Una mujer íntegra memoria | Penumbra de la mágica linterna | Doña Rosario no lo sabía todo | El Ideal revolucionario | Champán en Recoleta | Al sur del mapa
Duelo al sol | Un emotivo encuentro Tantas veces el mismo tren | ¿En qué país vivimos? | Guaracha al corazón | Alicia plancha su pañuelo | Acabar con la pobreza
La secretaria de Fu Manchú | Evita en el club de los ingleses | Aprender en familia | Diferencia de pareja  |  Don Simón | A mi gato le encanta Mozart
Revancha de tus ojos

EDUARDO PÉRSICO nació en Banfield, Argentina, y vive en Lanús.

Publicó:
1978. Crónicas del Abandonado. Cuentos. Editor Mensaje. (Faja de Honor de la SADE)
1982. Gardel Supo Retirarse a Tiempo. Novela. Ediciones Corregidor.
1983. Resistencia Lunfarda. Poemas. Edit. Rueda.
1986. El Olvido está en Libertad. Novela. Editorial Futuro.
1989. De nuevo lejos de Uppsala. Novela. Bell Ediciones.
1991. Un Mundo casi Feliz. Cuentos y Poemas. Ediciones. Trilce.
1993. Nadie Muere de Amor en Disneylandia. Novela. Beas Ediciones. (Premio Fondo Nacional de las Artes)
1995. Cuentos con Mujeres. Beas Ediciones.
1998. Madame Bovary era una Buena Chica. Novela. Beas Ediciones
2001. El Infierno de Rosell. Novela. Ediciones del Leopardo.
2004. Lunfardo en el tango y la poética popular. Ensayo y Glosario. Proyecto Editorial, Ciudad Universitaria de la UBA.

Participaciones en: Fútbol a Puro Cuento, Ediciones Faro Verde; Escritores argentinos según ellos mismos, compilado para la Universidad INCCA de Colombia, por Joseph Vélez, de Baylor University, USA; Cien sonetos Lunfardescos, Academia Porteña del Lunfardo; Los que conocieron a Borges nos cuentan, Editorial Tres Haches.


UNA MUJER ÍNTEGRA MEMORIA.

- Y al terminarse el juego, el rey, la reina y los peones van todos a la misma caja – comentó el hombre al juntar el ajedrez y pedirle al enfermero que lo arrimara a la ventana. El domingo atardecido con su desgano espeso de aplacar entusiasmos, lo volvió a cada frase de su relato repetido.

- Por el cuarenta en Mar del Plata se lucía un cafisho que portaba un nombre propio de Borges: un tal Matías Argüello que por disimulo también la oficiaba de taxista manejando un Nash color verde. Por aquel tiempo la ciudad se recostaba sobre el mar del asilo Unzué a Playa Grande y algunas calles las cubrían los escombros del Casino viejo recién demolido. Eso bien lo recuerdo de aquel torneo en el hotel Provincial, y yo era una promesa del ajedrez nacional.


Por ahí el viejo secaba la frase, se distraía hablando del certamen con extranjeros que luego de jugar se acodaban a chupar whisky, vigorosamente, y donde un gran maestro español muy divertido al enfrentarse le propuso una apuesta novedosa.

- Muchacho, si no te gano en menos de cuarenta te pagaré esa buscona bonita que anda por ahí.

Al convenir tablas en la cincuenta el tipo cumplió y la Betty esa tarde entró a su habitación; renglón que el viejo cerraba con suspenso.

- Yo era muy pibe y en la cama las cosas no salieron bien - y decía del silencio cuando la Betty se repintó los labios y salió.


El enfermero que lo atendía cada tarde hacía tres meses conocía palabra por palabra esa versión primera, la menos entretenida, porque su paciente cada tanto ideaba alguna variante y sin falta pedía que le sirviera un vaso de vino blanco.

- Hoy no lo acompaño, don Guimardy – esa tarde habló fuerte el enfermero sacando una botella de la heladera.

- Lo siento, pero yo lo tengo permitido- y corregía la historia con otro párrafo.

- De verdad, te digo que nos miramos un rato largo y al irse nos besamos con una ternura inolvidable, de chiquilines. Eso lo recuerdo bien. Y que el fulano de nombre novelero, Matías Argüello, era un rubio de pelo ondulado que con su auto verde de alquiler repartía hembras por el centro de Mar del Plata y entre ellas la Betty; diferente, hundida en ella misma, la mujer que me enseñó.


Llegando a ese renglón y como si eligiera mover caballo por alfil, el viejo solía variar el cuento; murmuraba “siempre hay una mujer que nos visita el insomnio” y mirando fijo la copa de vino se daba el primer trago.

- Ella no yiraba en lugares atorrantes ni levantaba clientes al voleo, no lo creas. De medias oscuras, zapatos de taco y cintura ceñida hoy sería una antigüedad; aunque fuera incomparable.


Ahí apagó sus reiteraciones y con una mirada le pidió más luz al enfermero. El ámbito se veía iluminado, el otro simuló un movimiento y fue reordenando las piezas de ajedrez en la caja que mostraba una foto en el fondo: “Guimardy sigue segundo en el magistral de Roma”. La penumbra iba ganando el patio y más allá los autos alumbrarían la calle.


- Ese taxista Argüello pesaba mucho en Mar del Plata – pretendió seguir y apenas musitó cuando el tipo discutiera en la avenida Luro con uno de los Pulido, un malandra de la calle Jara, que le arrimó un treinta y ocho por la ventanilla del auto.

- Todos pensaron que ahí nomás lo mataría, - tomó aliento frente a su escena favorita- pero como el coraje es mejor si sabe qué puede hacer el otro, el Argüello se bajó del Nash, le tironeó el revólver al Pulido y con un cachetazo humillante le sacudió la mejilla. “Mañana te lo devuelvo, guacho”, y su grito de matón resonaría más estridente en el futuro.


Guimardy le fingió al enfermero darse otro trago y entornó los ojos. Se ahorró el “paso de sainete” que fuera el rumboso té en la Villa Ocampo y las fotografías de los jugadores extranjeros con la dueña de casa, que solía matizar con alguna puteada. Ahí el enfermero evitó que derramara la copa y lo reacomodó en la silla; pronto el viejo no podría cambiar de máscara para hablar de “la mirada lluviosa de la Betty en un bar de Buenos Aires cuando vino a perder de vista al Argüello y se largó a vivir conmigo en Barracas. Le gustaba el barrio; y para ser mi mujer se cortó el pelo y archivó su uniforme de ropa colorinche y medias negras a toda hora”. Esa vez ni logró culminar “éramos dos cachorros insaciables, desnudos a cada rato” y menos el siguiente: “esta ciudad borra a la gente, pero poco le costaría al Argüello verme en el Argentino de Ajedrez donde me le animé, ¿usted me busca?”.


Ni bien logró acomodarlo en la cama el muchacho le tomó el pulso. El viejo no discurseaba “y el tipo sin alarde y pelo prolijo a la gomina me convidó con un café igual que si al margen de su escenario el personaje perdiera firmeza, - el discurrir personal siempre es único, vos sabés- y me propuso resolver el asunto de buen modo”. Y quizá imaginara proseguir con aquel parlamento agobiador: “si ella va a estar mejor yo me abro, pero si con usted sigue en la vida es mejor que lo piense, Guimardy”, que luego se alargaba en el apagar el cigarrillo en la taza del café que haría el otro como si retomara su estilo de cafisho matón, y su riesgoso “vaya tranquilo Argüello, yo sé lo que hago”.


- Vamos don Guimardy, que la presión anda bien – animó la representación donde imaginaba oír la voz del viejo.

- Y te sigo contando, pibe. El tipo salió del Argentino de Ajedrez porque no sería lindo encontrarse con ella, y después me arrepentí de corajear “yo sé lo que hago”, un desplante que desangelaba el asunto.


En adelante, sabía el enfermero, vendría la parrafada que él usaba en ordenar la habitación en tanto el viejo recitaba el libreto de reproches de todas las mujeres.

- Para conformarla la llevé a un torneo en Necochea y como el deseo se fogonea por su cuenta, el sábado nos apareamos. Sí, esa es la palabra, nos apareamos; el domingo ella se levantó temprano sin despertarme, yo perdí mal con Sanguinetti y nos volvimos en ómnibus a Mar del Plata. Y aunque tal vez no lo creas, hoy retengo su pelo corto y los tornasoles del atardecer alumbrando su mirada adolescente por la ventanilla, más el caminar separados a la estación si cualquier roce aumentaría la pena. Acaso, en aquélla neblina, alguno lagrimeara al subirme al tren a Buenos Aires y la Betty se volvió como siempre la veo: de cintura ajustada y medias oscuras subiéndose al Nash para convertirse en toda mi memoria.


El enfermero contempló un rato al viejo Guimardy en silencio, sin apuro. Si lo mismo el médico llegaría tarde.

PENUMBRA DE LA MÁGICA LINTERNA.

"El es el Vencedor de las Tinieblas, quien derrota a la solapada sombra. Su luz guía al sitio en el Ideal, tarde y noche Pepe Luzmala orienta las auroras y nos alumbra hacia la imagen prometida. El Sabio de la Penumbra, Ajusticiador de Oscuridades que nos ilumina dentro del Ideal, fila doce más o menos, punta de banco".

Al loco David, el químico vecino al cine y redactor del pergeño bíblico que hiciera reír al mismo destinatario, lo distinguían sus lecturas, ser profesor de algún colegio secundario por Adrogué y cuando todavía vivía Perón, a fines del ’72, en la Biblioteca Alberdi habló de Leopoldo Marechal y su "Adán Buenosayres, una novela inigualable", algo que pese a la poca audiencia y entreverar en el asunto "un solo pibe que muere de hambre es una derrota de Dios", le agregó bastante lustre. Aunque "misterios del arrabal", jaraneó una madrugada con dos ginebras de más en el bar Escalada, el tipo curtía la misma cuerda de Pepe Luzmala, acomodador del cine con dos o tres enigmas baratos que igual servían al comentario: el nombre real de Pepe que sería José más un apellido común, no lo sabía nadie; que era incapaz de dialogar dos renglones en serio sin desbarrancar lo sabían todos y en voz muy baja, le atribuían un ignoto hermano, funcionario policial de investigaciones, con quien se vería cada tanto lejos del barrio.

- Pepe, ¿qué investiga tu hermano?

- Ni él lo sabe – y fingía reírse, sin gracia. Pero el gran reconocimiento del Pepe Luzmala se lo daban sus conquistas amorosas, acrecentadas por el murmullo mujeril en esa zona de tranquilos ferroviarios donde ese diestro cazador de trusas y corpiños, -por su infalible linterna mágica, se decía- una vez apurado por el preciso diagrama de los trenes le requirió al químico David su apoyo en diligenciar, después de la función noche, con la mujer de un maquinista.

- Imaginate loco, es un trámite urgente y me vendría bien algún menjunje para tomar - y aún sin Viagra ni sildenafil en el mercado, el Luzmala al rato recibió un polvito blanco envuelto en papel de seda.

- Tranquilo Pepe; tomá esto media hora antes y esa mina no te olvidará en su vida.


En realidad, los componentes de la pócima milagrosa preparada por David no fallaron ni un céntimo, porque a los diez minutos en cama de la ferroviaria el Pepe Luzmala se convirtió en un oso dormilón que no lo desvelaría ni la guerra megatónica. Así que cuando el escándalo en el edificio ya sería gigantesco, la mujer le pidió ayuda a una compinche de otro departamento para embocarle los pantalones al súper amante, y entre risitas, sacarlo a la vereda y cerrar con llave. Se supone que Pepe salió a los tropezones y rozando las paredes, de zapatos en la mano "sí, sí, en un ratito me levanto", y su derrumbe resultó tan Valium diez que en la calle lo cargó el benevolente patrullero policial. Y aunque el Luzmala siguió roncando sobre el hombro del oficial de calle, nadie le aplicó el edicto por ebriedad y con el sol bien alto y contemplado por algún curioso, amaneció con su prestigio desaliñado y sin linterna contra la reja del cine.


Pepe Luzmala perdió su estilo y del loco David, que desapareciera del mapa, una noche dijo "se mudó al Africa, hizo bien"; y no sonrieron ni quienes apreciaban oír "ese en algo andaría", frase tranquilizante de los setenta.


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DOÑA ROSARIO NO LO SABÍA TODO

Tras el alambre la floración del ciruelo, árbol viejo y solitario.
¿Por qué al decir "viejo" Marcela siempre asociaba solitario; qué lazo une soledades y vejeces? Y sí, el ciruelo se veía viejo de tan solitario, abandonado y lacio como un sauce.

-!Marcelita! ¿Hace mucho que no ves a la Carmen? -le habló doña Rosario -Sí, mucho tiempo. Quince años, o más.

Doña Rosario, la vecina que presumía de saber anécdotas ya sin ecos en el barrio, se refería a "la Carmen que supo andar noviando con el Cacho, el hijo del carnicero que la dejó para irse a jugar al fulbo a Méjico y allá se casó con la hija del presidente del club. Porque ese vago del Cacho resultó un fenómeno si aquí se pasaba dale que dale a la pelota. ¡Y cómo pasó el tiempo Marcelita, tantos años que te mudaste! Yo me acuerdo cuando eras así de chiquita y tu mamá te hacía unos bucles que parecías una muñeca... Y claro, si construyeron ese chalet con la herencia de tu abuelo ahora estás tramitando la sucesión de la casa. Hacés bien, hoy vale un dineral".

