Juan Sasturain

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La poesía, del chanfle al segundo palo


NOTA RELACIONADA
Juan Sasturain - Manual de perdedores
 

Con las palabras a la cancha

Por Juan Sasturain

Se habla cada vez más sobre / de fútbol, probablemente porque el fútbol es –a esta altura del universo y de la historia mediática– algo que, por invasión prepotente en la cotidianidad del mundo entero, ya no se puede evitar. Se lo menciona en toda circunstancia, aunque más no sea para quejarse de omnipresencia, para putearlo por desnaturalizado, para declararlo insoportable. Ya se habla del fútbol como del tiempo, es conversación de ascensor, segunda opción en los velorios, primera entre padres e hijos incomunicados de por vida. Es así.

Está claro que para muchos la proliferación de lo futbolero suele ser una fuente, en apariencia inagotable, de entretenimiento, distracción (de qué) y a la vez un fenómeno de competencia y confrontación que –con todas sus mediaciones y vivencias tercerizadas– es a menudo depositario casi exclusivo de la adrenalina, la libido y otros combustibles vitales que se suponen de moda. Para no hablar de las compulsivas necesidades de pertenencia. Ni patria ni sexo ni partido ni clase: equipo, colores. Es lo que hay.

Basta este panorama de lo que muchos viven, para entender a los otros muchos que lo padecen. Para éstos, hartos y escépticos a menudo con razón, el fútbol en todas sus formas –sobre todo las más perversamente penetradas por el negocio y la manipulación mediática más trivial– se les presenta con la incongruente, perentoria y necesaria atención que requiere un sorete en medio de la vereda. O, mejor / peor: el fútbol es hoy un fenómeno con la insidiosa capacidad de infiltración ambiental y personal de una peste invacunable.

En medio de semejante e inédita realidad saturada de pelotazos vistos, dichos y comentados, hay quienes –además– escriben textos de / sobre / con fútbol. No escriben simplemente para comentar, reseñar, opinar sobre el fútbol y sus múltiples avatares sino que hacen literatura: ensayos, textos críticos, relatos. Y ahí se plantean varias cuestiones que suelen ser motivo de equívocos y malos entendidos.

Ya se ha bien dicho en alguna otra ocasión: tenemos la evidencia de que, más allá de la portentosa distorsión, tanto la práctica del fútbol (el uso de la pelota y la competencia derivada) como el ejercicio de la literatura (el uso del lenguaje y el despliegue de sus múltiples sentidos), llevados a un grado de excelencia y respeto por sus medios y sus posibilidades, pueden (aunque no suelen) alcanzar el grado de la artisticidad: pueden ser un arte, no sólo una actividad reglada por la eficacia o un trabajo marcado por la recompensa. Tanto el manejo de la pelota como el del lenguaje –puestos en buenos pies y manos– son un desafío a la creatividad y de ahí, de esa tensión por encontrar una forma original, cada vez única, para resolver dificultades expresivas, puede saltar la belleza. Ambas actividades tienen en común su condición de juego en tanto desafío, actividad en el fondo inmotivada, asunción de un riesgo y entrega personal. Porque las habilidades que requiere el fútbol (saber golpear una indócil pelota con cualquier parte del cuerpo que no sean las manos) no sirven absolutamente para nada... Para nada que no sea el fútbol. De ahí su equívoca grandeza.

Otra cuestión es la referida al fútbol ya como tema literario: es apenas uno más. Se puede hacer buena literatura o basura con él: hay ejemplos abundantes en ambos sentidos. No define un género ni una subclase, aunque se puedan hacer antologías con cuentos “de fútbol” (mejor sería decir “con fútbol”) que abarquen desde Borges-Bioy a Soriano con variedad de registros e intereses; en ningún caso serán buenos o malos cuentos, más o menos serios, por el tema sino por el tratamiento, ya sea desde adentro o desde afuera del juego. “La soledad del corredor de fondo”, de Alan Sillitoe, no es un relato deportivo (“Insai izquierdo”, de Costantini, que lo reescribe, tampoco), ni “Cincuenta de los grandes”, de Hemingway, es una historia de boxeadores. Son dos extraordinarios relatos a secas en los que los protagonistas –a diferencia de otros– andan y compiten con otros de pantaloncitos cortos. Así, “Escenas de la vida deportiva” es un gran cuento de Fontanarrosa –obrita maestra de observación psicológica y de registro coloquial– que trata de un picado; y una historia como “Campitos” está ambientada en el mundo del fútbol, pero habla –como siempre– de otras cosas.

En cuanto a la popularidad, tal vez sea cierto que hoy haya lectores que gusten especialmente de los relatos futboleros, ya que han proliferado los libros que los reúnen. Hay “especialistas” que sólo escriben historias con esa temática, como Corin Tellado escribía novelas “de amor” y Marcial Lafuente Estefanía, “de cowboys”. Son oficios. A veces, además, la literatura se cruza por ahí. Obviamente: no hay géneros mayores y menores; ni temas serios y triviales. Por eso, si entre los futboleros hay prolíficos productores de textos y sus ávidos consumidores, hay también escritores y lectores que son otra cosa. Y pueden convivir.

En todo esto, un lugar especial le cabe al relato futbolero propiamente dicho (la transmisión del partido, digamos), que no es un fenómeno textual sino verbal, radial, invento argentino, sustituto de la imagen y de la presencia en vivo. Ese relato pretende la inmediatez. Y lo notable es que un partido de fútbol transmitido / escuchado por radio muestra su esencial naturaleza: es un cuento, una historia, un acto de invención dramática con su desarrollo, sus protagonistas, sus apartes, sus énfasis, su tono. Es una versión de los hechos, una construcción verbal más o menos veraz o estilizada de un acontecimiento único del que no pueden dar cuenta ni los números ni el resultado ni las estadísticas.

A mitad de camino entre la crónica periodística y el relato de ficción, debe retener al oyente –hay diferentes versiones de un mismo acontecimiento– y el vicario espectador elige la “mirada” (el relator) que más le satisface de acuerdo con sus necesidades. Siempre se trata de una historia que se propone de suspenso, pero que puede derivar en comedia o drama. El oyente de fútbol es un receptor muy activo, básicamente interesado en cómo termina una historia en la que está absolutamente jugado partidariamente: buenos y malos, vencedores y vencidos. El relato lo implica sentimentalmente (desea que termine de una u otra manera) y desconfía siempre de la objetividad, de la equidistancia de la versión que se le ofrece. Se le pide veracidad y emoción para que sustituya la presencia en vivo. En síntesis: la manera más integral y convincente de dar cuenta de lo que pasa en un partido de fútbol es convertirlo en un relato (porque es una historia irrepetible), en el que si bien es fundamental saber cómo termina lo importante es ir viendo qué pasa, cómo fue.

El relato televisivo, en términos lógicos, no estaría sujeto a esas reglas, pues su función no sería sustitutiva sino meramente complementaria, como las voces que acompañan un documental: no explicar lo que se ve sino aportar datos extra para su perfecta comprensión. Y así era en origen: la sola mención de los jugadores en el momento de tomar contacto con la pelota agotaba la función del relator. Así fueron las transmisiones, durante años, en que sólo la elevación del tono y la velocidad con que se nombraba al jugador indicaba la inminencia del gol. Desde entonces mucho ha cambiado, sobre todo en el sentido de complementar / comentar / subrayar lo meramente presentado, como las risas grabadas en las series. Muchos otros narradores y comentaristas se han sucedido –-epigonales o no de los fundadores– y las voces que se superponen a la imagen han dejado de ser complementarias para convertirse en coprotagonistas e incluso (cuando los partidos son menores por interés objetivo o malos por su calidad) en las verdaderas estrellas del acontecimiento televisivo. No es un buen síntoma que veamos los partidos para “ver qué dicen”.

Que el fútbol sea desde hace mucho en la Argentina –y en el mundo– sobre todo un hecho mediático no es tan grave. ¿Que no lo es? Lo raro es el fenómeno de que jugadores-protagonistas y espectadores-comentaristas se conviertan (pantalla mediante) en indiferenciados actores y personajes.

Hay un espacio ahí del que sólo la literatura, al hacer el relato de ese nuevo relato posible que es el partido transmitido, puede dar cuenta con originalidad y perspicacia: vale la pena echarle una mirada a “¡Qué lástima, Cattamarancio!”, de Fontanarrosa. Para los que les gusta el fútbol. Y la literatura.

