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Iglesia y sociedad
La Argentina en
movimiento
Paralelamente a la agitación en Córdoba, se
levantaban en diferentes lugares de la Argentina otras puebladas que
impulsarían un giro significativo a la historia. Las movilizaciones que,
en conjunto, fueron denominadas como El Rosariazo y El Tucumanazo,
constituyeron, junto al Cordobazo, un rudo golpe a las ambiciones
militares de perdurar en el poder indefinidamente. He aquí la
cronología de las movilizaciones populares más importantes, desde el 13 de
mayo hasta el 17 de septiembre: 13 de mayo: En Tucumán, los ex
trabajadores del ingenio Amalia, ocupan el establecimiento y toman como
rehén por unas horas al director-gerente, José Gabarain exigiendo el pago
de haberes atrasados. 14 de mayo: En Córdoba, 3500 obreros de la
industria automotriz abandonan las fábricas y se reúnen en el Córdoba
Sport Club, para tratar la posición del gremio, ante la eliminación del
"sábado ingles". Hay duros enfrentamientos callejeros que arrojan un saldo
de 11 heridos, 26 detenidos y la rotura de vidrieras. 15 de mayo:
En Corrientes, tras el anuncio del aumento del 500% del vale del Comedor
Universitario, los estudiantes repudian con una marcha, la medida del
rector Carlos Walker. La represión policial provoca la muerte del
estudiante Juan José Cabral. 16 de mayo: En Rosario, se produce
una reacción de repudio en la Facultad de Medicina, luego se suman otras
facultades. El rector decide la suspensión de las actividades
universitarias hasta el lunes 19. En la Capital Federal se anuncia que se
despacharon refuerzos policiales a Corrientes y la Gendarmería de Formosa
se halla acuartelada. 17 de mayo: Se inicia la protesta en el
Comedor Universitario de Rosario. Tras reprimir una manifestación, la
policía asesina en la Galería Melipal al estudiante Adolfo Bello. La CGTA,
decreta el estado de alerta y cita a un plenario para el día
20. 18 de mayo: Distintos sectores sociales, gremiales y
políticos rosarinos repudian el asesinato del estudiante. 20 de
mayo: Los estudiantes rosarinos anuncian un paro nacional; en Córdoba se
realiza una marcha del silencio; en Corrientes los docentes piden la
destitución de las autoridades universitarias; en Mendoza se dispone un
paro de actividades y marcha del silencio. 21 de mayo: Marcha del
silencio en Rosario. Participan agrupaciones estudiantiles universitarias
y secundarias y la CGTA. Los manifestantes, en número de 4.000, hacen
retroceder a la policía. Cae asesinado el obrero y estudiante Luis Blanco,
de 15 años. Los estudiantes, apoyados por la población protagonizan el
Primer Rosariazo. 22 de mayo: Desde la madrugada, Rosario es
declarada zona de emergencia bajo jurisdicción militar. 23 de
mayo: En Rosario y su cordón industrial se concreta un paro con alto
acatamiento. Más de 7.000 personas asisten al entierro del joven
Blanco. 25 de mayo: En Rosario y localidades vecinas, numerosos
sacerdotes se niegan a oficiar el Tedeum tradicional 29 de mayo:
Paro de 36 horas en Córdoba. Represión e insurrección urbana:
Cordobazo. 30 de mayo: Paro nacional dispuesto por la
CGT. 20 de junio: Visita de Onganía a Rosario por el día de la
Bandera. Es declarado persona no grata. 7 de septiembre: Los
estudiantes universitarios rosarinos, comienzan la semana de los mártires,
con jornadas de protesta y homenajes. 8 de septiembre: Comienza
la huelga ferroviaria en Rosario, por la suspensión del delegado
administrativo Mario Horat. El paro se extiende por 72 horas, y adhieren
otras seccionales. 12 de septiembre: Los delegados ferroviarios
declaran la huelga por tiempo indeterminado, que se extiende por todo el
país. El gobierno decreta la movilización militar. En Córdoba, se ocupan
varias fábricas. Levantamiento masivo en Cipolleti (Río
Negro). 15 de septiembre: La CGT Unificada de Rosario declara un
paro de 38 horas. 16 de septiembre: A las 10 parten las columnas
desde los lugares de trabajo y los sindicatos. Represión y enfrentamientos
en toda la ciudad. La lucha se traslada a los barrios, donde las fuerzas
policiales no logran penetrar. De 100.000 a 250.000 personas participan
del segundo Rosariazo o Rosariazo Proletario. 17 de septiembre:
El Ejército se hace cargo de la represión, y comienzan a funcionar los
Tribunales Militares. Participa de la represión el entonces Coronel
Leopoldo Fortunato Galtieri. Continúa la resistencia en algunos
barrios.
