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Sobre Erzébet Báthory, la condesa sangrienta
Nace en 1560
en el seno de distinguida familia de la aristocracia húngara. Su primo sería
primer ministro de Hungría y un tío suyo rey de Polonia.
Cuando contaba 15 años fue casada con el conde Nadasdy, conocido como "El
Héroe Negro", quien la lleva a vivir a un alejado castillo en los montes
Cárpatos.
El conde no demora en ser convocado a siempre lejanas guerras. Al cabo de
muchos momentos de espera, Erzébet (Elizabeth) -quizás aburrida por el aislamiento-
comienza a realizar salidas del castillo, y al fin conoce a un joven noble
-a quien la gente del lugar llamaba "el vampiro" debido a su extraño aspecto-
con quien inicia un apasionado romance. De regreso al castillo -y quizás
ya desinhibida de ataduras morales- mantiene relaciones lésbicas con algunas
doncellas.
Desde ese momento, amparada en las largas ausencias del conde, comienza
también a interesarse por la brujería, rodeándose de una corte de hechiceros
y alquimistas.
A medida que pasan los años la belleza que la caracterizaba se fue naturalmente
degradando, y preocupada por su aspecto pide consejo a una vieja bruja nodriza.
Ésta le señala que la sangre humana tiene el poder de rejuvenecer la piel
y le sugiere que los baños con sangre de jóvenes doncellas pueden conservar
la belleza eternamente.
En esa época nace su primer hijo, al que siguen tres más, y si bien su papel
maternal le absorbe la mayor parte del tiempo, en el fondo le resuenan aquellas
palabras de la nodriza: "belleza eterna".
Al poco tiempo caería su primer víctima: una joven sirvienta la estaba peinando,
e involuntariamente da un tirón de sus cabellos. La condesa, irascible,
le propina tal bofetada que la sangre de la joven se derrama en su mano,
a cuyo contacto la cree sentir más suave, concluyendo que la sangre ciertamente
rejuvenece los tejidos. Con la ambición de recuperar la belleza de su juventud
-tiene cuarenta años- ordena que corten las venas a la aterrada joven y
viertan la sangre en una bañera.
A partir de ese momento, los baños de sangre serían su casi única obsesión,
hasta el punto de recorrer los Cárpatos en un carruaje negro en busca de
jóvenes víctimas, a quienes seducía prometiéndoles empleo en el castillo.
Si el engaño no resultaba se procedía al secuestro, con la total impunidad
que otorgaba la pertenencia a la aristocracia. Una vez en el castillo, las
víctimas eran encadenadas y acuchilladas en los sótanos por un verdugo,
un sirviente o la propia condesa, con el fin de desangrarlas y verter la
sangre en la bañera. Ya ella dentro de la pila, ordenaba que derramasen
la sangre de las víctimas por todo su cuerpo y luego, con el fin de prolongar
la sensación de suavidad en la piel y acentuar el oscuro placer que ello
le provocaba, ordenaba que un grupo de sirvientas elegidas lamieran su cuerpo
desnudo empapado en sangre. Si estas mostraban repugnancia o recelo, ordenaba
torturarlas hasta la muerte. Si por el contrario reaccionaban de forma favorable,
la condesa las recompensaba.
En ocasiones algunas jovenes que distinguían por su belleza eran mantenidas
con vida y encerradas largos años en los sótanos del castillo, a fin de
extraerles periódicamente pequeñas cantidades de sangre mediante incisiones,
que la condesa bebía.
Cráneos y huesos eran utilizados por los hechiceros del castillo, convencidos
que sólo los sacrificios humanos daban resultado en ceremonias y rituales.
Durante diez años los aterrados lugareños vieron el tétrico carruaje con
el emblema de la condesa Báthory rastrear la zona en busca de adolescentes,
las que ya dentro del castillo nunca más se las volverían a ver.
Los cadáveres eran sepultados en las inmediaciones del castillo, hasta que
finalmente, por desidia o descuido, eran abandonados a cielo abierto, sirviendo
como alimento de las alimañas.