10/04/12 Página|12


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Juan Sasturain, "Se escribe como se vive"

Nació en González Chaves y vivió en Coronel Dorrego. De adolescente, jugando al fútbol para Independiente, pisó las canchas tresarroyenses. Hoy, a los 58 años, el destacado escritor y periodista Juan Sasturain es editor de deportes del diario Página 12 y un referente de la historieta argentina. En capital federal, donde reside, se brindó a un diálogo exclusivo con "El Periodista"

Por Lucas Martínez y Marcelo Rivas

"Se hizo un silencio increíble en toda la quinta, hasta los pájaros se callaron...", no era para menos, José Pirovano le acababa de atajar un penal al Presidente de la Nación en la mismísima Quinta de Olivos, estadio complicado para jugar de visitante. Con este pequeño "accidente" comienza el último libro de Juan Sasturain, "La lucha continúa". Una vertiginosa novela de aventura con mezcla del relato policial con narrativa fantástica ambientada en la ciudad de Buenos Aires. Una historia atrapante que, según sus propias palabras, "cumple con el primer requisito de cualquier obra narrativa que es, en el buen sentido de la palabra, entretener. El pecado capital de cualquier narrador es aburrir".
Quizá esta sea la mejor manera de presentar al chavense Juan Sasturain, escritor, periodista, y uno de los máximos referentes de la historieta argentina, que compartió con "El Periodista" una agradable charla de café, donde recordó sus reiteradas mudanzas por diferentes localidades de la provincia, su pasión por el fútbol, la historieta y la literatura.

En Chaves, por accidente

"Se puede decir que nací en Chaves por accidente. Mi padre fue empleado del Banco Provincia. Entró al banco en Lobería y después laburó por distintos pueblos de la provincia. Toda mi familia era de Lobería, incluso mi hermana mayor nació allí. En el año '45 mi viejo estaba trabajando de tesorero en Chaves, y como en esa época se acostumbraba que los hijos nacieran en el lugar de donde eran sus padres, mi mamá se iba a ir a Lobería... pero bueno, por esas cosas no fue. Así que nací ocasionalmente en Chaves. Viví un año y medio hasta que a mi viejo lo trasladaron a Médanos, cerca de Bahía Blanca. De ahí fuimos a Lobería, después a Rauch. Y en Rauch, en el '55, se produce la Revolución Libertadora con la caída de Perón. A mi viejo, que era peronista y había sido secretario de Unidad Básica alguna vez, lo rajaron del banco. Pero antes de echarlo lo trasladaron a Chaves. Así que volví unos meses, en vísperas de entrar a cuarto grado. La siguiente vez volví para jugar al fútbol, tenía cerca de 16 años y vivía en Coronel Dorrego, donde integraba el equipo de Independiente. En esa época se jugaba en la liga de Tres Arroyos, ya que no había liga en Dorrego. Jugábamos con los clubes de Tres Arroyos y también estaban "los chacareros", Quequén y Oriente, Copetonas e Independencia de Cháves. Jugaba en la reserva e íbamos a todos los pueblos, ahí volví a Chaves para enfrentar a Independencia".

Las letras y la pelota

En esa misma época, promediando sus estudios secundarios, Sasturain comenzó a escribir y a forjar su futura carrera como escritor. Al terminar el colegio viajó a la capital federal para estudiar letras en la Universidad de Buenos Aires. Igualmente su pasión por el fútbol no decayó, ya que lo siguió practicando tanto dentro de la facultad como fuera de ella. Integraba el equipo de Filosofía y Letras y dice haber sido campeón de la Liga Universitaria al ganarle a Ingeniería, pese a que -como todos sabemos-, la facultad de Filosofía y Letras no es precisamente un semillero de grandes talentos futbolísticos. Pero ya por ese entonces tenía en su haber otros logros deportivos de su vida en Coronel Dorrego.
"En 1962 se acabó la guita en Independiente y se hizo la Liga de Dorrego, ya que no había más plata para traer a los cordobeses, los jugadores de afuera. Entonces los que estábamos en el pueblo jugábamos en primera y salimos campeones en el '63. Tengo el orgullo de haber sido campeón en la primera liga de Dorrego (risas). Cuando llegué a Buenos Aires quería jugar, tenía un tío que era dirigente de San Lorenzo, entonces me fui a probar. Yo estaba jodido de la rodilla porque en Aparicio, jugando por la liga, me rompieron los ligamentos de la rodilla derecha, me hicieron mierda la rodilla y me curaron mal, en aquella época allá ni te operaban ni nada.
Me probé de delantero en San Lorenzo, y era grande, cualquiera sabe que a los 18 años si no la rompes no... y yo no la rompía. Después entrené con Independiente y entré a Lanús, y aunque firmé con ellos nunca jugué. Lo que pasa es que estudiaba Latín e Introducción a la Historia por un lado, y después iba a entrenar al sur. Largué y terminé jugando en el equipo de la facultad. En el '69 egresé en Letras y comencé a trabajar como profesor de Literatura en el secundario y al año siguiente a escribir en los medios. Yo quería ser escritor, empecé a escribir críticas de libros que es lo primero que uno habitualmente hace, lo que tendría que hacer al final. Uno opina sobre los demás y es incapaz de escribir un carajo...".


Entrevista por Nicolás Morente en Estudio Fútbol, TyC Sports

Tendremos que opinar sobre su libro...
Perfecto (risas), bueno las reglas son así, es más fácil escribir sobre los demás que escribir uno. Pero además son dos actividades muy diferentes, actividades distintas. No necesariamente los críticos tienen que ser buenos escritores. Para nada, son cualidades diferentes. Yo me acuerdo que lo primero que comenté para Clarín fue una novela de Pasolini y no tenía ni la más reputísima idea de Pasolini, igualmente me mandé una crítica re pedante, llena de citas de Ronald Barthes, y yo no entendía un carajo. Mas allá de la buena intención y la seriedad, no tenía nada, no tenía conceptos, no tenía rodajes... Después laburé muy bien y muy feliz en los años de La Opinión. Estamos hablando de principios de los '70. La Opinión fue un medio muy importante, revolucionario para esa época...

Un diario de derecha con periodistas de izquierda...
Claro, como termina siendo siempre. Un periódico "progre". En el área de la Cultura el que me dio laburo fue (Juan) Gelman. Y ahí sí empecé a escribir un poquitito mejor, creo, y sabiendo de qué escribía.

¿Cuándo escribió su primera novela?
Yo hice todo muy demorado. Escribo como cualquiera, desde los 16-18 años, pero "Manual de perdedores" la terminé cuando tenía 30 años, en el '75, y no se publicó hasta 10 años después. Yo me había propuesto terminar mi primer novela antes de cumplir treinta años, en esa época ya estaba casado y tenia 2 hijos.

¿De dónde surge la pasión por la historieta?
La pasión por la historieta viene de la lectura. La lectura de historieta fue un poco formadora y deformadora para mí desde la infancia. Como todas aquellas cosas que te marcan. Para bien o para mal, pero te marcan. Son como los padres que tenés, el barrio donde te criaste, o las experiencias que tuviste. Todo sirve, depende de que haces vos con eso después. Generacionalmente los pibes que empezábamos a leer en los '50 ya no leíamos los clásicos de la literatura juvenil, leímos las historias de las historietas del mismo modo que los chicos hoy más que leer miran la tele. Nosotros somos la primera generación del medio audiovisual. Ya le jodia un poco a la maestra que uno no leyera libros sino mirara otras cosas. Lo cual es un problema, evidentemente, porque en mi caso comencé con la historieta y luego llegué a la literatura, pero de algún modo sentí la corrección cultural, y con razón, en el sentido de por qué carajo leen esto y no leen lo que tienen que leer. Pero bueno, mal que mal es así. Quedó como una especie de sustrato en el cual hay un concepto de aventura que -por ejemplo-, viene de ahí.

Cuentos del fútbol argentino

Antología de una pasión nacional

Selección y prólogo de Roberto Fontanarrosa

Es probable que esta antología haya comenzado a gestarse en su antecedente inmediato, que con selección y prólogo de Jorge Valdano reunió hace dos años a escritores de España y América latina tras una tapa con el mismo título de este libro (sin las restricciones del gentilicio, por supuesto). O quizá todo haya empezado en los pies de los jugadores que pasaron por el inolvidable Alumni, allá cuando el siglo actual nacía, para, después de décadas, crecer con las gambetas y los goles de Sarlanga, Di Stéfano, Bianchi, Kempes o Maradona; los relatos de Fioravanti o Muñoz, y los anhelos de cualquier chico que en un potrero soñó con llegar a primera... Quién sabe. Tampoco interesa demasiado. Lo realmente importante es que este deporte plástico y viril para unos, violento e insensato para otros, ya forma parte, a su modo, de nuestra historia literaria. Y, para demostrarlo, Roberto Fontanarrosa seleccionó textos que van desde la anécdota chispeante y el relato ingenioso hasta la pintura del drama social y humano que a veces envuelve tanto al ídolo como al más miserable de los hinchas.

