidos por la dictadura militar 1976-1983

Academia de Ciencias de la URSS. Instituto de Filosofía El papel de las masas populares y el de la personalidad en la historia
Arzobispado de Santiago - Vicaria de la Solidaridad ¿Dónde están?. Tomo 7
Afanasiev, Victor Del socialismo utópico al comunismo científico
Álvarez del Real, María E. (Directora) Almanaque Mundial 1979.
Arévalo, Oscar El Partido Comunista
Arnedo Alvarez, Gerónimo Por qué el convenio nacional democrático. Escritos 1975-1980
Arnedo Álvarez, Gerónimo Argentina frente a la dictadura de los monopolios y la opinión de los comunistas
Bakunin, Mijail Dios y el Estado (Dios, el Estado y la Libertad)
Bayer, Osvaldo Severino Di Giovanni. El idealista de la violencia
Bayer, Osvaldo Los vengadores de la Patagonia tragica
Benedeti, Mario Gracias por el fuego
Bijovski, B. Ciencia, sociedad y futuro
Borecky, B. - Oliva, P. Historia de los griegos
Bornemann, Elsa Un elefante ocupa mucho espacio
Brainin, I El relevo de las generaciones
Bustinza, Juan A. Historia 4. Instituciones Políticas y Sociales de América hasta 1810
Bustinza, Juan A./Ribas Grabiel A. La antigüedad y el Medioevo
Compaired, Aurelio La prosperidad para todos. Nueva sintesis para todos
Cuadernos de Cultura Cuaderno de Cultura n° 60
Comité Central de Partido Comunista Revista Nueva Era N° 7.
Casaretto, Martín S. Historia del movimiento obrero argentino
Castello, Beatriz Dios es fiel
Castro, Fidel La historia me absolverá
Casullo, Nicolás Para hacer el amor en los parques
Céspedes, Augusto Metal del diablo
Chadraba y Otros Renacimiento y humanismo
Codovilla, Victorio Trabajos escogidos. Tomo I
Codovilla, Victorio Luchemos unidos para abatir la dictadura y por un gobierno verdaderamente democratico y popular
Comisión Nacional de Educación del Partido Comunista Unidad para abatir la dictadura y conquistar un gobierno de amplia coalición democrática
Comité Central de Partido Comunista Revista Nueva Era N° 4. La séptima conferencia nacional del Partido Comunista
Conadep Informe Delegación Córdoba.
Conti, Haroldo Mascaró, el cazador americano
Cooper, David La muerte de la familia
Cucaña Ediciones Actas Tupamaras
Cukier, Zulema/Rey, Rosa María/Tornadú, Beatriz Páginas para mí 3. Libro de lectura para tercer grado
Cukier, Zulema/Rey, Rosa María/Tornadú, Beatriz Páginas para mí 1. Cuaderno de Actividades
Cukier, Zulema/Rey, Rosa María/Tornadú, Beatriz Páginas para mí 2. Libro de lectura
De la Peña, Alcira Como se construye un mundo nuevo y se defiende la paz
De Saint-Exupéry, Antoine El Principito
Devetach, Laura La torre de cubos
Dostoievski, Fiódor M. Crimen y castigo. Tomo I
Doumerc, Beatriz La línea
Durán, Carlos Joaquín/Tornadú, Noemí Beatriz Dulce de Leche
Editorial Anteo Unir a las mujeres en la lucha por sus derechos. Selección de trabajos de Victorio Codovilla sobre los problemas y las luchas de las mujeres
Editorial EIA 17 para contar
Editorial Fundamentos La cuestión agraria y el movimiento de liberación
Enciclopedia Salvat tomos 8 y 11
Erasmo Elogio de la locura
Fanon, Frantz Los condenados de la tierra
Fayt, Carlos S. Historia del pensamiento político. El socialismo
Freire, Paulo Pedagogía del oprimido
Freire, Paulo Educación como práctica de la libertad
Fromm, Erich Marx y su concepto del hombre
Frondizi, Arturo La lucha antiimperialista. Etapa fundamental del proceso democrático
Furtado, Celso Dialéctica del desarrollo
Gaboriau, M. - Gaudemar, P. De y otros Estructuralismo: estructuralismo e historia
Gagarin, Valentin Mi hermano Yuri
