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El día 6 de Julio de 1976, tuvo lugar en Salta la Masacre de Las Palomitas, ocurrida cuando un grupo de presos y presas políticos fueron sacados durante un apagón intencional en el Penal de Villa Las Rosas, trasladados en forma violenta y posteriormente asesinados a mansalva a un costado de la Ruta Nº 34, en un paraje conocido como Las Palomitas (Departamento General Guemes, a más 30 de km. de la capital salteña. La Masacre de Las Palomitas es en uno de los hechos más aberrantes producidos por la dictadura militar. |
NOTAS EN ESTA SECCION
Los hechos
Carta de Graciela López
Luciano Benjamín Menéndez tuvo que huir bajo una lluvia de huevos
Pecado y penitencia
El asesinato de 11 salteños
Salta: La masacre de Palomitas, la historia del horror
Un sorprendente testimonio
A treinta años de la Masacre de Palomitas
Cámara de Diputados, Provincia de Salta,
parte de prensa Derechos Humanos
La Masacre de Palomitas 6 de julio 1976: Delitos de lesa humanidad
Justicia y masacre, José Pablo Feinmann
Inés Izaguirre: Mapa social del
genocidio (pdf)
ENLACESS RELACIONADOS
Otro represor anda suelto por
ahí
Otras masacres
Masacre de Capilla del Rosario
Masacre de Trelew
Masacre de los palotinos
Masacre de Margarita Belén
La Noche de lo Lápices
El 6 de julio de
1976 en horas de la mañana el director del penal de Villa Las Rosas, Braulio
Pérez, recibió una citación del entonces jefe de la Guarnición militar
Salta, Coronel Carlos Alberto Mulhall. En despacho del militar, Mulhall le
informó que esa tarde se iba a proceder a un simple traslado, sin
proporcionarle los nombres ni el número de los presos. Fue así como a las
19.45 de ese día se presentó ante Pérez el capitán Espeche portando una
orden escrita y la lista de los detenidos. Enseguida se ordena no registrar
en los libros de la cárcel la salida de los presos. También se ordena
retirar de los lugares de acceso a todo el personal subalterno,
permitiéndose que sólo los guardiacárceles afectados a los muros permanezcan
en sus puestos.|
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El grupo del Ejército estuvo compuesto íntegramente por oficiales, sin
insignias ni distintivos. Todos se nombran entre sí a través de sus nombres
de guerra. Antes de la llegada de los oficiales se apagan todas las luces
del penal excepto las del lugar donde estaban los presos a trasladar. Hasta
allí llega un grupo de guardiacárceles que entrega los once (11) presos a
los militares que esperaban afuera, a oscuras, con linternas en sus manos.
De acuerdo con las órdenes las personas desalojadas del penal debían sólo
llevar lo puesto.
Mientras esto ocurría en Villa las Rosas, aproximadamente a las 20 horas de
ese 6 de julio en la altura entre Güemes y Salta, entre Cobos y el cruce, se
encontraba apostada una patrulla que realizaba controles vehiculares. Al ser
detenidos un Torino conducido por Héctor Mendilaharzu y una camioneta F-100
a cargo de Martín Julio González, quien viajaba con un hermano, los miembros
del grupo los sacan de los vehículos diciéndoles que son del ERP y que
necesitaban los coches para un operativo de rescate, procediendo a
amordazarlos y a maniatarlos, obligándolos a permanecer dentro de un monte
por espacio de dos horas.
Al día siguiente, 7 de julio, los vehículos fueron devueltos cerca del paraje
denominado Las Palomitas, sobre la ruta 34, a 25 kilómetros de Güemes. Todos
presentaban marcas de balas y los asientos manchados de sangre. En uno de ellos
inclusive se encuentran restos de masa encefálica y parte de una falange. La
camioneta es devuelta totalmente quemada. Ninguno de los vehículos presentaba
señales de colisiones. En el lugar donde estaba la camioneta quedaron numerosas
manchas de sangre y cápsulas de bala servidas. Toda la documentación de la
comisaría de Güemes desapareció con anterioridad al 8 de julio. Por otra parte
se habló de un feroz enfrentamiento porque elementos guerrilleros emboscaron a
la patrulla que conducía a los presos pero no se constató que ningún miembro del
ejército haya sido lastimado, ni tampoco se pudo comprobar daños en los
vehículos militares. Los certificados de defunción realizados en Salta están
firmados por un doctor Quintín Orué, un médico que nunca pudo ser identificado.
Varias de las víctimas, en el momento de morir, se encontraban acostadas, y
habían sido golpeadas. Los orificios de bala de los pocos cadáveres encontrados
demuestran que los disparos fueron efectuados de abajo hacia arriba."
Días antes el Director del Penal de Salta, Brulio Pérez en una vista que les
hizo, a las detenidas políticas les dijo que los militares venían
"quinteando". Al preguntarle qué significaba eso, dijo textualmente: "Uno,
dos, tres, cuatro, cinco...al paredón...". (Testimonio de Graciela Lopez,
sobreviviente a la Masacre de Las Palomitas)
Los asesinados fueron Celia Raquel Leonard de Ávila, Evangelina Botta de
Nicolai, María Amaru Luque de Usinger, María del Carmen Alonso de Fernández,
Georgina Graciela Droz, Benjamín Leonardo Ávila, Pablo Ouetes Saravia, José
Ricardo Povolo, Roberto Luis Oglietti, Rodolfo Pedro Ussinger, y Alberto
Simón Zavarnsky.
A Raquel Celia Leonard de Avila le sustrajeron el bebe de sus brazos, y le
fue entregado a su hermana Nora, que también se encontraba en la prisión.
Meses después los detenidos que quedaban en el Penal Villa Las Rosas fueron
trasladados a distintas unidades, y las mujeres a la Cárcel de Villa Devoto.
Fuente: www.pparg.org
Carta
de Graciela López desde México, sobreviviente de la masacre
2006
Hola Compańeros y Compańeras
Quiero compartir con ustedes el volver a sentir el vacío que la tragedia ha
dejado en nuestras vidas: la Masacre de Palomitas con nuestras ex compańeras
de prision en Salta.
Treinta ańos, sí 30, ese es el tiempo que ha transcurrido desde aquella
noche de invierno en que sacaron a nuestras compańeras del pabellón donde yo
estaba con ellas.
Esa imagen recortada que conservo, donde primero escuchamos el pisar fuerte
de abotinados, luego el ruido metálico de cadenas o esposas y las voces
duras que gritaron uno a uno el nombre de nuestras compańeras, y ellas, en
medio del silencio que anticipaba la tragedia, salieron preguntando a dónde
iban.
Así, con lo que llevaban puesto dentro del pabellón, sin más abrigo para
protegerse del frío exterior desaparecieron ante nuestras miradas impotentes
y nuestras preguntas, que quedaron sin respuesta ¿Adónde las llevan? żPor
qué se las llevan? żCuándo regresan?
Traslado…traslado…traslado fue lo que escuchamos al día siguiente.
Todas, absolutamente todas, sabíamos lo que eso quería decir: MUERTE.
Días antes Braulio Pérez, entonces director de la cárcel, acompańado de su
hijo y otros carceleros, en una de sus habituales visitas a nuestro pabellón
nos había dicho mientras sonreía cínicamente -los militares vienen quinteando-y qué quiere decir eso? le preguntamos, y respondió con otra
sonrisa -uno, dos, tres, cuatro, cinco… al paredón…
Ese paredón fue el de Palomitas: allí las cinco compańeras, Georgina Droz,
Evangelina Botta, Chiche Ragone, Amaru Luque de Usinger, Celia Leonard de
Avila junto con siete compańeros Alberto Zabranski, Rodolfo Usinger,
Leonardo Avila, Pablo Outes, Jose Povolo, Roberto Oglietti. Lo supimos de
inmediato.
