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Y chau al recuerdo y el olvido
…y cada palabra sólo es el recuerdo guardado de ella misma.
Quizá por un ejercicio de memoria estos días recordé la muerte de alguien que
nunca divisé ni en fotos. Algo involuntario por más que en su momento me
amargara de verdad el dolor que sufriría su hija Jelena, la mujer que yo más
quise y tanto me dolió su lejanía.
Sin detalles, digo que con Jelena nos hablamos las primeras frases viajando en
un tren y al conversar el día siguiente en un bar de barrio, con su modo
trabajoso y ‘en argentino’ me reiteró ‘cada persona es su propia palabra si se
compromete con ella’. Una parrafada algo teatral en ese tiempo de juventud
ensoñada de acaso y desamparo a veces olvidable, y los augurios de aquel febrero
del ’76 con el sol mineral cayendo sobre Buenos Aires. ‘Yo nací en ciudad cerca
de Belgrado, más frío’, y además diría de su tiempo en California más los años
en Santiago de Chile. ‘Mucho extraño mi casa de ahí, bonito barrio’, musitó
contrariada por hablar de eso.
Jelena cumpliría veinte años y yo con veintitrés la iba de empleado en atención
al público de un Banco, donde hablar con gente a veces confidente hacía
informativa y amable la tarea. Más nuestro primer código común lo hallamos al
rebuscar ‘esas frases curiosas de ustedes’ que la animaban a pesquisar
entusiasta cualquier vocablo sólido y certero. Igual no poco le indiqué ciertas
voces ‘con miga’ frente al lenguaje gelatinoso de cualquier diccionario, y al
descifrar mina, atorrante, bulín o turro compartíamos la risa. También me
recitaba ‘nosotros ya somos palabra comprometida’ al apreciar juntos la
bisectriz de un pájaro en un vuelo sin luz, y un anochecer de besarnos a morir
en la callecita junto a la vía me anunció ‘mamá hoy hablará a mi padre, siempre
de viaje’. Así que al otro día me apuró ‘mi madre quiere vernos en casa, la
calle es insegura’, un renglón que llegaría de su padre aunque al llegar juntos,
la madre aflojó el clima sonriendo sobre mí algo que después descifré en una
trabajosa charla de los tres. Donde hablamos hasta que sin prólogo ni
ceremonias, la madre ‘para tranquilidad’ nos ofrendó unos preservativos que los
tres festejamos, más Jelena agradeció ‘gracias y chau’ al entrar a su cuarto.
- Si vos tranquilo todo será bien – por mi ansiedad al desvestirnos y calmado
ese apremio, en la escena cada palabras apenas sería un eco. Porque el silencio
mucho vale cuando hombre y mujer se aman íntegros en libertad, nuestro amor con
Jelena no permite el repaso de alquimia palabrera ni oración sin retorno. Y en
esa noche después de cenar y reírnos en la mesa con traducción de madre incluso,
al salir y estimar el aire acondicionado en cada ambiente y las costosas paredes
enmaderadas, según empleado bancario me acordé del padre de Jelena. Que me
contaría ‘papá es experto en comerciar cosas defensivas o algo así, y viaja
mucho’, sí que por esos días de 1976 toda palabra era sospechosa en Buenos Aires
y no había renglón relegado a los rincones, volvimos al territorio de nuestra
ternura. Esa habitación por donde las horas cruzaban sigilosas casi en puntas de
pie, y acaso sin temor ambos nos diríamos imprevistos. Puede ser.
Por más que a nadie intrigue aquel amor frenético ni si ella lagrimeara en
nuestro último abrazo, nuestra etapa de ternura minuciosa con Jelena bien pudo
ser distinto y más cuando el padre viajero quiso volver a Chile. Ese lugar del
mapa que ella tanto apreciara, ‘bien cerca, nos veremos’, y entonces esquivé esa
promesa magra que ilusiona el proyecto de un reencuentro. Ella no merecía
ninguna farsa cuando por voces a medias pero frecuentes, yo bien sabía de
milicos malandras de uniforme y disfraz que jamás cara a cara ni menos hombre a
hombre, despedazaban laburantes. Esos que tal vez mejor pensaran en la noche
perpetua impuesta por asesinos, rezadores y verborrágicos publicistas; toda esa
misma mierda.
