La Patagonia rebelde o la Patagonia trágica es un evento protagonizado por los habitantes y sindicalistas en rebelión de la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia Argentina y que fueron reprimidos por el Ejército Argentino en el año 1922. Alrededor de 1500 obreros y huelguistas resultaron muertos.

NOTAS EN ESTA SECCION
Génesis, desaparición y regreso de una película, por Osvaldo Bayer
Osvaldo Bayer. La Patagonia Rebelde. La escritura de la memoria, Rossana Nofal  |  La Patagonia Rebelde, Verónica Johana Farjat
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Nota sobre el rodaje de la película en Diario El Mundo, 31/01/74
 

Génesis, desaparición y regreso de una película

Justo en 1974 todos aquellos que hicimos La Patagonia Rebelde nos ocupábamos todo el día en hacer posible su exhibición. El film estaba listo pero no podía estrenarse por cuestiones de censura. Juan Domingo Perón era el presidente y todo se había ido corriendo hacia la derecha desde los tiempos de Cámpora. Antes, en el Ente (censura) estaba Octavio Getino y él aprobó el guión sin ningún problema, igual que Mario Sofficci, el talentoso y bonachón director de cine, que presidía el Instituto Nacional de Cinematografía y que no encontró ningún inconveniente en entregar el préstamo a este film histórico. Al contrario, lo hizo con alegría. Pero, ese paraíso de la cultura que fue el gobierno de Cámpora apenas duró cuarenta y dos días y fue reemplazado por el yerno de López Rega, Raúl Lastiri, por orden de Perón.

Yo lo conocía bien a Lastiri. En mis tiempos de estudiante me ganaba la vida como bañero en la piscina del Club de Comunicaciones, en Núnez, en las vacaciones de verano. Y todas las tardes, sin falta, entraba al club este caballero vestido de impecable traje azul marino, camisa de cuello duro y llamativa corbata; se dirigía hacia la piscina y me hacía siempre la misma pregunta: "Y pibe, ¿cómo están las minas?". Ese señor, que me parecía un tanto ridículo con su atuendo poco deportivo, llegó a ser presidente de la Nación. Lastiri, en aquel tiempo -a fines de los '40-, era secretario privado del presidente del club. Un empleo tal vez inventado para darle sostén a este personaje que tenía un no sé qué de cafiolo porteño. Pero mi mente adolescente, a pesar de sueños y fantasías, no imaginó nunca, que este señor de diaria pregunta lasciva iba a regir "los destinos del país", y también el mío, en 1973.

Porque este señor Lastiri -ya presidente- aprobó un decreto por el cual se prohibía mi primer libro, Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia (y por supuesto no sólo el mío, sino una larga lista). Empezaba mal el gobierno peronista. Recuerdo mi sentimiento de impotencia ante el acto degradante para la cultura de un palurdo así que había irrumpido en el escenario político levantado por el dedo del General. Un año después, ya con el General en el poder, nuevamente esa sensación de impotencia. Esta vez todo fue más refinado, lo que pasó con el film La Patagonia Rebelde. Se anunció con grandes avisos en los diarios del país para estrenarla el 2 de abril de 1974. Pero el Ente no es que la haya prohibido, sino que no la calificó, y sin calificación no se podía dar. El representante del Ministerio de Defensa se había mostrado en contra de la exhibición. De manera que el film se encontró en una situación ambigua: ni estaba permitido ni estaba prohibido.


La Patagonia rebelde, película completa

Pero los problemas habían comenzado antes. durante la filmación, en la Patagonia, las noticias que se recibían eran inquietantes. El 22 de enero, cuando estábamos filmando en Puerto Deseado, supimos que Perón había destituido al gobernador de Buenos Aires -Oscar Bidegain, de la izquierda de su partido- y lo había reemplazado por Victorio Calabró, un integrante de la derecha y de la burocracia sindical. Y el 8 de febrero se había producido un episodio, tal vez pequeño en el ámbito político, pero muy significativo, ya que mostraba a Perón decidido a todo en su lucha contra la izquierda. En una conferencia de prensa realizada en Olivos, la periodista Ana Guzzetti, de El Mundo, le pregunta a Perón: "Señor Presidente, cuando usted tuvo la primera conferencia de prensa le pregunté qué medidas iba a tomar el gobierno para parar la escalada de atentados fascistas que sufrían los militantes populares. En el término de dos semanas hubo exactamente veinticinco unidades básicas voladas, que no pertenecen precisamente a la ultraizquierda; hubo doce militantes muertos y ayer se descubrió el asesinato de un fotógrafo. Evidentemente todo está hecho por grupos parapoliciales de ultraderecha". Perón, fuera de sí, le respondió: "¿Usted se hace responsable de lo que dice? Eso de parapoliciales lo tiene que probar". Y se dirigió al edecán aeronáutico y le indicó: "Tome los datos necesarios para que el Ministerio de Justicia inicie la causa contra esta señorita". La joven le informó a Perón: "Le aclaro que soy militante del movimiento peronista desde hace trece años". Perón le contestó: "Hombre, lo disimula muy bien".

Nos imaginamos lo que le habría ocurrido a otro presidente que hubiera hecho tal gesto de amedrentamiento contra el periodismo. Pero Perón podía permitirse una cosa así. Este episodio nos hizo ver que todo el escenario represivo aumentaba y paulatinamente se iba trasladando, como siempre sucede, a la cultura, y hasta a la vida íntima del pueblo. Por ejemplo, el decreto de Perón de fines de febrero que controlaba la comercialización de anticonceptivos. Se establecía que sólo podían ser vendidos con receta y éstas debían estar en triplicado. Una medida que se explicaba solamente por la injerencia de la Iglesia. Era un intento de represión de la vida sexual, sin ninguna duda, a pesar de que se explicaba que "una disposición tendiente a aumentar la natalidad como forma de alcanzar la meta de 50 milloones de habitantes para el año dos mil". Si no se permitían condones menos se iba a permitir un film que denunciara una escondida masacre patagónica ocurrida hace medio siglo.

Cuando terminamos de filmar exteriores y vinimos a Buenos Aires para interiores, se produjo algo tan insólito que cuesta creerlo. El "navarrazo". Se levantó el jefe de policía de Córdoba Antonio Navarro y con una docena de milicos volteó al gobernador Ricardo Obregón Cano y al vicegobernador Atilio López; éste un gremialista combativo. Los dos pertenecían a la izquierda del peronismo. Perón dejó de hacer maniobra e intervino la provincia en vez de defender al legítimo gobernador. El ritmo de la filmación fue acelerado mucho más con todo el apoyo de los actores y de todo el personal técnico, aunque algunos de nosotros ya no creíamos en un buen final, pero por eso mismo aumentaba la porfía. Ya la primera advertencia que debíamos darnos prisa nos la había hecho el gobernador de Santa Cruz, don Jorge Cepernic. A él yo lo había conocido años antes durante la investigación de las huelgas del '21. Era hijo de un trabajador rural que había participado en la huelga y mucho me ayudó a encontrar testigos de la época y en situar tumbas masivas. En aquel tiempo -estoy hablando del '69/'70-, él era uno de los pocos justicialistas que hacía fe de su ideología partidaria abiertamente. Ese riesgo y ese jugarse le abrió camino para posteriormente ser el candidato a gobernador indiscutible de ese partido en 1973. Y por supuesto, fue electo gobernador. Cuando supo de nuestros planes de llevar al film aquella investigación histórica, desde la gobernación nos dio pleno apoyo y ayuda. Por eso él se sentía muy responsable y preveía dificultades dado el enrarecimiento político de aquellas últimas semanas. Y en ese enero de 1974, se vino desde Río Gallegos hasta una estancia -a cuarenta kilómetros- donde estábamos filmando la escena del fusilamiento del líder obrero Outerello (que hizo ese gran actor que se llamó Osvaldo Terranova). Desde una loma vimos venir al gobernador, que se había bajado del auto y se aproximaba subiendo el desnivel. Me llevó a un aparte y me dijo: "Acabo de recibir un telegrama del Ministerio del Interior inquiriéndome quien dio el permiso para filmar en Santa Cruz La Patagonia rebelde. Se ve que en el gobierno hay fuerzas que se oponen. Voy a hacer como que no he recibido nada. Lo único que le pido es que traten de acelerar la filmación todo lo posible. Deseo fervientemente que la película pueda terminarse".


 
Auge y caída del yrigoyenismo (Parte1)

 
Auge y caída del yrigoyenismo (Parte2)


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Osvaldo Bayer, La Patagonia rebelde. La escritura de la memoria

Por Rossana Nofal. Universidad Nacional de Tucumán

Es importante reconocer como escritura testimonial al texto La Patagonia rebelde de Osvaldo Bayer, libro a veces olvidado en la lista de clásicos del género en la Argentina. El proyecto escriturario del autor es el de construir una historia general y no oficial de los hechos. Apela al testimonio y a la historia oral; en su escritura conviven en tensión las evidencias documentales y sus interpretaciones sobre los acontecimientos.

La escritura testimonial nunca es apócrifa; está autorizada por el "prestigio" de instituciones letradas que lo incluyen en sus corpus de trabajo y por una "traducción técnica" de la voz del otro. El transcriptor construye un efecto de oralidad que facilita la transmisión del documento. Busca recuperar la experiencia colectiva de los hechos históricos, documentando la verdad no oficial con documentos oficiales.


De "Marchas y Canciones de las luchas de los obreros anarquistas argentinos (1904-1936)" Voz: Hector Alterio. Guión: Osvaldo Bayer

El testimonio, como género, se incluye en una tradición que deja de lado la creencia de que es posible el testimonio objetivo y que éste puede garantizar la verdad en la medida en que es auténtico. La escritura testimonial, como gesto, ocupa el espacio de la memoria que ha sido vedada por la historia oficial. Emplea el testimonio de los testigos, para borrar de la escritura la huella de la mentira y se erige contra el saber absoluto acerca de los acontecimientos. La escritura testimonial es un espacio tenso en el que narradores y narrados, desde posiciones desiguales, negocian un relato. Contrapone distintas voces en una escritura; esto implica una transformación radical de la idea de verdad, y es aquí donde se encuentran los elementos que constituyen la identidad del género.

El libro de Osvaldo Bayer, La Patagonia rebelde, Tomo III: Humillados y ofendidos,1 se inaugura con una advertencia del editor que califica a la obra como "historia de nunca acabar" La investigación histórica del autor se define como un proceso continuo. La palabra fin nunca puede ser escrita en el texto. La voz de los testigos sigue en las cintas grabadas; los relatos de los sobrevivientes no pueden concluir porque la verdad no puede callarse. El autor intenta una poética de la presencia, un espacio textual que sea capaz de seguir cada una de las huellas del relato de la muerte.

La tensión entre buenos y malos articula el relato. Héroes y villanos protagonizan la historia. Bayer focaliza cada uno de los personajes y los presenta como actores de un drama. Pero la masacre ha concluído; hay zonas del relato de la historia que han sido clausuradas por el autor. Comienza una época distinta en Santa Cruz. Se inaugura el tiempo de la revisión de las consecuencias de la represión. Se han terminado los enfrentamientos, las huelgas, las asambleas, los volantes y las banderas rojas.

El libro estará centrado en la interpretación de las acciones de Varela, en la evaluación de sus actuaciones militares y en la justificación de la venganza de los anarquistas. La campaña de Varela ha clausurado la violencia de la agitación obrera y ha "pacificado" el territorio a fuerza "de máuser y sangre". Bayer evalúa los resultados de los tres grupos que había presentado como actores de la tragedia patagónica. Sólo quedan dos; los obreros han sido totalmente eliminados.

Los hombres fusilados han sido las víctimas propiciatorias de la pacificación del territorio. En atroz simetría se presentan en el texto de Bayer los militares y los radicales, son dobles antitéticos en lo ideológico pero similares por su actitud frente al grupo social de los obreros. Bayer condena la actitud ambigua de los radicales frente a la orden de la represión. Los condena por esa ambivalencia de entre la cercanía y el alejamiento. Frente a la violencia el autor justificará la necesidad de una venganza. Los crímenes posteriores se determinan por la necesidad de venganza de los anarquistas. La escritura de Bayer es también una venganza. Sus palabras de denuncia de la muerte son similares a las armas anarquistas. Los cuerpos ausentes de los obreros, "borrados del mapa" por los militares, se hacen presentes en una escritura que busca cambiar la ausencia de la muerte por la presencia de las voces de los cuerpos.

Por eso, los insólitos acontecimientos que se habían desarrollado entre tres partidos: los poderosos, los obreros, y los radicales yrigoyenistas haciendo equilibrio, quedaban reducidos de pronto a dos sectores: los radicales y los hombres de la Sociedad Rural. El proletariado organizado, con sus entidades anarquistas, había sido borrado del mapa. (La patagonia..., 11)

La ley y las instituciones se ausentan del escenario histórico. Bayer cuestiona no sólo la explicación del presidente sino el papel del radicalismo. La hipótesis es que Yrigoyen no quería mezclar el poder político con la represión y por eso deja todas las decisiones en manos de Varela. Hay una figura y un orden ausente que se completa con la violencia de las armas. El autor cuestiona esta explicación de los hechos en la que la falta de las órdenes explícitas desencadena los hechos sangrientos.

Es interesante revisar los documentos de la historia militar acerca de la responsabilidad de Varela en los fusilamientos. Al respecto, el coronel Orlando Mario Punzi en su texto La tragedia patagónica. Historia de un ensayo anarquista,2 señala,

¿Cuál es su objetivo, fundamental sin duda, puesto que cumple órdenes directas del Presidente de la Nación, Comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, sin intervención de sus superiores inmediatos: de la brigada, de la división o del ministro del ramo?. Todo lo que Varela trae en tal sentido le viene de labios del primer mandatario, que en trece palabras le sintetiza la misión: "Vaya Teniente Coronel; vea bien lo que ocurre, y cumpla con su deber." Y nada más.3

La ausencia de órdenes legitima las acciones de Varela; la ambigüedad de la frase autoriza las acciones iniciadas en el sur. Bayer analiza la falta de la figura de Yrigoyen en la denuncia sobre la represión. El propósito central de su argumentación es trazar un paralelismo entre dos momentos históricos y entre dos presidentes: Yrigoyen y Alfonsín. El momento histórico de la tragedia representada en el texto (1921) y el momento de la circulación del mismo (1983) se unen con la intención de buscar las claves que expliquen la violencia fundacional de la modernidad de la patria. Los gobiernos radicales son los personajes antagónicos del discurso de Bayer; es contra ellos que se inscribe el relato.

En tanto enunciación política, la escritura como denuncia de Bayer es una réplica a la vez que supone o anticipa una polémica. Como lo señala Eliseo Verón, el discurso político está habitado por un otro negativo.4 El campo discursivo de lo político implica enfrentamiento, relación con un enemigo, lucha entre enunciadores. Verón ha trabajado en este sentido, la dimensión polémica del discurso político. La enunciación política es, desde su punto de vista, la construcción de un adversario. El adversario está excluído del "nosotros" y su discurso se define por la inversión de las creencias del "nosotros".

 

El gobierno radical es, por lo tanto, el contradestinatario5 y el adversario político del discurso del Bayer. Este colectivo es el antagonista de su discurso y de su construcción como la voz que enuncia "la verdad" de la historia. Los radicales están exluídos del "nosotros" que se define como: obreros patagónicos, intelectuales solidarios con su causa y anarquistas. "Nosotros" es la voz y la escritura de la verdad que se defiende del silencio con el cuerpo.

Es en la segunda guerra donde todo se trastoca, donde se cae la estantería al gobierno radical. Ante la nueva huelga —indudablemente más pacífica que la primera y mejor organizada, más general— se ordena la represión. Pero no el fusilamiento de los estancieros que no cumplían el convenio, sino de los obreros que exigían el cumplimiento de ese convenio. Claro que para ser neutrales desde el punto de vista histórico no podemos esperar que el gobierno radical fuera a ordenar que se fusilaran estancieros. Porque no era un gobierno obrero. Desde el punto de vista histórico los únicos equivocados fueron los obreros por haber iniciado la segunda huelga sin apoyo ni solidaridad de las centrales obreras de Buenos Aires y no haber negociado antes con el gobierno radical la probable salida de un movimiento de esa envergadura. Los obreros patagónicos se levantaron solamente porque tienen razón. Es la típica reacción anarquista. Desconocen lo más elemental de la política burguesa. Para triunfar no sólo hay que tener razón. (La Patagonia..., 21)

Para triunfar se necesita la violencia de las armas. La verdad de los militares se enfrenta con los cuerpos y con la sangre de los obreros de la Patagonia. Los discursos contrapuestos no pueden dialogar, no pueden escucharse; el Uno debe aniquilar al otro; los extranjeros deben silenciar su grito y su denuncia. La voz del autor cuestiona a los obreros que confiaron en el ejército y en los radicales. La barbarie de la represión desconoce la razón de las palabras.

Para el narrador del drama patagónico, los personajes más coherentes con sus propósitos son los estancieros. A partir de estrategias e intereses claros manejan los cuerpos y las palabras de los otros a su conveniencia. A diferencia de los obreros, la Liga Patriótica Argentina contaba con los contactos y el apoyo de Buenos Aires para defender sus intereses. Otra tensión que atraviesa el texto es la distancia entre Buenos Aires y el sur. El centro del país y sus instituciones aparecen de espaldas a la Patagonia. Bayer también acusa a las centrales obreras de la capital su silenciamiento frente a los movimientos en el sur.

El relato histórico desmitifica la diferencia entre los actores antagonistas de la tragedia. La oposición entre razón gubernamental y la barbarie de los militares que reprimen no existe en el texto de Bayer. Varela, de alguna manera "el doble monstruoso" de Yrigoyen, es uno de los represores y todos a la vez. La acción violenta del 10 de Caballería es la máscara inseparable del gobierno irigoyenista.

Bayer demuestra que el juego de la violencia en el país no se detiene en la década del veinte. La escritura de la tragedia demuestra que la muerte sobre "los revoltosos" sólo retrocede en algunos momentos históricos. Nunca se detiene en la cultura argentina la voluntad de excluir a "lo diferente", a lo vario, a lo distinto. Esta actitud se enmascara nuevamente a lo largo de la historia en otras represalias, en otros castigos y en otras venganzas. El pasado revela las claves para comprender el presente. Los culpables de los fusilamientos de la Patagonia apelan por primera vez al Artículo 34 del Código Penal para justificar sus acciones.

Fíjese el lector que varias décadas antes, el asesino Valenciano recurrió al subterfugio de ‘obediencia debida’, lo mismo al que recurrió el presidente Alfonsín para librar de culpa y cargo a los autores materiales de las torturas, secuestros y asesinatos de la dictadura militar de 1976 a 1983. Obediencia debida se convirtió en ley por el voto de las bancadas radicales de diputados y senadores. (La Patagonia..., 227)

El autor revisa las distintas hipótesis acerca de los fusilamientos. Todos aquellos que tratan de justificar a Varela —principalmente en los ambientes militares— hablan de las órdenes que cumplió. En Buenos Aires, los estancieros hacen circular la leyenda que fundan en el imaginario6 la creencia de que los obreros degüellan a niños y violan ancianas. Ante semejante anuncio, Yrigoyen determina que hay que terminar con los movimientos huelgísticos anárquicos en la Patagonia. Le da a Varela la orden de reprimir a hombres que no merecen ser considerados ciudadanos.

"Extranjeros", "anarquistas", "forajidos", "bandoleros", "insurrectos" son los calificativos que señalan a los huelguistas como sujetos sin patria. Dentro de las fronteras territoriales, los obreros son despojados del espacio que ocupan. Los individuos que se pliegan a la huelga y al movimiento contra los intereses de los estancieros, "mueren" primeros como ciudadanos. Pocos días antes, en Buenos Aires, había sido vetada la ley de pena de muerte. En el sur, lejos del lugar de la ley para los ciudadanos, Varela tiene la facultad y el poder para decidir la muerte de los obreros huelguistas.

Bayer construye un contradiscurso a la tesis de José María Borrero. El autor de La Patagonia trágica,7 fantasma textual en el texto de Bayer, niega toda responsabilidad en las muertes al teniente coronel Varela y al presidente Yrigoyen. Asegura Borrero que el verdadero autor de la matanza es el gerente de la Sociedad Rural, Edelmiro Correa Falcón, gobernador de Río Gallegos y enemigo personal del escritor.

"La Patagonia rebelde", en DVD: una reedición incluye declaraciones de Néstor Kirchner y Osvaldo Bayer


La nueva edición de la película (2007), realizada por Héctor Olivera en 1973, contiene escenas que antes fueron censuradas. Además de la palabra del Presidente, que actuó como extra en el filme, y del autor del libro en el que se basa la obra, se suman los testimonios de sus protagonistas: Pepe Soriano y Luis Brandoni.

"La Patagonia rebelde", clásico del cine argentino dirigido por Héctor Olivera, será reeditado en DVD con la inclusión de escenas censuradas. Además, se sumarán las declaraciones del presidente Néstor Kirchner, que actuó como extra en el rodaje del filme que se realizó en 1973 en Santa Cruz, y de Osvaldo Bayer, autor del libro en que se basó el filme.

Las frases del primer mandatario incorporadas en el DVD corresponden a declaraciones acerca de su participación en la película. Fueron recogidas en el acto de homenaje realizado el 13 de junio de 2004, cuando se cumplieron 30 años del estreno.

"Entre los agregados -comentó Olivera- hay un reportaje al ex gobernador Jorge Cepernic, al que sus captores en tiempos de la dictadura militar le dijeron que su detención obedecía a haber apoyado la filmación de la película". También se incluirán declaraciones de Pepe Soriano y Luis Brandoni, dos los principales intérpretes de la obra.

Otra novedad que contendrá la edición será la incorporación de documentos vinculados a la temática histórica del largometraje, que estuvo en cartel sólo algunas semanas, hasta comienzos de julio del 74. Luego fue levantado, pese al éxito de taquilla, y recién pudo ser reestrenada una década después, con el regreso de la institucionalidad democrática.

La noticia de la reedición de la película comenzó a circular la última semana, cuando Olivera estuvo en la Patagonia participando en la inauguración del monumento al español José Font, más conocido por su apodo de Facón Grande, a quien el cineasta considera "el primer mártir entre los líderes de los gremialistas rurales". También allí, el realizador trabajó en el avistamiento de locaciones para "La bandolera inglesa", su nuevo filme, que contará la historia de Elena Greenhill, la asaltante británica que asoló el sur argentino a principios del siglo XX.

