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Génesis,
desaparición y regreso de una película
Justo en 1974 todos aquellos que hicimos La Patagonia Rebelde nos ocupábamos
todo el día en hacer posible su exhibición. El film estaba listo pero no
podía estrenarse por cuestiones de censura. Juan Domingo Perón era el
presidente y todo se había ido corriendo hacia la derecha desde los tiempos
de Cámpora. Antes, en el Ente (censura) estaba Octavio Getino y él aprobó el
guión sin ningún problema, igual que Mario Sofficci, el talentoso y bonachón
director de cine, que presidía el Instituto Nacional de Cinematografía y que
no encontró ningún inconveniente en entregar el préstamo a este film
histórico. Al contrario, lo hizo con alegría. Pero, ese paraíso de la
cultura que fue el gobierno de Cámpora apenas duró cuarenta y dos días y fue
reemplazado por el yerno de López Rega, Raúl Lastiri, por orden de Perón.
Yo lo conocía bien a Lastiri. En mis tiempos de estudiante me ganaba la vida
como bañero en la piscina del Club de Comunicaciones, en Núnez, en las
vacaciones de verano. Y todas las tardes, sin falta, entraba al club este
caballero vestido de impecable traje azul marino, camisa de cuello duro y
llamativa corbata; se dirigía hacia la piscina y me hacía siempre la misma
pregunta: "Y pibe, ¿cómo están las minas?". Ese señor, que me parecía un
tanto ridículo con su atuendo poco deportivo, llegó a ser presidente de la
Nación. Lastiri, en aquel tiempo -a fines de los '40-, era secretario
privado del presidente del club. Un empleo tal vez inventado para darle
sostén a este personaje que tenía un no sé qué de cafiolo porteño. Pero mi
mente adolescente, a pesar de sueños y fantasías, no imaginó nunca, que este
señor de diaria pregunta lasciva iba a regir "los destinos del país", y
también el mío, en 1973.
Porque este señor Lastiri -ya presidente- aprobó un decreto por el cual se prohibía mi primer libro, Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia (y por supuesto no sólo el mío, sino una larga lista). Empezaba mal el gobierno peronista. Recuerdo mi sentimiento de impotencia ante el acto degradante para la cultura de un palurdo así que había irrumpido en el escenario político levantado por el dedo del General. Un año después, ya con el General en el poder, nuevamente esa sensación de impotencia. Esta vez todo fue más refinado, lo que pasó con el film La Patagonia Rebelde. Se anunció con grandes avisos en los diarios del país para estrenarla el 2 de abril de 1974. Pero el Ente no es que la haya prohibido, sino que no la calificó, y sin calificación no se podía dar. El representante del Ministerio de Defensa se había mostrado en contra de la exhibición. De manera que el film se encontró en una situación ambigua: ni estaba permitido ni estaba prohibido.
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La Patagonia rebelde, Héctor Olivera (1974), completa |
Pero los problemas habían comenzado antes. durante la filmación, en la Patagonia, las noticias que se recibían eran inquietantes. El 22 de enero, cuando estábamos filmando en Puerto Deseado, supimos que Perón había destituido al gobernador de Buenos Aires -Oscar Bidegain, de la izquierda de su partido- y lo había reemplazado por Victorio Calabró, un integrante de la derecha y de la burocracia sindical. Y el 8 de febrero se había producido un episodio, tal vez pequeño en el ámbito político, pero muy significativo, ya que mostraba a Perón decidido a todo en su lucha contra la izquierda. En una conferencia de prensa realizada en Olivos, la periodista Ana Guzzetti, de El Mundo, le pregunta a Perón: "Señor Presidente, cuando usted tuvo la primera conferencia de prensa le pregunté qué medidas iba a tomar el gobierno para parar la escalada de atentados fascistas que sufrían los militantes populares. En el término de dos semanas hubo exactamente veinticinco unidades básicas voladas, que no pertenecen precisamente a la ultraizquierda; hubo doce militantes muertos y ayer se descubrió el asesinato de un fotógrafo. Evidentemente todo está hecho por grupos parapoliciales de ultraderecha". Perón, fuera de sí, le respondió: "¿Usted se hace responsable de lo que dice? Eso de parapoliciales lo tiene que probar". Y se dirigió al edecán aeronáutico y le indicó: "Tome los datos necesarios para que el Ministerio de Justicia inicie la causa contra esta señorita". La joven le informó a Perón: "Le aclaro que soy militante del movimiento peronista desde hace trece años". Perón le contestó: "Hombre, lo disimula muy bien".
Nos imaginamos lo que le habría ocurrido a otro presidente que hubiera hecho tal gesto de amedrentamiento contra el periodismo. Pero Perón podía permitirse una cosa así. Este episodio nos hizo ver que todo el escenario represivo aumentaba y paulatinamente se iba trasladando, como siempre sucede, a la cultura, y hasta a la vida íntima del pueblo. Por ejemplo, el decreto de Perón de fines de febrero que controlaba la comercialización de anticonceptivos. Se establecía que sólo podían ser vendidos con receta y éstas debían estar en triplicado. Una medida que se explicaba solamente por la injerencia de la Iglesia. Era un intento de represión de la vida sexual, sin ninguna duda, a pesar de que se explicaba que "una disposición tendiente a aumentar la natalidad como forma de alcanzar la meta de 50 milloones de habitantes para el año dos mil". Si no se permitían condones menos se iba a permitir un film que denunciara una escondida masacre patagónica ocurrida hace medio siglo.
Sergio Castro Fragmento
Cantata
Patagonia de Fuego |
Cuando terminamos de filmar exteriores y vinimos a Buenos Aires para interiores, se produjo algo tan insólito que cuesta creerlo. El "navarrazo". Se levantó el jefe de policía de Córdoba Antonio Navarro y con una docena de milicos volteó al gobernador Ricardo Obregón Cano y al vicegobernador Atilio López; éste un gremialista combativo. Los dos pertenecían a la izquierda del peronismo. Perón dejó de hacer maniobra e intervino la provincia en vez de defender al legítimo gobernador. El ritmo de la filmación fue acelerado mucho más con todo el apoyo de los actores y de todo el personal técnico, aunque algunos de nosotros ya no creíamos en un buen final, pero por eso mismo aumentaba la porfía. Ya la primera advertencia que debíamos darnos prisa nos la había hecho el gobernador de Santa Cruz, don Jorge Cepernic. A él yo lo había conocido años antes durante la investigación de las huelgas del '21. Era hijo de un trabajador rural que había participado en la huelga y mucho me ayudó a encontrar testigos de la época y en situar tumbas masivas. En aquel tiempo -estoy hablando del '69/'70-, él era uno de los pocos justicialistas que hacía fe de su ideología partidaria abiertamente. Ese riesgo y ese jugarse le abrió camino para posteriormente ser el candidato a gobernador indiscutible de ese partido en 1973. Y por supuesto, fue electo gobernador. Cuando supo de nuestros planes de llevar al film aquella investigación histórica, desde la gobernación nos dio pleno apoyo y ayuda. Por eso él se sentía muy responsable y preveía dificultades dado el enrarecimiento político de aquellas últimas semanas. Y en ese enero de 1974, se vino desde Río Gallegos hasta una estancia -a cuarenta kilómetros- donde estábamos filmando la escena del fusilamiento del líder obrero Outerello (que hizo ese gran actor que se llamó Osvaldo Terranova). Desde una loma vimos venir al gobernador, que se había bajado del auto y se aproximaba subiendo el desnivel. Me llevó a un aparte y me dijo: "Acabo de recibir un telegrama del Ministerio del Interior inquiriéndome quien dio el permiso para filmar en Santa Cruz La Patagonia rebelde. Se ve que en el gobierno hay fuerzas que se oponen. Voy a hacer como que no he recibido nada. Lo único que le pido es que traten de acelerar la filmación todo lo posible. Deseo fervientemente que la película pueda terminarse".
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Osvaldo Bayer, La Patagonia rebelde. La escritura de la memoria
Por
Rossana Nofal.
Universidad Nacional de Tucumán
Es importante reconocer como escritura testimonial al texto La Patagonia rebelde
de Osvaldo Bayer, libro a veces olvidado en la lista de clásicos del género en
la Argentina. El proyecto escriturario del autor es el de construir una historia
general y no oficial de los hechos. Apela al testimonio y a la historia oral; en
su escritura conviven en tensión las evidencias documentales y sus
interpretaciones sobre los acontecimientos.
La escritura testimonial nunca es apócrifa; está autorizada por el "prestigio"
de instituciones letradas que lo incluyen en sus corpus de trabajo y por una "traducción técnica" de la voz del otro. El transcriptor construye un efecto de
oralidad que facilita la transmisión del documento. Busca recuperar la
experiencia colectiva de los hechos históricos, documentando la verdad no
oficial con documentos oficiales.
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El testimonio, como género, se incluye en una tradición que deja de lado la creencia de que es posible el testimonio objetivo y que éste puede garantizar la verdad en la medida en que es auténtico. La escritura testimonial, como gesto, ocupa el espacio de la memoria que ha sido vedada por la historia oficial. Emplea el testimonio de los testigos, para borrar de la escritura la huella de la mentira y se erige contra el saber absoluto acerca de los acontecimientos. La escritura testimonial es un espacio tenso en el que narradores y narrados, desde posiciones desiguales, negocian un relato. Contrapone distintas voces en una escritura; esto implica una transformación radical de la idea de verdad, y es aquí donde se encuentran los elementos que constituyen la identidad del género.
El libro de Osvaldo Bayer, La Patagonia rebelde, Tomo III: Humillados y
ofendidos,1 se inaugura con una advertencia del editor que califica a la obra
como "historia de nunca acabar" La investigación histórica del autor se define
como un proceso continuo. La palabra fin nunca puede ser escrita en el texto. La
voz de los testigos sigue en las cintas grabadas; los relatos de los
sobrevivientes no pueden concluir porque la verdad no puede callarse. El autor
intenta una poética de la presencia, un espacio textual que sea capaz de seguir
cada una de las huellas del relato de la muerte.
La tensión entre buenos y malos articula el relato. Héroes y villanos
protagonizan la historia. Bayer focaliza cada uno de los personajes y los
presenta como actores de un drama. Pero la masacre ha concluído; hay zonas del
relato de la historia que han sido clausuradas por el autor. Comienza una época
distinta en Santa Cruz. Se inaugura el tiempo de la revisión de las
consecuencias de la represión. Se han terminado los enfrentamientos, las
huelgas, las asambleas, los volantes y las banderas rojas.
El libro estará centrado en la interpretación de las acciones de Varela, en la
evaluación de sus actuaciones militares y en la justificación de la venganza de
los anarquistas. La campaña de Varela ha clausurado la violencia de la agitación
obrera y ha "pacificado" el territorio a fuerza "de máuser y sangre". Bayer
evalúa los resultados de los tres grupos que había presentado como actores de la
tragedia patagónica. Sólo quedan dos; los obreros han sido totalmente
eliminados.
Los hombres fusilados han sido las víctimas propiciatorias de la pacificación
del territorio. En atroz simetría se presentan en el texto de Bayer los
militares y los radicales, son dobles antitéticos en lo ideológico pero
similares por su actitud frente al grupo social de los obreros. Bayer condena la
actitud ambigua de los radicales frente a la orden de la represión. Los condena
por esa ambivalencia de entre la cercanía y el alejamiento. Frente a la
violencia el autor justificará la necesidad de una venganza. Los crímenes
posteriores se determinan por la necesidad de venganza de los anarquistas. La
escritura de Bayer es también una venganza. Sus palabras de denuncia de la
muerte son similares a las armas anarquistas. Los cuerpos ausentes de los
obreros, "borrados del mapa" por los militares, se hacen presentes en una
escritura que busca cambiar la ausencia de la muerte por la presencia de las
voces de los cuerpos.
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Por eso, los insólitos acontecimientos que se habían desarrollado entre tres partidos: los poderosos, los obreros, y los radicales yrigoyenistas haciendo equilibrio, quedaban reducidos de pronto a dos sectores: los radicales y los hombres de la Sociedad Rural. El proletariado organizado, con sus entidades anarquistas, había sido borrado del mapa. (La patagonia..., 11)
La ley y las instituciones se ausentan del escenario histórico. Bayer cuestiona
no sólo la explicación del presidente sino el papel del radicalismo. La
hipótesis es que Yrigoyen no quería mezclar el poder político con la represión y
por eso deja todas las decisiones en manos de Varela. Hay una figura y un orden
ausente que se completa con la violencia de las armas. El autor cuestiona esta
explicación de los hechos en la que la falta de las órdenes explícitas
desencadena los hechos sangrientos.
Es interesante revisar los documentos de la historia militar acerca de la
responsabilidad de Varela en los fusilamientos. Al respecto, el coronel Orlando
Mario Punzi en su texto La tragedia patagónica. Historia de un ensayo
anarquista,2 señala,
¿Cuál es su objetivo, fundamental sin duda, puesto que cumple órdenes directas
del Presidente de la Nación, Comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, sin
intervención de sus superiores inmediatos: de la brigada, de la división o del
ministro del ramo?. Todo lo que Varela trae en tal sentido le viene de labios
del primer mandatario, que en trece palabras le sintetiza la misión: "Vaya
Teniente Coronel; vea bien lo que ocurre, y cumpla con su deber." Y nada más.3
La ausencia de órdenes legitima las acciones de Varela; la ambigüedad de la
frase autoriza las acciones iniciadas en el sur. Bayer analiza la falta de la
figura de Yrigoyen en la denuncia sobre la represión. El propósito central de su
argumentación es trazar un paralelismo entre dos momentos históricos y entre dos
presidentes: Yrigoyen y Alfonsín. El momento histórico de la tragedia
representada en el texto (1921) y el momento de la circulación del mismo (1983)
se unen con la intención de buscar las claves que expliquen la violencia
fundacional de la modernidad de la patria. Los gobiernos radicales son los
personajes antagónicos del discurso de Bayer; es contra ellos que se inscribe el
relato.
En tanto enunciación política, la escritura como denuncia de Bayer es una
réplica a la vez que supone o anticipa una polémica. Como lo señala Eliseo
Verón, el discurso político está habitado por un otro negativo.4 El campo
discursivo de lo político implica enfrentamiento, relación con un enemigo, lucha
entre enunciadores. Verón ha trabajado en este sentido, la dimensión polémica
del discurso político. La enunciación política es, desde su punto de vista, la
construcción de un adversario. El adversario está excluído del "nosotros" y su
discurso se define por la inversión de las creencias del "nosotros".
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El gobierno radical es, por lo tanto, el contradestinatario5 y el adversario
político del discurso del Bayer. Este colectivo es el antagonista de su discurso
y de su construcción como la voz que enuncia "la verdad" de la historia. Los
radicales están exluídos del "nosotros" que se define como: obreros patagónicos,
intelectuales solidarios con su causa y anarquistas. "Nosotros" es la voz y la
escritura de la verdad que se defiende del silencio con el cuerpo.
Es en la segunda guerra donde todo se trastoca, donde se cae la estantería al
gobierno radical. Ante la nueva huelga —indudablemente más pacífica que la
primera y mejor organizada, más general— se ordena la represión. Pero no el
fusilamiento de los estancieros que no cumplían el convenio, sino de los obreros
que exigían el cumplimiento de ese convenio. Claro que para ser neutrales desde
el punto de vista histórico no podemos esperar que el gobierno radical fuera a
ordenar que se fusilaran estancieros. Porque no era un gobierno obrero. Desde el
punto de vista histórico los únicos equivocados fueron los obreros por haber
iniciado la segunda huelga sin apoyo ni solidaridad de las centrales obreras de
Buenos Aires y no haber negociado antes con el gobierno radical la probable
salida de un movimiento de esa envergadura. Los obreros patagónicos se
levantaron solamente porque tienen razón. Es la típica reacción anarquista.
Desconocen lo más elemental de la política burguesa. Para triunfar no sólo hay
que tener razón. (La Patagonia..., 21)
Para triunfar se necesita la violencia de las armas. La verdad de los militares
se enfrenta con los cuerpos y con la sangre de los obreros de la Patagonia. Los
discursos contrapuestos no pueden dialogar, no pueden escucharse; el Uno debe
aniquilar al otro; los extranjeros deben silenciar su grito y su denuncia. La
voz del autor cuestiona a los obreros que confiaron en el ejército y en los
radicales. La barbarie de la represión desconoce la razón de las palabras.
Para el narrador del drama patagónico, los personajes más coherentes con sus
propósitos son los estancieros. A partir de estrategias e intereses claros
manejan los cuerpos y las palabras de los otros a su conveniencia. A diferencia
de los obreros, la Liga Patriótica Argentina contaba con los contactos y el
apoyo de Buenos Aires para defender sus intereses. Otra tensión que atraviesa el
texto es la distancia entre Buenos Aires y el sur. El centro del país y sus
instituciones aparecen de espaldas a la Patagonia. Bayer también acusa a las
centrales obreras de la capital su silenciamiento frente a los movimientos en el
sur.
El relato histórico desmitifica la diferencia entre los actores antagonistas de
la tragedia. La oposición entre razón gubernamental y la barbarie de los
militares que reprimen no existe en el texto de Bayer. Varela, de alguna manera
"el doble monstruoso" de Yrigoyen, es uno de los represores y todos a la vez. La
acción violenta del 10 de Caballería es la máscara inseparable del gobierno
irigoyenista.
Bayer demuestra que el juego de la violencia en el país no se detiene en la década del veinte. La escritura de la tragedia demuestra que la muerte sobre "los revoltosos" sólo retrocede en algunos momentos históricos. Nunca se detiene en la cultura argentina la voluntad de excluir a "lo diferente", a lo vario, a lo distinto. Esta actitud se enmascara nuevamente a lo largo de la historia en otras represalias, en otros castigos y en otras venganzas. El pasado revela las claves para comprender el presente. Los culpables de los fusilamientos de la Patagonia apelan por primera vez al Artículo 34 del Código Penal para justificar sus acciones.
Fíjese el lector que varias décadas antes, el asesino Valenciano recurrió al
subterfugio de ‘obediencia debida’, lo mismo al que recurrió el presidente
Alfonsín para librar de culpa y cargo a los autores materiales de las torturas,
secuestros y asesinatos de la dictadura militar de 1976 a 1983. Obediencia
debida se convirtió en ley por el voto de las bancadas radicales de diputados y
senadores. (La Patagonia..., 227)
El autor revisa las distintas hipótesis acerca de los fusilamientos. Todos
aquellos que tratan de justificar a Varela —principalmente en los ambientes
militares— hablan de las órdenes que cumplió. En Buenos Aires, los estancieros
hacen circular la leyenda que fundan en el imaginario6 la creencia de que los
obreros degüellan a niños y violan ancianas. Ante semejante anuncio, Yrigoyen
determina que hay que terminar con los movimientos huelgísticos anárquicos en la
Patagonia. Le da a Varela la orden de reprimir a hombres que no merecen ser
considerados ciudadanos.
"Extranjeros", "anarquistas", "forajidos", "bandoleros", "insurrectos" son los
calificativos que señalan a los huelguistas como sujetos sin patria. Dentro de
las fronteras territoriales, los obreros son despojados del espacio que ocupan.
Los individuos que se pliegan a la huelga y al movimiento contra los intereses
de los estancieros, "mueren" primeros como ciudadanos. Pocos días antes, en
Buenos Aires, había sido vetada la ley de pena de muerte. En el sur, lejos del
lugar de la ley para los ciudadanos, Varela tiene la facultad y el poder para
decidir la muerte de los obreros huelguistas.
Bayer construye un contradiscurso a la tesis de José María Borrero. El autor de
La Patagonia trágica,7 fantasma textual en el texto de Bayer, niega toda
responsabilidad en las muertes al teniente coronel Varela y al presidente
Yrigoyen. Asegura Borrero que el verdadero autor de la matanza es el gerente de
la Sociedad Rural, Edelmiro Correa Falcón, gobernador de Río Gallegos y enemigo
personal del escritor.
"La Patagonia
rebelde", en DVD: una reedición incluye declaraciones de Néstor
Kirchner y Osvaldo BayerLa nueva edición de la película (2007), realizada por Héctor Olivera en 1973, contiene escenas que antes fueron censuradas. Además de la palabra del Presidente, que actuó como extra en el filme, y del autor del libro en el que se basa la obra, se suman los testimonios de sus protagonistas: Pepe Soriano y Luis Brandoni. "La Patagonia rebelde", clásico del cine argentino dirigido por Héctor Olivera, será reeditado en DVD con la inclusión de escenas censuradas. Además, se sumarán las declaraciones del presidente Néstor Kirchner, que actuó como extra en el rodaje del filme que se realizó en 1973 en Santa Cruz, y de Osvaldo Bayer, autor del libro en que se basó el filme. Las frases del primer mandatario incorporadas en el DVD corresponden a declaraciones acerca de su participación en la película. Fueron recogidas en el acto de homenaje realizado el 13 de junio de 2004, cuando se cumplieron 30 años del estreno. "Entre los agregados -comentó Olivera- hay un reportaje al ex gobernador Jorge Cepernic, al que sus captores en tiempos de la dictadura militar le dijeron que su detención obedecía a haber apoyado la filmación de la película". También se incluirán declaraciones de Pepe Soriano y Luis Brandoni, dos los principales intérpretes de la obra. Otra novedad que contendrá la edición será la incorporación de documentos vinculados a la temática histórica del largometraje, que estuvo en cartel sólo algunas semanas, hasta comienzos de julio del 74. Luego fue levantado, pese al éxito de taquilla, y recién pudo ser reestrenada una década después, con el regreso de la institucionalidad democrática. La noticia de la reedición de la película comenzó a circular la última semana, cuando Olivera estuvo en la Patagonia participando en la inauguración del monumento al español José Font, más conocido por su apodo de Facón Grande, a quien el cineasta considera "el primer mártir entre los líderes de los gremialistas rurales". También allí, el realizador trabajó en el avistamiento de locaciones para "La bandolera inglesa", su nuevo filme, que contará la historia de Elena Greenhill, la asaltante británica que asoló el sur argentino a principios del siglo XX. Fuente: Télam, 18/07/07 |
Bayer discute esta hipótesis y se opone constantemente a aceptarla como la verdadera interpretación de los hechos. El autor de La Patagonia rebelde introduce en su texto la lógica de Borrero para explicar las acciones militares. A esa lógica de la incertidumbre, el autor opone la evidencia documental acerca de los hechos; deja de lado la interpretación de Borrero por considerarla "sin rigor histórico". Niega cualquier espacio para la mentira; desde el prólogo, en que plantea el texto como una investigación objetiva basada en material de entrevistas y documentos avalados por la escritura, evita referirse como un yo escritor.
