Y chau al recuerdo y el olvido

…y cada palabra sólo es el recuerdo guardado de ella misma.

Quizá por un ejercicio de memoria estos días recordé la muerte de alguien que nunca divisé ni en fotos. Algo involuntario por más que en su momento me amargara de verdad el dolor que sufriría su hija Jelena, la mujer que yo más quise y tanto me dolió su lejanía.

Sin detalles, digo que con Jelena nos hablamos las primeras frases viajando en un tren y al conversar el día siguiente en un bar de barrio, con su modo trabajoso y ‘en argentino’ me reiteró ‘cada persona es su propia palabra si se compromete con ella’. Una parrafada algo teatral en ese tiempo de juventud ensoñada de acaso y desamparo a veces olvidable, y los augurios de aquel febrero del ’76 con el sol mineral cayendo sobre Buenos Aires. ‘Yo nací en ciudad cerca de Belgrado, más frío’, y además diría de su tiempo en California más los años en Santiago de Chile. ‘Mucho extraño mi casa de ahí, bonito barrio’, musitó contrariada por hablar de eso.

Jelena cumpliría veinte años y yo con veintitrés la iba de empleado en atención al público de un Banco, donde hablar con gente a veces confidente hacía informativa y amable la tarea. Más nuestro primer código común lo hallamos al rebuscar ‘esas frases curiosas de ustedes’ que la animaban a pesquisar entusiasta cualquier vocablo sólido y certero. Igual no poco le indiqué ciertas voces ‘con miga’ frente al lenguaje gelatinoso de cualquier diccionario, y al descifrar mina, atorrante, bulín o turro compartíamos la risa. También me recitaba ‘nosotros ya somos palabra comprometida’ al apreciar juntos la bisectriz de un pájaro en un vuelo sin luz, y un anochecer de besarnos a morir en la callecita junto a la vía me anunció ‘mamá hoy hablará a mi padre, siempre de viaje’. Así que al otro día me apuró ‘mi madre quiere vernos en casa, la calle es insegura’, un renglón que llegaría de su padre aunque al llegar juntos, la madre aflojó el clima sonriendo sobre mí algo que después descifré en una trabajosa charla de los tres. Donde hablamos hasta que sin prólogo ni ceremonias, la madre ‘para tranquilidad’ nos ofrendó unos preservativos que los tres festejamos, más Jelena agradeció ‘gracias y chau’ al entrar a su cuarto.

- Si vos tranquilo todo será bien – por mi ansiedad al desvestirnos y calmado ese apremio, en la escena cada palabras apenas sería un eco. Porque el silencio mucho vale cuando hombre y mujer se aman íntegros en libertad, nuestro amor con Jelena no permite el repaso de alquimia palabrera ni oración sin retorno. Y en esa noche después de cenar y reírnos en la mesa con traducción de madre incluso, al salir y estimar el aire acondicionado en cada ambiente y las costosas paredes enmaderadas, según empleado bancario me acordé del padre de Jelena. Que me contaría ‘papá es experto en comerciar cosas defensivas o algo así, y viaja mucho’, sí que por esos días de 1976 toda palabra era sospechosa en Buenos Aires y no había renglón relegado a los rincones, volvimos al territorio de nuestra ternura. Esa habitación por donde las horas cruzaban sigilosas casi en puntas de pie, y acaso sin temor ambos nos diríamos imprevistos. Puede ser.

Por más que a nadie intrigue aquel amor frenético ni si ella lagrimeara en nuestro último abrazo, nuestra etapa de ternura minuciosa con Jelena bien pudo ser distinto y más cuando el padre viajero quiso volver a Chile. Ese lugar del mapa que ella tanto apreciara, ‘bien cerca, nos veremos’, y entonces esquivé esa promesa magra que ilusiona el proyecto de un reencuentro. Ella no merecía ninguna farsa cuando por voces a medias pero frecuentes, yo bien sabía de milicos malandras de uniforme y disfraz que jamás cara a cara ni menos hombre a hombre, despedazaban laburantes. Esos que tal vez mejor pensaran en la noche perpetua impuesta por asesinos, rezadores y verborrágicos publicistas; toda esa misma mierda.

Lo mismo, de aquello tan cobarde y oculto crecerían voces y más voces con ecos de otra historia, así que por años siguientes al 1976 sin finales felices ni suspenso peliculero, releí algo extraviado en tanto olvido: ‘mataron a mi padre y ni siquiera nos dijeron dónde’. Y Jelena tal vez delinearía ‘te extraño con la misma ternura’, ¿más cuánto es la nostalgia vana y deshojada ante una realidad sin pájaros volando a ciegas al atardecer? Si al fin el tiempo prosiguió su ronda y la pena por un amor perdido ya resuena en palabras que dejaron de ser comprometidas. Y en la recordación del negociante de armas entreverado a esa mujer que yo quisiera tanto, ya merezco decir chau al recuerdo y el olvido. (2012).