Dentro de esta variada gama, las aguafuertes más logradas corresponden a Osvaldo Soriano, Alejandro Dolina y el propio Fontanarrosa, quienes, conocedores de los códigos barriales, recrean satíricamente y con envidiable ingenio la magia del picado, los amistosos y las sacrificadas ligas regionales.

Por su parte, Guillermo Saccomano, Juan Sasturain y Marcos Mayer se ajustan a las reglas del cuento creando obras que se despegan de lo anecdótico y alcanzan la dimensión artística necesaria para bucear en el fracaso, el resentimiento, la locura y los sueños que habitan en el fútbol como fenómeno social. A los trabajos de ellos se suman dos obras maestras del género: "Falucho", de Pacho O`Donnell, que desnuda con crudeza el mundo anónimo de un hincha y sus absurdas ansias de heroísmo, e "Insai izquierdo", de Humberto Costantini, que narra magistralmente la inestable relación entre un gran jugador venido a menos y sus simpatizantes.

En este mismo sentido, el de las relaciones humanas (pues qué es si no esa suerte de rechazos y adhesiones entre la hinchada y el deportista), se expresan los trabajos de Juan Pablo Feinman, Liliana Heker y Marcelo Cohen. Es de lamentar que el cuento de este último narrador, aunque excelente, esté ambientado en España y que el lector deba realizar una forzada conversión de términos como chutar, portería y carrerilla, más cuando de fútbol argentino se trata. Del resto de los autores, Rodrigo Fresán, Luisa Valenzuela, Elvio Gandolfo y Héctor Libertella no consiguen despegarse de lo meramente anecdótico y, al respecto, cabe mencionar que varios de los trabajos son inéditos, lo que mueve a la sospecha de que fueron realizados especialmente para esta antología y, por ende, no alcanzan el vuelo de lo escrito sin la imposición del tema. Aunque nunca falta la excepción, y en este caso se trata de Inés Fernández Moreno, quien, sorprendiendo desde su condición de mujer, compone un breve y formidable cuento en el que se rinde homenaje a los relatores radiales y se pone de manifiesto la ilusión colectiva que genera la camiseta albiceleste.

Por último, y para demostrar que nadie podía permanecer ajeno a esta pasión de multitudes, Fontanarrosa incluyó en su selección una aguafuerte "lunfarda" del recordado periodista Luis Sciutto, quien con el seudónimo de Diego Lucero dejó unas inolvidables crónicas deportivas, y un cuento de Bioy Casares y Borges, que por medio del célebre Bustos Domecq asisten al extraño caso de la desaparición de los estadios de fútbol. En fin, una antología para todos los gustos y para todos los aficionados, no importa cuál sea el cuadro de sus amores.

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¿De ahí viene entonces lo de la ficción?
Claro. Primero la leí cuando era pibe y mi segunda aproximación fue como docente, en los años '70. Fui jefe de trabajos prácticos de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras y después responsable de Teoría Literaria en la Universidad de Rosario desde el '72 hasta el '75. Hasta la triple A, y después los milicos, en esa época de lucha ideológica en la universidad. Los que dábamos literatura desde el campo progresista, uno de los gestos con los que atacábamos era ampliar el objeto de estudio de la literatura, más allá de la valoración, de si era bueno o malo. Entonces incorporamos la literatura de masas, nos dedicamos a estudiar el policial, la historieta. Teníamos una concepción de la literatura muchísimo más amplia que la concepción restringida y elitista. Entonces mi segunda aproximación a la literatura fue como docente.

¿Más allá del gusto literario era una cuestión ideológica?
En este caso era una reivindicación de tipo ideológica, con los llamados géneros marginales y el papel que esos géneros marginales puedan tener en una sociedad neocolonial como la nuestra. Así aparecía la reivindicación de Oesterheld, o la reivindicación de los letristas de tango. Cómo en los márgenes o costados de la cultura se producían fenómenos masivos, y por otro lado estéticamente muy válidos que tenían una forma de desarrollo absolutamente independiente, que no eran dependientes de los modelos externos que era lo propio de la literatura concebida como de vanguardia. De ahí venía el debate ideológico de la reivindicación de los géneros marginales.

¿Primero lector, luego docente y después guionista?
Si, esta es la tercera etapa, que es la práctica, cuando me pongo a escribir. Entonces lo primero que hago es una novela policial con un detective ambientada en Argentina y pienso como hacer verosímil la aventura. Una de las formas de la dependencia cultural era que la aventura no era posible acá. La idea era hacer la circunstancia de lectura en el mismo lugar donde pasan las cosas, donde vos las lees, es lo que había hecho Oesterheld.(autor del Eternauta)

Con la democracia, junto a Alberto Breccia, llegó la historieta "Perramus"...
Claro, a principios de los '80 andaba con Patricia, la hija del viejo Breccia, en la época donde yo estaba laburando en Super Humor y tenía una cercanía con la historieta. Y de mi relación con Patricia tenia una cercanía con Alberto. Yo no había escrito nunca un guión, ya tenia terminada mi novela, escribía cuentos, escribía sobre historietas. El viejo era un autentico artista, y como todos los artistas se cagaba de hambre en esa época porque no publicaba acá. Hacía cosas muy lindas, todo bárbaro, premios y todo..., pero no había medios donde publicar, entonces necesitaba algo para publicar afuera. Entonces me dice: "Juan porque no me hacés un guión, una cosa aventurera, mas o menos vendible, no una cosa hermética, complicada. La idea era hacer algo de batalla digamos, como para... Yo le escribí el primer guión de "Perramus". Las primeras 8 páginas le gustaron y empezamos a laburar. Lo que pasa es que aquello que tendría que haber sido, en teoría, una historieta simple, fácil para vender y que permitiera tener respiro con algo mas o menos comercial, resultó complicada, hermética, presuntuosa, hiperintelectual, comprometida. Pero bueno, laburamos un montón de años, hicimos mas de 400 páginas. Son cuatro historias largas. El hecho que un tipo como ese me diga "che porque no me escribís un guión" fue muy lindo.

"Perramus" se difundió en buena parte del mundo...
Se publicó en toda Europa. En Argentina la publicó la revista Fierro, después en libro. Y la última parte, la cuarta, que se llama "diente por diente", que es la dispersión de los dientes de Gardel, nunca se publicó en castellano, es inédita. En el único lugar donde salió es en Francia, donde está todo junto publicado en tres volúmenes. Y bueno, con esa ganamos el premio Anmisty Internacional.

¿Se considera un referente de la historieta argentina?
Sí, la verdad que sí, yo he sido como "la viuda intelectual" de Oesterheld. Tengo el orgullo, y lo digo de corazón, de haber sido el primero que escribió en los medios sobre él en el '78, cuando estaba desaparecido. Mi vínculo fuerte con la historieta fue en la década del '80, después no he vuelto a escribir historieta. Alberto murió en el '93, y yo nunca más escribí historieta.

Retomemos el fútbol, ya que también ha escrito mucho sobre el tema...
Escribir sobre fútbol es algo que siempre me gusto, es la misma relación que con la historieta. Un poco ser coherente con las cosas que nos dan placer y que nos gustan. Independientemente de que sean culturalmente aceptadas o no. Partimos del placer, de lo que nos gusta. El fútbol da para muchísimas cosas. Hay infinidad de gente que escribe cuentos sobre fútbol. La literatura nunca se define por los temas, se define por el uso de la palabra, no importa que vos hables de fútbol o de la guerra mundial, lo importante es el texto. Es ocasional que vos hables de una cosa u otra. Con cualquier tema se puede hacer buena literatura y se puede hacer basura. El tema es cómo y no de qué se habla.

¿Está trabajando ahora en la sección deportes del diario Página 12?
Igual escribo para otras secciones, pero soy editor de deportes. Me siento muy bien trabajando en Página. Es uno de los pocos medios independientes que no tiene que quedar bien ni con la tele ni con la radio, donde no tenés la presión de las grandes empresas y donde todavía se puede escribir sin que te miren por arriba del hombro. Con todas sus limitaciones, sigue siendo saludablemente un boliche.

