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Turbación del
gobierno militar y nuevos ensayos
ERP y Montoneros
La Argentina se
había convertido en un gigantesco laboratorio de ensayos, tanto para el
gobierno militar como para todos los sectores de la sociedad. En el seno
del pueblo, brotaban como hongos las propuestas revolucionarias y
actividades políticamente novedosas. También el arte en todos sus campos
-cine, música, literatura-, atravesaba por el momento más brillante de su
historia. Por su parte, el gobierno de las Fuerzas Armadas no acertaba una
solución a la grave inestabilidad interna que le creara el Cordobazo, y
luego de intensos cabildeos apeló a un recambio en el gobierno de la
Argentina. El nombramiento del general Roberto Marcelo Levingston tomó por
sorpresa al mismo agraciado por el dedo militar. Este, un burócrata
castrense de alto nivel, estaba ya radicado en Washington. Hasta por ese
detalle, hubo quienes vieron esto como un símbolo de hasta qué punto el
país imperialista gravitaba sobre las decisiones argentinas. Pese a ello y
sorpresivamente, el nuevo presidente intentaría aplicar medidas
nacionalistas. Pronto sin embargo, y debido a una serie de equivocaciones,
a su falta de definición con respecto a una salida electoral y a su
evidente ambición de prolongar la Revolución Argentina, bajo su brevísima
presidencia aumentaron las acciones guerrilleras y se granjeó una cerrada
oposición, hasta en las mismas filas de sus camaradas de armas. Los
Montoneros, alentados abiertamente por Perón, iban ganando las simpatías
de un vasto sector de la sociedad. Así también las otras organizaciones
peronistas, bajo la tutela del líder exiliado, quien los recibía
frecuentemente en su residencia de Guardia de Hierro (España) aunque menos
estruendosas que Montoneros, actuaban constantemente en un hostigamiento
armado desde diferentes áreas hacia el gobierno militar. Montoneros,
con el secuestro y ejecución de Aramburu, había conseguido tomar la
delantera en el movimiento guerrillero. Ello en un primer momento creó
cierto debate entre las organizaciones que ya preparaban sus movimientos
armados, respecto del camino a seguir de allí en adelante. Crónicas de la
época nos muestran a un Santucho dubitativo: "(el caso Aramburu) le
provocó sentimientos contradictorios... Si por un lado deseaba unirse a
ellos para hacer más fuerte el proyecto revolucionario, por el otro,
durante el resto de sus días mantuvo una persistente sospecha política
sobre los guerrilleros peronistas, a los que consideraba aliados por su
nacionalismo revolucionario armado, pero opositores a su proyecto de
construir el verdadero socialismo. Esto era así para Santucho porque,
primero, confiaban en una dirección burguesa: Perón; segundo, se
inclinaban por el policlasismo que diluía el carácter proletario de la
revolución y, tercero, por su origen clerical" (42) Por su parte el
PRT-ERP, el cual se mostraba ya como la guerrilla marxista de mayor poder
e influencia, no consideraba la posibilidad de una alianza estratégica con
Perón, a quien denunciaba desde el principio como un lider del
capitalismo, que sólo tenía como objetivo engañar a la clase trabajadora
desviándola de sus verdaderos objetivos. Si bien mantenía relaciones de
colaboración militar con las organizaciones armadas peronistas, se negaba
a cualquier tipo de conversación con los sindicalistas (a quienes llamaba
burócratas) y los políticos peronistas. A través de un volante repartido
masivamente, el PRT daba a conocer su programa de acción. Algunos de sus
párrafos más significativos sostenían lo siguiente: "En lo
político: "Ruptura de los pactos que nos comprometen con EE.UU. y
otros países. "Establecimiento de un sistema de gobierno de
Democracia Social. "Gobierno Revolucionario del Pueblo dirigido
por la clase obrera. " "Nacionalización de la Banca y el
Crédito. "Nacionalización del Comercio Exterior. "En lo
Social: "Solución del problema de la
vivienda. "Alfabetización de todo el
pueblo. "Eliminación de la desocupación y reapertura de las
fábricas cerradas. "Jornales, pensiones y jubilaciones dignas que
eliminen la miseria popular. "En lo Militar: "Supresión
del Ejército burgués, la policía y todo organismo represivo y su reemplazo
por el ERP y las milicias armadas populares, es decir, el pueblo en armas"
(41) Una corriente de simpatía y afecto hacia los guerrilleros
del PRT-ERP recorría los claustros universitarios, las organizaciones
villeras y los grupos de base en los sindicatos más numerosos de la
Argentina. Su actitud de escrupuloso respeto hacia la vida de los civiles
en todas sus acciones, los numerosos repartos de alimentos, luego de
expropiárselos a las grandes empresas capitalistas, unidas a la austera
seriedad que trasuntaban sus planteos políticos, los había transformado en
una especie de "Robin Hoods criollos" para gran parte de la población.
