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“Hubo acuerdo con
Campanella: que no hubiera besos”
Habla el autor de "El secreto de sus ojos"
Dos días después de esta entrevista en Ituzaingó, donde vive el escritor, que
además es profesor de Historia en el conurbano, Sacheri viajó a Madrid a
participar de la premiación del Goya de la película que fue elegida para
representar a la Argentina en los Oscar.
Por Ana Larravide
–Hay palabras que prefieren los escritores ¿sin darse cuenta? “Minuciosa” es de
Borges. “Catástrofe” es de Sacheri.
–Amo las esdrújulas. Suenan bien. Me interesa la sonoridad de lo que voy
escribiendo. Me gusta mucho leer en voz alta. Se sienten mejor los ritmos, la
música de las frases, su estructura.
–Sus cuentos se ubican en estaciones de tren, en una cancha de fútbol, en un
hospital. “De chilena” trata sobre el destino, sobre lo que parece inevitable y
sobre la esperanza de que no lo sea. Esos temas vuelven en sus novelas.
–Me atraen siempre: el destino, la libertad, la muerte, el amor, la justicia, la
solidaridad, el egoísmo. Dichos así en hilera suenan rimbombantes. El modo que
encuentro de sacarles solemnidad y grandilocuencia es que se jueguen en tramas
pequeñas y sencillas, como creo que se juegan en nuestra vida cotidiana. Los
mismos temas con que se entretenían los griegos hace mil quinientos años son los
que suceden en Tusango (como le decimos los locales a Ituizangó).
–¿Por qué eligió ser profesor de Historia?
–Cuando salí del secundario, como muchos pibes no sabía qué hacer. Seguí como
carrera la única materia que me había gustado. Por el camino tuve otros
trabajos. Uno de ellos en un juzgado. Me faltaba un año de facultad, cuando me
casé (nos casamos jóvenes, de veinticuatro años). Terminé Historia y no me
entusiasmaba para nada dar clase en el secundario (recordaba la bola que yo les
había dado a mis profesores y pensaba: ¡Ir a predicar en el desierto!). Al final
de la época de Menem el tema trabajo se había puesto muy difícil para un montón
de gente, incluyéndome. Estaba trabajando en un supermercadito, en un barrio
complicado, con niveles de violencia y de delincuencia. Y ahí te decís: “¿Cómo
llegué hasta acá? ¿Qué decisiones me han traído hasta esta Pascua?”.
–Por lo general uno dice: “¡Ay, mirá lo que me pasó!” en vez de “¿Qué decisiones
propias me trajeron a esto?”
–Creo que, por lo menos en la intimidad, uno se pregunta “¿Por qué estoy acá,
qué hice?”. Mientras me lo preguntaba empecé a hacer dos cosas: a escribir, a
escribir historias mentirosas, ficción, como para ir drenando lo que me iba
pasando. Y tomé ¡miles de horas en el secundario! Tomé un montón de horas en
escuelas donde el diablo perdió el poncho, horas que no quiere nadie, en zonas
bravas.
–Ya estaba curtido, por el supermercadito.
–¡Claro! Y me dediqué a la docencia, fuerte. Fue todo un descubrimiento para mí
entrar a un aula y ver que tenía cosas para decir y modos para compartir.
–Y que era posible sostener la atención de un público.
Sacheri
básicoNació en Buenos Aires en 1967, es profesor y licenciado en Historia, y ejerce la docencia universitaria y secundaria. Comenzó a escribir cuentos a mediados de la década del '90. Sus primeros relatos futboleros encontraron una amplia audiencia gracias a la difusión que de ellos hizo Alejandro Apo en su programa “Todo con afecto”, que se emitía por Radio Continental. Publicó los relatos de Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol, editado en España como Los traidores y otros cuentos (2000), Te conozco, Mendizábal y otros cuentos (2001), Lo raro empezó después, cuentos de fútbol y otros relatos (2004), Un viejo que se pone de pie y otros cuentos (2007), y las novelas El secreto de sus ojos (publicada originalmente en 2005 con el título La pregunta de sus ojos) y Aráoz y la verdad (2008). El secreto de sus ojos fue llevada al cine de la mano del director Juan José Campanella y ha cosechado numerosos premios. Algunas de sus narraciones han sido publicadas en medios gráficos de la Argentina, Colombia y España, e incluidas por el Ministerio de Educación de la Nación en sus campañas de estímulo de la lectura. Su obra está siendo traducida al alemán, francés y otros idiomas. |
–Un público exigente. Me resultó, me resulta, bastante divertido. Las dos
prácticas son bien complementarias. La del escritor y la del docente. Escribir
es un ejercicio muy cerrado, muy vuelto hacia adentro. La docencia es todo lo
contrario. Me permite equilibrar esa cosa de caverna introspectiva a la cual me
conduce no sólo mi profesión de escritor sino mi propia idiosincrasia. La
docencia además me afirmó algo que creo importantísimo: estoy convencido de que
la mirada que se echa sobre nosotros también nos construye: es clave cómo mirás
a cada alumno, es absolutamente central. Una mirada adusta, rígida, solemne,
exigente, condiciona en un sinnúmero de sentidos. A la inversa, una mirada
benevolente, pródiga, optimista te impulsa y te abre camino.
–Ese comienzo, escribiendo “historias mentirosas, ficción...” Gente que sabe del
asunto dice que toda ficción es biografía y toda biografía, ficción.
–Seguro. Coincido con eso.
–En sus dos novelas hay mujeres inalcanzables. Irene (Soledad Villamil) en la
película de Campanella tiene más presencia, pero en la novela es casi un ideal.
También ideal fue la mujer de Morales. Y a la de Aráoz no la vemos.
–La mujer que da sentido a mis tramas suele ser la que hay que atraer. No está.
Algo debe traerla.
–Líquido biográfico. ¿Quiénes fueron las mujeres de su infancia?
–Hermana, madre, tía, abuela, primas. Tengo una hermana, siete años mayor que
yo, con la que tengo muy buena relación. Tengo un hermano más grande pero con
menos presencia en mi vida. En realidad me crié mucho entre mujeres. Pero a la
hora de construir historias me siento cómodo con una perspectiva masculina, más
que ubicándolas en el centro de la trama. Aparecen como objeto de amor, de
búsqueda, que facilita la condición narrativa. Uno de los temas que frecuento es
precisamente la consecución del amor de una mujer.
–¿Siempre fue su barrio, Ituzaingó?
–Nosotros vivíamos en Castelar, la estación anterior a ésta. Mi papá murió
cuando yo tenía diez años. Eso tiene que ver con estos padres maravillosos de
mis cuentos.
–¿Cómo murió?
–De cáncer. Se murió de cáncer. Cuando yo tenía diez. Era un fumador. Mi viejo
tenía un rol sumamente importante en la vida familiar. Era uno de esos tipos
presentes. Muy presentes. Muy fuertes (no de físico), muy contenedores. Estaba
mucho. Por suerte él fue así. Yo nací en el ’67. Todavía, en esa época, había de
todo un poco: a veces los padres estaban presentes, a veces muy ausentes. Ahora
es más usual que los varones nos involucremos de otro modo con la dinámica
cotidiano/familiar (la única que hay, por otro lado). Fue un golpe muy fuerte,
para los que quedamos, para mis hermanos y para mí; para mi vieja. Cuando murió
mi viejo ella tenía cuarenta y ocho años. Seis años más de los que tengo ahora.