Finalmente, ¿a usted le pasó lo mismo que a Fontanarrosa, que soñaba con ser Onega antes que Cortazar?
Totalmente, la vocación futbolera es anterior a la literaria. Me parece muy saludable que un pibe de nueve años quiera ser futbolista y no escritor. Igualmente puede salir un Borges maravilloso, que por suerte quería ser escritor y no jugador de fútbol. Desde un parámetro de salud un poco arbitrario, ¿qué mejor que quiera ser futbolista a esa edad?. A mí siempre me gustó jugar al fútbol, ver fútbol y escribir sobre fútbol. No sobre Macri, no sobre toda la basura que puede ser el mundo que lo rodea, no me interesa hacer ni reivindicación ni crítica cultural, no. Escribir del juego, el juego es hermoso. En fin... ¡se presta tanto al verso el tema del fútbol!. Hay una hipertrofia de la oferta de lo futbolero. Los hipercríticos de los fenómenos de masas creen que todo es parte de la manipulación. Sebreli, por ejemplo, defiende una postura de alienación, que el fútbol es únicamente alienación. Obviamente tiene razón en muchísimas cosas, pero no todo es manipulación. Y bueno, que se joda, él se lo pierde.

Fuente: www.elperiodista3a.com.ar


Entrevista a Juan Sasturain

“Lo que nos desagrada del fútbol es el valor que se le da a la previsibilidad”
Se acaba de reeditar Picado grueso un libro del autor aparecido en 1997 al que en esta oportunidad le agrega un nuevo cuento. En esta charla, un recorrido por las grandes pasiones de su vida: el fútbol, la literatura y la historieta.

Por Sergio Di Nucci

Desde hace décadas, el nombre del narrador Juan Sasturain se asocia a fútbol, a historieta, a novela policial. A una defensa de la cultura popular ante sus detractores, pero también ante entusiastas más interesados en difundirla que en conocerla. Esta asociación se ha vuelto más sólida desde 1998, cuando comenzó a conducir un programa en Telefe donde comentaba libros, recomendaba sus gustos, defendía en tono sereno, sin estridencias, obras ineludibles de la literatura argentina, americana, europea, pero también bestsellers internacionales, historietas, y hablaba, sin pedir permiso, de deporte, de folklore, de música.

Sasturain dirá que ese programa, que estuvo en el aire hasta el año pasado y que se llamó Ver para leer, “fue una idea de Claudio Villarruel, quizá inspirado en El show de los libros, el programa del escritor chileno Antonio Skármeta”. La experiencia de Juan Sasturain en el ámbito editorial es muy extensa. Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires, donde enseñó literatura. Trabajó en el diario La Opinión, en las revistas Humor y Superhumor. Dirigió la revista Fierro y fue director de Libero, el suplemento deportivo de Página/12, donde escribe aún hoy columnas (pero también poemas) sobre fútbol, literatura y vida cotidiana. Publicó poesía, novela –novela “literaria” y novela policial, cuyo protagonista es el policía jubilado Etchenike–, y cuentos sobre fútbol. Su primera novela fue Manual de perdedores (1985, que tuvo una secuela en 1987). Vinieron después, entre otras, Arena en los zapatos, El sentido del agua, Zenitram. Entre sus libros de cuentos y entre sus crónicas sobre fútbol destacan El día del arquero, Argentina en los Mundiales y Picado Grueso, que fue publicado en 1997 pero que ahora reedita Editorial Sudamericana. A la casi veintena de cuentos que reúne este volumen, algunos de ellos publicados durante los últimos diez años en Página/12, Sasturain agregó uno muy especial, el excelente “Campitos”.

Tiempo Argentino dialogó con Sasturain a propósito de esta nuevo edición de Picado Grueso. Lo encontramos saliendo de un canal de cable luego de ofrecer una entrevista al periodista Gerardo Rozín. La primera pregunta que le hacemos gira en torno a Campitos, el personaje de este cuento, hombre que trabaja de canchero en un club, pero que de joven estudió Ingeniería, trabajó de funcionario público durante el peronismo y forjó un sistema estadístico que le sirve para descubrir talentos en el fútbol. “Te diría que lo curioso no es tanto el sistema que idea sino que descubre la importancia de la excepción. El hallazgo es ese: descubrir la excepción en las estadísticas”, señala Sasturain.

–¿El fútbol se convirtió en lo que más temía el personaje Campitos, en un fútbol de ingeniería aplicada?
–No lo sé, pero sí es cierto que lo que hoy nos desagrada del fútbol es el valor que se le da a la previsibilidad. Hoy en el fútbol todo tiene que estar previsto. Adoramos a Bielsa, yo lo admiro y respeto, el modo en que trabaja, la pasión y el esfuerzo, el modo en cómo vive el fútbol, pero nos molesta esa exigencia que encarna Bielsa de que todo debe salir como él lo tenía previsto, sin contacto con la realidad.

–¿La literatura explica la vida de Sasturain, o al revés?
–Hablaba recién con Rozín de que llegué a la conclusión de que si te dedicás a la literatura debés contar lo que vos viviste, lo que te hizo ser lo que sos y no otra cosa. En mi caso, ¿cómo no hablar de fútbol, de historietas, de ficción policial? Quiero decir, si para mi generación, en los ’60 y ‘70 irrumpe la reivindicación de la cultura popular, eso tendrá algo con ver con mi fervor por los lugares donde anduve haciendo lo que me gusta, que es la ficción.
–Que hayas conducido por cuatro años un programa sobre literatura en TV abierta es algo único en este país.
–¿Qué sentirías vos si te ofrecen hacer un programa de libros para un canal de TV abierta? Además, no había limitaciones, censuras: a mí me llamaron y me dijeron que haga un programa y punto. La gente no me cree, pero una vez vino alguien y me dijo, “Che, al menos tratá de hablar de libros que se consigan en las librerías”. Hubo programas en que yo hablé de libros que tenía en mi biblioteca.

–¿Cómo ves el panorama actual de la historieta argentina?
–La historieta goza de buena salud, aunque es otro tipo de salud a la del pasado más o menos inmediato. Antes había mucha más historieta, porque había una industria, con todo lo que ello significa: había mucha basura, sí, pero eso mismo promovía cosas realmente excelentes. Hoy en cambio nuestros mejores historietistas no están en los kioscos, como antes, sino en la red, en los blogs, o publican para afuera.

–Entre novela, policial o no, entre cuentos, columnas de opinión o poesía, ¿en qué género te sentís más cómodo?
–Naturalmente la ficción, me siento muy cómodo ahí. Ahora, pensá que al escribir columnas en un diario no puedo hacerme el boludo todos los días: tengo que decir algo de la realidad que veo, opinar si me parece bien o mal lo que veo y leo. Pero estoy convencido de que lo mío es la ficción, porque además es lo que hago mejor en relación a otros géneros. Y creo que justamente por eso debo dedicarme a la ficción.

–Y de ese modo intervenís mejor en la realidad
-Quizás sí… Mirá, yo me di cuenta de que trabajo siempre sobre los significantes. Una palabra que es otra y eso me hace arrancar el relato. Se me ocurre decir ahora, para que se entienda, que hice una crónica sobre Riquelme, titulada “Pasado pisado”, que nace justamente de la polisemia que adquiere la palabra “pisado”–el modo que tiene Riquelme de pisar la pelota es un sentido entre otros…

–En la contratapa aparece la palabra “sasturánica”, que indica que es posible hablar con naturalidad y justicia de un estilo “sasturánico” a la hora de escribir. La idea convence. ¿A vos te convence?
–(Risas) Eso habrá sido idea del editor Marcelo Panozzo. No sé si me convence, pero ojalá así sea.

11/06/12 Tiempo Argentino

Puede adquirir el libro en Librería Santa Fe


Reportaje

Por www.tebeosfera.com

Tras descollar en los '80 como guionista, ensayista y director de la mejor época de fierro, el co-creador de Perramus se dedica hoy al rescate de grandes historietas argentinas en las colecciones de libros que dirige en la editorial Colihue. y aunque él se sienta cada vez mas lejos de la historieta, sigue siendo un placer charlar con el de estos temas, casi tan placentero como leer sus obras.


-Bueno, sabemos que naciste en González Chávez, Provincia de Buenos Aires, hace... 50 años.
JS: 49 y medio. Estoy por cumplir 50. Esto te va a gustar. O no, porque es una pelotudez: Nací en la noche de Hiroshima. En la madrugada del 6 de Agosto del '45. Así que soy hijo de la era atómica y del peronismo. Tengo los años del peronismo. Me acuerdo que cuando éramos pareja con Patricia (Breccia), yo le llevaba el peronismo entero: yo nací en el '45 y ella en el '55, incluso en días cercanos a la revolución.

