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Guerrilla en el Norte y "Doctrina de la Seguridad
Nacional"
Los
hombres del Ché
Diez hombres, supuestos diplomáticos de la
República de Argelia, se instalaron muy cerca de la frontera boliviana con
Salta, luego de llegar hasta allí en tren. Corrían los primeros días del
mes de mayo de 1963; gobernaba el país José María Guido, quien fuera
vicepresidente de Frondizi, ahora un títere civil impuesto por los
militares. Los "argelinos" eran en realidad el periodista porteño Jorge
Massetti, de 34 años, y sus compañeros, entre otros el mendocino Ciro
Bustos, pintor, el chaqueño Federico Méndez, mecánico, y los cubanos
Hermes Peña, Alberto Castellanos y Abelardo Colomé Ibarra. Peña y
Castellanos integraban la guardia personal del Ché Guevara; Colomé Ibarra
era un agente de inteligencia del Ejército Cubano. Venían a crear un foco
guerrillero en la Argentina. La idea, surgida del comandante Ernesto
Guevara, era crear en su propio país, la Argentina, el primer "Vietnam"
que iniciara la resistencia revolucionaria latinoamericana al imperialismo
estadounidense. El mismo Ché se sumaría a la lucha, una vez que terminara
de ordenar el traspaso de sus compromisos como ministro de Industria
cubano. El año anterior había estallado el episodio más caliente de la
Guerra Fría: Estados Unidos y la Unión Soviética habían estado a un paso
de la confrontación nuclear, debido a los poderosos misiles instalados por
los comunistas en Cuba. Los hombres del Ché se instalaron cerca de
Tarija, a 70 kilómetros de la frontera argentina, donde la inteligencia
cubana había comprado la finca de Embororazá. Allí, el 21 de junio de 1963
se efectuó el juramento de fidelidad de los combatientes para con el
Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP): "Revolución o muerte", exclamó cada
uno de los combatientes, luego de prometer acatar los códigos militares y
éticos de la guerrilla revolucionaria. Estaban vestidos con ropa de
combate, color verde oliva, y en sus gorras llevaban bordado un escudo con
un sol rojo y negro. Luego de algunos ejercicios, el grupo se filtró en
territorio argentino para instalar su primer campamento. A esa zona, la
palabra inhóspita le quedaba chica: montes con árboles espesos e
interminables, arañas, alacranes, mosquitos, jejenes, garrapatas, víboras,
pululaban y no eran precisamente amables hacia los visitantes humanos.
Desde el medio de esa selva el comandante Segundo (Massetti) envió un
delegado a Córdoba y buenos Aires para reclutar adherentes. Ciro
Bustos, responsable de esta tarea, tomó contacto con disidentes del
Partido Comunista como el cordobés José Aricó, editor de la revista Pasado
y Presente, y toda una red de intelectuales que resolvieron apoyar
políticamente al EGP aunque con ciertas críticas. De estos contactos
resultó la incorporación de un estudiante de Medicina cordobés y un
estudiante de Bellas Artes porteño al contingente en la selva. Mientras
los guerrilleros luchaban para adaptarse a la dura naturaleza, el 7 de
julio de 1963 los militares llamaron a elecciones, en las cuales triunfó
el candidato de la Unión Cívica Radical, el médico Arturo Illia, gracias a
la prohibición de participar al peronismo. Debido a la incipiente
apertura democrática que se insinuaba, Massetti decidió dar a conocer
públicamente la existencia de su guerrilla, a través de una Carta Abierta
al presidente Illia. La carta fue publicada en el periódico peronista
Compañero; en uno de sus párrafos principales decía: "El pueblo argentino
puede decirle sin equívoco: es usted producto del más escandaloso fraude
electoral en toda la historia del país (...) Renuncie. Exija elecciones
generales y libres en las cuales los argentinos no se vean coaccionados a
votar sino puedan ejercer su derecho a elegir". Esta aguda observación de
Massetti no era descabellada: Illia había llegado al gobierno sólo con el
15 % de los votos escrutados, por debajo de los votos en blanco, un 20 %
del total. La carta sólo sirvió para que los Servicios de Inteligencia
de las fuerzas represivas argentinas detectaran al grupo revolucionario,
ya que la escasa circulación del periódico y cierto entusiasmo entre los
sectores políticos por la aparente democracia, hicieron pasar totalmente
desapercibido el manifiesto guerrillero. Luego de ir y volver
constantemente a través de la frontera con Bolivia, el 21 de septiembre de
1963 los guerrilleros instalan su primer campamento argentino, 15
kilómetros al oeste de la localidad de Aguas Blancas, muy cerca del cauce
principal del río Bermejo. El entrenamiento militar que practicaban en
las cercanías de Orán, conducidos por Massetti y los militares cubanos,
era sumamente exigente. Efectuaban marchas forzadas, relevaban el terreno
palmo a palmo, y trataban de fortalecerse al máximo ejercitando
arriesgadas incursiones en las selvas o escalando laderas imposibles,
caminando durante horas al borde de precipicios. Esta exigencia
rigurosísima de los comandantes fue minando la resistencia de alguno de
los adherentes. El primero en "quebrarse" fue el porteño "Pupi" Rotblat.