 

El Ideal Revolucionario

… y por algún rincón ha de estar esa bandera

Al cine de mi barrio y por los años del sesenta, un Día de Damas ‘cinta romántica’ con Delia Garcés y luego ‘Enamorada’, con María Félix, un imprevisto grupo revolucionario le ocupó la sala y la cabina de proyección sin dificultad. El principal combatiente arremetió con una película enlatada en una mano y en la otra un revólver niquelado que el gallego Luis, el operador, creyó eso como una joda de los vagos del café.

En verdad Luis era un catalán de voz gruesa que parecía envolver las palabras en su boca al decir y además, un veterano de la guerra en España que al ingresar al Ideal a inicios del cuarenta y por ese modo de llamar turco al armenio o ruso a cualquier judío, en Argentina fue nombrado ‘el gallego Luis’. Quien al concertar su empleo con el dueño y escuchar ‘los lunes no hay función y usted estará franco’, de inmediato aclaró ‘señor, digamos que no trabajaré pero yo Franco jamás’. Más otros puntos que calzaba el tipo que si el subversivo de gorra con orejeras, nutrido echarpe y un tembloroso ‘38 largo’ hubiera sabido, esa tarde se hubiera quedado en casa mirando Batman por televisión.

- No te muevas carajo y viva la lucha popular – fue el apurón inicial y el operador Luis algo titubeó pero enseguida le aflojó una sonrisa a ese nervioso pibe que le ordenara proyectar un rollo fuera de programa. Aunque se dijo luego que el gallego siguió unos segundos en prepararse el mate que se tomaba durante su trabajo, y lo cierto fue que Luis apenas repasó sus anteojos y técnicamente empezó a dictar el procedimiento.

- Bueno cabrón, suelta ese matagatos y coloca tu rollo en el carretel – y el ya sudoroso combatiente armado con gorra y bufanda, obedeció.

- Ahora verás tres manchas blancas arriba a la derecha. Tómate el tiempo, jala esa palanca y encenderá la máquina dos.

Y aquel pendejo que tal vez soñara en bajar del Aconcagua montado sobre una yeguita blanca a tomar Buenos Aires, no contradijo a ese veterano que olfateara mucha pólvora verdadera y así los dos siguieron en el combate.

- Bueno, deja ese revólver y la chalina antes que te ahorque la polea y empieza a contar treinta fotogramas. Y atención, que ni bien veas otras dos manchas arriba mueve la palanca y habrá proyección.

- Sí señor – dijo el otro confundido entre las indicaciones y su lucha de liberación.

- Bueno pichón, deja eso y pon la yerba en el mate. Ya haremos ver lo que quieres de una vez - cerró el viejo cómodo por la situación. Es que el Luis gallego de Cataluña era un humorista que también se divertía con las historietas que le inventaba Pepe Luzmala, el acomodador: ‘anoche a Luis lo hirieron en un tiroteo de Arizona. Está grave’. O ‘cuando exhibe Las Lluvias de Ranchipur el operador se calza los zapatos de Frankestein y trabaja tranquilo’, eran de las tantas frases difundidas por el barrio. Y esa tarde, mientras en la cabina se activaba la toma del poder, las espectadoras del día de damas a mitad de precio no pudieron ver bien la imagen del Che Guevara y menos a otro miliciano que sacudía una bandera por la sala.

- Pero hace lo que te dije, pendejo – por ahí gritó Luis en una carcajada porque jamás los cubanos de Fidel fueron tan indecisos: si en pantalla Castro tronaba una advertencia al imperialismo en la sala resonaba una mascarita carnavalera, en tanto el Ernesto Guevara siempre se veía yéndose al llegar. Y si los barbudos esos hubieran tenido tantas contradicciones hoy seguirían matando mosquitos en el monte; así que en tanto se proyectaba celuloide al revés y a contrapierna, se sospecha que aquellos combatientes del cine Ideal de Escalada ni pensaron en las adversas condiciones objetivas antes de salir rajando...

- Siéntense jóvenes o llamo al acomodador – se enojó una viejita manoteando el estandarte y a ese arrolle de insignia se sumó el efectivo que se retiró velozmente de la proyección olvidando sus pertrechos. Menos la gorra.