.¿Qué hiciste entre el '45 y el '75, que es cuando te empezaste a hacer conocido en el ámbito de la historieta?
JS: Yo viví en varios pueblos de la Provincia de Buenos Aires. Y me vine a vivir acá recién a los 18 años, cuando vine a estudiar Letras, en el año '64. Y bueno, me recibí de Profe de Letras en el '69, estudiando muy duro y muy fuerte, porque en ese entonces era un joven consciente. En el '70 me casé y en la industria editorial empecé a trabajar en el '68, por ahí, haciendo producción y todas esas cosas en Galerna. Desde siempre trabajé en la industria editorial. Y en el '70 o '71 empecé a publicar críticas de libros y demás en Clarín... También me dediqué a la docencia, que era lo que me daba de morfar. Fui profe en un secundario, después en la universidad, en la época de la Universidad Popular, hasta que, ante las amenazas, los tiros y la sangre, terminé yéndome de la universidad en el '75.

-En esta época como docente, ¿ya eras de darle bola a los "géneros menores"?
JS: Y, en aquel tiempo sí. Lo primero que hice con historieta fue cuando era jefe de trabajos prácticos en la cátedra de Romano y Rivera. Y una de las materias que dimos se llamó Proyectos Culturales en Argentina. Una materia hermosa. Y ahí introducimos como tema de investigación, la historieta, el tango. Una de nuestras consignas era ampliar el objeto de estudio, así que a la literatura le sumamos un montón de cosas fuera de los libros habituales que pasan por la biblioteca. Y rompimos las bolas con el tango, la historieta, los géneros menores... De ahí viene la enfermedad. Digo, en términos académicos. Como lector no. Uno puede hablar de esas cosas porque alguna vez se dedicó a leerlas y le gustaron en serio. Si no, terminás diciendo más boludeces de las que uno dice normalmente...Y después, en Rosario, en la cátedra que tenía de Teoría Literaria, aproveché para aprovecharme de los alumnos y daba todas las formas literarias desde los géneros menores. La estructura del relato lo dimos con La Balada del Mar Salado del Tano Pratt. Eso fue en el '74, cuando ya lo había publicado Skorpio, así que era una cosita que los chicos podían ver. Poesía daba con Homero Expósito, y así Como tema de investigación daba a Oesterheld, pero no había nada, los pibes no entendían nada.

.¿Lo conociste a Oesterheld?
JS: No, yo no lo conocí jamás. Además, esto era en Rosario. Esta fue una primera aproximación "académica" a los temas que me habían gustado de chico.

.¿Y cómo pasas de eso a tu relación más fuerte con la historieta, que empieza en la época de Super Humor?
JS: Un poco antes, durante el Proceso, estuve laburando como corrector en Clarín, hasta el '79. Y en el '77 vuelvo a escribir. Y escribí un nota sobre los 20 años de El Eternauta, que salió en el Clarín Cultural, donde en la puta vida habían sacado nada sobre este tema. Y cuando volví a escribir, volví a escribir sobre estas cosas. Entre el '77 y el '79 me empecé a meter en todo esto. Empecé a laburar en Medios y Comunicación, después en Super Humor, hice muchísimos reportajes, muchísimas notas, me hice amigo de los dibujantes, a los cuales yo no conocía, y en el '79 u '80 el Tano Cascioli larga Super Humor como revista de historietas bimestral. Trillo, Saccomanno y yo figurábamos como asesores, pero el responsable editorial era yo. Y ahí estuve hasta el '81, que me peleé con el Tano, renuncié heroicamente por kilombos políticos, como siempre, y me fui a la mierda. Después aprendí que no hay que renunciar nunca, pero en ese momento me fui a la mierda. Y cuando volví, en el '84, fue con una oferta de él para hacer Fierro.

.¿Qué hiciste en el medio?
JS: Fue una etapa rarísima. Laburé en publicidad y después, en la época de Malvinas, fui a parar a Billiken, donde trabajé bastante, con muy buena gente. De ahí me fuí al Diario La Voz, en el '83, en tiempos políticamente complicados. Y en La Voz hicimos la última página del diario. Ahí empecé a publicar Manual de Perdedores, que era una novela que tenía escrita hacia más de 8 años. Menos mal, porque si la hubiera publicado cuando la escribí, habría sido peor de lo que ya era. Y después, en La Voz también surgieron diferencias políticas con la conducción obviamente montonera del diario y nos fuimos con la página a otro lado. Ahí enganchamos con el proyecto de Feriado Nacional que bancó Martín García y ahí también trabajé bastante. Eso duró hasta las elecciones que ganó Alfonsín, porque se habían apostado todos los billetes a que ganaba el peronismo. Y mientras tanto escribí para Clarín, para Siete Días, para todos lados. Y después vino la buena etapa de Fierro, del '84 al '88, cuando me despidieron en el N°48, creo. Yo me había ido a un encuentro de literatura policial en España.. no era la primera vez que viajaba..y cuando volví, bueno, fue una cama, bah.

-Contá, contá...
JS: Y bueno, con el Tano había diferencias, siempre hay diferencias. En Fierro siempre trabajamos con muchísima libertad. A veces las cosas que escribíamos le hinchaban las pelotas y se las bancaba como podía, qué sé yo...

-Supongo que a Cascioli El Sueñero no le debería gustar...
JS: Claro. A mí tampoco me gustaba del todo, imaginate cómo le caería al Tano. Y bueno, yo cada tanto me iba de viaje, a hacer una cosa u otra. Iba y venía, no abandonaba mi lugar de trabajo. La revista siempre salió bien y todo. Eran invitaciones que me caían, a festivales internacionales y bueno...por una consigna estrictamente gremial, se apoyaron en la formalidad de que yo no había pedido permiso por escrito para irme. El lo sabía, dos días antes habíamos hablado de que me iba. Es decir que hubo mala leche. Y mientras yo estaba allá, llamo por teléfono y mi mujer me dice "Te llegó un telegrama que te presentes a laburar". Y cuando volví estaba despedido por abandono del trabajo. Hice juicio y lo perdí. Debo ser el único pelotudo que perdió un juicio contra Cascioli. Lo perdí de forro, supongo, porque me quedé en Europa, en Barcelona, y tampoco pude aportar bien los testigos ni nada de eso. Pero ya está, ya pasó. No le doy tanta importancia.

-Más allá de la mala onda del final, contate algo copado de la Fierro...
JS: Fue buenísimo. Con la Fierro tvimos la gran ventaja de la coyuntura. Apareció después de una dictadura, que es el momento en el que todo el mundo cree. Es un acto de fé. Comprar una revista de historietas es un acto de fé (risas)

-Esa frase es buenísima (entre risas)
JS: Pero es en serio. Para mí es un milagro que salga una revista como Comiqueando, tan linda, con tapa a color, una maravilla. Entonces hay ciertas coyunturas culturales en las que las cosas se dan. Y después de la explosión viene la decepción. Y otra cosa buenísima fue que durante mucho tiempo la revista experimentó bastante. Yo siempre decía que la revista no le podía gustar entera a nadie. A mí mismo había muchas cosas que no me gustaban y supongo que a Juan Manuel (Lima) menos todavía.

-¿Cómo era la relación con Lima?
JS: Buena.

-¿Cómo se dividia el poder de decisión sobre la revista?
JS: El Tano, que era el director, hacía las tapas. El decidía las tapas. Después, adentro nosotros realmente publicábamos lo que queríamos, sacando algún kilombo que yo tuve con el Tano, que me levantó la segunda parte de Perramus...en fin, fue algo personal. Pero la decisión en cuanto a los contenidos era mía. Y al poco tiempo de empezar el Oxido, como venían muchos chicos, Juan Manuel se hizo cargo de la conducción del Oxido, además de la parte gráfica, el diseño y todo eso. Y todo lo que era tituleo, secciones, notas y todas esas boludeces, siempre lo manejé yo. Esas fueron las áreas que quedaron discriminadas. Yo no me metía en la parte de Juan Manuel porque yo para todo eso soy un animal, pero consultábamos muchísimas cosas.

-¿Perramus arranca para esta misma época?
JS: No, es un poquito anterior. Lo empezamos en el '81.