Bayer es el historiador y el investigador de los hechos, no es un simple
redactor de imágenes y anécdotas. En la escritura construye una polémica oculta
en la que cada una de sus palabras reacciona contra la palabra de los
"radicales" que están "allá", en Buenos Aires, lejos de la "tierra maldita"8 de
la Patagonia.
Borrero apenas menciona la matanza. Simula una historia periodística, un informe
objetivo y lineal de los sucesos y sus antecedentes; expone su tesis
escuetamente sin ninguna documentación; reproduce informaciones y fotos
periodísticas, fechando los hechos como lo haría un diario. El suspenso sobre la
historia que está por escribirse organiza y sostiene el texto que se demora en
el espacio de los personajes de la tragedia y no en la tragedia misma.
En breve aparecerá la segunda obra titulada: ORGIA DE SANGRE en la que tras una
descripción detallada de los movimientos obreros ocurridos en la Patagonia y
terminados con las horrorosas matanzas de 1921, se deslindarán
responsabilidades, señalando con pruebas indubitables a los verdaderos autores
morales y materiales de tales matanzas, quienes con fines inconfesables ponen
todo su empeño en arrojar sombras siniestras sobre un inminente y austero ex
mandatario de la nación y sobre la memoria de un pundonoroso militar argentino,
primera víctima propiciatoria de los sucesos de Santa Cruz, cuya memoria se hace
de todo punto preciso reivindicar, cumpliendo el deber fundamental de establecer
la verdad histórica.9
En La Patagonia rebelde toda la historia se vuelve a narrar. El autor se propone
un proyecto distinto y lleva a la escena histórica a todos los personajes de la
tragedia; enfrenta y entrecruza sus voces. El texto se escribe con la verdad de
los datos documentales; el rigor histórico aparece totalmente alejado de la
ficción. Al comentar el final de la escritura de Borrero, Bayer anota:
De más está decir que el ‘inminente y austero ex mandatario de la Nación’ es
Hipólito Yrigoyen, y el ‘pundoroso militar argentino’ es el teniente coronel
Varela. Téngase en cuenta que La Patagonia trágica apareció durante la
presidencia de Alvear (pocos meses antes de las elecciones en las que iba a ser
consagrado Yrigoyen por segunda vez) y cuando ya Varela había sido muerto por el
alemán Kurt Wilckens frente a los cuarteles de Palermo. (La Patagonia..., 15)
Bayer edifica un sentido diferente para contestar a los argumentos de su
contrincante. Parte de un material histórico ya conocido y crea un orden nuevo
para esos datos. El material de archivos no dice nada nuevo; es el mismo que
usaron los antiguos cronistas de los hechos, la diferencia está en la
interpretación de los sucesos. Es interesante revisar los distintos lugares
desde los que Borrero y Bayer enuncian su relato sobre los hechos. Borrero,
autor del libro deshilvanado, sombrío, agresivo e inverosímil, que se titula La
Patagonia trágica,10 se define a si mismo como "el cronista" de los hechos.
He aquí la situación, que al cronista se le plantea en el momento de terminar el
relato y comprobación del más estupendo caso de piratería terrestre, que
registran los anales de la historia argentina. (La Patagonia trágica, 165 Las
negritas me pertenecen)
El autor de la escritura simula una identidad falsa e inventa un personaje que
pueda apropiarse de su voz y disimular su identidad. El autor del relato es "un
periodista anónimo de Buenos Aires" que recorrió de incógnito en territorio de
Santa Cruz durante 1924 recogiendo relatos parciales y episódicos sobre "los
crímenes atroces, que en esos lugares se decían cometidos".11
Para no incurrir en repeticiones, dejamos la palabra al periodista anónimo, a
quien tantas veces hemos nombrado. Todo lo que él dice, todo lo que él habla, es
la fiel expresión de la verdad, es la realidad misma, que aún cabe comprobarse
en conjunto y en detalle, pudiendo hacerse la sola aclaración de que cuanto él
aplica a la firma ‘Menéndez Behety’ debe extenderse a todos los latifundistas de
la región. (La Patagonia trágica, 204)
Las únicas dignas"... Cumplida la carnicería, el paternal Varela consideró pertinente, para solaz y esparcimiento de sus subordinados, enviarlos de visita a los prostíbulos de la zona. Paulina Rovira, encargada de la casa de tolerancia "La Catalana" en San Julián recibe el aviso. Pero, las cinco pupilas del establecimiento se le rebelan. Llegada la tropa, las mujeres esgrimen palos y escobas y al grito de: "¡Asesinos. Cabrones. No nos acostamos con asesinos!" rechazan a los soldados. Van presas. Son las únicas voces de repudio en medio del silencio de la sociedad cómplice. Temiendo que el episodio se difundiera se las deja en libertad... total ... era la opinión de cinco pobres mujeres..." Sus nombres: Consuelo García, Ángela Fortunato, Amalia Rodríguez, María Juliache y Maud Foster. (De "La Patagonia Rebelde" de Osvaldo Bayer) |
La crónica se remonta al siglo pasado tratando de buscar las claves que
expliquen el asesinato de 1500 obreros en la estancia Santa Anita. Borrero
señala como un hecho anterior a la matanza de los obreros, el exterminio
indígena del siglo XIX. Documenta con fotografías la caza del indio y denuncia
el hecho calificándolo como "uno de los genocidios más espeluznantes que se
conocen".12 Los responsables del hecho son los latifundistas, "verdaderos
señores de horca y cuchillo".13 Necesitaban apropiarse de las tierras fiscales
para el contrabando de ganado. Los indios y los obreros son víctimas de los
mismos intereses. Borrero dedica el libro "A los poderes públicos argentinos":
En demanda de justicia por los crímenes de lesa humanidad, que se han cometido y
siguen todavía cometiéndose en los territorios del Sur, donde el sentimiento de
la nacionalidad y el concepto de Patria, son considerados como un verdadero mito
por parte de los latifundistas detentadores de la tierra pública, plutócratas
patagónicos, que han amasado sus fabulosas fortunas con sangre de indios y
cristianos y con lágrimas de huérfanos y viudas. (La Patagonia trágica, 18)
Borrero contruye su libro con estrategias similares a las que Bayer empleará
para su escritura de la historia. La estrategia de ambos es la de volver atrás
en el tiempo para buscar las claves que expliquen la violencia del presente. Al
igual que Bayer, Borrero documenta su texto con citas de los diarios de la época
y con material fotográfico de los actores principales de la tragedia. Incluye
fotos de los tehuelches y los onas, víctimas de los latifundistas, fotos de
cazadores de indios, y una foto de Correa Falcón, principal acusado en la
matanza de los obreros.
En
la producción testimonial, Bayer apela al uso de los medios de reproducción y a
las técnica periodísticas. Incluye reportajes, fotografías, transcripción de
documentos y una organización del material que siempre elude mostrar su carácter
de construcción. La escritura y el montaje de elementos disímiles borra la
evidencia de que los relatos son, en todos los casos, una versión de los hechos
que llega al lector reconstruida por la experiencia de los protagonistas y por
una particular focalización del comentador del material.
Bayer incluye colecciones de fotos en cada uno de los tomos sobre la tragedia
patagónica. En la escritura hay una imperiosa necesidad de volver a nombrar a
las víctimas en listas interminables; y pensarlos en las fotos como seres vivos.
La inscripción de la imagen es la individualización y la encarnación de la
identidad en una copia iconográfica del cuerpo, del rostro, y de la expresión.
Juega con la mezcla de categorías. Lo público y lo privado se fusionan en un
espacio no diferenciado donde se unen la imagen y el silencio de los que no
tienen nombre con la verdad de los hablan sobre los hechos. Las fotos de escenas
familiares alternan con las fotos de las fábricas, de las cárceles, de los
soldados, de los muertos.
Las fotos de los militares que participaron en la lucha contrasta con la foto de
una cruz en la tumba de los peones huelguistas fusilados en la Estancia San
José. Bayer transcribe la dramática inscripción de la cruz "A los caídos por la
livertá, 1921". La imagen trata de mostrar al obrero muerto como a un ciudadano
común. La figura ausente deja de ser anónima al incluir su nombre en un libro
que contesta a la historia oficial; el obrero deja de ser una persona anónima,
al encarnar su rostro en esas imágenes fotográficas.
Borrero y Bayer apelan a la cita de artículos periodísticos, aunque el manejo
discursivo del material es distinto en cada caso. Bayer traspone los recortes
para alejar su presencia de la escritura y simular un espacio para el díalogo
entre distintas versiones de los hechos; generalmente discute con las versiones
oficiales de los diarios y acerca su enunciado al de los periódicos anarquistas.
El autor actúa como mediador entre los hombres privados del derecho a usar su
voz y la escritura. Las citas son un espacio de encuentro entre el diario
oficial y los panfletos obreros, las hojas volantes de la prensa anarquista, las
hojas sueltas y arrancadas de alguna libreta de almacén.
Borrero es el autor de los recortes que incorpora a su relato. La historia le
permite compilar la incesante masa de cosas escritas en los diarios patagónicos.
El autor sólo organiza el material periodístico. Se cita, se oculta; el narrador
se pretende "objetivo" y "distanciado" de los hechos que narra. A pesar del
alejamiento, el centro autorial no borra su marca, nunca se oculta. El montaje y
la selección de sus textos no articula espacios de diferencia con respecto a su
voz. La escritura revela una peculiar fusión entre narrador textual y autor real
de las citas. Su voz y su perspectiva sobre los hechos implican siempre la
construcción del monologismo que caracteriza a su relato. Sobre la inclusión del
material periodístico afirma Borrero:
Buscando huellas en la ruta
patagónicaCon 80 años recién cumplidos Osvaldo Bayer volvió a los sitios de los fusilamientos del ’21. El escritor recorrió Comodoro Rivadavia, Jaramillo, Piedra Buena, Río Gallegos, Calafate y San Julián. Por Mariano Blejman "A los caídos por la liverta", decía la única cruz que quedaba en una fosa común patagónica donde se enterró a un centenar de obreros patagónicos fusilados en 1921, durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen por el teniente coronel Varela, con la anuencia de los estancieros británicos. El escritor y periodista Osvaldo Bayer encontró esa cruz hace ya tres décadas, pero sigue recordando la frase cada vez que puede como esas marcas indelebles de la historia que, al fin y al cabo, terminaría convirtiéndose en su propia cruz (mal que le pese a este hombre agnóstico). Es una frase que le gusta repetir: cruz, justamente ésta, la que se llevaron de recordatorio a Jaramillo, cuenta Bayer, otro de los pueblos del sur argentino que vivieron en carne propia las huelgas patagónicas que dieron pie a la sólida obra de Bayer sobre la Patagonia Trágica. Y ahora vuelve al lugar, con 80 años recién cumplidos, como protagonista del documental La vuelta de Osvaldo Bayer (que emitirá Canal 7 hoy a las 22 como parte del ciclo Ficciones de lo real) y propone dejar una réplica de esa cruz en uno de los lugares del hecho. Pero lo de la cruz y su recuerdo es apenas una anécdota. Los datos fríos hablan de 1500 peones rurales fusilados por las fuerzas del gobierno de Yrigoyen y el estímulo de los estancieros ingleses (acostumbrados al fin y al cabo a tratar como esclavos a sus empleados) para aplicar la ley marcial contra los insubordinados, mayoritariamente anarquistas. Y la presencia de un hombre capaz de cambiar la historia convierte el viaje en una potente cuatro por cuatro en una postal de la coherencia y la perseverancia. La propuesta fue realizar junto a Bayer un recorrido profundo por aquellos lugares que él había comenzado a recorrer en 1968, cuando todavía vivían varios testigos de la matanza de obreros patagónicos que luchaban por mejores condiciones laborales. En noviembre de 2006, Bayer recorrió Comodoro Rivadavia, Jaramillo, Piedra Buena, Río Gallegos, Calafate y San Julián; y visitó –junto al doctor Suárez Samper, médico y estanciero, que ayudó a Bayer con su investigación– los archivos gráficos, sonoros y de imagen, tanto públicos como privados, relatando para la cámara su versión en los escenarios donde sucedieron los hechos. Además de los antecedentes históricos, Bayer cuenta en la filmación anécdotas de la investigación y también del rodaje de la película La Patagonia rebelde, filmada en el ’73 y el ’74 por Héctor Olivera y estrenada en 1974, mientras Perón todavía ejercía su tercera presidencia. Entrevista también al ex gobernador de la provincia Jorge Cepernic, que ayudó a la filmación de la película, a pesar de recibir presiones de las Fuerzas Armadas para que no se siguiera rodando, y que luego estaría preso ocho años, la mayoría durante la última dictadura militar. Como es sabido, Bayer tuvo que exiliarse en Alemania. La tenacidad del escritor ha dado sus frutos. Como producto de la investigación de Bayer hay un monumento a José Font y un colegio agropecuario con su nombre, en Río Gallegos hay una calle que lleva el nombre de Antonio "El Gallego" Soto (Bayer entrevista también a su hija Isabel, quien supo gracias al escritor de la existencia de otra familia de Soto), y también una calle con el nombre de Facón Grande, que luchó contra las fuerzas militares. En la tumba masiva de La Anita se hizo una escultura y en Jaramillo la vieja estación de trenes, escenario de enfrentamientos, será próximamente el Museo Facón Grande. Además de las entrevistas históricas al nieto del soldado Gabino Pérez, Sebastián Cifuentes; la nieta del vasco Zurutuza, compañero de Soto, Liliana Zurutuza; la hija del capitán Viñas Ibarra, Elvira Viñas Ibarra; hay acaso, tantos años después, dos momentos de interesante tensión en el documental: uno sucede cuando Bayer encuentra al historiador Osvaldo Topcic y le pregunta sobre el destino de los archivos oficiales, fuente de Bayer para sus investigaciones. Topcic cuenta que fue un juez federal de Río Gallegos quien se los dio y los pone a disposición de Bayer "para cuando los necesite". Acto seguido, Bayer visita el archivo de Río Gallegos y pide que restituyan a su lugar de origen los archivos que cambiaron de "dueño" durante la dictadura. Pero Bayer no se agota en la denuncia y ya mismo propone (ésa ha sido la metodología del impaciente historiador: denunciar y proponer) que sean excavadas las tumbas masivas de la Estancia La Anita en el Calafate. Y entonces aprovecha la ocasión para entrevistar a Federico Braun, descendiente de la familia Braun Menéndez, actual dueño de La Anónima Exportadora e Importadora del Sur y de Estancia la Anita, cuyos antecesores fueron responsables –o al menos instigadores– de tantas muertes. Dentro del marco de la corrección política, la conversación entre Federico Braun y Bayer no tiene desperdicio. Braun asegura que en su familia jamás fue un tema presente, que él compró la estancia a una parte de su familia hace unos años, y que por lo tanto no tiene por qué tener culpa alguna sobre lo sucedido. Bayer le pregunta si estaría dispuesto a organizar a los trabajadores, a lo que Braun se niega y Bayer le sugiere que hay que "trabajar y repartir". Braun le dice, justamente, que el año pasado pagaron 100 millones de pesos en impuestos, y que ésa es una forma de contribuir a la distribución de la riqueza. "Bueno... –le responde Bayer, al gentil hombre de traje–, hay formas y formas". Fuente: Página/12, 20/02/07 |
Observarán nuestros lectores que gran parte de este libro está compuesto de
crónicas y artículos periodísticos tomados de ‘El Radical’ y ‘La Verdad’ que se
editaron en Río Gallegos durante la época precisamente, en que se desarrollaban
casi todos los acontecimientos, que nos ocupan. Estos artículos escritos sobre
el terreno y en la fecha misma de los sucesos o muy próximos a ellos, son la
mejor fuente de información, que pudiera desearse y además tiene el carácter de
verdaderos documentos históricos, que alejan toda sospecha de falsedad por los
abundantes datos y elementos de prueba, que en ellos se aportan. Y como por otra
parte han sido escritos por el autor de este libro, huelga declarar que la
honradez profesional queda a salvo, ganando en veracidad la obra, todo lo que
pueda perder de amenidad con relatos novelescos, que sería fácil hacer. (La
Patagonia trágica, 102)
A diferencia de Borrero, Bayer se ubica en el lugar del historiador. Borrero es,
en su obra, uno de los actores de la tragedia patagónica. La escritura de Bayer
se propone superar las equivocaciones de la primera crónica de los hechos.
También apela a la cita de notas periodísticas, pero todas ellas contrastan con
los panfletos y las publicaciones anarquistas. Como historiador encuentra,
identifica y revela los distintos tipos de "relatos" que yacen ocultos en la
crónica de Borrero. Bayer ordena los datos de la crónica en una jerarquía de
significación, asignando diferentes funciones a los datos de Borrero. Bayer
invierte los primeros postulados para buscar la verdad; crea los dobles
necesarios para probar la mentira que esconden las palabras "verdaderas" de
Borrero.
Sin temor a equivocarnos (...) definiremos a José María Borrero como un
resentido, un fracasado, un chapucero, un chambón, un frangollón, un charlatán.
Pero todos estos adjetivos no nos ayudan a ser estrictos. Por eso tenemos que
agregar esto: era brillante, seguro de sí mismo (el comisario Guadarrama nos lo
definió como ‘simpático, muy amable, atrayente’ (...) Y así es su libro, La
Patagonia trágica: brillante, valiente, arrollador, pero antihistórico,
mentiroso, falso. Es la gran denuncia, pero luego quiere regatearnos la verdad y
llevar agua a su molino, al salvar de culpa y cargo a Varela y a Yrigoyen y
hacer responsables de todo a sus enemigos personales. (La Patagonia..., 135-136)
Una vez tramados los recuerdos desordenados de Borrero como un relato histórico,
Bayer revela la coherencia de todo el conjunto de los acontecimientos. Los
considera un proceso completo con un principio y un fin claramente determinados.
La obra inconclusa de Borrero silencia la sangre y la muerte de los cuerpos, no
concluye su crónica a pesar de haber anunciado el título de esta escritura.
Ambos autores explican la historia como una "tragedia". Como lo señala Hayden
White,
Las reconciliaciones que ocurren al final de la tragedia son mucho más sombrías;
son más de la índole de las resignaciones de los hombres a las condiciones en
que deben trabajar en el mundo. De esas condiciones, a su vez, se afirma que son
inalterables y eternas, con la implicación de que el hombre no puede cambiarlas
sino que debe trabajar dentro de ellas.14
En la historia tramada como tragedia se percibe una estructura de relaciones
determinada por el eterno retorno de lo mismo en lo diferente. Para Bayer y para
Borrero las condiciones de la violencia son inevitables y no se pueden superar.
Ambos coinciden en señalar el poder de los inversores ingleses en la Patagonia y
la repetición constante de hechos sangrientos a través del tiempo. Lo que Bayer
cuestiona en Borrero es, fundamentalmente, su militancia radical.
Los dos autores tratan de convencer y emocionar a sus lectores. Para ello apelan
al aparato lógico del campo de las pruebas. Ejercen la violencia de la escritura
al apelar al razonaniento de su lector. Con elementos documentales y con
testimonios de los protagonistas, justifican la validez histórica de las pruebas
que emplean para acusar a los culpables. A partir de allí comienzan a interpelar
el ánimo del lector que acepta como verdadero el relato; lo llevan a pensar el
mensaje probatorio no sólo como elementos con fuerza propia, sino como una
prueba subjetiva y moral sobre los acontecimientos. Bayer ordena los hechos
ocurridos en las fronteras y completa la información de la memoria de los
protagonistas, superando los errores de la relación anterior. Me parece
importante citar in extenso la crítica del autor a la obra de Borrero.
Son débiles los argumentos de Borrero al querer echarle todo el fardo de los
fusilamientos a la Sociedad Rural y salvar de culpa y cargo a los gobernantes y
al teniente coronel Varela. La clave de cómo se dieron las cosas, de quién es o
deja de ser el culpable, la da el artículo de fondo del diario de la Sociedad
Rural de Gallegos, del 29 de marzo de 1922, titulado ‘La Sociedad Rural fue la
única fuerza que hizo abortar los planes de los sediciosos al conseguir del
gobierno de la nación el envío del 10 de caballería’. Y bajo el subtítulo
‘Fuerza que se impone’, señala lo siguiente: ‘Fue necesaria la intensa obra de
la Sociedad Rural para obtener ya con los diarios más importantes del país, ya
con las influencias en las altas esferas políticas o ya directamente, tratando
de potencia a potencia, con los secretarios de Estado en las esferas
gubernativas, el envío de las fuerzas del Ejército de la Nación (...)’. No cabe
la menor duda: si los estancieros no se hubieran movido en Buenos Aires, la
matanza no habría ocurrido. Pero decir que los culpables fueron solamente los
latifundistas que confundieron al gobierno y al Ejército es sostener una
incongruencia como si manifestáramos que la culpa de la matanza de los judíos en
el Tercer Reich la tuvieron Krupp y los grandes industriales alemanes, y
lavaríamos de responsabilidad a Hitler y a toda la organización represiva nazi.
(La Patagonia..., 21)
El historiador tratará de prestar su voz y su escritura a las víctimas para que
puedan hablar por sí mismas. Luego de investigar y de revisar todas las pruebas
documentales, es capaz de oír y de entender palabras que nunca se han dicho,
palabras que quedaron silenciadas en los abismos del olvido. La tarea del
historiador es "hacer hablar los silencios de la historia, esas terribles notas
de órgano que nunca volverán a sonar, y que son exactamente sus tonos más
trágicos".15 Las voces de la escritura son las voces de los muertos y sus
silencios. Bayer busca apropiarse de otro nombre propio para legitimar su
denuncia. Es el nuevo José Hernández hablando de otro Martín Fierro.
¡Pobre paisano Liano! Todo le robaron. (...) ¿Y a quién ir a protestar? ¿Quién
le podría hacer justicia? Sólo algún nuevo José Hernández podría interpretar a
estos Martín Fierro patagónicos, que salían derrotados, apaleados, vejados,
cagados, burlados, escarnecidos, sin un cobre, sin sus pilchas, solos, hasta sin
perros. Humillados y ofendidos. Por gente uniformada venida de Buenos Aires que
ni siquiera conocían la Patagonia. Por uniformados cuya única razón había sido
el máuser, el látigo, los gritos. Que se llenaban la boca con la bandera azul y
blanca pero que concurrían a banquetes de estancieros a escuchar cantitos
extranjeros. (La Patagonia..., 100)
El relato maestro16 sobre el que se inscribe la interpretación de la escritura
de Bayer es el Martín Fierro de José Hernández. El texto primitivo de la
gauchesca se entiende como una experiencia de la cultura argentina; la escritura
de Bayer está presa en el intersticio entre el texto primero y su
interpretación. Bayer habla a partir de una escritura que forma parte del mundo,
es un comentario17 sobre la parte enigmática, murmurada, que se esconde. Se
propone restituir una verdad perdida, tapada. "Esta es la verdad: el robo, la
servicia, el asesinato de auténticos trabajadores de campo".18
En La ida de Martín Fierro, las autobiografías de Fierro y Cruz son relatos
violentamente antijurídicos. Hernández escribe contra la ley de levas que se
aplicaba en el campo a los propietarios y no en la ciudad. Como lo señala
Josefina Ludmer es "ley que desmentía la igualdad ante la ley y que también
quitaba mano de obra a los hacendados".19 La escritura de Hernández es
antimilitar: es el pasaje por el ejército el que despoja a Martín Fierro y lo
transforma en gaucho malo; es el comandante del ejército el que le quita a Cruz
la mujer.