Los Rosariazos
En abril de 1968, poco
tiempo después del Congreso Normalizador de la CGT que se realizó a fines
de marzo en la Capital Federal, un sector del movimiento obrero de Rosario
y del Cordón Industrial lanzó una convocatoria titulada "Por una CGT sin
compromisos o ataduras espúreas". Posteriormente, en un plenario presidido
por el secretario general de la CGTA, Héctor Quagliaro, al que
concurrieron 27 gremios, se conformó la CGT de los Agentinos Regional
Rosario, que adhirió a la central obrera nacional encabezado por Raimundo
Ongaro. Con economías regionales en crisis, como las del norte
santafesino, con fábricas e ingenios cerrados, las organizaciones obreras
de la zona decidieron movilizarse y reclamar ante las
autoridades. El 11 de abril de 1969 se congregaron 10.000
manifestantes en Villa Ocampo, y desde esa ciudad partió la Marcha del
Hambre, hacia la capital provincial, integrada por una larga caravana de
obreros sin trabajo o con sus fuentes de ocupación amenazadas. Habían
adherido a la protesta las poblaciones de Villa Ana, La Gallareta,
Tacuarendí, Las Toscas y Villa Guillermina. Desde Santa Fe el jefe
policial, coronel Druetta ordenó: "ubiquen a Ongaro de cualquier forma",
mientras reunía a 3000 policías, gendarmes y soldados. La pueblada
enfrentó la represión, ocupó el edificio comunal y obligó a renunciar al
intendente "porque no sirve para defender al pueblo". Como una
premonición de lo que vendría después, cuando los levantamientos se
extendieron por todo el país, a esa manifestación se la conoció como "la
golondrina anunciadora". A partir de entonces, comenzó a crecer y
organizarse en la provincia de Santa Fe la resistencia a la dictadura de
Onganía que "no tenía ni plazos, ni tiempos, sino objetivos". Tras la
intervención a las universidades, el movimiento estudiantil organizó su
protesta bajo los siguientes postulados: "No a la intervención, no al
limitacionismo, no al cierre del Comedor Universitario, no a la ingerencia
de la empresas extranjeras en la Universidad...". La resistencia se
expandía con marchas, asambleas, concentraciones y tomas de facultades.
Como los estudiantes cordobeses en la larga huelga de 1966, los de Rosario
aplicaban la táctica de los actos relámpago para eludir la represión. Por
esa época, se existían en Rosario las agrupaciones estudiantiles Frente
Universitario del Movimiento Nacional Reformista (MNR, socialistas),
Frente Estudiantil Nacional (FEN, peronistas), la Tendencia
Antiimperialista Revolucionaria (TAR), el Partido Reformista y la Unión
Nacional Reformista Franja Morada (radicales), el Movimiento de Avanzada
Popular Universitaria, el FAUDI (Partido Comunista Revolucionario) y AUL
(Agrupación Universitaria de Liberación). Luego de los sucesos de
Corrientes, donde fue asesinado el estudiante Cabral, en las facultades
rosarinas había un clima de tensión creciente que se manifestaba en las
discusiones, en las asambleas y en la multiplicación de los actos
relámpagos. La agitación hizo que el 16 de Mayo el rector resolviera
suspender por tres días las clases, lo que dejó al Comedor Universitario
como único lugar de reunión. Esa misma noche se realizó allí una masiva
asamblea, seguida por una marcha de los estudiantes por las calles
céntricas de la ciudad. Al día siguiente, 17 de mayo, unos 400
estudiantes se reunieron frente al frente del Comedor Universitario, en
Avenida Corrientes 797, entonando la consigna "Acción, acción, acción para
la liberación". Los manifestantes lanzaron volantes e hicieron estallar
algunos petardos, mientras un grupo manifestaba frente al Banco Alemán
Trasatlántico. La respuesta de la policía, que reprimió con las armas en
la mano, fue inmediata. El periodista Reynaldo Sietecase relató así la
refriega de ese día: "Un grupo de estudiantes, perseguidos por la policía,
corre por la calle Corrientes hacia el sur y dobla por Córdoba, desde
Entre Ríos aparecen más policías disparando sus armas. Los estudiantes y
decenas de sorprendidos transeúntes quedan encerrados... Algunos
estudiantes junto a una docena de paseantes -incluidos varios niños-
ingresan a la Galería Melipal. El lugar tiene una sola boca de entrada y
salida, por lo que otra vez quedan atrapados a merced de los
guardias. "Los agentes ingresan al edificio y reanudan la golpiza.
Entre los policías se encuentra el oficial inspector Juan Agustín Lezcano,
un ex empleado de la boite Franz y Fritz. La gente trata de evitar como
puede la lluvia de golpes: se escuchan súplicas, llantos y alaridos. En
medio de la confusión suena un disparo. Cuando la policía se repliega
queda en el suelo, junto a la escalera que lleva a los pisos superiores,
el cuerpo de Adolfo Bello con la cara ensangrentada". Horas más tarde
fallecía ese estudiante de segundo año de Ciencias Económicas. El ministro
del Interior, Guillermo Borda, expresaba el mensaje de siempre tras una
manifestación y la posterior represión: "Resulta así muy claro que el
clima de violencia ha sido provocado por elementos de extrema izquierda y
por algunos políticos, que en estos días se han mostrado particularmente
activos. No ha faltado tampoco algún dirigente gremial que, interesado más
en satisfacer sus ambiciones personales que en el auténtico bien de los
trabajadores, intenta aprovechar las circunstancias para inducirlos a
servir a sus menguados propósitos". Los días 18, 19 y 20 de mayo
se sucedieron los actos relámpagos, concentraciones, marchas de silencio,
denuncias de testigos, de abogados. Comenzó entonces a funcionar la olla
popular montada por la CGT de los Argentinos para suplir el cierre del
comedor universitario. La unidad obrero-estudiantil comenzaba a gestarse.
