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Borges, compadrito frustrado; y quizá por eso...
Entrevista con Eduardo Pérsico, del libro “Los que conocieron a Borges nos
cuentan” Editorial Tres Haches, febrero del 2000.
NOTAS EN ESTA SECCION
El compadrito Borges
(entrevista a Eduardo Pérsico)
Laberinto de
Gardel y el inglesito (cuento)
Un tal Borges, el
amigo de Julián (Cuento)
Viejo sobrador
![]()

EDUARDO
PÉRSICO nació en Banfield,
Argentina, y vive en Lanús. Publicó:
1978. Crónicas del Abandonado. Cuentos. Editor Mensaje. (Faja de Honor de la
SADE)
1982. Gardel Supo Retirarse a Tiempo. Novela. Ediciones Corregidor.
1983. Resistencia Lunfarda. Poemas. Edit. Rueda.
1986. El Olvido está en Libertad. Novela. Editorial Futuro.
1989. De nuevo lejos de Uppsala. Novela.
Bell Ediciones.
1991. Un Mundo casi
Feliz. Cuentos y Poemas. Ediciones. Trilce.
1993. Nadie Muere de Amor en
Disneylandia. Novela. Beas Ediciones. (Premio Fondo
Nacional de las Artes)
1995. Cuentos con Mujeres. Beas Ediciones.
1998. Madame Bovary era una Buena Chica. Novela. Beas Ediciones
2001. El Infierno de Rosell. Novela. Ediciones del Leopardo.
2004. Lunfardo en el tango y la poética popular. Ensayo y Glosario. Proyecto
Editorial, Ciudad Universitaria de la UBA.
Participaciones en: Fútbol a Puro Cuento, Ediciones Faro Verde; Escritores
argentinos según ellos mismos, compilado para la Universidad INCCA de Colombia,
por Joseph Vélez, de Baylor University, USA; Cien sonetos Lunfardescos, Academia
Porteña del Lunfardo; Los que conocieron a Borges nos cuentan, Editorial Tres
Haches.![]()
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- ¿En qué posición ubica usted, Eduardo Pérsico, la vida y la obra de Borges en
la literatura nacional?
- Como una costumbre típicamente argentina, nosotros durante mucho tiempo
ignoramos a Borges. Nos tuvieron que insistir con él desde Europa para que aquí
lo empezaran a reconocer. Se le atribuye a Roger Caillois ser el descubridor de
Borges, y algo parecido nos sucedió con Carlos Gardel, considerado por mucho
tiempo como un simple cantor popular pero al fin resultó una personalidad
cultural de los argentinos. Si debiera nombrar a dos valores fundamentales, -
con nuestras contradicciones propias- diría que Jorge Luis Borges y Carlos
Gardel son exponentes de nuestra comarca. No inventados en el exterior pero sí
descubiertos desde allí, igual que sucediera con otros meritorios, Julio
Cortázar y Astor Piazzolla. Es como si necesitáramos la aprobación externa para
darle valor a lo propio porque asimilamos mejor cualquier imagen de afuera; pero
al margen de toda genuflexión cultural, Gardel y Borges valen por ellos mismos
sin ninguna polémica provinciana .
- ¿Qué condición literaria le atrajo más de Borges?
- Bien, lo más interesante que yo encontré en Borges desde el punto de vista
literario, es que él escribía como si estuviese escribiendo. Siento que lo haría
como un juego de ida y vuelta usando permanentemente la complicidad del lector.
Ninguna complicidad fácil sino una complicidad lúdica, vinculada al juego que
inventara al punto de hacerse bromas a él mismo y a los demás. De Leopoldo
Lugones, un referente literario obligado entre nosotros, él lo definió como “ un
hombre que se tomaba demasiado en serio”.
- ¿A qué atribuye usted las fantasías borgeanas?
- Yo creo que la veta fantástica de Borges no le vino desde la literatura sino
del propio país; Borges era un argentino indudable, y la inflexión y el modo con
que decía las cosas, entiendo, lo hacen el escritor nacional por excelencia. Al
leerlo en voz alta lo imagino, siempre, como a esos hombres que acercados al
fogón en una cocina del campo, decían “y vea don, yo le voy a contar, esto
sucedió cuando fuera la crecida grande del noventa.”... Borges empezaba a
relatar así y en un país como la Argentina, poblado por lo europeo, que no tiene
jungla y muestra una geografía transparente; un país que casi no ha tenido
literatura rural porque esa ha quedado reducida a tres o cuatro obras, lo
“nacional” estaría más en la manera de contarnos que por lo temático. Y ahora se
me ocurre que por eso mismo, la literatura rural argentina no tiene lo
misterioso ni lo enigmático que podría tener un país selvático.
- ¿ Tenía algún método para escribir?
Sin duda que Borges fue un cultísimo escritor y ofrece detalles que
literariamnte tienen su valor: Borges no tomaba distancia con el texto como
buscamos los narradores para no estar involucrados. Borges no esquivaba la
primera persona e incluso con ella daba su opinión, y esto se aprecia bien en “
Hombre de la Esquina Rosada”. Además., sus condiciones en el trato personal, -
ojo, no más de cuatro o cinco charlas entre él y yo- me hicieron imaginar en él
más que a un escritor a un “compadrito inconcluso”. Lo pensé encarnado en un
payador y me atrajo tanto eso que escribí un cuento con esa idea: “Borges, el
Inglesito, payador que supo contrapuntear por milonga en un boliche de Turdera”.