La escritura de Bayer comparte con la de Hernández el antimilitarismo y la
denuncia de la desigualdad ante la ley. Al tomar su voz, Bayer busca rastrear
las huellas de un relato oculto e ininterrumpido sobre la violencia. Necesita
desenterrar esa historia fundamental y todas sus modulaciones para dar cuenta de
la historia actual. Necesita escribir la historia verdadera y no-oficial sobre
las huelgas patagónicas y deconstruir todas las leyendas acerca de la "barbarie"
de los huelguistas.
Construye, con testimonios, una historia alternativa a la historia oficial; para
legitimar su escritura apela siempre a documentos oficiales. Ataca las leyendas
sobre la tragedia patagónica y acusa claramente al presidente. Un doble discurso
caracteriza a la escritura; por un lado el estilo de Bayer se vincula
profundamente con el discurso periodístico, determinante de muchos rasgos; por
otro lado hay en el texto un simultáneo distanciamiento de ese tipo discursivo.
El autor apuesta a una antigua función que tiene la escritura de la literatura
como épica: la de rescatar e impedir el olvido de los hechos que deben perdurar
como inolvidables. Bayer explica los orígenes de la violencia que funda la
historia de la Argentina moderna; la lucha de los unos con los otros develan las
claves del enigma de la cultura. Soto y los anarquistas son castigados por la
ley y las armas; Varela es condenado por el silencio.
Con testimonios heterogéneos, relatados por voces que luchan desde lugares
diferentes y aún desde la muerte, Bayer busca posicionarse en la memoria
colectiva de la comunidad, en un intento por resolver imaginariamente aquello
que acontece como un obstáculo real: el olvido. El autor de la historia
alternativa y contestataria es el otro que destruye los argumentos oficiales, un
otro que desconoce a su contraparte y trata de inscribir la historia "verdadera"
de la matanza de mil quinientos obreros. Concibe a la historia como el eterno
retorno de la uno en lo mismo; retorna al presente desde el pasado y escribe
desde otro lugar lo que ya estaba escrito: la historia de la muerte que se
clausura con la venganza.
NOTAS
1. (Buenos Aires: Planeta, 1995). Todas las citas corresponden a esa edición.
2. (Buenos Aires: Círculo Militar, 1991).
3. Punzi, op. cit. 49.
4. "La palabra adversativa. Observaciones sobre la enunciación política", El
discurso político. Lenguajes y acontecimientos, Ed. VVAA (Buenos Aires:
Hachette, 1987). 16-17.
5. Verón, op. cit. 17.
6. Ver Cornélius Castoriadis, "La institución imaginaria de la sociedad", El
imaginario social, Comp. Eduardo Colombo, (Buenos Aires: Tupac, 1989). 42. "Recordemos ahí el sentido corrriente del término imaginario, que por el momento
nos bastará: hablamos de imaginario cuando queremos referirnos a algo
"inventado" —ya se trate de una invención "absoluta" ("una historia imaginada de
cabo a rabo"), o de un deslizamiento, de un desplazamiento de sentido, en el que
se les atribuye a unos símbolos ya disponibles otras significaciones que las
suyas "normales" o "canónicas"(...) En ambos casos se da por supuesto que lo
imaginario se separa de lo real, ya sea que se pretenda ponerse en su lugar (una
mentira), o no lo pretenda (una novela).
7. (Buenos Aires: Americana, 1967). La primera edición es de 1928. Todas las
citas corresponden a esta edición.
8. Charles Robert Darwin, que en 1833 cubriera a caballo el camino Carmen de
Patagones-Buenos Aires valido de postas y de la escolta de jinetes facilitados
por Rosas —a la sazón empeñado en su Conquista del desierto-, bautizó a la
Patagonia como "tierra maldita", sólo por la simple observación de una estrecha
lonja de terreno. Ver: Punzi, op. cit. 9.
9. Borrero, op. cit. 234.
10. Borrero, op. cit. 25.
11. Borrero, op. cit. 29.
12. Borrero, op. cit. 6.
13. Borrero, op. cit. 6.
14. (Metahistoria, México: Fondo de Cultura Económica, 1992). 20.
15. White, op. cit. p. 156.
16. Ver Frederic Jameson, Documentos de cultura, documentos de barbarie. La
narrativa como acto socialmente simbólico, (Madrid: Visor, 1989) 24. "La forma
más plena de lo que Althusser llama ‘causalidad expresiva’ y de lo que él llama
historicismo se reescribe en términos de un relato maestro profundo, subyecente
y más ‘fundamental’, de un relato maestro oculto que es la clave maestra
alegórica o el contenido figural de la primera secuencia de materiales
empíricos".
17. Sigo la definición de comentario que hace Michael Foucault en: Las palabras
y las cosas (México: Siglo XXI, 1986) 48. "Saber consiste en referir el lenguaje
al lenguaje, en restituir la gran planicie uniforme de las palabras y las cosas.
Hacer hablar a todo; hacer nacer por encima de todo, las marcas del discurso
segundo del comentario. Lo propio del saber no es ver ni demostrar sino
interpretar. Comentarios de la escritura, comentarios de los antiguos,
comentario de lo que relatan los viajeros, comentario de leyendas y de fábulas.
(...) Por definición la tarea del comentario no puede acabar nunca. Y sin
embargo, el comentario se vuelve por completo hacia la parte enigmática,
murmurada, que se esconde en el lenguaje comentado: hacer nacer, bajo el
discurso existente, otro discurso más fundamental, más primero que se propone
restituir".
18. Bayer, op. cit., 101.
19. Josefina Ludmer, El género gauchesco. Un tratado sobre la patria. (Buenos
Aires: Sudamericana, 1988) 231.
Imágenes: Obreros detenidos por los fusiladores / Entierro de unos de los fusilados
/ Cartel publicitario
de "La Patagonia Rebelde"Soldados
/ El asesino Varela.
La
Patagonia rebelde
Por Verónica Johana Farjat
vero_farji@yahoo.com
nahir9@hotmail.com
1. Prólogo
La siguiente monografía, titulada "La Patagonia Rebelde"; está constituída por
tres secciones: una introducción; un desarrollo (Los Sucesos de la Patagonia); y
una conclusión de dicho tema.
a.- En la introducción puede observarse una síntesis de los acontecimientos de
la historia de nuestro país hasta la fecha. Asimismo, se aborda brevemente el
tema de nuestra monografía; puntualizando los hechos más importantes sin entrar
en detalle, como lo haremos en el desarrollo de la misma.
b.- En el desarrollo de esta monografía, que se titula "Los Sucesos de la
Patagonia"; se tratará amplia y detenidamente el tema en cuestión, haciendo
hincapié en las actitudes del gobierno y de los represores frente a los reclamos
de los huelguistas, y, a su vez, la actitud de los latifundistas y las grandes
empresas sureñas frente a la problemática que acarreó la posguerra en relación a
los costos de las manufacturas que ellos producían.
c.- En la conclusión se expresarán nuestras opiniones acerca de la actitud de
los represores, así como también la de los huelguistas, frente a los sucesos de
la época; enfatizando en la acción de Kurt Wilckens.
Asimismo, la monografía posee notas al pie de las páginas; para aclarar algún
hecho, así como también para comentar la fuente de dicha idea o frase.
Consideramos menester aclarar que no existe abundante información referida al
tema de esta monografía; pues los sucesos que tuvieron lugar en la Patagonia
entre los años 1920 y 1922 no han quedado debidamente documentados, ya que a la
clase oligarca de la época no le favorecía en lo absoluto la difusión de los
mismos.
2. Introducción
Los enemigos de la revolución en la Argentina son una minoría pero controlan las
palancas fundamentales del Estado, lo que los hace extremadamente fuertes.
Controlan el aparato económico y jurídico y tienen a su servicio las fuerzas
armadas y represivas, como instrumento principal que les garantiza la
explotación al pueblo y el control del poder.
Como enseña nuestra historia, los terratenientes, primero para organizar el
Estado que les asegurase el poder y luego para perpetuarse en el control de
éste, apoyándose y/o subordinándose al imperialismo de turno, inglés, ruso o
estadounidense, asesinaron y reprimieron a mansalva. Junto con ésto crearon las
leyes y el aparato jurídico que avalara la barbarie. Así, tras más de 60 años de
guerras civiles (de 1815 a 1880), fue con las armas que la oligarquía impuso la
llamada Organización Nacional y masacró a los pueblos indígenas para apoderarse
de sus tierras. Y en este siglo, aplastaron a sangre y fuego los levantamientos
obreros, campesinos, estudiantiles y populares, cada vez que pusieron en peligro
los privilegios de esa minoría que controla el poder. Ahí están de testigos las
masacres del 1º de mayo de 1904, de la semana de mayo de 1909, la Semana Trágica
de enero de 1919, la Patagonia sangrienta de 1921, La Forestal, el golpe de 1955
y la dictadura violovidelista de 1976. Al igual que la represión de la
insurrección radical de 1905, la huelga de la construcción de 1935, la huelga
azucarera de 1949, las luchas de los ferroviarios y metalúrgicos de 1954, las
huelgas de 1959, las puebladas del 60-70, etc., etc. Antes, como ahora,
modernizaron y utilizaron el aparato represivo para frenar las heroicas luchas
que jalonaron nuestra historia.
La burguesía nacional, por su dualidad, cuando estuvo en el gobierno, por un
lado forcejeó con los enemigos y por el otro, muchas veces terminó siendo
cómplice, avalando la represión o reprimiendo. Esta política posibilitó los
golpes de Estado en 1930, 1955, 1966 y 1976; que sirvieron a las clases
dominantes para recuperar el gobierno e imponer por la fuerza de las armas su
política proterrateniente y proimperialista. Resultó así equivocada la idea
expresada reiteradamente por el general Perón de que era necesario tiempo para
ahorrar sangre. Esta opción es falsa. Ha corrido mucha sangre de la clase obrera
y el pueblo, y se ha perdido mucho tiempo.
No es conciliando con los enemigos como se ahorra sufrimientos a la clase obrera
y el pueblo y se defienden los intereses nacionales. Para enfrentar a los
enemigos de la revolución debemos prepararnos para una lucha que es encarnizada
y que será larga y no pacífica. Sólo si el pueblo toma en sus manos las armas
será posible derrotar al enemigo y asaltar el poder.
A lo largo de nuestra historia, el problema de en manos de quién estaba el
poder, en particular las armas, ha sido y es una de las cuestiones claves para
extraer enseñanzas y prepararnos para que el accionar revolucionario de las
masas desemboque en la destrucción del Estado oligárquico-imperialista y la
conquista del poder. Sólo cuando el pueblo se levantó en armas pudo triunfar.
Así fue frente a las invasiones inglesas en 1806 y 1807, y así fue contra el
colonialismo español de 1810 a 1824.
La organización de la autodefensa armada de masas en los períodos de auge más
avanzados ha dejado grandes enseñanzas. Pero tuvieron un techo propio del
carácter defensivo de su objetivo. Carecieron de, o era incipiente, una
dirección revolucionaria que apuntara a construir las milicias y otras formas de
organización armada propias de un plan de ofensiva revolucionaria con objetivos
claros. Esta falta de dirección, línea, organización y preparación para que el
proletariado defina a su favor, mediante la lucha armada de masas, una crisis
revolucionaria; se manifestó en cada uno de los momentos en que la lucha de
clases llegó a su máxima confrontación y se debía pasar a la ofensiva, al asalto
al poder.
En lo que se refiere a los diversos inconvenientes que acarreó la Primera Guerra
Mundial, podemos destacar la escasez de insumos, carestías y salarios bajos.
Hubo grandes huelgas, y la situación social estalló en enero de 1919, dejando un
saldo trágico de muertos y heridos. En la Patagonia se desató un conflicto en
1920, que culminó con fusilamientos de huelguistas dispuestos por el coronel
Varela, enviado a poner orden en la zona. La economía se fue normalizando en la
posguerra. En las Universidades, estudiantes y profesores reformistas fueron
ocupando posiciones toleradas por el gobierno, pero que concitaron el odio de
los desplazados y de los sectores a que éstos pertenecían. No obstante todos
estos problemas, la politiquería, el personalismo y las vacilaciones, la
conducción de Yrigoyen se esforzó siempre por afirmar la democracia y la
conciliación social.
3.
El Drama Patagónico
Desde 1917, con grandes huelgas como la de los obreros ferroviarios, de la
carne, azucareros tucumanos, etc., un nuevo período de auge sacude a la
Argentina. Esta oleada de luchas obreras alcanza su pico más alto en la segunda
semana de enero de 1919. La lucha por salario, condiciones y tiempo de trabajo
de los 800 obreros de los Talleres Vasena es reprimida violentamente por la
policía, dejando un saldo de 4 muertos y 30 heridos. Esta represión pone en pie
a los trabajadores y el pueblo de Buenos Aires y Avellaneda.
El gobierno de Yrigoyen reprime sangrientamente la sublevación popular. El
ejército entra en la ciudad; se arman grupos civiles de la oligarquía que
asaltan locales e imprentas obreras y realizan verdaderas "razzias" en los
barrios obreros con un saldo de entre 800 y 1.500 muertos -según las fuentes
diplomáticas de la época- y más de 4.000 heridos, incluyendo mujeres, ancianos y
niños. Genocidio sólo comparable a los de Rosas y Roca contra los indios, que
pasará a la historia oficial con el nombre de Semana Trágica.
Pese a la masacre, los ecos del levantamiento obrero y popular de la Semana de
Enero de 1919 llegarán hasta los más apartados rincones, conmoviendo a los
explotados y a los explotadores de esos verdaderos imperios latifundistas del
norte y del sur argentinos. Ejemplos de esto serán las históricas huelgas de los
hacheros alzados contra La Forestal y la rebelión de los obreros rurales y
campesinos pobres en la Patagonia, en 1920 y 1921.
En 1920 hubo una nueva y prolongada huelga de marítimos, que fracasó. Pero ya
para entonces se sentían los primeros indicios de malestar en el sur de la
Patagonia, que en 1921 y 1922 tendrían un trágico desenlace. Osvaldo Bayer,
investigador de estos hechos, destaca que los grandes stocks de lana, acumulados
al terminar la guerra por falta de compradores, fueron el desencadenante de los
sucesos de la Patagonia. Una gran crisis se abatió sobre los estancieros, los
comerciantes y, sobre todo, los peones, que vivían y trabajaban en condiciones
inhumanas.
Activados por dirigentes anarquistas de Río Gallegos, los peones rurales
empezaron a manifestarse en el invierno de 1920. A fines de ese año, y comienzos
de 1921 se generalizó la huelga en el territorio de Santa Cruz, y algunos grupos
ocuparon estancias y tomaron rehenes, aunque sin cometer hechos irreparables.
Las denuncias de la Sociedad Rural local y las exageradas informaciones
publicadas por la prensa de Buenos Aires movieron a Yrigoyen a enviar al coronel
Héctor B. Varela con efectivos del 10° de Caballería a poner orden en la zona.
El coronel Varela logró que las partes en conflicto llegaran a un avenimiento,
que reconocía la mayor parte de los pedidos de los huelguistas.
Comenzaron las huelgas, y con ellas el consiguiente apedreo amarillista de la
prensa oligarca en Buenos Aires, denunciando situaciones gravísimas en donde
exigían al gobierno nacional evitar los avances de "forajidos y delincuentes,
con feroces anarquistas a la cabeza, 600 de ellos armados, envalentonados por la
pasividad oficial", según La Prensa.
El 29 de enero llega a Río Gallegos el gobernador titular Izza, quien había sido
designado por los estancieros como árbitro del conflicto. Varela desembarca en
Santa Cruz junto a sus soldados tres días después, el 1° de febrero. Luego de
realizar algunas inspecciones personales, Varela comprobó que los grandes
diarios habían deformado los hechos. Se dirigió a Río Gallegos para
entrevistarse con Iza, manifestándole sus intenciones de solucionar el pleito
pacíficamente.
Al llegar el verano de 1921 el conflicto volvió a estallar, pero ahora con mayor
encono. Grupos de delincuentes infiltrados entre los huelguistas cometieron
desmanes que se atribuyeron a los trabajadores; éstos, convencidos de que los
patrones no cumplirían nunca lo prometido, dieron a su protesta una mayor
virulencia. El coronel Varela, a su vez, creyendo haber sido traicionado por los
huelguistas y sospechando que el gobierno chileno estaba detrás del movimiento,
se atribuyó poderes que nadie le había otorgado y se lanzó a una represión
indiscriminada. Decenas de huelguistas fueron fusilados, muchos fueron
reintegrados por la fuerza a las estancias y algunos debieron escapar rumbo a
Chile.
En Buenos Aires los sucesos de la Patagonia tuvieron repercusión en el Congreso
pero no se investigaron a fondo. El gobierno no tenía interés en destapar un
asunto en el que podía enjuiciarse su responsabilidad y la del ejército; los
socialistas cumplieron formalmente con un pedido de informes. Sólo los
anarquistas clamaron por los masacrados de la Patagonia y juraron venganza
contra Varela, quien más tarde fue asesinado por un joven alemán, muerto, a su
vez, por un miembro de la Liga Patriótica mientras estaba en Villa Devoto
esperando su condena.
El 15 de febrero se convoca a una reunión entre partes donde se plantea la
necesidad de que los obreros entreguen las armas y los rehenes tomados, y que
sometieran a la justicia los hechos ilegales. Sólo después de esta instancia se
discutirían los reclamos de los obreros.
Se organizó una asamblea que decidió, por 350 votos contra 200, entregarse al
ejercito. En el grupo minoritario se encontraban quienes habían realizado actos
vandálicos, comandados por El Toscano y El 68, los cuales decidieron huir hacia
la zona cordillerana.
Los
héroes y la carroñaPor Osvaldo Bayer desde Puerto Santa Cruz Sí, fue todo realidad. Una semana, desde Puerto Santa Cruz hasta Jaramillo en plena Patagonia. Una a una fuimos marcando definitivamente las tumbas masivas de los peones rurales fusilados por el Ejército Argentino en aquel l921 de sangre. En una democracia, gobernaba Yrigoyen. Lo hicimos 87 años después. Tumba por tumba. Con una placa en la que, en todas, figuraba la frase “A los muertos por la livertá”. Sí, justo la frase que leí en la cruz que se hallaba en la tumba masiva de la estancia San José. Livertá, así, con v corta y acento, sin d. Escrita por un peón libertario, aquellos que creían que alguna vez iban a tocar el cielo con las manos para conseguir la igualdad en libertad. El viaje lo hicimos con representantes del Gobierno y de los Concejos Deliberantes, titulares de organismos culturales, docentes y luchadores por los derechos humanos: todo por iniciativa de Uatre, la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores. Comenzó la histórica y emocionada marcha en Puerto Santa Cruz con la inauguración del monumento a Ramón Outerello, obra de la escultora Ruth Viegener. Ramón Outerello, gallego y anarquista, fue el dirigente que servía de nexo entre las columnas huelguistas: con Antonio Soto, al sur; Albino Argüelles, al centro y don José Font, el gaucho entrerriano, al norte. Outerello fue traído engañado por el Ejército y muerto a tiros en la estancia Bella Vista, en Gobernador Gregores, nombre de la ciudad que antes se denominaba Cañadón León. De Puerto Santa Cruz, en una larga hilera de vehículos, partimos a recorrer las distintas estancias donde están situadas las tumbas masivas que hablan de la injusticia, el terrorismo estatal y la impudicia y perversidad con que fueron fusiladas todas aquellas peonadas que se atrevieron a decir basta a la explotación humillante a que eran sometidos por los dueños de la tierra. El momento culminante de nuestro viaje hacia la reivindicación histórica de una atrocidad por la cual nunca hubo ninguna autocrítica de los gobiernos radicales ni del comité nacional de ese partido, fue cuando el doctor Dafinotti depositó las cenizas de su abuela y de su madre en la tumba masiva donde yace Albino Argüelles, dirigente obrero de San Julián fusilado por el capitán Elbio Carlos Anaya. Allí, cerca de la estancia María Esther, en la tapera de Casterán, perdieron la vida Argüelles y sus compañeros por el delito de pedir más dignidad. Justo en ese lugar de nuestro viaje se detuvo su nieto, el doctor Dafinotti, médico porteño, y puso las cenizas de quien había sido la compañera de vida de Argüelles y de la hija de ambos. Argüelles, ese luchador social, no llegó a conocer a su hijita porque ella nació en Buenos Aires pocos días antes de su fusilamiento en la Patagonia. Ante la tumba de ese luchador, limpio y valiente, leímos la poesía que él le escribió a su compañera de vida, días antes de ser fusilado. En esta poesía, Argüelles saludaba la noticia que le había dado su compañera en una carta donde le decía que había nacido la hija de ambos. Argüelles le dice así a su amada compañera: A ti te queda el consuelo de nuestro fruto adorado en cuyo rostro esmaltado se emitían tus desvelos teniendo siempre presente a nuestra hijita en la memoria que de tus besos la gloria la cubre constantemente. Sí, los huelguistas patagónicos fusilados como perros también sabían escribir versos. En la ciudad de Gobernador Gregores se detuvo nuestra columna en el conocido lugar denominado por la población “El cañadón de los muertos”, ya que allí, en un lugar bien marcado, se encuentran los restos de los peones fusilados. Al regreso, uno de los momentos más significativos. Dimos una clase de Historia en el colegio secundario que hoy, con orgullo, lleva el nombre de José Font, el gaucho que dio su vida para dignificar a sus amigos, los humildes peones de campo. Luego, marcha a Jaramillo, al monumento a ese gaucho pura nobleza y coraje para recordarlo con palabras de elogio y profundo respeto. Y luego, en el viaje de regreso a Gobernador Gregores, una sorpresa: el bautismo de una calle que conduce a una isla cercana con el nombre del autor de la investigación histórica La Patagonia Rebelde, medida tomada por una iniciativa de un edil del Partido Radical, hombre que fue capaz así de ser el primero de proceder a la autocrítica de haber sido un gobierno de ese partido el que ordenó el fusilamiento de trabajadores rurales. Al agradecer el homenaje el autor de La Patagonia Rebelde, señaló: “Agradezco la distinción pero más me hubiera gustado que en vez de mi nombre esta calle llevara el nombre del peón más joven fusilado en las heroicas huelgas del ’21. Y a los homenajes de ahora se adhirió el arte. En Puerto Santa Cruz y en Pico Truncado se dio Patagonia de Fuego, la cantata de Sergio Castro sobre las huelgas rurales patagónicas. El arte ha sabido ser reflejo de las injusticias y la denuncia con la misma fuerza con que aquellas peonadas cantaban “Hijos del pueblo” antes de morir, y con la frase gaucha de José Font “Facón Grande” que gritó ante sus fusiladores de uniforme: “Así no se mata a un criollo”. La gira histórica terminó con un acto final en el Monumento al Peón Rural en Pico Truncado. Maestros, ediles, el intendente, representantes de la Federación Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores y Analía Pérez, la anciana hija de Maximiliano Pérez, fusilado en Las Heras en enero de l922. Una vez más, en la historia triunfa finalmente la ética. Esas tierras sureñas tienen ya sus héroes: los que murieron por la dignidad. Y a sus represores no los recuerda ni una placa ni siquiera en un cuartel. Pasaron para siempre al capítulo de la carroña de la historia. Imágen: La cruz, que recuerda a los peones huelguistas fusilados en la estancia San José por el Ejército Argentino, lleva la inscripción: “A los caídos por la livertá, 1921”.Foto: Leandro Manso. Fuente: Página/12, 25/10/08 |
El 24 de febrero se formalizaron las entregas, y en reunión posterior entre los
estancieros y la Federación Obrera Regional se aprobó el "laudo Izza"; que
enmarcaba como reales las circunstancias planteadas por el pliego obrero. Varela
decidió sumariar a los policías que habían cooperado en el apaleamiento de
huelguistas. Los trabajadores de Santa Cruz habían triunfado.