Al día siguiente lo confirmamos.
Había dentro del penal algunos empleados sensibles, gente que aún no se
había deshumanizado y que no querían avalar el crimen. Ellos rompieron el
silencio. Conocimos detalles, de cómo los sacaron, de cómo los obligaron a
salir del vehículo para simular un intento de fuga, de cómo fueron cayendo
uno a uno entre ráfagas de ametralladoras que rompían el silencio de la
noche.
Hasta me describieron cómo mi querida amiga y compańera Georgina cayó sobre
un alambrado…allí quedó hasta que desaparecieron su cuerpo para nunca
entregarlo a su familia. żDónde quedaron tus huesos Georgi? Porque tu
corazón sigue latiendo con el nuestro. Y así latirán por siempre esos 12
corazones en nosotros que tuvimos el privilegio de compartir los útimos
meses y días de sus vidas. Y también latirán en sus hijos y en los hijos de
los hijos. No latirán para atizar la hoguera de la venganza sino para buscar
justicia y para perpetuar los ideales que ellos encarnaban.
Si ellos estuvieran hoy aquí, si no hubieran sido torturados y asesinados,
si no hubiera 30000 desaparecidos, miles de exiliados, de hijos huérfanos y
de padres huérfanos de sus hijos, de hermanos, compańeros y amigos
huérfanos, żcómo sería nuestra patria? No lo sé exactamente, sería diferente
claro, pero sería mejor de eso no tengo dudas, no sólo porque todos y cada
uno de ellos habría ayudado a construirla sino porque si ellos estuvieran
hoy aquí no habría genocidas y torturadores que perseguir, no habría
asesinos encubiertos compartiendo espacios de estudio y de trabajo, no
habría hijos educados por padres asesinos o cómplices de asesinos, entonces,
no tengo dudas de que nuestra sociedad sería mejor.
Gracias compańeras por conservar la memoria, gracias por recordar el nombre
de los que no están, gracias por seguir en pie.
Un abrazo fuerte, con todo el carińo que ha crecido en el dolor de estos 30
ańos y con la alegría de no habernos convertido en ellos.
Graciela Lopez
sobreviviente
Mexico.
www.ppparg.org
Luciano Benjamín Menéndez tuvo que huir bajo una lluvia de huevos
(25/02/05)
El represor del Tercer Cuerpo de Ejército se negó a declarar en Salta en la
causa por la masacre de las Palomitas. Lo escracharon.
Luciano Benjamín Menéndez cumple prisión domiciliaria.
"¡Traidores, viva la Patria!", gritaron desde el interior del automóvil
donde se refugiaba Luciano Benjamín Menéndez. En la calle, un grupo de
familiares de víctimas de la represión abucheaba al represor. El vehículo se
retiró bajo una lluvia de huevos. El escrache ocurrió ayer, en la puerta del
Juzgado Federal de Salta, donde el ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército fue
citado a declarar por la masacre de las Palomitas. Era la primera vez que
Menéndez debía dar explicaciones por este hecho y se negó a declarar.
Al igual que en otras oportunidades, desconoció la justicia civil y sostuvo
que sólo aceptará ser juzgado por un tribunal militar. Tal desconocimiento
no impidió a su abogado defensor, Miguel Escudero, solicitar al juez para su
cliente el beneficio de la prisión domiciliaria. El represor, mayor de 70
años, cumple en la actualidad arresto bajo ese régimen, por otra
investigación por cuatro desapariciones. Por eso ayer lo trasladaron a Salta
en calidad de detenido y con custodia policial.
Menéndez está implicado en la masacre de las Palomitas por su posición en la
cadena de mandos, dado que la Guarnición del Ejército Salta, que ejecutó los
crímenes, dependía del III Cuerpo de Ejército donde él mandaba.
Los asesinatos ocurrieron en julio de 1976, cuando la dictadura fusiló a 12
presos políticos detenidos en Salta. Ocho de los doce asesinados tenían
causa judicial. Habían caído en prisión antes del golpe militar y estaban
alojados en el pabellón E del penal de Villa Las Rosas, una construcción
relativamente nueva que alojaba solamente a presos políticos. Con la llegada
al poder de la dictadura, sus condiciones de detención cambiaron
drásticamente, ya que Menéndez dispuso que aquellos presos políticos a los
que calificaba de subversivos debían estar aislados e incomunicados.
La noche del 6 de julio una patota del Ejército los sacó de la cárcel y los
subió a un camión para llevarlos a la localidad de Palomitas, donde fueron
fusilados. La versión oficial dijo que hubo un intento de fuga.
En la investigación judicial, a cargo del juez Miguel Medina, hay
constancias de que la orden de traslado de los presos vino de "la
superioridad" del jefe de la Guarnición Salta, el coronel Carlos Alberto
Muhall.
Muhall está procesado en relación con este hecho, como así también quien
retiró a los prisioneros del penal y los entregó a la comitiva que los
llevaría a las Palomitas, el capitán retirado Hugo Espeche.
Menéndez fue jefe del Tercer Cuerpo de Ejército entre 1975 y 1979. En la
década del ’80 estuvo a punto de ser juzgado en más de 700 acusaciones de
homicidio calificado, tormentos seguidos de muerte, torturas, privaciones
ilegítimas de la libertad y robo de menores. El indulto de Carlos Menem en
1989 permitió su sobreseimiento.
Tuvieron que pasar más de doce años para que la causa de Palomitas pudiera
ser reabierta, luego de que el juez Medina y la Cámara de Apelaciones de
Salta declararan la inconstitucionalidad de la Obediencia Debida y el Punto
Final. Aún así, todavía no hay una resolución de fondo, ya que la Corte
Suprema debe expedirse sobre el tema.
Fuente: Página/12, 25/02/05
Pecado y penitencia
A 12 AÑOS DEL FUSILAMIENTO DE PABLO OUTES
Por Eduardo Tagliaferro
En julio del ‘76 el frío era más cruel que en otros inviernos, por ese
motivo la voz del director de la cárcel diciéndole a Pablo Outes que se
abrigara, no resultó sospechosa. "Va a tener frío, no olvide su gorra",
fueron las únicas palabras que se le escucharon decir a Braulio Pérez, un ex
sargento del Ejército que dirigía el Servicio Penitenciario en la provincia
de Salta. Pablo era un calvo hecho y derecho que se había afeitado la
cabeza, en uno de los tantos intentos para que el pelo volviera a crecer con
la fuerza de antaño. El viejo, como le decían a Pablo, era un veterano en el
oficio de preso político. En 1962 siendo militante de la UCRI (Unión Cívica
Radical Intransigente), fue uno de los manifestantes que repudiaron la
visita de Felipe de Edimburgo, el príncipe consorte de la reina Isabel II de
Inglaterra. El final de la protesta estaba cantado. Mientras Pablo iba en "galera", el cortesano del imperio pedía refugio en la alcoba de Magdalena
Nelson de Blaquier, una aristócrata diez años mayor que el duque.