Lo mismo, de aquello tan cobarde y oculto crecerían voces y más voces con ecos
de otra historia, así que por años siguientes al 1976 sin finales felices ni
suspenso peliculero, releí algo extraviado en tanto olvido: ‘mataron a mi padre
y ni siquiera nos dijeron dónde’. Y Jelena tal vez delinearía ‘te extraño con la
misma ternura’, ¿más cuánto es la nostalgia vana y deshojada ante una realidad
sin pájaros volando a ciegas al atardecer? Si al fin el tiempo prosiguió su
ronda y la pena por un amor perdido ya resuena en palabras que dejaron de ser
comprometidas. Y en la recordación del negociante de armas entreverado a esa
mujer que yo quisiera tanto, ya merezco decir chau al recuerdo y el olvido.
(2012).
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El Ideal Revolucionario
… y por algún rincón ha de estar esa bandera
Al cine de mi barrio y por los años del sesenta, un Día de Damas ‘cinta
romántica’ con Delia Garcés y luego ‘Enamorada’, con María Félix, un imprevisto
grupo revolucionario le ocupó la sala y la cabina de proyección sin dificultad.
El principal combatiente arremetió con una película enlatada en una mano y en la
otra un revólver niquelado que el gallego Luis, el operador, creyó eso como una
joda de los vagos del café.
En verdad Luis era un catalán de voz gruesa que parecía envolver las palabras en
su boca al decir y además, un veterano de la guerra en España que al ingresar al
Ideal a inicios del cuarenta y por ese modo de llamar turco al armenio o ruso a
cualquier judío, en Argentina fue nombrado ‘el gallego Luis’. Quien al concertar
su empleo con el dueño y escuchar ‘los lunes no hay función y usted estará
franco’, de inmediato aclaró ‘señor, digamos que no trabajaré pero yo Franco
jamás’. Más otros puntos que calzaba el tipo que si el subversivo de gorra con
orejeras, nutrido echarpe y un tembloroso ‘38 largo’ hubiera sabido, esa tarde
se hubiera quedado en casa mirando Batman por televisión.
- No te muevas carajo y viva la lucha popular – fue el apurón inicial y el
operador Luis algo titubeó pero enseguida le aflojó una sonrisa a ese nervioso
pibe que le ordenara proyectar un rollo fuera de programa. Aunque se dijo luego
que el gallego siguió unos segundos en prepararse el mate que se tomaba durante
su trabajo, y lo cierto fue que Luis apenas repasó sus anteojos y técnicamente
empezó a dictar el procedimiento.
- Bueno cabrón, suelta ese matagatos y coloca tu rollo en el carretel – y el ya
sudoroso combatiente armado con gorra y bufanda, obedeció.
- Ahora verás tres manchas blancas arriba a la derecha. Tómate el tiempo, jala
esa palanca y encenderá la máquina dos.
Y aquel pendejo que tal vez soñara en bajar del Aconcagua montado sobre una
yeguita blanca a tomar Buenos Aires, no contradijo a ese veterano que olfateara
mucha pólvora verdadera y así los dos siguieron en el combate.
- Bueno, deja ese revólver y la chalina antes que te ahorque la polea y empieza
a contar treinta fotogramas. Y atención, que ni bien veas otras dos manchas
arriba mueve la palanca y habrá proyección.
- Sí señor – dijo el otro confundido entre las indicaciones y su lucha de
liberación.
