CÓMO OPERÓ LA DICTADURA
Jornadas Cultura y Medios en Dictadura y Democracia
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1998
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prensa escrita ante el golpe de 1976 |
Presentación de Palabra viva, por Rodolfo
Mattarolo
Jornada Medios,
Comunicación y Dictadura, Cap 1 Qué hicieron los medios

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Jornadas Cultura y Medios en Dictadura y
Democracia
7, 8 y 9 de mayo de 2008
Biblioteca Nacional - Auditorio Jorge Luís Borges
Capítulo 2 - Cómo operó la dictadura
Moderador: Martín Becerra - Panelistas: Raúl Timerman, César Gerbasi y Juan
Carlos Cernadas Lamadrid
Martín Becerra: En esta Mesa expondrán César Gerbasi, que trabaja en la
gerencia de ingeniería de Canal 7, especialista en temas técnicos del medio
audiovisual. También Juan Carlos Cernadas Lamadrid, dramaturgo, fue director
del teatro Alvear y trabajó en agencias de publicidad. Como autor ha escrito
obras para televisión como “Los Miedos”. Raúl Timerman, quien en la
actualidad tiene un programa en Radio El Mundo llamado “El hormiguero”,
también ha trabajado y trabaja en publicidad y porta un apellido que es
ineludible a la hora de referirse a la relación entre medios y dictadura
militar.
Raúl Timerman: Mi apellido es Timerman. Jacobo Timerman era hermano de mi
padre, y eran los únicos dos hermanos, o sea una familia muy chica. Y Jacobo
Timerman era, además, uno de los dueños y director del diario La Opinión.
Durante el proceso, lo que yo sentía era miedo, ése era el sentimiento
dominante. Había situaciones en las que el miedo se me aliviaba. Era cuando,
por motivos de trabajo, tenía que viajar al exterior, que sucedió con mucha
frecuencia. Y sólo se me aliviaba el miedo cuando el avión empezaba a
corretear y levantaba vuelo. Ahí sentía alivio, no antes. Uno de los
primeros viajes que yo hice -esto es algo que mi esposa no sabe- fue a
Europa, por un período relativamente largo. Nosotros acabábamos de tener
nuestro primer hijo, que tenía dos o tres meses. A los dos o tres días de
llegar a Bruselas, la llamé por teléfono y le dije que se venga. Recién
ahora comprendí por qué la llamé por teléfono y le dije que se venga. Y que
se venga con Jerónimo, que era nuestro primer hijo. Es porque tenía miedo
por ellos. Ella para poder hacer el permiso de salir del país, tuvo que
falsificar mi firma, porque no había otra manera de sacar a un chico. Ahora
escucho hablar de la inseguridad y dialogando con el actual secretario de
Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde, me decía que en la historia de los
secuestros, desde que empezaron, hubo 1.000 secuestros y 3 muertes. Durante
el Proceso hubo más de 30.000 secuestros y 30.000 muertes. Yo ahora no me
siento inseguro, como sí me sentía inseguro durante el Proceso militar. Una
vez, una periodista de France Press le hace una entrevista a Mao (Tse Tung)
y empieza a recorrer la historia china -3.000 añosa.c.- junto a la historia
de las dinastías, y Mao le va contando. Después de 2 ó 3 horas de
entrevista, le pregunta a Mao qué opina de la Revolución Francesa. Mao se
queda pensando y dice: “Nohay perspectiva histórica, sucedió hace demasiado
poco tiempo”. El Proceso, que sucedió hace mucho menos años, tiene,
posiblemente, desde el punto de vista de la interpretación, sólo visiones
parciales.
No hay una visión totalizadora del Proceso. Hay visiones parciales. Sin
embargo, para poder ver cómo operó el Proceso, hice una síntesis.La
dictadura operó secuestrando, torturando, matando, desapareciendo y robando
bebes. ¿Por qué operó de esa manera? Porque necesitaba crear un estado de
miedo. Yo tenía miedo porque me impusieron un estado del miedo. ¿Y para qué
era necesario que la gente tuviera miedo? Era necesario que la gente tuviera
miedo para que se inmovilice. La dictadura militar fue congeladora de la
protesta social para poder aplicar un plan económico. Creo que ahí no hay
una visión parcial, creo que hay un punto mínimo sobre el que hay que
ponerse de acuerdo. Se aplicó un plan económico, y ese plan económico siguió
vigente hasta que el modelo se hizo trizas el 19 y 20 de diciembre de 2001.
Se cayó solo, pero duró 25 años. La ideología que aplicaron para poder
generar ese estado de miedo fue la doctrina de la seguridad nacional.
¿Podían haber hecho otra cosa? Sí y no. Podían haber combatido la guerrilla
con la ley. Pero entonces no hubiera habido miedo social. Porque a ley la
gente no le tiene miedo. Y a eso, la gente le tiene miedo. El primer día del
golpe, el 24 de marzo de 1976, sale el famoso comunicado número 19. Ese
comunicado dice que habrá penas de hasta diez años de reclusión al que
difundiere, divulgare o propagare noticias, comunicados o imágenes con el
propósito de perturbar, perjudicar o desprestigiar la actividad de las
Fuerzas Armadas, de Seguridad o policiales. Penas de diez años de reclusión.
