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Flora
Alejandra Pizarnik nació el el 29 de abril de 1936 en Buenos Aires,
Argentina.
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En la serie
Memoria Iluminada, los guionistas y realizadores Virna Molina y Ernesto
Ardito encaran la tarea de contar la vida de los artistas de los ´60 considerados
revolucionarios y reúnen figuras de la talla de Raymundo Gleyzer, Alejandra
Pizarnik, Paco Urondo y Haroldo Conti. Este segundo segmento dentro del
ciclo que se emite por Canal Encuentro, se divide en cuatro capítulos, que
cuentan la historia de Alejandra Pizarnik desde su infancia hasta su suicidio
en 1972.
Título original: Memoria iluminada: Alejandra Pizarnik
Dirección: Virna Molina, Ernesto Ardito
Guión: Virna Molina, Ernesto Ardito
Producción: Virna Molina, Ernesto Ardito, Canal Encuentro
Animaciones: Virna Molina
Fotografía: Virna Molina, Ernesto Ardito
Montaje: Virna Molina, Ernesto Ardito
Intervienen: Carmela Direse Rojo, Isadora Ardito, Nika Ardito, Vanesa Molina
(voz de Alejandra)
Distribución: Canal Encuentro
Idioma: Castellano
Año: 2011
País de producción: Argentina
Duración: Cuatro capítulos de 30 minutos
Emitido por Canal Encuentro en septiembre 2011
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Entrevista
a Alejandra Pizarnik
Por Marta Isabel
Moia [*]
Entrevista de Martha Isabel Moia, publicada en El deseo de la palabra, Ocnos,
Barcelona, 1972.
* Todos los asteriscos que aparecen hasta el final del texto hacen referencia
a poemas de Alejandra Pizarnik.
M.I.M. - Hay,
en tus poemas, términos que considero emblemáticos y que contribuyen a conformar
tus poemas como dominios solitarios e ilícitos como las pasiones de la infancia,
como el poema, como el amor, como la muerte. ¿Coincidís conmigo en que términos
como jardín, bosque, palabra, silencio, errancia, viento, desgarradura y
noche, son, a la vez, signos y emblemas?
A.P. - Creo que en mis poemas hay palabras que reitero sin cesar, sin tregua,
sin piedad: las de la infancia, las de los miedos, las de la muerte, las
de la noche de los cuerpos. 0, más exactamente, los términos que designas
en tu pregunta serían signos y emblemas.
M.I.M. - Empecemos por entrar, pues, en los espacios más gratos: el jardín
y el bosque.
A.P. - Una de las frases que más me obsesiona la dice la pequeña Alice en
el país de las maravillas: - «Sólo vine a ver el jardín». Para Alice y para
mí, el jardín sería el lugar de la cita o, dicho con las palabras de Mircea
Eliade, el centro del mundo. Lo cual me sugiere esta frase: El jardín es
verde en el cerebro. Frase mía que me conduce a otra siguiente de Georges
Bachelard, que espero recordar fielmente: El jardín del recuerdo- sueño,
perdido en un más allá del pasado verdadero.
M.I.M. - En cuanto a tu bosque, se aparece como sinónimo de silencio. Mas
yo siento otros significados. Por ejemplo, tu bosque podría ser una alusión
a lo prohibido, a lo oculto.
A.P. - ¿Por qué no? Pero también sugeriría la infancia, el cuerpo, la noche.
M.I.M. - ¿Entraste alguna vez en el jardín?
A.P. - Proust, al analizar los deseos, dice que los deseos no quieren analizarse
sino satisfacerse, esto es: no quiero hablar del jardín, quiero verlo. Claro
es que lo que digo no deja de ser pueril, pues en esta vida nunca hacemos
lo que queremos. Lo cual es un motivo más para querer ver el jardín, aun
si es imposible, sobre todo si es imposible.
M.I.M. - Mientras contestabas a mi pregunta, tu voz en mi memoria me dijo
desde un poema tuyo: mi oficio es conjurar y exorcizar.*
A.P. - Entre otras cosas, escribo para que no suceda lo que temo; para que
lo que me hiere no sea; para alejar al Malo (cf. Kafka). Se ha dicho que
el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implicaría
exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la
herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos.
M.I.M. - Entre las variadas metáforas con las que configuras esta herida
fundamental recuerdo, por la impresión que me causó, la que en un poema
temprano te hace preguntar por la bestia caída de pasmo que se arrastra
por mi sangre.* Y creo, casi con certeza, que el viento es uno de los principales
autores de la herida, ya que a veces se aparece en tus escritos como el
gran lastimador.*
A.P. - Tengo amor por el viento aun si, precisamente, mi imaginación suele
darle formas y colores feroces. Embestida por el viento, voy por el bosque,
me alejo en busca del jardín.