Algunos
aldeanos aseguraban escuchar gritos estremecedores salir del castillo, y
comenzaron a extenderse rumores de que algo extraño sucedía. Finalmente
los aldeanos rondan las inmediaciones del castillo y encuentran una docena
de cadáveres, desencadenándose una espontánea revuelta popular. Se declaró
que el castillo "estaba maldito y era residencia de vampiros". Los ecos
de la revuelta llegaron hasta la corte.
Acusar a una familia aristócrata en esos tiempos era casi siempre algo infructuoso,
sobre todo si -como en este caso- el acusado tenía amigos cercanos al poder.
Por ese motivo el soberano no presta demasiada atención a las quejas populares.
Pero finalmente, presionado, acepta enviar una comisión militar, la que
irrumpe sorpresivamente en el castillo de la condesa Báthory en 1610. Los
soldados encuentran en el piso del gran salón el cuerpo pálido y desangrado
de una mujer; otra aún con vida, pero terriblemente torturada y con un objeto
metálico incrustado en su cuerpo con el fin de extraerle la sangre; y una
última, ya muerta, salvajemente azotada, desangrada y parcialmente quemada.
En los alrededores del castillo, desentierran cincuenta cadáveres.
En los calabozos de los sótanos encuentran gran cantidad de niñas y jóvenes
con vida, muchas tenían señales de haber sido sangradas en numerosas ocasiones.
La condesa y algunos de sus brujos son sorprendidos en una habitación del
castillo en medio de un sangriento ritual. Todos son detenidos y conducidos
a prisión; las víctimas aún con vida son liberadas y devueltas a sus familiares.
Los crímenes de la condesa Báthory habían durado aproximadamente diez años.
En el juicio sobraron las pruebas para condenar a Elizabeth Báthory. Ésta
confesaría haber asesinado, junto a sus cómplices hechiceros y verdugos,
a más de 600 jóvenes y haberse bañado en "ese fluído cálido y viscoso a
fín de conservar su hermosura y lozanía".
Le seducía el olor de la muerte, la tortura y las orgías sangrientas. Decía
que todo ello poseía un "siniestro perfume". Sus cómplices fueron hallados
culpables, decapitados o quemados en la hoguera.
Báthory, contando con el privilegio de pertenecer a la nobleza y ser amiga
personal del rey húngaro, fue condenada a una lenta agonía: la emparedaron
en su propio dormitorio del castillo, dejando una pequeña abertura por donde
le pasaban agua y algunos pocos alimentos. Sobrevivió cuatro años en ese
oscuro y reducido habitáculo, cohabitando con sus propios desechos corporales
y quizás con insectos y ratas, sin intentar comunicarse ni pronunciar ninguna
palabra. En algún momento decidió no tomar más los desperdicios que le introducían
como alimento, iniciando una "huelga de hambre", tal vez para conmover al
rey. Al fin muere consumida en el año 1614. Contaba 54 años de edad. Paradójico
fin de quien había perseguido la belleza eterna.
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La condesa sangrienta
[La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik (1936-1972) se publica en Buenos Aires en 1965. Las imágenes son de las actuales ruinas (fotografías de 2004) del castillo donde vivió la real condesa Erzébet Báthory]
Valentine Penrose
ha recopilado documentos y relaciones acerca de un personaje real e insólito:
la condesa Báthory, asesina de 650 muchachas.
Excelente poeta (su primer libro lleva un fervoroso prefacio de Paul Éluard),
no ha separado su don poético de su minuciosa erudición. Sin alterar los
datos reales penosamente obtenidos, los ha refundido en una suerte de vasto
y hermoso poema en prosa.
La perversión sexual y la demencia de la condesa Báthory son tan evidentes
que Valentine Penrose se desentiende de ellas para concentrarse exclusivamente
en la belleza convulsiva del personaje.
No es fácil mostrar esta suerte de belleza. Valentine Penrose, sin embargo,
lo ha logrado, pues juega admirablemente con los valores estéticos de esta
tenebrosa historia. Inscribe el reino subterráneo de Erzébet Báthory en la
sala de torturas de su castillo medieval: allí, la siniestra hermosura de
las criaturas nocturnas se resume en una silenciosa de palidez legendaria,
de ojos dementes, de cabellos de color suntuoso de los cuervos.