Cayó en una situación desesperante. No soportaba el entrenamiento militar,
que le producía desmayos; sufría ataques de asma que lo paralizaban, se
perdía constantemente y sus compañeros debían regresar a buscarlo. Pronto
comenzó a padecer crisis nerviosas. Finalmente solicitó regresar; y cuando
los demás sospecharon que se escaparía, temieron el fracaso de toda la
empresa por esa debilidad que podría llevarlo a delatar la operación
guerrillera. Fue condenado a muerte. Uno de los combatientes lo mató de un
tiro en la cabeza. Pronto, otro de los guerrilleros sería fusilado. Se
trataba de Bernardo Groswald, un ex empleado bancario cordobés. Débil y
excedido de peso, tampoco soportó la instrucción militar y el acoso del
clima terminaron con su resistencia nerviosa. Uno de sus compañeros
cordobeses recordó muchos años después haberle advertido que no se
incorporara a la guerrilla, pues no lo soportaría. "¿Sabes cómo es el
infierno", recuerda que le dijo: "bueno, esto es diez veces peor". Según
estas declaraciones publicadas por el diario La Nación, el "Gordo"
Groswald constestó aquella vez, cuando se trataba su integración al grupo:
"Sólo te pido que me lleves, es lo único que me importa en la vida". Sin
embargo, luego de dos meses de adiestramiento militar, se convirtió en un
gran estorbo. Se negaba a cumplir la disciplina militar, no se
higienizaba, lloraba con frecuencia y se masturbaba varias veces por día.
Entonces fue condenado a muerte. Por fin el grupo recibió luz verde
para iniciar las acciones guerrilleras. Su primera acción fue programada
para el 18 de marzo de 1964, día en que se cumplían dos años del
derrocamiento del presidente Frondizi por los militares. Los guerrilleros,
ya suficientemente entrenados, tomarían por un día el pueblo de Yuto, ya
en territorio de Jujuy. El Ché envió una nota en la que decía "espero
ansioso el comienzo de las operaciones". Nunca se supo exactamente la
causa de que dos semanas antes del copamiento, fueran sorprendidos en el
monte por la gendarmería. Se cree que hubo infiltraciones entre sus redes
de apoyo ciudadano, y que las fuerzas represivas venían observándolos
desde tiempo atrás. Luego de un intenso tiroteo, murieron seis
guerrilleros, catorce cayeron presos. Los dos restantes, el comandante
Massetti y un cordobés, desaparecieron para siempre. Se hicieron muchas
conjeturas acerca de su destino. Algunos dijeron que habían sido
alcanzados y aniquilados por la gendarmería, para quitarles una importante
cantidad de dinero que Massetti llevaba con él. Pero lo más probable es
que hayan sucumbido víctimas de la falta de víveres, las enfermedades y
las dificultades que la naturaleza presenta, en medio de la montaña
selvática. Algunos de los 14 sobrevivientes estuvieron en la cárcel
hasta el retorno del peronismo, en 1973. Otros lograron que les
permitieran salir al extranjero. De ellos, el pintor Ciro Bustos se
integraría a la guerrilla del Ché y hoy vive en Cuba. Jorge Bellomo, otro
de los sobrevivientes, moriría combatiendo, años más tarde, en las filas
del Ejército Revolucionario del Pueblo.