Galeano, Eduardo Las venas abiertas de América Latina
Gambaro, Griselda Ganarse la muerte
Gambini, Hugo El Che Guevara. La biografía.
Gelman, Juan Violín y otras cuestiones
Ghioldi, Rodolfo Escritos. Tomo I
Gianet, Claude/Laterrasse, Colette, Vergnaud, Gérard Dossier Wallon-Piaget
Godio, Julio Los orígenes del movimiento obrero
González Casanova, Pablo Sociología de la explotación
González Tuñon, Raúl La calle del agujero en la media. Todos bailan
Gorki, Máximo Tres Rusos
Guerrero, Lila Antología de Maiacovski. Su vida y su obra
Gusmán, Luis El frasquito
Gusmán, Luis El frasquito
Ghioldi, Rodolfo Lenin y el pensamiento contemporaneo
Hernández-Rojo-Rabuffetti-Hernández Conceptos básicos de matemática moderna
Hurault, Bernardo La Biblia Latinoamericana (Trad. del griego y del hebreo)
Janet, Paul Los origenes del Socialismo Contemporaneo
Jauretche, Arturo Pantalones cortos
Jobson, Bernardo El fideo más largo del mundo
Kleiner, Bernardo Revolución Científico-técnica y liberación
Krupskaya, N. Vladimir Iiich Lenin 1870-1970
La Gran Revolución Socialista de Octubre
Lallemant, Germán Avé La clase obrera y el nacimiento del marxismo en la Argentina
Lara, Jesús Sinchikay
Lebendinsky, Mauricio América Latina en la encrucijada de la década del setenta
Lenin Vladimir. I. La cultura y la revolución cultural. Recopilación
Lenin, V. I. Acerca de la prensa y la literatura
Lenin, V. I. La revolución proletaria y el renegado Kautsky
Lenin, Vladimir I. Obras escogidas Vols. 1, 2 y 3
Malan, D. H. La psicoterapia breve
Mardones, Gualterio Cuevas Lacia sin mascara
Marianetti, Benito Enrique del Valle Iberlucea. Una honesta conducta frente a la revolución rusa
Marianetti, Benito Semblanzas y narraciones
Marotta, Sebastian El movimiento sindical argentino. Su genesis y desarrollo. Tomos I, II y III
Martí, José Nuestra América y otros escritos
Marx, C. La ideología alemana. Ed. Pueblos unidos
Marx, C. Miseria de la Filosofía
Marx, C. Y Engels Manifiesto del PC
Marx, C. Y otros La sociedad Comunista.
Marx, Carlos Crítica de la Economía Política
Marx, Carlos - Engels, F Sobre el sistema colonial del capitalismo
Marx, Karl El Capital I, II, III. Crítica de la Economía Política
Marx, Karl y Engels Friedrich Manifiesto del Partido Comunista
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Neruda, Pablo Cantos Ceremoniales
Palgunov. N. La prensa y la opinión pública
Partido Comunista La Séptima conferencia nacional del PC. Ed. Nueva Era. Mayo 1967
Peña, Milcíades De Mitre a Roca
Peña, Milcíades Antes de Mayo. Formas sociales del trasplante español al Nuevo Mundo
Perón, Eva La Razón de mi vida. Ed. Penser
Perón, Juan Domingo La fuerza es el derecho de las bestias
Perón, Juan Domingo La Hora de los Pueblos. Unidad Editora. 1982
Plá, Alberto J. La burguesía nacional en América Latina
Platonov, Konstantin Psicología recreativa. Volumen II
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Ponce, Aníbal Apuntes de viaje. Diario íntimo de un adolescentes
Puig, Manuel The Buenos Aires Affair
Resoluciones y declaraciones del Partido Comunista de la Argentina Resoluciones y declaraciones del Partido Comunista de la Argentina
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Yunque, Alvaro Adolescentes
Yunque, Alvaro Barcos de papel
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Yunque, Alvaro Los que aman se aman
Yunque, Alvaro Hombres en las guerras de las pampas (Héroes, mártires, aventureros, apóstoles: 1536-1886)
Viñas, David Los dueños de la tierra