Los largos años de resistencia peronista fueron la causa de que Pablo
rompiera con el radicalismo. Luego de un par de arrestos, adhirió al Frente
Revolucionario Peronista que lideraba otro comprovinciano suyo, Armando
Jaime. Pablo Outes provenía de una familia tradicional, dentro de la
tradicional sociedad salteña. La militancia política lo atraía con un
magnetismo al que no podía ni quería resistirse. Magnetismo que lo llevó, la
mayoría de las veces, a vestirse con el traje de la oposición. Lo que en la
historia de los 60 y 70 es casi lo mismo que decir de los perseguidos.
Cuando el embrujado poder del peronismo sin Perón llevó a su viuda, Isabel,
a la cima del gobierno, Pablo ya estaba decididamente luchando por el
antiimperialismo y por el socialismo. Lo detuvieron luego de que Isabelita
decretara el estado de sitio a fines de 1974 y pudo salir del país
utilizando el derecho de asilo previsto en el artículo 23 de la
Constitución. Venezuela era un país muy lejano para un hombre que vibraba
con los vinos salteños, su familia y la lucha política. En 1975 su calva se
paseaba nuevamente por Valderrama y su sombra era seguida de cerca por los
parapoliciales de Joaquín Gil, aquel hombre fuerte de la policía salteña
precursor de la Triple A. Acorralado, y con la certeza de que si lo detenían
nuevamente su futuro sería un asesinato lento y feroz, se presentó ante el
juez federal Ricardo Lona. Ese juez, que en esa época recibió gran cantidad
de denuncias por torturas, desapariciones y fusilamientos, se desempeña hoy
como camarista de la justicia federal salteña, merced a la complicidad del
poder político local.
Ricardo Lona, envió a Pablo otra vez a la cárcel, concretamente al pabellón
E del penal de Villa Las Rosas. El pabellón era una construcción
relativamente nueva y sólo alojaba a los presos políticos. Luego del golpe
militar las condiciones de detención cambiaron drásticamente. Luciano
Benjamín Menéndez, jefe del Tercer Cuerpo del Ejército, había dispuesto que
aquellos presos políticos, a los que calificaba de subversivos, debían estar
aislados e incomunicados.
La noche del 6 de julio del ‘76, antes de las 21, hora en que se apagaban
las luces de las celdas, una patota del Ejército comandada por un teniente
de apellido Espeche, entró a cumplir una orden del comandante de la
guarnición Salta, coronel Carlos Alberto Mulhall. La comitiva militar
marchaba acompañada por el hijo del director del penal, el oficial
penitenciario Juan Carlos Alzugaray –un ex oficial de inteligencia de la
Policía Federal que, más por miedo que por otra cosa, renunció a la fuerza y
se alistó como carcelero–, el oficial jefe de guardia, Eduardo Carrizo y el
alcaide responsable del penal, apellidado Soberón. La patota estaba formada
por oficiales superiores, que no llevaban sus insignias identificatorias. De
a una fueron abriendo las puertas de seis celdas. A Pablo Outes, que todavía
se encontraba vestido, le dieron tiempo para tomar su gorra; al resto los
sacaron desnudos y en algunos casos hasta descalzos. Todos iban resignados,
salvo Rodolfo Usinger, un ingeniero rosarino que comenzó a gritarles
"asesinos hijos de puta". Usinger fue uno de los pocos que intuyó el final
de ese operativo. A principios del ‘76 una comunicación de la organización
Montoneros había alertado sobre un posible "operativo mantel blanco", en el
que los militares comenzarían a ejecutar prisioneros políticos. Usinger
quizá recordó ese mensaje y por ese motivo opuso toda su resistencia.
Roberto Oglietti, José Povolo, Leonardo Avila, Rodolfo Usinger, Alberto
Sabransky y Pablo Outes fueron llevados a las celdas de la planta baja.
El penal quedó a oscuras y el barrio lindero a la cárcel también. Como el
silencio inundó todos los rincones, el ruido de los motores del camión
militar se escuchó nítidamente. Los seis detenidos del pabellón E, fueron
subiendo en fila india al camión que estaba estacionado en el campo de
deportes. Antes habían subido María del Carmen Alonso, Celia de Avila,
Georgina Droz y Amarú Luque de Usinger. Los responsables del operativo los
seguían en otro vehículo, entre ellos el hijo del director del penal, que se
sumó a la comisión militar. Cuando llegaron a un cruce de la ruta a Tucumán,
en la localidad de Palomitas, al sur de la ciudad de General Güemes, todos
los trasladados fueron fusilados. La explicación oficial fue la habitual:
hubo un intento de fuga. El hijo del director del penal había comenzado a
transitar un camino sinuoso, que lo llevaría a consagrarse de verdugo y que
tuvo en este fusilamiento la piedra que definitivamente lo llevaría al
abismo. La matanza fue tan traumática para él que luego del fusilamiento de
Palomitas no hacía otra cosa que repetir los detalles del operativo. Un
grupo de tareas lo secuestró y no se supo más de él. En el pecado estuvo su
penitencia, diría el antiguo cura de su pueblo. Penitencia que el
responsable de esa matanza, el general Luciano Benjamín Menéndez, todavía no
cumplió.
Fuente: Pagina/12, 06/06/2000
El asesinato de 11 salteños
La masacre de Palomitas
Considerada una de las provincias más tranquilas del país durante el período
de la dictadura militar inaugurada por el general Jorge Rafael Videla el 24
de marzo de 1976, Salta fue escenario, sin embargo, de hechos luctuosos:
secuestros nocturnos, detenidos sin causa y una policía impía cuyos agentes
actuaban en la más absoluta de las impunidades, fueron moneda corriente
durante los primeros años del proceso aquí. Pero el más aberrante de los
sucesos de muerte que recuerde la historia de este territorio, se escribió a
partir de las primeras horas del seis de junio del tenebroso año del golpe
de estado: el coronel Alfredo Mulhall, comandante de la guarnición local,
ordenó el traslado de once ciudadanos que se hallaban prisioneros en el
penal de Villa las Rosas.
Ninguno de ellos había cometido otro delito que el pensar de manera opuesta
a los plagiarios del poder democrático. Todos fueron acribillados a balazos
-poco después- en la localidad de Palomitas, ubicada entre las ciudades de
General Güemes y Metán.
La dramática historia de los últimos momentos de estos cinco mujeres y seis
hombres, comenzó a escribirse en el despacho de Mulhall, quien había sido
-meses antes- el primer interventor militar del "nuevo orden".
Rubio, muy flaco, de rasgos angulosos, peinado a la brillantina y de ojos
verdes de mirada fría como el hielo, el oficial de caballería acostumbraba a
golpear rítmicamente sus botas con una fusta. Pero esa mañana, los azotes a
su calzado se hicieron más violentos que nunca. Pocos momentos antes, había
redactado una orden, que le fue entregada al director del penal de Villa Las
Rosas, Braulio Pérez, quien ejerció en el cargo hasta que fue destituido por
el gobierno democrático de Roberto Romero.
Pérez, abrió la misiva, que resultó ser una citación. En ella, el comandante
de la guarnición le reclamaba presentarse de inmediato en sus oficinas, cosa
que cumplió con rapidez.
Mulhall le informó que se haría un traslado de prisioneros y que este iba a
estar a cargo de personal militar.
A las 19.45 de ese día, un comando encabezado por un oficial con rango de
capitán de apellido Espeche, se presentó en el penal. Ninguno llevaba
identificaciones visibles de grado ni distintivos de naturaleza alguna.
Espeche le entregó una lista con los nombres de los detenidos que iban a ser
trasladados.