Fuente: Télam, 18/07/07

Bayer discute esta hipótesis y se opone constantemente a aceptarla como la verdadera interpretación de los hechos. El autor de La Patagonia rebelde introduce en su texto la lógica de Borrero para explicar las acciones militares. A esa lógica de la incertidumbre, el autor opone la evidencia documental acerca de los hechos; deja de lado la interpretación de Borrero por considerarla "sin rigor histórico". Niega cualquier espacio para la mentira; desde el prólogo, en que plantea el texto como una investigación objetiva basada en material de entrevistas y documentos avalados por la escritura, evita referirse como un yo escritor.

Bayer es el historiador y el investigador de los hechos, no es un simple redactor de imágenes y anécdotas. En la escritura construye una polémica oculta en la que cada una de sus palabras reacciona contra la palabra de los "radicales" que están "allá", en Buenos Aires, lejos de la "tierra maldita"8 de la Patagonia.

Borrero apenas menciona la matanza. Simula una historia periodística, un informe objetivo y lineal de los sucesos y sus antecedentes; expone su tesis escuetamente sin ninguna documentación; reproduce informaciones y fotos periodísticas, fechando los hechos como lo haría un diario. El suspenso sobre la historia que está por escribirse organiza y sostiene el texto que se demora en el espacio de los personajes de la tragedia y no en la tragedia misma.

En breve aparecerá la segunda obra titulada: ORGIA DE SANGRE en la que tras una descripción detallada de los movimientos obreros ocurridos en la Patagonia y terminados con las horrorosas matanzas de 1921, se deslindarán responsabilidades, señalando con pruebas indubitables a los verdaderos autores morales y materiales de tales matanzas, quienes con fines inconfesables ponen todo su empeño en arrojar sombras siniestras sobre un inminente y austero ex mandatario de la nación y sobre la memoria de un pundonoroso militar argentino, primera víctima propiciatoria de los sucesos de Santa Cruz, cuya memoria se hace de todo punto preciso reivindicar, cumpliendo el deber fundamental de establecer la verdad histórica.9

En La Patagonia rebelde toda la historia se vuelve a narrar. El autor se propone un proyecto distinto y lleva a la escena histórica a todos los personajes de la tragedia; enfrenta y entrecruza sus voces. El texto se escribe con la verdad de los datos documentales; el rigor histórico aparece totalmente alejado de la ficción. Al comentar el final de la escritura de Borrero, Bayer anota:

De más está decir que el ‘inminente y austero ex mandatario de la Nación’ es Hipólito Yrigoyen, y el ‘pundoroso militar argentino’ es el teniente coronel Varela. Téngase en cuenta que La Patagonia trágica apareció durante la presidencia de Alvear (pocos meses antes de las elecciones en las que iba a ser consagrado Yrigoyen por segunda vez) y cuando ya Varela había sido muerto por el alemán Kurt Wilckens frente a los cuarteles de Palermo. (La Patagonia..., 15)

Bayer edifica un sentido diferente para contestar a los argumentos de su contrincante. Parte de un material histórico ya conocido y crea un orden nuevo para esos datos. El material de archivos no dice nada nuevo; es el mismo que usaron los antiguos cronistas de los hechos, la diferencia está en la interpretación de los sucesos. Es interesante revisar los distintos lugares desde los que Borrero y Bayer enuncian su relato sobre los hechos. Borrero, autor del libro deshilvanado, sombrío, agresivo e inverosímil, que se titula La Patagonia trágica,10 se define a si mismo como "el cronista" de los hechos.

He aquí la situación, que al cronista se le plantea en el momento de terminar el relato y comprobación del más estupendo caso de piratería terrestre, que registran los anales de la historia argentina. (La Patagonia trágica, 165 Las negritas me pertenecen)

El autor de la escritura simula una identidad falsa e inventa un personaje que pueda apropiarse de su voz y disimular su identidad. El autor del relato es "un periodista anónimo de Buenos Aires" que recorrió de incógnito en territorio de Santa Cruz durante 1924 recogiendo relatos parciales y episódicos sobre "los crímenes atroces, que en esos lugares se decían cometidos".11

Para no incurrir en repeticiones, dejamos la palabra al periodista anónimo, a quien tantas veces hemos nombrado. Todo lo que él dice, todo lo que él habla, es la fiel expresión de la verdad, es la realidad misma, que aún cabe comprobarse en conjunto y en detalle, pudiendo hacerse la sola aclaración de que cuanto él aplica a la firma ‘Menéndez Behety’ debe extenderse a todos los latifundistas de la región. (La Patagonia trágica, 204)

Las únicas dignas

"... Cumplida la carnicería, el paternal Varela consideró pertinente, para solaz y esparcimiento de sus subordinados, enviarlos de visita a los prostíbulos de la zona. Paulina Rovira, encargada de la casa de tolerancia "La Catalana" en San Julián recibe el aviso. Pero, las cinco pupilas del establecimiento se le rebelan. Llegada la tropa, las mujeres esgrimen palos y escobas y al grito de: "¡Asesinos. Cabrones. No nos acostamos con asesinos!" rechazan a los soldados. Van presas. Son las únicas voces de repudio en medio del silencio de la sociedad cómplice. Temiendo que el episodio se difundiera se las deja en libertad... total ... era la opinión de cinco pobres mujeres..."
Sus nombres: Consuelo García, Ángela Fortunato, Amalia Rodríguez, María Juliache y Maud Foster.
(De "La Patagonia Rebelde" de Osvaldo Bayer)

La crónica se remonta al siglo pasado tratando de buscar las claves que expliquen el asesinato de 1500 obreros en la estancia Santa Anita. Borrero señala como un hecho anterior a la matanza de los obreros, el exterminio indígena del siglo XIX. Documenta con fotografías la caza del indio y denuncia el hecho calificándolo como "uno de los genocidios más espeluznantes que se conocen".12 Los responsables del hecho son los latifundistas, "verdaderos señores de horca y cuchillo".13 Necesitaban apropiarse de las tierras fiscales para el contrabando de ganado. Los indios y los obreros son víctimas de los mismos intereses. Borrero dedica el libro "A los poderes públicos argentinos":

En demanda de justicia por los crímenes de lesa humanidad, que se han cometido y siguen todavía cometiéndose en los territorios del Sur, donde el sentimiento de la nacionalidad y el concepto de Patria, son considerados como un verdadero mito por parte de los latifundistas detentadores de la tierra pública, plutócratas patagónicos, que han amasado sus fabulosas fortunas con sangre de indios y cristianos y con lágrimas de huérfanos y viudas. (La Patagonia trágica, 18)

Borrero contruye su libro con estrategias similares a las que Bayer empleará para su escritura de la historia. La estrategia de ambos es la de volver atrás en el tiempo para buscar las claves que expliquen la violencia del presente. Al igual que Bayer, Borrero documenta su texto con citas de los diarios de la época y con material fotográfico de los actores principales de la tragedia. Incluye fotos de los tehuelches y los onas, víctimas de los latifundistas, fotos de cazadores de indios, y una foto de Correa Falcón, principal acusado en la matanza de los obreros.

En la producción testimonial, Bayer apela al uso de los medios de reproducción y a las técnica periodísticas. Incluye reportajes, fotografías, transcripción de documentos y una organización del material que siempre elude mostrar su carácter de construcción. La escritura y el montaje de elementos disímiles borra la evidencia de que los relatos son, en todos los casos, una versión de los hechos que llega al lector reconstruida por la experiencia de los protagonistas y por una particular focalización del comentador del material.

Bayer incluye colecciones de fotos en cada uno de los tomos sobre la tragedia patagónica. En la escritura hay una imperiosa necesidad de volver a nombrar a las víctimas en listas interminables; y pensarlos en las fotos como seres vivos. La inscripción de la imagen es la individualización y la encarnación de la identidad en una copia iconográfica del cuerpo, del rostro, y de la expresión. Juega con la mezcla de categorías. Lo público y lo privado se fusionan en un espacio no diferenciado donde se unen la imagen y el silencio de los que no tienen nombre con la verdad de los hablan sobre los hechos. Las fotos de escenas familiares alternan con las fotos de las fábricas, de las cárceles, de los soldados, de los muertos.

Las fotos de los militares que participaron en la lucha contrasta con la foto de una cruz en la tumba de los peones huelguistas fusilados en la Estancia San José. Bayer transcribe la dramática inscripción de la cruz "A los caídos por la livertá, 1921". La imagen trata de mostrar al obrero muerto como a un ciudadano común. La figura ausente deja de ser anónima al incluir su nombre en un libro que contesta a la historia oficial; el obrero deja de ser una persona anónima, al encarnar su rostro en esas imágenes fotográficas.

Borrero y Bayer apelan a la cita de artículos periodísticos, aunque el manejo discursivo del material es distinto en cada caso. Bayer traspone los recortes para alejar su presencia de la escritura y simular un espacio para el díalogo entre distintas versiones de los hechos; generalmente discute con las versiones oficiales de los diarios y acerca su enunciado al de los periódicos anarquistas. El autor actúa como mediador entre los hombres privados del derecho a usar su voz y la escritura. Las citas son un espacio de encuentro entre el diario oficial y los panfletos obreros, las hojas volantes de la prensa anarquista, las hojas sueltas y arrancadas de alguna libreta de almacén.

Borrero es el autor de los recortes que incorpora a su relato. La historia le permite compilar la incesante masa de cosas escritas en los diarios patagónicos. El autor sólo organiza el material periodístico. Se cita, se oculta; el narrador se pretende "objetivo" y "distanciado" de los hechos que narra. A pesar del alejamiento, el centro autorial no borra su marca, nunca se oculta. El montaje y la selección de sus textos no articula espacios de diferencia con respecto a su voz. La escritura revela una peculiar fusión entre narrador textual y autor real de las citas. Su voz y su perspectiva sobre los hechos implican siempre la construcción del monologismo que caracteriza a su relato. Sobre la inclusión del material periodístico afirma Borrero:

Buscando huellas en la ruta patagónica

Con 80 años recién cumplidos Osvaldo Bayer volvió a los sitios de los fusilamientos del ’21.

El escritor recorrió Comodoro Rivadavia, Jaramillo, Piedra Buena, Río Gallegos, Calafate y San Julián.

Por Mariano Blejman

"A los caídos por la liverta", decía la única cruz que quedaba en una fosa común patagónica donde se enterró a un centenar de obreros patagónicos fusilados en 1921, durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen por el teniente coronel Varela, con la anuencia de los estancieros británicos. El escritor y periodista Osvaldo Bayer encontró esa cruz hace ya tres décadas, pero sigue recordando la frase cada vez que puede como esas marcas indelebles de la historia que, al fin y al cabo, terminaría convirtiéndose en su propia cruz (mal que le pese a este hombre agnóstico). Es una frase que le gusta repetir: cruz, justamente ésta, la que se llevaron de recordatorio a Jaramillo, cuenta Bayer, otro de los pueblos del sur argentino que vivieron en carne propia las huelgas patagónicas que dieron pie a la sólida obra de Bayer sobre la Patagonia Trágica. Y ahora vuelve al lugar, con 80 años recién cumplidos, como protagonista del documental La vuelta de Osvaldo Bayer (que emitirá Canal 7 hoy a las 22 como parte del ciclo Ficciones de lo real) y propone dejar una réplica de esa cruz en uno de los lugares del hecho.

Pero lo de la cruz y su recuerdo es apenas una anécdota. Los datos fríos hablan de 1500 peones rurales fusilados por las fuerzas del gobierno de Yrigoyen y el estímulo de los estancieros ingleses (acostumbrados al fin y al cabo a tratar como esclavos a sus empleados) para aplicar la ley marcial contra los

insubordinados, mayoritariamente anarquistas. Y la presencia de un hombre capaz de cambiar la historia convierte el viaje en una potente cuatro por cuatro en una postal de la coherencia y la perseverancia. La propuesta fue realizar junto a Bayer un recorrido profundo por aquellos lugares que él había comenzado a recorrer en 1968, cuando todavía vivían varios testigos de la matanza de obreros patagónicos que luchaban por mejores condiciones laborales.

En noviembre de 2006, Bayer recorrió Comodoro Rivadavia, Jaramillo, Piedra Buena, Río Gallegos, Calafate y San Julián; y visitó –junto al doctor Suárez Samper, médico y estanciero, que ayudó a Bayer con su investigación– los archivos gráficos, sonoros y de imagen, tanto públicos como privados, relatando para la cámara su versión en los escenarios donde sucedieron los hechos. Además de los antecedentes históricos, Bayer cuenta en la filmación anécdotas de la investigación y también del rodaje de la película La Patagonia rebelde, filmada en el ’73 y el ’74 por Héctor Olivera y estrenada en 1974, mientras Perón todavía ejercía su tercera presidencia. Entrevista también al ex gobernador de la provincia Jorge Cepernic, que ayudó a la filmación de la película, a pesar de recibir presiones de las Fuerzas Armadas para que no se siguiera rodando, y que luego estaría preso ocho años, la mayoría durante la última dictadura militar. Como es sabido, Bayer tuvo que exiliarse en Alemania.

La tenacidad del escritor ha dado sus frutos. Como producto de la investigación de Bayer hay un monumento a José Font y un colegio agropecuario con su nombre, en Río Gallegos hay una calle que lleva el nombre de Antonio "El Gallego" Soto (Bayer entrevista también a su hija Isabel, quien supo gracias al escritor de la existencia de otra familia de Soto), y también una calle con el nombre de Facón Grande, que luchó contra las fuerzas militares. En la tumba masiva de La Anita se hizo una escultura y en Jaramillo la vieja estación de trenes, escenario de enfrentamientos, será próximamente el Museo Facón Grande.

Además de las entrevistas históricas al nieto del soldado Gabino Pérez, Sebastián Cifuentes; la nieta del vasco Zurutuza, compañero de Soto, Liliana Zurutuza; la hija del capitán Viñas Ibarra, Elvira Viñas Ibarra; hay acaso, tantos años después, dos momentos de interesante tensión en el documental: uno sucede cuando Bayer encuentra al historiador Osvaldo Topcic y le pregunta sobre el destino de los archivos oficiales, fuente de Bayer para sus investigaciones. Topcic cuenta que fue un juez federal de Río Gallegos quien se los dio y los pone a disposición de Bayer "para cuando los necesite". Acto seguido, Bayer visita el archivo de Río Gallegos y pide que restituyan a su lugar de origen los archivos que cambiaron de "dueño" durante la dictadura. Pero Bayer no se agota en la denuncia y ya mismo propone (ésa ha sido la metodología del impaciente historiador: denunciar y proponer) que sean excavadas las tumbas masivas de la Estancia La Anita en el Calafate.

Y entonces aprovecha la ocasión para entrevistar a Federico Braun, descendiente de la familia Braun Menéndez, actual dueño de La Anónima Exportadora e Importadora del Sur y de Estancia la Anita, cuyos antecesores fueron responsables –o al menos instigadores– de tantas muertes. Dentro del marco de la corrección política, la conversación entre Federico Braun y Bayer no tiene desperdicio. Braun asegura que en su familia jamás fue un tema presente, que él compró la estancia a una parte de su familia hace unos años, y que por lo tanto no tiene por qué tener culpa alguna sobre lo sucedido. Bayer le pregunta si estaría dispuesto a organizar a los trabajadores, a lo que Braun se niega y Bayer le sugiere que hay que "trabajar y repartir". Braun le dice, justamente, que el año pasado pagaron 100 millones de pesos en impuestos, y que ésa es una forma de contribuir a la distribución de la riqueza. "Bueno... –le responde Bayer, al gentil hombre de traje–, hay formas y formas".

Fuente: Página/12, 20/02/07

Observarán nuestros lectores que gran parte de este libro está compuesto de crónicas y artículos periodísticos tomados de ‘El Radical’ y ‘La Verdad’ que se editaron en Río Gallegos durante la época precisamente, en que se desarrollaban casi todos los acontecimientos, que nos ocupan. Estos artículos escritos sobre el terreno y en la fecha misma de los sucesos o muy próximos a ellos, son la mejor fuente de información, que pudiera desearse y además tiene el carácter de verdaderos documentos históricos, que alejan toda sospecha de falsedad por los abundantes datos y elementos de prueba, que en ellos se aportan. Y como por otra parte han sido escritos por el autor de este libro, huelga declarar que la honradez profesional queda a salvo, ganando en veracidad la obra, todo lo que pueda perder de amenidad con relatos novelescos, que sería fácil hacer. (La Patagonia trágica, 102)

A diferencia de Borrero, Bayer se ubica en el lugar del historiador. Borrero es, en su obra, uno de los actores de la tragedia patagónica. La escritura de Bayer se propone superar las equivocaciones de la primera crónica de los hechos. También apela a la cita de notas periodísticas, pero todas ellas contrastan con los panfletos y las publicaciones anarquistas. Como historiador encuentra, identifica y revela los distintos tipos de "relatos" que yacen ocultos en la crónica de Borrero. Bayer ordena los datos de la crónica en una jerarquía de significación, asignando diferentes funciones a los datos de Borrero. Bayer invierte los primeros postulados para buscar la verdad; crea los dobles necesarios para probar la mentira que esconden las palabras "verdaderas" de Borrero.

Sin temor a equivocarnos (...) definiremos a José María Borrero como un resentido, un fracasado, un chapucero, un chambón, un frangollón, un charlatán. Pero todos estos adjetivos no nos ayudan a ser estrictos. Por eso tenemos que agregar esto: era brillante, seguro de sí mismo (el comisario Guadarrama nos lo definió como ‘simpático, muy amable, atrayente’ (...) Y así es su libro, La Patagonia trágica: brillante, valiente, arrollador, pero antihistórico, mentiroso, falso. Es la gran denuncia, pero luego quiere regatearnos la verdad y llevar agua a su molino, al salvar de culpa y cargo a Varela y a Yrigoyen y hacer responsables de todo a sus enemigos personales. (La Patagonia..., 135-136)

Una vez tramados los recuerdos desordenados de Borrero como un relato histórico, Bayer revela la coherencia de todo el conjunto de los acontecimientos. Los considera un proceso completo con un principio y un fin claramente determinados. La obra inconclusa de Borrero silencia la sangre y la muerte de los cuerpos, no concluye su crónica a pesar de haber anunciado el título de esta escritura. Ambos autores explican la historia como una "tragedia". Como lo señala Hayden White,

Las reconciliaciones que ocurren al final de la tragedia son mucho más sombrías; son más de la índole de las resignaciones de los hombres a las condiciones en que deben trabajar en el mundo. De esas condiciones, a su vez, se afirma que son inalterables y eternas, con la implicación de que el hombre no puede cambiarlas sino que debe trabajar dentro de ellas.14

En la historia tramada como tragedia se percibe una estructura de relaciones determinada por el eterno retorno de lo mismo en lo diferente. Para Bayer y para Borrero las condiciones de la violencia son inevitables y no se pueden superar. Ambos coinciden en señalar el poder de los inversores ingleses en la Patagonia y la repetición constante de hechos sangrientos a través del tiempo. Lo que Bayer cuestiona en Borrero es, fundamentalmente, su militancia radical.

Los dos autores tratan de convencer y emocionar a sus lectores. Para ello apelan al aparato lógico del campo de las pruebas. Ejercen la violencia de la escritura al apelar al razonaniento de su lector. Con elementos documentales y con testimonios de los protagonistas, justifican la validez histórica de las pruebas que emplean para acusar a los culpables. A partir de allí comienzan a interpelar el ánimo del lector que acepta como verdadero el relato; lo llevan a pensar el mensaje probatorio no sólo como elementos con fuerza propia, sino como una prueba subjetiva y moral sobre los acontecimientos. Bayer ordena los hechos ocurridos en las fronteras y completa la información de la memoria de los protagonistas, superando los errores de la relación anterior. Me parece importante citar in extenso la crítica del autor a la obra de Borrero.

Son débiles los argumentos de Borrero al querer echarle todo el fardo de los fusilamientos a la Sociedad Rural y salvar de culpa y cargo a los gobernantes y al teniente coronel Varela. La clave de cómo se dieron las cosas, de quién es o deja de ser el culpable, la da el artículo de fondo del diario de la Sociedad Rural de Gallegos, del 29 de marzo de 1922, titulado ‘La Sociedad Rural fue la única fuerza que hizo abortar los planes de los sediciosos al conseguir del gobierno de la nación el envío del 10 de caballería’. Y bajo el subtítulo ‘Fuerza que se impone’, señala lo siguiente: ‘Fue necesaria la intensa obra de la Sociedad Rural para obtener ya con los diarios más importantes del país, ya con las influencias en las altas esferas políticas o ya directamente, tratando de potencia a potencia, con los secretarios de Estado en las esferas gubernativas, el envío de las fuerzas del Ejército de la Nación (...)’. No cabe la menor duda: si los estancieros no se hubieran movido en Buenos Aires, la matanza no habría ocurrido. Pero decir que los culpables fueron solamente los latifundistas que confundieron al gobierno y al Ejército es sostener una incongruencia como si manifestáramos que la culpa de la matanza de los judíos en el Tercer Reich la tuvieron Krupp y los grandes industriales alemanes, y lavaríamos de responsabilidad a Hitler y a toda la organización represiva nazi. (La Patagonia..., 21)

El historiador tratará de prestar su voz y su escritura a las víctimas para que puedan hablar por sí mismas. Luego de investigar y de revisar todas las pruebas documentales, es capaz de oír y de entender palabras que nunca se han dicho, palabras que quedaron silenciadas en los abismos del olvido. La tarea del historiador es "hacer hablar los silencios de la historia, esas terribles notas de órgano que nunca volverán a sonar, y que son exactamente sus tonos más trágicos".15 Las voces de la escritura son las voces de los muertos y sus silencios. Bayer busca apropiarse de otro nombre propio para legitimar su denuncia. Es el nuevo José Hernández hablando de otro Martín Fierro.

