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Los
hundidos y los salvados
Ésta, de la que hemos hablado y hablaremos, es la vida ambigua del Lager.
De esta manera dura, estrujados contra el fondo, han vivido muchos
hombres de nuestros días, pero todos durante un tiempo relativamente
breve; por lo que quizás sea posible preguntarse si realmente merece la
pena, y si está bien, que de esta excepcional condición humana quede
cualquier clase de recuerdo.
A esta pregunta estoy inclinado a responder afirmativamente. En efecto,
estoy persuadido de que ninguna experiencia humana carece de sentido ni
es indigna de análisis, y de que, por el contrario, hay valores
fundamentales, aunque no siempre positivos, que se pueden deducir de
este mundo particular del que estamos hablando. Querría hacer considerar
de qué manera el Lager ha sido, también y notoriamente, una gigantesca
experiencia biológica y social.
Enciérrense tras la alambrada de púas a millares de individuos
diferentes en edades, estado, origen, lengua, cultura y costumbres, y
sean sometidos aquí a un régimen de vida constante, controlable,
idéntico para todos y por debajo de todas las necesidades: es cuanto de
más riguroso habría podido organizar un estudioso para establecer qué es
esencial y qué es accesorio en el comportamiento del animalhombre
frente a la lucha por la vida.
No creo en la más obvia y fácil deducción: que el hombre es
fundamentalmente brutal, egoísta y estúpido tal y como se comporta
cuando toda superestructura civil es eliminada, y que el Häftling no es
más que el hombre sin inhibiciones. Pienso más bien que, en cuanto a
esto, tan sólo se puede concluir que, frente a la necesidad y el
malestar físico oprimente, muchas costumbres e instintos sociales son
reducidos al silencio.
Me parece, en cambio, digno de atención este hecho: queda claro que hay
entre los hombres dos categorías particularmente bien distintas: los
salvados y los hundidos. Otras parejas de contrarios (los buenos y los
malos, los sabios y los tontos, los cobardes y los valientes, los
desgraciados y los afortunados) son bastante menos definidas, parecen
menos congénitas, y sobre todo admiten gradaciones intermedias más
numerosas y complejas.
Esta división es mucho menos evidente en la vida común; en ésta no
sucede con frecuencia que un hombre se pierda, porque normalmente el
hombre no está solo y, en sus altibajos, está unido al destino de sus
vecinos; por lo que es excepcional que alguien crezca en poder sin
límites o descienda continuamente de derrota en derrota hasta la ruina.
Además, cada uno posee por regla general reservas espirituales, físicas
e incluso pecuniarias tales, que la eventualidad de un naufragio, de una
insuficiencia ante la vida, tiene menor probabilidad. Añádase también la
sensible acción de amortiguación que ejerce la ley, y el sentimiento
moral, que es una ley interior; en efecto, un país se considera tanto
más desarrollado cuanto más sabias y eficientes son las leyes que
impiden al miserable ser demasiado miserable y al poderoso ser demasiado
poderoso.
Pero en el Lager sucede de otra manera: aquí, la lucha por la
supervivencia no tiene remisión porque cada uno está desesperadamente,
ferozmente solo. Si un tal Null Achtzehn vacila, no encontrará quien le
eche una mano; encontrará más bien a alguien que le eche a un lado,
porque nadie está interesado en que un «musulmán» más se arrastre cada
día al trabajo: y si alguno, mediante un prodigio de salvaje paciencia y
astucia, encuentra una nueva combinación para escurrirse del trabajo más
duro, un nuevo arte que le rente unos gramos más de pan, tratará de
mantenerla en secreto, y por ello será estimado y respetado, y le
producirá un beneficio personal y exclusivo; será más fuerte, y será
temido por ello, y quien es temido es, ipso facto, un candidato a
sobrevivir.
En la historia y en la vida, parece a veces discernirse una ley feroz
que reza: «a quien tiene, le será dado; a quien no tiene, le será
quitado». En el Lager, donde el hombre está solo y la lucha por la vida
se reduce a su mecanismo primordial, esta ley inicua está abiertamente
en vigor, es reconocida por todos. Con los adaptados, con los individuos
fuertes y astutos, los mismos jefes mantienen con gusto relaciones, a
veces casi de camaradas, porque tal vez esperan obtener más tarde alguna
utilidad. Pero a los «musulmanes», a los hombres que se desmoronan, no
vale la pena dirigirles la palabra, porque ya se sabe que se lamentarán
y contarán lo que comían en su casa. Vale menos aún la pena hacerse
amigo suyo, porque no tienen en el campo amistades ilustres, no comen
nunca raciones extras, no trabajan en Kommandos ventajosos y no conocen
ningún modo secreto de organizarse. Y, finalmente, se sabe que están
aquí de paso y que dentro de unas semanas no quedará de ellos más que un
puñado de cenizas en cualquier campo no lejano y, en un registro, un
número de matrícula vencido. Aunque englobados y arrastrados sin
descanso por la muchedumbre innumerable de sus semejantes, sufren y se
arrastran en una opaca soledad íntima, y en soledad mueren o
desaparecen, sin dejar rastros en la memoria de nadie.
El resultado de este despiadado proceso de selección natural habría
podido leerse en las estadísticas del movimiento de los Lager. En
Auschwitz, en el año 1944, de los prisioneros judíos veteranos (de los
otros no hablaré aquí, porque sus condiciones eran diferentes), kleine
Nummer, números bajos inferiores al ciento cincuenta mil, pocos
centenares sobrevivían: ninguno de éstos era un vulgar Häftling, que
vegetase en los Kommandos vulgares y recibiese la ración normal.
Quedaban solamente los médicos, los sastres, los zapateros remendones,
los músicos, los cocineros, los jóvenes homosexuales atractivos, los
amigos y paisanos de alguna autoridad del campo; además de individuos
particularmente crueles, vigorosos e inhumanos, instalados (a
consecuencia de la investidura por parte del comando de los SS, que en
tal selección demostraban poseer un satánico conocimiento de la
humanidad) en los cargos de Kapo, de Blockältester u otros: y, en fin,
los que, aunque sin desempeñar funciones especiales, siempre habían
logrado, gracias a su astucia y energía, organizarse con éxito,
obteniendo así, además de ventaja material y reputación, la indulgencia
y estima de los poderosos del campo. Quien no sabe convertirse en un
Organisator, Kombinator, Prominenz (¡atroz elocuencia de los términos!)
termina pronto en «musulmán». Un tercer camino hay en la vida, donde es
más bien la norma; no lo hay en el campo de concentración.
Sucumbir es lo más sencillo: basta cumplir órdenes que se reciben, no
comer más que la ración, atenerse a la disciplina del trabajo y del
campo. La experiencia ha demostrado que, de este modo, sólo
excepcionalmente se puede durar más de tres meses. Todos los
«musulmanes» que van al gas tienen la misma historia o, mejor dicho, no
tienen historia; han seguido por la pendiente hasta el fondo,
naturalmente, como los arroyos que van a dar a la mar. Una vez en el
campo, debido a su esencial incapacidad, o por desgracia, o por culpa de
cualquier incidente trivial, se han visto arrollados antes de haber
podido adaptarse; han sido vencidos antes de empezar, no se ponen a
aprender alemán y a discernir nada en el infernal enredo de leyes y de
prohibiciones, sino cuando su cuerpo es una ruina, y nada podría
salvarlos de la selección o de la muerte por agotamiento. Su vida es
breve pero su número es desmesurado; son ellos, los Muselmänner, los
hundidos, los cimientos del campo; ellos, la masa anónima, continuamente
renovada y siempre idéntica, de no–hombres que marchan y trabajan en
silencio, apagada en ellos la llama divina, demasiado vacíos ya para
sufrir verdaderamente. Se duda en llamarlos vivos: se duda en llamar
muerte a su muerte, ante la que no temen porque están demasiado cansados
para comprenderla.
Son los que pueblan mi memoria con su presencia sin rostro, y si pudiese
encerrar a todo el mal de nuestro tiempo en una imagen, escogería esta
imagen, que me resulta familiar: un hombre demacrado, con la cabeza
inclinada y las espaldas encorvadas, en cuya cara y en cuyos ojos no se
puede leer ni una huella de pensamiento.
Si los hundidos no tienen historia, y una sola y ancha es la vía de la
perdición, las vías de la salvación son, en cambio, muchas, ásperas e
impensadas.
La vía maestra, como ya he dicho, es la Prominenz. Prominenten se llaman
los funcionarios del campo a partir del director–Häftling
(Lagerältester), los Kapos, los cocineros, los enfermeros, los guardias
nocturnos, hasta los barrenderos de las barracas y los Scheissminister y
Bademeister (encargados de letrinas y duchas). Más especialmente
interesan aquí los prominentes judíos puesto que, mientras a los otros
se los investía de cargos automáticamente al ingresar en el campo, en
virtud de su supremacía natural, los judíos debían intrigar y luchar
duramente para obtenerlos.
Los prominentes judíos constituyen un triste y notable fenómeno humano.
Convergen en ellos los sufrimientos presentes, pasados y atávicos, y las
tradiciones y la educación de hostilidad hacia el extranjero, para
convertirlos en monstruos de insociabilidad y de insensibilidad.
Son el típico producto de la estructura del Lager alemán: ofrézcase a
algunos individuos en estado de esclavitud una posición privilegiada,
cierta comodidad y una buena probabilidad de sobrevivir, exigiéndoles a
cambio la traición a la solidaridad natural con sus compañeros, y seguro
que habrá quien acepte. Éste será sustraído a la ley común y se
convertirá en intangible; será por ello tanto más odiado cuanto mayor
poder le haya sido conferido. Cuando le sea confiado el mando de una
cuadrilla de desgraciados, con derecho de vida y muerte sobre ellos,
será cruel y tiránico porque entenderá que si no lo fuese bastante,
otro, considerado más idóneo, ocuparía su puesto. Sucederá además que su
capacidad de odiar, que se mantenía viva en dirección a sus opresores,
se volverá, irracionalmente, contra los oprimidos, y él se sentirá
satisfecho cuando haya descargado en sus subordinados la ofensa recibida
de los de arriba.
Me doy cuenta de que todo esto está lejos del cuadro que suele
imaginarse de los oprimidos que se unen, si no para resistir, cuando
menos para sobrellevar algo. No excluyo que así puede ser cuando la
opresión no supera un determinado límite, o quizá cuando el opresor, por
inexperiencia o por magnanimidad, lo tolera o lo estimula. Pero advierto
que en nuestros días, en todos los países en los que un pueblo ha puesto
su pie de invasor, se ha establecido una situación análoga de rivalidad
y de odio entre los sometidos; y esto, como otros muchos hechos humanos,
se ha podido comprobar en los Lager con particular y cruel evidencia.
Sobre los prominentes no judíos hay menos que decir, aunque fuesen con
mucho los más numerosos (ningún Häftling «ario» carecía de un cargo,
aunque fuese modesto). Que hayan sido estúpidos y bestiales resulta
natural si se piensa que la mayor parte eran criminales comunes
escogidos en las cárceles alemanas con vistas a su empleo como
vigilantes en los campos para judíos; y pienso que ésta fue una elección
muy cuidadosa, porque me niego a creer que los escuálidos ejemplares
humanos a los que vi en acción representen al tipo medio, no de los
alemanes en general, sino tampoco de los presidiarios alemanes en
particular. Es más difícil explicarse cómo en Auschwitz los prominentes
políticos alemanes, polacos y rusos rivalizasen en brutalidad con los
reos comunes. Pero es bien sabido que en Alemania el calificativo de
delito político se aplicaba también a hechos tales como el comercio
clandestino, las relaciones ilícitas con judías, y los hurtos en
perjuicio de funcionarios del Partido. Los políticos «verdaderos» vivían
y morían en otros campos, de nombre ahora tristemente famoso, en
condiciones notoriamente durísimas, pero diferentes en muchos aspectos
de las aquí descritas.
Pero además de los funcionarios propiamente dichos, hay otra vasta
categoría de prisioneros que, no favorecidos inicialmente por el
destino, luchan tan sólo con sus fuerzas por sobrevivir. Hay que
remontar la corriente; dar la batalla todos los días al hambre, al frío
y a la consiguiente inercia; resistirse a los enemigos y no apiadarse de
los rivales; aguzar el ingenio, ejercitar la paciencia, fortalecer la
voluntad. O, también, acallar la dignidad y apagar la luz de la
conciencia, bajar al campo como brutos contra otros brutos, dejarse
guiar por las insospechadas fuerzas subterráneas que sostienen a las
estirpes y a los individuos en los tiempos crueles. Muchísimos han sido
los caminos imaginados y seguidos por nosotros para no morir: tantos
como son los caracteres humanos. Todos suponen una lucha extenuadora de
cada uno contra todos, y muchos, una suma no pequeña de aberraciones y
de compromisos. El sobrevivir sin haber renunciado a nada del mundo
moral propio, a no ser debido a poderosas y directas intervenciones de
la fortuna, no ha sido concedido más que a poquísimos individuos
superiores, de la madera de los mártires y de los santos.
En cuántos modos es posible acceder a la salvación, procuraré
demostrarlo contando las historias de Schepschel, Alfred L., Elías y
Henri.
Schepschel vive en el Lager desde hace cuatro años. Ha visto morir a su
alrededor a decenas de millares de sus semejantes a partir del pogromo
que lo ha sacado de su pueblo en Galitzia. Tenía mujer y cinco hijos, y
un próspero negocio de guarnicionería, pero desde hace mucho tiempo ha
dejado de pensar en sí mismo más que como un saco que debe ser llenado
periódicamente. Schepschel no es muy robusto, ni muy valiente, ni muy
malo; ni siquiera es particularmente astuto, y nunca ha encontrado un
empleo que le conceda un poco de respiro, sino que se ha reducido a los
expedientes ocasionales e intermitentes, a las kombinacje, como aquí las
llaman.
De vez en cuando roba en la Buna una escoba y se la vende al
Blockältester, cuando consigue ahorrar un poco de capital–pan, arrienda
las herramientas del remendón del Block, que es su paisano, y trabaja un
poco por su cuenta; sabe hacer tirantes con cable eléctrico trenzado;
Sigi me ha dicho que durante el descanso de mediodía lo ha visto cantar
y bailar delante de la barraca de los obreros eslovacos, que lo
recompensan a veces con las sobras de su potaje.
Dicho esto, uno puede sentirse inclinado a pensar en Schepschel con
indulgente simpatía, como en un mezquino cuyo espíritu no alberga más
que un humilde y elemental deseo de vivir, y que lleva adelante
valerosamente su pequeña lucha para no sucumbir. Pero Schepschel no es
una excepción, y cuando se presentó la ocasión no dudó en hacer condenar
a la fustigación a Moischl que había sido su cómplice en un hurto en la
cocina, con la esperanza mal fundada de hacer méritos ante los ojos del
Blockältester y de promover su candidatura al puesto de lavador de
marmitas.
La historia del ingeniero Alfred L. demuestra, entre otras cosas, cuán
vano es el mito de la igualdad original de los hombres.
L. dirigía en su país una importantísima fábrica de productos químicos,
y su nombre era (y es) conocido en los ambientes industriales de Europa.
Era un hombre robusto de unos cincuenta años; no sé cómo fue arrestado,
pero en el campo había entrado como entraban todos: desnudo, solo y
desconocido. Cuando yo lo conocí estaba muy echado a perder, pero
conservaba en la cara los rasgos de una energía disciplinada y metódica;
en aquel tiempo, sus privilegios se limitaban a la limpieza diaria de la
marmita de los obreros polacos; este trabajo, del que había obtenido no
sé cómo la exclusividad, le rendía media escudilla de sopa al día. No
bastaba ciertamente esto para satisfacer su hambre; sin embargo, nadie
lo había oído nunca lamentarse. Por el contrario, las palabras que
dejaba caer eran tales como para hacer pensar en grandiosos recursos
secretos, en una «organización» sólida y fructífera.
Cosa que su aspecto confirmaba. L. tenía «una línea»: las manos y la
cara siempre perfectamente limpias, tenía la rarísima abnegación de
lavarse cada quince días la camisa, sin esperar al cambio bimestral
(hagamos notar aquí que lavar la camisa quiere decir encontrar el jabón,
encontrar tiempo, encontrar sitio en el lavadero lleno de gente;
avenirse a vigilar atentamente, sin desviar los ojos un instante, la
camisa mojada, y ponérsela, naturalmente, todavía mojada, a la hora de
silencio, en la que se apagan las luces); tenía un par de chanclos de
madera para ir a la ducha y, finalmente, su traje a rayas era
singularmente apropiado para su talla, limpio y nuevo. L. se había
procurado en sustancia todo el aspecto de prominente bastante antes de
serlo: ya que sólo mucho tiempo después he sabido que toda esta
ostentación de prosperidad se la había sabido ganar L. con increíble
tenacidad, pagando cada una de las adquisiciones y servicios con el pan
de su misma ración, y constriñéndose así a un régimen de privaciones
suplementarias.
Su plan era para un futuro lejano, lo que es tanto más notable cuanto
que había sido concebido en un ambiente en el que dominaba la mentalidad
de lo provisional; y L. lo llevó a cabo con rígida disciplina interior,
sin piedad para consigo mismo ni, con más razón, para con los compañeros
que se le cruzaban en el camino. L. sabía que entre el ser considerado
poderoso y el llegar a serlo, el paso es corto y que, en todas partes,
pero particularmente en medio de la general nivelación del Lager, un
aspecto respetable es la mejor garantía de ser respetado. Dedicó todos
sus cuidados a no ser confundido con el rebaño: trabajaba con ímpetu
ostentoso, exhortando también en ocasiones a los compañeros con tono
persuasivo y deprecatorio; evitaba la lucha cotidiana por el mejor
puesto en la cola del rancho y se adaptaba a recibir todos los días la
primera ración, notoriamente más líquida, de modo que el Blockältester
lo advirtiese por su disciplina. Para completar su despego, en las
relaciones con los compañeros se comportaba siempre con la mayor
cortesía compatible con su egoísmo, que era absoluto.
Cuando fue constituido, como se dirá, el Kommando Químico, L. comprendió
que su hora había sonado: no necesitaba sino su ropa limpia y su cara
magra, sí, pero afeitada, en medio del rebaño de colegas sórdidos y
desaliñados, para convencer inmediatamente al Kapo y al Arbeitsdienst de
que era un auténtico salvado, un prominente en potencia; por lo que (a
quien tiene, le será dado) fue inmediatamente promovido a
«especializado», nombrado jefe técnico del Kommando, y adoptado por la
dirección de la Buna como analista del laboratorio de la sección de
estiroleno. Fue encargado en seguida de ir inspeccionando las nuevas
adquisiciones del Kommando Químico, para juzgar sobre su habilidad
profesional, lo que hizo siempre con extremado rigor, especialmente de
cara a aquellos en quienes barruntaba posibles futuros competidores.
Ignoro la continuación de su historia, pero me parece muy probable que
haya escapado a la muerte y viva hoy su fría vida de dominador resuelto
y sin alegría.
Elías Lindzin, 141565, cayó un día, inexplicablemente, en el Kommando
Químico. Era un enano, de no más de un metro y medio, pero nunca he
visto musculatura como la suya. Cuando está desnudo, se le ve cada uno
de sus músculos trabajar bajo la piel, potente y móvil como un animal
independiente; agrandado sin alterar sus proporciones, su cuerpo sería
un buen modelo para Hércules: pero no hay que mirarle la cabeza.
Bajo el cuero cabelludo, las suturas craneanas sobresalen desmesuradas.
El cráneo es macizo y da la impresión de ser de metal o de piedra; se ve
el limite negro de los pelos cortados apenas a un dedo por encima de las
cejas. La nariz, la barbilla, la frente, los pómulos, son duros y
compactos, toda la cara parece una cabeza de ariete, un instrumento
hecho para golpear. De su persona emana un aire de vigor bestial.
Ver trabajar a Elías es un espectáculo desconcertante; los Meister
polacos, los mismos alemanes se paran a veces para admirar a Elías en
acción. Parece que nada le resulta imposible. Mientras nosotros
acarreamos a duras penas un saco de cemento, Elías carga con dos, luego
tres, luego cuatro, manteniéndolos en equilibrio no se sabe cómo, y
mientras anda rápidamente sobre las piernas cortas y enanas, hace muecas
bajo la carga, se ríe, insulta, ruge y canta sin parar, como si tuviese
pulmones de bronce. Elías, a pesar de los chanclos de madera, se
encarama como un simio en los andamios y corre seguro por las vigas
suspensas en el vacío; lleva seis ladrillos por vez basculándole en la
cabeza; sabe hacerse una cuchara de un pedazo de chapa, y un cuchillo de
desecho de acero; encuentra por doquier papel, leña y carbón seco y sabe
encender en pocos instantes un fuego, incluso bajo la lluvia. Sabe el
oficio de sastre, el de carpintero, el de zapatero, el de barbero;
escupe a distancias increíbles; canta, con voz de bajo no desagradable,
canciones polacas y yiddish nunca oídas antes; puede ingerir seis, ocho,
diez litros de sopa sin vomitar y sin tener diarrea, y reanuda el
trabajo inmediatamente después. Sabe hacer que le salga entre los
hombros una gruesa joroba y camina alrededor de la barraca patituerto y
contrahecho, chillando y declamando de manera incomprensible, entre las
risas de los poderosos del campo. Lo he visto luchar con un polaco que
le llevaba una cabeza y derribarlo de un cabezazo en el estómago,
potente y preciso como una catapulta. Jamás lo he visto descansar, nunca
lo he visto callado o quieto, no lo he sabido herido o enfermo.
De su vida de hombre libre nadie sabe nada; por lo demás, representarse
a Elías en traje de hombre libre exige un profundo esfuerzo de la
fantasía y de la inducción. No habla más que polaco y el yiddish torvo y
deforme de Varsovia; además, es imposible conversar con él de manera
coherente. Podría tener veinte o cuarenta años; generalmente dice que
tiene treinta y tres y que ha tenido diecisiete hijos; lo que no es
inverosímil. Habla continuamente de los temas más distintos; siempre con
voz tonante, con acento oratorio, con violenta mímica de esquizofrénico.
Como si siempre se dirigiese a un público muy nutrido: y, como es
natural, el público no le falta nunca. Los que entienden su lenguaje se
beben sus palabras declamatorias retorciéndose de risa, le golpean los
hombros duros entusiasmados, lo estimulan a proseguir; mientras él,
feroz y enfurruñado, se revuelve como una fiera entre el corro de
espectadores, apostrofando ora a éste ora a aquél; de repente coge a uno
por el pecho con su pequeña garra ganchuda, lo atrae hacia sí
irresistiblemente, le vomita en la cara atónita una incomprensible
invectiva, después lo arroja hacia atrás como si fuese una gavilla y,
entre aplausos y risas, con los brazos alzados hacia el cielo como un
pequeño y monstruoso profeta, continúa su discurso furibundo y
enloquecido.
Su fama de trabajador excepcional se difundió bastante pronto y, gracias
a la absurda ley del Lager, desde entonces dejó prácticamente de
trabajar. Su trabajo era directamente solicitado por el Meister para
aquellas faenas tan sólo en las que fuesen necesarios una pericia y un
vigor particulares. Aparte de estas prestaciones, vigilaba, insolente y
violento, nuestra vulgar faena cotidiana, eclipsándose con frecuencia
para hacer misteriosas visitas aventureras en quién sabe qué rincones
del tajo, de donde volvía con grandes bultos en los bolsillos y
frecuentemente con el estómago visiblemente lleno.
Elías es natural e inocentemente ladrón: manifiesta en esto la
instintiva astucia de los animales salvajes. Nunca es cogido con las
manos en la masa, porque no roba más que cuando se presenta una ocasión
segura: pero cuando ésta se presenta, Elías roba, fatal y
previsiblemente, como cae una piedra que se arroja. Aparte el hecho de
que es difícil sorprenderlo, es claro que de nada serviría castigarlo
por sus hurtos, puesto que no son más que un acto vital como cualquier
otro, como respirar y dormir.
Puede preguntarse uno ahora qué clase de hombre es este Elías. Si se
trata de un loco, incomprensible y extrahumano, que ha acabado en el
Lager por casualidad. Si es un atavismo, extraño a nuestro mundo moderno
y mejor adaptado a las primordiales condiciones de vida del campo. O si,
por el contrario, no será un producto del campo, el que todos nosotros
acabaremos por ser si es que en el campo no morimos, si no se acaba
antes el mismo campo.
Hay algo de verdad en las tres suposiciones. Elías ha sobrevivido a la
destrucción de afuera porque es físicamente indestructible; ha resistido
a la aniquilación interior porque es un demente. Es, pues, en primer
lugar, un superviviente: es el más adaptado, el ejemplar humano más
idóneo para este modo de vivir.
Si Elías recobra la libertad se verá confinado al margen del consorcio
humano, en una cárcel o en un manicomio. Pero aquí, en el Lager, no hay
criminales ni locos: no hay criminales porque no hay una ley moral que
infringir; no hay locos porque estamos programados y toda acción nuestra
es, en cuanto a tiempo y lugar, sensiblemente la única posible.