Pérez, presuroso, se aprestó a cumplir e intentó establecer un diálogo con
los comandos. Pero su amabilidad fue cortada en seco al ordenársele que se
realizara un dispositivo de seguridad especial: todo el personal de
guardiacárceles debería ser retirado de los pasillos por donde se efectuaría
la operación. Sólo deberían quedar los indispensables.
Las órdenes fueron corroboradas posteriormente por la celadora Juana Emilia
de Gómez y el oficial del Servicio Penitenciario, Juan Carlos Alzugaray,
testigos involuntarios de los acontecimientos.
Los militares encargados de la operación, se comunicaban entre si a través
de "nombres de guerra". Jamás deslizaron apellidos o rangos -cual es la
metodología militar- en sus breves contactos verbales.
"Deben apagarse todas las luces del recinto, menos las del lugar donde están
los detenidos", ordenó el jefe del operativo. "Sólo podrán quedar en sus
puestos habituales los custodios de muro", añadió.
Pérez cumplió a la perfección: Villa Las Rosas quedó en penumbras y sólo un
grupo de guardicárceles munidos de linternas, fue concentrado en una
habitación contigua al despacho del director de la institución. Caminando
entre las sombras, retiraron de sus celdas a los once infortunados, a los
que se les ordenó llevarse sólo lo puesto, detalle que los debe haber
advertido del destino que les esperaba.
Las seis mujeres, que se encontraban con otras 19, fueron llamadas una a
una: "Celia Leonard de Avila, Amaru Luque de Usinger, Georgina Droz,
Evangelina Botta, María del Carmen Alonso de Fernández..."
Celia Leonard, había dado a luz en la cárcel y sostenía en sus brazos a su
bebé. Suspiró, besó por última vez a su hijita y se la entregó a su hermana
Nora, otra de las detenidas que no figuraba en la lista fatídica.
La misma operación se realizó inmediatamente después en el sector masculino.
"Benjamín Avila, Roberto Oglietti, José Povolo, Rodolfo Usinger, Alberto
Sabransky...!
A más de 30 kilómetros del lugar donde se desarrollaban estos
acontecimientos, en la ruta provincial 34, entre Güemes y Salta, dos
conductores fueron interceptados por una supuesta patrulla de caminos. Uno
de ellos, el contador Héctor Mendilaharzu, iba al mando de un Torino. El
otro, Martín Julio González, que viajaba en compañía de un hermano, lo hacía
en una camioneta Ford F-100.
Sin sospechar nada extraño, ambos ciudadanos detuvieron su marcha,
dispuestos a someterse a un control más, que se habían hecho habituales en
las rutas argentinas desde el mismo momento en que Videla tomó por asalto el
poder. Quizás suspiraron y se prepararon para entregar sus relojes y algo de
dinero a los controladores, una suerte de peaje que también se había
transformado en usual por los caminos del país. Sin embargo, fueron
sorprendidos: los uniformados rodearon rápidamente los automotores, los
encañonaron con sus armas automáticas y los conminaron a bajarse.
Rápidamente, fueron atados, amordazados y trasladados a unos pajonales,
donde fueron abandonados no sin antes darles una completa, sorprendente y
acabada información del por qué de la acción: se identificaron como
integrantes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y les explicaron
que precisaban las unidades para protagonizar un rescate de compañeros.
Al día siguiente, los automóviles fueron hallados en el paraje Palomitas,
sobre la ruta 34, a 25 kilómetros de Guemes: estaban marcados por fuego
cruzado y sus asientos presentaban manchas de sangre. Incluso, en uno de
ellos se hallaron restos de masa encefálica y parte de una falange.
En el lugar donde estaba la camioneta, habían muchas manchas de sangre y
cápsulas de balas servidas.
Un informe militar, se refirió al hecho como un "enfrentamiento con fuerzas
subversivas".
Investigaciones posteriores, determinaron que ninguno de los efectivos
castrenses que hipotéticamente fueron protagonistas del "combate",
recibieron daño alguno ni que los vehículos que utilizaron para el
"traslado" fueron alcanzados por impactos de bala. Tampoco recibieron
heridas los autodeclarados y verborrágicos miembros del ERP, que
desaparecieron para siempre.
Los cadáveres de las víctimas, fueron apareciendo poco a poco en diferentes
lugares a raíz de denuncias de testigos que presenciaron extraños
enterramientos de cuerpos humanos traídos en bolsas en cementerios de Salta,
Jujuy y Tucumán.
Dos de los cuerpos no aparecieron jamás: los de Georgina Graciela Droz y
Evangelina Botta de Nicolai.
Las investigaciones que siguieron más tarde, determinaron que los cuerpos
hallados habían sido golpeados salvajemente y que todos presentaban impactos
de bala hechos de abajo hacia arriba.
Los certificados de defunción de algunos de ellos, como el caso de Celia
Leonard de Avila -que fue identificada en el documento errónamente como
Nora, que es el nombre de su hermana y que también se hallaba detenida al
momento de iniciarse el "traslado"- fueron expedidos por el misterioso
médico Quintín Orué.
Sin embargo, los registros profesionales de la República Argentina no
constataron la existencia de ningún médico lamado de esa manera.
Integrantes de la familia Leonard, se entrevistaron con el mencionado Orué a
objeto de la corrección del error en el certificado. El misterioso galeno
actuó con presteza: rompió el que poseían los deudos y de inmediato
confeccionó otro y se retiró de su presencia. Jamás volvieron a tenerse
noticias de él.
Más tarde, los Leonard, advirtieron que el certificado de defunción se
hallaba incompleto y en su desesperación entrevistaron al director del
Registro Civil de ese entonces, quien trató de "arreglar" los errores
comunicándose con las autoridades de la guarnición local. Pero le taparon la
boca de inmediato: "Se trata de un secreto militar", le respondieron desde
el ámbito castrense.
El acta fue guardada en un sobre lacrado junto al asiento hecho en
registros.
Años más tarde, durante el juicio a los genocidas, el ex interventor militar
de Salta, Carlos Alberto Mulhall, impune de todos sus delitos a raíz de la
Ley de Punto Final, no mostró ningún signo de arrepentimiento ante los
jueces. Y no sólo eso: destacó que bajo su mando sus subalternos se
desempeñaron de "manera brillante y eficaz", aseverando de sentirse
"orgulloso y sin arrepentimiento alguno".
Fuente: www.pparg.org
Salta: La masacre de Palomitas, la historia del horror
Celia Leonard de Avila, Georgina Droz, Evangelina Botta, María del Carmen
Alonso, María Amaru Luque de Usinger, Benjamín Avila, Roberto Oglietti,
Pablo Outes, José Povolo, Robetto Savransky y Rodolfo Usinger fueron
asesinados el 6 de julio de 1976 en el paraje de Palomitas. Eran presos
políticos que estaban detenidos en el penal de Villa Las Rosas de donde
fueron sacados con el pretexto de que serían trasladados a Córdoba. Los
responsables de la masacre: Luciano Benjamín Menéndez, Carlos Alberto
Mulhall, Juan Carlos Grande, Miguel Raúl Gentil, Joaquín Guil y Ricardo
Lona. El juez Ricardo Lona trabajó en pos de la impunidad de los asesinos.
Miguel Brizuela,
Salta libre
La aplicación de la "ley de fuga" so pretexto de "traslados" de presos
políticos tenía como destino la muerte. Del penal de Villa las Rosas los
sacaron de noche, en la más absoluta oscuridad, en medio de un fuerte
operativo de seguridad.