¡Pobre paisano Liano! Todo le robaron. (...) ¿Y a quién ir a protestar? ¿Quién le podría hacer justicia? Sólo algún nuevo José Hernández podría interpretar a estos Martín Fierro patagónicos, que salían derrotados, apaleados, vejados, cagados, burlados, escarnecidos, sin un cobre, sin sus pilchas, solos, hasta sin perros. Humillados y ofendidos. Por gente uniformada venida de Buenos Aires que ni siquiera conocían la Patagonia. Por uniformados cuya única razón había sido el máuser, el látigo, los gritos. Que se llenaban la boca con la bandera azul y blanca pero que concurrían a banquetes de estancieros a escuchar cantitos extranjeros. (La Patagonia..., 100)

El relato maestro16 sobre el que se inscribe la interpretación de la escritura de Bayer es el Martín Fierro de José Hernández. El texto primitivo de la gauchesca se entiende como una experiencia de la cultura argentina; la escritura de Bayer está presa en el intersticio entre el texto primero y su interpretación. Bayer habla a partir de una escritura que forma parte del mundo, es un comentario17 sobre la parte enigmática, murmurada, que se esconde. Se propone restituir una verdad perdida, tapada. "Esta es la verdad: el robo, la servicia, el asesinato de auténticos trabajadores de campo".18

En La ida de Martín Fierro, las autobiografías de Fierro y Cruz son relatos violentamente antijurídicos. Hernández escribe contra la ley de levas que se aplicaba en el campo a los propietarios y no en la ciudad. Como lo señala Josefina Ludmer es "ley que desmentía la igualdad ante la ley y que también quitaba mano de obra a los hacendados".19 La escritura de Hernández es antimilitar: es el pasaje por el ejército el que despoja a Martín Fierro y lo transforma en gaucho malo; es el comandante del ejército el que le quita a Cruz la mujer.

La escritura de Bayer comparte con la de Hernández el antimilitarismo y la denuncia de la desigualdad ante la ley. Al tomar su voz, Bayer busca rastrear las huellas de un relato oculto e ininterrumpido sobre la violencia. Necesita desenterrar esa historia fundamental y todas sus modulaciones para dar cuenta de la historia actual. Necesita escribir la historia verdadera y no-oficial sobre las huelgas patagónicas y deconstruir todas las leyendas acerca de la "barbarie" de los huelguistas.

Construye, con testimonios, una historia alternativa a la historia oficial; para legitimar su escritura apela siempre a documentos oficiales. Ataca las leyendas sobre la tragedia patagónica y acusa claramente al presidente. Un doble discurso caracteriza a la escritura; por un lado el estilo de Bayer se vincula profundamente con el discurso periodístico, determinante de muchos rasgos; por otro lado hay en el texto un simultáneo distanciamiento de ese tipo discursivo.

El autor apuesta a una antigua función que tiene la escritura de la literatura como épica: la de rescatar e impedir el olvido de los hechos que deben perdurar como inolvidables. Bayer explica los orígenes de la violencia que funda la historia de la Argentina moderna; la lucha de los unos con los otros develan las claves del enigma de la cultura. Soto y los anarquistas son castigados por la ley y las armas; Varela es condenado por el silencio.

Con testimonios heterogéneos, relatados por voces que luchan desde lugares diferentes y aún desde la muerte, Bayer busca posicionarse en la memoria colectiva de la comunidad, en un intento por resolver imaginariamente aquello que acontece como un obstáculo real: el olvido. El autor de la historia alternativa y contestataria es el otro que destruye los argumentos oficiales, un otro que desconoce a su contraparte y trata de inscribir la historia "verdadera" de la matanza de mil quinientos obreros. Concibe a la historia como el eterno retorno de la uno en lo mismo; retorna al presente desde el pasado y escribe desde otro lugar lo que ya estaba escrito: la historia de la muerte que se clausura con la venganza.

NOTAS
1. (Buenos Aires: Planeta, 1995). Todas las citas corresponden a esa edición.
2. (Buenos Aires: Círculo Militar, 1991).
3. Punzi, op. cit. 49.
4. "La palabra adversativa. Observaciones sobre la enunciación política", El discurso político. Lenguajes y acontecimientos, Ed. VVAA (Buenos Aires: Hachette, 1987). 16-17.
5. Verón, op. cit. 17.
6. Ver Cornélius Castoriadis, "La institución imaginaria de la sociedad", El imaginario social, Comp. Eduardo Colombo, (Buenos Aires: Tupac, 1989). 42. "Recordemos ahí el sentido corrriente del término imaginario, que por el momento nos bastará: hablamos de imaginario cuando queremos referirnos a algo "inventado" —ya se trate de una invención "absoluta" ("una historia imaginada de cabo a rabo"), o de un deslizamiento, de un desplazamiento de sentido, en el que se les atribuye a unos símbolos ya disponibles otras significaciones que las suyas "normales" o "canónicas"(...) En ambos casos se da por supuesto que lo imaginario se separa de lo real, ya sea que se pretenda ponerse en su lugar (una mentira), o no lo pretenda (una novela).
7. (Buenos Aires: Americana, 1967). La primera edición es de 1928. Todas las citas corresponden a esta edición.
8. Charles Robert Darwin, que en 1833 cubriera a caballo el camino Carmen de Patagones-Buenos Aires valido de postas y de la escolta de jinetes facilitados por Rosas —a la sazón empeñado en su Conquista del desierto-, bautizó a la Patagonia como "tierra maldita", sólo por la simple observación de una estrecha lonja de terreno. Ver: Punzi, op. cit. 9.
9. Borrero, op. cit. 234.
10. Borrero, op. cit. 25.
11. Borrero, op. cit. 29.
12. Borrero, op. cit. 6.
13. Borrero, op. cit. 6.
14. (Metahistoria, México: Fondo de Cultura Económica, 1992). 20.
15. White, op. cit. p. 156.
16. Ver Frederic Jameson, Documentos de cultura, documentos de barbarie. La narrativa como acto socialmente simbólico, (Madrid: Visor, 1989) 24. "La forma más plena de lo que Althusser llama ‘causalidad expresiva’ y de lo que él llama historicismo se reescribe en términos de un relato maestro profundo, subyecente y más ‘fundamental’, de un relato maestro oculto que es la clave maestra alegórica o el contenido figural de la primera secuencia de materiales empíricos".
17. Sigo la definición de comentario que hace Michael Foucault en: Las palabras y las cosas (México: Siglo XXI, 1986) 48. "Saber consiste en referir el lenguaje al lenguaje, en restituir la gran planicie uniforme de las palabras y las cosas. Hacer hablar a todo; hacer nacer por encima de todo, las marcas del discurso segundo del comentario. Lo propio del saber no es ver ni demostrar sino interpretar. Comentarios de la escritura, comentarios de los antiguos, comentario de lo que relatan los viajeros, comentario de leyendas y de fábulas. (...) Por definición la tarea del comentario no puede acabar nunca. Y sin embargo, el comentario se vuelve por completo hacia la parte enigmática, murmurada, que se esconde en el lenguaje comentado: hacer nacer, bajo el discurso existente, otro discurso más fundamental, más primero que se propone restituir".
18. Bayer, op. cit., 101.
19. Josefina Ludmer, El género gauchesco. Un tratado sobre la patria. (Buenos Aires: Sudamericana, 1988) 231.

Imágenes: Obreros detenidos por los fusiladores / Entierro de unos de los fusilados / Cartel publicitario de "La Patagonia Rebelde"Soldados / El asesino Varela.


La Patagonia rebelde

Por Verónica Johana Farjat
vero_farji@yahoo.com
nahir9@hotmail.com

1. Prólogo

La siguiente monografía, titulada "La Patagonia Rebelde"; está constituída por tres secciones: una introducción; un desarrollo (Los Sucesos de la Patagonia); y una conclusión de dicho tema.

a.- En la introducción puede observarse una síntesis de los acontecimientos de la historia de nuestro país hasta la fecha. Asimismo, se aborda brevemente el tema de nuestra monografía; puntualizando los hechos más importantes sin entrar en detalle, como lo haremos en el desarrollo de la misma.

b.- En el desarrollo de esta monografía, que se titula "Los Sucesos de la Patagonia"; se tratará amplia y detenidamente el tema en cuestión, haciendo hincapié en las actitudes del gobierno y de los represores frente a los reclamos de los huelguistas, y, a su vez, la actitud de los latifundistas y las grandes empresas sureñas frente a la problemática que acarreó la posguerra en relación a los costos de las manufacturas que ellos producían.

c.- En la conclusión se expresarán nuestras opiniones acerca de la actitud de los represores, así como también la de los huelguistas, frente a los sucesos de la época; enfatizando en la acción de Kurt Wilckens.

Asimismo, la monografía posee notas al pie de las páginas; para aclarar algún hecho, así como también para comentar la fuente de dicha idea o frase.

Consideramos menester aclarar que no existe abundante información referida al tema de esta monografía; pues los sucesos que tuvieron lugar en la Patagonia entre los años 1920 y 1922 no han quedado debidamente documentados, ya que a la clase oligarca de la época no le favorecía en lo absoluto la difusión de los mismos.

2. Introducción

Los enemigos de la revolución en la Argentina son una minoría pero controlan las palancas fundamentales del Estado, lo que los hace extremadamente fuertes. Controlan el aparato económico y jurídico y tienen a su servicio las fuerzas armadas y represivas, como instrumento principal que les garantiza la explotación al pueblo y el control del poder.

Como enseña nuestra historia, los terratenientes, primero para organizar el Estado que les asegurase el poder y luego para perpetuarse en el control de éste, apoyándose y/o subordinándose al imperialismo de turno, inglés, ruso o estadounidense, asesinaron y reprimieron a mansalva. Junto con ésto crearon las leyes y el aparato jurídico que avalara la barbarie. Así, tras más de 60 años de guerras civiles (de 1815 a 1880), fue con las armas que la oligarquía impuso la llamada Organización Nacional y masacró a los pueblos indígenas para apoderarse de sus tierras. Y en este siglo, aplastaron a sangre y fuego los levantamientos obreros, campesinos, estudiantiles y populares, cada vez que pusieron en peligro los privilegios de esa minoría que controla el poder. Ahí están de testigos las masacres del 1º de mayo de 1904, de la semana de mayo de 1909, la Semana Trágica de enero de 1919, la Patagonia sangrienta de 1921, La Forestal, el golpe de 1955 y la dictadura violovidelista de 1976. Al igual que la represión de la insurrección radical de 1905, la huelga de la construcción de 1935, la huelga azucarera de 1949, las luchas de los ferroviarios y metalúrgicos de 1954, las huelgas de 1959, las puebladas del 60-70, etc., etc. Antes, como ahora, modernizaron y utilizaron el aparato represivo para frenar las heroicas luchas que jalonaron nuestra historia.

"Marchas y Canciones de las luchas de los obreros anarquistas argentinos (1904-1936)". Producción por Virgilio Expósito en las postrimerías de la dictadura de Lanusse, voz: Hector Alterio, guión: Osvaldo Bayer.


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AUDIO COMPLETO AMBAS CARAS DEL DISCO
LADO A: 15' - LADO B: 17'

La burguesía nacional, por su dualidad, cuando estuvo en el gobierno, por un lado forcejeó con los enemigos y por el otro, muchas veces terminó siendo cómplice, avalando la represión o reprimiendo. Esta política posibilitó los golpes de Estado en 1930, 1955, 1966 y 1976; que sirvieron a las clases dominantes para recuperar el gobierno e imponer por la fuerza de las armas su política proterrateniente y proimperialista. Resultó así equivocada la idea expresada reiteradamente por el general Perón de que era necesario tiempo para ahorrar sangre. Esta opción es falsa. Ha corrido mucha sangre de la clase obrera y el pueblo, y se ha perdido mucho tiempo.

No es conciliando con los enemigos como se ahorra sufrimientos a la clase obrera y el pueblo y se defienden los intereses nacionales. Para enfrentar a los enemigos de la revolución debemos prepararnos para una lucha que es encarnizada y que será larga y no pacífica. Sólo si el pueblo toma en sus manos las armas será posible derrotar al enemigo y asaltar el poder.

A lo largo de nuestra historia, el problema de en manos de quién estaba el poder, en particular las armas, ha sido y es una de las cuestiones claves para extraer enseñanzas y prepararnos para que el accionar revolucionario de las masas desemboque en la destrucción del Estado oligárquico-imperialista y la conquista del poder. Sólo cuando el pueblo se levantó en armas pudo triunfar. Así fue frente a las invasiones inglesas en 1806 y 1807, y así fue contra el colonialismo español de 1810 a 1824.

La organización de la autodefensa armada de masas en los períodos de auge más avanzados ha dejado grandes enseñanzas. Pero tuvieron un techo propio del carácter defensivo de su objetivo. Carecieron de, o era incipiente, una dirección revolucionaria que apuntara a construir las milicias y otras formas de organización armada propias de un plan de ofensiva revolucionaria con objetivos claros. Esta falta de dirección, línea, organización y preparación para que el proletariado defina a su favor, mediante la lucha armada de masas, una crisis revolucionaria; se manifestó en cada uno de los momentos en que la lucha de clases llegó a su máxima confrontación y se debía pasar a la ofensiva, al asalto al poder.

En lo que se refiere a los diversos inconvenientes que acarreó la Primera Guerra Mundial, podemos destacar la escasez de insumos, carestías y salarios bajos. Hubo grandes huelgas, y la situación social estalló en enero de 1919, dejando un saldo trágico de muertos y heridos. En la Patagonia se desató un conflicto en 1920, que culminó con fusilamientos de huelguistas dispuestos por el coronel Varela, enviado a poner orden en la zona. La economía se fue normalizando en la posguerra. En las Universidades, estudiantes y profesores reformistas fueron ocupando posiciones toleradas por el gobierno, pero que concitaron el odio de los desplazados y de los sectores a que éstos pertenecían. No obstante todos estos problemas, la politiquería, el personalismo y las vacilaciones, la conducción de Yrigoyen se esforzó siempre por afirmar la democracia y la conciliación social.

3. El Drama Patagónico

Desde 1917, con grandes huelgas como la de los obreros ferroviarios, de la carne, azucareros tucumanos, etc., un nuevo período de auge sacude a la Argentina. Esta oleada de luchas obreras alcanza su pico más alto en la segunda semana de enero de 1919. La lucha por salario, condiciones y tiempo de trabajo de los 800 obreros de los Talleres Vasena es reprimida violentamente por la policía, dejando un saldo de 4 muertos y 30 heridos. Esta represión pone en pie a los trabajadores y el pueblo de Buenos Aires y Avellaneda.

El gobierno de Yrigoyen reprime sangrientamente la sublevación popular. El ejército entra en la ciudad; se arman grupos civiles de la oligarquía que asaltan locales e imprentas obreras y realizan verdaderas "razzias" en los barrios obreros con un saldo de entre 800 y 1.500 muertos -según las fuentes diplomáticas de la época- y más de 4.000 heridos, incluyendo mujeres, ancianos y niños. Genocidio sólo comparable a los de Rosas y Roca contra los indios, que pasará a la historia oficial con el nombre de Semana Trágica.

Pese a la masacre, los ecos del levantamiento obrero y popular de la Semana de Enero de 1919 llegarán hasta los más apartados rincones, conmoviendo a los explotados y a los explotadores de esos verdaderos imperios latifundistas del norte y del sur argentinos. Ejemplos de esto serán las históricas huelgas de los hacheros alzados contra La Forestal y la rebelión de los obreros rurales y campesinos pobres en la Patagonia, en 1920 y 1921.

En 1920 hubo una nueva y prolongada huelga de marítimos, que fracasó. Pero ya para entonces se sentían los primeros indicios de malestar en el sur de la Patagonia, que en 1921 y 1922 tendrían un trágico desenlace. Osvaldo Bayer, investigador de estos hechos, destaca que los grandes stocks de lana, acumulados al terminar la guerra por falta de compradores, fueron el desencadenante de los sucesos de la Patagonia. Una gran crisis se abatió sobre los estancieros, los comerciantes y, sobre todo, los peones, que vivían y trabajaban en condiciones inhumanas.

Activados por dirigentes anarquistas de Río Gallegos, los peones rurales empezaron a manifestarse en el invierno de 1920. A fines de ese año, y comienzos de 1921 se generalizó la huelga en el territorio de Santa Cruz, y algunos grupos ocuparon estancias y tomaron rehenes, aunque sin cometer hechos irreparables. Las denuncias de la Sociedad Rural local y las exageradas informaciones publicadas por la prensa de Buenos Aires movieron a Yrigoyen a enviar al coronel Héctor B. Varela con efectivos del 10° de Caballería a poner orden en la zona. El coronel Varela logró que las partes en conflicto llegaran a un avenimiento, que reconocía la mayor parte de los pedidos de los huelguistas.

Comenzaron las huelgas, y con ellas el consiguiente apedreo amarillista de la prensa oligarca en Buenos Aires, denunciando situaciones gravísimas en donde exigían al gobierno nacional evitar los avances de "forajidos y delincuentes, con feroces anarquistas a la cabeza, 600 de ellos armados, envalentonados por la pasividad oficial", según La Prensa.

El 29 de enero llega a Río Gallegos el gobernador titular Izza, quien había sido designado por los estancieros como árbitro del conflicto. Varela desembarca en Santa Cruz junto a sus soldados tres días después, el 1° de febrero. Luego de realizar algunas inspecciones personales, Varela comprobó que los grandes diarios habían deformado los hechos. Se dirigió a Río Gallegos para entrevistarse con Iza, manifestándole sus intenciones de solucionar el pleito pacíficamente.

Al llegar el verano de 1921 el conflicto volvió a estallar, pero ahora con mayor encono. Grupos de delincuentes infiltrados entre los huelguistas cometieron desmanes que se atribuyeron a los trabajadores; éstos, convencidos de que los patrones no cumplirían nunca lo prometido, dieron a su protesta una mayor virulencia. El coronel Varela, a su vez, creyendo haber sido traicionado por los huelguistas y sospechando que el gobierno chileno estaba detrás del movimiento, se atribuyó poderes que nadie le había otorgado y se lanzó a una represión indiscriminada. Decenas de huelguistas fueron fusilados, muchos fueron reintegrados por la fuerza a las estancias y algunos debieron escapar rumbo a Chile.

En Buenos Aires los sucesos de la Patagonia tuvieron repercusión en el Congreso pero no se investigaron a fondo. El gobierno no tenía interés en destapar un asunto en el que podía enjuiciarse su responsabilidad y la del ejército; los socialistas cumplieron formalmente con un pedido de informes. Sólo los anarquistas clamaron por los masacrados de la Patagonia y juraron venganza contra Varela, quien más tarde fue asesinado por un joven alemán, muerto, a su vez, por un miembro de la Liga Patriótica mientras estaba en Villa Devoto esperando su condena.

El 15 de febrero se convoca a una reunión entre partes donde se plantea la necesidad de que los obreros entreguen las armas y los rehenes tomados, y que sometieran a la justicia los hechos ilegales. Sólo después de esta instancia se discutirían los reclamos de los obreros.

Se organizó una asamblea que decidió, por 350 votos contra 200, entregarse al ejercito. En el grupo minoritario se encontraban quienes habían realizado actos vandálicos, comandados por El Toscano y El 68, los cuales decidieron huir hacia la zona cordillerana.

Los héroes y la carroña

Por Osvaldo Bayer desde Puerto Santa Cruz

Sí, fue todo realidad. Una semana, desde Puerto Santa Cruz hasta Jaramillo en plena Patagonia. Una a una fuimos marcando definitivamente las tumbas masivas de los peones rurales fusilados por el Ejército Argentino en aquel l921 de sangre. En una democracia, gobernaba Yrigoyen. Lo hicimos 87 años después. Tumba por tumba. Con una placa en la que, en todas, figuraba la frase “A los muertos por la livertá”. Sí, justo la frase que leí en la cruz que se hallaba en la tumba masiva de la estancia San José. Livertá, así, con v corta y acento, sin d. Escrita por un peón libertario, aquellos que creían que alguna vez iban a tocar el cielo con las manos para conseguir la igualdad en libertad.

El viaje lo hicimos con representantes del Gobierno y de los Concejos Deliberantes, titulares de organismos culturales, docentes y luchadores por los derechos humanos: todo por iniciativa de Uatre, la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores. Comenzó la histórica y emocionada marcha en Puerto Santa Cruz con la inauguración del monumento a Ramón Outerello, obra de la escultora Ruth Viegener. Ramón Outerello, gallego y anarquista, fue el dirigente que servía de nexo entre las columnas huelguistas: con Antonio Soto, al sur; Albino Argüelles, al centro y don José Font, el gaucho entrerriano, al norte. Outerello fue traído engañado por el Ejército y muerto a tiros en la estancia Bella Vista, en Gobernador Gregores, nombre de la ciudad que antes se denominaba Cañadón León. De Puerto Santa Cruz, en una larga hilera de vehículos, partimos a recorrer las distintas estancias donde están situadas las tumbas masivas que hablan de la injusticia, el terrorismo estatal y la impudicia y perversidad con que fueron fusiladas todas aquellas peonadas que se atrevieron a decir basta a la explotación humillante a que eran sometidos por los dueños de la tierra.

El momento culminante de nuestro viaje hacia la reivindicación histórica de una atrocidad por la cual nunca hubo ninguna autocrítica de los gobiernos radicales ni del comité nacional de ese partido, fue cuando el doctor Dafinotti depositó las cenizas de su abuela y de su madre en la tumba masiva donde yace Albino Argüelles, dirigente obrero de San Julián fusilado por el capitán Elbio Carlos Anaya. Allí, cerca de la estancia María Esther, en la tapera de Casterán, perdieron la vida Argüelles y sus compañeros por el delito de pedir más dignidad. Justo en ese lugar de nuestro viaje se detuvo su nieto, el doctor Dafinotti, médico porteño, y puso las cenizas de quien había sido la compañera de vida de Argüelles y de la hija de ambos. Argüelles, ese luchador social, no llegó a conocer a su hijita porque ella nació en Buenos Aires pocos días antes de su fusilamiento en la Patagonia. Ante la tumba de ese luchador, limpio y valiente, leímos la poesía que él le escribió a su compañera de vida, días antes de ser fusilado.

En esta poesía, Argüelles saludaba la noticia que le había dado su compañera en una carta donde le decía que había nacido la hija de ambos. Argüelles le dice así a su amada compañera:

A ti te queda el consuelo
de nuestro fruto adorado
en cuyo rostro esmaltado
se emitían tus desvelos
teniendo siempre presente
a nuestra hijita en la memoria
que de tus besos la gloria
la cubre constantemente.