( “Laberinto de Gardel y el Inglesito”).
- ¿ Cómo era personalmente?
- Bueno, si uno entraba en su confianza Borges era un porteño sobrador y
canchero, y así lo vi desde que lo conocí por 1970. Una de sus condiciones más
salientes era no evitar, si se lo animaba, a contar algún detalle ingenioso
aunque no era un hombre que usara mucho la ingeniosidad; esa malversación del
ingenio; sino que dosificaba su ingenio sin caer en la ramplonería sin gracia.
Bromeaba de sí mismo y también de otros escritores: de Federico García Lorca
sentenció que era un “ andaluz profesional”, y eso dicho entre los redactores
del diario “Crítica” de Buenos Aires por 1940, era una “cargada” de cualquier
porteño. Borges era un escritor que corregía incansablemente, una condición a
veces no muy estimada, y no sé si jodía con Alfonso Reyes, el mexicano, a quien
solía recomendar: “si uno quiere escribir bien en castellano debe leer a Alfonso
Reyes”. Además era un incansable corrector – “hay que publicar para no seguir
corrigiendo”- que mostró al suprimir la palabra “trinchante” en dos ocasiones
muy precisas. Decía que los mexicanos a ese sitio donde se guardan las copas y
la vajilla costosa lo llaman “trinchero”; y esa palabra lo disgustaba. En “El
Muerto” dice “hay un remoto trinchante con un espejo de luna empañada” y en “El
Aleph” repite “Beatriz Viterbo, frente al trinchante”. Bueno, esto lo sacó y
repuso varias veces, dijo, hasta que decidió “ Beatriz Viterbo de perfil en
colores”. Otro buen ejemplo sería que “Hombre de la Esquina Rosada” conoció dos
versiones anteriores; una cierta crónica policial que se publicara en el
suplemento de “Crítica” como “ Hombres Pelearon”, y más tarde otra anterior al
cuento definitivo.
- Hay muchos que quieren ver en Borges a un escritor puramente ingenioso,
pletórico de argumentos perfectos.
- Es que Borges se divertía escribiendo, y la frescura de su literatura pasa por
ahí, y yo estimé a Borges un “porteño sobrador y canchero” al leer lo que
escribiera junto a Adolfo Bioy Casares con el seudónimo H. Bustos Domecq, “Seis
problemas para Don Isidro Parodi”. En ese libro estupendo, escrito “en
complicidad” durante 1942, insinuan una broma de tipo futbolero, seguramente
urdida por Bioy, y al comentarle esto Borges fingió una sorpresa prefabricada y
se sonrió. En el libro hacen decir a Honorio Bustos Domecq “durante la
interveción de Labruna, fue nombrado primero Inspector de Ensañanza y después
Defensor de Pobres”. Esto estaba escrito en el año ’42 cuando el equipo de
fútbol River Plate salió campeón y ellos escribían no sé si en Pardo o en al
campo de Vicente Casares, escuchando la radio. Borges jamás fue futbolero pero
lo mismo le pregunté si el nombre Labruna lo recogieron de algún locutor
diciendo “brillante intervención de Labruna” y Borges sonrió por incluír al
goleador del campeonato, como un nombre más... A él le daban de costado esas
cuestiones que íntimamente negaba aunque entonces mantuvo su sonrisa sobradora
“esa fue una ocurrencia de Adolfito”. En otro de los cuentos de “Seis
Problemas..” alguien habla de las figuras del zodíaco y Don Isidro Parodi le
propone que se las nombre al revés . Y en vez de pronunciar “Toro” decía “roto”,
por “ carnero” decía “ronecar”. Entonces le dije a Borges que eso no era dar
vuelta las palabras y él me insinuó “no, es que él las pronunciaba al vesre”. Y
allí yo empecé a tomarme más confianza con Borges.
- ¿Cómo lo conoció?
- Lo conocí en 1971 o 1972; yo era responsable de una empresa metalúrgica pero
me hacía tiempo para colaborar con una revista literaria que se editaba en
Lanús, “Ateneo”, de la que aparecieron casi setenta números y los historiadores
y antólogos nunca se enteraron. Así y por mis asuntos yo iba muy seguido a la
hemeroteca de la Biblioteca Nacional, en la calle México y un día quise
entrevistar a Borges, que era el director. Era el fervor del retorno peronista
de los setenta y en realidad, quien dirigía la biblioteca era José Edmundo
Clemente, que salió antes que él. Había tres delegados gremiales muy jóvenes; se
me ocurre que uno se apellidaba Pariente; que enarbolaban las banderas de la
“transforamción profunda que debía hacerse en el país” y otras apoyaturas como
la “liberación Nacional” por ejemplo. Había también dos empleados con quienes yo
hablaba siempre, uno era Zolezzi y otro señor, Amón, y ellos fueron quienes me
contaban lo que sucedía. Al no estar Clemente los delegados pidieron una
entrevista y esa vez los atendió Borges; los muchachos le hicieron una serie de
planteos del tipo “hagamos ya mismo la revolución” y cualquiera pensaría que
Borges se escandalizó pero terminada la reunión le dijo a Zolezzi “hay que
atenderlos a estos muchachos. Yo estoy de acuerdo con ellos en muchas cosas”. Y
el más asombtrado fue el delegado joven porque él como tantos, daba por cierto
que Borges era un reaccionario sistemático. Es cierto que Jorge Luis Borges cada
tanto se mandaba alguna opinión grotescamente retrógrada pero en toda su obra no
sugiere nada contra el orillero, el gaucho, el negro o los laburantes comunes. Y