En el Lager Elías prospera y triunfa. Es un buen trabajador y un buen
organizador, y por esta doble razón está asegurado contra las
selecciones y es respetado por los jefes y los compañeros. Para quien no
tenga sólidos remedios internos, para quien no sepa sacar de la
conciencia de sí mismo la fuerza necesaria para aferrarse a la vida, el
único camino de salvación conduce a Elías: a la demencia y a la
bestialidad traicionera. Ninguno de los demás caminos tiene salida.
Dicho esto, quizás alguien se vería tentado a sacar conclusiones, y
hasta a deducir normas, para la vida cotidiana. ¿No habrá alrededor de
nosotros algunos Elías más o menos consumados? ¿No vemos vivir a
individuos sin objetivo ninguno, y negados a toda forma de autocontrol y
de conciencia?; éstos no viven a pesar de estos fallos, sino,
precisamente, como Elías, en función de ellos.
La cuestión es grave, y no será ulteriormente discutida, porque éstas
quieren ser historias del Lager, y sobre el hombre de fuera del Lager ya
se ha escrito mucho. Pero aún me gustaría añadir algo: Elías, por cuanto
me es posible juzgar desde fuera, y por cuanto la frase pueda tener de
significativo, Elías era verosímilmente un individuo feliz.
Henri es en cambio eminentemente social y culto, y su estilo de
supervivencia en el Lager cuenta con una teoría completa y orgánica.
Sólo tiene veintidós años; es inteligentísimo, habla francés, alemán,
inglés y ruso, tiene una óptima cultura científica y literaria. Su
hermano ha muerto en Buna el invierno pasado, y desde aquel día Henri se
ha desvinculado de todo afecto; se ha encerrado en sí mismo como en una
coraza y lucha para vivir sin distraerse, con todos los recursos que
puede obtener de su inteligencia pronta y de su educación refinada.
Según la teoría de Henri, para huir de la aniquilación tres son los
métodos que el hombre puede poner en práctica sin dejar de ser digno de
llamarse hombre: la organización, la compasión y el hurto.
Él mismo practica los tres. Nadie es mejor estratega que Henri para
sonsacar («cultivar» dice él) a los prisioneros de guerra ingleses.
Éstos se convierten, en sus manos, en auténticas gallinas de los huevos
de oro: piénsese que del cambio de un solo cigarrillo inglés se obtiene
lo suficiente para el hambre de todo un día. Henri ha sido sorprendido
un día en el momento de comerse un auténtico huevo duro.
El tráfico de las mercancías de procedencia inglesa es un monopolio de
Henri, y hasta aquí se trata de organización; pero su instrumento de
penetración, con los ingleses y con los demás, es la piedad. Henri tiene
el cuerpo y la cara delicados y sutilmente perversos del San Sebastián
del Sodoma: sus ojos son negros y profundos, todavía no tiene barba, se
mueve con lánguida y natural elegancia (aunque cuando es necesario sabe
correr y saltar como un gato, y la capacidad de su estómago es apenas
inferior a la de Elías). Henri tiene perfecta conciencia de sus dotes
naturales, y les saca partido con la fría competencia de quien maneja un
instrumento científico: los resultados son sorprendentes. Se trata, en
el fondo, de un descubrimiento: Henri ha descubierto que la compasión,
siendo un sentimiento primario e irreflexivo, se compagina bastante
bien, si es hábilmente instilada, incluso con los ánimos primitivos de
los brutos que nos mandan, de los mismos que no tienen reparo en
derribarnos a golpes sin porqué, y a patearnos una vez en el suelo, y no
se le ha escapado la gran importancia práctica de este descubrimiento,
sobre el que ha montado su industria personal.
Como el icneumón paraliza a las gordas orugas peludas hiriéndolas en su
único ganglio vulnerable, así aprecia Henri, con una mirada, al sujeto,
son type; le habla brevemente, a cada uno con el lenguaje apropiado, y
el type es conquistado: escucha con creciente simpatía, se conmueve con
la suerte del joven desventurado, y no hace falta mucho tiempo para que
empiece a rendirle provecho.
No hay alma tan endurecida en la que Henri no consiga abrir brecha, si
se pone a ello seriamente. En el Lager, y también en la Buna, sus
protectores son numerosísimos: soldados ingleses, obreros civiles
franceses, ucranianos, polacos; «políticos» alemanes: cuatro
Blockälteste por lo menos, un cocinero, hasta un SS. Pero su campo
preferido es el Ka–Be, en el Ka–Be tiene entrada libre, el doctor Citron
y el doctor Weiss son, más que sus protectores, sus amigos, y lo asilan
cuando quiere y con el diagnóstico que quiere. Eso sucede especialmente
a la vista de las selecciones y en los períodos de trabajo más gravosos:
a «invernar», dice él.
Disponiendo de tan importantes amistades, es natural que Henri raramente
se vea reducido a la tercera vía, al hurto; por otra parte, se comprende
que, sobre este asunto, no se confíe de buena gana.
Es muy agradable conversar con Henri en los momentos de descanso. Hasta
es útil: nada hay en el campo que no conozca y sobre lo que no haya
hablado a su modo exacto y coherente. De sus conquistas habla con
educada modestia como de presas de poca cuenta, pero se extiende con
gusto cuando explica el cálculo que lo ha llevado a aproximarse a Hans
preguntándole por el hijo que tiene en el frente, y a Otto enseñándole
las cicatrices que tiene en las espinillas.
Hablar con Henri es útil y agradable; hasta sucede a veces que al oírle
afectuoso y cercano parece posible una comunicación, quizás hasta un
afecto; parece hasta percibirse el fondo humano, doliente y cómplice de
su personalidad no común. Pero al momento siguiente su sonrisa triste se
hiela en una mueca triste que parece estudiada ante un espejo; Henri
pide cortésmente perdón («...j’ai quelque chose á faire», «...j’ai
quelqu’un á voir»), y helo de nuevo enteramente entregado a su caza y a
su lucha: duro y lejano, encerrado en su coraza, enemigo de todos,
inhumanamente listo e incomprensible como la Serpiente del Génesis.
De todos los coloquios con Henri, incluso de los más cordiales, he
salido siempre con una ligera sensación de derrota; con la sospecha
confusa de haber sido yo también, de alguna manera inadvertida, no un
hombre frente a él, sino un instrumento en sus manos.
Hoy sé que Henri está vivo. Daría cualquier cosa por saber de su vida de
hombre libre, pero no quiero volver a verlo.
EXAMEN DE QUÍMICA
El Kommando 98, llamado Kommando Químico, habría debido ser un
departamento de especialistas. El día en que se anunció oficialmente su
constitución un flaco grupo de quince Häftlinge se reunió con el nuevo
Kapo, en la plaza de la Lista, a la luz gris del alba.
Fue el primer chasco: era otra vez un «triángulo verde»; un delincuente
profesional, el Arbeitsdienst no había juzgado necesario que el Kapo del
Kommando Químico fuese un químico. Inútil gastar saliva en hacerle
preguntas, no habría respondido, o respondido con gritos y patadas. Por
lo demás, tranquilizaba su apariencia no demasiado robusta y su estatura
inferior a la media.
Pronunció un breve discurso en desgarrado alemán de cuartel y el chasco
quedó confirmado. Aquéllos eran, pues, los químicos: bueno, él era Alex,
y si pensaban entrar en el paraíso, se equivocaban. En primer lugar,
hasta el día del principio de la producción, el Kommando 98 no sería más
que un vulgar Kommando de transportes agregado al almacén de Cloruro de
Magnesio. Después, si se creían, por ser Intelligenten, intelectuales,
que iban a jugar con él, Alex, un Reichsdeutscher, bien,
Herrgottsacrament, él les haría ver, los iba a... (y, con el puño
cerrado y el índice tieso, cortaba el aire de través con el gesto de
amenaza de los alemanes); y finalmente, no debían pensar en engañar a
nadie, si alguno se había presentado como químico sin serlo; un examen,
sí señores, uno de los próximos días; un examen de química, ante el
triunvirato del Departamento de Polimerización: el Doktor Hagen, el
Doktor Probst y el Doktor Ingenieur Pannwitz.
Con lo que, meine Herren, se había perdido ya bastante tiempo, los
Kommandos 96 y 97 ya estaban funcionando, al frente marchen y, para
empezar, quien no caminase al paso y alineado tendría que vérselas con
él.
Era un Kapo como todos los demás Kapos.
Al salir del Lager, ante la banda de música y el puesto de conteo de los
SS, se marcha en filas de cinco, con la gorra en la mano, los brazos
colgando inmóviles a lo largo de los costados y el cuello tieso, y no se
debe hablar. Después se va en formación de tres, y entonces se puede
tratar de cambiar algunas palabras a través del repiqueteo de los diez
mil pares de zuecos de madera.
¿Quiénes son estos químicos compañeros míos? Junto a mí camina Alberto,
es estudiante de tercer año, también esta vez ha logrado que no nos
separemos.
Al tercero a mi izquierda no lo he visto nunca, parece muy joven, es
pálido como la cera, tiene el número de los holandeses. También las tres
filas de delante de mí son nuevas. Detrás, es peligroso volverse, podría
perderse el paso y tropezar; pero pruebo durante un momento, he visto la
cara de Iss Clausner.
Mientras se anda no hay tiempo de pensar, hay que tener cuidado de no
sacarle los zuecos al que cojea delante y de no hacérselos sacar uno por
el que renquea detrás; de vez en cuando hay un cable que salvar, un
charco viscoso que evitar. Sé dónde estamos, por aquí ya he pasado con
mi Kommando anterior, es la H–Strasse, la calle de los almacenes. Se lo
digo a Alberto: vamos de verdad al Cloruro de Magnesio, por lo menos
esto no ha sido un cuento.
Hemos llegado, bajamos a un vasto sótano húmedo y lleno de corrientes de
aire; ésta es la sede del Kommando, la que aquí se llama Bude. El Kapo
nos divide en tres escuadras; cuatro para descargar los sacos del vagón,
siete para traerlos abajo, cuatro para apilarlos en el almacén. Estos
últimos somos yo, Alberto, Iss y el holandés.
Por fin se puede hablar, y a cada uno de nosotros lo que ha dicho Alex
nos parece el sueño de un loco.
Con nuestras caras vacías, con nuestras cabezas rapadas, con estos
trajes vergonzosos, dar un examen de química.
Y será en alemán, evidentemente; y deberemos comparecer ante cualquier
rubio Ario Doktor con la esperanza de no tener que sonarnos, porque
quizás no sepa que no tenemos pañuelo, y seguro que no se podrá
explicárselo. Y tendremos encima a nuestra vieja compañera, el hambre, y
nos esforzaremos en que no nos tiemblen las piernas, y él notará nuestro
olor, al que ya estamos acostumbrados, pero que nos persigue los
primeros días; el olor de las coles y de los nabos crudos, cocidos y
digeridos.
Así es, nos asegura Clausner. ¿Tienen los alemanes tanta necesidad de
productos químicos? ¿O es un nuevo truco, una nueva máquina pour fair
chier les Juifs? ¿Se dan cuenta de la prueba grotesca y absurda a que
van a someternos, a los que ya no estamos vivos, a los que estamos medio
locos en la triste espera de la nada?
Clausner me enseña el fondo de su escudilla. Allí donde los demás graban
su número, y Alberto y yo hemos grabado nuestro nombre, Clausner ha
escrito: Ne pas chercher á comprendre.
Aunque no pensamos más que unos minutos al día, y de una manera
despegada y exterior, sabemos bien que vamos a acabar en la selección.
Yo sé que no soy del paño de los que aguantan, soy demasiado culto,
pienso todavía demasiado, me consumo con el trabajo. Y ahora sé también
que me salvaré si me convierto en Especialista, y me convertiré en
Especialista si supero un examen de química.
Hoy, este verdadero hoy en el que estoy sentado a una mesa y escribo, yo
mismo no estoy convencido de que estas cosas hayan sucedido de verdad.
.Pasaron tres días, tres de los acostumbrados días inmemorables, tan
largos mientras pasaban y tan breves después de haber pasado, y ya todos
se habían cansado de creer en el examen de química.
El Kommando se reducía ya a doce hombres: tres habían desaparecido de la
manera allí acostumbrada, quizás en la barraca de al lado, tal vez
borrados del mundo. De los doce, cinco no eran químicos; los cinco le
habían pedido en seguida a Alex volver a sus anteriores Kommandos. No
evitaron los golpes, pero inesperadamente, y quién sabe por qué
autoridad, se decidió que se quedasen como auxiliares del Kommando
Químico.
Vino Alex a la bodega del Cloromagnesio y nos llamó afuera a los siete
para que fuésemos a dar examen. Henos, como siete polluelos torpes
detrás de la clueca, siguiendo a Alex por la escalerilla del
Polymerisations–Büro. Estamos en el rellano, una chapa en la puerta con
los tres nombres famosos. Alex llama tímidamente, se quita la gorra,
entra; se oye una voz sosegada; Alex sale:
–Ruhe, jetzt. Warten (esperad en silencio).
De esto, estamos contentos. Cuando se espera, el tiempo pasa solo, sin
que haya que empujarlo, pero, en cambio, cuando se trabaja, cada minuto
nos atraviesa fatigosamente y debe ser expulsado laboriosamente. Siempre
estamos contentos de esperar, somos capaces de esperar durante horas con
la completa y obtusa inercia de las arañas en las viejas telas.
Alex está nervioso, pasea de acá para allá, y nosotros nos apartamos a
su paso. También nosotros, cada uno a su manera, estamos inquietos; sólo
Mendi no lo está. Mendi es rabino; es de la Rusia subcarpática, de aquel
ovillo de pueblos en el que cada uno habla por lo menos tres lenguas, y
Mendi habla siete. Sabe muchísimas cosas, además de rabino y sionista
militante, y glotólogo, ha sido partigiano y es doctor en leyes; no es
químico pero quiere probar también, es un hombrecillo tenaz, valiente y
agudo.
Bálla tiene un lápiz y todos están a su lado. No estamos seguros de si
sabremos todavía escribir, nos gustaría probar.
Kohlenwasserstoffe, Massenwirkungsgesetz. Me afloran los nombres
alemanes de las composiciones químicas y de las leyes: estoy agradecido
a mi cerebro, no me he ocupado mucho de él y, sin embargo, todavía me
sirve tan bien...
He aquí a Alex. Yo soy un químico: ¿qué tengo que ver con este Alex? Se
planta delante de mí, me compone el cuello de la chaqueta, me quita la
gorra y me la encasqueta bien, después da un paso atrás, escudriña el
resultado con aire disgustado y me vuelve la espalda refunfuñando:
–Was für ein Muselmann Zugang? (¡qué nueva desaliñada adquisición!).
La puerta se ha abierto. Los tres doctores han decidido que seis
candidatos pasarán por la mañana. El séptimo, no. El séptimo soy yo,
tengo el número de matrícula más alto, me toca volver al trabajo. Sólo
por la tarde viene Alex a sacarme; qué desdicha, no podré hablar con los
otros para saber «qué preguntas hacen».
Esta vez va de veras. Por la escalera, Alex me mira torvamente, se
siente de algún modo responsable de mi aspecto miserable. Me odia porque
soy italiano, porque soy judío y porque, de entre todos, soy el que más
se aparta de su caporalesco ideal viril. Por analogía, aunque sin
entender nada, y orgulloso de esta incompetencia suya, ostenta una
profunda desconfianza en cuanto a mis probabilidades en el examen.
Hemos entrado. El Doktor Pannwitz está solo, Alex, con la gorra en la
mano, le habla a media voz:
–... un italiano, sólo tres meses en el Lager, ya medio kaputt... Er
sagt er ist Chemiker... –pero él, Alex, parece que tiene sus reservas al
respecto.
Alex es despedido en seguida y relegado aparte, y yo me siento como
Edipo ante la Esfinge. Mis ideas no son claras, y también me doy cuenta
en este momento de que la apuesta es grande; y, sin embargo, experimento
un loco impulso de desaparecer, de sustraerme a la prueba.
Pannwitz es alto, delgado, rubio; tiene los ojos, el pelo y la nariz
como todos los alemanes deben tenerlos, y está formidablemente sentado
detrás de un complicado escritorio. Yo, Häftling 174517, estoy en pie en
su estudio, que es un verdadero estudio, que brilla de limpio y
ordenado, y me parece que voy a dejar una mancha sucia donde tenga que
tocar.
Cuando hubo terminado de escribir, levantó los ojos y me miró.
Desde aquel día he pensado en el Doktor Pannwitz muchas veces y de
muchas maneras. Me he preguntado cuál sería su funcionamiento íntimo de
hombre; cómo llenaría su tiempo fuera de la Polimerización y de la
conciencia indogermánica; sobre todo, cuando he vuelto a ser hombre
libre, he deseado encontrarlo otra vez, y no ya por venganza sino sólo
por mi curiosidad frente al alma humana.
Porque aquella mirada no se cruzó entre dos hombres; y si yo supiese
explicar a fondo la naturaleza de aquella mirada, intercambiada como a
través de la pared de vidrio de un acuario entre dos seres que viven en
medios diferentes, habría explicado también la esencia de la gran locura
de la tercera Alemania.
Lo que todos nosotros pensábamos y decíamos de los alemanes se percibió
en aquel momento de manera inmediata.
El cerebro que controlaba aquellos ojos azules y aquellas manos cuidadas
decía: «Esto que hay ante mí pertenece a un género al que es obviamente
indicado suprimir. En este caso particular, conviene primero cerciorarse
de que no contiene ningún elemento utilizable». Y en mi cabeza, como
pepitas en una calabaza vacía: «Los ojos azules y el pelo rubio son
esencialmente malvados. Ninguna comunicación posible. Soy especialista
en química minera. Soy especialista en síntesis orgánica. Soy
especialista...».
Y comenzó el interrogatorio, mientras Alex bostezaba y refunfuñaba en su
rincón, Alex, el tercer ejemplar zoológico.
–Wo sind Sie Geboren? –me trata de Sie, de usted: el Doktor Ingenieur
Pannwitz no tiene sentido del humor. Maldito sea, no hace el más mínimo
es fuerzo por hablar un alemán un poco comprensible.
–Me he doctorado en Turín el 1941, summa cum laude –y, mientras lo digo,
tengo la exacta sensación de no ser creído, a decir la verdad no, lo
creo yo mismo, basta mirar mis manos sucias y llagadas, mis pantalones
de forzado con costras de fango.
Y, sin embargo, soy yo mismo, el doctor de Turín, es más,
particularmente en este momento es imposible dudar de mi identidad con
él, puesto que el depósito de recuerdos de química orgánica, incluso
después de la larga inercia, responde a mis instancias con inesperada
docilidad; y, también, esta ebriedad lúcida, esta exaltación que siento
cálida por mis venas, cómo la reconozco, es la fiebre de los exámenes,
mi fiebre de mis exámenes, aquella espontánea movilización de todas las
facultades lógicas que tanto me envidiaban mis compañeros de facultad.
El examen está saliendo bien. Conforme me voy dando cuenta, me parece
que aumento de estatura. Ahora me pregunta sobre qué tema he hecho la
tesis de doctorado. Debo hacer un esfuerzo violento para suscitar estas
secuencias de recuerdos tan profundamente lejanas: es como si tratase de
recordar acontecimientos de una encarnación anterior.
Hay algo que me protege. Mis pobres viejas «Medidas de constantes
dieléctricas» interesan especialmente a este ario rubio de existencia
segura: me pregunta si sé inglés, me enseña el libro de Gattermann, y
también esto es absurdo e inverosímil, que allá, al otro lado del
alambre espinoso, exista un Gattermann idéntico en todo al que yo
estudiaba en Italia, durante el cuarto curso, en mi casa.
Se acabó: la excitación que me ha sostenido a lo largo de toda la prueba
cede de golpe y contemplo entontecido la mano de piel rubia que, con
signos incomprensibles, escribe mi destino en la página blanca.
–Los, ab.!
Alex vuelve a entrar en escena, estoy de nuevo bajo su jurisdicción.
Saluda a Pannwitz con un taconazo, y no obtiene a cambio más que un
levísimo gesto de los párpados. Titubeo durante un momento en busca de
una fórmula de despedida apropiada: en vano, en alemán sé decir comer,
trabajar, robar, morir también sé decir ácido sulfúrico, presión
atmosférica y generador de ondas cortas, pero no sé como se puede
saludar a una persona de respeto.
Henos de nuevo en la escalera. Alex salta los peldaños, lleva zapatos de
piel porque no es judío, va tan ligero sobre sus pies como los diablos
de Malasbolsas.
Se vuelve desde abajo mirándome torvamente, mientras bajo torpe y
ruidoso con mis zuecos desparejados y enormes, agarrándome a la
barandilla como un viejo.
Parece que la cosa ha salido bien, pero sería insensato hacerse
ilusiones. Conozco lo bastante el Lager para saber que no se deben
aventurar nunca previsiones, en especial si son optimistas. Lo que es
cierto es que he pasado un día sin trabajar y que esta noche tendré un
poco menos de hambre, y ésta es una ventaja concreta y que ya me he
asegurado.
Para volver a la Buna hay que atravesar un espacio lleno de vigas y de
armazones metálicos apilados.
El cable de acero de un cabestrante corta el camino, Alex lo agarra para
saltarlo, Donnerwetter se mira la mano, negra de grasa viscosa. Mientras
tanto he llegado junto a él: sin odio y sin escarnio, Alex restriega la
mano por mi espalda, la palma y el dorso, para limpiársela, y se habría
asombrado, el inocente bruto Alex, si alguien le hubiese dicho que
tomando por patrón esta acción suya yo lo juzgo hoy a él, a él y a
Pannwitz y a los innumerables que fueron como él, grandes y pequeños, en
Auschwitz y dondequiera.
EL CANTO DE ULISES
Estábamos seis raspando y limpiando el interior de una cisterna
subterránea; la luz del día nos llegaba únicamente a través de la
pequeña portezuela de entrada. Era un trabajo de lujo, porque nadie nos
vigilaba; pero hacía frío y estaba húmedo. El polvo de la herrumbre nos
quemaba debajo de los párpados y nos empastaba la garganta y la boca con
un sabor casi a sangre.
Osciló la escalerilla de cuerda que colgaba de la portezuela: alguien
llegaba. Deutsch apagó el cigarrillo, Goldner despertó a Sivadjan; todos
nos pusimos a rascar vigorosamente la sonora pared de planchas.
No era el Vorarbeiter, no era más que Jean, el Pikolo de nuestro
Kommando. Jean era un estudiante alsaciano; aunque tenía veinticuatro
años, era el Häftling más joven del Kommando Químico. Por eso le había
tocado el cargo de Pikolo, es decir de pinche letrado, afecto a la
limpieza de la barraca, a la entrega de las herramientas, al lavado de
las escudillas, a la contabilidad de las horas de trabajo del Kommando.
Jean hablaba fluidamente francés y alemán: apenas se reconocieron sus
zapatos en el peldaño más alto, todos dejaron de raspar.
–Also, Pikolo, was gibt es Neues?
–Qu'est–ce qu'il y a comme soupe aujourd d'hui? ... ¿de qué humor estaba
el Kapo? ¿Y el asunto de los veinticinco latigazos a Stern? ¿Qué tal
tiempo hacía fuera? ¿Había leído el periódico? ¿A qué olía la cocina
civil? ¿Qué hora era?
A Jean lo querían mucho en el Kommando. Hay que saber que el cargo de
Pikolo es un grado bastante elevado en la jerarquía de las Prominencias:
el Pikolo (que generalmente no tiene más de diecisiete años) no trabaja
manualmente, tiene carta blanca en los fondos de la marmita del rancho y
puede estar todo el día junto a la estufa: «por eso» tiene derecho a
media ración suplementaria y tiene grandes probabilidades de convertirse
en amigo y confidente del Kapo, del que recibe oficialmente la ropa y
los zapatos usados. Ahora bien, Jean era un Pikolo excepcional. Era
despabilado y físicamente robusto, y al mismo tiempo pacífico y
amigable: aun conduciendo con tenacidad y coraje su secreta lucha
individual contra el campo y contra la muerte, no se olvidaba de
mantener relaciones humanas con los compañeros menos privilegiados; por
otra parte, había sido tan hábil y perseverante que se había ganado la
confianza de Alex, el Kapo.
Alex había cumplido todas sus promesas. Se había mostrado como bicho
violento y traidor, acorazado en su sólida y compacta ignorancia y
estupidez, excepción hecha de su olfato y su técnica de cómitre experto
y consumado. No perdía ocasión de proclamarse orgulloso de su sangre
pura y de su triángulo verde, y mostraba un altanero desprecio por sus
químicos andrajosos y hambrientos: «Ihr Doktoren! Ihr Intelligenten!»,
se carcajeaba todos los días al verlos amontonarse con las escudillas
tendidas durante la distribución del rancho. Con los Meister civiles era
extremadamente dúctil y servil, y con los SS mantenía vínculos de
cordial amistad.
Se sentía manifiestamente intimidado por el registro del Kommando y por
el informe diario de las prestaciones, y éste era el camino que el
Pikolo había escogido para hacérsele necesario. Había sido una faena
lenta, cauta y sutil que todo el Kommando había observado durante un mes
con el aliento entrecortado; pero, al final, el reducto del puercoespín
fue penetrado, y Pikolo confirmado en el cargo, con satisfacción de
todos los interesados.