M.I.M. - ¿En la noche?
A.P. - Poco sé de la noche pero a ella me uno. Lo dije en un poema: Toda
la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra yo escribo
la noche.*
M.I.M. - En un poema de adolescencia también te unís al silencio.
A.P. - El silencio: única tentación y la más alta promesa. Pero siento que
el inagotable murmullo nunca cesa de manar (Que bien sé yo do mana la fuente
del lenguaje errante). Por eso me atrevo a decir que no sé si el silencio
existe.
M.I.M. - En una suerte de contrapunto con tu yo que se une a la noche y
aquel que se une al silencio, veo a «la extranjera»; «la silenciosa en el
desierto»; «la pequeña viajera»; «mi emigrante de sí»; la que «quería entrar
en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria». Son
estas, tus otras voces, las que hablan de tu vocación de errancia, la para
mí tu verdadera vocación, dicho a tu manera.
A.P. - Pienso en una frase de Trakl: Es el hombre un extraño en la tierra.
Creo que, de todos, el poeta es el más extranjero. Creo que la única morada
posible para el poeta es la palabra.
M.I.M. - Hay un miedo tuyo que pone en peligro esa morada: el no saber nombrar
lo que no existe.* Es entonces cuando te ocultás del lenguaje.
A.P. - Con una ambigüedad que quiero aclarar: me oculto del lenguaje dentro
del lenguaje. Cuando algo - incluso la nada tiene un nombre, parece menos
hostil. Sin embargo, existe en mí una sospecha de que lo esencial es indecible.
M.I.M. - ¿Es por esto que buscas figuras que se aparecen vivientes por obra
de un lenguaje activo que las aluden?*
A.P. - Siento que los signos, las palabras, insinúan, hacen alusión. Este
modo complejo de sentir el lenguaje me induce a creer que el lenguaje no
puede expresar la realidad; que solamente podemos hablar de lo obvio. De
allí mis deseos de hacer poemas terriblemente exactos a pesar de mi surrealismo
innato y de trabajar con elementos de las sombras interiores. Es esto lo
que ha caracterizado a mis poemas.
M.I.M. - Sin embargo, ahora ya no buscas esa exactitud.
A.P. - Es cierto; busco que el poema se escriba como quiera escribirse.
Pero prefiero no hablar del ahora porque aún está poco escrito.
M.I.M. - ¡A pesar de lo mucho que escribís!
A.P. - ...
M.I.M. - El no saber nombrar* se relaciona con la preocupación por encontrar
alguna frase enteramente tuya.* Tu libro Los trabajos y las noches es una
respuesta significativa, ya que en él son tus voces las que hablan.
A.P. - Trabajé arduamente en esos poemas y debo decir que al configurarlos
me configuré yo, y cambié. Tenía dentro de mí un ideal de poema y logré
realizarlo. Sé que no me parezco a nadie (esto es una fatalidad). Ese libro
me dio la felicidad de encontrar la libertad en la escritura. Fui libre,
fui dueña de hacerme una forma como yo quería.
M.I.M. - Con estos miedos coexiste el de las palabras que regresan.* ¿Cuáles
son?
A.P. - Es la memoria. Me sucede asistir al cortejo de las palabras que se
precipitan, y me siento espectadora inerte e inerme.
M.I.M. - Vislumbro que el espejo, la otra orilla, la zona prohibida y su
olvido, disponen en tu obra el miedo de ser dos,* que escapa a los límites
del döppelganger para incluir a todas las que fuiste.
A.P. - Decís bien, es el miedo a todas las que en mí contienden. Hay un
poema de Michaux que dice: Je suis; je parle á qui je fus et qui- je- fus
me parlent. ( ... ) On n'est pas seul dans sa peau.
M.I.M. - ¿Se manifiesta en algún momento especial?
A.P. - Cuando «la hija de mi voz» me traiciona.
M.I.M. - Según un poema tuyo, tu amor más hermoso fue el amor por los espejos.
¿A quién ves en ellos?
A.P. - A la otra que soy. (En verdad, tengo cierto miedo de los espejos.)
En algunas ocasiones nos reunimos. Casi siempre sucede cuando escribo.
M.I.M. - Una noche en el circo recobraste un lenguaje perdido en el momento
que los jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda feroz sobre
corceles negros.* ¿Qué es ese algo semejante a los sonidos calientes para
mi corazón de los cascos contra las arenas?*
A.P. - Es el lenguaje no encontrado y que me gustaría encontrar.
M.I.M. - ¿Acaso lo encontraste en la pintura?