Entretanto, el lugar donde había sido baleado Bello estaba permanentemente
colmado de flores. Para el miércoles 21, el Comité de Lucha de
Estudiantes de Rosario y la CGT de los Argentinos había convocado "a todo
el estudiantado y al pueblo de Rosario a la marcha de homenaje a los
compañeros caídos". Los organizadores reclamaban "la solidaridad de todo
el pueblo y el cierre de negocios". La marcha partiría de Plaza de Mayo
para culminar frente al local de la CGT, en Córdoba 2060, donde estaba
instalada la olla popular. Allí se haría una asamblea en la que hablarían
Raimundo Ongaro y algunos estudiantes. En las horas previas a la anunciada
Marcha del Silencio, la zona céntrica parecía una fortaleza policial.
Carros de asalto, patrulleros, autobombas, carros hidrantes, guardias de
infantería o a caballo patrullaban permanentemente y la policía exhortaba
a la desconcentración mediante megáfonos. A pesar del aparato
intimidatorio los estudiantes comenzaron a congregarse, algunos llevando
carteles. El de los secundarios tenía la leyenda "Comité Lucha de
Estudiantes Secundarios Bello-Cabral. Contra la Estructura de la
Enseñanza". Pocos después de que los manifestantes comenzaran con las
sentadas en silencio se lanzó la represión. Como "táctica de
ablandamiento", la Policía comenzó a lanzar gases lacrimógenos. Los
estudiantes respondieron con piedras, se dispersaron, volvieron a
agruparse y en improvisadas columnas intentaron marchar. La policía
repartía bastonazos y continuaba arrojando gases. Los jóvenes armaban
barricadas con maderas de las obras en construcción, desde los edificios
les arrojaban papeles y comenzaron a encender fogatas que aumentaban
minuto a minuto. Durante varias horas, los estudiantes y las
fuerzas represivas se enfrentaron en las calles céntricas. Tras una
verdadera batalla campal, entre 3.000 y 4.000 manifestantes ocuparon el
centro ayudados por los vecinos. La zona comprendida entre Urquiza y
Mendoza por el rumbo norte-sur y Maipú y Moreno por el este-oeste,
presentaba el aspecto de un campo de guerra con grandes fogatas y
barricadas en numerosas esquinas. Vale la pena volver a la crónica de
Sietecase: "Cuando llegan los escuadrones de Caballería, un grupo
intentaba tomar el rectorado, otro salía de LT8 y un tercer grupo se
estaba dispersando hacia la calle Dorrego abandonando la idea de ocupar la
Jefatura de Policía, un objetivo que se llegó a plantear cuando la policía
huía... A pocos metros de LT8 cae abatido por un balazo en la espalda el
adolescente Luis Norberto Blanco, un empleado metalúrgico de 15 años que
intentaba huir corriendo de la represión policial. Los primeros auxilios
se los presta el médico Aníbal Reinaldo, que también sufre los sablazos de
la policía". A los pocos minutos falleció el joven Blanco; otros
manifestantes habían sido heridos. Entretanto, el Poder Ejecutivo Nacional
decretaba a Rosario "zona de emergencia", ponía la ciudad bajo control del
Ejército, y designaba al general Roberto A Fonseca a cargo del Segundo
Cuerpo de Ejército, quien "ejercerá el gobierno militar en dicha
jurisdicción". Tras la ocupación militar de la ciudad, los bandos
militares alertaban continuamente sobre las prohibiciones, las detenciones
y los tribunales castrenses. Se había detenido a 89 personas, la
gendarmería patrullaba la ciudad, y la ira entre la población contra la
dictadura aumentaba. Un plenario de 38 gremios, reunidos en el local del
Sindicato del Vidrio, donde participaron representaciones de las dos
centrales obreras (Paseo Colón y Azopardo), ratificaba la realización del
paro para el viernes 23. Simultáneamente, se difundió una declaración de
31 sacerdotes adhiriendo "a la actitud de los estudiantes y criticando
crudamente la acción policial y los poderes concedidos al II Cuerpo de
Ejército". La protesta continuó con un paro general, que provocó un
elevado ausentismo en Rosario y la zona de San Lorenzo. Pero lo que más
impresionante fue la marcha de 7.000 personas que acompañó los restos de
Blanco. Durante cuatro horas, la columna recorrió las 87 cuadras que
separaban la casa de Blanco del cementerio. Frente al féretro, el párroco
Federico Parenti expresó "...que esta sangre vertida, que esta sangre que
llega al cielo, no sea en vano... que ella lleve la liberación que
ansiamos, el instante de justicia que está reclamando el mundo. Dios dio
su sangre por la liberación del hombre, para que el hombre se despoje de
su esclavitud..". Simultáneamente, 2.000 obreros de los talleres
ferroviarios de la localidad de Pérez paralizaban sus tareas por la
suspensión de los delegados Enrique Gigena y Roberto H. Forcatto. Ambos
habían sido sancionados porque comunicaron en una asamblea la resolución
de la Comisión Coordinadora de la Unión Ferroviaria de adherir al paro en
repudio al asesinato de los estudiantes. El 8 de septiembre de 1969, el
Cuerpo de Delegados Ferroviarios de la Seccional Rosario del Ferrocaril
Mitre y la Comisión Coordinadora de la Unión Ferroviaria anunciaban que se