El radicalismo en
Santiago
En el ámbito local, desde el 7 de Julio de 1963
gobernaba la provincia Benjamín Zavalía quién había obtenido alrededor de
68 mil votos. "En relación con éstos comicios, las cifras revelaron que el
radicalismo tuvo en toda la provincia, una merma en su caudal electoral de
7.455 sufragios. El crecimiento del peronismo en todo el país, fue una
preocupación para los sectores antiperonistas de las Fuerzas Armadas". (5)
Zavalía no avivaba grandes expectativas en la sociedad. Pocos olvidaban
que había alcanzado el gobierno gracias a la completa proscripción del
peronismo. En Santiago el radicalismo siempre fue una minoría, y la
mayoría de las veces "muy obsecuente; estuvo ligado a la derecha radical y
nunca fueron muy combativos" (6) Los intentos revolucionarios habían
quedado ahogados con el fracaso de la guerrilla uturunca; los sectores
peronistas, que podían haber dado origen a estos movimientos, estaban
desalentados además por la poca solidaridad demostrada por la dirigencia
peronista hacia sus militantes presos. Desde 1960 estaba detenido el
"Puma" Seravalle, a quien algunos militares peronistas y dirigentes
nacionales "habían mandado al frente", pero al cual ni siquiera se habían
molestado en buscarle un abogado cuando cayó en prisión. El
sector político más dinámico del partido proscripto parecía ser aquel que
sería llamado "Neoperonismo". Bajo el ala protectora de Vandor -quien
había cobrado un poder extraordinario como conductor del poderoso
sindicato nacional Unión Obrera Metalúrgica- un grupo de políticos de todo
el país estaba intentando formar una estructura política que, aprovechando
la organización de bases peronistas, formase un partido político en el
cual se borrase los inconvenientes rasgos de origen, para ser admitidos
por el militarimo "gorila" dominante. Santiago no estuvo alejado
de ésa circunstancia, dado que el principal referente del justicialismo,
"Carlos Juárez intentó hacer un movimiento por fuera de la línea del
partido siguiendo la ruta de Vandor. Al igual que éste, Juárez ensayó
junto a Sapag de Catamarca, hacer un peronismo sin Perón". Pero ello les
costó a estos políticos que muchas organizaciones internas del peronismo
los declararan persona no grata y se alejasen de ellos. Finalmente este
movimiento neoperonista no prosperaría, y la mayoría de sus impulsores
regresarían a las fuentes (en el caso del peronismo bastante
imprecisas). Los únicos grupos genuinamente revolucionarios en
Santiago se reunían en tertulias pequeñas, bajo los techos de la CGT en
algunos casos, el Sindicato de Maestros, o la librería Dimensión. Estaban
ligados al incipiente sector que luego desembocaría en la "CGT" de los
Argentinos, el Trotskismo, el Partido Comunista, y el FRIP. De a poco
estos sectores, que no se habían tolerado antes, fueron encontrando en la
antipática dictadura de los "cajetillas" radicales y los militares
"gorilas", un factor de unión. En este período visitaron Santiago
Witold Gombrowicz, gran escritor de origen polaco y también José María
Arguedas, Germán de Arciniegas, Miguel Angel Asturias. Todos ellos se
impresionaron mucho con la personalidad de Francisco Santucho, el fundador
del FRIP y su hermano, Mario Roberto. Ellos estaban siempre rodeados de un
grupo de artistas e intelectuales, muchos de ellos los más brillantes que
produjo Santiago en toda su historia. La mayoría jóvenes, aunque no
siempre militaban en algún sector político definido, su actitud general se
inclinaba hacia la izquierda. Alberto Alba, Alfredo Gogna, Mario Navarro,
Rosendo Allub, Betty Alba, Julio Carreras (padre) eran algunos de quienes
constituían este inquieto movimiento, y constantemente se reunían en el
acogedor ámbito de la revista Dimensión. Con ellos alternaría Lautaro
Murúa, joven actor de fama nacional, quien viajó desde buenos Aires con un
importante equipo para filmar una excelente versión de la novela de Jorge
Washington Ábalos, Shunko. También el Ché Guevara estuvo
brevemente en Santiago, hacia 1965. Estaba organizando lo que luego serían
las agrupaciones del Ejército Guerrillero del Pueblo para luchar en Salta
y luego en Bolivia. Habló con el comandante uturunco Félix Seravalle y
algunos miembros de grupos peronistas y comunistas
locales.
