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Flora Alejandra Pizarnik nació el el 29 de abril de 1936 en Buenos Aires, Argentina.
Estudió filosofía y letras en la Universidad de Buenos Aires y pintura con Juan Battle Planas.

Vivió en París desde 1960 hasta 1964, en donde trabajó para la revista Cuadernos y algunas editoriales francesas, publicó poemas y críticas en varios diarios, tradujo a Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Cesairé, e Yves Bonnefoy, y estudió Historia de la Religión y Literatura Francesa en la Sorbona.

De regreso a Buenos Aires, publicó tres de sus principales libros: "Los trabajos y las noches", "Extracción de la piedra de locura" y "El infierno musical", así como su trabajo en prosa "La condesa sangrienta".

En 1969 recibió una beca Guggenheim, y en 1971 una Fullbright.

Es una de las poetas más importantes de Argentina. Realizó su obra siendo una de las voces más representativas de la generación del '60. Su poesía, lírica, que roza el surrealismo fue una de las que más marcó a las posteriores generaciones poéticas. Alejandra Pizarnik retrabajó en su poesía las tradiciones románticas, simbolistas y surrealistas. Su poesía se encargó de poner en escena lo desgarrador del silencio creativo, abriendo una puerta para las nuevas mujeres poetas.

El 25 de septiembre de 1972, mientras pasaba un fin de semana fuera de la clínica psiquiátrica donde estaba internada, murió de una sobredosis intencional de psicofármacos. Tenía 36 años.



 

Memoria iluminada, Alejandra Pizarnik

En la serie Memoria Iluminada, los guionistas y realizadores Virna Molina y Ernesto Ardito encaran la tarea de contar la vida de los artistas de los ´60 considerados revolucionarios y reúnen figuras de la talla de Raymundo Gleyzer, Alejandra Pizarnik, Paco Urondo y Haroldo Conti. Este segundo segmento dentro del ciclo que se emite por Canal Encuentro, se divide en cuatro capítulos, que cuentan la historia de Alejandra Pizarnik desde su infancia hasta su suicidio en 1972.

Título original: Memoria iluminada: Alejandra Pizarnik
Dirección: Virna Molina, Ernesto Ardito
Guión: Virna Molina, Ernesto Ardito
Producción: Virna Molina, Ernesto Ardito, Canal Encuentro
Animaciones: Virna Molina
Fotografía: Virna Molina, Ernesto Ardito
Montaje: Virna Molina, Ernesto Ardito
Intervienen: Carmela Direse Rojo, Isadora Ardito, Nika Ardito, Vanesa Molina (voz de Alejandra)
Distribución: Canal Encuentro
Idioma: Castellano
Año: 2011
País de producción: Argentina
Duración: Cuatro capítulos de 30 minutos
Emitido por Canal Encuentro en septiembre 2011


Memoria Iluminada: Alejandra Pizarnik. Canal Encuentro. Duración: 1:43:11


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Entrevista a Alejandra Pizarnik

Por Marta Isabel Moia [*]

Entrevista de Martha Isabel Moia, publicada en El deseo de la palabra, Ocnos, Barcelona, 1972.

* Todos los asteriscos que aparecen hasta el final del texto hacen referencia a poemas de Alejandra Pizarnik.

M.I.M. - Hay, en tus poemas, términos que considero emblemáticos y que contribuyen a conformar tus poemas como dominios solitarios e ilícitos como las pasiones de la infancia, como el poema, como el amor, como la muerte. ¿Coincidís conmigo en que términos como jardín, bosque, palabra, silencio, errancia, viento, desgarradura y noche, son, a la vez, signos y emblemas?
A.P. - Creo que en mis poemas hay palabras que reitero sin cesar, sin tregua, sin piedad: las de la infancia, las de los miedos, las de la muerte, las de la noche de los cuerpos. 0, más exactamente, los términos que designas en tu pregunta serían signos y emblemas.

M.I.M. - Empecemos por entrar, pues, en los espacios más gratos: el jardín y el bosque.
A.P. - Una de las frases que más me obsesiona la dice la pequeña Alice en el país de las maravillas: - «Sólo vine a ver el jardín». Para Alice y para mí, el jardín sería el lugar de la cita o, dicho con las palabras de Mircea Eliade, el centro del mundo. Lo cual me sugiere esta frase: El jardín es verde en el cerebro. Frase mía que me conduce a otra siguiente de Georges Bachelard, que espero recordar fielmente: El jardín del recuerdo- sueño, perdido en un más allá del pasado verdadero.
M.I.M. - En cuanto a tu bosque, se aparece como sinónimo de silencio. Mas yo siento otros significados. Por ejemplo, tu bosque podría ser una alusión a lo prohibido, a lo oculto.
A.P. - ¿Por qué no? Pero también sugeriría la infancia, el cuerpo, la noche.

M.I.M. - ¿Entraste alguna vez en el jardín?
A.P. - Proust, al analizar los deseos, dice que los deseos no quieren analizarse sino satisfacerse, esto es: no quiero hablar del jardín, quiero verlo. Claro es que lo que digo no deja de ser pueril, pues en esta vida nunca hacemos lo que queremos. Lo cual es un motivo más para querer ver el jardín, aun si es imposible, sobre todo si es imposible.

M.I.M. - Mientras contestabas a mi pregunta, tu voz en mi memoria me dijo desde un poema tuyo: mi oficio es conjurar y exorcizar.*
A.P. - Entre otras cosas, escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al Malo (cf. Kafka). Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos.
M.I.M. - Entre las variadas metáforas con las que configuras esta herida fundamental recuerdo, por la impresión que me causó, la que en un poema temprano te hace preguntar por la bestia caída de pasmo que se arrastra por mi sangre.* Y creo, casi con certeza, que el viento es uno de los principales autores de la herida, ya que a veces se aparece en tus escritos como el gran lastimador.*
A.P. - Tengo amor por el viento aun si, precisamente, mi imaginación suele darle formas y colores feroces. Embestida por el viento, voy por el bosque, me alejo en busca del jardín.
M.I.M. - ¿En la noche?
A.P. - Poco sé de la noche pero a ella me uno. Lo dije en un poema: Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra yo escribo la noche.*