iniciaba una "huelga de brazos caídos en los lugares de trabajo" a causa
de la suspensión del delegado administrativo Mario J. Horat, motivada por
la adhesión a varios paros nacionales. La medida se extendió a las
seccionales de Arroyo Seco, Empalme, Villa Constitución, San Nicolás,
Cañada de Gómez y Casilda. La empresa anunció suspensiones masivas, la
seccional Rosario de la CGT se declaró en estado de alerta y convocó a un
plenario, mientras los delegados ferroviarios declaraban la huelga por
tiempo indeterminado a partir del 12 de septiembre. Mientras la
solidaridad del resto de los ferroviarios se extendía por todo el país a
través de paros, la empresa continuaba amenazando y el gobierno nacional,
a través del Consejo Nacional de Seguridad (CONASE), advertía a los
huelguistas, en tanto el decreto 5324/69 ordenaba la aplicación de la "Ley
de Defensa Civil", por la cual todo el personal ferroviario quedaba
movilizado, con convocatoria militar y aplicación del Código de Justicia
Militar. Los diarios titulaban "Dispúsose la movilización del personal
ferroviario" y el decreto, entre otras cosas, planteaba que "el personal
masculino convocado, mayor de 18 años, queda sometido a las disposiciones
del Código de Justicia Militar, a su reglamentación... por lo que el
incumplimiento de las órdenes que reciba para la realización de las tareas
y las demás infracciones delictivas o disciplinarias en las que incurriere
será reprimido...". La solidaridad con el conflicto ya no
provenía sólo de los ferroviarios: tras el plenario de la CGT Unificada de
Rosario, con la presencia de 37 gremios y de 6.000 ferroviarios, se
resolvió "realizar un paro activo por 38 horas" los días 16 y 17. Los
estudiantes universitarios y la mayoría de los partidos políticos se
sumaron al paro. A partir de las 10 del 16 de septiembre, masivas
columnas de trabajadores comenzaron a marchar desde sus sedes sindicales o
de los lugares de trabajo. Desde La Fraternidad, en Crespo 163, más de
7.000 ferroviarios se dirigieron a la empresa Minetti (molinos harineros).
Se le sumaron luego los obreros textiles de Extesa, los trabajadores del
vidrio, los de la construcción, etc. Desde Oroño al 1300, marchaba una
columna de Luz y Fuerza; otra venía de la Usina de Sorrento y, desde el
sur, se agregaban los obreros del frigorífico Swift y los
metalúrgicos. Todos intentaban converger en el local de la CGT de
Córdoba al 2.100. Los estudiantes, que se habían concentrado en las
distintas facultades, se incorporaban masivamente a las columnas
obreras. Los primeros ataques de las fuerzas de represión lograron
dispersar parcialmente a los manifestantes. Sin embargo, la organización
previa de la autodefensa comenzó a dar resultados: éstos resistían y
levantaban barricadas, reagrupándose una y otra vez. En las
barricadas, que ya abarcaban toda la ciudad, confraternizaban peronistas,
radicales, comunistas, socialistas. Los puntos de concentración
aumentaban, se incendiaban los colectivos y troles que se atrevían a
circular, y la policía se fue replegando. A esa altura, apenas controlaban
las manzanas que rodeaban las instituciones estatales, entre ellas: la
sede del Comando del II Cuerpo de Ejército, la Jefatura de Policía, los
Tribunales y las radioemisoras más importantes. Con el correr de las
horas, era cada vez mayor la cantidad de vecinos que se sumaban a la
protesta, y la lucha se desplazaba a los barrios, concentrándose
principalmente en las zonas norte y sur. Se incorporaban las amas de casa,
los jóvenes y los niños, que durante toda la jornada se turnaban para
mantener las barricadas. La policía provincial y federal y la Gendarmería
fueron desbordadas e impedidas de penetrar en Empalme Graneros, en algunas
zonas de Arroyito, en varias manzanas de la zona sur, y en numerosos
barrios. El Ejército se hizo cargo de la represión y comenzó a
recuperar el control de la ciudad. El Comunicado Nº 1 del II Cuerpo
advertía que se abriría fuego sin previo aviso ante cualquier desmán o
atentado. El Comunicado Nº 2 informaba que la Agrupación de Combate G
había ocupado objetivos ferroviarios en reemplazo de la Gendarmería
Nacional. El Comunicado Nº 3, que las tropas "habían abierto fuego en la
zona de Sorrento contra grupos de activistas." Se inició la actividad de
los Tribunales Militares y de la represión participó el entonces coronel
Leopoldo Fortunato Galtieri. La furia antidictatorial se extendió por
toda la ciudad. Las cifras estimadas de participantes iban desde 100.000 a
250.000. Al cabo de dos días de lucha en las calles rosarinas, la prensa
difundió el saldo: "Dos muertos, veinticinco heridos, centenares de
detenidos. Daños materiales: 11 trolebuses incendiados, 14 más con
roturas; 15 coches incendiados del servicio urbano e interurbano de
pasajeros, otros 40 deteriorados; 3 estaciones ferroviarias incendiadas,
100 garitas, retenes, cabinas y vagones incendiados; vidrieras rotas,
algunos incendios de galpones de fábricas". La resistencia continuó en
varios barrios.
