Segunda
parte - Descartes
IV
1 Se lo ha visto a las diez de la mañana bajar del tren que llega de la
Capital. Se detuvo en las escalinatas de la estación, un poco
desorientado; preguntó de qué lado quedaba el río. Nos veremos a las
seis. Combinamos por teléfono. Soy Emilio Renzi, me dice. Ha viajado a
Concordia especialmente. Señor Tardowski. Tardewski, le digo. Se
pronuncia Tardewski, con acento en la segunda vocal. Le explico cómo
llegar al Club, cómo encontrarme y me despido. Mucho gusto, etc. ¿Quién
le hablaba? me dice Elvira. Un sobrino del Profesor. Vino a buscar unos
papeles que quedaron acá, le digo. Ella no me cree. Es difícil decir la
verdad cuando se ha abandonado la lengua materna. Tenga cuidado, por
favor, no se mezcle, me dice. Sus ojos de una claridad líquida son
realmente extraordinarios. ¿Claridad líquida? Una de las primeras cosas
que se pierde al cambiar de idioma es la capacidad de describir. ¿Que no
me mezcle? ¿A qué vino? pregunta ella. ¿Quién? le digo. Ese muchacho ¿a
qué vino? Es simple; el Profesor decidió irse de viaje. Habló con su
sobrino, le dijo que me viera. Posiblemente, le digo, el Profesor
regrese hoy. Entonces Elvira me pidió que no mintiera. No mienta, dijo.
Por favor, a mí no me mienta. Y sin embargo yo no miento. Tal vez
convenga demostrar que no miento. Conocí al Profesor Marcelo Maggi en el
Club Social; nos encontrábamos habitualmente para cenar o jugar al
ajedrez. Debo decir que él no era explícito conmigo (ni yo con él);
conozco de su vida lo que ha querido hacerme saber. ¿Tenía una vida
secreta? Todos tenemos una vida secreta. Una tarde, hace de eso casi
diez días, el Profesor vino a buscarme acá, cosa inusual. Me dijo que
tenía que pedirme algo, pero prefería que yo no le hiciera preguntas. Si
yo quería hacerle preguntas, dijo, ese era el momento, antes de que él
me pidiera nada. Yo no tenía preguntas que hacerle. Entonces me pidió
pasar la noche en casa. Pasó esa noche en mi casa. Conversamos hasta la
madrugada. ¿Sobre qué se puede conversar hasta la madrugada? En un
momento dado, esa noche, el Profesor dijo que quería dejarme los
borradores y las notas de un libro que estaba escribiendo. Ya habíamos
hablado sobre ese libro en varias oportunidades. Prefería que yo
guardara esas carpetas, me dijo, hasta que él me las pidiera o mandara a
alguien a pedirlas por él. Me dijo también que posiblemente cruzara esa
tarde al Uruguay para despedirse de una mujer con la que había vivido en
otra época. Quería despedirse de ella, dijo, porque pensaba irse de
viaje y no estaba seguro de poder volver a verla. Quedamos en
encontrarnos dos días después, a la hora de siempre, en el Club. Si por
algún motivo no llegaba trataría, dijo, de estar de vuelta a más tardar
el 27. Dos días después no vino al Club y tampoco los días siguientes.
Desde entonces (hoy es 27) no tengo noticias de él. Es esto, más o
menos, lo que le explico a Renzi cuando nos encontramos en el Club, a
las seis de la tarde. ¿Y entonces,
me dice él. Nada, le digo. Vamos a
esperarlo. No bien llegue, seguro vendrá por acá. Si llega, dice él.
Claro, le digo, si es que puede volver hoy. Así que entonces, dice él.
Es extraño. De un día para otro. Parecía saber bien, le digo, lo que
estaba haciendo. Por otro lado, le digo, no era un hombre al que le
interesara mucho dar explicaciones. ¿Y por qué, después de todo, iba a
dar explicaciones? Decidió irse, le digo. Eso es todo. Ya veo, dice él.
Pero ¿por qué esa noche, Marcelo?, empieza a decir Renzi. Una forma,
quizás, lo interrumpo, de estar acompañado. Tener alguien con quien
hablar mientras llega la mañana. Fuimos buenos compañeros de ajedrez el
Profesor y yo, durante estos años. Él no tenía muchos amigos; daba sus
clases, se encontraba a veces con sus alumnos, ellos iban a visitarlo.
Desde hace un tiempo, le digo, vivía en un Hotel, uno que está a la
orilla del río, del otro lado de la Plaza, quizás usted lo vio al venir
hacia acá. Parecía querer olvidarse de sí mismo; no le gustaban las
confidencias. Por otro lado ¿a quién pueden interesarle, en estos
tiempos, las confidencias? Renzi pensaba que de todos modos yo debía
tener alguna hipótesis. ¿Qué pensaba yo que había pasado? No soy el más
indicado, quiero que sepa, le digo, para hacer hipótesis o dar
explicaciones sobre la conducta de los demás. Yo vivo ¿cómo le diré? un
poco apartado. Incluso a veces pienso que él cultivó mi amistad, si
podemos llamarla así, le digo, cultivó mi amistad durante todo este
tiempo porque estaba preparando esta retirada y necesitaba de mí, de
Vladimir Tardewski, o sea de alguien como yo, un desterrado, un
extranjero. Hace años que nadie se ocupa mayormente de mí y usted, la
verdad, es la primera persona que me visita, para decirlo así, desde la
vez que vino a verme el Cónsul y me pidió que me naturalizara, a lo que
me negué. Después le dije que yo no era como él, como el Profesor; a mí,
le dije, no me gusta cambiar. Por otro lado cambiar es muy difícil ¿no
cree usted? Las cosas deben cambiar, transformarse, ¿pero uno? Le dije
que cambiar era mucho más difícil y arriesgado de lo que la gente podía
imaginarse. Entonces Renzi quiso saber sobre qué habíamos conversado,
aquella noche, el Profesor y yo. Pensaba que esa noche quizás Marcelo
había dicho o insinuado algo que nos permitiera, dijo, entender por qué
había decidido irse. Yo también pienso, dijo Renzi, que él sabía desde
el principio lo que estaba haciendo, lo que quería hacer, y que si
empezó a escribirme fue porque en un sentido también
conmigo, dijo Renzi, estaba preparando la retirada y quería que en ese
momento, cuando eso sucediera, yo estuviera acá, como estoy ahora, dijo,
con usted, preparado, dispuesto a esperarlo. Por eso creía que si era
posible reconstruir, aunque fuera parcialmente, lo que nosotros habíamos
hablado esa noche, tal vez se pudiera encontrar una pista, o al menos,
dijo, un principio de explicación. Yo le dije que lo mejor era no tratar
de explicar con palabras lo que un hombre había decidido hacer con su
vida. En todo caso, le dije, podríamos hablar de eso después, cuando
también nosotros nos hubiéramos conocido un poco mejor. Le pregunté si
no quería tomar otra ginebra y llamé al mozo. En este club, le dije a
Renzi, se puede tomar y tomar sin que nadie se alarme. Ve ese hombre
ahí, ese gordo, de campera, se emborracha todas las noches, siempre
solo, y mantiene una extraña dignidad. Se cuenta de él, le digo a Renzi,
una historia dolorosa. Limpiando una escopeta había matado a su mujer
con la que llevaba tres meses de casado. Le dije que sin duda había sido
un accidente y no un crimen, porque nadie mata a la mujer con quien se
ha casado hace tres meses de esa manera, con un tiro de escopeta en la
cara, salvo que esté loco. Y además, le digo, el hombre ha quedado
literalmente quebrado después del accidente. No hace otra cosa que
emborracharse y decir que a las armas las carga el diablo. Dos ginebras,
sí, le digo entonces ahora al mozo. Traiga, por favor, otro poco de
hielo. Usted, sin duda, le digo a Renzi, habrá leído a mi compatriota
Korzeniowski, el novelista polaco que escribía en inglés. Un renegado,
para decir la verdad, un romántico de la peor especie. Vivía fascinado
por esa clase de personajes. El hombre que tiene un secreto. Pero ¿quién
de nosotros no tiene un secreto? Hasta el tipo más insignificante, le
digo, si dispusiera de un auditorio, podría fascinarnos con el misterio
de su vida. Ni siquiera hace falta haber matado a una mujer con un tiro
de escopeta. Ese otro tipo ¿ve?, el que está ahí, cerca de esa columna,
se llama Iriarte, tiene un negocio de relojes, es el tipo clásico del
insignificante y sin embargo, estoy seguro, cuando ha bebido lo
necesario, también él sueña con el gran hombre que estuvo a punto de
ser. En algún momento de su vida debe haberse encontrado frente a un
hecho que necesita mantener oculto. Nos pasa a todos. Cada uno de
nosotros, le digo, tiene su propio repertorio de momentos
extraordinarios y de ilusiones heroicas. Todos, me dice Renzi, la
diferencia está en que algunos son capaces de realizarlas. ¿Las
ilusiones? Depende de la edad. Después de los treinta, le digo, ya no
somos otra cosa que una triste amalgama de ilusiones y de mujeres a las
que hemos matado con un tiro de escopeta. Por otro lado, le digo a
Renzi, lo que un hombre piensa de sí mismo no tiene ninguna importancia.
Renzi me dijo entonces que el Profesor no era
así. No estaba seguro de
conocerlo bien, dijo, pero podía imaginarse perfectamente cómo pensaba.
¿Y cómo pensaba?, le pregunto, según usted. En contra de sí mismo,
siempre en contra de sí mismo, me dijo Renzi, a quien ese método le
parecía una garantía, casi infalible, de lucidez. Es un excelente método
de pensamiento, me dijo. Pensar en contra, le digo, sí, no está mal.
Porque él, Marcelo, me dijo Renzi, desconfiaba de sí mismo. Nos
adiestran durante demasiado tiempo en la estupidez y al final se nos
convierte en una segunda naturaleza, decía Marcelo, me dice Renzi. Lo
primero que pensamos siempre está mal, decía, es un reflejo
condicionado. Hay que pensar en contra de sí mismo y vivir en tercera
persona. Eso dice Renzi que le decía en sus cartas el Profesor Maggi.
Brindemos entonces por él, le digo. Por el Profesor Marcelo Maggi, que
aprendió a vivir en contra de sí mismo. Salud, dice Renzi. Salud, le
digo. Y sin embargo ya ve, el Profesor también hizo lo que pudo, como
todo el mundo, le digo ahora a Renzi. Un día, según parece, decidió irse
de viaje, cambiar de vida, empezar de nuevo ¿quién sabe? en otro lugar.
Y ¿qué es eso? después de todo, le digo, ¿si no una ilusión moderna? A
todos nos pasa en el fondo. Todos queremos, le digo, tener aventuras.
Renzi me dijo que estaba convencido de que ya no existían ni las
experiencias, ni las aventuras. Ya no hay aventuras, me dijo, sólo
parodias. Pensaba, dijo, que las aventuras, hoy, no eran más que
parodias. Porque,. dijo, la parodia había dejado de ser, como pensaron
en su momento los tipos de la banda de Tinianov, la señal del cambio
literario para convertirse en el centro mismo de la vida moderna. No es
que esté inventando una teoría o algo parecido, me dijo Renzi.
Sencillamente se me ocurre que la parodia se ha desplazado y hoy invade
los gestos, las acciones. Donde antes había acontecimientos,
experiencias, pasiones, hoy quedan sólo parodias. Eso trataba a veces de
decirle a Marcelo en mis cartas: que la parodia ha sustituido por
completo a la historia. ¿O no es la parodia la negación misma de la
historia? Ineluctable modalidad de lo visible, como decía el Irlandés
disfrazado de Telémaco, en el carnaval de Trieste, año 1921, dijo,
críptico, Renzi. Después me preguntó si realmente yo lo había conocido a
James Joyce. Marcelo me dijo que usted lo conoció a Joyce, me parece tan
fantástico, me dijo Renzi. Lo conocí, le digo, en fin, lo vi un par de
veces; era un tipo extremadamente miope, bastante hosco. Pésimo jugador
de ajedrez. El hubiera aceptado, supongo, su versión de que sólo existe
la parodia (porque en realidad, y dicho entre paréntesis, ¿qué era él
sino una parodia de Shakespeare?), pero habría rechazado su hipótesis de
que ya no existen las aventuras. Yo mismo le voy a confesar, le confieso
a Renzi, yo mismo me resisto a aceptar esa hipótesis. ¿Será porque soy
europeo? El profesor decía de mí que yo venía a cerrar la larga sucesión
de europeos aclimatados en este país. Yo era el último de una lista que
se iniciaba, según él, con Pedro de Angelis y llegaba hasta mi
compatriota Witold Gombrowicz. Esos europeos, decía el Profesor, habían
logrado crear el mayor complejo de inferioridad que ninguna cultura
nacional hubiera sufrido nunca desde los tiempos de la ocupación de
España por los moros. Pedro de Angelis era el primero, decía el
Profesor, le digo a Renzi. Un hombre refinado, un erudito, experto en
Vico y en Hegel, preceptor de los hijos de Joaquín Murat, agregado
cultural en la corte de San Petersburgo, colaborador de la Revue
Enciclopédique que, amigo de Michelet y de Desttut de Tracy, recaló en
Buenos Aires y se convirtió en la mano derecha de Rosas. Frente a él
Echeverría, Alberdi, Sarmiento, parecían copistas desesperados,
diletantes corroídos por un saber de segunda mano. Yo era, según Maggi,
el último eslabón de esta cadena: un intelectual polaco que había
estudiado filosofía en Cambridge con Wittgenstein y que terminaba en
Concordia, Entre Ríos, dando clases privadas. En este sentido, le digo,
mi situación le parecía al Profesor la metáfora más pura del desarrollo
y la evolución subterránea del europeísmo como elemento básico en la
cultura argentina desde su origen. Todas las contradicciones de esa
tradición se encarnaban en esos intelectuales europeos que habían vivido
en la Argentina y yo no era más que el ejemplo final de su paulatina
disgregación. Conozco, dijo Renzi, algo me contó en sus cartas Marcelo
de todo esto. Una tesis singular, le digo, pero de todos modos ¿por qué
me acordé de eso? Hablábamos de otra cosa y entonces yo. Ah sí, le digo,
en realidad quería discrepar con su hipótesis sobre la ausencia de
aventuras y pensaba que quizás esa discrepancia se debe a mi origen
europeo, fue ahí que me acordé de De Angelis, etc. En realidad yo
pensaba, le dije, que los argentinos, los sudamericanos, en fin, la
generalización que prefiera usar, tienen una idea excesivamente épica de
lo que debe ser considerado una aventura. Déjeme que le cuente una
historia, le digo. Una vez estuve internado en un hospital, en Varsovia.
Inmóvil, sin poder valerme de mi cuerpo, acompañado por otra melancólica
serie de inválidos. Tedio, monotonía, introspección. Una larga sala
blanca, una hilera de camas, era como estar en la cárcel. Había una sola
ventana, al fondo. Uno de los enfermos, un tipo huesudo, afiebrado,
consumido por el cáncer, un hijo de franceses llamado Guy, había tenido
la suerte de caer cerca de ese agujero. Desde allí, incorporándose
apenas, podía mirar hacia afuera, ver la calle. ¡Qué espectáculo! Una
plaza, agua, palomas, gente que pasa. Otro mundo. Se aferraba con
desesperación a ese lugar y nos contaba lo que veía. Era un
privilegiado. Lo detestábamos. Esperábamos, voy a ser franco, que se
muriera para poder sustituirlo. Hacíamos cálculos. Por fin, murió.
Después de complicadas maniobras y sobornos conseguí que me trasladaran
a esa cama al final de la sala y pude ocupar su sitio. Bien, le digo a
Renzi. Bien. Desde la ventana sólo se alcanzaba a ver un muro gris y un
fragmento de cielo sucio. Yo también, por supuesto, empecé a contarles a
los demás sobre la plaza y sobre las palomas y sobre el movimiento de la
calle. ¿Por qué se ríe? Tiene gracia, me dice Renzi. Parece una versión
polaca de la caverna de Platón. Cómo no, le digo, sirve para probar que
en cualquier lado se pueden encontrar aventuras. ¿No le parece una
hermosa lección práctica? Una fábula con moraleja, me dice él. Exacto,
le digo. Fíjese en mí, le digo ahora. Vine a este pueblo hace más de
treinta años y desde entonces estoy de paso. Estoy siempre de paso, soy
lo que se dice un ave de paso, sólo que permanezco siempre en el mismo
lugar. Permanezco siempre en el mismo lugar pero estoy de paso, le digo.
Así somos él y yo, tal vez le sirva, le digo a Renzi, tipos sin arraigo,
gente anacrónica, los últimos sobrevivientes de una estirpe en
disolución. Entonces le dije que el único modo de sobrevivir era matar
toda ilusión. Ser reflexivo, matar toda ilusión. Por lo tanto no vacile
en ser reflexivo. El Profesor, por ejemplo, era un hombre que
reflexionaba sobre los principios. Mejor dicho, le digo, era un hombre
de principios. Especie también rara en estos tiempos. ¿Qué tenemos si no
los principios para sostenernos en medio de toda esta mierda? fue una de
las cosas que me dijo esa noche que pasó conmigo en casa, el Profesor.
Tenía fe en las abstracciones, le digo, en eso que comúnmente uno llama
abstracciones. Las ideas abstractas lo ayudaban a tomar decisiones
prácticas, con lo cual, le digo a Renzi, dejaban de ser ideas
abstractas. Entonces Renzi me preguntó por qué le decía yo que tenía que
reflexionar. O en fin, dijo, sobre qué tendría él que reflexionar sin
ilusiones. Sobre él, le digo, sobre el Profesor, sobre el aventurero. Me
gustaría poder verlo, antes que nada, me dice Renzi, para que dejara de
ser, él mismo, una abstracción para mí. ¿Verlo? ¿Por qué no? Si le ha
dicho que viniera hoy, le digo, es porque hoy es el día que ha elegido,
sin duda, para regresar. Vamos a esperarlo, le digo. Si ha querido irse,
también ahora puede querer volver, le digo. Podemos esperarlo toda la
noche. Estoy seguro de que hoy él va a volver. Tenemos tiempo, le digo,
recién a las seis de la mañana sale el tren para Buenos Aires. Si él no
regresa podrá entonces usted tomar ese tren. Nos quedaremos juntos, le
digo, si le parece, hasta la madrugada, esperando que llegue el
Profesor. Iremos a mi casa, después. Ahí, en mi casa, tengo, si no me
equivoco, unas notas que tomé esa noche que pasé con el Profesor, antes
de que él se fuera, unos apuntes sobre lo que hablamos, se los daré a
leer, si para entonces el Profesor no ha vuelto. Mientras, me gustaría
que nos quedáramos un rato más acá, en el Club, podemos incluso comer
algo. Este es el lugar donde yo paso mi vida, en esos salones uno puede
hacerse la ilusión de que tiene un mundo propio, que está acompañado,
que el tiempo no pasa. En aquella mesa ¿ve?, le digo a Renzi, ahí desde
donde ahora nos saludan, están mis amigos. Ellos dos son, aparte del
Profesor, mis mejores compañeros acá. Tokray y Maier. Nos hemos unido,
quizás, porque los tres somos expatriados. Extranjeros. Escorias que la
marea de las guerras europeas depositó sobre estas playas. El más
antiguo de nosotros, no sé si alcanza a verlo, ese hombre de lentes y
traje oscuro, es Antón Tokray. Hijo natural de un noble ruso, sufrió
todas las desventajas que la revolución produjo en su familia, sin
recibir ninguna de sus compensaciones. Cuando el ejército rojo ocupó la
inmensa finca patriarcal, él tenía 18 años y hacía dos que había sido
enclaustrado en un monasterio donde lo esperaba la carrera esclesiástica.
