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Falsos mitos y viejos héroes
HILDA SABATO Y MIRTA Z. LOBATO.
Las historiadoras Hilda Sabato y Mirta
Lobato analizan los programas de divulgación que realizaron Mario Pergolini y
Felipe Pigna en Canal 13. Aquí concluyen: "Un producto reaccionario que
desalienta la reflexión".
Vivimos rodeados de mentiras": dice Mario Pergolini a poco de iniciarse el
primer capítulo del programa especial Algo habrán hecho por la historia
argentina, que fue emitido por Canal 13. Junto a Pergolini, Felipe Pigna asumió
el papel de quien habría de revelar las verdades que, según se desprende del
diálogo, nos han sido hasta ahora ocultadas o escatimadas a los argentinos. A lo
largo de cuatro emisiones, Pergolini y Pigna dialogaron sobre el pasado,
comenzando por las invasiones inglesas de 1806 y 1807, para terminar (aunque
prometen una nueva serie) a mediados del siglo XIX, con la caída de Rosas y la
muerte de San Martín en Francia.
El programa constituye una novedad para la televisión abierta local, pues aunque
la práctica de contar la historia utilizando medios audiovisuales no es nueva,
hasta ahora no habíamos tenido una producción de esta envergadura que es
bastante frecuente en otros países. Por ello y por su repercusión mediática,
ofrece una oportunidad para discutir no sólo sobre nuestro pasado sino sobre
cómo se narra aquí la historia. ¿Qué historia nos cuenta este programa y cómo la
cuenta? De la mano del maestro —Pigna— y el alumno —Pergolini— Algo habrán
hecho… hace un recorrido cronológico y estructura un relato en torno de algunos
ejes:
* La historia tal como se ha contado hasta ahora es una tergiversación de la
verdad, que este programa se propone develar.
* Nada ha cambiado en nuestra historia por lo que nuestro presente puede leerse
directamente a partir del pasado y viceversa. "La Argentina es siempre la
Argentina" dice, hacia el final, el alumno después de aprender lo que le ha
enseñado su maestro. Por lo tanto, todo lo ocurrido se interpreta en clave del
presente.
* Esa historia es la de la lucha entre los buenos y los malos. Los protagonistas
son los grandes nombres: los buenos son los héroes o patriotas, que son
virtuosos sin matices ni atenuantes a lo largo de todas sus vidas (con San
Martín a la cabeza) y los malos son "los de siempre" y se distinguen por ser
enteramente corruptos y traidores. El pasado se reduce a una sucesión de hechos
(no muy diferente de las efemérides escolares) que se identifican con las
acciones de esos hombres importantes que definen el destino argentino. Hoy como
ayer, el mal siempre triunfa sobre el bien, pero los buenos insisten y la
historia vuelve a empezar.
* También hay un "pueblo", que aparece mencionado aquí y allá, siempre de manera
genérica (el pueblo es uno y homogéneo) y del lado de los buenos.
* La Argentina existe desde siempre: se habla de la nación, del estado nacional
y de los argentinos como entidades eternas.
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Con estos ejes no muy novedosos, el programa propone un formato innovador.
Maestro y alumno van hacia el pasado, y mientras dialogan, hablan con los
personajes y se identifican con sus temores y ansiedades. Las escenas combinan
cuadros del presente (Pigna y Pergolini en Londres, París, Rosario, la campaña
de Buenos Aires) con otras que ficcionalizan algunos hechos narrados (batallas,
asambleas, fusilamientos) siempre con los grandes personajes en primer plano y
con la ocasional intrusión de Pigna y Pergolini como observadores participantes.
Hay un importante despliegue de mapas, croquis y dibujos; en cambio, es muy
escaso el uso de material documental a pesar de su existencia y disponibilidad.
Así, esta propuesta tiene limitaciones importantes. El guión prescinde de
algunos de los elementos clave de un relato cinematográfico, tales como la
consistencia y el crescendo narrativo. Aquí, las cartas están echadas desde el
primer cuadro; todo el resto es una mera confirmación de lo que sabemos de
antemano.
Los interrogantes son sólo retóricos, pues la respuesta ya se conoce. Por caso:
frente a las sucesivas campañas militares encabezadas por Manuel Belgrano,
Pergolini es categórico: "A esta altura ya no tenemos dudas: en Buenos Aires a
Belgrano lo odiaban" —sin preguntarse quién, por qué, ni cómo un hombre como él
encaraba y aceptaba sin más esos destinos—, a lo que Pigna responde: "No te
quepa duda". Dudas es lo que no hay en este relato; esa ausencia achata el
diálogo y simplifica la historia.
El acartonamiento de la conversación en que el maestro recita largos párrafos a
un alumno que repite, acota, y "aprende" las lecciones de la historia se
acompaña con su opuesto: los guiños constantes, cómplices y prejuiciosos entre
los dos amigos, que a su vez extienden a los televidentes. Por ejemplo, cuando
aparece la caricaturesca figura de un militar brasileño amenazando con la guerra
(allá por 1826), Pergolini espeta "¿Qué dice el brasuca?"
Las puestas en escena de eventos específicos abundan en detalles inverosímiles,
como los cuadros de batalla con soldados impecablemente vestidos, el parlamento
de Castelli ante el fusilamiento de Liniers, el capitán del barco envenenando a
Moreno (presentado como verdad indiscutible, cuyas pruebas —claro— no existen),
o la grotesca dramatización del cabildo abierto del 22 de mayo. El material de
archivo, el despliegue gráfico y las escenas ficcionalizadas no cumplen otro
papel que ilustrar las palabras. Son como estampitas destinadas a meter por los
ojos lo que ya se está diciendo en el diálogo. Si estos son los problemas de un
formato que prometía otra cosa, los que presenta a la interpretación histórica
son aún más serios.
Uno. El programa reitera y refuerza las visiones más patrioteras de la historia
argentina. Retoma las figuras de los héroes más rancios del panteón nacional y
las versiones más esencialistas de la nacionalidad argentina. Como en las
tradicionales historietas de Billiken, se comienza con las invasiones inglesas,
que sirven para denostar a los ingleses (de allí en más serán villanos de la
película), para mostrar desde la primera escena al primero de los corruptos
(Sobremonte, en una escena desopilante por lo inverosímil) y para hablar ya de
los buenos por venir, sobre todo Belgrano. Esta figura aparece en el primer
plano de la historia de la revolución, cuyo tratamiento es réplica de los
relatos escolares, con los "patriotas" a la cabeza. Todas las incertidumbres y
turbulencias de la época revolucionaria quedan subsumidas en un cuentito
ejemplar.