Aun cuando Jean no abusase de su posición, ya habíamos podido comprobar
que una palabra suya,dicha con el tono oportuno y en el momento
oportuno, surtía gran efecto; ya había servido muchas veces para salvar
a alguno de nosotros del látigo o de la denuncia a los SS. Hacía una
semana que éramos amigos: nos habíamos encontrado en la excepcional
ocasión de una alarma aérea, pero después, víctimas del ritmo feroz, del
Lager, no habíamos podido más que saludarnos de pasada, en las letrinas,
en el lavadero.
Colgado con una mano de la escala oscilante, me indicó:
–Aujourd'hui c'est Primo qui viendra avec moi chercher la soupe.
Hasta la fecha había sido Stern, el transilvano bizco; ahora, éste había
caído en desgracia por no sé qué historia de escobas robadas en el
almacén, y Pikolo había conseguido hacer triunfar mi candidatura como
ayuda en el Essenholen, en la corvée cotidiana del rancho.
Trepó afuera, y yo lo seguí, batiendo los párpados en el esplendor del
día. Estaba templado, el sol levantaba de la tierra grasienta un ligero
color a barniz y a alquitrán que me recordaba a una playa cualquiera de
mi infancia. Pikolo me dio uno de los dos palos y echamos a andar bajo
un claro cielo de junio.
Empezaba a darle las gracias, pero me interrumpió, no hacía falta. Se
veían los Cárpatos cubiertos de nieve. Respiré el aire fresco, me sentía
insólitamente ligero.
–Tu es fou de marcher si vite. On a le temps, tu sais.
El rancho se retiraba a un kilómetro de distancia; había que volver
después con la marmita de cincuenta kilos enfilada en los palos. Era un
trabajo bastante pesado pero suponía una agradable marcha de ida sin
carga, y la ocasión, siempre deseable, de acercarse a las cocinas.
Acortamos el paso. Pikolo, hábil, había elegido diestramente el camino
de modo que tendríamos que dar una vuelta larga, caminando por lo menos
una hora, sin levantar sospechas. Hablábamos de nuestras casas, de
Estrasburgo y de Turín, de nuestras lecturas, de nuestros estudios. De
nuestras madres: ¡cuánto se parecen todas las madres! También su madre
le reprochaba que no supiese nunca cuánto dinero llevaba en el bolsillo;
también su madre se habría asombrado si hubiese sabido que se las
arreglaba, que día tras día se las arreglaba.
Pasó un SS en bicicleta. Es Rudi, el Blockführer. Parada, firmes,
quitarse la gorra.
–Sale brute, celui–lá. Ein ganz gemeiner Hund.
¿Le resulta indiferente hablar francés o alemán? Le resulta indiferente,
puede pensar en ambas lenguas. Ha estado un mes en la Liguria, le gusta
Italia, querría aprender italiano. Me alegrará enseñarle italiano: ¿no
podemos arreglarlo? Podemos. En seguida, una cosa vale tanto como otra,
lo importante es no perder tiempo, no desperdiciar esta hora.
Pasa Limentani, el romano, arrastrando los pies, con una escudilla
escondida bajo la chaqueta. Pikolo está atento, coge cualquier palabra
de nuestro diálogo y la repite riendo:
–Zup–pa, cam–po, ac–qua.
Pasa Frenkel, el espía. Aceleremos el paso, nunca se sabe, ése hace el
mal por gusto.
... El canto de Ulises. Quién sabe por qué me he acordado de él: pero no
tenemos tiempo de escoger, esta hora ya no es una hora. Si Jean es
inteligente, lo entenderá. Lo entenderá: hoy me siento capaz de todo.
... Quién es Dante. Qué es la Comedia. Qué sensación curiosa de novedad
se siente si se procura explicar brevemente lo que es la Divina Comedia.
Cómo está dividido el Infierno, qué es la contrapasión. Virgilio es la
Razón, Beatriz la Teología. Jean está atentísimo, y yo empiezo, lento y
con cuidado:
Y de la antigua llama el más saliente

de los cuernos torcióse murmurando
cual llama que del viento se resiente;
luego se fue la punta meneando
como si fuese lengua y así hablara
y echó fuera la voz y dijo: «Cuando...
Me paro aquí y trato de traducir. Desastroso: ¡pobre Dante y pobre
francés! Sin embargo, parece que el experimento promete: Jean admira la
rara similitud de la lengua y me sugiere el término apropiado para
traducir antica.
¿Y después de «Cuando»? La nada. Un agujero en la memoria. Prima che si
Enea la nominasse. Otro agujero. Sale a flote un fragmento no
utilizable: ¿la piéta Del vecchio padre, né'l debito amore Che doveva
Penelope far lieta... será exacto?
...quise por alta mar aventurarme.
De éste sí, de éste estoy seguro, estoy en condiciones de explicárselo a
Pikolo, de distinguir por qué misi me no es je me mis, es mucho más
fuerte y más audaz, es una atadura rota, es lanzarse a sí mismo más allá
de una barrera, nosotros conocemos bien este impulso. La altamar
abierta: Pikolo ha viajado por mar y sabe lo que quiere decir, es cuando
el horizonte se cierra sobre sí mismo, libre, recto y simple, y no hay
más que olor a mar: dulce cosa ferozmente lejana.
Hemos llegado al Kraftwerk, donde trabaja el Kommando de los tendidos
eléctricos. Aquí debe de estar el ingeniero Levi. Míralo, se ve sólo la
cabeza fuera de la zanja. Me saluda con la mano, es un hombre en forma,
no lo he visto nunca bajo de moral, no habla nunca de comidas.
Mare aperto. Mare aperto. Sé que rima con diserto: ... quella compagna
Picciola, dalla grial non fui diserto, pero no recuerdo si viene antes o
después.
Y también el viaje, el temerario viaje más allá de las columnas de
Hércules, qué tristeza, no tengo más remedio que contarlo en prosa: un
sacrilegio. No he salvado más que un verso, pero vale la pena detenerse
en él:
…que al navegante niegan la franquía.
Si metta: tenía que venir al Lager para darme cuenta de que es la misma
expresión de antes e misi me. Pero no se lo digo a Jean, no estoy seguro
de que sea una observación importante. Cuántas otras cosas habría que
decir, y el sol ya está alto, pronto será mediodía. Tengo prisa, una
prisa furibunda.
Mira, atento Pikolo, abre los oídos y la mente, necesito que entiendas:
«Considerad», seguí, «vuestra ascendencia:
para vida animal no habéis nacido,
sino para adquirir virtud y ciencia»,
Como si yo lo sintiese también por vez primera: como un toque de clarín,
como la voz de Dios. por un momento, he olvidado quién soy y dónde
estoy.
Pikolo me pide que lo repita. Qué buena persona es Pikolo, se ha dado
cuenta de que me está haciendo el bien. O quizás se trata de algo más:
quizás, a pesar de la traducción floja y el comentario pedestre y
presuroso, ha recibido el mensaje, ha sentido que le atañe, que atañe a
todos los hombres en apuros, y a nosotros en especial; y que nos atañe a
nosotros dos, que osamos hablar de estas cosas con los palos de la sopa
en los hombros.
A mis hombres de tal suerte he movido..,
... y me esfuerzo, pero en vano, por explicar cuántas cosas quiere decir
este acuti. Aquí, otra laguna esta vez irreparable. Lo lume era di sotto
della luna o algo parecido; ¿y antes? Ninguna idea, keine Ahnung como se
dice aquí. Que me perdone Pikolo, se me han olvidado, por lo menos,
cuatro tercetos.
–Ca ne fait rien, vas–y tout de méme.
... cuando mostróse una montaña, bruna
por la distancia; y se elevaba tanto
que tan alta no vi jamás ninguna.
Sí, sí, alta tanto, no molto alta, proposición consecutiva. Y las
montañas, cuando se ven de lejos... las montañas... oh Pikolo, Pikolo,
di algo, habla, no me dejes pensar en mis montañas, que se aparecían en
el color oscuro de la tarde cuando volvía en tren de Milán a Turín.
Basta, hay que continuar, éstas son cosas que se piensan pero no se
dicen. Pikolo espera y me mira. Daría el potaje de hoy por saber juntar
non ne avevo alcuna con el final. Me esfuerzo en reconstruir por medio
de las rimas, cierro los ojos, me muerdo los dedos: pero de nada sirve,
lo demás es silencio. Me bailan en la cabeza otros versos: ... la terra
lagrimosa diede vento..., no, es otra cosa. Es tarde, hemos llegado a la
cocina, hay que terminar:
... con las aguas tres veces girar le hace
y a la cuarta la popa es elevada,
se hunde la proa –que a otro así le place–.
Detengo a Pikolo, es absolutamente necesario y urgente, que escuche, que
comprenda este come altrui piacque, antes de que sea demasiado tarde,
mañana él o yo podemos estar muertos, o no volver a vernos, debo
hablarle, explicarle lo de la Edad Media, del tan humano y necesario y,
sin embargo, inesperado, anacronismo, y de algo más, de algo gigantesco
que yo mismo sólo he visto ahora, en la intuición de un instante, tal
vez el porqué de nuestro destino, de nuestro estar hoy aquí...
Estamos ya en la cola del potaje, en medio de la masa sórdida y
harapienta de los portasopas de los otros Kommandos. Los recién llegados
se amontonan a la espalda. Kraut und Rüben?, Kraut und Rüben. Se anuncia
oficialmente que el potaje de hoy es de coles y nabos: Choux et navets.
Kapotszka es répak.
«... y nos cubre por fin la mar airada».
LOS ACONTECIMIENTOS DEL VERANO
Durante toda la primavera habían llegado transportes de Hungría; un
prisionero de cada dos era húngaro, el húngaro se había convertido,
después del yiddish, en la segunda lengua del campo.
En el mes de agosto de 1944, nosotros, internados cinco meses antes, nos
contábamos ya entre los veteranos. Como tales, nosotros, los del
Kommando 98, no nos habíamos asombrado de que las promesas hechas y el
examen de química aprobado no hubiesen tenido consecuencias: ni
asombrados ni demasiado tristes: en el fondo, todos teníamos cierto
temor a los cambios: «Cuando se cambia, se cambia para peor», decía uno
de los proverbios del campo. Mas en general la experiencia nos había
demostrado ya infinitas veces la vanidad de toda previsión: ¿con qué
objeto esforzarse en prever el porvenir cuando ninguno de nuestros
actos, ninguna de nuestras palabras lo habría podido influenciar en lo
más mínimo? Éramos viejos Häftlinge; nuestra sabiduría consistía en «no
tratar de entender», ni imaginarse el futuro, no atormentarse por cómo y
cuándo acabaría todo: no hacer y no hacerse preguntas.
Conservábamos los recuerdos de nuestra vida anterior, pero velados y
lejanos, y por ello profundamente dulces y tristes, como lo son para
todos los recuerdos de la primera infancia y de todas las cosas
acabadas; mientras para cada uno el momento de la entrada en el campo se
encontraba en el origen de una diferente secuencia de recuerdos,
cercanos y duros éstos, continuamente confirmados por la experiencia
presente, como heridas que vuelven a abrirse a diario.
Las noticias, sabidas en el tajo, del desembarco aliado en Normandía, de
la ofensiva rusa y del frustrado atentado contra Hitler, habían
levantado oleadas de esperanzas violentas pero efímeras. Cada uno
sentía, día tras día, que le abandonaban las fuerzas, que el deseo de
vivir se desvanecía, que la mente se oscurecía; y Normandía y Rusia eran
cosas lejanas, y el invierno estaba tan cerca; tan concretas el hambre y
la desolación, y tan irreal todo lo demás, que no parecía posible que
verdaderamente existiese un mundo y un tiempo, sino nuestro mundo de
fango, y nuestro tiempo estéril y estancado al que ahora éramos
incapaces de imaginar un final.
Para los hombres vivos, las unidades de tiempo tienen siempre un valor,
tanto mayor cuanto más grandes son los recursos interiores de quien las
recorre; pero para nosotros, horas, días, y meses retrocedían tórpidos
del futuro al pasado, siempre demasiado lentos, materia vil y superflua
de la que tratábamos de deshacernos lo más pronto posible. Concluido el
tiempo en que los días se sucedían vivaces, preciosos e irreparables, el
futuro estaba ante nosotros gris e inarticulado, como una barrera
invencible. Para nosotros, la historia estaba parada.
Pero en agosto del 44 empezaron los bombardeos de la Alta Silesia, y se
prolongaron, con pausas y reanudaciones irregulares, durante todo el
verano y el otoño hasta la crisis definitiva.
El monstruoso y concorde trabajo de gestación de la Buna se detuvo
bruscamente y pronto degeneró en una actividad deshilvanada, frenética y
paroxística. El día en que la producción de la goma sintética habría
debido comenzar, que en agosto parecía inminente, fue poco a poco
retrasado, y los alemanes acabaron por no hablar más del asunto.
El trabajo de construcción cesó; la fuerza del desmesurado rebaño de
esclavos fue dirigida a otra parte, y se hizo de día en día más
levantisca y pasivamente hostil. A cada incursión, había siempre nuevos
daños que reparar; desmontar e inmovilizar la delicada maquinaria pocos
días antes puesta en funcionamiento con grandes esfuerzos; construir
apresuradamente refugios y protecciones que a la primera prueba se
revelaban irónicamente inconsistentes e inútiles.
Nos habíamos creído que cualquier cosa habría sido preferible a la
monotonía de las jornadas iguales y encarnizadamente largas, a la rudeza
sistemática y ordenada de la Buna en funcionamiento; pero hemos tenido
que cambiar de opinión cuando la Buna ha empezado a caerse a pedazos
alrededor de nosotros, como herida por una maldición de la que nosotros
mismos nos sentíamos comprendidos. Hemos tenido que sudar entre el polvo
y los escombros ardientes, y temblar como bestias, aplastados contra el
suelo bajo la furia de los aviones; volvíamos al anochecer al campo,
deshechos de cansancio y secos de sed, en los crepúsculos larguísimos y
ventosos del verano polaco, y encontrábamos el campo en pleno
desbarajuste, sin agua para beber y lavarse, sin potaje para las venas
vacías, sin luz para defender el propio mendrugo de pan del hambre del
otro, y para encontrar, por la mañana, el calzado y la ropa en la
lobreguez vacía y llena de gritos del Block.
En la Buna se enfurecían los alemanes civiles, con el furor del hombre
seguro que se despierta de un largo sueño de dominio y ve su ruina y no
sabe comprenderla. También los Reichsdeutsche del Lager, comprendidos
los políticos, sintieron en el momento del peligro el vínculo de la
sangre y del suelo. El hecho nuevo condujo el enredo de los odios y de
las incomprensiones a sus términos elementales, y dividió aún más los
dos campos: los políticos, juntamente con los triángulos verdes y los
SS, veían o creían ver en cada una de nuestras caras la burla del
desquite y la triste alegría de la venganza. Como se sentían unidos por
ello, su ferocidad aumentó.
Ningún alemán podía olvidar ahora que nosotros estábamos de la otra
parte: de parte de los terribles sembradores que surcaban el cielo
alemán como dueños, por encima de todas las barreras, y retorcían el
hierro vivo de sus obras, llevando todos los días el estrago hasta
dentro de sus casas, de las casas del pueblo alemán nunca antes
violadas.
En cuanto a nosotros, estábamos demasiado destruidos para sentir
verdadero temor. Los pocos que todavía podían juzgar y sentir
rectamente, sacaron de los bombardeos nueva fuerza y esperanza; aquellos
a los que el hambre no había reducido aún a la inercia definitiva,
aprovecharon con frecuencia los momentos de pánico general para
emprender expediciones doblemente temerarias (puesto que, además del
riesgo directo de las incursiones, el hurto consumado en condiciones de
emergencia era condenado a la horca) a la cocina de la fábrica y a los
almacenes. Pero la mayor parte soportó el nuevo peligro y las nuevas
incomodidades con inmutable indiferencia: no se trataba de una
resignación consciente, sino del torpor opaco de las bestias domadas a
palos, a las que ya no les duelen los palos.
A nosotros, el acceso a los refugios acorazados nos estaba prohibido.
Cuando la tierra empezaba a temblar, nos arrastrábamos, aturdidos y
renqueantes, a través de los humos corrosivos de las cortinas de humo,
hasta las vastas áreas incultas, sórdidas y estériles, comprendidas en
el recinto de la Buna; allí yacíamos inertes, amontonados los unos
contra los otros como muertos, sensibles, sin embargo, a la momentánea
dulzura de los miembros en reposo. Mirábamos con ojos atónitos las
columnas de humo surgir en torno a nosotros: en los momentos de tregua,
llenos del leve zumbido amenazante que todos los europeos conocen,
arrancábamos del suelo cien veces pisoteado las achicorias y las escasas
camomilas, y las masticábamos en silencio.
Una vez terminada la alarma, volvíamos desde todas partes a nuestros
puestos, rebaño mudo innumerable, acostumbrado a la ira de los hombres y
de las cosas; y reanudábamos aquel trabajo nuestro de siempre, odiado
como siempre, y además claramente inútil e insensato en aquellos
momentos.
En este mundo sacudido más profundamente cada día por los temblores del
final cercano, entre nuevos terrores y esperanzas e intervalos de
esclavitud exacerbada, sucedió que me encontré con Lorenzo.
La historia de mi relación con Lorenzo es al mismo tiempo larga y breve,
sencilla y enigmática; es ésta una historia de un tiempo y de unas
condiciones ya borradas por la realidad presente, y por ello no creo que
pueda ser comprendida sino como se comprenden hoy los acontecimientos de
la leyenda y de la historia más remota.
En términos concretos, se reduce a poca cosa: un obrero civil italiano
me trajo un pedazo de pan y las sobras de su rancho todos los días y
durante seis meses; me dio una camiseta suya llena de remiendos;
escribió para mí una carta a Italia y me hizo recibir la respuesta. Por
todo esto, no pidió ni aceptó ninguna recompensa, porque era bueno y
simple, y no pensaba que se debiese hacer el bien por una recompensa.
Todo esto no debe parecer poco. Mi caso no ha sido el único; como ya se
ha dicho, otros de nosotros mantenían relaciones de varias clases con
civiles, y obtenían de qué sobrevivir: pero eran relaciones de
naturaleza distinta. Nuestros compañeros hablaban de ellas con el mismo
tono ambiguo y lleno de sobreentendidos con que los hombres de mundo
hablan de sus relaciones femeninas: es decir, como de aventuras de las
que uno puede sentirse orgulloso y por las que se desea ser envidiado,
las cuales, sin embargo, incluso para las conciencias más paganas, se
mantienen siempre al margen de lo lícito y de lo honesto; por lo que
sería incorrecto e inconveniente hablar de ellas con demasiada
complacencia. Así hablaban los Häftlinge de sus «protectores» y «amigos
civiles» con ostentosa discreción, sin dar nombres, para no
comprometerlos y, también y sobre todo, para no crearse indeseables
rivales. Los más consumados, seductores profesionales como Henri, no
hablaban de esto; envolvían sus asuntos en una aura de equívoco misterio
y se limitaban a indicios y alusiones calculados de modo que suscitasen
en los oyentes la leyenda confusa e inquietante de que gozaban del favor
de civiles infinitamente potentes y generosos. Esto, en vista de un fin
muy preciso: la fama improvisada, como he dicho en otro lugar, se
muestra de fundamental utilidad a quien sabe rodearse de ella.
La fama de seductor, de «organizado», suscita al mismo tiempo envidia,
burla, desprecio y admiración. Quien se deja ver en el acto de comer
género «organizado» es juzgado bastante severamente; es ésta una grave
falta de pudor y de tacto, además de una evidente estupidez. Igual de
estúpido e impertinente sería preguntar «¿quién te lo ha dado?, ¿dónde
lo has encontrado?, ¿qué has hecho?». Sólo los Números Altos, bobos,
inútiles e indefensos, que nada saben de las reglas del Lager, hacen
esta clase de preguntas; a estas preguntas, no se responde, o se
responde Verschwinde, Mensch!, Hau'ab, Uciekaj, Schiess' in den Wind, Va
chier; con uno, en fin, de los muchísimos equivalentes de «¡Quítate de
en medio!» en que es rica la jerga del campo.
Hay también quien se especializa en complicadas y pacientes campañas de
espionaje para identificar al civil o al grupo de civiles con los que el
tal se entiende, y trata luego de varios modos de suplantarle. Nacen de
ello interminables controversias de prioridad, más amargas para el
perdedor por el hecho de que un civil ya «trabajado» es casi siempre más
rentable, y sobre todo más seguro, que un civil en su primer contacto
con nosotros. Es un civil que vale mucho más por evidentes razones
sentimentales y técnicas: conoce ya los fundamentos de la
«organización», sus reglas y sus peligros, y además ha demostrado estar
en condiciones de superar la barrera de casta.
En realidad, para los civiles somos los intocables. Los civiles, más o
menos explícitamente y con todos los matices que hay entre el desprecio
y la conmiseración, piensan que por haber sido condenados a esta vida
nuestra, por estar reducidos a esta condición nuestra, debemos estar
manchados por alguna misteriosa y gravísima culpa. Nos oyen hablar en
muchas lenguas diferentes que no comprenden y que suenan a sus oídos
grotescas como voces de animales; nos ven innoblemente sometidos, sin
pelo, sin honor y sin nombre, golpeados a diario, más abyectos cada día,
y nunca descubren en nuestros ojos una chispa de rebeldía, de paz ni de
fe. Nos saben ladrones e indignos de confianza, enfangados, andrajosos y
hambrientos y, confundiendo el efecto con la causa, nos juzgan dignos de
nuestra abyección. ¿Quién podría distinguir nuestras caras? Para ellos
somos Kazett, neutro singular.
Naturalmente, esto no impide a muchos de ellos echarnos a veces un
mendrugo de pan o una patata, o confiarnos, después de la distribución
de la Zivilsuppe en la cantera, sus escudillas para que las raspemos y
se las devolvamos lavadas. Les induce a ello el haber captado de paso
alguna importuna mirada famélica, o bien un impulso momentáneo de
humanidad, o la simple curiosidad de vernos acudir de todas partes para
disputarnos el bocado los unos a los otros, bestialmente y sin recato,
hasta que el más fuerte se lo zampa, y, entonces, todos los demás se ven
afrentados y renqueantes.
Ahora bien, entre Lorenzo y yo no sucede nunca nada de esto. Por el
sentido que pueda tener tratar de explicar las causas por las que mi
vida, entre millares de otras equivalentes, ha podido resistir la
prueba, diré que creo que es a Lorenzo a quien debo el estar hoy vivo; y
no tanto por su ayuda material como por haberme recordado constantemente
con su presencia, con su manera tan llana y fácil de ser bueno, que
todavía había un mundo justo fuera del nuestro, algo y alguien todavía
puro y entero, no corrompido ni salvaje, ajeno al odio y al miedo; algo
difícilmente definible, una remota posibilidad de bondad, debido a la
cual merecía la pena salvarse.
Los personajes de estas páginas no son hombres. Su humanidad está
sepultada, o ellos mismos la han sepultado, bajo la ofensa súbita o
infligida a los demás. Los SS malvados y estúpidos, los Kapos, los
políticos, los criminales, los prominentes grandes y pequeños, hasta los
Häftlinge indiferenciados y esclavos, todos los escalones de la demente
jerarquía querida por los alemanes, están paradójicamente emparentados
por una unitaria desolación interna.
Pero Lorenzo era un hombre; su humanidad era pura e incontaminada, se
encontraba fuera de este mundo de negación. Gracias a Lorenzo no me
olvidé yo mismo de que era un hombre.
OCTUBRE
DE 1944
Con todas nuestras fuerzas hemos luchado para que no llegase el
invierno. Nos hemos agarrado a todas las horas tibias, y a cada puesta
de sol hemos procurado sujetar el sol en el cielo todavía un poco, pero
todo ha sido inútil. Ayer por la tarde el sol se ha puesto
irrevocablemente en un enredo de niebla sucia, de chimeneas y de cables,
y esta mañana es invierno.
Sabemos lo que quiere decir, porque estábamos aquí el invierno pasado, y
los demás lo aprenderán pronto. Quiere decir que, en el curso de estos
meses, de octubre a abril, de cada diez de nosotros, morirán siete.
Quien no se muera sufrirá minuto por minuto, día por día, durante todos
los días: desde la mañana antes del alba hasta la distribución del
potaje vespertino, deberá tener constantemente los músculos tensos, dar
saltos primero sobre un pie y luego sobre el otro, darse palmadas bajo
los sobacos para resistir el frío. Deberá gastar pan para procurarse
guantes, y perder horas de sueño para repararlos cuando estén
descosidos. Como no se podrá comer nunca al aire libre, tendremos que
consumir nuestro pienso en la barraca, de pie, disponiendo cada uno de
un palmo de pavimento, y apoyarse en las literas está prohibido. A todos
se nos abrirán heridas en las manos y para conseguir una venda habrá que
esperar toda la tarde durante horas y de pie en la nieve y al viento.