Pese a que jamás daban a conocer sus identidades, ya habían trascendido y
eran famosos los nombres de sus dirigentes más destacados: Mario Roberto
Santucho, su esposa Ana María Villarreal, Luis Pujals, Osvaldo
Debenedetti, Rubén Pedro Bonet, Enrique Gorriarán Merlo, Juan Manuel
Carrizo, Domingo Menna, Antonio del Carmen Fernández, Arnold Kremer, Ramón
Rosa Jiménez, Benito Urteaga... Es importante recordar que la
vieja izquierda argentina siempre desconfió del peronismo puesto que
Perón, allá por la década del '40, se había mostrado con claras tendencias
fascistoides, tomando además resoluciones anticomunistas que llegaron
hasta la persecución policial de sus militantes. "Si el peronismo ya no
podía ser descartado por fascista, era bonapartista o reformista burgués
y, como tal, carecía de auténtico potencial revolucionario" (43) según
creían las nuevas generaciones revolucionarias, que no estaban dispuestas
a estirar una mano hacia astuto líder que por esos tiempos lograba
concitar el apoyo de los jóvenes guerrilleros y lo peor de la derecha
sindical y policial dentro de su movimiento Justicialista. El 1º de
Julio de 1970, Montoneros provocó una extraordinaria conmoción nacional,
cuando tomó por asalto la localidad cordobesa de La Calera. El grupo
estaba dirigido por Emilio Maza. La operación fue en principio un éxito,
ya que lograron el completo control de esta ciudad cordobesa de cierta
importancia, y dominaron su guarnición militar. Fue otro golpe letal
asestado en la moral del enemigo. De allí los Montoneros se llevaron 26
mil dólares del banco más armas. Pero en la fuga, dos integrantes
de la organización fueron capturados por la policía, lo que produjo un
quiebre en uno de ellos y pasó información clave. El resultado posterior
fue el allanamiento de una casa en el barrio Los Naranjos de Córdoba, en
dónde se produjo un tiroteo y cayó muerto Maza. Las pérdidas que padeció
la organización fueron tremendas. "Los Montoneros perdieron armamentos,
bases, una lista de contactos de 167 hombres y buena parte de su seguridad
organizativa. Llegaron a estar al borde de ser aniquilados, los salvó de
la extinción, la ayuda y protección que les prestó la organización
guerrillera urbana FAP, creada años antes." (45) En Septiembre de 1970,
el ERP hace también su espectacular presentación oficial en sociedad.
Luego de un intenso enfrentamiento, con un saldo de dos muertos y varios
policías heridos, la Comisaría 24 de Rosario vio izar en su mástil la
bandera del ERP. A partir de éste episodio, el ERP se convertiría en la
organización guerrillera que más actividad militar iba a tener en la
Argentina. En este agitado 1970 también los partidos políticos
trajinaban constantemente en busca de fogonear al máximo los tiempos de lo
que ya se presentaba -incluso admitida por los mismos militares- una
inevitable salida electoral. Ya hacia fin de año, todos los sectores,
incluido el peronismo, sacaron a la luz un documento importante que se
tituló: La Hora de los Pueblos. En éste se solicitaba el inmediato
restablecimiento de un gobierno civil.