- Y cuídate chupateta que así no asustas a nadie – lo vio irse Luis y en su crítica tal vez remordiera algún fracaso propio. Así que en acuerdo al repartir el botín expropiado al enemigo, el acomodador Pepe Luzmala se guardó el ‘38 niquelado’ y Luis el operador prefirió la chalina de vicuña.
- Que usaré cuando apremie la bruma londinense de ‘Crimen en la Niebla’ - se anticipó Luis a las burlas del Luzmala y la barra de vagos del café.

Y con certeza, por algún rincón ha de estar esa bandera que alguien muy nervioso agitara esa tarde y casi nadie se enterara. (2012)



 

Borges, no peronista y escritor argentino sin dudar

Por Eduardo Pérsico

… y la llegada del peronismo arrinconó a Borges y a muchos ‘ilustrados’ en que esa novedosa vertiente era una copia del fascismo italiano.

Por fortuna y más en esta instancia revulsiva que se disfruta en el planeta, expresar conceptos es casi una obligación y esa virtud, sin ahondarle el abuso de algún caso, por fortuna nos permite expresar algún desacuerdo tardío pero atendible. En este caso y en un debate radial de campaña política en Argentina, ‘un peronista tradicional’ así se nombró, y sin que mucho Borges viniera al caso, el referente predicó ‘ese escritor nunca entendió nada de este país’ y más adelante y eso lo reiteró ‘si Borges nunca fue peronista, mal podía decir algo de lo popular’. Pero bué…

Cierto perfil de Jorge Luis Borges mostraría que él escribía ‘como si estuviera escribiendo’ y convidara con un guiño al lector a secundarlo. Sin fijar una afirmación tan liviana como sus irónicas calificaciones a ciertos colegas anteriores o contemporáneos más festejadas que su misma obra, la inflexión del lenguaje a Borges no le llegó por ilustración literaria sino desde lo raigal y profundo del país. Sólo apreciando su lenguaje y ningún otro atributo de estilo, él fue un escritor argentino sin ambages ni rodeos y con la propia voz de su país. Esto a pesar de las dudas y objeciones baratas que recibiera su ‘soberanía cultural’ y recibiera con el apremio ideológico que entre argentinos es inevitable, en tanto nuestras contradicciones hasta geográficas para integrarnos persisten y la mayoría de los actores desde 1810 en adelante, no quedarían afuera de algún debate. Anque en última instancia considerar a Borges un escritor reaccionario o antipopular implica no haber leído bien ni mal su obra, donde no existe la mínima descalificación a los orilleros, gauchos, negros ni obreros o laburantes. Certeza que más a una relectura aguda de su obra merecería menos remilgos populistas en desuso y argumentos más sustentables no contra su técnica sino contra su ética literaria. Dejando de a Borges por sus ocurrencias ‘antiperonistas’ que pudieron ser caudalosas y a veces inciertas con mucha resonancia posterior, pero que seguramente no incluyeron suscribir "viva el cáncer" al morir Eva Perón.

Asimismo y a pesar que los escritores se valoran por lo mejor de su obra, la llegada del peronismo arrinconó a Borges y a muchos ‘ilustrados’ en que esa novedosa vertiente política era una copia del autoritario Fascismo italiano, en principio cuando cierta oposición antiperonista no creía apropiado vincular al peronismo con el feroz franquismo que se soportaba en España. Así como fascismo y franquismo fueron bastante similares, entre los argentinos creyentes siempre fue mejor visto el franquismo, un régimen quizá más cruel y primitivo pero adherido a lo eclesiástico y confesional. Tan fue así que el primer gobierno peronista en 1946 incluyó o fue obligado a incluir Religión en las escuelas primarias, más otras acalladas concesiones a la Iglesia Católica sin que sus opositores, con Borges incluido, ni cuestionaran esos giros medievales. A pesar de reprobar con ferocidad y persisten por índole de clase contra la movilidad del tejido social en el país y la liberación psicológica del obrero ante el patrón. Dos aciertos civilizadores que actualizaron la historia de los argentinos y que por el año 1983, seamos justos, en una charla informal al mismo Borges le interesó hablar de ‘esa modernización’ y pidió que le prolijaran el concepto.

