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Guerrilla, marxismo y Gran Acuerdo
Nacional
El
Viborazo
El 15 de Marzo de 1971, Córdoba es otra vez escenario
de una insurrección, atizada por los insultos del flamante gobernador José
Camilo Uriburu, a los agitadores estudiantiles y obreros de la provincia.
Luego de jurar sobre los Evangelios, prometió "cortar de un sólo tajo la
cabeza de la víbora marxista". Uriburu era descendiente directo del
general filonazi que derribara a Hipólito Yrigoyen en 1930; al parecer
estaba dispuesto a hacer honras a su ascendencia ideológica. El
Gobernador anterior, Bernardo Bas, acosado por las movilizaciones, había
prometido un aumento a los empleados provinciales, pero al no aprobar
buenos Aires su presupuesto, tuvo que renunciar y fue reemplazado por
Uriburu. Muy pronto el nuevo cruzado sería puesto en jaque. El
centro comercial e industrial cordobés le realizó un lock-out patronal, y
a su vez la CGT local, conducida por Tosco y López convocó a un paro.
Tosco se había pronunciado fuertemente contra Rucci, por entonces
secretario general de la CGT en buenos Aires: "Los burócratas de la CGT
nacional no fueron capaces de enviar un mísero telegrama de adhesión a los
trabajadores cordobeses en huelga. Ahora el dirigente se hace en la
barricada. Sepan bien que esto, no estuvo dirigido contra Uriburu sino
contra un estado de cosas. Lo mismo le ocurrirá al que venga después,
hasta que nos reconozcan nuestros derechos" (46). La señal estaba
lanzada. Otra vez los obreros cordobeses se lanzaron a las calles. Otras
vez los estudiantes tomaron la ciudad. Por todas partes surgieron
barricadas. Por todas partes se veían elevarse columnas de humo. Y por
primera vez, las banderas rojas, las banderas del Ejército Revolucionario
del Pueblo, de las Fuerzas Armadas Peronistas, de las Fuerzas Armadas de
Liberación (FAL), en fin, de casi todas las guerrillas que habían surgido
en los últimos meses, ondeaban aquí y allá. No sólo eran sus banderas, ya
que piquetes de jóvenes armados y encapuchados garantizaban "la seguridad"
en las movilizaciones. No sería posible comprender al Cordobazo y
al Viborazo si no se tienen en cuenta las lecciones que dejaron la huelga
estudiantil de 1966 y la tenaz resistencia que le dio continuidad al
conflicto a lo largo de 1967, con actos relámpagos en el centro y tomas
esporádicas pero repetidas del barrio Clínicas. Esa batalla tuvo
profunda influencia en lo que vendría después a través de un valioso saldo
en términos de organización, gimnasia de lucha social y elevación de la
conciencia antidictatorial, elementos que la clase obrera cordobesa, casi
imperceptiblemente, iba haciendo suyos para proyectarlos después en el
Cordobazo y las rebeliones que le siguieron. La lucha de los
estudiantes se ejercitó en esa gimnasia imprescindible para enfrentar a
una dictadura que impedía cualquier tipo de participación política que no
fuera confesional o corporativa. Así fue como el autoritarismo y la
inflexibilidad, que habían hecho retroceder a la dirigencia sindical
tradicional, tuvieron otras respuestas en Córdoba. En ese marco represivo,
la posibilidad de infligir derrotas tácticas a la policía -que
desembocarían después en la gran derrota de la represión el 29 de mayo de
1969- fue demostrada por pequeñas organizaciones de autodofensa, como los
comandos Santiago Pampillón. Este nombre, con el que los estudiantes
quisieron bautizar la Avenida Colón y que posiblemente figurará algún día
en la nomenclatura urbana cordobesa, condensó a la unidad
obrero-estudiantil que se forjaría en este período. Pampillón era obrero y
estudiante, como un símbolo viviente de la ciudad que fusionaba ambos
sectores sociales en su vida cotidiana. Córdoba había sido a la vez
epicentro de la Reforma Universitaria de 1918 y vanguardia del golpe
antiperonista de 1955, había cambiado profundamente entre 1956 y 1966. En
la raíz de esa transformación estaba la enorme concentración de
estudiantes y obreros industriales. El crecimiento de la planta fabril que
IKA-Renault poseía en Santa Isabel elevó a 10.000 el número de operarios.
Muchos provenían de los departamentos del interior o de provincias
vecinas, y la ciudad se transformaba a medida que los recibía. Los barrios
aledaños a Santa Isabel, con sus despensas, almacenes, bares, ferreterías
y tiendas florecían con la rápida expansión del consumo. Crecía
el negocio del transporte, el inmobiliario, y bastaba la sola presentación
de un sobre de sueldo de IKA-Renault para conseguir un crédito. Algo
similar ocurría en Ferreyra, donde FIAT tenía sus tres plantas (Concord,
Materfer y GMD), al igual que en los lugares donde se habían radicado las
numerosas fábricas de autopartes. Estos obreros pulcros y formales de
salarios más o menos altos, que vivían con cierto confort, fueron quienes
gestaron el Cordobazo. "A este paro me lo hicieron los obreros mejor pagos
del país", se lamentaría luego el ministro de Economía Adalberto Krieger
Vasena. En cuanto a los estudiantes, llegaban a Córdoba desde todas
partes y caminaban sus calles, primero tímidamente, después como propias,
sintiéndose hijos de una sociedad que los adoptaba, los protegía y
cobijaba. Eran almas embebidas por los vientos del mayo francés, los
relatos míticos de las batallas del Che en África o de la larga guerra
antiimperialista del Vietcong. En las tertulias se recitaba de memoria a
César Vallejo, Jacques Prévert, Nicolás Guillén, Nazim Hikmet, Maiakowsky
y se debatía sobre el viejo y el joven Marx, mientras en las guitarras y
las voces se mezclaban las canciones de la guerra civil española y las de
los Parra de Chile con el naciente rock nacional y el nuevo folklore.