-¿Qué tuvo que pasar para que te decidieras a escribir guiones?
JS: Y, que el Viejo Breccia me pidiera. Yo en aquella época era novio de la hija y...fue una casualidad. Yo solo no me habría animado ni por puta. Y lo primero que hice fue el Capítulo 1 de Perramus. Antes había intentado hacer algunas cosas, preguntándole a Saccomanno, tratando de aprender, pero me salían desastres: cosas largas, presuntuosas. Y a Perramus lo inventé yo de cero hasta el título. Después, por suerte, el Viejo hizo lo que quiso gráficamente. Hice el primer capítulo y al Viejo le gustó. Lo curioso es que lo que quería él era una onda bien aventurera para vender en Europa, porque estaba podrido de no poder vender nada. Hacía cosas tan difíciles, tan raras y tan hermosas que, mucho premio, todo muy bien, pero nunca un peso. El a veces laburaba con Geno Díaz, o con Guillermo (Saccomanno) o con Trillo y hacían cosas de batalla, para vender. No Buscavidas, que no se la vendían a nadie, cosas para vender. El había visto unas cositas mías y un día me dijo "Vos podés escribir, ¿por qué no me escribís algo?". "Bueno, Maestro". Y le escribí eso y al Viejo le gustó, se zarpó y resultó una historieta difícil, complicada, invendible como fue. Perramus tampoco se vendió mucho. La vendimos en 15 países, pero nunca fue un éxito. Los lectores no entendían un carajo; imaginate: si acá puteaban, allá no sabés... Fue éxito con la crítica, pero con los lectores no. Y la linda guita viene cuando la siguen los lectores. Esta fue siempre una historieta de una venta...media. Tanto que acá se publicó un sólo tomo.

-Y el de Ediciones B, que se distribuyó bastante bien...
JS: Si, pero igual falta uno más, que B lo tiene comprado pero no lo va a sacar. Pero bueno, estuvo bien. Trabajamos desde el '81 hasta el '89, que terminé el cuarto tomo en Barcelona. Laburamos casi toda una década para hacer 400 y pico de páginas.

-¿La historia termina al final del cuarto tomo?
JS: Si, termina. Pero se podría seguir. La historia se llama "Diente por Diente" y es muy divertida, me encanta. Es el rescate de los dientes de Gardel dispersos por el mundo. Una hermosa historia. Al Viejo ya al final no le gustaba Perramus, le resultaba muy liviano. Porque había cambiado el tono. Del tono dramático que el había creado en el '81, para el '88 u '89 la historia había ido derivando y había un desfasaje entre ese dibujo tan pesado y tan sombrío y una historia que tenía mucho de comedieta. La última tiene cosas más o menos logradas, pero humorísticas.

-"La Isla del Guano" también...
JS: Claro, es muy grotesco. Se tenía que llamar "La Isla de Mierda", en realidad. Pero quedó "del Guano". En fin...

-¿Qué otras cosas hiciste como guionista?
JS: Poquito. Poquitas cosas. Con Patricia hice una serie que se llamaba Museo, que era muy bonita; algunas cositas cortas con Alfredo Flores. Después con el Viejo hice adaptaciones para la revista Crisis, que más vale olvidarlas, porque fueron hechas con una restricción doble: por un lado ellos elegían los cuentos y segundo, el espacio era exiguo. Ahí he cometido crímenes de lesa literatura. Asesiné a Onetti, a García Márquez, a Borges a Rulfo y al que lo maté fue a Carpentier: hice Semejante a la Noche en ocho páginas. Lo asesiné (risas). Esto habrá sido...a mediados de los '80, paralelo a la Fierro. Todos estos laburos son anteriores al '88, porque en el '88 yo me fui.

-Y a partir de ahí, ¿cómo sigue tu vínculo con la historieta?
JS: En España hice varias cosas. Para un álbum que se llama Los Derechos Humanos hicimos una cosita que me gusta mucho, con el Viejo, que le debe mucho a El Reino Azul, de Trillo y Enrique (Breccia). La de ellos es mucho mejor, pero era una linda historia. Después hice dos historias que me gustan mucho para el álbum Norte-Sur. La del Viejo está medio confusa, pero la que hice con Enrique, Humo, es buena. El hizo lo que quiso, pero a mí me gustó mucho. Y después hice todo un álbum dedicado a los vascos en Argentina, un álbum por encargo, medio marciano, con Enrique, con Peiró, con Nine, con Mandrafina, con El Tomi, con todos. Le pusieron el título que se les cantó: Abrir Puertas. Se tendría que llamar "Puertas a la Tierra", que es la expresión que usa el gobernador de Paraguay cuando lo manda a Garay al Paraná Bajo, con la decisión de "abrir puertas a la tierra", lo cual es una frase maravillosa. Y bueno, fue un libro de encargo pero hay lindas cosas. Lo iba a bancar el gobierno vasco, pero después no se lo pudieron vender porque era muy crtico, jodía con algunas cosas. Con Nine hicimos una de un vasco oligarca que se llamaba Oligarcochea (risas). Y bueno...eso. No hice muchas cosas en historieta. No me da el cuero. Yo tengo que hacer un esfuerzo para contar en imágenes. Siempre me ha costado un huevo contar en historieta, por eso he producido poco. Yo pienso en términos literarios, pienso en palabras, trabajo mucho con las palabras.

-¿Y te ves mas como editor que como guionista?
JS: Si, en historieta sí. Me siento más cómodo sacando libros de la gente que me gusta que poniéndome yo a escribir historietas. Y como editor me doy un montón de gustos. Poder sacar un libro de Max Cachimba a mí me vuelve loco. O haber sacado Sherlock Time.

-¿Pensás en términos comerciales, si esto se puede vender bien o no?
JS: Si, qué sé yo. Pero partiendo del hecho de que estas ediciones no son negocio. En ese sentido he hablado muy honestamente con esta gente. "Acá, con esto no vas a ganar guita. Con Sherlock Time no vas a ganar guita. Vas a tirar 3000 ejemplares y los vas a vender despacito". Pero lo bueno es encontrar, como en el caso de Colihue, un editor que comparte ese criterio, no el de ganar plata, sino el de no tener la fantasía de que se va a llenar de guita, que le va a romper el culo a cualquiera, que va a vender 20.000 ejemplares. No. Saben lo que se maneja y tienen un ritmo de venta paulatino y seguro. Tienen un buen catálogo y trabajan bien los libros, lo cual es bárbaro. No tenés el revolver en la cabeza, como cuando te dicen "Vamos a ver dos o tres títulos y si anda bien seguimos, y si no la cortamos". Acá el planteo es "Vamos a hacer esta inversión. Vamos a trabajar". Hay margen para laburar. Vamos a sacar 12 títulos por año, no sé si uno por mes porque es mucho kilombo, pero 12 por año van a salir.

-Estás laburando de nuevo con Lima, no?
JS: Si, por suerte, porque Juan Manuel es una garantía de que los libros sean bonitos. Está muy bien.

-Bueno, contá algunos títulos que estés por sacar.
JS: Pronto sale Cosecha Verde, de Carlitos Trillo y Mandrafina. Vamos a sacar La Guerra de los Antartes, de Oesterheld y Trigo, que es un testimonio de una historieta de la que todos hablan pero nadie sabe qué mierda era. Es una historieta inconclusa y la vamos a publicar inconclusa, como estaba. Incluso va a salir en el formato original, la vamos a contextuar bien, porque era una historieta muy política, casi de coyuntura, que acompañaba lo que pasaba esa semana en la Plaza. Milagrosamente, el Negro Trigo salvó casi el 90% de los originales. Lo demás, lo levantaremos de los diarios. En la colección Freakciones van a estar El Marinero Turco, Tati, Esteban Podetti...también tengo ganas de sacar Polenta con Pajaritos, de El Tomi. Sale Ana, de Solano López, seguramente en la colección Sobrevivientes, la de los '80, por contenido y por el guión de Gabriel, que tiene mucho que ver con lo que pasaba en esa época. De Nine vamos a sacar Keko el Mago, pero aquel hizo la de Hergé. Es tan obsesivo que agarró las páginas de los '80 y las hizo todas de nuevo. Yo me quería morir.
Y después tengo a Copi, que es lo que yo más esperanzas tenía de sacar inmediatamente. Tengo Las Viejas Putas y dos o tres libros más. Impresionante. Y ahí si, realmente con Copi la Argentina tiene una deuda gigantesca. Hemos tenido tantos prejuicios contra él -y me animo a hablar en plural- primero porque para los que nos la dábamos de progres, era "uno que se había ido a París". Tratábamos con cierto desdén a los que se habían ido. Y además, le tocaba el culo a los mitos nacionales: a San Martín, a Evita, cosas con las que todavía hoy no se jode. Pero bueno, hacía mucho más que eso. Copi era realmente un talento descomunal.