Tucumán en
marcha
La industria azucarera concentra el mayor número de
sindicatos de la provincia, seguidos por más de cincuenta de menor tamaño,
pertenecientes en su mayoría al sector servicios. Reconocida como un
fortín peronista, a pesar de las enconadas luchas de los 50 contra las
medidas del segundo Perón, fue el lugar de convocatoria para el Plan de
Lucha de la CGT lanzado por la conducción del textil José Alonso, de
buenos Aires, quien en 1964 convoca en el Club Luján a las 62 de Pie junto
a Perón, un enroque destinado a tomar distancia y alimentar su propia
influencia respecto de Vandor. Estos son los sindicalistas que reciben
masivamente y con algarabía al general Juan Carlos Onganía el 9 de Julio
y, días después, en el mismo mes, la decisión de Salimei de cerrar l6
ingenios azucareros, dejando en la intemperie a doscientas mil familias
que dependían. Pero desde las bases, las luchas callejeras se expanden
y consolidan, uniendo a obreros desocupados, estudiantes de la intervenida
Universidad Tecnológica Nacional y, poco después, la franja de obreros
temporarios que inventa el onganiato en el llamado Operativo
Tucumán. El cuadro de inactividad económica no se modifica con el
arribo de nuevas industrias que gozaban de prerrogativas fiscales y
bancarias (textiles, electrónicos, embotelladoras, procesadoras
citrícolas). El sindicalismo se renueva en condiciones ahora críticas,
siempre nucleados en torno a la FOTIA, que estaba prácticamente el comando
de la CGT local. Ocupan el primer plano los dirigentes que se habían
fogueado en la lucha de surco, talleres y sindicatos pobres. Benito
Romano, Raúl Zelarayán, Isauro Arancibia, Leandro Fote, reemplazan a los
Aguirre o Aparicio, burócratas colaboracionistas, ocupando lugares
centrales en los gremios de azucareros, docentes, gráficos, ferroviarios y
lucifuercistas. Por su parte la lucha estudiantil de los sectores
reformistas y humanistas, teñida por la oposición laicos-libres, es
absorbida por corrientes cuyo centro de interés se desplaza del campo
universitario a la condición obrera y de los sectores populares. La FUA y
su expresión local, la FUN, son casi borrados por el empuje y el
afianzamiento de centros independientes, que propugnaban un socialismo de
signo nuevo. En ello se basa la confluencia, a fines de los 60, en la CGT
de los Argentinos, de obreros y estudiantes que funcionan física y
simbólicamente en el local de la FOTIA. Las localidades del interior
agrario acompañan la protesta sindical por las fuentes de trabajo perdidas
y por la casi nula compensación del Operativo Tucumán, desplazándose sobre
las vías de acceso a la capital provincial. Estas luchas tienen, también,
formas cada vez más violentas, pues son reprimidas incluso con armas de
fuego. La muerte en las calles de Bella Vista de Hilda Guerrero de Molina
constituye el paradigma de los sacrificios a los que se expone el nuevo
Tucumán. Paralelamente, los sectores medios y chicos de cañeros
independientes, nucleados en la UCIT -dato de importancia para comprender
su comportamiento en relación al sector industrial concentrado en la CAR-
son arrojados a la crisis, produciéndose una confluencia con obreros y
estudiantes jamás conocida. Los dos "tucumanazos", que cubrieron gran
parte de la capital provincial de barricadas estudiantiles con apoyo
popular -incluído los aledaños universitarios-, no obstante la muerte del
estudiante Víctor Villalba, de origen salteño, ocurrida en la Quinta
Agronómica, marcan la inserción de los luchadores revolucionarios
tucumanos en la gran gesta que se afirma con llamas, hacia el principio de
la década de los 70.
Renace el sindicalismo
clasista
Una tendencia que tuvo sus antecedentes en las luchas
obreras de principios del siglo veinte, renacería en la Argentina ante la
represión militar a los sindicatos, a partir de 1955. En efecto, esta
tendencia que había sido diluida por Perón desde el poder, al sustituir a
los dirigentes sindicales tradicionalmente comunistas o anarquistas por
dirigentes bendecidos por el Estado, tuvo su resurgimiento principalmente
en Córdoba, al calor de las movilizaciones. La consolidación de las
diversas organizaciones armadas de la izquierda argentina FAP, FAR,
Montoneros, ERP y FAL para esa época, así como el de un sinnúmero de
organizaciones de izquierda marxistas no puede explicarse sino es al calor
y alimentadas por los nuevos aires que inspiraba el movimiento sindical
surgido en las fabricas automotrices que Fiat poseía en
Córdoba. Ubicadas en el complejo de Ferreyra, las fábricas de Fiat se
convirtieron en el segundo centro de poder económico en Córdoba y
constituyeron la segunda mayor concentración de capacidad manufacturera y
mano de obra industrial de todo el interior argentino sólo superada por
IKA. Envalentonada por su experiencia en Turín -donde había ganado una
larga lucha contra la central de trabajadores italianos la CGIL- Fiat
prohibió la actividad sindical en las plantas hasta 1958 (se
había instalado en 1954). Sólo se avino a reconocerla cuando el gobierno
de Frondizi aceptó la conformación de sindicatos por fábrica, verdadera