- Bueno pichón, deja eso y pon la yerba en el mate. Ya haremos ver lo que
quieres de una vez - cerró el viejo cómodo por la situación. Es que el Luis
gallego de Cataluña era un humorista que también se divertía con las historietas
que le inventaba Pepe Luzmala, el acomodador: ‘anoche a Luis lo hirieron en un
tiroteo de Arizona. Está grave’. O ‘cuando exhibe Las Lluvias de Ranchipur el
operador se calza los zapatos de Frankestein y trabaja tranquilo’, eran de las
tantas frases difundidas por el barrio. Y esa tarde, mientras en la cabina se
activaba la toma del poder, las espectadoras del día de damas a mitad de precio
no pudieron ver bien la imagen del Che Guevara y menos a otro miliciano que
sacudía una bandera por la sala.
- Pero hace lo que te dije, pendejo – por ahí gritó Luis en una carcajada porque
jamás los cubanos de Fidel fueron tan indecisos: si en pantalla Castro tronaba
una advertencia al imperialismo en la sala resonaba una mascarita carnavalera,
en tanto el Ernesto Guevara siempre se veía yéndose al llegar. Y si los barbudos
esos hubieran tenido tantas contradicciones hoy seguirían matando mosquitos en
el monte; así que en tanto se proyectaba celuloide al revés y a contrapierna, se
sospecha que aquellos combatientes del cine Ideal de Escalada ni pensaron en las
adversas condiciones objetivas antes de salir rajando...
- Siéntense jóvenes o llamo al acomodador – se enojó una viejita manoteando el
estandarte y a ese arrolle de insignia se sumó el efectivo que se retiró
velozmente de la proyección olvidando sus pertrechos. Menos la gorra.
- Y cuídate chupateta que así no asustas a nadie – lo vio irse Luis y en su
crítica tal vez remordiera algún fracaso propio. Así que en acuerdo al repartir
el botín expropiado al enemigo, el acomodador Pepe Luzmala se guardó el ‘38
niquelado’ y Luis el operador prefirió la chalina de vicuña.
- Que usaré cuando apremie la bruma londinense de ‘Crimen en la Niebla’ - se
anticipó Luis a las burlas del Luzmala y la barra de vagos del café.
Y con certeza, por algún rincón ha de estar esa bandera que alguien muy nervioso
agitara esa tarde y casi nadie se enterara. (2012)
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Borges, no peronista y escritor argentino sin dudar
Por Eduardo Pérsico
… y la llegada del peronismo arrinconó a Borges y a muchos ‘ilustrados’ en
que esa novedosa vertiente era una copia del fascismo italiano.
Por fortuna y más en esta instancia revulsiva que se disfruta en el planeta,
expresar conceptos es casi una obligación y esa virtud, sin ahondarle el abuso
de algún caso, por fortuna nos permite expresar algún desacuerdo tardío pero
atendible. En este caso y en un debate radial de campaña política en Argentina,
‘un peronista tradicional’ así se nombró, y sin que mucho Borges viniera al
caso, el referente predicó ‘ese escritor nunca entendió nada de este país’ y más
adelante y eso lo reiteró ‘si Borges nunca fue peronista, mal podía decir algo
de lo popular’. Pero bué…
Cierto perfil de Jorge Luis Borges mostraría que él escribía ‘como si estuviera
escribiendo’ y convidara con un guiño al lector a secundarlo. Sin fijar una
afirmación tan liviana como sus irónicas calificaciones a ciertos colegas
anteriores o contemporáneos más festejadas que su misma obra, la inflexión del
lenguaje a Borges no le llegó por ilustración literaria sino desde lo raigal y
profundo del país. Sólo apreciando su lenguaje y ningún otro atributo de estilo,
él fue un escritor argentino sin ambages ni rodeos y con la propia voz de su
país. Esto a pesar de las dudas y objeciones baratas que recibiera su ‘soberanía
cultural’ y recibiera con el apremio ideológico que entre argentinos es
inevitable, en tanto nuestras contradicciones hasta geográficas para integrarnos
persisten y la mayoría de los actores desde 1810 en adelante, no quedarían
afuera de algún debate. Anque en última instancia considerar a Borges un
escritor reaccionario o antipopular implica no haber leído bien ni mal su obra,
donde no existe la mínima descalificación a los orilleros, gauchos, negros ni
obreros o laburantes. Certeza que más a una relectura aguda de su obra merecería
menos remilgos populistas en desuso y argumentos más sustentables no contra su
técnica sino contra su ética literaria. Dejando de a Borges por sus ocurrencias
‘antiperonistas’ que pudieron ser caudalosas y a veces inciertas con mucha
resonancia posterior, pero que seguramente no incluyeron suscribir "viva el
cáncer" al morir Eva Perón.