Perón o muerte
El lunes 30 de
Junio de 1969, en la sede de la U.O.M., se produce el atentado contra
Augusto Timoteo Vandor. La muerte del dirigente sindical colaboracionista
"forzó a Onganía a declarar el estado de sitio. Las autoridades no
lograron ningún avance en sus esfuerzos por resolver este hecho. Se decía
que los atacantes podían estar vinculados a la CGT de los Argentinos que
había llamado a una huelga general para el 1º de Julio, contra la
oposición de Vandor. Otros pensaban que se trataba de un episodio más, en
la sangrienta tradición de las luchas de poder dentro del movimiento
laboral. Por último, se escuchaban rumores de que los autores del atentado
podían ser los nuevos revolucionarios peronistas, quienes consideraban que
Vandor era un enemigo del movimiento, aun cuando recientemente Perón y El
Lobo habían resuelto sus diferencias."(26) ¿Quién era Augusto Timoteo
Vandor, llamado "El Lobo"? Ex suboficial de la Armada Argentina, nacido en
1923 en Bovril, era un líder al nuevo estilo, negociador y poderoso. Ya en
1954 había comandado una huelga por mejoras salariales y logrado superar
las primeras rencillas internas que resuelve en su favor. Ya estaba en la
Unión Obrera Metalúrgica de la República Argentina. A la caída del
peronismo, en las jornadas de septiembre de 1955, la Revolución
Libertadora decide su encarcelamiento por seis meses y lo despiden de la
Phillips. Pese a ello el poder sindical de Vandor se afianzó desde 1958
(se asegura que conoció entonces a Perón en su exilio de Ciudad Trujillo).
Sin embargo, desobedecería a su líder en el exilio de Puerta de Hierro,
especialmente para el caso de alguna elección de la que esperaba
beneficiarse. Aprendió a negociar con empresarios y militares y armó
estrategias cambiantes y casi siempre destinadas a conseguir poder o para
conservarlo y volcarlo al Movimiento Obrero y a su gremio. El
grupo que dio muerte en la sede de su gremio a Vandor se empezó a
conformar un año antes. Sus coordinadores fueron Raimundo Villaflor,
Carlos Caride y Horacio Mendizábal. Una última incorporación fue el
fundador del Movimiento Nueva Argentina, Dardo Cabo (a la sazón hijo de un
gremialista vandorista, Armando Cabo). Para la operación se contó como
grupo de apoyo a Eduardo De Gregorio, Roberto Cirilo Perdía y Norberto
Habegger que operaban con el nombre de "Los Descamisados". El nombre
operativo que adoptaron para la operación fue Ejercito Nacional
Revolucionario. A posteriori ejecutarían también al dirigente del vestido
José Alonso y consecutivamente junto con Los Descamisados se fusionaron en
1972 con la OPM Montoneros. Lo cierto es que, luego de la muerte de estos
sindicalistas, Perón hizo algunos comentarios vagos destacando
elípticamente la poca "redituabilidad" para los sindicalistas de cultivar
buenas migas con la dictadura militar que lo tenía procripto. A
continuación el párrafo principal del relato de aquel atentado, efectuado
por sus protagonistas (ver texto completo en la sección
Documentos): "Los tres de arriba le preguntaron al portero en qué lugar
estaba Vandor. "No sé, no sé", decía todo el tiempo; no dijo nada, fue el
único tipo que se mantuvo en la suya. "Uno de los tres empezó a abrir
cada puerta que encontraba; cada vez más oficinas y en todas gente que
debía ser reducida. En la planta alta había dos especies de vestíbulos con
bastante gente: unos treinta en total. A todos se los ponía contra la
pared para que no nos junasen la cara, pero tuvimos mala leche, porque en
casi todas las paredes de arriba había espejos y pudieron ver todo. "El
primero seguía abriendo puertas buscándolo a Vandor y justo cuando se
dirige a una que permanecía cerrada, se abre y aparece el "Lobo", atraído
quizás por las voces de mando que debe haber escuchado. Alcanzó a
preguntar qué pasa y vio que lo apuntaba una pistola 45 a tres metros de
distancia. Se avivó automáticamente de cómo venía la cosa porque levantó
los brazos para cubrirse el pecho. Todo en una fracción de segundos. El
compañero disparó y Vandor recibió dos impactos en pleno pecho. Al girar
recibió otro debajo del brazo y cuando cae dos más en la espalda. Pero ya
estaba muerto. Cayó adentro de la oficina de la que había salido y los
pies asomaban por la puerta. Un tipo que andaba escondido adentro, a quien
no habíamos visto, empezó a gritar: ¡mataron al Lobo!, ¡mataron al
Lobo!. "El compañero del maletín prendió la mecha de trotyl, ingresó a
la oficina -el cuerpo de Vandor estaba en la antesala- y puso la bomba
debajo del escritorio de éste. No entre las piernas como después declaró
el peronista Vitali que estaba allí. Eso no es cierto. La mecha del trotyl
duraba cuatro minutos más o menos. A la gente que estaba reducida le
dijimos que a partir de que nos fuéramos tenían tres minutos para
desalojar el local porque iba a volar todo. Estaban todos muertos de
miedo, el único que mantenía la lucidez era un viejito que tenía puesto un
gabán de lana y respondía ante las instrucciones que dábamos. "Bajamos
en orden. En la puerta había un grupo de personas que se presentaron como
periodistas, pero desaparecieron apenas vieron armas. Jamás hicieron
declaraciones, nunca supimos quienes eran. Nos fuimos hasta Rondeau y el
auto seguía en marcha; habían pasado cuatro minutos".