Pero la solución pacifica del conflicto dejo insatisfechos a grupos como la
Sociedad Rural, los estancieros y los ganaderos, quienes creían irrisorio que no
se hubiese castigado a los obreros por haber realizado la huelga, y que además
se les otorgara una compensación por los días no trabajados durante el paro.
Mientras los obreros pensaban nuevas reivindicaciones, los grandes diarios de
Buenos Aires seguían denunciando hechos de vandalismo, sin hacer distinción
entre éstos y los auténticos reclamos obreros.
La oligarquía aplastó sangrientamente estas luchas. Pero ese río de sangre
dividió las aguas de la lucha de clases en la Argentina, creando nuevas
condiciones para la maduración de la conciencia revolucionaria.
Cuando los ecos de la represión de Santa Cruz llegaban a Buenos Aires, las
manifestaciones de malestar social estaban remitiendo notablemente. Las causas:
los sustanciales aumentos salariales obtenidos por muchos sectores y, sobre
todo, la normalización de la economía producida por la posguerra. Además, los
sindicatos anarquistas habían quedado debilitados. Se había producido, a lo
largo de los años de Yrigoyen, una significativa nacionalización de las fuerzas
del trabajo. Aún con errores y culpas en el manejo de las cuestiones laborales,
el gobierno radical había evidenciado que era sincera su preocupación por el
mejoramiento de la situación de los trabajadores. Un colaborador de Yrigoyen, el
Dr. Víctor Guillot, sintetizaba así, por esos años, la concepción del
presidente: "Arrancar al Estado de su posición indiferente u hostil frente a las
colisiones entre capital y trabajo, y practicar un intervencionismo orgánico y
sistemático conducido por elevadas inspiraciones de humana equidad". En los años
siguientes, el número de huelguistas llegó a ser sólo la décima parte del que
había alcanzado en la época de Yrigoyen, y no se registró ningún movimiento de
signo violento: era el fruto de la conciliación social iniciada por el primer
presidente radical.
4. Los Sucesos de la Patagonia
Uno de los capítulos de la primera presidencia de Yrigoyen que no se puede pasar
por alto, fueron los sucesos de la Patagonia, cuya explicación plena no fue ni
es fácil a causa de los intereses que estuvieron en juego y que presionaron
desde la gran prensa y en las esferas del gobierno quizá sin conciencia de sus
consecuencias finales.
En 1920, en plena postguerra, el precio de la lana argentina, como la de todo el
mundo, comenzó a caer en grandes proporciones, de $9,74 a $3,08, ubicándose en
los niveles normales de tiempos no bélicos. Este proceso, producto de la caída
de la demanda mundial, provocó grandes crisis para los estancieros latifundistas
que usufructuaban el suelo patagónico a través de la cría de ganado lanar.
Esos mismos estancieros de elite, quienes anotaban a sus hijos en Chile, por la
cercanía, o utilizaban el idioma ingles en sus estancias, e inclusive izaban la
bandera británica; pidieron ayuda a Don Hipólito Yrigoyen porque sus negocios no
se mantenían en los niveles de antes.
Y pese a sus grandes aunque mermadas ganancias, obligaban a los peones a
trabajar con 18° bajo cero arriando majadas. Los esquiladores terminaban
jornadas de 16 horas con los brazos agarrotados, mientras que los obreros
trabajaban 12 horas por día 27 días al mes.
Esta insostenible e inhumana situación culminó en una serie de actos de
tendencia anarquista, prohibidos por el gobernador interino de Santa Cruz; un
comisario inspector de nombre Falcón.
La situación de los arrieros, ovejeros, peones de las estancias patagónicas era
penosa y ajena a todo amparo; se trabajaban de 12 a 15 horas diarias y los
salarios eran ínfimos, y muchas veces pagados en documentos o en moneda
extranjera con fuerte deterioro al hacerlos efectivos. Los obreros exigían a
través de un pliego condiciones como que en habitaciones de 16 m² no durmiesen
más de tres hombres; que los patrones entregaran un paquete de velas por obrero
mensualmente (la noche se extiende por 14 horas, y los obreros debían pagar 80
centavos en las estancias paquetes de velas que valían sólo 5 centavos); que el
día sábado no fuese laborable; que la comida fuese digna; y que los botiquines
para curar sus sarnas y erupciones tuvieran instrucciones en castellano, pues la
mayoría se encontraba en inglés, entre otras cosas. El pliego fue rechazado por
la Sociedad Rural, inclusive uno posterior con menores condiciones.
Las autoridades locales respondían a las órdenes y deseos de los grandes
latifundistas y dependían de ellos más que del gobierno nacional mismo. Había
que acudir a la autodefensa y así lo hicieron los trabajadores de aquellos
territorios. En Río Gallegos se fundó hacia 1918 una Sociedad obrera de oficios
varios, que logró instalar una pequeña imprenta y una escuela y publicó el
periódico 1° de Mayo. Desde Río Gallegos fueron enviados delegados al campo, las
estancias y se comenzó a difundir literatura laboral para alentar la
organización del trabajo. Más de una vez fue clausurada la Sociedad y
encarcelados sus miembros y dirigentes. En septiembre de 1920 la Sociedad
proyectó un mitin para el 1° de octubre a fin de recordar la vida y la obra de
Francisco Ferrer, ejecutado en Barcelona en 1909, apasionado propulsor de la
educación. La policía prohibió el acto cuando ya estaban hechos los preparativos
y, entonces, como acto de protesta, se declaró una huelga general por 48 horas;
fue detenido el secretario de la Sociedad y clausurado el local de la misma,
hasta que el juez letrado revocó la decisión y dio autorización para celebrar
los actos proyectados, con lo cual se dio por terminada la huelga el 2 de
octubre.
Para contrarrestar la influencia creciente de la Sociedad obrera de Río
Gallegos, se formó una Liga de grandes comerciantes y latifundistas, la cual,
con la Sociedad rural, inició una ofensiva contra la organización obrera; fue
boicoteado el periódico La Gaceta del Sur por haber aplaudido la actitud de los
trabajadores en la huelga de protesta de septiembre contra los excesos de las
autoridades policiales; por su parte la Sociedad obrera declaró el boicot contra
tres comerciantes de la Liga en represalia por el boicot contra el mencionado
periódico. Se quiso entonces reunir en la comisaría a los obreros y a los
comerciantes afectados para imponer un de algún modo un arreglo. Los obreros se
rehusaron a acudir espontáneamente a la citación del comisario y fueron
detenidos y alojados en la cárcel y puestos a disposición del gobernador
interino para su deportación. La Sociedad obrera se dirigió entonces a los
trabajadores del campo: "La policía de ésta ha detenido a un grupo de obreros a
quienes se niega a poner en libertad a pesar de haberlo ordenado el señor juez
letrado doctor Ismael P. Viñas. Tal arbitrariedad nos ha obligado a decretar y
continuar el paro general por cuya razón os incitamos a dejar el trabajo y a
venir a esta capital como acto de solidaridad, y hasta que nuestros compañeros
recobren la libertad". El manifiesto está fechado el 21 de octubre de 1920. El
30 de dicho mes fueron libertados ocho de los detenidos, pero aún quedaban dos
más, que habían sido maltratados, y mientras no recuperasen la libertad la
huelga continuaría. La Sociedad obrera recomendaba: "Prosigamos como hasta aquí
respetando a todo el mundo, chicos y grandes, y particularmente a las personas
que se hallan investidas de autoridad. La hora de exigir responsabilidades se
acerca y cuando ella suene sabremos cumplir con nuestro deber".
Comenzaron a llegar a Río Gallegos obreros de las estancias respondiendo al
pedido de solidaridad de la Sociedad obrera. Y en oportunidad de hallarse
reunidos en buen número se confeccionó un pliego de condiciones para reanudar el
trabajo, y fue presentado a los estancieros de la zona. Se atravesaba una grave
crisis en la comercialización de la lana y los dueños de los latifundios
rehusaron la admisión de las condiciones reclamadas por sus peones. Las
reivindicaciones eran mínimas, de higiene, de comida de descanso, etc. Se pedía
un sueldo mínimo de cien pesos por mes y comida, doce pesos por día para los
peones mensuales que tuvieran que conducir arreos fuera del establecimiento; y
los arreadores no mensuales cobrarían veinte pesos por día si utilizaban
caballos propios. Los estancieros se obligarían a poner en cada puesto un
ovejero o más, según la importancia del mismo, dándose preferencia para estos
cargos a los que tuviesen familia, a los cuales se les darían ciertas ventajas
según el número de hijos, "creyendo en esta forma fomentar el aumento de la
población y el engrandecimiento del país". Los estancieros reconocerían también
a la Sociedad obrera de Río Gallegos como única entidad representativa de los
obreros, y aceptarían la designación de un delegado que serviría de
intermediario en las relaciones entre las partes y estaría autorizado para
resolver con carácter provisional las cuestiones de urgencia que afectasen tanto
a los derechos de los obreros como de los patrones.
No eran reclamos susceptibles de quebrantar el orden y la economía del país.
Reacios los estancieros a escuchar esas peticiones, la huelga se hizo general en
toda Santa Cruz y en Chubut.
Un sentimiento de solidaridad animó a los olvidados trabajadores de la
Patagonia. Que en este vasto movimiento algunos individuos hayan abusado de la
fuerza que les daba la unión y que se produjesen algunos excesos de hostilidad
patronal, sobre todo cuando el ejemplo de la violencia sin freno era dado por
los que tenían la misión de actuar como guardianes del orden y de la legalidad.
Pero la prédica de la Sociedad obrera fue siempre responsable y no se exhortó
jamás a responder a la fuerza con la fuerza.
Atemorizados los obreros de la zona del Lago Argentino por los agravios
policiales, resolvieron agruparse y ponerse en marcha para buscar amparo en Río
Gallegos. En el paraje denominado El Cerrito fueron tomados entre dos fuegos por
la policía que les seguía desde Lago Argentino y la que salió a su encuentro
desde Río Gallegos; los que tenían armas respondieron a la agresión y hubo
muertos y heridos por ambas partes. Hechos de esa naturaleza alentaron la
campaña que se venía haciendo desde hacía meses por la gran prensa del país que
llenaba páginas diariamente sobre los " bandoleros del sur", el mote con que se
quiso encubrir las reclamaciones de los obreros patagónicos. La Sociedad obrera
lanzó un manifiesto en el que se decía: "Llamamos nuevamente la atención a los
hombres públicos del país para que, hiriendo con la saeta envenenada a los que,
investidos de autoridad, atropellan a los trabajadores, procedan al castigo de
los gobernantes del territorio, únicos culpables de los luctuosos sucesos
ocurridos". La prensa que acogía todas las diatribas y calumnias contra la
huelga, no consideró acto de justicia escuchar esas voces. Los huelguistas
comprendieron que no tenían más defensa que la que pudiesen articular ellos
mismos. Se armaron como pudieron, se apoderaron de empleados policiales y los
retuvieron como rehenes hasta la solución del conflicto.
Fue entonces cuando el presidente Yrigoyen resolvió enviar al coronel Héctor
Benigno Varela en enero de 1921 a la Patagonia con fuerzas de caballería y
marinería.
La Sociedad obrera de Río Gallegos publicó manifiestos que muestran la confianza
con que eran recibidas las tropas nacionales; el 16 de enero decía en un
manifiesto al pueblo y a los trabajadores: "La llegada de fuerzas del ejército y
de la armada nos devuelve la tranquilidad y las garantías que los atropellos de
la policía nos habían quitado. Hoy estamos seguros de que nuestros derechos de
ciudadanos han de ser respetados por la presencia de estas fuerzas, y por
consiguiente hemos de mantener el paro decretado con más energía que hasta la
fecha. No importa que algunos patrones, confiados equivocadamente esta vez en
que el ejército nacional se ha de poner incondicionalmente al servicio del
capitalismo, hayan resuelto, coincidiendo con la llegada de éste, despedir a sus
empleados y obreros; estos patrones sufren un gran error, porque la presencia de
los elementos militares que hacen un culto del honor y de la verdad, serán el
mejor contralor de la conciencia y educación de los obreros de Río Gallegos y
del respeto que siempre han guardado a la Constitución y las Leyes". . .
Denunciaba también cómo el gobernador interino de Santa Cruz, Edelmiro A. Correa
Falcón, secretario gerente de la Sociedad rural de Río Gallegos, mientras que
por un lado prohibió toda reunión pública y el tránsito por las calles después
de las nueve de la noche, convocaba a los estancieros del territorio a una
reunión para concertar la acción futura.
El 3 de diciembre de 1920 Yrigoyen nombró a Oscar Schweizer jefe de policía del
territorio de Santa Cruz y a mediados de febrero del mismo año llegó el nuevo
gobernador, Ignacio A. Izza, capitán de ingenieros retirado. Desembarcó la tropa
del Teniente Coronel Varela del transporte "Guardia Nacional" en Puerto Santa
Cruz, pero al advertir que el eje del movimiento era Río Gallegos, se trasladó a
esa ciudad. El nuevo gobernador comunicó a Varela que la solución debía ser
pacífica y que debía tener presente tanto los derechos de los patrones como los
de los huelguistas. El jefe militar propuso entonces a los huelguistas una
entrevista en la estancia El Tero, a igual distancia de El Campamento, donde
estaban concentrados los huelguistas, y de La Vanguardia, donde acampaba sin
medios de movilidad el destacamento del capitán Laprida.
Varela e Izza llegaron a El Tero sin escolta alguna y la entrevista se realizó
el 15 de febrero. Se impuso a los obreros estas condiciones: deposición de las
armas, entrega de los rehenes, la justicia entendería en las responsabilidades
por los hechos de sangre ocurridos.
Aceptadas esas condiciones se entró a discutir la forma en que se haría la
reanudación del trabajo. Los delegados de El Campamento fueron a dar cuenta a
sus compañeros de las proposiciones ofrecidas. La gran mayoría, unos 550
huelguistas, votaron a favor, y una minoría, con cierta desconfianza, optó por
alejarse hacia la cordillera.
En la segunda entrevista, de regreso los delegados de El Campamento, fue acatada
la rendición incondicional, la entrega de los rehenes y heridos y luego las
armas. No hubo, pues, la represión sangrienta que esperaba la Sociedad rural. El
gobernador Izza discutió con los obreros el pliego de condiciones y denunció que
los peones habían sido pagados con vales, en moneda chilena o con cheques a
plazo y señaló la importancia que tenía para los hombres que vivían
exclusivamente de su salario que se les pagase en moneda nacional y de
inmediato; también habló de los galpones en donde se alojaban las peonadas como
"pocilgas inmundas".
Entre los huelguistas cundió la alegría por el reconocimiento que habían logrado
después de tantos afanes, pero entre algunos oficiales de las tropas hubo
descontento por la inacción, pues habrían preferido una operación brutal e
indiscriminada. En esa tesitura se hallaban el entonces teniente Elbio Carlos
Anaya y el teniente primero Sabino Adalid, que hizo declaraciones públicas
contra el Teniente Coronel Varela por la solución pacífica que había logrado.
Antes de que las tropas retornasen a Buenos Aires, tuvo lugar una asamblea que
reunió a todos los hacendados, con la presencia del flamante gobernador Izza.
Allí los estancieros aprueban un nuevo pliego de condiciones y eligen por
unanimidad árbitro del conflicto al mismo gobernador. En el mismo, los
hacendados hacían nuevas concesiones. He aquí la redacción del pliego:
5. Convenio propuesto por los estancieros a sus obreros
"Primero: Los suscriptos se obligan dentro de términos prudenciales que las
circunstancias locales y regionales impongan, a las siguientes condiciones de
mejoramiento económico y de higiene:
"a.- Las habitaciones de los obreros serán amplias y ventiladas reuniendo las
mayores condiciones de higiene posibles; en cuanto a las cabinas, se entiende
que éstas serán de madera con colchones de lana;
"b.- La luz de la sala común será por cuenta del patrón y también el fuego
durante los meses de invierno;
"c.- Además del domingo, los obreros tendrán libre medio día en la semana;
"d.- La comida será sana, abundante y variada;
"e.- Cada estancia tendrá un botiquín de auxilio con sus instrucciones en idioma
nacional;
"f.- Los patrones devolverán al punto donde los tomó, a los obreros que despida
o no necesite;
"Segundo:
"a.- Los patrones se obligan a pagar a sus obreros un sueldo mínimo de cien
pesos moneda nacional, alojamiento y comida, no rebajando ninguno de los sueldos
que excedan actualmente esa suma;
"b.- Cuando el número de los obreros sea de 15 a 25, se pondrá un ayudante de
cocina, y dos cuando el número de obreros sea de 25 a 40; excediendo de 40
obreros se pondrá un panadero;
"c.- Los ovejeros mensuales que tengan que conducir arreos de hacienda fuera de
las respectivas estancias cobrarán 12 pesos moneda nacional diarios
independientemente de sus sueldos y mientras conduzca el arreo;
"d.- Los campañistas mensuales percibirán 20 pesos moneda nacional por cada
potro de amanse, fuera del sueldo que tuvieran asignado los carreteros
percibirán la misma cantidad por cada novillo en las mismas condiciones.
"Tercero:
"Los patrones se obligan a poner en cada puesto un ovejero o dos, según sea su
importancia; estableciendo una visita semanal por conducto de sus capataces. Los
cargos de puesteros dentro de lo posible serán llenados por obreros casados
acordándoles a éstos ciertas ventajas y en proporción al número de hijos que
tuvieran.
"Cuarto:
"Los patrones se obligan y de hecho reconocen a las sociedades obreras
legalmente constituidas: entiéndase que deberán gozar de personería jurídica.
Los obreros podrán o no pertenecer a esas asociaciones pues sólo se tendrá en
cuenta la buena conducta a idoneidad de cada uno.
"Quinto:
"Los obreros se obligan por su parte a levantar el paro actual de campo,
volviendo al trabajo en sus respectivas faenas inmediatamente después de firmar
este convenio.
"Río Gallegos, 30 de enero de 1921" .
Este pliego fue firmado por todos los poderoso latifundistas del sur de Santa
Cruz. La lectura de este pliego presentado por los estancieros dice de por sí el
triunfo de la lucha de los obreros de campo. En ningún lugar del país se había
logrado un convenio así. Esto había sido mérito de un par de extranjeros y
argentinos con confusas con confusas ideas anarcosindicalisatas. Pero las
circunstancias iban a dejar en la nada todo esto, y este pliego de condiciones
se iba a transformar meses después en escrita sentencia de muerte para los que
habían osado levantarse.
Las tropas regresaron a Buenos Aires en mayo de 1921.
Apenas abandonaron las tropas el sur patagónico, fortalecido el movimiento
obrero por los acontecimientos y su desenlace, comenzó la reacción patronal en
los puertos del sur y en las estancias del interior. La policía fue reforzada
por "guardias blancos" armados, surgidos al calor de la prédica de Manuel Carlés
desde la Liga Patriótica, que obraba con perfecta autonomía de las autoridades
nacionales. Una manifestación obrera en Río Gallegos fue atacada de improviso
dejando un muerto y cuatro heridos como saldo. Los puertos de Deseado, Santa
Cruz, San Julián y Río Gallegos quedaron paralizados en agosto por una huelga
general. En conocimiento de esos hechos, algunos peones de las estancias
propiciaron una huelga revolucionaria en todo el territorio. La represión en los
puertos, las deportaciones de obreros a Buenos Aires, el encarcelamiento de
militantes crearon un clima de intranquilidad y de protesta y al fin se planeó
una huelga general. Se inició el paro en las estancias, se tomaron rehenes,
cundió el pánico en el territorio y se reclamó ayuda al gobierno para hacer
frente al peligro que representaban las nuevas tácticas empleadas por los
obreros. Los embajadores de Gran Bretaña y Estados Unidos presionaron al
gobierno para que tomase medidas en defensa de los intereses de sus
connacionales en el sur.
Estos últimos sucesos ocurrieron porque el precio de la lana bajó verticalmente
a fines de 1921, y las empresas se encontraron con un gran stock almacenado y la
siguiente esquila casi encima. Para evitarla, provocaron ellas mismas un
alzamiento obrero, haciendo detener a algunos dirigentes sindicales y enviando
agentes que consiguieron levantar nuevamente las armas a los trabajadores previa
formación de sus "guardias blancas". Los obreros organizaron un verdadero
ejército y ocuparon varias estancias con la misma moderación que en la anterior
oportunidad: se hacían firmar recibos por las reses que consumían y por los
productos de almacén que tomaban. Un establecimiento incendiado, se supo
posteriormente que lo había sido por su dueño, un inglés llamado Paterson, para
cobrar un gran seguro.
Muchos pequeños propietarios se adhirieron a la huelga por considerarla justa.
