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NOTAS EN ESTA
SECCION
Entrevista por Ivana Costa, 11/06 |
Respiración
artificial, primera parte
NOTA RELACIONADA
Entrevista a Rodolfo Walsh, 1973
| "Respeto mucho la palabra militancia",
entrevista 2011
ENLACE RELACIONADO
Bibliografía de y sobre Piglia
LECTURA RECOMENDADA
Entrevista
por Raquel Garzón, 25/01/08
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Entrevista
a Ricardo Piglia
La ilusión de la escritura perpetua
Por Ivana Costa
El primer libro de cuentos de Ricardo Piglia, La invasión, se reedita
ahora con nuevos -es decir: viejos, desconocidos- relatos. Todos
reescritos en mayor o menor medida. En el prólogo de la nueva edición,
Piglia da detalles de las modificaciones y de cinco cuentos agregados.
Dos del todo inéditos -"El joyero" (1969) y "Un pez en el hielo"
(1970)-; otros tres, escritos entre 1963 y 1968 y publicados en diversas
revistas por aquellos años: "En noviembre", "El pianista" y
"Desagravio", que aquí se reproduce. Piglia no da la noticia con la
euforia de la novedad sino como tenaz apología de lo perpetuo: "No me
parece que un escritor sea mejor a medida que avanza. Pensamos que
escribimos distinto y siempre escribimos del mismo modo, con los mismos
errores y los mismos -escasos y sorpresivos- aciertos". Un escritor, ha
de creer Piglia, siempre es el mismo escritor, aunque él ya no sea la
misma persona (pasaron 40 años) ni los cuentos sean ya los mismos. El
argumento sirve, una vez más, para defenderse del arrebato necio de la
novedad: "Reescribir viejas historias tratando de que sigan iguales a lo
que fueron es una benévola utopía literaria, más benévola en todo caso
que la esperanza de inventar siempre algo nuevo".
-Antes de publicar "La invasión" fue uno de los premiados en el concurso
de cuentos de El escarabajo de oro. Tenía 23 años. Entre sus proyectos
anotaba tres: un ensayo sobre Martínez Estrada, un volumen de cuentos
("Un país detrás del terraplén") y un drama sobre la muerte de Urquiza.
¿Cómo recuerda sus vínculos con la literatura, la ficción, antes de la
aparición de "La invasión"?
-Ya veo que tenía demasiados proyectos. En eso no he cambiado mucho. La
obra sobre Urquiza se convirtió en el cuento "Las actas del juicio". El
ensayo sobre Martínez Estrada era sobre sus relatos que son excelentes.
Al final escribí sobre Martha Riquelme, que aprovecho para decir que es
uno de los mejores cuentos que he leído. En cuanto a los relatos que
anunciaba con ese título de guía turística, son los de La invasión. En
aquel tiempo para mí la ficción eran Hemingway y Arlt (igual que ahora,
en realidad). Los cuentos de Hemingway y las novelas de Arlt.
-¿Tenía un interés singular por el teatro? (Algo de la respiración del
monólogo sobrevive en estos cuentos.)
-Bueno, el monólogo dramático, la situación y el tono del que narra la
historia, me interesaba mucho en aquel tiempo. Varios cuentos de este
libro fueron llevados al teatro. Me acuerdo de la versión que hizo
Héctor Alterio de "Mi amigo", en 1963 en el Nuevo teatro de Asquini y
Boero. Hubo un par de versiones del cuento "Una luz que se iba". Varias
veces tuve proyectos para el teatro pero por suerte nunca llegaron a
nada. En una época trabajé en un obra sobre los últimos días de Alberdi
con Alberto Ure. La obra pasaba en París, donde como sabemos Alberdi
murió loco, y enseguida a Ure se le ocurrió que tenía que aparecer Freud
que andaba por ahí en esa época y al que convocábamos para que
hipnotizara al prócer.
-Su cuento favorito es "Las actas del juicio" (sobre el asesinato de
Urquiza). Usted estudió historia en La Plata y la historia aparece una y
otra vez en sus libros. ¿Cómo concibe los vínculos entre historia y
literatura?
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-Creo que lo
más interesante para mí fue la experiencia de trabajar en el archivo.
Estudié con Enrique Barba, que fue un gran maestro, y que nos llevaba
siempre al archivo de la provincia de Buenos Aires que estaba en los
sótanos del viejo edificio del correo, en La Plata. Los historiadores
son el modelo más extraordinario de lector que uno puede imaginar. Pasan
días y días leyendo documentos ciegos hasta que encuentran una luz que
titila en medio de la oscuridad y con ese destello empiezan a iluminar
una época. Barba se pasó la vida en el archivo reconstruyendo tres años
de historia argentina. Se preguntó cómo había llegado Rosas al poder y
toda su obra es una respuesta a esa pregunta. Era muy sarcástico y muy
erudito Barba, un gran profesor. Decía que todo libro que no tuviera, en
cada página, cinco notas al pie era una novela. Y esa me parece una de
las mejores definiciones de novela que conozco.
-Hay escritores que ven sus trabajos de su juventud como si fueran de
otro; otros no ven sino la continuidad. ¿Cómo ha sido su experiencia de
corregir cuentos escritos 40 años atrás?
-Escribía muy bien en aquel tiempo, mucho mejor que ahora. No intenté
corregir los cuentos, si no más bien llevarlos al estado implícito en el
que estaban cuando los escribí, dejando de lado algunos desvíos que
interrumpían el tono y la fluidez de la historia. En general fueron sólo
unos pocos ajustes, algunos cortes.
-En el último cuento menciona los diarios de Kafka y de Pavese. Ha
utilizado también el diario como una forma de la ficción. Y varias veces
habló del diario que lleva desde los 16 años. ¿Nota en ellos, como en
sus ficciones, que "siempre escribimos del mismo modo"?
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-Es difícil cambiar. Muchos confunden cambiar con envejecer. No me
parece que un escritor evolucione o mejore con el tiempo. Por mi parte,
intento que cada libro no se parezca al anterior, porque no me gusta
repetir lo que ya hice, pero no entiendo esos posibles cambios como un
progreso. En la literatura la cronología lineal no funciona, estamos más
cerca del eterno retorno. A lo mejor a Nietzsche se le ocurrió esa
teoría cuando releyó lo que había escrito hasta ese momento.
-En "Crítica y ficción" escribió que el diario personal es en cierto
modo modo un "género cómico": no se puede tomar muy en serio a quien "va
dejando miguitas para que otros le sigan el rastro". ¿Hay "miguitas" en
su diario que escapen a ese destino? ¿Cómo las reconocería un lector
dentro de muchos años?
-Lo mejor de
los diarios, me parece, es lo que está escrito como datos
circunstanciales, anotaciones sin importancia, restos de la experiencia.
Por ejemplo todos los lugares que aparecen a lo largo de los años en los
cuadernos, las descripciones del bar donde uno está cuando escribe.
También lo que dicen los amigos, frases que todos hemos olvidado, que a
menudo no se entienden bien o cambian de sentido porque no recordamos
las circunstancias en la que fueron dichas pero que siguen ahí,
enigmáticas, cargadas de emoción y como escritas en otra lengua.
-La literatura argentina parece haber estado marcada más bien por los
libros de memorias que por los diarios. ¿Leyó los maliciosos diarios de
Bioy Casares?
-Los he leído, parecen las notas cotidianas de un escritor amargado y
rencoroso que habla mal de todo el mundo. La pretensión de ser malvado
es uno de los grandes lugares comunes de la literatura, pero a Bioy se
le ve demasiado la hilacha. Uno lee La invención de Morel o Plan de
evasión y no parece que el diario haya sido escrito por el mismo
escritor (porque desde luego no ha sido escrito por el mismo escritor).
Pero hay algunos diarios lindísimos en la literatura argentina. Los
cuadernos de Mastronardi por ejemplo, o los Diarios de Enrique Wernicke
que son muy buenos y que lamentablemente no se han publicado todavía.
Claro que todos recordamos que uno de los diarios que se escribió en la
Argentina fue el de Gombrowicz, y con eso nos alcanza y nos sobra.
-En estos cuentos están presentes sus vínculos con escritores más realistas: Hemingway, Scott Fitzgerald, Pavese. Algunos de sus textos, como "Plata quemada", parecen la continuidad lógica de estos relatos. Sin embargo, "La ciudad ausente" quiebra con todo lo anterior, por sus relaciones con la fantasía y la ciencia ficción. ¿Algunos de sus relatos -o lecturas- anticipan "La ciudad ausente"?
Witold Gombrowicz
y Ricardo Piglia
Por
Juan Carlos Gómez |
-No, no creo. Esa novela para mí está ligada a la experiencia de la
ciudad como una red de relatos que se entreveran y circulan. En cuanto a
Plata quemada, la primera versión fue escrita inmediatamente después de
los relatos de La invasión. En alguno de estos cuentos me parece que ya
está el mundo y el tono de esa novela.
-Lo que está escribiendo ahora, ¿en qué dirección va?
-Hacia la ruina, seguro. Hace tiempo que doy vueltas con una novela
sobre una fábrica, en la época de la guerra de las Malvinas. Renzi, un
personaje que aparece en alguno de estos cuentos, es el que narra la
historia.
-Durante años se dedicó a la reflexión sobre la literatura pero prefirió
publicar las entrevistas que le hicieron y el ensayo como género se
demoró hasta "Formas breves" y "El último lector". ¿Por qué esa demora?
-Hay demasiados libros de crítica, demasiados papers, demasiadas
monografías y tesis. Busqué otras formas de intervención, al sesgo de la
línea central y de la producción académica. Lo mejor que escribí sobre
literatura argentina fueron las notas que publiqué en Fierro, la revista
de historietas que dirigía Juan Sasturain a principio de los 80, la
serie de "La Argentina en pedazos". Ese ha sido mi mayor aporte a la
crítica literaria, me parece.
-¿Lee ensayo o filosofía?
-Sí, claro, pero los leo siempre en relación con algún tema en el que
estoy trabajando. Ahora estoy dando un seminario sobre poéticas de la
novela y he estado leyendo ensayos de Lukács, de Forster, de Moretti, de
Lubbock. Me gustan mucho algunos de esos textos. Teoría de la novela, de
Lukács, me parece un libro excepcional (sabemos que algunas ideas de
Heidegger vienen de ahí). En relación con Lukács volví a leer, en estos
días, El concepto de ironía de Kierkegaard.
-¿Qué tipo de cosas busca en la filosofía? ¿Cuál es la "luz que titila"
en esos libros?
-Bueno, la inteligencia, es decir la capacidad de formular claramente lo
que todos habíamos intentado pensar pero sin darnos cuenta y en la
oscuridad. La luz que titila es la de los pensamientos todavía no
pensados. Además por supuesto uno busca cuestiones específicas. Por
ejemplo en estos libros, y también en El nacimiento de la tragedia de
Nietzsche, la prehistoria de la novela, la figura de Sócrates visto como
el primer héroe no-trágico, el que pone en crisis la tradición de la
tragedia. El héroe problemático, como lo llama Lukacs, el hombre irónico
opuesto al hombre trágico, que funda la genealogía de la novela. Porque
el héroe de la novela es siempre un intelectual, o alguien que, sin ser
un intelectual, actúa como tal (se llama Ahab o Erdosain o Herzog) y
persigue una obsesión y trata de darle un sentido a la experiencia.
-En estos cuentos, sobre todo en los que fueron agregados, aparece Mar
del Plata, ciudad donde vivió. Se la nombraba también en esa suerte de
autobiografía de ficción que aparecía en "Prisión perpetua". ¿Qué
lugares de Mar del Plata aparecen en sus recuerdos? ¿Suele ir?
-Sí, voy a menudo porque ahí vive mi madre y también mi hermano. Sólo
viví dos años en Mar del Plata, el 58 y el 59, después me fui a estudiar
a La Plata. Vivíamos en la esquina de España y Belgrano, lindo barrio.
Me acuerdo de los cines de Mar del Plata en aquel tiempo. Había muchos y
para que siguieran funcionando en invierno daban todos los días tres
películas distintas. La programación era tan variada que uno podía ver
toda la historia del cine si se ajustaba a los lugares y a los horarios.
A las 3 de la tarde daban Aquello que amamos de Torres Ríos en el cine
Gran Mar y a las 6 daban Las noches blancas de Visconti en el Atlantic.
Y nosotros, mis amigos y yo, viajábamos de un lado a otro de la ciudad,
siguiendo las películas. También me acuerdo de la playa. Empezabamos a
ir al mar en octubre. Pero había unos viejos anarquistas que se metían
al mar en pleno invierno, todos los días, temprano, para fortalecer el
alma supongo. Y les daba resultado porque no envejecían ni se enfermaban
y nosotros nos resfriábamos de solo verlos.
-Usted reflexionó sobre la figura del lector. ¿Cómo imaginaba la lectura
que podía hacer alguien del joven Piglia, en la primera edición de "La
invasión"? ¿Cómo imagina a su lector de hoy? ¿Alguien que se acerca por
primera vez a su obra; alguien que se leyó todo y sólo le faltaba esa
primera pieza?
-Cuando empezamos nos leíamos y nos criticábamos todo el tiempo unos a
otros, con Jorge Di Paola, con Miguel Briante, con Ferrero, con Germán
García. No hay mejor lectura que la que hacen los escritores que se leen
entre sí cuando todavía no han publicado. Y eso sigue igual ahora con
los escritores que están empezando. Uno aspira siempre a ser leído como
un escritor inédito, con esa sensación de entusiasmo y de novedad que
implica descubrir un escritor nuevo, pero por supuesto ya no es así
porque las lecturas están interferidas por todo lo que se sabe de un
autor antes de leer sus libros.
-Como cuento favorito de la historia eligió "El padre Sergio", y cuando
una editorial brasileña lo invitó a escribir un policial con un
personaje histórico de protagonista, eligió a Tolstoi. ¿Su interés es
sobre todo Tolstoi o se extiende a otros rusos?
-Volví a leer de nuevo a Tolstoi hace unos años y todavía me sigue el
entusiasmo. Parece que hubiera inventado la narración, como si la
estuviera inventando a medida que escribe. Era capaz de narrrar
cualquier cosa. Narraba el efecto de los hechos más que los hechos
mismos. Pero decir que es un gran narrador es un poco ridículo, es como
decir que Mozart era un gran músico. Me gusta mucho su ensayo ¿Qué es el
arte? Como otros grandes artistas -como Gombrowicz, como Duchamp- es uno
de los críticos más radicales del arte y de su pretensión de autonomía.
-¿Podría ampliar esta idea?
-La autonomía la defienden los que no son artistas. Habría que hacer una
historia de la literatura reconstruyendo el modo en que se ganan la vida
los escritores. Sería interesantísimo. Y el proyecto le hubiera
interesado a Tolstoi y también a Brecht y desde luego a Arlt.
-El aniversario de la muerte de Borges disparó toda clase de libros y
acontecimientos. ¿Cómo recuerda la relación de su generación con Borges?
-Muy contradictoria. Para nosotros fue el último escritor de derecha (en
la Argentina, la derecha ya no tiene escritores ni tampoco
intelectuales, sólo tiene algunos periodistas ridículos que dicen
lugares comunes), quiero decir que en esos años era muy reaccionario,
practicaba una especie de racismo darwiniano, admiraba el autoritarismo
militar y trataba de quedar siempre bien con el comisario. Le dedicó un
libro de poemas a Nixon en la época de la guerra de Vietnan (ni siquiera
le hacía falta llegar a tanto, ¿no?), pero a la vez su literatura era
otra cosa, claro, o quizá habría que decir que a partir de ahí fue capaz
de construir una literatura de extraordinaria calidad. Si el valor de un
escritor se prueba por el efecto que producen sus textos entre sus
contemporáneos, bastaría leer a Philip Dick o a Thomas Pynchon o a
Harold Bloom para ver lo que las pequeñas máquinas paranoicas de Borges
son capaces de provocar.
-En cine trabajó con Babenco ("Foolish Heart"), Spiner ("La sonámbula"),
Lipsic ("El astillero"). ¿Sobrevive algo de la escritura (la propia, la
ajena) en el cine? ¿En dónde: en las imágenes, la trama, las palabras?
-Bueno, la película de Babenco, por lo menos la primera parte que es la
que realmente me gusta, la veo ligada con mi libro Prisión perpetua y la
película de Fernando Spiner la veo como una derivación de La ciudad
ausente. No tienen nada que ver, no son versiones de esos libros, pero
para mí fue un modo de volver a escribir esas historias en otro
registro. La experiencia con El astillero fue distinta, el problema era
descubrir el centro de la trama. Me tomó meses comprender que la novela
narra la historia de Gálvez, el suicida, y no la de Larsen, ni siquiera
la de Petrus. En realidad, la historia de Gálvez es el motor de la
trama. La adaptación de una novela al cine es un ejercicio extremo de
lectura.
-¿Sigue intresado en el género policial?
-Me interesa sí, pero menos que antes. Ultimamente he descubierto una
escritora buenísima, Amanda Cross, muy literaria, muy divertida; la
protagonista de todos sus libros, la que investiga y descifra los casos,
es una profesora de literatura inglesa, Kate Fansler. Ahora estoy
leyendo su novela The James Joyce Murder.
-Enseñó en la UBA. Hoy enseña en universidades de Estados Unidos. ¿Qué
diferencias encuentra en el modo de transmitir y de ser escuchado?
-En realidad digo siempre lo mismo. Tengo dos o tres hipótesis sobre la
literatura, que ni siquiera son mías, y las he ido discutiendo con los
estudiantes a lo largo de los años. Los alumnos han sido muy generosos
conmigo, aquí y en la Argentina. Reunirse una vez por semana con un
grupo de jóvenes a discutir sobre literatura y a leer textos es un gran
privilegio, del que estoy agradecido. Empecé a enseñar en La Plata en
1963 así que se puede imaginar todo lo que aprendí.
-Cuando se enseña literatura argentina aquí, supongo, se está inserto en
tensiones, rencillas, miserias propias de la cercanía (el "pueblo chico"
del "mundo cultural"). Las discusiones son circulares; los debates,
embusteros. ¿Es así? ¿Cómo es enseñar eso mismo en el exterior?
-Bueno también se enseñan los conflictos, las rencillas, las luchas, las
guerras de poéticas. En Buenos Ares era divertido, me acuerdo que el
primer curso que di, hace como veinte años, se llamaba Las tres
vanguardias y era sobre Saer, Walsh y Puig. Analizábamos y discutíamos
lo mismo que se estaba discutiendo en ese momento, entre los escritores
y los críticos, en los bares, en la ciudad. Lo que se enseña tiene que
estar ligado a lo que pasa, aunque uno esté dando de un curso sobre
Sarmiento (o sobre todo si uno da un curso sobre Sarmiento). En
Princeton los debates tienen más que ver con tendencias teóricas, con el
tipo de crítica. Los debates literarios en el fondo son siempre debates
sobre el uso de los textos.
-Comentó que trabaja en Princeton sobre letras de tango.
-Estamos trabajando las letras de tango como si fueran un conjunto
cerrado de pequeños relatos sobre la vida de Buenos Aires entre 1917
(año de "Mi noche triste") y 1956 ("La última curda"). Como si fueran
los mitos que han sobrevivido de una civilización perdida y a partir de
los cuales hay que reconstruir la economía, las relaciones familiares,
las formas políticas, las creencias religiosas, la estructura de
sentimientos, los usos del lenguaje, los modos de vestir, las formas de
la sociabilidad, los espacios y la geografía de la ciudad. Resulta una
realidad bastante extraña. Desde luego uno comprende instantámente que
las prácticas culturales no reflejan la realidad, sino que la postulan.
Y en este caso, construyen un mundo muy intenso y muy atractivo.
Fuente: Revista Eñe, Clarín, 18/11/06
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Sobre Respiración artificial (1980):
Dentro de cuestiones literarias, hablar del mejor libro del autor
argentino es hablar de una gran obra maestra. En principio, Respiración
artificial es una revelación autóctona, nacida de la mano de un gran
escritor calificado por la crítica como posmoderno.
No obstante, dejando de lado los calificativos, esta obra nos adentra en
el serio mundo del fracaso. El fracaso entendido en todos sus sentidos,
en el plano sentimental, literario, social. El fracaso que se extiende
por querer rebasar los límites de la popularidad y la fama.
Respiración artificial es una novela sin género o por otro lado, cabe
dentro de muchos géneros. Combina la detectivesca, la filosófica, la
metaliteraria, la epistolar. Pero fuera de todo esto, la maestría del
escritor nos guía sin duda por diversos cruces discursivos, y todo con
la finalidad de responder o acercarse a la interpretación del fracaso.
Con pocos personajes y pocas páginas, la idea del fracaso, sus
consecuencias y aproximaciones nos adentran hacia un mundo demasiado
conocido pero poco explorado. Atemporal entre la historia y el cauce que
nos sitúa a los personajes, el lector no sabrá en lo que está metido
hasta la segunda parte, donde una discusión entre varios personajes va
enfilando a lo que será la mayor obra que la literatura argentina e
hispanoamericana haya dado en los últimos años. Toda la novela y su gran
legado se centran en esta segunda parte que despeja dudas y se centra,
hacia el final, en los dos grandes personajes Tardewski y Renzi, que
mediante su conversación discurren sobre la magna obra que Tardewski se
dedicó a perseguir durante la mayor parte de su vida: la fama y el éxito
literario, la cual también lo conducirá inevitablemente al estrepitoso
fracaso.
Respecto al estilo, sobrio y conciso, se puede decir que nada le afecta
o le quita. Respiración artificial es y será, dejando de lado las
revisiones exhaustivas que pueda tener, el mejor experimento literario
construido.
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Respiración
artificial - Primera parte
Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1988 Cuarta edición, 1992
A Elías y a
Rubén, que me ayudaron a conocer la verdad de la historia
Primera parte - Si yo mismo fuera el invierno sombrío
We had the experience but missed the meaning, an approach to the
meaning restores the experience. T.S.E.
I
1 ¿Hay una historia? Si hay una historia empieza hace tres años. En
abril de 1976, cuando se publica mi primer libro, él me manda una carta.
Con la carta viene una foto donde me tiene en brazos: desnudo, estoy
sonriendo, tengo tres meses y parezco una rana. A él en cambio, se lo ve
favorecido en esa fotografía: traje cruzado, sombrero de ala fina, la
sonrisa campechana: un hombre de treinta años que mira el mundo de
frente. Al fondo, borrosa y casi fuera de foco, aparece mi madre, tan
joven que al principio me costó reconocerla. La foto es de 1941; atrás
él había escrito la fecha y después, como si buscara orientarme,
transcribió las dos líneas del poema inglés que ahora sirve de epígrafe
a este relato. No hubo otra tragedia en la historia de mi familia;
ningún otro héroe digno de ser recordado. Varias versiones circulaban en
secreto, confusas, conjeturales. Casado con una mujer de fortuna, mujer
que llevaba el increíble nombre de Esperancita y de la que se decía que
era delicada del corazón y que siempre dormía con la luz encendida y que
en sus horas de melancolía rezaba en voz alta para que Dios pudiera
oírla, el hermano de mi madre había desaparecido a los seis meses de
matrimonio llevándose todo el dinero de su señora esposa para irse a
vivir con una bailarina de cabaret de sobrenombre Coca. Con perfecta
calma, sin perder su helada cortesía, Esperancita denunció el robo,
movió influencias, hasta lograr que la policía lo encontrara, unos meses
después, viviendo a todo tren y con nombre supuesto en un hotel de Río
Hondo. Me acuerdo de los recortes de diarios donde se hablaba del caso,
escondidos en un cajón más o menos secreto del ropero, el mismo en el
que mi padre guardaba Fisiología de las pasiones y mecánica sexual del
profesor T. E. Van de Velde, autor de El matrimonio perfecto, y el libro
de Engels sobre El origen de la familia, la propiedad privada y el
Estado, junto con cartas, papeles y documentos diversos, entre ellos mi
propia partida de nacimiento. Después de complicadas operaciones que
ocupaban las siestas de mi infancia yo abría el cajón y en secreto
espiaba los secretos de aquel nombre del que todos, en casa, hablaban en
voz baja. Convicto y confeso decía (me acuerdo) uno de los titulares y
siempre me emocionaba ese título, como si aludiera a acciones heroicas y
un poco desesperadas. “Convicto y confeso”: repetía y me exaltaba porque
no entendía bien el significado de las palabras y pensaba que convicto
quería decir invencible. El hermano de mi madre estuvo preso casi tres
años. A partir de entonces es poco lo que se sabe de él; en ese momento
empiezan las conjeturas, las historias imaginadas y tristes sobre su
destino y su vida extravagante; parece que ya no quiso saber nada con la
familia, no quiso ver a nadie, como si se estuviera vengando de un
agravio recibido. Una tarde, sin embargo, la Coca había venido a casa.
