Vivan los de vblanco, maricón  |  Aparición de la Otra  |  Visitas a la estación vacía| | Experimento | Soñando sueños de trapo
Imaginaciones sobre la Santa Celestina  Mi tango es en voz baja  |  Sombra que llama una vez  |  Tal vez el taxi demoró en llegar
Y esa noche los visitaron dos amigos  |   Esas tareas fuera de servicio  |  El fútbol debe ser visto con otra mirada (FIFA)
Secreto de rutina  |
Y ese calor tan insoportable  |  Ya vendrán los antropólogos  |  Mal cuento universal; y duradero  |  Tríptico de un acecho femenino
Poema deslucido por el tiempo
| Pregunta sin olvidar tu nombre | Champán en Recoleta Días como ese del '45, no se repiten | Secretos son los secretos
Como enamorar a un Republicano  |  Jueves de junio, y de la bruma a la llovizna  Viva Dinamarca  Lo del doctor Talcahuano es imperdonable
No trajeron casi nada (español)  |  No trajeron casi nada (vascuence)  | Agua caliente a la izquierda, igual que en Zurich  |  Vigilia y Caperucita

Vivan los de blanco, maricón

- Vea don, a este paraje solía llegar una locomotora de trocha con dos vagones que sobraban para traer y llevar lo que fuera. A usted pueden servirle unas fotos del paradero adonde el trencito arrimaba cada miércoles y se iba como a las tres, – le habló al de cámara fotográfica el carrero don Lindo, quien hacía veinte años con su carretón de cuatro ruedas reemplazaba al trencito viniendo de Totoral, unos diez kilómetros.

El carrero decía su libreto como si acompasara el trote de la yunta; sin renglones ausentes y bien ensayados, acertaba nombre y fecha de las cruces que sobresalían de la huella.

- Vea, yo creo que al fin la muerte no sirve de nada – supo repetir por aquel sendero sin sorpresas que él anduviera de ida y vuelta tantas veces. Luego del primer rato, parecía que don Lindo, - un apelativo si existen para un carrero- ordenaba cada sentencia con palabras dictadas por esos potreros resecos y cruces de memorar muertes. Tan opacas que no las visitaba ni Dios. Entonces y por ahí, trote a tranco don Lindo le anoticiaba a su acompañante cierto asunto de dos paisanitos que ni alcanzaban los veinte años cuando se enfrentaron por un mundial de fútbol .

- ¿Y cómo sucedió, don? – inquirió el de la cámara.
- Ni me pregunte, algo feo de verdad. Usted sabe cuánto entusiasman los mundiales y por una de esas discordias sin valor que van creciendo, los dos muchachos sin odio y como en un juego acabaron embistiéndose más allá de todo. El hijo del único bolichero del lugar trenzado con el negrito que cuidaba ovejas del otro lado del cerro, nada imprevisto pero bien feo.
- ¿Se conocían?
- Desde siempre, de cada día y a cada rato; todas las tardes ni bien el negrito de las ovejas terminaba su trabajo entraba al almacén, se sentaba sobre un cajón y desde ahí se hablaban. El hijo del bolichero alardeaba con su cuchilla de cortar fiambre y el otro fingía esconder algo bajo el cuero que le hacía de chaleco, nada cerca de algo serio, pero llegado un mundial de fútbol se agrandan los enconos menos serios y más baratos. Y por una de esas, - aclaró la voz el carrero- una tarde los dos se hallaron viendo un partido sin más gente alrededor.
- ¿Vos de quién sos? – oyó el negrito. Tal vez dijera que ni sabía quién jugaba, si aquello de mirarse a saltos al fin cubría la ceremonia de pasar el tiempo sin decirse nada; hasta ahí dijo don Lindo y el fotógrafo le malició cierta urdimbre en el relato que no le dijo.
- Sí, yo elegí a los de blanco. ¿Y vos? – apuró el de tras el mostrador.
- Entonces yo soy de los color marrón – dijo el de las ovejas y ambos se callaron. El anochecer se iría insinuando y cuando hubo gol de los de blanco, el chico del boliche se lo gritó en la cara al sentado en el cajón. Pero cuando los de marrón igualaron el negrito tambén lo gritó y como enseguida ocurrió el segundo gol en contra de los blancos, él salió del local riéndose a carcajadas. Quizá sobre esta misma escena el tiempo hiciera lo suyo, pero el hijo del bolichero no soportó ‘la ofensa’ y con la cuchilla de cortar fiambre enseguida encerró al otro contra el barranco.
- Vivan los de blanco, maricón – lo encaró de frente y quizá llegara a puntearlo, pero el negrito lo manoteó y juntos se dieron contra ese frontón de piedra despareja, diez metros más abajo. Todo sin el mínimo lamento, - redondéo el carrero y dejó que el de la fotos enfilara al rastro del paradero. Ya contado el asunto al rato volvieron a transcurrir la huella y don Lindo volvería hablando de otra cosa. (6/010).

Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina

Aparición de la Otra

Un cuento de Eduardo Pérsico.

Obras de
Eduardo Persico
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Aquel viernes la mujer cerró su estudio contable y viajaría a la costa sin manejar su auto. Ya saliendo de Buenos Aires en el último asiento de un ómnibus, a media tarde presintió el fin del verano. Ella andaba cerca de cumplir cincuenta años, temible divisoria entre mujeres, y aquello también rondaría la inevitable discusión que tendría con su marido en la casa de veraneo. Algo nada agradable.

Unos futbolistas en los asientos cercanos quizá le aturdirían el viaje pero el hombre a su lado, sobre el pasillo, le sonrió que los muchachos viajaban cerca y le ofreció acomodarle el bolso en el portaequipaje. ‘Sí, gracias’ dijo y no sospechó nada en la tibia demora sobre su mano. Por una hora larga fueron cambiando frases de ocasión: ella habló de su hija de veinte años y no mencionó estar casada con un político ‘siempre en campaña’, y el hombre, algo menor, reconoció ser un perpetuo viajante ‘por ahora en seguros’ y divorciado hacía mucho tiempo. El ómnibus iba a buen ritmo hacia cuando el día cae plomizo sobre el campo, y al descender el grupo futbolero y acallado el murmullo, los dos quedaron en el último asiento lejos y apartados del resto.

Al rato y tal vez no de improviso, el hombre le tomó una mano con decisión y le habló sonriendo ‘al fin solos’. Acaso ella fingió distraerse pero más bien nadie vería cuando él musitó ‘permiso’ al quitarle los anteojos. Ni apenas atinó al usual ‘¿qué hace?’ sin convicción al ablandar los labios al imprudente beso y como si obrara por reflejo, aflojó una mano hacia el pecho del hombre debajo la camisa. Se apartaron a mirarse en los ojos y ya retomaron el juego que les conmovería más allá de la boca, creciente impulso tras ocultos fervores que refrena la especie. ‘Nuestra pasión también somos nosotros’, le recordó esa otra mujer que contuviera ella.
- Carlos- pronunció él al separarse y rozar suave sus ojos con dos dedos.
- Daniela- pronunció por primera vez en tanto él ambulaba su mano infructuosa en destrabarle un cierre. Y de haber sabido eso, la otra, Daniela, hubiera vestido una falda liviana en lugar de ese incómodo pantalón vaquero, sonrió…

Bajaron en el primer pueblo y entraron a una hostería donde él solía dormir. Sin demasiado preámbulo, en la habitación Carlos se adelantó a moderar el agua para bañarse juntos y al quitarse íntegramente la ropa, ella se alegró que ‘la otra’ le dispusiera esa libertad. Y juntos derivaron a linderos con incitaciones que en sus sueños ella anhelaría traspasar. Sin apremios cada uno ahondaría la intimidad sin límite o precepto, hasta culminar en el primer temblor tan ajeno a misa y confesiones, y gloria de compartir aquel desborde entre desconocidos.

Desde empezar el viaje hubo horas en un tiempo sin medida relojera, y no por ser llamada diferente se sintió feliz. Ella o aquella imaginaria recién aparecida, amada con la intensidad que prometen los sueños, se convirtió en hembra plena con más gemidos que palabras en aquel regodeo de explorar socavones de su cuerpo. Y quizá tan sólo descubrieras eso, le diría Daniela…

Al anochecer pidieron algo de comer, coincidieron en dos copas ‘del mejor vino blanco frío’ y charlando con alguna ternura al paso, se durmieron. Tal vez abrazados por un rato. A la mañana el hombre prometió ver a un cliente y volver pronto, la besó al salir y le puso en la mano sus datos y teléfonos ‘por cualquier cosa’. Ella dobló la tarjeta sin leerla y al verlo irse la dejó por ahí. Después recompuso su maquillaje, acomodó sin apuro el bolso de mano y dejó la habitación.

- ¿A qué hora hay micro a Buenos Aires? –preguntó.
- En veinte minutos – le dijeron. Así que tuvo tiempo para un jugo de fruta y subir al ómnibus que llegó puntual. (enero 2010)

Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

Visitas en la estación vacía

La tierra estaba de antes, señor
Armando Tejada Gómez.


Al saber que gente desconocida acampara en la afueras, por unos días ese tema fue dominante en el pueblo.
- Vinieron del norte y algo buscan. Gente extraña..

La gran inundación del siglo anterior era la historia más recordada en el caserío de la Estación Vacía. Los desbordes de ríos y arroyos en los noventa pesaba sobre la memoria aún más que el levantamiento del ferrocarril, que no fuera asunto menor en la región. Cuando la empresa inglesa del Sudoeste desplazó sus rieles a diez kilómetros del caserío, techó toda la edificación aprovechable hasta nuevo aviso y clausuró los portones del galpón, ahí el paisaje quedó inmóvil para siempre. Adiós los trenes que traerían progreso, aunque igual, durante medio siglo en aquel ámbito de chacareros y productores rurales se asentarían muchos comisionistas y tenderos cuyos hijos también mudaban de ciudad ni bien podían. ‘En cada censo sumamos menos’ recitaban con el mismo orgullo pueblero que enarbolaban por hablar no solamente de cosechas, marcas de tractor o precios del forraje, y entre ellos agotaban temas imprevisibles. No siempre imaginarios aunque sin perfiles muy caseros.

- ¿Leíste mis apuntes sobre la ética?
- Sí, me pareció confusa la diferencia con lo moral.
- Te explico; ethos, lugar de residencia y moral…
- Ahora no Juan, mañana – sólo sería una demora porque en Estación Vacía conversar era la convivencia.

- Nuestra especie debe entender mejor sus migraciones.
- Siempre fueron por hambre. Cada especie existe si come y se aparea.
- Aunque los humanos ideamos artificios de inmortalidad.
- Ciertos tipos se pierden la igualdad y entre riquezas y místicas se creen omnipotentes. Pobre gente.
- Sí, ayatolas, papas y banqueros la juegan de inmortales y al fin no influirán. La infamia mayor es que la tierra no sea de todos.
- La tierra estaba de antes, señor. Iban los ríos luz con la lengua húmeda subiéndose a los árboles. Lindo texto…
- ¿Quién dijo, un pibe muerto de hambre es una derrota de dios?
- No me acuerdo y hay siglos de frases brillantes. Corten…

En Estación Vacía no era sólo oratoria y las ambigüedades eran insinuaciones entendibles.
- Es saludable repasar que toda historia se reitera alterando apenas un renglón – se sonrió el dueño de una agencia de viajes en la capital que cada fin de semana volvía al pueblo, su lugar en el mundo.
- Hoy llegaste muy hermético, David – y proseguían renglones para mantener la noche del viernes, hasta adentrarse en el galpón del que todos se atribuían saber algún secreto. El atajo de llegar sin atravesar el monte, la marca de los candados, el despliegue para abrir y bloquear la entrada, los baños sin puertas y el horrendo calor del mediodía bajo el techo de zinc. Y para afinar detalles murmurados en voz baja, siguieron al otro día.

- ¿Cuántos serían?
- Habría que estimarlo. Diez o doce de alto nivel, no más.
- ¿Por qué tan pocos?
- Una matanza tipo Auschwitz es una porquería.
- ¿Vendrían juntos?
- Sí.
- ¿Cámaras?
- Suena a perverso.
- Sin comprobaciones no hay resultado.
- ¿Agua? Sin nada durarían tres cuatro días, no más.
- Si demuestran egoísmos, enconos o alguna solidaridad, cumplimos. .
- Igual cuatro días son poco y pocos…
- Y en una semana todo limpio, lo más desagradable.
- Igual del principio al fin.

Después y en fecha incierta, seis pudientes parejas en edad promedio cuarenta años pagaron en efectivo ‘la diversión de habitar la inexplorada región del gaucho en libertad’. Quizá todo fuera imaginación pero algún mediodía al edificio de la Estación Vacía entraron una docena de personas que en principio, más que extrañeza o desapego al quedarse encerrados y solos, sintieron la falta de su teléfono portátil. Un reflejo formal, acaso, y a las seis horas el silencio de quienes unían sus manos entre paredes inaccesibles y hostiles, sellaban ese algo horrible que excitaba y aterraba a la vez. Sobre el anochecer una mujer lloró con ganas y su compañero, al calmarla, agitó un griterío convocador de la realidad que cambió todo el formato en un aullido. Una cámara se encendió, los modos y maneras de doce personas desvalidas y amontonadas pérfidamente fueran endebles, aunque al margen de sus trayectorias, - vidas estructuradas solemnes o dispendiosas, de visitar las aulas más costosas y soberbias, y cometer ciertas traiciones más humanizantes- en aquel encierro final fueran ellos de verdad. Apenas seres humanos. Y sin grandes ensayos de actuación y vestuario, los mediocres, impresentables y subalternos valores de la especie que naufraga por el mundo soportando la inmundicia del hambre fueron exhibidos por ese grupo de seres elegidos. Que sin decoro ni pudores, - ver videos- recrearon de forma impecable la repugnante marginación de cualquier villa miseria del mundo verdadero.

- David, ¿supieron algo de los extranjeros?
- Nunca; porque a veces las conversaciones sólo son eso.

Experimento

Por Eduardo Pérsico

Sin que haya algún posible que pudiera evitarlo, el sol despierta y anda sin pausa ni demora. Su átomo de eternidad le corresponde.

De esa lumbre reciente que atenuó el horizonte, el mismo sol opaco en la alameda ya se entrega al designio de la tarde.

Las luces y la noche son formato de tiempo. Un impulso incesante sin pactos ni retrasos. Nada apremia su espera. Lo perpetuo es latido riguroso y el día volverá, qué duda cabe, pero anhelos constantes acrecientan la tarde.

Si muere un pibe de hambre cada cinco segundos se agotaron los dioses de leyenda y milagro. No más sermón errátil de compartir los panes si muere un pibe de hambre cada cinco segundos. El perjurio de magias y cielos del arcano, son antiguos borrones caídos en desuso. La continua derrota de esperanzar la espera.

Hambrientas multitudes sin hallar pertenencia, príncipes sonrientes al temblor del vencido, patrones de la tierra y burlas del Poder son siglo veintiuno.

De persistir sin cambio el peso de los cuerpos, el aire que se eleva y otras físicas claras, es frívolo joder a nuestra especie a toda hora. En cuanto si todo es un incipiente ensayo, - acaso experimento- es hora de avisarnos.

Y digamos también, sólo para saberlo.

009.

Soñando sueños de trapo

Un cuento de Eduardo Pérsico.

 

Mi viejo y tres amigos armaban la tipografía y en una antigua Minerva imprimían unos volantes a repartir lejos del barrio. Una tarde que entramos al taller con el mate y las medias lunas, los cuatro buscaban resumir que el enemigo nos llenaba a cada uno de egoísmo, un arma impiadosa con la solidaridad. Sin esquivar alguna broma, entre ellos llevaría su tiempo conjugar con brevedad la idea y al irnos mi madre les cuestionó el término enemigo, por estridente. Ella prefería que cada renglón fuera una voz de papel y no panfletos estilo ‘madrugada y fábrica sería lindo si nos explotaran menos’. Y menos en época de condecoradas arengas, advertencias a la población y aguas revueltas que exigían hablar en un murmullo.

Hincar los dientes sobre el hueso del tiempo puede ser un ejercicio que aterra y atrae a la vez, que dicho así suena a retórica sentenciosa pero es un modo de empezar. Más bien, mis primeros rastros parecieran diluidos en su índole, estribaciones de la memoria o cadencia condenada en sí misma; aunque podría ser la voz sin después de mi madre, furtivo rescate que se esfuma sin retorno o el cosquilleo que sorprendiera mi mano en la inicial caricia al lomo de un caballo. Aunque de aquel recuerdo dudo bastante por parecerme una desvaída rememoración recibida en la sangre; mis padres habitarían rumor de caballadas, chasquidos de rebenque, ecos de inundaciones suburbanas y silbos vigorosos de trasnochados compadres. Ellos venían de raíces que se iban licuando, inexorables, aunque aún defendían cada palabra de acercarse al resto de la gente. Y así mi viejo compartía con tres o cuatro ‘el tiempo superado es una sombra astuta como una desmemoria de sumergidas lluvias, una intuición apenas de ronda planetaria, cegadora de rostros borradora de nombres’.

Yo hubiese preferido que mi viejo no muriera en un hospital por una angina cualunque, pero y al fin de tanto repaso, entre mis primeros recuerdos brilla un tren allá abajo con sus ventanillas iluminadas en el corazón de una noche lluviosa y mis ojos reinventando aquella imagen tras la ventana de mi casa. ¿Y cómo era aquel rincón del mundo costeado por las vías, mi lugar cuando pibe sin vereda de enfrente? Un recuerdo difuso, pero en la escena brilla un tren chocante sobre sí al arrancar, y luego sus vagones serían veloces fotogramas a esfumarse cual un barco en enigmas de penumbra. Y esa escena cautivando mis ojos tendría un prisma diferente en el asombro, y alumbraría mejor ese muestrario fantasmal de seres infecundos, de rostros ausentes y doblemente solitarios en el silencio de voces humanas en los trenes de la madrugada. Cuerpos llevados por la noche como rehenes de un destino inviolable y al ser uno más, comprendí mejor las voces de papel de mi padre y sus tres camaradas que se llevaron las aguas revueltas del setenta. Tipos dispuestos a imprimir ‘los últimos serán los primeros en morirse de hambre’, y ‘el mejor negocio de los ricos es una pelea entre los pobres’.