Bien vale al valorar a este escritor tan contradictorio como otros argentinos notorios, que al publicarse en 1926 ‘Don Segundo Sombra’ de Ricardo Gúiraldes, un libro apreciado entonces como la obra más saliente de los martinferristas, Borges lo entendió inigualable por los pasajes de naturalismo criollista casi inaugural que advirtiera. Poco después, en 1928, Borges publica ‘El Idioma de los Argentinos’, un trabajo sustancial en limitar la tendencia hispánica contraria al ‘voseo’ entre otros términos, ni caer tampoco en hablar ‘como peón de estancia, matrero o valentón’ pero mucho menos ‘ese español internacional sin posibilidad de patria ninguna’. Por entonces tanto Arturo Capdevila y Monner Sanz, - a quién Borges calificara de ‘un Virrey clandestino’- defendían la línea idiomática de Madrid, contando en su mismo equipo a Ricardo Rojas y al nacionalista Raúl Scalabrini Ortiz. Nada menos este último que había escrito ‘El Hombre que está sólo y espera’ y duros artículos vinculando a los ferrocarriles con nuestra dependencia frente al imperialismo inglés. Esas cosas.

Y en el avance de la controversia de Borges con el españolista Américo Castro, del Instituto Hispánico de la Universidad de Buenos Aires y el respaldo de Menéndez Pidal y del notorio argentino Ricardo Rojas, y en diferentes etapas hasta 1941, él desarticuló con ironías los ataques a nuestra manera de expresar que no acabaría apenas en una demolición no de Américo Castro sino de varios ilustrados argentinos de época. Hasta bromear ‘no observo que los españoles hablen mejor que nosotros. Hablan en voz más alta, eso sí, con el aplomo de quienes ignoran la duda’ Y varias veces repetiría ‘los españoles hablan muy mal el español, pero lo respetan mucho porque lo consideran un idioma extanjero’. Asunto que podría no ser sustantivo para juzgar la argentinidad de Borges pero que de haber acontecido al revés igual lo seguirían enjuiciando.

Pero bué, los críticos de Jorge Luis Borges ni registran que él fuera un iniciador en incluir lunfardías en la poesía ‘culta’ y en ‘El general Quiroga va en coche al muere’: dice ‘el madrejón reseco sin una sé de agua, y la luna atorrando en el frío del alba’. No a la muerte sino al muere, una porteñidad de título y trascartón ‘atorrando’ por durmiendo, era chucear a los españolistas rancios como al borrar la ‘d’ final acentuando la última vocal; usté, verdá, salú, sé y alguna otra por ahí. Así que negarle porteñidad a quien escribiera milongas como ‘E l Títere’, ‘Jacinto Chiclana, o localia sudamericana al autor de ‘Poema Conjetural’ sobre Narciso de Laprida, es lo mismo que menguarle la argentinidad porque no era peronista. Que además de una inexistencia como infundio suena a estruendosa estupidez.



 

Hay quienes al Mingo Echeverri, ni en sueños

Por Eduardo Pérsico.

Después de leer sobre quienes somos y a qué alrededores nos llevaron, en tanto se mandaba múltiples copas de un Chardonay bien frío, el atemporal Periodista Especializado Mingo Echeverri cayó en una sueñera de ronquido y delirio que al despertar, - algo extraño- él recordaría detalles del entrevero ese de ‘tradiciones nacionales ’, seres casi imaginarios dueños de la tierra y cierta mujer que él amara entrada en su sueño sin motivo. O quién sabe, corazón…

- Adelante don Echeverri, mucho gusto. Hace un tiempo he sabido de usted y pase nomás que aquí somos gente de campo – lo saludó un fulano atenuando su voz por quitarle brillo al entorno y lo invitó a tomar algo. Y al agregarle el Echeverri lo suyo al sueño, lo divertía recordar que ese teatral despojo de la riqueza lo aprendiera de aquella secreta compañera de ternura en tardes imborrables. Hasta que en cada encuentro se irían sumando los quizá, acasos y tal vez, y por más que él casi prejuiciara ‘las hembras como esta nunca lloran’, al separarse en un atardecer hubo un sollozo que enjugara la ducha y él jamás agregaría esa mujer a sus olvidos. Porque ella al repetirle ‘la cohesión de grupo no la heredamos de unos mercachifles que hicieron guita; el campo es otra cosa’, o ‘junto a nuestra tilinguería tenemos conciencia social’, sin terminar la frase ya encimaban los cuerpos para reírse juntos.