A.P. - Me gusta pintar porque en la pintura encuentro la oportunidad de
aludir en silencio a las imágenes de las sombras interiores. Además, me
atrae la falta de mitomanía del lenguaje de la pintura. Trabajar con las
palabras o, más específicamente, buscar mis palabras, implica una tensión
que no existe al pintar.
M.I.M. - ¿Cuál es la razón de tu preferencia por «la gitana dormida» de
Rousseau?
A.P. - Es el equivalente del lenguaje de los caballos en el circo. Yo quisiera
llegar a escribir algo semejante a «la gitana» del Aduanero porque hay silencio
y, a la vez, alusión a cosas graves y luminosas. También me conmueve singularmente
la obra de Bosch, Klee, Ernst.
M.I.M. - Por último, te pregunto si alguna vez te formulaste la pregunta
que se plantea Octavio Paz en el prólogo de El arco y la lira: ¿no sería
mejor transformar la vida en poesía que hacer poesía con la vida?
A.P. - Respondo desde uno de mis últimos poemas: Ojalá pudiera vivir solamente
en éxtasis haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase
con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida
que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del
vivir*.
* Texto extraído de "Prosa Completa", Alejandra Pizarnik, págs. 311/315,
ed. Lumen, Buenos Aires, Argentina, 2003.
Selección: S.R.
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"Simplemente
no acepto las condiciones de la vida"
El título fue tomado de una frase textual de Alejandra Pizarnik. Nueve libros
-ocho de poemas y un ensayo- bastaban para considerarla una de las cumbres
de la poesía argentina contemporánea. Gozó de la amistad de Octavio Paz
y Julio Cortazar. Colaboraba con las revistas literarias más importantes
del mundo. El 25 de setiembre de 1972 murió, por propia decisión, en su
departamento de la calle Montevideo. He aquí una reconstrucción de algunos
de los momentos clave de su vida. Una historia trágica, emocionante; el
testimonio de una vida signada por la muerte.
Por Emilio Giménez Zapiola [*]
Hablar, quizá, del hecho irreversible de que yo nunca te conocí. Personalmente,
quiero decir. Conocía, si, algunos poemas tuyos, y eso bastaba. Eso creía
yo, al menos. Porque después de tres días alucinantes, vividos con rara
lucidez entre poemas, fotos, cartas y recuerdos tuyos, caigo en cuenta de
que no bastaba, no bastará jamás. Como tampoco bastará jamás para los que
si te conocieron, para esos pocos privilegiados que supieron de tu risa
y tu silencio y tu sombra pequeña y honda. No bastará jamás, Alejandra.
Tu muerte: un signo enigmático que te limita, te encierra, te cierra para
siempre. Aunque quedan tus poemas. Allí estás y no es difícil entonces olvidar
-por unos instantes- tus dedos abriendo el frasquito de seconai sódico,
tu mano recibiendo los comprimidos, una cantidad ya elegida de antemano,
como sabiendo lo necesario, lo que a vos, Alejandra, te hacía falta para
morir.
'y el tiempo estranguló mi estrella' decías en 1956, quizá antes, porque
en la dedicatoria de "La tierra más ajena", ofrecés "...estos antiguos poemas
en estado salvaje..." El tiempo estranguló tu estrella, Flora Alejandra
Pizarnik -así firmabas en esa época-. ¿Cuándo, Sacha?
No seguramente el 29 de abril de 1936, día en que naciste bajo el signo
de Tauro. No entonces, supongo. Aunque tal vez ese primer contacto con el
mundo, ese primer estar a la intemperie, te haya marcado para siempre. Nunca
se podrá saber.
¿Cuándo?
Imagino tus primeros años: rodeada de muñecas -siempre te gustaron- inventabas
juegos en tu cuarto luminoso de Avellaneda. Sola. Tus padres miraban con
asombro y orgullo tu precocidad. Pero jugabas sola. Eras -me dicen- una
niñita imaginativa y algo formal que brillaba en la escuela primaria. Amabas
a tus padres, a tu padre especialmente. Y eras, conjeturo, una niñita feliz.
"Quién tuviera cinco años...", dijiste más de una vez a tus amigos. Y tu
voz se mojaba de nostalgia. La misma voz mojada de nostalgia de tus poemas
que gustaba hablar de...una canción de una ternura sin precedentes, una
canción que no diga de la vida ni de la muerte sino de gestos levísimos...",
una canción que sea menos que una canción, una canción como un dibujo que
representa una pequeña casa debajo de un sol al que le faltan algunos rayos;
allí ha de poder vivir la muñequita de papel verde, celeste y rojo; allí
se ha de poder erguir y tal vez andar en su casita dibujada sobre una página
en blanco". Y recordabas esos años de sol y la música que sabía darte tu
padre y la que hacías vos en un piano que después no volviste a tocar. Esos
años: "Y la sed, mi memoria es de la sed, yo abajo, en el fondo, en el pozo,
yo bebía, recuerdo".