Mi madre, fervorosa de la moderación apreciaría ‘al entender que éxito y egoísmo son sólo sueños de trapo, ya habremos perdido la última sonrisa’, una oración que para mi viejo y sus amigos ya era una moralina frente a los ataques y escondites del enemigo, dentro de noso
tros mismos. (junio 2009)

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Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.
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Imaginaciones sobre la Santa Celestina

Al fin nadie contaría con certeza cómo el Convento de la Santa Celestina se pulverizó en un santiamén. En verdad, quienes oraban aquel domingo en la misa por la patrona del lugar ni percibieron el estallido; de pronto el fuego abrasó la capilla y afuera, los autos en la playa de estacionamiento se incendiaron íntegramente como si aquello hubiera sido dinamitado. Pero eso sí, los ajenos al pueblo creyeron muy llamativa la cantidad de vehículos nuevos y costosos, unos cuatrocientos, en una población que cinco años atrás fuera la más pobre de la región. Y se también supone que ese mismo día al señor Jiménez, - responsable político de la villa Celestina y cuñado del gobernador de la provincia- lo apremiaron a volverse de Buenos Aires para recibir en su casa a una persona de confianza.

- Mucho gusto, Martino. Mi amigo el gobernador me pidió visitarlo.

- Sí, Ricardo es esposo de mi hermana y me avisó.

Acaso ese fuera el inicio y en el auto de Martino se quedarían unos hombres oyendo el fútbol. Ya en la casa ambos desecharían que alguien viera caer sobre el convento a un bombardero B52 cargado con bombas explosivas.

- Esa fue una ocurrencia de una radio local – una ocurrencia que los hizo sonreír. Jiménez destaparía una botella de Chardonay diciendo ‘hasta hoy el convento estaba a cuatro kilómetros y años atrás el gentío recorría esa distancia en procesión’. Informando además a Martino que él de pibe también hiciera la caminata, ‘un auténtico acontecimiento; chicos, viejos y mujeres marchaban exhibiendo imágenes de la Santa Celestina’.

- Y algo más, Martino – también diría Jiménez- medio siglo antes de las procesiones ahí funcionaba el mayor prostíbulo de la región, lo de María la Celestina. Y en esas excursiones, podría decirse que algunos irían mirando la inmensidad como si fuera un corso… Pero desaparecido el puerto se acabaron los marineros y las habitaciones del puterío fueron para el convento. Aunque todo cambió de moda como la moda, y los promesantes de hoy se mandan el recorrido montados en autos nuevos y muy caros.

Aunque del prostíbulo algo sabía Martino se inquietaría por alguna frase y se moviera en la silla, en tanto Jiménez calculara los muertos del mediodía ya que ‘en la capilla entraban unas novecientas personas’. Y prometería precisar mejor la cifra al saber quienes quedaron vivos. ‘Muy pocos se perdieron la fiesta de la la Santa Celestina del milagro’, sonrió, el otro el habrá insistido en cuántos muertos hubo y Jiménez, ya por el tercer vaso del Chardonay frío prometiera ‘mañana tendremos la cifra exacta. Yo recién llegué; algo tarde por un corte de ruta en el límite, antes de cruzar el río’. Martino agregaría ‘sí, los chacareros que piden una programa de lluvias y más seriedad climática que les asegure una buena cosecha’.

Jiménez reiteraría conocer aquello de los cortes de ruta por viajar seguido con su mujer a Capital ‘donde viven y estudian los dos hijos varones, mientras la hija sigue investigando la historia del arte en Francia’. Este pudo hablarse y al pasar el mismo Jiménez, responsable político y cuñado del gobernador revolearía algún nombre insigne de París y del Buenos Aires lujoso. Volverían al bombardero B52 y las bombas incendiarias, ‘esa estupidez’, y también a la explosión que habría sido tremenda.

- Deshizo cuatrocientos autos y de la capilla no salieron vivos ni los angelitos de los cielorrasos – luciría Jiménez en tanto Martino, además, tampoco entendería como ahí había cuatrocientos autos.

- Y sí usted conociera el negocio, Martino; con los aeródromos se ganan fortunas. Calcule, en dos pistas de aterrizaje y cuatro laboratorios se mueven millones de dólares – se confiaría Jiménez y entonces Martino reclamaría el nombre de algún organizador.

- Por favor, si Ricardo el gobernador no conoce a los capos, yo menos. Habiendo guita en juego al pescado grande no lo conoce ni su mamá.

- Pero ¿usted ni conoce a quiénes refaccionaron el Convento? – buscó enterarse Martino y Jiménez diría que para el padre Santurce aquello fue donación de una Fundación misteriosa. ‘Eso sí, la constructora en un mes removió hasta los cimientos. Algo increíble, basta con ver la playa de estacionamiento’ – y ya Martino lo miraría mal.

– Jiménez, no me joda, nosotros hicimos eso y todo lo demás. ¿Nunca pensó que con la diferencia entre entradas y salidas durante cinco años aquí nos afanaron toneladas de la mejor. Esa mejicaneada salpicó a su mismo cuñado, mi amigo el gobernador.

- No. De eso en Santa Celestina no hubo ni rumores.

- ¿Jiménez, ni un rumor entre mil pelotudos? No me cargue – sería el tono de Martino cuando golpeó la mesa.

Al fin el cuñado del gobernador viendo cerca de la puerta a dos tipos se callaría pensando ‘este cree que porque yo leo poemas soy un gil’. Ni explicaría que en la villa Celestina jamás hubo consumo ‘porque no eran idiotas y por eso mismo, ante semejante negocio ilegal usaron el derecho de participar’.

Igual, es de imaginar que los seis balazos recibidos por Jiménez en la espalda, por hábitos del oficio se los dieron con silenciador.

Mi tango es en voz baja

Por Eduardo Pérsico

Cuando se nos viene sigiloso y casi nos sugiere un silbido, el tango huye de cantoras y recitadores clamorosos para hablarnos palabras que sólo uno sabe. Así que a contraluz de cualquier pensamiento se adueña de nosotros y de cuánto no pudimos ser; esas cuestiones.

Siempre el tango retorna por esos recovecos del frío fabriquero y ojos de alguna piba que nunca lo supiera; más el amigo fusilado en agosto como una lluvia sobre mi traje nuevo.

No tan sólo por eso mi tango es en voz baja. Yo lo siento conmigo a solas y de a uno también si afina su rasguido de viola misteriosa, entrañable y compadre, y evoca los sueños demolidos contra algún paredón congelado y oscuro.

Y es que aquel otro tango, del sueño adolescente y goles perdidos sobre la hora, se obliga a dar un paso de costado, digamos versallesco, y los olvidos olvidados nos vuelvan de rebrote hacia tanta arboladura de esperanza que tuvimos. Anterior al desaliento y la feroz derrota.

Es que el tango, taimado, no nos deja sin herirnos un resquicio. Él se adueña del cuerpo aniquilable y de una sola sombra en el difuso velamen de las sábanas. De nuestro pobre cuerpo que llevamos de arrastre huyendo de un reloj de insaciable desgarro.

Eso lo sabe el tango. Y es entonces que torna cigarrillo de larga ceniza meditada, una copa de vino solitario balbuceando algún nombre y ojos en el vacío. Apenas y por eso no hay que gritar el tango, es en voz baja y que nadie sepa cuánto nos ilusionamos o quisimos. Es un chamuyo visceral y mío que vuelve cada tanto. Contragolpe al vacío de un tiempo mejor o imaginario, semental de nostalgia que a veces ya resuena a vulgar organito repetido.

El tango en alta voz y teatralero es una grosería de recién venido. Y él puede someternos por laberintos de la mirada lejos y olvidos inasibles al recuerdo. Es una confesión de tanto en tanto, un deschave en sí mismo y un ‘vos sabés como fueron esas cosas’.

Por eso y lamentos que prometí callarme, me vuelve siempre el tango. Y no perdona.

Sombra que llama una vez

El sol extendido a sus anchas en la mañana se iría apagando en nubarrones. Caprichos de Buenos Aires, si al rato la lluvia tenaz y repetida encubría los perfiles de la calle y desde una cama en la clínica médica, un hombre inconsciente acaso presintiera ese cuadro borroneado de insólita tormenta.

Llueve detrás de la ventana. Sus proyectiles húmedos atraviesan la luz tenue y a golpes restallante. Imbatible, la lluvia no anda a ciegas y conoce sabiamente los vacíos que nos cruzan el alma. No hay lluvia que no acierte cuando rompe su cristal cantarino en el insomnio de la madrugada. Y en ese instante exacto, quizá el hombre inmóvil y lejano aún imaginara algún diseño extraño en el vidrio empañado.

Acaso por algo tan inexplicable como la misma vida, aquel pastor de una congregación mística, desahuciado y ausente sobre una cama hace horas, sienta caer esas balas de agua en el centro de sus ayeres. La bienhechora lluvia alumbrando su tiempo adolescente; pájaros rompiendo el aire inmóvil y celeste de un verano, muy lejos, aún la voz perdida de su madre y los ojos de aquella muchacha sin memoria que jamás olvidara. Reflujos de una estación con dioses todavía flamantes y él pronto desecharía; ‘no estos monarcas desgastados con barbas de trapo y obedientes al mandato de juntar posesiones. No más los adoradores de amontonar riquezas encandilados en abatir el tiempo incontenible y el destino impiadoso de animal mortal. Esa actitud, hermanos míos, sostiene la ingenuidad de postergar el tiempo de las cirugías femeninas, como si nuestro cuerpo no fuera una batalla perdida de antemano’.

Y esas arengas sobre el alma que ese pastor repitiera por años en púlpitos ‘tan impuros y estrafalarios como en las otras iglesias’, desleía la culpa de los codiciosos que por esas contradicciones de la fé, lo convirtieron simplemente en millonario. En apenas esa perseguida inmortalidad, hasta la feroz mordedura que desgarró su pecho y luego los momentos indóciles y amotinados ante el eslabón inevitable. Ya enmudecida la lluvia en la ventana vislumbró la sombra del después. Y la voz de su madre, la misma que volvió a recordar pronunciando su nombre. (8-08)

Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina

Tal vez el taxi demoró en llegar

Al sentirla cercana los demás rostros se ausentan por los cuatro rincones del olvido. Sus manos son de espuma, el rostro un copo abandonado entre su pelo y sus ojos parecieran mirarme desde abajo del tiempo. Ella es esa mujer, definitiva. Las horas a su lado cruzan sigilosas por la habitación, en puntas de pie, evitando el temor de separarnos porque al final, siempre ha de ser la última vez.

Esta tarde he vuelto a rodar sobre su cuello, a humedecer sus pestañas y hombros estremecidos. Quizá nuestro amorío sólo sirva para llorarnos juntos, compulsión a otra cabriola falsa, sin absoluto, aunque de esa pequeñez dependen nuestra risa, la tibieza interior, la soledad, algún par de mentiras y la dicha de juntarnos dos horas cada tanto. Por más cuánto nos hiera en los costados que la felicidad, las morales supuestas y estos romances anhelados no habitan más allá de nuestra piel. Así que nos amamos hasta la gelidez de las entrepiernas, los besos y caricias sucumban demolidos y vuelva la realidad diciendo algún renglón para volver al mundo.

- Ya es hora de volver a casa.

-¿Cómo va eso?

- Bien. Ahora es custodio del nuevo ministro.

Y en el juego de ganar la eternidad volvimos a lo nuestro, ya abordando el agrio sabor del no regreso apenas con los muslos, precaria sombra de otra sombra que somos. Lo mismo, por su apuro no alcancé a decirle ‘nos amaríamos tanto pero llega esta ausencia’, y de nuevo a esperarle su cabeza en mi almohada para escuchar de nuevo su voz, que no recuerdo.


Cuando ella llegó el hombre que la esperaba en la vereda le disparó al corazón. Y se quedó a su lado, sollozando, hasta que llegó la policía para quitarle el arma y detenerlo. (julio 2008)

Y esa noche los visitaron dos amigos

Podría decirse que a la misma hora, la otra noche en este barrio murieron Eliane y Jeanpedro. Ahora quizá sepamos sus nombres verdaderos y ambos andarían por los cuarenta años; ella una mujer llamativa vestida de lo mejor y el hombre de gestos amplios y cuerpo generoso, solía trotar por el parque cada mañana. Los dos serían de llevarse bien y un conocido de él ajeno al barrio supo bromear con sus desacuerdos de pareja: veranear en Miami o Costa Rica, pasar por Grecia al volver de París con tanto frío, o si el próximo auto de ella sería utilitario o menos deportivo para cambiar un poco. Esas eran sus conflictos mayores… Los encontraron sin cristales ni porcelanas desparramadas y ellos también en orden y prolijos. Vestidos de entrecasa, los dos boca abajo en la cama y un fogonazo en la cabeza cada uno. ‘Justamente en la nuca’ refirió la sirvienta más vieja que llegara a la casa a eso de las nueve de la mañana, y al aparecer la policía la sentaron en el auto patrullero asustada y sin hablar con nadie.

Así que los vecinos con educación y disimulada euforia, fueron entramando que Eliane y Jeanpedro no estarían casados y se conocieran en España donde él, muy relacionado con autoridades y demás, le gestionara todo el papelerío para entrar y salir de allí cuando quisiera. Así que juntos volvieron a Buenos Aires y unos cinco años atrás, compraron semejante quinta en este barrio de gente acomodada. Casi una historia romántica, murmuró una vecina a quien Berta, la sirvienta mayor, le contara que el día anterior al irse a las ocho de la noche, les dejó todo listo para recibir a cenar a unos amigos; uno buen mozo hijo de un renombrado político pero que ella no alcanzó a ver. Y en realidad, la guardia de vigilancia informó la entrada de dos personas a las nueve y cinco que salieran a las once y veinte de la noche, exactamente.

Por supuesto, sin otros datos que filtrara la policía se divulgó que Jeanpedro antes fuera personal de una aerolínea que no volara más por Sudamérica, donde él conocía hasta los aeródromos más ocultos, y eso parece que en España lo alineó con otros negocios que muy pocos entendían bien. Mientras que de Eliane, además de verla simpática se sabía que fuera relacionista pública en Granada o algo similar cuando conoció a Jeanpedro, que por entonces ya tenía muchísimo dinero y así tal vez fueran las cosas.

Sin más ellos fueron dos vecinos normales y salvo lo de un profesor de gimnasia de Eliane que por alguna confusión no retornó jamás, poco y nada se habría comentado. Y los dichos de Berta enseguida se olvidaron, el hijo del político aquella noche no los visitó aunque las personas igual serían conocidas. Por eso comieron y tomaron sus copas con el matrimonio y antes de desplegar el rigor de dos balazos de una nueve milímetros, se supone que no pudieron aclarar ciertas cuestiones que Jeanpedro mantendría con alguien. Tal vez, varias entregas de mercadería volátil y costosa con gente muy molesta por la desprolijidad comercial, comentó con su tono el mismo conocido de la pareja ajeno al barrio. Y bien pronto nadie volvería sobre el suceso, al menos en este lugar donde vive gente de mucho dinero pero además, muy reservada.

Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

Junio del 2008

Esas tareas fuera de servicio

Al hombre sentado en la estación ferroviaria lo entretenía el reflejo de las vías El ámbito tal vez lo hiciera pensar que uno se acostumbra a todo, desde sorprender diciendo ‘tranquilos señores, esto es un allanamiento’ y si por ahí no quedara otro remedio, aflojar un par de balazos y a otra cosa.

A las dos y diez de la madrugada la llegada de un tren se impuso al silencio. Sin mirar a los costados descendió una persona y medio minuto después, como al descuido, abandonó en el asiento un maletín que traía y volvió al tren que retomó la marcha. Desde un quinto piso del edificio de enfrente se encendió y apagó una linterna; todo estaría en orden y el hombre solitario dejó de distraerse con el reflejo de las vías, alzó el portafolio y salió del paradero de trenes.

Sí, uno se acostumbra a todo, y casi con parsimonia subió al auto que arrancó enseguida. ‘Todo en orden’ fue un guiño con quien manejaba y anduvieron un trecho antes de hablarse. La persona que dejara el dinero del rescate ya estaría lejos, convencido de que ellos le soltarían al hijo ni bien recibieran el pago... Pero además esa vez ni cambiarían los billetes para no tentar de nuevo a ningún héroe, como aquel camarada que pretendiera frenarlos, pobre tipo, y al rato aparecieron su mujer y los dos pibes llorando en la televisión.

El fútbol debe ser visto con otra mirada. (FIFA)

-¿Qué tal? Hoy llegó más temprano.

-Sí, a ver la tercera; me hablaron de un trifuncional cuántico.

- Sí, un genio. ¡Es el nieto de Sánchez!.

-¿Del zurdo Sánchez?

- No, del chueco Sánchez, el que jugó con Gimarri.

- ¿Ese de la peluca celeste es el nieto del chueco? Un verdadero crack ‘new age’. ¿Recuerda al padre?

- Sí, lo baleamos cuando erró un gol sobre la hora y descendimos.

- Pero jugador fuerte; la pelota o el hombre.

- /Ni me hable, siempre el hombre/ Una vez se tiró a los pies y fracturó al fotógrafo del Gráfico.

- Bueno, no era el único; Valussi el de Boca quebró a Yuani, el manisero.

- Si, calculó mal. ¡El número seis es más rapido que Sarcutti¡ ¿Se acuerda?

- Sí, pobre Sarcutti, lo masajeaban con líquido de freno y cuando hizo un gol de palomita lo amonestaron por volar sin permiso.

- Y sí, cosas del reglamento. Ese año anduvimos mal por la camarilla del Técnico con la Barra Brava.

- Usted lo dijo, una camarilla. A Vigorito ni de suplente lo ponían.



- ¿ Sabe que hoy debuta un cabeceador que viene de los Paises Bajos?

- Muy bien, porque midiendo dos metros cabecea cualquiera. En cambio, los delanteros de antes cabeceaban a ras del piso: los wines corrían por la línea, centro, cabezaso y gol. Albella, Erico y Mastrufio cabecearon tanto que perdieron la memoria. .

