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Entrevista a Alejandra Pizarnik
Por Marta Isabel Moia
[*]
Entrevista de Martha Isabel Moia, publicada en El deseo de la palabra,
Ocnos, Barcelona, 1972.
* Todos los asteriscos que aparecen hasta el final del texto hacen
referencia a poemas de Alejandra Pizarnik.
M.I.M. - Hay, en tus poemas, términos que considero emblemáticos y que
contribuyen a conformar tus poemas como dominios solitarios e ilícitos
como las pasiones de la infancia, como el poema, como el amor, como la
muerte. ¿Coincidís conmigo en que términos como jardín, bosque, palabra,
silencio, errancia, viento, desgarradura y noche, son, a la vez, signos
y emblemas?
A.P. - Creo que en mis poemas hay palabras que reitero sin cesar, sin
tregua, sin piedad: las de la infancia, las de los miedos, las de la
muerte, las de la noche de los cuerpos. 0, más exactamente, los términos
que designas en tu pregunta serían signos y emblemas.
M.I.M. - Empecemos por entrar, pues, en los espacios más gratos: el
jardín y el bosque.
A.P. - Una de las frases que más me obsesiona la dice la pequeña Alice
en el país de las maravillas: - «Sólo vine a ver el jardín». Para Alice
y para mí, el jardín sería el lugar de la cita o, dicho con las palabras
de Mircea Eliade, el centro del mundo. Lo cual me sugiere esta frase: El
jardín es verde en el cerebro. Frase mía que me conduce a otra siguiente
de Georges Bachelard, que espero recordar fielmente: El jardín del
recuerdo- sueño, perdido en un más allá del pasado verdadero.
M.I.M. - En cuanto a tu bosque, se aparece como sinónimo de silencio.
Mas yo siento otros significados. Por ejemplo, tu bosque podría ser una
alusión a lo prohibido, a lo oculto.
A.P. - ¿Por qué no? Pero también sugeriría la infancia, el cuerpo, la
noche.
M.I.M. - ¿Entraste alguna vez en el jardín?
A.P. - Proust, al analizar los deseos, dice que los deseos no quieren
analizarse sino satisfacerse, esto es: no quiero hablar del jardín,
quiero verlo. Claro es que lo que digo no deja de ser pueril, pues en
esta vida nunca hacemos lo que queremos. Lo cual es un motivo más para
querer ver el jardín, aun si es imposible, sobre todo si es imposible.
M.I.M. - Mientras contestabas a mi pregunta, tu voz en mi memoria me
dijo desde un poema tuyo: mi oficio es conjurar y exorcizar.*
A.P. - Entre otras cosas, escribo para que no suceda lo que temo; para
que lo que me hiere no sea; para alejar al Malo (cf. Kafka). Se ha dicho
que el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético
implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es
reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos
heridos.
M.I.M. - Entre las variadas metáforas con las que configuras esta herida
fundamental recuerdo, por la impresión que me causó, la que en un poema
temprano te hace preguntar por la bestia caída de pasmo que se arrastra
por mi sangre.* Y creo, casi con certeza, que el viento es uno de los
principales autores de la herida, ya que a veces se aparece en tus
escritos como el gran lastimador.*
A.P. - Tengo amor por el viento aun si, precisamente, mi imaginación
suele darle formas y colores feroces. Embestida por el viento, voy por
el bosque, me alejo en busca del jardín.
M.I.M. - ¿En la noche?
A.P. - Poco sé de la noche pero a ella me uno. Lo dije en un poema: Toda
la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra yo
escribo la noche.*
M.I.M. - En un poema de adolescencia también te unís al silencio.
A.P. - El silencio: única tentación y la más alta promesa. Pero siento
que el inagotable murmullo nunca cesa de manar (Que bien sé yo do mana
la fuente del lenguaje errante). Por eso me atrevo a decir que no sé si
el silencio existe.
M.I.M. - En una suerte de contrapunto con tu yo que se une a la noche y
aquel que se une al silencio, veo a «la extranjera»; «la silenciosa en
el desierto»; «la pequeña viajera»; «mi emigrante de sí»; la que «quería
entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una
patria». Son estas, tus otras voces, las que hablan de tu vocación de
errancia, la para mí tu verdadera vocación, dicho a tu manera.
A.P. - Pienso en una frase de Trakl: Es el hombre un extraño en la
tierra. Creo que, de todos, el poeta es el más extranjero. Creo que la
única morada posible para el poeta es la palabra.