los escritores se califican por lo que hayan escrito... El despacho de Borges de
la calle México estaba en el primer piso y generalmente él subía por el
ascensor. Enfrente había una dependencia de la prefectura marítima, creo, y al
lado una casa de inquilinato, un “convoy” típico de esa zona, Montserrat, San
Telmo. Y una vez, en verano, Borges mantenía su ventana abierta y abajo alguien,
en el zaguán del inquilinato, buscaba trabajosamente tocar una milonga en su
guitarra. Entonces Zolezzi le preguntó “¿quiere que cierre la ventana?” y el
viejo Borges le dijo “no, que es linda la milonga. Ojalá que el hombre no la
aprenda nunca así la sigue tocando”. Igual, Borges tenía una idea de la milonga
taconera, digamos retrechera, muy propia a su edad, y no esa versión nostalgiosa
y tristona que asumió la milonga más tarde. Acaso porque respecto al tango él
tenía la lógica de los argentinos de Buenos Aires, ver gloriosamente su pasado,
y se habla de épocas de oro como negando las trasnformaciones instrumentales y
de gustos que fueron ocurriendo. Aunque sabía bien qué era el tango mantuvo
cierta disputa con Piazzolla y una vez, en un reunión en la que estábamos, había
un señor a punto de amenizar con una guitarra cuando Borges se había cansado de
opinar sobre todo, hasta del Papa diciendo que era “un funcionario de la
iglesia” y una señora se enojó mucho. Entonces el de la guitarra empezó a
entonar “Jacinto Chiclana” y le preguntó a Borges si recordaba al autor de la
música de esa milonga con sus versos, y el viejo le respondió “no sé, no me
acuerdo, me parece que fue Guastavino”. Para evitar nombrar a Piazzolla, que era
el autor de la música. Tenía una visión bucólica y congelada del tango de los
años veinte.
- Hay dos etapas en Borges, una criollista y otra más ligada al cosmopolitismo?
- De verdad, aunque se burlara de ciertas exageraciones del criollismo, Borges
jamás dejó de ser un criollista. Una vez, sabiiendo qué me contestaría, le
pregunté si Macedonio Fernández tocaba la guitarra y él me respondió lo
esperado: “yo creo que le gustaba afinarla y sacarse alguna fotos con ella, pero
realmente nunca lo escuché tocarla”. Y a propósito de Ricardo Güiraldes dijo
“sí, Güiraldes tocaba la guitarra, pero ¿sabe por qué? Porque creía que de ese
modo defendía el criollismo”. Borges rechazaba la zamba bailada por “chinas”
vestidas de celeste y blanco y esa parafernalia de la exaltación nacionalista,
como hacía con la religión. “Mi madre es católica como todas las señoras
argentinas, ¿no?”, y contaba que en una ocasión su padre le preguntó si quería
tomar la comunión “aunque se tratara de una ceremonia absurda” y él no quiso.
“Mi hermana decidió tomar la comunión y es católica, yo decidí no tomarla y soy
librepensador, todavía; aunque eso de ser librepensador también parece algo
anticuado”. Para disfrutar una charla con Borges el interlocutor debía
domesticarse a los giros y contestaciones que solía repetir. Se divertía en
hacerlo y por ejemplo, de los marxistas pronunció tantos agravios como del
peronismo, que lo acusaron de todo, y con el favor del tiempo a Borges hay que
juzgarlo como a Carlos Gardel, el otro gran referente, criticando sus obras que
son inigualables. Por supuesto, Borges mereció muchas veces ser juzgado por el
“Borges oral”, que era sin duda un provocador, aunque de cualquier manera yo lo
siento y lo imagino como un porteño sobrador y canchero, acodado en el mostrador
de un boliche de barrio, - de esos que conocí- con un pucho en la comisura de
los labios que si alguien se lo quitara, descubriría debajo una sonrisa burlona.
Una sonrisa cómplice de “no me haga caso, estoy hablando en joda”. La
intelectualidad elegante de “La Nación” ni el izquierdismo esquemático supieron
ver ese perfil de guitarrero de patio, - esos cantores que conociera mi padre-
que vestían un corbatín y un saco oscuro. Mi retrato de Borges está vinculado
con esa imagen y no otra.
- ¿Usted no vincula esa fascinación con algo snob?
- Vea, él mismo decía que el compadrito era una invención literaria, y de esa
atracción verdadera surgía su provocación permanente. Le repito, a Borges le
hubiera encantado ser un payador de boliche y haber tenido las andanzas aquellas
de los verdaderos compadritos; y esto lo confesaba diciendo que se había criado
detrás de una cancela colonial. Aunque en el fondo, en una doble vuelta, él
mismo se burlaba de todo eso. Una vez fue a pasear con Francisco Luis Bernárdez
y Carlos Mastronardi por el barrio sur, la Boca, Barracas, buscando hallar algún
bodegón abierto donde descubrieran esos hombres de coraje, compadritos o
cuchilleros; y resultó que esa noche no encontraron nada abierto y al
preguntarle “¿y usted que recuperó, Borges?”, se sonríó a medias “y, nada. Que
hacía un frío tremendo y éramos tres ilusos perdiendo el tiempo”. Digamos que si
en un lugar está el Jorge Luis Borges que se ríe de los mitos argentinos es en
“Seis problemas para don Isidro Parodi”, escrito en sociedad con Adolfo Bioy
Casares. Y si Borges no hubiera pintado esos personajes, hubieran quedado en el
olvido.