En los bastardos de la nobleza se reclutaban en tiempo de los zares los
miembros de la élite religiosa. Pero estalló la revolución. Los obreros,
campesinos y soldados entraron en el monasterio, pusieron a todos los
seminaristas y a los monjes, incluso, supongo, al mismo padre Zózima, en
fila contra la pared y les preguntaron si sabían que el Zar ya no
gobernaba todas las Rusias. ¿Y quién gobierna en esta tierra por
designio y caridad de Dios, nuestro Señor? preguntó uno de los monjes,
muy posiblemente, como le digo, el padre Zózima. Gobiernan los obreros,
campesinos y soldados, dijeron los obreros, campesinos y soldados. Y en
cuanto a Dios, dijeron, este señor ha escapado de Rusia con toda su
corte celestial para ir a refugiarse bajo la sotana del Papa en el
Vaticano. Motivo por el cual el conde Tokray, recién recuperado su
título nobiliario por propia decisión aprovechando las alteraciones
producidas por la historia, vio interrumpida su carrera eclesiástica y
cruzó a Finlandia disfrazado de mujer y desde allí, luego de infinitas
penurias, pudo llegar a París y desde allí, haciéndose pasar por un
campesino judío, se vino a la Argentina con uno de los últimos
contingentes de inmigrantes enviados por el Barón Hirsh a las colonias
de la pampa gringa y se instaló en Concordia, Entre Ríos, donde abrió un
salón dedicado a propagar, por medio de la enseñanza personal, los
ritos, modales y maneras que se deben usar en la mesa y en la sociedad
para ser considerado un caballero o una mujer distinguida. Al principio
la academia funcionó bien, pero después, como decía el Profesor, el
peronismo le tiró el negocio a la mierda con su populoso desdén por la
observancia y conservación de las virtudes aristocráticas. Hace tantos
años que el conde vive exiliado que terminó por adquirir un aire de
soñadora indiferencia y a veces me parece ver en él la imagen de mi
propio porvenir. En cuanto a Rudholf Von Maier ha sido, casi con
seguridad, un nazi. Por supuesto, como todos los nazis entró en el
partido obligado y no se debe olvidar además, según dice, que todos los
alemanes simpatizaban al principio con el Führer y con su campaña contra
los parados, la inflación y el bolchevismo, plagas que estaban a punto
de destruir a la nación. Sobre los campos de concentración, como todos
los alemanes, nunca supo nada hasta el momento de los procesos de
Nüremberg, a los que siguió, según dice, con atención horrorizada pero
ya en Buenos Aires, desde las páginas del Argentinischen Tageblatt. Ni
siquiera participó en la guerra: su colaboración bélica consistió en
ordenar los archivos y la biblioteca científica de una sección especial
de los SS dedicada, a la investigación genética. De allí le viene, como
usted pronto podrá ver, el confuso conglomerado de teorías biológicas y
la confianza casi mística en la especialización científica que circula
en sus conversaciones; sobre todo, le digo, en sus conversaciones con
Pedro Arregui, que es quien está sentado en ese costado de la mesa ¿lo
ve ahí? Toda la desordenada erudición de Maier está destinada a instruir
a Arregui que lo escucha fascinado. Están hechos el uno para el otro.
Arregui es el oyente ideal y su confianza en las virtudes del saber son
infinitas. Forman así un dúo pedagógico perfecto. Comparten la misma
pieza en una pensión cerca de aquí y sobreviven gracias al sueldo de
Arregui que trabaja en una oficina del Catastro Municipal. Maier
alecciona a Arregui, lo instruye, y supongo que mientras el otro trabaja
él prepara los temas de sus disertaciones. Maier es el que está sentado
de frente a nosotros. El que ahora nos sonríe ¿ve? No tiene la menor
cara de alemán, como usted puede apreciar, si es que existe eso que
podemos llamar una cara de alemán. En realidad es una curiosa
localización entrerriana de la especie universal de los enciclopedistas
autodidactas. No sé si alcanza a oírlo; si se ubica así, le digo a
Renzi, de este lado; me gustaría que lo escuchara. La frenología, claro,
se oye decir a Maier. Una de las pocas ciencias casi exactas que se
pueden aplicar a la moral. Ahora ha sido sustituida en gran parte por la
superstición vienesa. ¿Vienesa? se oye decir a Arregui. Sí. De Viena,
Austria, donde vivía un tipo que una noche de 1897 soñó con su tío
porque no dejaban enseñar en la Universidad a los judíos. Frenología,
entonces, dijo Maier. Freno, de frenar, del latín: detente César, o sea
control. Logía, de logía, en latín, primera acepción: sociedad secreta;
lógica en su segunda acepción, o sea conocimiento. Ciencia lógica del
control. Se controla a los criminales, a los inadaptados. Se los
clasifica según la forma del cráneo. Es básica, dice Maier, la forma del
cráneo. La maldad siempre ha obedecido a una estructura geométrica. ¿Por
qué motivo, por ejemplo, se habla de círculo vicioso? ¿Eh? Círculo
vicioso: como sucede siempre en las expresiones sedimentadas en el
lenguaje se decanta ahí una vieja sabiduría, por eso, dicho sea de paso,
dice Maier, el saber es siempre etimológico. ¿O no vemos en esa frase
con total claridad el enlace secreto entre la geometría (círculo) y la
moral (vicioso) que es el fundamento teórico de la ciencia frenopática?
le oímos decir a Maier. Bouvard y Pécuchet, dice Renzi. Parecen Bouvard
y Pécuchet. ¿Lo oye ahora? le digo. Claro; la teoría de la relatividad.
La presencia del observador altera la estructura del fenómeno observado.
Así la teoría de la relatividad es, como su nombre lo indica, la teoría
de la acción relativa. Relativa, de relata.: narrar. El que narra, el
narrador. Narrator, dice Maier, quiere decir: el que sabe. En ese dúo
entre Maier y Arregui aparece como condensada y llevada al límite esa
relación que interesaba al Profesor: el intelectual europeo que,
instalado en la Argentina, viene a encarnar el saber universal. Había
rastreado una serie de etapas y de parejas típicas, con sus tensiones,
sus debates y sus transformaciones. De Angelis-Echeverría en la época de
Rosas. Paul Groussac–Miguel Cané en el ‘80. Soussens–Lugones en el
novecientos. Hudson–Güiraldes en la década del ‘20. Gombrowicz–Borges en
los años ‘40 y la cosa seguía, como declinando y degradándose a medida
que el europeísmo perdía fuerza, para terminar de un modo ejemplar en la
relación entre Maier y Arregui. Las últimas estribaciones de esa larga
serie, sostenía el Profesor, desembocan en Entre Ríos. Cuando estaba
contento el Profesor decía que incluso la relación entre nosotros, entre
él y yo, formaba parte de la misma estructura. En esas parejas el
intelectual europeo era siempre, en especial durante el siglo XIX, el
modelo ejemplar, lo que los otros hubieran querido ser. Al mismo tiempo
muchos de estos intelectuales europeos no eran más que copias fraguadas,
sombras platónicas de otros modelos. Claro, por ejemplo Charles de
Soussens, dijo Renzi y durante un tiempo se hizo cargo él, Renzi, de
desarrollar la teoría de Maggi que nos dedicábamos a reconstruir como un
modo de tenerlo al Profesor entre nosotros. Una especie, dijo Renzi, de
copia para uso nostro de Verlaine, eso era Soussens. Escribía poemas en
francés en la mesa de los bares y era como una representación local de
lo que debía entenderse por un poeta maldito. Encarnaba de un modo
absolutamente perfecto al Bohemio. Deambulaba borracho por la ciudad, en
la mayor miseria, contando anécdotas de su amigo Paul Verlaine mientras
Lugones, funcionario burocrático, escritor encorsetado, delegaba el
prestigio y las desventajas de los apasionados desarreglos del Poeta en
su doble europeo radicado en Buenos Aires. Lugones por supuesto era
abstemio, practicaba esgrima, decía disparates sobre filología y
traducía a Homero sin saber griego, dijo Renzi. Un tipo realmente
ridículo este Lugones, para decir la verdad: el modelo mismo del Poeta
Nacional. Escribía de tal modo que ahora uno lo lee y se da cuenta de
que es uno de los más grandes escritores cómicos de la literatura
argentina. Comicidad involuntaria, dirá usted, pero creo que allí
residía su genio, dijo Renzi. Esa capacidad desmesurada para ser cómico
sin darse cuenta lo convierte en el Buster Keaton de nuestra cultura.
¿Usted leyó La guerra gaucha.? Uno la lee y encuentra allí un talento
cómico tan refinado, tan natural, que al lado de él, incluso los chistes
de Macedonio Fernández no tienen gracia. Por ejemplo el chiste: “No
entiendo cómo Lugones, siendo una persona tan informada, que ha leído
tanto, tan estudioso de la literatura, todavía no se ha decidido a
escribir un libro”. Los chistes de Macedonio Fernández, incluso ese,
carecen totalmente de gracia, comparados con los textos de Lugones. Un
cómico de la lengua, eso era Lugones, dijo Renzi. Un humorista con el
genio de Mark Twain. Incluso, empieza a decir Renzi pero yo lo
interrumpo porque veo acercarse a Tokray. Perdone, le digo a Renzi, ese
que se acerca, el que ahora viene hacia acá, es el conde Tokray.
¿Molesto? dice el conde Tokray. De ningún modo, señor conde, le digo.
¿Cómo está usted, señor Tardewski? dice el conde. Muy bien, le digo.
¿Por qué no se sienta? Le voy a presentar a Emilio Renzi, sobrino del
Profesor Maggi. Un minuto, dice. Los interrumpo sólo un minuto, dice el
conde Tokray mientras se acomoda en la silla. Joven, muy honrado de
conocerlo. El conde dijo que enseguida iba a retirarse porque nunca
había podido acostumbrarse a trasnochar. En realidad, dijo, a veces
pienso que me voy a dormir temprano porque el primer sueño es el más
generoso y tengo siempre la esperanza de poder soñar con mi casa natal.
¿Sabe usted, me dice el conde, que he sido invitado por el cónsul ruso
en Paraná a asistir a un cóctel en el que se festeja no sé qué
inexpresivo aniversario? ¿Cree usted que debo ir? ¿No será una broma
siniestra? Dijo que había recibido una invitación, en realidad una
tarjeta oficial, donde se lo invitaba a un lunch en el consulado. Le
confieso, dijo el conde, que me siento tentado a asistir, si bien temo
que sea una broma o incluso una trampa. ¿Y sabe por qué, a pesar de
todo, estoy tentado a ir? Porque hace más de cincuenta años que no me
encuentro en un lugar donde más de dos personas vivas hablen en ruso.
Escucho el idioma de mis antepasados en los sueños y a veces voy a ver
los films soviéticos sólo para oír los diálogos, pero en ese caso tengo
siempre la impresión de estar viendo una película filmada en Hollywood,
digamos por Walt Disney, y doblada al ruso. Tenía la ingrata sensación,
dijo el conde, de que los rusos actualmente hablaban la lengua de
Pushkin como si estuviera traducida del inglés. Ninguno de ustedes puede
imaginarse lo que es la música de nuestra lengua natal. Vesta fiave
soglidatay krasavitsa movosti jvat, recitó el conde Tokray. Oh, las
palabras de mi tierra, dijo, música inolvidable. Otra cosa que lo hacía
dudar sobre las verdaderas intenciones de esa invitación, dijo después,
era que en la tarjeta habían escrito Señor Antón Tokray. Señor Antón
Tokray, eso me ha parecido una ofensa deliberada e inútil. Puedo
asegurarles que si hubiera tenido la certeza de que en Rusia sería
reconocido mi título de Conde, quizás, digo quizás, me hubiera decidido
a regresar. Lo había pensado más de una vez, dijo. Más de una vez he
pensado volver. Incluso, dijo, he pensado ¿en qué podría trabajar yo? Y
he tenido una idea. Como guía en un Museo, pensó el conde que podría
trabajar en Rusia de haber decidido regresar. Podría instruir a las
jóvenes generaciones en el sentido y en el valor de los viejos
monumentos que atesoran la historia de nuestra antigua patria rusa. He
pensado, incluso, dijo el conde, que yo mismo me podría convertir en un
Museo. ¿Existirán museos que consistan en una sola persona? Es algo que
no he podido verificar. Yo mismo podría ser ese Museo. Bastaría que me
instalaran en una habitación de alguno de los viejos palacios, que me
rodearan de la decoración adecuada y de la servidumbre que se usaba
entonces y yo podría ser un Museo viviente de las costumbres y los
modales de la antigua Rusia. Podrían visitarme para ver cómo vivía un
noble ruso antes de la revolución. Sería una instructiva experiencia
para los jóvenes; yo podría ser visitado por escolares, delegaciones
provinciales, incluso por turistas extranjeros. No es lo mismo un Museo,
dijo el conde, construido con muñecos o figuras de cera, que un museo
viviente. Podrían observar mis maneras, mis modales, mi forma de usar el
lenguaje, toda esa distinción natural que la marea de las historia no ha
borrado. Y le diré más, dijo el conde, no me sentiría incómodo sino todo
lo contrario. No lo consideraría una afrenta, ni una colaboración
abierta con el Régimen. Sería en realidad un ejemplo de mi fidelidad al
Zar y a la cultura y las costumbres de la época de esplendor de la
nobleza rusa, conservada y preservada por mí. En mí persistiría la
memoria de ese tiempo feliz, cuando todos hablábamos francés desde la
cuna, cuando nuestras institutrices eran francesas y aprendíamos el
alfabeto en francés, aprendíamos a rezar y a escribir en francés.
Ustedes sin duda habrán leído algo de todo eso en los libros del conde
León Tolstoy. Pero en este caso sería distinto: no es lo mismo leer
sobre una época, que ver a esa época aunque sea de un modo restringido y
en uno de sus últimos representantes. De modo, dijo el conde, que si yo
hubiera sido designado ese museo, no vayan a creer ustedes que habría
vivido eso como una forma de colaborar con el Régimen, sino más bien lo
contrario. Por un lado se preservarían, sin distorsiones, las mejores
tradiciones de la antigua cultura, y por otro lado, bajó la voz el
conde, estoy seguro de que sería un modo de retomar el programa y los
deberes de la Restauración defendidos, con heroísmo pero sin suerte, por
el Ejército Blanco; quiero decir, ese museo serviría, estoy seguro, para
hacer reflexionar a los jóvenes rusos a quienes les bastaría comparar el
antiguo modo de vida representado por mí, con la vida actual, con su
propia vida en esos monobloques onereux et bizarres.; les bastaría sólo
con comparar para que los velos cayeran de sus ojos. ¿No podría ser esa
una forma de iniciar el movimiento de conciencia que nos lleve a la
derrota del Régimen y a la Restauración? Dijo que varias veces, en
momentos de melancolía y de honda nostalgia había comenzado a redactar
una carta para ofrecer sus servicios, y si se detuvo, dijo, fue porque
comprendió que ellos no iban a permitir que los esplendores de la
inolvidable vida aristocrática rusa pudieran servir de ejemplo a las
jóvenes generaciones educadas en la ignorancia. A veces, dijo, se
imaginaba su regreso, la perspectiva Nevsky, la primavera de San
Petersburg, su vida como modelo y representación de las glorias perdidas
del pasado; pero de a poco, dijo el conde, se había ido arrancando esa
esperanza del corazón. Ya no tenía esperanzas, dijo, sólo tenía la
esperanza de que Dios se apiadara de vez en cuando de él y le concediera
la bendición de soñar con su casa natal. Me había arrancado esa
esperanza y ahora me llega esa invitación. Una invitación, dijo. ¿Qué
hacer frente a una invitación oficial? se preguntaba el conde. ¿Qué debe
hacer, se preguntaba, un caballero frente a una invitación? Vacilo,
dijo, ante esa aparente muestra de gentileza. Porque puede ser una
gentileza, sé que allá las cosas han cambiado, se sabe que ya no son tan
fanáticos, ahora mandan los técnicos, esos hombres grises y realistas.
Incluso, dijo con una sonrisa, el hecho de que ellos fueran realistas ya
los acercaba un poco. Yo también soy realista, dijo el conde; un zar, un
rey, no son más que matices. Y ellos son realistas, han abandonado esas
lamentables utopías inventadas por los sans culottes, les importa cada
vez más la eficacia y la técnica. Pero, sin embargo, temo que esa
invitación sea una trampa. Además ¿de qué me serviría concurrir? Podría
recordar el sabor inolvidable del caviar, pero tendría que soportar,
dijo, oír a mi bella lengua natal hablada como si fuera una traducción
del inglés. De todos modos, por lo que sabía, el cónsul ruso en Paraná
no era una persona desagradable, lo había observado desde lo alto, una
noche, en un teatro de Concepción del Uruguay, durante una
representación dada el 9 de julio para el cuerpo diplomático con la
presencia del Ballet Bolshoi. El conde había asistido, dijo, y desde el
paraíso, mientras se emocionaba con la inmortal música de nuestro
inmortal Tchaikovski, se había dedicado a enfocar con sus prismáticos al
cónsul ruso. Parece un hombre distinguido, algo opaque mas distingué.
Creo que es ingeniero, dijo; son todos ingenieros ahora allá, dado que
no hay más obreros, es un estado de ingenieros, soldados y burócratas y
el cónsul pertenece al estamento de los ingenieros. Creo que es músico,
pero sobre todo ingeniero. En realidad el cónsul le parecía una persona
bien. Se llama Igor Suslov y si no recuerdo mal su madre era prima del
sobrino de una hermana de mi abuelo paterno. Quizás por eso me ha
invitado, dijo el conde; en un sentido somos parientes, el ingeniero y
yo; pero no iré, porque las leyes internacionales aseguran de un modo
irrebatible el carácter permanente de los títulos nobiliarios. ¿Señor
Tokray? dijo el conde. Niet. Se trata para mí de una cuestión de honor.
Pero, dijo mirando el reloj de pared al fondo del salón, los he
entretenido ya mucho más de lo necesario. Le preguntó a Renzi si le
gustaba la ciudad, si no le parecía demasiado tropical y después,
bajando un poco la voz, me comunicó el fallecimiento de Malcolm Firmin.
¿Sabía yo que él había muerto? me preguntó. Se había desnucado en la
bañadera, quizás había bebido demasiado, dijo, lo cierto es que resbaló
y se quebró la cabeza como un oeuf contra el filo de la bañadera.
Tendría que haber asistido a su entierro, dijo, pero la noticia le llegó
con retraso. Es un hombre a quien el alcohol, la mala reputación y la
desdicha, dijo el conde, lo han conducido al más allá. Murió desnudo,
dijo, como había nacido. Desnudo. Y en eso debemos ver una triste imagen
de nuestra desolada situación en este frágil pont de la vida. Hablando
de eso, dijo el conde Tokray, bajando imperceptiblemente aun más la voz,
¿no podría usted, querido Tardewski, prestarme, usted, si le es posible,
a usted, unos kopeks, quiero decir, un poco de dinero? Me gustaría por
lo menos llevar algunas flores a esa tumba inglesa y no he recibido
cierto dinero que estoy aguardando. ¿Sería posible entonces, dijo el
conde, un pequeño préstamo? ¿una pequeña cantidad por un pequeño lapso
para poder llegarme hasta la oscura tumba donde yace mi amigo? ¿Está
bien así, señor conde?, le digo. Perfectamente. Perfectísimamente. Le
agradezco mucho su amabilidad, señor Tardewski. ¿Nos veremos acá, quizás
demain? ¿Le parece bien? Le dije que me parecía muy bien. Joven, dijo el
conde, poniéndose dificultosamente de pie, ha sido un placer conocerlo.
¿Sabe usted, dijo, que es usted la viva estampa de su tío? La même
figure. ¿No es así Volodia? ¿No tiene el joven un asombroso parecido con
el rostro joven de su tío? Y a propósito, dijo, hace tiempo que no se lo
ve al Profesor por el Club. Está de viaje, dije yo. ¿De viaje? Parfait.
Había oído decir que no estaba bien de salud. Pero ya no los entretengo
más, que estén bien, que la pasen bien, ya nos veremos, dijo el conde
Tokray y empezó a alejarse. ¿Lo ve usted caminar? le digo a Renzi; su
modo de andar es como una cita mal empleada de las maneras que las
institutrices francesas enseñaban a los jóvenes de la nobleza rusa,
incluso a los hijos naturales de esa nobleza, como las más apropiadas a
un caballero en el momento de atravesar un lugar público. El cuerpo
erguido ¿no es verdad?, deslizando apenas los pies sobre la tierra. Una
cita, entonces, de lo que un noble ruso debe pensar que es alejarse con
dignidad. Una cita mal usada, le digo a Renzi, pero no una parodia.