M.I.M. - Hay un miedo tuyo que pone en peligro esa morada: el no saber
nombrar lo que no existe.* Es entonces cuando te ocultás del lenguaje.
A.P. - Con una ambigüedad que quiero aclarar: me oculto del lenguaje
dentro del lenguaje. Cuando algo - incluso la nada tiene un nombre,
parece menos hostil. Sin embargo, existe en mí una sospecha de que lo
esencial es indecible.
M.I.M. - ¿Es por esto que buscas figuras que se aparecen vivientes por
obra de un lenguaje activo que las aluden?*
A.P. - Siento que los signos, las palabras, insinúan, hacen alusión.
Este modo complejo de sentir el lenguaje me induce a creer que el
lenguaje no puede expresar la realidad; que solamente podemos hablar de
lo obvio. De allí mis deseos de hacer poemas terriblemente exactos a
pesar de mi surrealismo innato y de trabajar con elementos de las
sombras interiores. Es esto lo que ha caracterizado a mis poemas.
M.I.M. - Sin embargo, ahora ya no buscas esa exactitud.
A.P. - Es cierto; busco que el poema se escriba como quiera escribirse.
Pero prefiero no hablar del ahora porque aún está poco escrito.
M.I.M. - ¡A pesar de lo mucho que escribís!
A.P. - ...
M.I.M. - El no saber nombrar* se relaciona con la preocupación por
encontrar alguna frase enteramente tuya.* Tu libro Los trabajos y las
noches es una respuesta significativa, ya que en él son tus voces las
que hablan.
A.P. - Trabajé arduamente en esos poemas y debo decir que al
configurarlos me configuré yo, y cambié. Tenía dentro de mí un ideal de
poema y logré realizarlo. Sé que no me parezco a nadie (esto es una
fatalidad). Ese libro me dio la felicidad de encontrar la libertad en la
escritura. Fui libre, fui dueña de hacerme una forma como yo quería.
M.I.M. - Con estos miedos coexiste el de las palabras que regresan.*
¿Cuáles son?
A.P. - Es la memoria. Me sucede asistir al cortejo de las palabras que
se precipitan, y me siento espectadora inerte e inerme.
M.I.M. - Vislumbro que el espejo, la otra orilla, la zona prohibida y su
olvido, disponen en tu obra el miedo de ser dos,* que escapa a los
límites del döppelganger para incluir a todas las que fuiste.
A.P. - Decís bien, es el miedo a todas las que en mí contienden. Hay un
poema de Michaux que dice: Je suis; je parle á qui je fus et qui- je-
fus me parlent. ( ... ) On n'est pas seul dans sa peau.
M.I.M. - ¿Se manifiesta en algún momento especial?
A.P. - Cuando «la hija de mi voz» me traiciona.
M.I.M. - Según un poema tuyo, tu amor más hermoso fue el amor por los
espejos. ¿A quién ves en ellos?
A.P. - A la otra que soy. (En verdad, tengo cierto miedo de los
espejos.) En algunas ocasiones nos reunimos. Casi siempre sucede cuando
escribo.
M.I.M. - Una noche en el circo recobraste un lenguaje perdido en el
momento que los jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda
feroz sobre corceles negros.* ¿Qué es ese algo semejante a los sonidos
calientes para mi corazón de los cascos contra las arenas?*
A.P. - Es el lenguaje no encontrado y que me gustaría encontrar.
M.I.M. - ¿Acaso lo encontraste en la pintura?
A.P. - Me gusta pintar porque en la pintura encuentro la oportunidad de
aludir en silencio a las imágenes de las sombras interiores. Además, me
atrae la falta de mitomanía del lenguaje de la pintura. Trabajar con las
palabras o, más específicamente, buscar mis palabras, implica una
tensión que no existe al pintar.
M.I.M. - ¿Cuál es la razón de tu preferencia por «la gitana dormida» de
Rousseau?
A.P. - Es el equivalente del lenguaje de los caballos en el circo. Yo
quisiera llegar a escribir algo semejante a «la gitana» del Aduanero
porque hay silencio y, a la vez, alusión a cosas graves y luminosas.
También me conmueve singularmente la obra de Bosch, Klee, Ernst.
M.I.M. - Por último, te pregunto si alguna vez te formulaste la pregunta
que se plantea Octavio Paz en el prólogo de El arco y la lira: ¿no sería
mejor transformar la vida en poesía que hacer poesía con la vida?
A.P. - Respondo desde uno de mis últimos poemas: Ojalá pudiera vivir
solamente en éxtasis haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo,
rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al
poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido
sacrificada en las ceremonias del vivir*.