Sí, los huelguistas patagónicos fusilados como perros también sabían escribir versos.

En la ciudad de Gobernador Gregores se detuvo nuestra columna en el conocido lugar denominado por la población “El cañadón de los muertos”, ya que allí, en un lugar bien marcado, se encuentran los restos de los peones fusilados. Al regreso, uno de los momentos más significativos. Dimos una clase de Historia en el colegio secundario que hoy, con orgullo, lleva el nombre de José Font, el gaucho que dio su vida para dignificar a sus amigos, los humildes peones de campo. Luego, marcha a Jaramillo, al monumento a ese gaucho pura nobleza y coraje para recordarlo con palabras de elogio y profundo respeto. Y luego, en el viaje de regreso a Gobernador Gregores, una sorpresa: el bautismo de una calle que conduce a una isla cercana con el nombre del autor de la investigación histórica La Patagonia Rebelde, medida tomada por una iniciativa de un edil del Partido Radical, hombre que fue capaz así de ser el primero de proceder a la autocrítica de haber sido un gobierno de ese partido el que ordenó el fusilamiento de trabajadores rurales. Al agradecer el homenaje el autor de La Patagonia Rebelde, señaló: “Agradezco la distinción pero más me hubiera gustado que en vez de mi nombre esta calle llevara el nombre del peón más joven fusilado en las heroicas huelgas del ’21.

Y a los homenajes de ahora se adhirió el arte. En Puerto Santa Cruz y en Pico Truncado se dio Patagonia de Fuego, la cantata de Sergio Castro sobre las huelgas rurales patagónicas. El arte ha sabido ser reflejo de las injusticias y la denuncia con la misma fuerza con que aquellas peonadas cantaban “Hijos del pueblo” antes de morir, y con la frase gaucha de José Font “Facón Grande” que gritó ante sus fusiladores de uniforme: “Así no se mata a un criollo”.

La gira histórica terminó con un acto final en el Monumento al Peón Rural en Pico Truncado. Maestros, ediles, el intendente, representantes de la Federación Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores y Analía Pérez, la anciana hija de Maximiliano Pérez, fusilado en Las Heras en enero de l922.

Una vez más, en la historia triunfa finalmente la ética. Esas tierras sureñas tienen ya sus héroes: los que murieron por la dignidad. Y a sus represores no los recuerda ni una placa ni siquiera en un cuartel. Pasaron para siempre al capítulo de la carroña de la historia.

Imágen: La cruz, que recuerda a los peones huelguistas fusilados en la estancia San José por el Ejército Argentino, lleva la inscripción: “A los caídos por la livertá, 1921”.Foto: Leandro Manso. Fuente: Página/12, 25/10/08

El 24 de febrero se formalizaron las entregas, y en reunión posterior entre los estancieros y la Federación Obrera Regional se aprobó el "laudo Izza"; que enmarcaba como reales las circunstancias planteadas por el pliego obrero. Varela decidió sumariar a los policías que habían cooperado en el apaleamiento de huelguistas. Los trabajadores de Santa Cruz habían triunfado.

Pero la solución pacifica del conflicto dejo insatisfechos a grupos como la Sociedad Rural, los estancieros y los ganaderos, quienes creían irrisorio que no se hubiese castigado a los obreros por haber realizado la huelga, y que además se les otorgara una compensación por los días no trabajados durante el paro. Mientras los obreros pensaban nuevas reivindicaciones, los grandes diarios de Buenos Aires seguían denunciando hechos de vandalismo, sin hacer distinción entre éstos y los auténticos reclamos obreros.

La oligarquía aplastó sangrientamente estas luchas. Pero ese río de sangre dividió las aguas de la lucha de clases en la Argentina, creando nuevas condiciones para la maduración de la conciencia revolucionaria.

Cuando los ecos de la represión de Santa Cruz llegaban a Buenos Aires, las manifestaciones de malestar social estaban remitiendo notablemente. Las causas: los sustanciales aumentos salariales obtenidos por muchos sectores y, sobre todo, la normalización de la economía producida por la posguerra. Además, los sindicatos anarquistas habían quedado debilitados. Se había producido, a lo largo de los años de Yrigoyen, una significativa nacionalización de las fuerzas del trabajo. Aún con errores y culpas en el manejo de las cuestiones laborales, el gobierno radical había evidenciado que era sincera su preocupación por el mejoramiento de la situación de los trabajadores. Un colaborador de Yrigoyen, el Dr. Víctor Guillot, sintetizaba así, por esos años, la concepción del presidente: "Arrancar al Estado de su posición indiferente u hostil frente a las colisiones entre capital y trabajo, y practicar un intervencionismo orgánico y sistemático conducido por elevadas inspiraciones de humana equidad". En los años siguientes, el número de huelguistas llegó a ser sólo la décima parte del que había alcanzado en la época de Yrigoyen, y no se registró ningún movimiento de signo violento: era el fruto de la conciliación social iniciada por el primer presidente radical.

4. Los Sucesos de la Patagonia

Uno de los capítulos de la primera presidencia de Yrigoyen que no se puede pasar por alto, fueron los sucesos de la Patagonia, cuya explicación plena no fue ni es fácil a causa de los intereses que estuvieron en juego y que presionaron desde la gran prensa y en las esferas del gobierno quizá sin conciencia de sus consecuencias finales.

En 1920, en plena postguerra, el precio de la lana argentina, como la de todo el mundo, comenzó a caer en grandes proporciones, de $9,74 a $3,08, ubicándose en los niveles normales de tiempos no bélicos. Este proceso, producto de la caída de la demanda mundial, provocó grandes crisis para los estancieros latifundistas que usufructuaban el suelo patagónico a través de la cría de ganado lanar.

Esos mismos estancieros de elite, quienes anotaban a sus hijos en Chile, por la cercanía, o utilizaban el idioma ingles en sus estancias, e inclusive izaban la bandera británica; pidieron ayuda a Don Hipólito Yrigoyen porque sus negocios no se mantenían en los niveles de antes.

Y pese a sus grandes aunque mermadas ganancias, obligaban a los peones a trabajar con 18° bajo cero arriando majadas. Los esquiladores terminaban jornadas de 16 horas con los brazos agarrotados, mientras que los obreros trabajaban 12 horas por día 27 días al mes.

Esta insostenible e inhumana situación culminó en una serie de actos de tendencia anarquista, prohibidos por el gobernador interino de Santa Cruz; un comisario inspector de nombre Falcón.

La situación de los arrieros, ovejeros, peones de las estancias patagónicas era penosa y ajena a todo amparo; se trabajaban de 12 a 15 horas diarias y los salarios eran ínfimos, y muchas veces pagados en documentos o en moneda extranjera con fuerte deterioro al hacerlos efectivos. Los obreros exigían a través de un pliego condiciones como que en habitaciones de 16 m² no durmiesen más de tres hombres; que los patrones entregaran un paquete de velas por obrero mensualmente (la noche se extiende por 14 horas, y los obreros debían pagar 80 centavos en las estancias paquetes de velas que valían sólo 5 centavos); que el día sábado no fuese laborable; que la comida fuese digna; y que los botiquines para curar sus sarnas y erupciones tuvieran instrucciones en castellano, pues la mayoría se encontraba en inglés, entre otras cosas. El pliego fue rechazado por la Sociedad Rural, inclusive uno posterior con menores condiciones.

Las autoridades locales respondían a las órdenes y deseos de los grandes latifundistas y dependían de ellos más que del gobierno nacional mismo. Había que acudir a la autodefensa y así lo hicieron los trabajadores de aquellos territorios. En Río Gallegos se fundó hacia 1918 una Sociedad obrera de oficios varios, que logró instalar una pequeña imprenta y una escuela y publicó el periódico 1° de Mayo. Desde Río Gallegos fueron enviados delegados al campo, las estancias y se comenzó a difundir literatura laboral para alentar la organización del trabajo. Más de una vez fue clausurada la Sociedad y encarcelados sus miembros y dirigentes. En septiembre de 1920 la Sociedad proyectó un mitin para el 1° de octubre a fin de recordar la vida y la obra de Francisco Ferrer, ejecutado en Barcelona en 1909, apasionado propulsor de la educación. La policía prohibió el acto cuando ya estaban hechos los preparativos y, entonces, como acto de protesta, se declaró una huelga general por 48 horas; fue detenido el secretario de la Sociedad y clausurado el local de la misma, hasta que el juez letrado revocó la decisión y dio autorización para celebrar los actos proyectados, con lo cual se dio por terminada la huelga el 2 de octubre.

Para contrarrestar la influencia creciente de la Sociedad obrera de Río Gallegos, se formó una Liga de grandes comerciantes y latifundistas, la cual, con la Sociedad rural, inició una ofensiva contra la organización obrera; fue boicoteado el periódico La Gaceta del Sur por haber aplaudido la actitud de los trabajadores en la huelga de protesta de septiembre contra los excesos de las autoridades policiales; por su parte la Sociedad obrera declaró el boicot contra tres comerciantes de la Liga en represalia por el boicot contra el mencionado periódico. Se quiso entonces reunir en la comisaría a los obreros y a los comerciantes afectados para imponer un de algún modo un arreglo. Los obreros se rehusaron a acudir espontáneamente a la citación del comisario y fueron detenidos y alojados en la cárcel y puestos a disposición del gobernador interino para su deportación. La Sociedad obrera se dirigió entonces a los trabajadores del campo: "La policía de ésta ha detenido a un grupo de obreros a quienes se niega a poner en libertad a pesar de haberlo ordenado el señor juez letrado doctor Ismael P. Viñas. Tal arbitrariedad nos ha obligado a decretar y continuar el paro general por cuya razón os incitamos a dejar el trabajo y a venir a esta capital como acto de solidaridad, y hasta que nuestros compañeros recobren la libertad". El manifiesto está fechado el 21 de octubre de 1920. El 30 de dicho mes fueron libertados ocho de los detenidos, pero aún quedaban dos más, que habían sido maltratados, y mientras no recuperasen la libertad la huelga continuaría. La Sociedad obrera recomendaba: "Prosigamos como hasta aquí respetando a todo el mundo, chicos y grandes, y particularmente a las personas que se hallan investidas de autoridad. La hora de exigir responsabilidades se acerca y cuando ella suene sabremos cumplir con nuestro deber".

Comenzaron a llegar a Río Gallegos obreros de las estancias respondiendo al pedido de solidaridad de la Sociedad obrera. Y en oportunidad de hallarse reunidos en buen número se confeccionó un pliego de condiciones para reanudar el trabajo, y fue presentado a los estancieros de la zona. Se atravesaba una grave crisis en la comercialización de la lana y los dueños de los latifundios rehusaron la admisión de las condiciones reclamadas por sus peones. Las reivindicaciones eran mínimas, de higiene, de comida de descanso, etc. Se pedía un sueldo mínimo de cien pesos por mes y comida, doce pesos por día para los peones mensuales que tuvieran que conducir arreos fuera del establecimiento; y los arreadores no mensuales cobrarían veinte pesos por día si utilizaban caballos propios. Los estancieros se obligarían a poner en cada puesto un ovejero o más, según la importancia del mismo, dándose preferencia para estos cargos a los que tuviesen familia, a los cuales se les darían ciertas ventajas según el número de hijos, "creyendo en esta forma fomentar el aumento de la población y el engrandecimiento del país". Los estancieros reconocerían también a la Sociedad obrera de Río Gallegos como única entidad representativa de los obreros, y aceptarían la designación de un delegado que serviría de intermediario en las relaciones entre las partes y estaría autorizado para resolver con carácter provisional las cuestiones de urgencia que afectasen tanto a los derechos de los obreros como de los patrones.

No eran reclamos susceptibles de quebrantar el orden y la economía del país. Reacios los estancieros a escuchar esas peticiones, la huelga se hizo general en toda Santa Cruz y en Chubut.

Un sentimiento de solidaridad animó a los olvidados trabajadores de la Patagonia. Que en este vasto movimiento algunos individuos hayan abusado de la fuerza que les daba la unión y que se produjesen algunos excesos de hostilidad patronal, sobre todo cuando el ejemplo de la violencia sin freno era dado por los que tenían la misión de actuar como guardianes del orden y de la legalidad. Pero la prédica de la Sociedad obrera fue siempre responsable y no se exhortó jamás a responder a la fuerza con la fuerza.

Atemorizados los obreros de la zona del Lago Argentino por los agravios policiales, resolvieron agruparse y ponerse en marcha para buscar amparo en Río Gallegos. En el paraje denominado El Cerrito fueron tomados entre dos fuegos por la policía que les seguía desde Lago Argentino y la que salió a su encuentro desde Río Gallegos; los que tenían armas respondieron a la agresión y hubo muertos y heridos por ambas partes. Hechos de esa naturaleza alentaron la campaña que se venía haciendo desde hacía meses por la gran prensa del país que llenaba páginas diariamente sobre los " bandoleros del sur", el mote con que se quiso encubrir las reclamaciones de los obreros patagónicos. La Sociedad obrera lanzó un manifiesto en el que se decía: "Llamamos nuevamente la atención a los hombres públicos del país para que, hiriendo con la saeta envenenada a los que, investidos de autoridad, atropellan a los trabajadores, procedan al castigo de los gobernantes del territorio, únicos culpables de los luctuosos sucesos ocurridos". La prensa que acogía todas las diatribas y calumnias contra la huelga, no consideró acto de justicia escuchar esas voces. Los huelguistas comprendieron que no tenían más defensa que la que pudiesen articular ellos mismos. Se armaron como pudieron, se apoderaron de empleados policiales y los retuvieron como rehenes hasta la solución del conflicto.

Fue entonces cuando el presidente Yrigoyen resolvió enviar al coronel Héctor Benigno Varela en enero de 1921 a la Patagonia con fuerzas de caballería y marinería.

La Sociedad obrera de Río Gallegos publicó manifiestos que muestran la confianza con que eran recibidas las tropas nacionales; el 16 de enero decía en un manifiesto al pueblo y a los trabajadores: "La llegada de fuerzas del ejército y de la armada nos devuelve la tranquilidad y las garantías que los atropellos de la policía nos habían quitado. Hoy estamos seguros de que nuestros derechos de ciudadanos han de ser respetados por la presencia de estas fuerzas, y por consiguiente hemos de mantener el paro decretado con más energía que hasta la fecha. No importa que algunos patrones, confiados equivocadamente esta vez en que el ejército nacional se ha de poner incondicionalmente al servicio del capitalismo, hayan resuelto, coincidiendo con la llegada de éste, despedir a sus empleados y obreros; estos patrones sufren un gran error, porque la presencia de los elementos militares que hacen un culto del honor y de la verdad, serán el mejor contralor de la conciencia y educación de los obreros de Río Gallegos y del respeto que siempre han guardado a la Constitución y las Leyes". . .

Denunciaba también cómo el gobernador interino de Santa Cruz, Edelmiro A. Correa Falcón, secretario gerente de la Sociedad rural de Río Gallegos, mientras que por un lado prohibió toda reunión pública y el tránsito por las calles después de las nueve de la noche, convocaba a los estancieros del territorio a una reunión para concertar la acción futura.

El 3 de diciembre de 1920 Yrigoyen nombró a Oscar Schweizer jefe de policía del territorio de Santa Cruz y a mediados de febrero del mismo año llegó el nuevo gobernador, Ignacio A. Izza, capitán de ingenieros retirado. Desembarcó la tropa del Teniente Coronel Varela del transporte "Guardia Nacional" en Puerto Santa Cruz, pero al advertir que el eje del movimiento era Río Gallegos, se trasladó a esa ciudad. El nuevo gobernador comunicó a Varela que la solución debía ser pacífica y que debía tener presente tanto los derechos de los patrones como los de los huelguistas. El jefe militar propuso entonces a los huelguistas una entrevista en la estancia El Tero, a igual distancia de El Campamento, donde estaban concentrados los huelguistas, y de La Vanguardia, donde acampaba sin medios de movilidad el destacamento del capitán Laprida.

Varela e Izza llegaron a El Tero sin escolta alguna y la entrevista se realizó el 15 de febrero. Se impuso a los obreros estas condiciones: deposición de las armas, entrega de los rehenes, la justicia entendería en las responsabilidades por los hechos de sangre ocurridos.


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Año 1922

Aceptadas esas condiciones se entró a discutir la forma en que se haría la reanudación del trabajo. Los delegados de El Campamento fueron a dar cuenta a sus compañeros de las proposiciones ofrecidas. La gran mayoría, unos 550 huelguistas, votaron a favor, y una minoría, con cierta desconfianza, optó por alejarse hacia la cordillera.

En la segunda entrevista, de regreso los delegados de El Campamento, fue acatada la rendición incondicional, la entrega de los rehenes y heridos y luego las armas. No hubo, pues, la represión sangrienta que esperaba la Sociedad rural. El gobernador Izza discutió con los obreros el pliego de condiciones y denunció que los peones habían sido pagados con vales, en moneda chilena o con cheques a plazo y señaló la importancia que tenía para los hombres que vivían exclusivamente de su salario que se les pagase en moneda nacional y de inmediato; también habló de los galpones en donde se alojaban las peonadas como "pocilgas inmundas".

Entre los huelguistas cundió la alegría por el reconocimiento que habían logrado después de tantos afanes, pero entre algunos oficiales de las tropas hubo descontento por la inacción, pues habrían preferido una operación brutal e indiscriminada. En esa tesitura se hallaban el entonces teniente Elbio Carlos Anaya y el teniente primero Sabino Adalid, que hizo declaraciones públicas contra el Teniente Coronel Varela por la solución pacífica que había logrado.

Antes de que las tropas retornasen a Buenos Aires, tuvo lugar una asamblea que reunió a todos los hacendados, con la presencia del flamante gobernador Izza. Allí los estancieros aprueban un nuevo pliego de condiciones y eligen por unanimidad árbitro del conflicto al mismo gobernador. En el mismo, los hacendados hacían nuevas concesiones. He aquí la redacción del pliego:

5. Convenio propuesto por los estancieros a sus obreros

"Primero: Los suscriptos se obligan dentro de términos prudenciales que las circunstancias locales y regionales impongan, a las siguientes condiciones de mejoramiento económico y de higiene:

"a.- Las habitaciones de los obreros serán amplias y ventiladas reuniendo las mayores condiciones de higiene posibles; en cuanto a las cabinas, se entiende que éstas serán de madera con colchones de lana;

"b.- La luz de la sala común será por cuenta del patrón y también el fuego durante los meses de invierno;

"c.- Además del domingo, los obreros tendrán libre medio día en la semana;

"d.- La comida será sana, abundante y variada;

"e.- Cada estancia tendrá un botiquín de auxilio con sus instrucciones en idioma nacional;

"f.- Los patrones devolverán al punto donde los tomó, a los obreros que despida o no necesite;

"Segundo:

"a.- Los patrones se obligan a pagar a sus obreros un sueldo mínimo de cien pesos moneda nacional, alojamiento y comida, no rebajando ninguno de los sueldos que excedan actualmente esa suma;

"b.- Cuando el número de los obreros sea de 15 a 25, se pondrá un ayudante de cocina, y dos cuando el número de obreros sea de 25 a 40; excediendo de 40 obreros se pondrá un panadero;

"c.- Los ovejeros mensuales que tengan que conducir arreos de hacienda fuera de las respectivas estancias cobrarán 12 pesos moneda nacional diarios independientemente de sus sueldos y mientras conduzca el arreo;

"d.- Los campañistas mensuales percibirán 20 pesos moneda nacional por cada potro de amanse, fuera del sueldo que tuvieran asignado los carreteros percibirán la misma cantidad por cada novillo en las mismas condiciones.

"Tercero:

"Los patrones se obligan a poner en cada puesto un ovejero o dos, según sea su importancia; estableciendo una visita semanal por conducto de sus capataces. Los cargos de puesteros dentro de lo posible serán llenados por obreros casados acordándoles a éstos ciertas ventajas y en proporción al número de hijos que tuvieran.

"Cuarto:

"Los patrones se obligan y de hecho reconocen a las sociedades obreras legalmente constituidas: entiéndase que deberán gozar de personería jurídica. Los obreros podrán o no pertenecer a esas asociaciones pues sólo se tendrá en cuenta la buena conducta a idoneidad de cada uno.

"Quinto:

"Los obreros se obligan por su parte a levantar el paro actual de campo, volviendo al trabajo en sus respectivas faenas inmediatamente después de firmar este convenio.

"Río Gallegos, 30 de enero de 1921" .

Este pliego fue firmado por todos los poderoso latifundistas del sur de Santa Cruz. La lectura de este pliego presentado por los estancieros dice de por sí el triunfo de la lucha de los obreros de campo. En ningún lugar del país se había logrado un convenio así. Esto había sido mérito de un par de extranjeros y argentinos con confusas con confusas ideas anarcosindicalisatas. Pero las circunstancias iban a dejar en la nada todo esto, y este pliego de condiciones se iba a transformar meses después en escrita sentencia de muerte para los que habían osado levantarse.

Las tropas regresaron a Buenos Aires en mayo de 1921.

Apenas abandonaron las tropas el sur patagónico, fortalecido el movimiento obrero por los acontecimientos y su desenlace, comenzó la reacción patronal en los puertos del sur y en las estancias del interior. La policía fue reforzada por "guardias blancos" armados, surgidos al calor de la prédica de Manuel Carlés desde la Liga Patriótica, que obraba con perfecta autonomía de las autoridades nacionales. Una manifestación obrera en Río Gallegos fue atacada de improviso dejando un muerto y cuatro heridos como saldo. Los puertos de Deseado, Santa Cruz, San Julián y Río Gallegos quedaron paralizados en agosto por una huelga general. En conocimiento de esos hechos, algunos peones de las estancias propiciaron una huelga revolucionaria en todo el territorio. La represión en los puertos, las deportaciones de obreros a Buenos Aires, el encarcelamiento de militantes crearon un clima de intranquilidad y de protesta y al fin se planeó una huelga general. Se inició el paro en las estancias, se tomaron rehenes, cundió el pánico en el territorio y se reclamó ayuda al gobierno para hacer frente al peligro que representaban las nuevas tácticas empleadas por los obreros. Los embajadores de Gran Bretaña y Estados Unidos presionaron al gobierno para que tomase medidas en defensa de los intereses de sus connacionales en el sur.