Un conocido filósofo incluye los gritos en la categoría del silencio. Gritos,
jadeos, imprecaciones, forman una "sustancia silenciosa", la de este subsuelo
es maléfica. Sentada en su trono, la condesa mira torturar y oye gritar.
Sus viejas y horribles sirvientas son figuras silenciosas que traen, fuego,
cuchillos, agujas, atizadores; que torturan muchachas, que luego las entierran.
Como el atizador o los cuchillos, esas viejas son instrumentos de una posesión.
Esta sombría ceremonia tiene una sola espectadora silenciosa.
LA
VIRGEN DE HIERRO
...parmi les rires rouges
des lévres luiantes et les gestes
monstrueux des femmes mécaniques.
R. DAUMAL
Había en Nüremberg un famoso autómata llamado la "Virgen de Hierro". La
condesa Báthory adquirió una réplica para la sala de torturas de su castillo
de Csejthe. Esta dama metálica era del tamaño y del color de la criatura
humana. Desnuda, maquillada, enjoyada, con rubios cabellos que llegaban
al suelo, un mecanismo permitía que sus labios se abrieran en una sonrisa,
que los ojos se movieran. La condesa, sentada en su trono, contempla. Para
que la "Virgen" entre en acción es preciso tocar algunas piedras preciosas
de su collar. Responde inmediatamente con horribles sonidos mecánicos y
muy lentamente alza los blancos brazos para que se cierren en perfecto abrazo
sobre lo que esté cerca de ella -en este caso una muchacha. La autómata
la abraza y ya nadie podrá desanudar el cuerpo vivo del cuerpo de hierro,
ambos iguales en belleza. De pronto, los senos maquillados de la dama de
hierro se abren y aparecen cinco puñales que atraviesan a su viviente compañera
de largos cabellos sueltos como los suyos. Ya consumado el sacrificio, se
toca otra piedra del collar: los brazos caen, la sonrisa se cierra así como
los ojos, y la asesina vuelve a ser la "Virgen" inmóvil en su féretro.
MUERTE POR AGUA
Está parado. Y está parado de
modo tan absoluto y definitivo
como si estuviese sentado.
W. GOMBROWICZ
El
camino está nevado, y la sombría dama arrebujada en sus pieles dentro de
la carroza se hastía. De repente formula el nombre de alguna muchacha de
su séquito. Traen a la nombrada: la condesa la muerde frenética y le clava
agujas. Poco después el cortejo abandona en la nieve a una joven herida
y continúa viaje. Pero como vuelve a detenerse, la niña herida huye, es
perseguida, apresada y reintroducida en la carroza, que prosigue andando
aun cuando vuelve a detenerse pues la condesa acaba de pedir agua helada.
Ahora la muchacha está desnuda y parada en la nieve. Es de noche. La rodea
un círculo de antorchas sostenidas por lacayos impasibles. Vierten el agua
sobre su cuerpo y el agua se vuelve hielo. (La condesa contempla desde el
interior de la carroza). Hay un leve gesto final de la muchacha por acercarse
más a las antorchas, de donde emana el único calor. Le arrojan más agua
y ya se queda, para siempre de pie, erguida, muerta.
LA JAULA MORTAL
...Des blessures écarlates et noires écla-
tent dans les chairs superbes.
RIMBAUD
Tapizada con cuchillos y adornada con filosas puntas de acero, su tamaño
admite un cuerpo humano; se la risa mediante una polea. La ceremonia de
la jaula se despliega así:
La sirvienta Dorkó arrastra por los cabellos a una joven desnuda; la encierra
en la jaula; alza la jaula. Aparece la "dama de éstas ruinas", la sonámbula
vestida de blanco. lenta y silenciosa se sienta en un escabel situado debajo
de la jaula.
Rojo atizador en mano, Dorkó azuza a la prisionera quien, al retroceder
-y eh aquí la gracia de la jaula-, se clava por si misma los filosos aceros
mientras su sangre mana sobre la mujer pálida que la recibe impasible con
los ojos puestos en ningún lado. Cuando se repone de su trance se aleja
lentamente. Han habido dos metamorfosis: su vestido blanco , ahora es rojo
y donde hubo una muchacha hay un cadáver.