Pero, agitando el fantasma de la insurrección social, las empresas obtuvieron
–se ignora por qué medios– que se enviara a Varela para reprimir la huelga.
Resolvió Yrigoyen, entonces, el envío de tropas de caballería al sur, toda una
expedición militar dividida en dos cuerpos; uno con el Teniente Coronel Varela,
jefe de la expedición, con los capitanes Pedro Viñas Ibarra y Pedro E. Campos, y
la otra a las órdenes del capitán Elbio C. Anaya. Fue agregada a esa tropa un
cuerpo de gendarmería. Las fuerzas embarcaron el 4 de noviembre de 1921. Un
informe militar de Anaya define así la diferencia entre la primera y la segunda
expedición de Varela: "Los acontecimientos de principios de 1921 pueden
titularse campaña pacífica de la Patagonia en contraposición con la de fines de
1921-22 que llamaré campaña militar sangrienta".
En el transcurso del viaje de las tropas se produjeron hechos de sangre en la
estancia Bremen, cerca de Cifre, cuyo dueño era alemán. Cuando se acercaba un
grupo de diez peones a pedir víveres, éstos fueron recibido a tiros por el dueño
y sus parientes, quedando como saldo dos muertos y cuatro heridos. Los
huelguistas tomaron rehenes como protección y los estancieros huyeron hacia los
puertos de la costa e hicieron relatos espeluznantes sobre las fechorías de los
peones. El Teniente Coronel Varela escuchó esos relatos y consideró que la
huelga era una insurrección armada y que en ese caso era aplicable el Código
Militar, la Ley Marcial. Dio a sus hombres un bando dirigido a los obreros con
instrucciones precisas:
"Si ustedes aceptan someterse incondicionalmente en este momento haciéndome
entrega de los prisioneros, de todas las caballadas que tengan en su poder
presentándoseme con sus armas, les daré toda clase de garantías para ustedes y
sus familias, comprometiéndome a hacerles justicia en las reclamaciones que
tuvieran que hacer contra las autoridades como asimismo a arreglar la situación
de vida para en delante de todos los trabajadores en general. Si dentro de 24
horas de recibida por ustedes la presente comunicación no recibo contestación de
que ustedes aceptan el rendimiento incondicional de todos los huelguistas
levantados en armas en el territorio de Santa Cruz, procederé:
"Primero: A someterlos por la fuerza ordenando a los oficiales del ejército que
mandan las tropas a mis órdenes que los consideren como enemigos del país en que
viven;
"Segundo: Hacerlos responsables de la vida de cada una de las personas que en
este momento mantienen ustedes por la fuerza, en forma de prisioneros, así como
también de las desgracias que pudieran ocurrir en la población que ustedes
ocupan y las que ocuparen en lo sucesivo;
"Tercero: Toda persona que se encuentre con armas en la mano y no cuente con una
autorización escrita, firmada por el suscripto, será castigada severamente;
"Cuarto: El que dispare un tiro contra las tropas será fusilado donde se lo
encuentre;
"Quinto: Si para someterlos se hace necesario el empleo de las armas por parte
de las tropas, prevéngoles que de una vez iniciado el combate no habrá
parlamento ni suspención de hostilidades."
Varela dictó ese bando por su cuenta y lo firmó, poniendo al territorio de Santa
Cruz en pie de guerra. De parte de Yrigoyen, del ministro del interior y del
ministro de la guerra no recibió instrucciones precisas; solamente debía cumplir
con su deber, pacificar los territorios del sur, confiando en su condición de
activo radical, uno de los comprometidos en la revolución de 1905.
Se aplicó el bando con todo rigor; pero hay que consignar que en la campaña
contra los "bandoleros del sur" no hubo muertos ni heridos de las tropas, y eso
que se trataba de una pequeña minoría frente a los millares de obreros en
huelga. Hubo un primer encuentro en Punta Alta, y allí se rescataron 14 rehenes.
Uno de los centenares de casos ocurridos es el de Santiago González, que llegó a
Santa Cruz el 12 de noviembre de 1921, contratado para trabajar como albañil en
el Banco de la Nación. Fue detenido en el hotel donde se hospedaba por un
soldado del 10° de caballería el 10 de diciembre; entre sus efectos se encontró
un folleto titulado Carta Gaucha, escrito por Juan Crusao, y un escrito titulado
La Voz de mi Conciencia, de Simón Radowitzky, que circulaban ampliamente por
todo el país sin ninguna traba; el 28 del mismo mes fue ejecutado. De la misma
magnitud, es el caso de Albino Argüelles; secretario general de la Sociedad
Obrera de San Julián, herrero de oficio y afiliado al Partido Socialista. Este
hombre fue quien organizó las columnas de peones rurales patagónicos en la
huelga de 1921, en la cual se pedían mínimas mejoras en las condiciones de
trabajo. Cuando llegó la tropa represora del capitán Elbio O. Anaya, les pidió
parlamento a los dirigentes huelguistas, los apresó y luego de hacerlos castigar
duramente ordenó su fusilamiento. Su muerte fue un asesinato vil y disfrazado
por el capitán Anaya en su parte militar como "muerto mientras trataba de huir".
La acostumbrada ley de fugas que en tiempos más actuales se convirtió en
"desaparición" de personas.
El 22 de noviembre hizo imprimir Varela un nuevo bando, en el que dice que: "Se
pasará por las armas a quienes no se entregaren a la primera intimación de las
fuerzas militares o fueren sorprendidos por éstas con armas en la mano en
actitud de resistir".
Quedaron en la memoria los sucesos de Paso Ibáñez, hoy Comandante Piedrabuena, a
donde llegó una columna de 900 huelguistas, que ocupó el pueblo. Querían
conferenciar con Varela y enviaron emisarios con ese propósito; se les respondió
que debían rendirse incondicionalmente en el término de tres horas so pena de
ser sometidos por la fuerza y pasados por las armas los que desacataren las
órdenes impartidas. Sin garantías, los huelguistas entregaron los rehenes y
huyeron hacia Río Chico y hacia la Estancia Bella Vista. Uno de los dirigentes,
Avendaño, se entregó, probablemente con miras a negociar la rendición, y fue
fusilado en Río Chico; luego se persiguió a los que se dirigían a Cañada León y
fueron tomados 480 huelguistas, 4.000 caballos y 298 armas largas de todo tipo y
calibre, 49 revólveres. Más de la mitad de los que se habían entregado sin
combatir fueron ejecutados. Después de Cañada León, donde se halla la Estancia
Bella Vista, Varela se dirigió hacia el Lago Argentino, donde tomó la estancia
La Anita, de Menéndez Behety, en la que 500 hombres se rindieron sin combatir,
siendo liberados 80 estancieros, mayordomos de estancia, gerentes,
administradores y policías. Se procedió a fusilar sin freno alguno a los
rendidos por las fuerzas que mandaba Viñas Ibarra. En conocimiento de los hechos
ocurridos y de los métodos de la represión militar, hubo un intento de
resistencia en estación Tehuelches, donde fueron heridos dos soldados y cayeron
varios dirigentes de la huelga, José Font entre otros; pero en Tehuelches y
Jaramillo el grupo de los huelguistas fue totalmente aniquilado.
Cientos de obreros fueron detenidos, apaleados y recluidos en dantescos
depósitos, sin la menor forma de proceso. De ellos se escogía a quienes
señalaban los representantes de las empresas, y se los llevaba al campo para
fusilarlos. A algunos se les hacía cavar su propia fosa y luego se incineraban
los cadáveres. En el Cerrito, en el Cañadón de la Yegua Quemada, actualmente
Cañadón de los Muertos, y en otros puntos, fueron exhumados más tarde cientos de
cadáveres.
Las publicaciones que vieron la luz sobre los hechos sangrientos de la
Patagonia, en el curso de los mismos y después, son copiosas y pueden adolecer
de parcialidad en favor de los huelguistas, que fueron víctimas, pero la verdad
es que la segunda campaña del Teniente Coronel Varela dejó en aquellas regiones
lejanas cerca de un millar de muertos, en su mayoría chilenos y españoles.
Muchos que no aprobaron aquellos métodos para resolver conflictos laborales
callaron, guardaron silencio, pero eso no impidió que en todo el país cundiese
una sentencia condenatoria, también en los círculos radicales, y en las esferas
gubernativas.
Varela regresó a Buenos Aires, dejando 200 hombres al mando de Anaya y Viñas
Ibarra; el ministro de la guerra lo recibió fríamente y el Congreso se
levantaron voces acusadoras, una de ellas la de Antonio Di Tomaso:
"En el primer momento creyeron muchos de los obreros que la intervención de la
tropa, si se producía como en el año 20, podría servir como un factor amigable,
ya que se trataba de un elemento extraño al lugar, que tenía el prestigio de las
armas de la Nación y que carecía de interés en el conflicto. En cambio, señores
diputados, lo que se ha producido lo sabe todo el mundo. Se ha hecho una masacre
y, para ocultarla se ha fraguado la leyenda del combate, se ha intentado dar la
impresión de que allí ha habido batallas campales, de que un ejército
perfectamente equipado y municionado atacaba a las tropas de la Nación. Todo eso
es inexacto. Desde luego hay un dato que todos los diarios recogen, que nadie se
ha atrevido a tergiversar porque habría sido imposible hacerlo: ¡No se han
producido bajas en las tropas! Es extraño que un ejército de bandoleros bien
armados, con buenos tiradores, que pelean en batallas campales, no causen una
sola baja a las tropas nacionales, mientras mueren decenas de ellos".
Fue una requisitoria aplastante. Se pidió el nombramiento de una comisión
investigadora, pero la mayoría radical impidió que prosperase la iniciativa.
Félix Luna expresó en su biografía del jefe del radicalismo que Yrigoyen no supo
con certeza lo que pasó en Santa Cruz.
El ministro de relaciones exteriores, para contribuir por su parte a la solución
de las tensiones sociales, inició negociaciones con Uruguay, Chile, Brasil y
Paraguay a fin de concretar un tratado que permitiese seleccionar la inmigración
tendiente a evitar de ese modo la entrada de elementos perturbadores e
indeseables, a los que se atribuían todos los conflictos de trabajo. El tratado
auspiciado quedó olvidado por falta de apoyo en los países que habría debido
firmarlo; no obstante, el gobierno nacional adoptó medidas para evitar la
entrada de los llamados "extranjeros peligrosos".
6. El Fin de una Interminable Batalla
Las empresas, que dirigieron todo, aprovecharon para liquidar de esta suerte a
peones y pequeños propietarios a quienes debían dinero o cuyos campos
ambicionaban. Además, abultaban los recibos firmados por los obreros para
hacerse pagar por la Nación los supuestos daños causados por la huelga. Fue, en
todo sentido, un episodio digno de "conquista y pacificación" de la Patagonia
realizadas por las grandes empresas explotadoras a fuerza de látigo, y que dio a
este pedazo de tierra argentina la triste denominación de "Patagonia Trágica".
Todo tuvo un desenlace sombrío como el episodio es sí. Dos años después de los
sucesos, el Teniente Coronel Varela fue muerto por el hermano de uno de los
fusilados en el Cañadón de la Yegua Quemada, Kurt Gustav Wilckens, que declaró
haberlo hecho para vengar a sus compañeros asesinados. Estando bajo proceso, el
centinela de vista que le adjudicaron una noche, lo despierta, le encañona el
revólver por la mirilla del calabozo y lo mata a sangre fría; este oficial
resultó ser un enfermo mental que, siendo policía, había sufrido heridas en uno
de los encuentros sostenidos en Santa Cruz contra los huelguistas. El asesino
del hombre que había matado al Teniente Coronel Varela fue recluido en un
manicomio, y allí, a su vez, fue muerto por un antiguo huelguista patagónico que
se hizo pasar por demente para ser internado en el instituto y llevar hasta allí
la roja cadena de revanchas.
Yrigoyen nunca supo con certeza lo que pasó en Santa Cruz. Cuando el Dr. Viñas
lo entrevistó para relatarle los horrores cometidos y pedirle que se procesara a
los responsables, Yrigoyen no quiso hacerlo; dijo que una medida semejante
acarrearía el desprestigio de las fuerzas armadas, y que la fe del pueblo en las
instituciones debía salvarse aun a costa de la impunidad de algunos culpables.
Sería injusto pensar que no castigó a los responsables porque le fueron
indiferentes los desmanes cometidos: muchas veces demostró el valor supremo que
le asignaba a la vida humana. Lo único cierto es que él no autorizó las
barbaridades que se perpetraron; pero tampoco hizo nada para castigar a los
culpables.
7. Conclusión
Fue durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen que se masacraron obreros en la
llamada Patagonia Rebelde, en alusión a las huelgas desatadas por los grandes
stocks de lana acumulados al terminar la Primera Guerra Mundial por falta de
compradores. La violencia de clase fue la respuesta empleada durante la gestión
de éste contra la movilización obrera. Los pedidos de esclarecimiento abortaron
frente a la actitud de la bancada radical en el Parlamento, que impuso su
mayoría contra la conformación de una comisión investigadora.
En la impresionante huelga que tuvo lugar en Santa Cruz, las masas enfrentaron
la represión de las fuerzas oligárquicas con un elevado grado de violencia,
dejando enseñanzas que aún hoy tienen vigencia. Sin embargo tanto el Partido
Socialista como el incipiente Partido Comunista le dieron la espalda a la lucha
violenta del proletariado. El Partido Socialista por oponerse, el Partido
Comunista por ignorarlas. Desde nuestro punto de vista los hechos mostraron
hasta dónde podía llegar el movimiento obrero encabezado y dirigido por los
sectores más avanzados del anarquismo. Estos, por sus concepciones dejaron
librado a la lucha espontánea de las masas la destrucción del Estado
oligárquico. Carecieron de una línea que hiciera posible el avance de la lucha
revolucionaria en la Argentina.
Sobre las huelgas de la Patagonia debe decirse que:
a.- Constituyeron el primer boceto revolucionario. Este primer boceto mostró que
el proletariado tenía fuerza y capacidad (aun en las condiciones descriptas)
para hegemonizar al conjunto del pueblo y hacer temblar las clases dominantes.
b.- Sin embargo, hubo errores que facilitaron el aislamiento del proletariado y
su represión sangrienta:
La falta de una comprensión de la cuestión nacional en un país dependiente como
el nuestro facilitó que la oligarquía y el gobierno instrumentaran falsas
banderas patrióticas para dividir al movimiento y aplastar las luchas.
Las concepciones espontaneístas del anarquismo impidieron la existencia de un
plan y de la preparación militar que posibilitara al proletariado y las masas
populares crear una situación revolucionaria directa.
El Partido Comunista, por sus insuficiencias teóricas, sus concepciones erróneas
y su profunda desconfianza en el potencial revolucionario del proletariado
argentino, no hizo autocrítica sobre sus posiciones ni extrajo enseñanzas
correctas de estas impresionantes luchas. Por lo tanto, no pudo desarrollar una
línea de hegemonía proletaria ni afirmar el camino armado para el triunfo de la
revolución en la Argentina.
Por su parte, la actitud del yrigoyenismo grafica el doble carácter de la
burguesía nacional, que por un lado forcejea y por el otro concilia con el
imperialismo y la oligarquía terrateniente. Y si bien hace concesiones al
movimiento obrero y popular, para tratar de mantenerlo bajo su protección,
temerosa del desborde, reprime violentamente las luchas que se salen de su
control.
La experiencia del yrigoyenismo en el gobierno mostró, en definitiva, el fracaso
del camino reformista para resolver las tareas agrarias y antiimperialistas. Su
conciliación, particularmente con los grandes terratenientes ganaderos, facilitó
la recuperación de posiciones por parte de la oligarquía y el imperialismo, que
pasaron a predominar abiertamente con el gobierno de Alvear.
La muerte del coronel Héctor Varela fue un atentado individual llevado a cabo
por el obrero anarquista Kurt Gustav Wilckens en 1923.
Osvaldo Bayer rescata la acción de Wilckens como justa reacción frente a la
injusticia y la impotencia. Mempo Giardinelli, por el contrario, rememora que:
"En 1922 gobernaba Hipólito Yrigoyen, no un tirano. Por lo tanto, Wilckens no
ejerció ningún derecho de matar al tirano. (...) Y sin embargo, cuando Wilckens
asesinó a Varela, no mató al tirano: sino que comenzó a matar a nuestra
imperfecta democracia" .
En el caso de Wilckens, creemos que su objetivo era derrotar al sistema, al
aparato represor del Estado. Pero de todos modos su gesto no es evaluado por la
intención con que fue realizado, sino por la concepción política que lo puso en
marcha y, también, por sus resultados concretos. Su acción individual presuponía
una determinada concepción ideológico-política. Esta acción no puede medirse
desde el lugar de la venganza planificada sino con la identificación del momento
por el que atravesaba el proceso de formación ideológica de la clase obrera
durante las primeras décadas del siglo en Argentina. Una etapa en la cual el
ideario libertario y sus distintas formas de acción –entre ellas la directa–
tras haber sido hegemónico en las direcciones y experiencias de las masas
trabajadoras, perdía vigor precisamente por su incapacidad para constituirse en
alternativa efectiva. El anarquismo contaba entonces con fuerte inserción en las
fuerzas proletarias y populares y gran predicamento como perspectiva teórica y
metodológica. Pero no es casual que el gesto de Wilckens tuviera lugar en
momentos de franca e irreversible declinación del movimiento anarquista. Su
acto, por tanto, era un gesto desesperado, aunque estuviera afincado en la
esperanza. Una dirección política empeñada en llevar conciencia a los explotados
y oprimidos y edificar una alternativa de masas, ciertamente debiera haber
tomado distancia de aquel acto. Pero no desde el oportunismo nauseabundo de
quienes buscan un lugar en el sistema capitalista con la misma desesperación con
que Wilckens trataba de destruirlo.(*)
Fuente: Verónica Johana Farjat, "La patagonia rebelde", monografía editada
originalmente en monografias.com
Imágen: Teniente coronel Varela, segundo a la
izquierda, con el "gaucho Cuello", junto al caballo, uno de los jefes de la
primera huelga obrera que después sería sustituido por otros dirigentes
anarquistas.
La
segunda vuelta de Antonio Soto
Por Osvaldo Bayer
El segundo regreso de Antonio Soto. Aquel que dijo en la estancia “La Anita”, en
la lejana Santa Cruz, en aquel 20 de diciembre de 1921: “Yo no soy carne para
tirar a los perros, no me rindo”. Fue cuando los peones rurales decidieron
terminar con la huelga que mantenían con los terratenientes porque éstos no
habían cumplido con el convenio firmado un año antes. Antonio Soto se negó a
rendirse ante el 10 de Caballería comandado por el teniente coronel Varela. Y
tomó camino hacia la cordillera.
Y tuvo razón Soto. Apenas se rindieron los peones, el Ejército Argentino comenzó
a fusilarlos, así porque sí. Se los fusiló y se acabó. Y se los desapareció en
tumbas masivas.
Terminaba así la huelga obrera más extendida de nuestra historia. Plena de
épica. Es inexplicable cómo esos pobres peones pudieron parar las actividades en
todos los campos. Los dirigentes apenas tenían un forcito a bigotes. Casi todo
lo hicieron a caballo. Y organizaron largas columnas de protesta. Los esperaba
la muerte ante los máusers de nuestros militares.
La historia, aunque tarda, termina siempre por reivindicar a la ética. Después
que Soto fuese proclamado por la prensa oficial, la prensa terrateniente y los
historiadores radicales como un “agente chileno”, ya ha salido a la luz la
sacrificada e intachable conducta en toda su vida, hasta su muerte.
Aquí, en Buenos Aires, se acaba de inaugurar una exposición sobre su vida y su
acción a 110 años de su nacimiento, en la Federación Judicial Argentina, y en un
acto en el teatro Bambalinas se recordó su vida y su lucha, con la presencia de
su hija, Isabel Soto, venida expresamente desde Punta Arenas, donde vive.
Para quien escribe esto fue una satisfacción plena de melancólica alegría. Había
valido la pena escribir cuatro tomos para esclarecer los crímenes absurdos y
cobardes de La Patagonia rebelde. Esos cuatro tomos y el film La Patagonia
rebelde, dirigido por Héctor Olivera, me costaron ocho años de exilio y daños y
heridas nunca cerrados. Pero valió la pena. Los humildes héroes del campo
santacruceño están reivindicados. Sus tumbas están marcadas, no como antes,
ignoradas por el silencio de todos. Ningún padre salesiano se aproximó nunca a
poner una cruz. La Iglesia se comportó con los fusilamientos de los humildes
peones de la misma manera que medio siglo después con la desaparición de miles
de jóvenes idealistas.
Pero la Etica, como siempre, supo triunfar. Hoy Santa Cruz recuerda las huelgas
rurales con monumentos, nombre de calles y de colegios. A los hombres que
pusieron el rostro y el cuerpo para sostener la palabra solidaridad y lucharon
por terminar la explotación del hombre por el hombre. Claro que entretanto hubo
muchas agachadas del poder, como la del gobernador Puricelli, que vetó la ley de
la Legislatura santacruceña por la cual se declaraba de lectura fundamental en
los colegios secundarios el libro La Patagonia rebelde. Veto que todavía nadie
fue capaz de levantar.
También la reivindicación llegó a Galicia, donde nació Antonio Soto, el
“gallego” Soto. Allí, en El Ferrol, ciudad de su nacimiento, una calle lleva su
nombre y en la humilde casa donde nació se ha puesto una placa donde se recuerda
a quien salió de esos lares para marchar a la América de los sueños, donde
encontró la realidad de la explotación de las peonadas en los latifundios
fundados por Julio Argentino Roca.
El nombre de Soto sirve ahora a los pobladores de El Ferrol para contestar a una
pregunta que les resulta demasiado desagradable. Porque en El Ferrol también
nació el dictador Francisco Franco, el fusilador de poetas. Y es habitual que
cuando se le pregunta a un nativo de esa ciudad dónde ha nacido, ante la
respuesta de “en El Ferrol” el otro le añada: “¡Ah, donde nació Franco!”. Ahora,
entonces, los nativos de El Ferrol contestan: “Sí, pero ahí también nació
Antonio Soto. El luchador por los derechos rurales de la Patagonia argentina”.
Sí, allá también, en España, se hace la limpieza de tanto crimen y autoritarismo
del franquismo. Está en plena discusión el proyecto de ley de memoria histórica
que declara ilegítimos todos los juicios de los tribunales de la dictadura
franquista. Y se está en el tema de retirar definitivamente los símbolos
franquistas en ciudades y pueblos españoles: monumentos, plazas, calles,
institutos.