Pero mi vieja clausuró su vida.
–¿Hacia ustedes, sus hijos?
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Por Alejandro Apo
La primera vez que Eduardo Sacheri me escribió a Todo con afecto,
me envió "modestamente" tres cuentos: "Me van a tener que disculpar", esa genial
justificación de Maradona en la que habla del jugador sin nombrarlo;
"Esperándolo a Tito" y "De chilena". |
–Hacia nosotros no, no. Pero le costó adaptarse a que nosotros creciéramos, nos
fuéramos, armáramos parejas. Lo que pasa es que vos tirás tu ancla, pero los
demás no.
–¿Y su padre, cómo era?, ¿le contaba cuentos?
–¿Mi viejo? Mi viejo me contaba el mundo. Yo era un pibe muy curioso y me
encantaba escucharlo explicándome el funcionamiento de las cosas. El era
odontólogo, me llevaba a veces a trabajar con él, bueno, al lugar donde
trabajaba. Y lo que más recuerdo de mi viejo, aparte de los juegos en casa o de
jugar a la pelota en la vereda, recuerdo esta cosa de paciencia y de mostrar
cómo funcionaban los trenes, cómo funcionaban los aviones, cómo funcionaba el
sistema político argentino.
–¿A un niño de diez años?
–En mi casa se hablaba mucho de política. Mi viejo era radical, ¿viste?, Unión
Cívica Radical, militante de ese partido, clase media. Y se hablaba mucho. Pensá
que eran los ’70, la vuelta del peronismo, los militares de antes (los de
Onganía), los de después. En mi casa se conversaba mucho. Es un valor que te
forma. Mi viejo era así. Era. Entonces, como te contaba, mi viejo murió. Encima,
a esa edad en la cual un viejo así es una especie de superhéroe sin capa. Yo no
llegué a la adolescencia cerca de él. Mi hijo mayor tiene trece y veo en sus
ojos esta percepción de “Psss, qué boludo que sos” que llega después de los
diez.
–Salgamos del tema padre. Vamos, mejor, a lo sonora y visual que es tu obra. Ese
don que tenés para los diálogos. Lo encuentro también en Manuel Puig en Cae la
noche tropical, ¡esas dos viejas hablando!...
–No lo leí. ¿Es una novela?
–¡Sí, si! ¡Dos viejas chochas, en tono de entrecasa, y pasa todo lo de la vida,
en esa charla!
–De Puig leí cosas que me gustan mucho. El diálogo, como forma literaria, te
pone ciertos límites. En el sentido de que te baja el nivel de abstracción del
discurso. Porque uno no habla con las mismas palabras que piensa. Usa algo más
coloquial, más básico. Entonces es difícil dialogar sobre ciertas cosas, salvo
que vos construyas, en el libro, una conversación de madrugada, dos filósofos
tomando vino, ¿no?
–Es difícil. Pero Puig puede hacer una novela con dos viejas hablando sobre lo
que le pasa a la sirvienta o a la vecina de al lado.
–Lo que tiene Puig es un oído privilegiado. Un oído atento al rigor de la
reproducción. Lo que escribe suena como verdad. Otro tipo que me gusta mucho
como compone sus diálogos es Osvaldo Soriano. Sus tramas crecen de una manera
caótica –y eso es lo que menos me gusta de este señor–, en cambio me encanta el
modo en que sus personajes se construyen a partir de lo que dicen. Soriano no
describe a sus personajes. Pero escuchándolos los conocés.
Sacheri
habla sobre la experiencia de coescribir "El secreto de sus ojos"
con CampanellaEl escritor argentino Eduardo Sacheri tuvo la experiencia, por primera vez, de probarse como guionista, de la mano del director de "El hijo de la novia". Juan José Campanella, en "El secreto de sus ojos", cinta basada en su propia novela. En esta entrevista con el diario Clarín dice que sabe que su escritura es cinematográfica aunque nunca escribió pensando en la pantalla grande. Y que la llegada de su historia a mucha gente le resulta algo "extraordinario". Y si este es el mejor final para su libro? Chaparro acaba de terminar de contar su segundo encuentro con Morales en el copetín de Plaza Once. Ayer. Y siente la tentación de culminar aquí la historia que está contando. Ha sudado a mares para conducir su relato hasta este sitio. ¿Por qué no darse por contento? Ha contado el crimen, la pesquisa y el hallazgo. El malo esta preso y el bueno esta vengado. ¿Por qué no concluir con este final feliz y ya?" El párrafo se lee a la mitad de La pregunta de sus ojos, la novela que Eduardo Sacheri publicó en 2005. Antes, sus relatos cortos sobre fútbol retomaban la tradición de Soriano, Cortázar, Benedetti y Fontanarrosa, captando la atención de Juan José Campanella. El director terminaba El Hijo de la Novia y quería llevar alguno de ellos a la pantalla grande, pero Luna de Avellaneda se puso en el camino. Después, la historia de Sacheri ya no era el fútbol, era ésta: Un prosecretario en un juzgado de instrucción se jubila para ser escritor. La causa que treinta años atrás llegara a su despacho -por el homicidio de una chica- se reabre como su primera novela, en la cual intenta cerrar un amor secreto que lo obsesiona, tanto que hasta cree entender la mente del homicida. Campanella y Sacheri trabajaron juntos en la adaptación, y el resultado fue el guión de El Secreto de sus ojos, el film que recién se estrenó y a partir del cual hoy es reeditada la novela. - ¿Escribió la novela pensando en términos cinematográficos? ¿Consideraba la posibilidad de que se convirtiera en película? No. La novela la imaginé en términos estrictamente literarios. En varias ocasiones hemos conversado con gente de cine que comenta, como una característica de mi narrativa, el hecho de ser muy cinematográfica. - Es muy común que un autor no quede conforme con la versión cinematográfica de su obra. ¿Cómo vivió todo ese proceso? Fue algo largo y laborioso. Con Juan estuvimos más de un año escribiendo y reescribiendo. No fue un trabajo fácil porque se trata de convertir un lenguaje en otro, ni más ni menos. Y en esa adaptación hay cambios imprescindibles. De todas maneras, trabajar con Campanella fue muy provechoso para mí. No solo por lo que aprendí, sino por la enorme sencillez que le puso a ese trabajo. Discutimos, acordamos, polemizamos, y en ningún momento sacó el ancho de espadas de tirarme sobre la mesa su prestigio y su trayectoria. - Usted dijo que más que un policial, se trata de una "reflexión sobre el castigo". ¿Podría haber adquirido esa perspectiva sin la experiencia de haber trabajado durante varios años en un juzgado? Es cierto, la historia trasciende la estructura básica de un policial. En cuanto al ámbito judicial, que sirve de marco a la historia, lo obtuve de mis años como empleado de un juzgado. De otro modo me hubiese sido muy difícil recrear esa atmósfera, sus tipos humanos, sus ritos. - ¿Cómo se articula aquí la idea de castigo? Creo que a nuestra sociedad le cuesta convivir con la noción de la ley. Sospecho de si somos un pueblo dispuesto a acatar la ley, a respetarla por encima de nuestros deseos y conveniencias. Por ejemplo, el grado de egoísmo criminal que ponemos en el tránsito me hace pensar que muchos argentinos parecemos dispuestos a considerarnos por encima de la ley. En otras palabras, a sentirnos por encima de nuestro prójimo. - ¿Qué siente con todo lo que esta ocurriendo en torno a su historia? Es una sensación rara, extraordinaria. Que esos personajes que uno pensó en la soledad de su trabajo, y que después se hicieron más complejos al incorporarles la mirada de Juan ahora cobren vida en imágenes y sonidos, y que en pocos días miles y miles de personas tomen contacto con ellos y los incorporen a sus propias vidas... no sé, es una experiencia muy difícil de expresar en palabras. Clarín, 18/08/2009 |
–Aráoz y la verdad sucede en un pueblo que se llama O’Connors, en una estación
de nafta.