- ¿Lo trató mucho antes de morir?
- Bueno, en la biblioteca de la calle México hablamos un par de veces en el
breve tiempo que ya le dije, por el setenta, pero luego lo volví a ver y tratar
a mediados de 1983. Debía ir a casa de una escritora amiga, María Luisa
Biolcati, y como yo lo acompañaría en la charla lo fui a buscar a la calle Maipú
donde vivía. Ahí lo atendía una señora Fanny y fue el mismo día que había
operado a Beppo, su gato, que le regalara una familia “pero se llamaba Pepo.
Imagínese, un nombre horrible. Entonces yo lo bauticé Beppo, como un personajes
de Byron y el gato no se enteró y siguió viviendo”; era la explicación que solía
repetir. Recuerdo verlo salir buscando anudarse la corbata de una habitación en
penumbras y la señora Fanny lo ayudó. Debíamos ir a la calle Charcas, a una
reunión donde yo le haría las preguntas y le reiteré mi apellido. “Si claro, un
apellido italiano, pero también puede tener algún origen sefaradí. Persico puede
provenir de Persia”. Le dije que además era un fruto similar al damasco y él
quería explicarme el suyo: “sí, pero seguramente viene de Italia. En cambio el
mío tiene ascendencia portuguesa. Borges quiere decir burgués”. Pocos saben la
cantidad de progres que se indignaron por esa frase y ahí pensé “con este viejo
me debo cuidar porque me está cargando”, Después me preguntó sobre una palabra,
“arcane”, que hallaría en el Shorter, un diccionario, y cuando la encontré dije
“Arcane: mystic, secret”, con una pronunciación propia de Remedios de Escalada.
Ahí el viejo agregó algo de lo místico y lo secreto y “yo creo que tiene que ver
con el tiempo, ¿no le parece?”. Era lo que se dice un tipo con estilo, de esos
que jerarquizan a su interlocutor al preguntarle y si uno es un gil engreído,
perdía. Era un anciano condescendiente y a los dos o tres días lo visité por la
tarde, le leí unos sonetos lunfardos que nombraban a Lenín, Pirandello y algún
otro, que a él le parecieron “de un reo que escribe para intelectuales”. Una
crítica que luego me avivé era una feroz crítica borgeana.
- Usted menciona algo de la relación de Borges con la prensa.
- Sí, él tuvo diferencias con algunos periodistas que igual a mucha gente,
creían que Borges sólo sabía de libros y recordé el brulote de un periodista que
quiso saber si conocía al director técnico de la selección de fútbol. El tipo
insistió cuando Borges le dijo que no lo conocía hasta que el fin el viejo se
disculpó “usted perdone mi ignorancia”. Otro se hubiera suicidado ahí mismo pero
aquel periodista como el gato Beppo, no se enteró y siguió viviendo; y al
preguntarle si de verdad no conocía el nombre del técnico me dijo “por supuesto
que escuché ese nombre, escucho la radio todas las mañanas”. Porque Borges en el
fondo era una “persona normal”... Cuando le pregunté si Victoria Ocampo era una
mujer hermosa hermosa, contestó “yo no sé, la conocí cuando tenía veinticinco
años”. Y eso sí, recuerdo bien hablar con él sobre mujeres, de “minas”, que el
cholulismo supone que no sería capaz, y por ahí arriesgó que la mujer madura era
más hermosa “porque la belleza de los veinte es casi mecánica, en cambio a una
mujer de cuarenta detrás de los ojos se le intuye la mirada”. La frase fue más o
menos así y le dije si lo había ensayado la noche anterior y se sonrió “no, no,
hace tiempo que la repito”. Por eso le digo que era un porteño sobrador y
canchero que buscaba la apoyatura en su interlocutor, que nunca pontificaba tal
vez porque como cualquier porteño que se precie, tenía temor al ridículo.
- ¿Era tan radical y polémista con sus ideas políticas?
- Era como le dije, un provocador a veces un tanto gratuitto, porque sí. Del
“Mío Cid” dijo que era un cosa ilegible; del “Quijote” podía hacer alguna broma
liviana sobre algunos capítulos del libro pero que sin el “Quijote” no podríamos
entender la historia de España. De Calderón de la Barca sostenía que era un
invento de los alemanes, de Guy de Maupassant una vez sentenció que no era
ningún cuentista genial y que antes de morir había mejorado porque “murió loco
pero toda la vida había sido estúpido”. De estas conjeturas Borges llenó
muchísimos tomos, como al decir que los españoles hablaban muy mal el español
pero que lo respetaban “porque lo consideran un idioma extranjero”. Lo mismo,
considero a Borges el número uno de la cultura de los argentinos de este siglo,
y que todavía no entendimos su perfiles nacionales ni su radicalidad. Creo que
solamente podríamos comparar la grandiosidad de Jorge Luis Borges con Domingo
Faustino Sarmiento, otro titán fundador de nuestra literatura. Y vea usted, en
un país tan contradictorio como es el nuestro, los personajes más
representativos de nuestra cultura no podrían dejar de ser contradictorios.