Tras el alambrado, el agobiado ciruelo de la casa vecina.
-¡Y pensar cuando muchos decían "para qué hacen esa casa si por ahí va a pasar la autopista". ¡Que mala gente, si al fin no hubo autopista ni nada..!

Sí doña Rosario; usted recuerda una muñeca con pelo de lana amarilla que perdí en el cielo de los juguetes "y me acuerdo como si fuera hoy que lloraste el día entero. Claro, eso fue antes de hacerte tan amiga de la Carmen, que no era muy decente pero ni bien vos lo supiste le cortaste la amistad. Aunque de eso prefiero no hablar porque a mi nunca me interesó la vida de nadie".

Ciruelo, árbol rosáceo de flor blanca cuyo fruto es la ciruela, dice el diccionario, aunque en ningún libro encontraría ella, -profesora de castellano que atendía a doña Rosario con digna voluntad- mejor definición.
No hay texto que diga "árbol rosáceo agobiado como un sauce donde adormece el sol entre sus flores blancas".

-Pero, ¿cómo no te vas a acordar de la Carmen, Marcelita?.

Y es verdad doña Rosario, alguna vez en mi casa se dijo que esa chica, Carmen, era algo atorrantita. "Atorrante. Argentinismo que equivale a ocioso, vagabundo", aunque Carmen no ejercitaba mucho el ocio si cada día madrugaba yendo a la papelera y si cambiaba de novio la culpa era de sus piernas torneadas y tanta ternura ausente. Hasta que buscó otra historia fuera de aquel paisaje de postales opacas que doña Rosario repasaba sin "hablar mal de nadie". Y menos de Marcela Martos, profesora de colegios privados y esposa del ingeniero Carlos Alberto, persona de fortuna y apellido, a punto de ser ministro.

-¡Marcelita! Yo te vi crecer en el chalet que era el mejor del barrio, no es por decir, con unas tejas importadas que lucen todavía. Claro, no hay comparación: hoy vivís en un country y conseguiste un marido que lo nombrarán Ministro. ¿No che..? Vos tenías la misma edad de la Carmen pero siempre fuiste una chica preparada.

Sí doña Rosario, usted recuerda los aniversarios y hasta la muñeca trenzas de lana desteñida, aunque no imagine ni un solo gemido de Miguel, el hermano de Carmen, cuando sus manos investigaban el cuerpo de ella, Marcelita Martos. Sí doña Rosario, Miguel la acariciaba y ella a veces recupera su olor a tabaco y fundición de hierro; y es mejor serenar cierta memoria, señora profesora...

-porque mientras vos fuiste amiga de la Carmen harían chiquilinadas, pero después a ella no la controló nadie.

El sol relumbraba en una horqueta del ciruelo, la tarde atenuaba su luz y afuera seguía doña Rosario.
-¿ Y te acordás cuando ibas a la escuela con la Mabel, esa chica de enfrente? ¡Qué buen mozo era el padre, don Raúl, que te llevaba con la hija al colegio! Iba con la esposa a misa los domingos y pobre, se murió de un infarto en el trabajo. ¡Y se dijeron tantas mentiras de esa muerte..!

Ni qué hablar, tantas mentiras y Marcela Martos bien recuerda al espejito retrovisor del auto de Raúl. Ella en el asiento trasero y él persiguiendo sus audaces ojos de catorce años avisando que no era sólo una compañera de su hija y si la miraba bien descubriría que había dejado de ser una nena.
Raúl pasó unos meses mirándola bien y hoy ella haría una hoguera con aquel disfraz de mujer irresistible, cuando al volver de la escuela acudía a contarle a Carmen "esta mañana lo hice poner colorado al tipo", para reírse juntas por aquel juego que creían novedoso y era tan antiguo como la adolescencia. Porque por más que doña Rosario recite "mirá que acordarnos de don Raúl, el padre de la Mabel", a Marcela el sol tras el ciruelo la trae al espejo retrovisor y ella, mocosa de catorce, humedeciendo sus labios en una pose de hembra fatal. Farsa inocente hasta el mediodía en que su compañera Mabel faltó a clase y el juego se modificó; esa mañana Raúl no la llevó al Colegio Nacional, al entrar en una confitería Marcela evitó su imagen de colegiala y hablaron dos horas con palabras que más tarde ella fantasearía haber dicho y escuchado. Dos horas, un tiempo de preciso destino relojero que transcurriera por otro meridiano, novedoso, y al despedirse en el auto con dos o tres besos cada uno más profundo, Raúl ya no era el padre de Mabel. Bien pronto sus tardes navegaron ríos fuera de madre, de ternura despaciosa y sensaciones al confín cuando la boca de aquel hombre le traía recónditos temblores, y doña Rosario nunca imaginara que para ella el amor fue el papá de Mabel galopándola incansable hasta transcurrir el alevoso instante, invicto en su memoria, cuando él se ahogó en un ronquido y ella escapó del departamento sin que la vieran.

Entonces doña Rosario ha de seguir hablando en otra escena en tanto la profesora Marcela Martos imagina contarle aquel minuto de nuevo a Carmen y la otra, apoyada en la barra de un bar penumbroso y de vestido brilloso y ajustado, se ríe "si te quedabas hubiera sido más divertido; periodistas, televisión, una locura". Y aunque cualquier emoción vieja suele hacerse trivial, vuelve Miguel con su olor a fundición de hierro y Raúl se disculpa "perdón nena por el mal rato", mirando el fondo de sus ojos como ningún otro lo hiciera. Mientras el sol se fuga hacia el ocaso entre las ramas del ciruelo.

-Y bueno Marcelita, me diste un alegrón con tu visita. El tiempo borra todo y con el marido que te conseguiste, todo debe ser felicidad...

EL IDEAL REVOLUCIONARIO

Un miércoles Día de Damas con sala repleta de mujeres y copia nueva de "La Princesa que quería vivir", un cuarteto por la justicia revolucionaria ocupó el Ideal, el cine de mi barrio. El combatiente más joven subió a la cabina de proyección con una película enlatada y un revólver niquelado, que de entrada a Luis el operador le pareció una joda de los vagos del café.

Luis era un catalán de voz gruesa que volteaba y envolvía las palabras en la boca al decirlas, y veterano de la guerra en España que al llegar al Ideal a trabajar de operador a inicios del cuarenta, por esa argentinada integradora de llamar turco a un armenio o ruso a cualquier judío, fue nombrado "el gallego Luis". El mismo que al concertar su tarea y escuchar "los lunes no hay función y usted tendrá su día franco", respondió "franco jamás, digamos que tendré mi día libre". Entonces, si aquel primerizo que subiera a la cabina con una gorra hasta las orejas y un echarpe para amenazarlo con un ’38 largo hubiera calculado los puntos que calzaba el tipo, en vez de ir a revolucionarlo se hubiera guardado en casa, bien abrigado y mirando a Batman por televisión.

- No te muevas carajo y viva la lucha popular – lo apuró el subversivo. Ahí Luis titubeó un instante y luego de mirarlo casi le aflojó una sonrisa mientras el pibe le ordenaba proyectar un rollo fuera de programa. Técnicamente hablando el gallego no se calentó mucho; acabó de tomarse un mate, repasó un pañuelo en sus anteojos y empezó a dictarle.

- Bueno cabrón, antes suelta ese matagatos que no me asustas y vamos, abre esa lata y coloca tu rollo en el carretel.

Y como ese viejo loco le quemaba el discurso, el sudoroso combatiente armado con gorra y bufanda, obedeció.

- Ahora mira bien la ventanita y verás tres manchas blancas arriba a la derecha. Tómate el tiempo, jala esa palanca y prende la máquina dos.


Seguramente aquel pendejo soñaría con entrar a Buenos Aires montado sobre una yeguita blanca que lo bajara triunfal del Aconcagua, pero el viejo Luis que olfateara mucha pólvora verdadera siguió en apremiarle su práctica de combate.

- Bueno, déjame el revólver y quítate la chalina antes que te ahorque la polea, ahora cuenta treinta fotogramas, sincroniza el sonido y cuando veas dos manchas arriba a la derecha mueve la palanca y habrá proyección.

- Sí señor - gimoteó el otro abrumado entre la guerra de liberación y las instrucciones del operador.

- Bueno pichón, deja todo que ya me cansas y cébame un mate. Ya veremos esa cinta que esperemos sirva para algo – cerró el viejo Luis ya disfrutando la comedia.


Era inigualable el gallego Luis llegado de Cataluña; se divertía hasta con las historietas que le inventaba Pepe Luzmala, el acomodador: "anoche a Luis lo hirieron en el tiroteo de Arizona; cuando llueve, Luis se calza los zapatos de Frankestein; ojo señores, de nuevo el gallego se hundió en La Batalla del Río de la Plata", eran sus invenciones más difundidas en el barrio. Y esa tarde, mientras en la cabina se desenfrenaba la revolución, las damas del día miércoles a mitad de precio vieron como el habano del Che Guevara humeaba el beso del fotógrafo y la princesita que quería vivir, mientras en la sala unos milicianos de refuerzo sacudían vigorosos una bandera.


- Y mira lo que hiciste pendejo. Ahora todo para atrás – soltó la carcajada Luis quizá porque nunca la dirigencia cubana resultó tan indecisa: en la pantalla si Castro tronaba una palabra categórica sonaba a mascarita antigua y cuando el fehaciente Guevara alzaba una mano en un saludo, parecía bajarla yéndose al llegar. Es que si los barbudos hubieran mantenido siempre esa conducta aún estarían matando jejenes en el monte; y mientras se proyectaba celuloide al revés, a contrapierna y por el ano, los demás combatientes del cine Ideal se sintieron boludos en profundidad al verse sacudiendo el pabellón sin haber liberado a nadie.


- Siéntense jóvenes o llamo al acomodador – se enojó una viejita cuando al enrollar el estandarte los ocupantes aceptamos que ese pulguiento cine de Escalada no ofrecía las condiciones objetivas para lanzar ninguna Lucha por la Liberación Latinoamericana. Y al arrolle de insignia se sumó el efectivo destacado en la torre de proyección que bajó rajando la escalera olvidando sus pertrechos. Menos la gorra.

- Cuídate chupateta, que no jodes a nadie – lo miró irse Luis y más que una crítica, en la frase tal vez mordiera algún fracaso propio.


Así que al repartir el botín expropiado al enemigo, Pepe Luzmala se guardó el '38 niquelado y Luis prefirió la chalina de vicuña.

- Es estupenda, y la usaré contra la bruma londinense de "Crimen en la Niebla" - se anticipó el gallego al acomodador y los vagos del café.


Y yo, por algún rincón, todavía guardo la bandera...

CHAMPÁN EN RECOLETA

En la redacción González le dio al muchacho un grabador diminuto más "saludos para don Antonio y que nos hable del velorio de Perón". Debía encontrarlo a las cinco en una confitería de avenida Libertador y al llegar un mozo lo desaprobó de un vistazo. Alguien de espaldas a la ventana le hizo una seña.

- Sentate. Hablé con González y me avisó que recién empezaste a trabajar. Ah, al que atiende no le des pelota, es un rufián.

Sonrieron por la suerte del mozo y acomodaron la mesa. Desde su lugar apreciaría mejor todo y don Antonio lo invitó a una copa de champán, "francés, muy bueno". El "rufián" mejoró al acercarse, recibió el pedido y sin expresión observó el grabador. Antes de empezar don Antonio comentó que por esos días cumpliría ochenta años, que llevaba bien la edad y desde ser elegido diputado en 1952 "me doy todos los gustos". Y del primer sorbo de "champán frances, pibe", a charlar de Perón a quien visitara varias veces en Puerta de Hierro y al margen de cualquier negocio fueron momentos agradables. "El general era un campechano divertido sin grandes misterios y conversando solos nos entendíamos fenómeno".


Al rato don Antonio reiteraba sus paseos a España y el muchacho se distrajo mirando a una pareja en el fondo, sin hablarse. Al volver el entrevistado llegaba al lunes primero de julio del ’74 al Ministerio del Interior, "era asesor de nada con una secretaria de veinticinco, minifalda y botas a media pierna". Advirtió el exceso y rebobinaron; una mujer se sentó a dos mesas y mirando la calle acomodó una bolsa de tienda famosa sobre una silla. El hombre de la pareja más alejada parecía hablar en secreto con el mozo, inclinado para escucharlo, y don Antonio pidió con los ojos controlar el aparato. Quitaron lo dicho de su secretaria y sin detalles dijo que esa tarde irían un rato a su departamento "pero al mediodía murió el Teniente General Juan Domingo Perón, Presidente Constitucional de la República Argentina". Se detuvieron a un trago y volvieron "aquella muerte llenaría cada palabra y cada silencio" y agregó un renglón del tumulto en los pasillos hasta irse del ministerio, acompañado. Como al descuido ponderó el champán, "excelente", y rodeados de un gentío sin sonrisas arribaron al Congreso. El muchacho pensó haber nacido tres años después de esa historia, no le interesaba "para un peronista otro peronista, los soldados de Perón o ni yankis ni marxistas"; pero debía disimular porque don Antonio le calaba el aburrimiento...