Hubo diarios cerrados, expropiados, medios clausurados, periodistas
desaparecidos; pero a nadie le aplicaron este comunicado número 19. Nadie
fue juzgado y le dieron 10 años de prisión. La práctica era secuestrar,
torturar, matar, desaparecer, robar bebés. Acá ya contaron y hubo una
pregunta de una persona con respecto al tema del Ente Autárquico Mundial 78
(EAM 78). Una de las cosas que hicieron fue con los medios del Estado. Los
intervinieron y los dividieron. Canal 9 para el Ejército, el 11 para la
Aeronáutica, el 13 para la Marina y el 7 dependía de Presidencia, que era
del Ejército. Los programas de Canal 7 eran culturales -ballet, ópera en
concierto-, es decir, una cultura insípida, y sobre fútbol y automovilismo
ya que de eso el Estado tenía el monopolio. Canal 7 funcionaba en el
edificio Alas, no existía el actual edificio de ATC. Eso se construyó con el
EAM 78.
Costó 700 millones de dólares, de los cuales 100 millones se destinaron al
Centro Producción Buenos Aires, que es hoy ATC. Terminado el Mundial, se
produjo la mudanza, empezó a funcionar ATC ahí, y llamaron a alguien para
que presente una propuesta de cómo debería ser el canal. El interventor era
un coronel, Enrique Santos Paradelo, y le preguntaron a Montero, un
productor que presentó una propuesta, lo siguiente: ”Montero, usted qué
recomienda ¿salir a pelear el rating o aprovechar la entrada de camiones que
tiene ATC y hacer un supermercado?”. Y decidieron salir a pelear el rating.
Lo primero que hizo Montero, es contratar una agencia de publicidad,
Lautrec, que fue la que inventó ATC y su imagen ¿A quién contrató Montero? A
Mirtha Legrand, para hacer los almuerzos; a Hugo Moser, para hacer “Los
hijos de López”, y a Andrea del Boca, para hacer “Andrea Celeste”, con libro
de Abel Santa Cruz.
A Horacio Larrosa le dio la dirección informativa. Él inventó el noticiero
“60 minutos”, que tenía como conductor a José Gómez Fuentes, a María Larreta
y a Silvia Fernández Barrio. Durante la guerra de Malvinas, tenían como
corresponsal en las islas a Nicolás Kasanzew. Durante la guerra, Canal 7
organizó el programa “24 horas de Malvinas”, con Cacho Fontana y Pinky donde
se dedicaban a juntar cosas para enviar a los soldados. Ese programa tuvo 52
puntos de rating. Nunca se supo qué pasó con todo lo que se juntó en ese
programa. A algunos medios gráficos, el Proceso militar los expropió. Y al
resto de los medios los compraron entregándoles Papel Prensa. Estaba
anunciado: el 3 de noviembre de 1976 se realizaría una asamblea de Papel
Prensa donde se iba a regularizar una transferencia accionaria. Los dueños
de las acciones eran los Gravier. David Gravier había sido socio capitalista
de La Opinión. El día anterior había habido una reunión en el diario La
Nación, donde quedó claro que el Estado no iba a permitir el traspaso de los
testaferros a los Gravier y que éstos tenían que vender sus acciones.
Estaban presentes: Máximo Gainza Paz, por el diario La Prensa; Héctor
Magnetto, por Clarín; Bartolomé Luis Mitre, por La Nación y Patricio Peralta
Ramos, por La Razón.
El único ingenuo fue Máximo Gainza Paz, que pensó que había que pagar por
esas acciones, y entonces excusó a La Prensa de participar porque no estaba
en condiciones financieras. “Estamos haciendo el nuevo edificio, nosotros no
vamos a participar de esto”, dijo. El resultado fue que Clarín, La Nación y
La Razón se quedaron con Papel Prensa. Nunca se pagó. Y hoy se sospecha que
tiene un solo dueño, posiblemente éste sea el momento de mayor concentración
de la prensa gráfica en el país. Sucedieron algunas cosas que a uno le
llaman la atención, como la conducta de alguna gente que intervino en los
medios durante y después del Proceso. Hay gente que mantuvo una línea. Si
uno habla de Mariano Grondona o de Bernardo Neustadt mantuvieron una línea.
A lo mejor si uno le pregunta a Grondona si había más libertad de prensa
durante el Proceso que ahora es capaz de contestar: “Durante el proceso yo
invitaba a un ministro y venía al programa, ahora no viene ningún ministro a
mi programa”.Pero hubo gente que tuvo contradicciones. Si uno toma el
programa que fue hecho por la Aeronáutica en Canal 11-programa que marcó una
apología del Proceso-, llamado “Vídeo Show”, ese programa tuvo cuatro
conductores a lo largo de sus tres años. Los conductores fueron Bernardo
Neustadt, que no llama la atención; Cacho Fontana, que no llama la atención;
Enrique Llamas de Madariaga, que no llama la atención, y Magdalena Ruiz
Guiñazú, que sí llama la atención.
Pero bueno, como alguien dijo acá, es muy difícil exigirle a la gente que
sea valiente. La gente se defendió y trató de sobrevivir como pudo en esas
circunstancias y hay gente que empezó a ver las cosas después. Ernesto
Sábato empezó a ver las cosas después. Magdalena empezó a ver las cosas
después. Jorge Luis Borges empezó a ver las cosas después, mucha gente. A lo
mejor, Jacobo Timerman también empezó a ver las cosas después.