En un segundo momento, cuando "la Argentina parecía un sueño a punto de morir…
un hombre avanzaba en silencio…" para enfrentar "al imperio, a la traición y a
su propio destino de héroe": San Martín. El tratamiento de su figura recorre
varios programas, pero desde la primera escena resulta indiscutible: estamos
frente al virtuoso total. No hay, sin embargo, explicación o interrogante alguno
acerca del porqué de su virtud y sus benéficas acciones (los héroes no se
explican: SON). Sólo sabemos que él luchaba y luchaba, mientras sus enemigos
acérrimos buscaban su destrucción. Aquí, un nuevo villano ocupa la escena:
"Buenos Aires", antes cuna de la revolución pero de pronto nido de todos los
males y los malos.
La contrafigura más importante de San Martín es Bernardino Rivadavia. Sus
iniciativas de cambio son ridiculizadas como "cabalgata modernizadora que no se
detiene ante nada" y mientras en pantalla se enumeran sin comentarios sus obras
(la creación de la UBA, el Museo Histórico Nacional, la Caja de Ahorro, entre
muchas otras) por otro lado se lo sindica como corrupto y coimero, pero —de
nuevo— no hay intentos por explicar ni al personaje ni a su época. Lo que sigue
es más de lo mismo: Lavalle es malo/tonto, Dorrego es buenísimo, Rosas es astuto
y cruel, pero está con la soberanía nacional, y hasta se vuelve sobre la ya
remanida (y demolida) imagen de "la anarquía" de los años 20. Una historia
maniquea, sin matices y que poco innova sobre esa historia "oficial" que
pretende cuestionar.
Dos. El programa remite a una forma muy tradicional de escribir la historia.
Algo habrán hecho… se acerca al pasado ignorando toda la historiografía de los
últimos cincuenta años. No hay ningún intento por analizar procesos ni
estructuras. Los hechos se suceden por obra y gracia de héroes y antihéroes. En
segundo lugar, no se atiende a ninguna de las dimensiones del pasado que hoy
constituyen la materia principal de los historiadores en todo el mundo: lo
social, la economía, la vida política, el mundo de las representaciones y la
cultura. Si de vez en cuando se introduce alguna mención que supone una
referencia a un actor social o político ("la oligarquía", "el pueblo", "los
caudillos", "los estancieros"), no se hace ningún esfuerzo por ubicarlos en el
tiempo, describir sus características o analizar sus transformaciones. Y no es
que la historiografía argentina carezca de estudios sobre esos temas: los hay,
de diversas orientaciones, y podrían haber servido para introducir una visión
menos estereotipada de nuestro pasado.
En tercer lugar, en esta visión la historia es cosa de hombres. No sólo las
mujeres no aparecen como protagonistas, sino que las referencias a ellas son a
la vez prejuiciosas ("¡Qué bagarto!" dice Pergolini frente a la imagen de una
mujer que no conoce; "No, pará —lo instruye Pigna— que ésa es Encarnación
Ezcurra, la mujer de Rosas") y equivocadas. Así, de las tertulias se dice que
servían "para que las familias engancharan a sus hijas con algún doctor o
militar soltero", mientras que los varones participaban —como verdaderos
hombres— de las tertulias revolucionarias. Se ignora todo lo escrito sobre esas
formas de sociabilidad donde la mujer cumplía importantes roles.
Tres. Para acomodar la realidad a su versión del pasado, el programa incluye
omisiones, errores, anacronismos y tergiversaciones sobre hechos que son
conocidos y han sido largamente analizados. Apenas algunos ejemplos: el rol
revolucionario de Saavedra y de las milicias que él comandaba queda totalmente
desdibujado, pues entraría en contradicción con su imagen de antihéroe (frente a
Moreno); se tergiversa el lugar de Gran Bretaña en las guerras de independencia
(sólo se habla de presiones que habría ejercido ese país contra la "voluntad
independentista" y no de las conocidas actuaciones en sentido inverso); se
reducen los conflictos entre unitarios y federales a la disputa por las rentas
de aduana; se distorsiona la historia del sufragio, pues al presentar ese tema
para la coyuntura de 1820/21 y el ministerio de Rivadavia —"el malo"— se omite
toda referencia concreta a la ley de 1821 que estableció el voto activo para
todos los varones adultos libres; en cambio se pasan dos imágenes: la primera
refiere a un discurso pronunciado por Dorrego —"el bueno"— cinco años más tarde
y la segunda teatraliza una escena de comicios inverosímil según los estudios
actuales sobre elecciones.
Cuatro. El programa aplana el pasado, lo simplifica y lo equipara al presente,
sin preguntarse por las diferencias y cambios que atravesó la sociedad argentina
en dos siglos. Para subrayar las continuidades y mostrar que todo es lo mismo,
utiliza un recurso de manera reiterada: en el relato del siglo XIX inserta
imágenes del pasado reciente para forzar así la identificación entre aquella
historia y los traumáticos sucesos de los últimos treinta años. Cuando el
cadáver de Moreno es arrojado al agua (como se hizo durante siglos con todos los
muertos en alta mar), Pergolini y Pigna reflexionan en la costanera del Río de
la Plata y una voz en off acota: "Era el comienzo de una oscura tradición
argentina", refiriéndose a la práctica criminal de la última dictadura militar,
de arrojar a ese río los cuerpos de detenidos-desaparecidos. Cuando se menciona
el 24 de marzo como fecha de inicio del Congreso de Tucumán, se da este
intercambio:
Pergolini: —¡Un 24 de marzo!
Pigna: —Pero por aquel entonces esa fecha no tenía la connotación tan nefasta
que tiene hoy en día.