- Como cualquier velatorio, pibe, terminó siendo improvisado – removió la botella en el balde-. Todo el barrio de San Nicolás olía a flores, parvas de coronas desechas en la vereda y la gente sin moverse de ahí. "Eso, la gente humilde, la única verdad"...


En doble escena, al ver llegar su pedido la mujer cercana abrió más el envase de papel, y acaso por su fervor último don Antonio se acomodó los anteojos. Afuera era la hora azul de la ciudad, el momento previo al anochecer cuando sombras y contraluces disponían el final del día. Un auto ensayó sus focos sobre la avenida y al servirle el té a la mujer sola, el mozo dejó caer algo en la bolsa tan ágil que ni exigió disimulo. Y don Antonio, sin rendirse, ajustaba su voz aguda y casi carnavalesca al grabador del amigo González.


- Al otro día, el 2 de julio de 1974, sin moverse demasiado la policía controlaba el entusiasmo peronista: "queremos ver a Perón", "vinimos a saludar al General", - y tras un respiro recitó que dentro de aquello a ratos trivial, él descubrió a cuatro mujeres verdaderas, desgastadas, que sin ninguna pose se protegían del agua contra la Confitería del Molino mascando cachos de tortilla y milanesa. "La gente humilde, la mejor"... – y volvió a mover la botella en el hielo. Al muchacho lo distrajo un patrullero policial detenido afuera y se olvidó de escuchar "aquella liturgia de reclamar a Perón era un engendro de emoción y desorden de la multitud, eso que siempre fue el aglutinante del peronismo".

El viejo mismo acusó tanto la frase que casi la repite pero volvió a recordar que la tarde de morir Perón su colaboradora le mojara el pecho con una lágrima. La vida es así, le había dicho y ella lloriqueó que estaba triste por su madre.


- Bueno, luego vemos y borramos - y el muchacho asintió. Cerca del mostrador un tipo de civil que bajara del patrullero charlaba con alguien que seguía atendiendo la caja. Queriendo simpatizar, el muchacho le murmuró al viejo "murió Perón y el duelo nacional entró en la habitación", y al sacudirlo una mirada terminal desconectó por un rato. Don Antonio derivó un momento a ensalzar su amistad con González, se sonrió al avisarle "muchos políticos populares vivimos en este barrio" y al reiniciar se animó "al general Perón, por no traicionar los códigos de la corporación militar, le dieron los sueldos atrasados y sus honores de Teniente General de la Nación".

Al muchacho esa apreciación lo atraía menos que el entorno y simuló para dejarlo culminar "se dijo que el Poder nunca tuvo un Líder de los Trabajadores más obediente". Y hasta tomó aire para que el cajón con su líder llegara al Congreso y "ahí el gentío recargó su pena honda porque siempre los humildes sintieron que Perón no los traicionó. Y en la historia quedará esa verdad, ninguna otra; él convenció de su amor a los eternos inocentes, a las mejores personas que se empaparon en la calle mientras alrededor del cajón disputaban una foto los rostros entrenados para apresar el consagratorio enfoque: señores televidentes, aquí el dirigente del movimiento político más grande de América Latina, fulano de tal".


Al reacomodarse en la silla el viejo sentiría cierta inutilidad ante ese muchacho que al morir Perón no existía y se propuso castigar a los subidos al movimiento en octubre del ’45, que a pura asistencia y reunión lograron fama; profesionales en aplaudir al Jefe, mascarones de numerar asambleas vivando y aullando la marcha partidaria sin representar a nadie; "compañeros secuaces de grotescos doctores de narices y ojeras recauchutadas que pelearon cada centímetro cercano al muerto ganar prestigio como siempre, gratis. Los herederos, vecinos de este barrio que nos congraciaron con esclavistas y chorros comunes que se robaron hasta el subsuelo atribuyendo a Perón un enigma en cada palabra".


Los de la pareja sin palabras ni siquiera habían probado el té, el mozo reapareció para cobrarles, el tipo de bigotes se despidió riendo y el patrullero acabó su escena. El viejo repitió "humildes" como si bromeara y sonriendo se dio un trago: "pibe, aflojá con tanta intriga que el negocio cocainero es oficial en todo el mundo. Dejate de joder". Suficiente. Aunque al ver vacía la botella repitió algo que González conocería de memoria: cuando sin gritar la vida por Perón atropelló al mismo Ministro de la Brujería, ese López Rega que le sirviera café en Madrid, para entrar a a despedirse de Perón. "Sin sonrisa grandota ni voz grave de puro muerto bien muerto el tipo, lo miré tres segundos, chau jefe, y salí entre esos rastreros y monigotes que dos semanas más tarde, no más, revolcaron las banderas en la mierda y la sangre humilde de quienes bajo la lluvia, lejos del sarcófago, lloraban de verdad; tantos infelices masacrados ni bien al General le endosaron ideas que no pronunciaba ni de entrecasa"...


De reojo don Antonio dispuso el final. Además, como cumpliría ochenta "acompañame a tomar otra botella, pibe" y al rato calculaban el valor de cada trago de champán, al brindar por los humildes en Recoleta

AL SUR DEL MAPA

Al principio nadie advirtió que al pueblo entraban menos camiones y cada lugareño seguía en lo suyo, repitiendo su charla en las mesas de billar o entretenidos en dar cuatro vueltas a la plaza cada atardecer. Se vivía unido a la ruta por un kilómetro de asfalto negro, que en las mejores épocas de cosecha se cubría de acoplados en espera hasta en la mano contraria al tránsito, y era muy lindo de ver la hilera de camiones esperando el turno de entrar bajo un silo del molino, en tanto los choferes pasaban hasta tres jornadas repitiendo anécdotas en los bares del lugar o entretenerse con alguna puta en la cabina. Buena época, nadie se preocupaba por el andar del gobierno mientras los camiones seguían entrando y saliendo del pueblo contra viento o aguacero; de manera inconsciente, eso sí le interesaba a todos.

Cuando el movimiento entre la ruta y el molino harinero se hizo lento y malhumorado, al boliche ya casi no entraban forasteros y empezó a oírse que en el pasado las cosas fueron buenas aunque pudieron ser mejores. Igual, los primeros en notar la falta de camiones fueron los dos empleados de la balanza pública, que al principio se conformaron diciendo que ellos conocían bien el cambio de estación y siempre hubo épocas de aflojar el trabajo. Sin ir muy lejos se divertían en recordar la Sequía Grande, cuando les adelantaron las vacaciones cobrando medio sueldo y al volver los aprovecharon para pintar hasta el último recoveco del molino y la casa del gerente. Esa vez hasta ensancharon la lonja de asfalto para los acoplados gigantes que llegarían ni bien acabara la seca, y así nomás ocurrió. Pasadas unas cinco o seis semanas de asados y jolgorios donde hubo hasta quienes se acercaron a la Biblioteca para averiguar de qué se trataba eso, volvió el trabajo y todos retomaron la seguridad de pagar las cuotas del televisor y otros artefactos eléctricos que habían comprado.

Pero al poco tiempo, por mucho que los dos balanceros no hablaran del asunto, un viernes por la tarde alguien les indicó "esta semana habrá menos demanda y con medio día nos arreglamos", y amistosamente ambos compartieron el jornal. La quincena siguiente la tarea mermó de nuevo y decidieron sortear cuando trabajaría cada uno; alguien no aprobó el método, al principio suspendieron al de menos antigüedad y al fin lo echaron que era lo mismo. "Llegó la globalización", despreció en la plaza al Intendente el borracho más reconocido, y aquella frase fue ganando prestigio si cada mañana eran más los lectores del diario frente a la iglesia, el dependiente cesante de la mueblería cambió de empleo atándose al cogote una caja con hojitas de afeitar, jabones y billetes de lotería; efímero rebusque para almorzar en la fonda hasta que apareció un competidor y ya muchos andaban sin afeitarse.

Al cerrar todas las puertas del molino las ratas se comieron el resumen de su historia, los yuyos de la banquina se amontonaron sobre la ruta y cuando ya el médico se había mudado a la ciudad, aumentaron los acuchillados por apropiarse de la última gallina o del perro vecino para cocinarse un guiso. Entonces algo preocupada, la gente más prestigiosa habló con el cura y comulgaron en abrir un prostíbulo con pupilas extranjeras, una atracción salvadora, pero pronto se anotaron las alumnas del colegio local, muy bien dispuestas en prestigiar el producto regional, dijeron, y a pesar que las adolescentes idearan fantasías y abarataran el servicio cada día, también acabó esa actividad que a ellas les permitía comer y divertirse bastante.

Y hoy no se sabe si existen personas en aquel pueblo, al sur del mapa.

DUELO AL SOL

Una mañana la fábrica no abrió el portón y nadie acertaba por dónde andarían los responsables. Los despedidos se juntaron enfrente y gritaron sin que los recibieran; el último en atenderlos fue un muchacho bien vestido que dijo pertenecer a un Banco y al otro día llegaron los uniformados a vigilar desde los patrulleros. Los policías fingían su indiferencia detrás de gorras y metralletas, algunos se entretuvieron al desgaire haciendo costalear los caballos y dentro del bar volcaron alguna botella de cerveza y la electrónica del combate espacial.

Al mediodía el aire caliente se adhería a las camisas abiertas y aquietaba los cuerpos, y desde cuando la policía se llevó de los pelos a quiénes sostenían un cartel, - "el mejor negocio de los ricos es una pelea entre los pobres"- el griterío exaltado fue perdiendo estridencia. Tanto que el oficial a cargo salió del auto y se desperezó desafiando a un manifestante que caminaba por mitad de la calle. Sin más cada uno tomó cuenta del otro; ninguno de los dos apuró el paso y separados por media cuadra empezaron a verse la cara. El hombre trae las manos en su chaqueta de verano, un sudor liviano le cubre la piel y sin embargo no detiene su andar cauteloso. Por ahí el policía se preguntó en una ráfaga por qué ese imbécil no salía disparado por donde vino, según haría cualquiera dando el ejemplo. Pero no, el gentío atempera cada sonido como si el silencio los protegiera y se aquietaron los valientes de a caballo; los relojes alargan un instante inmodificable que se hará de metal en la memoria.

El oficial de policía está acostumbrado y cuando él dispare no sentirá mucho ni poco. Ese cabrón no le meterá ningún miedo y él decidió hacerlo, aunque no reciba el murmullo de la calle y ya debería haber desenfundado... Al otro las piernas lo llevan sin sentirlo, bien sabe qué lo espera si lo llevan al cuartel y si arriesga otro paso más no podrá usar el arma. Tal vez presienta alguna imaginaria multitud que lo sostiene y su mano derecha, humedecida, calza exacta en el puño del revólver. Nadie tendría esa decisión si no anduviera bien armado, piensa el de uniforme y tensa el grito de sacar tirando; el otro no era un chiquilín y gatilló sin mostrar el arma. Un fogonazo de humito blanco surgió de su campera liviana y el tipo corrió a perderse por una calle del costado.

Al silencio lo deshizo un hachazo de sirenas y el vigoroso motor de los patrulleros. Los despedidos contuvieron por un rato hasta esas frases de temor espeso entre las veredas de la fábrica, y en aquel mediodía el muerto resultó un policía de uniforme.

UN EMOTIVO ENCUENTRO

Si Atlanta jugaba con Rácing no sería agradable atropellarse con la multitud y decidieron encontrarse los tres a unas cuadras de la cancha. El Ruso llegó un poco atrasado, entretenido por un amigo que le regalara una entrada, dijo, y enseguida se fueron caminando por Dorrego.

-Hoy ganamos, Ruso - dijo el Bebe palmeándole el hombro.

-Dios te oiga, pero acordate que Racing viene primero – contestó Alberto al surgir del subterráneo de Corrientes un malón flameando una bandera. El Ruso no hablaba.

- ¿Así que ya tenés tu entrada?

- Sí.

En la puerta del edificio donde vivía el Bebe el gentío separó a los tres y al cruzar la vía Alberto preguntó.

- Che Bebe, ¿por dónde anda el Ruso?

- No sé, por ahí adelante.

Siguieron hasta la esquina de Humboldt, volvieron hasta la barrera del ferrocarril y ahí de pronto el Bebe suspendió la búsqueda.

- Vamos, que ya empieza el partido y el Ruso boludo ya va a aparecer.

- ¡Qué fenómeno! ¿Dónde se habrá metido? – se preguntó Alberto y entraron.