- Cumplimos generaciones limando las diferencias; es lo mejor – seguía diciendo el tipo- y en cuanto hace tiempo una profesional conocida suya me dijo que usted conocía mucho de política, me interesó – y el Mingo ahí esperó un ‘¿vos no serás comunista, no che? que el otro no dijo.
- … antes la izquierda nos preocupaba más - oyó al llegar un balde de pertrechos con hielo y supuso una charla con más de una botella, y al nombrar el otro a unos amigos Políticos de Carrera él bromeó ‘sí, los de carrera se entrenan corriendo todo el día tras el presupuesto’ y muy fugaz el otro sonrió.
- Vea Echeverri, hoy los diarios culpan menos al marxismo leninista troskista que esas bandas que se adueñan de la calle, la puta madre que los parió- y ahí el atemporal Mingo Echeverri se mandó otro robusto trago y resolvió ‘dejate de boludear, che. Ahora yo te pregunto y vos contestás cumpliendo que todas las puteadas valen lo mismo’. Y el otro creído de conocer cada respuesta aceptó más contento que mono que se encontró un reloj, y el Mingo se tramitó otra copa del Chardonay de la gran puta.

- Recordame la ley de residencia por 1900 con sus infames deportaciones, el Estado de Sitio al festejar el Centenario en 1910, la masacre de obreros en la Patagonia por 1921 y alguna otra violencia que te acuerdes.
- Muy fácil, nosotros pedimos inmigrantes del centro europeo y nos desbordaron los conventillos con tanos anarquistas. A la mierda con ellos. Y en 1921 en el sur nos infiltraron mafiosos gallegos y chilenos a robarnos la tierra conquistada a los indios, y como le ordenamos a los milicos que se ocuparan, al carajo con ellos. Ustedes deberían honrar la gloriosa Conquista del Desierto y a nuestra Liga Patriótica, jóvenes de familia como mi padre lucharon con su automóvil a esos atorrantes de la huelga en Vasena - y al Mingo le resonaron actuales apellidos de aquella secta pero siguió. …

- Ustedes echaron al presidente Irigoyen en 1930, en 1955 patearon a Perón y en 1976 ensangrentaron todo; y esa perpetua comparsa del odio siempre salió a festejar.
- ¡Qué odio? Eso se llama conciencia grupal. ¿Dijiste Irigoyen? Nos caíamos del mundo y radicales y socialistas nos ayudaron a empujarlo. ¿El pacto Runciman Roca? Un acuerdo perfecto; Argentina granero del mundo, camisas y robe de chambre de seda, casimir inglés, scotland whisky y a festejar. Vendíamos una vaca y viajábamos a Europa; ¿qué te parece? Y por los años treinta los dejamos elegir unos diputados a charlar de sus derechos el día entero pero del extremismo enemigo de la propiedad privada no decían ni media palabra. Gente dudosa. – y el Mingo Echeverri recordó la nota que un tal Blaquier de la Sociedad Rural en 1955 le enviara a los militares golpistas: ‘les ofrecemos nuestra clara y decisiva colaboración y quiera la Divina Providencia iluminar los designios de vuestra gestión gubernativa’. Y más frases que repitieron la misma Rural y la Cámara de Comercio a los genocidas de Videla Massera y elenco estable: ‘desde abril de 1976 a la fecha se recuperó la confianza internacional y se alcanzaron conquistas en el campo social y económico’. Una desvergüenza.

- No me hinches más las bolas, Echeverri, ¿o no sabés que los sindicalistas son todos millonarios? – contragolpe que él soportó por haber recibido en su vida más rempujones que mostrador de boliche. .
- Ah, ¿sólo por eso no quieren reformar la propiedad y que comamos todos?
- ¿Reformar qué? Ni en curda. La tierra es nuestra, la patria es el campo o al revés, y quienes no aprecien al glorioso general Roca del Desierto, que se jodan. Incluso los milicos asesinos del 76’ que por quedarse cortos y arrugar, que se banquen suprema corte genocidio y derecho humano. Y más te digo, de esa historia me gustaría ver a los zurditos desaparecidos trabajando el campo de sol a sol. .
- Pero cabrón, ¿vos algún día trabajaste de sol a sol? – pero ya tanto vino perforante más ‘algo habrán hecho’o ‘por algo será’ y ‘más respeto por la propiedad privada’ habían hecho su tarea sobre el Mingo Echeverri.
- ¿Quién, trabajar yo? ¿Nosotros laburar en la tierra? Che, para eso está la peonada. - y en esa oración el dueño de casa rebuscó esa chillona risa tono agrícola ganadero, algo destemplada. (Oct.011)