M.I.M. - En un poema de adolescencia también te unís al silencio.
A.P. - El silencio: única tentación y la más alta promesa. Pero siento que el inagotable murmullo nunca cesa de manar (Que bien sé yo do mana la fuente del lenguaje errante). Por eso me atrevo a decir que no sé si el silencio existe.
M.I.M. - En una suerte de contrapunto con tu yo que se une a la noche y aquel que se une al silencio, veo a «la extranjera»; «la silenciosa en el desierto»; «la pequeña viajera»; «mi emigrante de sí»; la que «quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria». Son estas, tus otras voces, las que hablan de tu vocación de errancia, la para mí tu verdadera vocación, dicho a tu manera.
A.P. - Pienso en una frase de Trakl: Es el hombre un extraño en la tierra. Creo que, de todos, el poeta es el más extranjero. Creo que la única morada posible para el poeta es la palabra.
M.I.M. - Hay un miedo tuyo que pone en peligro esa morada: el no saber nombrar lo que no existe.* Es entonces cuando te ocultás del lenguaje.
A.P. - Con una ambigüedad que quiero aclarar: me oculto del lenguaje dentro del lenguaje. Cuando algo - incluso la nada tiene un nombre, parece menos hostil. Sin embargo, existe en mí una sospecha de que lo esencial es indecible.
M.I.M. - ¿Es por esto que buscas figuras que se aparecen vivientes por obra de un lenguaje activo que las aluden?*
A.P. - Siento que los signos, las palabras, insinúan, hacen alusión. Este modo complejo de sentir el lenguaje me induce a creer que el lenguaje no puede expresar la realidad; que solamente podemos hablar de lo obvio. De allí mis deseos de hacer poemas terriblemente exactos a pesar de mi surrealismo innato y de trabajar con elementos de las sombras interiores. Es esto lo que ha caracterizado a mis poemas.

M.I.M. - Sin embargo, ahora ya no buscas esa exactitud.
A.P. - Es cierto; busco que el poema se escriba como quiera escribirse. Pero prefiero no hablar del ahora porque aún está poco escrito.
M.I.M. - ¡A pesar de lo mucho que escribís!
A.P. - ...
M.I.M. - El no saber nombrar* se relaciona con la preocupación por encontrar alguna frase enteramente tuya.* Tu libro Los trabajos y las noches es una respuesta significativa, ya que en él son tus voces las que hablan.
A.P. - Trabajé arduamente en esos poemas y debo decir que al configurarlos me configuré yo, y cambié. Tenía dentro de mí un ideal de poema y logré realizarlo. Sé que no me parezco a nadie (esto es una fatalidad). Ese libro me dio la felicidad de encontrar la libertad en la escritura. Fui libre, fui dueña de hacerme una forma como yo quería.

M.I.M. - Con estos miedos coexiste el de las palabras que regresan.* ¿Cuáles son?
A.P. - Es la memoria. Me sucede asistir al cortejo de las palabras que se precipitan, y me siento espectadora inerte e inerme.
M.I.M. - Vislumbro que el espejo, la otra orilla, la zona prohibida y su olvido, disponen en tu obra el miedo de ser dos,* que escapa a los límites del döppelganger para incluir a todas las que fuiste.
A.P. - Decís bien, es el miedo a todas las que en mí contienden. Hay un poema de Michaux que dice: Je suis; je parle á qui je fus et qui- je- fus me parlent. ( ... ) On n'est pas seul dans sa peau.
M.I.M. - ¿Se manifiesta en algún momento especial?
A.P. - Cuando «la hija de mi voz» me traiciona.

M.I.M. - Según un poema tuyo, tu amor más hermoso fue el amor por los espejos. ¿A quién ves en ellos?
A.P. - A la otra que soy. (En verdad, tengo cierto miedo de los espejos.) En algunas ocasiones nos reunimos. Casi siempre sucede cuando escribo.

M.I.M. - Una noche en el circo recobraste un lenguaje perdido en el momento que los jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda feroz sobre corceles negros.* ¿Qué es ese algo semejante a los sonidos calientes para mi corazón de los cascos contra las arenas?*
A.P. - Es el lenguaje no encontrado y que me gustaría encontrar.

M.I.M. - ¿Acaso lo encontraste en la pintura?
A.P. - Me gusta pintar porque en la pintura encuentro la oportunidad de aludir en silencio a las imágenes de las sombras interiores. Además, me atrae la falta de mitomanía del lenguaje de la pintura. Trabajar con las palabras o, más específicamente, buscar mis palabras, implica una tensión que no existe al pintar.

M.I.M. - ¿Cuál es la razón de tu preferencia por «la gitana dormida» de Rousseau?
A.P. - Es el equivalente del lenguaje de los caballos en el circo. Yo quisiera llegar a escribir algo semejante a «la gitana» del Aduanero porque hay silencio y, a la vez, alusión a cosas graves y luminosas. También me conmueve singularmente la obra de Bosch, Klee, Ernst.

M.I.M. - Por último, te pregunto si alguna vez te formulaste la pregunta que se plantea Octavio Paz en el prólogo de El arco y la lira: ¿no sería mejor transformar la vida en poesía que hacer poesía con la vida?
A.P. - Respondo desde uno de mis últimos poemas: Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir*.

* Texto extraído de "Prosa Completa", Alejandra Pizarnik, págs. 311/315, ed. Lumen, Buenos Aires, Argentina, 2003 | Selección S.R | Ilustración El Tomi.


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"Simplemente no acepto las condiciones de la vida"

El título fue tomado de una frase textual de Alejandra Pizarnik. Nueve libros -ocho de poemas y un ensayo- bastaban para considerarla una de las cumbres de la poesía argentina contemporánea. Gozó de la amistad de Octavio Paz y Julio Cortazar. Colaboraba con las revistas literarias más importantes del mundo. El 25 de setiembre de 1972 murió, por propia decisión, en su departamento de la calle Montevideo. He aquí una reconstrucción de algunos de los momentos clave de su vida. Una historia trágica, emocionante; el testimonio de una vida signada por la muerte.

Por Emilio Giménez Zapiola [*]

Hablar, quizá, del hecho irreversible de que yo nunca te conocí. Personalmente, quiero decir. Conocía, si, algunos poemas tuyos, y eso bastaba. Eso creía yo, al menos. Porque después de tres días alucinantes, vividos con rara lucidez entre poemas, fotos, cartas y recuerdos tuyos, caigo en cuenta de que no bastaba, no bastará jamás. Como tampoco bastará jamás para los que si te conocieron, para esos pocos privilegiados que supieron de tu risa y tu silencio y tu sombra pequeña y honda. No bastará jamás, Alejandra. Tu muerte: un signo enigmático que te limita, te encierra, te cierra para siempre. Aunque quedan tus poemas. Allí estás y no es difícil entonces olvidar -por unos instantes- tus dedos abriendo el frasquito de seconai sódico, tu mano recibiendo los comprimidos, una cantidad ya elegida de antemano, como sabiendo lo necesario, lo que a vos, Alejandra, te hacía falta para morir.