Tiene algo de patético, sin duda, le digo, pero no es paródico. Trata de
un modo desesperado de mantener la dignidad pero ya le es casi imposible
sobrevivir. Lo mantenemos entre varios, es decir, entre varios europeos
que vivimos desterrados en Entre Ríos; somos seis. Nos pide una módica
suma mensual a cada uno, siempre con un pretexto nuevo. El pretexto de
hoy ha sido, para su alivio, verdadero. Firmin ha muerto, para su
desdicha, y así su futuro se ensombrece aun más. Firmin era uno de los
seis que le daba ese pequeño dinero mensual. Supongo que el temor de que
nos vayamos muriendo, uno tras otro antes que él, no debe ayudarlo a
dormir al conde Tokray. Sin embargo no son hombres como el conde Tokray
los europeos sobre quienes, le digo a Renzi, el Profesor construyó su
teoría. No se trataba tampoco de los inmigrantes, ni siquiera de los
viajeros que escriben o han escrito sobre la Argentina. Se trataba más
bien de aquellos intelectuales europeos que, integrados en la cultura
argentina, habían cumplido en ella una función particular. Esa función
no podía estudiarse sin tener en cuenta el carácter dominante del
europeísmo: porque justamente era su línea de continuidad y su
transformación lo que ellos venían a encarnar. El ejemplo más nítido
era, para el Profesor, el caso de Groussac. En realidad veía en Groussac
al más representativo de estos intelectuales trasplantados, antes que
nada porque había actuado en el momento preciso, justo cuando el
europeísmo se constituye en elemento hegemónico. Groussac es el
intelectual del ‘80 por excelencia, decía el Profesor; pero sobre todo
es el intelectual europeo en la Argentina por excelencia. De allí que
haya podido cumplir ese papel de árbitro, de juez y verdadero dictador
cultural. Este crítico implacable, a cuya autoridad todos se sometían,
era irrefutable porque era europeo. Tenía lo que podemos llamar una
mirada europea autenticada y desde ahí juzgaba los logros de una cultura
que se esforzaba en parecer europea. Un europeo legítimo se divertía a
costa de estos nativos disfrazados. Se reía de todos ellos, le parecían
meros literatos sudamericanos. Y a su vez, él, Groussac, no era más que
un francesito pretencioso que gracias a Dios había venido a parar a
estas riberas del Plata, porque sin duda en Europa no habría tenido otro
destino que el de perderse en un laborioso anonimato, disuelto en su
meritoria mediocridad. ¿Qué hubiera sido Groussac de haberse quedado en
París? Un periodista de quinta categoría; aquí, en cambio, era el
árbitro de la vida cultural. Este personaje, no sólo antipático, sino
paradójico, era en realidad un síntoma: en él se expresaban los valores
de toda una cultura dominada por la superstición europeísta. Pero, sin
embargo Borges, me dice Renzi, se ríe de él. ¿De Groussac? le digo, no
parece. Claro, no parece, dice Renzi. Por un lado Borges hace los
elogios que le conocemos, dice cosas sobre Groussac. Pero la verdad de
Borges hay que buscarla en otro lado: en sus textos de ficción. Y Pierre
Menard, autor del Quijote no es, entre otras cosas, otra cosa que una
parodia sangrienta de Paul Groussac. No sé si conoce usted, me dice
Renzi, un libro de Groussac sobre el Quijote apócrifo. Ese libro escrito
en Buenos Aires y en francés por este erudito pedante y fraudulento
tiene un doble objetivo: primero, avisar que ha liquidado sin
consideración todos los argumentos que los especialistas pueden haber
escrito sobre el tema antes que él; segundo, anunciar al mundo que ha
logrado descubrir la identidad del verdadero autor del Quijote apócrifo.
El libro de Groussac se llama (con un título que podría aplicarse sin
sobresaltos al Pierre Menard de Borges) Un enigme littéraire y es una de
las gaffes más increíbles de nuestra historia intelectual. Luego de
laberínticas y trabajosas demostraciones, donde no se ahorra la
utilización de pruebas diversas, entre ellas un argumento anagramático
extraído de un soneto de Cervantes, Groussac llega a la inflexible
conclusión de que el verdadero autor del falso Quijote es un tal José
Martí (homónimo ajeno y del todo involuntario del héroe cubano). Los
argumentos y la conclusión de Groussac tienen, como es su estilo, un
aire a la vez definitivo y compadre. Es cierto que entre las conjeturas
sobre el autor del Quijote apócrifo las hay de todas clases, dijo Renzi,
pero ninguna, como la de Groussac, tiene el mérito de ser físicamente
imposible. El candidato propiciado en Un enigme littéraire había muerto
en diciembre de 1604, de lo cual resulta que el supuesto continuador
plagiario de Cervantes no pudo ni siquiera leer impresa la primera parte
del Quijote verdadero. ¿Cómo no ver en esa chambonada del erudito galo,
me dice Renzi, el germen, el fundamento, la trama invisible sobre la
cual Borges tejió la paradoja de Pierre Menard, autor del Quijote..? Ese
francés que escribe en español una especie de Quijote apócrifo que es,
sin embargo, el verdadero; ese patético y a la vez sagaz Pierre Menard,
no es otra cosa que una transfiguración borgeana de la figura de este
Paul Groussac, autor de un libro donde demuestra, con una lógica
mortífera, que el autor del Quijote apócrifo es un hombre que ha muerto
antes de la publicación del Quijote verdadero. Si el escritor
descubierto por Groussac había podido redactar un Quijote apócrifo antes
de leer el libro del cual el suyo era una mera continuación ¿por qué no
podía Menard realizar la hazaña de escribir un Quijote que fuera a la
vez el mismo y otro que el original? Ha sido Groussac, entonces, con su
descubrimiento póstumo del autor posterior del Quijote falso quien, por
primera vez, empleó esa técnica de lectura que Menard no ha hecho más
que reproducir. Ha sido Groussac en realidad quien, para decirlo con las
palabras que le corresponden, dijo Renzi, enriqueció, acaso sin
quererlo, mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de
la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones
erróneas. ¿Quién está citando a Borges en este incrédulo recinto?
preguntó Marconi desde una mesa cercana. En esta remota provincia del
litoral argentino ¿quién está citando de memoria a Jorge Luis Borges?,
dijo Marconi y se puso de pie. Déjeme que le estreche la mano, dijo y
empezó a acercarse. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a
recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida, recitó Marconi.
Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Porque la
literatura es un arte, siguió recitando Marconi y se interrumpió para
decir: ¿Puedo sentarme? Porque la literatura es un arte que sabe
profetizar aquel tiempo en que habrá enmudecido y encarnizarse con su
propia disolución y cortejar su fin. Mi nombre, dijo, es Bartolomé
Marconi. ¿Cómo estás, Volodia? Bartolomé, por el padre Bartolomé de las
Casas y no por Mitre, patricio que, como usted sabrá bien, aquí en la
provincia de Entre Ríos es una mala palabra. Bartolomé, entonces, dijo
Marconi ya sentado, por aquel fraile que en 1517 tuvo mucha lástima de
los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de
oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros
que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro
antillanas. A esa curiosa variación de un filántropo, dijo Marconi, debo
mi nombre. En cuanto a mi apellido es una curiosa variación autóctona
del inventor del teléfono. ¿Del teléfono o de la radio, Volodia? De la
radio, creo, dije. El joven Renzi, dije después, es un joven escritor,
lo que se dice, dije, una joven promesa de la joven literatura
argentina. Bien, dijo Marconi, estoy desolado y envidioso. En Buenos
Aires, aleph de la patria, por un desconsiderado privilegio portuario,
los escritores jóvenes son jóvenes incluso después de haber cruzado la
foresta infernal de los 33 años. ¿Qué no harían en esa ciudad con
Rimbaud o con Keats? Los clasificarían, estoy seguro, en la sub–especie
de la nunca demasiado bien ponderada literatura infantil. Para decirlo
todo, dijo Marconi, sangro por la herida. Porque ¿cómo podría hacer yo,
polígrafo resentido del interior, para integrar, como un joven, a pesar
de mis ya interminables 36 años, el cuadro de los jóvenes valores de la
joven literatura argentina? Me sirvo un poco de ginebra, dijo Marconi.
¿Volodia? ¿Renzi? No se preocupe, Marconi, dijo Renzi, ya no existe la
literatura argentina. ¿Ya no existe?, dijo Marconi. ¿Se ha disuelto?
Pérdida lamentable. ¿Y desde cuándo nos hemos quedado sin ella, Renzi?
dijo Marconi. ¿Te puedo tutear? Hagamos una primera aproximación
metafórica al asunto, dijo: La literatura argentina está difunta.
Digamos entonces, dijo Marconi, que la literatura argentina es la
difunta Correa. Sí, dijo Renzi, no está mal. Es una correa que se cortó.
¿Y cuándo? dijo Marconi. En 1942, dijo Renzi. ¿En 1942? dijo Marconi,
¿justo ahí? Con la muerte de Arlt, dijo Renzi. Ahí se terminó la
literatura moderna en la Argentina, lo que sigue es un páramo sombrío.
Con él ¿terminó todo? dijo Marconi. ¿Qué tal? ¿Y Borges? Borges, dijo
Renzi, es un escritor del siglo XIX. El mejor escritor argentino del
siglo XIX. Puede ser, dijo Marconi. Sí, dijo, correcto. Una especie de
realización perfecta de un escritor del ‘80, dijo Renzi. Un tipo de la
generación del ‘80 que ha leído a Paul Valéry, dijo Renzi. Eso por un
lado, dijo Renzi. Por otro lado su ficción sólo se puede entender como
un intento consciente de concluir con la literatura argentina del siglo
XIX. Cerrar e integrar las dos líneas básicas que definen la escritura
literaria en el XIX. ¿A ver? dijo Marconi. Punto uno, el europeísmo,
dijo Renzi, Lo que se sabe, de eso hablábamos recién con Tardewski; lo
que empieza ya con la primera página del Facundo. La primera página del
Facundo.: texto fundador de la literatura argentina. ¿Qué hay ahí? dice
Renzi. Una frase en francés: así empieza. Como si dijéramos la
literatura argentina se inicia con una frase escrita en francés: On ne
tue point les idées (aprendida por todos nosotros en la escuela, ya
traducida). ¿Cómo empieza Sarmiento el Facundo.? Contando cómo en el
momento de iniciar su exilio escribe en francés una consigna. El gesto
político no está en el contenido de la frase, o no está solamente ahí.
Está, sobre todo, en el hecho de escribirla en francés. Los bárbaros
llegan, miran esas letras extranjeras escritas por Sarmiento, no las
entienden: necesitan que venga alguien y se las traduzca. ¿Y entonces?
dijo Renzi. Está claro, dijo, que el corte entre civilización y barbarie
pasa por ahí. Los bárbaros no saben leer en francés, mejor son bárbaros
porque no saben leer en francés. Y Sarmiento se los hace notar: por eso
empieza el libro con esa anécdota, está clarísimo. Pero resulta que esa
frase escrita por Sarmiento (Las ideas no se matan, en la escuela) y que
ya es de él para nosotros, no es de él, es una cita. Sarmiento escribe
entonces en francés una cita que atribuye a Fourtol, si bien Groussac se
apresura, con la amabilidad que le conocemos, a hacer notar que
Sarmiento se equivoca. La frase no es de Fourtol, es de Volney. O sea,
dice Renzi, que la literatura argentina se inicia con una frase escrita
en francés, que es una cita falsa, equivocada. Sarmiento cita mal. En el
momento en que quiere exhibir y alardear con su manejo fluido de la
cultura europea todo se le viene abajo, corroído por la incultura y la
barbarie. A partir de ahí podríamos ver cómo proliferan, en Sarmiento
pero también en los que vienen después hasta llegar al mismo Groussac,
como decíamos hace un rato con Tardewski, dice Renzi, cómo prolifera esa
erudición ostentosa y fraudulenta, esa enciclopedia falsificada y
bilingüe. Ahí está la primera de las líneas que constituyen la ficción
de Borges: textos que son cadenas de citas fraguadas, apócrifas, falsas,
desviadas; exhibición exasperada y paródica de una cultura de segunda
mano, invadida toda ella por una pedantería patética: de eso se ríe
Borges. Exaspera y lleva al límite, entonces, me refiero a Borges, dice
Renzi, exaspera y lleva al límite, clausura por medio de la parodia la
línea de la erudición cosmopolita y fraudulenta que define y domina gran
parte de la literatura argentina del XIX. Pero hay más, dice Renzi. ¿Querés
ginebra? dice Marconi. Dale, dice Renzi. ¿Volodia? Con un poco más de
hielo, le digo. Pero hay más, hay otra línea: lo que podríamos llamar el
nacionalismo populista de Borges. Quiero decir, dice Renzi, el intento
de Borges de integrar en su obra también a la otra corriente, a la línea
antagónica al europeísmo, que tendría como base la gauchesca y como
modelo el Martín Fierro. Borges se propone cerrar también esta corriente
que, en cierto sentido, también define la literatura argentina del siglo
XIX, ¿Qué hace Borges? dice Renzi. Escribe la continuación del Martín
Fierro. No sólo porque le escribe, en El fin, un final. ¿Querés un
cigarrillo? dice Renzi. Esperá. No sólo porque le escribe un final, dice
ahora, sino porque además toma al gaucho convertido en orillero,
protagonista de estos relatos que, no casualmente Borges ubica siempre
entre 1890 y 1900. Pero no sólo eso, dice Renzi, no es sólo una cuestión
temática. Borges hace algo distinto, algo central, esto es, comprende
que el fundamento literario de la gauchesca es la transcripción de la
voz, del habla popular. No hace gauchesca en lengua culta como Güiraldes.
Lo que hace Borges, dice Renzi, es escribir el primer texto de la
literatura argentina posterior al Martín Fierro que está escrito desde
un narrador que usa las flexiones, los ritmos, el léxico de la lengua
oral: escribe Hombre de la esquina rosada. De modo que, dice Renzi, los
dos primeros cuentos escritos por Borges, tan distintos a primera vista:
Hombre de la esquina rosada y Pierre Menard, autor del Quijote son el
modo que tiene Borges de conectarse, de mantenerse ligado y de cerrar
esa doble tradición que divide a la literatura argentina del siglo XIX.
A partir de ahí su obra está partida en dos: por un lado los cuentos de
cuchilleros, con sus variantes; por otro lado los cuentos, digamos,
eruditos, donde la erudición, la exhibición cultural se exaspera, se
lleva al límite, los cuentos donde Borges parodia la superstición
culturalista y trabaja sobre el apócrifo, el plagio, la cadena de citas
fraguadas, la enciclopedia falsa, etc., y donde la erudición define la
forma de los relatos. No es casual entonces que el mejor texto de Borges
sea para Borges El sur, cuento donde esas dos líneas se cruzan, se
integran. Todo lo cual no es más que un modo de decir, dice Renzi, que
Borges deber ser leído, si se quiere entender de qué se trata, en el
interior del sistema de la literatura argentina del siglo XIX, cuyas
líneas fundamentales, con sus conflictos, dilemas y contradicciones, él
viene a cerrar, a clausurar. De modo que Borges es anacrónico, pone fin,
mira hacia el siglo XIX. El que abre, el que inaugura, es Roberto Arlt.
Arlt empieza de nuevo: es el único escritor verdaderamente moderno que
produjo la literatura argentina del siglo XX. Una de las indudables
virtudes de los intelectuales porteños, dijo Marconi, es su nunca del
todo envidiada capacidad para decirlo todo de corrido. Sí, dijo Renzi,
las teorías es mejor enunciarlas de corrido, sobre todo si uno ha tomado
suficiente ginebra. Y entonces, dijo Marconi, ¿puedo esperar ahora una
teoría de corrido sobre Roberto Arlt? Cómo no, dijo Renzi, respiro un
poco y enseguida te enuncio una veloz teoría sobre la importancia de
Arlt en la literatura argentina. En realidad, dijo Marconi, esto parece
una novela de Aldous Huxley. ¿Huxley? dijo Renzi. Prefiero el capítulo
de la Biblioteca, Escila y Caribdis, en la Telemaquiada gaélica.
Discutamos entonces sobre Hamlet, dijo Marconi. Che, dijo Renzi, pero
Concordia está lleno de eruditos. Recién empiezo, dijo Marconi: ¿O no
demostraremos mediante el álgebra que el nieto de Hamlet es el abuelo de
Shakespeare y que él mismo es el espectro de su propio padre? ¿Eh, Buck
Mulligan? dijo Marconi. Viejo, vos tenés una memoria que ni el mismo
José Hernández, dijo Renzi. Un poeta sin memoria, dijo Marconi, es como
un criminal abrumado y casi anulado por la decencia. Un poeta sin
memoria es un oxímoron. Porque el Poeta es la memoria de la lengua.
¿Cómo entonces esperar de mí que hable de Arlt? dijo Marconi. Porque
digo yo, con perdón de los presentes, ¿qué era Arlt aparte de un
cronista de El mundo.? Era eso, justamente, dijo Renzi: un cronista del
mundo. Después de lo cual vos me dirás, sin dudas, que podía ser un
cronista de las pelotas pero que escribía mal. Exacto, dijo Marconi, en
esta parte yo te digo que Arlt escribía mal y de ese modo, supongo, te
doy pie para tu veloz carrera teórica. Pero aparte de eso, dijo Marconi,
la verdad que escribía como el culo. ¿Quién? dijo Renzi ¿Arlt? No,
Joyce, dijo Marconi. Arlt, claro, Arlt, dijo. Me merece el mayor de los
respetos pobre cristo, dijo Marconi, pero la verdad, escribía como si
quisiera arruinarse la vida, desprestigiarse a sí mismo. El masoquismo
que le venía de su lectura de Dostoievski, ese gusto por el sufrimiento
a la manera de Aliosha Karamazov, él lo destinaba exclusivamente a su
estilo: Arlt escribía para humillarse, dijo Marconi, en el sentido
literal de la expresión. Tiene, no hay duda, un mérito indudable: peor
no se puede escribir. En eso es imbatible y es único. ¿Terminaste,
Morriconi? dijo Renzi. Marconi, viejo, dijo Marconi. Me llamo Marconi,
no te hagas el distraído. Tranquilidad, dije yo. Pacem in terris. No hay
como el latín, dijo Marconi, para calmar los ánimos. Entonces, dijo
después, quedamos en que Arlt escribía mal. Exacto, dijo Renzi, escribía
mal: pero en el sentido moral de la palabra. La suya es una mala
escritura, una escritura perversa. El estilo de Arlt es el Starvroguin
de la literatura argentina; es el Pibe Cabeza de la literatura, para
usar un símil nativo. Es un estilo criminal. Hace lo que no se debe, lo
que está mal, destruye todo lo que durante cincuenta años se había
entendido por escribir bien en esta descolorida república. Cita de
Borges, dijo Marconi: descolorida república. Cualquier maestra de la
escuela primaria, incluso mi tía Margarita, dijo Renzi, puede corregir
una página de Arlt, pero nadie puede escribirla. Y no, dijo Marconi, eso
seguro que no, nadie puede escribirla salvo él. Pero no te interrumpo
más, en serio, te escucho, dijo. ¿Ginebra? Sí, dijo Renzi. ¿Volodia?
dijo Marconi. Bueno, dije yo. Arlt escribe contra la idea de estilo
literario, o sea, contra lo que nos enseñaron que debía entenderse por
escribir bien, esto es, escribir pulcro, prolijito, sin gerundios ¿no?
sin palabras repetidas. Por eso el mejor elogio que puede hacerse de
Arlt es decir que en sus mejores momentos es ilegible; al menos los
críticos dicen que es ilegible: no lo pueden leer, desde su código no lo
pueden leer. El estilo de Arlt, dijo Renzi, es lo reprimido de la
literatura argentina. Todos los críticos (salvo dos excepciones), todos
los que escribieron sobre Arlt, desde una punta a otra del espinel,
desde Castelnuovo, digamos, hasta Murena, están de acuerdo en una sola
cosa: en decir que escribía mal. Es una de las pocas coincidencias
unánimes que puede ofrecer la literatura argentina. Cuando llegan a ese
punto bajan todas las banderas y se ponen de acuerdo. Conciliación
conmovedora, dijo Renzi, que no hubiera alegrado al difunto. Tienen
razón, dado que Arlt no escribía desde el mismo lugar que ellos, ni
tampoco desde el mismo código. Y en esto Arlt es absolutamente moderno:
está más adelante que todos esos chitrulos que lo acusan. ¿Porque cuándo
aparece en la literatura argentina la idea de estilo, dijo Renzi, la
idea del escribir bien como valor que distingue a las buenas obras? Por
de pronto es una noción tardía. Aparece recién cuando la literatura
consigue su autonomía y se independiza de la política. La aparición de
la idea de estilo es un dato clave: la literatura ha comenzado a ser
juzgada a partir de valores específicos, de valores, digamos, dijo
Renzi, puramente literarios y no, como sucedía en el XIX, por sus
valores políticos o sociales. A Sarmiento o a Hernández jamás se les
hubiera ocurrido decir que escribían bien. La autonomía de la
literatura, la correlativa noción de estilo como valor al que el
escritor se debe someter, nace en la Argentina como reacción frente al
impacto de la inmigración. En este caso se trata del impacto de la
inmigración sobre el lenguaje. Para las clases. dominantes la
inmigración viene a destruir muchas cosas ¿no? destruye nuestra
identidad nacional, nuestros valores tradicionales, etc., etc. En la
zona ligada a la literatura lo que se dice es que la inmigración
destruye y corrompe la lengua nacional. En ese momento la literatura
cambia de función en la Argentina; pasa a tener una función, digamos,
específica. Una función que, sin dejar de ser ideológica y social, sólo
la literatura como tal, sólo la literatura como actividad específica
puede cumplir. La literatura, decían a cada rato y en todo lugar, tiene
ahora una sagrada misión que cumplir: preservar y defender la pureza de
la lengua nacional frente a la mezcla, el entrevero, la disgregación
producida por los inmigrantes. Esta pasa a ser ahora la función
ideológica de la literatura: mostrar cuál debe ser el modelo, el buen
uso de la lengua nacional; el escritor pasa a ser el custodio de la
pureza del lenguaje. En ese momento, hacia el 900 digamos, dijo Renzi,
las clases dominantes delegan en sus escritores la función de imponer un
modelo escrito de lo que debe ser la verdadera lengua nacional. El que
viene a encamar esta nueva función del escritor en la Argentina es
Leopoldo Lugones. Lugones es el primer escritor argentino que, a
diferencia de Sarmiento, Hernández, etc., cumple en la sociedad una
función política exclusivamente como escritor. Es el poeta nacional, el
guardián de la pureza del lenguaje. Hace un rato hablábamos con
Tardewski sobre el estilo de este hombre, así que no vamos a insistir.