El Mingo sabía irse de Garufa

Por Eduardo Pérsico

No por nada el Mingo Echeverri, cachuzo a besos y descolao de abrazos más lo puños gastados en mesas de escolaso y otras infracciones hechas sin mala intención, tuviera esa autoridad para frenarlo al Victor Soliño, uno de los responsables de ‘Garufa’, afrenta que tantos televisivos y radiales creyeran un hermoso tango. ‘Oiga mocito’ le dijo el Mingo al Soliño, ‘usté y sus dos amigos son unos recienvenidos a lo popular verdadero y por eso se ensañaron contra un pobre tipo que durante la semana meta laburo y el sábado se cree un doctor. ¿Y que tiene eso de malo para quien como usté la juega de no gorila ni de reaccionario? Déjese de joder mi amigo, por favor, y tenga más ojo con la gente del barrio La Mondiola’. Y ahí levantó el índice para que el otro le respondiera ‘si usted Echeverri supiera donde queda ese barrio’, algo que sobre el pucho el Mingo abarajó: ‘eran ranchos y casillas de madera a lo sumo de dos ambientes alineados en la costa uruguaya de Punta Carretas a Malvín, escribió usté mismo, no se olvide’. Así que el Soliño bien solo balbuceó ‘una zona donde se dejaba actuar con medida tolerancia a esa gente’, suficiente para que el Mingo le advirtiera a ese también autor de ‘Niño bien’, - otra descalificación aristócrata- ‘camine con más ojo y no sea tan gil. Porque eso de meterse con la vieja que aprecia en su hijo a un bandido que se divierte, es una bajeza infinita y si usté quiere ridiculizar a un trabajador crezca y no sea tan pelotudo. Y primero revise que si ese mismo Garufa se aviva un día que él no es un rana fenomenal sino un chabón explotado y tomado en joda, en vez de llegar a la milonga en cuanto empieza agarra un fierro y al primero que le revienta el marote es a un rufián alcahuete de su estilo’.

Fue implacable el Mingo y casi le mete un sopapo al Soliño ese, además de insultar a otros fabricantes de opinión tan lejos de él, Periodista Especializado. Pero claro, el gran tributo al laburante que sale a divertirse ya lo había hecho el mismo Gardel, al decir que Garufa más que un tango era una ‘gilada’ que él no pensaba cantar. Casi nada lo del Morocho. .

El Mingo Echeverri también fue iniciador de la rubia Mireya que en realidad era la hermana del loco Cepeda; un chabón y hermano muy celoso. Alguien dijo que se psicoanalizaba el fulano, un tipo que la acompañaba al baile de Hansen y dos por tres le daban alguna piña para piantarle la hermana. Sí que fue triste la vida del guapo Cepeda, casi tanto como la de Margarita, tan agrandada al creerse Margot hasta venirse ‘guarda abajo’ en una patineta vertiginosa. Pobre mina que calentara tanto al Celedonio Flores por 1920 y a la que el Mingo, medio en curda eso sí, una noche de reyes le pegó una biaba silenciosa, ‘como hay que darle la biaba a las minas y a los subversivos’, dijera algún almirante, de funyi, por 1978. Pero bué, el Mingo la sacudió porque la vieja de Margot, pobre vieja, lava toda la semana pa poder parar la olla con pobreza franciscana mientras ella la va de partenaire en No Sé Qué, Bataclán. Y a pesar de esas hidalgas contradicciones el Mingo, sugeridor del eche mozo nomás écheme y llene hasta el borde la copa de champán, es a quien reverenciamos y nada más. El que le criticara en 1928 a Rodolfo Sciamarella ‘llevátelo todo mi pilcha y mi vento pero a ella dejala porque es mi mujer’ sin aguardar la opinión de la jermu y asunto que tanto atrasó la igualdad de género que en el tango tiene menos hinchas que los feministas. Y por eso mismo el Mingo Echeverri alguna vez le aconsejó al Santos Discépolo ‘vos sos hermano de Armando, así que aflojá con eras mujer, pensé en mi madre y me ensarté y seguir culpando a las minas que si no te afanaron, se fueron’. Y hablaron de esa bronca que algunos llaman ‘misoginia’, mirá vos, y al fin de su carrera el narigón Discepolín con Mordisquito bien se liberó al entender que esas terribles fulanas que él tanto despreciara, eran las laburadoras que madrugaban para ir a enfermarse de pelusa en los pulmones en la Alpargatas o congelarse en fosforeras y frigoríficos. Y bué, con ese tema el flaco ‘un poco se retrasó’, dijo el Mingo, pero cuando Discepolín entró en razones, todo dicho señoras y señores...