Estos últimos sucesos ocurrieron porque el precio de la lana bajó verticalmente a fines de 1921, y las empresas se encontraron con un gran stock almacenado y la siguiente esquila casi encima. Para evitarla, provocaron ellas mismas un alzamiento obrero, haciendo detener a algunos dirigentes sindicales y enviando agentes que consiguieron levantar nuevamente las armas a los trabajadores previa formación de sus "guardias blancas". Los obreros organizaron un verdadero ejército y ocuparon varias estancias con la misma moderación que en la anterior oportunidad: se hacían firmar recibos por las reses que consumían y por los productos de almacén que tomaban. Un establecimiento incendiado, se supo posteriormente que lo había sido por su dueño, un inglés llamado Paterson, para cobrar un gran seguro.

Muchos pequeños propietarios se adhirieron a la huelga por considerarla justa. Pero, agitando el fantasma de la insurrección social, las empresas obtuvieron –se ignora por qué medios– que se enviara a Varela para reprimir la huelga.

Resolvió Yrigoyen, entonces, el envío de tropas de caballería al sur, toda una expedición militar dividida en dos cuerpos; uno con el Teniente Coronel Varela, jefe de la expedición, con los capitanes Pedro Viñas Ibarra y Pedro E. Campos, y la otra a las órdenes del capitán Elbio C. Anaya. Fue agregada a esa tropa un cuerpo de gendarmería. Las fuerzas embarcaron el 4 de noviembre de 1921. Un informe militar de Anaya define así la diferencia entre la primera y la segunda expedición de Varela: "Los acontecimientos de principios de 1921 pueden titularse campaña pacífica de la Patagonia en contraposición con la de fines de 1921-22 que llamaré campaña militar sangrienta".

En el transcurso del viaje de las tropas se produjeron hechos de sangre en la estancia Bremen, cerca de Cifre, cuyo dueño era alemán. Cuando se acercaba un grupo de diez peones a pedir víveres, éstos fueron recibido a tiros por el dueño y sus parientes, quedando como saldo dos muertos y cuatro heridos. Los huelguistas tomaron rehenes como protección y los estancieros huyeron hacia los puertos de la costa e hicieron relatos espeluznantes sobre las fechorías de los peones. El Teniente Coronel Varela escuchó esos relatos y consideró que la huelga era una insurrección armada y que en ese caso era aplicable el Código Militar, la Ley Marcial. Dio a sus hombres un bando dirigido a los obreros con instrucciones precisas:

"Si ustedes aceptan someterse incondicionalmente en este momento haciéndome entrega de los prisioneros, de todas las caballadas que tengan en su poder presentándoseme con sus armas, les daré toda clase de garantías para ustedes y sus familias, comprometiéndome a hacerles justicia en las reclamaciones que tuvieran que hacer contra las autoridades como asimismo a arreglar la situación de vida para en delante de todos los trabajadores en general. Si dentro de 24 horas de recibida por ustedes la presente comunicación no recibo contestación de que ustedes aceptan el rendimiento incondicional de todos los huelguistas levantados en armas en el territorio de Santa Cruz, procederé:

"Primero: A someterlos por la fuerza ordenando a los oficiales del ejército que mandan las tropas a mis órdenes que los consideren como enemigos del país en que viven;

"Segundo: Hacerlos responsables de la vida de cada una de las personas que en este momento mantienen ustedes por la fuerza, en forma de prisioneros, así como también de las desgracias que pudieran ocurrir en la población que ustedes ocupan y las que ocuparen en lo sucesivo;

"Tercero: Toda persona que se encuentre con armas en la mano y no cuente con una autorización escrita, firmada por el suscripto, será castigada severamente;

"Cuarto: El que dispare un tiro contra las tropas será fusilado donde se lo encuentre;

"Quinto: Si para someterlos se hace necesario el empleo de las armas por parte de las tropas, prevéngoles que de una vez iniciado el combate no habrá parlamento ni suspención de hostilidades."

Varela dictó ese bando por su cuenta y lo firmó, poniendo al territorio de Santa Cruz en pie de guerra. De parte de Yrigoyen, del ministro del interior y del ministro de la guerra no recibió instrucciones precisas; solamente debía cumplir con su deber, pacificar los territorios del sur, confiando en su condición de activo radical, uno de los comprometidos en la revolución de 1905.

Se aplicó el bando con todo rigor; pero hay que consignar que en la campaña contra los "bandoleros del sur" no hubo muertos ni heridos de las tropas, y eso que se trataba de una pequeña minoría frente a los millares de obreros en huelga. Hubo un primer encuentro en Punta Alta, y allí se rescataron 14 rehenes.

Uno de los centenares de casos ocurridos es el de Santiago González, que llegó a Santa Cruz el 12 de noviembre de 1921, contratado para trabajar como albañil en el Banco de la Nación. Fue detenido en el hotel donde se hospedaba por un soldado del 10° de caballería el 10 de diciembre; entre sus efectos se encontró un folleto titulado Carta Gaucha, escrito por Juan Crusao, y un escrito titulado La Voz de mi Conciencia, de Simón Radowitzky, que circulaban ampliamente por todo el país sin ninguna traba; el 28 del mismo mes fue ejecutado. De la misma magnitud, es el caso de Albino Argüelles; secretario general de la Sociedad Obrera de San Julián, herrero de oficio y afiliado al Partido Socialista. Este hombre fue quien organizó las columnas de peones rurales patagónicos en la huelga de 1921, en la cual se pedían mínimas mejoras en las condiciones de trabajo. Cuando llegó la tropa represora del capitán Elbio O. Anaya, les pidió parlamento a los dirigentes huelguistas, los apresó y luego de hacerlos castigar duramente ordenó su fusilamiento. Su muerte fue un asesinato vil y disfrazado por el capitán Anaya en su parte militar como "muerto mientras trataba de huir". La acostumbrada ley de fugas que en tiempos más actuales se convirtió en "desaparición" de personas.

El 22 de noviembre hizo imprimir Varela un nuevo bando, en el que dice que: "Se pasará por las armas a quienes no se entregaren a la primera intimación de las fuerzas militares o fueren sorprendidos por éstas con armas en la mano en actitud de resistir".

Quedaron en la memoria los sucesos de Paso Ibáñez, hoy Comandante Piedrabuena, a donde llegó una columna de 900 huelguistas, que ocupó el pueblo. Querían conferenciar con Varela y enviaron emisarios con ese propósito; se les respondió que debían rendirse incondicionalmente en el término de tres horas so pena de ser sometidos por la fuerza y pasados por las armas los que desacataren las órdenes impartidas. Sin garantías, los huelguistas entregaron los rehenes y huyeron hacia Río Chico y hacia la Estancia Bella Vista. Uno de los dirigentes, Avendaño, se entregó, probablemente con miras a negociar la rendición, y fue fusilado en Río Chico; luego se persiguió a los que se dirigían a Cañada León y fueron tomados 480 huelguistas, 4.000 caballos y 298 armas largas de todo tipo y calibre, 49 revólveres. Más de la mitad de los que se habían entregado sin combatir fueron ejecutados. Después de Cañada León, donde se halla la Estancia Bella Vista, Varela se dirigió hacia el Lago Argentino, donde tomó la estancia La Anita, de Menéndez Behety, en la que 500 hombres se rindieron sin combatir, siendo liberados 80 estancieros, mayordomos de estancia, gerentes, administradores y policías. Se procedió a fusilar sin freno alguno a los rendidos por las fuerzas que mandaba Viñas Ibarra. En conocimiento de los hechos ocurridos y de los métodos de la represión militar, hubo un intento de resistencia en estación Tehuelches, donde fueron heridos dos soldados y cayeron varios dirigentes de la huelga, José Font entre otros; pero en Tehuelches y Jaramillo el grupo de los huelguistas fue totalmente aniquilado.

Cientos de obreros fueron detenidos, apaleados y recluidos en dantescos depósitos, sin la menor forma de proceso. De ellos se escogía a quienes señalaban los representantes de las empresas, y se los llevaba al campo para fusilarlos. A algunos se les hacía cavar su propia fosa y luego se incineraban los cadáveres. En el Cerrito, en el Cañadón de la Yegua Quemada, actualmente Cañadón de los Muertos, y en otros puntos, fueron exhumados más tarde cientos de cadáveres.

Las publicaciones que vieron la luz sobre los hechos sangrientos de la Patagonia, en el curso de los mismos y después, son copiosas y pueden adolecer de parcialidad en favor de los huelguistas, que fueron víctimas, pero la verdad es que la segunda campaña del Teniente Coronel Varela dejó en aquellas regiones lejanas cerca de un millar de muertos, en su mayoría chilenos y españoles.

Muchos que no aprobaron aquellos métodos para resolver conflictos laborales callaron, guardaron silencio, pero eso no impidió que en todo el país cundiese una sentencia condenatoria, también en los círculos radicales, y en las esferas gubernativas.

Varela regresó a Buenos Aires, dejando 200 hombres al mando de Anaya y Viñas Ibarra; el ministro de la guerra lo recibió fríamente y el Congreso se levantaron voces acusadoras, una de ellas la de Antonio Di Tomaso:

"En el primer momento creyeron muchos de los obreros que la intervención de la tropa, si se producía como en el año 20, podría servir como un factor amigable, ya que se trataba de un elemento extraño al lugar, que tenía el prestigio de las armas de la Nación y que carecía de interés en el conflicto. En cambio, señores diputados, lo que se ha producido lo sabe todo el mundo. Se ha hecho una masacre y, para ocultarla se ha fraguado la leyenda del combate, se ha intentado dar la impresión de que allí ha habido batallas campales, de que un ejército perfectamente equipado y municionado atacaba a las tropas de la Nación. Todo eso es inexacto. Desde luego hay un dato que todos los diarios recogen, que nadie se ha atrevido a tergiversar porque habría sido imposible hacerlo: ¡No se han producido bajas en las tropas! Es extraño que un ejército de bandoleros bien armados, con buenos tiradores, que pelean en batallas campales, no causen una sola baja a las tropas nacionales, mientras mueren decenas de ellos".

Fue una requisitoria aplastante. Se pidió el nombramiento de una comisión investigadora, pero la mayoría radical impidió que prosperase la iniciativa.

Félix Luna expresó en su biografía del jefe del radicalismo que Yrigoyen no supo con certeza lo que pasó en Santa Cruz.

El ministro de relaciones exteriores, para contribuir por su parte a la solución de las tensiones sociales, inició negociaciones con Uruguay, Chile, Brasil y Paraguay a fin de concretar un tratado que permitiese seleccionar la inmigración tendiente a evitar de ese modo la entrada de elementos perturbadores e indeseables, a los que se atribuían todos los conflictos de trabajo. El tratado auspiciado quedó olvidado por falta de apoyo en los países que habría debido firmarlo; no obstante, el gobierno nacional adoptó medidas para evitar la entrada de los llamados "extranjeros peligrosos".

6. El Fin de una Interminable Batalla

Las empresas, que dirigieron todo, aprovecharon para liquidar de esta suerte a peones y pequeños propietarios a quienes debían dinero o cuyos campos ambicionaban. Además, abultaban los recibos firmados por los obreros para hacerse pagar por la Nación los supuestos daños causados por la huelga. Fue, en todo sentido, un episodio digno de "conquista y pacificación" de la Patagonia realizadas por las grandes empresas explotadoras a fuerza de látigo, y que dio a este pedazo de tierra argentina la triste denominación de "Patagonia Trágica".

Todo tuvo un desenlace sombrío como el episodio es sí. Dos años después de los sucesos, el Teniente Coronel Varela fue muerto por el hermano de uno de los fusilados en el Cañadón de la Yegua Quemada, Kurt Gustav Wilckens, que declaró haberlo hecho para vengar a sus compañeros asesinados. Estando bajo proceso, el centinela de vista que le adjudicaron una noche, lo despierta, le encañona el revólver por la mirilla del calabozo y lo mata a sangre fría; este oficial resultó ser un enfermo mental que, siendo policía, había sufrido heridas en uno de los encuentros sostenidos en Santa Cruz contra los huelguistas. El asesino del hombre que había matado al Teniente Coronel Varela fue recluido en un manicomio, y allí, a su vez, fue muerto por un antiguo huelguista patagónico que se hizo pasar por demente para ser internado en el instituto y llevar hasta allí la roja cadena de revanchas.

Yrigoyen nunca supo con certeza lo que pasó en Santa Cruz. Cuando el Dr. Viñas lo entrevistó para relatarle los horrores cometidos y pedirle que se procesara a los responsables, Yrigoyen no quiso hacerlo; dijo que una medida semejante acarrearía el desprestigio de las fuerzas armadas, y que la fe del pueblo en las instituciones debía salvarse aun a costa de la impunidad de algunos culpables. Sería injusto pensar que no castigó a los responsables porque le fueron indiferentes los desmanes cometidos: muchas veces demostró el valor supremo que le asignaba a la vida humana. Lo único cierto es que él no autorizó las barbaridades que se perpetraron; pero tampoco hizo nada para castigar a los culpables.

7. Conclusión

Fue durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen que se masacraron obreros en la llamada Patagonia Rebelde, en alusión a las huelgas desatadas por los grandes stocks de lana acumulados al terminar la Primera Guerra Mundial por falta de compradores. La violencia de clase fue la respuesta empleada durante la gestión de éste contra la movilización obrera. Los pedidos de esclarecimiento abortaron frente a la actitud de la bancada radical en el Parlamento, que impuso su mayoría contra la conformación de una comisión investigadora.

En la impresionante huelga que tuvo lugar en Santa Cruz, las masas enfrentaron la represión de las fuerzas oligárquicas con un elevado grado de violencia, dejando enseñanzas que aún hoy tienen vigencia. Sin embargo tanto el Partido Socialista como el incipiente Partido Comunista le dieron la espalda a la lucha violenta del proletariado. El Partido Socialista por oponerse, el Partido Comunista por ignorarlas. Desde nuestro punto de vista los hechos mostraron hasta dónde podía llegar el movimiento obrero encabezado y dirigido por los sectores más avanzados del anarquismo. Estos, por sus concepciones dejaron librado a la lucha espontánea de las masas la destrucción del Estado oligárquico. Carecieron de una línea que hiciera posible el avance de la lucha revolucionaria en la Argentina.

Sobre las huelgas de la Patagonia debe decirse que:

a.- Constituyeron el primer boceto revolucionario. Este primer boceto mostró que el proletariado tenía fuerza y capacidad (aun en las condiciones descriptas) para hegemonizar al conjunto del pueblo y hacer temblar las clases dominantes.

b.- Sin embargo, hubo errores que facilitaron el aislamiento del proletariado y su represión sangrienta:


La falta de una comprensión de la cuestión nacional en un país dependiente como el nuestro facilitó que la oligarquía y el gobierno instrumentaran falsas banderas patrióticas para dividir al movimiento y aplastar las luchas.

Las concepciones espontaneístas del anarquismo impidieron la existencia de un plan y de la preparación militar que posibilitara al proletariado y las masas populares crear una situación revolucionaria directa.

El Partido Comunista, por sus insuficiencias teóricas, sus concepciones erróneas y su profunda desconfianza en el potencial revolucionario del proletariado argentino, no hizo autocrítica sobre sus posiciones ni extrajo enseñanzas correctas de estas impresionantes luchas. Por lo tanto, no pudo desarrollar una línea de hegemonía proletaria ni afirmar el camino armado para el triunfo de la revolución en la Argentina.

Por su parte, la actitud del yrigoyenismo grafica el doble carácter de la burguesía nacional, que por un lado forcejea y por el otro concilia con el imperialismo y la oligarquía terrateniente. Y si bien hace concesiones al movimiento obrero y popular, para tratar de mantenerlo bajo su protección, temerosa del desborde, reprime violentamente las luchas que se salen de su control.

La experiencia del yrigoyenismo en el gobierno mostró, en definitiva, el fracaso del camino reformista para resolver las tareas agrarias y antiimperialistas. Su conciliación, particularmente con los grandes terratenientes ganaderos, facilitó la recuperación de posiciones por parte de la oligarquía y el imperialismo, que pasaron a predominar abiertamente con el gobierno de Alvear.

La muerte del coronel Héctor Varela fue un atentado individual llevado a cabo por el obrero anarquista Kurt Gustav Wilckens en 1923.

Osvaldo Bayer rescata la acción de Wilckens como justa reacción frente a la injusticia y la impotencia. Mempo Giardinelli, por el contrario, rememora que: "En 1922 gobernaba Hipólito Yrigoyen, no un tirano. Por lo tanto, Wilckens no ejerció ningún derecho de matar al tirano. (...) Y sin embargo, cuando Wilckens asesinó a Varela, no mató al tirano: sino que comenzó a matar a nuestra imperfecta democracia" .

En el caso de Wilckens, creemos que su objetivo era derrotar al sistema, al aparato represor del Estado. Pero de todos modos su gesto no es evaluado por la intención con que fue realizado, sino por la concepción política que lo puso en marcha y, también, por sus resultados concretos. Su acción individual presuponía una determinada concepción ideológico-política. Esta acción no puede medirse desde el lugar de la venganza planificada sino con la identificación del momento por el que atravesaba el proceso de formación ideológica de la clase obrera durante las primeras décadas del siglo en Argentina. Una etapa en la cual el ideario libertario y sus distintas formas de acción –entre ellas la directa– tras haber sido hegemónico en las direcciones y experiencias de las masas trabajadoras, perdía vigor precisamente por su incapacidad para constituirse en alternativa efectiva. El anarquismo contaba entonces con fuerte inserción en las fuerzas proletarias y populares y gran predicamento como perspectiva teórica y metodológica. Pero no es casual que el gesto de Wilckens tuviera lugar en momentos de franca e irreversible declinación del movimiento anarquista. Su acto, por tanto, era un gesto desesperado, aunque estuviera afincado en la esperanza. Una dirección política empeñada en llevar conciencia a los explotados y oprimidos y edificar una alternativa de masas, ciertamente debiera haber tomado distancia de aquel acto. Pero no desde el oportunismo nauseabundo de quienes buscan un lugar en el sistema capitalista con la misma desesperación con que Wilckens trataba de destruirlo.(*)

Fuente: Verónica Johana Farjat, "La patagonia rebelde", monografía editada originalmente en monografias.com

Imágen: Teniente coronel Varela, segundo a la izquierda, con el "gaucho Cuello", junto al caballo, uno de los jefes de la primera huelga obrera que después sería sustituido por otros dirigentes anarquistas.


La segunda vuelta de Antonio Soto

Por Osvaldo Bayer

El segundo regreso de Antonio Soto. Aquel que dijo en la estancia “La Anita”, en la lejana Santa Cruz, en aquel 20 de diciembre de 1921: “Yo no soy carne para tirar a los perros, no me rindo”. Fue cuando los peones rurales decidieron terminar con la huelga que mantenían con los terratenientes porque éstos no habían cumplido con el convenio firmado un año antes. Antonio Soto se negó a rendirse ante el 10 de Caballería comandado por el teniente coronel Varela. Y tomó camino hacia la cordillera.

Y tuvo razón Soto. Apenas se rindieron los peones, el Ejército Argentino comenzó a fusilarlos, así porque sí. Se los fusiló y se acabó. Y se los desapareció en tumbas masivas.

Terminaba así la huelga obrera más extendida de nuestra historia. Plena de épica. Es inexplicable cómo esos pobres peones pudieron parar las actividades en todos los campos. Los dirigentes apenas tenían un forcito a bigotes. Casi todo lo hicieron a caballo. Y organizaron largas columnas de protesta. Los esperaba la muerte ante los máusers de nuestros militares.

La historia, aunque tarda, termina siempre por reivindicar a la ética. Después que Soto fuese proclamado por la prensa oficial, la prensa terrateniente y los historiadores radicales como un “agente chileno”, ya ha salido a la luz la sacrificada e intachable conducta en toda su vida, hasta su muerte.

Aquí, en Buenos Aires, se acaba de inaugurar una exposición sobre su vida y su acción a 110 años de su nacimiento, en la Federación Judicial Argentina, y en un acto en el teatro Bambalinas se recordó su vida y su lucha, con la presencia de su hija, Isabel Soto, venida expresamente desde Punta Arenas, donde vive.

Para quien escribe esto fue una satisfacción plena de melancólica alegría. Había valido la pena escribir cuatro tomos para esclarecer los crímenes absurdos y cobardes de La Patagonia rebelde. Esos cuatro tomos y el film La Patagonia rebelde, dirigido por Héctor Olivera, me costaron ocho años de exilio y daños y heridas nunca cerrados. Pero valió la pena. Los humildes héroes del campo santacruceño están reivindicados. Sus tumbas están marcadas, no como antes, ignoradas por el silencio de todos. Ningún padre salesiano se aproximó nunca a poner una cruz. La Iglesia se comportó con los fusilamientos de los humildes peones de la misma manera que medio siglo después con la desaparición de miles de jóvenes idealistas.

Pero la Etica, como siempre, supo triunfar. Hoy Santa Cruz recuerda las huelgas rurales con monumentos, nombre de calles y de colegios. A los hombres que pusieron el rostro y el cuerpo para sostener la palabra solidaridad y lucharon por terminar la explotación del hombre por el hombre. Claro que entretanto hubo muchas agachadas del poder, como la del gobernador Puricelli, que vetó la ley de la Legislatura santacruceña por la cual se declaraba de lectura fundamental en los colegios secundarios el libro La Patagonia rebelde. Veto que todavía nadie fue capaz de levantar.

También la reivindicación llegó a Galicia, donde nació Antonio Soto, el “gallego” Soto. Allí, en El Ferrol, ciudad de su nacimiento, una calle lleva su nombre y en la humilde casa donde nació se ha puesto una placa donde se recuerda a quien salió de esos lares para marchar a la América de los sueños, donde encontró la realidad de la explotación de las peonadas en los latifundios fundados por Julio Argentino Roca.

El nombre de Soto sirve ahora a los pobladores de El Ferrol para contestar a una pregunta que les resulta demasiado desagradable. Porque en El Ferrol también nació el dictador Francisco Franco, el fusilador de poetas. Y es habitual que cuando se le pregunta a un nativo de esa ciudad dónde ha nacido, ante la respuesta de “en El Ferrol” el otro le añada: “¡Ah, donde nació Franco!”. Ahora, entonces, los nativos de El Ferrol contestan: “Sí, pero ahí también nació Antonio Soto. El luchador por los derechos rurales de la Patagonia argentina”.