Asimismo y a pesar que los escritores se valoran por lo mejor de su obra, la
llegada del peronismo arrinconó a Borges y a muchos ‘ilustrados’ en que esa
novedosa vertiente política era una copia del autoritario Fascismo italiano, en
principio cuando cierta oposición antiperonista no creía apropiado vincular al
peronismo con el feroz franquismo que se soportaba en España. Así como fascismo
y franquismo fueron bastante similares, entre los argentinos creyentes siempre
fue mejor visto el franquismo, un régimen quizá más cruel y primitivo pero
adherido a lo eclesiástico y confesional. Tan fue así que el primer gobierno
peronista en 1946 incluyó o fue obligado a incluir Religión en las escuelas
primarias, más otras acalladas concesiones a la Iglesia Católica sin que sus
opositores, con Borges incluido, ni cuestionaran esos giros medievales. A pesar
de reprobar con ferocidad y persisten por índole de clase contra la movilidad
del tejido social en el país y la liberación psicológica del obrero ante el
patrón. Dos aciertos civilizadores que actualizaron la historia de los
argentinos y que por el año 1983, seamos justos, en una charla informal al mismo
Borges le interesó hablar de ‘esa modernización’ y pidió que le prolijaran el
concepto.
Bien vale al valorar a este escritor tan contradictorio como otros argentinos
notorios, que al publicarse en 1926 ‘Don Segundo Sombra’ de Ricardo Gúiraldes,
un libro apreciado entonces como la obra más saliente de los martinferristas,
Borges lo entendió inigualable por los pasajes de naturalismo criollista casi
inaugural que advirtiera. Poco después, en 1928, Borges publica ‘El Idioma de
los Argentinos’, un trabajo sustancial en limitar la tendencia hispánica
contraria al ‘voseo’ entre otros términos, ni caer tampoco en hablar ‘como peón
de estancia, matrero o valentón’ pero mucho menos ‘ese español internacional sin
posibilidad de patria ninguna’. Por entonces tanto Arturo Capdevila y Monner
Sanz, - a quién Borges calificara de ‘un Virrey clandestino’- defendían la línea
idiomática de Madrid, contando en su mismo equipo a Ricardo Rojas y al
nacionalista Raúl Scalabrini Ortiz. Nada menos este último que había escrito ‘El
Hombre que está sólo y espera’ y duros artículos vinculando a los ferrocarriles
con nuestra dependencia frente al imperialismo inglés. Esas cosas.
Y en el avance de la controversia de Borges con el españolista Américo Castro,
del Instituto Hispánico de la Universidad de Buenos Aires y el respaldo de
Menéndez Pidal y del notorio argentino Ricardo Rojas, y en diferentes etapas
hasta 1941, él desarticuló con ironías los ataques a nuestra manera de expresar
que no acabaría apenas en una demolición no de Américo Castro sino de varios
ilustrados argentinos de época. Hasta bromear ‘no observo que los españoles
hablen mejor que nosotros. Hablan en voz más alta, eso sí, con el aplomo de
quienes ignoran la duda’ Y varias veces repetiría ‘los españoles hablan muy mal
el español, pero lo respetan mucho porque lo consideran un idioma extanjero’.
Asunto que podría no ser sustantivo para juzgar la argentinidad de Borges pero
que de haber acontecido al revés igual lo seguirían enjuiciando.