Pero lo que hay que decir es esto: Lugones cumple un papel decisivo en
la definición del estilo literario en la Argentina. Los textos de
Lugones son el ejemplo de qué cosa es escribir bien; él cristaliza y
define el paradigma de la escritura literaria. Para nosotros, decía
Borges, vos te debes acordar Marconi, dice Renzi, para nosotros, se
arrepiente ahora Borges, escribir bien quería decir escribir como
Lugones. El estilo de Lugones se construye arduamente y con el
diccionario, ha dicho también Borges. Es un estilo dedicado a borrar
cualquier rastro del impacto, o mejor, de la mezcolanza que la
inmigración produjo en la lengua nacional. Porque ese buen estilo le
tiene horror a la mezcla. Arlt, está claro, trabaja en un sentido
absolutamente opuesto. Por de pronto maneja lo que queda y se sedimenta
en el lenguaje, trabaja con los restos, los fragmentos, la mezcla, o
sea, trabaja con lo que realmente es una lengua nacional. No entiende el
lenguaje como una unidad, como algo coherente y liso, sino como un
conglomerado, una marea de jergas y de voces. Para Arlt la lengua
nacional es el lugar donde conviven y se enfrentan distintos lenguajes,
con sus registros y sus tonos. Y ese es el material sobre el cual
construye su estilo. Este es el material que él transforma, que hace
entrar en “la máquina polifacética”, para citarlo, de su escritura. Arlt
transforma, no reproduce. En Arlt no hay copia del habla. Arlt no sufría
de esa ilusión que abunda entre los escritores que rodean a Borges, como
Bioy, Peyrou, el primer Cortázar, que por un lado escribían “bien”,
pulcramente, con “elegancia”, y por otro lado mostraban que podían
transcribir y copiar el habla pintoresca de las clases “bajas”. El
estilo de Arlt es una masa en ebullición, una superficie contradictoria,
donde no hay copia del habla, transcripción cruda de lo oral. Arlt
entonces trabaja esa lengua atomizada, percibe que la lengua nacional no
es unívoca, que son las clases dominantes las que imponen, desde la
escuela, un manejo de la lengua como el manejo correcto; percibe que la
lengua nacional es un conglomerado. Eso por un lado, dijo Renzi. Por
otro lado, Arlt se zafa de la tradición del bilingüismo; está afuera de
eso, Arlt lee traducciones. Si en todo el XIX y hasta Borges se
encuentra la paradoja de una escritura nacional construida a partir de
una escisión entre el español y el idioma en que se lee, que es siempre
un idioma extranjero, basta ver la marca del galicismo en Sarmiento, en
Cané, en Güiraldes para entender lo que quiero decir, Arlt no sufre ese
desdoblamiento entre la lengua de la literatura que se lee en otro
idioma y el lenguaje en el que se escribe: Arlt es un lector de
traducciones y por lo tanto recibe la influencia extranjera ya tamizada
y transformada por el pasaje de esas obras desde su lenguaje original al
español. Arlt es el primero, por otro lado, que defiende la lectura de
traducciones. Fijate lo que dice sobre Joyce en el Prólogo a Los
Lanzallamas y vas a ver. De allí que el modelo del estilo literario
¿dónde lo encuentra? Lo encuentra donde puede leer, esto es, en las
traducciones españolas de Dostoievski, de Andreiev. Lo encuentra en el
estilo de los pésimos traductores españoles, en las ediciones baratas de
Tor. Y ése es el segundo material sobre el que se construye el estilo de
Arlt: “jamelgo”, “mozalbete”, sus textos están llenos de eso, porque lo
que los traductores españoles fijaban como cliché de traducción y como
léxico, Arlt lo trabaja y lo transforma en materia prima de su
escritura. Arlt viene entonces desde un lugar que es totalmente otro
lugar de ese desde el cual se escribe “bien” y se hace “estilo” en la
Argentina. No hay nada igual al estilo de Arlt; no hay nada tan
transgresivo como el estilo de Roberto Arlt. Pero hay más, dijo Renzi, y
ya termino. Ese estilo de Arlt, hecho de conglomerados, de restos, ese
estilo alquímico, perverso, marginal, no es otra cosa que la
transposición verbal, estilística, del tema de sus novelas. El estilo de
Arlt es su ficción. Y la ficción de Arlt es su estilo: no hay una cosa
sin la otra. Arlt escribe eso que cuenta: Arlt es su estilo, porque el
estilo de Arlt está hecho, en el plano lingüístico, del mismo material
con el que construye el tema de sus novelas. Por eso me dan risa los
tipos que son condescendientes con él y dicen: Arlt es un gran escritor
a pesar de su estilo; los tipos que piensan que cuando un escritor tiene
tanto que decir, como se supone que tenía Arlt tanto para decir, la
fuerza arrolladora de su “mundo interior” lo obliga a olvidarse de la
forma. Esos son los que piensan que cuanto más “sincero”, para usar una
palabra que les gusta, es un escritor, cuantas más verdades tiene para
decir, peor escribe; porque según ellos justamente el no preocuparse por
la forma, el dejarse llevar, sería una muestra de su fuerza, de esa
naturaleza arrolladora, etc. Arlt no tiene nada que ver con eso. Hay
muchos escritores que escriben mal en ese sentido, pero Arlt no es de
esa clase. La literatura de Arlt es una máquina que funciona toda ella
con el mismo combustible. Pero en fin, dijo Renzi, explicar qué
significa Arlt en la literatura argentina habría que hablar una semana.
Estoy decepcionado Renzi, dijo Marconi. Habíamos empezado tan bien. Por
supuesto, si uno lee a Arlt como vos lo leés no puede leer a Borges. O
puede leerlo de otro modo, dijo Renzi; leerlo, por ejemplo, desde Arlt.
Mejor sí, dijo Marconi, mejor leer a Borges desde Arlt, porque si uno
lee a Arlt desde Borges no queda nada. Aparte que la sola idea de
imaginarme a Borges leyendo una página de Arlt me produce honda
tristeza. No creo que el Viejo pueda resistir sin sufrir un ataque de
catalepsia más de dos renglones de eso que vos denominas el estilo de
Arlt. No creo, por lo demás, que Borges se haya tomado jamás el trabajo
de leerlo, dijo Marconi. ¿De leer a Arlt?, dijo Renzi, no creas. No
creas, dijo. Mira, vos te debés acordar, estoy seguro, de ese cuento de
El informe de Brodie que se llama “El indigno”. Releelo, hacé el favor y
vas a ver. Es El juguete rabioso. Quiero decir, dijo Renzi, una
transposición típicamente borgeana, esto es, una miniatura del tema de
El juguete rabioso. Joven fascinado por el mundo del delito que aparece
encarnado, para él, en un marginal que lo inicia y al que admira y a
quien, en el momento de pasar al otro lado, es decir, en el momento de
abandonar el mundo, digamos, legal y convertirse él también en un
delincuente, el protagonista delata. El núcleo temático es el mismo en
los dos textos, dijo Renzi, y la delación es la clave en los dos textos.
Ahora bien, dijo Renzi, el policía a quien el protagonista del cuento de
Borges va a ver para delatar a su amigo se llama, en el relato de
Borges, Alt. Sabés mejor que yo, sin duda, el significado que tienen los
nombres en los textos de Borges, de modo que nadie me hará creer que ese
apellido, con esa R que falta, letra inicial, diría yo, de otro nombre,
con esa R justamente que falta, está puesto ahí por azar. Es como decir
que Borges le puso porque sí Beatriz Viterbo a la mina de El aleph o que
en ese cuento Daneri no es una contracción de Dante Alighieri. Ingenuos
no, dijo Renzi; para ingenuos, según parece, alcanza con Arlt que, como
todo el mundo dice, era un escritor naif. ¿Quién es entonces el indigno
sino Roberto Arlt? El Gran Indigno de la literatura argentina. ¿Y qué es
ese cuento si no un homenaje de Borges al único escritor contemporáneo
que siente a la par? Sabés mejor que yo, dijo Renzi. Parala, viejo, dijo
de pronto Marconi, con eso de decidir cuáles son las cosas que yo sé.
Escucho con atención y paciencia lo que vos decís que sabés, sobre lo
que yo sé déjame opinar a mí, dijo Marconi. ¿Qué querés ahora, que nos
agarremos a bollos? dijo Renzi. Bollos, copia del habla, dijo Marconi.
Digamos trompis, dijo. Pero no, yo soy un tipo pacífico; desde que lo
liquidaron a López Jordán los entrerrianos estamos totalmente
pacificados y nuestros conflictos con los porteños pertenecen al pasado.
Sencillamente, no me gusta esa retórica canchera que te hace empezar las
frases con tus opiniones sobre lo que yo debo saber. ¿Y?, digo yo, ¿cómo
sigue el asunto? Nada, dice Renzi, pienso que Borges escribe en términos
de ficción sus homenajes y sus lecturas de la literatura argentina (y no
sólo argentina, digamos entre paréntesis). Si uno quiere saber qué
escritores valora Borges en la literatura argentina no hay que escuchar
ni preocuparse por lo que dice, si no uno se encuentra con elogios a
Mallea, a Carmen Gándara y a otros maestros por el estilo. Hay que mirar
sobre quién ha escrito Borges su ficción, o mejor, a qué escritores
argentinos usó como tema de sus relatos. Y Borges ha escrito ficciones
sobre, enumeró Renzi: 1. José Hernández (Tadeo Isidoro Cruz, El fin y
otro más en El hacedor, que no me acuerdo). 2. Sarmiento (Diálogo de
muertos). 3. Groussac (Pierre Menard). 4. Lugones (el texto que abre El
hacedor). 5. Roberto Arlt, el cuento este que digo. Eso es para Borges
lo único que vale, los únicos nombres que valen en la historia de la
literatura argentina. ¿Y entonces, Marconi?, dijo Renzi. ¿No estás de
acuerdo? ¿O todavía te sigue la mufa? No, dijo Marconi, soy un hombre de
odios y pasiones pasajeras. ¿Y estás de acuerdo? No, claro que no, dijo
Marconi. Demasiado sofisticado para mi gusto. Pero en fin, dijo, para
seguir cumpliendo mi papel de anfitrión amable, suponete que nos ponemos
de acuerdo en dejar de lado a Borges, escritor del siglo XIX, etc.;
suponete entonces que nos ponemos de acuerdo en dejar de lado a Borges
que es más o menos lo mismo que ponernos de acuerdo en dejar de lado el
río y de un modo que no vacilaré en llamar platónico nos decidimos a
cruzar al Uruguay de a pie, como si no hubiera agua. Dejando entonces a
Borges de lado gracias a esta modesta operación filosófica digna del
obispo Berkeley, para citar uno de los que cita el tipo que estamos
dejando de lado, lo ponemos a un costado a Borges, dijo Marconi, como
Berkeley a la realidad sensible y ¿entonces? pregunta retórica destinada
a obtener una respuesta del joven escritor capitalino que nos visita, y
¿entonces? Entonces, dice Renzi, partimos de ese supuesto, Borges es un
escritor del XIX, cierra, clausura, etc., etc. Arlt, por su lado, murió
en 1942. ¿Quién sería, pregunto yo ahora, dijo Renzi, el escritor actual
que podríamos considerar para decidir que la literatura argentina no ha
muerto? Hay muchos, dijo Marconi. ¿Por ejemplo? dice Renzi. Qué sé yo.
Por ejemplo Mujica Lainez. ¿Quién? dijo Renzi. Mujica Lainez, dijo
Marconi. Es una cruza, dijo Renzi. Mujica Lainez es una cruza. Una cruza
en el sentido que este término tiene en el cuento de Kafka titulado
precisamente Una cruza. Una cruza, dijo Renzi, eso es Mujica Lainez. De
Hugo Wast y de Enrique Larreta. Eso es Mujica Lainez, dijo Renzi. Una
mezcla tilinga de Hugo Wast y de Enrique Larreta. Escribe best sellers
“refinados” para que los lea Nacha Regules. Por otra parte, y sin ánimo
de ser rencoroso, para volver al asunto del estilo, dijo Renzi, es
evidente que hay más estilo en una página de Arlt que en todo Mujica
Lainez. ¿Terminaste? dijo Marconi. Terminé, dijo Renzi. ¿Alguna otra de
esas evidencias por el estilo? dijo Marconi. Por el momento no, dijo
Renzi. Bien, dijo Marconi; no estoy de acuerdo. Lo siento en el alma,
dijo Renzi. Tus evidencias, dijo Marconi, lo dejan chiquito a Santo
Tomás. ¿Era Santo Tomás o San Agustín, Volodia? me dice Marconi ¿El de
las evidencias? le digo. Santo Tomás. Bueno, dijo Marconi, al lado de
Renzi, Santo Tomás es un poroto, en lo que respecta, por lo menos, al
asunto de las 138
evidencias. De todos modos, dijo Marconi, pedante y todo, se ve que sos
un tipo simpático. ¿Cuándo te vas? No sé todavía, dijo Renzi. Está
esperando al Profesor, digo yo. ¿Al Profesor? dice Marconi; me parece
que me lo crucé hace un rato, en la Plaza. Venía de Salto Uruguayo,
creo. ¿A Marcelo? dice Renzi, Casi seguro era él, dijo Marconi, No es lo
que se dice una evidencia, más bien una impresión en medio de la
oscuridad. Porque si no te vas, dijo, sería bárbaro que armáramos algo,
qué sé yo, una mesa redonda, una reunión, cualquier cosa en la
Biblioteca ¿eh Volodia?, cosa de poder discutir todo este asunto con la
gente y mover el avispero. Podría ser, dijo Renzi, si me quedo no hay
problema. ¿Sería Marcelo? me pregunta Renzi. Puede ser, digo yo. Ahora
vamos para el Hotel, si llegó debe estar allí. Yo me voy, che, dijo
Marconi, ya se me hizo tardísimo. ¿Ya te vas? dijo Renzi. ¿No querés
venir con nosotros hasta el Hotel? No, dice Marconi, la verdad, se me
hace tarde, tengo que pasar por el diario todavía y escribir una nota de
36 líneas sobre la última novela de Nabokov, ¿Trabajás en el diario?
dijo Renzi, Bueno, trabajar es un decir, dijo Marconi. Pero aparte de
eso ¿qué hacés? ¿Yo? dijo Marconi, nada. Leo a Borges y escribo sonetos.
¿Sonetos? dijo Renzi. Y sí, dijo Marconi, acá en la provincia todo nos
llega con atraso. Ya ves, nosotros todavía seguimos pensando que Arlt
escribe como el orto. No son los únicos, dice Renzi, hay tipos que viven
en Nueva York, en París y en otras metrópolis por el estilo y sin
embargo piensan lo mismo. ¿Así que escribís sonetos? dijo Renzi. Sí,
dijo Marconi, quiero ver si me puedo convertir en el Enrique Banchs del
Litoral. Sabes qué pasa, dijo, nosotros acá no manejamos el código.
¿Código? dijiste ¿no? No me cargués, dijo Renzi. No te cargo, dijo
Marconi, acá somos así, aguerridos pero nada rencorosos. Che ¿y en
Buenos Aires todavía siguen jodiendo con la lingüística? Menos, dijo
Renzi. Ahora la onda es el psicoanálisis. No ves, dijo Marconi, tengo
que viajar más seguido a la capital. Acá me desactualizo. En Concordia
recién termina de popularizar se la lingüística y parece que ya estamos
atrasados. ¿Popularizarse? dijo Renzi. La lingüística, dijo Marconi. Si
te cuento lo que me contó hoy Antuñano, me dice, Renzi se va a dar
cuenta de la receptividad del interior. ¿Sabés que por acá todavía hay
gauchos? dijo Marconi. Vi uno, sí, dijo Renzi, hoy a la mañana, cuando
bajé del tren, con bombacha bataraza y chambergo. Pensé que era un
policía disfrazado. No, dijo Marconi, seguro era un gaucho. Acá sólo,
por la zona de Concordia, hay cerca de doscientos cincuenta. Por eso
aquí la gauchesca todavía persiste, dijo Marconi, pero no sin sufrir,
también ella, el impacto de la lingüística. ¿La gauchesca? dijo Renzi.
La gauchesca y los paisanos mesmos, dijo Marconi. Al menos si es cierto
lo que me contó hoy Antuñano. Te transcribo, dijo, así llevas a Buenos
Aires el folklore vivo de la patria. Hjelmslev entre los gauderios
entrerrianos o un ejemplo de gauchesca semiológica, anunció Marconi,
según relato de Antuñano, testigo presencial y relator del hecho
acaecido en la pulpería La colorada, de su propiedad, ubicada entre
Ubajav y Derrida, a 70 kilómetros de la capital de la provincia. Una
tarde, dijo Marconi que le había contado Antuñano, una tarde varios
gauchos en la pulpería conversan sobre temas de escritura y fonética. El
santiagueño Albarracín no sabe leer ni escribir, pero supone que Cabrera
ignora su analfabetismo; afirma que la palabra trara no puede
escribirse. Crisanto Cabrera, también analfabeto, sostiene que todo lo
que se habla puede ser escrito. Pago la copa para todos, le dice al
santiagueño, si escribe trara. Se la juego, contesta Cabrera; saca el
cuchillo y con la punta traza unos garabatos en el piso de tierra. De
atrás se asoma el viejo Alvarez, mira el suelo y sentencia: Clarito,
trara. Buenísimo, dice Renzi. Es buenísimo, che, le dice a Marconi. ¿Por
qué no te dejás de joder con los sonetos y te dedicas a pintar tu aldea?