Orgullosa y distante vino a traer parte del dinero y la promesa de que
todo sería devuelto. Yo conozco las interpretaciones, los relatos del
encuentro, y sé que Esperancita le decía M’hija a esa mujer que casi
podía ser su madre y que Coca usaba un perfume que mi padre jamás pudo
olvidar. “Ustedes -dicen que dijo antes de irse- nunca van a saber qué
clase de hombre es Marcelo” y cuando el relato llegaba ahí, fatalmente y
casi sin darme cuenta, yo me acordaba de la histórica frase de Hipólito
Yrigoyen sobre Alvear después del golpe del ‘30, extraña asociación,
motivada, también, por el hecho de que Esperancita estaba emparentada
con el general Uriburu. A partir de ahí y durante tres años Esperancita
recibió, cada dos meses, un cheque hasta que la deuda quedó saldada. De
ese tiempo vienen mis primeros recuerdos de ella o más bien una imagen
que siempre he pensado que es mi primer recuerdo: una mujer bellísima,
frágil con una expresión de arrogancia y desgano en la cara que se
inclina hacia mí mientras mi madre me dice: “A ver, Emilio, ¿qué se le
dice a la tía Esperancita?”. Se le decía: “Gracias”, a ella más que a
ninguna otra. Emblema del remordimiento familiar, era como un objeto
raro y demasiado fino que nos hacía sentir a todos incómodos y torpes.
Me acuerdo que cada vez que ella venía mi madre sacaba la vajilla de
porcelana y usaba unos manteles almidonados que crujían como si fueran
de papel. Y ella supo venir a casa, de visita, una o dos veces por mes,
en general los domingos o los jueves, hasta que se murió. El hermano de
mi madre no llegó a enterarse de que ella había muerto. Desaparecido sin
dejar rastros, en alguna de las versiones se decía que seguía preso y en
otras que estaba viviendo en Colombia, siempre con la Coca. Lo cierto es
que él nunca supo que ella había muerto, nunca supo que cuando
Esperancita murió encontraron una carta que le estaba dirigida donde
ella confesaba que todo era mentira, que nunca había sido robada y
hablaba de la justicia y del castigo pero también del amor, cosa rara
siendo quien era. No podía menos que atraerme el aire faulkneriano de
esa historia: el joven de brillante porvenir, recién recibido de
abogado, que planta todo y desaparece; el odio de la mujer que finge un
desfalco y lo manda a la cárcel sin que él se defienda o se tome el
trabajo de aclarar el engaño. En fin, yo había escrito una novela con
esa historia, usando el tono de Las palmeras salvajes.; mejor: usando
los tonos que adquiere Faulkner traducido por Borges con lo cual, sin
querer, el relato sonaba a una versión más o menos paródica de Onetti.
Ninguno de nosotros, de los que estuvimos ahí la noche en que se
entrevió por fin, en la entristecida penumbra que siguió a la tarde del
entierro, el secreto de esa venganza cultivada durante años, ninguno de
nosotros no pudo no pensar que asistía a la más perfecta forma del amor
que un hombre puede dispensar a una mujer; pac o piadoso del que parece
difícil t prever el carácter o las consecuencias de las heridas
infligidas pero no la intención y la deseada bienaventuranza. Así
empezaba la novela y así seguía durante 200 páginas. Para evitar el
costumbrismo y el estilo oral que hacían estragos en las letras
nacionales yo (como quien dice) me había ido a la mierda. Todavía se
encuentran algunos ejemplares de la novela en las mesas de saldos de las
librerías de Corrientes y hoy lo único que me gusta de ese libro es el
título (La prolijidad de lo real.) y el efecto que produjo en el hombre
al que, sin querer, le estaba dedicado. Extraño efecto, hay que decirlo.
La novela apareció en abril. Un tiempo después me llegaba la primera
carta. Primeras rectificaciones, lecciones prácticas (decía la carta).
Nunca nadie hizo jamás buena literatura con historias familiares. Regla
de oro para los escritores debutantes: si escasea la imaginación hay que
ser fiel a los detalles. Los detalles: la turra de mi primera mujer,
boquita fruncida, se le veían las venas bajo la piel traslúcida. Pésima
señal: piel transparente, mujer vidriosa, me di cuenta demasiado tarde.
Otra cosa: ¿quién les habló de mi viaje a Colombia? Tengo mis sospechas.
En cuanto a mí: he perdido los escrúpulos en relación con mi vida, pero
supongo que deben existir otros temas más instructivos. Por ejemplo: las
invasiones inglesas; Pophan, un caballero irlandés al servicio de la
reina. Let not the land once p oud of him insult him now. El r comodoro
Pophan hechizado por la plata del Alto Perú o los paisanos despavoridos
huyendo en las chacras de Perdriel. Primera derrota de las armas de la
patria. Hay que hacer la historia de las derrotas. Nadie debe mentir en
el momento de la muerte. Todo es apócrifo, hijo mío. Me patiné toda la
plata del Alto Perú y si ella dice que no, es porque intenta despojarme
del único acto digno de mi vida. Sólo los que tienen dinero desprecian
el dinero o lo confunden con los malos sentimientos. Fueron un millón
seiscientos y monedas, pesos del año ‘42, resultado de herencias varias
y de la venta de unos campos en Bolívar (campos que yo le hice vender
con santa intención, como ella reprocha bien, aunque no fui yo quien le
hizo morir a los parientes de los que hereda). Traté de poner una boite
en Cangallo y Rodríguez Peña, pero me encontraron antes. (¿De dónde
sacan lo de Río Hondo?) Le devolví la plata y los intereses: cierto que
la Coca fue a verlos y a tu madre por poco le da un síncope. No cuentan
que ella le dijo: Me cago en tu alma, la primera vez que Esperancita le
dijo M’hija y que hubo que darle sales. Si estuve preso y si salí en los
diarios fue porque soy radical, hombre de don Amadeo Sabattini y en ese
tiempo nos querían reventar a todos porque se venían las elecciones del
‘43 que después pararon con el golpe de Rawson. (¿Tampoco te contaron
esa historia?) Estábamos desorientados los radicales, sin los ímpetus de
las épocas heroicas, cuando defendíamos a tiros el honor nacional y nos
hacíamos matar por la Causa. ¿Así que me perdona en el testamento? No
ves que es loca, siempre cagó de parada, me consta, porque alguien le
dijo que era más elegante. Antes de morir dice que yo no la robé. Así de
misteriosa es la oligarquía y esas son las hijas que engendra. Gráciles,
ilusorias, inevitablemente derrotadas. No se debe permitir que nos
cambien el pasado. Haced que el país antes orgulloso de él no lo insulte
ahora, decía Pophan. La Coca se instaló por su cuenta en el Uruguay,
departamento de Salto. A veces tengo noticias de ella y si me vine a
vivir a este lugar fue para estar cerca de esa mujer, tenerla del otro
lado del río. No se digna recibirme porque es altiva y trivial, porque
está vieja. Me levanto al alba; a esa hora todavía se ve la luz de los
farolitos, en la otra orilla. Enseño historia argentina en el Colegio
Nacional y a la noche voy a jugar al ajedrez al Club Social. Hay un
polaco que es un as; acostumbraba jugar con el príncipe Alekhine y con
James Joyce en Zurich, y uno de los anhelos de mi vida es empatarle una
partida. Cuando está borracho, canta y habla en polaco; anota sus
pensamientos en un cuaderno y se dice discípulo de Wittgenstein. Le he
dado a leer tu novela: la leyó con atención sin sospechar que ese tipo
del que se cuentan sucios sueños soy yo mismo. Prometió escribir una
reseña en El telégrafo, diario local. Ya publicó varias notas sobre
ajedrez y también algunos extractos del cuaderno donde registra sus
ideas. Su ilusión es escribir un libro enteramente hecho de citas. No
muy distinta es tu novela, escrita a partir de los relatos familiares; a
veces me parece escuchar la voz de tu madre; que hayan sabido
disfrazarla con ese estilo enfático no deja de ser, también, una muestra
de delicadeza. Las distorsiones, en todo caso, derivan de ahí. Debo
pedirte, por otro lado, la máxima discreción respecto a mi situación
actual. Discreción máxima. Tengo mis sospechas: en eso soy como todo el
mundo. De todos modos, ya te digo, actualmente no tengo vida privada.
Soy un ex abogado que enseña historia argentina a jóvenes incrédulos,
hijos de comerciantes y chacareros de la localidad. Este trabajo es
saludable: no hay como estar en contacto con la juventud para aprender a
envejecer. Hay que evitar la introspección, les recomiendo a mis jóvenes
alumnos, y les enseño lo que he denominado la mirada histó ica. Somos
una hoja que boya r en ese río y hay que saber mirar lo que viene como
si ya hubiera pasado. Jamás habrá un Proust entre los historiadores y
eso me alivia y debiera servirte de lección. Podés escribirme, por
ahora, al Club Social, Concordia, Entre Ríos. Te saluda: el Profesor
Marcelo Maggi Pophan. Educador. Radical sabattinista. Caballero irlandés
al servicio de la reina. El hombre que en vida amaba a Parnell, ¿lo
leíste? Era un hombre despectivo pero hablaba doce idiomas. Se planteó
un solo problema: ¿cómo narrar los hechos reales? PD. Por supuesto
tenemos que hablar. Hay otras versiones que tendrás que conocer. Espero
que vengas a verme. Ya casi no me muevo, he engordado demasiado. La
historia es el único lugar donde consigo aliviarme de esta pesadilla de
la que trato de despertar. Esa fue la primera carta y así empieza
verdaderamente esta historia. Casi un año después yo iba hacia él,
muerto de sueño en el vagón destartalado de un tren que seguía viaje al
Paraguay. Unos tipos que jugaban a los naipes sobre una valija de cartón
me convidaron con ginebra. Para mí era como avanzar hacia el pasado y al
final de ese viaje comprendí hasta qué punto Maggi lo había previsto
todo. Pero eso pasó después, cuando todo terminó; antes recibí la carta
y la fotografía y empezamos a escribirnos. 2 Alguien, un crítico ruso,
el crítico ruso Iuri Tinianov, afirma que la literatura evoluciona de
tío a sobrino (y no de padres a hijos). Expresión enigmática que nos ha
de servir por el momento, ya que es el mejor resumen de tu carta que
conozco. Por mi lado, ningún interés en la política. De Yrigoyen me
interesa el estilo. El barroco radical. ¿Cómo es que nadie ha
comprendido que en sus discursos nace la escritura de Macedonio
Fernández? Tampoco comparto tu pasión histórica. Después del
descubrimiento de América no ha pasado nada en estos lares que merezca
la más mínima atención. Nacimientos, necrológicas y desfiles militares:
eso es todo. La historia argentina es el monólogo alucinado,
interminable, del sargento Cabral en el momento de su muerte,
transcripto por Roberto Arlt. Ahora bien, ¿construiremos a dúo la gran
saga familiar? ¿Volveremos a contarnos toda la historia? Por el momento
te adjunto el siguiente resumen. Se decía de vos: 1. Que le habías hecho
la corte a Esperancita al enterarte que era biznieta de Enrique Ossorio
porque estabas interesado en un cofre donde se guardaban los documentos
de la familia. 2. Que en realidad eran esos papeles los que de veras te
interesaban, pero que no había una cosa sin la otra. 3. Que desde hace
años trabajás en una biografía (o algo así) de ese prócer olvidado que
fue secretario privado de Rosas y espía al servicio de Lavalle. 4. Que
te hiciste yrigoyenista en la década del treinta, a destiempo como en
todo, y que eso está oscuramente ligado a tu fuga con la Coca. 5. Que si
vivís en Concordia, pueblo de frontera, es porque te dedicas al
contrabando. Existen por supuesto otras versiones y varias se fraguaron,
para decir la verdad, mientras velaban a Esperancita, que parecía una
muñeca de porcelana, cubierta de tules y flores de azahar. Nadie la
lloraba, pobre mujer, y algunos dicen que antes de morir la escucharon
repetir dos veces: Buenos Aires, Buenos Aires, igual que a José
Hernández en el momento de expirar en los brazos de su hermano Rafael.
Como ves, le escribo a Maggi, ella no murió con tu nombre en sus labios.
El único que te nombró fue don Luciano Ossorio, el padre de la difunta,
que ya pasó los noventa años y se mueve en una silla de ruedas. Cuando
me vio entrar al velatorio cruzó el salón haciendo crepitar las llantas
de goma sobre el piso de parquet. Usted, me dijo, le escribo a Maggi, se
parece a Marcelo. Una manta escocesa le cubría las piernas y alzó su
cara de buitre para decirme: ¿Usted lo ve a Marcelo? ¿Él no le ha
preguntado por mí? ¿Entonces lo viste a don Luciano? Tullido y todo, él
es el único que vale la pena entre toda esa banda de tilingos. No sé si
le conoces la historia. En el año ‘31, en una cancha de paleta donde se
festejaba el 25 de mayo, un tipo medio borracho le metió un tiro. El
viejo estaba en el palco haciendo un discurso y el borracho dijo: Que se
calle ese mamao, y sacó el revólver que le habían dado para disparar una
salva en homenaje a la presencia del embajador inglés que había viajado
expresamente a Bolívar invitado por el viejo, que era dueño de casi todo
el partido, y le metió un tiro. Después que pasó el barullo el viejo se
puso pálido pero igual siguió hablando, teniéndose fuerte de la baranda
del palco embanderado, y nadie se hubiera dado cuenta de nada si no
fuera porque el viejo empezó a entreverar puteadas en el discurso, hasta
que de pronto se le oyó decir, muy claro por el micrófono: Me cagaron.
Me cagaron, dijo. Son los del Klan radical, dijo el viejo y se vino al
suelo. El tipo que lo había herido era un ex jockey que se ganaba la
vida corriendo cuadreras en los hipódromos clandestinos de la zona y le
dieron tantos palos que quedó medio tócate un tango y nunca se pudo
saber la verdad. Lo único que el jockey alcanzó a decir antes que
empezaran a felpearlo fue que le habían dicho que el revólver estaba
cargado con balas de fogueo. Al viejo el tiro le entró por un costado y
le rozó la columna y lo dejó inválido para toda la vida. Y pensar, me
decía, que lo único que realmente me interesa en el mundo, aparte de la
política, es culear y andar a caballo. Al verlo uno tenía tendencia a
ser metafórico y él mismo reflexionaba metafóricamente. Estoy
paralítico, igual que este país, decía. Yo soy la Argentina, carajo,
decía el viejo cuando deliraba con la morfina que le daban para
aliviarle el dolor. Empezó a identificar la patria con su vida,
tentación que está latente en cualquiera que tenga más de 3.000
hectáreas en la pampa húmeda. Se inyectaba a toda hora y eso le daba una
rara lucidez y le fue haciendo cambiar el modo de pensar, con decirte
que al final quería regalarles la tierra a los peones. En el año 1902 se
había comprado medio partido de Bolívar a veinte pesos la hectárea en un
remate judicial amañado por la gavilla de Ataliva Roca. De vez en cuando
hablaba de eso y el remordimiento no lo dejaba dormir. Los milicos
metieron a todos los gringos en un tren carguero, contaba, y los
mandaron al infierno, por el lado de las salinas de Carhué. ¿Qué se
habrá hecho de toda esa pobre gente?, decía el viejo, que en el fondo
había empezado a pensar que el tiro en la columna se lo tenía merecido.
Si sabré yo lo bárbaro que hay que ser en este país para llegar a algo,
decía el viejo. Los hijos lo tenían recluido en un ala de la casa y le
daban toda la droga que quisiera con tal que se dejara de joder. Yo lo
quiero a ese hombre, me escribía Maggi, y si te confundió conmigo es
porque yo tenía tu edad cuando empecé a frecuentarlo. Siempre me entendí
mejor con él que con su hija Esperancita, a quien Dios tenga en la
gloria. A veces lo sacaba a tomar sol, empujando la silla de ruedas, y
el viejo estaba hablando lo más tranquilo y de pronto daba vuelta la
cara, lívido, y me decía: Nunca aceptés decir un discurso arriba de un
palco aunque sea el 25 de mayo. ¿Me oís, Marcelo? Aunque sea el 25 de
mayo y esté el embajador inglés y toda la parentela, vos no aceptés
porque es ahí donde los tipos aprovechan para meterte un tiro en la
columna vertebral. En realidad, yo empecé a visitarlo por encargo del
partido durante la segunda abstención: sabíamos que estaba cambiando y
queríamos ver si nos ponía la firma en un documento contra el fraude,
porque el viejo había estado entre los fundadores de la Unión
Conservadora en la época de la ruptura entre Roca y Pellegrini y después
había sido Senador y tenía mucho prestigio. El viejo firmó lo más
pancho, y eso que era primo hermano del general Uriburu. Pero con estos
papelitos no vamos a ningún lado, decía. Ma qué voto secreto ni qué niño
muerto. Hay que armar a la peonada. Hay que armar a la peonada, decía el
viejo, ¿no se dan cuenta? A estos calzonudos hay que correrlos a tiros.
La peonada, decía el viejo, ¿con quién está? Así fue como empecé a
visitarlo y así fue como la conocí a Esperancita. Fue el viejo, por otro
lado, el que empezó a hablarme de Enrique Ossorio, que era su abuelo, y
me dejó ver el cofre con el archivo de la familia. La lectura de esos
papeles y el romance con la hija vinieron juntos. No sé por qué lado me
pasaba la pasión en ese entonces pero ella me parecía dulce y era muy
joven. La verdad que yo al principio iba a la casa a hablar con el viejo
y él de a poco empezó a desenterrar la historia del suicida, del
traidor, del buscador de oro. Pero ésa es otra parte del cuento, que ya
te voy a contar, porque en eso, quién te dice, vas a poder ayudarme, me
escribía Maggi. Lo cierto es que trabajo en esos papeles desde hace años
y a veces pienso que don Luciano no se muere porque está esperando que
yo termine y no quiere sentirse decepcionado. Claro que para todos el
viejo está loco, pero también para todos estaba loco Enrique Ossorio e
incluso yo mismo, sin ir más lejos. ¿Así que me dedico al contrabando?
¿Por qué no? Al fin y al cabo este país le debe la independencia al
contrabando. Todos se dedican a eso por aquí, cosa de nada; pero yo,
como ya habrás de ver, contrabandeo otras ilusiones. Anoche, por
ejemplo, me quedé hasta la madrugada discutiendo con Tardewski, mi amigo
polaco, ciertas modificaciones que podrían introducirse en el juego del
ajedrez. Hay que elaborar un juego, me dice, en el que las posiciones no
permanezcan siempre igual, en el que la función de las piezas, después
de estar un rato en el mismo sitio, se modifique: entonces se volverán
más eficaces o más débiles. Con las reglas actuales, dice, me escribe
Maggi, esto no se desarrolla, esto permanece siempre idéntico a sí
mismo. Sólo tiene sentido, dice Tardewski, lo que se modifica y se
transforma. En estos debates figurados matamos los ocios de provincia;
porque en provincia, como se sabe, la vida es monótona. Un abrazo. Soy
el profesor Marcelo Maggi. 3 Empezamos a escribirnos y nos escribimos
durante meses. No tiene sentido que reproduzca todas esas cartas. Las he
vuelto a releer y no encuentro allí ninguna evidencia clara que pudiera
haberme hecho prever lo que pasó. Al principio todo era como un juego:
él acentuaba su empaque pedagógico y se divertía. Me narraba de un modo
moroso e irónico su vida provinciana, me describía con cierto detalle
sus conversaciones con Tardewski, preguntaba, sin demasiado entusiasmo,
datos sobre mi existencia y sobre mi situación, y llevaba adelante una
especie de pacífica polémica con mi tendencia a buscarle segundas
intenciones a su vida. Tus cartas me hacen gracia, me escribía,
demasiado interrogativas, como si hubiera un secreto. Hay un secreto,
pero no tiene ninguna importancia. A mis años aprendí que no necesito
esconder nada; aprendí, quiero decir, me escribía Maggi, lo que ya
sabía: que no necesito justificaciones. No te escribo, entonces, me
escribía Maggi, porque busque rescatar algo en medio de esta desolación,
te escribo porque los años me han fijado los recuerdos como un sarro y
el pasado se ha convertido para mí en un viejo tullido. Tal vez por eso
necesito un testigo, un confidente tan crédulo como vos, tan familiar,
alguien, en fin, que me escuche con atención y desde lejos. Como ves
trato de ser sincero, me escribía Maggi desde Concordia, provincia de
Entre Ríos. Por otro lado se dedicaba, cada vez con menos entusiasmo, a
desmentir o ajustar algunos de los datos que yo manejaba acerca de su
pasado. ¿De dónde sacaste esa versión sobre la Coca?, me escribió, por
ejemplo, una vez. A ella le gustaba de alma la noche, pero no tenía nada
de perversa. A lo sumo tenía esa necesaria cuota de perversión que hace
más llevadera la vida, pero no más. Era feliz como era: jamás quiso
tener un hijo, jamás se arrepintió de nada que hubiera hecho. El que no
está a la altura de su deseo, decía la Coca, ese es uno a quien el mundo
puede llamar un cobarde. En el año ‘33 la conocí porque estuve un tiempo
escondido en una boite de Rosario que regenteaba un correligionario que
había sido comisario de policía. La Coca trabajaba ahí y yo le parecía
un bicho raro; la verdad que tenía el aire involuntario de un
conspirador de Dostoievski, ella pensó que yo era un anarquista, una
especie de místico o de ácrata, y supongo que por eso se fijó en mí. Me
pasé dos meses metido en una piecita que había en los altos del cabaret,
leyendo La historia de las intervenciones federales de Sommariva y
haciendo palabras cruzadas. A la madrugada, cuando se había sacado a
todos los tipos de encima, la Coca se venía conmigo a tomar mate y yo le
hablaba de Leandro Alem. A veces incluía algunas referencias a su pasado
político, pero cada vez menos y como sin entusiasmo. Nadie puede
imaginarse lo que fue para nosotros, los radicales, el año ‘45. Para
peor yo me pasé lo mejor de la soirée en la cárcel, así que te podes
figurar. Salí en el ‘46 y el país estaba tan cambiado que yo parecía un
extravagante, una especie de dandy de la generación del ‘80 recién
desembarcado de la máquina del tiempo. Los muchachos se reunían en la
Plaza y nosotros lo escuchábamos al Chino que nos recomendaba Cavar
hondo en el surco de la esperanza argentina (siempre le gustaron las
imágenes agrarias a ese hombre). Cuando empecé a entender un poco ya
había pasado todo y estábamos metidos en otro circo con el capitán
Gandhi, la Junta Consultiva, el Tirano Prófugo y toda la parafernalia.