'y el tiempo estranguló mi estrella' decías en 1956, quizá antes, porque en la dedicatoria de "La tierra más ajena", ofrecés "...estos antiguos poemas en estado salvaje..." El tiempo estranguló tu estrella, Flora Alejandra Pizarnik -así firmabas en esa época-. ¿Cuándo, Sacha?

No seguramente el 29 de abril de 1936, día en que naciste bajo el signo de Tauro. No entonces, supongo. Aunque tal vez ese primer contacto con el mundo, ese primer estar a la intemperie, te haya marcado para siempre. Nunca se podrá saber.

¿Cuándo?

Imagino tus primeros años: rodeada de muñecas -siempre te gustaron- inventabas juegos en tu cuarto luminoso de Avellaneda. Sola. Tus padres miraban con asombro y orgullo tu precocidad. Pero jugabas sola. Eras -me dicen- una niñita imaginativa y algo formal que brillaba en la escuela primaria. Amabas a tus padres, a tu padre especialmente. Y eras, conjeturo, una niñita feliz. "Quién tuviera cinco años...", dijiste más de una vez a tus amigos. Y tu voz se mojaba de nostalgia. La misma voz mojada de nostalgia de tus poemas que gustaba hablar de...una canción de una ternura sin precedentes, una canción que no diga de la vida ni de la muerte sino de gestos levísimos...", una canción que sea menos que una canción, una canción como un dibujo que representa una pequeña casa debajo de un sol al que le faltan algunos rayos; allí ha de poder vivir la muñequita de papel verde, celeste y rojo; allí se ha de poder erguir y tal vez andar en su casita dibujada sobre una página en blanco". Y recordabas esos años de sol y la música que sabía darte tu padre y la que hacías vos en un piano que después no volviste a tocar. Esos años: "Y la sed, mi memoria es de la sed, yo abajo, en el fondo, en el pozo, yo bebía, recuerdo".

Vos bebías y no había sed y eras feliz. Por eso: "Quién tuviera cinco años..."

El tiempo estranguló tu estrella, sí. Pero no cuando eras niña, Sacha.

mi cuerpo vibraba y respiraba
según un canto ahora olvidado
yo no era aún la fugitiva de la música
yo sabía el lugar del tiempo
y el tiempo del lugar

dijiste. Ya eras adolescente y deslumbrabas. Bella e inteligente pasaste por el secundario -tal vez medalla de oro- e ingresaste a Filosofía, tu primer interés. Te pasaste a Letras y no llegaste a terminar la carrera. Qué importaba, después de todo. Por entonces, tu primer libro, "La tierra más ajena". Y tus estudios de pintura con Batlle Planas. "El me enseñó el espacio en el que tengo que escribir", reconociste luego. Por esos años te cruzaste con Olga Orozco y fueron amigas "para siempre". Un testimonio curioso y del que te enorgullecías no sin ternura: esa foto que atestigua una noche en Reviens. "¿Vieron que fui? ¿Vieron?", decías. Y estabas hermosa esa noche. Sacha. Adolescente y hermosa y algo en tus ojos hablaba de una sed insaciada e insaciable. Aunque esa noche te olvidaras y tomaras whisky y bailaras como cualquier alegre hija de vecino.

mi vida,
mi sola y aterida sangre
percute en el mundo
pero quiero saberme viva
pero no quiere hablar
de la muerte
ni de sus extrañas manos

En algún páramo de silencio entre tu niñez y tu adolescencia, el tiempo estranguló tu estrella y te puso de cara a la muerte. Apenas tenías veinte años y tu rostro estaba vuelto a la muerte. Y a la vida. A la vida y a la muerte. Alejandra Pizarnik, veinte años, descendiente de inmigrantes rusos, dos libros publicados, hermosa y lúcida: ya habías entrevisto los días que vendrían. Y tus ojos, tus poemas que eran como tus ojos, nunca volvieron a ser totalmente niños. Para entonces, eras la muchacha prodigio del ambiente literario porteño. Y te fuiste a París.

la pequeña viajera
moría explicando su muerte
sabios animales nostálgicos
visitaban su cuerpo caliente

dijiste entonces, aunque viva y desprendida de tu país. Entre los sabios animales nostálgicos, André Pieyre de Mandiargues. Octavio Paz, Julio Cortázar, compartieron el gozo de tu amistad. Octavio Paz dijo de tu "Árbol de Diana" -cuarto libro aparecido bajo tu nombre- que era una "cristalización verbal por amalgama de insomnio pasional y lucidez meridiana en una disolución de realidad sometida a las más altas temperaturas", y admiró tu talento. El, Octavio Paz, quizá el más grande poeta de la época. A Julio Cortázar le copiaste "Rayuela", su obra maestra, durante un tiempo en que anduviste escasa de fondos. André Pieyre de Mandiargues amó tus poemas: "...querría que hicieras muchos y que tus poemas difundieran por todas partes el amor y el terror". Una vez lo llamaste por teléfono para verlo y él te dijo que no, que ese día mejor no porque estaba como "debajo de una piedra". Vos adoptaste la expresión y solías decir que así estaba tu rostro a veces: "como debajo de una piedra". En París trabajaste en Juillard y te pasabas las horas mirando dibujos de Paul Kee y escribiendo, una manera de conjurar la muerte. La muerte: se dice que en París te enamoraste y que tu amor murió en un accidente de aviación. Volviste a Buenos Aires. De esa época (1966) es el último poema tuyo publicado, uno que apareció en "La Nación" hace alrededor de un mes. In memoriam L.C., dice el epígrafe.

Sentada en el fondo de un lago.
Ha perdido la sombra,
no los deseos de ser, de perder.
Está sola con sus imágenes.
Vestida de rojo, no mira.
¿Quién ha llegado a este lugar
al que siempre nadie llega?
El señor de las muertas de rojo.
El enmascarado por su cara sin rostro.
El que llegó en su busca la lleva sin él.
Vestida de negro, ella mira.
La que no supo morirse de amor
y por eso nada aprendió.
Ella está triste porque no está.