-¿Del Viejo Breccia vas a publicar algo?
JS: Si, seguro. Pero no Perramus. Eso sería...medio complicado. Prefiero que salga por otro lado. Lo que sería bueno sacar es La Vida del Che. A la editorial le gustaría mucho porque sería un buen gancho. Con eso podríamos vender un poco, no?. Por ahí sale pronto.

-Cambiando de tema, ¿cómo ves a la historieta actual, en general?
JS: El otro día estaba repasando el reportaje que le hiciste a Cacho (Mandrafina) y...te voy a contestar lo mismo. No leo una mierda. Si querés te cuento algunas cosas que leí y me gustaron. Me gustó mucho el Manual de Historia Argentina del Niño Rodríguez, me encantó. Después, de todas las historietas de afuera que ustedes leen y les dan tanta importancia...yo no las he leído y no las leo. Es una cagada, pero es verdad. Sólo puedo opinar desde la ignorancia. A esta altura, ya soy casi un paracaidista. De vez en cuando leo alguna cosita, pero me da fiaca. Honestamente, me da fiaca.

-¿Por qué te parece que se te pasó esa pasión, esa calentura por la historieta?
JS: Supongo que lo que me calentaba eran ciertas cosas que estaban enganchadas con mi historia personal. Los artículos estos que se recopilaron en El Domicilio de la Aventura, los siento totalmente lejanos. Los escribí durante 7 u 8 años con mucha intensidad, porque la historieta era un terreno de combate ideológico y de expresión gráfica y artística y todo eso. Y de algún modo, uno pasa por determinados lugares y en determinado momento ya no estás más ahí. Ahora como editor sí. Laburo de editor a partir del placer. No tengo toda esa cosa programática que en un momento tenía en la cabeza, eso de "hay que hacer una tarea determinada, vamos a hacer una revista de historieta nacional". Ojalá saliera, pero...

-¿Por qué te parece que acá no hay revistas de historieta nacional?
JS: Porque no hay ningún editor que se ponga las pilas ni que vea el negocio. La posibilidad de hacer cosas que no sean negocio es cada vez menor. Yo creo que acá se podría hacer una revista que no sea negocio. Yo la haría, pero en este momento tampoco tengo energía para decir "Me pongo a hacer eso". Prefiero hacer esto de Colihue, que es lo que yo quería hacer cuando me fui de Fierro. Libros de historieta para La Urraca, que los podríamos haber hecho muy bien.

-¿Algo más, para ir terminando?
JS: No sé. No te conteste ninguna de las preguntas que me hiciste, pero algunas boludeces deben servir.

Fuente: www.tebeosfera.com


El último centrojás

Por Juan Sasturain

Cuando vio el ademán, el gesto rígido, primitivo -anterior a la burocracia simiológica de la tarjetería que vendría después, con tantas pestes- Sebastián Peluffo abrió los brazos y esbozó una desesperanzada protesta. Pero el gesto tardío del centrojás visitante no servía para borrar la elocuente caída del habilidoso diez de los locales, daspatarrado ahora contra el alambrado (que por qué carajo llamarían olímpico si nunca había salido del pueblo).
El hombre de negro revoleó el brazo y repitió el gesto como si dirigiera un tránsito lento y obstinado. Ocho o nueve camisetas rojiblancas de Once Unidos de Coronel Gorbea se le pegaron por todos lados, abejas volvedoras, pero él se afirmó tocando pito, abriéndose paso a manotones:
-Vamos, señores…vamos. Sigue el juego, señores… y usté, Peluffo, vayasé…Vamos…
Pero el cinco se tomó su tiempo. Primero lo miró, lejano y soberbio, y luego ahí mismo, a mitad de camino entre el área y el circulo central -su territorio de caza- y se sentó en el suelo. Con gesto que no quería ser teatral pero lo era, como el guerrero que se quita con amargura y sin resignación las latas abolladas. Peluffo se fue sacando las invistas canilleras, desnudó una vez más -que sería la última- esas piernas que esgrimían un bello siempre tenaz, todavía intimidatorio, y replegó hacia los tobillos vedados con delicadeza de bailarina las medias grises, casi monacales.
Después se incorporó, ajeno e infructuoso referí que lo acosaba, lentamente caminó hacia el túnel, entre aplausos y abucheos tan ralos como la caprichosa gramilla de la cancha en Jorge Newbery de Marcos Sastre.
Atravesó el húmedo conducto y llegó al vestuario desierto, casi inundado por el agua fría que goteaba desde hacia siglos de una ducha balbuceante. Se sentó en la punta del banco de madera y sintió el olor a aceite verde como el saludo de un amigo en las malas. Afuera subían los gritos que acompañarían la agonía de un 0-2 barato, irremediable.
Tiró la camiseta numero 5 en un rincón, dejó caer el pantaloncito negro, se liberó del suspensor de cintura elástica alta y exigente, casi una faja femenina, y soltó una breve buzarda en la que había ocho años de pastas, cervezas y prolijas sobremesas.
Cuando, se miró en el espejito que pendía de un clavo inseguro. Sebastian Peluffo no supo -aquel domingo de noviembre de 1974 en un ventoso pueblo del norte de Santa Fé- que estaba mirando la cara del último centrojás.

GESTOS
Peluffo saliendo lentamente de la cancha, las canilleras en la mano y el modesto estadio pendiente de su gesto final, casi una ceremonia, es el último eslabón de una larga cadena simbólica. Su sentido final escapaba al protagonista y a los ocasionales asistentes. No saben que el veterano 5 de Once Unidos -oscuro ejecutante de una partitura aprendida instintivamente, de oído- es en ese momento la modulación final de un gesto de cuya grandeza ha quedado solo la hueca forma. Peluffo es Obdulió Varela atravesando lentamente el Maracaná con la pelota bajo el brazo en la final del Mundial del 50; es Pipo Rossi levantando con un patadón tardío y quebrador al negrito Cejas, arreando a puteadas a la pendejada talentosa del Sudamericano de Lima. Peluffo es-finalmente- Rattín sentado y desafiante sobre la alfombra que conduce al podrido corazón del Imperio Británico.
Porque el centrojás es -o fue, mejor-en nuestro fútbol, mucho más que un puesto o una camiseta: fue un tipo humano. Hecho de actitudes, pinta y esa mezcla de bigotes y pierna fuerte que los comentaristas llamaban personalidad, el centrojás fue redondeando una imagen casi tangencial con la figura sociológica del compadre porteño. Suma de hombría y noble autoritarismo que no desdeñaba, en los inicios, el cuidado casi femenino de la pinta, la redecilla de la vieja para sostener un jopo impecable en el momento del cabezazo hasta la mitad de la cancha, como los de aquel José Nasassi, uruguayo fundador de dinastía.
El centrojás fue, en la cancha, el dueño de la pelota. Con ella en los pies o bajo el brazo, detentaba un poder natural que el referí -esa especie de abogadito o delegado papelero de una Ley sin sangre- intentaba encauzar negociando, arriesgándose a un conflicto, siempre al borde de la claudicación o el estallido.
Pero, claro: lo que no pudo un silbato expulsador o un “insai“ hábil, lo pudo el tiempo.

MOMENTOS
Ese número 5 arquetípico, inexistente en la realidad que lo pretenda entero en Monti, el colorado Giúdice, Victorio Spinetto, Perucca, Finito Ruiz, el gallego Mouriño, Palito Bala y el perdurable “Rata“ -para abarcar treinta años-, existió concreto en la imagen superpuesta y complementaria de todos ellos y sus imitadores menores.
Eso es: existió. Y más precisamente, murió sin entierro, sin cajón de seis manijas pero con seis goles adentro en Suecia 58.
Esa tarde barrosa de Malmo, los checos de Masopust boletearon a una argentina con tres cuartos de River y su lenta gloria acumulada en pisadas tangueras. Y el patón Rossi, talentoso, grandote e impotente como un transatlántico, se fue a pique con la bandera. Como buen centrojás, era casi naturalmente capitán del equipo. Más allá de estadísticos brazaletes, ejercía un liderazgo caudillesco que lo convertía en propietario monopólico de la palabra dentro del campo, en una especie de aduana móvil de cuanta pelota circulara entre las dos áreas.
Habrá quien diga, y con razón, que allí no murió la cosa. Que hubo después Rattin por largos años; hubo Cap antes y después, y hubo Pastoriza. Está esa década gloriosa de Peñarol con el mármol definitivo del Tito Goncalvez también. O sea que los años sesenta tuvieron centrojás por mucho rato. Y es cierto, a su manera.
Por eso, tiremos otra fecha: Wembley 66. Cuartos de final con 0-1 con gol de Hurst sobre la hora, de cabeza y con la chancha Roma clavada en el piso. Esa tarde memorable nos defendimos sin pudor, la expulsión que le propinó el sastrecillo Kreitlin a Rattin nos dio un hueso para mascar por años -¿hasta las Malvinas?-; no fue una caída injusta pero si honorable, el Rata fue Argentino hasta la muerte.
Hasta la muerte… con Gonzalito y el Indio Solari de Laderos, el centrojás era el Cid Campeador apentalado en la montura, el gesto y el fervor que empujaba.
En estadio contiguo un pendejo de 22 tocaba e iba a buscar desde el fondo de la cancha y del fútbol nuevo, Bekembauer se llamaba, tampoco fue campeón por esa vez. Pero subía.
El Rata en Wembley es Pipo Rossi ocho años después, sin sobrar y con realismo. El esplendor de los gestos, la sobriedad y la entrega. Pero ese padrillo no tendrá descendencia: en el club, Nicolau era el Simulcop, la copia pobre, el lomo y la parada.
El próximo gran cinco de Boca no será un centrojás sino otra cosa: un volante “brasileño“, el Muñeco Madurga.