Sarmiento, Borges, Facundo, Perón, por decir al voleo tres o cuatro; una vez
Borges habló a favor de Pinochet pero cuando se enteró bien de lo que era en
Argentina el régimen militar de Videla, Massera y aquella banda delincuencial,
les hizo mucho daño con sus críticas. Principalmente las que se publicaron en
Europa. En pleno Proceso de estos asesinos, de los militares argentinos dijo a
“Le Monde” y toda la prensa francesa “cuando yo era chico quise ser militar,
pero con el tiempo me fui haciendo más cobarde y menos estúpido”. Ahí pintó a la
Junta Militar, de quienes no quiso ser utilizado, y quede claro que él lo hizo
sin atribuírse - como Ernesto Sábato- ser el referente moral y ético de los
argentinos. Pero mejor es volver a Borges: entendamos que en cualquier contexto,
en Argentina siempre las líneas ideológcias han sido muy tensas,
irreconciliables, peronismo y antiperonismo, y esto hoy se tiende a olvidar, Con
Borges uno podía hablar de asuntos terrenales y cuando alguien le dijo que el
proceso Militar en Argentina pudo ser una más de las sangrientas internas del
peronismo él, Jorge Luis Borges agregó “ese es un pensamiento muy coherente”.
- ¿Cuánto debe la fama de Borges a los medios de comunicación?
- Supongo que Borges, como Gardel, en el contexto de la concentración actual de
la comunicación, globalización mediante, hubieran pasado desapercibidos. Quizá
Gardel no hubiera llegado a ser lo que fue si debiera pelear con los multimedios
de hoy que mastican y devoran lo que sea. Igual, Borges nunca fue un escritor
popular; ha sido un provocador, hay un buen Borges oral, pero nunca fue un
escritor popular de los que se nombran en la calle. Bueno, ahora me preguntaría
quiénes son esos... Pero hay cosas estupendas en la obra de Borges: su “Poema
Conjetural” con relación a Francisco Narciso de Laprida asesinado el 22 de
setiembre de 1829 por los montoneros de Aldao, es una pieza histórica
monumental. Ahí, en ese poema, describe su latinoamericanismo y aunque nosotros
lo podamos acusar de cualquir cosa, Borges era de aquí.
- ¿Qué parte prefiere de la obra de Borges?
- Sus cuentos. “El Muerto” es sensacional no sólo por su remate. “Hombre de la
Esquina Rosada”, una pintura precisa de una época del arrabal de Buenos Aires,
perfecta calidad borgeana en cada fragmento. Cuando en el personaje Francisco
Real da un pechazo y atropella a los gritos la puerta del prostíbulo, Borges, el
relator, que está de espaldas a la puerta, al verlo exclama “el hombre era
parecido a la voz”. Siete palabras no más y deja un concepto definitivo del
tipo, esa era la calidad de Borges cuentista armando frases perfectas y
definitivas que mostraban su capacidad incansable para corregir. La suya era una
generación que escribía muy bien y muchos consideraron que Bioy Casares era
superior, pero ambos se influenciaban. Bioy era un mundano y un “sportman”, en
tanto Borges era de biblioteca, escuché alguna vez; se influenciaban.
- ¿Qué se olvida generalmente de la obra de Borges?
- Ahora, se me ocurre su cuento “Juan Muraña”. Sería bueno que la gente lo
releyera para entender el enfoque casi ensayístico sobre el compadrito. También
se olvidaron los ambientados en el Uruguay; en “El Muerto” ubica la acción en un
pueblo llamado San José, creo, que es una pintura. Borges era un conocedor de
las costumbres aunque fuera incapaz de escribir alguna mala palabra, por ahí. En
una reunión le dije “vea, yo me voy porque esto me hincha las bolas” y el afirmó
“tiene razón, a mí también”, y nos fuimos. En otra oportunidad, en televisión,
le preguntaron si había conocido algún guapo verdadero y dijo “sí, en
Montevideo”; resultó que un hombre había faltado el respeto a la casa y el
dueño, que era un hombre de acción pero muy respetuoso, fue al cuarto contiguo y
volvió con dos cuchillos. Le ofreció a quien ofendiera su casa “usted elige”.
“¿Y qué hizo el otro?”, le preguntó el conductor del programa. “Y, ¿qué iba a
hacer? Se achicó”. Borges dijo lo mismo que mi viejo, siempre taxista o
colectivero. O al definir a su gato Beppo con una inflexión bolichera, “un gato
más ventajero que atorrante”. Antes que nada, era un hombre que respetaba la
autenticidad de la gente y no soportaba a los cholulos; de ahí su rechazo a los
periodistas. ¿Usted no es periodista, no?” “No. ¿Qué tiene contra los
periodistas?”, y repitió algo algo ya escuchado “Es gente muy sonora”. Con la
gente auténtica era divertido de verdad y hasta de reírse al confiarle “¿usted
Borges, no será un compadrito frustrado?”, diciendo “creo que sí”.
Fueron esas charlas a mediados de 1983 y no daba para más. Ël ya era un anciano
desvalido en el exilio de la ceguera, rodeado por personas que a veces lo creían
alguien de la televisión; y debíamos respetarnos. Murió en el ’86. En
definitiva, conocimos a mucha gente infatuada de importante; deportistas,
faranduleros, políticos y tilingos varios, pero si frecuentamos su obra
literaria, - la identificación real de un escritor- Jorge Luis Borges fue
importante de verdad. Y esa es la diferencia.