El golpe (y cómo aprovecharlo)
El 27
de Junio de 1966 el presidente Arturo Illia era derrocado por los
generales Pistarini y Alzogaray, comandantes del Ejército, quienes en su
lugar colocaron al general Juan Carlos Onganía. El gobierno de Arturo
Illia, si bien nunca pudo superar su falla de origen -esto es, que había
llegado al gobierno con el 23% de los votos tras la proscripción del
Justicialismo- al menos constituía una cierta garantía institucional de
algunas pautas democráticas básicas. El golpe militar en cambio, venía
imponer "mano dura" erradicando cualquier atisbo de constitucionalidad
legítima en los actos de gobierno. Onganía era un "nacionalista"
muy a la usanza argentina. Esto es, ostentoso cultor de los símbolos, la
cultura gaucha, una esmerada y machista sobriedad, pero en los hechos
asiduo concurrente a los cursos de contrainsurgencia del Pentágono, y
obediente ejecutor de los planes diseñados por el Departamento de Estado
de los Estados Unidos. Además del apoyo de la CIA, Onganía concitaba
también el del Opus Dei, organización católica que más tarde inspiraría al
reverendo Moon, destinada a defender y movilizar corporativamente al gran
capitalismo cobijado bajo el manto de esta confesión religiosa. En el plan
de esta organización está el comprometer en sus cometidos a la gran franja
de la clase media, por lo cual en el período del Onganiato florecerían los
"Cursillos de Cristiandad", a través de los cuales se daba la oportunidad
a los pequeño burgueses más esforzados de alternar en gratificante
"igualdad" con los tiburones más conspicuos de cada región, creando así un
poderoso espíritu de logia y dotando al mismo tiempo de alguna base
popular a estos sectores tradicionalmente alejados del pueblo argentino.
Mariano Grondona, un treintañero periodista, ya muy destacado como
director de la pronorteamericana revista Visión, era quien actuaba como el
"pensador" principal tras de Onganía. No sólo escribía sus discursos, sino
pautaba gran parte de los proyectos institucionales del usurpador de la
presidencia, incluyendo los religiosos, pues también Grondona era, como
corresponde, miembro importante de la cofradía católica mencionada. Eran
ambiciosos. Habían declarado públicamente que su gobierno había llegado
para quedarse "unos cuarenta años", aunque oficialmente decían que La
Revolución Argentina -como la llamaban- se tomaría el tiempo necesario
para producir los profundos cambios estructurales que se proponían. En
esto también serían imitados luego por sus continuadores militares del
Proceso de Reorganización Nacional, quienes sostenían que el proceso "no
tenía plazos sino objetivos". Onganía designó para gobernar Santiago
del Estero a otro general retirado, Francisco Uriondo -emparentado con el
Uturunco, aunque en las antípodas ideológicas de aquella "locura juvenil"
por cierto. Uriondo era un burócrata autoritario y poco imaginativo, quien
se dedicó al aspecto protocolar y a la vida social entre las reducidas
esferas de la modesta aunque presuntuosa plutocracia santiagueña,
entregando el manejo de la administración real a un equipo de
tecnócratas.