En los primeros minutos no sucedió nada interesante, salvo un derechazo del nueve de Atlanta por encima del travesaño y el Ruso metiendo con delicadeza la mano bajo la blusa de Nora. Ninguno de los equipos se preocupaba por atacar, en cambio Nora estiró una mano y dejó el dormitorio a media luz. Los momentos iniciales prometían alternativas de interés: Racing desaprovechó un contragolpe al demorarse el número diez y el Ruso se quitó despacio la camisa mientras Nora cumplía el rito de acariciarle el pecho. En Atlanta, el medio campo era luchado, pero al abandonar el Ruso sus mocasines, Nora, descalza, se subió sobre sus pies y trastabilló en la alfombra riendo como una chiquilina. El encuentro siguió sin mayores variantes hasta la media hora del primer tiempo, cuando Alberto reclamó un foul en el área de Racing y el Bebe lo secundó puteando al referí que pitaba siempre en contra de Atlanta, en el mismo instante y sin reclamar ningún penal Nora y el Ruso se devoraban y ahí la mujer levantó las piernas al infinito silenciando un gemido cuando el Ruso se venía se venía y en la misma jugada ella vulneraba la línea del gol del alma y de todos los sentidos...

En tanto Racing buscaba hacer valer su mejor condición física, Nora pegadita al Ruso luego de la primera gran emoción de la tarde le murmuraba en el oído, porque los del departamento contiguo no eran sordos ni ciegos como ese referí hijo de puta que hasta terminar el primer tiempo cero a cero pitó siempre en contra de Atlanta y ni cobró ese penal evidente al revolcarse los dos sobre la alfombra del área chica.

En el descanso del entretiempo Alberto y el Bebe estiraron la cabeza pero el Ruso ni sabía lo que se perdía por estar con sus ojos entornados y echando humo al cielorraso, el tarado. Con el clima algo fresco los jugadores tomaron agua natural, Alberto y el Bebe manotearon dos vasitos de Pichi Cola y Nora, contrariando el reglamento de su casa, sirvió dos traguitos de whisky sin hielo.

Al comienzo del segundo tiempo no hubo acciones interesantes, salvo dos hamaques de izquierda a derecha del ocho de Atlanta y ambas manos del Ruso recorriendo minucioso el cuerpo de Nora, recostados sobre la cama al cambiar de arco. Pero cuando Racing abrió el marcador tras un tiro libre que se desvió en un defensor, en la tarde estalló el griterío y ahí Nora advirtió qué hora era aunque el juego siguiera tan emocionante como en la primera etapa. Faltando cinco minutos para terminar Alberto y el Beto no hallaban consuelo si no empataban, el Ruso y Nora se besaron en una arremetida final antes de abrir sigilosos la puerta del departamento y por ahí se filtró un delantero de Atlanta para anotar el justiciero uno a uno...

En los minutos de descuento el Ruso se apuró en llegar a la cancha, pudo averiguar cómo fueron los goles y le alcanzó para ver un par de jugadas cansinas bajo un sol en retirada. Todo dicho, menos que al reencontrarse en la vereda Alberto le preguntó.

-¿Qué te pareció, Ruso?

-Que el referí nos robó el partido -soltó la consabida frase que el Bebe no le creyó.

-Callate, traidor, que otra vez te fuiste a la tribuna visitante. Con hinchas como vos nos vamos al descenso - sentenció el Bebe al entrar al edificio donde su mujer estaría mirando televisión.

TANTAS VECES EL MISMO TREN

Transcurrieron más de veinte años, mucho tiempo, toda una vida reiterando viajes en el mismo tren de Lanús a Constitución, salida seis y diez, llegada seis y veintiséis. Minutos más o menos, el hombre recordaba otros horarios, breves variaciones del diagrama en aquella tediosa repetición de lunes a viernes. Y por los primeros años del del sesenta reparó por primera vez en aquel otro pasajero del mismo recorrido, sentado contra una ventanilla y leyendo el diario. Al menos ese tipo ha de subir en Temperley, pensó, de otra manera no viajaría tan cómodo.

Por ese tiempo su hijo Jorgito, de pelo corto y figuritas en el bolsillo, iría al cole primario y por la tarde fatigaba su piano con escalas diatónicas y cromáticas. Kohler, Beyer, Hanón, y todavía lejos los Pequeños Preludios de Bach y las Sonatinas de Clementi...

Una mañana fría el tren se detuvo entre dos estaciones, y cuando él se inclinó hacia la ventanilla advirtió que el otro pasajero leía la página política. Acaso haría seis o siete inviernos que viajaban en el mismo horario, pensó, a veces en el mismo vagón, y sin hablarse iban recibiendo las opiniones de gremialistas, militares, los paros sorpresivos del transporte y cierto clima de "ruptura del orden constitucional". Ademanes continuos del país, leyó por ahí y ya por junio del sesenta y seis la gente comentaba esa realidad de modo irrisorio.

- Todos los días hay una huelga y nadie sabe porqué. /Qué barbaridad/

- Sin alguien que mande esto no puede durar – solía escucharse.

Y no duró. Una noche hubo comunicados, exhumación de recomendaciones al pueblo, amenazas de uniforme con fuerza de ley y sugerentes amparos de Dios a la decisión tomada en defensa de la patria. Esas cosas; así que pasaron otros inviernos y cuando los madrugones eran menos cruentos y el calor pintaba de verde el borde de la vía, ellos dos transcurrían un mes sin cruzarse en el mismo vagón. Sus vacaciones nunca coincidían.

Pero en un verano Jorge empezó a tocar profesionalmente, por dinero, y si esa Nochebuena alguien preguntó ¿y tu hijo, dónde esta?, la respuesta orgullosa fue "tocando el piano en la costa. Baladas, rock, esa música nueva". Al fin Jorge volvió con barba, quemado por el sol y hablando un idioma enrevesado de palabras extrañas, y la madre pensó "este Jorgito"...

El hombre suponía que el otro había trabajado siempre en el mismo empleo, que tendría su mujer y un par de hijos y haría un asado si cobraba algún sueldo inesperado. Por hábito también los domingos escucharía los resultados del fútbol mientras la segunda idea de la jubilación, con sigilo, le iba acompasando las ideas igual que a él... Que sostenía con Jorgito un constante crecimiento de las aguas: en su cuarto del fondo su hijo disfrutaba de las elegancias armónicas de Béla Bartok o el desenfado del Modern Jazz Quartet, y discutía con unos amigos recientes "el compromiso del arte popular, la función social del canto" y otras cuestiones. La música era el arte de combinar las pasiones y Jorgito ya era un tecladista conocido.

Ellos dos siguieron viajando en el mismo tren y alguna vez compartieron el asiento sin hablarse. El otro, que subiría por Témperley, se entretenía con su lectura y de tanto seis y diez en Lanús seis y veintiséis en Plaza Constitución, fueron gastando trajes, encaneciendo, y opacando corbatas entre arpegios de lluvia sobre las ventanillas, remolinos de pájaros en la estación carguera, primaveras trayendo muchachas piel caoba y otoños de alquimias amarillas en el follaje. Así que tren a tren, tiempo a tiempo, también el paisaje fue cambiando a nuevos edificios; y Jorge había cambiado tanto que su madre empezó a sollozar "no debió mezclar la música con otras cosas, y quizá haya viajado lejos".

Por el diario del otro pasaron desapariciones, campeonatos, amenazas de coroneles a brigadieres, mucho incienso en la iglesia, la palabra antipatria y la incómoda certeza de un cementerio muy cerca de casa. Pero el viaje siempre era el mismo: rostros condenados a la somnolencia y la desmemoria con salida seis y diez, llegada seis y veintiseis durante de veinte años envejeciendo juntos. "Casi la edad de Jorgito". Hasta que una mañana decidió hablarle.

-¿Qué le parece si tomamos un café? le preguntó. El otro dobló el diario y lo miró como si reiniciara una charla suspendida.

- Me parece bien. Al fin, ¿quién puede reprocharnos si llegamos tarde?

¿EN QUÉ PAÍS VIVIMOS?

Con semejante temperatura ese mediodía yo igual tenía ganas de verla. De la calle principal debí desviarme por una lonja de tierra y pasando una cuneta suave descubrí la casa donde vive; bastante linda para esa lejanía, al frente un jardincito cuidado y bien pintado hasta el enrejado de madera disimulando el interior.

Después de un año sin vernos ella no se asombró y me pidió "por favor volvé más tarde" porque esperaba a un amigo y debía seguir su vida. Entonces un abrazo liviano apenas y me volví al pueblo con una bronca dolorosa; más bien, con un sentimiento raro... En el badén de vuelta avisté un camión Scania, de esos que ocultan al chófer en la cabina allá arriba que iba sin acoplado.

Llamar pueblo a ese paradero era exagerado; un caserío cerca del mar, con unos pocos viajantes a medio camino que siempre apurados ni servían al comentario de los vecinos. Los camioneros entraban y salían por la ruta a Buenos Aires y yo venía del sur, de un asunto grande que resultó una migaja porque el tesorero del Banco no apareció con la guita, y no estar ni diez minutos con ella me hacía el más infeliz del mundo. En un rato caminé las cuatro calles de ida y vuelta sin convicción de nada, y cuando en el boliche comía un sanguche llegó el único de uniforme. Sin más protocolo que palparme de armas fingiendo saber quien era, ese policía provinciano negoció mi partida con un camionero que iba saliendo del pueblo. "Este amigo se va del pueblo ya mismo, llevalo". El cana no me dejó alternativa ni un centavo encima, mal momento, pero yo cruzaría la inmensidad pampeana junto a un chofer con el que tomamos una cerveza y ni bien subimos al pavimento entró a parlotear, inacabable; un loco desaforado que al fin manejaba cuidadoso, eso sí. Pero pasaron dos días y resuena su discurso mientras yo sentía hormigas en el estómago, el climatizador de la cabina venía malherido y a las tres de la tarde el camino era una fragua derritiendo metales. Un día en celo, agobiador, y ese fulano descifraba los misterios del mundo sin darle sosiego a nada y yo que necesitaba recordar los cuatro meses que viví con ella planeando una vida nueva que no pudimos. Así que hallarla en aquella soledad me desgarró el alma... Yo quería dormir, dormir, y si cabeceaba una siesta el tipo insistía conque en la cordillera todos los cerros se conocían por Nevado o Alto Nevado, que en el país "sobran nombres religiosos y eso muestra el poco ingenio de los fundadores", y me jodía ese guacho pensando de prepotencia...

- De las cosas recién nos adueñamos al darle un nombre. San Jorge, San Antonio, Santa María, San Rafael se repiten porque no supieron nombrar los lugares – dijo. ¿Y dónde habría escuchado ese libreto aquel turro? Los dos sudábamos como chivos pero el tipo desafiaba a contar los lugares que se llamaran San Carlos, Santa Ana o San Vicente "porque si hombre y mujer no saben llamarse de buen modo, nunca lograrán retenerse juntos". ¿Qué sentido tenía eso? Pero el fulano pregonaba sus huevadas con frases de cura viejo y al sentirme casi culpable por bautizar equivocado algún sitio del planeta, él se largó a detallar su encuentro al mediodía con una mujer. Algo indebido, cualquiera lo sabe.

Los Scania son hoteles transitorios con espejitos hasta en el techo y sin mover la cabeza alcancé a ver un coche con tres muchachos lanzado muy rápido por el camino enrojecido. El camionero murmuró algo por tanta velocidad, llegando a un puente nos detuvimos a darnos un remojón y ahí el tipo guardó el carterín con los documentos bajo el asiento. No aguantábamos más, el sol era un soplete perforando el aire y aquel río, - San No Me Acuerdo- salía al mar tras el recodo de una barranca donde se apuraba el agua. Como perro que se muerde la cola amagué que entraría al río y meta dar vuelta para desvestirme detrás de una cinacina; volaron unos pajarracos, levanté una rama bien gruesa mientras el fulano, sin detener su examen del mundo, se acercó desnudo a la orilla contando la venta de armas en Sudamérica y la desocupación en Tanzania. Así que afirmé bien la rama que al chiflar su revoleo en el aire se convirtió en un garrote contra la nuca. El cuerpo hizo un chasquido que apagó la correntada, sentí de nuevo el chillar de un pájaro y el sol ardiendo proseguía con su imbatible incendio.

Encendí el motor y me acomodé al Scania. El acondicionador siguió sin funcionar y cuando le iba tomando la mano a manejar en la ruta aparecieron estos policías camineros a prepotearme. "Estos documentos son truchos, recontrafalsos, y con nosotros no te hagás el vivo", así que negociamos unos pesos para seguir a Buenos Aires antes que caiga la noche y ellos se guarden el camión. Porque si no, ¿en qué país vivimos?

ANTES DE ECHARSE A LLORAR

A las diez de la noche la mujer no tenía un programa bueno ni malo. Del quinto piso divisaba la calle y un poco más allá, al mirón cuidador del estacionamiento infatuado de seductor.

"La rigidez siempre es ficticia", había leído alguna vez; y al encender otro cigarrillo y acercarse al espejo pensó que ninguna mujer se arregla el peinado ni estrena un vestido para encerrarse a mirar televisión. Ser feliz es una obligación, y últimamente se le repetía demasiado este clima de viernes a la noche, desolado de tanto teléfono ensordecido y amantes que desaparecen hasta el lunes al atardecer. Ya le resultaba una rutina molesta recibir cada fin de semana algún furtivo llamado y nada más, cuando ella lucía estupenda al reflejarse en otras mujeres y en los ojos de cada hombre. Incluido, sin duda, el cuidador del estacionamiento: chiquilín de sentirle la mirada y voltearla en el asiento de su auto si ella quisiera. Estaba segura.