Era siempre elusivo y si hubiera que buscar un lugar donde pueda decirse
que quiso anticipar lo que pasó, sólo podría encontrar esta especie de
frágil estampa. Estoy convencido de que nunca nos sucede nada que no
hayamos previsto, nada para lo que no estemos preparados. Nos han tocado
malos tiempos, como a todos los hombres, y hay que aprender a vivir sin
ilusiones. El amigo de un amigo tuvo una vez un accidente: un tipo medio
loco lo atacó con una navaja y lo tuvo secuestrado en el baño de un bar
casi tres horas. Quería que le dieran un auto y pasaporte y que lo
dejaran cruzar al Brasil, de lo contrario iba a tener que matarlo (al
amigo de mi amigo). El loco temblaba como un endemoniado y le puso la
navaja en la garganta y en un momento dado lo obligó a arrodillarse y a
rezar el padrenuestro. La cosa se iba poniendo cada vez peor, cuando de
golpe al loco se le pasó el revire y soltó el arma y empezó a pedirle
disculpas a todo el mundo. Un momento de nervios lo tiene cualquiera,
decía. El amigo de mi amigo salió del baño caminando como dormido y se
apoyó en una pared y dijo: Por fin me ha sucedido algo. Por fin me ha
sucedido algo, ¿no es sensacional?, me escribía Maggi. En realidad, más
allá de esas noticias, más allá de las polémicas paródicas que
entablábamos de vez en cuando, lo que terminó por convertirse en el
centro de la correspondencia de Maggi conmigo fue su trabajo sobre
Enrique Ossorio. Estaba escribiendo desde hacía tiempo ese libro y los
problemas que se le presentaban empezaron a cruzar sus cartas. Estoy
como perdido en su memoria, me escribía, perdido en una selva donde
trato de abrirme paso para reconstruir los rastros de esa vida entre los
restos y los testimonios y las notas que proliferan, máquinas del
olvido. Sufro la clásica desventura de los historiadores, me escribía
Maggi, aunque yo no sea más que un historiador amateur. Sufro esa
clásica desventura: haber querido apoderarme de esos documentos para
descifrar en ellos la certidumbre de una vida y descubrir que son los
documentos los que se han apoderado de mí y me han impuesto sus ritmos y
su cronología y su verdad particular. Sueño con ese hombre, me escribía.
Lo veo según una litografía de época: magnánimo, desesperado, en los
ojos el brillo febril que lo llevó a la muerte. Se fue empecinando cada
vez más en una obsesión suicida que encerraba, sin embargo, toda la
verdad de su época. Se dice de él que fue un traidor: hay hombres a
quienes la historia los destina a la traición y él fue uno de ellos.
Pero lo supo siempre, me escribía Maggi, lo supo desde el principio y
hasta el final, como si hubiera comprendido que ése era su destino, su
modo de luchar por el país. De hecho, la historia de Enrique Ossorio se
fue construyendo para mí, de a poco, fragmentariamente, entreverada en
las cartas de Marcelo. Porque él nunca me dijo explícitamente: Quiero
hacerte conocer esta historia, quiero hacerte saber qué sentido tiene
para mí y lo que pienso hacer con ella. Nunca me lo dijo de un modo
directo pero me lo hizo saber, como si en un sentido ya me hubiera
nombrado su heredero, como si previera lo que iba a pasar o lo temiera.
Lo cierto es que yo fui reconstruyendo, fragmentariamente, la vida de
Enrique Ossorio. Hijo de un coronel de las guerras de la Independencia,
Ossorio es uno de los fundadores del Salón Literario. Estudia Leyes y se
doctora junto con Alberdi, Vicente F. López, Frías y Carlos Tejedor.
Mientras cursa la Universidad se interesa en la filosofía y sigue cursos
privados sobre Vico y Hegel con Pedro De Angelis. Sus condiciones eran
tan brillantes que De Angelis lo persuade para que continúe sus estudios
en París y lo recomienda personalmente en carta a su amigo Jules
Michelet. A último momento y por motivos oscuros Ossorio decide no
viajar y permanece en Buenos Aires. A fines de 1837 se hace cargo de un
puesto en la secretaría privada de Rosas y se convierte en uno de sus
hombres de confianza. A mediados de 1838 establece relaciones con el
grupo clandestino que prepara la conspiración de Maza. Desde su
despacho, Ossorio mantiene una correspondencia en clave con Félix Frías,
exiliado en Montevideo, a quien le envía informaciones secretas y
documentos. Descubierto el complot nadie sospecha de él y permanece un
tiempo cerca de Rosas hasta que, sin que su vida estuviera realmente en
peligro, decide huir y se refugia en la casa de su prima Amparo
Escalada. Vive escondido en los sótanos de la casa cerca de seis meses.
La mujer tendrá un hijo de él, que Ossorio no llegará nunca a conocer.
En 1842 cruza a Montevideo. Los exiliados recelan; lo piensan un agente
doble. Aislado y desencantado de la política, pasa al Brasil y se
instala en Rio Grande do Sul, donde convive con una esclava negra y se
dedica a escribir poemas y a contraer la sífilis. La mujer muere atacada
de malaria y Ossorio, enfermo, se embarca hacia Chile. En Santiago se
ofrece para dar clases privadas y hace imprimir en sus tarjetas
personales: Enrique Ossorio. Maître de philosophie. Su único alumno es
un sacerdote jesuita que trabaja para Rosas, a quien informa sobre la
actividad de los exiliados. Al mismo tiempo Ossorio prepara el programa
de una Enciclopedia de las Ideas Americanas en cuya redacción trata de
interesar a Sarmiento, a Alberdi, a Echeverría, a Juan María Gutiérrez.
El proyecto fracasa y Ossorio se dedica al periodismo. En 1848 se
embarca hacia California, atraído por la fiebre del oro. Deambula por
San Francisco y por los desiertos de Sacramento junto con vagabundos,
aventureros y prostitutas, mineros chilenos y alemanes. En menos de seis
meses logra amasar una fortuna y abandona California para dirigirse
primero a Boston, donde frecuenta a Nathaniel Hawthorne, que se ha
casado con una hermana de Mary Mann, la amiga de Sarmiento. Luego se
instala en Nueva York, dispuesto a dedicarse a la literatura. Pasa
noches enteras encerrado en una pieza del East River escribiendo textos
diversos (entre ellos una novela utópica); al mismo tiempo inicia una
nutrida correspondencia dirigida a Rosas, a De Angelis, a Sarmiento, a
Alberdi, a Urquiza, en la que se postula como eje de la futura unión
nacional. Ha comenzado a dar señales del delirio que lo llevará a la
locura. Una noche, alcoholizado, provoca un escándalo en un prostíbulo
de Harlem, en el que resulta muerta una mujer. Si bien no se puede
probar su responsabilidad en ese crimen, es desterrado y enviado a
Chile. Vive dos meses en Copiapó, aislado, solo, corroído por el
insomnio y la alucinación, en medio de una actividad febril,
reescribiendo sus papeles y ordenando su archivo personal. Una tarde,
luego de pasear por el puerto hasta el crepúsculo, se dirige al
cementerio; recostado sobre la tumba de una famosa actriz, fuma un
cigarro y mira caer la noche. Después se pega un tiro en la cabeza. Dos
semanas más tarde Rosas era derrotado por Urquiza en Caseros. Maggi
manejaba los documentos inéditos conservados por la familia Ossorio
durante casi cien años. Son esos papeles los que el padre de Esperancita
pone en sus manos: textos, cartas, informes y un Diario escrito por
Ossorio en Norteamérica. Tenían el cofre cerrado desde los tiempos de
Mitre, me escribe Maggi. Los papeles llegaron de Copiapó junto con el
oro que Ossorio se había levantado en California. La historia de la
familia, podríamos decir, se bifurca ahí. Por un lado está esa fortuna
con la cual (según el mismo Ossorio había calculado) era posible comprar
la libertad de cinco mil esclavos negros, como si a alguien se le fuera
a ocurrir usar esa riqueza para comprar la libertad de cinco mil
esclavos negros. Por otro lado el cofre, los papeles, los recuerdos de
la infamia. Amparo, la mujer, recibió las dos cosas al mismo tiempo.
Desolada por la noticia del suicidio se mantuvo en estado de perpetua
viudez y no volvió a casarse. Deambulaba, según dicen, por la casa como
un espectro y de vez en cuando se encerraba a solas en el sótano donde
había sido seducida y enamorada para siempre por Enrique Ossorio; se
encerraba a leer lo que él había escrito durante los años del exilio. En
realidad fue ella la que se encargó de conservar esos documentos. Porque
a ella le interesaban más las palabras del muerto que todo el oro de
California. Leía esos papeles como si fueran los rastros que permitieran
entender la desdicha de su vida y ahí, cobijado en esas letras, veía
dibujarse el cuerpo apenas recordado pero siempre deseado del suicida.
En cuanto al hijo, o sea el padre de don Luciano, se convirtió de hecho
en el heredero y lo que hizo fue invertir bien esa fortuna. Invertirla
bien y en el momento oportuno, aprovechando esa época del país en la
que, con oro en la mano y buenas relaciones, se podía comprar todo el
campo que uno quisiera soñar. Por lo que ya en 1862 el abuelo de
Esperancita aparece como uno de los estancieros más poderosos entre los
hombres que sostienen la candidatura presidencial del general Mitre. Si
hubiera sido por él los papeles de su padre debieran haber sido
quemados. Y si no lo hizo fue porque su madre lo sobrevivió para
impedirlo. De todos modos, antes de morir ese hombre hizo jurar a toda
la familia sobre el mismo cofre que nadie daría a conocer públicamente
esos documentos hasta que no hubieran transcurrido por lo menos 100
años. Y así fue, me escribía Maggi, como sobrevivieron y yo pude
recibirlos. En realidad, me escribía Maggi, trato de usar esos
materiales que son como el reverso de la historia y trato de ser fiel a
los hechos pero a la vez quisiera hacer ver el carácter ejemplar de la
vida de esa especie de Rimbaud que se alejó de las avenidas de la
historia para mejor testimoniarla. Enfrento dificultades de diverso
orden. Por de pronto está claro que no se trata para mí de escribir lo
que se llama, en sentido clásico, una Biografía. Intento más bien
mostrar el movimiento histórico que se encierra en esa vida tan
excéntrica. Por ejemplo: ¿No exaspera Ossorio una tendencia latente en
la historia de la constitución de un grupo intelectual autónomo en la
Argentina durante la época de Rosas? ¿Sus escritos no son el reverso de
la escritura de Sarmiento? Existen por lo demás varias incógnitas ¿Fue
realmente un traidor? Es decir, ¿se mantuvo siempre ligado a Rosas?
Tengo distintas hipótesis teóricas que son a la vez distintos modos de
organizar el material y ordenar la exposición. Es preciso, sobre todo,
reproducir la evolución que define la existencia de Ossorio, ese sentido
tan difícil de captar. Opuesto en apariencia al movimiento histórico.
Hay como un exceso, un resto utópico en su vida. Pero, escribía el mismo
Ossorio (me escribe Maggi), ¿qué es el exilio sino una forma de la
utopía? El desterrado es el hombre utópico por excelencia, escribía
Ossorio, me escribe Maggi, vive en la constante nostalgia del futuro.
Estoy seguro, por lo demás, que el único modo de captar ese orden que
define su destino es alterar la cronología: ir desde el delirio final
hasta el momento en que Ossorio participa, con el resto de la generación
romántica, en la fundación de los principios y de las razones de eso que
llamamos la cultura nacional. De ese modo, quizás, por medio de esa
inversión, se podrá captar qué es lo que expresan las desventuras de ese
hombre. Así, esa vida (parecía recomendarme Maggi) debe ser escrita a
partir del suicidio, y en el comienzo del libro deben estar estas
líneas, que Ossorio escribió antes de matarse. Escuche Ud.: pues con la
muerte en mí tengo experiencias. Camino odioso, peligrosísimo, el de la
soledad. Para todos mis paisanos o compatriotas: Que yo no obrase en
esta guerra sino por mi propia convicción. ¿Habremos de estar siempre
alejados de la tierra natal? Hasta los ecos de la lengua de mi madre se
apagan en mí. El exilio es como un largo insomnio. Sé que fuera de mí
nadie creerá en mí en todo e resto l del mundo. Se han de descubrir
muchas infidencias todavía. ¡Ah, v es! Ad ós, hermano. Qu ero ser
sepultado en la c udad de Bueil i i i nos Aires: éste es el mayor deseo
que le pido haga cumplir; se lo ruego por el Sol de Mayo. No se
desapasionen porque la pasión es el único vínculo que tenemos con la
verdad. Respeten mis escritos, debidamente ordenados, a los que yo aquí
nombro como sigue: mis Anales. ¿Quién va a escribir esta historia? Sea
cual sea la vergüenza que me alcance no quiero yo renunciar ni a mi
desesperación, ni a mi decencia. Me gusta y siempre me ha gustado su
antefirma y permítame que la imite: -Patria y Libertad-. Y he de
tutearte, Juan Bautista, con tu permiso, por esta vez. Tuyo. Tu
compadre, Enrique Ossorio, el que va a morir. 4 Pasé la noche casi
desvelado por culpa del calor y ahora estoy sentado de cara al fresco de
la ventana: la luz del alba titila, frágil, y enfrente se ve pasar el
río entre los sauces; el agua a veces sube, arrasa todo. La gente, acá,
aprende a vivir en las orillas de la desgracia. Los turistas llaman a
esta miseria color local. Los lugares de frontera, según parece, son
pintorescos. Tardewski dice que la naturaleza ya no existe sino en los
sueños. Sólo se hace notar, dice, la naturaleza, bajo la forma de la
catástrofe o se manifiesta en la lírica. Todo lo que nos rodea, dice, es
artificial: lleva las señas, del hombre. ¿Y qué otro paisaje merece ser
admirado? Pensaba en eso, recién, antes de empezar a escribirte.
Complicaciones diversas, difíciles de explicar por carta, me hacen creer
que por un tiempo no tendrás noticias mías. La correspondencia, en el
fondo, es un género anacrónico, una especie de herencia tardía del siglo
XVIII: los hombres que vivían en esa época todavía confiaban en la pura
verdad de las palabras escritas. ¿Y nosotros? Los tiempos han cambiado,
las palabras se pierden cada vez con mayor facilidad, uno puede verlas
flotar en el agua de la historia, hundirse, volver a aparecer,
entreveradas en los camalotes de la corriente. Ya habremos de encontrar
el modo de encontrarnos. Algunos contratiempos inesperados me han
obligado a cambiar mis planes. De todos modos me gustaría que en algún
momento pudieras venir a verme. Ya te avisaré el modo y la forma. ¿Me
harías entretanto el favor de visitarlo a don Luciano Ossorio y darle
saludos míos? No sé si podré alcanzar a escribirle. Te he dicho más de
una vez, de un modo sin duda demasiado enfático o cómico, que la
historia es la que para mí arma estas tramas. No debemos desconfiar, por
otro lado, de la resistencia de lo real o de su opacidad. La paloma que
siente la resistencia del aire, dice mi amigo Tardewski citando a Kant:
La paloma que siente la resistencia del aire piensa que podría volar
mejor en el vacío. En el telar de esas falsas ilusiones se tejen
nuestras desdichas. Te abraza. Marcelo Maggi. Hace un rato recibí tu
carta. Punto uno: por supuesto iré a verte cuando quieras. Punto dos:
¿qué significa el aviso de que por un tiempo no voy a recibir noticias
tuyas? Quiero aclararte que no tenés ninguna obligación de escribirme a
fecha fija, ninguna obligación de contestarme a vuelta de correo o cosa
parecida. No me parece que se trate de jugar una carta atrás de otra
como en el truco. No me parece que haya que confundir la correspondencia
con una deuda bancaria, si bien es cierto que en algo están ligadas: las
cartas son como letras que se reciben y se deben. Uno siempre tiene
algún remordimiento por algún amigo al que le debe una carta y no
siempre la alegría de recibirlas compensa la obligación de contestarlas.
Por otro lado, la correspondencia es un género perverso: necesita de la
distancia y de la ausencia para prosperar. Solamente en las novelas
epistolares la gente se escribe estando cerca, incluso viviendo bajo el
mismo techo se mandan cartas en lugar de conversar, obligados por la
retórica del género, al cual dicho sea de paso (al género epistolar) lo
liquidó el teléfono, volviéndolo totalmente anacrónico, habría que decir
que con Hemingway se pasó del género epistolar al género telefónico: no
porque en sus relatos se hable mucho por teléfono, sino porque las
conversaciones, aunque los personajes estén sentados frente a frente,
por ejemplo en un bar o en la cama, tienen siempre el estilo seco y
cortado de los diálogos telefónicos, ese modo de establecer la relación
entre los interlocutores que el lingüista Román Jakobson -para usar mis
conocimientos universitarios y enfrentar, de paso, la ciencia imperial
de nuestro tiempo con la anacrónica artesanía de esa disciplina
practicada por vos y que vive ya su ocaso después del esplendor que la
sostuvo durante el siglo XIX, cuando se convirtió, con Hegel, en el
sustituto laico de la religión; se cierran los guiones que enmarcan la
digresión sobre la lingüística y la historia- llama función fáctica del
lenguaje y que podría representarse, en el caso de Hemingway, más o
menos de la siguiente forma: ¿Estás bien? Sí, bien. ¿Vos? Bien, muy
bien. ¿Una cerveza? No estaría mal, una cerveza. ¿Helada? ¿Qué cosa? La
cerveza, ¿helada? Sí, helada, etc., etc. Entonces el género epistolar ha
envejecido y sin embargo te confieso que una de las ilusiones de mi vida
es escribir alguna vez una novela hecha de cartas. En realidad, ahora
que pienso, no hay novelas epistolares en la literatura argentina, claro
que eso se debe (para confirmar una de las teorías insinuadas en tu más
bien melancólica carta recién recibida) a que en la Argentina no tuvimos
siglo XVIII. De todos modos, más allá de esa ilusión de llegar a
escribir alguna vez un relato hecho de cartas, aparte de eso, algunas
noches, cuando es la humedad de Buenos Aires lo que a mí no me deja
dormir, se me da por pensar en todas las cartas que habré escrito en mi
vida, cargadas como han de estar, si pudiera leerlas juntas, de corrido,
con proyectos, ilusiones, noticias varias sobre ese otro que yo fui
durante esos años mientras las escribía. ¿Qué mejor modelo de
autobiografía se puede concebir que el conjunto de cartas que uno ha
escrito y enviado a destinatarios diversos, mujeres, parientes, viejos
amigos, en situaciones y estados de ánimo distintos? Pero de todos
modos, se podría pensar, ¿qué encontraría uno de todas esas cartas? O al
menos ¿qué podría encontrar yo? Cambios en mi letra manuscrita, antes
que nada; pero también cambios en mi estilo, la historia de ciertos
cambios en el estilo y en la manera de usar el lenguaje escrito. ¿Y qué
es en definitiva la biografía de un escritor sino la historia de las
transformaciones de su estilo? ¿Qué otra cosa, salvo esas modulaciones,
se podría encontrar en el final de ese trayecto? No creo, por ejemplo,
que se pudiera encontrar en esas cartas experiencias que valgan la pena.
Sin duda uno podría encontrar o recordar allí acontecimientos, hechos
mínimos, incluso pasiones de su vida que ha olvidado, detalles; el
relato, quizás, de esos acontecimientos escritos mientras se los vivía,
pero nada más. En el fondo, como decía bien ese amigo tuyo a quien el
loco lo agarró con una navaja, en el fondo no puede pasarnos nada
extraordinario, nada que valga la pena contar. Quiero decir, en
realidad, es cierto que nunca nos pasa nada. Todos los acontecimientos
que uno puede contar sobre sí mismo no son más que manías. Porque a lo
sumo ¿qué es lo que uno puede llegar a tener en su vida salvo dos o tres
experiencias? Dos o tres experiencias, no más (a veces, incluso, ni
eso). Ya no hay experiencia (¿la había en el siglo XIX?), sólo hay
ilusiones. Todos nos inventamos historias diversas (que en el fondo son
siempre la misma), para imaginar que nos ha pasado algo en la vida. Una
historia o una serie de historias inventadas que al final son lo único
que realmente hemos vivido. Historias que uno mismo se cuenta para
imaginarse que tiene experiencias o que en la vida nos ha sucedido algo
que tiene sentido. Pero ¿quién puede asegurar que el orden del relato es
el orden de la vida? De esas ilusiones estamos hechos, querido maestro,
como usted sabe mejor que yo. Por ejemplo, siempre me acuerdo con
nostalgia de la época en que era estudiante. Vivía solo, en una pensión,
en La Plata, solo por primera vez en mi vida; tenía 18 años y la
sensación de que las aventuras se sucedían una atrás de otra. Una detrás
de otra me sucedían las aventuras (al menos lo que yo pensaba que eran
aventuras) en aquel tiempo. No sólo con mujeres, aunque en esa época
empezó a irme muy bien (ninguna virtud particular, ningún resultado
especial de mi capacidad de seducción: en Humanidades había más o menos
38 mujeres por cada tipo, con lo cual, si uno no levantaba ahí podía
tener la seguridad de que, sin saberlo, sufría una especie particular de
lepra que sólo podían percibir las mujeres). No sólo con mujeres, ya te
digo, sino que pasaban cosas. Yo era un tipo disponible, en eso
consistía la sensación fascinante de vivir en medio de la aventura.
Podía levantarme en mitad de la noche o salir al atardecer, subir a un
tren y bajarme en cualquier lado, entrar en un pueblo desconocido, pasar
la noche en un hotel, cenar entre extraños, viajantes de comercio,
asesinos, caminar por calles vacías, sin historia, un tipo anónimo, un
extranjero que observa o se imagina las aventuras que se desencadenan a
su alrededor. Esa era para mí, en aquel tiempo, la posibilidad
fascinante de la aventura. Ahora me doy cuenta que, no bien los hijos de
mamá se van de casa, la realidad se les convierte instantáneamente en
una especie de representación figurada de lo que fue por ejemplo para
Hermann Melville dedicarse a cazar ballenas en el mar blanco. Los bares
son nuestros barcos balleneros, lo que no deja de ser a la vez cómico y
patético. Para colmo en esa época yo estaba convencido de que iba a ser
un gran escritor. Tarde o temprano, pensaba yo, me voy a convertir en un
gran escritor; pero primero, pensaba, debo tener aventuras. Y pensaba
que todo lo que me iba pasando, cualquier huevada que fuera, era un modo
de ir haciendo ese fondo de experiencias sobre el cual los grandes
escritores, suponía yo, construían sus grandes obras. En aquel tiempo, a
los 18, 19 años yo pensaba que al llegar a los 35 habría agotado ya
todas las experiencias y a la vez iba a tener una obra hecha, una obra
tan diversa y de tal calidad que me iba a poder ir cuatro o cinco meses
a París a pasarme la gran vida (ese era para mí el modelo más
espectacular del triunfo, supongo). Llegar a París a los 35 años,
saturado de experiencias y con toda una obra escrita, pasear entonces
por los bulevares, como un tipo verdaderamente canchero, y que está de
vuelta de todo, se supone que pasea por los bulevares de París. Soñaba
con eso a los 18 años y ya ves, tengo más de 30 años, escribí un libro
que cada vez me gusta menos y eso no sería nada, si no fuera porque
desde hace más de un año no puedo escribir, quiero decir, todo lo que
escribo me parece bosta. Eso me desespera bastante, te voy a ser franco:
Mi vida actual, para ponerme a tono con tu última misiva, me parece
bastante insensata cuando de golpe, casi sin querer, puedo pensarla. Voy
al diario a escribir bosta (para peor, bosta sobre literatura) y después
vengo acá y me encierro a escribir, pero al rato me sorprendo haciendo
rayitas, círculos, figuras, dibujitos que parecen el plano de mi alma, o
si no escribo cosas que al día siguiente no puedo ni siquiera tocar con
la punta de los dedos sin marearme. Hoy, como vas viendo, en lugar de
hacer eso me he sentado acá hace ya más de dos horas, a escribirte esto
que parece que no va a terminar nunca, como si ésta fuera para mí la
forma de contestar (o compensar) esa suerte de enigmática despedida que
era tu última carta. Entonces redacto estas interminables páginas para
vos, my uncle Marcel, que venís desde tan lejos, desde un lugar tan
antiguo, desde una época tan remota de mi vida que tu reaparición
(epistolar) ha sido, en estos meses, el triunfo más puro de la ficción
que yo puedo exhibir (por no decir el único). Avanzo, entonces, para
resumir, con una lentitud vertiginosa en esa especie de novela que trato
de escribir. Escucho una música y no la puedo tocar, decía, creo,
Coleman Hawkins. Escucho una música y no la puedo tocar: no conozco
mejor síntesis del estado en el que estoy. Sé bien de qué se trata,
podemos decir que en un sentido escucho, a ratos, esa música, pero
cuando empiezo a escribir, lo que sale es siempre el mismo barro crudo
en el que ningún sonido se anuncia. Ayer, cuando la cosa se había puesto
demasiado pesada, a la madrugada, bajé a la calle y me quedé un rato
mirando trabajar unos tipos de Obras Sanitarias (o de Gas del Estado)
que hacían un túnel en medio de la noche; los tipos laburaban cavando
ese túnel y yo me crucé enfrente hasta el bar Ramos y pedí una cerveza y
una ginebra doble porque esa mezcla es el recurso recomendado por
Dickens a quienes están a punto de suicidarse. No porque yo hubiera
decidido suicidarme o algo por el estilo, sino porque me gustaba esa
idea: pensar que era un suicida que camina (se desliza, mejor) por la
ciudad en la madrugada mientras unos tipos cavan un túnel en medio de la
noche, alumbrados por los focos amarillos de las lámparas; todo eso me
parecía (como cuando tenía 18 años) una aventura. ¿No era eso una
aventura? ¿Una de esas aventuras que yo había tenido, sin buscarlas,
cuando tenía 18 años? ¿A esta desesperación habían quedado reducidas mis
aventuras? Entonces entré en el bar Ramos, que a esa hora estaba casi
vacío, salvo una mesa donde unos tipos más o menos borrachos acompañaban
a unas coperas del Bajo. Se trataba de una especie de festejo o
acontecimiento privado y lo encaraban con solemnidad. Sobre todo uno de
ellos, vestido con un traje cruzado y corbata lavalliére, el pelo teñido
de un color arratonado, que de pie y en medio de una leve oscilación que
lo obligaba a sostenerse con una mano del respaldo de la silla tratando
de mantener la dignidad, levantó la copa para decir un discurso o hacer
un brindis por una de las damas presentes (la señorita Giselle) que por
lo visto esa noche festejaba su cumpleaños o algún aniversario parecido.