Estudiantes acendradamente católicos, moradores de los célebres colegios
mayores y, en su mayoría, hijos de la conservadora burguesía ganadera de
las feraces tierras del sur cordobés y santafesino, se inflamaban con la
militancia de los curas tercermundistas y se inspiraban en la doctrina
social de la Iglesia, en Juan XXIII Paulo VI y la Populorum Progressio,
soñando con unir el cielo y la tierra en una sola utopía. Los
estudiantes del interior formaban largas filas en la plaza Colón y en la
plaza del oso, sobre la avenida Hipólito Irigoyen, para tomar los
rugientes ómnibus universitarios que los llevaban al comedor estudiantil.
Nativos de Córdoba o cordobeses por amor, ellos se sentían protagonistas
de la historia, sucesores de quienes habían gestado la reforma y
dispuestos para la acción contra una dictadura a la vez feroz y ramplona,
increíblemente retardataria en lo ideológico. Simultáneamente, el vientre
de la ciudad iba gestando la unidad popular que pariría las jornadas casi
mellizas del Cordobazo y Viborazo. En 1966, cuando la dictadura
cerró el comedor universitario, los estudiantes del interior comían gratis
en casas de familia que les abrían sus puertas o en las ollas populares
con que los acogían muchos sindicatos obreros. Ante la clausura de los
centros de estudiantes, que eran la base de su acción, las agrupaciones
universitarias imprimían sus volantes en los mimeógrafos de los
sindicatos. De allí salían textos largos, proclamas kilométricas que se
ocupaban del mundo y sus alrededores, o las brevísimas mariposas, que
contenían consignas de acción y que, por su tamaño, podían ser arrojadas
rápidamente en los actos relámpago. Esta era la forma favorita de lucha de
los estudiantes: grupos de quince o veinte jóvenes ocupaban
simultáneamente varias esquinas céntricas, uno de ellos soltaba una arenga
de unos poquísimos minutos, el resto arrojaba las mariposas al aire y
todos se retiraban mimetizándose entre los peatones. El centro de la
ciudad, con sus avenidas Colón y General Paz, por entonces de doble mano,
y sus estrechas calles (9 de julio, San Martín, Obispo Trejo) atestadas de
autos, se conmovía con estos actos. En la retirada, cuando se esquivaba el
bulto a la policía o al camión hidrante Neptuno que mojaba con agua
coloreada a los revoltosos para luego identificarlos y apresarlos, siempre
había una puerta abierta para los que huían. Muchos obreros conocieron
esta experiencia, la apreciaron y valoraron para, después, para ponerla en
práctica con una curiosa mezcla de paternalismo y reivindicación: "Ahora,
no se las van a ver con criaturas", decían los obreros que harían el
Viborazo. Por cierto, no eran criaturas, pese a su juventud. De esa
experiencia surgieron algunos de los mejores cuadros políticos de la
década siguiente. Carlos Scrimini, Nicki Ceballos, el Chacho Camilión,
Jorge Damonte, Carlos Azócar, el Huevo Rubio, Abel Bohoslavsky, entre
otros, compartirán después la militancia con los luchadores obreros.
Entonces se borrarían las diferencias de extracción social para fundirse
en una sola y misma condición.
Una juventud vibrante de
proyectos
El 18 de octubre de 1971, tras un debate de casi
cinco horas, una asamblea de 2500 estudiantes de la Facultad de Filosofía
y Letras de buenos Aires, aprueba la Guerra Popular Prolongada. La
resolución, difundida por sendas páginas en "La Opinión" y el diario
"Crónica" cierra un debate nacido en 1969 y abre una etapa en el proceso
de politización del estudiantado porteño proyectando su influencia a
través del fin de la dictadura y la primavera democrática hasta el golpe
de Videla. La magnitud de los cambios socioculturales que se iban
produciendo a pesar y a contramano de los objetivos de los militares
gobernantes, ponían al orden del día el diseño de la sociedad
postdictatorial. En los gremios y la universidad cada lucha era analizada
no sólo en función de sus objetivos inmediatos, sino también en referencia
al modelo de país que prefijaba. Si el Cordobazo anticipaba como
inexorable el triunfo de la lucha obrero estudiantil contra la dictadura,
el Viborazo convocaba a pensar qué organicidad tendría ese proceso y qué
papel adquirirían los grupos políticos que iban surgiendo en la
resistencia. Ante la falta de oferta democrática, se proyectaban dos
sectores desde las mismas FFAA, el recambio "nacionalista", versión local
del velazquismo peruano que tendría su expresión en el gobierno de
Levingston y el acceso de Ferrer al Ministerio de Economía y, como
oposición, la salida liberal, que tendrá su consolidación con el
advenimiento de Lanusse y su Gran Acuerdo Nacional. Pero el sello
distintivo de la época era la ausencia de los partidos tradicionales en el
horizonte de recambios a la dictadura. El radicalismo estaba ausente en
los espacios de debate político, mientras sus escasas bases gremiales (en
La Fraternidad en Buenos Aires, Luz y Fuerza en Córdoba) algunos sectores
agrarios y estudiantiles en todo el país- se abrían al diálogo con las
organizaciones armadas, sobre todo el PRT-ERP y evaluaban la violencia
como alternativa posible a la falta de condiciones para avanzar en el
reclamo por otras vías. Balbín aún no los atacaba pero empezaba a concebir
las ideas que, ya en el 74, lo llevaron a denunciar a la "guerrilla
industrial". En el peronismo, la polémica se extendía entre los
protagonistas de la resistencia (la CGTA, la JP, la UNE y ya a fines del
71 las FAP y Montoneros), y los sectores residuales de los viejos aparatos
político y gremial. Mientras los primeros pugnaban por traducir su
desarrollo en formas de organización propias y renegaban de reconstruir
formas partidarias que consideraban obsoletas, la vieja burocracia
política y gremial retrasaba esta reconstrucción entrampada entre varias
líneas de fuego: 1)las negociaciones con el "sector nacionalista" de las
FFAA, 2) su temor a ser desbordadas por los nuevos actores del
movimiento social y 3) su dificultad para entender la estrategia de lucha
en varios frentes sostenida por Perón. Lejos de erigirse en alternativa
dentro del retorno a la democracia, Montoneros aún sustentaba en las
acciones armadas su eje de crecimiento en militancia y apoyo popular.