¿Y si de pronto le anunciaran el fin del mundo? Ya no le resultaba fácil demostrarse que tanta vida sometiendo ganas le trajera la felicidad. Una mujer no hace bien en aceptar la propuesta de cualquier desconocido pero hay moralinas agobiantes, se dijo al apagar el cigarrillo y cerrar la libreta de direcciones. Abajo una pareja cruzaba la calle tropezando en el abrazo y adheridos como si le anunciaran al mundo ser los inventores del amor; y descubrió al muchacho de la cochera moviéndose entre los autos...

Es viernes a la noche, el mundo nunca es el mismo y en un rato más su soledad se volverá media botella de whisky y un lamento de acorralada fiera. Así que ajustó su cabello juvenilmente y antes de echarse a llorar, bajó al playón de estacionamiento.

GUARACHA AL CORAZÓN

Esta noche en el Queens cantará Paquito, Rey de la Salsa, se entusiasma Juana y contonea frente al espejo sus rotundas tetas tucutum tum tum, mientras elige la breve ropa de trabajar en su apartamento diminuto pero en Nueva York, que era mucho. Y en su íntimo juego de aguardar a un amigo se calza con fruición sus medias negras, corpiño de sólo encaje tras su jubón de satén que sugiere, calentante, y tacones sin pulsera de quitarlos fácil y bailar descalza. En soledad se alista la Juana entrando en calor a puro tucutum tum tum, que bien lo hace..

Buen fin de semana se le ofrece; a punto de nevar está en Nueva York y a las cuatro de la tarde aún tiene tiempo de atender al buen viejo Robert, que no faltará si lo anunció tan caballeroso al mediodía y él, espectador dos veces por semana de su guaracha calentona, es de cumplir formal con la cita y con la paga por contemplarle el cuerpo esbelto y categórico; eso sí, se mira y no se toca. El buen Robert suele disfrutarle así su desnudez martes y viernes, cien dólares, si por más yanki ingenuo y frío como dicen que los yankis son, a él igual le cae estupendo el tucutum tum tum de la guarachera Juana; así que subirá los cuatro pisos, hombre maduro y exhausto de lengua afuera, a colgar su chaqueta en el asta de una silla y tirarse sobre la cama desabrochando camisa y bragueta en un ejercicio ejercitado y preciso, que aún le vale. Para simular luego mirar el techo que ya Juana principia su ritual de calentura, chico, dándose antes un enjuague rápido de axilas por si el cliente es quisquilloso de los olores, supo enseñarle su abuela la putanga. Y aunque el viejo Robert no actúa de manoseo, que esa precaución no falte en cualquier mexicana de sudor caliente.

Juana que se contonea, así chica, entornando los ojos que toda fantasía vale doble en esa ceremonia, mientras se acuerda que anoche se complació con las adulaciones recibidas en “El Patio”, donde en un rato nomás de nuevo actuará el Paquito y ella bien disfruta pasarla bien con la compatriotidad latina donde nadie duda que ‘la Juana es hembra modelo de la publicidad’, y que su inglés suena neoyorkino si veinte es ‘tuani’ y ciudad ella dice ‘cery’; qué joder. "El Patio” es buen sitio para ella, hembra afilada por hombres que a medianoche convierten cada trago en imperioso semen y pretenden montarse gratis a cualquier mujer, minuto a minuto más hermosa según cada trago de madrugada. Un lugar donde ya todos saben que ni intentar pasarse de manos con la Juana, que no soporta ni dormida las corajeadas latinas como la que intentó su compatriota el Ramiro, no hacía tanto tiempo.

- Hermana, si hoy no duermo contigo provocaré a cualquiera que se cruce, así me olvido que vine a Nueva York buscando ser alguien, encontrarme, pero no lo consigo hermana, que aquí cada uno tiene su guaracha y de mis pelotas llenas volveré a ser mexicano cojonudo, eso que aprendí en nuestra tierra de machos...

Pero no es hora de distraerse con huevadas y ya lista abrió la puerta de su habitación para que entrara el puntual Robert, ejerciendo el ejercitado ejercicio de colgar su chaqueta y soltar la corbata desamarrando el pantalón sin quitarlo, todo a un tiempo, y vamos mi viejo Robert, quietecito recuperando resuello y fingir investigar el cielorraso que ya Juana deslumbra tucutum tum tum con breve atuendo, en aquel proscenio de cuatro paredes y dos espejos más esa cama que con Robert ella no usa. Tucutum Juana, cimbreante y mimbreando su lenta guaracha para idólatras de su culo juvenil y categórico que hasta contoneado a distancia es infalible; por aquello de la tentación divina que tan poco entiende quien paga en dólares para verla. Así que Juana a sentarse de revés en una silla y a levantar de cóncavo despliegue su rotundo trasero, lentitud de piernas largas a favor de oscuras transparencia que de a poquito, tembleque tucutum tum tum con sus tetas, ‘que la candela le baja de los hombros a esta niña’, repetía riendo su abuela al entrenarla. Juana, fetiche en función exclusiva para el buen viejo Robert dos veces por semana, cien dólares, y venga Juana humedeciendo a pura lengua su boca coloreada por Dios para esta incesante tarea de calentar a un macho. Porque hacerse mirar es oficio del cielo, y mientras en el mundo sudan obreras malpagadas o domésticas a miserable precio, lo de Juana era virtud de hembra codiciada en ardoroso clima, y a demostrar en tumbeos de guaracha tucutum que nadie aprende esas artes de una encamada para otra, según le contara su abuela, tan corrida y putanga como fuera.

Entonces, en ese instante ¿qué nombre le dará Juana a ese hombre que la mira embrujado, petrificado, ambicionando dormirse y amanecer con ella entre los brazos? Aunque Juana no se distrae y desliza su ropa a danza lenta, desprendiendo prenda a prenda su breteles que la embretan, muévete pez perca percanta desbrozando escamas del misterio que le enciende calenturas a cualquiera al sólo imaginarte, Juana. Así que sigue bailando que en horitas más será mejor la noche porque en “El Patio” actuará Paquito, Rey de la Salsa, que no es poco, y el dominicano traerá a la misma Celia Ramírez la chachachecera del Caribe, para lucirse al presentarle a ella, y de paso también a que lo vean recuperado de una diferencia policial por aquello de la venta y el consumo. Sí, esa dificultad que soporta el Paquito, orgullo dominicano que hacía a los dominicanos sentir orgullo aunque en Nueva York eso resultara fácil, se dice Juana al soltar al aire su corpiño y el viejo Robert seguía de mirada fija y un hilito de baba en su boca, mientras ella le guarachaba tucutum tum tum recibiendo la visitación de los caprichos compadres.

A moverte Juana, y sacúdete en cueros que no es malo desnudarse si es bueno para Dios, que todo lo ve; tucutum de guaracha cumbanchera, Juana, que después de aquel pariente que te desvirgó a los diez años y ni aún redondeaban tus tetitas, supiste precisar tu precioso precio frente a los enigmas calentones de cada macho de la especie. Y acaríciate entera, absoluta hembra, de arriba a la entrepierna sin moralina de pendeja reprimida con tus manos refulgentes, que ni bien el viejo Robert pague y prometa otra visita el martes, descansarás un rato que bien te lo mereces, Juana.

- Siento frío mi querido Robert – balbuceó cortando su guaracha de contoneos a pelvis descubierta. Y enseguida no advirtió que el hombre se veía inmóvil con una mano crispada en su camisa, ni que su guaracha tucutúm tum tum le llegara directa al corazón. Hombre tan ajeno a bromear, yanki caballeroso incapaz de fingir caerse muerto y menos en un viernes promisorio, cuando nevaría en Nueva York y en “El Patio” se vería con Paquito, Rey de la Salsa.

ALICIA PLANCHA SU PAÑUELO.

Tal vez fuera la Madre Superiora quien dijera ´las alumnas reclaman por el gusto de hacerlo’, y en aquel atardecer de víspera increíble Daniela quince años que no aparece por ninguna parte. Ayer nadie la vio, mejor es no hablar de cosas tristes, o ‘por algo será’; pero Daniela no aparece y en su madre, por herencia de sueño que mantienen las hembras, la cepa de la espera le crece cada hora. Y a viento atravesado o en el mar más profundo, ninguna madre olvida ni un minuto la cría...

Y sin explicaciones anda Alicia por la Plaza de Mayo, junto a otras de blanco pañuelo en la cabeza que apretadas del brazo afirman índoles de la sangre. En ellas no valen cobardías ni palabras menores y recorren la Plaza sin el mínimo rezo, si tal vez Dios les dijera que no vendrá a la cita, más convocan al mundo a contravientos de amenaza milicas o la cobarde frase ‘yo no meto en nada’. O la torpe pregunta ¿qué quieren esas locas desvelando a la gente que desconoce culpas? Más algún palabrerío que acaso repitiera de no haber sucedido ‘Daniela no aparece’, que le trajo de un golpe la comprensión de todo. Porque, ¿hijos de quienes fueron los muchachos sin rastro tras letales pinchazos y tirados al río?

Ya ni recuerda Alicia cómo aprendió a llorar soportando el desvelo de un llamado a la puerta; se llora en tono bajo y sin sollozos que apaguen los ruidos de la calle. Alguien se ha detenido pero sigue en la noche, el sonido de un timbre solamente es deseo, ya los autos que pasan se llevan la esperanza y a ráfagas, Alicia se imagina que no es verdad ese sueño de monstruos asesino y sellados cuarteles.

Daniela ya no está y Alicia carga entero su fusil de recuerdo. Con proyectil de tiempo que dialoga constante, ella orienta su búsqueda y nadie más que el aire, con su manera antigua, sabe contar la historia sin cesar ni rendirse. Entonces, a pesar de todos los pesares Alicia imagina a cada rato el rostro de quien robó a su hija, y lo trae de ida y vuelta en su pena furiosa de no olvidarlo nunca. Ausente anduvo Dios por esos días, distraído en ajenos menesteres del cielo y esas cosas, y ajeno al mismo instante cuando Daniela quince años, de los pelos y en andas entre voces de mando y brutal reglamento, derrumbada en un piso de orín y violaciones. ¿Y cómo dejaría de preguntarse Alicia a quién Dios ha confiado conducir la manada?

Cada pregunta que ella se preguntó estos años, clavándose las uñas, ha sido gastada y derrotada de tanto preguntarse. ¿Quién dispuso que Daniela quince años no vuelva a contarle que unas bestias de anteojos apagados, por cumplir unas órdenes bestiales la arrastraron, desnudaron y luego lo demás aún más miserable? Hoy Daniela no está y Alicia plancha su pañuelo. Ya vuelta de los años y sin consuelo, anda su pena visceral sin más relato contra las voces muertas de los comunicados. ‘Señoras, investigaremos hasta las últimas consecuencias’ y otras jaranas que tanto divirtieron a tipos de uniforme y de sotana. Pero Alicia pervive, ya sabe quién pronunció ‘las alumnas no deben reclamar ni sonreír a destiempo’ y esa infamia le duele también cada minuto. Hubo pretores de astrales intereses que ordenaron ‘ninguna sonrisa adolescente puede quitar al rezo de su sitio’, aunque Daniela aullara en medio del tormento.

Implacable y sin nada que distraiga ha de seguir el sol clareando grises y el perfil del jazmín bajo la lluvia. Nadie esquiva el fusil de la memoria aunque cambie su aspecto cada día; sólo algo no existe, es el olvido. Y el aire seguirá con su relato mientras Alicia planche el pañuelo que llevará a la Plaza.

ACABAR CON LA POBREZA


- ... es el divino mandato que tenemos en esta gloriosa hora – siguió así la presentadora del Especialista Explicador de la Realidad que llegara a nuestro pueblo, cada día más lleno de miserables. Y el visitante era un eminente diplomado en institutos del Primer Mundo como Francia, Estados Unidos y la Gran Bretaña, más otras universidades alemanas de nombre más difícil.



- Señoras y señores, este verdadero genio de la Ciencia Económica y Política nos explicará cualquier duda que tengamos sobre cómo acabar con los pobres – completó la sugestiva mujer.

Entonces el hombre de buena estatura y cabello claro se hizo cargo y simpatizó pidiendo no ser interrumpido, reiteró ser Graduado en Economía Absoluta más titular de otros varios diplomas de Explicador Oficial en la lucha contra la miseria, tan desagradable, y como la mayoría estábamos ahí con ánimo de recibir le dimos atención. Y siguiendo con la clase magistral el hombre anotó en el pizarrón "la pérdida de algunos valores tradicionales ocasionó la actual confusión de la humanidad". Una inscripción que enseguida aprobó un señor gordo vestido con sotana, - que alguien murmuró era el Obispo Mayor de toda la región- con un gesto que alentó más al Graduado en Explicaciones.

- Es que a veces no sabemos quién manda - agregó el disertante ya mirando con fijeza a una pareja con tres chicos sentados en la última fila de bancos, que ahí mismo empezaron a irse. Hicieron bien, porque tras ellos salieron otros mal vestidos, los demás recibimos un soplo de tranquilidad y el mismo obispo sonrió.