–Comencé Aráoz después de publicar La pregunta de sus ojos. Tenía esa sensación
(que me agarra siempre ¡de catástrofe!) de “Nunca más voy a escribir nada” o de
posible reiteración. “¿Estoy escribiendo siempre lo mismo o esto es bucear en lo
que serán mis temas de toda la vida?”. Entonces intenté, consciente y
voluntariamente, alejar ciertos temas que mis personajes solían frecuentar. Por
ejemplo, mis padres (los de mis cuentos) solían ser amorosos, compañeros,
héroes. Por eso, al padre de Aráoz lo convertí en todo lo contrario. Una figura
fuerte, pero distinto.
–Despectivo, desvalorizador. Un padre nada estimulante.
–Otro cambio que intenté en Aráoz fue respecto a las mujeres. Me gustan las que
arrebatan a los hombres y ellos se enamoran a partir de que sean hermosas,
sensibles. Las mujeres de mis cuentos son así. Y en La pregunta de sus ojos, la
jueza (Soledad Villamil en la película) tiene esa condición. En Aráoz y la
verdad intenté salir de eso, pero no. La mujer es una mujer que no está. Sólo
que, además, fui a dar a mi tema predilecto, la redención.
–¿Qué significa redención? ¿Redención de qué? ¿De qué culpa?
–Ah... ¡más que de una culpa, de un pasado! Que pesa y nos aplasta. Siento que
es una redención doméstica y de volver a empezar. Para mí, lo más que le podemos
pedir a la vida es eso: saldar cuentas y abrirnos a un futuro. Me parece que si
la vida, de tanto en tanto, nos da eso ¡está bien! Dicho así parece que fuera
poquito, ¡pero, para la mayoría de las vidas, es tan difícil volver a empezar!
–De encontrar sentido para seguir.
–Me gusta pensar que uno puede dejar atrás lo que le ha ocurrido. Para mí, la
memoria es esencial en el ser humano. Pero le temo a la parálisis existencial
que implica a veces una memoria muy pesada, que aplasta. Me parece que
constituye una inercia que te entristece. Y empobrece todo lo que vivas. Creo
que eso es lo que rescata Aráoz, esta idea: Mirá, el pasado no lo vas a cambiar,
pero es posible reinterpretarlo. Eso es la clave para mí: ¡se puede cambiar! Ni
más ni menos.
–En La pregunta de sus ojos, Morales, el viudo, se hace cargo de un juicio y una
condena. Aprueba la pena dictada por un juez. Y pone su propia vida al servicio
de que se cumpla. ¿La pena trae reparación?
–Si alguien toma la vida de otro no hay modo de reparar eso. La noción de
Justicia queda reducida en esos casos a la noción de castigo: infligir una
privación, un daño a quien dañó. Y eso suena a Talión. Es todo un tema, el
castigo. Probablemente esa historia, esa novela, esté construida a partir de mis
propias convicciones: yo digo, yo pienso, que no se puede tomar la vida de otro.
De ninguno. De nadie y en ninguna circunstancia.
–Morales afirma que no admite la pena de muerte.
–La suya es una justicia mucho más costosa. Se implica él mismo en la condena,
para que se cumpla. Para poder hacerse cargo de la pena, para poder hacer
semejante cosa, tiene que tratarse de un tipo que elija “Mi vida terminó”.
Siente que le ocurrió algo tan excepcional –el amor de Liliana Colotto– que no
hay modo de que vuelva a sucederle algo así.
– Vive el empecinamiento en ese amor. Reconstruye como un tesoro la mañana de su
último desayuno, la luz del sol en el perfil de su mujer. ¿Por qué eligió esa
forma de amor para ese personaje?
–Es alguien que tiene que tener una forma de ser muy particular, para no
desmayar en el intento de perduración... ni el día uno ni el día quinientos ni
el día cinco mil (conste que no lo defiendo como el tipo de persona que me
gustaría ser), es un tipo que no puede de ninguna manera cerrar su pasado. Por
eso le genera tanta angustia que el presente en el cual pretende anclarse se le
aleje orgánicamente, materialmente, se le vaya cada vez más lejos, al vivir.
Está convencido de que no hay un futuro feliz para él. Sólo ese pasado. Hay un
montón de gente que vive así. Gente que uno tiene alrededor.
–Benjamín no es como él.
–No.
–Benjamín vivió décadas sin encontrar palabras para lo que siente, hasta que las
encuentra.
–Benjamín se redime. El sí. Aunque él y Morales están bastante próximos, buena
parte de la solidaridad que le despierta ese viudo tiene que ver con reconocerse
en él. Pero, cuando va y ve en qué ha convertido Morales su vida, dice: “Esto yo
no lo quiero para mi. Trataré de que mis años sean distintos a los de este
hombre”. Esa perseverancia en el dolor y en la muerte no es lo que él elige. Esa
negativa ante cualquier salida, no. No.
–Horacio Quiroga escribió Los trucos del perfecto cuentista. ¿Hay trucos
preferidos, además del gusto por el sonido y de esa visibilidad que tienen sus
historias?
–Puede ser. Pero si los tengo, los tengo de manera involuntaria. Los trucos sin
duda existen, pero me cuesta individualizarlos.
–Debe haber una práctica incorporada... como para tocar el piano o manejar.
–Hay un aprendizaje orgánico, estructurado, pautado en un pianista. En mí, no.
Yo no aprendí a escribir, lo cual vuelve mi escritura un poco hermética a mis
propios ojos.
–Bueno, hay gente que aprende con partituras y gente que toca de oído.
–Evidentemente ¡soy un escritor de oído!
–Que disfruta la escritura de Osvaldo Soriano.
–Desordenada pero enormemente rica en esto de dibujarte personas. Con una gran
riqueza en lo que dicen. Vos te los imaginás, los conocés desde sus palabras, no
por lo que cuentan. Por la forma de sus frases. Así que en relación a eso de Los
trucos del cuentista... prefiero no pensarlos. Prefiero tocar de oído nomás.
–¿Como a las mujeres amadas, no hay que hablarles, no sea cosa que desaparezcan?
–¡No, no! ¡A las mujeres amadas hay que hablarles! Las minas son tracción a
verso, dijo el poeta.