Bueno, dijo Marconi, por el momento estoy tratando de escribir sonetos
en lengua gauchesca. Quiero integrar, en realidad, el lenguaje de
Hilario Ascasubi y la forma soneto tal como fue fijada por Stéphane
Mallarmé. En ese intento, ya ves, soy borgeano. Para mejor, dijo
Marconi, anoche soñé un poema. En serio. Vinieron unos amigos a comer a
casa, trajeron un vino chileno increíble y nos bajamos como seis
botellas; después me fui a dormir y a la madrugada me desperté con el
poema en la cabeza. Lo anoté tal cual lo había soñado; ahí va, dijo. Soy
el equilibrista que en el aire camina descalzo sobre un alambre de púas
recitó Marconi el poema que había soñado. No será un soneto, pero lo
soñé, sin joda. Es una especie de haiku ¿no? Demasiado narrativo, dijo,
nada del otro mundo la verdad, pero lo soñé yo. Mira si al final me pasa
como a Coleridge. Lo que en el sueño no salió fue el título, dijo.
Ponele: Retrato del artista, dijo Renzi. No, dijo Marconi, se trata de
eso por ahí, pero ese título es demasiado explícito. En un poema que
trata sobre el artista, la palabra artista no tiene que aparecer y menos
en el título. ¿Es una ley o no es una ley? En literatura, dijo, lo más
importante nunca deber ser nombrado. Epigrama, dijo, que sirve de final
a esta larga sesión o payada intelectual. Me voy, en serio, dijo, ya se
me ha hecho tardísimo hasta para escribir sobre Nabokov, dijo Marconi y
empezó a despedirse. Tipo increíble, dijo Renzi. Personaje local, le
digo, como todos acá. Eso es lo que tiene de bueno vivir en un pueblo:
todos somos personajes importantes. Quedó loco con esa teoría, le digo a
Renzi. Mañana la va a empezar a repetir como si fuera de él. No estaría
mal, dijo Renzi. Vamos yendo, le digo. ¿Sería Marcelo el tipo que vio?
me dice él. A lo mejor, le digo. No parece muy convencido, me dice. Sí
¿por qué no? De todos modos ahora vemos. Salimos por acá, le digo. Este
Club era una de las casas de verano de Urquiza. Le gustaban los espejos,
dice Renzi. Extraño este pasillo. ¿Se sale por aquí? dice. No, mejor por
este lado, le digo, así salimos al Bulevar. Está bastante fresco, dice
Renzi. ¿Vamos caminando? Sí, le digo, es cerca, por acá se va derecho al
Hotel, serán diez cuadras. De paso le muestro la ciudad. Aunque ya
anduvo paseando hoy a la tarde. Todo se sabe en estos lugares, como se
puede imaginar, le digo. Bueno, no todo, dice Renzi. Cierto, no todo. Me
gustan estos pueblos de la costa, dice Renzi, tienen como un aire
melancólico. ¿Y ese edificio? dice Renzi. La cárcel, le digo. Recién, le
digo, cuando lo escuchaba hablar con Marconi. Me pasé un poco, dice
Renzi, de golpe me embalé, demasiada ginebra. No, le digo, al contrario;
pero yo lo escuchaba hablar y me acordaba de su tío. Son muy parecidos,
en el fondo, le digo. Todos me dicen eso, hoy, dice Renzi. Yo aprendí de
él, dice, en un sentido difícil de explicar. Nos escribimos durante casi
un año y recién ahora me doy cuenta de que fue como si él hubiera
querido explicarme algo. Marcelo tiene una especie de tendencia innata a
la pedagogía, me dice. Es un tipo muy divertido ¿no? dijo Renzi. Lo más
increíble es que yo no lo conozco; personalmente digo. Nunca hablé con
él, nunca lo vi. Él venía a casa cuando yo era recién nacido pero
después dejó de venir y entonces yo oía hablar de él, pero nunca lo vi.
Ahora estoy acá y vamos a verlo, pero tampoco sabemos si lo vamos a
encontrar. Cuanto más lo pienso, dice, más increíble me parece. Él me
hablaba siempre de usted, le digo, a veces me leía parte de sus cartas.
Se divertía como loco con esas discusiones que tenían, le digo. Emilio,
me dijo, me acuerdo, una noche, Emilio piensa que lo único que existe en
el mundo es la literatura, cuando se le pase, y espero estar para ver
ese momento, me decía el Profesor, le digo a Renzi, recién entonces se
va a poder sacar de encima toda la mierda de la familia. No entiendo, me
dice Renzi. Yo tampoco, le digo, pero eso fue lo que dijo. Después Renzi
me dijo otra vez que le parecía increíble que yo lo hubiera conocido a
Joyce. Bueno conocer, lo que se dice conocer, le digo. Lo vi un par de
veces, en Zurich. Hablaba poco, casi nada; venía a un bar donde se
jugaba al ajedrez y se ponía a leer un diario irlandés que los tipos
recibían, se sentaba en un rincón y empezaban a leerlo con una lupa, el
papel casi pegado a la cara, recorriendo las páginas con un solo ojo, el
ojo izquierdo. Se estaba horas ahí, tomando cerveza y leyendo el diario
de punta a punta, incluso los avisos, las necrológicas, todo; cada tanto
se reía solo, con una risita de lo más curiosa, una especie de susurro
más que una risa. Una vez me preguntó cómo se decía “mariposa” en
polaco, creo que fue la única vez que me habló directamente. Otra vez lo
escuché tener un cambio de palabras con un tipo, con un francés que le
dijo que el Ulises le parecía un libro trivial. Sí, dijo Joyce. Es un
poco trivial y también un poco cuatrivial. ¿En serio? dice Renzi.
Genial. El que lo visitó fue un amigo, Arno Schmidt, un crítico
notablemente sagaz que después murió en la guerra. Una tarde se animó a
preguntarle si lo podía visitar. ¿Y para qué? le preguntó Joyce. Bueno,
dijo Arno, admiro muchísimo sus libros, Mr. Joyce, me gustaría, en fin,
me gustaría hablar con usted. Venga mañana a las cinco, a mi casa, le
dijo Joyce. Arno se pasó la noche preparando una especie de
cuestionario, anotando preguntas, estaba nerviosísimo, como si tuviera
que ir a dar un examen. Mejor crucemos, le digo a Renzi. Joyce mismo le
abrió la puerta, la casa estaba como desmantelada, casi no tenía
muebles, en la cocina estaba Nora friendo un riñon a la sartén y Lucía
se miraba los dientes en un espejo; cruzaron un corredor larguísimo y
después Joyce se tiró en una silla. Fue un infierno. Arno le empezó a
repetir que admiraba muchísimo su obra, que el procedimiento de las
epifanías era el primer paso adelante en la técnica del cuento desde
Chejov, ese tipo de cosas, y en un momento dado le dijo que Stephen
Dedalus le parecía un personaje de la estatura de Hamlet. ¿De la
estatura de quién? lo cortó Joyce. ¿Qué quiere decir con eso?
Probablemente Hamlet era petiso y gordo, le dice, como eran gordos y
petisos todos los ingleses en el siglo XVI. Stephen en cambio mide un
metro setenta y ocho, le dijo Joyce. No, dijo Arno, quiero decir un
personaje del nivel de Hamlet, él mismo una especie de Hamlet. Cierto,
dice Renzi. Es una especie de Hamlet jesuítico. Y es cierto también, me
dice Renzi, que hay como una continuidad: el joven esteta ¿no? que no
hace más que vivir en medio de sus sueños y que en lugar de escribir se
la pasa exponiendo sus teorías, dice Renzi. Yo veo como una línea, dice,
digamos Hamlet, Stephen Dedalus, Quentin Compson. Quentin Compson,
explicó Renzi, el personaje de Faulkner. Bueno, le digo, Arno le decía
eso y supongo que también algunas otras cosas y Joyce no decía nada. Lo
miraba y de vez en cuando se pasaba una mano blanda por la cara, así.
Este es el Bulevar, le digo, pasamos la Plaza y estamos en el Hotel. ¿Y
entonces? dice Renzi. Entonces Arno le empieza a hacer preguntas más
directas, quiero decir preguntas que había que contestar. Por ejemplo:
Le gusta Swift, qué opina de Sterne, ha leído a Freud, ese tipo de cosas
y Joyce le contestaba sí o no y se quedaba callado. Me acuerdo un
diálogo, creo que es uno de los pocos diálogos que tuvieron durante toda
la conversación. Arno lo contaba con mucha gracia. ¿Qué opina usted de
Gertrude Stein, Mr. Joyce? le dice Arno. ¿De quién? dice Joyce. De
Gertrude Stein, la escritora norteamericana, ¿conoce su obra? le dice
Arno, y Joyce se estuvo inmóvil durante un momento interminable hasta
que al final le dice: ¿A quién se le puede ocurrir llamarse Gertrude? le
dijo. En Irlanda ese nombre se lo ponemos a la vacas, le dice Joyce y
después se quedó mudo durante los siguientes quince minutos, con lo que
se terminó la entrevista. Le importaba un carajo el mundo, dice Renzi. A
Joyce. Le importaba un carajo del mundo y de sus alrededores. Y en el
fondo tenía razón. ¿A usted le gusta su obra? le digo. ¿La obra de
Joyce? No creo que se pueda nombrar a ningún otro escritor en este
siglo, me dice. Bueno, le digo, no le parece que era un poco ¿cómo le
diré? ¿no le parece que era un poco exageradamente realista? ¿Realista?
dice Renzi. ¿Realista? Sin duda. Pero ¿qué es el realismo? dijo. Una
representación interpretada de la realidad, eso es el realismo, dijo
Renzi. En el fondo, dijo después, Joyce se planteó un solo problema:
¿Cómo narrar los hechos reales? ¿Los hechos qué? le digo. Los hechos
reales, me dice Renzi. Ah, le digo, había entendido los hechos morales.
Bueno, le digo, ahí enfrente está el Hotel. ¿Y cómo se dice “mariposa”
en polaco? me pregunta Renzi; pero antes que me olvide, dice, ¿dónde
puedo comprar cigarrillos? Acá, le digo, en este Bar. Si quiere yo
tengo, le digo. No, mejor compro, dice él. Yo estoy matando el tiempo
con el viejo Troy, justo en la esquina, está diciendo un tipo parado
frente al mostrador del Bar. Estoy ahí lo más choto, acá González no me
va a dejar mentir; estoy ahí, el viejo Troy, Gonzalito ¿eh? estamos los
tres; me dice Troy, el viejo Troy va y me dice, Che Cholo, me dijo, juná
quién viene. Yo estoy, un supongamos, parado ahí, como si ésta fuera
propiamente la esquina, este vaso soy yo, aquí el viejo Troy ¿eh,
Gonzalito? Correcto, dice Gonzalito. Juná, Cholo, me dice Troy, juná
quién viene, dijo el tipo que estaba parado frente el mostrador.
Cigarrillos, dice Renzi. Casi me caigo de culo, miro hacia el lado del
tallercito, lo veo a Goñi propiamente, que se aprosima, empilchado como
un duque. Gonzalito ¿es así no? Correcto, dice Gonzalito. Yo siempre
digo que en este mundo los turros y los colifas andan sueltos, dice el
tipo que está parado frente al mostrador. Siempre lo digo, dice, pero
cuando lo veo a Goñi casi me caigo de culo. Cholo, me dijo Troy, no
hagás macanas, me dice, no seas chauchón. Pero lo ves o no, le digo, al
plantado ese, lo ves o no, le digo. Lo veo, me dice. Al Triste, libre
como una paloma, lo ves; pero yo digo, le digo a Troy, ¿está todo al
revés? Teikerisi Cholo, me dice Troy. Pero no, viejo, le digo, qué
teikerisi ni qué carajo no puede ser, mirá mirá, le digo. Miro, me dice
Troy. ¿Lo ves? todo empilchado. Algo anda mal, le digo a Troy, acá hay
algo que anda para la mierda. ¿O ustedes no saben que de un viaje
liquidó a cinco de sus hermanos, el Triste Goñi? Los limpió a los cinco,
de un viaje, con una aguja de colchonero, y ahora resulta que los fue
liquidando uno por uno, a los cinco, mientras apoliyaban, con un
alfiletazo, chas, el Triste, como quien diría una incisión, acá, en el
pescuezo, justo acá, chas, en la tráquea, acá, ¿ven? en el gañote,
tocate ahí González ¿ves que hay como un pocito?, dice el tipo que está
parado frente al mostrador. Colorado corto, dice Renzi. ¿Ves que hay
como un pocito?, dice el tipo. Correcto, dice González. Uno hace una
incisión ahí y chau, si te he visto no me acuerdo; la vida se para en
seco. Y el degenerado ese, el petiso Goñi, empilchado de punta en
blanco, los ojitos acá, sobre la nariz, que encima es medio virola, lo
veo venir, vestido como un duque, lo veo, no lo puedo creer. Juná, pero
juná, le digo a Troy. Tranquilo Cholo, me dice el viejo. Quedate piola,
me dice cuando ve que se me sube la mostaza. Pero ¿cómo? Los limpió a
todos de un viaje, chas, con la aguja de colchonero mientras estaban de
apoliyo, a todos sus propios hermanos, pero yo digo ¿en qué país
vivimos? uno atrás del otro, en la tráquea, cómo sería el mambo que
tiene en la cabeza este turro que el hermanito más chico se salvó ¿sabés
por qué se salvó el hermanito más chico, González? dice el tipo. No,
dice González. Fíjense cómo será de rayado, que al hermanito más chico
agarra y lo manda a la terminal de colectivo a comprarle un boleto a
Baradero. Le dijo, le dice: Andá y me comprás un pasaje a Baradero. Ida
sola, le dice. A Baradero, date cuenta un poco: ¿Y saben por qué? Porque
pensaba que Baradero quedaba fuera de la circuncisión de la policía
federal y pensaba quedarse ahí, en Baradero, hasta que pasara el
espamento. ¿Y entonces qué pasa? dice el tipo parado frente al
mostrador. El niño Goñi, el hermano más chico, sale a los rajes, y
enfila para la comisería, meta y ponga, porque de inmediato se malicia
que se viene algo jodido, el chico, se malicia, que no era ningún tarado,
te voy a decir, tenía siete ocho años en ese entonces, ahora labura de
camionero, hace la ruta Santa Fe – Resistencia, Chaco – Santa Fe ¿es así
o no, Gonzalito? dice el tipo. Correcto, dice Gonzalito. Ve la cara como
de alegría que tiene el Triste, el pibe, y enseguida se da cuenta que va
a pasar algo fulero, pero cuando vuelve a los piques con toda la
policía, ya es tarde. Chas, la tráquea, listo, de un viaje. Los cinco
hermanitos Goñi desparramados en el patio, todos en fila, en el patio,
los cinco, fiambre fiambre, dice el tipo. ¿Colorado corto? dice el que
atiende el Bar. Sí, dice Renzi, un atado. Un espetáculo que te la voglio
dire, dijo él tipo, otra que la masacre de San Quintín; desparramados
abajo la parra, cada uno de los hermanos, escuchen bien lo que voy a
decir ¿eh? cada uno de los hermanos con un redondelito rojo en el
gañote, como si llevaran un alfiler de corbata, un suponer, un alfiler
de corbata que tuviera de adorno un rubí. ¿Un qué? preguntó un tipo
sentado en una mesa cerca de la puerta. Un rubí, hablando en sentido
figurado, dice el tipo que está parado frente al mostrador. Un punto
rojo en el pescuezo, propio en este pocito, en la tráquea, ahí les
hundió la aguja. Qué espectáculo, me cago en Dios, dice el tipo. Sus
propios hermanos, en bolas, los cinco desparramados ahí, en el patio, en
pelotas, los cinco, porque los agarró durmiendo, y el petiso Goñi
sentado en un banquito, de traje y sombrero, esperando que el pibe le
trajera el boleto a Baradero. ¿Se dan cuenta un poco? Y resulta que hoy,
estamos en la esquina ¿eh Gonzalito? Juná, me dice Troy, y el degenerado
ese que se aprosima, caminando tranquilamente, todo empilchado, dice el
tipo. Acá tiene, dice el que atiende el Bar. Gracias, dice Renzi. Me dio
una cosa, vi todo amarillo, te lo juro por la luz que me alumbra, todo
amarillo vi. Le digo a Gonzalito. Che, Gonzalito, le digo ¿y ahora qué
hacemos? ¿es así o no? Gonzalito. Correcto, dice Gonzalito. ¿Vamos? le
digo a Renzi. Pero mira ese cabrón, le digo, te dije o no te dije que en
este país si sos turro, pero turro turro ¿eh? no más o menos, turro lo
que se dice turro, le digo, al final la pasás como un duque. Dijiste, me
dice Troy. Va a pasar propiamente acá mismo, dice el tipo que está
parado frente al mostrador del Bar. Propio propio acá mismo ¿y nosotros?
¿qué vamos a hacer? le digo a Troy. Sí, vamos, me dijo Renzi. Parecía
indignado el hombre, me dice. Propiamente, le digo. Justo para Marconi,
me dice Renzi. Cuidado al cruzar, le digo, que el Bulevar tiene doble
mano. ¿Y entonces? me dice Renzi, ¿cómo se decía “mariposa” en polaco?
Alaika, le digo. Se dice alaika. Este es el Hotel, le digo. Acá es donde
vive el Profesor. 2 El Hotel parecía haber sido construido hacia el 900.
Tenía un frente de mármol negro con ventanales que daban sobre la plaza.
Por acá, me dice Tardewski. Primero vamos a pasar por la recepción. ¿No
sabe si regresó el Profesor Maggi? pregunta Tardewski. El recepcionista
dice que recién ha tomado el turno, pero quizás alguien ha vuelto, dice,
porque la llave no está en el tablero. Vamos a subir, entonces, dice
Tardewski. Es muy posible que si volvió lo encontremos durmiendo, dice,
quizás ni sabe que usted ha venido. Golpeamos la puerta de una
habitación en el cuarto piso; como nadie contesta y la puerta está sin
llave, entramos. La pieza está vacía. Sería cómico, me dice Tardewski,
que nos estuviera buscando en el Club. Dice que lo mejor va a ser hablar
por teléfono y preguntar si está ahí. Desde los ventanales del cuarto,
que es amplio, se ve el río, al fondo, entre los sauces. Hay un
escritorio contra la pared. Una cama. Un ropero. Un sillón. Algunos
libros sobre una repisa. Me acerco y miro los títulos mientras Tardewski
habla por teléfono al Club y deja dicho que si el Profesor va por ahí le
digan que estamos en su casa. De pie frente al estante, leo: Vida de
Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia de Irazusta. Los
antecedentes europeos de Pedro de Angelis de Ignacio Weiss. La vida
cotidiana en Estados Unidos (1830-1860) de Robert Lacour. Alberdi y su
tiempo de Mayer. Nacionalismo y liberalismo de José Carlos Chiaramonte.