- Es que hoy falta habilidad y sobra estado físico. ¿Se acuerda cuándo a los europeos le hacíamos seis?

- No me acuerdo. Pero lo mismo nuestro jugador es el mejor. .

- Por supuesto, con Panamá jamás perdimos, Brasil nos gana de suerte y a USA no le ganamos para no acabar en Guantánamo por terroristas.

- Y sí, esos de USA tienen reglamento propio… ¿Y cómo pateaba Celoria?

- Tenía un cañón; a Platense se la puso de doscientos metros y se lo anularon por lejanía.

- Me acuerdo, a Independiente. Pero jugador jugador fue Pedernera. En verano entraba con ojotas y se iba a la sombra, pero le sobraba panorama de cancha.

- Dicen que con sus compañeros jugaba cualquiera, hasta Pelé que era un burro. Aunque por supuesto, a los negros nunca los discriminan...



- Yendo a eso, Banfield traerá un senegalés que de noche no lo agarra nadie.

- No creo que un africano tenga mejor pique corto que Olkenian. Ni hablar, siempre le cobraban exceso de velocidad y en un contragolpe, hasta se cayó al foso.

- Me acuerdo, en cancha de Racing; suerte que era domingo y faltaba el cocodrilo...

- ¿Se acuerda que ese año nosotros éramos el fantasma de los clubes grandes?

- ¡Cómo olvidarme, si vestíamos una sábana encima de la camiseta!. ¿Y qué me dice del nuevo técnico que exige usar zapatos Agarréx para iniciar la media puntada? Por eso el analista Cachulo Montalbán dijo ‘que por declinar en el plan estratégico táctico explosivo intercambiable, el verdiblanco recepcionó nueve derrotas consecutivas neutralizantes de su efímera aspiración campeonativa’. Ese tipo analiza bien, ¿no es cierto?.

- Sí, pero con seis delanteros retráctiles y nueve stopers mediolibres, perderíamos menos.

- Tiene razón, aunque serían quince. Igual, el técnico anterior pretendió seis enganches, cuatro carrileros y un maquinista, pero la AFA no autorizó el contrato del guarda. Una vergüenza.

- Y es claro, siempre la AFA y el contrato. Mardoquio erró ocho penales seguidos y siguió pateando por firmar ‘los penales se ejecutarán sólo con mocasines Sacachispa’. Y así fue. ¿O quieren que vuelva el negro Páez, como en el sesenta?

- ¿Vea si volviera Paéz? El le miraba los ojos y el arquero volaba al otro lado. Paéz ni tomaba carrera, miraba aquí y pateaba allá…

- Sí, era un fenómeno el bizco. Pero ahora sólo nos dan penal si nuestro jugador ingresa a terapia intensiva.

- Ese es un negocio del médico; pero el último penal también lo erramos perdiendo cinco a cero.

- Es que los referís nos tienen bronca. Una vez Nai Foino se abrazó con los jugadores contrarios mientras nos dirigía…

- De ese ni me hable; contra Lanús. Y nos dirigió mostrando una Luger.

- Y sí, era otro tiempo.



- ¿Supo que los rosarinos al hacer un gol se acarician las partes? La psicóloga les dijo que la Caricia Intima fortalece el grupo humano.

- ¿Por eso también festejan los goles contrarios? Tanto que el arquero de Central ya hizo pareja con el back central, uno rubiecito.

- Está bien, así la familia vuelve al fútbol. ¿Sabe que reaparece el Piolín Filosi?

-/Qué despelote hizo la mujer de Filosi en Europa/ La nobleza inglesa la condecoró “groncha sudaca” y entonces el Piolín exigió entrenar en su casa y ahí le compraron cien fotos en bolas con la mujer. Qué mina: Y, el fútbol moderno es así.

- Hace bien, este año cobró trescientos mil millones de euros y se lo merece…

- Vea, la plata no es nada si somos campeones. ¿Y la alegría; quién nos quita la alegría?

- ¿Pretenden que jugadores y representantes ahora paguen impuesto? ¿Están locos o somo todos comunistas? Es como cuando quisieron que los clubes cuidaran la seguridad en la cancha. Estan locos; para eso está la policía.

- Claro, y que un crack pague impuesto es inconstitucional. ¿No piensan en la alegría popular?

- ¿Y la bronca de mi cuñado si pierden con nosotros? La alegría popular es lo más grande que hay. Y el gobierno de fútbol no sabe nada. .



- Hoy reaparece el turco Urdapilleta. Trae publicidad de un laboratorio colombiano y tendrá un guardaespalda lentesnegro en el área contraria.

- Jugador que juega con custodia, mal negocio.

- Por eso Filosi. ¿Cuánto recaudaron la última vez? Millones de millones. El Filosi no domina bien la pelota por usar tacos altos y medias negras de “Fetiche, Calzado Femenino”, pero es un jugador que tiene su público.

- Igual, antes los jugadores se divertían. Vea, Chisotti se tomaba seis grapas, entraba en curda y era imparable.

- ¿Y Vigorito? Era un crack y no tomaba ni agua. Claro, un verano casi se muere.

- Ya sabemos, siempre aparecen jugadores. En el potrero los pibes gambetean solos y sin ayuda oficial. ¿Por qué se olvidan del potrero y algunos ni baño tienen?

- Bueno, aquí tampoco hay ... Le decía, Vigorito, - el nieto del otro Vigorito- entra en el arco con pelota y todo. Pero el técnico lo pone de limpiaparabrisas al vacío arrastrando la marca en diagonal al isósceles. Sin matemática el pibe no agarra una aunque en el metegol es un genio.

- Yo no entiendo. Antes un insai era un insai, la línea media era Cuenya, Scavone y de Terán o Juan, Perico y Andrés calzados con Llavetex, y a otra cosa.

- Otros tiempos. Ahora para ahorrar entrenan sin pelota, aunque modificar el desplazamiento inorgánico de los verticales transitorios y jugar sin wines ni jases y usar polifuncionales multirreceptores virtuales, que antes no había, está bien. Eso sí, respetando al jugador y no como hoy a mi sobrino Vigorito que no consigue ni un puto aviso para su camiseta de metegol...



- Hablando de otra cosa, ¿alcanzó a ver al General dando el puntapié inicial?

- Por favor, yo por el cincuenta era muy pibe.

- PArece mentira, Pero lo vi con Inglaterra en cancha de Rever. El hombre entró de capote y de gorra bajo el brazo puso la pelota en juego. Saludó con las dos manos y fue una ovación…

- Qué fenómeno. ¿Y pateó con la derecha o con la izquierda?

- Me extraña mi amigo; todo General patea con la derecha.



- Será distinto, pero igual uno sigue viniendo para no degollar a su mujer.

- Yo la metí en un geriátrico y ahí quedó, sin intervención policíal ni nada…

- Buena idea… ¿Vio a Masci, el arquero de Lanús que salta para abajo?

- Sí, el domingo le hicieron siete y hablando con la prensa lo aplaudieron. Recita lindo el loco…

-Otro gran explicador es el técnico de la Selección: ‘mis jugadores serán los de mejor presencia física’, dijo y exigió convocar a Carlos Gardel. Y pobre el Morocho, habrá sonreído. ¿Qué quiere?

- Antes de olvidarme anote esto: nos ofrecieron una pichicata al litio concentrado sin rastros ni en la picadora de carne. Toda falopa es dietética al lado del Potenplux mil: un jeringazo a cada uno al entrar, incluído el masajista, y si empatamos un partido será para disimular.

- Dios lo oiga. Bueno, gracias por la buena noticia y lo dejo. .

- Cómo, ya empieza el partido. ¿Hoy tampoco verá a la primera?

- Aquí ni loco. Yo al fútbol lo veo en la tele de casa. Es más emocionante, ¿vio?.

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Eduardo Pérsico, narrador y ensayista, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.
Vínculos para conectar videos:
http://www.youtube.com/watch?v=9XExQJF-Hes
http://www.youtube.com/watch?v=QNJl91C-Gf4
http://www.youtube.com/watch?v=qLkvYyuRXoQ
http://www.youtube.com/watch?v=eP5nL2rYkD4

Secreto de rutina

Al levantarse el hombre no advirtió el guiño primaveral entre las florcitas del ciruelo. Era un día más; su esposa seguiría durmiendo, el pronóstico de la televisión no le informó de qué manera setiembre vestía el repliegue del invierno ni tampoco que el reloj de zorzales y calandrias desvelaría antes al vecindario. En su camino al tren el hombre sólo pensó en esa mujer que se le insinuaba detrás de una ventana, mojándose los labios y entornando o reabriendo su blusa; y esa mañana cuando ella lo hizo entrar, ninguno se demoró en saludos ni presentaciones. La mujer no tan mayor, de piel sedosa y que solamente pidió ser amada sin urgencias, con lentitud, le hizo perder dos trenes de cada media hora.

- Señor Sánchez, hoy llegué tarde porque... – intentó esa vez ante su Jefe. El otro, siguiendo su lectura le respondió ‘tranquilo Fernando, está bien’; oración o frase luego reiterada por meses.

Fernando, - abreviando lo más posible- era Subjefe de la Dirección General de Política Presupuestaria Nacional, área Familia, un trabajo políticamente reservado para que algunos miraran por la ventana, otros leyeran el Diario y los desatentos como él, se entretuvieran en ignorar las imperfecciones del cielorraso. Pese a eso, el señor Sánchez a veces requería la atención de todos al hablar de un Ministro que un día caminó muy cerca de la oficina.

- Era el propio Ministro, anduvo por aquí y hasta lo vimos subir al auto. Una persona muy ocupada, se pueden imaginar, con esa responsabilidad – recitaba Sánchez y volvía a leer su lectura.

Un mediodía, de modo imprevisto, el señor Sánchez avisó que durante una semana se iría de paseo con su mujer, -que nunca nombraba- y esa misma tarde la esposa de Fernando atendió un llamado que luego le comunicó.

- Ah, mañana dormirás algo más. Tu amiga me informó de un viaje con su marido y te avisarán cuando vuelvan.

- Gracias – dijo él.

- De nada – contestó su mujer.

Eduardo Pérsico, narrador y ensayista, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

El preciso momento

Por Eduardo Pérsico

Debo decir, señora, que ya es tiempo de cambiarnos el trato.
De rozarnos un poco más al saludarnos, digamos, más de cerca,
ausentes que sus hijos y los míos,
esos algo más que indiferentes,
no aprecien ni sospechen que me aferro a
su blusa al decir ‘hola’,
y usted sonríe al callar que le ha gustado.

O que aguarda más que una caricia al paso,
al desgaire, ternura pasajera de algún desconocido,
sino un apriete más audaz y sustantivo que le brinde mi mano,
un toque anunciación,
no que le augure el reino de los cielos; ¿para qué tanto?
pero al menos le convoque tibieza debajo de su falda
en mitad del salón, y sin testigos.

Porque usted y yo, señora, en este instante,
defendemos la vida como pocos, al desprender
botones tras la piel intocada de su torso anhelante,
y sus caricias de camisa abierta al vello de mi pecho.

Sí, lo sabemos, somos grandes
si contamos los años y algún nieto,
pero los labios saben recorrer por donde
y diestros son los dedos contra mi cinturón y su corpiño.

Y el clima a desnudez, tan implacable y sin aviso,
ya nos tendió en la cama enteramente.

Si al fin, esto es lo cierto, nuestras bocas y manos comprendieron
que no existe el ‘demasiado tarde’
ni frases ya escuchadas de remontar pasados,
ni secretos perpetuos para siempre y por nada.

La verdad de la especie entró en nosotros,
en todos los sentidos a pleno y sudorosos,
a culminarnos juntos en el gemido mutuo
de este único cuerpo, que es el suyo y el mío

Y acaso sea el momento, mi amor, de empezar a tutearnos…


Eduardo Pérsico, narrador y ensayista, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

Y ese calor tan insoportable.

Con aquella temperatura que al mediodía era un infierno, yo igual me desesperaba por volver a verla. Así que de la calle principal me desvié por una lonja de tierra y pasando una cuneta suave encontré el lugar donde ahora vive; una casa bastante linda para esa lejanía, al frente un jardincito prolijo y hasta bien pintado el enrejado de madera que dividía del interior. Y al vernos después de un año ella me pidió ‘por favor, volvé más tarde’; esperaba a un amigo, debía seguir su vida y luego de un abrazo liviano me volví al pueblo con una bronca demasiado dolorosa. Por el badén ví subir un Grand Trooper sin acoplado, una de esas máquinas impecables que allá arriba ocultan al chófer en la cabina, y de ahí hasta el pueblo nada más.

Era exagerado llamar pueblo a ese caserío cerca del mar, paradero de unos pocos viajantes apurados que ni servían para el comentario lugareño y algunos camioneros que entraban y salían por la ruta a Buenos Aires. Yo venía del sur, - de un asunto muy grande que resultó una migaja cuando el tesoro del Banco no se abrió- y no estar ni diez minutos junto a ella me hacía el más infeliz del mundo. Así anduve un largo rato las cuatro calles de ida y vuelta sin convicción de nada, y cuando en el boliche comía un sanguche llegó el único tipo de uniforme de por ahí y sin más protocolo que palparme de armas fingiendo conocerme, arregló mi partida con un camionero que iba saliendo. ‘Este amigo se va del pueblo ya mismo, llevalo’.

El cana me dejó sin alternativa y ni un centavo encima, mal momento, pero yo cruzaría la inmensidad pampeana junto a un chofer con el que tomamos una cerveza y ni bien subimos al pavimento entró a parlotear, inacabable. Justo me tocó un loco desaforado que manejaba cuidadoso, eso sí, pero aún me resuena su discurso mientras yo sentía hormigas en el estómago, el climatizador de la cabina venía malherido y a las tres de la tarde el camino era una fragua derritiendo metales. Un día en celo, matador, con ese fulano descifrando sin sosiego cada misterio del mundo y yo, que necesitaba recordar los cuatro meses junto a ella en Buenos Aires planeando una vida nueva que no pudimos, y que verla en esa soledad me había desgarrado el alma... Durante el trayecto yo solamente quería dormir, dormir, pero el tipo insistía en ilustrarme que en la cordillera todos los cerros se conocían por Nevado o Alto Nevado, repetía ‘en este país sobran nombres religiosos y eso muestra el poco ingenio de los fundadores’, y al fin en cada palabra de aquel guacho pensando de prepotencia sentía un insulto.

- De las cosas recién nos adueñamos si logramos darle un nombre. San Jorge, San Antonio, Santa María, San Rafael se repiten porque no supieron nombrar los lugares – dijo y yo me pregunté quién le habría escrito semejante libreto. El camino era una fragua gigante, los dos sudábamos como chivos y ese delirante me desafiaba a contar los lugares que se llamaran San Carlos, Santa Ana o San Vicente. ‘Porque si hombre y mujer no saben llamarse de buen modo, nunca lograrán retenerse juntos’, soltó por ahí y ¿qué sentido tenía eso? Sin descanso siguió pregonando sus huevadas con sentencias de cura viejo y cerca ya de sentirme culpable por haber bautizado mal algún sitio del planeta, se largó a magnificar su encuentro con una mujer ese mediodía. Algo indebido, que no corresponde.

Los Trooper parecen hoteles transitorios con espejitos hasta en el techo y por ahí ví reflejado un coche con tres muchachos lanzado por el camino. El tipo murmuró algo por tanta velocidad, una hora más adelante nos detuvimos cerca de un puente a darnos un remojón y con un ademán preciso guardó el carterín con los documentos bajo el asiento. Ninguno de los dos aguantaba más; el sol era un soplete perforando el aire y aquel río, - el San No Me Acuerdo- salía al mar tras una barranca donde el torrente se apuraba con fuerza. Amagué meterme ya mismo al agua pero como perro que se muerde la cola anduve dando vueltas para desvestirme detrás de una cinacina. Salieron de vuelo unos pajarracos cuando levanté una rama bien gruesa y el fulano, sin detener su examen del mundo, iba desnudo hacia la orilla contando la venta de armas en Sudamérica y la desocupación en Tanzania. Ahí afirmé bien fuerte la rama que de revoleo resultó un garrote contra la nuca. El cuerpo del charlatán ese hizo un chasquido que apagó la correntada y entonces retornó el chillido de los pájaros contra el sol del imbatible incendio.

En la cartera encontré los papeles del Grand Trooper y unos cuantos billetes de cien. Sin aflojar un grado el calor mantiene la ruta desolada; de a poco iré tomando el manejo y cuando refresque ya veré que hago.

Eduardo Pérsico, narrador y ensayista, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

Ya vendrán los antropólogos.

En tanto la lluvia no aflojara los nocturnos del bar seguirían la charla. Y cuando el Profe de historia se subió al tren discursivo dispuesto a contar la muerte de Mariano Moreno en alta mar y ‘fue necesario tanta agua para apagar tanto fuego’, el matricero Vladimiro le ganó con otro asunto.

- Por el año ‘78, y aprovechando la distracción del Mundial de Fútbol, - encabezó y siguió que por entonces las fábricas cerraban sus puertas a destajo ‘porque liquidar la industria argentina ya había empezado y un sábado de lluvia sollozo buenosaires’, - el Vladi solía florearse- contó que él retocaría dos matrices en una forja que ese mediodía dejaría veinte tipos sin laburo, y aprovechando la oportunidad llevó su cámara de fotos. Agregó que por ser un último jornal ese mediodía los laburantes cobrarían doble y se despedirían del galpón según corresponde: comiendo un asadazo con ritual pródigo en vino y réquiem para un lechón.

Ahí Vladimiro se mostró algo serio al decir ‘volver a una fotografía de hace veinticinco años a veces resulta simpático’, y alguien lo sacudió ‘¿y te olvidaste de la matanza que nos hicieron en esos días del ’78?’, y él siguió.

- El matricero Vladimir llegó a la hora de morfar – lo saludó el negro Albornoz. Algunos ya andaban como extrañados por los rincones del galpón, lavándose en los piletones y sin apuro, acomodando su ropa para llevarse a casa.y diciendo pocas palabras. .

En el boliche conocían ese relato pero esa noche, con tanta agua y frío en la calle…..

- ¿Y Albornoz, cuándo salís de vacaciones? – siguió contando el matricero

- En marzo, Vladi. Los bacanes como yo veraneamos en marzo, con Frank Sinatra y otra gente amiga.