Pero bué, los críticos de Jorge Luis Borges ni registran que él fuera un
iniciador en incluir lunfardías en la poesía ‘culta’ y en ‘El general Quiroga va
en coche al muere’: dice ‘el madrejón reseco sin una sé de agua, y la luna
atorrando en el frío del alba’. No a la muerte sino al muere, una porteñidad de
título y trascartón ‘atorrando’ por durmiendo, era chucear a los españolistas
rancios como al borrar la ‘d’ final acentuando la última vocal; usté, verdá,
salú, sé y alguna otra por ahí. Así que negarle porteñidad a quien escribiera
milongas como ‘E l Títere’, ‘Jacinto Chiclana, o localia sudamericana al autor
de ‘Poema Conjetural’ sobre Narciso de Laprida, es lo mismo que menguarle la
argentinidad porque no era peronista. Que además de una inexistencia como
infundio suena a estruendosa estupidez.
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Hay quienes al Mingo Echeverri, ni en sueños
Por Eduardo Pérsico.
Después de leer sobre quienes somos y a qué alrededores nos llevaron, en tanto
se mandaba múltiples copas de un Chardonay bien frío, el atemporal Periodista
Especializado Mingo Echeverri cayó en una sueñera de ronquido y delirio que al
despertar, - algo extraño- él recordaría detalles del entrevero ese de
‘tradiciones nacionales ’, seres casi imaginarios dueños de la tierra y cierta
mujer que él amara entrada en su sueño sin motivo. O quién sabe, corazón…
- Adelante don Echeverri, mucho gusto. Hace un tiempo he sabido de usted y pase
nomás que aquí somos gente de campo – lo saludó un fulano atenuando su voz por
quitarle brillo al entorno y lo invitó a tomar algo. Y al agregarle el Echeverri
lo suyo al sueño, lo divertía recordar que ese teatral despojo de la riqueza lo
aprendiera de aquella secreta compañera de ternura en tardes imborrables. Hasta
que en cada encuentro se irían sumando los quizá, acasos y tal vez, y por más
que él casi prejuiciara ‘las hembras como esta nunca lloran’, al separarse en un
atardecer hubo un sollozo que enjugara la ducha y él jamás agregaría esa mujer a
sus olvidos. Porque ella al repetirle ‘la cohesión de grupo no la heredamos de
unos mercachifles que hicieron guita; el campo es otra cosa’, o ‘junto a nuestra
tilinguería tenemos conciencia social’, sin terminar la frase ya encimaban los
cuerpos para reírse juntos.
- Cumplimos generaciones limando las diferencias; es lo mejor – seguía diciendo
el tipo- y en cuanto hace tiempo una profesional conocida suya me dijo que usted
conocía mucho de política, me interesó – y el Mingo ahí esperó un ‘¿vos no serás
comunista, no che? que el otro no dijo.
- … antes la izquierda nos preocupaba más - oyó al llegar un balde de pertrechos
con hielo y supuso una charla con más de una botella, y al nombrar el otro a
unos amigos Políticos de Carrera él bromeó ‘sí, los de carrera se entrenan
corriendo todo el día tras el presupuesto’ y muy fugaz el otro sonrió.
- Vea Echeverri, hoy los diarios culpan menos al marxismo leninista troskista
que esas bandas que se adueñan de la calle, la puta madre que los parió- y ahí
el atemporal Mingo Echeverri se mandó otro robusto trago y resolvió ‘dejate de
boludear, che. Ahora yo te pregunto y vos contestás cumpliendo que todas las
puteadas valen lo mismo’. Y el otro creído de conocer cada respuesta aceptó más
contento que mono que se encontró un reloj, y el Mingo se tramitó otra copa del
Chardonay de la gran puta.
- Recordame la ley de residencia por 1900 con sus infames deportaciones, el
Estado de Sitio al festejar el Centenario en 1910, la masacre de obreros en la
Patagonia por 1921 y alguna otra violencia que te acuerdes.