Lo mismo esas pequeñas broncas poco le quitan al Mingo Echeverri, milonguero, sensiblero, cabaretero, milonguero y otros eros, más hacedor de casi todos los ones; corazón, bandoneón, pasión, desilusión, tropezón que cualquiera da en la vida y emoción, un on que los cantores de hoy no despliegan mucho porque se les cae el peluquín. Pero el Echeverri además de ser la voz de mi Buenos Aires querido no habrá más penas ni olvido, ideó a ese grandioso sonreidor y cantor Carlos Gardel que pudimos conseguir, y una vez casi jugando les preguntó al Sebastián Piana y al Cátulo Castillo ¿dónde estará mi arrabal, quién se robó mi niñez, en qué rincón luna amiga volcás como entonces tu clara alegría? Un capo el tipo, no me digan.

La Galleguita que el Mingo levantó del puerto

Por Eduardo Pérsico

Un fenómeno el Mingo Echeverri., figura secular y por justicia hoy, distinguido Periodista Especializado. Y en esa condición por 1924 le apareció la Galleguita, la divina que a la playa argentina llegó una tarde abril, y él la levantó del puerto.

- ¿No trajiste valija? – le preguntó, ella musitó ‘sin más prenda ni tesoro que mis negros ojos moros y mi cuerpito gentil’, modesta la chica y al toque nomás el Mingo la consoló en su bulín una movida semana. Luego y sin poder ubicarla en la cadena de la Zwig Migdal le procuró hacer la noche en un cabaret de barrio, masomeno, pero nobleza obliga, sin sacarle un solo peso y propio de la gauchada argentina. Y por eso el Mingo mucho más se calentó cuando un paisano malvado loco por no haber logrado sus caricias y su amor, - de la Galleguita- se pagó en cuotas un viaje a España para deschavarle a la santa madrecita, también gallega, la sacrificada actividad de esta ejemplar inmigrante que enorgullece a gallegos y porteños, en ese orden. Gran mariconada del paisano malvado que propiciara una inviolable sabiduría popular: ‘tenés que ser gallego para ser alcahuete’; directa calificación que gracias al Mingo Echeverri se hiciera extensiva a las demás congregaciones nacionales y extranjeras, en un avance contra la discriminación que necesitara de un decreto ley para enrolar a los alcahuetes de todo grupo étnico o facción.

Esa militante internacionalidad del Mingo ya define a un verdadero precursor, el mismo que discutiera con muchos tipos iguales o peores a ese gallego rufián, como al fin resultara ese gil de cuarta que en plena calle Florida le grita a la mujer que lo abandonara ‘en la lista de tus cosos, primero, primero yo’. Eso nunca se divulga, varón, ni tampoco son caballerescos los arrugues del estilo ‘portero suba y dígale a esa ingrata, que aquí la espero, que no me voy’, que le hiciera pontificar a nuestro héroe Echeverri ‘este tipo no era gil solamente con las minas; lo era también con los porteros’. Y punto final.

Aunque pese a estas contradicciones y como faro de la sensibilidad, el Mingo trataría con casi todo e listado de mujeres fatales en el tango: con esa rara y encendida de ojos con eléctrico ardor que en el fragor del champán loca reía por no llorar; con la del barrio la piba más bonita y aunque sus viejos no tenían mucha guita con familias muy bacanas se codeó, - un certero logro de movilidad social- y de paso con algún insigne referente de los tangueros según fuera aquel mártir añorador del barrio tranquilo de ayer que en un triste atardecer reconoce al viejo criado de la casita de los viejos, tan sólo por la voz. Una joya o efecto de realismo mágico de samputa que por 1932 hizo que el Echeverri felicitara al Enrique Cadícamo con un prolongado y también, incómodo abrazo. .

Otra vez nuestro prócer al enterarse que un escriba común y no Periodista Especializado como él, divulgara ‘cuando a Carlos Gardel lo engalanaron igual a un Gardel cualquiera, con un mameluco de goma para adelgazar y llevarlo al gran país del norte a canzonetear híbridos, jotas y pasodobles, trocando la N por la R y ‘cartar silencio en la noche’, el único que de frente le paró el carro fue el Mingo Echeverri. Y ya debe saberse; . sucedió en el Café de los Angelitos de Rivadavia y no me acuerdo la otra, cuando el Mingo encaró al morocho Viajero del Abasto y le dijo ‘che gordito, conmigo ni a misa; si querés ser otro invento de la Paramout sin intimidad ni lágrima en la voz, andate a gardelar a otra parte. Pero no te olvides nunca que yo puedo quemarte diciendo por todo el barrio “Gardel es raro, lo han visto con otro” y ahí se acabaron tus andanzas. ¿Me entendió, che? Esto así textual pronunció el Mingo de corrido y ahí Carlitos, el bronce que todavía sonríe, miró tangamente a uno que iba con él junto al Tito Lusiardo zapateador de tango que vivió cien años, y le preguntó ¿qué me contursi, Lepera?. Un interrogante magistral del Morocho que neutralizó todo lo dicho hasta ese momento y en el futuro también.