Sí, allá también, en España, se hace la limpieza de tanto crimen y autoritarismo del franquismo. Está en plena discusión el proyecto de ley de memoria histórica que declara ilegítimos todos los juicios de los tribunales de la dictadura franquista. Y se está en el tema de retirar definitivamente los símbolos franquistas en ciudades y pueblos españoles: monumentos, plazas, calles, institutos.

Con estos homenajes en Buenos Aires, Antonio Soto ha regresado por segunda vez con su presencia histórica. La primera vez lo hizo en vida, en 1933, casi doce años después de la masacre que cometió Irigoyen y el Ejército argentino con los peones. Soto regresó para responderles a todos aquellos que habían sostenido que él había huido dejando solos a sus compañeros de lucha. Llegó al centro de Río Gallegos, se subió a una silla en la vereda de la tienda “La Favorita” y gritó: “¡Aquí estoy!”. Se abrió la camisa, ofreciendo el pecho, reivindicó las huelgas y denunció el crimen atroz de los fusilamientos. “Me fui aquella vez para seguir la lucha y la continuaré hasta la muerte.” Pero no pudo seguir hablando. El gobernador de la década infame, el militar Gregores, lo hizo apresar y lo hizo tirar al otro lado de la frontera. Soto siguió en Chile la lucha por los trabajadores. El periodista Callahan, que lo conoció en Puerto Natales, me lo describió así: “Antonio Soto era un autodidacto con ideas realmente visionarias, fue siempre consejero del Sindicato de Campos y Frigoríficos aquí, en Puerto Natales, y los viejos gremialistas tienen el mejor recuerdo de él. Predicaba el anarcosindicalismo como medio de lucha obrera y filosóficamente era partidario de las ideas anarquistas”.

Cuando ocurrió el golpe de Franco en España, Soto fundó en Punta Arenas el Centro Republicano Español, el Centro Gallego y la filial de la Cruz Roja. En Puerto Natales, Soto organizó un cine al que le puso el nombre “Libertad”, la palabra más amada por los socialistas libertarios.

Jamás, ninguno de los responsables hizo una autocrítica de la matanza de peones. La democracia sigue esperando. Ni los radicales ni sus historiadores, ni los militares ni los latifundistas. Siempre se guardó silencio. Por eso fue una satisfacción presenciar estos actos de homenaje a uno de los protagonistas de la justa huelga de los hijos de la tierra contra los dueños de la tierra.

Antonio Soto nació un 8 de octubre, aquí proclamado como el Día del Trabajador Rural. Pero, claro, ese día no fue fijado así por haber nacido Soto. Pero habrá que adoptarlo. Porque por algo la realidad tiene estas benéficas fantasías.

Imagen: Antonio Soto

Fuente: Página/12, 13/10/07


Un lugar en la estepa

Por Esteban Ierardo

El viento silba recio sobre la estepa. Invisibles caballos de aire cocean sobre las cimas de las montañas. El sol brilla indiferente. ¿O acaso no es así? ¿O acaso quizá el sol, y el viento y el suelo patagónico, contemplan entristecidos unas criaturas que arrojan balas asesinas sobre sus semejantes? Soldados profusamente armados descargan sus fusiles sobre los pechos ya indefensos de cientos de hombres sufridos, que largamente convivieron con la necesidad, con el sudor en las manos, con la dignidad en el alma. Cerca de 1500 obreros cayeron durante varias jornadas de criminales fusilamientos.

En nuestro lejano sur, los trabajadores recibieron la influencia de la Revolución Rusa de octubre del 1917. Aquel movimiento revolucionario fue un estímulo para organizarse contra las estructurales injusticias sociales que promueve la organización capitalista de la sociedad. En 1919 estalló en la ciudad de Buenos Aires la llamada Semana Trágica.
En la Patagonia, la caída del precio de la lana tras el fin de la Primera Guerra generó una preocupante desocupación. En 1920, en plena posguerra, el precio de la lana argentina, como la de otros países, cayó de $9,74 a $3,08, regresando así al nivel normal de cotización en tiempos de paz. La caída de la demanda mundial ocasionó un gran crisis para los estancieros latifundistas que se beneficiaban con la explotación de la cría de ganado lanar.

A pesar de sus grandes aunque disminuidas ganancias, los patrones obligaban a los peones a trabajar con 18° bajo cero arriando majadas. Los esquiladores concluían jornadas de 16 horas con los brazos agarrotados; los obreros, por su parte, trabajaban 12 horas por día 27 días al mes.

Las inhumanas condiciones de trabajo detonaron finalmente actos de protesta de tendencia anarquista, que fueron prohibidos por el gobernador interino de Santa Cruz, Edelmiro Correa Falcón.

Las centrales obreras de la región, la Federación Obrera Magallánica de Punta Arenas y la Federación Obrera Regional de Río Gallegos sostuvieron un fluida comunicación. Y en julio de 1920, en el sur chileno, surge una primera huelga que fue sofocada. En agosto de aquel mismo año comenzaron huelgas en la gobernación de Santa Cruz. Así se iniciaron los movimientos de protesta que derivaron en lo que hoy se conoce como la "Patagonia Trágica" o la "Patagonia Rebelde".
Al propagarse la huelga, el gobierno de Hipólito Yrigoyen (1916-1922) ordenó al teniente coronel Héctor Benigno Varela utilizar a la caballería, y a fuerzas de la marina, para ocupar los puertos de Santa Cruz. En un principio, Varela negoció con los huelguistas, entre quienes se hallaban chilenos y españoles. El enviado de Yrigoyen prohibió la circulación de moneda chilena y concretó un convenio aceptado por los trabajadores. En mayo de 1921 Varela abandonó Santa Cruz. Aparentemente se había llegado a un acuerdo. Pero los estancieros no cumplieron lo acordado entre Varela y los huelguistas. Resurgió así el malestar, atizado por los dirigentes anarquistas. Una nueva huelga estalló en octubre, con mayor vigor que la anterior. Sus principales conductores eran el español Hugo Soto y "Facón grande".
En la segunda huelga de octubre de 1921, el gobierno argentino sospechaba de una participación chilena en la sublevación. Los huelguistas poseían numerosas armas de fuego que sólo podrían proceder del otro lado de la cordillera. Esta presunta intervención trasandina habría pretendido sembrar el caos en la Patagonia argentina para facilitar una posible ocupación.

Numerosos elementos alimentaban estas presunciones de una intervención de militares chilenos en la huelga de Santa Cruz de 1921. M.A. Scenna, en Argentina-Chile. Una frontera caliente, destaca el ordenado desplazamiento de las masas huelguistas, sus métodos de atrincheramiento, y las maniobras realizadas para evitar la batalla.

El teniente coronel Varela fue nuevamente comisionado por Yrigoyen para resolver el conflicto. Pero esta vez actuó con desaforada violencia. Según Scenna, la dramática trasformación de Varela, el paso de la negociación hacia la sanguinaria represión, se explica por la aparición de sólidos elementos de sospecha en cuanto a una injerencia extranjera en la segunda huelga, que no existieron en la primera.

En Paso Ibáñez, hoy Comandante Piedrabuena, el pueblo fue ocupado por una columna de 900 huelguistas. Desde allí se enviaron emisarios para conferenciar con Varela. La respuesta fue que debían rendirse incondicionalmente en el lapso máximo de tres horas. Caso contrario, serían sometidos por la fuerza y pasados por las armas.

Una banda de ladrones comunes aprovecharon las aguas revueltas para entregarse al saqueo de estancias. Los estancieros usaron entonces los actos de este grupo delictivo para adjudicárselos a los obreros sublevados a fin de tender sobre ellos un manto de desprestigio.

Los huelguistas concentrados en Paso Ibáñez liberaron rehenes y huyeron hacia Río Chico, hacia la Estancia Bella Vista. Avendaño, uno de los dirigentes de la rebelión, se entregó seguramente con la intención de negociar una rendición. Fue fusilado en Río Chico. Se persiguió entonces a los que cabalgaban a Cañada León. Las fuerzas del ejército capturaron a 480 huelguistas, 4.000 caballos y 298 armas largas de todo tipo y calibre, y 49 revólveres. Más de la mitad de los huelguistas que se habían rendido sin combatir fueron ejecutados. Varela dirigió entonces su tropa hacia el Lago Argentino. Allí, tomó la estancia La Anita, de Menéndez Behety. Unos 500 hombres se rindieron sin ofrecer resistencia. Se liberaron 80 estancieros, mayordomos de estancia, gerentes, administradores y policías. Después, comenzó una cruenta avalancha de sangre y metralla. Todos los trabajadores que se habían rendido fueron fusilados. Antes ya había sido ejecutado Facón Grande. Hugo Soto se negó a permanecer en La Anita. Escapó y, con otros huelguistas, logró refugiarse en Chile.

La huelga fue así reprimida. Con una asesina tormenta de balas y con una sangrienta intolerancia. Pero la lanza criminal que Varela arrojó entre el duro viento patagónico se volvería contra él. Uno de los fusilados en el Cañadón de la Yegua Quemada era alemán, y tenía un hermano que lo vengaría: Kurt Gustav Wilckens. Wilckenes esperó a Varela escondido en un pasillo, en la ciudad de Buenos Aires, en la calle Fitz Roy, cerca del domicilio de Varela. Cuando éste se acercó, el vengador arrojó primero una bomba, señal de la desafiante acción de los anarquistas de entonces. Y luego acudió a un revolver. Varela se resistió al comienzo. Intentó sacar su sable. Hasta que finalmente cayó fulminado por una lluvia de seis balas.

Yrigoyen nunca conoció fehacientemente lo ocurrido en la Patagonia. Para evitar el desprestigio de las fuerzas armadas no quizo juzgar la acción criminal de Varela y sus subordinados (entre los cuales tuvieron también gran responsabilidad los oficiales Anaya y Viñas Ibarra). No avaló íntimamente el proceder del Teniente coronel pero tampoco movió los resortes legales para su procesamiento.

Los gritos de dolor que corrieron sobre el suelo patagónico tras los fusilamientos no se apagaron. En 1928, José María Borrero publicó La Patagonina Trágica. Español, doctor en Teología, Borrero se estableció en 1919 en Río Gallegos donde fundó un diario. En su obra, Borrero documenta, incluso con fotografías, el exterminio indígena, la matanza de trabajadores, el soborno y la ocupación de tierras fiscales. Esta actitud de denuncia justiciera fue continuada por la obra que ha alcanzado la mayor popularidad en la recreación histórica de los trágicos hechos de la huelga obrera en la Patagonia: La Patagonia rebelde, de Osvaldo Bayer. Bayer realizó estudios de medicina y filosofía en la UBA (Universidad nacional de Buenos Aires) para luego estudiar Historia en la Universidad de Hamburgo, Alemania. Fue titular de la Cátedra Libre de Derechos Humanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Escribió un importante estudio sobre el célebre anarquista italiano: "Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia". En 1995 publicó, en cuatro volúmenes, la edición definitiva de su obra fundamental.

Y tal vez la tierra recuerde. Tal vez las rocas y la estepa patagónica aún contemplan, como un vívido presente, a los hombres que son obligados a componer una nerviosa fila.

Y Y el viento susurra. Y los fusiles suben hasta dibujar una línea recta. Y los ojos de los ejecutores se concentran en los pechos indefensos. Quizá ninguno de los que apuntan reparan en las jornadas de digno y extenuante trabajo que pesan sobre aquellos hombres; quizá no ven, junto a ellos, a sus esposas e hijos, y sus padres y madres, o las tumbas de sus padres y madres enterrados en algún humilde cementerio. Quizá no perciben los ojos que destilan, en un solo reflejo, confusión, miedo, un silencioso pedido de compasión o la última decisión de morir bien erguido aunque se trate de una muerte cruelmente injusta. Quizá los soldados ejecutores sólo ven delante un estorbo que rápidamente deben remover para regresar después a sus hogares.

La única realidad cierta es la de una señal, y después el fuego letal de los fusiles. Y los hombres humildes que caen sobre la tierra. Los hombres que se abrazan entre sí, en solitarias fosas comunes. Esos hombres para los que ninguna cruz quedó, ninguna flor, en el lugar en la estepa donde les arrancaron salvajemente la esperanza de caminar con dignidad por los senderos de la vida.

Aquí, en este nuevo momento de Galerías históricas de Temakel, presentamos evocaciones fotográficas de la trágica huelga de los obreros en la Patagonia. Un homenaje, un acto de doloroso recuerdo de las víctimas de la injusticia que hace que unos hombres quieran usurpar el destino de otros.

Dos obras fundamentales para el estudio de los hechos de la huelga obrera patagónica, como se consignó ya son:
José María Borrero, La Patagonia trágica, 1929.

Osvaldo Bayer, La Patagonia Rebelde, en cuatro volúmenes, ed. Planeta, 1995.

Bayer también publicó un artículo sobre el tema que consideramos en la excelente y ya emblemática revista Todo es historia:

Osvaldo Bayer , "Los vengadores de la Patagonia Trágica", Todo es Historia, Nº 14 y 15, junio-julio de 1968. De este articulo proceden varias de las fotografías históricas presentadas en la Galería de imágenes.

Imágenes: Parte de de las fuerzas de Varela que ejecutaron a cientos de obreros en la Estancia La Anita; funeral de un obrero muerto durante la trágica huelga en la Patagonia.



El noble "Facón Grande", uno de los máximos dirigentes de la rebelión obrera. Murió fusilado cobardemente por Varela.


Varela (izquierda, sentado),durante la ceremonia en que recibió una condecoración de la Liga Patriótica. Nota Caras y Caretas 3 febrero 1923


La Larga marcha

Por Osvaldo Bayer

Hace ochenta años, por las inmensidades patagónicas se escuchaba el eco de balazos. Se estaba fusilando a gente humilde. Los fusiladores eran soldados de Buenos Aires. Eran tiempos de Yrigoyen. A las peonadas se las fusilaba por huelguistas. Querían hacer cumplir un convenio firmado meses antes por el propio militar que ahora las fusilaba.
Los huelguistas eran trabajadores de la lana. Exigían cien pesos por mes, que las instrucciones del botiquín estuvieran en castellano y no en inglés, que se les diera un paquete de velas por mes para iluminarse de noche, y otras pequeñeces. El año anterior, el teniente coronel Varela había venido y firmado el primer convenio rural de la Patagonia, aceptando el petitorio de la gente de la tierra. Pero el convenio no fue cumplido en nada por los patrones. Y las peonadas volvieron a dejar el trabajo y a formar emblemáticas columnas exigiendo justicia; columnas que recorrían el interminable horizonte de las tierras frías pobladas de animales de blanca lana. Es aquí donde se produce el derrumbamiento de toda moral, de toda racionalidad, del más mínimo principio de ética. Varela vuelve con su 10 de Caballería y en vez de castigar a los estancieros que no habían cumplido, fusila concienzudamente a las peonadas, por huelguistas. No hay escapatoria, todo huelguista sea gaucho, chilote o anarquista europeo es castigado duramente y luego fusilado. Sin juicio ni acta. Por orden del comandante. Santa Cruz quedará para siempre con montículos llenos de muertos. Las llamadas tumbas masivas. Ahí permanecerán para siempre, en el silencio del desierto y de las cobardías humanas. Nadie hablará. Sólo en voz baja. Ni los salesianos las marcarán con una cruz de palo ni nunca una mano de mujer colocará una flor. Los gauchos vuelven al corazón de la tierra. Esta es tierra de obediencias debidas. De fusilamiento y desaparición. Las ovejas son para los ingleses y para los señores de las sociedades rurales. Y nada más. Ese es el orden establecido. A los cuales jamás una jeta de negro vendrá a imponerles algo. La comunidad británica de Santa Cruz despedirá al comandante con un emocionado "porque eres un buen camarada". Hay lágrimas en esos hombres gordos y colorados. El comandante ha cumplido con las órdenes de la Casa Rosada. ¿O no?
Porque ahora vendrá la cosa. El balurdo es demasiado grande. En Buenos Aires se ha seguido fusilamiento por fusilamiento. La oposición pregunta con voz tonante: ¿quién ordenó matar? Los sindicatos ocupan las calles en protesta.
Fusilar en la lejanía había sido cosa fácil. Pero ahora, a esta opinión pública informada, ¿qué se le dice? ¿Cómo es esto que en la Argentina no hay pena de muerte, pero para con los peones huelguistas sí, y sin juicio previo?
Se va sabiendo que cuando se declaró la segunda huelga, el presidente Yrigoyen estaba en una situación difícil. El gobierno británico le había enviado un conceptuoso mensaje que si no defendía las propiedades de los súbditos de S.M., Londres enviaría dos buques de guerra que estaban en Malvinas al territorio de Santa Cruz para guardar el orden. Y todos saben que Gran Bretaña no deja solos a sus súbditos en ninguna parte del mundo.
También Yrigoyen pasaba un mal momento con el partido dividido, con problemas en Mendoza, con huelgas rurales en la pampa bonaerense, etc. Y se estaba a corto plazo de las próximas elecciones presidenciales.
El hilo se cortó por lo más delgado. La orden presidencial al comandante Varela fue terminar con las huelgas patagónicas, y para siempre. El comandante cumplió con toda ferocidad el deber encomendado. Total, los muertos habían quedado lejos, y eran nada más que pobres ovejeros, gente de campo, y algunos anarquistas que proclamaban un paraíso futuro sobre la base de la libertad y el antiautoritarismo. La tragedia oculta llegó al Congreso Nacional. Y ahí quedó todo en claro. Los fusilamientos masivos. La actitud criminal de Varela y sus oficiales Anaya, Viñas Ibarra, Campos, Schweitzer.

La oposición pidió el esclarecimiento de todo. Una comisión investigadora que concurriera ya a las latitudes sureñas para hacer un relevamiento del crimen. Pero la bancada radical votará en contra. No quiere saber la verdad.
Ejerce el poder de su número para tapar el crimen.
La primera víctima ha sido la democracia.
El comandante Varela justificará su conducta ante sus superiores en el ejército elevando un escrito en el que señala: "El Excelentísimo Señor Presidente de la Nación me ha manifestado su conformidad con el procedimiento empleado por las tropas a mi mando en el movimiento sedicioso de la Patagonia, no permitiendo que se efectuara investigación alguna sobre el proceder de las tropas".
Obediencia debida y Punto Final. Y no se habló más. La Justicia se calló la boca pese a lo público del caso. Miró para otro lado.
Los únicos que no se conformaron fueron los anarquistas. Habían esperado que se hiciera justicia. Como todos se lavaron las manos, decidieron que la justicia la iba a hacer el pueblo. El anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens hizo uso del "sagrado derecho de matar al tirano". Lo esperó a Varela en la calle, le arrojó una bomba -que expresaba la explosión de la ira del pueblo- y le fue perforando el cuerpo con cinco balazos. Wilckens fue asesinado en la cárcel y será el momento en que el pueblo salga a la calle a enfrentar a la policía y a declarar el paro general. Fueron días de lucha a brazo partido. Las publicaciones proletarias llorarán la muerte del vengador. Poco después los anarquistas pondrán punto final a la trágica sucesión de muertos y matarán al carcelero que había asesinado a Wilckens.

El radicalismo siempre guardó silencio ante la tragedia de las peonadas rurales. El autor de estas líneas se dirigió por escrito a todos los presidentes del Comité Nacional de ese partido. Les pedía una autocrítica y, el 7 de diciembre, fecha de los fusilamientos en la estancia "La Anita", ir personalmente a depositar una flor allí. Jamás me contestó ningún titular del máximo cuerpo del radicalismo. Les recordé el gesto de Willi Brandt, el primer ministro alemán quien -en su primera acción de gobierno- se puso de rodillas ante el monumento al Holocausto y pidió perdón en nombre del pueblo alemán. Tampoco la CGT jamás hizo un acto recordativo porque temía enemistarse con el ejército.
Pero, desde abajo, se ha ido rompiendo el silencio. Después de décadas, hoy, muchos lugares recuerdan a los héroes obreros. La tumba de la estancia "La Anita" ha sido marcada con un templete; una calle de Río Gallegos se llama Antonio Soto; la escuela secundaria de Gobernador Gregores lleva el nombre de José Font ("Facón Grande") por el voto de los docentes, de los alumnos y de los padres de los alumnos. En Galicia, la tierra natal de Antonio Soto, hay una calle con su nombre en El Ferrol, y una placa recuerda su nacimiento en esa ciudad.

Y en Jaramillo se levanta la estatua al gaucho entrerriano José Font, fusilado por Varela en ese lugar, un hermoso monumento en medio del desierto patrocinado por UATRE, la Unión de Trabajadores Rurales y Estibadores. Y, en este ochenta aniversario, la organización rural pondrá el nombre de José Font al hotel para sus afiliados que se encuentra en Buenos Aires.
El silencio ha sido roto. La falta de coraje civil ha sido vencida. Las peonadas fusiladas por el miedo y la crueldad, se han levantado de sus tumbas y han comenzado a recorrer sus queridas tierras santacruceñas. Allí donde alguna vez soñaron vivir con dignidad y gozar de sus horizontes interminables. (*)

Fuente: Página/12, 2001, Buenos Aires, Argentina.


Horacio Badaraco
(1901-1946)

Por Osvaldo Bayer [El Porteño, 03/85]

Horacio Badaraco nació el 14 de marzo de 1901 en Buenos Aires, y vivía en el barrio de Congreso dentro del seno de una familia que, de constructores de barcos, pasaron a formar parte del status de banqueros.
Desde muy chico comenzó a interesarse por la cultura anarquista: a los 11 años sus padres siempre lo sorprendían en la librería Perlado, hojeando los textos vinculados a la literatura anarquista.

A los 14 años, mientras espiaba a los anarquistas que se reunían en el café Gaumont (también en el barrio Congreso), el dramaturgo Rodolfo González Pacheco lo invitó a debatir y formar parte de aquella mesa. El mismo Pacheco fue el que le propuso escribir en "La Obra", cuando sólo tenía 16 años. La repercusión de sus escritos hicieron que Badaraco fuera el redactor de aquel vocero anarquista.