Ahí Vladimiro discurseó si la resignación de un operario al cocinarse frente a un horno de mil doscientos grados no sería algo humillante; aunque más grave sería si el tipo no supiera reírse.

- Todos esperamos que el lechón estuviera a punto y luego aquel ámbito guardaría los últimos rumores. Pero antes de reinar el atroz silencio de fábrica vacía, como si actuara una representación final, a pura pinza y mano de obra exquisita, sí señores, Albornoz martineteó un recorte de acero al rojo como si amasara un bollo de pizza. Y en diez minutos entregó para sortear entre nosotros un perfecto gancho de acomodar las brasas; oficio, artesanía, como se llame… Y dale Albornoz, - aclaró Vladi que ahí disparó una foto- que en tres mil años te descubrirán los antropólogos. Sí, y al estudiar tu obra de artesano diestro y el tótem que modelaste con un cacho de acero a más de mil grados, esos tipos explicarán tus hábitos y quizá, hasta cierta religión que nunca practicaste, Albornoz. Por supuesto, varón, también habrá antropólogos chantas que dirán ‘los metalúrgicos del siglo veinte practicaban una Dinámica Transicional Coordinada y Proyecciones Globales Totalizadas’, o trabalenguas de ‘Asumida Logística’ y demás versos. Esos que inventan los Licenciados en Animación Productiva y otras pelotudeces, pero sí Albornoz, los antropólogos pueden ser así, ¿no lo sabías?. Y si hoy llegaran no se asombrarían de nada, - les guiñó a todos- pero en treinta siglos esos estudiosos serán ‘deslumbrados por esta civilización y multitudes de científicos rendirían su merecido homenaje al mejor forjador en caliente que pisara este planeta’. Escribirán tu nombre, Albornoz, seguramente dirán ‘laborioso y abnegado padre de familia que ni el sábado se ponía en pedo’. No te olvides, registrarán infinitos párrafos y hermosas frases sobre vos, pero el lunes bien temprano, Albornoz, comprá el diario y salí a buscar laburo antes de morirte de hambre. Que algún día llegarán los antropólogos, vas a ver...

Eduardo Pérsico, narrador y ensayista, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.


Mal cuento universal; y duradero.

Los tres mochileros que venían desde la montaña entraron al boliche y acomodaron sus bultos en el piso. El patrón los midió con un vistazo y repitió el ademán de repasar el mostrador con un trapo. La escasa luz del local entraba de afuera y las figuras se deformaban contra el espejo, en sombras tras una hilera de botellas.

-¿Qué quieren?

-Tres sánguches y una cerveza.

-¿Sánguches de qué?

- ¿Hay de salame y queso? – preguntó el más grueso mientras los otros dos, que por flacos parecían más altos, miraban el contorno sin detener la charla que traían con ellos. Los tres calzaban borceguíes de cuero, camperas desteñidas, y uno se refirió a una piedra que observaba con atención y volvió a guardar en su bolso.

El bolichero preparó los sánguches de fiambre sobre una tabla, molesto por la pinta de de esos tipos que aunque le sonreían, hablaban con palabras diferentes. No eran de confiar...

- Servidos, tres mixtos y una cerveza. Noventa. ¿Para dónde van?

- Hasta la ruta, a tomar el ómnibus - dijo el que pagaba con un acento que al bolichero le sonó ajeno.

Comieron con ganas, entre mordisco y trago no hablaron mucho y luego de reacomodar sus mochilas salieron saludando. El dueño les respondió y no se quedó tranquilo; él no era ningún estúpido y de estos barbudos alguien debía ocuparse, así que ni bien se fueron ni siquiera limpió el mostrador, trancó la puerta del almacén y se encaminó al destacamento.

- Es que si no hacemos nada se nos llenará el pueblo de terroristas – les contó a los de uniforme y ellos entendieron. Así que se apuraron para alcanzar a los tres antes de llegar a la ruta, y como ningún ‘defensor del orden’ conocía el código para identificar desconocidos, los hicieron caminar con las manos en la nuca entre los yuyos y los ametrallaron sin bajarse del auto.

Eduardo Pérsico, narrador y cuentista, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

Tríptico de un acecho femenino

UNO

Alquilar en el Village y subir con mi valija a un quinto piso, me liquidó, aunque era vivir de verdad en Nueva York habitar el número 55 de Barrow St., a metros de la Séptima y Blecker. El departamento ocho era extrañamente contiguo al quince y al doce y medio, donde vivía una anciana pareja de italianos y únicos seres visibles del edificio, me comentó la encargada.

Debía olvidarme de comentar sobre las mujeres y el menosprecio de las religiones por ellas; en verdad eso ni las inquieta pero aborrecen a quienes buscan descifrar sus mensajes en cada mirada y me lo advirtieron. Igual, el primer día que desperté en ese barrio sentí que allí latía el corazón del mundo, la señora italiana asintió con la cabeza al verme salir, una muchacha somnolienta me saludó sonriente en una galería del Soho y por la calle Cuatro, de improviso emergió un músico de gesto peregrino, coleta de pelo con una cinta y un chaquetón que fuera rojo alguna vez, que soplaba su saxo y asintió compañeramente mi gesto de aflojarle un dólar en el estuche. Esa mañana hacía frío y al volver a Barrow descubrí un papel en el bolsillo de mi gabán: "Scarborough, a las 10 A.M"...

Por mi ventana entraba al cuarto el Greenwich Music School y era bueno despertar oyendo las digitaciones de algún pianista calentando dedos y luego ir subiendo trabajosamente a Béla Bartok. Abajo, la calle revivía ayudada por los bocinazos y unos pájaros pardos entre los tornasoles de abril, y al siguiente amanecer recibí otro aviso deslizado bajo mi puerta. "No olvidarse, Scarborough a las once. Lo aguardaremos". Ya eran las nueve, yo no tendría tiempo y elegí visitar uno de esos museos que ostenta Nueva York para avisarnos de nuestra pequeñez. Y esa tarde el Metropolitan Museum desbordaba de japoneses presurosos y prolijos italianos evaluando al Lute Caravaggio y las artesanías de Tiffany, cuando percibí el roce de una mujer y al pagar unos envases de comida que comprara al volver, encontré otra nota "no lo esperamos más, viaje a Scarborough". Supuse que era una estación de tren.

Cada noche por la calle Blecker se exhibía una fauna feliz en sorprender con su propio enigma y fue agradable repetir mis copas en el Bar Español, con los mismos habitúes durante tres noches seguidas y demoradas. Al fin era divertido cuando cada uno se anticipaba a las apoyaturas del otro y al comentar el castigo a una adúltera en un país musulmán, Manuel, el españolito homosexual que atendía la barra recordó otras violencias sin difusión que se daban dentro de Nueva York, como si nada. De verdad, el chico tenía buena información y al irme le pregunté por la estación Scarborough, me indicó en detalle y ya en la calle descubrí en mi abrigo "mañana es el último día". Como era letra femenina pensé en una mujer que disimulara en una mesa del bar y seguí mi camino.

Hoy no acomodé la habitación ni lavé la taza de café. Scarborough queda a quince estaciones de Grand Central por la ribera derecha del Hudson, un río siempre cercano adonde uno vaya. Compré sólo un boleto de ida, llevo todos mis dólares encima y me distrae una hembra rubia mirando por la ventanilla; es quien me tropezara en el museo pero eso ya no me inquieta. Llegando a Ludlow el sol es un globo violeta contra los edificios de ladrillos ocres, - tal vez extrañaré ese sol- y por ahí me reitero que New York finge acceder a su invitado. Tanta diferencia aparenta ser un definido mosaico pero al fin blancos aquí y verdes en el próximo cuadrito; Up and Down; un collar feticheando en el pescuezo de una trepadora y los Homeless miserables sumando umbrales a cada minuto. Esta ciudad es un diálogo de lenguaje mezclado sobre la igualdad y otras utopías tan fugaces como la dicha; sin ninguna relación sonreí por las feministas y que San Pablo les ordenó no hablar en la iglesia y que si algo deseaban saber deberían preguntarle al marido...

La mujer rubia cambió su lugar y ahora la presiento detrás de mí, mirando el río. La luz inflamaba cada tono del día, la guardatren anunció Scarborough, entonces lamenté la premura del viaje y recién al detenernos dejé mi asiento. Algunas personas dormitaban en el vagón, vi alejarse a la pasajera rubia y me agradó el aire frío al caminar hasta una valla metálica, frente a las colinas deshabitadas. En esa soledad se oía el chapotear del río y a un pájaro renegrido flirteando con el viento; ya llegarían quienes me llamaron.

Al aparecer el auto por un sendero entre árboles altísimos más bien imaginé el ruido del motor y a la mujer sentada a la derecha de quien conduce. Para que todas pudieran verla solté al aire la hoja que escribiera la noche pasada, sabiendo que la mayoría de la mujeres despreciarían esa representación. Me afirmo en mis zapatos; tengo mucho miedo pero me protege cierta calidez porque mi vida ha valido la pena. Aflojo mis manos a cada lado cuando el auto frena a un metro y una mujer me apunta sin mirarme los ojos. Espero que dispare.

………………………………………………………………………………

DOS

Nosotras no queríamos discutir con ese hombre pero usamos el lenguaje que cualquier latino entiende; primero le mostramos un arma, luego le dimos unos dólares y lo mismo él prosiguió preocupado por nuestras miradas y dijo algo del pasado que nos tocó vivir a las mujeres. ¿Por qué se esmeran los tipos con asuntos que no le conciernen?- nos preguntamos y decidimos controlarlo más de cerca. Al principio hicimos que sólo nos intuyera, una vez una de nosotras le habló en un autobús y él descendió sin contestarnos; al fin no creímos más en su ingenuidad y que el tipo nos aventajaba en alguna jugada. Aunque por supuesto, nosotras como grupo tenemos reglas precisas y no existen espionajes que valgan en nuestra contra; la rubia tonta y despistada es un fraude cinematográfico y nuestra actitud actual es bien seria. No queremos saber si en el Antiguo Testamento somos impuras, el nombre del Papa que nos prohibió subir a los altares y las atrocidades del clero musulmán en nuestra contra. Por ahora no discutiremos ni un renglón de todo eso pero vamos en camino… Y por eso nos molestó tanto que el hombre de Nueva York nos subestimara cuando en una cafetería de la Tercera Avenida la mesera le preguntó qué escribía.

- Nada – le dijo cerrando un anotador y al irse la miró en los ojos para decirle ‘sos muy hermosa’, una verdadera pendejada.

Pero al mudarse al Village el mismo nos facilitó su seguimiento. Además de husmear por los museos nunca se alejaba del barrio y podíamos olvidarlo; en su edificio vivía una señora mayor, una italiana amiga nuestra… Por ese barrio todo resulta normal: cabezas afeitadas, pelos pintados de verde, abundan podridos homosexuales embutidos en calzas de cuero brilloso y un gentío con desgano por la vida. Chifladuras sin valor, aunque averiguar nuestra manera de entendernos es algo siniestro y al charlar en una exposición del Soho nos convencimos de que el hombre era un ingenuo. Empecinado en explicar a las mujeres en la historia, - ya dijimos, de eso por ahora ni hablamos- el fulano provocaría un escándalo, y al verlo siempre rodeado de gente nocturna debimos sacarlo de su habitación donde escribía o miraba nevar tras la ventana. Embelesado con la nieve al viento y la música de un saxofonista, en Broadway y la Cuatro le dejamos un aviso en el abrigo y él siguió en lo suyo, sin enterarse. Esa mañana volaba un aire helado y el músico de pelo grasiento sujeto con una cinta tal vez fuera un cómplice; es gente que jamás anda sola. Al día siguiente tampoco llegó a Scarborough y lo vigilamos sabiendo si alguien nos ignora; sin mirarnos deambuló por pintores y sarcófagos viejos en el Metropolitan Museum y si lo rozábamos, componía sus lentes y miraba sin convicción. Ya descontábamos que el tipo pronto iría a Scarborough pero igual dejamos otra nota en su bolsa de compras.

El domingo él no ordenó su ropa ni enjuagó la taza de café. Viajó en el tren atento a los edificios al borde del río Hudson con el gesto indolente de quien repite un trayecto, y al sentarnos detrás suyo pretendió releer su último escrito. Dejó su asiento recién cuando el tren se detuvo y sin apuro caminó hacia la ruta; el silencio era definitivo, divisó nuestro auto en la curva de la arboleda alta y dejó caer la hoja de papel. Se contuvo un instante antes de volver a levantarla y al fin se afirmó con las piernas abiertas; al verlo bien de cerca nos pareció de más edad y esquivamos mirarlo en los ojos.

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TRES

El hombre había llegado de un país lejano, al sur del mapa, donde anduviera escribiendo y hablando sobre la propiedad de la tierra, la gente pobre y esas otras manías de buscarse problemas. Por cierto, a pesar de vivir cómodo en New York añoraba la resonancia de la pampa inmedible, la majestad de un cóndor en el abra luminosa de la montaña, el paisaje de algún atardecer oloroso de manzanas y los asados con amigos en el antiguo patio de su infancia, en Buenos Aires. De verdad las mujeres de New York creyeron exagerado que él hablara siempre de ellas y hasta mencionara viejos catecismos de la religión para convencerlas de que las defendía, hasta que por ahí descubrieron su interés real: descifrarles el trasfondo de la mirada y su misterio más profundo, un verdadero peligro. ‘No queremos discutir nada’, le impusieron al darle un manojo de dólares y una le apoyó un revólver en el estómago, sonriendo. Sin ningún fervor él prometió guardarse sus escritos y como naturalmente tampoco le creyeron, dispusieron vigilarlo más de cerca todo el día. En su habitación, en el museo, viajando en el subway o tomando sus copas en un bar, al principio el tipo interponía sonrisas y gestos refinados, pero al mudarse al Village las mujeres comprendieron que ya no cambiaría y lo citaron a Scarborough, por la línea Hudson. El personaje un tiempo se demoró por Manhattan con músicos solitarios, husmeando librerías, viendo farolear los contraluces de la nieve y oyendo a los puntuales alumnos del Music School al despertarlo, igual que los zorzales de cuando adolescente. Hasta que una mañana sin acomodar su cuarto compró un boleto a Scarborough, subió al tren donde viajaba poca gente cuando mas allá de las vías el sol deslucía los vecindarios y él viajó repasando algún pensamiento melancólico. Presentía que detrás suyo alguien iría contemplando el río, por momentos pensó que el tren corría impiadosamente y entrando a Scarborough releyó la página que escribiera la noche anterior. Después anduvo sin apremio hacia una valla metálica, se sentó a esperar y al divisar el auto que vendría por él, soltó el escrito contra el viento que sometía la voz de los pescadores y el revoloteo de algún pajarraco negro. La mujer que manejaba lo conocería del bar o de una galería en el Soho, su acompañante le disparó al centro del pecho, enseguida levantó la página que remecía el aire y al leerla celebró haber ajusticiado a un espía.

"Al margen de todos los idiomas las mujeres se comunican siempre. En un fugaz parpadeo suelen cruzarse tormentas y palomas, agredirse, confabularse, y en un parpadeo sólo perceptible por ellas se dicen el mensaje más temible. ‘Ese hombre que te acompaña es el marido de tu mejor amiga’, requiere un preciso entrecerrar de ojos que nadie advierte; y en las reuniones elegantes, se cambian miradas de calificar a los hombres del entorno y además afirmarse ‘no discutamos chicas, que vamos ganando’. Más otros códigos insondables de esta triunfal especie".

Poema deslucido por el tiempo

Pero no basta ser valiente para
aprender el arte del olvido

Jorge Luis Borges.


En el club Premier; una casa con zaguán, bar y cancha de basket al aire libre, los sábados del verano reaparecían las "Reuniones Danzantes con Selectas Grabaciones", en competencia las habituales confiterias del centro despobladas por el calor. Los hombres agrupados en el medio daban un espacio libre para el baile y las mujeres alrededor también charlaban entre ellas, fingiendo indiferencia hasta engancharse a otra mirada. A medianoche estaría acabado si ahí se llegaba a bailar, a entibiarse en otro cuerpo creyendo enamorarse un rato y para otros posibles azares. Una noche, de un tumulto salió un muchacho delgado sosteniendo un diente y un hilito de sangre sobre el labio; incidente esperable y como el asunto seguiría en la calle, la música sonó unos segundos más fuerte y nada más. Terminado el baile, desde el zaguán alguien gritó ‘busco a uno de corbata verde’ y el requerido empezó a quitarse el saco. En el empedrado de la calle Campichuelo lo aguardaba un morocho musculoso pecho al aire y zapatillas de goma, y se arremetieron sin protocolo. La pelea duró apenas el tiempo de resonar la justeza de tres golpes seguidos y ahí culminó su diversión el grandote tumbado en la vereda, en tanto el comedido defensor se iba con quien perdiera el diente.

Fotograma válido para ilustrar cierta épica borgeana del coraje, pero esta vez el relator elige la escena de irse caminando con una chiquilina recordable por siempre y aquello imbatible para el olvido. El límpido cielo deshecho en constelaciones, la piel dorada de la muchacha y el prometerse sin decir cuánto se amarían más tarde. Cuando al irse abrazados en el parque acaso deliberadamente oscuro; y protegiendo la noche ya lejano se oía algún íntimo tango. Esa música corpórea, sí, que se adueña además de nuestro cuerpo, ese mismo y tan solo que forcejea contra un reloj de implacable desgarro. Acaso las luces temblaran levemente en el instante exacto de juntarse y sobre ellos, gobernando la noche y su penumbra, aquella música visceral que jamás perdona y siempre nos alcanza, perpetuando en la sangre la magia del momento irrepetible. J.D.

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- Jorge, escribiste algo genial pero ni me nombraste – al día siguiente el relator oyó una voz de mujer.

- ¿Quién habla?

- Claudia. Dijiste que nos fuimos caminando pero olvidaste que casi pierdo mi blusa en el Parque Rivadavia. ¿No te acordás?

- ¿Claudia?. ¿Cómo me llamaste? Jamás supe de tu vida.

- Yo soy más agradecida y sé mucho de tu existencia, te aseguro.