Esta modalidad se exacerba en la referencia a la ley de amnistía de Rivadavia
("ley del olvido") pues, con ignorancia absoluta de cómo funcionaba entonces la
vida política y las instituciones, se la equipara a las leyes de Punto Final y
Obediencia Debida de 1987 y al indulto a los militares de la última dictadura, y
se incluye, de manera anacrónica, una larga escena con imágenes de las protestas
frente a esas medidas encabezadas por los organismos de derechos humanos. Algo
equivalente ocurre con el levantamiento de Lavalle (un levantamiento entre
muchos otros) al que se sindica como "el primer golpe de estado de la historia
argentina". Estas operaciones no son inocuas. No sólo obstaculizan cualquier
intento de pensar el pasado en sus propios términos sino que mitigan los
problemas del presente. En efecto, si todo siempre fue igual, si la Argentina
desde sus orígenes más remotos tuvo golpes de estado, desaparecidos, militares
asesinos e indultos, entonces los crímenes recientes sólo son un eslabón más de
una larga cadena y sus responsables pueden lavar sus culpas en el altar de una
historia siempre igual a sí misma. Más que derribar mitos y develar verdades,
como pretende el programa en sintonía con la apuesta más general de divulgación
histórica liderada por Pigna, Algo habrán hecho… funciona retomando y
consolidando viejos mitos de la historia argentina. Y si aquel "vivimos rodeados
de mentiras" se presenta como una promesa inicial de crítica profunda, al
uniformar el punto de partida y de observación, termina por ofrecer un producto
reaccionario, que impide la interrogación, deslegitima el debate y desalienta la
reflexión, tanto sobre el pasado como sobre nuestro más cercano e igualmente
complejo presente.
Fuente: Revista Eñe
Crítica
a la crítica
Por Leandro Andrini
En su número del 31 de diciembre la revista Ñ publicó una crítica de las
Licenciadas en Historia Mirta Lobato e Hilda Sabato al programa "Algo habrán
hecho", en la que intentan descalificar al programa con argumentos que
evidencian que ni siquiera se tomaron la molestia de ver las cuatro emisiones de
"Algo habrán hecho" , producción que demandó 8 meses de grabación en Europa,
América Latina y gran parte de Argentina. A continuación la respuesta de un
televidente:
Tengo diez críticas fundadas respecto de la crítica que hicieran Hilda Sabato y
Mirta Lobato en el suplemento cultural del diario Clarín (Ñ, 118, 12-13,
31/12/2005, Bs.As.) al programa Algo habrán hecho (por la historia argentina).
Lo que proponen las señoras Sabato y Lobato desde el formato del púlpito
académico, y como ellas bien lo saben, no es asequible al formato televisivo.
Podemos encontrarle defectos al programa de Felipe Pigna y Mario Pergolini, pero
no podemos dejar de encontrar loable el hecho de haber instalado la discusión
sobre nuestra historia dentro de un público masivo, y que el problema de la
historia no esté restringido a cenáculos exclusivos ni que estos se arroben como
derecho propio tal tema.
Me atrevo a discrepar en algunas cuestiones centrales con sendas académicas, y
el orden de enunciación desde el primer punto hasta el noveno no tienen
relevancia en cuanto al orden.
Primero: la ironía que utilizan al referirse tanto a Pigna como a Pergolini, la
misma que critican de estos autores. Extraño en autoras de un vasto conocimiento
y las que deberían dejar fluir sus dotes cientistas a su prejuiciosa ideología
(encubierta en academicismo crítico). Y sobre todo realizar una crítica
desligada de la alusión tendenciosa, la comparación chabacana (criterio que
precisamente critican), o la metáfora.
Segundo: el menosprecio sobre la capacidad intelectual del interlocutor. ¿O
estas ignotas ante la masa de televidentes piensan que muchos de los que estamos
del otro lado del televisor no tenemos cierta curiosidad respecto del legado
intelectual, político, cultural, etc., de los hacedores de nuestra historia
(Belgrano, San Martín, Rivadavia, Urquiza, Mitre y tantos otros)? ¿Que es
menester del académico develarnos la historia según los cánones de una
subjetividad mediada que da en llamarse “objetividad” (objetividad como criterio
que cambia de época en época, según el aprendizaje epistemológico)? ¿Que no nos
interesa el documento, y sólo nos satisface el campo visual sobre el cual la
palabra se soporta? ¿Qué somos incapaces de comprender procesos por más mal
logrado que se encuentre el relato? Existe en esta crítica, casi como
deformación profesional, una subvaloración del otro, de la intelectualidad del
otro frente a la intelectualidad del académico. Subvaloración que recae tanto en
los hacedores del programa como en quienes lo observamos (bajo el presupuesto
tácito de espectador pacífico, y no-crítico).
Tercero: toda intervención en historia conlleva una postura frente a la
historia. Nadie está en la historia, inclusive leyéndola, sin intervenir en
ella. Es correcto que el grado de complejidad es mucho mayor al simplismo de
pintar la historia en “blanco” y “negro”. En su crítica, estas dos autoras, no
dejan o guardan una distancia tan alejada respecto del criterio usado hasta el
cansancio por cierto mundillo académico en el cual prima el criterio de
“civilización” o “barbarie”. Criterio del que no se ha apartado demasiado la
historiografía social, preñada de positivismo. Justifica esta aseveración
expresiones de las autoras como que el mencionado programa retoma las figuras de
los héroes más rancios del panteón nacional y las versiones más esencialistas de
la historia nacional.
Cuarto: en cuanto a que todo lo ocurrido se interpreta en clave del presente,
cabría la posibilidad de corregir tan grave error lingüístico de estas dos
académicas: deberían haber dicho que “todo lo ocurrido se homologa con respecto
a nuestro presente (o actualidad histórica)”, porque en historia no cabe otra
posibilidad para el historiador (como ellas mismas lo confirman luego en su
escrito) que interpretar en clave del presente usando las teorías con las cuales
se cuenta en la actualidad del trabajo del historiador, de la misma manera que
los archivos y los documentos. Como afirmé ellas sostienen que no se atiende a
ninguna de las dimensiones del pasado que hoy constituyen la materia principal
de los historiadores en todo el mundo: lo social, la economía, la vida política,
el mundo de las representaciones y la cultura (el subrayado es mío, por
supuesto, y sin entrar en discusiones de orden filológico y
filosófico/epistemológico en cuanto al estricto uso de la terminología en la
frase anterior citada).
Quinto: una hipótesis jamás dejará de serlo en tanto no exista un evento que así
la corrobore (sea tanto demostrando la verdad o la falsedad de la misma), y hago
estricta referencia al caso de la muerte de Moreno, pero que por supuesto se
extiende al amplio campo desconocido de nuestro pasado (y del pasado de
cualquier país).
Sexto: las autoras demuestran no haber visto el programa, o en el mejor de los
casos haberlo visto parcialmente, o realizan en su defecto un manejo tendencioso
de lo que allí vieron para convalidar su posicionamiento ideológico frente a la
historia.