Alejandro Dumas, Rosas y Montevideo de Jacques Duprey. Revolución y
guerra de Tulio Halperin. Después me acerco al escritorio que está
limpio, quiero decir, no hay nada sobre él, salvo una lata de té
Mazawattee, vacía, usada para guardar lápices, un marcador rojo, una
regla, una goma de borrar, un broche de metal; en un costado de la mesa
hay un anotador donde se lee: Llamar a Angela (Lunes) y después algo
escrito a lápiz y tachado con el marcador rojo. Sólo se distingue con
claridad la palabra seminario y después otra, casi ilegible, que puede
ser proyecto o proceso o quizás prócer. En el centro de la hoja hay
varios triángulos, círculos y otras figuras geométricas dibujadas con
lápiz y una cuenta, al menos una serie de números, encolumnados, sobre
la izquierda del papel, abajo: 6. 750 12. 800 17. 300 8. 970 22. 500
Abro uno de los cajones del escritorio. En realidad el Profesor trabaja
siempre en la Biblioteca, me dice Tardewski. En la Biblioteca o en el
Archivo provincial. En el cajón hay varios recortes de diarios, en
especial noticias del diario La Prensa y del Buenos Aires Herald de
cinco semanas atrás, unidos con ganchitos de alambre y una caja de
pastillas para el hígado (Novo–prohepat.) y varias tiras de aspirinas y
un boleto de ómnibus Paraná-Santa Fe, de la línea El cóndor, del mes
pasado. Mejor bajamos, me dice Tardewski, y vamos hasta casa. Abro el
otro cajón: hay una foto enmarcada. Es una fotografía de Marcelo, joven,
sentado en un bar al aire libre en la Rambla de Mar del Plata junto a
una mujer que parece ser la Coca. Como quiera, le digo a Tardewski. Dejé
dicho en el Club que estaremos en mi casa y ahora le escribimos una nota
por si viene acá, dice. En la pieza hay un solo cuadro, en la pared de
la izquierda. En realidad no es un cuadro, sino la tapa de una revista,
recortada y pegada sobre cartulina blanca, donde se ve una gran multitud
en una escena que, estoy casi seguro, corresponde al entierro de
Hipólito Yrigoyen. Me acerco al ropero; por la luna del espejo veo que
Tardewski se ha sentado en el escritorio, ha tomado un lápiz de la lata
de té Mazawattee y después de arrancar la primera hoja del anotador se
ha puesto a escribir. No veo qué ha hecho con la primera hoja del
anotador. Quizás la ha tirado, pero el piso sin embargo está limpio. El
ropero también está vacío, salvo un traje de verano, blanco, que cuelga
de una percha y un par de alpargatas, muy gastadas, en uno de los
estantes de abajo. Bueno, dice Tardewski, podemos ir. Profesor Maggi, ha
escrito Tardewski, su sobrino Emilio y yo lo hemos estado buscando. Son
las doce y media (0.30). Estaremos en casa hasta la hora en que sale el
tren de la mañana a la Capital. Lo esperamos, Volodia. Vamos a dejar la
nota aquí, no puede dejar de verla, dice. Bajamos y también en la
recepción del Hotel dejamos dicho que si el Profesor Maggi vuelve, a
cualquier hora que sea, le avisen que lo esperamos en la casa de
Tardewski. El recepcionista de la noche nos escucha con expresión
sorprendida y después asiente, pero no toma nota. Sólo dice: Está bien,
señor, y nos repite que su turno termina a las seis de la mañana.
Parecía no entender bien, le digo a Tardewski. Medio dormido, el pobre,
dice Tardewski. Volvemos a cruzar la Plaza y tomamos el Bulevar
costeando el río. Tardewski me habla de las obras de Salto Grande; me
dice que mucha gente de la costa está siendo desalojada. Toda esa parte
de allá, me dice y me señala un costado del río, va a ser barrida por la
represa. De todos modos para mí la naturaleza ya no existe, me dice
ahora y comienza a exponerme su teoría sobre el carácter artificial de
eso que llamamos naturaleza, que en realidad Marcelo ya me ha contado en
una de sus cartas. Cuando yo llegué acá, en el año ‘45, me está
diciendo, todo esto era un páramo. Había estado viviendo unos años en
Buenos Aires, dijo, recién llegado de Europa, trabajando en el Banco
Polaco y después lo trasladaron a la sucursal de Concordia que recién
había sido inaugurada. Mientras nos acercábamos a su casa me fue
contando parte de su vida. Había nacido en Varsovia, pero a los 23 años,
dijo, se radicó en Inglaterra para preparar un doctorado en filosofía,
dirigido por Wittgenstein, en Cambridge. La guerra lo sorprendió en
Varsovia, dijo, donde había ido a pasar las vacaciones de verano.
Conseguí escapar en medio de la desbandada del ejército polaco y,
después de cruzar media Europa, embarcamos en Marsella en el último
buque que cruzó el océano antes que la guerra submarina interrumpiera el
tráfico. En su juventud, dijo, jamás se le hubiera ocurrido imaginar que
iba a pasar cuarenta años en este rincón del mundo. A veces, dijo, se le
daba por pensar qué hubiera sido de su vida de haberse quedado en Europa
o de haber regresado al final de la guerra. Quizás hubiese muerto en un
campo de concentración o quizás, dijo, de haber seguido en Londres sin
la ocurrencia de irse a veranear a Varsovia justo en agosto de 1939 y en
caso de haber sobrevivido a los bombardeos, tal vez, en ese caso, dijo,
hubiera terminado mi doctorado y hoy sería profesor de filosofía en
alguna universidad inglesa o norteamericana. Más de una vez, dijo, había
reflexionado sobre su vida, sobre el azar que había tejido su destino.
Hablábamos de eso mientras costeábamos el río, a lo largo del Bulevar y
yo veía, a lo lejos, titilar las luces de la costa uruguaya. En un
sentido, me dijo Tardewski, se puede decir de mí que soy un fracasado. Y
sin embargo cuando pienso en mi juventud estoy seguro de que eso era lo
que yo en realidad buscaba. En aquella época, mientras estudiaba en
Cambridge, dijo, bebía muchísimo. Digamos, dijo, que bebía mucho más que
ahora. Me emborrachaba por lo menos dos veces a la semana, y al regresar
ebrio a casa, leía los Pensamientos de Pascal, el libro de cabecera de
mis borracheras. Dijo que de un modo consciente y clandestino oponía sus
lecturas alcohólicas de Pascal a la enseñanza luminosa de Wittgenstein.
Veía en ese libro fragmentario, hecho de borradores y de ideas anotadas
y a medio pensar, el mayor monumento que inteligencia alguna hubiera
construido en honor del fracaso. En su caso personal, dijo que veía con
claridad que esa fascinación por el fracaso era algo que se remontaba a
su juventud, a sus años en Varsovia, anteriores, por supuesto, a sus
lecturas alcohólicas de los Pensamientos de Pascal en Cambridge. Sentía
inclinación por lo que uno llama tipos fracasados, dijo. Pero ¿qué es,
dijo, un fracasado? Un hombre que no tiene quizás todos los dones, pero
sí muchos, incluso bastantes más que los comunes en ciertos hombres de
éxito. Tiene esos dones, dijo, y no los explota. Los destruye. De modo,
dijo, que en realidad destruye su vida. Debo confesar, dijo Tardewski,
que me fascinaban. Todos esos fracasados que circulan especialmente en
los alrededores de los ambientes intelectuales, siempre con proyectos y
libros por escribir, lo fascinaban, dijo. Hay muchos, dijo, en todos
lados, pero algunos de ellos son hombres muy interesantes, sobre todo
cuando han empezado a envejecer y se conocen bien a sí mismos. Yo acudía
a ellos dijo, en aquellos años de mi juventud, como uno se acerca a los
sabios. Había un tipo, por ejemplo, con el que me veía muy a menudo. En
Polonia. Este nombre se había eternizado en la Universidad, sin
decidirse nunca a rendir los exámenes que le faltaban para terminar su
carrera. De hecho había abandonado la Universidad poco antes de obtener
su diploma en matemáticas y después había dejado plantada a su novia el
día de la boda. No veía ningún mérito especial en realizar nada. Una
noche, me dice Tardewski, estábamos juntos y nos presentan a una mujer
que me entusiasma, que me gusta muchísimo. Al observar esto me dice: Ah,
¿cómo? ¿es que no le ha mirado usted la oreja derecha? ¿La oreja
derecha? Le contesto: Está usted loco, no me interesa. Pero vamos,
fíjese, me dijo, cuenta Tardewski. Fíjese. Mire. Al final me las arreglo
para ver lo que tenía detrás de la oreja. Tenía una verruga infame, en
fin, una verruga. Todo se derrumbó. Una verruga. ¿Se da cuenta? El tipo
era el demonio. Su función era sabotear el ímpetu de los demás. Era un
gran conocedor de los hombres. Tardewski dijo que en su juventud se
había interesado mucho por gente así, por gente, dijo, que siempre
estaba como mirando en exceso. Se trataba de eso, dijo, en el fondo, de
un modo particular de ver. Hay un término ruso, usted debe conocerlo, me
dice, ya que por lo que he sabido le interesan los formalistas, el
término, en fin, es ostranenie. Sí, le digo, me interesa, claro, pienso
que es de ahí de donde Brecht tomó el concepto de distanciamiento. No
había pensado en eso, me dice Tardewski. Brecht conoció bien la teoría
de los formalistas y toda la experiencia de la vanguardia rusa de los
años ‘20, le digo, a través de Sergio Tretiakov, un tipo realmente
notable; fue él quien inventó la teoría de la literatura fakta, es
decir, eso que después ha circulado mucho, la literatura debe trabajar
con el documento crudo, con el montaje de textos, con el testimonio
directo, con la técnica del reportaje. La ficción, decía Tretiakov, le
digo a Tardewski, es el opio de los pueblos. Era muy amigo de Brecht y a
través de él fue como conoció, sin duda, el concepto de ostranenie.
Interesante, dijo Tardewski. Pero retomando lo que le decía, esa forma
de mirar afuera, a distancia, en otro lugar y poder así ver la realidad
más allá del velo de los hábitos, de las costumbres. Paradójicamente es
al mismo tiempo la mirada del turista, pero también, en última
instancia, la mirada del filósofo. Quiero decir, dijo, que en definitiva
la filosofía no es más que eso. Se constituye así, digamos desde
Sócrates. ¿Qué es esto? ¿No? La pregunta de Sócrates. Un fracasado, no
todos, claro, cierta clase especial de fracasado ven todo,
continuamente, con ese tipo de mirada. Esa lucidez aberrante, por
supuesto, los hunde todavía más en el fracaso. Me interesé mucho por
gente así, en los años de mi juventud. Tenían para mí un encanto
demoníaco. Estaba convencido de que esos individuos eran los que
ejercían, dijo, la verdadera función de conocimiento que siempre es
destructiva. Pero ya estamos en casa, dice ahora Tardewski y se adelanta
para abrir el portón de entrada. La casa era baja y blanca, de una sola
planta, y me hizo pensar, no sé por qué, en una pajarera. Cruzamos un
jardín muy bien cuidado y Tardewski tardó un rato en poder abrir la
puerta de entrada. Pase, por favor, dijo, después. Podemos sentamos
aquí, dijo y me señaló unos sillones enfrentados en medio de una sala
casi vacía. Tengo, creo, un poco de vino blanco en la heladera.
Tardewski salió de la pieza y yo me quedé solo. Aparte de los sillones y
de una mesita baja, octogonal, pintada de negro, no había en el cuarto
otros muebles, salvo una especie de aparador con varios cajones y una
puerta de dos hojas. En la pared frente a mí, pegada con chinches había
una foto ampliada de alguien que me pareció vagamente conocido, pero
cuyo rostro no pude identificar. Vivo solo aquí, dijo Tardewski mientras
acomodaba los vasos y la botella de vino. Viene una mujer todos los días
y se ocupa de la casa. Se llama Elvira, está conmigo desde hace años y
sin embargo no sé absolutamente nada de su vida. Sólo que se llama
Elvira y que vive en las afueras. El Profesor la quería mucho, dijo
Tardewski. Enseguida se rectificó: había querido en realidad decir que
el Profesor la quiere mucho. A veces, dijo, basta que alguien falte unas
horas para que hablemos de él como si hubiera muerto. Al revés de lo que
pasa en los sueños. Después dijo que mientras estaba en la cocina había
pensado en mi conversación con Marconi. En seguida, dijo, había
recordado una conversación que él, Tardewski, había tenido a su vez con
Marconi tiempo atrás. En esa conversación Marconi le había contado un
hecho extraordinario referido a una mujer. Esa charla que ellos dos
habían mantenido tiempo atrás en el Club, dijo, comenzó con ciertos
comentarios de Marconi sobre las mujeres. Marconi era, dijo, como ya me
había dicho, una especie de personaje local. El personaje local del
Poeta. Sus poemas, quizás no los que sueña, pero sí los pocos que
escribe o al menos los pocos que publica, le voy a decir, me dijo, no
están nada mal. Son de un hermetismo cultivado, de una oscuridad casi
maníaca. Esa vez, como le digo, me dice Tardewski mientras me sirve
vino, hablamos con Marconi sobre cierta particularidad de las mujeres, o
mejor, de cierta particularidad de la relación que las mujeres
establecían con él, con Marconi. Atraigo a las muy jóvenes, a las
adolescentes de 15, 16 años o a las viejas, pero a las viejas
viejísimas, me decía Marconi, cuenta Tardewski. Recibe una abundante
correspondencia en el diario donde trabaja y donde muy de vez en cuando
publica sus sonetos. Recibo, me contaba Marconi, por lo menos dos o tres
cartas semanales que me escriben mujeres diversas. Algunas de esas
cartas son notables; las hay de todas clases, me decía Marconi, cuenta
Tardewski, usted se puede imaginar niñas que se sienten atraídas por la
poesía y escriben cartas cursis y sentimentales; señoras que me escriben
en secreto para confesarme que siempre les ha interesado la literatura
pero que el matrimonio, los hijos, las obligaciones de la vida doméstica
las han ido alejando de lo que entienden es su verdadera vocación.
Muchas me escriben para contarme ese tipo de cosas. Pero hay otro tipo
de cartas que son realmente notables, por ejemplo cartas obscenas, me
contaba Marconi. Suelo recibir cartas de una obscenidad aterradora de
mujeres que me escriben al diario sin darse a conocer. Casi nunca soy yo
el objeto de esas cartas, no se trata de que piensen en mí al
escribirlas. Yo soy, simplemente, el destinatario. Ellas me cuentan
aventuras con sus amantes actuales o recuerdan sus historias sexuales
del pasado. Algunas son cartas con fantasías de una perversidad
fascinante, acompañadas, a veces, de dibujos infames, descripciones
anatómicas para ejemplificar el carácter de sus ilusiones o de sus
experiencias eróticas. ¿No es notable? me decía Marconi esa noche en el
Club, me cuenta Tardewski. ¿No es notable que me elijan a mí, al poeta,
como destinatario de esas cartas? En general no esperan respuesta,
sencillamente se sientan y me escriben, me contaba, dice Tardewski.
Marconi, en fin, dijo, recibo una nutrida correspondencia y a veces una
misma mujer me escribe durante meses. Por principio, me decía, jamás
contesto y jamás incluyo en mis sonetos la menor alusión, por más oscura
o anagramática que pueda imaginase, al contenido de esa correspondencia
que recibo. Y sin embargo, dijo Tardewski que le había dicho Marconi,
algunas de esas cartas son tan extraordinarias que puedo decir, me
decía, dice Tardewski, que allí se encuentra no sólo la materia única,
sino la inspiración más profunda de toda mi poesía. Hace algún tiempo,
me contaba Marconi, comencé a recibir cartas excepcionales de una mujer.
No se trataba en este caso de cartas pornográficas o de cartas tan
cursis que uno, como suele sucederme a veces, pudiera considerarlas
excepcionales. Estas cartas que comencé a recibir eran excepcionales en
todo sentido. En todo sentido eran excepcionales, diría, dijo Tardewski
que le había contado Marconi. Eran cartas de una calidad literaria tal,
que si no fuera una palabra cómica, yo diría, me contaba Marconi, que
parecían escritas por un escritor de un talento absolutamente fuera de
lo común. Por de pronto venían escritas en un español levemente arcaico,
casi quevediano, diría, estaban escritas en un español tan puro y
cristalino que al leerlas, lo escrito por mí me parecía de una tosquedad
insoportable y de una torpeza inesperada. La sola idea de comparar esas
cartas con lo escrito por mí, me paralizaba por completo. Por otro lado,
en esas cartas la mujer no escribía sobre sí misma, sino que contaba
extrañas historias, relatos que tenían la textura y la firmeza
impersonal de una parábola. Al final de la carta, la mujer añadía una
frase que era, en realidad, pensaba yo, decía Marconi, la única parte de
lo escrito que me estaba personalmente dirigida. Al final de la carta,
la mujer siempre escribía: De usted y después firmaba con su nombre y
apellido, que no revelaré, dijo Tardewski que le había dicho Marconi
aquella noche en el Club, y abajo de su nombre, los datos de una casilla
de correo y un número de teléfono. El final de las cartas era, entonces,
siempre el mismo, pero las cartas eran siempre distintas y eran siempre
perfectas, dijo Marconi, lo más parecido a la perfección literaria que
yo he leído en años de años. Al cabo de tres meses me decidí por fin a
contestarle, contaba Marconi, dijo Tardewski. Le contesté. Le dije que
no pensaba verla y que por lo tanto el número de teléfono era inútil; le
dije que tampoco pensaba contestarle y que sólo le había escrito esa
única vez para decirle que sus cartas me parecían un esfuerzo insensato
porque lo que ella escribía, esas parábolas estúpidas, no eran otra cosa
que pésima literatura. La saluda atentamente: Bartolomé Marconi. Estuvo
dos semanas sin escribirme, dijo Marconi, me dice Tardewski; hasta que
continuó. Sus cartas no variaron, quiero decir que por un lado no se
dignó discutir mis opiniones y que por otro lado siguió escribiendo los
mismos extraños y bellísimos relatos de siempre, en ese hipnótico
español sólo suyo que tenia la pureza de un cristal y la flexible
elegancia de los gatos en el soneto de Charles Baudelaire. Una tarde,
contó Marconi, me cuenta Tardewski, estaba escuchando música. A mi me
gustan mucho los cuartetos de Beethoven, y agregó, dice Tardewski,
Marconi agregó que en eso por supuesto no era nada original. Me gustan
muchísimo esos cuartetos de Beethoven, dijo Marconi, cuenta Tardewski, y
me ponen en un estado de ánimo particular. Así habría que escribir,
pienso cada vez que los escucho. Cada vez que escucho los cuartetos de
Beethoven, repitió Marconi que a esa altura estaba un poco borracho, me
cuenta Tardewski, pienso: Daría diez años de mi vida por llegar a
escribir algo que sonara, al leerse, como los cuartetos de Beethoven.
¿Usted ha leído el Doktor Faustus.? me preguntó Marconi, dice Tardewski.
No, le contesté, no me gusta Mann, prefiero a Kafka, pero he leído, me
cuenta Tardewski que le contestó a Marconi esa noche, en el Club cuando
él le preguntó si había leído el Doktor Faustas de Thomas Mann, los
ensayos sobre música de Adorno, así que lo comprendo perfectamente. Lo
comprendo perfectamente, le dije, me cuenta Tardewski, ¿y entonces?
Entonces, me contestó Marconi, esa tarde yo escuchaba los cuartetos de
Beethoven y pensaba: Así habría que escribir, me cago en Dios, y estaba
dispuesto a suscribir ahí mismo un pacto con el Diablo. Es decir, dijo
Marconi, que me sentía en un estado de ánimo muy particular y entonces
me dije: Tengo que ver a esa mujer. La llamo por teléfono, contó
Marconi. Le digo: Tengo que verla de inmediato. ¿Puede venir a mi casa?
Vivo a más de veinte kilómetros de Concordia, pero puedo tomar un taxi,
contó Marconi que le había contestado la mujer, dijo Tardewski. Venga
inmediatamente, le dice Marconi. Sí, dijo la mujer. Me cambio de ropa,
me pongo un traje, una corbata, contaba Marconi. Estaba en un estado de
ánimo tan particular que necesitaba que esa mujer y ninguna otra persona
en el mundo, me dijera: Usted es el más grande, es el mejor, no hay otro
poeta como usted. Momentos de debilidad que uno tiene, dijo Marconi.