La Masacre de Palomitas ocurrió el 6 de julio de 1976 y tiene
características similares a otras masacres ocurridas en nuestro país como la
de Trelew o la de Margarita Belén. Por entonces gobernaba Salta el capitán
Héctor Gadea y la zona militar número 3 dentro de la cual estaba Salta se
encontraba bajo el mando del comandante del Cuerpo de Ejército III, general
Luciano Benjamín Menéndez.
Se sacaron 11 presos políticos de la cárcel de Villa las Rosas, cinco
mujeres y seis hombres. La aplicación de la "ley de fuga" so pretexto de
"traslados" de presos políticos tenía como destino la muerte. Del penal de
Villa las Rosas los sacaron de noche, en la más absoluta oscuridad, en medio
de un fuerte operativo de seguridad de las fuerzas conjuntas (ejército,
policías y otras) para asesinarlos en el Paraje Palomitas, en la ruta 34.
También fueron asesinados allí cinco presos políticos procedentes de la
cárcel de Jujuy (tres mujeres y dos hombres).
La denuncia penal formulada por familiares el 14 de marzo de 2002 ante la
Fiscalía Penal de Salta consigna:
"Los prisioneros fueron baleados. Los cuerpos recibieron numerosos impactos
de balas provenientes de distintas armas. La cantidad de disparos y la
utilización de diferentes armas tuvo por objeto fraguar un enfrentamiento.
Por eso mismo los cuerpos de Savransky y del matrimonio Avila habrían sido
colocados dentro de los automóviles en la cercanía del paraje Palomitas; los
de Outes, Povolo y María del Carmen Alonso dejados en la Provincia de
Tucumán, fingiendo un enfrentamiento en Ticucho, como así también se
aparentó un enfrentamiento en Pampa Vieja, Jujuy, en la que los cadáveres
del matrimonio Usinger y de Oglietti fueron dejados".
Las víctimas de la Masacre
Los presos políticos masacrados en Palomitas fueron sacados del penal de
Villa Las Rosas, encapuchados y esposados, para un presunto traslado. Ellos
son:
Celia Raquel Leonard de Avila: maestra salteña, de 34 años, madre de 4 hijos
(en ese momento estaba alimentando a su hijita de 4 meses).
Georgina Droz: de 35 años, santafesina, licenciada en Ciencias de la
Educación y Profesora de la Universidad Nacional de Salta.
Evangelina Botta de Nicolai: 30 años, psicóloga santafesina.
María del Carmen Alonso: 39 años, salteña, arquitecta, con dos hijos,
sobrina del gobernador desaparecido Miguel Ragone.
María Amaru Luque de Usinger: 26 años, psicóloga.
Benjamin Leolnardo Avila: 39 años, 4 hijos, casado con Celia Leonard.
Roberto Oglietti: 21 años, estudiante de Ciencias Naturales de la
Universidad Nacional de Salta e inscrito en la carrera de Historia.
Pablo Outes 49 años, ex legislador salteño, 3 hijos.
José Povolo 28 años, comerciante salteño.
Roberto Savransky: 32 años, tucumano, médico, dos hijos.
Rodolfo Usinger: 27 años, ingeniero, casado en el Penal de Villa Las Rosas
con Amaru Luque.
Se entregaron los cajones cerrados del matrimonio Avila y de María del
Carmen Alonso. En el caso de los primeros, éstos fueron exhumados legalmente
y se comprobó el terror petrificado en sus cuerpos al encontrar balas del
ejército, lo que confirma la responsabilidad de las Fuerzas Armadas en los
crímenes.
En Yala, Provincia de Jujuy, se encontraron los cadáveres del matrimonio
Usinger, de Oglietti y de Dominga Alvarez, la única presa política sacada
del Penal de Jujuy cuyo cuerpo apareció.
A la fecha los cuerpos no entregados y que están en situaciòn de
detenidos-desaparecidos en relación con la masacre de Palomitas son:
Georgina Droz, Evangelina Botta, Jorge Ernesto Turk Llapur, Jaime Lara,
Chamiz y María Alicia del Valle Ranzoni (estos últimos sacados del Penal de
Jujuy).
Los responsables
Los famiiliares de los detenidos-desaparecidos y la Red por la Defensa de
los Derechos Humanos de Salta señalan entre los responsables de la Masacre
de Palomitas al General de División Luciano Benjamín Menéndez, comandante
del II Cuerpo del Ejército; General Antonio Domingo Bussi, jefe de la
subzona 32 (Salta, Tucumán y Jujuy); ex jefe de la Guarnición Ejército
Salta, coronel Carlos Alberto Mulhall y teniente coronel Juan Carlos Grande,
oficial de operaciones del Destacamento de Exploración de Caballería
blindada 141; ex jefe de la Policía de Salta, coronel Miguel Raúl Gentil, ex
subjefe de la Policía de Salta, coronel Mendíaz, y ex juez Federal Ricardo
Lona.
También aparecen involucrados en la Masacre de Palomitas los policías de la
Provincia Joaquín Guil, Alzugaray, Gutiérrez, Puppi, Páez, Murúa, Sánchez,
Toranzo, Trovatto y Perelló, el comisario de la Policía Federal de Salta
Federico Livy, el jefe de la Policía de Jujuy, mayor Luis Donato Arenas, y
el jefe de la Policía de Tucumán, teniente coronel Antonio Arrechea
Fuente: www.lafogata.org
Un
sorprendente testimonio
Por Juan Antonio Abarzúa y Adrián Quiroga Navamuel, El Tribuno, Salta, 31 de
Agosto del 2003
Simeón Véliz tiene 74 años, fue un agente policial durante toda su vida.
Jubilado hace más de dos décadas, está lúcido y en su memoria guarda un
hecho para él -y para la historia- inolvidable: lo ocurrido la noche del
seis de julio de 1976, a 17 kilómetros de su destino de entonces, la
comisaría de General Güemes: la Masacre de Palomitas, en la que 11 presos
políticos fueron acribillados a balazos por sicarios de la sangrienta
dictadura militar que oscureció la Argentina durante siete aciagos años.
Véliz, señala el sitio, ahora diferente, donde ocurrió el desastre Está
jubilado, tiene 74 años y estuvo en el lugar de la masacre a pocas horas del
hecho, en la ruta nacional 34. "Había pozos con sangre, orejas, dientes,
pelos y miles de cápsulas de F.A.L. que levantábamos de la calle a puñados".
Luego de casi tres décadas de investigaciones, Véliz, que paradójicamente
sirvió durante 9 años de su carrera en el ya desaparecido destacamento de
Palomitas, donde, en un calabozo, nació su hijo Jesús Vélix, ahora comisario
y anotado con "x" "por un error del Registro Civil" que nunca arreglé", tomó
una decisión: dar a conocer detalles de cosas que se mantenían en secreto y
de las que jamás nadie había hablado: del contubernio y la conspiración
montadas entre los militares de entonces y elementos del cuadro jerárquico
de la policía de la provincia, antes y después del tan macabro como triste
suceso.
Y dio nombres que podrían resultar claves, por su evidentemente
participación en la matanza: el entonces comisario de General Güemes, Oscar
Correa y del inspector mayor (este cargo ya no existe en el escalafón)
Héctor Trobatto, ambos retirados y residentes en cómodas viviendas de la
capital y San Luis, respectivamente.