Séptimo: la crítica no se sostiene en sí misma, porque no se demuestra nada de
lo que se dice que así no fue. Sólo se dice que así no fue la historia, o en el
mejor de los casos: que no fue así de simple: buenos por un lado y malos por
otro. Me dirán que existe una extensa bibliografía (inclusive una gran parte que
no ignoro). Esto está constreñido, como es lógico, al espacio que las autoras
han tenido para expresarse, por lo cual no existe diferencia alguna respecto del
programa criticado. Seguramente tanto Pigna como Sabato o Lobato nos remitirán a
libros y/o documentos probatorios. La defensa ejercida por uno o por otro no
debería ser distinta, y mucho menos contar con accesos limitados a la
información histórica fidedigna (la hermenéutica de esta información es la que
configura el patrón ideológico; no adhiero a las teorías del fin de las
ideologías, y tampoco a la ideología de la objetividad).
Octavo: la crítica abarca, inclusive, el plano de la estética en torno a la
presentación de un formato televisivo, por lo cual jamás esta crítica puede ser
objetiva (como no lo es ninguna crítica en el campo de la estética). Que no sea
objetiva no invalida que exista un subjetivismo fundado (críticamente
fundamentado); pero en el caso de las autoras, su apreciación guarda menos
distancia con aquel vetusto criterio “leninista-stanilista” del realismo social
que con cualquier otra alternativa de entender un medio de comunicación como un
constructor de estética (e incluso de arte).
Noveno: si la historiografía popular peca de poco veraz en lo académico, la
historiografía académica peca de poco veraz en lo popular (valga el juego de
palabras, para presentar los hechos tal se dan). Quiero dejar en claro que no
estoy tomando como sinónimos a ‘popular’ y ‘populista’ (cabe la posibilidad de
analizar hasta qué punto un programa televisivo masivo está sujeto a criterios e
intereses populistas).
Décimo: bienvenidas las críticas, pero descubriéndonos el pelaje. Ninguna
presentación, por académica que fuera, invalidará los hechos tal se han dado. Lo
reaccionario seguirá siéndolo, lo revolucionario seguirá siéndolo, lo
progresista seguirá siéndolo, muy a pesar de la complejidad que lo ha
circundado.
Quiero señalar que en lo que respecta a la conclusión de la crítica que realizan
Sabato y Lobato, es falsa precisamente por lo dicho en los primeros párrafos de
esta nota. Si arriban a esta conclusión, teniendo una subestimación absoluta del
espectador, es, quizá, porque el componente reaccionario convive con su modo de
entender la historia (estrictamente desde el plano académico) y cualquier otra
posibilidad inmediatamente queda invalidada por no ajustarse a este canon. No
queda demostrado que se termine por ofrecer un producto reaccionario, que impide
la interrogación, deslegitima el debate, y desalienta la reflexión, tanto sobre
el pasado como sobre nuestro más cercano e igualmente problemático presente. Es
ciertamente una conclusión injuriosa, no fundada, desde una lectura y visión
sesgada, porque el relato de Pigna no se ha presentado como unilateral, ni mucho
menos único, ni ha establecido leyes que impidan socialmente debatir en torno a
estas cuestiones, entre tantas otras cosas. Si así lo piensan estas dos
historiadoras, que lo demuestren, y no escudándose en la “frasecita” muy de moda
dentro del campo de las ciencias sociales durante la última década: “proceso
complejo”. Cuando mucho, lo que puede aseverarse es que el programa ha sido otro
producto enlatado, sujeto a los cánones de la competencia por un punto más de
raiting, y que sobradamente le ha ido mejor que a los muy buenos documentales
que pasan por lo canales de aire (claro está, también, en honrosas ocasiones).
Y como punto final ¿no cabría la posibilidad de preguntarse si este programa no
ha funcionado como bisagra para problematizar de manera más exhaustiva la
realidad histórica, y establecer un debate criterioso en torno a este tema,
antes de realizar presurosas conclusiones acusatorias e injuriosas? ¿O no será
que estas conclusiones descalificatorias vienen a develar la incapacidad o la
total impotencia del académico para justificar su trabajo frente a una realidad
social que no se condice con sus estudios? Entre otros de los mitos que deberían
derribarse, es la del académico enclaustrado, y hacer extensible y más que
extensible asequible, su trabajo al todo social (en definitiva único “contendor”
de un genuino trabajo dialógico).
Leandro Andrini
DNI: 24.146.506
La Plata, Prov. de Buenos Aires.
Fuente: www.elhistoriador.com.ar

Por PABLO POZZI (Docente de la Carrera de
Historia en de la Fac. de Filosofía y Letras de la UBA y Fac. de Filosofía y
Humanidades de la UNC. Autor de numerosos libros, el más reciente, Huellas
Imperiales, junto a F. Nigra)
En relación al éxito del programa de Pigna "Algo habrán hecho por la historia
Argentina", como también con respecto a sus libros Los mitos de la historia
argentina, creo que hay que considerar varias cosas distintas. Una es la
búsqueda de respuestas a la situación actual de crisis y falta de futuro de
muchos sectores de la población. Estos sectores buscan en la historia una
respuesta y también experiencia para tratar de salir de los problemas que nos
aquejan. Otra es que los argentinos (y realmente la población en todo el mundo)
siempre han tenido un gran interés por la historia nacional. Esto se puede ver
en la cantidad de publicaciones de divulgación histórica, novelas, e inclusive
en la discusión cotidiana. Basta decir ¿porqué la Argentina no es un gran país?
Y más de uno va a responder cosas tipo "por que echamos a los ingleses durante
las invasiones". La respuesta es superficial y muchas veces revela
desconocimiento, pero también demuestra una inquietud de buscar en nuestro
pasado las causas de la decadencia argentina.
En este sentido siempre hubo "Pignas". Antes de éste estuvo Lanata, que fue
después de Anguita y Caparros, que sucedieron a Félix Luna. En una época eran
José María Rosa y Abelardo Ramos. Lo notable es que ninguno de éstos sería
reconocido hoy como historiadores por la profesión, sino más bien como
divulgadores o periodistas. Es más, recuerdo una vez que cuando salía de la
Argentina, en el formulario se preguntaba la "profesión". Yo puse "historiador".
El de inmigraciones lo mira y me dice: "No. Usted es profesor de Historia.
Historiador es Félix Luna". Para muchos de mis colegas Luna era un "empresario
de la historia". Que a nivel popular se reconozca a toda una serie de gente como
historiadores, y que la profesión no lo haga, es por demás revelador.