“Alzo la copa y brindo”, decía el curda, “por la flor que engalana esta
petit fête, la hermosa señorita Giselle, porque en ella las primaveras
de la vida que se han sucedido a través de los años, porque en ella las
primaveras se van uniendo, una tras otra, se van uniendo en ella las
primaveras” (hablaba medio en verso) “hasta convertir en un ramo de
rosas los años fragantes de su vida. Brindo por ella”, dijo el curda, “y
no por nosotros o por mí, para quienes los años son como el anuncio de
la muerte, como la espada de Temístocles que pende sobre nuestros
corazones” (dijo la espada de Temístocles ¿no es maravilloso?). Después
de lo cual todos los curdas y las damas aplaudieron y la señorita
Giselle atravesó su cuerpo vestido de raso sobre la mesa para abrazarlo
mientras le decía “Gracias, Marquitos. Gracias, mi querido, estoy tan
emocionada, sos el artista al que las chicas siempre vamos a querer”. Y
le dio un beso y todos estaban emocionados y Giselle volvió a sentarse,
pero Marquitos siguió de pie, sosteniéndose con suma dignidad del borde
de la silla para no oscilar de un modo demasiado ostentoso y entonces
empezó otra vez a decir el mismo discurso. “Quiero brindar y alzo esta
copa nuevamente”, dijo. “Quiero volver a brindar y alzo esta copa porque
yo también estoy hondamente emocionado en esta noche inolvidable”, y se
pasó el revés de la mano por los ojos, “hondamente emocionado y brindo”,
dijo Marquitos, “por las damas y los amigos aquí presentes y en
especial”, dijo, y se detuvo un instante, “en especial”. En especial
sería bueno que la terminaras; finishela con el brindis, Marcos, le dijo
uno de los tipos y Marcos se dio vuelta con suma lentitud hasta quedar
de cara a la señorita Giselle, saludó con una inclinación leve y se
sentó con mucho cuidado otra vez a la mesa, también él como un artista
incomprendido que escucha una música y no la puede tocar, mientras yo
terminaba de tomar la cerveza mezclada con ginebra siguiendo el consejo
del novelista inglés Charles Dickens y en ese momento, con los tipos que
afuera seguían cavando el túnel bajo la luz amarilla, me puse a pensar
en el cuadro de Frans Hals: Si yo mismo fuera el invierno sombrío. Y
entonces ahora tendría que seguir escribiéndote hasta la madrugada, una
carta que durara toda la noche para estar acompañado; una carta que
durara hasta la madrugada para poder salir después a la calle y ver si
Marquitos sigue en el bar Ramos brindando por la señorita Giselle a
pesar de tener sobre su corazón la amenaza de la espada terrible de
Temístocles. Te abrazo, Marcelo, y espero siempre tus noticias. Emilio.
PS. Trataré, por supuesto, de verlo a Luciano Ossorio. Te escribiré
sobre eso y sobre mi viaje a Concordia (no bien me hagas saber el modo y
la forma de encontrarte).
II
1 “Puede llamarme Senador” dijo el Senador. ‘‘O ex Senador. Puede
llamarme ex Senador”, dijo el ex Senador. “Ocupé el cargo entre 1912 y
1916 y fui elegido por la ley Sáenz Peña y en ese tiempo el cargo era
casi vitalicio, de modo que en realidad tendría que llamarme Senador”,
dijo el Senador. “Pero vista la situación actual quizás sería preferible
y no sólo preferible sino incluso más ajustado a la verdad de los hechos
y al sentido general de la historia argentina que me llame usted, ex
Senador”, dijo el ex Senador. “Porque hablando con propiedad ¿qué es un
Senador sino alguien que legisla y hace discursos? Pero ¿cuando no
legisla? Cuando no legisla se convierte automáticamente en un ex
Senador. Ahora bien, si uno mantiene de ese cargo, o mejor, de esa
función, la particularidad de hacer discursos, aunque nadie lo oiga y
nadie lo contradiga, entonces, en un sentido, uno sigue siendo un
Senador. Por lo tanto, prefiero que me llame usted Senador”, dijo el
Senador. “No vaya usted a pensar que existe en esto que le digo alguna
carga maliciosa o irónica, alguna segunda intención conectada con la
moda que en este país se inició en los años ‘20, sobre todo con Leopoldo
Lugones, con el poeta Leopoldo Lugones. Porque ¿en qué consiste esa moda
o particularidad? Consiste en desestimar a quienes hacen discursos, a
quienes utilizan el lenguaje. Consiste en construir discursos para negar
y rechazar las virtudes de aquellos elegidos para expresar con palabras
las verdades de su tiempo. Se dice entonces”, dijo el Senador, “que se
trata solamente de palabras vacías, huecas, y que el único reinado
respetable es el de los hechos. Yo estoy de acuerdo, en cierto sentido,
siempre que consideremos de qué hechos se trata. Por ejemplo: existen
millones de hombres que nunca tienen acceso a la palabra, es decir, que
no tienen la posibilidad de expresar públicamente sus ideas en un
discurso que sea oído y transcripto taquigráficamente. Por otro lado
están los que actúan, ellos están antes que las palabras, porque el
discurso de la acción es hablado con el cuerpo. El discurso de la
acción”, dijo el Senador, “es hablado con el cuerpo. Como usted ve: soy
un paralítico. Hace casi cincuenta años que estoy sentado en esta silla.
Por lo tanto, en mi caso: ¿de quién podría ser yo considerado un
representante? ¿De quién que no sea yo mismo? Y sin embargo”, dijo, “no
era del todo así. Es cierto”, dijo, “que si hago discursos es porque
estoy solo y me paseo por este cuarto, sobre esta máquina, hablando,
porque eso se ha convertido para mí en el único modo posible de pensar.
Las palabras son mi única posesión. Y diré más”, dijo el Senador, “las
palabras son mi única actividad. Por lo tanto, en resumen, no debo ser
considerado representativo, dado que tengo atrofiadas las otras
funciones que podrían ayudarme a sostener con el cuerpo mis palabras”.
“Ahora bien”, dijo después, “a Marcelo no me dejaron verlo cuando estuvo
preso. Incluso, tengo la sospecha de que él mismo se negó a verme. Me
mandó a decir que por el momento no veía razón para que lo tomaran por
un mártir. Estudio y pienso y hago gimnasia, me mandó a decir”, dijo el
Senador que le había dicho Marcelo. “Encontré a un piamontés, Cosme,
anarquista de la primera hora, que me está enseñando a cocinar la bagna
cauda. Por otro lado juego al tute con los muchachos del cuadro:
organizamos un campeonato y no me va nada mal. No tengo motivos para
tirármelas de mártir, me mandó a decir. Las mujeres escasean mucho, eso
sí, pero en compensación hay mucho intercambio intelectual. Se metió de
cabeza en la cárcel, se puede decir”, dijo el Senador. “Yo le dije”,
dijo, “hay que pasar la tormenta. Así como viene va para largo, le dije.
Los conozco bien, le dije, a éstos los conozco bien: vinieron para
quedarse. No creas una palabra de lo que dicen. Son cínicos: mienten.
Son hijos y nietos y biznietos de asesinos. Están orgullosos de
pertenecer a esa estirpe de criminales y el que les crea una sola
palabra, le dije”, dijo el Senador, “el que les crea una sola palabra,
está perdido. Pero él ¿qué hizo? Quiso ver las cosas de cerca y
enseguida lo agarraron. ¿Qué mejor lugar que mi casa para esconderse?”,
dijo el Senador. “Pero no. Salió a la calle y fue a la cárcel. Ahí se
arruinó. Salió desencantado. ¿A usted no le parece que salió
desencantado? Yo había llegado a la convicción, en esas noches, mientras
el país se venía abajo, de que era preciso aprender a resistir”. Dijo
que él no tenía nada de optimista, se trataba, más bien, dijo, de una
convicción: era preciso aprender a resistir. “¿El ha resistido?”, dijo
el Senador. “¿Usted cree que él ha resistido? Yo sí”, dijo. “Yo he
resistido. Aquí me tiene”, dijo, “reducido, casi un cadáver, pero
resistiendo. ¿No seré el último? De afuera me llegan noticias, mensajes,
pero a veces pienso: ¿no me habré quedado totalmente solo? Aquí no
pueden entrar. Primero porque yo apenas duermo y los oiría llegar.
Segundo porque he inventado un sistema de vigilancia sobre el cual no
puedo entrar en detalles”. Recibía, dijo, mensajes, cartas, telegramas.
“Recibo mensajes. Cartas cifradas. Algunas son interceptadas. Otras
llegan: son amenazas, anónimos. Cartas escritas por Arocena para
aterrorizarme. Él, Arocena, es el único que me escribe: para amenazarme,
insultarme, reírse de mí; sus cartas cruzan, saltan mi sistema de
vigilancia. Las otras, es más difícil. Algunas son interceptadas. Estoy
al tanto”, dijo. “A pesar de todo estoy al tanto.” Cuando era Senador,
dijo, también las recibía. “¿Qué es un Senador? Alguien que recibe e
interpreta los mensajes del pueblo soberano”. No estaba seguro, ahora,
de recibirlas o de imaginarlas. “¿Las imagino, las sueño? ¿Esas cartas?
No me están dirigidas. No estoy seguro, a veces, de no ser yo mismo
quien las dicta. Sin embargo”, dijo, “están ahí, sobre ese mueble ¿las
ve? Ese manojo de cartas”, ¿las veía yo? sobre ese mueble. “No las
toque”, me dijo. “Hay alguien que intercepta esos mensajes que vienen a
mí. Un técnico”, dijo, “un hombre llamado Arocena. Francisco José
Arocena. Lee cartas igual que yo. Lee cartas que no le están dirigidas.
Trata, como yo, de descifrarlas. Trata”, dijo, “como yo de descifrar el
mensaje secreto de la historia”. Después dijo que, desde el fondo de la
fatiga que lo abrumaba, no dejaba de clamar a la Patria por esa Idea de
la cual le habían dicho siempre que no podría concebirla porque,
“hablando con propiedad”, dijo el Senador, “no era una Idea que pudiera
concebirse individualmente. Ahora bien: yo estoy solo, estoy aislado y
sin embargo intento concebirla, intento concebirla y cuando me acerco,
sé de qué se trata: es como una línea de continuidad, una especie de voz
que viene desde la Colonia y el que la escuche, ése, el que la escuche y
la descifre, podrá convertir este caos en un cristal traslúcido. Por
otro lado hay algo que he comprendido: eso, digamos: la línea de
continuidad, la razón que explica este desorden que tiene más de cien
años, ese sentido”, dijo el Senador, “ese sentido, podrá formularse en
un sola frase. No en una sola palabra porque no se trata de ninguna cosa
mágica, pero sí en una sola frase que, expresada, abriría para todos la
Verdad de este país. No puedo decirle cuántas palabras tendrá esa frase.
No puedo decirlo. No lo sé. Pero sé”, dijo el Senador, “que se trata de
una sola frase. Como si uno dijera: El movimiento infinito, el punto que
todo lo excede, el momento de reposo: infinito sin cantidad, indivisible
e infinito. No esa frase. Esa frase es sólo un ejemplo para hacerle ver
que no se necesitarán muchas palabras. ¿Se da cuenta hasta dónde me he
acercado, hasta qué punto sé de qué se trata? Pero no puedo, sin
embargo, concebirla, a la Idea, no puedo, sin embargo, concebirla,
aunque estoy para eso y es por eso que duro, por eso no me extingo y
permanezco. Pero tengo un solo temor”, dijo el Senador. “Un solo temor y
es éste.” Que en la sucesiva atrofia que le iban dejando los años, en un
momento determinado, pudiera llegar a perder el uso de la palabra. Ese,
dijo, era su temor. “Llegar a concebirla”, dijo, “y no poder
expresarla”. “¿Qué soy?”, dijo después el Senador. “¿Qué es lo que usted
está viendo al verme a mí? Está usted viendo al sobreviviente inactivo
de una vida bastante patriótica, un tullido paralítico de ambas piernas,
que está durando. Un jockey me metió un tiro el 25 de mayo de 1931 para
vengar una injusticia”, dijo el Senador. “Ahora sobrevivo y mi sueño
está tan cerca de la vigilia que apenas si se puede llamar sueños. ¿No
es todo en mí el signo de una brutal realización de la muerte? Y sin
embargo”, dijo. “Y sin embargo”. Se hamacaba en su silla de ruedas: su
cara de buitre iluminada por el brillo sedoso de la droga. “Tengo esa
misión, entre otras”, dijo. “Esa misión. ¿Ve? Sobre el mueble. ¿Por qué
debo ser yo? No necesariamente me están dirigidas. Llegan hasta mí. ¿Las
sueño? Nunca he podido distinguir el sueño de la vigilia. Están ahí, sin
embargo.” ¿Las veía yo? Que las tomara, dijo. “Esas son las que he
recibido hoy. Déjelas ahora.” Que las dejara. Ya podría leerlas. “Todos
podrán leerlas”, dijo, en el momento indicado. “Todos los lectores de la
historia podrán leerlas en el momento indicado”, dijo el Senador. “Arocena”,
dijo después. “Lo veo: encerrado como yo; encerrado entre las palabras,
entre las paredes de su oficina, alumbrado perpetuamente por los tubos
fluorescentes: leyendo.” ¿Y en cuanto a él? “¿Y en cuanto a mí?” Dijo
que el mundo se había convertido para él en un ámbito excesivamente
estrecho. “No salgo de aquí. Reduje mis dominios a esta estancia. De vez
en cuando miro por esa ventana. ¿Qué veo? Árboles. Veo árboles. ¿Los
árboles son la realidad? Marcelo era para mí la compañía que siempre
había buscado. Para mí él era el aire que me hacía vivir mientras
estuvo. Se pasaba las noches conmigo, revisando papeles y hablando del
pasado y del porvenir. Nunca del presente: del pasado y del porvenir.
Fue un matrimonio ridículo, por supuesto”, dijo el Senador.
“Probablemente no llegó a durar un mes, como matrimonio quiero decir. Ya
ve.”, dijo, “le estoy contando los secretos de la familia. ¿Y entonces
qué pasó? Él, bruscamente, se fue. Bruscamente, sin decirle nada a
nadie, sin despedirse de mí. Andaba con otra mujer ¿Y? El me decía: don
Luciano, su hija me pone melancólico. Esa mujer, me decía, refiriéndose
a mi hija Esperancita, esa mujer es toda ella un error incomprensible. Y
entonces, bruscamente, se fue”, dijo el Senador. “Y yo pienso en él”,
dijo. “Pienso en él. Nunca por ejemplo”, dijo, “pienso en mi hija”,
aunque, dijo, era el ser que más lástima le había dado en la vida. Había
pensado por qué no pensaba en ella y dijo: “Tampoco ya, desde hace años,
sueño con mi hija. Sueño con unas fogatas que prendían en la orilla,
entre los bajos de la laguna. Hacían fogatas sobre las barrancas para
que nos orientáramos en el agua, cuando yo era chico, porque si uno nada
de noche se extravía”, dijo el Senador. “Para mí el sueño”, dijo, “para
mí el sueño ha venido a ocupar el lugar de los recuerdos”. Dijo que
ahora sobrevivía sin recuerdos y sin esperar la muerte. “Sin recuerdos”,
dijo, “porque nada es ya recuerdo para mí. Nada es ya recuerdo para mí:
todo es presente, todo está aquí. Y sólo cuando sueño puedo recordar o
tener remordimientos”. En cuanto a la espera, dijo, estaba convencido
que era una falacia decir que uno espera la muerte. “Es mentira que uno
espere la muerte”, dijo. “Es mentira”. Dijo que estaba convencido, que
racionalmente eso era lo único que estábamos incapacitados para esperar.
“Es una falacia”, dijo el Senador. “Nadie la espera, nadie la puede
esperar. Incluso en mi caso. Sobre todo en mi caso”, dijo. “Porque la
muerte fluye, prolifera, se desborda a mi alrededor y yo soy un
náufrago, aislado en este islote rocoso. ¿A cuántos he visto morir yo?”,
dijo el Senador, “inmóvil, seco, tratando de conservar mi lucidez y el
uso de la palabra mientras la muerte navega a mi alrededor, ¿a cuántos
he visto morir yo?” ¿Acaso se había convertido en el qué debía dar
testimonio de la proliferación incesante de la muerte, de su desborde.?,
y si era así “¿cómo puede alguien decir que estoy esperando la muerte?”,
dijo el Senador. “Cómo puede alguien decirlo si en verdad yo soy la
muerte; soy su testigo, su memoria, soy su mejor encarnación”. En su
mirada un suave fulgor, el Senador alzó una mano: “Escuche”, dijo y se
quedó inmóvil, la cara hacia lo alto, como buscando en el aire.
“Escuche”, dijo el Senador. “¿Ve? Ni un sonido. Nada. Ni un sonido. Todo
está quieto, suspendido: en suspenso. La presencia de todos esos muertos
me agobia. ¿Ellos me escriben? ¿Los muertos? ¿Soy el que recibe el
mensaje de los muertos?” “Mi padre”, dijo después el Senador. “Mi padre,
por ejemplo, murió en un duelo”. Dos meses antes de que él naciera su
padre había muerto en un duelo. “De modo”, dijo el Senador, “que soy lo
que se llama un hijo póstumo. Pero fíjese usted que por una extraña
coincidencia también mi padre fue lo que se podría llamar un hijo
póstumo. Otro hijo póstumo. Es decir, los dos, mi padre y yo, cada cual
a su manera, los dos, hemos sido un desdichado hijo póstumo. En el caso
de él”, dijo, de su padre, “no porque mi abuelo, Enrique Ossorio,
hubiera muerto antes de nacer mi padre, sino porque se había desterrado
y mi padre nunca pudo llegar a conocerlo. Y sin embargo fue por defender
a ese hombre que no conocía, es decir, a su propio padre, que mi padre
aceptó ese duelo, o mejor dicho, lo provocó. Provocó ese duelo para
defender el honor de su padre, mi abuelo, al que nunca había visto, y
que lo había, en un sentido, abandonado, que lo había concebido en un
sótano, sobre un catre, podríamos decir que en las entrañas mismas de la
tierra, luego de seducir a su propia prima, que le había dado refugio”,
dijo el Senador. No se debía creer que con eso estaba tratando de
desacreditar a nadie. Dijo el Senador: “No trato de desacreditar a
nadie. En realidad todos los hijos deberían ser abandonados, dejados en
el portal de una iglesia, en un zaguán, en una cesta de mimbre. Todos
deberíamos ser”, dijo el Senador, ‘‘hijos póstumos o hijos expósitos,
porque eso es lo que somos en realidad. Eso es lo que somos. ¿Qué
importa el sótano donde fuimos engendrados? Marcelo, por ejemplo”, dijo
de pronto el Senador. “Marcelo, por ejemplo, es mi hijo. Entonces mi
padre murió en un duelo. Por defender la memoria de su padre, agraviada
por un escriba. Los lazos de sangre son lazos de sangre. Sobre todo
lazos. De sangre. La familia es una institución sanguinolenta; una
amputación siempre abyecta del espíritu. Marcelo, por ejemplo”, dijo el
Senador, “Marcelo, por ejemplo, es mi hijo”. “Entonces mi padre murió en
un duelo, por defender el honor de su padre”, dijo el Senador. En el
diario de los Varela, en La Tribuna, se había mancillado, dijo, la
memoria de Enrique Ossorio diciendo que había sido desde siempre y hasta
su muerte un espía al servicio de Rosas, un traidor, un loco y un
salvaje. “Se vistió de negro y fue a batirse en una quinta cerca del
río. Jamás había manejado una pistola, era mitrista, era pálido, lo
habían engendrado en un sótano. Jamás en su vida le había visto la cara
al hombre cuya cara sería la última que viera en su vida”. El padre del
Senador había dejado una nota que decía: “Son las cinco de la mañana. No
me he movido en todo el día de mi casa. Todas las noticias que tengo del
muy mandria ahijado de los señores que le sirven de padrinos en este
lance”, citó el Senador lo que había escrito su padre, “me confirman en
la certeza de que ese es para mí menos que nada, aunque estos caballeros
hablen de él como si fuera gente, dejó dicho mi padre”, dijo el Senador.