- Mejor así, en definitiva no entenderían la cuestión – escuchamos y el hombre siguió desarrollando su proyecto sin la molesta mirada de gente confundida. Y vigorosamente nos inculcó que rehacer el mundo exige no entorpecer el éxito de los eficaces.

- Esa ley es inapelable y única verdad de peso, ya se sabe - subió el tono- no habrá complejos de culpa que lleven ayuda al prójimo ni piedad chabacana que nos impida avanzar a los mejores de la especie.



En ese párrafo el hombre bebió un vaso de agua y descansó, en tanto el último grupo de hambrientos ocultos en el aula empezó a salir apuradamente. Una mujer con zapatillas deshilachadas escondió la vista y sólo el chico menor nos sonrió; cosas de chico. Y al alejarse esos tipos los abucheamos con normalidad y el Gran Explicador habló del lastre que resultan los perdedores en toda empresa humana.

- ¿Y es justo fracasar por culpa de los inferiores?- se preguntó-. Todos deben saber que ningún Dios bendice la ordinariez que ambula por las estaciones ferroviarias ni a esos inconscientes que se acoplan entre los yuyos, sin guardar el recato, siquiera, de evitar la cría. Cada día nuestros religiosos dicen y repiten que Dios no quiere más miserables en el mundo, y el momento de lograr semejante dicha ha llegado, queridos hermanos. Entonces, salvemos a nuestra especie acabando con la pobreza de una vez por todas.



Ese Explicador que nos mandaron al pueblo resultó brillante; al fin escribió la última frase en el pizarrón, desechó una duda insustancial de alguien y al hacernos repetir en voz alta "salvemos a nuestra especie" sentimos la novedosa sensualidad de pertenecer a los que triunfan. En verdad, mirando al mundo desde su lugar disfrutamos el bienestar que sentiría el Graduado en su misma infancia; y en esta hora gloriosa aquí estamos nosotros, los mejores, esperando que nos traigan las carabinas antes del amanecer.

LA SECRETARIA DE FU MANCHÚ


La secretaria de Fu Manchú caminaba por la calle Corrientes contra el tránsito y sin subirse a la vereda; era bellísima, imposible no mirarla cuando volvía del teatro. Por el sesenta Buenos Aires era una ciudad tranquila y desde las ventanas del "Gato" o del "Ramos" el desfile por Corrientes se apreciaba fenómeno; y la partenaire de Fu Manchú que erguía su metro setenta en zapatillas de baile, el pelo negro hacia atrás y la mirada "qué me importa" se lucía yendo al borde de la calzada, sin mirar ni oír los halagos de nadie. La chinita cara de muñeca y físico infernal, cautivaba, repitió uno que decía no conocer el teatro donde ella trabajaba, porque jamás gastaría un peso para ver aquel ilusionista que volaba pañuelos interminables, palomas imprevistas y al final hacía desaparecer a Su Li en una caja que flotaba por el escenario. Y tanto habló aquel fulano del mago Fu Manchú que era dudoso no haberlo visto nunca, como decía, pero pronto volvió a ocuparse de Su Li, la secretaria que una vez el Nene no se aguantó más y saltó a la calle para hablarle como si la conociera de toda la vida. Es que en eso de atracarse minas el Nene era incomparable; el muchacho dueño de un auto alemán, se arriesgó a un papelón gigante porque ella siguió en su propio mundo, admirada por medio Buenos Aires y hasta con cierto desdén, por las otras mujeres. El Nene se le apareó a conversarla como si debiera cumplir una inevitable representación que le perteneciera, hubo unos bocinazos incendiarios desde algún auto delator pero él no se apartó ni una baldosa. Era un tipo con un filo increible y tan seguro que al otro día al oír "¿cómo te fue?", confesó hablar casi una cuadra sin que ella moviera la cabeza, pero al fin la entretuvo cinco minutos en la esquina de Callao. "No habla bien pero si sonríe su belleza es inaguantable", recordó que dijera el Nene el mismo que nos contó el metejón que se pescó, tanto que un mes más tarde se la presentó, una noche de mucho frío, y ellos dos tomaron chocolate. Su Li tendría veinte años y el Nene rondaría los treinta, dos chicos enamorados sin retorno y de mirarse con esa somnolencia que sólo entiende la fotografía, ráfaga tierna que perdura en los ojos un segundo, destello convocante de Dios... Y el fulano dijo haberse juntado los tres en "La Giralda" a charlar un rato, hasta que al fin él, espectador selecto de un enamoramiento que ni Shakespeare, sonrió "llevátela Nene que te la robo" y los dejó mirándose igual que si el mundo se hubiera detenido.

En realidad, al irse el frío de Buenos Aires ella se iría a Chile o Perú, por ahí, lejos, y el Nene se fue atrás. Que una hembra tira más que una yunta de bueyes, o "si te vas me tiro del Obelisco" son sentencias razonables, así que el Nene saludó chau a la mujer y a una hija de tres años; de las que nadie sabía, olvidó el aceitado mecanismo policial para negociar cigarrillos "importados" que lo exhibían como un duque en su BMW, y voló detrás de Su Li en un arrebato indetenible, casi mágico... Ahí guiñó apenas un ojo el hombre y prosiguió que por aquel tiempo nadie sabía por dónde andaba Fu Manchú o el Papa Vaticano, aunque antes del año por la calle Corrientes alguien afirmó "no cualquiera se hace internacional cuando quiere" y del Nene hubo una pésima noticia: "no se sabe cómo, pero al Nene lo bajaron". Y nadie se asombró porque en los sesenta todo sería distinto, menos morirse de amor.

EVITA EN EL CLUB DE LOS INGLESES

- ¿Y me pregunta qué pienso de esas personas? Bueno, si usted vino de Europa a estudiar nuestra historia debe saber bastante y yo, de verdad, mucho no puedo agregarle. Recuerdo, eso sí, Evita se murió el 26 de julio de 1952 a las veinte y veinticinco, ese sábado no hubo baile ni en los casamientos y "qué lástima, si en el salón de los Bomberos Voluntarios actuaría Juan D’Arienzo y la entrada valía diez pesos", resonó en el café y el patrón nos advirtió "pasó algo serio, pendejos, y menos broma". Don Santos era un catalán llegado al país por el cuarenta y le gustaba repetir "Perón es un conservador tan lúcido que tiene de asesor a mi paisano Figuerola, que con la Eva no se lleva pero sabe mucho y redactó el Plan Quinquenal". ¿Usted tiene más de ese Juan Figuerola..? Bueno, así que media hora más tarde cerraron todos los negocios y a juntarnos en alguna casa a pasar la noche, aburridos. Por ahí encendíamos la radio que hablaba de lo mismo, empezó a repetirse que había muerto la Jefa Espiritual de la Nación, alguna vieja se persignaría "y, ya se sabía, estaba muy enferma, pobrecita", y la mayoría de la gente, me acuerdo bien, no abría la boca por seriedad o esas cosas. Aunque claro, usted puede imaginarse, nosotros de puro veinteañeros dejamos de atender los discursos y al rato éramos seis o siete jugando por una lotería de cartones, un juego familiar también desaparecido. Ahora se me ocurre, ¿usted ya sabe que de verdad los días de morirse Evita las fabriqueras "dignificadas" por ella en las textiles como Alpargatas, donde se taponaban sus pulmones de pelusa, o las congeladas en las fosforeras de Avellaneda laburando diez horas, esas bien en serio la lloraron con lágrimas verdaderas? "Qué pecado, tan joven, treinta y tres años", mientras la otra mitad la llamara La Mujer del Látigo, la puta esa o ensuciaran las paredes con "viva el cáncer", buenos datos para usted que quiere estudiar nuestra tragedia...

Y sí, le digo que de comunicados a música sacra y condolencias, pasada la primera madrugada el duelo se fue haciendo un escolaso gigante sin peronistas ni contreras. Al velatorio de diez días fueron millones en tanto otro país jugaba por monedas a lo que fuera: de lotería al monte, del truco por parejas al pase inglés con dados, no por mucha guita entre nosotros y por ahí, misteriosamente, el segundo día del duelo en la Casa de España apareció la misma ruleta "ilegal" de cada fin de semana. Total, Evita se había muerto y nuestros viejos discutían si ella era o no más peronista que Perón, que según decía don Santos, tan conservador que al comprar los ferrocarriles bautizó los recorridos con el nombre de un General de la Nación. Roca, Mitre, Urquiza y hasta General Sarmiento, sin darle bola a que ese tipo, usted debe saber, era más bien un escritor. En fin, después le cuento de esos personajes que me preguntó, pero ya le digo que unos años antes, por noviembre del ’48 yo pude ver a la señora María Eva Duarte de Perón bien de cerca. Ahí, a dos metros, en el Club de los Ingleses lindero a la estación de Escalada; que para nosotros era un sitio ajeno y desde la vereda un sábado descubrimos a unas señoras con pollerita blanca jugando al crocket, - nos costaba el nombre- porfiando en golpear una bocha y embocarla por unos arcos de alambre que nos daba risa. También supimos espiar algún entrenamiento de unos grandotes de otro barrio que jugaban al rugby y no entendíamos porqué los tipos no terminaban a las piñas cada jugada. Y esa mañana todos de guardapolvo blanco almidonado para oír a María Eva Duarte de Perón a decirnos que los ferrocarriles ya eran nuestros, que ese Club no sería más de los ingleses sino desde entonces el Club Ferroviario más el nombre del General; y era cierto porque en la cancha de rugby ya jugábamos al fútbol. Hacía frio y no éramos muchos de la escuela número dieciseis; Alvarez, el petiso Cumar, Miglierina, Nunez, Requena; el sexto grado sin movernos y ahí la Señora, Eva Perón, Evita, y no le diría que era de tal manera porque quizá hoy la imagino como supe después que fuera ella: delgada, de piel transparente, cuando crecí aprecié mejor sus piernas y sin duda, Evita era muy linda mina... Por aquel año se construía la avenida Pavón y después de bautizar al Club Ferroviario nos dieron un sánguche y de vuelta a la escuela, cruzando la calle por encima de unos tablones y al verme la Ñata, la modista amiga de mi vieja, me habló con su voz de pito "decile a tu mamá que la señora tenía un chifón y unas medias de vidrio que valen un dineral". Pero a mi vieja de aquello ni medio; me deslumbró – y es la palabra- aquella gente que subía a un camión chiquito para ir a festejar otra conquista, todavía sin golpes de bombo ni abanderada de los humildes que entró en la inmortalidad a las veinte y veinticinco, que llegó más tarde. Aquella gente disfrutaba su felicidad por nacionalizar la flota, los ferrocarriles y los aviones lo mismo que después festejaron yendo a la Plaza de Mayo cuando nos vendieron los teléfonos, el petróleo y los adoquines. Así fueron las cosas, y yo aquella mañana de ver a Evita no entendí al gentío aquel subiendo a dos camiones luego de cambiar de nombre al Club de los Ingleses, tal vez emocionados por recuperar la soberanía, la independencia o algo menos lejano: llenar todas las plazas vacías. Eso, ahora se me antoja que siempre quisieron batir el récord de llenado y gritar sintiéndose muchos, "no es una idea, es un actitud" escuché más tarde, pero esa dicha de sumarse al griterío sería más íntegra si los diarios tomaban fotos y cada uno lo hizo sin preguntarse si valía la pena tanto gritar y gritar la vida por esto o por aquello, hasta derrumbarse en la cama cansado pero feliz. Haber participado de algo esa vez al menos los completaba, los convertía en imprescindibles, si al fin soplar siendo muchos y a pulmón lleno Viva Viva debe ser igual a besar a la muchacha de la película o meter el gol del mundial sobre la hora, De taquito, después que la tocaran todos, y eso luego se lo explico... Y sigamos señora, gritar y gritar mirando al cielo porque tanto grito es la liberación psicológica del obrero ante el patrón o ganarle al enemigo vendepatria que después de tanto ruido, pobrecito, eso nunca aconteció pero usted debe suponerlo; esa actitud a la gente le hace bien por encima de quienes hablan contra el mito inservible, aunque lo utilizan cuando pueden. Ahora, si usted me pregunta por los herederos de tanta euforia, ellos viven lejos de la villa que usted vé, se divierten ensalzando a Evita al entonar la marchita el día de su muerte y luego brindan con el vino más caro. Y si eso no es una hijadeputez, ¿qué le parece, señora?