El problema con los historiadores académicos es muy complejo. Por un lado la
historia es imprescindible tanto para establecer la hegemonía de la clase
dominante como para gestar una oposición y alternativa revolucionaria. Muchos
historiadores profesionales de hoy fueron militantes de la izquierda o del
peronismo combativo en la década de 1966-1976. El problema es que la lección que
derivaron de esa experiencia fue que los habían reprimido por haberse "metido en
política". Como tales se intentaron acomodar al poder y se ofrecieron para
articular un nuevo discurso histórico que reconstruyera una hegemonía en crisis.
Así se acercaron al calor alfonsinista. El problema es que no gestaron tal
discurso. Un discurso hegemónico debe intentar cooptar las demandas de los
sectores oprimidos e incorporarlas a la explicación histórica que ofrece la
burguesía. Pero su propuesta fue reescribir la historia planteando una infinidad
de temas que ellos creían que podría reforzar lo que entendían como la
democracia y la ciudadanía. Pero los problemas de la sociedad argentina eran
otros. En medio del desempleo, de la corrupción, de la destrucción de las
conquistas sociales, los historiadores estudiamos la democracia, los partidos
políticos y cosas similares. Tras un supuesto objetivismo no se intentó explicar
nada de lo que pasaba hoy. Así, por ejemplo, no se investigaron cuestiones como
la guerrilla, el movimiento obrero, las formas de organización popular, o
inclusive el por qué había golpes de Estado en la Argentina. Es notable que esto
sí lo hicieron historiadores extranjeros como Potash, Rouquié o Daniel James,
todos best seller en su momento. Lo que resultó fue una historia anodina, que
muchos sienten aburrida y que es realmente irrelevante a la vida de la gente
común. La profesión se volcó hacia adentro, escribiendo para los historiadores y
no para la sociedad en general. A esto hay que agregar el hecho de que tanto
Alfonsín como Menem hicieron disponibles cuantiosos fondos en becas, subsidios a
la investigación, etc. Los historiadores se dedicaron a captar estos fondos
haciendo proyectos que fueran aprobados y por ende no debían enemistarse con
ningún posible jurado. El resultado fueron investigaciones anodinas, hechas
correctamente pero de escasa relevancia.
A esto debemos sumarle que la argentina es una sociedad con una profunda crisis
orgánica. Por ende, lejos de apuntar a analizar la historia como un elemento
para explicar y resolver los problemas del hoy (aún los de burguesía), la
profesión se convirtió en un negocio. En este sentido no le sirve ni siquiera a
la clase dominante. Lo que sí le sirve es que ha vaciado de contenido y cooptado
a importantes sectores intelectuales quitándole un elemento fundamental a la
gestación de alternativas populares y obreras.
En este sentido se comprende más el éxito de Pigna. Su visión es profundamente
desmovilizadora de la participación popular pero entronca con sentires de la
gente. O sea, para él la historia argentina es una de grandes hombres (y muy
pocas o ninguna mujer) que eran buenos y honestos, pero que fueron siempre
boicoteados o imposibilitados de actuar por los corruptos que los rodean. Así el
problema es conseguir un líder bueno y apoyarlo en contra de la corrupción
generalizada que está enquistada en los grupos de poder. Como muchos se sienten
impotentes frente a la situación actual, y sienten que la corrupción (entendida
no sólo como económica sino también de ideas) entonces el discurso de Pigna
parece algo razonable y de sentido común. Realmente es algo funcional a la
burguesía y emerge ante la carencia de ideas de los historiadores para articular
un discurso hegemónico. Y no es accidente que Pigna emerja cuando también hay
una reactivación de la movilización obrera y popular: es una propuesta histórica
que dice básicamente que no hay nada que la gente común pueda hacer y que la
única alternativa es apoyar a uno de los "grandes hombres" en contra de la
corrupción. Digamos, Kirchner sería ese gran hombre.
Con respecto a la vinculación entre una producción historiográfica que aporte a
una explicación profunda del pasado y su difusión de manera comprensible para
las amplias masas, creo que la clase obrera necesita de sus intelectuales y por
ende de sus historiadores. Lo que necesita son trabajos serios, bien
investigados y científicos para de ahí poder elaborar políticas basadas en lo
mejor del conocimiento. La buena difusión ha tenido un trabajo serio y
profesional previo. No se trata de ser populachero sino de ver cómo cuestiones y
temas complejos se pueden expresar en forma accesible. Cuando esto ocurre
encontramos que las grandes masas tienen interés y utilizan lo que hacemos. Lo
que pasa es que es muy difícil hacerlo. Es más fácil expresar las cosas en
jerigonza o escudarse detrás de definiciones teóricas complicadas que tratar de
hacer accesible algo complejo. Esto es aún más complicado si nos damos cuenta
que la cultura intelectual de los argentinos dice que el ser humano inteligente
es el pedante que habla en raro: se dice periplo en vez de viaje. Sin embargo,
tenemos ejemplos múltiples de buena historia, accesible: Juan Alvarez y Saldías
a principios del siglo XX, Milcíades Peña, Duhalde y Ortega Peña o Rodolfo
Puiggrós; y entre los extranjeros E.P. Thompson, Eric Hobsbawm, Pierre Vilar,
Howard Zinn y tantos, tantos otros.
Hay toda una serie de historiadores, tanto en la academia como fuera de ella,
que han desarrollado una visión crítica del pasado. Los trabajos de Eduardo
Azcuy Ameghino y de Gabriela Gresores sobre el siglo XIX son un buen ejemplo de
eso, o Ernesto Salas sobre la huelga del frigorífico Lisandro de la Torre, o el
de Alejandro Schneider sobre la clase obrera entre 1955 y 1973. Cada uno desde
su perspectiva histórica e ideológica ha desarrollado una historia crítica, bien
investigada y relevante al día de hoy. El problema sigue siendo de difusión, por
un lado, y por otro de que nos articulemos en una discusión o proyecto
historiográfico que permita avanzar no individualmente sino colectivamente.
También está el problema de ganarse el pan. Tanto la profesión como el Estado (y
por ende la burguesía) no ven con buenos ojos este tipo de investigación
histórica, por lo que tanto las posibilidades de tener recursos para investigar,
como el de sobrevivir profesionalmente, el de publicar, o el de tener la
posibilidad de formar nuevos historiadores, es muy difícil. ¿Qué campos están
menos explorados? Realmente está todo por hacerse y en este sentido el problema
no es tanto de campos sino más bien de perspectivas de medios.