*
Texto extraído de "Prosa Completa", Alejandra Pizarnik, págs. 311/315,
ed. Lumen, Buenos Aires, Argentina, 2003.
Selección: S.R.
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"Simplemente
no acepto las condiciones de la vida"
El título fue tomado de una frase textual de Alejandra Pizarnik. Nueve libros
-ocho poemas y un ensayo- bastaban para considerarla una de las cumbres de la
poesía argentina contemporánea. Gozó de la amistad de Octavio Paz y Julio
Cortazar. Colaboraba con las revistas literarias más importantes del mundo. El
25 de setiembre de 1972 murió, por propia decisión, en su departamento de la
calle Montevideo. He aquí una reconstrucción de algunos de los momentos clave de
su vida. Una historia trágica, emocionante; el testimonio de una vida signada
por la muerte.
Por Emilio Giménez Zapiola [*]
Hablar, quizá, del hecho irreversible de que yo nunca te conocí. Personalmente,
quiero decir. Conocía, si, algunos poemas tuyos, y eso bastaba. Eso creía yo, al
menos. Porque después de tres días alucinantes, vividos con rara lucidez entre
poemas, fotos, cartas y recuerdos tuyos, caigo en cuenta de que no bastaba, no
bastará jamás. Como tampoco bastará jamás para los que si te conocieron, para
esos pocos privilegiados que supieron de tu risa y tu silencio y tu sombra
pequeña y honda. No bastará jamás, Alejandra. Tu muerte: un signo enigmático que
te limita, te encierra, te cierra para siempre. Aunque quedan tus poemas. Allí
estás y no es difícil entonces olvidar -por unos instantes- tus dedos abriendo
el frasquito de seconai sódico, tu mano recibiendo los comprimidos, una cantidad
ya elegida de antemano, como sabiendo lo necesario, lo que a vos, Alejandra, te
hacía falta para morir.
'y el tiempo estranguló mi estrella' decías en 1956, quizá antes, porque en la
dedicatoria de "La tierra más ajena", ofrecés "...estos antiguos poemas en
estado salvaje..." El tiempo estranguló tu estrella, Flora Alejandra Pizarnik
-así firmabas en esa época-. ¿Cuándo, Sacha?
No seguramente el 29 de abril de 1936, día en que naciste bajo el signo de
Tauro. No entonces, supongo. Aunque tal vez ese primer contacto con el mundo,
ese primer estar a la intemperie, te haya marcado para siempre. Nunca se podrá
saber.
¿Cuándo?
Imagino tus primeros años: rodeada de muñecas -siempre te gustaron- inventabas
juegos en tu cuarto luminoso de Avellaneda. Sola. Tus padres miraban con asombro
y orgullo tu precocidad. Pero jugabas sola. Eras -me dicen- una niñita
imaginativa y algo formal que brillaba en la escuela primaria. Amabas a tus
padres, a tu padre especialmente. Y eras, conjeturo, una niñita feliz. "Quién
tuviera cinco años...", dijiste más de una vez a tus amigos. Y tu voz se mojaba
de nostalgia. La misma voz mojada de nostalgia de tus poemas que gustaba hablar
de...una canción de una ternura sin precedentes, una canción que no diga de la
vida ni de la muerte sino de gestos levísimos...", una canción que sea menos que
una canción, una canción como un dibujo que representa una pequeña casa debajo
de un sol al que le faltan algunos rayos; allí ha de poder vivir la muñequita de
papel verde, celeste y rojo; allí se ha de poder erguir y tal vez andar en su
casita dibujada sobre una página en blanco". Y recordabas esos años de sol y la
música que sabía darte tu padre y la que hacías vos en un piano que después no
volviste a tocar. Esos años: "Y la sed, mi memoria es de la sed, yo abajo, en el
fondo, en el pozo, yo bebía, recuerdo".
Vos bebías y no había sed y eras feliz. Por eso: "Quién tuviera cinco años..."
El tiempo estranguló tu estrella, sí. Pero no cuando eras niña, Sacha.
mi cuerpo vibraba y respiraba
según un canto ahora olvidado
yo no era aún la fugitiva de la música
yo sabía el lugar del tiempo
y el tiempo del lugar
dijiste. Ya eras adolescente y deslumbrabas. Bella e inteligente pasaste por el
secundario -tal vez medalla de oro- e ingresaste a Filosofía, tu primer interés.