La represión se especializa
La
Doctrina de la Seguridad Nacional pasaría desde entonces a jugar un rol
importante como virtual sustentador de los mecanismos del Estado, los
cuales se irán convirtiendo en cada vez más y más represivos. "El otrora
legalista militar azul, asumía la conducción del golpe militar que había
sido preparado con gran apoyo publicitario y una vasta campaña de acción
psicológica". (1) Este proceso de paulatino endurecimiento represivo había
tenido sus orígenes en el golpe militar de 1955, derrocador entonces del
gobierno constitucional del general Perón. Si bien se denunció
profusamente algunas persecuciones y detenciones durante el gobierno
peronista (1946-1955), con frecuencia desde tribunas que proveyeron
argumentos a los golpistas, esta actitud represiva comienza a tomar el
carácter de política de Estado a partir del golpe militar antiperonista.
Adquiere contornos trágicos con los fusilamientos en la localidad de José
León Suárez -verdaderos crímenes fuera de toda ley-, perpetrados por el
gobierno del general Pedro Eugenio Aramburu y del almirante Isaac Rojas
(ambos, desdichadamente, provenientes de familias santiagueñas). Estas
semillas institucionales de la violencia estatal descontrolada, tienen sus
inmediatas germinaciones en el Plan Conintes (militarización de la
actividad represiva descargada sobre las movilizaciones obreras) impuesto
por las Fuerzas Armadas al presidente Frondizi, y el manejo que comienza a
dársele a las actividades antiguerrilleras durante el gobierno
semidemocrático del presidente Illia. Pero volvamos al golpe del
66. Las FF.AA., con Onganía a la cabeza, manifestaban ser "la reserva
moral" de la Nación y una vez en el poder declaran que "se producirán
grandes y profundos cambios en la estructura económica, social y política
argentina". (2) Es importante recordar que para ésta época el peronismo
estaba proscrito, con lo cual una gran franja de la sociedad se hallaba
excluida de la escena política. El gobierno de Illia, elegido con los
votos radicales, no representaba sino a un sector minoritario de la
sociedad, ya que en las elecciones que le dieran origen fue prohibida
completamente la participación de partidos que llevasen la representación
peronista. En este sentido, se parecería a los anteriores y posteriores
gobiernos que se sucedieron entre 1955 y 1973, fueran estos civiles o
militares, ninguno de los cuales sería capaz de rehacer la unidad
nacional, como tampoco de establecer nuevas normas que la sociedad en su
conjunto legitimase o acepte. A nivel internacional se vivían
hechos determinantes como la guerra de Vietnam, la invasión rusa a
Checoslovaquia, el asentamiento musical que Los Beatles iban imprimiendo
con sus pelos largos a la juventud, el movimiento Hippie, la guerra fría,
la instalación del muro de Berlín y el uso de la minifalda que rompió con
el acartonado sistema que regía hasta aquél momento. Los verdaderos
cambios que trajo la Revolución Argentina se manifestaron principalmente
en ajustes represivos: Prohibición de toda forma de acción con fines
políticos; clausura de locales comunistas deteniendo a numerosos
militantes; designación de nuevos miembros de la Suprema Corte de
Justicia, seleccionados entre los conservadores y derechistas más
recalcitrantes; liquidación de la autonomía universitaria; disolución del
Congreso; intervención de provincias... (3). La Doctrina de la Seguridad
Nacional a la cual se hace referencia al comienzo, consideró el papel de
las FF.AA. no como instrumento para la defensa de nuestras fronteras y de
la soberanía territorial, sino en función del antagonismo Este-Oeste: "las
fronteras serán entonces ideológicas, el enemigo será el comunismo y habrá
que buscarlo y combatirlo dentro del mismo país. Cualquier pensador
progresista, todo militante popular, todo movimiento en defensa de
legítimos derechos pasará a considerarse sospechoso, peligroso y vehículo
de la infiltración marxista. La característica de ésta doctrina es la
independencia de las FF.AA. de los poderes constitucionales y el
autodesignado rol de fiscal, juez y verdugo de cualquier gobierno elegido
por la ciudadanía." (4).