Por JOSE GABRIEL VAZEILLES (Docente de
Historia Argentina y Latinoamerica en la Fac. de Ciencias Sociales y Historia
Social General de la Fac. de Filosofia y Letras, de la Universidad de Bs. As. Ha
publicado nuemerosos libros, entre ellos La basura cultural en las jergas de
Heidegger y Nietzsche (2004)
A raíz de una "polémica" entre Felipe Pigna versus Hilda Sábato y Mirta Lobato
aparecida en los números 118 (31/12/05) y 119 (7/1/06) de la Revista Ñ, referida
al programa en TV del primero compartido con Mario Pergolini, me han pedido
opinión y es necesario que comience por aclarar el título y el entrecomillado.
Las expresiones culturales en esta sociedad tienen ante sí las alternativas de
ser un síntoma de alienación ideológica, según el interés conservador del poder
económico y político, o bien una crítica cultural que procura descubrir las
contradicciones que aparecen como incongruencias, para sentar aportes que ayuden
a su resolución.
En verdad, si tomamos en cuenta diferentes actores, estas alternativas que para
cada caso se presentan como marcadamente disyuntivas, configuran un doble
carácter, pues quien descubre el síntoma pone en juego, por ese solo hecho, la
crítica.
Podría suponerse que una polémica otorga mayor posibilidad de que aparezca el
doble carácter pero también es posible lo contrario, cuando la intención de los
"polemistas" es mejor posicionarse unos frente a otros por el puro prestigio y
las rentas anexas, compartiendo en el fondo la postura de no objetar el poder.
En ese caso no saldremos del "síntoma", con el agravante de que el pluralismo
vacuo que se ha ejercitado resulte aún más venenoso para una crítica auténtica,
porque su pura apariencia de tal, induce a no indagar más o a asordinar, si se
produce, una futura crítica, diciendo "sobre esta cuestión hay muchas
opiniones".
En la historia argentina esto no es nuevo y limitándonos al siglo XX, cuando la
consolidación roquista había instalado una versión de entonces de la política
única, de sesgo británico y terrateniente local, ocurrió ese pluralismo vacuo
entre presuntos positivistas como Bunge y Ramos Mejía o espiritualistas como
Lugones, Becher o Gálvez, todos en verdad platónicos que miraban el mundo como
el clero medieval.
Cuando entre la rajadura de la reciente política única, ocasionada por las
puebladas del 2001, irrumpió nuestra Cátedra paralela en la Facultad de
Filosofía y Letras de la UBA, el profesor Luis A. Romero salió violentamente a
la palestra, con la disponibilidad que le prestaron muchos medios masivos de
difusión, al más descomedido autoelogio, mientras denostaba una presunta baja
calidad nuestra.
Nosotros nos negamos por principio y con firmeza a entrar en el juego de, a la
vez, mostrar nuestra calidad y denostar la de él, pues configuraríamos la
situación de competencia por el prestigio, el pluralismo vacuo antes mencionado
e invitamos al profesor Romero a debatir sobre sus apologías del poder, como el
elogio al nazi Ramos Mejía o sus satisfacciones respecto del pensamiento único
neo-liberal.
Estas propuestas fueron ignoradas olímpicamente (o desde el supuesto Olimpo en
que creía encontrarse) por Romero y a su postura propagandístico-comercial se
sumaron otros profesores, entre ellos Hilda Sábato. Los dos modos de debatir los
vimos como una cuestión crucial para la historiografía y así lo entendieron
algunos intelectuales, docentes y estudiantes, pero entre ellos tampoco vimos a
Felipe Pigna ni algunas personalidades de izquierda de buen trato con él.
En el pasaje del siglo XIX al XX, la comodidad económica y política de los
voceros oligárquicos era grande, así que Ramos Mejía podía bien hacer la
apología del genocidio antisemita de la Inquisición Española y luego ser titular
del consejo nacional de Educación o Lugones el del imperialismo sin sufrir mucha
mengua. Tal vez este estar impunemente más allá de cualquier dicho o texto haya
sido el modelo que impulsó a Romero (h) a hacer su apología y a creer que con De
la Rúa él y sus amigos iban a gozar de un Olimpo igual. Pero este otro pasaje de
siglo presenta más escasez y rivalidades, así que el pluralismo vacuo no se
puede ejercer del mismo modo.
Las profesoras Lobato y Sábato criticaron a Pigna por aducir en abstracto el
concepto de Nación. Treinta meses antes, en la misma Revista Ñ (N° 87, 28/5/05),
el Profesor Halperín Donghi dijo: "La sociedad argentina es escéptica en todo,
salvo sobre ella misma: es siempre la víctima inocente de calamidades en las que
no tuvo nada que ver". Adjudicar predicados a "la sociedad" en abstracto es una
casi insuperable muestra de vacuidad, además de una marca característica del
"pensamiento único" neo-liberal, lo que no fue motivo de ninguna crítica por
parte de esas profesoras.
Tal vez temían que el Profesor Halperín, quien se considera una especie de
arquitecto intelectual, no les otorgue el papel de decoradoras o redecoradoras a
que refiere cuanto dice: "Si se me permite la comparación, a mí me tocó
participar en la primera etapa de construcción de una casa, luego siguen otras,
hasta que se llega a la redecoración de las habitaciones".
Metáforas del "profesionalismo", como el argumento de Romero (h) de que la
participación de los estudiantes en el gobierno universitario se asemeja a la
pretensión de los enfermos de dirigir un hospital. Metáforas que suponen un
sereno curso del poder, sin siquiera estremecimientos graves.
Tal vez la connotación de formol, bisturíes y termómetros sea menos elegante que
la de la casa, que casi connota incienso y templo del saber; claro que en esta
materia, lo que como monumento ha logrado mantenerse en pie, casi iguales a sí
mismas son las pirámides egipcias, admiradas por el platonismo en su invaria-bilidad,
como sus arquetipos celestes, que en lugar del incesante devenir de las ideas,
gozaron de lo contrario... hasta que Galileo y otros vinieron a molestar.
Según tal invariabilidad, que se parece al modo de ver el mundo de Mitre, entre
otros, con quien parece que simpatizan como "padre fundador" los arquitectos y
decoradores (fundador y no fundidor, como indica la relación de Mitre con el
patrimonio público), podríamos llamar a su corriente "monumentalismo", pero al
recordar para qué servían las pirámides, resultaría algo agresivo, amén de que
el carácter aséptico del profesionalismo rechaza todo apelativo como "marxista",
"monumentalista" o "gramsciano".
Reteniendo esta inclinación, luego nos damos cuenta que tampoco en el perfil de
origen de los "polemistas" les podríamos sacar las comillas. En efecto, hemos
recordado que una periodista con afición a hacer reportajes a quienes considera
historiadores había iniciado tales aficiones alrededor de las publicaciones de
Félix Luna, o sea, con un perfil más bien parecido al actual de Pigna.