Porque no era el mismo diario La Opinión antes del golpe o el primer
período, que cuando empezó a publicar habeas corpus, o cuando matan a
Edgardo Sajón, ex secretario de Prensa y Difusión de la Presidencia, o
finalmente, lo secuestran a él. Pero hubo gente que la misma conducta la
sigue teniendo hoy. Cuando a Jacobo Timerman la Universidad de Columbia le
entrega el premio María Moors Cabot, hay un listado de gente en la Argentina
como Claudio Escribano o Ernestina de Noble, propietaria del diario Clarín,
que escribieron notas repudiando esa entrega. Algunos de ellos renunciando
al premio que habían recibido años anteriores. Entrevistado en ese momento
el decano de la Universidad de Columbia, dijo: “Me llama mucho la atención,
ninguno de ellos devolvió los mil dólares de premios”.
Es decir, renunciaban al honor, pero no al dinero. Quería agregar algo más.
Alguien mencionó aquí que se había establecido un mecanismo de censura y,
efectivamente, se estableció un mecanismo de censura. Había un servicio de
lectura previo gratuito que era para los editores de diarios, para que
enviaran las notas y funcionaba en la casa de gobierno.
Para poder entender cómo operaba el sistema respecto a los medios, déjenme
leerles una breve crónica de Ariel Delgado, en esa época periodista en radio
Colonia, una radio argentina ubicada en la República del Uruguay, famosa por
aquellos años por relatar muchas de las cosas que en Argentina no podían
decirse. Delgado comienza diciendo: “Voy a contar la experiencia que tuve a
partir del 24 de marzo de 1976 con el golpe de Videla, Massera y los otros.
En esa época yo era director de radio Colonia y, además, tenía a cargo los
principales informativos. Los tres panoramas informativos de la radio. El
dueño de la radio en aquella época era Héctor Ricardo García, el mismo del
diario Crónica. El 23 de marzo al medio día, 12 ó 13 horas antes de que se
produjera el golpe, lo fueron a ver a García al diario Crónica, en Azopardo
y Garay, dos militares, dos marinos. El capitán Carlos Carpintero, que
estaba a cargo de lo que sería hoy la Secretaría de Medios de la
Presidencia, y el capitán Carlos Alberto Busser. Hablaron con García, le
dijeron que el golpe ya era inminente. Le dijeron que el golpe era cuestión
de horas y que todas las radios argentinas iban a entrar en cadena, como era
costumbre en aquellos años, y que la única radio que quedaba fuera del
control de los militares era radio Colonia por lo cual le pedían
colaboración. García me avisó. De cualquier modo ya todos lo sabíamos. Las
radios argentinas entraronen cadena a las 3:21 a.m. del 24 de marzo de 1976.
Ese mismo día, en el panorama de las 7 de la mañana, leí una noticia de la
agencia norteamericana The Associated Press, la más grande del mundo, lo
cual era absolutamente legal. La noticia decíaque Isabel Perón resistía ante
el golpe -vale aclarar que era una resistencia verbal- y que un militar la
zamarreó y se la llevaron. A los militares argentinos no les gustó que yo
leyera esa noticia y para manifestar su disgusto, pues simplemente,
secuestraron a García. Lo encapucharon y lo subieron a empujones al buque
“33 Orientales” que estaba amarrado en el puerto. Ahí estaban también, Diego
Ibáñez, Jorge Triaca, Carlos Menem y Lorenzo Miguel, entre otros. A García
lo tuvieron 11 días encerrado en un camarote del barco, lo soltaron después
y le explicaron que había que tener mucho cuidado”. Así operó el Proceso.
César Gerbasi: Voy a intentar desarrollar una supervivencia de la dictadura,
como prueba de estas cosas que se formulaban aquí acerca de cuáles fueron
los intereses económicos a los que respondió. Esto todavía es algo que en
términos de la polémica y del debate intelectual habrá que desarrollar en
algún momento. A esa idea de que la dictadura fue la cabecera de un puente
para consolidar un sistema económico todavía le faltan nombres y apellidos.
Estos nombres y apellidos en algún momento habrá que ponerlos sobre la mesa.
Intentaré caracterizar cómo funcionó esto en la televisión, que es mi
especialidad. Y cómo hoy la estructura de medios televisivos que existe en
la Argentina, particularmente en el interior de la Argentina, es un edificio
sólidamente montado por los conceptos de la dictadura y cuya estructura, en
general, es la Ley de Radiodifusión, que hoy está vigente y que, salvo
algunas modificaciones, es la ley de televisión de la dictadura. Los
gobiernos democráticos, por diversas razones -pero particularmente para no
irritar a los medios de comunicación, a los canales de televisión, o mejor
dicho a los propietarios de los canales de televisión-, no han modificado
aquella ley. Parece increíble que hoy tengamos una ley que ni siquiera tiene
los alcances tecnológicos incorporados, como el satélite o la retransmisión
directa al domicilio. Todo eso no está incorporado porque la ley que hoy
rige los medios de comunicación en la Argentina es la misma ley de la
dictadura. Quiere decir que, además de dejar un campo minado, podemos decir
que en algunos aspectos dejó una estructura tan sólidamente montada que aún
hoy no ha podido ser destruida. Cuando uno piensa en la televisión como
medio, más allá de los contenidos y de las polémicas que puede generar su
oposición a cuestiones tales como la lectura o la profundidad que pueden
tener otras expresiones artísticas, a mí me gustaría señalar un hecho que no
ha sido suficientemente comprendido. La televisión es uno de los conceptos
tecnológicos modernos tal vez más complejos, y que ha resultado gratuito
para quienes lo consumen. Esto ha sido algo bastante novedoso si pensamos en
el cine o si pensamos en cualquier otro desarrollo tecnológico ligado al
medio audiovisual. De una u otra manera la televisión se introdujo sin
necesidad de que el que la consumía tuviera que pagar mensualmente.