¿Homenaje póstumo? No sé. Reencontrarte con tu ciudad no pareció significar mucho para vos. Buenos Aires te gustaba en tanto te hacía recordar a París, dicen los que te conocieron. Tu ciudad, a pesar de tu presunto desamor, te premió. Ganaste el Primer Premio Municipal de Poesía correspondiente al año 1966 con "Los trabajos y las noches". Eran cien mil pesos que no te deben habar venido mal. Es ya legendaria tu falta de sentido práctico con el dinero. Y cien mil pesos son cien mil pasos, sobre todo en 1966. Mientras tanto, los poemas. Escribir era para vos trabajar. Y trabajabas sin parar. A máquina, con tu lapicera Montblanc -a la que llamabas el Rolls Royce de las lapiceras-, con marcadores, con lápices, con tiza. Tenías un pizarrón y solías escribir tus poemas allí. Los dejabas descansar y después acometías con correcciones. Eras implacable: un poema de cuatro o cinco líneas se veía sometido a diez, doce variantes, hasta dar con una definitiva. Escribías hasta pasadas las cinco de la mañana y te ibas a desayunar. A veces, si te apremiaba la necesidad de reinventar el mundo, seguías sin parar hasta el día siguiente a la misma hora. Si te iban a visitar, pedías que volvieran otro día o que se quedaran, pero a trabajar. Y vos seguías en lo tuyo. Se podía caer el mundo que vos seguirías en lo tuyo. "No hay un solo día en que no se pueda trabajar", decías. Tu madre te llamaba para despertarte. Inútil: ya estabas despierta y, casi siempre, con el teléfono descolgado. Ya estabas despierta. Siempre estabas despierta. Siempre tus ojos abiertos y alertas y en vigilia. Esperando el poema. Esperando.

Vigilas desde este cuarto
donde la sombra temible es la tuya.

No hay silencio aquí
sino frases que evitas oír.

Signos en los muros
narran la bella lejanía.

(Haz que no muera
sin volver a verte.)

La muerte, tu amiga atroz y absoluta, seguía a tu lado, dentro de vos, en tus torturados ojos alucinados. La muerte como una tentación, como una mano familiar que te recuperara la inocencia. Ese año -1966- murió tu padre. Un golpe atroz. Siempre la muerte.

"Y es siempre el jardín de lilas del otro lado del río. Si el alma pregunta si queda lejos se le responderá: del otro lado de río, no éste sino aquél."

Traducciones, ensayos, poemas: filos para perpetuar la lucidez e impedir el sueño. Trabajar era para vos estar despierta, viva, en fin. Después del trabajo, algún respiro. "Si trabajo todo el día, salimos a comer", te premiabas. Y entonces, el delirio. Tu sentido del humor hacía reír hasta a los adoquines. Un humor verbal, en el que refulgía tu riqueza de lenguaje, tu precisión casi sobrehumana para decir lo que querías. "Este tipo tiene cara de talón", definías. Y era verdad. El humor siempre es verdad, ¿no, Sacha? El humor: uno de los bordes de !a realidad. De la verdadera realidad.

"Alguna vez, tal vez, encontraremos refugio en la realidad verdadera."

Que eso era la muerte para vos. Entretanto, algunas anécdotas, tu vida cotidiana, tus cosas de todos los días. Las muñecas, que te devolvían a tu infancia. Los recortes, que pegabas con plasticola en libros que tenían las hojas en blanco. El té verde, por el que eras capaz de recorrer Buenos Aires sí se te acababa. Los taxis: caminabas poco y te gustaba manejarte en taxi; gastabas fortunas. Los cigarrillos rubios, que fumabas sin parar. Tu departamento, regalo de tus padres, de la calle Montevideo 980. Ordenado según tu criterio aparecía, a primera vista, como un caos ejemplar. Después se entendía. Todo estaba perfectamente ordenado según tus necesidades. Todo estaba al alcance de tu mano.

Y las fotos de Greta Garbo, que adorabas y habías recortado de un libro que le "robaste" a Víctor Richini. Parece que Víctor amagó enojarse pero sucumbió ante tu "No me digas que esta pared no quedó hermosa con las fotos pegadas". Y así era.

Y tu pasión por las papelerías. Salir con vos era terminar en una papelería. Una vez adentro, comprabas de todo: sacapuntas, cartucheras, cuadernos.
Y tu amor por la música barroca. Y tu pudor para hablar de vos, de tu necesidad de muerte. "Vos sabes que eso es muy grave. Mejor no hablar."
Por eso, tus amigos dicen que eras una fiesta, que aparecías en el momento menos pensado, vestida con un pantalón y un pulóver de cualquier color y todo se transformaba. Te encantaban los chicos -te hubiera encantado tener uno-. Jugabas con ellos, les hablabas en su mismo lenguaje. Y ellos te adoraban.
Por último -nuevamente- tu trabajo. En los últimos años publicaste "Extracción de la piedra de la locura"; "Nombres y figuras"; "La Condesa sangrienta" (un ensayo sobre la terrible condesa Bathory, asesina de 650 muchachas entre los siglos XVI y XVII) y "El infierno musical", tu último libro de poemas. Ganaste la beca Guggenheim y la Fuilbright. Colaborabas en las revistas más importantes de América y Europa. La muerte, mientras tanto, crecía en vos.

'Las palabras hubieran podido salvarme, pero estoy demasiada viviente. No, no quiero cantar muerte. Mi muerte... el lobo gris... la matadora que viene de la lejanía... ¿No hay un alma viva en esta ciudad? Porque ustedes están muertos. ¿Y qué espera puede convertirse en esperanza si están todos muertos? ¿Y cuándo vendrá lo que esperamos? ¿Cuándo dejaremos de huir? ¿Cuándo ocurrirá todo esto? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuánto? ¿Por qué? ¿Para quién?'

Tus muchos años de psicoanálisis -los últimos con Pichón Riviere- colaboraron para que el conocimiento que tenías de vos misma rozara la perfección. Pero la soledad, el silencio, la muerte no te abandonaban. Los que te rodeaban trataron de impedirlo: inútil. Sin embargo, seguías siendo la misma de siempre, la misma fiesta, la misma magia derramándose por donde anduvieras.