TORTURAS
CLÁSICAS
Fruits purs de tout outrage et vierges de gerçures.
Dont la chair lisse et ferme appelait les morsures!
BAUDELAIRE
Salvo algunas inferencias barrocas -tales como la "Virgen de hierro", la
muerte por agua o la jaula- la condesa adhería a un estilo de torturar monótonamente
clásico que se podría resumir así: Se escogían varias muchachas altas, bellas
y resistentes -su edad oscilaba entre los 12 y los 18 años- y se las arrastraba
a la sala de torturas en donde esperaba, vestida de blanco en su trono,
la condesa. Una vez maniatadas, las sirvientas las flagelaban hasta que
la piel del cuerpo se desgarraba y las muchachas se transformaban en llagas
tumefactas; les aplicaban los atizadores enrojecidos al fuego; les cortaban
los dedos con tijeras o cizallas; les punzaban las llagas; les practicaban
incisiones con navajas (si la condesa se fatigaba de oír gritos les cosían
la boca; si alguna joven se desvanecía demasiado pronto se la auxiliaba
haciendo arder entre sus piernas papel embebido en aceite). La sangre manaba
como un geiser y el vestido blanco de la dama nocturna se volvía rojo. Y
tanto, que debía ir a su aposento y cambiarlo por otro (¿en qué pensaría
durante esa breve interrupción?). También los muros y el techo se teñían
de rojo. No siempre la dama permanecía ociosa en tanto los demás se afanaban
y trabajaban en torno a ella. A veces colaboraba, y entonces, con gran ímpetu,
arrancaba la carne -en los lugares más sensibles- mediante pequeñas pinzas
de plata, hundía agujas, cortaba la piel de entre los dedos, aplicaba a
las plantas de los pies cucharas y planchas enrojecidas al fuego, fustigaba
(en el curso de un viaje ordenó que mantuvieran de pie a una muchacha que
acababa de morir y continuó fustigándola aunque estaba muerta); también
hizo morir a varias con agua helada (un invento de su hechicera Darvulia
consistía en sumergir a una muchacha en agua fría y dejarla en remojo toda
la noche). En fin, cuando se enfermaba las hacía traer a su lecho y las
mordía. Durante sus crisis eróticas, escapaban de sus labios palabras procaces
destinadas a las supliciadas. Imprecaciones soeces y gritos de loba eran
sus formas expresivas mientras recorría, enardecida, el tenebroso recinto.
Pero nada era más espantoso que su risa. (Resumo: el castillo medieval;
la sala de torturas; las tiernas muchachas; las viejas y horrendas sirvientas;
la hermosa alucinada riendo desde su maldito éxtasis provocado por el sufrimiento
ajeno.)
...sus últimas palabras, antes de deslizarse en el desfallecimiento concluyente,
eran: "Más, todavía más, más fuerte!"
No siempre el día era inocente, la noche culpable. Sucedía que jóvenes costureras
aportaban, durante las horas diurnas, vestidos para la condesa, y esto era
ocasión de numerosas escenas de crueldad. Infaliblemente, Dorkó hallaba
defectos en la confección de las prendas y seleccionaba a dos o tres cupables
(en ese momento los ojos lóbregos de la condesa se ponían a relucir). Los
castigos a las costureritas -y a las jóvenes sirvientas en general- admitían
variantes. Si la condesa estaba en uno de sus excepcionales días de bondad,
Dorkó se limitaba a desnudar a las culpables que continuaban trabajando
desnudas, bajo la mirada de la condesa, en los aposentos llenos de gatos
negros. Las muchachas sobrellevaban con penoso asombro esta condena indolora
pues nunca hubieran creído en su posibilidad real. Oscuramente, debían de
sentirse terriblemente humilladas pues su desnudez las ingresaba en una
suerte de tiempo animal realzado por la presencia "humana" de la condesa
perfectamente vestida que las contemplaba. Esta escena me llevó a pensar
en la Muerte -la de las viejas alegorías; la protagonista de la Danza de
la Muerte. Desnudar es propio de la Muerte. También lo es la incesante contemplación
de las criaturas por ella desposeídas. Pero hay más: el desfallecimiento
sexual nos obliga a gestos y expresiones del morir (jadeos y estertores
como de agonía; lamentos y quejidos arrancados por el paroxismo). Si el
acto sexual implica una suerte de muerte, Erzébet Báthory necesitaba de
la muerte visible, elemental, grosera, para poder, a su vez, morir de esa
muerte figurada que viene a ser el orgasmo. Pero, ¿quién es la Muerte? Es
la Dama que asola y agosta cómo y dónde quiere. Sí, y además es una definición
posible de la condesa Báthory. Nunca nadie no quiso de tal modo envejecer,
esto es: morir. Por eso, tal vez, representaba y encarnaba a la Muerte.