En esa marcada adolescencia, Badaraco no sólo se limitó a escribir para los anarquistas, sino que comenzaron sus tiempos de acción: los ecos de la Revolución Rusa habían dividido al movimiento anarquista en dos partes: "los que seguimos firmes en nuestra utopía de revolución en libertad", y el bloque de "anarcobolcheviques" (que eran los que expresaban su apoyo a Lenín). El contexto local estaba teñido por la sangrienta represión, impulsada por el gobierno radical, del movimiento obrero (y por el sector parapolicial, la Liga Patriótica Argentina)

Un hecho que marcó a Badaraco fue la represión militar que encargó Yrigoyen contra los obreros huelguistas de la Patagonia. El hombre fue uno de los que "más agitó para que se ayudara a los trabajadores que habían sido abandonados a su propio destino." Cuando llegó el momento de hacer el servicio militar (hecho que muchos anarquistas, por principio, no hacían: O desertaban hacia el Uruguay, o se cambiaban de nombre) Badaraco decidió que lo cumpliría para agitar desde adentro y hacer propaganda revolucionaria en el seno mismo del militarismo reaccionario argentino.

A finales de 1923, frente al cuartel de Palermo, donde Badaraco era recluta, un anarquista alemán, Kurt Wilckens, mata con una bomba y siete disparos al coronel Varela, represor en la Patagonia. Badaraco reparte volantes en el cuartel recordando las matanzas de los obreros patagónicos.

Badaraco fue acusado de señalarle a Wilckens quién era Varela: fue salvajemente torturado y encerrado ocho meses en prisión. Desde allí escribe artículos, que son sacados por distintas vías, para el periódico anarquista "La Antorcha", y será el defensor de los presos del vergonzoso régimen carcelario en la época radical.

Al salir de la cárcel, contrajo matrimonio con la española Ana Romero, quien era obrera del vidrio. Renunció a toda la herencia familiar, y comenzó a trabajar como lavador de coches. En su tiempo libre escribía para " La Antorcha."

De la muerte de Wilckens, asesinado poco después por un miembro de la Liga Patriótica Argentina, dijo: "Murió a consecuencia de su ideal".

Badaraco continúa trabajando en tres temas en los que hace hincapié: el antimilitarismo, la defensa de la mujer y la educación antiautoritaria y racionalista. Repudia los asesinatos, en nombre de la civilización, de los indios ("los salvajes civilizados") de Chaco y Formosa.

A mediados de la década del veinte, mientras los nombres de Sacco y Vanzetti recorren el mundo, los obreros argentinos harán una serie de paros generales con actividad en las calles: se produce un atentado en la Embajada de Estados Unidos, y en una manifestación en la plaza Congreso una bandera estadounidense es quemada. Badaraco y Alberto Bianchi, dos miembros de "La Antorcha", son acusados y llevados a prisión. Horacio comienza su huelga de hambre, que, a las dos semanas de haberla comenzado, se unen a ella todos los presos del Departamento Central de policía. Los jueces ordenan la libertad de los dos anarquistas.

Seis meses después, Badaraco es encarcelado nuevamente, esta vez acusado de hacer apología del crimen, por un artículo que había escrito sobre Wilckens, en donde justifica la actitud del vengador. En la cárcel inició la campaña de liberación de Simón Radowitzky.

La división de las izquierdas fue un punto preocupante para Badaraco. Cuando se instauró el golpe militar de Uriburu, en 1930, el movimiento obrero estaba dividido, y se preocupaban más en acusar al hermano de ideas que luchar contra el enemigo común. La represión de la primera dictadura militar en Argentina, recayó, por supuesto, en los verdaderos revolucionarios: no hay que aclarar que hubo fusilamientos, censuras, clausura de periódicos y sindicatos, la expulsión del país para los extranjeros y el penal de Ushuaia para los argentinos: es en ese lugar a donde llevan al revolucionario, que estaba luchando para sacar volantes de resistencia y seguir con "La Antorcha".

Lo llevan en el "Chaco", un transporte con capacidad para 150 personas. Iban en él 850. Van juntos presos comunes y políticos, y allí conoce, además de sus compañeros anarquistas, a un sector del trotskismo, del socialismo y del comunismo. Cuando llegan al penal de Tierra del Fuego los reciben con brutales palizas: un año y medio pasará en esas condiciones, sin poder recibir ni enviar carta a sus familiares.

Al salir de la cárcel, y después de haber conocido a compañeros de diferentes ideologías, empieza a simpatizar con el espartaquismo alemán, cuya ideóloga había sido Rosa Luxemburgo: admiraba ese radicalismo utópico que transmitía la alemana asesinada. Junto a sus compañeros anarquistas Domingo Varone y Antonio Cabrera funda "Spartacus Alianza Obrera y Campesina", cuya consigna era: "obreros, campesinos y soldados a luchar por el socialismo"

La gran victoria de Spartacus se verá en la gran huelga de la construcción en 1935-36: aunque el Sindicato de Albañiles estaba dirigido por los comunistas, la clave del triunfo de aquellas movilizaciones tuvieron que ver con la unión de toda la unidad de los trabajadores. Aunque muy pronto comenzaron otra vez las divisiones y las peleas.

En 1936 Badaraco se va a España a luchar contra Franco. Colaborará en las columnas anarquistas y en los periódicos "Solidaridad Obrera" y "Juventud Libertaria". Regresó más convencido aún que la falta de unión lleva inexorablemente a la derrota segura.

Cuando regresó, y después de haber sufrido su primer infarto, sigue plasmando en Spartacus su ideo de unión obrera. Mientras trabajaba en los talleres gráficos Standard, se solidarizó con los trabajadores que estaban en huelga. Por eso es secuestrado y golpeado ferozmente. En 1939, en plena lucha contra la guerra, comenzó su contacto con los estudiantes universitarios.

En medio de esa lucha por la unidad del movimiento obrero, el 17 de octubre de 1945 irrumpe el peronismo. Una parte de los viejos socialistas le dicen a Badaraco que esos no son obreros. "Esta es la clase obrera que ustedes no conocen", responde.

Diez meses después, muere en el Hospital Salaberry, a los 45 años.

En una especie de testamento político (una carta que le dejó a un amigo) se refiere extensamente al peronismo:

"En los últimos meses ya no hay indiferencia política. Casualmente el peronismo y el triunfo del peronismo es el castigo por nuestras insuficiencias en materia y en vida política.(...) La falta de respuesta política a millares de argentinos, y especialmente, de jóvenes, abrió el juego de la política fascista, o mejor dicho, profascista. Los obreros atrasados, los olvidados por nuestra burguesía nacional y la oligarquía reaccionaria, movidos por los apremios de sus insoluciones y castigados por el resentimiento fomentado por una expoliación sin límites, votaron a Perón. Aquí radica la experiencia de estos días: ahora iremos más fortificados a las luchas próximas y los obreros peronistas realizarán la experiencia mientras tanto la experiencia Perón. La experiencia Perón los traerá de nuestro lado o no, si aún somos débiles para ganarlos. Perón tendrá todavía carne de cañón para la guerra de los imperialistas."

ANTONIO "GALLEGO" SOTO (Osvaldo Bayer Página/12, 23/10/93 y folleto)

Antonio Gonzalo Soto Canalejo nació el 8 de octubre de 1897 en la ciudad de Ferrol, y su padre murió al poco tiempo de nacer, en la guerra de Cuba. Tres años después su madre se vuelva a casar y viajan a Argentina. Como Soto no se llevaba bien con su padrastro, su madre lo envía nuevamente a Galicia.

A los 17 años regresa a Buenos Aires, en la época en que la capital del país estaba en medio de manifestaciones y diarios anarquistas que incitaban a la lucha. Luego de la Revolución Rusa de 1917, Soto se alinea al sector bolchevique.

A los 22 años se incorpora a la Campaña de Teatro Serrano Mendoza, que recorría todos lo puertos patagónicos. En medio del clima de lucha que envolvía a Río Gallegos, Soto conoce al periodista vasco José María Borrero, quien le propone que abandone el teatro y se suma a las tareas directivas de la Sociedad Obrera, sindicato al cual pertenecía el periodista.

El 24 de mayo en una asamblea general, el gallego es elegido secretario general: las primeras medidas como el titular de la central sindical fue declarar huelga general, ya que los peones rurales bregaban por mejores condiciones salariales. Como la represión policial y militar no se hizo esperar, Soto pudo escaparse y esconderse en la casa de una compatriota suya, Doña Máxima Lista (maximalista, por supuesto). Mientras tanto, el 28 de enero de 1921 llega a Puerto Gallegos el 10 Regimiento, al mando del Teniente Coronel Varela, y el 29 de enero llega, después de haber sido nombrado varios meses atrás el gobernador Yza, quien permite una política de acercamiento entre estancieros y peones, y que pondrá en libertad a varios los presos sindicales. Las promesas del cumplimiento del pedido de los trabajadores permiten el levantamiento de la huelga, aunque las condiciones pactadas no se cumplían totalmente: al contador Eloy del Val, miembro de la Sociedad Anónima Mercantil de la Patagonia, le descargan diez balazos por haber despedido a obreros, aunque el contador sale milagrosamente ileso. Al presidente de la liga patriótica de Santa Cruz, Dr. Sicardi, miembros de la Sociedad Obrera lo paran en la calle y le quitan el arma que portaba, mientras que en el campo siete estancias son tomadas por los peones.

El 9 de julio, en el Hotel Español, se celebraba un banquete para recordar la fecha patria. Al cocinero, el gallego Antonio Paris, perteneciente a la Asociación Obrera, le comunican que entre los comensales se encontraba Manuel Fernández (de la firma Varela Fernández) una empresa boicoteada por Soto. Paris reúne a los mozos, también gallegos, y en nombre de la Sociedad Obrera prohibe que le sirvan la cena: los que esperaban la cena consideran una ofensa a la patria la actitud del personal, quienes deben servirse ellos mismos la comida. Luego de este hecho, meses después la policía encierra a Paris y clausura el local sindical. El 24 de octubre de 1921 se declara la huelga general. En Buenos Aires, el presidente Yrigoyen le pide a su amigo, el Teniente Coronel Varela, que se haga cargo de la represión en la Patagonia: en menos de una semana más de 300 hombres sublevan la región del sudeste de Santa Cruz.

La primera de los alzamientos, que es dirigida por Soto, es totalmente pacífica: se busca la libertad de los presos de Río Gallegos.

El 6 y 7 de diciembre, los militares se encuentran en la puerta de la estancia "La Anita". Los trabajadores se reúnen en una asamblea, en la que el chileno Juan Farina propone terminar con la huelga y negociar con los militares. La otra postura la da el alemán Pablo Schultz, quien dice que la única forma de ganar es pelar. Soto propone que se envíen dos hombres con bandera blanca hasta donde están las tropas y que pidan condiciones (la libertad de los compañeros de Río Gallegos y el cumplimiento de las cláusulas del convenio del pasado año) al jefe militar: dos chilenos son los designados quienes al llegar al lugar son automáticamente fusilados. Los militares envían a tres soldados con bandera blanca que les comunican a los rebeldes que lo único que les ofrece el Ejército es la rendición incondicional a cambio de que se los respetara y se los tratara bien. Nuevamente hay dos posiciones: la de Farina, que quiere aceptar la propuesta militar, y la de Schultz, más que nunca dispuesto a pelar. "Os fusilarán a todos, nadie va a quedar con vida, huyamos compañeros, sigamos la huelga indefinidamente hasta que triunfemos. No confiéis en los militares, son cobardes por excelencia, son resentidos porque están obligados a vestir el uniforme y a obedecer toda su vida. No saben lo que es el trabajo, odian a todo aquel con libertad de pensamiento (...) No os entreguéis", son las enérgicas palabras de Soto.

Se vota en la asamblea y gana la posición de Farina. Shultz dice que no coincide con la decisión, pero que la acata. Soto se niega y responde: "No soy carne para tirar a los perros. Si es para pelear me quedo, pero los compañeros no quieren pelear." A Soto lo siguen doce huelguistas más, y huyen a caballo hacia la cordillera. Los huelguistas rendidos (entre 500 y 600) fueron humillados, torturados y fusilados.

Soto y su grupo se van hacia Chile, perseguidos por el Ejército argentino y por los carabineros chilenos, que intentaban que no entren al país. Los compañeros de la Federación obrera, sabiendo el peligro que corría en la ciudad a la que había llegado (Puerto Natales) deciden enviarlo en barco a Puna Arenas, lugar que tendrá que dejar para irse a Valparaíso. En ese lugar conoce a la hija de los propietarios del lugar en donde vivía, y a los pocos meses se casa. Con Amanda Souper se traslada al norte de Chile, en donde tiene a sus seis hijos.

Ya en Santiago continúa con su actividad política en forma clandestina, aunque las persecuciones policiales lo hacen cambiar de rumbo constantemente. (cuando se traslada nuevamente a Puerto Natale, instala un cine al que llama "Libertad")

En 1936, año en que se declara la Guerra Civil Española, Soto intenta pelear por la República, pero su salud no se lo permite.

El 5 de marzo de 1938 se vuelve a casar con la chilota Dorotea Cárdenas, con la que tiene una hija.

Después de haber trabajado como peón rural, obrero en la fundición, puestero de frutas, chofer de camión, y la fundación de un restaurante en honor a su padre, Soto muere el 11 de mayo de 1963 a los 65 años.

JOSÉ FONT, "FACÓN GRANDE"(Osvaldo Bayer, Página/12, 9/10/93)

José Font era un hombre de buen pasar económico: era el dueño de una tropa de carros laneros que transportaban los fardos de lana de las estancias desde la precordillera a puerto Deseado y a San Julián. Sin embargo, su único lujo era un facón que llevaba cruzado en la espalda.

Cuando algunos peones rurales se presentaron frente a Facón Grande para que los representara sindicalmente, el gaucho no dudó un minuto en hacerlo: en ese momento, Yrigoyen ya había mandado a l Teniente Coronel Varela a reprimir a los revolucionarios patagónicos, y Gran Bretaña también había amenazado con enviar buques desde las Islas Malvinas para defender las propiedades de los estancieros.

Varela había recibido la información de que la columna de Facón Grande acampaba en Tehuelches, y allí le ordena a sus soldados una descarga cerrada contra ellos, aunque el gaucho los enfrenta y hace que las tropas se retiren rápidamente hacia Jaramillo. En esa hecho mueren tres huelguistas y un soldado.

Varela, entonces, hace atraer a Facón grande hacia Jaramillo con la propuesta de negociar las condiciones de la huelga. Cuando se encuentra, el militar ordena su detención. Facón Grande siempre le reprochó a Varela su falta de hombría por la forma en que lo detuvieron.

Tiempo después, en 1921, Facón Grande es llevado junto a un grupo de compañeros a un cañadón de la estancia de Cimadevilla, y allí sin fusilados. Ese lugar es recordado con el nombre "cañadón de la muerte." Por su parte, Varela envía un comunicado diciendo que Facón Grande fue muerto en combate, y sus pertenencias fueron dadas en administración al Estado, aunque a algunos administradores, "se les pierden" algunas cosas.

Años después, dos chatas de Facón quedaron abandonadas en el camino y sirvieron para la orientación de viajeros. Junto a ellas, el herrero Kuney levantó una herrería, y ese lugar será el pueblo de "Cañadón León", aunque oficialmente lleva el nombre de un militar de la Década Infame: Gobernador Gregores

RODOLFO GONZÁLEZ PACHECO (Osvaldo Bayer, Página/12)

Cuando al dramaturgo Rodolfo González Pacheco, en la Sociedad de Actores, le preguntaron cómo se había hecho anarquista, respondió sonriente: "La culpa de unos agitadores que disfrazados de marineros y vendedores de casimires de contrabando llegaron una tarde a la estancia de mis padres, en los primeros años de este siglo. Yo era un hijo de papá, un aprendiz de gaucho, mujeriego en los bailes de rancho y pendenciero en las reuniones de pulpería. Respetado por los gauchos que veían en mí más que al mozo guapo a un protegido de los milicos porque era hijo de estanciero. Aquellos falsos contrabandistas pidieron permiso para pernoctar, y de acuerdo con la costumbre hospitalaria de nuestra pampa, se le dio carne asada y catres para pasar la noche. Al día siguiente, cuando se fueron, uno de los peones me trajo una colección de folletos que los forasteros se habían olvidado en el galpón, repartidos estratégicamente para que se pudieran hallar después de irse... eran pensamientos de Bakunin, de Kropotkin, de Pietro Gori, de Malatesta. Al leerlos, fue la primera vez que advertí que en el mundo había algo más que las ginebras, guitarras y carreras cuadreras. Había gente que se preocupaba por sus congéneres. Y que mi vida era canallesca comparada con la nobleza y los sentimientos de esa gente..."

González Pacheco fue un aclamado hombre del teatro: conmovió a los sectores populares con sus obras "Hermano lobo", "Las víboras", "La inundación", "Hijos del pueblo". Aunque durante mucho tiempo esas obras se estrenaron en las salas céntricas, el las escribía especialmente para que se presentasen en los "cuadros filodramáticos"(teatros con los que contaban todas las sociedades de resistencia), creadas por socialistas y anarquistas.

"Fue un nato sembrador de ideas. Un orados político por excelencia. Estuvo en todo el país para hablar. Habló en todas las campañas: la de Radowitzky, la de Sacco y Vanzetti, la de los mensúes, la de los mineros. Pero ante todo fue el creador de "los Carteles": eran recuadros que se publicaban en los periódicos anarquistas y donde se tomaba posición ante los acontecimientos públicos que se conocían." (Osvaldo Bayer)

Fundó el semanario "La Mentira", que fundó junto al policía Federico Gutiérrez. Participó escribiendo en Germinal, en Campana Nueva, en La Batalla.

Por estar en contra de la Ley Social y la Ley de Residencia, junto a otros luchadores fue preso a Ushuaia. Pero no se amilanó, y apenas regresado a Buenos Aires fundó "Libre Palabra" y "El Manifiesto". Poco tiempo después creará "La obra", aunque durante la Semana Trágica de Yrigoyen hizo que esa obra fuera clausurados, junto con la protesta.

Aun con las amenazas de cárcel, Pacheco creó "Tribuna proletaria": durante el gobierno de alvear lo condenan a seis meses de prisión por los elogios hacia el alemán Kurt Wilckens.

En 1936 irá a defender al pueblo español contra Franco. Y en 1943 ya no pasarán sus obras en los sindicatos.

La huelga fue llevada a cabo por la Federación de Obreros de Construcciones Navales. Debajo del nombre tenía en letras grandes, la palabra autónoma, para que no hubieran dudas. Tenían su sede en Pedro de Mendoza 1915, en el corazón de la Boca. Después de trece meses de huelga, cayeron vencidos. Pero, como lo dijo el último boletín repartido en los muelles, en los diques y en las calles de Barracas y La Boca: "Sin arriar bandera." El motivo de la huelga de 1956 fue por mejor calidad de vida: horario de seis horas en lugar de ocho, para poder dedicar más tiempo a la cultura y a la familia, para gozar de la naturaleza. Fueron vencidos por los militares Aramburu y Rojas. Los marinos de guerra fueron los más insistentes en eliminar del puerto toda semilla de innovación social. El almirante Sado Bonet y el capitán de navío Patrón Laplacette , ministro de obras públicas e interventor de la CGT, fueron los artífices de la derrota obrera.

MUJERES ANARQUISTAS (Mabel Belucci, La Cautiva)

Virginia Bolten

Nacida en el Uruguay, Virginia viene a Argentina y se instala en Rosario, a fines del año pasado. En medio del clima de lucha que envolvía a la ciudad, Bolten encabeza una ancha columna de hombres y mujeres en la manifestación popular del 1° de mayo de 1890 en la plaza López. Su encendido discurso hace que sea encarcelada por atentar contra el orden social. Los rumores de la historia dicen que fue la primera mujer que habló en un mitin obrero Ese mismo año se traslada a Buenos Aires: por sus continuos discursos que infunden el anarquismo, sufre la continua persecución militar. Forma parte del Comité de Huelga Femenino, que movilizaba a los trabajadores del Mercado de Frutos porteño.

En 1907, ya como miembro del Centro Femenino Anarquista, activa la huelga de inquilinos. Por esto es deportada a su país natal. Su lugar de residencia será Montevideo.

Juana Rouco Buela

Llegó a la Argentina en 1900 desde España y se instaló en Buenos Aires. A los quince años ingresa al movimiento 8el 1° de mayo de 1904 fue su primera participación en un acto obrero)

Tiempo después representa a lasa mujeres de la "Refinería Argentina", de Rosario, en el Congreso de la FORA. En 1907 organiza el centro Femenino Anarquista, y participa de la huelga de los inquilinos. Para esa fecha es deportada y Juana decide volver a España. A su regreso, como no puede hacerlo en el país, se instala en Montevideo, y desde allí inicia una fuerte actividad propagandística junto a Bolten y María Collazo.

Ingresa de forma clandestina al país, y en 1910 es detenida, extraditada a Montevideo y encarcelada durante un año. En 1914 viaja clandestinamente a París, y cuando es descubierta desembarca en Brasil. Regresa nuevamente a la Argentina, e interviene en los hechos de la Semana Trágica.

Recorre el país con el apoyo de los rurales y los industriales. En 1921 funda en Necochea el Centro de Estudios Sociales Femeninos, y crea el periódico feminista Nuestra Tribuna. En 1928 participa en el Tercer Congreso Internacional Femenino.

Muere a los 80 años, en 1969.

Rosa Dubovsky

Nacida en Rusia y perseguida por el régimen zarista, huye junto a su marido Adolfo hacia Turquía. Adolfo se alista en Ejército mientras hace el Servicio Militar, y allí entrega un arsenal de armas a los revolucionarios. Antes se casan en secreto: Rosa parte a Francia, y su esposo a Buenos Aires. En 1907 se reencuentran en Rosario, cuando el trabaja en los Ferrocarriles y ella trabaja como sombrerera.

En la ciudad de Santa Fe, Adolfo milita en el campo anarco - sindicalista, y Rosa concurre a las reuniones de mujeres anarquistas. Funda una bibilioteca, exclusivamente para mujeres, llamada Emma Goldman.

Después del golpe del ´30, el matrimonio y sus seis hijos deben escapar a Buenos Aires, a pesar de la poca seguridad. En 1936 muere Adolfo. Comienza a trabar como empleada de la esterilla y tapicería, participa en la FORA y en la Federación Libertaria Argentina, hasta 1972, el año de su muerte.