Y hoy quería conocerte, sospechando que el día menos pensado podía ser demasiado tarde. Y proponía en los sumarios "ALEJANDRA PIZARNIK. Es la mejor poetisa argentina. Hay que hacerle una nota..." Semana tras semana. Cuando apareció tu último poema -el de "La Nación".- anuncié -lamentable profecía-: "Esta mujer se va a matar". Ahora te escribo esta especie de carta-reportaje póstumo en el que te digo me hubiera gustado conocerte, me hubiera gustado poder decirte lo mucho que amo tus poemas, hubiera preferido -¡qué soberbia!- que no murieras. Pero es tarde. Ahora es tarde. Algún día dirán los libros que fuiste una de las más grandes poetisas del siglo. De qué sirve ahora, que estás muerta desde las cinco de la tarde del 25 de septiembre de 1972, muerta porque el mundo era pequeño para albergar tu cuerpo sediento de luz y lúcido silencio, pequeño para tus claros ojos hambrientos de absoluto. Lo único que me queda es recordar, esperando que hayas arribado a esa orilla inacabable con la que tanto soñaste en tremenda vigilia, esta ínfima y hermosa plegaria tuya:

"...Nadie puede salvarme, pues soy invisible aún para mi que me llamo con tu voz. ¿En dónde estoy? Estoy en un jardín.
Hay un jardín".

[*] Publicado en revista Gente, 1972

Fuente: www.magicasruinas.com.ar

La sala de psicopatología

Por Alejandra Pizarnik [*]

Para todos aquéllos que cotidianamente se encuentran con la vida de otras personas en sus quehaceres profesionales de toda índole les están dedicadas estas palabras, estas frases, estos trozos de piel y carne, estos dolores que son simplemente los del existir y que a menudo se olvidan o no se tienen en cuenta por la premura del "furor sanandi". Para todos aquéllos, entre los que me incluyo, estas palabras que siguen serán un recordatorio de nuestros escasos recursos y del debido respeto que debemos para con la existencia de nuestros semejantes. Un respeto que no se funda en un hueco legal sino que lo hace en lo más denso de una existencia, en ese lugar al cual no accedemos a llegar sino es con la anuencia de nuestro interlocutor [S.R.]


Después de años en Europa Quiero decir París, Saint- Tropez, Cap St. Pierre, Provence, Florencia, Siena, Roma, Capri, Ischia, San Sebastián, Santíllana del Mar, Marbella, Segovia, Ávila, Santiago, y tanto y tanto por no hablar de New York y del West Víllage con rastros de muchachas estranguladas - quiero que me estrangule un negro - dijo - lo que querés es que te viole - dije (¡oh Sigmund! con vos se acabaron los hombres del mercado matrimonial que frecuenté en las mejores playas de Europa) y como soy tan inteligente que ya no sirvo para nada, y como he soñado tanto que ya no soy de este mundo, aquí estoy, entre las inocentes almas de la sala 18, persuadiéndome día a día de que la sala, las almas puras y yo tenemos sentido, tenemos destino, - una señora originaria del más oscuro barrio de un pueblo que no figura en el mapa dice:
- El dotor me dijo que tengo problemas. Yo no sé. Yo tengo algo aquí (se toca las tetas) y unas ganas de llorar que mama mía.
Nietzsche: «Esta noche tendré una madre o dejaré de ser.»
Strindberg: «El sol, madre, el sol.»
P. Éluard: «Hay que pegar a la madre mientras es joven.»
Sí, señora, la madre es un animal carnívoro que ama la vegetación lujuriosa. A la hora que la parió abre las piernas, ignorante del sentido de su posición destinada a dar a luz, a tierra, a fuego, a aire, pero luego una quiere volver a entrar en esa maldita concha,
después de haber intentado nacerse sola sacando mi cabeza por mi útero (y como no pude, busco morir y entrar en la pestilente guarida de la oculta ocultadora cuya función es ocultar)
hablo de la concha y hablo de la muerte,
todo es concha, yo he lamido conchas en varios países y sólo sentí orgullo por mi virtuosismo - la mahtma gandhi del lengüeteo, la Einstein de la mineta, la Reich del lengüetazo, la Reik del abrirse camino entre pelos como de rabinos desaseados - ¡oh el goce de la roña!
Ustedes, los mediquitos de la 18 son tiernos y hasta besan al leproso, pero
¿se casarían con el leproso?
Un instante de inmersión en lo bajo y en lo oscuro,
sí, de eso son capaces,
pero luego viene la vocecita que acompaña a los jovencitos como ustedes:
- ¿Podrías hacer un chiste con todo esto, no?
Y
sí,
aquí en el Pirovano
hay almas que NO SABEN
por qué recibieron la visita de las desgracias.
Pretenden explicaciones lógicas los pobres pobrecitos, quieren que la sala - verdadera pocilga- esté muy limpia, porque la roña les da terror, y el desorden, y la soledad de los días vacíos habitados por anti­guos fantasmas emigrantes de las maravillosas e ilícitas pasiones de la infancia.
Oh, he besado tantas pijas para encontrarme de repente en una sala llena de carne de prisión donde las mujeres vienen y van hablando de la mejoría.
Pero
¿qué cosa curar?
Y ¿por dónde empezar a curar?
Es verdad que la psicoterapia en su forma exclusivamente verbal es casi tan bella como el suicidio.
Se habla.
Se amuebla el escenario vacío del silencio.
0, si hay silencio, éste se vuelve mensaje.
- ¿Por qué está callada? ¿En qué piensa?
No pienso, al menos no ejecuto lo que llaman pensar. Asisto al ina­gotable fluir del murmullo. A veces - casi siempre- estoy húmeda. Soy una perra, a pesar de Hegel. Quisiera un tipo con una pija así y cogerme a mí y dármela hasta que acabe viendo curanderos (que sin duda me la chuparán) a fin de que me exorcisen y me procuren una buena frigidez.
Húmeda
Concha de corazón de criatura humana,
corazón que es un pequeño bebé inconsolable,
«Como un niño de pecho he acallado mi alma» (Salmo)
Ignoro qué hago en la sala 18 salvo honorarla con mi presencia prestigiosa (si me quisieran un poquito me ayudarían a anularla)
oh no es que quiera coquetear con la muerte
yo quiero solamente poner fin a esta agonía que se vuelve ridícula a fuerza de prolongarse,
(Ridículamente te han adornado para este mundo - dice una voz apiadada de mí)
Y
Que te encuentres con vos misma - dijo.
Y yo le dije:
Para reunirme con el migo de conmigo y ser una sola y misma entidad con él tengo que matar al migo para que así se muera el con y, de este modo, anulados los contrarios, la dialéctica supliciante finaliza en la fusión de los contrarios.
El suicidio determina
un cuchillo sin hoja
al que le falta el mango.