Te pasaste a Letras y no llegaste a terminar la carrera. Qué importaba, después
de todo. Por entonces, tu primer libro, "La tierra más ajena". Y tus estudios de
pintura con Batlle Planas. "El me enseñó el espacio en el que tengo que
escribir", reconociste luego. Por esos años te cruzaste con Olga Orozco y fueron
amigas "para siempre". Un testimonio curioso y del que te enorgullecías no sin
ternura: esa foto que atestigua una noche en Reviens. "¿Vieron que fui?
¿Vieron?", decías. Y estabas hermosa esa noche. Sacha. Adolescente y hermosa y
algo en tus ojos hablaba de una sed insaciada e insaciable. Aunque esa noche te
olvidaras y tomaras whisky y bailaras como cualquier alegre hija de vecino.
mi vida,
mi sola y aterida sangre
percute en el mundo
pero quiero saberme viva
pero no quiere hablar
de la muerte
ni de sus extrañas manos
En algún páramo de silencio entre tu niñez y tu adolescencia, el tiempo
estranguló tu estrella y te puso de cara a la muerte. Apenas tenías veinte años
y tu rostro estaba vuelto a la muerte. Y a la vida. A la vida y a la muerte.
Alejandra Pizarnik, veinte años, descendiente de inmigrantes rusos, dos libros
publicados, hermosa y lúcida: ya habías entrevisto los días que vendrían. Y tus
ojos, tus poemas que eran como tus ojos, nunca volvieron a ser totalmente niños.
Para entonces, eras la muchacha prodigio del ambiente literario porteño. Y te
fuiste a París.
la pequeña viajera
moría explicando su muerte
sabios animales nostálgicos
visitaban su cuerpo caliente
dijiste entonces, aunque viva y desprendida de tu país. Entre los sabios
animales nostálgicos, André Pieyre de Mandiargues. Octavio Paz, Julio Cortázar,
compartieron el gozo de tu amistad. Octavio Paz dijo de tu "Árbol de Diana"
-cuarto libro aparecido bajo tu nombre- que era una "cristalización verbal por
amalgama de insomnio pasional y lucidez meridiana en una disolución de realidad
sometida a las más altas temperaturas", y admiró tu talento. El, Octavio Paz,
quizá el más grande poeta de la época. A Julio Cortázar le copiaste "Rayuela",
su obra maestra, durante un tiempo en que anduviste escasa de fondos. André
Pieyre de Mandiargues amó tus poemas: "...querría que hicieras muchos y que tus
poemas difundieran por todas partes el amor y el terror". Una vez lo llamaste
por teléfono para verlo y él te dijo que no, que ese día mejor no porque estaba
como "debajo de una piedra". Vos adoptaste la expresión y solías decir que así
estaba tu rostro a veces: "como debajo de una piedra". En París trabajaste en
Juillard y te pasabas las horas mirando dibujos de Paul Kee y escribiendo, una
manera de conjurar la muerte. La muerte: se dice que en París te enamoraste y
que tu amor murió en un accidente de aviación. Volviste a Buenos Aires. De esa
época (1966) es el último poema tuyo publicado, uno que apareció en "La Nación"
hace alrededor de un mes. In memoriam L.C., dice el epígrafe.
Sentada en el fondo de un lago.
Ha perdido la sombra,
no los deseos de ser, de perder.
Está sola con sus imágenes.
Vestida de rojo, no mira.
¿Quién ha llegado a este lugar
al que siempre nadie llega?
El señor de las muertas de rojo.
El enmascarado por su cara sin rostro.
El que llegó en su busca la lleva sin él.
Vestida de negro, ella mira.
La que no supo morirse de amor
y por eso nada aprendió.
Ella está triste porque no está.
¿Homenaje póstumo? No sé. Reencontrarte con tu ciudad no pareció significar
mucho para vos. Buenos Aires te gustaba en tanto te hacía recordar a París,
dicen los que te conocieron. Tu ciudad, a pesar de tu presunto desamor, te
premió. Ganaste el Primer Premio Municipal de Poesía correspondiente al año 1966
con "Los trabajos y las noches". Eran cien mil pesos que no te deben habar
venido mal. Es ya legendaria tu falta de sentido práctico con el dinero. Y cien
mil pesos son cien mil pasos, sobre todo en 1966. Mientras tanto, los poemas.