(Del libro “Los que concieron a Borges nos cuentan”. Editorial Tres Haches,
febrero del 2000)
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Labertinto
de Gardel y el Inglesito
Y fue por ahí cuando el Inglesito, que descollara por milonga en el despacho de
bebidas de doña Rosa, allá por Turdera, empezó a desovillar sobre Gardel y lo
acontecido con su extraña muerte. Hoy confieso que no entendía así nomás su
manera de unir las palabras y al comprenderlas, ya el hombre andaba respirando
en otra frase. Porque al Jorge Luis, el Inglesito, que fuera también imbatible
payador del boliche de los Iberra, era un gusto verlo apoyar sus manos sobre el
mástil de la guitarra hablando de Carlos Gardel, el Zorzal Criollo. Y como los
poetas siempre agregan imaginación hasta cuando saludan, no era fácil descifrar
cada renglón del Inglesito aunque recupere su voz trabajosa y la mirada opaca al
oírlo hablar de esas utopías que adoran los pueblos.
- La historia verdadera requiere de la ficción que la humanice; no hay
estadística que valga sin la neblina de la imaginación y el mito - pronunció
Jorge Luis el Inglesito en aquel bodegón oloroso de aceitunas y vino moscato.
Neblina de la imaginación y el mito - repitió y mirando al techo reacomodó una
mano sobre otra y hamacado en la guitarra aseguró que sin creerse las historias
de Sancho y don Quijote la historia de España no tendría pies ni cabeza. Y por
ahí siguió ubicando cada palabra en su sitio, igual al personaje que contaba un
cuento sin saber si lo recordaba o sólo recibía las voces para decirlo. No era
fácil seguirle la idea, y yo porfié no distraerme si pretendía conocer la muerte
de Gardel y gustar la sal nutricia de lo verdadero, según amenizó el Inglesito
convencido que ningún párrafo de la tragedia gardeliana de junio del '35 tenía
parentesco con la verdad.
- La crónica dice que Carlos Gardel, el artista más respetado en América del
Sur, murió quemado en un accidente de aviación en Colombia, pero eso apenas
guarda cercanía con lo cierto y según el historiador uruguayo Wilson P.Sarnari,
también esa fantasía debiera desecharse – tartamudeó casi inaudible.
Era lindo ver al payador que llegara de contrapuntear del Camino de las Tropas,
relatar con la simpleza de quien aprecia lo extraordinario y en los resuellos de
silencio, irse a divagar por algún túnel de recordación. Me gusta este relato y
confieso que aquel imprevisto de Gardel y Jorge Luis Borges, el Inglesito, me
aconteció en horas de una realidad secundaria, impenetrable, aunque igual
reconocería los rostros de aquellos parroquianos esquivos en mirar de frente al
payador que al irse a morir a Suiza, les debiera los rituales del avieso velorio
y algún llanto televisivo. De aquella gente nadie perdonaba al pálido Inglesito
que apoyaba su mentón en la guitarra, que al haberse muerto tan lejos les
sustrajera alguna foto del jadeo final, trofeo a mostrar sonrientes en el
despliegue fúnebre. Por eso hoy presiento haber vivido allí un tiempo prestado y
sin relojes, de otra instancia, donde me anoticié que el Wilson P.Sarnari, del
cual el Inglesito atesoraba una larga conversación en Montevideo, le refirió
datos que ningún investigador del “Pasión y Muerte de Carlos Gardel” conocía. A
saber: las horas previas del Zorzal Criollo antes de abordar su vuelo final en
Medellín, si lo hiciera, y el nombre de la enigmática mujer que se le acercó por
un autógrafo y luego desapareciera para siempre sin que jamás fuera reconocida,
y otras conjeturas que Wilson P.Sarnari le hiciera esa vez. Porque hubo muchas
invenciones que el payador Jorge Luis el Inglesito despreciaría esa noche,
aunque sin quitarle todo el prestigio de misterio a lo propuesto por el otro.
- También se dijo que el accidente vino por aquel mozo Lepera, amigo del cantor
y continuo abrevador de Amado Nervo, - deslizó el Inglesito su juicio literario-
que por un enredo sentimental arremetió a balazos con toda la concurrencia. Se
murmuró también que por mantener en alto el buen humor argentino al piloto lo
ahorcaron con un lengue blanco al carretear el avión, y más frases de entrecasa
porque la verdadera muerte de Gardel proseguirá su enigma. Aunque si el portador
de un secreto subestima los recuerdos, igual se confesará; toda verdad
clandestina resulta insoportable – pareció cansino el Inglesito al reiterar que
esas ideas se las habría confiado en Montevideo el historiador Wilson P.Sarnari,
quien luego de escuchar las milongas del Inglesito que con el tiempo serían
leyenda, empezó a darle relación de la “Verdadera Muerte de Gardel” y otros
asuntos. Como que antes del accidente, el Idolo de la Canción estuvo acompañado
solamente por él; Sarnari y Gardel sólo a sólo, hablando del entorno que rodea
al hombre desbordado por el adular ajeno, esa difusa y despótica imposición del
absurdo. Además nos relató el Inglesito que él supo aguantarse a pie firme los
parlamentos del historiador uruguayo al memorar la tristeza de un Gardel
desolado, marioneta de magia fugaz y perdido su gardeleo en turbios callejones.