Vos bebías y no había sed y eras feliz. Por eso: "Quién tuviera cinco años..."
El tiempo estranguló tu estrella, sí. Pero no cuando eras niña, Sacha.
mi cuerpo vibraba y respiraba
según un canto ahora olvidado
yo no era aún la fugitiva de la música
yo sabía el lugar del tiempo
y el tiempo del lugar
dijiste. Ya eras adolescente y deslumbrabas. Bella e inteligente pasaste
por el secundario -tal vez medalla de oro- e ingresaste a Filosofía, tu
primer interés. Te pasaste a Letras y no llegaste a terminar la carrera.
Qué importaba, después de todo. Por entonces, tu primer libro, "La tierra
más ajena". Y tus estudios de pintura con Batlle Planas. "El me enseñó el
espacio en el que tengo que escribir", reconociste luego. Por esos años
te cruzaste con Olga Orozco y fueron amigas "para siempre". Un testimonio
curioso y del que te enorgullecías no sin ternura: esa foto que atestigua
una noche en Reviens. "¿Vieron que fui? ¿Vieron?", decías. Y estabas hermosa
esa noche. Sacha. Adolescente y hermosa y algo en tus ojos hablaba de una
sed insaciada e insaciable. Aunque esa noche te olvidaras y tomaras whisky
y bailaras como cualquier alegre hija de vecino.
mi vida,
mi sola y aterida sangre
percute en el mundo
pero quiero saberme viva
pero no quiere hablar
de la muerte
ni de sus extrañas manos
En algún páramo de silencio entre tu niñez y tu adolescencia, el tiempo
estranguló tu estrella y te puso de cara a la muerte. Apenas tenías veinte
años y tu rostro estaba vuelto a la muerte. Y a la vida. A la vida y a la
muerte. Alejandra Pizarnik, veinte años, descendiente de inmigrantes rusos,
dos libros publicados, hermosa y lúcida: ya habías entrevisto los días que
vendrían. Y tus ojos, tus poemas que eran como tus ojos, nunca volvieron
a ser totalmente niños. Para entonces, eras la muchacha prodigio del ambiente
literario porteño. Y te fuiste a París.
la pequeña viajera
moría explicando su muerte
sabios animales nostálgicos
visitaban su cuerpo caliente
dijiste entonces, aunque viva y desprendida de tu país. Entre los sabios
animales nostálgicos, André Pieyre de Mandiargues. Octavio Paz, Julio Cortázar,
compartieron el gozo de tu amistad. Octavio Paz dijo de tu "Árbol de Diana"
-cuarto libro aparecido bajo tu nombre- que era una "cristalización verbal
por amalgama de insomnio pasional y lucidez meridiana en una disolución
de realidad sometida a las más altas temperaturas", y admiró tu talento.
El, Octavio Paz, quizá el más grande poeta de la época. A Julio Cortázar
le copiaste "Rayuela", su obra maestra, durante un tiempo en que anduviste
escasa de fondos. André Pieyre de Mandiargues amó tus poemas: "...querría
que hicieras muchos y que tus poemas difundieran por todas partes el amor
y el terror". Una vez lo llamaste por teléfono para verlo y él te dijo que
no, que ese día mejor no porque estaba como "debajo de una piedra". Vos
adoptaste la expresión y solías decir que así estaba tu rostro a veces:
"como debajo de una piedra". En París trabajaste en Juillard y te pasabas
las horas mirando dibujos de Paul Kee y escribiendo, una manera de conjurar
la muerte. La muerte: se dice que en París te enamoraste y que tu amor murió
en un accidente de aviación. Volviste a Buenos Aires. De esa época (1966)
es el último poema tuyo publicado, uno que apareció en "La Nación" hace
alrededor de un mes. In memoriam L.C., dice el epígrafe.
Sentada en el fondo de un lago.
Ha perdido la sombra,
no los deseos de ser, de perder.
Está sola con sus imágenes.
Vestida de rojo, no mira.
¿Quién ha llegado a este lugar
al que siempre nadie llega?
El señor de las muertas de rojo.
El enmascarado por su cara sin rostro.
El que llegó en su busca la lleva sin él.
Vestida de negro, ella mira.
La que no supo morirse de amor
y por eso nada aprendió.
Ella está triste porque no está.