excepción en la vida de los sindicatos nacionales. Así nacieron el Sitrac
(Sindicato de Trabajadores de Concord), Sitram (Sindicato de Trabajadores
de Materfer) y SITRAGMD (Sindicato de Trabajadores de Grandes Motores
Diesel), con personería gremial recién desde 1964. Desde un
comienzo Fiat articuló una política hostil hacia los trabajadores,
procurando evitar toda influencia del sindicalismo nacional mientras
implementaba un férreo ajuste de la disciplina fabril. No sería sino hasta
comienzos de los 70 que Fiat habría de encarar los planes de modernización
productiva y de racionalización que IKA primero y luego Renault habían
iniciado varios años atrás, ante la amenaza que significaban las nuevas
fábricas automotrices instaladas en buenos Aires. En realidad, Fiat había
transplantado al país la política laboral que desarrollaba en Italia. No
sólo había descentralizado la producción en el país mudando las
operaciones de montaje a El Palomar (Pcia. de Buenos Aires) y de
producción de camiones y tractores a Sauce Viejo (Santa Fe), sino que
mantuvo un sistema de producción cuyo ritmo se encontraba abrumadoramente
atado a la velocidad de la máquina. Así estaba en operación el llamado
acople de máquina mediante el cual se buscaba la máxima productividad
laboral, sin importar las consecuencias físicas y psíquicas que se
imponían. Este método productivo suponía que las responsabilidades del
operario en la línea no estaban referidas sólo a una máquina sino que se
extendían, durante los tiempos muertos, a máquinas vecinas, intensificando
de esa manera el trabajo. Paralelamente la empresa establecía los
incentivos salariales como base de su sistema de remuneraciones. Esta
modalidad, que otorgaba a todo un departamento y no a los trabajadores
individuales un pago extra sobre la base del rendimiento, era toda una
anomalía salarial en la década de los 60. A diferencia de Renault, que
asentó los aumentos de productividad en la racionalización de planta, Fiat
procuró maximizar las ganancias sobre la reducción de los costos
laborales. Las prácticas de remuneración -como el premio a la producción
que asociaba los salarios a la productividad obrera, en una industria
donde las formas standard de pago eran los salarios por hora o mensuales,
dependiendo de la categoría- eran solamente explicables por el carácter de
sindicato único. El premio a la producción establecía metas revisadas
mensual y a veces semanalmente, alcanzables sólo a ritmos de trabajo
acelerados, mientras incentivaba las disputas y tensiones entre los
obreros. Pero este sistema permitía a Fiat ajustar los costos de
producción y laborales de acuerdo a las necesidades del mercado evitando
con ello las rígidas escalas salariales. Durante los primeros
tiempos la empresa despidió con asombrosa rutina a los activistas de base
sin importarle las tensiones que esta política generaba. Tal era su férreo
control sobre los ritmos de producción y la asignación de las tareas. La
dificultad de la dirigencia sindical para alcanzar continuidad en su tarea
explica en parte la ausencia de los sindicatos de Ferreyra durante el
Cordobazo considerados para esa época sindicatos "amarillos. Pero la
descomposición sindical interna y la efervescencia social posterior al
Cordobazo alentaron a los trabajadores a la construcción de un movimiento
de recuperación sindical de características nunca vistas hasta ese momento
que daría lugar al sindicalismo clasista. En efecto, en marzo de 1970,
los obreros de Fiat se rebelaron contra la conducción sindical "amarilla",
y en asamblea abierta en fábrica eligieron su nueva dirección. Pero no
sería sino después de largas negociaciones con el Ministerio de Trabajo
-tomas de fábrica con rehenes mediante que alcanzarían el reconocimiento
de su personería gremial. Este proceso de construcción de una nueva
dirección sindical -obtenida mediante métodos de acción directa- no podría
haberse alcanzado sin las condiciones político sociales específicas
heredadas del Cordobazo. Los gobiernos provincial y nacional, atentos al
desarrollo de las conversaciones con la empresa, temían por un rebrote
insurreccional popular. De ahí que -a pesar suyo y de sucesivos embates
contra la nueva dirigencia sindical- presionaran a la empresa para
alcanzar rápidos acuerdos. Los sindicatos de planta Sitrac y
Sitram llevaron así, desde su surgimiento, una impronta profundamente
democrática, esencialmente antiburocrática y una particular aversión a la
empresa y al gobierno. El carácter antiburocrático, anticapitalista y
antiestatal que asumiera es constitutivo al propio clasismo. Este espíritu
democrático se vio igualmente fortalecido por el hecho de que todos sus
dirigentes conservaron su empleo en la fábrica. El desafío mayor
del nuevo sindicato se condensaba en la modalidad de organización y nuevas
condiciones de trabajo en las plantas. De allí que al igual que ocurriera
con el Smata posteriormente, bajo la influencia de los delegados
clasistas, los conflictos en el lugar de trabajo alcanzaran particular