Nuevos agrupamientos, surgidos del MALENA*, de nueva militancia o de las
rupturas del PC y , como el es el caso del FAL, las FAR, la izquierda
socialista, también sustentaban su convocatoria más allá de lo que
denominaban "democracia formal". Las acciones armadas, destinadas a
obtener fondos para infraestructura y armamentos o para reclamar por
compañeros presos o desaparecidos, no eran presentadas como camino a otro
gobierno democrático sino a un nuevo sistema, cuyos parámetros había que
buscar en las formas de organicidad barriales, gremiales y estudiantiles
que surgían en la lucha antidictatorial. Pero ninguno de estos
sectores orientaba el movimiento popular, que seguía entregado a sus
propios carriles y generando nueva militancia en una sucesión de
experiencias tan ricas como poco saldadas. La máxima de Tosco en el 69:
"ya no hay dirigentes", conservaba toda su vigencia. Si bien el
viborazo mostró una mayor participación de grupos organizados en el
levantamiento popular, las luchas sociales conservaban como sello
dominante su forma espontánea. Las agrupaciones políticas eran utilizadas
por esta marea como ayuda logística o aparatos de difusión antes que
funcionar como formas de conducción de las luchas. Los dirigentes
gremiales y estudiantiles discutían, a veces, los pormenores de la lucha
con dirigentes de las organizaciones políticos militares, pero el encuadre
y las formas de esas luchas terminaban respondiendo a sus determinaciones
propias antes que a las estrategias que cada organización proclamaba.
Tampoco estas experiencias terminaban de ser reconocidas en aquellas
estrategias. La Universidad de buenos Aires el año 71 reconocía
como referencia principal al Cuerpo de Delegados de la Facultad de
Filosofía y Letras, Dirección colegiada de todas las carreras de la
Facultad, fundamentalmente de las mayoritarias: Psicología y Sociología,
el Cuerpo de Delegados se presentaba a sí mismo como una alternativa a las
formas anteriores de organización estudiantil: los Centros de Estudiantes
y la FUA. Las formas de Democracia directa presentes en el Cuerpo de
delegados y la legitimidad de las reivindicaciones que dieron lugar a su
constitución, daban a esta estructura un respaldo estudiantil masivo,
posibilitando que cada asamblea o movilización pudiera ser presentada como
expresión indiscutida de todo el estudiantado. En una combinación de
Cordobazo y Mayo Francés, el estudiantado producía una renovación de las
carreras humanísticas incorporando como material de estudio el Manifiesto
de los Obreros de la Citroen de Francia, los escritos de Marighela, Camilo
Torres, las FARC, el M19 y TUPAMAROS, junto a los volantes y manifiestos
de todos los grupos argentinos. Paralelamente exigía y conseguía de los
docentes la incorporación de "trabajos de campo" en villas y barrios
obreros, las monografías y exámenes grupales, la evaluación
conjunta. En la ausencia de otros convocantes, las movilizaciones de
Filosofía incorporaban activistas de los más diversos lugares. Si bien al
amparo de la movilización van apareciendo en F y L los correlatos
universitarios de todas las organizaciones políticas, su dirigencia
mayoritaria es independiente. Se trata de nuevos y viejos
activistas que enarbolan las banderas de democracia directa, críticas al
reformismo y los partidos tradicionales, pero también una abierta polémica
con los nuevos agrupamientos en su incapacidad para incorporar fenómenos
tan diversos como esenciales: las nuevas tendencias culturales, el
peronismo, la violencia como fenómeno de masas. Si el PC es cuestionado
por su reformismo y su concepción aislacionista del ámbito universitario,
el FEN lo será por su condición ajena al estudiantado y su vinculación con
sectores militares, y el PRT y las FAL por su incapacidad para generar
formas de actividad legal, resultando en presencias fantasmáticas ante un
estudiantado movilizado masivamente. Sin embargo, carentes de una
estructura que los unifique, los dirigentes y activistas del Cuerpo de
Delegados compartían una esperanza común: que alguna de las nuevas
"formaciones político militares" sintetice una propuesta que les permita
integrarse a una militancia global. Tampoco el ámbito intelectual queda
fuera del cuestionamiento del activismo: si bien tanto la Cátedras
Nacionales como docentes de izquierda (Murmis, Portantiero, etcétera)
fueron inicialmente revindicados por su aporte de nuevos ejes de polémica
y elaboración, los requerimientos de la acción van dejando atrás al cuerpo
docente, que más bien es visto como acompañante en este