Una
iglesia para los pobres
Juan XXIII abre las puertas, en 1958, a
una renovación que atraviesa a la estructura católica y permite que las
convulsiones populares adquieran una influencia que excede a los curas y
monjas de barrio para llegar a las jerarquías y sus discursos. Se discuten
el ritual, la relación con otras religiones y, sobre todo, con corrientes
políticas años atrás identificadas como "diabólicas". Si Pío XII justificó
su benevolencia con el fascismo y los nazis haciendo referencia al
"peligro rojo", en los sesenta la iglesia comienza a hablar de su relación
con el marxismo sin rubores: trasladará sus diferencias a cuestiones de
doctrina y ritual mientras afirmará sus coincidencias en el terreno social
y económico. Señala el teólogo Rubén Dri: "En 1958, el acceso al
pontificado de Juan XXIII cierra la etapa de Pío XII, caracterizada por
una Iglesia cerrada en sí misma, monárquica y autoritaria (...) Se inicia
así una etapa de grandes renovaciones. El Concilio Vaticano II es el
primero que no realiza condenas por herejías, sino que escucha los nuevos
reclamos, ubicando a la Iglesia en los grandes problemas del mundo." La
posguerra y la nueva división del planeta, el avance del consumismo, el
cuestionamiento a las tradiciones culturales y sexuales y el avance de
otras corrientes religiosas menos ligadas a las formas tradicionales de
poder, confluyen para cercenar el espacio que la iglesia católica
detentara hasta la Segunda Guerra Mundial. Juan XXIII percibe
esta nueva situación y es posible comprender todas las acciones de su
papado como una estrategia tendiente a recuperar un espacio para la
iglesia: del lado de los pobres y postergados, ocupa en el terreno de la
conciencia lo que tuvo que tuvo que ceder en poder terrenal y
político. La nueva forma de la misa, donde el cura se ubica dando la
cara a la comunidad y habla el mismo idioma, rompe el hermetismo del
latín, horizontaliza la relación entre el sacerdote y la comunidad y
reestablece los canales de comunicación con la sociedad. La Iglesia deja
de tener el monopolio de la fe y ésta pasa a ser patrimonio de la
conciencia. En el plano político, también se modifica la anterior
actitud de reverencialismo hacia el poder estatal, sea este del origen que
fuera. Si bien no se define un modelo de sociedad alternativa al
capitalismo, arroja sobre la mesa los problemas que el sistema capitalista
origina. Exige un compromiso frente a la injusticia, pone en crisis la
metafísica tradicional e instala una apertura hacia el evolucionismo y a
una nueva teología. En un terreno social ávido de propuestas que definan y
motoricen el cambio, el mensaje conciliar y principalmente la práctica de
los nuevos curas, va a germinar en innumerables formas de lucha y
organización popular. La salvación pasa a ser una cuestión
fundamentalmente colectiva, consecuencia de la superación por parte del
hombre de los horrores de la explotación y la injusticia social. La
Encíclica Pacem in Terris, del año 1963, concreta la apertura hacia el
marxismo. Tras la muerte de Juan XXIII, Paulo VI continúa impulsando la
renovación y se oficializa una posición plural donde el progresismo tiene
su reconocimiento. La Encíclica El Progreso de los Pueblos, condena las
causas de la pobreza y sienta las bases de una propuesta para el
desarrollo. La Octagesimo Anno, por su parte, toma posición sobre
el derecho de los pueblos a la violencia para reivindicar sus derechos
fundamentales y reconoce al marxismo como método de interpretación de la
realidad haciendo reservas sobre la parte doctrinaria. En poco
tiempo el general de los Jesuitas, hace propios estos razonamientos. A
Theilard de Chardin, paleontólogo excepcional confinado en la India,
auténtico precursor de la nueva situación, se le levanta el destierro y
pasa a ser valorado en el seno de la Iglesia. América Latina se
convertirá entonces en protagonista de la renovación que atraviesa la
iglesia y será a la vez el espacio donde mayor incidencia social tendrán
estos cambios. A la tradición de las guerras de independencia,
debe agregarse el papel jugado por los nacionalismos de la década del
cincuenta, ya que casi todos coincidieron en asumir una posición cristiana
como forma de ligar las propuestas de cambio socioeconómico con las
conquistas populares. En Agosto de 1967 dieciocho obispos de América
Latina, África y Asia encabezados por Helder Cámara, obispo de Recife, dan
a conocer un documento en el que reivindican al socialismo como más
cercano al evangelio que el capitalismo. Suscriben los conceptos del
Patriarca Máximo IV en el Concilio Vaticano II, cuando decía: "el
verdadero socialismo es el cristianismo integralmente vivido, en el justo
reparto de los bienes y la igualdad fundamental de todos". En la
iglesia argentina se reestablece una dualidad que perdurará hasta nuestros
días: de un lado los curas y hasta algún obispo comprometidos con el
reclamo y el sufrimiento de los pobres, de otro buena parte de la
jerarquía bendiciendo gobiernos de facto, armas que se usan contra el
pueblo y hasta campos de exterminio. El obispo Victorio Bonamín