“M’hijita, le escribió a mi madre, si la desgracia es la que me está
aguaitando en el campo de honor, sé que usted sabrá criar con decencia y
en el amor a Dios, a la Patria y al general Mitre a ese hijo mío que
lleva en las entrañas, o sea yo”, dijo el Senador. “Una madrugada clara
de 1879 murió mi padre”. Una brisa helada llegaba del río, sólo se
escuchaba el rumor suave del viento entre los árboles. “Mi padre se alzó
las solapas del fraque, pero como temió que eso pudiera confundirse con
un gesto de temor se quitó la chaqueta y su camisa blanca se destacó
sobre el fondo oscuro de los algarrobos”. El lance había sido concertado
a diez pasos. “Mi padre no se santiguó porque no quiso que se viera que
le temblaban las manos. Las dos pistolas se alzaron hacia el cielo y
antes que se apagara el estampido de los disparos mi padre estaba
muerto”, dijo el Senador. “En esas épocas, en este país”, dijo, “los
gentlemen argentinos eran, sin saberlo, hegelianos. Solamente
arriesgando la vida se mantiene la libertad, el que afronta hasta el fin
el riesgo de las muerte se afirma así como Señor, como pura
autoconciencia. Se mataban, puede decirse, entre ellos porque ninguno
quería ser un Esclavo. Se mataban, entonces, entre ellos, estos señores,
para probarse que eran caballeros argentinos y hombres de honor, con lo
cual los caballeros argentinos y los hombres de honor disminuían. Lo que
visto desde mi óptica actual, y dejando de lado mi lealtad filial, me
parece, desde ya, una ventaja. De haber seguido esa costumbre quizás
hubieran ido desapareciendo, uno detrás de otro, todos los gentlemen que
han ayudado a convertir a este país en lo que ahora es. Era una especie
de genocidio señorial: cualquier altercado, cualquier palabra cruzada a
desgano se convertía de inmediato en un duelo. Había que terminar con
esa costumbre que obligaba a los señores a matarse entre ellos para
probar que eran caballeros argentinos, que sus padres, sus abuelos y sus
bisabuelos habían sido caballeros argentinos. Ahora bien, fíjese usted,
mi padre murió en ese duelo, en 1879, y fue el primer caso de crimen de
honor presentado en el país ante un jurado y en sesión pública. Ese
juicio en el que fue juzgado el hombre que había matado a mi padre en un
duelo es un acontecimiento. Un acontecimiento”, dijo el Senador. Porque
¿qué era, dijo, un acontecimiento, cuál era, dijo, en ese caso, el
acontecimiento? “No el duelo”, dijo, “sino el acontecimiento de ese
juicio”. Un acontecimiento como aquel no era, en general conservado por
los historiadores y sin embargo, dijo, quien deseara conocer la
significación de nuestro mundo moderno, el que deseara conocer qué se
había abierto en el país justamente hacia 1880 debía saber descifrar
allí el umbral mismo del cambio, de la transformación. Eso más o menos
fue lo que dijo el Senador respecto al duelo que había llevado a su
padre al sepulcro. “Por primera vez, en el juicio llevado adelante
contra el duelista que mató a mi padre, contra ese mandria asalariado de
los Varela, la justicia se separó y se independizó de una mitología
literaria y moral del honor que había servido de norma y de verdad. Por
primera vez la norma de la pasión y del honor dejan de coincidir”, dijo
el Senador, “y se instala una ética de las pasiones verdaderas. Porque
en realidad estos caballeros, estos gentlemen, estos Señores habían
descubierto que era frente a otros, con otros frente a quienes debían
probar quién era el Esclavo. Habían descubierto”, dijo el Senador, “que
tenían otro modo de probar su hombría y su caballerosidad y que podían
seguir viviendo de cara a la muerte sin tener necesidad de matarse entre
ellos, sino más bien uniéndose entre ellos para matar a quienes no se
resignaban a reconocerles su condición de Señores y de Amos. Como por
ejemplo”, dijo, “a los inmigrantes, a los gauchos y a los indios. De
modo”, concluyó el Senador, “que la muerte de mi padre en un duelo y el
juicio posterior es un acontecimiento que, en cierto sentido, está
ligado, o mejor, yo diría”, dijo el Senador, “que acompaña y permite
explicar las condiciones y los cambios que llevaron al poder al General
Julio Argentino Roca”. 2 “A veces”, dijo después, “pienso que toda esa
coherencia, todo ese rigor, sus consecuencias implacables, pienso, a
veces”, dijo el Senador, “que todo eso está en mi vida, pero no en
cualquier lugar de mi vida, en mi pasado por ejemplo, sino ici même,
como en un escenario frente a mí. Un escenario vacío donde se respira el
aire helado de las altas montañas. El aire helado, gélido”, dijo, “de
las altas montañas que, como usted verá, circula por esta sala donde
transcurre mi existencia”. Y uno de sus entretenimientos, dijo, “es
pasear con mi carrito, mi carricoche, mi berlina, de un lado a otro, de
una pared a otra, en mi silla de ruedas, por este cuarto vacío. Porque
¿en qué se ha convertido mi cuerpo sino en esta máquina de metal,
ruedas, rayos, llantas, tubos niquelados, que me transporta de un lado a
otro por esta estancia vacía? A veces, aquí donde reina el silencio, no
hay otra cosa que el suave ruido metálico que acompaña mis paseos, de un
lado a otro, de un lado a otro. El vacío es total: he logrado ya
despojarme de todo. Y sin embargo es preciso estar hecho a este aire, de
lo contrario se corre el riesgo de congelarse en él. El hielo está
cerca, la soledad es inmensa: sólo quien ha logrado, como yo, hacer de
su cuerpo un objeto metálico puede arriesgarse a convivir a estas
alturas. El frío, o mejor”, dijo el Senador, “la frialdad es, para mí,
la condición del pensamiento. Una prolongada experiencia, la voluntad de
deslizarme sobre los rayos niquelados de mi cuerpo, me ha permitido
vislumbrar el orden que legisla la gran máquina poliédrica de la
historia. Acercarme para contemplarla en la lejanía, de un modo muy
distinto a como tal vez fuera deseable, pero acercarme al fin, en
limitados momentos, acercarme, con mi cuerpo metálico, a esa fábrica de
sentido, arrastrarme hacia ella, como quien nada en el Mar de los
Sargazos. ¿Y qué veo cuando alcanzo a vislumbrarla? Vislumbro”, dijo, “a
lo lejos, en la otra orilla: la construcción. Remota, solitaria, las
altas murallas como perdidas entre la nieve, veo: la gran construcción”,
dijo el Senador. Para acercarse había sido preciso a la vez desprenderse
de todo y conservarlo todo. “Desprenderse de todo y reducirme”, dijo, “a
este agujero, a esta cueva”, pero al mismo tiempo ser lo suficientemente
sagaz como para preservar las posesiones que, desde el exterior, le
garantizaban la mayor libertad y lo resguardaban de los posibles
ataques. Había sido entonces necesario, dijo, realizar una operación
sumamente delicada, “una peligrosa operación lógica” que consistía en
conservar sus propiedades y desecharlas. Ese ejercicio lógico era, dijo,
“una representación y un resultado” de su estado general. ¿O él no había
perdido todas las funciones de su cuerpo hasta convertirse “en una
especie de vegetal metálico” para lograr así acrecentar su propiedad de
razonar “hasta el punto mismo de congelación?”. Dijo que su inteligencia
le debía todo a su enfermedad, a su parálisis. En medio de su ascetismo,
atado a su carne sedentaria, él, sin embargo, sabía que sus posesiones
exteriores daban la medida de su libertad y de su aislamiento. “¿Sería
éste el modo de alcanzar ese Ideal que no podemos concebir? La
desintegración, sin embargo”, dijo el Senador, “es una de las formas
persistentes de la verdad”. “Mi fortuna”, había estado pensando, dijo
después el Senador, “eso que podemos llamar mi fortuna, tiene para mí,
he estado pensando, la misma cualidad abstracta de la muerte. También
ella navega y fluye alrededor de esta roca inhóspita y busca
erosionarla. Encuentro ahí”, dijo el Senador, “encuentro ahí la materia
con la que está construida la memoria. Otra memoria: no esa memoria mía
que está hecha de palabras y mensajes cifrados, otra memoria que viene
siempre en mí acompañando la desolación del insomnio. Yo trato de
liberarme”, dijo. “Trato, inútilmente, de soltarme de ese lastre que
durante años me ha tenido atado a las mareas del pasado, a sus
corrientes subterráneas. Para no ahogarme en las aguas del pasado estoy
obligado a reflexionar; no ver eso que flota y se hunde, no dejar que se
me acerque. Debo hacer un esfuerzo para separarme, alejarme de aquello a
lo cual es imprescindible decir que no, una y otra vez. El rechazar, el
no dejar–que–eso–se–acerque es un gasto, en esto no me engaño, una
fuerza derrochada en finalidades negativas. Conozco lo que arriesgo,
pero no hay otra salida. No se trata del azar sino de un tejido férreo.
No me engaño. Sé que simplemente por la necesidad constante de
defenderse puede uno llegar a volverse tan débil que no pueda ya
defenderse. El pensamiento es entonces para mí, en esos casos, como el
mástil que sobresale de las aguas y al que el náufrago se aferra, no
sólo para sobrevivir, sino también para pedir ayuda, agitando sus brazos
en la inmensidad del mar, con la esperanza de que alguien pueda venir a
socorrerlo”. En casos así, en medio de la mayor desolación, había podido
llegar a comprender, dijo el Senador. “He podido comprender, por
ejemplo, que la muerte y el dinero están hechos, para mí, de la misma
sustancia corruptora. “No sólo, ha podido pensar el Senador, porque el
dinero y la muerte corrompen a los hombres, “esa analogía sería
demasiado trivial y además no comparto esta ética espuria que hace del
desinterés la marca de la espiritualidad y convierte a la pobreza en la
carne de las almas puras. No es cierto, entonces, que el dinero
corrompa; son la corrupción y la muerte las que han producido al dinero
y lo han erigido en el Rey de los hombres. Su carácter arbitrario,
ficticio, el hecho de ser el signo abstracto que asegura la posesión de
cualquier objeto que uno pueda desear, esa lógica universal de los
equivalentes que en el dinero se encarna, es lo que ha obligado a la
razón a adaptarse a un esfuerzo de abstracción que está en el origen
mismo de la capacidad de razonar, en el origen mismo del logos”, dijo el
Senador que había pensado. “Como usted sabe”, dijo, “para los griegos el
término ousía que designa, en el vocabulario filosófico, el ser, la
esencia, la cosa–en–sí, significa igualmente la riqueza, el dinero. Mi
ascetismo, entonces”, dijo el Senador, “mi ascetismo, si existe, no es
moral, tiene otra calidad, yo me despojo de todo, del mismo modo que he
sido despojado de todo mi cuerpo. Únicamente son mías las cosas cuya
historia conozco. Algo es realmente mío”, dijo el Senador, “cuando
conozco su historia, su origen. Existe”, dijo. “Existe algo, sin
embargo, una extensión de mi cuerpo, algo que está fuera de aquí, del
otro lado de estos
muros de hielo, algo que se reproduce y prolifera como la muerte, cuya
historia conozco, pero en lo que ya no pienso, en lo que no quiero
pensar y de lo que se ocupan otros, que cumplen para mí la función de
los enterradores, de los sepultureros. Hablo, entonces, para no pensar
en eso, de otra cosa”, dijo el Senador, “otra cosa cuya historia debo
contar, porque sólo es mío aquello cuya historia no he olvidado. Y
pienso que al contarlo se disuelve y se borra de mi recuerdo: porque
todo lo que contamos se pierde, se aleja. Contar es entonces para mí un
modo de borrar de los afluentes de mi memoria aquello que quiero
mantener alejado para siempre de mi cuerpo”. Contó entonces el Senador
la historia de esa tradición; de esa cadena que en su memoria enlazaba
de un modo férreo los eslabones dorados de la muerte y la riqueza. “La
muerte, la riqueza y eso que los griegos llamaban con su lengua musical
la ousía, se trata de eso”, dijo, “de los anillos de una historia,
primeros eslabones en el ascenso a esa altura que me libera de los ríos
cenagosos del recuerdo. Existe”, dijo, “una primera definición de la que
es preciso partir”. Habría que comenzar por ahí, dijo, para que la
historia que necesitaba contar pudiera ser comprendida, aunque ese
comienzo era en realidad un resultado. “Ese comienzo, ese resultado es
éste: Para nosotros, los lazos de sangre, o mejor, la filiación ha sido
siempre, antes que nada, económica, y la muerte un modo de hacer fluir
la propiedad, un modo de hacerla reproducir y circular. “ Sabía, dijo,
que la cadena de esa sucesión era lo que él, el Senador, había venido a
interrumpir. En un sentido, dijo, “soy el eslabón que no se ha perdido,
que nunca se perderá”. Por eso, dijo, su situación era la de un
silogismo falso, la de una paradoja. “Yo”, dijo el Senador, “soy una
paradoja. Y algunos”, dijo, “se esfuerzan por retomar esa coherencia
lógica, esa propiedad perdida que viene del pasado. Por ejemplo”, dijo
el Senador, “¿cómo no saber que mis hijos están deseando, para
heredarme, la muerte?” Dijo que él conocía esa ecuación. El conocía,
dijo, esa ecuación, esa alquimia, no porque hubiera deseado la muerte de
su padre, dado que él, su padre, había muerto antes que él, el Senador,
naciera, “sino porque cuando mi padre murió”, contó el Senador, “en ese
duelo destinado a salvaguardar el honor de mi abuelo, cuando él, mi
padre, murió, yo me convertí, antes incluso de haber nacido, me convertí
en el único destinatario de la fortuna familiar. Yo entonces”, dijo el
Senador, “sé lo que es ser un heredero, conozco lo que es ser un
heredero. Las genealogías y las filiaciones se declinan sobre el cuerpo
de la tierra”, dijo el Senador, ‘‘y para un hijo la herencia es el
futuro, es una lengua muerta cuyos verbos es necesario aprender a
conjugar, o mejor”, dijo el Senador, “una lengua paterna cuyos verbos es
preciso aprender a conjugar. Sobre esas conjugaciones territoriales”,
dijo, “leguas y leguas de campo abierto que permanecen y duran más allá
de los antepasados, sobre esa extensión mortal está erigida la memoria
familiar. Esa otra memoria me invade y me corroe en las noches blancas
del insomnio. Porque yo”, dijo el Senador, “debo una muerte. Yo debo una
muerte: la mía. Soy un deudor, soy el deudor, soy el que está en deuda
con la muerte. Conmigo, que envejezco sin fin, que envejezco aún, que
soy viejo, que siempre he sido viejo, conmigo, esas propiedades están
inmóviles como estoy inmóvil yo mismo. Yo soy entonces alguien cuyo
cuerpo tullido está hecho de esa tierra que persiste en el mayor
sosiego. Yo, el desterrado, soy esa tierra”, dijo el Senador. “Porque
mientras yo permanezca, yo soy el dueño. Esos dominios son los míos. Mis
hijos pueden administrarlos, andar sobre ellos, pueden usarlos, pero no
son los dueños, serán los dueños pero para eso hace falta que yo me
muera y yo, como esos campos, envejezco sin fin. Leguas y leguas de
campo tendido, leguas y leguas, sobre el fondo inmóvil de las aguadas, y
a la vez, este objeto metálico que soy, hecho de carne y de acero
niquelado que sólo puede ir y venir por esta estancia vacía”, dijo el
Senador. “Esa es, entonces, la paradoja”, dijo. “La alteración de una
Ley, la violencia ejercida sobre una tradición: esa es la paradoja que
yo soy y eso es lo que me permite pensar”. Dijo que esa violencia, esa
“torsión” era lo que le permitía pensar. “Mi lógica es toda ella
resultado de un corte en esa cadena que declina filiaciones y hace de la
muerte el resguardo más seguro de la sucesión familiar. Porque yo sé”,
dijo el Senador, “que siempre ha sido así, hasta mí. Siempre. Hasta mí.
Por ejemplo mi padre, también él fue un heredero y su fortuna, que
después de su muerte fue, acrecentada, la mía, fue, como es lógico, el
resultado de otra muerte, en ese caso digamos de un suicidio. ¿Entonces?
Un círculo. Una muerte atrás de otra. Ahora bien, ¿dónde se inicia esta
cadena que encadena los años para venir a cerrarse conmigo? ¿Como se
inicia? ¿Dónde se inicia? ¿No debería ser esa la sustancia de mi relato?
¿El origen? Porque si no ¿para qué contar? ¿De qué sirve, joven, contar,
si no es para borrar de la memoria todo lo que no sea el origen y el
fin? Nada entre el origen y el fin, nada, una planicie, árida, la
salina, entre él y yo, nada, la vastedad más inhóspita, entre el suicida
y el sobreviviente. Por eso es que yo puedo, a él, verlo a pesar de la
enorme distancia: porque nada se interpone, estamos uno a cada lado del
río, la corriente fluye, mansa, entre nosotros, entre él y yo, mansa,
fluye la corriente de la historia”. “Entonces.”, dijo el Senador,
‘‘entonces hay un origen no determinado. Un origen donde todo esto
comienza. Y ese origen es un secreto, o mejor, el secreto que todos han
tratado de ocultar. O por lo menos el secreto que han desplazado lejos
del lugar debido, para concentrar todo el enigma en un nombre, en la
vida de un hombre que ha debido ser mantenida, en lo posible, oculta,
como un crimen. Ese hombre, Enrique Ossorio, él, es un Héroe. El héroe.
El único que se lo debe todo a sí mismo, el único que no ha heredado
nada de nadie, el único del que todos somos deudores. Porque él no le
debe nada a nadie: se lo debe todo a sí mismo, a esa fiebre que lo llevó
hasta los desiertos calcinados que empiezan más allá de Sacramento y
desde allí hasta el cauce seco de un río donde, en las arenas, entre las
rocas, estaba el Oro. Todo se inicia allí. Se inicia con el oro que el
padre de mi padre había, por decirlo así, imaginado que podía encontrar
en el estado de California, año 1849. Se inicia con ese oro que el
hombre, alucinado, despiadado, febril, soñó encontrar y que realmente
encontró. Allí está el origen de la historia que yo reconstruyo, para
olvidar, en las noches calcinadas del insomnio”, dijo el Senador. “El
oro, el oro que dejó casi íntegro al morir porque no tuvo ninguna
urgencia en gastarlo, dado que no lo había heredado; ese oro, frente al
que no tenía ninguna preocupación, salvo saber que lo tenía, que lo
llevaba pegado a su cuerpo, rodeando su cintura, como una rastra, una
cincha dorada, de metal, pegada a la piel de la cintura. Y todo eso yo
lo pude ver”, dijo el Senador, “a lo lejos, del otro lado de la
planicie, nada se interpone, salvo la proliferación incesante de la
muerte, entre él y yo, nada se interpone, estamos solos, uno a cada lado
de la historia, por eso yo lo puedo ver, porque nada se interpone ya
entre nosotros, por eso yo lo puedo imaginar mientras me deslizo en el
vértice traslúcido que divide apenas, para mí, la vigilia del sueño. La
rastra, el peso del oro que le entorpece el andar y lo hace moverse con
una dignidad equívoca, un poco rígido, envarado, sintiendo contra su
cuerpo la dureza realizada de sus sueños. Son esas imágenes las que
puedo ver: los hoteles de chapa en la frontera mejicana, donde hombres
cetrinos y orgullosos hablan con él en un español contaminado, una
especie de dialecto cerril, mientras el héroe piensa en otra cosa,
piensa en el brillo sedoso del metal que lleva sobre la piel, en su
poder infinito de transformarse en cualquier cosa que pueda desear o
haber querido. En esa alquimia, en la química alucinada de su ilusión,
puedo pensar. Todo lo que él hizo puedo imaginar. Sobre todo el encierro
final: ese cuarto, casi vacío, en el East River, donde se enclaustró,
semanas y semanas, a escribir, por fin”, dijo el Senador, “una palabra
tras otra, cartas, fragmentos, para decir, por fin, lo que de pronto
había entendido. Y a veces, sobre todo de noche, lo oigo caminar por ese
cuarto, de un lado a otro, de un lado a otro, escucho su voz, habla
solo, aislado, perdido en la ciudad de Nueva York, en un país cuya
lengua apenas comprende, trata de fijar el vértigo que ha sido, de un
modo para él sorprendente e imprevisto, su propia vida: fijar en las
palabras el vértigo que ha sido su vida. Y lo escucho pasearse,
pasearse, por ese cuarto inhóspito en el East River, mientras escribe”,
dijo el Senador. “El exilio nos ayuda a captar el aspecto de la historia
en sus restos, en sus desperdicios, porque es el verdadero aspecto del
pasado el que nos ha condenado a este destierro, eso escribe”, dijo el
Senador. “Lo mejor de las situaciones extremas es que siempre nos
conducen a posiciones extremas, escribe”, dijo el Senador. “Lo principal
en situaciones tan extremas como esta es aprender a pensar crudamente.
Pensamientos crudos, sin labrar, ése es el pensamiento de los grandes.
Eso escribía”, dijo el Senador. “Admito que no tengo ninguna esperanza.
Hombres ciegos hablan de una salida, no hay una sola salida. Debemos
aprender del agua cuyo movimiento desgasta con el tiempo la dureza de
las piedras. Los duros siempre son vencidos por el dulce fluir del agua
de la historia. Eso escribe, encerrado en su cuarto del East River y yo
lo oigo, puedo verlo: está ahí, encerrado, en ese cuarto vacío y nada se
interpone, estamos solos, él y yo, nada se interpone, puedo oírlo, yo
soy Ossorio, soy un extranjero, un desterrado, yo soy Rosas, era Rosas,
soy el clown de Rosas, soy todos los nombres de la historia, soy el
pájaro del mar que sobrevuela la tierra firme: abajo, lejos del aire
límpido que desplazo con mis alas al volar, abajo, en las planicies
heladas, a la izquierda, casi sobre las últimas estribaciones
montañosas, lejos del mundo, de su tumulto, lejos de su lúgubre
claridad, hay grandes masas, grandes masas que parecen petrificadas pero
que sin embargo se deslizan, se mueven, a pesar del reflujo, avanzan,
crujen al deslizarse, como los grandes témpanos de hielo. Evaluar la
lentitud, el ritmo de esa marcha depende de la altura que haya alcanzado
en su vuelo el pájaro marino, cuanto más alto vuela el pájaro marino, el
albatros, y cuanto más se arriesga y se adentra en la tierra firme, con
mayor nitidez puede vislumbrar la incesante movilidad, el avance de esas
masas. Sus ritmos no pueden ser evaluados por ningún hombre aislado, por
ningún particular. ¿De qué sirve exigirles mayor velocidad si su tiempo
no es el nuestro? ¿De qué sirve la urgencia frente a la solidez
inflexible de ese avance? ¿No busca, acaso, también el héroe, acercarse,
a pesar de todo? Tullido, se desliza, se arrastra y el sonido niquelado
de su cuerpo al acercarse es la única música que se escucha en los
desiertos calcinados del presente. Del otro lado, en el otro frente, se
muestra ya la heterogeneidad de aquello que nuestros enemigos siempre
pensaron idéntico a sí mismo. Lo que podía pensarse unido, sólido,
comienza a fragmentarse, a disolverse, erosionado por el agua de la
historia. Esa derrota es tan inevitable para ellos, como para nosotros
es inevitable soportar el lastre que nos ha dejado en la memoria su
maniática presencia, su cinismo, su calculada perversión. ¿O acaso ha
dejado alguna vez de fluir, desde el pasado, la proliferación incesante
de la muerte?”, dijo el Senador. “Ellos, nuestros enemigos ¿con qué
convicción resistirán? ¿Qué convicción podrá ayudarlos a resistir? No
podrán resistir. Ellos vacilan, atados a la aridez del porvenir. En
cuanto a nosotros, hemos aprendido a sobrevivir, conocemos la sustancia
cristalina, incesante, casi líquida de la que está hecha nuestra
capacidad de resistir. La paciencia es un arte que tarda siglos en ser
aprendido. Y nosotros sólo le damos valor a la profesión de una virtud
cuando hemos notado la completa ausencia de ella en nuestros enemigos”.
Eso fue lo que dijo el Senador. 3 “Usted, joven”, dijo después, “usted
entonces irá a verlo a Marcelo. Debe decirle esto: Que se cuide. Que
apenas recibo ya sus cartas. Hay interferencias, graves riesgos. Que se
cuide y se resguarde. Arocena, ese mandria, interrumpe la comunicación,
interfiere los mensajes. Trata de descifrarlos. ¿O son mis hijos los que
custodian la entrada y no dejan pasar las palabras a este lado?
¿Filtran, ellos, mis hijos, los mensajes que recibo sin que me estén
destinados? Que se cuide: debe usted, entonces, joven, decirle a Marcelo
cuando viaje hacia él. Debe decirlo esto: que pienso en él. Sólo eso,
debe, usted, joven, decirle a Marcelo cuando vaya hacia él. Que yo,
Ossorio, el Senador, pienso en él. Y Marcelo podrá adivinar, a pesar de
los muertos que boyan en las aguas de la historia, él, Marcelo, podrá
adivinar”, dijo el Senador, “de qué material está hecho ese
pensamiento”. Ese pensamiento estaba hecho, dijo, de restos, de
fragmentos, de bloques astillados y también del recuerdo de viejas
conversaciones. “Fragmentos de esas cartas cifradas que recibo o sueño o
que imagino recibir o que yo mismo dicto porque no puedo escribir.