El mundo en los 60 y
70
Cuando Juan Carlos Onganía asumió de facto el poder político
en la Argentina, estaban en pleno desarrollo las tendencias conducentes a
la prolongada movilización popular que comenzó a recorrer el mundo entre
fines de los 60 y comienzos de los 70. La Guerra Fría daba paso a la
distensión; la Unión Soviética, tras 40 años de stalinismo, había roto su
aislamiento y fortalecía sus vínculos con el Movimiento de Países No
Alineados; China era admitida en el Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas y los Estados Unidos eran los garantes indiscutidos del capitalismo
mundial, prestos a intervenir militarmente en cualquier lugar del
planeta. El Occidente desarrollado disfrutaba las formas del Estado
Social (o Estado Benefactor) con que había respondido a la influencia de
la Revolución Rusa y al fantasma del socialismo, que recorrió Europa hasta
la Segunda Guerra Mundial. Italia, Francia, Inglaterra, los Países Bajos y
del norte europeo habían dejado atrás el tremendo dolor social de la
acumulación capitalista de antes y después de la guerra. En los EE.UU.,
aunque ya declinaban los efectos de la "década de oro" de los 50, aún se
vivía bajo la sensación del progreso infinito, el sueño del american way
of life que el Apolo en la luna había renovado. El keynesianismo, que
trajo la planificación normativa del desarrollo económico, la intervención
activa del Estado en la relación entre el capital y el trabajo y la
redistribución del salario social, era la fórmula que parecía alejar no
sólo al comunismo sino también a la amenaza que latía en las entrañas
mismas del sistema: las crisis cíclicas del capitalismo, la última de las
cuales, el crack de 1930, había dejado una profunda huella en el mundo
desarrollado. Sin embargo, ya a mediados de los 60 el modelo basado en
la planificación económica, el Estado Social y la producción "fordista"
comenzaba a ser cuestionado por los poderes económicos. El descenso en la
productividad -que entrará francamente en picada en los 70- preocupaba ya
a Europa y a los EE.UU. Pero la fuerza de los sindicatos y, sobre todo, la
politización de la economía, constituían una poderosa oposición. Al fin y
al cabo, el Estado Social había integrado la lucha de clases a su propio
seno y era un campo donde ésta se libraba. Las políticas keynesianas,
basadas en el crecimiento del mercado interno, habían dado a luz un actor
social paradigmático: el obrero "fordista", al mismo tiempo productor y
consumidor de lo que producía. Charles Chaplin lo retrató genialmente en
"Tiempos Modernos", caricaturizando los efectos de la línea de montaje y
la producción continua en el trabajador. Es el obrero masa, compañero del
otro actor social típico de los 60: el estudiante universitario, que había
dejado de pertenecer a una elite y cuyo número había crecido enormemente
con la extensión de la escolaridad gratuita y el explosivo aumento de la
matrícula: la famosa "inflación de títulos" -son los diplomas quemados por
los estudiantes en las barricadas de París- que describió Rossana Rosanda
al referirse al contexto del mayo francés y del otoño caliente
italiano. Ambos, el obrero común y el estudiante masa, serán los
actores centrales del movimiento social de fines de los 60 y principios de
los 70. Serán, también, los protagonistas del Cordobazo, hijos, al fin y
al cabo, del mismo modelo de acumulación capitalista que, junto con las
transnacionales de la industria, se había derramado hacia los países
dependientes. A ellos se agregaba otro sector, el de los
intelectuales críticos, constructores del discurso contestatario. En una
época en que los gestos tenían una enorme fuerza moral, Jean Paul Sartre
había rechazado el Premio Nobel de Literatura en 1964. En Francia, Michel
Foucault ya denunciaba la presencia de los mecanismos del poder en el
interior de las instituciones. En el santuario de La Sorbona, dos
historiadores de enorme prestigio, el gaullista Fernand Braudel y el
marxista Pierre Vilar, coincidían en el repudio a la política
colonialista de Francia y, en los EE.UU., Harvard y Berkeley encabezaban
la resistencia a la intervención de su país en Vietnam. En el campo del
marxismo, el rescate de los teóricos de la Escuela de Frankfurth y de