proceso. Con el avance en la obtención de reivindicaciones, los
ejes de discusión se van alejando de la cuestión universitaria. Pero en un
primer momento la actividad no decae. Cuando, tras la última marcha
realizada por más de 4000 estudiantes, en junio del 71, el rectorado
intenta detener el proceso cerrando la Facultad, el Cuerpo de Delegados
convoca a dar clases en otras facultades. Al poco tiempo había incipientes
cuerpos de delegados en Ingeniería, Odontología, Ciencias Exactas y hasta
en El Salvador. En solidaridad con el Sitrac Sitram intervenido,
el Cuerpo de Delegados trae a Masera, Sufí y Visi para difundir sus
luchas. Cuando se vuelven a Córdoba, se va con ellos la esperanza de
encontrar una propuesta que canalice en la Facultad tanto activismo. La
Facultad de Filosofía es reabierta y la primera asamblea decide los actos
del aniversario del asesinato del Che. Se discute si otra movilización
única o múltiples actos relámpago. Ya en esta discusión aparecen los
términos de la siguiente asamblea: la marcha única y convocada
públicamente es presentada como una herramienta típica tanto de las líneas
insurreccionales (PCR), como de las pacifistas (PC, PRT LA VERDAD). Los
independientes y los "prolongadistas" identificarán como expresión de su
política a los actos relámpago sorpresivos con ataques a "objetivos". Si
en el caso de los "prolongadistas" el razonamiento es sencillo de
explicar, en el caso de los independientes, esta identificación se apoya
en su planteo de democracia directa: los actos expresarían un nivel más
alto de organización y lucha del estudiantado, mientras que las propuestas
"pacifistas" implicarían un menosprecio del grado de conciencia alcanzado.
El 8 de octubre, más de diez actos relámpago, realizados en la Ciudad de
buenos Aires por un millar de estudiantes, termina con ocho sucursales
bancarias quemadas y unos treinta presos (sólo en uno de los actos hubo
detenidos). En la Asamblea posterior la polémica es situada en el
terreno de la revolución en Argentina y Latinoamérica. Toda la dirigencia
del Cuerpo de Delegados, con el apoyo de las agrupaciones cristianas,
CEP-CENAP y la TAR, defiende las tesis de Guerra Popular Prolongada,
aunque reconociendo los rasgos urbanos de la lucha en Argentina. Se
trataba, en realidad de un intento de apelar a las tesis del Che y la
revolución vietnamita para explicar la ausencia de alternativas al proceso
inmediato, tanto en el ámbito universitario como en el país. El PCR, único
defensor de las tesis insurreccionalistas, tampoco avanza en el problema:
cierra su intervención con la consigna que sustentarán hasta el 73: ni
golpe ni elección, insurrección. Por primera vez, desde 1969, una
asamblea de Filosofía termina sin propuestas de acción inmediatas. En un
mes y de la mano de un nuevo decano -Serrano Redonet, peronista de
derecha-, la Facultad se llenará de policías. El ejecutivo del Cuerpo de
Delegados, virtualmente en la clandestinidad se irá dispersando al igual
que buena parte del activismo. Buscarán nuevas alternativas en la
inserción gremial o en la incorporación a las formaciones político
militares. En poco tiempo se los encontrará , en todo el país, en
los cuadros intermedios y dirigentes de sindicatos, agrupaciones barriales
y de las formaciones político militares. Más tarde poblarán las listas de
desaparecidos, presos y exiliados, como testimonio del momento en que
mayor participación del estudiantado se manifestó en las luchas
populares.
El Cordobazo en Santiago
El alzamiento
popular que recorrió la Argentina en 1969 había tenido un eco moderado en
Santiago. Apenas algunas corridas, producto de las manifestaciones
estudiantiles de apoyo que se dieron en la plaza principal, algunos
comunicados, volantes. Sin embargo esta primera confrontación apenas
violenta tendría gran influencia en el desarrollo de la actividad y la
consciencia estudiantil. El testimonio de un protagonista de la época
habla de que "al cumplirse el primer aniversario del Cordobazo, la
conducta de la policía local giró 180º echando por tierra los atributos
que un año atrás le reconocieron, debido a que los estudiantes
santiagueños fueron severamente reprimidos. "En ésa fecha se hizo
un acto en la Plaza Libertad, aunque la idea era realizarlo en la
Catedral. Estaban todos los sectores de la juventud encolumnados algunos,
bajo el Partido Socialista de la Izquierda Nacional (P.S.I.N.), que luego
se dividió formándose el Frente de Izquierda Popular (F.I.P.). También
hubo gente del Partido Comunista (P.C.); de la Juventud Peronista (J.P.)