Del mismo modo que nuestra hambre no es la sensación de quien ha perdido
una comida, así nuestro modo de tener frío exigiría un nombre
particular. Decimos «hambre», decimos «cansancio», «miedo» y «dolor»,
decimos «invierno», y son otras cosas. Son palabras libres, creadas y
empleadas por hombres libres que vivían, gozando y sufriendo, en sus
casas. Si el Lager hubiese durado más, un nuevo lenguaje áspero habría
nacido; y se siente necesidad de él para explicar lo que es trabajar
todo el día al viento, bajo cero, no llevando encima más que la camisa,
los calzoncillos, la chaqueta y unos calzones de tela, y, en el cuerpo,
debilidad y hambre y conciencia del fin que se acerca.
Del mismo modo en que se ve desvanecerse una esperanza, así ha llegado
el invierno esta mañana. Nos hemos dado cuenta cuando hemos salido del
barracón para ir a lavarnos: no había estrellas, el aire oscuro y frío
olía a nieve. En la plaza de la Lista, bajo la primera luz, al reunirnos
para el trabajo, nadie ha hablado. Cuando hemos visto los primeros copos
de nieve, hemos pensado que si el año pasado en esta época nos hubiesen
dicho que íbamos a ver otro invierno en el Lager, nos habríamos dirigido
a tocar el tendido eléctrico; y también lo haríamos ahora si fuésemos
lógicos, si no fuera por este insensato y loco residuo de inconfesable
esperanza.
Porque «invierno» quiere decir todavía una cosa más.
La primavera pasada los alemanes han construido dos enormes tiendas en
una explanada de nuestro Lager. Cada una, durante el buen tiempo, ha
hospedado a más de mil hombres; ahora, las tiendas han sido desmontadas
y un exceso de dos mil hombres se hacinan en nuestras barracas.
Nosotros, los veteranos prisioneros, sabemos que estas irregularidades
no les gustan a los alemanes y que pronto sucederá algo que haga
disminuir nuestro número.
La selección se siente llegar. Selekcja: la híbrida palabra latina y
polaca se oye una vez, dos veces, muchas veces, intercalada en
conversaciones extranjeras; al principio no se la individualiza, después
se impone a la atención, finalmente nos persigue.
Esta mañana, los polacos dicen Selekcja. Los primeros son los que
primero saben las noticias, y generalmente procuran que no se difundan,
por que saber algo mientras los demás no lo saben todavía puede resultar
ventajoso. Cuando todos sepan que la selección es inminente, lo
poquísimo que cada uno podría intentar para escurrirse (corromper con
pan o con tabaco a algún médico o a algún prominente; pasar de la
barraca al Ka–Be o viceversa en el momento exacto, de manera que se
cruce uno con la comisión) será su monopolio.
En los días siguientes, la atmósfera del Lager y de la cantera está
saturada de Selekcja: nadie sabe nada preciso y todos hablan de ello,
hasta los obreros libres, polacos, italianos, franceses, que vemos a
escondidas durante las horas de trabajo. No se puede decir que se
produzca una ola de abatimiento. Nuestra moral colectiva está demasiado
desarticulada y aplastada para que sea inestable. La lucha contra el
hambre, el frío y el trabajo deja poco margen al pensamiento, aun
tratándose de este pensamiento. Cada cual reacciona a su manera, pero
casi ninguno con las actitudes que parecerían más plausibles por ser
realistas, es decir con la resignación o con la desesperación.
Quien puede tomar providencias, las toma; pero son los menos, porque
sustraerse a la selección es muy difícil, los alemanes hacen estas cosas
con gran seriedad y diligencia.
Quien no puede prevenirse materialmente trata de defenderse de otro
modo. En los retretes, en el lavadero, nos enseñamos el uno al otro el
pecho, las nalgas, los muslos, y los compañeros se tranquilizan: «Puedes
estar tranquilo, seguro que esta vez no te toca... du bist kein
Muselmann... más bien yo», y al mismo tiempo se bajan los pantalones y
se levantan la camisa.
Ninguno niega a otro esta limosna: ninguno está tan seguro de su suerte
como para tener el valor de condenar a otro. Yo mismo he mentido
descaradamente al viejo Wertheimer; le he dicho que, si lo interrogan,
responda que tiene cuarenta y cinco años y que no se olvide de afeitarse
la tarde antes, aun a costa de quitarse de la boca un cuarto de pan;
que, aparte de esto, no debe alimentar temores, y que además no es nada
cierto que se trate de una selección para el gas: ¿no le ha oído decir
al Blockältester que los seleccionados irán al campo de convalecencia de
Jaworszno?
Es absurdo que Wertheimer tenga esperanzas: aparenta sesenta años, tiene
gruesas varices, casi no siente el hambre. Y, sin embargo, se va a la
litera sereno y tranquilo y, a quien le hace preguntas, le responde con
mis palabras; son las palabras de orden del campo durante estos días: yo
mismo las he repetido como, con menos detalles, me las he sentido
recitar por Jaim, que está en el Lager desde hace tres años y, como es
fuerte y robusto, está admirablemente seguro de sí; y le he creído.
Sobre esta exigua base también yo he atravesado la gran selección de
octubre de 1944 con inconcebible tranquilidad. Estaba tranquilo porque
había logrado mentirme cuanto era necesario. El hecho de que yo no haya
sido elegido ha dependido sobre todo del azar y no demuestra que mi
confianza estuviese bien fundada.
También Monsieur Pinkert es, a priori, un condenado: basta con mirarle a
los ojos. Me llama con una seña, y me cuenta con aire confidencial que
ha sabido, de qué fuente no puede decírmelo, que, efectivamente, esta
vez hay una novedad: la Santa Sede, por medio de la Cruz Roja
Internacional... en fin, me asegura personalmente que, tanto para él
como para mí, de la manera más absoluta, está excluido todo peligro:
cuando civil, era, como es sabido, agregado a la embajada belga en
Varsovia.
De varios modos pues, también estos días de vigilia, que cuando se habla
de ellos, parece que deberían haber sido tormentosos más allá de todo
límite humano, pasan de una manera no muy diferente que los demás.
La disciplina del Lager y de la Buna no se relaja en modo alguno; el
trabajo, el frío y el hambre son suficientes para acaparar toda nuestra
atención.
Hoy es domingo de trabajo, Arbeitssonntag: se trabaja hasta las trece,
después se vuelve al campo para la ducha, el afeitado y el control
general de la sarna y de los piojos y, en el tajo, misteriosamente,
todos hemos sabido que la selección será hoy.
La noticia ha llegado, como siempre, rodeada de un halo de detalles
contradictorios y recelos: esta misma mañana ha habido una selección en
la enfermería; el porcentaje ha sido del siete, del treinta, del
cincuenta por ciento del total de los enfermos. En Birkenau, la chimenea
del Crematorio humea desde hace diez días. Hay que hacerle sitio a una
enorme expedición que va a llegar del gueto de Posen. Los jóvenes dicen
a los jóvenes que serán elegidos todos los viejos. Los sanos dicen a los
sanos que sólo serán elegidos los enfermos. Serán excluidos los
especialistas. Serán excluidos los judíos alemanes. Serán excluidos los
Números Bajos. Serás elegido tú. Seré excluido yo.
Con toda normalidad, a partir de las trece en punto, el taller se vacía
y la formación gris e interminable desfila durante dos horas hacia los
dos puestos de control, donde como todos los días somos contados y
recontados, ante la orquesta que, durante horas sin interrupción, toca
como todos los días las marchas con las que, a la entrada y a la salida,
debemos sincronizar nuestros pasos. Parece que todo marcha como todos
los días, la chimenea de la cocina humea como de costumbre, ya ha
empezado la distribución del potaje. Pero luego se ha oído la campana, y
ahora hemos comprendido que va en serio.
Porque esta campana suena siempre al alba, y entonces es la diana, pero
cuando suena a media jornada quiere decir Blocksperre, encierro en la
barraca, y esto sucede cuando hay selección, para que nadie se sustraiga
a ella y, cuando los seleccionados salgan hacia el gas, para que nadie
los vea partir.
Nuestro Blockältester conoce su oficio. Se ha cerciorado de que todos
hemos entrado, ha hecho cerrar la puerta con llave, ha dado a cada uno
la ficha en que constan la matrícula, el nombre, la profesión, la edad y
la nacionalidad, y ha dado orden de que todos se desnuden completamente
quedándose sólo con el calzado. De este modo, desnudos y con la ficha en
la mano, esperaremos a que la comisión llegue a nuestra barraca.
Nosotros somos la barraca 48, pero no se puede prever si se empezará por
la barraca 1 o por la 60. De todos modos, podemos estar tranquilos
durante una hora por lo menos, y no hay motivo alguno para que no nos
metamos bajo las mantas de las literas para calentarnos.
Ya dormitan muchos cuando un desencadenamiento de órdenes, de blasfemias
y de golpes indica que la comisión está llegando. El Blockältester y sus
ayudantes, a gritos y puñetazos, a partir del fondo del dormitorio,
empujan hacia delante a la turba de desnudos asustados y los apiñan
dentro del Tagesraum, que es la Comandancia. El Tagesraum es un cuarto
de siete metros por cuatro: cuando la caza ha terminado, dentro del
Tagesraum está comprimida una masa humana caliente y compacta que invade
y rellena perfectamente todos los rincones y ejerce en las paredes de
madera una presión que las hace crujir.
Ahora estamos todos en el Tagesraum y además de no haber tiempo, ni
siquiera hay espacio para tener miedo. La sensación de la carne caliente
que oprime por todo alrededor de uno es singular y no es desagradable.
Hay que procurar tener la nariz en alto para encontrar aire, y no
arrugar o perder la ficha que tenemos en la mano.
El Blockältester ha cerrado la puerta del Tagesraum que da al dormitorio
y ha abierto las otras dos que, del Tagesraum y del dormitorio dan al
exterior. Aquí, delante de las dos puertas, está el árbitro de nuestro
destino, que es un suboficial de la SS. Tiene a la derecha al
Blockältester, a la izquierda al furriel de la barraca. Cada uno de
nosotros, saliendo desnudos del Tagesraum al frío aire de octubre, debe
dar corriendo los pocos pasos que hay entre las puertas delante de los
tres, entregar la ficha al SS y entrar por la puerta del dormitorio. El
SS, en la fracción de segundo entre las dos pasadas sucesivas, con una
mirada de frente y de espaldas, decide la suerte de cada uno y entrega a
su vez la ficha al hombre que está a su derecha o al hombre que está a
su izquierda, y esto es la vida o la muerte de cada uno de nosotros. En
tres o cuatro minutos, una barraca de doscientos hombres está
«terminada» y, durante la tarde, el campo entero de doce mil hombres.
Yo, inmovilizado en la carnicería del Tagesraum, he sentido gradualmente
disminuir la presión humana en torno a mí, y pronto me ha tocado el
turno. Como todos, he pasado con paso enérgico y elástico, procurando
llevar la cabeza alta, el pecho fuera y los músculos contraídos y
marcados. Con el rabillo del ojo, he procurado ver a mi espalda y me ha
parecido que mi ficha ha ido a la derecha.
Conforme íbamos volviendo al dormitorio, podíamos vestirnos. Nadie
conoce ahora con seguridad el propio destino, hay que saber primero con
seguridad si las fichas condenadas son las pasadas a la derecha o a la
izquierda. Ahora no es el caso de tener consideraciones los unos con los
otros ni de tener escrúpulos supersticiosos. Todos se amontonan en torno
a los más viejos, a los más desnutridos, a los más «musulmanes»; si sus
fichas han ido a la izquierda, la izquierda es con toda seguridad el
lado de los condenados.
Antes de que la selección haya terminado, todos saben ya que la
izquierda ha sido efectivamente la «schlechte Seite», el lado infausto.
Hay, naturalmente, irregularidades: René, por ejemplo, tan joven y
robusto, ha terminado en la izquierda: quizás porque tiene gafas, quizás
porque anda un poco encorvado como los miopes, pero más probablemente
por un simple descuido: René ha pasado delante de la comisión
inmediatamente antes que yo, y podría haberse producido un cambio de
fichas. Lo pienso, hablo con Alberto y convenimos en que la hipótesis es
verosímil: no sé lo que pensaré mañana y después; hoy, la cosa no
despierta en mí ninguna emoción precisa.
Del mismo modo, también ha debido de haber un error en el caso de
Sattler, un macizo campesino transilvano que veinte días antes estaba en
su casa; Sattler no entiende alemán, no ha comprendido nada de lo que ha
sucedido y está en un rincón remendándose la camisa. ¿Debo ir a decirle
que la camisa ya no va a servirle?
No hay por qué asombrarse de estas equivocaciones: el examen es muy
rápido y sumario y, por otra parte, para la administración del Lager, lo
importante no es tanto que sean eliminados precisamente los inútiles,
como que queden rápidamente libres los sitios de acuerdo con determinado
tanto por ciento preestablecido.
En nuestra barraca, la selección ha terminado, pero continúa en las
otras, por lo que ahora estamos en clausura. Pero puesto que, mientras
tanto, han llegado los bidones de potaje, el Blockältester decide
proceder sin más a su distribución. A los seleccionados se les
distribuirá una ración doble. No he sabido nunca si ésta sería una
iniciativa absurdamente compasiva del Blockältester o una explícita
disposición de los SS, pero de hecho, en el intervalo de dos o tres días
(también a veces mucho más largo) entre la selección y la partida, las
víctimas de Monowitz–Auschwitz disfrutan de este privilegio.
Ziegler presenta la escudilla, recibe la ración normal y se queda
esperando. «¿Qué más quieres?», le pregunta el Blockältester: no le
parece que a Ziegler le toque suplemento, lo aparta de un empujón, pero
Ziegler vuelve e insiste humildemente: me han puesto de verdad a la
izquierda, todos lo han visto, que vaya el Blockältester a consultar las
fichas: tiene derecho a ración doble. Cuando la ha conseguido, se va tan
tranquilo a la litera y empieza a comérsela.
Ahora todos están raspando atentamente con la cuchara el fondo de la
escudilla para sacar las últimas pizcas de potaje, y se forma un trasteo
sonoro que quiere decir que la jornada ha terminado. Poco a poco,
prevalece el silencio y entonces, desde mi litera que está en el tercer
piso, se ve y se oye que el viejo Kuhn reza, en voz alta, con la gorra
en la cabeza y oscilando el busto con violencia. Kuhn da gracias a Dios
porque no ha sido elegido.
Kuhn es un insensato. ¿No ve, en la litera de al lado, a Beppo el griego
que tiene veinte años y pasado mañana irá al gas, y lo sabe, y está
acostado y mira fijamente a la bombilla sin decir nada y sin pensar en
nada? ¿No sabe Kuhn que la próxima vez será la suya? ¿No comprende Kuhn
que hoy ha sucedido una abominación que ninguna oración propiciatoria,
ningún perdón, ninguna expiación de los culpables, nada, en fin, que
esté en poder del hombre hacer, podrá remediar ya nunca?
Si yo fuese Dios, escupiría al suelo la oración de Kuhn.
KRAUS
Cuando llueve uno querría poder llorar. Estamos en noviembre, llueve
desde hace diez días y la tierra es como el fondo de un pantano. Todas
las cosas de madera huelen a moho.
Si pudiese dar diez pasos a la izquierda, hasta donde está el cobertizo,
estaría a salvo; me bastaría con un saco para cubrirme la espalda, o tan
sólo la esperanza de un fuego donde secarme; o quizás con un trapo seco
que meterme entre la camisa y el espinazo. Lo pienso, entre una palada y
otra, y me convenzo de que tener un trapo seco sería una auténtica
felicidad.
Es imposible estar ya más mojado; lo único que hace falta es procurar
moverse lo menos posible, y sobre todo no hacer movimientos nuevos, no
sea que cualquier otra porción de piel se ponga en contacto sin
necesidad con la ropa empapada y gélida.
Es una suerte que hoy no sople el viento. Es extraño, de alguna manera
se tiene siempre la impresión de tener suerte, de que cualquier
circunstancia, tal vez infinitesimal, nos sujeta junto al abismo de la
desesperación y nos permite vivir. Llueve, pero no sopla el viento. O
tal vez llueve y sopla el viento: pero sabes que esta tarde te toca a ti
el suplemento de potaje y, entonces, también hoy encuentras fuerzas para
superar la tarde. O incluso tienes lluvia, viento y el hambre cotidiana,
y entonces piensas que si no te quedase otro remedio, si no sintieses en
el corazón más que sufrimiento y tedio, como a veces sucede, que te
parece en verdad yacer en el fondo, pues bien, aun entonces pensamos que
si queremos, en cualquier momento, siempre podemos llegarnos hasta la
alambrada eléctrica y tocarla o arrojarnos bajo los trenes que
maniobran, y entonces dejaría de llover.
Desde esta mañana estamos clavados en el fango, hasta los muslos, sin
mover nunca los pies de los dos agujeros que han hecho en el terreno
viscoso; oscilando sobre las caderas a cada palada. Yo estoy a mitad de
la excavación, Kraus y Clausner están en el fondo, Gounan por encima de
mí, al nivel del suelo. Sólo Gounan puede mirar en torno a sí, y
advierte con monosílabos a Kraus, de cuando en cuando, de la oportunidad
de acelerar el ritmo, o eventualmente de descansar, según quien pase por
el camino. Clausner pica, Kraus me sube la tierra palada a palada y yo
se la subo a Gounan, que la amontona de lado. Otros hacen la lanzadera
con las carretillas y llevan la tierra quién sabe adónde, no nos
interesa, hoy nuestro mundo es este agujero fangoso.
Kraus ha errado un golpe, un puñado de barro vuela y se me aplasta
contra las rodillas. No es la primera vez que sucede, sin mucha
confianza le advierto que tenga cuidado: es húngaro, entiende bastante
mal el alemán y no sabe una palabra de francés. Es largo, largo, tiene
gafas y una cara curiosa, pequeña y torcida; cuando se ríe parece un
niño, y se ríe con frecuencia. Trabaja demasiado, y demasiado
vigorosamente: no ha aprendido todavía nuestro arte subterráneo de
economizarlo todo, el aliento, los movimientos, hasta el pensamiento. No
sabe todavía que es mejor hacerse golpear, porque de los golpes en
general no se muere, pero sí de cansancio, y malamente, y cuando uno se
da cuenta ya es demasiado tarde. Piensa todavía... oh, no, pobre Kraus,
no es un razonamiento el suyo, es tan sólo una absurda honestidad de
empleadillo, se la ha traído aquí dentro, y ahora le parece que es como
afuera, donde trabajar es decente y lógico, además de conveniente,
porque, según dicen todos, cuanto más trabaja uno, más gana y come.
–Regardez–moi ça! Pas si vite, idiot! –impreca Gounan desde arriba;
después se lo traduce al alemán: Langsan, du blöder Einer, langsam,
verstanden?
Kraus puede matarse de cansancio, se sabe, pero no hoy, que trabajamos
en cadena y el ritmo de nuestro trabajo es condicionado por el suyo.
Ahí está, es la sirena del Carburo, ahora se van los prisioneros
ingleses, son las cuatro y media. Después pasarán las chicas ucranianas
y entonces serán las cinco, podremos enderezar la espalda, y ahora sólo
la marcha de retorno, la llamada y el control de los piojos nos alejarán
del reposo.
Es la reunión, Antreten de todas partes; por todas partes se arrastran
los fantoches del fango, estiran, los miembros envarados, llevan las
herramientas a las barracas. Nosotros sacamos los pies del foso,
cautamente para no dejarnos pegados los zuecos, y nos vamos,
bamboleantes y chorreantes, a formar para la marcha de vuelta. Zu
dreien, de tres en fondo. He procurado ponerme junto a Alberto, hoy
hemos trabajado separados, tenemos que preguntarnos qué tal nos ha ido:
pero alguien me ha dado un manotazo en el estómago, me he quedado
detrás, mira, exactamente junto a Kraus.
Ahora partimos. El Kapo canta el paso con voz fuerte: Links, links,
links; al principio duelen los pies, poco a poco uno se calienta y los
nervios se distienden. También hoy, también este hoy, que esta mañana
parecía invencible y eterno, lo hemos perforado a través de todos sus
minutos; ahora yace concluido e inmediatamente olvidado, ya no es un
día, no ha dejado rastro en la memoria de nadie. Lo sabemos, mañana será
como hoy: quizás llueva un poco más o un poco menos, o quizás en vez de
a cavar vayamos al Carburo a descargar ladrillos. O mañana también puede
acabarse la guerra, o nos matarán a todos nosotros, o seremos
trasladados a otro campo, o se realizarán algunas de las grandes
innovaciones que, desde que el Lager es Lager, son incansablemente
pronosticadas como inminentes y seguras. Pero ¿quién podría pensar
seriamente en mañana?
La memoria es un instrumento curioso: desde que estoy en el campo me han
bailado en la cabeza dos versos que ha escrito un amigo mío hace mucho
tiempo:
... hasta que un día
no tenga sentido decir mañana.
Aquí es así. ¿Sabéis cómo se dice «nunca» en la jerga del campo? Morgen
früh, mañana por la mañana.
Ahora es la hora de links, links, links und links, la hora en que no hay
que perder el paso. Kraus es torpe y ya se ha ganado un puntapié del
Kapo porque no sabe marchar alineado: y ahora empieza a gesticular y a
masticar un alemán miserable, oye, oye, quiere pedirme perdón por la
paletada de barro, todavía no ha comprendido dónde estamos, hay que
admitir que los húngaros son una gente muy singular.
Ir marcando el paso y pronunciar un discurso complicado en alemán es
demasiado, esta vez soy yo quien me doy cuenta de que lleva mal el paso,
y lo he mirado, y he visto sus ojos, detrás de las gotas de lluvia de
las gafas, y eran los ojos del hombre Kraus.
Entonces sucedió algo importante, y viene a cuento contarlo ahora,
quizás por la misma razón que fue oportuno que sucediese entonces. Se me
ocurrió hablarle largamente a Kraus: en mal alemán, pero lento y
recalcado, convenciéndome, después de cada frase, de que la había
comprendido.
Le conté que había soñado que estaba en mi casa, en la casa donde había
nacido, sentado con mi familia, con las piernas bajo la mesa, y encima,
mucha, muchísima comida. Y estábamos en verano, y en Italia: ¿en
Nápoles?... pues sí, en Nápoles, no es caso de afinar. Y de pronto,
sonaba el timbre y yo me levantaba lleno de ansiedad, e iba a abrir, ¿y
qué veía? A él, el aquí presente Kraus Páli, con pelo, limpio y gordo, y
vestido de hombre libre, y con una hogaza en la mano. Dos kilos, todavía
caliente. Entonces Servus, Páli, wie geht's? y me sentía lleno de
alegría, y le decía que entrase y le explicaba a mi familia quién era, y
que venía de Budapest, y por qué estaba tan mojado: porque estaba
empapado, así, como ahora. Y le daba de comer y de beber, y después una
buena cama para dormir, y era de noche, pero había una maravillosa
tibieza gracias a la cual en un momento estábamos todos secos (sí,
porque también yo estaba muy mojado).
Qué buen muchacho debía ser Kraus de paisano: no vivirá mucho tiempo
aquí dentro, esto se advierte a la primera mirada y se demuestra como un
teorema. Siento no saber húngaro, ahora que su emoción ha roto los
diques e irrumpe en una marea de estrambóticas palabras magiares. No he
podido entender más que mi nombre, pero de estos gestos solemnes se
deduciría que jura y augura.
Pobre tonto de Kraus. Si supiese que no es verdad, que no he soñado nada
de él, que para mí tampoco es él nada, sino durante un instante, nada
como todo es nada aquí abajo, salvo el hambre dentro, y el frío y la
lluvia alrededor.
DIE DREI LEUTE VOM LABOR

¿Cuántos meses han pasado desde que entramos en el campo? ¿Cuántos desde
el día en que me dieron de alta en el Ka–Be? ¿Y desde el día del examen
de química? ¿Y desde la selección de octubre?
Alberto y yo nos hacemos a veces estas preguntas, y también otras
muchas. Éramos noventa y siete cuando entramos, nosotros, los italianos
del convoy ciento setenta y cuatro mil; sólo veintinueve hemos
sobrevivido hasta octubre, y de éstos ocho se han ido con la selección.
Ahora somos veintiuno y apenas si ha empezado el invierno. ¿Cuántos
llegaremos vivos al año nuevo? ¿Cuántos a la primavera?
Desde hace unas semanas las incursiones han cesado; la lluvia de
noviembre se ha convertido en nieve y la nieve ha cubierto las ruinas.
Los alemanes y los polacos van al trabajo con las botas de goma, los
cubreorejas de pelo y los monos puestos, los prisioneros ingleses con
sus maravillosas pellizas. En nuestro Lager no han distribuido capotes
más que a algunos privilegiados; somos un Kommando especializado que, en
teoría, no trabaja más que a cubierto: por eso nos hemos quedado con el
uniforme de verano.
Somos los químicos y por eso trabajamos con los sacos de fenilbeta.
Hemos despejado el almacén después de las primeras incursiones, en pleno
verano: la fenilbeta se nos pegaba por debajo de la ropa a los miembros
sudados y nos roía corno una lepra; la piel se nos caía de la cara en
gruesas escamas quemadas. Luego se han interrumpido las incursiones y
hemos devuelto los sacos al almacén. Después el almacén ha sido
alcanzado y hemos puesto los sacos en la cantina de la Sección Estireno.