Los acontecimientos
La Masacre de Palomitas, comenzó a ejecutarse la mañana del seis de junio de
1.976, aunque su gestación, es evidente, había empezado mucho antes. Ese
día, por la mañana, el comandante de la guarnición local, Carlos Alberto
Mulhall, citó a su despacho al director del penal de Villa Las Rosas,
Braulio Pérez y le comunicó que habría un traslado de presos políticos. A
las 19.45, en el establecimiento carcelario, se presentó el entonces -ahora
mayor retirado, millonario y propietario de una agencia de seguridad en la
Patagonia- César Espeche, para retirarlos.
Y dio dos órdenes: "esto no se anota en los registros", la primera. La
segunda, fue más más compleja y tenebrosa aún: apagar todas las luces y
retirar a los guardiacárceles de los pasillos a objeto de que la operación
resultara lo más secreta posible; no permitir que los detenidos llevaran
consigo dentaduras postizas, lentes de contacto ni ropa de abrigo, pese a
que hacía mucho frío.
Una de las víctimas, Raquel Leonard de Avila, debió dejar a su bebé, de
pocos meses y que estaba con ella en el recinto puesto que todavía lo
amamantaba. Pocas horas después de aquello, las 11 personas que integraban
la fatídica lista elaborada por los militares golpistas, caían acribilladas
a balazos en la ruta nacional 34, 17 kilómetros al Sur de General Güemes, en
el paraje conocido como Palomitas.
Las vivencias de Véliz
"Nosotros no teníamos idea de lo que estaba ocurriendo ni lo que había
sucedido con los detenidos que habían secuestrado desde Villa Las Rosas.
Pero esa misma tarde, como durante varias semanas anteriores, las
autoridades de la comisaría estaban nerviosas.
Nuestro jefe, Oscar Correa, había recibido la visita de un inspector mayor
que había venido de Salta, Héctor Trobatto, con el que se encerraba
permanentemente en su oficina. Cuando salían, Correa se mostraba más
nervioso aún, no así Trobatto, que tenía todo el aspecto de esos oficiales
de película: delgado, atlético, muy serio, con bigotes y una mirada
característica de los que tienen poder y saben mandar".
"Me acuerdo muy bien de él porque es de por aquí cerca, de Betania, y había
estado varias veces, durante los días previos a la masacre, en Güemes. El
mismo nos había dicho que la zona estaba llena de guerrilleros, que andaban
robando autos. Por ello mismo y en virtud de esas informaciones, es que
todas las noches nos tenían haciendo guardia en el "cruce" para "encontrar a
los extremistas".
"Esa noche, Trobatto le dio, con un movimiento de cabeza, una orden a
Correa, quien nos convocó y nos envió en un móvil a cumplir una misión, pero
sin decirnos cuál. Tres de nosotros -el agente Ricardo Arquiza, que ahora
anda "levantando tómbola"; José "Vaso" Michel y yo- nos fuimos en un
vehículo azul, que manejaba el oficial Raúl Huari.
Cuando llegamos, nos dimos cuenta que estábamos en el paraje Las Pichanas,
cerca de Palomitas. "Bájense -nos dijo Huari- ustedes se van a quedar de
custodia hasta mañana. Que nadie se acerque ni se detenga a mirar.
Se van a quedar aquí, allá y acá", nos señaló, dándonos puestos separados
treinta metros uno de otro. "No se junten ni se acerquen para conversar",
advirtió imperativamente y se fue. Y allí, con un frío tremendo, estuvimos
toda la noche. En el lugar, había dos vehículos, una camioneta que ardía y
un Ford Fairlaine" (las investigaciones dicen que era un Torino, que como la
pick up, habían sido robados por militares a la altura de Cobos, haciéndose
pasar por guerrilleros del Ejército Revolucionario del Pueblo).
"La camioneta ardía pero igual no se veía nada porque la ruta no era como
ahora, sino mucho más angosta y rodeada de monte. Los árboles se tocaban
copa a copa y la oscuridad era total".
Veliz, al relatar los acontecimientos, no tiene dudas ni lagunas. Y al
respecto, siguió: Cuando empezó a amanecer, nos dimos con un espectáculo
espantoso: en el lugar habían restos humanos: pelos, dientes, orejas...era
algo terrible. Michel, me llamó: "vení a ver esto".
Cerca del auto, habían más restos humanos, mucha sangre y masa encefálica.
Era un reguero. Todo indicaba que alguien había tratado de huir por el
monte, pero no había logrado su intento. Más tarde hallamos rastros, todos
de botas militares.
Y en el asfalto habían miles de cápsulas de FAL (Fusil de Asalto Ligero);
tantas que las agarrabamos a puñados. Y más aún, en tres lugares distintos,
había pozos con sangre. Nos miramos y coincidimos.
"Aquí mataron a varios", dijo "Vaso" y concluyó en que todos habían sido
arrumbados, uno sobre otro, en tres grupos diferentes, donde deben haberlos
rematado, a juzgar por los pozos con sangre, que eran impresionantes. La
escena era más que dramática y nunca la he podido olvidar".
Atando cabos
"Cuando regresé a la comisaría, luego de aquella jornada, ellos me contaron
que Trobatto y Correa se habían reunido días antes varias veces con personas
desconocidas, la última, 24 horas antes del crimen. En realidad, yo sabía
eso porque también había visto movimientos sospechosos pero los había
atribuido a eso que decían que andaban los extremistas robando autos.
Es más, con el tiempo me he dado cuenta que hay cosas que se encadenan al
hecho: no mucho antes de los sucesos que le costaron la vida a esas
personas, un oficial que falleció hace cinco años, don Francisco Arapa, hizo
un procedimiento que habría merecido las felicitaciones de cualquier
superior, pero que a él le costó castigos y persecuciones.
Resulta que este hombre, advertido de eso de los "extremistas", recibió de
un gaucho, la información de que en la hostería del rio Juramento (la ex
posada del Autómovil Club, ahora abandonada), estaba bebiendo un grupo de
personas armadas, con uniformes militares pero sin insignias
identificatorias.
"Arapa, que era un tipo muy astuto, en absoluto sigilo se fue al lugar,
rodeó la zona y atrapó a estos tipos, que efectivamente andaban armados. Los
maniató y los trajo detenidos a la comisaría. El creía que había hecho lo
correcto y que después de aquello, poco menos que lo iban a condecorar.
Pero, al contrario, cuando Correa vio a los presos, inmediatamente los hizo
desatar, los saludó militarmente y tras dialogar en privado y amigablemente,
los liberó. No los vimos nunca más, pero recuerdo que Correa le pegó una
buena "puteada" a Arapa y le dijo "¡Cómo le vas a hacer esto a los
colegas!".-(ServiPren)
Fuente: www.servipren.com.ar
A treinta años de la Masacre de Palomitas
Por Daniel Escotorin, 6 de julio de 2006
(ACTA) Fueron 12, en realidad fueron muchos más, pero ese
día, esa noche, en el penal de Villa Las Rosas de la ciudad de Salta, les
tocó a 12 compañeras y compañeros. Hoy los recordamos y homenajeamos.Estaban
detenidos desde mediados del año 1975, cuando la provincia estaba
intervenida y en manos de una legión de funcionarios venidos de la provincia
de Córdoba, todos expertos conspiradores para derrocar gobernadores
democráticos. Todos participantes del "navarrazo", el golpe policial que
había derrocado a Obregón Cano y su vicegobernador Atilio López (dirigente
de la UTA), quien posteriormente cayera bajo las balas asesinas de la Triple
A. Ahora estaban en Salta, depurando la provincia de cualquier atisbo de
protesta, de participación, de organización popular. Y se encontraron con
que había mucho de todo eso. Durante la gestión del gobernador Miguel Ragone
el pueblo salteño participaba, estaba movilizado y organizado defendiendo al "doctor del pueblo".