que luego desembocó en Montoneros y sectores marxistas que no estaban ni
con el P.C. ni con los otros, que serían los que van a ir conformando el
PRT-ERP. El acto en sí fue pequeño pero duramente reprimido; hubo corridas
y se lo llamó el Sirocazo por la confitería Sirocco, en la cual, la gente
se refugió y la policía entró e hizo destrozos". (26) La Universidad
Católica había pasado por un período en el cual, la permisividad
introducida por un inteligente Rector, el Pbro. Mayer, haría posible el
surgimiento de un amplio espacio de discusión democrática. Utilizando esa
apertura, los grupos de izquierda tendrían posibilidad de convocar a
asambleas de libre participación y dar a conocer sus ideas. Al calor de
estas asambleas se dio una veloz radicalización de los jóvenes que hacían
sus primeras experiencias universitarias en Santiago. El Pbro. Mayer sería
rápidamente removido por los miembros del Consejo de Administración
-verdaderos "propietarios" de la Universidad, de acuerdo a sus estatutos-,
pero el movimento iniciado por él ya era indetenible. A través de
elecciones democráticas los sectores de izquierda ganaron todos los
centros de estudiantes. Franja Morada (UCR), AUN (PSP), corrientes más o
menos reformistas -es decir, que no propugnaban un cambio revolucionario
de la sociedad-, habían ganado algunos centros, mientras que la mayoría de
los otros estaban ya en manos del MOR (Partido Comunista), y ALE (PRT)
corrientes que defendían abiertamente una línea marxista-leninista. El
peronismo que había logrado alguna participación en los centros de
estudiantes, era el de izquierda, y en caso de concertar alianzas, solía
hacerlas con el PRT antes que con los otros sectores. El 29 de
Mayo de 1972 se efectuó una concentración en la plaza principal de
Santiago, para conmemorar el segundo aniversario del Cordobazo. La ocasión
se había hecho propicia para reclamar además la rebaja de los aranceles
universitarios, que habían sido aumentados por las autoridades.
Particularmente los de la Facultad de Ciencias Económicas, de la
Universidad Católica, habían sido fijados a una altura que los convertía
en casi inalcanzables para los recursos de las familias de clase
media-baja en Santiago. Se habían concentrado unos mil jóvenes hacia las
siete y media de la tarde. Entre consignas y arengas espontáneas, las
columnas de estudiantes daban vueltas a la plaza, frente a la policía y la
catedral, hasta que fueron amenazados con un avance por la guardia de
infantería. A viva voz, los dirigentes llamaron a la dispersión,
para volver a concentrarse en la Plaza San Martín, frente a la Casa de
Gobierno. El lugar altamente simbólico. La estatua ecuestre de San Martín,
ubicada por entonces en el centro de la plaza, tenía hacia uno de sus
costados a la Casa de Gobierno; a sus espaldas, la Casa del Pueblo, local
histórico del Partido Socialista, y enfrente al Convento de Belén, donde,
por falta de local propio, funcionaba además la Facultad de Ciencias
Económicos -en conflicto con sus autoridades, como se recordará. La Casa
de Gobierno aparecía oscura y distante, rodeada de policías. En la Casa
del Pueblo -que a la sazón estaba administrada por el Partido Socialista
Popular- se efectuaba justamente su asamblea a anual. El PSP tenía un
excelente trabajo político en el interior, por lo cual la gran sala del
imponente edificio estaba llena con los delegados de esos pueblos, entre
los cuales se contaban muchos delegados de los obreros rurales y los
hacheros. Hacia las ocho de la noche se iban reuniendo otra vez los
grupos de activistas, acompañados cada vez por menos estudiantes comunes.
La actitud policial había disuadido a más de la mitad de quienes
concurrieran entusiastas a la convocatoria anterior: quizá el grupo
reunido alcanzara a duras penas a los quinientos jóvenes que esta vez se
reagruparon frente al edificio de la Sociedad Sirio Libanesa, en medio de
la calle. La policía había cortado ya la calle Jujuy, a la altura
de la Avda. Belgrano y en su intersección con Absalón Rojas; también la
Avenida Rivadavia, ocupando con carros de asalto y efectivos de la Guardia
de Infantería toda la franja entre Absalón Rojas y Juárez Celman, frente a
la Casa de Gobierno. De esta manera los estudiantes que habían llegado
hacia esa hora quedaban encerrados. Previendo que las fuerzas
policiales podrían impedir el acceso a la facultad de Ciencias Económicas,
los dirigentes acarrearon a la multitud hacia allí. Y frente a la puerta
principal del Colegio de Belén, sobre Jujuy, que lo era también de la
facultad, se comenzó a sesionar en asamblea. Entonces fue que un
estudiante de abogacía de la Federación Juvenil Comunista propuso la toma
de la facultad de Ciencias Económicas, para presionar a las autoridades
hacia una baja de los aranceles. Debido a la amenaza de la policía, las
discusiones tenían un trámite desordenado, y las propuestas se sucedían
sin que la gente prestara mayor atención. De repente, los policías
comenzaron a atacar con gases lacrimógenos. El autor de la propuesta de
tomar la facultad, a los gritos, orientó a la mayor parte de los
estudiantes para que en vez de huir entraran a la facultad. Pese a ello,
una gran parte de la manifestación se dispersó, apenas unos docientos
alcanzaron a entrar y enseguida se clausuraron desde adentro las pesadas
puertas del edificio colonial. Los docientos jóvenes quedaron adentro
de la facultad. Sobre una fuente en el jardín de entrada se trepaban los
oradores -coordinados por Coli Bader, un dirigente de la Facultad de
Derecho-, que mantenían el fervor de los estudiantes. La asamblea
prosiguió, y antes de que la policía acerrojara totalmente el edificio por
fuera, Julio Carreras (h) propuso que se buscara la solidaridad popular y
sindical, tratando de reproducir el acuerdo logrado en Córdoba entre
sindicatos y estudiantes. La mayoría estuvo de acuerdo y se nombró al