- Muy fácil, nosotros pedimos inmigrantes del centro europeo y nos desbordaron
los conventillos con tanos anarquistas. A la mierda con ellos. Y en 1921 en el
sur nos infiltraron mafiosos gallegos y chilenos a robarnos la tierra
conquistada a los indios, y como le ordenamos a los milicos que se ocuparan, al
carajo con ellos. Ustedes deberían honrar la gloriosa Conquista del Desierto y a
nuestra Liga Patriótica, jóvenes de familia como mi padre lucharon con su
automóvil a esos atorrantes de la huelga en Vasena - y al Mingo le resonaron
actuales apellidos de aquella secta pero siguió. …
- Ustedes echaron al presidente Irigoyen en 1930, en 1955 patearon a Perón y en
1976 ensangrentaron todo; y esa perpetua comparsa del odio siempre salió a
festejar.
- ¡Qué odio? Eso se llama conciencia grupal. ¿Dijiste Irigoyen? Nos caíamos del
mundo y radicales y socialistas nos ayudaron a empujarlo. ¿El pacto Runciman
Roca? Un acuerdo perfecto; Argentina granero del mundo, camisas y robe de
chambre de seda, casimir inglés, scotland whisky y a festejar. Vendíamos una
vaca y viajábamos a Europa; ¿qué te parece? Y por los años treinta los dejamos
elegir unos diputados a charlar de sus derechos el día entero pero del
extremismo enemigo de la propiedad privada no decían ni media palabra. Gente
dudosa. – y el Mingo Echeverri recordó la nota que un tal Blaquier de la
Sociedad Rural en 1955 le enviara a los militares golpistas: ‘les ofrecemos
nuestra clara y decisiva colaboración y quiera la Divina Providencia iluminar
los designios de vuestra gestión gubernativa’. Y más frases que repitieron la
misma Rural y la Cámara de Comercio a los genocidas de Videla Massera y elenco
estable: ‘desde abril de 1976 a la fecha se recuperó la confianza internacional
y se alcanzaron conquistas en el campo social y económico’. Una desvergüenza.
- No me hinches más las bolas, Echeverri, ¿o no sabés que los sindicalistas son
todos millonarios? – contragolpe que él soportó por haber recibido en su vida
más rempujones que mostrador de boliche. .
- Ah, ¿sólo por eso no quieren reformar la propiedad y que comamos todos?
- ¿Reformar qué? Ni en curda. La tierra es nuestra, la patria es el campo o al
revés, y quienes no aprecien al glorioso general Roca del Desierto, que se
jodan. Incluso los milicos asesinos del 76’ que por quedarse cortos y arrugar,
que se banquen suprema corte genocidio y derecho humano. Y más te digo, de esa
historia me gustaría ver a los zurditos desaparecidos trabajando el campo de sol
a sol. .
- Pero cabrón, ¿vos algún día trabajaste de sol a sol? – pero ya tanto vino
perforante más ‘algo habrán hecho’o ‘por algo será’ y ‘más respeto por la
propiedad privada’ habían hecho su tarea sobre el Mingo Echeverri.
- ¿Quién, trabajar yo? ¿Nosotros laburar en la tierra? Che, para eso está la
peonada. - y en esa oración el dueño de casa rebuscó esa chillona risa tono
agrícola ganadero, algo destemplada. (Oct.011)
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El Mingo sabía irse de Garufa
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La
Galleguita que el Mingo levantó del puerto
Por Eduardo Pérsico
Un fenómeno el Mingo Echeverri., figura secular y por justicia hoy, distinguido
Periodista Especializado. Y en esa condición por 1924 le apareció la Galleguita,
la divina que a la playa argentina llegó una tarde abril, y él la levantó del
puerto.