bendiciendo la guerra sucia mientras las monjas francesas seguían el
camino de Alberto Carbone, Carlos Mujica, Enrique Angelelli, los
palotinos. Se comprende entonces por qué, mientras la Catedral de buenos
Aires aún alberga las misas de Onganía y en los cursillos se convalida el
pensamiento conservador del onganiato, el Mensaje de los Obispos del
Tercer Mundo en la Argentina se extiende en pocos días por todo el
país. Monseñor Antonio Devoto, Obispo de Goya, se lo da a conocer a un
cura de su diócesis, Miguel Ramondetti, y éste lo hace circular. En dos o
tres meses logran más de 500 adhesiones y teniendo en vista el CELAM de
Medellín surge una convocatoria que será fundante del Movimiento de
Sacerdotes para el Tercer Mundo. En 1967, en la Universidad Católica de
Córdoba ,se realizan conferencias que abordan tanto el "diálogo entre
católicos y marxistas" ( Manuel Virasoro, de la orden de los Jesuitas)
como el "compromiso de los cristianos con la liberación" (Conrado Egger
Lan, titular de la cátedra de Historia de las Religiones de la UNBA). El
sacerdote Melián Viscovich profesor de la Universidad Nacional de Córdoba,
en la Universidad Católica y en los Colegios mayores de Córdoba, da a
conocer su propuesta de modelo social, que reconoce su origen en la el
socialismo yugoeslavo y lo relaciona con la convocatoria de Pablo VI en la
Encíclica El Progreso de los Pueblos. Los fundadores argentinos del
Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo se agruparán por primera vez
el 1 y 2 de mayo de 1968, en Córdoba; asisten al encuentro representantes
de 13 diócesis.
Sacerdotes del Tercer Mundo
El 26 de
Agosto de 1968 se reunirá en Medellín, Colombia, la Segunda Conferencia
General del Episcopado Latino Americano (CELAM). Allí cumple un papel
preponderante el obispo de Mar del Plata, monseñor Eduardo Pironio. El
pronunciamiento del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo que se
hace llegar a Medellín con la firma de 1000 curas latinoamericanos es la
base del CELAM. Se avanza en la denuncia de la violencia que ejercen las
estructuras de la dependencia en la región y el derecho de los pueblos a
la legítima defensa. Medellín significa la gran irrupción del
nuevo compromiso cristiano en la cúpula eclesiástica y la legitimación de
la lucha liberadora. En mayo de 1969 la Conferencia Episcopal celebrada en
San Miguel, provincia de buenos Aires, se hace eco de esas definiciones,
da un vuelco en sus posiciones tradicionales, denuncia las estructuras de
la injusticia y convoca a los cristianos al compromiso. Es seguramente la
primera vez que la institución máxima del clero argentino, que sigue
alineado mayoritariamente con la derecha, toma distancia de la dictadura
de Onganía. Medellín subordina al Episcopado Latinoamericano a los
preceptos del Concilio Vaticano II y sus postulados determinarán en el
continente consecuencias mucho más dramáticas que en el resto del mundo.
La renovación del compromiso social va a traducirse en modelos como el de
Camilo Torres, la unión de la cruz y la guerrilla; en curas impartiendo un
evangelio de resistencia y lucha; en grupos de jóvenes definiendo su
rebeldía como forma expresión de su formación religiosa. La
politización de la sociedad y el carácter masivo que adquieren tanto las
ideas del socialismo como el desarrollo de la violencia popular en el
período, son impensables si no se toman en cuenta esta apertura y el
protagonismo que adquiere en la vida política de la sociedad y hacia el
interior de la Iglesia el movimiento de curas tercermundistas. En el caso
especial del peronismo revolucionario esta apertura fue constitutiva de su
nacimiento y desarrollo. Tras su ocaso en los primeros tiempos
del onganiato, el peronismo se va a reconstruir fundamentalmente a partir
de estos grupos cristianos que avanzan desde la reivindicación de los
derechos de los más humildes a una búsqueda de las bases culturales e
históricas del proceso popular. Sus componentes plebeyos, solidarios y
combativos se sintetizarán en la restauración de un nuevo tejido social
que plasmará su irrupción en 1973. En este proceso, la CGT de los
Argentinos constituirá una primera síntesis. Pronto, la
multiplicación de trabajos barriales y el surgimiento de grupos de acción
política darán lugar a un proceso rico y diverso, cuyo saldo serán el
Peronismo de Base, Montoneros y sus agrupaciones sectoriales, pero también
aquel conglomerado que va a expresarse en el período camporista hasta
comenzar su desgajamiento tras la muerte de Perón. En el caso de la
izquierda marxista la incorporación de curas y cristianos al movimiento
significa una ampliación importante tanto en la base social y en la
composición interna como en la ruptura de ortodoxias ideológicas y de
prácticas sectarias que habían trabado durante años una relación más plena
con el movimiento popular. La apertura del marxismo hacia el cristianismo
no es pacífica: el reconocimiento de su fuerza revolucionaria rompe con el
concepto monopólico de la revolución propio de su vertiente más ortodoxa.