Con estos homenajes en Buenos Aires, Antonio Soto ha regresado por segunda vez
con su presencia histórica. La primera vez lo hizo en vida, en 1933, casi doce
años después de la masacre que cometió Irigoyen y el Ejército argentino con los
peones. Soto regresó para responderles a todos aquellos que habían sostenido que
él había huido dejando solos a sus compañeros de lucha. Llegó al centro de Río
Gallegos, se subió a una silla en la vereda de la tienda “La Favorita” y gritó:
“¡Aquí estoy!”. Se abrió la camisa, ofreciendo el pecho, reivindicó las huelgas
y denunció el crimen atroz de los fusilamientos. “Me fui aquella vez para seguir
la lucha y la continuaré hasta la muerte.” Pero no pudo seguir hablando. El
gobernador de la década infame, el militar Gregores, lo hizo apresar y lo hizo
tirar al otro lado de la frontera. Soto siguió en Chile la lucha por los
trabajadores. El periodista Callahan, que lo conoció en Puerto Natales, me lo
describió así: “Antonio Soto era un autodidacto con ideas realmente visionarias,
fue siempre consejero del Sindicato de Campos y Frigoríficos aquí, en Puerto
Natales, y los viejos gremialistas tienen el mejor recuerdo de él. Predicaba el
anarcosindicalismo como medio de lucha obrera y filosóficamente era partidario
de las ideas anarquistas”.
Cuando ocurrió el golpe de Franco en España, Soto fundó en Punta Arenas el
Centro Republicano Español, el Centro Gallego y la filial de la Cruz Roja. En
Puerto Natales, Soto organizó un cine al que le puso el nombre “Libertad”, la
palabra más amada por los socialistas libertarios.
Jamás, ninguno de los responsables hizo una autocrítica de la matanza de peones.
La democracia sigue esperando. Ni los radicales ni sus historiadores, ni los
militares ni los latifundistas. Siempre se guardó silencio. Por eso fue una
satisfacción presenciar estos actos de homenaje a uno de los protagonistas de la
justa huelga de los hijos de la tierra contra los dueños de la tierra.
Antonio Soto nació un 8 de octubre, aquí proclamado como el Día del Trabajador
Rural. Pero, claro, ese día no fue fijado así por haber nacido Soto. Pero habrá
que adoptarlo. Porque por algo la realidad tiene estas benéficas fantasías.
Imagen: Antonio Soto
Fuente: Página/12, 13/10/07
Un
lugar en la estepa
Por Esteban Ierardo
El viento silba recio sobre la estepa. Invisibles caballos de aire cocean sobre
las cimas de las montañas. El sol brilla indiferente. ¿O acaso no es así? ¿O
acaso quizá el sol, y el viento y el suelo patagónico, contemplan entristecidos
unas criaturas que arrojan balas asesinas sobre sus semejantes? Soldados
profusamente armados descargan sus fusiles sobre los pechos ya indefensos de
cientos de hombres sufridos, que largamente convivieron con la necesidad, con el
sudor en las manos, con la dignidad en el alma. Cerca de 1500 obreros cayeron
durante varias jornadas de criminales fusilamientos.
En nuestro lejano sur, los trabajadores recibieron la influencia de la
Revolución Rusa de octubre del 1917. Aquel movimiento revolucionario fue un
estímulo para organizarse contra las estructurales injusticias sociales que
promueve la organización capitalista de la sociedad. En 1919 estalló en la
ciudad de Buenos Aires la llamada Semana Trágica.
En la Patagonia, la caída del precio de la lana tras el fin de la Primera Guerra
generó una preocupante desocupación. En 1920, en plena posguerra, el precio de
la lana argentina, como la de otros países, cayó de $9,74 a $3,08, regresando
así al nivel normal de cotización en tiempos de paz. La caída de la demanda
mundial ocasionó un gran crisis para los estancieros latifundistas que se
beneficiaban con la explotación de la cría de ganado lanar.
A pesar de sus grandes aunque disminuidas ganancias, los patrones obligaban a
los peones a trabajar con 18° bajo cero arriando majadas. Los esquiladores
concluían jornadas de 16 horas con los brazos agarrotados; los obreros, por su
parte, trabajaban 12 horas por día 27 días al mes.
Las inhumanas condiciones de trabajo detonaron finalmente actos de protesta de
tendencia anarquista, que fueron prohibidos por el gobernador interino de Santa
Cruz, Edelmiro Correa Falcón.
Las centrales obreras de la región, la Federación Obrera Magallánica de Punta
Arenas y la Federación Obrera Regional de Río Gallegos sostuvieron un fluida
comunicación. Y en julio de 1920, en el sur chileno, surge una primera huelga
que fue sofocada. En agosto de aquel mismo año comenzaron huelgas en la
gobernación de Santa Cruz. Así se iniciaron los movimientos de protesta que
derivaron en lo que hoy se conoce como la "Patagonia Trágica" o la "Patagonia
Rebelde".
Al propagarse la huelga, el gobierno de Hipólito Yrigoyen (1916-1922) ordenó al
teniente coronel Héctor Benigno Varela utilizar a la caballería, y a fuerzas de
la marina, para ocupar los puertos de Santa Cruz. En un principio, Varela
negoció con los huelguistas, entre quienes se hallaban chilenos y españoles. El
enviado de Yrigoyen prohibió la circulación de moneda chilena y concretó un
convenio aceptado por los trabajadores. En mayo de 1921 Varela abandonó Santa
Cruz. Aparentemente se había llegado a un acuerdo. Pero los estancieros no
cumplieron lo acordado entre Varela y los huelguistas. Resurgió así el malestar,
atizado por los dirigentes anarquistas. Una nueva huelga estalló en octubre, con
mayor vigor que la anterior. Sus principales conductores eran el español Hugo
Soto y "Facón grande".
En la segunda huelga de octubre de 1921, el gobierno argentino sospechaba de una
participación chilena en la sublevación. Los huelguistas poseían numerosas armas
de fuego que sólo podrían proceder del otro lado de la cordillera. Esta presunta
intervención trasandina habría pretendido sembrar el caos en la Patagonia
argentina para facilitar una posible ocupación.
Numerosos elementos alimentaban estas presunciones de una intervención de
militares chilenos en la huelga de Santa Cruz de 1921. M.A. Scenna, en
Argentina-Chile. Una frontera caliente, destaca el ordenado desplazamiento de
las masas huelguistas, sus métodos de atrincheramiento, y las maniobras
realizadas para evitar la batalla.
El teniente coronel Varela fue nuevamente comisionado por Yrigoyen para resolver
el conflicto. Pero esta vez actuó con desaforada violencia. Según Scenna, la
dramática trasformación de Varela, el paso de la negociación hacia la
sanguinaria represión, se explica por la aparición de sólidos elementos de
sospecha en cuanto a una injerencia extranjera en la segunda huelga, que no
existieron en la primera.
En Paso Ibáñez, hoy Comandante Piedrabuena, el pueblo fue ocupado por una
columna de 900 huelguistas. Desde allí se enviaron emisarios para conferenciar
con Varela. La respuesta fue que debían rendirse incondicionalmente en el lapso
máximo de tres horas. Caso contrario, serían sometidos por la fuerza y pasados
por las armas.
Una banda de ladrones comunes aprovecharon las aguas revueltas para entregarse
al saqueo de estancias. Los estancieros usaron entonces los actos de este grupo
delictivo para adjudicárselos a los obreros sublevados a fin de tender sobre
ellos un manto de desprestigio.
Los huelguistas concentrados en Paso Ibáñez liberaron rehenes y huyeron hacia
Río Chico, hacia la Estancia Bella Vista. Avendaño, uno de los dirigentes de la
rebelión, se entregó seguramente con la intención de negociar una rendición. Fue
fusilado en Río Chico. Se persiguió entonces a los que cabalgaban a Cañada León.
Las fuerzas del ejército capturaron a 480 huelguistas, 4.000 caballos y 298
armas largas de todo tipo y calibre, y 49 revólveres. Más de la mitad de los
huelguistas que se habían rendido sin combatir fueron ejecutados. Varela dirigió
entonces su tropa hacia el Lago Argentino. Allí, tomó la estancia La Anita, de
Menéndez Behety. Unos 500 hombres se rindieron sin ofrecer resistencia. Se
liberaron 80 estancieros, mayordomos de estancia, gerentes, administradores y
policías. Después, comenzó una cruenta avalancha de sangre y metralla. Todos los
trabajadores que se habían rendido fueron fusilados. Antes ya había sido
ejecutado Facón Grande. Hugo Soto se negó a permanecer en La Anita. Escapó y,
con otros huelguistas, logró refugiarse en Chile.
La huelga fue así reprimida. Con una asesina tormenta de balas y con una
sangrienta intolerancia. Pero la lanza criminal que Varela arrojó entre el duro
viento patagónico se volvería contra él. Uno de los fusilados en el Cañadón de
la Yegua Quemada era alemán, y tenía un hermano que lo vengaría: Kurt Gustav
Wilckens. Wilckenes esperó a Varela escondido en un pasillo, en la ciudad de
Buenos Aires, en la calle Fitz Roy, cerca del domicilio de Varela. Cuando éste
se acercó, el vengador arrojó primero una bomba, señal de la desafiante acción
de los anarquistas de entonces. Y luego acudió a un revolver. Varela se resistió
al comienzo. Intentó sacar su sable. Hasta que finalmente cayó fulminado por una
lluvia de seis balas.
Yrigoyen nunca conoció fehacientemente lo ocurrido en la Patagonia. Para evitar
el desprestigio de las fuerzas armadas no quizo juzgar la acción criminal de
Varela y sus subordinados (entre los cuales tuvieron también gran
responsabilidad los oficiales Anaya y Viñas Ibarra). No avaló íntimamente el
proceder del Teniente coronel pero tampoco movió los resortes legales para su
procesamiento.
Los gritos de dolor que corrieron sobre el suelo patagónico tras los
fusilamientos no se apagaron. En 1928, José María Borrero publicó La Patagonina
Trágica. Español, doctor en Teología, Borrero se estableció en 1919 en Río
Gallegos donde fundó un diario. En su obra, Borrero documenta, incluso con
fotografías, el exterminio indígena, la matanza de trabajadores, el soborno y la
ocupación de tierras fiscales. Esta actitud de denuncia justiciera fue
continuada por la obra que ha alcanzado la mayor popularidad en la recreación
histórica de los trágicos hechos de la huelga obrera en la Patagonia: La
Patagonia rebelde, de Osvaldo Bayer. Bayer realizó estudios de medicina y
filosofía en la UBA (Universidad nacional de Buenos Aires) para luego estudiar
Historia en la Universidad de Hamburgo, Alemania. Fue titular de la Cátedra
Libre de Derechos Humanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad
de Buenos Aires. Escribió un importante estudio sobre el célebre anarquista
italiano: "Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia". En 1995 publicó,
en cuatro volúmenes, la edición definitiva de su obra fundamental.
Y tal vez la tierra recuerde. Tal vez las rocas y la estepa patagónica aún
contemplan, como un vívido presente, a los hombres que son obligados a componer
una nerviosa fila.
Y Y el viento susurra. Y los fusiles suben hasta dibujar una línea recta. Y los
ojos de los ejecutores se concentran en los pechos indefensos. Quizá ninguno de
los que apuntan reparan en las jornadas de digno y extenuante trabajo que pesan
sobre aquellos hombres; quizá no ven, junto a ellos, a sus esposas e hijos, y
sus padres y madres, o las tumbas de sus padres y madres enterrados en algún
humilde cementerio. Quizá no perciben los ojos que destilan, en un solo reflejo,
confusión, miedo, un silencioso pedido de compasión o la última decisión de
morir bien erguido aunque se trate de una muerte cruelmente injusta. Quizá los
soldados ejecutores sólo ven delante un estorbo que rápidamente deben remover
para regresar después a sus hogares.
La única realidad cierta es la de una señal, y después el fuego letal de los
fusiles. Y los hombres humildes que caen sobre la tierra. Los hombres que se
abrazan entre sí, en solitarias fosas comunes. Esos hombres para los que ninguna
cruz quedó, ninguna flor, en el lugar en la estepa donde les arrancaron
salvajemente la esperanza de caminar con dignidad por los senderos de la vida.
Aquí, en este nuevo momento de Galerías históricas de Temakel, presentamos
evocaciones fotográficas de la trágica huelga de los obreros en la Patagonia. Un
homenaje, un acto de doloroso recuerdo de las víctimas de la injusticia que hace
que unos hombres quieran usurpar el destino de otros.
Dos obras fundamentales para el estudio de los hechos de la huelga obrera
patagónica, como se consignó ya son:
José María Borrero, La Patagonia trágica, 1929.
Osvaldo Bayer, La Patagonia Rebelde, en cuatro volúmenes, ed. Planeta, 1995.
Bayer también publicó un artículo sobre el tema que consideramos en la excelente
y ya emblemática revista Todo es historia:
Osvaldo Bayer , "Los vengadores de la Patagonia Trágica", Todo es Historia, Nº
14 y 15, junio-julio de 1968. De este articulo proceden varias de las
fotografías históricas presentadas en la Galería de imágenes.
Imágenes: Parte de de las fuerzas de Varela que ejecutaron
a cientos de obreros en la Estancia La Anita; funeral
de un obrero muerto durante la trágica huelga en la Patagonia.
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La Larga
marcha
Por Osvaldo Bayer
Hace ochenta años, por las inmensidades patagónicas se escuchaba el eco de
balazos. Se estaba fusilando a gente humilde. Los fusiladores eran soldados de
Buenos Aires. Eran tiempos de Yrigoyen. A las peonadas se las fusilaba por
huelguistas. Querían hacer cumplir un convenio firmado meses antes por el propio
militar que ahora las fusilaba.
Los huelguistas eran trabajadores de la lana. Exigían cien pesos por mes, que
las instrucciones del botiquín estuvieran en castellano y no en inglés, que se
les diera un paquete de velas por mes para iluminarse de noche, y otras
pequeñeces. El año anterior, el teniente coronel Varela había venido y firmado
el primer convenio rural de la Patagonia, aceptando el petitorio de la gente de
la tierra. Pero el convenio no fue cumplido en nada por los patrones. Y las
peonadas volvieron a dejar el trabajo y a formar emblemáticas columnas exigiendo
justicia; columnas que recorrían el interminable horizonte de las tierras frías
pobladas de animales de blanca lana. Es aquí donde se produce el derrumbamiento
de toda moral, de toda racionalidad, del más mínimo principio de ética. Varela
vuelve con su 10 de Caballería y en vez de castigar a los estancieros que no
habían cumplido, fusila concienzudamente a las peonadas, por huelguistas. No hay
escapatoria, todo huelguista sea gaucho, chilote o anarquista europeo es
castigado duramente y luego fusilado. Sin juicio ni acta. Por orden del
comandante. Santa Cruz quedará para siempre con montículos llenos de muertos.
Las llamadas tumbas masivas. Ahí permanecerán para siempre, en el silencio del
desierto y de las cobardías humanas. Nadie hablará. Sólo en voz baja. Ni los
salesianos las marcarán con una cruz de palo ni nunca una mano de mujer colocará
una flor. Los gauchos vuelven al corazón de la tierra. Esta es tierra de
obediencias debidas. De fusilamiento y desaparición. Las ovejas son para los
ingleses y para los señores de las sociedades rurales. Y nada más. Ese es el
orden establecido. A los cuales jamás una jeta de negro vendrá a imponerles
algo. La comunidad británica de Santa Cruz despedirá al comandante con un
emocionado "porque eres un buen camarada". Hay lágrimas en esos hombres gordos y
colorados. El comandante ha cumplido con las órdenes de la Casa Rosada. ¿O no?
Porque ahora vendrá la cosa. El balurdo es demasiado grande. En Buenos Aires se
ha seguido fusilamiento por fusilamiento. La oposición pregunta con voz tonante:
¿quién ordenó matar? Los sindicatos ocupan las calles en protesta.
Fusilar en la lejanía había sido cosa fácil. Pero ahora, a esta opinión pública
informada, ¿qué se le dice? ¿Cómo es esto que en la Argentina no hay pena de
muerte, pero para con los peones huelguistas sí, y sin juicio previo?
Se va sabiendo que cuando se declaró la segunda huelga, el presidente Yrigoyen
estaba en una situación difícil. El gobierno británico le había enviado un
conceptuoso mensaje que si no defendía las propiedades de los súbditos de S.M.,
Londres enviaría dos buques de guerra que estaban en Malvinas al territorio de
Santa Cruz para guardar el orden. Y todos saben que Gran Bretaña no deja solos a
sus súbditos en ninguna parte del mundo.
También Yrigoyen pasaba un mal momento con el partido dividido, con problemas en
Mendoza, con huelgas rurales en la pampa bonaerense, etc. Y se estaba a corto
plazo de las próximas elecciones presidenciales.
El hilo se cortó por lo más delgado. La orden presidencial al comandante Varela
fue terminar con las huelgas patagónicas, y para siempre. El comandante cumplió
con toda ferocidad el deber encomendado. Total, los muertos habían quedado
lejos, y eran nada más que pobres ovejeros, gente de campo, y algunos
anarquistas que proclamaban un paraíso futuro sobre la base de la libertad y el
antiautoritarismo. La tragedia oculta llegó al Congreso Nacional. Y ahí quedó
todo en claro. Los fusilamientos masivos. La actitud criminal de Varela y sus
oficiales Anaya, Viñas Ibarra, Campos, Schweitzer.
La oposición pidió el esclarecimiento de todo. Una comisión investigadora que
concurriera ya a las latitudes sureñas para hacer un relevamiento del crimen.
Pero la bancada radical votará en contra. No quiere saber la verdad.
Ejerce el poder de su número para tapar el crimen.
La primera víctima ha sido la democracia.
El comandante Varela justificará su conducta ante sus superiores en el ejército
elevando un escrito en el que señala: "El Excelentísimo Señor Presidente de la
Nación me ha manifestado su conformidad con el procedimiento empleado por las
tropas a mi mando en el movimiento sedicioso de la Patagonia, no permitiendo que
se efectuara investigación alguna sobre el proceder de las tropas".
Obediencia debida y Punto Final. Y no se habló más. La Justicia se calló la boca
pese a lo público del caso. Miró para otro lado.
Los únicos que no se conformaron fueron los anarquistas. Habían esperado que se
hiciera justicia. Como todos se lavaron las manos, decidieron que la justicia la
iba a hacer el pueblo. El anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens hizo uso del
"sagrado derecho de matar al tirano". Lo esperó a Varela en la calle, le arrojó
una bomba -que expresaba la explosión de la ira del pueblo- y le fue perforando
el cuerpo con cinco balazos. Wilckens fue asesinado en la cárcel y será el
momento en que el pueblo salga a la calle a enfrentar a la policía y a declarar
el paro general. Fueron días de lucha a brazo partido. Las publicaciones
proletarias llorarán la muerte del vengador. Poco después los anarquistas
pondrán punto final a la trágica sucesión de muertos y matarán al carcelero que
había asesinado a Wilckens.
El radicalismo siempre guardó silencio ante la tragedia de las peonadas rurales.
El autor de estas líneas se dirigió por escrito a todos los presidentes del
Comité Nacional de ese partido. Les pedía una autocrítica y, el 7 de diciembre,
fecha de los fusilamientos en la estancia "La Anita", ir personalmente a
depositar una flor allí. Jamás me contestó ningún titular del máximo cuerpo del
radicalismo. Les recordé el gesto de Willi Brandt, el primer ministro alemán
quien -en su primera acción de gobierno- se puso de rodillas ante el monumento
al Holocausto y pidió perdón en nombre del pueblo alemán. Tampoco la CGT jamás
hizo un acto recordativo porque temía enemistarse con el ejército.
Pero, desde abajo, se ha ido rompiendo el silencio. Después de décadas, hoy,
muchos lugares recuerdan a los héroes obreros. La tumba de la estancia "La
Anita" ha sido marcada con un templete; una calle de Río Gallegos se llama
Antonio Soto; la escuela secundaria de Gobernador Gregores lleva el nombre de
José Font ("Facón Grande") por el voto de los docentes, de los alumnos y de los
padres de los alumnos. En Galicia, la tierra natal de Antonio Soto, hay una
calle con su nombre en El Ferrol, y una placa recuerda su nacimiento en esa
ciudad.
Y en Jaramillo se levanta la estatua al gaucho entrerriano José Font, fusilado
por Varela en ese lugar, un hermoso monumento en medio del desierto patrocinado
por UATRE, la Unión de Trabajadores Rurales y Estibadores. Y, en este ochenta
aniversario, la organización rural pondrá el nombre de José Font al hotel para
sus afiliados que se encuentra en Buenos Aires.
El silencio ha sido roto. La falta de coraje civil ha sido vencida. Las peonadas
fusiladas por el miedo y la crueldad, se han levantado de sus tumbas y han
comenzado a recorrer sus queridas tierras santacruceñas. Allí donde alguna vez
soñaron vivir con dignidad y gozar de sus horizontes interminables. (*)
Fuente: Página/12, 2001, Buenos Aires, Argentina.
Horacio
Badaraco
(1901-1946)
Por Osvaldo Bayer [El Porteño, 03/85]
Horacio Badaraco nació el 14 de marzo de 1901 en Buenos Aires, y vivía en el
barrio de Congreso dentro del seno de una familia que, de constructores de
barcos, pasaron a formar parte del status de banqueros.
Desde muy chico comenzó a interesarse por la cultura anarquista: a los 11 años
sus padres siempre lo sorprendían en la librería Perlado, hojeando los textos
vinculados a la literatura anarquista.
A los 14 años, mientras espiaba a los anarquistas que se reunían en el café
Gaumont (también en el barrio Congreso), el dramaturgo Rodolfo González Pacheco
lo invitó a debatir y formar parte de aquella mesa. El mismo Pacheco fue el que
le propuso escribir en "La Obra", cuando sólo tenía 16 años. La repercusión de
sus escritos hicieron que Badaraco fuera el redactor de aquel vocero anarquista.
En esa marcada adolescencia, Badaraco no sólo se limitó a escribir para los
anarquistas, sino que comenzaron sus tiempos de acción: los ecos de la
Revolución Rusa habían dividido al movimiento anarquista en dos partes: "los que
seguimos firmes en nuestra utopía de revolución en libertad", y el bloque de
"anarcobolcheviques" (que eran los que expresaban su apoyo a Lenín). El contexto
local estaba teñido por la sangrienta represión, impulsada por el gobierno
radical, del movimiento obrero (y por el sector parapolicial, la Liga Patriótica
Argentina)
Un hecho que marcó a Badaraco fue la represión militar que encargó Yrigoyen
contra los obreros huelguistas de la Patagonia. El hombre fue uno de los que
"más agitó para que se ayudara a los trabajadores que habían sido abandonados a
su propio destino." Cuando llegó el momento de hacer el servicio militar (hecho
que muchos anarquistas, por principio, no hacían: O desertaban hacia el Uruguay,
o se cambiaban de nombre) Badaraco decidió que lo cumpliría para agitar desde
adentro y hacer propaganda revolucionaria en el seno mismo del militarismo
reaccionario argentino.