Hace unos años, en un puesto del mercado de pulgas de Berlín, encontré un delgado libro negro encuadernado con tapas duras de tela, sin ningún tipo de leyenda. La página de portada, en una delicada caligrafía gótica, declaraba que era un Gebet-Ordnung für den Jugendgottesdienst in der jüdisschen Gemeinde zu Berlin (Sabbath-Nachmittag), en castellano, Libro litúrgico del servicio de jóvenes en la comunidad judía de Berlín (Noche de Sabbath). Entre las oraciones se incluye una "para nuestro rey, Guillermo II, Kaiser del Reich Alemán". Se trataba de la octava edición, impresa por Julius Gittenfeld en Berlín en 1908, y había sido comprado en la librería de C. Boas Nachf, en el número 69 de la Neue Friedrichstrasse, "en la esquina de Klosterstrasse", una esquina que ya no existe. En ninguna parte se mencionaba el nombre de su dueño.

Un año antes de que el libro fuera impreso, Alemania había rechazado las limitaciones de armamentos propuestas por la Conferencia de Paz de La Haya; unos meses después, la Ley de Expropiación decretada por el canciller del Reich y Presidente de Prusia Fürst Bernhard von Bülow autorizaba más asentamientos alemanes en Polonia y, a pesar de que prácticamente nunca fue aplicada contra los terratenientes polacos, le otorgaba a Alemania derechos territoriales que permitieron, en junio de 1940, el establecimiento de un campo de concentración en Auschwitz.

El dueño original del libro de oraciones probablemente tuviera trece años cuando compró el volumen o se lo regalaron, la edad a la que le habrían permitido sumarse a las plegarias de la sinagoga. Si sobrevivió a la Primera Guerra Mundial, habría tenido treinta y ocho años cuando nació el Tercer Reich en 1933; si se quedó en Berlín, es probable que haya sido deportado, como muchos otros judíos de Berlín, a Polonia. Tal vez tuvo tiempo de entregarle el libro de oraciones a alguien antes de que se lo llevaran; quizá lo ocultó o lo dejó, junto con los otros libros que seguramente había coleccionado. Habría sido casi inconcebible para un hogar berlinés de los años 30 no hacer alarde de una biblioteca. Qué lecciones se aprendían de esos libros es otra cuestión. Sus bibliotecas no ayudaron a salvar a las víctimas.

"Toda víctima exige lealtad", escribió Graham Greene en El revés de la trama, y las víctimas literarias muchas veces ascienden al rango inesperado de héroes. Tal vez suceda que ninguna narrativa es posible sin una víctima dado que, paradójicamente, un protagonista es, en muchos casos, alguien a quien le suceden cosas. Privada de un papel verdaderamente activo, la víctima de todas maneras adquiere una identidad activa a través del discurso. La víctima se convierte en testigo (o lo invoca); la víctima tiene en mente la acción infame o la imprime en la mente de alguien que luego contará la historia. Porque la voz de la víctima es importantísima; el victimario muchas veces intentará silenciar a las víctimas: cortándoles literalmente la lengua, como en el caso de la violada Filomela en Ovidio, o escondiéndolas, como hace el rey con Segismundo en La vida es sueño, o negando su historia, como en El fin de la historia, de Liliana Heker. En la vida real, las víctimas "desaparecen", se las encierra en un ghetto, se las envía a prisión o a campos de tortura, se les niega credibilidad. Los métodos son los mismos. Sólo cambian las metáforas. Existe cierta justificación para el intento, a través de la creación artística, de recordar a las víctimas, de restablecer su visibilidad, de erigir monumentos conmemorativos literarios que, gracias a un arte inspirado, actúen como pilares de algo que se acerque a la comprensión del sufrimiento de una víctima. Y esto, sin un objetivo visible o explícito: los autores de los libros en mis estantes no pueden haber sabido quién los leería, pero cada una de las historias que relatan anticipa o implica mi existencia, da testimonio de experiencias que todavía no tuvieron lugar.