Esto por lo menos fue al inicio. En Estados Unidos la financiación por
publicidad permitió que la gente no tenga que pagar para ver televisión. En
Europa los canales fueron del Estado y el sistema de que el estado
financiara la televisión, también permitía que nadie tuviera que pagar por
ver televisión. Resulta que en la Argentina llegamos a un nivel de
penetración de la televisión paga del 50%, ya sea la televisión de cable o
la televisión directa vía satélite. Es una cifra que se da en pocas ciudades
del mundo. Solamente es equiparable al número de Estados Unidos. De hecho,
en las estadísticas de penetración de televisión por cable -en cantidad de
abonados- viene primero Estados Unidos y después la República Argentina.
Esto es lo que, en mi opinión, está ligado con la política de la dictadura.
En este sentido es una supervivencia que aún hoy no ha podido ser atacada y
que resulta difícil destruir. En general, las democracias se caracterizan
por poner al servicio de todas las personas la misma cantidad de bienes
básicos, independientemente de si esas personas son o no rentables. Ahora en
la Argentina nos resulta muy difícil -después del proceso intelectual que
comenzó con la dictadura pero no acabo allí- entender por qué en Europa hay
trenes estatales. Es simple. En Europa hay trenes estatales porque la
premisa es que el suizo que vive allá lejos, en la montaña, tiene los mismos
derechos que el suizo que vive en los lugares urbanos de poder viajar a un
precio razonable a su casa. Ése es un concepto absolutamente democrático.
Las privatizaciones en la Argentina terminaron con este concepto. Lo repito
porque a veces uno piensa: ¿por qué el Estado tiene que tener estas cosas?
El Estado tiene que tener algunas de estas cosas para ponerlas al servicio
igualitario del que los pueda tener, independientemente de cuál sea su
condición económica, dónde vivan y cuáles sean sus hábitos. Esto fundamentó
también la televisión. Cuando uno habla de la televisión pública en el mundo
hay conceptos realmente diversos, pero hay un eje central: la televisión
pública, en todos los países del mundo, tiene la obligación de llegar hasta
el último habitante. Es eso lo que la define. Ni sus contenidos, ni su
carácter cultural o de entretenimiento. Eso no está en juego. Con la
televisión pública es el Estado quien brinda el servicio,y tiene la
obligación de llegar hasta poblaciones insignificantes. La televisión
privada no tiene esa obligación. Llega hasta aquellos puntos donde le
resulta rentable. Empiezo por decir, entonces, que contrariamente a lo que
se piensa de que el uso del aparato estatal de la dictadura era férreamente
estatista, el artículo de la ley de Radiodifusión que hoy esta vigente es un
párrafo bastante claro.
El Estado está para tapar los baches; allí donde sea negocio, donde haya
actividad comercial, allí va la actividad privada y hace su negocio. O sea,
de contenidos ni se habla aquí. El objetivo de la televisión es que haya
televisión. Y el Estado la podrá prestar en aquellos lugares donde no decida
prestarla la actividad privada. Este es uno de los pilares en que se basa la
estructura de la televisión industrialmente en la Argentina. Esto es lo que
se llama el principio de subsidiaridad del Estado, es decir, el Estado no
está obligado a asegurar -según nuestros conceptos- la igualdad de la
televisión para todos sus habitantes. Según estos conceptos, que son de la
dictadura, el Estado tiene que prestar estos servicios solamente donde no
puede prestarlo la actividad privada. Esto es una cosa gravísima, y también
llama la atención que en los tres breves años de democracia, entre 1973 y
1976, y desde que se derrocó la dictadura hasta el día de la fecha, esto no
haya sido modificado. Entonces más que un campo minado, nos dejaron un campo
bastante robusto. Otra de las cuestiones que plantea el sistema de
radiodifusión argentino -también único en el mundo- es que no puede haber
redes. Es decir, la televisión estatal europea cuando comenzó se nutrió de
redes. Lo mismo que veían los habitantes de Madrid lo ven en Barcelona con
agregados locales. Estas son las redes públicas de televisión de todo el
mundo, donde el canal de televisión estatal cubre todo el territorio
nacional. Lo mismo ocurre en Estados Unidos, contrariamente a lo que se
piensa. La televisión pública en Estados Unidos es muy poderosa. Es un
sistema que se llama Public Broadcasting System y que, entre otras cosas,
hace programas de una gran importancia cultural, y algunos de ellos muy
conocidos. En Estados Unidos, más allá de las redes privadas de televisión,
el mismo canal que está en Nueva York, está en Birmingham. Los canales
estatales están en todos los Estados Unidos. En la Argentina, por esta misma
ley, fueron prohibidas las redes. ¿Cuáles eran los argumentos que se
esgrimían para prohibir las redes? Lo que se decía era que lo que se buscaba
era fomentar la propiedad y la producción local. Si hubiera redes, la
posibilidad de producción local sería muy insignificante porque todos los
contenidos serían centrales. En rigor de verdad, se prohibían. Esto nunca
dio resultados. Al día de hoy, en la mayor parte de las provincias
argentina, el que no está abonado al cable puede ver un solo canal de
televisión.