Porque, ¿cómo ha de morir la Muerte? Volvemos a las costureritas y a las
sirvientas. Si Erzébet amanecía irascible, no se conformaba con cuadros
vivos, sino que: A la que había robado una moneda le pagaba con la misma
moneda... enrojecida al fuego, que la niña debía apretar dentro de su mano.
A la que había conversado mucho en horas de trabajo, la misma condesa le
cosía la boca o, contrariamente, le abría la boca y tiraba hasta que los
labios se desgarraban. También empleaba el atizador, con el que quemaba,
al azar, mejillas, senos, lenguas... Cuando los castigos eran ejecutados
en el aposento de Erzébet, se hacía necesario, por la noche, esparcir grandes
cantidades de ceniza en derredor del lecho para que la noble dama atravesara
sin dificultad las vastas charcas de sangre.
LA
FUERZA DE UN NOMBRE
Et la folie et la froideur erraient sans
but dans la maison.
MILOSZ
El nombre Báthory -en cuya fuerza Erzébeth creía como en la de un extraordinario
talismán- fue ilustre desde los comienzos de Hungría. No es casual que el
escudo familiar ostentara los dientes del lobo, pues los Báthory eran crueles,
temerarios y lujuriosos. Los numerosos casamientos entre parientes cercanos
colaboraron, tal vez, en la aparición de enfermedades e inclinaciones hereditarias:
epilepsia, gota, lujuria. Es probable que Erzébeth fuera epiléptica ya que
le sobrevenían crisis de posesión tan imprevistas como sus terribles dolores
de ojos y sus jaquecas (que conjuraba posándose una paloma herida pero viva
sobre la frente).
Los parientes de la condesa no desmerecían la fama de su linaje. Su tío Istvan,
por ejemplo, estaba tan loco que confundía el verano con el invierno, haciéndose
arrastrar en trineo por las ardientes arenas que para él eran caminos nevados;
o su primo Gábor, cuya pasión incestuosa fue correspondida por su hermana.
Pero la más simpática era la célebre tía Klara. Tuvo cuatro maridos (los
dos primeros fueron asesinados por ella) y murió de su propia muerte folletinesca:
un bajá la capturó en compañía de su amante de turno: el infortunado fue
luego asado en una parrilla. En cuanto a ella, fue violada -si se puede
emplear este verbo a su respecto- por toda la guarnición turca. Pero no
murió por ello, al contrario, sino porque sus secuestradores -tal vez exhaustos
de violarla- la apuñalaron. Solía recoger a sus amantes por los caminos
de Hungría y no le disgustaba arrojarse sobre algún lecho en donde, precisamente,
acababa de derribar a una de sus doncellas.
Cuando la condesa llegó a la cuarentena, los Báthory se habían ido apagando
y consumiendo por obra de la locura y de las numerosas muertes sucesivas.
Se volvieron casi sensatos, perdiendo por ello el interés que suscitaban
en Erzébeth. Cabe advertir que, al volverse la suerte contra ella, los Báthory,
si bien no la ayudaron, tampoco le reprocharon nada.
UN MARIDO GUERRERO
Cuando el hombre guerrero
me encerraba en sus brazos
era un placer para mí...