Porque debo decirle que ya no puedo escribir. Mis manos ¿ve? son garras;
yo soy el albatros, mi vuelo es plácido sobre las riberas del cimetière
marin, pero en la altura mis dedos se han transformado en las garras de
ese pájaro que sólo puede posarse sobre el agua, sobre la roca que
sobresale en medio del océano. Ya no puedo escribir, con estas manos ya
no puedo escribir, he perdido”, dijo, “la elegancia sacerdotal de mi
letra manuscrita. Sólo mi voz persiste, cada vez más parecida al
graznido del pájaro; sólo mi voz persiste y con ella dicto mi respuesta
a los mensajes que recibo. Pero ¿a quién? Solo, aislado, haciendo
equilibrio con las alas sobre esta roca, ¿a quién podría yo dictarle mis
palabras?”. Entonces el Senador me preguntó si no podría él, ahora,
dictarme a mí una respuesta que quería escribir. ¿Querría yo ser su
secretario? “¿No querría, usted, joven, ser mi secretario, transformar
mi graznido en palabras escritas?” Había algo, dijo, que yo debía saber.
“Mi secretario deberá enclaustrarse conmigo. No salir jamás. Vivir en
medio de estas alturas nevadas”. ¿Cómo podría entonces él, dijo el
Senador, pedirme que yo fuera su secretario? Dijo que de todos modos iba
a dictarme por lo menos una carta. “Yo, el Senador, voy a dictarle una
carta”, dijo el Senador, y empezó a pasearse, en su silla de ruedas, por
el cuarto. “Señor Don Juan Cruz Baigorria”, dictó el Senador. “Querido
compatriota y amigo. Conozco su situación y tiene usted, esté seguro, mi
solidaridad. He recibido una carta suya no dirigida a mí y por eso
conozco de su desdicha”, dictó el Senador mientras se paseaba en su
silla de ruedas por el cuarto. “La pérdida de un hijo es el mayor dolor
que un hombre puede recibir. Pero, ¿es que su hijo ha muerto o se ha
extraviado? No creo; la patria, con mayúscula Patria”, dictó el Senador
desde un extremo del cuarto, “la Patria no olvida a sus mejores hijos.
Cuídese de Arocena. El no deja que sus palabras lleguen a destino.
Trataré que alguno de mis secretarios o mi mayordomo Juan Nepomuceno
Quiroga, se acerque hasta usted con una pequeña ayuda monetaria que no
paliará en nada su desdicha, eso lo sé”, dictó el Senador. “Ese presente
no debe ser visto como un menoscabo a su alta dignidad o a su decencia,
sino como un modo de ayudarlo a resistir. Yo, el Senador, sé lo que
sufren los paisanos de esta tierra. Resista usted, Señor Don Juan Cruz
Baigorria, compatriota, y reciba en su desgracia la solidaridad de mí,
el Senador Luciano Ossorio. Lo abraza.”, dictó el Senador y dijo:
“Tráigame ese papel y esa pluma que pondré yo mismo una firma
manuscrita”. 4 El Senador dijo después que eso era todo lo que él podía
hacer. “Eso”, dijo el Senador, “es todo lo que yo puedo hacer. Aislado,
solo, insomne, es todo lo que puedo hacer. Dictar, desde aquí, palabras
de alivio, pasearme, de un lado a otro, pensar las cartas, las
respuestas, todo ese dolor”. Se paseaba, de un lado a otro, en su silla
de ruedas, por el cuarto vacío. ‘“Me paseo de un lado a otro y pienso
las palabras que podría dictar, me paseo, deslizo mi carne sedentaria,
imagino lo que tengo que escribir, recorriendo, de un lado a otro,
deslizando, de un lado a otro, mi cuerpo tullido, por esta estancia
vacía. Y así voy a seguir, moviéndome de un lado a otro, a veces en
círculos, a veces en línea recta, de una pared a otra, trabajando, sin
embargo, con las palabras para disipar la bruma que no deja entrever con
claridad esa construcción que se levanta a lo lejos, en la otra orilla,
sobre las rocas del porvenir. Y quizás las palabras me permitan apresar,
como en una red, la cualidad múltiple de esa Idea, de esa concepción que
viene desde el fondo mismo de la historia, de esa voz”, dijo, “múltiple
que viene del pasado y que es tan difícil de captar para un hombre que
está solo. Y sin embargo”, dijo el Senador, “ninguna decepción será
suficiente para impedir que desgaste, en el esfuerzo de acercarme, las
ruedas de mi cuerpo. Ninguna decepción podrá impedirlo. Ninguna amenaza.
Ni siquiera la tolerancia o la piedad. Porque yo”, dijo el Senador,
“conozco mi suerte. Sentado, carcomido, artificial, mi carne metálica se
herrumbra a la sombra de estos muros roídos por la blancura de las
lámparas eléctricas, y sin embargo, jamás he de perder la esperanza de
poder pensar más allá de mí mismo y de mi origen”. “A veces”, dijo
después, “me parece comprenderlo todo. Comprender los años y los años
que tarda, por ejemplo, un cuerpo en comenzar a disgregarse. A veces me
parece comprender, incluso, mi propio destino. Es un instante. La
comprensión dura apenas un instante y en ese instante sin duda sucede
que he soñado cuando creía pensar o comprender. Pero es tan poco lo que
necesitamos para sostener las ilusiones de las que estamos hechos, que
salgo de ahí, de esos momentos, de esos sueños, renovado, con una
renovada convicción. Por eso, ahora, tengo que tratar de explicar la
ilusión que busco, alguna vez, poder alcanzar con mis palabras. Explicar
ese destello lejano que de pronto me parece ver en el recuerdo que tengo
de unos ranchos que se cobijaban, en mi infancia, bajo los sauces, cerca
de la Laguna Negra: ahí era donde brillaban esas fogatas que suelo
imaginar, como si las recordara, en mis noches de insomnio. Explicar”,
dijo, “por ejemplo, el sentido que tuvieron para mí esos papeles que un
hombre escribía en una pieza del East River. O explicar eso que viene
desde el fondo mismo de la historia de la patria, a la vez único y
múltiple. Pero ¿cómo podría hacer yo para explicarlo? ¿Cómo haría, cómo
podría hacer? Por eso ahora debo callar. Yo, el Senador, debo, por el
momento, callar. Ya que soy incapaz de explicarme sin palabras prefiero
enmudecer. Prefiero enmudecer, ahora”, dijo el Senador, “ya que soy
incapaz de explicarme sin palabras”.
III
1 Nueva York. 4.–7–1850 Compatriotas: Yo soy aquel Enrique Ossorio que
luchó incansablemente por la libertad y que ahora reside en la ciudad de
New York, en una casa del East River. Ahora ya soy todos los nombres de
la historia. Todos están en mí, en este cajón donde guardo mis escritos.
Vine acá decidido a terminar esta mi obra. Salgo a caminar por la ciudad
en el amanecer y a veces paso las tardes en el prostíbulo de Miss Rebba,
en Harlem, donde hay una joven prostituta, nacida en La Martinica, que
sabe hablar español. Converso con ella sobre nuestro desventurado
porvenir y ella asiente con su dulce rostro de gata. Desnudos en el
lecho, mientras la noche refresca el aire de la pieza, podemos oírnos
con toda consideración. La Gata ha sido vendida como esclava y ejerce
este oficio de meretriz por diez años (tiene 17) a cambio de su
libertad. ¿No es eso lo que yo mismo he hecho en estos últimos años de
mi vida? Envilecerme como ningún otro se ha envilecido en la historia de
la patria para obtener la libertad. Pero ¿la he obtenido? Yo, el
traidor, ¿la he obtenido? Ustedes ven tan próxima la liberación de la
República, ven tan al alcance de la mano la caída de Rosas que se
ilusionan con una libertad que, sin embargo, no ha de llegar. Unidos
ahora ustedes con don Justo José buscan en él la fuerza que desde
adentro mismo del país pueda realizar lo que siempre hemos soñado. Pero
¿será así? Preveo: disensiones, divergencias, nuevas luchas.
Interminablemente. Asesinatos, masacres, guerras fratricidas. Estoy solo
en la ciudad de Nueva York y me pregunto: ¿Qué ha cambiado? Justo José
¿no fue el aliado más íntimo del Tigre? Entonces mi vida toda no ha sido
más que un persistente error; no los objetivos de mí vida que fueron
siempre el progreso y la felicidad de mi patria, sino algo distinto y
más atroz. Ya no podemos retroceder. La caballería entrerriana, gauchos
que fueron de Pancho Ramírez ¿ellos nos han de libertar? Creo que toda
nuestra vida no ha sido más que un solo error insensato. Ya no podemos
retroceder. Lo que hemos hecho está hecho. He pensado escribir una
utopía: narraré allí lo que imagino será el porvenir de la nación. Estoy
en una posición inmejorable: desligado de todo, fuera del tiempo, un
extranjero, tejido por la trama del destierro. ¿Cómo será la patria
dentro de 100 años? ¿Quién nos recordará? A nosotros ¿quién nos
recordará? Sobre esos sueños escribo. Así, yo escribiré sobre el futuro
porque no quiero recordar el pasado. Uno piensa en lo que vendrá cuando
se dice: ¿Cómo puede ser que no haya podido ver entonces lo que ahora
parece tan evidente? ¿Y cómo puedo hacer para ver en el presente los
signos que anuncian la dirección del porvenir? Sobre esto y también
sobre mi vida he comenzado a reflexionar y por eso les escribo. Pronto
les enviaré mi Autobiografía. Todo hombre debe escribir su vida al
acercarse a los cuarenta años. ¿De dónde nace este horror a la soledad?
Conozco el gusto invencible de la prostitución. Mi amiga, la joven
ramera, se llama Lisette Gazel. Sabe leer el porvenir en el vuelo de los
pájaros marinos: es supersticiosa como una gata. Su piel es de seda
negra. Pago por ella para oírla hablar en su español de la Martinica.
Palabras perversas, turbio créole. Mi querido don Luciano: siempre me
acuerdo de usted y si no le he escrito antes es porque en estos últimos
meses he tenido algunos contratiempos (linda palabra esa, tan
metafórica). Me parece que otra vez voy a tener que empezar a moverme.
La verdad, estaba tranquilo acá en Concordia, pueblo elegido (entre
otras cosas) por su nombre tan pacífico. Estaba bien acá, asentado, como
quien dice, pero ya sé que no soy hombre que pueda vivir mucho tiempo en
un sitio, la época por otro lado no nos ayuda a volvernos sedentarios.
Feliz de usted, Senador, se lo digo de veras, que sufre solo y se las
aguanta, y encerrado donde está sólo puede ver lo que quiere recordar.
Cuando más pegado está uno a los acontecimientos más complejos y lejanos
le parecen. Y sin embargo, en este país, todo es tan claro como el agua
cristalina. He seguido trabajando en el Enrique Ossorio.: bastante
fascinado por la etapa de Nueva York; solo y aislado, también él,
tratando de ver dónde y en qué se había equivocado. Hay una carta que le
escribe a Alberdi en agosto del ‘50, que me ha impresionado. No sé si
usted la recuerda. “Desconfiar: eso sé”, le escribe. “Y saber sé que a
los mejores de vosotros, a usted, antes que a ningún otro, Juan
Bautista, a usted que es un hombre de principios, os espera otra vez la
desesperanza, el destierro. Veo bien el trágico destino que nos espera,
sobre todo a usted, Juan Bautista, sobre todo a usted porque lo conozco
bien y sé que jamás llegará a transigir. Es de la clase de hombres que
no transige y esa clase de hombre, en los tiempos que se avecinan,
tendrán dos caminos: el exilio o la muerte. Los otros, y entre ellos
algunos que hoy se dicen sus amigos, harán, claro, su carrera. Este país
está a punto para eso. ¿Cómo no van a hacer carrera si tienen el campo
abierto, toda la pampa para ellos? Van a ganar los que corran más
ligero, no los mejores, ni los más honestos, ni los que mejor piensen o
quieran a la patria. En cuanto a usted: ninguna gloria le será negada,
Juan Bautista, pero tampoco ninguna desdicha”. Eso le escribía, extraña
lucidez. Nadie lo escuchaba, y estaba solo: quizás por eso había
aprendido a pensar como es debido; así piensan los que ya no tienen nada
que perder. En fin, quería decirle, en estas nuevas circunstancias del
país me encuentro un poco desorientado respecto a mi futuro inmediato.
Distintas complicaciones se me avecinan y preveo varios cambios de
domicilio. Estuve pensando que por el momento lo mejor va a ser pasarle
el Archivo (con los documentos y las notas y con los capítulos que ya he
redactado), a alguien de mi entera confianza. Esa persona podría,
llegado el caso, llevar el trabajo adelante, terminar de escribirlo,
darle los últimos toques, publicarlo, etc. Para mí se trata, antes que
nada, de garantizar que estos documentos se conserven porque no sólo han
de servir (a cualquiera que sepa leerlos bien) para echar luz sobre el
pasado de nuestra desventurada república, sino para entender también
algunas cosas que vienen pasando en estos tiempos y no lejos de aquí.
Para ponerlo al corriente de estas cosas he querido escribirle, Senador.
Quise decirle todo tal cual, porque nos conocemos bien y sé que no se va
a preocupar por mí más de lo que ya se ha preocupado hasta ahora. Los
contratiempos van a pasar, a la larga siempre pasan. Nada más; estas
líneas quieren ser también un modo de hacerle saber que pienso en usted.
Ya nos volveremos a ver, que las ganas no nos faltan. Cuídese, don
Luciano, que yo lo quiero. Suyo. Marcelo Maggi. PS. Irá a verlo en estos
días un sobrino mío. Seguro yo voy a encontrarme pronto con él y él me
hará saber de usted. Un abrazo. 6. 7. 1850. Prosigo. Mi Autobiografía.
Antepasados 1. Uno de mis abuelos prosperó en el humanitario comercio de
comprar esclavos enfermos y curarlos lo suficiente para que pudieran ser
vendidos (a mejor precio) como esclavos sanos. Ese negocio, que
combinaba el lucro con la filantropía, le permitió enriquecerse gracias
a la salud de los demás. He visto grabados de esclavos macilentos y
esqueléticos y cubiertos de pústulas y después otros grabados donde los
mismos esclavos se ven fuertes, macilentos y abiertos de pústulas, al
lado de mi abuelo que los señala, satisfecho, con el cabo del rebenque.
Al llegar a los 70 años este abuelo mío abandonó la familia y se
amancebó con una negra jamaiquina de 14 a la que llamaba La Emperatriz.
En mi juventud, parece que decía mi abuelo, un hombre de 70 años no era
un viejo: fue la Revolución Francesa la que trajo la vejez al mundo.
Antepasados 2. Mi padre era un hombre desencantado. Fue soldado porque
así lo exigieron los tiempos. Peleó contra los ingleses durante las
Invasiones y después marchó con Belgrano en la expedición al Norte.
Volvió enfermo y malherido, sin haber conocido nunca la victoria; las
fiebres, que ya no cejaron, le impidieron participar en la Campaña
Libertadora y en las guerras civiles y siempre se sintió en deuda con su
provincia de Santa Fe. Litigó con el gobierno hasta que le reconocieron
los servicios y le otorgaron una pensión, que no necesitaba. En casa,
los sirvientes lo llamaban Mi General, pero nunca obtuvo el grado. De
noche el dolor o los remordimientos no lo dejaban dormir y se paseaba
por los corredores esperando la luz del día. Durante el insomnio se
distraía anotando lo que él llamaba: Máximas sobre el arte de la guerra.
Recuerdo algunas que reproduzco aquí: 1. Yo, la guerra, pienso. Hemos
fijado el cartel: Aquí se piensa, sobre la devastación con que la guerra
somete a la Nación. 2. No hay más bautismo que el bautismo de fuego. 3.
La guerra no se deja humanizar, su violencia ahonda en el hombre un
espacio anterior a toda vestimenta cultural. Le he oído decir que los
entrerrianos (de a caballo) son los mejores soldados del mundo y que el
general Manuel Belgrano nunca sudaba y que lo peor en una batalla es el
olor a mierda de la pólvora. Antepasados 3. Mi madre era de la estirpe
altiva y vagabunda de los bohemios de este mundo, pero nunca lo supo. De
ella he heredado yo le mal du siècle y cierto modo afectado de arrastrar
las vocales al hablar. Mi madre no amaba a mi padre y se lo decía. Era
cruel sin dejar de ser inocente: creía en el poder misericordioso de la
verdad antes que en las humillaciones de la mentira. Las maneras de ese
soldado que era la viva estampa de la derrota no se correspondían ya con
la noción que tenía esa mujer de lo que debía ser una pasión romántica.
Durante meses fue cortejada y asediada por el conde Walewski, cónsul de
Francia en Buenos Aires, hijo natural de Napoleón Bonaparte (con la
polaca María Walewska). Todo sucedía a la vista de mi padre, que
despreciaba demasiado a los bastardos y a los europeos como para
rebajarse a los celos. El conde, hombre perverso y refinado, invitaba a
mi madre al teatro y le enviaba esquelas escritas con una pérfida
caligrafía en letra gótica que acentuaba y enrarecía las demandas de su
erotismo. Las redactaba en francés, idioma que mi padre no leía. Una
noche sorprendí a mi madre bajando de un fiacre cerca del pasaje de La
Piedad; ella se envolvió en su mantilla negra y ese gesto quiso decir
que yo no la había reconocido. Pienso que esa mujer había logrado, por
fin, construirse con esforzada desesperación (pero también, quizás, con
vergüenza) una vida secreta a la altura de sus ilusiones y de sus
esperanzas. Leía a Alfred de Musset y a George Sand y soñaba con vivir
en París y frecuentar el salón de Madame de Staël, sin saber que esa
buena señora ya había muerto, muchos años antes, despreciada por el
padre del bastardo a quien mi madre entregaba ahora su cuerpo.
Antepasados 4. En cuanto a mí nací Enrique de Ossorio, pero he desechado
esa partícula cuyas resonancias ofenden la razón de mi época: las
virtudes del linaje no me parecen a la altura de los tiempos, ni de mis
ambiciones, y prefiero debérmelo todo a mí mismo. En cuanto a mí,
Enrique Ossorio, he sido un traidor y un espía y un amigo desleal y seré
juzgado tal por la historia, como soy ahora juzgado así por mis
contemporáneos. Han dejado Uds. filtrar algunas noticias de las que les
he enviado. En esta casa crecen las sospechas. ¿Cómo saber si no han
deducido algo y esperan conclui quién es el traidor (voz de r ellos)?
Esto no es miedo, quiero que sepan. Pero debieron esperar Uds. mejor
oportunidad para no comprometerme. Yo estoy solo aquí, duermo en la
misma guarida del Tigre. Releo mis papeles privados. Han pasado desde
entonces más de diez años y sin embargo siento que he vuelto a colocarme
otra vez en el lugar de la traición. ¿O no es así? Es así, pueden estar
seguros. ¿Será esa mi posición natural? ¿Y por qué?, dirán ustedes. ¿Un
traidor? ¿Otra vez? Ahora soy un traidor a mi propio pasado del mismo
modo que antes fui un traidor a mi propio porvenir. Ustedes prefieren
perseverar en la lealtad a los errores, hacer como si lo que ahora
sucede hubiera estado previsto y premeditado en aquellos tiempos. Pero
yo sé que no fue así: yo estuve donde había que estar para saberlo. Un
tal J. R. Rey (o Reyf) ha escrito a un residente en ésta una carta que
revela lo que sólo un delator y un espía podría revelar. Me han hecho
sacar copia de ella (la carta) y así pude conocerla. ¡Qué malvado será
el tal Rey! ¿Pero qué Rey hay que no lo sea? Quisiera estar seguro de la
prudencia de ustedes, haciendo favorable a nuestra causa estos mensajes
de un modo que no produzcan males a nadie que me hagan arrepentir en el
futuro. Vale. Haré en mis cartas de la clave el uso que me indica, y
tanto de esto como del conducto seguro que tenemos le prometo a Ud.
completa reserva como Uds. me lo piden (sin necesidad). 2 Una de las
cartas estaba cifrada. O todas. Arocena reordenó las que tenía
desplegadas sobre el escritorio. Revisó los sobres y estableció
rápidamente un primer sistema de clasificación. Caracas, Nueva York.
Bogotá; una carta a Ohio, otra a Londres; Buenos Aires; Concordia;
Buenos Aires. Numeró las cartas: eran ocho. Dejó a un costado la carta
de Marcelo Maggi a Ossorio que recién había leído. Tomó una ficha, anotó
algunos de los nombres que seguían: Juan Cruz Baigorria, Angélica
Echevarne, Emilio Renzi, Enrique Ossorio. La luz de los fluorescentes no
bastaba. Encendió la lámpara; trató de que iluminara el centro de la
mesa. A igual distancia de los bordes, pensó, y movió apenas la
pantalla. Tomó un sobre escrito a máquina; papel con membrete: Ediciones
del Orinoco, Avda. Simón Bolívar 687. Caracas (4563). Venezuela. Alzó la
hoja y la observó a contraluz. La dejó otra vez en el escritorio y
empezó a leer. Aquí pocas novedades, mucho calor; pensar que en esta
ciudad Miguel Cané escribió Juvenilia. Razón de más para irse, como dice
Alfredo. Pero ¿a dónde? México es la misma vaina. Vivo encerrado todo el
día traduciendo (ahora un libro bastante notable de Thomas Bernhard).
Sólo salgo para ir al cine; tengo una novia venezolana, no sé si te dije
(le estoy enseñando a cebar mate). Los muertos y los amigos (vos entre
ellos) se me aparecen en los sueños. Así son las cosas en esta época:
para encontrarse con la gente que uno quiere hay que dormir. El que pasó
por acá fue Raúl. Quiere que los argentinos “del exterior” (como él
dice) pongamos plata y nos compremos entre todos una isla en el Pacífico
(de preferencia la isla Juan Fernández). Plantaríamos trigo, criaríamos
vacas, pero sin olvidar la protección de las artesanías del interior.
Nos independizaríamos de la corona española, pero sin afrancesarnos.
Nacionalizaremos las rentas de la Aduana y rechazaremos la enfiteusis de
Rivadavia para cortar las raíces del latifundio. Mariano Moreno
permanecerá en el país, al frente de la Junta Grande, sin viajar a
Europa, cosa que no se nos muera en alta mar, etc. Sería, según él, la
primera utopía nacionalista. Se extraña la tierra natal; las noticias
que llegan son confusas y más bien sombrías. Nadie entiende qué seguís
haciendo vos ahí. ¿Con quién te ves? ¿Se puede publicar? Parecés el
último de los mohicanos. Tendrías que saber que no siempre las
fidelidades a la tribu son geográficas. Los líricos y filosóficos
chinos, por lo que he oído decir (escribía tu admirado Brecht) solían ir
al exilio como los nuestros van a la Academia. Costumbre honrosa. Muchos
huyeron varias veces y parece haber sido cuestión de honor el escribir
de tal modo que al menos una vez se viera uno precisado a sacudirse el
polvo del suelo patrio. Todos los amigos se acuerdan de vos. Saludos a
Magdalena y a los pibes. Espero tus noticias. Te extraño. Roque. PS. A
veces (no es joda) pienso que somos la generación del ‘37. Perdidos en
la diáspora. ¿Quién de nosotros escribirá el Facundo? 14. 7. 1850 Ahora
bien, he pensado hoy: ¿Qué es la utopía? ¿El lugar perfecto? No se trata
de eso. Antes que nada, para mí, el exilio es la utopía. No hay tal
lugar. El destierro, el éxodo, un espacio suspendido en el tiempo, entre
dos tiempos. Tenemos los recuerdos que nos han quedado del país y
después imaginamos cómo será (cómo va a ser) el país cuando volvamos a
él. Ese tiempo muerto, entre el pasado y el futuro, es la utopía para
mí. Entonces: el exilio es la utopía. Junto con el vacío que trae el
exilio, he tenido otra experiencia personal de la utopía que me permite
pensar en el romance que quiero escribir. El oro de California: esa
marcha afiebrada de los aventureros que avanzaban ávidamente hacia el
oeste, ¿qué era si no una búsqueda de la utopía por excelencia: el oro?