Estos canales de televisión eran manejados por empresarios locales y estos
empresarios locales armaban su programación, no concontenidos locales,
obviamente, sino con parches de lo que más le convenía del canal de Buenos
Aires. Con lo cual, aquel objetivo de la televisión regional, federal, donde
toda la gente pudiera aportar contenido desde su propio lugar, no existió
nunca. Lo único que le importaba a la dictadura de este proceso era no
monopolizar los medios para que no haya poder informativo. Y por eso
sustituyeron de esta manera. Crearon un sistema mediante el cual haya un
sólo empresario por lugar, en la mayor parte de los lugares, que se mantiene
inclusive hasta hoy. Muchas de las provincias argentinas solamente tienen un
canal de televisión estatal porque a los privados no les interesa poner un
canal en Rawson; entonces hoy hay una estructura mínima de televisión.
Mientras el mundo tenía tres o cuatro opciones, acá se creó el fundamento de
la televisión por cable porque el señor de San Juan que hoy no se abona al
cable tiene como único recurso ver lo que un canal de televisión dictamina
que él vea. Entonces ahora aparece esta estructura, esta es la razón y la
causa del crecimiento de la televisión por cable. Esto, que en cualquier
país del mundo es un sistema complementario, donde aquellos que tienen más
recursos y quieren mayor información, mayor programación segmentada,
entretenimientos, etc. se abonan a un sistema que es complementario de sus
gustos. Pero aquí el sistema de televisión por cable, en el interior de la
República Argentina, no es complementario, es obligatorio. Si alguien quiere
estar informado verdaderamente tiene que estar asociado a un sistema de
televisión por cable. Porque el déficit informativo que tenía y tiene esta
ley, fue provocado por la dictadura. Por dos razones: para crear un déficit
informativo, y para crear un vacío de poder de difusión, con lo cual era muy
fácil discutir de mano a mano con un empresario en San Juan, con otro en
Mendoza, con otro en Salta y con otro en Jujuy, y someterlos en forma
individual. Esto hoy, algo más o algo menos, está intacto. Prácticamente no
se han llamado a licitaciones en ninguna de las provincias.
Es más, hasta el año 2003, Canal 7 no podía instalar repetidoras de su
propia programación donde hubiera canales privados. Esto es: el Estado
estaba impedido, aunque tuviera los recursos y las posibilidades, de llegar
a aquellos lugares donde la actividad privada estaba funcionando, y esto
incluía a Canal 7. Hay un decreto modificatorio de la ley, que ahora permite
que el Estado pueda poner Canal 7 y tener repetidoras de televisión donde
hay actividad privada. Por eso, esa cosa de “Canal 7, en todo el país”, es
bastante relativa. Porque recién ahora Canal 7 va a poder estar en todo el
país. Y es curioso que la democracia argentina, durante aquel período, no se
haya ocupado de esto. Es curioso y no, porque en realidad aquellos poderíos
y aquellos empresarios que fueron hijos de la dictadura, fueron respetados
después por la democracia argentina que no atinó a poner los límites
suficientes como para poder crear este crecimiento. Me pareció interesante
agregar esta cosa de que la dictadura no es una rémora, ni es una cosa
relativa al pasado como ahora nos quieren hacer creer toda esta posición de
la derecha. Que haya tanta gente tan joven que no ha vivido esa época y se
interese en estos temas, en realidad, a mí me hace pensar que recién estamos
empezando a hablar de esto.
Juan Carlos Cernadas Lamadrid: Obviamente yo puedo hablar desde otro ángulo,
el de la televisión de aquella época, desde mi función autoral, aquello que
me ha ocupado fundamentalmente en la televisión. Yo creo que -como decía
Raúl Timerman- nos impusieron un miedo atroz con esta serie de matanzas,
desapariciones, expropiaciones, etc. Es absolutamente así. Pero en aquel
momento también sucedía que había quienes teníamos un lugar de pertenencia
muy fuerte -y quizás mucha inconsciencia- y nos largábamos igual a obrar, a
hacer, a decir, a expresarnos, pese a ese miedo que estaba. Quiero decir
también que ese miedo no es nuevo. Y nuestra historia tiene muchos
antecedentes de esto, y los siguió teniendo en forma posterior. Sólo quiero
citar, como un ejemplo paradigmático, la carta de Sarmiento a Domingo de
Oro, en junio de 1857, en la que le dice lo siguiente: “La noche anterior a
las elecciones fue tal el terror que sembramos en Buenos Aires, matando a
presuntos mazorqueros, arrestando presuntos complotados -entre ellos
extranjeros– que, como comprenderás, al día siguiente ganamos las elecciones
sin ningún tipo de problemas”. Y le agregaba en forma bastante terrible por
lo cierto: “Buenos Aires siempre va a ser manejada por la palanca del
miedo”. Y creo que hemos tenido varias pruebas de esto. Durante la
dictadura, ni hablar, pero incluso posterior, la segunda elección ganada por
Menem, fue ganada a través del miedo económico de los créditos y demás. Con
respecto a lo autoral -que fue lo que uno vivió más de cerca- había en
aquellos años dos tiempos dentro de la dictadura militar. Es decir, yo no
soy periodista, no he trabajado como periodista vinculado así a los medios,
aunque sí como francotirador desde programas de ficción, y para mí, hubo dos
momentos. Uno durísimo, donde prácticamente todos aquellos que podíamos
esgrimir un pensamiento -actores, autores, directores- fuimos borrados, que
fue en el primer tiempo de la dictadura. Pero hubo un segundo tiempo, que se
origina más o menos por el fin de 1979 y principios de 1980, en el que hay
como un espacio que se abre, por supuesto con conceptos muy rígidos de cómo
debía encararse la ficción. Pero lo que sucedió fue que, en esos momentos,
se realizaron programas que fueron paradigmáticos. Yo tuve dos con
participación directa: “Nosotros y los miedos”, donde los miedos era la
dictadura, y “Compromiso”, ya sobre el final. También programas como el de
Nelly Fernández Tiscornia, con la dirección de Alejandro Doria. Por supuesto
había un censor que leía los libros en cada canal pero, más allá de lo atroz
que significa toda censura, ésta fue indudablemente, además de obvia,
imbécil. Yo recuerdo el libro de un personaje mío que decía: “No, no, yo soy
judío”. Me sacaron la palabra “judío” y me pusieron “israelí”, como si ambas
fueran sinónimos. Curiosamente -y de esto hay miles de anécdotas- los libros
venían como semi tachados, palabras censuradas y demás. Pero ningún director
de los que a mí me tocó, Diana Álvarez, Rodolfo Cope, Alejandro Doria, etc.,
les hacían caso. “Bueno no importa”, decían. Lo grababan y lo emitían igual.