Momentos de debilidad en todo el sentido de la palabra. Me paseaba por
la habitación, esperando. Una hora más tarde tocan a la puerta. Abro y
al abrir, dice Tardewski que le contó Marconi aquella noche en el Club,
empecé a reírme o a toser como un idiota. Tenía un vaso en la mano, un
vaso de vidrio, con gin o ginebra o whisky, con algún líquido alcohólico
que yo estaba tomando con hielo, al toser el vaso me temblaba y el hielo
hacía un ruido que yo no dejaba de escuchar mientras pensaba: es el
ruido que hace el hielo al golpear contra las paredes de un vaso de
vidrio. Era una mujer increíblemente fea, de una fealdad fascinante,
casi perversa. Dejé el vaso sobre un mueble. Le invité a pasar. Nos
sentamos. Se quedó cuatro horas. Jamás voy a poder olvidarla. Fue algo
extraordinario. Me contó todo lo que no me había dicho en sus cartas,
quiero decir, me habló de su vida. Situaciones, momentos de su vida, su
adolescencia; era un monstruo pero tenía una inteligencia refinadísima,
sutil, y ese extraño y tan bello manejo un poco arcaico, como
latinizado, del español. La mujer vivía con su hermana en una casa de
las afueras y se ganaba la vida bordando manteles. Le había empezado a
escribir porque le gustaban, dijo, los sonetos que escribía Marconi, si
bien veía en ellos una excesiva voluntad de asombrar por medio de la
destreza técnica. En cuanto a ella, se apasionaba por la literatura
desde siempre, pero no se sentía capaz de dedicarse a escribir porque,
dijo la mujer, contó Marconi, me dice Tardewski: ¿Sobre qué puede un
escritor construir su obra si no es sobre su propia vida? ¿Sobre qué si
no sobre su propia vida? dijo. Y su vida, dijo, era algo tan abominable
como su cuerpo y por lo tanto era imposible que pudiera dedicarse a la
literatura porque para ella escribir era justamente olvidarse de eso que
debería ser el tema de su obra. Esas cartas las había escrito, dijo,
porque a veces, de noche, no podía más. A veces, de noche, no podía más
y escribir esas cartas la aliviaba, le permitían desentenderse por un
tiempo de sí misma y de su vida. Pero él, Marconi, había tenido razón al
decirle que eran pésima literatura. Ella lo presentía, dijo, sabía que
eran pésima literatura porque la literatura sólo puede construirse con
la trama de la vida. Uno escribe, dijo la mujer, y las palabras son su
cuerpo: al querer borrar mi cuerpo en lo que escribo jamás voy a poder
construir otra cosa que palabras vacías, sin sangre, palabras huecas,
como hechas de aire. Eso, pero dicho de un modo mucho más bello y
enigmático, fue lo que dijo la mujer, dijo Marconi, me cuenta Tardewski.
Y entonces yo, dijo Marconi, que comprendía muy bien que la mujer estaba
totalmente equivocada con esa absurda teoría sobre la literatura que se
construye con la propia vida, que me daba cuenta de que la mujer estaba
totalmente equivocada porque además había leído lo que ella era capaz de
escribir, entonces yo, contó Tardewski que le había dicho Marconi
aquella noche en el Club, le dije que tenía razón, que ella no había
nacido para la literatura, que sus cartas eran, a pesar de su esfuerzo
por olvidarse de sí misma al escribirlas, tan informes como su cuerpo.
Le aconsejé, dijo Marconi, me cuenta Tardewski, que pusiera todo su
empeño en el bordado de manteles o en algún otro arte impersonal por el
estilo. Le dije lo que por supuesto en mi puta vida había creído, le
dije que ella tenía razón, que la literatura era siempre autobiográfica
y que ella debía olvidar para siempre esa tentación. ¿Se da cuenta,
Tardewski? me preguntó Marconi. Con una frialdad que me sorprendió a mí
mismo, la convencí de que era una insensatez que ella pudiera sospechar
siquiera la posibilidad de dedicarse a la literatura. Y lo hice en un
estado de extraña exaltación, ayudado sin duda por el clima que me
habían creado los cuartetos de Beethoven, sintiendo a la vez en el fondo
de mí un sórdido temor, contó Marconi, dice Tardewski. El sórdido temor
de que la mujer no se dejara convencer. Porque si no puedo convencerla,
pensaba, y esta mujer, este monstruo, se decide a publicar cualquier
cosa que escriba, seré yo quien tendrá que abandonar por completo la
escritura. Si esa mujer seguía escribiendo, nadie, en el presente ni en
los años que siguieran, nadie, iba nunca a recordar que había existido
un poeta llamado Bartolomé Marconi. Pensaba eso, estaba exaltado por mi
misma sordidez, me cuenta Tardewski que le dijo Marconi. Y la mujer me
agradeció que hubiera sido sincero, aunque ella, dijo, en el fondo ya lo
sabía, e incluso se lo había dicho a sí misma, casi con las mismas
palabras que él estaba usando ahora. Uno sólo puede escribir sobre su
cuerpo, me dijo la mujer, cuenta Tardewski que le dijo Marconi. Uno sólo
puede escribir sobre su cuerpo, grabar los libros en la carne de su
cuerpo, pero mi cuerpo, dijo, es tan abominable y yo lo odio como nadie
jamás ha podido odiar nada en este mundo. Nadie puede saber, dijo la
mujer, qué clase de odio es el odio que yo tengo por mi cuerpo. Nadie,
dijo, puede saber como sé yo, qué cosa es tener asco de sí mismo. ¿Cómo
podría entonces ella, dijo, escribir sobre su vida? y por eso otra vez,
estoy condenada, dijo la mujer; porque entonces lo que escribo no puede
ser más que esas historias tejidas en la pobre tela del olvido. Falsas
historias que no tienen carne, porque la literatura no puede tener otra
materia que la propia experiencia vivida. Historias falsas,
fraudulentas, artificiales, donde la sinceridad y la verdad son como el
aro hueco de madera donde bordo mis manteles. Deshilachadas fantasías
que usted, señor, dijo la mujer, ha tenido el coraje y amabilidad de
definir tal como son. Eso dijo la mujer, de otro modo y con mejores
palabras, y después se puso trabajosamente de pie y yo la acompañé hasta
la puerta, me cuenta Tardewski lo que Marconi le ha contado esa noche en
el Club. Fui atrás de ella y la miré caminar: se movía con un patético
bamboleo, como si atravesar el aire le costara a ella el mismo esfuerzo
que puede costamos a cualquiera de nosotros caminar por el río, con el
agua a la altura de la ingle. La seguí hasta la puerta, nos despedimos y
nunca más he vuelto a saber nada de esa mujer, dice Tardewski que ha
contado Marconi, aquella noche, en el Club. Después Tardewski volvió a
hablar de esa cualidad destructiva, de esa rara lucidez que se adquiere
cuando se ha conseguido fracasar lo suficiente. Porque otra de las
virtudes del fracaso, dijo, es que nos enseña que nunca nada deja su
huella en el mundo. Todo lo que hemos vivido se borra y eso quizás,
dijo, es lo que había comprendido esa mujer en el cuento de Marconi. ¿Se
sirve más vino? dijo entonces Tardewski y de a poco empezó a retomar el
relato de su vida. Si le he hablado de todo esto, dijo, es porque yo
mismo, claro, soy un fracasado. Quiero decir, un fracasado en el
verdadero sentido, es decir, dijo, alguien que ha desperdiciado su vida,
que ha derrochado sus condiciones. He sido, dijo, lo que suele llamarse
un joven brillante, una promesa, alguien frente a quien se abren todas
las posibilidades. Yo he sido, dijo, marcado por Wittgenstein. Debo
decirle que él no era lo que suele llamarse un hombre caritativo, pero
yo no vacilaría en decir que era genial, o lo más parecido a un genio
que uno pueda imaginar. Por de pronto, dice Tardewski, es el único en la
historia que produjo dos sistemas filosóficos totalmente diferentes en
el curso de su vida, cada uno de los cuales dominó por lo menos a una
generación y generó dos corrientes de pensamiento, con sus
protagonistas, sus comentadores y sus discípulos absolutamente
antagónicos. Tratar de conocer a Wittgenstein, escribió Bertrand Russell
que durante un semestre lo tuvo entre sus alumnos porque Wittgenstein,
después que leyó Los principios matemáticos abandonó su carrera de
ingeniero y se fue a Cambridge y se anotó en los seminarios de Russell.
Tratar de conocerlo, decía Russell, fue la aventura intelectual más
excitante de mi vida. Wittgenstein era un hombre de genio, si es que eso
existe, pero en su vida fue desdichado como pocos y vivió atormentado
hasta su muerte. Atormentado por sus ideas, no por otra cosa;
atormentado porque quería pensar bien y porque tenía enormes
dificultades para escribir. De hecho publicó un solo libro antes de su
muerte el Tractatus logico–philosophicus en 1922, concluido, por lo
demás, a los 29 años. Pocas obras produjeron en la historia de la
filosofía el efecto de ese libro de 60 páginas. Wittgenstein estaba
convencido y así lo escribió, con una especie de desaforada humildad, en
el Prefacio, que su libro resolvía por fin en todos los puntos
esenciales los problemas que la filosofía se había planteado desde
Parménides. Siendo así, señalaba, no había por qué continuar haciendo
filosofía. Se despidió entonces de ella, de la filosofía, para
dedicarse, dijo, me cuenta Tardewski, a otras actividades, entre ellas
el álgebra. Sin embargo de a poco, a los dos o tres años, comenzó a
tener el oscuro sentimiento de que el Tractatus era un fraude. Situación
trágica, si las hay, dijo Tardewski. Trágica, antes que nada, porque él
era el único en darse cuenta dónde estaba el error de su libro. De modo
que volvió a Cambridge para decirlo y empezó otra vez a filosofar o al
menos, como decía, si no a filosofar, a enseñar filosofía. Mientras su
libro expandía su influencia, mientras sus ideas influían de un modo
decisivo en el Círculo de Viena y en general en todo el desarrollo
posterior del positivismo lógico, Wittgenstein se sentía cada vez más
vacío e insatisfecho. Veía, dijo una vez en clase, a su propia filosofía
tal como Husserl había dicho que debía ser visto el psicoanálisis: como
una enfermedad que a sí misma se confunde con su cura. Eso que Husserl
dijo del psicoanálisis, dijo esa vez Wittgenstein en clase, dijo
Tardewski, es lo que yo digo de mi propia filosofía tal como ella está
expuesta en un libro, a saber: en el Tractatus. Eso decía sobre sí mismo
y sobre sus ideas Ludwig Wittgenstein a sus alumnos de Cambridge, año
1936, me dice Tardewski, lo cual, por lo menos, debe ser considerado un
ejemplo de lo que puede entenderse por eso que algunos llaman coraje
intelectual y fidelidad a la verdad. Era lo más parecido a lo que yo me
imaginaba que debía haber sido Sócrates, sólo que era muchísimo más
despiadado. Más despiadado y más sombrío que Sócrates o al menos de lo
que Platón nos ha hecho creer que era Sócrates. Tenía por supuesto un
prestigio enorme y un éxito mundial, pero estaba desesperado porque lo
desesperaba la sola posibilidad de no poder llegar a la verdad. Era esa
clase de persona, y pasó todos los años de su vida hasta su muerte en
1951, en un estado de exasperante vacío, construyendo trabajosamente
otro sistema filosófico sobre las ruinas de su propia filosofía que él
mismo se encargó de destruir. Recién después de su muerte aparecieron
sus Investigaciones filosóficas, libro impresionante e inconcluso,
construido a partir de las notas dispersas escritas en esos años en los
que rechazaba todo lo que antes había sostenido, y fundaba, como le
digo, dice Tardewski, un nuevo sistema filosófico destinado a influir
sobre toda la filosofía moderna en lengua inglesa. Sobre aquello de lo
que no se puede hablar, hay que callar, había escrito, última frase de
su libro que se ha hecho famosa si medimos la fama con el criterio de la
cantidad de veces en que una frase ha sido citada. En fin, dijo
Tardewski, durante todos esos largos años en Cambridge, cuando se sentía
derrotado por sí mismo y por su propia inteligencia, en esos años, que
fueron los años en que yo fui uno de sus discípulos, no diré que
Wittgenstein era un hombre que se mostrara generoso o amable. Era más
bien un hombre amargo y cruel, pedante, cínico, un hombre despiadado que
usaba su maravillosa inteligencia contra los otros, con el mismo
desprecio con que la usaba, antes que nada, contra sí mismo y contra sus
ideas y convicciones. Y sin embargo no puedo negar que él tuvo por mí
una especial predilección y que fue generoso y me ofreció todas las
posibilidades que un hombre de su posición puede ofrecer para abrirle
las puertas de una brillante carrera académica a cualquiera de sus
discípulos más favorecidos. Me hizo saber, sin decirlo jamás, que me
ofrecía todas las posibilidades para que mi carrera alcanzara los
triunfos más altos a los que puede aspirar alguien que tenga como
objetivo en la vida triunfar en el mundo universitario. Y ahora, lo he
pensado muchas veces, dijo Tardewski, ahora sé que fue esa suerte de
expectativa, extremadamente elusiva y sutil y nada explícita que él
ponía en mí, lo que me impulsó, incluso habría que decir, dijo Tardewski,
lo que me ayudó a escaparme, literalmente, a Varsovia, ese verano del
‘39, en un momento en que todos, hasta los muy abstractos estudiantes de
filosofía de Cambridge, teníamos la certeza de que la guerra iba a
empezar en el momento y en el lugar donde empezó. Podría decirse, dijo
Tardewski, que ese acto aparentemente irreflexivo o, si se prefiere, ese
acto azaroso por el cual me vi atrapado por la entrada de las tropas
nazis en Varsovia fue mi primera decisión consciente (aunque entonces no
lo sabía) de llegar a donde ahora estoy: viviendo en Concordia,
provincia de Entre Ríos, dedicado a la enseñanza privada de la
filosofía, lo cual quiere decir que me gano la vida preparando a los
estudiantes secundarios que deben presentarse a rendir examen de
Filosofía o de Lógica o como se llamen esas materias que los jóvenes
argentinos estudian en un manual escrito por un tipo de una ignorancia
casi genial llamado, creo, Federico García Morente, Federico o Manolo
García Morente, a quien yo denomino El Asno Español II. Y todo esto ¿por
qué?, dirá usted, me dice Tardewski, quizás por esa predilección
fascinada que sentí en mi juventud por el mundo de los fracasados que
circulan en los ambientes intelectuales. Dijo que en el fondo se sentía
orgulloso de haber sido capaz de llevar hasta sus últimas consecuencias
las ilusiones más secretas de su juventud. Pocos hombres, dijo, pueden
decir lo mismo de sí mismo: que han sido fieles a las ilusiones de su
juventud. Muchos capitulan, dijo; que yo no haya capitulado y haya sido
capaz de llegar hasta donde estoy ahora, Concordia, Entre Ríos, es uno
de mis motivos de orgullo, aunque naides, como diría el Profesor, pueda
darse cuenta. Todo eso, dijo, le había costado un esfuerzo que a veces
le parecía interminable. Había necesitado fortaleza y voluntad férrea.
Fuerza de voluntad, por ejemplo, en 1939 para no volver a Londres y
encaminarse, en cambio, hacia Marsella y tomar el primer barco (que a la
vez era el último) que salía para América. Y lo más notable, dijo, era
que al embarcarse, él, por otro lado, ni siquiera sabía que el punto
terminal de ese viaje era un país llamado Argentina. Un país, dijo, del
que, podía creerle, tenía un desconocimiento tan absoluto que no
vacilaba en calificar, dijo, a ese desconocimiento suyo sobre las
características o la misma realidad de un país llamado la Argentina, no
vacilaba, dijo, en calificarlo de un desconocimiento erudito. No sabía
nada sobre la Argentina, subrayó Tardewski, no sólo casi no sabía que
existía un país llamado así, sino que además ni siquiera sabía que ese
viaje me llevaba a la Argentina. Había subido, dijo, al barco,
atropelladamente, a último momento, para ocupar, estaba seguro, el
último lugar que quedaba disponible, en medio, dijo, de una banda de
tipos que escapaban, desesperados, de la guerra, sin saber bien, él,
Tardewski, dijo Tardewski, hacía dónde iba. Creo que pensé que íbamos
hacia los Estados Unidos, hubiera sido lo más lógico, dijo, dado que yo
hablaba bien el inglés mientras que no sabía una palabra de castellano,
pero en un momento dado de la travesía me enteré que nos dirigíamos
hacia un lugar llamado la Argentina. De todos modos, dijo, no había sido
fácil realizar las ilusiones de fracaso que había soñado en su juventud.
Durante un tiempo, dijo, incluso en medio de una situación general
desesperada, las oportunidades de éxito se siguieron presentando y más
de una vez, dijo, fue necesaria la ayuda del azar para lograr que un
joven brillante como se suponía que yo era, alcanzara la altura más
plena de ese fracaso que él había descubierto, tardíamente pero con
total certeza, como la única verdadera forma de vivir que puede
considerarse, de un modo cabal, filosófica. Por ejemplo, dijo, cuando
llegué a Buenos Aires y me presenté en el consulado polaco y les dije
que había sido durante cuatro años un becario del gobierno polaco que
hacía su tesis de doctorado en Cambridge bajo la dirección de Ludwig
Wittgenstein (una tesis, dicho entre paréntesis, dijo Tardewski, cuyo
tema era Heidegger en los presocráticos) y de la que no conservo nada,
porque por supuesto dejé los papeles en mi pensión de Cambridge y
fueron, creo, destruidos, junto con el resto de mi cuarto, por una V.2;
esa tesis, dijo, de la que no conservaba nada salvo el recuerdo del
título, a partir del cual se podía inferir que se trataba de probar, no
tanto la influencia por ejemplo de Parménides o de Hippias, dijo, en
Heidegger, sino la influencia ejercida por la lectura de Ser y tiempo
sobre nuestra concepción de los presocráticos, algo en el estilo, dijo,
se me ocurre, para que usted me comprenda, de Kafka y sus precursores.
Los amables y un poco desesperados funcionarios de la embajada polaca en
Buenos Aires se ocuparon de él. Le consiguieron alojamiento, se
comprometieron, dijo, a mantenerme la asignación de la beca, como si
estuviera en Cambridge, durante seis meses, mientras se aclaraba la
situación europea, y me pusieron de inmediato en contacto con lo que
podríamos llamar los círculos filosóficos de Buenos Aires. Se trataba,
en realidad, dijo, de un grupo de profesores de filosofía ligados a la
Universidad de Buenos Aires, si bien el surtido que frecuentaba a esos
soi disant filósofos, dijo Tardewski, era variado y uno podía encontrar
entre ellos ramas y gajos diversos del saber humanístico. En general los
tipos estaban fascinados por el orientalismo y había uno, sobre todo,
que era una suerte de burócrata del budismo zen, se llamaba, me parece,
Victorio Fatoni o Valentín Fratone, algo así. Pero estos tipos, dijo
Tardewski refiriéndose a los círculos filosóficos que había comenzado a
frecuentar a su llegada a Buenos Aires a fines de 1939, estos tipos,
dijo, no sólo se entusiasmaban con el budismo zen: simultáneamente,
dijo, admiraban y exaltaban como a los grandes filósofos de nuestro
tiempo (esto, dicho entre paréntesis, quiero decir: la expresión nuestro
tiempo, les encantaba y la repetían a cada rato) a dos individuos, dos
sujetos, a los que catalogaré, por ahora, así: indescriptibles. Uno de
estos dos grandes filósofos de nuestro tiempo era, dijo Tardewski, el
que voy a nombrar Rey de los Asnos Españoles o Asno I, José Ortega y
Gasset (no soy bueno para los juegos de palabras, dijo Tardewski entre
paréntesis, lo era antes, quiero decir, cuando podía jugar con la lengua
de mi madre). ¿Quiere más vino? me dice Tardewski, hace tanto que no
cuento mis aventuras, me dice, que me entusiasmo, ya ve, pero puede
detenerme o dormirse cuando quiera; se dedicaba, como le digo, este buen
hombre, a escribir filosofía en una especie de disparatada declinación
alemana del español. Era lo que se denomina un charlista español ¿no? El
charlista radiofónico español par excellence, a quien, me entero yo al
llegar, todos consideraban en esos círculos de Buenos Aires un Verdadero
Maestro del Pensamiento de Nuestro Tiempo, un verdadero As ¿no? Pero
además, me entero en cuanto termino de desembarcar con la voz grave y
reflexiva de Wittgenstein todavía resonando en mis oídos, dice Tardewski,
había otro Filósofo, otro Pensador al que todos, me entero, admiraban.