¿Homenaje póstumo? No sé. Reencontrarte con tu ciudad no pareció significar
mucho para vos. Buenos Aires te gustaba en tanto te hacía recordar a París,
dicen los que te conocieron. Tu ciudad, a pesar de tu presunto desamor,
te premió. Ganaste el Primer Premio Municipal de Poesía correspondiente
al año 1966 con "Los trabajos y las noches". Eran cien mil pesos que no
te deben habar venido mal. Es ya legendaria tu falta de sentido práctico
con el dinero. Y cien mil pesos son cien mil pasos, sobre todo en 1966.
Mientras tanto, los poemas. Escribir era para vos trabajar. Y trabajabas
sin parar. A máquina, con tu lapicera Montblanc -a la que llamabas el Rolls
Royce de las lapiceras-, con marcadores, con lápices, con tiza. Tenías un
pizarrón y solías escribir tus poemas allí. Los dejabas descansar y después
acometías con correcciones. Eras implacable: un poema de cuatro o cinco
líneas se veía sometido a diez, doce variantes, hasta dar con una definitiva.
Escribías hasta pasadas las cinco de la mañana y te ibas a desayunar. A
veces, si te apremiaba la necesidad de reinventar el mundo, seguías sin
parar hasta el día siguiente a la misma hora. Si te iban a visitar, pedías
que volvieran otro día o que se quedaran, pero a trabajar. Y vos seguías
en lo tuyo. Se podía caer el mundo que vos seguirías en lo tuyo. "No hay
un solo día en que no se pueda trabajar", decías. Tu madre te llamaba para
despertarte. Inútil: ya estabas despierta y, casi siempre, con el teléfono
descolgado. Ya estabas despierta. Siempre estabas despierta. Siempre tus
ojos abiertos y alertas y en vigilia. Esperando el poema. Esperando.
Vigilas desde este cuarto
donde la sombra temible es la tuya.
No hay silencio aquí
sino frases que evitas oír.
Signos en los muros
narran la bella lejanía.
(Haz que no muera
sin volver a verte.)
La muerte, tu amiga atroz y absoluta, seguía a tu lado, dentro de vos, en
tus torturados ojos alucinados. La muerte como una tentación, como una mano
familiar que te recuperara la inocencia. Ese año -1966- murió tu padre.
Un golpe atroz. Siempre la muerte.
"Y es siempre el jardín de lilas del otro lado del río. Si el alma pregunta
si queda lejos se le responderá: del otro lado de río, no éste sino aquél."
Traducciones, ensayos, poemas: filos para perpetuar la lucidez e impedir
el sueño. Trabajar era para vos estar despierta, viva, en fin. Después del
trabajo, algún respiro. "Si trabajo todo el día, salimos a comer", te premiabas.
Y entonces, el delirio. Tu sentido del humor hacía reír hasta a los adoquines.
Un humor verbal, en el que refulgía tu riqueza de lenguaje, tu precisión
casi sobrehumana para decir lo que querías. "Este tipo tiene cara de talón",
definías. Y era verdad. El humor siempre es verdad, ¿no, Sacha? El humor:
uno de los bordes de !a realidad. De la verdadera realidad.
"Alguna vez, tal vez, encontraremos refugio en la realidad verdadera."
Que eso era la muerte para vos. Entretanto, algunas anécdotas, tu vida cotidiana,
tus cosas de todos los días. Las muñecas, que te devolvían a tu infancia.
Los recortes, que pegabas con plasticola en libros que tenían las hojas
en blanco. El té verde, por el que eras capaz de recorrer Buenos Aires sí
se te acababa. Los taxis: caminabas poco y te gustaba manejarte en taxi;
gastabas fortunas. Los cigarrillos rubios, que fumabas sin parar. Tu departamento,
regalo de tus padres, de la calle Montevideo 980. Ordenado según tu criterio
aparecía, a primera vista, como un caos ejemplar. Después se entendía. Todo
estaba perfectamente ordenado según tus necesidades. Todo estaba al alcance
de tu mano.
Y las fotos de Greta Garbo, que adorabas y habías recortado de un libro
que le "robaste" a Víctor Richini. Parece que Víctor amagó enojarse pero
sucumbió ante tu "No me digas que esta pared no quedó hermosa con las fotos
pegadas". Y así era.
Y tu pasión por las papelerías. Salir con vos era terminar en una papelería.
Una vez adentro, comprabas de todo: sacapuntas, cartucheras, cuadernos.
Y tu amor por la música barroca. Y tu pudor para hablar de vos, de tu necesidad
de muerte. "Vos sabes que eso es muy grave. Mejor no hablar."
Por eso, tus amigos dicen que eras una fiesta, que aparecías en el momento
menos pensado, vestida con un pantalón y un pulóver de cualquier color y
todo se transformaba. Te encantaban los chicos -te hubiera encantado tener
uno-. Jugabas con ellos, les hablabas en su mismo lenguaje. Y ellos te adoraban.