Y no había rebote de esto.
Ciertas reglas morales no se podían transgredir, es decir, por ejemplo,
infidelidades no. Había pautas concretas. Recuerdo haber hecho una alta
comedia, una adaptación de una magnifica obra de teatro de Graham Green,
“Living room”, donde el personaje se termina suicidando. Entonces, me
tacharon lo del suicidio, porque no se podía suicidar. Y yo dije “Bueno, es
Graham Green” y me respondieron: “Bueno está bien, si no ocurre en el país
pude ir. ”Es decir, este imperio de las series extranjeras que había, la
mayoría yanquis, transgredían todas las normas que para nosotros regían.
Pero no era acá, era allá. Problema de ellos, no de acá. Lo que sucede con
esta censura es que no entendían la metáfora con que nosotros jugamos. Si
estos programas tuvieron la repercusión que tuvieron fue precisamente porque
tomábamos metafóricamente los conflictos. Y parecía que no hablábamos de lo
que a ellos podía rozarles o implicarlos. Y sí, efectivamente, hablábamos de
esto. Y así caíamos en las distintas etapas. Que de pronto uno podía
trabajar y de pronto estábamos grises, es decir prohibidos. Lo mismo sucedía
en cine y lo mismo sucedía en teatro. El tema era cuando se daban cuenta.
Pero se daban cuenta después. Y venía el peligro. Porque detrás de eso, no
sólo podía venir la prohibición, sino la desaparición, el ser chupado, etc.
Hubo un programa de televisión, “Compromiso”, donde toqué concretamente el
tema de una olla, que me valió una amenaza directa. En la calle me pararon a
la salida del ISER dos tipos que yo creía que eran encargados, porteros, a
esa hora de la noche. Efectivamente mis alumnos se corrieron un poco,
dejándome solo y lo primero que me dice uno de ellos es: “Muy lindo el
programa de anoche, muy lindo”. “Gracias”, le digo yo. Y me responde:
“Bueno, pero cuídate, y cuida sobre todo a tus hijas, Carolina, María Pía y
Magdalena”, y se metió en el coche. Se pueden imaginar como quedaba uno con
todo esto. Y el programa no era tocado, sino que la amenaza venía en forma
concreta sobre este rubro.
Para sintetizar quiero decir lo siguiente: durante la dictadura no hubo un
proyecto cultural ni en teatro, ni en cine, ni en televisión. No lo hubo.
Pero sí tenían en forma concreta -como desgraciadamente sucedió después y
sigue sucediendo- una estrategia de logro de un objetivo. El objetivo es el
proceso de “desculturarización”, es decir, de crear vacío de contenido,
vacío de pensamiento y de que nadie pueda identificarse con lo que sucede en
la ficción. Esto no lo querían ellos, no se quiso después, y no se quiere
hoy. Seamos claros en esto. Este terror tiene sus antecedentes, en forma
multiplicada y terrible con los 30.000 desaparecidos, en el bombardeo en
Plaza de Mayo de 1955. Ahí ya mostraron las cartas. Lo que hicieron después
fue bajarlas totalmente. Pero lo que más les importaba era el proyecto
económico que sí tenían. Y para eso tenían que lavar y vaciar todo de
contenido. Ese era el objetivo fundamental. Ahí estaba. Yo recuerdo cuando
hice -ni bien terminada la dictadura- en el programa “Yo fui testigo”, con
la conducción de Arturo Bonín, el Juicio a las Juntas.
Recuerdo que uno de los fiscales en aquel momento me dijo a mí en
Tribunales: “Lalo, esto no va ningún lado, porque no se ha abierto ningún
juicio por corrupción económica, que ha habido y mucha”. Claro después esto
se multiplicó en las décadas posteriores. Esto es triste, pero creo que hay
que hablar realmente y enfrentar nuestra historia como fue. Al mismo tiempo
quiero decir que ellos no tenían un pensamiento monolítico. Tenían sus
puntos de desacuerdos en la práctica de los medios televisivos. Recuerdo,
por ejemplo, al coronel Clodoveo Batesti. En 1977 o 1978, ya estaba en el
canal y yo estaba prohibido. Me hace llamar y me dice: “Se viene el
aniversario de la Conquista del Desierto y quiero que usted escriba una
miniserie. Quiero que la escriba usted”. Le dije: “Bueno, ¿y por qué yo, si
usted sabe como pienso?”. Me responde: “Yo quiero que lo haga usted, no que
lo haga otro”. Y efectivamente lo hice y no me cortaron absolutamente nada.