- Pasaron muchas cosas. Clau, hermosa, ¡qué ocurrencia!

- No me repitas Clau hermosa que me harías llorar… Al leer imaginaba tu voz y me emocioné. Sabía que habías vuelto de Europa.

- Hace rato, sí. ¿Cómo conseguiste mi teléfono, tanto tiempo?

- Lo averigüé en el diario, fue fácil. Hubo cosas que supe de vos y un día te explico.

- Sí, tomemos un café un tarde de estas y me contás. .

- Por ejemplo, cómo encontré un libro donde había un poema alucinante, hecho para mí. Salvo que lo escribieras para otra. Y ya te dije, si algo tuyo leo escucho tu voz. ¡Qué tonta!

- Sí, eso suele ocurrir... Ese libro lo editaron en España y si compraste un ejemplar te felicito.

- Para mí es una reliquia. Jorge, pasaron tantos años de conocernos y tanto me acuerdo. Esa noche yo te invité al Premier porque mi tía Olga vivía cerca, en febrero, yo cumpliría dieciocho en marzo y vos veintitres en octubre. ¿Más datos?

- No, es suficiente; ¿éramos tan chicos? Seguirás tan linda, seguro.

- Vos tenías una mujer española muy bonita. ¿Siempre casado?

- No. Viví por ahí unos doce años y hoy sobrevivo como puedo. ¿Sabías eso?

- Jorgito, no te agrandes pero con vos viví algo inolvidable. La otra vez te vi en un programa de televisión; las canas y los anteojos te quedan regio; y al ver hoy lo del diario me animé a llamarte.

- Sí, había escrito algo sobre la guerra en Medio Oriente y me invitaron a la televisión. ¿Estás casada?

- Sí, muy casada, dos hijos. Hermosos. La mayor estudia diplomacia y vive en Nueva York; el menor de veinte juega al rugby y quiere ser político, igual al padre... Ahora te hablo del teléfono de una amiga.

- Me imagino. ¡Qué lindo, Clau! Ni me acuerdo cómo nos separamos.

- Por supuesto, es mejor cortar la parte agria. Nos separamos como algo natural, sin discutir, yo dejé la facultad, vos te fuiste a Rosario...

- Ah, sí, al Litoral de Rosario.

- ... y un día entendí que a Jorge, el divino ese que pretendía cambiar el mundo, no lo vería más. Después sucedieron muchas cosas tristes, un día te cuento, hasta que una vez conseguí tu libro. "Llegabas al decaer la tarde entre fusilaciones de faroles y sombra, y tu piel era un cobre temperado de enero"; lo digo en voz alta porque ese renglón es solamente mío.

- ¿Lo descubriste? - preguntó Jorge, pensando que si una palabra pierde su misterio deja de ser, pero si Claudia seguía con el poema era mejor apartar a la literatura. .

- ..."el amor entre verdes paredes de soledad apurada y un cigarrillo lento iluminando a tu vestido blanco allí, sobre una silla". Jorgito, ahí apenas falta la dirección del viejo Silvio. ¿Se habrá muerto, no?

- ¡El viejo Silvio! Nos dejaba el bulín y se iba dos horas al bar pidiendo que no le rompiéramos la cama.

- No me hagas reír. Era un tipo muy divertido y nos cobraba casi nada. Fue el primer hombre grande que escuché opinar a favor del aborto.

- Sí, era de avanzada. ¿Te acordás?

- Por supuesto, Jorgito, de no podría olvidarme nunca…¿Y cuando le perdimos la llave?

- Es cierto, la llave; ni me acordaba. Claudia, guardo mucho borroneado, arraigos, paisajes, los rostros de la gente. Uno pertenece a un sitio y aunque se disfrace de universal, la tristeza nos devora el alma. Somos de un lugar, un origen… Bueno, ¿y qué pasó en tu simpática vida, Clau?

- ¡Qué bajón, Jorgito! ¿Mi vida? Bueno, creo que es común pero siempre supe de vos, eso sí.

- Clau, ¿sos la novia de James Bond?

- No seas antiguo, ese ya fue. Pero yo conocí algunos episodios; vos te fuiste en el ’75 y aunque hoy es difícil explicar cuánto pasó, lo entenderías.

- Me fui un día de golpe y sin preparativos, vida o muerte ¿Te enteraste?

- Tres días antes ni vos mismo pensabas irte. En agosto del ‘75 te llevaron en una avioneta desde Don Torcuato al Uruguay y ahí te perdí el rastro. Al tiempo conseguí tu libro y volviste a mi lado.

- Hablemos en serio Claudia, ¿quién te informó de todo eso?

- Te lo cuento y no te enojes; una mañana te habló una mujer en la calle Florida. Al principio vos pensaste ‘me levanté una mina’ pero ella te nombró en una lista de gente buscada y casi te morís del susto. ¿Sí?

- De eso no me olvidaré en mi puta vida. ¿Vos la conocías?

- Sí pero no interesa. Te mostró fotos entrando a tu casa, charlando en un bar con alguien muy comprometido y ahí le creíste. ¿Fue así?

- La madre que me parió. ¿Y vos qué tocabas en esa murga?

- Yo nada, pero tu nombre en esa lista tan fea lo escuché en mi casa.

- ¿En tu casa? Estoy veterano para el suspenso, Clau. Seguí.

- Tranquilo Jorge; al fin todo eso está olvidado.

- Se olvidaron los demás, yo no. Claudia, escucharte es magnífico aunque el enigma me hincha las bolas. Yo debí escapar de los criminales de siempre que ahora mismo siguen oyendo mi teléfono. ¿Lo sabés?

- No seas tonto y hablemos sin problema. Una noche en mi casa te nombraron a vos y al diario donde trabajabas. Me preocupé y al rato recurrí a esa mujer que conociste; ella pesaba mucho entre esa gente que dijiste. Así que se encargó en persona y bien pronto estabas en el Uruguay, al verme me felicitó porque eras muy simpático y secreto de mujeres, hasta bromeamos que sacarte de Buenos Aires era una pena. ¿Me escuchás?

- Sí Clau, y me duele el estómago.

- Jorgito, no seas amargo, esa historia ya pasó.

- Las bolas pasó. ¿ Vos vivías con uno de esos tipos, nena?

- No seas malo, Jorge. Mi marido es una buena persona. Lo conocí ni bien me separé de vos y cuando nos encontremos te cuento más.

....

La vieja amargura aborda también los renglones más queridos: "yo te amaba y me amabas entre verdes paredes de soledad apurada. Todo era azul, rebelde, milagrero, el grito era inmediato y veinte años. Mi amor, cuánto te amaba".

....

Hola Jorge, hablame... ¡Qué pendejo! Me cortó.

Pregunta sin olvidar tu nombre

De ella sólo devolvieron su nombre en una lista, y desde conocernos en un curso por los años setenta bien ha pasado el tiempo. Cuando decir ‘compromiso’ en un Buenos Aires regido por sotanas, uniformes y absurdo era una palabra vaga, si además de turistas acechando a pura foto algún espectro tanguero del ‘caminito que el tiempo ha borrado’, por la Boca se lucían unos tipos sombríos de lentes oscuros y pelo recortado. Seguramente en la charla inicial habremos dicho que compartiendo una lectura cualquier texto se comprende mejor, y al repasar los renglones de un relato temerario me crucé con sus ojos. Luego quizá cambiamos alguna frase reiterada, pensamos otro título que mejorara su "Cuando el amor tiene algo de tristeza" y nada más, si tres días después ya el paraíso con manzanas y serpientes nos inquietaría y al despedirnos, su imbatible mirada me dictó que nuestras ganas no tendrían retorno. Y cuando el sol recalentaba a un lanchón del Riachuelo, postal viajera tras la ventana de un bar, su aliento se contuvo al aceptar ‘no debimos esperarnos tanto’, nostalgia de un beso con temblor de labios y momento al que no llega ni un retazo de olvido.

Después, muy poco habremos dicho de mi vida y su vida y con mucho de fetiche novelero nos sometimos a un asedio adolescente, fulgor de pieles incendiadas en insomnes encuentros y el chasquido del río custodiando el desvelo. Creímos reinventar otra manera del amor convocando a dioses y demonios contra tantas horas oscuras y estaciones vacías que nos deja la vida, pero desnudarse de penas en el cuerpo del otro y endulzar las heridas por amores perdidos, nos negaba saber que seríamos siempre una búsqueda apenas. Desoímos que el tiempo es una sombra astuta que no transige nunca y cada separación desvanecía en espejos de maltrecho azogue, apagado reflejo de atenuarnos la pena de tanta propia soledad. Sí, es verdad, cualquiera menos prejuicioso escribiría sin miedo ‘fue un amor imposible’, pero llegó cautelosa esa tarde de oír con indiferencia la lluvia fuera de la habitación, y de besarnos sin humedad en la boca con cierto gusto de tristeza. Era el fin de remendarnos las alas cada uno y también la hora de volver a casa…

¿Dónde estarás amor que han devuelto tu nombre, tan breve al murmurarlo? ¿A quién llamó tu voz cuando te arrastraron hacia un auto gris y la gente siguiendo por la calle, temerosa y callada? ¿Qué bestia hoy fugitiva fue la primera en montarse a tu cuerpo? ¿Aún tu aliento vuela por el aire crispado de una cárcel muy lejos? ¿Siguen siendo tus ojos grises míos absortos y redondos dos faroles rebelados al mundo, y tu piel aún sostiene el temblor de mis manos recorriéndola toda..?

Aunque al fin, el instante vergüenza de tu muerte es una sola pregunta interminable.

Champán en Recoleta

En la redacción González le dio al muchacho un pequeño grabador con ‘saludos para don Antonio y que te hable del velorio de Perón’.

Debían encontrarse a las cinco en una confitería de avenida Libertador, y al entrar un mozo lo desaprobó de un vistazo al tiempo que. alguien de espaldas a la ventana le hacía una seña.

- Sentate pibe. González me avisó que recién empezaste a trabajar. Hablemos tranquilos y a ese que atiende no le des bola, es un rufián.

Sonrieron por la actitud del mozo y se acomodaron. Desde su lugar el reportero apreciaría todo mejor y don Antonio lo invitó a una copa de champán, ‘francés, muy bueno’. El que los atendía recibió el pedido, observó el grabador y al punto mejoró el trato. Don Antonio empezó diciendo que por esos días cumpliría ochenta años, que llevaba bien la edad y desde ser elegido diputado en 1952 ‘me doy los gustos’. Y del primer sorbo del ‘muy buen champán frances, pibe’, a charlar de Perón.

- Yo lo visité varias veces en Puerta de Hierro y al margen de cualquier negocio, fueron momentos agradables. El General era un campechano divertido, sin grandes misterios, y nos entendíamos fenómeno.

Al rato ya don Antonio recordaba sus paseos a España y el muchacho se distrajo mirando a una pareja en el fondo, sin hablarse. Al volver su entrevistado llegaba al lunes primero de julio del ’74 al Ministerio del Interior, ‘mi función era asesor de nada, con una secretaria de veinticinco, minifalda y botas a media pierna’. Pareció advertir el exceso y rebobinaron. Una mujer se sentó a dos mesas de ellos mirando la calle y acomodó una bolsa de tienda famosa sobre una silla. El hombre de la pareja más alejada parecía hablar en secreto con el mozo, inclinado para escucharlo, y don Antonio le pidió con los ojos controlar el grabador. Borraron lo de su secretaria y volvieron a esa tarde de julio del ’74, cuando irían con la chica a su departamento ‘pero al mediodía murió el Teniente General Juan Domingo Perón, Presidente Constitucional de la República Argentina y todo cambó’. Por ahí se dieron un trago, el viejo dijo ‘aquella muerte llenaría cada palabra y cada silencio y agregó un renglón del tumulto en los pasillos hasta irse con la chica del Ministerio. Como al descuido ponderó el champán y retomaron ya rodeados de un gentío sin sonrisas al Congreso donde fuera el velatorio. El muchacho pensó haber nacido tres años después de esa historia, en absoluto le interesaba ‘para un peronista nada mejor que otro peronista, los soldados de Perón o ni yankis ni marxistas’. Y disimulaba por don Antonio ya avivado de su aburrimiento...

- Pibe, como cualquier velatorio ese también fue improvisado – removió la botella en el balde-. Todo el barrio de San Nicolás olía a flores, se amontonaron parvas de coronas en la vereda y la gente sin moverse de ahí. Eso sí, la gente humilde, la única verdad...

En doble escena, al ver llegar su pedido la mujer de la otra mesa abrió más el envase de papel y don Antonio se distrajo en acomodarse los anteojos. Afuera era la hora azul de la ciudad, el momento previo al anochecer cuando sombras y contraluces disponen el final del día. Un auto ensayó sus focos sobre la avenida Libertador y al servirle el té a la mujer sola, el mozo dejó caer algo en la bolsa tan ágil que ni exigió disimulo. Y don Antonio, sin rendirse, ajustaba su voz aguda y casi carnavalesca al grabador del reportero, amigo de González.

- Al otro día, el 2 de julio de 1974, la policía controló el entusiasmo peronista. ‘Queremos ver a Perón, vinimos a saludar al General’, - y tras un respiro don Antonio recitó que entre aquello a ratos trivial, él descubrió a cuatro mujeres verdaderas, desgastadas, que sin ninguna pose se protegían del agua contra la Confitería del Molino, mascando unos cachos de tortilla y milanesa.

- La gente humilde, la mejor – y volvió a remover la botella. Al muchacho lo distrajo un patrullero policial detenido afuera y no atendió ‘tanta liturgia de reclamar a Perón es un engendro de emoción y desorden de la multitud, el eterno aglutinante del peronismo’.

El viejo mismo acusó tanto su frase que casi la repite pero volvió a recordar que la tarde de morir Perón su colaboradora, sin botas ni minifalda, le mojara el pecho con una lágrima. ‘La vida es así’, le dijo él y ella lloriqueó sentirse triste por su madre, ‘que amaba tanto al General’.

- Bueno, luego vemos y borramos – se advirtieron. Cerca del mostrador un tipo de civil bajado del patrullero charlaba con quien atendía la caja. Queriendo simpatizar el muchacho murmuró ‘murió el General Juan Domingo Perón y el duelo nacional entró en la habitación’, pero una mirada del viejo le desconectó la ironía y derivó a su amistad con González.

- Sí, tu jefe siempre me carga porque los políticos populares vivimos en este barrio, - y prosiguió ‘si después de todo, por no traicionar los códigos de la corporación militar, a Perón le dieron los sueldos atrasados y sus honores de Teniente General de la Nación’. Y sumó otra primicia: ‘se dijo que el Poder nunca tuvo un Líder de los Trabajadores más obediente que Perón. Una infamia, ¿no te parece’?

Preocupado por el movimiento en la confitería el muchacho registraba muy poco, así que don Antonio tomó aire para que el cajón con su líder llegara al Congreso y ‘ahí el gentío recargó su pena honda. Los humildes siempre sintieron que Perón jamás los traicionó y en la historia quedará esa verdad, ninguna otra; él convenció de su amor a los eternos inocentes, a las mejores personas que se empaparon en la calle mientras alrededor del cajón disputaban una foto los rostros entrenados para apresar el consagratorio enfoque: señores televidentes, aquí el dirigente del movimiento político más grande de América Latina, fulano de tal’.

Al reacomodarse en la silla el viejo sintió la inutilidad de hablarle ese muchacho que al morir Perón no había nacido, y no le cabía su parlamento contra los ‘encaramados al movimiento peronista después de octubre del ’45, y que a pura asistencia a los actos lograron fama; profesionales en aplaudir al Jefe, mascarones de numerar asambleas vivando y aullando la marcha partidaria ‘combatiendo al capital’ sin entender ni representar a nadie. Secuaces más que compañeros de otros grotescos de rostros recauchutados que pelearon cada lugar cercano al muerto tras algo de prestigio gratis. Herederos atorrantes, aliados a los esclavistas y chorros vecinos de este barrio que negociaron hasta el subsuelo endilgando a Perón un enigma en cada palabra’.

En la mesa cercana, los de la pareja sin palabras ni siquiera habían probado el té, el mozo reapareció a cobrarles, el tipo de bigotes se despidió riendo y el patrullero salió de escena. El viejo don Antonio repitió ‘gente humilde’ y se dio un trago.

- Pibe, atención al grabador y no jodas que aquí también el negocio cocainero es oficial.

Suficiente; y al ver la botella vacía don Antonio arremetió con un fragmento que González, el jefe del muchacho, conocería de memoria. Aquel de cuando sin gritar la vida por Perón él atropelló al mismo Ministro de la Brujería, el López Rega que siendo mucamo tantos cafés le sirviera en Madrid. Ni ese personaje se animó a cortarle el paso cuando él, don Antonio, entró a despedirse de Perón, ‘ya sin sonrisa grandota ni voz grave de puro muerto bien muerto que yacía el tipo, lo miré tres segundos, chau jefe, y salí entre unos siniestros monigotes que dos semanas después, no más, revolcaron las banderas en la mierda y la sangre humilde de quienes bajo la lluvia, lejos del sarcófago, lloraban de verdad. Tantos infelices masacrados ni bien al General le endosaron ideas que no pronunciaba ni de entrecasa’...

El viejo miró un par de veces de reojo y cortó la grabación.

- Acompañame a tomar otra botella, pibe, que pronto cumpliré ochenta. – y al rato calculaban el costo de cada trago de champán, al brindar por los humildes en Recoleta.