Ahora, el almacén ha sido reparado y otra vez hay que apilar en él los
sacos. El olor agudo de la fenilbeta impregna nuestro único traje y nos
acompaña de día y de noche con nuestra sombra. Hasta el momento, las
ventajas de ser del Kommando Químico se han reducido a éstas: los demás
han recibido los capotes y nosotros no; los demás han llevado sacos de
cincuenta kilos de cemento, y nosotros sacos de sesenta kilos de
fenilbeta. ¿Cómo pensar ahora en el examen de química y en las ilusiones
de entonces? Cuatro veces cuando menos, durante el verano, se ha hablado
del laboratorio del Doktor Pannwitz en el Bau 939 y ha corrido la voz de
que seríamos elegidos algunos de los analistas para la sección de
Polimerización.
Ahora basta, ahora se acabó. Es el último acto: el invierno ha empezado,
y con él nuestra última batalla. Ya no se puede dudar de que será la
última. En cualquier momento del día en que prestemos oído a las voces
de nuestros cuerpos, en que interroguemos a nuestros miembros, la
respuesta es la misma: no nos bastarán las fuerzas. Todo, en torno a
nosotros, habla de destrucción y de fin. La mitad del Bau 939 es un
amasijo de chapas retorcidas y cascotes; de las tuberías enormes donde
antes rugía el vapor sobrecalentado penden ahora hasta el suelo
carámbanos azules tan gruesos como pilastras. La Buna está ahora
silenciosa, y cuando el viento es propicio, si se tiende la oreja, se
siente un sordo y continuo temblor subterráneo, que es el frente que se
acerca. Han llegado al Lager trescientos prisioneros del ghetto de Lodz,
que los alemanes han transferido ante el avance de los rusos: han traído
hasta nosotros la noticia de la lucha legendaria en el ghetto de
Varsovia y nos han contado cómo, hace ya un año, los alemanes han
liquidado el campo de Lublín: cuatro ametralladoras en las esquinas y
las barracas incendiadas; el mundo civil nunca lo sabrá. ¿Cuándo nos
toca a nosotros?
Como de costumbre, esta mañana el Kapo ha distribuido las cuadrillas.
Los diez del Cloromagnesio, al Cloromagnesio: y éstos parten,
arrastrando los pies, lo más lentamente posible, porque el Cloromagnesio
es un trabajo durísimo: se está todo el día hasta los tobillos en el
agua salobre y helada que ablanda los zapatos, la ropa y la piel. El
Kapo coge un ladrillo y se lo tira al grupo: se esquivan malamente pero
no avivan el paso. Esta es casi una costumbre, pasa todas las mañanas y
no siempre supone en el Kapo un propósito de hacer daño.
Los cuatro del Scheisshaus, a su trabajo: y parten los cuatro agregados
a la construcción de las nuevas letrinas. Es preciso saber que, desde
que con la llegada de los convoyes de Lodz y de Transilvania, habíamos
superado el número de cincuenta mil Häftlinge, el misterioso burócrata
alemán que se ocupa de estos asuntos nos ha autorizado la erección de un
Zweiplatziges Kommandoscheisshaus, es decir, de un retrete de dos
asientos reservado a nuestro Kommando. Nosotros no somos insensibles a
este signo de distinción que hace del nuestro uno de los pocos comandos
a los que uno puede jactarse de pertenecer: pero es evidente que viene
así a faltar el más sencillo de los pretextos para ausentarse del
trabajo y para trabar relaciones con los civiles. Noblesse oblige, dice
Henri, que tiene otras cuerdas en su arco.
Los doce de los ladrillos. Los cinco de Meister Dahm. Los dos de las
cisternas. ¿Cuántos ausentes? Tres ausentes. Homolka, ingresado esta
mañana en el Ka–Be; Fabbro, muerto ayer; François, trasladado quién sabe
adónde ni por qué. La cuenta cuadra; el Kapo toma nota y está
satisfecho. No quedamos ya más que los dieciocho de la fenilbeta, además
de los prominentes del Kommando. Y he aquí lo imprevisible.
El Kapo dice:
–El Doktor Pannwitz ha comunicado al Arbeitsdienst que tres Häftlinge
han sido escogidos para el laboratorio. 169509, Brackier; 175633,
Kandel; 174517, Levi.
Durante un instante me zumban los oídos y la Buna da vueltas a mi
alrededor. Somos tres Levi en el Kommando 98, pero Hundert Vierunsiebzig
Fünf Hundert Siebzehn sólo yo, no cabe duda. Soy uno de los tres
elegidos.
El Kapo nos escudriña con una risa enconada. Un belga, un rumano y un
italiano: tres Franzosen, en resumen. ¿Es posible que tuviesen que ser
tres Franzosen los elegidos para el paraíso del laboratorio?
Muchos compañeros se alegran; el primero de todos Alberto, con verdadera
alegría, sin sombra de envidia. Alberto no encuentra nada de qué
burlarse en cuanto a la suerte que me ha tocado, y está por el contrario
muy contento, ya sea por amistad, ya sea porque también le supondrá
algunas ventajas pues los dos estamos unidos por un estrechísimo pacto
de alianza, por lo que cada bocado «organizado» es dividido en dos
partes rigurosamente iguales. No tiene por qué envidiarme, puesto que
entrar en el Laboratorio no era una de sus esperanzas, ni siquiera uno
de sus deseos. La sangre de sus venas es demasiado libre para que
Alberto, mi viejo amigo no domado, piense en arrellanarse en una
colocación; su instinto lo conduce a otra parte, hacia otras soluciones,
hacia lo imprevisto, lo extemporáneo, lo nuevo. A un buen empleo,
Alberto prefiere sin dudar las incertidumbres y las batallas de la
«profesión liberal».
Tengo en el bolsillo un boleto del Arbeitsdienst, donde está escrito que
el Häftling 174517, como obrero especializado tiene derecho a camisa y
calzoncillos nuevos y debe ser afeitado los miércoles.
La Buna destruida yace bajo la primera nieve, silenciosa y rígida como
un desmesurado cadáver; todos los días aúllan las sirenas del
Fliegeralarm; los rusos están a ochenta kilómetros. La central eléctrica
está parada, las columnas del Metanol ya no existen, tres de cuatro
gasómetros de acetileno han volado. A nuestro Lager afluyen todos los
días a granel prisioneros «recuperados»» de todos los campos de la
Polonia oriental; los menos van al trabajo, los más continúan hacia
Birkenau y hacia el Horno. La ración ha vuelto a ser disminuida. El
Ka–Be rebosa, los E–Häftlinge han traído al campo la escarlatina, la
difteria y el tifus exantemático.
Pero el Häftling 174517 ha sido nombrado especialista y tiene derecho a
camisa y calzoncillos nuevos y debe ser afeitado los miércoles. Nadie
puede jactarse de comprender a los alemanes.
Hemos entrado en el laboratorio tímidamente, recelosos y desorientados
como tres bestias salvajes que se adentrasen en una gran ciudad. ¡Qué
liso y que limpio está el pavimento! Éste es un laboratorio
sorprendentemente parecido a cualquier otro laboratorio. Tres largos
pupitres de trabajo llenos de centenares de objetos familiares. La
cristalería secándose en un rincón, la balanza analítica, una estufa
Heraeus, un termostato Höppler. El olor me hace sobresaltar como un
latigazo: el débil olor aromático de los laboratorios de química
orgánica. Durante un instante, evocada con violencia brutal y en seguida
desvanecida, la gran sala semioscura de la universidad, el cuarto curso,
el aire suave de mayo en Italia.
Herr Stawinoga nos asigna los puestos de trabajo. Stawinoga es un
alemán–polaco todavía joven, de cara enérgica pero al mismo tiempo
triste y cansada. También es Doktor: no en química, pero (ne pas
chercher á comprendre) en glotología; sin embargo, es el jefe del
laboratorio. Con nosotros, no habla de buena gana, pero no parece mal
dispuesto. Nos llama «Monsieur», lo que resulta ridículo y
desconcertante.
En el laboratorio la temperatura es maravillosa: el termómetro marca
24°C. Pensamos que también podemos ponernos a lavar la cristalería, o a
barrer el suelo, o a transportar las bombonas de hidrógeno, cualquier
cosa con tal de quedarnos aquí dentro, y el problema del invierno estará
resuelto para nosotros. Y además, pensándolo bien, tampoco el problema
del hambre debería ser difícil de resolver. ¿Van a registrarnos todos
los días a la salida? ¿O aunque así fuese, cada vez que pidamos permiso
para ir a la letrina? Evidentemente, no. Y aquí hay jabón, hay bencina,
hay alcohol. Me haré un bolsillo secreto por dentro de la chaqueta, me
pondré en combinación con el inglés que trabaja en la oficina y comercia
en bencina. Veremos cuán severa va a ser la vigilancia: pero ya llevo un
año de Lager y sé que si uno quiere robar, y si se dedica a ello con
seriedad, no hay vigilancia ni registros que puedan impedírselo.
Por lo que parece, pues, la suerte, llegada por caminos insospechados,
ha hecho que nosotros tres, objeto de envidia para diez mil condenados,
no tengamos este invierno ni frío ni hambre. Esto significa grandes
posibilidades de no enfermar de gravedad, de salvarse de la congelación,
de superar las selecciones. En estas condiciones, personas menos
expertas que nosotros en las cosas del Lager también podrían ser
tentadas por la esperanza de sobrevivir y por el pensamiento de la
libertad. Nosotros no, nosotros sabemos cómo funcionan estas cosas; todo
esto es un regalo del destino, que como tal es gozado lo más
intensamente posible, y de prisa: pero del mañana no hay certeza. Al
primer tubo que rompa, al primer error de medida, a la primera
distracción, volveré a consumirme en la nieve y el viento, hasta que yo
también esté maduro para el Horno. Y además, ¿quién puede saber lo que
ocurrirá cuando vengan los rusos?
Porque los rusos vendrán. El suelo tiembla noche y día bajo nuestros
pies; en el vacío silencio de la Buna el fragor sumergido y sordo de la
artillería resuena ahora ininterrumpidamente. Se respira un aire tenso,
un aire de resolución. Los polacos no trabajan ya, los franceses andan
de nuevo con la cabeza alta. Los ingleses se guiñan el ojo y se saludan
á escondidas con la V del índice y del corazón; y no siempre a
escondidas.
Pero los alemanes son sordos y ciegos, encerrados en una coraza de
obstinación y de deliberada ignorancia. Una vez más han fijado la fecha
del principio de la producción de goma sintética: será el 1 de febrero
de 1945. Construyen refugios y trincheras, reparan los daños,
construyen, combaten, mandan, organizan y matan. ¿Qué otra cosa podrían
hacer? Son alemanes: este comportamiento suyo no es meditado y
deliberado, sino que procede de su naturaleza y del destino que han
elegido. No podrían hacer otra cosa: si se hiere el cuerpo de un
agonizante la herida empieza a cicatrizar, aunque todo el cuerpo vaya a
morirse al día siguiente.
Ahora, todas las mañanas al separar las cuadrillas, el Kapo nos llama,
antes que a todos los demás, a nosotros tres, los del Laboratorio, die
drei Lente vom Labor. En el campo, por la noche y por la mañana nada me
distingue del rebaño, pero durante el día, durante el trabajo, estoy a
cubierto y caliente y nadie me pega; robo y vendo jabón y bencina, sin
riesgos serios, y quizás consiga un bono para unos zapatos de cuero.
Además ¿se puede llamar trabajo al mío? Trabajar es empujar vagones,
llevar vigas, picar piedras, palear tierra, apretar con las manos
desnudas el escalofrío del hierro helado. Yo, en cambio, estoy sentado
todo el día, tengo un cuaderno y un lápiz, y hasta me han dado un libro
para que me refresque la memoria sobre los métodos analíticos. Hay un
cajón donde puedo poner la gorra y los guantes, y cuando quiera salir
basta con que avise a Herr Stawinoga, el cual nunca dice que no y, si
tardo, no hace preguntas; tiene el aspecto de sufrir en su carne por la
ruina que lo rodea.
Los compañeros del Kommando me envidian, y tienen razón, ¿quizás no
debería declararme contento? Pero apenas me sustraigo por la mañana a la
rabia del viento y traspaso el umbral del laboratorio, he aquí a mi lado
la compañía de todos los momentos de tregua, del Ka–Be y de los domingos
de descanso: el dolor del recuerdo, la vieja y feroz desazón de sentirme
hombre, que me asalta como un perro en el instante en que la conciencia
emerge de la oscuridad. Entonces cojo el lápiz y el cuaderno y escribo
aquello que no sabría decirle a nadie.
Y después, las mujeres. ¿Desde hace cuántos meses no veía una mujer? No
era raro encontrarse por la Buna con las obreras ucranianas y polacas,
en pantalones y chaqueta de cuero, macizas y violentas como sus hombres.
Estaban sudadas y despeinadas en verano, embutidas en ropa gruesa en
invierno; trabajaban con pico y pala y no se las sentía al lado como
mujeres.
Aquí es diferente. Frente a las chicas del laboratorio nosotros tres nos
sentimos abismados en la vergüenza y el embarazo. No sabemos qué aspecto
tenemos: nos vemos el uno al otro, y a veces nos reflejamos en un
cristal terso. Somos ridículos y repugnantes. Nuestro cráneo está calvo
el lunes y cubierto por una corta pelusa oscura el sábado. Tenemos la
cara hinchada y amarilla permanentemente marcada por las cortaduras del
barbero apresurado, y frecuentemente por cardenales y llagas
entumecidas; tenemos el cuello largo y nudoso como pollos desplumados.
Nuestra ropa está increíblemente sucia, manchada de barro, sangre y
pringue; los pantalones de Kandel le llegan a mitad de las pantorrillas
y dejan ver los tobillos huesudos y peludos; mi chaqueta me cuelga de
los hombros como de un perchero de madera. Estamos llenos de pulgas, y
nos rascamos a menudo desvergonzadamente; estamos obligados a pedir
permiso para ir a las letrinas con humillante frecuencia. Nuestros
zuecos de madera son insoportablemente ruidosos y llenos de capas
superpuestas de barro y de grasa reglamentaria.
Y luego, a nuestro olor nosotros estamos acostumbrados pero las chicas
no, y no desperdician ocasión de manifestárnoslo. No es el olor genérico
del mal lavado, sino el olor a Häftling, suave y dulzón, que se nos ha
agarrado a nuestra llegada al Lager y se exhala tenaz de los
dormitorios, de las cocinas, de los lavaderos y de los retretes del
Lager. Se lo adquiere en seguida y no se lo pierde nunca: «¿tan joven y
ya hiedes?», así se suele acoger entre nosotros a los recién llegados.
A nosotros, estas muchachas nos parecen criaturas ultraterrenales. Son
tres jóvenes alemanas, y Fräulein Liczba, polaca, que es la guarda del
almacén, y Frau Mayer, que es la secretaria. Tienen la piel suave y
rosada, bonitos vestidos de colores, limpios y calientes, los cabellos
rubios, largos y bien peinados; hablan con mucha gracia y compostura y
en lugar de tener el laboratorio ordenado y limpio, como deberían, fuman
en los rincones, comen a ojos vistas rebanadas de pan con mermelada, se
liman las uñas, rompen muchos tubos de ensayo y después tratan de
echarnos la culpa a nosotros; cuando barren, nos barren los pies. No
hablan con nosotros, y arrugan la nariz cuando nos ven arrastrarnos por
el laboratorio, escuálidos y sucios, inadaptados y tambaleantes en los
zuecos. Una vez le he pedido una información a Fräulein Liczba y no me
ha contestado, sino que se ha vuelto rápidamente a Stawinoga con cara de
fastidio y le ha hablado rápidamente. No he entendido la frase; pero
«Stinkjude» lo he entendido claramente, y se me han encogido las tripas.
Stawinoga me ha dicho que, para todas las cuestiones de trabajo, nos
debemos dirigir a él directamente.
Estás chicas cantan, como cantan todas las chicas de todos los
laboratorios del mundo, y esto nos hace profundamente desgraciados.
Conversan entre sí, hablan del racionamiento, de sus novios, de sus
casas, de las próximas fiestas...
–¿Vas el domingo a casa? Yo no: ¡es tan incómodo viajar!
–Yo iré en Navidad. Sólo dos semanas, y ya será Navidad: no parece
verdad, ¡este año se ha pasado tan pronto!
... Este año se ha pasado pronto. El año pasado a esta hora yo era un
hombre libre: fuera de la ley pero libre, tenía un nombre y una familia,
tenía una mente ávida e inquieta y un cuerpo ágil y sano. Pensaba en
muchas cosas lejanísimas: en mi trabajo, en el final de la guerra, en el
bien y en el mal, en Ia naturaleza de las cosas y en las leyes que
gobiernan la conducta humana; y además en las montañas, en cantar, en el
amor, en la música, en la poesía. Tenía una enorme, arraigada, estúpida
fe en la benevolencia del destino, y matar y morir me parecían cosas
extrañas y literarias. Mis días eran alegres y tristes, pero todos los
añoraba, todos eran densos y positivos; el porvenir estaba delante de mí
como un gran tesoro. De mi vida de entonces no me queda hoy más que lo
necesario para sufrir el hambre y el frío; no estoy ya lo
suficientemente vivo para poder suprimirme.
Si hablase alemán mejor, podría tratar de explicarle todo esto a Frau
Mayer; pero seguro que no lo entendería, o si fuese tan inteligente o
tan buena como para entender, no podría soportar estar junto a mí, y
huiría como se huye al contacto de un enfermo incurable o de un
condenado a muerte.
O quizás me regalaría un bono de medio litro de potaje civil.
Este año se ha pasado pronto.
EL ÚLTIMO
Ya está cerca la Navidad. Alberto y yo caminamos hombro con hombro en la
larga fila gris echados hacia delante para aguantar mejor el viento. Es
de noche y nieva; no es fácil tenerse en pie, y más difícil todavía es
guardar el paso y la formación: de vez en cuando, uno de los que van
delante tropieza y rueda por el barro negro, hay que estar atento para
evitarlo y para recobrar nuestro puesto en la fila.
Desde que estoy en el Laboratorio Alberto y yo trabajamos separados y,
en la marcha de regreso, tenemos siempre muchas cosas que contarnos. Por
lo general no se trata de cosas muy elevadas: del trabajo, de los
compañeros, del pan, del frío; pero desde hace una semana hay algo
nuevo: Lorenzo nos trae todas las tardes tres o cuatro litros de potaje
de los trabajadores civiles italianos. Para resolver el problema del
transporte hemos debido procurarnos lo que se llama una menaschka, es
decir, una escudilla fuera de serie de chapa de cinc, más parecida a un
cubo que a una escudilla. Silberlust, el hojalatero, nos la ha hecho con
dos trozos de canalón a cambio de tres raciones de pan: es un espléndido
recipiente, sólido y capaz, con el característico aspecto de un
utensilio del neolítico.
En todo el campo sólo algún griego posee una menaschka más grande que la
nuestra. Esto, además de las ventajas materiales, ha acarreado una
sensible mejora de nuestra condición social. Una menaschka como la
nuestra es un título de nobleza, es un blasón heráldico: Henri se está
haciendo amigo nuestro y habla con nosotros de igual a igual; L. ha
adoptado un tono paternal y condescendiente; en cuanto a Elías, está
constantemente encima de nosotros, y mientras por una parte nos espía
con tenacidad para descubrir el secreto de nuestra organisacja, por la
otra nos abruma con incomprensibles declaraciones de solidaridad y de
afecto y nos atruena con una letanía de portentosas obscenidades y
blasfemias italianas y francesas que ha aprendido quién sabe dónde y con
las que se ve claramente que cree honrarnos.
En cuanto al aspecto moral del nuevo estado de cosas, Alberto y yo hemos
debido convenir en que no hay de qué estar orgullosos; ¡pero es tan
fácil hallar justificaciones! Por otra parte, el mismo hecho de tener
cosas nuevas de las que hablar, no es una ventaja despreciable.
Hablamos de nuestro proyecto de comprarnos una segunda menaschka para
alternarla con la primera, de modo que nos baste con una sola expedición
al día al rincón remoto del taller donde trabaja ahora Lorenzo. Hablamos
de Lorenzo y de la manera de pagarle; después, si volvemos, sí, claro es
que haremos cuanto podamos por él; pero ¿de qué sirve hablar ahora de
esto? Tanto él como nosotros sabemos muy bien que es difícil que
volvamos. Habría que hacer algo ya; podríamos probar a hacer que le
arreglasen los zapatos en la zapatería de nuestro Lager, donde las
reparaciones son gratuitas (parece una paradoja, pero, oficialmente, en
los campos de aniquilación todo es gratuito). Alberto lo intentará: es
amigo del zapatero jefe, quizás baste un litro de potaje.
Hablamos de tres novísimas empresas nuestras, y estamos de acuerdo en
deplorar que evidentes razones de secreto profesional desaconsejen
ponerlas en circulación: qué lástima, nuestro prestigio personal ganaría
mucho.
De la primera, la paternidad es mía. He sabido que el Blockältester del
44 anda escaso de escobas, y he robado una en el taller: y hasta aquí,
nada hay de extraordinario. La dificultad era la de contrabandear la
escoba en el Lager durante la marcha de vuelta, y la he resuelto de una
manera que me parece inédita, desmembrando el cuerpo del delito en
barredera y mango, cortando este último en dos piezas, llevando al campo
los diferentes artículos por separado (los dos tacones de mango atados a
los muslos, debajo de los pantalones) y reconstruyendo el utensilio en
el Lager, para lo que he tenido que encontrar un trozo de chapa,
martillo y clavos para soldar los dos palos. El trabajo sólo ha
requerido cuatro días.
Contrariamente a cuanto me temía, el comprador no ha devaluado mi
escoba, sino que se la ha enseñado como una curiosidad a varios de sus
amigos, los cuales me han encargado otras dos escobas «del mismo
modelo».
Pero Alberto tiene algo muy distinto en preparación. En primer lugar, ha
puesto a punto la «operación lima», y la ha realizado ya con éxito un
par de veces. Alberto se presenta en el almacén de herramientas, pide
una lima y la escoge más bien grande. El almacenero escribe «una lima»
junto a su número de matrícula, y Alberto se va. Se va derecho a un
civil de confianza (un triestino que es todo un señor truhán, que sabe
más que el diablo y ayuda a Alberto más por amor al arte que por interés
o filantropía), el cual no tiene dificultad en cambiar en el mercado
libre la lima grande por dos pequeñas de valor igual o menor. Alberto
devuelve «una lima» al almacén y vende la otra.
Y, en fin, ha coronado en estos días su obra maestra, una combinación
audaz, nueva y de singular elegancia. Es preciso saber que desde hace
unas semanas a Alberto le ha sido confiada una misión especial: por la
mañana, en el taller, le es entregado un cubo con pinzas,
destornilladores y unos cientos de tarjetas de celuloide de distintos
colores, las cuales debe montar mediante pinzas a propósito para
distinguir las numerosas y largas tuberías de agua fría y caliente,
vapor, aire comprimido, gas, nafta, vacío, etcétera, que recorren en
todos los sentidos la Sección de Polimerización. También hay que saber
(y parece que no tiene nada que ver, pero ¿no consiste quizás el ingenio
en encontrar o crear relaciones entre órdenes de ideas aparentemente
extrañas?) que para todos nosotros, los Häftlinge, la ducha es un asunto
bastante desagradable por muchas razones (el agua es escasa y fría, o
está hirviendo, no hay vestuario, no tenemos toallas, no tenemos jabón,
y durante la forzada ausencia es fácil ser robado). Como la ducha es
obligatoria, los Blockältester necesitan de un sistema de control que
permita aplicar sanciones a quien se sustrae: por lo común, uno de
confianza del Blockältester se instala junto a la puerta y toca, como
Polifemo, a quien sale para ver si está mojado; quien lo está, recibe
una contraseña, el que está seco recibe cinco vergajazos. Sólo mediante
la presentación de la contraseña se puede obtener el pan a la mañana
siguiente.
La atención de Alberto se ha dirigido a las contraseñas. Por lo general,
no son otra cosa que míseros pedazos de papel, que se devuelven húmedos,
despedazados e irreconocibles. Alberto conoce a los alemanes, y los
Blockältester son todos alemanes o de escuela alemana: les gusta el
orden, el sistema, la burocracia; además, aunque son groseros, sueltos
de mano e iracundos, tienen un amor infantil por los objetos relucientes
y variopintos.
Así expuesto el tema, he aquí su brillante desarrollo. Alberto ha
sustraído sistemáticamente una serie de tarjetitas del mismo color; de
cada una ha recortado tres fichas redondas (el instrumento necesario, un
sacabocados, lo he «organizado» yo en el laboratorio): cuando ha tenido
listas doscientas fichas, suficientes para un Block, se ha presentado al
Blockältester y le ha ofrecido la Spezialität por la disparatada
cantidad de diez raciones de pan en consignación gradual. El cliente ha
aceptado con entusiasmo, y ahora dispone Alberto de un portentoso
artículo de moda que ofrecer con garantía de éxito en todas las
barracas, un color por barraca (ningún Blockältester querrá pasar por
tacaño o misoneísta) y, lo que es más importante, no tiene que temer a
la competencia porque sólo él tiene acceso a la materia prima. ¿No está
bien estudiado?