Por último -nuevamente- tu trabajo. En los últimos años publicaste "Extracción
de la piedra de la locura"; "Nombres y figuras"; "La Condesa sangrienta"
(un ensayo sobre la terrible condesa Bathory, asesina de 650 muchachas entre
los siglos XVI y XVII) y "El infierno musical", tu último libro de poemas.
Ganaste la beca Guggenheim y la Fuilbright. Colaborabas en las revistas
más importantes de América y Europa. La muerte, mientras tanto, crecía en
vos.
'Las palabras hubieran podido salvarme, pero estoy demasiada viviente. No,
no quiero cantar muerte. Mi muerte... el lobo gris... la matadora que viene
de la lejanía... ¿No hay un alma viva en esta ciudad? Porque ustedes están
muertos. ¿Y qué espera puede convertirse en esperanza si están todos muertos?
¿Y cuándo vendrá lo que esperamos? ¿Cuándo dejaremos de huir? ¿Cuándo ocurrirá
todo esto? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuánto? ¿Por qué? ¿Para quién?'
Tus muchos años de psicoanálisis -los últimos con Pichón Riviere- colaboraron
para que el conocimiento que tenías de vos misma rozara la perfección. Pero
la soledad, el silencio, la muerte no te abandonaban. Los que te rodeaban
trataron de impedirlo: inútil. Sin embargo, seguías siendo la misma de siempre,
la misma fiesta, la misma magia derramándose por donde anduvieras.
Y hoy quería conocerte, sospechando que el día menos pensado podía ser demasiado
tarde. Y proponía en los sumarios "ALEJANDRA PIZARNIK. Es la mejor poetisa
argentina. Hay que hacerle una nota..." Semana tras semana. Cuando apareció
tu último poema -el de "La Nación".- anuncié -lamentable profecía-: "Esta
mujer se va a matar". Ahora te escribo esta especie de carta-reportaje póstumo
en el que te digo me hubiera gustado conocerte, me hubiera gustado poder
decirte lo mucho que amo tus poemas, hubiera preferido -¡qué soberbia!-
que no murieras. Pero es tarde. Ahora es tarde. Algún día dirán los libros
que fuiste una de las más grandes poetisas del siglo. De qué sirve ahora,
que estás muerta desde las cinco de la tarde del 25 de septiembre de 1972,
muerta porque el mundo era pequeño para albergar tu cuerpo sediento de luz
y lúcido silencio, pequeño para tus claros ojos hambrientos de absoluto.
Lo único que me queda es recordar, esperando que hayas arribado a esa orilla
inacabable con la que tanto soñaste en tremenda vigilia, esta ínfima y hermosa
plegaria tuya:
"...Nadie puede salvarme, pues soy invisible aún para mi que me llamo con
tu voz. ¿En dónde estoy? Estoy en un jardín.
Hay un jardín".
[*] Publicado
en revista Gente, 1972
Fuente: www.magicasruinas.com.ar
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La
sala de psicopatología
Por Alejandra Pizarnik [*]
Para todos aquéllos que cotidianamente se encuentran con la vida de otras
personas en sus quehaceres profesionales de toda índole les están dedicadas
estas palabras, estas frases, estos trozos de piel y carne, estos dolores
que son simplemente los del existir y que a menudo se olvidan o no se tienen
en cuenta por la premura del "furor sanandi". Para todos aquéllos, entre
los que me incluyo, estas palabras que siguen serán un recordatorio de nuestros
escasos recursos y del debido respeto que debemos para con la existencia
de nuestros semejantes. Un respeto que no se funda en un hueco legal sino
que lo hace en lo más denso de una existencia, en ese lugar al cual no accedemos
a llegar sino es con la anuencia de nuestro interlocutor [S.R.]
Después de años en Europa Quiero decir París, Saint- Tropez, Cap St. Pierre,
Provence, Florencia, Siena, Roma, Capri, Ischia, San Sebastián, Santíllana
del Mar, Marbella, Segovia, Ávila, Santiago, y tanto y tanto por no hablar
de New York y del West Víllage con rastros de muchachas estranguladas -
quiero que me estrangule un negro - dijo - lo que querés es que te viole
- dije (¡oh Sigmund! con vos se acabaron los hombres del mercado matrimonial
que frecuenté en las mejores playas de Europa) y como soy tan inteligente
que ya no sirvo para nada, y como he soñado tanto que ya no soy de este
mundo, aquí estoy, entre las inocentes almas de la sala 18, persuadiéndome
día a día de que la sala, las almas puras y yo tenemos sentido, tenemos
destino, - una señora originaria del más oscuro barrio de un pueblo que
no figura en el mapa dice:
- El dotor me dijo que tengo problemas. Yo no sé. Yo tengo algo aquí (se
toca las tetas) y unas ganas de llorar que mama mía.