Entonces:
adiós sujeto y objeto,
todo se unifica como en otros tiempos, en el jardín de los cuentos
para niños lleno de arroyuelos de frescas aguas prenatales,
ese jardín es el centro del mundo, es el lugar de la cita, es el espacio
vuelto tiempo y el tiempo vuelto lugar, es el alto momento de la fusión
y del encuentro,
fuera del espacio profano en donde el Bien es sinónimo de evolución de sociedades de consumo,
y lejos de los enmierdantes simulacros de medir el tiempo mediante relojes, calendarios y demás objetos hostiles,
lejos de las ciudades en las que se compra y se vende (oh, en ese jardín para la niña que fui, la pálida alucinada en los suburbios malsanos por los que erraba del brazo de las sombras: niña, mi querida niña que no has tenido madre (ni padre, es obvio).
De modo que arrastré mi culo hasta la sala 18,
en la que finjo creer que mi enfermedad de lejanía, de separación
de absoluta NO- ALIANZA con Ellos
- Ellos son todos y yo soy yo-
finjo, pues, que logro mejorar, finjo creer a estos muchachos de
buena voluntad (¡oh, los buenos sentimientos!) me podrán ayudar,
pero a veces - a menudo- los recontraputeo desde mis sombras ínteriores que estos mediquillitos jamás sabrán conocer (la profundidad, cuanto más profunda, más indecible) y los puteo porque evoco a mi amado viejo, el Dr. Pichon R., tan hijo de puta como nunca lo será ninguno de los mediquitos (tan buenos, hélas!) de esta sala,
pero mi viejo se me muere y éstos hablan y, lo peor, éstos tienen cuerpos nuevos, sanos (maldita palabra) en tanto mi viejo agoniza en la miseria por no haber sabido ser un mierda práctico, por haber afron­tado el terrible misterio que es la destrucción de un alma, por haber hurgado en lo oculto como un pírata no poco funesto pues las mone­das de oro del inconsciente llevaban carne de ahorcado, y en un recin­to lleno de espejos rotos y sal volcada-­
viejo remaldito, especie de aborto pestífero de fantasmas sifilíticos,
cómo te adoro en tu tortuosidad solamente parecida a la mía,
y cabe decir que siempre desconfié de tu genio (no sos genial; sos un saqueador y un plagiario) y a la vez te confié,
oh, es a vos que mi tesoro fue confiado,
te quiero tanto que mataría a todos estos médicos adolescentes para darte a beber de su sangre y que vos vivas un minuto, un siglo más,
(vos, yo, a quienes la vida no nos merece)

Sala 18
cuando pienso en laborterapia me arrancaría los ojos en una casa en ruinas y me los comería pensando en mis años de escritura continua,
15 o 20 horas escribiendo sin cesar, aguzada por el demonio de las analogías, tratando de configurar mi atroz materia verbal errante,
porque - oh viejo hermoso Sigmund Freud- la ciencia psicoanalíti­ca se olvidó la llave en algún lado:
abrir se abre
pero ¿cómo cerrar la herida?

El alma sufre sin tregua, sin piedad, y los malos médicos no resta­ñan la herida que supura.
El hombre está herido por una desgarradura que tal vez, o segura­mente, le ha causado la vida que nos dan.
«Cambiar la vida» (Marx)
«Cambiar el hombre» (Rimbaud)

Freud:

«La pequeña A. está embellecida por la desobediencia», (Cartas...)
Freud: poeta trágico. Demasiado enamorado de la poesía clásica. Sin duda, muchas claves las extrajo de «los filósofos de la naturaleza», de «los románticos alemanes» y, sobre todo, de mi amadísimo Lichtenberg, el genial físico y matemático que escribía en su Diario cosas como:
«Él le había puesto nombres a sus dos pantuflas»
Algo solo estaba, ¿no?
(¡Oh, Lichtenberg, pequeño jorobado, yo te hubiera amado')
Y a Kierkegaard
Y a Dostoyevski
Y sobre todo a Kafka
a quien le pasó lo que a mí, si bien él era púdico y casto - «¿Qué hice del don del sexo?» - y yo soy una pajera como no existe otra;
pero le pasó (a Kafka) lo que a mí:
se separó
fue demasiado lejos en la soledad
y supo - tuvo que saber­
que de allí no se vuelve

se alejó - me alejé­
no por desprecio (claro es que nuestro orgullo es infernal)
sino porque una es extranjera
una es de otra parte,
ellos se casan,
procrean,
veranean,
tienen horarios,
no se asustan por la tenebrosa
ambigüedad del lenguaje
(No es lo mismo decir Buenas noches que decir Buenas noches)

El lenguaje
-yo no puedo más,
alma mía, pequeña inexistente,
decidíte;
te las picás o te quedás,
pero no me toques así,
con pavura, con confusión,
o te vas o te las picás,
yo, por mi parte, no puedo más.

[*]Alejandra Pizarnik escribió este poema durante su estadía en el Hospital Pirovano. El texto, tal como se reproduce, está mecanografiado y lleva correcciones hechas a mano por la autora. No se había incluido en la edición de 1982 de sus textos póstumos.

[1971] Texto extraído de "Poesía completa", Alejandra Pizarnik, editorial Lumen, Barcelona, España; impreso en Argentina, 2003. Selección: S.R.

Fuente: http://www.con-versiones.com/nota0408.htm



Otros textos

A Sylvia

A la hora de oro
no dores las palabras,
al duro sol de la poesía
A la hora sin oro
dedícale una mirada sin tiempo
una mirada sin oro sin horas
dedícale el deseo de no pasar más tiempo
para que el tiempo corra ingenuo
como el agua de una fuente
para que los días pierdan su nombre
para que el tiempo pierda pie
y tú puedas, al fin,
mirar antes del primer día.

Alejandra
Sábado 13 junio 1964

Nota: Atención de Sylvia Molloy


Crónica social
Por Bartolomé Cabello y Caspa
y Julio Secador y Plancha
¡¡¡El escándalo de la semana!!!

Piénsese en Sir Walter Raleigh.
Piénsese en Petrona C. de Heidegger.
Piénsese en mi tío.