–¿Qué poeta?
–Un poeta. De barrio.
–Morales (Pablo Rago) dice una única frase en que sonríe: “¡Todavía no sé cómo
me animé a hablarle a semejante belleza!”. En cambio, Benjamín Chaparro –el
personaje de Ricardo Darín– no encontraba palabras. ¿Qué temía? ¿Por qué no le
hablaba a Irene de lo que sentía?
–Hay toda una cuestión, como en la música. Hay un momento para cada cosa. Un
ritmo. Si lo dejás pasar, chau. Yo creo que el tipo siente que nunca fue el
momento. O mejor dicho, que tuvo la chance de decir algo, muy atrás en el
tiempo. Y después las cosas dichas a destiempo pueden ser muy destructoras
–piensa Chaparro– y puede perder lo poquito que tiene, eso de irse a tomar un
café con ella. “¿Apostar esto que tengo y perderlo?” “¿Estoy dispuesto a perder
esto?”
–Pero la única forma de salvarse es jugarse ese pequeño tesoro del cafecito con
ella (al fin y al cabo tampoco es tan, tan seguro para siempre: nada lo
garantiza).
–Por suerte para él, Benjamín Chaparro cambia. Resuelve: “No me callo más”.
–Y se manda una novela.
–Se manda una novela y, mientras se la cuenta y se la da a leer a Irene, ella le
pregunta “¿Qué te pasa, Benjamín?”. Ella pregunta una cosa con palabras y otra
con la mirada.
–La famosa puerta que siempre quedaba abierta, en la escena final se cierra.
–Hubo acuerdo con Campanella: que no hubiera besos. Que esa historia de amor
quedara en la intimidad. A puerta cerrada.
–Gente muy discreta.
–Me gusta la discreción. Es más enriquecedor si logro ponerte en situación. Si
yo consigo contarte a vos las cosas y que la historia funcione en tu cabeza. Si
consigo poner en funcionamiento esas vidas en tu cabeza, cuanto más discreto
sea, mejor. Porque ya todo lo que sucede con ellas te sucede a vos. Yo ya no
tengo que intervenir. ¿Viste esos autos viejos, que funcionan a manivela? Mi
deseo de escritor, de contador de una historia, es poner en marcha. Después,
todo funcionará en tu cabeza. Es un equilibrio delicado porque si el escritor es
demasiado discreto, demasiado distante, la fórmula no cuaja. Y si se va del otro
lado y cuenta todo... yo, lector... siento que ¿para qué estoy? Yo escribo
teniéndome a mi mismo como lector. Escribo como a mí me gusta leer. A mí me
encanta que me pongan la cabeza en marcha, pero después necesito que me suelten.
–¿Por eso prefiere tramas que tienen algo del género policial de suspenso? Como
le decía Hitchcok a Truffaut. “Si una bomba explota y saltan las sillas por el
aire ya está todo visto, todo contado. Pero si ponemos en marcha el interés del
espectador haciéndolo partícipe de que debajo de la mesa hay una bomba, su
propio interés en lo que puede pasar contribuye a la narración”. Eso es
suspenso, le dijo.
–Para mí tiene que ser así. Aunque el suspenso venga por un lado no policial,
pero sí, que haya una intriga, algo por resolver.
–Una intriga como la del cuento “Los traidores”, del hincha enamorado de la hija
del director de otro equipo... Los hermanos de esa chica lo van a surtir a
piñas, seguramente. Pero ¿cuándo? ¿O no lo harán?
–¡Ah...! Vos me preguntaste al llegar cuál era la cancha que se ve desde el tren
al venir hacia Ituzaingó? Cuando vuelvas al centro la primera es Castelar y
sigue Morón: casi llegando a Morón, a mano derecha, tenés la cancha de Deportivo
Morón, el escenario de ese cuento. Tiene que haber una intriga, sí. Es uno de
los roles de la literatura.
–¿Siempre la hay?
–La literatura argentina actual abunda en historias sin intriga, descriptivas de
los estados internos de quien escribe. Imaginate que escribís una novela en la
que me invitás a perderme con vos en los laberintos de tu mente (eso no sería
divertido, me parece) o que me proponés esa cosa básica, de acercarte y decir
“¡Te voy a contar algo!, ¿sabés qué?”. ¡Eso ya nos conduce a otra cosa!, eso es
lo artístico, eso es lo placentero. Vos autora y yo lector jugamos en algo que
está fuera de nosotros dos: un suspenso, una intriga. Siempre se necesita una
intriga. Aunque la historia sea de amor.
Página|12, 22/02/10

Ayer a Anita se la llevaron un rato largo a firmar un montón de papeles. Al
volver, ella dijo que no había entendido muy bien, porque eran muchos
formularios distintos, con letra chica y apretada. Supongo que me habrá mirado
varias veces, buscando un gesto que le calmara las angustias. Pero yo estaba de
un ánimo tan sombrío, tan espantado por el olor a catástrofe en ciernes, que
evité con cierto éxito el cruce inquisitivo de sus ojos.
Los doctores dicen que, prácticamente, no hay manera casi de que salgas de ésta.
Y lo dicen muy serios, muy calmos, muy convencidos. Con la parsimonia y la
lejanía de quienes están habituados a transmitir pésimas noticias. El más claro,
el más sincero, como siempre, fue Rivas, cuando salió a la tarde tempranito de
revisarte. Cerró la puerta despacio para no hacer ruido, y le dijo a Anita que
lo acompañara a la sala del fondo y la tomó del brazo con ese aire grave, casi
de pésame anticipado. Yo me levanté de un brinco y me fui con ellos, pobre
Anita, para que no estuviera sola al escuchar lo que el otro iba a decirle.
Rivas estuvo bien, justo es decirlo. Nos hizo sentar, nos sirvió té, nos explicó
sin prisa, y hasta nos hizo un dibujito en un recetario. Anita lo toleró como si
estuviera forjada en hierro. Y te digo la verdad, si yo no me quebré fue por
ella. Yo pensaba ¿cómo me voy a poner a llorar si esta piba se lo está bancando
a pie firme? Cuando Rivas terminó, supongo que algo intimidado ante la propia
desolación que había desnudado, Anita, muy seria y casi tranquila (aunque me
tenía aferrado el brazo con una mano que parecía una garra, de tan apretada), le
pidió que le especificara bien cuáles eran las posibilidades. El médico, que
garabateaba el dibujo que había estado haciendo, y que había hablado mirando el
escritorio, levantó la cabeza y la miró bien fijo, a través de sus lentes
chiquitos. «Es casi imposible». Así nomás se lo dijo. Sin atenuantes y sin
preámbulos. Anita le dio las gracias, le estrechó la mano y salió casi
corriendo. Ahora quería estar sola, encerrarse en el baño de mujeres a llorar un
rato a gritos, pobrecita. Yo estaba como si me hubiera atropellado un tren de
carga. Me dolía todo el cuerpo, y tenía un nudo bestial en la garganta. Pero
como Anita se había portado tan bien, me sentí obligado a guardar compostura. Le
di las gracias por las explicaciones, y también por no habernos mentido
inútilmente. Ahí él se aflojó un poco. Hizo una mueca parecida a una sonrisa y
me dijo que lo sentía mucho, que iba a hacer todo lo posible, que él mismo iba a
conducir la operación, pero que para ser sincero la veía muy fulera. A la tarde
la familia en pleno ganó tu habitación v desplegó un aquelarre lastimoso. Todos
daban vueltas por la pieza, casi negándose a irse, como si quedándose pudieran
torcer al destino y enderezarte la suerte. Vos seguías en tu sopor distante, en
esa modorra quieta que te había ido ganando con el transcurso de los días. Ni
siquiera comer querías. Dormías casi todo el día. Con Anita apenas cruzabas dos
palabras. Y a mí te me quedabas mirando fijo, como sabiendo, como esperando que
yo me aflojara y terminara por desembuchar todo lo que me dijo Rivas y que a vos
te conté nomás por arriba para que no te asustases. Cuando me clavabas los ojos
yo miraba para otro lado, o salía disparado con la excusa de irme a fumar al
baño del corredor. Y encima ese cónclave familiar que armamos sin proponérnoslo,
pero que tampoco fuimos capaces de ahorrarte. Ayer estaban todos: papá, Mirta,
José, el Cholo, y hasta la madre de Anita que no tuvo mejor idea que traer a los
chicos para que te saludaran. Menos mal que a Diego y a su mujer los atajé a
tiempo saliendo del ascensor y los despaché de vuelta. Venían con cara de
pánico, como queriendo rajar en seguida. Así que les di las gracias por pasar y
les evité el mal trago.