Cuando los nazis iniciaron su destrucción y saqueo de las bibliotecas judías, el librero a cargo de la Biblioteca Sholem Aleichem en Biala Podlaska decidió salvar los libros transportando, día tras día, tantos como él y un colega pudieran trasladar, aunque creyera que muy pronto "no quedarían más lectores". Después de dos semanas, las posesiones habían sido trasladadas a un ático secreto, donde fueron descubiertas por el historiador Tuvia Borzykowski mucho después de que hubiera terminado la guerra. Al escribir sobre la acción del librero, Borzykowski observó que fue llevada a cabo "sin siquiera considerar si alguien alguna vez necesitaría los libros salvados": fue un acto de rescate de la memoria per se. El universo (según creían los antiguos cabalistas) no depende de lo que leamos, sino de la posibilidad de que lo leamos.

Desde la emblemática quema de libros llevada a cabo en una plaza de Unter en Linden, frente a la Universidad de Berlín, en la noche del 10 de mayo de 1933, los libros se convirtieron en un blanco específico de los nazis. Menos de cinco meses después de que Hitler se convirtiera en canciller, el nuevo ministro de Propaganda del Reich, el doctor Paul Joseph Goebbels, declaró que la quema pública de autores como Heinrich Mann, Stefan Zweig, Freud, Zola, Proust, Gide, Helen Keller, H.G. Wells le permitía "al alma del pueblo alemán volver a expresarse. Esas llamas no sólo iluminan el punto final de una era pasada; también echan luz sobre la nueva".

La nueva era proscribía la venta o circulación de miles de libros, tanto en negocios como en bibliotecas, así como la publicación de otros nuevos. Los libros que comúnmente se conservaban en los estantes de la sala de estar porque eran prestigiosos, informativos o entretenidos, de pronto se volvieron peligrosos. La posesión privada de los libros registrados estaba prohibida; muchos fueron confiscados y destruidos. Cientos de bibliotecas judías en toda Europa fueron quemadas, tanto colecciones personales como tesoros públicos. Un enviado nazi alegremente informó sobre la destrucción de la famosa biblioteca del Lublin Yeshiva en 1939: "Para nosotros fue una cuestión de especial orgullo destruir la Academia Talmúdica, conocida como la más grande de Polonia. Arrojamos la inmensa biblioteca talmúdica fuera del edificio y llevamos los libros al mercado, donde les prendimos fuego. El fuego duró veinte horas. Los judíos de Lublin se reunieron alrededor y lloraban con amargura, casi acallándonos con sus lamentos. Convocamos a la banda militar y, con gritos vivaces, los soldados ahogaron el ruido de los gritos judíos".