A finales de 1923, frente al cuartel de Palermo, donde Badaraco era recluta, un
anarquista alemán, Kurt Wilckens, mata con una bomba y siete disparos al coronel
Varela, represor en la Patagonia. Badaraco reparte volantes en el cuartel
recordando las matanzas de los obreros patagónicos.
Badaraco fue acusado de señalarle a Wilckens quién era Varela: fue salvajemente
torturado y encerrado ocho meses en prisión. Desde allí escribe artículos, que
son sacados por distintas vías, para el periódico anarquista "La Antorcha", y
será el defensor de los presos del vergonzoso régimen carcelario en la época
radical.
Al salir de la cárcel, contrajo matrimonio con la española Ana Romero, quien era
obrera del vidrio. Renunció a toda la herencia familiar, y comenzó a trabajar
como lavador de coches. En su tiempo libre escribía para " La Antorcha."
De la muerte de Wilckens, asesinado poco después por un miembro de la Liga
Patriótica Argentina, dijo: "Murió a consecuencia de su ideal".
Badaraco continúa trabajando en tres temas en los que hace hincapié: el
antimilitarismo, la defensa de la mujer y la educación antiautoritaria y
racionalista. Repudia los asesinatos, en nombre de la civilización, de los
indios ("los salvajes civilizados") de Chaco y Formosa.
A mediados de la década del veinte, mientras los nombres de Sacco y Vanzetti
recorren el mundo, los obreros argentinos harán una serie de paros generales con
actividad en las calles: se produce un atentado en la Embajada de Estados
Unidos, y en una manifestación en la plaza Congreso una bandera estadounidense
es quemada. Badaraco y Alberto Bianchi, dos miembros de "La Antorcha", son
acusados y llevados a prisión. Horacio comienza su huelga de hambre, que, a las
dos semanas de haberla comenzado, se unen a ella todos los presos del
Departamento Central de policía. Los jueces ordenan la libertad de los dos
anarquistas.
Seis meses después, Badaraco es encarcelado nuevamente, esta vez acusado de
hacer apología del crimen, por un artículo que había escrito sobre Wilckens, en
donde justifica la actitud del vengador. En la cárcel inició la campaña de
liberación de Simón Radowitzky.
La división de las izquierdas fue un punto preocupante para Badaraco. Cuando se
instauró el golpe militar de Uriburu, en 1930, el movimiento obrero estaba
dividido, y se preocupaban más en acusar al hermano de ideas que luchar contra
el enemigo común. La represión de la primera dictadura militar en Argentina,
recayó, por supuesto, en los verdaderos revolucionarios: no hay que aclarar que
hubo fusilamientos, censuras, clausura de periódicos y sindicatos, la expulsión
del país para los extranjeros y el penal de Ushuaia para los argentinos: es en
ese lugar a donde llevan al revolucionario, que estaba luchando para sacar
volantes de resistencia y seguir con "La Antorcha".
Lo llevan en el "Chaco", un transporte con capacidad para 150 personas. Iban en
él 850. Van juntos presos comunes y políticos, y allí conoce, además de sus
compañeros anarquistas, a un sector del trotskismo, del socialismo y del
comunismo. Cuando llegan al penal de Tierra del Fuego los reciben con brutales
palizas: un año y medio pasará en esas condiciones, sin poder recibir ni enviar
carta a sus familiares.
Al salir de la cárcel, y después de haber conocido a compañeros de diferentes
ideologías, empieza a simpatizar con el espartaquismo alemán, cuya ideóloga
había sido Rosa Luxemburgo: admiraba ese radicalismo utópico que transmitía la
alemana asesinada. Junto a sus compañeros anarquistas Domingo Varone y Antonio
Cabrera funda "Spartacus Alianza Obrera y Campesina", cuya consigna era:
"obreros, campesinos y soldados a luchar por el socialismo"
La gran victoria de Spartacus se verá en la gran huelga de la construcción en
1935-36: aunque el Sindicato de Albañiles estaba dirigido por los comunistas, la
clave del triunfo de aquellas movilizaciones tuvieron que ver con la unión de
toda la unidad de los trabajadores. Aunque muy pronto comenzaron otra vez las
divisiones y las peleas.
En 1936 Badaraco se va a España a luchar contra Franco. Colaborará en las
columnas anarquistas y en los periódicos "Solidaridad Obrera" y "Juventud
Libertaria". Regresó más convencido aún que la falta de unión lleva
inexorablemente a la derrota segura.
Cuando regresó, y después de haber sufrido su primer infarto, sigue plasmando en
Spartacus su ideo de unión obrera. Mientras trabajaba en los talleres gráficos
Standard, se solidarizó con los trabajadores que estaban en huelga. Por eso es
secuestrado y golpeado ferozmente. En 1939, en plena lucha contra la guerra,
comenzó su contacto con los estudiantes universitarios.
En medio de esa lucha por la unidad del movimiento obrero, el 17 de octubre de
1945 irrumpe el peronismo. Una parte de los viejos socialistas le dicen a
Badaraco que esos no son obreros. "Esta es la clase obrera que ustedes no
conocen", responde.
Diez meses después, muere en el Hospital Salaberry, a los 45 años.
En una especie de testamento político (una carta que le dejó a un amigo) se
refiere extensamente al peronismo:
"En los últimos meses ya no hay indiferencia política. Casualmente el peronismo
y el triunfo del peronismo es el castigo por nuestras insuficiencias en materia
y en vida política.(...) La falta de respuesta política a millares de
argentinos, y especialmente, de jóvenes, abrió el juego de la política fascista,
o mejor dicho, profascista. Los obreros atrasados, los olvidados por nuestra
burguesía nacional y la oligarquía reaccionaria, movidos por los apremios de sus
insoluciones y castigados por el resentimiento fomentado por una expoliación sin
límites, votaron a Perón. Aquí radica la experiencia de estos días: ahora iremos
más fortificados a las luchas próximas y los obreros peronistas realizarán la
experiencia mientras tanto la experiencia Perón. La experiencia Perón los traerá
de nuestro lado o no, si aún somos débiles para ganarlos. Perón tendrá todavía
carne de cañón para la guerra de los imperialistas."
ANTONIO "GALLEGO" SOTO (Osvaldo Bayer Página/12, 23/10/93 y folleto)
Antonio Gonzalo Soto Canalejo nació el 8 de octubre de 1897 en la ciudad de
Ferrol, y su padre murió al poco tiempo de nacer, en la guerra de Cuba. Tres
años después su madre se vuelva a casar y viajan a Argentina. Como Soto no se
llevaba bien con su padrastro, su madre lo envía nuevamente a Galicia.
A los 17 años regresa a Buenos Aires, en la época en que la capital del país
estaba en medio de manifestaciones y diarios anarquistas que incitaban a la
lucha. Luego de la Revolución Rusa de 1917, Soto se alinea al sector
bolchevique.
A los 22 años se incorpora a la Campaña de Teatro Serrano Mendoza, que recorría
todos lo puertos patagónicos. En medio del clima de lucha que envolvía a Río
Gallegos, Soto conoce al periodista vasco José María Borrero, quien le propone
que abandone el teatro y se suma a las tareas directivas de la Sociedad Obrera,
sindicato al cual pertenecía el periodista.
El 24 de mayo en una asamblea general, el gallego es elegido secretario general:
las primeras medidas como el titular de la central sindical fue declarar huelga
general, ya que los peones rurales bregaban por mejores condiciones salariales.
Como la represión policial y militar no se hizo esperar, Soto pudo escaparse y
esconderse en la casa de una compatriota suya, Doña Máxima Lista (maximalista,
por supuesto). Mientras tanto, el 28 de enero de 1921 llega a Puerto Gallegos el
10 Regimiento, al mando del Teniente Coronel Varela, y el 29 de enero llega,
después de haber sido nombrado varios meses atrás el gobernador Yza, quien
permite una política de acercamiento entre estancieros y peones, y que pondrá en
libertad a varios los presos sindicales. Las promesas del cumplimiento del
pedido de los trabajadores permiten el levantamiento de la huelga, aunque las
condiciones pactadas no se cumplían totalmente: al contador Eloy del Val,
miembro de la Sociedad Anónima Mercantil de la Patagonia, le descargan diez
balazos por haber despedido a obreros, aunque el contador sale milagrosamente
ileso. Al presidente de la liga patriótica de Santa Cruz, Dr. Sicardi, miembros
de la Sociedad Obrera lo paran en la calle y le quitan el arma que portaba,
mientras que en el campo siete estancias son tomadas por los peones.
El 9 de julio, en el Hotel Español, se celebraba un banquete para recordar la
fecha patria. Al cocinero, el gallego Antonio Paris, perteneciente a la
Asociación Obrera, le comunican que entre los comensales se encontraba Manuel
Fernández (de la firma Varela Fernández) una empresa boicoteada por Soto. Paris
reúne a los mozos, también gallegos, y en nombre de la Sociedad Obrera prohibe
que le sirvan la cena: los que esperaban la cena consideran una ofensa a la
patria la actitud del personal, quienes deben servirse ellos mismos la comida.
Luego de este hecho, meses después la policía encierra a Paris y clausura el
local sindical. El 24 de octubre de 1921 se declara la huelga general. En Buenos
Aires, el presidente Yrigoyen le pide a su amigo, el Teniente Coronel Varela,
que se haga cargo de la represión en la Patagonia: en menos de una semana más de
300 hombres sublevan la región del sudeste de Santa Cruz.
La primera de los alzamientos, que es dirigida por Soto, es totalmente pacífica:
se busca la libertad de los presos de Río Gallegos.
El 6 y 7 de diciembre, los militares se encuentran en la puerta de la estancia
"La Anita". Los trabajadores se reúnen en una asamblea, en la que el chileno
Juan Farina propone terminar con la huelga y negociar con los militares. La otra
postura la da el alemán Pablo Schultz, quien dice que la única forma de ganar es
pelar. Soto propone que se envíen dos hombres con bandera blanca hasta donde
están las tropas y que pidan condiciones (la libertad de los compañeros de Río
Gallegos y el cumplimiento de las cláusulas del convenio del pasado año) al jefe
militar: dos chilenos son los designados quienes al llegar al lugar son
automáticamente fusilados. Los militares envían a tres soldados con bandera
blanca que les comunican a los rebeldes que lo único que les ofrece el Ejército
es la rendición incondicional a cambio de que se los respetara y se los tratara
bien. Nuevamente hay dos posiciones: la de Farina, que quiere aceptar la
propuesta militar, y la de Schultz, más que nunca dispuesto a pelar. "Os
fusilarán a todos, nadie va a quedar con vida, huyamos compañeros, sigamos la
huelga indefinidamente hasta que triunfemos. No confiéis en los militares, son
cobardes por excelencia, son resentidos porque están obligados a vestir el
uniforme y a obedecer toda su vida. No saben lo que es el trabajo, odian a todo
aquel con libertad de pensamiento (...) No os entreguéis", son las enérgicas
palabras de Soto.
Se vota en la asamblea y gana la posición de Farina. Shultz dice que no coincide
con la decisión, pero que la acata. Soto se niega y responde: "No soy carne para
tirar a los perros. Si es para pelear me quedo, pero los compañeros no quieren
pelear." A Soto lo siguen doce huelguistas más, y huyen a caballo hacia la
cordillera. Los huelguistas rendidos (entre 500 y 600) fueron humillados,
torturados y fusilados.
Soto y su grupo se van hacia Chile, perseguidos por el Ejército argentino y por
los carabineros chilenos, que intentaban que no entren al país. Los compañeros
de la Federación obrera, sabiendo el peligro que corría en la ciudad a la que
había llegado (Puerto Natales) deciden enviarlo en barco a Puna Arenas, lugar
que tendrá que dejar para irse a Valparaíso. En ese lugar conoce a la hija de
los propietarios del lugar en donde vivía, y a los pocos meses se casa. Con
Amanda Souper se traslada al norte de Chile, en donde tiene a sus seis hijos.
Ya en Santiago continúa con su actividad política en forma clandestina, aunque
las persecuciones policiales lo hacen cambiar de rumbo constantemente. (cuando
se traslada nuevamente a Puerto Natale, instala un cine al que llama "Libertad")
En 1936, año en que se declara la Guerra Civil Española, Soto intenta pelear por
la República, pero su salud no se lo permite.
El 5 de marzo de 1938 se vuelve a casar con la chilota Dorotea Cárdenas, con la
que tiene una hija.
Después de haber trabajado como peón rural, obrero en la fundición, puestero de
frutas, chofer de camión, y la fundación de un restaurante en honor a su padre,
Soto muere el 11 de mayo de 1963 a los 65 años.
JOSÉ FONT, "FACÓN GRANDE"(Osvaldo Bayer, Página/12, 9/10/93)
José Font era un hombre de buen pasar económico: era el dueño de una tropa de
carros laneros que transportaban los fardos de lana de las estancias desde la
precordillera a puerto Deseado y a San Julián. Sin embargo, su único lujo era un
facón que llevaba cruzado en la espalda.
Cuando algunos peones rurales se presentaron frente a Facón Grande para que los
representara sindicalmente, el gaucho no dudó un minuto en hacerlo: en ese
momento, Yrigoyen ya había mandado a l Teniente Coronel Varela a reprimir a los
revolucionarios patagónicos, y Gran Bretaña también había amenazado con enviar
buques desde las Islas Malvinas para defender las propiedades de los
estancieros.
Varela había recibido la información de que la columna de Facón Grande acampaba
en Tehuelches, y allí le ordena a sus soldados una descarga cerrada contra
ellos, aunque el gaucho los enfrenta y hace que las tropas se retiren
rápidamente hacia Jaramillo. En esa hecho mueren tres huelguistas y un soldado.
Varela, entonces, hace atraer a Facón grande hacia Jaramillo con la propuesta de
negociar las condiciones de la huelga. Cuando se encuentra, el militar ordena su
detención. Facón Grande siempre le reprochó a Varela su falta de hombría por la
forma en que lo detuvieron.
Tiempo después, en 1921, Facón Grande es llevado junto a un grupo de compañeros
a un cañadón de la estancia de Cimadevilla, y allí sin fusilados. Ese lugar es
recordado con el nombre "cañadón de la muerte." Por su parte, Varela envía un
comunicado diciendo que Facón Grande fue muerto en combate, y sus pertenencias
fueron dadas en administración al Estado, aunque a algunos administradores, "se
les pierden" algunas cosas.
Años después, dos chatas de Facón quedaron abandonadas en el camino y sirvieron
para la orientación de viajeros. Junto a ellas, el herrero Kuney levantó una
herrería, y ese lugar será el pueblo de "Cañadón León", aunque oficialmente
lleva el nombre de un militar de la Década Infame: Gobernador Gregores
RODOLFO GONZÁLEZ PACHECO (Osvaldo Bayer, Página/12)
Cuando al dramaturgo Rodolfo González Pacheco, en la Sociedad de Actores, le
preguntaron cómo se había hecho anarquista, respondió sonriente: "La culpa de
unos agitadores que disfrazados de marineros y vendedores de casimires de
contrabando llegaron una tarde a la estancia de mis padres, en los primeros años
de este siglo. Yo era un hijo de papá, un aprendiz de gaucho, mujeriego en los
bailes de rancho y pendenciero en las reuniones de pulpería. Respetado por los
gauchos que veían en mí más que al mozo guapo a un protegido de los milicos
porque era hijo de estanciero. Aquellos falsos contrabandistas pidieron permiso
para pernoctar, y de acuerdo con la costumbre hospitalaria de nuestra pampa, se
le dio carne asada y catres para pasar la noche. Al día siguiente, cuando se
fueron, uno de los peones me trajo una colección de folletos que los forasteros
se habían olvidado en el galpón, repartidos estratégicamente para que se
pudieran hallar después de irse... eran pensamientos de Bakunin, de Kropotkin,
de Pietro Gori, de Malatesta. Al leerlos, fue la primera vez que advertí que en
el mundo había algo más que las ginebras, guitarras y carreras cuadreras. Había
gente que se preocupaba por sus congéneres. Y que mi vida era canallesca
comparada con la nobleza y los sentimientos de esa gente..."
González Pacheco fue un aclamado hombre del teatro: conmovió a los sectores
populares con sus obras "Hermano lobo", "Las víboras", "La inundación", "Hijos
del pueblo". Aunque durante mucho tiempo esas obras se estrenaron en las salas
céntricas, el las escribía especialmente para que se presentasen en los "cuadros
filodramáticos"(teatros con los que contaban todas las sociedades de
resistencia), creadas por socialistas y anarquistas.
"Fue un nato sembrador de ideas. Un orados político por excelencia. Estuvo en
todo el país para hablar. Habló en todas las campañas: la de Radowitzky, la de
Sacco y Vanzetti, la de los mensúes, la de los mineros. Pero ante todo fue el
creador de "los Carteles": eran recuadros que se publicaban en los periódicos
anarquistas y donde se tomaba posición ante los acontecimientos públicos que se
conocían." (Osvaldo Bayer)
Fundó el semanario "La Mentira", que fundó junto al policía Federico Gutiérrez.
Participó escribiendo en Germinal, en Campana Nueva, en La Batalla.
Por estar en contra de la Ley Social y la Ley de Residencia, junto a otros
luchadores fue preso a Ushuaia. Pero no se amilanó, y apenas regresado a Buenos
Aires fundó "Libre Palabra" y "El Manifiesto". Poco tiempo después creará "La
obra", aunque durante la Semana Trágica de Yrigoyen hizo que esa obra fuera
clausurados, junto con la protesta.
Aun con las amenazas de cárcel, Pacheco creó "Tribuna proletaria": durante el
gobierno de alvear lo condenan a seis meses de prisión por los elogios hacia el
alemán Kurt Wilckens.
En 1936 irá a defender al pueblo español contra Franco. Y en 1943 ya no pasarán
sus obras en los sindicatos.
La huelga fue llevada a cabo por la Federación de Obreros de Construcciones
Navales. Debajo del nombre tenía en letras grandes, la palabra autónoma, para
que no hubieran dudas. Tenían su sede en Pedro de Mendoza 1915, en el corazón de
la Boca. Después de trece meses de huelga, cayeron vencidos. Pero, como lo dijo
el último boletín repartido en los muelles, en los diques y en las calles de
Barracas y La Boca: "Sin arriar bandera." El motivo de la huelga de 1956 fue por
mejor calidad de vida: horario de seis horas en lugar de ocho, para poder
dedicar más tiempo a la cultura y a la familia, para gozar de la naturaleza.
Fueron vencidos por los militares Aramburu y Rojas. Los marinos de guerra fueron
los más insistentes en eliminar del puerto toda semilla de innovación social. El
almirante Sado Bonet y el capitán de navío Patrón Laplacette , ministro de obras
públicas e interventor de la CGT, fueron los artífices de la derrota obrera.
MUJERES ANARQUISTAS (Mabel Belucci, La Cautiva)
Virginia Bolten
Nacida en el Uruguay, Virginia viene a Argentina y se instala en Rosario, a
fines del año pasado. En medio del clima de lucha que envolvía a la ciudad,
Bolten encabeza una ancha columna de hombres y mujeres en la manifestación
popular del 1° de mayo de 1890 en la plaza López. Su encendido discurso hace que
sea encarcelada por atentar contra el orden social. Los rumores de la historia
dicen que fue la primera mujer que habló en un mitin obrero Ese mismo año se
traslada a Buenos Aires: por sus continuos discursos que infunden el anarquismo,
sufre la continua persecución militar. Forma parte del Comité de Huelga
Femenino, que movilizaba a los trabajadores del Mercado de Frutos porteño.
En 1907, ya como miembro del Centro Femenino Anarquista, activa la huelga de
inquilinos. Por esto es deportada a su país natal. Su lugar de residencia será
Montevideo.
Juana Rouco Buela
Llegó a la Argentina en 1900 desde España y se instaló en Buenos Aires. A los
quince años ingresa al movimiento 8el 1° de mayo de 1904 fue su primera
participación en un acto obrero)
Tiempo después representa a lasa mujeres de la "Refinería Argentina", de
Rosario, en el Congreso de la FORA. En 1907 organiza el centro Femenino
Anarquista, y participa de la huelga de los inquilinos. Para esa fecha es
deportada y Juana decide volver a España. A su regreso, como no puede hacerlo en
el país, se instala en Montevideo, y desde allí inicia una fuerte actividad
propagandística junto a Bolten y María Collazo.
Ingresa de forma clandestina al país, y en 1910 es detenida, extraditada a
Montevideo y encarcelada durante un año. En 1914 viaja clandestinamente a París,
y cuando es descubierta desembarca en Brasil. Regresa nuevamente a la Argentina,
e interviene en los hechos de la Semana Trágica.
Recorre el país con el apoyo de los rurales y los industriales. En 1921 funda en
Necochea el Centro de Estudios Sociales Femeninos, y crea el periódico feminista
Nuestra Tribuna. En 1928 participa en el Tercer Congreso Internacional Femenino.
Muere a los 80 años, en 1969.
Rosa Dubovsky
Nacida en Rusia y perseguida por el régimen zarista, huye junto a su marido
Adolfo hacia Turquía. Adolfo se alista en Ejército mientras hace el Servicio
Militar, y allí entrega un arsenal de armas a los revolucionarios. Antes se
casan en secreto: Rosa parte a Francia, y su esposo a Buenos Aires. En 1907 se
reencuentran en Rosario, cuando el trabaja en los Ferrocarriles y ella trabaja
como sombrerera.
En la ciudad de Santa Fe, Adolfo milita en el campo anarco - sindicalista, y
Rosa concurre a las reuniones de mujeres anarquistas. Funda una bibilioteca,
exclusivamente para mujeres, llamada Emma Goldman.
Después del golpe del ´30, el matrimonio y sus seis hijos deben escapar a Buenos
Aires, a pesar de la poca seguridad. En 1936 muere Adolfo. Comienza a trabar
como empleada de la esterilla y tapicería, participa en la FORA y en la
Federación Libertaria Argentina, hasta 1972, el año de su muerte.
(Los Sacco y Vanzetti argentinos, por Osvaldo Bayer: a Pascual Vuotto, Reclus de
Diago y Santiago Mainini se los acusó de haber perpetrado el atentado al
conservador José Blanch, en donde mueren su cuñada y su hijita. En un primer
momento detienen a dos punteros del comité radical, Melchor Durán y Juan
Perutti, y éste último intenta suicidarse en la cárcel. Pero Germán Parissi,
comisario radical, envía un anónimo que acusa a estos tres anarquistas. Aunque
se comprueba que el anónimo es falso, la policía toma como cierto el mensaje,
libera a los radicales y comienza la caza de los anarquistas de la zona.