Uno, digamos, que estaba a la misma altura del otro: o sea que este Asno
compartía la gracia de la admiración incondicional con otro Asno, en
este caso un Deutsche Asno, o sea un alemán legítimo que en realidad,
según creo, era suizo: nada menos que el conde de Keyserling. Así que al
abrir la puerta de los círculos académicos de la filosofía argentina me
encuentro con ese batido de orientalismo burocrático, radiofonía
española y un conde: esa era la trinidad sobre la cual se relizaban
Altas Especulaciones. Todo era, en realidad, lo que se dice una cosa
filosófica ¿no?, en verdad una Cosa verdaderamente filosófica.
Frecuentaban esas reuniones, además, varias señoritas muy elegantes y
una serie de caballeros educados y muy silenciosos. Tardewski dijo
entonces que no quería ser injusto. Existían en ese momento, dijo, otros
filósofos en la Argentina y por lo menos dos de ellos eran excelentes,
tipos de primer nivel. Por de pronto, dijo, estaba Mondolfo, que se
había exiliado, huyendo de Mussolini y cuya edición crítica de los
fragmentos de Heráclito había yo manejado en Cambridge, pero del que no
tenía la menor noticia de que estuviera en la Argentina. Y además, dijo,
estaba Carlos Astrada, sin duda el único verdadero filósofo que este
país ha producido en toda su historia y que en ese momento era discípulo
de Heidegger; el único en toda el área latina a quien Heidegger
consideraba verdaderamente su discípulo. Tipos de cuya existencia me
enteré muchísimo después y con los que había mantenido durante años una
correspondencia, dijo, tan infrecuente como cálida. (Entre paréntesis,
dijo, debo tener por ahí una carta muy divertida de Astrada, escrita en
la época en que ya había roto con el heideggerianismo mientras los
admiradores, súbditos y recitadores de Heidegger habían empezado a
reproducirse como conejos en la que Astrada, en esa carta, aparte de
discutir el viraje cada vez más abiertamente místico del filósofo
alemán, se reía de la moda heideggeriana y de la proliferación de
discípulos, recordando la anécdota de un filósofo argentino que luego de
hacer su peregrinación iniciática a Friburgo había fotografiado con
devoción, pero equivocándose, la casa vecina; foto de la morada falsa
que exhibía, si no con discreción al menos con respeto sobre una de las
paredes de su oficina en la Universidad con un cartelito, abajo, donde
había escrito, este filósofo argentino: Aquí habita hoy la verdad de
Ser. Lo que muestra, se divertía Astrada, la exactitud filosófica de ese
error fotográfico: porque sin duda la morada del ser queda al lado de la
casa de Heidegger, de allí que los muros no le dejen ver al pobre Martín
otra cosa que la oscura esencia indecible del lenguaje, me decía Astrada
en esa carta, dijo Tardewski cerrando el imaginario paréntesis que había
abierto al iniciar la digresión) Bien, dijo, comencé entonces yo, joven
polaco, estudiante de Cambridge, discípulo (quizás, sospechaban acá,
fraudulento) de Wittgenstein, a frecuentar ese círculo de pensadores que
desarrollaban sus actividades en las instituciones académicas oficiales
y difundían su saber en publicaciones melancólicas. Yo, el polaco, me
sentía un poco desorientado, un poco perdido y desanimado. Sin embargo,
Tardewski dijo que había sido capaz, otra vez en su vida, de tomar la
dirección que le indicaban los ideales más profundos y más puros de su
juventud. Yo hablaba con esas eminencias argentinas y de a poco comencé
a insinuar, con cierta tímida reserva en francés, a insinuar que Ortega
y Gasset, ese dúo, me parecía, dicho con todo respeto, les dijo, dice
Tardewski, el ejemplo más pleno de la identidad de los contrarios
planteada por Hegel como una de las leyes de su lógica, si bien en este
caso la identidad primaba de un modo absoluto, y los contrarios eran
totalmente especulares, porque este filósofo español, a pesar de la
duplicación ilusoria que insinuaba su apellido, no deja de ser, les
decía yo, con timidez, en mi suave francés, no deja de ser Uno, esto es,
les dije: un asno. A ellos esto les pareció un exceso, fruto de los
excesos de la juventud y de la desdichada situación por la que
atravesaba mi tierra natal, arrasada por una conjunción donde se
entreveraban la filosofía alemana, los blindados nazis y los voluntarios
españoles de la Legión Azul. Confiaban en el paso del tiempo que todo lo
aplaca y todo lo sosiega, y en mi lenta pero paulatina asimilación a las
tradiciones culturales argentinas, para que yo terminara, como quien
dice, por amaestrarme. Fue por ese entonces, prosiguió Tardewski, que
debí, como San Antonio, sortear otra de las tentaciones que me
presentaba la vida para llevarme al éxito. Porque ellos insinuaron que
bastaba con que yo aprendiera a respetar un poco más a sus maestros y
fuera un poco menos irreverente con las autoridades (filosóficas) y
consiguiera cualquier papel que acreditara mis relaciones y mis estudios
con Wittgenstein, para lograr lo que cualquier joven filósofo no debe
nunca dejar de ambicionar como culminación de sus reflexiones
metafísicas, esto es, una cátedra universitaria. Tentación.
Ofrecimiento. Dicho en francés: la securité académique. En ese momento,
a los 29 años, yo era bastante ignorante, ahora lo sé, pero igual sabía
más filosofía que todos ellos juntos, y se los demostraba, incluso sin
querer, con una pedantería al principio involuntaria. Por otro lado yo
brillaba como un sol y mi brillo consistía en el hecho, natural para mí,
de pasar, en las conversaciones filosóficas o no del griego al alemán,
de allí otra vez al francés, al alemán, al griego, al inglés, al latín y
otra vez al francés, cosa que en este país, como diría el Profesor
Maggi, impresiona al más pintao. Así que de haber sido un poco más
respetuoso, sofrenado en los excesos de mi juventud y aprovechando los
seis meses a los que la generosidad del cónsul polaco había extendido mi
beca para perfeccionar aceleradamente mi castellano, cosa de poder
afrontar al alumnado, podría haberme dejado tentar. Es lo que hizo
Mondolfo, con infinitos mayores méritos que yo en ese momento, pero a la
vez sin ninguna perversa vocación por ver en el fracaso la verdadera
realización de la vida de un filósofo. Podría haber aceptado, ser
gentil, dejarme tentar. En ese caso hoy sería, hoy podría ser yo,
Vladimir Tardewski, digamos un profesor full time (en caso, dijo, de
haber sabido encerrarse en los recintos cristalinos de la pura exégesis
filosófica, sin salir para nada de allí a ver qué pasaba en el mundo) en
filosofía moderna o contemporánea o antigua o medieval o cualquier otra
desdichada mierda por el estilo, en lugar de estar aquí, en Concordia,
Entre Ríos, dedicado a preparar jóvenes estudiantes secundarios a
sortear con éxito sus exámenes de marzo en la asignatura Lógica de
quinto. En lugar de estar aquí, quiero decir, dijo Tardewski, convertido
en una versión paródica (para usar un término que a usted le gusta) de
los privatydozent, de tradición tan prestigiosa en la historia de la
filosofía europea desde Kant. Pero rechacé, como usted se imagina, esa
tentación: en lugar de ser respetuoso me fui arrastrando cada vez más
hacia la franqueza, delito imperdonable entre académicos. Empecé a
expresar cada vez con mayor claridad lo que realmente pensaba. Yo, el
polaco, bien tratado por esos caballeros, me dejé arrastrar por la cruda
expresión de mis propios pensamientos. Entonces, contó Tardewski, en una
selecta reunión de selectos pensadores y gente de cultura en cuyas manos
estaba, como quien dice, mi porvenir, empecé a discutir con uno de estos
maestros del pensamiento argentino, cuyo nombre ahora no quiero
recordar. Me puse a discutir, contó Tardewski, siempre en francés, pero
con unas copas encima. O mejor dicho, no a discutir sino a insultar a
todos los imbéciles que podían pretender o insinuar o llegar siquiera a
vislumbrar la remota posibilidad que un idiota de la calidad del soi–disant
conde de Keyserling pudiera ser considerado por alguien que se
encontrara en su sano juicio; alguien, cualquier persona sensata, no ya
un filósofo cuya profesión se supone que es pensar, tener ideas,
alguien, cualquier persona sensata que a usted se le ocurra, sólo con
leer dos páginas de ese malhadado conde West-West que intenta habitar el
castillo de la filosofía; incluso diré más, dije en aquella selecta
reunión, sólo con verle la cara o apenas una fotografía, ese hombre se
daría cuenta instantáneamente que quien considera a ese conde un
filósofo o un individuo con ideas, no era, ese alguien que así lo
considerara, otra cosa, les dije, que un imbécile. General
consternación, estupor general. Todo el mundo me miró estupefacto.
¿Discípulo de quién? preguntó uno sentado en una sillita. De
Wittgenstein, le susurró otro sentado en otra sillita. Mon vieux, oh la,
la... dijo el otro. Tal vez creían que me había vuelto loco. En fin, mi
frase o párrafo antes citado causó general consternación entre los
presentes. Todos entonces se escandalizaron cuando yo dije que este
conde de Montecristo de la philosophie (a quien, me enteré después en la
embajada polaca, había invitado repetidas veces a visitar la Argentina
como Huésped de Honor, huésped distinguido; a quien incluso una vez el
presidente de la república ¿Ortiz sería? pongamos Ortiz, había ido a
esperar a la Dársena Norte con escolta y banda como si hubiera llegado
el mismísimo Tales de Mileto. Porque por otro lado este conde no sólo
visitaba el país, era agasajado y homenajeado y mimado, sino que además,
con un leve vistazo de sus ojos de conde, comenzaba de inmediato, no
bien había desembarcado, apenas terminaba de estrechar la diestra
presidencial de Roberto M. Ortiz, ahí mismo, este conde, en la Dársena
Norte, luego de echar una rápida ojeada, comenzaba a disparar una
presurosa, pero a la vez lenta y meditada, radiografía metafísica del
Ser argentino, y explicación que era apuntada de inmediato en cuadernos
y libretas llevadas al efecto por los atentos pensadores que integraban
el comité de recepción quienes, unos meses después, según me contaron,
mimaban, parafraseaban y comentaban las reflexiones del conde y
elaboraban así, con esta invalorable ayuda externa, una interpretación
filosófica nacional, una propia, quiero decir, dijo Tardewski, hecha
aquí, interpretación metafísica de la Argentina y de su Ser Nacional que
incluía a la pampa como Ahí–del–Dasein y al gaucho como representante
en–sí del argentino invisible, esto es, el rústico pampeano como una
especie de versión ecuestre del noúmeno kantiano, dijo Tardewski
cerrando el paréntesis abierto tiempo atrás) cuando yo dije que el conde
de Keyserling, ese conde, era un muñeco parlante que ni siquiera podía
sentarse sobre las rodillas de su ventrílocuo, ellos, entonces, los
presentes en esa reunión, se sobresaltaron y me miraron con cierto
desdén; con una educada suficiencia desdeñosa fui mirado desde ese
momento por los círculos filosóficos argentinos. Me miraron como a un
polaquito malsonante, disonante, malsano, insano, insalubre, enfermizo,
enclenque, achacoso, maltrecho, estropeado, resentido, dañino, dañoso,
nocivo, perjudicial, pernicioso, ruin, bellaco, fastidioso, deslucido,
penoso, desagradable, fracasado. Así me miraron ellos, así me vieron:
como lo que yo realmente era, dijo Tardewski. De modo, dijo, que salí de
ese Salón habiendo roto para siempre con esa zona o comarca de la
inteligencia argentina que hubiera podido asegurarme un ingreso decoroso
en el decorativo mundo universitario nacional. Entonces ¿qué hacer? dijo
Tardewski. Mi posibilidad de triunfar en los círculos académicos
argentinos estaba cerrada; kaputt. Pero sin embargo me quedaba todavía
una oportunidad, la última en realidad, de aferrarme a la posibilidad
del éxito. Y para lograr en este punto el fracaso, dijo, debieron
encadenarse, una vez más en su vida, ciertos hechos. Pero ¿qué hora es?
me dice Tardewski. Las dos y media, le digo. ¿Tiene sueño? me dice. No,
le digo, para nada. Su tío, me dijo Tardewski, debe estar por llegar.
Sí, le digo, debe estar por llegar. Siga, le dije, y ¿entonces?
Entonces, siguió contando Tardewski, caminaba yo por Buenos Aires, en
esos meses del verano de 1940, solo, desterrado, conociendo unas pocas
palabras de castellano y por lo tanto sin ninguna posibilidad de hablar
con nadie. Y a medida que la guerra se desarrollaba en Europa, a medida
que las tropas nazis iban arrasando la cultura europea, yo mismo iba
siendo arrasado, como si fuera su representante. Vivía entre ruinas,
entre los restos de mí mismo; y entonces me aferré a lo que era mi
última oportunidad. Me aferré a eso que, justamente, me había llevado a
donde estaba: en aquel verano de 1940, yo caminaba por la calle Tres
Sargentos y meditaba sobre Hitler y la devastación de la cultura
europea, aunque en realidad lo que hacía era meditar sobre Hitler y
Kafka. Porque dos años antes, dijo Tardewski, él había hecho un
descubrimiento que podía ser considerado, con toda objetividad, un
descubrimiento extraordinario. Me aferraba a ese descubrimiento: lo
esperaba todo de él, porque, dijo, no había llegado aún a convencerme de
que debía esperarlo todo del fracaso. Yo caminaba por la ciudad y
pensaba en mi descubrimiento, dijo. Se daba cuenta con claridad que allí
podía estar la oportunidad de hacerse un renombre que le permitiera,
dijo, vengarme y demostrar mis condiciones a los despreciativos
integrantes de los círculos académicos argentinos. Porque quiero que
sepa, me dijo Tardewski, que el orgullo intelectual, la esperanza de
poder probar lo que uno realmente vale (o cree que vale) es lo más
difícil de abandonar. El orgullo intelectual, sepa usted, es lo último
que se pierde, aunque uno se haya convertido en una escoria. No pensaba
en eso sólo por ese motivo sino porque además algunos resultados de ese
descubrimiento eran el único material de lectura y de reflexión que yo
tenía en esos meses de verano de 1940 en Buenos Aires. Tenía un ejemplar
de la primera edición de las Obras Completas de Kafka en seis volúmenes
y un cuaderno con notas y apuntes personales: eso era lo único que yo
había logrado salvar de mi naufragio europeo. En realidad, dijo, esas
notas y los libros de Kafka se habían salvado del desastre porque eran
todo lo que él se había llevado para trabajar en Varsovia durante las
vacaciones cuando lo sorprendió la guerra. Se trataba, dijo, de los
primeros resultados de ese extraordinario descubrimiento que había
hecho, por casualidad, en la biblioteca del British Museum, una tarde de
1938. Realizado ese hallazgo comencé una especie de febril actividad que
me hizo descuidar, en más de un sentido, mi tesis y mis estudios. Yo no
sabía que ese descubrimiento había comenzado a socavar, como enseguida
le explicaré, mis convicciones filosóficas; sencillamente pensaba que,
por azar, había encontrado algo excepcional y que, como quien dice, no
tenía que perdérmelo. Mi tesis se podía postergar un par de semanas.
Fueron más de un par de semanas: ese descubrimiento me trajo aquí, donde
ahora estoy. 1938: eran años duros, usted no había nacido pero se lo
puede imaginar. Munich. Los Sudetes. La expansión alemana. En medio de
esa situación yo buscaba datos sobre Kafka, ciertos datos sobre Kafka.
Conocía bien sus textos. En 1936, como complemento a su curso sobre
lenguaje natural y lenguaje formal, Wittgenstein había invitado al
crítico checo Oskar Vazick a dar un seminario sobre Kafka en Cambridge.
El uso conciso y casi artificial del alemán que hacía Kafka interesaba
especialmente a Wittgenstein, que veía ahí la confirmación de algunas de
las hipótesis que desarrollaría luego en sus Investigaciones
filosóficas. Kafka manejaba el alemán como si fuera una lengua muerta y
su condición de bilingüe, su pertenencia a la minoría de habla alemana
en medio de una población mayoritariamente eslava, su situación
desplazada y como ajena respecto al lenguaje sirvieron, al ser expuestas
y analizadas por Vazick (integrante del recién creado Círculo de Praga)
como ejemplo práctico de alguno de los problemas teóricos expuestos por
Wittgenstein. Recuerdo que al comenzar la primera de sus cuatro
conferencias Vazick dijo: Quiero hablarles de un escritor apenas
conocido y que está llamado, sin duda, a ocupar, junto con Proust y
Joyce, la trilogía decisiva de la literatura del siglo XX. Todos
nosotros, dijo Tardewski, conocíamos a Proust y a Joyce pero ¿Kafka?
¿Quién era ese tipo de nombre tan cacofónico? Para ese entonces se
habían publicado ya los tres primeros tomos de sus Obras Completas y la
mayoría de los estudiantes que cursamos ese seminario nos lanzamos, por
supuesto, a la lectura del autor de La metamorfosis. Todavía hoy, dijo
Tardewski, recuerdo la impresión que me produjo y no creo que jamás otro
escritor me haya producido o me vaya a producir el mismo efecto. O al
menos eso espero. No era entonces un mejor conocimiento de los textos de
Kafka lo que yo buscaba en esos días de fines de 1938 y comienzos de
1939 sino otra cosa. Ciertos datos de su vida que sirvieran para
documentar y asegurar un descubrimiento de cuya verdad yo no tenía
dudas. Necesitaba eso que los universitarios llamamos mayor seguridad en
las pruebas documentales. Necesitaba en realidad confirmar algunos datos
sobre la vida de Kafka. Pensaba entrevistar a Oskar Braum, a Janouch, y
por supuesto, si era posible, a Max Brod. Decidí dirigirme, antes que
nada, a Praga, pero la invasión alemana borró toda posibilidad. Durante
un tiempo pensé que no encontraría modo de atestiguar lo que necesitaba
por medio de alguien que hubiera frecuentado a Kafka en los años 1909 y
1910. Me llegaron entonces ciertos rumores de que Oskar Braum se había
trasladado de Praga a Varsovia y que residía ahí. Por eso decidí pasar
mis vacaciones de verano en Varsovia, año 1939. El choque de Kafka y las
tropas nazis se cruzó otra vez en mi vida. A los diez días de estar en
Polonia, y sin que yo hubiera podido localizar a Oskar Braum (que por lo
demás era ciego) estalló la guerra. De modo que por ese motivo el único
material, digamos intelectual, que traía en mi valija al desembarcar en
Buenos Aires eran algunos apuntes, resultado parcial de mis
investigaciones, y los seis tomos de las Obras de Kafka. Ese era todo el
bagaje al que podía recurrir para salvarme cuando rompí con los círculos
filosóficos de Buenos Aires. Vagaba entonces por la ciudad y me
encerraba en mi pieza del Hotel Tres Sargentos a trabajar en lo que yo
consideraba (y tenía razón como usted verá) un gran descubrimiento. En
esos meses del verano de 1940, mientras Hitler arrasaba Europa, me
decidí a escribir un artículo con la intención de asegurarme la
propiedad de esa idea que yo tenía sobre las relaciones entre el nazismo
y la obra de Franz Kafka. Lo redacté en inglés y lo hice traducir en una
casa de la calle Talcahuano por una chica, me acuerdo, que no sabía ni
polaco ni inglés, pero que conocía tan bien el español que hizo, creo,
una excelente traducción. El consejero cultural de la embajada polaca
consiguió hacerlo publicar en La Prensa el domingo 21 de febrero de
1940. Polonia significaba en ese momento el símbolo mismo del holocausto
provocado por los nazis y eso ayudó a que se publicara un ensayo que,
dicho sea de paso, pasó totalmente inadvertido.
Mientras trabajaba en el artículo no me sentí del todo mal, pero después
que lo entregué empecé a comprender mi verdadera situación y el vacío
que me rodeaba. La noche que se publicó, quiero decir la víspera, yo me
sentía tan desesperado que decidí esperar la madrugada para comprar el
diario en cuanto apareciera. Hacía mucho calor esa noche y yo anduve
paseando por la ciudad y terminé sentado en un bar de la Avenida de Mayo
esperando que llegara el diario.[EN
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ARTIFICIAL]

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