- ¿No trajiste valija? – le preguntó, ella musitó ‘sin más prenda ni tesoro que
mis negros ojos moros y mi cuerpito gentil’, modesta la chica y al toque nomás
el Mingo la consoló en su bulín una movida semana. Luego y sin poder ubicarla en
la cadena de la Zwig Migdal le procuró hacer la noche en un cabaret de barrio,
masomeno, pero nobleza obliga, sin sacarle un solo peso y propio de la gauchada
argentina. Y por eso el Mingo mucho más se calentó cuando un paisano malvado
loco por no haber logrado sus caricias y su amor, - de la Galleguita- se pagó en
cuotas un viaje a España para deschavarle a la santa madrecita, también gallega,
la sacrificada actividad de esta ejemplar inmigrante que enorgullece a gallegos
y porteños, en ese orden. Gran mariconada del paisano malvado que propiciara una
inviolable sabiduría popular: ‘tenés que ser gallego para ser alcahuete’;
directa calificación que gracias al Mingo Echeverri se hiciera extensiva a las
demás congregaciones nacionales y extranjeras, en un avance contra la
discriminación que necesitara de un decreto ley para enrolar a los alcahuetes de
todo grupo étnico o facción.
Esa militante internacionalidad del Mingo ya define a un verdadero precursor, el
mismo que discutiera con muchos tipos iguales o peores a ese gallego rufián,
como al fin resultara ese gil de cuarta que en plena calle Florida le grita a la
mujer que lo abandonara ‘en la lista de tus cosos, primero, primero yo’. Eso
nunca se divulga, varón, ni tampoco son caballerescos los arrugues del estilo
‘portero suba y dígale a esa ingrata, que aquí la espero, que no me voy’, que le
hiciera pontificar a nuestro héroe Echeverri ‘este tipo no era gil solamente con
las minas; lo era también con los porteros’. Y punto final.
Aunque pese a estas contradicciones y como faro de la sensibilidad, el Mingo
trataría con casi todo e listado de mujeres fatales en el tango: con esa rara y
encendida de ojos con eléctrico ardor que en el fragor del champán loca reía por
no llorar; con la del barrio la piba más bonita y aunque sus viejos no tenían
mucha guita con familias muy bacanas se codeó, - un certero logro de movilidad
social- y de paso con algún insigne referente de los tangueros según fuera aquel
mártir añorador del barrio tranquilo de ayer que en un triste atardecer reconoce
al viejo criado de la casita de los viejos, tan sólo por la voz. Una joya o
efecto de realismo mágico de samputa que por 1932 hizo que el Echeverri
felicitara al Enrique Cadícamo con un prolongado y también, incómodo abrazo. .
Otra vez nuestro prócer al enterarse que un escriba común y no Periodista
Especializado como él, divulgara ‘cuando a Carlos Gardel lo engalanaron igual a
un Gardel cualquiera, con un mameluco de goma para adelgazar y llevarlo al gran
país del norte a canzonetear híbridos, jotas y pasodobles, trocando la N por la
R y ‘cartar silencio en la noche’, el único que de frente le paró el carro fue
el Mingo Echeverri. Y ya debe saberse; . sucedió en el Café de los Angelitos de
Rivadavia y no me acuerdo la otra, cuando el Mingo encaró al morocho Viajero del
Abasto y le dijo ‘che gordito, conmigo ni a misa; si querés ser otro invento de
la Paramout sin intimidad ni lágrima en la voz, andate a gardelar a otra parte.
Pero no te olvides nunca que yo puedo quemarte diciendo por todo el barrio
“Gardel es raro, lo han visto con otro” y ahí se acabaron tus andanzas. ¿Me
entendió, che? Esto así textual pronunció el Mingo de corrido y ahí Carlitos, el
bronce que todavía sonríe, miró tangamente a uno que iba con él junto al Tito
Lusiardo zapateador de tango que vivió cien años, y le preguntó ¿qué me contursi,
Lepera?. Un interrogante magistral del Morocho que neutralizó todo lo dicho
hasta ese momento y en el futuro también.
Claro, quizá hubieron entredichos nunca aclarados como la bronca y el silencio
de Amado Nervo porque el ‘Día que me quieras’ jamás llegaría a ser un tango, y
otra historia más soterrada que el Echeverri la sabía con puntos y comas, a
saber: el nombre, apellido, domicilio y número de documento de quien
estrangulara con un lengue blanco al piloto del avión en la república de
Medellín, quien después y como de paso, pretendiera cobrar derechos de autor por
el universal proverbio ‘se vino abajo como Gardel’. Que a esta altura más que
literaria, es una verdad éticamente histórica: surgida del cerebro de este
privilegiada del que hablamos. Y en cuanto seguiremos con varias dudas que el
Mingo Echeverri ya explicara como Periodista Especializado un siglo y pico más
tarde, será hasta luego.