APRENDER EN FAMILIA

Desde chico a Facundo le importaron las mujeres; más que a otros porque a él lo ayudaron a crecer dos tías, hermanas de su padre. Dora, la mayor, y otra alta y no muy delgada, la tía Ester, que cuando él cumplió quince ya pasaba los cuarenta y era de bañarse con la puerta del baño entreabierta. Desprecio a los encierros, a saberse presa, - asunto de psicóloga facilera, vaya uno a saber- que a Facu lo mantenían atento por si la tía Ester decía "dame la toalla" y él entraba de espaldas, "ni se te ocurra mirar, mocoso", a darle el toallón color violeta y una vez cubierta ella lo animaba "ahora podés mirar". Aunque cada vez menos estricta porque una tarde que Dora salió y no volvería temprano, la Ester le mostró las piernas bien arriba de las rodillas, "hasta ahí, nene, que ya sos grande", y se rió al dar dos toquecitos de abrir y cerrar el toallón para exhibirse entera. ¡La tía Ester! Otro día lo llamó "Facu, la toalla", y le dejó a medio cerrar un espejo del botiquín que reflejaba sus tetas blancas y redondas al enjuagarlas, demoradamente; tras la ducha le preguntó ¿"te gustó ver, espión"? Después Facundo no entendió porqué la tía Ester pareció ausente y se fue a dormir temprano, sin hablar ni con la hermana, aunque al día siguiente le ordenó "vamos a bañarnos" y al presentarse él con el toallón violeta escuchó "vení vos también". Así que aterido y queriendo mirar a cualquier parte, con su mano ansiosa de pibe adolescente ejercitó el ir y venir una pastilla de jabón entre las piernas de esa mujer que lo fregaba contra su pecho, mojados y palpitantes bajo la ducha, "así nene, así", gemido risueño de la tía al culminar sin detener su hábil manoseo para llevarlo también a él a un quejido sofocado y placentero.

Después de aquello, por la casa pasaron días sin miradas, de no haber ocurrido, y al irse la tía Dora todo el fin de semana, - "esta debe tener algún viejo", la oyó hablar a Ester con una amiga por teléfono- el viernes a la noche ella le besó el cuello un par de veces y al levantar la mesa se le arrimó con el batón abierto. Facu, a quien acaso el reloj íntimo se le adelantara durante aquel tiempo, la miró sonriendo al empezar a deslizar sus manos; ella lo apuró "apagá la tele" y esa vez él no soportó la conmoción de vergüenza y sangre apresurada bajo la ducha, porque la ceremonia del jabón yendo y viniendo derivó en caricias más profundas y pronto la tía decidió "vamos a la cama", secándose apenas. Sin conocer aquel juego Facundo lo empezó como si supiera, y en imprevisto aprendizaje, con docilidad, acompañó que la tía le fuera sumiendo la cabeza vientre abajo y allí se entretuviera en aprender sin apremio aquella noche. Si después de todo ella también andaría por sus lugares secretos, cuidando siempre "no me manches la sábana, nene", y según mujer fértil que guarda un preservativo por si acaso, Facu se incorporó al borde de la cama sintiendo que transcurría en un sueño porque jugando jugando la tía Ester simuló un protocolo al colocarle su forro bautismal. Y ya igualados y amantes sin ambages, con alegría cierta olvidaron toda diferencia cuando la hembra mayor de cuarenta, alta y no muy delgada, abrió sus rotundas piernas al vigoroso chico de quince y de ojos bien abiertos, para homenajearse los sentidos sin debatir edades ni parentescos.

DIFERENCIA DE PAREJA

Luego de enmarañarse la discusión entre lo bueno y malo de ser billonario como Bill Gates, Ivana pronunció una frase de cierre y salió al canal de televisión.

- No seas resentido, Quelo, que si alguien logró esa fortuna se la merece...

Entonces al quedarse solo y después de sumar, restar y dividir por dos, Quelo resolvió un broncoso resultado: la hembra de compartir techo y cobija venía muy loca de la cabeza; le zumbaba el balero; y aunque gracias a teleteatros y desfiles de la moda fashion Ivana ganara la guita en bolsa, que ni soñara en llamarlo resentido. Así que varón resuelto a separar las pilchas y hacer la valija, - seis camisas, dos remeras, el pijama celeste regaláselo al primer chabón que conozcas- en ausencia de Ivana Pérez Lamour, famosa actriz televisiva y propietaria del depto, él abandonó el hogar sin palmadita en la mejilla y el "ojalá tengas mucha suerte" que tanto se acostumbra. Y aunque en toda bronca divorcista cualquier poeta desenfunda un versito y a otra cosa, esa tarde Quelo prefirió arrimarse al habitual mostrador de Nico.

-Ya pasará, Quelo. ¿Whisky?

- Sí Nico, pero decime, ¿por una mina de raza especial debo vivir aplaudiendo cualquier tontería? Por favor...

- Y sí, para ella la vida es un sueño. Pero te la envidia medio Buenos Aires.

- Nico, no estoy entrenado para repetir que triunfadores y derrotados se lo merecen; es una indolencia muy grave.

- Es verdad, loco, pero el mundo no se arregla discutiendo con tu mujer.

El asunto era denso y como su "analista al paso" tampoco lo conformaba, Quelo tomó sólo una copa, salió del bar y luego vería dónde pasar la noche. Revisaría su agenda de amigas y amigos, y algún alojamiento transitorio encontraría. /Pero qué mina tarada/ Al margen de las veladas que solían regalarse, Ivana vive creída que no necesita usar la cabeza, "ese recurso de la gente fea", sabía reírse, y visto de esa manera cualquier cirugía estética es inmoral, qué joder. Ivana es una fiesta, rubia, alta, vikinga ucraniana, pero decirle resentido a Quelo Varela por pretender que todos larguen de la misma línea, vamos piba...

Al hurgar las llaves del auto Quelo advirtió a una pareja de chicos cerca suyo. Los pibes se visten todos igual, los dos con camperas y una altanería superficial; aunque la diferencia saliente era el culo de la chica. Y al pensar que se enredaría en una idea incómoda para ese momento, un relámpago lo apuró y la parejita quedó atrás de él. Abrió y se acomodó en el auto al caer las primeras gotas vigorosas, dos hombres apuraron el paso y otro refucilo alumbró a la chica mirando por el parabrisas.

- Abrí y no te hagas el loco - el muchacho le mostró un arma por la ventanilla y Quelo destrabó la puerta y encendió el motor asombrado de su propia calma. La chica se acomodó en el asiento trasero; ninguno tendría veinte años y el contraluz de la lluvia al anochecer decoraba la escena.

- Tranquilo viejito y vamos para el Bajo.

Quelo deglutió lo de "viejito" y se metió en la montonera de autos que iba por Callao. En el primer semáforo un taxista lo miró en dos tiempos y siguió en la suya; manejar por la Recoleta encañonado por un loquito y atrás una piba que ni abría la boca no era buen programa para ese atardecer de un viernes.

- ¿Qué llevás en el maletín? - lo prepoteó el muchacho.

- Camisas y calzoncillos; son grandes - y le volvió el coraje inesperado.

- Doblá a la izquierda y no te hagas el gil.

El tránsito apenas se movía y en cinco minutos recorrieron dos cuadras. La tormenta crecía, no veía manera de llamar la atención y al fin, si alguien supiera que él soportaba un revólver apoyado en las costillas tampoco reaccionaría. Por el espejo, Quelo apreció a la chica, asustada y sin decir palabra, el muchacho miraba al frente, dominando la situación; instante justo para frenar de golpe contra la vereda y salir a la lluvia quitando la llave de contacto.

- Pará loco, que te quemo – Quelo sintió cerca la amenaza pero siguió y bien pronto la corrida le forró la boca de nicotina. Dos mujeres de impermeable sonrieron al ver su tranco despavorido pero él siguió su mojadura en acto de contrición, pecador que hombreaba la cruz por mayores culpas más esos dos chorritos que ni sabían a quien robar. Antes de la esquina se derrumbó sin aliento. Por allá se iban sus atracadores, bajo el chaparrón; pobres pibes, pensó.

Cuando Ivana volvió al departamento ya Quelo juraba por décima vez dejar el cigarrillo, había calentado su esqueleto con un baño caliente y ordenado remeras y camisas en el estante adecuado.

-¿Me esperabas mi amor? ¿Ya se te fue el enojo? No imaginás el programa alucinante que hicimos. Bárbaro. Me doy una ducha y te cuento – entró Ivana con su mejor estilo triunfal. Entonces Quelo Varela sonrió y al besarla en señal de paz, imprevistamente le crecieron dos deseos formidables y contradictorios: amar a esa mujer hasta el agotamiento o retorcerle el cogote igual que a una gallina.

DON SIMÓN

Por mi barrio andaban los rusos cuentenicks, unos judíos vendedores puerta a puerta que sin regalar nada cobraban cuando podían. El que visitaba mi casa se llamaba don Simón y hombreaba de todo: frazadas, un juego de platos, un delantal y zapatos cuando empecé la escuela y hasta un vestido al casarse mi hermana. El ruso de mi familia era una tienda ambulante y nadie le entendía bien cada palabra.

Por ahí en mi casa le colgaban la cuenta, don Simón dejaba de aparecer y debíamos pagarle en el Once, por la calle Alberti. Una vez acompañé a mi viejo: yo había aprobado primer grado y don Simón, sentado de espaldas a una ventana de cortinas macramé, exhibía con dos dedos una tarjeta desteñida donde figuraba la cifra impaga. Sin hablarse, el ruso acercó demasiado el cartón y mi viejo, como si mostrara una baraja ganadora desplegó un billete verde y empezaron a reírse hablando de otra cosa. Y además de esa imagen guardo otra película sepia: don Simón tomando resuello un verano en el patio de casa, su bolsa de cotín celeste apoyada en el enrejado verde y mi madre cebándole mate de leche. Película en mi casa de pibe, olor a higuera, nuestro eterno gato gris durmiendo en una silla y en la escena don Simón, con su saco de dormir ribeteado de cordón azul en trabajosa charla con mi madre; delgada, de pelo rubio peinado a la banana y nerviosa por nada, cebando mate y a escondidas me ofreció "uno para el nene y a jugar que los chicos no toman".

- ¿Cómo anda, don Simón?

- Mucha calor. ¿Y Pablito?

- En el taller, con el auto. Dejó unos pesos para usted.

- Está bien.

Ningún otro diálogo se me ocurre, aunque ¿qué nutriría a ese tipo encorvado por su cargamento, flaco y la mirada humedecida al contarle a mi madre que su familia había muerto en la guerra? "Muertos todos, como ovejas". Alguna vez supuse el nombre de su aldea pero no la busqué en el mapa, si al fin la matanza es una sola...

Un fin de año la cuenta se hizo impagable y nos fuimos a Mar del Plata para hacer la temporada con el taxi. Allá mi papá vendió el auto, un Buick del '30, y enseguida viajó a Buenos Aires para comprar otro. Al llegar de vuelta salimos en familia a la vereda y un par de vecinas nos miraban a media sonrisa, mi hermana me traía de la mano y por única vez vi abrazarse a mis padres. Mi mamá vestía su saquito de lana mal abrochado y el viejo me levantó por el aire hasta su risa gardeliana. Un rato anduvimos en familia alrededor del coche nuevo, un modelo '29, y al abrir la puerta trasera había paquetes hasta en el piso.

-¿Visitaste a don Simón, Pablo?

-...y compré pilchas para toda la cría.

¡Y qué lindo sería si aquello no fuera otro invento de mi nostalgia! Porque al fin, en esta profunda memoria amotinada don Simón llegaría por detrás del barrio, cruzando el potrero que nos unía al barrio de los Pecosos, margen de la civilización, y por ese paisaje inamovible el cuentenick ruso esquivaría cardos, hormigueros gigantes y su grasiento sombrero pajizo embestiría contra el sol enfurecido de febrero. El hombre cargaría resignado su mochila repleta por enaguas de mujer y camisetas de frisa, sus dolores de pie y sudores de entrepierna más una perpetua lágrima por cierta mujer de allá lejos, su lugar de nombre impronunciable. Porque don Simón venía de lejanas orillas, de caminos a recodos ferroviarios y paisajes dibujados a su antojo; todo rumbo lo llevaba adonde fuera...

Por entonces se casó mi hermana y en la fiesta probé un sorbito de anís de don Simón, que se quitó el saco en la reunión de poca gente y hasta bailó con la novia. Tal vez yo tendría conmigo esta incertidumbre que modifica el cuadro, pero recuerdo a mi viejo Pablo y a don Simón tomarse de los hombros para entonar "para mí eres divina" y un tanguito que ahora no me acuerdo. Y nombrarían, eso sí, a las pupilas del quilombo de Dock Sud y otros alborozos aunque mi padre ya tuviera la sonrisa bajoneada y el ruso lo animaba con códigos incomprensibles y estirando sus tiradores colorados; y hoy me pregunto ¿qué ritos convocaron esos dos tipos para entenderse, qué nudos los ataría para sentirse idénticos? Muy pocos, pero a don Simón también le gustaban mucho las minas...