Nietzsche: «Esta noche tendré una madre o dejaré de ser.»
Strindberg: «El sol, madre, el sol.»
P. Éluard: «Hay que pegar a la madre mientras es joven.»
Sí, señora, la madre es un animal carnívoro que ama la vegetación lujuriosa.
A la hora que la parió abre las piernas, ignorante del sentido de su posición
destinada a dar a luz, a tierra, a fuego, a aire, pero luego una quiere
volver a entrar en esa maldita concha,
después de haber intentado nacerse sola sacando mi cabeza por mi útero (y
como no pude, busco morir y entrar en la pestilente guarida de la oculta
ocultadora cuya función es ocultar)
hablo de la concha y hablo de la muerte,
todo es concha, yo he lamido conchas en varios países y sólo sentí orgullo
por mi virtuosismo - la mahtma gandhi del lengüeteo, la Einstein de la mineta,
la Reich del lengüetazo, la Reik del abrirse camino entre pelos como de
rabinos desaseados - ¡oh el goce de la roña!
Ustedes, los mediquitos de la 18 son tiernos y hasta besan al leproso, pero
¿se casarían con el leproso?
Un instante de inmersión en lo bajo y en lo oscuro,
sí, de eso son capaces,
pero luego viene la vocecita que acompaña a los jovencitos como ustedes:
- ¿Podrías hacer un chiste con todo esto, no?
Y
sí,
aquí en el Pirovano
hay almas que NO SABEN
por qué recibieron la visita de las desgracias.
Pretenden explicaciones lógicas los pobres pobrecitos, quieren que la sala
- verdadera pocilga- esté muy limpia, porque la roña les da terror, y el
desorden, y la soledad de los días vacíos habitados por antiguos fantasmas
emigrantes de las maravillosas e ilícitas pasiones de la infancia.
Oh, he besado tantas pijas para encontrarme de repente en una sala llena
de carne de prisión donde las mujeres vienen y van hablando de la mejoría.
Pero
¿qué cosa curar?
Y ¿por dónde empezar a curar?
Es verdad que la psicoterapia en su forma exclusivamente verbal es casi
tan bella como el suicidio.
Se habla.
Se amuebla el escenario vacío del silencio.
0, si hay silencio, éste se vuelve mensaje.
- ¿Por qué está callada? ¿En qué piensa?
No pienso, al menos no ejecuto lo que llaman pensar. Asisto al inagotable
fluir del murmullo. A veces - casi siempre- estoy húmeda. Soy una perra,
a pesar de Hegel. Quisiera un tipo con una pija así y cogerme a mí y dármela
hasta que acabe viendo curanderos (que sin duda me la chuparán) a fin de
que me exorcisen y me procuren una buena frigidez.
Húmeda
Concha de corazón de criatura humana,
corazón que es un pequeño bebé inconsolable,
«Como un niño de pecho he acallado mi alma» (Salmo)
Ignoro qué hago en la sala 18 salvo honorarla con mi presencia prestigiosa
(si me quisieran un poquito me ayudarían a anularla)
oh no es que quiera coquetear con la muerte
yo quiero solamente poner fin a esta agonía que se vuelve ridícula a fuerza
de prolongarse,
(Ridículamente te han adornado para este mundo - dice una voz apiadada de
mí)
Y
Que te encuentres con vos misma - dijo.
Y yo le dije:
Para reunirme con el migo de conmigo y ser una sola y misma entidad con
él tengo que matar al migo para que así se muera el con y, de este modo,
anulados los contrarios, la dialéctica supliciante finaliza en la fusión
de los contrarios.
El suicidio determina
un cuchillo sin hoja
al que le falta el mango.
Entonces:
adiós sujeto y objeto,
todo se unifica como en otros tiempos, en el jardín de los cuentos
para niños lleno de arroyuelos de frescas aguas prenatales,
ese jardín es el centro del mundo, es el lugar de la cita, es el espacio
vuelto tiempo y el tiempo vuelto lugar, es el alto momento de la fusión
y del encuentro,
fuera del espacio profano en donde el Bien es sinónimo de evolución de sociedades
de consumo,
y lejos de los enmierdantes simulacros de medir el tiempo mediante relojes,
calendarios y demás objetos hostiles,
lejos de las ciudades en las que se compra y se vende (oh, en ese jardín
para la niña que fui, la pálida alucinada en los suburbios malsanos por
los que erraba del brazo de las sombras: niña, mi querida niña que no has
tenido madre (ni padre, es obvio).