No recuerdo ahora bien como se apellida esa columnista, creo que de nombre Ana
María, pero siempre respetando no usar esos sufijos, podríamos esperar que haya
pasado de ser "lunática" a ser "pignática", pero por sus elogios tales como
calificar al arquitecto como "el más grande historiador vivo", no caben dudas de
que ha terminado siendo "halperinática", lo que vuelve inconsistente la
persistencia de dos veredas enfrentadas y nos excusa otra vez de quitar las
comillas.

Por JUAN LUIS HERNÁNDEZ (Docente de
Historia de la Fac. de Filosofia y Letras de la Univ. de Bs.As, en la materia
Problemas Latinoamericanos Contemporáneos)
'Algo habrán hecho por la historia argentina", la serie de cuatro episodios
televisivos de Pigna-Pergolini, tuvo un enorme éxito de audiencia y una
importante repercusión pos-terior. Es muy revelador y altamente sugerente que un
canal de televisión de aire ubique en uno de sus horarios centrales un programa
íntegramente dedicado a la historia argentina, y que el mismo tenga un rating
elevadísimo en un país donde la historia está unánimemente considerada una de
las áreas más aburridas y devaluadas de la enseñanza escolar.
Este -para algunos- sorprendente interés por la historia nacional no puede
desligarse de la realidad social de la Argentina actual, y más específicamente,
del procesamiento de la crisis del 2001 y su impacto en el imaginario popular.
Como señala Omar Acha en su interesante ensayo sobre las narrativas nacionales,
a partir de los sucesos del 19 y 20 de diciembre queda irreversiblemente
lesionada la idea del "progreso" como horizonte ineluctable de la Argentina más
allá de las peripecias, las encrucijadas y los caminos de cornisa que la nación
habría de atravesar a lo largo de su historia. En su lugar se instala con fuerza
la idea opuesta: algo malo subyace en la sociedad argentina desde sus orígenes,
que nos hace "ser como somos" y que "nos pase lo que nos pasa". La famosa frase
"estamos condenados al éxito", reveló en su momento el intento de suturar la
grieta abierta por donde fluye la terrible sospecha: el país de las "vacas y las
mieses" lejos de disfrutar de una extraordinaria "excepcionalidad" en
Latinoamérica, está atravesado por las mismas crisis y contradicciones que
desgarran a las demás naciones del sub-continente.
Es aquí entonces, en este desencuentro popular con las retóricas oficiales -en
las que se nutrieron y a su vez alimentaron los discursos historiográficos
hegemónicos producidos desde los ochenta en adelante- donde se incuba la
profunda necesidad de producir nuevos relatos del pasado nacional, y es a partir
de esta expectativa que resulta entendible la inmensa repercusión de un programa
dedicado a la historia del siglo XIX. Lamentablemente, pese a los anuncios
publicitarios previos, "Algo habrán hecho...." no aportó mayores novedades en la
interpretación de ese pasado.
Debemos decir que las interpretaciones históricas de Pigna adolecen de serios
pro-blemas. Parte de una posición metodológica correcta, en el sentido de
entender que la comprensión de las luchas del pasado resulta útil para iluminar
los conflictos del presente, pero abstrae las circunstancias y el contexto en
que se produjeron aquellas, con lo cual dificulta su entendimiento.
Descontextualizando los hechos del pasado, traslada en forma mecánica sus
contenidos y formas ideológicas al presente, sin las mediaciones necesarias, con
lo que termina homologando levantamientos militares del siglo XIX con golpes de
estado del XX, amnistía con políticas de impunidad y olvido, empréstitos con
deuda externa, etc.. A esto se agrega un relato basado en la antinomia
héroe-antihéroe, conformando una galería de buenos y malos de la historia
pensados en clave maniquea, sin admitir las contradicciones que atravesaron a la
mayoría de los personajes involucrados (así, por ejemplo, en la contraposición
Saavedra-Moreno, se oculta tanto el papel revolucionario del primero en las
jornadas de Mayo al volcar los principales regimientos porteños a la causa de la
revolución, como la conocida simpatía y expectativa del segundo con Inglaterra y
la política y el comercio inglés). Este relato histórico, construído en base a
personajes notables, deja en un muy segundo plano a los actores sociales,
incurriendo en una vieja y usual costumbre de nuestro medio: hacer alusión en
general al pueblo pero sin otorgarle entidad alguna en el devenir de los
procesos históricos.
La reacción de la academia estuvo a cargo de las profesoras Hilda Sábato y Mirta
Lobato, autoras del artículo "Falsos mitos y viejos héroes", publicado en el
suplemento dominical Ñ del 31/12/05. Aunque señalan algunas críticas válidas al
programa de Pigna-Pergolini, el texto, enteramente previsible, expresa en
definitiva toda la impotencia de quienes siguen aferradas a discursos
historiográficos que no dan respuesta a las inquietudes actuales de la sociedad.
Con un discurso teñido de resentimiento y elitismo, fuertemente
autorreferencial, terminan reprochándole a Pigna lo que constituye su mayor y
casi único mérito: haber instalado un debate sobre el pasado nacional a nivel
masivo. La respuesta de Pigna, de muy bajo nivel conceptual, no contribuyó en
nada para elevar la polémica.
Una muestra significativa del bajísimo nivel de la discusión lo constituye el
inter-cambio en torno a la llamada "historia del sufragio". Como es sabido,
Sábato-Lobato hiper-valoran la legislación que estableció, a partir de 1821, el
voto para "todos los adultos libres", atribuyéndole a Pigna el error de
desconocer ésta y otras medidas progresistas adoptadas durante la gestión de
Rivadavia. En su respuesta, Pigna remite a un discurso de Dorrego impugnando el
carácter elitista de la ley, donde denuncia que la privación del voto a
"domésticos a sueldo y jornaleros" buscaba consolidar en el poder a una
"aristocracia del dinero". El problema que acá se omite -más allá de la querella
erudita en torno a la pertinencia de los dichos atribuidos a ambos personajes-
es justamente los límites de la construcción de la ciudadanía en una sociedad
estamental, autoritaria y paternalista; y la utilidad del sufragio masculino en
relación a la participación de los sectores sociales excluidos -cuestión que
pasaría a primer plano solo unos años más tarde, durante el gobierno de Juan
Manuel de Rosas, cuando amplios sectores de las clases subalternas intentarán
expresarse a través de otros canales de participación política y social.