Metal utópico, tesoro que se encuentra, fortuna que se recoge en el
cauce de los ríos: utopía alquímica. La arena tibia corre entre los
dedos. We shall be rich at once now, with California gold, Sir, cantaban
los hombres en los vagones aventureros de la Wells Fargo. Sé, entonces,
de qué se trata. Todas las noches antes de dormir siento el peso de esa
ilusión dorada pegada a la piel de mi cintura. Un secreto personal,
oculto como un crimen. Ni siquiera Lisette conoce esto. ¿Qué tú llevas
ahí? me ha preguntado. Una faja de bronce, le he contestado, que un
médico me recomendó para combatir una desviación en mi columna
vertebral. Y no miento: ¿cuántos años viví inclinado, doblando la
columna vertebral como un esclavo? Nadie puede sorprenderse ahora si
para combatir los efectos de esa incómoda postura a la que me obligó la
historia debo usar una especie de corsé hecho de oro macizo. Sólo el oro
cura el recuerdo de la servidumbre y de la traición. Por otro lado en
esas caravanas de la utopía que cruzaban los desiertos calcinados de
Nuevo Méjico he visto horrores y crímenes que jamás hubiera podido
figurarme en mis propias pesadillas. Un hombre le cortó la mano a uno de
sus amigos con el filo de una pala para poder llegar primero al cauce de
un río donde el oro, dicho sea de paso, no se encontraba. ¿Qué lecciones
he sacado de esa otra experiencia vivida por mí en el mundo alucinante
de la utopía? Que en su persecución todos los crímenes son posibles. Y
que sólo podrán alcanzar el reino suave y feliz de la pura utopía
aquellos que (como yo) han sabido arrastrarse por la mayor degradación.
Sólo en la mente de los traidores y de los viles, de los hombres como
yo, pueden surgir los bellos sueños que llamamos utopías. Así la tercera
experiencia que sirve de material a mi imaginación es la traición. El
traidor ocupa la posición clásica del héroe utópico: hombre de ningún
lugar, el traidor vive entre dos lealtades; vive en el doble sentido, en
el disfraz. Debe fingir, permanecer en la tierra baldía de la perfidia,
sostenido por los sueños imposibles de un futuro donde sus vilezas
serán, por fin, recompensadas. Pero ¿de qué modo serán recompensadas en
el futuro las vilezas del traidor? r Vale/ No recue do si le dije a Ud.
en otra con el objeto de hacerle saber que el interés material no ha
sido jamás el móvil de mis acciones. Me lastima en lo más hondo y me
sorprende usted al ofrecerme dinero. ¿Dinero, a mí? Por la amistad que
los dos profesamos a la misma causa disimulo aquí mi indignación y mi
pesar. Soy hijo de la consideración que nunca me abandona de las
dificultades en las que vivo. Satán encarna en perversos escenarios las
pruebas y los lugares donde un hombre de honor debe verse sometido. Sea
esto lo que fuera, no rei ere usted, Señor, esas t ofertas indignas, que
me humillan a mí pero también a usted. Sepa, sí, que nada personal
quiero ganar, ni nada gano yo, más bien peor. Releo mis papeles del
pasado para escribir mi romance del porvenir. Nada entre el pasado y el
futuro: este presente (este vacío, esta tierra incógnita) es también la
utopía. 15. 7. 1850 La utopía de un soñador moderno debe diferenciarse
de las reglas clásicas del género en un punto esencial: negarse a
reconstruir un espacio inexistente. Entonces: diferencia clave: no
situar la utopía en un lugar imaginario, desconocido (el caso más común:
una isla). Darse en cambio cita con el propio país, en una fecha (1979)
que está, sí, en una lejanía fantástica. No hay tal lugar: en el tiempo.
Aún no hay tal lugar. Esto equivale para mí al punto de vista utópico.
Imaginar la Argentina tal cual va a ser dentro de 130 años: ejercicio
cotidiano de nostalgia, román philosophique. Título: 1979 Epígrafe: Cada
época sueña la anterior. Jules Michelet Hablo del tema en mi relato con
Lisette. Ella me dice: ¿Pondrás tú ahí una mujer que como yo sabe leer
el futuro en el vuelo de los pájaros nocturnos? Pondré, le digo, quizás,
en mi relato, a una adivina, una mujer que, como tú, sepa mirar lo que
nadie puede ver. Estimado Señor: Estoy casi segura que nos conocimos en
la escuela Maestro Pizurno de la calle Segurola al 900. Yo cursé ahí de
primero a sexto grado. Mi nombre es Echevarne Angélica Inés, que me
dicen Anahí. Yo era la niña que en quinto y sexto se sentaba en punta de
banco, señor Intendente, y al ver su foto en el diario, de inmediato
pensé en darme a conocer. ¿Se acuerda? en punta de banco, casi al final
del pasillo, sexto grado B. Una vez usted, Excelencia, me mandó una
cartita sentimental que desgraciadamente no he conservado por motivos de
salud. Quisiera entonces aprovechar la oportunidad de ese recuerdo
suscitado al ver su foto en el diario Crónica para comunicarle lo
siguiente. Excelencia, otras Autoridades y Dignatarios: varias videncias
se han encarnado últimamente en la dirección indicada, de Norte a Sud y
de Sud–Sud–Este a Oeste. Por ejemplo: los gemelos. Uno de ellos se llama
Farnos y el otro es El Japonés (el Japonés de Tokio). A pesar de sus
múltiples actividades usted los puede individualizar de inmediato dado
que ambos usan botines de charol negro. Eso sí, es muy importante
considerar la dirección indicada: Sud–Sud–Este hacia el Oeste (como
quien dice hacia Munro). Sucede lo siguiente, señor Intendente: me han
hecho una incisión y me colocaron un aparato transmisor disimulado entre
las arborescencias del corazón: Mientras dormía me pusieron el aparatito
ese, chiquitito así, para poder transmitir. Es una cápsula de vidrio,
igual que un Dije, todo de cristal, y allí se reflejan las imágenes. Yo
lo veo todo por ese aparatito que me han puesto; como una pantallita de
TV. Una ve este descampado y no se imagina lo que yo he visto: cuánto
sufrimiento. Al principio sólo podía verlo al finado. Acostado sobre una
cama de fierro, tapado con diarios. Hay otros ahí, al fondo de un
pasillo, piso de tierra apisonada. Cierro los ojos para no ver el daño
que le han hecho. Y entonces canto para no verlo sufrir. No quiero verlo
sufrir y entonces canto, porque yo soy la cantora oficial. Si yo digo
las imágenes que pasan por el Dije nadie me cree. ¿Por qué a mí? ¿Por
qué tengo que ser yo la que debo verlo todo? Por ejemplo está ese
muchacho que me busca, que me está queriendo ver. Y está el Polaco.
Polonia. Yo vi las fotografías: mataban a los judíos con alambre de
enfardar. Los hornos crematorios están en Belén, Palestina. Al Norte,
bien al Norte, en Belén, provincia de Catamarca. Los pájaros vuelan
sobre las cenizas, ¿O no lo dijo Evita Perón? Ella también veía todo y
le sacaron las vísceras y la llenaron de trapo, como a una muñeca. La
metástasis, como una telaraña azul, sobre la piel. Acostado sobre una
mesa de fierro ¿por qué soy yo quien debe verlo sufrir? He sido
designada como testigo de todo ese dolor. No puedo más, Excelencia.
Cierro los ojos para no ver el daño. Y entonces canto para no ver todo
el sufrimiento. Yo soy la Cantatriz oficial y si canto no veo las
miserias de este mundo. Voy a cantar un Himno. Alta en el cielo, un
águila guerrera, audaz se eleva, en vuelo triunfal. Así canto yo, Anahí,
la reina del Litoral; canto, tengo que cantar porque si no me voy a
volver neurasténica. Por eso tengo que cantar, tengo que volver a
cantar. Tengo que ser la Cantora oficial. ¿Podría ser nombrada la
Cantora oficial? Quisiera, Señor, solicitarle, con todo respeto, el
nombramiento. ¿Puedo pedirle ese favor? Cantatriz, cantora, cantante,
como usted guste, señor Ministro. Recuerdo con mucho sentimentalismo esa
esquelita que usted me envió por intermedio de la Chola, una compañera
de banco, en la escuela Maestro Pizurno, sexto grado B. Lo saludo, señor
Prefecto, atentamente, con mi más alta distinción y estima, en el
recuerdo de aquellos días lejanos, compartidos en la calle Segurola al
900, sexto grado B (punta de banco), cuando usted, señor Intendente, me
hizo llegar su cartita con delicadas palabras que yo, a pesar de los
horrores a que este destino de vidente me ha obligado, no he podido sin
embargo olvidar. La maestra del grado se llamaba señorita Olga y era un
poco petisa pero tenía los ojos celestes. Siempre nos decía, todas las
mañanas al entrar al aula: Buenos días niños. Y nosotros le
contestábamos a coro (incluido usted, Excelencia, cuando era chico)
¡Buenos días, señorita! Claro que antes, mientras se izaba la bandera,
habíamos cantado Aurora y por suerte, a pesar de los años transcurridos,
yo no me lo he olvidado a ese Himno patrio, de modo que cuando ya no
puedo más, vuelvo a cantar: Azul un ala del color del cielo, azul un ala
del color del mar, así canto yo, Anahí. Con todo respeto, saluda al
Señor Gobernador, atte. Echevarne Angélica Inés. Siempre alguna de éstas
llegaba hasta él. Dirigida al señor Intendente, Prefecto, Vicecónsul o
Secretario del Ramo y Autoridades en General. A veces las fotocopiaba
para llevárselas a su casa y divertirse un poco. Alguna vez, pensó
Arocena, voy a recibir una carta como ésta dirigida a mí. O me la voy a
escribir yo mismo. La puso a un lado, separada de las otras. Después
tomó la que seguía. Estaba escrita a mano, con lápiz, con una letra
trabajosa, sobre una hoja de cuaderno. Carajo, pensó Arocena en cuanto
empezó a leer, ¿y este Juan Cruz Baigorria de dónde sale? 18. 7. 1850
Otra diferencia entre la novela que quiero escribir y las utopías que
conozco (T. Moro, Campanela, Bacon): en mi caso no se trata de narrar (o
describir) esa otra época, ese otro lugar, sino de construir un relato
donde sólo se presenten los posibles testimonios del futuro en su forma
más trivial y cotidiana, tal como se le presentan a un historiador los
documentos del pasado. El Protagonista tendrá frente a sí papeles
escritos en aquella época futura. Un historiador que trabaja con
documentos del porvenir (ese es el tema). El modelo es el cofre donde
guardo mis papeles ¿Qué podría inferir de ahí alguien que los leyera
dentro de 100 años, sin tener frente a sí nada más, sin conocer otra
cosa de esta época cuya vida trata de reconstruir? 23. 7. 1850 Renacen
viejas dolencias. Dolores en los huesos del cráneo. Un objeto helado,
como de metal, clavado entre los huesos del cráneo: el dolor se expande
y se difunde en las grietas y las molduras del cerebro. Aumento la dosis
de Liquen sin resultado. El té es beneficioso tan sólo por las mañanas.
Estar sentado el menor tiempo posible. De modo que he comenzado a
pasearme por el cuarto. Debo continuar, a pesar de todo, en el
pensamiento de aquel relato que se corresponde a mis esperanzas. El
tiempo “real” de la novela irá desde marzo de 1837 a junio de 1838
(Bloqueo francés. Terror). Durante ese lapso, por medio de un
procedimiento que debo resolver, el Protagonista encuentra (tiene en su
poder) documentos escritos en la Argentina en 1979. Reconstruye
(imagina) al leer, cómo será esa época futura. Un descubrimiento. Me
paseaba por el cuarto, de un lado al otro, tratando de olvidar este
dolor, cuando de pronto comprendí cuál debe ser la forma de mi relato
utópico. El Protagonista recibe cartas del porvenir (que no le están
dirigidas). Entonces un relato epistolar. ¿Por qué ese género
anacrónico? Porque la utopía ya de por sí es una forma literaria que
pertenece al pasado. Para nosotros, hombres del siglo XIX, se trata de
una especie arcaica, como es arcaica la novela epistolar. A ninguno de
los novelistas contemporáneos (ni a Balzac, por ejemplo, ni a Stendhal,
ni a Dickens) se le ocurriría escribir una novela utópica. Por mi parte
trato de no leer a los escritores actuales. Busco mi inspiración en
libros pasados de moda (L’Ann 2440 de L. Mercier, Las cartas persas de
Montesquieu, Cándido o el optimismo de Voltaire, El sobrino de Ramean de
Diderot, Aliñe et Valcour ou el román philosophique de Sade, Las
relaciones peligrosas de Laclos). Varias horas por día tendido en la
cama. Un paño húmedo sobre los ojos. La crisis tiene que pasar. 24. 7.
1850 ¿Por qué he podido descubrir que mi romance utópico tiene que ser
un relato epistolar? Primero: la correspondencia en sí misma ya es una
forma de la utopía. Escribir una carta es enviar un mensaje al futuro;
hablar desde el presente con un destinatario que no está ahí, del que no
se sabe cómo ha de estar (en qué ánimo, con quién) mientras le
escribimos y, sobre todo, después.: al leernos. La correspondencia es la
forma utópica de la conversación porque anula el presente y hace del
futuro el único lugar posible del diálogo. Pero además existe una
segunda razón. ¿Qué es el exilio sino una situación que nos obliga a
sustituir con palabras escritas la relación entre los amigos más
queridos, que están lejos, ausentes, diseminados cada uno en lugares y
ciudades distintas? Y además ¿qué relación podemos mantener con el país
que hemos perdido, el país que nos han obligado a abandonar, qué otra
presencia de ese lugar ausente, sino el testimonio de su existencia que
nos traen las cartas (esporádicas, elusivas, triviales) que nos llegan
con noticias familiares? Está entonces bien elegida por mí la forma de
esa novela escrita en el exilio y por él. Mi querido hijo: nosotros, tu
madre y yo bien, quedando del mismo modo. Espero esta carta la recibas
en salud. Tu madre cada vez más nerviosa. De noche casi no pega los
ojos. Tiene miedo que te pueda pasar algo. ¿Seguís en Winnesburg, Ohio?
Acá se trabaja que ni te digo y se gana cada vez menos. Desde que se
murió el General no hay nadie que se acuerde de los pobres. Pero de eso
no te escribo, por las dudas. Planté papa, planté un poco de zapallo y
de remolacha, voy a ver si puedo plantar berenjenas y tomate, que es lo
que rinde: si viene la helada, chau Espronceda. Siempre me acuerdo del
finao mi padre, tenía ese dicho, Chau Espronceda, como quien dice estoy
sonado, y otro dicho de cuando estábamos en Mendoza, en el ‘21: En el
cielo las estrellas, en el campo las espinas y en el medio de mi pecho
Carlos Washington Lencinas, que era un político al que después un
correntino lo dejó seco de un tiro. Acá, mucha preocupación; espero que
vos estés bien en Winnesburg, Ohio. En el mapa no figura: estuvimos en
la casa de don Crespo, vimos los Estados Unidos de Norteamérica, vimos
la provincia de Ohio, pero no encontramos ese lugar. Tu madre
preocupada, duerme poco. El más grande de los Weber me pregunta por vos
cada vez que me ve: él es el único que se anima y se me acerca: la
hermana a la final se casó con el rengo Ortigosa. En el campo ya no se
puede estar: no alcanza ni para pagar el arriendo. Le voy a escribir a
mi compadre Anselmo Arnaldo Maidana: está de oficial panadero en
Ezpeleta, provincia de Buenos Aires. Quién te dice, empiezo de nuevo,
otra vida; me instalo en la Capital. Me hubiera ido en el ‘46, esos sí
que fueron tiempos felices, creo que todo habería andado mejor, a vos no
te hubiera pasado lo que te pasó. En este pueblo de mierda, ¿quién se
escuende? Los cazaron a todos como si estuvieran rabiosos: de las Ligas
no queda nada. A los pobres nos vienen jodiendo desde la época de Mitre,
como decía el finao mi padre. Igual, lo último que se debe perder es la
Esperanza, vos hacete respetar y no agaches la cabeza, m’hijo. Que el
mundo da vuelta, da vuelta y al final las cosas van a quedar al derecho.
Yo me siento un pibe, con 63 abriles, estoy lo más bien, de salud, no me
canso y hago pata ancha a lo que sea, pero quién me va a dar trabajo,
decime, a esta edad que yo tengo. Por acá, en Pila, estuvo un circo hace
poco. Payasos, leones y un tipo caminaba haciendo equilibrio encima un
alambre que te daba impresión verlo allá arriba, en el aire tan alto,
parecía un pajarito abriendo los brazos para hacer el equilibrio. Lo
mejor, a mi entender, fue un recitador campero que hizo El Gaucho Martín
Fierro, con mucho sentimiento y todo vestido de negro. “El fuego
pa’calentar tiene que venir de abajo”, dijo y yo me acordé del General
Perón. ¿Hay vacas en Winnesburg, Ohio? Mira que te fuiste lejos, parece
el propio culo del mundo. Hiciste bien, igual, no va a faltar ocasión.
No hay que dejarse atropellar. Yo pienso: de paso conoce mundo. Es lo
que quise hacer yo en el 1946, ‘47, al irme a la Capital Federal, pero
acá me quedé y a veces miro hacia allá, hacia el lado de Bolívar y
pienso que el campo no me dejó ir, ¿Para qué? digo yo, si a la final la
única tierra que puede tener un hombre es la que recibe cuando lo
entierran. Tu madre siempre te extraña y a veces la encuentro llorando
en la cocina, pero me hago el disimulado y ella se pasa una mano por los
ojos, como si le hiciera mal el humo de las hornallas. Te saluda
atentamente. Tu padre. Juan Cruz Baigorria. La escritura ingenua, pensó
Arocena. Por ese lado no lo iban a sorprender. Winnesburg, Ohio: se
repite tres veces. Comprendió que había también cierta recurrencia en
las palabras mal escritas. Las anotó, aparte, en una ficha. Después
contó las letras: conectó ese número con el total de palabras de la
carta: analizó esa cifra: clasificó según ese número las vocales del
alfabeto. Trabajaba con la hipótesis de que el código debía estar
cifrado en la misma carta. Todo podía ser un indicio para encontrar la
clave que le permitiera descubrir el mensaje secreto. 25. 7. 1850 Ha
vuelto ese dolor helado. Diminutos témpanos de hielo navegan por la
sangre del cerebro. Mis enemigos están dispuestos a todo. Figurarían
documentos, haciéndolos valer con testigos falsos y cartas apócrifas;
deformarían lo que yo he escrito y lo que otros han escrito sobre lo que
yo he escrito: pagarían gente de mal vivir para que quemaran los sitios
donde me escondo y guardo mis archivos y esto no les ha de ser difícil,
aunque pago a una persona de mi confianza cuatro chelines para que los
ronde toda la noche. Sitios seguros: este cuarto en el East River, la
pieza donde me encierro por las tardes con la Gata. ¿Y si ella fuera una
espía? ¿No es extraño que una puta negra de la Martinica hable de ese
modo el español y me escuche con tanta atención? Sé cómo trabajan los
delatores, el modo que tienen de fingir. Lo conozco por experiencia. ¿He
hablado demasiado con ella? Hoy me ha dicho Lisette, cuando insinué mis
sospechas, ¿qué tú sabes?, me ha dicho, relajada en el lecho, una
rodilla alzada, la mano reclinada dulcemente sobre el follaje azul de su
entrepierna, ¿qué tú crees? Ninguna mujer te será más leal que Lisette.
¿O no te he dicho que yo he visto en un sueño que entre nosotros dos
algo malvado está por suceder? Te lo he dicho (me dijo) pero estoy
contigo y tengo miedo pero estoy contigo aunque no haya podido yo saber
ni qué, ni cuándo eso malvado nos vaya a suceder. ¿Qué tú piensas?, me
dijo Lisette con una voz húmeda, blanda, como atemorizada por los
presagios en los que sueña y siempre cree. ¿Qué tú te piensas, niño?,
dijo la Gata y empezó a acariciarse con una lentitud letárgica la tersa
piel de sus tetas de reina. ¿Que yo no sé que el mal me ha de venir de
ti? (De madrugada) Prosigo. Bajo el agobio de la noche. En el cuarto,
silencio de muerte -sólo mi pluma rasga el papel- pues me gusta pensar
al escribir, ya que todavía no se ha inventado la máquina que reproduzca
sobre cualquier material nuestros pensamientos inexpresados. Frente a mí
un tintero para ahogar en él mi corazón; un par de tijeras; las hojas
blancas que esperan mis palabras. Escribo: No muy lejos de casa vive una
buena religiosa, una monja a quien a veces visito para gozar de su
honestidad. Dejo asentado su nombre que es: Lisette Gazel. La conozco
desde la cabeza a los pies, más exactamente que a mí mismo. No hace
mucho era una monja esbelta y delgada; yo era médico; logré de pronto
que se volviera negra su carne y que engordara y que aprendiera a hablar
en español. Su hermana, Miss Rebba, vive maritalmente con ella (Lesbos):
demasiado obesa (su hermana) para mi gusto: ahora puedo verla
enflaquecida, piel y huesos, cadavérica -como un cadáver. Soy médico.
Uno de estos días va a morir, lo que me complace porque le haré la
autopsia. Frente a mí veo las tijeras, un tintero, las hojas blancas que
esperan mis palabras. Escribo: Esos papeles del pasado que guardo en un
cofre son mi zoológico privado: se encierran allí bestias de tamaño
reducido: lagartos, ratas, víboras de piel fría. Basta abrir la tapa
para verlos bullir, diminutos, como los diminutos témpanos de hielo que
navegan por mi sangre. En el redil de la historia apaciento los animales
de la manada: los alimento con la carne de mis propios pensamientos.
Frente a mí veo las hojas blancas que esperan en la noche mis palabras.
Escribo. Sólo mi pluma rasga el papel. Anoche, al hundir mi mano derecha
en el cofre donde guardo mis papeles los bichos treparon hasta mi
antebrazo, agitaban sus patitas, sus antenas, tratando de salir al aire
libre. Esos reptiles que se arrastran por mi piel cada vez que me decido
a hundir la mano en el pasado me producen una infinita sensación de
repugnancia, pero sé que el roce escamoso de sus vientres, el contacto
afilado de sus patas, es el precio que debo pagar cada vez que quiero
comprobar quién es que he sido. Frente a mí, un par de tijeras: Al
desgarrarse la seda negra produce un chasquido extraño, parecido al del
papel cuando se quema. Arocena reordenó el texto, separó la carta en
párrafos. La clave no coincidía. No había nada ahí. ¿No había nada ahí?
Trabajó todavía un rato más pero al fin se decidió a abandonar esas
hojas mal escritas. Buscó la carta que seguía. Emilio Renzi, Sarmiento
1516, a Marcelo Maggi, Casilla de Correo 12. Concordia. Entre Ríos.
Acomodó la luz de la lámpara y empezó, otra vez, a leer. 3 Querido
Marcelo: Recibí la visita de la joven Ángela, tu bella enviada y/o
discípula (palabra extrañamente erótica, discípula, como si se declinara
ahí, al mismo tiempo, la disciplina pedagógica y la prostitución) y
seguiré tus misteriosas (y apasionantes) indicaciones. Uno tiene siempre
la sensación de que atrás de tu vida hay algo oculto, un secreto que
cultivas como otros las flores de su jardín. Efecto, creo, no tanto de
la historia propiamente dicha, como vos insinúas, sino más bien del
ejercicio de la profesión de historiador: dedicado tal cual estás a
hurgar en el misterio de la vida de otros hombres (de otro hombre:
Enrique Ossorio), has terminado por parecerte al objeto investigado.
Bien, llegaré a Concordia el 27, a las 10 de la mañana; viajo en tren.