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El
Mingo Echeverri, Periodista Especializado
Por Eduardo Pérsico
Alguien dijo ‘tango viene de tangó, voz de los esclavos africanos’, y el Mingo
le suscribió ‘sí, y también fue muy bailado por los griegos. ¿No se acuerdan
cómo milongueaba Sócrates?’. Y en ese entrevero semántico se mezclarían raíces,
esencias y vocablos sin mucho destino. ‘Ya debería saberse que ni los militares
consiguieron prohibir la sensibilidad al Mingo Echeverri cuando dispuso que a
Buenos Aires la inventaron cien locos, cien tipos aburridos cerquita del
suicidio’, recitó un gordito y ahí el grupo entró de lleno a recordar al Mingo,
el más grande, atemporal y atávico vate de la lírica nacional ciudadana y
popular más conocida, y de la otra vaya uno a saber. Porque aunque él siempre
dijera que tango era el de antes sin precisar ninguna fecha, incluida la semana
pasada, antes de 1890 el Mingo Echeverri ya sostenía que el auténtico tango
nació cuando los autores famosos compraban sus partituras a inspirados
creadores, unos flacos con corbatín y todo, que vendían tangos por un bife más
medio litro de vino tinto, y si la obra tenía éxito el autor podía reclamar
luego las papas fritas. Aunque los herederos del gran Francisco Canaro juraron
que este no hizo gran negocio porque al sumarle los tangos comprados en la
fonda, el hombre debió gatillar más de trescientas comidas y al fin le hicieron
un baile a beneficio para salvarlo.
No sólo esos chismes conoce el Mingo, por tratarse sin duda del inventor,
descubridor, duende de la noche, patrón del espíritu popular, la poesía
callejera y la mufa sensiblera que respira nuestra Reina del Plata. Y tanto es
así que en una noche en un fondín de Pedro Mendoza y envuelto por las nieblas
del Riachuelo, este genio creador descubrió el más categórico giro literario que
llevó de un viaje a la canción porteña canción de Buenos Aires, a ser universal.
Sin ayuda y ahí solo, a solas solo, el Mingo Echeverri eternizó de un trago la
hermandad de bandoneón con corazón, - o al revés, según- imbatible rima que ni
al mismo Bécquer se le cruzara por el mate. Una genialidad absoluta que a la
misma Malena, que él la iniciara en cantar el tango con voz de sombra en un
bulín de la calle Ayacucho, le emocionó hasta el tono oscuro de callejón, esa
inflexión recibida del Echeverri y luego el gordo Manzi registrara a su nombre.
Pero bué, esas cosas; por eso sin el Mingo no hay historia popular ni otro
menjunje que se le parezca, y todo lo dicho, pensado o a decir carece de valor
ni sentido. Es que las definiciones del espíritu, la esencia y las ‘almáticas’
le pertencen todas; desde el alma del arrabal, el alma popular o el alma de
Buenos Aires, ciudad única en el mundo que tiene, salieron de su frondosa
imaginación. Y en eso el único renglón de conflicto resonó al instituir el alma
del bandoneón; muchos músicos se agarraron a piñas para conectar el ‘alma’ sólo
a su instrumento y él, hombre de paz, los dejó que se mataran. Tampoco participó
en la discusión por apropiarse del origen, la esencia, el espíritu y los
perfiles del tango más otras intoxicaciones, que para él, un gigante, era
mínimas. Tan fue así que en una clase magistral de la suyas apuntó ‘discutir la
esencia trae mal olor’ y lo ovacionaron durante horas. O más o menos.
Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina
http://www.eduardopersico.blogspot.com