De modo que arrastré mi culo hasta la sala 18,
en la que finjo creer que mi enfermedad de lejanía, de separación
de absoluta NO- ALIANZA con Ellos
- Ellos son todos y yo soy yo-
finjo, pues, que logro mejorar, finjo creer a estos muchachos de
buena voluntad (¡oh, los buenos sentimientos!) me podrán ayudar,
pero a veces - a menudo- los recontraputeo desde mis sombras ínteriores
que estos mediquillitos jamás sabrán conocer (la profundidad, cuanto más
profunda, más indecible) y los puteo porque evoco a mi amado viejo, el Dr.
Pichon R., tan hijo de puta como nunca lo será ninguno de los mediquitos
(tan buenos, hélas!) de esta sala,
pero mi viejo se me muere y éstos hablan y, lo peor, éstos tienen cuerpos
nuevos, sanos (maldita palabra) en tanto mi viejo agoniza en la miseria
por no haber sabido ser un mierda práctico, por haber afrontado el terrible
misterio que es la destrucción de un alma, por haber hurgado en lo oculto
como un pírata no poco funesto pues las monedas de oro del inconsciente
llevaban carne de ahorcado, y en un recinto lleno de espejos rotos y sal
volcada-
viejo remaldito, especie de aborto pestífero de fantasmas sifilíticos,
cómo te adoro en tu tortuosidad solamente parecida a la mía,
y cabe decir que siempre desconfié de tu genio (no sos genial; sos un saqueador
y un plagiario) y a la vez te confié,
oh, es a vos que mi tesoro fue confiado,
te quiero tanto que mataría a todos estos médicos adolescentes para darte
a beber de su sangre y que vos vivas un minuto, un siglo más,
(vos, yo, a quienes la vida no nos merece)
Sala 18
cuando pienso en laborterapia me arrancaría los ojos en una casa en ruinas
y me los comería pensando en mis años de escritura continua,
15 o 20 horas escribiendo sin cesar, aguzada por el demonio de las analogías,
tratando de configurar mi atroz materia verbal errante,
porque - oh viejo hermoso Sigmund Freud- la ciencia psicoanalítica se olvidó
la llave en algún lado:
abrir se abre
pero ¿cómo cerrar la herida?
El alma sufre sin tregua, sin piedad, y los malos médicos no restañan la
herida que supura.
El hombre está herido por una desgarradura que tal vez, o seguramente,
le ha causado la vida que nos dan.
«Cambiar la vida» (Marx)
«Cambiar el hombre» (Rimbaud)
Freud:
«La pequeña A. está embellecida por la desobediencia», (Cartas...)
Freud: poeta trágico. Demasiado enamorado de la poesía clásica. Sin duda,
muchas claves las extrajo de «los filósofos de la naturaleza», de «los románticos
alemanes» y, sobre todo, de mi amadísimo Lichtenberg, el genial físico y
matemático que escribía en su Diario cosas como:
«Él le había puesto nombres a sus dos pantuflas»
Algo solo estaba, ¿no?
(¡Oh, Lichtenberg, pequeño jorobado, yo te hubiera amado')
Y a Kierkegaard
Y a Dostoyevski
Y sobre todo a Kafka
a quien le pasó lo que a mí, si bien él era púdico y casto - «¿Qué hice
del don del sexo?» - y yo soy una pajera como no existe otra;
pero le pasó (a Kafka) lo que a mí:
se separó
fue demasiado lejos en la soledad
y supo - tuvo que saber
que de allí no se vuelve
se alejó - me alejé
no por desprecio (claro es que nuestro orgullo es infernal)
sino porque una es extranjera
una es de otra parte,
ellos se casan,
procrean,
veranean,
tienen horarios,
no se asustan por la tenebrosa
ambigüedad del lenguaje
(No es lo mismo decir Buenas noches que decir Buenas noches)
El lenguaje
-yo no puedo más,
alma mía, pequeña inexistente,
decidíte;
te las picás o te quedás,
pero no me toques así,
con pavura, con confusión,
o te vas o te las picás,
yo, por mi parte, no puedo más.
[*]Alejandra
Pizarnik escribió este poema durante su estadía en el Hospital Pirovano.
El texto, tal como se reproduce, está mecanografiado y lleva correcciones
hechas a mano por la autora. No se había incluido en la edición de 1982
de sus textos póstumos.
[1971] Texto extraído de "Poesía completa", Alejandra Pizarnik, editorial
Lumen, Barcelona, España; impreso en Argentina, 2003. Selección: S.R.
Fuente: http://www.con-versiones.com/nota0408.htm
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