mismo Carreras y un joven porteño que se hacía llamar "Quique" Gutiérrez
para llevar la representación de la asamblea ante el Partido Socialista
Popular y la CGT. Los jóvenes salieron y dada la urgencia se repartieron
la tarea: Julio fue al PSP y Quique a la CGT. Ninguno obtuvo adhesión
alguna. Ismael Soria, que presidía el congreso del PSP, le lanzó una
filípica a Julio por haber interrumpido sus importantes deliberaciones, y
ante la insistencia del joven le dijo, ante los numerosos concurrentes de
su local, que "si quedaba tiempo" tratarían el tema de una supuesta
solidaridad del PSP con los estudiantes "luego de que se trataran todos
los puntos del temario para el congreso". A Quique le dijeron los
sindicalistas que no querían saber nada de meterse con cuestiones de la
universidad. Ambos embajadores volvieron a la facultad tomada;
debieron saltar por sobre las vallas que la policía había puesto; al
llegar a la puerta vieron que el autor de la propuesta de tomar la
facultad se deslizaba entre los grupos de jóvenes que aún se retiraban de
allí, hacia la Avenida Belgrano. La facultad estuvo toda la noche
tomada. Las monjas del convento hablaron con los estudiantes y los
invitaron a pasar a las aulas y la capilla, donde se improvisaron reductos
para pasar la noche con colchonetas y frazadas provistas por el convento.
A eso de las 3 de la madrugada arribaron fuerzas del Ejército, quienes
rodearon por completo la manzana, e instalaron armas pesadas, como
morteros o ametralladoras antieaéreas. En tanto, habían quedado en la
facultad unos cincuenta estudiantes, entre varones y mujeres, que
escuchaban radio, se turnaban para vigilar los techos y practicaban
reuniones de pequeños grupos para hablar de política, historia, sociología
-los temas del momento. Ante un pedido de los militares, las monjas se
negaron a que ellos o la policía ingresasen al convento para sacar a los
estudiantes. Se nombraron negociadores -uno de ellos Coli Bader, otro
Quique Gutiérrez- que tuvieron a su cargo el diálogo con las autoridades
(a viva voz, o por teléfono). Cerca de las cuatro de la madrugada se le
permitió la entrada al dirigente peronista Abraham Abdulajad, pues tenía
la confianza de los jóvenes montoneros. A eso de las cuatro y media, el
rector de la universidad, Francisco Cerro, exigió la rendición
incondicional de los estudiantes y el abandono de la facultad, como último
aviso antes de apelar a la fuerza. A su lado estaba el Jefe del Batallón
141 de Ingenieros de Combate, con asiento en Santiago del Estero, con
casco y uniforme de combate. Los estudiantes se negaron, y contestaron que
únicamente saldrían si se convocaba al periodismo y a un juez, además de
otorgar garantías de que no se iba a detener e incomunicar a los
participantes de la toma. Finalmente se obtuvo esta promesa. A las cinco
de la mañana, los estudiantes desfilaron ante la mirada adusta de Cerro,
los jefes militares y policiales, jueces, periodistas y algunos pocos
curiosos, hacia los camiones de la policía. En ellos los trasladaron,
fuertemente vigilados, hacia la jefatura. Allí les tomaban las impresiones
digitales y una fotografía e iban largándolos de a uno. A eso de las dos
de la tarde no quedaba ninguno ya en el antiguo edificio del Cabildo,
usado desde hacía algunos años por la Jefatura de
Policía.
Lanusse y el "Gran Acuerdo
Nacional"
El viborazo y la agudización de las luchas en el seno
del gobierno dictatorial demarcan de manera clara la transitoriedad de la
dictadura militar. No sólo comenzaba a quedar claro que la no podían
"descabezar la víbora marxista", sino que tan siquiera conseguían un
mínimo aval como para gobernar en paz al resto de los sectores. Lejos de
aceptar esta situación pasivamente, la dictadura compensaba su mayor
debilidad de propuesta con más represión, aumentaba la presencia policial
en las calles, recrudecía su discurso de único actor político y retomaba
la violencia de la resistencia popular como argumento de su
continuismo: ante la disolución social sólo las FFAA podrían garantizar la
continuidad institucional. En marzo de 1971 se produce la crisis
definitiva entre la Junta militar y Levingston. Entonces lo destituyen y
el 23 de marzo de 1971 es designando como su reemplazante el general
Alejandro Agustín Lanusse. Por primera vez desde el golpe de 1966, un
oficial superior ejercía la unidad de mando político y
militar. Al asumir la presidencia, una de sus primeras promesas
fue la convocatoria a elecciones, para asegurar un traspaso ordenado del
gobierno a las autoridades civiles. "Lanusse estaba perfectamente
consciente de que no iba a haber ningún modo de alcanzar esa meta sin
negociar con Perón. Por lo tanto, resolvió abrir la puerta a los
peronistas." (47) Perón a ésta altura del partido ya no era el mismo. Sus
condiciones físicas lo hacían trastabillar. En ese mes marzo, "el
descubrimiento de señales de sangre en su orina lo llevaron a la clínica
del Dr. Puigvert en Barcelona. Le encontraron una serie de papilomas en la
vejiga. El cirujano se los extrajo y le aseguró a su paciente que estaba
en un excelente estado de salud. Pero las noticias del problema físico de
Perón, desataron especulaciones sobre el futuro del movimiento peronista"
(48). No obstante este detalle, Perón mantuvo una estrecha comunicación,
misivas de por medio, con los Montoneros. En Febrero de 1971, éstos, le
hicieron conocer porqué detienen, juzgan y matan a Aramburu. También le
comentan la ejecución de Alonso y el rol y responsabilidad del Ejército
Argentino para liderar una revolución nacional, popular y
antiimperialista. Le marcan como única salida para revertir la situación
de sometimiento que sufre el país, es instaurando el socialismo nacional
el cual pasa por la guerra prolongada. Perón les contestó entre otras
cosas que "ha llegado la hora de la juventud. Los pueblos que olvidan su
juventud renuncian a su porvenir, porque aquella representa su futuro.