Después llegó la hora macabra del atardecer. No hay peor hora en un hospital que
ésa. La luz mortecina estallando en el vidrio esmerilado. El olor a comida de
hospicio colándose bajo las puertas. Los tacos de las mujeres alejándose por el
corredor. La ciudad calmándose de a poco, ladrando más bajo, con menos
estridencia, dejando a los enfermos sin siquiera la estúpida compañía de su
bullicio.
Para entonces, la pieza era un velorio. Faltaba sólo la luz de un par de cirios,
y el olor marchito de las flores tristes. Pero sobraban caras largas, susurros
culposos, miradas compasivas hacia tu lecho. Justo ahí fue cuando abriste los
ojos. Yo pensé que era una desgracia. Anita trataba de convencerlo a papá de que
se volviera a Quilmes, y él porfiaba que de ninguna manera. Mirta hojeaba una
revista con cara de boba. José te miraba con expresión de «que en paz
descanses». Era cosa de que si hasta ese momento no te habías dado cuenta, de
ahora en adelante no te quedase la menor duda de lo que estaba pasando. Y vos
miraste para todos lados, levantando la cabeza y tensando para eso los músculos
del cuello. Se ve que te costaba, pero te demoraste un buen rato en vernos a
todos, y al final me miraste a mí y yo no sabía qué hacer con todo eso. Yo temía
que me dijeras vení para acá y contámelo todo, pero en cambio me dijiste dame
una mano para levantar un poco el respaldo. Y mientras yo le daba a la manija a
los pies de la cama de hierro, vos le ordenaste a Mirta que encendiera la luz,
que no se veía un pepino. Con la luz prendida todos se quedaron quietos, como
descubiertos en medio de un acto vergonzoso y hasta imperdonable, como incómodos
en la ruptura de ese ensayo general de velorio inminente.
Y para colmo, como para ponerlos aún más en evidencia, como para que nadie se
confundiera antes de tiempo, empezaste a dar órdenes casi gritando,estirando el
brazo con el suero que bailaba con cada uno de tus ademanes, que vos papá te vas
a casa, que vos José te la llevás a Mirta que para leer revistas bastante tiene
en su propio living, que ya mismo alguien se ocupa de darle de cenar a Anita o
se va a caer redonda en cualquier momento, y que se dejan de joder y me vacían
la pieza. Tu voz tronó con tal autoridad que, en una fila sumisa y monocorde,
fueron saliendo todos. Y cuando yo me disponía a seguirlos sin mirar atrás, me
frenaste en seco con un «vos te quedás acá y cerrás la puerta». Como un chico
que trata de pensar rápido una disculpa verosímil, gané el tiempo que pude
moviendo el picaporte con cuidado, corriendo las cortinas para acabar de una vez
por todas con la luz moribunda de las siete, pateando y volviendo a su lugar la
chata guarecida bajo la cama. Pero al final no tuve más remedio que sentarme al
lado tuyo, y encontrarme con tus ojos preguntándome.
Te lo conté todo. Primero traté de ser suave. Pero después supongo que me fui
aflojando, como si necesitara hablar con alguien sin eufemismos tontos, sin
buscar y rebuscar atenuantes tranquilizadores, sin inventar al voleo ejemplos
creíbles de sanaciones milagrosas. Te relaté cada uno de los diagnósticos
sucesivos, el inútil anecdotario del periplo de locos de los últimos dos meses,
el puntilloso pésame velado de los especialistas.Vos te tomaste tu tiempo.
Llorabas mientras yo seguía el monótono detalle de nuestra pesadilla. Llorabas
con lágrimas gruesas, escasas, de esas que a veces sueltan los hombres. Después,
cuando por fin me callé, cerraste los ojos y estuviste un largo rato respirando
muy hondo. Yo empecé a levantarme de a Poquito, casi sin ruido, como para
dejarte descansar, queriendo convencerme de que te habías dormido.
Y ahí pasó. Te incorporaste en la cama con tal violencia que casi me tumbás de
nuevo á la silla del susto. Me agarraste casi por el cuello, haciendo un guiñapo
con mi camisa y mi corbata, y miraste al fondo de mis ojos, corno buscando que
lo que ibas á decirme me quedara absolutamente claro. Tu cara se había
transformado. Era una máscara iracunda, orgullosa, llena de broncas y rencores.
Y tan viva que daba miedo. Ya no quedaban en tu piel rastros de las lágrimas.
Sólo tenías lugar para la furia. En ese momento me acordé. Te juro que hacía
veinte años por lo menos que aquello ni se me pasaba por la cabeza. Parece
mentirá cómo uno, á veces, no se olvida de las cosas que se olvida. Porque
cuándo me miraste así, y me agarraste la ropa y me la estrujaste y me sacudiste,
el dique del tiempo se me hizo trizas, y el recuerdo de esa tarde de leyenda me
ahogó de repente. Ahora, en el hospital, no dijiste nada. Como si fuesen
suficientes las chispas que salían de tus ojos, y el rojo furioso de tu
expresión crispada. Aquella vez, la primera, cuando me agarraste, también era
casi de noche. Y también yo estaba cagado de miedo. Me habías mirado fijo y me
habías gritado: «Todavía no perdimos, entendés. Vos atajálo y dejáme á mí».
Jugábamos de visitantes, contra el Estudiantil, en cancha de ellos. La pica con
el Estudiantil era uno de esos nudos de la historia que, para cuándo uno nace,
ya están anudados. Lo único que le cabe al recién venido al mundo, si nació en
el barrio, es tomar partido. Con el Estudiantil o con el Belgrano. Sin medias
tintas. Sin chance alguna de escapar á la disyuntiva. De ahí para adelante, el
destino está sellado. La línea divisoria no puede ser traspuesta.