También da paso a un reconocimiento de la historia particular del
movimiento popular y de sus mitos. Desde luego, esto lleva a una ruptura
con la interpretación tradicional, casi siempre liberal, que la izquierda
había formulado tanto de la formación social latinoamericana y argentina
en especial, de su historia y del peronismo. Paradójicamente el Ché,
marxista y socialista habrá de erigirse como puente entre estas dos
culturas de la resistencia: encarnará una posición cuestionadora, del lado
de los humildes, sus códigos, sus creencias y su fortaleza. Una actitud en
que la idea y el compromiso, la palabra y el hecho se tornan
indisolubles.
Monjas, curas... y
guerrilleros
Eran años de intenso conflicto, de sed de
revolución y cambio. Ernesto Che Guevara combatía en la selva boliviana,
el Frente de Liberación Nacional de Vietnam del Sur se preparaba para la
ofensiva del Teth (año nuevo lunar de 1968) y en los Estados Unidos
comenzaba la lucha de los estudiantes y otros sectores sociales contra el
envío de tropas a esa guerra infame. En Europa se vivían experiencias
como la de los curas obreros y el diálogo entre cristianos y marxistas. Su
correlato latinoamericano era el trabajo de numerosos sacerdotes y algunos
obispos en las masas postergadas del campo y la ciudad, y una creciente
voluntad de participación que tendrá su expresión máxima y martirológica
en Camilo Torres, el cura guerrillero. La Iglesia constituía una
inmensa caldera cuya válvula ya no se podía mantener cerrada
artificialmente. Por el contrario, los papas progresistas de los años 60,
Juan XXIII y Paulo VI, decidieron liberar estas fuerzas. "Héctor Botán,
Miguel Ramondetti y Rodolfo Ricciardelli, sacerdotes vinculados a la
parroquia de la Encarnación del Señor, en la zona norteña de Chacarita,
decidieron en octubre de 1967 hacer conocer a medio centenar de colegas de
todo el país el Manifiesto de los 18 Obispos del Tercer Mundo, en una
traducción hecha a partir de una versión francesa recibida de manos del
obispo Alberto Devoto. Durante las semanas que siguieron, los redactores
de la carta fueron sorprendidos por la celeridad, la intensidad y cantidad
de respuestas". (Del libro El Movimiento de Sacerdotes para el Tercer
Mundo, de José Pablo Martín, publicado en agosto de 1991.) La
iniciativa de los tres curas de Chacarita se propagó como reguero de
pólvora. En diciembre del 67 firmaron su adhesión al documento 270
sacerdotes argentinos. El número seguirá creciendo, hasta contabilizar 524
integrantes netos del MSTM en su momento de esplendor. Es que la propuesta
caía en un terreno perfectamente abonado por la preexistencia de grandes
grupos de sacerdotes que desarrollaban su trabajo en parroquias de villas
y de zonas obreras y campesinas. La contradicción entre su vocación
original -llamados por un Cristo que nació y vivió entre los pobres, que
echó a los mercaderes del templo y perdonó a prostitutas y ladrones- y la
realidad de la jerarquía, compartiendo con sus mejores galas la mesa del
poder, atormentaba las conciencias de estos hombres honestos y deseosos de
ver un poco de justicia en la tierra. Los fieles de sus parroquias ya no
se conformaban con la promesa de disfrutar en el cielo lo que los amigos
de los obispos tenían en la tierra, y entre su efervescencia y la de sus
sacerdotes se dará una fuerte interacción, cuya principal expresión sería
este movimiento, que realizó su Primer Encuentro con 21 representantes en
mayo de 1968. Algunos obispos, como Enrique Angelelli en La
Rioja, Alberto Devoto en Goya, y Vicente Zaspe en Santa Fe, apoyaron a
estos sacerdotes, aunque sin integrarse orgánicamente al movimiento. Pero
el grueso de la jerarquía los persiguió tenazmente. Rosario, presidida en
aquellos años por el obispo Guillermo Bolatti, era una de las diócesis con
situaciones conflictivas entre la jerarquía y los curas que trabajaban en
villas y barrios obreros. Desde 1968 hasta la crisis interna de
1973, el responsable o secretario general fue Miguel Ramondetti y,
posteriormente, Osvaldo Catena. Con muy sencillas armas organizativas, el
movimiento se lanzó a participar de lleno en el conflicto social y
político de los años 60 y 70. Ya las ideas habían tenido encarnación
práctica con el trabajo de sacerdotes "villeros", como el padre Carlos
Mujica, quien movilizaba por un mundo mejor -aquí en la tierra- a cientos
de familias pobres en la provincia de buenos Aires. Pese a había optado
por el peronismo, Mujica sería asesinado por las "Tres A" (Alianza
Anticomunista Argentina), compuesta por matones sindicales, delincuentes
contratados por el ejército y policías retirados, justamente durante el
gobierno peronista.
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