Tenemos una juventud maravillosa, que todos los días está dando muestras
inequívocas de su capacidad y grandeza. El Movimiento Peronista ha de
estar organizado apropiadamente para enfrentar la violencia de la
dictadura militar por eso, las Formaciones Especiales serán las encargadas
de llevar adelante una lucha orgánica de superficie que haga frente a las
formas más cruentas que imponen las dictaduras para azotar al país"
(49). El itinerario de Lanusse hasta alcanzar la Presidencia está
determinado por el prestigio político de que gozaba en las fuerzas armadas
y su propuesta era elemental y adecuada a la conflictiva situación que se
vivía, si bien es cierto que el denominado Gran Acuerdo Nacional no puede
definirse realmente como un plan, ya que en lo esencial procuraba la
retirada de los militares del poder político con el menor costo posible,
resguardando su carácter de reserva estratégica. En el marco de esta idea
central coexistían alternativas reales, con fantasías como la
idea de lograr que Lanusse revalidara su título con respaldo electoral, o
la de negociar con el exiliado Perón una salida conveniente. No existía un
cronograma político ni se contaba con una propuesta económica
elaborada. Lanusse dividió prontamente el Ministerio de Economía
en Hacienda y Finanzas, un artilugio para quitar del primer plano un tema
conflictivo e instaurar la cuestión política como problema principal. La
eliminación de un referente tan fuerte como Onganía en un factor de poder
que, a su vez, operaba como institución de Gobierno, abrió un estado
deliberativo en las fuerzas armadas que Lanusse enfrentó con audacia. Tomó
personalmente la iniciativa en el debate y promovió reuniones en cada
guarnición que visitaba, tanto con los jefes como con el resto de la
oficialidad. Lanusse sabía que debía poner un plazo cierto a la
permanencia de las fuerzas armadas en el poder y negociar el traspaso del
poder con la dirigencia política tradicional. Al haber incorporado la
experiencia de 1963, estaba convencido de que era imprescindible
comprometer al propio Perón en la propuesta. En su concepción, la
proscripción del peronismo había generado un efecto contrario al que se
esperaba, pues el líder, cómodo en su exilio madrileño, quedaba liberado
de responsabilidades frente a la crisis que acuciaba al capitalismo
dependiente argentino y era perceptible que esa situación no lo
comprometía, al punto de que insistía en atribuir sistemáticamente todos
los males del país a su proscripción. Pero Lanusse estaba muy lejos de
concebir una salida electoral "libre y sin proscripciones", como la que
reclamaba el peronismo desde los primeros años de la resistencia. Su
antiperonismo era visceral, y tenían razón quienes lo describían como "un
gorila de pura cepa", circunstancia que le costó la cárcel durante el
primer gobierno peronista dado su compromiso con el golpe fallido que
encabezara el general Benjamín Menéndez. No era menor su aversión
a la izquierda. Durante su gestión comenzaron las desapariciones de
militantes populares y se creó el famoso "fuero antisubversivo", que se
ganó el apodo de "Cámara del Terror" o "El Camarón". Ningún jurista con
prestigio aceptó integrarla pues violaba el principio constitucional del
juez natural y por ello sus integrantes fueron reconocidos fascistas que
llegaron a participar en la tortura de los detenidos. También por
entonces se inauguró la detención prolongada de personas sin proceso, tal
el caso de Norma Morello -militante de las Ligas Agrarias correntinas y
del Movimiento Rural Cristiano- cuando el comisario Villar comandaba la
Policía Federal y se produjo el encarcelamiento del dirigente
lucifuercista cordobés Agustín Tosco y del gráfico Raymundo Ongaro,
secretario general de la CGT de los Argentinos. En esos años se
generalizaron en todo el país los denominados "operativos rastrillo", que
consistían en cercar militarmente una zona y allanar domicilios sin orden
judicial con el fin de detener a militantes populares. Por otra parte,
las promesas de salida electoral y el pragmatismo económico determinaron
un reflujo en la situación social respecto de los niveles de confrontación
que habían alcanzado su pico en las movilizaciones insurreccionales de
Córdoba, Tucumán, Rosario y Cuyo. De hecho, el Producto Bruto Interno
(índice que indica la prosperidad económica de una nación)logrado por el
gobierno de Lanusse, iba a ser el más alto alcanzado por la Argentina, no
sólo hacia atrás, sino hacia el futuro, ya que jamás sería logrado por un
gobierno posterior. De allí que tanto la dirigencia política
tradicional como la burocracia sindical, comenzaran a operar en favor de
una concertación con los militares. A mediados de 1971, algunos
dirigentes, entre ellos el secretario general de la CGT "normalizada",
José Ignacio Rucci, se sentían protagonistas del proceso abierto por el