Ambos clubes jugaban en la misma Liga, y los dos cruces que se producían cada
año solían tener derivaciones tumultuosas. Para colmo, ese año era más especial
que nunca. Nosotros, en un derrotero inusitado para nuestras campañas
ordinarias, estábamos á un punto del campeonato. Quiso el destino que nos tocara
el Estudiantil en la última fecha. Con cualquier otro equipo la cosa hubiese
sido sencilla. Nos bastaba un simple empate, y ningún osado delantero contrario
iba á estar dispuesto á amargarnos la fiesta a cambio de una fractura inopinada,
y menos con el verano por delante y el calor que dan los yesos desde el tobillo
hasta la ingle. Pero con el Estudiantil la cosa era distinta.
Entre argentinos hay una sola cosa más dulce que el placer propio: la desgracia
ajena. Dispuestos á cumplir con ese anhelo folklórico, ellos se habían preparado
para el partido con un fervor sorprendente, que nada tenía que ver con el magro
décimo puesto en la tabla con el que despedían la temporada.
Lo malo era que lo nuestro, en el Belgrano, era por cierto limitado: dos wines
rápidos, un mediocampo ponedor, y dos backs instintivamente sanguinarios,
capaces de partir por la mitad hasta á su propia madre, en el caso de que ella
tuviera la mala idea de encarar para el área con pelota dominada. Para colmo, de
árbitro lo mandaron al negro Pérez, un cabo de la Federal que partía de la base
de que todos éramos delincuentes salvo demostración irrefutable de lo contrario.
Un árbitro tan mal predispuesto á dejar pasar una pierna fuerte era lo peor que
podía sucedernos. Igual nos juramentamos vencer o vencer. También nosotros
éramos argentinos: y darles la vuelta olímpica en las narices, y en cancha de
ellos, iba a ser por completo inolvidable.
El partido salió caldeado. Nos quedamos sin uno de los backs a los quince del
primer tiempo, y si tengo que ser sincero, Pérez estuvo blando. A los diez
minutos el tipo ya había hecho méritos suficientes como para ir preso. Pero su
sacrificio no fue en vano: a los delanteros de ellos les habrán dolido esos
quince minutos, porque después entraron poco, y prefirieron probar desde lejos.
Las gradas eran un polvorín, y había como doscientos voluntarios listos para
encender la mecha. La cancha tenía una sola tribuna, en uno de los laterales,
que estaba copada por la gente de ellos. Los nuestros se apiñaban en el resto
del perímetro, bien pegados al alambrado. Encima el gordo Nápoli, que tenía al
pibe jugando de ocho en nuestro cuadro, les sacaba fotos a los del Estudiantil
y, aprovechando los pozos de silencio, para que lo oyeran con claridad, les
gritaba las gracias porque las fotos le servían para el insectario que estaba
armando.
El partido fue pasando como si los segundos fueran de plomo. Yo me daba vuelta
cada medio minuto y preguntaba cuánto faltaba. Don Alberto estaba pegado al
alambre, y me gritaba que me dejara de joder y mirara el partido o me iba a
comer un gol pavote. Pero yo no preguntaba por idiota. Preguntaba porque sentía
algo raro en el aire, como si algo malo estuviese por pasar y yo no supiera cómo
cuernos evitarlo. Cuando terminaba el primer tiempo, mis dudas se disiparon
abruptamente: el nueve de ellos me la colgó en un ángulo desde afuera del área.
Sacamos del medio y Pérez nos mandó al vestuario. La hinchada del Estudiantil
era una fiesta, y yo tenía unas ganas de llorar que me moría.
Ahora me acuerdo como si fuera hoy. Vos jugabas de cinco, y eras de lo mejorcito
que teníamos. Pero en todo el primer tiempo la habías visto pasar como si fueras
imbécil. Las pocas pelotas que habías conseguido, o te habían rebotado o se las
habías dado a los contrarios. Chiche no lo podía creer, y te gritaba como loco
para hacerte reaccionar. Trataba de que te calentaras con él, aunque fuera, como
cuando jugábamos en la calle. Pero vos seguías ahí, mirando para todos lados con
cara de estúpido. Siempre parado en el lugar equivocado, tirando pases
espantosos, cortando el juego con fules innecesarios.
En el entretiempo el gordo Nápoli guardó la cámara y nos improvisó una charla
técnica de emergencia. La verdad es que habló bastante bien. Con su tradicional
estilo ampuloso, y sin demorarse en falsas ternuras, nos recordó lo que ya
sabíamos: si perdíamos el partido, y Estudiantil nos sonaba el campeonato, que
ni aportáramos por el barrio porque seríamos repudiados con justa razón por las
fuerzas vivas de nuestra comunidad belgraniana. Vos seguías ahí, sentado en un
banco de listones grises, con las piernas estiradas y la cabeza baja. Cuando nos
llamaron para el segundo tiempo, tuve que ir a buscarte porque ni aún entonces
te incorporaste. No sé si fue el miedo o una inspiración mística y repentina,
pero de pronto me vi casi llorándote y pidiéndote que me dieras una mano, que no
arrugaras, que te necesitaba porque si no íbamos al muere. Se ve que te
impresioné con tanta charla y tanto brote emotivo (yo que siempre fui tan
tímido), porque después te levantaste y me dijiste solamente vamos, pero tu tono
ya era el tuyo.
El segundo tiempo fue otra historia. Ese se me pasó volando. Parece mentira como
corre la vida cuando vas perdiendo. Yo ya no preguntaba la hora. Don Alberto nos
gritaba que le metiéramos pata, que faltaba poco. Y a vos se te había acomodado
la croqueta. Todas las que te rebotaban en el primer tiempo, ahora las amansabas
y las distribuías con criterio. En lugar de regalar pelotas ponías pases
profundos, bien medidos. Pero no alcanzaba. Pegamos dos tiros en los palos, y el
pibe de Nápoli se comió dos mano a mano con el arquero (que encima andaba
inspirado). Y para colmo, a los treinta minutos a mí me empezó de nuevo la
sensación de catástrofe inminente.
No andaba mal encaminado. Jugados al empate como estábamos, nos agarraron mal
parados de contraataque: se vinieron tres de ellos contra el back sobreviviente
(Montanaro se llamaba) y yo. La trajo el nueve y cerca del área la abrió a la
izquierda para el once. Montanaro se fue con él y lo atoró unos segundos, pero
el otro logró sacar el centro que le cayó a los pies de nuevo al nueve, y yo no
tuve más remedio que salir a achicarle. Parece mentira cómo a veces el hombre
sucumbe a su propia pequeñez: si el tipo la toca a la derecha para el siete, es
gol seguro. Pero la carne es débil: los gritos de la hinchada, el arco enorme de
grande, el sueño de ser él quien nos enterrase definitivamente en el oprobio.
Mejor amagar, quebrar la cintura, eludir al arquero, estar a punto de pasar a la
inmortalidad con un gol definitivo, y recibir una patada asesina en el tobillo
izquierdo que lo tumbó como un hachazo.
Pérez cobró de inmediato. El petiso seguía aullando de dolor en el piso, pobre.