(Los Sacco y Vanzetti argentinos, por Osvaldo Bayer: a Pascual Vuotto, Reclus de Diago y Santiago Mainini se los acusó de haber perpetrado el atentado al conservador José Blanch, en donde mueren su cuñada y su hijita. En un primer momento detienen a dos punteros del comité radical, Melchor Durán y Juan Perutti, y éste último intenta suicidarse en la cárcel. Pero Germán Parissi, comisario radical, envía un anónimo que acusa a estos tres anarquistas. Aunque se comprueba que el anónimo es falso, la policía toma como cierto el mensaje, libera a los radicales y comienza la caza de los anarquistas de la zona.

Fueron torturados salvajemente: hasta el médico de la policía denuncia los vejámenes de los presos, quienes fueron condenados a prisión perpetua. En la cárcel, Vuotto hizo de sus celda una trinchera y pudo comprobar su inocencia y la de sus compañeros. Así se originó el periódico "Justicia". Una gran campaña solidaria llevada a cabo por los trabajadores pudo haberlos dejado libres, pero ellos no querían perdón ni indulto, querían un juicio limpio: si hasta el propio Blanch sabía que eran inocentes, pero jamás dijo nada. Los trabajadores siguieron luchando junto a los presos, y once años después, en 1942, el gobernador Rodolfo Moreno conmutó la pena, pero Vuotto no se conformó y siguió pidiendo justicia.)

Fuente: http://www.elhistoriador.com


La serie de venganzas

"Yo he sido subalterno y pariente del comandante Varela. Acabo de vengar su muerte" – fue la declaración de Millán ante el inspector Conti.

Wilckens vivirá casi un día mas antes de morir. La noticia en tanto ya corría por toda la ciudad. A pesar de ser sábado, los distintos gremios comienzan a movilizarse.

"- Va a haber jaleo por el lado de los obreros" –le indican al presidente Alvear. Así es que cuando el tema empezado dos años atrás en Santa Cruz parecía calmarse; vuelven los dolores de cabeza para los funcionarios nacionales. Incluso el gobierno pasa a quedar como sospechoso de facilitar la muerte de Wilckens. En realidad es muy probable que Millán actuara con el apoyo logístico de la Liga Patriótica de la que era miembro.

"WILCKENS FUE COBARDEMENTE AGREDIDO HOY EN LA PRISIÓN NACIONAL" titulaba el diario Crítica en una tirada que superó los 500.000 ejemplares.


Notas en Caras y Caretas (1923) sobre el atentado de Wilckens al asesino Varela y la venganza de Ernesto Jorge Pérez Millán. Clic para descargar.

Efectivamente los gremios a pesar de sus diferencias ideológicas (anarquistas, socialistas comunistas, sindicalistas puros) al saber de la muerte de Wilckens comienzan a aplicar medidas de fuerza. Incluso hay malestar ya que la justicia y la policía no terminan de entregar el cuerpo, el cual es sacado secretamente rumbo a una tumba desconocida (luego encontrada por un periodista en el cementerio de la Chacarita). Mientras se siguen sumando adhesiones y paros de nuevos gremios. Las sedes se van nutriendo de militantes a la espera de la aparición del cuerpo del anarquista ultimado. El centro de mayor tensión es la sede de la FORA (Federaciónn Obrera Regional Argentina) en donde se agrupan una docena de sociedades obreras.

Es el día lunes siguiente al atentado en la cárcel. La ciudad de Buenos Aires está paralizada. Algunos militantes fueron detenidos el día anterior por realizar daños a tranvías al enterarse de que les habían escondido el cuerpo de Wilckens. El paro se siente en todas las principales ciudades del país y especialmente en los puertos. El Sr. Carlés de la Liga Patriótica ofrece sus 43 brigadas civiles (una especie de fuerza armada privada) para restablecer el orden.

En el Local de la Sociedad de Obreros Panaderos (zona de Plaza Once en la ciudad de Buenos Aires) el martes se congregan miles de obreros. La Plaza once está copada de efectivos policiales. Allí comenzará el jaleo tan temido en las esferas del gobierno. Será difícil precisar quien comenzó, pero el resultado de los disturbios arrojó dos muertos, 17 heridos y 163 detenidos por parte de los obreros y un oficial muerto y tres heridos mas por parte de la policía.

Aquí vuelven a diferenciarse las asociaciones obreras. La USA (Unión Sindical Argentina) adhirió en principio a las medidas pero evitando manifestar públicamente. Luego levantará su paro. Algunos gremios del sector anarquista (FORA) deberán también aflojar en sus medidas ya que al no presentarse a trabajar son reemplazados por cualquier desocupado de los tantos que abundaban. Así como ya es habitual las medidas de fuerza quedan diluídas.

Volvamos a Pérez Millán. Su posición es comprometida. Si actuó respaldado por una organización, no puede hacerlo público. Por ello comienza a argumentar incoherencias y contradicciones ... comienza a hacerse el loco. Con ayuda de algún poderoso tal vez consiga una condena de pocos años y en una institución psiquiátrica:

"Pérez Millán, sometido a un examen de sus características psíquicas acusa síntomas bien claros de hallarse bajo la acción de una ligera crisis nerviosa, y en ciertos momentos de su interrogatorio presenta rasgos de perturbación de su memoria pues ciertos pasajes de su vida anterior los recuerda con alguna dificultad, no encuadrando en la preparación que demuestra tener el reconocido" (médico forense Doctor Vailatti).

Finalmente le dan ocho años de reclusión. Será trasladado en abril de 1925 al hospicio de la calle Vieytes. Allí se cree que estará seguro y que el tema de Santa Cruz dormirá finalmente para ya no volver.

Pero un par de nombres se agregarán a la lista de los vengadores. Hay un "loquito bueno" de nombre Esteban Lucich, yugoslavo. Pequeño de estatura y un poco jorobado. Lustra los zapatos, tiende las camas, barre el piso y así se gana unas monedas ... Circula libremente por el hospicio. Como en la mañana del 9 de noviembre de 1925.

Justamente esa mañana Pérez Millán se sentía algo abandonado. La sociedad ya estaba preocupada por otros temas, y salvo su padre ya nadie lo visita. Aparentemente dice a su compañero de habitación "voy a desenmascarar a mas de uno" y comienza a escribir una carta. Almuerza algo liviano y prosigue su escrito ... el que quedará inconcluso. Mas precisamente a la 12:30 el "loquito bueno" pide pasar al pabellón de los enfermos pudientes. Llega hasta la habitación de Pérez Millán, entra, saca un revólver y dice: "- Esto te lo manda Wilckens".
Millán recibe un balazo en el pulmón izquierdo y se tira al piso evitando que lo alcance un segundo disparo. En el posterior forcejeo recibe un nuevo proyectil que se le aloja en el muslo. Finalmente llega un enfermero y reduce a Lucich, al que le colocan un clásico chaleco de fuerza.

Nuevamente despierta una historia no tan dormida. A cargo de la investigación de este último suceso está el comisario inspector Santiago. Preguntado Lucich de por qué lo hizo , solo contesta una frase memorizada: "el revólver lo encontré en la mesa de Pérez Millán. Como él me atacó a puñetazos yo le disparé para defenderme". El comisario comprende que este loquito no obró por decisión propia sino que fue "programado" por alguien. Por eso pide enseguida una lista de reclusos internados allí mismo en el Vieytes. Y ahí encuentra el nombre servido de quien pudo idear este nuevo eslabón en la serie de venganzas: el ruso Boris Wladimirovich.
¿Qué hace este anarquista ruso que ha recorrido el mundo, en este hospicio cuando debiera estar cumpliendo una condena en el penal de Ushuaia ? ¿Qué hace aquí casi paralítico y en las últimas, y encima logrando que Lucich dispare contra Millán? El diario La Razón lo llamará "curiosa, siniestra, novelesca silueta".

Justamente Pérez Millán se encontraba internado tras los disparos. Si bien los médicos suponían que en treinta días estaría recuperado, una perforación en algunos órganos lo debilita progresivamente hasta que fallece en plena madrugada. El presidente de la Liga Patriótica está a su lado y días después publica la carta que estaba escribiendo Millán en sus últimas horas. En ella no aparecen denuncias sino el relato de cómo se involucró en el tema de Santa Cruz. La última frase es "Tengo que decir mas respecto a mi condena ..." Allí ocurre el atentado sin que se sepa que era "eso mas".

Volviendo a Wladimirovich cabe señalar que en el penal de Ushuaia (donde cumplía una condena por un asalto realizado con el fin de conseguir fondos para publicar un diario anarquista) su salud comenzó a deteriorarse. Curiosidad del destino: alguna vez se había salvado de ir a Siberia y terminaba en Ushuaia que por entonces era realmente el fin del mundo.

Es muy probable que el ruso al ver su delicada salud y antes de morir quisiera realizar un último acto idealista: vengar a Wilckens. Por ello comienza a "estar loco" al saber que Millán está en El Hospital de las Mercedes (el Vieytes). Según el médico de Ushuaia el anarquista tiene signos notorios: canta viejas canciones rusas, no puede caminar, se arrodilla rezando (como para tomar por loco siendo un anarquista). Ya en el penal del sur estaba otro anarquista de los pesados: Simon Radowitsky. Dos son mucho. Wladimirovich no parece peligroso, así es que mejor trasladarlo al manicomio donde se derivan los condenados. Allí le queda el trabajo de adoctrinar a Lucich y simplemente entregarle un revólver con las frases que debía decir.

El comisario Santiago lo hace traer y comparecer. El ruso de 49 años parecía un anciano de setenta. Su estado general era lamentable y pasaba la mayor parte del tiempo postrado. Sabe que va a ser muy difícil probarle algo en ese estado. Wladimirovich apenas sonríe. No confiesa ni se inmuta ante los "ablandes" típicos. Claro está acostumbrado a los ayunos anarquistas y además viene del penal de Ushuaia. Los posibles testigos son "locos" o débiles mentales, y los posibles colaboradores externos solo dicen que le llevaron fruta y no armas. De todas maneras Wladimirovich no saldrá de la cárcel. Ya paralítico, sucio y desatendido fallecerá al poco tiempo...

... Es el fin del cuarto acto del drama que comenzó en la lejana (cercana) Santa Cruz.-

Queda por allí un hecho suelto al cual no puede comprobársele conexión con esta serie de venganzas pero que sí vuelve a enfrentar al movimiento anarquista contra el oficialismo. En el dia de Nochebuena del año 1929, un militante anarquista de nombre Gualterio Marinelli de 44 años; se acercó a la carrera hasta el coche presidencial en donde viajaba Hipólito Yrigoyen (por entonces en su segundo mandato como presidente). Una vez cerca del vehículo vacía la carga de su revólver. La custodia repele el ataque dando muerte a Marinelli. Yrigoyen ileso, concurre a la comisaría a ver los restos del anarquista, mientras se le oye decir: ¡ Y yo que nunca hice mal a nadie!"


Y llegaron huyendo

Por Pavel Oyarzún, Punta Arenas, Chile

En la noche del 9 de diciembre de 1921, doce hombres llegaban al territorio de Magallanes, tras cruzar, de a caballo, el cerro Centinela, en plena zona de Lago Argentino. Venían huyendo del infierno. Tenían precio sobre sus cabezas. Un precio muy bajo, digamos, el de un guanaco. Eran los últimos sobrevivientes de una huelga que terminaba para ellos en una derrota sin gloria. El último núcleo de anarquistas que salía huyendo de la llanura en donde habían querido fundar el paraíso en la tierra. Porque aquella huelga que declararon a los cuatro vientos, no fue una huelga más, no fue sólo por unas cuantas monedas, sino que por la revolución, por el socialismo. Eran hombres de fe, que ahora le daban cuerda a la desesperación en su escapatoria a los pies del cadalso. Parecía mentira. Sólo unas cuantas semanas antes, eran los dueños de toda la provincia de Santa Cruz, Patagonia argentina. Cruzaron la pampa fría con el credo revolucionario en la boca, buscando hermanos para la causa. Y los hombres los siguieron. Formaban grandes grupos de jinetes alzados. Y la palabra huelga se esparció por todo el territorio, en cada estancia ganadera, en los galpones de esquila y en los corrales, en cada huella de tierra, vadeando los ríos, palmo a palmo de la llanura, en kilómetros a la redonda. Y mírenlos ahora. Era de no creerlo. De todo el movimiento huelguístico sólo quedaba una cifra imprecisa de muertos, el imperio acerado de una ley marcial, y centenares de sobrevivientes que jamás volverían a rebelarse en sus vidas, tampoco lo harían sus hijos, ni los hijos de sus hijos.

Entre los escapados iba Antonio Soto Canalejo, líder máximo de la huelga. Español, de veinticuatro años de edad, nacido en El Ferrol*, en ese vértice de tierra, al noroeste de la península Ibérica, que es Galicia. El hombre más buscado de la Patagonia. El enemigo público número uno para la Liga Patriótica, la Iglesia, los estancieros y el gobierno de la provincia. Un anarquista de tomo y lomo, sin duda. Tras ellos, en la estancia La Anita, a esa misma hora, se mataba que era un gusto. La gran mayoría de los ovejeros, en la asamblea del día anterior, había decidido entregarse a las tropas del 10 de Caballería, al mando del capitán Viñas Ibarra, con la ilusión de que no haya fusilamientos. Soto Canalejo casi perdió la voz diciéndoles, más bien gritándoles a todo pulmón que debían pelear, que no era posible claudicar a esas alturas de la vida y de la muerte. Pero la suerte estaba echada. Los ovejeros votaron por la claudicación, a mano alzada. Entonces decidió largarse de allí, huir hacia Magallanes, hacia Chile. Le siguieron once de sus compañeros. Los demás, la inmensa mayoría, esperaron la entrada de los soldados. Lo hicieron en completo silencio, y en aparente calma. Luego, sólo sabrían de insultos, arreos y culatazos. Más tarde, sabrían de fosas abiertas por sus propias manos, tomas de distancia, ubicación en el punto de mira, órdenes de fuego, llegada de proyectiles. Todo muy rápido. Y todo era cierto, porque las balas de los Máuser no mienten. Aún así, permanecían impávidos, silentes hasta la médula. No intentaron nada. Ni siquiera lloraban. Parecía que no creyeran lo que les estaba pasando. Que sólo se trataba de un sueño protervo. Tal como si no se dieran cuenta de que eso y no otra cosa era la muerte.

Llegando así, como llegó Antonio Soto Canalejo a Magallanes, cumplía, sin saberlo quizás, con una especie de ley meridional. Llegaba huyendo. Y a estas tierras hacía ya varias décadas que los hombres llegaban huyendo o a cumplir una condena indecible. Escapados del hambre, de la guerra, de los estragos de la existencia, de la miseria congénita, de la mala fortuna, de lo que sea. Qué se puede ir a buscar al fin del mundo, si no es acaso borrar el pasado de una plumada, a golpes de viento; intentar ser otro, inventarse una vida. No obstante aquello, el gallego Soto era el más derrotado de los que llegaron al territorio magallánico, porque venía huyendo de una derrota total, que lo desbordaba, que la hacía inmensurable. Era una fe derribada. Un intento de revolución caído a pedazos, y en cuyo derrumbe había hombres, centenares de hombres habitando esos pequeños abismos que son las fosas, y sin embargo insondables en sus tinieblas duras, donde yacían con sus ojos y bocas, y con sus corazones pacíficos después de todo, tapiados por la tierra más fría del mundo, a escasa profundidad, pero para siempre. Aunque le hubiesen dicho al gallego Soto que los anarquistas eran borrados del mapa en todas partes; que la década de 1920 era la década destinada para los golpes finales a los anarcosindicalistas en Estados Unidos, en Europa, en América del Sur, esto no habría servido de consuelo para él, no habría abrevado en aquella fuente la sed de su angustia. Era un hombre joven, creía en la revolución. Era un anarquista, y por lo tanto, sabía que lo posible no es digno de fe; entonces, pedía lo imposible. Se le iba la vida en ello.

A pesar de la ceguera que provoca una fuga desesperada, Antonio Soto Canalejo y sus compañeros creían llegar a una buena tierra para su causa. En Magallanes no sólo salvarían el pellejo, sino que además encontrarían hermanos que pondrían sus vidas en la misma balanza. Y esa era la pura y santa verdad, como se dice. El territorio austral, el último en ser anexado al Estado de Chile en el continente, tan solo sesenta y ocho años antes, y a duras penas, vio crecer, como una planta extraña, la idea anarquista, que dio pábulo a la Federación Obrera de Magallanes, la organización sindical más poderosa de la que se tenga memoria en el cono sur americano. Más aguda y más audaz en su ideario que la misma Federación Obrera de Chile, fundada por Luis Emilio Recabarren, en el norte del país, en 1909. Fue algo estrambótico, realmente. Hombres que se reunían y conspiraban como podían, bajo los preceptos de la revolución social, del fin del capitalismo, del hombre nuevo. Era una locura. Un crisol de voluntades revolucionarias, que le declaró la guerra al Estado, a la Iglesia, a los reyezuelos de la industria ganadera, a los santos, los profetas, los poderosos. Pero no sabían nada de táctica y estrategia. Querían dar una guerra al Capital con unos cuantos revólveres Smith & Wesson. Y los amos de esta tierra, que en la Europa de donde salieron no habrían pasado de ser fundadores de una nobleza de opereta, príncipes enanos a fin de cuentas, recogieron el guante, y dieron con ellos en la caterva, les hicieron morder el polvo y la sangre. Se les adelantaron. Veían un poco más. Les bastó con un par de asonadas de tropas y policías, para dar por finalizada la época de las huelgas, los episodios de la subversión. En unas cuantos días terminaron con esa pequeña Comuna de París que fue Puerto Natales, en enero de 1919, y le bastaron algunas horas más de la madrugada del 27 de julio de 1920, para reducir a cenizas el local de la Federación Obrera en Punta Arenas. Así cayeron, entre las paredes y vigas calcinadas de la sede sindical, las intenciones de hacer de Magallanes un territorio liberado, una república popular o algo por el estilo. Luego, las persecuciones pertinentes, los encarcelamientos necesarios, las torturas a tiempo, los fondeos de hombres todavía con vida en las aguas del famoso estrecho de Magallanes, la recuperación del orden público, el imperio de la obediencia, el dictamen de las buenas intenciones. Y entonces las personas de bien, pudieron, por fin, respirar tranquilos en los salones, en los templos de culto, en los cuarteles.

Los fugitivos llegaban un año y medio tarde, y eso era mucho tiempo, para una causa urgente como la anarquista. Salvaron la vida, por cierto; pero cayeron directo a una tierra apagada para la revolución. Para el gallego Soto, comenzó otra historia. Tuvo que permanecer oculto, luego salir de polizón hacia el norte de Chile. Él quería regresarse cuanto antes a las llanuras de Santa Cruz. Quería continuar la batalla, tal como aquella tarde del 7 de diciembre fatídico, cuando le clamaba a sus compañeros que se fueran con él a los montes, y desde allí continuar con su guerra proletaria. No sabía bien si de guerrillas o de qué tipo, pero seguir en la contienda, como hombre bravío que era. Se quedó sin regresar, hasta diez años después, y eso ya eran siglos. Volvió a la provincia de Santa Cruz, que una vez fue su suya - es un decir- fue su propio y humilde Palacio de Invierno. Pero llegó a otra historia, a otro tiempo. No le reconocieron. Fue negado cien veces. No había memoria entre su gente, solo había miedo en grandes cantidades.

Ahora, escribo esto a unos cuantos años de que se cumplan un siglo de ocurridos los hechos. Un poco más de veinte años, y veinte años no es nada. Confieso que lo hago con la displicencia que da el tiempo transcurrido. Aún así ajusto mi sombra a este fragmento de historia de la Patagonia. Lo hago porque siento que se trata de un episodio trunco, inacabado. Quizás como lo son todos los episodios que protagonizan los hombres. Sólo a los dioses les son destinadas, en las escrituras, escenas resueltas de verdad, porque se imaginan eternas. Sin embargo, en nada cuenta que a mí los dioses me parezcan absurdos, porque en la historia de la muerte son imbatibles. Más sigo el hilo de este breve episodio patagónico, porque me atañe directamente. Después de todo, he nacido aquí, en el confín de la Tierra, donde tuvieron lugar estos hechos. Le podría dar, con cierta ayuda, un orden cronológico bastante exacto, establecer una secuencia, pormenorizar a diestra y siniestra, pero me seguiría pareciendo que le falta algo; no sé, tal como decía Goethe acerca de la historia de Napoleón, y uso estas palabras sólo como referencia; sentimos como si debiera haber en ella algo más, pero no sabemos qué. Fin de la cita. Y es tal cual con respecto a este jirón de tiempo, al derrotero de este hombre indócil, que vio un día arder todo el mundo a su alrededor. La historia de Antonio Soto Canalejo se me antoja inconclusa para él y para todos los que intentaron llegar al paraíso en la tierra, declarando la huelga general y a lomos de caballos. Quizás faltó en la Patagonia de aquellos hombres algo de ferocidad insurrecta, de instinto homicida, de esa transmutación cruenta que hace a los hombres pasar de víctimas a victimarios. No sabría decirlo. Ahora todo sería conjeturas, cálculo de probabilidades, estrategias de salón. No pienso caer en esa impudicia. Sólo me resta afirmar, y corro el riesgo de la aventura, que cuando Antonio Soto Canalejo y sus compañeros llegaron al territorio de Magallanes, con toda su bravura a cuestas, en este rincón austral, la siempre frágil llama de la rebeldía popular ya estaba apagada por completo, ya había caído en la cuenta del miedo pánico, ya la Idea de los anarquistas estaba sepultada bajo siete palmos de olvido puro; es decir, tierra muerta; y que desde entonces, en Magallanes, o más preciso que eso aún, en la Patagonia, la domesticación de los hombres, hasta nuestros días, es un hecho objetivo. Desde entonces, salvo las excepciones de rigor, mansedumbre, obediencia ciega, mirada ovejuna. Basta con decir que el mismo Antonio Soto Canalejo dejó sus huesos en la ciudad de Punta Arenas, no sin antes convertirse, con los años, en un ciudadano correcto, con nombre y domicilio conocidos, en un padre de familia ejemplar. Nada que agregar.

*El Ferrol, la misma localidad española en la que nació, en 1892, alguien a quien, Soto Canalejo habría conocido en sus años de infancia: Francisco Franco.

Fuente: http://lavquen.tripod.cl

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