lanussismo y colaboraban con entusiasmo en el aislamiento de los sectores
combativos. El propio Rucci convalidó el plan diseñado por el ministro San
Sebastián y el presidente de FIAT Argentina, Oberdan Salustro, para
descabezar a los gremios Sitrac y Sitram, en el marco de una vasta
operación represiva que abarcó a los sindicatos cordobeses de Luz y
Fuerza, Empleados Públicos, Municipales, Calzado y otros, con cesantías de
delegados y comisiones internas y la detención de los principales
dirigentes. Cuando López Aufranc tomó por asalto Sitrac y Sitram se
lanzaron más de 600 órdenes de captura que involucraban a la mayoría del
activismo gremial de Córdoba. La evolución de la situación política
demostraba claramente que los partidos tradicionales -incluido el
justicialismo- comenzaban a alinearse decididamente tras la propuesta
militar, al tiempo que se evidenciaba un progresivo cambio en la tendencia
de las masas. En esta nueva dinámica, los conflictos gremiales tendían a
acotarse, mientras el movimiento social perdía gravitación frente a las
urgencias políticas, pero tanto en la cúpula de las fuerzas armadas como
en la de los principales partidos existía plena conciencia de que la
tensión social continuaba siendo un factor fundamental de la
coyuntura. Lanusse tuvo una serie de actitudes que intentaron
demostrar su voluntad de acercamiento a Perón, la devolución del cadáver
de Eva Perón, la prescripción del proceso por traición a la patria y la
inclusión de su busto en la galería de presidentes de la casa de gobierno
fueron muestras de ello. El intermediario entre ambos fue el delegado de
Perón Daniel Paladino. Esta actitud de acercamiento al peronismo despertó
inquietud en algunos jefes militares. En octubre de 1971 se alzaron las
unidades blindadas de Azul y Olavarría señalando la necesidad de volver a
los lineamientos de Onganía y Levingston. El levantamiento fue fácilmente
dominado y le permitió a Lanusse retirar del ejército a los militares
contrarios a su posición. Lanusse llevó como Ministros del Interior y
de Bienestar Social al Dr. Arturo Mor Roig y a Francisco Manrique
respectivamente. Con el asesoramiento directo de estos, a quienes
consideraba experimentados e inteligentes políticos, el militar lanzó su
propuesta de el G.A.N. -Gran Acuerdo Nacional-. Era un plan político para
institucionalizar la democracia en la Argentina, pero consolidando
firmemente las prerrogativas corporativas de las Fuerzas Armadas en el
Esquema. Según algunos políticos de la época, el objetivo real de Lanusse
era "robarle al peronismo sus banderas. Quería quedarse con su fuerza y
negociar con la burocratizada dirigencia política del peronismo. Con ello
aspiraba dejar afuera a Perón, usar la fuerza del movimiento que él
dirigía y consolidar así, la continuidad del gobierno militar con un
frente electoral que absorbiera al peronismo " (50) Las puebladas se
sucedían en todo el país; el movimiento guerrillero se había transformado
en un acoso permanente y ganaba simpatías, desde la clase media hacia
abajo, en todos los sectores la población. Todos estos factores, sumados a
la inestabilidad militar que tuvo su epicentro en el levantamiento de Azul
y Olavarría, cerraban los caminos a las pretensiones de Lanusse de
legitimarse como presidente constitucional, a la vez que iban imponiendo
la apertura hacia el peronismo. Bajo el gobierno de Lanusse, las tropas
del Tercer Cuerpo de Ejército con asiento en Córdoba -al mando de
Alcides López Aufranc- tomaron por asalto las fábricas Concord y Materfer
-que la automotriz FIAT tenía en la localidad cordobesa de Ferreyra- para
desmantelar los gremios combativos de Sitrac y Sitram y encarcelar a sus
principales dirigentes. Eran tiempos en los que el ministro de Trabajo,
Rubens San Sebastián, manejaba con discrecionalidad las personerías
gremiales, que les otorgaba a unos y les quitaba a otros según la
conveniencia del oficialismo. Entre otras medidas represivas, se
facultó a la policía para extender el plazo de incomunicación de los
presos políticos hasta diez días, prorrogables por diez más. Luego los
detenidos eran puestos a disposición de la Cámara del Terror. Pero lo
que marcaría indeleblemente a la dictadura de Lanusse sería "la masacre de
Trelew", que se produjo el 22 de agosto de 1972 cuando los guardias de la
cárcel chubutense asesinaron a 16 militantes de las organizaciones Partido
Revolucionario de los Trabajadores, Montoneros y Fuerzas Armadas
Revolucionarias.
* MALENA: Movimiento de Liberación Nacional. Un grupo universitario de corta
duración, impulsado por estudiantes y dirigentes juveniles escindidos del
Partido Intransigente, de Oscar Alende. Su principal referente fue Ismael
Viñas. La mayoría de los miembros del MALENA fueron a engrosar luego las
filas de la guerrilla, especialmente el PRT y las FAL.
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