Escribir era para vos trabajar. Y trabajabas sin parar. A máquina, con tu
lapicera Montblanc -a la que llamabas el Rolls Royce de las lapiceras-, con
marcadores, con lápices, con tiza. Tenías un pizarrón y solías escribir tus
poemas allí. Los dejabas descansar y después acometías con correcciones. Eras
implacable: un poema de cuatro o cinco líneas se veía sometido a diez, doce
variantes, hasta dar con una definitiva. Escribías hasta pasadas las cinco de la
mañana y te ibas a desayunar. A veces, si te apremiaba la necesidad de
reinventar el mundo, seguías sin parar hasta el día siguiente a la misma hora.
Si te iban a visitar, pedías que volvieran otro día o que se quedaran, pero a
trabajar. Y vos seguías en lo tuyo. Se podía caer el mundo que vos seguirías en
lo tuyo. "No hay un solo día en que no se pueda trabajar", decías. Tu madre te
llamaba para despertarte. Inútil: ya estabas despierta y, casi siempre, con el
teléfono descolgado. Ya estabas despierta. Siempre estabas despierta. Siempre
tus ojos abiertos y alertas y en vigilia. Esperando el poema. Esperando.
Vigilas desde este cuarto
donde la sombra temible es la tuya.
No hay silencio aquí
sino frases que evitas oír.
Signos en los muros
narran la bella lejanía.
(Haz que no muera
sin volver a verte.)
La muerte, tu amiga atroz y absoluta, seguía a tu lado, dentro de vos, en tus
torturados ojos alucinados. La muerte como una tentación, como una mano familiar
que te recuperara la inocencia. Ese año -1966- murió tu padre. Un golpe atroz.
Siempre la muerte.
"Y es siempre el jardín de lilas del otro lado del río. Si el alma pregunta si
queda lejos se le responderá: del otro lado de río, no éste sino aquél."
Traducciones, ensayos, poemas: filos para perpetuar la lucidez e impedir el
sueño. Trabajar era para vos estar despierta, viva, en fin. Después del trabajo,
algún respiro. "Si trabajo todo el día, salimos a comer", te premiabas. Y
entonces, el delirio. Tu sentido del humor hacía reír hasta a los adoquines. Un
humor verbal, en el que refulgía tu riqueza de lenguaje, tu precisión casi
sobrehumana para decir lo que querías. "Este tipo tiene cara de talón",
definías. Y era verdad. El humor siempre es verdad, ¿no, Sacha? El humor: uno de
los bordes de !a realidad. De la verdadera realidad.
"Alguna vez, tal vez, encontraremos refugio en la realidad verdadera."
Que eso era la muerte para vos. Entretanto, algunas anécdotas, tu vida
cotidiana, tus cosas de todos los días. Las muñecas, que te devolvían a tu
infancia. Los recortes, que pegabas con plasticola en libros que tenían las
hojas en blanco. El té verde, por el que eras capaz de recorrer Buenos Aires sí
se te acababa. Los taxis: caminabas poco y te gustaba manejarte en taxi;
gastabas fortunas. Los cigarrillos rubios, que fumabas sin parar. Tu
departamento, regalo de tus padres, de la calle Montevideo 980. Ordenado según
tu criterio aparecía, a primera vista, como un caos ejemplar. Después se
entendía. Todo estaba perfectamente ordenado según tus necesidades. Todo estaba
al alcance de tu mano.
Y las fotos de Greta Garbo, que adorabas y habías recortado de un libro que le
"robaste" a Víctor Richini. Parece que Víctor amagó enojarse pero sucumbió ante
tu "No me digas que esta pared no quedó hermosa con las fotos pegadas". Y así
era.
Y tu pasión por las papelerías. Salir con vos era terminar en una papelería. Una
vez adentro, comprabas de todo: sacapuntas, cartucheras, cuadernos.
Y tu amor por la música barroca. Y tu pudor para hablar de vos, de tu necesidad
de muerte. "Vos sabes que eso es muy grave. Mejor no hablar."
Por eso, tus amigos dicen que eras una fiesta, que aparecías en el momento menos
pensado, vestida con un pantalón y un pulóver de cualquier color y todo se
transformaba. Te encantaban los chicos -te hubiera encantado tener uno-. Jugabas
con ellos, les hablabas en su mismo lenguaje. Y ellos te adoraban.
Por último -nuevamente- tu trabajo. En los últimos años publicaste "Extracción
de la piedra de la locura"; "Nombres y figuras"; "La Condesa sangrienta" (un
ensayo sobre la terrible condesa Bathory, asesina de 650 muchachas entre los
siglos XVI y XVII) y "El infierno musical", tu último libro de poemas. Ganaste
la beca Guggenheim y la Fuilbright. Colaborabas en las revistas más importantes
de América y Europa. La muerte, mientras tanto, crecía en vos.