- Carlos Gardel, artista virtuoso devenido en partiquino lugareño y malversado
por nietos con sonrisa de rocanrol y extraños a la palabra tango. Porque Gardel
supo retirarse a tiempo, no era ningún botarate y tenía tan anticipada su
memoria que alcanzó a confiarle a Wilson P.Sarnari su temor por los tiempos
venideros y dónde resonarían los ecos de su voz luego que él debiera quemarse en
Medellín. “Vea Sarnari, algún día harán de mí un muñeco publicitario. ¡Qué
vergüenza!” – le habría dicho el morocho del Abasto, además de anticiparle a
Sarnari el mal uso que de su inflexión arrabalera harían los atorrantes que
nunca faltan, de los titulares de prensa amarilla que informarían de sus
apariciones en Quito y Bogotá, con el rostro deforme por el incendio; o
ircerdio; pero aclamado ni bien entonara la primera estrofa. Y habría otras
imaginerías: el tiempo que esperó Gardel en el aeródromo antes de reanudar su
viaje, sus verdaderas hembras y la incierta tendencia de su entrepierna, el
exacto lugar donde naciera y otras tantas errátiles hazañas, con suicidios de
millonaria y algún hijo que casualmente cantaría como él pero un poco diferente.
- Mucha tontería fue glosada por los nocheros como si hablaran de virtudes
propias – me dijo el historiador Sarnari y luego predijo el impiadoso final que
a Gardel le fijarían los congeladores del arte. Gardel es paradigmático, nadie
cantará como él, repetirán los mediocres; y ahí lamentó por decir paradigmático,
esa palabra que yo desecharía por olvidable, como el dictamen de Enrico Caruso,
“Gardel tenía una lágrima en la voz”, que a madre le sería una ambigua alabanza
de italiano.
Jorge Luis el Inglesito aflojó las comisuras sin alcanzar la sonrisa y la siguió
con cuanto le contara el historiador uruguayo Wilson P.Sarnari, de un Carlos
Gardel solitario que luego de ser confundido con otro pasajero de un avión que
jamás abordara, seguiría con su lustroso smoking, el chambergo inclinado y aquel
moñito a pintas, y hasta luciendo su perdonable atuendo de gaucho palaciego.
Siempre Gardel, cantando y sonriendo como nadie, aunque ya empezaban a disponer
de él las multitudes vigorosas y los negociantes de un “Gardel, producto
terminado”. Él nada menos, El Gran Modernizador devenido en cómico accesorio de
un tablado en la costanera, o chaplinesco de tercera recluido en un loquero y
corrido a cascotazos por cualquier barra futbolera.
- Una noche lejos de mi patria le escuché a Gardel cantar un tango deleznable,
que jamás apreciaría – dijo el Inglesito de su cosecha- y sin embargo, al oirlo
reviví cierta calle de Palermo con una madreselva trepando una tapia, y de
pronto lloré. Por esa memoria dictada por la voz compadre de Gardel y acaso,
porque lo popular es un secreto en los pueblos, ¿no le parece? - preguntó el
Inglesito y siguió hurgando otras palabras que oyera de Wilson P.Sarnari en esa
noche lejana: Carlos Gardel internado en un depósito de viejos llamado
geriátrico, ensayando ante el espejo aquel peinado brilloso y su sonrisa
luminosa pero ignorado por otros ancianos derruidos que también se mean encima.
Según Sarnari, el Zorzal Criollo tal vez sea otro cuerpo sin retorno tirado en
algún hogar de ancianos, tumba previa donde entona “tal vez una noche me encane
la muerte, y chau Buenos Aires no te vuelvo a ver”, hasta que un enfermero lo
acalla de un sopapo.
- Además, luego de esa afirmación tan contundente, - sugirió otra sonrisa Borges
el payador – el uruguayo Sarnari deslizó un nuevo enigma. “Pobre Carlitos,
confundirlo con un bufón de discoteca”...
Y al concluir Jorge Luis el Inglesito, antes o después de morirse en Ginebra
hamacándose en el asta de su guitarra o en su bastón, vaya uno a saber, un
reciénvenido al despacho de bebidas nos truncó el relato.
- No crean más zonceras, señores - impuso con voz chillona el comedido- lo
cierto fue que el 24 de junio de 1935 al insuperable chansonnier Carlitos Gardel
no consiguieron subirlo al aeroplano. ¿A él sentarlo en un cacharro que ni
levantaría vuelo? Vamos, que no era ningún gil el Morocho.
- Pero qué triste sería un Gardel sin poesía, sin esa eternidad - culminó
trémulo el payador que se luciera por milonga en un bodegón de Turdera, en el
día que a usted mejor le convenga.
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Un
tal Borges, el amigo de Julián
Ni bien en la reunión entraron a opinar sobre la poesía significante y demás
brujerías, sin aflojar su bastón el anciano Borges pidió tomar un poco de aire.
- Un día la gente caminará hacia el sur - dijo mirando el cielo.
- Y se orientarán siguiendo a Las Tres Marías, según antiguos navegantes – lo
secundó Julián al tomarlo del brazo.
- O cumpliendo alguna voluntad de Dios; otra incierta constelación – insinuó el
viejo una sonrisa y prosiguió.
- Camine despacio señor, sin llevarme a remolque. Apenas quiero estirar las
piernas y dejar un rato la ingeniosidad de hablar sobre la muerte, el Papa y la
fatalidad del tiempo. Eso ya me hincha, le aseguro.
- Le creo – le contestó Julián y esquivó a un perro acostado en la vereda-. ¿Le
gustan los animales, Borges?
- No me desagradan. Una vez me regalaron un gato llamado Peppo, un nombre
horrible; yo lo bauticé Beppo, como a un personaje de Byron, pero el gato ni se
enteró y siguió viviendo. Murió hace poco, lo extraño.