Pero no me echaron. Tal vez fuese el propio ambiente el que me puso a salvo. En
efecto, se respiraba una ominosa atmósfera de asunto concluido. Ellos se
abrazaban por adelantado. Su hinchada enfervorizada se regodeaba en el sueño
hecho realidad. El gordo Nápoli lloraba aferrado a los alambres. Don Alberto
insultaba entre dientes. La verdad es que en ese momento, si me hubiesen
ofrecido irme, hubiese agarrado viaje. Intuía ya el grito feroz que iban a
proferir cuando convirtieran el penal. Ya me veía tirado en el piso, con esos
mugrientos saltando y abrazándose alrededor mío, pateando una vez y otra la
pelota contra la red. Me volví a buscar la cara de Don Alberto en medio de los
rostros entristecidos.
«Faltan tres», me dijo cuando nuestros ojos por fin se encontraron. Y era como
una sentencia inquebrantable. Ahí bajé definitivamente los brazos. Un dos a cero
es definitivo cuando faltan tres minutos y uno es visitante. De local vaya y
pase, aunque tampoco. ¿Cómo dar vuelta semejante cosa?
Me fui a parar a la línea como quien se dirige al cadalso. Lo único que quería
ahora era que pasara pronto. Sacarme de una vez por todas a esos energúmenos
borrachos en la arrogancia de la victoria.
Y entonces caíste vos. Nunca supe qué habías estado haciendo todo ese tiempo. O
tal vez fueron sólo segundos, que a mí me parecieron siglos. Pero lo cier to es
que cuando levanté la cabeza te tenía adelante. Me agarraste el cuello del buzo
y me lo retorciste. Me zarandeaste de lo lindo, mientras me gritabas:
«¡Reaccioná, carajo, reaccioná!». Tu cara metía miedo. Era una mezcla explosiva
de bronca y de rencor y de determinación y de certeza. La misma que pusiste ayer
en la cama, y que me hizo acordar de todo esto. Me miraste al fondo de los ojos,
como para que no me distrajera en el batifondo de los gritos y los cohetes y los
consejos de tiráte para acá, arquero, tiráte para el otro lado, pibe. Cuando te
aseguraste de que te estaba mirando y escuchando, y teniéndome bien agarrado del
cuello me dijiste: «Atajálo, Manuel. Atajálo por lo que más quieras. Si vos lo
atajás yo te juro que lo empato. Prometéme que lo atajás, hermanito. Yo te juro
que lo empato».
Me encontré diciéndote que sí, que te quedaras tranquilo. Y no por llevarte la
corriente, nada de eso. Era como si tu voz hubiese llevado algo adherido, como
un perfume a cosa verdadera que apaciguaba al destino y era capaz de
enderezarlo. De ahí en más ya fui yo mismo.
Cumplí todos los ritos que debe cumplir un arquero en esos casos límite. Iba a
patearlo Genaro, el dos de ellos, un tano bruto y macizo que sacaba unos
chumbazos impresionantes. Me acerqué a acomodarle la pelota, arguyendo que
estaba adelantada. La giré un par de veces y la deposité con gesto casi
delicado, en el mismo lugar de donde la había levantado. Pero a Genaro le dejé
la inquietante sensación de habérsela engualichado o algo por el estilo. Volvió
a adelantarse y a acomodarla a su antojo. De nuevo dejé mi lugar en la línea del
arco y repetí el procedimiento. Pero esta vez, y asegurándome de estar de
espaldas al árbitro, lo enriquecí con un escupitajo bien cargado, que deposité
veloz sobre uno de los gajos negros del balón. Genaro, francamente ofuscado,
volvió hasta la pelota, la restregó contra el pasto, y me denunció reiteradas
veces al juez Pérez. Sabiéndome al límite de la tolerancia, e intuyendo que el
tipo ya iba incubando ganas de asesinarme, volví a acercarme con ademanes
grandilocuentes. Invoqué a viva voz mis derechos cercenados, y mientras le
tocaba de nuevo la pelota le dije a Genaro, lo suficientemente bajo como para
que sólo él me escuchara, que después de errar el penal mi hermano iba a
empatarle el partido, que se iba a tener que mudar a La Quiaca de la vergüenza,
pero que en agradecimiento yo le prometía que iba a dejar de afilar con su
novia. Genaro optó por putearme a los alaridos, como era esperable de cualquier
varón honesto y bien nacido. Pérez lo reprendió severamente, y a mí me mandó a
la línea del arco con un gesto que va no admitía dilaciones.En ese momento
empezó a rodar el milagro. Me jugué apenas a la izquierda, pero me quedé bien
erguido: Genaro le pegaba muy fuerte pero sin inclinar se, y la pelota solía
salir más bien alta. Le dio con furia, con ganas de aplastarme, de humillarme
hasta el fondo de mi alma irredenta. Tuve un instante de pánico cuando sentí la
pelota en la punta de mis guantes: era tal la violencia que traía que no iba a
poder evitar que me venciera las manos. De hecho así fue, pero había conseguido
cambiarle la trayectoria: después de torcerme las muñecas la pelota se estrelló
en el travesaño y picó hacia afuera, a unos veinte centímetros de la línea. Me
incorporé justo a tiempo para atraparla, y para que los noventa y cinco kilos de
Genaro me aplastaran los huesos, la cabeza, las articulaciones. Pérez cobró el
tiro libre y me gritó: «Juegue».
No me detuve a escuchar los gritos de alegría de los nuestros. Me incorporé como
pude y te busqué desesperado. Estabas en el medio campo, totalmente libre de
marca: ellos volvían desconcertados, como no pudiendo creer que tuvieran todavía
que aplazar el grito del triunfo. Te la tiré bastante mal por cierto; pero como
andabas inspirado la dominaste con dos movimientos. Levantaste la cabeza y se la
tiraste al pibe de Nápoli que corrió como una flecha por la izquierda. Sacó un
centro hermoso, bien llovido al área, pero alguno de ellos consiguió revolearla
al córner.
Era la última. Pérez ya miraba de reojo su muñeca, con ganas de terminarlo.
Fuimos todos a buscar el centro. Lo mío era un acto simbólico. Si me hubiese
caído a mí hubiera sido incapaz de cabecear con puntería. Al arco me defendía,
pero afuera era una tabla con patas. El centro lo tiró de nuevo Nápoli, pero
esta vez le salió más pasado y más abierto, y bajó casi en el vértice del área.
Vos estabas de espaldas al arco. El sol ya se había ido, y no se veía bien ni la
cancha ni la pelota. Mientras estuvo alta, donde el aire todavía era más claro,
la vi pasar encima mío sin esperanza. Cuando te llegó a vos, supongo que debía
ser poco más que una sombra sibilante.