Días como ese del '45, no se repiten

Vea señor, hablemos sin apuro porque si trajinamos mal estos asuntos de la historia que cada vez inquietan menos, la memoria se amotina, pierde el rumbo y se convierte en intrusa de uno mismo. Y en los renglones que puedo contarle del 17 de octubre de 1945, no muchos, mi viejo manejaba un ómnibus que iba del parque de Lomas al Dock Sur, ‘el amarillo’, y ese mediodía se volvió a casa porque frente al frigorífico Anglo algunos matarifes que dejaban el trabajo le mostraron una cuchilla, ‘largá hermano que hoy no trabaja nadie’ y eso le bastó. Así que fuera del recorrido llegó temprano para sentarse en el patiecito a tomar mate y por costumbre, a discutir con mi vieja. Vivíamos al lado de un tal don Justo, un morocho gigante con quien al rato salimos hasta la avenida Pavón a ver al gentío yendo a Plaza de Mayo que decía la radio. Los acompañé saltando contento entre los dos; iban charlando, se convidaron cigarrillos y por ahí seis o siete muchachos saliendo de una fábrica de cacerolas, con las caras oscuras por el esmeril del aluminio, se treparon a un camión de mudanza donde venían otros gritando algo que no recuerdo. Por la avenida Pavón, empedrada y con un cantero al medio por donde iban los tranvías, los dos saludaron sonriendo ‘bien muchachos’ a unos de un local del Partido Laborista, ahí charlaron un rato y luego supe que ese comité era de un tal Raúl Pedrera que después sería diputado o algo así. No serían las cinco de la tarde, desde el mediodía la muchedumbre iba en aumento a la Plaza de Mayo, por ahí vimos pasar a unos de la Cristalería con un cartel de madera y también a los dueños de la carpintería Suárez cerrar el portón para irse con sus obreros. Claro, le hablo de una zona nutrida de talleres chicos, sin patrones millonarios, precisamente, y que muchos por olfato productivo se unieron a la manifestación supimos poco, como que Perón ese día ya no estaba preso en Martín García sino en el Hospital Militar de Luis María Campos. ‘La detención del coronel era un asunto del ejército, ustedes vayan tranquilos’, les dijeron ahí a unos dirigentes improvisados que fueron a buscarlo cuando ya en la plaza la manifestación era cada hora más intranquila y densa. No digamos que había millones, usted sabe, pero esa multitud a medianoche ya había enronquecido de tanto gritar y cuando el coronel Perón salió al balcón de la Casa Rosada ‘y levantó los brazos para agarrarse del Poder hasta su muerte’, - todavía repiten algunos- todos los laburantes sintieron un íntimo cambio. Y me animaría a decirle, una transformación acaso misteriosa, si gritar ‘perón perón’ al menos les daba un honroso empate ante los oligarcas; y aunque nadie definió al 17 de octubre de 1945 como una liberación psicológica del obrero ante el patrón, los del Poder sintieron que la cosa pasaba por ahí y fueron tomando nota. Así que luciendo su buen oficio, después de unos días ‘los oligarcas’ se fueron acomodando de a poco y al tiempo transaban sin escándalo con los sindicatos millonarios y otras cosas menos heroicas... Bueno, le digo, frente al puente de Escalada mi viejo y don Justo, que también era medio radical, se despidieron entusiasmados y nos volvimos caminando junto al gordo Menéndez, el de la gomería, que esa tarde no abrió su ‘recauchutaje y vulcanizado’ y supongo que con mi viejo charlaron de la escasez de cubiertas importadas y otros repuestos para los colectivos. No sé, pero al quedarme en la esquina de casa con los demás pibes escuché ‘cuando oscurece, entrá’ y como yo era muy pibe de aquel día no guardo otros datos; pero igual se me ocurre que por la voz grave del General que esa noche muy tarde transmitió la radio, al otro día en todas partes se nombraba a Perón cada tres palabras y los nombres de los otros personajes del 17 de octubre pronto se diluyeron. La gente que no quería de uniforme ni a los guardas de tren no estaba de acuerdo, por supuesto, pero desde esa tarde ya nadie negaría la llegada del peronismo y menos cuando a fin de año regalaron pan dulce y sidra en el Correo, y muchos cobraron como adicional su primer aguinaldo. Y vea usted, quizá de tanta humildad en mi barrio algunos despreciaron que Luisito, un peón ferroviario hijo de Anita la lavandera, se comprara dos trajes nuevos en lo de Beltrán, uno marrón y otro azul, y ni bien llegó el sábado el loco se calzó un sombrero tipo Gardel y se paró en la esquina un rato con cada pilcha nueva. ‘Para desafiar’ dijeron dos o tres atrasadores de la historia y vaya uno a saber qué pensaría Lusito; es que por una enigmática condición que traemos de nacimiento, conciliar nuestras discordias nos lleva temporadas. Quizá porque nombramos de modo equivocado las cosas y cualquier torturador o genocida siempre se anima a gritar que es un perseguido político, o desmemorias así que descalifican a todos.

Y le agrego algo más, me acuerdo que de las primeras en quejarse contra Perón fue mi vieja al enterarse que ‘ese gordo Menéndez, un alcahuete del caudillo Barceló’, como buen conservador en pocos meses abrió en la misma gomería una Unidad Básica Peronista hasta conseguir un cargo, y al poco tiempo andaba en un Chevrolet último modelo libre de impuestos. De eso se hablaba por lo bajo, como decir que la ‘justicia social’ no era repartir algunas máquinas de coser o pelotas de fútbol en los barrios apartados, y en voz más alta se decía que ese privilegio de importar autos lo manejaba Juan Duarte, el hermano de Evita, un seductor conocido por curtir amores con las actrices más bonitas y eso sí, de aparecer o fotografiarse poco en las revistas por respeto a Perón. Aunque al morir su hermana Eva en el año ’52, el galán cayó en desgracia y lo suicidaron mientras escribía una carta que terminaba "perdón por la letra, perdón por todo". Usted imagine, se rieron hasta los peronistas; si ya le endilgaban a Perón mantener cerca suyo a fulanos más ladrones que su cuñado Juancito, aquello del ‘perdón’ era una flor de gilada. Y usted perdone, algo parecido y tan inverosímil como pretender ordenar con fecha de hoy escenas fugaces o fotogramas que tienen más de sesenta años, por más que un día como aquel de octubre no se repite mucho.

Secretos son los secretos

- Si uno está tranquilo, simula mostrar algo y el otro entrega todo - en una ráfaga recordó Raúl Villalba aquello que le repitiera José Luis cuando entraban al banco, hacía apenas un rato. Entonces, sin saber porqué, Raúl se lo reiteró a don Tosi, el cura del Sagrado Corazón, que lo escuchaba sin asombro y apenas le comentó ‘de haber sabido que Joselí te llevaría en ese negocio, yo habría dicho que no’. Y para atenuar le sonrió ‘así que a vos, Raulito, el precepto No Robarás te alcanzó hasta enredarte con José Luis y la abogada, ¿Cuánto te ofrecieron’?

- Cinco mil. Era fácil, don Tosi, y ellos necesitaban uno de confianza – y agregó que a la abogada él la conocía y ante la escasez de guita que estaba padeciendo, no tuvo más remedio. Pero al padre Tosi le detalló la manera de entrar al banco con José Luis, cómo el custodio les sonrió livianito y siguió leyendo el diario deportivo mientras ellos se mandaron al despacho del gerente.

- El señor Gerente no los puede atender – pretendió la secretaria pero José Luis apenas le insinuó un arma y la apretó en voz baja. Todo lo demás fue rápido porque ya sabían a qué hora iría doña Irene y su marido a depositar el Plazo Fijo, ciento sesenta mil dólares, y en tres minutos salieron. En la vereda José Luis le dio el portafolio, ‘sentate atrás y dejá esto en el piso’, y sin comentarios viajaron en el auto de la abogada Martina hasta llegar frente a la iglesia. Eran las once y diez de la mañana, ahí la mujer dispuso ‘bajá aquí y en un rato nos vemos’, y ni bien él pisó la vereda ella aceleró el Renault color gris.

El cura Tosi movió la cabeza sin ganas, ‘mirá vos, Raulito. Y yo pensé que me traías un regalo para la parroquia’, al tiempo que rebuscaba su teléfono celular de un bolsillo.

- Tal vez reaparecen en un rato – dijo Raúl y el cura, ocupado en marcar un número, pareció no escucharlo mientras él recorría el anecdotario de cuando José Luis solía putearlo y el cura lo perseguía sujetándose los huevos encima de la sotana, ‘te voy a matar, guacho de mierda. Eticum correlatium’. De verdad, don Tosi gastaba poco el latín y sabía imposible catequizar a ese turro perpetuo, hijo de padre desconocido.

- ¿ Y cuándo vino el Obispo y él escribió ‘al cura debemos llamarlo Padre, menos los hijos que lo llamamos Tío’? ¿No se acuerda? Pero usted a Joselí lo prefería, don Tosi, no lo niegue – sonrió Raúl y el otro seguía queriendo comunicarse con alguien. Al fin pareció lograrlo y guardó el teléfono, recitó ‘servir a Dios nos exige pruebas’ y salió hacia la cocina murmurando hacer un par de sanguches, dejando que Raúl se demorara viendo el patio de cuando chico; baldosas cambiadas de color, el recuadro donde José Luis desafiaba a pelear a cualquiera, los arcos del fulbito que ahora eran tres caños pintados de blanco y el resto, desmemoria y ausencia sin retorno.

- Sí Raulito, la vergüenza pasada es muy jodida y nos castiga el doble – no habrían pasado quince minutos y don Tosi entró distendido con un plato que apoyó sobre la mesa y una botella de vino.

- Sí, me acuerdo padre. Y también que usted nos recitaba ‘si el suicidio no es un crimen al menos es una exageración’- . Entonces sonrieron los dos y atacaron los sanguches de milanesa.

- Comé. ¿Así que la doctora prometió venir a buscarte? Está buena la morocha, ¿no Raulito?

Sí, la doctora Martina, una campeona; pero al irse con José Luis no mencionó cuando volverían. Raúl la conocía de la Facultad, ella le llevaba unos años y al diplomarse festejaron tomando whisky en un bar de Palermo. Bien recordaba que había terminado de llover y al rozarle una mano ella le sonrió sin dejarle la mirada, sugiriendo ‘si no fueras tan pendejo hoy dormías en mi casa’. Y lo mismo que un rato antes, ni volvió la cabeza al irse; por eso, reencontrarla al tiempo viviendo con José Luis…

- Y sí Raulito, al fracaso hay que ponerle fantasía. ¡No sabés cuánto me dolieron a mí los abandonos! – ya iban por dos vasos de vino y el cura Tosi movía conflictos de confesionario.

- Sí Padre, sus desboles con las minas eran famosos – y al distraerlo un antiguo reflejo del patio, oyó la pregunta seca de don Tosi. ‘¿Cuánto me dijiste, Raulito?. Eran más de ciento cincuenta, ¿no?’.

- Sí, ciento sesenta mil. Entramos, ahí el gerente, doña Irene con su marido y sin que Joseli insinuara nada, la mujer dijo ‘señor, nos están robando dentro del mismo banco. Usted nos prometió’...

- ¡Ciento sesenta mil dólares! Hijo de puta, aparta de mí ese cáliz.

- … yo guardé la guita y Joseli lo apuró al gerente ‘gil, sellá el comprobante así paga el seguro’. Y al rato me dejaron aquí.

- Hicieron bien, sin lastimar a nadie como les pedí. Pero hijo mío, José Luis es un demonio que nos acostó a todos y ya debe andar vía playa de Ipanema, - se incorporó el padre Tosi con toda la bronca. Pero vos andá tranquilo, inocentón, que ni bien sepa algo te llamo.

Por ahí el cura sobreactuó cierta beatitud al empujar a su ex alumno hasta la puerta de calle, y sin acuerdo previo, alguno de los dos habrá dicho ‘señor, hemos cometido pecado de malicia’; que los hizo carcajear hasta ser escuchados en el cielo o sentirse menos idiotas, vaya Dios a saber.

Una hora después, don Tosi recobró su paz al conversar en la sacristía con alguien de su amistad.

- Como pensamos, Tosi, la parejita rajaría a Río en el avión del mediodía. Cuando me llamaste entraban al embarque, media hora antes del vuelo. Me secundó uno del aeropuerto y ni bien les hablé perdieron. Apenas la abogada, - que buena está esa mina, eh Tosi- se envalentonó y el José Luis, que me conoció de entrada, la hizo callar. ‘Venga la guita y vayan rápido que pierden el avión’, les dije y él me sonrió ‘oiga comisario, deme algo para unos días’. Les dejé dos mil; se lo merecían por entender rápido y los entretuve hasta abordar el avión. Se fueron sin llevar ni siquiera un bolso y sabiendo que tendrán la captura si quieren volver. ¿Está bien?

Y al recontar religiosamente los billetes don Tosi y el policía hablaron de los secretos bancarios, de confesión, de sumario y de alcoba; y hasta del porqué menos averigua Dios y perdona.

Cómo enamorar a un Republicano

Todas las personas decentes saben, señorita, cuán difícil es enamorar a un Republicano. Pero siguiendo esta rutina usted puede hacerlo con facilidad y sin complejos terroristas.

Primeramente, no muestre ni diga nada disociador o irreverente a los ‘valores tradicionales’, que un Republicano nunca venera pero exige hacer a los demás. Al opinar de la guerra ‘donde sea pero lejos de casa’, pensará él, diga con rostro neutro ‘muchas veces la guerra es imprescindible. Si no que sería de nosotros’, o algo similar. A todo Republicano la muerte ajena le resuelve sus problemas, no suscribe que la matanza jamás ha terminado y si a usted le resultara inevitable agregar algo más, sería estupendo levantar apenas sus cejas murmurando ‘si todos ambicionan comer y vestirse bien, deben pensar también en la diferencias naturales’. Y ojo, en ese mismo renglón contenga su discurso que siempre desbarranca en el mal reparto de la riqueza, en la igualdad genética de todos los humanos, en maldecir misiles y ojivas nucleares y acabar aplaudiendo "Hitler y Sharón un solo corazón", que luciera una pared de Buenos Aires…

Señorita, sepa que un Republicano repite frases sobre la inseguridad y el fanatismo terrorista como ninguno, y por eso suele refugiarse en barrios exclusivos, con mujeres maquilladas desde el amanecer que nombran a escritores del corazón, modernas playas de veraneo, rincones para esquiar y maestros de tenis o gimnasia que las conocen íntegramente y les prometen que su cuerpo no será una batalla perdida de antemano. Entonces, acepte usted esa utopía televisiva y discipline su piel a la perpetuidad atlética y duradera, que es condición inamovible para vivir entre Republicanos, y no quite seriedad tampoco a lo siguiente: si el Republicano a enamorar es también su empleador, modere su resistencia cuando él la viole en su lugar de trabajo. A ellos semejante aventura les encanta tanto como ser masturbados con mano derecha, y si el asunto es convencional de falda a la cintura y trusa desplazada, no olvide sus finales grititos de placer. Bueno, digamos que eso no engrupe sólo a los Republicanos, pero si obtiene usted un creíble sollozo al exprimirle su teta izquierda, le vale rematar ‘señor, su amor fue honesto y lo sentí en libertad’… (No, ‘libertad’ no, lo inquietaría. Busque otra mejor en el Sopena).

Señorita, al fin de haber comprendido y de ejercer bien este sucinto ayuda memoria, podrá usted hablarle con soltura al Republicano a enamorar y gritarle que no trabajará en su prostíbulo ni de casualidad.

Jueves de junio, y de la bruma a la llovizna

Al mediodía del dieciséis de junio de 1955, la Gómez entró a nuestra oficina gritando 'vamos todos a defender a Perón que los uruguayos están bombardeando la CGT'. Y el minuto siguiente sería imborrable porque la mujer flaca y de pelo desteñido nos arengó cómo resistir la invasión y 'que si no fuera por nosotros esos bosta de paloma se morirían de hambre'. Y antes de repetir 'los gorilas y los uruguayos quieren matar al General' entró uno de sus hermanos y desparejamente la sacó al pasillo.

La Gómez trabajaba en Proveedores y era la hermana más chica de unos mellizos que nacieran con una renguera en diferente pierna. A los ferroviarios de Escalada le sonaban como 'Gómez el Jefe de Pormenores' y el otro 'Gómez el Jefe de Abastecimientos', aunque para 'el resto del mundo' eran Patatín y Patatán. En casa de Patatán funcionaba una Unidad Básica, todos ellos fanáticos de Talleres y de Perón y bromas aparte, buena gente. Así que al irse de nuestra oficina la Gómez tironeada por Patatín, en la oficina de Facturas ordenamos los escritorios y a ver por la ventana el espectáculo de la vía. Ahí la bruma se había hecho llovizna y detrás de los paraísos, - también había un sauce- transcurrían los trenes; al mediodía pasó el Rápido a Mar del Plata, orgullo plateado con vagones de aluminio brillante y los pasajeros tras una vitrina lejana, inalcanzable, si hasta viajaba una azafata que hablaba inglés. De las primeras en atender ese tren fue la señorita Colman, que al cumplir años la trasladaron a nuestra oficina y me enseñó a combinar la ropa; azul y marrón desentonan con verde, y me sonreía 'green with brown is down'. Por eso el señor Amavet y los demás turros me cargaban cuando ella, - 'veterana de reñidas batallas', decía Losada el de Cómputos- me hablaba y yo la atendía con mi mejor manera. A la hora del café ella era la única mujer de fumar en la oficina y si hojeaba una revista se hacía distante, aunque al leerle cuando Victoria, la del Conservatorio, me adelantó el reloj 'y es hora de no vernos más', ella me aseguró 'esa chica tan trivial no es para usted'. La señorita Colman vivía sola con un gato y ajustaba sus lentes al hablarme.

Al fin, ninguno de nosotros fue a Plaza de Mayo, tan lejos, y cuando el señor Albónico enchufó Radio Colonia de Uruguay supimos que los aviones de la Marina al bombardear Plaza de Mayo le habían embocado una bomba a un trolebús. Como ahí viajaban pibes de un colegio nadie le hizo buena cara a la noticia y Reale, - en voz baja, había mujeres- dijo 'la aviación naval es una mierda'. Hubo algo de barullo y hasta el chueco Bonetti que operaba la Burroughs, delantero en El Porvenir y de usar corbatas gruesas encima de la nuez, se quejó 'a mí la política no me da de comer', y reclamó porque el sábado no jugarían con Almagro él se perdería unos pesos. Así que por ahí fuimos descolgando del perchero los sobretodos; nada de nylon impermeable ni colorinche, todavía; y sin apuro ni espamento bajamos la escalinata de mármol y cada cual a su casa. Con el señor Amavet y el grandote Luciani dejamos el veredón de brea hasta la vía y cruzamos charlando a la avenida Pavón por el Caminito del Toro, célebre porque a la noche se llenaba de parejas contra la ligustrina. Delante de nosotros iban los Gómez consolando a la hermana que a pura lágrima amenazaba al que no diera la vida por Perón, y el señor Amavet, que me resultó algo socialista, en confianza me explicó que a Perón cada día le costaba más seguir siendo peronista y ahora el asunto era serio porque la iglesia que fuera su aliada, de pronto lo atacaba porque el gobierno le desobedeció al darle un carnet laboral a las putas y encima aprobó una ley de divorcio. El señor Amavet sonrió al repetirme 'los curas católicos dicen que el gobierno le desobedeció' y también dijo que los empresarios volvían a pelearse con los sindicatos, así 'qué comunidad organizada ni nada'. Por uno momento llovió muy fuerte y además, de esa caminata me quedó 'la interna peronista parece repetir Unitarios y Federales', y hoy creo que habrá guiñado un ojo al pronunciarlo.