'Las palabras hubieran podido salvarme, pero estoy demasiada viviente. No, no
quiero cantar muerte. Mi muerte... el lobo gris... la matadora que viene de la
lejanía... ¿No hay un alma viva en esta ciudad? Porque ustedes están muertos. ¿Y
qué espera puede convertirse en esperanza si están todos muertos? ¿Y cuándo
vendrá lo que esperamos? ¿Cuándo dejaremos de huir? ¿Cuándo ocurrirá todo esto?
¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuánto? ¿Por qué? ¿Para quién?'
Tus muchos años de psicoanálisis -los últimos con Pichón Riviere- colaboraron
para que el conocimiento que tenías de vos misma rozara la perfección. Pero la
soledad, el silencio, la muerte no te abandonaban. Los que te rodeaban trataron
de impedirlo: inútil. Sin embargo, seguías siendo la misma de siempre, la misma
fiesta, la misma magia derramándose por donde anduvieras.
Y hoy quería conocerte, sospechando que el día menos pensado podía ser demasiado
tarde. Y proponía en los sumarios "ALEJANDRA PIZARNIK. Es la mejor poetisa
argentina. Hay que hacerle una nota..." Semana tras semana. Cuando apareció tu
último poema -el de "La Nación".- anuncié -lamentable profecía-: "Esta mujer se
va a matar". Ahora te escribo esta especie de carta-reportaje póstumo en el que
te digo me hubiera gustado conocerte, me hubiera gustado poder decirte lo mucho
que amo tus poemas, hubiera preferido -¡qué soberbia!- que no murieras. Pero es
tarde. Ahora es tarde. Algún día dirán los libros que fuiste una de las más
grandes poetisas del siglo. De qué sirve ahora, que estás muerta desde las cinco
de la tarde del 25 de septiembre de 1972, muerta porque el mundo era pequeño
para albergar tu cuerpo sediento de luz y lúcido silencio, pequeño para tus
claros ojos hambrientos de absoluto. Lo único que me queda es recordar,
esperando que hayas arribado a esa orilla inacabable con la que tanto soñaste en
tremenda vigilia, esta ínfima y hermosa plegaria tuya:
"...Nadie puede salvarme, pues soy invisible aún para mi que me llamo con tu
voz. ¿En dónde estoy? Estoy en un jardín.
Hay un jardín".
[*] Publicado en
revista Gente, 1972
Fuente: www.magicasruinas.com.ar
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La
sala de psicopatología
Por Alejandra Pizarnik [*]
Para todos aquéllos que cotidianamente se encuentran con la vida de
otras personas en sus quehaceres profesionales de toda índole les están
dedicadas estas palabras, estas frases, estos trozos de piel y carne,
estos dolores que son simplemente los del existir y que a menudo se
olvidan o no se tienen en cuenta por la premura del "furor sanandi".
Para todos aquéllos, entre los que me incluyo, estas palabras que siguen
serán un recordatorio de nuestros escasos recursos y del debido respeto
que debemos para con la existencia de nuestros semejantes. Un respeto
que no se funda en un hueco legal sino que lo hace en lo más denso de
una existencia, en ese lugar al cual no accedemos a llegar sino es con
la anuencia de nuestro interlocutor [S.R.]
Después de años en Europa Quiero decir París, Saint- Tropez, Cap St.
Pierre, Provence, Florencia, Siena, Roma, Capri, Ischia, San Sebastián,
Santíllana del Mar, Marbella, Segovia, Ávila, Santiago, y tanto y tanto
por no hablar de New York y del West Víllage con rastros de muchachas
estranguladas - quiero que me estrangule un negro - dijo - lo que querés
es que te viole - dije (¡oh Sigmund! con vos se acabaron los hombres del
mercado matrimonial que frecuenté en las mejores playas de Europa) y
como soy tan inteligente que ya no sirvo para nada, y como he soñado
tanto que ya no soy de este mundo, aquí estoy, entre las inocentes almas
de la sala 18, persuadiéndome día a día de que la sala, las almas puras
y yo tenemos sentido, tenemos destino, - una señora originaria del más
oscuro barrio de un pueblo que no figura en el mapa dice:
- El dotor me dijo que tengo problemas. Yo no sé. Yo tengo algo aquí (se
toca las tetas) y unas ganas de llorar que mama mía.
Nietzsche: «Esta noche tendré una madre o dejaré de ser.»