Como luego del casamiento de mi hermana mis padres se separaron, entiendo más interesante mi aventura por aquella frontera despoblada de donde surgía don Simón: el barrio de los Pecosos, la hora de la siesta, un carro cachaciento cruza el descampado y lejos vuela un gorrión; nada soberbio para ser contado. Y quizá por eso derivé en esta rutina previsible en la que siempre al resto le aconteció lo deslumbrante; jamás me dijeron de un naufragio con arcones y tesoros bucaneros y cuando ya nadie hablaba del asunto, supe de aquel suicidio que sacudiera el barrio. Nada entretenido para decir y que alguien se interese en atenderme; nunca logré un gol sobre la hora, ninguna tía desfloró putamente mi inocencia ni emprendí un sólo proyecto temerario que al menos, resonara alguna risa. Cien veces crucé el mismo escenario, nadie se distrajo en ofrecerme apenas un vistazo y tantas travesías sin aconteceres cerca de mi casa me dejaron esta certeza de no descubrir nada ni ser mirado nunca. Entonces mi viejo y don Simón me habilitan por ser dos temerarios capaces de sacudir cualquier comedia: cuentenick ruso soportando tanta cuenta impaga, masacres familiares o hacerse millonario sin volver a la aldea; y su amigo Pablo enredado en mujeres del vecino, un balazo en la revolución del treinta y huir del domicilio cuando venía la mala. Y entonces mi delirio cierra mejor con don Simón y mi viejo eligiendo la mejor camisa para seguir borroneando la tarjeta amarilla, y por encima del Danzing o el Moldava putañeando allá en el paraíso al perseguir entre nubes a las virgenes infernales. O entonando en hebreo arrabalero una noche de joda con San Pedro.

A MI GATO LE ENCANTA MOZART

Hoy me distraje mirando a mi gato. Con decoro, porque él es distante, discreto y sabe callar. En verdad, le anduve alrededor y recordé a Lord Byron: el gato posee belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, coraje sin ferocidad; todas las virtudes del hombre sin sus vicios. Una semblanza menos cínica que la de Ambrose Bierce: Gato. Suave autómata indestructible preparado por la naturaleza para recibir patadas cuando las cosas van mal en el círculo doméstico.

Al mirarlo entiendo que los gatos se vuelvan invisibles cuatro veces al día, y si ellos quieren nadie pueden verlos de guardia baja, empobrecidos de lluvia y madrugada. Al tiempo de atenuar su exhibición cualquier gato se hace etéreo, inatacable, y su corazón late en una verdad lejana y superior. Ya deberíamos saber ese misterio.

Mi gato se llama Fidel y revive al escuchar música en mi falda; sigilo al distenderse, sutileza ajena a la gravedad, cuerpo imperceptible. Al oir el Pugliese yumbeado de "Negracha" o "La Cachila", Fidel conmueve su pelaje y pierde su mirada lejos. Eso me anima un poco, aunque al Piazolla de "Verano Porteño" mi gato no lo disfruta. Fidel, es música con esencia y te hace ver a Buenos Aires desde el cielo, le digo pero él ni se entera. Y me apena porque aún no aprendió que el tango es una catarsis nostalgiosa y absurda, que de pronto irrumpe cabalgando un silbido para hablarnos muy quedo, despacito, de nuestras plenitudes, sin testigos. Porque el tango es el vino a solas, el sueño demolido, la mirada de esa piba que a ráfagas retorna y a contraluz de todo pensamiento se adueña del momento. Fidel, el tango es en voz baja. Nos trabaja por adentro su rasguido de viola misteriosa si los gnomos del recuerdo nos llegan de costado, versallescos, o cuando los olvidos olvidados retornan de rebrote y se apropian al fin de nuestro cuerpo. Por eso el tango en alta voz y teatralero es una grosería de recién venido, y sin lo íntimo de confesarnos cada tanto, deschavarnos en un "vos sabés como fueron esas cosas", sería una música más, carnestolenda. Siempre nos vuelve el tango, no perdona...

Aunque ¿cómo contarle a un felino sin necesidades el enigma tanguero de los derrotados, cigarrillo de lenta ceniza meditada, reloj de insaciable desgarro? En cambio, oyendo el "Concierto Número Cuatro de Mozart" Fidel se hace una fiesta. Levita leve y ligero, gato definitivo que se convierte en dos sílabas sin cuerpo y vuela oyendo el sólo de corno de Dale Clevenger. Sin jactancias pero es bueno decirlo, mi gato será un atigrado cualunque cabezón y sin prosapia pero su gusto musical lo diferencia. Cualquier gato puede ser un amante a hurtadillas, merodeador de habitaciones sin apenas proyectar su sombra, clandestino de hacer silencios a su antojo y llevar en sus ojos el secreto de la libertad, aunque sin pedantería, ninguno supera a Fidel para disfrutar a Mozart en mi bemol mayor.

VERDE Y BLANCO A RAYAS VERTICALES

Por la última fecha del Campeonato de Primera División, en cancha de Banfield se enfrentaron el local y San Lorenzo. Ganó Banfield tres a uno y culminó así una buena campaña en el torneo; publicó un diario el 8 de noviembre de 1942. Ese día a Pablito el padre lo levantó en brazos al festejar un gol y aquella visión de camisetas verdes y blancas lo acompañaría siempre.

Aquello aconteció en los años cuarenta y por los cincuenta Pablo supo merodear los vestuarios del estadio tras una prueba futbolística que nunca consiguió, quizá porque ya los jugadores llegaban de lejos. Luego, se fueron cambiando sus vocaciones y él empezó a cuestionar las mismas alegrías que de chico agigantaba en su corazón. El fútbol sirve al Poder; solía repetir, aunque una vez vendiendo libros en alguna provincia y ser invitado a pelotear con otros viajantes, disfrutó al vestir ocasionalmente la casaca de sus amores. Verde y blanca a franjas verticales.

Por los setenta algo lacerante le ocurrió también a Pablo: unos tipos con capuchas de pesquisar escritos rompieron su casa en la alta noche, violaron a su mujer y en una dependencia embanderada, lo torturaron a gusto. Pero esto no agrega a ninguna reseña deportiva, ya que luego lo tiraron desde un auto con su existencia rota y apenas entera sus evocaciones de infancia. Así que llegando los años del ochenta se encontró viviendo en España, donde los imprevisibles amigos de Sevilla lo instaban a compartir agasajos y tabernas; y un luminoso 12 de octubre vomitó en la plaza de La Maestranza cuando el diestro Rafael de Luca, que esa tarde saliera por la Puerta del Príncipe, faenaba su segundo toro.

Pablo no consentía el atavismo de la muerte gratuita y entonces, sin saberlo ni la dueña del apartamento que rentaba en la calle La María, cada domingo solía irse de paseo luego del mediodía y regresaba al crepúsculo. Sólo, con la mirada sin convicción se recostaba en el sillón de su lectura, donde por un minuto volvió a ver la alegría de su viejo con él en brazos al festejar un gol, al vasco Lángara colorado de furia pateando aquella pelota gigantesca y al negro Silveyra corriendo jorobeta contra la línea como una gallina. Toda su vida se redujo a un solo fotograma de aquel Banfield tres San Lorenzo uno, cuando al salir de la cancha con su sombrero rancho y aquella sonrisa grandota, el padre le preguntó ¿te gustó?, él dijo sí, mucho, y el viejo agregó ojalá siempre te acuerdes.

Hasta que por el año noventa, en un soledoso atardecer de domingo en Sevilla, Pablo sintió un dolor en el pecho, profundo y definitivo... Y al entrar los vecinos a su habitación hallaron una camiseta futbolera desplegada bajo su cuerpo.

- Del Betis, verde y blanco a franjas verticales – dijeron.

REVANCHA DE TUS OJOS

Cualquiera sabe que las mujeres miran mejor la cámara, pero no me divierte repasar fotografías sin encontrar la mirada de Maite. Pasaron muchos veranos de aquel tiempo recaliente en Cárdenas y las fotos no devuelven sus ojos. Esta es una linda toma del mercado construido por los españoles dos siglos atrás, testimonio colonial les divierte decir a los del pueblo, y al pibe avisando que no había cerveza en el pueblo le cacé justo la expresión. Las tomas del dominó en la vereda son lindas y la del gordo de pañuelo en la calva es buena de verdad. Al viejo con dientes marrones le perdí la sonrisa ingenua, qué lástima, los arabescos en la camisa del vendedor de guarapo están definidos y por fin, el carricoche que alquilaba Angel para recorrer el pueblo por cinco dólares.

- Dejamos a la señora en su casa y luego andamos una hora - dijo el hombre al acomodarme a su lado. Maite viajaba sola atrás, mirando el mediodía bajo la capota de hule descascarado.

- Angel, dile al argentino como la pasamos aquí en Cuba – ella dio parte al bajar y recibí su mirada sin retorno. Luego Angel me prestó las riendas y enfocó mi compadrear en el pescante; "yunta oscura trotando en la noche, latigazo de alarde, sobón" le entoné un tanguito y Angel no entendió ni medio. Aquí la antigua estación de trenes; atrapé esta mancha de aceite en el agua contra el murallón, un lujo; esta viejita cruzando en bicicleta alcanzó a reírse cuando el mediodía era un infierno y la boya gigante sobre la plazoleta la tomé sin filtro. Se reveló brillosa.

- Esta boya es un símbolo del pueblo. La trajo del mar el huracán del año veinte – me participó Angel de su orgullo cardenense y al guardar la cámara llegaron estos chicos a comprarme las zapatillas. Estupendo, cualquier pibe atorrante del mundo entrega un buen focazo.

- El enemigo nos pega con el consumo, que nos duele - comentó Angel y yo le pregunté qué podía untarme en la quemadura en los hombros. Hasta que aparece Maite, negra de mi corazón; en la primera se agregaron unos tipos desenfocados de ropa colorinche y refulge el oscuro de sus piernas. Su falda corta al volver de su trabajo en la Telefónica será eterna, la blusa sería más verdosa, no se aprecia bien; en la segunda toma su pose es una canchereada reputona de pelo sobre la frente y boca entreabierta de fiera en acecho. Es buena pero no conseguí tomar bien sus ojos, poca luz, no sé. Luego ésta de mundo detenido tiene clima, Maite en su soledad provinciana, el portal de la casa levemente rosa y detrás la cortina de la habitación; aquí ella entre dos coches estacionados y el mandoneo sus piernas mejora el cuadro; el escote de la blusa define sus hombros huesudos al sostener un sombrero de paja contra la nuca. Sí señores, no necesito poemas de Nicolás Guillén, palmeras que se abaniquen ni páginas de Carpentier al aire: ella es Maite, inigualable, labios morados de hembra ceñida cintura exacta a mi fantasía y que luego de esta toma que el planeta siga girando sin remordimiento.

Si descifrara los ojos de Maite volvería a la siesta del sábado en su habitación; ocurrencia de dos adolescentes de repente desnudos, boteros a la deriva y con temor de precipitar promesas de amor, que no dijimos.

- Yo no acostumbro hacer esto - sonrió al ayudarme a destrabarle el corpiño.

- Creo que yo tampoco - y ahogamos la risa al juntar la respiración.

Maite, trémolo oscuro, en la entresombra del cuarto fuiste una satinada adivinación y mis palabras, apenas sugestones de cuánto me gustabas.

- Con una piel como la mía, mi tatarabuela se ocultaría mejor en la selva – se divertía al saberse novedosa. Pero igual vimos el resplandor de amarnos y al untar mis hombros con sus manos alargadas y fuertes sentí que despertaba mi imbatible "tristeza buenosaires". Y entonces le prometí fotografiar su pueblo, Cárdenas metro a metro, y a escuchar que Angel me contara que "de muchacho Fidel lo necesitó y él entró al monte con otro compadre, que después lo fusilaron por esa vaina tan fea de la droga".

Maite, tanto quise decirte y no acerté con la palabra cierta.

Este quizá sea el rollo número veinte y trae su vestido con bordados y tajos, herencia de su abuela. Maite ostenta sus triunfales muslos, ríe a todo diente y aparece la mesa de mi cumpleaños. Ya pasado tres meses compré velas, langosta y Angel llegó a la fiesta con su mujer; ¿dónde estará la camisa china que me regalaron? En esta desplacé mucho el lente, la sonrisa desborda pero sus ojos se siguen negando. No eran muy oscuros "sus ojos de azúcar quemada" aunque nunca conseguiré de nuevo la ráfaga de aquella tarde; yo y Maite en alegría a un solo tiempo, absolutos, y la sonrisa entristecida al salir de la ducha y subir sobre mis pies a reflejarnos la mirada.

- Y éste será el secreto que nos una, creencia yoruba, - dijo y de pronto principió la tristeza porque cobijados en un toallón no terminábamos nunca de secarnos y navegaron lágrimas entre mi pecho y su piel de hada negra más profunda que cualquier caricia. Ahí de nuevo se empañaron mis visiones del mundo, así que yo, sin huevos para llorar ni gritar "Maite te quiero" salí a la calle a una celebración de la amargura. No hubo más fotos ese día ni al irme con Angel a meditar la lluvia cayendo en el mar y fondear una botella de Legendario. "Que el ron sirve contra el mal del tango". Y antes de trabarnos la lengua de último trago y el matungo nos retornara por su cuenta, Angel y yo sentenciamos algunas "verdades de la vida, pibe".

- Y te digo que Maite es una jeva muy mujer que no llora contigo de capricho; tú le entraste en el alma.

- Angel, anotá esto. El amor sólo existe con alegría y coger riendo es revolucionario - y muy en curda deliré "yo volveré a buscarla, te lo juro".

La botella quedó flotando contra el muelle y el mancarrón volvió al paso, sin desvelarnos. El agua percutía en la capota de hule negro y despintaba un mural del Che Guevara. ¿Por qué, Maite..?


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