El ordenanza Luciani iba con nosotros, miraba al cielo como esperando un eclipse y fuimos demorando el paso; adelante los Gómez chillaban porque en Corpus Christi insultaron a Evita y 'esos chupacirios quemaron una bandera argentina', gritó la hermana que de nuevo se desbocó y los hermanos trataron de calmarla. Al separarnos en la avenida Pavón dejó de llover y el aire parecía más húmedo que nunca; unos muchachos iban vitoreando en un camión y uno muy alegre sobre el techo igual que si fuera al corso, revoleaba un cacho de banana como si empuñara el sable de San Martín. Entonces fue ahí que el grandote Luciani, un tipo de pelearse en la cancha y donde fuera, de pronto sin decir chau cruzó corriendo a su casa y le sumó al 16 de junio de 1955 unos renglones de su propia crónica...

Al oscurecer supimos que a la cinco de la tarde cayó algún otro bombazo en la Casa de Gobierno, que los muertos en Plaza de Mayo eran más de doscientos y que el primer civil, vaya uno a saber, fue un linotipista con delantal azul que cruzaba a la calle Reconquista y lo hicieron cadáver desde el cielo. Al fin, del bombardeo a Plaza de Mayo se nombró a un almirante Toranzo Calderón y a un tal Gargiulo que se metiera un tiro en el mate en el Comando de la Marina; al anochecer se incendiaron dos o tres iglesias nadie supo si a favor o en contra de qué, no me acuerdo si Perón habló por radio y si el viernes trabajamos. Quizá eso no interesara si el sábado ya tuvimos fútbol, entre la gente empezó un disimulo que de tan silencioso agrandaba la inquietud y el chusmerío barrial volvió a sus asuntos. Así que fue impiadoso al comentar cómo el Luciani volvió del trabajo mucho antes y al ver a su mujer apurada en vestirse, le quebró el pescuezo de una piña. Y aunque hoy nadie lo acredite, ese crimen pasional, que así debía nombrarse, repartió culpas entre los bandos y de la inquina vecinal pasó a ser una lepra contagiosa. Sí, la desgracia pudo evitarse si Luciani no hubiera entrado un rato antes a su casa, -¿por culpa de Perón o los gorilas?- y como esa pregunta también se agotó y vuelve en una ráfaga la señorita Colman al conjugarme la palabra 'trivial'. Pero eso no sería memoria sino imaginación, apenas.

Viva Dinamarca

[Fragmento de la novela "De Nuevo Lejos de Uppsala". Ed. Bell, enero del '89.]

- En algún tiempo a ese paraje llegaba una locomotora de trocha angosta con dos vagones. Trayendo y llevando poca carga, el trencito arrimaba un mediodía cada semana y se volvía a las tres de la tarde; puntual, servía para unir ese secadal al mundo - empezó a decir el carrero don Lindo antes de emprenderla con las cruces de yuyo entrevistas al borde de la huella que él anduviera tantas veces. De verdad, don Lindo decía todo con palabras prestadas y más aún al repetir que las cruces en aquellos potreros sin vegetación 'pretendían memorar muertes que de tan anónimas y oscuras no las visitaba ni Dios', una frase que bien pronunciaba y le servía para entrar en 'el entrevero tan feo entre dos paisanitos que no llegarían a los veinte años'.

- En el centro de la noche, solos, embistiéndose sin rozar siquiera el odio, Renato el hijo del bolichero y un negrito mal alimentado del otro lado del cerro, se trenzaron a cuchillo pero sin inquina cierta. Por más que cuando el tape dejaba de pastar lo poco que podían sus cuatro o cinco cabras en el pedregal y entraba al almacén, el Renato le mostraba en alto la cuchilla de cortar fiambre y el otro simulaba guardar algo bajo ese cuero de oveja que usaba de chaleco. Nunca pasaban de ahí al amague o la finta, pero en una de esas orgías que son los mundiales de fútbol donde se desatan y desmiden asuntos que nadie sabe y quienes lo saben, sonríen en silencio, un anochecer volvieron a juntarse en el boliche sin otra gente alrededor. Como de costumbre, sin charlar siquiera, ceremonia de mirarse a saltos para no decir nada, reiteración de un aburrido tedio o versión de una amistad, hasta cuando Renato por seguir la confabulación futbolera planetaria instaló una radio a batería encima de un cajón y convinieron escuchar el partido que Dinamarca jugaría contra otros que hoy nadie acierta. ¿Y vos de quién sos?, oyó el negrito de las cabras y contestó no sé, soy de cualquiera. No podés ser de cualquiera, lo apuró sobrando el hijo del bolichero que por eso compraba, vendía y sabía hacer cuentas, así que el tape desnutrido dijo, entonces yo soy de Dinamarca. Luego hubo un gol, otro y tal vez otro, y entre ginebras y miradas que se iban endureciendo ya los dos darían algo si ganaban sus elegidos, y el desandar sus compromisos de coraje se alejaba en cada minuto del juego. Por eso algún otro gol resultó definitivo y alguien amenazó 'te cagué jetón, repetí ahora lo que dijiste' y lo demás se intuye, siguió don Lindo con su palabras prestadas. Fue salir al descampado sopesando los cuchillos, tantearse la flaqueza y la lerdura, buscando cada contraluz favorable de la noche, sudorosos y acaso lloriqueantes, odiando sin querer ni listos a soltar una sonrisa que los alejara de aquel evitable sacrificio. Solos, para inmolarse sin testigos a dar memoria del absurdo y sin que nadie lo escuchara, habrá resonado contra el cerro el aullido del negrito de las cabras, 'Viva Dinamarca, Carajo', al llevarse por delante la cuchilla de cortar fiambre y de reflejo, sostener sus tripas con el antebrazo al desmadejarse hacia adelante. Y del Renato, quien sabe; quizá tiró la faca al pozo de agua o entre los yuyitos donde ahora hay una cruz, y rumbeó de nunca volver a verlo.

Lo del doctor Talcahuano es imperdonable

En los días que sortearon el programa del mundial de fútbol del 2006 y de costumbre ametrallaron poblaciones de Irak o por ahí cerca, que el Papa Benedicto hablara tan mal de la sexualidad no católica al doctor Talcahuano le remordió las ideas. Acaso por su niñez vivida en casa de dos tías mayores y creyente de tomar misa cada domingo, a él las mujeres solían alterarlo más de la cuenta.

Al mejorar sus ingresos de profesión el doctor Facundo Talcahuano, casado con Silvia, menos de cuarenta, contrató a Lorena, una divorciada de treinta y cuatro muy bonita, que reservada y eficiente secretaria se negó sin ninguna duda a encamarse con él en la hora del almuerzo, 'Es de rigor dos veces por semana', le diría cualquier cínico colega sin imaginar que su esposa Silvia y su secretaria Lorena comenzaran a simpatizar por teléfono. Esas cosas de toda profesión, y a medida que los códigos mujeriles ganaban espacio decidieron tomar el té 'para vernos la cara' y no se arrepintieron. Según señoras discretas se contarían amores, desencantos, efímeros arrimes en algún asiento trasero y al pasar, Lorena refirió sin detalle su íntima amistad con otra adolescente cuando viviera pupila en el Sagrado Corazón. Ese renglón entusiasmó a Silvia, 'qué divertido, contame, debe ser apasionante', la conversación cambiaría los términos formales y al despedirse sonrieron compartiendo las claves de un inocente secreto. 'Somos tan pacatas que vivimos ocultando', quizá se animara Silvia y la otra respondería 'depende de la otra persona'; y tal vez endulzaran los ojos al decirlo. Quién lo sabe, a pura sutileza de apurar el paso se rozarían las manos y el mozo del bar vagaría con la vista, cauteloso, más al reiterar ida y vuelta 'me gusta mucho estar con vos' convinieron charlar otro día en el departamento de Lorena, más tranquilas y secreto decretado...

En casa de Lorena se demoraron al desgaire al juntarse y luego de preparar café, se sentaron a ver decaer la luz de la calle y enfriar los pocillos en la mesita baja. Y al rato, al acercarse más en el asiento alguna se recogió el pelo con las dos manos, apenas un murmullo 'estoy algo nerviosa' y un beso suave conmocionó a las dos. Tal vez sintieron un temblor de adolescencia en el silencio de quitarse los anteojos y al decidirse a un beso definitivo, afuera el atardecer se hacía opaco mientras las manos conocerían recónditos lugares sin animarse, al principio, a destrabar breteles y desechar encajes. Aunque al fin compartieron un milagro de algarabía, dijeron.

Qué pasiones postergadas las llevaron a enamorarse tanto son un enigma imaginero para el Benedicto Papa y bien intrincado al abogado Talcahuano, cuando debate en su civilizado surrealismo ¿cuál era el orden de los engaños y las fidelidades entre él y esas dos locas que pronto se fueron a vivir juntas? Porque les acontecía algo 'inexplicablemente hermoso', le afirmó Silvia además de 'pronto arreglamos todo, Facundo, pero lo nuestro se acabó', y desde ahí la mayor desgracia del doctor Talcahuano es no lograr inculpar a nadie de abandono preterintencional o artículo parecido. Además, - según los abogados que confiesan una derrota sólo bajo apremios ilegales- más le duele la vindicta machista de sus colegas: 'pero doctor, ¿cómo dejó que las dos minas lo cornearan en un solo acto y al mismo tiempo?. Eso es poco profesional'.

No trajeron casi nada

Siempre el hambre nos conduce y explica.
Atraviesa montañas, facilita los mares- leyó
una vez mi madre.

El hombre se llamaba Bernardo Etcheverry y era un vasco de Irún, Hendaya o de por ahí, entre Francia y España, y en algún documento diría 'ambos franceses' si con la María debieron ajustar la mirada a un mapa de inmedible horizonte y lejanía. Él recién cumplía veintidós y su mujer diecinueve, cuando por 1905 entraron al Hotel de los Inmigrantes en Buenos Aires y al saber su procedencia un escribiente supuso 'agricultor' y los mandaron a mil kilómetros del puerto. Bien adentro de aquella pampa india, nada imaginaria, donde por Carro Quemado persistían las tolderías con jinetes de galopar por esa inmensidad que antaño fuera de ellos, para arrearse cualquier animal con o sin marca en el lomo. Sí, a esa inmensidad fueron el Bernardo y la María, una mujerona rubia y hermosa, a plantar y cosechar lo que viniera de la tierra, con cuatro herramientas más dos carretas de ladrillos que les dieron, junto a unos peones que por ahí mismo hicieron rancho.

El Bernardo y la María no trajeron casi nada y por el año veinte, con tres hijas mujeres y la mayor que no era sólo para mirarla, habían plantado, cosechado y pobladas las hectáreas con ovejas y corrales; más la palabra del vasco, un documento en el pueblo. Una ventura familiar que se truncó en 1922, al cumplir el Bernardo treinta y ocho y su carro con la María y dos acompañantes no alcanzó las seis leguas al pueblo. Su cuerpo se fue quedando rígido bajo las mantas, iba oscureciendo y lo volvieron a la casa sin remedio. Treinta y ocho años, un pendejo, se me ocurrió antes de agregar que al hombre lo mató el carbunclo que contagiaban los animales. 'Eso no falla nunca, es infalible', se habrá dicho al terminar el Bernardo su amistad con su campo y hasta la sequía, dejando cuatro mujeres soledad adentro...

Aunque la María tenía su estilo; liquidó la chacra y se mudó a Buenos Aires sin la hija mayor que se arregló con un comisionista de Victorica, y esa sería otra historia, pero antes del carbunclo y el año veintidós el vasco Etcheverry mantuvo un entrevero desconocido, - nunca se sabe- cuando unos ocupados en época de pelar las ovejas no terminaban de irse y siguieron merodeando. La esquila sabía darse en octubre con algún contratista que traía gente del oficio, hábiles en aprovechar hasta el último vellón cortando a tijera o a navajones de puño, chilenos, que no eran para cualquiera. Entonces el grupo solía trabajar de corrido los días necesarios, dormían en el mismo galpón donde esquilaban y al terminar ataban los fardos de lana y plata en mano, cumplían el ritual de asar unos corderos y entonar algo de música si había con qué. La gente de la casa sabía compartir la reunión y a veces las mujeres eran miradas con mucho empeño, así que un jueves se acabó pronto la despedida cuando el vasco con dos vistazos y ni una palabra mandó a su mujer adentro con las hijas, sin saludarse con nadie. Otra ojeada sin comentario y el contratista y su gente la emprendieron para otro campo a empezar de nuevo; a Telén, punta de vía, a pocos kilómetros, aunque uno de los navajeros, un rubio de pelo largo algo versero y cantor, no siguió al grupo y se demoró con un chinazo bigotudo y provocador por los cuatro rincones del pueblo. Por entonces, cada sábado el Etcheverry acostumbraba bajar al centro con sus peones en el carro de dos caballos, de balancín y ruedas delanteras más petisas, y por ahí comían, se jugaban sus partidas de baraja con la paisanada y al oscurecer él se volvía solo, al tranquito, con algún jarro de moscato agregado a las ideas y disfrutando esas pequeñas libertades de cada uno. Aunque aquel mediodía, en el Ramos Generales vio a los dos esquiladores rezagados que algo se hablaron al verlo entrar y siguieron probándose algún sombrero y unas alpargatas nuevas. Uno dijo con voz audible que les haría un tajito porque eran bajas de empeine, mientras el vasco Etcheverry pagó alguna cuenta, llenó sus canastos con necesidades de la semana y saludando al dueño del almacén se sentó en el carro para darse la vuelta sin más palabra. Despacioso el hombre, antes de entrar al camino principal levantó la tapa del cajón que servía de asiento y revisó sus herramientas: una pala de punta, su llave grande de fierro para las tuercas del eje, unas riendas y la maza de mango largo. Y acomodó con cuidado y bien a mano aquello que trajeran de Europa y la María le tejiera una funda colorada y flaca...

El sol entibiaba lindo y sin esa molestia se hubiera divertido en el boliche y reírse de cuánto podía al saberse sin deuda con la vida. No había alambrados a la vista y por más profunda que fuera la mirada, aquella inmensidad seguía inquebrantable, monótona, irrepetible; paisaje más nostalgia adherido al sentimiento. La pampa inexplicable, por suerte.

Y por las tres de la tarde el vasco llegó con su carro al atajo de ir derecho a casa. El hombre ya estaba en lo suyo y el cañadón de poca hondura detrás del montecito de caldenes era un buen sitio para el aguardo. Soltó el correaje de la yunta y los dejó bajar a darse agua y sombra a gusto, se lo merecían. Los gorriones se regodeaban entre los surcos y pensó en darle arreglo a ese abuso que le diezmaba la semilla, pero eso lo haría con tiempo porque ese día su preocupación estaba cubierta y más cuando dos jinetes, a trescientos metros, llegaban en su dirección. Los tipos no entraban a robar y sabían bien a qué, doscientos metros y el vasco le quitó la funda de lana colorada a la herramienta. Los dejaría venir mientras los viera tras la primera hilera de caldenes y al tenerlos a tiro se quitó la boina y dio tres pasos al medio del sendero; 'aquí estamos los tres' casi pronuncia cuando el de la melena amarilla taloneó sorprendido para salir de vuelo y fue el primero en probarle la puntería. El jetón de bigote tupido reaccionó pronto pero dos disparos encimados y certeros del Winchester le evitaron andar visitando gente a cualquier hora. El pajarerío revoloteó una vuelta en redondo y los pingos de los esquiladores con los jinetes colgando se juntaron al borde de la senda.

El Bernardo se tomó su momento para guardar de nuevo el Winchester en la funda que la María le tejiera en el barco, del cajón levantó la pala y para seguir la tarea se quitó la camisa y de nuevo se calzó la boina. Debió destrabarles un estribo a cada uno y el rubión traía el esparto de su alpargata impecable de jamás pisar la tierra. Así que a lo bruto los arrastró de los tobillos al borde del agua y empezó a puntear el pozo. Nadie lo vería y briosamente cavó mucho más de un metro de hondo, o hasta las seis de la tarde y ya el día se fuera declinando.

Los dejó como cayeron, boca abajo, antes de la primer palada de tierra les tiró encima los cueros de oveja que vinieran montando, a los caballos le bastó un chirlo para echarlos al campo y antes del anochecer el Bernardo ya andaba por la casa descargando los canastos que trajera de Victorica. Acaso mi abuela se alegrara al verlo llegar antes de oscurecer y sorprenderla con una palmada en las nalgas, porque esa noche calentaron los fuentones del baño más temprano y las hijas se turbaron en silencio al oírlos reír y cuchichear hasta bien tarde.


TRADUCCION AL IDIOMA VASCUENCE realizada por Santos Echeverría Iparraguirre. Natural de Tolosa, Guipúzcoa. Estudió en los Escolapios de Tolosa. Trabajó en la Dirección de la "Papelera Española S.A.", Asmaría, y en la "Cellophane" de Burgos. Cumplió el servicio militar en Irun y llegó a la Argentina el 17 de julio de 1954. Viaja al país vasco todos los años y es amigo personal del autor.

Gizonak, Bernardo Etcheverry izena zun, euzkalduna Irungo edo hendayako aldeakoa. Frantzi eta Ezpania erdikoak. Aditzen baten, frantzesak, ziela ezango zun. Gizonak, ogeita bi urte orduntze beteta, Zeuzkan emaztiak berriz emeretzi. 1905 urtea zan, Buenos Aires, hotel de los emigrantesea, zartu ziranean. An idaztentzale batek, nundin zetozen jakinzunean agricultor, ziela auznartuzun, eta bialdu zitun millakilometro arunt zegon tokira.