Strindberg: «El sol, madre, el sol.»
P. Éluard: «Hay que pegar a la madre mientras es joven.»
Sí, señora, la madre es un animal carnívoro que ama la vegetación
lujuriosa. A la hora que la parió abre las piernas, ignorante del
sentido de su posición destinada a dar a luz, a tierra, a fuego, a aire,
pero luego una quiere volver a entrar en esa maldita concha,
después de haber intentado nacerse sola sacando mi cabeza por mi útero
(y como no pude, busco morir y entrar en la pestilente guarida de la
oculta ocultadora cuya función es ocultar)
hablo de la concha y hablo de la muerte,
todo es concha, yo he lamido conchas en varios países y sólo sentí
orgullo por mi virtuosismo - la mahtma gandhi del lengüeteo, la Einstein
de la mineta, la Reich del lengüetazo, la Reik del abrirse camino entre
pelos como de rabinos desaseados - ¡oh el goce de la roña!
Ustedes, los mediquitos de la 18 son tiernos y hasta besan al leproso,
pero
¿se casarían con el leproso?
Un instante de inmersión en lo bajo y en lo oscuro,
sí, de eso son capaces,
pero luego viene la vocecita que acompaña a los jovencitos como ustedes:
- ¿Podrías hacer un chiste con todo esto, no?
Y
sí,
aquí en el Pirovano
hay almas que NO SABEN
por qué recibieron la visita de las desgracias.
Pretenden explicaciones lógicas los pobres pobrecitos, quieren que la
sala - verdadera pocilga- esté muy limpia, porque la roña les da terror,
y el desorden, y la soledad de los días vacíos habitados por antiguos
fantasmas emigrantes de las maravillosas e ilícitas pasiones de la
infancia.
Oh, he besado tantas pijas para encontrarme de repente en una sala llena
de carne de prisión donde las mujeres vienen y van hablando de la
mejoría.
Pero
¿qué cosa curar?
Y ¿por dónde empezar a curar?
Es verdad que la psicoterapia en su forma exclusivamente verbal es casi
tan bella como el suicidio.
Se habla.
Se amuebla el escenario vacío del silencio.
0, si hay silencio, éste se vuelve mensaje.
- ¿Por qué está callada? ¿En qué piensa?
No pienso, al menos no ejecuto lo que llaman pensar. Asisto al
inagotable fluir del murmullo. A veces - casi siempre- estoy húmeda.
Soy una perra, a pesar de Hegel. Quisiera un tipo con una pija así y
cogerme a mí y dármela hasta que acabe viendo curanderos (que sin duda
me la chuparán) a fin de que me exorcisen y me procuren una buena
frigidez.
Húmeda
Concha de corazón de criatura humana,
corazón que es un pequeño bebé inconsolable,
«Como un niño de pecho he acallado mi alma» (Salmo)
Ignoro qué hago en la sala 18 salvo honorarla con mi presencia
prestigiosa (si me quisieran un poquito me ayudarían a anularla)
oh no es que quiera coquetear con la muerte
yo quiero solamente poner fin a esta agonía que se vuelve ridícula a
fuerza de prolongarse,
(Ridículamente te han adornado para este mundo - dice una voz apiadada
de mí)
Y
Que te encuentres con vos misma - dijo.
Y yo le dije:
Para reunirme con el migo de conmigo y ser una sola y misma entidad con
él tengo que matar al migo para que así se muera el con y, de este modo,
anulados los contrarios, la dialéctica supliciante finaliza en la fusión
de los contrarios.
El suicidio determina
un cuchillo sin hoja
al que le falta el mango.
Entonces:
adiós sujeto y objeto,
todo se unifica como en otros tiempos, en el jardín de los cuentos
para niños lleno de arroyuelos de frescas aguas prenatales,
ese jardín es el centro del mundo, es el lugar de la cita, es el espacio
vuelto tiempo y el tiempo vuelto lugar, es el alto momento de la fusión
y del encuentro,
fuera del espacio profano en donde el Bien es sinónimo de evolución de
sociedades de consumo,
y lejos de los enmierdantes simulacros de medir el tiempo mediante
relojes, calendarios y demás objetos hostiles,
lejos de las ciudades en las que se compra y se vende (oh, en ese jardín
para la niña que fui, la pálida alucinada en los suburbios malsanos por
los que erraba del brazo de las sombras: niña, mi querida niña que no
has tenido madre (ni padre, es obvio).