Después se mostró el programa al Comando en Jefe de las tres Fuerzas. Y el
final era que un Roca triunfante, que no había tenido ninguna batalla,
pasaba de largo por el fortín Quieto, los soldados esperaban delante de
éste, y Roca se fue sin darles bolilla. Era un microcine muy chiquito en el
canal donde vimos esto y entonces siento la voz de uno de estos generales
que le dice a Batesti: “Coronel, esto no puede ir”. Entonces Batesti dice:
”¿Por qué?” Y el tipo le responde: “Porque Roca no puede pasar por delante
de un fortín, ignorando a los soldados”. A lo que Batesti, les dijo: “¿Por
qué? Si es lo que siguen haciendo”. Sin embargo, no tocaron al programa.
Claro, esto era ya en la declinación de la dictadura y había como un
quiebre. Creo que el plan fundamental de ellos, fue vaciar la televisión de
contenidos, así como lo fue vaciarnos en lo económico. Y pienso que todas
estas muertes tan terribles, las desapariciones de bebés y demás atrocidades
fueron para crear el miedo en la sociedad, pero no sólo a los que
participábamos políticamente, sino a la sociedad toda precisamente para
imponer un plan económico. Incluso en aquellas partes de la sociedad, de
clase media, que no veían con tan mala cara el golpe militar. Tampoco nos
engañemos con esto.
Pregunta del público: La pregunta es para Raúl Timerman. Cuando en el año
1962 -luego del combate faccioso entre militares, entre azules y colorados-
Jacobo Timerman fundó la revista Primera Plana, lo hace apoyando muy
fuertemente al sector azul, cuyo máximo representante era Juan Carlos
Onganía. Luego en 1966, hicieron una campaña muy fuerte para lo que fue el
derrocamiento de Arturo Illia. Una vez que Onganía estuvo en el poder, es
como que se desencanta con Onganía, y Onganía termina por cerrar las
revistas que él había fundado: Primera Plana y Confirmado. Luego en 1975,
apoya otra vez a los militares, como lo hicieron la mayoría de los diarios y
tan pronto como éstos llegan al poder, pareciera que Timerman se desencanta
otra vez con los militares y hace cosas de cierta valentía. ¿Qué reflexión
tiene usted acerca de esta actitud de Timerman de apoyar a quienes luego, a
la postre, terminarían siendo sus verdugos?
Raúl Timerman: A lo mejor es el destino del pueblo judío. Jacobo era un
hombre muy controversial. Era un hombre de gran talento, especialmente para
hacer un medio. El derrocamiento de Illia lo apoya desde Confirmado y no
desde Primera Plana. Ya se había ido de Primera Plana. Se arrepiente después
de eso y dice: “Me equivoqué”, en el caso de Illia. Tenía la visión siempre
de que había líneas en el Ejército. Así como los azules más democráticos y
los colorados menos democráticos, él pensaba que en el Proceso había
generales duros y generales blandos. Y había que tratar de apoyar a los
blandos para evitar que los duros tuvieran prevalencia. Pero terminó como
terminó. Él pensó que a él no le podía pasar lo que le pasó, cuando todo el
mundo le advertía que a él también podía pasarle. Y le pasó. La noche que le
cayeron al departamento de él, le robaron un reloj Rolex y otros objetos,
era común que robaran objetos. Y la primera persona que le ponen enfrente es
Camps y si uno lee los interrogatorios que le hace Camps uno dice: ¿Es lo
mismo Camps que Viola? A lo mejor no eran iguales, pero nadie lo paró a
Ramón Camps. A un año del proceso, hay un suplemento en La Opinión con la
opinión de los políticos a un año del golpe militar. Hay que leer lo que
declaraba Raúl Alfonsín en ese momento. Hay que leer lo que decía Fernando
Nadra, del Partido Comunista argentino.
Yo he leído las impactantes declaraciones que hacían y lo contemplativos que
eran con el Proceso militar. Jacobo era un tipo terriblemente difícil, muy
polémico, tenía ideas propias, y yo creo que sí, efectivamente, sabía lo que
iba a pasar, no sé si lo apoyó abiertamente, pero sabía lo que iba a pasar.
Recuerdo en una cena familiar dijo: “No piensen que esto va a ser como en
Chile, esto va a ser mucho peor”. Sabía cuál era el plan. Los militares,
cuando producen el golpe, tienen dos alternativas: o legalizar la lucha
contra la guerrilla, o profundizar la metodología de la Triple A. Y eligen
estatizar la metodología de la Triple A. A lo mejor, Jacobo Timerman pensaba
que había cosas que se podían negociar. Le salvó la vida muchos periodistas.
Les dio asilo, fue muy generoso, sacó gente del país y pensó que a él no le
iba a pasar. Cuando fue expulsado del país en un operativo de la Marina, que
lo fue a buscar a su casa para custodiarlo hasta Ezeiza, a los 20 minutos,
cayó gente de la Policía de la Provincia de Buenos Aires que lo venía a
liquidar. Se daban cosas de ese tipo. Él fue expulsado, se fue a Israel y a
España. Estuvo en una conferencia de prensa, en una asamblea de la Sociedad
Interamericana de Prensa, en octubre de 1980, en San Diego, California,
donde uno de los temas era la violación a la libertad de prensa en la
República Argentina.