Julián sabía jugar de acompañante y aceptó escuchar la semejanza de Beppo con
los tigres, esa otra recurrida alegoría del “más grande escritor argentino”, en
tanto suponía que de haber nacido perro Borges sería un abacanado cocker
spaniel, propiedad de alguna veterana que lo cepillara sin dejarlo trompetear
tachos de basura en la madrugada. Seguramente Borges sería un afectado perro de
living, un soñador sin necesidades – y sonrió Julián por su idea tan ramplona.
- Fuera de los caballos que me atraían y jamás traté de cerca, mi mundo casi no
tuvo animales – insistió el viejo. Beppo fue un gato más ventajero que
atorrante, se dejaba acariciar sin inquietarse, siempre dormido sobre el sillón.
Cierta vez me fotografiaron con un perro que no era mío, y no sé, siempre
preferí el enigma que suponen los gatos.
- Sí, hubo fotos en su casa que sugerían eso. Las recuerdo.
- Yo también, señor. Pero fue otra equivocación porque en verdad, yo lamento no
haber sido un cuchillero de fama, y a veces también no recordar la sensación de
arrancar una anguila del barrial mierdoso que fuera el Maldonado, entre el
griterío de los otros chicos. Hoy me gustaría mucho tener ese recuerdo, pero
deseché eso al demorarme con la palabra escrita. A veces a desgano, le aseguro.
- Nadie imagina a usted en menesteres de potrero, Borges, y menos hundido en el
barro del Maldonado para sacar una anguila.
- Es que siempre me rodearon seres equivocados; periodistas sonoros, aburridos
intelectuales que ni sospechan quien soy. Yo no concibo el mundo sin esta ciudad
que jamás pude abandonar del todo. Algunas veces pregunté qué divierte hoy a la
gente de aquí y me respondieron cosas ajenas, tonterías. Nadie se anima a
conversar conmigo como se acostumbra con cualquier porteño sobrador y canchero,
que tanto pretendí ser. Por eso espero que un día la gente caminará hacia el
sur.
Sin llevarlo a remolque, Julián sostenía el caminar del viejo “socio de nadie”,
criado tras una cancela colonial, ciego, piel transparente, inflexión inglesa al
silabear “Borges quiere decir burgués”, y por siempre, patrón de milongas y
cuchilleros imaginarios.
- Una noche de invierno vine con unos amigos a este barrio de Barracas, a ver si
relojeábamos algún guapo de esos que inventara la literatura. ¿Usted no cree que
al fin todo es una invención literaria? Vea, en esa ocasión hacía un frío
tremendo y anduvimos con Mastronardi y otro más, Bernárdez, bordeando el
Riachuelo sin encontrar abierto ni un solo bodegón de esos que mencionan los
tangos. Rituales almacenes concurridos por gente de reírse fuerte y no tomarse
muy en serio; esa manera de ser inteligente.
Julián conocía esa anécdota y aprovechó a darle su versión.
- Si no lo aburro, quiero recordarle de un almacén de bebidas y dos payadores de
contrapunto. Los dos cantores se provocaban con la mirada. Uno era El Inglesito”
pero tenía su rostro, Borges. El hombre lucía una seda oscura al cuello y
zapatillas de carrero a rayas celestes, mostrando sus guarangos empeines y
hamacándose en el mástil de la guitarra; o del bastón, vaya usted a saber. Y
anduvo desafiando “vine al sur porque estoy buscando un hombre de coraje y dicen
que por acá sabe haber”. El otro cantor, de flor montada en la oreja, afinaba
desprolijo las seis cuerdas y apenas le dijo “no busqués roña, Inglesito
prepotente, que te vas a arrepentir”.
- Eso me gusta, señor. Lo escuché alguna vez y suena lindo, vea usted – dijo
Borges y se afirmó mejor al brazo de Julián.
- Entonces prosigo. El gallego que atendía el boliche desancló una faca de algún
rincón y dando un cojonudo planazo en la mugrienta tabla de cortar fiambre, puso
fin al contrapunto.
- Sí, de madrugada por aquí pasan al puerto unos estibadores muy guapos, hombres
de aguante al infortunio; y ustedes dos no anden buscando pleito que los matones
no son de aquí – los prepoteó el bolichero
- Esa historia la escuché otras veces y no me disgusta. Quizá porque ahí yo,
Borges, soy ese payador que disfrutaba provocando en los bodegones, el
emborracharse con ginebra y hablar de hembras como cualquier mortal. Y mejor
hubiera disfrutado en cuerpo propio esas imaginaciones. ¿ A usted no le parece?
-¿Quiere que volvamos, Borges?
- Sí, aunque la entrevista con esa gente seguirá insabora. Usted sabe, no se
detendrán hasta preguntar porqué decidí morime en Suiza y privarlos de mi
velorio. Pero igual entremos, que este frío me jode mucho.
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Viejo
sobrador
"El que dice burgués pronuncia Borges",
tartamudeó el chicato, despacioso,
junando al cielo con cara de pirado,
canchero en su papel de hacerse el oso.
Los giles daban todo por ficharlo:
Poderlo franelear, enchabonados
a escracharse con él. El cholulaje
la juega de arrastrón en cualquier lado...
Pero el Yoryi fue un seso de primera.
Un pensante entrenao de ponga y meta.
Un marote a bastón yirando el mundo.
Que a veces se zarpó, como cualquiera,
y nos dio embole con su manganeta
de tipo sobrador, turro y profundo.
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TV
textual
-¿Y cómo se llamaba aquel viejo de bastón que invitamos al programa y era ciego
pero igual hablaba y escribía? ¿José Luis qué, era el tipo?
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