Pero los tiempos habían cambiado violentamente, casi una perogrullada en
esos días de vértigo político donde además, la vida era moneda de cambio
cotidiana frente al compromiso militante por un proyecto de cambio, de
liberación; tiempos violentos. En ese 1975 cayeron en operativos policiales
de envergadura porque eran peligrosos, decían. Pasó ese año y llegó 1976
lleno de presagios oscuros, tenebrosos. Pronto, aun antes de la definitiva
Noche y Niebla, cayeron más compañeros y compañeras.
El 11 de marzo de 1976 es secuestrado y nunca vuelto a aparecer el Dr.
Miguel Ragone, el único gobernador detenido desaparecido. En la cárcel se
enteraron con preocupación y consternación. Una de sus sobrinas estaba
detenida allí. Y llegó el 24 de marzo, que cayó sobre ellos y sobre todo el
país y ya nada será igual: las requisas, el aislamiento, el control de las
visitas, los castigos y las intimidaciones, todo se extrema. Presagios.
La noche del 6 del julio todo estaba planificado, todo era previsible: el
apagón repentino en el penal, la formación de los presos, el paso de lista.
Los funcionarios penitenciarios, policiales y militares presentes allí
estaban nerviosos, pero lo disimulan entre las penumbras que habitan por
sobre los haces de linternas y reflectores. "Un paso al frente y dejen sus
pertenencias", les dijeron porque iban a trasladarlos a otra cárcel. Entre
las pertenencias que deja Celia Leonard de Avila están sus hijos, que quedan
a cuidado de su hermana, Nora.
Después vendrán las burdas, increíbles explicaciones: durante el traslado a
la altura de la localidad de Palomitas, a 5 km. de General Güemes, un
comando guerrillero intenta rescatar a los presos, resultado: los 12 presos
abatidos, ningún supuesto guerrillero herido ni muerto, ningún miembro de
las fuerzas represoras herido o muerto, todos increíblemente ilesos, sus
vehículos intactos. Nadie respondería a preguntas que a su vez nadie podía
formular. No obstante se cree que en el operativo murieron otros cuatro más
que hoy continúan desaparecidos y que fueron sacados también de una cárcel
de Jujuy.
Ellos son: Benjamín Ávila, Celia Leonard, Evangelina Botta, José Povolo,
Ricardo Savransky, Pablo Outes, Georgina Droz, María Amaru Luque, Rodolfo
Usinger, Roberto Oglietti, María del Carmen Alonso, sobrina de Ragone, y
Jorge Turk.
Sus asesinos continúan aun hoy recorriendo los tribunales y algunos están
detenidos.
El acto
Hoy al mediodía partió una caravana de autos desde la ciudad de Salta hasta
el Paraje Palomitas, sobre la Ruta 34. Viajaron trabajadores de la Central,
representantes de organismos de Derechos Humanos y de otras organizaciones
sociales y partidarias. Hoy se cumplieron 30 años de la Masacre de
Palomitas.
A las 13, se llevó a cabo un emotivo acto homenaje en el mismo lugar donde
se produjo la masacre, allí donde se erige un monolito con sus nombres. Ya
de regreso, en Salta capital, otro acto en el Parque San Martín, frente al
mural que recuerda a las víctimas, más salteños se sumaron a esta jornada
por la memoria.
Fuente: www.agenciacta.org.ar
Cámara de Diputados, Provincia de Salta,
parte de prensa Derechos Humanos
El presidente de la Comisión de Derechos Humanos, diputado Pablo Outes
solicitó informes acerca de la investigación sobre la represión docente; la
unificación de las causas por violaciones a los derechos humanos; situación
de las causas sobre la desaparición del ex gobernador Dr. Miguel Ragone y la
Masacre de Palomitas. Asimismo, presentó un proyecto de ley para la creación
de un Fondo Especial para la rehabilitación de personas adictas.
Investigación sobre represión docente
El legislador solicitó al Procurador General de la Provincia, Dr. Aldo
Saravia que informe a través del Fiscal Penal las razones por las cuales el
Juez de Instrucción Formal de 4º Nominación, Dr. Antonio Germán Pastrana,
resolvió inhibirse de actuar en la causa sobre los hechos de violencia
registrados el 1 de abril en la plaza 9 de julio; y los avances producidos
en la causa. Outes recabó testimonios, documentación gráfica y audiovisual,
a los que sumó los informes de la Secretaría de Seguridad y los ofrecidos
por la Fiscalía Penal interviniente. Ante la inhibición del Juez Pastrana y
el tiempo transcurrido desde los sucesos, el diputado manifestó su
preocupación "porque la causa -en la que ya se produjo la promoción de
acción penal contra varios efectivos de la Policía-, se encuentra
virtualmente paralizada por la inhibición del Magistrado".
Unificación de causas sobre violaciones de Derechos Humanos
El diputado Outes solicitó, al Juez Federal Nº 2, Dr. Miguel Antonio Medina,
la unificación de todas las causas de violación a los derechos humanos
ocurridas en Salta entre el 23 de noviembre de 1974 y el 10 de diciembre de
1983; esta unificación incluye las causas relacionadas con la desaparición o
muerte de más de 115 ciudadanos salteños en la provincia o en otras
ciudades, como Capital Federal o Tucumán; entre las que se encuentran la
desaparición del ex gobernador Dr. Miguel Ragone y la Masacre de Palomitas.
El pedido se fundamenta en que lo sucedido se encuadra en la estrategia
represiva del gobierno de facto y entre 1974 y fines de 1.983, cuando el
esquema en todo el país permitió el exterminio sistemático de personas.
En el escrito Outes solicitó la reactivación o promoción penal de las causas
que hayan sido archivadas o que hayan resultado con sobreseimientos
provisorios, dictados por el único juez federal de aquella época, el Dr.
Ricardo Lona. Asimismo, el legislador destaca la necesidad de investigar la
responsabilidad en la que pudieran haber incurrido magistrados del Poder
Judicial de la Nación y del Ministerio Público de la Nación, por la omisión
de reprimir los delitos aberrantes.
Respecto a la "Masacre de Palomitas", la presentación recuerda que todos los
hechos fueron puestos en conocimiento del juez Lona, tanto la orden del
traslado, la identidad de los detenidos que luego serían fusilados
impunemente, como con posterioridad los informes falaces de muertes que se
pretendieron justificar mediante supuestos enfrentamientos con el ERP.
Asimismo, el legislador consideró que de acuerdo a los elementos probatorios
ofrecidos, el juez Miguel Medina "debería resolver por una eventual
conformación de asociación ilícita para la comisión de los delitos de
homicidio calificado, desaparición forzada de personas, torturas, apremios
ilegales, secuestro, extorsión, privación ilegal de la libertad, coacción y
amenazas en contra de autoridades y miembros del Ejército Argentino, de la
Policía Provincial y Policía Federal, y del Poder Judicial y Ministerio
Público". Con esta solicitud, el legislador aspira a que se clarifique lo
que fue un plan sistemático avalado por los distintos poderes y no se
persista en la investigación atomizada de causas que, en realidad, están
unidas por la misma trama del terrorismo de Estado.