Al mismo tiempo, los nazis decidieron salvar algunos libros con fines comerciales y de archivo. En 1938 Alfred Rosenberg, uno de los principales teóricos nazis, propuso que las colecciones judías, inclusive la literatura secular y religiosa, se preservaran en un instituto dedicado al estudio de "la cuestión judía". Dos años más tarde, se inauguró el Institut zur Erforschung der Judenfrage en Francfort del Meno. Para procurar el material necesario, el propio Hitler autorizó a Rosenberg a crear un grupo de trabajo constituido por expertos libreros alemanes para seleccionar los tesoros robados: la notable ERR, "Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg". Entre las colecciones confiscadas que se incorporaron al Instituto estaban las bibliotecas de los seminarios rabínicos de Breslau y Viena, los departamentos Hebreo y Judaico de la Biblioteca Municipal de Francfort, la biblioteca del Collegio Rabbinico de Roma, de la Societas Spinoziana de La Haya y la Casa Spinoza de Rijnburg, de las editoriales holandesas Querido, Pegazus y Fischer-Berman, del Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam, la biblioteca de Beth Maidrash Etz Hayim, las bibliotecas del Seminario Israelita de Amsterdam, del Seminario Israelita Portugués y la Rosenthaliana, la biblioteca del rabino Moshe Pessah en Volo, la Biblioteca Strashun en Vilna (el nieto del fundador se suicidó cuando le ordenaron ayudar a catalogar los libros), bibliotecas en Hungría (donde se estableció un instituto paralelo sobre "la cuestión judía" en Budapest), bibliotecas en Dinamarca y Noruega, decenas de bibliotecas en Polonia (especialmente la gran biblioteca de la sinagoga de Varsovia y del Instituto para Estudios Judíos). De este volumen gigantesco, el equipo de Rosenberg seleccionó los libros que serían enviados a su Instituto; todos los demás fueron destruidos. En febrero de 1943, el Instituto emitió las siguientes directivas para la selección del material de biblioteca: "todos los escritos que tengan que ver con la historia, cultura y naturaleza del judaísmo, así como los libros escritos por autores judíos en otros idiomas que no sean el hebreo y el yiddish, deben ser enviados a Francfort". Pero "los libros en hebreo o yiddish de fecha reciente, posteriores al año 1800, deben reducirse a pulpa; esto también se aplica a los libros de oraciones, Memorbücher, y a otros trabajos religiosos en idioma alemán". Con respecto a los muchos rollos de la Tora, se sugirió que "Tal vez se puede usar el cuero para encuadernación". Milagrosamente, mi libro de oraciones logró salvarse.

Siete meses después de que fueran pronunciadas estas directivas, en septiembre de 1943, los nazis establecieron un llamado "campo familiar" como una extensión de Auschwitz, en el bosque de abedules de Birkenau, que incluía un bloque separado, el "número 31", construido especialmente para los niños. El objetivo de este bloque era demostrarle al mundo que los judíos deportados al Este no eran asesinados. En realidad, se les permitía vivir seis meses antes de ser enviados al mismo destino que las otras víctimas deportadas. Finalmente, después de haber cumplido con su propósito propagandístico, el "campo familiar" fue cerrado de manera permanente.

Mientras estuvo abierto, el Bloque 31 albergó a 500 niños que convivían con varios "consejeros" y, a pesar de la estricta vigilancia, poseía, sorprendentemente, una biblioteca infantil clandestina. La biblioteca era minúscula: abarcaba ocho libros que incluían una Breve historia del mundo, de H.G. Wells, un libro de texto escolar ruso y una prueba de geometría analítica. En una o dos ocasiones, un prisionero de otro campo logró ingresar un nuevo libro de contrabando, de modo que la cantidad de unidades aumentó a nueve o diez. Por las noches, se guardaban los libros con otros bienes de valor como medicamentos y raciones de comida, en la pequeña habitación del niño de más edad del bloque. Una de las niñas se encargaba de ocultar los libros en un lugar diferente cada vez. Irónicamente, aquéllos que estaban prohibidos en todo el Reich (los de H.G. Wells, por ejemplo) podían encontrarse en las bibliotecas de los campos de concentración. Ocho o diez libros conformaban la colección física de la Biblioteca Infantil de Birkenau, pero había otros que sólo circulaban de boca en boca. Cuando lograban evitar la vigilancia, los consejeros recitaban a los niños libros que ellos mismos habían aprendido de memoria en otros tiempos, turnándose para que diferentes consejeros "leyeran" a diferentes niños cada vez: esta rotación se conocía como "intercambio de libros en la biblioteca".