De estas cosas hablamos, tropezando de un charco a otro, entre la
negrura del cielo y el fango del camino. Hablamos y caminamos. Yo llevo
las dos escudillas vacías, Alberto el peso de la menaschka
agradablemente llena. Una vez más la música de la banda, la ceremonia
del Mützen ab, fuera las gorras, de golpe, ante la SS; una vez más
Arbeit Macht Frei y el anuncio del Kapo: Kommando 98, zwei und sechzig
Häftlinge, Stürke stimmt (sesenta y dos prisioneros, la cuenta cuadra).
Pero la columna se ha roto, nos hacen marchar hasta la plaza de la
Lista. ¿Pasarán lista? No la pasan. Hemos visto la luz cruda del faro, y
el perfil bien conocido de la horca.
Durante más de una hora las escuadras han estado llegando, con el
pataleo duro de las suelas de madera sobre la nieve helada. Una vez que
todos los Kommandos han vuelto, la banda se ha parado de golpe, y una
ronca voz alemana ha impuesto silencio. De la improvisada quietud se ha
levantado otra voz alemana, y en el aire oscuro y enemigo ha hablado
durante mucho tiempo coléricamente. En fin, el condenado ha sido metido
en el haz de luz del faro.
Todo este aparato, y este encarnizado ceremonial, no son nuevos para
nosotros. Desde que estoy en el campo he tenido que asistir a trece
ahorcamientos públicos; pero las otras veces se trataba de delitos
comunes, hurtos en la cocina, sabotajes, tentativas de fuga. Hoy se
trata de otra cosa.
El mes pasado, uno de los crematorios de Birkenau ha sido hecho saltar
por los aires. Ninguno de nosotros sabe (y tal vez no lo sepa nunca)
cómo ha sido exactamente realizada la empresa: se habla del
Sonderkommando del Kommando Especial adscrito a las cámaras de gas y a
los hornos, el cual viene siendo periódicamente exterminado, y que es
mantenido escrupulosamente segregado del resto del campo. Lo que es
cierto es que en Birkenau un centenar de hombres, de esclavos inermes y
débiles como nosotros, han sacado de sí mismos la fuerza necesaria para
actuar, para madurar los frutos de su odio.
El hombre que va a morir hoy entre nosotros ha tomado parte de algún
modo en la revuelta. Se dice que mantenía relaciones con los insurrectos
de Birkenau, que ha llevado armas de nuestro campo, que estaba tramando
un amotinamiento simultáneo también entre nosotros. Morirá hoy bajo
nuestras miradas: y quizás los alemanes no comprendan que la muerte
solitaria, la muerte de hombre que le ha sido reservada, le servirá de
gloria y no de infamia.
Cuando terminó el discurso del alemán, que nadie pudo entender, de nuevo
se elevó la primera voz ronca: Habt ihr verstanden? (¿Lo habéis
entendido?)
¿Quién respondió, Jawohl? Todos y ninguno: fue como si nuestra maldita
resignación tomase cuerpo de por sí, se hiciese voz colectivamente por
encima de nuestras cabezas. Pero todos oyeron el grito del moribundo,
éste traspasó las gruesas y antiguas barreras de inercia y de sumisión,
golpeó el centro vivo del hombre en cada uno de nosotros:
–Kamaraden, ich bin der Letze! (i Compañeros, yo soy el último!)
Me gustaría poder contar que entre nosotros, rebaño abyecto, se hubiese
levantado una voz, un murmullo, un signo de asentimiento. Pero no
sucedió nada. Hemos continuado en pie, encorvados y grises, con la
cabeza inclinada, y no nos hemos descubierto la cabeza más que cuando el
alemán nos lo ha ordenado. El escotillón se ha abierto, el cuerpo se ha
deslizado atrozmente; la banda ha vuelto a tocar, y nosotros, de nuevo
formados en columna, hemos desfilado ante los últimos temblores del
moribundo.
Al pie de la horca, los SS nos veían pasar con miradas indiferentes: su
obra estaba realizada y bien realizada. Los rusos pueden venir ya: ya no
quedan hombres fuertes entre nosotros, el último pende ahora sobre
nuestras cabezas, y para los demás, pocos cabestros han bastado. Pueden
venir los rusos: no nos encontrarán más que a los domados, a nosotros
los acabados, dignos ahora de la muerte inerme que nos espera.
Destruir al hombre es difícil, casi tanto corno crearlo: no ha sido
fácil, no ha sido breve, pero lo habéis conseguido, alemanes. Henos aquí
dóciles bajo vuestras miradas: de nuestra parte nada tenéis que temer:
ni actos de rebeldía, ni palabras de desafío, ni siquiera una mirada que
juzgue.
Alberto y yo hemos vuelto a la barraca y no hemos podido mirarnos a la
cara. Aquel hombre debía de ser duro, debía de ser de un metal distinto
del nuestro, si esta condición por la que nosotros hemos sido
destrozados no ha podido plegarlo.
Porque también nosotros estamos destrozados, vencidos: aunque hayamos
sabido adaptarnos, aunque hayamos, al fin, aprendido a encontrar nuestra
comida y a resistir el cansancio y el frío, aunque regresemos.
Hemos puesto la menaschka en la litera, hemos hecho el reparto, hemos
satisfecho la rabia cotidiana del hambre, y ahora nos oprime la
vergüenza.
HISTORIA DE DIEZ DÍAS
Desde hacía ya muchos meses se sentía a intervalos el retumbar de los
cañones rusos cuando, el 11 de enero de 1945, enfermé de escarlatina y
fui de nuevo hospitalizado en el Ka–Be. InfektionsabteiIurng: es decir,
en un cuartito, a decir verdad bastante limpio, con diez literas en dos
pisos; un armario; tres banquetas y la silleta con el cubo para las
necesidades corporales. Todo en tres metros por cinco.
A las literas de arriba era desagradable subir, pues no había escalera;
por eso, cuando un enfermo se agravaba era transferido a las literas de
abajo.
Cuando yo entré fui el decimotercero: de los otros doce, cuatro tenían
escarlatina, dos franceses «políticos» y dos muchachos judíos húngaros;
había tres con difteria, dos con tifus y uno con una repugnante
erisipela facial. Los otros dos padecían de más de una enfermedad y
estaban increíblemente echados a perder.
Yo tenía mucha fiebre. "Tuve la suerte de tener una litera entera para
mí; me acosté con sensación de alivio, sabía que tenía derecho a
cuarenta días de aislamiento y, en consecuencia, de reposo, y me
consideraba lo bastante bien conservado para no temer las consecuencias
de la escarlatina, por una parte, ni las selecciones, por otra.
Gracias a mi ya larga experiencia de las cosas del campo, había
conseguido llevarme mis pertenencias personales; un cinto de cables
eléctricos trenzados; la cuchara–cuchillo; una aguja con tres hebras de
hilo; cinco botones y, en fin, dieciocho piedras de eslabón que había
robado en el Laboratorio. De cada una podían sacarse, afinándola
pacientemente con el cuchillo, tres piedrecitas más pequeñas del tamaño
adecuado para un encendedor normal de cigarrillos. Habían sido tasadas
en seis o siete raciones de pan.
Pasé cuatro días tranquilos. Afuera nevaba y hacía mucho frío, pero la
barraca estaba caliente. Recibía grandes dosis de sulfamidas, sufría
unas náuseas muy fuertes y me costaba trabajo comer; no tenía ganas de
trabar conversación.
Los dos franceses con escarlatina eran simpáticos. Eran dos provincianos
de los Vosgos, ingresados en el campo pocos días antes con una gran
expedición de civiles rastreados por los alemanes que se retiraban de la
Lorena. El mayor, su compañero de litera, se llamaba Charles, era
maestro de escuela y tenía treinta y dos años; en lugar de camisa, le
había tocado una camiseta de verano cómicamente corta.
El quinto día vino el barbero. Era un griego de Salónica; sólo hablaba
el bonito español de su gente, pero entendía algunas palabras de todas
las lenguas que se hablaban en el campo. Se llamaba Askenazi y estaba en
el campo desde hacía casi tres años; no se cómo había podido conseguir
el cargo de Frisör del Ka–Be: no hablaba alemán ni polaco y no era
demasiado brutal. Antes de que entrase, le había oído hablar con
excitación en el pasillo durante un buen rato con el médico, que era
compatriota suyo. Me pareció que tenía una expresión insólita, pero como
la mímica de los levantinos no se corresponde con la nuestra, no
comprendía si estaba asustado, contento o emocionado. Me conocía, o por
lo menos sabía que yo era italiano.
Cuando llegó mi turno me bajé trabajosamente de la litera. Le pregunté
en italiano si había algo de nuevo: interrumpió el afeitado, guiñó los
ojos de manera solemne y alusiva, apuntó a la ventana con la barbilla,
después hizo con la mano un gesto amplio hacia poniente:
–Morgen, alle Kamarad weg,
Me miró un momento con los ojos muy abiertos, como a la espera de mi
estupor, y añadió:
–Todos todos –y reanudó su trabajo. Sabía lo de mis piedrecitas, por eso
me afeitó con cierta delicadeza.
La noticia no provocó en mí ninguna emoción directa. Desde hacía muchos
meses ya no conocía el dolor, la alegría, el temor, sino de ese modo
despegado y lejano que es característico del Lager y que se podría
llamar condicional: si tuviese ahora –pensaba– mi sensibilidad de antes,
éste sería un momento en extremo emocionante.
Tenía las ideas perfectamente claras; desde hacía mucho tiempo Alberto y
yo habíamos previsto los peligros que acompañarían al momento de la
evacuación del campo y de la liberación. Además, la noticia dada por
Askenazi no era más que la confirmación de un rumor que circulaba desde
hacía varios días: que los rusos estaban en Czenstochowa, a cien
kilómetros al norte; que estaban en Zakopane, a cien kilómetros al sur;
que, en la Buna, los alemanes preparaban ya las minas de sabotaje.
Miré uno por uno a los rostros de mis compañeros de habitación: estaba
claro que no se me ocurría hablar con ninguno de ellos. Me habrían
contestado: «¿Y qué?». Y todo habría terminado allí. Los franceses eran
diferentes, todavía estaban frescos.
–¿Sabéis? –les dije–: Mañana se evacua el campo.
Me agobiaron a preguntas:
–¿Hacia dónde? ¿A pie?, ¿... y también los enfermos?, ¿los que no pueden
andar?
Sabían que era un prisionero veterano y que entendía el alemán: deducían
de ello que también sabía sobre el asunto mucho más de lo que quería
admitir.
No sabía nada más: lo dije, pero ellos siguieron preguntando. Qué
fastidio. Pero, claro, estaban en el Lager desde hacía unas semanas,
todavía no habían aprendido que en el Lager no se hacen preguntas.
Por la tarde vino el médico griego. Dijo que, también de entre los
enfermos, todos los que podían andar serían provistos de zapatos y de
ropa y saldrían al día siguiente, con los sanos, para una marcha de
veinte kilómetros. Los otros se quedarían en el Ka–Be, con personal de
asistencia escogido entre los enfermos menos graves.
El médico estaba insólitamente alegre, parecía borracho. Lo conocía, era
un hombre culto, inteligente, egoísta y calculador. Dijo también que
todos sin distinción recibirían triple ración de pan, de lo que los
enfermos se alegraron visiblemente. Le hicimos algunas preguntas sobre
lo que iba a ser de nosotros. Contestó que probablemente los alemanes
nos abandonarían a nuestro destino: no, no creía que nos matasen. No
ponía mucho empeño en ocultar que pensaba lo contrario, su misma alegría
era significativa.
Ya estaba equipado para la marcha; apenas hubo salido los dos muchachos
húngaros empezaron a hablar excitados entre sí. Se encontraban en
convalecencia avanzada, pero muy desmejorados. Se entendía que tenían
miedo de quedarse con los enfermos, deliberaban sobre la posibilidad de
partir con los sanos. No se trataba de un razonamiento: es probable que
también yo, si no me hubiese sentido tan débil, hubiese seguido el
instinto del rebaño; el terror es muy contagioso y el individuo
aterrorizado, en lo primero que piensa es en la fuga.
Fuera de la barraca se oía el campo en insólita agitación. Uno de los
dos húngaros se levantó, salió y volvió al cabo de media hora cargado de
trapos asquerosos. Debía de haberlos robado en el almacén de los efectos
destinados a la desinfección. Su compañero y él se vistieron
febrilmente, endosándose un trapo encima de otro. Se veía que tenían
prisa por ver el hecho consumado antes de que el mismo miedo los hiciese
retroceder. Era insensato pensar aunque sólo fuera en una hora de
camino, tan débiles como estaban, y además por la nieve, y con aquellos
zapatos rotos encontrados en el último momento.Traté de explicárselo,
pero me miraron sin responder. Tenían ojos de bestias asustadas.
Sólo durante un momento se me pasó por la cabeza que también podían
tener razón. Salieron con dificultad por la ventana, los vi, mamarrachos
informes, tambalearse fuera, en la noche. No han vuelto; he sabido mucho
después que, no pudiendo continuar, fueron abatidos por los SS pocas
horas después de haber empezado la marcha.
También yo necesitaba un par de zapatos: estaba claro. Pero necesité una
hora para vencer las náuseas, la fiebre y la inercia. Encontré un par en
el pasillo (los sanos habían saqueado el depósito de los zapatos de los
hospitalizados y habían cogido los mejores: los más deteriorados,
agujereados y desparejados andaban por todos los rincones). Allí mismo
me encontré con Kosman, un alsaciano. De civil, era corresponsal de la
Reuter en Clermont–Ferrand: también estaba excitado y eufórico. Dijo:
–Si por casualidad vuelves antes que yo, escríbele al alcalde de Metz
que estoy a punto de volver.
Se sabía que Kosman tenía conocidos entre los prominentes, por eso su
optimismo me pareció un buen indicio y lo utilicé para justificar mi
inercia ante mí mismo. Escondí los zapatos y me volví a la cama.
Bien entrada la noche vino otra vez el médico griego, con un saco a la
espalda y un pasamontañas. Echó en mi litera una novela francesa:
–Ten, lee, italiano. Me la devolverás cuando volvamos a vernos.
Todavía lo odio por esta frase. Sabía que nosotros estábamos condenados.
Y vino al fin Alberto, desafiando la prohibición, a decirme adiós por la
ventana. Era mi inseparable: nosotros éramos «los dos italianos» y las
más de las veces los compañeros extranjeros confundían nuestros nombres.
Desde hacía seis meses compartíamos la litera y cada gramo de comida
«organizada» extrarración; pero él había tenido escarlatina de pequeño y
yo no había podido contagiarlo. Por eso, él partió y yo me quedé. Nos
despedimos, no hacían falta muchas palabras, ya nos lo habíamos dicho
todo infinitas veces. No creíamos que estaríamos separados durante mucho
tiempo. Había encontrado unos zapatos gruesos de piel en discreto estado
de conservación: era uno de los que encuentran en seguida todo lo que
necesitan.
También él estaba alegre y confiado, como todos los que se iban. Era
comprensible: estaba a punto de suceder algo grande y nuevo: se sentía
por fin alrededor una fuerza que no era la de Alemania, se sentía
materialmente derrumbarse todo nuestro maldito mundo. O por lo menos,
esto era lo que sentían los sanos que por muy cansados y hambrientos que
estuviesen, tenían la posibilidad de moverse; pero es indiscutible que
quien está demasiado débil, o desnudo, o descalzo, piensa y siente de
otra manera, y lo que se adueñaba de nuestras mentes era la sensación de
estar totalmente inermes y en manos de la suerte.
Todos los sanos (quitado algún bien aconsejado que en el último instante
se desnudó y se echó en cualquier litera de la enfermería) partieron
duran te la noche del 18 de enero de 1945. Debían de ser cerca de veinte
mil, procedentes de varios campos. En su casi totalidad, desaparecieron
durante la marcha de evacuación: Alberto entre ellos. Quizás alguien
escriba un día su historia.
Nosotros nos quedamos, pues, en nuestras yacijas, solos con nuestras
enfermedades y con nuestra inercia más fuerte que el miedo.
En todo el Ka–Be éramos quizás ochocientos. En nuestra habitación nos
habíamos quedado once, cada uno en una litera, salvo Charles y Arthur
que dormían juntos. Extinguido el ritmo de la gran máquina del Lager,
empezaron para nosotros diez días fuera del mundo y del tiempo.
18 de enero. Durante la noche de la evacuación las cocinas del campo
todavía habían funcionado, y a la mañana siguiente se distribuyó en la
enfermería el potaje por última vez. La instalación de la calefacción
central había sido abandonada; en las barracas quedaba todavía un poco
de calor, pero a cada hora que pasaba la temperatura iba bajando, y se
comprendía que muy pronto íbamos a tener frío. Fuera debían de estar por
lo menos a 20 grados bajo cero; la mayor parte de los enfermos no tenía
más que la camisa, y algunos ni eso.
Nadie sabía en qué situación estábamos. Algunos de lo SS se habían
quedado; algunas torres de guardia estaban todavía ocupadas.
Hacia mediodía un sargento de la SS hizo la inspección de las barracas.
Nombró en cada una a un jefe de barraca, escogiéndolo de entre los no
judíos, y dispuso que fuese inmediatamente hecha una lista de enfermos
en la que se distinguiese a los judíos de los no judíos. La cosa parecía
clara. Nadie se asombró de que hasta el final los alemanes conservasen
su amor nacional por las clasificaciones, y ningún judío pensó ya
seriamente en vivir hasta el día siguiente.
Los dos franceses no habían entendido v estaban muy asustados. Les
traduje de mala gana lo que había dicho el SS; me parecía irritante que
tuviesen miedo: no tenían todavía un mes de Lager, todavía casi no
tenían hambre, ni siquiera eran judíos, y tenían miedo.
Se hizo otro reparto de pan. Por la tarde empecé a leer el libro dejado
por el médico: era muy interesante y lo recuerdo con extraña precisión.
Hice también una visita al departamento de al lado, en busca de mantas:
de allí muchos enfermos habían sido evacuados, sus mantas habían quedado
libres. Me llevé algunas bastante calientes.
Cuando
supo que venían de la Sección de Disentería, Arthur arrugó la nariz:
–Y–avait point besoin de le dire. –En efecto estaban manchadas. Yo
pensaba que de todas maneras, dado lo que nos esperaba, sería mejor
dormir bien arropados.
Se hizo pronto de noche pero todavía funcionaba la luz eléctrica. Vimos
con tranquilo espanto que en la esquina de la barraca había un SS
armado. Yo no tenía ganas de hablar y no sentía temor sino de la manera
exterior y condicional que ya he dicho. Seguí leyendo hasta bastante
tarde.
No había reloj, pero debían de ser las doce cuando se apagaron todas las
luces, incluso las de los reflectores de las torres de guardia. Se veían
a lo lejos los haces de luz de los fotoeléctricos. Floreció en el cielo
un racimo de luces intensas que se mantuvieron inmóviles iluminando
crudamente el terreno. Se oía el trepidar de los aparatos.
Luego empezó el bombardeo. No era nada nuevo, me bajé de la litera,
enfilé los pies desnudos en los zapatos y esperé.
Parecía lejano, quizás encima de Auschwitz.
Pero he aquí una explosión cercana y, antes de poder formular un
pensamiento, una segunda y una tercera de las que rompen los oídos. Se
oyó un estrépito de cristales rotos, la barraca oscilo, cayó al suelo la
cuchara que tenía clavada en un encastre de la pared de madera.
Luego pareció que había terminado. Cagnolati, un joven campesino,
también de los Vosgos, no debía de haber visto nunca una incursión: se
había tirado desnudo de la cama, se había agazapado en un rincón y
chillaba.
Después de unos minutos fue evidente que el campo había sido alcanzado.
Dos barracones ardían violentamente, otros dos habían sido pulverizados,
pero todos eran barracones vacíos. Llegaron decenas de enfermos,
desnudos y miserables, de un barracón amenazado por el fuego: pedían
asilo. Imposible acogerlos. Insistieron, suplicando y amenazando en
muchas lenguas: tuvimos que atrancar la puerta. Se arrastraron hacia
otro sitio, iluminados por las llamas, descalzos sobre la nieve en
fusión. A muchos les colgaban por detrás los vendajes deshechos. Para
nuestro barracón no parecía que hubiese peligro, a no ser que cambiase
el viento.
Los alemanes ya no estaban allí. Las torres estaban vacías.
Hoy pienso que, sólo por el hecho de haber existido un Auschwitz, nadie
debería hablar en nuestros días de Providencia: pero lo cierto es que,
en aquel momento, el recuerdo de los salvamentos bíblicos en las
adversidades extremas pasó como un viento por todos los ánimos.
No se podía dormir; se había roto un cristal y hacía mucho frío. Pensaba
que teníamos que buscar una estufa para instalarla, y procurarnos
carbón, leña y víveres. Sabía que todo esto era necesario, pero sin
ayuda nunca habría podido hacerlo. Hablé de ello con los dos franceses.
19 de enero. Los franceses estuvieron de acuerdo. Nos levantamos al
alba, nosotros tres. Me sentía enfermo e inerme, tenía frío y miedo.
Los demás enfermos nos miraron con curiosidad recelosa: ¿no sabíamos que
a los enfermos les estaba prohibido salir del Ka–Be? ¿Y si todavía no se
habían ido todos los alemanes? Pero no dijeron nada, estaban contentos
de que alguien fuese a hacer la prueba.
Los franceses no tenían ninguna idea de la topografía del Lager, pero
Charles era valiente y robusto, y Arturo era sagaz y tenía un excelente
sentido práctico de campesino. Salimos al viento de un gélido día de
niebla, mal envueltos en mantas.
Lo que vimos no se parecía a nada que yo haya visto nunca ni oído
describir.
El Lager, apenas muerto, ya estaba descompuesto. Ni agua ni
electricidad: las ventanas y puertas desbaratadas eran batidas por el
viento, chirriaban las chapas desajustadas de los tejados y las cenizas
del incendio volaban alto y lejos. A la obra de las bombas se juntaba la
obra de los hombres: andrajosos, deshechos, esqueléticos, los enfermos
en condiciones de moverse se arrastraban por todas partes como una
invasión de gusanos, sobre la tierra endurecida por el hielo. Habían
revuelto todas las barracas vacías en busca de alimentos y de leña;
habían violado con furia insensata las habitaciones de los odiados
Blockältester, grotescamente adornadas, cerradas hasta el día anterior a
los vulgares Häftlinge; como no eran los dueños de sus vísceras, se
habían ensuciado en todas partes, contagiando la preciosa nieve, única
fuente de agua para todo el campo.
En torno a las ruinas humeantes de las barracas quemadas, los grupos de
enfermos estaban acostados en el suelo para absorber su último calor.
Otros habían encontrado patatas en cualquier parte y las asaban en las
brasas del incendio, mirando en torno con ojos feroces. Pocos habían
tenido fuerzas para encender un verdadero fuego, y hacían fundir la
nieve en recipientes de ocasión.
Nos dirigimos a las cocinas lo más de prisa que pudimos, pero casi se
habían terminado las patatas. Llenamos dos sacos de ellas y confiamos su
custodia a Arthur. Entre los escombros del Prominenzblock, Charles y yo
encontramos por fin todo lo que buscábamos: una pesada estufa de hierro
colado, con tubos todavía utilizables; Charles acudió con una carretilla
y la cargamos; después me dejó a mí el encargo de llevarla a la barraca
y se fue corriendo a los sacos. Allí encontró a Arthur desfallecido de
frío; Charles cargó con los dos sacos y los puso a salvo, y luego se
ocupó del amigo.
Mientras tanto yo, sosteniéndome a duras penas, trataba de manejar lo
mejor que podía la pesada carretilla. Se oyó el ruido de un motor, y un
SS en motocicleta entró en el campo. Como siempre, cuando veíamos sus
rostros duros, me sentí presa del terror y del odio. Era demasiado tarde
para desaparecer, y no quería abandonar la estufa. El reglamento del
Lager prescribía ponerse firme y descubrirse la cabeza. Yo no tenía
gorra y me hallaba embarazado por la manta. Me alejé unos pasos de la
carretilla e hice una especie de torpe inclinación. El alemán siguió
adelante sin verme, dio la vuelta junto a un barracón y se fue. Más
tarde supe qué peligro había corrido.
Llegué por fin a la puerta de nuestra barraca y dejé la estufa a cargo
de Charles. El esfuerzo me había dejado sin aliento, veía bailar ante mí
unas manchas negras.
Se trataba de ponerla a funcionar. Los tres teníamos las manos
paralizadas y el metal gélido se pegaba a la piel de los dedos, pero era
urgente que la estufa funcionase para calentarnos y para hervir las
patatas. Habíamos encontrado leña y carbón, y también brasas procedentes
de las barracas quemadas.