Elegía anglo-sajona (s. VIII)
En 1575, a los 15 años de edad, Erzébet se casó con Ferencz Nadasdy, guerrero
de extraordinario valor. Este coeur simple nunca se enteró de que la dama
que despertaba en él un cierto amor mezclado de temor era un monstruo. Se
le allegaba durante las treguas bélicas impregnado del olor de los caballos
y de la sangre derramada -aún no habían arraigado las normas de higiene-,
lo cual emocionaba activamente a la delicada Erzébet, siempre vestida con
ricas telas y perfumada con lujosas esencias.
Un día en que paseaban por los jardines del castillo, Nadasdy vio a una
niña desnuda amarrada a un árbol; untada con miel, moscas y hormigas la
recorrían y ella sollozaba. La condesa le explicó que la niña estaba expiando
el robo de un fruto. Nadasdy rió candorosamente, como si le hubieran contado
una broma.
El guerrero no admitía ser importunado con historias que relacionaban a
su mujer con mordeduras, agujas, etc. Grave error: ya de recién casada,
durante esas crisis cuya fórmula era el secreto de los Báthory, Erzébet
pinchaba a sus sirvientas con largas agujas; y cuando, vencida por sus terribles
jaquecas, debía quedarse en cama, les mordía los hombros y masticaba los
trozos de carne que había podido extraer. Mágicamente, los alaridos de las
muchachas le calmaban los dolores.
Pero estos son juegos de niños -o de niñas. Lo cierto es que en vida de
su esposo no llegó al crimen.
EL
ESPEJO DE LA MELANCOLÍA
¡Todo es espejo!
OCTAVIO PAZ
...vivía delante de su gran espejo sombrío, el famoso espejo cuyo modelo
había diseñado ella misma...Tan confortable era que presentaba unos salientes
en donde apoyar los brazos de manera de permanecer muchas horas frente a
él sin fatigarse. Podemos conjeturar que habiendo creído diseñar un espejo,
Erzébet trazó los planos de su morada. Y ahora comprendemos por qué sólo
la música más arrebatadoramente triste de su orquesta de gitanos o las riesgosas
partidas de caza o el violento perfume de las hierbas mágicas en la cabaña
de la hechicera o -sobre todo- los subsuelos anegados de sangre humana,
pudieron alumbrar en los ojos de su perfecta cara algo a modo de mirada
viviente. Porque nadie tiene más sed de tierra, de sangre y de sexualidad
feroz que estas criaturas que habitan los fríos espejos. Y a propósito de
espejos: nunca pudieron aclararse los rumores acerca de la homosexualidad
de la condesa, ignorándose si se trataba de una tendencia inconsciente o
si, por lo contrario, la aceptó con naturalidad, como un derecho más que
le correspondía. En lo esencial, vivió sumida en su ámbito exclusivamente
femenino. No hubo sino mujeres en sus noches de crímenes. Luego, algunos
detalles, son obviamente reveladores: por ejemplo, en la sala de torturas,
en los momentos de máxima tensión, solía introducir ella misma un cirio
ardiente en el sexo de la víctima. También hay testimonios que dicen de
una lujuria menos solitaria. Una sirvienta aseguró en el proceso que una
aristocrática y misteriosa dama vestida de mancebo visitaba a la condesa.
En una ocasión las descubrió juntas, torturando a una muchacha. Pero se
ignora si compartían otros placeres que los sádicos.
Continúo con el tema del espejo. Si bien no se trata de explicar a esta
siniestra figura, es preciso detenerse en el hecho de que padecía el mal
del siglo XVI: la melancolía.
Un color invariable rige al melancólico: su interior es un espacio de color
de luto; nada pasa allí, nadie pasa. Es una escena sin decorados donde el
yo inerte es asistido por el yo que sufre por esa inercia. Este quisiera
liberar al prisionero, pero cualquier tentativa fracasa como hubiera fracasado
Teseo si , además de ser él mismo, hubiese sido, también, el Minotauro;
matarlo, entonces, habría exigido matarse. Pero hay remedios fugitivos:
los placeres sexuales, por ejemplo, por un breve tiempo pueden borrar la
silenciosa galería de ecos y de espejos que es el alma melancólica. Y más
aún: hasta pueden iluminar ese recinto enlutado y transformarlo en una suerte
de cajita de música con figuras de vivos y alegres colores que danzan y
cantan deliciosamente. Luego, cuando se acabe la cuerda, habrá que retornar
a la inmovilidad y al silencio. La cajita de música no es un medio de comparación
gratuito. Creo que la melancolía es, en suma, un problema musical: una disonancia,
un ritmo trastornado. Mientras afuera todo sucede con un ritmo vertiginoso
de cascada, adentro hay una lentitud exhausta de gota de agua cayendo de
tanto en tanto. De allí que ese afuera contemplado desde el adentro melancólico
resulte absurdo e irreal y constituya "la farsa que todos tenemos que representar".