De modo que arrastré mi culo hasta la sala 18,
en la que finjo creer que mi enfermedad de lejanía, de separación
de absoluta NO- ALIANZA con Ellos
- Ellos son todos y yo soy yo-
finjo, pues, que logro mejorar, finjo creer a estos muchachos de
buena voluntad (¡oh, los buenos sentimientos!) me podrán ayudar,
pero a veces - a menudo- los recontraputeo desde mis sombras ínteriores
que estos mediquillitos jamás sabrán conocer (la profundidad, cuanto más
profunda, más indecible) y los puteo porque evoco a mi amado viejo, el
Dr. Pichon R., tan hijo de puta como nunca lo será ninguno de los
mediquitos (tan buenos, hélas!) de esta sala,
pero mi viejo se me muere y éstos hablan y, lo peor, éstos tienen
cuerpos nuevos, sanos (maldita palabra) en tanto mi viejo agoniza en la
miseria por no haber sabido ser un mierda práctico, por haber afrontado
el terrible misterio que es la destrucción de un alma, por haber hurgado
en lo oculto como un pírata no poco funesto pues las monedas de oro del
inconsciente llevaban carne de ahorcado, y en un recinto lleno de
espejos rotos y sal volcada-
viejo remaldito, especie de aborto pestífero de fantasmas sifilíticos,
cómo te adoro en tu tortuosidad solamente parecida a la mía,
y cabe decir que siempre desconfié de tu genio (no sos genial; sos un
saqueador y un plagiario) y a la vez te confié,
oh, es a vos que mi tesoro fue confiado,
te quiero tanto que mataría a todos estos médicos adolescentes para
darte a beber de su sangre y que vos vivas un minuto, un siglo más,
(vos, yo, a quienes la vida no nos merece)
Sala 18
cuando pienso en laborterapia me arrancaría los ojos en una casa en
ruinas y me los comería pensando en mis años de escritura continua,
15 o 20 horas escribiendo sin cesar, aguzada por el demonio de las
analogías, tratando de configurar mi atroz materia verbal errante,
porque - oh viejo hermoso Sigmund Freud- la ciencia psicoanalítica se
olvidó la llave en algún lado:
abrir se abre
pero ¿cómo cerrar la herida?
El alma sufre sin tregua, sin piedad, y los malos médicos no restañan
la herida que supura.
El hombre está herido por una desgarradura que tal vez, o seguramente,
le ha causado la vida que nos dan.
«Cambiar la vida» (Marx)
«Cambiar el hombre» (Rimbaud)
Freud:
«La pequeña A. está embellecida por la desobediencia», (Cartas...)
Freud: poeta trágico. Demasiado enamorado de la poesía clásica. Sin
duda, muchas claves las extrajo de «los filósofos de la naturaleza», de
«los románticos alemanes» y, sobre todo, de mi amadísimo Lichtenberg, el
genial físico y matemático que escribía en su Diario cosas como:
«Él le había puesto nombres a sus dos pantuflas»
Algo solo estaba, ¿no?
(¡Oh, Lichtenberg, pequeño jorobado, yo te hubiera amado')
Y a Kierkegaard
Y a Dostoyevski
Y sobre todo a Kafka
a quien le pasó lo que a mí, si bien él era púdico y casto - «¿Qué hice
del don del sexo?» - y yo soy una pajera como no existe otra;
pero le pasó (a Kafka) lo que a mí:
se separó
fue demasiado lejos en la soledad
y supo - tuvo que saber
que de allí no se vuelve
se alejó - me alejé
no por desprecio (claro es que nuestro orgullo es infernal)
sino porque una es extranjera
una es de otra parte,
ellos se casan,
procrean,
veranean,
tienen horarios,
no se asustan por la tenebrosa
ambigüedad del lenguaje
(No es lo mismo decir Buenas noches que decir Buenas noches)
El lenguaje
-yo no puedo más,
alma mía, pequeña inexistente,
decidíte;
te las picás o te quedás,
pero no me toques así,
con pavura, con confusión,
o te vas o te las picás,
yo, por mi parte, no puedo más.
[*]Alejandra
Pizarnik escribió este poema durante su estadía en el Hospital Pirovano.
El texto, tal como se reproduce, está mecanografiado y lleva
correcciones hechas a mano por la autora. No se había incluido en la
edición de 1982 de sus textos póstumos.
[1971]
Texto extraído de "Poesía completa", Alejandra Pizarnik, editorial
Lumen, Barcelona, España; impreso en Argentina, 2003.
Selección: S.R.
Fuente: http://www.con-versiones.com/nota0408.htm
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