Cuando quedó reparada la ventana desvencijada y la estufa empezó a
calentar, pareció como si algo se ensanchase en cada uno de nosotros, y
fue entonces cuando Towarowski (un franco–polaco de veintitrés años, con
tifus) propuso a los otros enfermos que cada uno de ellos nos diese una
rebanada de pan a los tres que trabajábamos, y su proposición fue
aceptada.
Sólo un día antes un acontecimiento semejante habría sido inconcebible.
La ley del Lager decía: «Come tu pan y, si puedes, el de tu vecino», y
no dejaba lugar a la gratitud. Quería decir que el Lager había muerto.
Fue aquél el primer gesto humano que se produjo entre nosotros. Creo que
se podría fijar en aquel momento el principio del proceso mediante el
cual, nosotros, los que no estábamos muertos, de Häftlinge empezamos
lentamente a volver a ser hombres.
Arthur se había recobrado bastante, pero en adelante evitó siempre coger
frío; se encargó del mantenimiento de la estufa, de la cocción de las
patatas, de la limpieza de la habitación y del cuidado de los enfermos.
Charles y yo nos repartimos los diferentes servicios del exterior.
Todavía quedaba una hora de luz: una salida nos rindió medio litro de
alcohol y un tarro de levadura de cerveza, tirado en la nieve por no
sabíamos quién; hicimos un reparto de patatas cocidas y de una cucharada
de levadura por cabeza. Pensaba vagamente que podría ser útil contra la
avitaminosis.
Se hizo la oscuridad; de todo el campo, la nuestra era la única
habitación provista de estufa, de lo que nos sentíamos muy orgullosos.
Muchos enfermos de otras secciones se amontonaban a la puerta, pero la
estatura de Charles los mantenía a raya. Ninguno, ni nosotros ni ellos,
pensaba que la promiscuidad inevitable con nuestros enfermos hacía
peligrosísima la permanencia en nuestro cuarto, y que enfermar de
difteria en aquellas condiciones era más seguramente mortal que tirarse
desde un tercer piso.
Yo mismo, que era consciente de ello, no me paraba demasiado a pensarlo:
desde hacía demasiado tiempo me había acostumbrado a pensar en la muerte
por enfermedad como en un evento posible, y en tal caso inevitable y, en
consecuencia, fuera del alcance de cualquier medida tomada por nosotros.
Y ni siquiera se me pasaba por la cabeza que habría podido establecerme
en otro cuarto, en otra barraca con menos peligro de contagio; aquí
estaba la estufa, obra nuestra, que difundía una maravillosa tibieza; y
aquí tenía una cama; y, en fin, ahora nos unía un lazo, a nosotros, los
once enfermos de la Infektionsabteilung.
Se oía de tarde en tarde un fragor cercano y lejano de artillería y, a
intervalos, una crepitación de fusiles automáticos. En la oscuridad,
rota únicamente por el enrojecimiento de las brasas, Charles, Arthur y
yo estábamos sentados fumando cigarrillos de hierbas aromáticas
encontradas en la cocina y hablando de muchas cosas pasadas y futuras.
En medio de la inmensa llanura llena de hielo y de guerra, nos sentíamos
en paz con nosotros y con el mundo. Estábamos deshechos de cansancio
pero nos parecía, después de tanto tiempo, haber hecho por fin algo
útil; quizás como Dios tras el primer día de la creación.
20 de enero. Llegó el alba y yo estaba de turno para encender la estufa.
Además de la debilidad, el dolor de las articulaciones me recordaba a
cada instante que mi escarlatina estaba lejos de haber desaparecido. El
pensamiento de tener que zambullirme en el aire helado en busca de fuego
por las otras barracas me hacía temblar de espanto.
Me acordé de las piedras de mechero; empapé en alcohol una hojita de
papel y, con paciencia, saqué de una piedra un montoncito de polvo
negro, después empecé a rascar con más fuerza la piedra con el cuchillo.
Y, tras haber arrancado unas chispas, el montoncito se incendió y del
papel se levantó una llamita pálida de alcohol.
Arthur bajó entusiasmado de la litera y calentó tres patatas por cabeza
de entre las hervidas el día anterior; después de lo cual, hambrientos y
tiritando, Charles y yo partimos de nuevo a explorar el campo en ruinas.
Nos quedaban víveres (es decir, patatas) sólo para dos días; para el
agua, estábamos reducidos a fundir la nieve, operación penosa debido a
la falta de recipientes grandes, de la que se obtenía un líquido
negruzco y turbio que teníamos que filtrar. El campo estaba en silencio.
Otros espectros hambrientos deambulaban explorando como nosotros: barbas
ya largas, ojos hundidos, miembros esqueléticos y amarillentos entre los
andrajos. Mal sostenidos por las piernas, entrábamos y salíamos de los
barracones desiertos sacando de ellos los más diferentes objetos:
contraventanas, cubos, cazos, clavos: todo podía servir, y los más
previsores ya pensaban en fructuosas operaciones mercantiles con los
polacos de los campos circundantes.
En la cocina, dos andaban a la greña por las últimas patatas podridas.
Se habían agarrado por los andrajos y se golpeaban con curiosos gestos
lentos e inseguros, vituperándose en yiddish por entre los labios
helados.
En el patio del almacén había dos grandes montones de coles y de nabos
(los gordos nabos insípidos, base de nuestra alimentación). Estaban tan
helados que sólo se podían separar con el pico. Charles y yo nos
alternamos, echando todas nuestras energías en cada golpe, y extrajimos
unos cincuenta kilos. Hubo algo más: Charles encontró un paquete de sal
y (¡une fameuse trouvaille) un bidón de agua de quizás medio hectolitro
en estado de hielo macizo.
Lo cargamos todo en una carretilla (servían antes para distribuir el
rancho en las barracas: había muchas abandonadas por todas partes) y nos
volvimos empujándola trabajosamente sobre la nieve. Durante aquel día
nos contentamos también con patatas hervidas y rodajas de nabo asado en
la estufa, pero para el día siguiente Arthur nos prometió importantes
innovaciones.
Por la tarde, fui al ex ambulatorio en busca de algo útil. Se me habían
adelantado: todo estaba estropeado por saqueadores inexpertos. Ni una
botella entera; en el suelo, una capa de pingajos, estiércol y material
de enfermería, un cadáver desnudo y retorcido. Pero he aquí algo que se
les había escapado a mis predecesores: una batería de camión. Toqué los
polos con el cuchillo: una chispita. Estaba cargada.
Por la noche, nuestra habitación tenía luz. Metido en la cama, veía por
la ventana un largo trecho de carretera: pasaba por él, desde hacía tres
días, la Wehrmacht fugitiva. Carros blindados, carros «tigre» camuflados
de blanco, alemanes a caballo, alemanes en bicicleta, alemanes a pie,
armados y desarmados. Se oía en la noche el estruendo de las cremalleras
mucho antes de que los carros estuviesen visibles.
Preguntaba Charles:
–Ça roule encore?
–Ça roule toujours.
Parecía que no iba a terminar nunca.
21 de enero. Pero terminó. Con el alba del 21 la llanura apareció
desierta y rígida, blanca hasta donde llegaba la vista bajo el vuelo de
los cuervos, mortalmente triste.
Casi habría preferido seguir viendo algo que se moviese. También habían
desaparecido los paisanos polacos, agazapados quién sabe dónde. Parecía
que el viento se había parado por fin. Sólo una cosa habría deseado:
quedarme en la cama bajo las mantas, abandonarme al cansancio total de
los músculos, los nervios y la voluntad; esperar que todo acabase, o no
acabase, lo mismo daba, como un muerto.
Pero Charles ya había encendido la estufa, el hombre Charles, el alegre,
confiado y amigo, y me llamaba al trabajo:
–Vas–y, Primo, descends–toi de lá–haut; il y a Jules à attraper par les
oreilles...
«Jules» era el cubo de la letrina, que todos los días había que coger
por las asas, llevarlo fuera y verterlo en el pozo negro: era ésta la
primera faena de la jornada, y si se piensa que no era posible lavarse
las manos y que tres de los nuestros estaban enfermos de tifus, se
comprenderá que no fuese un trabajo agradable.
Teníamos que inaugurar las coles y los nabos. Mientras yo iba a buscar
leña, y Charles a recoger nieve para derretirla, Arthur movilizó a los
enfermos que podían estar sentados para que ayudasen a mondar.
Towarowski, Sertelet, Alcalai y Schenck respondieron a la llamada.
También Sertelet era un campesino de los Vosgos, de veinte años; parecía
en buenas condiciones pero a medida que pasaban los días su voz iba
adquiriendo un siniestro timbre nasal, que nos recordaba que la difteria
raras veces perdona. Alcalai era un vidriero judío de Tolosa; era muy
tranquilo y sensato, padecía de erisipela en la cara.
Schenck era un comerciante eslovaco, judío: convaleciente de tifus,
tenía un formidable apetito. Y también Towarowski judío franco–polaco,
majadero y parlanchín, pero útil a nuestra comunidad debido a su
comunicativo optimismo. Mientras los enfermos trabajaban, con el
cuchillo, cada uno sentado en su litera, Charles y yo nos dedicamos a
buscar un sitio posible para las operaciones culinarias.
Una indescriptible suciedad había invadido todas las secciones del
campo. Colmadas todas las letrinas, de cuyo mantenimiento ya no se
cuidaba nadie, los disentéricos (eran más de un centenar) habían
ensuciado todos los rincones del Ka–Be, llenado todos los cubos, todos
los bidones antes destinados al rancho, todas las escudillas. No se
podía dar un paso sin ver dónde iban a ponerse los pies; en la oscuridad
era imposible desplazarse. Aun sufriendo con el frío, que seguía siendo
muy intenso, pensábamos horrorizados en lo que habría sucedido si se nos
hubiese echado encima el deshielo: las infecciones se habrían extendido
sin obstáculos, el hedor se habría hecho sofocante y, además, una vez
disuelta la nieve, nos habríamos quedado definitivamente sin agua.
Tras una larga búsqueda, encontramos por fin, en un local dedicado antes
a lavadero, unos pocos palmos de pavimento no excesivamente sucio.
Encendimos un fuego vivo y, después, para ahorrar tiempo y
complicaciones, nos desinfectamos las manos friccionándolas con
cloramina mezclada con nieve.
La noticia de que se estaba cociendo un potaje se esparció rápidamente
entre los semivivos; se formó en la puerta un grupo de caras famélicas.
Charles, con el cazo levantado, les dirigió un vigoroso y breve discurso
que, aun siendo en francés, no necesitaba traducción.
Los más se dispersaron pero uno se echó hacia delante: era un parisino,
sastre de categoría (decía él), enfermo de los pulmones. A cambio de un
litro de potaje se pondría a nuestra disposición para cortarnos trajes
de las numerosas mantas que quedaban en el campo.
Maxime demostró ser verdaderamente hábil. Al día siguiente Charles y yo
teníamos chaqueta, pantalones y guantes de basto tejido de colores
chillones.
Por la noche, después del primer potaje distribuido con entusiasmo y
devorado con avidez, fue roto el gran silencio de la llanura. Desde
nuestras literas, demasiado cansados para estar muy inquietos, tendíamos
la oreja a los disparos de misteriosos cañones de artillería que
parecían situados en todos los puntos del horizonte, y a los silbidos de
los proyectiles por encima de nuestras cabezas.
Yo pensaba que la vida era bella afuera, y que todavía iba a ser bella,
y habría sido verdaderamente una lástima dejarnos hundir ahora. Desperté
a los enfermos que estaban adormilados y, cuando estuve seguro de que
todos escuchaban, les dije, primero en francés, en mi mejor alemán
después, que todos debíamos pensar ahora en volver a casa y que, en lo
que de nosotros dependía, era preciso hacer algo y evitar algunas cosas.
Que cada uno conservase cuidadosamente su escudilla y su cuchara; que
ninguno le ofreciese a otro la sopa que eventualmente le sobrase; que
nadie se bajase de la cama más que para ir a la letrina; quien
necesitase algún servicio, que no se dirigiese más que a nosotros tres;
Arthur estaba especialmente encargado de cuidarse de la disciplina y de
la higiene y debía recordar que era mejor dejar las escudillas y las
cucharas sucias que lavarlas con el peligro de cambiar la de un
diftérico por la de un tifoso.
Tuve la impresión de que los enfermos sentían ya demasiada indiferencia
por todo para preocuparse de lo que les había dicho; pero tenía mucha
confianza en la diligencia de Arthur.
22 de enero. Si es valiente quien afronta un peligro grave con buen
ánimo; Charles y yo fuimos valientes aquella mañana. Extendimos nuestras
exploraciones al campo de los SS, inmediatamente fuera de la alambrada
eléctrica.
Las guardias del campo debían de haber partido muy precipitadamente.
Encontramos en las mesas platos medio llenos de menestra ya congelada,
que devoramos con gran satisfacción; jarras todavía llenas de cerveza
transformada en un hielo amarillento, un tablero con una partida
empezada. En los cuartos, gran cantidad de cosas preciosas.
Nos llevamos una botella de vodka, varias medicinas, periódicos y
revistas, y cuatro estupendas mantas acolchadas, una de las cuales está
hoy en mi casa de Turín. Alegres e inconscientes, nos llevamos al
cuartito el fruto de nuestra salida, confiándolo a la administración de
Arthur. Hasta la noche no se supo lo que había sucedido quizás media
hora más tarde.
Algunos SS, probablemente dispersos, pero armados, penetraron en el
campo abandonado. Se encontraron con que dieciocho franceses se habían
instalado en el refectorio de la SS–Waffe. Allí los mataron a todos
metódicamente, de un tiro en la nuca, y alinearon después los cuerpos
retorcidos en la nieve del camino; hecho lo cual, se fueron. Los
dieciocho cadáveres se quedaron expuestos hasta la llegada de los rusos;
nadie tuvo fuerzas para darles sepultura.
Por lo demás, en todas las barracas había ya camas ocupadas por
cadáveres, tiesos como leños, a los que ninguno se ocupaba de llevarse
de allí. La tierra estaba demasiado helada para que se pudiesen cavar
fosas; muchos cadáveres fueron apilados en una zanja, pero ya desde los
primeros días el montón emergía del hoyo y era ignominiosamente visible
desde nuestra ventana.
Sólo una pared de madera nos separaba de la sección de los disentéricos.
Allí eran muchos los moribundos, muchos los muertos. El suelo estaba
cubierto por una capa de excrementos congelados. Nadie tenía ya fuerzas
para salir de debajo de las mantas a buscar comida, y quien primero lo
había hecho no había vuelto para socorrer a sus compañeros. En una misma
cama, apretados para resistir mejor el frío, exactamente junto a la
pared divisoria, estaban dos italianos: los oía hablar con frecuencia,
pero como yo sólo hablaba francés, durante mucho tiempo no advirtieron
mi presencia. Por casualidad oyeron mi nombre aquel día, pronunciado a
la italiana por Charles, y desde entonces no pararon de gemir e
implorar.
Naturalmente habría querido ayudarles si hubiese tenido los medios y las
fuerzas; aunque sólo fuese para que cesase la obsesión de sus gritos.
Por la noche, cuando todos los trabajos estuvieron terminados, venciendo
la fatiga y el asco, me arrastré a tientas por el pasillo puerco y
oscuro hasta su sección, con una escudilla de agua y las sobras de
nuestro potaje del día. El resultado fue que desde entonces, a través de
la delgada pared, toda la sección de los diarreicos me llamó noche y día
por mi nombre, con las inflexiones de todas las lenguas de Europa,
acompañado de súplicas incomprensibles, sin que yo pudiese ponerle
remedio. Me sentía al borde del llanto, los habría maldecido.
La noche nos reservaba feas sorpresas. Lakmaker, el de la litera de
debajo de la mía, era un calamitoso desecho humano. Era (o había sido)
un judío holandés de diecisiete años, alto, delgado y apacible. Estaba
en cama desde hacía tres meses, no sé cómo se había escapado de las
selecciones. Había tenido sucesivamente el tifus y la escarlatina;
mientras tanto se le había manifestado un grave trastorno cardíaco, y
estaba lleno de llagas de decúbito, tanto que no podía yacer más que
sobre el vientre. A pesar de todo esto, un apetito feroz; no hablaba más
que holandés, ninguno de nosotros estaba en condiciones de entenderlo.
Quizás la causa de todo fue la menestra de coles y nabos, de la que
Lakmaker había querido dos raciones. En mitad de la noche gimió y luego
se tiró de la cama. Quería llegar a la letrina pero estaba demasiado
débil y se cayó al suelo, llorando y gritando fuerte.
Charles encendió la luz (el acumulador demostró ser providencial) y
pudimos darnos cuenta de la gravedad del incidente. La litera del
muchacho y el suelo estaban ensuciados. El olor, en aquel reducido
ambiente, se hacía rápidamente insoportable. No teníamos más que una
mínima provisión de agua y carecíamos de mantas y de jergones de
recambio. Y el pobrecillo tifoso era un terrible foco de infección; por
supuesto, no se le podía dejar toda la noche en el suelo gimiendo y
temblando de frío en medio de la suciedad.
Charles bajó de la cama y se vistió en silencio. Mientras yo sostenía la
luz, cortó con el cuchillo todas las partes sucias del jergón y de la
manta: levantó del suelo a Lakmaker con delicadeza maternal, lo limpió
lo mejor que pudo con paja sacada del jergón y lo colocó en la cama
vuelta a hacer en la única posición en que podía yacer el desgraciado:
raspó el suelo con un pedazo de chapa; diluyó un poco de cloramina y,
finalmente, lo roció todo de desinfectante, y también a sí mismo.
Yo medía su abnegación con el cansancio que habría tenido que vencer en
mí para hacer todo lo que él estaba haciendo.
23 de enero. Nuestras patatas se habían acabado. Circulaba desde hacía
unos días por los barracones el rumor de que había un enorme silo de
patatas en algún sitio, fuera del alambre de púas, no lejano del campo.
Algún pionero desconocido debió de haber hecho pacientes
investigaciones, o alguien debía saber con precisión el sitio: en
efecto, la mañana del 23 un trecho de alambre de púas había sido
derribado y una procesión doble de miserables salía y entraba por la
abertura.
Charles y yo partimos, en el viento de la llanura lívida. Fuimos más
allá de la barrera abatirla.
–Dis donc, Primo, on est dehors?
Así era: por primera vez desde el día de mi arresto, me encontraba
libre, sin guardias armados, sin alambradas entre yo y mi casa.
A unos cuatrocientos metros del campo, se encontraban las patatas: un
tesoro. Dos fosas larguísimas llenas de patatas y recubiertas de tierra
alternada con paja para defenderlas del hielo. Nadie se moriría ya de
hambre.
Pero la extracción no era un trabajo de nada. Debido al hielo, la
superficie del terreno estaba dura como el mármol. Mediante un arduo
trabajo de pico se conseguía perforar la costra y poner al descubierto
el depósito; pero los más preferían meterse en los agujeros abandonados
por los otros, llegando muy adentro y pasándoles las patatas a los
compañeros que estaban afuera.
Un viejo húngaro había sido sorprendido allí por la muerte. Yacía rígido
en el acto del hambriento: cabeza y hombros bajo el montón de tierra, el
vientre en la nieve, tendía las manos a las patatas. Quien llegó después
apartó el cadáver a un metro y reanudó el trabajo a través de la
apertura que había quedado libre.
A partir de entonces nuestra comida mejoró. Además de las patatas
cocidas y el potaje de patatas, ofrecimos a nuestros enfermos buñuelos
de patatas, según una receta de Arthur: se raspan patatas crudas y se
ponen con otras cocidas y deshechas; la mezcla se tuesta en una chapa
muy caliente. Sabían a hollín.
Pero Sertelet, cuya enfermedad progresaba, no pudo probarlos. Además de
hablar con un acento cada vez más nasal, aquel día no logró tragar
debidamente ningún alimento: algo se le había estropeado en la garganta,
cada bocado amenazaba sofocarlo.
Fui a buscar a un médico húngaro que se había quedado como enfermo en la
barraca de enfrente. Al oír hablar de difteria dio tres pasos hacia
atrás y me ordenó salir.
Por puras razones de propaganda les hice a todos instilaciones nasales
de aceite alcanforado. Le aseguré a Sertelet que iba a sentarle bien: yo
mismo trataba de convencerme de ello.
24 de enero. Libertad. La brecha del alambre de púas nos ofrecía su
imagen concreta. Pensándolo con atención quería decir que ya no había
alemanes, no había más selecciones, nada de trabajo, nada de golpes,
nada de listas y, quizás dentro de poco, la vuelta.
Pero había que hacer un esfuerzo para convencerse y ninguno tenía tiempo
de alegrarse. Alrededor todo era destrucción y muerte.
El montón de cadáveres de enfrente de nuestra ventana se derrumbaba ya
fuera de la zanja. A pesar de las patatas, la debilidad de todos era
extrema: en el campo ningún enfermo se curaba, por el contrario, muchos
enfermaban de pulmonía y de diarrea: los que no habían estado en
condiciones de moverse o no habían tenido energía para hacerlo yacían
entumecidos en las literas, rígidos de frío, y nadie se daba cuenta de
cuándo se morían.
Todos los demás estaban espantosamente cansados: después de haber estado
meses y años en el Lager, no son las patatas las que pueden devolver le
las fuerzas a un hombre. Cuando, una vez terminada la cocción, Charles y
yo habíamos arrastrado los veinticinco litros de potaje diario del
lavadero a la habitación, debíamos echarnos jadeantes en la litera,
mientras Arthur, diligente y doméstico, hacía el reparto, procurando que
sobrasen las tres raciones de rabiot pour les travailleurs y un poco de
lo del fondo pour les italiens d'à côté.
En el segundo cuarto de Infecciosos, también contiguo al nuestro y
ocupado en su mayoría por tuberculosos, la situación era muy diferente.
Todos los que habían podido hacerlo habían ido a establecerse en otras
barracas. Los compañeros más graves y más débiles se morían uno a uno en
soledad.
Yo había entrado allí una mañana para pedir prestada una aguja. Un
enfermo jadeaba entre estertores en una de las literas de arriba. Me
oyó, se alzó para sentarse, luego se quedó colgado cabeza abajo fuera
del borde, vuelto hacia mí, con el busto y los brazos rígidos y los ojos
en blanco. El de la litera de abajo, automáticamente, alzó los brazos
para sujetar aquel cuerpo y se dio cuenta entonces de que estaba muerto.
Cedió lentamente bajo el peso, el otro resbaló hasta el suelo y allí se
quedó. Nadie sabía su nombre.
Pero en la barraca 14 había sucedido algo nuevo. Allí los obreros habían
ido mejorando y algunos estaban en bastante buenas condiciones.
Organizaron una expedición al campo de los ingleses prisioneros de
guerra, que se presumía había sido evacuado. Fue una empresa fructífera.
Volvieron vestidos de caqui, con una carretilla llena de maravillas
nunca vistas: margarina, polvos de budín, tocino, harina de soja,
aguardiente.
Por la tarde, en la barraca 14 estaban cantando. Ninguno de nosotros se
sentía con fuerza para hacer los dos kilómetros de camino al campo de
los ingleses y volver con la carga. Pero, indirectamente, la afortunada
expedición fue ventajosa para muchos. El desigual reparto de los bienes
provocó un nuevo florecimiento de la industria y el comercio. En nuestro
cuartucho de atmósfera mortal nació una fábrica de velas con mecha
empapada de ácido bórico, hechas con moldes de cartón. Los ricos de la
barraca 14 absorbían toda nuestra producción y nos pagaban con tocino y
harina.
Yo mismo había encontrado el bloque de cera virgen en el Elektromagazin;
recuerdo la expresión de contrariedad de los que me vieron llevármelo, y
el diálogo que siguió:
–¿Qué quieres hacer con eso?
No era caso de descubrir un secreto de fabricación; me oí responder con
las palabras que había oído a menudo a los antiguos del campo, y que
contienen su jactancia preferida: la de ser «buenos prisioneros», gente
apta que siempre sabe arreglárselas:
–Ich verstehe verschiedene Sachen... (entiendo de bastantes cosas...).
25 de enero. Fue el turno de Sómogyi. Era un químico húngaro de unos
cincuenta años, delgado, alto y taciturno. Como el holandés, estaba
convaleciente de tifus y de escarlatina; pero le sobrevino algo nuevo.
Fue presa de una fiebre muy alta. Desde hacía tal vez cinco días no
había dicho palabra: abrió la boca aquel día y dijo con voz enérgica:
–Tengo una ración de pan debajo del jergón. Repartíosla vosotros tres.
Yo ya no volveré a comer.
No supimos qué decir, pero de momento no tocamos el pan. Se le había
hinchado la mitad de la cara. Mientras permaneció consciente, continuó
encerrado en un silencio áspero.
Pero por la tarde, y durante toda la noche, y durante dos días sin
interrupción, el silencio fue roto por el delirio. Entregado a un último
e interminable sueño de liberación y esclavitud, empezó a murmurar
Jawohl a cada expiración de aire; regular y constante como una máquina,
Jawohl a cada bajada de su pobre hilera de costillas, miles de veces,
hasta dar ganas de sacudirlo, de sofocarlo, o de que, por lo menos,
cambiase de palabra.
Nunca he comprendido como entonces lo trabajosa que es la muerte de un
hombre.