El presentador dijo: “En la República Argentina, donde hay un gobierno
antimarxista…” Entonces Jacobo pide la palabra y dice: “Le quiero hacer una
aclaración. No hay un gobierno antimarxista, hay un gobierno fascista, que
persigue y mata a la gente. Hay miles y miles de desaparecidos”. Y deja
sentada una posición. Los editores argentinos hacían cola para pegarle.
Habló Jorge Annuar, de El Pregón, de Jujuy; habló David Kraiselburd, de El
Día , de La Plata; Máximo Gainza Paz, de La Prensa; y José Claudio
Escribano, de La Nación. Todos el Proceso a muerte y agrediéndolo a Timerman.
Cuando terminaron de hablar los cuatro, Jacobo les dijo: ”Muchachos nadie
les pide tanto, no se arrastren”. Cuando le entregan a Timerman el Premio
Moors Cabot, Escribano escribe una nota editorial -que no se anima a firmar-
en La Nación, titulada “Andá a cantarle a Gardel”, escrita con una bronca
terrible. Sólo volví a ver esa bronca de Escribano, el miércoles 15 de mayo
del 2003, cuando Menem renuncia a la posibilidad del ballotage. Les
recomiendo que lean esa nota.
Pregunta del Público: Cuando usted, Timerman, se refiere a esa época dice
“Proceso” y no “dictadura”. Durante mucho tiempo se nos quedó pegado ese
término, e incluso hay generaciones mayores que nos dicen que no digamos
“Proceso” sino “dictadura”.
Raúl Timerman: Uso el nombre con el que se habían autodenominado la Junta
Militar: Proceso de Reorganización Nacional. A lo mejor si yo uso la palabra
“dictadura”, recuerdo a Roberto Levinsgton o a Juan Carlos Onganía. Viví
otras dictaduras. Digo “El Proceso” porque siento que está bien identificado
con esa palabra . Podría decir “Proceso asesino”, y siento el mismo grado de
incomodidad al decirlo.
Pregunta del Público: Ya que nombramos periodistas y medios que tuvieron sus
acciones en la dictadura y que hoy en día siguen vigentes e informándonos
día a día, quería saber acerca de Clarín. ¿Qué reflexión hacen acerca de que
un diario que fue socio del Estado en la dictadura, cuya dueña está acusada
de apropiarse de hijos de desaparecidos, sea el que rige nuestras vidas y el
que decide la agenda de todos los días de la Argentinadel 2004?
César Gerbasi: A mí se me ocurre contestar con una frase muy simple: “La
culpa no la tiene el chancho, sino el que le da de comer”. Esa es la
cuestión. Clarín hace lo que hace en defensa de sus intereses monopólicos.
Lo que hay que preguntarse es por qué del otro lado -a lo largo de tanto
tiempo- se fomentan esos intereses y no se toma una acción mayor. ¿Por qué
lo hace Clarín? Creo que es muy claro para todo el mundo.
Martín Becerra: No es menos cierto que uno de cada dos diarios que se venden
en el área metropolitana de Buenos Aires es Clarín. Es un fenómeno social y
económico.
Pregunta del público: Sé que hay un proyecto de ley que modifica la Ley de
Radiodifusión. Siempre se ha llegado a debates pero nunca se ha elevado al
Congreso. ¿En qué estado está?
César Gerbasi: Recientemente aparecieron algunos atisbos, por un lado, de
cambios parciales en la Ley de Radiodifusión y, por el otro, en torno a una
ley integral. Algunas de las reformas que se proponen son muy obvias. El
diputado Miguel Bonasso propone sacar de la ley que el Comité Federal de
Radiodifusión -que regula toda la actividad del medio- tenga que estar
formado por integrantes de las Fuerzas Armadas. Eso lo dice la ley, y
todavía sigue vigente. Por lo cual el COMFER está intervenido. Esto es para
que no sea manejado por tres integrantes de las Fuerzas Armadas, como
correspondería por ley. Hay muchos puntos polémicos, pero creo que el que
más está teniendo por estos días un alto grado de polémica es el que
establece que no solamente los titulares de los servicios de información
tengan que ser personas físicas, sino que puedan ser cooperativas,
sociedades, etc. Esto ha sido resistido por los monopolios informativos por
mucho tiempo. Siendo presidente, Roberto Viola, cuando le preguntaron si
tenían que ser personas físicas para identificarlos y en caso de que se
tratara de amigos les dieran los servicios de radiodifusión dijo: “De
ninguna manera, no de amigos, de muy amigos”. Éste es uno de los puntos que
está en discusión. Todo el mundo cree que es imprescindible, pero a la hora
de tocar los puntos neurálgicos, es muy difícil encontrar a gente que se
quiera enfrentar abiertamente con los medios informativos. Hace mucho tiempo
un senador por Entre Ríos, el radical Ricardo Laferrierre, había planteado
que había que establecer el derecho a réplica, es decir, que los medios que
publicaban noticias sobre alguien, se vieran obligados a tener que publicar
la desmentida o la opinión de quien estaba siendo aludido. Esto nunca
prosperó y trajo como consecuencia que el senador Laferrierre desapareciera
de los medios por un período suficiente como para que no se volviera a
ocupar más del tema.