Fueron torturados salvajemente: hasta el médico de la policía denuncia los
vejámenes de los presos, quienes fueron condenados a prisión perpetua. En la
cárcel, Vuotto hizo de sus celda una trinchera y pudo comprobar su inocencia y
la de sus compañeros. Así se originó el periódico "Justicia". Una gran campaña
solidaria llevada a cabo por los trabajadores pudo haberlos dejado libres, pero
ellos no querían perdón ni indulto, querían un juicio limpio: si hasta el propio
Blanch sabía que eran inocentes, pero jamás dijo nada. Los trabajadores
siguieron luchando junto a los presos, y once años después, en 1942, el
gobernador Rodolfo Moreno conmutó la pena, pero Vuotto no se conformó y siguió
pidiendo justicia.)
Fuente: http://www.elhistoriador.com
La
serie de venganzas
"Yo he sido subalterno y pariente del comandante Varela. Acabo de vengar su
muerte" – fue la declaración de Millán ante el inspector Conti.
Wilckens vivirá casi un día mas antes de morir. La noticia en tanto ya corría
por toda la ciudad. A pesar de ser sábado, los distintos gremios comienzan a
movilizarse.
"- Va a haber jaleo por el lado de los obreros" –le indican al presidente
Alvear. Así es que cuando el tema empezado dos años atrás en Santa Cruz parecía
calmarse; vuelven los dolores de cabeza para los funcionarios nacionales.
Incluso el gobierno pasa a quedar como sospechoso de facilitar la muerte de
Wilckens. En realidad es muy probable que Millán actuara con el apoyo logístico
de la Liga Patriótica de la que era miembro.
"WILCKENS FUE COBARDEMENTE AGREDIDO HOY EN LA PRISIÓN NACIONAL" titulaba el
diario Crítica en una tirada que superó los 500.000 ejemplares.
Efectivamente los gremios a pesar de sus diferencias ideológicas (anarquistas,
socialistas comunistas, sindicalistas puros) al saber de la muerte de Wilckens
comienzan a aplicar medidas de fuerza. Incluso hay malestar ya que la justicia y
la policía no terminan de entregar el cuerpo, el cual es sacado secretamente
rumbo a una tumba desconocida (luego encontrada por un periodista en el
cementerio de la Chacarita). Mientras se siguen sumando adhesiones y paros de
nuevos gremios. Las sedes se van nutriendo de militantes a la espera de la
aparición del cuerpo del anarquista ultimado. El centro de mayor tensión es la
sede de la FORA (Federaciónn Obrera Regional Argentina) en donde se agrupan una
docena de sociedades obreras.
Es el día lunes siguiente al atentado en la cárcel. La ciudad de Buenos Aires
está paralizada. Algunos militantes fueron detenidos el día anterior por
realizar daños a tranvías al enterarse de que les habían escondido el cuerpo de
Wilckens. El paro se siente en todas las principales ciudades del país y
especialmente en los puertos. El Sr. Carlés de la Liga Patriótica ofrece sus 43
brigadas civiles (una especie de fuerza armada privada) para restablecer el
orden.
En el Local de la Sociedad de Obreros Panaderos (zona de Plaza Once en la ciudad
de Buenos Aires) el martes se congregan miles de obreros. La Plaza once está
copada de efectivos policiales. Allí comenzará el jaleo tan temido en las
esferas del gobierno. Será difícil precisar quien comenzó, pero el resultado de
los disturbios arrojó dos muertos, 17 heridos y 163 detenidos por parte de los
obreros y un oficial muerto y tres heridos mas por parte de la policía.
Aquí vuelven a diferenciarse las asociaciones obreras. La USA (Unión Sindical
Argentina) adhirió en principio a las medidas pero evitando manifestar
públicamente. Luego levantará su paro. Algunos gremios del sector anarquista
(FORA) deberán también aflojar en sus medidas ya que al no presentarse a
trabajar son reemplazados por cualquier desocupado de los tantos que abundaban.
Así como ya es habitual las medidas de fuerza quedan diluídas.
Volvamos a Pérez Millán. Su posición es comprometida. Si actuó respaldado por
una organización, no puede hacerlo público. Por ello comienza a argumentar
incoherencias y contradicciones ... comienza a hacerse el loco. Con ayuda de
algún poderoso tal vez consiga una condena de pocos años y en una institución
psiquiátrica:
"Pérez Millán, sometido a un examen de sus características psíquicas acusa
síntomas bien claros de hallarse bajo la acción de una ligera crisis nerviosa, y
en ciertos momentos de su interrogatorio presenta rasgos de perturbación de su
memoria pues ciertos pasajes de su vida anterior los recuerda con alguna
dificultad, no encuadrando en la preparación que demuestra tener el reconocido"
(médico forense Doctor Vailatti).
Finalmente le dan ocho años de reclusión. Será trasladado en abril de 1925 al
hospicio de la calle Vieytes. Allí se cree que estará seguro y que el tema de
Santa Cruz dormirá finalmente para ya no volver.
Pero un par de nombres se agregarán a la lista de los vengadores. Hay un
"loquito bueno" de nombre Esteban Lucich, yugoslavo. Pequeño de estatura y un
poco jorobado. Lustra los zapatos, tiende las camas, barre el piso y así se gana
unas monedas ... Circula libremente por el hospicio. Como en la mañana del 9 de
noviembre de 1925.
Justamente esa mañana Pérez Millán se sentía algo abandonado. La sociedad ya
estaba preocupada por otros temas, y salvo su padre ya nadie lo visita.
Aparentemente dice a su compañero de habitación "voy a desenmascarar a mas de
uno" y comienza a escribir una carta. Almuerza algo liviano y prosigue su
escrito ... el que quedará inconcluso. Mas precisamente a la 12:30 el "loquito
bueno" pide pasar al pabellón de los enfermos pudientes. Llega hasta la
habitación de Pérez Millán, entra, saca un revólver y dice: "- Esto te lo manda
Wilckens".
Millán recibe un balazo en el pulmón izquierdo y se tira al piso evitando que lo
alcance un segundo disparo. En el posterior forcejeo recibe un nuevo proyectil
que se le aloja en el muslo. Finalmente llega un enfermero y reduce a Lucich, al
que le colocan un clásico chaleco de fuerza.
Nuevamente despierta una historia no tan dormida. A cargo de la investigación de
este último suceso está el comisario inspector Santiago. Preguntado Lucich de
por qué lo hizo , solo contesta una frase memorizada: "el revólver lo encontré
en la mesa de Pérez Millán. Como él me atacó a puñetazos yo le disparé para
defenderme". El comisario comprende que este loquito no obró por decisión propia
sino que fue "programado" por alguien. Por eso pide enseguida una lista de
reclusos internados allí mismo en el Vieytes. Y ahí encuentra el nombre servido
de quien pudo idear este nuevo eslabón en la serie de venganzas: el ruso Boris
Wladimirovich.
¿Qué hace este anarquista ruso que ha recorrido el mundo, en este hospicio
cuando debiera estar cumpliendo una condena en el penal de Ushuaia ? ¿Qué hace
aquí casi paralítico y en las últimas, y encima logrando que Lucich dispare
contra Millán? El diario La Razón lo llamará "curiosa, siniestra, novelesca
silueta".
Justamente Pérez Millán se encontraba internado tras los disparos. Si bien los
médicos suponían que en treinta días estaría recuperado, una perforación en
algunos órganos lo debilita progresivamente hasta que fallece en plena
madrugada. El presidente de la Liga Patriótica está a su lado y días después
publica la carta que estaba escribiendo Millán en sus últimas horas. En ella no
aparecen denuncias sino el relato de cómo se involucró en el tema de Santa Cruz.
La última frase es "Tengo que decir mas respecto a mi condena ..." Allí ocurre
el atentado sin que se sepa que era "eso mas".
Volviendo a Wladimirovich cabe señalar que en el penal de Ushuaia (donde cumplía
una condena por un asalto realizado con el fin de conseguir fondos para publicar
un diario anarquista) su salud comenzó a deteriorarse. Curiosidad del destino:
alguna vez se había salvado de ir a Siberia y terminaba en Ushuaia que por
entonces era realmente el fin del mundo.
Es muy probable que el ruso al ver su delicada salud y antes de morir quisiera
realizar un último acto idealista: vengar a Wilckens. Por ello comienza a "estar
loco" al saber que Millán está en El Hospital de las Mercedes (el Vieytes).
Según el médico de Ushuaia el anarquista tiene signos notorios: canta viejas
canciones rusas, no puede caminar, se arrodilla rezando (como para tomar por
loco siendo un anarquista). Ya en el penal del sur estaba otro anarquista de los
pesados: Simon Radowitsky. Dos son mucho. Wladimirovich no parece peligroso, así
es que mejor trasladarlo al manicomio donde se derivan los condenados. Allí le
queda el trabajo de adoctrinar a Lucich y simplemente entregarle un revólver con
las frases que debía decir.
El comisario Santiago lo hace traer y comparecer. El ruso de 49 años parecía un
anciano de setenta. Su estado general era lamentable y pasaba la mayor parte del
tiempo postrado. Sabe que va a ser muy difícil probarle algo en ese estado.
Wladimirovich apenas sonríe. No confiesa ni se inmuta ante los "ablandes"
típicos. Claro está acostumbrado a los ayunos anarquistas y además viene del
penal de Ushuaia. Los posibles testigos son "locos" o débiles mentales, y los
posibles colaboradores externos solo dicen que le llevaron fruta y no armas. De
todas maneras Wladimirovich no saldrá de la cárcel. Ya paralítico, sucio y
desatendido fallecerá al poco tiempo...
... Es el fin del cuarto acto del drama que comenzó en la lejana (cercana) Santa
Cruz.-
Queda por allí un hecho suelto al cual no puede comprobársele conexión con esta
serie de venganzas pero que sí vuelve a enfrentar al movimiento anarquista
contra el oficialismo. En el dia de Nochebuena del año 1929, un militante
anarquista de nombre Gualterio Marinelli de 44 años; se acercó a la carrera
hasta el coche presidencial en donde viajaba Hipólito Yrigoyen (por entonces en
su segundo mandato como presidente). Una vez cerca del vehículo vacía la carga
de su revólver. La custodia repele el ataque dando muerte a Marinelli. Yrigoyen
ileso, concurre a la comisaría a ver los restos del anarquista, mientras se le
oye decir: ¡ Y yo que nunca hice mal a nadie!"
Imágenes: El anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens, quien acabó con la vida de Varela. La imagen fue obtenida en la enfermería de la penitenciaría luego de la muerte del ejecutor de los obreros en la Patagonia; diario anarquista La Protesta y finalmente Wladimirovich -señalado con una flecha- tomado prisionero.
Y llegaron huyendo
Por Pavel Oyarzún, Punta Arenas, Chile
En la noche del 9 de diciembre de 1921, doce hombres llegaban al territorio de
Magallanes, tras cruzar, de a caballo, el cerro Centinela, en plena zona de Lago
Argentino. Venían huyendo del infierno. Tenían precio sobre sus cabezas. Un
precio muy bajo, digamos, el de un guanaco. Eran los últimos sobrevivientes de
una huelga que terminaba para ellos en una derrota sin gloria. El último núcleo
de anarquistas que salía huyendo de la llanura en donde habían querido fundar el
paraíso en la tierra. Porque aquella huelga que declararon a los cuatro vientos,
no fue una huelga más, no fue sólo por unas cuantas monedas, sino que por la
revolución, por el socialismo. Eran hombres de fe, que ahora le daban cuerda a
la desesperación en su escapatoria a los pies del cadalso. Parecía mentira. Sólo
unas cuantas semanas antes, eran los dueños de toda la provincia de Santa Cruz,
Patagonia argentina. Cruzaron la pampa fría con el credo revolucionario en la
boca, buscando hermanos para la causa. Y los hombres los siguieron. Formaban
grandes grupos de jinetes alzados. Y la palabra huelga se esparció por todo el
territorio, en cada estancia ganadera, en los galpones de esquila y en los
corrales, en cada huella de tierra, vadeando los ríos, palmo a palmo de la
llanura, en kilómetros a la redonda. Y mírenlos ahora. Era de no creerlo. De
todo el movimiento huelguístico sólo quedaba una cifra imprecisa de muertos, el
imperio acerado de una ley marcial, y centenares de sobrevivientes que jamás
volverían a rebelarse en sus vidas, tampoco lo harían sus hijos, ni los hijos de
sus hijos.
Entre los escapados iba Antonio Soto Canalejo, líder máximo de la huelga.
Español, de veinticuatro años de edad, nacido en El Ferrol*, en ese vértice de
tierra, al noroeste de la península Ibérica, que es Galicia. El hombre más
buscado de la Patagonia. El enemigo público número uno para la Liga Patriótica,
la Iglesia, los estancieros y el gobierno de la provincia. Un anarquista de tomo
y lomo, sin duda. Tras ellos, en la estancia La Anita, a esa misma hora, se
mataba que era un gusto. La gran mayoría de los ovejeros, en la asamblea del día
anterior, había decidido entregarse a las tropas del 10 de Caballería, al mando
del capitán Viñas Ibarra, con la ilusión de que no haya fusilamientos. Soto
Canalejo casi perdió la voz diciéndoles, más bien gritándoles a todo pulmón que
debían pelear, que no era posible claudicar a esas alturas de la vida y de la
muerte. Pero la suerte estaba echada. Los ovejeros votaron por la claudicación,
a mano alzada. Entonces decidió largarse de allí, huir hacia Magallanes, hacia
Chile. Le siguieron once de sus compañeros. Los demás, la inmensa mayoría,
esperaron la entrada de los soldados. Lo hicieron en completo silencio, y en
aparente calma. Luego, sólo sabrían de insultos, arreos y culatazos. Más tarde,
sabrían de fosas abiertas por sus propias manos, tomas de distancia, ubicación
en el punto de mira, órdenes de fuego, llegada de proyectiles. Todo muy rápido.
Y todo era cierto, porque las balas de los Máuser no mienten. Aún así,
permanecían impávidos, silentes hasta la médula. No intentaron nada. Ni siquiera
lloraban. Parecía que no creyeran lo que les estaba pasando. Que sólo se trataba
de un sueño protervo. Tal como si no se dieran cuenta de que eso y no otra cosa
era la muerte.
Llegando así, como llegó Antonio Soto Canalejo a Magallanes, cumplía, sin
saberlo quizás, con una especie de ley meridional. Llegaba huyendo. Y a estas
tierras hacía ya varias décadas que los hombres llegaban huyendo o a cumplir una
condena indecible. Escapados del hambre, de la guerra, de los estragos de la
existencia, de la miseria congénita, de la mala fortuna, de lo que sea. Qué se
puede ir a buscar al fin del mundo, si no es acaso borrar el pasado de una
plumada, a golpes de viento; intentar ser otro, inventarse una vida. No obstante
aquello, el gallego Soto era el más derrotado de los que llegaron al territorio
magallánico, porque venía huyendo de una derrota total, que lo desbordaba, que
la hacía inmensurable. Era una fe derribada. Un intento de revolución caído a
pedazos, y en cuyo derrumbe había hombres, centenares de hombres habitando esos
pequeños abismos que son las fosas, y sin embargo insondables en sus tinieblas
duras, donde yacían con sus ojos y bocas, y con sus corazones pacíficos después
de todo, tapiados por la tierra más fría del mundo, a escasa profundidad, pero
para siempre. Aunque le hubiesen dicho al gallego Soto que los anarquistas eran
borrados del mapa en todas partes; que la década de 1920 era la década destinada
para los golpes finales a los anarcosindicalistas en Estados Unidos, en Europa,
en América del Sur, esto no habría servido de consuelo para él, no habría
abrevado en aquella fuente la sed de su angustia. Era un hombre joven, creía en
la revolución. Era un anarquista, y por lo tanto, sabía que lo posible no es
digno de fe; entonces, pedía lo imposible. Se le iba la vida en ello.
A pesar de la ceguera que provoca una fuga desesperada, Antonio Soto Canalejo y
sus compañeros creían llegar a una buena tierra para su causa. En Magallanes no
sólo salvarían el pellejo, sino que además encontrarían hermanos que pondrían
sus vidas en la misma balanza. Y esa era la pura y santa verdad, como se dice.
El territorio austral, el último en ser anexado al Estado de Chile en el
continente, tan solo sesenta y ocho años antes, y a duras penas, vio crecer,
como una planta extraña, la idea anarquista, que dio pábulo a la Federación
Obrera de Magallanes, la organización sindical más poderosa de la que se tenga
memoria en el cono sur americano. Más aguda y más audaz en su ideario que la
misma Federación Obrera de Chile, fundada por Luis Emilio Recabarren, en el
norte del país, en 1909. Fue algo estrambótico, realmente. Hombres que se
reunían y conspiraban como podían, bajo los preceptos de la revolución social,
del fin del capitalismo, del hombre nuevo. Era una locura. Un crisol de
voluntades revolucionarias, que le declaró la guerra al Estado, a la Iglesia, a
los reyezuelos de la industria ganadera, a los santos, los profetas, los
poderosos. Pero no sabían nada de táctica y estrategia. Querían dar una guerra
al Capital con unos cuantos revólveres Smith & Wesson. Y los amos de esta
tierra, que en la Europa de donde salieron no habrían pasado de ser fundadores
de una nobleza de opereta, príncipes enanos a fin de cuentas, recogieron el
guante, y dieron con ellos en la caterva, les hicieron morder el polvo y la
sangre. Se les adelantaron. Veían un poco más. Les bastó con un par de asonadas
de tropas y policías, para dar por finalizada la época de las huelgas, los
episodios de la subversión. En unas cuantos días terminaron con esa pequeña
Comuna de París que fue Puerto Natales, en enero de 1919, y le bastaron algunas
horas más de la madrugada del 27 de julio de 1920, para reducir a cenizas el
local de la Federación Obrera en Punta Arenas. Así cayeron, entre las paredes y
vigas calcinadas de la sede sindical, las intenciones de hacer de Magallanes un
territorio liberado, una república popular o algo por el estilo. Luego, las
persecuciones pertinentes, los encarcelamientos necesarios, las torturas a
tiempo, los fondeos de hombres todavía con vida en las aguas del famoso estrecho
de Magallanes, la recuperación del orden público, el imperio de la obediencia,
el dictamen de las buenas intenciones. Y entonces las personas de bien,
pudieron, por fin, respirar tranquilos en los salones, en los templos de culto,
en los cuarteles.
Los fugitivos llegaban un año y medio tarde, y eso era mucho tiempo, para una
causa urgente como la anarquista. Salvaron la vida, por cierto; pero cayeron
directo a una tierra apagada para la revolución. Para el gallego Soto, comenzó
otra historia. Tuvo que permanecer oculto, luego salir de polizón hacia el norte
de Chile. Él quería regresarse cuanto antes a las llanuras de Santa Cruz. Quería
continuar la batalla, tal como aquella tarde del 7 de diciembre fatídico, cuando
le clamaba a sus compañeros que se fueran con él a los montes, y desde allí
continuar con su guerra proletaria. No sabía bien si de guerrillas o de qué
tipo, pero seguir en la contienda, como hombre bravío que era. Se quedó sin
regresar, hasta diez años después, y eso ya eran siglos. Volvió a la provincia
de Santa Cruz, que una vez fue su suya - es un decir- fue su propio y humilde
Palacio de Invierno. Pero llegó a otra historia, a otro tiempo. No le
reconocieron. Fue negado cien veces. No había memoria entre su gente, solo había
miedo en grandes cantidades.
Ahora, escribo esto a unos cuantos años de que se cumplan un siglo de ocurridos
los hechos. Un poco más de veinte años, y veinte años no es nada. Confieso que
lo hago con la displicencia que da el tiempo transcurrido. Aún así ajusto mi
sombra a este fragmento de historia de la Patagonia. Lo hago porque siento que
se trata de un episodio trunco, inacabado. Quizás como lo son todos los
episodios que protagonizan los hombres. Sólo a los dioses les son destinadas, en
las escrituras, escenas resueltas de verdad, porque se imaginan eternas. Sin
embargo, en nada cuenta que a mí los dioses me parezcan absurdos, porque en la
historia de la muerte son imbatibles. Más sigo el hilo de este breve episodio
patagónico, porque me atañe directamente. Después de todo, he nacido aquí, en el
confín de la Tierra, donde tuvieron lugar estos hechos. Le podría dar, con
cierta ayuda, un orden cronológico bastante exacto, establecer una secuencia,
pormenorizar a diestra y siniestra, pero me seguiría pareciendo que le falta
algo; no sé, tal como decía Goethe acerca de la historia de Napoleón, y uso
estas palabras sólo como referencia; sentimos como si debiera haber en ella algo
más, pero no sabemos qué. Fin de la cita. Y es tal cual con respecto a este
jirón de tiempo, al derrotero de este hombre indócil, que vio un día arder todo
el mundo a su alrededor. La historia de Antonio Soto Canalejo se me antoja
inconclusa para él y para todos los que intentaron llegar al paraíso en la
tierra, declarando la huelga general y a lomos de caballos. Quizás faltó en la
Patagonia de aquellos hombres algo de ferocidad insurrecta, de instinto
homicida, de esa transmutación cruenta que hace a los hombres pasar de víctimas
a victimarios. No sabría decirlo. Ahora todo sería conjeturas, cálculo de
probabilidades, estrategias de salón. No pienso caer en esa impudicia. Sólo me
resta afirmar, y corro el riesgo de la aventura, que cuando Antonio Soto
Canalejo y sus compañeros llegaron al territorio de Magallanes, con toda su
bravura a cuestas, en este rincón austral, la siempre frágil llama de la
rebeldía popular ya estaba apagada por completo, ya había caído en la cuenta del
miedo pánico, ya la Idea de los anarquistas estaba sepultada bajo siete palmos
de olvido puro; es decir, tierra muerta; y que desde entonces, en Magallanes, o
más preciso que eso aún, en la Patagonia, la domesticación de los hombres, hasta
nuestros días, es un hecho objetivo. Desde entonces, salvo las excepciones de
rigor, mansedumbre, obediencia ciega, mirada ovejuna. Basta con decir que el
mismo Antonio Soto Canalejo dejó sus huesos en la ciudad de Punta Arenas, no sin
antes convertirse, con los años, en un ciudadano correcto, con nombre y
domicilio conocidos, en un padre de familia ejemplar. Nada que agregar.
*El Ferrol, la misma localidad española en la que nació, en 1892, alguien a
quien, Soto Canalejo habría conocido en sus años de infancia: Francisco Franco.
Fuente:
http://lavquen.tripod.cl
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