Resulta casi imposible imaginar que bajo las condiciones intolerables impuestas por los nazis, la vida intelectual pudiera continuar. Una vez le preguntaron al historiador Yitzhak Schipper, que escribió un libro sobre los jázaros mientras era un prisionero del ghetto de Varsovia, cómo hizo su trabajo sin poder sentarse e investigar en archivos apropiados. "Para escribir historia", respondió, "hace falta una cabeza, no un trasero". Muchos se hicieron eco de su sentimiento, reemplazando "escribir" por "leer". Había incluso una continuación de las rutinas comunes y cotidianas de la lectura. Saber de esta persistencia del espíritu agudiza el asombro y el horror: que en este tipo de condiciones espeluznantes hombres y mujeres aún siguieran leyendo sobre el Jean Valjean de Hugo y la Natasha de Tolstoi, completaran tarjetas de pedido de libros y pagaran multas por devoluciones retrasadas, discutieran los méritos de un autor moderno o siguieran una vez más los versos cadenciados de Heine. La lectura y los rituales de la lectura se convirtieron en actos de resistencia: como observó el psicólogo italiano Andrea Devoto, "todo podía considerarse resistencia porque todo estaba prohibido". En el campo de concentración de Bergen-Belsen circulaba entre los prisioneros una copia de La montaña mágica, de Thomas Mann; un niño recordó los minutos que le asignaban para tener el libro en sus manos como "uno de los mejores momentos del día, cuando alguien me lo pasaba. Iba a un rincón para estar tranquilo y luego tenía una hora para leerlo". Un joven lector polaco, recordando los días de miedo y abatimiento, dijo: "El libro era mi mejor amigo, nunca me traicionaba; me reconfortaba en mi desesperación; me decía que no estaba solo". Es difícil entender cómo los gestos humanos de la vida diaria continuaban aún cuando la vida diaria en sí se había vuelto inhumana; cómo en medio del hambre y la enfermedad, los golpes y la carnicería, hombres y mujeres persisten en rituales civilizados de curiosidad y ternura, inventando estratagemas de supervivencia en pos de un pedacito de algo amado, por un libro rescatado entre miles, un lector entre decenas de miles, por una voz que repetirá hasta el fin de los tiempos las palabras del sirviente de Job. "Y soy el único que escapó sólo para contarles."

A lo largo de la historia, la biblioteca del vencedor se erige como un emblema del poder, depositaria de la versión oficial, pero la versión que nos obsesiona es siempre la otra, la voz de las cenizas. La biblioteca de la víctima es la que constantemente formula las preguntas: ¿Cómo es posible? ¿Y qué puede conseguirse con la lectura mientras los libros se consumen entre las llamas? Mi libro de oraciones pertenece a esa biblioteca cuestionadora.

He aquí una respuesta. Un día de junio de 1944, Jacob Edelstein, ex superior del ghetto de Theresienstadt que había sido trasladado a Birkenau, estaba en sus barracas, envuelto en su manto ritual, diciendo las plegarias matutinas que había aprendido hacía mucho tiempo en un libro sin duda similar al mío. Acababa de comenzar cuando el teniente Franz Hoessler, de las SS, entró a las barracas para llevarse a Edelstein. Otro prisionero, Yossl Rosensaft, recordó la escena un año después: "De repente se abrió la puerta bruscamente y entró Hoessler, con un aire altanero, acompañado por tres hombres de las SS. Gritó el nombre de Jacob. Jacob no se movió. Hoessler vociferó: ''Lo estoy esperando, apúrese''. Jacob se dio vuelta muy lentamente, miró de frente a Hoessler y dijo en tono parsimonioso: ''En los últimos momentos sobre esta tierra que me conceda el Todopoderoso, yo soy el amo, no usted''. Acto seguido, volvió a darse vuelta para mirar a la pared y terminó sus oraciones. Luego dobló su manto de oración sin apuro, lo entregó a uno de los prisioneros y le dijo a Hoessler: ''Ahora estoy listo''". (*)

Fuente: www.temakel.com

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