relevancia. Sin embargo el surgimiento del clasismo no puede pensarse
sin incorporar el descrédito de la vieja dirigencia sindical peronista:
desde el participacionismo con Onganía y el "golpear para negociar" del
vandorismo, que fogonearon la crisis de una modalidad de liderazgo
sindical que había inficionado los sindicatos con posterioridad a las
luchas de fines de los 50. Pero los sindicatos de planta no se
reivindicaron desde sus orígenes "clasistas" ni contaban para esa
época con el programa político que asumirían más adelante. Esas posiciones
fueron alcanzadas como producto de una dinámica sindical política y social
de creciente enfrentamiento con la patronal -que no cejó en su política de
hostilización permanente hacia el sindicato-, con el ministerio de Trabajo
que amenazaba constantemente con la intervención, y tras el
distanciamiento de la dirigencia sindical peronista del Smata que siempre
vio a los sindicatos de Fiat como una amenaza y cuyo silencio, ante las
amenazas oficiales de pérdida de personería gremial, fomentó una mutua
desconfianza. Este proceso fue portador de un cambio sustantivo en la
relación capital-trabajo al interior de la fábrica. Mientras los
capataces y encargados de turno modificaban su trato autoritario para con
los obreros, estos iban adquiriendo seguridad en las respuestas y fuerza
interna en sus reclamos. A su vez las fuerzas de izquierda
cordobesa constituyeron un factor de primer orden en el surgimiento y
consolidación del clasismo. Su apropiación y reivindicación permanente del
Cordobazo, a tono con los métodos de acción directa ejercidos por Sitrac y
Sitram abría un canal natural de comunicación y penetración de las ideas
socialistas y revolucionarias. Por lo demás la dirección del Smata había
sido particularmente exitosa en el manejo de los conflictos laborales
siempre que estos estuvieran focalizados en las condiciones salariales.
Pero cuando el conflicto superaba esas disputas, sus limitaciones para
cuestionar la autoridad empresarial al interior de la planta eran
marcadas. En realidad como dirigencia siempre manifestó una posición
vacilante ante la racionalización e intensificación del trabajo en la
producción, mientras suprimía en la práctica toda reivindicación sobre la
cogestión obrera. Este panorama permitió que la izquierda pudiera
construir -junto con las bases obreras de Fiat- el programa sindical
clasista a partir de los problemas que los trabajadores experimentaban en
la planta. De esta manera el clasismo modeló una nueva composición
política. Reemplazó aquella noción extraída de la experiencia peronista
que veía en el estado al motor del desarrollo nacional y el lugar donde
los trabajadores demandaban sus deseos de justicia social, por el de la
máquina represora y opresora representante del interés más general de la
clase capitalista. Este carácter profundamente anti-estatal confluía con
su acentuada oposición antipatronal, dinámica anticapitalista que suponía
explícita o implícitamente una natural incompatibilidad con los intereses
de la clase dominante. Era el sindicalismo el que se redefinía y con ello
la composición política de la vanguardia obrera cordobesa. La batalla
política trascendía la dirigencia sindical corrupta, a la cual denunciaban
como "traidora" y "burocrática", para incorporar al Estado y la clase
capitalista como contendientes particulares. En este
emprendimiento el sindicato debía ampliar su rol de organizador y formar
la conciencia de la clase trabajadora en tal perspectiva. El sindicato del
calzado y la fábrica Perdriel en Córdoba primero; la dirigencia de PASA en
buenos Aires luego, habrían de continuar el camino iniciado por los
sindicatos de Fiat. Más tarde, en 1972, le tocaría el turno al propio
Smata cordobés. El paro activo, la ocupación de planta y la toma de
rehenes formaron parte no sólo de una apelación a la acción directa sino
que expresaron igualmente el carácter anticapitalista de su actividad
sindical. Las formas y métodos de lucha desarrollados por el clasismo
fueron francamente transgresores: sea bordeando la ilegalidad y provocando
al "orden" instituido, sea colocándose abiertamente fuera de la ley. Por
lo demás, la tendencia a la movilización callejera significaba una clara
tentativa para extender el conflicto fuera de la fábrica. La forma
particular que adoptó la oposición obrero masa-capitalista prolongó la
dinámica del enfrentamiento más allá las fronteras fabriles. El
antagonismo obrero-capital trasladaba su enfrentamiento desde el proceso
de producción al de la reproducción; de la fábrica a la sociedad. Un salto
político cualitativo que alentaba la idea de que la vanguardia obrera
surgida era capaz de avanzar en la disputa con el propio
capitalismo. La experiencia recorrida, por lo demás lo
demostraba: si el Cordobazo había desplazado a Onganía del poder, el
Viborazo había mandado al traste a su sucesor, Levingston. La afirmación y
confianza en sus propias fuerzas modelará igualmente la respuesta que el
sindicalismo clasista daría con posterioridad al GAN de Lanusse: "ni golpe
ni elección: revolución".