Causas Palomitas y Ragone
El diputado Pablo Outes, manifestó al Presidente de la Comisión de Acusación
del Consejo de la Magistratura, diputado Jorge Casanovas, su preocupación
por la parálisis judicial en que se encuentran las causas en las que se
investiga la "Masacre de Palomitas" y la desaparición del ex gobernador
constitucional, Dr. Miguel Ragone. Asimismo, le solicitó que se avoque al
caso y le informó por escrito que ambas causas se encuentran en la Cámara
Federal de Apelaciones.
Al respecto, el legislador recordó que solicitó a la Cámara Federal de
Apelaciones la unificación de todas las causas que implican violaciones a
los derechos humanos, incluyendo las de Palomitas y Ragone, pero el
mencionado Tribunal contestó que tal pedido debía realizarse ante un Juez de
Primera Instancia, situación que generó "una nueva frustración ya que los
jueces federales de Salta se han excusado en los dos casos, y continuando
con la práctica habitual, todavía no se ha designado juez subrogante. Con
esto, se mantiene una situación de incertidumbre absoluta sobre los dos
casos más representativos del Terrorismo de Estado", sostuvo Outes. Esta
situación se presenta a pesar que la Cámara Federal es la que legalmente
tiene las atribuciones para unificar las causas, según lo establece el
artículo 44 del Código Procesal Penal de la Nación. El mismo Tribunal debe
ordenar a los jueces de primer grado que acaten sus decisiones. Finalmente,
Outes requirió al Consejo de la Magistratura su intervención para que las
causas sean debidamente investigadas y el Tribunal de Alzada se integre con
Jueces Probos, "que permitan el avance de los procesos que todavía
constituyen una página negra de la historia reciente salteña".
Fondo Especial para la rehabilitación de personas adictas
El Diputado Outes presentó a la Cámara de Diputados un proyecto de ley
tendiente a la Creación del Fondo Especial para la Rehabilitación de
personas alcohólicas y drogodependientes, este proyecto dispone el
incremento de un 50% de la alícuota prevista por Ley 6.611 para el Impuesto
a las Actividades Económicas en su artículo 13, apartados IV, V y VI; estos
Apartados se refieren a los comercios vinculados estrechamente con
actividades que se han tornado proclives para exacerbar la problemática de
las adicciones y las patologías derivadas de ellas. Así, se incrementaría el
impuesto que pagan salones de juego, boliches bailables, cabarets, moteles y
todos los establecimientos en los que se expenden bebidas alcohólicas.
La iniciativa establece que serán beneficiarias del Fondo Especial las
instituciones que acrediten el cumplimiento de las normativas y que dicho
fondo será administrado por el Ministro de Salud Pública de la Provincia.
Con el incremento del impuesto, Outes pretende aportar a la tarea de las
organizaciones intermedias abocadas a la lucha contra las patologías
vinculadas con el consumo de alcohol y estupefacientes, que derivan en
hechos de violencia, suicidios y otras situaciones de gravedad insoslayable.
www.camdipsalta.gov.ar
La Masacre de Palomitas 6 de julio 1976: Delitos de lesa humanidad. A 31
años de impunidad
Mara Puntano - Abogada DDHH, 06/07/07
El 6 de julio de 1976 el comunicado del Coronel Carlos Alberto Mulhall (Jefe
del Destacamento Salta del Ejercito Argentino), dirigida al Juez Federal de
Salta Ricardo Lona, informaba que "En cumplimiento de ordenes recibida por
la Superioridad en la fecha se procederá al traslado hacia la ciudad de
Córdoba de Evangelina Meneses Botta de Linares, Georgina Graciela Droz, José
Víctor Povolo, Rodolfo Pedro Usinger, Norberto Luis Oglietti, Alberto Simón
Savansky, Celia Leonard de Avila, Benjamín Leonardo Avila y María Amaru
Luque. Quienes se encuentran también detenidos a disposición del Poder
Ejecutivo Nacional. Oportunamente se le hará conocer el lugar donde
permanecerán alojados".
La Masacre de Palomitas en Salta
Las once personas se encontraban detenidos en la Cárcel de Villa Las Rosas
de la ciudad de Salta a disposición del Poder Ejecutivo de la Nación en
virtud de la Ley 20.840 que establecía penalidades para las actividades
subversivas en todas sus manifestaciones.
La patrulla militar a cargo del Capitán Hugo César Espeche Garzón retiró los
presos del penal de Villa las Rosas para su traslado. Se los llevó hasta la
salida de la ciudad de Salta, precisamente en el Portezuelo, en donde fueron
entregados a otra patrulla militar y policial , entre los que estaban los
militares Mayor Juan Carlos Grande y el Teniente coronel Miguel Gentil, para
efectuar el supuesto traslado.
Al día siguiente , el mismo Mulhall, dio cuenta "que el día 5 de ese mes, en
ocasión en que una comisión del ejército trasladaba a presos subversivos
hacia la ciudad de Córdoba, fue interceptada y atacada por delincuentes,
resultando muertos Alberto Simón Savranky, Leonardo Benjamín Avila y Raquel
Celia Leonard de Avila, lográndose fugar José Víctor Povolo, María del
Carmen Alonso de Fernández, Pablo Eliseo Outes, Evangelina Botta de Linares
o Nicolay, Rodolfo Pedro Usinger, Georgina Graciela Droz, Roberto Luis
Oglietti y María Amaru Luque." Pero en otro informe del mismo militar
relataba :" en el enfrentamiento armado resultaron muertos Alberto Simón
Savransky, Leonardo Benjamín Avila, Raquel Celia Leonard de Avila, Rodolfo Pedro
Usinger, María Amaru Luque de Usinger, Roberto Luis Oglietti, Pablo Eliseo
Outes, José Víctor Povolo, María del Carmen Alonso de Fernández, Jorge Ernesto
Turk Llapur, mientras que se encontraban prófugos, Evangelina Botta de Linares o
Nicolay y Georgina Graciela Droz."
Sin embargo , del supuesto enfrentamiento sólo se constató la muerte a
quemarropa de nueve presos políticos en el Paraje Palomitas sobre la Ruta
Nacional 34 a 25 km de la localidad de Gral. Guemes en la provincia de
Salta..Ni un efectivo militar o policial lesionado ni tampoco sus vehículos.
Lo cierto es que los jóvenes cuerpos de los presos políticos estudiantes y
trabajadores presentaban en sus cuerpos impactos de balas y vestigios de
haber sido golpeados : La psicóloga Amaru Luque de Husinger, la arquitecta
María del Carmen Alonso de Fernández (sobrina del también desaparecido
gobernador salteño Dr. Miguel Ragone junto a su esposo Rodolfo Usinger, el
joven matrimonio de Celia Leonard y Benjamín Avila que acababan de recibir a
su bebé en cautiverio, Pablo Eliseo Outes , padre de tres hijos pequeños ,
los estudiantes Roberto Luis Oglietti, José Póvolo y Alberto Sabransky.
Mientras que los cuerpos de la psicóloga Evangelina Botta de Nicolay y la
docente universitaria Georgina Droz jamás fueron encontrados .Ambas habían
denunciado las torturas y vejámenes de que habían sido objeto al ser
apresadas.
La masacre de Palomitas forma parte del horroroso mapa del genocidio
perpetrado en la República Argentina desde la estructura estatal .Estructura
de poder cívico militar que en muchos lugares, como es el caso de la
provincia de Salta permanece intacta y los asesinos impunes.
Fuente: www.copenoa.com.ar
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