Toko ori, "Pampa India" ezaten zioten legua zan. Alde aitan "indio" azko zegoen, eta "tolderías" ezaten zielen aien bizitzari. Leku arek "Carro Quemado" izena zun. Indiok, zaldi gañean jarrita ibiltzezian alde batetik beztera, lenago bereak izandako lurre bukatu gabeko aitan, eta bezten abereak lapurtzen zizuzten batzutan. Area juan ziran Bernardo eta María, andre jatorra eta polita, azia erein eta lurreak ematenzitun uztak biltzea. Lau treznakin, bi gurdi ladrillos beteta langille lagunzale batzukin.

Bernardo eta Maríak, gauza gutzi ekarri zituzten, baño 1920 urte zala, iru nezkatza andreak zeuzkaten, aundiña azi xamarra, begiratzeko bakarrik ez zegola. Azia erein eta uztak jazo egin zituzten, eta lur puzketa ere aundituta zan, baita ardi mordozka ona zeukaten. Anla ere errico bernardozen ezaunak bazekien, aren itza ezanak, gehiago balio zeukatela, idatzitako paperak baño.

Ondo egontza onen moztutza izan zan 1922 urtean. Bernardok ogeuta ama zortzi urte zeuzkan, Mariak bi laguntzaillekin, gurdi goyen zamakiela errialdea. Xei leguak egin bearrak, zituzten, baño bidean gortuta gelditu zizaien, ohieko azpi pean. Illuntzen aziera zan eta etxeara itzuliziran. Ogeita eme zortzi urte, ozo gaztea oaindik iltzeko, auznartu nun – aberearen gaxiotazuna erantxi zizaion, carbunclo, izena duna. Azkeneko ordu ortan. Beti ola izatenda, zuzenda izeñeskoa, ezangó zion Bernardok. Bere buruari, borrokak bukatzean, lur neurrigabeko arekin, eta euri gabeko girokin, eta lau andreak bakarrikutziz.

Baño Mariak barrengo indar zuna zan. Zalduzitun lurrak eta zeuzkan gauza guztik, eta Buenos Aires ea aldatuzan, bere bi alaba txikikin. Nezka aundina Victoricako gizonezko "comsionista" batekin geldituzan. Etcheverry euzkaldunak,zer ikuzi bat, gutzi ezauna, eguritakoa zan, ardí ille motzalle gizonezko batzukin. Bere lana bukatu eta juanbearrean, errian gelditu, eta itzuliak emanez, aldameneko aldean zebiltzanak.

Ardiri ille mozteko lanak, negu berrian izaten zian. Agindari "contratista" berak ekartzen zitun, langilleak, eta azkeneko illeak ondo mozten zekieank.

Lan ori egiten zan goraiza aundi eta labana aundikin. Chile aldeko gizonezkoak izaten ziran ozo garbiko ibilliketak ez zituenak, eta erozeintzako ez zienak.

Gelditugabekoa izaten zan, egun guzitan goizeatik gauarteraño, jan eta lo, lantoki bertan egitenzitun. Bukatzeran, ardi illeak bildu, ondo lotu eta pillan antolatu, bere ezkutan irabazitako diruba artu eta arkume erreak jaten zituzten. Ohitubera ori zan, soñu pizkat bazegon obeto. Etxeko naguzia eta zenideak ere jan artan izaten ziran.

Baño andrea eta nezkak gogokin beidatzen zituzten eta lotza gutxikin azkotan. Ostegun baten, azkar bukatu zan agur jan ura. Gure euzkaldunak bi begiratu eman andrea eta alabak artu eta etxera zartuzan ezer ezan gabe. Agintzallear bere langillekin Billatuz juanzidan, urruti ez zegon erri batea, Telen deitzenziotenei.

Baño ardi ille moztuzalleak juanzianian, bat ille luze ori zuna, erdi bersalari eta abeztu zalea, atzeatuta geldituzan, bezte lagun batekin, mutur aundi beltza, ezpañi gañeko ille aundikin, gatazka zalea.

Giro aitan, Etcheverry gizonak, lanbatero errira juateko ohitura zeukan. Gurairi bi zaldiak lotu eta etxeko langilleakin batean jutenziran. An bazkaldu carteta kikol batzuk egin, errico lagunekin, azteako bearrak erozi ardo ontzi txiki bat edo bezte gorputzean zartu, eta illuntzean bakar bakarrik, anima eta burua alaituta, poliki poliki, etxealdeko bidea artzezun. Eguardi artan, dendan erozten zegola, ikuzi zitun ardi ille moztuzale biyak, errian geldituzienak. Zartzen ikuzi zuenean, erdi parrez bere tarten itze batzuk egin, eta buruzkoak eta oñetako apretak berrik erozten jarraizuten

Aditzeko moduz, batek ezantzun, labanakin moztubat egingoziola oñetakori estuxamar zeuzkelako.

Etcheverry euzkaudunak, ordaindu zitun bere erozitakoak, betezitun otzarak aztearako bearrekin, eta agur ezanez dendako naguziri, bezte itzeik egingabe, ixerizan gurdin itzulia artxeko, azmokin.

Poliki ta eztugabe gure gizonak, etxeko bidea azieran, jazo zun ixritzeko kutxak zun eztalia eta an zeuzkan treznak begiratuzitun. Para zuloak egitekoa, giltz aundibat burnizkoa, maillu eldutzeko luzeakin, zaldintzako buruzkoak, eta zuzen ematekoak. An zeukan ere Eurupatik ekarritakoa, eta Maríak jozizion gañezko, gorria eta meha, txukun eta ardurakin jarrizun ezku aldean.

Eguzkiyak ono berotzezun, eta naigabe ura eguki ez bazunizan, errico edan Tokio, poztu eta parrezkadak egingo zitun, naizun guzik. Ez zeukan bere biziakin zorrarik.

Ez zan ikuzten alambradurak, eta begiratua zakona izandare, neurigabe lur ura beti izaten zan, auzigabea berdin berdina, eta ez berriz egitekoa. Alderdiak eta barrendo oroizmeniak, eta urrutikoari barrengo xuntxoak errantzita. La Pampa ezangabekoa zorionez.

Atzaldeko iruretan gure euzkalduna, iritzxizan gurdikin etxeko bidea moztezun ildoa azten zan tokira. Gizona berenean zegon, eta zanga errekakin, menditxiki caldenes ezatendioten. Atzean toki, egokia itzointzan egoteko. Zaldin lotuzkak kendu zikien, eta ur artzen eta itzalean egotea utzi zitun. Irabazia zeukaten.

Lan egindako alorrean, txorik zebiltzan aziak billatuz. Galduzko ori zuzentzeko, aziak tzikitzen zionak auznartuzun, baño aurrerako utzi zitun kezka oriek. Bere burua betea zegon. Geio oraindik, zegon tokitik, irueun metro gora bera ikuzizitun bi gizon zaldi gañian zetoztela. Gizonezko oriek, lapurretara ez zetozen, baño ondo zekien zertara.

Berreun metrora etorri zianean, euzkaldunak, aldamenian zeukan treznari, kenduzion gañezco zakua gorria. Etortzen utziko zitun, mendi txiki lenegoko caldenak atzean ikuziarte. Tiro egiteko egukisitunean, txapela kendu, eta iru oinkadak eman zitun bide erdiraño.

Emen gaude ikurok, ezateko azmoa zeukanian, ille ori luzeak zeuzkanak uztegabekoan zegola ikuzizunean, zaldiari orkatillakin joz, igezi azizan. Lenbizikoa izanzan jakizuna zer begiona zeukan tiroak botatzeko. Bexte mutur anundiak belaxe ulertu nola zetozten gauzak, baño bi tiro bat bezte gañean, eta zuzenak, Winchesterkin, bezten etxera edozein ordutan gendeak ikuzten ez dala ibillibear erakuzizion. Alderdi artako txorik itzuli bat emanzuen egaran. Ardi illemoztuzallen zaldiak, gañezko gizonak txintxilik zeuzkatenla, bide ondon gelditu ziran rian. Bernardok bere denbora artuzun, berrin Winchester gordetzeko sakuan. Mariak joziziuna itxazo ontzín zatozela. Kutxatikan para artuzun eta bere lanak aurrea eramateko azmokin, alkandora erantzi zun, eta txapela berriz buruan jarrizun.

Zaldian txintxilik zeudenak, jetzi zitun. Ille orin oñetokak, oraindin zola berakoak lurrak ikutugabe zeuzkan.

Orkatillatik artu eta errezteka eramanzitun erreka ondoraño. An lur biguñakoa izatenda. Bertan azizan zuloa egiten, iñork ez zan galdetzera, eta gogoz lurrean zuloa egiten azizan, metro baño geiagoko zuloa. Arratzalde xeiak zianarte eta illunza poliki zetorrenarte. An utzizitun mutur bera erori zian bezela lenbiziko lur para buta baño, gañean botazizkien zalditan ixiritzeko ardi narruk. Ibiltzen zituenak.

Zaldiari naikoa izan zun atzekotan pizkat jotzea arlo aldea bialtzeko. Illuntzean Bernardo bazebillen Victoriatik ekarritako otzarrak gurditik jeitzen.

Again nere amona, posik egongozan, illundu baño lenago, zenarra etxeratu zizaionean, eta ipurdiko goxo batekin arrigarrituzunean. Orrengatik, gaur ortan, beztetan baño azcarrago jarrizituztek uda berotzeko ontzik, beren gorpuzko garbiketak egiteko. Gero nezka alabak erdi lottzatu ziran ixilik, aita eta amarek erdi itzak eta parrezkak adituz gaveko orduk aurrera juanarte.

Fuente: www.loquesomos.com

Vigilia y Caperucita

Yo soy quien soy más todos mis olvidos,
más la tenaz memoria
de aquello que me aguarda.


Julio Félix Royano.


La luz decide la suerte del día. Dicta al zorzal la hora en desvelar el barrio y al atardecer dispone de los focos raudos en la autopista, cuando la luz sobreimprime los colores y anuncia como se verá mañana la arboleda. Fugacidad del crepúsculo hacia la noche...

No hay fotógrafo ni pintor de caballete que ignore el requiebro de ese instante irreal, y un rato más allá de las cinco en punto de la tarde, esa hora trivial en que suelen morirse los toreros, alguien espera a una Caperucita acaso verdadera. Flaca y sin canastita pero de ojos con sonrisa al tono y una falda dispuesta a lucir las piernas todo el año, para irse los dos, tomados prendidos adheridos según celebran el reencuentro los cuerpos que se buscan. Si, a esta hora en que la luz sacude el interior de las miradas, exactamente, alguien espera a una Caperucita de cabello corto que no vendrá de un bosque suizo, - que nos dicen tan lindos- pero ha de llegar iluminada por ese resplandor que ahora les digo. Una Caperucita flaca sin cazador ni abuela candorosa al cruzar en Buenos Aires la placita Libertad, hermoso el nombre, para amarse con la contenida lentitud de los enamorados que conocen ese oficio de la dicha. En algún hotelito, no muy lejos, de precio acomodado pero limpio...

Aunque todo esto hoy sean ocurrencias que dispone la luz en mi ventana, donde aguardo tan solo y sin remedio esa infalible magia de la noche y la sombra.

Agua caliente a la izquierda, igual que en Zurich

La avenida de Mayo en Buenos Aires pareciera no existir hasta cruzar con la calle Florida, ahí todavía nombrada Perú y con menos pretensiones de ser exclusiva y distante. Esquina ajetreada desde el alba por caminantes regulados a semáforo y apuro bancario, que rezuma aires con reminiscencia histórica: desde imaginarios paraguas del 25 de mayo de 1810 cuando ‘el pueblo quiere saber de qué se trata’ a ocres láminas escolares con palomas ahuyentadas a multitud y bombo, y bullangueros octubres con impreciso sabor a revancha. Y a dos veredas de aquellos ecos de vivas y juramentaciones, en un bar con sillones canasta límites del Cabildo, el Quelo Varela apuraba a pura sonrisa, verso y camelo, a una rubia que conociera en el trámite de cambiar unos dólares el día anterior, sin más consecuencia que volverse a ver. Y la dulce azafata suiza que ayer se negara a ser regresada en taxi a su hotel, casi con entusiasmo le anotaba a Quelo su dirección en una servilleta de papel: Freni Dietz, Kloten, Zurich. Él en verdad leía 'Vreni' y ella aplicando sus dientes al labio inferior sonreía 'Freni'.
- Is my name - y Quelo Varela aventuraba su tarzánico inglés esquivando todo vocablo reo al preguntar ¿do you like another whisky?

En verdad mejor sonaría 'juiski', pero pensó que si esta viajera al fondo del mapamundi entendiera la cierta intención de su ¿do you like?, no se escandalizaría. ‘Sí Quelo, no cualquiera actúa de exponente tribal ante una auténtica rubia europea, que escribiera su dirección en Zurich como si te invitara a visitarla entre las cuatro y cinco de la tarde’. Así que pagó y sin esperar más dispuso llevarla a conocer Buenos Aires, ‘Quelo protector de azafata indefensa en la riesgosa ciudad, un asunto tan imprevisible y secreto como exigen de los porteños'.

-¿Ves? Esta es la esquina de avenida de Mayo y Florida, al lado sucedió el Cabildo Abierto de 1810 y esta es la diabólica Plaza de Mayo donde los guarangos se lavaron las patas en la fuente en octubre del ’45 y luego las Madres de los Desaparecidos nos espabilaron una vez por semana, aunque muchos nunca lo entendieron, y en esa Casa Rosada duermen las autoridades nacionales, una manera de decir. Después del barrio que desafía a puro lujo, ese desperdicio de cemento es el Monumental Estadio de Fútbol cuya refacción pagamos a tanto por gol para disimular el arrabal no capitalista, y esa confitería casi en sombras es la más costosa del planeta. Very expensive, Freni, too much, pero hoy no entramos porque /mirá que casualidad/, este es mi departamento. Entremos sigilosos, en voz baja, a enterarnos que una cama solitaria es ancha y ajena como la pampa; y antes que me olvide, si querés ducharte la llave de agua caliente es la izquierda, to the left, Freni, igual que en Zurich. A propósito, ¿sabías que los sudacas no somos tan distintos? Ustedes son cronométricos, miden exactos en décimas de micrones y nosotros miserables de tanta inmensidad, cualquier diferencia la mensuramos en hectáreas. Pero eso sí, vos y yo por mandato de la especie y ajenos a cualquier mapa, tendremos el mismo temblor de hace un milloncito de años al proteger nuestro apareo en la íntima selva. Entonces y sin protocolo, usemos esta encendida piel de primavera para envolvernos en acrobacias de tigre silencioso y pequeñas palabras; y por favor Freni, que tu rubor no sea fingido y dejes de estar tensa en el centro de la habitación, sonrisa apenas y rubor de hembra sorprendida en silencio. Es tiempo de no temblar al besarnos porque si tu sonrojo iguala a este ataque adolescente que me llegó de golpe, esta escena defraudaría al espejismo sensual de los países rubios. No me niegues que sos Freni Dietz, alhaja suiza de mi corazón sin derecho a comportarte igual que una piba de mi barrio, hablándome del cantón donde naciste y cómo te peinaban cuando eras chica antes de oír misa en la iglesia de Schauffhauser. O apretada, muy apretada a mí pecho, sonrías al hablarme de aquel novio que inauguró tu ternura al llevarte en la bici tras el puentecito del Rhin, porque no debemos distraer nuestra desnudez perdiendo miradas en los ojos al contarnos la niñez y averiguar de paso la verdadera historia. Eso no vale, no hay que renunciar a esta noche inolvidable, velada con resultado asegurado, Freni, y probemos con precisión suiza que el amante argentino es de buena perfomance y poco rechazo de fabricación. Ese otro secreto nacional, mi amor, esa ficción de ganadores imbatibles del principio al fin, así nos va en la vida... Dulce, en este minuto yo ni cuento siquiera, pero hacer el amor pareciera el modo de mantenernos en el mundo, por bisnietos de quienes por el año veinte enriquecieron a los sastres londinenses comprando trajes por docena y luego, dando un saltito al Canal de la Mancha, coparon los burdeles de Francia a punta de guita y vaca llevada en el barco. Reprimido y represor morocho y argentino rey de París, Freni, que nadie te muestre lo contrario, millonario con olor a bosta despreciado por los rubiecitos de ojos azules… Como los tuyos, mi amor, y no te rías de tanto pueblerino secreto nacional porque vos, mujer hermosa del mundo civilizado, no deberías abrazarme así ni arrobarte por mi beso en los párpados ni en lenguaje mezclado lamentar tanta demora en conocernos. Nos equivocamos, amor, como esta lágrima; vos no viajaste a Buenos Aires a dormirte en mi pecho o a tatuarme esta melancolía feroz que ya presiento. Vos llegaste para ver malambo con boleadoras y oír falsetes de vetustos tangueros de pañuelo al cuello, y no a dejar tu letra en una servilleta de papel que al subirte al avión y por mucho recuerdo que inventemos, el olvido la borrará de un soplo. ¿Vos tampoco lo imaginaste así, Freni? Toda fruta guarda un mordisco agrio y habrá un borrón creciendo sobre esta caricia en el aeropuerto, a tu desmemoria la llenarán nuevas miradas y por mucho lloriqueo al despedirnos, nuestro intento de amarnos de fuga y contrafuga se morirá de tiempo…

Recién despierto y ya la luz detenida en el corazón de la mañana, Quelo Varela miró a Freni replegada sobre su propio cuerpo. Un mechón de pelo desordenaba el blanco de la almohada, fotograma a irse adelgazando; entonces le apartó una mano abandonada sobre su vientre y la besó en un hombro livianamente, demorando despertar a esa mujer que nunca volvería a ver. La noche de amor con certeza de olvido inevitable había pasado y él rebuscó fugarse con cinismo doloroso y absurdo: ‘era cierto, las azafatas suizas también son seres humanos’.


Eduardo Pérsico, narrador y ensayista, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina


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