Tan dispares referencias no tienen otro objeto que el de llamar a la reflexión, con el fin de transmitir, comunicar e informar a nuestros inocentes -por ahora- lectores y lectrices, acerca de un escandaloso suceso en el que tomaron parte tres mujeres muy representativas de nuestra intelectualidad telúrica. ¿Quiénes son aquellas a las que no vacilaremos en tachar de endemoniadas? Ellas son:
1) ALEJANDRA PIZARNIK Y PI Y MARGALL Y PU, conspicua representante de nuestra contemporaneidad vigentemente pútrida, autora de “Las masas más
ajenas”, “La última trastada” y “Los yoghurtes perdidos”.
2) SUSANA THENON INCLANSKY, SEÑORA DE PUEBLA Y CARMIÑAL MANTOVANI, perspicua rematadora y martillera privada laika, autora de “Reblán sin tregua”, “Tregua sin reblán” y “Spolianski” (poemas).
3) ANA MATA BARRENECHEA HARI SPITZEROVA DE HULA-HULA, cirujana en letras, perita y manzanita en Estilinsky y Gramatova, Master of Arts of Embriology and ciencias Ocultas, autora de “¡Viva Alfonso Reyes!” (tesis de doctorado), “¡Muera Alfonso el Sabio!“ (tomá), y “Se necesitaba tanta jalea real para encender tanto José Cría”, (Balneario La Paloma, 1959).
Las citadas potrillas fueron vistas en circunstancias que nos es penoso consignar. A las 2 de la madrugada canicular, tres sombras se arrastraban hacia un mateo. Una de ellas, la más flaquilla, cubría su rostro con un níveo limpiamokos, a fin de nos ser reconocida. Pero ¡tate!, nuestras cámaras fotográficas captaron el momento en que, con ágil y vicioso brinco, se encaramaban al citado artefacto.
¿A dónde se dirigían a esas horas de la noite? ¿Quo vadis, mentecatas?
¡Noli me tangere, sierpes!
Rueda el carro infernal por la noctámbula calzada. Desde nuestro escondite escuchábamos sus risotadas caducas, sus arrebatos demenciales, mientras amenazaban al pobre auriga con tomar un coche de remisse.
¡Fementidas mozas! ¡Zagalas vendidas al oro de Nápoles y a por quién doblan las campanas, con Ingrid Bergman y Gary Cooper, en el lorraine, $15! ¿De qué os sirvieron las lecciones que os vois impartieron en la Carpa Birmana (Birmansky y Korsakoff Ltda.)?
Y para sellar la afrenta, habéis manchado con vuestro esputo el vetusto frente de la casona solariega de la facultad de filosofía y letrinas.

para Anita
con el mucho afecto
de su amiguita

Alejandra
y la Susy
(del abasto)


Ya es de día, arráncate los ojos más grandes del mundo.
Ya es de día, desnúdate de tu cuerpo de ángel perfumado. Ya es de día.

Vístete con cáscaras de tortugas asesinadas, cúbrete de pelos polvorosos y de residuos de sangre. Arrástrate por las paredes en busca de alimentos, bebe donde orinan los muertos. Levántate y anda, bestia con memoria, memoria llagada, recuerdo de sangre. Levántate, desconocida con alas de arpillera, vuela cargada de tierra por las piedras silenciosa. Sacrifica tu sueño y cúbrelo de cenizas. Incorpórate, es de día y los justos ya trabajan. Reintégrate a la grasa, al sudor y al polvo. Confiesa hoy también que aún estás viva. Levántate y anda, pobre bestia, y sin llorar.

Alejandra Pizarnik


Dos finas poetas argentinas:
Alejandra y Sylvia y viceversa
-Tac, Tac, Tac. Los martillazos que daban no dejaban sosiego ni tranquilidad.
-Mantengamos en alto la líricaxx exigencia
Que impone jerarquías de la ropa interior.
La calidad del culo es la única excelencia...
Así cantaba el Chulo que nos dejó en herencia
El fino privilegio del culo y de la flor.
-Las lenguas muertas. Las lenguas vivavs. El palillero. el cura présbita.

La nariz roma. Una perra gorda en la mano y una flaca en la otra mano para hacerle cuestiones al veterinario. El cogote cortado al rape. Encogerse de hombros estilo Angélicacxxxx. Cojo. Hacer cama. ¡Qué cosa tanbonita! Sus fuerzas son pocas, su habilidad es mucha. Tiene un culo algo grande. ¡Qué lástima. Luego salieron seis enanos comiendo confites, oprimiéndo sus niños contra sí, éstos contándose sus vidas y aquellos sus amores.


El, la espalda.
El, la frente.
El, la llama.
El, la llama.
El, la llama.
El, la pez.
El, la tierra.
El, la cólera.
El, la prisxión.
El, la malmaison.
El, la toison.
El, la oración.
El, la creación.
El, la semaison.
El, la torpille, la ralme, la fumée, l’armoise, la dour, la légion d’honneur.
Vivaqueemos, vivaqueemos, vivaqueemos!!
C vous connûtes Rosita9?
ombrait lègèrement la lèvre supérieure de Rosette un duvet fin. Et aussi celle de sa soeur Conchette la Soltère.


Nota: Atención de Sylvia Molloy. Escritos en colaboración con Pizarnik en París. Los errores tipográficos son de la versión original.


Escena de la locura de mademoiselle Pomesita Laconasse
por Sylvia y Alejandra y por
Alejandra y Sylvia (y vice versa)

La que con su culo pajarero decía “perfumear” en vez de “perfumar” despertó esa mañana con deseos de intrinsiquezas dignas de un iñiguista.

-Who am I?- estalló.
Pero se detuvo en esta inquisición con la diestra yx desición de universalizar se peripato. Por eso enflautó:
-Who is who?
Esto la hizo xx reir a mandíbula batiente. Es así como soltó el trapo y el chorro, carcajeó, se comió la risa, se finó de risa, se descalzó de risa, se destornilló de risa y por fin se cayó de culo prorrumpiendo:

ja ja ja
je je je
ji ji ji
+ hi hi hi
ju si ju
anopluro

Ah!- exclamó. Y además exclamó:
-ta! , hum!, córcholis!, mecachis! -y dándose una palmadaza en el muslito siguió exclamando :
Quel gustache a pistache! Me circulo en la rueda de Santa Catalina. Me ensalmo a sombra de tejado. Me meduseo. Me traigo al retortero. Me acomodo a vacar. Me embalumo y me enfosco con un piezgo de corambre. Quel gustache a pistache. Me crío los pechos con una zapatilla. Me empanado con un hugonote. Me meo a la flor del perro. Me echo la pata. Me tengo el pie sobre el cuello. Me hombruno de lunas. Me enlobezno (grrrr.). Me chocheo los dospatitos. Me hago la zancadilla con las patas en alto. Me voy por los cerros de ubeda, aprieta+, atiza!, arrea!, brrrr!, fait pas chaud. Quel gustache a pistache!
El observador desinteresado que la observaba por el ojo de la cerradura se preguntó si nuestra heroína estaría en sus cabales y si sí por qué y sino por qué no.
-No soy ninguna occiputa- díjose Pomesita para su capote de zorros pla-teados que críaba con ovomaltina y sal de fruta ANO gracias a lo cual era un capote ENANO.
-Mecachis y córcholis? Ca sent l’entrejambe, qu’elle dit en flairant l’atmosphère et plus encore l’onosphère d’une narine qui se voulait délicate. Me suis- je aspergée ce matin? (Cortina musical, o como dicen los franceses, Rideau de musique: Asperges me Dooooomineeeeeeeee! CORO: sniff! sniff! sniff! Bravo!! Pis! bravo! Pis!).
Es así como Pomesita La Meonne prosiguió su coquetona disertación:
-Quel gustache a Pistache! Si estuvieran aquí mis amiguitas Sylvia y Alejandra! Ellas sí que saben la cosa-cosa! Ellas sí que cogitan hondo y franco!
p.2. av. de pom. lac. onasse.


Si estuvieran Alejandra y Sylvia!
Qué amiga de sus amigos!
Qué señoras para criados y parturientas!
Qué maestras de esbozados y calientes!
Qué sexo para concretos!
Qué gracia para los osos!
Qué corazón!!!!
A los bravos y legañosos,
un meón!
En venturam Vespasianas;
Pomesianas en joder
y estrullar;
en la virtud, Africanas;
Animales en xx saber
y laburar;
en la bondad, mejor no hablemos;
en sus brazos, siempre, don Aureliano,
y a veces Marco Tulio por lo que les prometía
cuando se vestía de tía -.
No alcanzaron a huir con muchas riquezas
en las axilas.

De pronto Pomesita xx medita y hesita al niveau del caniveau y vuelve a hhesitar, excitada, entrex un hombre de bigotes, y de buenas letras, un honm bre de ambas sillas y un hombre de pelo en pecho, un hombre xx menudo ynuevo y no tener uno hombre, un hombre de copete y un hominicaco, un hombrede calzasxxxxxxxx atacadas y una hombrera, un hombre bueno y un homúnculo,un hombre de manga y una hopalanda, un hombre de pro, de pré y de pprá yun hoplita, un hopo y un hondeador, un hondureñismo y un hongo, pero tuvo miedo de mancillar su honrilla y cerrando los ojos los dejóx pasar.
Es así como, desolada, contemplçó por la ventana, sola, solitaria, ebria de trementina y largos besos y, distraída, rascábase el divertículodel costal de los pecados , la comisura del bacinete y la islilla del chi-fle turullante como un escodadero.
A la mañana siguiente encaminose a Domodossola en donde había dormido.
Había dos pasajeras en el auto, dos jóvenes egipcias que iban de Calais a Venecia en auto-stop, con un mensaje de helicóptero de Munich a Buenos Aires para el regreso. Caía plúmblea pluvia sobre el lago Mayor; xxxxxx Pomesita patinó y rompióse el anfiteatro coxal sin que sus compañeras se inmutaran.
Se compró entonces dos smokings blancos y su amigo Pérez la invitó a festejar su partida con alfajores. La velada se prolongó hasta tarde y se cogió (el subrayado es nuestro)= A la mañana siguiente confió el auto a un me-cánico y tomó agua de Vichy, luego hizo pipí (bravo!-musitó el observador desinteresado que la espiaba por el ojo de la cerradura. -Cf. école du regard).
-Tu sculptas- díjose Pomesita llorando- Je sus. Vous voulûtes. Vous sûtes.
Tu dis que l’humanité a vu la Vierge. Pas vraie, mon pot.

paj. trua de pom. l. con.
Pomesita no estaba contenta.
-Hay algo podrido en el reino de los cielos -meditó- Cela a une odeur xx d’entrejambe. Ne ferme pas.
-Ay, ay! no señor, si tengo tres callos en cada dedo -respondió la fámula–

Un taureau passa et lui pissa le pied.
-Et comment te feras-tu aimer? répondit la petite fourmi


l ramo de olores.
Sal y pimienta.
Ajos chicos.
Borriqueta a la minuta. (Self-borriqueta)
1 estragón
1 pimentón
1 satiricón
un rincón
un callorynchus callorhyncus. L.
1 kilo de gallo
1 chalote en franco hervor
un amasijo de queso
2 hojas de colapez
2 hojas de cola pollo
2 hojas de colagogo

Instrucciones para el uso: en una asadera de porcelana refractaria hágase un caldito con almejas (sin conchitas). En cuanto suelte el hervor grite “mamá” y hágase a un lado. Esto formará una pasta homogénea llamadaxxxxxxxxx “pastacciuta”. Luego se saltará una borriqueta habiéndola untado previamente de huevo batido y colapez. Independientemente, se calentará prudentemente la cresta del kilo de gallo hasta que se le vayan las agallas y se dejede joder en los campanarios. Estragar el culo del estragón hasta desposeerlo de las glándulas naturales de un estragón. Rellenar el culo del estr agóncon el satiricón cortado en finas lonjas picadas con chalote franco y conun puño de queso, escalfando por último el callorhyncuscallorhyncus L. conun diente de ajo, un ojo de cebolla y cuatro kilos bifes con papafritas.
Echar a un rincón. Absorber las hojas del colagogo a la azunceña y servir el todo en una fuente verde con florcitas rosadas.
Consejo de provecho general para gandes y chicos:
el pescado de mar no tiene gusto a entrejambe.
Dígale a su médico que Ud. no come pescado y verá lo que él le dirá.
-La reputísima madre que lo parió!! -xxxxx dijo el Dr. Planck.
No todo lo que se pesca se puede comer. Ejemplo de ello el Congo Belga.
Hay religiones que prohibe n comer cerditos, vaquitas y homúnculos pero ninguna prohibe pescar.
No compre cualquier pescado. Compre callorhyncus callorhyncus L.
Desde tiempos prehistóricos se come pescado, y más aún x: trufas con ceniza.
Enseñe a sus niños a comer pescado y ríase después de las espinas:
ja ja ja
je je je
ji ji ji

Nota: Atención de Sylvia Molloy. Escritos en colaboración con Pizarnik en París. Los errores tipográficos son de la versión original.

Fuente: http://pizarnik.iespana.es
 

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