¿Qué conclusiones podemos sacar de todo esto? Quienes queremos contribuir al
desarrollo y crecimiento de una historiografía de izquierda, debemos plantearnos
la necesidad de construir nuevos relatos historiográficos para dar cuenta del
pasado nacional, que ayuden a reflexionar sobre la historia reciente y la
situación política actual. Tomando como punto de partida las luchas del
movimiento obrero y las clases subalternas, es posible aportar a la construcción
de un conocimiento histórico que no se proponga encerrado entre las cuatro
paredes de un instituto de investigación sino abierto al debate público, en
conexión con las experiencias y necesidades de los trabajadores y los sectores
populares. El interés y repercusión de "Algo habrán hecho por la historia
argentina" nos demuestra que en este terreno tenemos mucho camino por recorrer.

Por FERNANDO AIZICZON - ARIEL PETRUCCELLI
(Profesores de Historia, UNComahue, Neuquén,
miembros de la editorial "El Fracaso")
Felipe Pigna, hábil comerciante de la historia, ha tenido la virtud de escribir
y producir un programa televisivo acorde con el espíritu de los tiempos, o por
lo menos de los tiempos argentinos post 2001. Ha brindado a un público popular
una "explicación" -tosca, simplista, marquetinera, punchi punchi- como la que
ese público estaba buscando: una explicación básicamente política, y en la que
los males de la nación tienen su origen en los corruptos del pasado que se han
hecho pasar por héroes. Algo así como la traducción, en el plano histórico y a
largo plazo, del tipo de explicación emanada desde el poder kirchnerista sobre
lo ocurrido durante la década menemista.
En otra galaxia, la academia histórica, enfrascada en los urgentes y acuciantes
problemas planteados por el posestructuralismo, el giro lingüístico o el
concepto de ciudadanía -sin duda populares-, parece no haber acusado recibo del
cambio que significó transitar el traumático pos 2001 y el nuevo interés por la
Historia y la política suscitado en una franja considerable de la población
argentina.
Tarde o temprano estas dos cosmovisiones habrían de colisionar. Y así fue. Dos
grandes relatos de la historia protagonizan hoy un nuevo Big Bang...
La polémica ya está instalada, aunque lejos de aquellos combates ideológicos de
otros tiempos. Mirta Lobato e Hilda Sábato -dos connotadas historiadoras
académicas- criticaron con dureza el programa televisivo "Algo habrán hecho", y
Felipe
.
Pigna, el historiador que lo protagoniza, contestó airadamente. Las académicas
le reprochan al escritor de moda el no hacer ningún intento por analizar
procesos o estructuras; narrar una historia netamente política basada -¡una vez
más!- en grandes personalidades. Hasta aquí, creemos, las críticas son
merecidas. Y por eso nos parece que la auto-defensa que ensaya Pigna (diciendo
exactamente todo lo contrario) no tiene sustento. Pero el tándem Lobato-Sábato
se entusiasma y va por más. La cultura del espectáculo tira, atrae... y también
tiene sus reglas. Hay que decir algo contundente, una frase matadora, lanzar una
consigna que revuelva el avispero. Y las dos serias académicas que hace ya años
eligieron distanciarse del rol de intelectuales (y ni hablemos de la
intelectualidad crítica) para ponerse la corta toga del "profesional académico",
en un repentino rapto de conciencia ciudadana, arrojan la piedra del escándalo:
"el programa es reaccionario", dicen. Y los editores de Ñ empiezan a calcular
cuántos ejemplares más va a vender el número siguiente con la respuesta de Pigna.
La acusación es un disparate. Una provocación gratuita, o quizás todo lo
contrario. Es obvio que las intenciones de Pigna (en el programa y en sus
libros) no son para nada reaccionarias. Podría ocurrir que, pese a sus
intenciones, el efecto objetivo fuera efectivamente reaccionario. Pero para nada
es así. Pigna ha logrado interesar a un segmento importante de la juventud por
el pasado; y lo ha hecho cuestionando al "poder" y a los acaparadores de la
riqueza, reivindicando a figuras como Moreno o Güemes entre otros aspectos que,
digámoslo, su antecesor directo en términos de historiador-divulgador, el
archirreaccionario Félix Luna, jamás hubiera osado escribir.
¿¡Bravo Pigna!, entonces? Creemos que no. Su enfoque es profundamente
deficitario. Se basa efectivamente en una remitologización de la historia
nacional en la que hay muchos grandes individuos (aunque ahora, eso sí, algunos
son pillos de siete suelas, antes que broncíneos héroes), pero pocas clases
sociales. La historia de Pigna es curiosamente a-histórica: un eterno
enfrentamiento de buenos contra malos en el que, hasta ahora, han ganado siempre
los malos. Pigna politiza la historia, y hasta ahí va bien. Pero una cosa es
politizar la historia, y otra muy diferente es reducirla al enfrentamiento
político de perso-nalidades. Su historia, ciertamente, no es reaccionaria.
Tampoco es estrictamente falsa. Más bien es equivocada, como lo son todas
aquellas que buscan fervorosamente salvar a la Patria y rescatar otros héroes,
al menos eso creemos. Pigna puede contarnos muchas cosas del pasado, algunas sin
dudas interesantes; pero no nos explica por qué pasó lo que pasó, y cuando
pretende explicarlo se reduce a señalar la perversidad de Fulano o Zutano.
Creemos que es imperioso recrear una historiografía basada en las clases y
grupos sociales antes que en los individuos, y en procesos y estructuras, más
bien que en acontecimientos. Esta historiografía, desde luego, siempre habrá de
implicar un esfuerzo mayor de parte de los lectores, lo que sin duda dificultará
la aparición de Best Sellers. También tendrá un acotado margen para regodearse
con los "chismes" del pasado, y no debería ser producida por especialistas
exclusivamente para especialistas (que es uno de los vicios más acendrados de la
academia, incapaz de llegar a un público popular). Pero no cabe lamentarse por
la historiografía que quisiéramos tener y no tenemos, ni tiene mucho sentido
enojarse con las meticulosamente insulsas producciones académicas típicas, o con
la groseramente política historia de Pigna.
Lo único sensato que tenemos por hacer es escribir la historia que queremos
quienes mantenemos nuestro compromiso con los ideales del socialismo
revolucionario y con los principios del materialismo histórico: una historia
anclada en fuerzas sociales, que incluya las dimensiones económica, política y
cultural, deliberadamente explicativa y escrita en un lenguaje claro y
comprensible.