MUTACIONES
De la estirpe del Muñeco ya fue Mori -el del equipo de José-, un cinco que no era centrojás. También la oveja Telch. De la madera de Rattin eran Viberti, el primer Cocco, Pachamé y el Pato Patoriza. Pero mutaron….
El Pato y el Cocco terminaron más arriba, ya volantes ofensivos; como Nicolau fue al fondo, por grandote. El Pacha a la manera de Berta y Saccardi después, tuvieron el fuego y la parada pero se disolvieron en laburantes corredores, hijos de otro fútbol sin cafishios.
El centrojás se redujo con los setenta, en su versión modesta de volante-tapón, un apelativo lamentable. Quintero y prolijo, el cinco habitual de esos tiempos en que Gallego se cansó de usar la nacional, la vulgarizó, pasó a ser socorro y bombero de quienes eran de antaño dóciles afluentes de su caudal de fútbol parsimonioso: Andá…Decile a un centrojás que te hiciera un relevo!…
Merlo o el chapa Suñé, remadores de ley son de un tiempo en que cada partido había que ir a buscar la pelota como quien sale a hacerse la diaria, y si quedó el rigor, la boca rápida, es porque el medio de la cancha es una selva.
Pero ya no hay un tarzán ni gente que se llame León Strembel y Batista ruge en el vestuario.

PUNTAS
Hay una constante tana, recurrente con el cinco, sobre todo en la época de gloria del oficio. A los dichos sumemos Guidi, Minella, Ramaciotti, Pederzoli -restemos al ruso Cielinsky- pero agreguemos la contundencia de Faina -¿o Fainá?. Puede ser…Tal vez la gringada es mayoría en todas partes, en todos los puestos, pero me gusta pensar que la pinta de Benetti en el Mundial 78 -¡qué centrojás moderno, ése!- era algo más que una coincidencia. Es una punta…
La otra me la dio un amigo mesa de por medio, hace una hora. Yo hablaba de Peluffo, de las imágenes que engendraba esta nota, de la idea de hallar el nombre del último centrojás, un modelo soberbio y ligeramente añejo, entero. Algunos tiraron nombres, se repitieron varios de los mencionados aquí, no había matices. Hasta que mi amigo introdujo una variante rara, previas consideraciones que a la luz de su propuesta me resultaron innecesarias. Dijo: -El último centrojás fue Perón. Claro que sí.


La poesía, del chanfle al segundo palo

Por Juan Sasturain

Recuerdo que mi viejo tiraba la bronca contra Aróstegui, porque "transmitía todos los partidos igual". Eran los años cincuenta -antes del memorable desastre del Mundial de Suecia del '58- y todavía no habíamos llegado a la fiebre analítica y descriptiva que nos invadiría poco después.
Por entonces, don Alfredo Aróstegui, "el relator olímpico", intercalaba algunos nombres propios entre un sinfín de frases hechas en las cuales recuerdo con especial afecto la que decía, antes de un saque lateral, "será encargado de ponerla otra vez en movimiento el jugadorr..." y ahí nombraba al "jas" correspondiente, ya que eran casi invariablemente ellos, cuando todavía no aspiraban a marcadores de punta, los encargados de esos menesteres.

Por entonces -"Quién es El Esférico, papá?", pregunté luego de oír por enésima vez que tal individuo "salía del campo de juego"- los relatores más notorios eran cuatro: Fioravanti; Veiga; el consabido Relator Olímpico, sistemáticamente deformado en "Aróstigue" por los analfas que proliferaban líricamente en los campos de juego; y le pintoresco uruguayo Lalo Pelicciari, autor de "tranquilo muchachos", "alto fuera" y el finalísimo "esto se acaba, señores".

Pero los orientales -Solé, Heber Pinto y tantos otros que no recuerdo- merecen un laburo descriptivo aparte porque son excepcionalmente gráficos, deslenguados, espontáneos, arrebatados hasta para crear una metáfora más desaforada sobre la marcha para manifestar un sentimiento que los supera.

Recuerdo, de pasada, cuando describiendo una jornada gloriosa de "la celeste", sobre los últimos minutos tomó la pelota en medio campo el "verdugo" Pedro Virgilio Rocha y el relator dijo poco más o menos que esto: "Avanza Uruguay, la lleva Rocha; la pelota al pie, la vista al frente, melena al viento... ¡Parece Artigas!..." Y seguramente habrá infinitas anécdotas superiores o ejemplos de una hipérbole aún mayor.

Ese nunca fue el rasgo propio de nuestros relatores. El caso Muñoz va por otros carriles, expansivos, sí, pero de otra índole y en diferente dirección. En aquellos años, el maestro Fioravanti -así reconocido por todos, al menos formalmente- hilvanaba con elegancia los términos de una descripción del juego en que, mientras inauguraba ciertas muletillas que con el tiempo se han vuelto inaceptables: "saltan varios hombres", "entrega la pelota a un compañero", "hay una serie de rebotes" y otras serie de vaguedades no atribuibles a la lentitud expresiva sino a otro criterio, menos pormenorizado pero ortodoxa y literariamente narrativo, que hacía lugar a la expresión florida y la metáfora sutil. Y para este lado queremos rumbear.

Góngora en los relatos
Las vertientes de Fioravanti fueron varias. Voy a dar dos ejemplos por los que puedo ser desmentido, pues no soy un erudito en la materia, pero cuya representatividad es innegable: el hallazgo de "el cancerbero" y la mágica invención de la "nube de fotógrafos". Dos líneas poéticas en el arsenal metafórico del maestro.

El clasicismo renacentista que con Dante introduce la mitología en el "Inferno" y, dentro de ella, al Can Cerbero, perro descomunal de tres cabezas, custodio feroz de las puertas insalvables al extraño, por una insólita traslación se introdujo en el repertorio expresivo de un vate rioplatense y futbolero que buscó en el momento la idea que expresase el fervor defensivo de Pancho Lombardo, el vasco Echegaray o cualquier otro implacable marcador.

Lo de la metáfora o figura que asoció el numeroso grupo de fotógrafos al fenómeno trivial y meteorológico es de más fácil explicación: desde lo alto, en la cabina de transmisión, las huestes de reporteros gráficos -eufemismo josemariano- suelen evocar, frente a las clásicas formaciones de hincados y de pie, globosas figuras de nimbus, cirrus y cúmulus. El innegable hallazgo expresivo, sin embargo cristalizó rápidamente en un tropo retórico y socorrido a la manera de nieve/piel, perla/dientes gongorinos y se ha convertido en un pecado de lesa comunicación para los profesionales del relato.

Juntó a los "miles de pañuelos blancos que emergen de las tribunas -o de los cuatro costados del campo- saludando la victoria del equipo tal", caer en su mención es sólo equiparable en bostezo mental a los "siniestros de proporciones" y a los funcionarios que "hacen uso de la palabra" y demás torpeza rotuladas por la agencias. Sin embargo, la riqueza de las imágenes de la jerga futbolera linda con el despilfarro. Y fue, sin duda, el período de mayor desorientación táctico-técnica-dirigente, que sucedió al descripto, el que entregó los mejores momentos en cuanto a hallazgos gráficos y analogías curiosas. Y no es difícil decir por qué: en la crítica y el comentario de fútbol había irrumpido la ironía.
 

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