Tengo los números, las direcciones, etc., pero no creo que me hagan
falta. Estas líneas, entonces, sólo para confirmarte fecha y hora: ya
nos veremos (por fin), charlaremos interminablemente hasta dejar bien
aclaradas nuestras respectivas versiones de la historia. Me siento
tentado a decirte: Marcelo, voy a pararme en las escalinatas de la
estación (seguro habrá escalinatas en la estación de trenes de
Concordia), soy más bien bajo, pelo crespo, uso anteojos, llevaré un
bolso de lona y en la otra mano (en la que me quede libre) un libro de
tapas negras, firme contra pecho: serán los Cuentos completos de
Martínez Estrada que acabo de comprar para leer en el viaje. ¿Pensaste
que nunca nos vimos, que no nos conocemos, que esta es en realidad una
cita entre dos desconocidos? Un abrazo, tío, Le neveu de Rameau, alias
Emilio Renzi. PS. Voy a conocer (también) al Senador, Arreglé un
encuentro para el sábado con él, casi me olvido de avisarte, así que te
agrego esto hoy, doce, día siguiente a la noche en que te escribí lo que
antecede. Fue un quilombo que ni te digo (arreglar la entrevista). Hablé
por teléfono. Primero me atendió una especie de mayordomo estilo novela
de Agatha Christie que no me dio mayormente bola, si bien le pasó el
aparato a la misma Agatha Christie, es decir, a una vieja (una mujer con
voz de vieja) que dijo ser la mujer de uno de los hijos del Senador, a
la que le repetí lo que le había comunicado al mayordomo (Esto es: Que
quería hablar personalmente con el Doctor Luciano Ossorio), a lo que me
contestó que aguardara un instante: instante que duró cerca de media
hora hasta que por fin surgió en el tubo la voz de uno de los hijos
(Javier, creo) que empezó a interrogarme como si yo fuera, no un sobrino
tuyo como le dije que era y por lo tanto, si uno lo piensa, una especie
de pariente político de Esperancita y por lo tanto de todos ellos, sino
como si yo fuera en realidad un agente de la KGB (por no decir de la CIA
porque en ese caso seguro hubieran sido más comprensivos). Le dije que
quería hablar con el Senador, que vos me habías dado el encargo, etc., y
el tipo al principio no quería saber nada. (¿Para qué? ¿Cómo? No, hay
que dejarlo descansar, era en esa línea) Pero imprevistamente y sin que
nada lo hiciera prever, cambió de idea con una flexibilidad para la
modificación súbita que, sin duda, debe ser una peculiaridad del
pensamiento de las clases altas y (de golpe) se volvió amable como una
seda y me dijo que si esperaba un momento iba a trasladar el teléfono al
otro lado de la casa donde se encontraban, dijo, las habitaciones donde
“residía” su padre. Esperé más o menos siete horas, como si el tipo con
el aparato hubiera tenido que cruzar los pasadizos, escaleras y
corredores del Castillo de Elsinor para establecerme una comunicación
telefónica directa con el fantasma del padre del príncipe Hamlet, hasta
que, luego de ese laberíntico silencio, apareció la voz del Senador que
tiene una voz: increíble, como si hablara desde el otro mundo; una
especie de tono distante, pero a la vez irónico y ostentoso, tan
argentino (tan igual a lo que yo me supongo que es una voz argentina)
que de inmediato tuve la impresión de estar hablando por teléfono con
Juan Martín de Pueyrredón o cualquier otro patricio por el estilo.
Entonces le dije que hablaba de parte tuya, que vos le mandabas un
abrazo y que me gustaría visitarlo personalmente, si eso era posible,
etc., y el viejo pareció encantado de tener noticias tuyas, pero luego
de ese instante fugaz de alegría se puso serio y empezó a darme una
serie de minuciosas y detalladísimas instrucciones sobre cómo llegar al
ala del Castillo de Elsinor donde se supone que él “reside”. Cómo tenía
que subir por una escalera lateral que había al fondo de un pasillo de
entrada y no tomar de ningún modo el ascensor y sobre todo no permitir
que me acompañara ninguno de sus hijos o parientes. “No quiero que me
anden cerca mis hijos, ni sus mujeres, ni mis nietos ¿me entiende? Usted
sube solo, que ellos se mantengan alejados. Toda esa gente de vez en
cuando”, me dijo, “se siente impulsada por la piedad filial e irrumpen
acá a ver si ya me he muerto”, dijo el Senador. “¿Comprende, Joven? Por
lo cual usted”, me dijo, “primero cruce el pasillo y después suba la
escalera que yo lo estaré esperando en mi sala de recibo”. De forma tal
que, después del sencillo trámite que te he sintetizado, pasado mañana
lo voy a conocer al Senador y ya te contaré, cuando al fin nos
encontremos el día 27 del corriente, vos y yo (en tu sala de recibo). Un
abrazo. Emilio. La crisis pasó. Retroceso de eso que llaman mi
enfermedad. Mi relato avanza. Sigo pensando en él. Reconstruir una
época, su densidad, a partir de esas cartas dispersas que llegan de otra
época. Trabaja el Protagonista con esos documentos como si fuera el
historiador del porvenir. ¿Por qué las recibe? ¿De qué modo? Ninguna
explicación: el relato no aclara las razones por lo que esto, de golpe,
comienza a producirse. Todo estará dado de entrada; literatura
fantástica (¿Quién de ustedes ha leído los relatos de Edgar Poe en el
Herald de Baltimore?). Algunas, aisladas, casi triviales, cartas que se
cruzan entre sí argentinos futuros. Cartas que parecen haberse
extraviado en el tiempo. De a poco el Protagonista comienza a
comprender. Trata de descifrar, a partir de esas señales casi
invisibles, lo que está por suceder. (Quién pudiera ser capaz de leer
las cartas del porvenir.) Saliste en el diario. Todos estamos tan
orgullosos: en el club, el sábado no se hablaba de otra cosa. Te mando
el recorte, la foto es chica pero estás igual. Monísimo. Mamá te tiene
reservada una sorpresa, vos hacete el sorprendido. ¿A qué no sabes lo
que pasó? Mamá y papá se pusieron a discutir. Mamá por poco se lo come.
Dice que a él nunca le gustó que vos estudiaras física (¿es cierto
eso?), que de entrada se opuso y ahora se hace el olvidado. Que quería
que fueras abogado y te hicieras cargo de la Compañía: mira qué
porvenir, sólo pensarlo ya me da un ataque. Te diré que aquí llegan unas
noticias terroríficas sobre el frío que hace en Europa. Alejandra, pobre
chica, está hecha un trapo. ¿Por qué no le escribís? No te vayas a
enamorar de una extranjera, no seas desalmado (¿es cierto que en Londres
hay prostitutas negras. ?). Pero viví la vida mi querido, lo que es yo,
soy una especie de sonámbula. Esto es un opio fenomenal. Buenos Aires
parece Catamarca. (La grasa de las capitales ya no se banca más ¿Spinetta?
dixit.). ¿Vas al teatro, a los cabarets, etc., o te pasas todo el día
estudiando.? Tenemos un profesor de historia joven y buenmocísimo.;
todas las chicas estudian el primer Triunvirato y después levantan la
mano. El otro día papá dijo que si las cosas siguen así este año vamos a
pasar el verano en Europa (Otro secreto: parece que quiere comprar una
casa en París). Ándate preparando que me vas a tener que llevar a todos
lados. Te diré que he pensado seriamente en irme de esta casa. Papá está
directamente insufrible: Ustedes los jóvenes (por mí) tienen la cabeza
hueca, hay que tenerlos a rienda corta (usa metáforas ecuestres); vamos
a llevar (los jóvenes y especialmente yo) este mundo a la ruina. Te lo
podes imaginar, si fuera por él habría que instalar una monarquía,
decretar la reapertura de la Inquisición, etc. El profe de historia,
pintón y todo, también sanatea que ni te digo: según él San Martín era
monárquico, la desgracia de este país empezó cuando se nos ocurrió echar
a los ingleses en la época de las invasiones, etc., etc., etc. No hay
como oír hablar a los mayores para sentirme reconfortada. Hablando de
eso (esta carta me sale un poco dispersa) hablando de eso, repito.:
¿Cómo te las arreglás con el idioma? ¿I am the sister? This is a pencil.
Te envidio muchísimo. ¿Por qué no habré nacido varón? Estoy leyendo
bárbaramente dicho sea de paso: quince, dieciséis horas por día leo:
psicología, psicoanálisis, todo eso (Sigmund Freud, etc.). Creo que voy
a seguir esa carrera. ¿A vos qué te parece? (Importante.: Necesito
urgentemente preguntarte algo ¿Te parece que soy inteligente? Desde hace
un tiempo me siento levemente tarada. ¿Podrías por una vez en tu vida
contestar con seriedad algo que te pregunto? Para mí es muy importante,
fundamental, etc. Contéstame francamente: si te parece que soy de una
inteligencia de mediana para abajo, decilo directamente con toda
franqueza; no tengas miedo que me vaya a suicidar ni nada por el estilo.
Desde hace un tiempo tengo como la sensación de que me estoy volviendo
un poquito oligo. Por ejemplo: me paso el día contando los coches con
chapa impar que pasan enfrente de casa. Es más fuerte que yo. Me atrae.
No lo puedo resistir: de pronto me pongo a mirar por la ventana y a
calcular cuántos coches con chapa impar cruzan enfrente de casa cada
cinco minutos (pasan unos veinte, término medio). ¿No te parece algo
raro? Contestame sobre esto que es muy importante. No puedo pasarme la
vida contando coches con chapa impar y leyendo a Sigmund Freud (entiendo
el doce y medio por ciento de lo que leo) (Leo Psicopatología de la vida
cotidiana.: es bárbaro. ¿Lo leíste? Es bastante difícil por otro lado.
Este asunto de los autos con chapa impar es particularmente
psicopatológico, ¿o no?) Para colmo sabés lo que quiere mi padre: que
estudie escribanía. Hay momentos en que pienso que es un monstruo,
insufrible, imbancable, etc. Vive como si estuviéramos en la época del
primer triunvirato (incluso le parecerían demasiado modernos, creo)
¡Escribanía! Aunque me exprima el cerebro doce horas seguidas es
imposible que se me pueda ocurrir algo más absolutamente tarado que
estudiar eso. De modo que ya tengo completamente decidido que voy a ser
psicóloga. En cuanto me reciba, nos casamos. El incesto me parece muy
interesante, moderno, pecaminoso, etc. (Te diré, querido, que en Oceanía
o en Australia o por ahí, según Sigmund Freud, los hermanos se pueden
casar con toda tranquilidad.) Contéstame sobre todo esto que te pregunto
de lo contrario creo que me voy a tirar abajo del primer coche con chapa
impar que pase bajo mi fenêtre. Ah, te vino a ver ese muchacho con cara
de gato (Ernesto o algo así, nunca se le entiende el nombre) que fue
compañero tuyo en la Facultad. Casi me desmayo, es un morocho tan
pecaminoso, te mira de soslayo con un aire tan pecaminosamente viril que
una se cae desmayada. Dice que Ángela está enferma, que la internaron de
urgencia y que no le escribás; vino a eso (me lo repitió dos docenas de
veces; él sí que está convencido de que soy retardada: que la internaron
el 14 y que no le escribas, etc.). ¿Así que tenías una Ángela escondida?
Te odio. Nunca te vas a querer casar con tu hermana, ya lo sé. Los
hombres son algo horrendo. Me mantendré célibe (¿o céliba?). Adieu, mon
semblable, mon frê e r (retomé la Alianza para cuando estemos en París).
Son las once; ha llegado la hora de obedecer al llamado del instinto
psicopatológico y dirigirme a mi ventana: hacia el mediodía (por razones
misteriosas) se produce como una apasionada aceleración en el ritmo
estadístico de los coches con patente impar; su frecuencia aumenta y de
un promedio de veinte (cada cinco minutos), se pasa, en momentos de
impar frenesí, a casi ventisiete (cada cinco minutos). Allá voy. Adiós,
hermano cruel. Por supuesto te quiero hasta la demencia, te adoro, te
idolatro, etc. Chau, falluto. Fdo. Juana, la loca. Arocena separó el
recorte que venía en el sobre. Londres 9 (AFP). PREMIO. Martín Carranza,
estudiante de post–grado en el Departamento de física de la Universidad
de Oxford recibió ayer en ésta el premio único al mejor “paper” del año
en la categoría Investigaciones de doctorado. Premios, pensó, se
progresa. Ahora los nenes de mamá se dedican a la física y sus hermanas
se masturban con Las flores del mal. Trabajó cerca de una hora con esa
carta. La dividió en fragmentos y cada fragmento en frases y cada frase
en palabras y en letras. Buscó expresiones anagramatizadas, letras
repetidas. Al final conocía casi de memoria ese texto y podía percibir
con claridad su lógica. París.: cinco letras. Londres.: siete letras.
Volvió a leer. De pronto comprendió que había una recurrencia entre las
palabras subrayadas, una especie de repetición fija. El código podía
estar en las letras que seguían al final de cada corte. Reconstruyó la
carta a partir de esas separaciones y volvió a organizarla, pero la
clave no era esa. Había algo que no concordaba. ¿Cómo descifrar entonces
esas cartas? ¿De qué modo comprender lo que anuncian? Están en clave:
encierran mensajes secretos. Porque eso son las cartas del porvenir:
mensajes cifrados cuya clave nadie tiene. ¿De qué modo entender allí lo
que viene y se anuncia? El Protagonista sospecha, insiste, se mueve a
ciegas. Quedaban otras dos cartas. Una dirigida a una extraña dirección
en Buenos Aires: escrita a mano, en una hoja con membrete de un hotel de
Bogotá. El que escribía estaba desesperado, en una Iglesia le habían
robado todo lo que llevaba, pedía urgente un giro a la oficina de
importaciones que era su lugar de trabajo. Estoy varado en esta reputa
ciudad donde no hay más que ladrones y olor a mierda. Cuatro tipos me
pusieron una navaja en los riñones y me sacaron hasta el último centavo
mientras el cura seguía diciendo la misa. No tengo documentos, ni plata,
ni siquiera la libreta de direcciones, así que les escribo a ustedes
porque la de la oficina es la única dirección que me puedo acordar de
memoria. Hagan algo, por favor. Hagan por ejemplo una colecta o díganle
al señor Peralta que me mande el sueldo de abril adelantado. Había que
verificar dónde estaba esa oficina. La calle era extraña, Arocena nunca
la había oído nombrar. Era como moverse a ciegas, tratar de captar un
hecho que iba a pasar en otro lado, algo que iba a suceder en el futuro
y que se anunciaba de un modo tan enigmático que jamás se podía estar
seguro de haber comprendido. El mayor esfuerzo consistía siempre en
eludir el contenido, el sentido literal de las palabras y buscar el
mensaje cifrado que estaba debajo de lo escrito, encerrado entre las
letras, como un discurso del que sólo pudieran oírse fragmentos, frases
aisladas, palabras sueltas en un idioma incomprensible, a partir del
cual había que reconstruir el sentido. Uno, sin embargo, tendría que ser
capaz (pensó) de descubrir la clave incluso en un mensaje que no
estuviera cifrado. Por eso cuando al final se dedicó a leer la última
carta y encontró la clave casi a primera vista y vio aparecer otro texto
dentro del texto, Arocena se sintió a la vez satisfecho y decepcionado.
Demasiado fácil, pensó, como si lo hubieran puesto ahí para que yo lo
viera. Abrió la carta, venía de Nueva York, desde una calle en el East
River, escrita con tinta azul sobre un papel amarillo. Me ha pasado algo
tan raro que te ahorro otras noticias personales. (Aparte de eso, estoy
bien: visito Museos.) Estaba leyendo una novela de Bellow (Mr. Sammler’s
Planet.) de esto hace casi una semana. La había comprado en un quiosco
porque tenía que hacer tiempo mientras me renovaban la visa. Tomé un
ómnibus que va por la calle 42, me senté y empecé a leer. De pronto
levanto la cara y veo a un carterista que está robando a una mujer. Era
corpulento, llevaba anteojos oscuros con montura de carey, vestía con
extraordinaria elegancia. Yo estaba fascinado viéndolo actuar pero de
pronto el tipo dio vuelta la cabeza y me miró, casi con placidez, a
través del vidrio ahumado de los anteojos; entonces me sobresalté y casi
sin querer bajé los ojos y seguí leyendo. Tardé un momento en darme
cuenta de que lo que estaba leyendo era exactamente lo que pasaba en el
ómnibus. Podes ver la edición de Random House de la novela, página 3.
Vas a encontrar la descripción de un tipo corpulento, que usa anteojos
oscuros con montura de carey y viste con extraordinaria elegancia, que
le roba a una mujer en un ómnibus que va por la calle 42. Quedé tan
confundido que no pude reaccionar y cuando me quise dar cuenta la
situación había terminado. El tipo con anteojos ahumados ya no estaba y
yo empecé a pensar que todo había sido una alucinación. Después,
mientras hacía fila en el consulado, pensé que era una coincidencia; a
lo mejor el carterista trabajaba siempre en esa línea, alguna vez Bellow
lo había visto actuar y había reproducido la escena. La naturaleza imita
al arte; el realismo prolijo de los escritores norteamericanos, etc. Me
olvidé (o casi) del asunto. Cuatro días después estaba en un cine de la
calle Broadway: daban un extraño film sobre muñecas y gangsters. Es uno
de esos cines que funcionan las 24 horas: eran las diez de la mañana y
me metí ahí para olvidarme un poco del frío. El cine estaba casi vacío,
había una claridad difusa, diurna, como si no hubieran apagado del todo
las luces. En la pantalla las muñecas eran despedazadas y los gangsters
morían. De pronto entró un tipo alto y se sentó cerca de mí, en la
tercera fila de butacas. Se puso a hablar con otro, que le daba la
espalda y al que yo no había visto, ubicado un poco a la izquierda, en
la primera fila. Me llegaban sus voces apagadas, mezcladas con el sonido
y la música del film. “No vale la pena que te molestes en visitar al
Señor Brown”, le decía el tipo que estaba sentado adelante sin dar
vuelta la cara. Yo los miraba, recortados contra las siluetas del film,
como en un sueño. “El Señor Brown ha tenido ya tantas delicadezas”, dijo
el que estaba sentado en la primera fila, sin dejar de mirar la
película. Se quedaron un rato en silencio y después cruzaron frente a la
pantalla y salieron por una puerta lateral que tenía un cartel de
acrílico, alumbrado con una luz roja, donde decía EXIT. Creo que me
quedé solo en el cine, de cara a las muñecas que giraban en la pantalla
y entonces pude recordar. Vine a casa y estuve un rato dando vueltas
hasta encontrar el libro de Donald Barthelme, Come back, Dr. Caligari.:
allí hay un cuento, podes verlo, se llama Movie (pág. 176, edición
Scribner’s, 1970). Me acuerdo que me quedé quieto, sentado, mirando la
calle por la ventana. A veces me ha pasado que me entusiasmo con lo que
leo y siento el deseo de vivirlo inmediatamente. Hace años, por ejemplo,
cuando terminé El gran Gatsby, sentí impulsos de ser orgulloso y
apasionado y de estar a la altura de mis ilusiones. Me sentía yo también
elegante y un poco desesperado pero capaz de todo. Es como un clima, una
atmósfera, o mejor un sentimiento, y esa impresión dura lo que duran los
ecos de una música, siempre ha sido algo fugaz. Esto es distinto. No es
una ilusión. Los acontecimientos se reproducen exactamente. Por eso
traté de hacer una prueba. Tomé un libro al azar (An accidental man, de
Grace Paley) y lo abrí. En el Central Park, una chica vestida de celeste
juega con un aro y canta Some of these days. You’ll miss me honey. Un
chico viene de patinar en el lago. Lleva los patines sobre el hombro,
atados con una correa. Se ponen a conversar. (Hi, Raquel, how’re you do,
etc.). En un costado una mujer se está besando con un viejo, la chica
los ve y sin saber por qué tiene ganas de llorar. Es casi el atardecer,
hay como una luz blanda y sucia. Salí a la calle, tomé el subterráneo y
me bajé en la 8th. y 81. Crucé la avenida y entré en el parque; me
orienté por el lago. Busqué un banco y me senté. Todo estaba quieto. De
pronto vi a la chica sobre el camino de grava, vestida de celeste,
jugando con un aro y cantando Some of these days. El chico venía
caminando desde el lago, con los patines atados con una correa, sobre el
hombro. En un costado una mujer se besa con un viejo y la chica,
mientras canta, trata de no llorar. Estoy tranquilo. Pienso: he
descubierto una incomprensible relación entre la literatura y el futuro,
una extraña conexión entre los libros y la realidad. Tengo solamente una
duda: ¿Podré modificar esas escenas? ¿Habrá alguna forma de intervenir o
sólo puedo ser un espectador? De cualquier modo no quisiera perder la
felicidad que he sentido hace un rato, sentado en un banco del Central
Park, viendo a la chica que cantaba Some of these days y jugaba con un
aro, sabiendo, a la vez, que pronto iba a verla llorar cuando la mujer y
ese viejo se besaran. Comprendió de entrada dos cosas. Primero: que en
el título de los libros y en los libros mismos no podía estar la clave;
era demasiado evidente. Segundo: que trataban de distraerlo con esa
historia. La clave estaba en otro lado. Las palabras que iniciaban los
párrafos tenían once letras, todas empezaban con una vocal distinta. Las
once letras marcaban el orden de las frases y daban el código que regía
el mensaje cifrado. Arocena trabajó con calma y una hora después había
reconstruido el texto oculto. No hay novedades. Espero el contacto. Me
quedaré en el Hotel Central Park, 8th. y 42. Broadway. Si no hay
noticias antes del 20, seguiré las instrucciones 9. 8. Si hay
dificultades y tengo que volver, espero un telegrama. Que diga:
Felicidades, Raquel Se sentó frente a la máquina. Escribió: Carta
cifrada de Nueva York. De Enrique Ossorio a Marcelo Maggi. Transcribió
el mensaje que había descifrado. Después, abajo, agregó: Mandar
telegrama a Enrique Ossorio. Hotel Central Park. N. Y. Que diga:
Felicidades, Raquel. Bastante imaginativo el pibe, pensó Arocena. Lo
único que falta es que ahora se dediquen a la literatura fantástica. Se
levantó y juntó las otras cartas. En una ficha escribió: Angela
“internada” el 14. Concordia. Renzi, llega día 27. (Maggi). Martín
Carranza: post grado en Oxford. Pronto llegarían nuevos mensajes que
hablarían de física cuántica o de los peces de colores. Miró la que
venía de Colombia. Esta no va, decidió, y durante un momento se divirtió
pensando en el oficinista varado en una pensión rasposa de Bogotá. Que
se joda por huevón, pensó, ir a misa con toda la plata encima. Entonces,
como si la imagen de los ladrones que roban en una iglesia lo hubiera
ayudado, pensó que un código podía también estar cifrado. Un código
también es un mensaje, pensó. Leyó otra vez el mensaje que terminaba de
descifrar. (No hay novedades. Espero el contacto. Me quedaré en el Hotel
Central Park, 8th. y 42. Broadway. Si no hay noticias antes del 10,
seguiré las instrucciones 9. 8. Si hay dificultades y tengo que volver,
espero un telegrama. Que diga: Felicidades, Raquel. ) Contó las letras,
encolumnó las palabras. 3 x 2 + 5 = 11. Once. La misma cifra. ¿Las
vocales estaban salteadas? ¿Las consonantes? A las dos, horas había
reconstruido el mensaje que se encerraba en el código que acababa de
descifrar. Raquel llega a Ezeiza el 10, vuelo 22. 03 Miró la frase.
Estaba ahí, escrita en el papel. Raquel llega a Ezeiza el 10, vuelo 22.
03. ¿Y si no fuera así? ¿Quién podía confiar? Raquel: anagrama de Aquel.
Escribió Aquel en una ficha. La dejó aparte. Ezeiza: e/e/i/a. Doble z.
¿Una aliteración? Estaban las cifras: 22. 0310. La e se repite seis
veces en toda la frase. La a se repite cuatro veces en toda la frase.
Hay una o y una i. Cada palabra podía ser un mensaje. Cada letra. ¿Quién
llega? ¿Quién está por llegar? Las cifras: 2.20.31.0. E/e/a/i/u/o. Doble
z. Raquel: un anagrama. ¿Quién llega? ¿Quién está por llegar? A mí,
pensó Arocena, no me van a engañar. 4 30. 7. 1850 Escribo la primera
carta del porvenir.
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