Afuera, todavía el silencio absoluto. El número de cuervos había
aumentado mucho, y todos sabían por qué. Sólo a largos intervalos se
despertaba el diálogo de la artillería.
Todos se decían unos a otros que pronto, de repente, llegarían los
rusos; todos lo proclamaban, todos estaban seguros, pero nadie lograba
convencerse de ello. Porque en el Lager se pierde la costumbre de
esperar, y también la confianza en la propia razón. En el Lager pensar
es inútil, porque los acontecimientos se desarrollan las más de las
veces de manera imprevisible; y es perjudicial, porque mantiene viva una
sensibilidad que es fuente de dolor y que alguna próvida ley natural
embota cuando los sufrimientos exceden un límite determinado.
Lo mismo que de la alegría, del miedo, del mismo dolor, así se cansa uno
de la espera. Llegados al 25 de enero, rotas desde hacía ocho días las
relaciones con aquel feroz mundo que, sin embargo, era un mundo, los más
de entre nosotros estaban demasiado agotados incluso para esperar.
Por la noche, alrededor de la estufa, una vez más Carlos, Arthur y yo
sentíamos que volvíamos a ser hombres. Podíamos hablar de todo. Me
apasionaba la conversación de Arthur sobre la manera en que pasan los
domingos en Provenchéres, en los Vosgos, y Charles casi lloraba cuando
le hablé del armisticio en Italia, del principio confuso y desesperado
de la resistencia partisana, del hombre que nos había traicionado y de
nuestra captura en las montañas.
En la oscuridad, detrás y sobre nosotros, los ocho enfermos no se
perdían una sílaba, incluso los que no entendían francés. Sólo Sómogyi
se encarnizaba en confirmar a la muerte su entrega.
26 de enero. Yacíamos en un mundo de muertos y de larvas. La última
huella de civismo había desaparecido alrededor de nosotros y dentro de
nosotros. La obra de bestialización de los alemanes triunfantes había
sido perfeccionada por los alemanes derrotados.
Es hombre quien mata, es hombre quien comete o sufre injusticias; no es
hombre quien, perdido todo recato, comparte la cama con un cadáver.
Quien ha esperado que su vecino terminase de morir para quitarle un
cuarto de pan, está, aunque sin culpa suya, más lejos del hombre
pensante que el más zafio pigmeo y el sádico más atroz.
Parte de nuestra existencia reside en las almas de quien se nos
aproxima: he aquí por qué es no humana la experiencia de quien ha vivido
días en que el hombre ha sido una cosa para el hombre. Nosotros tres
fuimos en gran parte inmunes, y nos debemos por ello mutua gratitud; es
por lo que mi amistad con Charles resistirá al tiempo.
Pero a miles de metros sobre nosotros, en los desgarrones que hay entre
las nubes grises, se desarrollaban los complicados milagros de los
duelos aéreos. Sobre nosotros, desnudos, impotentes, inermes, unos
hombres de nuestro tiempo procuraban su muerte recíproca con los más
refinados instrumentos. El gesto de uno de sus dedos podía provocar la
destrucción del campo entero, aniquilar a millares de hombres; mientras
la suma de todas nuestras energías y voluntades no habría bastado para
prolongar ni un minuto la vida de uno solo de nosotros.
La zarabanda cesó por la noche y la habitación estuvo de nuevo llena del
monólogo de Sómogyi. En plena oscuridad me desperté sobresaltado.
L'pauv' vieux callaba: había terminado. Con el último sobresalto de vida
se había tirado al suelo desde la litera: oí el golpe de las rodillas,
de las caderas, de la espalda y de la cabeza.
–La mort l’a chassé de son lit –definió Arthur.
Desde luego no podíamos llevarlo afuera por la noche. No nos quedaba más
remedio que dormirnos.
27 de enero. El alba. En el suelo, el infame revoltijo de miembros
secos, la cosa Sómogyi.
Hay trabajos más urgentes: no podemos lavarnos, no podemos tocarlo hasta
después de haber cocinado y comido. Y además ... rien de si dégoûtant
que les débordements, dice justamente Charles; hay que vaciar la
letrina. Los vivos son más exigentes; los muertos pueden esperar. Nos
ponemos a trabajar como todos los días.
Los rusos llegaron mientras Charles y yo llevábamos a Sómogyi cerca de
allí. Pesaba muy poco. Volcamos la camilla en la nieve gris.
Charles se quitó la gorra. Yo sentí no tener gorra.
De los once de la Infektionsabteilung fue Sómogyi el único que murió en
los diez días. Sertelet, Cagnolati, Towarowski, Lakmaker y Dorget (de
este último no he hablado hasta ahora; era un industrial francés que,
después de operado de peritonitis, se había enfermado de difteria
nasal), murieron unas semanas más tarde en la enfermería rusa
provisional de Auschwitz. En abril me encontré en Katowice con Schenck y
Alcalai, que estaban con buena salud. Arthur se reunió felizmente con su
familia, y Charles ha vuelto a su profesión de maestro; nos hemos
escrito largas cartas y espero volverlo a ver algún día.
APÉNDICE DE 1976
He redactado este apéndice en 1976 para la edición escolar de Si esto es
un hombre, en respuesta a las preguntas que constantemente me hacen los
lectores estudiantes. Sin embargo, ya que aquéllas coinciden ampliamente
con las preguntas que recibo de mis lectores adultos, me pareció
adecuado incorporar íntegramente mis respuestas también en esta edición.
Alguien, hace mucho tiempo, escribió que también los libros, como los
seres humanos, tienen un destino, imprevisible, distinto del que para
ellos se deseaba y que de ellos se esperaba. También este libro ha
tenido un extraño destino. Su acta de nacimiento es remota: se la puede
hallar en una de sus páginas (la número 153 de esta edición), en donde
se puede leer que «escribo aquello que no sabría decir a nadie»: tan
fuertemente sentíamos la necesidad de relatar, que había comenzado a
redactar el libro allí, en ese laboratorio alemán lleno de hielo, de
guerra y de miradas indiscretas, aun sabiendo que de ninguna manera
habría podido conservar esos apuntes garabateados como mejor podía; que
habría debido tirarlos en seguida, porque si me los hubieran encontrado
encima me habrían costado la vida.
Pero escribí el libro apenas regresé, en unos pocos meses: a tal punto
los recuerdos me quemaban por dentro. Rechazado por algunos grandes
editores, el manuscrito fue aceptado en 1947 por una pequeña editorial
dirigida por Franco Antonicelli: se imprimieron 2.500 ejemplares, luego
la editorial se disolvió y el libro cayó en el olvido, entre otras cosas
porque en esos tiempos de áspera posguerra la gente no tenía muchas
ganas de regresar con la memoria a los dolorosos años que acababan de
pasar. Halló nueva vida sólo en 1958, cuando fue reimpreso por el editor
Einaudi, y desde entonces el interés del público nunca faltó. Se tradujo
a seis lenguas y fue adaptado para la radio y el teatro.
Fue acogido por estudiantes y enseñantes con un favor que superó todas
las expectativas, tanto del editor como mías. Centenares de clases, de
todas las regiones de Italia, me invitaron a comentar el libro, por
escrito o, si fuese posible, personalmente: dentro de los límites de mis
ocupaciones, he respondido siempre afirmativamente a estos pedidos, al
punto de que de buen grado he debido agregar a mis dos oficios un
tercero, el de presentador y comentarista de mí mismo o, mejor dicho, de
aquel lejano yo que había vivido la aventura de Auschwitz y la había
narrado. Durante estos numerosos encuentros con mis lectores estudiantes
he debido responder a muchas preguntas: ingenuas o no, conmovidas o
provocadoras, superficiales o fundamentales. Me di cuenta muy pronto de
que algunas de estas preguntas se repetían con frecuencia, que nunca
faltaban: debían pues nacer de una curiosidad motivada y razonada, a la
que de algún modo el texto del libro no daba satisfactoria respuesta. Me
propongo responder a estas preguntas aquí.
1. En su libro no hay expresiones de odio hacia los alemanes, ni rencor,
ni deseo de venganza. ¿Los ha perdonado?
Por naturaleza el odio no me viene fácilmente. Lo considero un
sentimiento animal y torpe, y prefiero en cambio que mis acciones y mis
pensamientos, dentro de lo posible, nazcan de la razón; por ello nunca
cultivé en mí mismo el odio como deseo primitivo de revancha, de
sufrimiento infligido a mi enemigo real o presunto, de venganza privada.
Debo agregar que, por lo que creo percibir, el odio es personal, se
dirige a una persona, un hombre, un rostro: pero nuestros perseguidores
de entonces no tenían rostro ni nombre, lo demuestran las páginas de
este libro: estaban alejados, eran invisibles, inaccesibles. El sistema
nazi, prudentemente, hacía que el contacto directo entre esclavos y
señores se redujese al mínimo. Habréis notado que en este libro se
describe un solo encuentro del autor–protagonista con un SS (p. 173), y
no es casual que tenga lugar sólo durante los últimos días, en el Lager
en descomposición, una vez que el sistema ha estallado.
Por lo demás, en los meses en que este libro fue escrito, en 1946, el
nazismo y el fascismo parecían realmente carecer de rostro: parecían
haber vuelto a la nada, desvanecidos como un sueño monstruoso, según
justicia y mérito, tal como desaparecen los fantasmas al cantar del
gallo. ¿Cómo habría podido cultivar el rencor, querer la venganza contra
un conjunto de fantasmas?
Pocos años después Europa e Italia se dieron cuenta de que se trataba de
una ingenua ilusión: el fascismo estaba muy lejos de haber muerto, sólo
estaba escondido, enquistado; estaba mutando de piel, para presentarse
con piel nueva, algo menos reconocible, algo más respetable, mejor
adaptado al nuevo mundo que había salido de la catástrofe de esa Segunda
Guerra Mundial que el fascismo mismo había provocado. Debo confesar que
ante ciertos rostros no nuevos, ante ciertas viejas mentiras, ante
ciertas figuras en busca de respetabilidad, ante ciertas indulgencias,
ciertas complicidades, la tentación de odiar nace en mí, y hasta con
alguna violencia: pero yo no soy fascista, creo en la razón y en la
discusión como supremos instrumentos de progreso, y por ello antepongo
la justicia al odio. Por esta misma razón, para escribir este libro he
usado el lenguaje mesurado y sobrio del testigo, no el lamentoso
lenguaje de la víctima ni el iracundo lenguaje del vengador: pensé que
mi palabra resultaría tanto más creíble cuanto más objetiva y menos
apasionada fuese; sólo así el testigo en un juicio cumple su función,
que es la de preparar el terreno para el juez. Los jueces sois vosotros.
No querría empero que el abstenerme de juzgar explícitamente se
confundiese con un perdón indiscriminado. No, no he perdonado a ninguno
de los culpables, ni estoy dispuesto ahora ni nunca a perdonar a
ninguno, a menos que haya demostrado (en los hechos: no de palabra, y no
demasiado tarde) haber cobrado conciencia de las culpas y los errores
del fascismo nuestro y extranjero, y que esté decidido a condenarlos, a
erradicarlos de su conciencia y de la conciencia de los demás. En tal
caso sí, un no cristiano como yo, está dispuesto a seguir el precepto
judío y cristiano de perdonar a mi enemigo; pero un enemigo que se
rectifica ha dejado de ser un enemigo.
2. ¿Los alemanes sabían? ¿Los aliados sabían? ¿Cómo es posible que el
genocidio, el exterminio de millones de seres humanos, haya podido
llevarse a cabo en el corazón de Europa sin que nadie supiese nada?
El mundo en que vivimos hoy nosotros, los occidentales, presenta muchos
y muy graves defectos y peligros, pero con respecto al mundo de ayer
goza de una enorme ventaja: todos pueden saber inmediatamente todo
acerca de todo. La información es hoy «el cuarto poder»: al menos en
teoría, el cronista y el periodista tienen vía libre en todas partes,
nadie puede detenerlos ni alejarlos ni hacerlos callar. Todo es fácil:
si uno quiere, escucha la radio de su país o de cualquier país; va hasta
el kiosco y elige los periódicos que prefiere, italiano de cualquier
tendencia, o americano, o soviético, dentro de una amplia gama de
alternativas; puede comprar y leer los libros que quiera, sin peligro de
que se lo inculpe por «actividades antiitalianas» ni de que sea allanada
su casa por la policía política. Desde luego, no es sencillo sustraerse
a todo condicionamiento, pero por lo menos es posible elegir el
condicionamiento que uno prefiere.
En un Estado autoritario no es así. La Verdad es sólo una, proclamada
desde arriba; los diarios son todos iguales, todos repiten esta única
idéntica verdad; así también las radios, y no es posible escuchar las de
los otros países porque, en primer lugar, tratándose de un delito, el
riesgo es el de ir a parar a la cárcel; en segundo lugar, las
transmisoras del propio país emiten en las frecuencias apropiadas una
señal perturbadora que se superpone a los mensajes extranjeros
impidiendo su escucha. En cuanto a los libros, sólo se publican y se
traducen los que agradan al Estado: los demás hay que irlos a buscar al
extranjero e introducirlos en el propio país a propio riesgo, puesto que
se los considera más peligrosos que la droga o los explosivos, y si se
los descubre en la frontera son confiscados y su portador es castigado.
Con los libros no gratos, o ya no gratos de épocas anteriores, se
encienden hogueras públicas en las plazas. Así era Italia entre 1924 y
1945; así, la Alemania nacionalsocialista; así sigue siendo en muchos
países, entre los que es doloroso tener que incluir a la Unión
Soviética, que tan heroicamente supo luchar contra el fascismo. En un
Estado autoritario se considera lícito alterar la verdad, reescribir
retrospectivamente la Historia, distorsionar las noticias, suprimir las
verdaderas, agregar falsas: la propaganda sustituye a la información. De
hecho, en estos países no se es ciudadano, detentador de derechos, sino
súbdito y, como tal, deudor al Estado (y al dictador que lo encarna) de
fanática lealtad y sojuzgada obediencia.
Es evidente que en tales condiciones es posible (si bien no siempre
fácil: nunca es fácil violentar a fondo la naturaleza humana) borrar
fragmentos incluso amplios de la realidad. En la Italia fascista, la
operación de asesinar al diputado socialista Matteotti y acallar todo el
asunto al cabo de pocos meses dio buen resultado; Hitler, y su ministro
de propaganda Joseph Goebbels, demostraron ser muy superiores a
Mussolini en esta tarea de control y enmascaramiento de la verdad.
Sin embargo, esconder del pueblo alemán el enorme aparato de los campos
de concentración no era posible, y además (desde el punto de vista de
los nazis) no era deseable. Crear y mantener en el país una atmósfera de
indefinido terror formaba parte de los fines del nazismo: era bueno que
el pueblo supiese que oponerse a Hitler era extremadamente peligroso.
Efectivamente, cientos de miles de alemanes fueron encerrados en los
Lager desde los comienzos del nazismo: comunistas, socialdemócratas,
liberales, judíos, protestantes, católicos, el país entero lo sabía, y
sabía que en los Lager se sufría y se moría.
No obstante, es cierto que la gran masa de alemanes ignoró siempre los
detalles más atroces de lo que más tarde ocurrió en los Lager: el
exterminio metódico e industrializado en escala de millones, las cámaras
de gas tóxico, los hornos crematorios, el abyecto uso de los cadáveres,
todo esto no debía saberse y, de hecho, pocos lo supieron antes de
terminada la guerra. Para mantener el secreto, entre otras medidas de
precaución, en el lenguaje oficial sólo se usaban eufemismos cautos y
cínicos: no se escribía «exterminación» sino «solución final», no
«deportación» sino «traslado», no «matanza con gas» sino «tratamiento
especial», etcétera. No sin razón, Hitler temía que estas horrorosas
noticias, una vez divulgadas, comprometieran la fe ciega que le
tributaba el país, como así la moral de las tropas de combate; además,
los aliados se habrían enterado y las habrían utilizado como instrumento
de propaganda: cosa que, por otra parte, ocurrió, si bien a causa de la
enormidad de los horrores de los Lager, descritos repetidamente por la
radio de los aliados, no ganaron el crédito de la gente.
El resumen más convincente de la situación de entonces en Alemania la he
hallado en el libro Der SS Staat (El Estado de la SS), de Eugen Kogon,
ex prisionero en Buchenwald y luego profesor de Ciencias Políticas en la
Universidad de Munich:
¿Qué sabían los alemanes acerca de los campos de concentración? A más
del hecho concreto de su existencia, casi nada, y aún hoy saben poco.
Indudablemente, el método de mantener rigurosamente secretos los
detalles del sistema terrorista, indeterminando así la angustia y por
ende haciéndola mucho más honda, se mostró eficaz. Como dije en otra
parte, incluso muchos funcionarios de la Gestapo ignoraban qué sucedía
dentro de los Lager, a los que, sin embargo, enviaban sus prisioneros;
la mayor parte de los prisioneros mismos tenían una idea bastante vaga
del funcionamiento de su campo y de los métodos que ahí se empleaban.
¿Cómo iba a conocerlos el pueblo alemán? Quien ingresaba se encontraba
ante un universo abismal, totalmente nuevo para él: ésta es la mejor
demostración de la potencia y eficacia del secreto.
... Y, sin embargo..., y sin embargo, no había un alemán que no supiese
de la existencia de los campos, o que los considerase sanatorios. Pocos
eran los alemanes que no tenían un pariente o un conocido en un campo, o
que al menos no supiesen que tal o cual persona allí había sido enviada.
Todos los alemanes eran testigos de la multiforme barbarie antisemita:
millones de ellos habían presenciado, con indiferencia o con curiosidad,
con desdén o quizás con maligna alegría, el incendio de las sinagogas o
la humillación de los judíos y judías obligados a arrodillarse en el
fango de la calle. Muchos alemanes habían sabido algo por las radios
extranjeras, y muchos habían estado en contacto con prisioneros que
trabajaban fuera de los campos. No pocos alemanes habían encontrado, en
la calle o en las estaciones de ferrocarril, filas miserables de
detenidos: en una circular fechada el 9 de noviembre de 1941 y dirigida
por el jefe de Policía y de los Servicios de Seguridad a todas [...] las
comisarías de Policía y a los comandantes de los Lager, se puede leer:
«En particular, hemos debido constatar que durante los traslados a pie,
por ejemplo de la estación al campo, un número apreciable de prisioneros
cae muerto en la calle o desvanecido por agotamiento... Es imposible
impedir que la población se entere de hechos semejantes». Ni siquiera un
alemán podía ignorar que las cárceles estaban llenas a rebosar ni que en
todo el país tenían lugar continuamente ejecuciones capitales; por miles
se contaban los magistrados y funcionarios de policía, abogados,
sacerdotes y asistentes sociales que sabían en términos generales que la
situación era bastante grave. Muchos eran los hombres de negocios que
tenían relaciones de proveedores con la SS de los Lager, los
industriales que solicitaban mano de obra de trabajadores–esclavos a las
oficinas administrativas y económicas de la SS, y los empleados de las
oficinas de empleo que [...] estaban al corriente del hecho de que
muchas grandes sociedades explotaban mano de obra esclava. No eran pocos
los trabajadores que desarrollaban su actividad cerca de los campos de
concentración o incluso dentro de los mismos. Varios profesores
universitarios colaboraban con los centros de investigación médica
instituidos por Himmler, y varios médicos del Estado y de los institutos
privados colaboraban con los asesinos profesionales. Buen número de
miembros de la Aviación Militar habían sido trasladados a los locales de
la SS, y debían seguramente estar al tanto de lo que allí sucedía.
Muchos eran los altos oficiales del Ejército que conocían las matanzas
masivas de prisioneros de guerra rusos en los Lager, y muchísimos los
soldados y miembros de la Policía Militar que debían conocer con
precisión qué horrores espantosos se cometían en los campos, en los
guetos, en las ciudades y zonas rurales de los territorios orientales
ocupados. ¿Es acaso falsa una sola de estas afirmaciones?
A mi modo de ver, ninguna de estas afirmaciones es falsa, pero hay que
agregar otra para completar el cuadro: pese a las varias posibilidades
de informarse, la mayor parte de los alemanes no sabía porque no quería
saber o más: porque quería no saber. Es cierto que el terrorismo de
Estado es un arma muy fuerte a la que es muy difícil resistir, pero
también es cierto que el pueblo alemán, globalmente, ni siquiera intentó
resistir. En la Alemania de Hitler se había difundido una singular forma
de urbanidad: quien sabía no hablaba, quien no sabía no preguntaba,
quien preguntaba no obtenía respuesta. De esta manera el ciudadano
alemán típico conquistaba y defendía su ignorancia, que le parecía
suficiente justificación de su adhesión al nazismo: cerrando el pico,
los ojos y las orejas, se construía la ilusión de no estar al corriente
de nada, y por consiguiente de no ser cómplice, de todo lo que ocurría
ante su puerta.
Saber, y hacer saber, era un modo (quizás tampoco tan peligroso) de
tomar distancia con respecto al nazismo; pienso que el pueblo alemán,
globalmente, no ha usado de ello, y de esta deliberada omisión lo
considero plenamente culpable.
3. ¿Había prisioneros que lograban escapar de los Lager? ¿Cómo es que no
hubo rebeliones en masa?
Estas son preguntas que me hacen muy frecuentemente, y por ello deben
nacer de alguna curiosidad o exigencia particularmente importante. Mi
interpretación es optimista: los jóvenes de hoy sienten la libertad como
un bien al que de ninguna manera se puede renunciar, y por eso, para
ellos, la idea de cárcel está ligada inmediatamente con la idea de fuga
o de rebelión. Por otra parte, es cierto que, según los códigos
militares de muchos países, el prisionero de guerra ha de intentar
liberarse por todos los medios, para volver a ocupar su puesto de
combatiente, y que, según la Convención de La Haya, el intento de fuga
no debe ser castigado. El concepto de evasión como obligación moral está
continuamente reafirmado en la literatura romántica (¿os acordáis del
conde de Montecristo?), en la literatura popular, en el cine, donde el
héroe, injustamente (o justamente) encarcelado, intenta siempre
evadirse, aun en las circunstancias menos verosímiles, y su tentativa se
ve siempre coronada por el éxito.
Quizás sea bueno resentir la condición de prisionero, la no libertad,
como una condición indebida, anormal: como una enfermedad en fin, que
debe curarse mediante la fuga o la rebelión. Desgraciadamente este marco
se asemeja bastante poco al marco real del campo de concentración.
Los prisioneros que intentaron fugarse, por ejemplo, de Auschwitz,
fueron pocos centenares, y los que lo lograron fueron unas pocas
decenas. La evasión era difícil y extremadamente peligrosa: los
prisioneros estaban debilitados, además de desmoralizados, por el hambre
y los malos tratos, tenían la cabeza rapada, ropa de rayas
inmediatamente identificable, zapatos de madera que impedían el paso
rápido y silencioso; no tenían dinero y, en general, no hablaban polaco,
la lengua local, ni tenían contactos en la región –cuya geografía por
otra parte desconocían–. Además, para reprimir las fugas se adoptaban
represalias feroces: a quien atrapaban lo colgaban públicamente en la
plaza de la Lista, a menudo después de torturarlo cruelmente; cuando se
descubría una fuga, se consideraba a los amigos del evadido como
cómplices suyos y se los dejaba morir de hambre en las celdas de la
prisión, el barracón entero debía permanecer de pie durante veinticuatro
horas y, a veces, se arrestaba y se deportaba a los Lager a los padres
del «culpable».
A los SS que mataban a un prisionero que intentaba huir se les concedía
una licencia premio: por ello solía suceder a menudo que un SS disparase
a un prisionero que no tenía ninguna intención de escapar, únicamente
con el fin de conseguir el premio. Este hecho aumenta artificialmente el
número oficial de casos de fuga registrados en las estadísticas; como
indiqué antes, el número real era en cambio muy pequeño. Dada esta
situación, del campo de Auschwitz se evadieron con éxito sólo algunos
prisioneros polacos «arios» (es decir, no judíos, según la terminología
de entonces) que vivían no muy lejos del Lager y que por consiguiente
tenían una meta a la que encaminarse y la seguridad de que la población
los protegería. En los demás campos las cosas tuvieron lugar de manera
análoga.
Por lo que respecta a la ausencia de rebeliones, se trata de algo
distinto. En primer lugar cabe recordar que en algunos Lager hubo
efectivamente insurrecciones: en Treblinka, en Sobibor y también en
Birkenau, uno de los campos dependientes de Auschwitz. No tuvieron gran
peso numérico: como la parecida insurrección del ghetto de Varsovia,
fueron más bien ejemplos de extraordinaria fuerza moral. En todos los
casos fueron planeadas y dirigidas por prisioneros de alguna manera
privilegiados, por lo tanto en condiciones físicas y espirituales
mejores que las de los prisioneros comunes. Esto no debe sorprender:
sólo a primera vista puede parecer paradójico que se subleve quien menos
sufre. También fuera de los Lager, las luchas raramente son lideradas
por el subproletariado. Los «harapientos» no se rebelan.
[EN PROTECCION DE LOS DERECHOS DE AUTOR FINALIZA EL FRAGMENTO DE SI ESTO ES UN HOMBRE]
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