Antonio Gramsci, que había renovado la teoría marxista del Estado,
replantearon un debate obturado por el dogmatismo. En las afueras del
Estado Social, la crisis de dominación -que abarcaba tanto al mundo
capitalista como al socialista- impregnaba la década y, desde la
periferia, los movimientos de autodeterminación cuestionaban tenazmente el
reparto del mundo que habían sellado Yalta y Bretton Woods al final de la
Segunda Guerra. En tres hechos de significación diversa, la Unión
Soviética había enviado los tanques del Pacto de Varsovia a Budapest en
1956; doce años después, esos tanques acabaron con la primavera de Praga
y, en China, Mao Tse Tung había lanzado los guardias rojos contra la vieja
burocracia del partido y el Estado durante la llamada Revolución
Cultural. En los EE.UU, la rebelión negra de Malcom X, Stokely
Carmichael y el pacifista Martin Luther King convulsionaban el corazón del
Imperio, mientras el contestatario movimiento hippie se burlaba de los
iconos más reverenciados del american way of life. Entretanto, al largo
saqueo colonialista, que en muchos países de Africa, Asia y América latina
había dejado sólo la tierra yerma, se agregaban nuevas formas de
dominación mientras continuaba el intervencionismo de las grandes
potencias. El imperialismo optaba en algunos casos por la ocupación
militar y política directa o el sostenimiento de gobiernos nativos títeres
-civiles o militares- o, como en el caso argentino, de la imposición de un
modelo económico dependiente a través de las clases dominantes locales. La
violencia económica y el terror militar laceraban a los pueblos del Tercer
Mundo. Desde la década anterior, los movimientos de liberación nacional
en las colonias y semicolonias de Asia y Africa avanzaban con suerte
dispar. Tampoco América Latina tenía tregua. En Cuba -cuya revolución era
una espina clavada en el flanco sur de los Estados Unidos-, Angola,
Mozambique, el Congo, Puerto Rico, El Salvador, la lucha se libraba con
distintos contenidos ideológicos pero con una sola demanda: la
autodeterminación económica y política. El Che Guevara, Fidel
Castro, el congoleño Patrice Lumumba, el brasileño Carlos Marighela, el
uruguayo Raúl Sendic, el colombiano Camilo Torres, los puertorriqueños
Lolita Lebrón y Rafael Cancel Miranda, el mexicano Lucio Cabañas, el
venezolano Douglas Bravo, el guatemalteco Yon Sosa, eran los continuadores
de la larga gesta de Emiliano Zapata, Juan Antonio Mella, Augusto César
Sandino, Farabundo Martí, Pedro Albizu Campos, entre otros patriotas y
revolucionarios del sur del Río Bravo. La insurgencia de América
latina, mil veces ahogada y otras tantas renacida, cuestionaba la
hegemonía estadounidense y amplificaba la denuncia antiimperialista. Ya en
1961, John Kennedy había lanzado la Alianza para el Progreso, destinada a
atenuar los conflictos y asegurar la "gobernabilidad" en el subcontinente.
Más de un centenar de intervenciones militares de los EE.UU. en América
latina, desde principios de siglo en adelante, habían sido acogidas en
silencio por las otras potencias. Sin embargo, cuando 15.000 marines
desembarcaron en Santo Domingo en 1965 para imponer un gobierno títere de
Washington, se levantó en toda América un clamor de indignación. Pero fue
su intervención en Vietnam, verdadero escándalo moral, lo que desató un
vasto movimiento social y político que, desde los propios EE.UU., desnudó
ante el mundo la iniquidad de esa intervención. El napalm, los
bombardeos masivos, el tormento y el asesinato, el terror, en fin, se
volvían progresivamente en contra de sus ejecutores. En la conciencia de
los pueblos civilizados, la modernidad tornaba insoportable el horror de
Argelia, Vietnam, el Congo. En el marco de la Guerra Fría, el fantasma de
la revolución parecía provenir menos del proletariado de los países
industrializados que del sur del planeta, la tierra de los postergados,
allí donde se encontraron -de manera no siempre armónica- el socialismo y
el nacionalismo revolucionario o populista. También el cristianismo, que
recuperaba la milenaria opción por los pobres, concurrió a ese encuentro
de la cuestión nacional con la cuestión social.
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