Claro, quizá hubieron entredichos nunca aclarados como la bronca y el silencio de Amado Nervo porque el ‘Día que me quieras’ jamás llegaría a ser un tango, y otra historia más soterrada que el Echeverri la sabía con puntos y comas, a saber: el nombre, apellido, domicilio y número de documento de quien estrangulara con un lengue blanco al piloto del avión en la república de Medellín, quien después y como de paso, pretendiera cobrar derechos de autor por el universal proverbio ‘se vino abajo como Gardel’. Que a esta altura más que literaria, es una verdad éticamente histórica: surgida del cerebro de este privilegiada del que hablamos. Y en cuanto seguiremos con varias dudas que el Mingo Echeverri ya explicara como Periodista Especializado un siglo y pico más tarde, será hasta luego.


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El Mingo Echeverri, Periodista Especializado

Por Eduardo Pérsico

Alguien dijo ‘tango viene de tangó, voz de los esclavos africanos’, y el Mingo le suscribió ‘sí, y también fue muy bailado por los griegos. ¿No se acuerdan cómo milongueaba Sócrates?’. Y en ese entrevero semántico se mezclarían raíces, esencias y vocablos sin mucho destino. ‘Ya debería saberse que ni los militares consiguieron prohibir la sensibilidad al Mingo Echeverri cuando dispuso que a Buenos Aires la inventaron cien locos, cien tipos aburridos cerquita del suicidio’, recitó un gordito y ahí el grupo entró de lleno a recordar al Mingo, el más grande, atemporal y atávico vate de la lírica nacional ciudadana y popular más conocida, y de la otra vaya uno a saber. Porque aunque él siempre dijera que tango era el de antes sin precisar ninguna fecha, incluida la semana pasada, antes de 1890 el Mingo Echeverri ya sostenía que el auténtico tango nació cuando los autores famosos compraban sus partituras a inspirados creadores, unos flacos con corbatín y todo, que vendían tangos por un bife más medio litro de vino tinto, y si la obra tenía éxito el autor podía reclamar luego las papas fritas. Aunque los herederos del gran Francisco Canaro juraron que este no hizo gran negocio porque al sumarle los tangos comprados en la fonda, el hombre debió gatillar más de trescientas comidas y al fin le hicieron un baile a beneficio para salvarlo.

No sólo esos chismes conoce el Mingo, por tratarse sin duda del inventor, descubridor, duende de la noche, patrón del espíritu popular, la poesía callejera y la mufa sensiblera que respira nuestra Reina del Plata. Y tanto es así que en una noche en un fondín de Pedro Mendoza y envuelto por las nieblas del Riachuelo, este genio creador descubrió el más categórico giro literario que llevó de un viaje a la canción porteña canción de Buenos Aires, a ser universal. Sin ayuda y ahí solo, a solas solo, el Mingo Echeverri eternizó de un trago la hermandad de bandoneón con corazón, - o al revés, según- imbatible rima que ni al mismo Bécquer se le cruzara por el mate. Una genialidad absoluta que a la misma Malena, que él la iniciara en cantar el tango con voz de sombra en un bulín de la calle Ayacucho, le emocionó hasta el tono oscuro de callejón, esa inflexión recibida del Echeverri y luego el gordo Manzi registrara a su nombre. Pero bué, esas cosas; por eso sin el Mingo no hay historia popular ni otro menjunje que se le parezca, y todo lo dicho, pensado o a decir carece de valor ni sentido. Es que las definiciones del espíritu, la esencia y las ‘almáticas’ le pertencen todas; desde el alma del arrabal, el alma popular o el alma de Buenos Aires, ciudad única en el mundo que tiene, salieron de su frondosa imaginación. Y en eso el único renglón de conflicto resonó al instituir el alma del bandoneón; muchos músicos se agarraron a piñas para conectar el ‘alma’ sólo a su instrumento y él, hombre de paz, los dejó que se mataran. Tampoco participó en la discusión por apropiarse del origen, la esencia, el espíritu y los perfiles del tango más otras intoxicaciones, que para él, un gigante, era mínimas. Tan fue así que en una clase magistral de la suyas apuntó ‘discutir la esencia trae mal olor’ y lo ovacionaron durante horas. O más o menos.

Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina

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