Parece mentira cómo todos estos años lo tuve olvidado, porque mientras avanzo en
el recuerdo los detalles se me agolpan con una vigencia pasmosa. Por que fue
justo ahí, mientras yo pensaba sonamos, pasó de largo, ahora la revienta alguno
de ellos y Pérez lo termina, fue ahí que el milagro concluyó su ciclo
legendario. La camiseta con el cinco en la espalda, las piernas volando
acompasadas, la izquierda en alto, después la derecha, la chilena lanzada en el
vacío, y la sombra blanquecina cambiando el rumbo, torciendo la historia para
siempre, viajando y silbando en una parábola misteriosa, sobrevolando cabezas
incrédulas, sorteando con lo justo el manotazo de un arquero horrorizado en la
certidumbre de que la bola lo sobraba, de que caía para siempre contra una red
vencida por el resto de la eternidad, de que era uno a uno y a cobrar. Y nada
más en el recuerdo, porque ya con eso era demasiado, apenas un vestigio de
energía para salir corriendo, para treparse al alambrado, para tirarse al piso a
llorar de la alegría, para encontrarme con vos en un abrazo mudo y sollozante,
para que el gordo Nápoli resucitara la cámara y las fotos para el insectario, y
los gestos obscenos, y el grito multiplicado en cien gargantas, y el tumulto
feliz en el mediocampo, y la vuelta olímpica lejos del lateral para librarnos de
los gargajos.
Ayer a la nochecita, con esa cara de loco y ese puño arrugándome la ropa, me
hiciste retroceder veinte años, a cuando vos tenías quince y yo dieciséis, a tu
fe ciega y al exacto punto de tu chilena legendaria, heroica, repentina, capaz
de torcer los rumbos sellados del destino. Ni vos ni yo tuvimos, ayer, ganas de
hablar de aquello. Pero yo sabía que vos sabías que arribos estábamos pensando
en lo mismo, recordando lo mismo, confiando en lo mismo. Y nos pusimos a llorar
abrazados como dos minas. Y moqueamos un buen rato, hasta que me empujaste y te
dejaste caer en la cama, y me dijiste dejáme solo, andá con los demás que van a
preocuparse. Y yo te hice caso, porque en la penumbra de la pieza te vi los
ojos, llenos de bronca y de rencor, llenos de una furia ciega. Y me quedé
tranquilo.
La noche me la pasé en la capilla de la clínica, rezando y cabeceando de sueño
pero sin darme por vencido. Recién cuando te llevaron al quirófano me fui hasta
la cafetería a tomar un café con leche con medialunas. Me la llevé a Anita, que
estaba hecha un trapo, pobrecita. Lógicamente no le dije nada de lo de anoche,
porque pensé que con el batuque que debía tener ahora en el balero me iba a
sacar rajando si empezaba a desempolvar historias antiguas. A los demás tampoco
les dije nada. Los dejé que volvieran con su velorio portátil, esta vez
improvisado en la sala de espera del quirófano, a dejar pasar las horas, a
consolarla a Anita y a los chicos, a murmurar ensayos de resignación y de
entereza.
Ni siquiera dije nada cuando salió Rivas hecho una tromba, cuando la agarró a
Anita del brazo y ella lo escuchó llorando pero maravillada, agradecida, in
crédula, ni cuando él habló y gesticuló y dejó que se le desordenara el pelo
engominado, ni cuando la voz entró a correr entre los presentes, ni cuando
empezaron a oírse exclamaciones contenidas y risitas tímidas buscando otras
risas cómplices para animarse a tronar en carcajadas y gritos de júbilo, ni
cuando Anita me lo trajo a Rivas para que lo oyera de sus labios.
Ahí tampoco dije nada, aunque lloré de lo lindo. Yo lloraba de emoción, es
claro. Pero no de sorpresa. No con la sorpresa todavía descreída, todavía tensa
ydesconfiada de José, de Mirta, de los chicos, de la propia Anita. Yo también,
en su lugar, hubiese estado sorprendido. Para ellos este milagro es el primero.
Al fin y al cabo, ellos no vivieron aquel partido de epopeya. Y no le dieron la
vuelta olímpica al Estudiantil en cancha de ellos, con el gol tuyo de chilena.

"Me van a tener que disculpar" en la voz de Alejandro Apo |
Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona
de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos,
adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos.
Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su
conducta, y la de sus semejantes, con la misma e idéntica vara. No puede hacer
excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia
crítica, su criterio legítimo.
Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus
amigos por el sólo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que
uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la
idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta.
Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido,
tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la
lógica.
Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y
ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la
disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo
no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero
que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene
una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más
profana. Les voy adelantendo que el tipo es un deportista. Imagínense, señores.
Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y
sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando
una pelota. Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más
reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas
disculpándome.
No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi
actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al
resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado
de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien
escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo,
señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante
él, y lo dispensa.
No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más
profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo
disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de
pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle.
Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier
eventual reproche.
Él no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima
es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora
los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.
Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me
presenta a menudo. Es que hablar de él, entre argentinos, es casi uno de
nuestros deportes nacionales. Para enzalzarlo hasta la estratósfera, o para
condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos, los argentinos gustamos, al
parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme
serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando
me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno
en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en
el bando de sus perpetuos halagadores. Nada de eso. Evito tanto los elogios
superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además,
con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de
los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos
bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.
Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los
muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que
cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que
pienso, y digo alguna sandez al estilo de «y, no sé, habría que pensarlo»; o tal
vez arriesgo un «vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta». Es
que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y
soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis
argumentos y mis justificaciones.
Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí,
como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a
veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper
los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el
tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto
justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las infinitas
traiciones tan propias de nosotros los mortales.
Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto
como lo hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances, esas
barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la cual
mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de
adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y
con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto
a ese día, al día inolvidable en que me vi obligado a sellar este pacto que,
hasta hoy, he mantenido en secreto. Un pacto que puede conducirme (lo sé), a que
alguien me acuse de patriotero. Y aunque yo sea de aquellos a quienes desagrada
la mezcla de la nación con el deporte, en este caso acepto todos los riesgos y
las potenciales sanciones.
Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar
cristalino del cual no debió moverse, porque era el exacto sitio en que merecía
detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí. Porque
la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes
después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo
ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de
lo cual nunca vamos a lograr desprendernos.
Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en
apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de
tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del
planeta. Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no
es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha
frustración acumuladas en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que
no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más
terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de
acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio,
porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la
cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a
desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son
ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa,
más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos
en silencio «te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a
nosotros».
Así que están ahí los tipos. Los once nuestros y los once de ellos. Es fútbol,
pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para
que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.
Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de
tragedia, va este tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros.
Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba.
Porque delante de sus ojos los afana. Y aunque sea les devuelve ese afano por el
otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque
aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs,
queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo
salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca
el medio.
Hasta ahí, eso solo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo
al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te
regodeás porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde
acá diga bueno, es suficiente, me doy por hecho, hay más. Porque el tipo además
de piola es un artista. Es mucho más que los otros.
Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que
está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La
lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y
los va liquidando uno por uno, moviéndoseal calor de una música que ellos,
pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero sí sienten un vago
escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante.
Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que
allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la
mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando
que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido
de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced,
que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por
afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y que las cosas
sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la
vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder
pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la
pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una
fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo
bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia
como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones
de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para
siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el
tipo va a abrazarse con todos y a levantar los ojos al cielo. Y no sé si él lo
sabe, pero hace tan bien en mirar al cielo.
Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era
demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos
para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para
siempre, en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta
el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando
tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose
definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y
eterna e inolvidable.
Así que señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara
con la que se supone debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos
dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en
paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir
transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima
de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo
para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria.



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