Más desgaste para el militarismo
cursillista
El 27 de junio de 1969 había sido asesinado en
buenos Aires Emilio Mariano Jáuregui, militante comunista. Detenido por la
Policía Federal, se le aplicaron torturas hasta provocar su muerte. Venía
de participar de una marcha de repudio a la visita del banquero
Rockefeller a nuestro país cuando fue detenido. Emilio era uno de los
tantos miembros jóvenes del Partido Comunista, que había roto con la
dirección que llamaban "traicionera" de Victorio Codovilla, para
integrarse a las nuevas camadas de jóvenes que procuraban otros caminos
más revolucionarios para su militancia. Como sindicalista se había
desempeñado como secretario general del sindicato de Prensa, de Capital,
el primer gremio intervenido por la dictadura militar del general Juan C.
Onganía. El joven periodista había actuado como corresponsal en Vietnam
durante la agresión del imperialismo yanqui a ese pueblo. Luego,
consolidado en sus posiciones revolucionarias, había estado en Cuba, donde
recibió formación militar. Con un punto de vista crítico al foquismo y a
la dirección de los soviéticos, Emilio se incorporó a Vanguardia Comunista
para tratar de fusionar una estrategia revolucionaria con la lucha de
masas de la clase obrera. Pronto se convertiría en otro de los
involuntarios símbolos -en este caso de los Trabajadores de Prensa- de los
cuales la dictadura militar iba abonando el camino de la revolución con su
política represiva. Con la caída de Juan Carlos Onganía se
afianzó el liderazgo del general Alejandro Agustín Lanusse en el seno de
las fuerzas armadas. Su proyección hacia la presidencia se consideraba una
cuestión natural y por había sorprendido la designación en ese cargo del
agregado militar de la embajada argentina en los Estados Unidos,
Levingston, absolutamente desconocido para la sociedad y hasta para sus
camaradas de armas. El ascenso de Levingston se debió a que los
militares no terminaban de asimilar el fracaso de la Revolución Argentina.
La salida electoral como alternativa era difícil de digerir para quienes,
desde el golpe de José Uriburu, en 1930, habían determinado la vida
nacional y, de la mano de Onganía, soñaron con sepultar a los partidos
políticos tradicionales y superar con su liderazgo la antinomia
peronismo-antiperonismo. Tal vez por eso el nuevo mandatario de facto se
presentó en sociedad con la flamante banda presidencial agradeciéndole a
Onganía "los importantes y patrióticos servicios prestados".
Luego, su presidencia se mostró como una continuidad natural del proceso
abierto en 1966. Sin embargo, Levingston pretendía imprimirle un
sesgo nacionalista a la política económica y buscar algún tipo de
apoyatura política. Uno de los primeros en brindársela fue Oscar Alende,
del Partido Intransigente, en tanto que Aldo Ferrer -caracterizado
economista que proponía una acumulación capitalista nacional y autónoma-
fue designado como ministro de Obras Públicas, y asumió poco tiempo
después la cartera de Economía. Pero esta propuesta sólo logró la
adhesión de unos pocos oficiales superiores. Hasta que el Viborazo de los
obreros cordobeses de marzo de 1971, como acontecimiento más saliente de
la movilización popular, se encargó de demostrar su
inviabilidad.
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