Pero por un instante -sea por una música salvaje, o alguna droga, o el acto
sexual en su máxima violencia-, el ritmo lentísimo del melancólico no sólo
llega a acordarse con el del mundo externo, sino que lo sobrepasa con una
desmesura indeciblemente dichosa; y el yo vibra animado por energías delirantes.
Al melancólico el tiempo se le manifiesta como suspensión del transcurrir
-en verdad, hay un transcurrir, pero su lentitud evoca el crecimiento de
las uñas de los muertos- que precede y continúa a la violencia fatalmente
efímera. Entre dos silencios o dos muertes, la prodigiosa y fugaz velocidad,
revestida de variadas formas que van de la inocente ebriedad a las perversiones
sexuales y aun al crimen. Y pienso en Erzébet Báthory y en sus noches cuyo
ritmo medían los gritos de las adolescentes. El libro que comento en estas
notas lleva un retrato de la condesa: la sombría y hermosa dama se parece
a la alegoría de la melancolía que muestran los viejos grabados. Quiero
recordar, además, que en su época una melancólica significaba una poseída
por el demonio.
MAGIA
NEGRA
Et qui le soleil pour installer le
royaume de la nuit noire.
ARTAUD
La mayor obsesión de Erzébet había sido siempre alejar a cualquier precio
la vejez. Su total adhesión a la magia negra tenía que dar por resultado
la intacta y perpetua conservación de su "divino tesoro". Las hierbas mágicas,
los ensalmos, los amuletos, y aún los baños de sangre, poseían, para la
condesa, una función medicinal: inmovilizar su belleza para que fuera eternamente
comme un rêve de pierre. Siempre vivió rodeada de talismanes. En sus años
de crimen se resolvió por un talismán único que contenía un viejo y sucio
pergamino en donde estaba escrita, con tinta especial, una plegaria destinada
a su uso particular. Lo llevaba junto a su corazón, bajo sus lujosos vestidos,
y en medio de alguna fiesta lo tocaba subrepticiamente. Traduzco la plegaria:
Isten, ayúdame; y tú también, nube que todo lo puede. Protégeme a mí, Erzébet,
y dame una larga vida. Oh nube, estoy en peligro. Envíame noventa gatos,
pues tú eres la suprema soberana de los gatos. Ordénales que se reúnan viniendo
de todos los lugares donde moran, de las montañas, de las aguas, de los
ríos, del agua de los techos y del agua de los océanos. Diles que vengan
rápido a morder el corazón de... y también el corazón de... y el de... Que
desgarren y muerdan también el corazón de Megyery el Rojo. Y guarda a Erzébet
de todo mal.
Los espacios eran para inscribir los nombres de los corazones que habrían
de ser mordidos.
Fue en 1604 que Erzébet quedó viuda y que conoció a Darvulia. Este personaje
era, exactamente, la hechicera del bosque, la que nos asustaba desde los
libros para niños. Viejísima, colérica, siempre rodeada de gatos negros,
Darvulia correspondió a la fascinación que ejercía en Erzébet pues en los
ojos de la bella encontraba una nueva versión de los poderes maléficos encerrados
en los venenos de la selva y la nefasta insensibilidad de la luna. La magia
negra de Darvulia se inscribió en el negro silencio de la condesa: la inició
en los juegos más crueles; le enseño a mirar morir y el sentido de mirar
morir; la animó a buscar la muerte y la sangre en un sentido literal, esto
es: a quererlas por sí mismas, sin temor.
[EN PROTECCION DE LOS DERECHOS DE AUTOR FINALIZA EL FRAGMENTO DE LA CONDESA SANGRIENTA]
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